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-The Project Gutenberg EBook of Oriente, by Vicente Blasco Ibáñez
-
-This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
-almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
-re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
-with this eBook or online at www.gutenberg.org/license
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-Title: Oriente
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-Author: Vicente Blasco Ibáñez
-
-Release Date: July 9, 2012 [EBook #40182]
-
-Language: Spanish
-
-Character set encoding: ISO-8859-1
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-*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ORIENTE ***
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-Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
-Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This file was
-produced from images available at The Internet Archive)
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-Nota del transcriptor: En esta edición se han mantenido las convenciones
-ortográficas del original, incluyendo las variadas normas de acentuación
-presentes en el texto.
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-ORIENTE
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-OBRAS DEL MISMO AUTOR
-
-=En el país del arte= (viajes).
-
-=Cuentos valencianos.=
-
-=La condenada= (cuentos).
-
-=Arroz y tartana= (novela).
-
-=Flor de Mayo= (novela).
-
-=La barraca= (novela).
-
-=Entre naranjos= (novela).
-
-=Sónnica la cortesana= (novela).
-
-=Cañas y barro= (novela).
-
-=La Catedral= (novela).
-
-=El Intruso= (novela).
-
-=La Bodega= (novela).
-
-=La Horda= (novela).
-
-=La maja desnuda= (novela).
-
-=Sangre y arena= (novela).
-
-=Los muertos mandan= (novela).
-
-=Luna Benamor= (novela).
-
-=ARGENTINA Y SUS GRANDEZAS=
-
-OBRAS TRADUCIDAS DEL AUTOR
-
-TERRES MAUDITES (Traducción de G. Hérelle), París.
-
-FLEUR DE MAI (Traducción de G. Hérelle), París.
-
-BOUE ET ROSEAUX (Traducción de Maurice Bixio), París.
-
-CONTES ESPAGNOLS (Traducción de G. Menetrier), París.
-
-DANS L'OMBRE DE LA CATHÉDRALE (Traducción de G. Hérelle), París.
-
-TERRAS MALDITAS (Traducción de Napoleão Toscano), Lisboa.
-
-A CATHEDRAL (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa), Lisboa.
-
-DIE KATHEDRALE (Traducción de Josy Priems), Zurich.
-
-FLOR DE MAYO (Traducción de Josy Priems), Zurich.
-
-ERDFLUCH (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
-
-SCHILF UND SCHLAMM (Traducción de Wilhelm Thal), Berlín.
-
-DER EINDRINGLING (Traducción de J. Broutá), Berlín.
-
-DE VLOEK (Traducción del doctor A. A. Fokker), Haarlem.
-
-WAAR ORANJEBOOMEN BLOEIEN (Traducción del Dr. A. A. Fokker), Amsterdán.
-
-CHALUPA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
-
-MARNÁ CHLOUBA (Traducción de A. Pikhart), Praga.
-
-AH, IL PANE!... (Traducción de F. Gelormini), Palermo.
-
-HVAD EN MAND HAR AT GOVE (Traducción de Johanne Allen), Copenhague.
-
-VINNYI SKLAD (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
-
-BODEGA (Traducción de K. G.), Petersburgo.
-
-PROKLIATAC POLE (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
-
-SOBOR (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
-
-DUOYÑOY VISTREL (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
-
-GELEZNODOROGNOY ZAIAZ (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
-
-NALOGUIZA OBNAGENNAIA (Traducción de M. Watson), Petersburgo.
-
-ARÉNES SANGLANTES (Traducción de G. Hérelle), París.
-
-LA HORDE (Traducción de G. Hérelle), París.
-
-A CORTEZAN DE SAGUNTO (Traducción de Riveiro de Carvalho y Moraes Rosa),
-Lisboa.
-
-O INTRUSO (Traducción de Carvalho), Lisboa.
-
-
-
-
-Vicente Blasco Ibáñez
-
-ORIENTE
-
-28.000
-
-F. SEMPERE Y COMPAÑÍA, EDITORES
-
-Calle de las Germanías, F S
-
-Sucursal: Mesonero Romanos, 42
-
-VALENCIA MADRID
-
-_Esta Casa Editorial obtuvo Diploma de Honor y Medalla de Oro en la
-Exposición Regional de Valencia de 1909 y Gran Premio de Honor en la
-Internacional de Buenos Aires de 1910._
-
-_Derechos de traducción reservados en todos los países, incluso Suecia y
-Noruega._
-
-Imp. de la Casa Editorial F. Sempere y Comp.ª--VALENCIA
-
- * * * * *
-
-_Este libro--algunos de cuyos capítulos aparecieron antes en_ EL LIBERAL
-_de Madrid_, LA NACIÓN _de Buenos Aires y_ EL IMPARCIAL _de México--va
-dedicado al ilustre periodista_
-
- =Miguel Moya=
-
-_claro talento, voluntad enérgica, poderoso reformador de la prensa
-española._
-
- * * * * *
-
-
-
-
-CAMINO DE ORIENTE
-
-
-
-
-I
-
-La peregrinación cosmopolita
-
-
-Recuerdo que en cierta ocasión tuve en mis manos un ejemplar de la
-_Gaceta Imperial_ de Pekín, y al revolver sus finas hojas de papel de
-arroz, entre las apretadas columnas de misteriosos caracteres, sólo
-encontré dos anuncios comprensibles por sus grabados: el que llaman
-vulgarmente _tío del bacalao_, ó sea el marinero que lleva á sus
-espaldas un enorme pez, pregonando las excelencias de la Emulsión Scott,
-y una botella de largo cuello con la etiqueta «Vichy-État».
-
-Pocas empresas en el mundo habrán hecho la propaganda que la Compañía
-Arrendataria de las aguas de Vichy.
-
-Circulan por las calles de la pequeña y elegante ciudad francesa los
-pesados carromatos cargados de cajones, camino de la estación del
-ferrocarril. Marchan las botellas alineadas en apretadas filas al salir
-de Vichy, para luego esparcirse como una esperanza de salud. ¿Adonde
-van?... La fama de su nombre les asegura el dominio del mundo entero.
-Una botella irá á morir, derramando el líquido gaseoso de sus entrañas,
-en una aldea obscura de las montañas españolas, y la que cabecea junto á
-ella no se detendrá hasta llegar á alguna población sueca, cubierta de
-nieve, vecina al Polo; y la otra irá á Australia; y la de más allá
-arrojará su burbujeante contenido, bajo el sol del África, en un
-campamento de europeos, de estómago quebrantado por las escaseces de la
-colonización.
-
-Y así como el agua de Vichy se esparce por el mundo, para llevar á
-remotos países sus virtudes curativas, los médicos de toda la tierra por
-un lado, y la moda por otro, empujan hacia aquí á las gentes más
-diversas de aspecto y de lengua.
-
-París, con ser la más cosmopolita de las ciudades, por la atracción que
-ejercen sus placeres y sus elegancias, no ofrece el aspecto mundial que
-el pequeño Vichy, con sus miles de extranjeros. En las primeras horas de
-la mañana, la muchedumbre que llena el Parque y se agolpa en torno de
-las fuentes, hace recordar los muelles de Gibraltar ó ciertos puertos de
-Asia, que son como encrucijadas marítimas, en los que se tropiezan y
-confunden todos los pueblos y todas las lenguas.
-
-La gente europea, igual y monótona al primer golpe de vista, muestra su
-infinita variedad de trajes, gestos y actitudes bajo los paseos
-cubiertos del Parque. Desfilan los ingleses con la cara impasible bajo
-su pequeña gorra, moviendo al andar sus anchos calzones cortos sobre las
-pantorrillas enfundadas en medias escocesas; pasan los alemanes con
-sombrerillos tiroleses rematados por enhiesta pluma; los españoles y
-americanos, de corbatas vistosas y conversación á gritos; los italianos,
-que copian con exagerado servilismo las modas británicas; los franceses,
-todos con una roseta ó una cinta en la solapa. Las mujeres se exhiben
-envueltas en velos como odaliscas, con el rostro sombreado por el panamá
-ó el sombrero enorme, de alas caídas y cargado de flores, copiado de los
-retratos de los pintores ingleses. Las blusas de encajes transparentan
-en su trama sutil rosadas desnudeces; las faldas, cortas y blancas,
-dejan en su revoloteo una estela de perfumes. Confundidos en esta
-avalancha de tonos uniformes, pasan los egipcios y turcos, de levita
-clara y elevado fez; los chinos, de túnica azul y bonete negro con rojo
-botón sobre el trenzado pelo de rata; los malayos, de blancos calzones,
-con femeniles trenzas arrolladas en torno de su rostro amarillo y
-simiesco; los persas, vestidos á la europea, pero coronando su bigotuda
-cara con un gorro de astrakán; dos ó tres _rajahs_ indios, de albas
-vestiduras, graves, hermosos y perfumados, como sacerdotes de una
-religión poética que tuviese por deidades á las flores; judíos sórdidos,
-cubiertos de sedas tan brillantes como sucias, y moros ricos de Argel y
-Túnez, _jeiques_ de tribu, que ostentan sobre el nítido albornoz la
-mancha roja de la Legión de Honor y unen á su arrogancia tradicional la
-satisfacción de hallarse en su propia casa, como súbditos de la
-República francesa. Y juntos con estas gentes extrañas se muestran los
-franceses exóticos, los militares venidos de lejanas Francias, los
-oficiales del ejército colonial, que llegan á reponerse de las fiebres
-de los pantanos tonkineses, del sol que devora á los hombres en las
-casas de tierra de Tombouctu, en los puestos avanzados del Sahara ó en
-las factorías del Senegal y del Congo; spahis y cazadores de África, de
-teatrales uniformes; marinos y coloniales con traje blanco y casco
-ligero de lienzo y corcho.
-
-El agua turbia y burbujeante que salta en las fuentes, bajo una gran
-cúpula de cristal, es la que realiza el milagro de reunir gentes tan
-diversas y de origen tan lejano en esta pequeña ciudad del centro de
-Francia, que hace menos de tres siglos dió á conocer la pluma de Mad.
-Sévigné.
-
-Nada hay nuevo en el mundo. Lo mismo que la gente viene ahora á las
-estaciones termales de las que es reina Vichy, iba hace tres mil años,
-con un fin religioso y de curación al mismo tiempo, á pequeñas ciudades
-de Grecia, famosas por sus aguas y sus profetisas, buscando á la vez la
-salud del cuerpo y la certeza del porvenir.
-
-No hay aquí ninguna Pitonisa que, montada en un trípode sobre la fuente
-de la _Grand Grille_ ó de los _Celestinos_, profetice nuestra vida
-futura; pero diarios y prospectos anuncian la presencia en Vichy de
-acreditadas profesoras de cartomancia y magia, venidas de París para
-rasgar los sombríos misterios de lo futuro, á razón de veinte francos
-por consulta.
-
-No se encuentra una Friné que se muestre desnuda en medio del Parque,
-como la irresistible cortesana griega, despojándose de sus velos ante
-los peregrinos enfermos de Delfos para alegrar su miseria con la regia
-limosna de la exhibición de sus gracias; pero las Frinés vestidas son
-legión; se cuentan á centenares: unas hablan francés, otras español,
-otras ruso; son ortodoxas, heterodoxas, hebreas ó simplemente impías;
-las hay rubias, morenas, amarillas y hasta negras, y repitiendo á puerta
-cerrada la suerte de la bella ateniense, ahorran para la campaña de
-invierno en París ó Marsella, Argel ó Madrid.
-
-Los graves sacerdotes, majestuosos y sibilinos, de este moderno
-santuario de la salud universal, son los médicos. Ochenta y cuatro he
-contado en la lista que figura por todos lados, en las esquinas, en los
-programas de los conciertos, en las cartas de cafés y restaurants, y
-hasta en las paredes de los mingitorios, para recordar á todas horas al
-olvidadizo viajero que estos imponentes personajes son los verdaderos
-soberanos de Vichy, y no debe nadie beber una gota de agua sin previa
-consulta.
-
-Siendo á modo de grandes sacerdotes, inútil es decir que ocupan las
-mejores casas de la ciudad, lujosos hoteles, sonrientes _villas_
-rodeadas de flores, cuyos salones de espera están siempre llenos de
-clientes.
-
-Con las aguas de Vichy no se puede jugar. Los graves hombres de la
-ciencia hablan de ellas como si fuesen terribles venenos. Cada vez que
-hay que aumentar la dosis en un sorbo, conviene consultarles
-previamente, con un luis de oro en la mano. Causa admiración la
-sabiduría, el tino con que estos respetables arúspices de la ciencia
-combinan la toma de las aguas de las diversas fuentes, armonizando unas
-con otras.
-
---Un vaso de la _Grand Grille_ á tal hora; luego uno de _Celestinos_ á
-tal otra. Más adelante variaremos y serán _Chomet_ y _Hôpital_. Sobre
-todo, nada de prisas. La curación debe seguir su marcha.
-
-¡Nada de prisas!... Lo mismo que los graves doctores piensan los
-hoteleros de Vichy, los dueños de cafés, los empresarios de teatros,
-hasta las Frinés del Parque, y esta unanimidad de pareceres convence al
-viajero, que no sabe cómo agradecer el interés que todos muestran por
-retenerle á su lado.
-
-En torno de las fuentes, los bebedores de agua, apurando lentamente sus
-vasos, se preguntan á veces por sus dolencias. Uno tiene enfermo el
-hígado, otro la garganta, el de más allá sufre diabetes; una señora
-calla y enrojece, pensando en la tristeza de los árboles, que mueven
-sus copas sin llegar nunca á dar fruto... ¡Y todos beben lo mismo!
-
-La humanidad, que desprecia la salud mientras la posee, guarda su fe más
-ciega para los que la consuelan y entretienen en la gran cobardía de la
-dolencia.
-
-
-
-
-II
-
-Aguas y música
-
-
-El sol de las primeras horas de la tarde, filtrándose al través del
-follaje del Parque de Vichy, extiende un manto temblón de harapos de
-sombra y retazos de luz sobre la muchedumbre sentada en sillas de
-hierro, en torno del kiosco de la música. La orquesta, acompañada de
-lejos por las bocinas de los automóviles que pasan veloces, por el
-vocerío de los vendedores de periódicos que pregonan las últimas hojas
-llegadas de París, y por los gritos de los cocheros que invitan á
-pintorescas excursiones por las riberas del Allier, puebla el espacio
-con los lamentos de las ondinas del Rhin, llorando el mágico tesoro
-arrebatado por el maligno Nibelungo, con el melancólico adiós de
-Lohengrin al alejarse de Elsa, ó con la romántica _Canción de la
-Estrella_ que entona Wolfram, el grave trovador, contemplando el astro
-del atardecer.
-
-Vichy es la ciudad de la música. Los viajeros que ocupan los hoteles
-inmediatos al Parque, despiertan, apenas comenzada la mañana, arrullados
-por el primer concierto del día. El _Sigur_, de Reyer, lanza sus bélicos
-apóstrofes, ó la _Thais_, de Massenet, se entrega á su mística
-meditación, arrepintiéndose de sus desórdenes de cortesana, mientras el
-viajero se viste y se lava y va á beber el primer vaso del día en la
-fuente de la _Grand Grille_. Luego, á las once, empieza otro concierto
-en el café de la Restauración, con aditamento de cantantes, y á éste
-sigue el grande de la tarde, en pleno Parque, que dura hasta las cinco,
-sin que entre las piezas existan otros intermedios que brevísimos
-instantes de descanso, como si la orquesta se avergonzase de su inacción
-y Vichy no pudiese vivir sin una melodía interminable vibrando en su
-ambiente. Y á las siete, después de la comida, empiezan á la vez, para
-durar hasta media noche, tres grandes conciertos en los tres casinos
-importantes, á más de una representación de ópera en el Gran Teatro y
-los innumerables concertistas que _actúan_ en los cafés y _music-halls_.
-
-Parece como que todos los instrumentistas de Francia vengan á Vichy,
-durante la temporada termal, para entretener el ocio del público
-cosmopolita, que digiere las famosas aguas al arrullo de las orquestas.
-Toda la música del mundo es devorada por el enorme consumo melódico de
-esta población, que llaman orgullosamente los franceses la _Reine des
-Villes d'Eaux_. Desde el _Fuego encantado_, de Wágner, hasta la _Jota
-Aragonesa_ y la _Marcha Real_, la música de todos los tiempos y de todos
-los países halaga los oídos de la muchedumbre extranjera, tropel de aves
-de paso que llena Vichy durante algunas semanas; y tan pronto suenan las
-graves notas de una composición de Bach, como se desarrollan picarescos
-y juguetones los cantos del _género chico_ español, y se contonea
-chulescamente el diabólico tango, haciendo murmurar á los graves señores
-condecorados: _Ollé, ollé!_ y moverse los pies de las señoras, que
-exclaman: _Comme c'est joli!_
-
-Música y aguas á todo pasto. ¿Y los enfermos?... Los enfermos no se ven
-en ninguna parte. Á Vichy se viene á descansar. Además, la mayor parte
-de las enfermedades que curan estas aguas son de «larga espera»: males
-de estómago, diabetes, etc., y los dolientes no se diferencian, en su
-aspecto exterior ni en su gesto, de los sanos. De vez en cuando se ve un
-señor que, escuchando el concierto, deposita un pie hinchado, enorme,
-elefantíaco, sobre la silla que tiene delante; pero las bandas de
-franela y la pantufla son lo único que revela su enfermedad al
-contrastar con el otro pie calzado de charol. Pasan algunas señoras
-sentadas en sillones de ruedas, de los que tiran mozos de cordel; pero
-van pintadas y compuestas como las demás mujeres, con tal estiramiento
-elegante en su enfermedad y tal respeto de sí mismas, que hacen pensar
-si en Vichy morirá la gente vistiendo traje de _soirée_ al arrullo del
-último vals de moda.
-
-En los bailes del Gran Casino se ven jóvenes con muletas, ó muchachas
-que cojean ligeramente, esforzándose por ocultar la flojedad de sus
-huesos, triste herencia de las diversiones de sus progenitores; pero el
-frac de los unos y las _toilettes_ escotadas de las otras, parecen
-borrar la gravedad de sus dolencias, y todos sonríen, con un deseo
-vehemente de divertirse. Cuando suena la orquesta, el que puede bailar,
-baila, y el que se ve imposibilitado de hacer esto, se mete en la sala
-de juego.
-
-Vichy se divierte: los enfermos malhumorados, que alborotan en sus casas
-y llevan á mal traer á los suyos, sonríen aquí, y á las seis de la tarde
-visten su traje de ceremonia. Venir á tomar estas aguas sin traer un
-_smoking_ en la maleta equivale á un sacrilegio.
-
-Hay que descansar, y aunque una gran parte de los que llegan á Vichy son
-favoritos de la fortuna, que no conocen la rudeza del trabajo, descansan
-y descansan, bebiendo dos vasos de agua por día y charlando durante el
-curso de tres ó cuatro conciertos diarios.
-
-Las buenas relaciones entre Francia y España, su acción común en
-Marruecos, han influído para dar mayor boga á nuestra música. Los mismos
-compositores de segundo orden, que hace algunos años escribían danzas
-rusas y melodías moscovitas en honor de la Doble Alianza, producen ahora
-la _Marche des gitanos_, la _Marche des Aficionados_ y otras obras de no
-menos color, con fragmentos de la _Marcha Real_ en sordina, repiqueteo
-de castañuelas, tintineo de triángulo y golpes de pandero.
-
-La música del género chico, tangos dislocantes, pasacalles alegres, dúos
-de ligera pasión y jotas alborozadas, al alternar con las obras de los
-maestros más famosos, alcanza un éxito que no consiguen éstos muchas
-veces.
-
-Yo respeto y admiro el llamado _género chico_. De sus libretos, dramas
-comprimidos ó sainetes coloristas, apenas si me acuerdo una semana
-después de haberlos visto. Pero la música de esas obras es una de las
-manifestaciones artísticas más respetables y más grandes de la España
-actual. Se ha hablado mucho de la necesidad de una ópera española. ¿Para
-qué? España ya tiene su música, que no puede ser más suya. Á los pueblos
-no hay que forzarlos para que produzcan artísticamente en determinada
-dirección, sino aceptar lo que den espontáneamente y celebrarlo, siempre
-que tenga una individualidad marcada.
-
-El ilustre maestro Bretón se ha pasado gran parte de su vida batallando
-y penando por crear y afirmar la ópera española. Yo he viajado por
-varios países de Europa sin oir en ninguna parte fragmentos de sus
-óperas, que pudiéramos llamar solemnes ó grandes, y en cambio, he
-escuchado y he visto aplaudir en Francia y en Italia _La verbena de la
-Paloma_, y la he oído canturrear á gentes de los Estados Unidos.
-
-En Nápoles (país de los concursos de romanzas, que cada año da al mundo
-una canción de moda) los músicos callejeros y las orquestas de los cafés
-no tienen otra música amada que la de Caballero, Chapí, Chueca y otros
-españoles.
-
-En Venecia, la de las serenatas románticas, he visto las góndolas
-cargadas de cantores y orladas de luces, navegar por el Gran Canal, bajo
-las ventanas de los hoteles, poblando el silencio de la noche con la
-«Marcha de los marineritos» de _La Gran Vía_.
-
-Cada país debe alegrarse por lo que tiene, sin detenerse á desentrañar y
-aquilatar su mérito, pues peor es no poseer nada y no despertar la
-atención más allá de las fronteras.
-
-La fama de hermosura y gracia de la mujer española la sostienen hoy,
-desde París á San Petersburgo, todas esas muchachas que, con apodos más
-ó menos extraños, bailan ó cantan «cosas de la tierra». Sólo cuando
-aparece en la escena un mantón con flecos y un pavero ladeado sobre un
-moño con claveles se acuerda el gran público de que existe España.
-Cuando las orquestas acarician los nervios de la muchedumbre con la
-música fácil, alegre y bizarra del llamado _género chico_, se enteran en
-Europa de que existe un arte español y de que en la Península nos
-dedicamos á algo más que á matar toros.
-
-Á muchos les parecerá un sacrilegio lo que voy á decir, pero no por esto
-es menos cierto. La música de _La Gran Vía_ la tocan más en el mundo y
-es más conocida que la de _El anillo del Nibelungo_. Ya sabemos que
-Chueca no es Wágner. Pero la inmensa mayoría de los que escuchan
-conciertos en el extranjero, aunque fingen por _snobismo_ una admiración
-de personas correctas hacia las obras consagradas, prefieren en su
-interior el «Caballero de Gracia» á todos los caballeros del Santo
-Graal.
-
-
-
-
-III
-
-Las mesas verdes
-
-
-El Casino de Vichy es una construcción enorme y blanca, con adornos
-serpenteantes de «arte nuevo». Contiene un teatro espléndido, en el que
-todas las noches se cantan óperas ó actúan las «estrellas» de la Comedia
-Francesa y del Odeón, que hacen su _tournée_ anual: sala de conciertos,
-grandes salones de baile, gabinete de lectura, una rotonda con espejos
-colosales, y el oro chorreando por todas las tallas y adornos de los
-muros... Es, en fin, á modo de una catedral moderna, dedicada á toda
-clase de diversiones.
-
-De día se forman elegantes grupos de claros colores, bajo las
-marquesinas de sus terrazas ó á la sombra de los plátanos de sus
-jardines; de noche brilla como un palacio de leyenda, marcando con
-innumerables bombillas eléctricas, sobre la lobreguez del espacio, las
-líneas de sus cornisas, la esbeltez de sus columnas y las armónicas
-curvas de su cúpula central.
-
-En este santuario de las diversiones, al que acude todo Vichy, existe
-como capilla predilecta un salón blanco, enorme y de alto techo, que
-tiene sus fieles inconmovibles y fijos desde las primeras horas de la
-tarde hasta las últimas de la madrugada, y en el que se entra con cierto
-recogimiento, bajando el tono de la voz y aminorando el ruido de los
-pasos. Imponentes criados de empaque principesco indican al abrir la
-cancela de cristales que hay que despojarse del sombrero, y el visitante
-avanza respetuosamente después de esta advertencia, pisando muchas veces
-las colas de los vestidos femeniles y pidiendo perdón á todas las
-espaldas que empuja á su paso.
-
-Aglomérase la gente en torno de una docena de mesas verdes. Junto á
-ellas están sentados los jugadores de importancia, graves, mudos, con
-caras de palo y ojos inexpresivos, moviendo las manos cargadas de
-billetes y fichas sobre los cuadros marcados en la bayeta verde, ó
-llevándoselas al pelo con lentos rascuñones que delatan la emoción.
-Contra sus dorsos se empuja y se aplasta la turba de los mirones, que
-_apunta_ de tarde en tarde y sigue con interés anhelante las peripecias
-del juego; señoras maduras y pintarrajeadas, cubiertas de joyas de
-empañado brillo; _cocottes_ de perfil hebraico; correctos señores
-condecorados con un _tic_ de maniáticos en sus hoscas facciones. Todos
-se empujan con una vehemencia febril. Brilla en las miradas un fuego
-malsano. Los ojos, que siguen el vaivén de los azules billetes, entre
-la paletada del banquero y las manos de los jugadores, son ojos que se
-ven en los juicios orales ó en la primera plana de los periódicos cuando
-relatan un crimen sensacional. Pero el aspecto de esta gente no puede
-ser más correcto y honorable. Ellas, aventureras de incierta
-nacionalidad y edad misteriosa, descotadas y con grandes sombreros;
-ellos, elegantes, ostentando en la solapa del _smoking_ condecoraciones
-de raros colores, son hombres de una gallardía profesional que hace
-recordar á las mundanas retiradas del pecado, y todavía caprichosas, que
-aparecen una mañana degolladas en su lecho, con la caja de las alhajas
-vacía.
-
-En Vichy son muchos los que confiesan su llegada sin motivo alguno de
-enfermedad. Vienen _pour s'amuser_, según declaran con maliciosa
-sonrisa. Unos, sencillos en sus gustos, encuentran diversión sobrada en
-el gran rebaño femenino que atrae la fama de Vichy. Otros, más
-complicados en sus pasiones y temibles en sus apetitos, se encierran
-tarde y noche en la sala de juego del Casino. Los exóticos, los venidos
-de muy lejos, son los que con más asiduidad se sientan junto á la bayeta
-verde.
-
-Todas las noches contemplo en un extremo de la mesa donde se juega más
-fuerte á un fantasma blanco é inmóvil. Es un jeique de Argel. Pálido,
-con una palidez de hostia, entre la blancura de sus tocas y la orla
-nevada de su barba, el viejo jeique parece una figura de cera. Sus ojos
-brillan, inmóviles, como si fuesen de vidrio, fijos en las manos del
-banquero. Esa frialdad musulmana, desdeñosa y altiva, que permite á los
-árabes contemplar impasibles las mayores grandezas de nuestra
-civilización, mantiene al venerable moro inmóvil y sin pestañear.
-Pierde, pierde siempre, y su vida parece concentrarse en sus manos, que
-se ocultan bajo las blancas vestiduras, escarabajean en el sitio donde
-la Legión de Honor se marca como una gota de sangre sobre el nítido
-albornoz, y vuelven á crujir, estrujando azules papelillos que arrojan
-ante ellas.
-
-¡Pobre jeique!... Veo praderas abrasadas por el sol junto á un riachuelo
-africano casi seco. Los grupos de palmeras se destacan en negro sobre el
-horizonte rojo y oro de la tarde. Los perros flacos y lanudos ladran y
-corretean en torno de las tiendas; las mujeres, con el rostro cubierto
-por un trapo blanco, van y vienen, llevando sobre su cabeza un cántaro
-derecho, ó hunden sus brazos gordos y tostados en la harina amasada,
-preparando el pan para el día siguiente y haciendo sonar á cada
-movimiento los pesados brazaletes de cobre. Los pequeñuelos, panzudos,
-de color de ladrillo, con la cabeza rapada y un pincel de pelos en el
-cogote, corren persiguiendo á los saltamontes. El jefe está ausente; el
-amo se fué, y una tristeza de orfandad pesa sobre la tribu. El médico
-del inmediato puesto militar le recomendó unas aguas milagrosas de la
-lejana Francia, país de maravillas, y allá vive el gran jefe, mientras
-el campamento parece más solo, más triste. ¡Están lejos los días en que
-los hombres de la tribu hacían galopar sus caballos y disparaban sus
-fusiles en alborazada _fantasía_, para recibir al personaje de kepis
-rojo, que en nombre del gobernador general de Argel colocó sobre el
-pecho del jefe la cinta encarnada con la estrella de cinco puntas,
-motivo de envidia y respeto para las demás tribus del contorno!...
-
-Comienza á morir el sol en el rápido crepúsculo africano; álzase en el
-horizonte la nube de polvo de los rebaños; óyese el trote de los
-caballos; ladran los mastines, y los jinetes pastores, al echar pie á
-tierra ante las tiendas, luego de encerrar sus lanudos tesoros, formulan
-todos la misma pregunta, sin despojarse del fusil ni haber hecho la
-oración de la tarde: «¿Nada de Francia?...» ¡Nada! Y cuando cierra la
-noche, los hijos, los yernos, los sobrinos y nietos del ausente, todos
-los hombres de la tribu, se duermen envueltos en su albornoz pensando en
-el jefe, interpretando su silencio como una señal de grandezas, que les
-llenarán luego de orgullo al ser relatadas junto á las hogueras del
-invierno. Creen en su sencillez que el jeique condecorado alcanza en el
-lejano país de las maravillas los honores que corresponden al venerado
-jefe de un centenar de arrogantes centauros. Y á la misma hora, las
-manos finas y pálidas, manos de cera, dejan sobre la mesa verde, de
-minuto en minuto, con la regularidad de un reloj que suena la desgracia,
-la fortuna y el bienestar de los que sueñan en el lejano campamento
-africano, bajo la luz difusa de las estrellas, entre el pataleo de las
-bestias, el ladrido de los perros y el monótono canto de los grillos. Un
-puñado de papeles azules representa una parte de los corderos que se
-aprietan durante su sueño, como si presintiesen en el obscuro horizonte
-la bestia carnicera que ronda; otro, un caballo de larga crin, narices
-de fuego y patas finas, orgullo de la tribu. Todo lo que el jeique deja
-en el montón del banquero significa la esperanza perdida de aplacar á
-Nathán ó á Samuel, el prestamista hebreo, cuando, al llegar el invierno,
-se presenta en la tienda del jefe á hablar de negocios.
-
-Salgo de la sala de juego, y en la rotonda central, entre brillantes
-_toilettes_, veo dormitando en un diván á una mujer obesa y morena. Es
-una judía, relativamente joven, pero con su belleza ahogada bajo una
-marea ascendente de grasa. El vientre, libre de corsé, se marca como una
-cúpula bajo la falda de seda de anchas y vistosas rayas; el rostro,
-moreno y abultado, con los ojos perdidos en bullones de carne y unas
-cejas gruesas y unidas como una barra de tinta, asoma en el marco de un
-rebozo de seda y oro, tan majestuoso como sucio. Contempla impasible las
-miradas de curiosidad de las mujeres, y vuelve á adormecerse, ansiando
-que llegue el instante de regresar al hotel. Su marido está en la sala
-de juego, y la buena Rebeca ó Miryam, sumida en su coraza adiposa,
-aguarda horas y horas, viendo en sus cortos ensueños, como ángeles de
-luz, algunos nuevos billetes y luises de oro que vengan á unirse al
-capital que amasan los dos con una avidez de raza.
-
-En todas partes, los usureros, los prestamistas, los adoradores de la
-fortuna, son los fieles más fervientes del juego. Parece una
-incongruencia, pero cuanto más se ama el dinero, llegando en esta
-adoración hasta la manía, más dispuesto se está á arriesgarlo á un azar,
-con la locura de la ganancia rápida. En España, los principales
-consumidores de billetes de la Lotería Nacional son avaros que apenas
-comen. En las timbas y casinos, los _puntos_ más asiduos son
-prestamistas y usureros, capaces de cometer una mala acción por una
-peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo la ilusión de una
-próxima ganancia.
-
-Los artistas, los escritores, hombres poco prácticos, faltos de
-habilidad para conservar el dinero, y que parecen despreciarlo por la
-prisa que se dan en separarse de él, apenas se sienten tentados por el
-juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son muchas
-veces alcohólicos; el eterno femenino complica y desordena los días y
-las horas de los más; hasta los hay que en sus pasiones y gustos
-desobedecen las órdenes de la Naturaleza... pero jugadores tenaces y
-convencidos yo no conozco ninguno.
-
-Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los demás y siente la
-fiebre de quitárselo sin arrostrar persecuciones de la justicia. En
-fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo que
-sirve, y sólo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede
-sacarse provecho alguno.
-
-Yo he conocido un viejo famélico y haraposo, que dormía durante la
-mañana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las
-casas de juego. Comía las sobras de los otros jugadores, asistía con
-preferencia á los círculos donde le obsequiaban con algún café, como
-_punto fuerte_, y cuando perdía, que era las más de las veces,
-ocultábase por unos instantes en el lugar más nauseabundo de la casa, y
-extraía billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del
-grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete
-verde una parte de sus pegajosos habitantes.
-
---El dinero se ha hecho para jugar--decía sentenciosamente--. Y lo que
-quede, si queda algo... para comer.
-
-
-
-
-IV
-
-La ciudad del refugio
-
-
-Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros, cortan, con majestuosa
-natación, las atropelladas aguas de un río ancho y azul; casas enormes,
-de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los muelles;
-más allá, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho desgarrón
-una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar; más
-allá aún, cierra el horizonte una muralla de montañas, esfumadas por la
-distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo así como un
-amontonamiento de nubes que á ciertas horas, bajo la luz anaranjada del
-sol, toma las formas de un bloque inmenso de cristal, con agudas
-aristas. El río en que nadan los cisnes es el Ródano, que acaba de
-nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de mar, el azul lago de Leman, y
-el cristalino amontonamiento que parece flotar en el espacio, más allá
-de las montañas, el famoso Mont-Blanch.
-
-En Ginebra la realidad no responde á las ilusiones y simpatías que trae
-el viajero como producto de sus lecturas. ¿Quién no ha amado á la
-tranquila ciudad suiza, la _Roma protestante_, que durante dos siglos
-fué el refugio de todos los rebeldes de Europa, en guerra con los papas
-y los reyes? El respeto á la libertad humana fué y es aún un dogma
-religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos
-contra los duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos
-para conseguir la independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que
-cuesta la libertad, la respetaron siempre en la persona del extranjero.
-Aquí se refugiaron los réprobos perseguidos por la Inquisición española
-ó por los reyes de Francia; aquí encontraron un asilo, en la República
-cristiana, gobernada por el ascético Consistorio, todos los que por
-desear una conciencia libre no encontraban en Europa tierra donde
-colocar sus pies y una piedra en la que descansar la cabeza; todos menos
-nuestro compatriota Miguel Servet, víctima de los rencores de Calvino.
-Aquí vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocación del edicto
-de Nantes, y en los modernos tiempos Ginebra dió asilo á los románticos
-defensores de la moribunda Polonia, á los revolucionarios italianos, á
-los revolucionarios españoles, á los apóstoles de _La Internacional_ y á
-los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como
-perros rabiosos.
-
-Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus puertas en el centro de
-Europa, como los antiguos templos poseedores del derecho de asilo,
-ofrece el más rudo contraste entre sus habitantes y su historia. Parece
-que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una república de
-hombres de estudio, llegados á la suprema tolerancia por la elevación de
-su pensamiento, y es una población burguesa, llana y monótona, en la que
-no creo exista una mediana imaginación: un Estado de relojeros
-pacienzudos y vendedores de peletería, que come bien, fabrica excelentes
-cronómetros, despacha tabaco barato y da gracias á Dios, cantando lo más
-desafinadamente que puede, al son de un mal órgano, en el interior de
-los desnudos templos calvinistas ó en grandes mítines religiosos al aire
-libre.
-
-En varios siglos de libertad y horizontes sin límites para el
-pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un escritor
-célebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau, ginebrino
-de ocasión, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honró con
-el título de ciudadano de Ginebra, siendo lo más contrario del pacífico
-y tranquilo burgués de la ciudad del Leman.
-
-Á Ginebra le basta para su esplendor intelectual con la gloria de las
-ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando reposo: desde
-el batallador español Servet que, huyendo del brasero inquisitorial
-encendido en nombre de Cristo, cayó aquí en la hoguera, iluminada en
-honor de la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, madame Stael y los
-modernos revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc.
-
-El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra, y el de Voltaire
-sale en los alrededores al encuentro del viajero.
-
-Los cisnes blancos, que mueven su cuello sobre las aguas como serpientes
-de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se refugian tras
-una isleta que marca el límite donde el lago Leman se convierte en el
-impetuoso Ródano. Es la isla de Rousseau. Hoy está convertida en pulcro
-paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazón de la
-ciudad. Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde
-el artista meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes
-álamos, con los ojos fijos en el azul horizonte del lago.
-
-En este paisaje sonriente y dulce, que parece exhalar un intenso amor á
-la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la vida, se comprende
-la originalidad artística de Rousseau y su poderosa influencia
-literaria, que aun dura y durará por los siglos de los siglos. Rousseau
-introdujo la Naturaleza en la literatura; fué el padrino que tuvo en sus
-brazos al arte moderno en el instante de su nacimiento.
-
-Antes de él, sólo aparecía el hombre como único protagonista en novelas
-y poemas. Rousseau infundió vida á cosas hasta entonces inanimadas, y
-gracias á su poder de evocación, los pájaros, las flores, las montañas,
-el cielo, entraron como nuevos personajes en el escenario de la
-literatura.
-
-Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artístico
-el revoloteo y el canto de una alondra, y «este canto--como dice
-Sainte-Beuve--saludó el nacimiento de la literatura moderna, con sus
-descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista». Sus
-hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Víctor Hugo con toda la
-escuela romántica, que infundió el alma de los hombres á las cosas,
-haciendo hablar á las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos
-naturalistas, y su posteridad acabará cuando perezcan la vida y el arte.
-
-Ginebra y su lago infundieron á Rousseau este amor á la Naturaleza. El
-gran artista sentimental soñaba rodeado de obesos comerciantes y
-tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una
-buena mesa y una familia sana.
-
-Sus _Confesiones_ hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza
-del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de «La Llave».
-Su _Nueva Eloísa_ tiene á Clarens por escenario, con la superficie azul
-del lago, y enfrente las verdes y sombrías cumbres de los montes
-saboyanos.
-
-Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra,
-otro huésped ilustre, pero más rico y ostentoso, vino á ocupar su sitio.
-Era un artista, un bohemio como él, pero en esferas más altas, con un
-egoísmo sonriente que le permitió extraer de la vida sus mejores
-dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, así como el otro iba de hostería
-en hostería. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de
-la corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas ó burguesas. Á
-su puerta llegaban con exótica curiosidad lores y boyardos, deseando
-conocer al árbitro de los elegantes cinismos y de la gracia francesa.
-Era Voltaire.
-
-Su vejez quebrantada buscó refugio en los alrededores de Ginebra,
-estableciéndose en la pequeña aldea de Ferney, donde adquirió la
-majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo
-tierno, sentimental y bondadoso al terrible burlón de los salones de
-Versalles, é infundió una religiosidad deísta á su escepticismo.
-
-Los últimos años de su vida, en medio del campo, á la vista de las
-inmensas montañas, fueron de bondad y filantropía. Educó á los
-campesinos, pleiteó y escribió por librarles de las gabelas feudales,
-estableció riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender á los
-Dreyfus de su tiempo. Vivía como un príncipe en Ferney. Habitaba un
-gracioso palacio en el fondo de un parque, y allí escribía á sus buenos
-amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia, ó recibía las visitas de
-todos los grandes señores que pasaban por Suiza.
-
-El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de
-los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en
-tiempos de su ilustre dueño, con muebles de estilo rococo y cuadros que
-recuerdan á los soberanos y las beldades que distinguieron con su
-amistad al poeta.
-
-En un extremo del parque se eleva una pequeña iglesia de aldea,
-construída por el impío autor del _Diccionario filosófico_ en sus
-últimos años.
-
-«_Dea erexit Voltaire_», dice una dedicatoria grabada en la fachada.
-Esto, que parece una blasfemia, fué una de tantas humoradas del anciano
-de Ferney.
-
---Esta iglesia que he construído--decía Voltaire--es la única de todo el
-universo elevada en honor á Dios. Inglaterra tiene iglesias construídas
-para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva;
-España, para innumerables vírgenes; pero en todos esos países no hay un
-solo templo dedicado á Dios.
-
-En el salón principal del palacio, sobre una enorme chimenea, se ve un
-pequeño mausoleo que guardó el corazón del poeta poco después de su
-muerte.
-
-«Su corazón está aquí, pero su espíritu está en todas partes», dice una
-inscripción.
-
-Esto es verdad, pero no por completo. El espíritu que está en todas
-partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire fué como esas
-estrellas solitarias que anuncian con su fría luz un amanecer ardoroso.
-
-Sus burlas destructoras no bastaban para preparar una revolución. El
-plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontraría su espíritu
-difundido en la sociedad moderna, mucho más que el aristocrático
-patriarca de Ferney.
-
-
-
-
-V
-
-El lago azul
-
-
-Desciende el viento de las montañas sobre la inmensa copa del lago. Las
-aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse, con una opacidad
-semejante á la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como
-rebaños dispersos por el pánico trotando hacia las lejanas riberas. Las
-barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas
-de rojo por las techumbres de los _chalets_ y coronadas por la diadema
-negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un
-instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia
-cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la
-ribera de enfrente, las montañas suizas alinean sus declives cubiertos
-de viñedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extraídas de una
-caja de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los
-aldeanos vestidos como los coros de una ópera cómica. En el último
-término de la azul extensión, las montañas se aproximan, las riberas se
-estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente
-sobre las aguas, entenebreciéndolas con su densa sombra, y todo adquiere
-un carácter áspero y bravío.
-
-Es el Leman, el lago azul, el más famoso de los pequeños mares
-interiores de Europa, el amado de los poetas é idealizado mil veces por
-el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras
-sentimentales de sus mejores novelas: aquí imaginó madama Stael las
-desventuras amorosas de su «Corina», que fué una _superhembra_ de su
-época; por estas aguas vagó la barca de lord Byron, y en nuestros
-tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina
-sonrisa de Alfonso Daudet, preocupado en el arreglo de las aventuras
-alpinas de su Tartarín, ó han presenciado la lenta agonía de un anciano
-de áspera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la
-desesperada obstinación de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo
-Krüger.
-
-Las aguas azules, rizadas y espumeantes, parecen las de una inmensa
-bahía. La imaginación, olvidando las alturas del macizo país suizo,
-forja, al través de las montañas, invisibles y lejanos estrechos que
-ponen al Leman en comunicación con el Mediterráneo, del cual tiene el
-color de las aguas. Pequeños puertos frente á cada población del lago
-revelan en sus escolleras de peñascos la irritación de que es
-susceptible este poético lago cuando llega el invierno y las ráfagas
-que descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar
-encajonado, batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta é
-incesante. En estos puertos, el cisne majestuoso que parece haber
-presenciado las más remotas leyendas, y la barca de dobles velas igual á
-la de los tiempos de la independencia helvética, se rozan y mezclan con
-el yate de vapor de los millonarios y las canoas automóviles que
-revuelven las aguas con un hervor de tempestad.
-
-La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian á un lado, y enfrente
-Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior: risueños
-bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas por
-palacios destinados al hospedaje y orquestas malas á las puertas de los
-cafés, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los
-buques.
-
-Las diferencias entre ambos países, con ser de poca monta, resultan de
-gran interés.
-
-En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y elegantes, rodeadas de
-hombres que las siguen y las envuelven en las más respetuosas
-atenciones, como sagradas vestales. Son _cocottes_ que poseen el chic,
-ese espíritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qué consiste,
-santo _tabou_ que hace caer de rodillas á los salvajes de la imbecilidad
-elegante.
-
-En la orilla suiza se ven mujeres solas, de ademanes sueltos y aire
-decidido, que van de un lado á otro con la más tranquila audacia. Son
-señoras decentes, que pueden moverse con entera libertad, sin miedo á
-verse confundidas con una clase que no existe, ó caso de existir,
-excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad del ambiente
-protestante.
-
-Á un lado del lago campea el anuncio francés, gracioso y ligero; damas
-escotadas, con grandes sombreros y las piernas al aire, que pregonan las
-excelencias de un chocolate ó unos baños. En la ribera suiza, el cartel
-de macizos colores representa siempre una niña ordeñando una vaca, una
-osa dando el biberón á un osezno, ó un _chalet_ á cuya puerta bebe
-glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaños. La leche y el
-oso (animal amado de los suizos y símbolo de su país) son los dos
-principales elementos artísticos de este pueblo, que es siempre pesado y
-sólido cuando se propone _hacer_ imaginación.
-
-El lago Leman tiene en un extremo más cerrado y abrupto una joya
-histórica, un lugar de peregrinación, al que acuden todos los
-extranjeros.
-
-El castillo de Chillón vale tanto para los suizos como el recuerdo de
-Guillermo Tell. Hasta tiene sobre éste la ventaja de que, siendo muchos
-los que dudan de la existencia del héroe suizo, nadie puede dudar de la
-del castillo, pues ahí está, cuidadosamente conservado y restaurado,
-hundiendo sus cimientos en las aguas profundísimas del Leman y
-destacando sobre el verde de las montañas las caperuzas rojas de sus
-torres.
-
-Cada país ama lo que no tiene y se lo apropia inventándolo. El plácido
-montañés suizo, que vive en plena libertad, en el tranquilo equilibrio
-de una buena digestión, sin conocer brujas ni temer ánimas en pena, en
-medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su
-existencia con algo terrorífico y espeluznante.
-
-Así como España se esfuerza en demostrar que la Inquisición y las
-expulsiones de judíos y moriscos no fueron tan terribles como se ha
-dicho, y Francia arregla á su modo lo de San Bartolomé y las Dragonadas,
-y todos los países se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el
-buen suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chillón,
-especie de Bastilla helvética, con vistas al lago y las montañas, lo
-mismo que cualquier hotel de los alrededores, en los que se paga con
-generosidad principesca el honor de vivir alojado. La prisión de
-Bonivard, un patriota ginebrino, mártir igual ó inferior á los miles de
-miles de mártires que suman todas las patrias de este planeta, ha
-servido de punto de partida á los suizos para cargar al pobre y
-sonriente Chillón con toda clase de crímenes.
-
-Entráis en el castillo, confundidos en un rebaño de viajeros ingleses, y
-la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros, que da
-vueltas á una enorme llave introducida en uno de sus índices, os señala
-un hecho espeluznante á cada paso, con una voz monjil, como si estuviera
-cantando el domingo en la capilla de lo que llaman «religión nacional».
-
-Ve una viga y os dice al momento: «De aquí colgaban los duques de Saboya
-á sus enemigos.» Ante un montón de piedras: «Aquí dormían los condenados
-á muerte su último sueño.» En un cuartucho, sin otros muebles que unos
-cofres viejos: «Esta era la cámara de tormento donde despedazaban á los
-hombres.» Frente á una poterna que se abre sobre el lago: «Por aquí
-arrojaban los cadáveres de los condenados. Cien metros de fondo, señores
-míos.» En la cocina del castillo, su indignación patriótica, no sabiendo
-qué inventar, señala la chimenea, afirmando que en ella se asaban bueyes
-enteros, para que el buen auditorio se diga escandalizado: «¡Pero qué
-tíos tan brutos eran los duques de Saboya!...»
-
-Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones, en los llamados
-subterráneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra á raudales
-la luz, ó en las altas cámaras, con miradores por los que se ve el
-mágico espectáculo del lago, el castillo sonríe, hundidos sus pies en el
-azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los góticos
-ventanales, moviéndose al soplo de la brisa, como con un ademán
-negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes
-bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras,
-dándolas palpitaciones de vida, todo parece decir á gritos: «No la
-creáis; ¡mentira! ¡todo es mentira! Su oficio es dar una sensación
-emocionante á los viajeros, para que á la salida le suelten medio
-franco.»
-
-Lord Byron fué quien inmortalizó este castillo con sus versos «El
-prisionero de Chillón». El pobre Bonivard le debe la inmortalidad.
-
-Pero ¡ay! el ridículo mata las mayores sublimidades, y después que el
-poeta inglés grabó su nombre en una columna del _subterráneo_ de
-Chillón, otro artista ha pasado por él, «mezcla de bayadera y de
-pilluelo parisién», como dijo Zola, y poseedor de esa gracia grotesca
-que los hijos del Mediodía franceses comunican á cuanto tocan.
-
-Desde que á Alfonso Daudet se le ocurrió encerrar al desventurado y
-heroico Tartarín en el castillo de Chillón, se acabó su romántico
-encantamiento. ¡Adiós, pobre Bonivard! Es inútil que la guardiana
-salmodie con su voz de beata calvinista:
-
---En esta columna estuvo atado seis años Bonivard, héroe de la libertad
-de Ginebra.
-
-Por encima del organismo escuálido y haraposo, y de la cabeza de Cristo
-del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho y la fiera
-cabezota morena y barbuda del intrépido hijo de Tarascón, nieto
-ilegítimo de Don Quijote é incansable cazador de leones... y de gorras.
-
-
-
-
-VI
-
-Los osos de Berna
-
-
-Cuando llegan los extranjeros á la capital de la Confederación
-Helvética, su primer deseo es siempre el mismo.
-
---Lléveme usted á ver los osos--dicen al cochero ó al guía del hotel.
-
-Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso circular, semejante á
-una pequeña plaza de toros cuidadosamente enlosada, encuentran á los
-hijos favoritos de Berna, á los famosos osos, que figuran en el escudo
-nacional, sirven de adorno á los monumentos y se exhiben como motivo
-decorativo en las fachadas y salones de los edificios públicos.
-
-Numeroso gentío ocupa siempre la balaustrada del gran redondel, hablando
-de lejos á los pesados animales, excitándolos con gritos cariñosos,
-enviándoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En torno del
-foso hay una pequeña feria, con puestos en los que se venden vituallas
-para la bestia amada y tarjetas con los retratos de estos personajes
-populares. De vez en cuando uno de ellos se encarama por las ramas
-transversales de un viejo tronco plantado en el centro del redondel, y
-el gentío se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado animal.
-
-Los osos de Berna son ricos. Han heredado un sinnúmero de veces, pues
-ciertas solteronas patrióticas les legan al morir una parte de su
-fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados, como
-el pueblo suizo, del cual son á modo de un símbolo; y como si no les
-bastase la manutención que les da el municipio bernés, administrador de
-sus bienes, la admiración popular los acosa y abruma bajo un espeso
-aguacero de regalos.
-
-Ahora son seis nada más. Sentados sobre las patas traseras, ventrudos,
-enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran á lo alto, contestando
-con sonrientes colmillos al griterío de la fila circular de admiradores.
-Ahítos hasta la inmóvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria ó el pan
-untado con miel, que les viene directamente á la boca; pero si el
-donativo resbala ante sus colmillos y cae á sus pies, no hacen el menor
-esfuerzo por recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y
-dejan lo que cae para sus compañeros de foso, para los parásitos que les
-acompañan en su agradable cautiverio, centenares y tal vez miles de
-pájaros del inmediato parque, que saltan sobre las losas buscando
-migajas en los intersticios, ó picotean en el vientre y las patas de los
-enormes camaradas, animando su lanudo volumen con inquietos aleteos.
-
-Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aun balbucea el infantil
-lenguaje de la tradición, simboliza su carácter y su existencia en un
-animal. La Roma antigua, ávida y feroz, escogió á la loba; Francia tiene
-al gallo fanfarrón, arrogante y belicoso; los Estados del Norte ostentan
-águilas de pico rapaz y estómago insaciable; España es el león solemne
-hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flácidas melenas y
-la consunción de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del
-esqueleto; Suiza es el oso.
-
-El fundador de Berna, que según la tradición se dejó guiar por uno de
-estos animales, escogió, tal vez sin saberlo, la más exacta
-representación del carácter de sus conciudadanos.
-
-Es inútil repetir una vez más las glorias pacíficas de la República
-Helvética. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en la más
-pequeña aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la
-casa de correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; sólo
-se ven soldados en tiempo de grandes maniobras, cuando el gobierno
-federal convoca á las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran
-gendarmes; la policía es escasa en las calles; la suprema graduación en
-el ejército es la de coronel, y el que más sabe entre todos ellos toma
-el mando supremo; la gran mayoría de los suizos no conoce el nombre del
-presidente de la República, que sólo ejerce el cargo un año, y este
-presidente, que cobra poco más que uno de nuestros subsecretarios, sale
-en las mañanas de verano del magnífico palacio del Gobierno en Berna y
-va á tomar un vaso de cerveza en el café Federal, alegre tabernilla que
-está enfrente. En los _cabarets_ berneses se sienta uno al lado de un
-señor vestido descuidadamente, con sombrero de paja viejo, el chaleco
-abierto, la panza en libertad, mientras lee un periódico de apretados
-caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal ó un
-presidente de cantón venido á Berna para hablar mano á mano con los
-gobernantes centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere,
-con la tranquilidad de que le avisarán apenas estorbe ó perjudique á los
-otros, y de que su carácter pacífico, simple y disciplinado, le
-aconsejará obedecer, sin el más leve intento de protesta.
-
-¡Un país dichoso la Confederación Helvética! ¡La mejor de las
-repúblicas!... Realmente, la nacionalidad más apetecible del mundo es
-ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo.
-
-Yo creo firmemente que esta paz del país helvético, esta tranquilidad,
-este orden, es una condición de raza. Así como en la vida individual los
-seres más felices y satisfechos son los que piensan menos y sólo se
-inquietan de lo que toca directa é inmediatamente á sus apetitos y
-necesidades, en la vida de los pueblos los que alcanzan existencia más
-tranquila y ordenada son los que carecen de imaginación.
-
-El suizo sólo contempla lo presente. Su pensamiento, tardo, pesado y un
-tanto espeso, pero de paso seguro (las mismas condiciones del animal
-favorito), no va más allá de lo que le rodea. La vida pública se
-concentra para él en el municipio, ó cuando más en el cantón. Ni
-siquiera llega á preocuparse de lo que ocurre en Berna. Encuentra
-aceptable lo que le rodea, y esto basta para que no sienta deseos de
-novedad.
-
-Si de la noche á la mañana los suizos se convirtiesen en franceses, una
-parte de la población fijaría su entusiasmo en el coronel Tal ó Cual,
-viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte; se enardecería con el
-redoble de los tambores, creyendo que el ejército helvético estaba
-llamado á grandes glorias, y en odio á la variedad y el fraccionamiento,
-borraría cantones, unificando la nación como bajo un rasero, y
-convirtiendo á Berna en un París, depositario de toda la vida suiza.
-
-Que los suizos se convirtiesen en españoles, y antes de un mes los
-católicos de Friburgo, cantón que tiene más conventos y más frailes de
-todos colores que cualquiera ciudad nuestra, declararían deshonroso para
-su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida común con los cantones
-que son protestantes, y las plácidas montañas verdes se llenarían de
-partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios verdadero
-intentaría convencer á tiros á los herejes para que no persistiesen en
-el error.
-
-Que fuesen italianos todos los habitantes de la libre Helvecia, y sin
-perjuicio de atraer y desvalijar en sus hoteles á los extranjeros, los
-insultarían con su desprecio de pueblo escogido, llamándolos _barbari_.
-
-Pero los habitantes de Suiza son suizos, «están bien donde se
-encuentran», reconocen como muy aceptable su vida presente, y no piensan
-nada nuevo ni se sienten agitados por originales aspiraciones.
-
-Viendo de cerca á Suiza, hay que decir: «¡Benditos los pueblos que
-carecen de imaginación! ¡De ellos serán la tranquilidad y las virtudes
-vulgares!» La falta de individualidad permite mantener á los hombres en
-el goce de sus completas libertades, sin miedo á que abusen de ellas
-saliéndose del nivel común. La carencia de imaginación evita el peligro
-de que los más inquietos y audaces tiren impacientes de las riendas de
-la ley, turbando la marcha lenta, ordenada y mecánica de este pueblo,
-que por su carácter monótono ha hecho de la relojería un arte nacional.
-
-Todas sus aspiraciones hacia lo desconocido, lo inesperado y novelesco,
-se cifran en la servidumbre. En otro tiempo se vendían como soldados á
-los reyes de Europa, y los hijos de la libre Helvecia formaban los
-regimientos suizos, favoritos de las cortes, que se encargaban de
-acuchillar á los pueblos para que se mantuviesen por el miedo sometidos
-á los déspotas. Verdaderos mercenarios, pasaban del servicio de unos
-Estados á otros, y esto hacía que en los combates se batiesen sin
-entusiasmo, con ciertos miramientos, convencidos de que en las filas
-enemigas figuraban hermanos suyos igualmente á sueldo.
-
-Ahora se dedican á fondistas y cafeteros, y corren el mundo para servir
-platos ó bocks, lo mismo en California que en Australia ó el Cabo, pero
-siempre con el pensamiento fijo en las verdes montañas y los azules
-lagos, imágenes que les siguen en su peregrinación, sin que logren
-borrarlas nuevos espectáculos.
-
-Yo creo que ningún suizo sueña cuando duerme. Su obligación al cerrar
-los ojos es dormir: un ensueño sería un desorden inútil de la «loca de
-la casa», que no tiene aquí amigos ni adeptos.
-
-En Ginebra he comido todos los días en un modesto restaurant, donde
-entré casualmente al llegar á la ciudad. Una irresistible simpatía me
-atrajo á este establecimiento.
-
-El reloj, una soberbia pieza con la hora de París, la hora de la Europa
-Central y todas las horas del mundo, estaba siempre parado.
-
-¡Un reloj parado en Ginebra, la Salamanca del muelle real, la Sorbona de
-la rueda catalina!... ¡Un suizo á quien no importa saber qué hora es,
-ni se preocupa del buen orden de su vida!
-
-Me he ido de Ginebra sin conocer al dueño del restaurant, pero estoy
-convencido de que es un poeta que se pierde Suiza.
-
-
-
-
-VII
-
-El lago y el Concilio
-
-
-Escribo junto á una ventana, por cuyo amplio rectángulo se ve, en primer
-término, el follaje de los árboles y la saliente redondez de un pequeño
-torreón; más allá una superficie azul, tranquila y tersa, que se pierde
-hasta juntarse con el cielo, y en esta línea indecisa del horizonte, una
-bruma que no consiguen disipar los rayos del sol de la mañana, y en la
-que se dibujan vagamente obscuras siluetas, que tan pronto parecen nubes
-rastreras como altivos montes.
-
-La ventana es del _Insel Hôtel_, antiguo y famoso convento de dominicos,
-situado en una isla, entre soberbios jardines, y convertido por los
-artistas alemanes en uno de los más hermosos hoteles del mundo; la
-torrecilla es la prisión en la que vivió Juan Huss antes de ser
-conducido á la hoguera; la inmensa extensión azul, el tranquilo lago de
-Constanza, límite entre Suiza y Alemania, y los obscuros perfiles
-esfumados por la niebla, los lejanos Alpes del Tirol.
-
-Hace unas horas he abandonado la tranquila, burguesa y antipática
-Zurich, convertida, por las maniobras militares de verano, en una ciudad
-belicosa, con las calles llenas de suizos uniformados, arrastrando el
-sable; me he detenido en Schaffhouse para ver el _Rheinfall_, la
-prodigiosa caída del Rhin, dividiéndose en dos soberbias cascadas al
-chocar con una isleta saliente, que parece imposible pueda resistir el
-ímpetu de las espumas hirvientes y ruidosas, y después, saliéndome del
-camino que habitualmente siguen los viajeros, he venido á la tranquila
-ciudad de Constanza, penetrando en los dominios del gran duque de Baden.
-
-Suiza acaba en la misma estación de Constanza. Para seguir el viaje á
-Munich hay que volver al territorio helvético, embarcarse en Romanzhon y
-atravesar el lago hasta Lindan, entrando de nuevo en Alemania. Cuatro
-aduanas, con otros tantos registros de equipaje en el transcurso de unas
-cuantas horas.
-
-Constanza, antigua ciudad episcopal, venerable y plácida, fué libre
-durante muchos siglos. Los españoles la atacaron en el siglo XVI. Los
-austriacos la hicieron suya, matando la república protestante que se
-había organizado dentro de sus muros, y perteneció á los emperadores de
-Viena hasta 1806, en que entró á formar parte del gran ducado de Baden.
-Hoy es un resto de aquella Alemania anterior á los triunfos militares,
-pacífica, alegre y poética, con sus costumbres patriarcales y su
-tranquila libertad. Se ven pocos soldados en su recinto. Las calles
-venerables, con edificios de puntiagudos techos y puertas blasonadas,
-resuenan de tarde en tarde bajo los pasos de los transeuntes. En los
-muelles, limpios y sombreados por los tilos, pasean las muchachas de
-trenzas rubias, brazos sonrosados y ojos de un azul clarísimo. Á las
-puertas de las cervecerías, bajo la frondosa parra, apuran lentamente
-los ciudadanos el jarro de barro blanco chorreante de espuma.
-
-Es una ciudad vieja, en la que la vida se desliza sin sentir, falta de
-intensas alegrías, pero limpia de grandes dolores. Los ciudadanos de
-Constanza hacen recordar la plácida existencia de _El amigo Fritz_, y es
-indudable que cuando sueñan bajo la parra, con el estómago lleno de
-cerveza, canta en sus cerebros la satisfacción de vivir, con una
-lentitud majestuosa, semejante á la del _Himno á la alegría_, de
-Beethoven. Es una de esas ciudades en las que se entra como en un lugar
-amigo que no se ha visto nunca, pero que evoca confusamente simpatías y
-familiaridades de una misteriosa existencia anterior. El viajero parte
-con pena, prometiéndose volver, y piensa en la felicidad de pasar en
-ella el resto de sus días, apartado del mundo, si las exigencias de la
-vida no le obligasen al movimiento, tirando de él hacia otro país.
-
-Sin embargo, esta ciudad de vida placentera debe su celebridad á un gran
-crimen. Este paisaje sonriente, este lago tranquilo y casi desierto, con
-gaviotas que rizan bajo el contacto de sus plumas las tranquilas aguas,
-y bandas de gorriones que caen sobre las barcas solitarias, han
-presenciado uno de los conflictos que trajo más revuelta á la humanidad
-y fué motivo de guerra y otros males.
-
-El _Múnster_, la gran Catedral gótica de Constanza, el _Kaufhaus_,
-caserón de los Museos históricos de la ciudad, las casas venerables de
-sus calles, y hasta el antiguo convento de dominicos, cuyas ruinas se
-han utilizado para el hotel en que vivo, todo recuerda la gran gloria y
-la gran vergüenza de la tranquila ciudad: el famoso Concilio que lleva
-su nombre y el suplicio de Juan Huss con su compañero Jerónimo de Praga.
-
-Cuatro años duró el tal Concilio. Nunca atravesó el cristianismo una
-crisis tan ruidosa y aguda. Tres papas tenía á un tiempo la Iglesia:
-uno, vagabundo por Cataluña, Aragón y Valencia, el testarudo español
-Luna; otro, en Italia; otro, en Alemania, y de continuar la anómala
-situación, los sumos pontífices iban á multiplicarse hasta el punto de
-que el Espíritu Santo, con toda su divina sapiencia, no podría bastarse
-para atender á la tarea de tan numerosas inspiraciones.
-
-De 1414 á 1418 duró la gran reunión de autoridades eclesiásticas y
-laicas, convocada en Constanza para poner remedio á tales males. El
-emperador Segismundo, primer soberano de la tierra en aquellos tiempos,
-y gran _métomentodo_ de la época (algo semejante al kaiser actual),
-presidía el Concilio, rodeado de toda la pompa de su majestad: guerreros
-bigotudos de Bohemia, rubios barones alemanes, feudatarios cubiertos de
-hierro, de la Europa Central. Frente á su trono, guardado por los cuatro
-grandes dignatarios, uno con la corona en un almohadón, otro con el
-cetro, el de más allá con la espada y el último con el globo de oro,
-símbolo de universal grandeza, alineábanse los cardenales, vestidos de
-rojo, con su perfil de pájaro sombreado por el ancho sombrero escarlata
-de pendiente borlaje; los prelados venidos de todas las naciones
-cristianas y los frailes multicolores, que leían horas y horas
-interminables rollos de pergamino ó peroraban en latín, con una facundia
-pesada, para sostener las pretensiones de sus respectivos partidos. Cada
-personaje llevaba detrás un séquito interminable. El emperador traía con
-él un verdadero ejército y todo cardenal arrastraba tras su cola roja un
-pequeño pueblo de familiares, pajes, cocineros y reposteros, caballos y
-acémilas. Los príncipes de la Iglesia, rivalizando en lujo, habían
-acudido á la cita seguidos de interminable mesnada, y la pequeña
-Constanza no sabía cómo contener y guardar todas las grandezas
-terrenales, llegadas á su seno para examinar y fallar el gran pleito
-surgido en el arreglo de la herencia de Cristo.
-
-Un vasto campamento rodeaba la ciudad. Miles de caballos agitaban por
-las mañanas las riberas del lago al bañarse en sus aguas; las barcas,
-cargadas de víveres y forraje, iban en interminable rosario de una
-orilla á otra; en las calles, repletas de gentío, sonaban todos los
-idiomas de Europa, y cada semana se veían llegar nuevas gentes de países
-lejanos: frailes de España, venidos á pie de convento en convento, para
-sostener las pretensiones de su pontífice; sacerdotes procedentes del
-fondo de la Bohemia ó de las lejanas riberas del Báltico, que parecían
-traer con ellos un olor de herejía y eran los precursores de la Reforma,
-á la que sólo le faltaba un siglo para nacer.
-
-Transcurría el tiempo, y el concilio no adelantaba en sus decisiones.
-Todo acuerdo exigía una información en lejanos países ó provocaba
-protestas, y mientras tanto, el pequeño mundo aglomerado en Constanza se
-aburría, sumiéndose en los mayores pecados por culpa del tedio. Los
-mercenarios del emperador correteaban á las muchachas en los
-bosquecillos inmediatos al lago; la cerveza y el vino del Rhin rodaban á
-torrentes; los santos cardenales cerraban bajo llave á los pajecillos
-italianos, para librarles de incurrir en pecado con gentes que no fuesen
-eclesiásticas, y para general distracción y derrota del diablo tentador,
-se organizaban procesiones ostentosas, amenizadas con la quema de algún
-que otro miserable judío.
-
-He visitado el _Kaufhaus_, enorme edificio, vecino al puertecillo
-actual, en el que se celebraron las sesiones del Concilio. Es un caserón
-de piedra, con las puertas negruzcas, de ojiva chata, rematadas por
-groseros relieves góticos. El último piso, de madera carcomida, está
-rematado por un techo de barraca, de ruda pendiente, igual al usado en
-todos los países donde abunda la nieve.
-
-Un día, el Concilio, reunido en el salón que ocupa todo el piso
-superior, vió comparecer á un sacerdote de gran barba rubia y ojos
-azules, vestido de raída sotana y cubriendo con un cuadrado bonete sus
-cabellos ensortijados. Era Juan Huss.
-
-Traía revuelta á Hungría con sus predicaciones. La muchedumbre marchaba
-tras sus pasos, y el sacerdote deteníase en los caminos, predicando al
-pie de los árboles sus nuevas doctrinas. La gran masa, ansiosa de
-rebelión, adoraba al profeta. El emperador Segismundo le había invitado
-á venir al Concilio, para explicar sus creencias, dándole un
-salvoconducto y empeñando su palabra imperial para convencerle de que su
-vida no corría peligro. La espada del Imperio velaba sobre él. Su
-existencia era sagrada.
-
-Al verle aparecer y escuchar su voz, corrió un estremecimiento por la
-santa asamblea, semejante al que agita á la jauría cuando huele la caza.
-
-Los hábitos negros y blancos de los dominicos palpitaron de emoción;
-las cabezas severas y duras de los frailes alemanes, intolerantes y
-rudos, y de los frailes españoles, sus discípulos y herederos,
-agitáronse con aullidos de muerte.
-
-El sacerdote bohemio se explicó tan claramente, que, á los pocos días,
-estaba preso, y para mayor seguridad, en el convento de los dominicos,
-en este torreón que puedo tocar con sólo extender el brazo fuera de mi
-ventana. El emperador se olvidó de él y de la palabra dada, ejemplo de
-villanía repugnante que no siguió Carlos V cuando un siglo después
-compareció Lutero ante la Dieta de Worms.
-
-La muchedumbre reunida en Constanza gozó al fin de una gran fiesta. Los
-padres del Concilio, que llevaban tanto tiempo sin hacer nada y se veían
-desobedecidos en sus acuerdos, pensaron satisfechos en que iban á hacer
-algo sonado.
-
-Una mañana, el prisionero del convento de la Isla fué sacado del
-torreoncillo, por cuyas estrechas ventanas contemplaba la extensión azul
-del lago buscando las montañas de su lejano país. Cruces en alto;
-blandones encendidos; largas filas de monjes encapuchados; un canto
-lúgubre, que contrasta con el piído de los pájaros y el susurro del lago
-al morir en la orilla. Como representantes del brazo secular, los
-barbudos _lansquenetes_, oliendo á cerveza, empujan al sacerdote, lo
-amarran, lo visten con una mitra y una túnica pintadas de diablos y
-serpientes y la procesión de muerte emprende el camino hacia el arrabal
-de Brülh, donde hoy se alza una roca cubierta de inscripciones en honor
-del mártir. Otra procesión igual surge en el camino conduciendo á
-Jerónimo de Praga, el fiel compañero y discípulo.
-
-La gloria de la cristiandad, lo más selecto é ilustre de la época, ocupa
-la llanura de Brülh. El emperador no ha osado contemplar su obra, pero
-allí están, junto al montón de leña seca, rematada por dos postes, los
-cardenales á caballo, con sus séquitos de príncipes; los nobles
-guerreros y las hermosas damas alemanas, rubias, blancas y pechonas,
-montadas en vistosas hacaneas y avanzando todo cuanto pueden para no
-perder nada del interesante espectáculo.
-
-¡Prodigios de la fe! El inmenso montón de leña ha sido traído
-voluntariamente pieza á pieza, por la piedad de los fieles, por el buen
-populacho, que desea la quema de estos dos hombres, á los que no conoce,
-pero cuya maldad le parece indudable.
-
-Empiezan á crepitar las llamas, asomando sus lenguas rojas entre los
-leños. Surge el humo de las ropas carnavalescas que cubren á los
-condenados como un último insulto.
-
-De pronto se abren las filas de soldados sonrientes, y sonríen también
-las hermosas damas, los príncipes eclesiásticos y los jinetes de
-luciente coraza.
-
-Una vieja, arrugada y casi ciega, miserable andrajo humano, avanza,
-encorvada bajo un pequeño haz de sarmientos. Viene de muy lejos, y teme
-haber llegado tarde para depositar su ofrenda, perdiendo la ocasión de
-hacerse grata á Dios. Al arrojar su haz en la hoguera, suspira
-satisfecha, como si librase su alma de un gran peso.
-
-Juan Huss también sonríe. Sus ojos azules, de dulce profeta,
-lagrimeantes por el humo, miran al cielo. Su barba rubia, que empieza á
-chamuscarse, muévese á impulsos de una admiración lastimera.
-
---_¡Oh sancta simplicitas!_--gime.
-
-Las últimas palabras del mártir fueron para la santa y eterna
-imbecilidad de los simples, que creen lo que les enseñan, odian lo que
-les señalan, y con la sencillez de la inconsciencia, matan ó persiguen,
-creyendo realizar una gran hazaña, á los que se preocuparon de su
-suerte, trabajando y sufriendo por ellos.
-
-
-
-
-VIII
-
-La Atenas germánica
-
-
-Munich es una de las capitales de Europa de fundación más moderna, y sin
-embargo, muy pocas le igualan en el aspecto, majestuosamente venerable.
-
-En el siglo XII, cuando eran viejas ya las grandes ciudades europeas,
-Munich se componía de un puente sobre el Isar, con algún caserío y un
-fuerte convento. _Forum ad Monachos_ la llamaban entonces, y de aquí su
-nombre actual, München (Monje), y el fraile que figura en su escudo de
-armas, y los pequeños y graciosos encapuchados que se ven en todas
-partes como símbolos de la ciudad, en los escaparates de juguetes, en
-los adornos de las esquinas, en los toneles de cerveza y en las jarras
-de las _braserías_.
-
-Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de
-que rodea á las artes, es la Atenas germánica. No significa esto que sus
-habitantes, morenos, católicos, habladores y ruidosos, que hacen de la
-Baviera una especie de Andalucía alemana, formen una democracia
-intelectual y refinada como la ateniense. Aquí los verdaderos artistas
-han sido los príncipes--simpáticos desequilibrados que se entregaron al
-culto de la Belleza con un fervor rayano en la manía--, y el buen
-pueblo, obedeciéndoles con ciega disciplina germánica, les siguió en sus
-deseos.
-
-La pintura, la poesía y la música han sido las grandes manifestaciones
-de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como dioses tutelares, á
-los célebres artistas protegidos por los reyes. Wágner figura en todos
-los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras
-de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos
-como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas,
-acompañando á monarcas y príncipes de la casa bávara, cuyos hechos
-fueron superiores á los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach
-se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de
-Cornelius, Kieuze y todos los demás pintores y escultores que desde los
-tiempos de Luis I á los del infortunado Luis II (el Lohengrin coronado),
-contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la ciudad.
-
-Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros
-monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera
-trabajaron sin descanso. Su manía de embellecimiento no les dejaba
-dormir. El demonio de la construcción turbaba sus días con nuevas
-sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se
-presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas
-alemanes, que no habían nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta
-á intervenir en la vida política y aconsejar á los soberanos. Un músico
-silbado en París, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba á
-ser á modo de un virrey, derrochando la fortuna pública en la erección
-de extraños teatros y organizando misteriosas representaciones que sólo
-presenciaba el monarca. Éste era casi un actor, bajo las órdenes de su
-amigo Wágner, imperioso artista contra el cual gruñía el pueblo, próximo
-á sublevarse como años antes se alzó contra Lola Montes. El entusiasmo
-dilapilador del abuelo por la bailarina española, reina bávara de la
-_mano izquierda_, lo sintió el nieto por el autor de _El anillo del
-Nibelungo_. No existe más diferencia entre ambas pasiones que el amor
-físico regaló joyas y dejó como única huella un gran escándalo
-histórico, mientras el amor intelectual creó teatros y monumentos,
-haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra época.
-
-Cuando Wágner, olvidado momentáneamente de la música, se dedicó á
-filosofar, é hizo una confesión de creencias, dijo que sus dos dioses
-eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una
-religión, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y
-confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoración de la
-soberbia belleza.
-
-Cristo y Apolo fueron también los dioses de los soberanos bávaros, y
-todavía imperan juntos, partiéndose equitativamente el dominio de este
-pueblo.
-
-Munich, capital de la Alemania católica, tiene unos veinte templos que
-son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las
-iglesias españolas, así como el exterior es puramente italiano. Al lado
-de estos monumentos de Cristo, álzanse majestuosos, con la autoridad de
-un origen más antiguo, las innumerables obras de los monarcas bávaros á
-la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua
-y la Pinacotheca nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la
-Gloria con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de «La Libertad
-iluminando al mundo», de Nueva York; el palacio de la Residencia; los
-varios teatros griegos con sus frontones, en los que danzan las Musas al
-son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que brilla
-discretamente el mármol ambarino de las estatuas clásicas, y se exhiben
-fragmentos de templos traídos de Egina y otros lugares helénicos. La
-columnata dórica alínea su bosque de piedra en las fachadas de los
-palacios ó encierra en su armónico cuadrilátero jardines, grandes como
-bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus pequeños cuadros de
-figuras negras ó polícromas, cubre muros interminables, cortado á
-trechos por las manchas blancas de bustos y cariátides.
-
-Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un
-siglo. Sus buenos súbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir
-años y años entre andamios, tragando yeso y oyendo á todas horas el
-choque del martillo sobre la piedra. La manía constructora de los reyes
-debió constituir su gloria y su suplicio.
-
-El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden, en
-pocos años, ejecución admirable, pero sin la originalidad y la noble
-armonía que es producto de los siglos. Se ve que todo está hecho de una
-sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas
-capas de sucesiva formación que va secretando el paso de las
-generaciones.
-
-El aspecto monumental de Munich--una vez desvanecida la primera
-impresión de asombro por lo grandioso de la obra--causa igual efecto que
-esas sinfonías cuyos motivos agrandan ó conmueven, al mismo tiempo que
-la memoria se estremece con la sensación de haber oído antes los mismos
-sonidos.
-
---Esto no es nuevo--se dice el viajero al contemplar la ciudad--. Todo
-me parece haberlo visto en otras partes.
-
-Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en
-esto consiste su mérito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones
-sabias de las obras que han llegado hasta nosotros, mutiladas é
-indecisas. Pero ¿y los otros monumentos?
-
-Á los pocos días de estar en Munich, van surgiendo en la memoria
-imágenes del pasado, recuerdos de viajes por otros países. El aire de
-familia se marca cada vez más en las cosas, como en esos rostros que nos
-parecen extraños al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos.
-Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el
-palacio Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales
-es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mástiles
-enormes, ante la Residencia, son hijos de los mástiles de la República
-en Venecia, y así todo.
-
-Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento,
-animándolo con el reflejo de sus plumas metálicas, son palomos
-«traducidos del italiano», que no pueden menos de saludar como
-venerables abuelos á los que contemplan el Adriático desde los aleros de
-mármol de la plaza de San Marcos ó saltan en la columnata florentina
-junto al Arno.
-
-Munich no tiene de original más que dos cosas: la cerveza y la música.
-
-Las famosas _braserías_ de estilo germánico, con sus frontones agudos,
-rematados por complicadas veletas, y sus fachadas de pesados balconajes
-y torrecillas salientes, valen más que todos los templos griegos que
-llenan las plazas de Munich.
-
-De la música ya hablaremos. La capital bávara está celebrando, en estos
-momentos, el Festival Wágner. Por las tardes la muchedumbre se agolpa á
-ambos lados de la enorme avenida del Príncipe Regente, para presenciar
-el paso de los que van á escuchar _El anillo del Nibelungo_, lo mismo
-que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcalá en un día
-de toros.
-
-Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las
-glorias artísticas de la ciudad va restringiéndose hasta el punto de que
-sólo queda erguida una sola admiración: Wágner y su obra.
-
-¡Pobre Atenas germánica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son
-notables reproducciones del arte griego: la sabiduría artística luce en
-ellos, pero son fríos y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin
-atenienses y sin el cielo de la Ática. En verano, el espacio se muestra
-azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germánico, duro y cruel
-en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron
-en la tibia atmósfera del archipiélago, favorable á la desnudez.
-
-El mármol en el país del sol se dora en el curso de los siglos, tomando
-el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aquí, en unos cuantos
-años, se ennegrece, con una opacidad antipática de ceniza de carbón.
-
-Los dioses olímpicos, los héroes coronados de laurel y ligeros de ropa,
-parecen temblar en pleno verano, recordando los largos meses de frío. El
-rojo griego del interior de las columnatas se destiñe con las lluvias.
-Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco.
-
-Sí; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por cerveza.
-
-
-
-
-IX
-
-El Festival Wágner
-
-
-Un periódico satírico de Munich publicaba hace cuarenta años una
-caricatura de Wágner, saliendo del hermoso palacete en que le tenía
-alojado el rey Luis II de Baviera.
-
---Voy al teatro--decía el gran maestro--y de paso entraré en palacio á
-dar un golpe á la caja del amigo Luis.
-
-Nunca se ha conocido una protección tan generosa como la que el monarca
-bávaro dispensó á Wágner. La prodigalidad de Luis II tomó el carácter de
-una locura. Este _rey virgen_, que creaba en su palacio de la Residencia
-una galería de bellezas célebres, y sin embargo, prohibía que asistiesen
-damas á las fiestas íntimas de su corte, fué un Nerón, pero Nerón
-tranquilo, que construyó en vez de quemar, y semejante al déspota de
-Roma, puso sus amores musicales y poéticos por encima del orgullo de su
-majestad.
-
-Sus caprichos y aficiones costaron muy caros á Baviera, y sin embargo,
-el pueblo le recuerda y le respeta. Fué un monarca que, en fuerza de
-excentricidades, prestó un gran servicio al arte, logrando al mismo
-tiempo que la atención del mundo entero se fijase en Baviera.
-
-Por él vienen todos los años aquí, en artística peregrinación, los
-intelectuales de remotos países. Su retrato está en todas partes.
-Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. También
-la tumba de Nerón, veinte años después del suicidio del imperial
-cantante, aparecía muchas mañanas cubierta de rosas, ofrenda del popular
-recuerdo.
-
-Famosa época la de la amistad de Luis II y Wágner. El monarca, llena la
-mente de los dioses germánicos y de los héroes cuyas hazañas ponía su
-amigo en rotundos versos, acompañándolos de prodigiosa orquestación,
-apartábase cada vez más de la existencia real, viviendo como un
-sonámbulo, en medio de legendarios ensueños. Odiaba el traje moderno y
-hasta sus uniformes á la prusiana, por parecerle vulgares y
-antiartísticos. Los cortesanos ocultaban su turbación al verse recibidos
-por él, vestido como un gran señor del Renacimiento. Las verdes aguas
-del lago Stanberg cruzábalas en barcas doradas, con ninfas y quimeras en
-la proa, y grandes paños de escarlata arrastrando sobre la estela.
-Durante las noches de invierno, corría los campos de nieve, en veloces
-trineos con luces eléctricas, pasando entre resplandores como una
-aparición fantástica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa _Gruta
-Azul_ del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin,
-paseábase erguido sobre un esquife de nácar. Un día acabó este ensueño,
-ahogándose el simpático perturbado en una laguna del castillo de Bergi.
-
-El gran músico le había precedido algunos años en su salida del
-escenario mundanal; pero mucho antes de que Wágner muriese, ya había
-dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realización de los
-ensueños del maestro.
-
-Wágner ansiaba un teatro suyo, con arreglo á su genio inventivo y
-revolucionario, el cual no sólo realizó innovaciones en la música, sino
-en la escenografía y en la construcción. El coliseo de Bayreuth fué su
-obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro
-del Príncipe Regente, dedicándolo á la representación de las obras de
-Wágner. Hoy el _Prinz-Regenten-Theater_, de Munich, celebra todos los
-años un Festival Wágner que atrae á una muchedumbre cosmopolita, y
-triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su
-maquinaria escenográfica es muy superior á la de los tiempos de Wágner,
-que aun funciona en el primitivo teatro.
-
-Gentes de todos los países de Europa y de mucha parte de América, se
-encuentran en Munich, con motivo del Festival. Inútil describir lo que
-es este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce
-las innovaciones introducidas por Wágner en la representación de sus
-obras. La orquesta es subterránea é invisible, lo que llamaba el maestro
-«el abismo místico» de donde surgen las melodías como si viniesen de
-otro mundo, sin ver el espectador á los músicos, que sudan y gesticulan,
-y al director, que se mueve como un loco. El teatro está completamente á
-obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto,
-sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aquél
-termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectáculo; el
-programa marca las horas y minutos que se invertirán, tanto en el
-conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo á
-los toques de campana, hacen correr á los espectadores lo mismo que
-reclutas que temen faltar á la lista.
-
-Las representaciones del Festival Wágner empiezan á las cuatro de la
-tarde y acaban á las nueve y media de la noche. El último entreacto es
-de media hora, para que el público pueda cenar en los grandes comedores
-del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el público. Todos los
-asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco
-pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados á
-la familia real y á los potentados extranjeros, sólo se compone de
-butacas que se alínean en peldaños, subiendo desde la concha circular,
-que cubre el foso de la orquesta, hasta lo más alto de la sala. Todos
-ven el espectáculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin
-otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos
-griegos.
-
-¿Á qué hablar de _El anillo del Nibelungo_?... Wotan, Brunilda,
-Sigfrido, todos los dioses, los héroes, las beldades desventuradas, los
-gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en esta serie
-de óperas, con su fantástica Historia Natural de dragones que cantan,
-pájaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del
-público y no ofrecen ya novedad. La _Walkyria_ y el _Sigfrido_ los
-cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, ó tal vez un poco
-peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeño en cantar en
-este Festival, porque _da cartel_. Algunos proceden de Nueva York, y
-creo que hasta después de trabajar gratuitamente, dan dinero encima.
-
-Además, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del público,
-el artista puede atreverse á todo, sin ese miedo que inspiran los
-espectadores exigentes de Italia y España, los cuales llevan á la ópera
-algo del espíritu de la gente que asiste á una corrida de toros. Total,
-que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano,
-aparecen otros indignos de cantar en su compañía. Por fortuna, la
-orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atención en
-el juego escénico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar
-una gran parte de este público, híbrido en su aspecto exterior, y tan
-interesante casi como las obras de Wágner.
-
-La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de
-los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un público
-tan heterogéneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas
-alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los
-oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello,
-arrastrando el sable; los _herr_ germánicos llevan frac y se cubren la
-cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas gentes
-elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de
-falda corta; viajeros con su terno gris á grandes cuadros, los gemelos
-en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes
-católicos, con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de
-oir, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los órganos de sus
-catedrales; vírgenes de lacias faldas, con el exangüe rostro asomado
-entre dos caídos cortinajes de pelo; jóvenes melenudos, que estiran la
-afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata obscura;
-muchachas enfurruñadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas
-cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando oir un
-eco del lejano misterio por debajo de los pesados _portiers_, junto á
-las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta
-originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en
-vacaciones ó famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera
-gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos
-en ilustraciones extranjeras.
-
-Es un público de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser
-_alguien_. La mayoría está formada de artistas, de escritores, de gentes
-que gozan celebridad en sus países, pero que pasan inadvertidas en esta
-reunión universal, que sólo dura algunos días.
-
-Esta importancia del público que parece presentirse, como si flotase en
-el ambiente, obliga á una extremada sencillez á los grandes de la
-tierra.
-
-Yo me he codeado, del modo más irreverente, al pasear por las galerías,
-con una señora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco más
-allá dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al verla una
-rodilla en tierra, con esa sumisión germánica, al lado de la cual el
-cortesanismo español resulta de costumbres democráticas.
-
---¡Alteza! ¡Alteza!...
-
-Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santísimo Sacramento.
-Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del emperador de Austria. Y
-de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por su modestia,
-encontré en los pasillos á otras altezas, cuyo nombre no necesité
-preguntar por serme sus caras bien conocidas.
-
-Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del público sale en
-silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos.
-
---¡Sublime! ¡Inmenso!
-
-Casi siempre son españoles, italianos ó franceses los que gritan
-entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que gritando
-intentan convencerse á sí mismos.
-
-Han oído hablar del Festival Wágner como de algo extraordinariamente
-misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo en lo
-sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su
-viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose
-que, aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada
-nuevo han visto.
-
-
-
-
-X
-
-El "Mozarteum"
-
-
-Al ir de Munich á Viena, la primera población que se encuentra, pasada
-la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno
-de los lugares más hermosos de la vieja Alemania.
-
-Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida
-por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que el Congreso de
-Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo el mapa
-de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas
-del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese
-por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su
-edificación roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje.
-Una catedral gótica recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un
-castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas más hermosos del mundo.
-
-Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigüedad. Á pesar de
-las glorias históricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus
-paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico Teofrasto
-Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la
-antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación
-y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el
-castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del
-paseo. Un niño nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una
-celebridad universal é imperecedera á la pequeña población alemana.
-
-El príncipe-arzobispo de dicha época, amante de la música, como todos
-los señores alemanes, tenía á su servicio un maestro de capilla, pagado
-miserablemente y abrumado por un continuo trabajo.
-
-Este pobre músico ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de
-Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de túnel y sus
-galerías, dando acceso á innumerables puertas. Un día el necesitado
-maestro vió aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le
-pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su
-padre, llamado Leopoldo Mozart.
-
-Los vecinos del viejo caserón vivían en continuo concierto. Por las
-tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral ó en el palacio
-del arzobispo, los músicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como
-el maestro, reuníanse en la casa de éste. No tenían dinero para ir á la
-cervecería, y se juntaban trayendo sus instrumentos, para deleitarse
-mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras
-de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del señor. Llegaban con
-sus raídas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas de un blanco
-rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se
-agrupaban ávidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con
-un voluminoso cuaderno en la mano, última novedad musical enviada por el
-_kapells-meister_ de algún otro principillo alemán.
-
-Sentábase al piano el maestro, gemían los violines, roncaba el
-contrabajo, extendía el violoncello la caricia aterciopelada de su
-varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegría pastoril, y la
-vieja casa parecía rejuvenecerse con esta alma melódica que corría por
-las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la
-hacendosa y dulce Ana María Pertlin, cosía con los ojos bajos y el oído
-atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto á su padre, seguía con
-admiración el desarrollo de la música; el pequeño Amadeo, á gatas por la
-habitación, interrumpía con sus balbuceos el sonido de los instrumentos.
-Cuando apenas sabía hablar se quejó amargamente viendo que llegaba un
-amigo de sus padres con las manos vacías.
-
---¡Hoy no traes tu violín de manteca!--exclamó con acento de decepción.
-
-La manteca era para el pequeño salzburgués lo más fino y más dulce del
-mundo.
-
-No sabía aún modular palabras con su boca y hacía ya hablar al piano;
-los signos del solfeo los aprendió antes que los caracteres del
-alfabeto. Mariana dominaba la música lo mismo que él. En Salzburgo,
-todos se hacían cruces del niño prodigioso, que á los seis años tocaba
-el piano como un concertista. El mismo príncipe-arzobispo se dignó
-llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de
-capilla, pero sin ocurrírsele aumentar el sueldo de éste en unas cuantas
-_coronas_.
-
-Las necesidades de la vida impulsan de pronto á Leopoldo á una
-resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una avidez de
-empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la
-madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula
-y graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca
-peluca de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su
-padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones
-penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas ó en palacios de
-potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y
-otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la
-entrada. En la corte de Viena, le tratan como un príncipe y juega con
-la archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles
-le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de
-Luis XV. En Italia, la muchedumbre fanática de Nápoles, asombrada de su
-precocidad, cree que el músico niño ha hecho pacto con el diablo y le
-obliga á tocar quitándose una pequeña sortija que lleva, á la que
-atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone una ópera á
-los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el público le
-saca en hombros, gritando: _¡Eviva il maestrino!_
-
-Muere el padre; la hermana, simple compañera de ejecución musical,
-vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la
-obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando
-pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de
-luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos
-italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le
-aconseja pedantescamente que imite al primer músico de la época, el hoy
-olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por
-unos cuantos florines, cada vez que un gran señor da un baile en su
-palacio. Los rivales abusan de su carácter bondadoso y dulce, acosándolo
-con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre
-la nube de músicos y poetas de todos los países, caída sobre Viena por
-la atracción que ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra
-pocos amigos. Su dulce debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el
-español Vicente Martín, un músico procedente de Valencia, autor de
-óperas olvidadas y que figura en la historia de la música como inventor
-del vals. También son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y
-licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena
-embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas
-y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.
-
-Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del público, pero no le
-dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos Martín y
-Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la boda,
-y le encuentran bailando con la mujer.
-
---Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos
-así--dice el maestro sonriendo.
-
-Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que
-hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época.
-
-En Praga, con el estreno de _Don Juan_, empieza para él la celebridad.
-Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le
-piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas
-ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce
-igualmente la muerte siguiendo sus pasos.
-
-Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la
-vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro,
-le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.
-
-Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á
-Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que
-acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es
-la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á
-escribir la famosa _Misa de Requiem_ convencido de que se estrenará en
-sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de
-que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el
-temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando
-sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba
-extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y
-con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor.
-
-Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas
-partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los
-ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas
-antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cortó con un gemido.
-
---¡No, no puedo más!
-
-Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las
-lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al
-fin, podía dar expansión á su dolor.
-
-Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba
-sobre Viena un verdadero diluvio.
-
-Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena,
-algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería,
-agradecida á Mozart por su _Cantata de los fracmasones_, que aun se toca
-en muchas logias.
-
-El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El
-agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de
-hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los
-arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse
-cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles
-interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo,
-diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un
-día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores
-habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las
-afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un
-paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un
-coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.
-
-Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el
-cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había
-presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni
-pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un
-solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo
-del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto
-que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.
-
-La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro
-de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El
-_Mozarteum_ contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y
-pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro:
-instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura
-un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el
-conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran
-la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.
-
-Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal
-vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en
-el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del
-_Don Juan_.
-
-
-
-
-XI
-
-Viena la elegante
-
-
-Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses,
-bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes:
-aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á
-guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una
-pluma ó un grupo de flores silvestres.
-
-Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída
-sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas
-de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania
-siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses,
-únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la
-invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.
-
-La _tirolesa_, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus
-trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas.
-En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente á la
-estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los
-tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y
-gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas
-versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas
-de nieve.
-
-La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando
-se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes
-compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café
-que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En
-Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los
-violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el
-_Fausto_. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y
-elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos
-públicos.
-
-El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal.
-Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier
-otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena
-el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles,
-hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para
-recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de
-un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola
-desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de
-dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con
-artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de
-música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de
-ópera.
-
-En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del
-pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas
-orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas
-venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los
-abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles,
-abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos
-_tedescos_ manejaban como ángeles sus instrumentos.
-
-Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que
-todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio
-Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía
-_minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y
-Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos
-aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y
-fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el
-famoso Congreso de 1815.
-
-Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora,
-resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas
-del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el
-vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo
-el mundo piden el último tipo de elegancia. _Modelo de Viena_, dicen en
-los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.
-
-Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una
-sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la
-comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que
-atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como
-institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de
-desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad,
-raramente usan corsé.
-
-Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer
-momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente
-de España ó de Italia.
-
-Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á
-las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La
-española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de
-Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de
-Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son
-superiores por la variedad y el número.
-
-Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y _europea_.
-Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de
-aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido
-depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por
-dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena.
-Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio
-austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y
-costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros
-obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han
-producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra
-ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el
-supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en
-las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los _tzíganos_
-ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_
-que vagan por Europa.
-
-Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su
-color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una
-gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es
-devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y
-elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas
-del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece
-caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.
-
-El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se
-reflejan en el teatro y la novela.
-
-El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan
-imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.
-
-En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de
-Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién
-salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables.
-Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las
-láminas de un periódico de modas.
-
-Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la
-inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo,
-Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige
-grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...
-
-La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde
-había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por
-Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas
-suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman.
-
---Viena...--decía con indignación--. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El
-lugar más corrompido de la tierra!...
-
-Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de
-Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón
-imperial, con todas sus decepciones y protestas.
-
-En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean
-en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una
-estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos
-húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre
-paseo, en el _Wurst el Prater_ ó «Prater del Polichinela», el buen
-pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza,
-esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por
-encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien
-iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española.
-
-
-
-
-XII
-
-El subterráneo de los emperadores
-
-
-El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus
-brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo
-que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace
-comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón
-Imperial. Estoy en la sacristía del _Capuzinekirche_, templo en cuya
-cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.
-
---El caso es que mañana no podré volver--digo yo por contestar algo al
-fraile.
-
---¿Es usted francés?--balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que
-sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la
-Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme.
-
---No señor; soy español.
-
-Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura
-acariciadora.
-
---¡Ah, español!...
-
-Puede correrse Europa entera sin que la condición de español despierte
-en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga curiosidad que
-inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza con un
-fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad
-española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si
-España fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce
-tribus depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que
-alabar al Señor y engullirse el maná caído del cielo.
-
---¡Español! ¡español!--repite en su francés balbuciente el hermoso
-capuchino.
-
-Y después de descolgar una llave, me invita con bondadosa protección á
-seguirle por los corredores que conducen al Panteón Imperial. Siendo
-español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme.
-
-De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si
-hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:
-
---La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y á su madre, la
-señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los capuchinos.
-
-Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para comunicarme sus
-impresiones.
-
---Yo he estado en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San
-Sebastián para ver á la reina. Me regaló un pequeño Cristo muy
-milagroso: el Cristo de... de...
-
-Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo
-recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome con ojos suplicantes
-para que eche una mano á su memoria.
-
---No sé--murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia--. ¡Hay
-tantos allá!... ¡Tantos!...
-
-El también adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota
-visión.
-
---¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero tan lejos!
-
-Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos por una escalera,
-recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos blancos. Al final
-de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris
-de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas;
-dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del
-imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento
-cuarenta, con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar,
-lo mismo que los bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo
-de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este
-es el último asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han
-reinado sobre media Europa y dado reinas á la otra media.
-
-El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la tumba de María Teresa,
-hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de
-Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han venido á
-sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener
-mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc,
-pudriéndose en su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra,
-que limpia y consume al envolvernos en su caricia.
-
-La dinastía imperial de Austria, como si pretendiese vencer á la muerte,
-se resiste á desaparecer en las entrañas del suelo, y está como de
-cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á su imperio,
-que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día
-vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un
-cuerpo muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de
-nuevas vidas.
-
-Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la muerte, con sus
-cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente
-trágico.
-
-Una implacable maldición parece gravitar sobre esta familia
-todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las reinantes.
-Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.
-
-La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma sus mejores Estados
-espirituales, á no ser por la casa de Austria. Los reyes de España,
-después de largas guerras, sólo pudieron conservar fiel al Papado la
-católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable
-de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Años,
-mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados.
-
-Este buen servicio á la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austriaco
-con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejércitos, con ser
-muy valientes, parecen sin otra misión en la historia que la de ser
-vencidos por franceses, alemanes é italianos. Sus monarcas han sido
-objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les
-distinguiese con especial antipatía.
-
-La cripta de los Capuchinos recuerda los subterráneos de las
-terroríficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una
-tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un
-siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las más tristes
-historias.
-
-Dos féretros de plomo, cubiertos de coronas, rasgan, con la brillantez
-de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas, la penumbra gris
-del subterráneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz
-Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba
-por el mundo de riguroso incógnito, como una viajera cualquiera. Nadie
-la conocía; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz;
-transcurrían años sin que volviese á sus dominios; pero sin embargo, la
-fatalidad, que respeta á los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de
-su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta
-viajera, vestida de negro.
-
-En la otra caja está su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los más
-grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba,
-como un protagonista de «Crónica de sucesos», dejando, al abandonar el
-mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputación ó
-un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.
-
-Unos ataúdes, sin adorno, oxidados por los años, encierran los dos
-últimos pensamientos de Napoleón. En uno está María Luisa, graciosa y
-casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos,
-entregada cobardemente por su padre á un sublime advenedizo, ansioso de
-ennoblecerse históricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo
-y acreditado centro de exportación de reinas. Ser esposa amada de un
-Napoleón, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la
-hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras,
-abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos
-vulgares y muriendo en un ridículo principadillo italiano... ¡qué final
-puede hallarse más triste!
-
-Junto á ella duerme el _rey de Roma_, el _Aiglon_, el joven paliducho,
-soñador y vacilante, que Napoleón dió al mundo, como esas ramas faltas
-de savia que echan los árboles gigantescos cansados de producir. La
-sangre de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la
-dinastía austriaca. Sus ojos, al abrirse á la luz, vieron en torno de
-él, como servidores, á los hombres más poderosos de la época: brazos que
-conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el imperio de
-Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del
-mundo sentían rodar lágrimas por los canos mostachos al contemplar su
-retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo, cuando le
-sorprendió la muerte en las habitaciones de Schoenbrunn (un palacio en
-el que se instaló su padre como conquistador y que habitó él como nieto
-pobre, portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y
-la sangre rancia sólo dejó como recuerdo de su paso por el mundo un
-melancólico vals. La última vez que le vió el pueblo de Viena fué
-mandando un piquete en el entierro de un general obscuro. ¡El hijo de
-Napoleón escoltando el cadáver de un militar sin nombre, que más de una
-vez habría corrido ante su padre!...
-
-Un ataúd aislado, junto á una pilastra, guarda otra tragedia. El nombre
-de _Queratarus_, que figura en la inscripción latina de la tapa, hace
-surgir el recuerdo de Méjico y la fantástica tentativa de un imperio
-americano, derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja
-está Maximiliano I y último de Méjico, que llevó al otro lado de los
-mares el destino fatídico de su familia.
-
-El pensamiento abandona el fúnebre subterráneo para esparcirse por el
-mundo, y abarca á los innumerables archiduques errantes sobre la tierra,
-como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que
-equivalen á una maldición, y olvidar un apellido famoso, que parece
-atraer la muerte ó la locura. El fantástico Juan Ort desaparece como un
-héroe de novela en la punta más avanzada de la América meridional; otro
-archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterráneo; otro
-reniega de su apellido para ser capitán mercante; otro más se casa con
-una cómica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La
-desesperación ó la locura guían los pasos de estos descendientes de la
-más católica y rígida de las monarquías.
-
-La familia se deshace. ¡Quién sabe la suerte de su vasto imperio, simple
-expresión geográfica, sin cohesión de razas ni de espíritu, que
-lógicamente debe fraccionarse, dando vida á organismos más homogéneos!
-
-La densa humedad del subterráneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores
-de corrupción y moho, me hace ansiar la vuelta á la luz y al aire libre.
-
-Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontáneamente me
-indica qué templo debo escoger para oir misa.
-
---Cuando usted vuelva á España--añade con tono insinuante--, si ve usted
-á la reina...
-
---¡Gracias! No la conozco, no la trato...--digo modestamente, ante su
-mirada de asombro.
-
-Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto
-concepto que tiene de los españoles (¡los primeros de los católicos!),
-le alargo una peseta austriaca.
-
-
-
-
-XIII
-
-¡Hermoso Danubio azul!...
-
-
-De Viena á Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas
-por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomoción no ofrece duda
-para los más de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqué á las siete de
-la mañana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adiós á
-Viena, envuelta todavía en las neblinas del amanecer.
-
-_¡Hermoso Danubio azul!_... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es
-una exageración patriótica del músico Strauss, pues yo no lo he visto de
-tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente
-construcción, ni en las revueltas de su curso, que forma más de cien
-islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con
-altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de
-los montes Karpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al
-reflejo del acero pulido.
-
-Pero hermoso sí que lo es el célebre río, de una belleza majestuosa,
-imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de
-violín dedicados á su gloria.
-
-Cerca del puente del Brünn transbordamos á un vapor grande, y empieza la
-navegación río abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente
-veloz que acelera su marcha.
-
-¡Famoso viaje! Sobre la cubierta agrúpase una multitud pintoresca y
-abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del imperio
-austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pañuelo
-sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid
-cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de
-farol y faldellín corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor
-descuido deja ver la carne sonrosada y maciza más allá de las medias
-atadas bajo las rodillas; campesinos húngaros de fiero bigote y
-encintado sombrerillo, moviendo al andar los pantalones blancos de
-campana y la blusa ceñida por una faja multicolor; soldados azules con
-las piernas ajustadas en un _colant_ que les da aspecto de gimnastas, y
-mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y
-maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad
-regular de perros enormes, que se espeluznan y enseñan los dientes cada
-vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.
-
-El vapor danubiano es un arca de Noé por el amontonamiento de personas,
-animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente idioma, y sin embargo,
-de la proa á la popa no hay quien entienda una palabra de francés, ni
-menos de español. El capitán, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que
-existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua
-hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco,
-donde sólo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados
-puestos de frac sonríen estúpidamente, encogiendo los hombros, y hay que
-emplear con ellos el más universal de los _esperantos_, el idioma de la
-seña. En la cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de
-ópera, me habla con palabras extrañas, y yo contesto con la misma
-sonrisa de los mozos del comedor.
-
-El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un
-aspecto más majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le
-aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja,
-deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetación que
-espesos juncos, cañas y matorrales enmarañados. Es el terreno reservado
-á las crecidas del gran río, que éste invade durante el invierno. De vez
-en cuando, agítase la silvestre vegetación y surgen de ella, como
-espantados por los bramidos del buque, rebaños de toros blancos ó de
-color de canela, con los cuernos enormes, pero tímidos y mansos como
-vacas.
-
-Más allá de este Danubio en seco, los bosquecillos, de árboles delgados,
-pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos, de intenso
-cultivo, granjas en torno de las cuales agítanse hombres y mujeres
-vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la
-iglesia, como una pollada alrededor de la madre.
-
-El curso del río, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al
-través de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos
-kilómetros de longitud. Las orillas están próximas; se oyen los gritos
-de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un
-gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama
-Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son más que dos puñados de
-casitas, y sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran
-esculpidos en uno de los arcos de triunfo más grandes de la tierra, y
-han servido para bautizar grandes bulevares de París.
-
-Hace próximamente un siglo, un hombrecillo de levitón plomizo y pequeño
-tricornio, montado en una yegua blanca, encontró magníficos estos campos
-para hacer pelear, en condiciones ventajosas, á los miles de hombres que
-le seguían, contra otros miles de hombres que intentaban defender sus
-familias y sus medios de vida, ó sea lo que se llama la patria. Aquí
-ocurrieron las famosas batallas que aseguraron á Napoleón su dominio
-sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos sucesos
-_gloriosos_ que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra sobre una
-altura que tal vez sirvió de pedestal durante unas horas al gran
-conductor de pueblos. Un rebaño blanco rumia la hierba en el mismo suelo
-que conmovieron hace noventa y ocho años, con pataleos de rabia ó de
-agonía, numerosos rebaños de hombres. Brilla el acero de unas guadañas
-en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente
-sirve para el sustento de la vida y es producto de la corrupción de
-quince ó veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse.
-
-En las alturas inmediatas al río, van apareciendo, fuera del dédalo de
-islas, viejas iglesias góticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas
-fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las
-correrías de los turcos, y logró contener y esterilizar ante los muros
-de Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una
-invasión que hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina
-elévase una pirámide de tierra, de 19 metros, llamada el _Hütelberg_,
-que conmemora la expulsión definitiva de los otomanos. Su nombre
-proviene de que la tierra la llevaron los habitantes de los alrededores
-en sus sombreros (_hüte_).
-
-Al llegar á la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el
-territorio austriaco y empieza el de la autónoma Hungría, que tiene por
-rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la
-altivez de un pueblo de vieja historia.
-
-Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un
-nombre alemán y otro magyar.
-
-Presburgo, la segunda ciudad húngara, que un tiempo fué la capital, la
-llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se
-coronaban los reyes de Hungría, levanta por encima de los tejados una
-aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.
-
-Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente
-al vapor suena una alegre música. Es una orquesta de zíngaros, negros y
-melenudos, que saludan á los pasajeros, haciendo sonar sus instrumentos,
-al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonríen con una expresión
-inquietante, como si la música les inspirase proposiciones deshonestas.
-Son los violinistas de los cafés de París, los famosos _tzíganos_ de
-todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas
-rojas ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de
-andrajos y suciedad. No llegan á diez y parecen una orquesta enorme por
-el terreno que ocupan y la _autoridad_ con que tocan.
-
-En primera fila están los pequeños, abiertos en extensa guerrilla y casi
-ocultos tras el violín; mucho más lejos, los padres, y todos tocando la
-_cazarda_, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado
-atrás, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si
-fuesen á desmayarse á impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la
-actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastornó algo más que el
-seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay.
-
-Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la navegación adquiere una
-hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión de río enorme,
-con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte
-aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas
-de cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso _Tokay_, ó
-enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.
-
-Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae la tarde. El sol no
-es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre
-montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio, poblando
-de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las
-paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que
-parecen siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta,
-empieza á apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal
-afición á lo raro, que hace preferir los viajes difíciles siempre que
-sean extraordinarios y no los hagan los demás.
-
-Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la
-orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á surgir
-blancos grupos de caserío y torres puntiagudas.
-
-¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepción
-de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de venir por el
-Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest es
-sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista.
-No lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros.
-
-Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una
-cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera izquierda,
-Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las
-industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra,
-siendo como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.
-
-Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al río en una regular
-extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades.
-
-En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequeña
-mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo musulmán,
-blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que ostenta
-junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo.
-
-La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón
-turco, que sus compatriotas juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla
-al evacuar á Budapest. La obligación de conservar en buen estado la
-tumba del santo musulmán, figura en un artículo del Tratado de paz de
-Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el siglo XVII, y los austriacos
-respetan el antiguo compromiso.
-
-Esta huella de la dominación turca me hace recordar que estoy ya en las
-puertas del imperio de Oriente.
-
-
-
-
-XIV
-
-La ciudad de los magyares
-
-
-De noche parece Budapest una población de ensueño. La doble ciudad
-refleja en el Danubio--que tiene cerca de medio kilómetro de
-anchura--los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles de
-Pest, que es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente
-á Buda, enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de
-las colinas y sembrando las rocas de faros eléctricos, que brillan como
-lunas.
-
-Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles,
-borrando momentáneamente, con el remolino de su marcha, los temblones
-reflejos de las luces de los muelles.
-
-De los cafés, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta,
-llegan á intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines ó
-el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinas de la
-Galitzia austriaca ó de Transilvania, con trajes pintorescos, que
-recuerdan las invasiones turcas ó las guerras de María Teresa, van de
-restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de
-frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa,
-se muestra aquí y parece sonreir amigablemente con su purpúrea y redonda
-boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios suenan
-tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas
-de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen
-recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho
-pueblo.
-
-De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje
-tirado por caballos húngaros, incomparables animales que marchan siempre
-al trote largo, como si éste fuese su paso natural, y unen el vigor y la
-corpulencia á la esbelta ligereza del corcel árabe.
-
-Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio, moteado de
-luces, que envuelve á la doble ciudad, se muestra ésta monumental y
-grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del
-Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de
-enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En
-el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el
-Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los
-principales monumentos de su vida política. Sobre la ondulada cresta,
-cubierta de profundas manchas de jardinería, está el San Matías, templo
-del siglo XV, fortificado como un castillo. Á sus naves tuvo que venir
-á coronarse, como rey de Hungría, el actual emperador de Austria, entre
-las corvas cimitarras de los señores magyares, vestidos con el dolmán
-tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y
-ondulando sobre su gorro de húsar el blanco penacho sujeto con un joyel.
-
-Al lado de San Matías extiende sus innumerables cuerpos arquitectónicos
-el _Királyi palota_, palacio real, en el que no ha vivido ningún rey
-desde hace más de un siglo, pero que no por esto respetan menos los
-húngaros como un símbolo de su relativa independencia. Ochocientas
-sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó á construir María
-Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles
-modernísimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad
-de mansión vacía, tiene algo de tumba; pero los húngaros lo adoran,
-viendo en él una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar
-que se alza en el corazón de Viena.
-
-El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de
-los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magyares, que en el campo
-llevan aún una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la
-hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y
-cuando quieren obsequiar á un compatriota ilustre, pianista ó poeta, le
-regalan... _un sable de honor_, hablan de la Academia de Budapest con el
-respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara
-es una institución particular, fundada hace años por el conde Szechenyi,
-quien la instaló en lujoso palacio y la legó un excelente museo.
-
-Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según los estatutos que
-dictó su fundador, al estudio de la historia y la lengua húngaras, y al
-de todas las ciencias, menos la Teología. Su biblioteca la forman medio
-millón de volúmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los
-cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela española,
-figurando á la cabeza cinco de Murillo.
-
-Pero de todos los edificios públicos, el que más entusiasma á los
-magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos húngaros
-revolucionarios que en 1848 fundaron la República, presidida por Kosuth,
-ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla,
-vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo
-sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el
-Parlamento, el _Uj Orszaghaz_, como en un lugar de combate, donde dan
-expansión á sus resentimientos históricos.
-
-El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que
-atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última manifestación,
-por el momento, de su antigua rebeldía.
-
-Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza.
-Examinado más despacio, parece un disparate arquitectónico, una
-fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras
-que para nada sirven. El deseo de los húngaros fué poseer un Parlamento
-más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su
-inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones
-políticas, y construyeron como gigantes.
-
-El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula
-central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de
-coronas.
-
-El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con
-San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior
-tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.
-
---Esto se parece á la Alhambra--afirman con irresistible convicción los
-húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del
-palacio árabe más que alguna tarjeta postal.
-
-Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente
-las cámaras del Alcázar de Sevilla.
-
-Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol
-construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles polícromos
-titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen á
-escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena,
-los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de
-los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de
-cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante sobre
-un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina
-de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos,
-prontos á tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la
-abandonada emperatriz de Austria para gritar: _¡Moriamo pro regem
-nostrum Maria Teresa!_; pero éstos si desean morir por alguien, es por
-la independencia de Hungría.
-
-El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los
-individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe
-magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta. Los
-misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la
-independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á
-la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey
-de Hungría ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las
-fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más
-que asistir á las sesiones de su Parlamento.
-
-Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor amenidad posible, para
-entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional
-acometividad de la raza.
-
-Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan
-generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeños, con una
-amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen
-verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un
-héroe del país, y atribuyen á los hunos la fundación de Buda. En el
-techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero
-«Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes
-mitológicos.
-
-Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su
-magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y
-pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la cabeza del
-presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes que
-aguardan á pie firme la contundente rociada.
-
-Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas,
-se muestran más blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta
-que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se
-repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los
-caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la
-corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey
-Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo
-adiós á la patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y
-obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos.
-
-
-
-
-EN ORIENTE
-
-
-
-
-XV
-
-Los Balkanes
-
-
-El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el famoso poeta húngaro,
-y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz entre Austria y
-Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié.
-
-En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitán
-del ejército servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el
-pasaporte á los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante,
-imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir á cada momento el
-pasaporte, contestando á bulto las preguntas del policía, á quien no
-entendéis y que no os entiende.
-
-Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus
-pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del
-Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado, capital de
-la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua
-ciudadela turca la confluencia de los dos ríos.
-
-Al apearme en la estación, gran extrañeza de los viajeros, todos los
-cuales van directamente á Constantinopla, y de los mismos servios que
-llenan el andén: gendarmes, policías de uniforme ó de paisano, simples
-curiosos habituados á ver pasar los trenes de Oriente sin que á ningún
-extranjero se le ocurra detenerse en su capital.
-
-Es de noche, hace frío y llueve. En la Aduana vuelven á examinar mi
-pasaporte varios oficiales de gendarmería y un comisario joven, de largo
-gabán, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el sombrero un
-cráneo puntiagudo y pelado. Es el sabio de la compañía. Después de
-examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad.
-
---_¡Spaniske!_--exclama con cierto asombro.
-
-¡Un español en Belgrado!... Y la pregunta, que parece reflejarse en los
-ojos de los oficiales servios, la formula el policía en una jerga mezcla
-de italiano y servio. Les asombra mi propósito de entrar en Belgrado, y
-aun se extrañan más al enterarse que es sólo un capricho, una curiosidad
-de viajero.
-
-Me abstengo prudentemente de decir que mi detención no tiene otro objeto
-que ver de cerca el Konak, el trágico palacio donde, hace cuatro años,
-fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por los
-oficiales sublevados.
-
-Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota
-en las precauciones de la policía y en su deseo manifiesto de aislar al
-país del resto de Europa. El nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejército,
-que le dió inesperadamente la corona cuando más desesperanzado vivía en
-un tercer piso de la ciudad de Ginebra, sufriendo grandes estrecheces;
-pero á pesar de este apoyo, no olvida que existe en Constantinopla un
-hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del asesinado
-Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que, cualquier noche, un
-grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el Casino
-Militar, inmediato al Konak, y entrar en éste sable en mano, como
-entraron hace cuatro años.
-
-Al fin, el bicho raro, el _spaniske_, puede penetrar en la ciudad,
-dentro de un coche de alquiler que salta sobre el suelo mal empedrado y
-pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas; las calles,
-obscuras. Á grandes trechos farolas de electricidad, como para fingir
-una civilización occidental; pero su luz turbia se pierde en las
-tinieblas de Belgrado, haciendo aun más palpable la lobreguez. La
-capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad española;
-algo así como un gobierno civil de quinta clase, ó una de esas
-poblaciones episcopales, sin otra vida que la que le proporcionan el
-palacio del prelado y el seminario. Aquí, el obispo que da importancia á
-la ciudad es un rey.
-
-Ni un transeunte en las calles. Son las diez de la noche y Belgrado está
-muerta. Cada cien pasos, inmóvil bajo un cubertizo ó en el quicio de una
-puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor guardada. El
-gendarme servio da una alta idea del país, con su aire arrogante de
-funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas
-encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jóvenes, con una expresión
-insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen una
-fisonomía y un alma lo mismo que las personas, y el revólver que llevan
-al cinto los gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su funda,
-con deseos de saltar y hacer fuego por sí solo, sin mirar contra quién,
-por un exceso de recelo y de fervor monárquico. Los que piensen
-conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch, tienen que pasarlas
-muy duras.
-
-Encuentro abrigo en el «Hotel de los Balkanes», especie de posada, á
-pesar de su pretencioso título, en cuyo piso bajo, al través de una
-espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza á media docena de popes
-griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresión feroz,
-con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Más
-allá llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y
-vistosísimos uniformes, blancos, rojos, grises ó azul celeste,
-excelentes jóvenes con un perfil de ave de rapiña semejante al de su
-rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectación,
-como saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de
-monarca al final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos,
-acompañados de sus mujeres é hijas, beben con cierto encogimiento
-respetuoso y sonríen cuando logran cambiar alguna palabra con los
-sacerdotes y los soldados.
-
-Son tenderos judíos ó griegos, que saben venerar á estos firmes pilares
-de la sociedad, y por esto el Señor bendice sus negocios y hace que
-prosperan á costa de los pobres campesinos servios.
-
-Muchos de ellos se animan al conocer mi nacionalidad, y hablan un
-castellano fantástico, mezcla de palabras anticuadas y de voces
-orientales.
-
---Yo espanyol... Los mayores, de allá... Espanya terra bunita.
-
-Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonríen señalando al
-vacío, como si viesen á los mayores en su éxodo doloroso al ser
-expulsados de la _terra bunita_, y acaban por mirarme con la misma
-expresión de humildad sonriente que á los popes y á los fierabrás
-uniformados, cual si la vista de un español les abriese las carnes con
-amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atávico terror de raza
-acobardada por luengos siglos de palos y despojos, no impide á estos
-dulces _espanyoles_ que al día siguiente le suelten al compatriota
-moneda falsa en sus tiendas, ó le hagan pagar doble el paquete de
-cigarros ó la tarjeta postal.
-
-En la plaza del mercado, poco después de la salida del sol, puede
-apreciarse el carácter pintoresco que aun guarda el pueblo servio.
-Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro
-largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería.
-Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro
-nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen
-unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto
-unas polainas de piel de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas
-abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pañuelos puestos á la
-oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias mangas,
-y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada, á guisa
-de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores semejante
-á un pedazo de alfombra. Son aún los campesinos de la dominación turca,
-el pueblo formado con los sedimentos de innumerables invasiones
-guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de civilización
-occidental, con sus tranvías, su alumbrado, sus tiendas, sus periódicos
-y su único teatro. El pueblo servio no es más que una tribu belicosa que
-cultiva la tierra.
-
-La tragedia del Konak debió parecerle el suceso más natural del mundo.
-Matar á unos reyes para poner á otros en su sitio todavía caliente, es
-un hecho vulgarísimo en Servia. Alejandro no fué el primer soberano
-asesinado, ni será, ciertamente, el último.
-
-Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles
-al lado de un oficial ó de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y
-en cuanto á militares, se ven, relativamente, más en Servia que en
-Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin
-ella, con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes
-militares son tan incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que
-creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios,
-vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales con
-la exageración propia de una ciudad de provincias, que los que siguen
-fieles á los antiguos usos; así los sacerdotes, los militares, los
-estudiantes saturados de teología ortodoxa y los altos empleados del
-Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y París, todos
-tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento,
-adivinándose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para
-dejar al descubierto al bárbaro, al servio belicoso de otros tiempos,
-que fué el más implacable de los guerreros.
-
-Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no más grande que
-cualquier hotel de la Castellana. Esta monarquía, que sólo lleva
-cuarenta años escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los
-servicios de la vida moderna, manteniendo, además, por halagar el
-sentimiento nacional, un gran ejército, no permite á sus soberanos
-grandes lujos.
-
-Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el
-inventario de la _aventurera_, de la _Mesalina_ odiada por el pueblo, su
-ajuar resultó más insignificante que el de una mediana _cocotte_. Creo
-que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su
-dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los
-cotillones, lo mismo que una señorita pobre. Sobre la mesa de noche se
-encontró abierta una novela de Anatole France, que estaba leyendo en el
-instante que entraron los oficiales sable en mano para hacer pedazos á
-ella y á su esposo, como una pareja de bestias dañinas. Seguramente que
-este volumen era el único libro francés que existía en Belgrado.
-
-Paso un día entero aburridísimo en la capital de Servia, aguardando la
-noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera
-impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de
-provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de
-bravos sin instrucción, que tienen metido en el puño á su país; popes
-que van de café en café empinando el codo con una sed insaciable;
-señoritas de ojos asiáticos y sombreros copiados de París, que pasean
-por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de
-música que toca en el jardín de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada
-de bustos de servios ilustres...
-
-Salgo de la ciudad con el propósito de visitar, en una llanura lejana,
-la famosa «Torre de los Cráneos». Los turcos, para intimidar á los
-belicosos hijos del país, que les molestaban con una incesante lucha de
-guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con cráneos de
-servios desde los cimientos á las almenas. Hoy los cráneos han sido
-enterrados por la veneración patriótica, pero la torre sigue en pie,
-mostrando en su argamasa los innumerables alvéolos que contenían las
-calaveras.
-
-Al ir á la estación y ver por última vez las calles de Belgrado, paso
-ante el pequeño teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la
-función del día. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos á 24 de
-Agosto, cuando yo creía vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de la
-religión ortodoxa griega me regala trece días más de vida al pasar por
-el país de los Balkanes.
-
-
-
-
-XVI
-
-Los turcos
-
-
-Un río, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre ó abuelo por el
-nombre de nuestro río aragonés, y en cuyas orillas destrozaron las
-Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio
-de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turquía europea.
-Allí donde alcanza la benéfica influencia de sus aguas, el suelo
-balkánico es fértil y bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas
-de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despeña una agua roja que
-arrastra la envoltura de tierra de las montañas. En los extensos prados
-pacen salvajes potradas ó rebaños de bueyes con las astas echadas atrás,
-en compañía de corderos enormes, de cuernos retorcidos como caracoles, y
-tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos, que se comprende que
-los artistas de la antigüedad los escogieran para el adorno decorativo
-de palacios y altares.
-
-En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la Rumelia crece el arroz;
-en los campos secos amarillea el maíz; por las pendientes espárcense las
-viñas que producen el vino de los Balkanes, único que beben los
-cristianos y judíos del imperio turco. Las aldeas apenas si sobresalen,
-con débil relieve, sobre el fondo rojo de los montes, faltas de
-campanarios ó de minaretes, con la llana monotonía de la religión
-griega, que no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus
-plegarias á las nubes.
-
-Sofía, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado, aunque sus habitantes
-parecen de carácter más dulce. Su gobierno, dirigido por un príncipe de
-origen francés, que ha vivido largas temporadas en París, muestra gran
-empeño en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos mejores
-edificios de Sofía son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de
-donde salen importantes publicaciones. Esto, en un país como el de los
-Balkanes, significa algo notable.
-
-En Filopópolis, capital de la Rumelia oriental, todavía se ven los
-uniformes búlgaros; sables pendientes del hombro, altas botas, bonetes
-de astracán copiados de los rusos, grandes protectores del país; pero
-las mezquitas cortan el horizonte, incendiado por la puesta del sol, con
-la línea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como
-agujas. La huella de la dominación turca no se borra fácilmente.
-
-Cambia de pronto el personal del tren: los empleados de amplia gorra á
-la alemana son sustituídos por otros con fez rojo. Este gorro otomano,
-de color uniformemente purpúreo, empieza á verse por todas partes, dando
-á la muchedumbre vestida de obscuro el aspecto de una aglomeración de
-botellas lacradas. Suben á los vagones los aduaneros, arrastrando el
-corvo sable y llevándose para saludar una mano á la frente y otra al
-corazón. Gran registro de maletas, para no tocar nada más que los libros
-y los papeles. Luego se presenta la policía, graves señores de barba
-negra, pálidos y tristes como ascetas, con algo de clerical en sus
-levitas negras y sus gorros rojos é inmóviles.
-
-Examinan los pasaportes con cierto aire de cansancio, sin hablar apenas,
-y se van lo mismo que han venido, después de copiar los nombres en
-caracteres turcos, desfigurándolos al capricho de su pronunciación
-gutural.
-
-Estamos en el imperio otomano, en la estación de Adrianópolis, segunda
-capital de la Turquía europea, que sigue en importancia á
-Constantinopla. Los andenes están llenos de militares, con sus sombríos
-y elegantes uniformes europeos, semejantes á los de Alemania, pero
-rematados invariablemente por el fez rojo.
-
-Adrianópolis es la gran población militar de Turquía. Un ejército de
-80.000 hombres está acuartelado en la ciudad y sus alrededores. Los
-rusos, la última guerra con Turquía, llegaron á Adrianópolis y
-acamparon en su recinto. ¡Quién sabe si tardarán mucho, los mismos
-extranjeros ú otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas mezquitas y
-enormes fortificaciones!...
-
-Turquía es el «gran enfermo» de Europa, según una frase mil veces
-repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por cerrarse
-el paso unos á otros, aguardan á que el enfermo se muera para repartirse
-sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su dolencia,
-para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y escoger
-con más seguridad cuando llegue el momento de la rebatiña general.
-
-Yo soy de los que aman á Turquía y no se indignan, por un prejuicio de
-raza ó religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en
-Europa. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por
-tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que
-acompañan á toda guerra. Si sólo debieran vivir en Europa los
-descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando á las razas
-invasoras que llegaron después procedentes de Asia ó África, nuestro
-continente quedaría desierto.
-
-Yo amo al turco, como lo han amado, con especial predilección, todos los
-escritores y artistas que le vieron de cerca. Diez y nueve razas pueblan
-el vasto imperio otomano. Mahometanos, judíos y cristianos, divididos en
-innumerables sectas, forman esta aglomeración de seres, distintos por
-orígenes y tradiciones, que lleva el nombre de Turquía, y sin embargo,
-como dice Lamartine, «el turco es el primero y el más digno entre todos
-los pueblos de su vasto imperio».
-
-Existe una concepción imaginaria del turco, que es la que acepta el
-vulgo en toda Europa. Según ella, el turco es un bárbaro, sensual, capaz
-de las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas cortadas ó
-esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con
-igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda ó los
-Países Bajos, los cuales no pueden oir hablar de España sin imaginarse
-un país de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple
-errata en una oración, y donde todos los ciudadanos somos duros é
-inexorables como el antiguo duque de Alba.
-
-Los turcos han sido crueles porque han guerreado mucho, y la guerra
-jamás ha sido ni será escuela de bondades y de dulces costumbres. Otros
-pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de Cristo, han
-tratado por medio de sus cañones y fusiles á los indígenas de África y
-Asia peor que los turcos á las poblaciones de los Balkanes.
-
-Todos los escritores que han viajado por Turquía, se irritan contra la
-injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es bueno y franco.
-Su dulzura se manifiesta por un gran respeto á los animales. Jamás se le
-ve maltratarlos.
-
-La injusticia y la traición son los dos resortes que disparan su cólera.
-Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas de una exquisita
-cortesía, su pèna por las injurias ó las humillaciones sufridas,
-aproveche la primera ocasión para saciar su resentimiento.
-
-La hospitalidad es la más visible de sus virtudes. No hay aldea en
-Turquía, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeración de
-europeos aun no les ha enseñado lo que somos, que no tenga en todas sus
-casas la «habitación para viajeros», el _mussafir odassi_, donde todo
-viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin
-que el dueño muestre el más leve empeño en saber quién es y cuáles son
-sus opiniones.
-
-El turco es el más religioso de los hombres. Su fe es inquebrantable: ni
-la menor sombra de duda viene á turbar sus creencias. Está convencido de
-que posee la verdad; pero no siente el afán de los occidentales por
-imponer esta verdad á los otros, despreciando ó escarneciendo lo que el
-vecino piensa. Podrá creerse superior á los demás por ser musulmán y
-tener su religión como la única verdadera; pero no hace el menor
-esfuerzo por imponerla á nadie. El fanatismo mahometano del moro de
-África no lo conoce el turco. En sus ciudades funcionan diversos cultos,
-y sacerdotes y templos son respetados con el escrúpulo que inspira á los
-otomanos todo lo que representa la fe en Dios.
-
-Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes
-muestras de tolerancia. Jamás entran los turcos en los templos
-católicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas ó las iglesias
-griegas á turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes
-mahometanos, tienen que irse á las mezquitas de los arrabales á hacer
-sus plegarias, pues en las céntricas y famosas se ven molestados por las
-bandas de europeos y europeas que entran con el _Baedecker_ en la mano y
-el guía al frente de la expedición, tocándolo todo, queriendo verlo
-todo, riéndose de las ceremonias y de la cara en éxtasis de los fieles,
-y apostrofándolos algunas veces porque siguen las creencias de sus
-padres y no quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los
-otros.
-
-Las matanzas de _cristianos_ que ocurren de vez en cuando en Turquía, no
-tienen nada de religioso. Á ningún turco se le ocurre matar porque la
-plegaria ordenada por el Profeta sea mejor que la misa de los armenios.
-En tal caso, dirigiría sus ataques contra los templos. Esas matanzas de
-cristianos, que explotan en Europa el fanatismo religioso y el interés
-político, desfigurando su carácter, son simples conflictos por el pan;
-choques sociales semejantes á las sangrientas peleas que ocurren á veces
-en Marsella entre trabajadores franceses é italianos, ó á los asesinatos
-de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos cuando
-ven que, por la concurrencia terrible de los asiáticos, pierde su
-precio la mano de obra.
-
-El armenio, que es en Turquía el cristiano por excelencia, se atrae las
-mismas cóleras populares que el judío de la Edad Media. El turco, señor
-del país, no puede moverse sin tropezar con el armenio, raza vencida que
-aprieta el dogal á sus dominadores con un odio de siglos. Los armenios
-son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos que poco
-á poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimañas de la usura la
-vida entera del pobre osmanlí, que trabaja y trabaja sin verse libre
-nunca de la esclavitud del dinero. De propietario pasa insensiblemente á
-ser mísero arrendatario de la tierra que cultiva; si toma una industria,
-el armenio le empobrece fingiendo protegerle; si, acosado por el hambre,
-quiere hacerse _hamal_ y cargar fardos en los puertos turcos, su
-enemigo, más musculoso y listo que él, le quita el sitio, trabajando por
-menos dinero.
-
-Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta mucho de proteger á
-los demás y es magnánimo en sus dádivas; pero por esto mismo resulta
-ávido de dominación y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios se
-condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que
-se convierten astutamente en sus amos, y entonces apela á la espada,
-suprema razón del Profeta.
-
-¡Pobre Turquía! Viéndola de cerca se la ama más, porque se aprecian
-mejor sus cualidades y se ven con mayor claridad los peligros que la
-amenazan.
-
-Al llegar á ella, sorpréndese el ánimo viendo los enormes territorios
-que ha perdido casi recientemente.
-
-En nuestros días ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la
-Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la
-Rumelia. Esos despojos de su antigua dominación forman reinos.
-
-La Europa Occidental sueña con arrojar á los turcos al otro lado del
-Bósforo, arrebatándoles los territorios que poseen en el continente,
-enormes todavía, pero insignificantes comparados con sus dominios del
-pasado.
-
-Algunos ven en esto una gran victoria histórica, un desquite de la vieja
-Europa, que devuelve el territorio asiático á los invasores que tanto
-miedo la hicieron sufrir.
-
-Error: el turco ya no es asiático, como nosotros no somos latinos, á
-pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningún pueblo del mundo
-merece con justicia el origen que ostenta.
-
-Los turcos del Asia Central, que aun existen en el territorio de los
-Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar
-hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiáticos son de
-raza amarilla. Los turcos del imperio otomano, los que todos conocemos,
-son ya caucásicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con la
-raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas,
-han fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento étnico.
-
-Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de
-Madrid. Cada cara recuerda un nombre. Á veces se duda, al cruzar la
-mirada con los ojos de un transeunte, y se lleva la mano al sombrero
-para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:
-
---Amigo López... ó amigo Fernández: ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito
-rojo, que le he conocido!
-
-
-
-
-XVII
-
-Constantinopla
-
-
-Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó
-_Nueva Roma_, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre
-prevalecería como título de la enorme ciudad.
-
-No hay población que pueda compararse, por su belleza topográfica, con
-la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata,
-formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar de la
-antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática.
-
-Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay
-que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el
-final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la
-izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa
-la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la
-continuación del Bósforo, hasta dar con el Mar Negro.
-
-En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama
-izquierda, está Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, ó
-sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se
-hallan asentadas Galata y Pera. Á lo largo del Bósforo, ó sea en todo el
-lado derecho de la Y, desde la base de la letra á su remate superior,
-están Scutari y demás poblados que pertenecen igualmente á
-Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre
-las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos
-piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero
-turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y
-vienen por el enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar
-Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente á otro.
-
-Las tres ciudades más importantes en la historia de la humanidad son
-Atenas, Roma y Constantinopla.
-
-Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y
-aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan
-todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria
-indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que
-si ella no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble
-herencia, ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y
-produjeron para nosotros hace tres mil años.
-
-Es de uso corriente despreciar á Bizancio y desconocer la importancia
-histórica del imperio de Oriente.
-
-Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por
-su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan
-siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por
-monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo sutilezas
-teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos
-debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó
-menos que el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de
-«las discusiones bizantinas», saturado de nimias sutilezas de la
-decadencia griega, andaba á palos y cuchilladas en las callejuelas de
-Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil incidentes de sus carreras
-de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos
-bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo bizantino en
-dos grandes partidos, y _verdes_ y _azules_ ocupaban el poder á fuerza
-de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo
-de batalla.
-
-Á todas estas desgracias se unieron las grandes hambres, los incendios,
-la peste y los continuos ataques de los búlgaros durante los mil años
-que sobrevivió el decaído Bajo Imperio.
-
-Pero á pesar de su larga agonía. Constantinopla, centro del imperio de
-Oriente, tuvo su grandeza y sirvió noblemente á la civilización. Ella
-guardó las tradiciones del arte griego, la legislación romana, los
-monumentos literarios, toda la antigüedad; y cuando en el siglo XI
-surgió el primer intento de Renacimiento, y en el XV llegó á ser un
-hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los
-hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia
-la antigüedad clásica. Además, durante la Edad Media fué Constantinopla
-la gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiáticas.
-Europa, defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente
-á su abrigo. La cristiandad se dió cuenta de la importancia de
-Constantinopla cuando después de caer ésta en poder de los turcos, los
-vió avanzar en unos cuantos años hasta el corazón de Europa, siendo
-precisa una acción común para atajarlos junto á los muros de Viena y en
-las aguas de Lepanto.
-
-Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas
-de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma conserva el
-esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y
-circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo
-arrasó todo, más que por barbarie, por afán de dominación, por celos del
-pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con
-las del período de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respetó
-Santa Sofía fué para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo
-signo del cristianismo griego.
-
-Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la
-ciudad. En 1204 los cruzados creyeron más cómodo y lucrativo conquistar
-la gran metrópoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su
-asalto fué terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no quedó
-piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios
-y los marinos genoveses y venecianos que conducían en sus galeras la
-expedición, se cobraron el pasaje de la cruzada llevándose á sus
-repúblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo,
-los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de
-San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo. Cuando,
-expulsados al fin los cruzados, volvió á restablecerse el imperio
-griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero empobrecidos
-por el despojo, y antes llegó la conquista de los turcos que el nuevo
-florecimiento de Bizancio.
-
-Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán hermosa es con su
-aspecto musulmán! No existe ciudad que pueda comparársela en grandeza.
-Londres ó París son más enormes, pero el viajero se convence de esto
-porque así lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible
-encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación
-exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede
-abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno
-de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran
-Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana.
-Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal
-aspecto de inmensidad. Su vecindario es de millón y medio de seres, pero
-cualquiera puede atribuirle cuatro ó cinco millones.
-
-Á lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el caserío ondula
-apretado sobre las colinas. En primer término se ven dos ciudades,
-siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre éstas aparecen
-otras, en alturas que se alejan, y más allá continúa el caserío hasta
-esfumarse en el horizonte, azuleando como las montañas remotas. Y cuando
-la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la
-extensión de agua azul, ve al través de un bosque de mástiles una ribera
-que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones
-urbanas, que cubren llanuras, escalan montañas y son también
-Constantinopla.
-
-La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su península
-al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la
-plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una
-llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas
-cúpulas que ascienden en torno de la cúpula central, rematada por una
-media luna que arde bajo los rayos del sol.
-
-¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla!... Venía yo de
-contemplar, á cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás
-ha puesto su pie ningún cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del
-Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y creyente de
-Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrás de la
-Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen á los
-pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le
-desean á gritos las mayores desgracias.
-
-La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el
-remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había
-desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su
-blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella
-centelleaba en este intenso telón de seda, como un brillante perdido. En
-lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la
-que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.
-
-La enorme ciudad aparecía partida en diversos términos, como los
-bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos á la ribera, negros y
-levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los
-de segundo término, ligeramente sonrosados por los reflejos del
-atardecer; los remotos, marcándose, azulados é indecisos, como
-montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un
-sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta
-aglomeración, envuelta en el misterio del crepúsculo, los bosques de
-marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las
-cúpulas de las mezquitas.
-
-Un silencio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de la
-sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra,
-anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea,
-cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que
-aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca.
-
-De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenzó á descender
-de los mástiles. Sobre las cubiertas veíanse agrupadas las
-tripulaciones, con el fez, que iguala á oficiales y marineros. En el
-cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones
-á lo largo del muelle, destacándose en la penumbra la línea roja de sus
-cabezas alineadas.
-
-Á un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con
-gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los
-balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con
-turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con
-las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los
-buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste,
-semejante á las saetas de la Semana Santa en Andalucía.
-
-_¡La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah!_ cantaban con melancolía
-religiosa, en el misterio del crepúsculo, los hombrecillos semejantes á
-hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros
-alineados á lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes
-cañones y las torres blindadas, rugían al contestar como un estampido:
-_¡Allah! ¡Allah!_ Y al ver esa fe de los desiertos asiáticos, este ardor
-fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse á bordo de
-los buques acorazados, última expresión de los adelantos científicos que
-repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagorías del
-pasado, tuve una visión exacta de lo que es la Turquía moderna: europea
-exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente
-despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de
-Mahomed II á la conquista de Constantinopla.
-
-
-
-
-XVIII
-
-El Gran Puente
-
-
-Para el que desea conocer en conjunto la variadísima población de
-Constantinopla, el mejor punto de observación es el Gran Puente, que va
-de Galata á Stambul.
-
-Tiene medio kilómetro de extensión, y su piso de maderos desiguales, en
-los que tropieza el transeunte, está asentado sobre pontones
-insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos
-lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes más sólidos.
-
-Á un lado descuella, sobre el caserío en pendiente, la maciza torre de
-Galata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que
-parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si
-cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana
-Validé sus esbeltas torrecillas y sus cúpulas con medias lunas de oro,
-cual una construcción de _Las mil y una noches_.
-
-Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el espectáculo
-del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por su forma
-curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables desembarcadas
-en él.
-
-Navíos de todos los países forman una segunda ciudad flotante á ambos
-lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una
-parte de éste para dar paso hacia el Bósforo á los grandes navíos de
-guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de
-Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bósforo; las islas
-de los Príncipes ó Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del
-Puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble
-cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las
-chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces
-cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las
-corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hélices conmueve con
-violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una
-inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando á la menor
-imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmóvil y medio
-tendido.
-
-Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda á las galeras de
-la piratería, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como
-venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa
-é inquieta granujería de vaporcitos _moscas_ y botes automóviles, que
-parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus
-tardías proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares
-hacia los puertos del Mármara: los buques del Occidente europeo van
-hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petróleo. Grandes bandas de
-gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas
-ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo
-de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir
-de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en
-los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol
-doradas transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo
-Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el
-espacio.
-
-Para ser capitán de buque ó simple remero de caique en el Cuerno de Oro
-y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en
-Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito de
-que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos
-en distinta dirección.
-
-La primera vez que se navega por los citados callejones marítimos, el
-alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero cascarón que apenas
-puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las
-hélices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan
-los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa
-exactitud para no ser alcanzados. Un instante más y desaparecerían. Los
-vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable
-el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin choque alguno.
-
-Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag,
-sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la misma atención
-que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de
-Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques que
-vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto
-hay que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una
-orilla á otra; de vaporcillos _moscas_, que llevan en su popa banderas
-de todas las naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros
-negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con
-antifaces y capuchones que sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan
-los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco á otro las malas
-palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas;
-arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento
-oleaje; álzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar
-un descuido, un choque insignificante; á cada momento parece inevitable
-una colisión, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más
-que muy de tarde en tarde.
-
-Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose, como hongos adheridos
-á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y pequeños cafés, todo
-miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero
-con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores
-suciedades.
-
-Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua
-removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la
-extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda
-Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los
-cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de
-macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á
-la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el
-_narghilé_ y pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al
-permanecer impasibles é indiferentes en medio de este movimiento loco y
-ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como
-máscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso á los
-vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por
-entre los que puede pasar un pie, y además, están cubiertos de residuos
-de frutas.
-
-Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas
-que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judíos que hablan un
-español extravagante, van de un lado á otro pregonando rosarios
-musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjolí, y
-bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En las
-puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y
-enormes sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en
-árabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas
-botellas de limonada ó naranja con un limón por tapadera, y más adentro
-humean las pequeñísimas tazas de café turco, líquido pastoso digno de
-los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo así
-como una institución pública venerada y popular, pasan por entre las
-piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.
-
-Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y
-si desean tomar un barco siempre llegan tarde.
-
-Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y
-mira como un misterio: la hora y la moneda.
-
-En Constantinopla hay dos horas: la hora _á la franca_, que es la de los
-relojes de la Europa occidental, y la hora _á la turca_, que es por la
-que se rigen vapores, tranvías, etc.; todo lo que depende del municipio
-y del gobierno.
-
-La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos
-los días los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni
-aun ellos mismos sepan ciertamente en ningún momento cuál es la hora
-exacta. La medida del tiempo cambia por día y por estación. Cuando
-nuestro reloj _á la franca_ marca el mediodía, el turco dice
-tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como unos meses después
-dirá que son las tres ó las cuatro.
-
-No hay en esto otro daño que el llegar tarde á todas partes, perdiendo
-trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas: pero lo de la
-moneda trae mayores perjuicios.
-
-En Turquía hay _buena moneda y mala moneda_, y según se recibe un pago
-en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay también moneda
-borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay
-papel emitido por el gobierno otomano, llamado _kaimé_, que carece de
-valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo estudio.
-Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y
-restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.
-
-En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca
-de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los
-lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de cambiadores de
-moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á Abraham y
-Moisés.
-
-En Constantinopla, el que no lleva á mano _moneda menuda_, aunque guarde
-en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no llevase nada. El
-cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya al
-cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó
-cobra peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle
-pasar.
-
-Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en
-_medjidiés_ de plata, especie de duros turcos, quedándose por el cambio
-con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en España.
-Después se os ofrece cambiar uno de los _medjidiés_, y el cambiador os
-entrega _cuartos de medjidié_, que son como las pesetas turcas, y se
-queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas pesetas y
-se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte
-francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta
-costumbre cambia de golpe una pieza de oro en _pequeña moneda_, y tiene
-que ir con los bolsillos repletos de piastras y _paras_, monedas más
-pequeñas que botones de camisa.
-
-La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y peligrosa. No pasa por
-sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un poco de polvo de
-oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se gana doce ó
-quince francos _extraordinarios_, según las piezas que toca durante el
-día. Después, en los Bancos y demás establecimientos públicos donde
-conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto que las
-ha tomado pierde dos ó tres francos.
-
-La discusión con el _compatriota_ que intenta estafaros, es interesante
-por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramáticos que
-acompañan á su castellano especial.
-
---Que por mis hixos que no te engaño, señoreto... Que toma la pieza, que
-yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una
-alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de allá,
-como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol.
-
-
-
-
-XIX
-
-Los que pasan por el Gran Puente
-
-
-Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas
-blusas blancas, semejantes á camisones de mujer, cortan el paso al
-transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que
-exigen el peaje: diez _paras_.
-
-Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo
-Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos, los
-consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de
-estos dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca,
-porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno
-otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios é innumerables
-dependencias.
-
-No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de París
-lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera
-tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de
-transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo políglota,
-donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayoría los que poseen más
-de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.
-
-Al entrar en el puente, parece éste un campo interminable de rojos
-geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo
-mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los marinos
-otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo,
-con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes
-europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de
-blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su
-cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano
-y para todo extranjero dependiente del gobierno.
-
-El ejército de tierra, uniformado á la alemana, guarda también el
-cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al último soldado
-que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla,
-saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás
-del galope.
-
-Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destácase la
-muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de diez y nueve
-pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales.
-Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la
-Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello
-anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes
-casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusión de
-galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un
-enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y
-macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el
-traje oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta,
-y encima un gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un
-pañuelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á
-la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones,
-que revelan su origen; el clero innumerable, de _imanes_, _soffas_ y
-derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde,
-recuerdo de su peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca
-forma, y todos ellos con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á
-cada cuenta la monótona alabanza á Alláh.
-
-La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas á cada momento,
-para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á las sillas de
-mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas, dentro
-de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos
-callejones.
-
-Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á un coche que todos
-saludan. Es el Gran Visir que va á la Sublime Puerta. Tras él pasan
-varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehículo, pues
-marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni
-apartarse.
-
-En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dónde pueden llegar
-las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte como un
-turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el
-otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga
-todo á brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran
-Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se
-distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras
-el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto á un cargador armenio
-echarse un piano á la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha
-vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres,
-abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á ciegas, y el público
-tiene que huir de sus fatales encontronazos.
-
-Por el centro del puente se abren paso de pronto, con las manos cruzadas
-sobre el estómago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios
-señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada
-_stambulina_, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aquí el
-traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos
-saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos
-blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á lo _kaiser_. Son
-señoras del harem imperial que vienen á comprar á la ciudad, con un
-séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables hijos,
-hermanos ó sobrinos del sultán.
-
-Con aire de superioridad, se abren paso á codazos unos negros
-elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la _stambulina_
-de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza.
-Tienen las piernas larguísimas; el cuello es enorme, y en su rostro
-chato é insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar
-una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca
-sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo
-real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace reir é irrita al
-mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y á los que mira la gente
-con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial ó de los haremes de
-los grandes pachás, que, habituados á su existencia entre beldades
-misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se
-dejan ver en las calles de Constantinopla.
-
-Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo
-interior ríen y comen dulces cuatro beldades turcas, vestidas con trajes
-parisienses de la _rue de la Paix_, y con el rostro cubierto por una
-finísima nube de gasa, que realza engañosamente sus facciones pintadas.
-Estas mujeres de pachá, que van á las grandes tiendas de Pera, son
-turcas modernas que hablan francés é inglés, tocan el piano, leen
-novelas _psicológicas_ con cubierta amarilla traídas de París y conocen
-todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio,
-que es aquí imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia
-brutal, continua é incorruptible, que nadie consigue vencer, por más que
-digan é inventen poetas y novelistas.
-
-Las turcas más modestas, esposas de musulmanes pegados á la tradición
-que viven en Stambul, ó las simples mujeres del pueblo, van á pie,
-vistiendo amplios trajes semejantes á dominós de gruesa seda adamascada,
-negra, roja, verde ó azul. Por las amplias mangas de esta envoltura
-asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos
-enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchón
-que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra á modo de
-máscara, que en unas es tupida é inaccesible á toda mirada, y en otras
-diáfana y atrayente, como una invención de la coquetería.
-
-La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se
-oculta detrás, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso
-esconde una vieja dama ó una fea desfigurada por las horribles
-enfermedades de Oriente. Al través de los velos claros se encuentra
-siempre alguna cara de criadota española ó de monja fresca, con triple
-barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos
-hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.
-
-La moral y la decencia son frágiles invenciones humanas, que cambian con
-la mayor facilidad, según los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas,
-para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre
-que su legítimo señor, y á las que vigila en todas partes la terrible
-policía otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se
-arremangan la faldamenta hasta más arriba de la rodilla, aunque no
-llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes,
-con medias á rayas, multicolores y chillonas, que, según dicen los
-comerciantes de aquí, proceden de Cataluña.
-
-Estas máscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol, que
-caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco á la
-multitud. Las mujeres circulan entre el gentío con la mayor
-tranquilidad, sabiendo que nadie osará mirarlas, que todo musulmán
-bajará la vista para no verlas, como el que evita una acción vergonzosa,
-y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del
-europeo, unas, las más hermosas, sonríen con cierta turbación, y otras
-crispan su cara, indignadas, encabritándose su fealdad bajo el acicate
-religioso.
-
-De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran
-Puente, el más simpático y cortés es el turco. Yo no entiendo su lengua,
-pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el
-extranjero que, privado del habla, observa con mayor atención. Además,
-los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la cortesía y mesura de
-este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay
-idioma, según ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La
-madre turca habla siempre á sus pequeños dándoles el nombre de flores ó
-graciosos animales; el hombre tributa al extranjero ó al amigo los más
-extremados elogios, al par que le da hospitalidad y protección.
-
-La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tiene las calles
-llenas de mendigos y deja morir de hambre á muchos infelices, es bien
-poca cosa considerada desde Constantinopla. Aquí los pobres son
-muchísimos miles, y sin embargo, sólo se encuentran pordioseros en el
-Gran Puente ó en los alrededores de alguna mezquita, y éstos nunca son
-turcos, sino griegos y judíos. El pobre es sagrado para el turco, y no
-se contenta con darle unos céntimos, abandonándolo después, satisfecha
-la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este
-pueblo generoso, que tiene la noble manía de la protección, todos los
-pobres están _colocados_; todos cuentan con una casa á la que se
-adhieren como si fuese suya.
-
-De los actos exteriores del otomano, el que más admiro, como suprema
-expresión de nobleza, es el saludo. Los europeos no sabemos saludar.
-Cogemos el sombrero, lo levantamos con más ó menos rudeza, sonreímos, y
-ya está todo hecho. El turco es un verdadero artista de la cortesía. Su
-gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse y no se despoja de
-él, ni un instante, hasta la noche. Descubrirse la cabeza es la mayor
-descortesía y algo así como una blasfemia religiosa. Quitarse el
-cubrecabezas para saludar significaría lo mismo que si un europeo se
-despojase de un zapato para dar la bienvenida á una señora. Esta
-necesidad de mantener el fez recto é inmóvil sobre la cabeza, como si
-estuviese metido á tornillo, ha confiado á la mano y á los ojos todo el
-saludo.
-
-¡La noble dignidad oriental de los turcos al encontrarse!... La mano,
-que parece hablar, desciende á la rodilla, y de allí se remonta al
-corazón, pasando luego á la frente, al mismo tiempo que el cuerpo se
-inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegría del
-encuentro, con un arte y una gracia que ningún europeo puede imitar.
-
-De vez en cuando, entre esta muchedumbre que transcurre por el Gran
-Puente, se ven ojos negros de mirada inquietante, perfiles de aves de
-presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos á los bolsillos,
-gentes corteses que infunden pavor.
-
-Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aquí se ocultan y
-se pierden los más temibles aventureros. Turquía es un pan blando, en el
-que vienen á hincar el diente los lobos más temibles del mundo.
-
-Esos turcos de aspecto inquietante, que sólo son turcos por el fez que
-llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo... Son europeos,
-y el europeo es lo peor de Turquía.
-
-
-
-
-XX
-
-El Gran Visir
-
-
-Mi amigo Mizzi es un abogado inglés notabilísimo, que desde hace treinta
-y cinco años vive en Constantinopla. Habla y escribe con la mayor
-facilidad doce idiomas, y en un mismo día perora ante el tribunal
-consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda
-en griego ó en ruso y acaba su jornada en el consulado español
-expresándose en castellano.
-
-Desde Constantinopla ha ido á defender pleitos á Siberia. Otra vez fué á
-Bagdad y á Bassora, países de leyenda, para intervenir como abogado en
-una herencia de príncipes árabes, que se disputaban sacos de diamantes,
-de rubíes y esmeraldas. Sólo en Oriente pueden encontrarse estos
-litigios de cuento fantástico.
-
-Mizzi es inglés porque nació en Malta; pero su madre era española, y él
-siente un gran afecto por España. Es consejero legista de casi todas las
-embajadas y consulados; condecoraciones y títulos llueven sobre él de
-las más importantes naciones de Europa, y sin embargo, lo que más
-aprecia es su nombramiento de vicecónsul de España. _The Levant Herald_,
-el diario más grande de Constantinopla, es propiedad suya, y en él
-trabaja diariamente, dando al público una información del mundo entero.
-Ir con Mizzi por las calles de Pera y Galata, es asistir á un desfile de
-popularidad. Saludo á un turco en su lengua, conversación con un griego,
-diálogo con un francés ó un italiano, sombrerazos, apretones de manos,
-frases cariñosas; un curso completo de idiomas.
-
-Una mañana me lleva Mizzi á saludar al Gran Visir, antiguo amigo suyo de
-la juventud.
-
-¡El Gran Visir!... Este nombre evoca visiones de inmenso poder; hace
-recordar las lecturas de la niñez, los mágicos cuentos de _Las mil y una
-noches_; presenta ante la imaginación un imponente personaje de luenga
-barba y turbante blanco enorme como un globo, con una majestuosa cohorte
-de esclavos, ejecutores, escribas y fanáticos santones.
-
-El Gran Visir de Turquía, que es más que nuestros jefes de Gobierno
-(algo así como el vicesultán), resulta uno de los personajes más
-importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, España,
-puede hacerlo cualquiera. Con tener una mayoría en las Cámaras, todo
-está asegurado. Ningún peligro exterior amenaza al país, y la vida
-interior se desarrolla plácida y entretenida al través de chismes y
-comadreos, á los que se da el nombre de política, entendiéndose todos
-al final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia á
-unos y á otros.
-
-Para llegar á Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar
-unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio separadas por odios
-históricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde
-Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanáticos que se irritan al
-ver que Turquía hace una vida europea, ó Bagdad, alejada de la capital
-por un viaje de cincuenta y cuatro días (casi tantos como se necesitan
-para dar la vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaños
-y energías al tropel de lobos de las grandes potencias europeas, que ya
-han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan más
-fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que requiere la
-inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior.
-
-Vamos á visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade á su
-despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la mañana, pues
-este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es un gran
-madrugador.
-
-Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran
-campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaña, varios
-escuadrones de caballería. Un cuerpo de guardia, con numerosos
-centinelas, se eleva frente á la vivienda del Gran Visir, precaución que
-no es superflua en este país, donde han sido frecuentes los atentados
-contra el sultán y sus ministros.
-
-El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias
-escaleras de mármol. El fez de los empleados y servidores, que van de un
-lado á otro, y la falta de alumbrado eléctrico, son los únicos detalles
-que recuerdan á Turquía.
-
-Entramos en una pequeña antesala, saludamos á otros visitantes que
-aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesía oriental,
-inclinándose, llevando su diestra de las rodillas al corazón y á la
-frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y
-erguido y la negra levita militarmente abrochada; _imanes_ jóvenes, de
-luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan
-entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos
-distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran
-Visir viene á advertirnos que Su Alteza nos espera, recibiéndonos antes
-que á los demás visitantes. Estos aguardarán con su paciencia turca, que
-ignora el valor del tiempo y del número.
-
-Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turquía,
-fuera de la familia del sultán, no hay más que dos altezas: el Gran
-Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial.
-
-Pasamos ante un salón de enormes proporciones, que parece un almacén de
-muebles por la gran cantidad que contiene de sillerías, lámparas,
-cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los gobiernos
-extranjeros al primer ministro turco, y que éste amontona en el salón
-destinado á las fiestas diplomáticas. Los objetos de Europa, con su
-abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada á recibir á los
-europeos. Más allá, está la vida íntima, la vida turca.
-
-Me veo de pronto en un pequeño gabinete. Tres hombres están de pie, con
-levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas
-sobre el abdomen, en actitud rígida y respetuosa. Otro hombre, también
-de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo
-estar en una antesala, desde la cual van á anunciarnos al poderoso
-personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de
-Turquía, y el hombre que sonríe y nos tiende la mano es el propio Gran
-Visir.
-
-Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de
-paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografía del
-Sultán. En un extremo, dos pequeñas librerías con cristales de colores.
-Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los únicos muebles, y junto á
-una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardín, acaba de tomar
-asiento el poderoso personaje.
-
-Nada hay en él que recuerde _Las mil y una noches_. Ni su aspecto ni su
-habitación revelan el poder inmenso de que está investido. Parece un
-señor europeo que, por exótico capricho, se ha calado el fez como gorra
-casera. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un
-rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca
-del pantalón deja ver en el interior de éste una alta bota á la turca,
-unico detalle que desentona en su aspecto europeo.
-
-Tomamos asiento junto á él y empieza á hablarme en francés, con acento
-claro y sonoro, dando á sus palabras una majestad natural, á la que
-acompañan los más nobles ademanes.
-
-Realmente, Ferid-Pachá, Gran Visir de Turquía desde hace nueve años,
-período de gobierno que no alcanza ningún político de Europa, es un
-hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus
-maneras de gran señor, por la sonoridad poética de su voz de barítono,
-por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es
-imperiosa y firme: la mirada del Visir en los cuentos orientales.
-
-Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser
-delgado, y con una hermosa barba negra que empieza á blanquear. Tendrá
-poco más de cincuenta años, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de
-la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como
-un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de
-combate, con les aletas anchas y palpitantes.
-
-Ferid-Pachá, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonríe
-y muestra interés por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si
-me es grata la estancia en ella.
-
-Mientras él habla, yo le contemplo y evoco rápidamente su historia.
-Ferid-Pachá es un albanés, un turco que ha nacido cerca de Italia y de
-Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fué brillantísima. El
-futuro gobernante asombró á los profesores griegos con sus profundos
-estudios sobre los poetas de la antigüedad. Luego vino á Constantinopla,
-entrando en la administración pública, donde escaló con rapidez los
-primeros puestos. Fué gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo así
-como los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento político
-llamó la atención del Sultán, que le hizo su Gran Visir.
-
-Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitación,
-admirando su sencillez. Sobre una librería portátil, vecina al gran
-personaje, hay un busto de mármol, el único que adorna el gabinete. Yo
-conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su
-cráneo pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo
-recordar su nombre. ¿Quién es?... ¿Quién es?...
-
-La hermosa voz de Ferid-Pachá toma una expresión más grave, la temblona
-majestad del _imán_ que declama su plegaria, y dice así:
-
---De todos los pueblos con los que vive Turquía en excelentes relaciones
-de amistad, España es uno de los que amamos más sinceramente. Ningún
-mal hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cariño guiaron
-nuestras relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues
-aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos
-que los une con sincera amistad.
-
-Hasta aquí su expresión era de majestuosa cortesía; pero de pronto cerró
-enérgicamente la mano derecha, y añadió con sincero entusiasmo:
-
---¡Ah, España! ¡Qué tenacidad para vivir! ¡Qué fuerza para levantarse
-cuando tropieza! Admiro á vuestra nación, más aún por su enérgica
-voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo
-de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles,
-revoluciones, pérdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de
-tantas caídas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y
-desarrolla sus riquezas naturales. ¡Ah, España, noble pueblo de la firme
-voluntad de vivir!...
-
-Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la
-voluntad de vivir, por encima de toda clase de infortunios, sus ojos
-miraron en torno de él con cierta tristeza.
-
-En el fondo de la habitación seguían en fila y de pie los tres
-subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la
-levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.
-
-El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza á hacerme
-preguntas, aprovechando la ocasión para enterarse de un lejano país.
-
---¿Vuestra flota la vais á rehacer ahora?
-
---Eso dicen, Alteza.
-
---Bien, muy bien. Una gran nación necesita barcos. Pero creo que á los
-españoles les ocurre lo que á los turcos. Les gusta más pelear por
-tierra que por mar... ¿Quién es ahora el generalísimo de vuestro
-ejército?
-
-Yo le digo que en España no hay generalísimo, y que el ejército lo
-dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceño como para
-recordar un nombre.
-
---Y Weyler, ¿qué hace ahora?
-
---Es un general como los otros.
-
---Martínez Campos murió, ¿no es así?... Aquel era un hombre.
-
-Y Ferid-Pachá sonrie y vuelve á cerrar el puño con expresión de energía.
-
-Me hace otras preguntas sobre España, y yo, mientras las contesto, sigo
-mirando el busto. ¿Pero de quién será?...
-
---¿Conocéis á _monsieur_ Moret? Es abogado nuestro. Nos lo ha
-recomendado el emperador de Alemania para que intervenga en un asunto de
-Turquía.
-
-Y Ferid-Pachá, con una expresión triste, me cuenta en breves palabras el
-asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea: grandes empresas
-de Occidente que vienen á establecerse en Turquía con el pretexto de
-civilizarla, y luego de enriquecerse engañando la sencillez otomana,
-todavía se fingen perjudicadas y exigen enormes indemnizaciones al
-gobierno.
-
-Su Alteza sigue haciéndome preguntas sobre mi país, y yo continúo
-mirando el busto con excitada curiosidad.
-
---¿Y vuestro rey?--pregunta sonriendo el Gran Visir.
-
-No sé qué contestar á esta breve interrogación, y el personaje añade con
-dulce sonrisa:
-
---¡Qué actividad! ¡Qué exuberancia de vida! ¡Oh, la juventud!... Vuestro
-rey nos inspira grandes simpatías. Viaja, se entrega á los _sport_, le
-gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace bien.
-
-Luego añade con expresión sentenciosa:
-
---Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen servidores fieles que
-se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las amarguras del poder.
-
-Llega el momento de despedirnos con solemnes saludos orientales. Al
-pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico mi torpeza.
-Estaba acostumbrado á ver con peluca esta cabeza de mono malicioso.
-
-Es Voltaire.
-
-
-
-
-XXI
-
-El palacio de la Estrella
-
-
-El marqués de Campo Sagrado, nuestro ministro en Constantinopla, es el
-más conocido de los representantes diplomáticos. Hasta los turcos
-modestos de Stambul conocen su nombre. Nueve años de permanencia en
-Turquía y un carácter franco y bondadoso de gran señor, que para
-inspirar respeto no necesita imitar á ciertos embajadores, altivos é
-inabordables como reyes, han dado al marqués una gran popularidad en
-Constantinopla.
-
-Cuando se citan los nombres de los representantes de Europa, el de
-Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los primeros
-que acuden á la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera otomana,
-apenas dije á los encargados de los pasaportes que iba recomendado al
-embajador de España, todos, funcionarios y viajeros del país, le
-designaron por su nombre.
-
---¡Su Excelencia el marqués de Campo Sagrado!... Un gran señor muy
-simpático. Lo conocemos: le vemos muchas veces en su carruaje por la
-gran calle de Pera.
-
-Hasta las damas turcas que parecen vivir aisladas del mundo cristiano y
-fingen ignorar la existencia de _infieles_ en Constantinopla, conocen
-todas al representante de España, y cuando le ven, sonríen amablemente
-bajo sus velos.
-
-Es un excelente embajador para un país como el nuestro, que tiene pocas
-relaciones con Turquía. Ya que le faltan ocasiones para ejercitar su
-acción diplomática, mantiene el prestigio de España á honrosa altura con
-su generosidad y su cortesía, condiciones que alcanzan profundo respeto
-en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades.
-
-Cuando llegué al palacio que tiene España en Buyuk-Deré, en la ribera
-del Bósforo, cerca del Mar Negro, vi avanzar á Campo Sagrado, sonriente
-y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud, tendiéndome su
-fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable, luego de
-perseguir al oso en sus montañas natales, ha pasado muchos años en las
-estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa á
-los venados turcos en compañía de los pachás más poderosos. Cuando el
-sultán conversa con él, se entera con interés de sus hazañas venatorias.
-
---Está usted en su casa--dice el marqués con graciosa amabilidad--. Esta
-es la casa de España.
-
-Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un
-buen arroz á la valenciana.
-
-El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero
-más notable es aún el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el
-parque de la legación, que extiende su arboleda cuesta arriba por la
-ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de
-marco al mágico espectáculo del Bósforo y á las verdes montañas de la
-vecina costa de Asia. Por la extensión azul pasan caiques con remeros
-vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras
-embarcaciones, damas turcas, que sólo dejan ver encima de la borda su
-cabeza encapuchada, teniendo frente á ellas esclavas negras, libres de
-velos. El sol del mediodía hace temblar las aguas con chisporroteos de
-oro. Un viento frío, que viene del Mar Negro, aligera la ardorosa
-temperatura estival.
-
---Verá usted en Constantinopla muchas cosas interesantes--dice el
-ministro de España--. Pero créame usted á mí, que llevo en esta tierra
-algunos años; los dos espectáculos extraordinarios, lo que no puede
-verse en ninguna otra parte, son el Bósforo y el Sélamlik.
-
-El Bósforo ya lo había visto yo, en toda su extensión, al dirigirme á la
-legación de España. Me quedaba por ver el Sélamlik, cosa difícil para la
-gran mayoría de los extranjeros, pues se necesita para ello la
-recomendación de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando
-se trata de favorecer á un compatriota, y á pesar de encontrarse un
-tanto enfermo, me acompañó en persona á la ceremonia palaciega.
-
-Todos los viernes, al mediodía, el sultán va con gran pompa á hacer su
-plegaria á la mezquita Hamidié, vecina á su palacio. Es el único momento
-en que se deja ver públicamente.
-
-Abdul-Hamid podía prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace
-tres años, en que estuvo próximo á perecer, por la explosión de una
-máquina infernal, á la salida de la mezquita. Pero el «Comendador de los
-Creyentes» quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en
-treinta y cinco años sólo dos viernes, por causa de enfermedad, ha
-dejado de presentarse en el Sélamlik.
-
-Esta asistencia voluntaria á una fiesta en la que ha sido objeto de
-atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido á locos temores ni
-le trastorna una manía persecutoria, como han hecho creer los armenios
-que escriben desde París.
-
-El sultán vive más allá de los arrabales de Constantinopla, en Yildiz
-Kiosk ó «Palacio de la Estrella», extensión amurallada, como diez ó doce
-veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega á vapor,
-caminos por los que corre en automóvil, bosques plagados de caza y unos
-cincuenta palacios, que habita y abandona á su capricho, mudando su
-residencia varias veces en una misma semana. Con una instalación tan
-completa se comprende que el majestuoso señor no sienta ningún deseo de
-visitar Constantinopla. Sólo una vez por año entra en la gran ciudad;
-pero es por mar, atravesando el Bósforo en dorado caique, para hacer una
-visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas
-reliquias el manto y el estandarte del Profeta.
-
-Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso
-jardín que le sirve de palacio. Entre esposas legítimas, odaliscas y
-parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres.
-
-No por esto hay que suponer al sultán entregado á pecaminosas
-diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios públicos, quiere
-saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo
-para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerosísimo es
-puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas,
-Abdul-Hamid repite--según dicen--, con la certidumbre de la experiencia,
-que el hombre sólo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para
-no ser un esclavo.
-
-Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas
-imperiales dan de almorzar y de comer diariamente á cinco mil bocas, con
-la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagínese el lector los
-carros de pan, los rebaños de ovejas y carneros, los cargamentos de
-hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente
-entran en las despensas del palacio. Á los cinco mil servidores hay que
-añadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz Kiosk, lo que
-forma un total de diez mil personas.
-
-El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran
-Eunuco es superior á él, y exhibe con orgullo su título de Alteza. En
-realidad, es el más poderoso de los funcionarios de una monarquía
-absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del señor, y esto crea
-siempre cierta confianza.
-
-Tenía grandes deseos de ver de cerca á este extraño personaje, y amigos
-influyentes preparaban nuestra entrevista. Después he desistido. ¿Para
-qué? El Gran Eunuco iba á recibirme en su casa, una casa á la europea,
-con muebles seguramente traídos de Viena, que serán su orgullo. Además,
-sólo habla turco. Para ver la colección de blondas artísticas que está
-formando y que exhibe á los extranjeros, no vale la pena de molestarse y
-llamar Alteza á este grotesco y triste personaje.
-
-No es fácil el acceso al «Palacio de la Estrella». El día del Sélamlik
-los embajadores, que son en Turquía los personajes más respetados
-después del sultán, se quedan fuera del palacio en un elegante y
-grandioso pabellón de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita
-Hamidié. Allí, en un palacio anexo, recibe el sultán á los embajadores,
-después de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles
-ó comunicarles.
-
-Cuando por algún asunto urgente entran los representantes diplomáticos
-en el interior del inmenso jardín, siempre los recibe Abdul Hamid en un
-palacio ó kiosco distinto.
-
-Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante á las fiestas de _Las
-mil y una noches_. El convidado se ve en un salón con gruesos
-candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro
-trabajado á martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta
-las argollas de las servilletas.
-
-Casi siempre estos banquetes son de treinta ó cuarenta cubiertos; pero
-hace poco se dió en palacio una comida á la oficialidad de la flota
-inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fué de oro, tan
-completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo
-número de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es
-inagotable. Comerían mil á la mesa del sultán, y es posible que á nadie
-le faltase su pila de platos de oro y su áureo cubierto.
-
-En Turquía, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se
-marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la
-ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo
-respeto.
-
-Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El sultán, al darlas,
-regala las insignias en brillantes. Los _maîtres_ que dirigen el
-servicio en un banquete del sultán, llevan el pecho cruzado de bandas y
-constelado de estrellas de diamantes. El Gran Señor condecora también á
-las damas turcas, hijas ó parientes de los pachás, y muchas de las
-encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Stambul, yendo á
-visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso dominó bandas multicolores
-y estrellas y medias lunas de brillantes.
-
- * * * * *
-
-Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas calles vecinas al
-Bósforo, camino de Yildiz Kiosk; pasan en sus carruajes imponentes
-pachás, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro; desfilan
-los batallones, precedidos de una música con alegres chinescos;
-presentan las armas los cuatro centinelas de cada cuartel á los coches
-de los diplomáticos, que llevan en el pescante al _cabás_, criado que
-sirve de insignia á toda la legación, con su uniforme de oficial turco,
-completado por el sable corvo y el revólver de funda dorada.
-
-La Constantinopla oficial y vistosa, el ejército, los pachás, la
-diplomacia, los jefes árabes venidos de los lejanos _vilayetos_
-asiáticos, todos marchan en la misma dirección.
-
-Vamos al Sélamlik.
-
-
-
-
-XXII
-
-El Sélamlik
-
-
-Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomático, contemplo el más
-asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla.
-
-En el horizonte, el mar de Mármara une su azul intenso con el azul del
-cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente del Bósforo entre
-la ribera asiática, cubierta de bosques y palacios, y la ribera europea,
-que desaparece como abrumada bajo el caserío de Constantinopla. El
-oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las
-ondulaciones de las colinas y los ángulos entrantes y salientes de la
-costa.
-
-Los agudos minaretes, con balconcillos circulares, semejan los mástiles
-con cofas de blancos navíos encallados é invisibles en la inmensa masa
-de la ciudad. En la azul extensión del mar, se destacan, cual dormidos
-insectos, los buques de guerra, negros é inmóviles, con manchas de
-vivos colores temblando junto á sus colas. Sus banderas de las grandes
-potencias que ondean en la popa de los buques _estacionarios_, ó el
-pabellón otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se
-exhibe en las vergas de varios yates imperiales que el sultán no ha
-visto nunca, ó de modernos navíos que envejecen sin levar sus anclas.
-
-De la ventana del kiosco diplomático se domina el mar, las colinas y la
-ciudad. Desde las hondas orillas del Bósforo remóntanse, formando
-distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en
-que se halla situado el palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por
-debajo de la ventana. Es el que conduce desde la puerta del palacio á la
-mezquita Hamidié: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave
-pendiente. En este espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de
-Orta-Keni, se verifica todos los viernes la ceremonia del Sélamlik.
-
-Van llegando las tropas. No existe ejército de exterior más impotente
-que el turco. Contra todas las precauciones que puede inspirar la
-afición de los orientales á lo vistoso y abigarrado, las tropas turcas
-ofrecen un aspecto sombrío y grave. Sus uniformes obscuros sólo están
-animados por los vivos toques del rojo de las bocamangas y del fez.
-Visto desde lo alto, este ejército no ofrece ninguna distinción de
-categorías. El mismo gorro llevan los generales, y aun el mismo Sultán,
-que el último soldado. El fez, cobertera uniforme de todos los
-otomanos, unifica las filas. No hay aquí la diversidad de penachos,
-galones y cascos de los ejércitos occidentales, que clasifica á los
-guerreros según el aspecto de las cabezas. Hay que mirar de cerca á los
-militares turcos para reconocer en los dorados de sus hombreras las
-diferencias de categorías.
-
-Desfilan al son de estrepitosas bandas de bárbara marcialidad los
-regimientos de línea, vestidos de obscuro azul, llevando al frente á sus
-jefes, montados en pequeños caballos turcos, que aun parecen más
-diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones árabes se
-distinguen, en esta aglomeración de cabezas rojas, por sus turbantes
-verdes, color religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos
-de blanco, á la zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de
-preferencia, encargada de la guarda del sultán. Llegan los marinos de la
-escuadra, con sus oficiales á caballo: unos marinos de altas botas, que
-llevan al cinto por toda arma el ancho sable de abordaje. Al pie de la
-colina de Orta-Keni, ondean las rojas banderolas de los lanceros. Los
-regimientos de caballería tienen bandas de música, y se ve á los
-trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes, como enormes serpientes
-de metal, saltar bruscamente á impulsos de los botes de los caballos,
-ocultos tras un pliegue del terreno.
-
-El aspecto imponente de estas tropas se debe á la edad de los soldados.
-El ejército turco es un ejército _duro_. No se ven en sus filas
-muchachos barbilampiños y á medio formar, como en los ejércitos de
-Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco á treinta años,
-fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. Unase á
-esto la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira
-respeto por su ingenuidad aun á los más escépticos, y se comprenderá lo
-que es una masa de siete ú ocho mil soldados otomanos. Después de
-verlos, nada puede asombrar de cuanto se diga sobre su resistencia ante
-el enemigo y su fiera conformidad ante la muerte. Se lo imagina uno mal
-dirigido en los campos de batalla, y dejándose matar, sin retroceder un
-paso. Pero volviendo la espalda, no hay quien se lo figure.
-
-Al detenerse y extender sus filas á lo largo del camino, descansan sus
-fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan inmóviles, con
-una inmovilidad que parece de ensueño.
-
-Nadie diría que al pie de la ventana hay formados algunos miles de
-hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los caballos
-permanecen inmóviles, sin el más ligero relincho. Parece una inmensa
-exhibición de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros,
-el oro de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es
-todo lo que se agita y parece tener vida en la enorme aglomeración de
-hombres. Los cuerpos no se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio,
-miran sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar.
-
-Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio de pesadilla, un
-silencio más profundo que el de la noche, reproduciéndose bajo la luz
-del sol.
-
-En el kiosco, los embajadores y las grandes damas del cuerpo diplomático
-hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces suenan con
-cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio exterior.
-Campo Sagrado, con su hidalga cortesía española, cumplimenta á las
-señoras; Constans, el famoso embajador de la República francesa, habla
-en correcto español, recordando sus años juveniles de Madrid: todo un
-mundo de oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados
-diplomáticos, secretarios, dragomanes y elegantes damas, rodea á los
-embajadores europeos, que son en Constantinopla algo así como
-semidioses, con más poder que el mismo sultán, pues muchas veces amargan
-sus días con enérgicas reclamaciones y turban su sueño.
-
-Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de las ventanas, como
-involuntarias irreverencias, sobre la muchedumbre guerrera, silenciosa é
-inmóvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven, no
-oyen; están como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar
-y el fervor religioso. Esperan al _Padichá_, nombre que dan los turcos á
-su emperador. El título de _Sultán_ sólo lo emplean los árabes.
-
-La conversación y la risa de los europeos tampoco conmueven á los
-ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y á los empleados
-palatinos, de negra _stambulina_, que permanecen erguidos é inmóviles en
-las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible moverse sin
-tropezar con ellos. Levantáis un cortinaje, y vuestra mano tropieza con
-el pecho de un coronel, inmóvil como un adorno del salón, y que no
-cambia de lugar ni os mira. Vais á una ventana, é inmediatamente
-percibís la sensación de que alguien está detrás: un señor de levita y
-gorro, con un rosario de ámbar en las manos, que jamás fija sus ojos en
-los vuestros, como si ignorase vuestra presencia.
-
-El sultán recibe á sus huéspedes con la mayor cortesía, enviándoles
-orientales saludos de amistad. Estáis como en vuestra casa; los esclavos
-negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda, con flores doradas,
-llegan las humeantes tacitas de café y los vasos de oro llenos de
-confitura de rosas; pero no podéis dar un paso sin que unos ojos os
-sigan; no podéis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros;
-no podéis hablar sin que un señor de uniforme ó de levita venga á
-situarse á pocos pasos, volviéndoos la espalda, para mayor disimulo. Al
-asomaros á una ventana, debéis arrojar antes el cigarro. Nadie puede
-llevar nada en las manos. Las señoras deben abandonar sus sombrillas,
-aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotográfica es un crimen que
-se paga con la expulsión. El alto espionaje, que consume con enormes
-sueldos una gran parte de la renta pública, vela por la existencia del
-_Padichá_ con una meticulosidad ridícula.
-
-Un crujido de arena, bajo la marcha acompasada de muchos pies, turba el
-profundo silencio exterior.
-
-Me asomo á la ventana. Dos filas de pachás descienden la cuesta, camino
-de la mezquita, con el sable en una mano enguantada de blanco, y
-moviendo la otra al andar con una regularidad de simples soldados. Son
-los generales que tienen empleo palatino ó están en los ministerios.
-Salen del palacio y van á la mezquita, agrupándose en la puerta de ésta
-para recibir al señor. Sobre sus levitas de obscuro azul, adornadas con
-grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor
-fantástico; estrellas de brillantes, soles de rubíes y esmeraldas, todas
-las insignias que puede regalar un monarca oriental de fabulosa
-generosidad.
-
-Estos pachás son la flor del imperio. Los hay viejos, tostados y secos,
-con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que
-pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en
-Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmán. Otros, jóvenes,
-morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Señor;
-generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes
-hereditarios que jamás pisaron el puente de un acorazado.
-
-El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emoción se
-manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al
-llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con
-un silencio absoluto, absolutísimo; con la ausencia de todo signo de
-vida.
-
-En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidié aparece un hermoso
-_imán_, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un
-muñequillo asomado á un balcón de encajes. Extiende, como alas de
-murciélago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plañidero
-y dulce, semejante á una _saeta_ andaluza, rasga el denso silencio,
-descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo.
-
-Empiezan á bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la
-mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas cuantas
-nada más, pues de ir todas en el cortejo, duraría éste horas enteras.
-
-Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan
-formando un círculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas é
-hijas del _Padichá_; en otros, sus tías; en los que rompen la marcha,
-las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en
-mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del
-emperador. Lo mismo pueden llegar un día al trono, que morir desterrados
-en una provincia de Asia, ó amanecer con las venas cortadas y unas
-tijeras junto á la cama, para que todos crean en un suicidio.
-
-Al través de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos
-pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una
-suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal
-gusto, de esos que los costureros de París guardan, según ellos dicen,
-para las damas turcas y las millonarias de América.
-
-Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las
-armas. Un _landeau_ sencillo, tirado por seis caballos de una belleza
-inexplicable, como sólo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza
-lentamente. Delante de él y á los lados marchan, en revuelta confusión,
-guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachás
-que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de
-dalmática bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de
-palacio vestidos de negro; jefes árabes, de nítido albornoz, venidos del
-Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales
-y almirantes situados al paso se unen á este grupo que corre en torno
-del carruaje, oprimiéndose contra sus ruedas y agrandándose por
-momentos.
-
-Solo en el _landeau_, con la capota caída, se muestra el emperador, el
-hombre omnipotente, el _Padichá_, el Sultán, el Comendador de los
-Creyentes, rey y pontífice á un mismo tiempo de muchos millones de
-hombres.
-
-Al pasar ante el kiosco diplomático, levanta los ojos hacia las ventanas
-y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo
-masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado
-como las mujeres de su harem. Á juzgar por los años que ocupa el trono y
-su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la
-luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de
-juventud. Este hombre, que es señor de una parte considerable de Asia y
-de una de las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los
-de _Las mil y una noches_, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de
-Bagdad, la de las fantásticas riquezas, se muestra simplemente vestido
-de negro, sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo
-en su indumentaria.
-
-Lo que se admira al momento en él es la tranquilidad, la resignación
-valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, á
-pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si
-está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser así la
-voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron
-asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos
-los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomático, desde las
-cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más allá, ante una
-muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la
-tropa.
-
-Las bandas de música hacen sonar el himno imperial, una especie de
-mazurca alegre; los gritos del _imán_ llegan de lo alto durante las
-breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una
-aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva.
-
-El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las
-damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos
-desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven
-el frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de
-espaldas al emperador.
-
-Cuando media hora después, terminada la plegaria del Sélamlik, vuelve el
-sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y más entusiasta.
-El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las
-mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados
-palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo
-de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo
-guía, acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de
-almirante, se sienta al lado de él.
-
-El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia,
-se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los
-pachás y los oficiales, pisoteándose y aclamando al emperador. Suenan
-otra vez las músicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el griterío de
-muchos miles de hombres.
-
-Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las
-armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida al _Padichá_!»
-
-No son los fríos vivas de ordenanza de otros países. Las aclamaciones
-del turco vienen de adentro, de lo más hondo.
-
-En este país es inútil soñar con reformas y revoluciones.
-
-Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca! Sólo puede ser como
-es, y así vivirá ó morirá.
-
-El buen musulmán jamás discute á su soberano. El _Padichá_ es algo más
-que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo.
-Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace Dios, y el turco es el más
-religioso y resignado de los hombres.
-
-Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria ó ante el cadáver
-de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una palabra de protesta. Le
-basta, para consolarse, suspirar melancólicamente:--¡Alláh lo ha
-querido!
-
-
-
-
-XXIII
-
-Los perros
-
-
-Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginación la
-gran ciudad oriental, reconstruyéndola con arreglo á ciertas lecturas,
-lo primero que veía eran los perros, los famosos perros de la metrópoli
-turca.
-
-Muchas cosas que amaba por los libros, no las he encontrado al llegar
-aquí. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran
-mentiras poéticas, que jamás tuvieron realidad. Pero los perros, los
-célebres perros, aquí están, como en otros siglos, llenando las calles,
-obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehículos, sin casa,
-sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la
-ternura que siente el turco por todos los animales.
-
-¿Quién no ha oído hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace
-pocos años eran la única policía urbana de la gran ciudad; el cuerpo de
-limpieza pública, encargado de que las calles no quedasen totalmente
-obstruídas por carroñas de animales y montones de estiércol. Ahora, la
-influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, ó
-sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos
-exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan á su modo por la limpieza
-de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de riego para
-las principales vías; mas no por esto los perros han perdido sus
-antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan á la vía
-pública el estiércol y los desperdicios; acuden los perros; la noche
-entera pasa entre ladridos, mordiscos y estrépito de lucha en torno del
-festín, y á la mañana siguiente, los barrenderos «quitan la mesa»,
-llevándose lo que no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla.
-
-Venecia tiene sus palomas, que han vivido y procreado durante siglos á
-expensas de la República, como una institución nacional.
-
-Constantinopla tiene sus perros, respetados por el turco con cierta
-superstición, como si su suerte fuese unida á los destinos del pueblo
-otomano en el suelo de Europa.
-
-Vinieron, según la tradición, desde el fondo del Asia, siguiendo al
-ejército turco. Cuando éste tomó á Constantinopla, los perros se
-aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando á la enorme
-ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros,
-acostumbrados á toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueño
-fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejército; animales de
-campamento hechos á la vida común, á buscarse el sustento por sí mismos.
-Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de
-gloria en la gran hazaña turca, su muda colaboración en la marcha de
-siglos, desde el centro de Asia á las bóvedas de Santa Sofía, la cobran
-estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideración
-popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre.
-
-Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos
-babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos
-urbanos, que hacían peligroso el tránsito por las calles de
-Constantinopla. Me sorprendí al verlos por primera vez, gordos,
-lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo,
-pero de buen lobo, cortés y juguetón, con un pelo de color de miel,
-lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos colmillos
-de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan sobre las
-patas traseras para acariciaros, y sin embargo, á nadie inspiran miedo.
-Peléanse entre ellos con encarnizamiento de fieras: todos llevan en su
-cuerpo señales de mordiscos; un combate de dos perros es algo horrible
-que pone en conmoción á toda una calle, y á pesar de esto, basta que un
-niño les amenace con un palo, para que se retiren, basta que un turco
-les largue una patada, para que huyan sin revolverse, pasando del
-rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia depende del
-hombre, y lo respetan como á un dios que dispone de sus vidas. Rara vez
-atacan á las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en
-estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde, á los
-transeuntes, casi siempre son mujeres las víctimas de sus ataques.
-
-¿Cuántos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla?
-Nadie lo sabe. Los más parcos en sus cálculos dicen que 80.000. Otros
-los hacen ascender á centenares de miles. Un comerciante francés ofreció
-al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y
-aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, según parece. El
-vecindario turco se indignó. ¡Matar sus perros! ¡Exterminar á los fieles
-camaradas de los conquistadores de Constantinopla!...
-
-Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan, para
-obsequiar á estos pupilos de Turquía. Así como en la plaza de San Marcos
-las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo á los palomos
-venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y
-picos acariciadores, aquí se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre
-pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un
-mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan á las
-fauces glotonamente abiertas.
-
-Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de
-gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de
-vivir, á una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor
-del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados,
-tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo á
-la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á la casa; la
-familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este trozo
-de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el
-patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á
-situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún
-intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va
-cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin
-que á nadie se le ocurra adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De
-vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre,
-queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en
-conmoción á la calle entera.
-
-El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente á los
-invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos,
-lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten
-poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que
-dirigen á la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el
-peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y
-toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y
-horas sus heridas.
-
-Marcháis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las
-manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan.
-De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os seguirán por
-más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariñosas.
-Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término del
-trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os
-salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de
-su territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca.
-Así, de escolta en escolta, podéis correr por la noche toda
-Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un
-grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una riña feroz
-conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin
-domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga
-del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El
-bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus
-días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.
-
-Según es la calle, así es el aspecto de los perros acampados en ella. En
-las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde están las
-grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros
-ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando
-melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales
-se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las
-callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de
-comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de
-sano aspecto.
-
-Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se aprendiese un oficio, todos
-los perros serían carniceros.»
-
-No hay carnicería de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos
-veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto
-trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos
-sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja
-garganta á impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo
-que cae las más de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero
-turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta
-de la tienda y hace tropezar á los parroquianos.
-
-En medio de las bandas de perros que corretean por las calles á la caída
-de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora del sol, se ven
-animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie.
-Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas
-dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son
-recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á
-saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó arrastran por el suelo
-su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños lagartos. Las ruedas
-de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso cuidado con
-que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla antes
-prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á
-cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos
-animales, habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo
-tranquilamente en mitad de las calles de más tránsito.
-
-Cuando una perra lanza su prole en plena vía pública, el buen turco saca
-un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de
-la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La gente tiene que
-dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches;
-la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve
-el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas.
-
-Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los
-viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la
-calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de
-estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un
-farol, ó cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna,
-Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta
-las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero
-adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de
-ladridos, como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa
-perfumada de un jardín lleno de ruiseñores.
-
-¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal,
-regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! ¡Las leyes
-crueles é inexorables de esta república de los perros!...
-
-Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el
-Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco, triste, de mirada
-dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los
-viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto
-entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto,
-asustando á las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de
-una docena de perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias
-feroces, mordiendo de veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con
-los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese,
-como si fuera algo esperado, corrió á refugiarse en el barco que volvía
-á Constantinopla.
-
-Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el pontón la llegada del
-barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó el vapor, y
-entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero otra
-vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de
-aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.
-
-¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al mísero
-animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub,
-que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales
-inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el
-instinto, y en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de
-noche, al Gran Puente, el pobre perro se alejó á la luz de las
-estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor
-de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al día siguiente
-comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que mordiscos y
-una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de
-encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le
-maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo
-del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos
-enemigos que ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de
-raza, de una venganza de familia ó de un obscuro drama de animalidad
-inferior... ¡Quién sabe!
-
-
-
-
-XXIV
-
-Los Derviches Danzantes
-
-
-El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las afueras de Eyoub,
-está rasgado por grandes ventanales con celosías encristaladas, y á
-través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear,
-bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules, densas y
-como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las
-llamadas Aguas Dulces de Europa.
-
-De vez en cuando, como una visión cinematográfica, pasa por la extensión
-azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de vela con un
-cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas envueltas
-en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los remeros
-sudorosos, una esclava negra.
-
-Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para mí.
-Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales,
-pero á pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el
-fondo de una escena dejándose ver sólo por los huecos de la decoración.
-
-Á cada entrada de éstas crece el zumbido de conversaciones y risas que
-se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galería
-cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta las
-mujeres turcas.
-
-Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna
-de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los ventanales que dan á
-la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas celosías se
-adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales
-movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.
-
-Es miércoles y la respetable cofradía de los Derviches Danzantes va á
-celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más importante en
-Constantinopla. Los viernes dan otra _representación_ en pleno barrio de
-Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafés
-y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por
-el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos.
-Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las
-diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los
-viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un país, á tanto
-por ejecutante.
-
-En Bakarié la fiesta religiosa no tiene otro público que los devotos, y
-asiste á ella el Cheik, sacerdote jefe de los Derviches Danzantes.
-Bakarié sólo atrae á las gentes del país. Es una mezquita perdida entre
-risueños cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub,
-barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningún europeo, donde
-subsiste la santa mezquita cerrada é inabordable á todo infiel durante
-siglos, donde es molesto á ciertas horas transitar por las tortuosas
-callejuelas, pues las viejas fanáticas, encapuchadas de negro, escupen
-con entusiasmo religioso á los pies del cristiano y le siguen con un
-barboteo senil de palabras incomprensibles, en las que sólo se adivina
-la palabra _perro_ seguida de misteriosas maldiciones.
-
-En el coro de la mezquita de Bakarié no hay otro europeo que yo. Me
-siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeñosa que
-adivino tras las espesas celosías y por el gesto impasible de los
-músicos sentados junto á mí, que parecen no haberse enterado de mi
-presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja
-próximo á desfondarse, único mueble europeo que el sacristán, tras larga
-rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los músicos se sientan en
-el suelo, con las piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla
-limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes;
-largas túnicas de pesado paño rojo, verde, blanco ó azul, y sobre ellas
-un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas
-hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeñecerse,
-abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo
-á la cofradía: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro
-saliente que un ligero reborde circular. Algo así como una maceta de
-flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la
-flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para
-convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á ellos
-los _darboukas_, pequeños timbales que sirven de acompañamiento. Los
-cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que
-sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros
-y rojos.
-
-Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las
-galerías superiores están unidas por una barandilla blanca y roja. Entre
-esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la
-cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño verde,
-apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que
-usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre
-frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan
-descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden á la
-fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde
-Constantinopla, jardineros de las cercanías, marinos de los acorazados
-turcos eternamente inmóviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos
-en la mano y el fez erguido sobre la frente.
-
-Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el centro de la
-mezquita, formando á modo de un gran salón de baile con el pavimento de
-madera, limpio, encerado y brillante. Allí están aguardando su hora los
-sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el
-suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa él solo la parte
-de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos
-negros, que forman en torno de ellos amplio embudo, é inclinando á
-impulsos de la meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen
-extraños insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa
-invisible.
-
-Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la
-barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una
-gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda venerable, con
-la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece
-tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño
-y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los
-esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la
-nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las
-modulaciones de la voz.
-
-La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, monótona, soñolienta,
-de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con reflexivas pausas,
-prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como ciertas
-canciones de Andalucía.
-
-Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla,
-parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus embudos negros,
-empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación.
-
-¿Qué dice la plegaria?... Nada. Interminables alabanzas á Alláh
-invisible, señor del universo, misterioso justiciero sin forma material
-ni otra imagen que los dorados caracteres árabes de elegantes rabos que
-lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres
-de sultanes que, agrupados en lista cronológica, son como la historia
-del pueblo turco. Y sin embargo, esta oración, cuyas palabras carecen de
-mérito literario y sólo tiene el encanto de la música adormecedora,
-causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se
-encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar
-á los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rígido,
-empiezan á moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivén cada vez
-más enérgico las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si
-reflejasen las llamas de una combustión interior. Las narices se dilatan
-y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y
-misteriosa. De vez en cuando un rudo suspiro se escapa de estos pechos
-contraídos por la emoción religiosa. El europeo, solo y aislado en esta
-mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que
-parecen resucitar siglos lejanos, bárbaros y belicosos, se siente
-invadido por la inquietud.
-
-Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros
-anaranjados el negro aleteo de su capa, y una música tenue y dulce, un
-suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita,
-donde los hombres parecen cuerpos sin alma.
-
-Es una flauta. La media hora de meditación que precede á la danza
-sagrada la llena el gorjeo de este instrumento bucólico. El músico,
-inmóvil entre sus compañeros en cuclillas, que parecen maniquíes, hincha
-sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo
-tiempo sus ojos mates, perdidos en éxtasis, delatan el fiero orgullo de
-tener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos
-hermanos de cofradía.
-
-El tierno vagido del instrumento parece enardecer á los orientales,
-creyentes de una religión, en la cual la ausencia de estatuas y pinturas
-litúrgicas obliga al devoto á un continuo esfuerzo imaginativo para
-representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de
-Bakarié sueñan en pleno mediodía, bajo la luz de las ventanas llenas de
-azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.
-
-¿Qué ven en sus ensueños? Huéspedes nada más del continente civilizado,
-europeos de paso, obligados á soportar una vida moderna extraña á sus
-costumbres y su tradición, su pensamiento va al más viejo de los mundos,
-á la venerable y misteriosa Asia, cuyas montañas casi pueden
-contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril
-instrumento les hace ver los amarillentos rebaños escalando lentamente
-las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el
-fresco pozo del desierto al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor y
-de pirata de la llanura, saludando á la doncella envuelta en velos que
-extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de
-bronce; los arenales del Yemen, obscuros á la caída de la tarde, por
-cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos
-monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que
-ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino
-solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina,
-cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las
-pesadas cimitarras de los guerreros de Dios: las plácidas callejuelas de
-Damasco, de húmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas
-colinas de Jerusalén, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de
-hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cúpulas
-partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas
-portadoras de fantásticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos
-pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes aún, de la
-raza semita, despreciada ó perseguida por los hombres modernos, y que
-sin embargo, un día, siguiendo las palabras de paz de Jesuhá, el hijo
-del carpintero, se hizo dueña de medio mundo y siglos después,
-repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseñoreó
-del otro medio.
-
-Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto á mí. Es un oficial de
-la escuadra turca, un joven teniente de navío, con su uniforme inglés
-modificado únicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones
-de oro de la bocamanga, rematados por un óvalo, brillan sobre el paño
-azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura,
-que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la nítida pechera
-de su camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa
-perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la
-alfombrilla de junco con sus calcetines de seda. Al pasar, parece
-sonreirme con los ojos, como á una persona que no se conoce, pero que se
-ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio
-europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde actúa una compañía
-de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste de
-_smoking_, y mientras se atusa los empinados bigotes á lo kaiser, mira
-amorosamente, á través de sus lentes de oro, á las _cocottes_ de
-diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas
-en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en París y en Londres, que
-es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones
-internacionales, un agregado militar de embajadas. ¿Qué extraña
-curiosidad le guiaba á la mezquita de Bakarié?...
-
-Se sentó en el suelo, cruzando sus piernas, oprimiéndolas con las manos
-para aproximarlas más al tronco. Escuchó inmóvil la plegaria del cantor,
-y poco á poco su cuerpo empezó á moverse con un balanceo creciente, lo
-mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumió, como
-á los demás, en profunda meditación.
-
-Cuando volví á mirarle, sus lentes habían caído sobre el pecho. Un
-arrebol de sangre coloraba su rostro, antes pálido. Su pelo, lustroso y
-plano á los dos lados de la raya central, parecía alborotado por un
-espeluznamiento de cólera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y
-arrogante, ensanchábase palpitante como si oliese pólvora. Sus ojos
-miopes, al encontrarse con los míos, reflejaron una extrañeza hostil y
-salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, parecía despegado
-de su cuerpo.
-
-Aquel marino era la personificación de la Turquía europea que se
-apropia los inventos modernos, copia la organización alemana, habla
-todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de
-París... pero guardando bajo este exterior su alma asiática.
-
-Me imaginé al amigo de las _cocottes_ de Petits-Champs, al marino casi
-inglés, al elegante agregado de embajada, al que yo creía un escéptico y
-alegre vividor, escuchando á un _imán_ que proclamase la guerra santa; y
-vi al asiático despojándose de golpe de su complicado disfraz de europeo
-y agitando en una punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los
-grandes capitanes de Mohamed blandían sus cimitarras tintas en sangre
-para demostrar la unidad de Dios.
-
- * * * * *
-
-En el coro de la mezquita de Bakarié, el flautista sagrado sigue
-improvisando trinos ó lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo,
-acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches
-danzantes.
-
-De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik, que ha salido de
-su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese
-á desplomarse. Un sonoro redoble contesta á este movimiento. Todos los
-derviches dejan caer igualmente sus manos á un mismo tiempo, quedando á
-gatas, con el enorme gorro junto al suelo.
-
-Al gemido de la flauta se unen los _darboukas_, que baten una marcha
-lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al compás de esta marcha,
-los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo á lo largo de las
-barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos obscuros, y quedan
-al descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero
-abarcando en su variado conjunto todas las tintas del iris.
-
-¡Extraña vestimenta que haría reir en otro lugar, y á la que da cierto
-respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas por el
-fuego hostil de unos ojos de fanático!... De cintura arriba son hombres,
-con chaquetilla á la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo
-son mujeres, arrastrando una falda amplísima de rígidos pliegues, que
-roza el entarimado con crujidos de pesadez.
-
-Avanzan descalzos, contoneándose ligeramente al compás de la marcha, con
-los brazos cruzados sobre el pecho y las manos extendidas junto á los
-hombros. El Cheik camina al frente de la hilera, marcando las ceremonias
-del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre sus talones y
-saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda
-inclinación, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los demás
-repiten el mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual están
-las tumbas de los santos varones de la orden, se reproduce igual
-ceremonia.
-
-Tres veces da vuelta á la sala la procesión de los derviches, y este
-desfile dura mucho tiempo, con la rígida lentitud que es para los
-orientales el signo más imponente de la majestad. Los pies, descalzos,
-se mueven incesantemente al compás de la música, pero sin adelantar
-apenas. Por fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda
-inmóvil en el centro del muro oriental, con los brazos en el pecho,
-destacando su figura sobre los vidrios iluminados de una gran ventana.
-
-Los derviches, formados en larga fila, parecen bailarinas que se
-preparan á lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un escenario.
-Poco antes, al despojarse de los mantos sombríos y aparecer en todo el
-esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban á las danzarinas
-de ciertas óperas que surgen de entre bastidores como negras brujas, y
-de pronto, abandonando sus disfraces, muéstranse luminosas, envueltas en
-gasas y colores rosados.
-
-Los instrumentos del coro adoptan un ritmo semejante al del vals, y al
-repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear de las flautas, se
-unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia bailable,
-monótona y chillona, sin otra variación que el cambio de tono al final
-de cada estrofa.
-
-Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo saluda con reverente
-inclinación, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta con ligero
-gesto, y el sagrado danzarín empieza á girar sobre sus talones, con una
-velocidad cada vez mayor, añadiendo á este vertiginoso movimiento de
-rotación otro ligerísimo de traslación, que le hace avanzar lentamente,
-siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadísima arremolina sus
-pliegues en torno de las piernas, y poco á poco, con la velocidad, toma
-aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones gigantescas.
-Primero es un enorme paraguas á medio abrir, luego un globo, después un
-paracaídas, y el paño pesadísimo se extiende casi horizontal, girando
-con loco vértigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas
-como una peonza loca.
-
-Al comenzar su movimiento de rotación, el derviche lleva los brazos
-cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco á poco los despega,
-los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta que
-al fin los mantiene rígidos, en cruz, ayudándole esta tensión á la
-rapidez de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no
-sonríe. Sus ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se
-contrae con un gesto de estupidez extática, de voluptuosidad dolorosa.
-
-Tras el derviche vestido de blanco, empieza á girar otro verde; luego
-otro azul; después otro rojo, y así van saliendo en ruidosa ondulación
-circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con esa
-intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros
-orientales.
-
-La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran y giran, dando al
-espectador el mareo del vértigo. En las raras pausas de la música se oye
-el aleteo del pesado paño cortando el aire y el roce de los pies. El
-espectáculo es original, obsesionante, con el extraño poder que ejerce
-la mezcla de lo bello y lo ridículo. Son flores gigantescas que bailan,
-rematadas por hombres feos y barbudos. Rosas fantásticas que giran
-llevando hundidos en el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz
-coronados por un gorro de fieltro.
-
-Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez más fuerte; los
-_darboukas_ repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y
-balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez,
-que sus brazos y piernas son pálidas sombras, borrosas por la velocidad,
-y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... ¿Cuánto tiempo
-dura la sagrada danza?... No lo sé. Siento, á pesar de mi inmovilidad,
-los efectos del vértigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo
-girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina
-nunca. La música infernal y el volteo de los derviches embriaga á los
-fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al compás de la
-música, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes donde
-centenares de monigotes mecánicos, con gorro rojo y cara de palo, se
-balancean impasibles á los sones de un cilindro de música.
-
-El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su
-rotación; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se
-deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo;
-luego se achican más aún, surgen los pesados pliegues, que acaban por
-rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven á formarse en fila, á
-un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor: los
-ojos vidriosos tienen aún la locura del vértigo. Agítanse sus pechos
-como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la
-repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero á pesar de esto
-todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la
-venia y reanudar la loca danza.
-
-Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litúrgico,
-lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto á adoptar el ritmo del
-sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan á girar en el
-centro de la mezquita.
-
-Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y
-giran, con un movimiento vertiginoso, que agotaría las fuerzas, la razón
-y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y
-vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los
-trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata á la mezquita,
-atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea á ésta.
-
-El Cheik hace su oración ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre
-la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Alláh y
-se retira también.
-
-La ceremonia ha terminado... ¡Ridícula!... Los que la vieron desde
-pequeños, cuando su razón comenzó á abrirse á las cosas del mundo
-aceptándolas tal como las encontraron, asisten á ella con sincero fervor
-y la consideran como el más noble y poético de los cultos... ¿Quién sabe
-lo que un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensará al
-ver por vez primera las ceremonias litúrgicas de los occidentales? Todos
-los pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han
-danzado ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia
-religiosa. La danza es seguramente un acto más elevado y menos material
-en honor de la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro.
-
-De todas las cofradías musulmanas de Oriente, la de los derviches
-danzantes es la más aristocrática. Sus afiliados gozan de general
-respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiéramos llamar el Papa de los
-derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las
-tradiciones otomanas, adonde no ha llegado aún la influencia europea que
-atrofia y envilece á la vieja Turquía.
-
-Cuando muere el sultán y hay que consagrar un nuevo Comendador de los
-creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia á la Santa
-Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al
-emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y su
-poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de
-Eyoub. El gran derviche ciñe la venerable cimitarra de Mohamed á la
-cintura del nuevo soberano, y Turquía entera aclama á su _Padichá_.
-
-La Santa Mezquita de Eyoub es el único lugar que guarda el misterio y el
-aislamiento religioso del pueblo turco. Ningún cristiano ha pisado ni
-siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante
-ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean
-sus patios y jardines.
-
-Al salir yo de Bakarié, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que
-una embarcación me condujese á Constantinopla, me perdí en unas
-callejuelas inmediatas á Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos
-funerarios al través de cuyas rejas se ven túmulos de sultanes y santos,
-coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.
-
-Al final de un callejón vi una gran arcada con la verja abierta. Me
-aproximé. Enfrente, un patio solitario y fresco; más allá una arcada; en
-último término, una gran extensión inundada de sol y cerrada por
-murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzábase la
-enormísima pilastra de un plátano de quinientos años, con el ramaje
-invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de
-azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mármol;
-centenares de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las
-columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear
-del agua. En el último patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi
-desnudos, y permanecían acurrucadas viejas horribles, esperando una
-limosna.
-
-Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo inabordable para el
-cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su
-visita á Constantinopla. Á un lado una fachada misteriosa, de azulejos
-verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura.
-
-Apenas asomé mi cabeza, un _zapethie_, gendarme turco, vino hacia mí.
-Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras,
-chillando y manoteando con belicosa alegría: «¡_Giaour_! ¡_Giaour_!»
-(¡Un cristiano!)
-
-Me alejé prudentemente, pero la rápida visión del patio solitario con
-sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de
-feroz misterio, no se borrará fácilmente de mi memoria.
-
-¿Qué habrá en el interior de la Santa Mezquita de Eyoub?...
-
-
-
-
-XXV
-
-El heredero de «Las mil y una noches»
-
-
-La punta de Stambul, que avanza ante Galata formando de un lado la
-entrada del Bósforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa
-el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos años
-dejó de servir de residencia á los soberanos de Constantinopla.
-
-Los occidentales confunden con frecuencia el serrallo con el harem.
-Serrallo es simplemente un palacio: sólo el harem (_lugar sagrado_) es
-el departamento destinado á las mujeres.
-
-Este extremo de Stambul forma una altura desde la cual se abarca el más
-asombroso de los panoramas. Á un lado la azul extensión del mar de
-Mármara, infinita á la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo, que
-parecen inmóviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente
-la ribera asiática de montañas rojas, con el Bósforo que oculta en sus
-revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro
-penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su
-caserío por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi
-invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.
-
-En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrópolis de
-la antigua Bizancio. Aquí, el maravilloso palacio de la emperatriz
-Placidia, las mansiones de los personajes más importantes del imperio,
-las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodégetria
-(conductora de los ciegos) y el alcázar de los emperadores bizantinos,
-monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde
-las vastas salas destinadas á la orgía y á la muerte estaban decoradas
-con escenas bíblicas sobre fondos de oro.
-
-Cuando Mohamed II conquistó Constantinopla, sus construcciones de gusto
-oriental se elevaron sobre los escombros de los palacios del vencido, y
-en esta colina vivieron los _Padichás_ hasta los primeros años del siglo
-XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas de la milicia de los
-jenízaros, hicieron levantar el campo á Mahmoud II. El Serrallo era una
-vivienda demasiado grande para que el Comendador de los creyentes
-pudiese subsistir con entera seguridad. Enclavada en el corazón de
-Stambul, dominadas sus murallas por edificios pegados á ellas, el pueblo
-sublevado ó los pretorianos descontentos podían invadirlo con gran
-facilidad. El sultán abandonó el antiguo Serrallo en 1808, trasladándose
-á la otra ribera del Cuerno de Oro, y desde entonces los emperadores
-viven en plena campiña, apartados de su ciudad y rodeados de un pueblo
-fiel de guardias y cortesanos que ellos mismos se forman.
-
-Sólo algunas sultanas viejas, con su corte olvidada y pobre de parientas
-del emperador, viven como monjas en los abandonados palacios del antiguo
-Serrallo.
-
-Éste se halla dividido en tres partes: los jardines, el Patio de los
-Jenízaros y los palacios ó kioscos esparcidos caprichosamente en la
-meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el encanto de la
-vegetación secular abandonada á la libre expansión de sus fuerzas;
-terrazas en escalones con enormes cipreses ó seculares plátanos; rosales
-que crecen y se enmarañan como bravías malezas, y en medio de este
-oleaje de verde sombrío, kioscos de simples líneas y amarillenta
-blancura. Un cinturón de murallas rojas, con puntiagudas almenas y
-gruesos torreones, cierra el recinto del Serrallo, como una ciudad
-aparte dentro del antiguo Stambul.
-
-Lo más notable que encierra es el tesoro de los sultanes, la colección
-de riquezas históricas de estos soberanos del fabuloso Oriente, que
-conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para visitarlo
-se necesita una invitación del sultán, y aun así la visita no está al
-alcance de todos. Yo mismo, después de recibir la invitación, tuve que
-aguardar durante muchos días la oportunidad de que otros viajeros
-sintiesen el mismo deseo.
-
-Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo palacio un verdadero
-ejército de criados, funcionarios de corte, ayudantes del sultán, pachás
-depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total unos
-trescientos hombres, y como en Turquía es natural y corriente la
-costumbre del _batchis_ ó propina, y nadie cree envilecerse tomándola,
-la tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para
-realizarla, se reunen, poniéndose á escote.
-
-Dos personajes de Rumania venidos á Constantinopla para una conferencia
-con el gobierno turco sobre las minas de petróleo, recibieron la
-invitación de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto con
-ellos y sus esposas, entré en este depósito de fabulosas riquezas, á las
-tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y
-personajes pálidos de espesa barba y ojos tristes, todos con levita
-_stambulina_ y gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos
-cruzadas sobre el vientre.
-
-Así atravesamos el extenso Patio de los Jenízaros, pasando bajo la
-Puerta Augusta, un arco de mármol blanco y negro con columnas de jaspe
-verde. Á cada lado de la puerta hay un nicho que aun conserva señales
-de escarpias. De estas escarpias se colgaban para terrible ejemplo las
-cabezas de pachás cortadas por orden del Gran Señor.
-
-Nuestros conductores nos entran en un kiosco blanco, cuyos grandes
-ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada del Bósforo. Una
-alfombra sedosa de finos colores, ámbar y rosa, se hunde bajo nuestros
-pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de empleados
-palatinos y negros eunucos. Los muebles (¡oh anacronismo!) son de estilo
-Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el
-gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el
-agua azul y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del
-Serrallo. La roca, casi cortada á pico, da al Bósforo en este lugar una
-gran profundidad: cien metros, ¡Los misterios que guarda esta superficie
-límpida, débilmente rizada por la brisa que viene del mar de Mármara, y
-en la que tiemblan como pedazos de espejo los suaves rayos del sol de la
-tarde!... Aquí caían en el eterno misterio, con una piedra al cuello,
-los hermanos de los sultanes, estrangulados para evitar á Turquía una
-guerra civil; aquí desaparecían para siempre los pachás ambiciosos y en
-desgracia; aquí acababan las perfumadas sultanas y las odaliscas de
-voluptuosos ojos, sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un saco
-de cuero, antes de rodar á las tenebrosas profundidades.
-
-Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de grandes bandejas
-cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el obsequio del
-sultán á los extranjeros que visitan su antigua residencia.
-
-El maestro de ceremonias tira de las ricas envolturas. Dos eunucos
-sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como un escudo, y en
-ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena de
-confituras de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el
-eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con
-vasos de agua y tras él llega otro con un gran incensario dorado lleno
-de brasas, en el que humea una cafetera. Las minúsculas tacitas de
-porcelana persa se llenan de café espeso como pasta, y el perfume
-intenso del negro y delicioso brebaje se une al olor de rosa que
-impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda ofrecer los
-cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados, hombres y
-mujeres, sentándonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante un
-cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul (azul
-de cielo y azul de mar), á los que sirven de marco las ventanas del
-kiosco.
-
-Otra vez en marcha, precedidos de la procesión de servidores de negra
-levita y gorro rojo, que parece haber aumentado considerablemente. Son
-ya más de cien.
-
-Atravesamos un patio extenso, ó más bien una llanura cerrada por un
-sinnúmero de claustros, kioscos sueltos y palacios ruinosos, en los
-cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los mantos de
-hiedra y de las parras trepadoras.
-
-Junto á una puerta de arco, y bajo un porche de tejas viejísimas,
-cubiertas de moho y desunidas por las raíces de plantas parásitas, están
-formados los soldados de una compañía de infantería, en cuatro filas,
-dos á cada lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de
-marina con cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la
-empuñadura del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez
-alemana. Puesto que somos europeos é invitados del sultán,
-indudablemente debemos ser grandes personajes en nuestro país. Los
-soldados, al pasar nosotros, lanzan el rugido de ordenanza, elevando sus
-fusiles y presentándolos. Después vuelven á aullar con unidad atronadora
-y los dejan caer al mismo tiempo, conmoviendo con las culatas las viejas
-losas, en cuyos intersticios crece la hierba.
-
-Estamos en la entrada del _Hasné_, del famoso Tesoro, puerta venerable
-de cedro, roída por los años, con clavos oxidados y cerraduras que
-parecen olvidadas durante siglos y de imposible funcionamiento. Junto á
-ella aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la tierra. Son
-viejos pachás de miembros trémulos y barbillas blancas, arrugados
-personajes con el paño del dorso de la levita tirante sobre la
-curvatura de la espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y
-brillante; se abre con estridente _cric-cric_ un enorme candado, giran
-con doloroso gemido los pernos de las cerraduras y se quejan los
-cerrojos al ser arrancados de la inmovilidad de su sueño. Los
-respetables gnomos del Serrallo van de un lado á otro trabajando en su
-penosa obra, y al fin giran chirriantes las hojas de cedro en el
-silencio conventual del Serrallo, y de la penumbra surge una bocanada de
-aire húmedo y espeso, una respiración de lugar cerrado, de antigua
-bodega.
-
-Todos los criados que nos preceden entran apresuradamente, mientras
-nosotros, contenidos cortésmente por el ayudante y el maestro de
-ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas carreras
-en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rápida confusión del
-grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando
-cada cual el sitio que tiene designado con anticipación.
-
-Cuando entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece como nuevo adorno una
-pareja de hombres inmóviles, tan inmóviles como las estatuas y los
-maniquíes que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y sin
-respirar apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras
-evoluciones. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan á los
-descansos de las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y
-armario, se empequeñecen y disimulan para no ocultar con su cuerpo la
-vista de ningún objeto, pero ni por un instante podéis encontraros más
-allá del fuego cruzado de sus miradas.
-
-Todos los visitantes deben ser excelentes personas, ya que el Comendador
-de los creyentes los honra con su invitación, pero los pachás
-guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y demás
-potencias infernales, y desconfían de la codicia del hombre y de la
-demencia de la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que
-enloquece.
-
-¡El Tesoro del sultán, dueño desde hace siglos de la prodigiosa Bagdad!
-¡La colección de riquezas de este heredero de _Las mil y una noches_!...
-
-Al abarcar con la vista el amontonamiento de objetos preciosos,
-experimenté una profunda decepción. Los objetos están guardados como en
-un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo, y los
-vidrios se enturbian, dando á todo un aspecto de pobreza y falsedad.
-Ocurre aquí como en los tesoros de las catedrales católicas, donde los
-siglos y la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y convierten
-los diamantes en vidrio y las perlas en gotas de cera.
-
-El Tesoro del sultán (que no ha visto nunca el sultán actual ni
-visitaron jamás muchos de sus antecesores) parece una enorme tienda de
-anticuario, abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas están rotos en
-parte, y las goteras del techo hacen caer en grandes desconchados el
-enlucido del cielorraso. Polvo, telarañas y vejez por todas partes.
-
-Este abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene, hacen
-dudar en el primer momento del valor del Tesoro.
-
---¡Todo mentira!--murmuran en nuestro interior la malicia y la
-desconfianza--. ¡Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros
-siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser
-verdad.
-
-Y sin embargo, es verdad, por más que la razón se subleve ante lo enorme
-de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos, cuando
-han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos á
-Oriente.
-
-Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un
-trono para descansar en él con las piernas cruzadas, bajo y casi tan
-grande como un lecho. Lo robaron los turcos á los persas en el siglo
-XVI, durante la guerra del sultán Selim contra el sha Ismail. Es de oro
-macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensación
-de ruda pesadez. El precioso metal sólo es visible en pequeñísimos
-espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riquísimos materiales,
-cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte
-inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas,
-de rubíes, todos de igual tamaño, que se repiten formando flores y
-hojas. La razón, que parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de
-su autenticidad, sólo se convence tras largo examen de la riqueza de
-este mueble.
-
-En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante
-á un púlpito de musulmán. Es á modo de una garita de ébano, dentro de la
-cual se sentaba el _Padichá_ con las piernas cruzadas. De cada ángulo
-del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de
-cúpula, y en el centro de ésta se eleva un joyel de inverosímil
-magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen
-simples pedazos de empañado cristal. Todo este pequeño edificio de ébano
-y sándalo está incrustado de nácar, concha, plata y oro. Por todas sus
-caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantásticas en
-nácar, y el centro de cada flor está formado de grandes cabujones de
-rubíes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una
-cadena de oro que venía á caer sobre la cabeza del sultán. La cadena
-sostiene un corazón también de oro y de éste cuelga una esmeralda de
-forma irregular, pero de un tamaño inaudito, gruesa de cinco centímetros
-y grande como una mano abierta.
-
-¡Las esmeraldas del sultán! Después de visitar el pabellón del Tesoro se
-hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un
-camino.
-
-Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina,
-donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos
-planos de un verde obscuro, algo así como tres adoquines de vidrio
-opaco. ¡Son esmeraldas!... Las tres más grandes que existen en el mundo.
-Una de ellas pesa cerca de tres kilos.
-
-Y á lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectáculo de
-las riquezas amontonadas por el heredero de _Las mil y una noches_:
-armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina
-cubierta de perlas y rubíes y la empuñadura formada de brillantes y
-esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de
-brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en cuyo
-bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de
-piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y
-frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos
-de menudas incrustaciones en maderas perfumadas ó ricos metales, que
-reproducen escenas al borde del Eufrates, en las riberas del Ganges ó
-sobre las mesetas del Isphan llenas de rosas, donde cantaron los poetas
-Shadi y Ferdussi.
-
-Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de los antiguos
-sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio
-de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmesí y está bordada
-con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamaño, que es el de
-un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un
-rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.
-
-La armadura que Mourad IV llevó á la toma de Bagdad en el siglo XVII,
-deslumbra majestuosa frente á dos ventanas. Es una cota de mallas de oro
-con placas damasquinadas, y á su lado está la cimitarra, con la guarda y
-el puño cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos de
-la misma dimensión y de trece milímetros de grueso.
-
-En una galería superior está lo más interesante del Tesoro: las
-vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes,
-desde Mohamed II, que conquistó Constantinopla, hasta Mahmoud, que murió
-en 1839. Estas vestiduras están puestas sobre maniquíes, sin cabeza,
-coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada
-turbante está rematado por un penacho sujeto con un joyel magnífico, y
-en la faja de todo maniquí luce un puñal, que es obra maestra de
-cincelado y un alarde de fantástica riqueza. Los hay que parecen
-trabajados por Benvenuto Cellini. La empuñadura de una daga está formada
-de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes:
-dos en cada cara del puño y el restante sirviendo de pomo.
-
-La profusión de pedrerías sobre las armas y en los penachos de los
-turbantes, deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos
-ramilletes de plumas, está formado de dos esmeraldas y un rubí, que
-tienen pulgada y media de gruesos. Las túnicas son de brocado magnífico,
-tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el
-apoyo interior del maniquí. Las fajas de rica seda, sustentan los
-puñales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos
-símbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga
-lo que el cetro para los monarcas de Occidente.
-
-La larga fila de sultanes, inmóviles y sin cabeza, cubiertos de las
-mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo
-turco. Dentro de estas rígidas y deslumbrantes túnicas vivieron hombres
-respetados como dioses, que se hacían obedecer desde las orillas del
-golfo Pérsico hasta los muros de Viena y obligaban á temblar á toda la
-cristiandad, en perpetuo escalofrío de miedo, turbando el santo reposo
-del Vicario de Cristo.
-
-La imaginación, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como
-corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros
-barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales é
-imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso
-de poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras
-aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y
-jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio,
-queriendo llegar conquistadores hasta sus fuentes.
-
-«¡Que baja el turco!», gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena
-á Lisboa, desde Cádiz á Londres, y la vida pacífica quedaba en suspenso,
-y las naves mercantes de Venecia, Génova y España convertíanse en barcos
-guerreros, haciéndose á la vela para salir al encuentro del enemigo en
-los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejércitos, y el
-continente entero quedaba inmóvil, en angustiosa espera, sin saber
-ciertamente si había llegado su última hora ó si tendría aún derecho á
-seguir existiendo.
-
-Los hechos que en la historia parecen más lejanos y faltos de relación,
-están unidos por el misterioso engranaje, generador del movimiento de
-avance que desde hace siglos empuja á la humanidad. Sin los sultanes de
-Constantinopla, fanáticos koranistas ansiosos de someter Europa entera á
-la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habría
-perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte
-europeo seguiría á estas horas con la conciencia sometida al gran
-sacerdote de Roma.
-
-Los reyes católicos de Europa (especialmente nuestro Carlos V), á
-instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar á sangre y fuego en
-Alemania, sometiendo con mano férrea á los pequeños señores germánicos
-partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes habían sido
-vencidos los provenzales heréticos y los húngaros entusiastas de Huss.
-Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro
-exterior no permitía al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de
-su casa. Como si los déspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los
-partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos
-europeos, á impulsos de una paz momentánea, volvían los ojos hacia el
-hogar de la herejía, en Constantinopla se armaba una nueva expedición y
-el grito pavoroso corría por todo el continente: «¡Que baja el turco!»
-
-La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania era un plantel
-inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas católicos, para salir
-del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelión espiritual del país
-que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de
-los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras
-del centro de Europa, ya _no bajó_ más, era tarde para el catolicismo
-romano. La herejía, fácil de matar en la cuna, había crecido
-desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco costó á Roma la
-pérdida de media Europa.
-
- * * * * *
-
-Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una
-borrachera de riquezas. Dentro del pabellón vetusto se pierde la noción
-del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al
-centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectáculo ordinario,
-experimenta una gran extrañeza al reflejar la desnuda miseria que existe
-fuera del pabellón.
-
-Tardo un buen rato en volver á la realidad al salir del _Hasné_. En los
-primeras momentos me extraña que los fusiles de los soldados formados
-junto á la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no
-estén rígidos, bajo una capa de preciosos bordados, como las túnicas que
-quedan allá dentro; que la hierba de las losas no esté formada de
-esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y
-ruedan en un tazón al final del patio.
-
-Al fin logro serenarme, y me habitúo al nuevo ambiente, como el que pasa
-de un salón iluminado con vivas luces á una callejuela lóbrega. ¡Adiós,
-esplendores absurdos, riquezas turbadoras é inauditas de _Las mil y una
-noches_, que quedáis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras
-la venerable puerta de cedro que vuelven á cerrar los gnomos de barbilla
-blanca, con chirridos de herrumbre!... Sólo el recuerdo me llevo de
-vosotros, pero juro que en adelante no habrá escaparate parisién de la
-_rue de la Paix_ que me haga detener el paso con asombro, y que sonreiré
-como hombre que está en el secreto cuando en noches de gala vea en la
-Grande Opera ó en el Real de Madrid el desfile de la centelleante
-pedrería sobre los hombros desnudos.
-
-En el centro del patio del Tesoro vemos el _Kafess_, un kiosco enrejado,
-una prisión que casi es una jaula, dedicada antiguamente á los hermanos
-de todo sultán, príncipes infelices, esclavos de la razón de Estado, que
-así habían de vivir para no turbar el sueño del soberano con amenazas de
-rivalidades. Esta prisión en pleno Serrallo casi resultaba para ellos
-una felicidad. Peor era que un día su augusto hermano, no satisfecho del
-encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando después unas
-tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio.
-
-Al otro lado del patio del Tesoro está la sala del Trono, el famoso
-_Diván_. Aquí recibían los sultanes á los embajadores de la cristiandad,
-bajo un techo, que aun subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la
-sala está el trono, en forma de diván, lecho enorme con un toldo de
-viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras
-preciosas. Existe una ventana enrejada junto al _Diván_, y tras ella
-escuchaba el _Padichá_ á los embajadores, que ocupaban una pieza
-inmediata. Merced á tal precaución, los sultanes, que vivían en continuo
-miedo al asesinato, y las más de las veces no acababan sus días en la
-cama, creíanse á cubierto de una agresión de parte de los enviados
-extranjeros, á los que apenas conocían.
-
-Cerca de la ventana hay una fuente. El sultán, apenas comenzada la
-entrevista, la hacía correr, y el murmullo del agua ensordecía y apagaba
-la conversación para que no la oyesen los familiares de los dos
-séquitos.
-
-¡Los caprichos de estos déspotas, ahítos de poder, y semejantes en sus
-bromas terribles á los emperadores romanos de la decadencia!...
-
-Cierto día un duque francés, embajador de Luis XIV, fué admitido como
-gran honor en el mismo salón del Trono, manteniéndose de pie ante el
-diván en el que estaba tendido el _Padichá_.
-
---Mira lo que tienes al lado--dijo el déspota sonriendo, con una malicia
-infantil en la mirada.
-
-El embajador miró á la derecha, miró á la izquierda, y sin la más leve
-emoción, continuó el discurso, exagerando más aún su actitud rígida y
-tranquila.
-
-Dos fieros leones estaban junto á él, frotando la melena alborotada
-contra sus piernas, rugiendo de extrañeza, mirando al intruso y mirando
-á su amo, como si sólo esperasen un ademán de éste para caer sobre él.
-El sultán experimentó una gran decepción al no poder divertirse con el
-miedo del extranjero. El embajador terminó su conferencia y salió
-dejando aturdidos á todos con su serenidad.
-
-Un héroe el tal embajador: un diplomático que sabía sobreponerse á las
-terribles emociones. Pero después, al llegar al palacio de la embajada,
-cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresuró á
-despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas,
-que se quitó los calzones de terciopelo... y llamó á la lavandera, para
-entregarla su ropa interior.
-
-
-
-
-XXVI
-
-Santa Sofía
-
-
-Estoy en el gran patio de la mezquita «Aya Sophia» (la famosa Santa
-Sofía de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un plátano
-venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de café, y
-aspirando el perfume de sándalo de un rosario musulmán que acabo de
-comprar á un mercader sirio.
-
-Á mi lado está Nazim-Bey, joven capitán de caballería que ha viajado por
-toda Europa, y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los
-oficiales del cuarto militar del emperador.
-
-¡Lo que me costó entrar en Santa Sofía!... Todos los viajeros que han
-visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido verla con
-entera libertad. «Aya Sophia» estaba abierta á todo el mundo, como las
-demás mezquitas. Pero una comisión de jefes del Yemen, árabes fanáticos,
-habituados á la vida de los desiertos arenales, que no entienden de
-relaciones internacionales y desprecian á los infieles, vino á
-Constantinopla á visitar al _Padichá_, y al entrar en la más famosa de
-las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que
-la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayoría, que iban de un
-lado á otro hablando fuerte y con el _Baedeker_ en la mano.
-
-Pocos extranjeros entrarán ya en ella. El sultán, para dar gusto á los
-revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso á los infieles, y yo
-tuve que invertir más de quince días en ruegos, visitas y gestiones casi
-diplomáticas para visitar la famosa mezquita. ¡Irse de Constantinopla
-sin conocer Santa Sofía!... Al fin, una tarde, á la hora en que escasean
-los fieles en el templo, y acompañado de un ayudante del sultán, pude
-entrar en la antigua basílica.
-
-Sentados en un cafetucho del patio, junto á las fuentes de abluciones,
-que chorrean incesantemente, aguardamos á que un servidor del templo nos
-avisase el momento más propicio para la visita, después de la salida de
-ciertos devotos rezagados y antes que los _muezines_ se asomaran á los
-balconcillos de los cuatro alminares llamando á los fieles á la oración
-de la tarde.
-
-Por fin, entramos... ¡Inolvidable impresión! No todos los días puede
-pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil
-cuatrocientos años; no se respira con frecuencia bajo unas bóvedas que
-cuentan catorce siglos de antigüedad.
-
-Inútil es describir Santa Sofía. Su atrevida cúpula, agujereada por
-estrechas é innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones,
-sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde, y desde las
-cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lámparas,
-los huevos de avestruz y demás adornos de la religiosidad musulmana, son
-conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografía y la
-tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el
-más antiguo de la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenón
-del arte bizantino.
-
-La luz que penetra por las ventanas de la cúpula toma una densidad
-amarillenta de ámbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos
-las imágenes de los muros, contribuye á colorar el ambiente de este tono
-suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes á toda representación
-de la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en
-los cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros
-alargados, destacábanse con rigidez hierática sobre un fondo de oro.
-
-Es el único vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas
-columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas,
-las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de
-los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se ha caído
-en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz mate
-y discreta, como una venerable armadura de oro al través de los
-desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de
-diámetro, con inscripciones gigantescas en honor de Alláh, y cuatro
-ángeles pintados en el arranque de la bóveda, son todos los adornos que
-el arte turco ha osado añadir al templo erigido por Justiniano. Los
-ángeles son convencionales. Cada uno de ellos está representado por
-cuatro alas en forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir más
-allá.
-
-Un interminable susurro, un batir incesante de plumas, llena el ambiente
-ambarino y crepuscular de la mezquita, uniéndose al crepitar de las
-lámparas y á la cantinela monótona de los aprendices eclesiásticos, que,
-encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria
-_suras_ enteras del Korán, mientras un efebo, con el libro entre las
-piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el más leve olvido.
-Centenares de palomos obscuros, con plumas de metálicos reflejos,
-aletean en las bóvedas, descansan en capiteles y cornisas, ó descienden
-hasta las cabezas de los fieles, inmóviles como estatuas en su oración,
-posándose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan
-desde lo alto sus superfluidades digestivas, y los servidores de la
-mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del
-pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies
-limpios, para que después el buen creyente, al prosternarse, pueda
-besarla sin contagio alguno.
-
-Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por primera vez, lo
-que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extrañeza alguna.
-Un templo poco más grande que los otros... y nada más. Sólo cuando se
-avanza, y la perspectiva va prolongándose á cada paso, es cuando se da
-cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de
-esta armonía general. Lo que de lejos parecían esbeltas columnas, son
-troncos enormísimos de piedra, junto á los cuales el hombre se iguala á
-la hormiga: las distancias entre una arcada y otra se prolongan
-mágicamente, como si el templo fuese creciendo y estirándose á cada paso
-que se avanza.
-
-La antigua basílica es enorme, abrumadora, soberbia, y sin embargo, da
-una impresión dulce, de suave ligereza.
-
-Su historia es tan accidentada como la de una nación.
-
-Santa Sofía no fué elevada en honor de una santa de este nombre, como
-muchos creen. _Sancta_ _Sophia_ es una invocación á la Santa Sabiduría,
-y en honor de la Sabiduría divina elevó Constantino la primera basílica,
-en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien años después la quemó el
-populacho, creyente y revoltoso, excitado por el destierro de San Juan
-Crisóstomo. Teodosio II la volvió á construir, y en 532 la incendió de
-nuevo el pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino
-por una cuestión de Circo, el motín de los _Victoriatos_, en los
-primeros tiempos de Justiniano.
-
-Fué este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora,
-mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero teólogo, quien creó el
-monumento que aun hoy subsiste, y que vivirá siglos y siglos.
-
-Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo á la Santa Sabiduría
-fuese «la obra más magnífica que se hubiese visto después de la
-creación», y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo
-recoger los materiales más preciosos: mármoles, columnas y esculturas.
-Los monumentos de la antigüedad griega fueron saqueados. Éfeso le envió
-las columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que
-había robado del templo del Sol en Heliópolis, é igualmente fueron
-puestos á contribución los santuarios de Atenas, Delos, Cizica é Isis y
-Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la época,
-Antemio de Tales é Isidoro de Mileto, se encargaron de la dirección de
-los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso,
-propaló que un ángel había entregado á Justiniano los planos del
-monumento con el dinero necesario para construirlo.
-
-Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron á la
-vez. Una capa de betún de veinte varas de espesor, que llegó á adquirir
-la dureza del hierro, sirvió de base al edificio. Los alfareros de Rodas
-hicieron los ladrillos para la bóveda de una tierra tan ligera, que doce
-de ellos no llegaban á pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos ellos
-llevaban una inscripción: «Es Dios quien me ha fundado y Dios me
-socorrerá.»
-
-La construcción fué una mezcla de esfuerzos arquitectónicos y ceremonias
-religiosas. Los sacerdotes bendecían los materiales, acompañaban con
-plegarias la erección de cada columna, y al elevarse los muros, los
-albañiles introducían en la argamasa huesos de santos y otras reliquias.
-
-Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectónico, y
-Justiniano se vió en los mayores apuros, y recurrió á los medios más
-criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa
-Sabiduría. Por fin, en 537 la obra quedó acabada. Después de una marcha
-triunfal por el Hipódromo, con todo el esplendor de su corte bizantina,
-y de pródigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahíto de
-disputas teológicas, Justiniano inauguró el monumento.
-
---¡Gloria á Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!--gritó
-al entrar--. ¡He vencido á Salomón!
-
-Catorce días duraron las plegarias, los festines públicos y las
-distribuciones de dinero.
-
-La Santa Sapiencia vivió siglos en una relativa tranquilidad, sin otros
-accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos
-enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del
-imperio de Bizancio se reconcentró en ella. Bajo sus bóvedas se
-consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos á otros, se
-sacaban los ojos, ó degollaban en masa á sus súbditos, por si el Hijo
-era igual al Padre, y otras sutilezas teológicas, que tomaron el
-carácter de verdaderos programas políticos.
-
-El día que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en
-Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes
-fugitivos se amontonó en la santa basílica, que tenía ya cerca de mil
-años de antigüedad. El caudillo victorioso entró á caballo hasta el
-altar mayor, y gritó agitando su cimitarra: «No hay más Dios que Dios, y
-Mohamed es su Profeta.»
-
-¡Se acabó la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los
-sables se enrojecieron hundiéndose en la muchedumbre cristiana, y el
-saqueo y la matanza dentro de la basílica duraron tres días.
-
-En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la
-misa, y huyó del altar con el sagrado cáliz, desapareciendo por una
-puertecilla practicada en una de las galerías. Inmediatamente la puerta
-se cerró milagrosamente, con una pared de piedra que nadie pudo
-distinguir del resto del muro. El día que Santa Sofía sea devuelta al
-culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volverá
-á abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabará su misa interrumpida.
-
-Esto lo sé por mi guía Stellio, un honrado griego, verídico y creyente,
-que me acompaña á todas partes, discurriendo el medio más rápido y
-seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.
-
-Los historiadores de Santa Sofía dicen que esto es una leyenda; pero
-Stellio se ríe de su ignorancia.
-
-Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas
-familias griegas, piden á Dios que no las llame á su seno sin haber
-visto antes á ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante
-cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa.
-
-
-
-
-XXVII
-
-El Papa griego
-
-
-El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos
-señores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio después de la
-conquista turca, y allí continúan, en viejos palacios adosados á
-murallas medio derruídas del tiempo de los Paleólogos.
-
-Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes después de la derrota,
-ó mejor dicho, continuaron siéndolo, pues en tiempo de su imperio
-siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su país confiada á
-bravos mercenarios comprados en Asia ó en Bulgaria.
-
-La fama de los comerciantes _fanariotas_ ha sido universal. Durante
-siglos, el oro de todo el mundo se amontonó en este barrio del Fanar.
-Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra á la cristiandad,
-dejaron á los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y
-el _fanariota_ fué el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de
-los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y
-prestamista de sus señores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido
-durante siglos una Venecia, una Génova, de poderoso movimiento
-comercial. Una gran flota mercante movíase en los mares de Oriente y en
-todo el Mediterráneo, siguiendo las inspiraciones de sus mercaderes. El
-Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los
-edificios del Fanar--palacios obscuros con balcones bajos, que casi se
-tocan con la cabeza--, veíase cortado incesantemente por las galeras que
-llegaban de las escalas de Siria y el Mar Negro y partían hacia los
-puertos de Nápoles y Marsella.
-
-Hoy el Fanar está solitario y tranquilo. Junto á sus muelles no se ven
-más que viejas barcazas en reparación, y enfrente, al otro lado del
-brazo de mar, los navíos de guerra turcos, los buques antiguos que
-sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las
-innumerables construcciones del Arsenal. Mas los _fanariotas_ aun viven
-tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que
-dificultan la navegación en el Cuerno de Oro, el gran calado de los
-buques modernos y las exigencias del comercio, les han obligado á
-trasladar sus oficinas á Galata, cerca del Bósforo, en medio de los
-chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de grúas y ensordecedora y
-negra actividad de un puerto de nuestros días.
-
-Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, á modo
-de un título de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen
-viviendo las familias de estos griegos, más griegos que los que habitan
-Atenas, y que hacen remontar sus orígenes en línea recta á los tiempos
-gloriosos del imperio bizantino.
-
-El pequeño reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar.
-Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el
-entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y
-desgracia. Son riquísimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisión al
-turco, á quien explotan, pero su pensamiento va á todas horas á la
-pequeña nacionalidad formada en torno de la acrópolis ateniense, viendo
-en ella como un huevo del que resurgirá un pasado glorioso.
-
-¡Atenas! ¡Constantinopla!... Estos dos nombres de gran sonoridad excitan
-á todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del
-porvenir. Grecia volverá á ser lo que fué: se apoderará de la Macedonia,
-se extenderá por las riberas de Asia, pasará un día los Dardanelos, y la
-antigua Bizancio será otra vez helena, brillando sobre la cúpula de
-Santa Sofía la cruz del Santo Sínodo, en vez de la media luna de oro. Y
-enardecidos por una fantasmagoría tan generosa, no hay sacrificio que no
-hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crímenes en el
-curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero á manos
-llenas en empresas patrióticas.
-
-Los griegos del archipiélago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que
-intentan moverse. La sublevación de los isleños de Candía, las
-guerrillas macedónicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos años,
-que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temístocles,
-y la agitación presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo
-campo de combate, todo es obra del dinero _fanariota_, que corre
-pródigamente, como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de
-Constantinopla es un buen súbdito del sultán, incapaz de provocar ningún
-disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que intenta
-revoluciones dentro del imperio, pero trabaja y sacrifica su fortuna por
-crear á éste en el exterior toda clase de conflictos.
-
-No sólo piensa en su pequeña patria para lanzarla á la guerra contra el
-país en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo más que las
-armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en
-los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseñanzas y las
-inspiraciones de los filósofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de
-la presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa á los
-_fanariotas_ hasta el punto de que en Grecia es insignificante la
-instrucción pública costeada por el gobierno, en comparación con la que
-sostiene la iniciativa particular. No muere un griego rico de
-Constantinopla que no deje fuertes legados para las escuelas de su
-país. Muchos han dejado dos y tres millones de francos. Innumerables
-escuelas del archipiélago, grandes universidades, valiosas bibliotecas
-se sostienen con herencias de patriotas del Fanar, que pasaron su vida
-explotando á turcos y cristianos y dando las más fieles muestras de
-adhesión al sultán que aborrecen.
-
-Además, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la
-tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo semejante á lo que
-es para el católico el barrio de Roma inmediato al Tíber, donde alza la
-basílica de San Pedro su enorme cúpula y se alínean perforando la piedra
-las innumerables ventanas del Vaticano.
-
-En el Fanar está el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa
-griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.
-
-Este representante de Dios es un personaje poderosísimo, un sacro pastor
-que extiende su cayado de oro sobre millones de místicas ovejas. Si el
-Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlántico la antigua América
-española, su colega de Constantinopla sería tan poderoso como él.
-Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos
-de la enorme Turquía, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque
-autónoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de
-Constantinopla, forman el feudo espiritual de este pontífice que vive en
-el barrio del Fanar y una vez al año bendice toneladas y toneladas de
-aceite, convirtiéndolo en óleo santo que envía á los metropolitanos y
-popes de sus Estados.
-
-El patriarca actual es Joaquín II. Un amigo suyo, que á la vez lo es
-mío, me invita á visitar al Pontífice, ensalzando la llaneza de su trato
-y costumbres. ¿Por qué no?... El amigo añade que ya ha hablado de mí á
-Su Santidad, y una tarde á las dos, llegamos juntos al palacio del
-Patriarcado.
-
-Es un enorme caserón sin adorno alguno, situado en la cumbre de una
-colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios
-exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.
-
-Su Santidad es después del Gran Imán el primer funcionario religioso del
-Imperio. El sultán lo recibe con frecuencia y vive en las mejores
-relaciones con él, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios
-millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados
-turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la
-existencia y el reposo de este sacerdote extraño á sus creencias, lo
-mismo que en Jerusalén montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo.
-Además, Su Santidad recibe del sultán una paga enorme, uno de esos
-sueldos inauditos que sólo puede concebir la prodigalidad de un soberano
-oriental.
-
-Joaquín II es bueno y tan generoso al repartir como el sultán al dar.
-Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre teólogo en una
-universidad de Grecia, y su enorme asignación la devora el populacho del
-Fanar, que descansa en sus tugurios como una nube de langosta en torno
-del Patriarcado.
-
-Entramos en éste por una puerta lateral. El arco del centro está
-cerrado, y sólo se abre, con largos intervalos de años, en las grandes
-conmemoraciones religiosas.
-
-En el interior encontramos unos criados, bigotudos y morenos, semejantes
-á los piratas antiguos del archipiélago, y popes jovencitos que deben
-ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con
-esterilla de junco. Las paredes están adornadas con pinturas de imágenes
-bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un salón de espera
-igualmente modesto, con la misma esterilla é idénticos retratos de
-patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y
-lóbrega envuelta en una gasa fúnebre que pende sobre los hombros y la
-cruz de oro destacándose sobre el pecho negro.
-
-Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitación un
-pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve los brazos
-invitándonos á entrar.
-
-Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrás
-la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las
-barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se
-escapan de su alto gorro, semejante á un sombrero de copa sin alas. Pero
-el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresión de fuerza
-y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez ósea
-de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguileña, es sin
-embargo hermosa por su pureza de líneas, sin la más leve desviación. Los
-ojos, grandes é imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan por ser
-dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequeñísimo punto de
-luz en su negra intensidad.
-
-Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita
-al andar con enérgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al
-nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa
-un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que ciñe la sotana
-del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un
-suave fulgor de oro antiguo. Es Joaquín II.
-
-Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que
-hace mi presentación.
-
---¡Ah, Blascos!--dice el Patriarca con una voz sonora de barítono, al
-mismo tiempo que me coge una mano y tira de mí para que avance--.
-¡Blascos Ibañides!...
-
-Cualquiera diría que Su Santidad se había pasado la existencia no oyendo
-otro nombre que el mío. Es la amabilidad superior de los soberanos, de
-los grandes personajes que fingen conocer á todos los que llegan y
-parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y
-repitiendo mi apellido desfigurado á la griega, con una expresión
-satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de
-coloso, me hace sentar en un diván redondo en el centro de la pieza, y
-él vuelve al sillón dorado y viejo que ocupaba momentos antes.
-
-La sala, larga y estrecha, es una galería cerrada con cristales. Al
-través de ellos, se ve abajo parte del caserío del Fanar, y más allá de
-los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navíos de guerra, el
-Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados
-cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan
-la sensación de lejanos corderos rumiando inmóviles en las laderas.
-
-El Patriarca está sentado de espaldas á los cristales, con el cuerpo en
-la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en
-torno de su alba cabellera. Junto á él sonríe un joven pequeño, vestido
-como un _gentleman_, el monóculo brillante sobre el rostro afeitado y el
-pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bandós que
-caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la
-legación de Grecia, que está en conferencia con el Patriarca y juntos
-pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado país.
-
-Joaquín II habla en su idioma, de sonora armonía, ininteligible para
-mí, y al terminar mi amigo, que parece emocionado en presencia del
-Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me dice en francés:
-
---Su Santidad está muy contento de verle, y dice que le es usted
-simpático... Además le desea una estancia muy feliz en Constantinopla.
-
---Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.
-
-Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirándonos, como es de buen
-tono en toda visita oriental, donde la conversación animada no surge más
-que tras larguísima pausa luego de haber tomado el café.
-
-El Patriarca ha dado sus órdenes con una voz de marino que ordena una
-maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda
-visita.
-
-El café no es gran cosa, los cigarrillos son comunes y el servicio de
-porcelana de lo más vulgar. Joaquín II vuelvo á repetir que vive
-pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas
-y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesía, pero él no bebe ni
-fuma. Sólo la confitura es magnífica: un dulce de exquisitez monacal,
-formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano
-convento, ó de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en
-algún ruinoso palacio del Fanar.
-
-El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado.
-Este sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su
-sillón, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monóculo,
-sonriéndome con diplomática calma. Su Santidad sólo habla el griego y el
-turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve á un
-español. Él me traducirá en francés lo que diga Su Santidad y á
-continuación le comunicará en griego lo que yo responda.
-
---Puede preguntar Su Santidad lo que guste.
-
-Y Joaquín II se lanza á hablar apresuradamente, con un ímpetu de orador
-tribunicio, rodando como truenos los párrafos sonoros, en los que
-abundan las armoniosas onomatopeyas.
-
-Cuando el Papa se calla, el diplomático hace la traducción,
-acompañándola de fina sonrisa.
-
---Su Santidad dice que siente muchísimo las desgracias de España; que
-durante la guerra con América, dedicó muchas veces sus oraciones á
-vuestro pueblo, que le es muy simpático, y que comprende que en vuestro
-país aun estará vivo el dolor por tan grandes pérdidas.
-
-La lástima bondadosa de Joaquín II me irrita un poco.
-
---Dígale á Su Santidad que no hay para qué lamentarse de lo pasado; que
-en mi país ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un
-siglo casi toda la América, no había razón para conservar unas cuantas
-islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.
-
-El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rápida
-penetración. Mirándome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la
-cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traducción,
-él se adelanta completando las ideas.
-
-Continúa el diálogo entre Su Santidad y yo, con la mediación del
-elegante intérprete. Joaquín II se entera con gran interés de las
-costumbres españolas, de las que tiene una vaga y fantástica idea, y me
-pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.
-
-Él, gran erudito en letras clásicas, comentador de Homero, como todo
-griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de España. Hace
-muchos años, cuando no era en Atenas más que un simple pope dedicado á
-enseñanzas teológicas, vió un drama español traducido al griego, un
-drama de un señor que se llamaba... se llamaba...
-
-Y el patriarca y el diplomático se consultan con la mirada, al mismo
-tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar á completarlo en
-sus dudas.
-
---Echegaray--digo yo, adivinando sus balbuceos.
-
-Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca
-guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fué la única vez
-que asistió al teatro el austero sacerdote.
-
---¿Vive aún _monsieur_ Echegaray?--pregunta Su Santidad con gran
-interés por mediación del secretario.
-
---Vive, y á pesar de sus años es animoso como un muchacho y no descansa.
-
-Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano
-poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y
-yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á
-imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores,
-con esa admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda
-del magno suceso durante toda su vida.
-
-El Patriarca, después de esto, habla de la literatura griega
-contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas y muy
-contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven
-enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego
-antiguo ó en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta
-disputa apasiona á la nación entera, dividida en dos partidos.
-
---Su Santidad pregunta qué opina usted sobre esto--dice el secretario.
-
---Pues dígale á Su Santidad que si novelas y dramas tienen por
-protagonistas á personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego
-moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va á
-expresarse como el Aquiles homérico.
-
-El Patriarca acoge mis palabras con un gesto cortés, pero deja adivinar
-en sus ojos que piensa todo lo contrario.
-
-La conversación languidece y yo me preparo á marcharme. Llevo más de
-media hora con Su Santidad é indudablemente muchos fieles de importancia
-aguardan en la antesala.
-
-El Pontífice de Constantinopla es un Papa _constitucional_. Ni es
-infalible por sí solo, ni puede tomar una resolución en materias de fe.
-Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Sínodo,
-compuesto de eclesiásticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la
-que legisla, dejando al Patriarca el poder ejecutivo.
-
-Voy á abandonar mi asiento, cuando Joaquín II emprende una larga arenga
-dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra
-_democraticón_. El Patriarca parece poner un gran interés en lo que
-dice, y cuando al fin calla, el diplomático me habla gravemente.
-
---Su Santidad pregunta si en España los sacerdotes son muy respetados,
-si la religión tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los
-reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democráticos como
-en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas
-enseñanzas, intenta levantarse contra sus mayores.
-
-Quedo indeciso algunos momentos. ¿Qué contestar al buen Patriarca?...
-Después de tan buena acogida, siento cierto escrúpulo de decirle la
-verdad. ¿Para qué discutir con él? ¿Para qué desvanecer la santa
-ignorancia de este sacerdote, que ya no volverá á acordarse de España y
-jamás podrá influir en nuestra suerte?...
-
---Dígale á Su Santidad que allá no hay partidos democráticos ni nada de
-esas pestes modernas que como él dice hacen la infelicidad de los
-pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son
-veneradísimos; todos los españoles somos católicos...
-
-Joaquín II sonríe, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas
-blancas y su gorro negro, como diciendo: «Muy bien.»
-
---Su Santidad--añade el diplomático al poco rato--dice que se alegra
-muchísimo de las palabras de usted, que éstas son para él un inmenso
-consuelo, y que España será siempre grande si no se aparta del buen
-camino.
-
-Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne inclinación. Su
-Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me
-acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.
-
---¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!...
-
-No me entrega su mano á besar como á los otros. Respeta mis escrúpulos
-de buen católico español, pero me acompaña, dándome cariñosos golpes en
-un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las sonrisas
-contrae las ondas de nieve de su barba.
-
-Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la
-diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.
-
-Salgo del Patriarcado admirando la espontánea solidaridad de todos los
-que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa fracmasonería de
-los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en
-Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba
-rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás
-insultos inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con
-acompañamiento de cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen
-no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de
-espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin
-embargo, por encima de tantos siglos de abominación y de odio, se entera
-cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea próspera y
-fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés por
-los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque
-nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se
-debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se
-llamen á engaño habrá ganancia para todos.
-
- * * * * *
-
-Algunos días después, al volver al centro de Europa, el tren que me
-conducía chocó con otro de mercancías en las inmediaciones de Budapest.
-Cinco muertos y un número enorme de heridos. Yo salí ileso.
-
-Luego en París recibí una carta del amigo que me había presentado al
-Patriarca.
-
-Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de
-Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al
-bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical,
-recomendándome de nuevo en sus oraciones.
-
-Leyendo esto me expliqué mi buena suerte.
-
-En adelante, siempre que vaya á un país donde exista Papa, pienso no
-salir de él sin la correspondiente bendición.
-
-
-
-
-XXVIII
-
-Turcas y eunucos
-
-
-Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la curiosidad, excitada
-por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe siempre con las
-mismas preguntas:
-
---¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los eunucos?
-
-¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios,
-frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus compras en las
-lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á solazarse en
-las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo; salen en
-carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á otras;
-gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como
-éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é
-inabordable como las mujeres.
-
-Viviendo aquí, se convence el europeo de la frescura con que han mentido
-los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y
-cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado
-de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que condecoraba á sus
-gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se
-divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez
-podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz,
-apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con
-las pasiones de sus súbditas.
-
-El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la
-tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia
-europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto
-alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de
-déspota curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del
-emperador de Alemania que las intrigas del harem del último de sus
-pachás.
-
-Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera,
-contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con ojos
-ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor
-en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas
-veces su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la
-embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia
-de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y á los que un
-celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!...
-
-Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en tarde; pueden entrar
-y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fácil de
-sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la
-intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible.
-
-Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al
-hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece distraído en medio
-de la acera tomando el aire, seguirá sus pasos cautelosamente, para
-saber en qué termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una
-mirada significativa ó volver la cabeza, y el polizonte avisará en el
-mismo día al marido ó al padre.
-
-La policía y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la
-mujer turca, la rodean á todas horas, dejándola en completa libertad
-para todo... para todo, menos para lo que ella desearía.
-
-Una tercera parte del presupuesto del imperio se consume en servicio
-policíaco. Un importante personaje de la corte es el jefe de los espías,
-y á su vez hay espías de los espías... y así hasta lo infinito. Todas
-las clases de Turquía figuran en el inmenso cuerpo de la delación. Los
-policías se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles
-que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor
-que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al sultán este servicio,
-representa más que lo invertido por algunos Estados en ejército, marina,
-administración y obras públicas. Muchos de los señoritos turcos que
-pasean en caique, llenan los cafés y teatros de Pera y son clientes de
-los sastres europeos, luciendo empinados bigotes á lo kaiser, bajo el
-erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por
-repetir al ministro de Policía cuanto ven y cuanto oyen.
-
-Además, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las
-buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y con marcada
-atención, á las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como
-ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de
-Stambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada ó un palo. Si
-es en las demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable
-_effendi_ que pasa junto á él le preguntará cortésmente si es forastero,
-ya que le ve faltar tan abiertamente á las costumbres del país.
-
-La mujer, sitiada por la vigilancia del policía y el fanatismo nacional
-de todo compatriota, obligada á no hablar con otro hombre que el que
-tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso,
-que la hace antipática las más de las veces. En las aceras empuja al
-hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en
-carruaje se ríen del transeúnte europeo con una insolencia de colegialas
-en libertad.
-
-La mujer pobre ó de la clase media sigue fiel al dominó de pesado
-damasco y á la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. Así se
-la ve pasar, como máscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla
-cerrada ó tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la
-crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas,
-elefantíacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de
-los calzones interiores.
-
-Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachás y los turcos
-ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace tiempo que, valiéndose
-de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluían á la
-mujer en obscuro incógnito. Bajo el gabán oriental, semejante á una
-_salida de teatro_, llevan trajes de París recargados de adornos y en
-extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo las
-exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el _yachmaks_,
-velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi
-impalpable, que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y
-adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce á sus ojos,
-agrandados por una aureola negra de _kool_. Ocupando grandes carrozas
-con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros, á los que la
-perturbación del sexo hace luchar con las señoras en chismes, odios é
-histéricas rabietas, van á las tiendas ó visitan á las amigas de otro
-harem, situado á tres ó cuatro horas de distancia, al final del Bósforo.
-
-Algunas veces un harem se traslada á la orilla de Asia para ver á las
-compañeras de un gran señor amigo del suyo. La visita dura tres ó cuatro
-días, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrúpulos, en el
-misterio de las habitaciones privadas, hacen en común sus comiditas de
-muñecas, abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre
-todo, hablan... hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras ó de
-monjas, repitiendo los chismes del silencioso Stambul, donde las casas
-parecen cárceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de
-celosía, tras las cuales espía á todas horas la curiosidad maligna, la
-sospecha calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias.
-
-Estas damas, mujeres opulentas á los diez y seis años, saben pintarse
-las mejillas de carmín, los ojos de negro y las uñas de rojo, y en esto
-invierten la mayor parte del día. Además, las mejor educadas saben
-fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y á veces hasta bordan
-gruesas flores de oro sobre telas de seda.
-
-Hablar, con una charla interminable de pájaro loco, embriagándose en sus
-propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor
-placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su
-vida frente á frente con una sola de estas hermosas muñecas, vacía de
-cráneo y expedita de lengua, multiplique su número para encontrar
-alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el encanto
-de lo nuevo, sólo sirve para aumentar el tormento.
-
-Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldándose á nuestras
-costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les hablan del harem.
-Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los turcos á
-estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre
-tienen varias esposas.
-
-Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una paciencia inagotable ó
-aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar
-durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del harem.
-
-Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se
-compra las más de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin
-derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta
-nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un
-aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre
-tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre
-él los más rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda
-clase de derechos. La ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso
-de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres
-adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se
-impusiera por el terror, ningún musulmán podría llevar su turbante sobre
-la frente con entera comodidad.
-
-En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre la puerta dos versos,
-que poco más ó menos dicen así:
-
- Nada iguala
- la astucia de la dama.
-
-El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale á todas horas, y
-ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del
-interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son las dos
-únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á
-esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad
-femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las
-glorias de la vieja Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde
-de patriotismo!...
-
-Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso que éste sea, las
-otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los tribunales
-para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es
-imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á
-que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que
-satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado
-años y años, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la
-nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de
-ventanas que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores
-en número, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que
-las alfombras no eran antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria
-caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.
-
-Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos años
-en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y
-el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los
-fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al sultán
-en el Sélamlik.
-
-Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las tradiciones, que
-tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado á
-los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia
-á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el
-pensamiento puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo
-en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y
-aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen
-consecuencias por la variedad y el número de la colaboración, llegando
-el respetable padre á no conocer á sus hijos ni saber sus nombres, á
-pesar de que viven bajo el mismo techo.
-
-La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan.
-Los hijos son más costosos aún que las mujeres, pues hay que darles
-colocación. Cada sultán se basta él solo para fabricar la mayor parte de
-los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las
-demás plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que
-viven junto á él.
-
-El harem imperial y el de los grandes pachás son incubadoras de altos
-empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más bajo origen.
-Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y no de
-padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial
-fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil,
-siendo centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una
-saña de hermanos, cada uno de distinta madre.
-
-Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo harem. ¡La
-poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una
-turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización
-europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las
-necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los
-puentes y suben á Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto
-y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judías.
-
- * * * * *
-
-La afición de ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una
-clase de turcas más infelices y dignas de compasión que la antigua dama
-otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus
-lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva ó una banda con placa
-de brillantes, regalo del sultán, sin otros horizontes que las montañas
-de la ribera asiática, ni otros deberes que incubar nuevos turcos.
-
-Los grandes pachás que envían sus hijos á correr Europa, han traído
-institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas
-que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura
-esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación,
-desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas
-y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras
-de juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una
-pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los
-valses melancólicos de Chopín ó el último _couplet_ de moda en París, y
-cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y
-francesas. Algunas hasta han roto con la preocupación religiosa de la
-raza, que prohibe la reproducción de las formas vivas, y pintan
-acuarelas con palomos, flores ó barquitos.
-
-Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos años en
-Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en
-ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres jóvenes, que han de
-vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de
-sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una
-muchacha de París ó Londres!...
-
---Sabemos francés, sabemos inglés--dicen á la vieja confidente--.
-Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La mujer
-aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad...
-para hablar con los hombres.
-
-Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá hablar con uno, el que les
-designe su padre como esposo. Un día la adornarán de piedras preciosas y
-se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de lejos, al
-través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez primera
-en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que
-vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó
-en la que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas
-á ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de
-sus lágrimas y melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y
-todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz,
-abroquelada en su santa ignorancia: no la habían hecho morder el fruto
-embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las
-tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega
-el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las
-novelas francesas que llenan los escaparates de las librerías de la gran
-calle de Pera.
-
-Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas
-elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen personajes con
-buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre turca
-admira á la duquesa rubia y _espiritual_, que en cada capítulo luce un
-traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos
-entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis
-de alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los
-años; la sigue palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va
-cautelosa al estudio ó á la _garçonniére_ de su nuevo ídolo, cubierta
-con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos _velo de
-adulterio_); desfallece con la descripción de los sabios besos, en el
-saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mármol hay
-rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de
-personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el
-libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y
-lacrimosos.
-
-Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues
-todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y francés; ella toca
-en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa
-y la sentaría igual ó tal vez mejor el misterioso velo de la caída de la
-tarde. ¡Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las
-esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! ¡Y todos sus viajes
-serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa, en el mar de Mármara!
-¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas pasiones, será un
-señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad de la misma
-casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta, que
-tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos
-veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de
-café, y fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto
-del Gran Señor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!...
-
-La virgen musulmana siente que un impulso de rebeldía rompe la costra de
-su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de
-inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que
-convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven los
-_giaoures_.
-
---¡Oh Europa!... ¡París! ¡París!
-
-Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á consumar la rebeldía. Las
-hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta
-tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el
-Paraíso soñado, en París, y repiten á la inversa la afición poligámica
-de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como
-no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes disgustos con estas
-fugas.
-
-Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron
-mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven de ojos
-orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con
-reconcentrado odio contra la tiranía masculina.
-
-Era una parienta del sultán fugada del harem imperial.
-
- * * * * *
-
-En Turquía todavía existe la venta de esclavas.
-
-Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que
-Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de
-Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos,
-enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años se
-exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la
-Circasia, sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad,
-que fuman su _narghilé_ exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y
-los cofrecitos repletos de piedras preciosas.
-
-Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares.
-Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la mercadería
-de carne femenil. Es una afición atávica heredada de sus ascendientes,
-invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul
-tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las más de las
-veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero de
-espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros
-montañeses de la Georgia.
-
-Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que
-la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor propone la mercancía
-á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin intervención
-alguna de los representantes de la ley.
-
-Cuando se visita la morada de un turco á la antigua, salen á vuestro
-paso, en el departamento de los hombres, pequeñas niñas sin velo, con
-anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el
-sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas del
-dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que
-acaban por pasar al harem del señor convertidas en esposas.
-
-Las agentes de carne conocen las casas donde existen géneros, y todos
-los días hacen sus negocios. No sólo venden para los ciudadanos ricos de
-Constantinopla y de todos los _vilayetos_ de Turquía, sino que mantienen
-negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y Marruecos. La
-circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el
-adorno elegante de todo harem respetable, y el género, impulsado por una
-continua demanda, parece multiplicarse con arreglo á las exigencias.
-
-Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror futuro se transparenta
-en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos
-que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del harem. Son
-esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es igual
-á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra
-algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó
-para darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que
-ejerzan sobre el dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso
-de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para
-conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo
-esclavas.
-
-Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una
-inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando rubios
-cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las
-babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían
-según los méritos del género.
-
-Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por
-quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y
-que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á una gordura blanca,
-firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas.
-
-Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezón y con
-inquietos remos, cuesta mucho más.
-
- * * * * *
-
-Los eunucos son más caros.
-
-En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de
-riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se exhiben majestuosos
-en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las más de
-las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca de sus
-servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna
-persona rica puede pasarse sin ellos.
-
-En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su
-eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe que estos
-hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra,
-aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con
-ella y prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco
-negro sigue en favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es
-algo así como el blasón de armas de la casa, y los señores rivalizan en
-tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir á la calle
-si no marcha escoltado por un par de eunucos de señorial aspecto.
-Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto á las
-portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale
-el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos marchan á la
-cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con
-grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos
-resplandores y gesticulantes sombras.
-
-El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el
-intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero
-para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso,
-avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á las
-señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á
-las habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su
-malhumor, lo acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él.
-
-Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso
-cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se contentan con dos ó
-con uno solo.
-
-Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.
-
-Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los
-precios.
-
-En esta monstruosa deformación del hombre, ha habido sus modas. El arte
-de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El
-refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para
-estos infelices negros, lúgubres mamarrachos, enormes como colosos, de
-rostro fiero, y con una vocecilla estridente y crispadora, semejante al
-chasquido de una caña que se rompe.
-
-Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las
-preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, según dicen, la angélica
-voz de los cantores del Papa.
-
-Pero algo quedaba en ellos, después de la monda, que constituía un
-motivo de perpetua alarma para los señores turcos. La mujer, ociosa y
-triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del
-eunuco, único hombre compañero de clausura, la inspiraba según parece
-los más refinados ardides. Y echando mano á lo que aun podían encontrar,
-las malditas pasaban horas y horas recreándose en un entretenimiento sin
-fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegítimamente la
-prole del señor, pero faltando á la fidelidad descaradamente en el
-sagrado del hogar.
-
-Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana
-poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se abate una furia
-semejante á la de los leñadores de bosques vírgenes, que nada perdonan,
-echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso,
-en la que no queda el más leve rastro de frutos humanos.
-
-La espeluznante operación la realizan los crueles fabricantes en negros
-de pocos años, allá en los arenales de Africa. Los cuerpos los hunden en
-el suelo hasta la cintura, y así permanece el operado semanas y meses,
-entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena
-cicatriza la cuchillada atroz ó se les va por ella la sangre y el alma.
-
-El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta
-amputación.
-
-Por esto los que quedan son personajes poseídos de su importancia,
-influyentes en la vida turca, caprichosos é irresistibles, lo mismo que
-una tiple que se considera indispensable y precisa.
-
-
-
-
-XXIX
-
-Los derviches aulladores
-
-
-En la orilla asiática de Constantinopla, entre el barrio puramente turco
-de Scutari, en el que no vive ningún europeo, y el cementerio que lleva
-el mismo nombre, vasta extensión bordeada de kioscos funerarios y
-sombreada por plátanos seculares, está la mezquita del Roufat, donde
-todos los jueves, á las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa
-los derviches aulladores.
-
-Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los
-derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta
-de los aulladores es sombría y feroz, y parece guardar en sus extraños
-ritos el alma fanática é implacable del antiguo turco, terror de Europa.
-Una sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de
-madera, y desnuda de todo adorno arquitectónico, es el lugar de la
-ceremonia. En las paredes, algunos cartelones, con versículos del Korán,
-y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una
-panoplia de armas antiguas, turcas é indias: espadas onduladas,
-cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de
-clavos.
-
-Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor, se sienta, con
-las piernas cruzadas, el _imán_, el gran sacerdote de los derviches
-aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de
-los que se tienen por descendientes del Profeta.
-
-Este _imán_ es un árabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder
-de hacer milagros, por ser el hombre más hermoso de Constantinopla. No
-he visto tipo más perfecto de la belleza semita. De regular estatura,
-parece, sin embargo, muy alto, por la gallardía de su cuerpo enjuto y
-ágil, en el cual el esqueleto sólo está revestido de los tejidos
-indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante,
-entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La
-nariz, aguileña y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un
-negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de
-color de tabaco en sus córneas, que hace resaltar el fuego de las
-luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arábigos, un pirata del
-mar de arena, un caballero andante de las soledades asiáticas,
-majestuoso y melancólico, que se ha dedicado á sacerdote y vive en la
-civilizada Constantinopla, rozándose con los europeos.
-
-Las viajeras que ocupan las galerías de la mezquita contemplan con
-admiración á este Apolo árabe; pero él permanece inmóvil en la piel de
-cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico
-chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No sé por qué
-presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la
-cofradía más fanática de Constantinopla, es un hombre _enterado_, sin
-ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresión demasiado
-inteligente para creer en tales cosas. Un día, hablando de él con
-Constans, el embajador de Francia, éste rompió á reir, con la
-irreverencia de un viejo republicano:
-
---Le conozco mucho. Un _blagueur_. Lo que ustedes llaman un guasón. Un
-hombre inteligente que se amolda á las circunstancias.
-
-Pero aunque este árabe majestuoso engañe á los suyos, no teniendo fe en
-los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un
-buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el
-mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin
-creer en ellas.
-
-Frente á él están los derviches, formados en fila, llevando sobre la
-cabeza, como distintivo de la cofradía, un solideo de fieltro, semejante
-á media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda
-cabellera y ojos diabólicos; otros, blancos, que conservan el traje de
-calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.
-
-Todos ellos repiten á coro una especie de letanía monótona, y balancean
-su cabeza adelante y atrás, como si estuviera muerta sobre los hombros,
-doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivén continuo,
-acompañado de un canturreo semejante al de los niños en la escuela,
-acaba por dar una especie de vértigo. El sudor rueda por el cuerpo de
-los negros, cubriéndolos de una capa húmeda y goteante. Los blancos
-pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de
-camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen
-deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si
-fuesen á romperse.
-
-«¡_La Ilah il Allah_!», cantan los derviches con un furor creciente,
-extremando su loco vaivén de muñecos mecánicos, y el gran sacerdote los
-contempla inmóvil, como un maestro que preside su escuela, y cuando el
-movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible señal á uno de sus
-acólitos, encogido junto á él, y éste grita y palmotea para acelerar el
-curso de la oración.
-
-Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el hombro del vecino,
-los derviches se mueven, como un péndulo humano, á un lado y á otro, con
-monótona regularidad. Este balanceo, y la repetición monótona de su
-plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las
-órbitas, con una expresión feroz. Otros los cierran, como si estuviesen
-dormidos, moviéndose y cantando en pleno ensueño. Los derviches
-empiezan á justificar su título de aulladores. La letanía se corta con
-gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror á los
-espectadores europeos. La movible cofradía semeja una aglomeración de
-fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos
-en que parece que van á saltar las barandillas para morder á los
-occidentales curiosos, agrupados detrás de ellas.
-
-De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un
-cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la caída de
-un cadáver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos,
-que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa
-y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Según cuentan, este negro,
-que dentro de la mezquita parece un mendigo fanático, es capitán de
-caballería en el ejército del sultán. De su pecho oscilante sale un
-rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agonía. ¡_Allah
-hou_!... Y en la crispación de su rostro lustroso, en su mirada
-completamente blanca, hay algo de éxtasis, como si contemplase á su Dios
-asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en
-cuyas aberturas aguardan las huríes de redondas formas y húmedos ojos á
-los guerreros fieles del Profeta.
-
-Tras el negro cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el
-entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipnótica, lanzando
-aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas,
-ocultando los ojos en el pañuelo, sintiendo que ellas también van á
-desplomarse á impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras
-tanto, los derviches que aun se mantienen de pie se agitan cada vez con
-mayor ímpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos.
-
-Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de
-otro mundo.
-
-Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y se rompe la fila de
-los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la sala con paso
-vacilante, en pleno vértigo, para ir á secarse el sudor y tomar aliento
-en una pieza vecina. Los que están inertes en el suelo, como si
-durmiesen, son sacados á brazos.
-
-Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano
-larga fila de niños y niñas. Todos se arrodillan ante el _imán_,
-esperando el momento de la curación. Vienen de los barrios más apartados
-de Constantinopla, han pasado el Bósforo, para llegar á la mezquita de
-los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta,
-venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabiduría, cura con el
-soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos á otros se
-transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben
-desde el sultán hasta el último _hamal_ de los muelles del Cuerno de
-Oro.
-
-Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El
-hermoso _imán_ se yergue despojándose de las babuchas, y apoyado en uno
-de sus ayudantes camina lentamente sobre los riñones de las criaturas.
-Poco debe pesar el enjuto y esbelto árabe, pero aun así parece imposible
-que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento animado
-bajo sus pies. ¡El noble y sereno gesto de resignación del hermoso
-sacerdote! ¡Su triste gravedad al volver á repasar sobre los cuerpos de
-los pequeños!...
-
-Éstos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujándose, como
-criaturas acostumbradas á venir todas las semanas, y para las cuales el
-viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior.
-Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos
-é inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo _imán_...
-con ayuda del tiempo. Después se prosternan ante él, implorando la
-huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores, soldados
-y marineros.
-
-Cerca de mí está sentado un joven turco, elegantemente vestido á la
-europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabán inglés á rayas. El
-fez es lo único que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre
-vividor, falto de escrúpulos; sus ojos son de fría insolencia; en su
-rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. ¡Cómo reirá
-este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas!...
-
-El _imán_, ocupado en marchar sobre los riñones de los fieles, lanza
-rápidas miradas á unas celosías tras las cuales se adivina cierta
-agitación, acompañada de sordo zumbido. Son las damas turcas que se
-impacientan. El sacerdote debe subir para la curación de las enfermas en
-una pieza aparte.
-
-Acurrucado en la piel de cordero, se prepara á hacer su oración ante el
-Mirab antes de partir, cuando llega el último enfermo. Es el joven turco
-vestido á la inglesa, el elegante del gabán rayado, que se arrodilla
-compungido, brillantes de fe los audaces ojos.
-
-El _imán_ escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta
-confesión de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias
-veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego
-pasa varias veces sobre él, manteniéndose derecho en sus riñones con la
-calma de un filósofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser
-engañada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede servir
-de consuelo.
-
-
-
-
-XXX
-
-Libertad religiosa
-
-
-En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en
-Constantinopla.
-
-Los que confunden á todos los mahometanos en un concepto común, y creen
-que el fanático y cruel marroquí es semejante al turco, se extrañarán de
-esta afirmación; y sin embargo, nada más cierto. En Constantinopla viven
-todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de
-igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran
-rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano,
-todos son funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran _imán_ y
-retribuídos por el emperador con generosa largueza, según el número de
-adeptos que cada religión cuenta en sus Estados.
-
-Es más: el Comendador de los creyentes, el heredero del Profeta, que
-muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz é
-intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachás que
-le rodean hombres de todas las religiones para poder atender á los
-diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súditos.
-
-Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige siempre á un pachá
-católico, por ser ésta la religión de los pobladores de dicha provincia;
-si se trata de Samos ó cualquiera isla turca vecina al archipiélago,
-designa á un pachá griego; y así hace en los demás _vilayetos_ de su
-vasto imperio.
-
-Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. Á sus imanes no se les
-ocurre jamás catequizar á nadie. Es más: desprecian al _renegado_, y
-miran con inquietud al hombre que cambia de religión, aunque sea para
-abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder político, la dominación
-conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan á su autoridad
-y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia.
-
-Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.
-
---Están equivocados--dice el viejo turco con superioridad bondadosa--.
-No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y
-le honran y glorifican á su manera, lo mismo que nosotros.
-
-Los turcos sólo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al
-persa, musulmán que es para ellos un conjunto de todas las herejías y
-abominaciones: lo que el protestante para un católico rancio.
-
-Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chiíta, que creen en
-el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio
-irreductible al buen turco.
-
---¡Esos perros!--exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado,
-cubierto con gorro de astracán--. Los _giaoures_ (los cristianos) no son
-culpables de sus errores. Siguen la religión que les enseñaron sus
-padres. ¡Pero esos persas, que conocieron la verdad y se apartaron de
-ella!...
-
-Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos
-súbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la
-general animadversión. Las guerras con Persia han sido siempre
-popularísimas en Turquía. Si no existiese la vigilancia de las grandes
-potencias y el llamado «equilibrio de las naciones», hace tiempo que el
-ejército del _Padichá_ habría entrado vencedor en los palacios de
-Teherán.
-
-Pero á pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se
-desarrolla entre próximos parientes, el persa goza en Constantinopla de
-una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma--cuaresma asiática,
-sanguinaria y salvaje--, los fieles se reunen públicamente para
-entregarse á crueles fiestas. Se azotan con látigos de hierro; se
-atraviesan las carnes con puñales; se hieren, al compás de los himnos,
-con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la
-misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas túnicas manchadas de
-sangre, aullan como poseídos, y el turco les contempla impasible, sin
-intervenir jamás en su delirio, alabando á Alláh omnipotente, que
-castiga á los enemigos con tales errores y locuras.
-
-En los países que monopolizan el título de civilizados, en las naciones
-de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por
-ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus
-derechos cuando intentan salir á la vía pública.
-
-En Constantinopla la libertad es más completa, pues ni siquiera existe
-dicha limitación. La Gran Calle de Pera podría titularse la calle de las
-religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una mezquita de
-derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses,
-el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos
-sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra
-inglesa. El paseante ve al través de las grandes rejas de un ventanal
-túmulos venerables de viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y
-alumbrados por tenues lámparas; más allá un patio con claustros y una
-cruz en medio, á la sombra de árboles seculares: y al mismo tiempo que
-suena la campana del templo católico, se escapa por ciertas ventanas el
-coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jesús
-libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido
-monótono de flautas y tamboriles que acompaña el baile de los derviches.
-
-El turco, tolerante con todas las creencias, se detiene á la puerta de
-los templos, y por poco que insista el celo catequizador del sacristán ó
-el empleado que está á la entrada, penetra en ellos con una gravedad
-respetuosa. No se quita el fez, porque esto sería en él señal de
-menosprecio, y cubierto, asiste á las ceremonias de un culto que no es
-el suyo, con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de
-la curiosidad que despierta entre los fieles.
-
-Hay que oir hablar á un turco de sus visitas á los templos extraños,
-para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena. Allí no está
-Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Alláh, poderoso señor cuyo
-poder reverencian los infieles, aunque indirectamente.
-
-No hay miedo de que el contacto con las otras religiones perturbe la
-conciencia del turco, convirtiéndole. Si él no se preocupa de catequizar
-á los infieles, considerándolo tarea inútil, es porque los juzga con
-arreglo á su fe, inconmovible y á prueba de seducciones. Si á un turco
-llegan á convencerle de lo irracional de sus creencias, vivirá en
-completo escepticismo, será ateo, pero jamás se le ocurrirá reemplazar
-con una nueva religión las doctrinas muertas. La apostasía tiene para él
-una importancia más que religiosa: es renegar de la raza, de los padres
-y del nacimiento; una descalificación por toda la vida; una abyección
-incompatible con el honor.
-
-Jamás mezcla el turco la religión del enemigo en los odios que le
-impulsan contra éste. Le combate y le extermina porque cree que desea
-apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan, porque
-es valeroso y arrogante como él y no pueden subsistir juntos; pero nunca
-porque adore á un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al
-judío, porque es rapaz y de mala fe en sus tratos, á pesar de lo cual
-los hijos de Israel gozan aquí de una ciudadanía que les negaron en el
-resto del mundo. Ha degollado recientemente al armenio en las calles de
-Constantinopla, porque éste, más malicioso y activo, le arrebataba la
-hacienda y además soñaba con trastornar la sedentaria vida turca
-arrojando bombas de dinamita en mezquitas y calles. Le exterminó por
-rivalidad económica y por librarse de las angustias del terrorismo; no
-porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego porque la
-religión cismática es la del ruso, eterno peligro de su patria, y porque
-tras sus melosas cortesías oculta el deseo de una sublevación general en
-los países de la antigua Grecia. Pero á pesar de todos estos odios, más
-ó menos justificados, jamás el populacho de Constantinopla, en sus
-terribles motines, ha penetrado en las sinagogas ni en los templos
-griegos y armenios. Mata al enemigo en las calles y se detiene
-respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que allí,
-como en todos los lugares donde se reverencie á Dios, vive Alláh con
-distinto nombre.
-
-Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible, únicamente se permite
-cierta ironía despectiva ante la fe de los judíos y cristianos. Su
-pensamiento, un tanto primitivo, discurre en salvaje línea recta, sin
-desorientarse entre esas concesiones que enmarañan y retuercen nuestros
-razonamientos de civilizados.
-
-Ellos tienen sus lugares santos en la Meca y Medina, y las dos ciudades
-venerables son suyas. Jamás un lugar donde puso sus pies el Profeta
-caerá en poder de los _giaoures_: antes morirán todos los creyentes.
-Europa se burla de la pobre Turquía, la explota, la escarnece, pero
-Turquía guarda su herencia de Dios. En cambio los pueblos civilizados
-hablan á todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus
-leyes, todo está moldeado en el nombre y conforme al espíritu de un
-judío que hace muchos siglos vivió en Jerusalén... ¡Y Jerusalén, Belén y
-todos los lugares por donde paseó el hombre-dios, señor ahora de los
-pueblos más poderosos del planeta, siguen en poder del Comendador de los
-creyentes, del soberano de Constantinopla! ¿Para qué los grandes barcos
-que escupen fuego y muerte, los enormes ejércitos, las máquinas de
-mágico poder, las inmensas riquezas de los banqueros judíos, si la tumba
-del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros continúa bajo el
-dominio del sucesor del Profeta?... El buen turco, pensando esto,
-sonríe, y cree firmemente en la grandeza de su religión y de su raza, ya
-que conserva en cautividad de siglos la cuna religiosa de los pueblos
-más fuertes de la tierra.
-
-Su tolerancia, producto del carácter más que de la imposición de las
-leyes, es una manifestación de la bondad orgullosa con que el turco
-protege siempre al que considera débil. Nada le importa que las
-religiones extrañas se establezcan junto á las mezquitas y que salgan en
-sus ritos á las calles de Constantinopla. Las considera con la benévola
-sonrisa del guerrero que durante su descanso contempla un juego de
-niños; y las religiones se aprovechan de esta benevolencia, gozando de
-una libertad que no tienen en ninguna parte.
-
-Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera, he asistido al desfile
-de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos litúrgicos,
-acompañados de una calma repentina en los ruídos de la calle. Me asomo.
-Los carruajes de alquiler se han detenido junto á la acera: los turcos á
-caballo tiran de las riendas á sus cabalgaduras y se alínean á lo largo
-de la calle: los _hamal_, encorvados bajo sus cargas, y los simples
-transeuntes se agolpan junto á las paredes, formando dos masas de gorros
-rojos. Es un entierro. Al frente avanza la cruz, entre candelabros
-sostenidos por monaguillos, lo mismo que en los pueblos católicos.
-Detrás vienen en dos filas barbudos frailes, cantando el oficio de
-difuntos. Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos ó
-disputándose el honor de llevar en hombros el féretro, un sinnúmero de
-súbditos otomanos, todos con el fez en la cabeza. Unos son católicos,
-otros no lo son, pero todos acompañan con fraternal piedad al amigo
-muerto, y se unen á los sacerdotes y los símbolos de la que fué su
-religión. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus ojos
-graves. Algunos se llevan una mano á la frente, acogiéndola con el
-solemne saludo oriental.
-
-Tras el entierro católico, pasa una boda griega, con su charanga al
-frente, y el pope barbudo sentado junto á los novios; y el cortejo
-fúnebre de un niño de la misma religión, en el que marchan los parientes
-con sacos de bombones para obsequiar á los amigos cuando termine el
-sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes
-enormes cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas
-volutas y prolijos capiteles. Y todas estas manifestaciones de los
-diversos cultos, con sus sacerdotes y sus ritos, sólo producen en la vía
-pública un movimiento de curiosidad, acompañado de cortés benevolencia.
-
-La fiesta semanal de cada religión se observa con entera libertad. Los
-turcos, señores del país, son los que menos ocupan la atención de los
-otros: los que menos molestan á sus conciudadanos. El viernes (que es
-su domingo) pasaría inadvertido, á no ser por el movimiento de tropas y
-funcionarios que acompañan al _Padichá_ en la fiesta del Sélamlik. El
-sábado, fiesta de los judíos, se cierran las principales tiendas de
-Constantinopla, más de la mitad de los puestos del Gran Bazar, y queda
-en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo repican las
-campañas de los numerosos templos católicos de Galata y Pera, suena el
-armónium en las capillas evangélicas, ciérranse bancos y tiendas, y las
-gentes, endomingadas, van á misa ó á los oficios, lo mismo que en
-Europa, ante la mirada benévola del turco, que supeditado al poderoso
-occidental, se ve obligado á observar un nuevo día de fiesta.
-
-De todas las religiones que existen en el imperio, la cristiana es la
-que parece más allegada á la simpatía del turco. Este habla de Jesuhá
-como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una
-especie de segundón de Mahoma. Es más: como el turco sabe poco de
-historia y su pensamiento espeso no tiene una noción clara de los años y
-la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron á un mismo tiempo,
-que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque
-al final cada uno tomó distinta dirección.
-
-En Constantinopla es popular la anécdota de un soldado turco, que entró
-en un templo católico durante la Semana Santa.
-
-El soldado turco es lo más leal, lo más noblote, y al mismo tiempo lo
-más salvaje y duro de mollera que existe en el imperio. El servicio de
-las armas pesa únicamente sobre los otomanos musulmanes, y como á
-Turquía le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que
-poseía hace medio siglo, su ejército se nutre de reclutas extraídos de
-las entrañas del Asia, de las lejanas y bárbaras provincias. Son
-mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rígidas y ojos
-inmóviles, como si estuviesen abstraídos continuamente en una laboriosa
-reflexión para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina á la
-alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en
-contemplaciones, mantienen á estos soldados semibárbaros en una
-subordinación automática. Sólo así, bajo las amenazas del castigo,
-pueden vivir en una gran ciudad estos asiáticos, en cuyo interior
-dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se
-amotinaba el ejército turco, la soldadesca al correr libre por las
-calles de Constantinopla, violaba á las mujeres con una lubricidad
-feroz, excitados por la privación en el seno de una sociedad que
-mantiene recluídas á las hembras, y hacía sufrir á los hombres odiosos
-ultrajes, más que por vicio por menosprecio de raza. Hoy, que viven
-acuartelados y obedientes, sin el más leve intento de rebeldía, aun se
-permiten tímidos desmanes á impulsos de su ardorosa naturaleza oriental
-y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira
-respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de
-la confusión y el tránsito para tentar con bárbara galantería el dorso
-de todas las señoras vestidas á la europea.
-
-Junto con este salvajismo, tienen una noble franqueza para confesar sus
-delitos. Jamás ha habido que castigar en masa á un regimiento. Cuando
-los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan á su gente
-quién es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente sale
-de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado á
-morir antes de que sufran por su culpa los compañeros inocentes.
-
-Este salvaje, disciplinado y uniformado á la alemana, es de una
-credulidad y de una ignorancia que hacen reir á las gentes. Deslumbrado
-por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de
-Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas
-mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro,
-surgen como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible
-considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el _Padichá_ el
-monarca más poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más
-valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo demás
-lo acepta sin discusión, con la indiferencia de un pensamiento que no
-quiere darse el trabajo de funcionar.
-
-Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse
-atraído por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y salía el
-gentío europeo al través de ella, y en el fondo brillaban luces, como
-estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo católico. El soldado
-entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una mano con
-expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el
-traje sombrío de los fieles.
-
-Un europeo, de carácter alegre, conocedor del idioma turco, se unió á él
-para gozarse en su estupefacción y su ignorancia.
-
---¿Quién es ese?--preguntó el soldado señalando un cadáver tendido en
-rico lecho, cerca del altar mayor.
-
---Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á Jesús?... Jesuhá, el amigo
-de Mohamed, el hijo de María.
-
-El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la cabeza.
-
---¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco--dijo
-al fin, con la concisión del idioma turco.
-
-Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado cuerpo, y así
-permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si estuviese
-en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en
-las heridas sangrientas.
-
---¿Lo han matado?--preguntó.
-
---Sí; lo han matado.
-
---¿Quiénes?...
-
---Los judíos.
-
-El buen osmanlí hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia.
-¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el barrio de Galata!
-¿Quiénes otros podían ser?...
-
---¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué?
-
-El europeo, animado por la grave credulidad del turco, creyó del caso
-aumentar aun más su estupefacción.
-
---Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá, predicando la gloria de Dios.
-Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre
-Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes.
-
-Quedó en silencio el soldado.
-
---¿Y los judíos querían matar á Mohamed?...
-
-El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las exclamaciones de
-asombro del crédulo mocetón.
-
---¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle!
-
-Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las gentes que se
-arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle.
-
-Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judío, aunque se
-vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al través de toda clase de
-disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita. Impávido, con su
-flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el suelo con el
-rostro lleno de sangre. Un puñetazo de osmanlí es terrible. «Fuerte
-como un turco», dice el proverbio.
-
-Se arremolinó la gente, surgieron en un instante numerosos
-correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes
-para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo
-al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía.
-
-En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. ¡Un
-buen soldado, que nunca había dado motivo de queja! «¿Por qué has hecho
-eso?»
-
-El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuceó como el que
-repite una lección:
-
---Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y mataron á Jesuhá...
-Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero si llegan á
-alcanzarlo!...
-
-Y como los oficiales rompieran á reir, asombrados de tanta simplicidad,
-el soldado añadió con la fe del buen creyente:
-
---Yo lo sé... Yo lo he visto.
-
-
-
-
-XXXI
-
-Restos de Bizancio
-
-
-La _At Meidan_, ó «Plaza de los Caballos», es el antiguo Hipódromo de
-Bizancio. Antes que el sultán Mahmoud reformase la vida turca á
-principios del siglo XIX, aquí venían los _itchoglans_ ó pajes del
-Serrallo á ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aquí también, en
-esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenízaros, acabó
-el enérgico sultán con la terrible milicia que después de haber salvado
-á Turquía hacía imposible su existencia. Fué en 1826. Mahmoud dió á los
-jenízaros un gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y á los
-postres cerráronse todas las bocacalles con regimientos fieles y
-numerosas baterías. Los cañones vomitaron metralla sobre la plaza, y en
-unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que habían
-hecho temible en Europa el nombre de Turquía.
-
-La plaza es un rectángulo prolongado, que comunica por uno de sus
-extremos con otra plaza más pequeña, donde está Santa Sofía.
-
-_At-Meidan_ es el Agora del viejo Stambul. En los cafetuchos y pequeños
-puestos de la plaza se reunen á charlar tomando café ó pasando las
-cuentas del rosario los turcos más turcos de la ciudad; los
-tradicionalistas de grueso turbante y caftán multicolor, los derviches
-silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jóvenes, de
-rostro ascético, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en
-el espacio, como si contemplasen la gloria de Alláh.
-
-Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el palacio de
-Justicia, flanqueado de sombrías prisiones. En el lado opuesto está la
-mezquita del sultán Ahmed, la más grande de Constantinopla por el
-terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y
-jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altísimos y
-sutiles, con remates de oro.
-
-En el centro de la plaza, siguiendo una línea que marca la divisoria de
-las antiguas arenas del Hipódromo, mantiénense en pie tres monumentos
-interesantes de la antigüedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna
-Serpentina y la Pirámide Murada.
-
-El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la
-Concordia de París y de todas las agujas egipcias que adornan jardines
-en Inglaterra y los Estados Unidos. Fué el monarca bizantino el primero
-á quien se le ocurrió aprovechar para su propia gloria los monumentos
-con obscuros jeroglíficos extraídos del misterioso Egipto. Este
-Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fué traído de Heliópolis y
-erigido en el centro del Hipódromo, sobre una base esculpida en honor de
-Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han
-sufrido desgaste después de una existencia de diez y seis siglos. Las
-lluvias y el aire, más que la irreverencia de los hombres, han roído los
-salientes de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida
-pública de Bizancio hace mil seiscientos años reviven en este monumento.
-En una de sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y
-Honorio, muéstrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se
-prosternan á sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrúpanse las
-lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco
-imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje
-de los enviados extranjeros. Y junto á estas escenas de la vida
-bizantina, vense esculpidas las máquinas, las grúas, los primitivos é
-ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella época para erigir la
-pesada mole.
-
-Algunos metros más allá álzase la Pirámide Murada, triste ruina que hace
-sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador
-Constantino Porfirogente, al erigirla, la llamó el Coloso, afirmando que
-era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso sólo queda un
-obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba
-revestida, desde la base hasta el vértice, de gruesas láminas de bronce,
-que ciertamente le darían un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los
-guerreros de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron más daño á
-Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron á
-la pirámide de su envoltura, dejándola en su desnudez actual.
-
-De los tres monumentos del Hipódromo, el más antiguo é importante es la
-llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos;
-reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un
-andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos monumentos
-venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía
-visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de
-los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros,
-y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo,
-está á cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.
-
-Esta columna es el monumento más auténtico é importante que poseemos de
-la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para conmemorar la victoria
-de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos,
-frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas
-tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres
-cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que
-tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban
-grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo reposaba sobre
-las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por los
-focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de
-Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para
-embellecer su nueva ciudad del Bósforo.
-
-Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El
-fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el monumento, viendo
-en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho
-la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el
-patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos
-rompió las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos
-después la superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano.
-
-Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo
-ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza del
-Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un
-ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del
-demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia,
-que partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este
-acto--según cuenta la tradición turca--, una invasión de serpientes
-vivas se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de
-supersticioso terror, respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones
-acabaron la obra destructora de la superstición. La columna tentó su
-codicia, se dedicaron á robar fragmentos de ella, y fué vendido como
-vulgar metal el bronce contemporáneo de Temístocles, que aun conservaba
-legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte
-en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.
-
-Para encontrar otros vestigios de la dominación bizantina en esta
-Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir
-el extenso recinto de sus murallas.
-
-Más de ocho kilómetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones
-de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa
-extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios apartados de
-Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras desoladas,
-pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus
-pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano
-busca un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado
-muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fué la antigua
-Bizancio!...
-
-El tren, después de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de
-donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para extenderse
-hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho
-kilómetros en la parte más ancha de la península triangular.
-
-Al descender del vagón el viajero cae en una soledad de cementerio.
-Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de las murallas, que
-son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes á restos
-de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones que
-antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan
-las plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una
-inundación sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas
-viejas, en las que sólo queda el diente aislado de algunas almenas,
-crecen higueras salvajes, árboles silvestres que tienen siglos, parias
-de la vegetación que hunden sus raíces en sillares y argamasa y viven de
-chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su
-cúpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.
-
-La llamada Torre de Mármol descuella en la confusión de escombros rojos
-y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida blancura. Está en la
-orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La emanación
-salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del
-cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre
-parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara
-que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos
-templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de lejos
-parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales,
-en las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que
-aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de
-Bizancio surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el
-aniquilamiento, obra del invasor. Su cúspide está limpia de melenas
-vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el
-pulido mármol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas
-profundas y las algas agarradas al mármol forman una cabellera verde y
-ondulante. _¡Chap!... ¡chap!_ susurran las olas del Mármara, con lento
-compás, al batir esta torre desde hace más de mil años; y los largos
-filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las aguas, y
-arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes
-élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la
-Torre de Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que
-lucían á sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en
-sus cámaras las damas del Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con
-escenas bíblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que
-existe el hombre. La vida humana sólo va á su encuentro de tarde en
-tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que la fotografía de lejos.
-Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan vestigios de
-anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de
-humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.
-
-¿Cómo describir la gigantesca y aplastante monotonía de las murallas que
-partiendo de aquí van á buscar las aguas azules al otro lado de
-Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de este
-recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la
-tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral
-arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha
-el murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera
-y ofrece un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las
-brechas se ven terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas
-antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos, á un lado y á otro
-de la muralla, parecen gargantas del vacío. La soledad y la muerte por
-todas partes. Á la izquierda, la tierra es una inmensa necrópolis. Los
-turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los
-cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari. Aquí vienen
-á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos
-los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos.
-
-Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno
-que obligan á amontonar un cadáver sobre otro, cada muerto goza como
-dueño absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca sólo un
-cuerpo, y la necrópolis se extiende hasta perderse de vista,
-confundiendo sus mojoncillos de piedra con la línea del horizonte.
-Parece que un ejército incalculable, superior á toda imaginación,
-millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo á la
-ciudad antes de asaltar sus muros.
-
-¡Los cementerios turcos!... En el corazón de Constantinopla, en el mismo
-barrio europeo de Pera, existen aún, sin que el transeunte se sienta
-impresionado al pasar junto á ellos. La muerte no tiene en Turquía el
-aspecto horripilante que en los países occidentales. Los que sobreviven
-recuerdan al difunto amado á todas horas, le lloran, pero nunca se les
-ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos
-repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no está ya en la
-tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y
-olvida la tumba, no imitando á las gentes cristianas, extraños
-espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que
-rinden á la materia en descomposición y al pelado esqueleto un culto
-casi igual al que los egipcios tributaban á sus momias.
-
-Este olvido de los cuerpos da á los cementerios turcos el majestuoso
-encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Stambul se ven
-frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares
-de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero
-campo de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin
-encontrar un ser viviente. Hasta los pájaros huyen espantados por la
-falta de vegetación: hasta los lagartos emigran de esta tierra seca,
-donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven más que tumbas y
-tumbas, todas semejantes, todas pequeñas, con una sobriedad serena y
-tranquila que despoja á la muerte de su aparato terrorífico. Son simples
-láminas de mármol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas
-abajo, clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados.
-El remate de cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del
-cadáver. Las tumbas de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo
-de flores; las de los sacerdotes un turbante; las de los simples
-ciudadanos un fez. Cuando la tumba es reciente, las flores están
-pintadas de oro y los gorros de rojo: las inscripciones de plácida
-resignación brillan doradas sobre un fondo verde, pero esto dura poco.
-Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene á repararlos, y
-todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la
-amarillez uniforme del mármol en el gran abandono de la muerte.
-
-Nadie transita en este bosque bajo, de pétreos matorrales, que se pierde
-de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo más remoto del horizonte,
-el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarán el
-cadáver á la fosa, plantarán el mojón fúnebre y volverán las espaldas
-para no acordarse más del lugar donde dejaron los restos del muerto
-querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento.
-
-La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas,
-sin cantos de pájaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de
-insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra
-jamás en un paisaje europeo.
-
-Este vacío fúnebre hace que la visita á las grandes murallas sea la
-única excursión de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la
-necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el
-encuentro es más inquietante que la soledad. En un torreón acampan
-familias de zíngaros, de aspecto salvaje: diez ó doce torres más allá,
-unos cíclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cúpula bizantina,
-pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo más que
-de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de
-Paleólogos y Comennos, pululan los más inquietantes ejemplares de la
-mendicidad oriental; gentes roídas por la miseria y desfiguradas por las
-más atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la
-putrefacción; ciegos que muestran sus órbitas sin globos, rojizas,
-piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esqueléticas,
-comidas de piojos, que enseñan entre los harapos el flácido pellejo de
-sus pechos.
-
-De hora en hora se ve en las murallas el túnel de una gran puerta. En
-otros siglos fueron espléndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llamó
-la _Puerta Dorada_. Aun quedan en el muro vestigios de águilas
-imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco,
-ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio á los vagabundos de las
-más extrañas nacionalidades.
-
-Tristes restos que nada guardan de su pasado, son también las famosas
-_Siete Torres_, el _Heptapyrgión_ de los emperadores griegos. Cuando
-llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed el Conquistador lo
-reedificó, haciendo de él algo semejante á lo que fué la Bastilla para
-los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como
-fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era
-una de las fortalezas más famosas de Europa. Aquí encerraban los
-sultanes á los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus
-naciones. Aquí permanecieron años y años los enviados de Venecia y
-Génova. Los jenízaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turquía,
-encerraban aquí á los sultanes destronados, ó los degollaban en el gran
-patio. Siete sultanes murieron en las _Siete Torres_, y es incontable el
-número de grandes visires y pachás cuyas cabezas se pudrieron
-enganchadas á las escarpias de las almenas. En uno de los patios del
-antiguo castillo, que es hoy una extensión de malezas limitada por
-ruinas, está el llamado _Pozo de la sangre_, donde se sumían los
-cuerpos de los decapitados. Otro patio se titulaba la _Plaza de las
-cabezas_, y los cráneos iban apilándose en él, después de las
-ejecuciones, hasta que el lúgubre montón llegaba á la altura de las
-almenas.
-
-Nos alejamos de las _Siete Torres_ siguiendo el monótono camino, á lo
-largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos
-muchas horas de marcha. El recinto fortificado se extiende como una
-cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno.
-Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecés, el
-último emperador de Bizancio, valeroso é infortunado combatiente, que
-cayó de los muros y siguió luchando con su hacha de armas hasta
-desaparecer bajo un montón de cadáveres. Otro lugar evoca la muerte de
-Eyoub, el santo portaestandarte del Profeta, el compañero de Mohamed el
-Conquistador, que pereció en el sitio de la ciudad y dió su nombre al
-barrio del Cuerno de Oro.
-
-Vamos aproximándonos al término de nuestro viaje. Aparecen en la
-desolada extensión grupos de habitaciones humanas, y entramos á
-descansar en el pequeño monasterio de Balouki. En sus criptas surge la
-fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, según los
-griegos. Es una cisterna, bajo cúpula sombría, en cuyo líquido nadan
-muchos peces rojos.
-
-El monje griego que nos la enseña, relata la historia de la prodigiosa
-fuente; el famoso «milagro de los peces».
-
-En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en
-Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados.
-Otro monje, consternado por el suceso, se presentó en la puerta dándole
-la terrible noticia.
-
---¡Bah!--repuso el primero no admitiendo que Bizancio pudiera ser
-tomada--. Creeré en eso cuando vea á mis pescados saltar de la sartén.
-
-Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues sólo estaban
-fritos por un lado, y fueron á refugiarse en el agua de la cisterna,
-donde nadan aún.
-
-El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la
-estupidez, con grandes aspavientos dramáticos para demostrar su fe: pero
-indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.
-
-Después, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, á
-guisa de bendición, y... tiende la mano.
-
-He aquí el verdadero milagro de los peces. Este sí que es indiscutible.
-
-Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna.
-
-
-
-
-XXXII
-
-La Noche de la Fuerza
-
-
-Va á comenzar el Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes, la extraña
-Cuaresma que es, mientras luce el sol, ayuno y angustias, y así que
-cierra la noche, una orgía sin término.
-
-Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad
-musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los
-minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad
-al _Padichá_ y á las tradiciones ilumina los palacios, los puentes,
-todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.
-
-En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada
-que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta
-pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos,
-donde teatros y cafés prolongan la vida hasta pasada media noche, la
-gran metrópoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el pálido
-resplandor de las lámparas transparentando por los ventanales de
-mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros
-vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el
-suelo.
-
-Al llegar el Ramadán, Pera y Galata continúan su vida nocturna de
-siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos turcos,
-sobrepujan durante la noche en luz y movimiento á los barrios europeos.
-Apenas suena el cañonazo de la puesta del sol, el musulmán, que ha
-pasado el día sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza
-como bestia famélica á los bodegones y cafés, asaltándolos. Es la orgía
-de toda una ciudad. No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este
-devorar feroz, va acompañado de risas, aullidos, danzas y peleas. El
-turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos
-líquidos fermentados acaban por dar á su borrachera una alegría bestial
-y peligrosa.
-
-Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de
-infierno las puertas de bodegones y cafés, aulla el populacho turco,
-arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, símbolo
-del pueblo musulmán, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con
-cara bonachona la ruidosa orgía de sus amigos.
-
-¡Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta ciudad europea, que aun
-vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce
-otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un
-gran talento artístico, una rara habilidad, al iluminar sus fiestas. El
-farolillo de aceite ó la linterna con bujía, le bastan para realizar las
-más asombrosas combinaciones de su imaginación oriental. El día que el
-foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas eléctricas
-aparezcan en Constantinopla, ésta habrá perdido una de sus mayores
-originalidades; el encanto de sus fantásticas iluminaciones. No tienen
-el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos
-dulces, velados, discretos; una iluminación de ensueño, un esplendor
-vagoroso y poético, semejante al de las fiestas de _Las mil y una
-noches_.
-
-Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y
-miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera.
-Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de
-oro, que forman las más extraordinarias visiones: flores fantásticas,
-lunas, estrellas, soles, arcadas aéreas, un mundo de encantamiento, que
-parece flotar impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del
-ensueño, para disolverse apenas despertemos.
-
-La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bósforo, trazando
-un extenso triángulo de luz, y junto á los peces de plata que rebullen
-en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al reproducirse
-invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.
-
-Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bósforo á
-la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadán:
-la llamada «Noche de la Fuerza». Necesito llevar conmigo una
-autorización de la policía, pues al ocultarse el sol está prohibido
-circular sin permiso de una á otra orilla, y la vigilancia es tan grande
-sobre el agua como en tierra.
-
-¡La inolvidable excursión por el mar encajonado y silencioso! Al seguir
-el Bósforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un
-nimbo de luz, viéndose como una figura de oro viejo el remero casi
-desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto á la proa. Es el resplandor
-de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la
-embarcación con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta
-de ondinas en las profundas entrañas del Bósforo. Después la barca
-vuelve á sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi invisibles,
-adivinándose por los violentos vaivenes que imprimen á la ligera
-embarcación y por el sordo chirriar de su corriente chocando con la
-quilla y los remos. Y así, pasando de la sombra á la luz y del
-resplandor á la obscuridad, vamos Bósforo arriba, bogando en lo
-desconocido con cierta emoción al pensar en la profundidad de las aguas,
-agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados
-como una pluma por el sombrío elemento que se abre siempre ante nosotros
-en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan
-músicas y se adivina la presencia del gentío, como si las ráfagas
-rumorosas de la brisa nos trajesen su respiración. En lo alto brilla la
-luna, pálida y anémica al contrastar con las guirnaldas de oro de los
-edificios.
-
-De tarde en tarde, entre los palacios del Bósforo con sus estrellas y
-sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el
-misterio azul sus tentáculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz
-de la lámpara del Mirab tiembla como una lágrima amarilla en las opacas
-vidrieras, que parecen de un panteón.
-
-La embarcación salta y gime en ciertos parajes, chapoteando su proa en
-las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bósforo que rugen en
-los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con la confianza
-del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de la
-obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de él, paseándose sobre
-las aguas, á las que da una blancura funeraria. Es el reflector
-eléctrico de un buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro
-á corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas, y otros ojos
-rojizos y más tenues formando doble línea en sus flancos negros, donde
-están los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre
-arremolínase en este callejón marítimo, formando unas cuantas olas,
-seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las
-orillas, para morir en ruidoso asalto.
-
-El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino
-negro, amenazando zozobrar. ¡Ya hay bastante! Ser tragado por el
-Bósforo, á la vista de palacios iluminados, oyendo músicas y el ruido de
-una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas
-obscuras, á cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable.
-Todas las semanas se traga víctimas este Bósforo de enorme profundidad y
-orillas cortadas como á pico. De día, gentes que caen en los
-desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan
-los vaporcillos ó tranvías acuáticos; de noche caiques que zozobran. Y
-estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de
-sus calles, no prestan atención á tales sucesos, y los periódicos apenas
-si le dedican dos líneas... ¡Atrás!
-
-Vamos ahora Bósforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El
-remero descansa, dando sólo de vez en cuando alguna paletada para no
-abordar á la orilla. Otra vez saltamos de la luz á la sombra y de la
-sombra á la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultán,
-de los grandes pachás y de los buques de guerra otomanos, con sus
-guirnaldas de luces que marcan todos sus contornos, bordas, palos y
-chimeneas.
-
-Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena
-el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto que van como colegialas
-en ruta, haremes enteros, pasean entre el gentío, en esta noche de
-libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus
-mercancías. La banda de música de un crucero toca bajo las ventanas de
-Su Excelencia, y el público parece entusiasmado. No baila como en las
-fiestas de Europa, pero su alegría infantil se desborda á impulsos de la
-música amada, de la música popular, _La Mascota_, y sobre todo _La Gran
-Vía_, de la cual el «coro de los marineritos» es insustituíble para el
-populacho de Constantinopla.
-
-Nos alejamos Bósforo abajo. Va amortiguándose el movimiento en las
-orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados.
-Una hora después desembarco, siguiendo á pie las calles pendientes que
-conducen á las alturas de Bechik-Tach, donde están los palacios de los
-principales personajes de Turquía.
-
-Soledad completa. Todos los edificios están iluminados, las calles
-envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los
-últimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles
-de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. ¡Luces y luces,
-hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las
-bestias vagabundas, acostumbradas á la lobreguez, han huido de la luz y
-de la momentánea limpieza, buscando los callejones y solares donde se
-amontona el estiércol.
-
-Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fúnebre. Se marcha como
-en un ensueño. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa, y ser
-uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el
-menor auxilio. Parece que los turcos, después de cubrir la ciudad de
-luces, la han abandonado para siempre.
-
-Todo buen musulmán se ha encerrado en su casa, aislándose del mundo. Es
-la gran noche, la más dulce de las noches. ¡La Noche de la Fuerza!
-
-El sabio Mohamed pensó en todo al legislar para su pueblo. Predicó la
-guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibió
-manjares y líquidos incompatibles con la salud en un clima oriental;
-elevó la limpieza y el agua á la categoría de dogmas, conociendo el amor
-ancestral de la bestia humana á la suciedad y el abandono; y para que
-sus pueblos no decreciesen, como les ocurre á ciertas naciones modernas,
-decretó en nombre de Alláh la Noche de la Fuerza.
-
-En esta noche, todo musulmán que tiene su compañera no debe dormir, sino
-velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento
-puesto en Alláh y en la reproducción de su raza, debe gustar todos los
-frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La
-prescripción religiosa es severa é ineludible. El amor por orden del
-Profeta: el supremo escalofrío como grata oración á Dios. Nadie se
-escapa á este supremo mandato. El viejo trémulo, exprimido y seco por
-largos años de poligamia, debe probar á cumplirlo (con probar nada se
-pierde); el adolescente recibe la iniciación del misterio de la vida,
-por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce
-novedad de la ceremonia repite sus oraciones hasta que cae extenuado; el
-hombre en plena virilidad hace un llamamiento á sus fuerzas y ora toda
-la noche en diversos altares, con la convicción de que será grato á Dios
-si el sol le sorprende ocupado todavía en tales ritos.
-
-La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada
-cual ir lo más lejos posible, para satisfacción de Alláh y orgullo de
-las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo
-deber, sin más pausa que la de los relevos, cambiando de montura para
-enardecer su energía con el incentivo de la novedad, y llegando en el
-sacro deporte á límites donde sólo pueden alcanzar el entusiasmo
-religioso y el apasionamiento oriental.
-
-Esta Noche de la Fuerza es la de la «Ceremonia del Pañuelo» en el Yildiz
-Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace muchos
-siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus innumerables
-mujeres, la avisan arrojándola un pañuelo. Nada hay de esto. La
-ceremonia del pañuelo existe, pero es sólo una vez por año: la Noche de
-la Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de
-los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas sus súbditos
-musulmanes, sacrifique una doncella.
-
-En un salón del harem imperial se alínea, bajo la mirada del Gran Eunuco
-y sus tropas de negros, un centenar de vírgenes. Unas son esclavas de la
-Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de los _vilayetos_
-asiáticos; otras, hijas de pachás, entusiastas del emperador, que
-aprovechan esta ocasión para introducir la influencia de su familia en
-los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y señoras,
-confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no
-reconocen más que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trémulas
-la presencia del Gran Señor, sabiendo que en breves instantes puede
-decidirse su suerte.
-
-Aparece el _Padichá_. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran
-Eunuco secretea en su oído, y al fin arroja con indiferencia el
-pañuelo... ¡Cualquiera! Su tranquilidad es igual á la del católico que
-todos los domingos va á misa, sabiendo que es un espectáculo santo, pero
-sin emoción alguna. La ha oído tantas veces, que no encuentra en ella el
-encanto de la novedad.
-
-¡Pobre Abdul-Hamid! ¡Augusto Comendador de los Creyentes, con sus
-sesenta años bien contados!... Me lo imagino en esta noche, á puerta
-cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de
-los pocos años y el deseo de agradar, excediéndose en toda clase de
-iniciativas. El majestuoso _Padichá_, que tal vez lleva ocupado el
-pensamiento por alguna nueva reclamación de los embajadores de las
-potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto á esta
-primavera ardiente, que vela junto á él, excitada y nerviosa. Sus
-preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista
-enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le
-preparan mal indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el
-Profeta. La soberana de una noche sonríe invitadora con sus labios
-coloreados de carmín, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la
-pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al
-tender sus manos encuentra ¡ay! el ánimo del Gran Señor flácido y
-desmayado, como el pañuelo simbólico.
-
-Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos por el deber
-religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las
-calles iluminadas y silenciosas, acompañado únicamente del eco de mis
-pasos. ¡Nadie! ¡Siempre ante mí la soledad, roja y brillante! Pueden
-robarme, pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana
-ó una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes están demasiado
-ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle.
-
-El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el
-silencio profundo del barrio señorial. También para él, musulmán
-fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos
-deben igualmente estar dedicados á la santa ceremonia. Allá lejos, en la
-depresión del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el
-cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena
-gigantesca. El populacho sigue divirtiéndose en Stambul y Galata.
-
-Voy hacia allá, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si
-marchase por una ciudad fantástica, mirando con despecho las puertas
-cerradas, pensando con cierta amargura en la fría cama del hotel que me
-espera, lamentando mi condición de mísero _giaour_, de despreciable
-cristiano, que me hace vagar triste é inútil en esta noche de la
-abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.
-
-
-
-
-XXXIII
-
-La entrada en Europa
-
-
-¡Adiós, Constantinopla!
-
-En plena noche atravieso por última vez el Gran Puente, sintiendo como
-caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que
-imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es
-una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de
-las embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta
-negra de cúpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla
-pálida la luna menguante. Las luces del Ramadán parecen flotar en el
-espacio como constelaciones perdidas.
-
-¡Adiós!
-
-Hace más de un mes que vivo en estos lugares á los que nada me une, ni
-el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo, la partida es
-melancólica y penosa.
-
-Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un
-sentimiento de alegría. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el
-instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos en nosotros como
-herencia de nuestros remotísimos abuelos, nómadas incansables del mundo
-prehistórico. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué nos espera en la próxima
-etapa?...
-
-Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se
-amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegará á
-serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades
-cómodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta
-aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y
-despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo.
-
-¡Adiós!... Y á la melancólica despedida se une la incertidumbre del
-porvenir, la sospecha de que no volveré á contemplar estos lugares
-amados, de que las circunstancias de mi vida harán que ésta se extinga
-antes de poder cumplir mi deseo.
-
-Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mármara con sus
-aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entrañas pasan
-flotando las medusas como un desfile de paraguas de nácar. Recuerdo
-también las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y
-Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmán sin nada de
-europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algún día hablaré de
-Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la Andalucía
-musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada
-turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente á una vega
-situada á muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y
-eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo
-_Brussa la Verde_. Y también hablaré, en una novela, del barrio de
-Galata en Constantinopla, «el barrio de los españoles», como lo titula
-la topografía popular, donde veintiocho mil judíos que se apellidan
-Salcedo, Cobo, Hernández, Camondo, etc., emplean en el seno de la
-familia un castellano arcaico que es la lengua sagrada, el medio de
-comunicación para librarse de la vigilancia de los enemigos.
-
---¡Ah, Espania! ¡La bella Sión de Occidente! Los míos, los viexos,
-baxaron de allá.
-
-Los cuentos que entretienen á la familia en las noches de sábado,
-leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la
-lejana España, país fantástico del que hablan los patriarcas á los niños
-con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de _Las mil y
-una noches_. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los
-panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV,
-aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fué como el París del mundo
-judío.
-
-Abandono Constantinopla después de pasar por las innumerables
-ceremonias del pasaporte, que son aquí tan precisas para salir del país
-como para entrar. Rueda el tren durante la noche por las desoladas
-llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos en Rumelia y después en
-Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados que ocupan los
-andenes de las estaciones ó acampan en tiendas grises al pie de alguna
-loma, van vestidos á la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de
-piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos,
-ante los tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas
-macizas. Al cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el
-sol estamos en tierra húngara.
-
-Nos aproximamos á Budapest, á las verdaderas puertas de la Europa
-europea.
-
-Es la hora del almuerzo. En el vagón restaurant, que va á la cola del
-tren, nos juntamos los viajeros del exprés de Constantinopla, gentes de
-diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y
-una señora rubia y elegante, sentada frente á mí. Silencio absoluto ó
-lacónicos ofrecimientos de platos, con esa reserva cortés y fría de los
-que van por el mundo y no saben quién pueda ser su compañero de mesa. El
-almuerzo toca á su fin. Tomamos el café. Por el cristal de la ventanilla
-veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se adivina la
-proximidad de una enorme población. Debemos estar en las afueras de
-Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magyar, del cual sólo es
-inteligible para mí el título de la obra, _Carmen_.
-
-De pronto un choque, un tropezón gigantesco contra un obstáculo. Luego,
-la milésima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este
-espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos, y
-en ellos una expresión loca de espanto. Á continuación el rudo
-movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que
-nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrépito mortales.
-Es mediodía; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo,
-nos sentimos ciegos, como si hubiésemos caído en plena noche.
-
-La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes
-de bronce que la unen á la pared del vagón. Rueda sobre mí con sus
-platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho su
-doloroso filo, á más del peso de la señora de enfrente y otros cuerpos
-que se agitan con el pasmo del terror.
-
-Pasan unos instantes brevísimos, pero la imaginación los llena
-vertiginosamente, poblándolos de miedos y esperanzas como si fuesen
-años. ¿Estaré herido? ¿Qué se habrá roto en mi organismo? ¿Iré á morir
-pasado el primer aturdimiento? ¿Qué encontraré en mí cuando llegue á
-incorporarme?...
-
-Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elástica, envuelta
-en paño azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos
-servía momentos antes. Está de espaldas, con los brazos en cruz, los
-ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo á pesar de mi
-pisotón.
-
-Frente á mí se incorpora la señora, que parece haber envejecido en unos
-instantes; pálida, con amarillez de cirio; los rubios cabellos en
-desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trémulas por
-la emoción.
-
---No somos más que una porquería--dice en francés.
-
-Tal vez fué la influencia del momento, pero juro que jamás he oído una
-frase tan _profunda_ y tan justa.
-
-Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como
-si un proyectil de cañón hubiese pasado por él. Cuerpos en el suelo,
-mesas caídas, manteles rasgados, líquidos que chorrean, no sabiéndose
-ciertamente lo que es café, lo que es licor y lo que es sangre; platos
-hechos trizas y todos los cristales del vagón, los gruesos cristales,
-partidos en láminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de
-espada.
-
-Instintivamente arranco de la espalda de la señora una especie de puñal
-de vidrio clavado en su corsé. Es un fragmento de la luna que estaba
-detrás de ella. Un poco más arriba, y queda degollada en el sitio.
-
-Sin saber cómo, me veo pisando tierra, corriendo á lo largo de la vía,
-junto á un talud altísimo. Otros viajeros corren también, tropezando en
-los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, viéndose
-entre sus vedijas el caserío blanco de Pest en una montaña. El vapor se
-escapa con un chirrido de sartén enorme. Llegamos á la cabeza del tren,
-que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras caídas y
-mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomándose
-moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de
-vagones de mercancías. El encuentro ha sido en lo más hondo de un
-desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de
-las dos máquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de
-materiales de construcción se han roto, esparciendo á ambos lados de la
-vía, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de
-ladrillos.
-
-Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son á modo de
-acordeones cerrados por el choque, con pliegues trágicos que dan un
-escalofrío de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El
-furgón de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que á cada
-estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres
-sangrientos que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren
-excitados por la emoción y gritan en magyar, en alemán, en servio, en
-turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber
-ciertamente por dónde empezar. Siguiendo el impulso de los demás,
-intento subir á los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota
-plataforma chapoteo en algo negro, que es líquido y sólido á un tiempo.
-Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas,
-anunciando la llegada de sus compañeras. ¿Para qué añadir el horror á la
-emoción sufrida?...
-
-Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir cuanto antes de esta
-zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da
-la emoción, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda
-pendiente.
-
-Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una
-insensibilidad estúpida, aturdido, sin saber qué hacer, contemplando los
-restos de la catástrofe, viendo cómo el humo rojizo de las locomotoras
-empieza á incendiar el puente de madera.
-
-Por todos los caminos de la campiña llegan corriendo grupos de húngaros
-melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el
-número de los que se agitan junto á los dos trenes y penetran en los
-vagones demolidos.
-
-Una catástrofe estúpida. En la estación de Budapest han dejado salir un
-tren de mercancías á la hora en que diariamente llega el tren de
-Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes
-ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... ¡Y
-después hablamos de las «cosas de España»!...
-
-Veo de pronto sombras que se interponen ocultándome la luz del sol. Son
-mujeres húngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y
-ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pañuelo de seda
-formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.
-
-Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse
-con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma
-ininteligible, mirándome con simpática compasión. Adivino que me
-preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un
-rasguño, sin una gota de sangre. Una joven se empeña en hacerme beber un
-vaso de agua. Una vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las
-manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa.
-
-El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja.
-La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas
-noticias la conmueven, haciéndola huir talud arriba en espantoso
-desorden. ¡Que las locomotoras van á estallar!... ¡Que el tren contiene
-dinamita!... Se esparcen con pánico de rebaño, pero transcurridos
-algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la
-cuesta para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las
-operaciones de salvamento.
-
-Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se ve avanzar al galope
-un escuadrón de caballería. Por otros se presentan compañías de
-infantería y escuadras de polizontes. Llegan carruajes cerrados, con el
-escudo de la Cruz Roja. Empiezan á descender camillas por la cuesta del
-desmonte.
-
-De los fúnebres acordeones de abajo salen grupos de hombres arrastrando
-bultos inánimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco. ¡Cuándo acabará
-esa extracción horripilante! Junto á mí pasan hombres y mujeres
-sostenidos en brazos y con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender
-sobre los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras
-extrañas que no puedo entender.
-
-La caballería da una carga á la muchedumbre curiosa, para limpiar los
-alrededores. Los infantes austríacos entran á la bayoneta, con furiosos
-gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables.
-
-Las mujeres se apelotonan en torno mío, como si mi calidad de víctima
-las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... ¿Por qué sigo
-aquí? ¿De qué sirve mi presencia?
-
-Me restriego el pecho, contusionado por el choque de la mesa y el peso
-de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez más, al desvanecerse el
-primer aturdimiento de la emoción. Escupo sin cesar, pensando medroso en
-el color púrpura... No; no hay nada roto.
-
-Empleando el idioma universal de la mirada y la seña, coloco una de las
-maletas en la cabeza de un muchacho, me defiendo galantemente de las
-mujeres que quieren encargarse de la otra, y escoltado por estas amigas,
-que hablan y hablan sin descorazonarse ante mi silencio, emprendo la
-marcha, al través de campos recién labrados y movedizos, hacia un camino
-por el que veo pasar un tranvía eléctrico.
-
-¿Para qué permanecer aquí, donde á nadie conozco y nadie me entiende?
-Voy á Budapest á tomar otra vez el tren, que me inspira un pánico
-invencible.
-
-Y así entro en la verdadera Europa, á pie, al través de los campos,
-llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor oriental de hace
-siglos, atraído por los esplendores de Occidente.
-
-FIN
-
-Agosto-Noviembre 1907.
-
-
-
-
-INDICE
-
- Págs.
-
-CAMINO DE ORIENTE
-
-I.--La peregrinación cosmopolita. 9
-
-II.--Aguas y música. 16
-
-III.--Las mesas verdes. 23
-
-IV.--La ciudad del refugio. 31
-
-V.--El lago azul. 39
-
-VI.--Los osos de Berna. 46
-
-VII--El lago y el Concilio. 54
-
-VIII.--La Atenas germánica. 64
-
-IX.--El Festival Wágner. 72
-
-X.--El _Mozarteum_. 80
-
-XI.--Viena la elegante. 89
-
-XII.--El subterráneo de los emperadores. 96
-
-XIII.--¡Hermoso Danubio azul!. 105
-
-XIV.--La ciudad de los magyares. 114
-
-EN ORIENTE
-
-XV.--Los Balkanes. 123
-
-XVI.--Los turcos. 132
-
-XVII.--Constantinopla. 142
-
-XVIII.--El Gran Puente. 151
-
-XIX.--Los que pasan por el Gran Puente. 160
-
-XX.--El Gran Visir. 170
-
-XXI--El palacio de la Estrella. 180
-
-XXII.--El Sélamlik. 188
-
-XXIII.--Los perros. 200
-
-XXIV.--Los Derviches Danzantes 210
-
-XXV.--El heredero de _Las mil y una noches_ 229
-
-XXVI.--Santa Sofía 249
-
-XXVII--El Papa griego 258
-
-XXVIII.--Turcas y eunucos 275
-
-XXIX.--Los derviches aulladores 296
-
-XXX.--Libertad religiosa 304
-
-XXXI.--Restos de Bizancio 319
-
-XXXII.--La Noche de la Fuerza 334
-
-XXXIII.--La entrada en Europa 346
-
- * * * * *
-
-Estas correcciones hizo el transcriptor del texto electronico:
-
-cisnes negros de pico de escarleta=>cisnes negros de pico de escarlata
-
-al que acuden todos los extranjeroe=>al que acuden todos los extranjeros
-
-cabeza rodeaba de un nimbo=>cabeza rodeada de un nimbo
-
-para que á á la salida le suelten medio franco=>para que á la salida le
-suelten medio franco
-
-pasando entre resplandores como una aparición fantásticas=>pasando entre
-resplandores como una aparición fantástica
-
-sus acupaciones en la catedral=>sus ocupaciones en la catedral
-
-trina el ruiseñor, canta si mirlo=>trina el ruiseñor, canta el mirlo
-
-clase de iufortunios=>clase de infortunios
-
-todas lujosas, todas deshabitatas=>todas lujosas, todas deshabitadas
-
-Podrá creerse superior ó los demás=>Podrá creerse superior á los demás
-
-arrendatario de la tierra que cultima=>arrendatario de la tierra que
-cultiva
-
-poserlos el soberano=>poseerlos el soberano
-
-todas las mesas las pedazos de pan olvidados=>todas las mesas los
-pedazos de pan olvidados
-
-Eran los patios de la Santa Mezquita, del temblo?>Eran los patios de la
-Santa Mezquita, del templo
-
-volvían los ojos hacia al hogar=>volvían los ojos hacia el hogar
-
-para hacer creer en una suicidio=>para hacer creer en un suicidio
-
-el mansjo de sus riquezas=>el manejo de sus riquezas
-
-enclaustradas voluntamente=>enclaustradas voluntariamente
-
-el gesto pontifical, recomendánme=>el gesto pontifical, recomendándome
-
-institutrices ingleses y franceses=>institutrices ingleses y francesas
-
-envuelto en su sotana uegra=>envuelto en su sotana negra
-
-creencias de sus súdditos=>creencias de sus súditos
-
-abrazar al suya=>abrazar la suya
-
-láminas de bronce, qne ciertamente=>láminas de bronce, que ciertamente
-
-
-
-
-
-
-End of the Project Gutenberg EBook of Oriente, by Vicente Blasco Ibáñez
-
-*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK ORIENTE ***
-
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-works. See paragraph 1.E below.
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-or PGLAF), owns a compilation copyright in the collection of Project
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-collection are in the public domain in the United States. If an
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-1.E.9.
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