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-The Project Gutenberg eBook, Salta, by Juan Carlos Dávalos
-
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org
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-
-Title: Salta
-
-
-Author: Juan Carlos Dávalos
-
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-Release Date: July 28, 2012 [eBook #40358]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
-
-
-***START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALTA***
-
-
-E-text prepared by Adrian Mastronardi, JoAnn Greenwood, and the Online
-Distributed Proofreading Team (http://www.pgdp.net) from page images
-generously made available by Internet Archive (http://archive.org)
-
-
-
-Note: Images of the original pages are available through
- Internet Archive. See
- http://archive.org/details/3502513
-
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-SALTA
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- * * * * *
-
-Libros publicados por la Cooperativa Editorial "Buenos Aires"
-
-
- I--FERNÁNDEZ MORENO.--_Ciudad._
-
- II--HORACIO QUIROGA.--_Cuentos de Amor de Locura y de Muerte._
-
- III--CARLOS IBARGUREN.--_De nuestra tierra._
-
- IV--MANUEL GÁLVEZ.--_La sombra del convento_ (novela).
-
- V--ERNESTO MARIO BARREDA.--_Las rosas del mantón_
- (Andanzas y emociones por tierras de España).
-
- VI--CARLOS MUZZIO SÁENZ-PEÑA.--Versión castellana de _La cosecha
- de la fruta_ de Rabindranath Tagore.
-
- VII--ARTURO CAPDEVILA.--_El libro de la noche._
-
- VIII--RICARDO JAIMES FREYRE.--_Los sueños son vida._
-
- IX--LUISA ISRAEL DE PORTELA.--_Vidas tristes._
-
- X--PEDRO MIGUEL OBLIGADO.--_Gris._
-
- XI--MARIO BRAVO.--_Canciones y Poemas._
-
- XII--JUAN CARLOS DÁVALOS.--_Salta._
-
-
- PRÓXIMAMENTE:
-
- XIII--ALFONSINA STORNI.--_El dulce daño._
-
- XIV--ALVARO MELIÁN LAFINUR.--_Literatura contemporánea._
-
- * * * * *
-
-
-JUAN CARLOS DÁVALOS
-
-SALTA
-
-Prólogo de MANUEL GÁLVEZ
-
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-
-
-[Decoración]
-
-"BUENOS AIRES"
-SOCIEDAD COOPERATIVA EDITORIAL LIMITADA
-AVENIDA DE MAYO 791
-1918
-
-
-
-
- A MANUEL GÁLVEZ.
-
-_El defecto capital de este libro es su personalismo._
-
-_Su mejor cualidad es la espontaneidad._
-
-_Esto proviene de que los artículos que lo componen fueron escritos en
-diferentes épocas, sobre temas asaz diversos, y nunca con el propósito
-de hacer un libro._
-
-_Al reunirlos en un volumen me propongo dar una idea de lo que es
-Salta; y de lo que puede ocurrírsele en Salta a un hombre que observa,
-aislado, y sin ambiente literario alguno. Representa, pues, un
-esfuerzo intelectual, no sé si estimable o necio._
-
-_Usted que conoce al autor y su medio provinciano, es el llamado a
-prologar este libro, y hacérselo comprender al público del país._
-
-_Sin un comentario previo de usted, no deseo que el libro vea la luz._
-
-_Así apreciará usted cuánto le estima como amigo y como escritor su
-afmo. y S. S._
-
- JUAN CARLOS DÁVALOS.
-
-
-
-
-PRÓLOGO
-
-Hace diez años, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces
-por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad
-de nuestra tierra me había producido una igual impresión de carácter y
-de poesía. En Córdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas
-características. En Salta lo eran todas por aquella época. Con sus
-techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y
-sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecían colgados de
-los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida
-argentina de hace un siglo.
-
-Pero no eran sólo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que
-fué. Eran también las calles, las iglesias, las gentes, las
-costumbres. No olvidaré nunca las sensaciones que me causaron ciertas
-cosas, tan exóticas para mí: el llanto trágico de la quena que un
-indio platero tañía maravillosamente; el reñidero, con su público
-heterogéneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde
-silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con
-asombro estúpido y tenaz, cómo bailaban la chacarera y la zamba, al
-son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quíchuas que cantaba el
-músico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases
-sociales que atestaban el rancho.
-
-Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero
-un absurdo y mal entendido espíritu de modernidad reformó las ventanas
-y las puertas, suprimió los aleros y ocultó los techos de tejas
-levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en
-Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la más
-completa y bella imagen del pasado argentino.
-
-En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. El fué
-mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a
-esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba
-de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos
-conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y
-original.
-
-Dávalos me recitó algunos de los pocos versos que hasta entonces
-llevaba escritos y me leyó varias de las páginas que componen este
-volumen. Convencido de las facultades de Dávalos, le incité con
-entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribuído en buena parte a
-su dedicación literaria. Su conocimiento de la vida en aquella comarca
-salteña, tan argentina y tan ignorada en el resto del país, colocaba a
-Dávalos en una situación excepcional. El joven poeta amaba la
-tradición y la comprendía tan hondamente, que era lógico esperar de su
-talento, robusto y realista, páginas del más fuerte sabor vernáculo.
-
-Su primer libro, _De mi vida y de mi tierra_, prologado elogiosamente
-por Carlos Ibarguren, fué para Dávalos un buen éxito. Su lenguaje,
-original, con algo de arcaico, su sentimiento personal y poético de
-las cosas del campo, y sus descripciones eficaces y vigorosas,
-sorprendieron. Luego ha escrito un interesante drama histórico. Y
-ahora realiza mi deseo de que publicara un libro en prosa, evocando la
-vida de aquella Salta, colonial y apacible, que tal vez pronto
-desaparecerá completamente; recordando leyendas y tradiciones;
-retratando los tipos característicos de la ciudad y de los campos y
-haciéndonos ver, con su talento descriptivo, escenas pintorescas del
-arrabal, de la montaña y de la selva.
-
-Juan Carlos Dávalos tiene dos grandes cualidades literarias: humorismo
-y aptitud para describir.
-
-El humorismo de Dávalos no es trascendental sino excepcionalmente, y
-en pequeño grado. No contiene amargura ni desilusión. En lugar de
-ejercerse sobre los defectos morales de los hombres, se aplica a las
-características materiales. Pero sin hacer apenas crítica, ni intentar
-corregir el mundo.
-
-Si Dávalos desarrolla esta cualidad de observar el ridículo en los
-hombres y en las cosas, puede llegar a realizar notables caricaturas.
-Advierto que digo esto en su elogio, porque hay quienes imaginan que
-la caricatura es un defecto y se halla fuera del arte. Los grandes
-noveladores del siglo pasado son prodigiosos caricaturistas. Así
-Dickens y Thackeray en Inglaterra; Pérez Galdós y Palacio Valdés, en
-España; Daudet, Flaubert y a veces Zola en Francia; y Eça de Queiroz,
-en Portugal. Conviene recordar que no es preciso hacer reir para ser
-caricaturista. Hay también caricaturas trágicas, de las que son
-ejemplos algunos personajes de Dostoiewsky y de Balzac.
-
-La aptitud descriptiva de Dávalos se muestra a la vez en los tipos, en
-las escenas y en los paisajes. He aquí como presenta a un jugador de
-taba: "... es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Parece allí
-un toro, parado en dos pies entre la tropa. Usa enorme sombrero blanco
-y se alza el poncho del pescuezo para que le vean su charro cinturón
-de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano. Se escupe con
-calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo
-izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con
-el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío a la
-redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela; la
-siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava".
-
-Igualmente eficaces son los retratos del gaucho Cruz Guíez, del
-Serapio Guantay, de la dueña de la casa donde se celebra el baile de
-villorrio, de la Juana Figueroa. Entre los tipos que en dos palabras
-describe al pasar, nos impresionan particularmente los opas, esos
-pobres imbéciles que tanto abundan en el norte. En el capitulito _La
-decadencia de los opas_, título del más fino humorismo y que
-constituye un admirable hallazgo, se refiere, en un estilo lleno de
-gracia, a varios de ellos, que eran populares en Salta. Pero en otros
-capítulos nos habla también de aquellos infelices. Así en _El baile de
-villorrio_, donde nos pinta uno en esta forma: "En el patio, un opa de
-ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía,
-mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos
-muchachos...".
-
-Como narrador, Dávalos muestra también notables cualidades. Hay en su
-libro escenas de una gran belleza: la de los burritos leñateros, que
-pasan lentamente por las calles, curioseándolo todo y metiéndose
-dentro de las casas; la de la riña de gallos, que tiene tanto
-movimiento y tanto color como las descripciones análogas de Sarmiento;
-y aquella en donde cuenta los amores del Serapio Guantay, página
-penetrada de la honda poesía de las montañas salteñas y que basta para
-revelar en Dávalos las aptitudes de un gran escritor.
-
-Sus paisajes son generalmente muy breves, simples anotaciones hechas
-al pasar. Pero en todo el libro está latente el aspecto de la ciudad y
-de la naturaleza. He aquí una de las mejores descripciones, donde
-recuerda la vieja Salta que él debió conocer en su niñez: "Evocad el
-Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada arquitectura
-colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes
-portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas
-desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas
-calles de piedra bola. De noche, ardía en las esquinas del centro un
-candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba
-lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo. En las casas
-donde había quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los
-anchos patios, murciélagos errantes y siniestras lechuzas".
-
-Dávalos aparece en este libro como un espíritu multiforme y una
-sensibilidad compleja. Algunos de sus relatos son más que trágicos,
-macabros; otros humorísticos, otros sentimentales y poéticos. Con la
-misma eficacia descriptiva con que nos relata una proclamación
-política en el arrabal o reconstruye la riña de gallos, nos evoca la
-vida de las montañas. Nos hacen reir sus siluetas de los cocheros, su
-desfile de los opas; nos estremece de terror y de misterio el recuerdo
-de aquella noche en que murió su amigo apodado el Chivo Pedro; y nos
-hace comprender el alma de la raza vencida, impregnándonos de honda
-emoción territorial, en los párrafos donde describe a un indio que
-desciende de la montaña haciendo sonar el erque.
-
-Pero en todas estas páginas de índole tan diversa, Dávalos, como
-escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una
-belleza más o menos convencional, sino su carácter. Sus paisajes, sus
-escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos
-revelan uno de los pedazos más interesantes y originales de la tierra
-argentina.
-
-He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretación de
-ellos. Los cuentos espeluznantes de Dávalos no nos hacen daño ni nos
-desagradan. Nos producen, sí, la sensación completa que el autor
-pretendió producir, pero al acabar de leerlos no quedamos
-impresionados, disgustados, hasta enfermos, como después de leer
-ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles
-humorísticos que Dávalos encaja hábilmente en medio de sus
-terroríficas narraciones. El caso es que estas páginas nos hacen el
-efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece
-que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos
-espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo,
-para reírme pensando en el efecto que producirán en las gentes
-pacíficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo él sano, fuerte,
-sereno, y sin ennegrecer el ánimo del lector. Porque una de las
-características de Dávalos es su sanidad de espíritu. Y es un escritor
-sano, no solamente porque nada hay en él de enfermizo, sino porque
-tiene todas las cualidades morales que acompañan a la perfecta salud
-espiritual.
-
-Juan Carlos Dávalos posee verdadera imaginación, profundo sentimiento
-poético, comprensión de la realidad y, más que nada, sensibilidad.
-Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido,
-sino una sensibilidad como sólo la tienen los verdaderos artistas. ¿Me
-permitirá mi amigo que revele al público cierto detalle un poco
-íntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dávalos
-emocionarse hasta las lágrimas ante una lectura, y no por tratarse de
-cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se
-leía.
-
-Dávalos es también un psicólogo. Pero como todos los temperamentos
-realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de
-sus actos. Es muy interesante su psicología de los opas, de los
-gauchos, de los indios y de los perros.
-
-Su estilo es incorrecto y a veces duro. A mí me place, no obstante sus
-defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en él
-color y movimiento. Tiene escasa armonía, salvo en ciertos raros
-instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto,
-muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas
-y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa poética se
-torna poético. Y según el asunto, es hondo, emotivo, florido,
-brillante o melancólico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una
-penetrante elocuencia. He aquí cómo empieza a narrar los amores de un
-pastor y una vaquera: "El azar los había puesto cerca; el instinto los
-juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y
-anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingenuo, en el
-raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen
-en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas
-y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay
-blanco y la begonia escarlata entre las breñas. Desde aquella tarde
-los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por
-los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al
-eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los
-precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la
-par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de
-algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal
-del torrente".
-
-Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dávalos es siempre
-viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna índole.
-Dávalos, felizmente, se encuentra libre de _literatismo_, ese veneno
-del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la
-literatura francesa contemporánea.
-
-Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltará quien
-acuse al autor de _Salta_ como afectado de arcaísmo. La prosa de
-Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado
-castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los
-libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla
-un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez
-algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de
-mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina.
-
-Ahora, sólo falta que el revelador de la tierra salteña ponga su
-talento y su corazón al servicio de una obra más orgánica que la
-presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista.
-Reclamémosle, para bien del país, que lo sea muy pronto.
-
- MANUEL GALVEZ
-
-FOOTNOTE:
-
-[1] Algunos de los personajes de los cuentos a que me vengo
-refiriendo, son amigos de Dávalos. El autor los hace morir en forma
-trágica y horrorizante.
-
-
-
-
-I
-
-LA CIUDAD
-
-
-
-
-LOS BURRITOS LEÑATEROS
-
-
-Ellos traen a la ciudad modernizada un poco de la paz de los campos,
-la sobriedad rural, la lentitud de los días siempre iguales y hermosos
-bajo el infinito azul, en las praderas apacibles.
-
-Con su pasito tácito, su leñita a la espalda, y su peluda ropa de
-anacoretas, arreados por un muchacho que monta una triste jaca cerril,
-pasan lentamente por la calle los burritos leñateros.
-
-Son las nueve de la mañana.
-
-En una puerta asoma una mujer, y trata con el muchacho por la leña.
-
-Los burros siguen viaje. A ellos, ¿qué les importa el negocio? Lo que
-les gusta es andar, curiosear, ver novedades.
-
-El muchacho corre a toparlos, y ellos, adrede, trotan calle arriba. Un
-auto los ataja en una bocacalle. El muchacho se les planta por
-delante: silba, grita, les pega ponchazos, y la recua vuelve frente a
-la vecina que espera la leña.
-
-Mientras el muchacho desata la leña, los borricos merodean.
-
-Uno, se cuela por un zaguán, raspando al pasar, los reboques con los
-torcedores. En el patio, una sirvienta lo baraja a escobazos. El burro
-ceja, y al salir, muy despacio, tumba una maceta.
-
-Alguno se acuesta a descansar en media calle, lanzando resoplidos de
-desaliento, al pensar que a él no le toca el turno todavía.
-
-Hurga otro, con su belfo suave y azulado, el cordón de la vereda,
-donde una cáscara de banana se adhirió a la piedra. Después se come
-una cáscara de naranja, mientras un camarada, más feliz en hallazgos,
-se empeña en tragar un diario abandonado, envoltorio de cocinera,
-saturado de oliente y sabrosa grasa.
-
-_Durmiendo los ojos_ beatamente, un burrito ensaya lamer un hilo de
-agua inmunda que mana de un albañal.
-
-En un grupo, alguno, cariñoso y prolijo, le rasca con los dientes a un
-congénere la sarnícula del apolillado pescuezo.
-
-Le toca luego el turno al que se echó: el muchacho lo quiere hacer
-levantar para descargarlo; pero el burro no quiere. ¡Se siente tan
-cómodo!
-
-El muchacho, impaciente, la emprende a puntapiés. El burro se limita a
-menear la cabeza y pestañear, hasta que el dolor de la tunda le llega
-al alma. Entonces, cachaciento, ayudado por el muchacho, se incorpora.
-
-El lento paso de la tropilla, su mansedumbre, el ligero vaivén
-incesante de las colillas exíguas, las cabezas pensativas, los dulces
-ojos, las tranquilas orejas, hacen del burrito leñatero la nota más
-simpática de la calle salteña.
-
-¡Ay! pero no cuando uno de estos animalejos deja oir un bárbaro
-rebuzno.
-
-El bucólico encanto se rompe de pronto ante esa desapacible
-resonancia, ante las grandes quijadas abiertas en la plenitud de la
-bestialidad, y ante el brutal regocijo que sacude el mísero y flaco
-cuerpo del asno, en espasmos de un grosero naturalismo.
-
-
-
-
-UNA PROCLAMACION
-
-
-Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una
-noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la
-noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe.
-
-Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y
-patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de
-la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos
-del candidato.
-
-Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el
-haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato.
-Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de
-los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos
-cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto
-gringo que habló en el teatro, y que se fué.
-
-Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay
-que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido.
-
-¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del
-elector.
-
- * * * * *
-
-Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento
-de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal.
-
-Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia
-la tanda de los discursos.
-
-La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales
-doscientos por lo menos están beodos.
-
-El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción,
-caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de
-cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus
-alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas.
-
-Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es
-a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es
-decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al
-botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que
-su instinto presiente como signos de excelencia.
-
-Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y
-exclama en alta voz:--¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!...
-
-Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le
-muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado,
-vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín
-que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe
-de grasa y de sudor.
-
-En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención
-de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica
-inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos
-se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más
-en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el
-vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia.
-
-El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se
-mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse
-apesta más, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en
-vaho con los gritos, la roña se embravece con el calor y el roce.
-
-Después del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente,
-vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el
-pueblo teórico de los libros. Y le habla de deberes cívicos, de
-libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneración
-política. Pero él no conoce al pueblo: es un ingénuo.
-
-Le han dicho que en ese comité hay muchos tocados por el otro partido,
-y que esos vienen sólo a embriagarse, y que votarán en contra, a pesar
-de hallarse afiliados.
-
-Y exclama con gran énfasis oratorio:
-
-"¿Es posible, es creíble, ciudadanos, que entre vosotros existan
-tránsfugas, que vengan aquí nada más que a beber nuestro vino y comer
-nuestra empanada, y que mañana nos den la espalda en el _cuarto
-oscuro_? ¿Es posible que haya aquí uno, uno solo tan... sin
-vergüenza?"
-
-Una voz aguardentosa replica a gritos:
-
---¿Uno?... ¡Varios! ¡Aquí hay varios, sí señor! ¡Varios sinvergüenza!
-¿Sabe?...
-
-Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos
-dicen siempre la verdad.
-
-Este _club_ contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el
-día de la elección, más de la mitad votó contra su partido.
-
-Así es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que
-aprovecha la ocasión política. Son la hez de la ciudad, el desecho de
-las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca
-de las pequeñas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quizá
-mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del
-lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad.
-
-Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque.
-
-Y en presencia de tales espectáculos viene a la mente un recuerdo
-irónico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc.
-
-
-
-
-EL REÑIDERO
-
-
-En el Salta de antaño el reñidero era una diversión popular. Aunque en
-decadencia, la de las riñas es aún una manía en mucha gente, por lo
-común ricos doctores y acomodados artesanos.
-
-Ya no encuentra uno como antes por la calle algún distinguido señor
-con un gallo bajo la chapa, pero si vamos un domingo al reñidero
-comprobaremos la existencia de una verdadera pasión organizada en
-garlito, con su edificio apropiado, especie de templete de redondo
-techo adonde van los sabios gallólogos a parar por un gallo hasta la
-camisa.
-
-El reñidero está en un barrio excéntrico. Es un corralón con varias
-dependencias: pulpería, reñidero y cancha de taba. La entrada permite
-el acceso a cualquiera de ellas.
-
-La reunión empieza a las dos de la tarde. Un negro inválido, gordo y
-barrigón, cobra el boleto en la puerta. Individuos de toda catadura
-van y vienen por el gran patio de tierra y el viejo corredor de
-ladrillos.
-
-En un extremo del patio una mulata hornea la primera tanda de
-empanadas. Aunque hay mucha gente que se mueve, lo hace con grave
-cachaza: uno pesa un gallo en una romana colgada del techo por un
-alambre; en un grupo se concierta una riña; un opa amarillo, palúdico,
-de barbas ralas, afirmado a un pilar, escucha estúpidamente las
-condiciones que se estipulan; algunos revisan en las galleras sus
-gallos, les dan los últimos toques, los acarician, los hablan; otros
-limpian y pulen un juego de chuzas de acero; por ahí, disparatando, se
-bambolea el eterno beodo de todos los domingos; y sobre este desacorde
-rumor humano, continuamente irrumpe, vibrante, marcial, el sonoro
-cocoricó de los gladiadores ansiosos de ir a la arena.
-
-La preparación de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se
-mide la dosis de agua y maíz; se le despluma al animal el trasero para
-ver cuándo está robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en
-intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que
-no se ponga cailón y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar
-con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le
-pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite
-entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos.
-
-Si el gallo está capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo
-ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace
-preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en
-éste, pegándolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que
-el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo
-equilibran.
-
-Además, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que
-corretearlo metódicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar
-sol por la mañana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua
-a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a
-diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la
-taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una riña.
-
-El número de tongos no tiene límites. Gallero hay que le embadurna de
-sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al
-morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo
-que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder
-la golilla y no la cabeza.
-
-Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre
-animal camina apenas apuñando la pata. Es gallo desvelado cuando le
-hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo
-han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le
-untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la
-superchería de creer que por este medio el contendiente dispara,
-avisado por el instinto.
-
-Todo esto y mil detalles más debe conocer y lo conoce al dedillo el
-juez del reñidero, quien cuida de que las riñas sean legales y se
-respeten los compromisos.
-
-Bajo el techo circular está la arena, circular también, rodeada de una
-gradería de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo.
-
-Suena una campanilla.
-
-Más de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen,
-esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada
-por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su
-campanilla. La riña va a empezar.
-
-Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el
-pecho, le friegan las patas y le dan el último vistazo.
-
-El momento es solemne. Las apuestas se cruzan, breves y seguras.
-Algunos que apostaron ya, están callados, la mano puesta en el mentón,
-y así estarán hasta que acabe la riña. Los conocedores observan; los
-botarates elogian y desafían. Los dueños de los gallos guardan un
-digno silencio, prueba de sendos temores.
-
-La campanilla suena de nuevo. Se larga la riña.
-
-Un gallo da dos pasos, se para, se iergue y canta. El otro lo vé y lo
-embiste. Las rojas cabezas se agachan, los cogotes se estiran,
-arrogantes; los dorados, pequeños ojos bravíos brillan; las alas
-semiabiertas se aprestan al salto. Primero es el saludo bizarro de los
-dos picos, frente a frente, en línea recta, arriba, abajo,
-cautelosamente; después es el revuelo formidable, y en fin, la
-seguidilla, el entrevero, la riña; la riña tenaz, obstinada, furiosa,
-de una belleza ejemplar, de un denuedo heroico.
-
-Cada riña es un poema épico: los sucesos, naturalmente, difieren; la
-heroicidad es la misma.
-
-A veces un gallo queda ciego. Entonces el silencio de los espectadores
-se vuelve absoluto. El animal pelea a oído: se lo vé inclinar la
-cabeza, mas no para huir, sino para esperar escuchando al adversario.
-De nuevo lo halla, lo pica, se afirma, se solivia en las alas y le
-encaja con fragor las chuzas en el cráneo.
-
-El adversario se abate lentamente, las alas ajadas, el pico abierto.
-El triunfador, ciego, se para tambaleante en la arena y lanza a las
-tinieblas su trágico, ¡su titánico cocoricó!
-
-Se dió una vez el caso de dos gallos que cayeron muertos, primero el
-uno, el otro en seguida. El uno tenía traspasada una arteria junto al
-corazón: el otro no presentaba heridas, pero los entendidos dijeron
-que había muerto de rabia.
-
-El papel de los entendidos es admirable. En cuanto el gallo cae a la
-arena, en cuanto se mueve un poco, ya saben si está ido, es decir si
-está acobardado, vencido al empezar la pelea.
-
-Después de la riña sobreviene una febril agitación: los perdedores,
-resignados, oblan. Un ganador cruza el patio con un montón de billetes
-en la mano. Un individuo lava un gallo, le busca prolijamente las
-heridas, se las cura. Otro se come una empanada recién salida del
-horno. Quien pondera aquí las condiciones del paraguayo; quien
-sostiene allá que al giro tal le mordieron el pico antes de largarlo.
-Y junto al pozo, un individuo le chupa un ojo a su gallo para que no
-se haga tuerto y procede después a sangrarlo de la pata contraria,
-según una prudente cábula profesional.
-
-
-
-
-LA TABEADA
-
-
-En un canchón contiguo al reñidero está la tabeada. Siendo juego menos
-noble que las riñas, la taba tiene entre los decentes sus adeptos
-vergonzantes. La riña es como una ciencia, la taba es como un arte.
-
-Depende del pulso y en parte de la cancha. Existe un canchero que
-prepara la tierra y la rocía de modo que ni se haga barro ni esté
-dura. Los límites opuestos los marca un cordel hundido en tierra. Dos
-hileras laterales de bancos de tabla son los asientos de los jugadores
-que esperan turno.
-
-Reina en el corro, grande algarabía. Mientras un individuo pulsa la
-taba en una punta, el contrincante aguarda el tiro en la otra.
-
-Formúlanse las apuestas entre el tabeador y su contrario, entre el
-tabeador y el público, y el público entre sí, por fas y por nefás, por
-cara o culo, con ventaja o sin ella: es un enredo de términos y dichos
-especiales, tan claros para el profano como si fuesen griego.
-
-En media cancha han ido amontonando el dinero de las apuestas,
-apretado bajo una piedra para que no se vuele. Algunos empuñan rollos
-de billetes ajados y mugrientos. Los ya desplumados, se sientan a
-mirar, como fascinados, el manoseo de la plata.
-
-De varias partidas atrás, un chaqueño emponchado mantiene la taba: es
-un invencible. Ha pelado a muchos. Ahora "la va derecho" con un
-mulatón compadre y hablador.
-
-El invencible es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado.
-Reconcentra en su juego favorito toda su grande alma de animalote.
-Parece allí un toro parado en dos pies entre la tropa.
-
-Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho al pescuezo para que le
-vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a
-su mano.
-
-Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña
-el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la
-taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un
-desafío mudo a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La
-taba vuela: la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava.
-
---¡Culo!... ¡Culo clavado! ¡El primer culo!
-
-La agitación es intensa. Algunos juran. Otros se preparan a recibir su
-plata. Hay quien comenta a gritos las alternativas de aquella "mano".
-
-El chaqueño saca un pañolón colorado y se limpia el sudor del seboso
-rostro. Echa luego mano al bolsillo y paga de un grueso puñado de
-billetes. Ha sido un "batacazo". ¡Quinientos a la olla! ¡Jué pucha!
-Pero no es nada; él puede jugar hasta diez mil pesos. Este hombre
-tiene quince mil cabezas en el Chaco.
-
-La concurrencia es de un cómico abigarramiento. Vense galeras,
-guantes, bastones, botas, alpargatas y hasta patas peladas: la ancha
-pata pálida y roñosa del opa que atisba una moneda, del típico opa
-salteño, del infaltable de todas las aglomeraciones.
-
-Vense levitas verdinegras. Una casaca con dos botones al rabo, que
-muestra que en sus tiempos fué jaquet; chalecos multicolores de una
-antigua moda, camisas que rebalsan y pechos pelados al descubierto.
-
-Tampoco se libra de la manía el turco exótico, que ladra el idioma,
-pero que se hace entender y juega; ni el gringo, el delicioso gringo
-que masca tabaco y dice insolencias con la mayor soltura; ni tampoco
-faltan el mulatillo amanerado y compadrón del centro y el honrado
-maestro de escuela que viene a echar una cana al aire.
-
-Además, en la tabeada merodea el "colero", furtivo borrachín que
-simula entusiasmarse por el juego y traba apuesta con este y con el
-otro, para abrirse a su hora, con cualquier pretexto. Lo que le
-interesa al colero es la bebida que circula a rodo, el desperdicio de
-las ganancias. Agradece antes de que le brinden. Su afabilidad
-comunicativa es una ganzúa; su entusiasmo por el juego un taparrabo de
-la impudicia.
-
-
-
-
-LOS PERROS
-
-
-En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo,
-cuando no seres esclavizados por el egoísmo del hombre, y que sirven
-en las tiendas para cazar ratones, o en las policías para perseguir
-malandrines.
-
-En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida;
-y hasta los hay de abolengo.
-
-Existe allí el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el
-San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La monótona
-vida de estos perros no tiene allí sino un aspecto más o menos
-sentimental o decorativo, o francamente utilitario.
-
-Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros
-como partido zoológico, disputando al hombre sus derechos a la vida,
-hay que venir a verlos en Salta.
-
-Es un día de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi
-desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la
-calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros.
-
-No se ve más que perros, como si una universal metempsicosis hubiese
-substituído los habitantes por perros.
-
-Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas
-de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde.
-
-La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio.
-Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el
-olerse. Y después la gresca galante que acaba en dispersión y derrota,
-cuando la mulata, dueña de la joven coqueta, asoma escoba en mano.
-
-Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el
-albañil, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al
-sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el cañón de
-una escopeta.
-
-Bajo el tropical ardor del día, entornados los ojos, la lengua afuera,
-cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaños.
-
-Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos:
-se cambian los saludos de regla.
-
-Se huelen, se gruñen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta
-vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeñoso, contra la
-pared corroída...
-
-Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de
-una algarabía lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los
-corridos huyen haciéndose los rengos.
-
-En los días patrios y festividades populares los perros no saben
-dónde meterse. La gente de Salta padece la monomanía de las bombas. En
-cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innúmeras bombas.
-Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo,
-por entre las piernas del pueblo.
-
-Al amanecer, desde las campiñas cercanas invaden la ciudad pandillas
-de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de
-basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el
-basurero municipal.
-
-No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. ¡Y
-qué perros! Son perros de anónimas, azarosas razas, monstruosas
-combinaciones anatómicas, a veces espectrales y desconcertantes.
-
-Vénse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos,
-pequeñísimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vénse
-los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos.
-
-Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman
-la interesante población perruna de mi pueblo.
-
-
-
-
-DEFENSA DE UN PERRO
-
-
-Mister Oscar Asterplat es un inglés que no me conoce, pero sabe que yo
-escribo, y ha venido a casa para encargarme un pequeño trabajo.
-
-El otro día, un bruto de chauffeur atropelló al bull-dog de M.
-Asterplat, y éste desea que yo escriba un artículo en favor de su
-perro, y contra los automovilistas.
-
-Accediendo gustoso a tan justo pedido, he mandado a un diario las
-siguientes líneas:
-
-Señor director: persigamos a las vizcachas que arrasan los sembrados;
-matemos a las ratas que comen documentos y propagan la pulmonía y la
-peste; organicemos ejércitos langosticidas; fumiguemos los árboles
-arrugados por la diapsis pentágona, y hagamos guerra a los gatos
-ardorosos que gritan en los tejados. Todo eso es razonable y bueno. La
-vida es una eterna lucha del hombre contra los viles engendros de la
-naturaleza.
-
-¡Pero pidamos al público que respete a los perros!
-
-A los pobres, a los buenos, a los leales, a los nobles, a los dignos
-perros, estos amigos prehistóricos de nuestra malvada especie; que en
-el fondo de sus ojos, siempre despiertos, tienen un destello de luz
-para cada caricia, y un rayo de rebeldía para cada injuria.
-
-El activo perdiguero que por las calles husmea sin descanso una
-escopeta; el airoso, elegante pila, juicioso en la iglesia, y caliente
-en el lecho de la viejecilla reumática; el miserable caschi que en las
-mañanas de invierno brinca delante de la cocinera, camino del mercado;
-el can flaco del pastero que a la sombra del carro va, paso a paso,
-del campo a la ciudad y de la ciudad al campo; el perro sucio del
-pordiosero, comensal en la olla de mendrugos, y lamedor cirujano de
-incurables lacras; el cuzquito centinela de los ranchos sin puerta; el
-perro del rico y el perro del pobre, el de la casa y el de la calle,
-cada cual llena un vacío en nuestros caprichos, en nuestras
-necesidades, en nuestros achaques, en nuestros infortunios. ¡Ningún
-perro está de más en el mundo!
-
-Estas reflexiones, señor Director, me las sugiere el atentado de que
-fué víctima, el domingo de tarde, en la avenida Sarmiento, el perro
-"oso" de M. Oscar Asterplat, por parte de un miserable manejante de
-automóvil.
-
-¡Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha
-dejado extrachato, en media calle!
-
-Yo protesto de semejante atentado, ante el público, en nombre del
-señor Asterplat y en el mío propio.
-
-
-
-
-LA CONDENADA
-
-
-Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi
-pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba
-por avenidas y caminos urbanos.
-
-Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con
-diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio
-como por los arrabales próximos al río.
-
-La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso
-fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía
-popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen.
-
-Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas
-en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada.
-Así habían dado en llamarle a la luz, sin duda porque se creyó que el
-panteón era su morada. Y salía de allí a deshora de la noche para
-emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos
-y horripilaban a los inocentes.
-
-Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su
-mancarrón, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un
-recodo topó de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa
-de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse,
-perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio".
-
-Contaban que una negra que vivía cerca del cementerio mantenía
-macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que
-sus íntimos la dejaron, motivó el trastorno mental de la infeliz
-catinga, sospechosa de brujería.
-
-Una noche la policía tuvo noticia de una descomunal parranda en el
-barrio de _tucumancito_. Enviado un vigilante al lugar del desorden,
-se le apareció la condenada, se le espantó el caballo, y el porrazo y
-el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufrió un desmayo de
-varias horas.
-
-El número de perseguidos y preocupados era muy grande.
-
-El cochero de un amigo mío tenía su cuarto lejos del centro, por el
-barrio del matadero, y aunque _no era manco pa las cosas de este
-mundo_, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que
-prefería, si no había luna, quedarse a dormir acurrucado en los
-almohadones del carruaje.
-
-Las niñeras les contaban a los chicos, haciéndoles poner los pelos de
-punta, las fechorías de la condenada; y las viejas beatas de
-correveidile averiguaban del cura si cometían pecado creyendo en ella.
-
-Hasta entonces había limitado el espectro sus andanzas a los
-arrabales; pero héte aquí que una noche, como a las doce, se presenta
-en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar
-vueltas en persecución del único mortal que a la sazón la atravesaba;
-el cual, en fuga despavorida, logró saltar las barandas que cercaban
-la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era
-dependiente.
-
-¿Y no adivinas, lector, quién y qué pudo ser aquella condenada que en
-mi pueblo metió tanto susto?
-
-Pues era el más pacífico de los hombres: un relojero italiano, el que
-llevó a Salta la primera bicicleta.
-
-Fatigado del trabajo del día, montaba por la noche en su aparato,
-encendía la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la
-manera más divertida del mundo.
-
-
-
-
-LA CRECIENTE
-
-
-Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que había en Salta.
-
-Desde Vaqueros, donde tenía su hortaliza, llevaba todas las mañanas al
-pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles.
-
-Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y está situado
-en la margen izquierda del río de ese nombre.
-
-Y digo río, porque se llaman así en mi tierra, mal que pese al
-estricto sentido del vocablo, los que en invierno apenas parecen
-arroyos apacibles, y en verano se tornan, con las lluvias, en
-formidables avalanchas de barro y piedras.
-
-Una mañana venía el Vaqueros _por demás_ crecido, como dice la gente
-de mi provincia. La noche anterior había caído una tormenta en los
-cerros, y, con tumultuoso estrépito, las turbias aguas arrastraban
-gruesos troncos y pesados pedrones.
-
-A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que
-pasase lo recio de la crecida para atravesarlo.
-
-Perdigones, encaramado en su asno, estaba allí, con las árganas
-repletas de repollos y lechugas. Quería pasar cuanto antes, sin
-atender a los consejos de algunos que le señalaban el peligro; y
-porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver
-por dónde se lanzaría.
-
-Y Perdigones que sí, y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por
-hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes.
-
---No dentre Don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar,--decía
-uno.
-
---De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiau que una
-clueca,--gritaba otro.
-
---Asojitesé bien, no sea que pierda los _yolis_,--vociferaba un
-tercero.
-
---¡Vaya, vaya hombre!--contestaba Perdigones.--Paréceme a mí que no
-hay motivo pa tanta alharaca. Pero lo que es éste, a mí no me
-gana,--decía del asno, y le molía de firme.
-
-Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado,
-porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los _yolis_, y
-hacerse una balumba de hombre y bestia y arreas y verduras, todo fué
-uno. La rápida corriente los arrastraba.
-
-Los gauchos armaron al punto sus lazos, y se los arrojaron al infeliz
-Don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en
-medio del agua, ni pudo ni atinó con los auxilios.
-
-Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que
-le restaban, a las raíces de un sauce ribereño.
-
-Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego:
-
---Velay pues, ño Ventura aura que se ha salvao, dé gracias a Dios,
-porque esto ha sido un milagro.
-
-Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó:
-
---Hombre, dí tú gracias al sauce, que las intenciones de Dios fueron
-ahogarme.
-
-
-
-
-LA DECADENCIA DE LOS OPAS
-
-
-Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matará
-aquello", de Víctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra fórmula:
-el progreso ha matado al opa.
-
-Y no hablamos aquí de los opas que seguirán existiendo pese a todos
-los progresos, sino "del opa" como género social, del opa como factor
-social.
-
-Todo ha conspirado, desde unos años a esta parte, contra los opas.
-
-El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de
-acarreo, que les era propio.
-
-Después, un jefe de policía los ha expatriado en vagones y ha sembrado
-las vías, Salta afuera, con nuestros opas. Así fueron a parar, en este
-movimiento centrífugo de reacción colectiva: "Leche de Burra" a La
-Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires...
-
-Y en nuestros días, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de
-macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos
-asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos
-que apedreamos siendo niños. El opa de hoy es como el espectro del opa
-de entonces...
-
-El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadanía y hasta se le ha visto
-votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quizá se le
-compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera,
-o masitero como Panchito.
-
-Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy
-típico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado
-estratificados en la memoria social. Así decimos de un tonto
-cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas
-promesas: está Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso,
-excelente servidor, pero lunático, cuyo sabio amo, conociéndole su
-pasión por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen
-la medida, en cuanto lo notaba de mal talante.
-
-El opa de las procesiones ha desaparecido. No había procesión sin su
-opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de
-muchachos y perros. Y es que no había iglesia sin opa, fiel criado del
-cura y auxiliar devoto de la sacristía. Quasimodo es así un tipo
-universal de campanero. Sólo un opa podía repicar con toda el alma,
-bajo la campana, sin temor de romperse las orejas.
-
-No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una
-misa o un sermón edificante, interrumpido por una _trocatinta_ de
-azotes a los perros que asistían a la iglesia. Los aullidos
-repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era
-el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un
-perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le venía el opa al
-humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que resultó
-zurrada por demasías de su pila. Y era cosa corriente en aquellos
-tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto.
-
-Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteños tenía lugar el día
-del lavapiés.
-
-En el patio de la Catedral, esa mañana, junto al pozo, el sacristán
-les arreglaba las barbas, cuando la tenían, les daba un traje nuevo,
-de piel azul, y el opa, dignificado y elevado a la categoría de
-apóstol, ocupaba su trono de honor al pie del altar.
-
-En una de aquellas ceremonias, en que el opa Viborón hacía de apóstol,
-es fama que los muchachos le trazaban víboras en el aire, con el dedo,
-y el infeliz, olvidando su sagrado papel, se descolgó del entarimado,
-presa de inaudita cólera.
-
-
-
-
-LOS COCHEROS
-
-
-Al mirarlos pasar desarrapados, blandiendo el largo flajelo de
-verdugos sobre los lomos enjutos del mancarrón placero, se diría que
-son asesinos que se escapan y no aurigas que pasan.
-
-Estos son los más zaparrastrosos cocheros del mundo. No pretendemos,
-no, que vistan de gala, ¡así quedarían!, pero que, al menos, adopten
-en su pescante traza de cristianos. Ora es un gigante doblado en tres,
-con las canillas fuera del pescante, los botines rotos, el sombrero
-increíble, las barbas desparramadas; el judas de La Merced, el opa
-Viborón de cochero. O es un mico, un mequetrefe, metido hasta la nuca
-bajo la capota, llevándose por delante las vacas lecheras y la chinita
-que corre al mensaje. Pero todos, o casi todos precisan una lavada de
-cara.
-
-¿Por qué no se les exige un mínimum de compostura personal? Si el
-traje hace a la persona, tal vez así se los haría gente.
-
-Aquí es útil ser medio psicólogo, hasta para tomar coche. Primero hay
-que semblantearlo al cochero y no meterse con los que tengan cara
-colorada, porque esos andan mal de la mollera y habrá que pelear a la
-hora del arreglo.
-
-Sobre todo, cuando se os ocurra viajar a San Lorenzo, fijaos si
-vuestro cochero no está con los ojos irritados y la nariz roma, pues
-al fin de la fiesta, cuando volveis por los precipicios de las lomas,
-él estará más borracho que Baco y os sepultará en alguna zanja, con
-vuestros deudos queridos. Y lanzará a los vientos, levantando las
-piernas a la luna, en cada barquinazo, un juramento que hará ruborizar
-a las señoras. Habeis puesto la vida a merced de un energúmeno, y sólo
-Dios y la buena suerte podrán salvaros. Que no es cosa simple
-contratar un cochero.
-
-Y si al salir de un baile o del teatro llueve, y hay que tomar coche,
-ya no será dado elegir, porque los coches del servicio nocturno están
-que dá grima. Subís y empieza el calvario. Si no se zafa una rueda,
-media cuadra más allá la jaca que os arrastra cae extenuada. Y
-entonces, en el silencio de la calle, sin testigos, sin misericordia,
-comenzará el martirio zoológico de la pobre bestia, que a cada
-puntapié que recibe, de su guía, en el cráneo, gime con gemido
-profundo, mil veces más triste que el sollozo humano. Y la gloria del
-baile o del festival se disipa de vuestra mente, y el cuadro de la
-miseria de todo lo que vive se os impone al punto.
-
-Y cochero y verdugo son una sola y misma cosa. Verdugo vuestro, porque
-pagais la hora con exceso, del sudor de la frente, y verdugo de los
-flacos, de los inocentes, de los desgraciados caballos que caen en sus
-manos.
-
- * * * * *
-
-_Nota._--Este artículo produjo en el gremio un efecto extraordinario.
-Hubieron conciliábulos y discutieron si me darían o no una paliza. Yo
-esperaba ansioso los resultados. Al fin publicaron una protesta que
-decía así, poco más o menos: "Habiéndonos reunido los conductores de
-carruajes a deliberar sobre el temperamento a seguir contra el
-insolente articulista que así nos detracta en el diario "La
-Provincia", hemos acordado no adoptar medidas violentas por tratarse
-de un loco irresponsable, cuya familia, sin embargo, nos merece
-consideración y respeto".
-
-
-
-
-UN BAILE DE VILLORRIO
-
-
-No me olvido de aquel baile que congregó tanta "gente bien" en casa
-del comisario.
-
-En un rincón de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de
-las lámparas, un músico, traído ex-profeso de Salta, galopaba sin
-piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano.
-
-En los ángulos restantes de la sala había frágiles mesitas de felpa
-calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas
-negras, obra evidente de las moscas.
-
-Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaños,
-donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal
-disimulando las asperezas del bárbaro enladrillado, retazos de
-alfombras descoloridas.
-
-En el techo de cañizos, sustentados por ciclópeas tijeras, techo hondo
-y lóbrego, tejían en silencio las domésticas arañas. Y en las alturas
-adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murciélagos absortos
-comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animación de la
-fiesta.
-
-La concurrencia daba vueltas flemáticamente a la sala, al compás
-meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La
-dueña de casa, orondamente sentada en su sofá, contemplaba con aire
-satisfecho el desfile de las parejas.
-
-Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrón, que sudaba
-a mares y se hacía viento con uno de esos monstruosos abanicos de
-satín negro, que más parecen alas de Satanás que abanicos. A la vieja
-nadie le dirigía la palabra; pocos la conocían. Pues como se trataba
-de un baile de suscripción y ella había cedido su casa por pura
-condescendencia, nadie tenía nada que ver con ella.
-
-Bien pronto me expliqué aquella cortesía, cuando ví que una chinita
-escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la
-comisión organizadora.
-
-Algunas señoritas que confundían la sencillez con la vulgaridad,
-lucían trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y
-tal era el entusiasmo del día, que no habían tenido tiempo de
-arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas.
-
-El "¡cállese, no sea atrevido!", el "¡vean esto, por Dios!" el
-"pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las
-vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola cháchara
-vulgar y aturdida.
-
-Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las
-parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho
-"quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofrecía en una
-frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quizá, por los bebés
-de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritméticamente a cuchillo.
-
-En un extremo del corredor, alumbrado por una lámpara sombreruda, en
-derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca
-acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la
-penumbra, los bebedores del pueblucho hacían su agosto en complicidad
-con los sirvientes, mientras parecían acalorados en una disquisición
-acerca de las virtudes del cura.
-
-Por todos lados iban y venían los mosqueteros abribocas, o se
-acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso.
-
-En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que
-había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de
-diversión a unos muchachos...
-
-
-
-
-EL DUENDE
-
-
-La creencia en el duende era, quizá, la más arraigada en la ciudad,
-hasta hace treinta años. Demonio familiar y burlesco, más molesto que
-terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las
-viejas casas, teníanle por espantajo familiar.
-
-Para explicarse aquella superchería, fomentada sin duda por la
-ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones
-coloniales.
-
-Casi no había casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de
-cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros.
-Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las
-pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traía de las
-estancias abastos y provisiones para varios meses.
-
-En muchas casas, se carneaban reses en el corral.
-
-El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondíase en los
-tunales y silbaba a los que iban al corral; dormía entre las petacas
-de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces poníase a
-frangollar en el mortero, a media noche.
-
-Un anciano señor, ya chocho, y además célebre por sus mentiras, solía
-contar a sus relaciones--en alguna tertulia íntima de barrio, cabe la
-estufa monumental del comedor,--los trajines y fechorías del duende.
-
---Una vez--decía el anciano,--determiné mudarme de casa con mi
-familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas
-a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia
-de la cocinera, hacía pudrir el charqui y engusanaba los quesos del
-zarzo... Habíamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando
-entré una tarde en la despensa para ver lo que todavía quedaba por
-acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me
-dice, con tamaño descaro:
-
---¿Y a dónde nos mudamos?...
-
-Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provenía de algún ignorado
-infanticidio; o era el alma de un niño muerto a los siete años, sin
-bautizar.
-
-Usaba enorme sombrero y tenía una mano de fierro y la otra de lana.
-Aparecíase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y
-mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz:
-
---¿Con qué mano quieres que te pegue?... ¿Con la de hierro?... ¿Con la
-de lana?...
-
-Y al vivo que elegía la de lana, le asentaba terrible mojicón con la
-contraria.
-
-El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de
-ojazos fosforescentes que vió en la noche serían los del duende o los
-del gato. Que también sucedía que el duende, convertido en gato, se
-echaba a dormir en el rescoldo del fogón.
-
-Apadrinaba él, solícito, las gangolinas y grescas de los tejados, que,
-en noches de luna, ponían en la mente de los desvelados, terrores de
-la otra vida.
-
-Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores,
-como si un grueso pisón golpeara los ladrillos.
-
-Había, sin embargo, un medio para librarse de él. Sabido era que su
-finísimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera
-andar seguro de noche, había de llevar preparada en los bolsillos
-cierta porquería...
-
-
-
-
-LA VIUDA
-
-
-Por todo el valle de Lerma se creía en la viuda; pero es cerca de la
-ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indígenas.
-
-Las supersticiones tienen, como característica, esa indeterminación de
-las versiones anónimas. Y asumen, según el sujeto que las refiere,
-contornos más definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser
-más que una idea fantástica o una emoción de misterio.
-
-Ignoro si sea ésta una leyenda salteña de origen y si el decir vulgar:
-"salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aquí,
-para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa
-inadecuada a nuestras fuerzas.
-
-Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la
-contó:
-
-"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón
-me mandó a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos.
-
-La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el río Arias y
-el Arenales.
-
-Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una
-senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos,
-harto tupidos a trechos.
-
-El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser
-baqueano para no hundirse en los fangales.
-
-Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía
-entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. Así que en
-mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el monte, al
-caer la senda a un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el
-cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina.
-
-Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un
-costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como
-sombra un perrazo negro...
-
-El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de
-hocico.
-
-Por serenarme, mordí la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los
-dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto, ya sentí que un
-bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello.
-
-El caballo, entonces, mandó un par de patadas, se estremeció enterito,
-y se agachó a la furia, como alma que se la lleva el diablo.
-
-Así salvé el pantano. Y apenas gané la opuesta banda, un alarido fiero
-y triste como llanto de mujer rajó la noche y se apagó en el monte...
-
-Y fuí a sujetar en casa de don Vallejos.
-
-Tuvieron que bajarme del caballo. Me manaba, del sofocón, sangre de
-las narices.
-
-Esa había sido la viuda, pues, señor... Diz que así se presenta. Que a
-ocasiones en forma de perro negro o de pájaro; a ocasiones es un
-burrito que está como pastando, al disimulo... ¡Y no bien lo ventajó
-el jinete, ya también se le trepó en las ancas y le echó los
-brazos!"
-
-FOOTNOTE:
-
-[2] «Tincar» no es castellano. Pero es una preciosa onomatopeya,
-inventada por los gauchos, y que da mejor que ninguna otra palabra, la
-nota, «tín»... del acero, que ellos tienen la costumbre de hacer
-vibrar entre los dientes cuando sienten vacilar su coraje. Además,
-emplean continuamente el cuchillo para abrirse paso, hachando gajos en
-la maraña; y de ahí proviene sin duda la palabra.
-
-
-
-
-LA MULA ANIMA
-
-
-Es una leyenda del bajo pueblo que va perdiendo su cariz fantástico.
-
-Evocad el Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada
-arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con
-sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre
-cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y
-tortuosas calles de piedra bola.
-
-De noche, ardía en las esquinas del centro un candil de sebo. El
-sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la
-hora y el aspecto del tiempo.
-
-En las casas donde había quedado alguna luz, revoloteaban
-encandilados, sobre los anchos patios, murciélagos errantes y
-siniestras lechuzas.
-
-La vida estaba llena de incertidumbres y peligros. Las guerras civiles
-llevábanse mucha gente a otras provincias. Los largos y penosos viajes
-a Chile y al Perú, que los jóvenes de la mejor sociedad emprendían,
-arreando valiosas recuas de mulas y caballos, dejaban en invierno los
-hogares huérfanos de esparcimientos familiares.
-
-A la terquedad del carácter español, a la intensa religiosidad de la
-época, a la constante zozobra de la ausencia y la espera, que hacían
-monótona y solemne la existencia, sumábase en los largos conticinios
-el horror de las iglesias, cuyos atrios y recintos servían de
-enterratorio a los decentes.
-
-Sólo en aquel ambiente melancólico pudieron formarse leyendas como la
-de la mula ánima.
-
-A media noche se le aparecía de repente, en el panteón de una iglesia,
-al mulato que volvía ebrio de alguna timbirimba o al medroso y
-fanático palurdo que ignoraba los peligros del sitio.
-
-Era una mula enfrenada, que arrojaba chispas por boca y narices, y que
-bufaba, encabritada, sobre el suelo fofo de las sepulturas.
-
-Era un ánima en pena. Y para librarla del purgatorio había que
-consumar una hazaña fabulosa: había que sacarle el freno a la mula.
-
-Aquel endriago provenía de un pecado sacrílego, pues se lo suponía
-engendro del cura con su barragana.
-
-Las beatas supersticiosas examinaban con aires de misterio, al salir
-de misa, al alba, los ladrillos del atrio, donde, a las veces, la mula
-ánima estampaba su casco de fuego.
-
-En el veredón de la antigua Catedral, que ya no existe, veíase, hace
-años, una laja que tenía marcada una herradura: era el rastro de una
-mula ánima.
-
-
-
-
-LA JUANA FIGUEROA
-
-
-Camino de "La Soledad", pasando el "puente blanco", en la esquina de
-un rastrojo y al pie del cerro, está el sepulcro de la Juana Figueroa.
-
-Es el santuario de una superchería popular, con todo el prestigio de
-una leyenda trágica.
-
-Al borde de una zanja vése un humilde túmulo de adobes, que remata en
-una ruinosa cruz de palo.
-
-Por sobre la verdura de los cercos míranse las torres y cúpulas de la
-ciudad, más allá las lomas de San Lorenzo, y en el fondo la azul
-lejanía de las montañas, que parecen encerrar en un perenne círculo de
-encanto la inmensidad del valle.
-
-El sepulcro de la Juana Figueroa es el santuario de una devoción
-torcida y pecaminosa para la ortodoxia del cura; para la bastarda
-emotividad de la plebe, es un lugar bendito, santificado por el
-martirio.
-
-Los pobres del suburbio, las muchachuelas palúdicas de los "cuartos"
-excéntricos, las cocineras de casas pobres, las alcahuetas
-supersticiosas, acuden todos los lunes a depositar como voto ante la
-milagrosa heroína, una vela de sebo, un medio boliviano, un
-corazoncito de plata.
-
-De día y de noche, arde continuamente en el sitio un centenar de
-velas. Para que el viento no las apague, la devoción, prolija,
-resguarda las fervorosas llamas, bajo un abigarrado techo de latas de
-tarro.
-
-Es una peregrinación anónima, pero obstinada y constante. Nunca se
-encuentra en el lugar bendito esas aglomeraciones un poco profanantes
-de la multitud. Cada cual a su hora, en un momento de angustia, de
-miseria, porta su ofrenda. Y sólo la muchedumbre de las velas
-patentiza la zozobra de las almas.
-
-A veces, al atardecer, vése llegar por el "carril" de "La Soledad"
-alguna mujer del pueblo, demacrada y enferma, con una criatura en
-brazos. Camina por la tierra polvorienta arrastrando la pollera, que
-al andar se pliega sobre los talones con blandura de harapo.
-
-Cuando está segura de que no la observan, se acerca al humilde túmulo,
-se arrodilla y ora en silencio.
-
-Después ofrece una vela encendida y se aleja a pasos largos.
-
- * * * * *
-
-En aquellos parajes vivía, hace treinta años, un pacífico mulato
-carpintero, casado con una joven mulatilla, bonita y alegre. Tenían un
-hijo.
-
-El hombre se marchaba temprano al pueblo, donde tenía el taller. La
-mujer y el pequeño lo esperaban hasta la hora de la comida.
-
-El hombre trabajaba mucho, pero ganaba poco; apenas para vivir.
-
-La esposa soportó bien durante el primer tiempo de casada la escasez
-de medios, halagada por el cariño al hijo y el amor del hombre.
-
-Alentaban la esperanza de poder un día salir de aquel lugar sombrío,
-enfermizo, vecino de la "zanja del Estado" y del panteón, aislado
-entre un monte de algarrobos, melancólico en sus largos días y sus
-desolados atardeceres. Pensaban irse a vivir al pueblo. Y así,
-pensando, se pasaron los meses.
-
-La mujer fué cambiando, poco a poco. En ausencia del marido
-frecuentaba el trato de algunas comadres y vecinas que tomaban mate a
-costa de la ingenua mujer del carpintero.
-
-Varias veces, al volver del pueblo, el hombre no había encontrado a su
-mujer. Pero entonces habíala esperado, habíala recriminado con
-dulzura, para entregarse a los íntimos deleites del pobres hogar y al
-encanto del pequeño.
-
-La mujer, confiada en el ascendiente que ejercía sobre su marido,
-nunca hizo mucho caso de sus reclamos. Y pronto las amigas la
-atrajeron a las borracheras del arrabal, donde la estúpida galantería
-del "tomo y obligo" afloja las vacilantes austeridades y da al traste
-con la compostura y decencia del artesano.
-
-El carpintero jamás quiso acompañar a su mujer a tales diversiones, y
-la dejó ir sola, cediendo a las instancias de las amigas y a las
-seguridades de una fidelidad probada asaz duramente.
-
-Y cuando el hombre vió al fin mermado aquel cariño, y cuando supo en
-el pueblo--él, el último,--la traición de la hembra ingrata y
-tornadiza, se dejó llevar a la deriva de la suerte, con la indolencia
-fatalista de los débiles y quiso, todavía más ciego, el caro amor que
-se le escapaba, aferrado a la ilusión de reconquistarlo de nuevo, todo
-para sí. Y fué manso, tolerante, imbécil; bueno como las tablas de
-fragante cedro que pulía en el taller. No dijo nada...
-
-Pero al volver del trabajo, una tarde, una vecina le contó que su
-mujer había pasado el día, en su propio hogar, con otro hombre. El
-carpintero llegó a su casa taciturno, pero tranquilo y amable como de
-costumbre. La mulatilla lo recibió en sus brazos.
-
-El hombre le propuso dar un paseo. La mujer lo siguió, y marcharon
-juntos, también el chiquillo, de la mano de su madre.
-
-Fueron hasta el "puente blanco", por el camino de "La Soledad".
-
-Se sentaron en el poyo del puente.
-
-El hombre no hablaba. No podía tampoco, aunque quisiera. Sólo
-acariciaba los crespos cabellos de la mulatilla, bonita y alegre.
-
-Empezaba a oscurecer. Era un crepúsculo de otoño, lloviznoso y gris.
-Levantábase al espacio el chillido inmenso, crepitante de los grillos.
-A largos intervalos iguales cantaba un crespín en la arboleda. Venía
-lenta, en el viento, la voz baja y solemne del campanón de San
-Francisco. Algún "ataja-camino" revoloteaba agorero en la penumbra; y
-bajo el arco de piedra del puente, ya ruinoso, abríase, entre las
-malezas, el reposo de las aguas paradas, sin vida, sin reflejos,
-hondura lóbrega, insalubre, hedionda...
-
-Ante el mutismo prolongado del hombre, la muchacha estuvo un instante
-sorprendida; luego alarmada e inquieta.
-
-Ella lo habló, lo interrogó, trató de explicar algo.... él,
-acercándose mucho, la miró en los ojos hasta el alma.
-
-Al verle así, la mujer, por la primera vez, le temió. El la estrujó,
-brusco, colérico. Ella gritó. Quiso fugarse, abandonando al hijo.
-
-Pero el hombre la alcanzó, la pilló, le ajustó las manos crispadas
-sobre el cuello, y la ahogó sin misericordia.
-
-El hombre, al huir con el hijo en los brazos, oyó tras sí lamentos y
-gemidos. Entonces, ensañado, volvió a la carga, y empuñando un fierro
-hallado por ahí, le machacó la cara, le reventó el cráneo, y la tiró
-después sobre las aguas muertas de la zanja.
-
-Así fué el asesinato de la Juana Figueroa.
-
-¿Por qué venera el bajo pueblo su memoria? Porque fué--dice,--una
-santa mártir. Y es que el delito de adulterio no existe en la
-promiscuidad monstruosa de la chusma.
-
-
-
-
-DON MATIAS LINARES Y SANZETENEA
-
-OBISPO DE SALTA
-
-
-Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a
-la sociedad de Salta, una singular contradicción entre las íntimas
-tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misión
-pública que desempeñó.
-
-El sacerdocio es, o al menos debe ser, una función militante.
-
-Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carácter; el fervor
-de la prédica; el espíritu de lucha, de propaganda y de polémica; el
-conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la
-fulminación del mal y del error. Así, el tipo del sacerdote es Iñigo
-de Loyola.
-
-Pero monseñor Linares fué, más que un sacerdote, un asceta, en la
-medida que su destino se lo permitiera; y más que un apóstol, fué un
-santo.
-
-Su carácter jamás se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza
-prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo.
-
-Se impuso, quizá sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta
-estima y consideración de su grey y de su pueblo, por el ejemplo más
-que por la acción; por la tolerancia, más que por la represión; por el
-amor y la templanza más que por el mando. Su notable política resultó,
-así, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su cálculo.
-
-Y aquel justo vivió, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal
-cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante.
-
-La acción acaso sea incompatible son la santidad.
-
-La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones
-al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y
-los bajos intereses de la vida os rechazarán, como a Jesús y como a
-Sócrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo
-apóstol es exclusivista...
-
-Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables
-condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de
-equivocarse; olvidar la perpétua contradicción entre lo real y lo
-ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano;
-buscarse, esperar en silencio, más allá de la mezquina existencia
-mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aquí el ideal del asceta,
-es decir, del justo, del santo, del puro cristiano.
-
-Y en épocas de discusión, de examen, de transmutación de valores
-morales, este tipo superior de religioso es tanto más admirable,
-cuanto menos posible en la moderna sociedad.
-
-No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su
-causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y
-mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad
-humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la
-conducta.
-
-
-
-
-II
-
-LOS CAMPOS
-
-
-
-
-EL ERQUE
-
-
-El erque es una flauta travesera de caña, larga hasta de tres metros,
-que remata en una bocina arqueada de cola de vaca unas veces y otra en
-un gran cuerno.
-
-Desde la embocadura hasta el punto en que se apoya la mano, la flauta
-va forrada de unos listones de suncho amarrados con hilo de lana. Así
-se asegura la rigidez del instrumento y se le aisla un poco del
-contacto para que vibre mejor. Es de industria indígena y la fabrica a
-su gusto el mismo que la toca.
-
-Usan el "erque" los naturales de las quebradas y altiplanicies
-andinas, pastores y leñadores que salen de madrugada para los cerros,
-caminan el día entero por abras y breñas y a la tardecita vuelven
-tocando el "erque" con la majada delante y el haz de leña a la
-espalda.
-
-La naturaleza sin el hombre que la puebla es cosa muerta. La poesía de
-la montaña no sólo radica en la grandiosidad agreste del paisaje, en
-la blandura lejana de las nieves, el salvaje rodar de los torrentes, o
-el florecimiento encantador del amancay y la berbena.
-
-Sobre todo eso que es tan hermoso, hay algo más hermoso todavía,
-porque nos ayuda a interpretar y a sentir; y es el hombre: el indio,
-hijo de la tierra, su hechura y su trasunto y su emoción.
-
-Podrán las gentes de sangre europea vivir cien años más en estos
-montes, y aun amar la tierra que conquistaron los abuelos españoles;
-pero el secreto vínculo del suelo con su raza, nos estará vedado hasta
-quien sabe cuándo: acaso para siempre.
-
-No estamos hechos de la misma sustancia que nutre el amancay y la
-berbena; no conocemos el semblante de cada rincón de cielo en cada
-valle; las humildes hierbas de los campos no alivian nuestros males;
-los cóndores no vienen a saltear nuestros rebaños en las cumbres; no
-sabemos cómo se corta una quirusilla en un despeñadero sin que se
-enoje el cerro; jamás podríamos cazar una vicuña con la mano o con un
-simple hilo; nada nos dice de antiguo y legendario el eterno zumbar
-del viento en los cardones; somos intrusos en esta tierra sagrada de
-razas milenarias que se extinguen; la naturaleza nos es casi hostil;
-el indio, su primogénito, desconfía siempre del blanco metalizado y
-codicioso.
-
-Una noche de luna yo comprendí todo eso. Fué en el campo.
-
-Un indio bajó de una quebrada con su perro. Venía a vender su leñita
-en el caserío. Bajaba tocando el erque.
-
-El, al toparme en su camino, se calló, pero yo le rogué que
-continuase.
-
-Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la
-luna por el azul infinito, el erque largó a los vientos su música
-salvaje.
-
-Pero aquello no es precisamente una música. Es el origen de la música.
-Es la congoja humana ensayando en un rústico tubo el ritmo de su
-primer estremecimiento. Es el gemido transformándose en acorde.
-
-Escuchándole de cerca se percibe el ¡hen!... penoso del llanto: En la
-embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se
-siente la vibración profunda del sollozo. En la embocadura es aun la
-emoción, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de
-una estirpe que muere.
-
-No puede darse una música más orgánica, más expresiva, más conmovedora
-en su crudeza.
-
-El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caña por la
-embocadura, con la derecha la mantiene de través, estirando el brazo.
-
-Según la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una
-esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate
-rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, según
-lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va
-subiendo, la caña va levantándose en amplio círculo, hasta apuntar al
-cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del
-viento.
-
-De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan,
-alientan, dan cuerpo al grito del corazón; acogen el íntimo dolor del
-hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las
-concavidades de la montaña.
-
-Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como
-arrobado en la misma tristeza del amigo.
-
-El indio es un viejo de puro tipo incásico. Está vestido con el burdo
-cordillate de los telares montañeses, calzado con la ojota ligera del
-pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejón del lugareño.
-Nada en esto es exótico. En cada detalle hay el sello de una tradición
-y de una raza.
-
-Y al conjuro de esta música tan genuinamente amarga, parecen despertar en
-los senos desiertos de la montaña los genios tutelares de un pasado
-remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores,
-vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melancólico
-fulgor de la luna.
-
-
-
-
-EL FANTASMA DEL REMATE
-
-
-El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en
-el fondo de la quebrada del Río Blanco. En lo alto de una meseta de
-aluvión cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde
-y rústico, semejante a una pequeña mancha parduzca, perdida en la
-verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona
-entre desfiladeros bordeados de queñoas y de alisos, el declive se
-pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales,
-pulidos por el eterno trabajo del agua.
-
-Dos cuadras más abajo, al borde casi del talud, alzábase el ranchito
-de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja
-harpía que curaba por secreto, hacía quesos y sembraba papas en un
-bolsón del cerro.
-
-Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si había velorios
-y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseríos y
-negociaban sus productos. Hospedábanse en casa de alguna comadre,
-junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntábanse allí
-las mujeres y los barraganes y al monótono toque de la caja, se
-entregaban por días al holgorio del baile y de la chicha.
-
-El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las
-abras. Dos o tres veces al año se presentaba en la "sala", para
-frangollar su abasto de maíz en el molino y rendirle al patrón la
-cuenta de las pariciones, que se las repartían por mitad, conforme al
-uso de las fincas.
-
-Huraño y taciturno, poco se daba el Serapio con sus vecinas únicas. Y
-para su vida frugal de pastor era bastante el avío de harina tostada,
-la chuspa de coca y el locro chirle que se cocinaba él mismo, avivando
-el rescoldo, al caer por las tardes a su rancho.
-
-Encerraba sus cabras en el corralito de pircas, tumbábase al calor del
-hogar en el suelo limpio, y se dormía como tronco, hasta que lo
-despertaba el fulgor del amanecer.
-
-Ninguna extraña inquietud venía a turbar su montaraz adolescencia, y
-no conoció más fiestas que el retozo bellaco de las cabras, el brillo
-del padre sol y la matinal algarabía de los pájaros.
-
-Pero una tarde la Leona y el Serapio se toparon, como al acaso, en una
-mesada. La vaquera apacentaba su ganado; andaba el pastor cuidando el
-suyo. La vaquera iba hilando un vellón, girando en el aire la rueca.
-El pastor llevaba el avío a la espalda y la honda en la diestra.
-
-El azar los puso cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una
-loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más
-aviesa, lo inició al indio, más ingénuo, en el raro misterio que
-cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas
-diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas
-mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la
-begonia escarlata entre las breñas.
-
-Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y
-juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los
-callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas
-barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que
-aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas
-laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá
-abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente.
-
-Y cuando vino el carnaval con sus jineteadas y sus zambras y su chicha
-de oro; cuando vino el carnaval con el boato de sus cintas
-multicolores y el monótono retumbo de sus cajas y la música doliente
-de sus largos erques, el Serapio tras la Leona bajó para el caserío.
-
-Pero la Leona, inconstante como buena hembra nómade, se mezcló en las
-borracheras con otros mozos más _churos_ y más ricos; y el miércoles
-de ceniza, muy al alba, lo hallaron al Serapio los peones de la finca,
-tendido boca abajo, borracho, a la orilla del camino.
-
-El indio se marchó esa mañana al puerto del Remate. Se fué cantando,
-embrutecido, con el acerbo amargor del primer desengaño en el pecho,
-sonándole en las orejas todavía el compás de la caja y una copla:
-
- _Tengo mi chacrita,
- tengo mi sandial,
- tengo una morocha
- para carnaval..._
-
-La vieja adivina maquinó sin duda, con sus malas artes, contra el
-pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaña y
-hubo en el rancho quien pudiese labrar con más vigor que la vieja los
-sembradíos del cerro.
-
-Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado
-como el toro, astuto como el puma. Tenía en los ojos mansos la
-pasividad, y en el corazón y en el músculo dormida la fiereza
-ancestral de la raza...
-
-Y como se alza la bestia herida, se alzó él a los cerros, para errar
-cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el
-fondo el ranchito de la Leona:
-
- _Tengo mi chacrita,
- tengo mi sandial,
- tengo una morocha
- para carnaval..._
-
-La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo
-de su flora tropical. En días despejados el sol ardiente, blanco,
-violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta.
-
-Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombría y amenazante
-bajo las nubes plomizas que el huracán empuja y hace encallar en las
-cimas. El rayo parte las peñas metálicas como a golpes de hacha; las
-laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los cañadones; el
-viento retuerce y quiebra los frágiles alisos y las fornidas tipas; el
-oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rápida, enloquecida,
-elástica, socava las peñas y arrea cauce abajo piedras enormes que son
-para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola.
-
-Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta
-sacudía las montañas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del
-Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio,
-carcomido por el agua.
-
-El indio volcó la piedra. La corriente, desbordada, cambió de madre.
-El aluvión tapó más abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y
-blanco del siguiente día iluminó con resplandores de fiesta el lujo
-tropical del paisaje solitario y desierto.
-
- * * * * *
-
-Han transcurrido muchos años. En el lugar donde se alzaba el rancho de
-la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces,
-andando en noche tormentosa por el lugar, a la cárdena luz de un
-relámpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una peña, alza
-los brazos como en una pavorosa imprecación de duelo.
-
-Dicen algunos que no es más que un árbol seco, una rugosa queñoa: para
-muchos, es aún el genio trágico de una venganza, el fantasma
-inconsolable del pastor.
-
-
-
-
-EL GAUCHO SALTEÑO
-
-
-Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las
-Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una
-falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el
-camino. El dueño, un gaucho de tipo morisco, nos acogió con toda clase
-de atenciones. Además, como la subida a la casa presenta ciertas
-dificultades para unos compañeros míos que venían en araña, el gaucho
-le gritó a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina:
-
---¡A ver, muchacho! Mostráles el camino a esos señores. ¡Y te has de
-sacar el sombrero!
-
-Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comíamos un
-asado a la caucana, gozábamos del sabroso y chispeante decir de
-nuestro huésped. Burlábase él de la porfía de las gallinas que
-picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; reíase de
-los perros flacos y _garrapatientos_, que lamían ávidamente el sebo de
-los guardamontes recién sobados, y amenazaban quitarnos la comida de
-las manos.
-
---¡A ver, muchacho!--gritó el gaucho.--¡Agarrá pues esa lonja, pegáles
-una _variada_ a los perros!
-
-Enarboló el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al
-algarrobo y al techo del rancho, apartáronse rehacios los perros hasta
-el guardapatio, y el gaucho reanudó su pintoresca charla, sentándose
-en una robusta silla de _tientos_ (tiras de cuero crudo), bajo el aro
-donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio
-de la casa.
-
-Por el patio se arrastraba un chico inválido, tullido.
-
---¿Qué tiene este muchacho?--pregunté.
-
---Si así no más ha _quedao_, con media res _cáida_, desde un empacho.
-
-Bajo la ramada que cubría la única puerta del rancho, envuelta en un
-negro rebozo, acurrucada en su catre de tientos, la abuela padecía una
-jaqueca implacable. Nosotros le dimos unos sellos de aspirina y al
-rato mejoró.
-
-Al tiempo de irnos hubimos de discutir para que el gaucho nos aceptase
-paga por el caldo y el breve hospedaje. Se mostró agradecido por
-algunas pequeñas provisiones que le dejamos. Dijo que él no podía
-correspondernos de otro modo que no cobrando.
-
-Esta generosidad del fronterizo contrasta con la tacañería de los
-indios de la quebrada del Toro y de los valles calchaquíes, acaso
-porque las exigencias de la vida agrícola y precaria de las montañas
-aguzan en el incásico un sentido de la economía, que el gaucho,
-exclusivamente pastor, mejor favorecido por el clima, no posee.
-
-
-
-
-LA SELVA DE ANTA[3]
-
-
-Una mañana salimos en busca de una anta que _paraba_, según decían,
-como a seis leguas de la casa. El animal había sido notado hacía poco,
-en los dominios del puestero ño Ventura. Este debía guiarnos monte
-adentro, al capataz y a mí, hasta dar con el anta, lo que no resultó
-tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso
-guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay
-tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el
-cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraña, espesísima y
-brava a veces. Además el gaucho, para correr en el monte, se cala
-guantes de cuero fabricados por él mismo, y un sombrero retobado de
-cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la
-frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. Así
-armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por
-la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o
-pillar un toro enmoscado.
-
-A ño Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros
-llevábamos; pero dijo que él no necesitaba de _garabinas_, y que para
-armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes.
-
-Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que
-desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La
-senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de
-trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado
-por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara
-y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con
-mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes
-helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor
-particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y
-todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las
-enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta
-dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso
-oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y
-fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las
-tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del
-bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco,
-ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la
-selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos
-verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol.
-Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer
-en el monte la presencia de animal alguno.
-
-Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo,
-habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas,
-conteniendo el aliento.
-
-Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas
-de bosque de una y otra margen, cuando sentimos _achar_ los perros,
-una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el
-caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga
-brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una
-pandilla de monos!
-
-Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una
-zanja enlodada, y empecé a escupir balas.
-
-Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los
-monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su
-gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y
-desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en
-las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de _cebús
-fatuellus_, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y
-en todo el Chaco salteño.
-
-Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los
-grandes árboles, llamada _carda_ por los gauchos. Contienen estas
-plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida
-en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su
-gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro,
-sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de
-los árboles.
-
-A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras
-unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal,
-en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un
-grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante
-la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos
-dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron.
-Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la
-gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los
-hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a
-pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los
-perros.
-
-Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el
-anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba
-descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada,
-brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las
-cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre
-los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño
-Ventura que iba delante, la completa identificación, la
-compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba
-cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura
-tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las
-hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los
-estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del
-guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun
-a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su
-cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las
-zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente
-apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo
-encajado más que montado.
-
-Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de
-la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó
-cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué
-imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros
-frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el
-capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los
-cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero
-del anta cazada. La encontró--dijo--bañándose en un pozo del arroyo,
-le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la
-enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para
-riendas y demás prendas de apero.
-
-FOOTNOTE:
-
-[3] Anta es un departamento de la provincia de Salta. También se llama
-así al _tapir_.
-
-
-
-
-CRUZ GUIEZ
-
-_Estancia del Rey, en Anta; Mayo de 1912._
-
-
-Yo deseaba conocer a ño Cruz Guíez, puestero del Campo Azul. Ayer
-tarde hemos ido a visitarlo a su rancho. En el patio hemos hallado al
-hombre, montado en un trozo de árbol, cosiéndole las mangas a su
-coleto. Muy cortésmente nos ha recibido; nos ha invitado a echar a pie
-tierra. Después ha soportado con cachaza las bromas de un amigo mío,
-empeñado en estimular el ingenio del gaucho.
-
---¿Dicen que usted ha cazado tigres por estos lugares?
-
---Velay, en ese algarrobo están colgadas las cabezas,--contestó Cruz,
-mostrándonos un montón de calaveras en que lucían magníficos
-colmillos.
-
---No creo que haya tigres por acá,--observó mi amigo.--Estas cabezas
-deben ser del gato de monte. Los fronterizos tienen fama de contar
-buenos cuentos...
-
-Pero el gaucho respetuoso e impasible a la vez, con el absoluto
-dominio de sí propio y la confianza en el propio valer que infunde la
-vida libre, sonreía dulcemente al percatarse de la intención de las
-bromas, y no respondía más que a las preguntas en que podría instruir
-a los amigos del patrón,--hombres puebleros,--sobre las cosas del
-campo. Nos ha mostrado la piel del último tigre, oreada, recién sacada
-de las estacas. Medía más de metro y medio del hocico a la base de la
-cola. Después nos ha explicado ciertos detalles de una cacería.
-
-Un día que salió a campear al cerro, había encontrado los restos de un
-ternero, mal tapados con tierra y palos por el tigre, que acostumbra
-esconder la presa. Y algunos días después, Cruz había caído en la
-huella del _bicho_, junto con dos puesteros vecinos suyos. Llevaban
-entre los tres como cuarenta perros, _livianitos_ y _con la guata
-floja_. Aquí no se concibe un puestero sin perros. Cualquiera posee
-diez o doce, brutos la mayor parte, flacos, hambrientos, feos, pero
-insuperables en los trabajos del pastoreo.
-
-Y a fuerza de rastrearlo al tigre por montes y breñales, al fin lo
-hallaron los perros, y cuando estuvo empacado de espaldas a un cedro
-enorme, ño Cruz Guíez le metió en la cabeza una bala de su _garabina_;
-una bala, de las dos que consigo llevara; y como el bicho no muriese
-todavía, hubo de ensartarle el otro plomo en el corazón.
-
---Esta es la calavera de ese;--decía ño Cruz, mostrándonos el cráneo
-fresco aún.--Yo le apunté al codillo, pero le pegué en la quijada,
-aquí. Entonces le tuve que hacer el otro tiro. Pegó un bramido fiero
-y se tumbó _antarca_, despaletándome un perrito de un manotazo. Varios
-perros quedaron, por confianzudos, con las tripas al aire; y otros
-andan por _áhi_, lastimados, con la gusanera. A ocasiones el tigre
-desloma un caschi de un zarpazo. Por esto se deja ver que es animal de
-mucha potencia. Cuando uno le apunta lo mira frente a frente y a la
-vez de errarle el tiro, no sé pues lo que le espera al cazador. Cuando
-brama enfurecido, en la pelotera, acosado por los perros más
-baqueanos, los cuzcos chicos se sueltan llorando con el rabo entre las
-piernas y los caballos tiritan, como si estuviesen con la tembladera.
-
-Pero el gaucho no hace alarde de su arrojo. Narra, simplemente, su
-caso y os invita para que le acompañéis en la próxima batida. No sabe
-lo que es el miedo. Sus músculos, fuertes como el guayacán, nunca
-tiemblan ante el _bicho_, señor de la selva, salteador del ganado; y
-con la misma tranquilidad con que sonriendo recoge a brazadas el lazo,
-dispara la única bala de su carabina sobre la temible fiera.
-
-Cruz Guíez es el prototipo del gaucho fronterizo. Alto, de contextura
-atlética, ingenuo rostro, negros y apacibles ojos, de movimientos
-fáciles como el gato del monte, y de ánimo alegre, como el cantar
-jubiloso de las chuñas que en la linde del bosque salvaje saludan el
-alba.
-
-
-
-
-III
-
-HISTORIETAS Y CUENTOS
-
-
-
-
-
-UN VIAJE RARO
-
-
-Serían las 11 de la noche del 13 de Febrero de 1905, (fecha memorable
-en los anales del crimen), cuando monté a caballo y partí de casa,
-rumbo a la Calderilla.
-
-Veraneaba en la Calderilla mi amigo U... con su familia, y era yo su
-huésped y acompañante.
-
-Y digo acompañante, porque no había allí otros pantalones que U... y
-el paraje es solitario y asaz aislado.
-
-Recostada en la falda de una loma, la casa de U... domina la ancha
-playa del río Caldera. Veinte cuadras al frente, costeando la banda
-opuesta, corre el camino a Jujuy. Un espeso bosque de tuscas y
-algarrobos cubre los terrenos adyacentes al río. Cruzando el de
-Wierna, como quien va de Salta a la Caldera, el monte se tupe, y hay
-un largo trayecto deshabitado, guarida frecuente de coyas cuatreros o
-de malhechores.
-
-En dos ocasiones la _sala_ de la Calderilla ha sido asaltada, aunque,
-felizmente, sin resultado.
-
-El peligro de un viaje nocturno por la región no es, pues, tan
-remoto; y sólo la irreflexión propia de la juventud nos vedaba
-temerlo.
-
-Así, a cualquier hora, caballeros en nuestras estudiantiles jacas,
-entecas y flojas, pasábamos sin pizca de miedo las playas ásperas y el
-enmarañado monte.
-
-Luego de atravesar aquella noche, al galope, la ciudad, me sujeté más
-allá de la estación, y puse el caballo al tranco. Había luna, pero un
-grueso y oscuro nublado encapotaba el valle de cumbre a cumbre, y sólo
-a ratos la blanca claridad se difundía por los campos. El ambiente
-pesado y húmedo amagaba lluvia.
-
-Bien sujeto el revólver al cinturón, me requinté el chambergo para
-mejor ver; puse un _acullico_ de coca y un trago de ginebra, y
-añadiendo acullicos a tragos y tragos a acullicos, dime a pensar en
-cosas indiferentes. Y avanzaba entre el clamor confuso de ranas y
-sapos y sabandijas, que de los charcos, y de los yuyos y de todos los
-vericuetos, levantan por la noche en las campiñas su obstinado,
-infinito vocerío.
-
-Sin otra novedad que algunos perros bravos que me salieron al paso,
-quedó Vaqueros a mi espalda. En Wierna entré a comprar fósforos en el
-boliche de Medina.
-
-Reanudada la marcha, y no muy lejos aún del boliche, me sorprendió el
-galope de un jinete que venía en sentido contrario por mi camino y
-que, antes de enfrentarme, se precipitó en el monte. Al otro lado del
-río Wierna me detuve. Un silbido agudo había hendido el aire. El ruido
-atronador del agua me había impedido apreciar de dónde venía el
-silbido.
-
---¿Qué será?...--me dije. Y seguí viaje, algo receloso, todo ojos y
-oídos.
-
-En aquel momento la oscuridad aumentaba, así es que me costó un poco
-hallar el camino a la Calderilla, donde el monte es más denso. De
-cuando en cuando el viento traía de lejos el retumbo de una caja, o el
-acento salvaje de un canto indígena; y a veces, el mujido melancólico
-de algún toro perdido en las cañadas pasaba en alas del eco sobre el
-pavoroso silencio de la noche.
-
-Hubo de hacer entretanto la ginebra su efecto, con lo que a poco me
-sentí valiente y despreocupado. Así es que no me asustó el bulto de un
-jinete plantado en medio camino, con quien casi me estrello.
-
-El hombre debía estar dormido, porque lo hablé y no contestó, y
-borracho además, porque, llegándome a él cuanto pude, vi que tenía
-inclinado el cuerpo sobre el cogote de su cabalgadura, que era una
-mula. El animal se había quitado el freno, aprovechando del sueño de
-su amo; y le quedaba de rienda la piola del bozal enredada a unas
-ramas. No podía, pues, disparar, aunque lo intentó cuando me acerqué.
-
-Dime cuenta del peligro que el pobre borracho corría, a discreción de
-una mula mañera, y de a caballo desenredé la piola, decidiendo
-llevarme al jinete a lugar seguro. La mula, impaciente al principio,
-concluyó por acostumbrarse al tiro, se olió con mi caballo y se me
-puso a la par.
-
-El jinete marcaba con descomunales flexiones de cintura las
-desigualdades del camino. Clavábase de cabeza, a un lado y al otro, y
-en las subidas se tiraba atrás, como un muñeco, tocando el anca con el
-sombrero, pero mantenía las piernas apretadas a los ijares de la mula,
-de lo cual deduje que sería buen domador.
-
-Sin cuidarme poco ni mucho del individuo, yo iba recitando unos versos
-adecuados a la hora, cuando se me ocurre pararme, para encender un
-cigarrillo. Observé que el borracho había perdido el sombrero y
-continuaba echado hacia atrás.--¡Eh, amigo!--le grité al raspar el
-fósforo.
-
-¡Y entonces, a la claridad amarillenta del fósforo, vi una cara de
-muerto! ¡Una cara de muerto, ensangrentada, horrible! ¡Una cabellera
-revuelta en mechones, una boca entreabierta, unos ojos opacos!
-
-La mula, con el fósforo, se tendió de costado y a todo correr
-desapareció en lo espeso del monte.
-
-Tan grande fué mi sorpresa que me quedé clavado en el sitio. Pero la
-ginebra, el amor propio y el revólver me templaron la fibra, y logré
-rehacerme y reflexionar.
-
-Y me acometió una sospecha terrible.--¿Habría habido aquella noche un
-nuevo asalto en la Calderilla? ¿Sería, quizás, el difunto, algún peón
-de mi amigo U...? El jinete del boliche ¿sería acaso un asesino que
-huía? El silbido ¿habría sido una señal de alarma, para avisar que
-alguien cruzaba el río?
-
-¡En tal caso, me habían espiado y me aguardaba una muerte inminente! Y
-me imaginé despanzurrado, como es de uso, entre dos lazos echados de
-improviso, a un tiempo, desde los opuestos bordes del camino.
-
-¡Sí! ¡Ya no me cupo duda! Desenfundé el revólver, y con el ardor de
-las supremas aventuras, arranqué al trote. Pronto pasé el río de la
-Caldera. La casa de la Calderilla se presentó a mi vista. ¡Ya oía
-claramente los ladridos de los perros! Pero en la casa no se veían
-luces, y este detalle aumentó mi ansiedad.
-
-De repente, sentí por el camino un tropel de galopes, luego un alarido
-salvaje, y dos jinetes sofrenaron sus caballos frente a frente de mí,
-cortándome el paso.
-
-Uno de ellos, con ademán calmoso, se tiró el poncho al hombro, sacó
-debajo una cosa que relumbraba y la alzó en alto.
-
-¡Me eché al suelo en un amén, y parapetado en mi caballo, le apunté a
-mampuesta! Iba a amartillar mi revólver, cuando el hombre dijo con
-seca y aguardentosa voz:
-
---¡Sírvase compañero!--y me alcanzó una botella.
-
-Exasperado, le respondí con una maldición, y montando de nuevo, llegué
-a la casa, donde mi amigo U... me esperaba.
-
-Díjome que aquella noche había reinado en la casa la más completa paz.
-
-Sin embargo, dos días después, supimos el bárbaro exterminio de la
-familia Quipildor, perpetrado en un ranchito de Wierna, la noche del
-13. El difunto que yo encontré resultó ser don Onofre Quipildor, el
-jefe de la familia, que había sido amarrado a la mula por los
-bandidos, con el fin de sembrar el terror.
-
-Los asesinos nunca fueron tomados. Pero es casi seguro que se trataba
-de una de tantas fechorías del famoso Juan Jiménez, y sus cómplices
-Polo y Cejador.
-
-
-
-
-EL ULTIMO VUELO
-
-
-Fué la noche del 25 al 26 de Enero.
-
-A través del espeso nublado, se tamizaba, en tenue resplandor grisáceo
-y uniforme, la luz de la luna llena. A ratos garuaba.
-
-Excitados por el café, agobiados por la miseria y el aburrimiento,
-compelidos por el deseo de lo insólito, resolvimos excursionar hasta
-la cumbre del cerro.
-
-La media noche sería cuando empezamos a trepar, paso a paso, por el
-empinado y tortuoso camino de la quebrada seca que divide al San
-Bernardo en dos gigantescas moles.
-
-La mojazón de la tierra untuosa y resbaladiza dificultaba más el
-ascenso, ya de suyo pesado, y a nuestros zapatos la greda se adhería
-poniéndoles un reborde embarazoso y grotesco.
-
-Hacia la mitad de la cuesta, desde un punto donde la pendiente se
-hincha en agrio declive, alzándose sobre las cañadas laterales,
-tenebrosas y quietas, pudimos admirar en la planicie la fantástica
-simetría de las luces de la ciudad, brillando en el fondo del valle
-cual las bujías innumerables que en el cuento oriental mostraba la
-muerte como prontas a extinguirse, al espíritu atribulado del
-agonizante.
-
-El poeta Peñalva sudaba a mares, lo que no le impedía incurrir en
-rebuscadas metáforas dantescas, con aquellos sus desmesurados ojos
-absortos de hipnosis y aquella hirsuta melena aventada por la locura.
-
-Kolbenheyer, jovial, alucinado, irrealista, jadeaba en la ascensión
-difícil, al aspirar el húmedo vaho de la tierra: el autor de _El falso
-hijo de la Beltraneja_ reconstruía mentalmente los monstruos
-terciarios cuyos fósiles tal vez hollábamos, y que poblarían en
-remotos siglos el paraje.
-
-Llegamos a una explanada donde el camino forma un recodo para ascender
-en mansa pendiente hasta la estatua del Redentor.
-
-Bajo el denso nublado que tapaba todos los rumbos del horizonte,
-contemplábamos a nuestra derecha, allá abajo, a través del fino
-follaje de los cebiles, el resplandor de la ciudad adormecida. Veíamos
-a la izquierda la hondonada profunda que, a espaldas del San Bernardo,
-se extiende, boscosa y desierta, sin una sola luz de rancho, sin un
-rumor de vida, prolongada en inmensa melancolía crepuscular, hasta el
-valle de la Caldera.
-
-Allí nos detuvimos a descansar. El silencio nocturno era imponente. El
-diálogo, animado al principio, había decaído hasta el soliloquio.
-
-El poeta Peñalva permanecía de pie, al parecer abismado en la
-contemplación del panorama. En cierto momento vi que alzaba los brazos
-y hacía un extraño ademán de vuelo. Parecía un cuervo, inmóvil en la
-piedra sobre la cual se había detenido.
-
-Kolbenheyer, de cara a la ciudad, acaso pensaba en la leyenda
-oriental, al ver apagarse, de cuando en cuando, las luces de la
-lejanía.
-
-Yo me había tumbado en tierra y procuraba localizar en el cielo, a
-través de las nubes, la posición de la luna.
-
-Transcurrió un tiempo largo, durante el cual no se habló palabra.
-
-Después, me incorporé un poco; Kolbenheyer se había echado a su vez
-boca arriba. Peñalva seguía de pie. Su silueta inmóvil me impresionó.
-Me levanté, me acerqué a él. Lo llamé en voz baja. Como no
-respondiese, lo toqué en el hombro, pero tampoco se movió. Entonces,
-mirándole los ojos comprobé que estaba dormido: dormido en sueño
-hipnótico, las pupilas desmesuradamente abiertas.
-
-Mi sensación fué de angustia. He aquí, me dije, las resultas de esa
-manía de autosugestionarse, de mi extravagante amigo.
-
-En vano Kolbenheyer acudió en mi ayuda. Inútiles fueron los esfuerzos
-para despertarle.
-
---Bueno, está enviciado,--dijo Kolbenheyer.--Y como ni usted ni yo
-sabemos de hipnotismo, dejémoslo aquí hasta que despierte, pues sólo
-él podría despertarse. Entre tanto vámonos hasta el Cristo, a
-contemplar la ciudad desde esa altura. Allí tocaremos la campana;
-quizá con el ruido se despierte.
-
-Accedí, y nos alejamos por el cerrado camino. Así anduvimos largo
-trecho, sin hablarnos.
-
-La solemnidad de la noche se complicaba con aquel incidente, un tanto
-raro, un tanto cómico. Dos cuadras más allá, Kolbenheyer, cogiéndome
-del brazo, balbuceó:
-
---¿Estaría muerto?...
-
-Aquella pregunta me impresionó vivamente, la emoción ahogó mi voz, las
-lágrimas me saltaron a los ojos:
-
---¡Imposible!--dije, aferrándome a la lógica, pero atraído por la
-violenta fascinación de lo sobrenatural.
-
-Luego, movidos por el mismo impulso, arrastrados por la misma
-torturante duda, echamos a correr cuesta abajo, para ver al poeta.
-
-Al llegar al sitio donde le habíamos dejado, Kolbenheyer, que iba
-delante, gritó:
-
---¡Eh, bárbaro! ¡No está! ¡No está aquí!
-
-Las piernas se me aflojaron. Interrogué con los ojos extraviados al
-cebilar negro y mudo, y grité a mi vez:
-
---¡Peñalva, Peñalva!...
-
-Y el eco devolvió las últimas sílabas desde el cañadón vecino:
-¡alba!... ¡alba!
-
-Y Kolbenheyer y yo, atónitos ante la piedra que momentos antes
-sirviera de peana a nuestro loco amigo, nos interrogamos mutuamente,
-desconcertados.
-
-Habían transcurrido algunos minutos. El silencio era en aquel
-instante, aterrador. La hondonada abierta a nuestros pies era una sima
-impenetrable.
-
-Y de pronto, de ahí cerca, de muy cerca, acaso a tres metros de
-nosotros, del fondo de la maraña tenebrosa y bravía, se alzó en el
-aire, violó el silencio, un aleteo lento, un chapoteo lúgubre; y un
-enorme vampiro, un monstruo absurdo como una creación de delirio, se
-alejó volando.
-
-Arturo Peñalva había muerto.
-
-En el mismo sitio le hallamos descalabrado, al pie de un cebil.
-
-
-
-
-LA CACERIA DE PATOS
-
-
-Aconsejo a las señoras mamás que no les permitan a sus hijos salir de
-caza los domingos por la mañana.
-
-Cuando el niño toma la escopeta y se mete cincuenta cartuchos en el
-tirador, tenga por cierto la mamá que algún desastre se prepara.
-
-Si alguna vez, lector, te sucede la desgracia de tener un niño,
-críalo, te lo aconsejo, entre algodones; y cuando le toque ir a la
-escuela, tú en persona has de acarrearlo, para evitar las malas
-compañías. Porque es necesario saber de una vez que todo niño es
-bueno, y que son las malas compañías las que lo echan a perder. A
-causa de ello empiezan a volverse respondones y desobedientes.
-
-En mi niñez he sido de angelical naturaleza, hasta que en quinto grado
-escolar contraje amistad con el gringo Burela y el fiero Garnica, par
-de cachafaces que me enseñaron a hacer la rabona, y a los cuales, dado
-mi precoz espíritu de emulación, no tardé mucho en sobrepasar.
-
-Con ese nobilísimo compañerismo de la infancia que se fortifica hasta
-el sacrificio en cuatro barrabasadas hechos de consuno, amaba yo al
-gringo Burela y al fiero Garnica más que a mis padres.
-
-Mi alma inquieta y ansiosa de libertad sólo hallaba en la casa donde
-se desvivían por educarme, los odiosos sermones consuetudinarios, las
-penitencias de narices a la pared, y los coscorrones, agudos como
-aleznas, de mi madre. Por eso me gustaba la escuela, pues en ella al
-menos me era dado embromar a gusto. ¡Qué diferencia con el hogar!
-
-Allí reinaba yo, en las camorras de los recreos, compartiendo el botín
-de trompos y bolillas, con esos dos amigos, bravos prosélitos, cuya
-compañía hubo de costarme tantas lágrimas.
-
-Llevábanme ambos tres o cuatro años en edad, y el fiero Garnica la
-cabeza en estatura. En cuanto al gringo Burela, que en paz descanse,
-ya lo describí cuando relaté su ominoso asesinato.
-
-El hecho es que un domingo, al alba, me escapé de casa para irme con
-mis dos amigos a cazar patos a la Lagunilla.
-
-Durante los coloquios de nuestras rabonas, habíamos acariciado, desde
-meses atrás, esta cacería, que asumía en mi imaginación de lector de
-Calleja, brillantes perspectivas de aventura.
-
-¡Qué hermoso, irse solo al campo, cuando no se conocen todavía ni los
-suburbios de la villa natal!
-
-Mis camaradas me habían hablado de una vasta extensión de aguas
-profundas, donde bogaba un bote a vela, y a la que venían a asentarse
-inmensas bandadas de patos.
-
-Era el fiero Garnica un jastial largo y desgarbado, tutado de
-viruelas, con una gran frente, elevada y plana como una pared. Habíase
-conseguido, no sé cómo, una escopeta antigua, de chispa, de un solo
-caño, amén de un tarro de pólvora y otro de munición gruesa. A falta
-de tacos de fieltro, nos servirían unos pedazos de papel secante que
-habíamos de mascar para cargar el arma.
-
-En el camino, la contemplación de aquel vetusto y herrumbrado
-instrumento, que el fiero Garnica sostenía en el hombro con porte
-marcial, nos hizo prorrumpir en acaloradas manifestaciones de júbilo.
-
-Un troncho de dulce seco, un poco de pan y otro de queso, formaban
-nuestro avío, que el gringo Burela sustentaba en la punta de un palo,
-colgado de una bolsa; esto sin olvidar la sal y los fósforos para
-comernos los patos asados a la caucana.
-
-Impelidos por la acucia de la aventura, marchábamos de prisa, con el
-vago temor de vernos alcanzados por la policía, si en mi casa se
-hubiesen percatado de mi fuga y recomendado mi captura.
-
-El fiero Garnica marchaba a vanguardia. Burela y yo mirábamos con
-cierto respeto la escopeta, cuyo complicado mecanismo no
-comprendíamos. Y en la delictuosa escapatoria del hogar, mi instinto
-de conservación me hacía considerar el misterioso peligro de tales
-pirotecnias.
-
-Así, andando, andando, al rayo del sol, pronto estuvimos a la orilla
-de la laguna.
-
-Entonces tuvo lugar la operación de cargar el arma. Burela y yo
-mascábamos el papel secante. Garnica echó con un cartucho la pólvora
-por el caño.
-
-Habíamos alcanzado a divisar unos veinte patos. Garnica, muy nervioso,
-acabó de cargar de un baquetazo. Nosotros nos echamos al suelo de
-bruces: él avanzó al sesgo entre unos matorrales, agazapado, en un
-furtivo rodeo estratégico.
-
-Al fin, anhelantes, ansiosos, le vimos enderezarse, apuntar un buen
-rato, y ¡pum!
-
-¡Fué una hecatombe! La escopeta se partió en dos. La parte de la
-culata voló lejos, y un pedazo del caño se le clavó en la frente a
-Garnica. Este, con el feroz culatazo, se cayó de espaldas.
-
-Corrimos, lo levantamos, lo palpamos. ¡No le salía sangre! ¡Tampoco le
-dolía nada! Al contrario, se reía, ¡y tenía clavada media vara de caño
-en la frente!
-
-No había que perder tiempo. Antes que le viniese el dolor lo tumbamos
-de espaldas, y el gringo Burela se le subió encima y le apretó el
-pecho. ¡Yo me agarré del caño, le puse la rodilla en la frente, hice
-un esfuerzo terrible y conseguí arrancarle el hierro!
-
-¡Jamás operación quirúrgica dió mejor resultado!
-
-El paciente se incorporó, se pasó la mano por el agujero de la frente,
-ensangrentada, extendió el brazo y señaló la laguna. En el agua
-flotaba un tendal de patos.
-
-Y así acabó la cacería.
-
-Hubo que venir al pueblo por un coche. A mí me aplicaron una
-reprimenda. Al gringo Burela lo sobaron en su casa.
-
-Y al inmortal fiero Garnica, pocos días después lo daban de alta en el
-hospital del Señor del Milagro.
-
-
-
-
-EL CABALLO QUE PERDIO LA LENGUA
-
-
-Andábamos de cabalgata una tarde por las lomas de La Caldera, en el
-verano del 98. Hallábame enamorado de una preciosa niña, delicada y
-pura como una azucena. Hacía yo por entonces mis primeros ensayos
-poéticos, y no preciso declarar que la encantadora chica era la
-víctima inocente de tales ensañamientos.
-
-Esa tarde de Enero mi amor había levantado presión, y marchábamos paso
-a paso, a retaguardia de la cabalgata; a la par nuestros corceles, y
-nuestros corazones al unísono.
-
-Ya no recuerdo qué de cosas le dije, lo cual es una suerte para el
-lector, que se encontrará harto de leer declaraciones amorosas en
-prosa y verso.
-
-Viajábamos de Caldera a Calderilla, y, como hubimos de salir muy
-temprano, contábamos con regresar antes del anochecer. La tarde estaba
-hermosa. El sol al ponerse teñía los cielos de anaranjados matices y
-desde la altura podíamos espaciar la vista hacia los remotos
-horizontes montañeses.
-
-Mientras mi lengua de enamorado infatigable se desataba en melífluas
-expresiones del más charro gusto, bajaba mi compañera púdicamente los
-ojos, sin atreverse a mirarme: actitud que después he sabido que en la
-mujer, a veces, significa; "es usted un tonto".
-
-No digo que la chicuela me tuviese por tal, ni mucho menos, pues su
-experiencia de los hombres era escasa, pero sí pienso que los
-requiebros la atormentaban. No hay duda que el panorama le resultaba
-más interesante que yo.
-
-He dicho que la niña era delicada y pura como una azucena y añadiré
-que además poseía la exquisita sensibilidad de una mimosa.
-
-Una de sus amigas iba montada en un caballo que acababa de perder por
-completo la cola en un accidente de carruaje, y la vista de la
-repugnante y fresca mutilación la aterró hasta el punto de que casi se
-descompuso de sólo mirarla.
-
-El encuentro de un sapo la producía carne de gallina, y si algún
-áspero escarabajo venía volando a golpear torpemente su blanquísimo y
-pulido cuello, gritaba y zapateaba, la melindrosa, a fin de que la
-librasen del atrevido monstruo.
-
-Yo montaba un caballejo que me prestara un tío mío al comenzar las
-vacaciones, y aunque el animal era manso y tranquilo como un cordero,
-esa tarde lo venía sintiendo alborotado y quisquilloso como un potro.
-
-Me había errado algunos cabezazos a la nariz, y con el objeto de
-reprimir sus intempestivos bríos, y como que yo lucía mi ecuestre
-pericia, lo espoleaba de trecho en trecho y lo sujetaba, después, de
-un tirón, con lo que el animal se quedaba un rato quieto. Pero hasta
-que llegamos al patio de la Calderilla, donde le pegué la postrera
-soba y una sofrenada magna, el mancarrón no acabó de sosegarse.
-
-Entonces nos tocó apearnos y ayudar a las niñas. Cada cual bajaba su
-pareja. Cambiábanse saludos de cumplido con los dueños de casa, los
-que en seguida nos invitaron a descansar en el corredor y a tomar
-algún sorbete.
-
-Cumplida la galante tarea, me acerqué tirando los dos caballos, el de
-la chica y el mío,--para atarlos a un poste del guarda-patio, cuando
-noté que a mi caballejo le chorreaba un hilo de sangre por los labios.
-
-Miro al suelo, busco y, ¡oh cosa tremenda! Mi caballo había perdido la
-lengua. Este adminículo yacía por tierra, envuelto en polvo. Le habían
-colocado el freno del revez, al infeliz. El freno le había cortado la
-lengua.
-
-Mi pobre caballo, mudo, naturalmente, no pronunciaba ni una queja. Mas
-de sus grandes y lánguidos ojos manaban espesas lágrimas.
-
-¡Oh cruel insensatez, oh ceguera del amor! ¡Y el ridículo que me
-esperaba si mi caballo se caía muerto! Yo lo observaba, pero él no
-demostraba dolor. Me quedé estupefacto, con la lengua en la mano, a
-la espera de un desenlace fatal; y tuve que metérmela de prisa en el
-bolsillo, pues en aquel momento llegó mi chica, y bajaron al patio los
-de la cabalgata y dieron la voz de regreso.
-
-
-
-
-LA TRANSMIGRACION
-
-
-Nunca he podido creer en aparecidos ni en cosas del otro mundo,
-gracias a mi costumbre de buscar con afán, aun en los hechos
-irresolubles a primera vista, la natural explicación que, en rigor,
-todo misterio debe encerrar.
-
-Sin embargo, en el fondo de lo inconsciente, el hombre menos
-supersticioso conserva en forma larvada, como patrimonio psíquico de
-sus antepasados, un terror instintivo por lo inexcrutable, muy difícil
-de vencer con la razón, cuando el caso concreto se presenta.
-
-Y bien. Yo he sido víctima de ese terror en la ocasión que paso a
-referir. Pero, ante todo, haré constar que únicamente lo
-extraordinario del suceso pudo poner en tan ruda prueba la firmeza de
-mis convicciones.
-
-El verano del año pasado volví una noche muy tarde a casa.
-
-Me hallaba preocupado con la enfermedad de mi amigo el señor H. que
-tenía el apodo de _Chivo Pedro_. Ciertamente, aquel señor de cara
-morena y larga, cabellos y barbas grises, recortadas en rectángulo,
-con dos lobanillos en la torva frente y unas manos nudosas como palos
-de parra, se parecía de un modo alarmante a un chivato. Acentuaban
-además estos rasgos, ciertas gesticulaciones, y unos resoplidos
-nasales, cortos y bruscos, a modo de estornudos breves. De donde el
-inevitable apodo.
-
-Aquella noche venía yo de su casa. Los médicos habían perdido la
-esperanza de salvarle.
-
-Cuando cerré tras de mí la puerta de calle, con estrépito, el golpe
-rodó a lo lejos por el caserón vacío. Yo era su solo habitante, pues
-mi familia estaba en el campo.
-
-Al pasar la puerta cancel me volví, con la impresión de que había
-alguien en el zaguán. Y no del todo tranquilizado, atravesé el patio
-silbando, y entré en mi cuarto.
-
-Encendí la vela que estaba sobre el escritorio, me miré al espejo, me
-quité el sombrero, y observé cómo el espejo ahondaba la obscuridad del
-patio. Había en este detalle una inquietante obstinación de tinieblas
-y de silencio.
-
-Me senté a escribir, de espaldas a la puerta, abierta de par en par.
-
-No tenía sueño, y me había propuesto acabar un soneto maldito en que
-me engolfara la noche anterior. Pero no daba en la tecla. Las musas me
-abandonaban visiblemente, a mi despecho; y los ojos de la hermosa
-ingrata que me inspirara, bailábanme en el magín una danza macabra,
-junto a los ojos saltados del agonizante.
-
-Con la estéril cabeza entre las manos, imaginé que estaba sosteniendo
-un zapallo.
-
-De pronto, un inusitado aleteo me crispó los nervios. Era un
-murciélago que revoloteó encandilado en torno del techo, y, rociándome
-de paso, desapareció con un débil chillido.
-
-La preocupación que hasta ese momento había logrado alejar de mi
-espíritu, empezó a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la
-puerta. Pero no me atreví a volverme en el sillón giratorio en que
-estaba sentado. Me asustaba la idea de que el sillón, falto de aceite,
-se pusiese a chillar.
-
-Sentí entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me imponía su
-mutismo; ese mutismo extraño que nos revela a veces, en las cosas y en
-los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo.
-
-Con el oído absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche.
-
-Ya no pensaba en nada. Solamente oía.
-
-Una mosca, zumbando torpemente, me pegó en la cara. Y yo escuchaba. El
-grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el
-corazón en desórden.
-
-Un papel arrastrado por sigiloso viento cruzó el patio, se estrelló
-contra una pared y se dobló con ruido desigual.
-
-¡Algo iba a ocurrir! ¡Algo sobrenatural!
-
-Y me suspendí casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso
-instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves resonó en el
-patio y avanzó en dirección a mi cuarto.
-
-¡Alguien había transpuesto mi puerta, y se había plantado en media
-habitación!
-
-Inmediatamente, comprendí yo esto; ¡aquellos pasos no eran, no podían
-ser de gente!
-
-Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y miré:
-¡un chivo negro, barbudo, diabólico, estaba allí! Inmóvil, me
-observaba, rumiando con espantosa impavidez.
-
-Sonó entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia,
-asustada, dió cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareció
-en la sombra.
-
-Otros aldabonazos tremendos me arrancaron del estupor en que me había
-sumido. Y cuando abrí la puerta, me encontré con el muchacho de la
-panadería vecina, que venía a reclamarme el chivo de su propiedad,
-escapado mientras horneaban, por una tapia baja que separa la huerta
-de casa de la panadería.
-
-Por la mañana, supe la muerte de _Chivo Pedro_, acaecida esa noche.
-
-
-
-
-EL SUICIDIO DE BURELA
-
-
-El invierno pasado trepaba yo casi todas las mañanas por el camino del
-cerro, que conduce al Redentor.
-
-Era un excelente deporte que me endurecía las piernas, y que me brindó
-la ocasión de revolucionar mis nervios cierta vez.
-
-He aquí el caso:
-
-Una mañana iba por el camino, muy despacio, deteniéndome de trecho en
-trecho a respirar y a mirar el horizonte que la niebla permitía
-descubrir, y estaba ya en mitad del cerro, frente a la cueva del viejo
-Castro, cuando vi en un banco, a la izquierda, sentado un hombre.
-
-No me extrañara el encuentro si el individuo no me habla.
-
---¡Hola, Dávalos!--me dijo.--¿Qué andás haciendo?
-
-Le observé, asombrado, de hito en hito, y ¡oh, prodigio! era el gringo
-Burela. Pude reconocerlo a través de una capa de roña que lo
-enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y
-una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpía por
-un agujero apical del incoloro chamberguito.
-
-Bajo el cachete derecho, hinchado como un túmulo, rotaba lentamente un
-monstruoso "acullico" de coca.
-
-Dos ojillos verdes, de párpados enrojecidos por el insomnio y el
-vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia.
-
-Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscípulo, mi camarada
-inseparable y vecino de barrio.
-
-Con él hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conocía él un
-escondrijo al pie del cerro, adonde jamás pudo llegar el ojo alerta de
-_Caranchito_, el regente, que desde la azotea espulgaba con un
-telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos.
-
-Con él, con ese gringo Burela, que estaba ahí, habíamos apedreado a
-los transeuntes escondiéndonos tras el parapeto en los tejados; con él
-le habíamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente;
-con él azotábamos a los perros, atábamos a las viejas, manto con
-manto, en las procesiones; nos farsábamos de los opas que trotaban por
-la calle, y robábamos naranjas de los boliches; y con él un día
-concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un
-ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza.
-
---Yo voy allá arriba--le contesté.--Y tú, ¿qué te hacés ahora? ¿Qué te
-hacés aquí? ¿Por qué tienes esa facha?
-
-Sin cesar de masticar su acullico, me respondió en tono cínico:
-
---Soy socio de Vago Hermanos y Cía...
-
-Luego me contó que él nunca había sentido ganas de trabajar, y que,
-sin saber cómo ni cómo no, se había vuelto borrachón y perdulario.
-
---No tengo casa en el pueblo--añadió.--Van dos meses que vivo aquí en
-el cerro. Duermo en la cueva del viejo, allí enfrente.
-
-Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del
-pantalón:
-
---Estoy dispuesto a no sufrir más--me dijo, hablando con calma.--Ayer
-traje esta piola para ahorcarme...
-
-Se puso de pie, vivamente excitado. Me miró de soslayo, y se sorbió un
-sollozo harto húmedo.
-
-Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias,
-uñas negras y crecidas.
-
---¡Cáspita!--exclamé.--¿Y porqué no te ahorcaste ayer?
-
---No quiero morir de noche,--contestó con melancolía.
-
-Lanzó un suspiro, y declaró que le faltaba ánimo, aunque le sobraban
-deseos de acabar con sus días. Entonces, un pensamiento diabólico me
-rozó el cerebro, como una ala negra.
-
---Hombre--le dije.--Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te
-ayudaré, prestándote la energía ejecutiva que te falta. En efecto, no
-puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. ¡Venga esa piola!
-
-Examiné los alrededores. Me convencí de que estábamos solos.
-
---Ahora a buscar un árbol.
-
---¡Allí!--respondió la víctima, con los ojos extraviados, señalándome
-uno. Su acento firme ponía en evidencia su resolución mortal.
-
-Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al
-pie de un cebil que se inclinaba sobre rápida pendiente.
-
-El gringo Burela, ansiosamente, divisó por última vez el cielo azul,
-el cerro, el valle de Lerma; se persignó despacio y tiró el
-chamberguito barranca abajo.
-
-Con semblante afligido me estiró la puerca mano, en señal de despedida
-y prenda de gratitud.
-
-Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pasé la piola por una
-horqueta, me colgué de la otra punta, y el gringo Burela, como por
-roldana, saltó al aire.
-
-Lanzó un silbido ronco, sacó una cuarta de lengua, se le amorató la
-cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pasó de ésta
-a la eterna vida.
-
-Sereno, até yo la piola al tronco y me alejé del macabro espectáculo.
-
-El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vacío.
-
-Yo había cumplido un deber de amistad.
-
-
-
-
-EL CASO DEL ESQUELETO
-
-
-¿Existen en la naturaleza fuerzas cuyo modo de actuar nos es
-totalmente desconocido, y cuyos efectos podemos, sin embargo, percibir
-en nosotros, o en el medio que nos rodea, en ciertas circunstancias
-raras, o en ciertos anormales estados psíquicos?
-
-¿Hay, fuera del mundo material, más allá de lo que nuestra
-inteligencia puede someter a medida, una existencia aparte, un modo
-distinto, un diferente aspecto de lo real?
-
-El que algunos animales posean sentidos cuyo funcionalismo se nos
-escapa, por ejemplo, las líneas laterales de los peces, parecería,
-desde luego, confirmar la presencia de tales fuerzas.
-
-Por otra parte, a veces, iguales órganos, en un tipo zoológico,
-presentan enormes diferencias de sensibilidad, en el desempeño de una
-misma función. Así, mientras algunos mamíferos son sordos, o poco
-menos, las mulas poseen una agudeza de oído muy superior a la del
-caballo. Y aun es de creer que la facultad que el vulgo les atribuye,
-de presentir los peligros, provenga de un sexto sentido,
-correspondiente a un orden desconocido de la energía cósmica.
-
-Aparte del natural temor que la noche infunde en casi todos los seres,
-puesto que les priva de las percepciones visuales, tan importantes en
-la lucha por la vida, tengo por indudable que después de la puesta del
-sol entran efectivamente en acción aquellas fuerzas.
-
-Fué a la hora crepuscular cuando la mula de un amigo mío, muy mansa,
-no se dejó quitar el freno con el potrerizo de la finca; el cual, una
-hora después caía muerto en la cocina de los peones... ¿Qué vió la
-mula en la cara del hombre, o qué olió en él, o qué sintió?...
-
-Desde luego, se sabe que el estado eléctrico de la atmósfera cambia
-del día a la noche, y que estos cambios influyen directamente sobre el
-mundo orgánico, y hasta modifican el funcionamiento de ciertos
-aparatos.
-
-Por una flagrante contradicción entre lo que hay en mí de razonador y
-científico, por una parte, y de instintivo y atávico por otra, nunca
-he logrado, a pesar de una larga cultura intelectual, sustraerme a la
-influencia inquietante de la noche.
-
-Sin creerme un cobarde, ni ser un neurótico visionario, confieso que
-un panteón o un bosque desierto, a media noche, pesan en mi corazón
-con todas las angustias del presentimiento; y esa prodigiosa bóveda
-celeste que no acaba nunca sobre mi cabeza, me abisma en un horror
-increíble al vacío infinito y negro, en el cual, siempre que estoy
-solo de noche, y a cielo descubierto, tengo la sensación de caer y
-caer vertiginosamente, boca arriba.
-
-¡Muchas veces se me han erizado los cabellos en tales momentos! ¡Y
-cuántas he sentido cerca de mí la presencia, en las tinieblas, de
-_algo_ que no es _alguien_, pero que existe, que _es_! ¿Acaso la
-condensación de esas fuerzas?... ¿Acaso el espectro de las cosas?...
-
-¡Qué sé yo!...
-
-Y bien. Tenéis derecho de reir, vosotros, los sanos y los
-equilibrados. Me llamaréis loco; pero lo que os voy a contar es tan
-absolutamente cierto, que a fin de convenceros de mi veracidad, habré
-de confesaros toda la verdad, toda la triste verdad.
-
-Yo me había enviciado en el whisky, y la coca... y esta circunstancia
-explica en parte el inusitado suceso de que fuí actor.
-
-En aquella época de mis excesos alcohólicos, una noche, muy tarde, me
-fuí a dormir, impresionado con la muerte de un pariente que agonizara
-desde medio día.
-
-(Tengo en mi cuarto un esqueleto, propiedad del colegio nacional, en
-el que suelo estudiar.)
-
-En cuanto abrí la puerta de mi cuarto, (debo hacer constar que en casa
-no había nadie), tuve la sensación de la presencia de ese alguien...
-Con gran cuidado cerré la puerta y encendí prestamente un fósforo.
-
-Al dar un paso hacia mi cama para encender la vela que estaba en el
-velador, vi que el esqueleto alzaba una mano y la asentaba sobre un
-libro; uno de los libros que había en la mesa junto a la cual estaba
-colgado el esqueleto.
-
-Encendí la vela.
-
-Al darme cuenta de todo eso, realicé un poderoso esfuerzo de voluntad
-para dominar el miedo que me ahogaba; y sereno, impasible, lógico, me
-propuse llevar el análisis del caso hasta el último límite.
-
-Y pensé: puesto que el esqueleto se ha movido, sepamos por qué causa
-se ha movido.
-
-Abrí el libro, sobre el cual se apoyaba la mano, que era la derecha, y
-leí el título: "El crimen y la locura", por A. Maudsley. Conocía yo la
-obra. Contiene historias de criminales y su estudio patológico. El
-autor es inglés. Se refiere a crímenes cometidos en Inglaterra y en
-Francia. El esqueleto era preparado en Francia. Tenía una placa:
-"Jules Talric, preparador". Sabido es que las prisiones suministran a
-estos industriales el material....
-
-Durante mi ausencia, ¿habría estado leyendo el esqueleto, en el libro,
-quizá su propia biografía? Pues según los promedios antropométricos el
-esqueleto había pertenecido a un asesino.
-
-Sin embargo, mirándole de cerca, me fué imposible descubrir signo
-alguno de vida en sus órbitas vacías, y comprobé que la caja torácica
-permanecía trasparente entre las costillas.
-
-Luego, vigilándole siempre, anduve en cuatro pies, mirando debajo de
-los muebles, a fin de constatar si no sería algún gato el agente del
-hecho inexplicable.
-
-Formulé la hipótesis de una corriente eléctrica que, imantando de
-golpe las articulaciones de hierro, hubiese determinado la
-contracción del brazo; pero mi incompetencia en física volvía inútil
-la teoría.
-
-Otra vez me enfrenté al esqueleto. Yo sentía una desesperación rabiosa
-por investigar y aclarar el misterio; yo sentía que me estaba
-trastornando poco a poco el horrible misterio; y en un acceso
-violento, irresistible, lancé una descomunal carcajada que resonó por
-la casa desmantelada y oscura; y empujándole como a un péndulo, hice
-oscilar al esqueleto en su perno. Y el eco de mi risotada, y el seco
-chocar de los huesos, llevaron al paroxismo mi exaltación nerviosa.
-¡Oh!... Cuándo estéis a media noche solo en vuestro cuarto, lanzad, si
-podéis, una carcajada, os lo ruego.
-
---¡O, yo te haré confesar la verdad o me matarás!--le grité al
-esqueleto.
-
-Sí. Era preciso, era urgente, apurar todos los medios de prueba, pues
-iba de lo contrario a enloquecerme.
-
-Con un ardor febril lo destornillé de su pedestal, lo vestí con un
-pantalón y un saco, lo senté de codos a la mesa, en mi propio sillón,
-y le acomodé mi revólver en la mano derecha, haciéndolo apuntar a la
-puerta, con el gatillo alzado, y el dedo índice sobre el resorte del
-gatillo.
-
-Retrocedí un paso para contemplarlo.
-
-Pero el miedo me venció. Y entonces, agazapándome, retrocediendo,
-vigilándolo siempre, agarrándome a la mesa para no caer, intenté de un
-salto ganar la puerta. ¡El esqueleto me apuntó y sonó un tiro!...
-
-Aquella mañana me bajaron del tejado. Me había quedado cataléptico,
-abrazado a una chimenea.
-
-
-
-
-LA COLA DE GATO
-
-
-Don Roque Pérez es el hombre más flemático de Salta. Tiene cuarenta
-años. Hace veinte que está empleado en una oficina de la casa de
-gobierno. Es solterón, metódico, cumplidor y beato.
-
-Su vida es simple y redundante, como el rodar monótono de los días
-provincianos, o bien como la marcha circular y pacífica de un macho de
-noria.
-
-La historia de este hombre contiene dos etapas, separadas entre sí por
-un acontecimiento trascendental que dejó en su espíritu una
-perplejidad perdurable.
-
-La primera etapa comprende su juventud, los diez años que pasó de
-dependiente en la tienda de Don Pepe Sarratea. La segunda etapa
-comprende su madurez, sus veinte años de empleado público.
-
-Con una sonrisa indefinible y calmosa, mientras fuma un cigarrillo,
-Don Roque Pérez cuenta su caso a un grupo de oficinistas.
-
-Cuando él era dependiente, dormía en la trastienda. El negocio de
-Sarratea ocupaba una vieja casuca que todavía existe en una esquina de
-la plaza.
-
-El dependiente barría la vereda todas las mañanas, plumereaba los
-estantes, y aguardaba al patrón que se presentaba a las ocho.
-
-Sarratea despachaba personalmente, detrás del mostrador; pero si había
-que bajar alguna pieza de un alto estante, colocaba la escalera y el
-dependiente se encaramaba por ella.
-
-A las nueve de la noche, Sarratea despedía a sus contertulios del
-barrio, guardábase el dinero en el bolsillo y se marchaba a su casa.
-Entonces el dependiente trancaba las dos puertas de la tienda, rezaba
-su rosario y se metía en cama.
-
-Una noche entre las noches, Roque Pérez, después de acostarse, dirigió
-la vista al techo, y vió que colgaba una cola de gato por una rotura
-del cañizo.
-
-El agujero quedaba perpendicularmente sobre su cabeza, y la cola de
-gato apuntaba, naturalmente, a sus narices.
-
---¿Qué será eso?--pensó el dependiente.--¿Qué será?...
-
-Apagó la vela y se durmió.
-
-Varias noches después del descubrimiento, Roque Pérez volvió a mirar
-la cola de gato. Al cabo de una hora de contemplación, pensaba: ¿qué
-será esa cola?... Y se decía: mañana voy a poner la escalera para ver
-lo que es... Y apagaba la vela y se dormía.
-
-Todas las mañanas, al despertar, Roque Pérez se desperezaba y miraba
-la cola de gato. La miraba todas las noches al acostarse. Y siempre
-pensaba: en uno de estos días voy a poner la escalera.
-
-Pero Roque Pérez era indolente, con esa profunda indolencia de los
-pueblos palúdicos. El había tenido una idea: aquella cola de gato
-debía ser _algo_. Para saber qué era, había tiempo.
-
-Así pasaron dos años, y pasaron cinco años, ¡y pasaron diez años!...
-El señor Sarratea murió de tabardillo; los herederos liquidaron el
-negocio; Pérez tuvo que abandonar la vieja casuca.
-
-Salió de allí con quinientos pesos de sueldos economizados y se
-contrató en la tienda de enfrente.
-
-A poco de esto, alquiló la casa de Sarratea un boticario alemán que
-llegara a Salta con su mujer.
-
-Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fué preocuparse de la
-limpieza del chirivitil, para instalar su botica.
-
-Un día el boticario entró en la trastienda, y al revisar las paredes y
-los techos, vió la cola de gato. El alemán llamó a su mujer y le
-mostró aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de
-enfrente. Roque Pérez, en persona, trajo la escalera. El boticario,
-ayudado por Pérez, la afianzó sobre un cajón para que alcanzase al
-techo, y se trepó.
-
-Mientras el pobre Roque sostenía la escalera, el boticario, allá
-arriba, asió de la cola, tiró, y cayó al suelo una moneda de oro. Tiró
-más, y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el
-brazo en el agujero del techo, sacó un zurrón lleno de onzas de oro, y
-se lo arrojó a su mujer. Buscó más, y encontró otro zurrón, y cargando
-el pesado fardo, bajó al suelo.
-
---Bueno,--dijo el alemán todo sofocado, entregándole a Pérez una
-monedita.--Aquí tiene Vd. su propina. Y gracias por la escalera.
-
-Ahora, Don Roque, ante la rueda de empleados, da un chupón formidable
-a su cigarrillo, sonríe con calma, y con las barbas llenas de humo,
-dice:
-
---Entonces fué cuando comprendí que mi destino era ser empleado
-público.
-
-
-
-
-EL SALTO ATRAS
-
-
---Escalandrini, páseme el frasco de las arañas,--le dije al
-ayudante.--Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes
-adecuados.
-
-El hombre puso el frasco en la mesa y preparó los lentes, las pinzas,
-el alcohol y demás cosas necesarias.
-
---Examinemos primero la araña negra... Veamos. Es una especie nueva
-para nuestro museo, y hay que clasificarla. Téngame usted el frasco a
-contraluz.
-
-En vano busqué. Entre aquel locro de bichos no estaba la araña negra.
-
---¡Es singular!--objeté,--pues ayer mismo la estuve mirando en el
-fondo. ¿Habrán entrado ayer aquí los muchachos después de clase?
-
---_¡Non signore!_
-
---Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los
-alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos.
-
-La pérdida me contrariaba de veras. Tratábase de cierta araña del
-Chaco, muy rara, muy difícil de pillar. Se la debí a la gentileza de
-Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldería de junto al Bermejo.
-
-Algunos días después de este pequeño incidente, Escalandrini vino a
-buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del
-microscopio. Apenas se me acercó le sentí un tufillo inconfundible a
-caña. Y confirmé mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche
-que lo encontré por una calle haciendo eses.
-
-No hacía mucho que se habían abierto los cursos, y pensé que aún era
-tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me había inspirado desde
-el primer día una invencible repulsión; así es que me alegré cuando le
-descubrí su vicio. Sólo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo
-saltar del Colegio.
-
-Aunque italiano, Escalandrini tenía tipo de negro. Ostentaba una
-cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tenía la tez
-amarillenta, los ojos pequeños y huraños, y era bajo de estatura. Era
-barbilampiño, jetón, dentudo, y tenía pómulos salientes y brazos muy
-largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si
-se lo examinaba de cerca, por cierta expresión esquiva y bestial de
-tristeza en la mirada.
-
-Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y
-experimentado.
-
-Había venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista
-Timperton, y había sido auxiliar de zoología en un museo de Turín, y
-después miembro de una expedición entomológica en la colonia Eritrea.
-
-Ahora bien; un día que yo señalara a la clase un tema sobre las aves,
-entré antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una colección
-de volátiles que debía utilizar en mi conferencia. Escalandrini
-hallábase a la sazón ocupado en disecar, en un extremo del salón, un
-loro barranquero que él mismo cazara con tal objeto.
-
-Al revisar las colecciones de los armarios noté que faltaban algunas
-piezas. Después advertí un excesivo desperdicio de alcohol, pues las
-tablas de los estantes estaban mojadas de este líquido.
-
---Tenga usted más cuidado, Escalandrini--, le dije al
-ayudante.--Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes.
-
-Pero un detalle bien curioso me llamó la atención. En un estante, como
-escondida detrás de unos frascos, yacía una cabeza de _crótalus_, que
-sin duda había sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni
-por bisturí, sino a tirones, pues los tejidos presentábanse
-desgarrados.
-
---Yo quisiera dar _cun_ los traviesos _qui_ me _facen_ un _batituque
-dil_ gabinete--, gruñó Escalandrini, que se había vuelto en su silla y
-expiaba mis movimientos. Pero la fisonomía del individuo no acusaba la
-expresión correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras;
-circunstancia que no dejó de impresionarme.
-
-Quizá se había fijado más en mí que en sus propias palabras.
-
-Luego descubrí, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina.
-
-Como en el gabinete no había luz eléctrica, supuse que alguien se
-entraría de noche, y con vela.
-
-No pregunté nada.
-
-En lo sucesivo el gabinete me pareció ya mejor cuidado. Sin embargo,
-buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los
-estantes, gotas de estearina que habían sido raspadas,--se conocía--,
-con sumo cuidado.
-
-Entonces fué cuando empecé a concretar mis sospechas...
-
-Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga,
-a develar el misterio de un temperamento.
-
-En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se
-cortó la mano derecha con una sierra sin fin. Se le había enganchado
-la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos
-esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastró el brazo, la sierra pasó
-de través, y el hombre quedó manco.
-
-Fué una espantosa confusión. Los compañeros del taller acudieron a
-auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pública
-y allí le contuvieron la hemorragia.
-
-Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acordó de su mano.
-Preguntó por ella. Los compañeros fueron a buscarla entre el aserrín,
-pero no la hallaron. La mano se había extraviado.
-
-Poco después del accidente la mujer de un obrero había visto varios
-perros que olfateaban la sangre...
-
-Tuvieron que ir a contarle al dueño de la mano la verdad:
-
---Parece que un perro se la ha comido...
-
- * * * * *
-
-La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran
-sigilo en el Colegio; atravesé de puntillas los largos claustros,
-llegué a la puerta del gabinete, y espié por el ojo de la llave...
-
-Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado
-por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete.
-
-De un frasco de arañas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En
-eso, sacó del bolsillo una mano muerta y empezó a devorarse el dedo
-mayor.
-
-El monstruo parecía borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de
-alcohol y de gula bestial.
-
-Después, con una pinza, extrajo una araña pollito, y de una dentellada
-le cercenó el abdómen.
-
- * * * * *
-
-Escalandrini era un caso típico de regresión o salto atrás. Una vuelta
-a los trogloditas antropófagos.
-
-Ribot, en su _Herencia_, habla de un neozelandés educado en Londres,
-que se comió viva a una niña de cinco años.
-
-
-
-
-LA MUERTE DEL MUERTO
-
-
-La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo
-abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos
-preconcebida fué la conducta que en este caso observé, al dejarme
-arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el
-estigma de mi existencia.
-
-¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme
-atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada.
-
-Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana (y aun
-espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad,
-escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos
-timoratos.
-
-Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron,
-fielmente.
-
-Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la
-calle Estados Unidos, de Buenos Aires.
-
-Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore.
-
-Era un hombre como de sesenta años, muy alto y de porte grave.
-
-Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez años de
-profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba
-sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una
-frase de expansión o de confianza.
-
-Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que
-inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren.
-Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en
-silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y
-bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y
-respetable.
-
-Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones
-íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia, y comía en su
-pieza, por librarse de la gente.
-
-Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que
-siempre merecí calabazas en inglés.
-
-Aquel año la salud de Mr. Moore decaía visiblemente, a juzgar por la
-palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar.
-
-No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el
-director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un
-síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio.
-
-Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias
-previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle
-Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excéntrico serenamente
-dormido en la eternidad.
-
-El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa.
-
-Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre
-las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el
-arreglo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía.
-
-Pero a media noche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín,
-en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin
-agrado me quedé solo, pues la situación favorecía el maquinamiento de
-cierto poema que pensaba escribir.
-
-Era la del velorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un
-pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el
-patio.
-
-Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero
-estaban tapadas con roperos, disposición ésta que me valió mucho,
-ahogando el ruido, como habrá de verse luego.
-
-Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la
-cabecera contra la pared del fondo.
-
-Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un
-confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una
-Biblia y algunos libros ingleses.
-
-Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía yo ver, indistintamente, la
-cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la
-sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos
-pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio.
-
-¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono, contemplé en
-aquella vida desgraciada que acababa de apagarse!
-
-¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién
-sabe qué nostalgias, quién sabe qué recuerdos!
-
-Y a la luz amarilla de las velas, me pareció ver dibujarse una sonrisa
-de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído.
-
-Hay en la llama pálida de esas velas de muerto, algo así como un
-afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume, y se
-agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor.
-
-Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz alta sostenía, con
-elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y
-noble. Los labios eran delgados, y el mentón saliente, con firme
-decisión de voluntad.
-
-De pronto, un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de Mr. Moore
-se habían abierto...
-
-¿Sería posible?...
-
-Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me
-acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados.
-
-Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos
-y sombras.
-
-Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando
-inútilmente leer. Con la imaginación en desorden, y el corazón al
-galope, ya no fuí dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis!
-
-Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con
-imágenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias.
-
-En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en
-tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en
-vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de
-mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se
-sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante,
-absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o
-gritar, ¡o matar!... hacer, en fin, algún esfuerzo muscular intenso,
-que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento.
-
-Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante,
-fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atención, lo
-vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que
-no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía
-asustarme, sorprenderme, burlarse de mí...
-
-Y en ese instante la cosa se produjo. ¡Mr. Moore había levantado una
-pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie
-descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en
-abanico!
-
-¡Mr. Moore se había despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin,
-rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome
-impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie
-junto a la cama!
-
-¡No pude más!
-
-Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de
-terror loco; ágil como un demonio, salté sobre él y le pegué una
-bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte.
-
-Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a
-poco, al recobrar la serenidad y la razón, dime clara cuenta del
-peligro que corría, si, como era posible, alguien en la casa hubiese
-oído el ruido.
-
-Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie
-acudió.
-
-¡Mi delito quedaba impune para siempre!
-
-Y por la mañana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto a mis
-condiscípulos, eché como ellos mi palada de tierra sobre el cadáver de
-Mr. Moore, cuyo asesino no dejó traslucir ni un asomo de emoción.
-
-Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera
-resultado esta fórmula concisa y fatal: "Sonambulismo cataléptico
-acabado en la sepultura por una conmoción cerebral enorme."
-
-
-
-
-IV
-
-HUMORISMOS Y FILOSOFIAS
-
-
-
-
-
-TEDIO
-
-
-Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato
-del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de
-ocioso, calentándose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de
-los que no trabajan.
-
-La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista.
-
-¿Por qué vienen días tontos, días en que se aflojan los resortes del
-carácter, días en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en
-serio; días de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las
-menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos
-hastían y nos hartan?
-
-El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el
-imperio de la rutina, de ridículas preocupaciones, de perjuicios
-pueriles.
-
-Si me junto en la plaza con algún petizo mi compañía le avinagra, y me
-pide que lo deje caminar por el centro para aparecer más alto.
-
-Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su tío, y averigua cómo
-está su figura. ¡Y cómo ha de estar!
-
---Pero si te queda muy bien,--afirma un papanatas que no se resuelve a
-entrar en el salón, porque se le descompuso la onda del peinado.
-
-¿Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y
-usted les responde, ¡y de su respuesta se les dá una higa! Lo que
-ellos saben es preguntar, no importa qué. Y vuelven a la carga, tanto
-más reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder.
-
-Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la
-vida. Y aún os dicen: "Adiós amigo", y en el fondo os están deseando
-una apoplegía.
-
-Líbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y
-espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son
-testigos o héroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se
-acaloran a base de macaneo. Y líbrenos de los murmuradores que todo lo
-denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia.
-
-¿Quién no se sintió harto alguna vez de las pequeñeces, de las
-importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado
-escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congéneres?
-
-¿Quién no ha deseado el suicidio, la grata compañía de los muertos,
-que son los mejores prójimos, acaso porque ya no hablan?
-
-¡Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un
-vaso de _vermouth_!
-
-Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontería más
-considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al
-cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de
-tedio. Y aún en éstos gozamos la libertad de detractarla, sentados en
-el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente
-por una brisa cordial de otoño. Y siempre será sublime la puesta del
-sol.
-
-La naturaleza nos reconcilia con la vida.
-
-
-
-
-LA TRISTEZA
-
-
-Es el anochecer de un día de otoño, y de la vecina iglesia viene el
-son de una campanita que tañe, tañe, difundiendo en el espacio la
-inquietante premura de su llamada mística. Por la calle, las mujeres
-pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra,
-que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. ¡Dichosa
-vieja! Cuando se postre ante el cura, invocará, egoísta, el favor
-divino, confiará en la salvación. En su absoluta, supersticiosa fé, no
-comprendería ella la amarga duda del crucifijado, el _lama sabactani_.
-Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza.
-
-He ido a cortar rosas al jardín. Entre el sutil encaje de las hojas,
-las rosas parecían meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el
-firmamento. Había tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la
-vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve
-las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueños, pero el
-absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen
-en la naturaleza y en las almas, delicados instantes así, en que
-parece que _algo está ocurriendo_, misterioso, invisible. Es cuando se
-han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces
-vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada,
-en medio del infinito devenir.
-
-Sobre los campos silenciosos, todos los días al cerrar la noche, la
-inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como
-normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podrá
-sentirse alegre a menos de ser un vulgar espíritu. La tristeza reside,
-más honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la
-naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento está sujeto a las
-leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la
-baja; la máxima intensidad y el reposo relativo sucediéndose siempre.
-Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se
-aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara
-descansar y comprenderse... Y de esta íntima necesidad, nunca colmada,
-de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos
-a veces en los seres y en las cosas.
-
-La melancolía del asno inmóvil junto a la tapia del corral; la oscura
-mole de las montañas, cerrando el horizonte; la serenidad de las
-flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a
-mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa
-sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnífica.
-
-
-
-
-AMOR DE ARAÑAS
-
-
-En la evolución de las especies, corresponde a los insectos y a los
-arácnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El
-comepiojos (mamboretá) que al ser molestado levanta con arrogancia sus
-patas manducadoras y nos mira con sus pequeños ojos escarlatas; la
-avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijón;
-la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse
-perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad
-voluntaria y consciente.
-
-En cuanto a las arañas, he tenido ocasión de presenciar no ha mucho un
-hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos
-artrópodos. Era una araña del género argironeta, que son las más
-hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontré una
-mañana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmóvil, en el
-centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No
-sabría la pobre que estaba en casa de un zoólogo, y es lástima,
-porque en cuanto la ví la pesqué y la encerré en un frasco de vidrio.
-En el ancho tapón abrí un agugero a fin de poder conservarla viva y
-remitírsela al Dr. Holmberg, al siguiente día. Pero cometí la
-chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella
-mañana, en el fondo del frasco sólo hallé la cáscara del infeliz
-animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazón
-ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato
-era mía, sentí contra las hormigas una cólera terrible. Me imagino los
-tormentos que sufriría la araña, al pensar en el inmenso número de
-mordiscos que recibiría de esos belicosos demonios. En fin, indignado,
-maté las hormigas con agua hirviendo.
-
-Pero la noche había escondido una tragedia todavía más intensa; porque
-hallé un hilo de araña tendido del frasco a la pared, y en una
-hendidura del reboque, inmóvil, al desgraciado amante de mi gentil
-cautiva, como diría un literato. Era el macho. Alrededor del frasco,
-en la maceta, yacían cientos de hormigas, partidas en dos por sus
-formidables mandíbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno,
-después de haberla buscado en la tela, debió de lanzar un hilo desde
-la pared a la maceta, y ni más ni menos que un caballero junto a la
-torre de su dama, libró al pié del frasco un combate heroico, viéndose
-al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el
-número.
-
-No conseguí apoderarme del héroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado
-con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeño, como todos los
-_araños_. Cubría sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrón,
-un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de
-escamas de plata.
-
-Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y,
-teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las arañas, el caso
-resultaba hermosamente romántico. Se sabe que el casamiento de las
-arañas termina con la muerte del flamante marido. Durante el día,
-mientras la araña hilaba su tela, el macho la acecharía, desde su
-escondrijo del reboque. Así meditaba, preparando su asalto para la
-noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operación se la
-facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche.
-Así se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con
-la tenacidad propia de los enamorados.
-
-¿Qué diferencia existe entre este drama de arañas y los trágicos
-amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado.
-Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la
-inteligencia estén menos desarrollados que en las arañas.
-
-
-
-
-EL SAPO
-
-
-El sapo es el solitario del albañal. Su domicilio subsolar se abre a
-la calle, ante la puerta de una casa.
-
-Los ruidos del día lo confinan en una grieta húmeda, estrecha, y ahí
-permanece, chato y frío, absorbiendo agua por todos los poros,
-asimilado a las piedras pardas.
-
-Huye del sol. El astro voraz haría evaporar en un amén el jugo de sus
-pústulas, y dejaría su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato
-arrojado al basural.
-
-A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente
-en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra.
-
-¡Ah, las mariposas! ¡Cómo fascinan al sapo esas miriadas de alas,
-revolviéndose frenéticas en el campo de luz del arco voltáico!
-
-Y las mariposas caen en continua lluvia; y los coleópteros caen
-zumbando de cabeza, como si quisieran taladrar el suelo. Atento, el
-sapo espera.
-
-Cuando está cierto del éxito, inicia el ataque a cortos saltitos. Se
-detiene. El corazón le late en la tensa membrana blanca de la
-garganta. Después avanza gateando ridículamente; con gran cautela se
-acerca al bicho, y ¡zás!
-
-El bocado no es siempre una sedeña mariposa. A veces hay que tragar un
-escarabajo más áspero que un nudo de alambres. En tal caso, siente un
-pataleo en el esófago. Pero el muy comilón no se arredra, y se ayuda a
-dos manos, empujando la presa hasta el estómago.
-
-Otras veces, por un lamentable error, atrapa el pucho encendido que un
-transeunte arrojó de su boquilla, ¡y hay que verlo retroceder y poner
-la cara fea!
-
-
-
-
-PASEOS ZOOLOGICOS
-
-
-Ayer fuimos al campo con el ayudante, en busca de insectos. Aunque no
-teníamos red, hemos perseguido algunas mariposas.
-
-Después hemos hallado unas moscas de nueva especie, asentadas
-pesadamente, en gran número, en unos chañares pequeños. La hoja del
-chañar dá una substancia melosa que sin duda atraía las moscas. Algo
-más delgada que la mosca común, la nueva especie distínguese en que
-presenta en las alas bandas transversales blancas, sobre fondo pardo
-oscuro y en la cabeza un par de antenas corniformes.
-
-Pero en el mismo tubito hemos encerrado una libélula y sus ásperas
-alas han destrozado a las moscas. Mañana volveremos a buscarlas. La
-constancia es la primera virtud del naturalista.
-
-En el campo no hay que descuidar los pequeños detalles. A veces una
-hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas
-enseñanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con
-el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso díptero
-cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre
-bicho cae al fondo lóbrego de mi bolsillo.
-
-En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores
-amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araña verdosa, muy chica y
-vivaz. En seguida fué al tubo.
-
-En esta época,--fin del otoño--la mayor parte de los insectos han
-muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que
-construyen para dormir el sueño invernal, son casi siempre obras de
-arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los árboles, en
-los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos,
-encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie
-corresponde un modelo determinado y una ubicación particular. Los más
-fuertes están a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los
-arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinación
-de hilos de seda; otros están recubiertos de espinas que los pájaros
-tienen que respetar; algunos, en los tallos leñosos de los matorrales,
-son concreciones calcáreas, durísimas, fuertemente adheridas. Los
-menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde
-se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y
-originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando
-escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservación de
-la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando
-vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpirá la vida, múltiple,
-bulliciosa, policroma.
-
-El cielo estaba magnífico. Había una insensible gradación de colores,
-desde el armiño y el ópalo hasta el rojo de cobre bruñido. Una larga
-nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, dividía el cielo
-en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincón
-del San Bernardo, poblado de cebiles, ponía la hora su tono
-melancólico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros
-una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse
-en el cielo celeste la línea ondulante de la arboleda, tendida y
-crespa, como un festón de encajes.
-
-
-
-
-BATRACOFOBIA DE LOS RENACUAJOS
-
-
-Una mañana de marzo andaba yo con mi curso de 2º año por el parque San
-Martín. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorrían el
-terreno en busca de alimañas. Cada uno debía escribir una composición,
-el relato del paseo y la observación de algún bicho. Asi, en las
-primeras clases del año, podría el profesor juzgar del grado de
-observación original, individual de sus alumnos.
-
-Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al
-fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de
-centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra
-adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino más propicio
-a la busca de dichos, y aprovechó la coyuntura para hacer resaltar, no
-sin ironía, la comodidad del profesor.
-
-"Amigos míos--objetó éste:--no es preciso trepar al cerro para hallar
-bichos. No hay un centímetro cúbico en la superficie del planeta, que
-no presente algún fenómeno de vida, capaz de interesar al estudioso.
-Si yo tuviese un miscroscopio, demostraría mi aserto, analizando aquí
-mismo la fauna y flora de un milígramo de tierra de la calle,
-previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida
-microscópica. Pues la vida _macroscópica_ no es menos abundante en la
-avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos
-provenientes de los álamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas;
-las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el
-estiércol del aristocrático caballo que ayer tarde arrastraba el coche
-de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la
-calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitaría
-el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su
-exposición exigiría el concurso de muchas ciencias.
-
-Supongamos, que un sabio elige el mosquito del álamo. Tendrá que saber
-botánica si quiere explicarse la formación de las agallas, en la
-vagina de las hojas; química, si desea averiguar las causas de
-formación de las agallas; entomología especial de los dípteros, si
-quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de éste, le llevará
-a la física mecánica; el zumbido, a la física acústica. Si quiere
-saber el número de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas
-concurrirán a darle la cifra; y con esto, habrá venido a parar a las
-matemáticas. Sin contar con que, en último análisis, todo fenómeno, es
-susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de
-cuya constancia resultan únicamente las leyes naturales. No hay ley
-sin número. No hay fenómenos que no pueda esquematizarse en números.
-Y así, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las
-concepciones más abstractas".
-
-Entretanto habíamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua
-verdosa, rica en algas. Allí cazamos crustáceos, pequeñísimos, pulgas
-de agua y cíclopes, transparentes como cristal, en el microscopio.
-Algunas arañas habían tendido sus telas en las gradas de la columna
-que emergía del centro de la fuente.
-
-Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas
-sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos
-equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quizá en
-lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las
-narices con sus manos metálicas.
-
-Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un
-sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce
-zumo de la pequeña isla alimenticia.
-
-En seguida noté, entre los pies de los ángeles, una multitud de
-sapitos nuevos. Además, en el agua, flotaban cadáveres de otros
-sapitos, a los cuales iban adheridos por la trucha los renacuajos.
-
-En el agua, no había ningún sapito vivo.
-
-Después de un rato de contemplación, el profesor ordenó silencio a sus
-discípulos, y, al rayo del sol, les dió una lección de biología. Los
-muchachos se sentaron al borde de la fuente y le escucharon con
-interés.
-
-"He aquí, amigos míos--dijo--una maravillosa oportunidad de aplicar
-la inteligencia a la explicación de los hechos.
-
-He aquí, que acabo, tal vez, de descubrir el porqué del paso de los
-peces a los anfibios, en la evolución de las especies.
-
-Notad que esta fuente no tiene salida. Es una laguna con cuatro islas.
-En la laguna, algunas sapas depositaron sus huevos, de los que
-salieron miles de renacuajos. Unos han evolucionado más pronto que
-otros. Se ven aquí batracios en todos los grados de desarrollo, desde
-el huevo al estado adulto, y por tanto, desde que respiran por
-branquias hasta que respiran por pulmones.
-
-Pero es el caso que los ya pulmonados, se han visto forzados a
-refugiarse, _bajo pena de muerte_, en las islas. Lo prueban los
-cadáveres de sapitos que sirven, como veis, de alimento a los
-renacuajos, mucho más grandes, fuertes y vivaces por ser el agua su
-medio apropiado dada su respiración branquial.
-
-La batracofobia de los renacuajos es, pues, un hecho indiscutible. Y
-lo particular es que tal hecho explica, según creo, el origen de los
-anfibios. Bastaría suponer en ciertos charcos del mundo primitivo, una
-superabundancia enorme de una forma dada de peces, que, habiendo
-desalojado a otras especies, empezaron a comerse entre ellos.
-Establecida así la lucha, se salvaban únicamente de la carnicería los
-que podían ganar tierra y resistir más tiempo al nuevo ambiente, hasta
-que las branquias se adaptaran al aire y se convirtieran en pulmones.
-El hábito y la herencia fijaron el nuevo carácter específico, y el
-atavismo reproduciría la forma primitiva acuática. Y como la duración
-de las condiciones físicas del medio sería de miles de años,
-tendríamos repetidas las causas y los efectos en millones de
-generaciones sucesivas, y por lo tanto fijada una especie intermedia,
-entre peces y reptiles.
-
-De los peces a los batracios, no sólo ha cambiado la respiración, sino
-la alimentación. Los renacuajos se alimentan por succión. Los sapos,
-son insectívoros. Al comenzar la existencia terrestre, no les fué muy
-difícil cambiar de régimen alimenticio, como lo probaría la poca
-variación que exige un aparato bucal chupador (renacuajo) para
-convertirse en captador (sapo).
-
-Si se compara la organización de los peces superiores con la de los
-batracios anuros que por ahora nos ocupan, se nota que los peces son
-más complicados. Los batracios no derivarían, pues, de los peces
-superiores, sino tal vez de los branquiostomas, o de una forma
-intermedia entre éstos y los ciclóstomos, cuya organización es más
-rudimentaria.
-
-Pronto estudiaremos la organización interna de los batracios, y, en su
-metamórfosis, la transformación del aparato circulatorio en
-correlación con el respiratorio. Entonces os haré notar cómo, la
-respiración cutánea, tan intensa en los batracios, y propia de
-organismos inferiores, ha hecho tal vez posible al conservarse el paso
-de la respiración branquial a la pulmonar.
-
-Antes de terminar, amigos míos, libertemos a los sapitos, que están
-condenados a morir de hambre en estas islas de cemento, al pie de los
-ángeles indiferentes. Ayudemos así al cumplimiento de las leyes
-naturales. Arrojemos los sapitos entre la húmeda gramilla del parque,
-para que se coman las larvas corrosivas y los insectos que atacan las
-plantas de los jardines."
-
---¡Libertemos al náufrago refugiado en la galleta!--gritó un muchacho.
-Pero en aquel momento, cuando una mano amiga se le acercaba, el
-pequeño sapo saltó al agua, y un renacuajo vivaz y ventrudo se apoderó
-de su presa al instante.
-
-Así hemos leído, en un charco, una hermosa página escrita hace
-millares de siglos por el azar de la evolución.
-
-
-
-
-LA INMORTALIDAD
-
-
-La desagregación del protoplasma por la mineralización creciente no se
-manifiesta en los unicelulares. Dado un ambiente propicio, un
-protozaorio no muere nunca, puesto que alcanzada la dimensión normal
-en la especie, el individuo se parte en dos y del ser único derivan
-dos individuos nuevos, continuando en cada uno de ellos los procesos
-de asimilación y desasimilación que determinan el crecimiento y la
-división consecutiva, completándose así el ciclo evolutivo.
-
-A medida que la estructura orgánica se complica, disminuye la
-resistencia normal del individuo en su medio, en razón de la mayor
-conexión y subordinación de unas funciones con otras en el organismo.
-
-En los protozoarios la división experimental del núcleo no impide la
-regeneración de cada parte.
-
-En los metazoarios inferiores, cada fracción regenera las que faltan.
-(Hidras).
-
-Algunos escalones más arriba, la división experimental del individuo
-por su eje de simetría, ya no permite la reconstitución de cada mitad.
-(Asteroideos).
-
-En los grados más avanzados de complejidad estructural, de los
-artrópodos a los cordados, la capacidad regenerativa del protoplasma
-tórnase de más en más problemática.
-
-En los anfibios, la vitalidad de los principales órganos (por ejemplo,
-del corazón), separados del cuerpo, es mayor que la de los mamíferos.
-
-Un protozario partido en dos, por su núcleo, continúa viviendo; un
-mamífero lesionado solamente hasta su red arterial, tiene muchas
-probabilidades de morir.
-
-Cuanto más avanza la diferenciación progresiva de las formas, más
-acrece la posibilidad de la muerte.
-
-Viniendo a un punto de vista más general; no existe solución de
-continuidad en la materia viva, desde la mónera que aparece en el limo
-del océano pre-geológico, hasta las especies que pueblan en la
-actualidad la tierra. Negarlo supone aceptar creaciones particulares
-de todas las especies, en cada época.
-
-Ahora bien. Pensando en la muerte con datos así, objetivos, sin
-recurrir a los conceptos absolutos creados por la imaginación, se
-ilumina de pronto la mente con la esperanza de una inmortalidad menos
-egoísta.
-
-Pongamos nuestra fe en la ciencia.
-
-Ella nos dice que durante algunos siglos todavía estaremos condenados
-a morir; pero somos inmortales como partículas orgánicas de la
-especie, puesto que las generaciones venideras, perfeccionadas de
-continuo en su mecanismo de pensar, por el esfuerzo adaptativo de las
-que las precedieron, irán acumulando el aprendizaje de la experiencia,
-para alcanzar acaso el ideal de los ideales: la existencia infinita,
-individual y específica del hombre.
-
-Como si la muerte durante siglos fuese nuestro tributo a la
-inmortalidad futura, la naturaleza, al perfeccionar su mejor
-instrumento, el hombre, le ha hecho quizá el más endeble y el más
-delicado de los seres.
-
-No en vano la eternidad es la obsesión de todos los tiempos. El hombre
-tiende al azul desde que aprendió a pensar. Interroga siempre al gran
-enigma infinito suspendido sobre su cabeza.
-
-Obstinado, aborda su problema.
-
-Ante el microscopio y ante el telescopio; ante el animal y la planta;
-ante el microbio y el astro; ante el mineral y el flúido intangible;
-junto a las máquinas, junto a los crisoles, junto a las retortas;
-sobre los libros, sobre los terrenos, sobre los aires, sobre los
-mares, en todos sentidos y en todas direcciones, escarba en lo
-desconocido, con un apetito insaciable de más allá, que es ansia de lo
-eterno, su parte de Verdad, de Belleza y de Bien.
-
-¿Perecerá la civilización sin que algún ser humano haya transpuesto
-los límites de la atmósfera?
-
-¿Será inacabable el misterio?
-
-La inteligencia, la ciencia, el progreso, todo lo noble y todo lo
-grande que vamos alcanzando, a trueque de sacrificio y de dolor, ¿no
-pesará nada en la balanza del devenir?
-
-¿Todo eso no será más que combinaciones peregrinas del azar, efímero
-aleteo, ensueño quimérico de algo perdurable, de algo absoluto?
-
-¿Llegará día en que ninguna pupila humana pueda escrutar la sombra?
-
-La naturaleza parece responder: "Hombre, ¿vale más tu inteligencia
-complicada, sutil, poderosa, rápida, vale más que una hormiga o una
-flor? Eres una onda del río que va desde lo que no tiene principio
-hacia lo que no tiene fin. Envanécete. Sin embargo, para mí que soy la
-energía ciega, la casualidad indiferente, no hay bueno ni malo, fácil
-ni difícil, mejor ni peor; pues a mí no me cuesta trabajo el cerebro
-de Newton que el vuelo de los astros".
-
-Y yo he soñado con una humanidad más perfecta, más buena y más sabia,
-remontándose por medios mecánicos a los espacios estelares.
-
-La ciencia vencerá a la muerte.
-
-Siendo infinita la duración de la vida, no habrá porqué desdeñar un
-viaje de siglos por el universo.
-
-Magnífico espectáculo el del hombre atravesando los espacios
-interplanetarios en expresos más veloces que la luz.
-
-La conquista del infinito será precedida de una agitación jubilosa
-como la que anuncia el vuelo de las colmenas.
-
-Abandonando su viejo casco, libador de la eterna belleza, el hombre
-remontará su vuelo por aquel jardín que tiene por flores las
-estrellas.
-
-
-
-
-INDICE
-
-
- Página
-
- A Manuel Gálvez 5
- Prólogo 7
-
-LA CIUDAD
-
- Los burritos leñateros 19
- Una proclamación 23
- El reñidero 27
- La tabeada 33
- Los perros 37
- Defensa de un perro 41
- La condenada 43
- La creciente 47
- La decadencia de los opas 51
- Los cocheros 55
- Un baile de villorrio 59
- El duende 63
- La viuda 67
- La mula ánima 71
- La Juana Figueroa 73
- Don Matías Linares y Sanzetenea 79
-
-LOS CAMPOS
-
- El erque 85
- El fantasma del remate 89
- El gaucho salteño 95
- La selva de Anta 97
- Cruz guiez 103
-
-HISTORIETAS Y CUENTOS
-
- Un viaje raro 109
- El último vuelo 115
- La cacería de patos 121
- El caballo que perdió la lengua 127
- La transmigración 131
- El suicidio de Burela 135
- El caso del esqueleto 139
- La cola de Gato 145
- El salto atrás 149
- La muerte del muerto 155
-
-HUMORISMOS Y FILOSOFIAS
-
- Tedio 163
- La tristeza 167
- Amor de arañas 169
- El sapo 173
- Paseos zoológicos 175
- Batracoforia de los renacuajos 179
- La inmortalidad 185
-
-
-
-
- * * * * *
-
-
-
-
-Notas del Transcriptor:
-
-Se han corregido algunos errores tipográficos presentes en el
-original. Las vacilaciones en algunas grafías se han mantenida como en
-el original.
-
-P. 138: "el cielo azul, el cerro, el valle de Lerma; se persignó"--En
-el original, este frase fué despues de las palabras "en el pescuezo,
-pasé la"
-
-
-
-***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALTA***
-
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-
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-redistribution.
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-things that you can do with most Project Gutenberg-tm electronic works
-even without complying with the full terms of this agreement. See
-paragraph 1.C below. There are a lot of things you can do with Project
-Gutenberg-tm electronic works if you follow the terms of this agreement
-and help preserve free future access to Project Gutenberg-tm electronic
-works. See paragraph 1.E below.
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-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
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-including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
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-works.
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