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See - http://archive.org/details/3502513 - - - - - -SALTA - - * * * * * - -Libros publicados por la Cooperativa Editorial "Buenos Aires" - - - I--FERNÁNDEZ MORENO.--_Ciudad._ - - II--HORACIO QUIROGA.--_Cuentos de Amor de Locura y de Muerte._ - - III--CARLOS IBARGUREN.--_De nuestra tierra._ - - IV--MANUEL GÁLVEZ.--_La sombra del convento_ (novela). - - V--ERNESTO MARIO BARREDA.--_Las rosas del mantón_ - (Andanzas y emociones por tierras de España). - - VI--CARLOS MUZZIO SÁENZ-PEÑA.--Versión castellana de _La cosecha - de la fruta_ de Rabindranath Tagore. - - VII--ARTURO CAPDEVILA.--_El libro de la noche._ - - VIII--RICARDO JAIMES FREYRE.--_Los sueños son vida._ - - IX--LUISA ISRAEL DE PORTELA.--_Vidas tristes._ - - X--PEDRO MIGUEL OBLIGADO.--_Gris._ - - XI--MARIO BRAVO.--_Canciones y Poemas._ - - XII--JUAN CARLOS DÁVALOS.--_Salta._ - - - PRÓXIMAMENTE: - - XIII--ALFONSINA STORNI.--_El dulce daño._ - - XIV--ALVARO MELIÁN LAFINUR.--_Literatura contemporánea._ - - * * * * * - - -JUAN CARLOS DÁVALOS - -SALTA - -Prólogo de MANUEL GÁLVEZ - - - - - - - -[Decoración] - -"BUENOS AIRES" -SOCIEDAD COOPERATIVA EDITORIAL LIMITADA -AVENIDA DE MAYO 791 -1918 - - - - - A MANUEL GÁLVEZ. - -_El defecto capital de este libro es su personalismo._ - -_Su mejor cualidad es la espontaneidad._ - -_Esto proviene de que los artículos que lo componen fueron escritos en -diferentes épocas, sobre temas asaz diversos, y nunca con el propósito -de hacer un libro._ - -_Al reunirlos en un volumen me propongo dar una idea de lo que es -Salta; y de lo que puede ocurrírsele en Salta a un hombre que observa, -aislado, y sin ambiente literario alguno. Representa, pues, un -esfuerzo intelectual, no sé si estimable o necio._ - -_Usted que conoce al autor y su medio provinciano, es el llamado a -prologar este libro, y hacérselo comprender al público del país._ - -_Sin un comentario previo de usted, no deseo que el libro vea la luz._ - -_Así apreciará usted cuánto le estima como amigo y como escritor su -afmo. y S. S._ - - JUAN CARLOS DÁVALOS. - - - - -PRÓLOGO - -Hace diez años, era Salta una ciudad colonial. La visitaba yo entonces -por primera vez; y no necesito exagerar, si afirmo que ninguna ciudad -de nuestra tierra me había producido una igual impresión de carácter y -de poesía. En Córdoba, en Santa Fe, encontramos algunas viejas casas -características. En Salta lo eran todas por aquella época. Con sus -techos de tejas, sus ventanas y sus puertas de formas coloniales, y -sus altos balconetes de madera y de hierro, que parecían colgados de -los aleros, las casas de Salta evocaban encantadoramente la vida -argentina de hace un siglo. - -Pero no eran sólo las casas lo que entonces recordaba el tiempo que -fué. Eran también las calles, las iglesias, las gentes, las -costumbres. No olvidaré nunca las sensaciones que me causaron ciertas -cosas, tan exóticas para mí: el llanto trágico de la quena que un -indio platero tañía maravillosamente; el reñidero, con su público -heterogéneo y sus escenas pintorescas; y un baile de arrabal, donde -silenciosos indios, calzados de ojotas y emponchados, miraban, con -asombro estúpido y tenaz, cómo bailaban la chacarera y la zamba, al -son de un arpa vieja y al ritmo de los versos quíchuas que cantaba el -músico ciego, las mujerzuelas y los hombres de diversas clases -sociales que atestaban el rancho. - -Poco de esta Salta queda ahora. Sus casas no fueron derribadas, pero -un absurdo y mal entendido espíritu de modernidad reformó las ventanas -y las puertas, suprimió los aleros y ocultó los techos de tejas -levantando las paredes delanteras. Pero a pesar de todo, permanece en -Salta lo suficiente para que miremos a esta ciudad como la más -completa y bella imagen del pasado argentino. - -En aquella Salta apacible hice amistad con Juan Carlos Dávalos. El fué -mi mejor guía, sobre todo en el sentido espiritual que podemos dar a -esta palabra. Dávalos me refería leyendas y tradiciones, y me hablaba -de la vida provinciana, cuyas cosas y cuyos tipos característicos -conocía profundamente, juzgándolos con su humorismo benévolo y -original. - -Dávalos me recitó algunos de los pocos versos que hasta entonces -llevaba escritos y me leyó varias de las páginas que componen este -volumen. Convencido de las facultades de Dávalos, le incité con -entusiasmo a que escribiera; y creo haber contribuído en buena parte a -su dedicación literaria. Su conocimiento de la vida en aquella comarca -salteña, tan argentina y tan ignorada en el resto del país, colocaba a -Dávalos en una situación excepcional. El joven poeta amaba la -tradición y la comprendía tan hondamente, que era lógico esperar de su -talento, robusto y realista, páginas del más fuerte sabor vernáculo. - -Su primer libro, _De mi vida y de mi tierra_, prologado elogiosamente -por Carlos Ibarguren, fué para Dávalos un buen éxito. Su lenguaje, -original, con algo de arcaico, su sentimiento personal y poético de -las cosas del campo, y sus descripciones eficaces y vigorosas, -sorprendieron. Luego ha escrito un interesante drama histórico. Y -ahora realiza mi deseo de que publicara un libro en prosa, evocando la -vida de aquella Salta, colonial y apacible, que tal vez pronto -desaparecerá completamente; recordando leyendas y tradiciones; -retratando los tipos característicos de la ciudad y de los campos y -haciéndonos ver, con su talento descriptivo, escenas pintorescas del -arrabal, de la montaña y de la selva. - -Juan Carlos Dávalos tiene dos grandes cualidades literarias: humorismo -y aptitud para describir. - -El humorismo de Dávalos no es trascendental sino excepcionalmente, y -en pequeño grado. No contiene amargura ni desilusión. En lugar de -ejercerse sobre los defectos morales de los hombres, se aplica a las -características materiales. Pero sin hacer apenas crítica, ni intentar -corregir el mundo. - -Si Dávalos desarrolla esta cualidad de observar el ridículo en los -hombres y en las cosas, puede llegar a realizar notables caricaturas. -Advierto que digo esto en su elogio, porque hay quienes imaginan que -la caricatura es un defecto y se halla fuera del arte. Los grandes -noveladores del siglo pasado son prodigiosos caricaturistas. Así -Dickens y Thackeray en Inglaterra; Pérez Galdós y Palacio Valdés, en -España; Daudet, Flaubert y a veces Zola en Francia; y Eça de Queiroz, -en Portugal. Conviene recordar que no es preciso hacer reir para ser -caricaturista. Hay también caricaturas trágicas, de las que son -ejemplos algunos personajes de Dostoiewsky y de Balzac. - -La aptitud descriptiva de Dávalos se muestra a la vez en los tipos, en -las escenas y en los paisajes. He aquí como presenta a un jugador de -taba: "... es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. Parece allí -un toro, parado en dos pies entre la tropa. Usa enorme sombrero blanco -y se alza el poncho del pescuezo para que le vean su charro cinturón -de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a su mano. Se escupe con -calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña el ojo -izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la taba con -el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un desafío a la -redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La taba vuela; la -siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava". - -Igualmente eficaces son los retratos del gaucho Cruz Guíez, del -Serapio Guantay, de la dueña de la casa donde se celebra el baile de -villorrio, de la Juana Figueroa. Entre los tipos que en dos palabras -describe al pasar, nos impresionan particularmente los opas, esos -pobres imbéciles que tanto abundan en el norte. En el capitulito _La -decadencia de los opas_, título del más fino humorismo y que -constituye un admirable hallazgo, se refiere, en un estilo lleno de -gracia, a varios de ellos, que eran populares en Salta. Pero en otros -capítulos nos habla también de aquellos infelices. Así en _El baile de -villorrio_, donde nos pinta uno en esta forma: "En el patio, un opa de -ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que había bebido en demasía, -mascaba asnalmente un bollo, y servía de diversión a unos -muchachos...". - -Como narrador, Dávalos muestra también notables cualidades. Hay en su -libro escenas de una gran belleza: la de los burritos leñateros, que -pasan lentamente por las calles, curioseándolo todo y metiéndose -dentro de las casas; la de la riña de gallos, que tiene tanto -movimiento y tanto color como las descripciones análogas de Sarmiento; -y aquella en donde cuenta los amores del Serapio Guantay, página -penetrada de la honda poesía de las montañas salteñas y que basta para -revelar en Dávalos las aptitudes de un gran escritor. - -Sus paisajes son generalmente muy breves, simples anotaciones hechas -al pasar. Pero en todo el libro está latente el aspecto de la ciudad y -de la naturaleza. He aquí una de las mejores descripciones, donde -recuerda la vieja Salta que él debió conocer en su niñez: "Evocad el -Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada arquitectura -colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con sus enormes -portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre cuyas lajas -desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y tortuosas -calles de piedra bola. De noche, ardía en las esquinas del centro un -candil de sebo. El sereno, encargado de varias manzanas, pasaba -lentamente, cantando la hora y el aspecto del tiempo. En las casas -donde había quedado alguna luz, revoloteaban encandilados, sobre los -anchos patios, murciélagos errantes y siniestras lechuzas". - -Dávalos aparece en este libro como un espíritu multiforme y una -sensibilidad compleja. Algunos de sus relatos son más que trágicos, -macabros; otros humorísticos, otros sentimentales y poéticos. Con la -misma eficacia descriptiva con que nos relata una proclamación -política en el arrabal o reconstruye la riña de gallos, nos evoca la -vida de las montañas. Nos hacen reir sus siluetas de los cocheros, su -desfile de los opas; nos estremece de terror y de misterio el recuerdo -de aquella noche en que murió su amigo apodado el Chivo Pedro; y nos -hace comprender el alma de la raza vencida, impregnándonos de honda -emoción territorial, en los párrafos donde describe a un indio que -desciende de la montaña haciendo sonar el erque. - -Pero en todas estas páginas de índole tan diversa, Dávalos, como -escritor moderno que es, demuestra que busca en las cosas, no una -belleza más o menos convencional, sino su carácter. Sus paisajes, sus -escenas, sus cuadros, sus tipos son llenos de individualidad y nos -revelan uno de los pedazos más interesantes y originales de la tierra -argentina. - -He mencionado sus relatos macabros, y quiero dar mi interpretación de -ellos. Los cuentos espeluznantes de Dávalos no nos hacen daño ni nos -desagradan. Nos producen, sí, la sensación completa que el autor -pretendió producir, pero al acabar de leerlos no quedamos -impresionados, disgustados, hasta enfermos, como después de leer -ciertos cuentos de Quiroga. Tal vez contribuya a esto, los detalles -humorísticos que Dávalos encaja hábilmente en medio de sus -terroríficas narraciones. El caso es que estas páginas nos hacen el -efecto de una broma, de una broma bien hecha, por otra parte. Parece -que el autor se hubiera dicho: "Voy a escribir unos cuantos cuentos -espantables para que vean que soy capaz de escribirlos, y, sobre todo, -para reírme pensando en el efecto que producirán en las gentes -pacíficas".[1] Y los ha escrito, pero permaneciendo él sano, fuerte, -sereno, y sin ennegrecer el ánimo del lector. Porque una de las -características de Dávalos es su sanidad de espíritu. Y es un escritor -sano, no solamente porque nada hay en él de enfermizo, sino porque -tiene todas las cualidades morales que acompañan a la perfecta salud -espiritual. - -Juan Carlos Dávalos posee verdadera imaginación, profundo sentimiento -poético, comprensión de la realidad y, más que nada, sensibilidad. -Pero no una sensibilidad como la de cualquier escritor distinguido, -sino una sensibilidad como sólo la tienen los verdaderos artistas. ¿Me -permitirá mi amigo que revele al público cierto detalle un poco -íntimo, pero que demuestra su valer? Bien: yo he visto a Dávalos -emocionarse hasta las lágrimas ante una lectura, y no por tratarse de -cosas tristes o impresionantes, sino por la sola belleza de lo que se -leía. - -Dávalos es también un psicólogo. Pero como todos los temperamentos -realistas, revela el alma de los seres por medio de sus gestos y de -sus actos. Es muy interesante su psicología de los opas, de los -gauchos, de los indios y de los perros. - -Su estilo es incorrecto y a veces duro. A mí me place, no obstante sus -defectos, porque se acerca a la palabra hablada y porque hay en él -color y movimiento. Tiene escasa armonía, salvo en ciertos raros -instantes, pero mucha sencillez y sobriedad. Estilo corto, escueto, -muy preciso y vigoroso, es excelente para las descripciones de escenas -y de cuadros realistas. Pero cuando se habla de una cosa poética se -torna poético. Y según el asunto, es hondo, emotivo, florido, -brillante o melancólico, y cobra, cuando el relato adquiere vuelo, una -penetrante elocuencia. He aquí cómo empieza a narrar los amores de un -pastor y una vaquera: "El azar los había puesto cerca; el instinto los -juntó. Y en el filo de una loma, sobre el pastizal oliente a berbena y -anís, la india, más aviesa, lo inició al indio, más ingenuo, en el -raro misterio que cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen -en las patas diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas -y esmaltadas mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay -blanco y la begonia escarlata entre las breñas. Desde aquella tarde -los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y juntos divagaron por -los cerros, descubriendo el encanto de los callados sitios, oyendo al -eco repetir sus gritos en las altas barrancas, mirando rodar por los -precipicios las gruesas galgas que aflojaban al borde, triscando a la -par de los chivos en las paradas laderas, o escondiéndose a veces de -algún viajero que cruzaba, allá abajo, en su mula, el áspero pedregal -del torrente". - -Pero trate de un asunto o de otro, la prosa de Dávalos es siempre -viviente, moderna, muy argentina y sin afectaciones de ninguna índole. -Dávalos, felizmente, se encuentra libre de _literatismo_, ese veneno -del que no logramos desprendernos los que hemos sido educados en la -literatura francesa contemporánea. - -Sin afectaciones, dije, e insisto en ello. Porque no faltará quien -acuse al autor de _Salta_ como afectado de arcaísmo. La prosa de -Dávalos está matizada de palabras que nos parecen viejas o demasiado -castizas. Pero no son palabras que Dávalos haya aprendido en los -libros. Las ha adquirido del pueblo, del campesino salteño, que habla -un hermoso castellano, un castellano con algo de rancio y a la vez -algo de quíchua. Al usar, pues, aquellas voces, Dávalos, lejos de -mostrar afectación, hace obra rigurosamente argentina. - -Ahora, sólo falta que el revelador de la tierra salteña ponga su -talento y su corazón al servicio de una obra más orgánica que la -presente. Tiene todas las cualidades para ser un verdadero novelista. -Reclamémosle, para bien del país, que lo sea muy pronto. - - MANUEL GALVEZ - -FOOTNOTE: - -[1] Algunos de los personajes de los cuentos a que me vengo -refiriendo, son amigos de Dávalos. El autor los hace morir en forma -trágica y horrorizante. - - - - -I - -LA CIUDAD - - - - -LOS BURRITOS LEÑATEROS - - -Ellos traen a la ciudad modernizada un poco de la paz de los campos, -la sobriedad rural, la lentitud de los días siempre iguales y hermosos -bajo el infinito azul, en las praderas apacibles. - -Con su pasito tácito, su leñita a la espalda, y su peluda ropa de -anacoretas, arreados por un muchacho que monta una triste jaca cerril, -pasan lentamente por la calle los burritos leñateros. - -Son las nueve de la mañana. - -En una puerta asoma una mujer, y trata con el muchacho por la leña. - -Los burros siguen viaje. A ellos, ¿qué les importa el negocio? Lo que -les gusta es andar, curiosear, ver novedades. - -El muchacho corre a toparlos, y ellos, adrede, trotan calle arriba. Un -auto los ataja en una bocacalle. El muchacho se les planta por -delante: silba, grita, les pega ponchazos, y la recua vuelve frente a -la vecina que espera la leña. - -Mientras el muchacho desata la leña, los borricos merodean. - -Uno, se cuela por un zaguán, raspando al pasar, los reboques con los -torcedores. En el patio, una sirvienta lo baraja a escobazos. El burro -ceja, y al salir, muy despacio, tumba una maceta. - -Alguno se acuesta a descansar en media calle, lanzando resoplidos de -desaliento, al pensar que a él no le toca el turno todavía. - -Hurga otro, con su belfo suave y azulado, el cordón de la vereda, -donde una cáscara de banana se adhirió a la piedra. Después se come -una cáscara de naranja, mientras un camarada, más feliz en hallazgos, -se empeña en tragar un diario abandonado, envoltorio de cocinera, -saturado de oliente y sabrosa grasa. - -_Durmiendo los ojos_ beatamente, un burrito ensaya lamer un hilo de -agua inmunda que mana de un albañal. - -En un grupo, alguno, cariñoso y prolijo, le rasca con los dientes a un -congénere la sarnícula del apolillado pescuezo. - -Le toca luego el turno al que se echó: el muchacho lo quiere hacer -levantar para descargarlo; pero el burro no quiere. ¡Se siente tan -cómodo! - -El muchacho, impaciente, la emprende a puntapiés. El burro se limita a -menear la cabeza y pestañear, hasta que el dolor de la tunda le llega -al alma. Entonces, cachaciento, ayudado por el muchacho, se incorpora. - -El lento paso de la tropilla, su mansedumbre, el ligero vaivén -incesante de las colillas exíguas, las cabezas pensativas, los dulces -ojos, las tranquilas orejas, hacen del burrito leñatero la nota más -simpática de la calle salteña. - -¡Ay! pero no cuando uno de estos animalejos deja oir un bárbaro -rebuzno. - -El bucólico encanto se rompe de pronto ante esa desapacible -resonancia, ante las grandes quijadas abiertas en la plenitud de la -bestialidad, y ante el brutal regocijo que sacude el mísero y flaco -cuerpo del asno, en espasmos de un grosero naturalismo. - - - - -UNA PROCLAMACION - - -Un mes antes de la elección el arrabal pulula en el comité. Y una -noche, a son de bombas, se hace la proclamación del candidato. Es la -noche cívica, merienda de negros, aquelarre, agrio candombe. - -Cuando los adherentes se congreguen, y desborden por los cuartos y -patios del comité, que es siempre un despacho de bebidas, en medio de -la gente se mostrará el candidato, y hablará; y hablarán los amigos -del candidato. - -Ansioso esperaba el arrabal la noche de la proclamación. No bastaba el -haber sorbido, durante veinte días seguidos, el vino del candidato. -Ahora que la elección se acerca es preciso también oir la palabra de -los políticos, que pagan la fiesta; de los blancos, de los ricos -cholos, de los eternos explotadores del Juan Pueblo, como dijo cierto -gringo que habló en el teatro, y que se fué. - -Y esta noche, siendo de estruendos, y de discursos y de cerveza, hay -que aprovecharla, y beber por el triunfo del partido. - -¡El triunfo!... palabra imprecisa, mero ruído verbal en la cabeza del -elector. - - * * * * * - -Entremos en el club político la noche de proclamación, en el momento -de los discursos. Es en el patio entoldado de una pulpería de arrabal. - -Parado sobre una mesa, enguantado, bien vestido, el candidato inicia -la tanda de los discursos. - -La multitud escucha: trescientos y tantos ciudadanos, de los cuales -doscientos por lo menos están beodos. - -El candidato infunde respeto. Su galano estilo, su clara dicción, -caen, como lluvia de rosas en un lodazal, sobre un apeñuscamiento de -cabezas hirsutas, sobre un campo de bocas abiertas en rictus -alcohólico, sobre un oscuro lago de miradas atónitas. - -Pero el espectáculo sugiere al punto esta reflexión: el respeto no es -a las ideas, que no se alcanzan. Es el respeto atávico al blanco, es -decir, al amo ancestral; es el respeto a los guantes, al jaquet, al -botín de charol; es el respeto fetichista del indio por las cosas que -su instinto presiente como signos de excelencia. - -Un borracho aprueba con amplios gestos los párrafos del orador. Y -exclama en alta voz:--¡claro!... ¡eso es!... ¡Me gusta!... - -Lo veo esforzarse por fijar la atención. La mona, en su estrabismo, le -muestra dos oradores, y él se obstina en mirar uno. Luego, cansado, -vuelca la cabeza sobre el pecho impotente, y la sonrisa del arlequín -que hay en todo borracho, divaga por el rostro enorme, moreno, pingüe -de grasa y de sudor. - -En medio de este grotesco silencio, en medio de esta trágica atención -de beodos, aquí y allí se sofoca un juramento, se contiene una réplica -inconsulta, se acalla un intempestivo monólogo. Entre tanto, algunos -se desprenden furtivamente del grupo, para ir a beberse una copa más -en el mostrador. ¡Qué diablos!... Lo único positivo es el vino; el -vino que permite olvidar el crimen del ocio y de la ignorancia. - -El candidato acaba su discurso entre palmoteos y alaridos. Todos se -mueven, algunos quieren verle, tocarle. Y la multitud al revolverse -apesta más, como si se hurgase la basura. El alcohol se espande en -vaho con los gritos, la roña se embravece con el calor y el roce. - -Después del candidato habla un estudiante. Su palabra es vehemente, -vibrante, sincera. Se imagina que el pueblo es quien le escucha; el -pueblo teórico de los libros. Y le habla de deberes cívicos, de -libertad, de honor ciudadano, de justicia social y regeneración -política. Pero él no conoce al pueblo: es un ingénuo. - -Le han dicho que en ese comité hay muchos tocados por el otro partido, -y que esos vienen sólo a embriagarse, y que votarán en contra, a pesar -de hallarse afiliados. - -Y exclama con gran énfasis oratorio: - -"¿Es posible, es creíble, ciudadanos, que entre vosotros existan -tránsfugas, que vengan aquí nada más que a beber nuestro vino y comer -nuestra empanada, y que mañana nos den la espalda en el _cuarto -oscuro_? ¿Es posible que haya aquí uno, uno solo tan... sin -vergüenza?" - -Una voz aguardentosa replica a gritos: - ---¿Uno?... ¡Varios! ¡Aquí hay varios, sí señor! ¡Varios sinvergüenza! -¿Sabe?... - -Lo obligan a callar. No se debe interrumpir al orador. Los borrachos -dicen siempre la verdad. - -Este _club_ contaba con trescientos cincuenta adherentes. Pero en el -día de la elección, más de la mitad votó contra su partido. - -Así es el mulato, la canalla abyecta, borrachona, pechadora, que -aprovecha la ocasión política. Son la hez de la ciudad, el desecho de -las faenas rurales, el desperdicio de los gremios honrados, la resaca -de las pequeñas industrias laboriosas y probas. Son seiscientos, quizá -mil gandules que determinan la suerte de los partidos, poniendo del -lado adonde los vuelca el acaso, el peso vil de la cantidad. - -Es la carga de papas en la cala, capaz de tumbar el buque. - -Y en presencia de tales espectáculos viene a la mente un recuerdo -irónico: "El pueblo no delibera ni gobierna", etc. - - - - -EL REÑIDERO - - -En el Salta de antaño el reñidero era una diversión popular. Aunque en -decadencia, la de las riñas es aún una manía en mucha gente, por lo -común ricos doctores y acomodados artesanos. - -Ya no encuentra uno como antes por la calle algún distinguido señor -con un gallo bajo la chapa, pero si vamos un domingo al reñidero -comprobaremos la existencia de una verdadera pasión organizada en -garlito, con su edificio apropiado, especie de templete de redondo -techo adonde van los sabios gallólogos a parar por un gallo hasta la -camisa. - -El reñidero está en un barrio excéntrico. Es un corralón con varias -dependencias: pulpería, reñidero y cancha de taba. La entrada permite -el acceso a cualquiera de ellas. - -La reunión empieza a las dos de la tarde. Un negro inválido, gordo y -barrigón, cobra el boleto en la puerta. Individuos de toda catadura -van y vienen por el gran patio de tierra y el viejo corredor de -ladrillos. - -En un extremo del patio una mulata hornea la primera tanda de -empanadas. Aunque hay mucha gente que se mueve, lo hace con grave -cachaza: uno pesa un gallo en una romana colgada del techo por un -alambre; en un grupo se concierta una riña; un opa amarillo, palúdico, -de barbas ralas, afirmado a un pilar, escucha estúpidamente las -condiciones que se estipulan; algunos revisan en las galleras sus -gallos, les dan los últimos toques, los acarician, los hablan; otros -limpian y pulen un juego de chuzas de acero; por ahí, disparatando, se -bambolea el eterno beodo de todos los domingos; y sobre este desacorde -rumor humano, continuamente irrumpe, vibrante, marcial, el sonoro -cocoricó de los gladiadores ansiosos de ir a la arena. - -La preparación de un gallo es una ciencia. Se pesa y pela el trigo; se -mide la dosis de agua y maíz; se le despluma al animal el trasero para -ver cuándo está robusto, en cuyo caso esta parte se le enciende en -intenso rojo de pimiento. Hay que separarlo de las gallinas para que -no se ponga cailón y flojo. Hay que baquetearlo, o sea hacerlo topar -con otros gallos para que tome estilo. Si es demasiado picador se le -pone una piquera en el pico, estuche de cuero que le permite -entrenarse sin morder, hasta que se acostumbre a pelear a revuelos. - -Si el gallo está capioso, es decir, si no tiene buena pluma, se lo -ensambla, lo que significa una obra de paciencia china, pues se hace -preciso cortar las plumas de la cola y alas al canuto, y encajar en -éste, pegándolas con goma, nuevas plumas largas y tersas, con lo que -el gallo obtiene agilidad en el asalto, ya que las plumas lo -equilibran. - -Además, a fin de fortificar los pulmones y las patas, hay que -corretearlo metódicamente una hora diaria; y hay que sacarlo a tomar -sol por la mañana; y si se sofoca y agita mucho, hay que zamparle agua -a buchadas por la cabeza y bajo las alas. Todo esto se practica a -diario, fuera de las precauciones y medidas que aconseja la -taumaturgia profesional cuando se quiere ganar con trampas una riña. - -El número de tongos no tiene límites. Gallero hay que le embadurna de -sebo a su gallo la cabeza para que el del contrario se despique al -morder; algunos al desgolillarlo le cortan en escalera la golilla, lo -que produce el resultado dicho, si el gallo contrario gusta de morder -la golilla y no la cabeza. - -Es gallo ligado si le amarran tan fuertemente las chuzas que el pobre -animal camina apenas apuñando la pata. Es gallo desvelado cuando le -hallan en los ojos cierta espumita, que prueba que para debilitarlo lo -han hecho pasar una noche atado a la estaca entre dos luces. Muchos le -untan al gallo en las axilas grasa de zorro, pues profesan la -superchería de creer que por este medio el contendiente dispara, -avisado por el instinto. - -Todo esto y mil detalles más debe conocer y lo conoce al dedillo el -juez del reñidero, quien cuida de que las riñas sean legales y se -respeten los compromisos. - -Bajo el techo circular está la arena, circular también, rodeada de una -gradería de tablas, que sube en anfiteatro hasta el techo. - -Suena una campanilla. - -Más de cien jugadores se precipitan a las gradas. Se instalan. Tosen, -esgarran, escupen. El circo tiene una barda enana de madera, bordeada -por un colchado de trapo rojo. El juez se para a la puerta. Agita su -campanilla. La riña va a empezar. - -Los dos largadores contrarios, sostienen cada uno su gallo por el -pecho, le friegan las patas y le dan el último vistazo. - -El momento es solemne. Las apuestas se cruzan, breves y seguras. -Algunos que apostaron ya, están callados, la mano puesta en el mentón, -y así estarán hasta que acabe la riña. Los conocedores observan; los -botarates elogian y desafían. Los dueños de los gallos guardan un -digno silencio, prueba de sendos temores. - -La campanilla suena de nuevo. Se larga la riña. - -Un gallo da dos pasos, se para, se iergue y canta. El otro lo vé y lo -embiste. Las rojas cabezas se agachan, los cogotes se estiran, -arrogantes; los dorados, pequeños ojos bravíos brillan; las alas -semiabiertas se aprestan al salto. Primero es el saludo bizarro de los -dos picos, frente a frente, en línea recta, arriba, abajo, -cautelosamente; después es el revuelo formidable, y en fin, la -seguidilla, el entrevero, la riña; la riña tenaz, obstinada, furiosa, -de una belleza ejemplar, de un denuedo heroico. - -Cada riña es un poema épico: los sucesos, naturalmente, difieren; la -heroicidad es la misma. - -A veces un gallo queda ciego. Entonces el silencio de los espectadores -se vuelve absoluto. El animal pelea a oído: se lo vé inclinar la -cabeza, mas no para huir, sino para esperar escuchando al adversario. -De nuevo lo halla, lo pica, se afirma, se solivia en las alas y le -encaja con fragor las chuzas en el cráneo. - -El adversario se abate lentamente, las alas ajadas, el pico abierto. -El triunfador, ciego, se para tambaleante en la arena y lanza a las -tinieblas su trágico, ¡su titánico cocoricó! - -Se dió una vez el caso de dos gallos que cayeron muertos, primero el -uno, el otro en seguida. El uno tenía traspasada una arteria junto al -corazón: el otro no presentaba heridas, pero los entendidos dijeron -que había muerto de rabia. - -El papel de los entendidos es admirable. En cuanto el gallo cae a la -arena, en cuanto se mueve un poco, ya saben si está ido, es decir si -está acobardado, vencido al empezar la pelea. - -Después de la riña sobreviene una febril agitación: los perdedores, -resignados, oblan. Un ganador cruza el patio con un montón de billetes -en la mano. Un individuo lava un gallo, le busca prolijamente las -heridas, se las cura. Otro se come una empanada recién salida del -horno. Quien pondera aquí las condiciones del paraguayo; quien -sostiene allá que al giro tal le mordieron el pico antes de largarlo. -Y junto al pozo, un individuo le chupa un ojo a su gallo para que no -se haga tuerto y procede después a sangrarlo de la pata contraria, -según una prudente cábula profesional. - - - - -LA TABEADA - - -En un canchón contiguo al reñidero está la tabeada. Siendo juego menos -noble que las riñas, la taba tiene entre los decentes sus adeptos -vergonzantes. La riña es como una ciencia, la taba es como un arte. - -Depende del pulso y en parte de la cancha. Existe un canchero que -prepara la tierra y la rocía de modo que ni se haga barro ni esté -dura. Los límites opuestos los marca un cordel hundido en tierra. Dos -hileras laterales de bancos de tabla son los asientos de los jugadores -que esperan turno. - -Reina en el corro, grande algarabía. Mientras un individuo pulsa la -taba en una punta, el contrincante aguarda el tiro en la otra. - -Formúlanse las apuestas entre el tabeador y su contrario, entre el -tabeador y el público, y el público entre sí, por fas y por nefás, por -cara o culo, con ventaja o sin ella: es un enredo de términos y dichos -especiales, tan claros para el profano como si fuesen griego. - -En media cancha han ido amontonando el dinero de las apuestas, -apretado bajo una piedra para que no se vuele. Algunos empuñan rollos -de billetes ajados y mugrientos. Los ya desplumados, se sientan a -mirar, como fascinados, el manoseo de la plata. - -De varias partidas atrás, un chaqueño emponchado mantiene la taba: es -un invencible. Ha pelado a muchos. Ahora "la va derecho" con un -mulatón compadre y hablador. - -El invencible es un hombrón taciturno, un poco alcoholizado. -Reconcentra en su juego favorito toda su grande alma de animalote. -Parece allí un toro parado en dos pies entre la tropa. - -Usa enorme sombrero blanco y se alza el poncho al pescuezo para que le -vean su charro cinturón de bolivianas de plata. Va quinientos pesos a -su mano. - -Se escupe con calma las manos, refriega las palmas en el suelo, guiña -el ojo izquierdo como si fuera a apuntar con escopeta, mira bien la -taba con el otro ojo, la blande, la sopesa varias veces, echa un -desafío mudo a la redonda. Los espectadores, atónitos, se apartan. La -taba vuela: la siguen con la vista, da tres vueltas justas y se clava. - ---¡Culo!... ¡Culo clavado! ¡El primer culo! - -La agitación es intensa. Algunos juran. Otros se preparan a recibir su -plata. Hay quien comenta a gritos las alternativas de aquella "mano". - -El chaqueño saca un pañolón colorado y se limpia el sudor del seboso -rostro. Echa luego mano al bolsillo y paga de un grueso puñado de -billetes. Ha sido un "batacazo". ¡Quinientos a la olla! ¡Jué pucha! -Pero no es nada; él puede jugar hasta diez mil pesos. Este hombre -tiene quince mil cabezas en el Chaco. - -La concurrencia es de un cómico abigarramiento. Vense galeras, -guantes, bastones, botas, alpargatas y hasta patas peladas: la ancha -pata pálida y roñosa del opa que atisba una moneda, del típico opa -salteño, del infaltable de todas las aglomeraciones. - -Vense levitas verdinegras. Una casaca con dos botones al rabo, que -muestra que en sus tiempos fué jaquet; chalecos multicolores de una -antigua moda, camisas que rebalsan y pechos pelados al descubierto. - -Tampoco se libra de la manía el turco exótico, que ladra el idioma, -pero que se hace entender y juega; ni el gringo, el delicioso gringo -que masca tabaco y dice insolencias con la mayor soltura; ni tampoco -faltan el mulatillo amanerado y compadrón del centro y el honrado -maestro de escuela que viene a echar una cana al aire. - -Además, en la tabeada merodea el "colero", furtivo borrachín que -simula entusiasmarse por el juego y traba apuesta con este y con el -otro, para abrirse a su hora, con cualquier pretexto. Lo que le -interesa al colero es la bebida que circula a rodo, el desperdicio de -las ganancias. Agradece antes de que le brinden. Su afabilidad -comunicativa es una ganzúa; su entusiasmo por el juego un taparrabo de -la impudicia. - - - - -LOS PERROS - - -En las grandes ciudades los perros son objetos de adorno o de lujo, -cuando no seres esclavizados por el egoísmo del hombre, y que sirven -en las tiendas para cazar ratones, o en las policías para perseguir -malandrines. - -En las grandes ciudades los perros pertenecen a alguna raza definida; -y hasta los hay de abolengo. - -Existe allí el perro de alcurnia, mimado y regalado; el galgo raro, el -San Bernardo, el terranova, el fox-terrier, etc., etc. La monótona -vida de estos perros no tiene allí sino un aspecto más o menos -sentimental o decorativo, o francamente utilitario. - -Para apreciar el papel de los perros en estado libre, de los perros -como partido zoológico, disputando al hombre sus derechos a la vida, -hay que venir a verlos en Salta. - -Es un día de verano, a la hora de la siesta, en un suburbio casi -desierto del pueblo. El sol reverbera blanco en las piedras de la -calle y en las veredas de laja: es la hora de los perros. - -No se ve más que perros, como si una universal metempsicosis hubiese -substituído los habitantes por perros. - -Por las entornadas puertas de calle, asoman sus hocicos. Las puertas -de calle, donde la gente sale a tomar fresco al caer la tarde. - -La perrilla de la esquina congrega los pretendientes del barrio. -Primero es el festejo, el contoneo afable, el menear de rabos y el -olerse. Y después la gresca galante que acaba en dispersión y derrota, -cuando la mulata, dueña de la joven coqueta, asoma escoba en mano. - -Un inquieto perdiguero, que los domingos suele ir de caza con el -albañil, se ha escapado con la piola al cuello, y pasa, trotando al -sesgo, al viento las narices, que recuerdan por lo largas el cañón de -una escopeta. - -Bajo el tropical ardor del día, entornados los ojos, la lengua afuera, -cruzan por la calle grupos de perros de todos tamaños. - -Uno que los mira pasar desde su puerta, se avispa, y sale a toparlos: -se cambian los saludos de regla. - -Se huelen, se gruñen; la pandilla sigue viaje, y el de la puerta -vuelve lento sobre sus pasos, y alza la pata, desdeñoso, contra la -pared corroída... - -Los grupos circulan por todas direcciones. A ratos viene el rumor de -una algarabía lejana. Alguna pedrada, alguna dentellada. Y los -corridos huyen haciéndose los rengos. - -En los días patrios y festividades populares los perros no saben -dónde meterse. La gente de Salta padece la monomanía de las bombas. En -cuanto se reunen doscientos manifestantes, sueltan innúmeras bombas. -Entonces los perros, muertos de miedo, huyen a buscar un escondrijo, -por entre las piernas del pueblo. - -Al amanecer, desde las campiñas cercanas invaden la ciudad pandillas -de perros. Vienen en alegre turbamulta a escarbar los cajones de -basura que los sirvientes colocan en la vereda para que los levante el -basurero municipal. - -No hay casa arrabalera que no albergue tres perros por lo menos. ¡Y -qué perros! Son perros de anónimas, azarosas razas, monstruosas -combinaciones anatómicas, a veces espectrales y desconcertantes. - -Vénse perros largos y chatos, en forma de locomotoras. Otros, lanudos, -pequeñísimos, llamados cuzcos, que al trotar parecen con cuerda. Vénse -los pilas, es decir, unos que carecen en absoluto de pelos. - -Y esos tres tipos fundamentales al entreverarse en las cruzas, forman -la interesante población perruna de mi pueblo. - - - - -DEFENSA DE UN PERRO - - -Mister Oscar Asterplat es un inglés que no me conoce, pero sabe que yo -escribo, y ha venido a casa para encargarme un pequeño trabajo. - -El otro día, un bruto de chauffeur atropelló al bull-dog de M. -Asterplat, y éste desea que yo escriba un artículo en favor de su -perro, y contra los automovilistas. - -Accediendo gustoso a tan justo pedido, he mandado a un diario las -siguientes líneas: - -Señor director: persigamos a las vizcachas que arrasan los sembrados; -matemos a las ratas que comen documentos y propagan la pulmonía y la -peste; organicemos ejércitos langosticidas; fumiguemos los árboles -arrugados por la diapsis pentágona, y hagamos guerra a los gatos -ardorosos que gritan en los tejados. Todo eso es razonable y bueno. La -vida es una eterna lucha del hombre contra los viles engendros de la -naturaleza. - -¡Pero pidamos al público que respete a los perros! - -A los pobres, a los buenos, a los leales, a los nobles, a los dignos -perros, estos amigos prehistóricos de nuestra malvada especie; que en -el fondo de sus ojos, siempre despiertos, tienen un destello de luz -para cada caricia, y un rayo de rebeldía para cada injuria. - -El activo perdiguero que por las calles husmea sin descanso una -escopeta; el airoso, elegante pila, juicioso en la iglesia, y caliente -en el lecho de la viejecilla reumática; el miserable caschi que en las -mañanas de invierno brinca delante de la cocinera, camino del mercado; -el can flaco del pastero que a la sombra del carro va, paso a paso, -del campo a la ciudad y de la ciudad al campo; el perro sucio del -pordiosero, comensal en la olla de mendrugos, y lamedor cirujano de -incurables lacras; el cuzquito centinela de los ranchos sin puerta; el -perro del rico y el perro del pobre, el de la casa y el de la calle, -cada cual llena un vacío en nuestros caprichos, en nuestras -necesidades, en nuestros achaques, en nuestros infortunios. ¡Ningún -perro está de más en el mundo! - -Estas reflexiones, señor Director, me las sugiere el atentado de que -fué víctima, el domingo de tarde, en la avenida Sarmiento, el perro -"oso" de M. Oscar Asterplat, por parte de un miserable manejante de -automóvil. - -¡Este bruto le ha hecho pasar las ruedas por la barriga, y lo ha -dejado extrachato, en media calle! - -Yo protesto de semejante atentado, ante el público, en nombre del -señor Asterplat y en el mío propio. - - - - -LA CONDENADA - - -Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi -pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba -por avenidas y caminos urbanos. - -Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con -diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio -como por los arrabales próximos al río. - -La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso -fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía -popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen. - -Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas -en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la condenada. -Así habían dado en llamarle a la luz, sin duda porque se creyó que el -panteón era su morada. Y salía de allí a deshora de la noche para -emprender sus locas, desaforadas carreras, que espantaban a los malos -y horripilaban a los inocentes. - -Una noche, camino de la Caldera, iba un pobre indio paso a paso en su -mancarrón, con las alforjas cargadas de bote en bote, cuando en un -recodo topó de repente con la luz infernal. Indecible pavor hizo presa -de jinete y cabalgadura, que, dando cara vuelta, fueron a sujetarse, -perdiendo alforjas y calchas, a la plaza "9 de Julio". - -Contaban que una negra que vivía cerca del cementerio mantenía -macabras relaciones con la condenada, y esto, y el aislamiento en que -sus íntimos la dejaron, motivó el trastorno mental de la infeliz -catinga, sospechosa de brujería. - -Una noche la policía tuvo noticia de una descomunal parranda en el -barrio de _tucumancito_. Enviado un vigilante al lugar del desorden, -se le apareció la condenada, se le espantó el caballo, y el porrazo y -el susto fueron tales, que el cobarde policiano sufrió un desmayo de -varias horas. - -El número de perseguidos y preocupados era muy grande. - -El cochero de un amigo mío tenía su cuarto lejos del centro, por el -barrio del matadero, y aunque _no era manco pa las cosas de este -mundo_, las del otro le inspiraban serias desconfianzas, por lo que -prefería, si no había luna, quedarse a dormir acurrucado en los -almohadones del carruaje. - -Las niñeras les contaban a los chicos, haciéndoles poner los pelos de -punta, las fechorías de la condenada; y las viejas beatas de -correveidile averiguaban del cura si cometían pecado creyendo en ella. - -Hasta entonces había limitado el espectro sus andanzas a los -arrabales; pero héte aquí que una noche, como a las doce, se presenta -en plena plaza Belgrano, desierta a esa hora, donde se pone a dar -vueltas en persecución del único mortal que a la sazón la atravesaba; -el cual, en fuga despavorida, logró saltar las barandas que cercaban -la plaza, y llegar sin resuello a guarecerse en la tienda donde era -dependiente. - -¿Y no adivinas, lector, quién y qué pudo ser aquella condenada que en -mi pueblo metió tanto susto? - -Pues era el más pacífico de los hombres: un relojero italiano, el que -llevó a Salta la primera bicicleta. - -Fatigado del trabajo del día, montaba por la noche en su aparato, -encendía la linterna fuera de la ciudad, y comenzaba su pedaleo de la -manera más divertida del mundo. - - - - -LA CRECIENTE - - -Don Ventura Perdigones era un gallego verdulero que había en Salta. - -Desde Vaqueros, donde tenía su hortaliza, llevaba todas las mañanas al -pueblo una arganada de verduras frescas para vender por las calles. - -Vaqueros es un lugar que dista dos leguas de la ciudad, y está situado -en la margen izquierda del río de ese nombre. - -Y digo río, porque se llaman así en mi tierra, mal que pese al -estricto sentido del vocablo, los que en invierno apenas parecen -arroyos apacibles, y en verano se tornan, con las lluvias, en -formidables avalanchas de barro y piedras. - -Una mañana venía el Vaqueros _por demás_ crecido, como dice la gente -de mi provincia. La noche anterior había caído una tormenta en los -cerros, y, con tumultuoso estrépito, las turbias aguas arrastraban -gruesos troncos y pesados pedrones. - -A lo largo de la orilla, numeroso paisanaje a caballo esperaba que -pasase lo recio de la crecida para atravesarlo. - -Perdigones, encaramado en su asno, estaba allí, con las árganas -repletas de repollos y lechugas. Quería pasar cuanto antes, sin -atender a los consejos de algunos que le señalaban el peligro; y -porfiadamente taloneaba a su bestia, y se paraba en los estribos a ver -por dónde se lanzaría. - -Y Perdigones que sí, y el jumento que no, bruto y hombre pugnaban por -hacer cada cual su gusto, con grande regocijo y mofa de los presentes. - ---No dentre Don Ventura. Mire que la creciente lo va a trapiar,--decía -uno. - ---De ande lo han de convencer, si este gallego es más porfiau que una -clueca,--gritaba otro. - ---Asojitesé bien, no sea que pierda los _yolis_,--vociferaba un -tercero. - ---¡Vaya, vaya hombre!--contestaba Perdigones.--Paréceme a mí que no -hay motivo pa tanta alharaca. Pero lo que es éste, a mí no me -gana,--decía del asno, y le molía de firme. - -Al fin triunfó Perdigones, si bien más le valiera no haber triunfado, -porque zamparse el burro, desquiciarse de la montura los _yolis_, y -hacerse una balumba de hombre y bestia y arreas y verduras, todo fué -uno. La rápida corriente los arrastraba. - -Los gauchos armaron al punto sus lazos, y se los arrojaron al infeliz -Don Ventura, que a manotones y zambullidas y vueltas de carnero en -medio del agua, ni pudo ni atinó con los auxilios. - -Y mal acaba el lance, si no logra prenderse, con todas las fuerzas que -le restaban, a las raíces de un sauce ribereño. - -Y ya en tierra firme, pasado el susto, un paisano le dice al gallego: - ---Velay pues, ño Ventura aura que se ha salvao, dé gracias a Dios, -porque esto ha sido un milagro. - -Y el gallego, malhumorado y tiritando, le contestó: - ---Hombre, dí tú gracias al sauce, que las intenciones de Dios fueron -ahogarme. - - - - -LA DECADENCIA DE LOS OPAS - - -Como se ha cumplido para la historia del arte el "esto matará -aquello", de Víctor Hugo, se ha cumplido en Salta esta otra fórmula: -el progreso ha matado al opa. - -Y no hablamos aquí de los opas que seguirán existiendo pese a todos -los progresos, sino "del opa" como género social, del opa como factor -social. - -Todo ha conspirado, desde unos años a esta parte, contra los opas. - -El advenimiento de las cloacas los ha emancipado de ciertos oficios de -acarreo, que les era propio. - -Después, un jefe de policía los ha expatriado en vagones y ha sembrado -las vías, Salta afuera, con nuestros opas. Así fueron a parar, en este -movimiento centrífugo de reacción colectiva: "Leche de Burra" a La -Quiaca, el "Coto Zapallo" a la tumba, "Ripitipi" a Buenos Aires... - -Y en nuestros días, apenas si al paso del opa Panchito, con su cara de -macho alfalfero, su andar vacilante y sus inmensas alpargatas, nos -asalta un recuerdo borroso de los opas de otros tiempos, de aquellos -que apedreamos siendo niños. El opa de hoy es como el espectro del opa -de entonces... - -El opa de hoy, ha tomado carta de ciudadanía y hasta se le ha visto -votar en las elecciones. Y luego, se le respeta, o quizá se le -compadece; y se ha vuelto mendigo, como "Achoscha" y como Enredadera, -o masitero como Panchito. - -Pero antes, antes los opas eran algo muy nuestro, muy popular, muy -típico, y a ellos les debemos buenos modismos, que han quedado -estratificados en la memoria social. Así decimos de un tonto -cualquiera; es un "Chupa-charqui". Y del que se contenta con falsas -promesas: está Fulano como el opa del cura Arias, aquel opa famoso, -excelente servidor, pero lunático, cuyo sabio amo, conociéndole su -pasión por la ropa nueva, lo mandaba a lo del sastre a que le tomasen -la medida, en cuanto lo notaba de mal talante. - -El opa de las procesiones ha desaparecido. No había procesión sin su -opa a la cabeza, provisto de un rebenque de carrero, espanto de -muchachos y perros. Y es que no había iglesia sin opa, fiel criado del -cura y auxiliar devoto de la sacristía. Quasimodo es así un tipo -universal de campanero. Sólo un opa podía repicar con toda el alma, -bajo la campana, sin temor de romperse las orejas. - -No hay quien no haya asistido en Salta a la escena estruendosa de una -misa o un sermón edificante, interrumpido por una _trocatinta_ de -azotes a los perros que asistían a la iglesia. Los aullidos -repercutían por las bóvedas sagradas con sonoridad apocalíptica. Era -el decoro de las cosas santas defendido a rebencazos. En cuanto un -perro ultrapasaba la linde de la compostura, se le venía el opa al -humo, rebenque en mano; y hubo el caso de una vieja que resultó -zurrada por demasías de su pila. Y era cosa corriente en aquellos -tiempos que la beata llevase su pila escondido bajo el manto. - -Pero el jubileo, la apoteosis de los opas salteños tenía lugar el día -del lavapiés. - -En el patio de la Catedral, esa mañana, junto al pozo, el sacristán -les arreglaba las barbas, cuando la tenían, les daba un traje nuevo, -de piel azul, y el opa, dignificado y elevado a la categoría de -apóstol, ocupaba su trono de honor al pie del altar. - -En una de aquellas ceremonias, en que el opa Viborón hacía de apóstol, -es fama que los muchachos le trazaban víboras en el aire, con el dedo, -y el infeliz, olvidando su sagrado papel, se descolgó del entarimado, -presa de inaudita cólera. - - - - -LOS COCHEROS - - -Al mirarlos pasar desarrapados, blandiendo el largo flajelo de -verdugos sobre los lomos enjutos del mancarrón placero, se diría que -son asesinos que se escapan y no aurigas que pasan. - -Estos son los más zaparrastrosos cocheros del mundo. No pretendemos, -no, que vistan de gala, ¡así quedarían!, pero que, al menos, adopten -en su pescante traza de cristianos. Ora es un gigante doblado en tres, -con las canillas fuera del pescante, los botines rotos, el sombrero -increíble, las barbas desparramadas; el judas de La Merced, el opa -Viborón de cochero. O es un mico, un mequetrefe, metido hasta la nuca -bajo la capota, llevándose por delante las vacas lecheras y la chinita -que corre al mensaje. Pero todos, o casi todos precisan una lavada de -cara. - -¿Por qué no se les exige un mínimum de compostura personal? Si el -traje hace a la persona, tal vez así se los haría gente. - -Aquí es útil ser medio psicólogo, hasta para tomar coche. Primero hay -que semblantearlo al cochero y no meterse con los que tengan cara -colorada, porque esos andan mal de la mollera y habrá que pelear a la -hora del arreglo. - -Sobre todo, cuando se os ocurra viajar a San Lorenzo, fijaos si -vuestro cochero no está con los ojos irritados y la nariz roma, pues -al fin de la fiesta, cuando volveis por los precipicios de las lomas, -él estará más borracho que Baco y os sepultará en alguna zanja, con -vuestros deudos queridos. Y lanzará a los vientos, levantando las -piernas a la luna, en cada barquinazo, un juramento que hará ruborizar -a las señoras. Habeis puesto la vida a merced de un energúmeno, y sólo -Dios y la buena suerte podrán salvaros. Que no es cosa simple -contratar un cochero. - -Y si al salir de un baile o del teatro llueve, y hay que tomar coche, -ya no será dado elegir, porque los coches del servicio nocturno están -que dá grima. Subís y empieza el calvario. Si no se zafa una rueda, -media cuadra más allá la jaca que os arrastra cae extenuada. Y -entonces, en el silencio de la calle, sin testigos, sin misericordia, -comenzará el martirio zoológico de la pobre bestia, que a cada -puntapié que recibe, de su guía, en el cráneo, gime con gemido -profundo, mil veces más triste que el sollozo humano. Y la gloria del -baile o del festival se disipa de vuestra mente, y el cuadro de la -miseria de todo lo que vive se os impone al punto. - -Y cochero y verdugo son una sola y misma cosa. Verdugo vuestro, porque -pagais la hora con exceso, del sudor de la frente, y verdugo de los -flacos, de los inocentes, de los desgraciados caballos que caen en sus -manos. - - * * * * * - -_Nota._--Este artículo produjo en el gremio un efecto extraordinario. -Hubieron conciliábulos y discutieron si me darían o no una paliza. Yo -esperaba ansioso los resultados. Al fin publicaron una protesta que -decía así, poco más o menos: "Habiéndonos reunido los conductores de -carruajes a deliberar sobre el temperamento a seguir contra el -insolente articulista que así nos detracta en el diario "La -Provincia", hemos acordado no adoptar medidas violentas por tratarse -de un loco irresponsable, cuya familia, sin embargo, nos merece -consideración y respeto". - - - - -UN BAILE DE VILLORRIO - - -No me olvido de aquel baile que congregó tanta "gente bien" en casa -del comisario. - -En un rincón de la sala, zahumada por el grueso tufo de kerosene de -las lámparas, un músico, traído ex-profeso de Salta, galopaba sin -piedad un viejo valse, sobre el no menos viejo y desvencijado piano. - -En los ángulos restantes de la sala había frágiles mesitas de felpa -calva, atestadas de ramos de flores de papel, cuajadas de pintitas -negras, obra evidente de las moscas. - -Contra las paredes, hileras de sillas de variadas formas y tamaños, -donde descansaba la numerosa concurrencia; y en el suelo, mal -disimulando las asperezas del bárbaro enladrillado, retazos de -alfombras descoloridas. - -En el techo de cañizos, sustentados por ciclópeas tijeras, techo hondo -y lóbrego, tejían en silencio las domésticas arañas. Y en las alturas -adonde no llegaba la luz de abajo, algunos murciélagos absortos -comentaban con chillidos a la sordina la inusitada animación de la -fiesta. - -La concurrencia daba vueltas flemáticamente a la sala, al compás -meloso y cursi de esa musiquilla de aldea, triste y desorejada. La -dueña de casa, orondamente sentada en su sofá, contemplaba con aire -satisfecho el desfile de las parejas. - -Era una vieja robusta y ancha como una olla de chicharrón, que sudaba -a mares y se hacía viento con uno de esos monstruosos abanicos de -satín negro, que más parecen alas de Satanás que abanicos. A la vieja -nadie le dirigía la palabra; pocos la conocían. Pues como se trataba -de un baile de suscripción y ella había cedido su casa por pura -condescendencia, nadie tenía nada que ver con ella. - -Bien pronto me expliqué aquella cortesía, cuando ví que una chinita -escamoteaba furtivamente las botellas de cerveza compradas por la -comisión organizadora. - -Algunas señoritas que confundían la sencillez con la vulgaridad, -lucían trajes ajados y sucios, que hubiese rechazado una sirvienta. Y -tal era el entusiasmo del día, que no habían tenido tiempo de -arreglarse los cabellos ni quitarse el barro de las cabalgatas. - -El "¡cállese, no sea atrevido!", el "¡vean esto, por Dios!" el -"pucha", el "velay", las mil ordinarieces que florecen en las -vendimias, se mezclaban, ensordeciendo el aire, en una sola cháchara -vulgar y aturdida. - -Una chinita zaparrastrosa y mugrienta se paseaba por entre las -parejas, brindando cerveza en copas tres veces sucias; y un muchacho -"quiscudo" como un cepillo, luchando por no dormirse, ofrecía en una -frutera caramelos chupados de antemano, a medias, quizá, por los bebés -de la casa, y "tortitas de leche" partidas aritméticamente a cuchillo. - -En un extremo del corredor, alumbrado por una lámpara sombreruda, en -derredor de una mesa, conversaban parejas de enamorados que nunca -acababan de barajar sandeces. En el otro extremo, escondidos en la -penumbra, los bebedores del pueblucho hacían su agosto en complicidad -con los sirvientes, mientras parecían acalorados en una disquisición -acerca de las virtudes del cura. - -Por todos lados iban y venían los mosqueteros abribocas, o se -acumulaban junto a las puertas, estorbando el paso. - -En el patio, un opa de ojos clarísimos y cara pálida y gorda, que -había bebido en demasía, mascaba asnalmente un bollo, y servía de -diversión a unos muchachos... - - - - -EL DUENDE - - -La creencia en el duende era, quizá, la más arraigada en la ciudad, -hasta hace treinta años. Demonio familiar y burlesco, más molesto que -terrible, la plebe, y en particular los sirvientes y criados de las -viejas casas, teníanle por espantajo familiar. - -Para explicarse aquella superchería, fomentada sin duda por la -ignorancia, se hace preciso recordar la arquitectura de los caserones -coloniales. - -Casi no había casa patricia que no fuese un verdadero laberinto de -cuartos, pasadizos, altillos y corredores, intrincados y oscuros. -Ocupaban los fondos, el corral, el gallinero, la huerta, las -pesebreras y los cuartos destinados a la gente que traía de las -estancias abastos y provisiones para varios meses. - -En muchas casas, se carneaban reses en el corral. - -El duende merodeaba en las cocinas y despensas; escondíase en los -tunales y silbaba a los que iban al corral; dormía entre las petacas -de cuero crudo, en zarzos y altillos; y aun a las veces poníase a -frangollar en el mortero, a media noche. - -Un anciano señor, ya chocho, y además célebre por sus mentiras, solía -contar a sus relaciones--en alguna tertulia íntima de barrio, cabe la -estufa monumental del comedor,--los trajines y fechorías del duende. - ---Una vez--decía el anciano,--determiné mudarme de casa con mi -familia; pues el duende no nos dejaba en paz. Apedreaba a hurtadillas -a quien quiera que entrase en la huerta, volcaba las ollas en ausencia -de la cocinera, hacía pudrir el charqui y engusanaba los quesos del -zarzo... Habíamos trasladado a la nueva casa muchos muebles, cuando -entré una tarde en la despensa para ver lo que todavía quedaba por -acarrear. En esto se me presenta el duende, cargando el mortero, y me -dice, con tamaño descaro: - ---¿Y a dónde nos mudamos?... - -Era un hombrecillo enano y cabezudo. Provenía de algún ignorado -infanticidio; o era el alma de un niño muerto a los siete años, sin -bautizar. - -Usaba enorme sombrero y tenía una mano de fierro y la otra de lana. -Aparecíase a los malos y desobedientes, a los pendencieros y -mentirosos, y les preguntaba entonces, con potente y ahuecada voz: - ---¿Con qué mano quieres que te pegue?... ¿Con la de hierro?... ¿Con la -de lana?... - -Y al vivo que elegía la de lana, le asentaba terrible mojicón con la -contraria. - -El duende era compadre y amigo del gato. Nadie sabe si el par de -ojazos fosforescentes que vió en la noche serían los del duende o los -del gato. Que también sucedía que el duende, convertido en gato, se -echaba a dormir en el rescoldo del fogón. - -Apadrinaba él, solícito, las gangolinas y grescas de los tejados, que, -en noches de luna, ponían en la mente de los desvelados, terrores de -la otra vida. - -Caminaba con pesados y resonantes pasos a deshora, en los corredores, -como si un grueso pisón golpeara los ladrillos. - -Había, sin embargo, un medio para librarse de él. Sabido era que su -finísimo olfato no toleraba los ingratos olores. Y quien quisiera -andar seguro de noche, había de llevar preparada en los bolsillos -cierta porquería... - - - - -LA VIUDA - - -Por todo el valle de Lerma se creía en la viuda; pero es cerca de la -ciudad donde he recogido la leyenda de boca de unos indígenas. - -Las supersticiones tienen, como característica, esa indeterminación de -las versiones anónimas. Y asumen, según el sujeto que las refiere, -contornos más definidos y reales, o se diluyen y esfuman hasta no ser -más que una idea fantástica o una emoción de misterio. - -Ignoro si sea ésta una leyenda salteña de origen y si el decir vulgar: -"salirle a alguno la viuda" se usa en otras provincias, como aquí, -para denotar el contraste imprevisto con que topamos en una empresa -inadecuada a nuestras fuerzas. - -Pero abandonemos los circunloquios y oigamos al indio viejo que me la -contó: - -"Una noche tormentosa y muy oscura, cuando yo era muchacho, el patrón -me mandó a La Isla, con un recado urgente para don Nicanor Vallejos. - -La Isla es una finca, a legua y media de Salta, entre el río Arias y -el Arenales. - -Yo conocía bien el camino, que no era de coche, como ahora, sino una -senda angosta que atravesaba pequeños bosques de tuscas y algarrobos, -harto tupidos a trechos. - -El terreno es bajo y pantanoso y en algunas partes había que ser -baqueano para no hundirse en los fangales. - -Aunque nunca he sido flojo para las cosas de este mundo, no me sentía -entonado para las del otro aquella noche, lo confieso. Así que en -mitad del viaje, y en un punto en que más cerrado estaba el monte, al -caer la senda a un bajío, puse el caballo al tranco y empuñé el -cuchillo, que lo llevaba en el guardamonte, colgado de la vaina. - -Al acercarme a unos sauces llorones que están ahí todavía, de un -costado del camino, donde principia la bajada, se me atravesó como -sombra un perrazo negro... - -El caballo se avispó, bufó; y se pegó una tendida que casi me larga de -hocico. - -Por serenarme, mordí la hoja del cuchillo, la hice "tincar"[2] en los -dientes y me afirmé en el apero, tiritando... En esto, ya sentí que un -bulto me saltaba a las ancas y me echaba los brazos al cuello. - -El caballo, entonces, mandó un par de patadas, se estremeció enterito, -y se agachó a la furia, como alma que se la lleva el diablo. - -Así salvé el pantano. Y apenas gané la opuesta banda, un alarido fiero -y triste como llanto de mujer rajó la noche y se apagó en el monte... - -Y fuí a sujetar en casa de don Vallejos. - -Tuvieron que bajarme del caballo. Me manaba, del sofocón, sangre de -las narices. - -Esa había sido la viuda, pues, señor... Diz que así se presenta. Que a -ocasiones en forma de perro negro o de pájaro; a ocasiones es un -burrito que está como pastando, al disimulo... ¡Y no bien lo ventajó -el jinete, ya también se le trepó en las ancas y le echó los -brazos!" - -FOOTNOTE: - -[2] «Tincar» no es castellano. Pero es una preciosa onomatopeya, -inventada por los gauchos, y que da mejor que ninguna otra palabra, la -nota, «tín»... del acero, que ellos tienen la costumbre de hacer -vibrar entre los dientes cuando sienten vacilar su coraje. Además, -emplean continuamente el cuchillo para abrirse paso, hachando gajos en -la maraña; y de ahí proviene sin duda la palabra. - - - - -LA MULA ANIMA - - -Es una leyenda del bajo pueblo que va perdiendo su cariz fantástico. - -Evocad el Salta de sesenta años atrás, con su pobre y pesada -arquitectura colonial; con sus tejados de alero volado a la calle; con -sus enormes portales cuadrados y recios; con sus altas veredas, entre -cuyas lajas desiguales brotaba el pasto del campo; con sus hondas y -tortuosas calles de piedra bola. - -De noche, ardía en las esquinas del centro un candil de sebo. El -sereno, encargado de varias manzanas, pasaba lentamente, cantando la -hora y el aspecto del tiempo. - -En las casas donde había quedado alguna luz, revoloteaban -encandilados, sobre los anchos patios, murciélagos errantes y -siniestras lechuzas. - -La vida estaba llena de incertidumbres y peligros. Las guerras civiles -llevábanse mucha gente a otras provincias. Los largos y penosos viajes -a Chile y al Perú, que los jóvenes de la mejor sociedad emprendían, -arreando valiosas recuas de mulas y caballos, dejaban en invierno los -hogares huérfanos de esparcimientos familiares. - -A la terquedad del carácter español, a la intensa religiosidad de la -época, a la constante zozobra de la ausencia y la espera, que hacían -monótona y solemne la existencia, sumábase en los largos conticinios -el horror de las iglesias, cuyos atrios y recintos servían de -enterratorio a los decentes. - -Sólo en aquel ambiente melancólico pudieron formarse leyendas como la -de la mula ánima. - -A media noche se le aparecía de repente, en el panteón de una iglesia, -al mulato que volvía ebrio de alguna timbirimba o al medroso y -fanático palurdo que ignoraba los peligros del sitio. - -Era una mula enfrenada, que arrojaba chispas por boca y narices, y que -bufaba, encabritada, sobre el suelo fofo de las sepulturas. - -Era un ánima en pena. Y para librarla del purgatorio había que -consumar una hazaña fabulosa: había que sacarle el freno a la mula. - -Aquel endriago provenía de un pecado sacrílego, pues se lo suponía -engendro del cura con su barragana. - -Las beatas supersticiosas examinaban con aires de misterio, al salir -de misa, al alba, los ladrillos del atrio, donde, a las veces, la mula -ánima estampaba su casco de fuego. - -En el veredón de la antigua Catedral, que ya no existe, veíase, hace -años, una laja que tenía marcada una herradura: era el rastro de una -mula ánima. - - - - -LA JUANA FIGUEROA - - -Camino de "La Soledad", pasando el "puente blanco", en la esquina de -un rastrojo y al pie del cerro, está el sepulcro de la Juana Figueroa. - -Es el santuario de una superchería popular, con todo el prestigio de -una leyenda trágica. - -Al borde de una zanja vése un humilde túmulo de adobes, que remata en -una ruinosa cruz de palo. - -Por sobre la verdura de los cercos míranse las torres y cúpulas de la -ciudad, más allá las lomas de San Lorenzo, y en el fondo la azul -lejanía de las montañas, que parecen encerrar en un perenne círculo de -encanto la inmensidad del valle. - -El sepulcro de la Juana Figueroa es el santuario de una devoción -torcida y pecaminosa para la ortodoxia del cura; para la bastarda -emotividad de la plebe, es un lugar bendito, santificado por el -martirio. - -Los pobres del suburbio, las muchachuelas palúdicas de los "cuartos" -excéntricos, las cocineras de casas pobres, las alcahuetas -supersticiosas, acuden todos los lunes a depositar como voto ante la -milagrosa heroína, una vela de sebo, un medio boliviano, un -corazoncito de plata. - -De día y de noche, arde continuamente en el sitio un centenar de -velas. Para que el viento no las apague, la devoción, prolija, -resguarda las fervorosas llamas, bajo un abigarrado techo de latas de -tarro. - -Es una peregrinación anónima, pero obstinada y constante. Nunca se -encuentra en el lugar bendito esas aglomeraciones un poco profanantes -de la multitud. Cada cual a su hora, en un momento de angustia, de -miseria, porta su ofrenda. Y sólo la muchedumbre de las velas -patentiza la zozobra de las almas. - -A veces, al atardecer, vése llegar por el "carril" de "La Soledad" -alguna mujer del pueblo, demacrada y enferma, con una criatura en -brazos. Camina por la tierra polvorienta arrastrando la pollera, que -al andar se pliega sobre los talones con blandura de harapo. - -Cuando está segura de que no la observan, se acerca al humilde túmulo, -se arrodilla y ora en silencio. - -Después ofrece una vela encendida y se aleja a pasos largos. - - * * * * * - -En aquellos parajes vivía, hace treinta años, un pacífico mulato -carpintero, casado con una joven mulatilla, bonita y alegre. Tenían un -hijo. - -El hombre se marchaba temprano al pueblo, donde tenía el taller. La -mujer y el pequeño lo esperaban hasta la hora de la comida. - -El hombre trabajaba mucho, pero ganaba poco; apenas para vivir. - -La esposa soportó bien durante el primer tiempo de casada la escasez -de medios, halagada por el cariño al hijo y el amor del hombre. - -Alentaban la esperanza de poder un día salir de aquel lugar sombrío, -enfermizo, vecino de la "zanja del Estado" y del panteón, aislado -entre un monte de algarrobos, melancólico en sus largos días y sus -desolados atardeceres. Pensaban irse a vivir al pueblo. Y así, -pensando, se pasaron los meses. - -La mujer fué cambiando, poco a poco. En ausencia del marido -frecuentaba el trato de algunas comadres y vecinas que tomaban mate a -costa de la ingenua mujer del carpintero. - -Varias veces, al volver del pueblo, el hombre no había encontrado a su -mujer. Pero entonces habíala esperado, habíala recriminado con -dulzura, para entregarse a los íntimos deleites del pobres hogar y al -encanto del pequeño. - -La mujer, confiada en el ascendiente que ejercía sobre su marido, -nunca hizo mucho caso de sus reclamos. Y pronto las amigas la -atrajeron a las borracheras del arrabal, donde la estúpida galantería -del "tomo y obligo" afloja las vacilantes austeridades y da al traste -con la compostura y decencia del artesano. - -El carpintero jamás quiso acompañar a su mujer a tales diversiones, y -la dejó ir sola, cediendo a las instancias de las amigas y a las -seguridades de una fidelidad probada asaz duramente. - -Y cuando el hombre vió al fin mermado aquel cariño, y cuando supo en -el pueblo--él, el último,--la traición de la hembra ingrata y -tornadiza, se dejó llevar a la deriva de la suerte, con la indolencia -fatalista de los débiles y quiso, todavía más ciego, el caro amor que -se le escapaba, aferrado a la ilusión de reconquistarlo de nuevo, todo -para sí. Y fué manso, tolerante, imbécil; bueno como las tablas de -fragante cedro que pulía en el taller. No dijo nada... - -Pero al volver del trabajo, una tarde, una vecina le contó que su -mujer había pasado el día, en su propio hogar, con otro hombre. El -carpintero llegó a su casa taciturno, pero tranquilo y amable como de -costumbre. La mulatilla lo recibió en sus brazos. - -El hombre le propuso dar un paseo. La mujer lo siguió, y marcharon -juntos, también el chiquillo, de la mano de su madre. - -Fueron hasta el "puente blanco", por el camino de "La Soledad". - -Se sentaron en el poyo del puente. - -El hombre no hablaba. No podía tampoco, aunque quisiera. Sólo -acariciaba los crespos cabellos de la mulatilla, bonita y alegre. - -Empezaba a oscurecer. Era un crepúsculo de otoño, lloviznoso y gris. -Levantábase al espacio el chillido inmenso, crepitante de los grillos. -A largos intervalos iguales cantaba un crespín en la arboleda. Venía -lenta, en el viento, la voz baja y solemne del campanón de San -Francisco. Algún "ataja-camino" revoloteaba agorero en la penumbra; y -bajo el arco de piedra del puente, ya ruinoso, abríase, entre las -malezas, el reposo de las aguas paradas, sin vida, sin reflejos, -hondura lóbrega, insalubre, hedionda... - -Ante el mutismo prolongado del hombre, la muchacha estuvo un instante -sorprendida; luego alarmada e inquieta. - -Ella lo habló, lo interrogó, trató de explicar algo.... él, -acercándose mucho, la miró en los ojos hasta el alma. - -Al verle así, la mujer, por la primera vez, le temió. El la estrujó, -brusco, colérico. Ella gritó. Quiso fugarse, abandonando al hijo. - -Pero el hombre la alcanzó, la pilló, le ajustó las manos crispadas -sobre el cuello, y la ahogó sin misericordia. - -El hombre, al huir con el hijo en los brazos, oyó tras sí lamentos y -gemidos. Entonces, ensañado, volvió a la carga, y empuñando un fierro -hallado por ahí, le machacó la cara, le reventó el cráneo, y la tiró -después sobre las aguas muertas de la zanja. - -Así fué el asesinato de la Juana Figueroa. - -¿Por qué venera el bajo pueblo su memoria? Porque fué--dice,--una -santa mártir. Y es que el delito de adulterio no existe en la -promiscuidad monstruosa de la chusma. - - - - -DON MATIAS LINARES Y SANZETENEA - -OBISPO DE SALTA - - -Hay en la vida del anciano ilustre, cuyo fallecimiento ha conmovido a -la sociedad de Salta, una singular contradicción entre las íntimas -tendencias espirituales que lo solicitaron, y la elevada misión -pública que desempeñó. - -El sacerdocio es, o al menos debe ser, una función militante. - -Exige el ejercicio de las cualidades positivas del carácter; el fervor -de la prédica; el espíritu de lucha, de propaganda y de polémica; el -conocimiento de los hombres; el continuo trato con el mundo; la -fulminación del mal y del error. Así, el tipo del sacerdote es Iñigo -de Loyola. - -Pero monseñor Linares fué, más que un sacerdote, un asceta, en la -medida que su destino se lo permitiera; y más que un apóstol, fué un -santo. - -Su carácter jamás se avino con su cargo. Y, por la sola fuerza -prodigiosa de la virtud, el hombre era superior al cargo. - -Se impuso, quizá sin quererlo, seguramente sin ambicionarlo, a la alta -estima y consideración de su grey y de su pueblo, por el ejemplo más -que por la acción; por la tolerancia, más que por la represión; por el -amor y la templanza más que por el mando. Su notable política resultó, -así, una consecuencia de su temperamento, no una obra de su cálculo. - -Y aquel justo vivió, sin duda, constantemente perplejo entre su Ideal -cristiano y sus ineludibles obligaciones de gobernante. - -La acción acaso sea incompatible son la santidad. - -La equidad, la justicia, la virtud, no son sino eternas aspiraciones -al bien absoluto. Procurad imponerlas entre los hombres como ley, y -los bajos intereses de la vida os rechazarán, como a Jesús y como a -Sócrates. Desde tal punto de vista, todo juez es injusto, y todo -apóstol es exclusivista... - -Abstenerse de fallos definitivos; rehuir a las implacables -condenaciones; renunciar, por amor a la verdad, a la posibilidad de -equivocarse; olvidar la perpétua contradicción entre lo real y lo -ideal, atormentado por el temor de ser alguna vez injusto o inhumano; -buscarse, esperar en silencio, más allá de la mezquina existencia -mortal el advenimiento del Reino de Dios: he aquí el ideal del asceta, -es decir, del justo, del santo, del puro cristiano. - -Y en épocas de discusión, de examen, de transmutación de valores -morales, este tipo superior de religioso es tanto más admirable, -cuanto menos posible en la moderna sociedad. - -No consultará, acaso, como pastor las necesidades materiales de su -causa, ni dará a su misión el esplendor de un principado, influyente y -mundano; pero será, como hombre, un alto exponente de la dignidad -humana, toda vez que el Ideal marque una meta de perfección a la -conducta. - - - - -II - -LOS CAMPOS - - - - -EL ERQUE - - -El erque es una flauta travesera de caña, larga hasta de tres metros, -que remata en una bocina arqueada de cola de vaca unas veces y otra en -un gran cuerno. - -Desde la embocadura hasta el punto en que se apoya la mano, la flauta -va forrada de unos listones de suncho amarrados con hilo de lana. Así -se asegura la rigidez del instrumento y se le aisla un poco del -contacto para que vibre mejor. Es de industria indígena y la fabrica a -su gusto el mismo que la toca. - -Usan el "erque" los naturales de las quebradas y altiplanicies -andinas, pastores y leñadores que salen de madrugada para los cerros, -caminan el día entero por abras y breñas y a la tardecita vuelven -tocando el "erque" con la majada delante y el haz de leña a la -espalda. - -La naturaleza sin el hombre que la puebla es cosa muerta. La poesía de -la montaña no sólo radica en la grandiosidad agreste del paisaje, en -la blandura lejana de las nieves, el salvaje rodar de los torrentes, o -el florecimiento encantador del amancay y la berbena. - -Sobre todo eso que es tan hermoso, hay algo más hermoso todavía, -porque nos ayuda a interpretar y a sentir; y es el hombre: el indio, -hijo de la tierra, su hechura y su trasunto y su emoción. - -Podrán las gentes de sangre europea vivir cien años más en estos -montes, y aun amar la tierra que conquistaron los abuelos españoles; -pero el secreto vínculo del suelo con su raza, nos estará vedado hasta -quien sabe cuándo: acaso para siempre. - -No estamos hechos de la misma sustancia que nutre el amancay y la -berbena; no conocemos el semblante de cada rincón de cielo en cada -valle; las humildes hierbas de los campos no alivian nuestros males; -los cóndores no vienen a saltear nuestros rebaños en las cumbres; no -sabemos cómo se corta una quirusilla en un despeñadero sin que se -enoje el cerro; jamás podríamos cazar una vicuña con la mano o con un -simple hilo; nada nos dice de antiguo y legendario el eterno zumbar -del viento en los cardones; somos intrusos en esta tierra sagrada de -razas milenarias que se extinguen; la naturaleza nos es casi hostil; -el indio, su primogénito, desconfía siempre del blanco metalizado y -codicioso. - -Una noche de luna yo comprendí todo eso. Fué en el campo. - -Un indio bajó de una quebrada con su perro. Venía a vender su leñita -en el caserío. Bajaba tocando el erque. - -El, al toparme en su camino, se calló, pero yo le rogué que -continuase. - -Y a la vera de un arroyo, en la honda quebrada, mientras rielaba la -luna por el azul infinito, el erque largó a los vientos su música -salvaje. - -Pero aquello no es precisamente una música. Es el origen de la música. -Es la congoja humana ensayando en un rústico tubo el ritmo de su -primer estremecimiento. Es el gemido transformándose en acorde. - -Escuchándole de cerca se percibe el ¡hen!... penoso del llanto: En la -embocadura de la flauta se siente sollozar al indio; en la bocina se -siente la vibración profunda del sollozo. En la embocadura es aun la -emoción, el alma individual del indio; en la bocina es ya el alma de -una estirpe que muere. - -No puede darse una música más orgánica, más expresiva, más conmovedora -en su crudeza. - -El indio toca de pie, con la mano izquierda sostiene la caña por la -embocadura, con la derecha la mantiene de través, estirando el brazo. - -Según la nota, la flauta sube o baja, o va de un lado al otro. Es una -esgrima particular. Si la nota es grave, la tosca bocina se abate -rasando el suelo, abarcando con mayor o menor lentitud el aire, según -lo requiera la intensidad del tono. Si la nota se aguza, si va -subiendo, la caña va levantándose en amplio círculo, hasta apuntar al -cielo; y la nota se refuerza en sonoridad cuando se opone al curso del -viento. - -De esta suerte, la tierra madre y el aire fiel participan, ayudan, -alientan, dan cuerpo al grito del corazón; acogen el íntimo dolor del -hombre, se lo apropian y lo difunden en alas del eco por las -concavidades de la montaña. - -Y mientras el hombre toca, el perro se aduerme a sus pies, como -arrobado en la misma tristeza del amigo. - -El indio es un viejo de puro tipo incásico. Está vestido con el burdo -cordillate de los telares montañeses, calzado con la ojota ligera del -pastor, cubierto con el amplio sombrero blanco de ovejón del lugareño. -Nada en esto es exótico. En cada detalle hay el sello de una tradición -y de una raza. - -Y al conjuro de esta música tan genuinamente amarga, parecen despertar en -los senos desiertos de la montaña los genios tutelares de un pasado -remoto y desconocido, el espectro inconsolable de los guerreros-pastores, -vencidos y conquistados, que vagan por las abras al blanco y melancólico -fulgor de la luna. - - - - -EL FANTASMA DEL REMATE - - -El Serapio Guantay era puestero de cabras en el cerro del Remate, en -el fondo de la quebrada del Río Blanco. En lo alto de una meseta de -aluvión cortada a pique por las crecientes, estaba el rancho, humilde -y rústico, semejante a una pequeña mancha parduzca, perdida en la -verdura agreste del paisaje. En aquel sitio la quebrada se encajona -entre desfiladeros bordeados de queñoas y de alisos, el declive se -pronuncia, y el torrente salta sobre un cauce de pedrones desiguales, -pulidos por el eterno trabajo del agua. - -Dos cuadras más abajo, al borde casi del talud, alzábase el ranchito -de la Leona Abracaita, la vaquera, la ahijada de la adivina, vieja -harpía que curaba por secreto, hacía quesos y sembraba papas en un -bolsón del cerro. - -Para la Candelaria, para San Juan y la Pascua, y aun si había velorios -y casamientos, la bruja y su ahijada bajaban a los caseríos y -negociaban sus productos. Hospedábanse en casa de alguna comadre, -junto al camino por donde van las remesas de Chile. Juntábanse allí -las mujeres y los barraganes y al monótono toque de la caja, se -entregaban por días al holgorio del baile y de la chicha. - -El Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco que nace en las -abras. Dos o tres veces al año se presentaba en la "sala", para -frangollar su abasto de maíz en el molino y rendirle al patrón la -cuenta de las pariciones, que se las repartían por mitad, conforme al -uso de las fincas. - -Huraño y taciturno, poco se daba el Serapio con sus vecinas únicas. Y -para su vida frugal de pastor era bastante el avío de harina tostada, -la chuspa de coca y el locro chirle que se cocinaba él mismo, avivando -el rescoldo, al caer por las tardes a su rancho. - -Encerraba sus cabras en el corralito de pircas, tumbábase al calor del -hogar en el suelo limpio, y se dormía como tronco, hasta que lo -despertaba el fulgor del amanecer. - -Ninguna extraña inquietud venía a turbar su montaraz adolescencia, y -no conoció más fiestas que el retozo bellaco de las cabras, el brillo -del padre sol y la matinal algarabía de los pájaros. - -Pero una tarde la Leona y el Serapio se toparon, como al acaso, en una -mesada. La vaquera apacentaba su ganado; andaba el pastor cuidando el -suyo. La vaquera iba hilando un vellón, girando en el aire la rueca. -El pastor llevaba el avío a la espalda y la honda en la diestra. - -El azar los puso cerca; el instinto los juntó. Y en el filo de una -loma, sobre el pastizal oliente a berbena y anís, la india, más -aviesa, lo inició al indio, más ingénuo, en el raro misterio que -cumplen las cabras y las vacas, que trajina el polen en las patas -diminutas de las abejas, que puebla el soto de inquietas y esmaltadas -mariposas, y que hace cada primavera florecer el amancay blanco y la -begonia escarlata entre las breñas. - -Desde aquella tarde los dos indios volvieron a encontrarse siempre, y -juntos divagaron por los cerros, descubriendo el encanto de los -callados sitios, oyendo al eco repetir sus gritos en las altas -barrancas, mirando rodar por los precipicios las gruesas galgas que -aflojaban al borde, triscando a la par de los chivos en las paradas -laderas, o escondiéndose a veces de algún viajero que cruzaba, allá -abajo, en su mula, el áspero pedregal del torrente. - -Y cuando vino el carnaval con sus jineteadas y sus zambras y su chicha -de oro; cuando vino el carnaval con el boato de sus cintas -multicolores y el monótono retumbo de sus cajas y la música doliente -de sus largos erques, el Serapio tras la Leona bajó para el caserío. - -Pero la Leona, inconstante como buena hembra nómade, se mezcló en las -borracheras con otros mozos más _churos_ y más ricos; y el miércoles -de ceniza, muy al alba, lo hallaron al Serapio los peones de la finca, -tendido boca abajo, borracho, a la orilla del camino. - -El indio se marchó esa mañana al puerto del Remate. Se fué cantando, -embrutecido, con el acerbo amargor del primer desengaño en el pecho, -sonándole en las orejas todavía el compás de la caja y una copla: - - _Tengo mi chacrita, - tengo mi sandial, - tengo una morocha - para carnaval..._ - -La vieja adivina maquinó sin duda, con sus malas artes, contra el -pobre pastor en la parranda; y en adelante la Leona tuvo compaña y -hubo en el rancho quien pudiese labrar con más vigor que la vieja los -sembradíos del cerro. - -Pero el Serapio Guantay era zamarro como el venado arisco, obstinado -como el toro, astuto como el puma. Tenía en los ojos mansos la -pasividad, y en el corazón y en el músculo dormida la fiereza -ancestral de la raza... - -Y como se alza la bestia herida, se alzó él a los cerros, para errar -cantando por las cumbres la estrofa alegre, mirando siempre en el -fondo el ranchito de la Leona: - - _Tengo mi chacrita, - tengo mi sandial, - tengo una morocha - para carnaval..._ - -La quebrada, casi seca en invierno, despliega en verano todo el lujo -de su flora tropical. En días despejados el sol ardiente, blanco, -violento, pone en las herbosas laderas ricos matices de fiesta. - -Pero en horas de tormenta la quebrada se vuelve sombría y amenazante -bajo las nubes plomizas que el huracán empuja y hace encallar en las -cimas. El rayo parte las peñas metálicas como a golpes de hacha; las -laderas empapadas se desbarrancan con estruendo en los cañadones; el -viento retuerce y quiebra los frágiles alisos y las fornidas tipas; el -oscuro cielo se desfonda en lluvia, y el agua rápida, enloquecida, -elástica, socava las peñas y arrea cauce abajo piedras enormes que son -para el torrente ligeras como la arena para el embate de la ola. - -Y en una de esas noches espantosas en que el fragor de la tormenta -sacudía las montañas, el Serapio Guantay, frente a su puesto del -Remate, se puso a forcejear con un monolito que vacilaba en su quicio, -carcomido por el agua. - -El indio volcó la piedra. La corriente, desbordada, cambió de madre. -El aluvión tapó más abajo el rancho de la bruja. Y el sol ardiente y -blanco del siguiente día iluminó con resplandores de fiesta el lujo -tropical del paisaje solitario y desierto. - - * * * * * - -Han transcurrido muchos años. En el lugar donde se alzaba el rancho de -la bruja hay una cruz. El puesto del Remate es una ruina. Y a veces, -andando en noche tormentosa por el lugar, a la cárdena luz de un -relámpago, el viajero ve un hombre que, de pie sobre una peña, alza -los brazos como en una pavorosa imprecación de duelo. - -Dicen algunos que no es más que un árbol seco, una rugosa queñoa: para -muchos, es aún el genio trágico de una venganza, el fantasma -inconsolable del pastor. - - - - -EL GAUCHO SALTEÑO - - -Quince leguas adentro del Rosario de la Frontera, en viaje a las -Mercedes, hicimos alto para almorzar en un puesto que estaba en una -falda, en pleno monte, al otro lado de un arroyo, que costeaba el -camino. El dueño, un gaucho de tipo morisco, nos acogió con toda clase -de atenciones. Además, como la subida a la casa presenta ciertas -dificultades para unos compañeros míos que venían en araña, el gaucho -le gritó a su hijo, luego de hacernos pasar a la cocina: - ---¡A ver, muchacho! Mostráles el camino a esos señores. ¡Y te has de -sacar el sombrero! - -Y mientras de pie, en el patio completamente barrido, comíamos un -asado a la caucana, gozábamos del sabroso y chispeante decir de -nuestro huésped. Burlábase él de la porfía de las gallinas que -picoteaban las migas de pan en medio de nuestras piernas; reíase de -los perros flacos y _garrapatientos_, que lamían ávidamente el sebo de -los guardamontes recién sobados, y amenazaban quitarnos la comida de -las manos. - ---¡A ver, muchacho!--gritó el gaucho.--¡Agarrá pues esa lonja, pegáles -una _variada_ a los perros! - -Enarboló el muchacho la lonja, volaron cacareando las gallinas al -algarrobo y al techo del rancho, apartáronse rehacios los perros hasta -el guardapatio, y el gaucho reanudó su pintoresca charla, sentándose -en una robusta silla de _tientos_ (tiras de cuero crudo), bajo el aro -donde charlaba sin cesar el loro, excitado por el repentino bullicio -de la casa. - -Por el patio se arrastraba un chico inválido, tullido. - ---¿Qué tiene este muchacho?--pregunté. - ---Si así no más ha _quedao_, con media res _cáida_, desde un empacho. - -Bajo la ramada que cubría la única puerta del rancho, envuelta en un -negro rebozo, acurrucada en su catre de tientos, la abuela padecía una -jaqueca implacable. Nosotros le dimos unos sellos de aspirina y al -rato mejoró. - -Al tiempo de irnos hubimos de discutir para que el gaucho nos aceptase -paga por el caldo y el breve hospedaje. Se mostró agradecido por -algunas pequeñas provisiones que le dejamos. Dijo que él no podía -correspondernos de otro modo que no cobrando. - -Esta generosidad del fronterizo contrasta con la tacañería de los -indios de la quebrada del Toro y de los valles calchaquíes, acaso -porque las exigencias de la vida agrícola y precaria de las montañas -aguzan en el incásico un sentido de la economía, que el gaucho, -exclusivamente pastor, mejor favorecido por el clima, no posee. - - - - -LA SELVA DE ANTA[3] - - -Una mañana salimos en busca de una anta que _paraba_, según decían, -como a seis leguas de la casa. El animal había sido notado hacía poco, -en los dominios del puestero ño Ventura. Este debía guiarnos monte -adentro, al capataz y a mí, hasta dar con el anta, lo que no resultó -tan sencillo. Me facilitaron una cabalgadura gaucha, incluso -guardamontes, cuchillo y coleto; tres cosas sin las cuales no hay -tampoco gaucho[3]. El guardamonte protege las piernas, el coleto el -cuerpo, el cuchillo la cara del jinete, contra la maraña, espesísima y -brava a veces. Además el gaucho, para correr en el monte, se cala -guantes de cuero fabricados por él mismo, y un sombrero retobado de -cuero por toda la copa. Para ver mejor es preciso abotonar sobre la -frente el ala en la copa del sombrero; esto es chotearse el ala. Así -armado, sin olvidar el barbijo, el gaucho arremete a todo galope por -la selva, seguido por los perros, si tiene que repuntar hacienda o -pillar un toro enmoscado. - -A ño Ventura le ofrecimos un winchester de los que nosotros -llevábamos; pero dijo que él no necesitaba de _garabinas_, y que para -armas, su cuchillo y su lazo eran bastantes. - -Entramos en la quebrada de los Noques por una senda que había que -desbrozar en parte a cuchillo, pues sólo la frecuentaba el ganado. La -senda, bajo un palio de enramadas, costeaba el arroyo, cruzándolo de -trecho en trecho. El bosque permanece verde todo el año, vivificado -por abundantes manantiales que sueltan desde los cerros su agua clara -y rica. A medida que nos internamos en la quebrada, se presentan con -mayor frecuencia grandes extensiones sombrías cubiertas de enormes -helechos, tan altos como nosotros a caballo. Se percibe el olor -particular del humos. Las plantas parásitas cubren todos los troncos y -todas las ramas; todo lo invaden los helechos, los musgos, las -enredaderas. Una quina gigante se abre paso hacia arriba, hasta -dominar con su copa la sombría espesura. Un cedro ancho y rugoso -oprime como un abuelo, entre sus recias rodillas, el tronco blanco y -fino de un chalchal. El arrayán, generoso, difunde su grato olor. Las -tipas, sociables, siempre en grupos, son las centenarias matronas del -bosque. A veces, sobresalen del suelo blando, que suena a hueco, -ásperos filos de roca, lobanillos geológicos, dura osamenta de la -selva. Cien metros en torno, sólo se mira un entrevero de tallos -verdes y de hojas, por donde se filtra intensa la luz del sol. -Andábamos escuchando. Ningún rumor, ningún sonido lejano hacía suponer -en el monte la presencia de animal alguno. - -Si hacíamos un alto, los perros, conscientes de nuestro sigilo, -habituados al acecho, husmeaban cautelosos y paraban las orejas, -conteniendo el aliento. - -Habíamos andado así media mañana, quebrada arriba, por las ensenadas -de bosque de una y otra margen, cuando sentimos _achar_ los perros, -una cuadra delante, en un grupo de tipas. Preparé el rifle, apuré el -caballo, me metí en el monte, perdí el sombrero; me picó una ortiga -brava en un dedo, y al fin llegué donde ladraban los perros. ¡Era una -pandilla de monos! - -Me descolgué temblando del caballo, rodé por una ladera hasta una -zanja enlodada, y empecé a escupir balas. - -Hice más de treinta tiros sin matar nada. Entre tiro y tiro los -monitos me espiaban agazapados, abrazados a los gapos, y emitían su -gritillo particular de aflicción. Los vi dar saltos prodigiosos y -desaparecer entre las lianas, mientras los perros se hacían pedazos en -las espinas, al tratar de alcanzarlos. Era una familia de _cebús -fatuellus_, o mono de los organistas, especie muy abundante en Anta y -en todo el Chaco salteño. - -Estos monitos se alimentan en invierno de una planta epífita de los -grandes árboles, llamada _carda_ por los gauchos. Contienen estas -plantas agua en la base de las hojas. Hallando pues, comida y bebida -en las copas de los árboles, los monos jamás bajan al suelo por su -gusto. Y así, de rama en rama caminan leguas, monte adentro, -sirviéndoles de puentes las intrincadas lianas que ligan las copas de -los árboles. - -A propósito de los monos, ño Ventura me contó lo siguiente: mientras -unos peones de la estancia desmontaban un rastrojo destinado a maizal, -en pleno bosque virgen, los perros descubrieron a cuatro monitos en un -grupo de árboles que los hachadores dejaran aislados del monte. Ante -la furia de los perros sitiadores del reducto, los pobres monitos -dieron tales pruebas de espanto, que los peones se compadecieron. -Venían presurosos hasta las ramas bajas desde donde, comprobada la -gravedad del caso, se encaramaban chillando a las altas ramas. Los -hombres, enternecidos por aquellos patéticos gestos, renunciaron a -pillarlos, y pusieron en libertad a los monos, ahuyentando antes a los -perros. - -Después del inútil tiroteo hemos seguido el camino, rastreando el -anta. Yo miraba a donde lo veía mirar a ño Ventura, y esperaba -descubrir de improviso los ojos negros de una corzuela asustada, -brillando con salvaje curiosidad entre las hojas; o creía ver en las -cortezas recién lastimadas el rastro de algún león, y lo buscaba entre -los yuyarales, donde lo sospechaba agazapado. Y observaba en ño -Ventura que iba delante, la completa identificación, la -compenetración, puedo decir, del gaucho y la selva. El la auscultaba -cauteloso, hasta muy lejos; y cuando se paraba a escuchar, ño Ventura -tenía actitudes de gato. Sus sentidos descubrían en el suelo, en las -hojas, en las ramas, huellas invisibles para mí. Parado en los -estribos, estirado el cuello, apoyadas las manos al borde del -guardamonte, parecía balconear la espesura. Al paso del caballo, y aun -a media rienda, ha adquirido el hábito del cuerpeo entre el ramaje; su -cintura flexible se quiebra, su cuerpo repta, deslizándose entre las -zarzas con facilidad de serpiente, sin que las piernas, naturalmente -apretadas a los flancos, se muevan siquiera, porque va en el caballo -encajado más que montado. - -Y no hay para qué concluir este relato, si algo gráfico he contado de -la selva y del gaucho. Ño Ventura, en una de esas, se apeó y se largó -cerro arriba, lazo en mano, cuchillo al cinturón: pero nos fué -imposible seguirle a pie. Había encontrado en un cañaveral rastros -frescos del anta. Como se estuviese por entrar el sol, me volví con el -capataz a la casa. Aquel día habíamos caminado diez leguas en los -cerros. Ño Ventura, se presentó, a la siguiente tarde, con el cuero -del anta cazada. La encontró--dijo--bañándose en un pozo del arroyo, -le echó los perros, dos de los cuales murieron, ahogados. Después la -enlazó y la apuñaleó. El cuero es el más fuerte que se conoce, para -riendas y demás prendas de apero. - -FOOTNOTE: - -[3] Anta es un departamento de la provincia de Salta. También se llama -así al _tapir_. - - - - -CRUZ GUIEZ - -_Estancia del Rey, en Anta; Mayo de 1912._ - - -Yo deseaba conocer a ño Cruz Guíez, puestero del Campo Azul. Ayer -tarde hemos ido a visitarlo a su rancho. En el patio hemos hallado al -hombre, montado en un trozo de árbol, cosiéndole las mangas a su -coleto. Muy cortésmente nos ha recibido; nos ha invitado a echar a pie -tierra. Después ha soportado con cachaza las bromas de un amigo mío, -empeñado en estimular el ingenio del gaucho. - ---¿Dicen que usted ha cazado tigres por estos lugares? - ---Velay, en ese algarrobo están colgadas las cabezas,--contestó Cruz, -mostrándonos un montón de calaveras en que lucían magníficos -colmillos. - ---No creo que haya tigres por acá,--observó mi amigo.--Estas cabezas -deben ser del gato de monte. Los fronterizos tienen fama de contar -buenos cuentos... - -Pero el gaucho respetuoso e impasible a la vez, con el absoluto -dominio de sí propio y la confianza en el propio valer que infunde la -vida libre, sonreía dulcemente al percatarse de la intención de las -bromas, y no respondía más que a las preguntas en que podría instruir -a los amigos del patrón,--hombres puebleros,--sobre las cosas del -campo. Nos ha mostrado la piel del último tigre, oreada, recién sacada -de las estacas. Medía más de metro y medio del hocico a la base de la -cola. Después nos ha explicado ciertos detalles de una cacería. - -Un día que salió a campear al cerro, había encontrado los restos de un -ternero, mal tapados con tierra y palos por el tigre, que acostumbra -esconder la presa. Y algunos días después, Cruz había caído en la -huella del _bicho_, junto con dos puesteros vecinos suyos. Llevaban -entre los tres como cuarenta perros, _livianitos_ y _con la guata -floja_. Aquí no se concibe un puestero sin perros. Cualquiera posee -diez o doce, brutos la mayor parte, flacos, hambrientos, feos, pero -insuperables en los trabajos del pastoreo. - -Y a fuerza de rastrearlo al tigre por montes y breñales, al fin lo -hallaron los perros, y cuando estuvo empacado de espaldas a un cedro -enorme, ño Cruz Guíez le metió en la cabeza una bala de su _garabina_; -una bala, de las dos que consigo llevara; y como el bicho no muriese -todavía, hubo de ensartarle el otro plomo en el corazón. - ---Esta es la calavera de ese;--decía ño Cruz, mostrándonos el cráneo -fresco aún.--Yo le apunté al codillo, pero le pegué en la quijada, -aquí. Entonces le tuve que hacer el otro tiro. Pegó un bramido fiero -y se tumbó _antarca_, despaletándome un perrito de un manotazo. Varios -perros quedaron, por confianzudos, con las tripas al aire; y otros -andan por _áhi_, lastimados, con la gusanera. A ocasiones el tigre -desloma un caschi de un zarpazo. Por esto se deja ver que es animal de -mucha potencia. Cuando uno le apunta lo mira frente a frente y a la -vez de errarle el tiro, no sé pues lo que le espera al cazador. Cuando -brama enfurecido, en la pelotera, acosado por los perros más -baqueanos, los cuzcos chicos se sueltan llorando con el rabo entre las -piernas y los caballos tiritan, como si estuviesen con la tembladera. - -Pero el gaucho no hace alarde de su arrojo. Narra, simplemente, su -caso y os invita para que le acompañéis en la próxima batida. No sabe -lo que es el miedo. Sus músculos, fuertes como el guayacán, nunca -tiemblan ante el _bicho_, señor de la selva, salteador del ganado; y -con la misma tranquilidad con que sonriendo recoge a brazadas el lazo, -dispara la única bala de su carabina sobre la temible fiera. - -Cruz Guíez es el prototipo del gaucho fronterizo. Alto, de contextura -atlética, ingenuo rostro, negros y apacibles ojos, de movimientos -fáciles como el gato del monte, y de ánimo alegre, como el cantar -jubiloso de las chuñas que en la linde del bosque salvaje saludan el -alba. - - - - -III - -HISTORIETAS Y CUENTOS - - - - - -UN VIAJE RARO - - -Serían las 11 de la noche del 13 de Febrero de 1905, (fecha memorable -en los anales del crimen), cuando monté a caballo y partí de casa, -rumbo a la Calderilla. - -Veraneaba en la Calderilla mi amigo U... con su familia, y era yo su -huésped y acompañante. - -Y digo acompañante, porque no había allí otros pantalones que U... y -el paraje es solitario y asaz aislado. - -Recostada en la falda de una loma, la casa de U... domina la ancha -playa del río Caldera. Veinte cuadras al frente, costeando la banda -opuesta, corre el camino a Jujuy. Un espeso bosque de tuscas y -algarrobos cubre los terrenos adyacentes al río. Cruzando el de -Wierna, como quien va de Salta a la Caldera, el monte se tupe, y hay -un largo trayecto deshabitado, guarida frecuente de coyas cuatreros o -de malhechores. - -En dos ocasiones la _sala_ de la Calderilla ha sido asaltada, aunque, -felizmente, sin resultado. - -El peligro de un viaje nocturno por la región no es, pues, tan -remoto; y sólo la irreflexión propia de la juventud nos vedaba -temerlo. - -Así, a cualquier hora, caballeros en nuestras estudiantiles jacas, -entecas y flojas, pasábamos sin pizca de miedo las playas ásperas y el -enmarañado monte. - -Luego de atravesar aquella noche, al galope, la ciudad, me sujeté más -allá de la estación, y puse el caballo al tranco. Había luna, pero un -grueso y oscuro nublado encapotaba el valle de cumbre a cumbre, y sólo -a ratos la blanca claridad se difundía por los campos. El ambiente -pesado y húmedo amagaba lluvia. - -Bien sujeto el revólver al cinturón, me requinté el chambergo para -mejor ver; puse un _acullico_ de coca y un trago de ginebra, y -añadiendo acullicos a tragos y tragos a acullicos, dime a pensar en -cosas indiferentes. Y avanzaba entre el clamor confuso de ranas y -sapos y sabandijas, que de los charcos, y de los yuyos y de todos los -vericuetos, levantan por la noche en las campiñas su obstinado, -infinito vocerío. - -Sin otra novedad que algunos perros bravos que me salieron al paso, -quedó Vaqueros a mi espalda. En Wierna entré a comprar fósforos en el -boliche de Medina. - -Reanudada la marcha, y no muy lejos aún del boliche, me sorprendió el -galope de un jinete que venía en sentido contrario por mi camino y -que, antes de enfrentarme, se precipitó en el monte. Al otro lado del -río Wierna me detuve. Un silbido agudo había hendido el aire. El ruido -atronador del agua me había impedido apreciar de dónde venía el -silbido. - ---¿Qué será?...--me dije. Y seguí viaje, algo receloso, todo ojos y -oídos. - -En aquel momento la oscuridad aumentaba, así es que me costó un poco -hallar el camino a la Calderilla, donde el monte es más denso. De -cuando en cuando el viento traía de lejos el retumbo de una caja, o el -acento salvaje de un canto indígena; y a veces, el mujido melancólico -de algún toro perdido en las cañadas pasaba en alas del eco sobre el -pavoroso silencio de la noche. - -Hubo de hacer entretanto la ginebra su efecto, con lo que a poco me -sentí valiente y despreocupado. Así es que no me asustó el bulto de un -jinete plantado en medio camino, con quien casi me estrello. - -El hombre debía estar dormido, porque lo hablé y no contestó, y -borracho además, porque, llegándome a él cuanto pude, vi que tenía -inclinado el cuerpo sobre el cogote de su cabalgadura, que era una -mula. El animal se había quitado el freno, aprovechando del sueño de -su amo; y le quedaba de rienda la piola del bozal enredada a unas -ramas. No podía, pues, disparar, aunque lo intentó cuando me acerqué. - -Dime cuenta del peligro que el pobre borracho corría, a discreción de -una mula mañera, y de a caballo desenredé la piola, decidiendo -llevarme al jinete a lugar seguro. La mula, impaciente al principio, -concluyó por acostumbrarse al tiro, se olió con mi caballo y se me -puso a la par. - -El jinete marcaba con descomunales flexiones de cintura las -desigualdades del camino. Clavábase de cabeza, a un lado y al otro, y -en las subidas se tiraba atrás, como un muñeco, tocando el anca con el -sombrero, pero mantenía las piernas apretadas a los ijares de la mula, -de lo cual deduje que sería buen domador. - -Sin cuidarme poco ni mucho del individuo, yo iba recitando unos versos -adecuados a la hora, cuando se me ocurre pararme, para encender un -cigarrillo. Observé que el borracho había perdido el sombrero y -continuaba echado hacia atrás.--¡Eh, amigo!--le grité al raspar el -fósforo. - -¡Y entonces, a la claridad amarillenta del fósforo, vi una cara de -muerto! ¡Una cara de muerto, ensangrentada, horrible! ¡Una cabellera -revuelta en mechones, una boca entreabierta, unos ojos opacos! - -La mula, con el fósforo, se tendió de costado y a todo correr -desapareció en lo espeso del monte. - -Tan grande fué mi sorpresa que me quedé clavado en el sitio. Pero la -ginebra, el amor propio y el revólver me templaron la fibra, y logré -rehacerme y reflexionar. - -Y me acometió una sospecha terrible.--¿Habría habido aquella noche un -nuevo asalto en la Calderilla? ¿Sería, quizás, el difunto, algún peón -de mi amigo U...? El jinete del boliche ¿sería acaso un asesino que -huía? El silbido ¿habría sido una señal de alarma, para avisar que -alguien cruzaba el río? - -¡En tal caso, me habían espiado y me aguardaba una muerte inminente! Y -me imaginé despanzurrado, como es de uso, entre dos lazos echados de -improviso, a un tiempo, desde los opuestos bordes del camino. - -¡Sí! ¡Ya no me cupo duda! Desenfundé el revólver, y con el ardor de -las supremas aventuras, arranqué al trote. Pronto pasé el río de la -Caldera. La casa de la Calderilla se presentó a mi vista. ¡Ya oía -claramente los ladridos de los perros! Pero en la casa no se veían -luces, y este detalle aumentó mi ansiedad. - -De repente, sentí por el camino un tropel de galopes, luego un alarido -salvaje, y dos jinetes sofrenaron sus caballos frente a frente de mí, -cortándome el paso. - -Uno de ellos, con ademán calmoso, se tiró el poncho al hombro, sacó -debajo una cosa que relumbraba y la alzó en alto. - -¡Me eché al suelo en un amén, y parapetado en mi caballo, le apunté a -mampuesta! Iba a amartillar mi revólver, cuando el hombre dijo con -seca y aguardentosa voz: - ---¡Sírvase compañero!--y me alcanzó una botella. - -Exasperado, le respondí con una maldición, y montando de nuevo, llegué -a la casa, donde mi amigo U... me esperaba. - -Díjome que aquella noche había reinado en la casa la más completa paz. - -Sin embargo, dos días después, supimos el bárbaro exterminio de la -familia Quipildor, perpetrado en un ranchito de Wierna, la noche del -13. El difunto que yo encontré resultó ser don Onofre Quipildor, el -jefe de la familia, que había sido amarrado a la mula por los -bandidos, con el fin de sembrar el terror. - -Los asesinos nunca fueron tomados. Pero es casi seguro que se trataba -de una de tantas fechorías del famoso Juan Jiménez, y sus cómplices -Polo y Cejador. - - - - -EL ULTIMO VUELO - - -Fué la noche del 25 al 26 de Enero. - -A través del espeso nublado, se tamizaba, en tenue resplandor grisáceo -y uniforme, la luz de la luna llena. A ratos garuaba. - -Excitados por el café, agobiados por la miseria y el aburrimiento, -compelidos por el deseo de lo insólito, resolvimos excursionar hasta -la cumbre del cerro. - -La media noche sería cuando empezamos a trepar, paso a paso, por el -empinado y tortuoso camino de la quebrada seca que divide al San -Bernardo en dos gigantescas moles. - -La mojazón de la tierra untuosa y resbaladiza dificultaba más el -ascenso, ya de suyo pesado, y a nuestros zapatos la greda se adhería -poniéndoles un reborde embarazoso y grotesco. - -Hacia la mitad de la cuesta, desde un punto donde la pendiente se -hincha en agrio declive, alzándose sobre las cañadas laterales, -tenebrosas y quietas, pudimos admirar en la planicie la fantástica -simetría de las luces de la ciudad, brillando en el fondo del valle -cual las bujías innumerables que en el cuento oriental mostraba la -muerte como prontas a extinguirse, al espíritu atribulado del -agonizante. - -El poeta Peñalva sudaba a mares, lo que no le impedía incurrir en -rebuscadas metáforas dantescas, con aquellos sus desmesurados ojos -absortos de hipnosis y aquella hirsuta melena aventada por la locura. - -Kolbenheyer, jovial, alucinado, irrealista, jadeaba en la ascensión -difícil, al aspirar el húmedo vaho de la tierra: el autor de _El falso -hijo de la Beltraneja_ reconstruía mentalmente los monstruos -terciarios cuyos fósiles tal vez hollábamos, y que poblarían en -remotos siglos el paraje. - -Llegamos a una explanada donde el camino forma un recodo para ascender -en mansa pendiente hasta la estatua del Redentor. - -Bajo el denso nublado que tapaba todos los rumbos del horizonte, -contemplábamos a nuestra derecha, allá abajo, a través del fino -follaje de los cebiles, el resplandor de la ciudad adormecida. Veíamos -a la izquierda la hondonada profunda que, a espaldas del San Bernardo, -se extiende, boscosa y desierta, sin una sola luz de rancho, sin un -rumor de vida, prolongada en inmensa melancolía crepuscular, hasta el -valle de la Caldera. - -Allí nos detuvimos a descansar. El silencio nocturno era imponente. El -diálogo, animado al principio, había decaído hasta el soliloquio. - -El poeta Peñalva permanecía de pie, al parecer abismado en la -contemplación del panorama. En cierto momento vi que alzaba los brazos -y hacía un extraño ademán de vuelo. Parecía un cuervo, inmóvil en la -piedra sobre la cual se había detenido. - -Kolbenheyer, de cara a la ciudad, acaso pensaba en la leyenda -oriental, al ver apagarse, de cuando en cuando, las luces de la -lejanía. - -Yo me había tumbado en tierra y procuraba localizar en el cielo, a -través de las nubes, la posición de la luna. - -Transcurrió un tiempo largo, durante el cual no se habló palabra. - -Después, me incorporé un poco; Kolbenheyer se había echado a su vez -boca arriba. Peñalva seguía de pie. Su silueta inmóvil me impresionó. -Me levanté, me acerqué a él. Lo llamé en voz baja. Como no -respondiese, lo toqué en el hombro, pero tampoco se movió. Entonces, -mirándole los ojos comprobé que estaba dormido: dormido en sueño -hipnótico, las pupilas desmesuradamente abiertas. - -Mi sensación fué de angustia. He aquí, me dije, las resultas de esa -manía de autosugestionarse, de mi extravagante amigo. - -En vano Kolbenheyer acudió en mi ayuda. Inútiles fueron los esfuerzos -para despertarle. - ---Bueno, está enviciado,--dijo Kolbenheyer.--Y como ni usted ni yo -sabemos de hipnotismo, dejémoslo aquí hasta que despierte, pues sólo -él podría despertarse. Entre tanto vámonos hasta el Cristo, a -contemplar la ciudad desde esa altura. Allí tocaremos la campana; -quizá con el ruido se despierte. - -Accedí, y nos alejamos por el cerrado camino. Así anduvimos largo -trecho, sin hablarnos. - -La solemnidad de la noche se complicaba con aquel incidente, un tanto -raro, un tanto cómico. Dos cuadras más allá, Kolbenheyer, cogiéndome -del brazo, balbuceó: - ---¿Estaría muerto?... - -Aquella pregunta me impresionó vivamente, la emoción ahogó mi voz, las -lágrimas me saltaron a los ojos: - ---¡Imposible!--dije, aferrándome a la lógica, pero atraído por la -violenta fascinación de lo sobrenatural. - -Luego, movidos por el mismo impulso, arrastrados por la misma -torturante duda, echamos a correr cuesta abajo, para ver al poeta. - -Al llegar al sitio donde le habíamos dejado, Kolbenheyer, que iba -delante, gritó: - ---¡Eh, bárbaro! ¡No está! ¡No está aquí! - -Las piernas se me aflojaron. Interrogué con los ojos extraviados al -cebilar negro y mudo, y grité a mi vez: - ---¡Peñalva, Peñalva!... - -Y el eco devolvió las últimas sílabas desde el cañadón vecino: -¡alba!... ¡alba! - -Y Kolbenheyer y yo, atónitos ante la piedra que momentos antes -sirviera de peana a nuestro loco amigo, nos interrogamos mutuamente, -desconcertados. - -Habían transcurrido algunos minutos. El silencio era en aquel -instante, aterrador. La hondonada abierta a nuestros pies era una sima -impenetrable. - -Y de pronto, de ahí cerca, de muy cerca, acaso a tres metros de -nosotros, del fondo de la maraña tenebrosa y bravía, se alzó en el -aire, violó el silencio, un aleteo lento, un chapoteo lúgubre; y un -enorme vampiro, un monstruo absurdo como una creación de delirio, se -alejó volando. - -Arturo Peñalva había muerto. - -En el mismo sitio le hallamos descalabrado, al pie de un cebil. - - - - -LA CACERIA DE PATOS - - -Aconsejo a las señoras mamás que no les permitan a sus hijos salir de -caza los domingos por la mañana. - -Cuando el niño toma la escopeta y se mete cincuenta cartuchos en el -tirador, tenga por cierto la mamá que algún desastre se prepara. - -Si alguna vez, lector, te sucede la desgracia de tener un niño, -críalo, te lo aconsejo, entre algodones; y cuando le toque ir a la -escuela, tú en persona has de acarrearlo, para evitar las malas -compañías. Porque es necesario saber de una vez que todo niño es -bueno, y que son las malas compañías las que lo echan a perder. A -causa de ello empiezan a volverse respondones y desobedientes. - -En mi niñez he sido de angelical naturaleza, hasta que en quinto grado -escolar contraje amistad con el gringo Burela y el fiero Garnica, par -de cachafaces que me enseñaron a hacer la rabona, y a los cuales, dado -mi precoz espíritu de emulación, no tardé mucho en sobrepasar. - -Con ese nobilísimo compañerismo de la infancia que se fortifica hasta -el sacrificio en cuatro barrabasadas hechos de consuno, amaba yo al -gringo Burela y al fiero Garnica más que a mis padres. - -Mi alma inquieta y ansiosa de libertad sólo hallaba en la casa donde -se desvivían por educarme, los odiosos sermones consuetudinarios, las -penitencias de narices a la pared, y los coscorrones, agudos como -aleznas, de mi madre. Por eso me gustaba la escuela, pues en ella al -menos me era dado embromar a gusto. ¡Qué diferencia con el hogar! - -Allí reinaba yo, en las camorras de los recreos, compartiendo el botín -de trompos y bolillas, con esos dos amigos, bravos prosélitos, cuya -compañía hubo de costarme tantas lágrimas. - -Llevábanme ambos tres o cuatro años en edad, y el fiero Garnica la -cabeza en estatura. En cuanto al gringo Burela, que en paz descanse, -ya lo describí cuando relaté su ominoso asesinato. - -El hecho es que un domingo, al alba, me escapé de casa para irme con -mis dos amigos a cazar patos a la Lagunilla. - -Durante los coloquios de nuestras rabonas, habíamos acariciado, desde -meses atrás, esta cacería, que asumía en mi imaginación de lector de -Calleja, brillantes perspectivas de aventura. - -¡Qué hermoso, irse solo al campo, cuando no se conocen todavía ni los -suburbios de la villa natal! - -Mis camaradas me habían hablado de una vasta extensión de aguas -profundas, donde bogaba un bote a vela, y a la que venían a asentarse -inmensas bandadas de patos. - -Era el fiero Garnica un jastial largo y desgarbado, tutado de -viruelas, con una gran frente, elevada y plana como una pared. Habíase -conseguido, no sé cómo, una escopeta antigua, de chispa, de un solo -caño, amén de un tarro de pólvora y otro de munición gruesa. A falta -de tacos de fieltro, nos servirían unos pedazos de papel secante que -habíamos de mascar para cargar el arma. - -En el camino, la contemplación de aquel vetusto y herrumbrado -instrumento, que el fiero Garnica sostenía en el hombro con porte -marcial, nos hizo prorrumpir en acaloradas manifestaciones de júbilo. - -Un troncho de dulce seco, un poco de pan y otro de queso, formaban -nuestro avío, que el gringo Burela sustentaba en la punta de un palo, -colgado de una bolsa; esto sin olvidar la sal y los fósforos para -comernos los patos asados a la caucana. - -Impelidos por la acucia de la aventura, marchábamos de prisa, con el -vago temor de vernos alcanzados por la policía, si en mi casa se -hubiesen percatado de mi fuga y recomendado mi captura. - -El fiero Garnica marchaba a vanguardia. Burela y yo mirábamos con -cierto respeto la escopeta, cuyo complicado mecanismo no -comprendíamos. Y en la delictuosa escapatoria del hogar, mi instinto -de conservación me hacía considerar el misterioso peligro de tales -pirotecnias. - -Así, andando, andando, al rayo del sol, pronto estuvimos a la orilla -de la laguna. - -Entonces tuvo lugar la operación de cargar el arma. Burela y yo -mascábamos el papel secante. Garnica echó con un cartucho la pólvora -por el caño. - -Habíamos alcanzado a divisar unos veinte patos. Garnica, muy nervioso, -acabó de cargar de un baquetazo. Nosotros nos echamos al suelo de -bruces: él avanzó al sesgo entre unos matorrales, agazapado, en un -furtivo rodeo estratégico. - -Al fin, anhelantes, ansiosos, le vimos enderezarse, apuntar un buen -rato, y ¡pum! - -¡Fué una hecatombe! La escopeta se partió en dos. La parte de la -culata voló lejos, y un pedazo del caño se le clavó en la frente a -Garnica. Este, con el feroz culatazo, se cayó de espaldas. - -Corrimos, lo levantamos, lo palpamos. ¡No le salía sangre! ¡Tampoco le -dolía nada! Al contrario, se reía, ¡y tenía clavada media vara de caño -en la frente! - -No había que perder tiempo. Antes que le viniese el dolor lo tumbamos -de espaldas, y el gringo Burela se le subió encima y le apretó el -pecho. ¡Yo me agarré del caño, le puse la rodilla en la frente, hice -un esfuerzo terrible y conseguí arrancarle el hierro! - -¡Jamás operación quirúrgica dió mejor resultado! - -El paciente se incorporó, se pasó la mano por el agujero de la frente, -ensangrentada, extendió el brazo y señaló la laguna. En el agua -flotaba un tendal de patos. - -Y así acabó la cacería. - -Hubo que venir al pueblo por un coche. A mí me aplicaron una -reprimenda. Al gringo Burela lo sobaron en su casa. - -Y al inmortal fiero Garnica, pocos días después lo daban de alta en el -hospital del Señor del Milagro. - - - - -EL CABALLO QUE PERDIO LA LENGUA - - -Andábamos de cabalgata una tarde por las lomas de La Caldera, en el -verano del 98. Hallábame enamorado de una preciosa niña, delicada y -pura como una azucena. Hacía yo por entonces mis primeros ensayos -poéticos, y no preciso declarar que la encantadora chica era la -víctima inocente de tales ensañamientos. - -Esa tarde de Enero mi amor había levantado presión, y marchábamos paso -a paso, a retaguardia de la cabalgata; a la par nuestros corceles, y -nuestros corazones al unísono. - -Ya no recuerdo qué de cosas le dije, lo cual es una suerte para el -lector, que se encontrará harto de leer declaraciones amorosas en -prosa y verso. - -Viajábamos de Caldera a Calderilla, y, como hubimos de salir muy -temprano, contábamos con regresar antes del anochecer. La tarde estaba -hermosa. El sol al ponerse teñía los cielos de anaranjados matices y -desde la altura podíamos espaciar la vista hacia los remotos -horizontes montañeses. - -Mientras mi lengua de enamorado infatigable se desataba en melífluas -expresiones del más charro gusto, bajaba mi compañera púdicamente los -ojos, sin atreverse a mirarme: actitud que después he sabido que en la -mujer, a veces, significa; "es usted un tonto". - -No digo que la chicuela me tuviese por tal, ni mucho menos, pues su -experiencia de los hombres era escasa, pero sí pienso que los -requiebros la atormentaban. No hay duda que el panorama le resultaba -más interesante que yo. - -He dicho que la niña era delicada y pura como una azucena y añadiré -que además poseía la exquisita sensibilidad de una mimosa. - -Una de sus amigas iba montada en un caballo que acababa de perder por -completo la cola en un accidente de carruaje, y la vista de la -repugnante y fresca mutilación la aterró hasta el punto de que casi se -descompuso de sólo mirarla. - -El encuentro de un sapo la producía carne de gallina, y si algún -áspero escarabajo venía volando a golpear torpemente su blanquísimo y -pulido cuello, gritaba y zapateaba, la melindrosa, a fin de que la -librasen del atrevido monstruo. - -Yo montaba un caballejo que me prestara un tío mío al comenzar las -vacaciones, y aunque el animal era manso y tranquilo como un cordero, -esa tarde lo venía sintiendo alborotado y quisquilloso como un potro. - -Me había errado algunos cabezazos a la nariz, y con el objeto de -reprimir sus intempestivos bríos, y como que yo lucía mi ecuestre -pericia, lo espoleaba de trecho en trecho y lo sujetaba, después, de -un tirón, con lo que el animal se quedaba un rato quieto. Pero hasta -que llegamos al patio de la Calderilla, donde le pegué la postrera -soba y una sofrenada magna, el mancarrón no acabó de sosegarse. - -Entonces nos tocó apearnos y ayudar a las niñas. Cada cual bajaba su -pareja. Cambiábanse saludos de cumplido con los dueños de casa, los -que en seguida nos invitaron a descansar en el corredor y a tomar -algún sorbete. - -Cumplida la galante tarea, me acerqué tirando los dos caballos, el de -la chica y el mío,--para atarlos a un poste del guarda-patio, cuando -noté que a mi caballejo le chorreaba un hilo de sangre por los labios. - -Miro al suelo, busco y, ¡oh cosa tremenda! Mi caballo había perdido la -lengua. Este adminículo yacía por tierra, envuelto en polvo. Le habían -colocado el freno del revez, al infeliz. El freno le había cortado la -lengua. - -Mi pobre caballo, mudo, naturalmente, no pronunciaba ni una queja. Mas -de sus grandes y lánguidos ojos manaban espesas lágrimas. - -¡Oh cruel insensatez, oh ceguera del amor! ¡Y el ridículo que me -esperaba si mi caballo se caía muerto! Yo lo observaba, pero él no -demostraba dolor. Me quedé estupefacto, con la lengua en la mano, a -la espera de un desenlace fatal; y tuve que metérmela de prisa en el -bolsillo, pues en aquel momento llegó mi chica, y bajaron al patio los -de la cabalgata y dieron la voz de regreso. - - - - -LA TRANSMIGRACION - - -Nunca he podido creer en aparecidos ni en cosas del otro mundo, -gracias a mi costumbre de buscar con afán, aun en los hechos -irresolubles a primera vista, la natural explicación que, en rigor, -todo misterio debe encerrar. - -Sin embargo, en el fondo de lo inconsciente, el hombre menos -supersticioso conserva en forma larvada, como patrimonio psíquico de -sus antepasados, un terror instintivo por lo inexcrutable, muy difícil -de vencer con la razón, cuando el caso concreto se presenta. - -Y bien. Yo he sido víctima de ese terror en la ocasión que paso a -referir. Pero, ante todo, haré constar que únicamente lo -extraordinario del suceso pudo poner en tan ruda prueba la firmeza de -mis convicciones. - -El verano del año pasado volví una noche muy tarde a casa. - -Me hallaba preocupado con la enfermedad de mi amigo el señor H. que -tenía el apodo de _Chivo Pedro_. Ciertamente, aquel señor de cara -morena y larga, cabellos y barbas grises, recortadas en rectángulo, -con dos lobanillos en la torva frente y unas manos nudosas como palos -de parra, se parecía de un modo alarmante a un chivato. Acentuaban -además estos rasgos, ciertas gesticulaciones, y unos resoplidos -nasales, cortos y bruscos, a modo de estornudos breves. De donde el -inevitable apodo. - -Aquella noche venía yo de su casa. Los médicos habían perdido la -esperanza de salvarle. - -Cuando cerré tras de mí la puerta de calle, con estrépito, el golpe -rodó a lo lejos por el caserón vacío. Yo era su solo habitante, pues -mi familia estaba en el campo. - -Al pasar la puerta cancel me volví, con la impresión de que había -alguien en el zaguán. Y no del todo tranquilizado, atravesé el patio -silbando, y entré en mi cuarto. - -Encendí la vela que estaba sobre el escritorio, me miré al espejo, me -quité el sombrero, y observé cómo el espejo ahondaba la obscuridad del -patio. Había en este detalle una inquietante obstinación de tinieblas -y de silencio. - -Me senté a escribir, de espaldas a la puerta, abierta de par en par. - -No tenía sueño, y me había propuesto acabar un soneto maldito en que -me engolfara la noche anterior. Pero no daba en la tecla. Las musas me -abandonaban visiblemente, a mi despecho; y los ojos de la hermosa -ingrata que me inspirara, bailábanme en el magín una danza macabra, -junto a los ojos saltados del agonizante. - -Con la estéril cabeza entre las manos, imaginé que estaba sosteniendo -un zapallo. - -De pronto, un inusitado aleteo me crispó los nervios. Era un -murciélago que revoloteó encandilado en torno del techo, y, rociándome -de paso, desapareció con un débil chillido. - -La preocupación que hasta ese momento había logrado alejar de mi -espíritu, empezó a dominarme de nuevo. Hubiera querido cerrar la -puerta. Pero no me atreví a volverme en el sillón giratorio en que -estaba sentado. Me asustaba la idea de que el sillón, falto de aceite, -se pusiese a chillar. - -Sentí entonces que el silencio me agobiaba, me abrumaba, me imponía su -mutismo; ese mutismo extraño que nos revela a veces, en las cosas y en -los objetos que nos son familiares, un aspecto insospechado y nuevo. - -Con el oído absorto, auscultaba los rumores indefinidos de la noche. - -Ya no pensaba en nada. Solamente oía. - -Una mosca, zumbando torpemente, me pegó en la cara. Y yo escuchaba. El -grito estridente de una lechuza errante sobre la casa, me puso el -corazón en desórden. - -Un papel arrastrado por sigiloso viento cruzó el patio, se estrelló -contra una pared y se dobló con ruido desigual. - -¡Algo iba a ocurrir! ¡Algo sobrenatural! - -Y me suspendí casi en el aire, horripilado, cuando, en ese preciso -instante, un presuroso tac, tac, tac, de tacos breves resonó en el -patio y avanzó en dirección a mi cuarto. - -¡Alguien había transpuesto mi puerta, y se había plantado en media -habitación! - -Inmediatamente, comprendí yo esto; ¡aquellos pasos no eran, no podían -ser de gente! - -Luego, con infinita angustia, di vuelta lentamente la cabeza, y miré: -¡un chivo negro, barbudo, diabólico, estaba allí! Inmóvil, me -observaba, rumiando con espantosa impavidez. - -Sonó entonces un aldabonazo en la puerta de calle. La bestia, -asustada, dió cara vuelta, y, con un corcovo prodigioso, desapareció -en la sombra. - -Otros aldabonazos tremendos me arrancaron del estupor en que me había -sumido. Y cuando abrí la puerta, me encontré con el muchacho de la -panadería vecina, que venía a reclamarme el chivo de su propiedad, -escapado mientras horneaban, por una tapia baja que separa la huerta -de casa de la panadería. - -Por la mañana, supe la muerte de _Chivo Pedro_, acaecida esa noche. - - - - -EL SUICIDIO DE BURELA - - -El invierno pasado trepaba yo casi todas las mañanas por el camino del -cerro, que conduce al Redentor. - -Era un excelente deporte que me endurecía las piernas, y que me brindó -la ocasión de revolucionar mis nervios cierta vez. - -He aquí el caso: - -Una mañana iba por el camino, muy despacio, deteniéndome de trecho en -trecho a respirar y a mirar el horizonte que la niebla permitía -descubrir, y estaba ya en mitad del cerro, frente a la cueva del viejo -Castro, cuando vi en un banco, a la izquierda, sentado un hombre. - -No me extrañara el encuentro si el individuo no me habla. - ---¡Hola, Dávalos!--me dijo.--¿Qué andás haciendo? - -Le observé, asombrado, de hito en hito, y ¡oh, prodigio! era el gringo -Burela. Pude reconocerlo a través de una capa de roña que lo -enmascaraba, en complicidad con unas barbas rubias en despatarro, y -una cabellera exuberante y dura como copa de churqui, que irrumpía por -un agujero apical del incoloro chamberguito. - -Bajo el cachete derecho, hinchado como un túmulo, rotaba lentamente un -monstruoso "acullico" de coca. - -Dos ojillos verdes, de párpados enrojecidos por el insomnio y el -vicio, se asomaban en el fondo de aquella cara patibularia. - -Era mi amigo de la infancia, mi antiguo condiscípulo, mi camarada -inseparable y vecino de barrio. - -Con él hice las primeras rabonas de la escuela normal. Conocía él un -escondrijo al pie del cerro, adonde jamás pudo llegar el ojo alerta de -_Caranchito_, el regente, que desde la azotea espulgaba con un -telescopio las arrugas del terreno en busca de alumnos vagos. - -Con él, con ese gringo Burela, que estaba ahí, habíamos apedreado a -los transeuntes escondiéndonos tras el parapeto en los tejados; con él -le habíamos prendido fuego a un pobre gato empapado en aguardiente; -con él azotábamos a los perros, atábamos a las viejas, manto con -manto, en las procesiones; nos farsábamos de los opas que trotaban por -la calle, y robábamos naranjas de los boliches; y con él un día -concluyeron por fin mis relaciones, previa disputa por un trompo y un -ladrillazo feroz que casi me rompe la cabeza. - ---Yo voy allá arriba--le contesté.--Y tú, ¿qué te hacés ahora? ¿Qué te -hacés aquí? ¿Por qué tienes esa facha? - -Sin cesar de masticar su acullico, me respondió en tono cínico: - ---Soy socio de Vago Hermanos y Cía... - -Luego me contó que él nunca había sentido ganas de trabajar, y que, -sin saber cómo ni cómo no, se había vuelto borrachón y perdulario. - ---No tengo casa en el pueblo--añadió.--Van dos meses que vivo aquí en -el cerro. Duermo en la cueva del viejo, allí enfrente. - -Hubo una pausa. Y sacando a brazadas una piola del bolsillo del -pantalón: - ---Estoy dispuesto a no sufrir más--me dijo, hablando con calma.--Ayer -traje esta piola para ahorcarme... - -Se puso de pie, vivamente excitado. Me miró de soslayo, y se sorbió un -sollozo harto húmedo. - -Era el mismo: petizo, brazos largos, piernas chuecas, manos sucias, -uñas negras y crecidas. - ---¡Cáspita!--exclamé.--¿Y porqué no te ahorcaste ayer? - ---No quiero morir de noche,--contestó con melancolía. - -Lanzó un suspiro, y declaró que le faltaba ánimo, aunque le sobraban -deseos de acabar con sus días. Entonces, un pensamiento diabólico me -rozó el cerebro, como una ala negra. - ---Hombre--le dije.--Puesto que tu voluntad es morir, yo, amigo, te -ayudaré, prestándote la energía ejecutiva que te falta. En efecto, no -puedes hacer cosa mejor que ahorcarte. ¡Venga esa piola! - -Examiné los alrededores. Me convencí de que estábamos solos. - ---Ahora a buscar un árbol. - ---¡Allí!--respondió la víctima, con los ojos extraviados, señalándome -uno. Su acento firme ponía en evidencia su resolución mortal. - -Bajamos a la quebradita, subimos por la opuesta ladera, y llegamos al -pie de un cebil que se inclinaba sobre rápida pendiente. - -El gringo Burela, ansiosamente, divisó por última vez el cielo azul, -el cerro, el valle de Lerma; se persignó despacio y tiró el -chamberguito barranca abajo. - -Con semblante afligido me estiró la puerca mano, en señal de despedida -y prenda de gratitud. - -Le hice un nudo corredizo en el pescuezo, pasé la piola por una -horqueta, me colgué de la otra punta, y el gringo Burela, como por -roldana, saltó al aire. - -Lanzó un silbido ronco, sacó una cuarta de lengua, se le amorató la -cara, se le desorbitaron los ojos, y, tras breve pataleo, pasó de ésta -a la eterna vida. - -Sereno, até yo la piola al tronco y me alejé del macabro espectáculo. - -El ahorcado se balanceaba dulcemente suspendido en el vacío. - -Yo había cumplido un deber de amistad. - - - - -EL CASO DEL ESQUELETO - - -¿Existen en la naturaleza fuerzas cuyo modo de actuar nos es -totalmente desconocido, y cuyos efectos podemos, sin embargo, percibir -en nosotros, o en el medio que nos rodea, en ciertas circunstancias -raras, o en ciertos anormales estados psíquicos? - -¿Hay, fuera del mundo material, más allá de lo que nuestra -inteligencia puede someter a medida, una existencia aparte, un modo -distinto, un diferente aspecto de lo real? - -El que algunos animales posean sentidos cuyo funcionalismo se nos -escapa, por ejemplo, las líneas laterales de los peces, parecería, -desde luego, confirmar la presencia de tales fuerzas. - -Por otra parte, a veces, iguales órganos, en un tipo zoológico, -presentan enormes diferencias de sensibilidad, en el desempeño de una -misma función. Así, mientras algunos mamíferos son sordos, o poco -menos, las mulas poseen una agudeza de oído muy superior a la del -caballo. Y aun es de creer que la facultad que el vulgo les atribuye, -de presentir los peligros, provenga de un sexto sentido, -correspondiente a un orden desconocido de la energía cósmica. - -Aparte del natural temor que la noche infunde en casi todos los seres, -puesto que les priva de las percepciones visuales, tan importantes en -la lucha por la vida, tengo por indudable que después de la puesta del -sol entran efectivamente en acción aquellas fuerzas. - -Fué a la hora crepuscular cuando la mula de un amigo mío, muy mansa, -no se dejó quitar el freno con el potrerizo de la finca; el cual, una -hora después caía muerto en la cocina de los peones... ¿Qué vió la -mula en la cara del hombre, o qué olió en él, o qué sintió?... - -Desde luego, se sabe que el estado eléctrico de la atmósfera cambia -del día a la noche, y que estos cambios influyen directamente sobre el -mundo orgánico, y hasta modifican el funcionamiento de ciertos -aparatos. - -Por una flagrante contradicción entre lo que hay en mí de razonador y -científico, por una parte, y de instintivo y atávico por otra, nunca -he logrado, a pesar de una larga cultura intelectual, sustraerme a la -influencia inquietante de la noche. - -Sin creerme un cobarde, ni ser un neurótico visionario, confieso que -un panteón o un bosque desierto, a media noche, pesan en mi corazón -con todas las angustias del presentimiento; y esa prodigiosa bóveda -celeste que no acaba nunca sobre mi cabeza, me abisma en un horror -increíble al vacío infinito y negro, en el cual, siempre que estoy -solo de noche, y a cielo descubierto, tengo la sensación de caer y -caer vertiginosamente, boca arriba. - -¡Muchas veces se me han erizado los cabellos en tales momentos! ¡Y -cuántas he sentido cerca de mí la presencia, en las tinieblas, de -_algo_ que no es _alguien_, pero que existe, que _es_! ¿Acaso la -condensación de esas fuerzas?... ¿Acaso el espectro de las cosas?... - -¡Qué sé yo!... - -Y bien. Tenéis derecho de reir, vosotros, los sanos y los -equilibrados. Me llamaréis loco; pero lo que os voy a contar es tan -absolutamente cierto, que a fin de convenceros de mi veracidad, habré -de confesaros toda la verdad, toda la triste verdad. - -Yo me había enviciado en el whisky, y la coca... y esta circunstancia -explica en parte el inusitado suceso de que fuí actor. - -En aquella época de mis excesos alcohólicos, una noche, muy tarde, me -fuí a dormir, impresionado con la muerte de un pariente que agonizara -desde medio día. - -(Tengo en mi cuarto un esqueleto, propiedad del colegio nacional, en -el que suelo estudiar.) - -En cuanto abrí la puerta de mi cuarto, (debo hacer constar que en casa -no había nadie), tuve la sensación de la presencia de ese alguien... -Con gran cuidado cerré la puerta y encendí prestamente un fósforo. - -Al dar un paso hacia mi cama para encender la vela que estaba en el -velador, vi que el esqueleto alzaba una mano y la asentaba sobre un -libro; uno de los libros que había en la mesa junto a la cual estaba -colgado el esqueleto. - -Encendí la vela. - -Al darme cuenta de todo eso, realicé un poderoso esfuerzo de voluntad -para dominar el miedo que me ahogaba; y sereno, impasible, lógico, me -propuse llevar el análisis del caso hasta el último límite. - -Y pensé: puesto que el esqueleto se ha movido, sepamos por qué causa -se ha movido. - -Abrí el libro, sobre el cual se apoyaba la mano, que era la derecha, y -leí el título: "El crimen y la locura", por A. Maudsley. Conocía yo la -obra. Contiene historias de criminales y su estudio patológico. El -autor es inglés. Se refiere a crímenes cometidos en Inglaterra y en -Francia. El esqueleto era preparado en Francia. Tenía una placa: -"Jules Talric, preparador". Sabido es que las prisiones suministran a -estos industriales el material.... - -Durante mi ausencia, ¿habría estado leyendo el esqueleto, en el libro, -quizá su propia biografía? Pues según los promedios antropométricos el -esqueleto había pertenecido a un asesino. - -Sin embargo, mirándole de cerca, me fué imposible descubrir signo -alguno de vida en sus órbitas vacías, y comprobé que la caja torácica -permanecía trasparente entre las costillas. - -Luego, vigilándole siempre, anduve en cuatro pies, mirando debajo de -los muebles, a fin de constatar si no sería algún gato el agente del -hecho inexplicable. - -Formulé la hipótesis de una corriente eléctrica que, imantando de -golpe las articulaciones de hierro, hubiese determinado la -contracción del brazo; pero mi incompetencia en física volvía inútil -la teoría. - -Otra vez me enfrenté al esqueleto. Yo sentía una desesperación rabiosa -por investigar y aclarar el misterio; yo sentía que me estaba -trastornando poco a poco el horrible misterio; y en un acceso -violento, irresistible, lancé una descomunal carcajada que resonó por -la casa desmantelada y oscura; y empujándole como a un péndulo, hice -oscilar al esqueleto en su perno. Y el eco de mi risotada, y el seco -chocar de los huesos, llevaron al paroxismo mi exaltación nerviosa. -¡Oh!... Cuándo estéis a media noche solo en vuestro cuarto, lanzad, si -podéis, una carcajada, os lo ruego. - ---¡O, yo te haré confesar la verdad o me matarás!--le grité al -esqueleto. - -Sí. Era preciso, era urgente, apurar todos los medios de prueba, pues -iba de lo contrario a enloquecerme. - -Con un ardor febril lo destornillé de su pedestal, lo vestí con un -pantalón y un saco, lo senté de codos a la mesa, en mi propio sillón, -y le acomodé mi revólver en la mano derecha, haciéndolo apuntar a la -puerta, con el gatillo alzado, y el dedo índice sobre el resorte del -gatillo. - -Retrocedí un paso para contemplarlo. - -Pero el miedo me venció. Y entonces, agazapándome, retrocediendo, -vigilándolo siempre, agarrándome a la mesa para no caer, intenté de un -salto ganar la puerta. ¡El esqueleto me apuntó y sonó un tiro!... - -Aquella mañana me bajaron del tejado. Me había quedado cataléptico, -abrazado a una chimenea. - - - - -LA COLA DE GATO - - -Don Roque Pérez es el hombre más flemático de Salta. Tiene cuarenta -años. Hace veinte que está empleado en una oficina de la casa de -gobierno. Es solterón, metódico, cumplidor y beato. - -Su vida es simple y redundante, como el rodar monótono de los días -provincianos, o bien como la marcha circular y pacífica de un macho de -noria. - -La historia de este hombre contiene dos etapas, separadas entre sí por -un acontecimiento trascendental que dejó en su espíritu una -perplejidad perdurable. - -La primera etapa comprende su juventud, los diez años que pasó de -dependiente en la tienda de Don Pepe Sarratea. La segunda etapa -comprende su madurez, sus veinte años de empleado público. - -Con una sonrisa indefinible y calmosa, mientras fuma un cigarrillo, -Don Roque Pérez cuenta su caso a un grupo de oficinistas. - -Cuando él era dependiente, dormía en la trastienda. El negocio de -Sarratea ocupaba una vieja casuca que todavía existe en una esquina de -la plaza. - -El dependiente barría la vereda todas las mañanas, plumereaba los -estantes, y aguardaba al patrón que se presentaba a las ocho. - -Sarratea despachaba personalmente, detrás del mostrador; pero si había -que bajar alguna pieza de un alto estante, colocaba la escalera y el -dependiente se encaramaba por ella. - -A las nueve de la noche, Sarratea despedía a sus contertulios del -barrio, guardábase el dinero en el bolsillo y se marchaba a su casa. -Entonces el dependiente trancaba las dos puertas de la tienda, rezaba -su rosario y se metía en cama. - -Una noche entre las noches, Roque Pérez, después de acostarse, dirigió -la vista al techo, y vió que colgaba una cola de gato por una rotura -del cañizo. - -El agujero quedaba perpendicularmente sobre su cabeza, y la cola de -gato apuntaba, naturalmente, a sus narices. - ---¿Qué será eso?--pensó el dependiente.--¿Qué será?... - -Apagó la vela y se durmió. - -Varias noches después del descubrimiento, Roque Pérez volvió a mirar -la cola de gato. Al cabo de una hora de contemplación, pensaba: ¿qué -será esa cola?... Y se decía: mañana voy a poner la escalera para ver -lo que es... Y apagaba la vela y se dormía. - -Todas las mañanas, al despertar, Roque Pérez se desperezaba y miraba -la cola de gato. La miraba todas las noches al acostarse. Y siempre -pensaba: en uno de estos días voy a poner la escalera. - -Pero Roque Pérez era indolente, con esa profunda indolencia de los -pueblos palúdicos. El había tenido una idea: aquella cola de gato -debía ser _algo_. Para saber qué era, había tiempo. - -Así pasaron dos años, y pasaron cinco años, ¡y pasaron diez años!... -El señor Sarratea murió de tabardillo; los herederos liquidaron el -negocio; Pérez tuvo que abandonar la vieja casuca. - -Salió de allí con quinientos pesos de sueldos economizados y se -contrató en la tienda de enfrente. - -A poco de esto, alquiló la casa de Sarratea un boticario alemán que -llegara a Salta con su mujer. - -Lo primero que hizo el boticario, naturalmente, fué preocuparse de la -limpieza del chirivitil, para instalar su botica. - -Un día el boticario entró en la trastienda, y al revisar las paredes y -los techos, vió la cola de gato. El alemán llamó a su mujer y le -mostró aquello. Pidieron prestada una escalera en la tienda de -enfrente. Roque Pérez, en persona, trajo la escalera. El boticario, -ayudado por Pérez, la afianzó sobre un cajón para que alcanzase al -techo, y se trepó. - -Mientras el pobre Roque sostenía la escalera, el boticario, allá -arriba, asió de la cola, tiró, y cayó al suelo una moneda de oro. Tiró -más, y cayeron algunos cascotes y varias monedas. Luego, metiendo el -brazo en el agujero del techo, sacó un zurrón lleno de onzas de oro, y -se lo arrojó a su mujer. Buscó más, y encontró otro zurrón, y cargando -el pesado fardo, bajó al suelo. - ---Bueno,--dijo el alemán todo sofocado, entregándole a Pérez una -monedita.--Aquí tiene Vd. su propina. Y gracias por la escalera. - -Ahora, Don Roque, ante la rueda de empleados, da un chupón formidable -a su cigarrillo, sonríe con calma, y con las barbas llenas de humo, -dice: - ---Entonces fué cuando comprendí que mi destino era ser empleado -público. - - - - -EL SALTO ATRAS - - ---Escalandrini, páseme el frasco de las arañas,--le dije al -ayudante.--Vamos a separar los diferentes ejemplares en lotes -adecuados. - -El hombre puso el frasco en la mesa y preparó los lentes, las pinzas, -el alcohol y demás cosas necesarias. - ---Examinemos primero la araña negra... Veamos. Es una especie nueva -para nuestro museo, y hay que clasificarla. Téngame usted el frasco a -contraluz. - -En vano busqué. Entre aquel locro de bichos no estaba la araña negra. - ---¡Es singular!--objeté,--pues ayer mismo la estuve mirando en el -fondo. ¿Habrán entrado ayer aquí los muchachos después de clase? - ---_¡Non signore!_ - ---Bueno. Conviene que cuide usted mejor el gabinete... Resulta que los -alumnos burlan su vigilancia y se roban los bichos. - -La pérdida me contrariaba de veras. Tratábase de cierta araña del -Chaco, muy rara, muy difícil de pillar. Se la debí a la gentileza de -Don Tadeo Amaya, lenguaraz de una toldería de junto al Bermejo. - -Algunos días después de este pequeño incidente, Escalandrini vino a -buscarme a casa con el fin de entregarme unos portaobjetos del -microscopio. Apenas se me acercó le sentí un tufillo inconfundible a -caña. Y confirmé mis sospechas del alcoholismo del ayudante, una noche -que lo encontré por una calle haciendo eses. - -No hacía mucho que se habían abierto los cursos, y pensé que aún era -tiempo de buscar otro ayudante. Aquel hombre me había inspirado desde -el primer día una invencible repulsión; así es que me alegré cuando le -descubrí su vicio. Sólo aguardaba una buena oportunidad para hacerlo -saltar del Colegio. - -Aunque italiano, Escalandrini tenía tipo de negro. Ostentaba una -cabellera lanuda, apelmazada, y que tiraba a rubio. Tenía la tez -amarillenta, los ojos pequeños y huraños, y era bajo de estatura. Era -barbilampiño, jetón, dentudo, y tenía pómulos salientes y brazos muy -largos para su estatura: en resumen, un aire sub-humano, sobre todo si -se lo examinaba de cerca, por cierta expresión esquiva y bestial de -tristeza en la mirada. - -Y sin embargo, como ayudante no puedo negar que era competente y -experimentado. - -Había venido al Colegio Nacional, recomendado por el naturalista -Timperton, y había sido auxiliar de zoología en un museo de Turín, y -después miembro de una expedición entomológica en la colonia Eritrea. - -Ahora bien; un día que yo señalara a la clase un tema sobre las aves, -entré antes de hora en el gabinete y me puse a revisar una colección -de volátiles que debía utilizar en mi conferencia. Escalandrini -hallábase a la sazón ocupado en disecar, en un extremo del salón, un -loro barranquero que él mismo cazara con tal objeto. - -Al revisar las colecciones de los armarios noté que faltaban algunas -piezas. Después advertí un excesivo desperdicio de alcohol, pues las -tablas de los estantes estaban mojadas de este líquido. - ---Tenga usted más cuidado, Escalandrini--, le dije al -ayudante.--Derrama usted demasiado alcohol en la remuda de los botes. - -Pero un detalle bien curioso me llamó la atención. En un estante, como -escondida detrás de unos frascos, yacía una cabeza de _crótalus_, que -sin duda había sido separada del tronco, no por cuchilla de cortes, ni -por bisturí, sino a tirones, pues los tejidos presentábanse -desgarrados. - ---Yo quisiera dar _cun_ los traviesos _qui_ me _facen_ un _batituque -dil_ gabinete--, gruñó Escalandrini, que se había vuelto en su silla y -expiaba mis movimientos. Pero la fisonomía del individuo no acusaba la -expresión correspondiente al tono con que pronunciara tales palabras; -circunstancia que no dejó de impresionarme. - -Quizá se había fijado más en mí que en sus propias palabras. - -Luego descubrí, dispersas en las tablas, algunas gotas de estearina. - -Como en el gabinete no había luz eléctrica, supuse que alguien se -entraría de noche, y con vela. - -No pregunté nada. - -En lo sucesivo el gabinete me pareció ya mejor cuidado. Sin embargo, -buscando a lente, siempre hallaba en el suelo, o en la mesa, o en los -estantes, gotas de estearina que habían sido raspadas,--se conocía--, -con sumo cuidado. - -Entonces fué cuando empecé a concretar mis sospechas... - -Y un suceso lamentable vino a precipitar el desenlace de esta intriga, -a develar el misterio de un temperamento. - -En el aserradero de Perutti, la tarde del 6 de Abril, un obrero se -cortó la mano derecha con una sierra sin fin. Se le había enganchado -la manga en el trozo que aserraba, y a pesar de los sobrehumanos -esfuerzos del infeliz, el trozo le arrastró el brazo, la sierra pasó -de través, y el hombre quedó manco. - -Fué una espantosa confusión. Los compañeros del taller acudieron a -auxiliarlo, pues se iba en sangre. Lo llevaron a la Asistencia Pública -y allí le contuvieron la hemorragia. - -Cuando el pobre obrero estuvo en sus cabales se acordó de su mano. -Preguntó por ella. Los compañeros fueron a buscarla entre el aserrín, -pero no la hallaron. La mano se había extraviado. - -Poco después del accidente la mujer de un obrero había visto varios -perros que olfateaban la sangre... - -Tuvieron que ir a contarle al dueño de la mano la verdad: - ---Parece que un perro se la ha comido... - - * * * * * - -La noche del 16 de Abril, bien madurado mi plan, me introduje con gran -sigilo en el Colegio; atravesé de puntillas los largos claustros, -llegué a la puerta del gabinete, y espié por el ojo de la llave... - -Frente a frente de la puerta, ante la mesa de conferencias, alumbrado -por un pucho de vela, Escalandrini perpetraba un horrible banquete. - -De un frasco de arañas en alcohol echaba a pecho grandes tragos. En -eso, sacó del bolsillo una mano muerta y empezó a devorarse el dedo -mayor. - -El monstruo parecía borracho. Sus ojos relampagueaban, ebrios de -alcohol y de gula bestial. - -Después, con una pinza, extrajo una araña pollito, y de una dentellada -le cercenó el abdómen. - - * * * * * - -Escalandrini era un caso típico de regresión o salto atrás. Una vuelta -a los trogloditas antropófagos. - -Ribot, en su _Herencia_, habla de un neozelandés educado en Londres, -que se comió viva a una niña de cinco años. - - - - -LA MUERTE DEL MUERTO - - -La fechoría que voy a confesar pesa sobre mi conciencia de un modo -abrumador, y su recuerdo me es tanto más doloroso, cuanto menos -preconcebida fué la conducta que en este caso observé, al dejarme -arrastrar por el perverso apetito del crimen, que parece ser el -estigma de mi existencia. - -¿Qué conseguiría yo suplicando al lector que procure encontrarme -atenuantes o justificativos en esta infamia? Nada. - -Y así, desde que escapé a la acción de la justicia humana (y aun -espero escapar de la divina), le saco provecho a la verdad, -escribiendo mis barrabasadas, no sin escándalo, me consta, de ciertos -timoratos. - -Y ya me dejo de rodeos, y contaré las cosas tal cual pasaron, -fielmente. - -Yo estudiaba cuarto año secundario en el colegio del Carmen, de la -calle Estados Unidos, de Buenos Aires. - -Teníamos un profesor de inglés que se llamaba míster Moore. - -Era un hombre como de sesenta años, muy alto y de porte grave. - -Su rigor en el cumplimiento del deber era tal, que, en diez años de -profesorado, apenas cuatro veces habia faltado a clase. Nunca hablaba -sino lo estrictamente necesario, ni tuvo nunca con sus alumnos una -frase de expansión o de confianza. - -Míster Moore nos infundía, pues, ese respeto mezclado de lástima que -inspiran la soledad y la digna reserva de las personas que sufren. -Porque nosotros suponíamos que el pobre profesor sufría, y sufría en -silencio, con su cara displicente de clown jubilado, toda rasurada, y -bajo su levita de incierto color azul, única, perpetua, humilde y -respetable. - -Por lo demás, poco sabíamos de sus rarezas. No cultivaba relaciones -íntimas, vivía en una pensión de la calle Rivadavia, y comía en su -pieza, por librarse de la gente. - -Cuanto a su enseñanza, daba buenos resultados, aunque no conmigo, que -siempre merecí calabazas en inglés. - -Aquel año la salud de Mr. Moore decaía visiblemente, a juzgar por la -palidez progresiva de su rostro y el aire taciturno de su andar. - -No hubimos de extrañarnos, pues, cuando una tarde de junio, el -director nos dijo en clase que Mr. Moore acababa de morir de un -síncope, al tomar el tranvía para venir al colegio. - -Los alumnos de cuarto año hubimos de encargarnos de las diligencias -previas al entierro. Y así, nos trasladamos a la pensión de la calle -Rivadavia, donde, en su cama, encontramos al excéntrico serenamente -dormido en la eternidad. - -El vigilante de la esquina lo había recogido y llevado a la casa. - -Seis velas sobre seis sillas en torno del catre, y un crucifijo entre -las manos del difunto, cuya religión no conocíamos, bastaron para el -arreglo fúnebre, y allí nos quedamos haciéndole compañía. - -Pero a media noche los discípulos resolvieron pasarla en un cafetín, -en lugar de guardar a Mr. Moore. Yo rechacé la invitación, y no sin -agrado me quedé solo, pues la situación favorecía el maquinamiento de -cierto poema que pensaba escribir. - -Era la del velorio una habitación espaciosa, y tenía una puerta a un -pasillo estrecho con baranda de hierro, en el piso alto, sobre el -patio. - -Había otras dos puertas que comunicaban con piezas contiguas, pero -estaban tapadas con roperos, disposición ésta que me valió mucho, -ahogando el ruido, como habrá de verse luego. - -Ocupaba la cama el centro del cuarto, los pies hacia la puerta, y la -cabecera contra la pared del fondo. - -Junto a un ropero, a la izquierda de la cama, me instalé en un -confortable sillón, al lado de la mesa de trabajo, donde yacían una -Biblia y algunos libros ingleses. - -Desde mi sitio, como a cinco pasos, podía yo ver, indistintamente, la -cara escuálida del muerto; y al cabo de un cuarto de hora, la -sugestión irresistible del cuadro, dispersando mis poéticos -pensamientos, me había impuesto, en cambio, su pavoroso misterio. - -¡Cuánta ignota pena, cuánta desolación, cuánto abandono, contemplé en -aquella vida desgraciada que acababa de apagarse! - -¡Pobre viejo! Llevábase él a la tumba, con su eterno spleen, ¡quién -sabe qué nostalgias, quién sabe qué recuerdos! - -Y a la luz amarilla de las velas, me pareció ver dibujarse una sonrisa -de paz en aquella boca rígida que jamás había sonreído. - -Hay en la llama pálida de esas velas de muerto, algo así como un -afligente fervor de súplica; un intangible soplo las consume, y se -agitan inquietas en el silencio como anímulas simbólicas del dolor. - -Aquella era en verdad una hermosa máscara. La nariz alta sostenía, con -elegancia de columnata corintia, el doble arco de la frente, abierto y -noble. Los labios eran delgados, y el mentón saliente, con firme -decisión de voluntad. - -De pronto, un escalofrío me crispó los nervios. Los ojos de Mr. Moore -se habían abierto... - -¿Sería posible?... - -Traté de tranquilizarme. Incorporándome con un sigilo ansioso, me -acerqué de puntillas al lecho. Pero los ojos estaban cerrados. - -Me expliqué. Las velas, sobre su cara brillante, jugaban con reflejos -y sombras. - -Volví a mi sitio, y por distraerme abrí la Biblia, procurando -inútilmente leer. Con la imaginación en desorden, y el corazón al -galope, ya no fuí dueño de mí mismo; ¡entonces sobrevino la crisis! - -Y la incurable neurosis que padezco se desbordó en mi cerebro con -imágenes descabelladas, con ideas incoherentes y estrafalarias. - -En estos ataques agudos, el cerrar los ojos, o el quedarme en -tinieblas, no me da resultado. Desfilan ante mis pupilas, en -vertiginosa balumba, todas las furias del infierno. Rostros de -mujeres, de viejos, de locos, de perros, de burros, se transforman, se -sustituyen, se mezclan y se esfuman en una semioscuridad extravagante, -absurda. Y la crisis sólo tiene un remedio: correr, o saltar, o -gritar, ¡o matar!... hacer, en fin, algún esfuerzo muscular intenso, -que despilfarre mis anormales energías de un modo súbito y violento. - -Y con la mirada clavada en el muerto, exaltado, enajenado, anhelante, -fronterizo de la demencia, en el paroxismo de la atención, lo -vigilaba, lo acechaba, lo espiaba, con la sospecha inaguantable de que -no estaba muerto, de que estaba haciéndose el muerto, de que pretendía -asustarme, sorprenderme, burlarse de mí... - -Y en ese instante la cosa se produjo. ¡Mr. Moore había levantado una -pierna en el aire, una pierna peluda y flaca, de araña gigante; un pie -descarnado, repugnante, amarillento, de largos dedos abiertos en -abanico! - -¡Mr. Moore se había despertado de la muerte, y Mr. Moore, por fin, -rígido, escuálido, con los ojos fuera de las órbitas, mirándome -impertérrito, desnudo, espantosamente desnudo, se había puesto de pie -junto a la cama! - -¡No pude más! - -Poseído de un acceso formidable de energía, de alegría bárbara, de -terror loco; ágil como un demonio, salté sobre él y le pegué una -bofetada tal, que lo acosté patas arriba sobre su lecho de muerte. - -Después, maquinalmente, lo acomodé en la posición primitiva; y poco a -poco, al recobrar la serenidad y la razón, dime clara cuenta del -peligro que corría, si, como era posible, alguien en la casa hubiese -oído el ruido. - -Presa de inmensa angustia, auscultaba el nocturno silencio. Pero nadie -acudió. - -¡Mi delito quedaba impune para siempre! - -Y por la mañana, en la Chacarita, en torno a la fosa, junto a mis -condiscípulos, eché como ellos mi palada de tierra sobre el cadáver de -Mr. Moore, cuyo asesino no dejó traslucir ni un asomo de emoción. - -Muchas veces he pensado con horror en una autopsia de la que hubiera -resultado esta fórmula concisa y fatal: "Sonambulismo cataléptico -acabado en la sepultura por una conmoción cerebral enorme." - - - - -IV - -HUMORISMOS Y FILOSOFIAS - - - - - -TEDIO - - -Triste cosa es hallarse obligado a trabajar, y no ser como este pato -del lago que estoy mirando, mientras escribo, paradito en una pata, de -ocioso, calentándose al sol, al sol que es la esterlina y la estufa de -los que no trabajan. - -La ociosidad es la madre del pesimismo. Y hoy me siento pesimista. - -¿Por qué vienen días tontos, días en que se aflojan los resortes del -carácter, días en que nada, nada, nos parece digno de ser tomado en -serio; días de aburrimiento, de nirvana, de desaliento, en que las -menudencias que forman la diaria urdimbre de la vida nos acosan, nos -hastían y nos hartan? - -El noventa por ciento de nuestros actos diarios se producen bajo el -imperio de la rutina, de ridículas preocupaciones, de perjuicios -pueriles. - -Si me junto en la plaza con algún petizo mi compañía le avinagra, y me -pide que lo deje caminar por el centro para aparecer más alto. - -Hay quien asiste al baile con un frac viejo de su tío, y averigua cómo -está su figura. ¡Y cómo ha de estar! - ---Pero si te queda muy bien,--afirma un papanatas que no se resuelve a -entrar en el salón, porque se le descompuso la onda del peinado. - -¿Y los preguntones?... esos abombados que interrogan sin ton ni son. Y -usted les responde, ¡y de su respuesta se les dá una higa! Lo que -ellos saben es preguntar, no importa qué. Y vuelven a la carga, tanto -más reciamente, cuanto menos cara le ven a uno de responder. - -Gentes hay que no molestan de cerca, pero que saludan perdonando la -vida. Y aún os dicen: "Adiós amigo", y en el fondo os están deseando -una apoplegía. - -Líbrenos el demonio de los charlatanes que se creen ingeniosos y -espirituales e hilvanan viejos chistes con nuevas simplezas y son -testigos o héroes de todos los sucesos del pueblo y juran y se -acaloran a base de macaneo. Y líbrenos de los murmuradores que todo lo -denigran, como si poseyesen ellos solos el cetro de la justicia. - -¿Quién no se sintió harto alguna vez de las pequeñeces, de las -importunidades, de las indiscreciones de los otros, y ha deseado -escapar a mil leguas de la tierra, lejos de sus congéneres? - -¿Quién no ha deseado el suicidio, la grata compañía de los muertos, -que son los mejores prójimos, acaso porque ya no hablan? - -¡Oh si nos fuese dado morir con la facilidad con que se ingiere un -vaso de _vermouth_! - -Sin embargo, los que se matan llevan a cabo una tontería más -considerable que todas las que en vida cometieron, porque al fin y al -cabo algo de bueno ofrece la existencia, fuera de estos ratos de -tedio. Y aún en éstos gozamos la libertad de detractarla, sentados en -el parque, bajo los pinos, tomando el aperital, acariciada la frente -por una brisa cordial de otoño. Y siempre será sublime la puesta del -sol. - -La naturaleza nos reconcilia con la vida. - - - - -LA TRISTEZA - - -Es el anochecer de un día de otoño, y de la vecina iglesia viene el -son de una campanita que tañe, tañe, difundiendo en el espacio la -inquietante premura de su llamada mística. Por la calle, las mujeres -pasan, una que otra, hacia la iglesia: una vieja, otra vieja, otra, -que va como pisando cascotes, cucurucha, toda arrebosada. ¡Dichosa -vieja! Cuando se postre ante el cura, invocará, egoísta, el favor -divino, confiará en la salvación. En su absoluta, supersticiosa fé, no -comprendería ella la amarga duda del crucifijado, el _lama sabactani_. -Y por este orden de ideas, he venido a parar en la tristeza. - -He ido a cortar rosas al jardín. Entre el sutil encaje de las hojas, -las rosas parecían meditar, abiertas las corolas, absortas bajo el -firmamento. Había tristeza y reposo. La luz y el movimiento evocan la -vida; el reposo es como el signo de la muerte. Cuando la brisa mueve -las flores, sus leves balanceos arrullan nuestros ensueños, pero el -absoluto reposo crepuscular infunde una dulce tristeza. Sobrevienen -en la naturaleza y en las almas, delicados instantes así, en que -parece que _algo está ocurriendo_, misterioso, invisible. Es cuando se -han abierto ventanas que miran a lo eterno, y la tristeza que entonces -vemos en las cosas y en los seres es como la fatiga, como la parada, -en medio del infinito devenir. - -Sobre los campos silenciosos, todos los días al cerrar la noche, la -inmensidad se ahonda, la eternidad se acerca, se establece una como -normalidad del prodigio. A tal hora, nadie, estando solo, podrá -sentirse alegre a menos de ser un vulgar espíritu. La tristeza reside, -más honda que en las almas, en la naturaleza. Es verdad que la -naturaleza es toda movimiento, pero el movimiento está sujeto a las -leyes del ritmo y para cada orden de movimientos rigen la suba y la -baja; la máxima intensidad y el reposo relativo sucediéndose siempre. -Por instantes o por siglos, la naturaleza, tal como nosotros, se -aquieta y se arroba en un vasto recogimiento, como si ansiara -descansar y comprenderse... Y de esta íntima necesidad, nunca colmada, -de penetrar el secreto de la existencia, emana la tristeza que notamos -a veces en los seres y en las cosas. - -La melancolía del asno inmóvil junto a la tapia del corral; la oscura -mole de las montañas, cerrando el horizonte; la serenidad de las -flores; la cadencia de la campanita; no son distintas, no son ajenas a -mi tristeza. Hay en todo esto el estupor de la eternidad que pasa -sobre nosotros, asoladora, y siempre impenetrable y magnífica. - - - - -AMOR DE ARAÑAS - - -En la evolución de las especies, corresponde a los insectos y a los -arácnidos un grado de inteligencia relativamente elevado. El -comepiojos (mamboretá) que al ser molestado levanta con arrogancia sus -patas manducadoras y nos mira con sus pequeños ojos escarlatas; la -avispa que nos persigue, si la molestamos, para clavarnos su aguijón; -la vinchuca, que se esconde con pasmosa astucia al sentirse -perseguida, nos proporcionan abundantes ejemplos de actividad -voluntaria y consciente. - -En cuanto a las arañas, he tenido ocasión de presenciar no ha mucho un -hecho que prueba una complejidad mental realmente admirable en estos -artrópodos. Era una araña del género argironeta, que son las más -hermosas, por los matices plateados que las adornan. La encontré una -mañana en el patio de casa, entre dos hojas de cica, inmóvil, en el -centro de su tela perpendicular, brillando al sol como una joya. No -sabría la pobre que estaba en casa de un zoólogo, y es lástima, -porque en cuanto la ví la pesqué y la encerré en un frasco de vidrio. -En el ancho tapón abrí un agugero a fin de poder conservarla viva y -remitírsela al Dr. Holmberg, al siguiente día. Pero cometí la -chambonada de dejarla esa noche en una maceta, al aire libre. Aquella -mañana, en el fondo del frasco sólo hallé la cáscara del infeliz -animalejo. Mil diminutas hormigas coloradas estaban a la sazón -ocupadas en devorar lo que quedaba. Y aunque la culpa del asesinato -era mía, sentí contra las hormigas una cólera terrible. Me imagino los -tormentos que sufriría la araña, al pensar en el inmenso número de -mordiscos que recibiría de esos belicosos demonios. En fin, indignado, -maté las hormigas con agua hirviendo. - -Pero la noche había escondido una tragedia todavía más intensa; porque -hallé un hilo de araña tendido del frasco a la pared, y en una -hendidura del reboque, inmóvil, al desgraciado amante de mi gentil -cautiva, como diría un literato. Era el macho. Alrededor del frasco, -en la maceta, yacían cientos de hormigas, partidas en dos por sus -formidables mandíbulas. No cabe duda que en el silencio nocturno, -después de haberla buscado en la tela, debió de lanzar un hilo desde -la pared a la maceta, y ni más ni menos que un caballero junto a la -torre de su dama, libró al pié del frasco un combate heroico, viéndose -al fin obligado a poner pies en polvorosa, rendido y abrumado por el -número. - -No conseguí apoderarme del héroe, cuyas cenizas hubiese yo conservado -con respeto en aguardiente. Pero era muy pequeño, como todos los -_araños_. Cubría sus desnudeces una fina capa de terciopelo marrón, -un poco burda, en tanto que su amada luciera en vida una armadura de -escamas de plata. - -Era imposible interpretar de otro modo los hechos observados. Y, -teniendo en cuenta las costumbres sexuales de las arañas, el caso -resultaba hermosamente romántico. Se sabe que el casamiento de las -arañas termina con la muerte del flamante marido. Durante el día, -mientras la araña hilaba su tela, el macho la acecharía, desde su -escondrijo del reboque. Así meditaba, preparando su asalto para la -noche, aprovechando el reposo de su voraz amada. Esta operación se la -facilitan sus ocho ojos, cuatro de los cuales son para ver de noche. -Así se explica que pudiese hallar el frasco; y es que la buscaba con -la tenacidad propia de los enamorados. - -¿Qué diferencia existe entre este drama de arañas y los trágicos -amores de cualquier pareja de novela? Una simple diferencia de grado. -Aunque en ciertos sujetos, como los opas, la emotividad y la -inteligencia estén menos desarrollados que en las arañas. - - - - -EL SAPO - - -El sapo es el solitario del albañal. Su domicilio subsolar se abre a -la calle, ante la puerta de una casa. - -Los ruidos del día lo confinan en una grieta húmeda, estrecha, y ahí -permanece, chato y frío, absorbiendo agua por todos los poros, -asimilado a las piedras pardas. - -Huye del sol. El astro voraz haría evaporar en un amén el jugo de sus -pústulas, y dejaría su cuerpo seco y hueco, cual un viejo zapato -arrojado al basural. - -A media noche sale de su escondrijo, y atisba, sentado tranquilamente -en cuclillas, las mariposas que el foco de la calle atolondra. - -¡Ah, las mariposas! ¡Cómo fascinan al sapo esas miriadas de alas, -revolviéndose frenéticas en el campo de luz del arco voltáico! - -Y las mariposas caen en continua lluvia; y los coleópteros caen -zumbando de cabeza, como si quisieran taladrar el suelo. Atento, el -sapo espera. - -Cuando está cierto del éxito, inicia el ataque a cortos saltitos. Se -detiene. El corazón le late en la tensa membrana blanca de la -garganta. Después avanza gateando ridículamente; con gran cautela se -acerca al bicho, y ¡zás! - -El bocado no es siempre una sedeña mariposa. A veces hay que tragar un -escarabajo más áspero que un nudo de alambres. En tal caso, siente un -pataleo en el esófago. Pero el muy comilón no se arredra, y se ayuda a -dos manos, empujando la presa hasta el estómago. - -Otras veces, por un lamentable error, atrapa el pucho encendido que un -transeunte arrojó de su boquilla, ¡y hay que verlo retroceder y poner -la cara fea! - - - - -PASEOS ZOOLOGICOS - - -Ayer fuimos al campo con el ayudante, en busca de insectos. Aunque no -teníamos red, hemos perseguido algunas mariposas. - -Después hemos hallado unas moscas de nueva especie, asentadas -pesadamente, en gran número, en unos chañares pequeños. La hoja del -chañar dá una substancia melosa que sin duda atraía las moscas. Algo -más delgada que la mosca común, la nueva especie distínguese en que -presenta en las alas bandas transversales blancas, sobre fondo pardo -oscuro y en la cabeza un par de antenas corniformes. - -Pero en el mismo tubito hemos encerrado una libélula y sus ásperas -alas han destrozado a las moscas. Mañana volveremos a buscarlas. La -constancia es la primera virtud del naturalista. - -En el campo no hay que descuidar los pequeños detalles. A veces una -hormiga que corre a esconderse bajo una mata, proporciona valiosas -enseñanzas. De pronto, el ayudante se larga al suelo, de cabeza. Con -el ojo pegado al tubito de cazar, examina un precioso díptero -cubierto de blanco bello. Se trata de otro raro ejemplar, y el pobre -bicho cae al fondo lóbrego de mi bolsillo. - -En la falda del cerro, en unos matorrales cuajados de flores -amarillas, descubrimos un nuevo tipo de araña verdosa, muy chica y -vivaz. En seguida fué al tubo. - -En esta época,--fin del otoño--la mayor parte de los insectos han -muerto ya, dejando sus larvas; y los nidos de mil estilos que -construyen para dormir el sueño invernal, son casi siempre obras de -arte, dignas de estudio. En el suelo, en el tronco de los árboles, en -los tallos, en las lajas, bajo las piedras, en los pantanos resecos, -encontramos innumerables formas de capullos. A cada especie -corresponde un modelo determinado y una ubicación particular. Los más -fuertes están a la vista, pendientes de las ramas desnudas de los -arbustos. Unos son estuches de una especie de pergamino, aglutinación -de hilos de seda; otros están recubiertos de espinas que los pájaros -tienen que respetar; algunos, en los tallos leñosos de los matorrales, -son concreciones calcáreas, durísimas, fuertemente adheridas. Los -menos protegidos imitan el color o la forma de la rama o piedra donde -se pegan. Otros se enquistan en los tallos, hipertrofian los tejidos y -originan agallas que al retornar la primavera se abren, dejando -escapar un insecto. En todos predomina el instinto de conservación de -la especie. Y de todos esos escondites, de todos esos refugios, cuando -vengan las lluvias y caliente el sol, irrumpirá la vida, múltiple, -bulliciosa, policroma. - -El cielo estaba magnífico. Había una insensible gradación de colores, -desde el armiño y el ópalo hasta el rojo de cobre bruñido. Una larga -nube, cuyo borde se apoyaba en los cerros del oeste, dividía el cielo -en dos con una banda oscura que se apagaba en el cenit. En un rincón -del San Bernardo, poblado de cebiles, ponía la hora su tono -melancólico. Reinaba en las hondonadas verdinegras de follajes maduros -una quietud inmensa, y la tristeza de la tarde se atenuaba al cortarse -en el cielo celeste la línea ondulante de la arboleda, tendida y -crespa, como un festón de encajes. - - - - -BATRACOFOBIA DE LOS RENACUAJOS - - -Una mañana de marzo andaba yo con mi curso de 2º año por el parque San -Martín. Los alumnos, repartidos en grupos de cinco, recorrían el -terreno en busca de alimañas. Cada uno debía escribir una composición, -el relato del paseo y la observación de algún bicho. Asi, en las -primeras clases del año, podría el profesor juzgar del grado de -observación original, individual de sus alumnos. - -Marchaba yo entre un grupo de alumnos por una avenida macademizada, al -fondo de la cual se ve una fuente de cemento y bronce, especie de -centro de mesa, con que se adornan nuestros pobres parques de tierra -adentro. Alguno dijo que no era la media calle el camino más propicio -a la busca de dichos, y aprovechó la coyuntura para hacer resaltar, no -sin ironía, la comodidad del profesor. - -"Amigos míos--objetó éste:--no es preciso trepar al cerro para hallar -bichos. No hay un centímetro cúbico en la superficie del planeta, que -no presente algún fenómeno de vida, capaz de interesar al estudioso. -Si yo tuviese un miscroscopio, demostraría mi aserto, analizando aquí -mismo la fauna y flora de un milígramo de tierra de la calle, -previamente disuelto en una gotas de agua. Esto en cuanto a la vida -microscópica. Pues la vida _macroscópica_ no es menos abundante en la -avenida. Alzad la vista un poco, y mirad las turbas de mosquitos -provenientes de los álamos, que se arremolinan sobre vuestras cabezas; -las moscas de mil clases que zumban a ras del suelo, sobre el -estiércol del aristocrático caballo que ayer tarde arrastraba el coche -de una dama, y las variadas zabandijas que nadan en los charcos de la -calzada, como los tiburones en el mar. Las cuestiones que suscitaría -el estudio de cualquiera de estos seres son tan vastas, que su -exposición exigiría el concurso de muchas ciencias. - -Supongamos, que un sabio elige el mosquito del álamo. Tendrá que saber -botánica si quiere explicarse la formación de las agallas, en la -vagina de las hojas; química, si desea averiguar las causas de -formación de las agallas; entomología especial de los dípteros, si -quiere determinar la especie del insecto. El vuelo de éste, le llevará -a la física mecánica; el zumbido, a la física acústica. Si quiere -saber el número de vibraciones de las alas por segundo, ambas cosas -concurrirán a darle la cifra; y con esto, habrá venido a parar a las -matemáticas. Sin contar con que, en último análisis, todo fenómeno, es -susceptible de examinarse desde el punto de vista de la cantidad; de -cuya constancia resultan únicamente las leyes naturales. No hay ley -sin número. No hay fenómenos que no pueda esquematizarse en números. -Y así, hemos venido, un poco desordenadamente, del mosquito a las -concepciones más abstractas". - -Entretanto habíamos llegado a la fuente, cuyo contenido era una agua -verdosa, rica en algas. Allí cazamos crustáceos, pequeñísimos, pulgas -de agua y cíclopes, transparentes como cristal, en el microscopio. -Algunas arañas habían tendido sus telas en las gradas de la columna -que emergía del centro de la fuente. - -Entre dicha columna y el borde de la fuente, descansaban en cuclillas -sobre soportes de cemento, como en cuatro islas, cuatro angelitos -equidistantes de bronce, que contemplaban el agua, pensando quizá en -lo verde y sucia que estaba, y lamentando acaso no poder taparse las -narices con sus manos metálicas. - -Bogaba en el agua una galleta. Sobre la galleta estaba sentado un -sapito nuevo, y alrededor, una turba de renacuajos chupaban el dulce -zumo de la pequeña isla alimenticia. - -En seguida noté, entre los pies de los ángeles, una multitud de -sapitos nuevos. Además, en el agua, flotaban cadáveres de otros -sapitos, a los cuales iban adheridos por la trucha los renacuajos. - -En el agua, no había ningún sapito vivo. - -Después de un rato de contemplación, el profesor ordenó silencio a sus -discípulos, y, al rayo del sol, les dió una lección de biología. Los -muchachos se sentaron al borde de la fuente y le escucharon con -interés. - -"He aquí, amigos míos--dijo--una maravillosa oportunidad de aplicar -la inteligencia a la explicación de los hechos. - -He aquí, que acabo, tal vez, de descubrir el porqué del paso de los -peces a los anfibios, en la evolución de las especies. - -Notad que esta fuente no tiene salida. Es una laguna con cuatro islas. -En la laguna, algunas sapas depositaron sus huevos, de los que -salieron miles de renacuajos. Unos han evolucionado más pronto que -otros. Se ven aquí batracios en todos los grados de desarrollo, desde -el huevo al estado adulto, y por tanto, desde que respiran por -branquias hasta que respiran por pulmones. - -Pero es el caso que los ya pulmonados, se han visto forzados a -refugiarse, _bajo pena de muerte_, en las islas. Lo prueban los -cadáveres de sapitos que sirven, como veis, de alimento a los -renacuajos, mucho más grandes, fuertes y vivaces por ser el agua su -medio apropiado dada su respiración branquial. - -La batracofobia de los renacuajos es, pues, un hecho indiscutible. Y -lo particular es que tal hecho explica, según creo, el origen de los -anfibios. Bastaría suponer en ciertos charcos del mundo primitivo, una -superabundancia enorme de una forma dada de peces, que, habiendo -desalojado a otras especies, empezaron a comerse entre ellos. -Establecida así la lucha, se salvaban únicamente de la carnicería los -que podían ganar tierra y resistir más tiempo al nuevo ambiente, hasta -que las branquias se adaptaran al aire y se convirtieran en pulmones. -El hábito y la herencia fijaron el nuevo carácter específico, y el -atavismo reproduciría la forma primitiva acuática. Y como la duración -de las condiciones físicas del medio sería de miles de años, -tendríamos repetidas las causas y los efectos en millones de -generaciones sucesivas, y por lo tanto fijada una especie intermedia, -entre peces y reptiles. - -De los peces a los batracios, no sólo ha cambiado la respiración, sino -la alimentación. Los renacuajos se alimentan por succión. Los sapos, -son insectívoros. Al comenzar la existencia terrestre, no les fué muy -difícil cambiar de régimen alimenticio, como lo probaría la poca -variación que exige un aparato bucal chupador (renacuajo) para -convertirse en captador (sapo). - -Si se compara la organización de los peces superiores con la de los -batracios anuros que por ahora nos ocupan, se nota que los peces son -más complicados. Los batracios no derivarían, pues, de los peces -superiores, sino tal vez de los branquiostomas, o de una forma -intermedia entre éstos y los ciclóstomos, cuya organización es más -rudimentaria. - -Pronto estudiaremos la organización interna de los batracios, y, en su -metamórfosis, la transformación del aparato circulatorio en -correlación con el respiratorio. Entonces os haré notar cómo, la -respiración cutánea, tan intensa en los batracios, y propia de -organismos inferiores, ha hecho tal vez posible al conservarse el paso -de la respiración branquial a la pulmonar. - -Antes de terminar, amigos míos, libertemos a los sapitos, que están -condenados a morir de hambre en estas islas de cemento, al pie de los -ángeles indiferentes. Ayudemos así al cumplimiento de las leyes -naturales. Arrojemos los sapitos entre la húmeda gramilla del parque, -para que se coman las larvas corrosivas y los insectos que atacan las -plantas de los jardines." - ---¡Libertemos al náufrago refugiado en la galleta!--gritó un muchacho. -Pero en aquel momento, cuando una mano amiga se le acercaba, el -pequeño sapo saltó al agua, y un renacuajo vivaz y ventrudo se apoderó -de su presa al instante. - -Así hemos leído, en un charco, una hermosa página escrita hace -millares de siglos por el azar de la evolución. - - - - -LA INMORTALIDAD - - -La desagregación del protoplasma por la mineralización creciente no se -manifiesta en los unicelulares. Dado un ambiente propicio, un -protozaorio no muere nunca, puesto que alcanzada la dimensión normal -en la especie, el individuo se parte en dos y del ser único derivan -dos individuos nuevos, continuando en cada uno de ellos los procesos -de asimilación y desasimilación que determinan el crecimiento y la -división consecutiva, completándose así el ciclo evolutivo. - -A medida que la estructura orgánica se complica, disminuye la -resistencia normal del individuo en su medio, en razón de la mayor -conexión y subordinación de unas funciones con otras en el organismo. - -En los protozoarios la división experimental del núcleo no impide la -regeneración de cada parte. - -En los metazoarios inferiores, cada fracción regenera las que faltan. -(Hidras). - -Algunos escalones más arriba, la división experimental del individuo -por su eje de simetría, ya no permite la reconstitución de cada mitad. -(Asteroideos). - -En los grados más avanzados de complejidad estructural, de los -artrópodos a los cordados, la capacidad regenerativa del protoplasma -tórnase de más en más problemática. - -En los anfibios, la vitalidad de los principales órganos (por ejemplo, -del corazón), separados del cuerpo, es mayor que la de los mamíferos. - -Un protozario partido en dos, por su núcleo, continúa viviendo; un -mamífero lesionado solamente hasta su red arterial, tiene muchas -probabilidades de morir. - -Cuanto más avanza la diferenciación progresiva de las formas, más -acrece la posibilidad de la muerte. - -Viniendo a un punto de vista más general; no existe solución de -continuidad en la materia viva, desde la mónera que aparece en el limo -del océano pre-geológico, hasta las especies que pueblan en la -actualidad la tierra. Negarlo supone aceptar creaciones particulares -de todas las especies, en cada época. - -Ahora bien. Pensando en la muerte con datos así, objetivos, sin -recurrir a los conceptos absolutos creados por la imaginación, se -ilumina de pronto la mente con la esperanza de una inmortalidad menos -egoísta. - -Pongamos nuestra fe en la ciencia. - -Ella nos dice que durante algunos siglos todavía estaremos condenados -a morir; pero somos inmortales como partículas orgánicas de la -especie, puesto que las generaciones venideras, perfeccionadas de -continuo en su mecanismo de pensar, por el esfuerzo adaptativo de las -que las precedieron, irán acumulando el aprendizaje de la experiencia, -para alcanzar acaso el ideal de los ideales: la existencia infinita, -individual y específica del hombre. - -Como si la muerte durante siglos fuese nuestro tributo a la -inmortalidad futura, la naturaleza, al perfeccionar su mejor -instrumento, el hombre, le ha hecho quizá el más endeble y el más -delicado de los seres. - -No en vano la eternidad es la obsesión de todos los tiempos. El hombre -tiende al azul desde que aprendió a pensar. Interroga siempre al gran -enigma infinito suspendido sobre su cabeza. - -Obstinado, aborda su problema. - -Ante el microscopio y ante el telescopio; ante el animal y la planta; -ante el microbio y el astro; ante el mineral y el flúido intangible; -junto a las máquinas, junto a los crisoles, junto a las retortas; -sobre los libros, sobre los terrenos, sobre los aires, sobre los -mares, en todos sentidos y en todas direcciones, escarba en lo -desconocido, con un apetito insaciable de más allá, que es ansia de lo -eterno, su parte de Verdad, de Belleza y de Bien. - -¿Perecerá la civilización sin que algún ser humano haya transpuesto -los límites de la atmósfera? - -¿Será inacabable el misterio? - -La inteligencia, la ciencia, el progreso, todo lo noble y todo lo -grande que vamos alcanzando, a trueque de sacrificio y de dolor, ¿no -pesará nada en la balanza del devenir? - -¿Todo eso no será más que combinaciones peregrinas del azar, efímero -aleteo, ensueño quimérico de algo perdurable, de algo absoluto? - -¿Llegará día en que ninguna pupila humana pueda escrutar la sombra? - -La naturaleza parece responder: "Hombre, ¿vale más tu inteligencia -complicada, sutil, poderosa, rápida, vale más que una hormiga o una -flor? Eres una onda del río que va desde lo que no tiene principio -hacia lo que no tiene fin. Envanécete. Sin embargo, para mí que soy la -energía ciega, la casualidad indiferente, no hay bueno ni malo, fácil -ni difícil, mejor ni peor; pues a mí no me cuesta trabajo el cerebro -de Newton que el vuelo de los astros". - -Y yo he soñado con una humanidad más perfecta, más buena y más sabia, -remontándose por medios mecánicos a los espacios estelares. - -La ciencia vencerá a la muerte. - -Siendo infinita la duración de la vida, no habrá porqué desdeñar un -viaje de siglos por el universo. - -Magnífico espectáculo el del hombre atravesando los espacios -interplanetarios en expresos más veloces que la luz. - -La conquista del infinito será precedida de una agitación jubilosa -como la que anuncia el vuelo de las colmenas. - -Abandonando su viejo casco, libador de la eterna belleza, el hombre -remontará su vuelo por aquel jardín que tiene por flores las -estrellas. - - - - -INDICE - - - Página - - A Manuel Gálvez 5 - Prólogo 7 - -LA CIUDAD - - Los burritos leñateros 19 - Una proclamación 23 - El reñidero 27 - La tabeada 33 - Los perros 37 - Defensa de un perro 41 - La condenada 43 - La creciente 47 - La decadencia de los opas 51 - Los cocheros 55 - Un baile de villorrio 59 - El duende 63 - La viuda 67 - La mula ánima 71 - La Juana Figueroa 73 - Don Matías Linares y Sanzetenea 79 - -LOS CAMPOS - - El erque 85 - El fantasma del remate 89 - El gaucho salteño 95 - La selva de Anta 97 - Cruz guiez 103 - -HISTORIETAS Y CUENTOS - - Un viaje raro 109 - El último vuelo 115 - La cacería de patos 121 - El caballo que perdió la lengua 127 - La transmigración 131 - El suicidio de Burela 135 - El caso del esqueleto 139 - La cola de Gato 145 - El salto atrás 149 - La muerte del muerto 155 - -HUMORISMOS Y FILOSOFIAS - - Tedio 163 - La tristeza 167 - Amor de arañas 169 - El sapo 173 - Paseos zoológicos 175 - Batracoforia de los renacuajos 179 - La inmortalidad 185 - - - - - * * * * * - - - - -Notas del Transcriptor: - -Se han corregido algunos errores tipográficos presentes en el -original. Las vacilaciones en algunas grafías se han mantenida como en -el original. - -P. 138: "el cielo azul, el cerro, el valle de Lerma; se persignó"--En -el original, este frase fué despues de las palabras "en el pescuezo, -pasé la" - - - -***END OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SALTA*** - - -******* This file should be named 40358-8.txt or 40358-8.zip ******* - - -This and all associated files of various formats will be found in: -http://www.gutenberg.org/dirs/4/0/3/5/40358 - - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License available with this file or online at - www.gutenberg.org/license. - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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Newby - Chief Executive and Director - gbnewby@pglaf.org - -Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg -Literary Archive Foundation - -Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide -spread public support and donations to carry out its mission of -increasing the number of public domain and licensed works that can be -freely distributed in machine readable form accessible by the widest -array of equipment including outdated equipment. Many small donations -($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt -status with the IRS. - -The Foundation is committed to complying with the laws regulating -charities and charitable donations in all 50 states of the United -States. Compliance requirements are not uniform and it takes a -considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up -with these requirements. We do not solicit donations in locations -where we have not received written confirmation of compliance. 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Hart was the originator of the Project Gutenberg-tm -concept of a library of electronic works that could be freely shared -with anyone. For forty years, he produced and distributed Project -Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support. - -Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed -editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S. -unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily -keep eBooks in compliance with any particular paper edition. - -Most people start at our Web site which has the main PG search facility: - - www.gutenberg.org - -This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, -including how to make donations to the Project Gutenberg Literary -Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to -subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. |
