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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: La voz de la conseja, t.I - -Authors: Benito Pérez Galdós - Jacinto Benavente - Condesa De Pardo Bazán - Miguel De Unamuno - Armando Palacio-valdés - Rubén Darío - Pío Baroja - Joaquín Dicenta - Ricardo León - José Nogales - Pedro De Répide - Arturo Reyes - Pedro Mata - -Editor: Emilio Carrère - -Release Date: September 22, 2012 [EBook #40827] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.I *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - -En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del -original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el -texto. (la lista de errores corregidos sigue el texto.) -(nota del transcriptor) - - - - - -_La Voz de la Conseja_ - - - - -La Voz -de la Conseja - -Selección -de las mejores novelas breves y cuentos de -los más esclarecidos literatos. - -Recopilación hecha -por -Emilio Carrère - -Firmas del tomo primero - -Galdós.--Benavente.--Condesa de Pardo Bazán.--Unamuno.--Palacio -Valdés.--Rubén Darío.--Baroja.--Dicenta.--Ricardo -León.--Nogales.--Répide.--Arturo -Reyes y Pedro Mata. - -V. H. SANZ CALLEJA - -Editores e Impresores - -C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23 - -MADRID - -:ES PROPIEDAD: - - - - -INDICE - - -_BENITO PÉREZ GALDÓS_ - -_La novela en el tranvía_ 17 - -_JACINTO BENAVENTE_ - -_El criado de Don Juan_ 59 - -_CONDESA DE PARDO BAZÁN_ - -_Viernes Santo_ 77 - -_MIGUEL DE UNAMUNO_ - -_El sencillo Don Rafael_ 99 - -_ARMANDO PALACIO-VALDÉS_ - -_¡Solo!_ 111 - -_RUBÉN DARÍO_ - -_El Rey burgués_ 137 - -_PÍO BAROJA_ - -_Elizabide el Vagabundo_ 149 - -JOAQUÍN DICENTA - -_La epopeya de una zíngara_ 165 - -RICARDO LEÓN - -_Los tres reyes de Oriente_ 175 - -JOSÉ NOGALES - -_Las tres cosas del tío Juan_ 187 - -PEDRO DE RÉPIDE - -_La enamorada indiscreta_ 203 - -ARTURO REYES - -_Cosas de hombre_ 249 - -PEDRO MATA - -_Fuerte como la muerte_ 261 - - - - -_AL EMPEZAR_ - - -_La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja me encarga esta Antología de -cuentistas de habla castellana. No es tarea tan humilde la del -seleccionador, pues hace falta un exquisito sentido estético para poder -elegir lo mejor en la maravillosa labor literaria de los altos ingenios -que honran estas páginas de_ LA VOZ DE LA CONSEJA... - -_Yo creo que esta colección de cuentos tiene un gran valor -bibliográfico; es un documento brillante de este nuevo siglo de oro de -la novela española, que comienza con el nombre glorioso de don Benito -Pérez Galdós. En estas hojas está el gran espíritu de una época noble, -fecunda, preñada de ideal artístico, encerrado como en un tabernáculo. Y -también me parece que la publicación de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _es una -prueba de amor al libro español, un acicate para la curiosidad del -lector indolente y un selecto regalo para el espíritu del lector culto_. - -_No osaré jamás hacer una reseña crítica de los nombres insignes que en -este primer tomo os ofrecen gallardas muestras de su talento; sólo -quiero decir sus nombres y los títulos de sus cuentos, para deleitarme -al recordar el encantador, sano e ingenuo humorismo de Galdós en_ La -novela en el tranvía; _las prosas madrigalescas, hondas y miniadas de -Benavente en_ El criado de Don Juan _y la recia y sabrosa urdimbre -novelesca, palpitante de rebeldía, de amor y de dolor de_ Viernes Santo, -_de la condesa de Pardo Bazán. Palacio Valdés, el maestro solitario, os -ofrece su novela_ ¡Solo!, _digna de la pluma egregia que trazó_ La aldea -perdida. _Todas las palabras de elogio son pobres para este coloso de la -novela contemporánea_. El sencillo Don Rafael, cazador y tresillista _es -una conmovedora y grácil narración de Unamuno, el espíritu más hondo, -más multiforme, el corazón más en carne viva de esta época de -inquietudes de conciencia y de lucha desesperada por la vida y por las -ideas. Burla burlando_, El sencillo Don Rafael _es de una emoción que -hace llorar y a un tiempo ofrece un alto ejemplo de belleza moral dentro -de una naturalidad encantadora_. - -_José Nogales, el castellano artífice de la prosa, nos brinda_ Las tres -cosas del tío Juan, _el cuento a que debió su consagración. Arturo Reyes -fué un gran cuentista regional, como lo prueba en_ Cosas de hombre, -_lleno de gracejo, de ambiente, dueño de la dificilísima técnica del -arte del cuento. Como gratitud a la honda emoción estética que nos -dieron, pongamos un recuerdo, como una hoja de laurel, sobre la piedra -de estos dos ilustres cuentistas, muertos ya_. - -La epopeya de una zíngara, _de Joaquín Dicenta, es un jirón de realidad -salvaje, ensangrentada, aullante de dolor. Es de lo más personal de -este insigne dramaturgo español, todo pasión y violencia, que hoy, día -21 de Febrero, está encerrado entre las cuatro tablas hórridas de un -ataúd. ¡Taladrante coincidencia! Cuando me dispongo a hacer esta frívola -reseña, los periódicos dicen la muerte del autor de_ Juan José. _Fué un -gran corazón y un temperamento único, insuperable de artista_. La -epopeya de una zíngara _refleja fielmente el rico carácter emocional de -este escritor_. - -_El artista de la crónica, Pedro de Répide, nos regala con su novela_ La -enamorada indiscreta, _escrita donosamente y con toda pureza a la manera -clásica de la novela del siglo áureo_. - -_Pedro Mata, en_ Fuerte como la muerte, _traza una irónica elegía -henchida de emoción dramática_. - -_El prestigio de estos nombres y de los de Baroja y León nos hace -esperar que_ LA VOZ DE LA CONSEJA _sea un gran éxito editorial. En los -volúmenes sucesivos seguiremos publicando cuentos y novelas breves de -lo más florido de la intelectualidad española_. - -_Todas las orientaciones, todos los estilos, como guía del lector -quedarán grabados en estas páginas. Según sus afinidades, el que lea, -buscará después las obras completas de sus autores predilectos, La Casa -editorial Sanz Calleja ama el libro y cuida de su presentación con el -mayor gusto artístico; no es sólo el estímulo comercial el que la guía; -acomete la empresa romántica de hacer lectores y de_ hacer _libreros -amantes del libro español. Los libros de grandes firmas, de bella -presentación y muy baratos tendrán millares de lectores que acudirán al -mostrador del librero, y éste saldrá de su éxtasis de fakir, y al par -que gana dinero aprenderá a tomar cariño al libro. Hay que hacer la -reconquista espiritual de América: antaño fueron los capitanes, ogaño -son los mercaderes de libros_. - -_Hemos creído, juntamente editores y recopilador_, _que_ LA VOZ DE LA -CONSEJA _era un libro indispensable en esta labor de bibliofilia. -Además, hasta hoy no había una colección con honores de Antología de los -cuentistas castellanos modernos. Recuerdo unos trozos escogidos para -lectura en las escuelas de párvulos, que acababa en Jovellanos y -Martínez de la Rosa. Del siglo_ XIX _no se había editado nada, que yo -recuerde, hasta_ LA VOZ DE LA CONSEJA, _mientras que en Francia hay por -lo menos diez florilegios por cada generación literaria_. - -_En estas páginas daremos acogida, no sólo a los cuentistas españoles, -sino también a los hermanos en lengua cervantina de las Repúblicas -latinas de América. Tan españoles son como nosotros por la lengua, que -es el espíritu, razón más fuerte esta del idioma que la geográfica_. - -_En este primer tomo damos_ El Rey burgués, _de Rubén Darío, uno de los -grandes artistas_--_no de América ni de España, sino de la Humanidad y -de todos los tiempos_. - -_Abramos la primera página de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _con el alma -despierta a la emoción del arte y recojámonos. La voz gloriosa de -Galdós, el patriarca de la novela, comienza a sonar. Devotamente, -oid_... - -_E. CARRERE_ - - - - -La Novela en el Tranvía. - -(GALDÓS) - - - - -LA NOVELA EN EL TRANVIA - - -I - -El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar -todo Madrid en dirección al de Pozas. Impulsado por el egoísta deseo de -tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales -intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la -imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo instante -¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba. -Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la -Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella -crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta -apretón de manos. - -Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de -consideración, si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero -de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que -tras de mi amigo intentaba subir, y que sufrió sin duda por falta de -agilidad, el rechazo de su bastón. - -Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a -charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un médico afamado, aunque no -por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un hombre de -bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni -a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y -científica profesión. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato -y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que -el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud -de familias de todas jerarquías, mayormente cuando también es fama que -en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque -siempre de índole rigurosamente honesta. - -Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio -público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar, -si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la -prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se tomen el -trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía de tan -hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos -y por los lenguaraces. - -Este hombre, amigo mío, como lo es de todo el mundo, era el que sentado -iba junto a mí cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de -hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniéndose alguna vez para llenar -los pocos asientos que quedaban ya vacíos. Ibamos tan estrechos que me -molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le -ponía sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolví a -sentarme sobre él, temiendo molestar a la señora inglesa, a quien cupo -en suerte colocarse a mi siniestra mano. - ---¿Y usted adónde va?--me preguntó Cascajares, mirándome por encima de -sus espejuelos azules, lo que me hacía el efecto de ser examinado por -cuatro ojos. - -Contestéle evasivamente, y él, deseando sin duda no perder aquel rato -sin hacer alguna útil investigación, insistió en sus preguntas diciendo: - ---Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanito ¿dónde está? con otras indagatorias -del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida. - -Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la -hebra, echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó -a desembuchar. - ---¡Pobre Condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un -visaje, su desinteresada compasión. Si hubiera seguido mis consejos no -se vería en situación tan crítica. - ---¡Ah! es claro--, contesté maquinalmente, ofreciendo también el tributo -de mi compasión a la señora Condesa. - ---¡Figúrese usted,--prosiguió,--que se han dejado dominar por aquel -hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa. ¡Pobrecilla! -Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una -determinación. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los -mayores crímenes. - ---¡Ah! ¡Sí es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su -indignación. - ---Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que -si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su -rostro que de allí no puede salir cosa buena. - ---Ya lo creo, eso salta a la vista. - ---Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer -excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos -conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no -comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a -toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y -llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose -honestamente aquí, y allí, donde quiera que suena un piano? Es más, yo -mismo se lo aconsejo y le digo: «Señora, procure usted distraerse, que -la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus -locuras y se acabarán las penas.» Me parece que estoy en lo cierto. - ---¡Ah! sin duda--, contesté con oficiosidad, continuando en mis adentros -tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa. - ---Pero no es eso lo peor--añadió Cascajares, golpeando el suelo con su -bastón--sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar -celoso... sí, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de -distraer a la Condesa. - ---El marido tendrá la culpa de que lo consiga. - ---Todo eso sería insignificante, porque la Condesa es la misma virtud; -todo eso sería insignificante, digo, si no existiera un hombre -abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa. - ---¿De veras? ¿Y quién es ese hombre?--pregunté con una chispa de -curiosidad. - ---Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto -martirizar a la infeliz cuanto sensible señora. Parece que se ha -apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma -pretende... qué sé yo... ¡Es una infamia! - ---Sí que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo, descargando -también el peso de mis iras sobre aquel hombre. - ---Pero ella es inocente; ella es un ángel... Pero, ¡calle! estamos en la -Cibeles. Sí; ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted -parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el -coche está en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adiós, mi -amigo, adiós. - -Paró el coche y bajó D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, después de -darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el -sombrero de la dama inglesa, aún no repuesta del primitivo susto. - - -II - -Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí pensando -en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo -en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a -punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que -es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme -aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco -tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas -de arriba abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por -la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas, -limando el hierro de los carriles. - -Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y -recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a -mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas -expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van -a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad; -unos están alegres, otros tristes, aquel bosteza, el de más allá ríe, y -a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo -pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja -al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin -decirse palabra, y contándose recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y -éste o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa. - -Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y -que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a -alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan, -quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto -de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y -salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones -de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen, -mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros! - -¡Cuántos vendrán después! - -Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de -pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos -antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos -salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les -echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos; -examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos -verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo, -remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme, -incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que -le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es -mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables -paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos. - -Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá, hasta -que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi -paquete de libros al caer al suelo. Recogido al instante, mis ojos se -fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los -volúmenes, y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí estaba -impreso. De súbito sentí vivamente picada mi curiosidad; había leído -algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de -folletón hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqué el -principio y no lo hallé: el papel estaba roto, y únicamente pude leer, -con curiosidad primero y después con afán creciente, lo que sigue: - -«Sentía la Condesa una agitación indescriptible. La presencia de -Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo orígen atrevíase -a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El -infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un -preso. Ya no le detenía ningún respeto, ni era obstáculo a su infame -asechanza la debilidad y delicadeza de tan excelente señora. - -»Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa, que pálida y -agitada, sintiendo a la vez vergüenza y terror, no tuvo ánimo para -despedirle. - ---»No se asuste usía, señora Condesa--, dijo con forzada y siniestra -sonrisa, que aumentó la turbación de la dama;--no vengo a hacer a usía -daño alguno. - ---»¡Oh, Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio!--exclamó la dama, -dejando caer sus brazos con desaliento. Salga usted; yo no puedo acceder -a sus deseos. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi debilidad, y de la -indiferencia de mi esposo, único autor de tantas desdichas! - ---»¿Por qué tan arisca, señora Condesa?--añadió el feroz mayordomo--. Si -yo no tuviera el secreto de su perdición en mi mano; si yo no pudiera -imponer al señor Conde de ciertos particulares... pues... referentes a -aquel caballerito... Pero, no abusaré, no, de estas terribles armas. -Usted me comprenderá al fin, conociendo cuán desinteresado es el grande -amor que ha sabido inspirarme. - -»Al decir esto, Mudarra dió algunos pasos hacia la Condesa, que se alejó -con horror y repugnancia de aquel monstruo. - -»Era Mudarra un hombre como de cincuenta años, moreno, rechoncho y -patizambo, de cabellos ásperos y en desorden, grande y colmilluda la -boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y -espesísimas cejas, en aquellos instantes expresaban la más bestial -concupiscencia. - ---»¡Ah, puerco espín!--exclamó con ira al ver el natural despego de la -dama.--¡Qué desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo -sabiendo que puedo informar al señor Conde... Y me creerá, no lo dude -usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza, que lo que yo digo es -para él el mismo Evangelio... pues... y como está celoso... si yo le -presento el papelito... - ---»¡Infame!--gritó la Condesa con noble arranque de indignación y -dignidad.--Yo soy inocente; y mi esposo no será capaz de prestar oídos a -tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser -despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad -a ese precio. Salga usted de aquí al instante. - ---»Yo también tengo mal genio, señora Condesa--, dijo el mayordomo -devorando su rabia--; yo también gasto mal genio, y cuando me amosco... -Puesto que usía lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya sé lo -que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aquí. Por -última vez propongo a usía que seamos amigos, y no me ponga en el caso -de hacer un disparate... con que señora mía... - -»Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos -tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y dió -algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa. Esta se -levantó de un salto gritando:--«¡No; salga usted! ¡Infame! Y no tener -quien me defienda... ¡Salga usted!» - -»El mayordomo, entonces era como una fiera a quien se escapa la presa -que ha tenido un momento antes entre sus uñas. Dió un resoplido, hizo un -gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos. La Condesa, -trémula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sintió -las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra de la habitación -inmediata y respiró al fin cuando le consideró lejos. Cerró las puertas -y quiso dormir; pero el sueño huía de sus ojos aún aterrados con la -imagen del monstruo. - -»CAPITULO XI.--_El Complot_.--Mudarra, al salir de la habitación de la -Condesa, se dirigió a la suya y dominado por fuerte inquietud nerviosa, -comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes. «Ya no -aguanto más; me las pagará todas juntas.» Después se sentó, tomó la -pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinándola bien -empezó a escribir otra tratando de remedar la letra. Mudaba la vista con -febril ansiedad del modelo a la copia y por último después de gran -trabajo escribió con caracteres enteramente iguales a los del modelo la -carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: _Había -prometido a usted una entrevista y me apresuro...»_ - -El folletín estaba roto y no pudo leer más. - - -III - -Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relación que -existía entre las noticias sueltas que oí de boca del señor Cascajares y -la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido de -alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepín. Será una -tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira interés esa -señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual -no existe sino en la trastornada cabeza de algún novelista nacido para -aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el maldito para vengarse? -Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un -capítulo de sensación ¿Y el Conde, qué hará? Y aquel mozalbete de quien -hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletín ¿qué hará? -¿quién será? ¿Qué hay entre la Condesa y ese incógnito caballerito? Algo -daría por saber... - -Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del -coche, y ¡horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto. -Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de -folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o dejar -algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel hombre, -cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era él, Mudarra, -el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus rodillas tocando -mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a cabeza y reconocí las -facciones cuya descripción había leído. No podía ser otro: hasta los más -insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era él. -Reconocí la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas -surgían en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos -hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos -revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como -los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el -aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de -meterse la mano en el bolsillo para pagar. - -De pronto le vi sacar una cartera, y observé que este objeto tenía en la -cubierta una gran _M_ dorada, la inicial de su apellido. Abrióla, sacó -una carta y miró el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareció que -decía entre dientes: - -«¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta pequeña, con -el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien, recreándose en su -infame obra, hasta que observó que yo con curiosidad indiscreta y -descortés alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito. -Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guardó su -cartera. - -El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo -leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas -cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil, -convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado -atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba -triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás -coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y -ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos -por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven la mole que se -les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia. - -Seguía yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya -existencia real no estamos seguros, y no quité los ojos de su -repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y -salir, perdiéndose luego entre el gentío de la calle. - -Salieron y entraron varias personas y la decoración viviente del coche -mudó por completo. - -Cada vez era más viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que -al principio podía considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza -por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la -conversación o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa -cierta y de indudable realidad. - -Cuando salió el hombre en quien creí ver el terrible mayordomo, quedéme -pensando en el incidente de la carta y me lo expliqué a mi manera, no -queriendo ser en tan delicada cuestión menos fecundo que el novelista, -autor de lo que momentos antes había leído. Mudarra, pensé, deseoso de -vengarse de la Condesa, ¡oh, infortunada señora! finge su letra y -escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro y -lo de más allá. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el -joven a la hora indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido -cuidado de avisar, para que coja _in fraganti_ a su desleal esposa: ¡oh -admirable recurso del ingenio! Ésto, que en la vida tiene su pro y su -contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el -amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina -está el fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada -venganza. - -Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que -insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las palabras -de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un -desconocido. - - -IV - -Andando, andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí -dentro se sentía, ya porque el movimiento pausado y monótono del -vehículo produce cierto mareo que degenera en sueño, lo cierto es que -sentí pesados los párpados, me incliné del costado izquierdo, apoyando -el codo en el paquete de libros, y cerré los ojos. En esta situación -continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mí tenía, -barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquéllas riendo, éstas muy -acartonadas y serias. Después me pareció que obedeciendo a la -contracción de un músculo común, todas aquellas caras hacían muecas y -guiños, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrándome -alternativamente una serie de dientes que variaban desde los más blancos -hasta los más amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros. -Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y -expresión, crecían o menguaban, variando de forma; las bocas se abrían -en línea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia -adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro -de cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder -ser nombrado. - -Por detrás de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito, -y al través de las ventanillas del coche, yo veía la calle y las casas, -los transeuntes, todo en veloz carrera, como si el tranvía anduviese con -rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creía que marchaban más aprisa que -nuestros ferrocarriles, más que los franceses, más que los ingleses, más -que los norteamericanos; corría con toda la velocidad que puede suponer -la imaginación, tratándose de la traslación de lo sólido. - -A medida que era más intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que -iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un -instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares: -al través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes, los -miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos tamaños. Los -peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los cristales, -algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustáceos de -forma desconocida, grandes moluscos, madréporas, esponjas y una multitud -de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los había visto, pasaban -sin cesar. El coche iba tirado por no sé qué especie de nadantes -monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletas -de una hélice, tornillaban la masa líquida con su infinito voltear. - -Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche corría -por los aires, volando en dirección fija y sin que lo agitaran los -vientos. Al través de los cristales no se veía nada, más que espacio: -las nubes nos envolvían a veces; una lluvia violenta y repentina -tamborileaba en la imperial; de pronto salíamos al espacio puro inundado -de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de celajes -inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de ópalo como de amatista, -que iban quedándose atrás en nuestra marcha. Pasábamos luego por un -sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finísimo -polvo de oro; más adelante, aquella polvareda que a mí se me antojaba -producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz, era de -plata, después verde como harina de esmeraldas, y por último, roja como -harina de rubíes. El coche iba arrastrado por algún volátil -apocalíptico, más fuerte que el hipógrifo y más atrevido que el dragón; -y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de -las grandes aspas de un molino de viento, o más bien el de un abejorro -del tamaño de un elefante. Volábamos por el espacio sin fin, sin llegar -nunca; entretanto la tierra quedábase abajo, a muchas leguas de nuestros -pies; y en la tierra, España, Madrid, el barrio de Salamanca, -Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incógnito galán, todos -ellos. - -Pero no tardé en dormirme profundamente; y entonces el coche cesó de -andar, cesó de volar, y desapareció para mí la sensación de que iba en -tal coche, no quedando más que el ruido monótono y profundo de las -ruedas, que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un -tren o en el camarote de un vapor. Me dormí... ¡Oh infortunada Condesa! -La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que -escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste -y meditabunda como una estatua de la melancolía. A sus pies estaba -acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste como su interesante -ama. - -Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como -la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y -expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta -y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y -arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectación, y en esto, como en su -traje, se comprendía que no pensaba salir aquella noche. ¡Tremenda, mil -veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa -figura que tanto deseaba conocer, y me pareció que podía leer sus ideas -en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentración mental -había trazado unas cuantas líneas imperceptibles, que el tiempo -convertiría pronto en arrugas. - -De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dió un -grito de sorpresa y se levantó muy agitada. - ---¿Qué es esto?--dijo--Rafael. Usted... ¿Qué atrevimiento? ¿Cómo ha -entrado usted aquí? - ---Señora--contestó el que había entrado, joven de muy buen porte.--¿No -me esperaba usted?--He recibido una carta suya... - ---¡Una carta mía!--exclamó más agitada la Condesa.--Yo no he escrito -carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla? - ---Señora, vea usted--repuso el joven sacando la carta y -mostrándosela;--es su letra, su misma letra. - ---¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!--dijo la dama con -desesperación.--Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden... - ---Señora, cálmese usted... yo siento mucho... - ---Sí; lo comprendo todo... Ese hombre infame... Ya sospecho cuál habrá -sido su idea. Salga usted al instante... Pero ya es tarde; ya siento la -voz de mi marido. - -En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al -poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y -después, riendo con cierta afectación, le dijo: - ---¡Oh! Rafael, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted a -acompañar a Antonia... Con eso nos acompañará a tomar el te. - -La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su -perplejidad, apenas acertó a devolver al Conde su saludo. Vi que -entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de te y -desaparecieron después, dejando solos a los tres personajes. Iba a -pasar algo terrible. - -Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad -aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestándole -sólo con monosílabos. Sirvió el te, y el Conde alargó a Rafael una de -las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró -aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella -todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas -variedades de las sabrosas pastas _Huntley and Palmers_, y otras -menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió a reir -con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche, -y dijo: - ---¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca -algo. Hace tanto tiempo que no te oímos. Mira... aquella pieza de -Gorstchack que se titula _Morte_... La tocabas admirablemente. Vamos, -ponte al piano. - -La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde la -miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus -ojos, como la paloma fascinada por el boa _constrictor_. Se levantó -dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la -aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el -piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a -las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los -centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al -principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez -de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y -temeroso como el _Dies iræ_ surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el -son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de -los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de -ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir -incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde. - -Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se -encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar -primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la -espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin -fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y -atropellados remolinos. - -Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no -podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me -la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar -que el piano se tocaba solo. - -El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el -piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía -encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque -tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de -sonar y la Condesa dió un grito. - -En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí -violentamente y desperté. - - -V - -En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado -caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba. - ---¡Aaah! usted... _sleeping_... molestar... _mi_--dijo con avinagrado -mohín, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus -rodillas. - ---Señora... es verdad... me dormí--contesté turbado al ver que todos los -viajeros se reían de aquella escena. - ---¡Oooh!... yo soy... _going_... _to_ decir al _coachman_... usted -molestar... mi... usted, caballero... _very shocking_--añadió la inglesa -en su jerga ininteligible.--_¡Oooh!_ usted creer... _my body_ es... su -cama _for usted_... _to sleep. ¡Oooh! gentleman you are a stupid ass_. - -Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante -amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre -agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes -poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me -quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi -paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había. -Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! ¡cuál sería mi sorpresa -cuando vi frente a mí, ¿a quién creerás? Al joven de la escena soñada, -al mismo don Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme -de que no dormía, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como -ahora. - -Era él, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención -y escuché con toda mi alma. - ---¿Pero tú no sospechaste nada?--le decía el otro. - ---Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la -mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Tocó, como -siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la -peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos -que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué -imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las -teclas echó la cabeza atrás y dió un grito. Entonces su marido sacó un -puñal, y dando un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al -instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel -miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte; -creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago; -fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin -sentido. - ---Y antes, ¿no conociste los síntomas del envenenamiento?--le preguntó -el otro. - ---Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno -estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque -sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida. - ---Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó? - -Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras -pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró. - ---¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos--dijo Rafael. - -¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia. - ---Caballero, caballero, una palabra--dije al verlos salir. - -El joven se detuvo y me miró. - ---¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora?--pregunté con mucho afán. - -Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes, riéndose -también, salieron sin contestarme palabra. El único sér vivo que -conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fué la inglesa, -que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros -diciendo: - ---_¡Oooh! A lunatic fellow_. - - -VI - -El coche seguía y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había -sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de -las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza, -como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar -de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil -celada de Mudarra. - -Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos -por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno. -¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo, más convencido cada vez de -la realidad de aquel suceso--¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven -en las novelas! - -Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer -que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que -había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma -lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La -suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo -resistir la curiosidad, le pregunté: - ---¿Es de usted ese perro tan bonito? - ---¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted? - -Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia; -pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto -y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a -enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó: - ---¡Ooooh! usted... _unsupportable_. - ---¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso de la -nueva explosión colérica de la mujer británica.--¿Se puede saber? - ---Era de mi señorita. - ---¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad. - ---¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, _¿verdá -usté?_ - ---¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello? - ---De modo que usted está enterado, usted tiene noticias... - ---Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te... -pues. Y diga usted, ¿murió la señora? - ---¡Ah! Sí, señor: está en la gloria. - ---¿Y cómo fué eso? La asesinaron, o fué a consecuencia del susto. - ---¡Qué asesinato, ni qué susto!--dijo con expresión burlona.--Usted no -está enterado. Fué que aquella noche había comido no sé qué, pues... y -le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer. - ---Bah--pensé yo--ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del -veneno, o no quiere darse por entendida. - -Después dije en alta voz: - ---¿Con que fué de indigestión? - ---Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «Señora: no coma usted -esos mariscos»; pero no me hizo caso. - ---Con que mariscos, ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que ha -ocurrido. - ---¿No lo cree usted? - ---Sí... sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde, su marido, el que -sacó el puñal cuando tocaba el piano? - -La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias -barbas. - ---¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente -enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente -son. Ya se ve: como habrá causa criminal... - ---Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa. - ---¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo -Mudarra... - -La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté, -diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y, -naturalmente, ocultará todo lo que pueda. - ---Usted está loco--añadió la desconocida. - ---_Lunatic_, _lunatic_. _M_... _suffocated_... _¡Oooh! ¡my Godi!_ - ---Si lo sé todo; vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la -señora Condesa. - ---¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Dios!--exclamó la mujer, -riendo con más fuerza. - ---¡Si cree usted que me engaña a mí con sus risitas!--contesté.--La -Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda. - -En esto llegó el coche al barrio de Pozas y yo al término de mi viaje. -Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo -por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino. Yo seguí a -la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su -casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme -solo en la calle recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa -donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos a la persona que me los -había pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso, -esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de -Madrid. - -No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez -me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé -había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia. - -Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a -partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa -sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio a su -lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como -la grana, exclamando: - ---_¡Ooooh!_... usted... mi quejarse al _coachman_... usted reventar _mi -fort it_. - -Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de -lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le -contesté: - ---Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada. -Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre. - -Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros. -Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí. -Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y -un hablar campanudo que imponía respeto. - -No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a -los otros dos y dijo: - ---¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró -por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón. - ---¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Conque fué de un tiro? ¿No murió -de una puñalada? - -Los tres se miraron con sorpresa. - ---De un tiro, sí, señor--dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y -huesoso. - ---Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión--dije, -interesándome más cada vez en aquel asunto.--Cuente usted, ¿y cómo fué? - ---¿Y a usted qué le importa?--dijo el otro, con muy avinagrado gesto. - ---Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No -es verdad que parece cosa de novela? - ---¿Qué novela ni que niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de -nosotros. - ---Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco. - ---¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado -varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa -murió de un pistoletazo. - ---¡Válgame Dios! Nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra, -a quien cazando, disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere -bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece. - ---Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad--manifesté, -juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas, -convirtiendo en perra a la desdichada señora. - -Ya preparaba el otro su contestación, sin duda más enérgica de lo que el -caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo a la sien, como para -indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto, y no -dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la -Puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo. - -Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar -mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada -cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la -pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes -que iban sucediéndose dentro del coche, creía ver algo que contribuyera -a explicar el enigma. Sentía yo una sobrexcitación cerebral espantosa, y -sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos -me miraban como se mira lo que no se ve todos los días. - - -VII - -Aun faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel -viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su -señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de -fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el -pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda -corrían bajo el cristal verde obscuro de sus descomunales antiparras. - -Al poco rato de estar allí dijo en voz baja a la que parecía ser su -mujer: - -Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir -don Mateo. ¡Desdichada mujer! - ---¡Qué horror! Ya me lo he figurado también--contestó su consorte. De -tales cafres ¿qué se podía esperar? - ---Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo. - -Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja: - ---Sí, señor; hubo envenenamiento. Me consta. - ---¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía?--dijo vivamente el de -las antiparras verdes, volviéndose hacia mí. - ---Sí, señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que -quieran hacernos creer que fué indigestión. - ---Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...? - ---Lo sé, lo sé--repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por -loco. - ---Luego usted irá a declarar al Juzgado; porque ya se está formando la -sumaria. - ---Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a -declarar, sí, señor. - -A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de -aquel suceso, mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que -es pluma esto con que escribo. - ---Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a -los autores del crimen. Yo declararé. Fué envenenada con una taza de te, -lo mismo que el joven. - ---Oye, Petronila--dijo a su esposa el de las antiparras--; con una taza -de te. - ---Sí, estoy asombrada--contestó la señora.--¡Cuidado con lo que fueron a -inventar esos malditos! - --Sí, señor; con una taza de te. - ---La Condesa tocaba el piano. - ---¿Qué Condesa?--preguntó aquel hombre, interrumpiéndome. - ---La Condesa, la envenenada. - ---Si no se trata de ninguna Condesa, hombre de Dios. - ---Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo. - ---Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino -simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guardaagujas del Norte. - ---¿Lavandera, eh?--dije en tono de picardía.--¡Si también me querrá -usted hacer tragar que es lavandera! - -El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se -dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la -señora comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que -yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé, -contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes -almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la -Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado -a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera -elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas -visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó -mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir -con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi -entendimiento, empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras. - -Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que -frente a mí tenía, miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa -luz de los faroles, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y -exclamé desatinado:--Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal -de tantas infamias.--Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a -la puerta, tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a -la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:--¡A ese, a ese, al -asesino! - -Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico -barrio. - -Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la -tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:--¡Es el que preparó el -veneno para la Condesa, el que asesinó a la Condesa! - -Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba -loco; pero que quieras que no, los dos fuimos conducidos a la -prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No -recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El -recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance fué el de haber -despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral, -producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de -enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de -la locura definitiva. - -Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias, porque el -antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado -comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna. -Pero aun por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía -exclamar:--«Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en -mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a mano de tu -iracundo esposo...» - -Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al -ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad -a dominar en mi cabeza. Me río siempre que recuerdo aquel viaje, y toda -la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico -ahora, ¿a quién creeréis? A mi compañera de viaje en aquella angustiosa -expedición, a la irascible inglesa, a quien disloqué un pie en el -momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto -mayordomo. - - - - -El criado de Don Juan. - -(J. BENAVENTE) - - - - -EL CRIADO DE DON JUAN - -DRAMA EN UN ACTO - - -PERSONAJES - -LA DUQUESA ISABELA--CELIA--DON JUAN - -TENORIO--LEONELO--FABIO - -EN ITALIA--SIGLO XV - - -ACTO UNICO - -Calle. A un lado la fachada de un palacio señorial. - - -ESCENA PRIMERA - -FABIO Y LEONELO (_Fabio se pasea por delante del palacio, embozado hasta -los ojos en una capa roja_.) - -LEONELO (_saliendo_.) - -¡Señor! ¡Don Juan! - -FABIO - -No es Don Juan. - -LEONELO - -¡Fabio! - -FABIO - -A tiempo llegas. Desde esta mañana sin probar bocado... ¿Cómo tardaste -tanto? - -LEONELO - -Media ciudad he corrido trayendo y llevando cartas... ¿Pero Don Juan?... - -FABIO - -La ciudad, toda, que no media, correrá de seguro llevando y trayendo su -persona. ¡En mal hora entramos a su servicio! - -LEONELO - -¿Y qué haces aquí disfrazado de esa suerte? - -FABIO - -Representar lo mejor que puedo a nuestro Don Juan, suspirando ante las -rejas de la duquesa Isabel. - -LEONELO - -Nuestro Don Juan está loco de vanidad. La duquesa Isabel es una dama -virtuosa y no cederá por más que él se obstine. - -FABIO - -Ha jurado no apartarse ni de día ni de noche de este sitio, hasta que -ella consienta en oirle... y ya ves cómo cumple su juramento. - -LEONELO - -¡Con una farsa indigna de un caballero! Mucho es que los servidores de -la duquesa no te han echado a palos de la calle. - -FABIO - -No tardarán en ello. Por eso te aguardaba impaciente. Don Juan ha -ordenado que apenas llegaras ocupases mi puesto... el suyo quiero -decir. Demos la vuelta a la esquina por si nos observan desde el -palacio, y tomarás la capa y demás señales, que han de presentarte hasta -la hora de la paliza prometida... como al propio Don Juan. - -LEONELO - -¡Dura servidumbre! - -FABIO - -¡Dura como la necesidad! De tal madre, tal hija. (_Salen_.) - - -CUADRO SEGUNDO - -ESCENA II - -Sala en el palacio de la duquesa Isabela. - -LA DUQUESA Y CELIA - -CELIA (_Mirando por una ventana_.) - -¡Es increíble, señora! Dos días con dos noches lleva ese caballero -delante de nuestras ventanas. - -DUQUESA - -¡Necio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de -mujeres bien fáciles habrá sido lograda... ¿Y ese es Don Juan, el que -cuenta sus conquistas amorosas por los días del año? Allá en su tierra, -en esa España feroz, de moros, de judíos y de fanáticos cristianos, de -sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones -supersticiosas y severidad hipócrita, podrá parecer terrible como -demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los príncipes de -la Iglesia romana nos envían de continuo indulgencias rimadas en dulces -sonetos a lo Petrarca. - -CELIA - -Pero confesad que el caballero es obstinado... y fuerte. - -DUQUESA - -Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fábula de la ciudad. Lleva -recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi -estancia están francas para él. Aquí le aguardo, sola... La duquesa -Isabela no ha nacido para figurar como un número en la lista de Don -Juan. - -CELIA - -Señora, ved... - -DUQUESA - -Conduce a Don Juan hasta aquí. No tardes. (_Sale Celia_.) - - -ESCENA III - -LA DUQUESA Y DESPUES LEONELO. - -(_La duquesa se sienta y espera con altivez la entrada de Don Juan_.) - -LEONELO - -¡Señora! - -DUQUESA - -¿Quién? ¿No es Don Juan?... ¿No érais vos el que rondaba mi palacio? - -LEONELO - -Sí, yo era. - -DUQUESA - -Dos días con dos noches. - -LEONELO - -Algunas horas del día y algunas de noche. - -DUQUESA - -¡Ah! ¡Extremada burla! ¿Sois uno de los rufianes que acompañan a Don -Juan? - -LEONELO - -Soy criado suyo, señora. Le sirvo a mi pesar. - -DUQUESA - -Mal empleáis vuestra juventud. - -LEONELO - -¡Dichosos los que pueden seguir en la vida la senda de sus sueños! - -DUQUESA - -Camino muy bajo habéis emprendido. Salid. - -LEONELO - -¿Sin mensaje alguno de vuestra parte para Don Juan? - -DUQUESA - -¡Insolente! - -LEONELO - -Supuesto que le habéis llamado... - -DUQUESA - -Sí, le llamé para que por vez primera en su vida se hallare frente a -frente de una mujer honrada, para que nunca pudiera decir que una dama -como yo no tuvo más defensa contra él que evitar su vista. - -LEONELO - -Así, como a vos ahora, oí a muchas mujeres responder a Don Juan, y -muchas le desafiaron como a vos y muchas como vos le recibieron -altivas... - -DUQUESA - -¿Y Don Juan no escarmienta? - -DUQUESA - -¡Y no escarmientan las mujeres! La muerte, el remordimiento, la -desolación son horribles y no pueden enamorarnos, pero las precede un -mensajero seductor, hermoso, juvenil... el peligro, eterno enamorador de -las mujeres... Evitad el peligro, creedme; no oigáis a Don Juan... - -DUQUESA - -Me confundís con el vulgo de las mujeres. No en vano andáis al servicio -de ese caballero de fortuna. - -LEONELO - -No en vano llevo mi alma entristecida por tantas almas de nobles -criaturas amantes de Don Juan. ¡Cuánto lloré por ellas! Mi corazón fué -recogiendo los amores destrozados en su locura por mi señor y en mis -sueños terminaron felices tantos amores de muerte y de llanto... ¡Un -solo amor de Don Juan hubiera sido la eterna ventura de mi vida!... -¡Todo mi amor inmenso no hubiera bastado a consolar a una sola de sus -enamoradas!... ¡Riquísimo caudal de amor derrochado por Don Juan, junto -a mí, pobre mendigo de amor!... - -DUQUESA - -¿Sois poeta? Sólo un poeta se acomoda a vivir como vos, con el -pensamiento y la conciencia en desacuerdo. - -LEONELO - -Sabéis de los poetas, señora; no sabéis de los necesitados... - -DUQUESA - -Sé... que no me pesa del engaño de Don Juan... al oíros... Ya me -interesa saber de vuestra vida... Decidme qué os trajo a tan dura -necesidad... No habrá peligro en escucharos como en escuchar a Don -Juan... aunque seáis mensajero suyo, como vos decís que el peligro es -mensajero de la muerte... Hablad sin temor. - -LEONELO - -¡Señora! - - -ESCENA IV - -DICHOS, DON JUAN (_con la espada desenvainada, entra con violencia_.) - -DUQUESA - -¿Cómo llegáis hasta mí de esa manera? ¿Y mi gente?... ¡Hola! - -DON JUAN - -Perdonad. Pero comprenderéis que no he de permitir que mi criado me -sustituya tanto tiempo. - -DUQUESA - -¡Con ventaja! - -DON JUAN - -No podéis apreciarlo todavía. - -DUQUESA - -¡Oh! ¡Basta ya!... (_A Leonelo_.) ¿No dices que la necesidad te llevó al -indigno oficio de servir a este hombre? ¿Te pesa la servidumbre? ¿Ves -cómo insultan a una dama en tu presencia y eres bien nacido? Ya eres -libre... y rico... - -DON JUAN - -¿Le tomáis a vuestro servicio? - -DUQUESA - -Quiero humillaros cuanto pueda... (_A Leonelo_.) Mi amor, imposible para -Don Juan; mi amor es tuyo si sabes merecerlo... - -LEONELO - -¡Vuestro amor! - -DON JUAN - -A mí te iguala. Eres noble por él. - -LEONELO - -¡Señora! - -DUQUESA - -¡Fuera la espada! Mi amor es tuyo... Lucha sin miedo. (_Don Juan y -Leonelo combaten. Cae muerto Leonelo_.) - -LEONELO - -¡Ay de mí! - -DUQUESA - -¡Dios mío! - -DON JUAN - -¡Noble señora! Ved lo que cuesta una porfía... - -DUQUESA - -¡Muerto! Por mí... ¡Favor!... ¡Dejadme salir! Tengo miedo, mucho -miedo... - -DON JUAN - -Estáis conmigo... - -DUQUESA - -Se agolpa la gente ante las ventanas... ¡Una muerte en mi casa! - -DON JUAN - -¡No tembléis! Pasaron, oyeron ruido y se detuvieron... A mi cargo corre -sacar de aquí el cadáver sin que nadie sospeche... - -DUQUESA - -¡Oh! Sí, salvad mi honor... ¡Si supieran! - -DON JUAN - -No saldré de aquí sin dejaros tranquila... - -DUQUESA - -¡Oh! No puedo miraros, me dáis espanto. ¡Dejadme salir! - -DON JUAN - -No, aquí a mi lado... Yo también tengo miedo... de no veros... Por vos -he dado muerte a un desdichado... No me dejéis o saldré de aquí para -siempre y suceda lo que suceda... vos explicaréis como podáis el -lance... - -DUQUESA - -¡Oh, no me dejéis! Pero lejos de mí, no habléis, no os acerquéis a mí... -(_Queda en el mayor abatimiento_.) - -DON JUAN (_contemplándola aparte_.) - -¡Es mía! ¡Una más!... (_Contemplando el cadáver de Leonelo_.) ¡Pobre -Leonelo! - - - - -Viernes Santo. - -(LA CONDESA DE PARDO BAZÁN) - - - - -VIERNES SANTO - - -Fué el cura de Naya hombre comunicativo, afable y de entrañas -excelentes, quien me refirió el atroz sucedido, o, por mejor decir, la -cadena de sucedidos atroces, que apenas creería yo a no coincidir y -explicarse perfectamente por el relato del párroco las veladas -indicaciones de la prensa y los rumores difundidos en el país. Respetaré -la forma de la narración, sintiendo no poder reproducir la expresión de -la fisonomía ingenua y jovial del que narraba. - -«Ya sabe usted--dijo--que, así como en Andalucía crece la flor de la -canela, en este rincón de Galicia podemos alabarnos de cultivar la flor -de los caciques. No sé cómo serán los de otras partes; pero vamos, que -los de por acá son de patente. Bien se acordará usted de aquel -_Trampeta_ y aquel _Barbacana_, que traían a Cebre convertido en un -infierno. Trampeta ahora dice que se quiere meter en pocos belenes, -porque ya no lo ahorcan por treinta mil duros; y Barbacana, que está -que no puede con los calzones, como se la tenían jurada unos cuantos y -salvó milagrosamente de dos o tres asechanzas, al fin ha determinado -irse a pasar la vejez a Pontevedra, porque desea morir en su cama, según -conviene a los hombres honrados y a los cristianos viejos como él. ¡Ja, -ja...! - -Faltando o poco menos esos dos pejes, quedó el país en manos de otro, -que usted bien habrá oído de él: Lobeiro, que en confianza le llamábamos -_Lobo_, y ¡a fe que le caía! Yo, si usted me pregunta cómo consiguió -Lobeiro apoderarse de esta región y tenerla así, en un puño, que ni la -hierba crecía sin su permiso, le contestaré que no lo entiendo; porque -me parece increíble que en nuestro siglo y cuando tanto cantan libertad, -se pueda vivir más sujeto a un señor que en tiempos del conde Pedro -Madruga. No, y no hay que echar baladronadas: yo era el primerito que -agachaba las orejas y callaba como un raposo. Uno estima la piel, y aun -más que la piel, la tranquilidad, si a mano viene. - -A veces me ponía a discurrir, y decía para mi sotana: este rayo de -hombre, ¿en qué consiste que se nos ha montado a todos encima, y por -fuerza hemos de vivir súbditos de él, haciendo cuanto se le antoja, -pidiéndole permiso hasta para respirar? ¿Quién le instituyó dueño de -nuestras vidas y haciendas? ¿No hay leyes? ¿No hay Tribunales de -justicia?--Pero mire usted: todo eso de leyes es nada más que -conversación. Los magistrados están lejos y el cacique cerca. El -Gobierno necesita tener asegurada la mecánica de las elecciones, y al -que le amasa los votos le entrega desde Madrid la comarca en feudo. A -los señores que se pasean allá por el Prado y por la Castellana, sin -cuidado les tiene que aquí nos am... ¡Ay! Tente, lengua, que ya iba a -soltar un disparate. - -Pues volviendo al caso, Lobeiro, así para el trato de la conversación, -ya era un hombre antipático, de pocas palabras, que cuando se veía -comprometido, se reía regañando los dientes, muy callado, mirando de -través. No se fíe usted nunca del que no ríe franco ni mira derecho: muy -mala señal. La cara suya parecía el Pico Medelo, que siempre anda -embozado en _brétemas_. Lo único a que ponía un semblante como las demás -personas, era a su chiquilla, su hija única, que por cierto no se ha -visto cosa más linda en todo este país. La madre fué en tiempos una -buena moza; pero la rapaza... ¡qué comparación! Un pelo como el oro, un -cutis que parecía raso, un par de ojos azules como dos estrellas... -¡Micaeliña! ¡Lo que corrí con ella el día del patrón de Boán! Porque a -la criatura la rebosaba la alegría, y Lobeiro, al oirla reir, cambiaba -de aspecto: se volvía otro hombre. - -Sólo que, por desgracia, esta influencia no pasaba de los momentos en -que tenía cerca a la criatura. El resto del año, Lobeiro se dedicaba a -perseguir al uno, empapelar al otro, sacarle el redaño a éste y echar a -presidio a aquél. ¿Usted no ha leído el _Catecismo del labriego_, -compuesto por el tío Marcos da Portela, doctor en teología campestre? -Pues el tipo del secretario que allí pinta, el de Lobeiro clavadito: -criado para infernar la vida del labriego infeliz, llenarlo de -vejaciones y disputarle la triste corteza de pan, amasada con su sudor, -único alimento de que dispone para llevar a la boca. Y repare usted lo -que sucedía con Lobeiro; hoy hace una picardía, y le obedecen como uno; -mañana hace diez, y ya le rinden acatamiento como diez; al otro día un -millón, y como un millón se impone. Empezara por chanchullos pequeñitos, -de esos que se hacen en el Ayuntamiento a mansalva; trabucos de cuentas, -recargos de contribución, repartos _ad líbitum_, y lo demás de rúbrica. -Poco a poco, la gente aguantando y él apretando más, llega el caso de -que me encuentro yo a un infeliz aldeano en un camino hondo, llevando -de la cuerda su mejor ternero.--Andrés, ¿adónde vas con el cuxo? Feria -hoy no la hay.--¿Qué feria, ni feria, señor abad?--¿Pues entónces--señor -abad, por el alma de quien le parió no diga nada. Es para ese condenado -de Lobeiro, que me lo mandó a pedir, y si no lo entrego me arruina, -acaba conmigo, y hasta muero avergonzado en la cárcel.--Y el pobre -hombre, cuando me lo decía, tenía los ojos como dos tomates, -encarnizados de llorar. ¡Ya comprende usted lo que es para el labriego -su ganado! Dar aquel ternero, era en plata dar las telas del corazón. - -Sólo una cosa estaba segura con Lobeiro: la honra de las mujeres: y no -por virtud, sino porque no cojeaba de ese pie. Algunos de sus satélites, -en cambio, bien se desquitaban. ¿Que si tenía satélites? ¡Madre querida! -Una hueste organizada en toda regla. Usted no dejará de recordar que -cuando apareció en un monte el mayordomo del marqués de Ulloa, hace ya -algunos años, seco de un tiro, todo el mundo dijo que lo había mandado -matar el cacique Barbacana, y que el instrumento fuera un bandido -llamado el Tuerto de Castrodorna, que lo más del tiempo se lo pasaba en -Portugal huyendo de la justicia. Pues esa joya la heredó Lobeiro, sólo -que mejoró el procedimiento de Barbacana, y en vez de un forajido solo, -reclutó una cuadrilla perfectamente organizada, con su santo y seña, sus -consignas, su secreto, sus estratagemas y su táctica, para verificar sus -sorpresas de un modo expeditivo y seguro. Nosotros teníamos esperanzas -de que, al acabarse las trifulcas revolucionarias y las guerras civiles, -mejoraría el estado del país y se afianzaría la seguridad personal. -¡Busca seguridad! ¡Busca mejoras! Lo mismo o peor anduvieron las cosas -desde la restauración de Alfonso, y si me apuran, digo que la Regencia -vino a darnos el cachete. Antes, unos gritaban: _¡Viva esto!_ los otros: -_¡Viva aquéllo!_ que república, que don Carlos... Eran ideas generales, -y parece que se tomaban con menos saña entre unos y otros. Hoy estamos a -quién gana las elecciones, a quién se hace árbitro de esta tierra... y -todos los medios son buenos, y caiga el que cayere. Total, como decimos -aquí: salgo de un soto y métome en otro... pero más obscuro. - -Como íbamos contando, la pandilla de Lobeiro empezó a ser el terror del -país. Tan pronto veíamos llamas... ¿qué ocurre? Pues que le queman el -pajar, y el alpendre, y el hórreo, y la casa misma al Antón de Morlás o -al Guillermo de la Fontela. Tan pronto aparece derrengado, molido a -palos, uno que no se quiso someter a Lobeiro en esto o en lo de más -allá... y cuando le preguntan quién le puso así, responde una mentira: -que rodó de un vallado o se cayó de una higuera cogiendo higos... señal -de que si revela la verdad, sentenciado está a pena más grave. Por -último, un día se nota la desaparición de cierto sujeto, un tal -Castañeda, alguacil; ni visto ni oído, como si se evaporase. La voz -pública (muy bajito) susurra que ese hombre le estorbaba a Lobeiro o se -le había opuesto en un amaño muy gordo. Se espera una semana, dos, tres, -que parezca el cadáver, o el vivo, si vivo está aún; nada. La viuda hace -registrar el Avieiro, incluso el pozo grande; mira debajo de los -puentes, recorre los montes... Ni rastro. Igual que si se lo hubiese -tragado la tierra. Y probablemente así sería. ¡Un hoyo es tan fácil de -abrir! - -Este Castañeda tenía un sobrino, muchacho templado, como que allá en sus -mocedades proyectara dedicarse a la carrera militar, y luego, por no -separarse de su madre, que ya iba vieja, y de una hermana jovencita, -prefirió quedarse en el país y vivir cuidando unos bienecillos que le -correspondían de su hijuela, y de los de la hermana y la madre. El era -un medio señor y medio labrador, y en el país, como todo el mundo tiene -su apodo, le conocían por el de _Cristo_. ¿Dice usted que un novelista -de Francia llama así a uno de sus personajes? Pues mire, ese de fijo lo -inventará: yo no; tan cierto es, como que usted está ahí sentada y yo -refiriéndole este caso. En el apodo--atienda usted bien--está mucha -parte del intríngulis de mi historia. ¿Que por qué le pusieron ese -alias? No lo sé a derechas; creo que por parecerse a un Cristo muy -grande y muy devoto que se venera en el santuario de Boán. - -De modo que el bueno de Cristo, no bien supo la desaparición de su tío -Castañeda, no se calló como los demás, como la misma infeliz viuda, que -temblaba que después de suprimirle al marido le pegasen fuego a la -casita y la echasen en sus últimos años a pedir limosna. En las ferias y -en las romerías, en el atrio de la iglesia y en la botica de Cebre, el -muchacho alzó la voz cuanto pudo, clamando contra la tiranía de Lobeiro -y diciendo que el país tenía que hacer un ejemplo con él; cazarlo lo -mismo que a un lobo para que escarmentasen los lobos que se estaban -criando en la madriguera, dispuestos a devorarnos. Decía que estas cosas -no suceden sino en el país que las sufre; que donde los hombres tienen -bragas, no se conciben ciertos abusos; que en Aragón o Castilla ya le -habrían ajustado a Lobeiro la cuenta con el trabuco o la navaja; que si -el cacique se le ponía delante, él, aunque se perdiese y dejase -desamparadas madre y hermanita, era capaz de arrancarle los dientes a la -fiera. Al pronto le oían asustados; pero como todo se pega, y el valor y -el miedo, en particular, son contagiosos lo mismo que el cólera, iba -formándose alrededor de Cristo un núcleo de gente que le daba la razón, -diciendo que por todos los medios había que descartarse de Lobeiro y -conjurar aquella plaga. Los gallegos no somos cobardes, ¡quiá! Lo que -nos falta a veces es la iniciativa del valor. Necesitamos uno que -empiece, y ¡zás! allá seguimos de reata. Cristo iba sumando voluntades, -y conforme pasaba tiempo y veían que de hablar así no se le originaba -perjuicio alguno, la algarada crecía, y el cacique, intimidado, en -nuestro concepto, por haber encontrado al fin quien le presentase la -cara, andaba mansito y derecho; como que pasaron más de tres meses sin -sabérsele ninguna fechoría mayor. - -El día de la feria grande de Arnedo, que es allá por el mes de Abril, en -Pascua, volvía yo a mi parroquia, después de pasar el rato bebiendo un -poco de Tostado y comiendo unas rosquillas, cuando a poca distancia del -pueblo empareja con mi mula la yegüecilla de Ramón Limioso (usted le -conoce); el señorito del Pazo, un caballero cumplidísimo, y me pregunta -lo mismito que yo le pregunto a usted:--Y Cristo, ¿le ha visto usted en -la feria?--¿Cristo? No. No lo encontré... por ninguna parte.--¿Tampoco -en el mesón?--Tampoco.--¿A qué horas vino usted?--Tempranito: a las -siete ya andaba yo en Arnedo.--¿Sabe que me choca?--¿Y por qué ha de -chocarle?--Porque estábamos citados: él quería deshacerse de su jaco, y -yo le vendía mi toro, o se lo cambalachaba; según.--¡Bah! Cristo es un -rapaz todavía; aún no cumplió los treinta... ¡sabe Dios por dónde anda a -estas horas!--No, Eugenio; pues yo le digo que me choca; que me -escama.--Aun vendrá, hombre. Son las tres, y hasta las seis o siete de -la tarde no se deshace la feria. - -Ramón Limioso meneó la cabeza, y volvió grupas hacia Arnedo. Ni me -acordé más del asunto, hasta que a las veinticuatro horas me llegó el -primer rum rum de la desaparición de Cristo. El mismo misterio que en lo -de su tío Castañeda; ni rastro del muchacho por ninguna parte. La madre -andaba como loca, pregunta que te preguntarás, de casa en casa; la -hermana salía de un ataque nervioso para caer en un síncope; la justicia -local, como de costumbre, se lavaba las manos--imposible parece que así -y todo las tenga tan puercas--y del chico, ni esto. Por fin, al cabo de -una semana, lo que es aparecer, apareció... ¿Pero dónde? Metido en un -hórreo, hecho una lástima, en descomposición... Son pormenores -horribles; bueno, se trata de que se imponga usted de cómo la cosa -ocurriera. Yo vi el cadáver y me convencí de que no había exageración -ninguna en lo que se refirió después. Debían de haberle atormentado -mucho tiempo, porque estaba el cuerpo hecho una pura llaga: a mí se me -figura que lo azotaron con cuerdas, o que lo tundieron a varazos: las -señales eran como rayas o surcos en el pellejo. Para acabarlo le dieron -un corte así en la garganta. El rostro, desfiguradísimo; sólo una -madre--¡pobre señora!--conoce y se arroja a besar un rostro semejante. - -Sí, estoy conforme: es una infamia, un crimen que clama al cielo, lo que -usted guste... Pero usted también va a convenir conmigo. También va a -decir que todo ello es moco de pavo en comparación del último -refinamiento salvaje, de que no tiene noticia aun. Porque matar, -atormentar, se llama así, atormentar y matar y se acabó; ¿cómo se llama -el escarnio, la befa más inconcebible, el reto a Dios, que consiste en -lo siguiente: elegir, para dar tal género de muerte a ese hombre que la -gente apodaba Cristo... elegir... ¿qué día del año piensa usted? - -_¡El Viernes Santo!_ - - * * * * * - ---Pecador soy como el que más--prosiguió el párroco de Naya con la voz y -el gesto transformados por una seriedad profunda;--pecador soy, indigno -de que Dios baje a estas manos; no tengo vocación de santo como el cura -de Ulloa, ni me gusta echar sermones con requilorios como el de -Xabreñes; pero en semejante ocasión, al enterarme de la monstruosidad, -no sé qué hormigueo me entró por el cuerpo, no sé qué vuelta me dió la -sangre ni qué luminarias me danzaron delante de los ojos... que, vamos, -al pino más alto del pinar de Morlán me subiría para gritar: ¡maldición -y anatema sobre Lobeiro!--¡La plática que les encajé a mis feligreses el -domingo! Ni Isaías... fuera el alma.--Con un arrebato que aun hoy me -asombra, les dije que Dios, al parecer, se hace el sordo y el ciego, -pero es como quien toma carrera para saltar mejor; que ningún crimen -queda impune; que la sangre de Abel siempre grita venganza, y que me -creyesen a mí, que a fe de Eugenio, nadie se quedaría sin su merecido, y -por medios inescrutables, pero seguros, cuando estuviese más descuidado. -«Quien fosa cava, en ella caerá», me acuerdo que grité como un -energúmeno. Por supuesto que era hablar por no callar: tanto sabía yo -del castigo dichoso, como de la primer camisa que vestí: sólo que en -aquel entonces de veras me parecía que así iba a suceder, que Lobeiro -estaba emplazado, y que la inspiración hablaba por mi boca. _Spiritus -ejus in ore meo_. - -Poco a poco se fué acallando el _rebumbio_ del asesinato de Cristo. La -madre y la hermana, convertidas en dos sombras, flaquitas y de riguroso -luto, fueron el único recuerdo que quedó de la tragedia. En la gente -siempre fermentaba el odio contra el cacique; pero lo comprimía el -temor. Es de advertir que por entonces _los_ de Lobeiro cayeron, y -necesariamente el maldito, no teniendo la sartén por el mango, se -reportó en sus exacciones y sus iniquidades. El país respiró unas -miajas. El bando de Trampeta aleteó. Lobeiro, en el interregno, se -dedicó a una ocupación pacífica: reconstruir su casa, que era muy vieja, -y ya mezquina para las exigencias de su nueva posición; porque la -fortuna del cacique había crecido mucho, y su mujer, amiga de lujos, de -comilonas y de tirar de largo, le metió en la cabeza hacer vivienda -nueva y la verdad, con todos los perendengues: dos pisos de piedra -sillar, magnífica; ventanas con unas rejas imponentes: puerta como la -de un castillo: su gran escalera, su sala de recibir, su cocina -hermosísima... ¡Una casa para Orense! En el país se hablaba mucho de tal -edificio, y de la seguridad que ofrecía, y de las precauciones que -revelaba aquel modo de edificar--, precauciones debidas a los muchos -enemigos que tenía el cacique. - -Enemigos, a miles se le podían contar; y sin embargo, como el hombre se -mantenía agachado, nadie se metía con él, temeroso de despertarle. El -gran alboroto fué el que se armó cuando de repente, sin que lo -barruntásemos ni poco ni mucho, se volcó la tortilla y subió nuevamente -al poder el partido de Lobeiro. - -¡Madre mía! el terror que cayó sobre nosotros! Lobeiro otra vez -mandando, rey otra vez de la comarca; otra vez a su disposición la -hacienda, la tranquilidad, la vida de todos; otra vez los cadáveres en -los hórreos o en el fondo del Avieiro o en un hoyo profundo, allá por -las asperezas de algún pinar! ¿Quién respirar? ¿Quién dormiría -tranquilo? ¿Quién estaba seguro de no perecer martirizado? - -Usted se va a reir si le digo una cosa. No, no se reirá: al contrario: -se hará cargo mejor que nadie, porque tiene costumbre de considerar -estas singularidades propias de la naturaleza humana.--El miedo, a -veces, es el mejor agente del valor. Sí: por miedo se verifican actos -de heroísmo: por desesperación se realizan acciones que en estado normal -nos ponen los pelos de punta. Una persona que se ve rodeada de llamas, o -teme que el incendio se propague y la pille encerrada en una habitación -y el humo la asfixie, no se encomienda a Dios ni al diablo para -arrojarse de un quinto piso a la calle, aunque se estrelle. Con esto -quiero decir cómo, a las gentes de Cebre y sus cercanías, el propio -terror de caer en las uñas de Lobeiro les infundió una determinación -tremenda, adoptada con cautela tal, que todo lo hicieron en el mismo -silencio y unión que cuenta usted que profesan los nihilistas rusos. -Verá, verá cómo ocurrió la cosa. - -Llegado el día de la fiesta de la Virgen en el santuario de Boán, fuí yo -allá convidado por el cura, que es amigo. Se reunió una muchedumbre, que -era aquello un hormiguero: hubo sus cohetes, sus gaitas, sus bailes, sus -calderadas de pulpo y su tonel de mosto: lo que sabe usted que nunca -falta en tales romerías. También andaban algunas señoritas muy -emperifolladas dando vueltas y luciendo los trapitos flamantes: y la más -bonita de todas, Micaeliña, que paseaba con la madre por debajo de los -robles, hecha un sol de guapa. Acababa de cumplir los trece años: se -conoce que estrenaba vestido, y no cabía en sí de contenta: el vestido -era blanco, con lazos color de rosa, precioso, de seda riquísima, un -disparate para una chiquilla así. La madre: «Micaeliña, no te -arrugues»--por aquí--y «Micaeliña, no te manches», por allá; y la -criatura, al principio, respetando mucho la gala; pero, ya se ve, luego -se cansó de guardarle miramientos al vestido majo, y vino disparada a -tirarme del balandrán. «Eugenio, ¿corremos?» Al principio fué a -remolque; pero al fin... este pícaro genio gaitero que tengo yo... me -hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo -como locos. Y cuidado que me daba no sé qué por el cuerpo ver a Lobeiro -allí, a dos pasos, con sus manos donde yo sabía que había manchas de -sangre fresca. - -El diantre del cacique, cuando me vió tan divertido con la hija, me -llamó aparte, y sin mirarme una vez siquiera, me dijo: «Hombre, Eugenio, -hágame un favor: convenza a mi mujer y a la chiquilla de que va a estar -muy bien Micaela en el colegio de Orense.» - ---¿Y usted se separa de ella?--pregunté con asombro. - ---Sí, hombre... Cosas que uno hace porque no tiene remedio--, contestó -él muy encapotado y a media habla. - -Así que la familia de Lobeiro y los adláteres que siempre le escoltaban -se retiraron de la romería, le pregunté al cura de Boán, extrañándome -de la idea de enviar a Orense la chiquilla, cuando precisamente era el -encanto de su padre. Boán me dió una explicación plausible:--«Eso lo -hace por no exponer a la chiquilla a un fracaso. Lo tienen amenazado de -muerte, y veinte veces ya le avisaron de que su casa ha de arder. Y -aunque él dice que conforme la construyó no es tan fácil pegarle fuego, -no quiere tener aquí a Micaeliña, porque recela alguna barbaridad.»--Ya -verá usted, señora, cómo efectivamente, no ardió la casa de Lobeiro. - - * * * * * - -Yo dormí en la rectoral de Boán aquella noche. Se había empinado y -manducado muy regular, de modo que el primer sueño fué de piedra. Estaba -como una marmota, que si me sueltan un redoble de tambor en los mismos -oídos, no doy a pie ni a mano. Con que figúrese lo que sería la -explosión, para que me incorporase en la cama de un brinco. - -¡Puummm! ¡Booom! Nunca acababa de sonar. Yo a obscuras, a tientas, -buscando las cerillas y gritando por el criado:--¡Eh! ¡Ave María -Purísima! ¡Rosendo! Condenado, ¿duermes o qué haces? ¿Se cae la casa? -¡Jesús, Dios y Señor, misericordia! - -Por fin encendí el fósforo, y cuando entró Rosendo todo aturdido, en -ropas menores, ya no pudo aguantar la risa. El muchacho todo se espantó. - ---Sí, ríase, que es para reir. Señor, no ría, que es pecado. Estoy que -se me _arrepian_ las carnes. - ---Pero, ¿qué hay? ¿qué demonios pasa? - ---¿Y quién lo sabe, a no ser un brujo? Parece que se ha hundido -mismamente el mundo todo de la tierra. - -Escuché. Nada, silencio. Salí a la ventana. Ni señal de cosa alguna. Me -senté: estaba sano y bueno. El cura de Boán andaba por allí aturdido, -dando vueltas. Nos pusimos a hacer comentarios. Nadie se quiso volver a -la cama. Cada uno decía su cosa, cuando ¡tras, tras! a la puerta... Al -señor cura de Boán, que vaya a dar los santos óleos y a confesar a -Lobeiro, que se muere... Boán está a medio cuarto de legua de la casa de -Lobeiro. El que traía el recado nos enteró de todo. - -Mientras Lobeiro y su hija y sus satélites estaban de parranda, con -mucho tiento, al pie del balcón mayor, _habían_ depositado veintiséis -cartuchos de dinamita--lo bastante para volar una fortaleza--y su mecha -correspondiente. Hecho esto, retiráronse con tranquilidad, pie ante pie. -A la noche, recogida ya la familia, _alguien_ cogió el cabo de mecha, le -prendió fuego y se apartó con mucha calma. De los veintiséis cartuchos, -sólo diez o doce se inflamaron. Pero fué todo lo preciso. - -No salvó alma viviente. Entre los escombros de la casa yacían el cadáver -de la mujer de Lobeiro, el tronco mutilado del criado y el cuerpo de -Micaeliña, muerta como una paloma, con sangre en las sienes, tendida al -lado de su padre. El lobo aún vivía; fué el único que no pereció en el -acto. Antes de expirar, tuvo una hora larga de contemplar a su oveja -difunta... Digan lo que quieran los sabios esos del materialismo... -¡Retaco! Yo juro que hay Dios, y un Dios que castiga sin palo ni -piedra... Con dinamita; corriente. ¡Con lo que sale! - - - - -El sencillo Don Rafael - -CAZADOR Y TRESILLISTA - -(UNAMUNO) - - - - -EL SENCILLO DON RAFAEL - -CAZADOR Y TRESILLISTA - - -Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el -recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos -ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se -rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo del -corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él sólo, -enteramente sólo. Sólo con su vida. - -Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por eso -vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la -tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, iba a -buscar una sola carta para dar bola, solía repetir Don Rafael que hay -cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era -providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez -por creer en algo y no tener la mente vacía. - ---¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca -chica su ama de llaves. - ---¿Y por qué me he de casar? - ---Acaso no vaya usted descaminado. - ---Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas -solas. - ---¡Y cuando menos se piensa! - ---¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar en -ello... - ---¿Cuál? - ---La de poder morir tranquilo _ab intestato_. - ---¡Vaya una razón!--exclamó el ama, alarmada. - ---Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no valen -las razones, sino el valor que se las da. - -Y una mañana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer -el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor -percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro como de cosas olvidadas. -El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una -criatura de horas. Quedóse mirando, y su corazón parecía sentir, no ya -el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que -me ha deparado el destino!, pensó. - -Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera, -subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó -quedamente varias veces. - ---Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves. - ---Y eso, ¿qué es? - ---Parece un niño. - ---¿Parece sólo? - ---Lo dejaron a la puerta de la calle. - ---¿Y qué hacemos con ello? - ---Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está, ¡criarlo! - ---¿Quién? - ---Los dos. - ---¿Yo? ¡Yo, no! - ---Buscaremos ama. - ---¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar -parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello! - ---¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no! - ---En fin, usted manda. - -Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto -el médico de Don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera -que acababa de dar a luz un niño muerto. - ---Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves, -un desliz así puede ocurrirle a cualquiera. - ---A mí no--contestó con su sencillez característica Don Rafael. - ---Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a -criarlo. - ---No--replicó Don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la -madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle -disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del -niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un -dolor de tripas. - -Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa -perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del pelo -que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo, -entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a -que el gallo ronda. - ---¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora -Rogelia. - ---Como hijo mío. - ---Pero, ¿está usted loco? - ---¡Qué más da! - ---¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen -sus verdaderos padres?... - ---Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no -busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que esta del azar -es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que -haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en la -Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además así -podré morir tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me herede -forzosamente. - -La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando Don Rafael hizo -bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad y -a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente -ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que -avenirse y concordar con el ama de leche. - -Ya tenía Don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo; -ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva, -luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso -paseando al nene para callarlo. - ---Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala -suerte con el ama, me parece. - ---Como no vuelva a las andadas. - ---De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al -niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un -bausán de marca mayor a quien ya aborrece... - ---No se fíe usted..., no se fíe usted... - ---Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una -pobrecilla... - ---Hasta que vuelva a tener ocasión. - ---¡Digo que lo evitaré! - ---Pues como ella quiera... - ---¡Ah, en cuanto a eso sí! Porque si he de decirle a usted la verdad, -la verdad es que... - ---Sí, me la supongo. - ---¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo! - -Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo -heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse desde -un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre putativo -y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de la cuna, -contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía como que -mamaba. - ---¡Lo que es el hombre!--decía Don Rafael. - -Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos, -iba él, Don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la boca -rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le afloraban -la frente, al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno de los -dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el -serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre -los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre él -un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar al -hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear. - ---¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol -mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le -entendiera. - -Callábase a esto Don Rafael. - -Y cuando le cantaba al niño, abrazándole, aquella vieja canturria -paradisíaca que, aun transmitiéndosela de corazón a corazón las madres, -cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía, -siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a Don Rafael -como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo. -Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y -mecíasele aquel canto... - - que viene el cocóóóóó... - -con el susurro de las aguas de debajo de su corazón... - - a llevarse los niños... - -que iba también durmiéndose... - - que duermen pocóóóóó... - -entre las blandas nieblas de su pasado... - - ¡ah, ah, ah, aaaaah! - ---¡Qué buena madre hace!--pensaba. - -Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó Don -Rafael: - ---Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso? - ---¡Ya ve usted, Don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el -rostro. - ---¡Sí, tienes razón, ya lo veo! - -Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras -duró aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su -mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo -duerma allí...» «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez -acostumbrada--, ¡durmiendo!» - -Porque para aquel hombre todo sencillez, era sencillo todo. - -Por fin el médico dió por salvado al niño. - ---¡Salvado!--exclamó Don Rafael con el corazón desbordante, y fué a -abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo. - ---Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al -niño que sonreía en floración de convalecencia. - ---Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope. - ---Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo -que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a -Tucumán, y ya que somos yo padre y tú madre, cada uno a su respecto, del -mismo hijo, nos casemos y asunto concluído. - ---¡Pero, D. Rafael!--y se puso en grana. - ---Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos... - -El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían -juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más -da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después -se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan. - -Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y -tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo morir -tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le -heredaran, el sencillo Don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de -dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen -de su filosofía práctica: ¡Hay que dar al azar lo suyo! - - - - -¡Solo! - -(PALACIO VALDÉS) - - - - -¡SOLO! - - -Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván -estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un -platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las -personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas -de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al -fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a -duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque -nos hallamos en una de las provincias más frescas del Norte de España y -en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido -de las cigarras y el _pío pío_ de algún pájaro que, protegido por los -pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la -siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de -un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían -cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La -fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo -producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan -enorme y maciza humanidad. - -Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce, -aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el -verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su -escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran -establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los -cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una -juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y -comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos -hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a -Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e -inteligencia; fué su primer dependiente; después, su asociado; por -último se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo -matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer -sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le -podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas -madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil -ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por -sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la -Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente -el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde. -Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a -pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a -menos poner los pies en Campizos. - -Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué -dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el -mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo -permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda, -rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que -cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un -propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra -donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía -desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado -comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le -anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta «a sepultarse en -Campizos», decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso -coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año -siguiente, lo mismo. Pero al llegar al cuarto, Fresnedo tuvo la audacia -de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico.--«O a Campizos, o a -ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?» Y los bigotes se le -erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras, -que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra, -rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el -frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente: - ---¡Huele, hija mía, huele!... ¡Si las cosas se hicieran dos veces!... La -culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan -delicada. - -Cuando la flor delicada abrió al fin los ojos, fué para soltar por ellos -un caudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo: - ---¡Nunca lo creyera de Ramón! - -Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo -honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían -a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo -fuése a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de -tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre -durmiendo la siesta donde acabamos de verle. - -Despertóle de ella una voz bien conocida: - ---Papá, papá. - -Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril -color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído -en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que -hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días -que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le -tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las -instrucciones de su médico. - ---Papá..., dijo Tata que tú no querías... que tú no querías... que tú no -querías... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero no -era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por -los cuernos, y me pegó en la mano. - -El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua, -deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos la -indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció -que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso, -y después de hacer una pausa cerró su perorata con una interjección de -carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole -con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le -regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y -alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender -que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá. -Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que, -según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de -gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública, -¡¡¡se había dormido oyendo _La Favorita a Gayarre_!!! - ---¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los -cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata! - -Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las -mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos. - -El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber -recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido -darle pan. - ---Hace poco tiempo que hemos comido. - ---Hace mucho--dijo el niño con despecho. - ---Bueno, ya te lo daré yo. - -Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas -de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una -manecita. - ---¡Pues es cierto!--exclamó Fresnedo viendo, en efecto un ligero -rasguño.--¡Dolores! ¡Dolores!--gritó después. - -Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres -en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata -triste y acobardada, fué a restregarse con sus faldas, como pidiéndole -perdón de haber sido causa de su disgusto. - ---Bueno--dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose.--Ahora -nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres, -Chucho? - -Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que -corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo -una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le -dijo con encantadora sonrisa: - ---No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros. - -Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de -paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se -trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy -decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro. -Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre -el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran -sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto -especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces -en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano -en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a -las vacas les tenía un «potito de miedo». A los carneros ya era otra -cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había -sentido por ellos más que amor y veneración. - ---Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo. - -Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarlo -en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó -que estaba cansadísimo, y hubo que auparlo de nuevo. Acercóle su padre a -un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y -digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la -mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por -último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía -«un potito miedo». Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba -con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo -recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y -hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al -menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al -gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una -valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura de que hay pocos -ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de -casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trató de cogerle -por el rabo, como había formalmente prometido, pero el grave sultán del -gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando -feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de -Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su -padre. - ---Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó -éste riendo. - ---Tú, tú...; cógelo tú, papá. - ---Yo tengo miedo. - ---No, tú no tienes miedo. - ---Y tú, ¿lo tienes? - -Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les -tenía «un potito de miedo». - -Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios -sustos y vacilaciones logró que pusiera su manecita en el hocico de un -becerro. Mas ocurriéndole al animal sacar la lengua y pasársela por la -mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya -arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al -pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba, -agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con -los brazos abiertos! Pero aún era mayor el gozo de su padre -contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar -por su hijo, que iba amontonando hierba sobre él con vigor y crueldad -que nadie esperara de él. Mas a lo mejor de la operación, su papá daba -una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el -chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más -chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno -cuerpecito, tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro -encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él, -no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a -gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por -las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos -apasionados. - -Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura -que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la -única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su -corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su -mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había -matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel -tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por -los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo -de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábalo con arrebato -y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos, -murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado. - ---¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu -papá? Di, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te -quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que -por ti, quisiera ser algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti, -trabajo y trabajaré hasta morir! ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me -haces, criatura! - -El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía, -finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre, -esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido -de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que -pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara de su -padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un -soplo: - ---Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo -digas, ¿eh? - -Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas. - -Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el -reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al -río. - ---Chucho, ¿vienes conmigo al baño? - -¡Cielo santo, qué felicidad! - -Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre -le causaba algunas lágrimas porque no podía llevarle consigo a causa de -la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros -vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa. -El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir -por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La -Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la -sombrilla. - -El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas -callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y -madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de -Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo -término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban -en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto -de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este -manto, desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro -y profundo de los robles y negrillos. - -Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con -la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y -Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarlo a -todo. Gozaba al verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran -sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el -camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las -florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba -despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de -los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en -medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo -tropezóse nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo, -caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a -él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una -influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo que -estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un -terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y -lo volcó. ¡Cristo Padre, qué grito! Allá acudió Fresnedo corriendo, y lo -levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al -mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así -que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar -antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros, -porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la -cara. - -Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en -brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el -camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó -en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que -saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó -contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente. -Aunque con gran sentimiento, renunció a aquella caza difícil y se dedicó -a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en -opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles: -_Anita, anita de Dios, abra las alas y vete con Dios_, precioso conjuro -que la había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de -conocimientos. - -Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas, -orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes. -Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de -Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso. -Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para -bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde -alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar -sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban -pasar los rayos del sol, que aún lucía vivo y ardiente. Allí gozaba -Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y -felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño -con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer -sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un -zagalillo a quien su padres recomendaban el cuidado del ganado en el -monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura! Cuando los -recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la -Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres, -deliciosos. - -Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped «reposando el -calor», y al fin se decidió aquel a ir despojándose poco a poco de la -ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela de las que -llegaban a sus oídos de Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo -le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando -Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo: - ---¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo? - -Chucho se contentaba con reir, como diciendo: - -¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo -cada vez que intentan meterme en el agua! - -Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier -traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando -se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad retratados en la -cara de su «Chipilín», le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la -sábana. Pero Chucho no estaba conforme y empezó a gorjear, mientras -tiraba de la sábana con sus manecitas, «que su papá tenía pelo en el -cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía...» - ---Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se -habla de eso. Los niños no hablan de eso. - ---¿Y por qué no hablan los niños de eso? Fresnedo no contestó. - ---¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico. - -El comerciante quiso distraerle hablándole de otras cosas, pero Chucho -no acudió al engaño. - ---¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de -curiosidad. - ---Porque no está bien--respondió. - ---¿Y por qué no está bien? - ---¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño. - -Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua. - ---Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta -que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al -agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las -tres! - -Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había -colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto de cabeza al pozo -con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su -cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una -verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió -un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente -salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua. - ---¡Mira, Chucho! ¡Mira! - -Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno. - ---Mira, mira ahora. - -Y nadaba hacia atrás con los pies solamente. - ---Verás ahora: voy a nadar como los perros. - -Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos. - -¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades -aprendidas en la niñez! - -Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía -uno solo de sus movimientos. - ---¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?--gritaba Fresnedo -embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos -inocentes de su hijo le producían. - -El niño guardaba silencio completamente absorto y atento a los juegos -natatorios de su padre. - ---Vamos, di, Chipilín, ¿quién te quiere? - ---Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de -contemplarle atentamente. - -Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que -mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que -venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable -su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear -la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país -confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba -que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y -otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en -este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y -dárselo a sí mismo. - ---Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres? - -¡Ya lo creo que quería! - -¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los -animales acuáticos que a los terrestres! - -Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo -maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo -pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla. -Como le faltase el aliento, subió a respirar. - ---Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá. - ---¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño que no dejaba escapar un -modismo sin hacer que se lo explicasen. - ---Quiero decir que ya la cogeré. - -Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos -momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a -la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al -animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando -paraba un instante; pero al acercar su manecita la trucha daba un salto, -y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente -asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le ponía -súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba a un -tiempo mismo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente -contemplándole. - ---¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola, -tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande? - ---Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito -renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña. - -El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y -con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes -había visto. La muerte feroz y traidora aguardaba dentro. Metió el brazo -en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo. La -sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar la -postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos. Abrió -la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó asfixiado el -infeliz. - -Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos -minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente -naturalidad: - ---¡Papá, sal! - -El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más -energía: - ---¡Papá, sal! - -Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar. -Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación: - ---¡Sal, papá, sal! - -Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes, -hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada -instante se figuraba ver salir a su padre. - -Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su -manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente. -Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el -abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él. -La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no -tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita -indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como -aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la -cola y suspenderla. Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría. -Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta -sacudida de la trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su -alrededor, y no viendo a nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a -gritar, llorando: - ---¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal! - -El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la -colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se -ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta. - ---Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura -bebiendo lágrimas. - -Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del -ganado o algún mujido lejano. El río seguía murmurando suavemente su -eterna queja. - -Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se -durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente -nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al -poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de -dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita: - ---Tata, quero agua. - -Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró -alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la -obscuridad que reinaba. - ---¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces... - -La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella, -Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido -en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho -y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar: - ---¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo! - -La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa. -¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allá en el fondo del pozo, -hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el -brazo para acudir a su llamamiento. - -No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento, -destrozado por el cansancio, cayó otra vez dormido, y así le hallaron -los que habían salido en su busca. - - - - -El Rey Burgués. - -(RUBÉN DARÍO) - - - - -EL REY BURGUES - - -¡Amigo!, el cielo está opaco; el aire, frío; el día, triste. Un cuento -alegre..., así como para distraer las brumosas y grises melancolías, -helo aquí. - - * * * * * - -Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía -trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras; -caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y -monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus -fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués. - - * * * * * - -Era muy aficionado a las artes el soberano y favorecía con gran largueza -a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores, -boticarios, barberos y maestros de esgrima. - -Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento, -hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los -criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres -batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en -su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín. -Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza, atronando el -bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves -asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas. -Los perros, de patas elásticas, iban rompiendo la maleza en la carrera, -y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían -ondear los mantos purpúreos, y llevaban las caras encendidas y las -cabelleras al viento. - - * * * * * - -El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y -objetos de arte maravilloso. Llegaba a él por entre grupos de lilas y -extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos -antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera -llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados -leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A -más de los cisnes tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía, -del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu -leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones -gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí, defensor acérrimo de la -corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime -amante de la lija y de la ortografía. - - * * * * * - -¡Japonerías! ¡Chinerías!, por lujo, y nada más. - -Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y -de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas -y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de -Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y -animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a -las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y -con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y -empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de -huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña, -sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores, -porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros -con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos -estirados y manojos de flechas. - -Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas, -ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes con cuadros del gran -Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones! - -Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad, -el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe. - - * * * * * - -Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se -hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación -y de baile. - ---¿Qué es eso?--preguntó. - ---Señor, es un poeta. - -El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la -pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño. - ---Dejadle aquí. - -Y el poeta: - ---Señor, no he comido. - -Y el rey: - ---Habla, y comerás. - -Comenzó: - - * * * * * - ---Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis -alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza -escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano, -la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad -malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma -de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de -las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde -espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que -me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y -espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado -vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera -del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad, -como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el -yambo dando al olvido el madrigal. - -He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el -verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la -perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene -el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo -agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que -sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas -de amor. - -¡Señor!, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los -cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor!, el arte no -viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las -íes. El es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y -amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes -de ala como las águilas, o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un -Apolo y un ganso, preferid al Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida -y el otro de marfil. - -¡Oh, la poesía! - -¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres -y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis -endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi -inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el -ideal... - -El rey interrumpió: - ---Ya habéis oído. ¿Qué hacer? - -Y un filósofo al uso: - ---Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música; -podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os -paseéis. - ---Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un -manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca -valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza -de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas ni de ideales. Id. - -Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes al -poeta hambriento, que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín..., -¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las -cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago? -¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a -beber rocío en las lilas floridas, entre el zumbido de las abejas que le -picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas..., ¡lágrimas -amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra! - -Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y -su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el -olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas no era sino un -pobre diablo que daba vueltas al manubrio: ¡tiririrín! - -Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los -pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial, que le mordía -las carnes y le azotaba el rostro. - -Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas -cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía -alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los -mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los -brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de -anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el -Champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de -fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba -vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por -el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría, -haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las -galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol -del día venidero, y con él el ideal..., y en que el arte no vestiría -pantalones, sino manto de llamas de oro... Hasta que al día siguiente lo -hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como -gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y -todavía con la mano en el manubrio. - - * * * * * - -¡Oh, mi amigo!, el cielo está opaco; el aire frío; el día, triste. -Flotan brumosas y grises melancolías... - -Pero, ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo! -Hasta la vista! - - - - -Elizabide el Vagabundo. - -(BAROJA) - - - - -ELIZABIDE EL VAGABUNDO - - - ¿Cer zala usté cenuben - enamoratzia? - Sillau is hira eta - guitarra jotzia. - - (CANTO POPULAR) - -Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardín, Elizabide -el Vagabundo se decía al ver pasar a Maintoni, que volvía de la iglesia: - ---¿Qué pensará?--¿Vivirá satisfecha? ¡La vida de Maintoni le parecía tan -extraña! Porque era natural que quien como él había andado siempre a la -buena de Dios rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de -la aldea deliciosos; pero ella, que no había salido nunca de aquel -rincón, ¿no sentiría deseos de asistir a teatros, a fiestas, a -diversiones, de vivir otra vida más espléndida, más intensa? Y como -Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, seguía -removiendo la tierra con su azadón filosóficamente. - ---Es una mujer fuerte--pensaba después;--su alma es tan serena, tan -clara, que llega a preocupar. Una preocupación científica, sólo -científica, eso claro. Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la -seguridad que se concedía a sí mismo de que íntimamente no tomaba parte -en aquella preocupación, seguía trabajando en el jardín abandonado de su -casa. - -Era un tipo curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reunía todas las -cualidades y defectos del vascongado de la costa: era audaz, irónico, -perezoso, burlón. La ligereza y el olvido constituían la base de su -temperamento: no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Había -gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de -periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado, -allá comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna, -lo que no consiguió por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan -llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, él la -comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el río, que -si nadie los recoge se pierden al fin en el mar. - -Su inercia y su pereza eran más de pensamiento que de manos; su alma -huía de él muchas veces: le bastaba mirar al agua corriente, contemplar -una nube o una estrella para olvidar el proyecto más importante de su -vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier -otra cosa, sin saber por qué muchas veces. - -Ultimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como -Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto, -aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le -ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea que estaba en -amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida -salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió -la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje -brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las -explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de -su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de boda; montó a -caballo, luego en el tren; llegó a la capital, se embarcó en un -transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra -hospitalaria de América, se volvió a España. - -Llegó a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipúzcoa; abrazó a -su hermano Ignacio, que estaba allí de boticario; fué a ver a su -nodriza, a quien prometió no hacer ninguna escapatoria más, y se instaló -en su casa. Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había -hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo -recordó que antes de salir de la aldea ya tenía fama de fatuo, de -insubstancial y de vagabundo. - -El no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas; cavaba en su -huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para -andar por el río, cosa que a todo el pueblo indignaba. - -Elizabide el Vagabundo creía que su hermano Ignacio, la mujer y los -hijos de éste le desdeñaban, y por eso no iba a visitarles más que de -cuando en cuando; pero pronto vió que su hermano y su cuñada le -estimaban y le hacían reproches porque no iba a verlos. Elizabide -comenzó a acudir a casa de su hermano con más frecuencia. - -La casa del boticario estaba a la salida del pueblo, completamente -aislada; por la parte que miraba al camino tenía un jardín rodeado de -una tapia, y por encima de ella salían ramas de laurel de un verde -obscuro que protegían algo la fachada del viento del Norte. Pasando el -jardín estaba la botica. - -La casa no tenía balcones, sino sólo ventanas, y éstas abiertas en la -pared sin simetría alguna; quizás esto era debido a que algunas de ellas -estaban tapiadas. - -Al pasar en el tren o en el coche de las provincias del Norte, ¿no -habéis visto casas solitarias que, sin saber por qué, os daban envidia? -Parece que allá dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia -dulce y apacible; las ventanas con cortinas hablan de interiores casi -monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cómodas de -nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila, -sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta -caja que lanza en la noche su sonoro tic-tac. - -La casa del boticario era de éstas: en el jardín se veían jacintos, -heliotropos, rosales y enormes hortensias que llegaban hasta la altura -de los balcones del piso bajo. Por encima de la tapia del jardín caían -como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en -vascuence se llaman _choruas_ (locas) por lo frívolas que son y por lo -pronto que se marchitan y se caen. - -Cuando Elizabide el Vagabundo fué a casa de su hermano, ya con más -confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le -enseñaron la casa, limpia, clara y bien oliente; después fueron a ver la -huerta, y aquí Elizabide el Vagabundo vió por primera vez a Maintoni, -que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, estaba recogiendo -guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron -fríamente. - ---Vamos hacia el río--le dijo a su hermana la mujer del -boticario.--Diles a las chicas que lleven el chocolate allí. - -Maintoni se fué hacia la casa, y los demás, por una especie de túnel -largo formado por perales que tenían las ramas extendidas como las -varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al río, -entre árboles, en donde había una mesa rústica y un banco de piedra. El -sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del río y se veían -las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente -brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad -admirable; el cielo azul, puro y tranquilo. - -Antes del caer de la tarde las dos muchachas de casa del boticario -vinieron con bandejas en la mano trayendo chocolate y bizcochos. Los -chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el -Vagabundo habló de sus viajes, contó algunas aventuras, y tuvo suspensos -de sus labios a todos. Sólo ella, Maintoni, pareció no entusiasmarse -gran cosa con aquellas narraciones. - ---Mañana vendrás, tío Pablo, ¿verdad?--le decían los chicos. - ---Sí, vendré. - -Y Elizabide el Vagabundo se marchó a su casa y pensó en Maintoni y soñó -con ella. La veía en su imaginación tal cual era: chiquitilla, esbelta, -con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que le -abrazaban y le besuqueaban. - -Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer año del -bachillerato, Elizabide se dedicó a darle lecciones de francés, y a -estas lecciones se agregó Maintoni. - -Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuñado, -tan serena, tan inmutable; no se comprendía si su alma era un alma de -niña sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo -lo que no se relacionase con las personas que vivían en su hogar. El -vagabundo la solía mirar absorto.--¿Qué pensará?--se preguntaba. Una vez -se sintió atrevido, y la dijo: - ---¿Y usted no piensa casarse, Maintoni? - ---¡Yo! ¡casarme! - ---¿Por qué no? - ---¿Quién va a cuidar de los chicos si me caso? Además, yo ya soy -_nesca-zarra_ (solterona)--contestó ella riéndose. - ---¡A los veintisiete años solterona! Entonces yo, que tengo treinta y -ocho, debo de estar en el último grado de la decrepitud. - -Maintoni a esto no dijo nada; no hizo más que sonreir. - -Aquella noche Elizabide se asombró al ver lo que le preocupaba -Maintoni. - ---¿Qué clase de mujer es ésta?--se decía.--De orgullosa no tiene nada, -de romántica tampoco, y sin embargo... - -En la orilla del río, cerca de un estrecho desfiladero, brotaba una -fuente que tenía un estanque profundísimo; el agua parecía allí de -cristal por lo inmóvil. Así era quizás el alma de Maintoni--se decía -Elizabide--y sin embargo...--Sin embargo, a pesar de sus definiciones, -la preocupación no se desvanecía; al revés, iba haciéndose mayor. - -Llegó el verano; en el jardín de la casa del boticario reuníanse toda la -familia, Maintoni y Elizabide el Vagabundo. Nunca fué éste tan exacto -como entonces, nunca tan dichoso y tan desgraciado al mismo tiempo. Al -anochecer, cuando el cielo se llenaba de estrellas y la luz pálida de -Júpiter brillaba en el firmamento, las conversaciones se hacían más -íntimas, más familiares, coreadas por el canto de los sapos. Maintoni se -mostraba más expansiva, más locuaz. - -A las nueve de la noche, cuando se oía el sonar de los cascabeles de la -diligencia que pasaba por el pueblo con un gran farol sobre la capota -del pescante, se disolvía la reunión y Elizabide se marchaba a su casa -haciendo proyectos para el día de mañana, que giraban siempre alrededor -de Maintoni. - -A veces, desalentado, se preguntaba:--¿No es imbécil haber recorrido el -mundo para venir a caer en un pueblecillo y enamorarse de una señorita -de aldea? ¡Y quién se atrevía a decirle nada a aquella mujer, tan -serena, tan impasible! - -Fué pasando el verano, llegó la época de las fiestas, y el boticario y -su familia se dispusieron a celebrar la romería de Arnazabal como todos -los años. - ---¿Tú también vendrás con nosotros?--le preguntó el boticario a su -hermano. - ---Yo no. - ---¿Por qué no? - ---No tengo ganas. - ---Bueno, bueno; pero te advierto que te vas a quedar solo, porque hasta -las muchachas vendrán con nosotros. - ---¿Y usted también?--dijo Elizabide a Maintoni. - ---Sí. ¡Ya lo creo! A mí me gustan mucho las romerías. - ---No hagas caso, que no es por eso--replicó el boticario.--Va a ver al -médico de Arnazabal, que es un muchacho joven que el año pasado le hizo -el amor. - ---¿Y por qué no?--exclamó Maintoni sonriendo. - -Elizabide el Vagabundo palideció, enrojeció; pero no dijo nada. - -La víspera de la romería el boticario le volvió a preguntar a su -hermano: - ---¿Conque vienes o no? - ---Bueno, iré--murmuró el vagabundo. - -Al día siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo, tomaron -la carretera, y después, siguiendo veredas, atravesando prados cubiertos -de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La -mañana estaba húmeda, templada; el campo mojado por el rocío; el cielo -azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en -estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazabal, un pueblo -en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza, y dos o tres -calles formadas por caseríos. - -Entraron en el caserío, propiedad de la mujer del boticario, y pasaron a -la cocina. Allí comenzaron los agasajos y los grandes recibimientos de -la vieja de la casa, que abandonó su labor de echar ramas al fuego y de -mecer la cuna de un niño; se levantó del fogón bajo, en donde estaba -sentada, y saludó a todos, besando a Maintoni, a su hermana y a los -chicos. Era una vieja flaca, acartonada, con un pañuelo negro en la -cabeza; tenía la nariz larga y ganchuda, la boca sin dientes, la cara -llena de arrugas y el pelo blanco. - ---¿Y vuestra merced es el que estaba en las Indias?--preguntó la vieja a -Elizabide, encarándose con él. - ---Sí; yo era el que estaba allá. - -Como habían dado las diez, y a esta hora empezaba la Misa mayor, no -quedaba en casa más que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia. - -Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuñada y de los chicos, -disparó desde una ventana del caserío una barbaridad de cohetes, y -después bajaron todos al comedor. Había más de veinte personas en la -mesa, entre ellas el médico del pueblo, que se sentó cerca de Maintoni, -y tuvo para ella y para su hermano un sin fin de galanterías y de -oficiosidades. - -Elizabide el Vagabundo sintió una tristeza tan grande en aquel momento, -que pensó en dejar la aldea y volverse a América. Durante la comida, -Maintoni le miraba mucho a Elizabide. - ---Es para burlarse de mí--pensaba éste.--Ha sospechado que la quiero, y -coquetea con el otro. El golfo de Méjico tendrá que ser otra vez -conmigo. - -Al terminar la comida eran más de las cuatro; había comenzado el baile. -El médico, sin separarse de Maintoni, seguía galanteándola, y ella -seguía mirando a Elizabide. - -Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor, comenzó el -_aurrescu_. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a -la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se -destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubriéndose, con las -boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina -del baile. Ella trató de disuadirles en vascuence: miró a su cuñado, que -sonreía; a su hermana, que también sonreía, y a Elizabide, que estaba -fúnebre. - ---Anda, no seas tonta--le dijo su hermana. - -Y comenzó el baile con todas sus ceremonias y sus saludos, recuerdos de -una edad primitiva y heroica. Concluído el _aurrescu_, el boticario sacó -a bailar el fandango a su mujer, y el médico joven a Maintoni. - -Obscureció: fueron encendiéndose hogueras en la plaza, y la gente fué -pensando en la vuelta. Después de tomar chocolate en el caserío, la -familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa. - -A lo lejos, entre los montes, se oían los _irrintzis_ de los que volvían -de la romería, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras -brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos -lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena. - -De vez en cuando, al bajar alguna cuesta, al boticario se le ocurría que -se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando: - -_Aita San Antoniyo Urquiyolacua. Ascoren biyotzeco santo devotua_. - -A pesar de que Elizabide quería alejarse de Maintoni, con la cual estaba -indignado, dió la coincidencia de que ella se encontraba junto a él. Al -formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequeña, suave y tibia. -De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurría pararse y -empujar para atrás, y entonces se daban encontronazos los unos contra -los otros, y a veces Elizabide recibía en sus brazos a Maintoni. Ella -reñía alegremente a su cuñado, y miraba al vagabundo, siempre fúnebre. - ---Y usted, ¿por qué está tan triste?--le preguntó Maintoni con voz -maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche. - ---¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que sin querer le entristecen las -alegrías de los demás. - ---Pero usted no es malo--dijo Maintoni, y le miró tan profundamente con -sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo, se quedó tan turbado, que -pensó que hasta las mismas estrellas notarían su turbación. - ---No, no soy malo--murmuró Elizabide--; pero soy un fatuo, un hombre -inútil, como dice todo el pueblo. - ---¿Y eso le preocupa a usted, lo que dice la gente que no le conoce? - ---Sí, temo que sea la verdad, y para un hombre que tendrá que marcharse -otra vez a América, ese es un temor grave. - ---¡Marcharse! ¿Se va usted a marchar?--murmuró Maintoni con voz triste. - ---Sí. - ---¿Pero por qué? - ---¡Oh! A usted no se lo puedo decir. - ---¿Y si yo lo adivinara? - ---Entonces lo sentiría mucho, porque se burlaría usted de mí, que soy -viejo... - ---¡Oh, no! - ---Que soy pobre. - ---No importa. - ---¡Oh, Maintoni! ¿De veras? ¿No me rechazaría usted? - ---No; al revés. - ---Entonces... ¿me querrás como yo te quiero?--murmuró Elizabide el -Vagabundo en vascuence. - ---Siempre, siempre...--Y Maintoni inclinó su cabeza sobre el pecho de -Elizabide y éste la besó en su cabellera castaña. - ---¡Maintoni! ¡Aquí!--le dijo su hermana, y ella se alejó de él; pero se -volvió a mirarle una vez, y muchas. - -Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En -derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los -astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazón anegado de sensaciones -inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una -estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja... - - - - -La epopeya de una zíngara. - -(DICENTA) - - - - -LA EPOPEYA DE UNA ZÍNGARA - - -El sol caía a plomo sobre la ancha carretera, uno de esos caminos -oficiales de Castilla en cuyas lindes busca inútilmente el viajero un -árbol que le preste sombra o un arroyo donde calmar su sed. Campos -agostados, planicies incultas, áridos y desiguales montículos, mucha luz -en el cielo y poca alegría en la tierra: he aquí el espectáculo ofrecido -por aquella naturaleza sedienta, amodorrada, codiciosa de aire y de -frescura, en la que el silencio hubiera reinado en absoluto a no ser por -alguna que otra banda de codornices, las cuales, alzándose de entre los -rastrojos, cruzábanlos presurosamente con un rumor no interrumpido de -gritos salvajes y de vigorosos aleteos, levantando una nube de polvo, -que se transformaba en lluvia de oro al caer herida por los rayos del -sol. - -Tarde calurosa de Agosto, que convertía en inhospitalario desierto el -camino y los campos que lo circundaban, era aquélla; y perdida en este -desierto, sufriendo el bochorno que abrasaba la atmósfera, asfixiándose -con el polvo por ella misma levantado al proseguir su rumbo, veíase una -pequeña y miserable caravana, que hubiese puesto piedad en los ojos y -amargura en el corazón de quien la mirase atentamente; pero los hombres -suelen mirar estas cosas sin verlas; para ellas no existen otros ojos ni -otro amparo que los de Dios; y hasta Dios suele distraerse muchas veces. - -Constituían la caravana una mujer, un burro y tres niños. - -La mujer iba delante, descalza de pie y pierna, cubierta de andrajos y -de polvo, moviéndose con fatigosa lentitud, entreabriendo la boca para -respirar el aire que penetraba en sus pulmones, y sosteniendo en sus -brazos a un niño de pocos meses, envuelto en un jirón de lienzo -remendado y sucio; el niño estrujaba con sus manecitas el pecho de la -madre, y tiraba de él, sujetándolo con sus labios, para extraer el jugo -que generosamente le ofrecía. La mujer era joven, y hubiera sido también -hermosa, a juzgar por sus ojos negros y brillantes, por sus labios -rojos, por su dentadura blanca e igual y por la esbeltez de su cuerpo -entero, si la miseria, al apoderarse de ella, no la hubiese deformado y -envejecido, curtiendo su cutis, arrugándolo prematuramente, -enflaqueciendo sus carnes y enmarañando su cabellera, que se pegaba -entonces a una frente ennegrecida y sudorosa; la pobre criatura pudo ser -bella; pero de su belleza no queda más rastro que el de sus pupilas, -expresivas y negras, clavadas con profundo amor en el rostro moreno de -su hijo. - -Detrás de ella marchaba el asno, sucio, flaco y ceniciento pollino, de -vientre angosto y lomo huesudo, con las orejas gachas, el rabo caído y -las patas llenas de esparavanes, sosteniendo por carga única dos anchos -alforjones que caían a uno y otro lado de la albarda; dentro de ellos, -sobre un montón de trapos y papeles, iban dos niños, que se servían -mutuamente de contrapeso, ofreciendo a la vez doloroso contraste, pues -mientras el más joven dormía con la cara echada hacia atrás, la sonrisa -en la boca y la salud en las mejillas, el mayor, de edad de cinco años, -retorciéndose sobre el inconcebible camastro, miraba a su madre con ojos -muy abiertos, extraviados por la fiebre, y contraía sus labios a -impulsos de internos dolores, y agonizaba de calentura bajo aquella -atmósfera de plomo. - -¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Por qué atravesaban el estéril camino -con una criatura enferma al lado y un sol implacable en el cielo, los -individuos de aquella caravana? - -¿Quiénes eran? Una familia de zíngaros huérfana de padre, que recorría -Europa implorando la pública caridad. ¿De dónde venían? Del inmediato -pueblo, en el que no pudo detenerse la mujer un instante siquiera para -llenar su cántaro vacío, porque los aldeanos la habían amenazado con -golpearla, a ella, a la miserable, a la vagabunda, a la bruja, a la -gitana, si no partía inmediatamente de allí, sin alimento, sin agua, sin -reposo, con su hijo enfermo, con sus pies heridos, con su pecho -exhausto, maldita de Dios y perseguida de los hombres; y la infeliz -mujer, amedrentada, sola, sin sostén, sin ayuda, abandonó la aldea y -prosiguió su marcha entre el polvo y el calor, volviendo de cuando en -cuando los ojos para contemplar a su hijo enfermo, y clavándolos -después, con expresión amarga y rencorosa, en el distante lugarejo, del -que sólo podía distinguirse la torre de la iglesia destacando en el -espacio su contorno gris. - - * * * * * - -El niño enfermo, incorporándose trabajosamente sobre la alforja que le -servía de cama, extendió sus brazos en dirección de la joven, y dijo con -voz débil: - ---¡Madre! - -La zíngara respondió al llamamiento, dirigiéndose precipitadamente al -sitio que ocupaba el muchacho. - ---¿Qué quieres, hijo mío?--murmuró, dejando al niño de pecho junto a su -hermano dormido, y rodeando con sus brazos la garganta del enfermo. - ---Agua--respondió éste.--Dame agua... tengo mucha sed...; ¡me quema -aquí! - -Y señalaba con un dedo su pecho tembloroso y desnudo. - ---¡Agua!--gritó la madre con espanto.--¡Agua!... ¿Dónde encontrarla, -hijo? - ---¡Agua!--repuso el niño.--¡Me muero de sed!... - -Y entreabría sus labios abrasados por la fiebre, y miraba a su madre con -miradas tan suplicantes, tan llenas de amargura, que ésta se puso pálida -y rompió en sollozos. - -Era su hijo, la carne de su carne, el que reclamaba un socorro del que -dependía acaso su existencia; y ella, su madre, no podía prestárselo; en -vano registró con ansia en el interior del cantaruelo; estaba vacío, no -quedaba ni una gota de agua en su fondo; la mujer miró al cielo, en el -cielo no había una nube; registró después el camino solitario, los -campos de trigo, las planicies, las praderas, el horizonte entero; en -fin, ¡nada!, no encontró nada. Aquella tierra sedienta parecía decir a -la zíngara, mostrándole sus fauces contraídas y secas: «¿Agua para tu -hijo?... Aquí no hay agua para nadie. ¡Que se muera de sed como yo!» Y -la zíngara, abrazando el cuerpo del muchacho, repetía con gesto de fiera -y ademán de loca: - ---¡No hay nada! ¡no puedo darte nada! ¿Dónde voy a encontrar ahora agua, -hijo mío?... - -¡Pobre mujer!... Allí no brotaba más que un manantial: el de su llanto. - -De pronto la zíngara sonrió, con una sonrisa de esperanza; a cuatro -pasos del grupo alzábase la caseta de un peón caminero; su puerta -cerrada, como sus ventanas, predecía la ausencia del dueño; pero acaso -estaría dentro alguien que pudiera atender sus súplicas, y la joven -golpeó nerviosamente aquella puerta inmóvil. Sus afanes fueron inútiles; -nadie vino en su auxilio tampoco. - -Rendida de llamar, sin saber lo que hacía, dió vuelta a los muros, y -cuando llegaba a la espalda de la casa, vió con placer y con asombro, -recostada contra la tapia y protegida por la sombra de ésta, una cazuela -llena de agua. La mujer miró esto; pero no pudo mirar--a tal extremo la -cegaban la sorpresa y el júbilo--que al mismo tiempo que ella, y movido -por iguales deseos, se dirigía hacia el cacharro un mastín enorme, con -el pelo erizado, la boca abierta, la baba colgando y los ojos codiciosos -y brillantes. - -Al distinguir a la mujer, el perro lanzó un gruñido; la zíngara levantó -la cabeza, y comprendiendo las intenciones del animal, apresuró el paso; -uno y otra llegaron a la vez al lado del cacharro, y se detuvieron un -instante para contemplarle en ademán de desafío; la mujer extendió el -brazo, y su enemigo, al advertir el movimiento, acortó distancia y se -puso delante de la cazuela con las pupilas encendidas y enseñando los -dientes. - -No pensaba en huir; hallábase dispuesto a defender aquel cacharro lleno -de agua. - ---¡Ah, tú también!--gritó la zíngara contemplando a su adversario con -rabia.--¡Pues no lo tendrás! - -Y descargó un vigoroso puñetazo sobre el hocico del mastín. - -Este dió un salto, apoyó sobre el pecho de la joven sus patas -delanteras, la obligó a caer al suelo e hizo presa en su hombro. La -zíngara lanzó un grito de dolor y de furia; y, sin acobardarse, -frenética, desesperada, cogiendo con ambas manos la garganta de su -enemigo, apretó con rabia, con ira, con frenesí, con heroico y brutal -arranque, mientras el perro la desgarraba el hombro con sus afilados -colmillos. - -La lucha siguió breves instantes empeñada, silenciosa, terrible; los dos -combatientes se revolcaban por el suelo, dispuestos a vencer, y -procurando conseguirlo, para lo cual clavaba el perro sus colmillos en -los hombros de la mujer, y clavaba ésta sus dedos en la musculosa -garganta del mastín... - -De pronto el perro exhaló un quejido doloroso, abrió la boca, y cayó de -espaldas. Los dedos de la zíngara lo habían ahogado. - -Esta se alzó del suelo jadeante, pálida; su corpiño, roto en jirones, -dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, en los que aparecían tres -heridas anchas y profundas; por los labios de aquellas heridas brotaban -tres hilos de sangre. - -Pero la zíngara no hizo caso; dió con el pie al cadáver de su enemigo; -cogió la cazuela, objeto de la lucha; corrió en busca de su hijo, y sin -cuidarse ni acordarse siquiera de sus heridas, ni de sus sufrimientos, -ni de la sangre que corría por sus hombros, abrillantada por los rayos -del sol, acercó el cacharro a los labios del enfermo y le dijo con -sonrisa alegre y voz cariñosa: - ---Aquí tienes agua, ¡bebe, hijo mío! - - - - -Los tres Reyes de Oriente. - -(RICARDO LEÓN) - - - - -LOS TRES REYES DE ORIENTE - - -Es la Nochebuena de 1916; una noche glacial, obscura y lúgubre, sin -villancicos ni serenatas, sin risas ni crótalos, sin panderetas ni -albogues. En el silencio de la tierra triste sólo se escucha, de tarde -en tarde, un zumbido lejano, un ronco tremor que se extiende con aciaga -pesadumbre en el aire gélido y sonoro. - -Por un camino, en la desierta llanura, viene de Oriente una caravana. -Bajo el cielo adusto, huérfano de sus claros luminares, sólo se ven o se -adivinan las siluetas: unos caballos vigorosos, unos dromedarios de -robusta joroba, tres jinetes, unos bultos informes arrebozados en las -tinieblas. - -Llegando a cierto lugar donde se juntan otros caminos, la caravana -vacila y se detiene. El cielo parece de ébano; la tierra, de bronce; el -aire, un afilado puñal; y es el silencio tan hondo, que se oye el latir -del corazón en las entrañas. - -Una luz, verde y cruda, rasga de súbito el horizonte lejano, cunde como -una centella, se abre al modo de una rosa, y cae deshecha en lágrimas -sobre el manto sombrío de la noche. A esta luz, siguen muchas -semejantes, y a las luces, unos retumbos pavorosos que hacen temblar la -tierra, y a los retumbos, el silencio otra vez. - -Y, entonces, la caravana sigue su ruta en las tinieblas... - - * * * * * - -Un fuerte resplandor alumbra todo el cielo en Occidente; la llanura se -tiñe de roja claridad; los ámbitos se pueblan de voces y tronidos. Es la -guerra que cabalga en su negro corcel por los campos europeos; es la -Muerte, que, en plena Navidad cristiana, viene a arrullar las cunas con -el bárbaro son del hierro y de la pólvora, a encender sus infames -hogueras en la noche, en la bendita Noche en que se dijo: «Gloria a Dios -en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...» - -Y arden las casas de los hombres, como antorchas de Luzbel, bajo los -rayos de la implacable artillería; a la luz de los incendios, pasan las -muchedumbres de soldados con un fragor de tempestad. Son legiones -innumerables de todas las razas y banderas: aquí, la cruz, allí la media -luna, acá las lises, más allá las águilas y, juntos en la hueste, el -casco y el turbante, el capote y el alquicel, los rostros de ébano y de -nieve, todos estremecidos por la misma cólera infernal. - -Y al paso de estas ciegas multitudes se abren los senos de la tierra, se -conmueven las montañas, crujen los bosques, enrojecen los ríos, flamean -los aires y caen las vidas de los hombres como las mieses al golpe de la -hoz. - - * * * * * - -La caravana que venía de Oriente, para otra vez ante el desfile trágico. -Rojas lenguas de fuego tiemblan al borde del camino. Una ciudad arde en -la noche. - -A su siniestro fulgor, se descubre la calidad y riqueza de los tres -peregrinos viajeros. - -Son tres Reyes. El uno es persa: venerable la figura, verdes los ojos, -la barba de nieve, majestuosa la actitud. Viste una túnica de púrpura y -de oro; ciñe un alfanje, con un topacio sobre el puño, y trae sobre la -túnica un rico manto de armiño. - -El otro Rey es árabe: tiene la barba negra y ensortijada, los labios -gruesos, la nariz de fino dibujo, los ojos negros, grandes y hermosos, -en figura de almendra. El sayo es bermejo, bordado con áureas labores; -rojo también el turbante; preciosa la espada, con puño de oro y de -rubíes; el manto, azul. - -Y el otro Rey, etíope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante -el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguileña la nariz, muy -rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los -dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Ciñe un -vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada también la _xema_ o -toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta -de corales, y a la cintura, en el verde tahalí, un cuchillo con el puño -de oro y esmeraldas. - -Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazán. -Sígueles larga servidumbre, con camellos y acémilas, y un carro, lleno -de pródigos caudales. - - * * * * * - -Como en el ancho desierto, cuando sopla el simún, se levantan las arenas -y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire, -obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un -haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, así, de pronto, -una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con ímpetus de simún, llega -por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes -peregrinos. - -Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botín, presa de un -ejército alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad, -cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor. - -El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y -envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesía, en su -habitación de campaña, toda llena de planos y mapas de colores, erizados -de banderitas y alfileres. - ---¿Quiénes sois vosotros--dice arrogante el general--que así os atrevéis -a pasar las líneas de batalla? ¿Ignoráis, acaso, que en estas líneas no -puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? ¿Quiénes sois -vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osáis venir con -armas y mercancías a estos lugares prohibidos? ¿Qué documentos, qué -razones abonan vuestra audacia? ¿Sabéis el castigo que aquí se inflige a -los espías? Hablad pronto, extranjeros; decidme quiénes sois y de dónde -venís; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo -sobre el pecho que no os aplique, sin más preguntas ni demoras, el fallo -inexorable de nuestra ley marcial... - - * * * * * - ---¿No me conocéis?--responde el rey anciano.--Es mi nombre Melchor. Soy -del Irán, del antiguo y famoso imperio que abatió los orgullosos bríos -de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de -los ríos terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan -a los difuntos. He llegado hasta aquí, al través de montañas y -desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas -crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo -inciensos y bálsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los -jardines de Tiharán; paños de seda, más finos que el plumón de un ave, -sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de -Ormuz; tisúes de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de -Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del -Señor, de Aquel que, niño y pobre, nació en un establo de Belén... - ---Yo soy Gaspar--dice el segundo rey.--Vengo del Eufrates y el Tigris, -de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de -las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los -osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun -fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y -Bagdad, donde aprendí los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi -tienda entre los pálidos ladrillos de Khorsabad y de Nínive, de -Babilonia y de Seleucia: cargué mis camellos de oro antiguo, de -reliquias sagradas, magníficos despojos de los reyes de Siria; traje -también yeguas de pura sangre arábiga y asnos blanquísimos, todos -cargados de riquezas... - ---Soy Baltasar--dice el rey negro.--Yo tengo mi palacio junto a las -aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes, -al través del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los -cráteres. Negro soy porque el sol me abrasó desde la cuna en las tierras -bárbaras y esplendorosas de Etiopía. Crucé el Mar Rojo; pasé al Yemen, a -la Arabia Feliz; seguí las rutas de la Meca, de Medina y Jerusalén; el -camino glorioso de Damasco; hallé los tesoros de las antiguas reinas, la -de Palmira y la de Saba; dormí a la sombra de los cedros del Líbano; -bañé mi rostro en el Jordán, y vengo a Europa cargado de púrpuras y -marfiles, de piedras y maderas preciosas, añejos licores, sándalos, -mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los niños -cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de -Jesús... - - * * * * * - -Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones -de los Reyes Magos. - ---Por fuerza sois--dice un príncipe grave y taciturno que acompaña al -general--unos dementes o unos grandísimos socarrones cuando venís hogaño -en disfraz de ingenuos y candorosos peregrinos, con aires de beatitud y -de leyenda, a este mundo senil despedazado por el hierro y por el fuego. -La culta, la cristiana Europa, maestra de cobardes hipocresías; la que -destruye a sus propios hijos en nombre de la civilización, del derecho y -de la libertad; la que puso una cruz en sus banderas y otra en el puño -de sus espadas, hoy, ultrajando a Dios, se entrega a una furiosa bacanal -de sangre. Ved las antorchas, las músicas y los cantos con que celebra -la Navidad de Cristo: ciudades que arden, cañones que retumban, soldados -que corren a la muerte lanzando gritos de odio. La paz del Señor sólo -reina ya en los sepulcros. Los niños que aprendieron el nombre de Jesús, -abandonan sus antiguos juegos y tienden las manos delicadas pidiendo el -fusil, un fusil de _veras_ que acierte a dar en un corazón. Ya todos -saben que los Reyes de Oriente no han de venir, que aquellos Magos -misteriosos y benévolos que en otras Pascuas apacibles colmaban de -ofrendas los zapatitos del balcón, están ahora en las trincheras y -reductos, temblorosos de frío y de nostalgia, deseando matar o morir. El -acre incienso de la pólvora embriaga a los hombres, a las mujeres, a -los niños; el oro se convierte en plomo, y la mirra en mortífero gas... -Caminantes: si lo sois de buena fe, idos a vuestras montañas y -desiertos, a los bosques de palmeras, al Nilo Azul, allá donde aun -recitan al amor de la lumbre los cuentos de las Mil y una noches; huid a -vuestras tierras bárbaras y remotas, y si es que allí, como creo, -entraron también las Furias de la discordia y de la muerte, id a otras -tierras todavía más salvajes, más escondidas y felices, donde jamás se -oiga la palabra civilización, donde, a lo menos, se maten los hombres -francamente, con el sano y desnudo valor de su barbarie, sin decir que -se matan por la justicia y el derecho. - ---Idos, sí--confirma el general,--pues a lo que veo sois hombres de -bien. Pero quédense aquí vuestros bagajes y preseas, vuestros caballos y -tesoros, a fin de que no caigan en manos del enemigo. Tornad a vuestras -tierras, como Dios os diere a entender, que harto salváis con salvar -vuestras vidas en estos infiernos de la Europa civilizada... - -Y los Reyes Magos, pobres y desnudos, como el divino Infante de Belén, -se van para siempre, tristes y cabizbajos, haciendo voto de no volver a -este mundo por todos los siglos de los siglos. - - - - -Las tres cosas del tío Juan. - -(JOSÉ NOGALES) - - - - -LAS TRES COSAS DEL TIO JUAN - - -Todo el pueblo sabía que Apolinar se estaba derritiendo vivo por Lucía, -y que, aunque ésta no se derretía por nadie, no ponía mala cara a las -solicitudes del mozo. Matrimonio igual: ella, joven, guapa, robusta y, -de añadidura, rica; él, en los linderos de los veinticinco, no pobre, -medio señoritín por lo que iba para alcalde, y entrambos hijos únicos. -No faltaba al naciente afecto más que el sacramento de la confirmación, -y para eso no había otro obispo sino tío Juan, el _Plantao_, padre y -señor natural de la dama requerida. - -El ilustre linaje de los _Plantaos_ distinguióse desde muy antiguo -tiempo por una terquedad nativa, de que estaba justamente orgulloso, y, -de haber querido proveerse de heráldica, su escudo no fuera otro que un -clavo clavado por el revés en una pared de gules. Apolinar sentíase -cohibido por esta testarudez hereditaria, y recelaba que el tío Juan -saliese con una gaita de las suyas, porque era hombre que no se apartaba -de sus síes o sus noes así lo hicieran pedazos. - -No hubo más remedio que pasar el Rubicón... y tirarse de cabeza en -aquellas honduras insondables de la voluntad paterna. El tío Juan había -dicho una vez: «¿Qué trae ese por aquí?» Y para los que le conocían el -genio, era bastante. - ---Ahora que está tu padre en la bodega, voy y se lo espeto, y Dios -quiera que pueda salir con cara alegre... Pero antes dime, para que -lleve fuerza, que me quieres como yo te quiero, con los redaños del -alma. - ---Apolinar, que me aburres con tus quereres y tonteos. Si quieres -decírselo, anda; y lo que saques a mi padre del buche eso será, porque -yo también soy _plantá_. - -Renegando de aquellos bravíos rigores de la casta, encaminóse Apolinar a -la bodega, pasando primero bajo la llorosa parra, que tendía sus -sarmientos como cuerdas secas, y después por el angosto corral atestado -de aperos de labranza y cachivaches de vendimia. En la puerta de la -bodega enredósele un manojo de telarañas en el _bombín_, y tragando -saliva entró en la obscura pieza. - ---¡Tío Juan; eh, tío Juan...! - ---¡Aquí! ¿Eres tú? Con este jinojo de tinglao no se ve gota. - -Estaba el hombre muy metido en faena, en mangas de camisa, despechugado, -con una pelambre de pecho que parecía una maceta de albahaca. Era más -que medianamente apersonado, canoso y fuerte; y sudando, como estaba, -parecía un oso polar. - ---¿No se figura usted a lo que vengo? - ---A tomar un jarrillo. - ---No, señor; a tomar un parecer. - ---Pues no es lo mesmo. Pero, anda, suéltala; que no hay hombre sin -hombre. - ---Con esa licencia... no sé cómo le diga que Lucía me tira un poco, un -pocazo, si se han de decir las cosas conforme son. Y como me parece a mí -que yo también le tiro una migaja, venía, porque es razón, a decirle qué -le parece a usted de este tiraero que va por buen fin y por derecho -camino. - -Dióse tío Juan cuatro rasconazos en el testuz, y, volviendo las -espaldas, fué a buscar el jarrillo y la venencia, y con ambas cosas en -las manos, como quien echa el _Dominus vobiscum_, se abrió de brazos, -diciendo: - ---Todo el toque del hombre está en un sí y un no. Así es que, antes de -soltar uno u otro, hay que rumiar bien las cosas. Tomaremos un par de -alumbradores y que Dios sea con todos. - -Y después de beber por riguroso turno, quedóse tío Juan rumiando aquel -escopetazo, como un hermoso y prudente buey que no pone la pata sino en -terreno firme. - ---Pues atento a eso, digo que me parece a mí que la mujer se hizo para -el hombre y el hombre para la mujer... y que por eso tiran el uno del -otro. Pero como ni el hombre ni la mujer son siempre libres, otros han -de agarrarse a la mancera para que el surco salga bien hecho y la -simiente no se desperdicie. Yo, que por lo de ahora soy el gañán en este -negocio, te digo que quien quiera ayuntarse con mi cordera ha de hacer -tres cosas, sin que ninguna le perdone; no haciéndolas, ya se puede ir -con viento fresco y levantar la parva. - ---Aunque sean trescientas haré yo, con tal de meterme debajo del yugo. -Eche usted, tío Juan, por esa boca, que ya se me hace tarde, y aunque me -mande cargar con la bodega, todavía me había de parecer mandato ligero, -según lo encalabrinado y emperrado que estoy con el aquel del tiraero -que ya le he dicho. - ---No soy tan bárbaro para mandar lo que está fuera de las fuerzas del -hombre, por animal que sea. Las tres cosas que pido son éstas: que me -traigan todos los días la primera gallinaza que suelte el gallo al -romper el alba, para hacer un remedio de este dolor de ijares que me -quita el resuello de cuando en cuando; que al que tenga ese querer, -véalo yo una vez siquiera trincar un bocado de hierba sin doblar los -corvejones, ni acularse, ni tenderse; que el tal me dé candela en la -palma de la mano el día de mi santo por la mañana, y esto ha de ser con -sosiego, sin hacer bailes, ni meneos, ni soplar, ni sacudir. - ---¿Nada más? - ---En eso me he plantao, y ha de ser a lo justo; que ni sobre ni falte. - ---Tío Juan, vaya usted preparando el yugo más fuerte que haya en casa, -porque yo me lo echo encima, si Dios no dispone otra cosa. - -Y Apolinar salió de allí con la cara radiante, bailándole los ojos en -una ráfaga de alegría loca, y dando al viento como romántica pluma aquel -jirón de telarañas que se pegó en el sombrero. - ---¡Troncho, qué suerte! Lucía, me ha dicho tu padre que te vayas -preparando, que tenemos que abrir un surco. - ---Qué tonto eres. ¿De qué surco hablas? Me parece que viene su merced -algo repuntado y que el jarro habló más que las personas. - ---Te hablo del surco que han de hacer en el mundo todas las yuntas -humanas. Verás qué labor más dulce. - ---¡Pero qué borrico te has vuelto! - - * * * * * - -«La del alba sería» cuando Apolinar acudió solícitamente a su corral sin -quitar ojo del gallo hasta que dió de sí el extraño remedio del mal de -ijares, que en caliente recogió, bien así como si llevase dentro una -preciosa esmeralda. Cumplida por aquel día la primera condición y no -sabiendo qué hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia, -fuése con los cavadores a su majuelo, _a matar el tiempo_ hasta que el -estómago le avisase. Al llegar a la viña, dijo a los jornaleros: - ---Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar -los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos. - ---¿Pero eso qué tiene que hacer? ¡Valiente hombría! - -Y cuatro o cinco, los más jóvenes, salieron del grupo y doblándose y -enderezándose, sacó cada cual un sarmiento del modo y manera que los -palomos cogen pajitas para hacer el nido. - ---A ver yo... - -¡Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, dió de cabeza en el montón. -Una risa franca y noblota alegró el majuelo, y hasta el sol de color de -cereza que subía por la cuesta azul parecía una gran cara hinchada de -risa. - ---Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas -no se blandeen. Es menester cavar viñas y darle al cuerpo buenos -remojones de sudor. - ---¿Sí? Venga un azadón. Este no pesa, otro... - -Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento: - ---Hoy seré uno de tantos. Hay que apretar..., y no os compadezcáis de mí -si veis que reviento, porque necesito echar un espinazo que sea a la vez -tronco de olivo y vara de mimbre. - -Aquella fué una jornada heroica. Los cavadores, viendo cuán -gallardamente trabajaba Apolinar, mermaron cigarros, ahorraron -coloquios, apresuraron meriendas y sacaron el unto a sus brazos. Al -ponerse el sol, no presentaba aquella cara burlona, henchida de risa, -con que apareció entre las brumas de la mañana, sino otra muy grave, -casi austera, que parecía complacida con la ofrenda del sudor humano que -riega el terrón y fecundiza el mundo. - -Al dar de mano, dijo el jefe de la cuadrilla: - ---¿No has visto la sementera? - ---No. - -Y Apolinar sintió una vergüenza muy honda por aquella confesión hecha en -pleno campo. - ---Pues, vamos, hombre; hay día para todo. Tengo una disputa con tu primo -Epifanio: él, que lo suyo es mejor; yo, que lo tuyo. Como sementera -temprana, la cebada nos llega a la rodilla; el trigo parece un forrajal. - -Y fueron al sembrado, que con su verdor alegraba el alma, y en ella -sintió Apolinar una voz gozosa que parecía brincar en otra mancha verde -y lozana, gritándole: ¡Todo es tuyo; regocíjate, o no eres hombre! - -Y se regocijó honradamente, paternalmente, como si toda aquella vigorosa -fuerza germinativa hubiese salido de sus propias entrañas. - ---¡Yo, que no había visto esto! ¡Maldito sea el casino y las cartas y -quien las inventó! ¡Malditos los tabernáculos, que nos chupan el tiempo -y no nos dejan ver esta gloria, esta bendición de Dios derramada por los -campos! - -Los sembrados del primo Epifanio no resistían la comparación. La tierra -era la misma; pero rutinas, codicias, caprichos, ignorancia y necesidad -la habían esquilmado y empobrecido. El viejo jornalero explicaba el -caso. - ---Dale a un trabajador carne y vino; a otro, papas y tomates. Eso es la -tierra: un trabajador. Según le eches, así produce. - -Apolinar sintió que otro amor sano y fuerte se le entraba en el alma: el -amor a la tierra, el amor a lo suyo, el gozo íntimo y callado del que -posee, del que se conforta al calor del surco, como semilla que germina, -brota, crece y se reproduce. - ---¿En qué estaría yo pensando? Tío Agapito, usted me hace un hombre. Voy -a echarme al campo como una fiera. - ---¡Al campo, al campo! Esa es la ubre... ¡Si vieras a cuánto gandul -mantiene el campo! - ---Yo soy el primero. Mejor dicho, lo fuí. Ya soy otro. Me duelen los -pies... zapatos de vaca... Me duele la cabeza... tiraré este apestoso -_bombín_ y compraré un sombrero de esos fuertes, como si los hicieran de -cerdas de cochino. No más vestidos de Carnaval. Tío Agapito, un abrazo, -y pídale usted a Dios que allá, por la primavera, pueda yo comer hierba -sin doblar los corvejones. - - * * * * * - -No durmió bien, porque el excesivo cansancio riñe con el sueño. En las -manos parecían arder sus huesos desencajados; el espinazo se le -engarrotaba... y en medio de sus dolores, otro sentimiento nuevo lo iba -conquistando mansamente; un sentimiento de infinita piedad hacia el -jornalero desheredado, que todos los días, a cambio de unos cuartos -roñosos, aumenta el caudal ajeno con bárbaro derroche de su propia vida, -y como a la madrugada oyese cantar al gallo, pregonero de su deber y -compromiso, volvió a ver la claridad del naciente día, y otra vez -cogieron sus doloridas manos el azadón lustroso, y el sudor del amo cayó -como lluvia fecunda en la heredad, que parecía estremecerse de amor y -agradecimiento. - -Y un día tras otro se fué curtiendo al sol y al aire, y mientras más se -endurecía la corteza, más nobles blanduras aparecían por dentro.--Como -la viña de Apolinar no hay ninguna. La sementera de Apolinar es la -capitana. ¡Qué suerte de hombre!--Este era el tema de conversación entre -la gente labradora. Los jornaleros se disputaban la casa, porque había -formalidad y trago de vino, y allí no se hacía el agio vergonzoso para -la baja de jornales. Con Apolinar trabajaban los sanos, los hombres de -empuje, estimulados con su ejemplo. - -Pasó el invierno y el sol primaveral vistió el campo de gala. Los -habares en flor henchían el aire de aromas purísimos; los trigos -azuleaban, los cebadales se mecían orgullosamente a compás del viento; -las yemas del higueral, reventando al esfuerzo de las primeras hojas, -tendían al sol una espléndida gasa de oro verde... y los viñedos -extendían sobre la rojiza tierra otra gasa de pámpanos, y ya el olor -tempranero del cierne se esparcía como una caricia dulce y vivificante. - -Llegó el día de la prueba; el día temido y deseado en que Apolinar tenía -puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de -los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de -alegría, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo -y de la tierra. - -No pudo Lucía convencer a su padre de que, al menos aquel día, debiera -pasarlo con la chaqueta puesta.--Me ajogaría.--Y por parecerle esta -razón de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubría -su busto de oso polar con limpísima camisa de lienzo, por entre la cual -se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondosísima. Cuando entró -Apolinar, ya estaban allí el primo Clímaco y la hermana Bella con su -dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atraídos -por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la -gula. - ---Que los tenga usted muy felices, tío Juan y la compaña. - ---Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo. - ---Vaya, aquí tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruño. - -Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas, -que tiró al suelo. - ---Tío Juan, eche usted cuenta. - -Y más ágil que un pájaro, doblóse y pescó un manojo de hierba en flor -que le caía sobre el pecho como una llama. - ---Si usted quiere, me la como. - ---No tienes que comerla. El toque está en trincarla. - ---Lucía, coge el ascua más grande que haya en la hornilla: hala, ya -está. Tío Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por mí -no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo... ¡Como -que tengo aquí un callo que parece una onza de oro! - ---Ya está. Ahora... justo, las tres cosas. Ahora, tú, Lucía, abraza a -este bruto. - -El bruto no esperó a Lucía; él la abrazó con toda su fuerza. - ---Tío Juan, ¿de veras que es para mí? - ---Para ti, cernícalo. Y dale gracias al gallo que te curó; porque ni yo -tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca. - ---¿Entonces?... - ---No seas borrico--dijo Lucía.--Padre quería que madrugases; si no -madrugas, no me abrazas. - -Apolinar soltó un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor, -de fortaleza y de ventura. - ---¿Sabéis lo que soñé esta noche?--dijo el tío Juan.--Pues que yo era el -Padre Eterno, y esta mi cordera era la España, y yo se la daba a una -gente nueva, recién venía no sé de aónde, con la barriga llena, los ojos -relucientes, con callos en las manos y el azaón al hombro.... - -Un alarido triunfal hendió como dardo sonoro el aire azul de aquella -serena mañana de estío. El sol, deslumbrante, caía en lluvia de oro -sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban -bajo el fresco toldo de pámpanos, y el alegre repique de las campanas -parecía responder allá, en lo alto, al alborozo de la raza nueva, de la -raza fuerte, que abría su fecundo surco de amor en la llanura humana. - - - - -La enamorada indiscreta - -(PEDRO DE RÉPIDE) - - - - -DEL LICENCIADO ALONSO DE LAS TORRES - -_Al Autor._ - - - SONETO - - Saludo a ti, señor, en el Parnaso, - como a un divino hermano de las Nueve. - La brisa suave que tu plectro mueve - agita con sus alas el Pegaso. - El más sabio varón de Halicarnaso - no fuera nunca en tus elogios breve. - Hay una diosa que en tu frente llueve - celeste luz a su celeste paso. - De la Helicona la preclara linfa, - te dió a beber con plácido secreto - en áureo vaso extraordinaria ninfa. - Bienhayan tus decires y cantares, - por ti miran laureles del Himeto - las riberas del grato Manzanares. - - -DEL AUTOR - -_Al licenciado Alonso de las Torres._ - - SONETO - - Dolor de los amores que se mueren - y son en nuestras almas enterrados. - Dolor de los puñales bienamados - que ya más no nos buscan ni nos hieren. - No en estos melancólicos narrares, - el fausto busques de la pompa loca. - Yo cambio ese laurel de los cantares - por la rosa del beso de una boca. - Es el dolor mayor de los dolores - el deshojar la flor de unos amores - en el jardín do fuimos sus cautivos. - Añoranza de fuente en el desierto. - Dolor de los amores que no han muerto, - y Dios nos manda que se entierren vivos. - - - - -PRIMERA PARTE - -CUÉNTASE EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ -LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD. - - -En una de las más famosas y nobles ciudades de la prócer Italia, asiento -de las artes y patria de los más ínclitos varones, aconteció esta rara -historia que aquí se relata, y donde se muestra la ejemplaridad de los -designios del Altísimo, que trae aparejada la más alta edificación así -saludable para que huyan la tentación del Enemigo los que aun no -pecaron, y vuelvan a la senda de la Gracia los apartados de ella. - -Era, pues, en Ferrara, ciudad insigne, que había visto prender al -delicado Torcuato Tasso, vate preclarísimo, y había visto también morir -a aquel gallardo ingenio, príncipe soberano de los de su época, que fué -el divino Ariosto, de quien pudo decirse que hubo reinas que besaron su -pie, ya que egregias hermosuras y la mayor de estos últimos tiempos, -como ha sido la sin par Catalina Cornaro, a quien sus paisanos los dux -de la república veneta, Federico Barbarigo y Leonardo Loredano, más -codiciosos que caballeros, han quitado su reino de Chipre, tuvo en ese -poeta el consuelo de un amor que bien valía un trono. Y siguiendo en -este relato verídico y curioso, ha de decirse, que frontera a la casa -donde había muerto el Ariosto, alzábase otra suntuosísima, que bien a -las claras pregonaba la elegancia y distinción de la gente principal que -en ella moraba. - -Estaba la tal habitada por un magistrado de uno de los más altos linajes -de la ciudad, que era la magnífica señoría de Leonardo Aldobrandino, -hermano de Hércules, senescal de los duques. Viudo de una señora de -Pisa, tenía los ojos del alma y los del rostro puestos en su hija -Renata, que era ya una doncella de diez y nueve años, más bella y fresca -que las rosas de aquel gran rosal de Florencia que ha visto arder el -hereje Savonarola. Sabía él que no hay mejor dueña y rodrigón para las -mujeres que su propio recato, y en este punto, la virtud de Renata -parecía guardarse sola. La misa de madrugada en San Lotario, oída con su -padre; algún paseo por la vega de las flores al morir de la tarde, y -otro rato de divertimiento con sus primas en el estrado de la casa, y -siempre bajo la custodia del grave Leonardo. No perdonaba éste, en -cambio, nada que dejase de adornar la gentilísima presencia de su hija; -las perlerías más finas que traían los traficantes de Venecia, y los -guardamacíes bordados y justillos y corseletes de seda de Persia que -llevan a Ferrara los mercaderes ginoveses, nuncios del lujo y ministros -del oro. - -De una parte, el respeto que su alto nombre movía a todos, y de otra la -seguridad de un mal fin de aventura, había librado de galanes a aquella -joya ferraresa, bajo cuyas ventanas no se habían tañido músicas ni -cantado sonetos. Sabíase que su padre tenía dispuesta la doncella para -esposa de un caballero fabuloso. Hablábase de un grave suceso de honra -que aconteció muchos años atrás a Leonardo viajando por España y -hallándose en Sevilla, donde topó con un gentilhombre a quien quedó muy -obligado. Era éste, español, cuatralvo en Cádiz de los galeones de -nuestro prudentísimo soberano el segundo de los Filipos, que hoy -asiéntanse en los cielos gozando de la bienandanza de los justos, y -siendo por aquellos días acaecido el tránsito del gran monarca, apenas -tomó el cetro de las Españas su hijo, nuestro actual gloriosísimo -príncipe Filipo, el tercero de los de su nombre, a quien Dios Nuestro -Señor dé tan larga vida como es sabio su gobierno, fué éste servido de -hacer al gentilhombre su visorrey en uno de los visorreinatos que -tenemos en Indias para mayor grandeza de nuestro César. - -Tenía el nuevo visorrey un hijo de breve edad, que llevaba el nombre de -San Miguel Arcángel, y cuando se despidieron para tornar el uno a Italia -y partir el otro hacia su destino, concertaron que si Leonardo tenía -alguna hija, había de ser esposa del heredero del noble español, que si -la estirpe de éste no cediera a la del Infantado y Medinaceli, la del -italiano era tan alta como la de los Dandolo y Colonna. Un año después -nació Renata, y comunicado el suceso al visorrey, fué luego considerado -su hijo, que tenía entonces no más de dos años, como esposo de la tierna -Aldobrandino. Y en la traza aprobada, quedóse dicho, que tan luego como -Miguel llegase a los veinte años, había de venir a Ferrara para sus -bodas. - -Cercana al palacio de Leonardo hallábase, y aun se halla para contento -de caminantes, la celebrada hostería del Centauro, tan famosa por el -arte de sus guisanderas como por las varias aventuras de amor que la han -hecho tan temida de los padres y sospechosa para los maridos. Como es la -mejor de la ciudad, toda la gente de calidad que viaja suele hacer en -ella posada: capitanes españoles, clérigos romanos, mercaderes -franceses, damas de alta condición y grandes señores detiénense en ella -a su paso por Ferrara, y así es de ver el tráfago de su anchuroso patio, -donde se mezclan la carroza blasonada y el carro de tráfico, el caballo -del alférez y la mula del prebendado. El vino de Chianti llena con -liberal abundancia los jarros de las mesas, y bajo la parra espléndida y -tupida que rodea el portón, hay, como a las puertas conventuales, un -congreso de pordioseros, a quienes en ciertas horas se reparte la comida -sobrante. Sus aposentos son espaciosos como de la casa de un grande, y -su cocina espléndida como de un monasterio de Jerónimos. - -Era en el dulce morir del melancólico Octubre cuando al fenecer de una -tarde arribaron dos jinetes a la hostería. Era el uno muy mozo, de -gallardo y finísimo talle y rostro de ángel, y sus manos, como esas -talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra -del singular artífice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro -andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcábase cierto -desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra -de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguíale caballero en una mula -un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba -allá en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de -humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego -como llegaban a la puerta de la hostería, hubieron de detenerse porque -costera de ellos llegaba y parábase también una gran carroza cargada de -cofres. Detuviéronse y vieron descender de ella tan sólo a un caballero. -Era éste mozo también, aunque de más fuerte y varonil gentileza que el -joven de a caballo; morena tenía la tez y negro su cabello como de un -príncipe del Oriente, que no parecía sino que su padre era el sol y que -asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su -continente nobilísimo. Traía obscuro su vestido y sencillo como de -viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego -la insigne encomienda de Santiago. Entró en el zaguán, apartóse la -carroza y el mozo y su viejo acompañante entraron sobre sus cabalgaduras -hasta el patio de la hostería. Había llovido algo y con eso estaba -escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso -continuo había hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca -experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de -caer éste arrodillado, y hubiese dado también con su cuerpo en el suelo -el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y -el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto -subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y había querido la -suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus años, y el hallarse -ambos españoles en tierra extranjera, hízoles entrar prontamente en -plática y ofrecerse.--Yo me llamo don Diego de Zúñiga--dijo el del -caballo--y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no -tardaré en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de -Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los -negocios ni los placeres, sino un gran pesar. - ---Yo soy--dijo el caballero de la encomienda--don Miguel de Guzmán. -Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al término de mi -peregrinación. Hame traído aquí un cuidado muy grave que ya os -descubriré si os detenéis aquí, y si, como pienso, hemos de ser amigos. - ---Reposarme he unos días y muy de mi grado, señor don Miguel, que me -obliga la merced que me hacéis de llamarme vuestro amigo--contestóle don -Diego. - -Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que -hicieron colación, retiráronse a descansar con promesa de salir juntos -al siguiente día para visitar la ciudad. - -No tardó en amanecer el sol más que en saltar de sus lechos y vestirse -los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa -aleonada, y don Miguel, que había hecho subir sus cofres, adornóse con -unas cachondas de raso y un jubón de vellorí y colgó de su cuello una -finísima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho. -Salieron, y su primer visita fué para el Santísimo Sacramento, como -devotos caballeros que eran, y acudían a agradecerle que les hubiera -dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el pío deber y oída la -misa, diéronse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias -y palacios, maravillas todas que tenían suspenso su ánimo, a pesar de -venir de la opulenta España. Y aconteció que, como se hallasen a media -mañana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar -ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero -admirable comitiva. Componíanla dos graves caballeros ataviados con sumo -lujo, y entre los dos una doncella, portento casi más por su talle y por -su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios -corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riquísimas y -blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor -en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el -aparato de cetrería. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos -señores, don Miguel y don Diego se informaron de quiénes eran.--Son--les -contestaron--el señor senescal Hércules Aldobrandino, su hermano -Leonardo y su sobrina Renata. ¡Qué bien se echa de ver que sois -forasteros al no conocer a tan visibles personas! - -Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando -ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven, -prosiguieron su paseo, hasta que fué hora de retornar a la posada. Y a -petición de don Diego separáronse después del meridiano yantar para el -reposo de la siesta. - -Buena siesta diere Dios a don Diego, que así que se vió en su aposento a -solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a -llorar como una Magdalena después del arrepentimiento.--Malhaya mil -veces, Marcos amigo--le decía--, malhaya mil veces la hora en que nos -partimos de nuestra casa si había de ser para tal fin de viaje, que me -pienso que no llegaré a Mantua y quedaré con la maldición de mis padres -y sin el asilo de mi tía la priora. - ---Sosegáos, señora mía--respondió el escudero--que aína os turbáis y me -dais ganas de llorar a mí también. Mirad, doña Mencía, mi ama, que si -ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarán de vuestro varonil -disfraz. Hicísteis mal en prometer a don Miguel que os detendríais aquí, -pues lo que importa es que lleguéis cuanto antes a Mantua, donde os -espera la paz del monasterio. - ---¡Ay! ¿Por qué nací mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como -esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo -cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pensé en mi tía doña Clara y -en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el -novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Más me -valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de -nuestra ciudad, que no hacer peligrar aquí mi vocación forzosa y la -salvación de mi alma. - ---Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi señora. Pero decidme, ¿qué mal -pájaro os ha picado que os ha causado tal maleficio? - ---Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Niño es y sabe más -que cien doctores. - ---Acabáramos, doña Mencía de mi alma, que ya me asombraba a mí que el -tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino. - ---Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo -para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra -historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. ¿No has -parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en -la galanura de su decir y en la discreción de su pensar? Heme aficionado -a él de tal manera y cobrádole un tan grandísimo afecto, que sangre del -corazón llorarían mis ojos si me arrancasen de su compañía. - -Juntos pasaron el siguiente día ambos muy divertidos con sus pláticas. -Era el don Miguel muy letrado y placíase en decir versos que sabía, y -sólo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama -cruel. Así aconteció que hallándose juntos tuvo el don Miguel la donosa -ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que él compuso -cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos: - - SONETO - - Sabio lunar que colocarse supo - tan sabiamente en el redondo seno. - De orgullo le supongo y gozo lleno - por la preciosa suerte que le cupo. - - Es flor de tal jardín, él es el astro, - astrolabio, astro mago, guía y norte - de esa esfera de amor. ¡Oh rey sin corte! - Planeta de ese cielo de alabastro. - - Atrae por quemar. Fuego de Neso. - Imán de la mirada. Imán del beso. - Para encender los labios con su llama, - - y que la apague al recibirlos luego, - lago que apaga de la antorcha el fuego, - los verdes ojos de la rubia dama. - -No apercibióse Guzmán de la turbación que disimulaba en cuanto podía don -Diego, según avanzaba él en el declamado de los versos, que a bien que -él pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversión, y no que -caían en los castísimos oídos de una noble doncella. Así al terminarlos -y recibidos plácemes por su arte de bien decir, fué requerido el de -Zúñiga para recitar a su vez. Era éste grave aprieto para la dama; pero -cediendo a la fatalidad de la ocasión, hubo de decir con voz algo -turbada, pero suave y cristalina, esta canción que recordaba: - - CANCION - Amor de yo no sé dónde. - Pasión de yo no sé cuándo. - ¡Qué necio es lo que se esconde, - si el alma lo está buscando! - No el severo pensamiento - me distraiga de mis cosas. - ¿Acaso medita el viento, - y acaso piensan las rosas? - Viva la bella locura - que habla al sol en la pradera, - y corre por la llanura - cabalgando en la quimera. - El sol que en la tarde muere - vuelve a nacer otro día. - Quien de nosotros muriere - a nacer no volvería; - día en que no hemos amado, - día es que habremos perdido. - ¡Oh, amores que ya han pasado, - y amores que aun no han venido! - Llegue a leer tu mirada - mi dulce libro secreto. - Sin ti la vida no es nada. - ¿Qué sería el Paracleto - sin Heloísa? ¿Qué fuera - Valchiuso sin el Petrarca? - ¿Por qué la encantada barca - en vano en el lago espera? - ¿Para quiénes la ribera - tiene su sombra y su flor? - Jardines de primavera, - ¿qué seréis sin el amor? - -Hubo de comprimir un suspiro el ficticio don Diego al terminar la -relación, y apenas supo dar las gracias por las albricias que le daba el -de Guzmán, encantado por el modo con que había sido dicha la canción. -Entretuviéronse departiendo sobre otros puntos puestos de codos sobre la -abierta ventana, mientras abajo proseguía el eterno coro de todos -tiempos y países. Los criados hablando mal de sus amos y del gobierno de -la república, y las mujeres mordiendo en las honras de las vecinas y las -vidas de las amigas ausentes. Que no hay Trajano que no sea Calígula -para la gente lacayuna, ni dama que no sea liviana para las mujeres que -por los años no pueden ya valerse de sus donaires, y por su -desabrimiento no llegaron a doctorarse de alcahuetas en las academias -del amor. - -Al caer de la tarde, don Miguel fué a buscar al que para él seguía -siendo don Diego, y requirióle para dar un paseo por las afueras de la -ciudad, que con aquel otoño tan dulce eran de una amenidad -extraordinaria. Hizo don Diego esfuerzos para serenarse, y cuando -departían bajo de una frondosa olmeda, don Miguel, asustando a su -interlocutor con tal comienzo de discurso, hubo de decirle así. Lo que -le dijo verán los curiosos ojos que pasaren a la segunda parte de tan -certísima historia. - - - - -SEGUNDA PARTE - -SÍGUESE REFIRIENDO EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE -TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD. - - ---Quiero, amigo don Diego--empezó diciendo el de Guzmán--, ya que sois -el único que por ahora tengo en esta ciudad, daros cuenta del propósito -de mi viaje y razón de mi llegada a estas tierras. Habéis de saber que -he venido a celebrar mis bodas, a las cuales os podéis tener por -natural convidado; pero os ha de asombrar el saber que no he hablado -nunca con mi esposa, que así puedo llamarla, y que quiero probar la -condición de su carácter, aunque ya conozco la de su continente. - ---¿Ya la habéis visto?--preguntó casi temblando don Diego. - ---Cierto que sí, y vos también. ¿No recordáis aquella joven del azor que -vimos pasar por delante de la catedral? Pues esa es, la hija de Leonardo -Aldobrandino, primate de este ducado. - -Creyó don Diego que su amigo se chanceaba y acabaría por darle vaya y -declarar que eran sus palabras burla de pasatiempo; pero tal insistió, -refiriéndole la historia que ya conocemos, que don Diego felicitóle, el -rostro demudado y casi balbuciente el habla. - ---Murió mi padre hace tres años--concluyó don Miguel--y he venido yo -solo a cumplir el pacto, si en ello no va nada, como espero, contra el -lustre de mi raza y la honra de mi persona. Para mis planes necesito de -vos, caballero don Diego, pues desde luego he descubierto en vos una -gran nobleza, y serviréisme, procurando ser visto de la hija de -Leonardo, después que yo haya llegado a ella, aunque sin descubrir quién -soy. Si ella sabe rechazar toda pretensión que no sea la de ver a su -esposo de Indias, a quien debe esperar fielmente, será mi esposa. Pero -si no sale triunfante de la prueba y tiene a los galanteos la -inclinación que otras muchas jóvenes italianas, no será ella quien venga -conmigo a mi palacio de Sevilla. - -De tal modo insistió don Miguel, que logró que don Diego aceptara la -misión, y algunos ricos trajes y preseas para el atavío de su cuerpo, -que eran muy de menester para el intento. Y aquella misma noche unos -músicos colocados bajo las ventanas de Renata, cantaron con meliflua voz -el siguiente: - - SONETO - - Amor es, Filis, brisa perfumada. - Ola de un mar de encanto. Golondrina. - Es algo que va y viene. Peregrina - canción que en la espesura canta un hada. - Ha tenido el jardín fulgores raros - como luz de un espíritu que pasa, - y ese fuego he sentido que me abrasa - al resplandor de vuestros ojos claros. - La luz y vuestra sombra se perdieron. - Amargura y dolor permanecieron. - Al bosque y a las almas vuelve el frío. - La fuente gime con gemir sonoro. - Llorando está el jardín sus hojas de oro - porque han muerto las flores y el estío. - -Era por la mitad del cántico cuando entreabrióse una de las ventanas y -asomó su rostro cenceño la dueña Lisarda, que había sido tercera de los -amores de Leonardo con la madre de Renata, y vivía desde tiempo -inmemorial en la casa. Retiróse en seguida; y al punto muy -discretamente, como niño que teme cometer impertinencia, miraron a la -calle los propios y celebrados ojos de Renata, a quien placía tener por -vez primera música delante de su casa. Pero como Leonardo, que había -salido al palacio del obispo, donde se celebraba un festín, no había de -tardar en volver, Lisarda bajó a decir a los músicos para quien les -enviaba, que su ama se holgaba con su tañido y les agradecía con notable -contento la merced; pero que si el señor volvía y apercibía serenata, -habían de verse en grave aprieto por ser justicia de la ciudad y muy -celoso de la guardia de su hija. Con esto y haber juzgado que para ser -la primera noche habían hecho bastante, retiráronse caballeros y -músicos. - -Júzguese el dolor del fingido D. Diego al representar tal papel. Fué tan -grande como la alegría de Renata, al verse regalada y con cortejo. Al -otro día, y por encargo del de Zúñiga, buscó Marcos la traza para hablar -con Lisarda, y su coloquio fué tan sabroso como breve:--Garrido es el -soldado--dijo la vieja al escucharle--, y a fe que si fuera más mozo -pudiera ser el roto de mi descosido. Pero sepa que mi boca es de oro, y -sólo se abre con llave de ese mismo metal, que no quiero comprometerme -de balde con mi señora. Válame Dios. - ---Miren el orejoncillo con faldas--contestóla Marcos--que en mi tierra -la hubieran paseado por el Zoco, caballera en un pollino, emplumada y -con coroza, y conocería todas las pencas de la comarca. Y concluyó con -una sarta de pesiatales y de porvidas, con más votos que el altar de San -Blas. Fuése el escudero, y apenas hubo subido Lisarda a la casa, fué -llamada por Renata. - ---¿Sabes--preguntóla ésta--quién puede ser uno de los galanes de la -música de anoche? - ---Yo tengo, hija mía--repuso la dueña--tan poca vista para la malicia, -que no acierto en esas cosas. - ---Pues esta mañana, viniendo de San Lotario, le he visto entrar en la -hostería del Centauro, que no se me despinta su talle con sólo habérseme -aparecido de noche y no haber mirado yo más que de soslayo. Y decirte -quiero, Lisarda, que estoy harta de esperar a ese caballero de Indias, -que me tiene prometido mi padre y también que he soñado con el rondador -de la serenata. No es desagradable tampoco otro caballero que hoy tiene -mi padre convidado, y nos ha saludado esta mañana en la iglesia; pero no -me parece tan amable como el de la hostería. Fuerza es que te enteres de -sus prendas y si es persona de calidad como representa ser. - -Aquel día tenía, en efecto, Leonardo convidado al propio D. Miguel que, -sin manifestar su nombre verdadero, se había presentado a él como un -amigo del visorrey y de su hijo, de quien le traía nuevas. Mucho agradó -a Renata la presencia del huésped, así como su cortesanía y discreción; -pero el pensamiento no se le iba del lado de D. Diego, de quien las -artes del Enemigo Malo hiciéronla prendarse muy en malhora. Quiso -Leonardo que su hija regalase al forastero, y la hizo cantar -acompañándose con el arpa, y cantado que hubo, requirió y le fué -concedida licencia para retirarse del estrado. Así que Renata se vió -libre, corrió en busca de Lisarda para hablar con ella de D. Diego con -ese afán de los enamorados que sólo saben platicar de lo que aman. -Preguntóla si había inquirido su nombre y condición, y supo que era un -caballero español que se llamaba D. Diego de Zúñiga, y a lo que la -dijeron viajaba por placer, siendo un mayorazgo muy rico de Castilla. -Esto sabido, su pasión afirmóse al conocer que se trataba de un hombre -principal. - -Instigado por D. Miguel vióse D. Diego obligado a enviarla recados y -billetes de mejor gana recibidos que mandados. Y era de ver cómo al -tiempo que crecía el amor de Renata por D. Diego, crecía también la -pasión del falso Zúñiga por el noble don Miguel. Y la dama, oculta bajo -el disfraz de que se había valido para salvar su recato al viajar por -los caminos en dirección al convento en donde se pensaba encerrar, -lloraba cuando estaba a solas, y para salir de tan anormal situación -unas veces se determinaba a presentarse con el traje de su sexo al de -Guzmán, y otras decidíase a partir para Mantua sin despedirse del -caballero que inocentemente hacía tal estrago en su espíritu, siquiera -fuese el suyo el honesto amor que cumplía a una joven dama principal y -cristiana como ella era. - -Tenía dispuesto el duque de Ferrara en sus bellos jardines una fiesta de -noche, para honrar una embajada de la magnífica señoría de la república -de Venecia, y había de ser de un fausto tal como era tradición en los -sucesores de Alfonso de Este, _divi Hércules filius_. Como era natural, -tenía parte principal en ella Renata como sobrina del senescal, y -Aldobrandino, sin saber que con ello honraba al que debía ser su yerno, -invitó a D. Miguel a que fuera parte de la misma y de una comedia que -allí había de hacerse. Dió cuenta de esto el de Guzmán a D. Diego, y a -poco recibía el falso Zúñiga una esquela de Renata con cita en los -jardines ducales la noche de la fiesta. - -Magnífica como el señor que la dispuso, era ésta que animó los vergeles -señoriales. Percibíase, llegando a ellos, un grato y apacible sonar de -músicas, y apercibíase en entrando una muy notable frecuencia de -caballeros y de damas que discurrían y departían, placíanse con el -tañido y holgábanse con danzas de ceremonia y otros varios deleites. - -Siendo grande la frondosidad de la arboleda, toda ella ardía con -profusión de luminarias, y era de ver cómo rutilaban las piedras -preciosas sobre los brochados de los trajes, y cómo los blancos chapines -de seda de las damas constelados de diamantes semejaban albas flores -cubiertas de rocío sobre el verde de la pradera. - -Aquellos días celebrábanse de continuo fiestas de estafermos y corríanse -sortijas, habiendo justas como otras célebres que hubo en Castilla, -tales como el paso honroso del caballero Suero de Quiñones en Medina del -Campo, y el otro con que le imitó honrando la embajada del duque de -Bretaña el muy magnífico señor don Beltrán de la Cueva, duque de -Alburquerque, conde de Ledesma, vizconde de Huelma, señor de Mombeltrán, -y de La Adrada de Cuéllar y de Roa, ejemplo de validos y espejo de -caballeros leales a sus reyes. - -Abríase en el centro de los jardines una amplia plaza bordeada de -álamos, cubiertos sus añosos troncos con túnicas de hiedra; nobles -estatuas alzábanse también allí, y el suave musgo vestía de verde -terciopelo las figuras del mármol. Corriéronse en tan bello lugar unos -anillos a la luz de las antorchas y fué triunfante un caballero milanés -que se llamaba Leonelo Sforza, y era hijo del esclarecido linaje que -llevaba ese nombre preclaro. Traía el vencedor en la muñeca izquierda un -brazalete como de hierro y en el cual eran grabadas las palabras de su -mote, que también llevaba en el gallardete de su lanza. Lema lleno de -poesía y donosura, que decía así: _Galeote soy de amor_. - -Fué a ofrecer su galardón a una dama que se hallaba justamente al lado -de Renata y se llamaba Laura de la Rovere y era de familia de donde han -salido pontífices romanos. Algún disgusto tuvo la vanidosa Aldobrandino -al no verse favorecida, pero ningún desabrimiento había aquella noche en -la fiesta como el del desdichado don Diego, que tan mal de su grado la -presenciaba. - -Siguióse una danza de salvajes, y a ésta otra en que la comparsa -vestíase a la usanza de los antiguos legionarios romanos. Apartáronse -luego en dos filas los bailarines y salieron del boscaje unas gentiles -amazonas que hubieran sido envidia de la propia Pentesilea y cabalgaban -sobre cándidas hacaneas cubiertas con gualdrapas. Traían una aljaba a la -espalda y blandían el arco en la diestra, disparando sus flechas hacia -lo alto de los árboles. A ellas seguían unos lacayos que conducían sobre -parihuelas de plata diversos cuerpos de toros con sus cuernos y sus -cascos dorados, y todos ellos cubiertos de guirnaldas, y con gran -concurso de frutas confitadas. Era este el anuncio del festín que se -siguió y fué tal como los opulentos de las nupcias de Beatriz de Avalos -con el magnífico Juan Jacobo Trivulzio, y las de Violante Visconti con -el duque Lionel de Inglaterra. - -Finó el banquete, mas no se crea por eso que tuvo su punto la función. -Diéronse varios vítores a la embajada veneciana, y luego unos como -líctores comenzaron a decir: «¡Viva el duque muchos, y buenos, y largos -años con triunfo sobre sus enemigos!» Y el cardenal de Giudice, que -presente se hallaba, dijo después: «Loado sea Nuestro Señor; que nos da -tal señor.» Todos cuantos habían sido parte en el festín pusiéronse muy -luego en marcha a otro lugar, pues que la noche y los jardines daban el -tiempo y el espacio suficientes para que la fiesta continuase. Dió todo -aquel senado en una pradera donde había dispuesto un estrado para que -unos muy ilustres histriones representasen farsas divertidas y amenas. -No era ciertamente nada de amena y divertida la farsa que tocaba -representar a D. Diego, que tenía su pensamiento allí donde pusiera su -ánima cuitada. - -Comenzóse la representación por una loa que se titulaba _El triunfo de -la prudencia_. Era en tal alegoría la señoría veneciana como Mentor del -país italiano a quien se hacía pasar por Ulises. La urdimbre era -sencilla y agradable, y todo aquel artificio con muy singular acierto -tramado. Hacíase después un paseo de comedias que era llamado así: _Gran -caudillo es el amor_. Bello poema donde el poeta ponía en su fábula -verdades de la vida. Era aquí donde había sido rogado D. Miguel por -Aldobrandino que, tratándose de una persona principal y muy versada en -letras italianas, tomase un papel. Eran los personajes de la acción: -Ricardo y Cardenio, caballeros; Lucrecia y Beatriz, damas; Hipólita, -dueña, y Pánfilo y Doroteo, criados. Fingía Renata la parte de Beatriz, -sin saber que en aquel Cardenio que era su galán en la comedia, -escondíase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal -recibido. - -Fingíase en aquel paso que todas las damas habían movido una cruzada -contra los caballeros todos para vencerles el desamor, pues no los -consideraban suficientemente rendidos a su albedrío, y valiéndose de -armas para su intento, habían usado primero de la tiranía de la soberbia -con que sólo consiguieron un desdén uniforme. Buscaron luego mejor -general para su causa y dieron en encontrar al amor que muy luego -sirvióles aunque siendo igual que fuerte veleidoso hubo de traicionarlas -haciéndolas a la postre esclavas de aquéllos a quienes intentaron -rendir. Era bella la traza y hábilmente parlada, que bien mostrado lo -sutil del ingenio que la había compuesto y debía de ser un poeta que no -cediera en elegancia al mismo Fracastor. - -Trasládase aquí un retazo de escena, porque el interés que movió en el -senado que la escuchaba y hasta nuestro propio deleite nos lo ordenan. -Hallábanse en medio de un boscaje el caballero Ricardo, que era príncipe -de Inglaterra, y la dama Lucrecia, que era duquesa de la Italia, y así -decían sus decires: - -RICARDO - -¿Seréis esquiva dama menos gradescida que las flores? Ved que ellas de -todos codiciadas no apartan el tallo de su rama cuando alguien quiere -gustar de su fragancia, y aun besarlas como a labios de hermosas. - -LUCRECIA - -Para vos, caballero Ricardo, las flores todas de mi jardín, menos una. -Sabedla ganar y serán sus hojas labios para vuestros labios. Vos os -llamáis Ricardo. Así se llamaba vuestro rey Corazón de León. - -RICARDO - -¿Queréis, dama Lucrecia, que vaya a Palestina? Yo rescataré el sepulcro -de Cristo, y traeré para que adornen vuestros chapines las gemas que -adornan el turbante del señor soldán de Babilonia. - -LUCRECIA - -¿Vos no sabéis la historia de la Tabla Redonda? - -RICARDO - -El rey Artús era mi abuelo. - -LUCRECIA - -Aún me parece a mí poco linaje el vuestro. No vayáis a Tierra Santa, -pero traedme la copa donde bebió Nuestro Señor en su última cena. Está -tallada en una piedra que saltó de la diadema del demonio. Guardóla el -rey Titurel de Anjous con unos bravos caballeros, y otro caído en -liviandades la perdió. Rescatóla el príncipe Parcival, padre del -caballero Lanzarote del Lago. Ricardo, la noche de nuestras bodas, -quiero que bebamos licor de la vida en ese cáliz. Ricardo, id al -Monsalvato y traedme al Santo Grial. - -RICARDO - -Rebosante de sangre de emperadores adversos, y de vino de las vides de -Chipre. Inerme acudiré. Rendiros he mi espada. - -(Aquí desceñíase la espada del tahalí, la cual era recibida por -Lucrecia, que besaba su pomo.) - -LUCRECIA - -Beso este oro donde tantas veces puso sus manos el valor. - -(Soltaba la espada de improviso y daba un grande grito.) - -¡Mal cuitada de mí! Aspid, escorpión o saeta. No era espada, que era -dardo de amor. No os partáis de mi lado. Para vos, caballero Ricardo, -todas mis ofrendas y todos mis sacrificios. No temáis que el viento os -aparte la rosa de la rama. - -RICARDO - -¡Ay, el viento de la muerte!... - -LUCRECIA - -No le temáis; mucho peor es el viento de la vida para arrebatar amores. -Pero yo soy eternamente para vos. Tomadme, Ricardo. Vuestra es la rosa. -Tomadla antes que la agosten los soles, la marchiten las lluvias y la -arrastren deshojada los vendavales. - -(Y se oía tras el boscaje una suave música, y se corría un rico tapiz -sobre el estrado.) - -Pareció notablemente bien la comedia al concurso y todos la loaron -sobremanera. Sólo D. Diego padecía después de haber visto en una escena, -juntos al noble don Miguel con la desenvuelta Renata. Y fué más, para -aumentar su enojo, cuando vió a Lisarda, la dueña, que cautelosamente se -le llegaba y ponía en sus manos un billete, diciéndole en él Renata que -si quería platicar con ella, la vieja le daría la llave de una puerta -secreta de su casa, por donde sin ser notado, podía con toda seguridad -llegar a su aposento y salir del mismo modo. En poco estuvo que D. Diego -no pusiera entonces punto a la enfadosa historia en que estaba metido; -pero por servir en algo a D. Miguel, a quien tan rendido estaba su -verdadero ser, se dispuso mal de su grado a continuarla, aceptando de -manos de la dueña la llave prometida. Terminóse la fiesta con grande -algazara de pífanos y otros instrumentos, que recorriendo los jardines -mostraban señal de que la fiesta había dado fin. Y fué de ver el -brillante aparato con que Renata, como correspondía a su alcurnia, -retiróse a su casa en la carroza con su padre, acompañados por dos -jinetes que iban a los estribos con sendas hachas de viento encendidas. - - -TERCERA PARTE - -DASE FIN Y CABO A TAN EXTRAORDINARIA HISTORIA - - -Habló D. Diego con Marcos al salir del vergel de los duques, y éste -aconsejóle que pusiese cuanto antes término a tan enojosa aventura. Pero -no bien habían andado algunos pasos, cuando Lisarda entregó a D. Diego -un billete en que Renata pedía el hablarle sin falta aquella misma -noche y con grande urgencia. Determinóse don Diego a acudir al -llamamiento con la presteza demandada, y despidiendo a su escudero, -siguió a la dueña, hasta la puerta oculta y la escala secreta. Vióse de -pronto en una estancia suntuosísima con tapices de tan raro gusto y lujo -por las paredes, y muelles escabeles y blandas acitaras que más llevaban -a la pereza que a la diligencia. Un braserillo donde se quemaba canela y -ámbar, hacía oficio de pebetero y aromaba el agradable ambiente. -Levantóse uno de los tapices y apareció Renata ataviada con el mismo -vestido carmesí y la gorguera de batista finísima, y las mismas preseas -que en la fiesta, pues tocábase con la _lenza_, que es como llaman en -Toscana a la diadema que llevan las damas próceres, y traía sobre su -pecho un primoroso cintillo de topacios y de diamantes. Estaba cubierto -el pavimento con una pérsica alcatifa de tal modo, que los perlados -chapines de Renata no movieron ruido ninguno y el absorto D. Diego no -advirtió su presencia hasta tenerla junto a sí. Y fué notable su -maravilla cuando la vió caer de rodillas ante él y con mil protestas y -juramentos solicitarle que sin pérdida de tiempo mostrara a su padre la -calidad de su persona y cómo podía ser digno esposo de su hija, para que -la pidiera en matrimonio. Llegó la desventurada en su desvarío a -pedirle que la llevara consigo a su posada, con lo que por evitar que se -siguiera el escándalo, el mismo padre acudiría con el clérigo para los -desposorios. Y esto decía aquella niña criada con tal cuidado y esmero -en el santo temor de Dios por el más severo y amante de los padres. Que -a tan notables extremos de locura lleva a las criaturas humanas el ciego -amor, ministro del infierno y arma de Satanás. - ---Hicierais mejor--le repuso serenamente D. Diego--en amar de lejos, que -las almas que son mariposas de la llama de amor mueren abrasadas en ella -cuando se acercan demasiado. - -Arrojóse Renata a sus brazos, y en poco estuvo que el disfrazado Zúñiga -no la mostrara la gravedad de su disparate; pero conteniéndose y dejando -el fin de todo para el siguiente día, desprendiéndose de ella y con la -promesa de volver a la otra noche ganó la secreta escalera y se puso en -salvo. - -Apenas tornóse a la posada donde le esperaba D. Miguel, refirióle punto -por punto lo acaecido, haciendo grandes esfuerzos por no declararse a él -como Renata, pues la dama española consideraba todo aquello como una -prueba a que el Señor Rey de cielos y de tierra había sido servido de -someterla en su alta sabiduría. Pero fué grande su espanto cuando supo -que D. Miguel había recibido también un billete de Renata para verla a -la siguiente noche, a hora diversa de la concedida a D. Diego.--¡Ah, -pérfida y malvada mujer--decía el de Guzmán--que así haces aprecio de -las canas de ese noble varón, que es tu padre, y crees que el amor de -los caballeros y el recato de las damas son prendas para juego!--Y luego -continuó más sereno:--Yo te juro que esta vez tu saber ha sido errado, y -que no ha de valerte que sepas tanto de amor como de ciencia doña Oliva -Sabuco, y que has de olvidarla toda muy pronto, así tengas más memoria -que Mitrídates y Scalígero, y en seguida concertóse con D. Diego para ir -juntos a la siguiente noche y confundirla con la lición de la presencia -de ambos a la vez. - -Marchóse D. Diego a su aposento, y fuera necio advertir, que no sólo no -pudo conciliar el sueño, sino que ni lo intentó siquiera. Tenía una -grande turbación, que era ese inmenso desasosiego de la mujer -fuertemente enamorada, que lucha porque la color de su rostro y la frase -de su labio no traicionen a su alma. - -¡Grande cosa es el amor, decía el escudero Marcos, que él vuelve agudos -a los tontos y torna necios a los discretos! Doña Mencía en tanto -deshacíase querellando sus cuitas. Salíase a un muy apacible retiro -formado de olmos muy añosos, y allí se lamentaba:--Que así hemos de ser -las mujeres--, decía--que así cambiamos amores con desdenes, y nos -perecemos por amar a quien no nos ama, y somos esquivas para los que nos -quieren bien--. Era aquel lugar muy sujeto a melancolías en su sombra -nocturna, y servíala de consuelo. ¡Oh noche, divina noche, hermana del -misterio y madre de la bendita poesía, tú eres la puerta encantada de -los placeres, y la piedra filosofal de los dolores, maravilla de los -amantes, arpa de las canciones, princesa del secreto, y alcázar -universal del amor. - -Ya pensaba la piadosa Mencía en el exorcismo, creyéndose posesa, -malhayan la caldereta y el hisopo para tales hechizos y para tal -demonio. Buscó después el halago en la piedad, y cogiendo un libro -eucológico que D. Miguel habíala emprestado, y se llamaba _Ruta de la -montaña de Sión_, hubo de toparse entre sus páginas con unos versos -manuscritos, que sin duda alguien habíalos dado traslado a aquel papel, -habiéndole placido el donaire de un poeta que debía de ser, a no dudar, -algún preclaro ingenio de la corte de Madrid, y eran estos que aquí se -copian para mayor deleite: - - LETRILLA A DOÑA BELISA - - Amor, que es niño y travieso, - me mata con sus mercedes. - Hame tendido sus redes, - y hame preso. - Pedisme dueña y amiga, - que os diga - mis bienandanzas de bella, - y la cuitada cantiga - sólo oiréis de mi querella. - - Ya no rúo, ya no canto, - del arca en el fondo están - basquiña de veludillo, - pañizuelos y tontillo, - y la prenda de mi encanto, - aquel primoroso manto - de bordado tafetán. - - Que amor que es niño y travieso - me mata con sus mercedes, - hame tendido sus redes, - y hame preso. - - Y sabréis Doña Belisa, - que sólo salgo a la misa - de las madres Recoletas, - y ya no me regodeo, - ni bullo, ni me paseo - por San Blas, ni por el Prado, - que amo pláticas secretas - tenidas en el estrado, - y triste cilicio ciño - por la culpa de un doncel. - Que amor me llevó al cariño - de uno que es travieso y niño - como él. - - Como él gracioso y avieso, - con perfil de Ganimedes. - Hame tendido sus redes - y hame preso, - el que sin mal ni dolor - el seso roba al discreto, - y enturbia el sabio conceto - al letrado y al dotor. - - El amor, - que no obliga con premáticas, - ni otras leyes mayestáticas, - el señor corregidor. - Y a quien no rinden los reyes, - ni con él hay valimiento, - ni rigen con él las leyes - que llenan el aposento - de mi tío el oidor. - - Se trata, doña Belisa, - de un rapaz más que donoso - que en los diez y siete frisa. - - ¡Quién me viera! - Yo, aquella dama que fuera - la del gesto desdeñoso, - castigo de los galanes - que desprecié los afanes - postreramente de tres. - Don Gil que ahora en Indias loco - padece por sus desmanes. - Un mayorazgo por poco, - y por harto un ginovés. - - No juguéis con el cariño. - Mirad quien así os lo avisa. - No sabéis, Doña Belisa - cómo me tiene ese niño. - - Dejadme, dueña y amiga, - que no siga - con tan plañidero son. - A vos os digo el secreto - a que me obliga el afeto - de nuestra vieja afición. - Pero no es bien que mi lengua - al viento diga mi mengua, - que no es bien que la publique - y mi escándalo predique - mi canción. - Y pues mi mal conoscedes, - si halláis afrenta en mi exceso - no preguntéis por mi seso, - que la deidad que sabedes, - hame tendido sus redes - y hame preso. - -Leyólos y releyólos doña Mencía con atento cuidado, como si fuese -aquella dulce poesía espejo de sus propias penas. Muy luego tomólos en -su memoria, que era clarísima, y casi de continuo los recitaba. - -Tan luego como amaneció, sacó del cofrecillo que había traído Marcos a -las ancas de su mula los atavíos femeniles que la correspondían, y eran -sencillísimos y de una gran honestidad. Un vestido de estameña y un -tafetancillo como velo, que eran con los que pensaba entrar en Mantua, -por no ser decoroso que entrase en el convento con el traje hombruno del -camino. Y cuando don Miguel envió a su amigo los buenos días, el que ya -no era don Diego, después de tomar licencia para entrar en el aposento -del de Guzmán, presentóse en el umbral de la puerta, mostrando tan -gentil presencia de mujer, que don Miguel quedó todo turbado y confuso -ante la inesperada aparición. - ---No fué soñación vuestra sin duda, señor don Miguel--comenzó diciendo -la dama,--ver trocado desta manera a vuestro gentil amigo don Diego. -Pero en pocas palabras os diré la verdad de mi historia. Soy nacida en -Toledo, de muy nobles padres y llámome doña Mencía de Carvajal. Más -cuidadosos de medrar en su hacienda que de beneficiar mi espíritu, -dábanme por marido a un hombre rico, pero viejo, sucio y feo. Nada -valieron mis protestas, y entonces determinéme a tomar por esposo al que -es eternamente bello y bueno. Una hermana de mi padre, dama que fué de -gran hermosura, vive en Italia rigiendo una comunidad de religiosas y -pensé venirme con ella, tomando para mi intento ese disfraz con que me -habéis visto, y acompañándome de Marcos, escudero de mi casa, que fué -compañero de armas de mi abuelo y tiéneme más afición que mi propio -padre, y así tomé el camino destas tierras donde había de unirme con la -que se llamó en el siglo doña Clara de Carvajal y de Mendoza, y hoy es -en religión sor Margarita, priora de las Capuchinas de Mantua. Pero -quiso Dios (Dios debe ser) que os hallare en mi camino. Sabed, don -Miguel, que de hoy más no me veréis. He sido fuerte hasta ahora, seré un -momento débil para haceros una confesión, que el corazón se me saltará -del pecho si no os la hago y puedo hacérosla, porque sois hidalgo y -noble como un hijo de rey, y luego volveré a mi prístina fortaleza para -daros un adiós que lleve quizás pedazos de mi alma. - -El asombro de don Miguel creció de punto al escuchar tales palabras y de -tan linda boca, que la gravedad del continente de doña Mencía y toda la -honestidad que ponía en el hablar, que lo hacía con los ojos fijos en -el suelo, habíanle llegado a lo hondo de su ánima. - ---No acierto--prosiguió la dama--a deciros lo que deciros no quisiera, -pero deciros he. Diréos, don Miguel, que os amo, que sois el primer -caballero a quien puedo decirlo, y único, pues que dentro de breve -tiempo el mundo habrá concluído para mí. Considero vuestro amor como una -rosa encantada, de aroma fragantísimo que debo aspirar a distancia, -porque si tocarla quiero, cien espinas buídas me castigarán de mi -osadía. Pero sabed que os adoro, aunque sea mengua mía decíroslo, y que -soy tan ambiciosa que quiero de vos una gran merced. Os pido don Miguel, -que perdonéis como discreto a la que os ama como loca. - -Quiso arrodillarse ante él; pero Guzmán la detuvo, y cogiéndola una de -sus blanquísimas manos besósela con unción respetuosa. - -Aquella noche, como habían convenido, acudió doña Mencía con su traje -viril a la casa de Renata. Esperaba la italiana a su don Diego en el -mismo aposento que la otra noche, y no bien fué verle entrar, que se -arrojó a su cuello con transportes de amor, y como entonces tropezase -con el redondo seno de doña Mencía, extrañándose de hallar tal obstáculo -en el pecho de su amado, hubo de preguntarle al tiempo que paseaba sus -manos por el misterioso lugar: - ---¿Qué os abulta aquí, caballero? - ---Esto es lo único que me abulta, señora--respondióla don Diego con modo -socarrón. - -Y entonces, desabrochándose el juboncillo con gran presteza y abatiendo -su camisa, mostró a Renata, que esperaba el pecho fuerte del mancebo, su -blanco cuerpo, su finísimo talle y la turgencia de sus admirables senos, -cuya vista pusiera en notable desasosiego al más austero y frío de los -varones. - ---Me gustan más los míos--dijo Renata, que al comprender la situación -había tomado una gran seriedad. - -Fué en este momento cuando don Miguel apareció en la puerta de la -estancia, lo cual terminó de turbar a la infeliz Renata. Y subió de -punto su burla cuando el caballero recién llegado dijo a doña Mencía: - ---Venid, mi esposa. - -Y después de haberla ayudado a vestirse de nuevo, cogióla de la mano, y -sin dirigir palabra a Renata salieron ambos. - -Fué inmenso el enojo de Leonardo Aldobrandino al saber los hechos de su -hija por boca del mismo don Miguel, que ya se había descubierto como -quien era; y habiendo el de Guzmán declarado que doña Mencía de -Carvajal había de ser su legítima esposa ante Dios y ante los hombres, -quiso Aldobrandino que su hija fuese a ocupar en el convento de Mantua -la misma celda que esperaba a la dama española. - -No se holgaron menos de la fausta nueva los padres de doña Mencía, -quienes muy luego ordenaron una misa en la iglesia de Santo Tomé de su -ciudad, para celebrar el feliz matrimonio de su hija. Misa fué ésta a la -que no asistió don Lucas Leví Escobedo, hombre frío y desabrido como las -gracias de Mari Angola, que era el novio que la deparaban primeramente, -y hay quien dice que no acudió al santo sacrificio, porque descendiendo -de los Levíes, que fueron tesoreros de don Pedro de Castilla, era sin -duda, más viejo como avaro que como cristiano, y que hacía al tocino los -ascos que no hizo nunca a los escudos de a ocho. - -Fueron suntuosas de toda suntuosidad las bodas de don Miguel y doña -Mencía, las cuales recordaron con piedad y lástima el engaño de la -infeliz Renata, que por ser indiscreta en sus amores y querido buscar el -afecto imposible del fingido don Diego, vióse tan justamente castigada. -Y hoy sabemos della que es una religiosa tan perfecta como ejemplar y -venturosa casada ha sido doña Mencía, que pocos años ha murió en su -palacio de Sevilla, mirándose en los ojos de su esposo. - -Y vese aquí que hasta los más extraños sucesos son caminos por los que -la sabiduría del Altísimo lleva a las criaturas adonde más les conviene -para la salvación de sus almas. A ella conduzca a los que leyeren o -escucharen leer la presente verídica historia, la Misericordia de -Nuestra Señora la Madre de Dios, como así deséales y para él pide -también el cristiano y devoto caballero que la escribe, para ejemplo de -algunos y regalo de todos. Vale. - - - - -Cosas de hombre. - -(A. REYES) - - - - -COSAS DE HOMBRE - - -Cuando el tío _Pizarroso_ llegó a su casa, las sombras empezaban a -invadir el a modo de embudo formado por los montes, en cuyo fondo -blanqueaba el edificio, al borde de una cañada llena de piedras enormes -y espesos macizos de adelfas. - ---Pos di tú que te has dormío en un _cajorro_--exclamó la tía Tomasa al -ver llegar al legítimo dueño de su orondísima persona. - ---Pos no me he dormío, ni tan siquier he estao a dormivela. - ---Pos entonces habrás estao de picos pardos en algún abrevaero del -monte. - ---¡No ha sío malo el abrevaero! - ---Pos entonces, ¿aónde te has metió, alma condená? - ---Pos en ninguna parte: una miaja que me entretuve en la encrucijá del -_Tomillo_ con Juan el _Rumboso_ y _Toñico_ el _Pastañeta_, y... ¡arza pa -entro, _Pimentona_, arza pa entro! - -Y esto lo dijo asestando una cariñosa palmada en una de las poderosas -ancas a la mula, a la cual habíale quitado el aparejo mientras hablaba. - -La cabalgadura, a la cariñosa insinuación, tomó lentamente el camino de -la cuadra, mientras el _Pizarroso_ sentábase sobre un capacho, junto a -su hermano el _Totovías_, un viejo enjuto y grave que entreteníase en -hacer tomizas para los usos domésticos, mientras el porquero, un rapaz -greñudo y andrajoso, contemplaba con famélica expresión, desde la -puerta, la gran olla que hervía sobre las enormes trébedes de hierro en -la chimenea. - ---Y ¿qué es lo que dicen el _Rumboso_ y el _Pastañeta_? ¿Tantas cosas -teníais que contaros, que si se entretienen ostedes una miaja más -volvéis tóos a vuestras casas con barbas corrías? - ---Y dale, mujer, dale, no seas asina; si me he entretenío ha sío por -decirle al Rumboso con toas las veritas de mi alma y con tó mi metal de -voz: «¡Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley!» ¡Vaya -si es una prenda el viejo! ¡Y con un corazón más grande que una cantera! - ---Y eso ¿poiqué? ¿Te ha regalao alguna vestiura pa el _Corpus_? - ---No, señora, que lo que ha jechito vale más que tó eso; el _Rumboso_ ha -puesto esta tarde su bandera en lo más artico del monte. - ---No es una noveá en él; ¡ese es de los que siempre se la han -traío!--exclamó con voz gutural el _Totovías_--pero, a la fin y a la -postre, dinos ya lo que ha jecho, que la olla mos espera gruñe que te -gruñe. - ---Pos ha jecho lo que sus voy a contar. Figúrense ostedes que Rosalía, -la del cortijo de la _Embocaura_, que es un pasmo de bonita y que tié un -cuerpo que es una parma... - ---¡Una parma! Un parmito, ¡más ropa que carne!--dijo con tono desdeñoso -la tía Tomasa. - ---¡Eso ya sus lo dirá el _Pastañeta_ cuando se case con ella! - ---¡Pos no estás tú mu atrasao de noticias! Rosalía ya no se casa con el -_Pastañeta_, poique se le ha cruzao en el camino ese que dices tú que es -una prenda. - ---A eso voy, mujer, a eso voy; es mu verdá que el _Rumboso_ se le cruzó -en el camino, y que, como el hombre tié más fanegas de tierra que -nosotros abejas en los panales, al padre de la Rosalía, que es un -agonioso, la avaricia se le puso de pie, y cogió a su hija y le dijo que -como gorviera a mirar a _Toñico_ les iban a caer cataratas en los ojos a -dambos, y que era menester que se pegara manque fuera con liria una -sonrisica en los labios pa cuando hablara con el viejo; y la muchacha -no entendió de chiquitas, y cuando se le puso a tiro el _Rumboso_ se le -echó a llorar, y le dijo que lo que quería jacer con ella era una -picardía; que ella no podía peinarse ni despeinarse en el mundo más que -pa su _Toño_; y tan y mientras ella le decía esto al señor Juan, el otro -andaba diciéndole a grito pelao a tó el que lo quería oir que no había -de parar hasta sembrarle al viejo una almáciga de plomo en el corazón, o -el jierro de su cuchillo en la mismísima boca del estómago. - ---Y eso era lo que se merecía por dir a meter la pata en unos güenos -quereles, valiéndose de que el padre de Rosalía es un «tó pa mí» de -cuerpo entero y _Toño_ es un probetico desmamparao. - ---Tú no estás bien enterá, Tomasa; en estas cosas sa menester ajondar pa -verles el fondo. Cuando el hombre se prendó de Rosalía, cuasi naide -estaba enterao de esos quereles, poique se querían de contrabando; y lo -que pasó fué que el _Rumboso_, que jacía ya cinco años que no veía a la -muchacha, se la topó una tarde en el pueblo, y al hombre se le -reverdeció la sangre, y el hombre está más solo que una esparraguera, y -la zagala es güena y es bonita, y el hombre no sabía na de sus amoríos; -y cuando el hombre se enteró, ya él le había hablao al de la -_Embocaura_, y ya el _Pastañeta_ andaba de atajo en atajo aconsejándole -que se pusiera bien con Dios y que jiciera testamento. - ---¿Pero es que no vas a acabar nunca? ¡No ves que se va a pegar la olla! - ---Ya arremato. Pos bien, esta tarde, miajita antes de que yo llegara, el -_Rumboso_, que iba pa el lagarillo del _Zegrí_ montao en su -_Ceniciento_, que es un jaco que vale un millón, al dir a dar la vuelta -al olivar del _Tardío_, se topó manos a boca con el _Toño_, que estaba -acechándolo entre las pitas de la linde. - ---Naturalmente, al echárselo a la cara, el señor Juan se comió la -partía, poique estaba al cabo de la calle en lo tocante a las bocanás -del otro; pero el hombre, que es prudente, se jizo el lila, y no hubiera -chistao tan siquiera si el otro no se le hubiera atravesao en el camino, -con la escopetá montá en la mano, diciéndole que se apeara pa hablar de -la Rosalía. - ---Y miá tú lo que son las casolidades; en aquel mesmísimo momento -desemboqué yo en la encrucijá, poique esto que yo sus he contao, esto lo -sé yo por boca del _Rumboso_. - ---Y no acabarás, y la olla gruñe que te gruñe. - ---Ya acabo, jambrón, ya acabo. Pos bien, yo, al ver aquello, miré por si -encontraba un boquete por donde colarme, pero el señor Juan, al verme -llegar, me gritó riéndose: - ---No te vayas, _Pizarroso_, no te vayas, que me conviene que veas la -corría. - -Y diciendo esto, saltó en tierra con la misma agiliá con que yo saltaba -en mis moceáes, y endispués de jecharle las riendas sobre las crines al -_Ceniciento_, le dijo a _Toño_ al mesmo tiempo que se iba pa él: - ---A ver si bajas ese juguete, chaval, poique si se te va el tiro y güelo -la pólvora, no vas a volver a estornuar en toa tu vía. - ---Coja osté la suya, mostramo, cójala osté, poique esta tarde me queo -con osté, u osté se quea conmigo. - -Y esto se lo decía el _Pastañeta_ reculando, jaciéndole puntería, con la -cara del color de la gayomba y con los ojos espaventáos. - ---¡Yo qué he de quearme contigo! Yo no mato volantones. - ---No se acerque osté, y coja osté su escopeta; mire osté, mostramo, que -hoy le jago yo a osté yesca el pecho. - -Y entoavía no había arrematao de icirlo, cuando le dió gusto al deo, y -¡pum! ¡vaya un berrío que dió la vizcaína! - ---¿Y qué, encarnó? - ---Un plomo en un brazo na más, un plomo perdiguero; pero, camará, yo no -he visto hombre más vivo ni más bravo que el _Rumboso_; entoavía no se -había arrematao el estampío, cuando la escopeta de _Toño_ y el cuchillo -que éste había sacao estaban en la cuneta, y _Toño_ en el suelo, sin -poer mover un remo, tan y mientras el señor Juan le dicía con acento -enfureció: - ---Eso que tú has jecho no se jace; los hombres no pelean sino como Dios -manda; ¿y si yo ahora te diera lo que te mereces? - ---Démelo osté; máteme osté, mostramo; máteme osté, poique si hoy me ha -faltao la puntería otro día me pué no faltar... - ---Anda y alevántate y vete, y otra vez no jechas tanta pólvora, poique -con tanta pólvora no se le da un tiro a un cerro. - -Y diciendo esto, él mesmito alevantó al _Toño_, y le volvió las -espaldas, tan tranquilo como si detrás tuviera una pareja de la -benemérita. - ---¿Y el _Pastañeta_? - ---Pos el _Pastañeta_ se queó mirándolo y mirándome como atontao; -endispués recogió la escopeta y el cuchillo, y de pronto, cuando ya el -_Rumboso_ iba a montar, tira la jerramientas y se va pa el viejo, y baja -los ojos, y le dice como si de pronto se hubiera vuelto tartamúo: - ---Mostramo, perdóneme osté; pero yo estoy loco, yo estoy desesperaíto; -yo soy un probe, yo no tengo más calor en el mundo que mi Rosalía, y -quitarme a mí mi Rosalía es sacarme el corazón del pecho, y es darme -garrote vil, y es... - -Y al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas como puños; y miren -ustedes, a mí también se me mojaron las parpagueras, poique la verdá es -que aquello lo dijo el mozo de un móo... Ya ven ostedes cómo lo diría, -que el _Rumboso_ le tendió la mano y le dijo: - ---Pedazo e bruto que eres, ¿poiqué no has hablao asín antes? ¿No -comprendes tú que desde el punto y hora en que tú quisiste que me fuera -a rumbo de valentía, yo no podía dirme, y que necesitaba antes de dirme -probarte a ti y a tó el mundo que me iba poique me daba la gana, poique -yo no le hago a naide estorsiones, y además que yo no estoy tan loco que -quiera casarme con una jembra prendá de otro hombre? ¿Tú no comprendías -eso, peazo de bruto que eres, tú no lo comprendías? - -Y ná, que se dieron las manos, y que se fué _Toño_ y que yo acompañé un -ratico al _Rumboso_ y que me he venío tó el camino diciendo: «Ole con -ole por los hombres machos con toas las de la ley», y lo he venío -diciendo con tó el metal de mi voz y con toas las veritas de mi alma. - -Y momentos después humeaba el sabroso contenido de la olla en el enorme -barreño donde la hubo de volcar la tía Tomasa, y sentábanse todos -alrededor de la reducida mesa, a la oscilante luz de un enorme candil -suspendido del alero de la chimenea, donde entre ramos de verde romero -brillaban, como si fuesen de oro, las grandes calderas y los limpísimos -peroles. - - - - -Fuerte como la muerte. - -(PEDRO MATA) - - - - -FUERTE COMO LA MUERTE - - -De pie, con las manos en los bolsillos, frente a la luna del escaparate, -estuvo largo rato mirando, vacilante y perplejo, sin acabar de -decidirse. Se decidió por fin. - ---A ver, ese collar... ¿Me hace usted el favor? - -Un dependiente le sacó del escaparate y le extendió en el mostrador -sobre un retal de terciopelo azul. El le examinó detenida y -minuciosamente. - ---Sí, está bien... es bonito. Me gusta; ¿qué vale? - ---Para usted 1.200 pesetas. - ---¿Precio fijo? - -El dueño de la tienda intervino. - ---A un cliente como usted, don Joaquín, no se le pide en esta casa más -que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de -hacer el artículo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y -con arreglo a la tasación me da usted lo que guste. - ---Es que, además, no las llevo encima. - ---Usted se pasa por aquí cuando quiera. No hay prisa ninguna. - -Salió muy contento, satisfechísimo de la compra. Llegó a casa, y en la -misma puerta preguntó a la doncella que le salió a abrir: - ---¿Cómo está la señorita? - ---Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se quedó dormida. - -Entró de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse -bien en la penumbra llegó pausadamente hasta la cama y se inclinó sobre -la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abrió los ojos. - ---Creí que dormías. - ---No. - ---¿Cómo estás? - ---Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito. - ---Naturalmente, mujer, y te pondrás muy pronto buena. Roldán me dijo -ayer que estás en franca mejoría. Lo que hace falta es que no seas -aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito -de buena voluntad. - ---¡Voluntad! ¡Ay, si con la voluntad se pudiera vivir! - ---Vamos, no seas tonta; no quiero verte así.--Dió luz al globo de -cristal que colgaba sobre la cabecera y se sentó en el borde de la -cama.--Te he comprado una cosa, una sorpresa, ¿sabes? ¿Qué me das si te -gusta? - ---Pobrecita de mí, ¡qué quieres que te dé! - ---Un poco de alegría. Yo con verte reir tengo bastante.--Sacó el estuche -del bolsillo y la entregó el collar. Ella, al verle, dió un grito de -contento y lo cogió con sus manos febriles.--¡Ay, qué lindo! ¡Qué -bonito!... ¡Qué cosa más preciosa!--Mas en seguida, con una brusca -transición, cambió de tono:--Pero, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te -gastas el dinero en esto? ¡Yo para qué lo quiero, si no lo he de lucir! - ---¿Que no? En cuantito que te pongas buena. - -Y como ella moviese la cabeza con ademán de desaliento, agregó -vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:--Tontina, si no -creyese que le ibas a lucir, ¿te le compraría? Ven acá, te le voy a -poner. Verás qué lindo.--Y, en efecto, él mismo se lo puso, cerró el -broche y fué a buscar un espejo para que se mirase.--¡Eh! ¿Qué tal? - ---Muy lindo. - -Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo -contemplando mucho tiempo. Separó con los dedos algunos bucles -desrizados que le caían sobre la frente y se mordisqueó los labios -exangües y descoloridos. - ---¡Qué pálida estoy! - ---Es la luz, nena. - ---Por Dios, no digas... Estoy horrible. Parezco una muerta.--Dió un gran -suspiro, tiró el espejo y se dejó caer sobre la almohada.--Estoy muy -mala, Joaquín. Vosotros no me queréis creer, no me hacéis caso y yo -estoy muy mala. - -El, conmovido, la miró en silencio. Luego, de pronto: - ---Oye, está una tarde magnífica; no hace nada de frío. ¿Quieres que abra -un momento el balcón? - ---Sí, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, ¿verdad? - ---No, nenita, no es eso. No huele más que a etilo, y ya sabes que a mí -este olor no me disgusta. Me sabe a plátanos y a ilang-ilang. Era para -fumar un cigarro. - -Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lágrimas le -llenaban los ojos. Cruzó el gabinete, abrió el balcón y se acodó en la -barandilla. Sobre la línea recta y dura de los tejados de la casa de -enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepúsculo de color de malva -de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andén del bulevar, -unas niñas venían cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la -distancia, sonaba la canción melancólica y triste: - - --¿Dónde vas, Alfonso doce, - dónde vas, triste de ti? - --Voy en busca de Mercedes, - que ayer tarde no la vi. - -La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido. -También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!... -¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la -vida... Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada, -tan feliz!... Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la -serenidad del crepúsculo.--¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que -nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué -te complaces en segar las vidas en flor? - -Desde que se dió cuenta de la gravedad de su mujer, todos los días, en -sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía. -El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y -dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en -cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y -consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un -corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita -de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es -inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar. - -Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a -fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos -ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón -del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en -llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de -mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para -hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la -tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y -sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día -tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella -se negaba a aceptar.--No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho -más mala de lo que creéis. - -Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la -realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a -besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el -pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba. -Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar. - ---¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá? - ---Sí, ángel mío. - ---¿Y a mí no me ha traído ninguno? - -Paulina alzó la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los -cabellos dorados de la niña. - ---No te ha traído ninguno porque éste es para ti. Para ti, ángel mío. Tú -le llevarás cuando yo me muera. - ---Bueno; pero como tú no te vas a morir... - -Ella no contestó. Un gesto doloroso crispó toda su cara, y se le -llenaron de lágrimas los ojos. Joaquín cogió a los niños y los puso -dulcemente en el pasillo. - ---Id a la cocina y decid a Juana que os dé de merendar. - -Luego, al ver que Paulina seguía sollozando: - ---Pero, nena, por Dios, no seas así... no te pongas así... ¿No -comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga -y... - -Paulina seguía llorando. Se inclinó sobre ella y la besó en los ojos con -caricias de inefable ternura. - ---Mi nenita... ¡mi nena!... Vamos, ¿lo ves?... ¿Lo ves?... ¡Si ya lo -sabía yo! - -Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar él -acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdió la -serenidad y se asustó, creyendo que era el último. Afortunadamente, la -digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pasó; -aclaróse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas -crispantes, los saltos descompasados del corazón y el ronco silbar de la -garganta. Quedóse de cara a la pared, bañada en sudor, aniquilada, -destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al -cabo de un rato: - ---¿Quieres que te quite el collar? Te molesta, ¿verdad? - -Pasó dulcemente una mano por debajo del cuello y desabrochó el cierre. -Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una -hoja de papel. La cogió inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se -movió. Fué al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, miró el -papel: medio pliego de cartas escrito con lápiz. - -«Mi alma: - -Una convulsión nerviosa le cerró los ojos. - -Los volvió a abrir. - -«Mi alma: Te escribo estas dos líneas aprovechando un momento en que me -dejan sola. Estoy muy mala. Sé que nunca más me volverás a ver. Esta es -la única pena que tengo: morirme sin...» - -No decía más. - -Se llevó una mano a los ojos y con la otra se apoyó en una silla, porque -todo su cuerpo vacilaba. Así estuvo mucho tiempo, mucho. Luego, -lentamente, volvió a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se -le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de -presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se -estrujaron, enlazadas con ademán de desesperación y de impotencia. Ella -no se había movido. Dormía dulcemente, reposadamente. - -De pie junto a la cama, la miró largo rato. Al suave resplandor del -globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles -desrizados y marchitos, los párpados translúcidos, las ojeras amoratadas -y profundas, los labios secos, incoloros y exangües; las manchas -cárdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil -resonó en el pasillo, y pasaron los niños retozando. - -Abrió muy despacio la puerta y, con ademán imperioso, les impuso -silencio: - ---¡Chisss...! Mamá está dormida. No hagáis ruido. - - * * * * * - - -Errores corregidos por el etext transcriptor: - -gritando:--«No;=> gritando:--«¡No; {pág 30} - -sobre esta roidlla=> sobre esta rodilla {pág 21} - -»Oh, Dios mío!=> »¡Oh, Dios mío! {pág 28} - -limpia de pelo las otras=> limpias de pelo las otras {pág 35} - -la senda de sus sueños.=> la senda de sus sueños! {pág 67} - -ESCENA IX=> ESCENA IV {pág 71} - -en tus presencia=> en tu presencia {pág 72} - -La nadre y la hermana=> La madre y la hermana {pág 91} - -Ah, en cuanto a eso sí.=> Ah, en cuanto a eso sí! {pág 105} - -yo padre y tu madre=> yo padre y tú madre {pág 108} - -quien su padre recomendaban el cuidado=> quien su padres recomendaban el -cuidado {pág 128} - -encueros vivos=> en cueros vivos {pág 128} - -brillaban las gusanos=> brillaban los gusanos {pág 162} - -La epopeya de una zíngraa=> La epopeya de una zíngara {pág 165} - -fué lllamada=> fué llamada {pág 224} - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.I, -compiled by Emilio Carrère - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.I *** - -***** This file should be named 40827-8.txt or 40827-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/0/8/2/40827/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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