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-The Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.I,
-compiled by Emilio Carrère,
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
-
-
-Title: La voz de la conseja, t.I
-
-Authors: Benito Pérez Galdós
- Jacinto Benavente
- Condesa De Pardo Bazán
- Miguel De Unamuno
- Armando Palacio-valdés
- Rubén Darío
- Pío Baroja
- Joaquín Dicenta
- Ricardo León
- José Nogales
- Pedro De Répide
- Arturo Reyes
- Pedro Mata
-
-Editor: Emilio Carrère
-
-Release Date: September 22, 2012 [EBook #40827]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.I ***
-
-
-
-
-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
-
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-
-En esta edición se han mantenido las convenciones ortográficas del
-original, incluyendo las variadas normas de acentuación presentes en el
-texto. (la lista de errores corregidos sigue el texto.)
-(nota del transcriptor)
-
-
-
-
-
-_La Voz de la Conseja_
-
-
-
-
-La Voz
-de la Conseja
-
-Selección
-de las mejores novelas breves y cuentos de
-los más esclarecidos literatos.
-
-Recopilación hecha
-por
-Emilio Carrère
-
-Firmas del tomo primero
-
-Galdós.--Benavente.--Condesa de Pardo Bazán.--Unamuno.--Palacio
-Valdés.--Rubén Darío.--Baroja.--Dicenta.--Ricardo
-León.--Nogales.--Répide.--Arturo
-Reyes y Pedro Mata.
-
-V. H. SANZ CALLEJA
-
-Editores e Impresores
-
-C. Central: Montera, 31.--Talleres: R. Atocha, 23
-
-MADRID
-
-:ES PROPIEDAD:
-
-
-
-
-INDICE
-
-
-_BENITO PÉREZ GALDÓS_
-
-_La novela en el tranvía_ 17
-
-_JACINTO BENAVENTE_
-
-_El criado de Don Juan_ 59
-
-_CONDESA DE PARDO BAZÁN_
-
-_Viernes Santo_ 77
-
-_MIGUEL DE UNAMUNO_
-
-_El sencillo Don Rafael_ 99
-
-_ARMANDO PALACIO-VALDÉS_
-
-_¡Solo!_ 111
-
-_RUBÉN DARÍO_
-
-_El Rey burgués_ 137
-
-_PÍO BAROJA_
-
-_Elizabide el Vagabundo_ 149
-
-JOAQUÍN DICENTA
-
-_La epopeya de una zíngara_ 165
-
-RICARDO LEÓN
-
-_Los tres reyes de Oriente_ 175
-
-JOSÉ NOGALES
-
-_Las tres cosas del tío Juan_ 187
-
-PEDRO DE RÉPIDE
-
-_La enamorada indiscreta_ 203
-
-ARTURO REYES
-
-_Cosas de hombre_ 249
-
-PEDRO MATA
-
-_Fuerte como la muerte_ 261
-
-
-
-
-_AL EMPEZAR_
-
-
-_La Casa editorial V. H. de Sanz Calleja me encarga esta Antología de
-cuentistas de habla castellana. No es tarea tan humilde la del
-seleccionador, pues hace falta un exquisito sentido estético para poder
-elegir lo mejor en la maravillosa labor literaria de los altos ingenios
-que honran estas páginas de_ LA VOZ DE LA CONSEJA...
-
-_Yo creo que esta colección de cuentos tiene un gran valor
-bibliográfico; es un documento brillante de este nuevo siglo de oro de
-la novela española, que comienza con el nombre glorioso de don Benito
-Pérez Galdós. En estas hojas está el gran espíritu de una época noble,
-fecunda, preñada de ideal artístico, encerrado como en un tabernáculo. Y
-también me parece que la publicación de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _es una
-prueba de amor al libro español, un acicate para la curiosidad del
-lector indolente y un selecto regalo para el espíritu del lector culto_.
-
-_No osaré jamás hacer una reseña crítica de los nombres insignes que en
-este primer tomo os ofrecen gallardas muestras de su talento; sólo
-quiero decir sus nombres y los títulos de sus cuentos, para deleitarme
-al recordar el encantador, sano e ingenuo humorismo de Galdós en_ La
-novela en el tranvía; _las prosas madrigalescas, hondas y miniadas de
-Benavente en_ El criado de Don Juan _y la recia y sabrosa urdimbre
-novelesca, palpitante de rebeldía, de amor y de dolor de_ Viernes Santo,
-_de la condesa de Pardo Bazán. Palacio Valdés, el maestro solitario, os
-ofrece su novela_ ¡Solo!, _digna de la pluma egregia que trazó_ La aldea
-perdida. _Todas las palabras de elogio son pobres para este coloso de la
-novela contemporánea_. El sencillo Don Rafael, cazador y tresillista _es
-una conmovedora y grácil narración de Unamuno, el espíritu más hondo,
-más multiforme, el corazón más en carne viva de esta época de
-inquietudes de conciencia y de lucha desesperada por la vida y por las
-ideas. Burla burlando_, El sencillo Don Rafael _es de una emoción que
-hace llorar y a un tiempo ofrece un alto ejemplo de belleza moral dentro
-de una naturalidad encantadora_.
-
-_José Nogales, el castellano artífice de la prosa, nos brinda_ Las tres
-cosas del tío Juan, _el cuento a que debió su consagración. Arturo Reyes
-fué un gran cuentista regional, como lo prueba en_ Cosas de hombre,
-_lleno de gracejo, de ambiente, dueño de la dificilísima técnica del
-arte del cuento. Como gratitud a la honda emoción estética que nos
-dieron, pongamos un recuerdo, como una hoja de laurel, sobre la piedra
-de estos dos ilustres cuentistas, muertos ya_.
-
-La epopeya de una zíngara, _de Joaquín Dicenta, es un jirón de realidad
-salvaje, ensangrentada, aullante de dolor. Es de lo más personal de
-este insigne dramaturgo español, todo pasión y violencia, que hoy, día
-21 de Febrero, está encerrado entre las cuatro tablas hórridas de un
-ataúd. ¡Taladrante coincidencia! Cuando me dispongo a hacer esta frívola
-reseña, los periódicos dicen la muerte del autor de_ Juan José. _Fué un
-gran corazón y un temperamento único, insuperable de artista_. La
-epopeya de una zíngara _refleja fielmente el rico carácter emocional de
-este escritor_.
-
-_El artista de la crónica, Pedro de Répide, nos regala con su novela_ La
-enamorada indiscreta, _escrita donosamente y con toda pureza a la manera
-clásica de la novela del siglo áureo_.
-
-_Pedro Mata, en_ Fuerte como la muerte, _traza una irónica elegía
-henchida de emoción dramática_.
-
-_El prestigio de estos nombres y de los de Baroja y León nos hace
-esperar que_ LA VOZ DE LA CONSEJA _sea un gran éxito editorial. En los
-volúmenes sucesivos seguiremos publicando cuentos y novelas breves de
-lo más florido de la intelectualidad española_.
-
-_Todas las orientaciones, todos los estilos, como guía del lector
-quedarán grabados en estas páginas. Según sus afinidades, el que lea,
-buscará después las obras completas de sus autores predilectos, La Casa
-editorial Sanz Calleja ama el libro y cuida de su presentación con el
-mayor gusto artístico; no es sólo el estímulo comercial el que la guía;
-acomete la empresa romántica de hacer lectores y de_ hacer _libreros
-amantes del libro español. Los libros de grandes firmas, de bella
-presentación y muy baratos tendrán millares de lectores que acudirán al
-mostrador del librero, y éste saldrá de su éxtasis de fakir, y al par
-que gana dinero aprenderá a tomar cariño al libro. Hay que hacer la
-reconquista espiritual de América: antaño fueron los capitanes, ogaño
-son los mercaderes de libros_.
-
-_Hemos creído, juntamente editores y recopilador_, _que_ LA VOZ DE LA
-CONSEJA _era un libro indispensable en esta labor de bibliofilia.
-Además, hasta hoy no había una colección con honores de Antología de los
-cuentistas castellanos modernos. Recuerdo unos trozos escogidos para
-lectura en las escuelas de párvulos, que acababa en Jovellanos y
-Martínez de la Rosa. Del siglo_ XIX _no se había editado nada, que yo
-recuerde, hasta_ LA VOZ DE LA CONSEJA, _mientras que en Francia hay por
-lo menos diez florilegios por cada generación literaria_.
-
-_En estas páginas daremos acogida, no sólo a los cuentistas españoles,
-sino también a los hermanos en lengua cervantina de las Repúblicas
-latinas de América. Tan españoles son como nosotros por la lengua, que
-es el espíritu, razón más fuerte esta del idioma que la geográfica_.
-
-_En este primer tomo damos_ El Rey burgués, _de Rubén Darío, uno de los
-grandes artistas_--_no de América ni de España, sino de la Humanidad y
-de todos los tiempos_.
-
-_Abramos la primera página de_ LA VOZ DE LA CONSEJA _con el alma
-despierta a la emoción del arte y recojámonos. La voz gloriosa de
-Galdós, el patriarca de la novela, comienza a sonar. Devotamente,
-oid_...
-
-_E. CARRERE_
-
-
-
-
-La Novela en el Tranvía.
-
-(GALDÓS)
-
-
-
-
-LA NOVELA EN EL TRANVIA
-
-
-I
-
-El coche partía de la extremidad del barrio de Salamanca, para atravesar
-todo Madrid en dirección al de Pozas. Impulsado por el egoísta deseo de
-tomar asiento antes que las demás personas movidas de iguales
-intenciones, eché mano a la barra que sustenta la escalera de la
-imperial, puse el pie en la plataforma y subí; pero en el mismo instante
-¡oh previsión! tropecé con otro viajero que por el opuesto lado entraba.
-Le miro y reconozco a mi amigo el Sr. D. Dionisio Cascajares de la
-Vallina, persona tan inofensiva como discreta, que tuvo en aquella
-crítica ocasión la bondad de saludarme con un sincero y entusiasta
-apretón de manos.
-
-Nuestro inesperado choque no había tenido consecuencias de
-consideración, si se exceptúa la abolladura parcial de cierto sombrero
-de paja puesto en la extremidad de una cabeza de mujer inglesa, que
-tras de mi amigo intentaba subir, y que sufrió sin duda por falta de
-agilidad, el rechazo de su bastón.
-
-Nos sentamos sin dar al percance exagerada importancia, y empezamos a
-charlar. El Sr. D. Dionisio Cascajares es un médico afamado, aunque no
-por la profundidad de sus conocimientos patológicos, y un hombre de
-bien, pues jamás se dijo de él que fuera inclinado a tomar lo ajeno, ni
-a matar a sus semejantes por otros medios que por los de su peligrosa y
-científica profesión. Bien puede asegurarse que la amenidad de su trato
-y el complaciente sistema de no dar a los enfermos otro tratamiento que
-el que ellos quieren, son causa de la confianza que inspira a multitud
-de familias de todas jerarquías, mayormente cuando también es fama que
-en su bondad sin límites presta servicios ajenos a la ciencia, aunque
-siempre de índole rigurosamente honesta.
-
-Nadie sabe como él sucesos interesantes que no pertenecen al dominio
-público, ni ninguno tiene en más estupendo grado la manía de preguntar,
-si bien este vicio de exagerada inquisitividad se compensa en él por la
-prontitud con que dice cuanto sabe, sin que los demás se tomen el
-trabajo de preguntárselo. Júzguese por esto si la compañía de tan
-hermoso ejemplar de la ligereza humana será solicitada por los curiosos
-y por los lenguaraces.
-
-Este hombre, amigo mío, como lo es de todo el mundo, era el que sentado
-iba junto a mí cuando el coche, resbalando suavemente por su calzada de
-hierro, bajaba la calle de Serrano, deteniéndose alguna vez para llenar
-los pocos asientos que quedaban ya vacíos. Ibamos tan estrechos que me
-molestaba grandemente el paquete de libros que conmigo llevaba, y ya le
-ponía sobre esta rodilla, ya sobre la otra, ya por fin me resolví a
-sentarme sobre él, temiendo molestar a la señora inglesa, a quien cupo
-en suerte colocarse a mi siniestra mano.
-
---¿Y usted adónde va?--me preguntó Cascajares, mirándome por encima de
-sus espejuelos azules, lo que me hacía el efecto de ser examinado por
-cuatro ojos.
-
-Contestéle evasivamente, y él, deseando sin duda no perder aquel rato
-sin hacer alguna útil investigación, insistió en sus preguntas diciendo:
-
---Y Fulanito, ¿qué hace? Y Fulanito ¿dónde está? con otras indagatorias
-del mismo jaez, que tampoco tuvieron respuesta cumplida.
-
-Por último, viendo cuán inútiles eran sus tentativas para pegar la
-hebra, echó por camino más adecuado a su expansivo temperamento y empezó
-a desembuchar.
-
---¡Pobre Condesa!--dijo expresando con un movimiento de cabeza y un
-visaje, su desinteresada compasión. Si hubiera seguido mis consejos no
-se vería en situación tan crítica.
-
---¡Ah! es claro--, contesté maquinalmente, ofreciendo también el tributo
-de mi compasión a la señora Condesa.
-
---¡Figúrese usted,--prosiguió,--que se han dejado dominar por aquel
-hombre! Y aquel hombre llegará a ser el dueño de la casa. ¡Pobrecilla!
-Cree que con llorar y lamentarse se remedia todo, y no. Urge tomar una
-determinación. Porque ese hombre es un infame, le creo capaz de los
-mayores crímenes.
-
---¡Ah! ¡Sí es atroz!--dije yo, participando irreflexivamente de su
-indignación.
-
---Es como todos los hombres de malos instintos y de baja condición que
-si se elevan un poco, luego no hay quien los sufra. Bien claro indica su
-rostro que de allí no puede salir cosa buena.
-
---Ya lo creo, eso salta a la vista.
-
---Le explicaré a usted en breves palabras. La Condesa es una mujer
-excelente, angelical, tan discreta como hermosa, y digna por todos
-conceptos de mejor suerte. Pero está casada con un hombre que no
-comprende el tesoro que posee, y pasa la vida entregado al juego y a
-toda clase de entretenimientos ilícitos. Ella entretanto se aburre y
-llora. ¿Es extraño que trate de sofocar su pena divirtiéndose
-honestamente aquí, y allí, donde quiera que suena un piano? Es más, yo
-mismo se lo aconsejo y le digo: «Señora, procure usted distraerse, que
-la vida se acaba. Al fin el señor Conde se ha de arrepentir de sus
-locuras y se acabarán las penas.» Me parece que estoy en lo cierto.
-
---¡Ah! sin duda--, contesté con oficiosidad, continuando en mis adentros
-tan indiferente como al principio a las desventuras de la Condesa.
-
---Pero no es eso lo peor--añadió Cascajares, golpeando el suelo con su
-bastón--sino que ahora el señor Conde ha dado en la flor de estar
-celoso... sí, de cierto joven que se ha tomado a pechos la empresa de
-distraer a la Condesa.
-
---El marido tendrá la culpa de que lo consiga.
-
---Todo eso sería insignificante, porque la Condesa es la misma virtud;
-todo eso sería insignificante, digo, si no existiera un hombre
-abominable que sospecho ha de causar un desastre en aquella casa.
-
---¿De veras? ¿Y quién es ese hombre?--pregunté con una chispa de
-curiosidad.
-
---Un antiguo mayordomo muy querido del Conde, y que se ha propuesto
-martirizar a la infeliz cuanto sensible señora. Parece que se ha
-apoderado de cierto secreto que la compromete, y con esta arma
-pretende... qué sé yo... ¡Es una infamia!
-
---Sí que lo es, y ello merece un ejemplar castigo--dije yo, descargando
-también el peso de mis iras sobre aquel hombre.
-
---Pero ella es inocente; ella es un ángel... Pero, ¡calle! estamos en la
-Cibeles. Sí; ya veo a la derecha el parque de Buenavista. Mande usted
-parar, mozo; que no soy de los que hacen la gracia de saltar cuando el
-coche está en marcha, para descalabrarse contra los adoquines. Adiós, mi
-amigo, adiós.
-
-Paró el coche y bajó D. Dionisio Cascajares y de la Vallina, después de
-darme otro apretón de manos y de causar segundo desperfecto en el
-sombrero de la dama inglesa, aún no repuesta del primitivo susto.
-
-
-II
-
-Siguió el ómnibus su marcha y ¡cosa singular! yo a mi vez seguí pensando
-en la incógnita Condesa, en su cruel y suspicaz consorte, y sobre todo
-en el hombre siniestro que, según la enérgica expresión del médico, a
-punto estaba de causar un desastre en la casa. Considera, lector, lo que
-es el humano pensamiento: cuando Cascajares principió a referirme
-aquellos sucesos, yo renegaba de su inoportunidad y pesadez, mas poco
-tardó mi mente en apoderarse de aquel mismo asunto, para darle vueltas
-de arriba abajo, operación psicológica que no deja de ser estimulada por
-la regular marcha del coche y el sordo y monótono rumor de sus ruedas,
-limando el hierro de los carriles.
-
-Pero al fin dejé de pensar en lo que tan poco me interesaba, y
-recorriendo con la vista el interior del coche, examiné uno por uno a
-mis compañeros de viaje. ¡Cuán distintas caras y cuán diversas
-expresiones! Unos parecen no inquietarse ni lo más mínimo de los que van
-a su lado; otros pasan revista al corrillo con impertinente curiosidad;
-unos están alegres, otros tristes, aquel bosteza, el de más allá ríe, y
-a pesar de la brevedad del trayecto, no hay uno que no desee terminarlo
-pronto. Pues entre los mil fastidios de la existencia, ninguno aventaja
-al que consiste en estar una docena de personas mirándose las caras sin
-decirse palabra, y contándose recíprocamente sus arrugas, sus lunares, y
-éste o el otro accidente observado en el rostro o en la ropa.
-
-Es singular este breve conocimiento con personas que no hemos visto y
-que probablemente no volveremos a ver. Al entrar, ya encontramos a
-alguien; otros vienen después que estamos allí; unos se marchan,
-quedándonos nosotros, y por último también nos vamos. Imitación es esto
-de la vida humana, en que el nacer y el morir son como las entradas y
-salidas a que me refiero, pues van renovando sin cesar en generaciones
-de viajeros el pequeño mundo que allí dentro vive. Entran, salen; nacen,
-mueren... ¡Cuántos han pasado por aquí antes que nosotros!
-
-¡Cuántos vendrán después!
-
-Y para que la semejanza sea más completa, también hay un mundo chico de
-pasiones en miniatura dentro de aquel cajón. Muchos van allí que se nos
-antojan excelentes personas, y nos agrada su aspecto y hasta les vemos
-salir con disgusto. Otros, por el contrario, nos revientan desde que les
-echamos la vista encima: les aborrecemos durante diez minutos;
-examinamos con cierto rencor sus caracteres frenológicos y sentimos
-verdadero gozo al verles salir. Y en tanto sigue corriendo el vehículo,
-remedo de la vida humana; siempre recibiendo y soltando, uniforme,
-incansable, majestuoso, insensible a lo que pasa en su interior; sin que
-le conmuevan ni poco ni mucho las mal sofocadas pasioncillas de que es
-mudo teatro; siempre corriendo, corriendo sobre las dos interminables
-paralelas de hierro, largas y resbaladizas como los siglos.
-
-Pensaba en esto mientras el coche subía por la calle de Alcalá, hasta
-que me sacó del golfo de tan revueltas cavilaciones el golpe de mi
-paquete de libros al caer al suelo. Recogido al instante, mis ojos se
-fijaron en el pedazo de periódico que servía de envoltorio a los
-volúmenes, y maquinalmente leyeron medio renglón de lo que allí estaba
-impreso. De súbito sentí vivamente picada mi curiosidad; había leído
-algo que me interesaba, y ciertos nombres esparcidos en el pedazo de
-folletón hirieron a un tiempo la vista y el recuerdo. Busqué el
-principio y no lo hallé: el papel estaba roto, y únicamente pude leer,
-con curiosidad primero y después con afán creciente, lo que sigue:
-
-«Sentía la Condesa una agitación indescriptible. La presencia de
-Mudarra, el insolente mayordomo, que olvidando su bajo orígen atrevíase
-a poner los ojos en persona tan alta, le causaba continua zozobra. El
-infame la estaba espiando sin cesar, la vigilaba como se vigila a un
-preso. Ya no le detenía ningún respeto, ni era obstáculo a su infame
-asechanza la debilidad y delicadeza de tan excelente señora.
-
-»Mudarra penetró a deshora en la habitación de la Condesa, que pálida y
-agitada, sintiendo a la vez vergüenza y terror, no tuvo ánimo para
-despedirle.
-
---»No se asuste usía, señora Condesa--, dijo con forzada y siniestra
-sonrisa, que aumentó la turbación de la dama;--no vengo a hacer a usía
-daño alguno.
-
---»¡Oh, Dios mío! ¡Cuándo acabará este suplicio!--exclamó la dama,
-dejando caer sus brazos con desaliento. Salga usted; yo no puedo acceder
-a sus deseos. ¡Qué infamia! ¡Abusar de ese modo de mi debilidad, y de la
-indiferencia de mi esposo, único autor de tantas desdichas!
-
---»¿Por qué tan arisca, señora Condesa?--añadió el feroz mayordomo--. Si
-yo no tuviera el secreto de su perdición en mi mano; si yo no pudiera
-imponer al señor Conde de ciertos particulares... pues... referentes a
-aquel caballerito... Pero, no abusaré, no, de estas terribles armas.
-Usted me comprenderá al fin, conociendo cuán desinteresado es el grande
-amor que ha sabido inspirarme.
-
-»Al decir esto, Mudarra dió algunos pasos hacia la Condesa, que se alejó
-con horror y repugnancia de aquel monstruo.
-
-»Era Mudarra un hombre como de cincuenta años, moreno, rechoncho y
-patizambo, de cabellos ásperos y en desorden, grande y colmilluda la
-boca. Sus ojos medio ocultos tras la frondosidad de largas, negras y
-espesísimas cejas, en aquellos instantes expresaban la más bestial
-concupiscencia.
-
---»¡Ah, puerco espín!--exclamó con ira al ver el natural despego de la
-dama.--¡Qué desdicha no ser un mozalbete almidonado! Tanto remilgo
-sabiendo que puedo informar al señor Conde... Y me creerá, no lo dude
-usía: el señor Conde tiene en mí tal confianza, que lo que yo digo es
-para él el mismo Evangelio... pues... y como está celoso... si yo le
-presento el papelito...
-
---»¡Infame!--gritó la Condesa con noble arranque de indignación y
-dignidad.--Yo soy inocente; y mi esposo no será capaz de prestar oídos a
-tan viles calumnias. Y aunque fuera culpable prefiero mil veces ser
-despreciada por mi marido y por todo el mundo, a comprar mi tranquilidad
-a ese precio. Salga usted de aquí al instante.
-
---»Yo también tengo mal genio, señora Condesa--, dijo el mayordomo
-devorando su rabia--; yo también gasto mal genio, y cuando me amosco...
-Puesto que usía lo toma por la tremenda, vamos por la tremenda. Ya sé lo
-que tengo que hacer, y demasiado condescendiente he sido hasta aquí. Por
-última vez propongo a usía que seamos amigos, y no me ponga en el caso
-de hacer un disparate... con que señora mía...
-
-»Al decir esto Mudarra contrajo la pergaminosa piel y los rígidos
-tendones de su rostro haciendo una mueca parecida a una sonrisa, y dió
-algunos pasos como para sentarse en el sofá junto a la Condesa. Esta se
-levantó de un salto gritando:--«¡No; salga usted! ¡Infame! Y no tener
-quien me defienda... ¡Salga usted!»
-
-»El mayordomo, entonces era como una fiera a quien se escapa la presa
-que ha tenido un momento antes entre sus uñas. Dió un resoplido, hizo un
-gesto de amenaza y salió despacio con pasos muy quedos. La Condesa,
-trémula y sin aliento, refugiada en la extremidad del gabinete, sintió
-las pisadas que alejándose se perdían en la alfombra de la habitación
-inmediata y respiró al fin cuando le consideró lejos. Cerró las puertas
-y quiso dormir; pero el sueño huía de sus ojos aún aterrados con la
-imagen del monstruo.
-
-»CAPITULO XI.--_El Complot_.--Mudarra, al salir de la habitación de la
-Condesa, se dirigió a la suya y dominado por fuerte inquietud nerviosa,
-comenzó a registrar cartas y papeles diciendo entre dientes. «Ya no
-aguanto más; me las pagará todas juntas.» Después se sentó, tomó la
-pluma, y poniendo delante una de aquellas cartas, y examinándola bien
-empezó a escribir otra tratando de remedar la letra. Mudaba la vista con
-febril ansiedad del modelo a la copia y por último después de gran
-trabajo escribió con caracteres enteramente iguales a los del modelo la
-carta siguiente, cuyo sentido era de su propia cosecha: _Había
-prometido a usted una entrevista y me apresuro...»_
-
-El folletín estaba roto y no pudo leer más.
-
-
-III
-
-Sin apartar la vista del paquete, me puse a pensar en la relación que
-existía entre las noticias sueltas que oí de boca del señor Cascajares y
-la escena leída en aquel papelucho, folletín, sin duda, traducido de
-alguna desatinada novela de Ponson du Terrail o de Montepín. Será una
-tontería, dije para mí, pero es lo cierto que ya me inspira interés esa
-señora Condesa, víctima de la barbarie de un mayordomo imposible, cual
-no existe sino en la trastornada cabeza de algún novelista nacido para
-aterrar a las gentes sencillas. ¿Y qué haría el maldito para vengarse?
-Capaz sería de imaginar cualquiera atrocidad de esas que ponen fin a un
-capítulo de sensación ¿Y el Conde, qué hará? Y aquel mozalbete de quien
-hablaron Cascajares en el coche y Mudarra en el folletín ¿qué hará?
-¿quién será? ¿Qué hay entre la Condesa y ese incógnito caballerito? Algo
-daría por saber...
-
-Esto pensaba, cuando alcé los ojos, recorrí con ellos el interior del
-coche, y ¡horror! vi una persona que me hizo estremecer de espanto.
-Mientras estaba yo embebido en la interesante lectura del pedazo de
-folletín, el tranvía se había detenido varias veces para tomar o dejar
-algún viajero. En una de estas ocasiones había entrado aquel hombre,
-cuya súbita presencia me produjo tan grande impresión. Era él, Mudarra,
-el mayordomo en persona, sentado frente a mí, con sus rodillas tocando
-mis rodillas. En un segundo le examiné de pies a cabeza y reconocí las
-facciones cuya descripción había leído. No podía ser otro: hasta los más
-insignificantes detalles de su vestido indicaban claramente que era él.
-Reconocí la tez morena y lustrosa, los cabellos indomables, cuyas mechas
-surgían en opuestas direcciones como las culebras de Medusa, los ojos
-hundidos bajo la espesura de unas agrestes cejas, las barbas, no menos
-revueltas e incultas que el pelo, los pies torcidos hacia dentro como
-los de los loros, y en fin, la misma mirada, el mismo hombre en el
-aspecto, en el traje, en el respirar, en el toser, hasta en el modo de
-meterse la mano en el bolsillo para pagar.
-
-De pronto le vi sacar una cartera, y observé que este objeto tenía en la
-cubierta una gran _M_ dorada, la inicial de su apellido. Abrióla, sacó
-una carta y miró el sobre con sonrisa de demonio, y hasta me pareció que
-decía entre dientes:
-
-«¡Qué bien imitada está la letra!» En efecto, era una carta pequeña, con
-el sobre garabateado por mano femenina. Lo miró bien, recreándose en su
-infame obra, hasta que observó que yo con curiosidad indiscreta y
-descortés alargaba demasiado el rostro para leer el sobrescrito.
-Dirigióme una mirada que me hizo el efecto de un golpe, y guardó su
-cartera.
-
-El coche seguía corriendo, y en el breve tiempo necesario para que yo
-leyera el trozo de novela, para que pensara un poco en tan extrañas
-cosas, para que viera al propio Mudarra, novelesco, inverosímil,
-convertido en ser vivo y compañero mío en aquel viaje, había dejado
-atrás la calle de Alcalá, atravesaba la Puerta del Sol y entraba
-triunfante en la calle Mayor, abriéndose paso por entre los demás
-coches, haciendo correr a los carromatos rezagados y perezosos, y
-ahuyentando a los peatones, que en el tumulto de la calle, y aturdidos
-por la confusión de tantos y tan diversos ruidos, no ven la mole que se
-les viene encima sino cuando ya la tienen a muy poca distancia.
-
-Seguía yo contemplando aquel hombre como se contempla un objeto de cuya
-existencia real no estamos seguros, y no quité los ojos de su
-repugnante facha hasta que no le vi levantarse, mandar parar el coche y
-salir, perdiéndose luego entre el gentío de la calle.
-
-Salieron y entraron varias personas y la decoración viviente del coche
-mudó por completo.
-
-Cada vez era más viva la curiosidad que me inspiraba aquel suceso, que
-al principio podía considerar como forjado exclusivamente en mi cabeza
-por la coincidencia de varias sensaciones ocasionadas por la
-conversación o por la lectura, pero que al fin se me figuraba cosa
-cierta y de indudable realidad.
-
-Cuando salió el hombre en quien creí ver el terrible mayordomo, quedéme
-pensando en el incidente de la carta y me lo expliqué a mi manera, no
-queriendo ser en tan delicada cuestión menos fecundo que el novelista,
-autor de lo que momentos antes había leído. Mudarra, pensé, deseoso de
-vengarse de la Condesa, ¡oh, infortunada señora! finge su letra y
-escribe una carta a cierto caballerito, con quien hubo esto y lo otro y
-lo de más allá. En la carta le da una cita en su propia casa; llega el
-joven a la hora indicada y poco después el marido, a quien se ha tenido
-cuidado de avisar, para que coja _in fraganti_ a su desleal esposa: ¡oh
-admirable recurso del ingenio! Ésto, que en la vida tiene su pro y su
-contra, en una novela viene como anillo al dedo. La dama se desmaya, el
-amante se turba, el marido hace una atrocidad, y detrás de la cortina
-está el fatídico semblante del mayordomo que se goza en su endiablada
-venganza.
-
-Lector yo de muchas y muy malas novelas, di aquel giro a la que
-insensiblemente iba desarrollándose en mi imaginación por las palabras
-de un amigo, la lectura de un trozo de papel y la vista de un
-desconocido.
-
-
-IV
-
-Andando, andando seguía el coche y ya por causa del calor que allí
-dentro se sentía, ya porque el movimiento pausado y monótono del
-vehículo produce cierto mareo que degenera en sueño, lo cierto es que
-sentí pesados los párpados, me incliné del costado izquierdo, apoyando
-el codo en el paquete de libros, y cerré los ojos. En esta situación
-continué viendo la hilera de caras de ambos sexos que ante mí tenía,
-barbadas unas, limpias de pelo las otras, aquéllas riendo, éstas muy
-acartonadas y serias. Después me pareció que obedeciendo a la
-contracción de un músculo común, todas aquellas caras hacían muecas y
-guiños, abriendo y cerrando los ojos y las bocas, y mostrándome
-alternativamente una serie de dientes que variaban desde los más blancos
-hasta los más amarillos, afilados unos, romos y gastados los otros.
-Aquellas ocho narices erigidas bajo diez y seis ojos diversos en color y
-expresión, crecían o menguaban, variando de forma; las bocas se abrían
-en línea horizontal, produciendo mudas carcajadas, o se estiraban hacia
-adelante formando hocicos puntiagudos, parecidos al interesante rostro
-de cierto benemérito animal que tiene sobre sí el anatema de no poder
-ser nombrado.
-
-Por detrás de aquellas ocho caras, cuyos horrendos visajes he descrito,
-y al través de las ventanillas del coche, yo veía la calle y las casas,
-los transeuntes, todo en veloz carrera, como si el tranvía anduviese con
-rapidez vertiginosa. Yo por lo menos creía que marchaban más aprisa que
-nuestros ferrocarriles, más que los franceses, más que los ingleses, más
-que los norteamericanos; corría con toda la velocidad que puede suponer
-la imaginación, tratándose de la traslación de lo sólido.
-
-A medida que era más intenso aquel estado letargoso, se me figuraba que
-iban desapareciendo las casas, las calles, Madrid entero. Por un
-instante creí que el tranvía corría por lo más profundo de los mares:
-al través de los vidrios se veían los cuerpos de cetáceos enormes, los
-miembros pegajosos de una multitud de pólipos de diversos tamaños. Los
-peces chicos sacudían sus colas resbaladizas contra los cristales,
-algunos miraban adentro con sus grandes y dorados ojos. Crustáceos de
-forma desconocida, grandes moluscos, madréporas, esponjas y una multitud
-de bivalvos grandes y deformes cual nunca yo los había visto, pasaban
-sin cesar. El coche iba tirado por no sé qué especie de nadantes
-monstruos, cuyos remos, luchando con el agua, sonaban como las paletas
-de una hélice, tornillaban la masa líquida con su infinito voltear.
-
-Esta visión se iba extinguiendo: después parecióme que el coche corría
-por los aires, volando en dirección fija y sin que lo agitaran los
-vientos. Al través de los cristales no se veía nada, más que espacio:
-las nubes nos envolvían a veces; una lluvia violenta y repentina
-tamborileaba en la imperial; de pronto salíamos al espacio puro inundado
-de sol, para volver de nuevo a penetrar en el vaporoso seno de celajes
-inmensos, ya rojos, ya amarillos, tan pronto de ópalo como de amatista,
-que iban quedándose atrás en nuestra marcha. Pasábamos luego por un
-sitio del espacio en que flotaban masas resplandecientes de un finísimo
-polvo de oro; más adelante, aquella polvareda que a mí se me antojaba
-producida por el movimiento de las ruedas triturando la luz, era de
-plata, después verde como harina de esmeraldas, y por último, roja como
-harina de rubíes. El coche iba arrastrado por algún volátil
-apocalíptico, más fuerte que el hipógrifo y más atrevido que el dragón;
-y el rumor de las ruedas y de la fuerza motriz recordaba el zumbido de
-las grandes aspas de un molino de viento, o más bien el de un abejorro
-del tamaño de un elefante. Volábamos por el espacio sin fin, sin llegar
-nunca; entretanto la tierra quedábase abajo, a muchas leguas de nuestros
-pies; y en la tierra, España, Madrid, el barrio de Salamanca,
-Cascajares, la Condesa, el Conde, Mudarra, el incógnito galán, todos
-ellos.
-
-Pero no tardé en dormirme profundamente; y entonces el coche cesó de
-andar, cesó de volar, y desapareció para mí la sensación de que iba en
-tal coche, no quedando más que el ruido monótono y profundo de las
-ruedas, que no nos abandona jamás en nuestras pesadillas dentro de un
-tren o en el camarote de un vapor. Me dormí... ¡Oh infortunada Condesa!
-La vi tan clara como estoy viendo en este instante el papel en que
-escribo; la vi sentada junto a un velador, la mano en la mejilla, triste
-y meditabunda como una estatua de la melancolía. A sus pies estaba
-acurrucado un perrillo, que me pareció tan triste como su interesante
-ama.
-
-Entonces pude examinar a mis anchas a la mujer que yo consideraba como
-la desventura en persona. Era de alta estatura, rubia, con grandes y
-expresivos ojos, nariz fina, y casi, casi grande, de forma muy correcta
-y perfectamente engendrada por las dos curvas de sus hermosas y
-arqueadas cejas. Estaba peinada sin afectación, y en esto, como en su
-traje, se comprendía que no pensaba salir aquella noche. ¡Tremenda, mil
-veces tremenda noche! Yo observaba con creciente ansiedad la hermosa
-figura que tanto deseaba conocer, y me pareció que podía leer sus ideas
-en aquella noble frente donde la costumbre de la reconcentración mental
-había trazado unas cuantas líneas imperceptibles, que el tiempo
-convertiría pronto en arrugas.
-
-De repente se abre la puerta dando paso a un hombre. La Condesa dió un
-grito de sorpresa y se levantó muy agitada.
-
---¿Qué es esto?--dijo--Rafael. Usted... ¿Qué atrevimiento? ¿Cómo ha
-entrado usted aquí?
-
---Señora--contestó el que había entrado, joven de muy buen porte.--¿No
-me esperaba usted?--He recibido una carta suya...
-
---¡Una carta mía!--exclamó más agitada la Condesa.--Yo no he escrito
-carta ninguna. ¿Y para qué había de escribirla?
-
---Señora, vea usted--repuso el joven sacando la carta y
-mostrándosela;--es su letra, su misma letra.
-
---¡Dios mío! ¡Qué infernal maquinación!--dijo la dama con
-desesperación.--Yo no he escrito esa carta. Es un lazo que me tienden...
-
---Señora, cálmese usted... yo siento mucho...
-
---Sí; lo comprendo todo... Ese hombre infame... Ya sospecho cuál habrá
-sido su idea. Salga usted al instante... Pero ya es tarde; ya siento la
-voz de mi marido.
-
-En efecto, una voz atronadora se sintió en la habitación inmediata, y al
-poco rato entró el Conde, que fingió sorpresa de ver al galán, y
-después, riendo con cierta afectación, le dijo:
-
---¡Oh! Rafael, usted por aquí... ¡Cuánto tiempo!... Venía usted a
-acompañar a Antonia... Con eso nos acompañará a tomar el te.
-
-La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su
-perplejidad, apenas acertó a devolver al Conde su saludo. Vi que
-entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de te y
-desaparecieron después, dejando solos a los tres personajes. Iba a
-pasar algo terrible.
-
-Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad
-aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestándole
-sólo con monosílabos. Sirvió el te, y el Conde alargó a Rafael una de
-las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró
-aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella
-todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas
-variedades de las sabrosas pastas _Huntley and Palmers_, y otras
-menudencias propias de tal clase de cena. Después el Conde volvió a reir
-con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche,
-y dijo:
-
---¡Cómo nos aburrimos! Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca
-algo. Hace tanto tiempo que no te oímos. Mira... aquella pieza de
-Gorstchack que se titula _Morte_... La tocabas admirablemente. Vamos,
-ponte al piano.
-
-La Condesa quiso hablar; érale imposible articular palabra. El Conde la
-miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus
-ojos, como la paloma fascinada por el boa _constrictor_. Se levantó
-dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la
-aterró más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el
-piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a
-las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los
-centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja. Al
-principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez
-de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y
-temeroso como el _Dies iræ_ surgió de tal desorden. Yo creía escuchar el
-son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de
-los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de
-ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir
-incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde.
-
-Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se
-encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar
-primero. Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la
-espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin
-fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y
-atropellados remolinos.
-
-Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no
-podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me
-la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar
-que el piano se tocaba solo.
-
-El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el
-piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle; pero debía
-encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque
-tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de
-sonar y la Condesa dió un grito.
-
-En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí
-violentamente y desperté.
-
-
-V
-
-En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado
-caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.
-
---¡Aaah! usted... _sleeping_... molestar... _mi_--dijo con avinagrado
-mohín, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus
-rodillas.
-
---Señora... es verdad... me dormí--contesté turbado al ver que todos los
-viajeros se reían de aquella escena.
-
---¡Oooh!... yo soy... _going_... _to_ decir al _coachman_... usted
-molestar... mi... usted, caballero... _very shocking_--añadió la inglesa
-en su jerga ininteligible.--_¡Oooh!_ usted creer... _my body_ es... su
-cama _for usted_... _to sleep. ¡Oooh! gentleman you are a stupid ass_.
-
-Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante
-amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre
-agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes
-poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me
-quisiera roer. Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi
-paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había.
-Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! ¡cuál sería mi sorpresa
-cuando vi frente a mí, ¿a quién creerás? Al joven de la escena soñada,
-al mismo don Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme
-de que no dormía, y en efecto, despierto estaba y tan despierto como
-ahora.
-
-Era él, el mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención
-y escuché con toda mi alma.
-
---¿Pero tú no sospechaste nada?--le decía el otro.
-
---Algo, sí; pero callé. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la
-mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir. Tocó, como
-siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la
-peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos
-que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fué
-imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las
-teclas echó la cabeza atrás y dió un grito. Entonces su marido sacó un
-puñal, y dando un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al
-instante.» Al ver esto hirvió mi sangre toda: quise echarme sobre aquel
-miserable; pero sentí en mi cuerpo una sensación que no puedo pintarte;
-creí que repentinamente se había encendido una hoguera en mi estómago;
-fuego corría por mis venas; las sienes me latieron, y caí al suelo sin
-sentido.
-
---Y antes, ¿no conociste los síntomas del envenenamiento?--le preguntó
-el otro.
-
---Notaba cierta desazón y sospeché vagamente, pero nada más. El veneno
-estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque
-sí me ha dejado una enfermedad para toda la vida.
-
---Y después que perdiste el sentido, ¿qué pasó?
-
-Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras
-pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró.
-
---¡Ah! ya estamos en los Consejos: bajemos--dijo Rafael.
-
-¡Qué contrariedad! Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia.
-
---Caballero, caballero, una palabra--dije al verlos salir.
-
-El joven se detuvo y me miró.
-
---¿Y la Condesa? ¿Qué fué de esa señora?--pregunté con mucho afán.
-
-Una carcajada general fué la única respuesta. Los dos jóvenes, riéndose
-también, salieron sin contestarme palabra. El único sér vivo que
-conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fué la inglesa,
-que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros
-diciendo:
-
---_¡Oooh! A lunatic fellow_.
-
-
-VI
-
-El coche seguía y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había
-sido de la desdichada Condesa. ¿La mató su marido? Yo me hacía cargo de
-las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza,
-como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar
-de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil
-celada de Mudarra.
-
-Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos
-por mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno.
-¡Trágica y espeluznante escena!--pensaba yo, más convencido cada vez de
-la realidad de aquel suceso--¡y luego dirán que estas cosas sólo se ven
-en las novelas!
-
-Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer
-que traía un perrillo en sus brazos. Al instante reconocí al perro que
-había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma
-lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas. La
-suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo
-resistir la curiosidad, le pregunté:
-
---¿Es de usted ese perro tan bonito?
-
---¿Pues de quién ha de ser? ¿Le gusta a usted?
-
-Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia;
-pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dió un salto
-y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a
-enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:
-
---¡Ooooh! usted... _unsupportable_.
-
---¿Y dónde ha adquirido usted ese perro?--pregunté sin hacer caso de la
-nueva explosión colérica de la mujer británica.--¿Se puede saber?
-
---Era de mi señorita.
-
---¿Y qué fué de su señorita?--dije con la mayor ansiedad.
-
---¡Ah! ¿Usted la conocía?--repuso la mujer.--Era muy buena, _¿verdá
-usté?_
-
---¡Oh! excelente... Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello?
-
---De modo que usted está enterado, usted tiene noticias...
-
---Sí, señora... He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del te...
-pues. Y diga usted, ¿murió la señora?
-
---¡Ah! Sí, señor: está en la gloria.
-
---¿Y cómo fué eso? La asesinaron, o fué a consecuencia del susto.
-
---¡Qué asesinato, ni qué susto!--dijo con expresión burlona.--Usted no
-está enterado. Fué que aquella noche había comido no sé qué, pues... y
-le hizo daño... Le dió un desmayo que le duró hasta el amanecer.
-
---Bah--pensé yo--ésta no sabe una palabra del incidente del piano y del
-veneno, o no quiere darse por entendida.
-
-Después dije en alta voz:
-
---¿Con que fué de indigestión?
-
---Sí, señor. Yo le había dicho aquella noche: «Señora: no coma usted
-esos mariscos»; pero no me hizo caso.
-
---Con que mariscos, ¿eh?--dije con incredulidad.--Si sabré yo lo que ha
-ocurrido.
-
---¿No lo cree usted?
-
---Sí... sí--repuse aparentando creerlo.--¿Y el Conde, su marido, el que
-sacó el puñal cuando tocaba el piano?
-
-La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias
-barbas.
-
---¿Se ríe usted...? ¡Bah! ¿Piensa usted que no estoy perfectamente
-enterado? Ya comprendo; usted no quiere contar los hechos como realmente
-son. Ya se ve: como habrá causa criminal...
-
---Es que ha hablado usted de un conde y de una condesa.
-
---¿No era el ama de ese perro la señora Condesa, a quien el mayordomo
-Mudarra...
-
-La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté,
-diciendo para mi capote: Esta debe de ser cómplice de Mudarra, y,
-naturalmente, ocultará todo lo que pueda.
-
---Usted está loco--añadió la desconocida.
-
---_Lunatic_, _lunatic_. _M_... _suffocated_... _¡Oooh! ¡my Godi!_
-
---Si lo sé todo; vamos, no me lo oculte usted. Dígame de qué murió la
-señora Condesa.
-
---¡Qué condesa ni qué ocho cuartos, hombre de Dios!--exclamó la mujer,
-riendo con más fuerza.
-
---¡Si cree usted que me engaña a mí con sus risitas!--contesté.--La
-Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda.
-
-En esto llegó el coche al barrio de Pozas y yo al término de mi viaje.
-Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo
-por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino. Yo seguí a
-la mujer del perro, aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su
-casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme
-solo en la calle recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa
-donde debía entregar aquellos libros. Devolvílos a la persona que me los
-había pedido para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso,
-esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al extremo de
-Madrid.
-
-No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez
-me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé
-había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.
-
-Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a
-partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fué la señora inglesa
-sentadita donde antes estaba. Cuando me vió subir y tomar sitio a su
-lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como
-la grana, exclamando:
-
---_¡Ooooh!_... usted... mi quejarse al _coachman_... usted reventar _mi
-fort it_.
-
-Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de
-lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le
-contesté:
-
---Señora, no hay duda de que la Condesa murió envenenada o asesinada.
-Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre.
-
-Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros.
-Cerca del Palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí.
-Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y
-un hablar campanudo que imponía respeto.
-
-No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a
-los otros dos y dijo:
-
---¡Pobrecilla! ¡Cómo clamaba en sus últimos instantes! La bala le entró
-por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.
-
---¿Cómo?--exclamé yo repentinamente.--¿Conque fué de un tiro? ¿No murió
-de una puñalada?
-
-Los tres se miraron con sorpresa.
-
---De un tiro, sí, señor--dijo con cierto desabrimiento el alto, seco y
-huesoso.
-
---Y aquella mujer sostenía que había muerto de una indigestión--dije,
-interesándome más cada vez en aquel asunto.--Cuente usted, ¿y cómo fué?
-
---¿Y a usted qué le importa?--dijo el otro, con muy avinagrado gesto.
-
---Tengo mucho interés por conocer el fin de esa horrorosa tragedia. ¿No
-es verdad que parece cosa de novela?
-
---¿Qué novela ni que niño muerto? Usted está loco o quiere burlarse de
-nosotros.
-
---Caballerito, cuidado con las bromas--añadió el alto y seco.
-
---¿Creen ustedes que no estoy enterado? Lo sé todo, he presenciado
-varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa
-murió de un pistoletazo.
-
---¡Válgame Dios! Nosotros no hemos hablado de Condesa, sino de mi perra,
-a quien cazando, disparamos inadvertidamente un tiro. Si usted quiere
-bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece.
-
---Ya, ya comprendo: ahora hay empeño en ocultar la verdad--manifesté,
-juzgando que aquellos hombres querían desorientarme en mis pesquisas,
-convirtiendo en perra a la desdichada señora.
-
-Ya preparaba el otro su contestación, sin duda más enérgica de lo que el
-caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo a la sien, como para
-indicarles que yo no regía bien de la cabeza. Calmáronse con esto, y no
-dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la
-Puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo.
-
-Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar
-mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada
-cuestión. Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la
-pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes
-que iban sucediéndose dentro del coche, creía ver algo que contribuyera
-a explicar el enigma. Sentía yo una sobrexcitación cerebral espantosa, y
-sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos
-me miraban como se mira lo que no se ve todos los días.
-
-
-VII
-
-Aun faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel
-viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su
-señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de
-fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el
-pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda
-corrían bajo el cristal verde obscuro de sus descomunales antiparras.
-
-Al poco rato de estar allí dijo en voz baja a la que parecía ser su
-mujer:
-
-Pues hay sospechas de envenenamiento: no lo dudes. Me lo acaba de decir
-don Mateo. ¡Desdichada mujer!
-
---¡Qué horror! Ya me lo he figurado también--contestó su consorte. De
-tales cafres ¿qué se podía esperar?
-
---Juro no dejar piedra sobre piedra hasta averiguarlo.
-
-Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:
-
---Sí, señor; hubo envenenamiento. Me consta.
-
---¿Cómo, usted sabe? ¿Usted también la conocía?--dijo vivamente el de
-las antiparras verdes, volviéndose hacia mí.
-
---Sí, señor; y no dudo que la muerte ha sido violenta, por más que
-quieran hacernos creer que fué indigestión.
-
---Lo mismo afirmo yo. ¡Qué excelente mujer! ¿Pero cómo sabe usted...?
-
---Lo sé, lo sé--repuse muy satisfecho de que aquel no me tuviera por
-loco.
-
---Luego usted irá a declarar al Juzgado; porque ya se está formando la
-sumaria.
-
---Me alegro, para que castiguen a esos bribones. Iré a declarar, iré a
-declarar, sí, señor.
-
-A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de
-aquel suceso, mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que
-es pluma esto con que escribo.
-
---Pues sí, señor; es preciso aclarar este enigma para que se castigue a
-los autores del crimen. Yo declararé. Fué envenenada con una taza de te,
-lo mismo que el joven.
-
---Oye, Petronila--dijo a su esposa el de las antiparras--; con una taza
-de te.
-
---Sí, estoy asombrada--contestó la señora.--¡Cuidado con lo que fueron a
-inventar esos malditos!
-
--Sí, señor; con una taza de te.
-
---La Condesa tocaba el piano.
-
---¿Qué Condesa?--preguntó aquel hombre, interrumpiéndome.
-
---La Condesa, la envenenada.
-
---Si no se trata de ninguna Condesa, hombre de Dios.
-
---Vamos; usted también es de los empeñados en ocultarlo.
-
---Bah, bah; si en esto no ha habido ninguna condesa ni duquesa, sino
-simplemente la lavandera de mi casa, mujer del guardaagujas del Norte.
-
---¿Lavandera, eh?--dije en tono de picardía.--¡Si también me querrá
-usted hacer tragar que es lavandera!
-
-El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se
-dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la
-señora comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que
-yo estaba borracho. Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé,
-contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes
-almas, tan irreverente suposición. Cada vez era mayor mi zozobra; la
-Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado
-a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera
-elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas
-visiones y diálogos. En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó
-mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir
-con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi
-entendimiento, empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras.
-
-Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que
-frente a mí tenía, miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa
-luz de los faroles, y vi pasar a un hombre. Di un grito de sorpresa, y
-exclamé desatinado:--Ahí va, es él, el feroz Mudarra, el autor principal
-de tantas infamias.--Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a
-la puerta, tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a
-la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:--¡A ese, a ese, al
-asesino!
-
-Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico
-barrio.
-
-Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la
-tarde, fué detenido. Yo no cesaba de gritar:--¡Es el que preparó el
-veneno para la Condesa, el que asesinó a la Condesa!
-
-Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba
-loco; pero que quieras que no, los dos fuimos conducidos a la
-prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No
-recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron. El
-recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance fué el de haber
-despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral,
-producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de
-enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de
-la locura definitiva.
-
-Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias, porque el
-antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado
-comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna.
-Pero aun por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía
-exclamar:--«Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en
-mis trece. Nadie me persuadirá de que no acabaste tus días a mano de tu
-iracundo esposo...»
-
-Ha sido preciso que transcurran meses para que las sombras vuelvan al
-ignorado sitio de donde surgieron volviéndome loco, y torne la realidad
-a dominar en mi cabeza. Me río siempre que recuerdo aquel viaje, y toda
-la consideración que antes me inspiraba la soñada víctima la dedico
-ahora, ¿a quién creeréis? A mi compañera de viaje en aquella angustiosa
-expedición, a la irascible inglesa, a quien disloqué un pie en el
-momento de salir atropelladamente del coche para perseguir al supuesto
-mayordomo.
-
-
-
-
-El criado de Don Juan.
-
-(J. BENAVENTE)
-
-
-
-
-EL CRIADO DE DON JUAN
-
-DRAMA EN UN ACTO
-
-
-PERSONAJES
-
-LA DUQUESA ISABELA--CELIA--DON JUAN
-
-TENORIO--LEONELO--FABIO
-
-EN ITALIA--SIGLO XV
-
-
-ACTO UNICO
-
-Calle. A un lado la fachada de un palacio señorial.
-
-
-ESCENA PRIMERA
-
-FABIO Y LEONELO (_Fabio se pasea por delante del palacio, embozado hasta
-los ojos en una capa roja_.)
-
-LEONELO (_saliendo_.)
-
-¡Señor! ¡Don Juan!
-
-FABIO
-
-No es Don Juan.
-
-LEONELO
-
-¡Fabio!
-
-FABIO
-
-A tiempo llegas. Desde esta mañana sin probar bocado... ¿Cómo tardaste
-tanto?
-
-LEONELO
-
-Media ciudad he corrido trayendo y llevando cartas... ¿Pero Don Juan?...
-
-FABIO
-
-La ciudad, toda, que no media, correrá de seguro llevando y trayendo su
-persona. ¡En mal hora entramos a su servicio!
-
-LEONELO
-
-¿Y qué haces aquí disfrazado de esa suerte?
-
-FABIO
-
-Representar lo mejor que puedo a nuestro Don Juan, suspirando ante las
-rejas de la duquesa Isabel.
-
-LEONELO
-
-Nuestro Don Juan está loco de vanidad. La duquesa Isabel es una dama
-virtuosa y no cederá por más que él se obstine.
-
-FABIO
-
-Ha jurado no apartarse ni de día ni de noche de este sitio, hasta que
-ella consienta en oirle... y ya ves cómo cumple su juramento.
-
-LEONELO
-
-¡Con una farsa indigna de un caballero! Mucho es que los servidores de
-la duquesa no te han echado a palos de la calle.
-
-FABIO
-
-No tardarán en ello. Por eso te aguardaba impaciente. Don Juan ha
-ordenado que apenas llegaras ocupases mi puesto... el suyo quiero
-decir. Demos la vuelta a la esquina por si nos observan desde el
-palacio, y tomarás la capa y demás señales, que han de presentarte hasta
-la hora de la paliza prometida... como al propio Don Juan.
-
-LEONELO
-
-¡Dura servidumbre!
-
-FABIO
-
-¡Dura como la necesidad! De tal madre, tal hija. (_Salen_.)
-
-
-CUADRO SEGUNDO
-
-ESCENA II
-
-Sala en el palacio de la duquesa Isabela.
-
-LA DUQUESA Y CELIA
-
-CELIA (_Mirando por una ventana_.)
-
-¡Es increíble, señora! Dos días con dos noches lleva ese caballero
-delante de nuestras ventanas.
-
-DUQUESA
-
-¡Necio alarde! Si a tales medios debe su fama de seductor, a costa de
-mujeres bien fáciles habrá sido lograda... ¿Y ese es Don Juan, el que
-cuenta sus conquistas amorosas por los días del año? Allá en su tierra,
-en esa España feroz, de moros, de judíos y de fanáticos cristianos, de
-sangre impura abrasada por tentaciones infernales, entre devociones
-supersticiosas y severidad hipócrita, podrá parecer terrible como
-demonio tentador. Las italianas no tememos al diablo. Los príncipes de
-la Iglesia romana nos envían de continuo indulgencias rimadas en dulces
-sonetos a lo Petrarca.
-
-CELIA
-
-Pero confesad que el caballero es obstinado... y fuerte.
-
-DUQUESA
-
-Es preciso terminar de una vez. No quiero ser fábula de la ciudad. Lleva
-recado a ese caballero, de que las puertas de mi palacio y de mi
-estancia están francas para él. Aquí le aguardo, sola... La duquesa
-Isabela no ha nacido para figurar como un número en la lista de Don
-Juan.
-
-CELIA
-
-Señora, ved...
-
-DUQUESA
-
-Conduce a Don Juan hasta aquí. No tardes. (_Sale Celia_.)
-
-
-ESCENA III
-
-LA DUQUESA Y DESPUES LEONELO.
-
-(_La duquesa se sienta y espera con altivez la entrada de Don Juan_.)
-
-LEONELO
-
-¡Señora!
-
-DUQUESA
-
-¿Quién? ¿No es Don Juan?... ¿No érais vos el que rondaba mi palacio?
-
-LEONELO
-
-Sí, yo era.
-
-DUQUESA
-
-Dos días con dos noches.
-
-LEONELO
-
-Algunas horas del día y algunas de noche.
-
-DUQUESA
-
-¡Ah! ¡Extremada burla! ¿Sois uno de los rufianes que acompañan a Don
-Juan?
-
-LEONELO
-
-Soy criado suyo, señora. Le sirvo a mi pesar.
-
-DUQUESA
-
-Mal empleáis vuestra juventud.
-
-LEONELO
-
-¡Dichosos los que pueden seguir en la vida la senda de sus sueños!
-
-DUQUESA
-
-Camino muy bajo habéis emprendido. Salid.
-
-LEONELO
-
-¿Sin mensaje alguno de vuestra parte para Don Juan?
-
-DUQUESA
-
-¡Insolente!
-
-LEONELO
-
-Supuesto que le habéis llamado...
-
-DUQUESA
-
-Sí, le llamé para que por vez primera en su vida se hallare frente a
-frente de una mujer honrada, para que nunca pudiera decir que una dama
-como yo no tuvo más defensa contra él que evitar su vista.
-
-LEONELO
-
-Así, como a vos ahora, oí a muchas mujeres responder a Don Juan, y
-muchas le desafiaron como a vos y muchas como vos le recibieron
-altivas...
-
-DUQUESA
-
-¿Y Don Juan no escarmienta?
-
-DUQUESA
-
-¡Y no escarmientan las mujeres! La muerte, el remordimiento, la
-desolación son horribles y no pueden enamorarnos, pero las precede un
-mensajero seductor, hermoso, juvenil... el peligro, eterno enamorador de
-las mujeres... Evitad el peligro, creedme; no oigáis a Don Juan...
-
-DUQUESA
-
-Me confundís con el vulgo de las mujeres. No en vano andáis al servicio
-de ese caballero de fortuna.
-
-LEONELO
-
-No en vano llevo mi alma entristecida por tantas almas de nobles
-criaturas amantes de Don Juan. ¡Cuánto lloré por ellas! Mi corazón fué
-recogiendo los amores destrozados en su locura por mi señor y en mis
-sueños terminaron felices tantos amores de muerte y de llanto... ¡Un
-solo amor de Don Juan hubiera sido la eterna ventura de mi vida!...
-¡Todo mi amor inmenso no hubiera bastado a consolar a una sola de sus
-enamoradas!... ¡Riquísimo caudal de amor derrochado por Don Juan, junto
-a mí, pobre mendigo de amor!...
-
-DUQUESA
-
-¿Sois poeta? Sólo un poeta se acomoda a vivir como vos, con el
-pensamiento y la conciencia en desacuerdo.
-
-LEONELO
-
-Sabéis de los poetas, señora; no sabéis de los necesitados...
-
-DUQUESA
-
-Sé... que no me pesa del engaño de Don Juan... al oíros... Ya me
-interesa saber de vuestra vida... Decidme qué os trajo a tan dura
-necesidad... No habrá peligro en escucharos como en escuchar a Don
-Juan... aunque seáis mensajero suyo, como vos decís que el peligro es
-mensajero de la muerte... Hablad sin temor.
-
-LEONELO
-
-¡Señora!
-
-
-ESCENA IV
-
-DICHOS, DON JUAN (_con la espada desenvainada, entra con violencia_.)
-
-DUQUESA
-
-¿Cómo llegáis hasta mí de esa manera? ¿Y mi gente?... ¡Hola!
-
-DON JUAN
-
-Perdonad. Pero comprenderéis que no he de permitir que mi criado me
-sustituya tanto tiempo.
-
-DUQUESA
-
-¡Con ventaja!
-
-DON JUAN
-
-No podéis apreciarlo todavía.
-
-DUQUESA
-
-¡Oh! ¡Basta ya!... (_A Leonelo_.) ¿No dices que la necesidad te llevó al
-indigno oficio de servir a este hombre? ¿Te pesa la servidumbre? ¿Ves
-cómo insultan a una dama en tu presencia y eres bien nacido? Ya eres
-libre... y rico...
-
-DON JUAN
-
-¿Le tomáis a vuestro servicio?
-
-DUQUESA
-
-Quiero humillaros cuanto pueda... (_A Leonelo_.) Mi amor, imposible para
-Don Juan; mi amor es tuyo si sabes merecerlo...
-
-LEONELO
-
-¡Vuestro amor!
-
-DON JUAN
-
-A mí te iguala. Eres noble por él.
-
-LEONELO
-
-¡Señora!
-
-DUQUESA
-
-¡Fuera la espada! Mi amor es tuyo... Lucha sin miedo. (_Don Juan y
-Leonelo combaten. Cae muerto Leonelo_.)
-
-LEONELO
-
-¡Ay de mí!
-
-DUQUESA
-
-¡Dios mío!
-
-DON JUAN
-
-¡Noble señora! Ved lo que cuesta una porfía...
-
-DUQUESA
-
-¡Muerto! Por mí... ¡Favor!... ¡Dejadme salir! Tengo miedo, mucho
-miedo...
-
-DON JUAN
-
-Estáis conmigo...
-
-DUQUESA
-
-Se agolpa la gente ante las ventanas... ¡Una muerte en mi casa!
-
-DON JUAN
-
-¡No tembléis! Pasaron, oyeron ruido y se detuvieron... A mi cargo corre
-sacar de aquí el cadáver sin que nadie sospeche...
-
-DUQUESA
-
-¡Oh! Sí, salvad mi honor... ¡Si supieran!
-
-DON JUAN
-
-No saldré de aquí sin dejaros tranquila...
-
-DUQUESA
-
-¡Oh! No puedo miraros, me dáis espanto. ¡Dejadme salir!
-
-DON JUAN
-
-No, aquí a mi lado... Yo también tengo miedo... de no veros... Por vos
-he dado muerte a un desdichado... No me dejéis o saldré de aquí para
-siempre y suceda lo que suceda... vos explicaréis como podáis el
-lance...
-
-DUQUESA
-
-¡Oh, no me dejéis! Pero lejos de mí, no habléis, no os acerquéis a mí...
-(_Queda en el mayor abatimiento_.)
-
-DON JUAN (_contemplándola aparte_.)
-
-¡Es mía! ¡Una más!... (_Contemplando el cadáver de Leonelo_.) ¡Pobre
-Leonelo!
-
-
-
-
-Viernes Santo.
-
-(LA CONDESA DE PARDO BAZÁN)
-
-
-
-
-VIERNES SANTO
-
-
-Fué el cura de Naya hombre comunicativo, afable y de entrañas
-excelentes, quien me refirió el atroz sucedido, o, por mejor decir, la
-cadena de sucedidos atroces, que apenas creería yo a no coincidir y
-explicarse perfectamente por el relato del párroco las veladas
-indicaciones de la prensa y los rumores difundidos en el país. Respetaré
-la forma de la narración, sintiendo no poder reproducir la expresión de
-la fisonomía ingenua y jovial del que narraba.
-
-«Ya sabe usted--dijo--que, así como en Andalucía crece la flor de la
-canela, en este rincón de Galicia podemos alabarnos de cultivar la flor
-de los caciques. No sé cómo serán los de otras partes; pero vamos, que
-los de por acá son de patente. Bien se acordará usted de aquel
-_Trampeta_ y aquel _Barbacana_, que traían a Cebre convertido en un
-infierno. Trampeta ahora dice que se quiere meter en pocos belenes,
-porque ya no lo ahorcan por treinta mil duros; y Barbacana, que está
-que no puede con los calzones, como se la tenían jurada unos cuantos y
-salvó milagrosamente de dos o tres asechanzas, al fin ha determinado
-irse a pasar la vejez a Pontevedra, porque desea morir en su cama, según
-conviene a los hombres honrados y a los cristianos viejos como él. ¡Ja,
-ja...!
-
-Faltando o poco menos esos dos pejes, quedó el país en manos de otro,
-que usted bien habrá oído de él: Lobeiro, que en confianza le llamábamos
-_Lobo_, y ¡a fe que le caía! Yo, si usted me pregunta cómo consiguió
-Lobeiro apoderarse de esta región y tenerla así, en un puño, que ni la
-hierba crecía sin su permiso, le contestaré que no lo entiendo; porque
-me parece increíble que en nuestro siglo y cuando tanto cantan libertad,
-se pueda vivir más sujeto a un señor que en tiempos del conde Pedro
-Madruga. No, y no hay que echar baladronadas: yo era el primerito que
-agachaba las orejas y callaba como un raposo. Uno estima la piel, y aun
-más que la piel, la tranquilidad, si a mano viene.
-
-A veces me ponía a discurrir, y decía para mi sotana: este rayo de
-hombre, ¿en qué consiste que se nos ha montado a todos encima, y por
-fuerza hemos de vivir súbditos de él, haciendo cuanto se le antoja,
-pidiéndole permiso hasta para respirar? ¿Quién le instituyó dueño de
-nuestras vidas y haciendas? ¿No hay leyes? ¿No hay Tribunales de
-justicia?--Pero mire usted: todo eso de leyes es nada más que
-conversación. Los magistrados están lejos y el cacique cerca. El
-Gobierno necesita tener asegurada la mecánica de las elecciones, y al
-que le amasa los votos le entrega desde Madrid la comarca en feudo. A
-los señores que se pasean allá por el Prado y por la Castellana, sin
-cuidado les tiene que aquí nos am... ¡Ay! Tente, lengua, que ya iba a
-soltar un disparate.
-
-Pues volviendo al caso, Lobeiro, así para el trato de la conversación,
-ya era un hombre antipático, de pocas palabras, que cuando se veía
-comprometido, se reía regañando los dientes, muy callado, mirando de
-través. No se fíe usted nunca del que no ríe franco ni mira derecho: muy
-mala señal. La cara suya parecía el Pico Medelo, que siempre anda
-embozado en _brétemas_. Lo único a que ponía un semblante como las demás
-personas, era a su chiquilla, su hija única, que por cierto no se ha
-visto cosa más linda en todo este país. La madre fué en tiempos una
-buena moza; pero la rapaza... ¡qué comparación! Un pelo como el oro, un
-cutis que parecía raso, un par de ojos azules como dos estrellas...
-¡Micaeliña! ¡Lo que corrí con ella el día del patrón de Boán! Porque a
-la criatura la rebosaba la alegría, y Lobeiro, al oirla reir, cambiaba
-de aspecto: se volvía otro hombre.
-
-Sólo que, por desgracia, esta influencia no pasaba de los momentos en
-que tenía cerca a la criatura. El resto del año, Lobeiro se dedicaba a
-perseguir al uno, empapelar al otro, sacarle el redaño a éste y echar a
-presidio a aquél. ¿Usted no ha leído el _Catecismo del labriego_,
-compuesto por el tío Marcos da Portela, doctor en teología campestre?
-Pues el tipo del secretario que allí pinta, el de Lobeiro clavadito:
-criado para infernar la vida del labriego infeliz, llenarlo de
-vejaciones y disputarle la triste corteza de pan, amasada con su sudor,
-único alimento de que dispone para llevar a la boca. Y repare usted lo
-que sucedía con Lobeiro; hoy hace una picardía, y le obedecen como uno;
-mañana hace diez, y ya le rinden acatamiento como diez; al otro día un
-millón, y como un millón se impone. Empezara por chanchullos pequeñitos,
-de esos que se hacen en el Ayuntamiento a mansalva; trabucos de cuentas,
-recargos de contribución, repartos _ad líbitum_, y lo demás de rúbrica.
-Poco a poco, la gente aguantando y él apretando más, llega el caso de
-que me encuentro yo a un infeliz aldeano en un camino hondo, llevando
-de la cuerda su mejor ternero.--Andrés, ¿adónde vas con el cuxo? Feria
-hoy no la hay.--¿Qué feria, ni feria, señor abad?--¿Pues entónces--señor
-abad, por el alma de quien le parió no diga nada. Es para ese condenado
-de Lobeiro, que me lo mandó a pedir, y si no lo entrego me arruina,
-acaba conmigo, y hasta muero avergonzado en la cárcel.--Y el pobre
-hombre, cuando me lo decía, tenía los ojos como dos tomates,
-encarnizados de llorar. ¡Ya comprende usted lo que es para el labriego
-su ganado! Dar aquel ternero, era en plata dar las telas del corazón.
-
-Sólo una cosa estaba segura con Lobeiro: la honra de las mujeres: y no
-por virtud, sino porque no cojeaba de ese pie. Algunos de sus satélites,
-en cambio, bien se desquitaban. ¿Que si tenía satélites? ¡Madre querida!
-Una hueste organizada en toda regla. Usted no dejará de recordar que
-cuando apareció en un monte el mayordomo del marqués de Ulloa, hace ya
-algunos años, seco de un tiro, todo el mundo dijo que lo había mandado
-matar el cacique Barbacana, y que el instrumento fuera un bandido
-llamado el Tuerto de Castrodorna, que lo más del tiempo se lo pasaba en
-Portugal huyendo de la justicia. Pues esa joya la heredó Lobeiro, sólo
-que mejoró el procedimiento de Barbacana, y en vez de un forajido solo,
-reclutó una cuadrilla perfectamente organizada, con su santo y seña, sus
-consignas, su secreto, sus estratagemas y su táctica, para verificar sus
-sorpresas de un modo expeditivo y seguro. Nosotros teníamos esperanzas
-de que, al acabarse las trifulcas revolucionarias y las guerras civiles,
-mejoraría el estado del país y se afianzaría la seguridad personal.
-¡Busca seguridad! ¡Busca mejoras! Lo mismo o peor anduvieron las cosas
-desde la restauración de Alfonso, y si me apuran, digo que la Regencia
-vino a darnos el cachete. Antes, unos gritaban: _¡Viva esto!_ los otros:
-_¡Viva aquéllo!_ que república, que don Carlos... Eran ideas generales,
-y parece que se tomaban con menos saña entre unos y otros. Hoy estamos a
-quién gana las elecciones, a quién se hace árbitro de esta tierra... y
-todos los medios son buenos, y caiga el que cayere. Total, como decimos
-aquí: salgo de un soto y métome en otro... pero más obscuro.
-
-Como íbamos contando, la pandilla de Lobeiro empezó a ser el terror del
-país. Tan pronto veíamos llamas... ¿qué ocurre? Pues que le queman el
-pajar, y el alpendre, y el hórreo, y la casa misma al Antón de Morlás o
-al Guillermo de la Fontela. Tan pronto aparece derrengado, molido a
-palos, uno que no se quiso someter a Lobeiro en esto o en lo de más
-allá... y cuando le preguntan quién le puso así, responde una mentira:
-que rodó de un vallado o se cayó de una higuera cogiendo higos... señal
-de que si revela la verdad, sentenciado está a pena más grave. Por
-último, un día se nota la desaparición de cierto sujeto, un tal
-Castañeda, alguacil; ni visto ni oído, como si se evaporase. La voz
-pública (muy bajito) susurra que ese hombre le estorbaba a Lobeiro o se
-le había opuesto en un amaño muy gordo. Se espera una semana, dos, tres,
-que parezca el cadáver, o el vivo, si vivo está aún; nada. La viuda hace
-registrar el Avieiro, incluso el pozo grande; mira debajo de los
-puentes, recorre los montes... Ni rastro. Igual que si se lo hubiese
-tragado la tierra. Y probablemente así sería. ¡Un hoyo es tan fácil de
-abrir!
-
-Este Castañeda tenía un sobrino, muchacho templado, como que allá en sus
-mocedades proyectara dedicarse a la carrera militar, y luego, por no
-separarse de su madre, que ya iba vieja, y de una hermana jovencita,
-prefirió quedarse en el país y vivir cuidando unos bienecillos que le
-correspondían de su hijuela, y de los de la hermana y la madre. El era
-un medio señor y medio labrador, y en el país, como todo el mundo tiene
-su apodo, le conocían por el de _Cristo_. ¿Dice usted que un novelista
-de Francia llama así a uno de sus personajes? Pues mire, ese de fijo lo
-inventará: yo no; tan cierto es, como que usted está ahí sentada y yo
-refiriéndole este caso. En el apodo--atienda usted bien--está mucha
-parte del intríngulis de mi historia. ¿Que por qué le pusieron ese
-alias? No lo sé a derechas; creo que por parecerse a un Cristo muy
-grande y muy devoto que se venera en el santuario de Boán.
-
-De modo que el bueno de Cristo, no bien supo la desaparición de su tío
-Castañeda, no se calló como los demás, como la misma infeliz viuda, que
-temblaba que después de suprimirle al marido le pegasen fuego a la
-casita y la echasen en sus últimos años a pedir limosna. En las ferias y
-en las romerías, en el atrio de la iglesia y en la botica de Cebre, el
-muchacho alzó la voz cuanto pudo, clamando contra la tiranía de Lobeiro
-y diciendo que el país tenía que hacer un ejemplo con él; cazarlo lo
-mismo que a un lobo para que escarmentasen los lobos que se estaban
-criando en la madriguera, dispuestos a devorarnos. Decía que estas cosas
-no suceden sino en el país que las sufre; que donde los hombres tienen
-bragas, no se conciben ciertos abusos; que en Aragón o Castilla ya le
-habrían ajustado a Lobeiro la cuenta con el trabuco o la navaja; que si
-el cacique se le ponía delante, él, aunque se perdiese y dejase
-desamparadas madre y hermanita, era capaz de arrancarle los dientes a la
-fiera. Al pronto le oían asustados; pero como todo se pega, y el valor y
-el miedo, en particular, son contagiosos lo mismo que el cólera, iba
-formándose alrededor de Cristo un núcleo de gente que le daba la razón,
-diciendo que por todos los medios había que descartarse de Lobeiro y
-conjurar aquella plaga. Los gallegos no somos cobardes, ¡quiá! Lo que
-nos falta a veces es la iniciativa del valor. Necesitamos uno que
-empiece, y ¡zás! allá seguimos de reata. Cristo iba sumando voluntades,
-y conforme pasaba tiempo y veían que de hablar así no se le originaba
-perjuicio alguno, la algarada crecía, y el cacique, intimidado, en
-nuestro concepto, por haber encontrado al fin quien le presentase la
-cara, andaba mansito y derecho; como que pasaron más de tres meses sin
-sabérsele ninguna fechoría mayor.
-
-El día de la feria grande de Arnedo, que es allá por el mes de Abril, en
-Pascua, volvía yo a mi parroquia, después de pasar el rato bebiendo un
-poco de Tostado y comiendo unas rosquillas, cuando a poca distancia del
-pueblo empareja con mi mula la yegüecilla de Ramón Limioso (usted le
-conoce); el señorito del Pazo, un caballero cumplidísimo, y me pregunta
-lo mismito que yo le pregunto a usted:--Y Cristo, ¿le ha visto usted en
-la feria?--¿Cristo? No. No lo encontré... por ninguna parte.--¿Tampoco
-en el mesón?--Tampoco.--¿A qué horas vino usted?--Tempranito: a las
-siete ya andaba yo en Arnedo.--¿Sabe que me choca?--¿Y por qué ha de
-chocarle?--Porque estábamos citados: él quería deshacerse de su jaco, y
-yo le vendía mi toro, o se lo cambalachaba; según.--¡Bah! Cristo es un
-rapaz todavía; aún no cumplió los treinta... ¡sabe Dios por dónde anda a
-estas horas!--No, Eugenio; pues yo le digo que me choca; que me
-escama.--Aun vendrá, hombre. Son las tres, y hasta las seis o siete de
-la tarde no se deshace la feria.
-
-Ramón Limioso meneó la cabeza, y volvió grupas hacia Arnedo. Ni me
-acordé más del asunto, hasta que a las veinticuatro horas me llegó el
-primer rum rum de la desaparición de Cristo. El mismo misterio que en lo
-de su tío Castañeda; ni rastro del muchacho por ninguna parte. La madre
-andaba como loca, pregunta que te preguntarás, de casa en casa; la
-hermana salía de un ataque nervioso para caer en un síncope; la justicia
-local, como de costumbre, se lavaba las manos--imposible parece que así
-y todo las tenga tan puercas--y del chico, ni esto. Por fin, al cabo de
-una semana, lo que es aparecer, apareció... ¿Pero dónde? Metido en un
-hórreo, hecho una lástima, en descomposición... Son pormenores
-horribles; bueno, se trata de que se imponga usted de cómo la cosa
-ocurriera. Yo vi el cadáver y me convencí de que no había exageración
-ninguna en lo que se refirió después. Debían de haberle atormentado
-mucho tiempo, porque estaba el cuerpo hecho una pura llaga: a mí se me
-figura que lo azotaron con cuerdas, o que lo tundieron a varazos: las
-señales eran como rayas o surcos en el pellejo. Para acabarlo le dieron
-un corte así en la garganta. El rostro, desfiguradísimo; sólo una
-madre--¡pobre señora!--conoce y se arroja a besar un rostro semejante.
-
-Sí, estoy conforme: es una infamia, un crimen que clama al cielo, lo que
-usted guste... Pero usted también va a convenir conmigo. También va a
-decir que todo ello es moco de pavo en comparación del último
-refinamiento salvaje, de que no tiene noticia aun. Porque matar,
-atormentar, se llama así, atormentar y matar y se acabó; ¿cómo se llama
-el escarnio, la befa más inconcebible, el reto a Dios, que consiste en
-lo siguiente: elegir, para dar tal género de muerte a ese hombre que la
-gente apodaba Cristo... elegir... ¿qué día del año piensa usted?
-
-_¡El Viernes Santo!_
-
- * * * * *
-
---Pecador soy como el que más--prosiguió el párroco de Naya con la voz y
-el gesto transformados por una seriedad profunda;--pecador soy, indigno
-de que Dios baje a estas manos; no tengo vocación de santo como el cura
-de Ulloa, ni me gusta echar sermones con requilorios como el de
-Xabreñes; pero en semejante ocasión, al enterarme de la monstruosidad,
-no sé qué hormigueo me entró por el cuerpo, no sé qué vuelta me dió la
-sangre ni qué luminarias me danzaron delante de los ojos... que, vamos,
-al pino más alto del pinar de Morlán me subiría para gritar: ¡maldición
-y anatema sobre Lobeiro!--¡La plática que les encajé a mis feligreses el
-domingo! Ni Isaías... fuera el alma.--Con un arrebato que aun hoy me
-asombra, les dije que Dios, al parecer, se hace el sordo y el ciego,
-pero es como quien toma carrera para saltar mejor; que ningún crimen
-queda impune; que la sangre de Abel siempre grita venganza, y que me
-creyesen a mí, que a fe de Eugenio, nadie se quedaría sin su merecido, y
-por medios inescrutables, pero seguros, cuando estuviese más descuidado.
-«Quien fosa cava, en ella caerá», me acuerdo que grité como un
-energúmeno. Por supuesto que era hablar por no callar: tanto sabía yo
-del castigo dichoso, como de la primer camisa que vestí: sólo que en
-aquel entonces de veras me parecía que así iba a suceder, que Lobeiro
-estaba emplazado, y que la inspiración hablaba por mi boca. _Spiritus
-ejus in ore meo_.
-
-Poco a poco se fué acallando el _rebumbio_ del asesinato de Cristo. La
-madre y la hermana, convertidas en dos sombras, flaquitas y de riguroso
-luto, fueron el único recuerdo que quedó de la tragedia. En la gente
-siempre fermentaba el odio contra el cacique; pero lo comprimía el
-temor. Es de advertir que por entonces _los_ de Lobeiro cayeron, y
-necesariamente el maldito, no teniendo la sartén por el mango, se
-reportó en sus exacciones y sus iniquidades. El país respiró unas
-miajas. El bando de Trampeta aleteó. Lobeiro, en el interregno, se
-dedicó a una ocupación pacífica: reconstruir su casa, que era muy vieja,
-y ya mezquina para las exigencias de su nueva posición; porque la
-fortuna del cacique había crecido mucho, y su mujer, amiga de lujos, de
-comilonas y de tirar de largo, le metió en la cabeza hacer vivienda
-nueva y la verdad, con todos los perendengues: dos pisos de piedra
-sillar, magnífica; ventanas con unas rejas imponentes: puerta como la
-de un castillo: su gran escalera, su sala de recibir, su cocina
-hermosísima... ¡Una casa para Orense! En el país se hablaba mucho de tal
-edificio, y de la seguridad que ofrecía, y de las precauciones que
-revelaba aquel modo de edificar--, precauciones debidas a los muchos
-enemigos que tenía el cacique.
-
-Enemigos, a miles se le podían contar; y sin embargo, como el hombre se
-mantenía agachado, nadie se metía con él, temeroso de despertarle. El
-gran alboroto fué el que se armó cuando de repente, sin que lo
-barruntásemos ni poco ni mucho, se volcó la tortilla y subió nuevamente
-al poder el partido de Lobeiro.
-
-¡Madre mía! el terror que cayó sobre nosotros! Lobeiro otra vez
-mandando, rey otra vez de la comarca; otra vez a su disposición la
-hacienda, la tranquilidad, la vida de todos; otra vez los cadáveres en
-los hórreos o en el fondo del Avieiro o en un hoyo profundo, allá por
-las asperezas de algún pinar! ¿Quién respirar? ¿Quién dormiría
-tranquilo? ¿Quién estaba seguro de no perecer martirizado?
-
-Usted se va a reir si le digo una cosa. No, no se reirá: al contrario:
-se hará cargo mejor que nadie, porque tiene costumbre de considerar
-estas singularidades propias de la naturaleza humana.--El miedo, a
-veces, es el mejor agente del valor. Sí: por miedo se verifican actos
-de heroísmo: por desesperación se realizan acciones que en estado normal
-nos ponen los pelos de punta. Una persona que se ve rodeada de llamas, o
-teme que el incendio se propague y la pille encerrada en una habitación
-y el humo la asfixie, no se encomienda a Dios ni al diablo para
-arrojarse de un quinto piso a la calle, aunque se estrelle. Con esto
-quiero decir cómo, a las gentes de Cebre y sus cercanías, el propio
-terror de caer en las uñas de Lobeiro les infundió una determinación
-tremenda, adoptada con cautela tal, que todo lo hicieron en el mismo
-silencio y unión que cuenta usted que profesan los nihilistas rusos.
-Verá, verá cómo ocurrió la cosa.
-
-Llegado el día de la fiesta de la Virgen en el santuario de Boán, fuí yo
-allá convidado por el cura, que es amigo. Se reunió una muchedumbre, que
-era aquello un hormiguero: hubo sus cohetes, sus gaitas, sus bailes, sus
-calderadas de pulpo y su tonel de mosto: lo que sabe usted que nunca
-falta en tales romerías. También andaban algunas señoritas muy
-emperifolladas dando vueltas y luciendo los trapitos flamantes: y la más
-bonita de todas, Micaeliña, que paseaba con la madre por debajo de los
-robles, hecha un sol de guapa. Acababa de cumplir los trece años: se
-conoce que estrenaba vestido, y no cabía en sí de contenta: el vestido
-era blanco, con lazos color de rosa, precioso, de seda riquísima, un
-disparate para una chiquilla así. La madre: «Micaeliña, no te
-arrugues»--por aquí--y «Micaeliña, no te manches», por allá; y la
-criatura, al principio, respetando mucho la gala; pero, ya se ve, luego
-se cansó de guardarle miramientos al vestido majo, y vino disparada a
-tirarme del balandrán. «Eugenio, ¿corremos?» Al principio fué a
-remolque; pero al fin... este pícaro genio gaitero que tengo yo... me
-hizo la rapaza pegar mil carreras por aquellas cuestas abajo, riendo
-como locos. Y cuidado que me daba no sé qué por el cuerpo ver a Lobeiro
-allí, a dos pasos, con sus manos donde yo sabía que había manchas de
-sangre fresca.
-
-El diantre del cacique, cuando me vió tan divertido con la hija, me
-llamó aparte, y sin mirarme una vez siquiera, me dijo: «Hombre, Eugenio,
-hágame un favor: convenza a mi mujer y a la chiquilla de que va a estar
-muy bien Micaela en el colegio de Orense.»
-
---¿Y usted se separa de ella?--pregunté con asombro.
-
---Sí, hombre... Cosas que uno hace porque no tiene remedio--, contestó
-él muy encapotado y a media habla.
-
-Así que la familia de Lobeiro y los adláteres que siempre le escoltaban
-se retiraron de la romería, le pregunté al cura de Boán, extrañándome
-de la idea de enviar a Orense la chiquilla, cuando precisamente era el
-encanto de su padre. Boán me dió una explicación plausible:--«Eso lo
-hace por no exponer a la chiquilla a un fracaso. Lo tienen amenazado de
-muerte, y veinte veces ya le avisaron de que su casa ha de arder. Y
-aunque él dice que conforme la construyó no es tan fácil pegarle fuego,
-no quiere tener aquí a Micaeliña, porque recela alguna barbaridad.»--Ya
-verá usted, señora, cómo efectivamente, no ardió la casa de Lobeiro.
-
- * * * * *
-
-Yo dormí en la rectoral de Boán aquella noche. Se había empinado y
-manducado muy regular, de modo que el primer sueño fué de piedra. Estaba
-como una marmota, que si me sueltan un redoble de tambor en los mismos
-oídos, no doy a pie ni a mano. Con que figúrese lo que sería la
-explosión, para que me incorporase en la cama de un brinco.
-
-¡Puummm! ¡Booom! Nunca acababa de sonar. Yo a obscuras, a tientas,
-buscando las cerillas y gritando por el criado:--¡Eh! ¡Ave María
-Purísima! ¡Rosendo! Condenado, ¿duermes o qué haces? ¿Se cae la casa?
-¡Jesús, Dios y Señor, misericordia!
-
-Por fin encendí el fósforo, y cuando entró Rosendo todo aturdido, en
-ropas menores, ya no pudo aguantar la risa. El muchacho todo se espantó.
-
---Sí, ríase, que es para reir. Señor, no ría, que es pecado. Estoy que
-se me _arrepian_ las carnes.
-
---Pero, ¿qué hay? ¿qué demonios pasa?
-
---¿Y quién lo sabe, a no ser un brujo? Parece que se ha hundido
-mismamente el mundo todo de la tierra.
-
-Escuché. Nada, silencio. Salí a la ventana. Ni señal de cosa alguna. Me
-senté: estaba sano y bueno. El cura de Boán andaba por allí aturdido,
-dando vueltas. Nos pusimos a hacer comentarios. Nadie se quiso volver a
-la cama. Cada uno decía su cosa, cuando ¡tras, tras! a la puerta... Al
-señor cura de Boán, que vaya a dar los santos óleos y a confesar a
-Lobeiro, que se muere... Boán está a medio cuarto de legua de la casa de
-Lobeiro. El que traía el recado nos enteró de todo.
-
-Mientras Lobeiro y su hija y sus satélites estaban de parranda, con
-mucho tiento, al pie del balcón mayor, _habían_ depositado veintiséis
-cartuchos de dinamita--lo bastante para volar una fortaleza--y su mecha
-correspondiente. Hecho esto, retiráronse con tranquilidad, pie ante pie.
-A la noche, recogida ya la familia, _alguien_ cogió el cabo de mecha, le
-prendió fuego y se apartó con mucha calma. De los veintiséis cartuchos,
-sólo diez o doce se inflamaron. Pero fué todo lo preciso.
-
-No salvó alma viviente. Entre los escombros de la casa yacían el cadáver
-de la mujer de Lobeiro, el tronco mutilado del criado y el cuerpo de
-Micaeliña, muerta como una paloma, con sangre en las sienes, tendida al
-lado de su padre. El lobo aún vivía; fué el único que no pereció en el
-acto. Antes de expirar, tuvo una hora larga de contemplar a su oveja
-difunta... Digan lo que quieran los sabios esos del materialismo...
-¡Retaco! Yo juro que hay Dios, y un Dios que castiga sin palo ni
-piedra... Con dinamita; corriente. ¡Con lo que sale!
-
-
-
-
-El sencillo Don Rafael
-
-CAZADOR Y TRESILLISTA
-
-(UNAMUNO)
-
-
-
-
-EL SENCILLO DON RAFAEL
-
-CAZADOR Y TRESILLISTA
-
-
-Sentía resbalar las horas, hueras, aéreas, deslizándose sobre el
-recuerdo muerto de aquel amor de antaño. Muy lejos, detrás de él, dos
-ojos ya sin brillo entre nieblas. Y un eco vago, como el del mar que se
-rompe tras la montaña, de palabras olvidadas. Y allá, por debajo del
-corazón, susurro de aguas soterrañas. Una vida vacía, y él sólo,
-enteramente sólo. Sólo con su vida.
-
-Tenía para justificarla nada más que la caza y el tresillo. Y no por eso
-vivía triste, pues su sencillez heroica no se compadecía con la
-tristeza. Cuando algún compañero de juego, despreciando un solo, iba a
-buscar una sola carta para dar bola, solía repetir Don Rafael que hay
-cosas que no se debe ir a buscar: vienen ellas solas. Era
-providencialista; es decir, creía en el todopoderío del azar. Tal vez
-por creer en algo y no tener la mente vacía.
-
---¿Y por qué no se casa usted?--le preguntó alguna vez con la boca
-chica su ama de llaves.
-
---¿Y por qué me he de casar?
-
---Acaso no vaya usted descaminado.
-
---Hay cosas, señora Rogelia, que no se debe ir a buscar: vienen ellas
-solas.
-
---¡Y cuando menos se piensa!
-
---¡Así se dan las bolas! Pero, mire, hay una razón que me hace pensar en
-ello...
-
---¿Cuál?
-
---La de poder morir tranquilo _ab intestato_.
-
---¡Vaya una razón!--exclamó el ama, alarmada.
-
---Para mí la única valedera--respondió el hombre, que presentía no valen
-las razones, sino el valor que se las da.
-
-Y una mañana de primavera, al salir con achaque de la caza, a ver nacer
-el sol, un envoltorio en la puerta de su casa. Encorvóse a mejor
-percatarse, y de dentro, un ligerísimo susurro como de cosas olvidadas.
-El rollo se removía. Lo levantó; estaba tibio; lo abrió: era una
-criatura de horas. Quedóse mirando, y su corazón parecía sentir, no ya
-el susurro, sino el frescor de sus aguas soterrañas. ¡Vaya una caza que
-me ha deparado el destino!, pensó.
-
-Volvióse con el envoltorio en brazos, la escopeta a la bandolera,
-subiendo las escaleras de puntillas para no despertar a aquello, y llamó
-quedamente varias veces.
-
---Aquí traigo esto--le dijo al ama de llaves.
-
---Y eso, ¿qué es?
-
---Parece un niño.
-
---¿Parece sólo?
-
---Lo dejaron a la puerta de la calle.
-
---¿Y qué hacemos con ello?
-
---Pues... ¿qué vamos a hacer? Bien claro está, ¡criarlo!
-
---¿Quién?
-
---Los dos.
-
---¿Yo? ¡Yo, no!
-
---Buscaremos ama.
-
---¡Pero está usted en su juicio, señorito! ¡Lo que hay que hacer es dar
-parte al juez, y en cuanto a eso, al Hospicio con ello!
-
---¡Pobrecillo! ¡Eso sí que no!
-
---En fin, usted manda.
-
-Una madre vecina le prestó caritativamente las primeras leches, y pronto
-el médico de Don Rafael encontró una buena nodriza: una chica soltera
-que acababa de dar a luz un niño muerto.
-
---Como nodriza, excelente--le dijo el médico--, y como persona, ya ves,
-un desliz así puede ocurrirle a cualquiera.
-
---A mí no--contestó con su sencillez característica Don Rafael.
-
---Lo mejor sería--dijo el ama de llaves--que se lo llevase a su casa a
-criarlo.
-
---No--replicó Don Rafael--, eso tiene graves peligros; no me fío de la
-madre de la chica. Aquí, aquí, bajo mi vigilancia. Y no hay que darle
-disgustos a la chica, señora Rogelia, que de ello depende la salud del
-niño. No quiero que por una sofoquina de Emilia pase el angelito un
-dolor de tripas.
-
-Era Emilia, la nodriza, de veinte años, alta, agitanada, con una risa
-perpetua en los ojos, cuya negrura realzaba el marco de ébano del pelo
-que le cubría las sienes como con dos esponjosas alas de cuervo,
-entreabiertos y húmedos los labios guinda, y unos andares de gallina a
-que el gallo ronda.
-
---¿Y cómo va a bautizarle usted, señorito?--le preguntó la señora
-Rogelia.
-
---Como hijo mío.
-
---Pero, ¿está usted loco?
-
---¡Qué más da!
-
---¿Y si mañana, por esa medalla que lleva y esas contraseñas, aparecen
-sus verdaderos padres?...
-
---Aquí no hay más padre ni madre que yo. Yo no busco niños, como no
-busco bolas; pero cuando vienen... soy libre. Y creo que esta del azar
-es la más pura y libre de las maternidades. No me cabe la culpa de que
-haya nacido, pero tendré el mérito de hacerle vivir. Hay que creer en la
-Providencia siquiera por creer en algo, que eso consuela, y además así
-podré morir tranquilo _ab intestato_, pues ya tengo quien me herede
-forzosamente.
-
-La señora Rogelia se mordió los labios, y cuando Don Rafael hizo
-bautizar y registrar al niño como hijo suyo dió que reir a la vecindad y
-a nadie que sospechar malicia alguna: tan conocida era su transparente
-ingenuidad cotidiana. Y el ama de llaves tuvo, mal de su grado, que
-avenirse y concordar con el ama de leche.
-
-Ya tenía Don Rafael algo más en qué pensar que en la caza y el tresillo;
-ya estaban sus días llenos. La casa se le llenó de una vida nueva,
-luminosa y sencilla. Y hasta perdió alguna noche el sueño y el descanso
-paseando al nene para callarlo.
-
---Es hermoso como el sol, señora Rogelia. Y tampoco hemos tenido mala
-suerte con el ama, me parece.
-
---Como no vuelva a las andadas.
-
---De eso me encargo yo. Sería una picardía, una deslealtad: se debe al
-niño. Pero, no, no; está desengañada del zanguango de su novio, un
-bausán de marca mayor a quien ya aborrece...
-
---No se fíe usted..., no se fíe usted...
-
---Y a quien voy a pagarle el pasaje a América. Y ella es una
-pobrecilla...
-
---Hasta que vuelva a tener ocasión.
-
---¡Digo que lo evitaré!
-
---Pues como ella quiera...
-
---¡Ah, en cuanto a eso sí! Porque si he de decirle a usted la verdad,
-la verdad es que...
-
---Sí, me la supongo.
-
---¡Pero, ante todo, respeto a mi hijo!
-
-Emilia nada tenía de lerda y estaba deslumbrada con el rasgo
-heroicamente sencillo de aquel solterón semidurmiente. Encariñóse desde
-un principio con el crío como si fuese su madre misma. El padre putativo
-y la nodriza natural pasábanse largos ratos, a sendos lados de la cuna,
-contemplando la sonrisa del sueño del niño cuando éste hacía como que
-mamaba.
-
---¡Lo que es el hombre!--decía Don Rafael.
-
-Y cruzábanse sus miradas. Y cuando teniéndole ella, Emilia, en brazos,
-iba él, Don Rafael, a besar al niño, con el beso ya preparado en la boca
-rozaba casi la mejilla de la nodriza, cuyos rizos de ébano le afloraban
-la frente, al padre. Otras veces quedábase contemplando alguno de los
-dos mellizos blancos senos, turgentes de vida que se da, con el
-serpenteo azul de las venas que del cuello bajaban, y sostenido entre
-los ahusados dedos índice y corazón como en horqueta. Doblábase sobre él
-un cuello de paloma. Y también entonces le entraban ganas de besar al
-hijo, y su frente, al tocar al seno, hacíalo temblotear.
-
---¡Ay, lo que siento es que pronto tendré que dejarte, sol
-mío!--exclamaba ella, apretándolo contra su seno y como si le
-entendiera.
-
-Callábase a esto Don Rafael.
-
-Y cuando le cantaba al niño, abrazándole, aquella vieja canturria
-paradisíaca que, aun transmitiéndosela de corazón a corazón las madres,
-cada una de éstas crea e inventa de nuevo, eternamente nueva poesía,
-siendo la misma siempre, la única, como el sol, traíale a Don Rafael
-como un dejo de su niñez olvidada en las lontananzas del recuerdo.
-Balanceábase la cuna y con ella el corazón del padre al azar, y
-mecíasele aquel canto...
-
- que viene el cocóóóóó...
-
-con el susurro de las aguas de debajo de su corazón...
-
- a llevarse los niños...
-
-que iba también durmiéndose...
-
- que duermen pocóóóóó...
-
-entre las blandas nieblas de su pasado...
-
- ¡ah, ah, ah, aaaaah!
-
---¡Qué buena madre hace!--pensaba.
-
-Alguna vez, hablando del percance que la hizo nodriza, le preguntó Don
-Rafael:
-
---Pero, chica, ¿cómo pudo ser eso?
-
---¡Ya ve usted, Don Rafael!--y se le encendía leve, muy levemente el
-rostro.
-
---¡Sí, tienes razón, ya lo veo!
-
-Y llegó una enfermedad terrible, días y noches de angustia. Mientras
-duró aquello hizo Don Rafael que Emilia se acostase con el niño en su
-mismo cuarto. «Pero señorito--dijo ella--, cómo quiere usted que yo
-duerma allí...» «Pues muy sencillo--contestó él, con su sencillez
-acostumbrada--, ¡durmiendo!»
-
-Porque para aquel hombre todo sencillez, era sencillo todo.
-
-Por fin el médico dió por salvado al niño.
-
---¡Salvado!--exclamó Don Rafael con el corazón desbordante, y fué a
-abrazar a Emilia, que lloraba del estupor del gozo.
-
---Sabes una cosa--le dijo sin soltar del todo el abrazo y mirando al
-niño que sonreía en floración de convalecencia.
-
---Usted dirá--contestó ella, mientras el corazón se le ponía al galope.
-
---Que puesto que estamos los dos libres y sin compromiso, pues no creo
-que pienses ya en aquel majadero que ni siquiera sabemos si llegó o no a
-Tucumán, y ya que somos yo padre y tú madre, cada uno a su respecto, del
-mismo hijo, nos casemos y asunto concluído.
-
---¡Pero, D. Rafael!--y se puso en grana.
-
---Mira, chiquilla, así podremos tener más hijos...
-
-El argumento era algo especioso, pero persuadió a Emilia. Y como vivían
-juntos y no era cosa de contenerse por unos días fugitivos--¡qué más
-da!--aquella misma noche le hicieron sucesor al niño y muy poco después
-se casaron como la Santa Madre Iglesia y el providente Estado mandan.
-
-Y fueron en lo que en lo humano cabe--¡y no es poco!--felices, y
-tuvieron diez hijos más, una bendición de Dios, con lo cual pudo morir
-tranquilo _ab intestato_, por tener ya quienes forzosamente le
-heredaran, el sencillo Don Rafael, que de cazador y tresillista pasó de
-dos brincos a padre de familia. Y es lo que él solía decir como resumen
-de su filosofía práctica: ¡Hay que dar al azar lo suyo!
-
-
-
-
-¡Solo!
-
-(PALACIO VALDÉS)
-
-
-
-
-¡SOLO!
-
-
-Fresnedo dormía profundamente su siesta acostumbrada. Al lado del diván
-estaba el velador maqueado, manchado de ceniza de cigarro, y sobre él un
-platillo y una taza, pregonando que el café no desvela a todas las
-personas. La estancia, amueblada para el verano con mecedoras y sillas
-de rejilla, estera fina de paja, y las paredes desnudas y pintadas al
-fresco, se hallaba menos que a media luz: las persianas la dejaban a
-duras penas filtrarse. Por esto no se sentía el calor. Por esto y porque
-nos hallamos en una de las provincias más frescas del Norte de España y
-en el campo. Reinaba silencio. Escuchábase sólo fuera el suave ronquido
-de las cigarras y el _pío pío_ de algún pájaro que, protegido por los
-pámpanos de la parra que ciñe el balcón, se complacía en interrumpir la
-siesta de sus compañeros. Alguna vez, muy lejos, se oía el chirrido de
-un carro, lento, monótono, convidando al sueño. Dentro de la casa habían
-cesado ya tiempo hacía los ruidos del fregado de los platos. La
-fregatriz, la robusta, la colosal Mariona, como andaba descalza, sólo
-producía un leve gemido de las tablas, que se quejaban al recibir tan
-enorme y maciza humanidad.
-
-Cualquiera envidiaría aquella estancia fresca, aquel silencio dulce,
-aquel sueño plácido. Fresnedo era un sibarita; pero solamente en el
-verano. Durante el invierno trabajaba como un negro allá en su
-escritorio de la calle de Espoz y Mina, donde tenía un gran
-establecimiento de alfombras. Era hombre que pasaba un poco de los
-cuarenta, fuerte y sano como suelen ser los que no han llevado una
-juventud borrascosa: la tez morena, el pelo crespo, el bigote largo y
-comenzando a ponerse gris. Había nacido en Campizos, punto donde nos
-hallamos, hijo de labradores regularmente acomodados. Mandáronle a
-Madrid a los catorce años con un tío comerciante. Trabajó con brío e
-inteligencia; fué su primer dependiente; después, su asociado; por
-último se casó con su hija, y heredó su hacienda y su comercio. Contrajo
-matrimonio tarde, cuando ya se acercaba a los cuarenta años. Su mujer
-sólo tenía veinte. Educada en el bienestar y hasta en el lujo que le
-podía procurar el viejo Fresnedo, Margarita era una de esas niñas
-madrileñas, toda melindres, toda vanidad, postrada ante las mil
-ridiculeces de la vida cortesana, cual si estuviesen determinadas por
-sentencias de un código inmortal, desviada enteramente de la vida de la
-Naturaleza y la verdad. Por eso odiaba el campo, y muy particularmente
-el ignorado y frondoso lugarcito donde tenía origen su linaje humilde.
-Lo odiaba casi tanto como su mamá, la esposa del viejo Fresnedo, que, a
-pesar de ser hija de una cacharrera de la calle de la Aduana, tenía a
-menos poner los pies en Campizos.
-
-Tanto como ellas lo odiaban amábalo el buen Fresnedo. Mientras fué
-dependiente de su tío, arrancábale todos los años licencia para pasar el
-mes de Julio o Agosto en su país. Cuando sus ganancias se lo
-permitieron, levantó al lado de la de sus padres una casita muy linda,
-rodeada de jardín, y comenzó a comprar todos los pedazos de tierra que
-cerca de ella salían a la venta. En pocos años logró hacerse un
-propietario respetable. Y al compás que se hacía dueño de la tierra
-donde corrieron sus primeros años, su amor hacia ella crecía
-desmesuradamente. Puede cualquiera figurarse el disgusto que el honrado
-comerciante experimentó cuando, después de casado con su prima, ésta le
-anunció, al llegar el verano, que no estaba dispuesta «a sepultarse en
-Campizos», decisión que su tía y suegra reciente apoyó con maravilloso
-coraje. Fué necesario resignarse a veranear en San Sebastián. Al año
-siguiente, lo mismo. Pero al llegar al cuarto, Fresnedo tuvo la audacia
-de rebelarse, produciendo un gran tumulto doméstico.--«O a Campizos, o a
-ninguna parte este verano. ¿Estamos, señoras?» Y los bigotes se le
-erizaron de tal modo inflexible al pronunciar estas enérgicas palabras,
-que la delicada esposa se desmayó acto continuo, y la animosa suegra,
-rociando las sienes de su hija con agua fresca y dándole a oler el
-frasco del antiespasmódico, comenzó a increparle amargamente:
-
---¡Huele, hija mía, huele!... ¡Si las cosas se hicieran dos veces!... La
-culpa la he tenido yo en poner en manos de un paleto una flor tan
-delicada.
-
-Cuando la flor delicada abrió al fin los ojos, fué para soltar por ellos
-un caudal de lágrimas y para decir con acento tristísimo:
-
---¡Nunca lo creyera de Ramón!
-
-Fresnedo se conmovió. Hubo explicaciones. Al fin se transigió de un modo
-honroso para las dos partes. Convínose en que Margarita y su mamá irían
-a San Sebastián, llevando a la niña de quince meses, y que Fresnedo
-fuése a Campizos el mes de Agosto, con Jesús, el niño mayor, de edad de
-tres años, y su niñera. Esta es la razón de que Fresnedo se encuentre
-durmiendo la siesta donde acabamos de verle.
-
-Despertóle de ella una voz bien conocida:
-
---Papá, papá.
-
-Abrió los ojos y vió a su hijo a dos pasos, con su mandilito de dril
-color perla, sus zapatitos blancos y el negro y enmarañado cabello caído
-en bucles graciosos sobre la frente. Era un chico más robusto que
-hermoso. La tez, de suyo morena, teníala ahora requemada por los días
-que llevaba de aldea haciendo una vida libre y casi salvaje. Su padre le
-tenía todo el día a la intemperie, siguiendo escrupulosamente las
-instrucciones de su médico.
-
---Papá..., dijo Tata que tú no querías... que tú no querías... que tú no
-querías... comprarme un carro... y que el carnero... y que el carnero no
-era mío..., que era de Carmita (la hermana), y no me deja cogerlo por
-los cuernos, y me pegó en la mano.
-
-El chiquitín, al pronunciar este discurso con su graciosa media lengua,
-deteniéndose a cada momento, mostraba en sus ojos negros y profundos la
-indignación vivísima y mucha sed de justicia. Por un instante pareció
-que iba a romper en llanto; pero su temperamento enérgico se sobrepuso,
-y después de hacer una pausa cerró su perorata con una interjección de
-carretero. El padre le había estado escuchando embelesado, animándole
-con sus gestos a proseguir, lo mismo que si una música celeste le
-regalase los oídos. Al oir la interjección, estalló en una sonora y
-alegre carcajada. El niño le miró con asombro, no pudiendo comprender
-que lo que a él le ponía tan fuera de sí causase el regocijo de su papá.
-Este hubiera estado escuchándole horas y horas sin pestañear. Y eso que,
-según contaba su suegra a las visitas, cuando quería dar el golpe de
-gracia a su yerno y perderle completamente ante la conciencia pública,
-¡¡¡se había dormido oyendo _La Favorita a Gayarre_!!!
-
---¿Sí, vida mía? ¿La Tata no quiere que cojas el carnero por los
-cuernos? ¡Deja que me levante, ya verás cómo arreglo yo a la Tata!
-
-Fresnedo atrajo a su hijo y le aplicó dos formidables besos en las
-mejillas, acariciándole al mismo tiempo la cabecita con las manos.
-
-El chico no había agotado el capítulo de los agravios que creía haber
-recibido de su niñera... Siguió gorjeando que ésta no había querido
-darle pan.
-
---Hace poco tiempo que hemos comido.
-
---Hace mucho--dijo el niño con despecho.
-
---Bueno, ya te lo daré yo.
-
-Además, la Tata no había querido contarle un cuento, ni hacer vaquitas
-de papel. Además, le había pinchado con un alfiler aquí. Y señalaba una
-manecita.
-
---¡Pues es cierto!--exclamó Fresnedo viendo, en efecto un ligero
-rasguño.--¡Dolores! ¡Dolores!--gritó después.
-
-Presentóse la niñera. El amo la increpó duramente por llevar alfileres
-en la ropa, contra su prohibición expresa. Jesús, viendo a la Tata
-triste y acobardada, fué a restregarse con sus faldas, como pidiéndole
-perdón de haber sido causa de su disgusto.
-
---Bueno--dijo Fresnedo levantándose del diván y esperezándose.--Ahora
-nos iremos al establo y cogerás al carnero por los cuernos. ¿Quieres,
-Chucho?
-
-Chucho quiso descoyuntarse la cabeza haciendo señales de afirmación que
-corroboraba vivamente con su media lengua. Pero echando al mismo tiempo
-una mirada tímida a su Tata, y viéndola todavía seria y avergonzada, le
-dijo con encantadora sonrisa:
-
---No te enfades, boba; tú vienes también con nosotros.
-
-Fresnedo se vistió su americana de dril, se cubrió con un sombrero de
-paja, y tomando de la mano a su niño, bajó al jardín, y de allí se
-trasladaron al establo. Al abrir la puerta, Chucho, que iba muy
-decidido, se detuvo y esperó a que su padre penetrase. Estaba obscuro.
-Del fondo de la cuadra salía el vaho tibio y húmedo que despide siempre
-el ganado. Las vacas mugieron débilmente, lo cual puso en gran
-sobresalto a Jesús, que se negó rotundamente a entrar, bajo el pretexto
-especioso de que se iba a manchar los zapatos. Su padre le tomó entonces
-en brazos y pasó y quiso acercarle a las vacas y que les pusiese la mano
-en el testuz. Chucho, que no las llevaba todas consigo, confesó que a
-las vacas les tenía un «potito de miedo». A los carneros ya era otra
-cosa. A éstos declaraba que no les temía poco ni mucho; que jamás había
-sentido por ellos más que amor y veneración.
-
---Bueno, vamos a ver los carneros--dijo Fresnedo sonriendo.
-
-Y se trasladaron al departamento de las ovejas. Allí pretendió dejarlo
-en el suelo; mas en cuanto puso los piececitos en él, Jesús manifestó
-que estaba cansadísimo, y hubo que auparlo de nuevo. Acercóle su padre a
-un carnero y le invitó a que le tomase por un cuerno. Era cosa grave y
-digna de meditarse. Chucho lo pensó con detenimiento. Avanzó un poco la
-mano, la retiró otra vez, volvió a avanzarla, volvió a retirarla. Por
-último, se decidió a manifestar a su papá que a los carneros les tenía
-«un potito miedo». Pero, en cambio, dijo que a las gallinas las trataba
-con la mayor confianza; que en su vida le habían inspirado el más mínimo
-recelo; que se sentía con fuerzas para cogerlas del rabo, de las patas y
-hasta del pico, porque eran unos animales cobardes y despreciables, al
-menos en su concepto. Fresnedo no tuvo inconveniente en llevarle al
-gallinero, que estaba en la parte trasera de la casa, fabricado con una
-valla de tela metálica. Allí Chucho, con una bravura de que hay pocos
-ejemplos en la historia, se dirigió al gallo mayor, enorme animal de
-casta española, soberbio de posturas y ardiente de ojo. Trató de cogerle
-por el rabo, como había formalmente prometido, pero el grave sultán del
-gallinero chilló de tal horrísona manera, extendiendo las alas y dando
-feroces sacudidas, que el frío de la muerte penetró en el corazón de
-Chucho. Apresuróse a soltarlo y se agarró aterrado al cuello de su
-padre.
-
---Pero, hombre, ¿no decías que no tenías miedo a las gallinas?--exclamó
-éste riendo.
-
---Tú, tú...; cógelo tú, papá.
-
---Yo tengo miedo.
-
---No, tú no tienes miedo.
-
---Y tú, ¿lo tienes?
-
-Calló avergonzado; pero al fin confesó que a las gallinas también les
-tenía «un potito de miedo».
-
-Desde allí llevóle otra vez Fresnedo al establo, y después de varios
-sustos y vacilaciones logró que pusiera su manecita en el hocico de un
-becerro. Mas ocurriéndole al animal sacar la lengua y pasársela por la
-mano, la aspereza de ella le produjo tal impresión, que no quiso ya
-arrimarse a ningún otro individuo de la raza vacuna. Subióle después al
-pajar. ¡Qué placer para Chucho! ¡Hundirse en la crujiente hierba,
-agarrarla y esparcirla en pequeños puñados; dejarse caer hacia atrás con
-los brazos abiertos! Pero aún era mayor el gozo de su padre
-contemplándole. Jugaron a sepultarse vivos. Fresnedo se dejaba enterrar
-por su hijo, que iba amontonando hierba sobre él con vigor y crueldad
-que nadie esperara de él. Mas a lo mejor de la operación, su papá daba
-una violenta sacudida y echaba a volar toda la hierba. Y con esto el
-chico soltaba nuevas carcajadas, como si aquello fuese el caso más
-chistoso de la tierra. Sudaba una gota por todos los poros de su tierno
-cuerpecito, tenía los cabellos pegados a la frente y el rostro
-encendido. Cuando su papá trató de tomar la revancha y sepultarle a él,
-no pudo resistirlo. Así que se halló con hierba sobre los ojos, dióse a
-gritar y concluyó por llorar con verdadero sentimiento, cayéndole por
-las mejillas unas lágrimas que su padre se apresuró a beber con besos
-apasionados.
-
-Sí; en aquel momento a Fresnedo le atacó uno de esos accesos de ternura
-que solían ser en él frecuentes. Jesús era su familia, todo su amor, la
-única ilusión de su vida. Si entrásemos por los últimos pliegues de su
-corazón, es posible que no halláramos ya un átomo de cariño hacia su
-mujer. El carácter altanero, impertinente y desabrido de ésta había
-matado el fuego de la pasión que sintió por ella al casarse. Pero aquel
-tierno pimpollo, aquel botón de rosa, aquel pastelito dulce amasado por
-los ángeles lo llenaba todo, ocupaba enteramente su vida, era el fondo
-de sus pensamientos, el consuelo de sus pesares. Abrazábalo con arrebato
-y cubría sus frescas mejillas con besos prolongados apretadísimos,
-murmurando después a su oído palabras fogosas de enamorado.
-
---¿Quién te quiere más que nadie en el mundo, hermoso mío? ¿No es tu
-papá? Di, lucero. Y tú, ¿a quién quieres más? Sí, vida mía, sí; te
-quiero tanto, que daría por ti la vida con gusto. Por ti, nada más que
-por ti, quisiera ser algo de provecho en el mundo. Por ti, sólo por ti,
-trabajo y trabajaré hasta morir! ¡Nunca te podré pagar lo feliz que me
-haces, criatura!
-
-El niño no comprendía, pero adivinaba aquella pasión y la correspondía,
-finamente. Sus grandes ojos negros, expresivos, se posaban en su padre,
-esforzándose por penetrar en aquel mundo de amor y descifrar el sentido
-de palabras tan fervorosas. Después de un momento de silencio en que
-pareció que meditaba, tomó con sus manecitas como claveles la cara de su
-padre, y acercando la boca a su oído, le dijo con voz tenue como un
-soplo:
-
---Papá, voy a decirte una cosa... Te quiero más que a mamá... No se lo
-digas, ¿eh?
-
-Al buen Fresnedo se le humedecían los ojos con estas cosas.
-
-Bajaron del pajar, salieron del establo, y después de consultado el
-reloj, el comerciante resolvió irse a bañar, como todos los días, al
-río.
-
---Chucho, ¿vienes conmigo al baño?
-
-¡Cielo santo, qué felicidad!
-
-Chucho quiso volverse loco de alegría. Generalmente el baño de su padre
-le causaba algunas lágrimas porque no podía llevarle consigo a causa de
-la niñera. Fresnedo se bañaba en un sitio retirado, pero en cueros
-vivos. Esta vez se decidió a llevar a su hijo y dejar a Dolores en casa.
-El niño comenzó a pedir a grandes gritos el sombrero. No quería subir
-por él a casa, temiendo que su padre se le escapase como otras veces. La
-Tata, riendo, se lo tiró del balcón, y lo mismo la sábana del papá y la
-sombrilla.
-
-El río estaba a un kilómetro de la casa. Era necesario caminar por unas
-callejas bordadas de toscas paredillas recamadas de zarzamora y
-madreselva. El sol empezaba a declinar, y el valle, el hermoso valle de
-Campizos, rodeado de suaves colinas pobladas de castañares, y en segundo
-término de un cinturón de elevadísimas montañas, cuyas crestas nadaban
-en un vapor violáceo, dormía la siesta silencioso, ostentando su manto
-de verdura incomparable. Había todos los matices del verde en este
-manto, desde el claro amarillento de la hierba tierna, hasta el obscuro
-y profundo de los robles y negrillos.
-
-Caminaban padre e hijo por las angostas calles preservándose del sol con
-la sombrilla del primero. Pero Chucho se escapaba muchas veces y
-Fresnedo le dejaba libre, convencido de que era bueno acostumbrarlo a
-todo. Gozaba al verle correr delante, con su mandilito de dril y su gran
-sombrero de paja con cintas azules. Chucho andaba cuatro veces el
-camino, como los perros. Paraba a cada instante para coger las
-florecitas que estaban al alcance de su mano, y las que no, obligaba
-despóticamente a su padre a cogerlas y además a cortar algunas ramas de
-los árboles, con las cuales iba barriendo el camino. Por cierto que en
-medio de él tuvo un encuentro desdichado y temeroso. Al doblar un recodo
-tropezóse nuestro niño con un cerdo, un gran cerdo negro y redondo,
-caminando en la misma dirección. Chucho tuvo la temeridad de acercarse a
-él y cogerle por el rabo. Este aditamento de los animales ejercía una
-influencia magnética sobre sus diminutas manos regordetas. El cerdo que
-estaba, al parecer, de mal humor y nervioso, al sentirse asido lanzó un
-terrible bufido, y dando la vuelta para escapar, embistió con el niño y
-lo volcó. ¡Cristo Padre, qué grito! Allá acudió Fresnedo corriendo, y lo
-levantó y le limpió las lágrimas y el polvo, haciéndole presente al
-mismo tiempo que tomaría venganza de aquel cerdo bárbaro y descortés así
-que llegaran a casa. Con lo cual se aplacó Chucho, no sin manifestar
-antes que el cerdo era muy feo y que a él le gustaban más los perros,
-porque eran buenos y le conocían, y cuando estaban de humor le lamían la
-cara.
-
-Hubo que pasar por algunas saltaderas. Fresnedo tomaba a su hijo en
-brazos y le ponía de la parte de allá con gran cuidado. Dejaron el
-camino real y empezaron a caminar por los prados, donde Jesús se empeñó
-en coger un grillo. Su padre le mandó orinar en el agujero para que
-saliese. Así lo hizo, y como el grillo no quería asomar, se irritó
-contra sí mismo porque no podía orinar más y lloró desconsoladamente.
-Aunque con gran sentimiento, renunció a aquella caza difícil y se dedicó
-a las _anitas de Dios_, y se entretuvo un rato, demasiado largo, en
-opinión de su papá, a ponerlas en la palma de la mano, cantándoles:
-_Anita, anita de Dios, abra las alas y vete con Dios_, precioso conjuro
-que la había enseñado su Tata, persona muy instruída en este linaje de
-conocimientos.
-
-Por fin llegaron al río. Corría sereno y límpido por entre praderas,
-orlado de avellanos que salen de la tierra como grandes ramilletes.
-Formaba en aquel paraje un remanso que llamaban en la aldea el _Pozo de
-Tresagua_. Era el pozo bastante hondo, el sitio retirado y deleitoso.
-Ningún otro había en los contornos de Campizos más a propósito para
-bañarse. Llegaba el césped hasta la misma orilla, y sobre aquella verde
-alfombra era grato sentarse y cómodamente se podía cualquiera desnudar
-sin peligro de ser visto. Los avellanos, macizos de verdura, no dejaban
-pasar los rayos del sol, que aún lucía vivo y ardiente. Allí gozaba
-Fresnedo del baño más que el sultán de Turquía, acumulando salud y
-felicidad para todo el año. En aquel mismo sitio se había bañado de niño
-con otra porción de compañeros que hoy eran labradores. ¡Qué placer
-sentía recordando los pormenores de su vida infantil, cuando era un
-zagalillo a quien su padres recomendaban el cuidado del ganado en el
-monte o les ayudaba en todas las faenas de la agricultura! Cuando los
-recuerdos de la infancia van unidos a una vida libre en el seno de la
-Naturaleza, por pobre que se haya sido, siempre aparecen alegres,
-deliciosos.
-
-Descansaron algunos minutos padre e hijo sobre el césped «reposando el
-calor», y al fin se decidió aquel a ir despojándose poco a poco de la
-ropa. Mientras lo hacía, tarareaba una canción de zarzuela de las que
-llegaban a sus oídos de Madrid. La alegría le rebosaba del alma. Su hijo
-le miraba atentamente con sus grandes ojos negros. De vez en cuando
-Fresnedo levantaba los suyos hacia él, y le decía sonriendo:
-
---¿Qué hay, Chucho? ¿Te quieres bañar conmigo?
-
-Chucho se contentaba con reir, como diciendo:
-
-¡Qué bromista es este papá! ¡Como si no supiese que armo un escándalo
-cada vez que intentan meterme en el agua!
-
-Fresnedo se bañaba enteramente desnudo. Le incomodaba mucho cualquier
-traje de baño. En aquel sitio tenía la seguridad de no ser visto. Cuando
-se quedó en cueros vivos, el asombro y la curiosidad retratados en la
-cara de su «Chipilín», le causaron cierta vergüenza y se cubrió con la
-sábana. Pero Chucho no estaba conforme y empezó a gorjear, mientras
-tiraba de la sábana con sus manecitas, «que su papá tenía pelo en el
-cuerpo y que él no lo tenía, y que la Tata tampoco lo tenía...»
-
---Vamos, Chucho, cállate--le dijo el papá con semblante grave--. No se
-habla de eso. Los niños no hablan de eso.
-
---¿Y por qué no hablan los niños de eso? Fresnedo no contestó.
-
---¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--repitió el chico.
-
-El comerciante quiso distraerle hablándole de otras cosas, pero Chucho
-no acudió al engaño.
-
---¿Por qué no hablan los niños de eso, papá?--insistió lleno de
-curiosidad.
-
---Porque no está bien--respondió.
-
---¿Y por qué no está bien?
-
---¡Vaya, vaya, déjame en paz!--exclamó entre impaciente y risueño.
-
-Embozado en la sábana como en un jaique moruno avanzó hacia el agua.
-
---Mira, Chucho--dijo volviéndose--, no te muevas de ahí. Sentadito hasta
-que yo salga, ¿verdad?... Mira, vas a ver cómo me tiro de cabeza al
-agua. Mira bien. A la una..., a las dos... Mira bien, Chucho... ¡A las
-tres!
-
-Fresnedo, que había dejado caer la sábana al dar las voces y se había
-colocado sobre un pequeño cantil, lanzóse, en efecto de cabeza al pozo
-con el placer que lo hacen los hombres llenos de vida. Al hundirse, su
-cuerpo robusto agitó violentamente el agua, produjo en ella una
-verdadera tempestad, cuyas gotas salpicaron al mismo Jesús. Este sufrió
-un estremecimiento y quedó atónito, maravillado, al ver prontamente
-salir a su padre y nadar haciendo volteretas y cabriolas en el agua.
-
---¡Mira, Chucho! ¡Mira!
-
-Y se puso con el vientre arriba, dejándose flotar sin movimiento alguno.
-
---Mira, mira ahora.
-
-Y nadaba hacia atrás con los pies solamente.
-
---Verás ahora: voy a nadar como los perros.
-
-Nadaba, en efecto, chapoteando el agua con las palmas de las manos.
-
-¡Con qué gozo recordaba el rico comerciante aquellas habilidades
-aprendidas en la niñez!
-
-Chucho estaba arrobado en éxtasis delicioso contemplándole. No perdía
-uno solo de sus movimientos.
-
---¡Chucho! ¡Chuchín! ¡Bien mío! ¿Quién te quiere?--gritaba Fresnedo
-embriagado por la felicidad que las caricias del agua y los ojos
-inocentes de su hijo le producían.
-
-El niño guardaba silencio completamente absorto y atento a los juegos
-natatorios de su padre.
-
---Vamos, di, Chipilín, ¿quién te quiere?
-
---Papá--respondió grave con su voz levemente ronca, sin dejar de
-contemplarle atentamente.
-
-Una de las habilidades en que Fresnedo había sobresalido de niño y que
-mucho le enorgullecía, era la de pescar truchas a mano. Siempre que
-venía a Campizos se ejercitaba en esta pesca. Era verdaderamente notable
-su destreza para reconocer y batir los agujeros de las rocas, bloquear
-la trucha y agarrarla por las agallas al fin. Los pescadores del país
-confesaban que se las podía haber con cualquiera de ellos, y se contaba
-que de niño había salido del agua con tres truchas, una en cada mano y
-otra en la boca, aunque Fresnedo no quería confirmarlo. Pues bien; en
-este momento le acometió el deseo de proporcionar un placer a su hijo y
-dárselo a sí mismo.
-
---Verás, Chipilín, voy a sacarte una trucha... ¿Quieres?
-
-¡Ya lo creo que quería!
-
-¡Pues si cabalmente Chucho sentía mayor inclinación, si cabe, a los
-animales acuáticos que a los terrestres!
-
-Fresnedo hizo una larga aspiración y se sumergió, dejando a su hijo
-maravillado; registró los huecos de algunas piedras del fondo, y sólo
-pudo tocar con los dedos la cola de una trucha sin lograr agarrarla.
-Como le faltase el aliento, subió a respirar.
-
---Chucho, no he podido cogerla; pero ya caerá.
-
---¿Por qué caerá, papá?--preguntó el niño que no dejaba escapar un
-modismo sin hacer que se lo explicasen.
-
---Quiero decir que ya la cogeré.
-
-Otra vez aspiró el aire con fuerza y se lanzó al fondo. Al cabo de unos
-momentos salió a la superficie con una trucha en la mano, que arrojó a
-la orilla. Chucho dió un grito de susto y alegría al ver a sus pies al
-animalito brincando y retorciéndose con furia. Quería agarrarlo cuando
-paraba un instante; pero al acercar su manecita la trucha daba un salto,
-y el chico, estremecido, la retiraba vivamente; intentaba nuevamente
-asirla lanzando chillidos alegres, y otro salto le asustaba y le ponía
-súbito grave. Estaba nervioso; gritaba, reía, hablaba, lloraba a un
-tiempo mismo, mientras su padre, embelesado, nadaba suavemente
-contemplándole.
-
---¡Anda, valiente! ¡Agárrala, que no te hace nada!... ¡Por la cola,
-tonto!... ¿Quieres que te pesque otra más grande?
-
---Sí, más gande, papá. Esta no me gusta--respondió el chiquito
-renunciando ya bravamente a agarrar una trucha tan pequeña.
-
-El buen comerciante se preparó para otro chapuz; dejóse ir al fondo y
-con prisa comenzó a registrar los agujeros de una roca grande que antes
-había visto. La muerte feroz y traidora aguardaba dentro. Metió el brazo
-en uno de ellos harto angosto, y cuando intentó sacarlo no pudo. La
-sangre se le agolpó toda al corazón. Perdió la serenidad para buscar la
-postura en que había entrado. Forcejeó en vano algunos momentos. Abrió
-la boca al fin, falto de aliento, y en pocos segundos quedó asfixiado el
-infeliz.
-
-Chucho esperó en vano su salida. Miró con gran curiosidad por algunos
-minutos el agua, hasta que, cansado de esperar, dijo con inocente
-naturalidad:
-
---¡Papá, sal!
-
-El padre no obedeció. Esperó unos instantes, y volvió a gritar con más
-energía:
-
---¡Papá, sal!
-
-Y cada vez más impaciente, repitió este grito, concluyendo por llorar.
-Largo rato estuvo diciendo lo mismo con desesperación:
-
---¡Sal, papá, sal!
-
-Sus rosadas mejillas estaban bañadas de lágrimas; sus ojos grandes,
-hermosos, inocentes, se fijaban ansiosos en el pozo donde a cada
-instante se figuraba ver salir a su padre.
-
-Un salto de la trucha que tenía cerca, viva aún, le distrajo. Acercó su
-manecita a ella y la tocó con un dedo. La trucha se movió levemente.
-Volvió a tocarla y se movió menos aún. Entonces, alentado por el
-abatimiento del animal, se atrevió a posar la palma de la mano sobre él.
-La trucha no rebulló. Chucho principió a gorjear por lo bajo que él no
-tenía miedo a las truchas y que si estuviera allí su hermana Carmita
-indudablemente no osaría poner la mano sobre una bestia tan feroz como
-aquélla. Tanto se fué envalentonando, que concluyó por agarrarla por la
-cola y suspenderla. Aquel acto de heroísmo despertó en él mucha alegría.
-Fluyeron de su garganta algunas sonoras carcajadas. Pero una violenta
-sacudida de la trucha le obligó a soltarla aterrado. Miró a su
-alrededor, y no viendo a nadie, se fijó otra vez en el pozo y tornó a
-gritar, llorando:
-
---¡Sal, papá! ¡Sal, papá!... ¡No quero trucha, papá! ¡Sal!
-
-El sol declinaba. Aquel retirado paraje, situado en la falda misma de la
-colina, se iba poblando de sombras. Allá, en el horizonte, el sol se
-ocultaba detrás de las altas y lejanas montañas de color violeta.
-
---Teno miedo, papá... ¡Sal, papaíto!--gritaba la tierna criatura
-bebiendo lágrimas.
-
-Ninguna voz respondía a la suya. Escuchábanse tan sólo las esquilas del
-ganado o algún mujido lejano. El río seguía murmurando suavemente su
-eterna queja.
-
-Rendido, ronco de tanto gritar, Chucho se dejó caer sobre el césped y se
-durmió. Pero su sueño fué intranquilo. Era una criatura excesivamente
-nerviosa, y la agitación con que se había dormido le hizo despertar al
-poco rato. Había cerrado la noche. Al principio no se dió cuenta de
-dónde estaba, y dijo como otras veces en su camita:
-
---Tata, quero agua.
-
-Pero viendo que la Tata no acudía, se incorporó sobre el césped, miró
-alrededor, y su pequeño corazón se encogió de terror observando la
-obscuridad que reinaba.
-
---¡Tata, Tata!--gritó repetidas veces...
-
-La luz de la luna rielaba en el agua. Atraídos sus ojos hacia ella,
-Chucho se acordó de pronto que su papá estaba con él y se había metido
-en el río a sacarle una trucha. Y entre sollozos que le rompían el pecho
-y lágrimas que le cegaban, volvió a gritar:
-
---¡Sal, papá; sal, mi papá!... ¡Teno miedo!
-
-La voz del niño resonaba tristemente en la obscura campiña silenciosa.
-¡Ah! Si el buen Fresnedo pudiera escucharle allá en el fondo del pozo,
-hubiera mordido la roca que le tenía sujeto, se hubiera arrancado el
-brazo para acudir a su llamamiento.
-
-No pudiendo ya gritar más porque le faltaba la voz y el aliento,
-destrozado por el cansancio, cayó otra vez dormido, y así le hallaron
-los que habían salido en su busca.
-
-
-
-
-El Rey Burgués.
-
-(RUBÉN DARÍO)
-
-
-
-
-EL REY BURGUES
-
-
-¡Amigo!, el cielo está opaco; el aire, frío; el día, triste. Un cuento
-alegre..., así como para distraer las brumosas y grises melancolías,
-helo aquí.
-
- * * * * *
-
-Había en una ciudad inmensa y brillante un rey muy poderoso, que tenía
-trajes caprichosos y ricos, esclavas desnudas, blancas y negras;
-caballos de largas crines, armas flamantísimas, galgos rápidos y
-monteros con cuernos de bronce, que llenaban el viento con sus
-fanfarrias. ¿Era un rey poeta? No, amigo mío: era el Rey Burgués.
-
- * * * * *
-
-Era muy aficionado a las artes el soberano y favorecía con gran largueza
-a sus músicos, a sus hacedores de ditirambos, pintores, escultores,
-boticarios, barberos y maestros de esgrima.
-
-Cuando iba a la floresta, junto al corzo o jabalí herido y sangriento,
-hacía improvisar a sus profesores de retórica canciones alusivas; los
-criados llenaban las copas del vino de oro que hierve, y las mujeres
-batían palmas con movimientos rítmicos y gallardos. Era un rey sol, en
-su Babilonia llena de músicas, de carcajadas y de ruido de festín.
-Cuando se hastiaba de la ciudad bullente, iba de caza, atronando el
-bosque con sus tropeles; y hacía salir de sus nidos a las aves
-asustadas, y el vocerío repercutía en lo más escondido de las cavernas.
-Los perros, de patas elásticas, iban rompiendo la maleza en la carrera,
-y los cazadores, inclinados sobre el pescuezo de los caballos, hacían
-ondear los mantos purpúreos, y llevaban las caras encendidas y las
-cabelleras al viento.
-
- * * * * *
-
-El rey tenía un palacio soberbio, donde había acumulado riquezas y
-objetos de arte maravilloso. Llegaba a él por entre grupos de lilas y
-extensos estanques, siendo saludado por los cisnes de cuellos blancos
-antes que por los lacayos estirados. Buen gusto. Subía por una escalera
-llena de columnas de alabastro y de esmaragdina, que tenía a los lados
-leones de mármol, como los de los troncos salomónicos. Refinamiento. A
-más de los cisnes tenía una vasta pajarera, como amante de la armonía,
-del arrullo, del trino; y cerca de ella iba a ensanchar su espíritu
-leyendo novelas de M. Ohnet, o bellos libros sobre cuestiones
-gramaticales, o críticas hermosillescas. Eso sí, defensor acérrimo de la
-corrección académica en letras, y del modo lamido en artes; alma sublime
-amante de la lija y de la ortografía.
-
- * * * * *
-
-¡Japonerías! ¡Chinerías!, por lujo, y nada más.
-
-Bien podía darse el placer de un salón digno del gusto de un Goncourt y
-de los millones de un Creso: quimeras de bronce con las fauces abiertas
-y las colas enroscadas, en grupos fantásticos y maravillosos; lacas de
-Kioto con incrustaciones de hojas y ramas de una flora monstruosa, y
-animales de una fauna desconocida; mariposas de raros abanicos junto a
-las paredes; peces y gallos de colores; máscaras de gestos infernales y
-con ojos como si fuesen vivos; partesanas de hojas antiquísimas y
-empuñaduras con dragones devorando flores de loto; y en conchas de
-huevo, túnicas de seda amarilla, como tejidas con hilos de araña,
-sembradas de garzas rojas y de verdes matas de arroz; y tibores,
-porcelanas de muchos siglos, de aquellas en que hay guerreros tártaros
-con una piel que les cubre hasta los riñones, y que llevan arcos
-estirados y manojos de flechas.
-
-Por lo demás, había el salón griego, lleno de mármoles: diosas, musas,
-ninfas y sátiros; el salón de los tiempos galantes con cuadros del gran
-Watteau y de Chardin; dos, tres, cuatro, ¡cuántos salones!
-
-Y Mecenas se paseaba por todos, con la cara inundada de cierta majestad,
-el vientre feliz y la corona en la cabeza, como un rey de naipe.
-
- * * * * *
-
-Un día le llevaron una rara especie de hombre ante su trono, donde se
-hallaba rodeado de cortesanos, de retóricos y de maestros de equitación
-y de baile.
-
---¿Qué es eso?--preguntó.
-
---Señor, es un poeta.
-
-El rey tenía cisnes en el estanque, canarios, gorriones, senzontes en la
-pajarera: un poeta era algo nuevo y extraño.
-
---Dejadle aquí.
-
-Y el poeta:
-
---Señor, no he comido.
-
-Y el rey:
-
---Habla, y comerás.
-
-Comenzó:
-
- * * * * *
-
---Señor, ha tiempo que yo canto el verbo del porvenir. He tendido mis
-alas al huracán, he nacido en el tiempo de la aurora: busco la raza
-escogida que debe esperar, con el himno en la boca y la lira en la mano,
-la salida del gran sol. He abandonado la inspiración de la ciudad
-malsana, la alcoba llena de perfumes, la musa de carne que llena el alma
-de pequeñez y el rostro de polvos de arroz. He roto el arpa adulona de
-las cuerdas débiles contra las copas de Bohemia y las jarras donde
-espumea el vino que embriaga sin dar fortaleza; he arrojado el manto que
-me hacía parecer histrión, o mujer, y he vestido de modo salvaje y
-espléndido: mi harapo es de púrpura. He ido a la selva, donde he quedado
-vigoroso y ahito de leche fecunda y licor de nueva vida; y en la ribera
-del mar áspero, sacudiendo la cabeza bajo la fuerte y negra tempestad,
-como un ángel soberbio, o como un semidiós olímpico, he ensayado el
-yambo dando al olvido el madrigal.
-
-He acariciado a la gran Naturaleza, y he buscado el calor del ideal, el
-verso que está en el astro en el fondo del cielo, y el que está en la
-perla en lo profundo del Océano. ¡He querido ser pujante! Porque viene
-el tiempo de las grandes revoluciones, con un Mesías todo luz, todo
-agitación y potencia, y es preciso recibir su espíritu con el poema que
-sea arco triunfal, de estrofas de acero, de estrofas de oro, de estrofas
-de amor.
-
-¡Señor!, el arte no está en los fríos envoltorios de mármol, ni en los
-cuadros lamidos, ni en el excelente señor Ohnet! ¡Señor!, el arte no
-viste pantalones, ni habla en burgués, ni pone los puntos en todas las
-íes. El es augusto, tiene mantos de oro, o de llamas, o anda desnudo, y
-amasa la greda con fiebre, y pinta con luz, y es opulento, y da golpes
-de ala como las águilas, o _zarpazos_ como los leones. Señor, entre un
-Apolo y un ganso, preferid al Apolo, aunque el uno sea de tierra cocida
-y el otro de marfil.
-
-¡Oh, la poesía!
-
-¡Y bien! Los ritmos se prostituyen, se cantan los lunares de las mujeres
-y se fabrican jarabes poéticos. Además, señor, el zapatero critica mis
-endecasílabos, y el señor profesor de farmacia pone puntos y comas a mi
-inspiración. Señor, ¡y vos lo autorizáis todo esto!... El ideal, el
-ideal...
-
-El rey interrumpió:
-
---Ya habéis oído. ¿Qué hacer?
-
-Y un filósofo al uso:
-
---Si lo permitís, señor, puede ganarse la comida con una caja de música;
-podemos colocarle en el jardín, cerca de los cisnes, para cuando os
-paseéis.
-
---Sí--dijo el rey; y dirigiéndose al poeta:--Daréis vueltas a un
-manubrio. Cerraréis la boca. Haréis sonar una caja de música que toca
-valses, cuadrillas y galopas, como no prefiráis moriros de hambre. Pieza
-de música por pedazo de pan. Nada de jerigonzas ni de ideales. Id.
-
-Y desde aquel día pudo verse a la orilla del estanque de los cisnes al
-poeta hambriento, que daba vueltas al manubrio: tiririrín, tiririrín...,
-¡avergonzado a las miradas del gran sol! ¿Pasaba el rey por las
-cercanías? ¡Tiririrín, tiririrín...! ¿Había que llenar el estómago?
-¡Tiririrín! Todo entre las burlas de los pájaros libres que llegaban a
-beber rocío en las lilas floridas, entre el zumbido de las abejas que le
-picaban el rostro y le llenaban los ojos de lágrimas..., ¡lágrimas
-amargas que rodaban por sus mejillas y que caían a la tierra negra!
-
-Y llegó el invierno, y el pobre sintió frío en el cuerpo y en el alma. Y
-su cerebro estaba como petrificado, y los grandes himnos estaban en el
-olvido, y el poeta de la montaña coronada de águilas no era sino un
-pobre diablo que daba vueltas al manubrio: ¡tiririrín!
-
-Y cuando cayó la nieve se olvidaron de él el rey y sus vasallos; a los
-pájaros se les abrigó, y a él se le dejó al aire glacial, que le mordía
-las carnes y le azotaba el rostro.
-
-Y una noche en que caía de lo alto la lluvia blanca de plumillas
-cristalizadas, en el palacio había festín, y la luz de las arañas reía
-alegre sobre los mármoles, sobre el oro y sobre las túnicas de los
-mandarines de las viejas porcelanas. Y se aplaudían hasta la locura los
-brindis del señor profesor de retórica, cuajados de dáctilos, de
-anapestos y de pirriquios, mientras en las copas cristalinas hervía el
-Champaña con su burbujeo luminoso y fugaz. ¡Noche de invierno, noche de
-fiesta! Y el infeliz, cubierto de nieve, cerca del estanque, daba
-vueltas al manubrio para calentarse, tembloroso y aterido, insultado por
-el cierzo, bajo la blancura implacable y helada, en la noche sombría,
-haciendo resonar entre los árboles sin hojas la música loca de las
-galopas y cuadrillas; y se quedó muerto, pensando en que nacería el sol
-del día venidero, y con él el ideal..., y en que el arte no vestiría
-pantalones, sino manto de llamas de oro... Hasta que al día siguiente lo
-hallaron el rey y sus cortesanos, al pobre diablo de poeta, como
-gorrión que mata el hielo, con una sonrisa amarga en los labios, y
-todavía con la mano en el manubrio.
-
- * * * * *
-
-¡Oh, mi amigo!, el cielo está opaco; el aire frío; el día, triste.
-Flotan brumosas y grises melancolías...
-
-Pero, ¡cuánto calienta el alma una frase, un apretón de manos a tiempo!
-Hasta la vista!
-
-
-
-
-Elizabide el Vagabundo.
-
-(BAROJA)
-
-
-
-
-ELIZABIDE EL VAGABUNDO
-
-
- ¿Cer zala usté cenuben
- enamoratzia?
- Sillau is hira eta
- guitarra jotzia.
-
- (CANTO POPULAR)
-
-Muchas veces, mientras trabajaba en aquel abandonado jardín, Elizabide
-el Vagabundo se decía al ver pasar a Maintoni, que volvía de la iglesia:
-
---¿Qué pensará?--¿Vivirá satisfecha? ¡La vida de Maintoni le parecía tan
-extraña! Porque era natural que quien como él había andado siempre a la
-buena de Dios rodando por el mundo, encontrara la calma y el silencio de
-la aldea deliciosos; pero ella, que no había salido nunca de aquel
-rincón, ¿no sentiría deseos de asistir a teatros, a fiestas, a
-diversiones, de vivir otra vida más espléndida, más intensa? Y como
-Elizabide el Vagabundo no se daba respuesta a su pregunta, seguía
-removiendo la tierra con su azadón filosóficamente.
-
---Es una mujer fuerte--pensaba después;--su alma es tan serena, tan
-clara, que llega a preocupar. Una preocupación científica, sólo
-científica, eso claro. Y Elizabide el Vagabundo, satisfecho de la
-seguridad que se concedía a sí mismo de que íntimamente no tomaba parte
-en aquella preocupación, seguía trabajando en el jardín abandonado de su
-casa.
-
-Era un tipo curioso el de Elizabide el Vagabundo. Reunía todas las
-cualidades y defectos del vascongado de la costa: era audaz, irónico,
-perezoso, burlón. La ligereza y el olvido constituían la base de su
-temperamento: no daba importancia a nada, se olvidaba de todo. Había
-gastado casi entero su escaso capital en sus correrías por América, de
-periodista en un pueblo, de negociante en otro, aquí vendiendo ganado,
-allá comerciando en vinos. Estuvo muchas veces a punto de hacer fortuna,
-lo que no consiguió por indiferencia. Era de esos hombres que se dejan
-llevar por los acontecimientos sin protestar nunca. Su vida, él la
-comparaba con la marcha de uno de esos troncos que van por el río, que
-si nadie los recoge se pierden al fin en el mar.
-
-Su inercia y su pereza eran más de pensamiento que de manos; su alma
-huía de él muchas veces: le bastaba mirar al agua corriente, contemplar
-una nube o una estrella para olvidar el proyecto más importante de su
-vida, y cuando no lo olvidaba por esto, lo abandonaba por cualquier
-otra cosa, sin saber por qué muchas veces.
-
-Ultimamente se había encontrado en una estancia del Uruguay, y como
-Elizabide era agradable en su trato y no muy desagradable en su aspecto,
-aunque tenía ya sus treinta y ocho años, el dueño de la estancia le
-ofreció la mano de su hija, una muchacha bastante fea que estaba en
-amores con un mulato. Elizabide, a quien no le parecía mal la vida
-salvaje de la estancia, aceptó, y ya estaba para casarse cuando sintió
-la nostalgia de su pueblo, del olor a heno de sus montes, del paisaje
-brumoso de la tierra vascongada. Como en sus planes no entraban las
-explicaciones bruscas, una mañana, al amanecer, advirtió a los padres de
-su futura que iba a ir a Montevideo a comprar el regalo de boda; montó a
-caballo, luego en el tren; llegó a la capital, se embarcó en un
-transatlántico, y después de saludar cariñosamente la tierra
-hospitalaria de América, se volvió a España.
-
-Llegó a su pueblo, un pueblecillo de la provincia de Guipúzcoa; abrazó a
-su hermano Ignacio, que estaba allí de boticario; fué a ver a su
-nodriza, a quien prometió no hacer ninguna escapatoria más, y se instaló
-en su casa. Cuando corrió por el pueblo la voz de que no sólo no había
-hecho dinero en América, sino que lo había perdido, todo el mundo
-recordó que antes de salir de la aldea ya tenía fama de fatuo, de
-insubstancial y de vagabundo.
-
-El no se preocupaba absolutamente nada por estas cosas; cavaba en su
-huerta, y en los ratos perdidos trabajaba en construir una canoa para
-andar por el río, cosa que a todo el pueblo indignaba.
-
-Elizabide el Vagabundo creía que su hermano Ignacio, la mujer y los
-hijos de éste le desdeñaban, y por eso no iba a visitarles más que de
-cuando en cuando; pero pronto vió que su hermano y su cuñada le
-estimaban y le hacían reproches porque no iba a verlos. Elizabide
-comenzó a acudir a casa de su hermano con más frecuencia.
-
-La casa del boticario estaba a la salida del pueblo, completamente
-aislada; por la parte que miraba al camino tenía un jardín rodeado de
-una tapia, y por encima de ella salían ramas de laurel de un verde
-obscuro que protegían algo la fachada del viento del Norte. Pasando el
-jardín estaba la botica.
-
-La casa no tenía balcones, sino sólo ventanas, y éstas abiertas en la
-pared sin simetría alguna; quizás esto era debido a que algunas de ellas
-estaban tapiadas.
-
-Al pasar en el tren o en el coche de las provincias del Norte, ¿no
-habéis visto casas solitarias que, sin saber por qué, os daban envidia?
-Parece que allá dentro se debe vivir bien, se adivina una existencia
-dulce y apacible; las ventanas con cortinas hablan de interiores casi
-monásticos, de grandes habitaciones amuebladas con arcas y cómodas de
-nogal, de inmensas camas de madera; de una existencia tranquila,
-sosegada, cuyas horas pasan lentas, medidas por el viejo reloj de alta
-caja que lanza en la noche su sonoro tic-tac.
-
-La casa del boticario era de éstas: en el jardín se veían jacintos,
-heliotropos, rosales y enormes hortensias que llegaban hasta la altura
-de los balcones del piso bajo. Por encima de la tapia del jardín caían
-como en cascada un torrente de rosas blancas, sencillas, que en
-vascuence se llaman _choruas_ (locas) por lo frívolas que son y por lo
-pronto que se marchitan y se caen.
-
-Cuando Elizabide el Vagabundo fué a casa de su hermano, ya con más
-confianza, el boticario y su mujer, seguidos de todos los chicos, le
-enseñaron la casa, limpia, clara y bien oliente; después fueron a ver la
-huerta, y aquí Elizabide el Vagabundo vió por primera vez a Maintoni,
-que, con la cabeza cubierta con un sombrero de paja, estaba recogiendo
-guisantes en la falda del delantal. Elizabide y ella se saludaron
-fríamente.
-
---Vamos hacia el río--le dijo a su hermana la mujer del
-boticario.--Diles a las chicas que lleven el chocolate allí.
-
-Maintoni se fué hacia la casa, y los demás, por una especie de túnel
-largo formado por perales que tenían las ramas extendidas como las
-varillas de un abanico, bajaron a una plazoleta que estaba junto al río,
-entre árboles, en donde había una mesa rústica y un banco de piedra. El
-sol, al penetrar entre el follaje, iluminaba el fondo del río y se veían
-las piedras redondas del cauce y los peces que pasaban lentamente
-brillando como si fueran de plata. La tarde era de una tranquilidad
-admirable; el cielo azul, puro y tranquilo.
-
-Antes del caer de la tarde las dos muchachas de casa del boticario
-vinieron con bandejas en la mano trayendo chocolate y bizcochos. Los
-chicos se abalanzaron sobre los bizcochos como fieras. Elizabide el
-Vagabundo habló de sus viajes, contó algunas aventuras, y tuvo suspensos
-de sus labios a todos. Sólo ella, Maintoni, pareció no entusiasmarse
-gran cosa con aquellas narraciones.
-
---Mañana vendrás, tío Pablo, ¿verdad?--le decían los chicos.
-
---Sí, vendré.
-
-Y Elizabide el Vagabundo se marchó a su casa y pensó en Maintoni y soñó
-con ella. La veía en su imaginación tal cual era: chiquitilla, esbelta,
-con sus ojos negros, brillantes, rodeada de sus sobrinos, que le
-abrazaban y le besuqueaban.
-
-Como el mayor de los hijos del boticario estudiaba el tercer año del
-bachillerato, Elizabide se dedicó a darle lecciones de francés, y a
-estas lecciones se agregó Maintoni.
-
-Elizabide comenzaba a sentirse preocupado con la hermana de su cuñado,
-tan serena, tan inmutable; no se comprendía si su alma era un alma de
-niña sin deseos ni aspiraciones, o si era una mujer indiferente a todo
-lo que no se relacionase con las personas que vivían en su hogar. El
-vagabundo la solía mirar absorto.--¿Qué pensará?--se preguntaba. Una vez
-se sintió atrevido, y la dijo:
-
---¿Y usted no piensa casarse, Maintoni?
-
---¡Yo! ¡casarme!
-
---¿Por qué no?
-
---¿Quién va a cuidar de los chicos si me caso? Además, yo ya soy
-_nesca-zarra_ (solterona)--contestó ella riéndose.
-
---¡A los veintisiete años solterona! Entonces yo, que tengo treinta y
-ocho, debo de estar en el último grado de la decrepitud.
-
-Maintoni a esto no dijo nada; no hizo más que sonreir.
-
-Aquella noche Elizabide se asombró al ver lo que le preocupaba
-Maintoni.
-
---¿Qué clase de mujer es ésta?--se decía.--De orgullosa no tiene nada,
-de romántica tampoco, y sin embargo...
-
-En la orilla del río, cerca de un estrecho desfiladero, brotaba una
-fuente que tenía un estanque profundísimo; el agua parecía allí de
-cristal por lo inmóvil. Así era quizás el alma de Maintoni--se decía
-Elizabide--y sin embargo...--Sin embargo, a pesar de sus definiciones,
-la preocupación no se desvanecía; al revés, iba haciéndose mayor.
-
-Llegó el verano; en el jardín de la casa del boticario reuníanse toda la
-familia, Maintoni y Elizabide el Vagabundo. Nunca fué éste tan exacto
-como entonces, nunca tan dichoso y tan desgraciado al mismo tiempo. Al
-anochecer, cuando el cielo se llenaba de estrellas y la luz pálida de
-Júpiter brillaba en el firmamento, las conversaciones se hacían más
-íntimas, más familiares, coreadas por el canto de los sapos. Maintoni se
-mostraba más expansiva, más locuaz.
-
-A las nueve de la noche, cuando se oía el sonar de los cascabeles de la
-diligencia que pasaba por el pueblo con un gran farol sobre la capota
-del pescante, se disolvía la reunión y Elizabide se marchaba a su casa
-haciendo proyectos para el día de mañana, que giraban siempre alrededor
-de Maintoni.
-
-A veces, desalentado, se preguntaba:--¿No es imbécil haber recorrido el
-mundo para venir a caer en un pueblecillo y enamorarse de una señorita
-de aldea? ¡Y quién se atrevía a decirle nada a aquella mujer, tan
-serena, tan impasible!
-
-Fué pasando el verano, llegó la época de las fiestas, y el boticario y
-su familia se dispusieron a celebrar la romería de Arnazabal como todos
-los años.
-
---¿Tú también vendrás con nosotros?--le preguntó el boticario a su
-hermano.
-
---Yo no.
-
---¿Por qué no?
-
---No tengo ganas.
-
---Bueno, bueno; pero te advierto que te vas a quedar solo, porque hasta
-las muchachas vendrán con nosotros.
-
---¿Y usted también?--dijo Elizabide a Maintoni.
-
---Sí. ¡Ya lo creo! A mí me gustan mucho las romerías.
-
---No hagas caso, que no es por eso--replicó el boticario.--Va a ver al
-médico de Arnazabal, que es un muchacho joven que el año pasado le hizo
-el amor.
-
---¿Y por qué no?--exclamó Maintoni sonriendo.
-
-Elizabide el Vagabundo palideció, enrojeció; pero no dijo nada.
-
-La víspera de la romería el boticario le volvió a preguntar a su
-hermano:
-
---¿Conque vienes o no?
-
---Bueno, iré--murmuró el vagabundo.
-
-Al día siguiente se levantaron temprano y salieron del pueblo, tomaron
-la carretera, y después, siguiendo veredas, atravesando prados cubiertos
-de altas hierbas y de purpúreas digitales, se internaron en el monte. La
-mañana estaba húmeda, templada; el campo mojado por el rocío; el cielo
-azul muy pálido, con algunas nubecillas blancas que se deshilachaban en
-estrías tenues. A las diez de la mañana llegaron a Arnazabal, un pueblo
-en un alto, con su iglesia, su juego de pelota en la plaza, y dos o tres
-calles formadas por caseríos.
-
-Entraron en el caserío, propiedad de la mujer del boticario, y pasaron a
-la cocina. Allí comenzaron los agasajos y los grandes recibimientos de
-la vieja de la casa, que abandonó su labor de echar ramas al fuego y de
-mecer la cuna de un niño; se levantó del fogón bajo, en donde estaba
-sentada, y saludó a todos, besando a Maintoni, a su hermana y a los
-chicos. Era una vieja flaca, acartonada, con un pañuelo negro en la
-cabeza; tenía la nariz larga y ganchuda, la boca sin dientes, la cara
-llena de arrugas y el pelo blanco.
-
---¿Y vuestra merced es el que estaba en las Indias?--preguntó la vieja a
-Elizabide, encarándose con él.
-
---Sí; yo era el que estaba allá.
-
-Como habían dado las diez, y a esta hora empezaba la Misa mayor, no
-quedaba en casa más que la vieja. Todos se dirigieron a la iglesia.
-
-Antes de comer, el boticario, ayudado de su cuñada y de los chicos,
-disparó desde una ventana del caserío una barbaridad de cohetes, y
-después bajaron todos al comedor. Había más de veinte personas en la
-mesa, entre ellas el médico del pueblo, que se sentó cerca de Maintoni,
-y tuvo para ella y para su hermano un sin fin de galanterías y de
-oficiosidades.
-
-Elizabide el Vagabundo sintió una tristeza tan grande en aquel momento,
-que pensó en dejar la aldea y volverse a América. Durante la comida,
-Maintoni le miraba mucho a Elizabide.
-
---Es para burlarse de mí--pensaba éste.--Ha sospechado que la quiero, y
-coquetea con el otro. El golfo de Méjico tendrá que ser otra vez
-conmigo.
-
-Al terminar la comida eran más de las cuatro; había comenzado el baile.
-El médico, sin separarse de Maintoni, seguía galanteándola, y ella
-seguía mirando a Elizabide.
-
-Al anochecer, cuando la fiesta estaba en su esplendor, comenzó el
-_aurrescu_. Los muchachos, agarrados de las manos, iban dando vuelta a
-la plaza, precedidos de los tamborileros; dos de los mozos se
-destacaron, se hablaron, parecieron vacilar, y descubriéndose, con las
-boinas en la mano, invitaron a Maintoni para ser la primera, la reina
-del baile. Ella trató de disuadirles en vascuence: miró a su cuñado, que
-sonreía; a su hermana, que también sonreía, y a Elizabide, que estaba
-fúnebre.
-
---Anda, no seas tonta--le dijo su hermana.
-
-Y comenzó el baile con todas sus ceremonias y sus saludos, recuerdos de
-una edad primitiva y heroica. Concluído el _aurrescu_, el boticario sacó
-a bailar el fandango a su mujer, y el médico joven a Maintoni.
-
-Obscureció: fueron encendiéndose hogueras en la plaza, y la gente fué
-pensando en la vuelta. Después de tomar chocolate en el caserío, la
-familia del boticario y Elizabide emprendieron el camino hacia casa.
-
-A lo lejos, entre los montes, se oían los _irrintzis_ de los que volvían
-de la romería, gritos como relinchos salvajes. En las espesuras
-brillaban los gusanos de luz como estrellas azuladas, y los sapos
-lanzaban su nota de cristal en el silencio de la noche serena.
-
-De vez en cuando, al bajar alguna cuesta, al boticario se le ocurría que
-se agarraran todos de la mano, y bajaban la cuesta cantando:
-
-_Aita San Antoniyo Urquiyolacua. Ascoren biyotzeco santo devotua_.
-
-A pesar de que Elizabide quería alejarse de Maintoni, con la cual estaba
-indignado, dió la coincidencia de que ella se encontraba junto a él. Al
-formar la cadena, ella le daba la mano, una mano pequeña, suave y tibia.
-De pronto, al boticario, que iba el primero, se le ocurría pararse y
-empujar para atrás, y entonces se daban encontronazos los unos contra
-los otros, y a veces Elizabide recibía en sus brazos a Maintoni. Ella
-reñía alegremente a su cuñado, y miraba al vagabundo, siempre fúnebre.
-
---Y usted, ¿por qué está tan triste?--le preguntó Maintoni con voz
-maliciosa, y sus ojos negros brillaron en la noche.
-
---¡Yo! No sé. Esta maldad de hombre que sin querer le entristecen las
-alegrías de los demás.
-
---Pero usted no es malo--dijo Maintoni, y le miró tan profundamente con
-sus ojos negros, que Elizabide el Vagabundo, se quedó tan turbado, que
-pensó que hasta las mismas estrellas notarían su turbación.
-
---No, no soy malo--murmuró Elizabide--; pero soy un fatuo, un hombre
-inútil, como dice todo el pueblo.
-
---¿Y eso le preocupa a usted, lo que dice la gente que no le conoce?
-
---Sí, temo que sea la verdad, y para un hombre que tendrá que marcharse
-otra vez a América, ese es un temor grave.
-
---¡Marcharse! ¿Se va usted a marchar?--murmuró Maintoni con voz triste.
-
---Sí.
-
---¿Pero por qué?
-
---¡Oh! A usted no se lo puedo decir.
-
---¿Y si yo lo adivinara?
-
---Entonces lo sentiría mucho, porque se burlaría usted de mí, que soy
-viejo...
-
---¡Oh, no!
-
---Que soy pobre.
-
---No importa.
-
---¡Oh, Maintoni! ¿De veras? ¿No me rechazaría usted?
-
---No; al revés.
-
---Entonces... ¿me querrás como yo te quiero?--murmuró Elizabide el
-Vagabundo en vascuence.
-
---Siempre, siempre...--Y Maintoni inclinó su cabeza sobre el pecho de
-Elizabide y éste la besó en su cabellera castaña.
-
---¡Maintoni! ¡Aquí!--le dijo su hermana, y ella se alejó de él; pero se
-volvió a mirarle una vez, y muchas.
-
-Y siguieron todos andando hacia el pueblo por los caminos solitarios. En
-derredor vibraba la noche llena de misterios; en el cielo palpitaban los
-astros. Elizabide el Vagabundo, con el corazón anegado de sensaciones
-inefables, sofocado de felicidad, miraba con los ojos muy abiertos una
-estrella lejana, muy lejana, y le hablaba en voz baja...
-
-
-
-
-La epopeya de una zíngara.
-
-(DICENTA)
-
-
-
-
-LA EPOPEYA DE UNA ZÍNGARA
-
-
-El sol caía a plomo sobre la ancha carretera, uno de esos caminos
-oficiales de Castilla en cuyas lindes busca inútilmente el viajero un
-árbol que le preste sombra o un arroyo donde calmar su sed. Campos
-agostados, planicies incultas, áridos y desiguales montículos, mucha luz
-en el cielo y poca alegría en la tierra: he aquí el espectáculo ofrecido
-por aquella naturaleza sedienta, amodorrada, codiciosa de aire y de
-frescura, en la que el silencio hubiera reinado en absoluto a no ser por
-alguna que otra banda de codornices, las cuales, alzándose de entre los
-rastrojos, cruzábanlos presurosamente con un rumor no interrumpido de
-gritos salvajes y de vigorosos aleteos, levantando una nube de polvo,
-que se transformaba en lluvia de oro al caer herida por los rayos del
-sol.
-
-Tarde calurosa de Agosto, que convertía en inhospitalario desierto el
-camino y los campos que lo circundaban, era aquélla; y perdida en este
-desierto, sufriendo el bochorno que abrasaba la atmósfera, asfixiándose
-con el polvo por ella misma levantado al proseguir su rumbo, veíase una
-pequeña y miserable caravana, que hubiese puesto piedad en los ojos y
-amargura en el corazón de quien la mirase atentamente; pero los hombres
-suelen mirar estas cosas sin verlas; para ellas no existen otros ojos ni
-otro amparo que los de Dios; y hasta Dios suele distraerse muchas veces.
-
-Constituían la caravana una mujer, un burro y tres niños.
-
-La mujer iba delante, descalza de pie y pierna, cubierta de andrajos y
-de polvo, moviéndose con fatigosa lentitud, entreabriendo la boca para
-respirar el aire que penetraba en sus pulmones, y sosteniendo en sus
-brazos a un niño de pocos meses, envuelto en un jirón de lienzo
-remendado y sucio; el niño estrujaba con sus manecitas el pecho de la
-madre, y tiraba de él, sujetándolo con sus labios, para extraer el jugo
-que generosamente le ofrecía. La mujer era joven, y hubiera sido también
-hermosa, a juzgar por sus ojos negros y brillantes, por sus labios
-rojos, por su dentadura blanca e igual y por la esbeltez de su cuerpo
-entero, si la miseria, al apoderarse de ella, no la hubiese deformado y
-envejecido, curtiendo su cutis, arrugándolo prematuramente,
-enflaqueciendo sus carnes y enmarañando su cabellera, que se pegaba
-entonces a una frente ennegrecida y sudorosa; la pobre criatura pudo ser
-bella; pero de su belleza no queda más rastro que el de sus pupilas,
-expresivas y negras, clavadas con profundo amor en el rostro moreno de
-su hijo.
-
-Detrás de ella marchaba el asno, sucio, flaco y ceniciento pollino, de
-vientre angosto y lomo huesudo, con las orejas gachas, el rabo caído y
-las patas llenas de esparavanes, sosteniendo por carga única dos anchos
-alforjones que caían a uno y otro lado de la albarda; dentro de ellos,
-sobre un montón de trapos y papeles, iban dos niños, que se servían
-mutuamente de contrapeso, ofreciendo a la vez doloroso contraste, pues
-mientras el más joven dormía con la cara echada hacia atrás, la sonrisa
-en la boca y la salud en las mejillas, el mayor, de edad de cinco años,
-retorciéndose sobre el inconcebible camastro, miraba a su madre con ojos
-muy abiertos, extraviados por la fiebre, y contraía sus labios a
-impulsos de internos dolores, y agonizaba de calentura bajo aquella
-atmósfera de plomo.
-
-¿Quiénes eran? ¿De dónde venían? ¿Por qué atravesaban el estéril camino
-con una criatura enferma al lado y un sol implacable en el cielo, los
-individuos de aquella caravana?
-
-¿Quiénes eran? Una familia de zíngaros huérfana de padre, que recorría
-Europa implorando la pública caridad. ¿De dónde venían? Del inmediato
-pueblo, en el que no pudo detenerse la mujer un instante siquiera para
-llenar su cántaro vacío, porque los aldeanos la habían amenazado con
-golpearla, a ella, a la miserable, a la vagabunda, a la bruja, a la
-gitana, si no partía inmediatamente de allí, sin alimento, sin agua, sin
-reposo, con su hijo enfermo, con sus pies heridos, con su pecho
-exhausto, maldita de Dios y perseguida de los hombres; y la infeliz
-mujer, amedrentada, sola, sin sostén, sin ayuda, abandonó la aldea y
-prosiguió su marcha entre el polvo y el calor, volviendo de cuando en
-cuando los ojos para contemplar a su hijo enfermo, y clavándolos
-después, con expresión amarga y rencorosa, en el distante lugarejo, del
-que sólo podía distinguirse la torre de la iglesia destacando en el
-espacio su contorno gris.
-
- * * * * *
-
-El niño enfermo, incorporándose trabajosamente sobre la alforja que le
-servía de cama, extendió sus brazos en dirección de la joven, y dijo con
-voz débil:
-
---¡Madre!
-
-La zíngara respondió al llamamiento, dirigiéndose precipitadamente al
-sitio que ocupaba el muchacho.
-
---¿Qué quieres, hijo mío?--murmuró, dejando al niño de pecho junto a su
-hermano dormido, y rodeando con sus brazos la garganta del enfermo.
-
---Agua--respondió éste.--Dame agua... tengo mucha sed...; ¡me quema
-aquí!
-
-Y señalaba con un dedo su pecho tembloroso y desnudo.
-
---¡Agua!--gritó la madre con espanto.--¡Agua!... ¿Dónde encontrarla,
-hijo?
-
---¡Agua!--repuso el niño.--¡Me muero de sed!...
-
-Y entreabría sus labios abrasados por la fiebre, y miraba a su madre con
-miradas tan suplicantes, tan llenas de amargura, que ésta se puso pálida
-y rompió en sollozos.
-
-Era su hijo, la carne de su carne, el que reclamaba un socorro del que
-dependía acaso su existencia; y ella, su madre, no podía prestárselo; en
-vano registró con ansia en el interior del cantaruelo; estaba vacío, no
-quedaba ni una gota de agua en su fondo; la mujer miró al cielo, en el
-cielo no había una nube; registró después el camino solitario, los
-campos de trigo, las planicies, las praderas, el horizonte entero; en
-fin, ¡nada!, no encontró nada. Aquella tierra sedienta parecía decir a
-la zíngara, mostrándole sus fauces contraídas y secas: «¿Agua para tu
-hijo?... Aquí no hay agua para nadie. ¡Que se muera de sed como yo!» Y
-la zíngara, abrazando el cuerpo del muchacho, repetía con gesto de fiera
-y ademán de loca:
-
---¡No hay nada! ¡no puedo darte nada! ¿Dónde voy a encontrar ahora agua,
-hijo mío?...
-
-¡Pobre mujer!... Allí no brotaba más que un manantial: el de su llanto.
-
-De pronto la zíngara sonrió, con una sonrisa de esperanza; a cuatro
-pasos del grupo alzábase la caseta de un peón caminero; su puerta
-cerrada, como sus ventanas, predecía la ausencia del dueño; pero acaso
-estaría dentro alguien que pudiera atender sus súplicas, y la joven
-golpeó nerviosamente aquella puerta inmóvil. Sus afanes fueron inútiles;
-nadie vino en su auxilio tampoco.
-
-Rendida de llamar, sin saber lo que hacía, dió vuelta a los muros, y
-cuando llegaba a la espalda de la casa, vió con placer y con asombro,
-recostada contra la tapia y protegida por la sombra de ésta, una cazuela
-llena de agua. La mujer miró esto; pero no pudo mirar--a tal extremo la
-cegaban la sorpresa y el júbilo--que al mismo tiempo que ella, y movido
-por iguales deseos, se dirigía hacia el cacharro un mastín enorme, con
-el pelo erizado, la boca abierta, la baba colgando y los ojos codiciosos
-y brillantes.
-
-Al distinguir a la mujer, el perro lanzó un gruñido; la zíngara levantó
-la cabeza, y comprendiendo las intenciones del animal, apresuró el paso;
-uno y otra llegaron a la vez al lado del cacharro, y se detuvieron un
-instante para contemplarle en ademán de desafío; la mujer extendió el
-brazo, y su enemigo, al advertir el movimiento, acortó distancia y se
-puso delante de la cazuela con las pupilas encendidas y enseñando los
-dientes.
-
-No pensaba en huir; hallábase dispuesto a defender aquel cacharro lleno
-de agua.
-
---¡Ah, tú también!--gritó la zíngara contemplando a su adversario con
-rabia.--¡Pues no lo tendrás!
-
-Y descargó un vigoroso puñetazo sobre el hocico del mastín.
-
-Este dió un salto, apoyó sobre el pecho de la joven sus patas
-delanteras, la obligó a caer al suelo e hizo presa en su hombro. La
-zíngara lanzó un grito de dolor y de furia; y, sin acobardarse,
-frenética, desesperada, cogiendo con ambas manos la garganta de su
-enemigo, apretó con rabia, con ira, con frenesí, con heroico y brutal
-arranque, mientras el perro la desgarraba el hombro con sus afilados
-colmillos.
-
-La lucha siguió breves instantes empeñada, silenciosa, terrible; los dos
-combatientes se revolcaban por el suelo, dispuestos a vencer, y
-procurando conseguirlo, para lo cual clavaba el perro sus colmillos en
-los hombros de la mujer, y clavaba ésta sus dedos en la musculosa
-garganta del mastín...
-
-De pronto el perro exhaló un quejido doloroso, abrió la boca, y cayó de
-espaldas. Los dedos de la zíngara lo habían ahogado.
-
-Esta se alzó del suelo jadeante, pálida; su corpiño, roto en jirones,
-dejaba al descubierto su pecho y sus hombros, en los que aparecían tres
-heridas anchas y profundas; por los labios de aquellas heridas brotaban
-tres hilos de sangre.
-
-Pero la zíngara no hizo caso; dió con el pie al cadáver de su enemigo;
-cogió la cazuela, objeto de la lucha; corrió en busca de su hijo, y sin
-cuidarse ni acordarse siquiera de sus heridas, ni de sus sufrimientos,
-ni de la sangre que corría por sus hombros, abrillantada por los rayos
-del sol, acercó el cacharro a los labios del enfermo y le dijo con
-sonrisa alegre y voz cariñosa:
-
---Aquí tienes agua, ¡bebe, hijo mío!
-
-
-
-
-Los tres Reyes de Oriente.
-
-(RICARDO LEÓN)
-
-
-
-
-LOS TRES REYES DE ORIENTE
-
-
-Es la Nochebuena de 1916; una noche glacial, obscura y lúgubre, sin
-villancicos ni serenatas, sin risas ni crótalos, sin panderetas ni
-albogues. En el silencio de la tierra triste sólo se escucha, de tarde
-en tarde, un zumbido lejano, un ronco tremor que se extiende con aciaga
-pesadumbre en el aire gélido y sonoro.
-
-Por un camino, en la desierta llanura, viene de Oriente una caravana.
-Bajo el cielo adusto, huérfano de sus claros luminares, sólo se ven o se
-adivinan las siluetas: unos caballos vigorosos, unos dromedarios de
-robusta joroba, tres jinetes, unos bultos informes arrebozados en las
-tinieblas.
-
-Llegando a cierto lugar donde se juntan otros caminos, la caravana
-vacila y se detiene. El cielo parece de ébano; la tierra, de bronce; el
-aire, un afilado puñal; y es el silencio tan hondo, que se oye el latir
-del corazón en las entrañas.
-
-Una luz, verde y cruda, rasga de súbito el horizonte lejano, cunde como
-una centella, se abre al modo de una rosa, y cae deshecha en lágrimas
-sobre el manto sombrío de la noche. A esta luz, siguen muchas
-semejantes, y a las luces, unos retumbos pavorosos que hacen temblar la
-tierra, y a los retumbos, el silencio otra vez.
-
-Y, entonces, la caravana sigue su ruta en las tinieblas...
-
- * * * * *
-
-Un fuerte resplandor alumbra todo el cielo en Occidente; la llanura se
-tiñe de roja claridad; los ámbitos se pueblan de voces y tronidos. Es la
-guerra que cabalga en su negro corcel por los campos europeos; es la
-Muerte, que, en plena Navidad cristiana, viene a arrullar las cunas con
-el bárbaro son del hierro y de la pólvora, a encender sus infames
-hogueras en la noche, en la bendita Noche en que se dijo: «Gloria a Dios
-en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad...»
-
-Y arden las casas de los hombres, como antorchas de Luzbel, bajo los
-rayos de la implacable artillería; a la luz de los incendios, pasan las
-muchedumbres de soldados con un fragor de tempestad. Son legiones
-innumerables de todas las razas y banderas: aquí, la cruz, allí la media
-luna, acá las lises, más allá las águilas y, juntos en la hueste, el
-casco y el turbante, el capote y el alquicel, los rostros de ébano y de
-nieve, todos estremecidos por la misma cólera infernal.
-
-Y al paso de estas ciegas multitudes se abren los senos de la tierra, se
-conmueven las montañas, crujen los bosques, enrojecen los ríos, flamean
-los aires y caen las vidas de los hombres como las mieses al golpe de la
-hoz.
-
- * * * * *
-
-La caravana que venía de Oriente, para otra vez ante el desfile trágico.
-Rojas lenguas de fuego tiemblan al borde del camino. Una ciudad arde en
-la noche.
-
-A su siniestro fulgor, se descubre la calidad y riqueza de los tres
-peregrinos viajeros.
-
-Son tres Reyes. El uno es persa: venerable la figura, verdes los ojos,
-la barba de nieve, majestuosa la actitud. Viste una túnica de púrpura y
-de oro; ciñe un alfanje, con un topacio sobre el puño, y trae sobre la
-túnica un rico manto de armiño.
-
-El otro Rey es árabe: tiene la barba negra y ensortijada, los labios
-gruesos, la nariz de fino dibujo, los ojos negros, grandes y hermosos,
-en figura de almendra. El sayo es bermejo, bordado con áureas labores;
-rojo también el turbante; preciosa la espada, con puño de oro y de
-rubíes; el manto, azul.
-
-Y el otro Rey, etíope. Es negra su tez como la endrina, pero elegante
-el cuerpo y nobles las facciones, alta la frente, aguileña la nariz, muy
-rojos los labios, puntiaguda la barba, muy blancos los ojos y los
-dientes, rizo y menudo el cabello, como granos de pimienta. Ciñe un
-vestido blanco, de graciosos pliegues, y es nevada también la _xema_ o
-toga que luce, con tornasoles de oro. Trae al cuello desnudo una sarta
-de corales, y a la cintura, en el verde tahalí, un cuchillo con el puño
-de oro y esmeraldas.
-
-Vienen los tres Reyes en sendos caballos, negro, blanco y alazán.
-Sígueles larga servidumbre, con camellos y acémilas, y un carro, lleno
-de pródigos caudales.
-
- * * * * *
-
-Como en el ancho desierto, cuando sopla el simún, se levantan las arenas
-y, en espantosos torbellinos, giran ardientes, azotan el aire,
-obscurecen el sol y caen sobre las pobres caravanas que, unidas en un
-haz, esperan temblando hallar en las arenas sepultura, así, de pronto,
-una nube de soldados, hirviente y clamorosa, con ímpetus de simún, llega
-por trochas y veredas a la ciudad en llamas y cae sobre los tres Reyes
-peregrinos.
-
-Cercados por la tropa, que ya husmea el regio botín, presa de un
-ejército alegre y victorioso, van, con mengua de su noble majestad,
-cautivos entre lanzas y fusiles, a las tiendas del vencedor.
-
-El cual, un viejo adusto y orgulloso, de recios bigotes blancos, y
-envuelto en una capa gris, los recibe, sin grande cortesía, en su
-habitación de campaña, toda llena de planos y mapas de colores, erizados
-de banderitas y alfileres.
-
---¿Quiénes sois vosotros--dice arrogante el general--que así os atrevéis
-a pasar las líneas de batalla? ¿Ignoráis, acaso, que en estas líneas no
-puede, sin grave riesgo, entrar gente forastera y civil? ¿Quiénes sois
-vosotros, simples o traidores, que con tanta llaneza osáis venir con
-armas y mercancías a estos lugares prohibidos? ¿Qué documentos, qué
-razones abonan vuestra audacia? ¿Sabéis el castigo que aquí se inflige a
-los espías? Hablad pronto, extranjeros; decidme quiénes sois y de dónde
-venís; mostradme pasaportes y papeles, y agradeced a esta cruz que llevo
-sobre el pecho que no os aplique, sin más preguntas ni demoras, el fallo
-inexorable de nuestra ley marcial...
-
- * * * * *
-
---¿No me conocéis?--responde el rey anciano.--Es mi nombre Melchor. Soy
-del Irán, del antiguo y famoso imperio que abatió los orgullosos bríos
-de Babilonia, reina de las ciudades. Vengo del sacro Elburs, padre de
-los ríos terrestres, cuyas aguas vivas devuelven la juventud y resucitan
-a los difuntos. He llegado hasta aquí, al través de montañas y
-desiertos, cruzando las llanuras de la implacable soledad, las arenas
-crueles y los pantanos salobres, pero, merced a mis fatigas, traigo
-inciensos y bálsamos y perfumes de la Ciudad de las Rosas, de los
-jardines de Tiharán; paños de seda, más finos que el plumón de un ave,
-sembrados de arabescos y de flores, de leopardos y gacelas; perlas de
-Ormuz; tisúes de oro y plata, cojines y alcatifas de los bazares de
-Chiraz... Voy en busca de las tierras apacibles donde reina la paz del
-Señor, de Aquel que, niño y pobre, nació en un establo de Belén...
-
---Yo soy Gaspar--dice el segundo rey.--Vengo del Eufrates y el Tigris,
-de los bosques gigantes de palmeras, vecinas del mar y del desierto, de
-las tierras gloriosas y milenarias llenas de ruinas y sepulcros, de los
-osarios imponentes de la historia, de las ciudades muertas, que aun
-fatigan al mundo con el eco sonoro de sus nombres. Vengo de Basora y
-Bagdad, donde aprendí los cuentos de las Mil y una noches; puse a mi
-tienda entre los pálidos ladrillos de Khorsabad y de Nínive, de
-Babilonia y de Seleucia: cargué mis camellos de oro antiguo, de
-reliquias sagradas, magníficos despojos de los reyes de Siria; traje
-también yeguas de pura sangre arábiga y asnos blanquísimos, todos
-cargados de riquezas...
-
---Soy Baltasar--dice el rey negro.--Yo tengo mi palacio junto a las
-aguas del Nilo Azul que salta y corre entre lagos, volcanes y torrentes,
-al través del hielo de las cumbres y el fuego de los desiertos y los
-cráteres. Negro soy porque el sol me abrasó desde la cuna en las tierras
-bárbaras y esplendorosas de Etiopía. Crucé el Mar Rojo; pasé al Yemen, a
-la Arabia Feliz; seguí las rutas de la Meca, de Medina y Jerusalén; el
-camino glorioso de Damasco; hallé los tesoros de las antiguas reinas, la
-de Palmira y la de Saba; dormí a la sombra de los cedros del Líbano;
-bañé mi rostro en el Jordán, y vengo a Europa cargado de púrpuras y
-marfiles, de piedras y maderas preciosas, añejos licores, sándalos,
-mirras y cinamomos exquisitos, con ofrendas mil para los niños
-cristianos, para aquellos que aprendieron en la cuna el dulce nombre de
-Jesús...
-
- * * * * *
-
-Con muchas y siniestras carcajadas celebran en el campamento las razones
-de los Reyes Magos.
-
---Por fuerza sois--dice un príncipe grave y taciturno que acompaña al
-general--unos dementes o unos grandísimos socarrones cuando venís hogaño
-en disfraz de ingenuos y candorosos peregrinos, con aires de beatitud y
-de leyenda, a este mundo senil despedazado por el hierro y por el fuego.
-La culta, la cristiana Europa, maestra de cobardes hipocresías; la que
-destruye a sus propios hijos en nombre de la civilización, del derecho y
-de la libertad; la que puso una cruz en sus banderas y otra en el puño
-de sus espadas, hoy, ultrajando a Dios, se entrega a una furiosa bacanal
-de sangre. Ved las antorchas, las músicas y los cantos con que celebra
-la Navidad de Cristo: ciudades que arden, cañones que retumban, soldados
-que corren a la muerte lanzando gritos de odio. La paz del Señor sólo
-reina ya en los sepulcros. Los niños que aprendieron el nombre de Jesús,
-abandonan sus antiguos juegos y tienden las manos delicadas pidiendo el
-fusil, un fusil de _veras_ que acierte a dar en un corazón. Ya todos
-saben que los Reyes de Oriente no han de venir, que aquellos Magos
-misteriosos y benévolos que en otras Pascuas apacibles colmaban de
-ofrendas los zapatitos del balcón, están ahora en las trincheras y
-reductos, temblorosos de frío y de nostalgia, deseando matar o morir. El
-acre incienso de la pólvora embriaga a los hombres, a las mujeres, a
-los niños; el oro se convierte en plomo, y la mirra en mortífero gas...
-Caminantes: si lo sois de buena fe, idos a vuestras montañas y
-desiertos, a los bosques de palmeras, al Nilo Azul, allá donde aun
-recitan al amor de la lumbre los cuentos de las Mil y una noches; huid a
-vuestras tierras bárbaras y remotas, y si es que allí, como creo,
-entraron también las Furias de la discordia y de la muerte, id a otras
-tierras todavía más salvajes, más escondidas y felices, donde jamás se
-oiga la palabra civilización, donde, a lo menos, se maten los hombres
-francamente, con el sano y desnudo valor de su barbarie, sin decir que
-se matan por la justicia y el derecho.
-
---Idos, sí--confirma el general,--pues a lo que veo sois hombres de
-bien. Pero quédense aquí vuestros bagajes y preseas, vuestros caballos y
-tesoros, a fin de que no caigan en manos del enemigo. Tornad a vuestras
-tierras, como Dios os diere a entender, que harto salváis con salvar
-vuestras vidas en estos infiernos de la Europa civilizada...
-
-Y los Reyes Magos, pobres y desnudos, como el divino Infante de Belén,
-se van para siempre, tristes y cabizbajos, haciendo voto de no volver a
-este mundo por todos los siglos de los siglos.
-
-
-
-
-Las tres cosas del tío Juan.
-
-(JOSÉ NOGALES)
-
-
-
-
-LAS TRES COSAS DEL TIO JUAN
-
-
-Todo el pueblo sabía que Apolinar se estaba derritiendo vivo por Lucía,
-y que, aunque ésta no se derretía por nadie, no ponía mala cara a las
-solicitudes del mozo. Matrimonio igual: ella, joven, guapa, robusta y,
-de añadidura, rica; él, en los linderos de los veinticinco, no pobre,
-medio señoritín por lo que iba para alcalde, y entrambos hijos únicos.
-No faltaba al naciente afecto más que el sacramento de la confirmación,
-y para eso no había otro obispo sino tío Juan, el _Plantao_, padre y
-señor natural de la dama requerida.
-
-El ilustre linaje de los _Plantaos_ distinguióse desde muy antiguo
-tiempo por una terquedad nativa, de que estaba justamente orgulloso, y,
-de haber querido proveerse de heráldica, su escudo no fuera otro que un
-clavo clavado por el revés en una pared de gules. Apolinar sentíase
-cohibido por esta testarudez hereditaria, y recelaba que el tío Juan
-saliese con una gaita de las suyas, porque era hombre que no se apartaba
-de sus síes o sus noes así lo hicieran pedazos.
-
-No hubo más remedio que pasar el Rubicón... y tirarse de cabeza en
-aquellas honduras insondables de la voluntad paterna. El tío Juan había
-dicho una vez: «¿Qué trae ese por aquí?» Y para los que le conocían el
-genio, era bastante.
-
---Ahora que está tu padre en la bodega, voy y se lo espeto, y Dios
-quiera que pueda salir con cara alegre... Pero antes dime, para que
-lleve fuerza, que me quieres como yo te quiero, con los redaños del
-alma.
-
---Apolinar, que me aburres con tus quereres y tonteos. Si quieres
-decírselo, anda; y lo que saques a mi padre del buche eso será, porque
-yo también soy _plantá_.
-
-Renegando de aquellos bravíos rigores de la casta, encaminóse Apolinar a
-la bodega, pasando primero bajo la llorosa parra, que tendía sus
-sarmientos como cuerdas secas, y después por el angosto corral atestado
-de aperos de labranza y cachivaches de vendimia. En la puerta de la
-bodega enredósele un manojo de telarañas en el _bombín_, y tragando
-saliva entró en la obscura pieza.
-
---¡Tío Juan; eh, tío Juan...!
-
---¡Aquí! ¿Eres tú? Con este jinojo de tinglao no se ve gota.
-
-Estaba el hombre muy metido en faena, en mangas de camisa, despechugado,
-con una pelambre de pecho que parecía una maceta de albahaca. Era más
-que medianamente apersonado, canoso y fuerte; y sudando, como estaba,
-parecía un oso polar.
-
---¿No se figura usted a lo que vengo?
-
---A tomar un jarrillo.
-
---No, señor; a tomar un parecer.
-
---Pues no es lo mesmo. Pero, anda, suéltala; que no hay hombre sin
-hombre.
-
---Con esa licencia... no sé cómo le diga que Lucía me tira un poco, un
-pocazo, si se han de decir las cosas conforme son. Y como me parece a mí
-que yo también le tiro una migaja, venía, porque es razón, a decirle qué
-le parece a usted de este tiraero que va por buen fin y por derecho
-camino.
-
-Dióse tío Juan cuatro rasconazos en el testuz, y, volviendo las
-espaldas, fué a buscar el jarrillo y la venencia, y con ambas cosas en
-las manos, como quien echa el _Dominus vobiscum_, se abrió de brazos,
-diciendo:
-
---Todo el toque del hombre está en un sí y un no. Así es que, antes de
-soltar uno u otro, hay que rumiar bien las cosas. Tomaremos un par de
-alumbradores y que Dios sea con todos.
-
-Y después de beber por riguroso turno, quedóse tío Juan rumiando aquel
-escopetazo, como un hermoso y prudente buey que no pone la pata sino en
-terreno firme.
-
---Pues atento a eso, digo que me parece a mí que la mujer se hizo para
-el hombre y el hombre para la mujer... y que por eso tiran el uno del
-otro. Pero como ni el hombre ni la mujer son siempre libres, otros han
-de agarrarse a la mancera para que el surco salga bien hecho y la
-simiente no se desperdicie. Yo, que por lo de ahora soy el gañán en este
-negocio, te digo que quien quiera ayuntarse con mi cordera ha de hacer
-tres cosas, sin que ninguna le perdone; no haciéndolas, ya se puede ir
-con viento fresco y levantar la parva.
-
---Aunque sean trescientas haré yo, con tal de meterme debajo del yugo.
-Eche usted, tío Juan, por esa boca, que ya se me hace tarde, y aunque me
-mande cargar con la bodega, todavía me había de parecer mandato ligero,
-según lo encalabrinado y emperrado que estoy con el aquel del tiraero
-que ya le he dicho.
-
---No soy tan bárbaro para mandar lo que está fuera de las fuerzas del
-hombre, por animal que sea. Las tres cosas que pido son éstas: que me
-traigan todos los días la primera gallinaza que suelte el gallo al
-romper el alba, para hacer un remedio de este dolor de ijares que me
-quita el resuello de cuando en cuando; que al que tenga ese querer,
-véalo yo una vez siquiera trincar un bocado de hierba sin doblar los
-corvejones, ni acularse, ni tenderse; que el tal me dé candela en la
-palma de la mano el día de mi santo por la mañana, y esto ha de ser con
-sosiego, sin hacer bailes, ni meneos, ni soplar, ni sacudir.
-
---¿Nada más?
-
---En eso me he plantao, y ha de ser a lo justo; que ni sobre ni falte.
-
---Tío Juan, vaya usted preparando el yugo más fuerte que haya en casa,
-porque yo me lo echo encima, si Dios no dispone otra cosa.
-
-Y Apolinar salió de allí con la cara radiante, bailándole los ojos en
-una ráfaga de alegría loca, y dando al viento como romántica pluma aquel
-jirón de telarañas que se pegó en el sombrero.
-
---¡Troncho, qué suerte! Lucía, me ha dicho tu padre que te vayas
-preparando, que tenemos que abrir un surco.
-
---Qué tonto eres. ¿De qué surco hablas? Me parece que viene su merced
-algo repuntado y que el jarro habló más que las personas.
-
---Te hablo del surco que han de hacer en el mundo todas las yuntas
-humanas. Verás qué labor más dulce.
-
---¡Pero qué borrico te has vuelto!
-
- * * * * *
-
-«La del alba sería» cuando Apolinar acudió solícitamente a su corral sin
-quitar ojo del gallo hasta que dió de sí el extraño remedio del mal de
-ijares, que en caliente recogió, bien así como si llevase dentro una
-preciosa esmeralda. Cumplida por aquel día la primera condición y no
-sabiendo qué hacer a tales horas, tan desacostumbradas para su vigilia,
-fuése con los cavadores a su majuelo, _a matar el tiempo_ hasta que el
-estómago le avisase. Al llegar a la viña, dijo a los jornaleros:
-
---Vamos a ver, muchachos: un cuartillo de vino hay para quien sin doblar
-los corvejones, ni acularse ni tenderse trinque un bocado de sarmientos.
-
---¿Pero eso qué tiene que hacer? ¡Valiente hombría!
-
-Y cuatro o cinco, los más jóvenes, salieron del grupo y doblándose y
-enderezándose, sacó cada cual un sarmiento del modo y manera que los
-palomos cogen pajitas para hacer el nido.
-
---A ver yo...
-
-¡Que si quieres! Cuantas veces quiso probar, dió de cabeza en el montón.
-Una risa franca y noblota alegró el majuelo, y hasta el sol de color de
-cereza que subía por la cuesta azul parecía una gran cara hinchada de
-risa.
-
---Para hacer eso hay que criar mucha fuerza de espinazo y que las patas
-no se blandeen. Es menester cavar viñas y darle al cuerpo buenos
-remojones de sudor.
-
---¿Sí? Venga un azadón. Este no pesa, otro...
-
-Y como general que arenga a sus tropas, dijo, blandiendo el instrumento:
-
---Hoy seré uno de tantos. Hay que apretar..., y no os compadezcáis de mí
-si veis que reviento, porque necesito echar un espinazo que sea a la vez
-tronco de olivo y vara de mimbre.
-
-Aquella fué una jornada heroica. Los cavadores, viendo cuán
-gallardamente trabajaba Apolinar, mermaron cigarros, ahorraron
-coloquios, apresuraron meriendas y sacaron el unto a sus brazos. Al
-ponerse el sol, no presentaba aquella cara burlona, henchida de risa,
-con que apareció entre las brumas de la mañana, sino otra muy grave,
-casi austera, que parecía complacida con la ofrenda del sudor humano que
-riega el terrón y fecundiza el mundo.
-
-Al dar de mano, dijo el jefe de la cuadrilla:
-
---¿No has visto la sementera?
-
---No.
-
-Y Apolinar sintió una vergüenza muy honda por aquella confesión hecha en
-pleno campo.
-
---Pues, vamos, hombre; hay día para todo. Tengo una disputa con tu primo
-Epifanio: él, que lo suyo es mejor; yo, que lo tuyo. Como sementera
-temprana, la cebada nos llega a la rodilla; el trigo parece un forrajal.
-
-Y fueron al sembrado, que con su verdor alegraba el alma, y en ella
-sintió Apolinar una voz gozosa que parecía brincar en otra mancha verde
-y lozana, gritándole: ¡Todo es tuyo; regocíjate, o no eres hombre!
-
-Y se regocijó honradamente, paternalmente, como si toda aquella vigorosa
-fuerza germinativa hubiese salido de sus propias entrañas.
-
---¡Yo, que no había visto esto! ¡Maldito sea el casino y las cartas y
-quien las inventó! ¡Malditos los tabernáculos, que nos chupan el tiempo
-y no nos dejan ver esta gloria, esta bendición de Dios derramada por los
-campos!
-
-Los sembrados del primo Epifanio no resistían la comparación. La tierra
-era la misma; pero rutinas, codicias, caprichos, ignorancia y necesidad
-la habían esquilmado y empobrecido. El viejo jornalero explicaba el
-caso.
-
---Dale a un trabajador carne y vino; a otro, papas y tomates. Eso es la
-tierra: un trabajador. Según le eches, así produce.
-
-Apolinar sintió que otro amor sano y fuerte se le entraba en el alma: el
-amor a la tierra, el amor a lo suyo, el gozo íntimo y callado del que
-posee, del que se conforta al calor del surco, como semilla que germina,
-brota, crece y se reproduce.
-
---¿En qué estaría yo pensando? Tío Agapito, usted me hace un hombre. Voy
-a echarme al campo como una fiera.
-
---¡Al campo, al campo! Esa es la ubre... ¡Si vieras a cuánto gandul
-mantiene el campo!
-
---Yo soy el primero. Mejor dicho, lo fuí. Ya soy otro. Me duelen los
-pies... zapatos de vaca... Me duele la cabeza... tiraré este apestoso
-_bombín_ y compraré un sombrero de esos fuertes, como si los hicieran de
-cerdas de cochino. No más vestidos de Carnaval. Tío Agapito, un abrazo,
-y pídale usted a Dios que allá, por la primavera, pueda yo comer hierba
-sin doblar los corvejones.
-
- * * * * *
-
-No durmió bien, porque el excesivo cansancio riñe con el sueño. En las
-manos parecían arder sus huesos desencajados; el espinazo se le
-engarrotaba... y en medio de sus dolores, otro sentimiento nuevo lo iba
-conquistando mansamente; un sentimiento de infinita piedad hacia el
-jornalero desheredado, que todos los días, a cambio de unos cuartos
-roñosos, aumenta el caudal ajeno con bárbaro derroche de su propia vida,
-y como a la madrugada oyese cantar al gallo, pregonero de su deber y
-compromiso, volvió a ver la claridad del naciente día, y otra vez
-cogieron sus doloridas manos el azadón lustroso, y el sudor del amo cayó
-como lluvia fecunda en la heredad, que parecía estremecerse de amor y
-agradecimiento.
-
-Y un día tras otro se fué curtiendo al sol y al aire, y mientras más se
-endurecía la corteza, más nobles blanduras aparecían por dentro.--Como
-la viña de Apolinar no hay ninguna. La sementera de Apolinar es la
-capitana. ¡Qué suerte de hombre!--Este era el tema de conversación entre
-la gente labradora. Los jornaleros se disputaban la casa, porque había
-formalidad y trago de vino, y allí no se hacía el agio vergonzoso para
-la baja de jornales. Con Apolinar trabajaban los sanos, los hombres de
-empuje, estimulados con su ejemplo.
-
-Pasó el invierno y el sol primaveral vistió el campo de gala. Los
-habares en flor henchían el aire de aromas purísimos; los trigos
-azuleaban, los cebadales se mecían orgullosamente a compás del viento;
-las yemas del higueral, reventando al esfuerzo de las primeras hojas,
-tendían al sol una espléndida gasa de oro verde... y los viñedos
-extendían sobre la rojiza tierra otra gasa de pámpanos, y ya el olor
-tempranero del cierne se esparcía como una caricia dulce y vivificante.
-
-Llegó el día de la prueba; el día temido y deseado en que Apolinar tenía
-puestos todos los grandes anhelos de su vida. Antes que el canticio de
-los gallos sonaron las campanas de la torre con un repique de gloria, de
-alegría, como voces de un coro nupcial que celebrase las bodas del cielo
-y de la tierra.
-
-No pudo Lucía convencer a su padre de que, al menos aquel día, debiera
-pasarlo con la chaqueta puesta.--Me ajogaría.--Y por parecerle esta
-razón de suficiente peso, no daba otra. Con orgullo hereditario cubría
-su busto de oso polar con limpísima camisa de lienzo, por entre la cual
-se desbordaba la cresta pelambre como maceta frondosísima. Cuando entró
-Apolinar, ya estaban allí el primo Clímaco y la hermana Bella con su
-dilatada prole, los trabajadores de la casa y varios vecinos, atraídos
-por aquellos olores de cocina y fritanga, fieros despertadores de la
-gula.
-
---Que los tenga usted muy felices, tío Juan y la compaña.
-
---Apolinar, tantas gracias, y lo mesmo digo.
-
---Vaya, aquí tiene usted la gallinaza de hoy, que parece un bruño.
-
-Y sin pedir permiso, fuese a la cuadra y trajo un brazado de amapolas,
-que tiró al suelo.
-
---Tío Juan, eche usted cuenta.
-
-Y más ágil que un pájaro, doblóse y pescó un manojo de hierba en flor
-que le caía sobre el pecho como una llama.
-
---Si usted quiere, me la como.
-
---No tienes que comerla. El toque está en trincarla.
-
---Lucía, coge el ascua más grande que haya en la hornilla: hala, ya
-está. Tío Juan, encienda usted su cigarro, y si quiere liar otro, por mí
-no hay apuro: que ni me meneo, ni bailo, ni soplo, ni sacudo... ¡Como
-que tengo aquí un callo que parece una onza de oro!
-
---Ya está. Ahora... justo, las tres cosas. Ahora, tú, Lucía, abraza a
-este bruto.
-
-El bruto no esperó a Lucía; él la abrazó con toda su fuerza.
-
---Tío Juan, ¿de veras que es para mí?
-
---Para ti, cernícalo. Y dale gracias al gallo que te curó; porque ni yo
-tengo dolor de ijares ni cosa que se le parezca.
-
---¿Entonces?...
-
---No seas borrico--dijo Lucía.--Padre quería que madrugases; si no
-madrugas, no me abrazas.
-
-Apolinar soltó un relincho estrepitoso; un relincho de salud, de amor,
-de fortaleza y de ventura.
-
---¿Sabéis lo que soñé esta noche?--dijo el tío Juan.--Pues que yo era el
-Padre Eterno, y esta mi cordera era la España, y yo se la daba a una
-gente nueva, recién venía no sé de aónde, con la barriga llena, los ojos
-relucientes, con callos en las manos y el azaón al hombro....
-
-Un alarido triunfal hendió como dardo sonoro el aire azul de aquella
-serena mañana de estío. El sol, deslumbrante, caía en lluvia de oro
-sobre los aperos de labranza; dos mariposas de color de fuego volaban
-bajo el fresco toldo de pámpanos, y el alegre repique de las campanas
-parecía responder allá, en lo alto, al alborozo de la raza nueva, de la
-raza fuerte, que abría su fecundo surco de amor en la llanura humana.
-
-
-
-
-La enamorada indiscreta
-
-(PEDRO DE RÉPIDE)
-
-
-
-
-DEL LICENCIADO ALONSO DE LAS TORRES
-
-_Al Autor._
-
-
- SONETO
-
- Saludo a ti, señor, en el Parnaso,
- como a un divino hermano de las Nueve.
- La brisa suave que tu plectro mueve
- agita con sus alas el Pegaso.
- El más sabio varón de Halicarnaso
- no fuera nunca en tus elogios breve.
- Hay una diosa que en tu frente llueve
- celeste luz a su celeste paso.
- De la Helicona la preclara linfa,
- te dió a beber con plácido secreto
- en áureo vaso extraordinaria ninfa.
- Bienhayan tus decires y cantares,
- por ti miran laureles del Himeto
- las riberas del grato Manzanares.
-
-
-DEL AUTOR
-
-_Al licenciado Alonso de las Torres._
-
- SONETO
-
- Dolor de los amores que se mueren
- y son en nuestras almas enterrados.
- Dolor de los puñales bienamados
- que ya más no nos buscan ni nos hieren.
- No en estos melancólicos narrares,
- el fausto busques de la pompa loca.
- Yo cambio ese laurel de los cantares
- por la rosa del beso de una boca.
- Es el dolor mayor de los dolores
- el deshojar la flor de unos amores
- en el jardín do fuimos sus cautivos.
- Añoranza de fuente en el desierto.
- Dolor de los amores que no han muerto,
- y Dios nos manda que se entierren vivos.
-
-
-
-
-PRIMERA PARTE
-
-CUÉNTASE EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE TAMBIÉN FUÉ
-LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.
-
-
-En una de las más famosas y nobles ciudades de la prócer Italia, asiento
-de las artes y patria de los más ínclitos varones, aconteció esta rara
-historia que aquí se relata, y donde se muestra la ejemplaridad de los
-designios del Altísimo, que trae aparejada la más alta edificación así
-saludable para que huyan la tentación del Enemigo los que aun no
-pecaron, y vuelvan a la senda de la Gracia los apartados de ella.
-
-Era, pues, en Ferrara, ciudad insigne, que había visto prender al
-delicado Torcuato Tasso, vate preclarísimo, y había visto también morir
-a aquel gallardo ingenio, príncipe soberano de los de su época, que fué
-el divino Ariosto, de quien pudo decirse que hubo reinas que besaron su
-pie, ya que egregias hermosuras y la mayor de estos últimos tiempos,
-como ha sido la sin par Catalina Cornaro, a quien sus paisanos los dux
-de la república veneta, Federico Barbarigo y Leonardo Loredano, más
-codiciosos que caballeros, han quitado su reino de Chipre, tuvo en ese
-poeta el consuelo de un amor que bien valía un trono. Y siguiendo en
-este relato verídico y curioso, ha de decirse, que frontera a la casa
-donde había muerto el Ariosto, alzábase otra suntuosísima, que bien a
-las claras pregonaba la elegancia y distinción de la gente principal que
-en ella moraba.
-
-Estaba la tal habitada por un magistrado de uno de los más altos linajes
-de la ciudad, que era la magnífica señoría de Leonardo Aldobrandino,
-hermano de Hércules, senescal de los duques. Viudo de una señora de
-Pisa, tenía los ojos del alma y los del rostro puestos en su hija
-Renata, que era ya una doncella de diez y nueve años, más bella y fresca
-que las rosas de aquel gran rosal de Florencia que ha visto arder el
-hereje Savonarola. Sabía él que no hay mejor dueña y rodrigón para las
-mujeres que su propio recato, y en este punto, la virtud de Renata
-parecía guardarse sola. La misa de madrugada en San Lotario, oída con su
-padre; algún paseo por la vega de las flores al morir de la tarde, y
-otro rato de divertimiento con sus primas en el estrado de la casa, y
-siempre bajo la custodia del grave Leonardo. No perdonaba éste, en
-cambio, nada que dejase de adornar la gentilísima presencia de su hija;
-las perlerías más finas que traían los traficantes de Venecia, y los
-guardamacíes bordados y justillos y corseletes de seda de Persia que
-llevan a Ferrara los mercaderes ginoveses, nuncios del lujo y ministros
-del oro.
-
-De una parte, el respeto que su alto nombre movía a todos, y de otra la
-seguridad de un mal fin de aventura, había librado de galanes a aquella
-joya ferraresa, bajo cuyas ventanas no se habían tañido músicas ni
-cantado sonetos. Sabíase que su padre tenía dispuesta la doncella para
-esposa de un caballero fabuloso. Hablábase de un grave suceso de honra
-que aconteció muchos años atrás a Leonardo viajando por España y
-hallándose en Sevilla, donde topó con un gentilhombre a quien quedó muy
-obligado. Era éste, español, cuatralvo en Cádiz de los galeones de
-nuestro prudentísimo soberano el segundo de los Filipos, que hoy
-asiéntanse en los cielos gozando de la bienandanza de los justos, y
-siendo por aquellos días acaecido el tránsito del gran monarca, apenas
-tomó el cetro de las Españas su hijo, nuestro actual gloriosísimo
-príncipe Filipo, el tercero de los de su nombre, a quien Dios Nuestro
-Señor dé tan larga vida como es sabio su gobierno, fué éste servido de
-hacer al gentilhombre su visorrey en uno de los visorreinatos que
-tenemos en Indias para mayor grandeza de nuestro César.
-
-Tenía el nuevo visorrey un hijo de breve edad, que llevaba el nombre de
-San Miguel Arcángel, y cuando se despidieron para tornar el uno a Italia
-y partir el otro hacia su destino, concertaron que si Leonardo tenía
-alguna hija, había de ser esposa del heredero del noble español, que si
-la estirpe de éste no cediera a la del Infantado y Medinaceli, la del
-italiano era tan alta como la de los Dandolo y Colonna. Un año después
-nació Renata, y comunicado el suceso al visorrey, fué luego considerado
-su hijo, que tenía entonces no más de dos años, como esposo de la tierna
-Aldobrandino. Y en la traza aprobada, quedóse dicho, que tan luego como
-Miguel llegase a los veinte años, había de venir a Ferrara para sus
-bodas.
-
-Cercana al palacio de Leonardo hallábase, y aun se halla para contento
-de caminantes, la celebrada hostería del Centauro, tan famosa por el
-arte de sus guisanderas como por las varias aventuras de amor que la han
-hecho tan temida de los padres y sospechosa para los maridos. Como es la
-mejor de la ciudad, toda la gente de calidad que viaja suele hacer en
-ella posada: capitanes españoles, clérigos romanos, mercaderes
-franceses, damas de alta condición y grandes señores detiénense en ella
-a su paso por Ferrara, y así es de ver el tráfago de su anchuroso patio,
-donde se mezclan la carroza blasonada y el carro de tráfico, el caballo
-del alférez y la mula del prebendado. El vino de Chianti llena con
-liberal abundancia los jarros de las mesas, y bajo la parra espléndida y
-tupida que rodea el portón, hay, como a las puertas conventuales, un
-congreso de pordioseros, a quienes en ciertas horas se reparte la comida
-sobrante. Sus aposentos son espaciosos como de la casa de un grande, y
-su cocina espléndida como de un monasterio de Jerónimos.
-
-Era en el dulce morir del melancólico Octubre cuando al fenecer de una
-tarde arribaron dos jinetes a la hostería. Era el uno muy mozo, de
-gallardo y finísimo talle y rostro de ángel, y sus manos, como esas
-talladas en marfil que se ven en algunas iglesias de Italia y son obra
-del singular artífice llamado el Donatello. Cabalgaba en un potro
-andaluz de agradable estampa, y en su rostro marcábase cierto
-desasosiego y como embarazo al montar a horcajadas, que no daba muestra
-de grande pericia en el arte de cabalgar. Seguíale caballero en una mula
-un hombre viejo y recio con tipo de haber sido soldado del duque de Alba
-allá en sus tiempos, y de llevar ahora dignamente su oficio con algo de
-humildad para ser ayo, y un poco familiar para ser escudero. Tan luego
-como llegaban a la puerta de la hostería, hubieron de detenerse porque
-costera de ellos llegaba y parábase también una gran carroza cargada de
-cofres. Detuviéronse y vieron descender de ella tan sólo a un caballero.
-Era éste mozo también, aunque de más fuerte y varonil gentileza que el
-joven de a caballo; morena tenía la tez y negro su cabello como de un
-príncipe del Oriente, que no parecía sino que su padre era el sol y que
-asomaba por sus ojos. Gallarda y arrogante era su apostura, y su
-continente nobilísimo. Traía obscuro su vestido y sencillo como de
-viaje; solamente sobre su ferreruelo llameaba como una espada de fuego
-la insigne encomienda de Santiago. Entró en el zaguán, apartóse la
-carroza y el mozo y su viejo acompañante entraron sobre sus cabalgaduras
-hasta el patio de la hostería. Había llovido algo y con eso estaba
-escurridizo el pavimento, que era todo de guijarros, los cuales el uso
-continuo había hecho planos y lustrosos. Fuera ello la causa o la poca
-experiencia del mozo, el caso es que al ir a apearse del caballo hubo de
-caer éste arrodillado, y hubiese dado también con su cuerpo en el suelo
-el jinete, si con grande presteza no acudieran a un tiempo su escudero y
-el caballero de la encomienda. No se hizo mal alguno, y con esto
-subieron juntos a los aposentos que les destinaron, y había querido la
-suerte que fuesen contiguos. La igualdad de sus años, y el hallarse
-ambos españoles en tierra extranjera, hízoles entrar prontamente en
-plática y ofrecerse.--Yo me llamo don Diego de Zúñiga--dijo el del
-caballo--y viajo con Marcos, mi escudero. Vengo desde Toledo, y no
-tardaré en llegar al final de mi viaje, que es en la ilustre ciudad de
-Mantua, tantas veces nombrada, y he de deciros que no me llevan los
-negocios ni los placeres, sino un gran pesar.
-
---Yo soy--dijo el caballero de la encomienda--don Miguel de Guzmán.
-Vengo desde Indias, y llegando a Ferrara, he tocado al término de mi
-peregrinación. Hame traído aquí un cuidado muy grave que ya os
-descubriré si os detenéis aquí, y si, como pienso, hemos de ser amigos.
-
---Reposarme he unos días y muy de mi grado, señor don Miguel, que me
-obliga la merced que me hacéis de llamarme vuestro amigo--contestóle don
-Diego.
-
-Y departiendo sobre su viaje y otras indiferentes materias, luego que
-hicieron colación, retiráronse a descansar con promesa de salir juntos
-al siguiente día para visitar la ciudad.
-
-No tardó en amanecer el sol más que en saltar de sus lechos y vestirse
-los caballeros. Don Diego, con su traje de veludillo gris y capa
-aleonada, y don Miguel, que había hecho subir sus cofres, adornóse con
-unas cachondas de raso y un jubón de vellorí y colgó de su cuello una
-finísima cadena de oro con un grueso diamante que alumbraba su pecho.
-Salieron, y su primer visita fué para el Santísimo Sacramento, como
-devotos caballeros que eran, y acudían a agradecerle que les hubiera
-dejado llegar con bien a la ciudad. Cumplido el pío deber y oída la
-misa, diéronse a discurrir por las calles y plazas, y admirar iglesias
-y palacios, maravillas todas que tenían suspenso su ánimo, a pesar de
-venir de la opulenta España. Y aconteció que, como se hallasen a media
-mañana en el atrio de la catedral, vieron detenerse la gente, y pasar
-ante ellos y perderse a la revuelta de una esquina, una corta pero
-admirable comitiva. Componíanla dos graves caballeros ataviados con sumo
-lujo, y entre los dos una doncella, portento casi más por su talle y por
-su rostro que por sus galas suntuosas, cabalgando todos en soberbios
-corceles precedidos de palafreneros y seguidos de lacayos. Riquísimas y
-blasonadas gualdrapas llevaban los bridones, y los guanteletes y el azor
-en la mano de la joven y el arreo de todos mostraban a las claras el
-aparato de cetrería. Como las gentes se descubriesen al paso de aquellos
-señores, don Miguel y don Diego se informaron de quiénes eran.--Son--les
-contestaron--el señor senescal Hércules Aldobrandino, su hermano
-Leonardo y su sobrina Renata. ¡Qué bien se echa de ver que sois
-forasteros al no conocer a tan visibles personas!
-
-Hizo don Miguel un gesto, no advertido para don Diego, y comentando
-ambos la majestad de los ancianos y la elegancia de la joven,
-prosiguieron su paseo, hasta que fué hora de retornar a la posada. Y a
-petición de don Diego separáronse después del meridiano yantar para el
-reposo de la siesta.
-
-Buena siesta diere Dios a don Diego, que así que se vió en su aposento a
-solas con su escudero, hubo de arrojarse en sus brazos y comenzar a
-llorar como una Magdalena después del arrepentimiento.--Malhaya mil
-veces, Marcos amigo--le decía--, malhaya mil veces la hora en que nos
-partimos de nuestra casa si había de ser para tal fin de viaje, que me
-pienso que no llegaré a Mantua y quedaré con la maldición de mis padres
-y sin el asilo de mi tía la priora.
-
---Sosegáos, señora mía--respondió el escudero--que aína os turbáis y me
-dais ganas de llorar a mí también. Mirad, doña Mencía, mi ama, que si
-ven vuestros ojos encendidos del llanto dudarán de vuestro varonil
-disfraz. Hicísteis mal en prometer a don Miguel que os detendríais aquí,
-pues lo que importa es que lleguéis cuanto antes a Mantua, donde os
-espera la paz del monasterio.
-
---¡Ay! ¿Por qué nací mujer? Unos padres crueles quisieron depararme como
-esposo a un hombre viejo, feo y corcovado, con achaque de decir que todo
-cuanto llevaba en la joroba eran doblones. Pensé en mi tía doña Clara y
-en su convento de Italia, y para dejar tierra de por medio entre el
-novio y yo salimos de Toledo, sin reparar en lo largo del viaje. Más me
-valiera haberme quedado de religiosa en el colegio de San Clemente de
-nuestra ciudad, que no hacer peligrar aquí mi vocación forzosa y la
-salvación de mi alma.
-
---Fuerza es que lleguemos a Mantua, mi señora. Pero decidme, ¿qué mal
-pájaro os ha picado que os ha causado tal maleficio?
-
---Alas tiene y no es ave. Ciego es y todo lo penetra. Niño es y sabe más
-que cien doctores.
-
---Acabáramos, doña Mencía de mi alma, que ya me asombraba a mí que el
-tal picaruelo no se nos hubiera puesto delante en el camino.
-
---Ganas me dan de sacar de la maletilla el traje femenino que traigo
-para entrar en Mantua, descubrirle a don Miguel la verdad de nuestra
-historia y decirle que le amo de todas veras desde que le vi. ¿No has
-parado mientes en lo apuesto de su porte, en la nobleza de sus modos, en
-la galanura de su decir y en la discreción de su pensar? Heme aficionado
-a él de tal manera y cobrádole un tan grandísimo afecto, que sangre del
-corazón llorarían mis ojos si me arrancasen de su compañía.
-
-Juntos pasaron el siguiente día ambos muy divertidos con sus pláticas.
-Era el don Miguel muy letrado y placíase en decir versos que sabía, y
-sólo ignoraba que sus coloquios con don Diego aumentaban una llama
-cruel. Así aconteció que hallándose juntos tuvo el don Miguel la donosa
-ocurrencia de recitar a su amigo el siguiente soneto que él compuso
-cierta vez a una dama que mostraba un lunar en uno de sus pechos:
-
- SONETO
-
- Sabio lunar que colocarse supo
- tan sabiamente en el redondo seno.
- De orgullo le supongo y gozo lleno
- por la preciosa suerte que le cupo.
-
- Es flor de tal jardín, él es el astro,
- astrolabio, astro mago, guía y norte
- de esa esfera de amor. ¡Oh rey sin corte!
- Planeta de ese cielo de alabastro.
-
- Atrae por quemar. Fuego de Neso.
- Imán de la mirada. Imán del beso.
- Para encender los labios con su llama,
-
- y que la apague al recibirlos luego,
- lago que apaga de la antorcha el fuego,
- los verdes ojos de la rubia dama.
-
-No apercibióse Guzmán de la turbación que disimulaba en cuanto podía don
-Diego, según avanzaba él en el declamado de los versos, que a bien que
-él pensaba decirlos a un caballero mancebo para diversión, y no que
-caían en los castísimos oídos de una noble doncella. Así al terminarlos
-y recibidos plácemes por su arte de bien decir, fué requerido el de
-Zúñiga para recitar a su vez. Era éste grave aprieto para la dama; pero
-cediendo a la fatalidad de la ocasión, hubo de decir con voz algo
-turbada, pero suave y cristalina, esta canción que recordaba:
-
- CANCION
- Amor de yo no sé dónde.
- Pasión de yo no sé cuándo.
- ¡Qué necio es lo que se esconde,
- si el alma lo está buscando!
- No el severo pensamiento
- me distraiga de mis cosas.
- ¿Acaso medita el viento,
- y acaso piensan las rosas?
- Viva la bella locura
- que habla al sol en la pradera,
- y corre por la llanura
- cabalgando en la quimera.
- El sol que en la tarde muere
- vuelve a nacer otro día.
- Quien de nosotros muriere
- a nacer no volvería;
- día en que no hemos amado,
- día es que habremos perdido.
- ¡Oh, amores que ya han pasado,
- y amores que aun no han venido!
- Llegue a leer tu mirada
- mi dulce libro secreto.
- Sin ti la vida no es nada.
- ¿Qué sería el Paracleto
- sin Heloísa? ¿Qué fuera
- Valchiuso sin el Petrarca?
- ¿Por qué la encantada barca
- en vano en el lago espera?
- ¿Para quiénes la ribera
- tiene su sombra y su flor?
- Jardines de primavera,
- ¿qué seréis sin el amor?
-
-Hubo de comprimir un suspiro el ficticio don Diego al terminar la
-relación, y apenas supo dar las gracias por las albricias que le daba el
-de Guzmán, encantado por el modo con que había sido dicha la canción.
-Entretuviéronse departiendo sobre otros puntos puestos de codos sobre la
-abierta ventana, mientras abajo proseguía el eterno coro de todos
-tiempos y países. Los criados hablando mal de sus amos y del gobierno de
-la república, y las mujeres mordiendo en las honras de las vecinas y las
-vidas de las amigas ausentes. Que no hay Trajano que no sea Calígula
-para la gente lacayuna, ni dama que no sea liviana para las mujeres que
-por los años no pueden ya valerse de sus donaires, y por su
-desabrimiento no llegaron a doctorarse de alcahuetas en las academias
-del amor.
-
-Al caer de la tarde, don Miguel fué a buscar al que para él seguía
-siendo don Diego, y requirióle para dar un paseo por las afueras de la
-ciudad, que con aquel otoño tan dulce eran de una amenidad
-extraordinaria. Hizo don Diego esfuerzos para serenarse, y cuando
-departían bajo de una frondosa olmeda, don Miguel, asustando a su
-interlocutor con tal comienzo de discurso, hubo de decirle así. Lo que
-le dijo verán los curiosos ojos que pasaren a la segunda parte de tan
-certísima historia.
-
-
-
-
-SEGUNDA PARTE
-
-SÍGUESE REFIRIENDO EL PEREGRINO SUCESO DE LA ENAMORADA INDISCRETA, QUE
-TAMBIÉN FUÉ LLAMADO DEL PELIGRO EN LA VERDAD.
-
-
---Quiero, amigo don Diego--empezó diciendo el de Guzmán--, ya que sois
-el único que por ahora tengo en esta ciudad, daros cuenta del propósito
-de mi viaje y razón de mi llegada a estas tierras. Habéis de saber que
-he venido a celebrar mis bodas, a las cuales os podéis tener por
-natural convidado; pero os ha de asombrar el saber que no he hablado
-nunca con mi esposa, que así puedo llamarla, y que quiero probar la
-condición de su carácter, aunque ya conozco la de su continente.
-
---¿Ya la habéis visto?--preguntó casi temblando don Diego.
-
---Cierto que sí, y vos también. ¿No recordáis aquella joven del azor que
-vimos pasar por delante de la catedral? Pues esa es, la hija de Leonardo
-Aldobrandino, primate de este ducado.
-
-Creyó don Diego que su amigo se chanceaba y acabaría por darle vaya y
-declarar que eran sus palabras burla de pasatiempo; pero tal insistió,
-refiriéndole la historia que ya conocemos, que don Diego felicitóle, el
-rostro demudado y casi balbuciente el habla.
-
---Murió mi padre hace tres años--concluyó don Miguel--y he venido yo
-solo a cumplir el pacto, si en ello no va nada, como espero, contra el
-lustre de mi raza y la honra de mi persona. Para mis planes necesito de
-vos, caballero don Diego, pues desde luego he descubierto en vos una
-gran nobleza, y serviréisme, procurando ser visto de la hija de
-Leonardo, después que yo haya llegado a ella, aunque sin descubrir quién
-soy. Si ella sabe rechazar toda pretensión que no sea la de ver a su
-esposo de Indias, a quien debe esperar fielmente, será mi esposa. Pero
-si no sale triunfante de la prueba y tiene a los galanteos la
-inclinación que otras muchas jóvenes italianas, no será ella quien venga
-conmigo a mi palacio de Sevilla.
-
-De tal modo insistió don Miguel, que logró que don Diego aceptara la
-misión, y algunos ricos trajes y preseas para el atavío de su cuerpo,
-que eran muy de menester para el intento. Y aquella misma noche unos
-músicos colocados bajo las ventanas de Renata, cantaron con meliflua voz
-el siguiente:
-
- SONETO
-
- Amor es, Filis, brisa perfumada.
- Ola de un mar de encanto. Golondrina.
- Es algo que va y viene. Peregrina
- canción que en la espesura canta un hada.
- Ha tenido el jardín fulgores raros
- como luz de un espíritu que pasa,
- y ese fuego he sentido que me abrasa
- al resplandor de vuestros ojos claros.
- La luz y vuestra sombra se perdieron.
- Amargura y dolor permanecieron.
- Al bosque y a las almas vuelve el frío.
- La fuente gime con gemir sonoro.
- Llorando está el jardín sus hojas de oro
- porque han muerto las flores y el estío.
-
-Era por la mitad del cántico cuando entreabrióse una de las ventanas y
-asomó su rostro cenceño la dueña Lisarda, que había sido tercera de los
-amores de Leonardo con la madre de Renata, y vivía desde tiempo
-inmemorial en la casa. Retiróse en seguida; y al punto muy
-discretamente, como niño que teme cometer impertinencia, miraron a la
-calle los propios y celebrados ojos de Renata, a quien placía tener por
-vez primera música delante de su casa. Pero como Leonardo, que había
-salido al palacio del obispo, donde se celebraba un festín, no había de
-tardar en volver, Lisarda bajó a decir a los músicos para quien les
-enviaba, que su ama se holgaba con su tañido y les agradecía con notable
-contento la merced; pero que si el señor volvía y apercibía serenata,
-habían de verse en grave aprieto por ser justicia de la ciudad y muy
-celoso de la guardia de su hija. Con esto y haber juzgado que para ser
-la primera noche habían hecho bastante, retiráronse caballeros y
-músicos.
-
-Júzguese el dolor del fingido D. Diego al representar tal papel. Fué tan
-grande como la alegría de Renata, al verse regalada y con cortejo. Al
-otro día, y por encargo del de Zúñiga, buscó Marcos la traza para hablar
-con Lisarda, y su coloquio fué tan sabroso como breve:--Garrido es el
-soldado--dijo la vieja al escucharle--, y a fe que si fuera más mozo
-pudiera ser el roto de mi descosido. Pero sepa que mi boca es de oro, y
-sólo se abre con llave de ese mismo metal, que no quiero comprometerme
-de balde con mi señora. Válame Dios.
-
---Miren el orejoncillo con faldas--contestóla Marcos--que en mi tierra
-la hubieran paseado por el Zoco, caballera en un pollino, emplumada y
-con coroza, y conocería todas las pencas de la comarca. Y concluyó con
-una sarta de pesiatales y de porvidas, con más votos que el altar de San
-Blas. Fuése el escudero, y apenas hubo subido Lisarda a la casa, fué
-llamada por Renata.
-
---¿Sabes--preguntóla ésta--quién puede ser uno de los galanes de la
-música de anoche?
-
---Yo tengo, hija mía--repuso la dueña--tan poca vista para la malicia,
-que no acierto en esas cosas.
-
---Pues esta mañana, viniendo de San Lotario, le he visto entrar en la
-hostería del Centauro, que no se me despinta su talle con sólo habérseme
-aparecido de noche y no haber mirado yo más que de soslayo. Y decirte
-quiero, Lisarda, que estoy harta de esperar a ese caballero de Indias,
-que me tiene prometido mi padre y también que he soñado con el rondador
-de la serenata. No es desagradable tampoco otro caballero que hoy tiene
-mi padre convidado, y nos ha saludado esta mañana en la iglesia; pero no
-me parece tan amable como el de la hostería. Fuerza es que te enteres de
-sus prendas y si es persona de calidad como representa ser.
-
-Aquel día tenía, en efecto, Leonardo convidado al propio D. Miguel que,
-sin manifestar su nombre verdadero, se había presentado a él como un
-amigo del visorrey y de su hijo, de quien le traía nuevas. Mucho agradó
-a Renata la presencia del huésped, así como su cortesanía y discreción;
-pero el pensamiento no se le iba del lado de D. Diego, de quien las
-artes del Enemigo Malo hiciéronla prendarse muy en malhora. Quiso
-Leonardo que su hija regalase al forastero, y la hizo cantar
-acompañándose con el arpa, y cantado que hubo, requirió y le fué
-concedida licencia para retirarse del estrado. Así que Renata se vió
-libre, corrió en busca de Lisarda para hablar con ella de D. Diego con
-ese afán de los enamorados que sólo saben platicar de lo que aman.
-Preguntóla si había inquirido su nombre y condición, y supo que era un
-caballero español que se llamaba D. Diego de Zúñiga, y a lo que la
-dijeron viajaba por placer, siendo un mayorazgo muy rico de Castilla.
-Esto sabido, su pasión afirmóse al conocer que se trataba de un hombre
-principal.
-
-Instigado por D. Miguel vióse D. Diego obligado a enviarla recados y
-billetes de mejor gana recibidos que mandados. Y era de ver cómo al
-tiempo que crecía el amor de Renata por D. Diego, crecía también la
-pasión del falso Zúñiga por el noble don Miguel. Y la dama, oculta bajo
-el disfraz de que se había valido para salvar su recato al viajar por
-los caminos en dirección al convento en donde se pensaba encerrar,
-lloraba cuando estaba a solas, y para salir de tan anormal situación
-unas veces se determinaba a presentarse con el traje de su sexo al de
-Guzmán, y otras decidíase a partir para Mantua sin despedirse del
-caballero que inocentemente hacía tal estrago en su espíritu, siquiera
-fuese el suyo el honesto amor que cumplía a una joven dama principal y
-cristiana como ella era.
-
-Tenía dispuesto el duque de Ferrara en sus bellos jardines una fiesta de
-noche, para honrar una embajada de la magnífica señoría de la república
-de Venecia, y había de ser de un fausto tal como era tradición en los
-sucesores de Alfonso de Este, _divi Hércules filius_. Como era natural,
-tenía parte principal en ella Renata como sobrina del senescal, y
-Aldobrandino, sin saber que con ello honraba al que debía ser su yerno,
-invitó a D. Miguel a que fuera parte de la misma y de una comedia que
-allí había de hacerse. Dió cuenta de esto el de Guzmán a D. Diego, y a
-poco recibía el falso Zúñiga una esquela de Renata con cita en los
-jardines ducales la noche de la fiesta.
-
-Magnífica como el señor que la dispuso, era ésta que animó los vergeles
-señoriales. Percibíase, llegando a ellos, un grato y apacible sonar de
-músicas, y apercibíase en entrando una muy notable frecuencia de
-caballeros y de damas que discurrían y departían, placíanse con el
-tañido y holgábanse con danzas de ceremonia y otros varios deleites.
-
-Siendo grande la frondosidad de la arboleda, toda ella ardía con
-profusión de luminarias, y era de ver cómo rutilaban las piedras
-preciosas sobre los brochados de los trajes, y cómo los blancos chapines
-de seda de las damas constelados de diamantes semejaban albas flores
-cubiertas de rocío sobre el verde de la pradera.
-
-Aquellos días celebrábanse de continuo fiestas de estafermos y corríanse
-sortijas, habiendo justas como otras célebres que hubo en Castilla,
-tales como el paso honroso del caballero Suero de Quiñones en Medina del
-Campo, y el otro con que le imitó honrando la embajada del duque de
-Bretaña el muy magnífico señor don Beltrán de la Cueva, duque de
-Alburquerque, conde de Ledesma, vizconde de Huelma, señor de Mombeltrán,
-y de La Adrada de Cuéllar y de Roa, ejemplo de validos y espejo de
-caballeros leales a sus reyes.
-
-Abríase en el centro de los jardines una amplia plaza bordeada de
-álamos, cubiertos sus añosos troncos con túnicas de hiedra; nobles
-estatuas alzábanse también allí, y el suave musgo vestía de verde
-terciopelo las figuras del mármol. Corriéronse en tan bello lugar unos
-anillos a la luz de las antorchas y fué triunfante un caballero milanés
-que se llamaba Leonelo Sforza, y era hijo del esclarecido linaje que
-llevaba ese nombre preclaro. Traía el vencedor en la muñeca izquierda un
-brazalete como de hierro y en el cual eran grabadas las palabras de su
-mote, que también llevaba en el gallardete de su lanza. Lema lleno de
-poesía y donosura, que decía así: _Galeote soy de amor_.
-
-Fué a ofrecer su galardón a una dama que se hallaba justamente al lado
-de Renata y se llamaba Laura de la Rovere y era de familia de donde han
-salido pontífices romanos. Algún disgusto tuvo la vanidosa Aldobrandino
-al no verse favorecida, pero ningún desabrimiento había aquella noche en
-la fiesta como el del desdichado don Diego, que tan mal de su grado la
-presenciaba.
-
-Siguióse una danza de salvajes, y a ésta otra en que la comparsa
-vestíase a la usanza de los antiguos legionarios romanos. Apartáronse
-luego en dos filas los bailarines y salieron del boscaje unas gentiles
-amazonas que hubieran sido envidia de la propia Pentesilea y cabalgaban
-sobre cándidas hacaneas cubiertas con gualdrapas. Traían una aljaba a la
-espalda y blandían el arco en la diestra, disparando sus flechas hacia
-lo alto de los árboles. A ellas seguían unos lacayos que conducían sobre
-parihuelas de plata diversos cuerpos de toros con sus cuernos y sus
-cascos dorados, y todos ellos cubiertos de guirnaldas, y con gran
-concurso de frutas confitadas. Era este el anuncio del festín que se
-siguió y fué tal como los opulentos de las nupcias de Beatriz de Avalos
-con el magnífico Juan Jacobo Trivulzio, y las de Violante Visconti con
-el duque Lionel de Inglaterra.
-
-Finó el banquete, mas no se crea por eso que tuvo su punto la función.
-Diéronse varios vítores a la embajada veneciana, y luego unos como
-líctores comenzaron a decir: «¡Viva el duque muchos, y buenos, y largos
-años con triunfo sobre sus enemigos!» Y el cardenal de Giudice, que
-presente se hallaba, dijo después: «Loado sea Nuestro Señor; que nos da
-tal señor.» Todos cuantos habían sido parte en el festín pusiéronse muy
-luego en marcha a otro lugar, pues que la noche y los jardines daban el
-tiempo y el espacio suficientes para que la fiesta continuase. Dió todo
-aquel senado en una pradera donde había dispuesto un estrado para que
-unos muy ilustres histriones representasen farsas divertidas y amenas.
-No era ciertamente nada de amena y divertida la farsa que tocaba
-representar a D. Diego, que tenía su pensamiento allí donde pusiera su
-ánima cuitada.
-
-Comenzóse la representación por una loa que se titulaba _El triunfo de
-la prudencia_. Era en tal alegoría la señoría veneciana como Mentor del
-país italiano a quien se hacía pasar por Ulises. La urdimbre era
-sencilla y agradable, y todo aquel artificio con muy singular acierto
-tramado. Hacíase después un paseo de comedias que era llamado así: _Gran
-caudillo es el amor_. Bello poema donde el poeta ponía en su fábula
-verdades de la vida. Era aquí donde había sido rogado D. Miguel por
-Aldobrandino que, tratándose de una persona principal y muy versada en
-letras italianas, tomase un papel. Eran los personajes de la acción:
-Ricardo y Cardenio, caballeros; Lucrecia y Beatriz, damas; Hipólita,
-dueña, y Pánfilo y Doroteo, criados. Fingía Renata la parte de Beatriz,
-sin saber que en aquel Cardenio que era su galán en la comedia,
-escondíase su prometido esposo verdadero, tan bien esperado como mal
-recibido.
-
-Fingíase en aquel paso que todas las damas habían movido una cruzada
-contra los caballeros todos para vencerles el desamor, pues no los
-consideraban suficientemente rendidos a su albedrío, y valiéndose de
-armas para su intento, habían usado primero de la tiranía de la soberbia
-con que sólo consiguieron un desdén uniforme. Buscaron luego mejor
-general para su causa y dieron en encontrar al amor que muy luego
-sirvióles aunque siendo igual que fuerte veleidoso hubo de traicionarlas
-haciéndolas a la postre esclavas de aquéllos a quienes intentaron
-rendir. Era bella la traza y hábilmente parlada, que bien mostrado lo
-sutil del ingenio que la había compuesto y debía de ser un poeta que no
-cediera en elegancia al mismo Fracastor.
-
-Trasládase aquí un retazo de escena, porque el interés que movió en el
-senado que la escuchaba y hasta nuestro propio deleite nos lo ordenan.
-Hallábanse en medio de un boscaje el caballero Ricardo, que era príncipe
-de Inglaterra, y la dama Lucrecia, que era duquesa de la Italia, y así
-decían sus decires:
-
-RICARDO
-
-¿Seréis esquiva dama menos gradescida que las flores? Ved que ellas de
-todos codiciadas no apartan el tallo de su rama cuando alguien quiere
-gustar de su fragancia, y aun besarlas como a labios de hermosas.
-
-LUCRECIA
-
-Para vos, caballero Ricardo, las flores todas de mi jardín, menos una.
-Sabedla ganar y serán sus hojas labios para vuestros labios. Vos os
-llamáis Ricardo. Así se llamaba vuestro rey Corazón de León.
-
-RICARDO
-
-¿Queréis, dama Lucrecia, que vaya a Palestina? Yo rescataré el sepulcro
-de Cristo, y traeré para que adornen vuestros chapines las gemas que
-adornan el turbante del señor soldán de Babilonia.
-
-LUCRECIA
-
-¿Vos no sabéis la historia de la Tabla Redonda?
-
-RICARDO
-
-El rey Artús era mi abuelo.
-
-LUCRECIA
-
-Aún me parece a mí poco linaje el vuestro. No vayáis a Tierra Santa,
-pero traedme la copa donde bebió Nuestro Señor en su última cena. Está
-tallada en una piedra que saltó de la diadema del demonio. Guardóla el
-rey Titurel de Anjous con unos bravos caballeros, y otro caído en
-liviandades la perdió. Rescatóla el príncipe Parcival, padre del
-caballero Lanzarote del Lago. Ricardo, la noche de nuestras bodas,
-quiero que bebamos licor de la vida en ese cáliz. Ricardo, id al
-Monsalvato y traedme al Santo Grial.
-
-RICARDO
-
-Rebosante de sangre de emperadores adversos, y de vino de las vides de
-Chipre. Inerme acudiré. Rendiros he mi espada.
-
-(Aquí desceñíase la espada del tahalí, la cual era recibida por
-Lucrecia, que besaba su pomo.)
-
-LUCRECIA
-
-Beso este oro donde tantas veces puso sus manos el valor.
-
-(Soltaba la espada de improviso y daba un grande grito.)
-
-¡Mal cuitada de mí! Aspid, escorpión o saeta. No era espada, que era
-dardo de amor. No os partáis de mi lado. Para vos, caballero Ricardo,
-todas mis ofrendas y todos mis sacrificios. No temáis que el viento os
-aparte la rosa de la rama.
-
-RICARDO
-
-¡Ay, el viento de la muerte!...
-
-LUCRECIA
-
-No le temáis; mucho peor es el viento de la vida para arrebatar amores.
-Pero yo soy eternamente para vos. Tomadme, Ricardo. Vuestra es la rosa.
-Tomadla antes que la agosten los soles, la marchiten las lluvias y la
-arrastren deshojada los vendavales.
-
-(Y se oía tras el boscaje una suave música, y se corría un rico tapiz
-sobre el estrado.)
-
-Pareció notablemente bien la comedia al concurso y todos la loaron
-sobremanera. Sólo D. Diego padecía después de haber visto en una escena,
-juntos al noble don Miguel con la desenvuelta Renata. Y fué más, para
-aumentar su enojo, cuando vió a Lisarda, la dueña, que cautelosamente se
-le llegaba y ponía en sus manos un billete, diciéndole en él Renata que
-si quería platicar con ella, la vieja le daría la llave de una puerta
-secreta de su casa, por donde sin ser notado, podía con toda seguridad
-llegar a su aposento y salir del mismo modo. En poco estuvo que D. Diego
-no pusiera entonces punto a la enfadosa historia en que estaba metido;
-pero por servir en algo a D. Miguel, a quien tan rendido estaba su
-verdadero ser, se dispuso mal de su grado a continuarla, aceptando de
-manos de la dueña la llave prometida. Terminóse la fiesta con grande
-algazara de pífanos y otros instrumentos, que recorriendo los jardines
-mostraban señal de que la fiesta había dado fin. Y fué de ver el
-brillante aparato con que Renata, como correspondía a su alcurnia,
-retiróse a su casa en la carroza con su padre, acompañados por dos
-jinetes que iban a los estribos con sendas hachas de viento encendidas.
-
-
-TERCERA PARTE
-
-DASE FIN Y CABO A TAN EXTRAORDINARIA HISTORIA
-
-
-Habló D. Diego con Marcos al salir del vergel de los duques, y éste
-aconsejóle que pusiese cuanto antes término a tan enojosa aventura. Pero
-no bien habían andado algunos pasos, cuando Lisarda entregó a D. Diego
-un billete en que Renata pedía el hablarle sin falta aquella misma
-noche y con grande urgencia. Determinóse don Diego a acudir al
-llamamiento con la presteza demandada, y despidiendo a su escudero,
-siguió a la dueña, hasta la puerta oculta y la escala secreta. Vióse de
-pronto en una estancia suntuosísima con tapices de tan raro gusto y lujo
-por las paredes, y muelles escabeles y blandas acitaras que más llevaban
-a la pereza que a la diligencia. Un braserillo donde se quemaba canela y
-ámbar, hacía oficio de pebetero y aromaba el agradable ambiente.
-Levantóse uno de los tapices y apareció Renata ataviada con el mismo
-vestido carmesí y la gorguera de batista finísima, y las mismas preseas
-que en la fiesta, pues tocábase con la _lenza_, que es como llaman en
-Toscana a la diadema que llevan las damas próceres, y traía sobre su
-pecho un primoroso cintillo de topacios y de diamantes. Estaba cubierto
-el pavimento con una pérsica alcatifa de tal modo, que los perlados
-chapines de Renata no movieron ruido ninguno y el absorto D. Diego no
-advirtió su presencia hasta tenerla junto a sí. Y fué notable su
-maravilla cuando la vió caer de rodillas ante él y con mil protestas y
-juramentos solicitarle que sin pérdida de tiempo mostrara a su padre la
-calidad de su persona y cómo podía ser digno esposo de su hija, para que
-la pidiera en matrimonio. Llegó la desventurada en su desvarío a
-pedirle que la llevara consigo a su posada, con lo que por evitar que se
-siguiera el escándalo, el mismo padre acudiría con el clérigo para los
-desposorios. Y esto decía aquella niña criada con tal cuidado y esmero
-en el santo temor de Dios por el más severo y amante de los padres. Que
-a tan notables extremos de locura lleva a las criaturas humanas el ciego
-amor, ministro del infierno y arma de Satanás.
-
---Hicierais mejor--le repuso serenamente D. Diego--en amar de lejos, que
-las almas que son mariposas de la llama de amor mueren abrasadas en ella
-cuando se acercan demasiado.
-
-Arrojóse Renata a sus brazos, y en poco estuvo que el disfrazado Zúñiga
-no la mostrara la gravedad de su disparate; pero conteniéndose y dejando
-el fin de todo para el siguiente día, desprendiéndose de ella y con la
-promesa de volver a la otra noche ganó la secreta escalera y se puso en
-salvo.
-
-Apenas tornóse a la posada donde le esperaba D. Miguel, refirióle punto
-por punto lo acaecido, haciendo grandes esfuerzos por no declararse a él
-como Renata, pues la dama española consideraba todo aquello como una
-prueba a que el Señor Rey de cielos y de tierra había sido servido de
-someterla en su alta sabiduría. Pero fué grande su espanto cuando supo
-que D. Miguel había recibido también un billete de Renata para verla a
-la siguiente noche, a hora diversa de la concedida a D. Diego.--¡Ah,
-pérfida y malvada mujer--decía el de Guzmán--que así haces aprecio de
-las canas de ese noble varón, que es tu padre, y crees que el amor de
-los caballeros y el recato de las damas son prendas para juego!--Y luego
-continuó más sereno:--Yo te juro que esta vez tu saber ha sido errado, y
-que no ha de valerte que sepas tanto de amor como de ciencia doña Oliva
-Sabuco, y que has de olvidarla toda muy pronto, así tengas más memoria
-que Mitrídates y Scalígero, y en seguida concertóse con D. Diego para ir
-juntos a la siguiente noche y confundirla con la lición de la presencia
-de ambos a la vez.
-
-Marchóse D. Diego a su aposento, y fuera necio advertir, que no sólo no
-pudo conciliar el sueño, sino que ni lo intentó siquiera. Tenía una
-grande turbación, que era ese inmenso desasosiego de la mujer
-fuertemente enamorada, que lucha porque la color de su rostro y la frase
-de su labio no traicionen a su alma.
-
-¡Grande cosa es el amor, decía el escudero Marcos, que él vuelve agudos
-a los tontos y torna necios a los discretos! Doña Mencía en tanto
-deshacíase querellando sus cuitas. Salíase a un muy apacible retiro
-formado de olmos muy añosos, y allí se lamentaba:--Que así hemos de ser
-las mujeres--, decía--que así cambiamos amores con desdenes, y nos
-perecemos por amar a quien no nos ama, y somos esquivas para los que nos
-quieren bien--. Era aquel lugar muy sujeto a melancolías en su sombra
-nocturna, y servíala de consuelo. ¡Oh noche, divina noche, hermana del
-misterio y madre de la bendita poesía, tú eres la puerta encantada de
-los placeres, y la piedra filosofal de los dolores, maravilla de los
-amantes, arpa de las canciones, princesa del secreto, y alcázar
-universal del amor.
-
-Ya pensaba la piadosa Mencía en el exorcismo, creyéndose posesa,
-malhayan la caldereta y el hisopo para tales hechizos y para tal
-demonio. Buscó después el halago en la piedad, y cogiendo un libro
-eucológico que D. Miguel habíala emprestado, y se llamaba _Ruta de la
-montaña de Sión_, hubo de toparse entre sus páginas con unos versos
-manuscritos, que sin duda alguien habíalos dado traslado a aquel papel,
-habiéndole placido el donaire de un poeta que debía de ser, a no dudar,
-algún preclaro ingenio de la corte de Madrid, y eran estos que aquí se
-copian para mayor deleite:
-
- LETRILLA A DOÑA BELISA
-
- Amor, que es niño y travieso,
- me mata con sus mercedes.
- Hame tendido sus redes,
- y hame preso.
- Pedisme dueña y amiga,
- que os diga
- mis bienandanzas de bella,
- y la cuitada cantiga
- sólo oiréis de mi querella.
-
- Ya no rúo, ya no canto,
- del arca en el fondo están
- basquiña de veludillo,
- pañizuelos y tontillo,
- y la prenda de mi encanto,
- aquel primoroso manto
- de bordado tafetán.
-
- Que amor que es niño y travieso
- me mata con sus mercedes,
- hame tendido sus redes,
- y hame preso.
-
- Y sabréis Doña Belisa,
- que sólo salgo a la misa
- de las madres Recoletas,
- y ya no me regodeo,
- ni bullo, ni me paseo
- por San Blas, ni por el Prado,
- que amo pláticas secretas
- tenidas en el estrado,
- y triste cilicio ciño
- por la culpa de un doncel.
- Que amor me llevó al cariño
- de uno que es travieso y niño
- como él.
-
- Como él gracioso y avieso,
- con perfil de Ganimedes.
- Hame tendido sus redes
- y hame preso,
- el que sin mal ni dolor
- el seso roba al discreto,
- y enturbia el sabio conceto
- al letrado y al dotor.
-
- El amor,
- que no obliga con premáticas,
- ni otras leyes mayestáticas,
- el señor corregidor.
- Y a quien no rinden los reyes,
- ni con él hay valimiento,
- ni rigen con él las leyes
- que llenan el aposento
- de mi tío el oidor.
-
- Se trata, doña Belisa,
- de un rapaz más que donoso
- que en los diez y siete frisa.
-
- ¡Quién me viera!
- Yo, aquella dama que fuera
- la del gesto desdeñoso,
- castigo de los galanes
- que desprecié los afanes
- postreramente de tres.
- Don Gil que ahora en Indias loco
- padece por sus desmanes.
- Un mayorazgo por poco,
- y por harto un ginovés.
-
- No juguéis con el cariño.
- Mirad quien así os lo avisa.
- No sabéis, Doña Belisa
- cómo me tiene ese niño.
-
- Dejadme, dueña y amiga,
- que no siga
- con tan plañidero son.
- A vos os digo el secreto
- a que me obliga el afeto
- de nuestra vieja afición.
- Pero no es bien que mi lengua
- al viento diga mi mengua,
- que no es bien que la publique
- y mi escándalo predique
- mi canción.
- Y pues mi mal conoscedes,
- si halláis afrenta en mi exceso
- no preguntéis por mi seso,
- que la deidad que sabedes,
- hame tendido sus redes
- y hame preso.
-
-Leyólos y releyólos doña Mencía con atento cuidado, como si fuese
-aquella dulce poesía espejo de sus propias penas. Muy luego tomólos en
-su memoria, que era clarísima, y casi de continuo los recitaba.
-
-Tan luego como amaneció, sacó del cofrecillo que había traído Marcos a
-las ancas de su mula los atavíos femeniles que la correspondían, y eran
-sencillísimos y de una gran honestidad. Un vestido de estameña y un
-tafetancillo como velo, que eran con los que pensaba entrar en Mantua,
-por no ser decoroso que entrase en el convento con el traje hombruno del
-camino. Y cuando don Miguel envió a su amigo los buenos días, el que ya
-no era don Diego, después de tomar licencia para entrar en el aposento
-del de Guzmán, presentóse en el umbral de la puerta, mostrando tan
-gentil presencia de mujer, que don Miguel quedó todo turbado y confuso
-ante la inesperada aparición.
-
---No fué soñación vuestra sin duda, señor don Miguel--comenzó diciendo
-la dama,--ver trocado desta manera a vuestro gentil amigo don Diego.
-Pero en pocas palabras os diré la verdad de mi historia. Soy nacida en
-Toledo, de muy nobles padres y llámome doña Mencía de Carvajal. Más
-cuidadosos de medrar en su hacienda que de beneficiar mi espíritu,
-dábanme por marido a un hombre rico, pero viejo, sucio y feo. Nada
-valieron mis protestas, y entonces determinéme a tomar por esposo al que
-es eternamente bello y bueno. Una hermana de mi padre, dama que fué de
-gran hermosura, vive en Italia rigiendo una comunidad de religiosas y
-pensé venirme con ella, tomando para mi intento ese disfraz con que me
-habéis visto, y acompañándome de Marcos, escudero de mi casa, que fué
-compañero de armas de mi abuelo y tiéneme más afición que mi propio
-padre, y así tomé el camino destas tierras donde había de unirme con la
-que se llamó en el siglo doña Clara de Carvajal y de Mendoza, y hoy es
-en religión sor Margarita, priora de las Capuchinas de Mantua. Pero
-quiso Dios (Dios debe ser) que os hallare en mi camino. Sabed, don
-Miguel, que de hoy más no me veréis. He sido fuerte hasta ahora, seré un
-momento débil para haceros una confesión, que el corazón se me saltará
-del pecho si no os la hago y puedo hacérosla, porque sois hidalgo y
-noble como un hijo de rey, y luego volveré a mi prístina fortaleza para
-daros un adiós que lleve quizás pedazos de mi alma.
-
-El asombro de don Miguel creció de punto al escuchar tales palabras y de
-tan linda boca, que la gravedad del continente de doña Mencía y toda la
-honestidad que ponía en el hablar, que lo hacía con los ojos fijos en
-el suelo, habíanle llegado a lo hondo de su ánima.
-
---No acierto--prosiguió la dama--a deciros lo que deciros no quisiera,
-pero deciros he. Diréos, don Miguel, que os amo, que sois el primer
-caballero a quien puedo decirlo, y único, pues que dentro de breve
-tiempo el mundo habrá concluído para mí. Considero vuestro amor como una
-rosa encantada, de aroma fragantísimo que debo aspirar a distancia,
-porque si tocarla quiero, cien espinas buídas me castigarán de mi
-osadía. Pero sabed que os adoro, aunque sea mengua mía decíroslo, y que
-soy tan ambiciosa que quiero de vos una gran merced. Os pido don Miguel,
-que perdonéis como discreto a la que os ama como loca.
-
-Quiso arrodillarse ante él; pero Guzmán la detuvo, y cogiéndola una de
-sus blanquísimas manos besósela con unción respetuosa.
-
-Aquella noche, como habían convenido, acudió doña Mencía con su traje
-viril a la casa de Renata. Esperaba la italiana a su don Diego en el
-mismo aposento que la otra noche, y no bien fué verle entrar, que se
-arrojó a su cuello con transportes de amor, y como entonces tropezase
-con el redondo seno de doña Mencía, extrañándose de hallar tal obstáculo
-en el pecho de su amado, hubo de preguntarle al tiempo que paseaba sus
-manos por el misterioso lugar:
-
---¿Qué os abulta aquí, caballero?
-
---Esto es lo único que me abulta, señora--respondióla don Diego con modo
-socarrón.
-
-Y entonces, desabrochándose el juboncillo con gran presteza y abatiendo
-su camisa, mostró a Renata, que esperaba el pecho fuerte del mancebo, su
-blanco cuerpo, su finísimo talle y la turgencia de sus admirables senos,
-cuya vista pusiera en notable desasosiego al más austero y frío de los
-varones.
-
---Me gustan más los míos--dijo Renata, que al comprender la situación
-había tomado una gran seriedad.
-
-Fué en este momento cuando don Miguel apareció en la puerta de la
-estancia, lo cual terminó de turbar a la infeliz Renata. Y subió de
-punto su burla cuando el caballero recién llegado dijo a doña Mencía:
-
---Venid, mi esposa.
-
-Y después de haberla ayudado a vestirse de nuevo, cogióla de la mano, y
-sin dirigir palabra a Renata salieron ambos.
-
-Fué inmenso el enojo de Leonardo Aldobrandino al saber los hechos de su
-hija por boca del mismo don Miguel, que ya se había descubierto como
-quien era; y habiendo el de Guzmán declarado que doña Mencía de
-Carvajal había de ser su legítima esposa ante Dios y ante los hombres,
-quiso Aldobrandino que su hija fuese a ocupar en el convento de Mantua
-la misma celda que esperaba a la dama española.
-
-No se holgaron menos de la fausta nueva los padres de doña Mencía,
-quienes muy luego ordenaron una misa en la iglesia de Santo Tomé de su
-ciudad, para celebrar el feliz matrimonio de su hija. Misa fué ésta a la
-que no asistió don Lucas Leví Escobedo, hombre frío y desabrido como las
-gracias de Mari Angola, que era el novio que la deparaban primeramente,
-y hay quien dice que no acudió al santo sacrificio, porque descendiendo
-de los Levíes, que fueron tesoreros de don Pedro de Castilla, era sin
-duda, más viejo como avaro que como cristiano, y que hacía al tocino los
-ascos que no hizo nunca a los escudos de a ocho.
-
-Fueron suntuosas de toda suntuosidad las bodas de don Miguel y doña
-Mencía, las cuales recordaron con piedad y lástima el engaño de la
-infeliz Renata, que por ser indiscreta en sus amores y querido buscar el
-afecto imposible del fingido don Diego, vióse tan justamente castigada.
-Y hoy sabemos della que es una religiosa tan perfecta como ejemplar y
-venturosa casada ha sido doña Mencía, que pocos años ha murió en su
-palacio de Sevilla, mirándose en los ojos de su esposo.
-
-Y vese aquí que hasta los más extraños sucesos son caminos por los que
-la sabiduría del Altísimo lleva a las criaturas adonde más les conviene
-para la salvación de sus almas. A ella conduzca a los que leyeren o
-escucharen leer la presente verídica historia, la Misericordia de
-Nuestra Señora la Madre de Dios, como así deséales y para él pide
-también el cristiano y devoto caballero que la escribe, para ejemplo de
-algunos y regalo de todos. Vale.
-
-
-
-
-Cosas de hombre.
-
-(A. REYES)
-
-
-
-
-COSAS DE HOMBRE
-
-
-Cuando el tío _Pizarroso_ llegó a su casa, las sombras empezaban a
-invadir el a modo de embudo formado por los montes, en cuyo fondo
-blanqueaba el edificio, al borde de una cañada llena de piedras enormes
-y espesos macizos de adelfas.
-
---Pos di tú que te has dormío en un _cajorro_--exclamó la tía Tomasa al
-ver llegar al legítimo dueño de su orondísima persona.
-
---Pos no me he dormío, ni tan siquier he estao a dormivela.
-
---Pos entonces habrás estao de picos pardos en algún abrevaero del
-monte.
-
---¡No ha sío malo el abrevaero!
-
---Pos entonces, ¿aónde te has metió, alma condená?
-
---Pos en ninguna parte: una miaja que me entretuve en la encrucijá del
-_Tomillo_ con Juan el _Rumboso_ y _Toñico_ el _Pastañeta_, y... ¡arza pa
-entro, _Pimentona_, arza pa entro!
-
-Y esto lo dijo asestando una cariñosa palmada en una de las poderosas
-ancas a la mula, a la cual habíale quitado el aparejo mientras hablaba.
-
-La cabalgadura, a la cariñosa insinuación, tomó lentamente el camino de
-la cuadra, mientras el _Pizarroso_ sentábase sobre un capacho, junto a
-su hermano el _Totovías_, un viejo enjuto y grave que entreteníase en
-hacer tomizas para los usos domésticos, mientras el porquero, un rapaz
-greñudo y andrajoso, contemplaba con famélica expresión, desde la
-puerta, la gran olla que hervía sobre las enormes trébedes de hierro en
-la chimenea.
-
---Y ¿qué es lo que dicen el _Rumboso_ y el _Pastañeta_? ¿Tantas cosas
-teníais que contaros, que si se entretienen ostedes una miaja más
-volvéis tóos a vuestras casas con barbas corrías?
-
---Y dale, mujer, dale, no seas asina; si me he entretenío ha sío por
-decirle al Rumboso con toas las veritas de mi alma y con tó mi metal de
-voz: «¡Ole con ole por los hombres machos con toas las de la ley!» ¡Vaya
-si es una prenda el viejo! ¡Y con un corazón más grande que una cantera!
-
---Y eso ¿poiqué? ¿Te ha regalao alguna vestiura pa el _Corpus_?
-
---No, señora, que lo que ha jechito vale más que tó eso; el _Rumboso_ ha
-puesto esta tarde su bandera en lo más artico del monte.
-
---No es una noveá en él; ¡ese es de los que siempre se la han
-traío!--exclamó con voz gutural el _Totovías_--pero, a la fin y a la
-postre, dinos ya lo que ha jecho, que la olla mos espera gruñe que te
-gruñe.
-
---Pos ha jecho lo que sus voy a contar. Figúrense ostedes que Rosalía,
-la del cortijo de la _Embocaura_, que es un pasmo de bonita y que tié un
-cuerpo que es una parma...
-
---¡Una parma! Un parmito, ¡más ropa que carne!--dijo con tono desdeñoso
-la tía Tomasa.
-
---¡Eso ya sus lo dirá el _Pastañeta_ cuando se case con ella!
-
---¡Pos no estás tú mu atrasao de noticias! Rosalía ya no se casa con el
-_Pastañeta_, poique se le ha cruzao en el camino ese que dices tú que es
-una prenda.
-
---A eso voy, mujer, a eso voy; es mu verdá que el _Rumboso_ se le cruzó
-en el camino, y que, como el hombre tié más fanegas de tierra que
-nosotros abejas en los panales, al padre de la Rosalía, que es un
-agonioso, la avaricia se le puso de pie, y cogió a su hija y le dijo que
-como gorviera a mirar a _Toñico_ les iban a caer cataratas en los ojos a
-dambos, y que era menester que se pegara manque fuera con liria una
-sonrisica en los labios pa cuando hablara con el viejo; y la muchacha
-no entendió de chiquitas, y cuando se le puso a tiro el _Rumboso_ se le
-echó a llorar, y le dijo que lo que quería jacer con ella era una
-picardía; que ella no podía peinarse ni despeinarse en el mundo más que
-pa su _Toño_; y tan y mientras ella le decía esto al señor Juan, el otro
-andaba diciéndole a grito pelao a tó el que lo quería oir que no había
-de parar hasta sembrarle al viejo una almáciga de plomo en el corazón, o
-el jierro de su cuchillo en la mismísima boca del estómago.
-
---Y eso era lo que se merecía por dir a meter la pata en unos güenos
-quereles, valiéndose de que el padre de Rosalía es un «tó pa mí» de
-cuerpo entero y _Toño_ es un probetico desmamparao.
-
---Tú no estás bien enterá, Tomasa; en estas cosas sa menester ajondar pa
-verles el fondo. Cuando el hombre se prendó de Rosalía, cuasi naide
-estaba enterao de esos quereles, poique se querían de contrabando; y lo
-que pasó fué que el _Rumboso_, que jacía ya cinco años que no veía a la
-muchacha, se la topó una tarde en el pueblo, y al hombre se le
-reverdeció la sangre, y el hombre está más solo que una esparraguera, y
-la zagala es güena y es bonita, y el hombre no sabía na de sus amoríos;
-y cuando el hombre se enteró, ya él le había hablao al de la
-_Embocaura_, y ya el _Pastañeta_ andaba de atajo en atajo aconsejándole
-que se pusiera bien con Dios y que jiciera testamento.
-
---¿Pero es que no vas a acabar nunca? ¡No ves que se va a pegar la olla!
-
---Ya arremato. Pos bien, esta tarde, miajita antes de que yo llegara, el
-_Rumboso_, que iba pa el lagarillo del _Zegrí_ montao en su
-_Ceniciento_, que es un jaco que vale un millón, al dir a dar la vuelta
-al olivar del _Tardío_, se topó manos a boca con el _Toño_, que estaba
-acechándolo entre las pitas de la linde.
-
---Naturalmente, al echárselo a la cara, el señor Juan se comió la
-partía, poique estaba al cabo de la calle en lo tocante a las bocanás
-del otro; pero el hombre, que es prudente, se jizo el lila, y no hubiera
-chistao tan siquiera si el otro no se le hubiera atravesao en el camino,
-con la escopetá montá en la mano, diciéndole que se apeara pa hablar de
-la Rosalía.
-
---Y miá tú lo que son las casolidades; en aquel mesmísimo momento
-desemboqué yo en la encrucijá, poique esto que yo sus he contao, esto lo
-sé yo por boca del _Rumboso_.
-
---Y no acabarás, y la olla gruñe que te gruñe.
-
---Ya acabo, jambrón, ya acabo. Pos bien, yo, al ver aquello, miré por si
-encontraba un boquete por donde colarme, pero el señor Juan, al verme
-llegar, me gritó riéndose:
-
---No te vayas, _Pizarroso_, no te vayas, que me conviene que veas la
-corría.
-
-Y diciendo esto, saltó en tierra con la misma agiliá con que yo saltaba
-en mis moceáes, y endispués de jecharle las riendas sobre las crines al
-_Ceniciento_, le dijo a _Toño_ al mesmo tiempo que se iba pa él:
-
---A ver si bajas ese juguete, chaval, poique si se te va el tiro y güelo
-la pólvora, no vas a volver a estornuar en toa tu vía.
-
---Coja osté la suya, mostramo, cójala osté, poique esta tarde me queo
-con osté, u osté se quea conmigo.
-
-Y esto se lo decía el _Pastañeta_ reculando, jaciéndole puntería, con la
-cara del color de la gayomba y con los ojos espaventáos.
-
---¡Yo qué he de quearme contigo! Yo no mato volantones.
-
---No se acerque osté, y coja osté su escopeta; mire osté, mostramo, que
-hoy le jago yo a osté yesca el pecho.
-
-Y entoavía no había arrematao de icirlo, cuando le dió gusto al deo, y
-¡pum! ¡vaya un berrío que dió la vizcaína!
-
---¿Y qué, encarnó?
-
---Un plomo en un brazo na más, un plomo perdiguero; pero, camará, yo no
-he visto hombre más vivo ni más bravo que el _Rumboso_; entoavía no se
-había arrematao el estampío, cuando la escopeta de _Toño_ y el cuchillo
-que éste había sacao estaban en la cuneta, y _Toño_ en el suelo, sin
-poer mover un remo, tan y mientras el señor Juan le dicía con acento
-enfureció:
-
---Eso que tú has jecho no se jace; los hombres no pelean sino como Dios
-manda; ¿y si yo ahora te diera lo que te mereces?
-
---Démelo osté; máteme osté, mostramo; máteme osté, poique si hoy me ha
-faltao la puntería otro día me pué no faltar...
-
---Anda y alevántate y vete, y otra vez no jechas tanta pólvora, poique
-con tanta pólvora no se le da un tiro a un cerro.
-
-Y diciendo esto, él mesmito alevantó al _Toño_, y le volvió las
-espaldas, tan tranquilo como si detrás tuviera una pareja de la
-benemérita.
-
---¿Y el _Pastañeta_?
-
---Pos el _Pastañeta_ se queó mirándolo y mirándome como atontao;
-endispués recogió la escopeta y el cuchillo, y de pronto, cuando ya el
-_Rumboso_ iba a montar, tira la jerramientas y se va pa el viejo, y baja
-los ojos, y le dice como si de pronto se hubiera vuelto tartamúo:
-
---Mostramo, perdóneme osté; pero yo estoy loco, yo estoy desesperaíto;
-yo soy un probe, yo no tengo más calor en el mundo que mi Rosalía, y
-quitarme a mí mi Rosalía es sacarme el corazón del pecho, y es darme
-garrote vil, y es...
-
-Y al decir esto se le llenaron los ojos de lágrimas como puños; y miren
-ustedes, a mí también se me mojaron las parpagueras, poique la verdá es
-que aquello lo dijo el mozo de un móo... Ya ven ostedes cómo lo diría,
-que el _Rumboso_ le tendió la mano y le dijo:
-
---Pedazo e bruto que eres, ¿poiqué no has hablao asín antes? ¿No
-comprendes tú que desde el punto y hora en que tú quisiste que me fuera
-a rumbo de valentía, yo no podía dirme, y que necesitaba antes de dirme
-probarte a ti y a tó el mundo que me iba poique me daba la gana, poique
-yo no le hago a naide estorsiones, y además que yo no estoy tan loco que
-quiera casarme con una jembra prendá de otro hombre? ¿Tú no comprendías
-eso, peazo de bruto que eres, tú no lo comprendías?
-
-Y ná, que se dieron las manos, y que se fué _Toño_ y que yo acompañé un
-ratico al _Rumboso_ y que me he venío tó el camino diciendo: «Ole con
-ole por los hombres machos con toas las de la ley», y lo he venío
-diciendo con tó el metal de mi voz y con toas las veritas de mi alma.
-
-Y momentos después humeaba el sabroso contenido de la olla en el enorme
-barreño donde la hubo de volcar la tía Tomasa, y sentábanse todos
-alrededor de la reducida mesa, a la oscilante luz de un enorme candil
-suspendido del alero de la chimenea, donde entre ramos de verde romero
-brillaban, como si fuesen de oro, las grandes calderas y los limpísimos
-peroles.
-
-
-
-
-Fuerte como la muerte.
-
-(PEDRO MATA)
-
-
-
-
-FUERTE COMO LA MUERTE
-
-
-De pie, con las manos en los bolsillos, frente a la luna del escaparate,
-estuvo largo rato mirando, vacilante y perplejo, sin acabar de
-decidirse. Se decidió por fin.
-
---A ver, ese collar... ¿Me hace usted el favor?
-
-Un dependiente le sacó del escaparate y le extendió en el mostrador
-sobre un retal de terciopelo azul. El le examinó detenida y
-minuciosamente.
-
---Sí, está bien... es bonito. Me gusta; ¿qué vale?
-
---Para usted 1.200 pesetas.
-
---¿Precio fijo?
-
-El dueño de la tienda intervino.
-
---A un cliente como usted, don Joaquín, no se le pide en esta casa más
-que lo justo. Es usted bastante inteligente para que haya necesidad de
-hacer el artículo. De todos modos, usted se le lleva, le manda tasar, y
-con arreglo a la tasación me da usted lo que guste.
-
---Es que, además, no las llevo encima.
-
---Usted se pasa por aquí cuando quiera. No hay prisa ninguna.
-
-Salió muy contento, satisfechísimo de la compra. Llegó a casa, y en la
-misma puerta preguntó a la doncella que le salió a abrir:
-
---¿Cómo está la señorita?
-
---Bien; muy tranquila toda la tarde. Hace poco se quedó dormida.
-
-Entró de puntillas en la alcoba y dilatando las pupilas para orientarse
-bien en la penumbra llegó pausadamente hasta la cama y se inclinó sobre
-la enferma. Al roce imperceptible de la ropa, Paulina abrió los ojos.
-
---Creí que dormías.
-
---No.
-
---¿Cómo estás?
-
---Parece que mejor. No tengo fatiga. He podido descansar un ratito.
-
---Naturalmente, mujer, y te pondrás muy pronto buena. Roldán me dijo
-ayer que estás en franca mejoría. Lo que hace falta es que no seas
-aprensiva, que te animes. Es necesario que pongas de tu parte un poquito
-de buena voluntad.
-
---¡Voluntad! ¡Ay, si con la voluntad se pudiera vivir!
-
---Vamos, no seas tonta; no quiero verte así.--Dió luz al globo de
-cristal que colgaba sobre la cabecera y se sentó en el borde de la
-cama.--Te he comprado una cosa, una sorpresa, ¿sabes? ¿Qué me das si te
-gusta?
-
---Pobrecita de mí, ¡qué quieres que te dé!
-
---Un poco de alegría. Yo con verte reir tengo bastante.--Sacó el estuche
-del bolsillo y la entregó el collar. Ella, al verle, dió un grito de
-contento y lo cogió con sus manos febriles.--¡Ay, qué lindo! ¡Qué
-bonito!... ¡Qué cosa más preciosa!--Mas en seguida, con una brusca
-transición, cambió de tono:--Pero, ¿por qué haces esto? ¿Por qué te
-gastas el dinero en esto? ¡Yo para qué lo quiero, si no lo he de lucir!
-
---¿Que no? En cuantito que te pongas buena.
-
-Y como ella moviese la cabeza con ademán de desaliento, agregó
-vivamente, temblorosa la voz de amor y de ternura:--Tontina, si no
-creyese que le ibas a lucir, ¿te le compraría? Ven acá, te le voy a
-poner. Verás qué lindo.--Y, en efecto, él mismo se lo puso, cerró el
-broche y fué a buscar un espejo para que se mirase.--¡Eh! ¿Qué tal?
-
---Muy lindo.
-
-Acodada sobre las almohadas, el espejo en la mano, se estuvo
-contemplando mucho tiempo. Separó con los dedos algunos bucles
-desrizados que le caían sobre la frente y se mordisqueó los labios
-exangües y descoloridos.
-
---¡Qué pálida estoy!
-
---Es la luz, nena.
-
---Por Dios, no digas... Estoy horrible. Parezco una muerta.--Dió un gran
-suspiro, tiró el espejo y se dejó caer sobre la almohada.--Estoy muy
-mala, Joaquín. Vosotros no me queréis creer, no me hacéis caso y yo
-estoy muy mala.
-
-El, conmovido, la miró en silencio. Luego, de pronto:
-
---Oye, está una tarde magnífica; no hace nada de frío. ¿Quieres que abra
-un momento el balcón?
-
---Sí, abre un poquito, para que se ventile. Huele mal, ¿verdad?
-
---No, nenita, no es eso. No huele más que a etilo, y ya sabes que a mí
-este olor no me disgusta. Me sabe a plátanos y a ilang-ilang. Era para
-fumar un cigarro.
-
-Para fumar un cigarro y para que ella no viese que las lágrimas le
-llenaban los ojos. Cruzó el gabinete, abrió el balcón y se acodó en la
-barandilla. Sobre la línea recta y dura de los tejados de la casa de
-enfrente, la tarde comenzaba a morir en un crepúsculo de color de malva
-de una diafanidad imponderable. A lo lejos, por el andén del bulevar,
-unas niñas venían cantando enlazadas del talle. Ennoblecida por la
-distancia, sonaba la canción melancólica y triste:
-
- --¿Dónde vas, Alfonso doce,
- dónde vas, triste de ti?
- --Voy en busca de Mercedes,
- que ayer tarde no la vi.
-
-La canción infantil se metió como un puñal en su corazón dolorido.
-También él, dentro de poco, no vería más a su Paulina. ¡Qué horror!...
-¡Qué pena! Morir en plena juventud, cuando con más ansia se ambiciona la
-vida... Morir a los treinta años, ¡tan bonita, tan buena, tan adorada,
-tan feliz!... Alzó los ojos, y turbios de llanto los clavó en la
-serenidad del crepúsculo.--¡Señor, Señor, qué te hemos hecho para que
-nos trates así! ¡Por qué no me eliges a mí y la salvas a ella! ¿Por qué
-te complaces en segar las vidas en flor?
-
-Desde que se dió cuenta de la gravedad de su mujer, todos los días, en
-sus oraciones, elevaba a Dios la misma súplica. Mas Dios no la atendía.
-El, a pesar de sus cincuenta años, de su vida de luchador, ajetreada y
-dura, cada vez estaba más fuerte, más robusto, más lleno de salud; y, en
-cambio ella, la pobre nena, rodeada de lujos y de comodidades, mimada y
-consentida, tenía en el pecho un corazón que no servía para nada, un
-corazón inútil que se iría a romper cualquier momento como una figurita
-de biscuit. Los médicos se lo habían dicho leal y rudamente. Todo es
-inútil. No se puede hacer nada. No queda más que resignarse y esperar.
-
-Y así llevaba esperando dos años, viéndola vivir artificialmente a
-fuerza de tónicos y cordiales; asistiendo impotente a los tremendos
-ataques de disnea; contemplando con horror cómo aumentaba la hinchazón
-del cuerpo, cómo se embotaba la sensibilidad, cómo se abría la piel en
-llagas espantosas. Así llevaba dos años, rodeándola de cuidado y de
-mimo, concretado exclusivamente a ella, siempre vigilante y atento para
-hacerle las horas agradables, el ambiente propicio, para apartar de la
-tristeza de la alcoba todo lo que pudiera ser emoción violenta y
-sensación desagradable, y, sobre todo, para infiltrar en su alma, día
-tras día, con tenacidad piadosa, el engaño sutil de una mentira que ella
-se negaba a aceptar.--No, Joaquín, no; yo estoy muy mala. Estoy mucho
-más mala de lo que creéis.
-
-Unas voces argentinas que sonaban en la alcoba le trajeron a la
-realidad. Eran los nenes, que habían vuelto del colegio y entraban a
-besar a su madre. Joaquín cerró el balcón y fué a verlos. Joaquinito, el
-pequeño, se había encaramado y trepaba gateando por la colcha arriba.
-Luisita, la mayor, jugaba con las cuentas del collar.
-
---¡Qué bonito! Dí, mamá, ¿te le ha traído papá?
-
---Sí, ángel mío.
-
---¿Y a mí no me ha traído ninguno?
-
-Paulina alzó la mano y sus dedos hinchados y torpes acariciaron los
-cabellos dorados de la niña.
-
---No te ha traído ninguno porque éste es para ti. Para ti, ángel mío. Tú
-le llevarás cuando yo me muera.
-
---Bueno; pero como tú no te vas a morir...
-
-Ella no contestó. Un gesto doloroso crispó toda su cara, y se le
-llenaron de lágrimas los ojos. Joaquín cogió a los niños y los puso
-dulcemente en el pasillo.
-
---Id a la cocina y decid a Juana que os dé de merendar.
-
-Luego, al ver que Paulina seguía sollozando:
-
---Pero, nena, por Dios, no seas así... no te pongas así... ¿No
-comprendes que te perjudicas? Te excitas, te emocionas, viene la fatiga
-y...
-
-Paulina seguía llorando. Se inclinó sobre ella y la besó en los ojos con
-caricias de inefable ternura.
-
---Mi nenita... ¡mi nena!... Vamos, ¿lo ves?... ¿Lo ves?... ¡Si ya lo
-sabía yo!
-
-Fue tremendo el ataque; tan violento que, a pesar de estar él
-acostumbrado a presenciarlos, hubo un instante en que perdió la
-serenidad y se asustó, creyendo que era el último. Afortunadamente, la
-digital y el cloruro de etilo surtieron sus efectos, y el ataque pasó;
-aclaróse la vidriosidad de las pupilas; cesaron las violentas sacudidas
-crispantes, los saltos descompasados del corazón y el ronco silbar de la
-garganta. Quedóse de cara a la pared, bañada en sudor, aniquilada,
-destrozada, rendida. El, conmovido, la miraba en silencio. Luego, al
-cabo de un rato:
-
---¿Quieres que te quite el collar? Te molesta, ¿verdad?
-
-Pasó dulcemente una mano por debajo del cuello y desabrochó el cierre.
-Al ir a retirarla, sus dedos tropezaron debajo de la almohada con una
-hoja de papel. La cogió inconscientemente, sin darse cuenta. Ella no se
-movió. Fué al gabinete a dejar el collar y, por curiosidad, miró el
-papel: medio pliego de cartas escrito con lápiz.
-
-«Mi alma:
-
-Una convulsión nerviosa le cerró los ojos.
-
-Los volvió a abrir.
-
-«Mi alma: Te escribo estas dos líneas aprovechando un momento en que me
-dejan sola. Estoy muy mala. Sé que nunca más me volverás a ver. Esta es
-la única pena que tengo: morirme sin...»
-
-No decía más.
-
-Se llevó una mano a los ojos y con la otra se apoyó en una silla, porque
-todo su cuerpo vacilaba. Así estuvo mucho tiempo, mucho. Luego,
-lentamente, volvió a la alcoba. A medida que avanzaba hacia el lecho, se
-le aceraban las pupilas y las manos se le crispaban como garras de
-presa; tremolaron un segundo sobre la cabeza de Paulina y en seguida se
-estrujaron, enlazadas con ademán de desesperación y de impotencia. Ella
-no se había movido. Dormía dulcemente, reposadamente.
-
-De pie junto a la cama, la miró largo rato. Al suave resplandor del
-globo azul colgado de la cabecera estuvo contemplando los bucles
-desrizados y marchitos, los párpados translúcidos, las ojeras amoratadas
-y profundas, los labios secos, incoloros y exangües; las manchas
-cárdenas de la piel, lustrosas aun de sudor. Una carcajada infantil
-resonó en el pasillo, y pasaron los niños retozando.
-
-Abrió muy despacio la puerta y, con ademán imperioso, les impuso
-silencio:
-
---¡Chisss...! Mamá está dormida. No hagáis ruido.
-
- * * * * *
-
-
-Errores corregidos por el etext transcriptor:
-
-gritando:--«No;=> gritando:--«¡No; {pág 30}
-
-sobre esta roidlla=> sobre esta rodilla {pág 21}
-
-»Oh, Dios mío!=> »¡Oh, Dios mío! {pág 28}
-
-limpia de pelo las otras=> limpias de pelo las otras {pág 35}
-
-la senda de sus sueños.=> la senda de sus sueños! {pág 67}
-
-ESCENA IX=> ESCENA IV {pág 71}
-
-en tus presencia=> en tu presencia {pág 72}
-
-La nadre y la hermana=> La madre y la hermana {pág 91}
-
-Ah, en cuanto a eso sí.=> Ah, en cuanto a eso sí! {pág 105}
-
-yo padre y tu madre=> yo padre y tú madre {pág 108}
-
-quien su padre recomendaban el cuidado=> quien su padres recomendaban el
-cuidado {pág 128}
-
-encueros vivos=> en cueros vivos {pág 128}
-
-brillaban las gusanos=> brillaban los gusanos {pág 162}
-
-La epopeya de una zíngraa=> La epopeya de una zíngara {pág 165}
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-fué lllamada=> fué llamada {pág 224}
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-End of the Project Gutenberg EBook of La voz de la conseja, t.I,
-compiled by Emilio Carrère
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-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA VOZ DE LA CONSEJA, T.I ***
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-Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
-
-Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
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-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
-because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
-people in all walks of life.
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-Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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-To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
-and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
-and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
-
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-Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
-Foundation
-
-The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
-501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
-state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
-Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
-number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
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-Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
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-Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
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-business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
-information can be found at the Foundation's web site and official
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