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You may copy it, give it away or -re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included -with this eBook or online at www.gutenberg.org/license - - -Title: Oriente - -Author: Vicente Blasco Ibáñez - -Release Date: July 9, 2012 [EBook #40182] - -Language: Spanish - -Character set encoding: ISO-8859-1 - -*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ORIENTE *** - - - - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - - - - - - - -Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones -ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación -presentes en el texto. - - - - -ORIENTE - - -OBRAS DEL MISMO AUTOR - -=En el país del arte= (viajes). - -=Cuentos valencianos.= - -=La condenada= (cuentos). - -=Arroz y tartana= (novela). - -=Flor de Mayo= (novela). - -=La barraca= (novela). - -=Entre naranjos= (novela). - -=Sónnica la cortesana= (novela). - -=Cañas y barro= (novela). - -=La Catedral= (novela). - -=El Intruso= (novela). - -=La Bodega= (novela). - -=La Horda= (novela). - -=La maja desnuda= (novela). - -=Sangre y arena= (novela). - -=Los muertos mandan= (novela). - -=Luna Benamor= (novela). - -=ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS= - -OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR - -TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París. - -FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París. - -BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París. - -CONTES ESPAGNOLS (Traducción de G. Menetrier), París. - -DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París. - -TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa. - -A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa. - -DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich. - -FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich. - -ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín. - -SCHILF UND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín. - -DER EINDRINGLING (Traducción de J. Broutá), Berlín. - -DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem. - -WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán. - -CHALUPA (Traducción de A. Pikhart), Praga. - -MARNÁ CHLOUBA (Traducción de A. Pikhart), Praga. - -AH, IL PANE!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo. - -HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), Copenhague. - -VINNYI SKLAD (Traducción de M. Watson), Petersburgo. - -BODEGA (Traducción de K. G.), Petersburgo. - -PROKLIATAC POLE (Traducción de M. Watson), Petersburgo. - -SOBOR (Traducción de M. Watson), Petersburgo. - -DUOYÑOY VISTREL (Traducción de M. Watson), Petersburgo. - -GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traducción de M. Watson), Petersburgo. - -NALOGUIZA OBNAGENNAIA (Traducción de M. Watson), Petersburgo. - -ARÉNES SANGLANTES (Traducción de G. Hérelle), París. - -LA HORDE (Traducción de G. Hérelle), París. - -A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), -Lisboa. - -O INTRUSO (Traducción de Carvalho), Lisboa. - - - - -Vicente Blasco Ibáñez - -ORIENTE - -28.000 - -F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES - -Calle de las Germanías, F S - -Sucursal: Mesonero Romanos, 42 - -VALENCIA MADRID - -_Esta Casa Editorial obtuvo Diploma de Honor y Medalla de Oro en la -Exposición Regional de Valencia de 1909 y Gran Premio de Honor en la -Internacional de Buenos Aires de 1910._ - -_Derechos de traducción reservados en todos los países, incluso Suecia y -Noruega._ - -Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª--VALENCIA - - * * * * * - -_Este libro--algunos de cuyos capítulos aparecieron antes en_ EL LIBERAL -_de Madrid_, LA NACIÓN _de Buenos Aires y_ EL IMPARCIAL _de México--va -dedicado al ilustre periodista_ - - =Miguel Moya= - -_claro talento, voluntad enérgica, poderoso reformador de la prensa -española._ - - * * * * * - - - - -CAMINO DE ORIENTE - - - - -I - -La peregrinación cosmopolita - - -Recuerdo que en cierta ocasión tuve en mis manos un ejemplar de la -_Gaceta Imperial_ de Pekín, y al revolver sus finas hojas de papel de -arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos caracteres, sólo -encontré dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que llaman -vulgarmente _tío del bacalao_, ó sea el marinero que lleva á sus -espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsión Scott, -y una botella de largo cuello con la etiqueta «Vichy-État». - -Pocas empresas en el mundo habrán hecho la propaganda que la Compañía -Arrendataria de las aguas de Vichy. - -Circulan por las calles de la pequeña y elegante ciudad francesa los -pesados carromatos cargados de cajones, camino de la estación del -ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al salir -de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza de salud. ¿Adonde -van?... La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo entero. -Una botella irá á morir, derramando el líquido gaseoso de sus entrañas, -en una aldea obscura de las montañas españolas, y la que cabecea junto á -ella no se detendrá hasta llegar á alguna población sueca, cubierta de -nieve, vecina al Polo; y la otra irá á Australia; y la de más allá -arrojará su burbujeante contenido, bajo el sol del África, en un -campamento de europeos, de estómago quebrantado por las escaseces de la -colonización. - -Y así como el agua de Vichy se esparce por el mundo, para llevar á -remotos países sus virtudes curativas, los médicos de toda la tierra por -un lado, y la moda por otro, empujan hacia aquí á las gentes más -diversas de aspecto y de lengua. - -París, con ser la más cosmopolita de las ciudades, por la atracción que -ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el aspecto mundial que -el pequeño Vichy, con sus miles de extranjeros. En las primeras horas de -la mañana, la muchedumbre que llena el Parque y se agolpa en torno de -las fuentes, hace recordar los muelles de Gibraltar ó ciertos puertos de -Asia, que son como encrucijadas marítimas, en los que se tropiezan y -confunden todos los pueblos y todas las lenguas. - -La gente europea, igual y monótona al primer golpe de vista, muestra su -infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los paseos -cubiertos del Parque. Desfilan los ingleses con la cara impasible bajo -su pequeña gorra, moviendo al andar sus anchos calzones cortos sobre las -pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan los alemanes con -sombrerillos tiroleses rematados por enhiesta pluma; los españoles y -americanos, de corbatas vistosas y conversación á gritos; los italianos, -que copian con exagerado servilismo las modas británicas; los franceses, -todos con una roseta ó una cinta en la solapa. Las mujeres se exhiben -envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el panamá -ó el sombrero enorme, de alas caídas y cargado de flores, copiado de los -retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan -en su trama sutil rosadas desnudeces; las faldas, cortas y blancas, -dejan en su revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta -avalancha de tonos uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita -clara y elevado fez; los chinos, de túnica azul y bonete negro con rojo -botón sobre el trenzado pelo de rata; los malayos, de blancos calzones, -con femeniles trenzas arrolladas en torno de su rostro amarillo y -simiesco; los persas, vestidos á la europea, pero coronando su bigotuda -cara con un gorro de astrakán; dos ó tres _rajahs_ indios, de albas -vestiduras, graves, hermosos y perfumados, como sacerdotes de una -religión poética que tuviese por deidades á las flores; judíos sórdidos, -cubiertos de sedas tan brillantes como sucias, y moros ricos de Argel y -Túnez, _jeiques_ de tribu, que ostentan sobre el nítido albornoz la -mancha roja de la Legión de Honor y unen á su arrogancia tradicional la -satisfacción de hallarse en su propia casa, como súbditos de la -República francesa. Y juntos con estas gentes extrañas se muestran los -franceses exóticos, los militares venidos de lejanas Francias, los -oficiales del ejército colonial, que llegan á reponerse de las fiebres -de los pantanos tonkineses, del sol que devora á los hombres en las -casas de tierra de Tombouctu, en los puestos avanzados del Sahara ó en -las factorías del Senegal y del Congo; spahis y cazadores de África, de -teatrales uniformes; marinos y coloniales con traje blanco y casco -ligero de lienzo y corcho. - -El agua turbia y burbujeante que salta en las fuentes, bajo una gran -cúpula de cristal, es la que realiza el milagro de reunir gentes tan -diversas y de origen tan lejano en esta pequeña ciudad del centro de -Francia, que hace menos de tres siglos dió á conocer la pluma de Mad. -Sévigné. - -Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente viene ahora á las -estaciones termales de las que es reina Vichy, iba hace tres mil años, -con un fin religioso y de curación al mismo tiempo, á pequeñas ciudades -de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando á la vez la -salud del cuerpo y la certeza del porvenir. - -No hay aquí ninguna Pitonisa que, montada en un trípode sobre la fuente -de la _Grand Grille_ ó de los _Celestinos_, profetice nuestra vida -futura; pero diarios y prospectos anuncian la presencia en Vichy de -acreditadas profesoras de cartomancia y magia, venidas de París para -rasgar los sombríos misterios de lo futuro, á razón de veinte francos -por consulta. - -No se encuentra una Friné que se muestre desnuda en medio del Parque, -como la irresistible cortesana griega, despojándose de sus velos ante -los peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la regia -limosna de la exhibición de sus gracias; pero las Frinés vestidas son -legión; se cuentan á centenares: unas hablan francés, otras español, -otras ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas ó simplemente impías; -las hay rubias, morenas, amarillas y hasta negras, y repitiendo á puerta -cerrada la suerte de la bella ateniense, ahorran para la campaña de -invierno en París ó Marsella, Argel ó Madrid. - -Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno -santuario de la salud universal, son los médicos. Ochenta y cuatro he -contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los -programas de los conciertos, en las cartas de cafés y restaurants, y -hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar á todas horas al -olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos -soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa -consulta. - -Siendo á modo de grandes sacerdotes, inútil es decir que ocupan las -mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes _villas_ -rodeadas de flores, cuyos salones de espera están siempre llenos de -clientes. - -Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de la -ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que -hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles -previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiración la -sabiduría, el tino con que estos respetables arúspices de la ciencia -combinan la toma de las aguas de las diversas fuentes, armonizando unas -con otras. - ---Un vaso de la _Grand Grille_ á tal hora; luego uno de _Celestinos_ á -tal otra. Más adelante variaremos y serán _Chomet_ y _Hôpital_. Sobre -todo, nada de prisas. La curación debe seguir su marcha. - -¡Nada de prisas!... Lo mismo que los graves doctores piensan los -hoteleros de Vichy, los dueños de cafés, los empresarios de teatros, -hasta las Frinés del Parque, y esta unanimidad de pareceres convence al -viajero, que no sabe cómo agradecer el interés que todos muestran por -retenerle á su lado. - -En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus -vasos, se preguntan á veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el -hígado, otro la garganta, el de más allá sufre diabetes; una señora -calla y enrojece, pensando en la tristeza de los árboles, que mueven -sus copas sin llegar nunca á dar fruto... ¡Y todos beben lo mismo! - -La humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe más -ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobardía de la -dolencia. - - - - -II - -Aguas y música - - -El sol de las primeras horas de la tarde, filtrándose al través del -follaje del Parque de Vichy, extiende un manto temblón de harapos de -sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de -hierro, en torno del kiosco de la música. La orquesta, acompañada de -lejos por las bocinas de los automóviles que pasan veloces, por el -vocerío de los vendedores de periódicos que pregonan las últimas hojas -llegadas de París, y por los gritos de los cocheros que invitan á -pintorescas excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio -con los lamentos de las ondinas del Rhin, llorando el mágico tesoro -arrebatado por el maligno Nibelungo, con el melancólico adiós de -Lohengrin al alejarse de Elsa, ó con la romántica _Canción de la -Estrella_ que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro -del atardecer. - -Vichy es la ciudad de la música. Los viajeros que ocupan los hoteles -inmediatos al Parque, despiertan, apenas comenzada la mañana, arrullados -por el primer concierto del día. El _Sigur_, de Reyer, lanza sus bélicos -apóstrofes, ó la _Thais_, de Massenet, se entrega á su mística -meditación, arrepintiéndose de sus desórdenes de cortesana, mientras el -viajero se viste y se lava y va á beber el primer vaso del día en la -fuente de la _Grand Grille_. Luego, á las once, empieza otro concierto -en el café de la Restauración, con aditamento de cantantes, y á éste -sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco, -sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevísimos -instantes de descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inacción -y Vichy no pudiese vivir sin una melodía interminable vibrando en su -ambiente. Y á las siete, después de la comida, empiezan á la vez, para -durar hasta media noche, tres grandes conciertos en los tres casinos -importantes, á más de una representación de ópera en el Gran Teatro y -los innumerables concertistas que _actúan_ en los cafés y _music-halls_. - -Parece como que todos los instrumentistas de Francia vengan á Vichy, -durante la temporada termal, para entretener el ocio del público -cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las orquestas. -Toda la música del mundo es devorada por el enorme consumo melódico de -esta población, que llaman orgullosamente los franceses la _Reine des -Villes d'Eaux_. Desde el _Fuego encantado_, de Wágner, hasta la _Jota -Aragonesa_ y la _Marcha Real_, la música de todos los tiempos y de todos -los países halaga los oídos de la muchedumbre extranjera, tropel de aves -de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y tan pronto suenan las -graves notas de una composición de Bach, como se desarrollan picarescos -y juguetones los cantos del _género chico_ español, y se contonea -chulescamente el diabólico tango, haciendo murmurar á los graves señores -condecorados: _Ollé, ollé!_ y moverse los pies de las señoras, que -exclaman: _Comme c'est joli!_ - -Música y aguas á todo pasto. ¿Y los enfermos?... Los enfermos no se ven -en ninguna parte. Á Vichy se viene á descansar. Además, la mayor parte -de las enfermedades que curan estas aguas son de «larga espera»: males -de estómago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su -aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un -señor que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme, -elefantíaco, sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de -franela y la pantufla son lo único que revela su enfermedad al -contrastar con el otro pie calzado de charol. Pasan algunas señoras -sentadas en sillones de ruedas, de los que tiran mozos de cordel; pero -van pintadas y compuestas como las demás mujeres, con tal estiramiento -elegante en su enfermedad y tal respeto de sí mismas, que hacen pensar -si en Vichy morirá la gente vistiendo traje de _soirée_ al arrullo del -último vals de moda. - -En los bailes del Gran Casino se ven jóvenes con muletas, ó muchachas -que cojean ligeramente, esforzándose por ocultar la flojedad de sus -huesos, triste herencia de las diversiones de sus progenitores; pero el -frac de los unos y las _toilettes_ escotadas de las otras, parecen -borrar la gravedad de sus dolencias, y todos sonríen, con un deseo -vehemente de divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar, -baila, y el que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala -de juego. - -Vichy se divierte: los enfermos malhumorados, que alborotan en sus casas -y llevan á mal traer á los suyos, sonríen aquí, y á las seis de la tarde -visten su traje de ceremonia. Venir á tomar estas aguas sin traer un -_smoking_ en la maleta equivale á un sacrilegio. - -Hay que descansar, y aunque una gran parte de los que llegan á Vichy son -favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del trabajo, descansan -y descansan, bebiendo dos vasos de agua por día y charlando durante el -curso de tres ó cuatro conciertos diarios. - -Las buenas relaciones entre Francia y España, su acción común en -Marruecos, han influído para dar mayor boga á nuestra música. Los mismos -compositores de segundo orden, que hace algunos años escribían danzas -rusas y melodías moscovitas en honor de la Doble Alianza, producen ahora -la _Marche des gitanos_, la _Marche des Aficionados_ y otras obras de no -menos color, con fragmentos de la _Marcha Real_ en sordina, repiqueteo -de castañuelas, tintineo de triángulo y golpes de pandero. - -La música del género chico, tangos dislocantes, pasacalles alegres, dúos -de ligera pasión y jotas alborozadas, al alternar con las obras de los -maestros más famosos, alcanza un éxito que no consiguen éstos muchas -veces. - -Yo respeto y admiro el llamado _género chico_. De sus libretos, dramas -comprimidos ó sainetes coloristas, apenas si me acuerdo una semana -después de haberlos visto. Pero la música de esas obras es una de las -manifestaciones artísticas más respetables y más grandes de la España -actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una ópera española. ¿Para -qué? España ya tiene su música, que no puede ser más suya. Á los pueblos -no hay que forzarlos para que produzcan artísticamente en determinada -dirección, sino aceptar lo que den espontáneamente y celebrarlo, siempre -que tenga una individualidad marcada. - -El ilustre maestro Bretón se ha pasado gran parte de su vida batallando -y penando por crear y afirmar la ópera española. Yo he viajado por -varios países de Europa sin oir en ninguna parte fragmentos de sus -óperas, que pudiéramos llamar solemnes ó grandes, y en cambio, he -escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia _La verbena de la -Paloma_, y la he oído canturrear á gentes de los Estados Unidos. - -En Nápoles (país de los concursos de romanzas, que cada año da al mundo -una canción de moda) los músicos callejeros y las orquestas de los cafés -no tienen otra música amada que la de Caballero, Chapí, Chueca y otros -españoles. - -En Venecia, la de las serenatas románticas, he visto las góndolas -cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo -las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la -«Marcha de los marineritos» de _La Gran Vía_. - -Cada país debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse á desentrañar y -aquilatar su mérito, pues peor es no poseer nada y no despertar la -atención más allá de las fronteras. - -La fama de hermosura y gracia de la mujer española la sostienen hoy, -desde París á San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos más -ó menos extraños, bailan ó cantan «cosas de la tierra». Sólo cuando -aparece en la escena un mantón con flecos y un pavero ladeado sobre un -moño con claveles se acuerda el gran público de que existe España. -Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la -música fácil, alegre y bizarra del llamado _género chico_, se enteran en -Europa de que existe un arte español y de que en la Península nos -dedicamos á algo más que á matar toros. - -Á muchos les parecerá un sacrilegio lo que voy á decir, pero no por esto -es menos cierto. La música de _La Gran Vía_ la tocan más en el mundo y -es más conocida que la de _El anillo del Nibelungo_. Ya sabemos que -Chueca no es Wágner. Pero la inmensa mayoría de los que escuchan -conciertos en el extranjero, aunque fingen por _snobismo_ una admiración -de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su -interior el «Caballero de Gracia» á todos los caballeros del Santo -Graal. - - - - -III - -Las mesas verdes - - -El Casino de Vichy es una construcción enorme y blanca, con adornos -serpenteantes de «arte nuevo». Contiene un teatro espléndido, en el que -todas las noches se cantan óperas ó actúan las «estrellas» de la Comedia -Francesa y del Odeón, que hacen su _tournée_ anual: sala de conciertos, -grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda con espejos -colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de los -muros... Es, en fin, á modo de una catedral moderna, dedicada á toda -clase de diversiones. - -De día se forman elegantes grupos de claros colores, bajo las -marquesinas de sus terrazas ó á la sombra de los plátanos de sus -jardines; de noche brilla como un palacio de leyenda, marcando con -innumerables bombillas eléctricas, sobre la lobreguez del espacio, las -líneas de sus cornisas, la esbeltez de sus columnas y las armónicas -curvas de su cúpula central. - -En este santuario de las diversiones, al que acude todo Vichy, existe -como capilla predilecta un salón blanco, enorme y de alto techo, que -tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de la -tarde hasta las últimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto -recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los -pasos. Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la -cancela de cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante -avanza respetuosamente después de esta advertencia, pisando muchas veces -las colas de los vestidos femeniles y pidiendo perdón á todas las -espaldas que empuja á su paso. - -Aglomérase la gente en torno de una docena de mesas verdes. Junto á -ellas están sentados los jugadores de importancia, graves, mudos, con -caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de -billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde, ó -llevándoselas al pelo con lentos rascuñones que delatan la emoción. -Contra sus dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que -_apunta_ de tarde en tarde y sigue con interés anhelante las peripecias -del juego; señoras maduras y pintarrajeadas, cubiertas de joyas de -empañado brillo; _cocottes_ de perfil hebraico; correctos señores -condecorados con un _tic_ de maniáticos en sus hoscas facciones. Todos -se empujan con una vehemencia febril. Brilla en las miradas un fuego -malsano. Los ojos, que siguen el vaivén de los azules billetes, entre -la paletada del banquero y las manos de los jugadores, son ojos que se -ven en los juicios orales ó en la primera plana de los periódicos cuando -relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta gente no puede -ser más correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta -nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros; -ellos, elegantes, ostentando en la solapa del _smoking_ condecoraciones -de raros colores, son hombres de una gallardía profesional que hace -recordar á las mundanas retiradas del pecado, y todavía caprichosas, que -aparecen una mañana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas -vacía. - -En Vichy son muchos los que confiesan su llegada sin motivo alguno de -enfermedad. Vienen _pour s'amuser_, según declaran con maliciosa -sonrisa. Unos, sencillos en sus gustos, encuentran diversión sobrada en -el gran rebaño femenino que atrae la fama de Vichy. Otros, más -complicados en sus pasiones y temibles en sus apetitos, se encierran -tarde y noche en la sala de juego del Casino. Los exóticos, los venidos -de muy lejos, son los que con más asiduidad se sientan junto á la bayeta -verde. - -Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa donde se juega más -fuerte á un fantasma blanco é inmóvil. Es un jeique de Argel. Pálido, -con una palidez de hostia, entre la blancura de sus tocas y la orla -nevada de su barba, el viejo jeique parece una figura de cera. Sus ojos -brillan, inmóviles, como si fuesen de vidrio, fijos en las manos del -banquero. Esa frialdad musulmana, desdeñosa y altiva, que permite á los -árabes contemplar impasibles las mayores grandezas de nuestra -civilización, mantiene al venerable moro inmóvil y sin pestañear. -Pierde, pierde siempre, y su vida parece concentrarse en sus manos, que -se ocultan bajo las blancas vestiduras, escarabajean en el sitio donde -la Legión de Honor se marca como una gota de sangre sobre el nítido -albornoz, y vuelven á crujir, estrujando azules papelillos que arrojan -ante ellas. - -¡Pobre jeique!... Veo praderas abrasadas por el sol junto á un riachuelo -africano casi seco. Los grupos de palmeras se destacan en negro sobre el -horizonte rojo y oro de la tarde. Los perros flacos y lanudos ladran y -corretean en torno de las tiendas; las mujeres, con el rostro cubierto -por un trapo blanco, van y vienen, llevando sobre su cabeza un cántaro -derecho, ó hunden sus brazos gordos y tostados en la harina amasada, -preparando el pan para el día siguiente y haciendo sonar á cada -movimiento los pesados brazaletes de cobre. Los pequeñuelos, panzudos, -de color de ladrillo, con la cabeza rapada y un pincel de pelos en el -cogote, corren persiguiendo á los saltamontes. El jefe está ausente; el -amo se fué, y una tristeza de orfandad pesa sobre la tribu. El médico -del inmediato puesto militar le recomendó unas aguas milagrosas de la -lejana Francia, país de maravillas, y allá vive el gran jefe, mientras -el campamento parece más solo, más triste. ¡Están lejos los días en que -los hombres de la tribu hacían galopar sus caballos y disparaban sus -fusiles en alborazada _fantasía_, para recibir al personaje de kepis -rojo, que en nombre del gobernador general de Argel colocó sobre el -pecho del jefe la cinta encarnada con la estrella de cinco puntas, -motivo de envidia y respeto para las demás tribus del contorno!... - -Comienza á morir el sol en el rápido crepúsculo africano; álzase en el -horizonte la nube de polvo de los rebaños; óyese el trote de los -caballos; ladran los mastines, y los jinetes pastores, al echar pie á -tierra ante las tiendas, luego de encerrar sus lanudos tesoros, formulan -todos la misma pregunta, sin despojarse del fusil ni haber hecho la -oración de la tarde: «¿Nada de Francia?...» ¡Nada! Y cuando cierra la -noche, los hijos, los yernos, los sobrinos y nietos del ausente, todos -los hombres de la tribu, se duermen envueltos en su albornoz pensando en -el jefe, interpretando su silencio como una señal de grandezas, que les -llenarán luego de orgullo al ser relatadas junto á las hogueras del -invierno. Creen en su sencillez que el jeique condecorado alcanza en el -lejano país de las maravillas los honores que corresponden al venerado -jefe de un centenar de arrogantes centauros. Y á la misma hora, las -manos finas y pálidas, manos de cera, dejan sobre la mesa verde, de -minuto en minuto, con la regularidad de un reloj que suena la desgracia, -la fortuna y el bienestar de los que sueñan en el lejano campamento -africano, bajo la luz difusa de las estrellas, entre el pataleo de las -bestias, el ladrido de los perros y el monótono canto de los grillos. Un -puñado de papeles azules representa una parte de los corderos que se -aprietan durante su sueño, como si presintiesen en el obscuro horizonte -la bestia carnicera que ronda; otro, un caballo de larga crin, narices -de fuego y patas finas, orgullo de la tribu. Todo lo que el jeique deja -en el montón del banquero significa la esperanza perdida de aplacar á -Nathán ó á Samuel, el prestamista hebreo, cuando, al llegar el invierno, -se presenta en la tienda del jefe á hablar de negocios. - -Salgo de la sala de juego, y en la rotonda central, entre brillantes -_toilettes_, veo dormitando en un diván á una mujer obesa y morena. Es -una judía, relativamente joven, pero con su belleza ahogada bajo una -marea ascendente de grasa. El vientre, libre de corsé, se marca como una -cúpula bajo la falda de seda de anchas y vistosas rayas; el rostro, -moreno y abultado, con los ojos perdidos en bullones de carne y unas -cejas gruesas y unidas como una barra de tinta, asoma en el marco de un -rebozo de seda y oro, tan majestuoso como sucio. Contempla impasible las -miradas de curiosidad de las mujeres, y vuelve á adormecerse, ansiando -que llegue el instante de regresar al hotel. Su marido está en la sala -de juego, y la buena Rebeca ó Miryam, sumida en su coraza adiposa, -aguarda horas y horas, viendo en sus cortos ensueños, como ángeles de -luz, algunos nuevos billetes y luises de oro que vengan á unirse al -capital que amasan los dos con una avidez de raza. - -En todas partes, los usureros, los prestamistas, los adoradores de la -fortuna, son los fieles más fervientes del juego. Parece una -incongruencia, pero cuanto más se ama el dinero, llegando en esta -adoración hasta la manía, más dispuesto se está á arriesgarlo á un azar, -con la locura de la ganancia rápida. En España, los principales -consumidores de billetes de la Lotería Nacional son avaros que apenas -comen. En las timbas y casinos, los _puntos_ más asiduos son -prestamistas y usureros, capaces de cometer una mala acción por una -peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo la ilusión de una -próxima ganancia. - -Los artistas, los escritores, hombres poco prácticos, faltos de -habilidad para conservar el dinero, y que parecen despreciarlo por la -prisa que se dan en separarse de él, apenas se sienten tentados por el -juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son muchas -veces alcohólicos; el eterno femenino complica y desordena los días y -las horas de los más; hasta los hay que en sus pasiones y gustos -desobedecen las órdenes de la Naturaleza... pero jugadores tenaces y -convencidos yo no conozco ninguno. - -Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los demás y siente la -fiebre de quitárselo sin arrostrar persecuciones de la justicia. En -fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo que -sirve, y sólo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede -sacarse provecho alguno. - -Yo he conocido un viejo famélico y haraposo, que dormía durante la -mañana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las -casas de juego. Comía las sobras de los otros jugadores, asistía con -preferencia á los círculos donde le obsequiaban con algún café, como -_punto fuerte_, y cuando perdía, que era las más de las veces, -ocultábase por unos instantes en el lugar más nauseabundo de la casa, y -extraía billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del -grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete -verde una parte de sus pegajosos habitantes. - ---El dinero se ha hecho para jugar--decía sentenciosamente--. Y lo que -quede, si queda algo... para comer. - - - - -IV - -La ciudad del refugio - - -Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros, cortan, con majestuosa -natación, las atropelladas aguas de un río ancho y azul; casas enormes, -de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los muelles; -más allá, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho desgarrón -una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar; más -allá aún, cierra el horizonte una muralla de montañas, esfumadas por la -distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo así como un -amontonamiento de nubes que á ciertas horas, bajo la luz anaranjada del -sol, toma las formas de un bloque inmenso de cristal, con agudas -aristas. El río en que nadan los cisnes es el Ródano, que acaba de -nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de mar, el azul lago de Leman, y -el cristalino amontonamiento que parece flotar en el espacio, más allá -de las montañas, el famoso Mont-Blanch. - -En Ginebra la realidad no responde á las ilusiones y simpatías que trae -el viajero como producto de sus lecturas. ¿Quién no ha amado á la -tranquila ciudad suiza, la _Roma protestante_, que durante dos siglos -fué el refugio de todos los rebeldes de Europa, en guerra con los papas -y los reyes? El respeto á la libertad humana fué y es aún un dogma -religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos -contra los duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos -para conseguir la independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que -cuesta la libertad, la respetaron siempre en la persona del extranjero. -Aquí se refugiaron los réprobos perseguidos por la Inquisición española -ó por los reyes de Francia; aquí encontraron un asilo, en la República -cristiana, gobernada por el ascético Consistorio, todos los que por -desear una conciencia libre no encontraban en Europa tierra donde -colocar sus pies y una piedra en la que descansar la cabeza; todos menos -nuestro compatriota Miguel Servet, víctima de los rencores de Calvino. -Aquí vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocación del edicto -de Nantes, y en los modernos tiempos Ginebra dió asilo á los románticos -defensores de la moribunda Polonia, á los revolucionarios italianos, á -los revolucionarios españoles, á los apóstoles de _La Internacional_ y á -los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como -perros rabiosos. - -Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus puertas en el centro de -Europa, como los antiguos templos poseedores del derecho de asilo, -ofrece el más rudo contraste entre sus habitantes y su historia. Parece -que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una república de -hombres de estudio, llegados á la suprema tolerancia por la elevación de -su pensamiento, y es una población burguesa, llana y monótona, en la que -no creo exista una mediana imaginación: un Estado de relojeros -pacienzudos y vendedores de peletería, que come bien, fabrica excelentes -cronómetros, despacha tabaco barato y da gracias á Dios, cantando lo más -desafinadamente que puede, al son de un mal órgano, en el interior de -los desnudos templos calvinistas ó en grandes mítines religiosos al aire -libre. - -En varios siglos de libertad y horizontes sin límites para el -pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un escritor -célebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau, ginebrino -de ocasión, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honró con -el título de ciudadano de Ginebra, siendo lo más contrario del pacífico -y tranquilo burgués de la ciudad del Leman. - -Á Ginebra le basta para su esplendor intelectual con la gloria de las -ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando reposo: desde -el batallador español Servet que, huyendo del brasero inquisitorial -encendido en nombre de Cristo, cayó aquí en la hoguera, iluminada en -honor de la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, madame Stael y los -modernos revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc. - -El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra, y el de Voltaire -sale en los alrededores al encuentro del viajero. - -Los cisnes blancos, que mueven su cuello sobre las aguas como serpientes -de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se refugian tras -una isleta que marca el límite donde el lago Leman se convierte en el -impetuoso Ródano. Es la isla de Rousseau. Hoy está convertida en pulcro -paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazón de la -ciudad. Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde -el artista meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes -álamos, con los ojos fijos en el azul horizonte del lago. - -En este paisaje sonriente y dulce, que parece exhalar un intenso amor á -la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la vida, se comprende -la originalidad artística de Rousseau y su poderosa influencia -literaria, que aun dura y durará por los siglos de los siglos. Rousseau -introdujo la Naturaleza en la literatura; fué el padrino que tuvo en sus -brazos al arte moderno en el instante de su nacimiento. - -Antes de él, sólo aparecía el hombre como único protagonista en novelas -y poemas. Rousseau infundió vida á cosas hasta entonces inanimadas, y -gracias á su poder de evocación, los pájaros, las flores, las montañas, -el cielo, entraron como nuevos personajes en el escenario de la -literatura. - -Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artístico -el revoloteo y el canto de una alondra, y «este canto--como dice -Sainte-Beuve--saludó el nacimiento de la literatura moderna, con sus -descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista». Sus -hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Víctor Hugo con toda la -escuela romántica, que infundió el alma de los hombres á las cosas, -haciendo hablar á las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos -naturalistas, y su posteridad acabará cuando perezcan la vida y el arte. - -Ginebra y su lago infundieron á Rousseau este amor á la Naturaleza. El -gran artista sentimental soñaba rodeado de obesos comerciantes y -tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una -buena mesa y una familia sana. - -Sus _Confesiones_ hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza -del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de «La Llave». -Su _Nueva Eloísa_ tiene á Clarens por escenario, con la superficie azul -del lago, y enfrente las verdes y sombrías cumbres de los montes -saboyanos. - -Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra, -otro huésped ilustre, pero más rico y ostentoso, vino á ocupar su sitio. -Era un artista, un bohemio como él, pero en esferas más altas, con un -egoísmo sonriente que le permitió extraer de la vida sus mejores -dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, así como el otro iba de hostería -en hostería. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de -la corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas ó burguesas. Á -su puerta llegaban con exótica curiosidad lores y boyardos, deseando -conocer al árbitro de los elegantes cinismos y de la gracia francesa. -Era Voltaire. - -Su vejez quebrantada buscó refugio en los alrededores de Ginebra, -estableciéndose en la pequeña aldea de Ferney, donde adquirió la -majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo -tierno, sentimental y bondadoso al terrible burlón de los salones de -Versalles, é infundió una religiosidad deísta á su escepticismo. - -Los últimos años de su vida, en medio del campo, á la vista de las -inmensas montañas, fueron de bondad y filantropía. Educó á los -campesinos, pleiteó y escribió por librarles de las gabelas feudales, -estableció riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender á los -Dreyfus de su tiempo. Vivía como un príncipe en Ferney. Habitaba un -gracioso palacio en el fondo de un parque, y allí escribía á sus buenos -amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia, ó recibía las visitas de -todos los grandes señores que pasaban por Suiza. - -El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de -los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en -tiempos de su ilustre dueño, con muebles de estilo rococo y cuadros que -recuerdan á los soberanos y las beldades que distinguieron con su -amistad al poeta. - -En un extremo del parque se eleva una pequeña iglesia de aldea, -construída por el impío autor del _Diccionario filosófico_ en sus -últimos años. - -«_Dea erexit Voltaire_», dice una dedicatoria grabada en la fachada. -Esto, que parece una blasfemia, fué una de tantas humoradas del anciano -de Ferney. - ---Esta iglesia que he construído--decía Voltaire--es la única de todo el -universo elevada en honor á Dios. Inglaterra tiene iglesias construídas -para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva; -España, para innumerables vírgenes; pero en todos esos países no hay un -solo templo dedicado á Dios. - -En el salón principal del palacio, sobre una enorme chimenea, se ve un -pequeño mausoleo que guardó el corazón del poeta poco después de su -muerte. - -«Su corazón está aquí, pero su espíritu está en todas partes», dice una -inscripción. - -Esto es verdad, pero no por completo. El espíritu que está en todas -partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire fué como esas -estrellas solitarias que anuncian con su fría luz un amanecer ardoroso. - -Sus burlas destructoras no bastaban para preparar una revolución. El -plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontraría su espíritu -difundido en la sociedad moderna, mucho más que el aristocrático -patriarca de Ferney. - - - - -V - -El lago azul - - -Desciende el viento de las montañas sobre la inmensa copa del lago. Las -aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse, con una opacidad -semejante á la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como -rebaños dispersos por el pánico trotando hacia las lejanas riberas. Las -barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas -de rojo por las techumbres de los _chalets_ y coronadas por la diadema -negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un -instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia -cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la -ribera de enfrente, las montañas suizas alinean sus declives cubiertos -de viñedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extraídas de una -caja de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los -aldeanos vestidos como los coros de una ópera cómica. En el último -término de la azul extensión, las montañas se aproximan, las riberas se -estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente -sobre las aguas, entenebreciéndolas con su densa sombra, y todo adquiere -un carácter áspero y bravío. - -Es el Leman, el lago azul, el más famoso de los pequeños mares -interiores de Europa, el amado de los poetas é idealizado mil veces por -el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras -sentimentales de sus mejores novelas: aquí imaginó madama Stael las -desventuras amorosas de su «Corina», que fué una _superhembra_ de su -época; por estas aguas vagó la barca de lord Byron, y en nuestros -tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina -sonrisa de Alfonso Daudet, preocupado en el arreglo de las aventuras -alpinas de su Tartarín, ó han presenciado la lenta agonía de un anciano -de áspera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la -desesperada obstinación de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo -Krüger. - -Las aguas azules, rizadas y espumeantes, parecen las de una inmensa -bahía. La imaginación, olvidando las alturas del macizo país suizo, -forja, al través de las montañas, invisibles y lejanos estrechos que -ponen al Leman en comunicación con el Mediterráneo, del cual tiene el -color de las aguas. Pequeños puertos frente á cada población del lago -revelan en sus escolleras de peñascos la irritación de que es -susceptible este poético lago cuando llega el invierno y las ráfagas -que descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar -encajonado, batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta é -incesante. En estos puertos, el cisne majestuoso que parece haber -presenciado las más remotas leyendas, y la barca de dobles velas igual á -la de los tiempos de la independencia helvética, se rozan y mezclan con -el yate de vapor de los millonarios y las canoas automóviles que -revuelven las aguas con un hervor de tempestad. - -La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian á un lado, y enfrente -Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior: risueños -bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas por -palacios destinados al hospedaje y orquestas malas á las puertas de los -cafés, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los -buques. - -Las diferencias entre ambos países, con ser de poca monta, resultan de -gran interés. - -En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y elegantes, rodeadas de -hombres que las siguen y las envuelven en las más respetuosas -atenciones, como sagradas vestales. Son _cocottes_ que poseen el chic, -ese espíritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qué consiste, -santo _tabou_ que hace caer de rodillas á los salvajes de la imbecilidad -elegante. - -En la orilla suiza se ven mujeres solas, de ademanes sueltos y aire -decidido, que van de un lado á otro con la más tranquila audacia. Son -señoras decentes, que pueden moverse con entera libertad, sin miedo á -verse confundidas con una clase que no existe, ó caso de existir, -excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad del ambiente -protestante. - -Á un lado del lago campea el anuncio francés, gracioso y ligero; damas -escotadas, con grandes sombreros y las piernas al aire, que pregonan las -excelencias de un chocolate ó unos baños. En la ribera suiza, el cartel -de macizos colores representa siempre una niña ordeñando una vaca, una -osa dando el biberón á un osezno, ó un _chalet_ á cuya puerta bebe -glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaños. La leche y el -oso (animal amado de los suizos y símbolo de su país) son los dos -principales elementos artísticos de este pueblo, que es siempre pesado y -sólido cuando se propone _hacer_ imaginación. - -El lago Leman tiene en un extremo más cerrado y abrupto una joya -histórica, un lugar de peregrinación, al que acuden todos los -extranjeros. - -El castillo de Chillón vale tanto para los suizos como el recuerdo de -Guillermo Tell. Hasta tiene sobre éste la ventaja de que, siendo muchos -los que dudan de la existencia del héroe suizo, nadie puede dudar de la -del castillo, pues ahí está, cuidadosamente conservado y restaurado, -hundiendo sus cimientos en las aguas profundísimas del Leman y -destacando sobre el verde de las montañas las caperuzas rojas de sus -torres. - -Cada país ama lo que no tiene y se lo apropia inventándolo. El plácido -montañés suizo, que vive en plena libertad, en el tranquilo equilibrio -de una buena digestión, sin conocer brujas ni temer ánimas en pena, en -medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su -existencia con algo terrorífico y espeluznante. - -Así como España se esfuerza en demostrar que la Inquisición y las -expulsiones de judíos y moriscos no fueron tan terribles como se ha -dicho, y Francia arregla á su modo lo de San Bartolomé y las Dragonadas, -y todos los países se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el -buen suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chillón, -especie de Bastilla helvética, con vistas al lago y las montañas, lo -mismo que cualquier hotel de los alrededores, en los que se paga con -generosidad principesca el honor de vivir alojado. La prisión de -Bonivard, un patriota ginebrino, mártir igual ó inferior á los miles de -miles de mártires que suman todas las patrias de este planeta, ha -servido de punto de partida á los suizos para cargar al pobre y -sonriente Chillón con toda clase de crímenes. - -Entráis en el castillo, confundidos en un rebaño de viajeros ingleses, y -la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros, que da -vueltas á una enorme llave introducida en uno de sus índices, os señala -un hecho espeluznante á cada paso, con una voz monjil, como si estuviera -cantando el domingo en la capilla de lo que llaman «religión nacional». - -Ve una viga y os dice al momento: «De aquí colgaban los duques de Saboya -á sus enemigos.» Ante un montón de piedras: «Aquí dormían los condenados -á muerte su último sueño.» En un cuartucho, sin otros muebles que unos -cofres viejos: «Esta era la cámara de tormento donde despedazaban á los -hombres.» Frente á una poterna que se abre sobre el lago: «Por aquí -arrojaban los cadáveres de los condenados. Cien metros de fondo, señores -míos.» En la cocina del castillo, su indignación patriótica, no sabiendo -qué inventar, señala la chimenea, afirmando que en ella se asaban bueyes -enteros, para que el buen auditorio se diga escandalizado: «¡Pero qué -tíos tan brutos eran los duques de Saboya!...» - -Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones, en los llamados -subterráneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra á raudales -la luz, ó en las altas cámaras, con miradores por los que se ve el -mágico espectáculo del lago, el castillo sonríe, hundidos sus pies en el -azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los góticos -ventanales, moviéndose al soplo de la brisa, como con un ademán -negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes -bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras, -dándolas palpitaciones de vida, todo parece decir á gritos: «No la -creáis; ¡mentira! ¡todo es mentira! Su oficio es dar una sensación -emocionante á los viajeros, para que á la salida le suelten medio -franco.» - -Lord Byron fué quien inmortalizó este castillo con sus versos «El -prisionero de Chillón». El pobre Bonivard le debe la inmortalidad. - -Pero ¡ay! el ridículo mata las mayores sublimidades, y después que el -poeta inglés grabó su nombre en una columna del _subterráneo_ de -Chillón, otro artista ha pasado por él, «mezcla de bayadera y de -pilluelo parisién», como dijo Zola, y poseedor de esa gracia grotesca -que los hijos del Mediodía franceses comunican á cuanto tocan. - -Desde que á Alfonso Daudet se le ocurrió encerrar al desventurado y -heroico Tartarín en el castillo de Chillón, se acabó su romántico -encantamiento. ¡Adiós, pobre Bonivard! Es inútil que la guardiana -salmodie con su voz de beata calvinista: - ---En esta columna estuvo atado seis años Bonivard, héroe de la libertad -de Ginebra. - -Por encima del organismo escuálido y haraposo, y de la cabeza de Cristo -del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho y la fiera -cabezota morena y barbuda del intrépido hijo de Tarascón, nieto -ilegítimo de Don Quijote é incansable cazador de leones... y de gorras. - - - - -VI - -Los osos de Berna - - -Cuando llegan los extranjeros á la capital de la Confederación -Helvética, su primer deseo es siempre el mismo. - ---Lléveme usted á ver los osos--dicen al cochero ó al guía del hotel. - -Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso circular, semejante á -una pequeña plaza de toros cuidadosamente enlosada, encuentran á los -hijos favoritos de Berna, á los famosos osos, que figuran en el escudo -nacional, sirven de adorno á los monumentos y se exhiben como motivo -decorativo en las fachadas y salones de los edificios públicos. - -Numeroso gentío ocupa siempre la balaustrada del gran redondel, hablando -de lejos á los pesados animales, excitándolos con gritos cariñosos, -enviándoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En torno del -foso hay una pequeña feria, con puestos en los que se venden vituallas -para la bestia amada y tarjetas con los retratos de estos personajes -populares. De vez en cuando uno de ellos se encarama por las ramas -transversales de un viejo tronco plantado en el centro del redondel, y -el gentío se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado animal. - -Los osos de Berna son ricos. Han heredado un sinnúmero de veces, pues -ciertas solteronas patrióticas les legan al morir una parte de su -fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados, como -el pueblo suizo, del cual son á modo de un símbolo; y como si no les -bastase la manutención que les da el municipio bernés, administrador de -sus bienes, la admiración popular los acosa y abruma bajo un espeso -aguacero de regalos. - -Ahora son seis nada más. Sentados sobre las patas traseras, ventrudos, -enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran á lo alto, contestando -con sonrientes colmillos al griterío de la fila circular de admiradores. -Ahítos hasta la inmóvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria ó el pan -untado con miel, que les viene directamente á la boca; pero si el -donativo resbala ante sus colmillos y cae á sus pies, no hacen el menor -esfuerzo por recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y -dejan lo que cae para sus compañeros de foso, para los parásitos que les -acompañan en su agradable cautiverio, centenares y tal vez miles de -pájaros del inmediato parque, que saltan sobre las losas buscando -migajas en los intersticios, ó picotean en el vientre y las patas de los -enormes camaradas, animando su lanudo volumen con inquietos aleteos. - -Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aun balbucea el infantil -lenguaje de la tradición, simboliza su carácter y su existencia en un -animal. La Roma antigua, ávida y feroz, escogió á la loba; Francia tiene -al gallo fanfarrón, arrogante y belicoso; los Estados del Norte ostentan -águilas de pico rapaz y estómago insaciable; España es el león solemne -hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flácidas melenas y -la consunción de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del -esqueleto; Suiza es el oso. - -El fundador de Berna, que según la tradición se dejó guiar por uno de -estos animales, escogió, tal vez sin saberlo, la más exacta -representación del carácter de sus conciudadanos. - -Es inútil repetir una vez más las glorias pacíficas de la República -Helvética. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en la más -pequeña aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la -casa de correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; sólo -se ven soldados en tiempo de grandes maniobras, cuando el gobierno -federal convoca á las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran -gendarmes; la policía es escasa en las calles; la suprema graduación en -el ejército es la de coronel, y el que más sabe entre todos ellos toma -el mando supremo; la gran mayoría de los suizos no conoce el nombre del -presidente de la República, que sólo ejerce el cargo un año, y este -presidente, que cobra poco más que uno de nuestros subsecretarios, sale -en las mañanas de verano del magnífico palacio del Gobierno en Berna y -va á tomar un vaso de cerveza en el café Federal, alegre tabernilla que -está enfrente. En los _cabarets_ berneses se sienta uno al lado de un -señor vestido descuidadamente, con sombrero de paja viejo, el chaleco -abierto, la panza en libertad, mientras lee un periódico de apretados -caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal ó un -presidente de cantón venido á Berna para hablar mano á mano con los -gobernantes centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere, -con la tranquilidad de que le avisarán apenas estorbe ó perjudique á los -otros, y de que su carácter pacífico, simple y disciplinado, le -aconsejará obedecer, sin el más leve intento de protesta. - -¡Un país dichoso la Confederación Helvética! ¡La mejor de las -repúblicas!... Realmente, la nacionalidad más apetecible del mundo es -ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo. - -Yo creo firmemente que esta paz del país helvético, esta tranquilidad, -este orden, es una condición de raza. Así como en la vida individual los -seres más felices y satisfechos son los que piensan menos y sólo se -inquietan de lo que toca directa é inmediatamente á sus apetitos y -necesidades, en la vida de los pueblos los que alcanzan existencia más -tranquila y ordenada son los que carecen de imaginación. - -El suizo sólo contempla lo presente. Su pensamiento, tardo, pesado y un -tanto espeso, pero de paso seguro (las mismas condiciones del animal -favorito), no va más allá de lo que le rodea. La vida pública se -concentra para él en el municipio, ó cuando más en el cantón. Ni -siquiera llega á preocuparse de lo que ocurre en Berna. Encuentra -aceptable lo que le rodea, y esto basta para que no sienta deseos de -novedad. - -Si de la noche á la mañana los suizos se convirtiesen en franceses, una -parte de la población fijaría su entusiasmo en el coronel Tal ó Cual, -viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte; se enardecería con el -redoble de los tambores, creyendo que el ejército helvético estaba -llamado á grandes glorias, y en odio á la variedad y el fraccionamiento, -borraría cantones, unificando la nación como bajo un rasero, y -convirtiendo á Berna en un París, depositario de toda la vida suiza. - -Que los suizos se convirtiesen en españoles, y antes de un mes los -católicos de Friburgo, cantón que tiene más conventos y más frailes de -todos colores que cualquiera ciudad nuestra, declararían deshonroso para -su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida común con los cantones -que son protestantes, y las plácidas montañas verdes se llenarían de -partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios verdadero -intentaría convencer á tiros á los herejes para que no persistiesen en -el error. - -Que fuesen italianos todos los habitantes de la libre Helvecia, y sin -perjuicio de atraer y desvalijar en sus hoteles á los extranjeros, los -insultarían con su desprecio de pueblo escogido, llamándolos _barbari_. - -Pero los habitantes de Suiza son suizos, «están bien donde se -encuentran», reconocen como muy aceptable su vida presente, y no piensan -nada nuevo ni se sienten agitados por originales aspiraciones. - -Viendo de cerca á Suiza, hay que decir: «¡Benditos los pueblos que -carecen de imaginación! ¡De ellos serán la tranquilidad y las virtudes -vulgares!» La falta de individualidad permite mantener á los hombres en -el goce de sus completas libertades, sin miedo á que abusen de ellas -saliéndose del nivel común. La carencia de imaginación evita el peligro -de que los más inquietos y audaces tiren impacientes de las riendas de -la ley, turbando la marcha lenta, ordenada y mecánica de este pueblo, -que por su carácter monótono ha hecho de la relojería un arte nacional. - -Todas sus aspiraciones hacia lo desconocido, lo inesperado y novelesco, -se cifran en la servidumbre. En otro tiempo se vendían como soldados á -los reyes de Europa, y los hijos de la libre Helvecia formaban los -regimientos suizos, favoritos de las cortes, que se encargaban de -acuchillar á los pueblos para que se mantuviesen por el miedo sometidos -á los déspotas. Verdaderos mercenarios, pasaban del servicio de unos -Estados á otros, y esto hacía que en los combates se batiesen sin -entusiasmo, con ciertos miramientos, convencidos de que en las filas -enemigas figuraban hermanos suyos igualmente á sueldo. - -Ahora se dedican á fondistas y cafeteros, y corren el mundo para servir -platos ó bocks, lo mismo en California que en Australia ó el Cabo, pero -siempre con el pensamiento fijo en las verdes montañas y los azules -lagos, imágenes que les siguen en su peregrinación, sin que logren -borrarlas nuevos espectáculos. - -Yo creo que ningún suizo sueña cuando duerme. Su obligación al cerrar -los ojos es dormir: un ensueño sería un desorden inútil de la «loca de -la casa», que no tiene aquí amigos ni adeptos. - -En Ginebra he comido todos los días en un modesto restaurant, donde -entré casualmente al llegar á la ciudad. Una irresistible simpatía me -atrajo á este establecimiento. - -El reloj, una soberbia pieza con la hora de París, la hora de la Europa -Central y todas las horas del mundo, estaba siempre parado. - -¡Un reloj parado en Ginebra, la Salamanca del muelle real, la Sorbona de -la rueda catalina!... ¡Un suizo á quien no importa saber qué hora es, -ni se preocupa del buen orden de su vida! - -Me he ido de Ginebra sin conocer al dueño del restaurant, pero estoy -convencido de que es un poeta que se pierde Suiza. - - - - -VII - -El lago y el Concilio - - -Escribo junto á una ventana, por cuyo amplio rectángulo se ve, en primer -término, el follaje de los árboles y la saliente redondez de un pequeño -torreón; más allá una superficie azul, tranquila y tersa, que se pierde -hasta juntarse con el cielo, y en esta línea indecisa del horizonte, una -bruma que no consiguen disipar los rayos del sol de la mañana, y en la -que se dibujan vagamente obscuras siluetas, que tan pronto parecen nubes -rastreras como altivos montes. - -La ventana es del _Insel Hôtel_, antiguo y famoso convento de dominicos, -situado en una isla, entre soberbios jardines, y convertido por los -artistas alemanes en uno de los más hermosos hoteles del mundo; la -torrecilla es la prisión en la que vivió Juan Huss antes de ser -conducido á la hoguera; la inmensa extensión azul, el tranquilo lago de -Constanza, límite entre Suiza y Alemania, y los obscuros perfiles -esfumados por la niebla, los lejanos Alpes del Tirol. - -Hace unas horas he abandonado la tranquila, burguesa y antipática -Zurich, convertida, por las maniobras militares de verano, en una ciudad -belicosa, con las calles llenas de suizos uniformados, arrastrando el -sable; me he detenido en Schaffhouse para ver el _Rheinfall_, la -prodigiosa caída del Rhin, dividiéndose en dos soberbias cascadas al -chocar con una isleta saliente, que parece imposible pueda resistir el -ímpetu de las espumas hirvientes y ruidosas, y después, saliéndome del -camino que habitualmente siguen los viajeros, he venido á la tranquila -ciudad de Constanza, penetrando en los dominios del gran duque de Baden. - -Suiza acaba en la misma estación de Constanza. Para seguir el viaje á -Munich hay que volver al territorio helvético, embarcarse en Romanzhon y -atravesar el lago hasta Lindan, entrando de nuevo en Alemania. Cuatro -aduanas, con otros tantos registros de equipaje en el transcurso de unas -cuantas horas. - -Constanza, antigua ciudad episcopal, venerable y plácida, fué libre -durante muchos siglos. Los españoles la atacaron en el siglo XVI. Los -austriacos la hicieron suya, matando la república protestante que se -había organizado dentro de sus muros, y perteneció á los emperadores de -Viena hasta 1806, en que entró á formar parte del gran ducado de Baden. -Hoy es un resto de aquella Alemania anterior á los triunfos militares, -pacífica, alegre y poética, con sus costumbres patriarcales y su -tranquila libertad. Se ven pocos soldados en su recinto. Las calles -venerables, con edificios de puntiagudos techos y puertas blasonadas, -resuenan de tarde en tarde bajo los pasos de los transeuntes. En los -muelles, limpios y sombreados por los tilos, pasean las muchachas de -trenzas rubias, brazos sonrosados y ojos de un azul clarísimo. Á las -puertas de las cervecerías, bajo la frondosa parra, apuran lentamente -los ciudadanos el jarro de barro blanco chorreante de espuma. - -Es una ciudad vieja, en la que la vida se desliza sin sentir, falta de -intensas alegrías, pero limpia de grandes dolores. Los ciudadanos de -Constanza hacen recordar la plácida existencia de _El amigo Fritz_, y es -indudable que cuando sueñan bajo la parra, con el estómago lleno de -cerveza, canta en sus cerebros la satisfacción de vivir, con una -lentitud majestuosa, semejante á la del _Himno á la alegría_, de -Beethoven. Es una de esas ciudades en las que se entra como en un lugar -amigo que no se ha visto nunca, pero que evoca confusamente simpatías y -familiaridades de una misteriosa existencia anterior. El viajero parte -con pena, prometiéndose volver, y piensa en la felicidad de pasar en -ella el resto de sus días, apartado del mundo, si las exigencias de la -vida no le obligasen al movimiento, tirando de él hacia otro país. - -Sin embargo, esta ciudad de vida placentera debe su celebridad á un gran -crimen. Este paisaje sonriente, este lago tranquilo y casi desierto, con -gaviotas que rizan bajo el contacto de sus plumas las tranquilas aguas, -y bandas de gorriones que caen sobre las barcas solitarias, han -presenciado uno de los conflictos que trajo más revuelta á la humanidad -y fué motivo de guerra y otros males. - -El _Múnster_, la gran Catedral gótica de Constanza, el _Kaufhaus_, -caserón de los Museos históricos de la ciudad, las casas venerables de -sus calles, y hasta el antiguo convento de dominicos, cuyas ruinas se -han utilizado para el hotel en que vivo, todo recuerda la gran gloria y -la gran vergüenza de la tranquila ciudad: el famoso Concilio que lleva -su nombre y el suplicio de Juan Huss con su compañero Jerónimo de Praga. - -Cuatro años duró el tal Concilio. Nunca atravesó el cristianismo una -crisis tan ruidosa y aguda. Tres papas tenía á un tiempo la Iglesia: -uno, vagabundo por Cataluña, Aragón y Valencia, el testarudo español -Luna; otro, en Italia; otro, en Alemania, y de continuar la anómala -situación, los sumos pontífices iban á multiplicarse hasta el punto de -que el Espíritu Santo, con toda su divina sapiencia, no podría bastarse -para atender á la tarea de tan numerosas inspiraciones. - -De 1414 á 1418 duró la gran reunión de autoridades eclesiásticas y -laicas, convocada en Constanza para poner remedio á tales males. El -emperador Segismundo, primer soberano de la tierra en aquellos tiempos, -y gran _métomentodo_ de la época (algo semejante al kaiser actual), -presidía el Concilio, rodeado de toda la pompa de su majestad: guerreros -bigotudos de Bohemia, rubios barones alemanes, feudatarios cubiertos de -hierro, de la Europa Central. Frente á su trono, guardado por los cuatro -grandes dignatarios, uno con la corona en un almohadón, otro con el -cetro, el de más allá con la espada y el último con el globo de oro, -símbolo de universal grandeza, alineábanse los cardenales, vestidos de -rojo, con su perfil de pájaro sombreado por el ancho sombrero escarlata -de pendiente borlaje; los prelados venidos de todas las naciones -cristianas y los frailes multicolores, que leían horas y horas -interminables rollos de pergamino ó peroraban en latín, con una facundia -pesada, para sostener las pretensiones de sus respectivos partidos. Cada -personaje llevaba detrás un séquito interminable. El emperador traía con -él un verdadero ejército y todo cardenal arrastraba tras su cola roja un -pequeño pueblo de familiares, pajes, cocineros y reposteros, caballos y -acémilas. Los príncipes de la Iglesia, rivalizando en lujo, habían -acudido á la cita seguidos de interminable mesnada, y la pequeña -Constanza no sabía cómo contener y guardar todas las grandezas -terrenales, llegadas á su seno para examinar y fallar el gran pleito -surgido en el arreglo de la herencia de Cristo. - -Un vasto campamento rodeaba la ciudad. Miles de caballos agitaban por -las mañanas las riberas del lago al bañarse en sus aguas; las barcas, -cargadas de víveres y forraje, iban en interminable rosario de una -orilla á otra; en las calles, repletas de gentío, sonaban todos los -idiomas de Europa, y cada semana se veían llegar nuevas gentes de países -lejanos: frailes de España, venidos á pie de convento en convento, para -sostener las pretensiones de su pontífice; sacerdotes procedentes del -fondo de la Bohemia ó de las lejanas riberas del Báltico, que parecían -traer con ellos un olor de herejía y eran los precursores de la Reforma, -á la que sólo le faltaba un siglo para nacer. - -Transcurría el tiempo, y el concilio no adelantaba en sus decisiones. -Todo acuerdo exigía una información en lejanos países ó provocaba -protestas, y mientras tanto, el pequeño mundo aglomerado en Constanza se -aburría, sumiéndose en los mayores pecados por culpa del tedio. Los -mercenarios del emperador correteaban á las muchachas en los -bosquecillos inmediatos al lago; la cerveza y el vino del Rhin rodaban á -torrentes; los santos cardenales cerraban bajo llave á los pajecillos -italianos, para librarles de incurrir en pecado con gentes que no fuesen -eclesiásticas, y para general distracción y derrota del diablo tentador, -se organizaban procesiones ostentosas, amenizadas con la quema de algún -que otro miserable judío. - -He visitado el _Kaufhaus_, enorme edificio, vecino al puertecillo -actual, en el que se celebraron las sesiones del Concilio. Es un caserón -de piedra, con las puertas negruzcas, de ojiva chata, rematadas por -groseros relieves góticos. El último piso, de madera carcomida, está -rematado por un techo de barraca, de ruda pendiente, igual al usado en -todos los países donde abunda la nieve. - -Un día, el Concilio, reunido en el salón que ocupa todo el piso -superior, vió comparecer á un sacerdote de gran barba rubia y ojos -azules, vestido de raída sotana y cubriendo con un cuadrado bonete sus -cabellos ensortijados. Era Juan Huss. - -Traía revuelta á Hungría con sus predicaciones. La muchedumbre marchaba -tras sus pasos, y el sacerdote deteníase en los caminos, predicando al -pie de los árboles sus nuevas doctrinas. La gran masa, ansiosa de -rebelión, adoraba al profeta. El emperador Segismundo le había invitado -á venir al Concilio, para explicar sus creencias, dándole un -salvoconducto y empeñando su palabra imperial para convencerle de que su -vida no corría peligro. La espada del Imperio velaba sobre él. Su -existencia era sagrada. - -Al verle aparecer y escuchar su voz, corrió un estremecimiento por la -santa asamblea, semejante al que agita á la jauría cuando huele la caza. - -Los hábitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emoción; -las cabezas severas y duras de los frailes alemanes, intolerantes y -rudos, y de los frailes españoles, sus discípulos y herederos, -agitáronse con aullidos de muerte. - -El sacerdote bohemio se explicó tan claramente, que, á los pocos días, -estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de los dominicos, -en este torreón que puedo tocar con sólo extender el brazo fuera de mi -ventana. El emperador se olvidó de él y de la palabra dada, ejemplo de -villanía repugnante que no siguió Carlos V cuando un siglo después -compareció Lutero ante la Dieta de Worms. - -La muchedumbre reunida en Constanza gozó al fin de una gran fiesta. Los -padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer nada y se veían -desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban á hacer -algo sonado. - -Una mañana, el prisionero del convento de la Isla fué sacado del -torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la extensión azul -del lago buscando las montañas de su lejano país. Cruces en alto; -blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto -lúgubre, que contrasta con el piído de los pájaros y el susurro del lago -al morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los -barbudos _lansquenetes_, oliendo á cerveza, empujan al sacerdote, lo -amarran, lo visten con una mitra y una túnica pintadas de diablos y -serpientes y la procesión de muerte emprende el camino hacia el arrabal -de Brülh, donde hoy se alza una roca cubierta de inscripciones en honor -del mártir. Otra procesión igual surge en el camino conduciendo á -Jerónimo de Praga, el fiel compañero y discípulo. - -La gloria de la cristiandad, lo más selecto é ilustre de la época, ocupa -la llanura de Brülh. El emperador no ha osado contemplar su obra, pero -allí están, junto al montón de leña seca, rematada por dos postes, los -cardenales á caballo, con sus séquitos de príncipes; los nobles -guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas, -montadas en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden para no -perder nada del interesante espectáculo. - -¡Prodigios de la fe! El inmenso montón de leña ha sido traído -voluntariamente pieza á pieza, por la piedad de los fieles, por el buen -populacho, que desea la quema de estos dos hombres, á los que no conoce, -pero cuya maldad le parece indudable. - -Empiezan á crepitar las llamas, asomando sus lenguas rojas entre los -leños. Surge el humo de las ropas carnavalescas que cubren á los -condenados como un último insulto. - -De pronto se abren las filas de soldados sonrientes, y sonríen también -las hermosas damas, los príncipes eclesiásticos y los jinetes de -luciente coraza. - -Una vieja, arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza, -encorvada bajo un pequeño haz de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme -haber llegado tarde para depositar su ofrenda, perdiendo la ocasión de -hacerse grata á Dios. Al arrojar su haz en la hoguera, suspira -satisfecha, como si librase su alma de un gran peso. - -Juan Huss también sonríe. Sus ojos azules, de dulce profeta, -lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza á -chamuscarse, muévese á impulsos de una admiración lastimera. - ---_¡Oh sancta simplicitas!_--gime. - -Las últimas palabras del mártir fueron para la santa y eterna -imbecilidad de los simples, que creen lo que les enseñan, odian lo que -les señalan, y con la sencillez de la inconsciencia, matan ó persiguen, -creyendo realizar una gran hazaña, á los que se preocuparon de su -suerte, trabajando y sufriendo por ellos. - - - - -VIII - -La Atenas germánica - - -Munich es una de las capitales de Europa de fundación más moderna, y sin -embargo, muy pocas le igualan en el aspecto, majestuosamente venerable. - -En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes ciudades europeas, -Munich se componía de un puente sobre el Isar, con algún caserío y un -fuerte convento. _Forum ad Monachos_ la llamaban entonces, y de aquí su -nombre actual, München (Monje), y el fraile que figura en su escudo de -armas, y los pequeños y graciosos encapuchados que se ven en todas -partes como símbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en -los adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras -de las _braserías_. - -Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de -que rodea á las artes, es la Atenas germánica. No significa esto que sus -habitantes, morenos, católicos, habladores y ruidosos, que hacen de la -Baviera una especie de Andalucía alemana, formen una democracia -intelectual y refinada como la ateniense. Aquí los verdaderos artistas -han sido los príncipes--simpáticos desequilibrados que se entregaron al -culto de la Belleza con un fervor rayano en la manía--, y el buen -pueblo, obedeciéndoles con ciega disciplina germánica, les siguió en sus -deseos. - -La pintura, la poesía y la música han sido las grandes manifestaciones -de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como dioses tutelares, á -los célebres artistas protegidos por los reyes. Wágner figura en todos -los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras -de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos -como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas, -acompañando á monarcas y príncipes de la casa bávara, cuyos hechos -fueron superiores á los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach -se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de -Cornelius, Kieuze y todos los demás pintores y escultores que desde los -tiempos de Luis I á los del infortunado Luis II (el Lohengrin coronado), -contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la ciudad. - -Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros -monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera -trabajaron sin descanso. Su manía de embellecimiento no les dejaba -dormir. El demonio de la construcción turbaba sus días con nuevas -sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se -presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas -alemanes, que no habían nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta -á intervenir en la vida política y aconsejar á los soberanos. Un músico -silbado en París, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba á -ser á modo de un virrey, derrochando la fortuna pública en la erección -de extraños teatros y organizando misteriosas representaciones que sólo -presenciaba el monarca. Éste era casi un actor, bajo las órdenes de su -amigo Wágner, imperioso artista contra el cual gruñía el pueblo, próximo -á sublevarse como años antes se alzó contra Lola Montes. El entusiasmo -dilapilador del abuelo por la bailarina española, reina bávara de la -_mano izquierda_, lo sintió el nieto por el autor de _El anillo del -Nibelungo_. No existe más diferencia entre ambas pasiones que el amor -físico regaló joyas y dejó como única huella un gran escándalo -histórico, mientras el amor intelectual creó teatros y monumentos, -haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra época. - -Cuando Wágner, olvidado momentáneamente de la música, se dedicó á -filosofar, é hizo una confesión de creencias, dijo que sus dos dioses -eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una -religión, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y -confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoración de la -soberbia belleza. - -Cristo y Apolo fueron también los dioses de los soberanos bávaros, y -todavía imperan juntos, partiéndose equitativamente el dominio de este -pueblo. - -Munich, capital de la Alemania católica, tiene unos veinte templos que -son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las -iglesias españolas, así como el exterior es puramente italiano. Al lado -de estos monumentos de Cristo, álzanse majestuosos, con la autoridad de -un origen más antiguo, las innumerables obras de los monarcas bávaros á -la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua -y la Pinacotheca nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la -Gloria con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de «La Libertad -iluminando al mundo», de Nueva York; el palacio de la Residencia; los -varios teatros griegos con sus frontones, en los que danzan las Musas al -son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que brilla -discretamente el mármol ambarino de las estatuas clásicas, y se exhiben -fragmentos de templos traídos de Egina y otros lugares helénicos. La -columnata dórica alínea su bosque de piedra en las fachadas de los -palacios ó encierra en su armónico cuadrilátero jardines, grandes como -bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus pequeños cuadros de -figuras negras ó polícromas, cubre muros interminables, cortado á -trechos por las manchas blancas de bustos y cariátides. - -Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un -siglo. Sus buenos súbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir -años y años entre andamios, tragando yeso y oyendo á todas horas el -choque del martillo sobre la piedra. La manía constructora de los reyes -debió constituir su gloria y su suplicio. - -El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden, en -pocos años, ejecución admirable, pero sin la originalidad y la noble -armonía que es producto de los siglos. Se ve que todo está hecho de una -sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas -capas de sucesiva formación que va secretando el paso de las -generaciones. - -El aspecto monumental de Munich--una vez desvanecida la primera -impresión de asombro por lo grandioso de la obra--causa igual efecto que -esas sinfonías cuyos motivos agrandan ó conmueven, al mismo tiempo que -la memoria se estremece con la sensación de haber oído antes los mismos -sonidos. - ---Esto no es nuevo--se dice el viajero al contemplar la ciudad--. Todo -me parece haberlo visto en otras partes. - -Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en -esto consiste su mérito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones -sabias de las obras que han llegado hasta nosotros, mutiladas é -indecisas. Pero ¿y los otros monumentos? - -Á los pocos días de estar en Munich, van surgiendo en la memoria -imágenes del pasado, recuerdos de viajes por otros países. El aire de -familia se marca cada vez más en las cosas, como en esos rostros que nos -parecen extraños al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos. -Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el -palacio Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales -es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mástiles -enormes, ante la Residencia, son hijos de los mástiles de la República -en Venecia, y así todo. - -Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento, -animándolo con el reflejo de sus plumas metálicas, son palomos -«traducidos del italiano», que no pueden menos de saludar como -venerables abuelos á los que contemplan el Adriático desde los aleros de -mármol de la plaza de San Marcos ó saltan en la columnata florentina -junto al Arno. - -Munich no tiene de original más que dos cosas: la cerveza y la música. - -Las famosas _braserías_ de estilo germánico, con sus frontones agudos, -rematados por complicadas veletas, y sus fachadas de pesados balconajes -y torrecillas salientes, valen más que todos los templos griegos que -llenan las plazas de Munich. - -De la música ya hablaremos. La capital bávara está celebrando, en estos -momentos, el Festival Wágner. Por las tardes la muchedumbre se agolpa á -ambos lados de la enorme avenida del Príncipe Regente, para presenciar -el paso de los que van á escuchar _El anillo del Nibelungo_, lo mismo -que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcalá en un día -de toros. - -Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las -glorias artísticas de la ciudad va restringiéndose hasta el punto de que -sólo queda erguida una sola admiración: Wágner y su obra. - -¡Pobre Atenas germánica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son -notables reproducciones del arte griego: la sabiduría artística luce en -ellos, pero son fríos y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin -atenienses y sin el cielo de la Ática. En verano, el espacio se muestra -azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germánico, duro y cruel -en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron -en la tibia atmósfera del archipiélago, favorable á la desnudez. - -El mármol en el país del sol se dora en el curso de los siglos, tomando -el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aquí, en unos cuantos -años, se ennegrece, con una opacidad antipática de ceniza de carbón. - -Los dioses olímpicos, los héroes coronados de laurel y ligeros de ropa, -parecen temblar en pleno verano, recordando los largos meses de frío. El -rojo griego del interior de las columnatas se destiñe con las lluvias. -Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco. - -Sí; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por cerveza. - - - - -IX - -El Festival Wágner - - -Un periódico satírico de Munich publicaba hace cuarenta años una -caricatura de Wágner, saliendo del hermoso palacete en que le tenía -alojado el rey Luis II de Baviera. - ---Voy al teatro--decía el gran maestro--y de paso entraré en palacio á -dar un golpe á la caja del amigo Luis. - -Nunca se ha conocido una protección tan generosa como la que el monarca -bávaro dispensó á Wágner. La prodigalidad de Luis II tomó el carácter de -una locura. Este _rey virgen_, que creaba en su palacio de la Residencia -una galería de bellezas célebres, y sin embargo, prohibía que asistiesen -damas á las fiestas íntimas de su corte, fué un Nerón, pero Nerón -tranquilo, que construyó en vez de quemar, y semejante al déspota de -Roma, puso sus amores musicales y poéticos por encima del orgullo de su -majestad. - -Sus caprichos y aficiones costaron muy caros á Baviera, y sin embargo, -el pueblo le recuerda y le respeta. Fué un monarca que, en fuerza de -excentricidades, prestó un gran servicio al arte, logrando al mismo -tiempo que la atención del mundo entero se fijase en Baviera. - -Por él vienen todos los años aquí, en artística peregrinación, los -intelectuales de remotos países. Su retrato está en todas partes. -Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. También -la tumba de Nerón, veinte años después del suicidio del imperial -cantante, aparecía muchas mañanas cubierta de rosas, ofrenda del popular -recuerdo. - -Famosa época la de la amistad de Luis II y Wágner. El monarca, llena la -mente de los dioses germánicos y de los héroes cuyas hazañas ponía su -amigo en rotundos versos, acompañándolos de prodigiosa orquestación, -apartábase cada vez más de la existencia real, viviendo como un -sonámbulo, en medio de legendarios ensueños. Odiaba el traje moderno y -hasta sus uniformes á la prusiana, por parecerle vulgares y -antiartísticos. Los cortesanos ocultaban su turbación al verse recibidos -por él, vestido como un gran señor del Renacimiento. Las verdes aguas -del lago Stanberg cruzábalas en barcas doradas, con ninfas y quimeras en -la proa, y grandes paños de escarlata arrastrando sobre la estela. -Durante las noches de invierno, corría los campos de nieve, en veloces -trineos con luces eléctricas, pasando entre resplandores como una -aparición fantástica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa _Gruta -Azul_ del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin, -paseábase erguido sobre un esquife de nácar. Un día acabó este ensueño, -ahogándose el simpático perturbado en una laguna del castillo de Bergi. - -El gran músico le había precedido algunos años en su salida del -escenario mundanal; pero mucho antes de que Wágner muriese, ya había -dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realización de los -ensueños del maestro. - -Wágner ansiaba un teatro suyo, con arreglo á su genio inventivo y -revolucionario, el cual no sólo realizó innovaciones en la música, sino -en la escenografía y en la construcción. El coliseo de Bayreuth fué su -obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro -del Príncipe Regente, dedicándolo á la representación de las obras de -Wágner. Hoy el _Prinz-Regenten-Theater_, de Munich, celebra todos los -años un Festival Wágner que atrae á una muchedumbre cosmopolita, y -triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su -maquinaria escenográfica es muy superior á la de los tiempos de Wágner, -que aun funciona en el primitivo teatro. - -Gentes de todos los países de Europa y de mucha parte de América, se -encuentran en Munich, con motivo del Festival. Inútil describir lo que -es este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce -las innovaciones introducidas por Wágner en la representación de sus -obras. La orquesta es subterránea é invisible, lo que llamaba el maestro -«el abismo místico» de donde surgen las melodías como si viniesen de -otro mundo, sin ver el espectador á los músicos, que sudan y gesticulan, -y al director, que se mueve como un loco. El teatro está completamente á -obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto, -sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aquél -termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectáculo; el -programa marca las horas y minutos que se invertirán, tanto en el -conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo á -los toques de campana, hacen correr á los espectadores lo mismo que -reclutas que temen faltar á la lista. - -Las representaciones del Festival Wágner empiezan á las cuatro de la -tarde y acaban á las nueve y media de la noche. El último entreacto es -de media hora, para que el público pueda cenar en los grandes comedores -del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el público. Todos los -asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco -pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados á -la familia real y á los potentados extranjeros, sólo se compone de -butacas que se alínean en peldaños, subiendo desde la concha circular, -que cubre el foso de la orquesta, hasta lo más alto de la sala. Todos -ven el espectáculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin -otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos -griegos. - -¿Á qué hablar de _El anillo del Nibelungo_?... Wotan, Brunilda, -Sigfrido, todos los dioses, los héroes, las beldades desventuradas, los -gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en esta serie -de óperas, con su fantástica Historia Natural de dragones que cantan, -pájaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del -público y no ofrecen ya novedad. La _Walkyria_ y el _Sigfrido_ los -cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, ó tal vez un poco -peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeño en cantar en -este Festival, porque _da cartel_. Algunos proceden de Nueva York, y -creo que hasta después de trabajar gratuitamente, dan dinero encima. - -Además, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del público, -el artista puede atreverse á todo, sin ese miedo que inspiran los -espectadores exigentes de Italia y España, los cuales llevan á la ópera -algo del espíritu de la gente que asiste á una corrida de toros. Total, -que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano, -aparecen otros indignos de cantar en su compañía. Por fortuna, la -orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atención en -el juego escénico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar -una gran parte de este público, híbrido en su aspecto exterior, y tan -interesante casi como las obras de Wágner. - -La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de -los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un público -tan heterogéneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas -alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los -oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello, -arrastrando el sable; los _herr_ germánicos llevan frac y se cubren la -cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas gentes -elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de -falda corta; viajeros con su terno gris á grandes cuadros, los gemelos -en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes -católicos, con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de -oir, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los órganos de sus -catedrales; vírgenes de lacias faldas, con el exangüe rostro asomado -entre dos caídos cortinajes de pelo; jóvenes melenudos, que estiran la -afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata obscura; -muchachas enfurruñadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas -cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando oir un -eco del lejano misterio por debajo de los pesados _portiers_, junto á -las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta -originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en -vacaciones ó famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera -gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos -en ilustraciones extranjeras. - -Es un público de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser -_alguien_. La mayoría está formada de artistas, de escritores, de gentes -que gozan celebridad en sus países, pero que pasan inadvertidas en esta -reunión universal, que sólo dura algunos días. - -Esta importancia del público que parece presentirse, como si flotase en -el ambiente, obliga á una extremada sencillez á los grandes de la -tierra. - -Yo me he codeado, del modo más irreverente, al pasear por las galerías, -con una señora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco más -allá dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al verla una -rodilla en tierra, con esa sumisión germánica, al lado de la cual el -cortesanismo español resulta de costumbres democráticas. - ---¡Alteza! ¡Alteza!... - -Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santísimo Sacramento. -Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del emperador de Austria. Y -de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por su modestia, -encontré en los pasillos á otras altezas, cuyo nombre no necesité -preguntar por serme sus caras bien conocidas. - -Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del público sale en -silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos. - ---¡Sublime! ¡Inmenso! - -Casi siempre son españoles, italianos ó franceses los que gritan -entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que gritando -intentan convencerse á sí mismos. - -Han oído hablar del Festival Wágner como de algo extraordinariamente -misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo en lo -sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su -viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose -que, aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada -nuevo han visto. - - - - -X - -El "Mozarteum" - - -Al ir de Munich á Viena, la primera población que se encuentra, pasada -la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno -de los lugares más hermosos de la vieja Alemania. - -Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida -por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que el Congreso de -Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo el mapa -de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas -del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese -por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su -edificación roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje. -Una catedral gótica recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un -castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas más hermosos del mundo. - -Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigüedad. Á pesar de -las glorias históricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus -paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico Teofrasto -Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la -antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación -y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el -castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del -paseo. Un niño nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una -celebridad universal é imperecedera á la pequeña población alemana. - -El príncipe-arzobispo de dicha época, amante de la música, como todos -los señores alemanes, tenía á su servicio un maestro de capilla, pagado -miserablemente y abrumado por un continuo trabajo. - -Este pobre músico ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de -Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de túnel y sus -galerías, dando acceso á innumerables puertas. Un día el necesitado -maestro vió aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le -pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su -padre, llamado Leopoldo Mozart. - -Los vecinos del viejo caserón vivían en continuo concierto. Por las -tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral ó en el palacio -del arzobispo, los músicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como -el maestro, reuníanse en la casa de éste. No tenían dinero para ir á la -cervecería, y se juntaban trayendo sus instrumentos, para deleitarse -mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras -de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del señor. Llegaban con -sus raídas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas de un blanco -rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se -agrupaban ávidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con -un voluminoso cuaderno en la mano, última novedad musical enviada por el -_kapells-meister_ de algún otro principillo alemán. - -Sentábase al piano el maestro, gemían los violines, roncaba el -contrabajo, extendía el violoncello la caricia aterciopelada de su -varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegría pastoril, y la -vieja casa parecía rejuvenecerse con esta alma melódica que corría por -las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la -hacendosa y dulce Ana María Pertlin, cosía con los ojos bajos y el oído -atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto á su padre, seguía con -admiración el desarrollo de la música; el pequeño Amadeo, á gatas por la -habitación, interrumpía con sus balbuceos el sonido de los instrumentos. -Cuando apenas sabía hablar se quejó amargamente viendo que llegaba un -amigo de sus padres con las manos vacías. - ---¡Hoy no traes tu violín de manteca!--exclamó con acento de decepción. - -La manteca era para el pequeño salzburgués lo más fino y más dulce del -mundo. - -No sabía aún modular palabras con su boca y hacía ya hablar al piano; -los signos del solfeo los aprendió antes que los caracteres del -alfabeto. Mariana dominaba la música lo mismo que él. En Salzburgo, -todos se hacían cruces del niño prodigioso, que á los seis años tocaba -el piano como un concertista. El mismo príncipe-arzobispo se dignó -llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de -capilla, pero sin ocurrírsele aumentar el sueldo de éste en unas cuantas -_coronas_. - -Las necesidades de la vida impulsan de pronto á Leopoldo á una -resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una avidez de -empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la -madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula -y graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca -peluca de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su -padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones -penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas ó en palacios de -potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y -otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la -entrada. En la corte de Viena, le tratan como un príncipe y juega con -la archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles -le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de -Luis XV. En Italia, la muchedumbre fanática de Nápoles, asombrada de su -precocidad, cree que el músico niño ha hecho pacto con el diablo y le -obliga á tocar quitándose una pequeña sortija que lleva, á la que -atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone una ópera á -los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el público le -saca en hombros, gritando: _¡Eviva il maestrino!_ - -Muere el padre; la hermana, simple compañera de ejecución musical, -vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la -obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando -pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de -luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos -italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le -aconseja pedantescamente que imite al primer músico de la época, el hoy -olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por -unos cuantos florines, cada vez que un gran señor da un baile en su -palacio. Los rivales abusan de su carácter bondadoso y dulce, acosándolo -con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre -la nube de músicos y poetas de todos los países, caída sobre Viena por -la atracción que ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra -pocos amigos. Su dulce debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el -español Vicente Martín, un músico procedente de Valencia, autor de -óperas olvidadas y que figura en la historia de la música como inventor -del vals. También son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y -licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena -embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas -y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven. - -Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del público, pero no le -dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos Martín y -Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la boda, -y le encuentran bailando con la mujer. - ---Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos -así--dice el maestro sonriendo. - -Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que -hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época. - -En Praga, con el estreno de _Don Juan_, empieza para él la celebridad. -Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le -piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas -ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce -igualmente la muerte siguiendo sus pasos. - -Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la -vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro, -le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos. - -Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á -Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que -acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es -la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á -escribir la famosa _Misa de Requiem_ convencido de que se estrenará en -sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de -que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el -temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando -sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba -extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y -con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor. - -Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas -partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los -ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas -antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cortó con un gemido. - ---¡No, no puedo más! - -Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las -lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al -fin, podía dar expansión á su dolor. - -Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba -sobre Viena un verdadero diluvio. - -Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena, -algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería, -agradecida á Mozart por su _Cantata de los fracmasones_, que aun se toca -en muchas logias. - -El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El -agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de -hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los -arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse -cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles -interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo, -diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un -día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores -habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las -afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un -paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un -coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie. - -Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el -cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había -presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni -pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un -solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo -del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto -que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo. - -La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro -de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El -_Mozarteum_ contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y -pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro: -instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura -un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el -conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran -la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías. - -Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal -vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en -el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del -_Don Juan_. - - - - -XI - -Viena la elegante - - -Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses, -bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes: -aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á -guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una -pluma ó un grupo de flores silvestres. - -Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída -sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas -de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania -siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses, -únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la -invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles. - -La _tirolesa_, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus -trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas. -En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente á la -estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los -tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y -gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas -versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas -de nieve. - -La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando -se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes -compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café -que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En -Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los -violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el -_Fausto_. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y -elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos -públicos. - -El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal. -Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier -otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena -el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles, -hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para -recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de -un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola -desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de -dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con -artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de -música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de -ópera. - -En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del -pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas -orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas -venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los -abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles, -abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos -_tedescos_ manejaban como ángeles sus instrumentos. - -Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que -todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio -Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía -_minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y -Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos -aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y -fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el -famoso Congreso de 1815. - -Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora, -resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas -del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el -vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo -el mundo piden el último tipo de elegancia. _Modelo de Viena_, dicen en -los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos. - -Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una -sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la -comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que -atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como -institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de -desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad, -raramente usan corsé. - -Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer -momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente -de España ó de Italia. - -Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á -las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La -española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de -Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de -Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son -superiores por la variedad y el número. - -Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y _europea_. -Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de -aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido -depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por -dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena. -Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio -austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y -costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros -obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han -producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra -ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el -supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en -las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los _tzíganos_ -ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_ -que vagan por Europa. - -Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su -color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una -gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es -devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y -elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas -del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece -caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca. - -El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se -reflejan en el teatro y la novela. - -El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan -imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones. - -En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de -Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién -salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables. -Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las -láminas de un periódico de modas. - -Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la -inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo, -Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige -grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!... - -La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde -había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por -Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas -suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman. - ---Viena...--decía con indignación--. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El -lugar más corrompido de la tierra!... - -Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de -Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón -imperial, con todas sus decepciones y protestas. - -En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean -en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una -estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos -húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre -paseo, en el _Wurst el Prater_ ó «Prater del Polichinela», el buen -pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza, -esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por -encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien -iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española. - - - - -XII - -El subterráneo de los emperadores - - -El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus -brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo -que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace -comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón -Imperial. Estoy en la sacristía del _Capuzinekirche_, templo en cuya -cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria. - ---El caso es que mañana no podré volver--digo yo por contestar algo al -fraile. - ---¿Es usted francés?--balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que -sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la -Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme. - ---No señor; soy español. - -Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura -acariciadora. - ---¡Ah, español!... - -Puede correrse Europa entera sin que la condición de español despierte -en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga curiosidad que -inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza con un -fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad -española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si -España fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce -tribus depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que -alabar al Señor y engullirse el maná caído del cielo. - ---¡Español! ¡español!--repite en su francés balbuciente el hermoso -capuchino. - -Y después de descolgar una llave, me invita con bondadosa protección á -seguirle por los corredores que conducen al Panteón Imperial. Siendo -español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme. - -De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si -hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos: - ---La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y á su madre, la -señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los capuchinos. - -Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para comunicarme sus -impresiones. - ---Yo he estado en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San -Sebastián para ver á la reina. Me regaló un pequeño Cristo muy -milagroso: el Cristo de... de... - -Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo -recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome con ojos suplicantes -para que eche una mano á su memoria. - ---No sé--murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia--. ¡Hay -tantos allá!... ¡Tantos!... - -El también adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota -visión. - ---¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero tan lejos! - -Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos por una escalera, -recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos blancos. Al final -de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris -de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas; -dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del -imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento -cuarenta, con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar, -lo mismo que los bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo -de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este -es el último asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han -reinado sobre media Europa y dado reinas á la otra media. - -El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la tumba de María Teresa, -hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de -Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han venido á -sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener -mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc, -pudriéndose en su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra, -que limpia y consume al envolvernos en su caricia. - -La dinastía imperial de Austria, como si pretendiese vencer á la muerte, -se resiste á desaparecer en las entrañas del suelo, y está como de -cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á su imperio, -que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día -vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un -cuerpo muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de -nuevas vidas. - -Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la muerte, con sus -cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente -trágico. - -Una implacable maldición parece gravitar sobre esta familia -todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las reinantes. -Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa. - -La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma sus mejores Estados -espirituales, á no ser por la casa de Austria. Los reyes de España, -después de largas guerras, sólo pudieron conservar fiel al Papado la -católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable -de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Años, -mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados. - -Este buen servicio á la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austriaco -con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejércitos, con ser -muy valientes, parecen sin otra misión en la historia que la de ser -vencidos por franceses, alemanes é italianos. Sus monarcas han sido -objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les -distinguiese con especial antipatía. - -La cripta de los Capuchinos recuerda los subterráneos de las -terroríficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una -tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un -siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las más tristes -historias. - -Dos féretros de plomo, cubiertos de coronas, rasgan, con la brillantez -de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas, la penumbra gris -del subterráneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz -Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba -por el mundo de riguroso incógnito, como una viajera cualquiera. Nadie -la conocía; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz; -transcurrían años sin que volviese á sus dominios; pero sin embargo, la -fatalidad, que respeta á los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de -su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta -viajera, vestida de negro. - -En la otra caja está su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los más -grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba, -como un protagonista de «Crónica de sucesos», dejando, al abandonar el -mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputación ó -un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez. - -Unos ataúdes, sin adorno, oxidados por los años, encierran los dos -últimos pensamientos de Napoleón. En uno está María Luisa, graciosa y -casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos, -entregada cobardemente por su padre á un sublime advenedizo, ansioso de -ennoblecerse históricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo -y acreditado centro de exportación de reinas. Ser esposa amada de un -Napoleón, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la -hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras, -abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos -vulgares y muriendo en un ridículo principadillo italiano... ¡qué final -puede hallarse más triste! - -Junto á ella duerme el _rey de Roma_, el _Aiglon_, el joven paliducho, -soñador y vacilante, que Napoleón dió al mundo, como esas ramas faltas -de savia que echan los árboles gigantescos cansados de producir. La -sangre de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la -dinastía austriaca. Sus ojos, al abrirse á la luz, vieron en torno de -él, como servidores, á los hombres más poderosos de la época: brazos que -conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el imperio de -Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del -mundo sentían rodar lágrimas por los canos mostachos al contemplar su -retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo, cuando le -sorprendió la muerte en las habitaciones de Schoenbrunn (un palacio en -el que se instaló su padre como conquistador y que habitó él como nieto -pobre, portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y -la sangre rancia sólo dejó como recuerdo de su paso por el mundo un -melancólico vals. La última vez que le vió el pueblo de Viena fué -mandando un piquete en el entierro de un general obscuro. ¡El hijo de -Napoleón escoltando el cadáver de un militar sin nombre, que más de una -vez habría corrido ante su padre!... - -Un ataúd aislado, junto á una pilastra, guarda otra tragedia. El nombre -de _Queratarus_, que figura en la inscripción latina de la tapa, hace -surgir el recuerdo de Méjico y la fantástica tentativa de un imperio -americano, derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja -está Maximiliano I y último de Méjico, que llevó al otro lado de los -mares el destino fatídico de su familia. - -El pensamiento abandona el fúnebre subterráneo para esparcirse por el -mundo, y abarca á los innumerables archiduques errantes sobre la tierra, -como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que -equivalen á una maldición, y olvidar un apellido famoso, que parece -atraer la muerte ó la locura. El fantástico Juan Ort desaparece como un -héroe de novela en la punta más avanzada de la América meridional; otro -archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterráneo; otro -reniega de su apellido para ser capitán mercante; otro más se casa con -una cómica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La -desesperación ó la locura guían los pasos de estos descendientes de la -más católica y rígida de las monarquías. - -La familia se deshace. ¡Quién sabe la suerte de su vasto imperio, simple -expresión geográfica, sin cohesión de razas ni de espíritu, que -lógicamente debe fraccionarse, dando vida á organismos más homogéneos! - -La densa humedad del subterráneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores -de corrupción y moho, me hace ansiar la vuelta á la luz y al aire libre. - -Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontáneamente me -indica qué templo debo escoger para oir misa. - ---Cuando usted vuelva á España--añade con tono insinuante--, si ve usted -á la reina... - ---¡Gracias! No la conozco, no la trato...--digo modestamente, ante su -mirada de asombro. - -Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto -concepto que tiene de los españoles (¡los primeros de los católicos!), -le alargo una peseta austriaca. - - - - -XIII - -¡Hermoso Danubio azul!... - - -De Viena á Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas -por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomoción no ofrece duda -para los más de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqué á las siete de -la mañana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adiós á -Viena, envuelta todavía en las neblinas del amanecer. - -_¡Hermoso Danubio azul!_... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es -una exageración patriótica del músico Strauss, pues yo no lo he visto de -tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente -construcción, ni en las revueltas de su curso, que forma más de cien -islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con -altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de -los montes Karpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al -reflejo del acero pulido. - -Pero hermoso sí que lo es el célebre río, de una belleza majestuosa, -imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de -violín dedicados á su gloria. - -Cerca del puente del Brünn transbordamos á un vapor grande, y empieza la -navegación río abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente -veloz que acelera su marcha. - -¡Famoso viaje! Sobre la cubierta agrúpase una multitud pintoresca y -abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del imperio -austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pañuelo -sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid -cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de -farol y faldellín corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor -descuido deja ver la carne sonrosada y maciza más allá de las medias -atadas bajo las rodillas; campesinos húngaros de fiero bigote y -encintado sombrerillo, moviendo al andar los pantalones blancos de -campana y la blusa ceñida por una faja multicolor; soldados azules con -las piernas ajustadas en un _colant_ que les da aspecto de gimnastas, y -mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y -maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad -regular de perros enormes, que se espeluznan y enseñan los dientes cada -vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas. - -El vapor danubiano es un arca de Noé por el amontonamiento de personas, -animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente idioma, y sin embargo, -de la proa á la popa no hay quien entienda una palabra de francés, ni -menos de español. El capitán, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que -existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua -hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco, -donde sólo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados -puestos de frac sonríen estúpidamente, encogiendo los hombros, y hay que -emplear con ellos el más universal de los _esperantos_, el idioma de la -seña. En la cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de -ópera, me habla con palabras extrañas, y yo contesto con la misma -sonrisa de los mozos del comedor. - -El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un -aspecto más majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le -aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja, -deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetación que -espesos juncos, cañas y matorrales enmarañados. Es el terreno reservado -á las crecidas del gran río, que éste invade durante el invierno. De vez -en cuando, agítase la silvestre vegetación y surgen de ella, como -espantados por los bramidos del buque, rebaños de toros blancos ó de -color de canela, con los cuernos enormes, pero tímidos y mansos como -vacas. - -Más allá de este Danubio en seco, los bosquecillos, de árboles delgados, -pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos, de intenso -cultivo, granjas en torno de las cuales agítanse hombres y mujeres -vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la -iglesia, como una pollada alrededor de la madre. - -El curso del río, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al -través de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos -kilómetros de longitud. Las orillas están próximas; se oyen los gritos -de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un -gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama -Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son más que dos puñados de -casitas, y sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran -esculpidos en uno de los arcos de triunfo más grandes de la tierra, y -han servido para bautizar grandes bulevares de París. - -Hace próximamente un siglo, un hombrecillo de levitón plomizo y pequeño -tricornio, montado en una yegua blanca, encontró magníficos estos campos -para hacer pelear, en condiciones ventajosas, á los miles de hombres que -le seguían, contra otros miles de hombres que intentaban defender sus -familias y sus medios de vida, ó sea lo que se llama la patria. Aquí -ocurrieron las famosas batallas que aseguraron á Napoleón su dominio -sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos sucesos -_gloriosos_ que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra sobre una -altura que tal vez sirvió de pedestal durante unas horas al gran -conductor de pueblos. Un rebaño blanco rumia la hierba en el mismo suelo -que conmovieron hace noventa y ocho años, con pataleos de rabia ó de -agonía, numerosos rebaños de hombres. Brilla el acero de unas guadañas -en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente -sirve para el sustento de la vida y es producto de la corrupción de -quince ó veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse. - -En las alturas inmediatas al río, van apareciendo, fuera del dédalo de -islas, viejas iglesias góticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas -fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las -correrías de los turcos, y logró contener y esterilizar ante los muros -de Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una -invasión que hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina -elévase una pirámide de tierra, de 19 metros, llamada el _Hütelberg_, -que conmemora la expulsión definitiva de los otomanos. Su nombre -proviene de que la tierra la llevaron los habitantes de los alrededores -en sus sombreros (_hüte_). - -Al llegar á la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el -territorio austriaco y empieza el de la autónoma Hungría, que tiene por -rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la -altivez de un pueblo de vieja historia. - -Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un -nombre alemán y otro magyar. - -Presburgo, la segunda ciudad húngara, que un tiempo fué la capital, la -llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se -coronaban los reyes de Hungría, levanta por encima de los tejados una -aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo. - -Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente -al vapor suena una alegre música. Es una orquesta de zíngaros, negros y -melenudos, que saludan á los pasajeros, haciendo sonar sus instrumentos, -al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonríen con una expresión -inquietante, como si la música les inspirase proposiciones deshonestas. -Son los violinistas de los cafés de París, los famosos _tzíganos_ de -todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas -rojas ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de -andrajos y suciedad. No llegan á diez y parecen una orquesta enorme por -el terreno que ocupan y la _autoridad_ con que tocan. - -En primera fila están los pequeños, abiertos en extensa guerrilla y casi -ocultos tras el violín; mucho más lejos, los padres, y todos tocando la -_cazarda_, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado -atrás, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si -fuesen á desmayarse á impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la -actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastornó algo más que el -seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay. - -Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la navegación adquiere una -hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión de río enorme, -con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte -aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas -de cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso _Tokay_, ó -enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados. - -Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae la tarde. El sol no -es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre -montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio, poblando -de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las -paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que -parecen siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta, -empieza á apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal -afición á lo raro, que hace preferir los viajes difíciles siempre que -sean extraordinarios y no los hagan los demás. - -Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la -orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á surgir -blancos grupos de caserío y torres puntiagudas. - -¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepción -de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de venir por el -Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest es -sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista. -No lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros. - -Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una -cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera izquierda, -Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las -industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra, -siendo como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest. - -Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al río en una regular -extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades. - -En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequeña -mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo musulmán, -blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que ostenta -junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo. - -La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón -turco, que sus compatriotas juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla -al evacuar á Budapest. La obligación de conservar en buen estado la -tumba del santo musulmán, figura en un artículo del Tratado de paz de -Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el siglo XVII, y los austriacos -respetan el antiguo compromiso. - -Esta huella de la dominación turca me hace recordar que estoy ya en las -puertas del imperio de Oriente. - - - - -XIV - -La ciudad de los magyares - - -De noche parece Budapest una población de ensueño. La doble ciudad -refleja en el Danubio--que tiene cerca de medio kilómetro de -anchura--los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles de -Pest, que es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente -á Buda, enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de -las colinas y sembrando las rocas de faros eléctricos, que brillan como -lunas. - -Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles, -borrando momentáneamente, con el remolino de su marcha, los temblones -reflejos de las luces de los muelles. - -De los cafés, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta, -llegan á intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines ó -el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinas de la -Galitzia austriaca ó de Transilvania, con trajes pintorescos, que -recuerdan las invasiones turcas ó las guerras de María Teresa, van de -restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de -frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa, -se muestra aquí y parece sonreir amigablemente con su purpúrea y redonda -boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios suenan -tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas -de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen -recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho -pueblo. - -De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje -tirado por caballos húngaros, incomparables animales que marchan siempre -al trote largo, como si éste fuese su paso natural, y unen el vigor y la -corpulencia á la esbelta ligereza del corcel árabe. - -Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio, moteado de -luces, que envuelve á la doble ciudad, se muestra ésta monumental y -grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del -Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de -enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En -el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el -Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los -principales monumentos de su vida política. Sobre la ondulada cresta, -cubierta de profundas manchas de jardinería, está el San Matías, templo -del siglo XV, fortificado como un castillo. Á sus naves tuvo que venir -á coronarse, como rey de Hungría, el actual emperador de Austria, entre -las corvas cimitarras de los señores magyares, vestidos con el dolmán -tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y -ondulando sobre su gorro de húsar el blanco penacho sujeto con un joyel. - -Al lado de San Matías extiende sus innumerables cuerpos arquitectónicos -el _Királyi palota_, palacio real, en el que no ha vivido ningún rey -desde hace más de un siglo, pero que no por esto respetan menos los -húngaros como un símbolo de su relativa independencia. Ochocientas -sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó á construir María -Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles -modernísimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad -de mansión vacía, tiene algo de tumba; pero los húngaros lo adoran, -viendo en él una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar -que se alza en el corazón de Viena. - -El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de -los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magyares, que en el campo -llevan aún una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la -hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y -cuando quieren obsequiar á un compatriota ilustre, pianista ó poeta, le -regalan... _un sable de honor_, hablan de la Academia de Budapest con el -respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara -es una institución particular, fundada hace años por el conde Szechenyi, -quien la instaló en lujoso palacio y la legó un excelente museo. - -Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según los estatutos que -dictó su fundador, al estudio de la historia y la lengua húngaras, y al -de todas las ciencias, menos la Teología. Su biblioteca la forman medio -millón de volúmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los -cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela española, -figurando á la cabeza cinco de Murillo. - -Pero de todos los edificios públicos, el que más entusiasma á los -magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos húngaros -revolucionarios que en 1848 fundaron la República, presidida por Kosuth, -ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla, -vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo -sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el -Parlamento, el _Uj Orszaghaz_, como en un lugar de combate, donde dan -expansión á sus resentimientos históricos. - -El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que -atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última manifestación, -por el momento, de su antigua rebeldía. - -Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza. -Examinado más despacio, parece un disparate arquitectónico, una -fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras -que para nada sirven. El deseo de los húngaros fué poseer un Parlamento -más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su -inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones -políticas, y construyeron como gigantes. - -El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula -central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de -coronas. - -El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con -San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior -tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe. - ---Esto se parece á la Alhambra--afirman con irresistible convicción los -húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del -palacio árabe más que alguna tarjeta postal. - -Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente -las cámaras del Alcázar de Sevilla. - -Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol -construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles polícromos -titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen á -escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena, -los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de -los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de -cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante sobre -un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina -de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos, -prontos á tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la -abandonada emperatriz de Austria para gritar: _¡Moriamo pro regem -nostrum Maria Teresa!_; pero éstos si desean morir por alguien, es por -la independencia de Hungría. - -El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los -individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe -magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta. Los -misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la -independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á -la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey -de Hungría ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las -fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más -que asistir á las sesiones de su Parlamento. - -Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor amenidad posible, para -entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional -acometividad de la raza. - -Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan -generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeños, con una -amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen -verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un -héroe del país, y atribuyen á los hunos la fundación de Buda. En el -techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero -«Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes -mitológicos. - -Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su -magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y -pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la cabeza del -presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes que -aguardan á pie firme la contundente rociada. - -Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas, -se muestran más blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta -que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se -repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los -caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la -corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey -Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo -adiós á la patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y -obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos. - - - - -EN ORIENTE - - - - -XV - -Los Balkanes - - -El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el famoso poeta húngaro, -y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz entre Austria y -Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié. - -En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitán -del ejército servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el -pasaporte á los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante, -imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir á cada momento el -pasaporte, contestando á bulto las preguntas del policía, á quien no -entendéis y que no os entiende. - -Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus -pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del -Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado, capital de -la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua -ciudadela turca la confluencia de los dos ríos. - -Al apearme en la estación, gran extrañeza de los viajeros, todos los -cuales van directamente á Constantinopla, y de los mismos servios que -llenan el andén: gendarmes, policías de uniforme ó de paisano, simples -curiosos habituados á ver pasar los trenes de Oriente sin que á ningún -extranjero se le ocurra detenerse en su capital. - -Es de noche, hace frío y llueve. En la Aduana vuelven á examinar mi -pasaporte varios oficiales de gendarmería y un comisario joven, de largo -gabán, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el sombrero un -cráneo puntiagudo y pelado. Es el sabio de la compañía. Después de -examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad. - ---_¡Spaniske!_--exclama con cierto asombro. - -¡Un español en Belgrado!... Y la pregunta, que parece reflejarse en los -ojos de los oficiales servios, la formula el policía en una jerga mezcla -de italiano y servio. Les asombra mi propósito de entrar en Belgrado, y -aun se extrañan más al enterarse que es sólo un capricho, una curiosidad -de viajero. - -Me abstengo prudentemente de decir que mi detención no tiene otro objeto -que ver de cerca el Konak, el trágico palacio donde, hace cuatro años, -fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por los -oficiales sublevados. - -Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota -en las precauciones de la policía y en su deseo manifiesto de aislar al -país del resto de Europa. El nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejército, -que le dió inesperadamente la corona cuando más desesperanzado vivía en -un tercer piso de la ciudad de Ginebra, sufriendo grandes estrecheces; -pero á pesar de este apoyo, no olvida que existe en Constantinopla un -hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del asesinado -Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que, cualquier noche, un -grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el Casino -Militar, inmediato al Konak, y entrar en éste sable en mano, como -entraron hace cuatro años. - -Al fin, el bicho raro, el _spaniske_, puede penetrar en la ciudad, -dentro de un coche de alquiler que salta sobre el suelo mal empedrado y -pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas; las calles, -obscuras. Á grandes trechos farolas de electricidad, como para fingir -una civilización occidental; pero su luz turbia se pierde en las -tinieblas de Belgrado, haciendo aun más palpable la lobreguez. La -capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad española; -algo así como un gobierno civil de quinta clase, ó una de esas -poblaciones episcopales, sin otra vida que la que le proporcionan el -palacio del prelado y el seminario. Aquí, el obispo que da importancia á -la ciudad es un rey. - -Ni un transeunte en las calles. Son las diez de la noche y Belgrado está -muerta. Cada cien pasos, inmóvil bajo un cubertizo ó en el quicio de una -puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor guardada. El -gendarme servio da una alta idea del país, con su aire arrogante de -funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas -encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jóvenes, con una expresión -insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen una -fisonomía y un alma lo mismo que las personas, y el revólver que llevan -al cinto los gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su funda, -con deseos de saltar y hacer fuego por sí solo, sin mirar contra quién, -por un exceso de recelo y de fervor monárquico. Los que piensen -conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch, tienen que pasarlas -muy duras. - -Encuentro abrigo en el «Hotel de los Balkanes», especie de posada, á -pesar de su pretencioso título, en cuyo piso bajo, al través de una -espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza á media docena de popes -griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresión feroz, -con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Más -allá llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y -vistosísimos uniformes, blancos, rojos, grises ó azul celeste, -excelentes jóvenes con un perfil de ave de rapiña semejante al de su -rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectación, -como saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de -monarca al final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos, -acompañados de sus mujeres é hijas, beben con cierto encogimiento -respetuoso y sonríen cuando logran cambiar alguna palabra con los -sacerdotes y los soldados. - -Son tenderos judíos ó griegos, que saben venerar á estos firmes pilares -de la sociedad, y por esto el Señor bendice sus negocios y hace que -prosperan á costa de los pobres campesinos servios. - -Muchos de ellos se animan al conocer mi nacionalidad, y hablan un -castellano fantástico, mezcla de palabras anticuadas y de voces -orientales. - ---Yo espanyol... Los mayores, de allá... Espanya terra bunita. - -Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonríen señalando al -vacío, como si viesen á los mayores en su éxodo doloroso al ser -expulsados de la _terra bunita_, y acaban por mirarme con la misma -expresión de humildad sonriente que á los popes y á los fierabrás -uniformados, cual si la vista de un español les abriese las carnes con -amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atávico terror de raza -acobardada por luengos siglos de palos y despojos, no impide á estos -dulces _espanyoles_ que al día siguiente le suelten al compatriota -moneda falsa en sus tiendas, ó le hagan pagar doble el paquete de -cigarros ó la tarjeta postal. - -En la plaza del mercado, poco después de la salida del sol, puede -apreciarse el carácter pintoresco que aun guarda el pueblo servio. -Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro -largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería. -Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro -nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen -unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto -unas polainas de piel de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas -abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pañuelos puestos á la -oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias mangas, -y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada, á guisa -de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores semejante -á un pedazo de alfombra. Son aún los campesinos de la dominación turca, -el pueblo formado con los sedimentos de innumerables invasiones -guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de civilización -occidental, con sus tranvías, su alumbrado, sus tiendas, sus periódicos -y su único teatro. El pueblo servio no es más que una tribu belicosa que -cultiva la tierra. - -La tragedia del Konak debió parecerle el suceso más natural del mundo. -Matar á unos reyes para poner á otros en su sitio todavía caliente, es -un hecho vulgarísimo en Servia. Alejandro no fué el primer soberano -asesinado, ni será, ciertamente, el último. - -Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles -al lado de un oficial ó de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y -en cuanto á militares, se ven, relativamente, más en Servia que en -Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin -ella, con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes -militares son tan incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que -creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios, -vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales con -la exageración propia de una ciudad de provincias, que los que siguen -fieles á los antiguos usos; así los sacerdotes, los militares, los -estudiantes saturados de teología ortodoxa y los altos empleados del -Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y París, todos -tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento, -adivinándose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para -dejar al descubierto al bárbaro, al servio belicoso de otros tiempos, -que fué el más implacable de los guerreros. - -Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no más grande que -cualquier hotel de la Castellana. Esta monarquía, que sólo lleva -cuarenta años escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los -servicios de la vida moderna, manteniendo, además, por halagar el -sentimiento nacional, un gran ejército, no permite á sus soberanos -grandes lujos. - -Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el -inventario de la _aventurera_, de la _Mesalina_ odiada por el pueblo, su -ajuar resultó más insignificante que el de una mediana _cocotte_. Creo -que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su -dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los -cotillones, lo mismo que una señorita pobre. Sobre la mesa de noche se -encontró abierta una novela de Anatole France, que estaba leyendo en el -instante que entraron los oficiales sable en mano para hacer pedazos á -ella y á su esposo, como una pareja de bestias dañinas. Seguramente que -este volumen era el único libro francés que existía en Belgrado. - -Paso un día entero aburridísimo en la capital de Servia, aguardando la -noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera -impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de -provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de -bravos sin instrucción, que tienen metido en el puño á su país; popes -que van de café en café empinando el codo con una sed insaciable; -señoritas de ojos asiáticos y sombreros copiados de París, que pasean -por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de -música que toca en el jardín de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada -de bustos de servios ilustres... - -Salgo de la ciudad con el propósito de visitar, en una llanura lejana, -la famosa «Torre de los Cráneos». Los turcos, para intimidar á los -belicosos hijos del país, que les molestaban con una incesante lucha de -guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con cráneos de -servios desde los cimientos á las almenas. Hoy los cráneos han sido -enterrados por la veneración patriótica, pero la torre sigue en pie, -mostrando en su argamasa los innumerables alvéolos que contenían las -calaveras. - -Al ir á la estación y ver por última vez las calles de Belgrado, paso -ante el pequeño teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la -función del día. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos á 24 de -Agosto, cuando yo creía vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de la -religión ortodoxa griega me regala trece días más de vida al pasar por -el país de los Balkanes. - - - - -XVI - -Los turcos - - -Un río, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre ó abuelo por el -nombre de nuestro río aragonés, y en cuyas orillas destrozaron las -Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio -de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turquía europea. -Allí donde alcanza la benéfica influencia de sus aguas, el suelo -balkánico es fértil y bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas -de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despeña una agua roja que -arrastra la envoltura de tierra de las montañas. En los extensos prados -pacen salvajes potradas ó rebaños de bueyes con las astas echadas atrás, -en compañía de corderos enormes, de cuernos retorcidos como caracoles, y -tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos, que se comprende que -los artistas de la antigüedad los escogieran para el adorno decorativo -de palacios y altares. - -En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la Rumelia crece el arroz; -en los campos secos amarillea el maíz; por las pendientes espárcense las -viñas que producen el vino de los Balkanes, único que beben los -cristianos y judíos del imperio turco. Las aldeas apenas si sobresalen, -con débil relieve, sobre el fondo rojo de los montes, faltas de -campanarios ó de minaretes, con la llana monotonía de la religión -griega, que no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus -plegarias á las nubes. - -Sofía, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado, aunque sus habitantes -parecen de carácter más dulce. Su gobierno, dirigido por un príncipe de -origen francés, que ha vivido largas temporadas en París, muestra gran -empeño en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos mejores -edificios de Sofía son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de -donde salen importantes publicaciones. Esto, en un país como el de los -Balkanes, significa algo notable. - -En Filopópolis, capital de la Rumelia oriental, todavía se ven los -uniformes búlgaros; sables pendientes del hombro, altas botas, bonetes -de astracán copiados de los rusos, grandes protectores del país; pero -las mezquitas cortan el horizonte, incendiado por la puesta del sol, con -la línea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como -agujas. La huella de la dominación turca no se borra fácilmente. - -Cambia de pronto el personal del tren: los empleados de amplia gorra á -la alemana son sustituídos por otros con fez rojo. Este gorro otomano, -de color uniformemente purpúreo, empieza á verse por todas partes, dando -á la muchedumbre vestida de obscuro el aspecto de una aglomeración de -botellas lacradas. Suben á los vagones los aduaneros, arrastrando el -corvo sable y llevándose para saludar una mano á la frente y otra al -corazón. Gran registro de maletas, para no tocar nada más que los libros -y los papeles. Luego se presenta la policía, graves señores de barba -negra, pálidos y tristes como ascetas, con algo de clerical en sus -levitas negras y sus gorros rojos é inmóviles. - -Examinan los pasaportes con cierto aire de cansancio, sin hablar apenas, -y se van lo mismo que han venido, después de copiar los nombres en -caracteres turcos, desfigurándolos al capricho de su pronunciación -gutural. - -Estamos en el imperio otomano, en la estación de Adrianópolis, segunda -capital de la Turquía europea, que sigue en importancia á -Constantinopla. Los andenes están llenos de militares, con sus sombríos -y elegantes uniformes europeos, semejantes á los de Alemania, pero -rematados invariablemente por el fez rojo. - -Adrianópolis es la gran población militar de Turquía. Un ejército de -80.000 hombres está acuartelado en la ciudad y sus alrededores. Los -rusos, la última guerra con Turquía, llegaron á Adrianópolis y -acamparon en su recinto. ¡Quién sabe si tardarán mucho, los mismos -extranjeros ú otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas mezquitas y -enormes fortificaciones!... - -Turquía es el «gran enfermo» de Europa, según una frase mil veces -repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por cerrarse -el paso unos á otros, aguardan á que el enfermo se muera para repartirse -sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su dolencia, -para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y escoger -con más seguridad cuando llegue el momento de la rebatiña general. - -Yo soy de los que aman á Turquía y no se indignan, por un prejuicio de -raza ó religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en -Europa. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por -tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que -acompañan á toda guerra. Si sólo debieran vivir en Europa los -descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando á las razas -invasoras que llegaron después procedentes de Asia ó África, nuestro -continente quedaría desierto. - -Yo amo al turco, como lo han amado, con especial predilección, todos los -escritores y artistas que le vieron de cerca. Diez y nueve razas pueblan -el vasto imperio otomano. Mahometanos, judíos y cristianos, divididos en -innumerables sectas, forman esta aglomeración de seres, distintos por -orígenes y tradiciones, que lleva el nombre de Turquía, y sin embargo, -como dice Lamartine, «el turco es el primero y el más digno entre todos -los pueblos de su vasto imperio». - -Existe una concepción imaginaria del turco, que es la que acepta el -vulgo en toda Europa. Según ella, el turco es un bárbaro, sensual, capaz -de las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas cortadas ó -esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con -igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda ó los -Países Bajos, los cuales no pueden oir hablar de España sin imaginarse -un país de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple -errata en una oración, y donde todos los ciudadanos somos duros é -inexorables como el antiguo duque de Alba. - -Los turcos han sido crueles porque han guerreado mucho, y la guerra -jamás ha sido ni será escuela de bondades y de dulces costumbres. Otros -pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de Cristo, han -tratado por medio de sus cañones y fusiles á los indígenas de África y -Asia peor que los turcos á las poblaciones de los Balkanes. - -Todos los escritores que han viajado por Turquía, se irritan contra la -injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es bueno y franco. -Su dulzura se manifiesta por un gran respeto á los animales. Jamás se le -ve maltratarlos. - -La injusticia y la traición son los dos resortes que disparan su cólera. -Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas de una exquisita -cortesía, su pèna por las injurias ó las humillaciones sufridas, -aproveche la primera ocasión para saciar su resentimiento. - -La hospitalidad es la más visible de sus virtudes. No hay aldea en -Turquía, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeración de -europeos aun no les ha enseñado lo que somos, que no tenga en todas sus -casas la «habitación para viajeros», el _mussafir odassi_, donde todo -viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin -que el dueño muestre el más leve empeño en saber quién es y cuáles son -sus opiniones. - -El turco es el más religioso de los hombres. Su fe es inquebrantable: ni -la menor sombra de duda viene á turbar sus creencias. Está convencido de -que posee la verdad; pero no siente el afán de los occidentales por -imponer esta verdad á los otros, despreciando ó escarneciendo lo que el -vecino piensa. Podrá creerse superior á los demás por ser musulmán y -tener su religión como la única verdadera; pero no hace el menor -esfuerzo por imponerla á nadie. El fanatismo mahometano del moro de -África no lo conoce el turco. En sus ciudades funcionan diversos cultos, -y sacerdotes y templos son respetados con el escrúpulo que inspira á los -otomanos todo lo que representa la fe en Dios. - -Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes -muestras de tolerancia. Jamás entran los turcos en los templos -católicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas ó las iglesias -griegas á turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes -mahometanos, tienen que irse á las mezquitas de los arrabales á hacer -sus plegarias, pues en las céntricas y famosas se ven molestados por las -bandas de europeos y europeas que entran con el _Baedecker_ en la mano y -el guía al frente de la expedición, tocándolo todo, queriendo verlo -todo, riéndose de las ceremonias y de la cara en éxtasis de los fieles, -y apostrofándolos algunas veces porque siguen las creencias de sus -padres y no quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los -otros. - -Las matanzas de _cristianos_ que ocurren de vez en cuando en Turquía, no -tienen nada de religioso. Á ningún turco se le ocurre matar porque la -plegaria ordenada por el Profeta sea mejor que la misa de los armenios. -En tal caso, dirigiría sus ataques contra los templos. Esas matanzas de -cristianos, que explotan en Europa el fanatismo religioso y el interés -político, desfigurando su carácter, son simples conflictos por el pan; -choques sociales semejantes á las sangrientas peleas que ocurren á veces -en Marsella entre trabajadores franceses é italianos, ó á los asesinatos -de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos cuando -ven que, por la concurrencia terrible de los asiáticos, pierde su -precio la mano de obra. - -El armenio, que es en Turquía el cristiano por excelencia, se atrae las -mismas cóleras populares que el judío de la Edad Media. El turco, señor -del país, no puede moverse sin tropezar con el armenio, raza vencida que -aprieta el dogal á sus dominadores con un odio de siglos. Los armenios -son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos que poco -á poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimañas de la usura la -vida entera del pobre osmanlí, que trabaja y trabaja sin verse libre -nunca de la esclavitud del dinero. De propietario pasa insensiblemente á -ser mísero arrendatario de la tierra que cultiva; si toma una industria, -el armenio le empobrece fingiendo protegerle; si, acosado por el hambre, -quiere hacerse _hamal_ y cargar fardos en los puertos turcos, su -enemigo, más musculoso y listo que él, le quita el sitio, trabajando por -menos dinero. - -Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta mucho de proteger á -los demás y es magnánimo en sus dádivas; pero por esto mismo resulta -ávido de dominación y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios se -condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que -se convierten astutamente en sus amos, y entonces apela á la espada, -suprema razón del Profeta. - -¡Pobre Turquía! Viéndola de cerca se la ama más, porque se aprecian -mejor sus cualidades y se ven con mayor claridad los peligros que la -amenazan. - -Al llegar á ella, sorpréndese el ánimo viendo los enormes territorios -que ha perdido casi recientemente. - -En nuestros días ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la -Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la -Rumelia. Esos despojos de su antigua dominación forman reinos. - -La Europa Occidental sueña con arrojar á los turcos al otro lado del -Bósforo, arrebatándoles los territorios que poseen en el continente, -enormes todavía, pero insignificantes comparados con sus dominios del -pasado. - -Algunos ven en esto una gran victoria histórica, un desquite de la vieja -Europa, que devuelve el territorio asiático á los invasores que tanto -miedo la hicieron sufrir. - -Error: el turco ya no es asiático, como nosotros no somos latinos, á -pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningún pueblo del mundo -merece con justicia el origen que ostenta. - -Los turcos del Asia Central, que aun existen en el territorio de los -Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar -hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiáticos son de -raza amarilla. Los turcos del imperio otomano, los que todos conocemos, -son ya caucásicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con la -raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas, -han fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento étnico. - -Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de -Madrid. Cada cara recuerda un nombre. Á veces se duda, al cruzar la -mirada con los ojos de un transeunte, y se lleva la mano al sombrero -para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir: - ---Amigo López... ó amigo Fernández: ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito -rojo, que le he conocido! - - - - -XVII - -Constantinopla - - -Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó -_Nueva Roma_, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre -prevalecería como título de la enorme ciudad. - -No hay población que pueda compararse, por su belleza topográfica, con -la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata, -formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar de la -antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática. - -Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay -que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el -final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la -izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa -la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la -continuación del Bósforo, hasta dar con el Mar Negro. - -En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama -izquierda, está Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, ó -sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se -hallan asentadas Galata y Pera. Á lo largo del Bósforo, ó sea en todo el -lado derecho de la Y, desde la base de la letra á su remate superior, -están Scutari y demás poblados que pertenecen igualmente á -Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre -las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos -piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero -turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y -vienen por el enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar -Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente á otro. - -Las tres ciudades más importantes en la historia de la humanidad son -Atenas, Roma y Constantinopla. - -Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y -aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan -todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria -indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que -si ella no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble -herencia, ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y -produjeron para nosotros hace tres mil años. - -Es de uso corriente despreciar á Bizancio y desconocer la importancia -histórica del imperio de Oriente. - -Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por -su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan -siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por -monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo sutilezas -teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos -debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó -menos que el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de -«las discusiones bizantinas», saturado de nimias sutilezas de la -decadencia griega, andaba á palos y cuchilladas en las callejuelas de -Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil incidentes de sus carreras -de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos -bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo bizantino en -dos grandes partidos, y _verdes_ y _azules_ ocupaban el poder á fuerza -de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo -de batalla. - -Á todas estas desgracias se unieron las grandes hambres, los incendios, -la peste y los continuos ataques de los búlgaros durante los mil años -que sobrevivió el decaído Bajo Imperio. - -Pero á pesar de su larga agonía. Constantinopla, centro del imperio de -Oriente, tuvo su grandeza y sirvió noblemente á la civilización. Ella -guardó las tradiciones del arte griego, la legislación romana, los -monumentos literarios, toda la antigüedad; y cuando en el siglo XI -surgió el primer intento de Renacimiento, y en el XV llegó á ser un -hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los -hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia -la antigüedad clásica. Además, durante la Edad Media fué Constantinopla -la gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiáticas. -Europa, defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente -á su abrigo. La cristiandad se dió cuenta de la importancia de -Constantinopla cuando después de caer ésta en poder de los turcos, los -vió avanzar en unos cuantos años hasta el corazón de Europa, siendo -precisa una acción común para atajarlos junto á los muros de Viena y en -las aguas de Lepanto. - -Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas -de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma conserva el -esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y -circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo -arrasó todo, más que por barbarie, por afán de dominación, por celos del -pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con -las del período de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respetó -Santa Sofía fué para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo -signo del cristianismo griego. - -Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la -ciudad. En 1204 los cruzados creyeron más cómodo y lucrativo conquistar -la gran metrópoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su -asalto fué terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no quedó -piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios -y los marinos genoveses y venecianos que conducían en sus galeras la -expedición, se cobraron el pasaje de la cruzada llevándose á sus -repúblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo, -los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de -San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo. Cuando, -expulsados al fin los cruzados, volvió á restablecerse el imperio -griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero empobrecidos -por el despojo, y antes llegó la conquista de los turcos que el nuevo -florecimiento de Bizancio. - -Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán hermosa es con su -aspecto musulmán! No existe ciudad que pueda comparársela en grandeza. -Londres ó París son más enormes, pero el viajero se convence de esto -porque así lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible -encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación -exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede -abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno -de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran -Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana. -Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal -aspecto de inmensidad. Su vecindario es de millón y medio de seres, pero -cualquiera puede atribuirle cuatro ó cinco millones. - -Á lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el caserío ondula -apretado sobre las colinas. En primer término se ven dos ciudades, -siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre éstas aparecen -otras, en alturas que se alejan, y más allá continúa el caserío hasta -esfumarse en el horizonte, azuleando como las montañas remotas. Y cuando -la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la -extensión de agua azul, ve al través de un bosque de mástiles una ribera -que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones -urbanas, que cubren llanuras, escalan montañas y son también -Constantinopla. - -La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su península -al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la -plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una -llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas -cúpulas que ascienden en torno de la cúpula central, rematada por una -media luna que arde bajo los rayos del sol. - -¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla!... Venía yo de -contemplar, á cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás -ha puesto su pie ningún cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del -Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y creyente de -Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrás de la -Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen á los -pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le -desean á gritos las mayores desgracias. - -La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el -remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había -desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su -blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella -centelleaba en este intenso telón de seda, como un brillante perdido. En -lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la -que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos. - -La enorme ciudad aparecía partida en diversos términos, como los -bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos á la ribera, negros y -levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los -de segundo término, ligeramente sonrosados por los reflejos del -atardecer; los remotos, marcándose, azulados é indecisos, como -montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un -sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta -aglomeración, envuelta en el misterio del crepúsculo, los bosques de -marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las -cúpulas de las mezquitas. - -Un silencio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de la -sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra, -anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea, -cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que -aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca. - -De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenzó á descender -de los mástiles. Sobre las cubiertas veíanse agrupadas las -tripulaciones, con el fez, que iguala á oficiales y marineros. En el -cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones -á lo largo del muelle, destacándose en la penumbra la línea roja de sus -cabezas alineadas. - -Á un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con -gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los -balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con -turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con -las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los -buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste, -semejante á las saetas de la Semana Santa en Andalucía. - -_¡La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah!_ cantaban con melancolía -religiosa, en el misterio del crepúsculo, los hombrecillos semejantes á -hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros -alineados á lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes -cañones y las torres blindadas, rugían al contestar como un estampido: -_¡Allah! ¡Allah!_ Y al ver esa fe de los desiertos asiáticos, este ardor -fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse á bordo de -los buques acorazados, última expresión de los adelantos científicos que -repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagorías del -pasado, tuve una visión exacta de lo que es la Turquía moderna: europea -exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente -despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de -Mahomed II á la conquista de Constantinopla. - - - - -XVIII - -El Gran Puente - - -Para el que desea conocer en conjunto la variadísima población de -Constantinopla, el mejor punto de observación es el Gran Puente, que va -de Galata á Stambul. - -Tiene medio kilómetro de extensión, y su piso de maderos desiguales, en -los que tropieza el transeunte, está asentado sobre pontones -insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos -lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes más sólidos. - -Á un lado descuella, sobre el caserío en pendiente, la maciza torre de -Galata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que -parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si -cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana -Validé sus esbeltas torrecillas y sus cúpulas con medias lunas de oro, -cual una construcción de _Las mil y una noches_. - -Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el espectáculo -del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por su forma -curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables desembarcadas -en él. - -Navíos de todos los países forman una segunda ciudad flotante á ambos -lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una -parte de éste para dar paso hacia el Bósforo á los grandes navíos de -guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de -Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bósforo; las islas -de los Príncipes ó Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del -Puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble -cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las -chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces -cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las -corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hélices conmueve con -violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una -inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando á la menor -imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmóvil y medio -tendido. - -Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda á las galeras de -la piratería, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como -venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa -é inquieta granujería de vaporcitos _moscas_ y botes automóviles, que -parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus -tardías proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares -hacia los puertos del Mármara: los buques del Occidente europeo van -hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petróleo. Grandes bandas de -gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas -ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo -de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir -de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en -los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol -doradas transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo -Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el -espacio. - -Para ser capitán de buque ó simple remero de caique en el Cuerno de Oro -y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en -Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito de -que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos -en distinta dirección. - -La primera vez que se navega por los citados callejones marítimos, el -alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero cascarón que apenas -puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las -hélices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan -los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa -exactitud para no ser alcanzados. Un instante más y desaparecerían. Los -vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable -el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin choque alguno. - -Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag, -sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la misma atención -que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de -Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques que -vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto -hay que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una -orilla á otra; de vaporcillos _moscas_, que llevan en su popa banderas -de todas las naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros -negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con -antifaces y capuchones que sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan -los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco á otro las malas -palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas; -arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento -oleaje; álzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar -un descuido, un choque insignificante; á cada momento parece inevitable -una colisión, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más -que muy de tarde en tarde. - -Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose, como hongos adheridos -á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y pequeños cafés, todo -miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero -con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores -suciedades. - -Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua -removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la -extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda -Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los -cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de -macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á -la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el -_narghilé_ y pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al -permanecer impasibles é indiferentes en medio de este movimiento loco y -ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como -máscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso á los -vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por -entre los que puede pasar un pie, y además, están cubiertos de residuos -de frutas. - -Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas -que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judíos que hablan un -español extravagante, van de un lado á otro pregonando rosarios -musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjolí, y -bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En las -puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y -enormes sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en -árabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas -botellas de limonada ó naranja con un limón por tapadera, y más adentro -humean las pequeñísimas tazas de café turco, líquido pastoso digno de -los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo así -como una institución pública venerada y popular, pasan por entre las -piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida. - -Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y -si desean tomar un barco siempre llegan tarde. - -Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y -mira como un misterio: la hora y la moneda. - -En Constantinopla hay dos horas: la hora _á la franca_, que es la de los -relojes de la Europa occidental, y la hora _á la turca_, que es por la -que se rigen vapores, tranvías, etc.; todo lo que depende del municipio -y del gobierno. - -La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos -los días los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni -aun ellos mismos sepan ciertamente en ningún momento cuál es la hora -exacta. La medida del tiempo cambia por día y por estación. Cuando -nuestro reloj _á la franca_ marca el mediodía, el turco dice -tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como unos meses después -dirá que son las tres ó las cuatro. - -No hay en esto otro daño que el llegar tarde á todas partes, perdiendo -trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas: pero lo de la -moneda trae mayores perjuicios. - -En Turquía hay _buena moneda y mala moneda_, y según se recibe un pago -en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay también moneda -borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay -papel emitido por el gobierno otomano, llamado _kaimé_, que carece de -valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo estudio. -Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y -restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda. - -En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca -de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los -lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de cambiadores de -moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á Abraham y -Moisés. - -En Constantinopla, el que no lleva á mano _moneda menuda_, aunque guarde -en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no llevase nada. El -cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya al -cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó -cobra peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle -pasar. - -Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en -_medjidiés_ de plata, especie de duros turcos, quedándose por el cambio -con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en España. -Después se os ofrece cambiar uno de los _medjidiés_, y el cambiador os -entrega _cuartos de medjidié_, que son como las pesetas turcas, y se -queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas pesetas y -se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte -francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta -costumbre cambia de golpe una pieza de oro en _pequeña moneda_, y tiene -que ir con los bolsillos repletos de piastras y _paras_, monedas más -pequeñas que botones de camisa. - -La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y peligrosa. No pasa por -sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un poco de polvo de -oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se gana doce ó -quince francos _extraordinarios_, según las piezas que toca durante el -día. Después, en los Bancos y demás establecimientos públicos donde -conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto que las -ha tomado pierde dos ó tres francos. - -La discusión con el _compatriota_ que intenta estafaros, es interesante -por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramáticos que -acompañan á su castellano especial. - ---Que por mis hixos que no te engaño, señoreto... Que toma la pieza, que -yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una -alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de allá, -como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol. - - - - -XIX - -Los que pasan por el Gran Puente - - -Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas -blusas blancas, semejantes á camisones de mujer, cortan el paso al -transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que -exigen el peaje: diez _paras_. - -Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo -Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos, los -consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de -estos dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca, -porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno -otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios é innumerables -dependencias. - -No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de París -lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera -tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de -transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo políglota, -donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayoría los que poseen más -de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes. - -Al entrar en el puente, parece éste un campo interminable de rojos -geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo -mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los marinos -otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo, -con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes -europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de -blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su -cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano -y para todo extranjero dependiente del gobierno. - -El ejército de tierra, uniformado á la alemana, guarda también el -cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al último soldado -que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla, -saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás -del galope. - -Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destácase la -muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de diez y nueve -pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales. -Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la -Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello -anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes -casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusión de -galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un -enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y -macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el -traje oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta, -y encima un gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un -pañuelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á -la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones, -que revelan su origen; el clero innumerable, de _imanes_, _soffas_ y -derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde, -recuerdo de su peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca -forma, y todos ellos con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á -cada cuenta la monótona alabanza á Alláh. - -La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas á cada momento, -para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á las sillas de -mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas, dentro -de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos -callejones. - -Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á un coche que todos -saludan. Es el Gran Visir que va á la Sublime Puerta. Tras él pasan -varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehículo, pues -marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni -apartarse. - -En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dónde pueden llegar -las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte como un -turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el -otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga -todo á brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran -Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se -distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras -el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto á un cargador armenio -echarse un piano á la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha -vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres, -abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á ciegas, y el público -tiene que huir de sus fatales encontronazos. - -Por el centro del puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas -sobre el estómago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios -señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada -_stambulina_, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aquí el -traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos -saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos -blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á lo _kaiser_. Son -señoras del harem imperial que vienen á comprar á la ciudad, con un -séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables hijos, -hermanos ó sobrinos del sultán. - -Con aire de superioridad, se abren paso á codazos unos negros -elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la _stambulina_ -de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza. -Tienen las piernas larguísimas; el cuello es enorme, y en su rostro -chato é insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar -una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca -sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo -real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace reir é irrita al -mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y á los que mira la gente -con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial ó de los haremes de -los grandes pachás, que, habituados á su existencia entre beldades -misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se -dejan ver en las calles de Constantinopla. - -Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo -interior ríen y comen dulces cuatro beldades turcas, vestidas con trajes -parisienses de la _rue de la Paix_, y con el rostro cubierto por una -finísima nube de gasa, que realza engañosamente sus facciones pintadas. -Estas mujeres de pachá, que van á las grandes tiendas de Pera, son -turcas modernas que hablan francés é inglés, tocan el piano, leen -novelas _psicológicas_ con cubierta amarilla traídas de París y conocen -todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio, -que es aquí imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia -brutal, continua é incorruptible, que nadie consigue vencer, por más que -digan é inventen poetas y novelistas. - -Las turcas más modestas, esposas de musulmanes pegados á la tradición -que viven en Stambul, ó las simples mujeres del pueblo, van á pie, -vistiendo amplios trajes semejantes á dominós de gruesa seda adamascada, -negra, roja, verde ó azul. Por las amplias mangas de esta envoltura -asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos -enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchón -que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra á modo de -máscara, que en unas es tupida é inaccesible á toda mirada, y en otras -diáfana y atrayente, como una invención de la coquetería. - -La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se -oculta detrás, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso -esconde una vieja dama ó una fea desfigurada por las horribles -enfermedades de Oriente. Al través de los velos claros se encuentra -siempre alguna cara de criadota española ó de monja fresca, con triple -barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos -hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros. - -La moral y la decencia son frágiles invenciones humanas, que cambian con -la mayor facilidad, según los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas, -para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre -que su legítimo señor, y á las que vigila en todas partes la terrible -policía otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se -arremangan la faldamenta hasta más arriba de la rodilla, aunque no -llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes, -con medias á rayas, multicolores y chillonas, que, según dicen los -comerciantes de aquí, proceden de Cataluña. - -Estas máscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol, que -caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco á la -multitud. Las mujeres circulan entre el gentío con la mayor -tranquilidad, sabiendo que nadie osará mirarlas, que todo musulmán -bajará la vista para no verlas, como el que evita una acción vergonzosa, -y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del -europeo, unas, las más hermosas, sonríen con cierta turbación, y otras -crispan su cara, indignadas, encabritándose su fealdad bajo el acicate -religioso. - -De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran -Puente, el más simpático y cortés es el turco. Yo no entiendo su lengua, -pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el -extranjero que, privado del habla, observa con mayor atención. Además, -los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la cortesía y mesura de -este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay -idioma, según ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La -madre turca habla siempre á sus pequeños dándoles el nombre de flores ó -graciosos animales; el hombre tributa al extranjero ó al amigo los más -extremados elogios, al par que le da hospitalidad y protección. - -La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tiene las calles -llenas de mendigos y deja morir de hambre á muchos infelices, es bien -poca cosa considerada desde Constantinopla. Aquí los pobres son -muchísimos miles, y sin embargo, sólo se encuentran pordioseros en el -Gran Puente ó en los alrededores de alguna mezquita, y éstos nunca son -turcos, sino griegos y judíos. El pobre es sagrado para el turco, y no -se contenta con darle unos céntimos, abandonándolo después, satisfecha -la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este -pueblo generoso, que tiene la noble manía de la protección, todos los -pobres están _colocados_; todos cuentan con una casa á la que se -adhieren como si fuese suya. - -De los actos exteriores del otomano, el que más admiro, como suprema -expresión de nobleza, es el saludo. Los europeos no sabemos saludar. -Cogemos el sombrero, lo levantamos con más ó menos rudeza, sonreímos, y -ya está todo hecho. El turco es un verdadero artista de la cortesía. Su -gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse y no se despoja de -él, ni un instante, hasta la noche. Descubrirse la cabeza es la mayor -descortesía y algo así como una blasfemia religiosa. Quitarse el -cubrecabezas para saludar significaría lo mismo que si un europeo se -despojase de un zapato para dar la bienvenida á una señora. Esta -necesidad de mantener el fez recto é inmóvil sobre la cabeza, como si -estuviese metido á tornillo, ha confiado á la mano y á los ojos todo el -saludo. - -¡La noble dignidad oriental de los turcos al encontrarse!... La mano, -que parece hablar, desciende á la rodilla, y de allí se remonta al -corazón, pasando luego á la frente, al mismo tiempo que el cuerpo se -inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegría del -encuentro, con un arte y una gracia que ningún europeo puede imitar. - -De vez en cuando, entre esta muchedumbre que transcurre por el Gran -Puente, se ven ojos negros de mirada inquietante, perfiles de aves de -presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos á los bolsillos, -gentes corteses que infunden pavor. - -Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aquí se ocultan y -se pierden los más temibles aventureros. Turquía es un pan blando, en el -que vienen á hincar el diente los lobos más temibles del mundo. - -Esos turcos de aspecto inquietante, que sólo son turcos por el fez que -llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo... Son europeos, -y el europeo es lo peor de Turquía. - - - - -XX - -El Gran Visir - - -Mi amigo Mizzi es un abogado inglés notabilísimo, que desde hace treinta -y cinco años vive en Constantinopla. Habla y escribe con la mayor -facilidad doce idiomas, y en un mismo día perora ante el tribunal -consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda -en griego ó en ruso y acaba su jornada en el consulado español -expresándose en castellano. - -Desde Constantinopla ha ido á defender pleitos á Siberia. Otra vez fué á -Bagdad y á Bassora, países de leyenda, para intervenir como abogado en -una herencia de príncipes árabes, que se disputaban sacos de diamantes, -de rubíes y esmeraldas. Sólo en Oriente pueden encontrarse estos -litigios de cuento fantástico. - -Mizzi es inglés porque nació en Malta; pero su madre era española, y él -siente un gran afecto por España. Es consejero legista de casi todas las -embajadas y consulados; condecoraciones y títulos llueven sobre él de -las más importantes naciones de Europa, y sin embargo, lo que más -aprecia es su nombramiento de vicecónsul de España. _The Levant Herald_, -el diario más grande de Constantinopla, es propiedad suya, y en él -trabaja diariamente, dando al público una información del mundo entero. -Ir con Mizzi por las calles de Pera y Galata, es asistir á un desfile de -popularidad. Saludo á un turco en su lengua, conversación con un griego, -diálogo con un francés ó un italiano, sombrerazos, apretones de manos, -frases cariñosas; un curso completo de idiomas. - -Una mañana me lleva Mizzi á saludar al Gran Visir, antiguo amigo suyo de -la juventud. - -¡El Gran Visir!... Este nombre evoca visiones de inmenso poder; hace -recordar las lecturas de la niñez, los mágicos cuentos de _Las mil y una -noches_; presenta ante la imaginación un imponente personaje de luenga -barba y turbante blanco enorme como un globo, con una majestuosa cohorte -de esclavos, ejecutores, escribas y fanáticos santones. - -El Gran Visir de Turquía, que es más que nuestros jefes de Gobierno -(algo así como el vicesultán), resulta uno de los personajes más -importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, España, -puede hacerlo cualquiera. Con tener una mayoría en las Cámaras, todo -está asegurado. Ningún peligro exterior amenaza al país, y la vida -interior se desarrolla plácida y entretenida al través de chismes y -comadreos, á los que se da el nombre de política, entendiéndose todos -al final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia á -unos y á otros. - -Para llegar á Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar -unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio separadas por odios -históricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde -Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanáticos que se irritan al -ver que Turquía hace una vida europea, ó Bagdad, alejada de la capital -por un viaje de cincuenta y cuatro días (casi tantos como se necesitan -para dar la vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaños -y energías al tropel de lobos de las grandes potencias europeas, que ya -han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan más -fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que requiere la -inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior. - -Vamos á visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade á su -despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la mañana, pues -este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es un gran -madrugador. - -Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran -campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaña, varios -escuadrones de caballería. Un cuerpo de guardia, con numerosos -centinelas, se eleva frente á la vivienda del Gran Visir, precaución que -no es superflua en este país, donde han sido frecuentes los atentados -contra el sultán y sus ministros. - -El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias -escaleras de mármol. El fez de los empleados y servidores, que van de un -lado á otro, y la falta de alumbrado eléctrico, son los únicos detalles -que recuerdan á Turquía. - -Entramos en una pequeña antesala, saludamos á otros visitantes que -aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesía oriental, -inclinándose, llevando su diestra de las rodillas al corazón y á la -frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y -erguido y la negra levita militarmente abrochada; _imanes_ jóvenes, de -luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan -entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos -distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran -Visir viene á advertirnos que Su Alteza nos espera, recibiéndonos antes -que á los demás visitantes. Estos aguardarán con su paciencia turca, que -ignora el valor del tiempo y del número. - -Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turquía, -fuera de la familia del sultán, no hay más que dos altezas: el Gran -Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial. - -Pasamos ante un salón de enormes proporciones, que parece un almacén de -muebles por la gran cantidad que contiene de sillerías, lámparas, -cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los gobiernos -extranjeros al primer ministro turco, y que éste amontona en el salón -destinado á las fiestas diplomáticas. Los objetos de Europa, con su -abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada á recibir á los -europeos. Más allá, está la vida íntima, la vida turca. - -Me veo de pronto en un pequeño gabinete. Tres hombres están de pie, con -levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas -sobre el abdomen, en actitud rígida y respetuosa. Otro hombre, también -de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo -estar en una antesala, desde la cual van á anunciarnos al poderoso -personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de -Turquía, y el hombre que sonríe y nos tiende la mano es el propio Gran -Visir. - -Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de -paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografía del -Sultán. En un extremo, dos pequeñas librerías con cristales de colores. -Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los únicos muebles, y junto á -una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardín, acaba de tomar -asiento el poderoso personaje. - -Nada hay en él que recuerde _Las mil y una noches_. Ni su aspecto ni su -habitación revelan el poder inmenso de que está investido. Parece un -señor europeo que, por exótico capricho, se ha calado el fez como gorra -casera. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un -rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca -del pantalón deja ver en el interior de éste una alta bota á la turca, -unico detalle que desentona en su aspecto europeo. - -Tomamos asiento junto á él y empieza á hablarme en francés, con acento -claro y sonoro, dando á sus palabras una majestad natural, á la que -acompañan los más nobles ademanes. - -Realmente, Ferid-Pachá, Gran Visir de Turquía desde hace nueve años, -período de gobierno que no alcanza ningún político de Europa, es un -hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus -maneras de gran señor, por la sonoridad poética de su voz de barítono, -por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es -imperiosa y firme: la mirada del Visir en los cuentos orientales. - -Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser -delgado, y con una hermosa barba negra que empieza á blanquear. Tendrá -poco más de cincuenta años, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de -la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como -un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de -combate, con les aletas anchas y palpitantes. - -Ferid-Pachá, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonríe -y muestra interés por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si -me es grata la estancia en ella. - -Mientras él habla, yo le contemplo y evoco rápidamente su historia. -Ferid-Pachá es un albanés, un turco que ha nacido cerca de Italia y de -Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fué brillantísima. El -futuro gobernante asombró á los profesores griegos con sus profundos -estudios sobre los poetas de la antigüedad. Luego vino á Constantinopla, -entrando en la administración pública, donde escaló con rapidez los -primeros puestos. Fué gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo así -como los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento político -llamó la atención del Sultán, que le hizo su Gran Visir. - -Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitación, -admirando su sencillez. Sobre una librería portátil, vecina al gran -personaje, hay un busto de mármol, el único que adorna el gabinete. Yo -conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su -cráneo pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo -recordar su nombre. ¿Quién es?... ¿Quién es?... - -La hermosa voz de Ferid-Pachá toma una expresión más grave, la temblona -majestad del _imán_ que declama su plegaria, y dice así: - ---De todos los pueblos con los que vive Turquía en excelentes relaciones -de amistad, España es uno de los que amamos más sinceramente. Ningún -mal hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cariño guiaron -nuestras relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues -aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos -que los une con sincera amistad. - -Hasta aquí su expresión era de majestuosa cortesía; pero de pronto cerró -enérgicamente la mano derecha, y añadió con sincero entusiasmo: - ---¡Ah, España! ¡Qué tenacidad para vivir! ¡Qué fuerza para levantarse -cuando tropieza! Admiro á vuestra nación, más aún por su enérgica -voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo -de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles, -revoluciones, pérdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de -tantas caídas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y -desarrolla sus riquezas naturales. ¡Ah, España, noble pueblo de la firme -voluntad de vivir!... - -Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la -voluntad de vivir, por encima de toda clase de infortunios, sus ojos -miraron en torno de él con cierta tristeza. - -En el fondo de la habitación seguían en fila y de pie los tres -subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la -levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo. - -El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza á hacerme -preguntas, aprovechando la ocasión para enterarse de un lejano país. - ---¿Vuestra flota la vais á rehacer ahora? - ---Eso dicen, Alteza. - ---Bien, muy bien. Una gran nación necesita barcos. Pero creo que á los -españoles les ocurre lo que á los turcos. Les gusta más pelear por -tierra que por mar... ¿Quién es ahora el generalísimo de vuestro -ejército? - -Yo le digo que en España no hay generalísimo, y que el ejército lo -dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceño como para -recordar un nombre. - ---Y Weyler, ¿qué hace ahora? - ---Es un general como los otros. - ---Martínez Campos murió, ¿no es así?... Aquel era un hombre. - -Y Ferid-Pachá sonrie y vuelve á cerrar el puño con expresión de energía. - -Me hace otras preguntas sobre España, y yo, mientras las contesto, sigo -mirando el busto. ¿Pero de quién será?... - ---¿Conocéis á _monsieur_ Moret? Es abogado nuestro. Nos lo ha -recomendado el emperador de Alemania para que intervenga en un asunto de -Turquía. - -Y Ferid-Pachá, con una expresión triste, me cuenta en breves palabras el -asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea: grandes empresas -de Occidente que vienen á establecerse en Turquía con el pretexto de -civilizarla, y luego de enriquecerse engañando la sencillez otomana, -todavía se fingen perjudicadas y exigen enormes indemnizaciones al -gobierno. - -Su Alteza sigue haciéndome preguntas sobre mi país, y yo continúo -mirando el busto con excitada curiosidad. - ---¿Y vuestro rey?--pregunta sonriendo el Gran Visir. - -No sé qué contestar á esta breve interrogación, y el personaje añade con -dulce sonrisa: - ---¡Qué actividad! ¡Qué exuberancia de vida! ¡Oh, la juventud!... Vuestro -rey nos inspira grandes simpatías. Viaja, se entrega á los _sport_, le -gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace bien. - -Luego añade con expresión sentenciosa: - ---Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen servidores fieles que -se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las amarguras del poder. - -Llega el momento de despedirnos con solemnes saludos orientales. Al -pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico mi torpeza. -Estaba acostumbrado á ver con peluca esta cabeza de mono malicioso. - -Es Voltaire. - - - - -XXI - -El palacio de la Estrella - - -El marqués de Campo Sagrado, nuestro ministro en Constantinopla, es el -más conocido de los representantes diplomáticos. Hasta los turcos -modestos de Stambul conocen su nombre. Nueve años de permanencia en -Turquía y un carácter franco y bondadoso de gran señor, que para -inspirar respeto no necesita imitar á ciertos embajadores, altivos é -inabordables como reyes, han dado al marqués una gran popularidad en -Constantinopla. - -Cuando se citan los nombres de los representantes de Europa, el de -Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los primeros -que acuden á la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera otomana, -apenas dije á los encargados de los pasaportes que iba recomendado al -embajador de España, todos, funcionarios y viajeros del país, le -designaron por su nombre. - ---¡Su Excelencia el marqués de Campo Sagrado!... Un gran señor muy -simpático. Lo conocemos: le vemos muchas veces en su carruaje por la -gran calle de Pera. - -Hasta las damas turcas que parecen vivir aisladas del mundo cristiano y -fingen ignorar la existencia de _infieles_ en Constantinopla, conocen -todas al representante de España, y cuando le ven, sonríen amablemente -bajo sus velos. - -Es un excelente embajador para un país como el nuestro, que tiene pocas -relaciones con Turquía. Ya que le faltan ocasiones para ejercitar su -acción diplomática, mantiene el prestigio de España á honrosa altura con -su generosidad y su cortesía, condiciones que alcanzan profundo respeto -en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades. - -Cuando llegué al palacio que tiene España en Buyuk-Deré, en la ribera -del Bósforo, cerca del Mar Negro, vi avanzar á Campo Sagrado, sonriente -y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud, tendiéndome su -fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable, luego de -perseguir al oso en sus montañas natales, ha pasado muchos años en las -estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa á -los venados turcos en compañía de los pachás más poderosos. Cuando el -sultán conversa con él, se entera con interés de sus hazañas venatorias. - ---Está usted en su casa--dice el marqués con graciosa amabilidad--. Esta -es la casa de España. - -Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un -buen arroz á la valenciana. - -El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero -más notable es aún el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el -parque de la legación, que extiende su arboleda cuesta arriba por la -ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de -marco al mágico espectáculo del Bósforo y á las verdes montañas de la -vecina costa de Asia. Por la extensión azul pasan caiques con remeros -vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras -embarcaciones, damas turcas, que sólo dejan ver encima de la borda su -cabeza encapuchada, teniendo frente á ellas esclavas negras, libres de -velos. El sol del mediodía hace temblar las aguas con chisporroteos de -oro. Un viento frío, que viene del Mar Negro, aligera la ardorosa -temperatura estival. - ---Verá usted en Constantinopla muchas cosas interesantes--dice el -ministro de España--. Pero créame usted á mí, que llevo en esta tierra -algunos años; los dos espectáculos extraordinarios, lo que no puede -verse en ninguna otra parte, son el Bósforo y el Sélamlik. - -El Bósforo ya lo había visto yo, en toda su extensión, al dirigirme á la -legación de España. Me quedaba por ver el Sélamlik, cosa difícil para la -gran mayoría de los extranjeros, pues se necesita para ello la -recomendación de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando -se trata de favorecer á un compatriota, y á pesar de encontrarse un -tanto enfermo, me acompañó en persona á la ceremonia palaciega. - -Todos los viernes, al mediodía, el sultán va con gran pompa á hacer su -plegaria á la mezquita Hamidié, vecina á su palacio. Es el único momento -en que se deja ver públicamente. - -Abdul-Hamid podía prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace -tres años, en que estuvo próximo á perecer, por la explosión de una -máquina infernal, á la salida de la mezquita. Pero el «Comendador de los -Creyentes» quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en -treinta y cinco años sólo dos viernes, por causa de enfermedad, ha -dejado de presentarse en el Sélamlik. - -Esta asistencia voluntaria á una fiesta en la que ha sido objeto de -atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido á locos temores ni -le trastorna una manía persecutoria, como han hecho creer los armenios -que escriben desde París. - -El sultán vive más allá de los arrabales de Constantinopla, en Yildiz -Kiosk ó «Palacio de la Estrella», extensión amurallada, como diez ó doce -veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega á vapor, -caminos por los que corre en automóvil, bosques plagados de caza y unos -cincuenta palacios, que habita y abandona á su capricho, mudando su -residencia varias veces en una misma semana. Con una instalación tan -completa se comprende que el majestuoso señor no sienta ningún deseo de -visitar Constantinopla. Sólo una vez por año entra en la gran ciudad; -pero es por mar, atravesando el Bósforo en dorado caique, para hacer una -visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas -reliquias el manto y el estandarte del Profeta. - -Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso -jardín que le sirve de palacio. Entre esposas legítimas, odaliscas y -parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres. - -No por esto hay que suponer al sultán entregado á pecaminosas -diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios públicos, quiere -saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo -para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerosísimo es -puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas, -Abdul-Hamid repite--según dicen--, con la certidumbre de la experiencia, -que el hombre sólo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para -no ser un esclavo. - -Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas -imperiales dan de almorzar y de comer diariamente á cinco mil bocas, con -la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagínese el lector los -carros de pan, los rebaños de ovejas y carneros, los cargamentos de -hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente -entran en las despensas del palacio. Á los cinco mil servidores hay que -añadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz Kiosk, lo que -forma un total de diez mil personas. - -El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran -Eunuco es superior á él, y exhibe con orgullo su título de Alteza. En -realidad, es el más poderoso de los funcionarios de una monarquía -absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del señor, y esto crea -siempre cierta confianza. - -Tenía grandes deseos de ver de cerca á este extraño personaje, y amigos -influyentes preparaban nuestra entrevista. Después he desistido. ¿Para -qué? El Gran Eunuco iba á recibirme en su casa, una casa á la europea, -con muebles seguramente traídos de Viena, que serán su orgullo. Además, -sólo habla turco. Para ver la colección de blondas artísticas que está -formando y que exhibe á los extranjeros, no vale la pena de molestarse y -llamar Alteza á este grotesco y triste personaje. - -No es fácil el acceso al «Palacio de la Estrella». El día del Sélamlik -los embajadores, que son en Turquía los personajes más respetados -después del sultán, se quedan fuera del palacio en un elegante y -grandioso pabellón de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita -Hamidié. Allí, en un palacio anexo, recibe el sultán á los embajadores, -después de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles -ó comunicarles. - -Cuando por algún asunto urgente entran los representantes diplomáticos -en el interior del inmenso jardín, siempre los recibe Abdul Hamid en un -palacio ó kiosco distinto. - -Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante á las fiestas de _Las -mil y una noches_. El convidado se ve en un salón con gruesos -candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro -trabajado á martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta -las argollas de las servilletas. - -Casi siempre estos banquetes son de treinta ó cuarenta cubiertos; pero -hace poco se dió en palacio una comida á la oficialidad de la flota -inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fué de oro, tan -completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo -número de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es -inagotable. Comerían mil á la mesa del sultán, y es posible que á nadie -le faltase su pila de platos de oro y su áureo cubierto. - -En Turquía, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se -marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la -ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo -respeto. - -Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El sultán, al darlas, -regala las insignias en brillantes. Los _maîtres_ que dirigen el -servicio en un banquete del sultán, llevan el pecho cruzado de bandas y -constelado de estrellas de diamantes. El Gran Señor condecora también á -las damas turcas, hijas ó parientes de los pachás, y muchas de las -encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Stambul, yendo á -visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso dominó bandas multicolores -y estrellas y medias lunas de brillantes. - - * * * * * - -Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas calles vecinas al -Bósforo, camino de Yildiz Kiosk; pasan en sus carruajes imponentes -pachás, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro; desfilan -los batallones, precedidos de una música con alegres chinescos; -presentan las armas los cuatro centinelas de cada cuartel á los coches -de los diplomáticos, que llevan en el pescante al _cabás_, criado que -sirve de insignia á toda la legación, con su uniforme de oficial turco, -completado por el sable corvo y el revólver de funda dorada. - -La Constantinopla oficial y vistosa, el ejército, los pachás, la -diplomacia, los jefes árabes venidos de los lejanos _vilayetos_ -asiáticos, todos marchan en la misma dirección. - -Vamos al Sélamlik. - - - - -XXII - -El Sélamlik - - -Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomático, contemplo el más -asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla. - -En el horizonte, el mar de Mármara une su azul intenso con el azul del -cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente del Bósforo entre -la ribera asiática, cubierta de bosques y palacios, y la ribera europea, -que desaparece como abrumada bajo el caserío de Constantinopla. El -oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las -ondulaciones de las colinas y los ángulos entrantes y salientes de la -costa. - -Los agudos minaretes, con balconcillos circulares, semejan los mástiles -con cofas de blancos navíos encallados é invisibles en la inmensa masa -de la ciudad. En la azul extensión del mar, se destacan, cual dormidos -insectos, los buques de guerra, negros é inmóviles, con manchas de -vivos colores temblando junto á sus colas. Sus banderas de las grandes -potencias que ondean en la popa de los buques _estacionarios_, ó el -pabellón otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se -exhibe en las vergas de varios yates imperiales que el sultán no ha -visto nunca, ó de modernos navíos que envejecen sin levar sus anclas. - -De la ventana del kiosco diplomático se domina el mar, las colinas y la -ciudad. Desde las hondas orillas del Bósforo remóntanse, formando -distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en -que se halla situado el palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por -debajo de la ventana. Es el que conduce desde la puerta del palacio á la -mezquita Hamidié: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave -pendiente. En este espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de -Orta-Keni, se verifica todos los viernes la ceremonia del Sélamlik. - -Van llegando las tropas. No existe ejército de exterior más impotente -que el turco. Contra todas las precauciones que puede inspirar la -afición de los orientales á lo vistoso y abigarrado, las tropas turcas -ofrecen un aspecto sombrío y grave. Sus uniformes obscuros sólo están -animados por los vivos toques del rojo de las bocamangas y del fez. -Visto desde lo alto, este ejército no ofrece ninguna distinción de -categorías. El mismo gorro llevan los generales, y aun el mismo Sultán, -que el último soldado. El fez, cobertera uniforme de todos los -otomanos, unifica las filas. No hay aquí la diversidad de penachos, -galones y cascos de los ejércitos occidentales, que clasifica á los -guerreros según el aspecto de las cabezas. Hay que mirar de cerca á los -militares turcos para reconocer en los dorados de sus hombreras las -diferencias de categorías. - -Desfilan al son de estrepitosas bandas de bárbara marcialidad los -regimientos de línea, vestidos de obscuro azul, llevando al frente á sus -jefes, montados en pequeños caballos turcos, que aun parecen más -diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones árabes se -distinguen, en esta aglomeración de cabezas rojas, por sus turbantes -verdes, color religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos -de blanco, á la zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de -preferencia, encargada de la guarda del sultán. Llegan los marinos de la -escuadra, con sus oficiales á caballo: unos marinos de altas botas, que -llevan al cinto por toda arma el ancho sable de abordaje. Al pie de la -colina de Orta-Keni, ondean las rojas banderolas de los lanceros. Los -regimientos de caballería tienen bandas de música, y se ve á los -trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes, como enormes serpientes -de metal, saltar bruscamente á impulsos de los botes de los caballos, -ocultos tras un pliegue del terreno. - -El aspecto imponente de estas tropas se debe á la edad de los soldados. -El ejército turco es un ejército _duro_. No se ven en sus filas -muchachos barbilampiños y á medio formar, como en los ejércitos de -Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco á treinta años, -fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. Unase á -esto la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira -respeto por su ingenuidad aun á los más escépticos, y se comprenderá lo -que es una masa de siete ú ocho mil soldados otomanos. Después de -verlos, nada puede asombrar de cuanto se diga sobre su resistencia ante -el enemigo y su fiera conformidad ante la muerte. Se lo imagina uno mal -dirigido en los campos de batalla, y dejándose matar, sin retroceder un -paso. Pero volviendo la espalda, no hay quien se lo figure. - -Al detenerse y extender sus filas á lo largo del camino, descansan sus -fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan inmóviles, con -una inmovilidad que parece de ensueño. - -Nadie diría que al pie de la ventana hay formados algunos miles de -hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los caballos -permanecen inmóviles, sin el más ligero relincho. Parece una inmensa -exhibición de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros, -el oro de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es -todo lo que se agita y parece tener vida en la enorme aglomeración de -hombres. Los cuerpos no se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio, -miran sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar. - -Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio de pesadilla, un -silencio más profundo que el de la noche, reproduciéndose bajo la luz -del sol. - -En el kiosco, los embajadores y las grandes damas del cuerpo diplomático -hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces suenan con -cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio exterior. -Campo Sagrado, con su hidalga cortesía española, cumplimenta á las -señoras; Constans, el famoso embajador de la República francesa, habla -en correcto español, recordando sus años juveniles de Madrid: todo un -mundo de oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados -diplomáticos, secretarios, dragomanes y elegantes damas, rodea á los -embajadores europeos, que son en Constantinopla algo así como -semidioses, con más poder que el mismo sultán, pues muchas veces amargan -sus días con enérgicas reclamaciones y turban su sueño. - -Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de las ventanas, como -involuntarias irreverencias, sobre la muchedumbre guerrera, silenciosa é -inmóvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven, no -oyen; están como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar -y el fervor religioso. Esperan al _Padichá_, nombre que dan los turcos á -su emperador. El título de _Sultán_ sólo lo emplean los árabes. - -La conversación y la risa de los europeos tampoco conmueven á los -ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y á los empleados -palatinos, de negra _stambulina_, que permanecen erguidos é inmóviles en -las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible moverse sin -tropezar con ellos. Levantáis un cortinaje, y vuestra mano tropieza con -el pecho de un coronel, inmóvil como un adorno del salón, y que no -cambia de lugar ni os mira. Vais á una ventana, é inmediatamente -percibís la sensación de que alguien está detrás: un señor de levita y -gorro, con un rosario de ámbar en las manos, que jamás fija sus ojos en -los vuestros, como si ignorase vuestra presencia. - -El sultán recibe á sus huéspedes con la mayor cortesía, enviándoles -orientales saludos de amistad. Estáis como en vuestra casa; los esclavos -negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda, con flores doradas, -llegan las humeantes tacitas de café y los vasos de oro llenos de -confitura de rosas; pero no podéis dar un paso sin que unos ojos os -sigan; no podéis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros; -no podéis hablar sin que un señor de uniforme ó de levita venga á -situarse á pocos pasos, volviéndoos la espalda, para mayor disimulo. Al -asomaros á una ventana, debéis arrojar antes el cigarro. Nadie puede -llevar nada en las manos. Las señoras deben abandonar sus sombrillas, -aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotográfica es un crimen que -se paga con la expulsión. El alto espionaje, que consume con enormes -sueldos una gran parte de la renta pública, vela por la existencia del -_Padichá_ con una meticulosidad ridícula. - -Un crujido de arena, bajo la marcha acompasada de muchos pies, turba el -profundo silencio exterior. - -Me asomo á la ventana. Dos filas de pachás descienden la cuesta, camino -de la mezquita, con el sable en una mano enguantada de blanco, y -moviendo la otra al andar con una regularidad de simples soldados. Son -los generales que tienen empleo palatino ó están en los ministerios. -Salen del palacio y van á la mezquita, agrupándose en la puerta de ésta -para recibir al señor. Sobre sus levitas de obscuro azul, adornadas con -grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor -fantástico; estrellas de brillantes, soles de rubíes y esmeraldas, todas -las insignias que puede regalar un monarca oriental de fabulosa -generosidad. - -Estos pachás son la flor del imperio. Los hay viejos, tostados y secos, -con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que -pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en -Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmán. Otros, jóvenes, -morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Señor; -generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes -hereditarios que jamás pisaron el puente de un acorazado. - -El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emoción se -manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al -llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con -un silencio absoluto, absolutísimo; con la ausencia de todo signo de -vida. - -En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidié aparece un hermoso -_imán_, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un -muñequillo asomado á un balcón de encajes. Extiende, como alas de -murciélago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plañidero -y dulce, semejante á una _saeta_ andaluza, rasga el denso silencio, -descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo. - -Empiezan á bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la -mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas cuantas -nada más, pues de ir todas en el cortejo, duraría éste horas enteras. - -Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan -formando un círculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas é -hijas del _Padichá_; en otros, sus tías; en los que rompen la marcha, -las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en -mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del -emperador. Lo mismo pueden llegar un día al trono, que morir desterrados -en una provincia de Asia, ó amanecer con las venas cortadas y unas -tijeras junto á la cama, para que todos crean en un suicidio. - -Al través de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos -pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una -suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal -gusto, de esos que los costureros de París guardan, según ellos dicen, -para las damas turcas y las millonarias de América. - -Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las -armas. Un _landeau_ sencillo, tirado por seis caballos de una belleza -inexplicable, como sólo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza -lentamente. Delante de él y á los lados marchan, en revuelta confusión, -guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachás -que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de -dalmática bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de -palacio vestidos de negro; jefes árabes, de nítido albornoz, venidos del -Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales -y almirantes situados al paso se unen á este grupo que corre en torno -del carruaje, oprimiéndose contra sus ruedas y agrandándose por -momentos. - -Solo en el _landeau_, con la capota caída, se muestra el emperador, el -hombre omnipotente, el _Padichá_, el Sultán, el Comendador de los -Creyentes, rey y pontífice á un mismo tiempo de muchos millones de -hombres. - -Al pasar ante el kiosco diplomático, levanta los ojos hacia las ventanas -y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo -masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado -como las mujeres de su harem. Á juzgar por los años que ocupa el trono y -su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la -luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de -juventud. Este hombre, que es señor de una parte considerable de Asia y -de una de las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los -de _Las mil y una noches_, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de -Bagdad, la de las fantásticas riquezas, se muestra simplemente vestido -de negro, sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo -en su indumentaria. - -Lo que se admira al momento en él es la tranquilidad, la resignación -valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, á -pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si -está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser así la -voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron -asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos -los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomático, desde las -cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más allá, ante una -muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la -tropa. - -Las bandas de música hacen sonar el himno imperial, una especie de -mazurca alegre; los gritos del _imán_ llegan de lo alto durante las -breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una -aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva. - -El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las -damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos -desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven -el frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de -espaldas al emperador. - -Cuando media hora después, terminada la plegaria del Sélamlik, vuelve el -sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y más entusiasta. -El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las -mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados -palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo -de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo -guía, acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de -almirante, se sienta al lado de él. - -El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia, -se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los -pachás y los oficiales, pisoteándose y aclamando al emperador. Suenan -otra vez las músicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el griterío de -muchos miles de hombres. - -Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las -armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida al _Padichá_!» - -No son los fríos vivas de ordenanza de otros países. Las aclamaciones -del turco vienen de adentro, de lo más hondo. - -En este país es inútil soñar con reformas y revoluciones. - -Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca! Sólo puede ser como -es, y así vivirá ó morirá. - -El buen musulmán jamás discute á su soberano. El _Padichá_ es algo más -que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo. -Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace Dios, y el turco es el más -religioso y resignado de los hombres. - -Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria ó ante el cadáver -de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una palabra de protesta. Le -basta, para consolarse, suspirar melancólicamente:--¡Alláh lo ha -querido! - - - - -XXIII - -Los perros - - -Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginación la -gran ciudad oriental, reconstruyéndola con arreglo á ciertas lecturas, -lo primero que veía eran los perros, los famosos perros de la metrópoli -turca. - -Muchas cosas que amaba por los libros, no las he encontrado al llegar -aquí. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran -mentiras poéticas, que jamás tuvieron realidad. Pero los perros, los -célebres perros, aquí están, como en otros siglos, llenando las calles, -obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehículos, sin casa, -sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la -ternura que siente el turco por todos los animales. - -¿Quién no ha oído hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace -pocos años eran la única policía urbana de la gran ciudad; el cuerpo de -limpieza pública, encargado de que las calles no quedasen totalmente -obstruídas por carroñas de animales y montones de estiércol. Ahora, la -influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, ó -sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos -exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan á su modo por la limpieza -de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de riego para -las principales vías; mas no por esto los perros han perdido sus -antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan á la vía -pública el estiércol y los desperdicios; acuden los perros; la noche -entera pasa entre ladridos, mordiscos y estrépito de lucha en torno del -festín, y á la mañana siguiente, los barrenderos «quitan la mesa», -llevándose lo que no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla. - -Venecia tiene sus palomas, que han vivido y procreado durante siglos á -expensas de la República, como una institución nacional. - -Constantinopla tiene sus perros, respetados por el turco con cierta -superstición, como si su suerte fuese unida á los destinos del pueblo -otomano en el suelo de Europa. - -Vinieron, según la tradición, desde el fondo del Asia, siguiendo al -ejército turco. Cuando éste tomó á Constantinopla, los perros se -aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando á la enorme -ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros, -acostumbrados á toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueño -fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejército; animales de -campamento hechos á la vida común, á buscarse el sustento por sí mismos. -Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de -gloria en la gran hazaña turca, su muda colaboración en la marcha de -siglos, desde el centro de Asia á las bóvedas de Santa Sofía, la cobran -estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideración -popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre. - -Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos -babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos -urbanos, que hacían peligroso el tránsito por las calles de -Constantinopla. Me sorprendí al verlos por primera vez, gordos, -lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo, -pero de buen lobo, cortés y juguetón, con un pelo de color de miel, -lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos colmillos -de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan sobre las -patas traseras para acariciaros, y sin embargo, á nadie inspiran miedo. -Peléanse entre ellos con encarnizamiento de fieras: todos llevan en su -cuerpo señales de mordiscos; un combate de dos perros es algo horrible -que pone en conmoción á toda una calle, y á pesar de esto, basta que un -niño les amenace con un palo, para que se retiren, basta que un turco -les largue una patada, para que huyan sin revolverse, pasando del -rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia depende del -hombre, y lo respetan como á un dios que dispone de sus vidas. Rara vez -atacan á las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en -estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde, á los -transeuntes, casi siempre son mujeres las víctimas de sus ataques. - -¿Cuántos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla? -Nadie lo sabe. Los más parcos en sus cálculos dicen que 80.000. Otros -los hacen ascender á centenares de miles. Un comerciante francés ofreció -al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y -aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, según parece. El -vecindario turco se indignó. ¡Matar sus perros! ¡Exterminar á los fieles -camaradas de los conquistadores de Constantinopla!... - -Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan, para -obsequiar á estos pupilos de Turquía. Así como en la plaza de San Marcos -las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo á los palomos -venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y -picos acariciadores, aquí se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre -pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un -mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan á las -fauces glotonamente abiertas. - -Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de -gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de -vivir, á una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor -del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados, -tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo á -la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á la casa; la -familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este trozo -de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el -patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á -situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún -intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va -cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin -que á nadie se le ocurra adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De -vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre, -queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en -conmoción á la calle entera. - -El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente á los -invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos, -lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten -poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que -dirigen á la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el -peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y -toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y -horas sus heridas. - -Marcháis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las -manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan. -De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os seguirán por -más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariñosas. -Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término del -trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os -salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de -su territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca. -Así, de escolta en escolta, podéis correr por la noche toda -Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un -grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una riña feroz -conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin -domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga -del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El -bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus -días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie. - -Según es la calle, así es el aspecto de los perros acampados en ella. En -las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde están las -grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros -ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando -melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales -se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las -callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de -comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de -sano aspecto. - -Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se aprendiese un oficio, todos -los perros serían carniceros.» - -No hay carnicería de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos -veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto -trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos -sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja -garganta á impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo -que cae las más de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero -turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta -de la tienda y hace tropezar á los parroquianos. - -En medio de las bandas de perros que corretean por las calles á la caída -de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora del sol, se ven -animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie. -Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas -dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son -recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á -saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó arrastran por el suelo -su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños lagartos. Las ruedas -de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso cuidado con -que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla antes -prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á -cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos -animales, habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo -tranquilamente en mitad de las calles de más tránsito. - -Cuando una perra lanza su prole en plena vía pública, el buen turco saca -un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de -la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La gente tiene que -dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches; -la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve -el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas. - -Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los -viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la -calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de -estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un -farol, ó cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna, -Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta -las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero -adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de -ladridos, como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa -perfumada de un jardín lleno de ruiseñores. - -¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal, -regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! ¡Las leyes -crueles é inexorables de esta república de los perros!... - -Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el -Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco, triste, de mirada -dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los -viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto -entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto, -asustando á las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de -una docena de perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias -feroces, mordiendo de veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con -los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese, -como si fuera algo esperado, corrió á refugiarse en el barco que volvía -á Constantinopla. - -Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el pontón la llegada del -barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó el vapor, y -entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero otra -vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de -aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta. - -¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al mísero -animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub, -que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales -inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el -instinto, y en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de -noche, al Gran Puente, el pobre perro se alejó á la luz de las -estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor -de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al día siguiente -comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que mordiscos y -una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de -encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le -maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo -del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos -enemigos que ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de -raza, de una venganza de familia ó de un obscuro drama de animalidad -inferior... ¡Quién sabe! - - - - -XXIV - -Los Derviches Danzantes - - -El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las afueras de Eyoub, -está rasgado por grandes ventanales con celosías encristaladas, y á -través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear, -bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules, densas y -como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las -llamadas Aguas Dulces de Europa. - -De vez en cuando, como una visión cinematográfica, pasa por la extensión -azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de vela con un -cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas envueltas -en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los remeros -sudorosos, una esclava negra. - -Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para mí. -Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales, -pero á pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el -fondo de una escena dejándose ver sólo por los huecos de la decoración. - -Á cada entrada de éstas crece el zumbido de conversaciones y risas que -se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galería -cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta las -mujeres turcas. - -Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna -de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los ventanales que dan á -la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas celosías se -adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales -movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas. - -Es miércoles y la respetable cofradía de los Derviches Danzantes va á -celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más importante en -Constantinopla. Los viernes dan otra _representación_ en pleno barrio de -Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafés -y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por -el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos. -Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las -diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los -viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un país, á tanto -por ejecutante. - -En Bakarié la fiesta religiosa no tiene otro público que los devotos, y -asiste á ella el Cheik, sacerdote jefe de los Derviches Danzantes. -Bakarié sólo atrae á las gentes del país. Es una mezquita perdida entre -risueños cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub, -barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningún europeo, donde -subsiste la santa mezquita cerrada é inabordable á todo infiel durante -siglos, donde es molesto á ciertas horas transitar por las tortuosas -callejuelas, pues las viejas fanáticas, encapuchadas de negro, escupen -con entusiasmo religioso á los pies del cristiano y le siguen con un -barboteo senil de palabras incomprensibles, en las que sólo se adivina -la palabra _perro_ seguida de misteriosas maldiciones. - -En el coro de la mezquita de Bakarié no hay otro europeo que yo. Me -siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeñosa que -adivino tras las espesas celosías y por el gesto impasible de los -músicos sentados junto á mí, que parecen no haberse enterado de mi -presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja -próximo á desfondarse, único mueble europeo que el sacristán, tras larga -rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los músicos se sientan en -el suelo, con las piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla -limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes; -largas túnicas de pesado paño rojo, verde, blanco ó azul, y sobre ellas -un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas -hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeñecerse, -abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo -á la cofradía: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro -saliente que un ligero reborde circular. Algo así como una maceta de -flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la -flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para -convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á ellos -los _darboukas_, pequeños timbales que sirven de acompañamiento. Los -cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que -sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros -y rojos. - -Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las -galerías superiores están unidas por una barandilla blanca y roja. Entre -esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la -cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño verde, -apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que -usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre -frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan -descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden á la -fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde -Constantinopla, jardineros de las cercanías, marinos de los acorazados -turcos eternamente inmóviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos -en la mano y el fez erguido sobre la frente. - -Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el centro de la -mezquita, formando á modo de un gran salón de baile con el pavimento de -madera, limpio, encerado y brillante. Allí están aguardando su hora los -sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el -suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa él solo la parte -de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos -negros, que forman en torno de ellos amplio embudo, é inclinando á -impulsos de la meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen -extraños insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa -invisible. - -Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la -barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una -gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda venerable, con -la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece -tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño -y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los -esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la -nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las -modulaciones de la voz. - -La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, monótona, soñolienta, -de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con reflexivas pausas, -prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como ciertas -canciones de Andalucía. - -Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla, -parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus embudos negros, -empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación. - -¿Qué dice la plegaria?... Nada. Interminables alabanzas á Alláh -invisible, señor del universo, misterioso justiciero sin forma material -ni otra imagen que los dorados caracteres árabes de elegantes rabos que -lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres -de sultanes que, agrupados en lista cronológica, son como la historia -del pueblo turco. Y sin embargo, esta oración, cuyas palabras carecen de -mérito literario y sólo tiene el encanto de la música adormecedora, -causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se -encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar -á los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rígido, -empiezan á moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivén cada vez -más enérgico las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si -reflejasen las llamas de una combustión interior. Las narices se dilatan -y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y -misteriosa. De vez en cuando un rudo suspiro se escapa de estos pechos -contraídos por la emoción religiosa. El europeo, solo y aislado en esta -mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que -parecen resucitar siglos lejanos, bárbaros y belicosos, se siente -invadido por la inquietud. - -Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros -anaranjados el negro aleteo de su capa, y una música tenue y dulce, un -suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita, -donde los hombres parecen cuerpos sin alma. - -Es una flauta. La media hora de meditación que precede á la danza -sagrada la llena el gorjeo de este instrumento bucólico. El músico, -inmóvil entre sus compañeros en cuclillas, que parecen maniquíes, hincha -sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo -tiempo sus ojos mates, perdidos en éxtasis, delatan el fiero orgullo de -tener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos -hermanos de cofradía. - -El tierno vagido del instrumento parece enardecer á los orientales, -creyentes de una religión, en la cual la ausencia de estatuas y pinturas -litúrgicas obliga al devoto á un continuo esfuerzo imaginativo para -representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de -Bakarié sueñan en pleno mediodía, bajo la luz de las ventanas llenas de -azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta. - -¿Qué ven en sus ensueños? Huéspedes nada más del continente civilizado, -europeos de paso, obligados á soportar una vida moderna extraña á sus -costumbres y su tradición, su pensamiento va al más viejo de los mundos, -á la venerable y misteriosa Asia, cuyas montañas casi pueden -contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril -instrumento les hace ver los amarillentos rebaños escalando lentamente -las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el -fresco pozo del desierto al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor y -de pirata de la llanura, saludando á la doncella envuelta en velos que -extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de -bronce; los arenales del Yemen, obscuros á la caída de la tarde, por -cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos -monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que -ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino -solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina, -cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las -pesadas cimitarras de los guerreros de Dios: las plácidas callejuelas de -Damasco, de húmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas -colinas de Jerusalén, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de -hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cúpulas -partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas -portadoras de fantásticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos -pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes aún, de la -raza semita, despreciada ó perseguida por los hombres modernos, y que -sin embargo, un día, siguiendo las palabras de paz de Jesuhá, el hijo -del carpintero, se hizo dueña de medio mundo y siglos después, -repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseñoreó -del otro medio. - -Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto á mí. Es un oficial de -la escuadra turca, un joven teniente de navío, con su uniforme inglés -modificado únicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones -de oro de la bocamanga, rematados por un óvalo, brillan sobre el paño -azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura, -que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la nítida pechera -de su camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa -perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la -alfombrilla de junco con sus calcetines de seda. Al pasar, parece -sonreirme con los ojos, como á una persona que no se conoce, pero que se -ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio -europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde actúa una compañía -de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste de -_smoking_, y mientras se atusa los empinados bigotes á lo kaiser, mira -amorosamente, á través de sus lentes de oro, á las _cocottes_ de -diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas -en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en París y en Londres, que -es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones -internacionales, un agregado militar de embajadas. ¿Qué extraña -curiosidad le guiaba á la mezquita de Bakarié?... - -Se sentó en el suelo, cruzando sus piernas, oprimiéndolas con las manos -para aproximarlas más al tronco. Escuchó inmóvil la plegaria del cantor, -y poco á poco su cuerpo empezó á moverse con un balanceo creciente, lo -mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumió, como -á los demás, en profunda meditación. - -Cuando volví á mirarle, sus lentes habían caído sobre el pecho. Un -arrebol de sangre coloraba su rostro, antes pálido. Su pelo, lustroso y -plano á los dos lados de la raya central, parecía alborotado por un -espeluznamiento de cólera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y -arrogante, ensanchábase palpitante como si oliese pólvora. Sus ojos -miopes, al encontrarse con los míos, reflejaron una extrañeza hostil y -salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, parecía despegado -de su cuerpo. - -Aquel marino era la personificación de la Turquía europea que se -apropia los inventos modernos, copia la organización alemana, habla -todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de -París... pero guardando bajo este exterior su alma asiática. - -Me imaginé al amigo de las _cocottes_ de Petits-Champs, al marino casi -inglés, al elegante agregado de embajada, al que yo creía un escéptico y -alegre vividor, escuchando á un _imán_ que proclamase la guerra santa; y -vi al asiático despojándose de golpe de su complicado disfraz de europeo -y agitando en una punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los -grandes capitanes de Mohamed blandían sus cimitarras tintas en sangre -para demostrar la unidad de Dios. - - * * * * * - -En el coro de la mezquita de Bakarié, el flautista sagrado sigue -improvisando trinos ó lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo, -acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches -danzantes. - -De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik, que ha salido de -su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese -á desplomarse. Un sonoro redoble contesta á este movimiento. Todos los -derviches dejan caer igualmente sus manos á un mismo tiempo, quedando á -gatas, con el enorme gorro junto al suelo. - -Al gemido de la flauta se unen los _darboukas_, que baten una marcha -lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al compás de esta marcha, -los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo á lo largo de las -barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos obscuros, y quedan -al descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero -abarcando en su variado conjunto todas las tintas del iris. - -¡Extraña vestimenta que haría reir en otro lugar, y á la que da cierto -respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas por el -fuego hostil de unos ojos de fanático!... De cintura arriba son hombres, -con chaquetilla á la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo -son mujeres, arrastrando una falda amplísima de rígidos pliegues, que -roza el entarimado con crujidos de pesadez. - -Avanzan descalzos, contoneándose ligeramente al compás de la marcha, con -los brazos cruzados sobre el pecho y las manos extendidas junto á los -hombros. El Cheik camina al frente de la hilera, marcando las ceremonias -del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre sus talones y -saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda -inclinación, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los demás -repiten el mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual están -las tumbas de los santos varones de la orden, se reproduce igual -ceremonia. - -Tres veces da vuelta á la sala la procesión de los derviches, y este -desfile dura mucho tiempo, con la rígida lentitud que es para los -orientales el signo más imponente de la majestad. Los pies, descalzos, -se mueven incesantemente al compás de la música, pero sin adelantar -apenas. Por fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda -inmóvil en el centro del muro oriental, con los brazos en el pecho, -destacando su figura sobre los vidrios iluminados de una gran ventana. - -Los derviches, formados en larga fila, parecen bailarinas que se -preparan á lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un escenario. -Poco antes, al despojarse de los mantos sombríos y aparecer en todo el -esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban á las danzarinas -de ciertas óperas que surgen de entre bastidores como negras brujas, y -de pronto, abandonando sus disfraces, muéstranse luminosas, envueltas en -gasas y colores rosados. - -Los instrumentos del coro adoptan un ritmo semejante al del vals, y al -repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear de las flautas, se -unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia bailable, -monótona y chillona, sin otra variación que el cambio de tono al final -de cada estrofa. - -Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo saluda con reverente -inclinación, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta con ligero -gesto, y el sagrado danzarín empieza á girar sobre sus talones, con una -velocidad cada vez mayor, añadiendo á este vertiginoso movimiento de -rotación otro ligerísimo de traslación, que le hace avanzar lentamente, -siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadísima arremolina sus -pliegues en torno de las piernas, y poco á poco, con la velocidad, toma -aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones gigantescas. -Primero es un enorme paraguas á medio abrir, luego un globo, después un -paracaídas, y el paño pesadísimo se extiende casi horizontal, girando -con loco vértigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas -como una peonza loca. - -Al comenzar su movimiento de rotación, el derviche lleva los brazos -cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco á poco los despega, -los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta que -al fin los mantiene rígidos, en cruz, ayudándole esta tensión á la -rapidez de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no -sonríe. Sus ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se -contrae con un gesto de estupidez extática, de voluptuosidad dolorosa. - -Tras el derviche vestido de blanco, empieza á girar otro verde; luego -otro azul; después otro rojo, y así van saliendo en ruidosa ondulación -circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con esa -intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros -orientales. - -La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran y giran, dando al -espectador el mareo del vértigo. En las raras pausas de la música se oye -el aleteo del pesado paño cortando el aire y el roce de los pies. El -espectáculo es original, obsesionante, con el extraño poder que ejerce -la mezcla de lo bello y lo ridículo. Son flores gigantescas que bailan, -rematadas por hombres feos y barbudos. Rosas fantásticas que giran -llevando hundidos en el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz -coronados por un gorro de fieltro. - -Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez más fuerte; los -_darboukas_ repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y -balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez, -que sus brazos y piernas son pálidas sombras, borrosas por la velocidad, -y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... ¿Cuánto tiempo -dura la sagrada danza?... No lo sé. Siento, á pesar de mi inmovilidad, -los efectos del vértigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo -girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina -nunca. La música infernal y el volteo de los derviches embriaga á los -fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al compás de la -música, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes donde -centenares de monigotes mecánicos, con gorro rojo y cara de palo, se -balancean impasibles á los sones de un cilindro de música. - -El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su -rotación; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se -deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo; -luego se achican más aún, surgen los pesados pliegues, que acaban por -rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven á formarse en fila, á -un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor: los -ojos vidriosos tienen aún la locura del vértigo. Agítanse sus pechos -como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la -repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero á pesar de esto -todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la -venia y reanudar la loca danza. - -Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litúrgico, -lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto á adoptar el ritmo del -sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan á girar en el -centro de la mezquita. - -Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y -giran, con un movimiento vertiginoso, que agotaría las fuerzas, la razón -y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y -vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los -trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata á la mezquita, -atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea á ésta. - -El Cheik hace su oración ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre -la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Alláh y -se retira también. - -La ceremonia ha terminado... ¡Ridícula!... Los que la vieron desde -pequeños, cuando su razón comenzó á abrirse á las cosas del mundo -aceptándolas tal como las encontraron, asisten á ella con sincero fervor -y la consideran como el más noble y poético de los cultos... ¿Quién sabe -lo que un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensará al -ver por vez primera las ceremonias litúrgicas de los occidentales? Todos -los pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han -danzado ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia -religiosa. La danza es seguramente un acto más elevado y menos material -en honor de la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro. - -De todas las cofradías musulmanas de Oriente, la de los derviches -danzantes es la más aristocrática. Sus afiliados gozan de general -respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiéramos llamar el Papa de los -derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las -tradiciones otomanas, adonde no ha llegado aún la influencia europea que -atrofia y envilece á la vieja Turquía. - -Cuando muere el sultán y hay que consagrar un nuevo Comendador de los -creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia á la Santa -Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al -emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y su -poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de -Eyoub. El gran derviche ciñe la venerable cimitarra de Mohamed á la -cintura del nuevo soberano, y Turquía entera aclama á su _Padichá_. - -La Santa Mezquita de Eyoub es el único lugar que guarda el misterio y el -aislamiento religioso del pueblo turco. Ningún cristiano ha pisado ni -siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante -ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean -sus patios y jardines. - -Al salir yo de Bakarié, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que -una embarcación me condujese á Constantinopla, me perdí en unas -callejuelas inmediatas á Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos -funerarios al través de cuyas rejas se ven túmulos de sultanes y santos, -coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro. - -Al final de un callejón vi una gran arcada con la verja abierta. Me -aproximé. Enfrente, un patio solitario y fresco; más allá una arcada; en -último término, una gran extensión inundada de sol y cerrada por -murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzábase la -enormísima pilastra de un plátano de quinientos años, con el ramaje -invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de -azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mármol; -centenares de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las -columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear -del agua. En el último patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi -desnudos, y permanecían acurrucadas viejas horribles, esperando una -limosna. - -Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo inabordable para el -cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su -visita á Constantinopla. Á un lado una fachada misteriosa, de azulejos -verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura. - -Apenas asomé mi cabeza, un _zapethie_, gendarme turco, vino hacia mí. -Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras, -chillando y manoteando con belicosa alegría: «¡_Giaour_! ¡_Giaour_!» -(¡Un cristiano!) - -Me alejé prudentemente, pero la rápida visión del patio solitario con -sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de -feroz misterio, no se borrará fácilmente de mi memoria. - -¿Qué habrá en el interior de la Santa Mezquita de Eyoub?... - - - - -XXV - -El heredero de «Las mil y una noches» - - -La punta de Stambul, que avanza ante Galata formando de un lado la -entrada del Bósforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa -el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos años -dejó de servir de residencia á los soberanos de Constantinopla. - -Los occidentales confunden con frecuencia el serrallo con el harem. -Serrallo es simplemente un palacio: sólo el harem (_lugar sagrado_) es -el departamento destinado á las mujeres. - -Este extremo de Stambul forma una altura desde la cual se abarca el más -asombroso de los panoramas. Á un lado la azul extensión del mar de -Mármara, infinita á la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo, que -parecen inmóviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente -la ribera asiática de montañas rojas, con el Bósforo que oculta en sus -revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro -penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su -caserío por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi -invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante. - -En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrópolis de -la antigua Bizancio. Aquí, el maravilloso palacio de la emperatriz -Placidia, las mansiones de los personajes más importantes del imperio, -las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodégetria -(conductora de los ciegos) y el alcázar de los emperadores bizantinos, -monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde -las vastas salas destinadas á la orgía y á la muerte estaban decoradas -con escenas bíblicas sobre fondos de oro. - -Cuando Mohamed II conquistó Constantinopla, sus construcciones de gusto -oriental se elevaron sobre los escombros de los palacios del vencido, y -en esta colina vivieron los _Padichás_ hasta los primeros años del siglo -XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas de la milicia de los -jenízaros, hicieron levantar el campo á Mahmoud II. El Serrallo era una -vivienda demasiado grande para que el Comendador de los creyentes -pudiese subsistir con entera seguridad. Enclavada en el corazón de -Stambul, dominadas sus murallas por edificios pegados á ellas, el pueblo -sublevado ó los pretorianos descontentos podían invadirlo con gran -facilidad. El sultán abandonó el antiguo Serrallo en 1808, trasladándose -á la otra ribera del Cuerno de Oro, y desde entonces los emperadores -viven en plena campiña, apartados de su ciudad y rodeados de un pueblo -fiel de guardias y cortesanos que ellos mismos se forman. - -Sólo algunas sultanas viejas, con su corte olvidada y pobre de parientas -del emperador, viven como monjas en los abandonados palacios del antiguo -Serrallo. - -Éste se halla dividido en tres partes: los jardines, el Patio de los -Jenízaros y los palacios ó kioscos esparcidos caprichosamente en la -meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el encanto de la -vegetación secular abandonada á la libre expansión de sus fuerzas; -terrazas en escalones con enormes cipreses ó seculares plátanos; rosales -que crecen y se enmarañan como bravías malezas, y en medio de este -oleaje de verde sombrío, kioscos de simples líneas y amarillenta -blancura. Un cinturón de murallas rojas, con puntiagudas almenas y -gruesos torreones, cierra el recinto del Serrallo, como una ciudad -aparte dentro del antiguo Stambul. - -Lo más notable que encierra es el tesoro de los sultanes, la colección -de riquezas históricas de estos soberanos del fabuloso Oriente, que -conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para visitarlo -se necesita una invitación del sultán, y aun así la visita no está al -alcance de todos. Yo mismo, después de recibir la invitación, tuve que -aguardar durante muchos días la oportunidad de que otros viajeros -sintiesen el mismo deseo. - -Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo palacio un verdadero -ejército de criados, funcionarios de corte, ayudantes del sultán, pachás -depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total unos -trescientos hombres, y como en Turquía es natural y corriente la -costumbre del _batchis_ ó propina, y nadie cree envilecerse tomándola, -la tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para -realizarla, se reunen, poniéndose á escote. - -Dos personajes de Rumania venidos á Constantinopla para una conferencia -con el gobierno turco sobre las minas de petróleo, recibieron la -invitación de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto con -ellos y sus esposas, entré en este depósito de fabulosas riquezas, á las -tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y -personajes pálidos de espesa barba y ojos tristes, todos con levita -_stambulina_ y gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos -cruzadas sobre el vientre. - -Así atravesamos el extenso Patio de los Jenízaros, pasando bajo la -Puerta Augusta, un arco de mármol blanco y negro con columnas de jaspe -verde. Á cada lado de la puerta hay un nicho que aun conserva señales -de escarpias. De estas escarpias se colgaban para terrible ejemplo las -cabezas de pachás cortadas por orden del Gran Señor. - -Nuestros conductores nos entran en un kiosco blanco, cuyos grandes -ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada del Bósforo. Una -alfombra sedosa de finos colores, ámbar y rosa, se hunde bajo nuestros -pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de empleados -palatinos y negros eunucos. Los muebles (¡oh anacronismo!) son de estilo -Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el -gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el -agua azul y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del -Serrallo. La roca, casi cortada á pico, da al Bósforo en este lugar una -gran profundidad: cien metros, ¡Los misterios que guarda esta superficie -límpida, débilmente rizada por la brisa que viene del mar de Mármara, y -en la que tiemblan como pedazos de espejo los suaves rayos del sol de la -tarde!... Aquí caían en el eterno misterio, con una piedra al cuello, -los hermanos de los sultanes, estrangulados para evitar á Turquía una -guerra civil; aquí desaparecían para siempre los pachás ambiciosos y en -desgracia; aquí acababan las perfumadas sultanas y las odaliscas de -voluptuosos ojos, sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un saco -de cuero, antes de rodar á las tenebrosas profundidades. - -Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de grandes bandejas -cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el obsequio del -sultán á los extranjeros que visitan su antigua residencia. - -El maestro de ceremonias tira de las ricas envolturas. Dos eunucos -sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como un escudo, y en -ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena de -confituras de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el -eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con -vasos de agua y tras él llega otro con un gran incensario dorado lleno -de brasas, en el que humea una cafetera. Las minúsculas tacitas de -porcelana persa se llenan de café espeso como pasta, y el perfume -intenso del negro y delicioso brebaje se une al olor de rosa que -impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda ofrecer los -cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados, hombres y -mujeres, sentándonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante un -cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul (azul -de cielo y azul de mar), á los que sirven de marco las ventanas del -kiosco. - -Otra vez en marcha, precedidos de la procesión de servidores de negra -levita y gorro rojo, que parece haber aumentado considerablemente. Son -ya más de cien. - -Atravesamos un patio extenso, ó más bien una llanura cerrada por un -sinnúmero de claustros, kioscos sueltos y palacios ruinosos, en los -cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los mantos de -hiedra y de las parras trepadoras. - -Junto á una puerta de arco, y bajo un porche de tejas viejísimas, -cubiertas de moho y desunidas por las raíces de plantas parásitas, están -formados los soldados de una compañía de infantería, en cuatro filas, -dos á cada lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de -marina con cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la -empuñadura del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez -alemana. Puesto que somos europeos é invitados del sultán, -indudablemente debemos ser grandes personajes en nuestro país. Los -soldados, al pasar nosotros, lanzan el rugido de ordenanza, elevando sus -fusiles y presentándolos. Después vuelven á aullar con unidad atronadora -y los dejan caer al mismo tiempo, conmoviendo con las culatas las viejas -losas, en cuyos intersticios crece la hierba. - -Estamos en la entrada del _Hasné_, del famoso Tesoro, puerta venerable -de cedro, roída por los años, con clavos oxidados y cerraduras que -parecen olvidadas durante siglos y de imposible funcionamiento. Junto á -ella aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la tierra. Son -viejos pachás de miembros trémulos y barbillas blancas, arrugados -personajes con el paño del dorso de la levita tirante sobre la -curvatura de la espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y -brillante; se abre con estridente _cric-cric_ un enorme candado, giran -con doloroso gemido los pernos de las cerraduras y se quejan los -cerrojos al ser arrancados de la inmovilidad de su sueño. Los -respetables gnomos del Serrallo van de un lado á otro trabajando en su -penosa obra, y al fin giran chirriantes las hojas de cedro en el -silencio conventual del Serrallo, y de la penumbra surge una bocanada de -aire húmedo y espeso, una respiración de lugar cerrado, de antigua -bodega. - -Todos los criados que nos preceden entran apresuradamente, mientras -nosotros, contenidos cortésmente por el ayudante y el maestro de -ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas carreras -en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rápida confusión del -grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando -cada cual el sitio que tiene designado con anticipación. - -Cuando entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece como nuevo adorno una -pareja de hombres inmóviles, tan inmóviles como las estatuas y los -maniquíes que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y sin -respirar apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras -evoluciones. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan á los -descansos de las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y -armario, se empequeñecen y disimulan para no ocultar con su cuerpo la -vista de ningún objeto, pero ni por un instante podéis encontraros más -allá del fuego cruzado de sus miradas. - -Todos los visitantes deben ser excelentes personas, ya que el Comendador -de los creyentes los honra con su invitación, pero los pachás -guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y demás -potencias infernales, y desconfían de la codicia del hombre y de la -demencia de la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que -enloquece. - -¡El Tesoro del sultán, dueño desde hace siglos de la prodigiosa Bagdad! -¡La colección de riquezas de este heredero de _Las mil y una noches_!... - -Al abarcar con la vista el amontonamiento de objetos preciosos, -experimenté una profunda decepción. Los objetos están guardados como en -un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo, y los -vidrios se enturbian, dando á todo un aspecto de pobreza y falsedad. -Ocurre aquí como en los tesoros de las catedrales católicas, donde los -siglos y la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y convierten -los diamantes en vidrio y las perlas en gotas de cera. - -El Tesoro del sultán (que no ha visto nunca el sultán actual ni -visitaron jamás muchos de sus antecesores) parece una enorme tienda de -anticuario, abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas están rotos en -parte, y las goteras del techo hacen caer en grandes desconchados el -enlucido del cielorraso. Polvo, telarañas y vejez por todas partes. - -Este abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene, hacen -dudar en el primer momento del valor del Tesoro. - ---¡Todo mentira!--murmuran en nuestro interior la malicia y la -desconfianza--. ¡Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros -siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser -verdad. - -Y sin embargo, es verdad, por más que la razón se subleve ante lo enorme -de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos, cuando -han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos á -Oriente. - -Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un -trono para descansar en él con las piernas cruzadas, bajo y casi tan -grande como un lecho. Lo robaron los turcos á los persas en el siglo -XVI, durante la guerra del sultán Selim contra el sha Ismail. Es de oro -macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensación -de ruda pesadez. El precioso metal sólo es visible en pequeñísimos -espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riquísimos materiales, -cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte -inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas, -de rubíes, todos de igual tamaño, que se repiten formando flores y -hojas. La razón, que parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de -su autenticidad, sólo se convence tras largo examen de la riqueza de -este mueble. - -En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante -á un púlpito de musulmán. Es á modo de una garita de ébano, dentro de la -cual se sentaba el _Padichá_ con las piernas cruzadas. De cada ángulo -del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de -cúpula, y en el centro de ésta se eleva un joyel de inverosímil -magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen -simples pedazos de empañado cristal. Todo este pequeño edificio de ébano -y sándalo está incrustado de nácar, concha, plata y oro. Por todas sus -caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantásticas en -nácar, y el centro de cada flor está formado de grandes cabujones de -rubíes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una -cadena de oro que venía á caer sobre la cabeza del sultán. La cadena -sostiene un corazón también de oro y de éste cuelga una esmeralda de -forma irregular, pero de un tamaño inaudito, gruesa de cinco centímetros -y grande como una mano abierta. - -¡Las esmeraldas del sultán! Después de visitar el pabellón del Tesoro se -hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un -camino. - -Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina, -donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos -planos de un verde obscuro, algo así como tres adoquines de vidrio -opaco. ¡Son esmeraldas!... Las tres más grandes que existen en el mundo. -Una de ellas pesa cerca de tres kilos. - -Y á lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectáculo de -las riquezas amontonadas por el heredero de _Las mil y una noches_: -armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina -cubierta de perlas y rubíes y la empuñadura formada de brillantes y -esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de -brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en cuyo -bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de -piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y -frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos -de menudas incrustaciones en maderas perfumadas ó ricos metales, que -reproducen escenas al borde del Eufrates, en las riberas del Ganges ó -sobre las mesetas del Isphan llenas de rosas, donde cantaron los poetas -Shadi y Ferdussi. - -Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de los antiguos -sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio -de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmesí y está bordada -con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamaño, que es el de -un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un -rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos. - -La armadura que Mourad IV llevó á la toma de Bagdad en el siglo XVII, -deslumbra majestuosa frente á dos ventanas. Es una cota de mallas de oro -con placas damasquinadas, y á su lado está la cimitarra, con la guarda y -el puño cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos de -la misma dimensión y de trece milímetros de grueso. - -En una galería superior está lo más interesante del Tesoro: las -vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes, -desde Mohamed II, que conquistó Constantinopla, hasta Mahmoud, que murió -en 1839. Estas vestiduras están puestas sobre maniquíes, sin cabeza, -coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada -turbante está rematado por un penacho sujeto con un joyel magnífico, y -en la faja de todo maniquí luce un puñal, que es obra maestra de -cincelado y un alarde de fantástica riqueza. Los hay que parecen -trabajados por Benvenuto Cellini. La empuñadura de una daga está formada -de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes: -dos en cada cara del puño y el restante sirviendo de pomo. - -La profusión de pedrerías sobre las armas y en los penachos de los -turbantes, deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos -ramilletes de plumas, está formado de dos esmeraldas y un rubí, que -tienen pulgada y media de gruesos. Las túnicas son de brocado magnífico, -tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el -apoyo interior del maniquí. Las fajas de rica seda, sustentan los -puñales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos -símbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga -lo que el cetro para los monarcas de Occidente. - -La larga fila de sultanes, inmóviles y sin cabeza, cubiertos de las -mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo -turco. Dentro de estas rígidas y deslumbrantes túnicas vivieron hombres -respetados como dioses, que se hacían obedecer desde las orillas del -golfo Pérsico hasta los muros de Viena y obligaban á temblar á toda la -cristiandad, en perpetuo escalofrío de miedo, turbando el santo reposo -del Vicario de Cristo. - -La imaginación, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como -corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros -barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales é -imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso -de poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras -aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y -jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio, -queriendo llegar conquistadores hasta sus fuentes. - -«¡Que baja el turco!», gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena -á Lisboa, desde Cádiz á Londres, y la vida pacífica quedaba en suspenso, -y las naves mercantes de Venecia, Génova y España convertíanse en barcos -guerreros, haciéndose á la vela para salir al encuentro del enemigo en -los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejércitos, y el -continente entero quedaba inmóvil, en angustiosa espera, sin saber -ciertamente si había llegado su última hora ó si tendría aún derecho á -seguir existiendo. - -Los hechos que en la historia parecen más lejanos y faltos de relación, -están unidos por el misterioso engranaje, generador del movimiento de -avance que desde hace siglos empuja á la humanidad. Sin los sultanes de -Constantinopla, fanáticos koranistas ansiosos de someter Europa entera á -la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habría -perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte -europeo seguiría á estas horas con la conciencia sometida al gran -sacerdote de Roma. - -Los reyes católicos de Europa (especialmente nuestro Carlos V), á -instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar á sangre y fuego en -Alemania, sometiendo con mano férrea á los pequeños señores germánicos -partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes habían sido -vencidos los provenzales heréticos y los húngaros entusiastas de Huss. -Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro -exterior no permitía al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de -su casa. Como si los déspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los -partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos -europeos, á impulsos de una paz momentánea, volvían los ojos hacia el -hogar de la herejía, en Constantinopla se armaba una nueva expedición y -el grito pavoroso corría por todo el continente: «¡Que baja el turco!» - -La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania era un plantel -inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas católicos, para salir -del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelión espiritual del país -que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de -los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras -del centro de Europa, ya _no bajó_ más, era tarde para el catolicismo -romano. La herejía, fácil de matar en la cuna, había crecido -desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco costó á Roma la -pérdida de media Europa. - - * * * * * - -Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una -borrachera de riquezas. Dentro del pabellón vetusto se pierde la noción -del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al -centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectáculo ordinario, -experimenta una gran extrañeza al reflejar la desnuda miseria que existe -fuera del pabellón. - -Tardo un buen rato en volver á la realidad al salir del _Hasné_. En los -primeras momentos me extraña que los fusiles de los soldados formados -junto á la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no -estén rígidos, bajo una capa de preciosos bordados, como las túnicas que -quedan allá dentro; que la hierba de las losas no esté formada de -esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y -ruedan en un tazón al final del patio. - -Al fin logro serenarme, y me habitúo al nuevo ambiente, como el que pasa -de un salón iluminado con vivas luces á una callejuela lóbrega. ¡Adiós, -esplendores absurdos, riquezas turbadoras é inauditas de _Las mil y una -noches_, que quedáis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras -la venerable puerta de cedro que vuelven á cerrar los gnomos de barbilla -blanca, con chirridos de herrumbre!... Sólo el recuerdo me llevo de -vosotros, pero juro que en adelante no habrá escaparate parisién de la -_rue de la Paix_ que me haga detener el paso con asombro, y que sonreiré -como hombre que está en el secreto cuando en noches de gala vea en la -Grande Opera ó en el Real de Madrid el desfile de la centelleante -pedrería sobre los hombros desnudos. - -En el centro del patio del Tesoro vemos el _Kafess_, un kiosco enrejado, -una prisión que casi es una jaula, dedicada antiguamente á los hermanos -de todo sultán, príncipes infelices, esclavos de la razón de Estado, que -así habían de vivir para no turbar el sueño del soberano con amenazas de -rivalidades. Esta prisión en pleno Serrallo casi resultaba para ellos -una felicidad. Peor era que un día su augusto hermano, no satisfecho del -encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando después unas -tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio. - -Al otro lado del patio del Tesoro está la sala del Trono, el famoso -_Diván_. Aquí recibían los sultanes á los embajadores de la cristiandad, -bajo un techo, que aun subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la -sala está el trono, en forma de diván, lecho enorme con un toldo de -viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras -preciosas. Existe una ventana enrejada junto al _Diván_, y tras ella -escuchaba el _Padichá_ á los embajadores, que ocupaban una pieza -inmediata. Merced á tal precaución, los sultanes, que vivían en continuo -miedo al asesinato, y las más de las veces no acababan sus días en la -cama, creíanse á cubierto de una agresión de parte de los enviados -extranjeros, á los que apenas conocían. - -Cerca de la ventana hay una fuente. El sultán, apenas comenzada la -entrevista, la hacía correr, y el murmullo del agua ensordecía y apagaba -la conversación para que no la oyesen los familiares de los dos -séquitos. - -¡Los caprichos de estos déspotas, ahítos de poder, y semejantes en sus -bromas terribles á los emperadores romanos de la decadencia!... - -Cierto día un duque francés, embajador de Luis XIV, fué admitido como -gran honor en el mismo salón del Trono, manteniéndose de pie ante el -diván en el que estaba tendido el _Padichá_. - ---Mira lo que tienes al lado--dijo el déspota sonriendo, con una malicia -infantil en la mirada. - -El embajador miró á la derecha, miró á la izquierda, y sin la más leve -emoción, continuó el discurso, exagerando más aún su actitud rígida y -tranquila. - -Dos fieros leones estaban junto á él, frotando la melena alborotada -contra sus piernas, rugiendo de extrañeza, mirando al intruso y mirando -á su amo, como si sólo esperasen un ademán de éste para caer sobre él. -El sultán experimentó una gran decepción al no poder divertirse con el -miedo del extranjero. El embajador terminó su conferencia y salió -dejando aturdidos á todos con su serenidad. - -Un héroe el tal embajador: un diplomático que sabía sobreponerse á las -terribles emociones. Pero después, al llegar al palacio de la embajada, -cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresuró á -despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas, -que se quitó los calzones de terciopelo... y llamó á la lavandera, para -entregarla su ropa interior. - - - - -XXVI - -Santa Sofía - - -Estoy en el gran patio de la mezquita «Aya Sophia» (la famosa Santa -Sofía de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un plátano -venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de café, y -aspirando el perfume de sándalo de un rosario musulmán que acabo de -comprar á un mercader sirio. - -Á mi lado está Nazim-Bey, joven capitán de caballería que ha viajado por -toda Europa, y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los -oficiales del cuarto militar del emperador. - -¡Lo que me costó entrar en Santa Sofía!... Todos los viajeros que han -visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido verla con -entera libertad. «Aya Sophia» estaba abierta á todo el mundo, como las -demás mezquitas. Pero una comisión de jefes del Yemen, árabes fanáticos, -habituados á la vida de los desiertos arenales, que no entienden de -relaciones internacionales y desprecian á los infieles, vino á -Constantinopla á visitar al _Padichá_, y al entrar en la más famosa de -las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que -la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayoría, que iban de un -lado á otro hablando fuerte y con el _Baedeker_ en la mano. - -Pocos extranjeros entrarán ya en ella. El sultán, para dar gusto á los -revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso á los infieles, y yo -tuve que invertir más de quince días en ruegos, visitas y gestiones casi -diplomáticas para visitar la famosa mezquita. ¡Irse de Constantinopla -sin conocer Santa Sofía!... Al fin, una tarde, á la hora en que escasean -los fieles en el templo, y acompañado de un ayudante del sultán, pude -entrar en la antigua basílica. - -Sentados en un cafetucho del patio, junto á las fuentes de abluciones, -que chorrean incesantemente, aguardamos á que un servidor del templo nos -avisase el momento más propicio para la visita, después de la salida de -ciertos devotos rezagados y antes que los _muezines_ se asomaran á los -balconcillos de los cuatro alminares llamando á los fieles á la oración -de la tarde. - -Por fin, entramos... ¡Inolvidable impresión! No todos los días puede -pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil -cuatrocientos años; no se respira con frecuencia bajo unas bóvedas que -cuentan catorce siglos de antigüedad. - -Inútil es describir Santa Sofía. Su atrevida cúpula, agujereada por -estrechas é innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones, -sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde, y desde las -cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lámparas, -los huevos de avestruz y demás adornos de la religiosidad musulmana, son -conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografía y la -tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el -más antiguo de la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenón -del arte bizantino. - -La luz que penetra por las ventanas de la cúpula toma una densidad -amarillenta de ámbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos -las imágenes de los muros, contribuye á colorar el ambiente de este tono -suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes á toda representación -de la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en -los cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros -alargados, destacábanse con rigidez hierática sobre un fondo de oro. - -Es el único vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas -columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas, -las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de -los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se ha caído -en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz mate -y discreta, como una venerable armadura de oro al través de los -desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de -diámetro, con inscripciones gigantescas en honor de Alláh, y cuatro -ángeles pintados en el arranque de la bóveda, son todos los adornos que -el arte turco ha osado añadir al templo erigido por Justiniano. Los -ángeles son convencionales. Cada uno de ellos está representado por -cuatro alas en forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir más -allá. - -Un interminable susurro, un batir incesante de plumas, llena el ambiente -ambarino y crepuscular de la mezquita, uniéndose al crepitar de las -lámparas y á la cantinela monótona de los aprendices eclesiásticos, que, -encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria -_suras_ enteras del Korán, mientras un efebo, con el libro entre las -piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el más leve olvido. -Centenares de palomos obscuros, con plumas de metálicos reflejos, -aletean en las bóvedas, descansan en capiteles y cornisas, ó descienden -hasta las cabezas de los fieles, inmóviles como estatuas en su oración, -posándose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan -desde lo alto sus superfluidades digestivas, y los servidores de la -mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del -pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies -limpios, para que después el buen creyente, al prosternarse, pueda -besarla sin contagio alguno. - -Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por primera vez, lo -que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extrañeza alguna. -Un templo poco más grande que los otros... y nada más. Sólo cuando se -avanza, y la perspectiva va prolongándose á cada paso, es cuando se da -cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de -esta armonía general. Lo que de lejos parecían esbeltas columnas, son -troncos enormísimos de piedra, junto á los cuales el hombre se iguala á -la hormiga: las distancias entre una arcada y otra se prolongan -mágicamente, como si el templo fuese creciendo y estirándose á cada paso -que se avanza. - -La antigua basílica es enorme, abrumadora, soberbia, y sin embargo, da -una impresión dulce, de suave ligereza. - -Su historia es tan accidentada como la de una nación. - -Santa Sofía no fué elevada en honor de una santa de este nombre, como -muchos creen. _Sancta_ _Sophia_ es una invocación á la Santa Sabiduría, -y en honor de la Sabiduría divina elevó Constantino la primera basílica, -en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien años después la quemó el -populacho, creyente y revoltoso, excitado por el destierro de San Juan -Crisóstomo. Teodosio II la volvió á construir, y en 532 la incendió de -nuevo el pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino -por una cuestión de Circo, el motín de los _Victoriatos_, en los -primeros tiempos de Justiniano. - -Fué este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora, -mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero teólogo, quien creó el -monumento que aun hoy subsiste, y que vivirá siglos y siglos. - -Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo á la Santa Sabiduría -fuese «la obra más magnífica que se hubiese visto después de la -creación», y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo -recoger los materiales más preciosos: mármoles, columnas y esculturas. -Los monumentos de la antigüedad griega fueron saqueados. Éfeso le envió -las columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que -había robado del templo del Sol en Heliópolis, é igualmente fueron -puestos á contribución los santuarios de Atenas, Delos, Cizica é Isis y -Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la época, -Antemio de Tales é Isidoro de Mileto, se encargaron de la dirección de -los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso, -propaló que un ángel había entregado á Justiniano los planos del -monumento con el dinero necesario para construirlo. - -Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron á la -vez. Una capa de betún de veinte varas de espesor, que llegó á adquirir -la dureza del hierro, sirvió de base al edificio. Los alfareros de Rodas -hicieron los ladrillos para la bóveda de una tierra tan ligera, que doce -de ellos no llegaban á pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos ellos -llevaban una inscripción: «Es Dios quien me ha fundado y Dios me -socorrerá.» - -La construcción fué una mezcla de esfuerzos arquitectónicos y ceremonias -religiosas. Los sacerdotes bendecían los materiales, acompañaban con -plegarias la erección de cada columna, y al elevarse los muros, los -albañiles introducían en la argamasa huesos de santos y otras reliquias. - -Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectónico, y -Justiniano se vió en los mayores apuros, y recurrió á los medios más -criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa -Sabiduría. Por fin, en 537 la obra quedó acabada. Después de una marcha -triunfal por el Hipódromo, con todo el esplendor de su corte bizantina, -y de pródigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahíto de -disputas teológicas, Justiniano inauguró el monumento. - ---¡Gloria á Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!--gritó -al entrar--. ¡He vencido á Salomón! - -Catorce días duraron las plegarias, los festines públicos y las -distribuciones de dinero. - -La Santa Sapiencia vivió siglos en una relativa tranquilidad, sin otros -accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos -enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del -imperio de Bizancio se reconcentró en ella. Bajo sus bóvedas se -consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos á otros, se -sacaban los ojos, ó degollaban en masa á sus súbditos, por si el Hijo -era igual al Padre, y otras sutilezas teológicas, que tomaron el -carácter de verdaderos programas políticos. - -El día que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en -Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes -fugitivos se amontonó en la santa basílica, que tenía ya cerca de mil -años de antigüedad. El caudillo victorioso entró á caballo hasta el -altar mayor, y gritó agitando su cimitarra: «No hay más Dios que Dios, y -Mohamed es su Profeta.» - -¡Se acabó la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los -sables se enrojecieron hundiéndose en la muchedumbre cristiana, y el -saqueo y la matanza dentro de la basílica duraron tres días. - -En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la -misa, y huyó del altar con el sagrado cáliz, desapareciendo por una -puertecilla practicada en una de las galerías. Inmediatamente la puerta -se cerró milagrosamente, con una pared de piedra que nadie pudo -distinguir del resto del muro. El día que Santa Sofía sea devuelta al -culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volverá -á abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabará su misa interrumpida. - -Esto lo sé por mi guía Stellio, un honrado griego, verídico y creyente, -que me acompaña á todas partes, discurriendo el medio más rápido y -seguro para extraer el dinero de mis bolsillos. - -Los historiadores de Santa Sofía dicen que esto es una leyenda; pero -Stellio se ríe de su ignorancia. - -Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas -familias griegas, piden á Dios que no las llame á su seno sin haber -visto antes á ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante -cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa. - - - - -XXVII - -El Papa griego - - -El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos -señores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio después de la -conquista turca, y allí continúan, en viejos palacios adosados á -murallas medio derruídas del tiempo de los Paleólogos. - -Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes después de la derrota, -ó mejor dicho, continuaron siéndolo, pues en tiempo de su imperio -siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su país confiada á -bravos mercenarios comprados en Asia ó en Bulgaria. - -La fama de los comerciantes _fanariotas_ ha sido universal. Durante -siglos, el oro de todo el mundo se amontonó en este barrio del Fanar. -Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra á la cristiandad, -dejaron á los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y -el _fanariota_ fué el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de -los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y -prestamista de sus señores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido -durante siglos una Venecia, una Génova, de poderoso movimiento -comercial. Una gran flota mercante movíase en los mares de Oriente y en -todo el Mediterráneo, siguiendo las inspiraciones de sus mercaderes. El -Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los -edificios del Fanar--palacios obscuros con balcones bajos, que casi se -tocan con la cabeza--, veíase cortado incesantemente por las galeras que -llegaban de las escalas de Siria y el Mar Negro y partían hacia los -puertos de Nápoles y Marsella. - -Hoy el Fanar está solitario y tranquilo. Junto á sus muelles no se ven -más que viejas barcazas en reparación, y enfrente, al otro lado del -brazo de mar, los navíos de guerra turcos, los buques antiguos que -sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las -innumerables construcciones del Arsenal. Mas los _fanariotas_ aun viven -tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que -dificultan la navegación en el Cuerno de Oro, el gran calado de los -buques modernos y las exigencias del comercio, les han obligado á -trasladar sus oficinas á Galata, cerca del Bósforo, en medio de los -chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de grúas y ensordecedora y -negra actividad de un puerto de nuestros días. - -Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, á modo -de un título de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen -viviendo las familias de estos griegos, más griegos que los que habitan -Atenas, y que hacen remontar sus orígenes en línea recta á los tiempos -gloriosos del imperio bizantino. - -El pequeño reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar. -Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el -entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y -desgracia. Son riquísimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisión al -turco, á quien explotan, pero su pensamiento va á todas horas á la -pequeña nacionalidad formada en torno de la acrópolis ateniense, viendo -en ella como un huevo del que resurgirá un pasado glorioso. - -¡Atenas! ¡Constantinopla!... Estos dos nombres de gran sonoridad excitan -á todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del -porvenir. Grecia volverá á ser lo que fué: se apoderará de la Macedonia, -se extenderá por las riberas de Asia, pasará un día los Dardanelos, y la -antigua Bizancio será otra vez helena, brillando sobre la cúpula de -Santa Sofía la cruz del Santo Sínodo, en vez de la media luna de oro. Y -enardecidos por una fantasmagoría tan generosa, no hay sacrificio que no -hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crímenes en el -curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero á manos -llenas en empresas patrióticas. - -Los griegos del archipiélago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que -intentan moverse. La sublevación de los isleños de Candía, las -guerrillas macedónicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos años, -que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temístocles, -y la agitación presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo -campo de combate, todo es obra del dinero _fanariota_, que corre -pródigamente, como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de -Constantinopla es un buen súbdito del sultán, incapaz de provocar ningún -disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que intenta -revoluciones dentro del imperio, pero trabaja y sacrifica su fortuna por -crear á éste en el exterior toda clase de conflictos. - -No sólo piensa en su pequeña patria para lanzarla á la guerra contra el -país en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo más que las -armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en -los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseñanzas y las -inspiraciones de los filósofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de -la presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa á los -_fanariotas_ hasta el punto de que en Grecia es insignificante la -instrucción pública costeada por el gobierno, en comparación con la que -sostiene la iniciativa particular. No muere un griego rico de -Constantinopla que no deje fuertes legados para las escuelas de su -país. Muchos han dejado dos y tres millones de francos. Innumerables -escuelas del archipiélago, grandes universidades, valiosas bibliotecas -se sostienen con herencias de patriotas del Fanar, que pasaron su vida -explotando á turcos y cristianos y dando las más fieles muestras de -adhesión al sultán que aborrecen. - -Además, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la -tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo semejante á lo que -es para el católico el barrio de Roma inmediato al Tíber, donde alza la -basílica de San Pedro su enorme cúpula y se alínean perforando la piedra -las innumerables ventanas del Vaticano. - -En el Fanar está el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa -griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla. - -Este representante de Dios es un personaje poderosísimo, un sacro pastor -que extiende su cayado de oro sobre millones de místicas ovejas. Si el -Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlántico la antigua América -española, su colega de Constantinopla sería tan poderoso como él. -Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos -de la enorme Turquía, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque -autónoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de -Constantinopla, forman el feudo espiritual de este pontífice que vive en -el barrio del Fanar y una vez al año bendice toneladas y toneladas de -aceite, convirtiéndolo en óleo santo que envía á los metropolitanos y -popes de sus Estados. - -El patriarca actual es Joaquín II. Un amigo suyo, que á la vez lo es -mío, me invita á visitar al Pontífice, ensalzando la llaneza de su trato -y costumbres. ¿Por qué no?... El amigo añade que ya ha hablado de mí á -Su Santidad, y una tarde á las dos, llegamos juntos al palacio del -Patriarcado. - -Es un enorme caserón sin adorno alguno, situado en la cumbre de una -colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios -exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia. - -Su Santidad es después del Gran Imán el primer funcionario religioso del -Imperio. El sultán lo recibe con frecuencia y vive en las mejores -relaciones con él, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios -millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados -turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la -existencia y el reposo de este sacerdote extraño á sus creencias, lo -mismo que en Jerusalén montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo. -Además, Su Santidad recibe del sultán una paga enorme, uno de esos -sueldos inauditos que sólo puede concebir la prodigalidad de un soberano -oriental. - -Joaquín II es bueno y tan generoso al repartir como el sultán al dar. -Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre teólogo en una -universidad de Grecia, y su enorme asignación la devora el populacho del -Fanar, que descansa en sus tugurios como una nube de langosta en torno -del Patriarcado. - -Entramos en éste por una puerta lateral. El arco del centro está -cerrado, y sólo se abre, con largos intervalos de años, en las grandes -conmemoraciones religiosas. - -En el interior encontramos unos criados, bigotudos y morenos, semejantes -á los piratas antiguos del archipiélago, y popes jovencitos que deben -ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con -esterilla de junco. Las paredes están adornadas con pinturas de imágenes -bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un salón de espera -igualmente modesto, con la misma esterilla é idénticos retratos de -patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y -lóbrega envuelta en una gasa fúnebre que pende sobre los hombros y la -cruz de oro destacándose sobre el pecho negro. - -Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitación un -pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve los brazos -invitándonos á entrar. - -Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrás -la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las -barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se -escapan de su alto gorro, semejante á un sombrero de copa sin alas. Pero -el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresión de fuerza -y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez ósea -de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguileña, es sin -embargo hermosa por su pureza de líneas, sin la más leve desviación. Los -ojos, grandes é imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan por ser -dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequeñísimo punto de -luz en su negra intensidad. - -Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita -al andar con enérgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al -nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa -un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que ciñe la sotana -del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un -suave fulgor de oro antiguo. Es Joaquín II. - -Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que -hace mi presentación. - ---¡Ah, Blascos!--dice el Patriarca con una voz sonora de barítono, al -mismo tiempo que me coge una mano y tira de mí para que avance--. -¡Blascos Ibañides!... - -Cualquiera diría que Su Santidad se había pasado la existencia no oyendo -otro nombre que el mío. Es la amabilidad superior de los soberanos, de -los grandes personajes que fingen conocer á todos los que llegan y -parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y -repitiendo mi apellido desfigurado á la griega, con una expresión -satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de -coloso, me hace sentar en un diván redondo en el centro de la pieza, y -él vuelve al sillón dorado y viejo que ocupaba momentos antes. - -La sala, larga y estrecha, es una galería cerrada con cristales. Al -través de ellos, se ve abajo parte del caserío del Fanar, y más allá de -los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navíos de guerra, el -Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados -cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan -la sensación de lejanos corderos rumiando inmóviles en las laderas. - -El Patriarca está sentado de espaldas á los cristales, con el cuerpo en -la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en -torno de su alba cabellera. Junto á él sonríe un joven pequeño, vestido -como un _gentleman_, el monóculo brillante sobre el rostro afeitado y el -pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bandós que -caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la -legación de Grecia, que está en conferencia con el Patriarca y juntos -pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado país. - -Joaquín II habla en su idioma, de sonora armonía, ininteligible para -mí, y al terminar mi amigo, que parece emocionado en presencia del -Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me dice en francés: - ---Su Santidad está muy contento de verle, y dice que le es usted -simpático... Además le desea una estancia muy feliz en Constantinopla. - ---Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias. - -Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirándonos, como es de buen -tono en toda visita oriental, donde la conversación animada no surge más -que tras larguísima pausa luego de haber tomado el café. - -El Patriarca ha dado sus órdenes con una voz de marino que ordena una -maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda -visita. - -El café no es gran cosa, los cigarrillos son comunes y el servicio de -porcelana de lo más vulgar. Joaquín II vuelvo á repetir que vive -pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas -y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesía, pero él no bebe ni -fuma. Sólo la confitura es magnífica: un dulce de exquisitez monacal, -formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano -convento, ó de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en -algún ruinoso palacio del Fanar. - -El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado. -Este sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su -sillón, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monóculo, -sonriéndome con diplomática calma. Su Santidad sólo habla el griego y el -turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve á un -español. Él me traducirá en francés lo que diga Su Santidad y á -continuación le comunicará en griego lo que yo responda. - ---Puede preguntar Su Santidad lo que guste. - -Y Joaquín II se lanza á hablar apresuradamente, con un ímpetu de orador -tribunicio, rodando como truenos los párrafos sonoros, en los que -abundan las armoniosas onomatopeyas. - -Cuando el Papa se calla, el diplomático hace la traducción, -acompañándola de fina sonrisa. - ---Su Santidad dice que siente muchísimo las desgracias de España; que -durante la guerra con América, dedicó muchas veces sus oraciones á -vuestro pueblo, que le es muy simpático, y que comprende que en vuestro -país aun estará vivo el dolor por tan grandes pérdidas. - -La lástima bondadosa de Joaquín II me irrita un poco. - ---Dígale á Su Santidad que no hay para qué lamentarse de lo pasado; que -en mi país ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un -siglo casi toda la América, no había razón para conservar unas cuantas -islas que eran en cierto modo un bagaje pesado. - -El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rápida -penetración. Mirándome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la -cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traducción, -él se adelanta completando las ideas. - -Continúa el diálogo entre Su Santidad y yo, con la mediación del -elegante intérprete. Joaquín II se entera con gran interés de las -costumbres españolas, de las que tiene una vaga y fantástica idea, y me -pregunta especialmente por nuestra literatura nacional. - -Él, gran erudito en letras clásicas, comentador de Homero, como todo -griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de España. Hace -muchos años, cuando no era en Atenas más que un simple pope dedicado á -enseñanzas teológicas, vió un drama español traducido al griego, un -drama de un señor que se llamaba... se llamaba... - -Y el patriarca y el diplomático se consultan con la mirada, al mismo -tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar á completarlo en -sus dudas. - ---Echegaray--digo yo, adivinando sus balbuceos. - -Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca -guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fué la única vez -que asistió al teatro el austero sacerdote. - ---¿Vive aún _monsieur_ Echegaray?--pregunta Su Santidad con gran -interés por mediación del secretario. - ---Vive, y á pesar de sus años es animoso como un muchacho y no descansa. - -Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano -poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y -yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á -imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores, -con esa admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda -del magno suceso durante toda su vida. - -El Patriarca, después de esto, habla de la literatura griega -contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas y muy -contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven -enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego -antiguo ó en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta -disputa apasiona á la nación entera, dividida en dos partidos. - ---Su Santidad pregunta qué opina usted sobre esto--dice el secretario. - ---Pues dígale á Su Santidad que si novelas y dramas tienen por -protagonistas á personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego -moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va á -expresarse como el Aquiles homérico. - -El Patriarca acoge mis palabras con un gesto cortés, pero deja adivinar -en sus ojos que piensa todo lo contrario. - -La conversación languidece y yo me preparo á marcharme. Llevo más de -media hora con Su Santidad é indudablemente muchos fieles de importancia -aguardan en la antesala. - -El Pontífice de Constantinopla es un Papa _constitucional_. Ni es -infalible por sí solo, ni puede tomar una resolución en materias de fe. -Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Sínodo, -compuesto de eclesiásticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la -que legisla, dejando al Patriarca el poder ejecutivo. - -Voy á abandonar mi asiento, cuando Joaquín II emprende una larga arenga -dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra -_democraticón_. El Patriarca parece poner un gran interés en lo que -dice, y cuando al fin calla, el diplomático me habla gravemente. - ---Su Santidad pregunta si en España los sacerdotes son muy respetados, -si la religión tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los -reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democráticos como -en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas -enseñanzas, intenta levantarse contra sus mayores. - -Quedo indeciso algunos momentos. ¿Qué contestar al buen Patriarca?... -Después de tan buena acogida, siento cierto escrúpulo de decirle la -verdad. ¿Para qué discutir con él? ¿Para qué desvanecer la santa -ignorancia de este sacerdote, que ya no volverá á acordarse de España y -jamás podrá influir en nuestra suerte?... - ---Dígale á Su Santidad que allá no hay partidos democráticos ni nada de -esas pestes modernas que como él dice hacen la infelicidad de los -pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son -veneradísimos; todos los españoles somos católicos... - -Joaquín II sonríe, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas -blancas y su gorro negro, como diciendo: «Muy bien.» - ---Su Santidad--añade el diplomático al poco rato--dice que se alegra -muchísimo de las palabras de usted, que éstas son para él un inmenso -consuelo, y que España será siempre grande si no se aparta del buen -camino. - -Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne inclinación. Su -Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me -acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa. - ---¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!... - -No me entrega su mano á besar como á los otros. Respeta mis escrúpulos -de buen católico español, pero me acompaña, dándome cariñosos golpes en -un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las sonrisas -contrae las ondas de nieve de su barba. - -Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la -diestra con su gran sortija de oro... y me bendice. - -Salgo del Patriarcado admirando la espontánea solidaridad de todos los -que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa fracmasonería de -los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en -Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba -rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás -insultos inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con -acompañamiento de cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen -no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de -espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin -embargo, por encima de tantos siglos de abominación y de odio, se entera -cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea próspera y -fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés por -los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque -nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se -debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se -llamen á engaño habrá ganancia para todos. - - * * * * * - -Algunos días después, al volver al centro de Europa, el tren que me -conducía chocó con otro de mercancías en las inmediaciones de Budapest. -Cinco muertos y un número enorme de heridos. Yo salí ileso. - -Luego en París recibí una carta del amigo que me había presentado al -Patriarca. - -Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de -Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al -bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical, -recomendándome de nuevo en sus oraciones. - -Leyendo esto me expliqué mi buena suerte. - -En adelante, siempre que vaya á un país donde exista Papa, pienso no -salir de él sin la correspondiente bendición. - - - - -XXVIII - -Turcas y eunucos - - -Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la curiosidad, excitada -por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe siempre con las -mismas preguntas: - ---¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los eunucos? - -¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios, -frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus compras en las -lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á solazarse en -las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo; salen en -carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á otras; -gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como -éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é -inabordable como las mujeres. - -Viviendo aquí, se convence el europeo de la frescura con que han mentido -los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y -cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado -de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que condecoraba á sus -gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se -divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez -podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz, -apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con -las pasiones de sus súbditas. - -El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la -tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia -europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto -alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de -déspota curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del -emperador de Alemania que las intrigas del harem del último de sus -pachás. - -Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera, -contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con ojos -ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor -en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas -veces su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la -embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia -de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y á los que un -celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!... - -Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en tarde; pueden entrar -y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fácil de -sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la -intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible. - -Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al -hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece distraído en medio -de la acera tomando el aire, seguirá sus pasos cautelosamente, para -saber en qué termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una -mirada significativa ó volver la cabeza, y el polizonte avisará en el -mismo día al marido ó al padre. - -La policía y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la -mujer turca, la rodean á todas horas, dejándola en completa libertad -para todo... para todo, menos para lo que ella desearía. - -Una tercera parte del presupuesto del imperio se consume en servicio -policíaco. Un importante personaje de la corte es el jefe de los espías, -y á su vez hay espías de los espías... y así hasta lo infinito. Todas -las clases de Turquía figuran en el inmenso cuerpo de la delación. Los -policías se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles -que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor -que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al sultán este servicio, -representa más que lo invertido por algunos Estados en ejército, marina, -administración y obras públicas. Muchos de los señoritos turcos que -pasean en caique, llenan los cafés y teatros de Pera y son clientes de -los sastres europeos, luciendo empinados bigotes á lo kaiser, bajo el -erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por -repetir al ministro de Policía cuanto ven y cuanto oyen. - -Además, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las -buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y con marcada -atención, á las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como -ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de -Stambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada ó un palo. Si -es en las demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable -_effendi_ que pasa junto á él le preguntará cortésmente si es forastero, -ya que le ve faltar tan abiertamente á las costumbres del país. - -La mujer, sitiada por la vigilancia del policía y el fanatismo nacional -de todo compatriota, obligada á no hablar con otro hombre que el que -tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso, -que la hace antipática las más de las veces. En las aceras empuja al -hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en -carruaje se ríen del transeúnte europeo con una insolencia de colegialas -en libertad. - -La mujer pobre ó de la clase media sigue fiel al dominó de pesado -damasco y á la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. Así se -la ve pasar, como máscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla -cerrada ó tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la -crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas, -elefantíacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de -los calzones interiores. - -Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachás y los turcos -ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace tiempo que, valiéndose -de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluían á la -mujer en obscuro incógnito. Bajo el gabán oriental, semejante á una -_salida de teatro_, llevan trajes de París recargados de adornos y en -extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo las -exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el _yachmaks_, -velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi -impalpable, que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y -adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce á sus ojos, -agrandados por una aureola negra de _kool_. Ocupando grandes carrozas -con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros, á los que la -perturbación del sexo hace luchar con las señoras en chismes, odios é -histéricas rabietas, van á las tiendas ó visitan á las amigas de otro -harem, situado á tres ó cuatro horas de distancia, al final del Bósforo. - -Algunas veces un harem se traslada á la orilla de Asia para ver á las -compañeras de un gran señor amigo del suyo. La visita dura tres ó cuatro -días, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrúpulos, en el -misterio de las habitaciones privadas, hacen en común sus comiditas de -muñecas, abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre -todo, hablan... hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras ó de -monjas, repitiendo los chismes del silencioso Stambul, donde las casas -parecen cárceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de -celosía, tras las cuales espía á todas horas la curiosidad maligna, la -sospecha calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias. - -Estas damas, mujeres opulentas á los diez y seis años, saben pintarse -las mejillas de carmín, los ojos de negro y las uñas de rojo, y en esto -invierten la mayor parte del día. Además, las mejor educadas saben -fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y á veces hasta bordan -gruesas flores de oro sobre telas de seda. - -Hablar, con una charla interminable de pájaro loco, embriagándose en sus -propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor -placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su -vida frente á frente con una sola de estas hermosas muñecas, vacía de -cráneo y expedita de lengua, multiplique su número para encontrar -alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el encanto -de lo nuevo, sólo sirve para aumentar el tormento. - -Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldándose á nuestras -costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les hablan del harem. -Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los turcos á -estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre -tienen varias esposas. - -Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una paciencia inagotable ó -aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar -durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del harem. - -Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se -compra las más de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin -derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta -nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un -aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre -tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre -él los más rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda -clase de derechos. La ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso -de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres -adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se -impusiera por el terror, ningún musulmán podría llevar su turbante sobre -la frente con entera comodidad. - -En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre la puerta dos versos, -que poco más ó menos dicen así: - - Nada iguala - la astucia de la dama. - -El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale á todas horas, y -ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del -interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son las dos -únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á -esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad -femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las -glorias de la vieja Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde -de patriotismo!... - -Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso que éste sea, las -otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los tribunales -para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es -imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á -que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que -satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado -años y años, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la -nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de -ventanas que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores -en número, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que -las alfombras no eran antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria -caprichosa, agravada por la rivalidad femenina. - -Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos años -en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y -el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los -fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al sultán -en el Sélamlik. - -Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las tradiciones, que -tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado á -los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia -á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el -pensamiento puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo -en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y -aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen -consecuencias por la variedad y el número de la colaboración, llegando -el respetable padre á no conocer á sus hijos ni saber sus nombres, á -pesar de que viven bajo el mismo techo. - -La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan. -Los hijos son más costosos aún que las mujeres, pues hay que darles -colocación. Cada sultán se basta él solo para fabricar la mayor parte de -los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las -demás plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que -viven junto á él. - -El harem imperial y el de los grandes pachás son incubadoras de altos -empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más bajo origen. -Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y no de -padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial -fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil, -siendo centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una -saña de hermanos, cada uno de distinta madre. - -Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo harem. ¡La -poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una -turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización -europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las -necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los -puentes y suben á Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto -y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judías. - - * * * * * - -La afición de ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una -clase de turcas más infelices y dignas de compasión que la antigua dama -otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus -lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva ó una banda con placa -de brillantes, regalo del sultán, sin otros horizontes que las montañas -de la ribera asiática, ni otros deberes que incubar nuevos turcos. - -Los grandes pachás que envían sus hijos á correr Europa, han traído -institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas -que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura -esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación, -desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas -y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras -de juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una -pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los -valses melancólicos de Chopín ó el último _couplet_ de moda en París, y -cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y -francesas. Algunas hasta han roto con la preocupación religiosa de la -raza, que prohibe la reproducción de las formas vivas, y pintan -acuarelas con palomos, flores ó barquitos. - -Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos años en -Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en -ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres jóvenes, que han de -vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de -sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una -muchacha de París ó Londres!... - ---Sabemos francés, sabemos inglés--dicen á la vieja confidente--. -Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La mujer -aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad... -para hablar con los hombres. - -Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá hablar con uno, el que les -designe su padre como esposo. Un día la adornarán de piedras preciosas y -se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de lejos, al -través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez primera -en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que -vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó -en la que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas -á ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de -sus lágrimas y melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y -todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz, -abroquelada en su santa ignorancia: no la habían hecho morder el fruto -embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las -tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega -el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las -novelas francesas que llenan los escaparates de las librerías de la gran -calle de Pera. - -Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas -elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen personajes con -buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre turca -admira á la duquesa rubia y _espiritual_, que en cada capítulo luce un -traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos -entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis -de alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los -años; la sigue palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va -cautelosa al estudio ó á la _garçonniére_ de su nuevo ídolo, cubierta -con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos _velo de -adulterio_); desfallece con la descripción de los sabios besos, en el -saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mármol hay -rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de -personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el -libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y -lacrimosos. - -Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues -todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y francés; ella toca -en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa -y la sentaría igual ó tal vez mejor el misterioso velo de la caída de la -tarde. ¡Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las -esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! ¡Y todos sus viajes -serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa, en el mar de Mármara! -¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas pasiones, será un -señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad de la misma -casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta, que -tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos -veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de -café, y fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto -del Gran Señor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!... - -La virgen musulmana siente que un impulso de rebeldía rompe la costra de -su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de -inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que -convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven los -_giaoures_. - ---¡Oh Europa!... ¡París! ¡París! - -Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á consumar la rebeldía. Las -hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta -tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el -Paraíso soñado, en París, y repiten á la inversa la afición poligámica -de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como -no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes disgustos con estas -fugas. - -Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron -mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven de ojos -orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con -reconcentrado odio contra la tiranía masculina. - -Era una parienta del sultán fugada del harem imperial. - - * * * * * - -En Turquía todavía existe la venta de esclavas. - -Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que -Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de -Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos, -enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años se -exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la -Circasia, sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad, -que fuman su _narghilé_ exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y -los cofrecitos repletos de piedras preciosas. - -Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares. -Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la mercadería -de carne femenil. Es una afición atávica heredada de sus ascendientes, -invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul -tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las más de las -veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero de -espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros -montañeses de la Georgia. - -Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que -la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor propone la mercancía -á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin intervención -alguna de los representantes de la ley. - -Cuando se visita la morada de un turco á la antigua, salen á vuestro -paso, en el departamento de los hombres, pequeñas niñas sin velo, con -anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el -sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas del -dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que -acaban por pasar al harem del señor convertidas en esposas. - -Las agentes de carne conocen las casas donde existen géneros, y todos -los días hacen sus negocios. No sólo venden para los ciudadanos ricos de -Constantinopla y de todos los _vilayetos_ de Turquía, sino que mantienen -negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y Marruecos. La -circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el -adorno elegante de todo harem respetable, y el género, impulsado por una -continua demanda, parece multiplicarse con arreglo á las exigencias. - -Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror futuro se transparenta -en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos -que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del harem. Son -esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es igual -á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra -algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó -para darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que -ejerzan sobre el dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso -de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para -conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo -esclavas. - -Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una -inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando rubios -cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las -babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían -según los méritos del género. - -Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por -quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y -que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á una gordura blanca, -firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas. - -Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezón y con -inquietos remos, cuesta mucho más. - - * * * * * - -Los eunucos son más caros. - -En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de -riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se exhiben majestuosos -en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las más de -las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca de sus -servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna -persona rica puede pasarse sin ellos. - -En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su -eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe que estos -hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra, -aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con -ella y prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco -negro sigue en favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es -algo así como el blasón de armas de la casa, y los señores rivalizan en -tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir á la calle -si no marcha escoltado por un par de eunucos de señorial aspecto. -Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto á las -portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale -el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos marchan á la -cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con -grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos -resplandores y gesticulantes sombras. - -El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el -intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero -para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso, -avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á las -señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á -las habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su -malhumor, lo acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él. - -Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso -cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se contentan con dos ó -con uno solo. - -Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho. - -Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los -precios. - -En esta monstruosa deformación del hombre, ha habido sus modas. El arte -de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El -refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para -estos infelices negros, lúgubres mamarrachos, enormes como colosos, de -rostro fiero, y con una vocecilla estridente y crispadora, semejante al -chasquido de una caña que se rompe. - -Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las -preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, según dicen, la angélica -voz de los cantores del Papa. - -Pero algo quedaba en ellos, después de la monda, que constituía un -motivo de perpetua alarma para los señores turcos. La mujer, ociosa y -triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del -eunuco, único hombre compañero de clausura, la inspiraba según parece -los más refinados ardides. Y echando mano á lo que aun podían encontrar, -las malditas pasaban horas y horas recreándose en un entretenimiento sin -fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegítimamente la -prole del señor, pero faltando á la fidelidad descaradamente en el -sagrado del hogar. - -Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana -poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se abate una furia -semejante á la de los leñadores de bosques vírgenes, que nada perdonan, -echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso, -en la que no queda el más leve rastro de frutos humanos. - -La espeluznante operación la realizan los crueles fabricantes en negros -de pocos años, allá en los arenales de Africa. Los cuerpos los hunden en -el suelo hasta la cintura, y así permanece el operado semanas y meses, -entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena -cicatriza la cuchillada atroz ó se les va por ella la sangre y el alma. - -El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta -amputación. - -Por esto los que quedan son personajes poseídos de su importancia, -influyentes en la vida turca, caprichosos é irresistibles, lo mismo que -una tiple que se considera indispensable y precisa. - - - - -XXIX - -Los derviches aulladores - - -En la orilla asiática de Constantinopla, entre el barrio puramente turco -de Scutari, en el que no vive ningún europeo, y el cementerio que lleva -el mismo nombre, vasta extensión bordeada de kioscos funerarios y -sombreada por plátanos seculares, está la mezquita del Roufat, donde -todos los jueves, á las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa -los derviches aulladores. - -Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los -derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta -de los aulladores es sombría y feroz, y parece guardar en sus extraños -ritos el alma fanática é implacable del antiguo turco, terror de Europa. -Una sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de -madera, y desnuda de todo adorno arquitectónico, es el lugar de la -ceremonia. En las paredes, algunos cartelones, con versículos del Korán, -y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una -panoplia de armas antiguas, turcas é indias: espadas onduladas, -cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de -clavos. - -Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor, se sienta, con -las piernas cruzadas, el _imán_, el gran sacerdote de los derviches -aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de -los que se tienen por descendientes del Profeta. - -Este _imán_ es un árabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder -de hacer milagros, por ser el hombre más hermoso de Constantinopla. No -he visto tipo más perfecto de la belleza semita. De regular estatura, -parece, sin embargo, muy alto, por la gallardía de su cuerpo enjuto y -ágil, en el cual el esqueleto sólo está revestido de los tejidos -indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante, -entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La -nariz, aguileña y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un -negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de -color de tabaco en sus córneas, que hace resaltar el fuego de las -luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arábigos, un pirata del -mar de arena, un caballero andante de las soledades asiáticas, -majestuoso y melancólico, que se ha dedicado á sacerdote y vive en la -civilizada Constantinopla, rozándose con los europeos. - -Las viajeras que ocupan las galerías de la mezquita contemplan con -admiración á este Apolo árabe; pero él permanece inmóvil en la piel de -cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico -chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No sé por qué -presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la -cofradía más fanática de Constantinopla, es un hombre _enterado_, sin -ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresión demasiado -inteligente para creer en tales cosas. Un día, hablando de él con -Constans, el embajador de Francia, éste rompió á reir, con la -irreverencia de un viejo republicano: - ---Le conozco mucho. Un _blagueur_. Lo que ustedes llaman un guasón. Un -hombre inteligente que se amolda á las circunstancias. - -Pero aunque este árabe majestuoso engañe á los suyos, no teniendo fe en -los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un -buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el -mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin -creer en ellas. - -Frente á él están los derviches, formados en fila, llevando sobre la -cabeza, como distintivo de la cofradía, un solideo de fieltro, semejante -á media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda -cabellera y ojos diabólicos; otros, blancos, que conservan el traje de -calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari. - -Todos ellos repiten á coro una especie de letanía monótona, y balancean -su cabeza adelante y atrás, como si estuviera muerta sobre los hombros, -doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivén continuo, -acompañado de un canturreo semejante al de los niños en la escuela, -acaba por dar una especie de vértigo. El sudor rueda por el cuerpo de -los negros, cubriéndolos de una capa húmeda y goteante. Los blancos -pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de -camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen -deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si -fuesen á romperse. - -«¡_La Ilah il Allah_!», cantan los derviches con un furor creciente, -extremando su loco vaivén de muñecos mecánicos, y el gran sacerdote los -contempla inmóvil, como un maestro que preside su escuela, y cuando el -movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible señal á uno de sus -acólitos, encogido junto á él, y éste grita y palmotea para acelerar el -curso de la oración. - -Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el hombro del vecino, -los derviches se mueven, como un péndulo humano, á un lado y á otro, con -monótona regularidad. Este balanceo, y la repetición monótona de su -plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las -órbitas, con una expresión feroz. Otros los cierran, como si estuviesen -dormidos, moviéndose y cantando en pleno ensueño. Los derviches -empiezan á justificar su título de aulladores. La letanía se corta con -gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror á los -espectadores europeos. La movible cofradía semeja una aglomeración de -fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos -en que parece que van á saltar las barandillas para morder á los -occidentales curiosos, agrupados detrás de ellas. - -De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un -cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la caída de -un cadáver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos, -que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa -y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Según cuentan, este negro, -que dentro de la mezquita parece un mendigo fanático, es capitán de -caballería en el ejército del sultán. De su pecho oscilante sale un -rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agonía. ¡_Allah -hou_!... Y en la crispación de su rostro lustroso, en su mirada -completamente blanca, hay algo de éxtasis, como si contemplase á su Dios -asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en -cuyas aberturas aguardan las huríes de redondas formas y húmedos ojos á -los guerreros fieles del Profeta. - -Tras el negro cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el -entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipnótica, lanzando -aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas, -ocultando los ojos en el pañuelo, sintiendo que ellas también van á -desplomarse á impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras -tanto, los derviches que aun se mantienen de pie se agitan cada vez con -mayor ímpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos. - -Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de -otro mundo. - -Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y se rompe la fila de -los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la sala con paso -vacilante, en pleno vértigo, para ir á secarse el sudor y tomar aliento -en una pieza vecina. Los que están inertes en el suelo, como si -durmiesen, son sacados á brazos. - -Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano -larga fila de niños y niñas. Todos se arrodillan ante el _imán_, -esperando el momento de la curación. Vienen de los barrios más apartados -de Constantinopla, han pasado el Bósforo, para llegar á la mezquita de -los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta, -venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabiduría, cura con el -soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos á otros se -transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben -desde el sultán hasta el último _hamal_ de los muelles del Cuerno de -Oro. - -Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El -hermoso _imán_ se yergue despojándose de las babuchas, y apoyado en uno -de sus ayudantes camina lentamente sobre los riñones de las criaturas. -Poco debe pesar el enjuto y esbelto árabe, pero aun así parece imposible -que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento animado -bajo sus pies. ¡El noble y sereno gesto de resignación del hermoso -sacerdote! ¡Su triste gravedad al volver á repasar sobre los cuerpos de -los pequeños!... - -Éstos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujándose, como -criaturas acostumbradas á venir todas las semanas, y para las cuales el -viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior. -Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos -é inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo _imán_... -con ayuda del tiempo. Después se prosternan ante él, implorando la -huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores, soldados -y marineros. - -Cerca de mí está sentado un joven turco, elegantemente vestido á la -europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabán inglés á rayas. El -fez es lo único que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre -vividor, falto de escrúpulos; sus ojos son de fría insolencia; en su -rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. ¡Cómo reirá -este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas!... - -El _imán_, ocupado en marchar sobre los riñones de los fieles, lanza -rápidas miradas á unas celosías tras las cuales se adivina cierta -agitación, acompañada de sordo zumbido. Son las damas turcas que se -impacientan. El sacerdote debe subir para la curación de las enfermas en -una pieza aparte. - -Acurrucado en la piel de cordero, se prepara á hacer su oración ante el -Mirab antes de partir, cuando llega el último enfermo. Es el joven turco -vestido á la inglesa, el elegante del gabán rayado, que se arrodilla -compungido, brillantes de fe los audaces ojos. - -El _imán_ escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta -confesión de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias -veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego -pasa varias veces sobre él, manteniéndose derecho en sus riñones con la -calma de un filósofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser -engañada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede servir -de consuelo. - - - - -XXX - -Libertad religiosa - - -En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en -Constantinopla. - -Los que confunden á todos los mahometanos en un concepto común, y creen -que el fanático y cruel marroquí es semejante al turco, se extrañarán de -esta afirmación; y sin embargo, nada más cierto. En Constantinopla viven -todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de -igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran -rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano, -todos son funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran _imán_ y -retribuídos por el emperador con generosa largueza, según el número de -adeptos que cada religión cuenta en sus Estados. - -Es más: el Comendador de los creyentes, el heredero del Profeta, que -muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz é -intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachás que -le rodean hombres de todas las religiones para poder atender á los -diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súditos. - -Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige siempre á un pachá -católico, por ser ésta la religión de los pobladores de dicha provincia; -si se trata de Samos ó cualquiera isla turca vecina al archipiélago, -designa á un pachá griego; y así hace en los demás _vilayetos_ de su -vasto imperio. - -Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. Á sus imanes no se les -ocurre jamás catequizar á nadie. Es más: desprecian al _renegado_, y -miran con inquietud al hombre que cambia de religión, aunque sea para -abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder político, la dominación -conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan á su autoridad -y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia. - -Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas. - ---Están equivocados--dice el viejo turco con superioridad bondadosa--. -No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y -le honran y glorifican á su manera, lo mismo que nosotros. - -Los turcos sólo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al -persa, musulmán que es para ellos un conjunto de todas las herejías y -abominaciones: lo que el protestante para un católico rancio. - -Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chiíta, que creen en -el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio -irreductible al buen turco. - ---¡Esos perros!--exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado, -cubierto con gorro de astracán--. Los _giaoures_ (los cristianos) no son -culpables de sus errores. Siguen la religión que les enseñaron sus -padres. ¡Pero esos persas, que conocieron la verdad y se apartaron de -ella!... - -Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos -súbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la -general animadversión. Las guerras con Persia han sido siempre -popularísimas en Turquía. Si no existiese la vigilancia de las grandes -potencias y el llamado «equilibrio de las naciones», hace tiempo que el -ejército del _Padichá_ habría entrado vencedor en los palacios de -Teherán. - -Pero á pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se -desarrolla entre próximos parientes, el persa goza en Constantinopla de -una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma--cuaresma asiática, -sanguinaria y salvaje--, los fieles se reunen públicamente para -entregarse á crueles fiestas. Se azotan con látigos de hierro; se -atraviesan las carnes con puñales; se hieren, al compás de los himnos, -con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la -misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas túnicas manchadas de -sangre, aullan como poseídos, y el turco les contempla impasible, sin -intervenir jamás en su delirio, alabando á Alláh omnipotente, que -castiga á los enemigos con tales errores y locuras. - -En los países que monopolizan el título de civilizados, en las naciones -de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por -ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus -derechos cuando intentan salir á la vía pública. - -En Constantinopla la libertad es más completa, pues ni siquiera existe -dicha limitación. La Gran Calle de Pera podría titularse la calle de las -religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una mezquita de -derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses, -el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos -sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra -inglesa. El paseante ve al través de las grandes rejas de un ventanal -túmulos venerables de viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y -alumbrados por tenues lámparas; más allá un patio con claustros y una -cruz en medio, á la sombra de árboles seculares: y al mismo tiempo que -suena la campana del templo católico, se escapa por ciertas ventanas el -coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jesús -libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido -monótono de flautas y tamboriles que acompaña el baile de los derviches. - -El turco, tolerante con todas las creencias, se detiene á la puerta de -los templos, y por poco que insista el celo catequizador del sacristán ó -el empleado que está á la entrada, penetra en ellos con una gravedad -respetuosa. No se quita el fez, porque esto sería en él señal de -menosprecio, y cubierto, asiste á las ceremonias de un culto que no es -el suyo, con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de -la curiosidad que despierta entre los fieles. - -Hay que oir hablar á un turco de sus visitas á los templos extraños, -para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena. Allí no está -Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Alláh, poderoso señor cuyo -poder reverencian los infieles, aunque indirectamente. - -No hay miedo de que el contacto con las otras religiones perturbe la -conciencia del turco, convirtiéndole. Si él no se preocupa de catequizar -á los infieles, considerándolo tarea inútil, es porque los juzga con -arreglo á su fe, inconmovible y á prueba de seducciones. Si á un turco -llegan á convencerle de lo irracional de sus creencias, vivirá en -completo escepticismo, será ateo, pero jamás se le ocurrirá reemplazar -con una nueva religión las doctrinas muertas. La apostasía tiene para él -una importancia más que religiosa: es renegar de la raza, de los padres -y del nacimiento; una descalificación por toda la vida; una abyección -incompatible con el honor. - -Jamás mezcla el turco la religión del enemigo en los odios que le -impulsan contra éste. Le combate y le extermina porque cree que desea -apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan, porque -es valeroso y arrogante como él y no pueden subsistir juntos; pero nunca -porque adore á un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al -judío, porque es rapaz y de mala fe en sus tratos, á pesar de lo cual -los hijos de Israel gozan aquí de una ciudadanía que les negaron en el -resto del mundo. Ha degollado recientemente al armenio en las calles de -Constantinopla, porque éste, más malicioso y activo, le arrebataba la -hacienda y además soñaba con trastornar la sedentaria vida turca -arrojando bombas de dinamita en mezquitas y calles. Le exterminó por -rivalidad económica y por librarse de las angustias del terrorismo; no -porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego porque la -religión cismática es la del ruso, eterno peligro de su patria, y porque -tras sus melosas cortesías oculta el deseo de una sublevación general en -los países de la antigua Grecia. Pero á pesar de todos estos odios, más -ó menos justificados, jamás el populacho de Constantinopla, en sus -terribles motines, ha penetrado en las sinagogas ni en los templos -griegos y armenios. Mata al enemigo en las calles y se detiene -respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que allí, -como en todos los lugares donde se reverencie á Dios, vive Alláh con -distinto nombre. - -Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible, únicamente se permite -cierta ironía despectiva ante la fe de los judíos y cristianos. Su -pensamiento, un tanto primitivo, discurre en salvaje línea recta, sin -desorientarse entre esas concesiones que enmarañan y retuercen nuestros -razonamientos de civilizados. - -Ellos tienen sus lugares santos en la Meca y Medina, y las dos ciudades -venerables son suyas. Jamás un lugar donde puso sus pies el Profeta -caerá en poder de los _giaoures_: antes morirán todos los creyentes. -Europa se burla de la pobre Turquía, la explota, la escarnece, pero -Turquía guarda su herencia de Dios. En cambio los pueblos civilizados -hablan á todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus -leyes, todo está moldeado en el nombre y conforme al espíritu de un -judío que hace muchos siglos vivió en Jerusalén... ¡Y Jerusalén, Belén y -todos los lugares por donde paseó el hombre-dios, señor ahora de los -pueblos más poderosos del planeta, siguen en poder del Comendador de los -creyentes, del soberano de Constantinopla! ¿Para qué los grandes barcos -que escupen fuego y muerte, los enormes ejércitos, las máquinas de -mágico poder, las inmensas riquezas de los banqueros judíos, si la tumba -del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros continúa bajo el -dominio del sucesor del Profeta?... El buen turco, pensando esto, -sonríe, y cree firmemente en la grandeza de su religión y de su raza, ya -que conserva en cautividad de siglos la cuna religiosa de los pueblos -más fuertes de la tierra. - -Su tolerancia, producto del carácter más que de la imposición de las -leyes, es una manifestación de la bondad orgullosa con que el turco -protege siempre al que considera débil. Nada le importa que las -religiones extrañas se establezcan junto á las mezquitas y que salgan en -sus ritos á las calles de Constantinopla. Las considera con la benévola -sonrisa del guerrero que durante su descanso contempla un juego de -niños; y las religiones se aprovechan de esta benevolencia, gozando de -una libertad que no tienen en ninguna parte. - -Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera, he asistido al desfile -de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos litúrgicos, -acompañados de una calma repentina en los ruídos de la calle. Me asomo. -Los carruajes de alquiler se han detenido junto á la acera: los turcos á -caballo tiran de las riendas á sus cabalgaduras y se alínean á lo largo -de la calle: los _hamal_, encorvados bajo sus cargas, y los simples -transeuntes se agolpan junto á las paredes, formando dos masas de gorros -rojos. Es un entierro. Al frente avanza la cruz, entre candelabros -sostenidos por monaguillos, lo mismo que en los pueblos católicos. -Detrás vienen en dos filas barbudos frailes, cantando el oficio de -difuntos. Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos ó -disputándose el honor de llevar en hombros el féretro, un sinnúmero de -súbditos otomanos, todos con el fez en la cabeza. Unos son católicos, -otros no lo son, pero todos acompañan con fraternal piedad al amigo -muerto, y se unen á los sacerdotes y los símbolos de la que fué su -religión. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus ojos -graves. Algunos se llevan una mano á la frente, acogiéndola con el -solemne saludo oriental. - -Tras el entierro católico, pasa una boda griega, con su charanga al -frente, y el pope barbudo sentado junto á los novios; y el cortejo -fúnebre de un niño de la misma religión, en el que marchan los parientes -con sacos de bombones para obsequiar á los amigos cuando termine el -sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes -enormes cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas -volutas y prolijos capiteles. Y todas estas manifestaciones de los -diversos cultos, con sus sacerdotes y sus ritos, sólo producen en la vía -pública un movimiento de curiosidad, acompañado de cortés benevolencia. - -La fiesta semanal de cada religión se observa con entera libertad. Los -turcos, señores del país, son los que menos ocupan la atención de los -otros: los que menos molestan á sus conciudadanos. El viernes (que es -su domingo) pasaría inadvertido, á no ser por el movimiento de tropas y -funcionarios que acompañan al _Padichá_ en la fiesta del Sélamlik. El -sábado, fiesta de los judíos, se cierran las principales tiendas de -Constantinopla, más de la mitad de los puestos del Gran Bazar, y queda -en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo repican las -campañas de los numerosos templos católicos de Galata y Pera, suena el -armónium en las capillas evangélicas, ciérranse bancos y tiendas, y las -gentes, endomingadas, van á misa ó á los oficios, lo mismo que en -Europa, ante la mirada benévola del turco, que supeditado al poderoso -occidental, se ve obligado á observar un nuevo día de fiesta. - -De todas las religiones que existen en el imperio, la cristiana es la -que parece más allegada á la simpatía del turco. Este habla de Jesuhá -como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una -especie de segundón de Mahoma. Es más: como el turco sabe poco de -historia y su pensamiento espeso no tiene una noción clara de los años y -la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron á un mismo tiempo, -que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque -al final cada uno tomó distinta dirección. - -En Constantinopla es popular la anécdota de un soldado turco, que entró -en un templo católico durante la Semana Santa. - -El soldado turco es lo más leal, lo más noblote, y al mismo tiempo lo -más salvaje y duro de mollera que existe en el imperio. El servicio de -las armas pesa únicamente sobre los otomanos musulmanes, y como á -Turquía le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que -poseía hace medio siglo, su ejército se nutre de reclutas extraídos de -las entrañas del Asia, de las lejanas y bárbaras provincias. Son -mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rígidas y ojos -inmóviles, como si estuviesen abstraídos continuamente en una laboriosa -reflexión para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina á la -alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en -contemplaciones, mantienen á estos soldados semibárbaros en una -subordinación automática. Sólo así, bajo las amenazas del castigo, -pueden vivir en una gran ciudad estos asiáticos, en cuyo interior -dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se -amotinaba el ejército turco, la soldadesca al correr libre por las -calles de Constantinopla, violaba á las mujeres con una lubricidad -feroz, excitados por la privación en el seno de una sociedad que -mantiene recluídas á las hembras, y hacía sufrir á los hombres odiosos -ultrajes, más que por vicio por menosprecio de raza. Hoy, que viven -acuartelados y obedientes, sin el más leve intento de rebeldía, aun se -permiten tímidos desmanes á impulsos de su ardorosa naturaleza oriental -y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira -respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de -la confusión y el tránsito para tentar con bárbara galantería el dorso -de todas las señoras vestidas á la europea. - -Junto con este salvajismo, tienen una noble franqueza para confesar sus -delitos. Jamás ha habido que castigar en masa á un regimiento. Cuando -los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan á su gente -quién es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente sale -de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado á -morir antes de que sufran por su culpa los compañeros inocentes. - -Este salvaje, disciplinado y uniformado á la alemana, es de una -credulidad y de una ignorancia que hacen reir á las gentes. Deslumbrado -por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de -Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas -mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro, -surgen como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible -considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el _Padichá_ el -monarca más poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más -valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo demás -lo acepta sin discusión, con la indiferencia de un pensamiento que no -quiere darse el trabajo de funcionar. - -Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse -atraído por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y salía el -gentío europeo al través de ella, y en el fondo brillaban luces, como -estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo católico. El soldado -entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una mano con -expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el -traje sombrío de los fieles. - -Un europeo, de carácter alegre, conocedor del idioma turco, se unió á él -para gozarse en su estupefacción y su ignorancia. - ---¿Quién es ese?--preguntó el soldado señalando un cadáver tendido en -rico lecho, cerca del altar mayor. - ---Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á Jesús?... Jesuhá, el amigo -de Mohamed, el hijo de María. - -El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la cabeza. - ---¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco--dijo -al fin, con la concisión del idioma turco. - -Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado cuerpo, y así -permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si estuviese -en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en -las heridas sangrientas. - ---¿Lo han matado?--preguntó. - ---Sí; lo han matado. - ---¿Quiénes?... - ---Los judíos. - -El buen osmanlí hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia. -¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el barrio de Galata! -¿Quiénes otros podían ser?... - ---¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué? - -El europeo, animado por la grave credulidad del turco, creyó del caso -aumentar aun más su estupefacción. - ---Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá, predicando la gloria de Dios. -Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre -Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes. - -Quedó en silencio el soldado. - ---¿Y los judíos querían matar á Mohamed?... - -El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las exclamaciones de -asombro del crédulo mocetón. - ---¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle! - -Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las gentes que se -arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle. - -Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judío, aunque se -vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al través de toda clase de -disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita. Impávido, con su -flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el suelo con el -rostro lleno de sangre. Un puñetazo de osmanlí es terrible. «Fuerte -como un turco», dice el proverbio. - -Se arremolinó la gente, surgieron en un instante numerosos -correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes -para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo -al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía. - -En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. ¡Un -buen soldado, que nunca había dado motivo de queja! «¿Por qué has hecho -eso?» - -El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuceó como el que -repite una lección: - ---Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y mataron á Jesuhá... -Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero si llegan á -alcanzarlo!... - -Y como los oficiales rompieran á reir, asombrados de tanta simplicidad, -el soldado añadió con la fe del buen creyente: - ---Yo lo sé... Yo lo he visto. - - - - -XXXI - -Restos de Bizancio - - -La _At Meidan_, ó «Plaza de los Caballos», es el antiguo Hipódromo de -Bizancio. Antes que el sultán Mahmoud reformase la vida turca á -principios del siglo XIX, aquí venían los _itchoglans_ ó pajes del -Serrallo á ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aquí también, en -esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenízaros, acabó -el enérgico sultán con la terrible milicia que después de haber salvado -á Turquía hacía imposible su existencia. Fué en 1826. Mahmoud dió á los -jenízaros un gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y á los -postres cerráronse todas las bocacalles con regimientos fieles y -numerosas baterías. Los cañones vomitaron metralla sobre la plaza, y en -unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que habían -hecho temible en Europa el nombre de Turquía. - -La plaza es un rectángulo prolongado, que comunica por uno de sus -extremos con otra plaza más pequeña, donde está Santa Sofía. - -_At-Meidan_ es el Agora del viejo Stambul. En los cafetuchos y pequeños -puestos de la plaza se reunen á charlar tomando café ó pasando las -cuentas del rosario los turcos más turcos de la ciudad; los -tradicionalistas de grueso turbante y caftán multicolor, los derviches -silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jóvenes, de -rostro ascético, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en -el espacio, como si contemplasen la gloria de Alláh. - -Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el palacio de -Justicia, flanqueado de sombrías prisiones. En el lado opuesto está la -mezquita del sultán Ahmed, la más grande de Constantinopla por el -terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y -jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altísimos y -sutiles, con remates de oro. - -En el centro de la plaza, siguiendo una línea que marca la divisoria de -las antiguas arenas del Hipódromo, mantiénense en pie tres monumentos -interesantes de la antigüedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna -Serpentina y la Pirámide Murada. - -El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la -Concordia de París y de todas las agujas egipcias que adornan jardines -en Inglaterra y los Estados Unidos. Fué el monarca bizantino el primero -á quien se le ocurrió aprovechar para su propia gloria los monumentos -con obscuros jeroglíficos extraídos del misterioso Egipto. Este -Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fué traído de Heliópolis y -erigido en el centro del Hipódromo, sobre una base esculpida en honor de -Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han -sufrido desgaste después de una existencia de diez y seis siglos. Las -lluvias y el aire, más que la irreverencia de los hombres, han roído los -salientes de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida -pública de Bizancio hace mil seiscientos años reviven en este monumento. -En una de sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y -Honorio, muéstrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se -prosternan á sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrúpanse las -lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco -imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje -de los enviados extranjeros. Y junto á estas escenas de la vida -bizantina, vense esculpidas las máquinas, las grúas, los primitivos é -ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella época para erigir la -pesada mole. - -Algunos metros más allá álzase la Pirámide Murada, triste ruina que hace -sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador -Constantino Porfirogente, al erigirla, la llamó el Coloso, afirmando que -era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso sólo queda un -obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba -revestida, desde la base hasta el vértice, de gruesas láminas de bronce, -que ciertamente le darían un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los -guerreros de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron más daño á -Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron á -la pirámide de su envoltura, dejándola en su desnudez actual. - -De los tres monumentos del Hipódromo, el más antiguo é importante es la -llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos; -reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un -andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos monumentos -venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía -visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de -los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros, -y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo, -está á cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla. - -Esta columna es el monumento más auténtico é importante que poseemos de -la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para conmemorar la victoria -de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos, -frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas -tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres -cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que -tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban -grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo reposaba sobre -las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por los -focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de -Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para -embellecer su nueva ciudad del Bósforo. - -Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El -fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el monumento, viendo -en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho -la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el -patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos -rompió las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos -después la superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano. - -Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo -ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza del -Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un -ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del -demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia, -que partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este -acto--según cuenta la tradición turca--, una invasión de serpientes -vivas se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de -supersticioso terror, respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones -acabaron la obra destructora de la superstición. La columna tentó su -codicia, se dedicaron á robar fragmentos de ella, y fué vendido como -vulgar metal el bronce contemporáneo de Temístocles, que aun conservaba -legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte -en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco. - -Para encontrar otros vestigios de la dominación bizantina en esta -Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir -el extenso recinto de sus murallas. - -Más de ocho kilómetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones -de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa -extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios apartados de -Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras desoladas, -pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus -pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano -busca un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado -muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fué la antigua -Bizancio!... - -El tren, después de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de -donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para extenderse -hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho -kilómetros en la parte más ancha de la península triangular. - -Al descender del vagón el viajero cae en una soledad de cementerio. -Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de las murallas, que -son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes á restos -de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones que -antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan -las plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una -inundación sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas -viejas, en las que sólo queda el diente aislado de algunas almenas, -crecen higueras salvajes, árboles silvestres que tienen siglos, parias -de la vegetación que hunden sus raíces en sillares y argamasa y viven de -chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su -cúpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre. - -La llamada Torre de Mármol descuella en la confusión de escombros rojos -y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida blancura. Está en la -orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La emanación -salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del -cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre -parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara -que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos -templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de lejos -parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales, -en las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que -aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de -Bizancio surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el -aniquilamiento, obra del invasor. Su cúspide está limpia de melenas -vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el -pulido mármol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas -profundas y las algas agarradas al mármol forman una cabellera verde y -ondulante. _¡Chap!... ¡chap!_ susurran las olas del Mármara, con lento -compás, al batir esta torre desde hace más de mil años; y los largos -filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las aguas, y -arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes -élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la -Torre de Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que -lucían á sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en -sus cámaras las damas del Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con -escenas bíblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que -existe el hombre. La vida humana sólo va á su encuentro de tarde en -tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que la fotografía de lejos. -Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan vestigios de -anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de -humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario. - -¿Cómo describir la gigantesca y aplastante monotonía de las murallas que -partiendo de aquí van á buscar las aguas azules al otro lado de -Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de este -recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la -tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral -arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha -el murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera -y ofrece un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las -brechas se ven terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas -antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos, á un lado y á otro -de la muralla, parecen gargantas del vacío. La soledad y la muerte por -todas partes. Á la izquierda, la tierra es una inmensa necrópolis. Los -turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los -cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari. Aquí vienen -á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos -los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos. - -Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno -que obligan á amontonar un cadáver sobre otro, cada muerto goza como -dueño absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca sólo un -cuerpo, y la necrópolis se extiende hasta perderse de vista, -confundiendo sus mojoncillos de piedra con la línea del horizonte. -Parece que un ejército incalculable, superior á toda imaginación, -millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo á la -ciudad antes de asaltar sus muros. - -¡Los cementerios turcos!... En el corazón de Constantinopla, en el mismo -barrio europeo de Pera, existen aún, sin que el transeunte se sienta -impresionado al pasar junto á ellos. La muerte no tiene en Turquía el -aspecto horripilante que en los países occidentales. Los que sobreviven -recuerdan al difunto amado á todas horas, le lloran, pero nunca se les -ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos -repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no está ya en la -tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y -olvida la tumba, no imitando á las gentes cristianas, extraños -espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que -rinden á la materia en descomposición y al pelado esqueleto un culto -casi igual al que los egipcios tributaban á sus momias. - -Este olvido de los cuerpos da á los cementerios turcos el majestuoso -encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Stambul se ven -frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares -de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero -campo de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin -encontrar un ser viviente. Hasta los pájaros huyen espantados por la -falta de vegetación: hasta los lagartos emigran de esta tierra seca, -donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven más que tumbas y -tumbas, todas semejantes, todas pequeñas, con una sobriedad serena y -tranquila que despoja á la muerte de su aparato terrorífico. Son simples -láminas de mármol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas -abajo, clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados. -El remate de cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del -cadáver. Las tumbas de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo -de flores; las de los sacerdotes un turbante; las de los simples -ciudadanos un fez. Cuando la tumba es reciente, las flores están -pintadas de oro y los gorros de rojo: las inscripciones de plácida -resignación brillan doradas sobre un fondo verde, pero esto dura poco. -Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene á repararlos, y -todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la -amarillez uniforme del mármol en el gran abandono de la muerte. - -Nadie transita en este bosque bajo, de pétreos matorrales, que se pierde -de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo más remoto del horizonte, -el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarán el -cadáver á la fosa, plantarán el mojón fúnebre y volverán las espaldas -para no acordarse más del lugar donde dejaron los restos del muerto -querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento. - -La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas, -sin cantos de pájaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de -insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra -jamás en un paisaje europeo. - -Este vacío fúnebre hace que la visita á las grandes murallas sea la -única excursión de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la -necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el -encuentro es más inquietante que la soledad. En un torreón acampan -familias de zíngaros, de aspecto salvaje: diez ó doce torres más allá, -unos cíclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cúpula bizantina, -pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo más que -de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de -Paleólogos y Comennos, pululan los más inquietantes ejemplares de la -mendicidad oriental; gentes roídas por la miseria y desfiguradas por las -más atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la -putrefacción; ciegos que muestran sus órbitas sin globos, rojizas, -piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esqueléticas, -comidas de piojos, que enseñan entre los harapos el flácido pellejo de -sus pechos. - -De hora en hora se ve en las murallas el túnel de una gran puerta. En -otros siglos fueron espléndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llamó -la _Puerta Dorada_. Aun quedan en el muro vestigios de águilas -imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco, -ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio á los vagabundos de las -más extrañas nacionalidades. - -Tristes restos que nada guardan de su pasado, son también las famosas -_Siete Torres_, el _Heptapyrgión_ de los emperadores griegos. Cuando -llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed el Conquistador lo -reedificó, haciendo de él algo semejante á lo que fué la Bastilla para -los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como -fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era -una de las fortalezas más famosas de Europa. Aquí encerraban los -sultanes á los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus -naciones. Aquí permanecieron años y años los enviados de Venecia y -Génova. Los jenízaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turquía, -encerraban aquí á los sultanes destronados, ó los degollaban en el gran -patio. Siete sultanes murieron en las _Siete Torres_, y es incontable el -número de grandes visires y pachás cuyas cabezas se pudrieron -enganchadas á las escarpias de las almenas. En uno de los patios del -antiguo castillo, que es hoy una extensión de malezas limitada por -ruinas, está el llamado _Pozo de la sangre_, donde se sumían los -cuerpos de los decapitados. Otro patio se titulaba la _Plaza de las -cabezas_, y los cráneos iban apilándose en él, después de las -ejecuciones, hasta que el lúgubre montón llegaba á la altura de las -almenas. - -Nos alejamos de las _Siete Torres_ siguiendo el monótono camino, á lo -largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos -muchas horas de marcha. El recinto fortificado se extiende como una -cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno. -Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecés, el -último emperador de Bizancio, valeroso é infortunado combatiente, que -cayó de los muros y siguió luchando con su hacha de armas hasta -desaparecer bajo un montón de cadáveres. Otro lugar evoca la muerte de -Eyoub, el santo portaestandarte del Profeta, el compañero de Mohamed el -Conquistador, que pereció en el sitio de la ciudad y dió su nombre al -barrio del Cuerno de Oro. - -Vamos aproximándonos al término de nuestro viaje. Aparecen en la -desolada extensión grupos de habitaciones humanas, y entramos á -descansar en el pequeño monasterio de Balouki. En sus criptas surge la -fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, según los -griegos. Es una cisterna, bajo cúpula sombría, en cuyo líquido nadan -muchos peces rojos. - -El monje griego que nos la enseña, relata la historia de la prodigiosa -fuente; el famoso «milagro de los peces». - -En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en -Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados. -Otro monje, consternado por el suceso, se presentó en la puerta dándole -la terrible noticia. - ---¡Bah!--repuso el primero no admitiendo que Bizancio pudiera ser -tomada--. Creeré en eso cuando vea á mis pescados saltar de la sartén. - -Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues sólo estaban -fritos por un lado, y fueron á refugiarse en el agua de la cisterna, -donde nadan aún. - -El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la -estupidez, con grandes aspavientos dramáticos para demostrar su fe: pero -indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros. - -Después, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, á -guisa de bendición, y... tiende la mano. - -He aquí el verdadero milagro de los peces. Este sí que es indiscutible. - -Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna. - - - - -XXXII - -La Noche de la Fuerza - - -Va á comenzar el Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes, la extraña -Cuaresma que es, mientras luce el sol, ayuno y angustias, y así que -cierra la noche, una orgía sin término. - -Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad -musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los -minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad -al _Padichá_ y á las tradiciones ilumina los palacios, los puentes, -todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes. - -En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada -que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta -pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos, -donde teatros y cafés prolongan la vida hasta pasada media noche, la -gran metrópoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el pálido -resplandor de las lámparas transparentando por los ventanales de -mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros -vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el -suelo. - -Al llegar el Ramadán, Pera y Galata continúan su vida nocturna de -siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos turcos, -sobrepujan durante la noche en luz y movimiento á los barrios europeos. -Apenas suena el cañonazo de la puesta del sol, el musulmán, que ha -pasado el día sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza -como bestia famélica á los bodegones y cafés, asaltándolos. Es la orgía -de toda una ciudad. No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este -devorar feroz, va acompañado de risas, aullidos, danzas y peleas. El -turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos -líquidos fermentados acaban por dar á su borrachera una alegría bestial -y peligrosa. - -Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de -infierno las puertas de bodegones y cafés, aulla el populacho turco, -arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, símbolo -del pueblo musulmán, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con -cara bonachona la ruidosa orgía de sus amigos. - -¡Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta ciudad europea, que aun -vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce -otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un -gran talento artístico, una rara habilidad, al iluminar sus fiestas. El -farolillo de aceite ó la linterna con bujía, le bastan para realizar las -más asombrosas combinaciones de su imaginación oriental. El día que el -foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas eléctricas -aparezcan en Constantinopla, ésta habrá perdido una de sus mayores -originalidades; el encanto de sus fantásticas iluminaciones. No tienen -el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos -dulces, velados, discretos; una iluminación de ensueño, un esplendor -vagoroso y poético, semejante al de las fiestas de _Las mil y una -noches_. - -Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y -miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera. -Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de -oro, que forman las más extraordinarias visiones: flores fantásticas, -lunas, estrellas, soles, arcadas aéreas, un mundo de encantamiento, que -parece flotar impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del -ensueño, para disolverse apenas despertemos. - -La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bósforo, trazando -un extenso triángulo de luz, y junto á los peces de plata que rebullen -en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al reproducirse -invertidos los palacios iluminados de ambas riberas. - -Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bósforo á -la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadán: -la llamada «Noche de la Fuerza». Necesito llevar conmigo una -autorización de la policía, pues al ocultarse el sol está prohibido -circular sin permiso de una á otra orilla, y la vigilancia es tan grande -sobre el agua como en tierra. - -¡La inolvidable excursión por el mar encajonado y silencioso! Al seguir -el Bósforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un -nimbo de luz, viéndose como una figura de oro viejo el remero casi -desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto á la proa. Es el resplandor -de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la -embarcación con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta -de ondinas en las profundas entrañas del Bósforo. Después la barca -vuelve á sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi invisibles, -adivinándose por los violentos vaivenes que imprimen á la ligera -embarcación y por el sordo chirriar de su corriente chocando con la -quilla y los remos. Y así, pasando de la sombra á la luz y del -resplandor á la obscuridad, vamos Bósforo arriba, bogando en lo -desconocido con cierta emoción al pensar en la profundidad de las aguas, -agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados -como una pluma por el sombrío elemento que se abre siempre ante nosotros -en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan -músicas y se adivina la presencia del gentío, como si las ráfagas -rumorosas de la brisa nos trajesen su respiración. En lo alto brilla la -luna, pálida y anémica al contrastar con las guirnaldas de oro de los -edificios. - -De tarde en tarde, entre los palacios del Bósforo con sus estrellas y -sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el -misterio azul sus tentáculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz -de la lámpara del Mirab tiembla como una lágrima amarilla en las opacas -vidrieras, que parecen de un panteón. - -La embarcación salta y gime en ciertos parajes, chapoteando su proa en -las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bósforo que rugen en -los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con la confianza -del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de la -obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de él, paseándose sobre -las aguas, á las que da una blancura funeraria. Es el reflector -eléctrico de un buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro -á corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas, y otros ojos -rojizos y más tenues formando doble línea en sus flancos negros, donde -están los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre -arremolínase en este callejón marítimo, formando unas cuantas olas, -seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las -orillas, para morir en ruidoso asalto. - -El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino -negro, amenazando zozobrar. ¡Ya hay bastante! Ser tragado por el -Bósforo, á la vista de palacios iluminados, oyendo músicas y el ruido de -una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas -obscuras, á cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable. -Todas las semanas se traga víctimas este Bósforo de enorme profundidad y -orillas cortadas como á pico. De día, gentes que caen en los -desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan -los vaporcillos ó tranvías acuáticos; de noche caiques que zozobran. Y -estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de -sus calles, no prestan atención á tales sucesos, y los periódicos apenas -si le dedican dos líneas... ¡Atrás! - -Vamos ahora Bósforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El -remero descansa, dando sólo de vez en cuando alguna paletada para no -abordar á la orilla. Otra vez saltamos de la luz á la sombra y de la -sombra á la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultán, -de los grandes pachás y de los buques de guerra otomanos, con sus -guirnaldas de luces que marcan todos sus contornos, bordas, palos y -chimeneas. - -Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena -el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto que van como colegialas -en ruta, haremes enteros, pasean entre el gentío, en esta noche de -libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus -mercancías. La banda de música de un crucero toca bajo las ventanas de -Su Excelencia, y el público parece entusiasmado. No baila como en las -fiestas de Europa, pero su alegría infantil se desborda á impulsos de la -música amada, de la música popular, _La Mascota_, y sobre todo _La Gran -Vía_, de la cual el «coro de los marineritos» es insustituíble para el -populacho de Constantinopla. - -Nos alejamos Bósforo abajo. Va amortiguándose el movimiento en las -orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados. -Una hora después desembarco, siguiendo á pie las calles pendientes que -conducen á las alturas de Bechik-Tach, donde están los palacios de los -principales personajes de Turquía. - -Soledad completa. Todos los edificios están iluminados, las calles -envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los -últimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles -de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. ¡Luces y luces, -hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las -bestias vagabundas, acostumbradas á la lobreguez, han huido de la luz y -de la momentánea limpieza, buscando los callejones y solares donde se -amontona el estiércol. - -Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fúnebre. Se marcha como -en un ensueño. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa, y ser -uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el -menor auxilio. Parece que los turcos, después de cubrir la ciudad de -luces, la han abandonado para siempre. - -Todo buen musulmán se ha encerrado en su casa, aislándose del mundo. Es -la gran noche, la más dulce de las noches. ¡La Noche de la Fuerza! - -El sabio Mohamed pensó en todo al legislar para su pueblo. Predicó la -guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibió -manjares y líquidos incompatibles con la salud en un clima oriental; -elevó la limpieza y el agua á la categoría de dogmas, conociendo el amor -ancestral de la bestia humana á la suciedad y el abandono; y para que -sus pueblos no decreciesen, como les ocurre á ciertas naciones modernas, -decretó en nombre de Alláh la Noche de la Fuerza. - -En esta noche, todo musulmán que tiene su compañera no debe dormir, sino -velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento -puesto en Alláh y en la reproducción de su raza, debe gustar todos los -frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La -prescripción religiosa es severa é ineludible. El amor por orden del -Profeta: el supremo escalofrío como grata oración á Dios. Nadie se -escapa á este supremo mandato. El viejo trémulo, exprimido y seco por -largos años de poligamia, debe probar á cumplirlo (con probar nada se -pierde); el adolescente recibe la iniciación del misterio de la vida, -por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce -novedad de la ceremonia repite sus oraciones hasta que cae extenuado; el -hombre en plena virilidad hace un llamamiento á sus fuerzas y ora toda -la noche en diversos altares, con la convicción de que será grato á Dios -si el sol le sorprende ocupado todavía en tales ritos. - -La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada -cual ir lo más lejos posible, para satisfacción de Alláh y orgullo de -las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo -deber, sin más pausa que la de los relevos, cambiando de montura para -enardecer su energía con el incentivo de la novedad, y llegando en el -sacro deporte á límites donde sólo pueden alcanzar el entusiasmo -religioso y el apasionamiento oriental. - -Esta Noche de la Fuerza es la de la «Ceremonia del Pañuelo» en el Yildiz -Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace muchos -siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus innumerables -mujeres, la avisan arrojándola un pañuelo. Nada hay de esto. La -ceremonia del pañuelo existe, pero es sólo una vez por año: la Noche de -la Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de -los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas sus súbditos -musulmanes, sacrifique una doncella. - -En un salón del harem imperial se alínea, bajo la mirada del Gran Eunuco -y sus tropas de negros, un centenar de vírgenes. Unas son esclavas de la -Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de los _vilayetos_ -asiáticos; otras, hijas de pachás, entusiastas del emperador, que -aprovechan esta ocasión para introducir la influencia de su familia en -los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y señoras, -confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no -reconocen más que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trémulas -la presencia del Gran Señor, sabiendo que en breves instantes puede -decidirse su suerte. - -Aparece el _Padichá_. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran -Eunuco secretea en su oído, y al fin arroja con indiferencia el -pañuelo... ¡Cualquiera! Su tranquilidad es igual á la del católico que -todos los domingos va á misa, sabiendo que es un espectáculo santo, pero -sin emoción alguna. La ha oído tantas veces, que no encuentra en ella el -encanto de la novedad. - -¡Pobre Abdul-Hamid! ¡Augusto Comendador de los Creyentes, con sus -sesenta años bien contados!... Me lo imagino en esta noche, á puerta -cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de -los pocos años y el deseo de agradar, excediéndose en toda clase de -iniciativas. El majestuoso _Padichá_, que tal vez lleva ocupado el -pensamiento por alguna nueva reclamación de los embajadores de las -potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto á esta -primavera ardiente, que vela junto á él, excitada y nerviosa. Sus -preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista -enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le -preparan mal indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el -Profeta. La soberana de una noche sonríe invitadora con sus labios -coloreados de carmín, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la -pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al -tender sus manos encuentra ¡ay! el ánimo del Gran Señor flácido y -desmayado, como el pañuelo simbólico. - -Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos por el deber -religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las -calles iluminadas y silenciosas, acompañado únicamente del eco de mis -pasos. ¡Nadie! ¡Siempre ante mí la soledad, roja y brillante! Pueden -robarme, pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana -ó una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes están demasiado -ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle. - -El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el -silencio profundo del barrio señorial. También para él, musulmán -fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos -deben igualmente estar dedicados á la santa ceremonia. Allá lejos, en la -depresión del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el -cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena -gigantesca. El populacho sigue divirtiéndose en Stambul y Galata. - -Voy hacia allá, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si -marchase por una ciudad fantástica, mirando con despecho las puertas -cerradas, pensando con cierta amargura en la fría cama del hotel que me -espera, lamentando mi condición de mísero _giaour_, de despreciable -cristiano, que me hace vagar triste é inútil en esta noche de la -abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza. - - - - -XXXIII - -La entrada en Europa - - -¡Adiós, Constantinopla! - -En plena noche atravieso por última vez el Gran Puente, sintiendo como -caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que -imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es -una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de -las embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta -negra de cúpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla -pálida la luna menguante. Las luces del Ramadán parecen flotar en el -espacio como constelaciones perdidas. - -¡Adiós! - -Hace más de un mes que vivo en estos lugares á los que nada me une, ni -el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo, la partida es -melancólica y penosa. - -Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un -sentimiento de alegría. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el -instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos en nosotros como -herencia de nuestros remotísimos abuelos, nómadas incansables del mundo -prehistórico. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué nos espera en la próxima -etapa?... - -Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se -amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegará á -serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades -cómodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta -aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y -despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo. - -¡Adiós!... Y á la melancólica despedida se une la incertidumbre del -porvenir, la sospecha de que no volveré á contemplar estos lugares -amados, de que las circunstancias de mi vida harán que ésta se extinga -antes de poder cumplir mi deseo. - -Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mármara con sus -aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entrañas pasan -flotando las medusas como un desfile de paraguas de nácar. Recuerdo -también las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y -Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmán sin nada de -europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algún día hablaré de -Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la Andalucía -musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada -turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente á una vega -situada á muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y -eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo -_Brussa la Verde_. Y también hablaré, en una novela, del barrio de -Galata en Constantinopla, «el barrio de los españoles», como lo titula -la topografía popular, donde veintiocho mil judíos que se apellidan -Salcedo, Cobo, Hernández, Camondo, etc., emplean en el seno de la -familia un castellano arcaico que es la lengua sagrada, el medio de -comunicación para librarse de la vigilancia de los enemigos. - ---¡Ah, Espania! ¡La bella Sión de Occidente! Los míos, los viexos, -baxaron de allá. - -Los cuentos que entretienen á la familia en las noches de sábado, -leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la -lejana España, país fantástico del que hablan los patriarcas á los niños -con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de _Las mil y -una noches_. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los -panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV, -aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fué como el París del mundo -judío. - -Abandono Constantinopla después de pasar por las innumerables -ceremonias del pasaporte, que son aquí tan precisas para salir del país -como para entrar. Rueda el tren durante la noche por las desoladas -llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos en Rumelia y después en -Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados que ocupan los -andenes de las estaciones ó acampan en tiendas grises al pie de alguna -loma, van vestidos á la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de -piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos, -ante los tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas -macizas. Al cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el -sol estamos en tierra húngara. - -Nos aproximamos á Budapest, á las verdaderas puertas de la Europa -europea. - -Es la hora del almuerzo. En el vagón restaurant, que va á la cola del -tren, nos juntamos los viajeros del exprés de Constantinopla, gentes de -diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y -una señora rubia y elegante, sentada frente á mí. Silencio absoluto ó -lacónicos ofrecimientos de platos, con esa reserva cortés y fría de los -que van por el mundo y no saben quién pueda ser su compañero de mesa. El -almuerzo toca á su fin. Tomamos el café. Por el cristal de la ventanilla -veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se adivina la -proximidad de una enorme población. Debemos estar en las afueras de -Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magyar, del cual sólo es -inteligible para mí el título de la obra, _Carmen_. - -De pronto un choque, un tropezón gigantesco contra un obstáculo. Luego, -la milésima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este -espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos, y -en ellos una expresión loca de espanto. Á continuación el rudo -movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que -nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrépito mortales. -Es mediodía; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo, -nos sentimos ciegos, como si hubiésemos caído en plena noche. - -La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes -de bronce que la unen á la pared del vagón. Rueda sobre mí con sus -platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho su -doloroso filo, á más del peso de la señora de enfrente y otros cuerpos -que se agitan con el pasmo del terror. - -Pasan unos instantes brevísimos, pero la imaginación los llena -vertiginosamente, poblándolos de miedos y esperanzas como si fuesen -años. ¿Estaré herido? ¿Qué se habrá roto en mi organismo? ¿Iré á morir -pasado el primer aturdimiento? ¿Qué encontraré en mí cuando llegue á -incorporarme?... - -Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elástica, envuelta -en paño azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos -servía momentos antes. Está de espaldas, con los brazos en cruz, los -ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo á pesar de mi -pisotón. - -Frente á mí se incorpora la señora, que parece haber envejecido en unos -instantes; pálida, con amarillez de cirio; los rubios cabellos en -desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trémulas por -la emoción. - ---No somos más que una porquería--dice en francés. - -Tal vez fué la influencia del momento, pero juro que jamás he oído una -frase tan _profunda_ y tan justa. - -Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como -si un proyectil de cañón hubiese pasado por él. Cuerpos en el suelo, -mesas caídas, manteles rasgados, líquidos que chorrean, no sabiéndose -ciertamente lo que es café, lo que es licor y lo que es sangre; platos -hechos trizas y todos los cristales del vagón, los gruesos cristales, -partidos en láminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de -espada. - -Instintivamente arranco de la espalda de la señora una especie de puñal -de vidrio clavado en su corsé. Es un fragmento de la luna que estaba -detrás de ella. Un poco más arriba, y queda degollada en el sitio. - -Sin saber cómo, me veo pisando tierra, corriendo á lo largo de la vía, -junto á un talud altísimo. Otros viajeros corren también, tropezando en -los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, viéndose -entre sus vedijas el caserío blanco de Pest en una montaña. El vapor se -escapa con un chirrido de sartén enorme. Llegamos á la cabeza del tren, -que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras caídas y -mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomándose -moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de -vagones de mercancías. El encuentro ha sido en lo más hondo de un -desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de -las dos máquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de -materiales de construcción se han roto, esparciendo á ambos lados de la -vía, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de -ladrillos. - -Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son á modo de -acordeones cerrados por el choque, con pliegues trágicos que dan un -escalofrío de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El -furgón de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que á cada -estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres -sangrientos que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren -excitados por la emoción y gritan en magyar, en alemán, en servio, en -turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber -ciertamente por dónde empezar. Siguiendo el impulso de los demás, -intento subir á los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota -plataforma chapoteo en algo negro, que es líquido y sólido á un tiempo. -Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas, -anunciando la llegada de sus compañeras. ¿Para qué añadir el horror á la -emoción sufrida?... - -Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir cuanto antes de esta -zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da -la emoción, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda -pendiente. - -Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una -insensibilidad estúpida, aturdido, sin saber qué hacer, contemplando los -restos de la catástrofe, viendo cómo el humo rojizo de las locomotoras -empieza á incendiar el puente de madera. - -Por todos los caminos de la campiña llegan corriendo grupos de húngaros -melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el -número de los que se agitan junto á los dos trenes y penetran en los -vagones demolidos. - -Una catástrofe estúpida. En la estación de Budapest han dejado salir un -tren de mercancías á la hora en que diariamente llega el tren de -Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes -ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... ¡Y -después hablamos de las «cosas de España»!... - -Veo de pronto sombras que se interponen ocultándome la luz del sol. Son -mujeres húngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y -ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pañuelo de seda -formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid. - -Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse -con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma -ininteligible, mirándome con simpática compasión. Adivino que me -preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un -rasguño, sin una gota de sangre. Una joven se empeña en hacerme beber un -vaso de agua. Una vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las -manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa. - -El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja. -La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas -noticias la conmueven, haciéndola huir talud arriba en espantoso -desorden. ¡Que las locomotoras van á estallar!... ¡Que el tren contiene -dinamita!... Se esparcen con pánico de rebaño, pero transcurridos -algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la -cuesta para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las -operaciones de salvamento. - -Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se ve avanzar al galope -un escuadrón de caballería. Por otros se presentan compañías de -infantería y escuadras de polizontes. Llegan carruajes cerrados, con el -escudo de la Cruz Roja. Empiezan á descender camillas por la cuesta del -desmonte. - -De los fúnebres acordeones de abajo salen grupos de hombres arrastrando -bultos inánimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco. ¡Cuándo acabará -esa extracción horripilante! Junto á mí pasan hombres y mujeres -sostenidos en brazos y con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender -sobre los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras -extrañas que no puedo entender. - -La caballería da una carga á la muchedumbre curiosa, para limpiar los -alrededores. Los infantes austríacos entran á la bayoneta, con furiosos -gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables. - -Las mujeres se apelotonan en torno mío, como si mi calidad de víctima -las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... ¿Por qué sigo -aquí? ¿De qué sirve mi presencia? - -Me restriego el pecho, contusionado por el choque de la mesa y el peso -de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez más, al desvanecerse el -primer aturdimiento de la emoción. Escupo sin cesar, pensando medroso en -el color púrpura... No; no hay nada roto. - -Empleando el idioma universal de la mirada y la seña, coloco una de las -maletas en la cabeza de un muchacho, me defiendo galantemente de las -mujeres que quieren encargarse de la otra, y escoltado por estas amigas, -que hablan y hablan sin descorazonarse ante mi silencio, emprendo la -marcha, al través de campos recién labrados y movedizos, hacia un camino -por el que veo pasar un tranvía eléctrico. - -¿Para qué permanecer aquí, donde á nadie conozco y nadie me entiende? -Voy á Budapest á tomar otra vez el tren, que me inspira un pánico -invencible. - -Y así entro en la verdadera Europa, á pie, al través de los campos, -llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor oriental de hace -siglos, atraído por los esplendores de Occidente. - -FIN - -Agosto-Noviembre 1907. - - - - -INDICE - - Págs. - -CAMINO DE ORIENTE - -I.--La peregrinación cosmopolita. 9 - -II.--Aguas y música. 16 - -III.--Las mesas verdes. 23 - -IV.--La ciudad del refugio. 31 - -V.--El lago azul. 39 - -VI.--Los osos de Berna. 46 - -VII--El lago y el Concilio. 54 - -VIII.--La Atenas germánica. 64 - -IX.--El Festival Wágner. 72 - -X.--El _Mozarteum_. 80 - -XI.--Viena la elegante. 89 - -XII.--El subterráneo de los emperadores. 96 - -XIII.--¡Hermoso Danubio azul!. 105 - -XIV.--La ciudad de los magyares. 114 - -EN ORIENTE - -XV.--Los Balkanes. 123 - -XVI.--Los turcos. 132 - -XVII.--Constantinopla. 142 - -XVIII.--El Gran Puente. 151 - -XIX.--Los que pasan por el Gran Puente. 160 - -XX.--El Gran Visir. 170 - -XXI--El palacio de la Estrella. 180 - -XXII.--El Sélamlik. 188 - -XXIII.--Los perros. 200 - -XXIV.--Los Derviches Danzantes 210 - -XXV.--El heredero de _Las mil y una noches_ 229 - -XXVI.--Santa Sofía 249 - -XXVII--El Papa griego 258 - -XXVIII.--Turcas y eunucos 275 - -XXIX.--Los derviches aulladores 296 - -XXX.--Libertad religiosa 304 - -XXXI.--Restos de Bizancio 319 - -XXXII.--La Noche de la Fuerza 334 - -XXXIII.--La entrada en Europa 346 - - * * * * * - -Estas correcciones hizo el transcriptor del texto electronico: - -cisnes negros de pico de escarleta=>cisnes negros de pico de escarlata - -al que acuden todos los extranjeroe=>al que acuden todos los extranjeros - -cabeza rodeaba de un nimbo=>cabeza rodeada de un nimbo - -para que á á la salida le suelten medio franco=>para que á la salida le -suelten medio franco - -pasando entre resplandores como una aparición fantásticas=>pasando entre -resplandores como una aparición fantástica - -sus acupaciones en la catedral=>sus ocupaciones en la catedral - -trina el ruiseñor, canta si mirlo=>trina el ruiseñor, canta el mirlo - -clase de iufortunios=>clase de infortunios - -todas lujosas, todas deshabitatas=>todas lujosas, todas deshabitadas - -Podrá creerse superior ó los demás=>Podrá creerse superior á los demás - -arrendatario de la tierra que cultima=>arrendatario de la tierra que -cultiva - -poserlos el soberano=>poseerlos el soberano - -todas las mesas las pedazos de pan olvidados=>todas las mesas los -pedazos de pan olvidados - -Eran los patios de la Santa Mezquita, del temblo?>Eran los patios de la -Santa Mezquita, del templo - -volvían los ojos hacia al hogar=>volvían los ojos hacia el hogar - -para hacer creer en una suicidio=>para hacer creer en un suicidio - -el mansjo de sus riquezas=>el manejo de sus riquezas - -enclaustradas voluntamente=>enclaustradas voluntariamente - -el gesto pontifical, recomendánme=>el gesto pontifical, recomendándome - -institutrices ingleses y franceses=>institutrices ingleses y francesas - -envuelto en su sotana uegra=>envuelto en su sotana negra - -creencias de sus súdditos=>creencias de sus súditos - -abrazar al suya=>abrazar la suya - -láminas de bronce, qne ciertamente=>láminas de bronce, que ciertamente - - - - - - -End of the Project Gutenberg EBook of Oriente, by Vicente Blasco Ibáñez - -*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ORIENTE *** - -***** This file should be named 40182-8.txt or 40182-8.zip ***** -This and all associated files of various formats will be found in: - http://www.gutenberg.org/4/0/1/8/40182/ - -Produced by Chuck Greif and the Online Distributed -Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was -produced from images available at The Internet Archive) - - -Updated editions will replace the previous one--the old editions -will be renamed. - -Creating the works from public domain print editions means that no -one owns a United States copyright in these works, so the Foundation -(and you!) can copy and distribute it in the United States without -permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is -subject to the trademark license, especially commercial -redistribution. - - - -*** START: FULL LICENSE *** - -THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE -PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK - -To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free -distribution of electronic works, by using or distributing this work -(or any other work associated in any way with the phrase "Project -Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project -Gutenberg-tm License (available with this file or online at -http://gutenberg.org/license). - - -Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm -electronic works - -1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm -electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to -and accept all the terms of this license and intellectual property -(trademark/copyright) agreement. 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