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authorRoger Frank <rfrank@pglaf.org>2025-10-14 20:01:53 -0700
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+The Project Gutenberg EBook of Crónicas de Marianela, by Anonymous
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: Crónicas de Marianela
+
+Author: Anonymous
+
+Editor: Pedro L. Balza
+
+Release Date: December 4, 2010 [EBook #34565]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
+
+
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+
+
+
+
+
+CRÓNICAS
+
+DE
+
+MARIANELA
+
+
+1917.
+
+
+
+
+INDICE
+
+
+ Pag.
+
+Presentación en Sociedad 5
+
+El matrimonio 7
+
+El amor y su apariencia 15
+
+El nó de las niñas 18
+
+El Gancho 23
+
+Las «Planchadoras» 29
+
+La moda y el diablo 33
+
+Los «Tramitadores» 39
+
+Los afeites 45
+
+Las paces 51
+
+Crotalogia 57
+
+Rosalía en «Los Carpinchos» 63
+
+El arte de estar enferma 70
+
+Las inquietudes de Petrona 75
+
+Pequeña defensa de la murmuración 81
+
+Los secretos 84
+
+La desventura de Luisa 89
+
+Desavenencia trascendental 93
+
+Las reinas en la guerra 98
+
+Frivolidad y tilinguismo 100
+
+Inés y los cipreses 110
+
+La fiesta hípica 115
+
+Las angustias de mi protegida 120
+
+La inutilidad de San Juan Bautista 126
+
+Sin presidenta 132
+
+La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral 140
+
+¡¡Desahuciado!! 148
+
+La viuda de Esquilón va a Mar del Plata 154
+
+
+
+
+ADVERTENCIA.
+
+
+El interés que han despertado las amenas crónicas de "Marianela"
+publicadas en la página femenina de "LA PRENSA" me ha inducido a
+solicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permiso
+para editarlas.
+
+La benevolencia gentil del señor Paz ha otorgado el consentimiento, y
+hoy aparecen los chispeantes artículos de la distinguida escritora
+compilados en este elegante volumen. Notorio es el éxito creciente que
+han logrado estas crónicas; aparte su mérito literario, puesto de
+relieve en un estilo fácil, terso y armonioso, contienen otra cualidad
+más esencial aun, consistente en su sana orientación ética, en una
+crítica, suavemente irónica, de nuestros hábitos y costumbres. Trátase,
+en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a la
+belleza artística, se unen, en consorcio admirable, útiles normas de
+conducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo.
+
+Pedro L. Balza
+
+(Editor)
+
+
+
+
+PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD
+
+
+Su presentación en sociedad es el primer episodio interesante en la vida
+de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de la
+existencia. La trasformación de la niñez en pubertad trae también un
+cambio completo en la vida del espíritu.
+
+La niña se ha convertido en señorita. Ya la muñeca ha quedado
+abandonada. La mamá de la señorita, con dulce melancolía, la recoge y la
+guarda en un mueble tradicional. La señorita no hace caso de su muñeca:
+le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco,
+la trasformación es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carácter
+remoto. Ya vendrá un día en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso
+llorosos, a la muñeca que alborozó sus horas infantiles. Pero ahora, no;
+ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la señorita se halla
+trémula de emoción. Se va a presentar en sociedad; está por asomarse al
+mundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones--porque,
+propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la señorita--asaltan su
+mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan como
+mariposas en torno del foco luminoso.
+
+¿Cómo será el mundo? He ahí la preocupación de la señorita. Pero esta
+preocupación está exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque,
+en realidad, no se pregunta: «¿cómo será el mundo?», interrogación harto
+filosófica para sus años y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es:
+«¿cómo le pareceré yo al mundo?». Y a medida que se atavía y se adorna
+y se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la
+señorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: «yo
+creo que le voy a parecer bonita al mundo». Y esta idea optimista,
+justificada desde luego, porque la señorita es linda, le produce una
+alegría exultante, alborozada, llena de íntimo regocijo. En ese momento
+del atavío, los detalles adquieren una importancia fundamental; el
+gracioso lunar, el rizo juguetón, todo aquello que constituye su
+personalidad, su diferenciación de las demás señoritas que también se
+presentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo.
+El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, ¡invencibles!...
+
+Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es necesario que la
+presentación cause buen efecto. Está en ello comprometido el buen gusto
+y el tino educador de mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la buena
+y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden
+servir de norma en una presentación en sociedad: «La tontería se coloca
+siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrás
+para ver». Y luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía,
+compostura, sosiego; mide lo que dices; más vale que peques por
+cortedad».
+
+Papá también está un poco impresionado. Cree, como Terencio, que las
+mujeres, igual que los niños, se corrigen con leves sentencias. Y apunta
+algunas apropiadas al caso. «La señorita silenciosa parece mejor que la
+locuaz». El discreto señor hace algunas observaciones filosóficas sobre
+la coquetería. A su juicio la coquetería no tiene más fin que hacer
+subir las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte que es
+necesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado,
+porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recurso
+para hacerlas subir. Papá agrega otros razonamientos graves, discretos,
+oportunos. «No hay que ser criticona», dice. Y volviéndose a la esposa,
+agrega: «Según Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver los
+defectos de las demás mujeres». Y luego agrega por cuenta propia: «Los
+hombres nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; pero
+adquirimos mala idea de quien nos suministra la información».
+
+Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso realza su figura:
+primor sobre primor. «Está elegantísima», observa la señora al esposo.
+«Sí, sí, dice éste, muy elegante, muy linda». Y recordando las palabras
+de un pedagogo argentino agrega: «Pero hay que ser también «paqueta» por
+dentro: que a la figura elegante no corresponda un espíritu deforme». La
+señora confía en que la niña será siempre muy buena. «Es nuestra hija»,
+termina. «Es verdad,--asiente el padre conmovido--; será buena, porque
+es nuestra hija».
+
+Entre observaciones, besos y mimos, la señorita, llena de alegría y de
+ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad.
+
+
+
+
+EL MATRIMONIO
+
+
+Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso
+sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no
+casan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su capacidad
+amorosa ni la consistencia de su sentimiento.
+
+Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filósofo
+modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas las
+apologías rimadas que se han hecho de Don Juan: «quien ama a muchas, no
+ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con
+variedad, no ama dignamente».
+
+Entre los poetas y este modesto filósofo, la elección no es dudosa para
+nosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; sólo una
+larga convivencia nos demostrará si el corazón está bien puesto, en
+quicio permanente.
+
+Por lo demás algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba
+del amor. No en balde la frase goza de tanta difusión en el mundo. Pero
+es porque el amor, en su forma exaltada, sólo es, como dice Voltaire, un
+cañamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginación. Ahora
+bien: el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempo
+que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginación
+bordadora también acaba por sosegarse y quedar sustituída por una dulce
+y reflexiva calma.
+
+Entonces el amor no tiene más que una salvación: el cariño. Los poetas,
+que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeñado, por
+subalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más sólido
+que el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; el
+cariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la
+mutua adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de los
+comunes gozos y sufrimientos, de las alegrías conjuntas y de la fusión
+de las lágrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: el
+tedio. El cariño no tiene enemigo que le venza, porque está apoyado en
+el sentimiento de convivencia. Vale más, mucho más, el calor del
+rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en
+rescoldo, sólo quedan de ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser
+lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los
+sentidos. «¡Te amo!». Es una frase de novela, excesiva, afectada. «Te
+quiero», es una frase más sencilla, más grave, más profunda y más
+humana. «¡Te amo!», dice Don Juan, que nunca fué un hombre honrado. «Te
+quiero», dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice.
+
+Saber convivir... He ahí el secreto del buen matrimonio. Dar normas
+fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de
+circunstancias cuantas parejas constituyen la organización monogámica
+del mundo.
+
+Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra
+suave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de un
+hogar. A mí, personalmente, me produce la impresión de un canario
+hidrófobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuéntase que uno de los
+siete sabios de Grecia (Solón, Bías, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quilón,
+Periandro, no se sabe cuál; lo mismo da, cualquiera....) tenía un
+discípulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refería
+al maestro las cualidades de su futura. «Es hermosa como el lucero de la
+mañana»--decía el joven. El filósofo escribía: «cero».--«Es rica, como
+la heredera de Creso»--añadía el doncel. El genio griego volvía a
+escribir: «cero». (La dote, pensaría probablemente el filósofo, es la
+gran virtud de los padres). El enamorado agregó: «Es inteligente». Y el
+gran hombre puso otra vez: «cero».--«Es noble»--«Cero».--«Tiene muy
+buena parentela».--«Cero».--«Buena educación».--«Cero». El enamorado
+miraba atónito a su querido maestro. Por último le dijo: «tiene un
+carácter dulce». Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los siete
+sabios, estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que había
+ido poniendo, para demostrar que sólo así adquirían valor las demás
+cualidades.
+
+Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una
+irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el
+donaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y la felicidad
+del matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos
+delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer.
+Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, en
+los momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones
+estaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras
+ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más
+que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una
+cátedra de psicología conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mías. Los
+hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan
+agradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Sean
+nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio:
+suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a
+los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando
+elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra
+cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando
+dicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de
+íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad
+femenina.
+
+La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la
+mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas las
+circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.
+
+Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, una
+voluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La
+testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín.
+Para la mujer, ceder es conseguir--siempre que el marido sea tierno,
+delicado y comprensivo. Jamás la mujer--y esto es importantísimo--debe
+herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en
+cuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchas
+veces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada.
+Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y
+perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo haré pocas veces)
+estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo, inteligente, gentil,
+cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo que equivale a
+buscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi marido es
+aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y
+conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razón
+definitiva) la fauna argentina y muy especialmente--aquí está su amor
+propio--las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el
+día. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el
+carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista,
+excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo nunca le contradigo,
+porque, además de herir su amor propio de entendido en aves noctívagas,
+le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y los
+tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para qué
+herir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no ve
+bien? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o sea
+chimango? La cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelente
+naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento,
+¿por qué negárselo? Alguna vez él mismo sale de su error, y entonces,
+enternecido, paga con un beso mudo la intención de mi aquiescencia. Y
+este beso de mi marido vale más, mucho más que toda la fauna, incluso la
+humana, que puebla la tierra.
+
+He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal, a guisa de ejemplo,
+para demostrar que no debe mantenerse contradicción en cosas sin
+importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan de
+interés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido).
+Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza
+bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento--la
+misma palabra lo dice--es el sentimiento más terne, más perenne, de más
+triste duración.
+
+La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorables de la vida
+conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces
+insustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como la
+cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el
+carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa
+constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de
+tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un
+filósofo--claro que un filósofo feminista--el divorcio es la disolución
+de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre
+solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perder
+el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunos
+tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar los
+nuestros, también él--si no es una mala persona--quitará los suyos,
+despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende
+de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de
+nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso
+otorgarnos.
+
+De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar.
+Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y
+difícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando
+todas las cruces, menos la del matrimonio--con lo cual su santidad
+desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa--decían
+que al matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados.
+No se enojarán los hombres, si apoyándonos en el testimonio de los
+santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones
+espirituales superiores. Y así debe ser, porque para el hombre el
+matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho
+fundamental de su vida.
+
+A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar
+que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor
+dispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismo
+filósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, son
+peligrosos, porque su arte y su filosofía están siempre en primer
+término, antes que la mujer. Además, son un poco raros y no poco
+arbitrarios. Y entre los políticos se debe preferir, no a los dogmáticos
+empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos,
+que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que
+tienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en que, siendo el
+gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al
+matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.
+
+Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en cuenta que la
+cuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se
+haya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en que
+el cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable,
+más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juan
+efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos
+versos de su comedia «El mayor imposible», estas palabras razonables
+sobre la exaltación amorosa:
+
+ «Que muchos que se han casado
+ Forzados de un amor loco,
+ Suelen después hallar poco,
+ De lo mucho que han pensado.»
+
+¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside la
+dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace de no haber
+convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías...
+
+
+
+
+EL AMOR Y SU APARIENCIA
+
+
+¿Cuál es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con más
+precisión, pues la pregunta formulada es un poco vaga: ¿en qué edad se
+halla la mujer en mejor disposición espiritual para enamorarse y, en
+consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es
+firme, permanente, fijo, como la estrella polar?
+
+Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadoso
+filósofo señor Bergeret) dice que el amor es como la devoció; llega un
+poco tarde: «no se es amorosa ni devota a los 20 años».
+
+La observación es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una de
+las tantas formas de la exaltación fanática. Ahora bien: para
+fanatizarse es necesario que el espíritu esté formado y que nuestras
+ideas estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si
+dijéramos el cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de asomarse al
+mundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años y
+la experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo lo
+contrario. La experiencia y los años nos aferran a determinadas ideas y
+dan consistencia definitiva a ciertos sentimientos.
+
+Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso,
+de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible,
+que nos lleva a entregar a otro corazón el reinado sobre el nuestro.
+¿Cuándo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestro
+querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu, esta adoración,
+en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es la
+concentración de todo el universo en un solo ser y la dilatación de este
+solo ser hasta Dios»?
+
+Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar de
+la niñez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa al
+salir de su estado de crisálida. Sus primeros vuelos son inciertos,
+aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y no han adquirido
+aún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar es
+requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.
+
+El origen de nuestras desventuras en la vida está en que la sensibilidad
+es más precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos hace es
+precisamente lo último en formarse. La mente es impotente para regir la
+confusión tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y
+atorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin
+gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a
+buen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula,
+sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad y
+de nuestra orientación reflexiva.
+
+A los diez y ocho o veinte años la mujer se impresiona fácilmente. Pero
+esta impresión suele ser fugaz, versátil, inconsciente. El error está en
+tomarla por definitiva, esclavizándose a una emoción pasajera. El
+acierto electivo en este caso está librado al azar, a que la casualidad
+haya determinado que ésta primera emoción nos haya sido provocada por
+persona que realmente lo merezca. Y la elección de marido, como la
+elección de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile»
+es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse
+el novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas del
+entendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente.
+Son los poetas los que han dicho que el órgano del amor es el corazón.
+Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras
+metáforas, falsas imágenes y seductoras demencias. El origen del amor y
+de todas nuestras emociones está en la mente. Ella es el divino crisol
+en que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazón es como
+la rueda catalina de un reloj, que no tiene, por sí, conciencia de su
+propio movimiento. De la idea, de nuestra representación mental sobre
+otra persona, surgen la adhesión y el amor hacia ella. Entonces es
+importantísimo que esta idea, punto de arranque de la emoción, sea
+acertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frágiles
+cimientos, mal se sostendrán las torres y chapiteles de nuestros
+ensueños.
+
+La elección debe fundarse en múltiples y atentas observaciones del
+sujeto, en el análisis de sus prendas morales, en la índole de su
+carácter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo
+que puede ser luego (asunto de capitalísima trascendencia). El
+sentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar
+no es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valores
+mentales. Con la imaginación creamos sujetos propios, modelos que nada
+tienen que ver con la realidad ya creada. «Mi tipo» suele diferir del
+tipo, que tiene su propia alma, su carácter propio y sus propias mañas;
+alma, mañas y carácter que no corresponden al bello sujeto fraguado por
+nuestra fantasía en complicidad con los errores de percepción de
+nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exento
+de imaginación y de fantasía. Una criatura sin imaginación es como una
+tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginación inicie su vuelo
+desde la cúspide del conocimiento y no desde los abismos de la
+ignorancia. Las alas parten más raudas y seguras a hender los espacios
+cuanto más alta y sólida sea la atalaya de observación desde la cual se
+lanzan a volar.
+
+A la edad de diez y ocho o veinte años la mujer carece de aptitudes
+analíticas y de observación. El mundo es para ella una maravilla
+deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Y
+el amor tiene mayores garantías de éxito cuando emplea los cien ojos de
+Argos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido
+y su venda constituyen un símbolo que no resiste el menor análisis. Los
+símbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables.
+
+Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es en el alma la aurora
+del amor. Pero la hora de la poesía fascinadora no es la hora en que se
+ve con mayor claridad. Según el adagio vulgar, de noche todos los gatos
+son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el color
+de la ilusión. Acriollando el adagio, bueno será añadir que conviene
+huir de los «gatos» a toda hora, de noche, de día y entre dos luces.
+
+La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, más que
+enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambición de una señorita
+consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ahí que
+trate más de ser ella interesante que de ver quién podría ser
+interesante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente analizado,
+resulta una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bien
+explicado, un tomo de psicología femenina.
+
+Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud mental y espiritual
+para elegir o aceptar esposo--porque no siempre se puede elegir. Sólo
+después de diez años de frecuentar salones y alternar en el mundo se
+adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna
+probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de
+dejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 años
+nuestro espíritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros
+sentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todo
+es emoción indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltación sin
+fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento sólo se
+alcanza con los años. Y aun es problemático, pues según un ironista
+francés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase, aguda y
+ligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla al
+ironista diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen».
+
+Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene haber bailado mucho,
+haber conversado mucho y haber «flirteado» algo--no mucho,--haciendo
+todo esto con espíritu observador e informativo, con intención fiscal, a
+fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendencias
+que más se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar con
+el sujeto ya bien conocido; no con una máscara. Asimismo, nunca es
+completo este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo,
+sino un lento y contínuo desenmascaramiento que sólo se hace total con
+el último abrazo en la hora de la muerte.
+
+Conviene también llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo y
+de sus pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar propio más
+agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que además de un
+escultor excelso, era un espíritu filosófico, hizo una vez la estatua de
+Venus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo
+que debían ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto el
+cenobio, el enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo se
+acepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de
+menudas pasiones que en ella bullen y se agitan.
+
+Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi marido, aficionado, como
+sabéis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad de
+las aves noctívagas pamperas, experimenté muchas impresiones en nuestro
+gran mundo. Varias veces sentí un principio de amor, un interés
+repentino, una relampagueante emoción; pero luego aplicaba serenamente
+mi juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que lograba
+disiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres en
+general y confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable,
+pero es así. Yo procuré siempre hacer lo contrario. A cada caso
+particular apliqué una saludable desconfianza. Por último me enamoré de
+veras, con la reflexión y con el sentimiento. La reflexión me decía que
+mi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre además para
+luchar en la vida. Y a compás de estas ideas el sentimiento se encendía
+en amor. Pero antes de decir «sí» bailamos mucho, conversamos mucho, y
+yo, por mi parte, traté de verle el alma a la luz de un constante
+análisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di el
+más absoluto imperio sobre la mía. Sobre mi persona tenía él también su
+concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como él me
+imagina, que es el amor perfecto. Y siendo como él quiere, soy como yo
+quiero, y cuanto más le gusto más me gusto.
+
+Y así el esquife de nuestro amor marcha por el piélago de la vida,
+seguro de que nunca zozobrará...
+
+
+
+
+EL NO DE LAS NIÑAS
+
+
+Facilísimo es dar el «sí»--«el sí de las niñas»--como reza el título de
+la ingenua y cursililla comedia de Moratín, que hizo las delicias de
+nuestras abuelas. El «sí», a una proposición de matrimonio, cuando el
+proponente nos agrada, brota espontáneo, casi sin palabras; lo damos con
+los ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo
+con el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta última
+actitud, oprimir el brazo, asirnos a él, suele ser la más corriente como
+reveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el «sí»
+emplea mucha retórica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos,
+mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no está
+verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque es
+buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como
+toda pasión vehemente--y es el amor la más vehemente de todas--es
+conciso en su expresión, monosilábico, casi mudo. La palabra muere en el
+nudo que la emoción forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia,
+en prosa y verso; todas las páginas amorosas de las novelas, en que
+salen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, los
+ángeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira,
+completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, no
+encuentra léxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar,
+pues el abrazo--el abrazo danzando, perfectamente admitido--nos ahorra
+el estudio del diccionario para dar con los términos académicos
+apropiados al caso. El concurso, la gente de un salón, que ve bailar, no
+advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un
+momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de
+fusión de espíritus, de enlace de corazones. Yo dí el «sí» así,
+bailando; pero lo dí sin palabras. De pronto, preguntó él: «Bueno,
+¿y?...» porque él también, como buen enamorado, era monosilábico, casi
+mudo. Mi respuesta fué oprimirle el brazo, latir como nunca he latido y
+mostrarle mis ojos húmedos. Y el hombre arrancó a valsar con tal furia
+que parecía movido por todo el carbón que emplea ahora la escuadra
+inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco más, porque el baile lo
+exigía. Bueno, amigas mías, entonces supe que es posible no morirse de
+felicidad. ¡ Ay, Dios mío, qué recuerdos!...
+
+Quedamos, pues, en que dar el «sí» es facilísimo; sale solo; se revela
+en la emoción que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muy
+alto el estado de nuestro ánimo. Lo difícil, lo árduo, es decir «no»,
+negarse a la relación solicitada. En esta ocasión es cuando ha de
+revelarse la educación de la mujer, su finura espiritual, los recursos
+de su ingenio.
+
+El «no» de las niñas requiere, no una comedia como el «sí» de las niñas,
+sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos de contraernos a
+un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al
+difícil trance de tener que decir «no» por culpa de ella misma. Porque
+es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su
+corazón no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás que
+tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que
+verdaderamente ella quiere; no pocas veces también por divertirse, por
+coquetería, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el
+disfraz del amor por pura satisfacción de orgullo. Y esto lleva a muchas
+señoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre,
+que toma por sentimiento real los fingimientos de que es víctima en
+forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de
+gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero
+propósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un
+hombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello el
+presentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertos
+indicios de que es persona grata, como se dice en términos de
+diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este
+error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal
+gusto, pues no se debe jugar con el corazón ni con las ilusiones de
+ningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso
+dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre
+que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun
+es mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error de
+ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y
+en el amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles de
+curar que las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, que
+cifra la razón de su vida en la correspondencia de nuestro corazón al
+suyo, merece por ello mismo nuestra atenta simpatía, pues siempre es
+conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltación
+sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene--desde luego no nos
+conviene si no nos gusta--debemos hacérselo notar desde el principio con
+palabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle en
+forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y
+mezclando así la desesperanza o desengaño con el consuelo. Probablemente
+esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble,
+bondadosa, espiritual, exaltará más el amor del hombre, le hará más
+profundo y entrañable, desolará más su alma; pero no tendrá derecho a
+sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jamás, en
+fin, se debe alentar una pasión que no se tiene el propósito de
+corresponder. De todas las coqueterías ésta es la más condenable, porque
+implica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca reflexión y
+una torcida contextura ingénita de nuestro espíritu.
+
+Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el «sí» de las niñas. Y
+esta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con nuestra frivolidad y
+nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso,
+el trance, desagradable siempre, de decir «no» claramente ha sido
+buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo
+de engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que supusiera
+una posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa al
+plantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es
+atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que
+nunca pueda creerse engañado en sus observaciones respecto al estado
+efectivo de nuestro espíritu y de nuestra voluntad.
+
+Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en
+materia de psicología femenina, para los cuales no basta que la mujer
+rehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de percepción es
+disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el
+«no» desde el primer instante, pues al que no entiende de razones con
+los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos.
+Siempre, claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de
+enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no
+es responsable de no ver, y hasta merece simpatía cuando observamos que
+la causa de su ceguera está en que el foco del corazón le ofusca la
+vista de los ojos. ¿No merece un poco de piedad un ciego tan sublime?
+Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy expeditivos en sus
+procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres
+impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta
+huracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, no
+brusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a la
+exasperación y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado.
+Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de sí mismo
+un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la
+gloria de unirse a él. La vanidad es un lente que aumenta las cosas más
+pequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en un ligero «titeo»
+educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a moderar el
+concepto fantástico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las
+da de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de
+la mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que no
+están en la persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunas
+novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de
+psicología femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de
+sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe
+emplear un «no» oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias
+confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de
+naturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza de
+complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en el
+apellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr la
+más apetecible conquista. Con éste el «no» tiene que ser histórico. La
+mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera
+preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan
+un apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logran
+meterle en la historia.
+
+¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que no
+acabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una
+negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y
+espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el «no» es
+mucho más difícil que el «sí» de las niñas...
+
+
+
+
+EL GANCHO
+
+
+Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y
+combinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenteras
+y han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los escritores
+festivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo popular:
+«hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinada
+concierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendencia
+casamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género de
+intervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombre
+siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas
+negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las
+damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y aún
+cuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al auxilio
+de una dama antes que al apoyo de otro hombre.
+
+Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron
+por ello la cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» que
+han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el
+«gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron,
+en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables. Metternich y
+Talleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a este
+género de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos
+casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» para
+unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron
+las armas gracias a la feliz gestión casamentera de un canciller, que
+resolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que
+acabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos. Estos
+«ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de los
+pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes
+diplomáticos.
+
+El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debe
+desdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas en
+los anales de la humanidad.
+
+Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar,
+discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisión
+casamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar
+algunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza
+las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las
+voluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obra
+buena y simpática, pues tiende a proteger un amor concertado.
+
+Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este género de
+gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se pone a
+concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los
+designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro
+espíritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantánea
+y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor
+de relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la
+duración, pues es difícil mantener la vida en tan fulmínea tensión
+espiritual. Por esto en otra crónica hemos defendido las ventajas del
+rescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el amor.
+
+La psicología de la casamentera es, en el fondo, sencilla. Su norma es
+la bondad. La idea de la felicidad ajena guía su intervención. La
+casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas,
+representación social, etc. «A Fulano le conviene Fulana». «A Fulana le
+conviene Fulano». Ella, la casamentera, concierta lo que podríamos
+llamar condiciones externas Combina matrimonios en frío, como un
+matemático resuelve una ecuación. No tiene en cuenta el estado
+espiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondencia
+entre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones laten
+a compás y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra,
+nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendo
+armónicas las circunstancias--armónicas a su parecer--el amor tiene que
+producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amor
+surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor,
+porque, donde no hay amor, todo es inconveniente.
+
+Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora las
+tormentas del corazón. Las solteronas muy metidas en años, cuya juventud
+no conoció el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieron
+mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las más
+inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazón,
+desconocen en los demás la onda emocional que constituye la base de toda
+relación amorosa.
+
+Las casamenteras ponen mucho empeño y mucha tenacidad en sus empresas.
+Se parecen en esto al diplomático que realiza un concierto
+internacional. Aconsejan, señalan las ventajas de la unión, presentan
+las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologías de él
+a ella y de ella a él, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento.
+Comprometido su amor propio, la casamentera incurre en exageraciones
+graciosas. Los ángeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Y
+se sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que en
+materia de amor, como ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, el
+corazón tiene sus razones que no conoce la razón.
+
+La elección de consorte es el acto más íntimo, más importante, más
+trascendental de nuestra vida. Debe ser también, por lo tanto, el más
+autónomo, el más libre, el más exento de toda ajena influencia. No hay
+error en una elección a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le
+agrada, no por tener lo que los demás creen que es agradable. La
+felicidad está en la libre elección, en unirnos al ser que la
+Providencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestro
+espíritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueño
+propio y no las lógicas combinaciones de una casamentera.
+
+Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posición de
+quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la persona
+que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha
+de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condición
+indispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocándose en estas
+circunstancias, es difícil el acierto, pues como dice Byron «rara vez
+sucede que de un buen consejo resulte algo bueno».
+
+En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente que
+sólo desconoce la casamentera. Todo lo demás es circunstancial y
+accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posición social, todo es
+inútil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la
+afinidad de las almas, la adhesión recíproca de los corazones.
+
+Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinación con otras,
+aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el
+«gancho» recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja se
+hable y se trate, encontrándose de una manera «casual» en todas partes.
+De estos encuentros nace a veces un principio de simpatía, que las
+casamenteras fomentan con elogios hiperbólicos de la futura al futuro y
+viceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenos
+matrimonios de estas gestiones de las casamenteras. Pero también es
+verdad que tales enlaces sólo pueden concertarse entre contrayentes que
+no tengan un gusto muy personal y definido, una individualidad
+espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida. Las
+casamenteras, en fin, sólo pueden lograr su objeto con personas de
+voluntad blanda, mente vacía y espíritu sugestionable. Tales personas no
+suelen ser las más desgraciadas; pues si bien la mente lúcida y el
+espíritu rico en sensibilidad producen muchos goces, también acarrean
+estas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolías. La
+mediocridad goza siempre el género de dicha que impera en el Limbo.
+
+No es fácil hacer con discreción el «gancho». En realidad la
+casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos son
+variadísimos, según las personas que se trate de unir, el medio social y
+las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por
+convertirse en confidente de cada una de las personas que trata de
+coyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga de
+ella, y aún aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejor
+que de él diga la señorita, y si no dice nada, la casamentera lo
+inventa. Este intercambio de elogios, traídos y llevados incesantemente,
+va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espíritus y
+encauzándolos en una tibia atracción, cuya mayor temperatura sucesiva se
+producirá con el trato y el trabajo continuo y vigilante del «gancho».
+En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderaciones
+de él a ella y de ella a él, una chismosa del bien, si vale expresarse
+así. Con relación a la galería, el procedimiento es más breve y
+sencillo. La casamentera se limita a decir: «todo está arreglado». Se le
+piden informes, detalles, y ella repite impertérrita: «le digo que está
+arreglado todo». En el círculo va pasando la voz: «todo está arreglado».
+Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse,
+debido a esa suave presión del medio, a la atmósfera favorable, al
+ambiente, digamos así, que todo el circulo de relaciones ha creado a la
+boda. La casamentera ha sabido convertir a todo el círculo en
+casamentero. La pareja se encuentra unida sin saber cómo, y aquella
+opinión externa, tan unánime, tan complacida en su obra, tan convencida
+de la feliz armonía existente en la unión fraguada, acaba por ejercer
+una decisiva influencia en el espíritu de los futuros contrayentes, que
+ven la intervención providencial, el destino, el hado, donde sólo hubo
+el gancho mortal de la casamentera.
+
+Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en el hogar la autoridad
+y el prestigio que le dan su gestión anterior. Arreglará las
+desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeñas
+trifulcas domésticas. Juzgará sin apelación e impondrá la paz, porque
+ambos cónyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera
+casi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda
+solitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, pero
+con todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera.
+
+¿Salen bien los matrimonios formados así? Habría mucho que hablar sobre
+este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos,
+pues, muy pocas palabras. La felicidad, según un filósofo francés, no se
+conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la
+desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida
+íntima y constante. Y así, tanto peligro puede correr un matrimonio
+formado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave,
+cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vida
+diaria, eche sus raíces el cariño, porque es éste, el santo cariño,
+lleno del sentimiento del deber y de una rígida y caballeresca lealtad a
+la fe jurada, el que forma los sólidos vínculos de la vida matrimonial.
+Y en último término, todas las circunstancias preliminares de un enlace
+quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el pío pío que
+resuena en nuestro corazón.
+
+
+
+
+LAS «PLANCHADORAS»
+
+
+Comencemos por desvanecer el error en que el título de esta croniquilla
+pudiera inducir al lector. No se refiere el epígrafe a la respetable
+clase social que nos aliña las prendas internas, empleando ese producto
+que es el signo externo de la civilización: el almidón. No creemos
+habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de
+respetable clase social. Su misión no puede ser más importante. Gracias
+a ellas se produce en la vida cierta nivelación. Al contrario de los
+socialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clases
+altas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado.
+Colocado al alcance de todo el mundo, el almidón es un símbolo
+igualitario por ministerio de las planchadoras.
+
+Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino a
+las otras, a las señoritas que, en sentido figurado, se aplica este
+mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven
+relegadas o poco atendidas por los caballeros.
+
+Quedarse «planchando»... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da una
+impresión más completa de su poquedad, de su insignificancia en el
+mundo. Es un poco difícil determinar los orígenes y causas de esta
+desventura. Por regla general, se debe a que la «planchadora» no ha sido
+muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningún
+descubrimiento que merezca integrar las páginas de un texto de
+sociología, diciendo que suele haber más «planchadoras» entre las feas o
+poco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene
+rebeldes. La fea, que «plancha» por serlo, tiene dos causas de
+aflicción: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; la
+segunda envuelve una pesadumbre más profunda y definitiva. Expliquemos
+su psicología. Ninguna persona, y menos aún una señorita, naturalmente
+optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca es
+cruel del todo. A cambio de los pocos encantos físicos que nos concedió,
+suele otorgarnos un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y así, aun
+a despecho de las acusaciones matemáticas del espejo, nos vemos de otra
+manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espíritu. Este
+encantamiento o autosugestión desaparecen cuando el juicio ajeno se
+pronuncia en forma de dejarnos «planchando». Todos nuestros optimismos
+sobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos
+sume en el más completo desaliento y en la más profunda de las
+tristezas. En tal sentido, «planchar» equivale a morir; y no es
+exagerada la afirmación, pues en realidad muere aquella favorable
+representación interna que de nuestra propia figura teníamos. De estas
+premisas exactas, nada cuesta deducir--y esto va para los hombres--que
+es un acto criminal dejar «planchar» a una señorita. Así, pues, un
+verdadero caballero, un espíritu culto, un hombre distinguido de frac
+adentro debe ser siempre solícito y obsequioso con las señoritas poco
+agraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusión
+sobre sus dones físicos. No confío mucho en ver seguido este piadoso
+consejo, pues los hombres siempre fueron y serán humildes esclavos de la
+belleza.
+
+Pero no todas las feas «planchan». No pocas de ellas se ven tan
+atendidas y solicitadas en los bailes como las más lindas. Una fea se
+defiende de la «plancha» con dos recursos: bailando bien y teniendo
+ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya
+una forma de belleza física. Un cuerpo flexible, ágil, con movimientos
+rítmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay,
+en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ángel, según
+el dicho español. El diablo o el ángel es ese grado de seducción que
+dimana de la simpatía, ese aire o nimbo de las figuras que es como el
+aleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta,
+tampoco «planchará». Una conversación amena, dotada de espíritu de
+observación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará siempre atendida y
+se verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida, no
+pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse
+dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede
+«planchar» tanto por sobra como por ausencia de despejo.
+
+Frecuentemente se ven también algunas muchachas bonitas que «planchan».
+Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. La
+hermosura sin gracia, decía Ninón, es como un anzuelo sin cebo. Su
+espíritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compañía sea
+aburrida y tediosa.
+
+Las causas por las cuales se queda una «planchando» son muy variadas, y
+es difícil señalarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa la
+dueña de casa donde se realiza el baile. La función de la dueña de casa
+requiere una gran actividad diplomática, a fin de que todas las
+señoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto
+ha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de
+mundo. El fracaso de una señorita en un baile recae siempre sobre la
+dama que ofrece la fiesta. A este respecto contaré un triste episodio
+ocurrido no hace muchos años a una amiga mía, perteneciente a una de
+nuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta.
+Invitada a un baile aristocrático, entró en el salón y se sentó.
+Lanzáronse todas las parejas a bailar y ella se quedó sola. Su situación
+no podía ser más violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando el
+salón, le pareció un acto intempestivo; quedarse allí, sola y abandonada
+en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio de
+estas vacilaciones, agobiado su espíritu, rompió a llorar con la más
+profunda aflicción. Acudieron a ella, vino la dueña de casa, la
+preguntaron por la causa de su llanto, y respondió que se había puesto
+enferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatados
+de la verdadera causa de aquellas amarguísimas lágrimas, hicieron
+responsable del desaire a la dama que ofrecía la fiesta, la cual, a
+partir de aquel momento, resultó triste, medio aguada y deslucida.
+Nunca olvidaré el mal rato que sufrí ante la situación desairada e
+inmerecida de mi amiga.
+
+Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances.
+Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situación personal de
+los concurrentes a la fiesta, de la relación entre jóvenes y señoritas,
+de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que se
+desconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una palabra,
+crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable,
+cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante y
+solícita a las que ya tienen cierta reputación de «planchadoras», para
+evitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la dueña
+de casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos de
+confianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las
+«planchadoras». Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosar
+al mismo caballero una «planchadora» toda la noche. Por eso conviene que
+el círculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente la
+carga. El mayor éxito, en fin, de la dueña de casa está en poner en
+circulación danzante a las «planchadoras», procurando aliviar la
+desventura de las proscriptas del baile.
+
+La «planchadora» ignora siempre las causas de su triste condición. La
+Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y así, cuando por
+bondad algún caballero la saca a bailar, se aferra a él, añadiendo a su
+condición de «planchadora» la de pelma. Le ocurre lo contrario que a la
+muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero,
+actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer un
+principio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere la
+murmuración a la «plancha».
+
+Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un «planchado» fortuito,
+casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailes
+con suerte y bailes con desgracia. He aquí un fenómeno superior a
+nuestra capacidad analítica. ¿Por qué en unos bailes tenemos éxito y en
+otros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la belleza de la
+mujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos,
+voy a permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de mi
+experiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para el
+resto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar con
+buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el salón. Ello es de
+mal agüero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompañe al
+hacer nuestra aparición en la tertulia o sarao, conduciéndonos desde el
+«toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efecto
+seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el
+instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeños y discretos
+recursos nos iremos librando de la «plancha» en las noches de mala
+fortuna.
+
+No creo haber agotado este tema trascendental de las «planchadoras»,
+cuya psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un momento
+sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias útiles a
+las dueñas de casa y a las mismas señoritas que no tienen la suerte de
+atraer y sugestionar con el encanto de sus dones físicos y el hechizo de
+sus donaires espirituales.
+
+
+
+
+LA MODA Y EL DIABLO
+
+
+Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dicha
+del ocio para poder cultivar un poco mi espíritu con lecturas amenas y
+divagaciones estéticas. El ocio es la primera condición para poder
+disfrutar de las manifestaciones artísticas. Sin abandonar mis
+obligaciones sociales y mundanas--visitas, tertulias, juntas de caridad,
+bailes, saraos, funerales, bodas--consagro la mayor parte del tiempo a
+la lectura.
+
+Mi mayor placer es poner mi pobre espíritu en contacto con los espíritus
+excepcionales, sintiendo cómo ellos dotan de alas al mío con sus nobles
+pensamientos y elevada emoción, produciéndome algo así como la gloria
+del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la
+conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en mí. Ya
+lo habréis notado por lo endeble y desmañado de mi estilo, por su falta
+de elegancia y de precisión, por su pobre ideológica y por esas fallas
+de sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada
+que haya sido nuestra educación. La sintaxis enseña a coordinar y unir
+las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como el
+espíritu de la mujer es por condición ingénita un poco incoordinable y
+caótico, sus maneras de expresión, tendientes al charloteo, a imitación
+del grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina del
+discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujeres
+para someternos también a ésta de la gramática. Nuestra única libertad
+en el mundo es la sintáctica. Y conste que no soy feminista. Pero de
+esto hablaremos otro día.
+
+Decía que mis mayores delectaciones están en la lectura. Mis autores
+predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filósofos, en
+quienes existe cierta armonía y un ponderado equilibrio entre las
+emociones del corazón y el vuelo de la mente. No gusto de los
+exclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageración y
+fantasmagoría; ni de los exclusivamente filósofos, constructores de
+sistemas, para cuya comprensión, además de carecer de cultura, no
+alcanzan las débiles luces naturales de mi entendimiento.
+
+¿Y a qué viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro día
+estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho más leer al
+glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las
+acotaciones del texto suelen tener un interés crítico y poético
+extraordinario. Gústanme también mucho más sus comedias, tan graciosas,
+tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombríos, con pasiones
+tan violentas y protervas que parece no cupieran en el frágil vaso de la
+naturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparon
+mis ojos con esta frase: «La mujer es un manjar de los dioses cuando no
+lo adereza el diablo».
+
+Quedéme suspensa y cavilosa. ¿Quién será este diablo aderezador? Ya
+sabéis que el gran poeta inglés se expresa siempre en una forma cortante
+y misteriosa. Su fuerza, más que en lo que dice, está en lo que sugiere.
+Sus frases nos sumergen en la meditación y el ensueño; nos llevan lejos,
+lejos, más allá de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no sé
+expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes
+mi pobre cabecita sufre vértigos y mareos. Para esclarecer los oscuros
+conceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenáculos que
+discuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus
+obras. Ignoro si los exégetas de Londres habrán logrado averiguar cuál
+es el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer un
+manjar de los dioses.
+
+Pensando, pensando, pensando--no sé si con acierto, pues a veces se
+acierta menos cuanto más se piensa--yo creo haber llegado a descubrir el
+diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda.
+No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo.
+
+Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud y
+constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismo
+diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista,
+desfigurado y quimérico. ¿Quién sino el diablo pudo inspirar el
+miriñaque, el polisón y, últimamente, sin ir más lejos, las faldas
+trabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil,
+deslizado? El miriñaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con su
+amplia circunferencia, era un atavío absurdo, es decir, nos parece ahora
+extravagante, pues en su época era natural, lógico y aun estético,
+porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hábito
+hace que la locura sea razonable. Dentro del miriñaque el cuerpo iba
+suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras abuelas no
+sentían los estremecimientos que produce el aire al calar nuestros
+huesos.
+
+El diablo de la moda las hacía resistentes al frío, al viento colado, a
+la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos,
+nos da la calefacción del orgullo, de la satisfacción, del íntimo
+contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los últimos cánones y
+pragmáticas del lujo. Vino después el polisón, ese promontorio colocado
+donde la espalda cambia de nombre, aditamento fantástico, incómodo,
+grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que también
+pareció muy natural, muy lógico y muy estético en su época. Y, sin duda,
+tanto el miriñaque como el polisón tuvieron en su tiempo algo que los
+hacía atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. La
+prueba está en que nuestros abuelos asocian al miriñaque la evocación de
+su amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias,
+mezclan también a sus memorias el absurdo polisón. Nuestros mismos
+maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasito
+de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que con
+mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los
+latidos de nuestro corazón. Y es que, en el fondo, el diablo anda
+siempre en el atavío femenino; unas veces en forma de falda trabada,
+otras en forma de polisón y otras en el ruedo del miriñaque. Pero
+siempre es el mismo diablo; no hace más que trasformarse. Con estas
+trasformaciones el diablo se divierte y el mundo también. Y, en
+realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen del
+todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo de
+las gentes maduras: las últimas en nuestro gusto. El fin de todas es el
+mismo: irán a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen
+en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones,
+a otros gustos y a otros atavíos.
+
+La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el
+cuerpo, que es obra de Dios. He aquí otro indicio de que la moda es
+inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino de
+corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. Ya
+Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».
+
+ --Pues ¿hay usos en los talles?
+ --Sí; yo me acuerdo haber visto
+ Usarse un año a los pechos,
+ Y otro año a los tobillos;
+ Y esto no es mucho, que en fin,
+ Consistía en los vestidos.
+
+¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle
+de su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse esta
+trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepción
+soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse que
+la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la
+arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si
+hubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El
+concepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de
+la mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterando
+el orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional y
+lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y a
+esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángel
+rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de
+trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad
+especial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la
+paradoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negar
+que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos
+a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué que
+sólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando está
+acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre el
+diablo está dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, aun
+cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las
+normas dictadas por su genio maléfico.
+
+Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos que
+el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, ni
+la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante.
+Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debe
+a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismo
+en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términos
+más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud
+que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda
+trabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por
+contagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. La
+psicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasar
+inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos
+ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diablo
+en su doble forma de coquetería y soberbia.
+
+El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de la
+crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de
+conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el
+económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona
+con la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito
+de anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles,
+en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio
+de las modas es una contribución que la industria del pobre impone a la
+vanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutaciones
+calidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario del
+pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de la
+fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio
+espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la
+responsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren a la
+burguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de
+confección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates.
+Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problema
+social.
+
+He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las
+modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga
+de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del
+conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de
+toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente.
+Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran
+méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir,
+que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe
+otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort,
+diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para
+alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé
+cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un
+ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la
+reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o
+ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es
+que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...
+
+
+
+
+LOS «TRAMITADORES»
+
+
+Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su
+apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir,
+del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las
+«planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin--tocar nada
+más--temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a
+los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el
+orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola y la tristeza
+profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos
+temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en
+parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces
+literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi
+poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis
+que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como
+cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las
+palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda
+el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento,
+con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el
+escribir tiene algo del «crochet»--y yo hago muy bien
+«crochet»--confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es
+muy inferior al tejido de mis manteletas.
+
+Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes
+y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van
+formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora
+bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida
+social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero
+hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas
+aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de
+introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin
+tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que,
+habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos,
+insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean,
+una vez opulentos, alternar con lo más dorado--pase el galicismo--de
+nuestra sociedad.
+
+El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto
+laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.
+
+¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de los
+apellidos procéricos, de los que figuran en la historia de la
+independencia nacional. Pero estos apellidos históricos, si no están
+sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se
+ven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar,
+no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen
+también aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia
+patria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, por
+entronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigio
+intelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestra
+última evolución republicana, en el ajetreo gobernante, político y
+parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra
+aristocracia.
+
+Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos,
+aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas décadas, en las
+cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria, se ha
+desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un
+poco heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En
+Europa la aristocracia está nítidamente definida: la componen los que
+pueden ostentar un título nobiliario, otorgado, justa o injustamente,
+por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable
+papel de barba. Pero siempre «papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de
+eso, felizmente. Nos limitamos a decir: «apellido conocido», «gente
+bien», «buena familia». Estos títulos--que acaso sean los mejores, los
+verdaderamente meritorios--constituyen nuestra alta clase social. Mas,
+como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el
+sentido estricto, compuesta de apellidos históricos (verdadera
+aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga
+tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos
+opulentos de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno:
+pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.
+
+Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. ¿Cómo se entra en
+este gran mundo? Aquí empieza la función del «tramitador». No es difícil
+esta entrada, pues nuestro gran mundo es fácil, abierto, asequible.
+
+El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien», hombre, en fin,
+perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra
+aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la
+familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba
+por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora
+por grandes e hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la
+presentación. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre
+lleno de méritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por él
+mismo, con alfalfares magníficos y animales finísimos. «Hombres así
+hacen falta al país»--dice el «tramitador». Y tiene razón: estos son los
+hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada,
+muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor
+estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo
+más fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para
+la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará
+un día la gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras
+justamente ponderativas: «es una monada; muy linda; toca el piano
+admirablemente; habla francés como una francesa y recita versos de
+Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador» tiene también
+unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del
+terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último
+resume así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien».
+
+Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El «tramitador» está
+relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir dando a
+conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos.
+
+Al aventajado estudiante le apadrina en su presentación de socio en el
+Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá le organice un
+banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al
+que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo por
+estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus
+relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio
+«tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las
+cuales toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada
+a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que
+todo lo prevé, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los
+diarios. De manera que la señorita desconocida empieza a ser mencionada
+constantemente en las crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad.
+Tiene también el «tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en
+la política o en el gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico
+estanciero. El terrateniente habla con el personaje político de
+problemas ganaderos y agrícolas, de la situación del país, de
+exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de novillos y pastos,
+etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de
+realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los libros.
+El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene
+que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy
+complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es
+nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisión
+informadora sobre la extensión de la aftosa. Los diarios dan cuenta de
+sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero,
+oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el país, justamente
+conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen
+al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por medio de unas
+parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pública,
+hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión
+directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la
+excelente señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su
+edad, a su posición y a sus gustos.
+
+Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva al brillo social a una
+familia que vivió siempre en una discreta penumbra. En breve tiempo su
+nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene a formar
+parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá
+algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la
+ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo,
+es una de las condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social,
+pues prueba su poder asimilativo en estos rápidos procesos de remoción
+que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de
+sociólogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quizá
+alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva
+además un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto.
+
+Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas
+palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le inducen a ejercer
+estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas?
+
+Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras veces, el espíritu
+democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de
+diferenciación de algún reducido grupo, lleva al «tramitador» a
+convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente y la ya
+constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran
+mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones
+difíciles en el orden económico, estrecheces doradas, angustias
+domésticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos
+apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aquí que haya
+algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe de la familia
+tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al «tramitador»
+en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y
+por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia. Otras
+veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas
+alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale
+expresarse así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que
+da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una
+serie de mutuos apuntalamientos, de combinación de anhelos, de
+asociación de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre;
+otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere
+sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el
+fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también amor. El
+equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario,
+de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la
+felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales,
+ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le
+falta, coordinándose así los deseos dispares.
+
+En estos casos, salta a la vista que el «tramitador» se está tramitando
+a sí mismo...
+
+
+
+
+LOS AFEITES
+
+
+Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de
+estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de
+lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la
+atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en
+Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur.
+En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a
+la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur
+dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para
+consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte,
+ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido
+es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de
+la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno
+individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del
+cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las
+neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes
+del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas, como sumidas en sueño
+letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se
+producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones
+pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es
+que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera;
+pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con
+sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado.
+
+Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir
+si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede
+afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de
+la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas
+heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es
+muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico,
+teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la
+hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud
+originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes
+europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no
+contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A
+juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el
+arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto
+dice--pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi
+esposo--es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones
+sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de
+la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al
+sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo
+que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...
+
+Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear
+o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura
+natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a
+renacer ahora en forma alarmante.
+
+¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta? ¿Engañarse a sí misma?
+Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la
+belleza pintada--suponiendo que esta pintura lo sea--es una belleza
+pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda,
+por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni
+en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está
+pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería
+menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más
+diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita
+pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y
+destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y
+fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la
+Naturaleza.
+
+Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces
+psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de
+los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos
+a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el
+historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas
+azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo
+tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y
+refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la
+tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los
+hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe
+también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido
+la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se
+estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen
+náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal
+pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los
+elementos trágicos de la Naturaleza.
+
+Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se
+simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que
+es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgánica de un
+rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los
+dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido
+o contrahecho.
+
+Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto
+fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose,
+con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto
+de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de
+la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».
+
+ «--Un tiempo se dieron
+ En usar ojos dormidos;
+ No había hermosura despierta,
+ Y todo era mirar bizco.
+ Usáronse ojos rasgados
+ Luego, y dieron en abrirlos
+ Tanto, que de temerosos
+ Se hicieron espantadizos.
+ Las bocas chicas, entonces
+ Eran de lo más valido,
+ Y andaban por esas calles
+ Todos los labios fruncidos.
+ Dieron en usarse grandes,
+ Y en aquel instante mismo
+ Se despegaron las bocas,
+ Y, dejando lo jasifo
+ De lo pequeño, pusieron
+ Su perfección en lo limpio
+ De lo grande, hasta enseñar
+ Dientes, muelas y colmillos.»
+
+En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la
+evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.
+
+Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este
+dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra.
+Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos
+así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los
+componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad
+psíquica. La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué
+género de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No
+será una personalidad real, con su espíritu revelado, sino una
+personalidad de farmacia o de fabricación química, esto es, lo menos
+personal que puede existir. De aquí que, el pintarse la cara, espejo del
+alma, equivalga a pintarse el alma misma.
+
+Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco
+escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el enmascaramiento
+físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad
+alguna en tales y tan deleznables artificios.
+
+Con todo, puede admitirse en las jóvenes este pueril error de pretender
+acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica
+siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los instintos
+son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este
+recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de
+edad, casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama,
+entrada en años, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el
+espectáculo más grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las
+arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. ¡Anular el tiempo con
+afeites! Debajo de la pintura está visible la realidad; y el aparentar
+treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela que los veinte de
+diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de pensamiento
+que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una vieja
+pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la
+serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la
+pintura es, en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a
+cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo
+desengaño, y causa risa ver una mujer engañándose a sí misma de que aun
+no está desengañada. Según Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi
+marido, que lee filosofía alemana) las ideas y los sentimientos deben
+ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El
+afeite en las viejas viene a ser algo así como una chochera pictórica. Y
+la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se
+opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo,
+pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron.
+
+Nada más bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro
+estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría, todos los
+movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una ficción
+teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas
+se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes
+representados. Pero una señorita distinguida no debe representar más que
+un solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al
+crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida íntima y
+familiar no debe convertirse en una comiquería. Si yo fuera hombre no me
+casaría con una señorita que cambia de color su pelo. Tendría mis
+sospechas de que un día pudiera cambiar también su condición espiritual,
+y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con su
+propia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender a
+cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral hay
+siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte del
+mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo
+que quieran los historiadores y sociólogos modernos.
+
+La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la
+figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este
+humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para
+cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...
+
+
+
+
+LAS PACES
+
+
+Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la
+paz, en singular.
+
+La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o más
+naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y
+fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del amor en el
+matrimonio después de la discordia.
+
+Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más fácil hacer la paz
+que «hacer las paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No hay tal
+paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de
+magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace
+creer a los espíritus superficiales que este último tiene un arreglo
+infinitamente más difícil que el primero. Esto es un error de juicio,
+que consiste en atribuir a la extensión de la trifulca o pelotera
+internacional móviles más irreductibles a concordia que aquellos que
+determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son más
+duraderas porque sean más grandes. Hay guerras chicas que no se acaban
+nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años, mientras existen
+matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante.
+Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacer
+las paces».
+
+Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la paz hay reyes,
+diplomáticos, cancilleres, ministros, políticos, gobernantes, etc.,
+todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para «hacer las
+paces» no hay acción intermediaria y pacificadora, porque los
+guerreros--los cónyuges--empiezan por ocultar su propia guerra. En las
+guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor
+de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la
+vergüenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cónyuges simulan la
+paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce
+concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicación de
+la guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta «hacer
+las paces». Así, pues, los contendientes, los cónyuges, han de buscar,
+en medio de su contienda, los métodos y las maneras de apaciguar su
+discordia. Y aquí está, precisamente, la dificultad. ¿Cómo ser
+simultáneamente, guerreros y diplomáticos, actores e intermediarios?
+¿Cómo suspender las hostilidades? Dicho sin metáforas, en lenguaje
+directo: ¿Quién ha de ceder primero? ¿Quién de los dos se anticipará a
+ofrecer el beso o el abrazo de reconciliación, forma protocolar de los
+armisticios conygales?
+
+Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es más fácil hacer
+la paz que «hacer las paces».
+
+Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores métodos para concertar
+armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva. Se trata de un
+punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento de la
+dicha eclipsada.
+
+Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No
+queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la
+deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y
+las leyes humanas. He aquí--volviendo a nuestro primer argumento--uno de
+los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz.
+Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles
+en absoluto.
+
+Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la
+tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la cólera, un
+concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una fruslería
+en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino,
+irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo
+antípodas, no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más
+espirituales son los cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a
+otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la
+derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde
+una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espíritus ricos en
+sensibilidad y emoción, cada sentimiento tiene su contrafigura. Quien
+es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin límites. Sólo en el
+teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola dirección;
+es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta de
+como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista.
+No hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne
+y hueso, con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus
+pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de
+los demás. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede
+hacer muy felices, pero también muy desgraciados: nos dará grandes
+ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y también tristezas
+agobiadoras y melancolías profundas. A un alma muy amorosa y tierna le
+hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descortés, un acto
+egoísta, en una forma mucho más aguda que a los seres de sensibilidad
+normal. Y así su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarán al
+punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la
+venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es
+pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un
+sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro
+espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues
+la propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá
+dar escape al rencor en venganza.
+
+Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan
+inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas
+complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y
+rencor.
+
+Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio.
+Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la
+pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra
+hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría
+interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en
+llamarada de odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor,
+aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.
+
+¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer
+las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del
+disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa
+la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta
+guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de
+los contendientes no se rinda a discreción.
+
+Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso
+el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la
+persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo.
+Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe
+emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un
+incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor.
+Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser
+veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta
+bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con
+cortesía te echa rosas a la cara».
+
+La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón.
+Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la
+sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección
+está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»--dice Miguel
+Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas--.
+Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra
+felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo--dice San
+Bernardo--; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro
+realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que
+dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra
+intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón.
+
+Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a los santos
+escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan
+Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la
+mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una
+fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan
+Crisóstomo--perdóneme el santo varón--debió llegar a la santidad por la
+influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía
+ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna
+ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna.
+
+Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los
+enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo
+constantemente su definición de la paciencia, una de las principales
+virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para
+«hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la
+paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la
+paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro
+la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que
+veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que
+sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el
+sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo,
+hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».
+
+Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a
+este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen
+de la bondad.
+
+Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos
+impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor
+propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por
+nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa;
+quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón.
+Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar
+los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.
+
+Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por
+una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me
+contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su
+espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo
+amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso.
+¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello
+en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba
+si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador
+para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado
+en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se
+agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso
+a toda palabra.
+
+Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que,
+por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que
+no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo
+que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no
+llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi
+pequeña ofensa.
+
+En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño
+anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce
+místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita
+azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo
+tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:
+
+ «¡Ah, qué dulce es la sonrisa
+ Del hogar hermoso y tibio,
+ La recíproca mirada
+ Que denuncia regocijo,
+ Cuando al fin dos corazones
+ Se han fundido en uno mismo.
+ Y uno en otro confiados
+ Viven en su amor tranquilos.
+ ¡Ah, qué santas alegrías!
+ ¡Ah, qué goces no sentidos
+ Vuelan como blancas hadas
+ Por la cuna de los hijos!
+ ¡Cada cuadro es un recuerdo,
+ Cada mueble es un amigo,
+ Cada lágrima es un beso,
+ Cada dicha es un suspiro!»
+
+Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay
+canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»
+
+
+
+
+CROTALOGIA
+
+
+Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que
+vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo:
+críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones
+oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los
+elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo
+bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor
+escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los
+movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado.
+Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito
+de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar
+de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra
+traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no
+tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su
+inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte
+embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro
+que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el
+quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un
+tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso,
+ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el
+instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y
+por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que
+cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no
+como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas,
+fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con
+trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando
+mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una
+mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada.
+
+Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente
+en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. «¿Y cómo sabe
+usted que es bonita y joven?»--preguntarán mis lectoras. Deduzco que es
+joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en
+nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es
+linda por la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la
+belleza física y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las
+feas saben más gramática que las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin
+duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte,
+gran importancia la perfección ortográfica en una mujer bonita. Su sola
+presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será siempre más grata
+que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla con los ojos,
+apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que todo esto
+no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en
+cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este
+mundo.
+
+En la referida carta se viene a decir que las anteriores crónicas son
+excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los
+temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según palabras
+textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más
+divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.
+
+Reconozco la razón de la señorita que me escribe. Y ello me demuestra
+que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar bien.
+Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por
+tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los
+crótalos, nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo
+que mi comunicante quedará complacida, pues no hay nada más alegre que
+unas castañuelas. El tema sólo corre el peligro de no estar bien tocado.
+Pero téngase en cuenta que si no es cosa fácil tocar bien las
+castañuelas, aun es más difícil escribir sobre ellas, abarcando todos
+los puntos de su historia gloriosa y de su significación en el arte y en
+la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las edades
+clásicas y de los modernos tiempos.
+
+Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es invención mía. Sirve
+ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el señor
+licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo
+un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en
+catorce capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la
+monografía más perfecta y acabada del arte castañuelero. El licenciado,
+hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las
+castañuelas, lo cual no impide que enseñe en catorce capítulos cómo han
+de tocarse. Para enseñar una materia no es absolutamente imprescindible
+saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía» del licenciado Francisco
+Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las Facultades
+modernas.
+
+Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentísimo en esta
+apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el
+Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de
+las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano» (oración
+memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en
+las castañuelas.
+
+Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador
+Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra
+al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su
+imponderable «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus
+agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres
+o más y las traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del
+sonido que hacían dando unas con otras: así formaban un preciosísimo
+instrumento que tocaban con los dedos, además de un adorno gracioso y
+rico: y a lo uno y lo otro llamaban «crotalia», esto es, «castañuelas».
+
+Debió existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y
+esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano,
+pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al
+gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los
+hombres han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma
+Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto
+también precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su
+natural propensión a adornarse y a emplear en su servicio las mayores
+preciosidades de la Naturaleza»: Alude Plinio en estas palabras
+inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban como castañuelas.
+Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su «Crotalogía»:
+
+«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que
+escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que,
+además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda
+por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una
+almendra».
+
+Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era español, de
+Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a todo lo que
+significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador economista, ni
+un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que tales
+cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El
+español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete»
+con las damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se
+explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo
+los metálicos crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda
+presentía que, al andar de los siglos, serían las castañuelas el
+instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del
+imperio romano. De manera que los «paliyos» no son una creación
+española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en España, la cual
+agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del palitroqueo. Por uno
+de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde su solio
+de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél
+instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su
+tierra nativa.
+
+Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la prehistoria de las
+castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los oídos; el
+repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan
+difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos.
+
+Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco
+Agustín Florencio estampadas en su monumental «Crotalogía». Habla
+extensamente de las maderas que deben emplearse en la construcción del
+instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sándalo,
+el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil
+teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano
+que prefería el leve y sutil sonido de las perlas.
+
+Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con
+el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se armonicen, usando las
+morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto,
+ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la correspondencia
+que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de los
+zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada
+que signifique armonía y gracia plástica.
+
+El último capítulo de la «Crotalogía» está consagrado a la manera de
+aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el capítulo más genial de
+la obra. Como el licenciado, según su propia declaración, no sabe tocar,
+tenía que inventar un método en que el maestro no fuera necesario, o
+mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos pusiera en
+condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo de
+filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía»
+se sale también castañeteando.
+
+La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio de suprimir la
+enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que todo está
+librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no
+existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la
+«Crotalogía» es imprescindible y viene a llenar esta evidente
+deficiencia de los compositores. Para tocar las castañuelas no hay más
+que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo
+último escape está en la punta de los dedos. Ahora bien: como los
+nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía prever
+tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es
+una forma de tenerlo todo previsto.
+
+Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la acción
+pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio. Las
+castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada
+cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está
+principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado
+por Grecia y por Roma.
+
+Espero que habré dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de
+esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la
+gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la «Crotalogía» del
+licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro clásico muy
+divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los
+«paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y
+dése tres «pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en
+vuelo, que es la postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la
+acompañará mi jaleo con los sacrosantos: ¡olé! ¡olé!...
+
+
+
+
+ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS»
+
+
+La crónica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir
+de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los salones,
+Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de apellidos
+merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su marido,
+aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta,
+debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en
+Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La
+fortuna de Rosalía arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz
+y laborioso, que empezó de alambrador de campos y terminó en gran
+estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de
+su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros registreros de la calle
+Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El
+segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro
+patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué
+muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de
+Rosalía por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante
+y prestigioso Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora,
+que acompañó a San Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así,
+pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Pérez, representan la
+creación de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y
+los dos segundos, del Moral y Cámpora, significan el abolengo, la
+tradición, la historia patria. Y es natural que Rosalía luzca estos dos
+apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios.
+En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres líneas, bien
+merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la
+historia militar y política del país y la representación de los modernos
+progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga
+reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe--y muy justamente--su
+merecida representación en nuestro gran mundo. Con los apellidos de
+Rosalía ocurre lo que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán
+los primeros». Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los
+primitivos Arregui y Pérez sientan cierto íntimo orgullo por su
+entronque con Cámpora y del Moral.
+
+Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía:
+
+«Los Carpinchos», julio 15 de 1916.
+
+Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto te recuerdo desde
+este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el invierno, si no
+como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar
+intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa,
+queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas
+y me río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más
+divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario
+conocer mucho el espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice
+ciertas cosas; qué fin tienen determinados conceptos; a quién se dirige
+tal frase; cuál es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intención
+que guió la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que
+me divierto leyéndote. A Ricardo le digo siempre: «Mira, esto lo dice
+Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc.» De
+manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto.
+Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué no vienes a pasar
+unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades,
+aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos
+rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos.
+
+Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente. Al principio me
+aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice nuestro
+noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí
+viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen
+las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las
+mismas desventuras y las mismas alegrías que en la ciudad más populosa.
+Es cuestión de saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos
+rodea. El espectáculo del mundo, más que en el mundo mismo, está en los
+ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en «Los
+Carpinchos» y en el teatro Colón. «Visto un león, están vistos todos los
+leones; vista una oveja, están vistas todas las ovejas»; y vista una
+persona, casi están vistas todas las personas. ¡Qué bien dirías tú todo
+esto que yo no acierto a expresar sino en términos de una humilde
+pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones,
+vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades.
+Tenemos dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es
+ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta»
+está en la pulpería, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere
+a éste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de
+veras. Y es inútil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a
+quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero éste está
+entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora
+celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin,
+como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac,
+chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un
+pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los
+instintos son los mismos y los corazones arden igual.
+
+Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que
+son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de patitos, que no te
+puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay
+inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar los
+reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos.
+Tengo también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el
+esquife de Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes!
+Nadan entre los patos con el aire de dos señores feudales entre una
+plebeya y vil democracia. Doy también grandes paseos por el campo. Y me
+quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pájaro, tan
+elegante, tan señoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su
+manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas
+tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando despacito por la
+pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro,
+acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada.
+Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los
+símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta
+elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es
+tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico,
+estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una
+delicadeza encantadoras. Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el
+pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan.
+
+Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la ópera que se va a dar
+en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de
+las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el
+campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos
+potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que
+desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte,
+curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire,
+las lluvias, le da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es
+necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como
+antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulación, se
+metió a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las
+provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los
+Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo
+iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantásticos que
+vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde, para hacer
+ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo, que
+estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude
+lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos
+fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios,
+sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso--ya conoces a
+Ricardo--me hizo comprar no sé cuántos trajes; me regaló un montón de
+alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como dicen los españoles. Cuando
+volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había comprado no valían
+nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras. ¡Qué apuros!
+Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín. Todos los
+días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan altivo y
+tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes,
+que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan
+triste y tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar;
+prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa
+manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y
+felices». Total: vendió todas las tierras, casi media Rusia, por la
+quinta parte de lo que habían costado. Y como no alcanzaba para pagar,
+tuvo que vender también dos estancias de las tres que teníamos. Nos
+quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan
+delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho
+cariño al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco
+Arregui nos hemos salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué
+temporal, querida Marianela, qué temporal hemos corrido!...
+
+Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó, como te digo, la
+estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo:
+«¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los Carpinchos?»--«Yo
+me entierro contigo en el fin del mundo»--le respondí. Gran abrazo. Los
+abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad. Levantamos
+la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes,
+a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta de vagos que puestos en
+fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos»,
+a trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita
+que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice
+Ricardo que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas
+ovejas. «A la vuelta de pocos años--me dice Ricardo--nos podremos
+farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de
+trescientos mil pesos de renta».--«¡No, Ricardo, no por Dios!--le
+digo,--porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con
+insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías que ir a ver
+a los señores gerentes, que Dios confunda».
+
+No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; aún relucen
+las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche; almuerza en
+cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras
+veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote,
+un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene
+hacia mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se
+fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a
+cenar. Mientras cenamos me hace la crónica social de todos los ranchos,
+que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es
+la misma, como te he dicho; sólo cambian el medio, las formas y los
+trajes. La humanidad es una misma edición; sólo varían las cubiertas;
+unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica; pero el
+contenido es igual.
+
+Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una escena que quiero
+contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero
+muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues bien:
+muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos
+gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace
+esta reforma:
+
+ «No debo nada,
+ Ya soy feliz
+ Con Rosalía...»
+
+Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que deja tamañito a
+Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su
+estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es
+magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda
+magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones.
+Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca;
+pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío.
+¿Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo,
+hijita! Su energía pulmonar, sin entonación musical, como un grito
+primitivo, me produce una embriaguez y una emoción superior a todos los
+poemas. Todas las galanterías y todas las finuras que me dijo de novio
+en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese
+grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo.
+Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta
+tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado, ¡oh!
+apasionadísimo...
+
+Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. «Te
+aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires.
+¿Quieres que nos vayamos por unos días?»--«No me aburro--le digo;--no
+hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra
+todo el mundo».
+
+Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y
+ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces--la verdad--se apodera
+de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre,
+satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un
+firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de
+todo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos,
+la culpa fué mía tanto como suya, quizá más mía. Así, pues, quietos
+aquí, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...
+
+Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile
+que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me iba
+a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolví
+quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en una
+larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo
+mucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera
+deplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir al
+mostrador para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que el
+Presidente tuvo que andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que,
+como don Victorino está por caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobre
+todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son
+más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un Presidente, cuando está
+por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos. ¡Pobre don
+Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza,
+rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al
+fin, llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido
+llegar a todas partes. A mí me es muy simpático.
+
+Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejor
+abrazo.--=Rosalía=.»
+
+Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta a
+los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeño
+chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las mejores
+virtudes que pueden adornar a una mujer.
+
+
+
+
+EL ARTE DE ESTAR ENFERMA
+
+
+Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora.
+
+«Los Carpinchos».
+
+Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por pedirte dos veces
+perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad
+tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular donaire
+expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente
+conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus
+esperanzas y las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo
+perdón que te pido es por no haberte contestado antes. He estado
+enferma, como habrás visto en las crónicas sociales de los diarios,
+donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de
+mi dolencia. Hemos sido muchas las personas «importantes» que hemos
+sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dónde
+ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han podido influir
+las crónicas sociales.
+
+Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qué
+consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por
+dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que
+consiste en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de
+escuchar las locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal
+reside en sujetar la locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la
+verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa
+que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay
+locura. Pero a los músicos no les basta la razón para hacer arte, y de
+ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos máximos, deliquios,
+amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos, divinos estados de
+ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos delirios. Ordenar
+y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los
+músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en
+realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco
+rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama,
+sujetan a razón su melografía delirante; de donde se desprende que la
+razón, aun tratándose de locuras melodiosas, es y será siempre, antes
+que la música, el arte de las artes, la facultad soberana del humano
+espíritu. Por lo demás, la música expresa sentimientos divinos, si bien
+tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revés de los
+ángeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra
+al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el uso de la palabra,
+con la que tanto se peca en la vida.
+
+Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza al salir del teatro.
+Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge--ya sabes lo cariñoso que es y
+cuánto se preocupa por mi salud--me advirtió que me abrigara bien. No
+hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al
+automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso
+del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose
+más de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos,
+chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido
+de agonía. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de
+cama.
+
+Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido. Ya le conoces. Es un
+médico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo,
+supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que los
+galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de
+palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos
+que el estudio y las preocupaciones científicas les han impedido
+adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la
+farsa fina, discreta, cortés, delicada. Pulido es en este sentido lo más
+pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los
+otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos hemos empeñado
+en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado mucho
+las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla
+y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en
+todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que
+acabará por ser el médico de cabecera de todas las familias conocidas.
+La de Esquilón, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que
+cualquier almanaque.
+
+A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le
+estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retórica
+científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en
+tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras
+nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al
+conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión
+de sangre. Pulido, en su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y
+todas las palabras modernas de las Facultades de Berlín, París y
+Estocolmo.
+
+No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana
+estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que se había
+suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas,
+todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez
+repentina: no sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no
+quedara de mi cuerpo más que el molde externo. Parece que deliré algunos
+días, (sin pentágrama). Según me dice Jorge, te nombré varias veces:
+¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente.
+Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido
+decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que más
+pavor me causa es oir razonar a la locura.
+
+Felizmente no proferí disparates desatados ni formulé razones
+sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo pensando
+que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues yo,
+como casi todo el mundo--salvo unos cuantos seres
+elegidos--representamos la normalidad, traducida en la infinita
+extensión de la tontería en la tierra.
+
+Al entrar en la convalecencia pasé horas de profunda melancolía. Una
+tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño por su tamaño,
+grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis ojos con
+estas líneas: «La enfermedad es como citación y último emplazamiento
+que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de
+religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de
+frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un
+sentido abismático, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha
+mucho el entendimiento. Lloré...
+
+Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí adquiriendo fuerzas,
+desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era más
+que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema
+de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás
+quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad
+apaga el valor y enciende el espíritu.
+
+Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quizá no las entiende
+bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas vulgares; pero la
+humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que
+cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos
+sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida»,
+«muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin
+entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así
+vamos, apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo
+sugirió la lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas
+horas, un verdadero estado de gracia.
+
+Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La
+tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su
+dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en
+el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he
+estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando
+estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor
+de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando
+por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si
+yo llego a morirme. Su respuesta fué muda, pero elocuente. Nada
+espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte,
+pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña
+enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera
+inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.
+
+Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del
+interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al
+encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna.
+Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago
+votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan
+tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas.
+Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más
+estrecho y apretado abrazo.--=Marianela=.
+
+
+
+
+LAS INQUIETUDES DE PETRONA
+
+
+Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho,
+mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla.
+
+Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa
+suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es
+digna de un sitio preferente en el santoral.
+
+La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la
+economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de
+notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro
+en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que,
+entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el
+marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción
+Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la
+ganadería. Hace tiempo escribió una memoria--resumen de otras varias
+escritas en otros países--sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose
+del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son
+regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y
+la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde
+en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del
+porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos,
+por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están
+inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional
+del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas
+irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de
+una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener
+que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la
+gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las
+fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no
+podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.
+
+Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un
+ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con
+un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide
+discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.
+
+Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga
+Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por
+todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere
+inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado;
+declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la
+oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y
+planimetrías en los desiertos.
+
+--¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada?
+
+--Nada.
+
+--Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa
+tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo,
+sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando
+obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica,
+es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos
+para hacerles partícipes de su íntima satisfacción.
+
+--Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando
+participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas.
+
+--Cuando a mí me nombraron presidenta de las «Hermanas de Santa
+Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a
+contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin.
+¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No
+vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil
+manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo.
+
+--¿Crées que lo celebran?
+
+--Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y
+ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte--¡qué
+quieres, Marianela de mi alma!--no me explico ese silencio, ni esa
+reclusión, sin dejarse ver de nadie.
+
+--¿Y qué te importa?
+
+--Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que
+Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el
+elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer
+cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás
+y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan
+más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que
+se puede hacer con la tierra.
+
+--Excepto adquirirla....
+
+--Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a
+mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como
+ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.
+
+--¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los
+rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.
+
+--Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy
+politiquera--la mujer en su casita--; pero, claro, he tratado de
+explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de
+una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada,
+porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible
+esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la
+gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia
+de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas
+colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para
+trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice
+que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de
+Europa. ¿Qué más dará?
+
+--No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar
+carne que maíz.
+
+--¡Ah!...
+
+--El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.
+
+--Pero si se lo come, ya no hay maíz.
+
+--Pero queda el chancho.
+
+--Es verdad. ¡Que tonta soy!
+
+--Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este
+punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...
+
+--Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin...
+nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en
+cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me
+conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio.
+Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré,
+supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el
+deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué.
+Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me
+agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.
+
+--El amor es un cristal de aumento.
+
+--Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de
+abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no tenía derecho
+Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le
+dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país
+necesita de usted»--le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía
+el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha
+sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es
+siempre el mismo hombre de acero.
+
+--El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el
+florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...
+
+--Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su
+origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo
+primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...
+
+--Creo que exageras, Petrona.
+
+--Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer
+herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su
+talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin,
+hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.
+
+--Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.
+
+--Es lo que digo yo.
+
+--Y todo el mundo...
+
+--Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me
+alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...
+
+--¿Tú crées?...
+
+--¿Y cómo no?...
+
+--¿No están seguros?...
+
+--¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo.
+¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?
+
+--¿No tienen posición tus yernos?
+
+--Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el
+que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a
+saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo
+decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se
+queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá,
+en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que
+venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya
+acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones.
+¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano,
+después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan
+luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente
+copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta
+Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin
+de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le
+van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la
+del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a
+Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo
+va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor
+dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo
+he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis
+yernos son buenos y las muchachas lo mismo--ya sabes lo bien que las he
+educado--pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos,
+incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta
+gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué
+hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como
+puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con
+algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos
+muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo
+de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca
+abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado
+medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué
+esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona».
+Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos
+cuando los demás, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse,
+aunque haya que clavar a medio mundo...
+
+--No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.
+
+--Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se
+arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a
+mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de
+saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es
+así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo
+le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el
+mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el
+mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer
+unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz,
+ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy.
+
+Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.
+
+--Todo se arreglará--repito, por vía de consuelo.
+
+--Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber
+nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.
+
+
+
+
+PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION
+
+
+Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce
+con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado
+en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la
+murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente,
+victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe
+tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la
+crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue
+resistiendo con toda lozanía la condenación general.
+
+La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos
+ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos,
+y la vida sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues,
+en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que
+sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con
+la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve
+ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de
+conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye
+poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces
+y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es
+un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir
+nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer
+armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi
+todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social.
+La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando
+su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los
+impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La
+murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección
+íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio
+esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter
+discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica
+franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía,
+más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración
+corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un
+alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde
+Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin
+duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y
+no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en
+vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa
+memoria.
+
+La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que
+ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros
+defectos. Con tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos.
+De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su
+abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...
+
+El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo
+erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos
+de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi
+amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no
+saben que todos murmuran de todos.
+
+Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología
+del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve
+la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo
+son sus ímpetus de malicia, le perdono».
+
+He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la
+murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado
+tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se
+convierte, a su vez, en murmurador.
+
+La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde
+las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la
+murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de
+nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades:
+hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de
+expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los
+demás, se crucifica a sí mismo.
+
+Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista
+absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran
+poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay
+tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos
+demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica
+estética dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo
+rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la
+murmuración de sus hijos por los siglos inacabables.
+
+
+
+
+LOS SECRETOS
+
+
+El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines»
+y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos
+días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día
+quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774,
+leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba
+mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero
+le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con
+un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético
+secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo
+a todo el mundo».
+
+En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el
+secreto de la propagación de los secretos.
+
+¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas
+psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas
+estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos
+libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos
+trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo
+digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera
+paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra
+conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño
+cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante
+inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas,
+de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros
+quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en
+nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza,
+esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos
+de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien:
+para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues,
+los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica
+de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe
+por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos
+criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí
+que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un
+cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su
+mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito.
+Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el
+esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su
+propio secreto.
+
+La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar
+son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos
+que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los
+demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito
+de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que
+nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también
+«reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia
+acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el
+deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que
+prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro
+motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una
+causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el
+verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una
+zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por
+sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola
+persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de
+tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la
+noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra memoria se aligerasen,
+como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida
+interior. Respiramos...
+
+Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo.
+Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es
+un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto,
+conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que
+nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero
+en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a
+trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como
+dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible.
+Cada historiador, con unas cuantas verdades--si acaso las halla--arma su
+cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por
+la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi
+marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno--no recuerda
+cuál--que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la
+historia moderna.
+
+Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un
+secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un
+verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los
+agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar
+completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración
+radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro:
+los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los
+reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto
+mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se
+propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba
+de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto
+a voces.
+
+Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al
+trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por
+miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada
+instante. La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen
+la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos
+y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto.
+Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más
+reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre
+justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de
+temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso.
+
+Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los
+secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona.
+Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos»,
+contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque
+todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen
+juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice
+Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena
+conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su
+marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna,
+perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece
+que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí
+eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo
+los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al
+relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el
+secreto de su vida.
+
+En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación
+conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La
+política no da más que disgustos... cuando se cultiva
+desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir
+que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el
+próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo
+que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa
+que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de
+nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don
+Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya
+no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que
+su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio
+estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto,
+llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda
+urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus
+luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería,
+puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me
+obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido
+ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre
+también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un
+estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona
+que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta,
+he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los
+intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo
+tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo
+el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.
+
+Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque
+confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo
+el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don
+Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar
+trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de
+Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del
+periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida
+organización. Y nada más sólido que don Eleuterio.
+
+El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir
+que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos
+perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en
+cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que,
+alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no
+saber nada.
+
+Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga.
+Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.
+
+
+
+
+LA DESVENTURA DE LUISA
+
+
+Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme
+sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación
+con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos
+fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas
+las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a
+gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra
+«haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios
+de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un
+instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de
+amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar
+juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y
+Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su
+adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta
+lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas
+de Luisa.
+
+--¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!
+
+--¿Tanto, tanto?
+
+--¡Mucho, mucho!
+
+--Pues ¿qué te pasa?
+
+--Que Daniel me abandona.
+
+--¡Cómo! ¿Qué dices?
+
+--Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los
+hombres!...
+
+--Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y
+los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al
+cual se debe nada menos que la vida del universo.
+
+--Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te
+digo es que yo soy muy desgraciada.
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me
+abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la
+mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en
+casa--muy pocas--yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi
+siempre se marcha.
+
+--¿Y a dónde va?
+
+--Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me
+mortifica y me desespera.
+
+--¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey?
+¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los
+maridos distraídos en devaneos.
+
+--Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo,
+viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías--porque, eso
+sí, es de lo más galante--pero, hijita, se queda allí.
+
+--Entonces, tus celos...
+
+--Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se
+hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?
+
+--No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le
+querrías tanto. Un marido un poquitín calavera--un poquito nada más
+¿eh?--es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no
+suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los
+santos--suponiendo que los haya--no están bien más que en el cielo.
+Aquí, en la tierra, los calaveras--claro, con medida--son más amados que
+los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.
+
+Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y
+traduce así mis argumentos:
+
+--Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...
+
+--No he dicho zonzo; he dicho ángel.
+
+--Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en
+casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...
+
+--Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a
+tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y
+la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu
+desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.
+
+--La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar
+me regaló el día de mi santo.
+
+Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel
+no es bueno--agrega--porque me abandona».
+
+--¡Magnífico collar!--exclamo.--La mayor parte de los hombres son más
+capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una
+gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace
+buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes
+acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones
+sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no
+quiero meterme.
+
+--Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos
+que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo.
+Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le
+intereso!
+
+--No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!
+
+--O le interesa más el Jockey.
+
+--Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato
+de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya
+mejor tiene que ser obra tuya.
+
+--¿Y cómo?
+
+--Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hípico.
+¿Te enojas mucho cuando llega tarde?
+
+--¿Y cómo no he de enojarme?
+
+--Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y
+más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura
+constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una
+piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de
+agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón
+para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada
+de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella
+que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no
+retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más
+solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la
+propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es
+nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la
+conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey
+Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de
+modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus
+amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que
+en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de
+arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo,
+en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás,
+Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno
+quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el
+amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la
+excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el
+otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la
+esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo
+de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta
+que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se
+quiere mucho se transige mucho.
+
+--¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo
+transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no
+transijo, ¡no transijo y no transijo!
+
+--Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la
+intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con
+bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas
+agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.
+
+--Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el
+enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego,
+ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a
+embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una
+loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.
+
+--Tienes que disputárselo al Jockey.
+
+--Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me
+fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.
+
+--¿Y se lo dijiste luego a él?
+
+--Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que
+gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y
+con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser
+de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas
+todos los caballos de carreras!...
+
+Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita,
+que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.
+
+
+
+
+DESAVENENCIA TRASCENDENTAL
+
+
+Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad
+inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del
+altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas
+en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mi
+marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por
+qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo
+que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre
+lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos
+rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio
+ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo
+cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy
+convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón
+de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo
+mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo
+en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo
+particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que,
+procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni
+lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi
+alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas
+facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de
+mi casa, de mis amigas y del centro social en que--por dicha mía--me ha
+tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho
+basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables
+comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.
+
+Jorge, mi marido--lo diré una vez más,--es un hombre adorable. Toda
+palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante
+su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su
+nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos
+disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse
+otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en
+desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi
+marido.
+
+La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro
+años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de
+rulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros
+corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y
+allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia
+transitoria.
+
+Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola
+rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La
+diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y
+dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar,
+resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se
+ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras.
+De pronto dijo mi marido:
+
+--Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.
+
+--No lo creo--respondí.
+
+--¿No lo crees, o no lo quieres?
+
+--Ni lo creo ni lo quiero.
+
+--Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.
+
+--No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos,
+lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y
+de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los
+gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el
+gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son
+muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil
+sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más
+profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El
+martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les
+produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos.
+Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus
+justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son
+imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la
+educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no
+serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.
+
+--No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de hombre, no deseas
+que nuestro hijo se me parezca.
+
+En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del
+rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en
+mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos
+hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del
+sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su
+pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor
+inefable.
+
+--Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a
+ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres
+ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes.
+Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que
+pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser
+modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela,
+no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la
+espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace
+igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi
+ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá
+ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros
+sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de
+los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro
+humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y
+cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos
+recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma,
+ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras,
+se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan
+asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma
+manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma
+especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene
+personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una
+manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la
+particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del
+espíritu que en el ámbito azul las mueve.
+
+Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia
+natural.
+
+--Pero hablábamos--me dice--del orden moral.
+
+--Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y
+diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres
+iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual
+a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.
+
+--Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de
+un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?
+
+--Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan
+bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como
+hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En
+todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas
+sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo
+expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos;
+que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y
+yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su
+alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por
+su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero
+quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas
+propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación
+personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara
+concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su
+inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera
+la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las
+demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un
+modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima
+personalidad.
+
+--¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más
+felices?
+
+--Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.
+
+--Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás
+que se parezca a tí.
+
+--En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la
+intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...
+
+--No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por
+tí.
+
+--Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos.
+¡Vaya una suerte que espera a la futura!...
+
+Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar.
+Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios
+parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.
+
+--Después de todo lo que hemos hablado--dijo Jorge--quién sabe la suerte
+que le espera en el mundo.
+
+--¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi
+alma!...
+
+
+
+
+LAS REINAS EN LA GUERRA
+
+
+En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta
+salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles
+en tiempos de Luis XIV.
+
+La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos
+sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el
+ajedrez--que es el remedo más perfecto de las batallas,--el desastre
+definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que
+alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus
+accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aún
+perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se
+acabó de una manera irremediable y definitiva.
+
+Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la
+reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la
+estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las
+batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin
+embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo
+de unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el
+rey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro
+reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el
+matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la
+complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre así
+en la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos,
+puede ocurrir--ocurre con frecuencia--que los deseos y simpatías del rey
+y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza,
+de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los
+monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño
+detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son
+inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico
+escritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de
+los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su
+círculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas,
+cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y
+los anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada la
+partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones
+tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en
+encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría,
+alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y
+errores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen
+pasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes
+y la Biblia. Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre
+un pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.)
+
+Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ninguna
+reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan
+solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático,
+resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la
+reina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de
+todos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos
+de carreras.
+
+El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos,
+ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los
+príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos
+conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la
+reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las
+cuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido
+ocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historia
+aclara algo.
+
+Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es
+marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y
+contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales
+pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores.
+Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó
+los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y
+rusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido
+túneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le
+pusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.
+
+Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado una
+reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimo
+del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta
+influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está
+muy enamorado, la reina hará lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la
+reina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de
+creación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la
+mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha
+jugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a la
+majestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura.
+Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debían
+atenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme».
+
+La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey sea
+tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se mete
+en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo que
+el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no
+se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose las
+pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno con
+corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es
+un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a
+ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su
+sentencia, ser destronado.
+
+Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la
+prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus
+deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo
+infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútil
+me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes
+sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.
+
+Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «las
+historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede
+ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias
+nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infeliz
+en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que un
+puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con
+más frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas
+veces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer
+que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o
+plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, son
+muy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de los
+reinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo no
+entiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En tal
+sentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resuelto
+el problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el marido
+de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave y
+reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones
+republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten
+con más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no
+por mandato del rey o por antojo de la reina.
+
+En los magnos sucesos históricos, la reina se diferencia del rey por su
+menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A
+la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en
+cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la
+reina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y
+deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir:
+la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halle
+en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aún
+no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer
+que sean mejores ni más sensatas las que aparezcan sobre la tierra en
+las futuras edades. La reina, más instintiva siempre que el rey, tiene
+un juicio más exacto de la posteridad.
+
+Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate esta
+materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicación
+reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado
+en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningún monarca ni a
+ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que
+en el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra
+por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido
+a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta
+sociedad. El nombre y la opulencia--más aun la opulencia--determinaron
+que fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar,
+cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hice
+muy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestras
+conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia
+de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto,
+de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeño
+ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las
+reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...
+
+
+
+
+FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO
+
+
+El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una
+pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mi
+hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes,
+pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.
+
+La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas en
+sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía son
+mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi
+ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho
+esta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para
+lanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto
+algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos
+Aires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido de
+la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espíritu
+ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio
+elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la
+sociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiere
+andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelas
+que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo que
+tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al
+día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad.
+Pero, para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no
+basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo
+el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las
+impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su
+cerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallen
+cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación,
+ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De
+ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan
+maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa!
+¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»
+
+Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa
+por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo que
+ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las
+molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana
+deseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella
+amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron
+lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad
+porteña. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones
+femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos
+salones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido en
+el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo
+que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común,
+para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estaba
+descontado que la presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en mi
+casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mi
+marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere;
+¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las
+costumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez
+y que es inútil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy
+bien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por ser
+muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas.
+Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad más
+profunda.
+
+A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de
+muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muy
+lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal
+preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes:
+Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles
+merecen párrafo aparte.
+
+Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados,
+prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, como
+hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el
+talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si
+estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado,
+con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de
+colores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas,
+en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón
+remangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores se
+confunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arco
+iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su
+peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas.
+Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañana
+con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta
+que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias
+odoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino
+apelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como
+de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de toda
+idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un
+coco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos
+jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar así
+el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos
+los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de
+vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en sus
+cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los
+sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendo
+perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.
+
+Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de los
+jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentaban
+un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigo
+de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña
+preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»
+
+--«Forfey»--repuso Pedrito.
+
+Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho.
+
+--«Forfey»--me dijo Jorge--es una palabra inglesa para significar que un
+caballo se ha retirado de la carrera.
+
+--¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estos
+jóvenes!
+
+En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrina
+Lucía preguntó:
+
+--¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía?
+
+--No entraron en el marcador--respondió el joven Evaristo.
+
+Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de los
+más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».
+
+Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante. «Es cache»--dijo
+Enriquito, que entiende mucho de modas.
+
+Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Los
+jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significar
+cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No
+logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra
+verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era
+puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del
+espíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y
+oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los
+deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un
+espíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Para
+sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantos
+caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su
+cabeza en un ciprés.
+
+No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras
+riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo,
+de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta
+nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor
+estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la
+adquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros,
+prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en
+forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores
+aún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos
+mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hábitos de trabajo, sin capacidad
+de adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de
+otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos? Felizmente para
+ellos, pocos llegarán a octogenarios.
+
+¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estos
+sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el
+mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Y
+así, durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu
+varonil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante
+blanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En
+aquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una
+inalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» como
+dicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer?
+
+Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de mi
+excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria.
+Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente y
+muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo
+afecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en
+todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo
+alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo
+casarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta,
+al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estos
+tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata.
+Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección de
+mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿por
+qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y
+tan ingeniosa?»--«No--me respondió;--no me atrevo, ni me conviene,
+porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de
+marisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola,
+y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».--«Bien hecho--la
+dije,--no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. No
+te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muy
+hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesilla
+se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las
+pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.
+
+Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa de
+aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por serme
+molestos. No veía la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos
+ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en
+nuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos
+ocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno
+está debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con
+la reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas,
+sobre todo Carmencita, que es la más frívola.
+
+Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a una
+salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estos
+tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos de
+la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más
+bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones
+provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su
+carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a
+su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréis
+sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De
+aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritus
+luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo,
+Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas
+benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se
+convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los
+escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán,
+por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en
+esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que
+antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las
+actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las
+cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y
+permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que
+habéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en
+espiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vida
+dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida de
+una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid
+de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad,
+insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»
+
+Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si me
+harán caso. Lo dudo...
+
+
+
+
+INES Y LOS CIPRESES
+
+
+Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar en
+sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a
+darme las gracias por haberla invitado.
+
+--¡Qué dices, muchacha!--exclamé--¡las gracias te las debo a tí por
+haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!
+
+Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.
+
+--No diga usted eso, señora.
+
+--Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame
+Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo
+comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.
+
+--Yo también la quiero a usted mu...
+
+La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su
+congoja lo que no pudieron expresar sus labios.
+
+--Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del
+aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno,
+bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a
+murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?
+
+--¿Por qué los llama usted cipreses?
+
+--¿No te parece bien puesto el nombre?
+
+--Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso,
+compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se
+parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no
+parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demás
+árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en
+la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad,
+su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario,
+son todos iguales. Visto uno, vistos todos.
+
+--Como ellos.
+
+--Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste,
+melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el
+sentimiento del vacío y de la nada.
+
+--Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes
+en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni
+siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la
+jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa
+alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es
+triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino
+de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste.
+Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas,
+profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos,
+atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos
+últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los
+otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la
+vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la
+tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de
+ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada,
+abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en
+lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única
+diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros
+semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?
+
+--Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez
+que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo;
+el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo
+agradezco a usted...
+
+--Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de
+casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.
+
+--Lo dice usted por consolarme.
+
+--Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más
+que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso,
+me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di
+otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha
+enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy
+poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los
+35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para
+casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que
+Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más
+que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que
+por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice
+Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los
+jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa
+es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó
+también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no
+sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la
+noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua
+y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay,
+Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».
+
+Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a
+quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:
+
+--¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...
+
+--Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los
+minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.
+
+--¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?
+
+--Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé
+de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una
+palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por
+minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos
+debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones
+de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz
+baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó
+asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas.
+¡Qué galante!...
+
+--¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!--exclamé, riéndome;--ya noté
+que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.
+
+--Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.
+
+--Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?
+
+--Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de
+Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró,
+en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que
+son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita--agregó
+con gravedad imponente:--después de haber estado en Longchamps y en
+Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a
+Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A
+Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y,
+sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse
+a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede
+vivir.
+
+--Y Enriquito, ¿qué te dijo?
+
+--¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.
+
+--Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.
+
+--No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más
+elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la
+Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje,
+pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza de
+detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el
+día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un
+sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le
+dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».
+
+--¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?
+
+--Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido
+a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha
+traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se
+hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea
+usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los
+faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la
+elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en
+mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta
+definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la
+persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le
+agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me
+dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos
+inconvenientes de la conflagración».
+
+--Y con Ernesto, ¿cómo te fué?
+
+--A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no
+eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas
+este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones
+constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo
+completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la
+corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de
+pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted
+por los radicales?»--«¡Qué esperanza!--me respondió;--no es gente
+conocida...»
+
+--¿De manera que te aburriste en grande?
+
+--No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.
+
+--Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada como la
+inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de
+muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el
+inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente,
+le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un
+tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto,
+redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.
+
+--Pues hay uno que...
+
+--¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?
+
+--Sí; estaba aquí anoche.
+
+--¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...
+
+--Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré,
+porque necesito su consejo. Mamá--ya la conoce usted--en siendo rico y
+persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene
+usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata
+que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...
+
+Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de
+estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y
+un poco intranquila.
+
+
+
+
+LA FIESTA HÍPICA
+
+
+Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo,
+límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la
+desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor.
+Todo es vitalidad, alegría, florescencia.
+
+La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera
+del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada,
+inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí
+misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media
+ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto
+tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del
+Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta
+burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses»,
+embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del
+mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países,
+tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida
+bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc.,
+estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución
+social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos
+sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos
+países--un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco
+estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos
+en su total existencia--narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a
+sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco
+civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de
+la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de
+todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura,
+irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia
+entre el mar Caribe y el río de la Plata.
+
+También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante
+gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor
+Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los
+grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El
+hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los
+socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las
+tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el
+hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será
+modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una
+deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los
+«clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.
+
+Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares
+a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de
+ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas
+disparadas por arcos a máxima tensión.
+
+Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas,
+han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos,
+los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de
+combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana.
+Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco
+rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados
+por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del
+aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado,
+ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo
+azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los
+caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.
+
+En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su
+belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales,
+de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo
+excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba,
+al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto
+pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al
+estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer
+aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y
+entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho,
+sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era
+el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban
+atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le
+oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus
+cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al
+encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.
+
+Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus
+accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún
+faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del
+futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de
+«Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos.
+La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan
+competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría
+en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra
+carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de
+favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras
+anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el
+valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras
+circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para
+abrirse camino en las competencias de la política.
+
+Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el
+programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y
+pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo,
+una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente
+atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado--repuso
+éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país--; pero a
+ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted
+palpita».--«¡Ay, qué gracioso!»--exclamó la muchacha--«¡Es una
+declaración en toda regla!»--añadieron a coro los del grupo, celebrando
+aquel rasgo espiritual.--«¡Aceptado! ¡aceptado!»--decía ella, riéndose y
+siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose
+alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito
+obrigado...».
+
+Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas
+blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»--pregunté
+a mi marido.
+
+--El Payo.
+
+--¿El payo Roqué?
+
+--El mismo que viste y calza.
+
+--Viste y calza muy bien.
+
+Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo
+estaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía y aquel
+garbo propio de los buenos mozos.
+
+Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga
+Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto
+remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que
+escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir
+en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.
+
+En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace
+los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en
+ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar.
+Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos,
+es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por
+los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este
+punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta
+forma de rendir homenaje a la mujer.
+
+La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito
+«Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño
+ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco
+y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque
+elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta
+«paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque
+adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar
+ganará»--repite todo el mundo;--el jaquet y la galera del propietario
+son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos
+infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo
+también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me
+animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto
+remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja
+sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como
+nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro
+del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece
+nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en
+los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia
+favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con
+lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular.
+¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos
+en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante.
+«¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión
+lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los
+radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»
+
+¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como
+perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el
+«dato» del jaquet y la galera!...
+
+Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y...
+cómo les fué?»
+
+--¡Al tacho!--responde mi marido.
+
+Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan
+inelegante!...»
+
+
+
+
+LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA
+
+
+Mi protegida Inesilla--ya os he hablado varias veces de ella--vino a
+verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante
+cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.
+
+--¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a
+mí me pasan no le pasan a nadie!...
+
+Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.
+
+--¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...
+
+--¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...
+
+--¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu
+presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate
+y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?
+
+--Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...
+
+--¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?
+
+--¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!
+
+--¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna
+desgracia.
+
+--¿Y le parece a usted poca desgracia?--dijo llorando y riendo a un
+tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna
+verdaderamente divina.
+
+--No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa
+de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.
+
+--Sí, ríase usted...
+
+--Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.
+
+--Gracias, gracias.
+
+--Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que
+Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...
+
+--Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro
+día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas
+Carmen y Lucía?
+
+Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba
+rápida:
+
+--¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me
+perseguía y que...?
+
+--¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había
+olvidado, porque creí que era una broma tuya.
+
+--Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.
+
+--Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?
+
+--¿No lo sabe usted?...
+
+--¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses,
+como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.
+
+--Pues es Carlitos Nuezvana.
+
+--¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha
+declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...
+
+--La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus
+sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted
+que el pobrecito carece de sal en la cabeza.
+
+--Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos
+elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha.
+Sigue...
+
+--Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera,
+porque sus recursos de palabra son muy pobres.
+
+--El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee,
+no cultiva su espíritu y...
+
+--Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...
+
+--El ciprés.
+
+--Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus
+insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un
+honor ofreciéndome su amor.
+
+--Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...
+
+--Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues...
+claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos
+yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...
+
+--El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe
+abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no
+lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones
+para ser feliz.
+
+--Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por
+eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances
+produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me
+produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que
+iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo
+renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía
+un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu
+eran lo mismo, inmóviles.
+
+--Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?
+
+--Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de
+elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones
+conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado.
+Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual
+adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»
+
+--Y tú... ¿qué le dijiste?
+
+--Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras
+que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su
+doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No
+hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que
+él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta
+frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben
+ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito
+pensarlo...»
+
+--Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué
+dijo ante esa filigrana de respuesta?
+
+--Dijo que él no lo había pensado; que...
+
+--¡Claro! ¡qué va a pensar él!...
+
+--Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no
+necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué
+sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me
+limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí
+asunto de capital importancia».
+
+--¿Y cómo terminó la escena?
+
+--Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle.
+
+--¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?
+
+--Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de
+su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés.
+En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado de
+usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...
+
+--¿Eh?...
+
+--Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia
+familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere
+mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las
+estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le
+van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé
+quién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en
+Callao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo!
+Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y
+en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el
+propio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada por
+no irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo... Mis
+hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me ha
+tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que
+tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que mi
+corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de
+sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua,
+romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la
+gran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...
+
+La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...»
+
+--¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No
+parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no,
+estamos del otro lado.
+
+--Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos en
+casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabeza
+que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría...
+¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en
+todo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por
+medio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro,
+con la boda todo se arreglaba.
+
+--¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.
+
+--Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?
+
+--No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés,
+todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a
+disgusto.
+
+--Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...
+
+Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.
+
+--¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?
+
+--¡Con toda mi alma!...
+
+--¿Le conozco yo?
+
+--Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...
+
+--¿Mi cuñado?... ¿Raúl?
+
+Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se
+agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.
+
+--¿Pero él?...
+
+--También él...
+
+--Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado?
+
+--Casi.
+
+--Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad! ¡claridad!...
+
+--Bueno... sí... se me ha declarado.
+
+--Y tú, ¿qué le has respondido?
+
+Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que sí!!...»
+
+Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida, angelito, hermana
+mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo,
+con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna!
+¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los
+espacios del cielo!...»
+
+Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé qué nuevos sonidos
+arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo; con esta
+misma te casarás tú».
+
+--Sí, sí, ¡ay de mí!--dice tristemente mi dulce hermanita:--antes de
+llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas,
+con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!--¡y que
+no es orgullosa la señora!--; con los pagarés, con las hipotecas, con...
+
+--¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y
+montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra
+civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es
+como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl
+esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor.
+Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué
+feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar.
+¡Firmes!...
+
+
+
+
+LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA
+
+
+Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al
+andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica,
+el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera
+su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y
+conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos
+propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel
+giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir
+sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen
+hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y
+sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay
+que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los
+inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada,
+ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen
+Bautista, vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su
+parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en
+su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima
+bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su
+presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte
+coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó
+la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el
+rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como
+toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la
+cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o
+canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la
+ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería
+orquestal.
+
+La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la
+vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos
+nunca en los asuntos de la casa ajena.
+
+Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan
+grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y
+«cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por
+eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el
+que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta
+ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.
+
+El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad
+sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al
+mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa
+pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el
+Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en
+nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero,
+aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su
+bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del
+primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán,
+adonde buena falta haría llevar los registros, los libros y todas las
+cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía,
+espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.
+
+Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental
+para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en
+el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las
+mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones
+impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes.
+Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y
+cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando
+estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni
+contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De
+manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve
+más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los
+hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más
+tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y
+este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos
+libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto
+para otra oportunidad.
+
+Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo
+tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece
+las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la
+Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que
+una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas
+bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la
+propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a
+las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o
+al no pagarlos--porque de todo hay,--al casarse, al reproducirse y al
+morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último
+se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos
+encomiásticos que dicen, no lo que el difunto fué en vida, sino lo que
+debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la
+diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la
+desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino
+infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los
+cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda
+recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del
+bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su
+remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado
+aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres
+en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas
+heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se
+olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la
+muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que
+un sauce.
+
+Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese
+santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un
+éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.
+
+Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires está corriendo
+gran peligro la institución bautismal. No es que la gente deje de
+bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto
+por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una
+trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o
+por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven
+población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos,
+Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc.
+
+Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho», «Chocho», «Cacho», «Gogo»,
+«Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby», «El Bebe», «Nenín»,
+«Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El rubio», «El
+negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El
+alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto», «Pototo», «Poroto»,
+«Lalo», «El nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En
+fin... cuento de nunca acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto:
+«Mangacha», «Mecha», «Mechita», «Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca»,
+«La gringa», «Neneite», «Nenana», «La Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita»,
+«Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota», «Chiveta», «Matesa», «La
+gata», «Loló», etc., etc.
+
+Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un
+sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular en gracia a la
+exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién nacidos a
+la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de
+llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el
+Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos
+instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares
+cimientos reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan
+ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral,
+hágase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es
+aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra,
+pues ello origina una confusión anárquica por la cual se viene abajo
+todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles
+han ido metiendo pacientemente la filiación de las personas.
+
+Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeñables para caer
+en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyéndolos por apodos
+caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son
+sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor.
+No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e
+inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con
+esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles
+Rodríguez, Sócrates González. También se convierten en nombres algunos
+apellidos célebres. Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez.
+Las instituciones civiles y eclesiásticas admiten cualquier nombre,
+fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de
+Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se le ha puesto el
+nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua Grecia
+filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de
+Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El
+gringo».
+
+Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos que los nombres.
+Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del carácter, a
+una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una
+determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo
+correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en
+esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la
+denominación correspondiente; porque si el individuo es tímido como un
+conejo casero, resulta paradógico ponerle el nombre de Napoleón. Pero el
+bautismo no tiene por objeto calificar con precisión a los nacidos, sino
+absolverlos del delito de nacer--porque se delinque naciendo--y evitar
+que, en el caso de nacer y morir simultáneamente, frecuente desventura
+doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se han estrenado
+en la vida con ningún acto molesto para los demás.
+
+El mote tiene, pues, cierta lógica cuando caracteriza al individuo. Pero
+los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones
+morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas ñoñerías,
+que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto
+contenido filológico.
+
+Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento
+instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón, giróvago
+fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina
+Salomé.
+
+
+
+
+SIN PRESIDENTA
+
+
+La intervención de varias y bondadosas amigas ha influido de modo
+decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de unos meses
+de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí
+toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en
+secreto entre los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona
+padece cierto «tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama
+excelente, perfecta esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas,
+sino también de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una
+buena mujer, cosa difícil, porque, según un filósofo (me lo ha dicho mi
+marido, que lee filosofía) la mujer es un hombre imperfecto.
+
+Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos
+recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una malhadada
+croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el
+hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio.
+Yo dije que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma,
+partícula diminuta del universo, pero con derecho opinante--que un
+grillo es un grillo y se le oye--el hombre señalado para la cartera de
+Agricultura por todo el mundo, incluídos los grillos, era Eleuterio, el
+marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y
+especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maíz, que
+debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de
+agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no
+debe estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el
+galicismo): mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto
+en ridículo a un hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola
+como Eleuterio. Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se
+entiende como es debido, es porque en ello interviene más la voluntad
+que el entendimiento. Por lo demás, cabe en lo posible que mi
+inexperiencia periodística, en vez de un buen servicio, se lo hiciera
+flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a la candidatura
+de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por
+los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la
+intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede
+evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre
+es mucha.
+
+Felizmente, las paces están hechas, aunque haya costado casi tanto como
+concertar la paz europea. Las paces--díjelo ya otra vez--son más
+difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las
+negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón,
+muy unida a Petrona por su común afición a la política. No menor
+influencia han tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos
+chispeantes y graciosas epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez
+y Gámpora, dirigidas desde «Los Carpinchos», de donde no se mueve
+Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a su pastor en la soledad de
+los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a
+reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre
+corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos
+preceptos de las geórgicas de Virgilio.
+
+Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que
+no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una
+veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho,
+incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor
+que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de
+la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas
+por el viejo Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y
+de los afectos.
+
+Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno.
+
+ * * * * *
+
+Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té en mi casa, principio
+del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como sólo se trataba
+de un armisticio, celebrado con infusión de la China, no asistieron más
+que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de
+intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión
+del primer abrazo reconciliatorio.
+
+Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va
+dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su aspecto, claro
+está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a
+fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna vez
+las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La
+de Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió
+el marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral.
+Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la
+palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en
+silencio a las urnas, el doctor Esquilón enmudeció y echó mano de las
+más desaforadas violencias. Se discute aún si el tiro partió de la
+comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto,
+enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabrá nunca
+la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de versiones
+contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo
+único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón,
+privando al país de una de las laringes mejor organizadas para emitir
+sonidos articulados que, a veces, parecían conceptos para hacer felices
+a los pueblos. Todo terminó con una placa de bronce heroico sobre su
+sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas líneas laudatorias,
+resistentes a las lluvias, al sol y a la acción corrosiva del tiempo,
+que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda, quedóse sola,
+admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado fervor
+político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas
+cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el
+sufragio universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho.
+Pero, al fin, todo tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica,
+la vida, páramo a raíz de la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a
+poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones.
+Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y
+hasta ofrece un continente risueño, cierta alegría discreta,
+disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro
+hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos de
+colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le
+pegó, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas,
+por otra más experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna
+simpatía que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo
+lo dicho: es muy simpática la viuda de Esquilón.
+
+Su gusto por la política dimana del interés que le merecen las luchas de
+los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento,
+los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas
+políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras.
+Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el
+juego de las actividades «partidistas», la maña de cada cual para
+triunfar, el deporte político, en una palabra. La tragedia de su marido
+parece que fuera un estímulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de
+haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a
+un luchador político.
+
+Petrona, por el contrario, tiene de la política un concepto utilitario.
+Le interesan los políticos, los que mandan o los que estén a punto de
+mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus
+yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego
+político, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a
+la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver--ya es
+hora--eso del maíz.
+
+ * * * * *
+
+--Hace ya tiempo--digo a Petrona, para halagarla y también por
+justicia--que Eleuterio debía ser ministro. ¡Un hombre que sabe
+tanto!...
+
+--¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe
+apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda
+atrás, y el que charla, sigue viaje...
+
+--Para nosotras, para las señoras--salta la de Esquilón--la política
+está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo
+no sé qué falta, pero algo falta.
+
+--Falta la presidenta--dice Petrona.--elemento necesario,
+imprescindible, de toda presidencia completa.
+
+--¡Cierto, Petrona!--exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la
+tersa frente;--ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué
+falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por
+eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más
+triste y más lúgubre que una capilla protestante.
+
+--Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores--apunta Petrona.
+
+--¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy
+triste--agrega Margarita.--Además, no se necesita mucha plata para que
+el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos,
+murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas
+de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que
+nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo
+he dejado ya el luto--las cosas ¡ay! no tienen remedio--es la fiesta que
+más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!
+
+--¡Ah, Roque...!--exclama Petrona.
+
+--¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!--dice la de
+Esquilón.--Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que
+nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y
+aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las
+señoras.
+
+--Mi familia por parte de padre--dice Petrona--siempre fue roquista;
+pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a
+mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón,
+«concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»--añadió,
+dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.
+
+La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona
+y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como
+dice Ponson du Terrail».
+
+--Si Eleuterio me hubiera hecho caso--afirma Petrona, siempre atenta al
+positivismo político--otro gallo nos cantara; pero se fue con los
+cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy
+respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que
+vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en
+una bandeja de plata.
+
+--En política hay que moverse--dice la de Esquilón--; si no, no se saca
+nada.
+
+--¡Claro!--asiente Petrona.--Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié;
+primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey;
+después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo
+siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y
+no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que
+los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.
+
+--Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las
+mujeres--afirma con aire sentencioso la de Esquilón.
+
+--Siempre--sostiene con firmeza Petrona.--Pero lo cierto--agrega--es que
+falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras,
+aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que
+ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo,
+siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos.
+Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.
+
+--Así debe ser--digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política,
+deseo congraciarme del todo con Petrona;--así debe ser: el presidente
+preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.
+
+--Debía ser como las monarquías--agrega la de Esquilón;--que no hay rey
+sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el
+Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les
+obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la
+gente del pueblo, o la Constitución--no sé bien--exige que se asegure la
+sucesión de la corona.
+
+--En las monarquías--dice Petrona--todo marcha sobre seguro. En cambio
+aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a
+este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible.
+
+La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas
+angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me
+decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo
+palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe,
+también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina
+madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros
+círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas,
+preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus
+señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas
+veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes,
+según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en
+salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros
+cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los
+militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se
+inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse.
+Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se
+analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias.
+¡Eso, eso es política!--termina la joven viuda, asfixiada por la emoción
+descriptiva».
+
+Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el
+presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra
+viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la
+dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud
+está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero
+está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas,
+de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud
+monárquica, en una palabra».
+
+--Y menos mal--arguye Petrona--cuando, aunque viejita, hay presidenta.
+Pero ahora...
+
+--Tampoco la había--me atrevo a insinuar--cuando mandaba don Victorino.
+
+--Cierto--dice la de Esquilón;--pero era distinto que ahora; entonces
+estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y
+sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas
+sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su
+conversación espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había
+presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablábamos de
+política.
+
+--Pues yo--dice Petrona,--cuando quería saber algo de candidaturas
+ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no soy
+amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social;
+pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con
+Anita y, por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para
+estar enterada. Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada.
+
+Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al pie de la letra una
+sesión política tan importante y trascendental. Y hago punto. Sólo
+agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con
+Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...
+
+
+
+
+LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL
+
+
+El portero me trae una tarjeta: «Es una señora vie-jita--dice--, y
+pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce del Ebro de
+Nuezvana.
+
+Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla que tenga la bondad
+de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella para que me
+ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta
+severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.
+
+Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al
+leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los
+nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la
+pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses,
+respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me
+proponga que la ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe
+lo que ocurre.
+
+Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para
+menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más eminente o
+empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios como
+el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición,
+colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero
+ostentoso que imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo
+Palma en sus apologías de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y
+dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de
+Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oiría en
+Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data aún' de
+más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don
+Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que
+siguen casi lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue
+capitán de una de las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y
+Aragón en las exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco,
+creyendo que eran de oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos
+figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares,
+corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los
+diversos virreinatos de la era colonial, advirtiéndose su andariega
+presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el antiguo español
+aprendía la geografía andando.
+
+Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y
+Ebros--descendientes, naturalmente, de los anteriores--alcanzaron tanto
+o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la
+independencia y brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana,
+licenciado en derecho canónico, orador ampuloso y ergotista, figura
+entre los que proclamaban la necesidad de una restauración monárquica
+como régimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un
+Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas,
+combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.
+
+Hubo también, así en los tiempos antiguos como en los modernos, otros
+Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora
+sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en
+su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele
+gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras,
+en cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes
+patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros,
+la gloria de misia Melchora asume cierto carácter de guerra civil,
+familiar y casi doméstica, en la cual los manes heterogéneos libran gran
+trifulca e histórica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia
+las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por línea propia y
+marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las
+cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia altivez y de un
+orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna.
+
+Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia
+actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de
+España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los
+Nuezvanas que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros
+de los Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de
+sus conquistas, exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por
+todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de
+España, viene a ser «la grande» de Buenos Aires.
+
+Pero todos estos timbres valdrían muy poco socialmente en nuestra
+democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta
+fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro
+insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco se
+apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las
+casas de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que
+realizaron la conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que
+después han valido un dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un
+Ebro, casi contemporáneo, hombre de matemáticas, educado en Inglaterra,
+obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de
+caminos de hierro, que luego cedió a los ingleses por sendas libras
+esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino, pero hizo el suyo
+admirablemente.
+
+Las tres ramas--Nuezvana, Ponce y Ebro--fueron poco fecundas y todo vino
+a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estériles,
+ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta excelente señora hubo
+de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas,
+casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia Melchora
+es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a quien
+le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según
+el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia
+Melchora, resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de
+las trincheras europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio.
+
+Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima matrona. Su defecto
+principal, el orgullo, está, en parte, justicado por su grande y doble
+abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de
+adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre
+de Carlitos, murió) como sus nietos y yernos--sobre todo los yernos--se
+desviven por complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca
+faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de
+la Mirándola. Todo esto ha estropeado un poco el carácter de misia
+Melchora, haciéndola adquirir una idea desmesurada de sí misma. Por
+Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras razones, por ser el
+único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey
+del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un
+duque y grande de España y por la propia misia Melchora.
+
+Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco;
+pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de
+vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y
+posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo
+al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.
+
+--¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!...
+
+--¿La sorprende a usted mi visita?
+
+--Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con
+su presencia.
+
+--Muchas gracias, Marianela.
+
+--Está usted cada día más joven--la digo, aunque, en realidad, parece
+una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo.
+
+--No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques,
+hecha una ruina. Por un lado, los años--¡76, Marianela!--; por otro, los
+disgustos, que nunca faltan.
+
+--¿Disgustos, usted, misia Melchora?...
+
+--Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con
+usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo
+a pedirla que me ayude a resolver el problema.
+
+--Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.
+
+--Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al
+asunto. Sabe usted, como yo--mejor que yo quizá--que Carlitos, mi nieto,
+se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez
+de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en
+ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y
+serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla
+y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el
+muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No
+sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y
+desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido
+como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces
+lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho,
+porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He
+llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle,
+al irse, me ha palmeado a mí--ya sabe usted que Güemes es lo más
+cariñoso--y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor
+que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está
+en el sacramento con música de marcha nupcial.
+
+--El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran
+psicólogo.
+
+--Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha
+adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada.
+
+En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas.
+
+--¿Y ella?--preguntó.
+
+--Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace
+tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué
+pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...
+
+--Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a
+parar? Y el desinterés, sobre todo en esta época, es una virtud
+bastante rara.
+
+--Ya sé que la quiere usted mucho.
+
+--Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.
+
+--Y que la protege usted.
+
+--Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita
+protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.
+
+--Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían
+fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me
+corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la
+muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor
+propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado
+en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal
+niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la
+seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza
+que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»--me ha dicho con
+una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué
+seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.
+
+--¡Ah, es encantadora!...
+
+--Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.
+
+--No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser
+inmortal.
+
+--Además, carece de fortuna.
+
+--El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se
+la concede--respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia
+Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres
+se defienden contra la vanidad de los ricos.
+
+--Carece, igualmente, de apellido.
+
+--No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy
+armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la
+vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo
+surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.
+
+--Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.
+
+--Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es
+espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no,
+pregúnteselo usted a su nieto.
+
+--El amor es loco, Marianela.
+
+--Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento,
+la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos padecemos estos
+defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a reprimirlos todo lo
+posible; porque, si la vanidad de los demás resulta intolerable cuando
+lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la
+suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un
+poquito.
+
+--Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.
+
+--Volvamos, misia Melchora.
+
+--Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en
+Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una
+carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenzó a ir a la
+Facultad; pero le daban vahídos, sobre todo cuando estudiaba derecho
+romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no había de
+defender pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está lleno
+de doctores, y ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicó
+a leer novelas francesas; las conoce todas. Y así ha completado su
+educación, que no deja nada que desear. Yo había pensado, si se casara
+con esa niña, regalarles «Los Chajales», un campo de veinte leguas, con
+quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastarían nada, porque
+yo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana,
+pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he
+hablado con Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía,
+Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos,
+siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar
+un gran apellido; es un Nuezvana, y con esto está dicho todo: Por otra
+parte--ya se lo he dicho a Clotilde,--una vez casados los muchachos,
+todas nuestras cuentas quedarían arregladas; todo se quedaría en casa,
+unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se
+casará con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a
+mí y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no sé... me
+parece que la muchacha no está decidida. Y yo quiero salir de una vez
+del paso. Por eso he venido a verla a usted.
+
+--¿Y qué puedo hacer yo?
+
+--Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija.
+
+--Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga
+usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no
+quieras, obligara a su hija a casarse, ¿usted aceptaría para su nieto un
+matrimonio así formado?
+
+--Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana,
+quede desairado y en ridículo.
+
+--¿De manera que usted cree que es más ridículo que Inés no acepte a su
+nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que casarse con él
+no queriéndole?
+
+--Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante todo Buenos Aires.
+
+--¿Y qué culpa tiene Inés en ello?
+
+--Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla
+a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de
+la muchacha. ¿Quiere usted hacerme este favor? ¿Le parece a usted mi
+nieto digno de ella?
+
+--Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a usted
+hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «Los
+Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que
+aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su
+espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo
+feliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida.
+
+--¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea feliz con el apellido
+y con la fortuna de un Nuezvana?
+
+--Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos
+casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El
+matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido
+y fortuna, y no haber espíritu.
+
+--Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la historia lo dice.
+
+--Sí... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana
+pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la
+inmortalidad, como sus antepasados.
+
+--Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque,
+con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella dice que sí,
+lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto
+es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta?
+
+--Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a usted de dudas.
+
+--Gracias, Marianela.
+
+--No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a
+usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.
+
+--Gracias, gracias.
+
+Poco después salía de mi casa la excelente señora, habiendo dejado en
+ella cierta atmósfera de tradición secular, de enhiesto orgullo, de
+olímpica y desmesurada soberbia.
+
+
+
+
+¡¡DESAHUCIADO!!
+
+
+Señora doña Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.
+
+Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el
+resultado adverso de las gestiones a que me comprometí cuando tuvo usted
+la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta aflicción mía
+del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno
+de merecimientos, han de causarles estas líneas, triste revelación de
+mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Hablé con
+Inesita. Hícela una narración de cuanto usted me dijo. Cuando oyó lo de
+«Los Chajales» con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la niña
+rompió a llorar de gratitud. ¡Es adorable la criatura! Pero su
+desconsuelo no tuvo límites cuando supo el estado adolorido, mustio y
+desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto,
+pedíla se sosegase y me expusiera su verdadera intención con claridad y
+sin temor. Y rompió la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin
+precisa ilación coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y
+los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas
+como ustedes se merecen. Me habló luego del alma, del corazón, de la
+vida, de la dirección de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de
+su verbosidad atropellada, fruto del aluvión tumultuario de sus
+emociones, díjome algunas cosas fundamentales y henchidas de un
+espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aquí todo
+cuanto ella me dijo en el seno de la más íntima confianza, la aconsejé
+que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo
+lugar en la mía), ordenara sus ideas en una carta dirigida a mí, y en la
+cual, con su habitual discreción, pusiera las cosas en su punto. Accedió
+a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted
+y su nieto sepan a qué atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no
+necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y
+oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con
+precaución a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancolía
+a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin
+de Werther, de aquel doncel alemán tan sentimental, tan tierno, el cual
+no hubiera servido para trompeta de órdenes de Hindenburg, pero que nos
+ha dejado, en cambio, el eco elegíaco de su dolor, espejo perdurable y
+eterno modelo de los dolores de amor.
+
+Observara usted que Inesita me llama en su carta «hermana». Sería por mi
+parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo.
+Inesita está enamorada de mi cuñado Raúl y creo que ambos se han
+comprometido, sin más autorización que la de sus propios corazones. La
+familia de Inesita no lo sabe aún. Ahora bien: como Clotilde, la madre
+de Inesita, las tías y las hermanas de ésta son partidarias decididas de
+que la muchacha se case con Carlitos, héme metida en un conflicto, pues
+comprenderá usted que el fuero de familia me compele y obliga--a pesar
+de mi carácter poco dado a la lucha--a defender a mi cuñado en una
+pretensión que juzgo justa. Así, pues, mi respetable y querida misia
+Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie guíe su
+corazón, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y
+el mío, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mío
+empieza; porque no ha de escapar a la fina penetración de su
+inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposición de
+Clotilde y de sus hermanas, de las tías de Inesita, de las hermanas y
+cuñados de ésta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la
+cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un
+Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente.
+
+Por lo tanto, compadézcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones
+penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante,
+agregue usted que mi cuñado, desde el instante en que la niña le ha dado
+el «sí», se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era
+de suyo grande), de una manera extraordinaria. Está dispuesto a
+atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la
+muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos
+voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han
+convertido en amaparadora de su ideal, y no negaré a usted que este
+papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltación valerosa
+en mi espíritu naturalmente apocado. El origen del valor está en la
+calidad de la misión que lo suscita y promueve.
+
+Una vez más lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto
+mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga.
+
+=Marianela.=
+
+Queridísima hermana mía. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de
+mí, menos que ordene mis ideas en medio de la turbación y de las
+inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en mí
+en sentimiento inexpresable, cuya única manifestación son las lágrimas.
+¿Por qué habré nacido, Dios mío? Mi existencia sólo sirve para hacer
+sufrir a los demás, sin culpa mía, bien lo sabes. ¡Ay, Marianela! Te
+escribo desde mi cuartito, a las dos de la mañana. Todos duermen en
+casa. Se han pasado el día atosigándome con sus planes, que no son los
+míos. La ventana está abierta. Las estrellas me envían sus resplandores.
+En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del
+Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazón. El astro adquiere figura
+de rostro humano... y a él van mis ojos imantados por su atracción
+irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espíritu recurro a
+las gloriosas alturas. Ello sólo indica que me faltan los medios de
+expresión humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas
+confusas y sin nombre que en ella laten, a través de los ojos de la
+carne, inundados de lágrimas, los ojos del espíritu se levantan al
+cielo, al gran misterio, y allí quedan posados en muda contemplación,
+suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no sé lo que te digo,
+Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde,
+haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos
+los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los
+genios, y no serán, reunidos, pálido reflejo del que yo siento por quien
+tú sabes. El cielo, mi cielo, el universo, el mío, la eternidad, mi
+eternidad, la gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: y
+todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y
+sendas de espinas sin su compañía y sin el brazo suyo para conducirme.
+Mi alma ya no es mía; está trasfundida en otra. Mi corazón ha perdido su
+ritmo propio para latir a compás de otro. Mis ensueños navegan por el
+mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brújula que Dios
+me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi
+espíritu, inventa tú las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de
+que no existe en el vocabulario término alguno que alcance a reflejar mi
+éxtasis, el arrobamiento de este amor mío.
+
+Pocas palabras más. ¿Crees tú que en tal estado de espíritu puedo ni
+debo engañar a nadie, ni a mí misma? Yo deploro la actitud de toda mi
+familia. Mi pobre madre, mis tías, mis hermanas, mis cuñados, todos
+quieren que yo sea feliz, ¡quién no duda! Pero no se es feliz a la
+manera de los demás, sino a la propia manera. Yo creo en el desinterés
+de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin
+preocuparse de que, de soslayo, alcance también a otros. Ahora bien: la
+casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha.
+
+Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cuánto siento no poder
+corresponder a la vehemencia de su pasión, que nada hice--bien lo sabe
+él--por alentar ni infundir. Es un joven distinguidísimo, bueno, lleno
+de méritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser
+engañado con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se
+curará de su pasión, me olvidará. Con su apellido, su fortuna, su
+generoso espíritu y bello carácter, que valen más que apellido y
+fortuna, encontrará otra más digna que yo de los tesoros de su amor. Yo
+no puedo ofrecerle más que mi simpatía y mi gratitud por haber
+descendido a poner su ideal en mi humilde persona.
+
+Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su generosidad. «Los
+Chajales» constituyen un verdadero reino; pero yo sería allí una reina
+intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazón, que ya no me
+pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engañada. Yo no puedo
+entrar en aquella casa, llena de tradición caballeresca, de noble
+altivez, de epopeya histórica. Me sentiría confundida ante los retratos
+que sirven de ornamento sagrado a los salones. El virrey, los
+conquistadores, el obispo de Chuquisaca, el oidor de Charcas, los
+patricios de la Independencia, el grande de España, todos los Nuezvanas,
+Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las páginas de la historia,
+cobrarían vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme: «¡Sal
+de aquí, falsaria, mentirosa, hipócrita, codiciosa!». Y tendrían razón.
+Yo andaría por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergüenza. Y
+las voces seguirían: «has venido aquí por dorar con los nuestros tu
+apellido oscurísimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de «Los
+Chajales» y de toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros
+descendientes; tú no estás enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros:
+¡eres una pérfida, una ambiciosa vulgar, una mujer despreciable, indigna
+de llevar nuestro nombre hidalgo y heroico!». ¡Ay, qué miedo, sobre todo
+cuando me mirara monseñor Nuezvana, el obispo de Chuquisaca, y me
+amenazara con el infierno, bien merecido por cierto!
+
+La misma mirada de misia Melchora no podría resistirla cuando
+escudriñara mis verdaderos sentimientos. ¡No, no!; pobreza, oscuridad,
+fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada por
+tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y
+compendio de todas las virtudes caballerescas.
+
+Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta tradición, que ella
+sabe mantener tan dignamente, hallará buenas mis razones y guardará un
+poco de simpatía para esta pobre muchacha.
+
+Te abraza con todo su corazón.
+
+=Inés=
+
+Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra época. Y ello nos va a
+proporcionar a todos bastantes disgustos.
+
+
+
+
+LA VIUDA DE ESQUILÓN VA A MAR DEL PLATA
+
+
+Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externa
+no ofrece interés, basta para entretenerme. Sin embargo, sentíme ayer
+tarde acometida por invencible melancolía. «¿Qué hacer?»--me dije--. Y
+para combatir la murria, ocurrióseme ir a visitar a mi amiga Margarita,
+la viuda de Esquilón, en quien la sensibilidad y estado de ánimo
+constituyen siempre un divertido espectáculo. Pedí el automóvil y partí,
+rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnífico
+palacete.
+
+Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese
+desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por
+todas partes baúles abiertos, grandes y pequeñas cajas, enseres de todo
+linaje. La servidumbre iba y venía de un lado a otro, trasladando ropas,
+sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitación interna,
+apareció Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada, jadeante,
+encendida. Me tendió sus torneados y blancos brazos.
+
+--¡Marianela!!!...
+
+--¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te mudas?
+
+--Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy
+trabajando como una negra, preparándolo todo, y nunca se acaba. Las
+modistas se han demorado, y, por fin--¡ay, gracias a Dios!--hoy han
+traído lo que faltaba.
+
+--¡Pues no llevas poco equipaje!
+
+--Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter todo en menos
+espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que...
+¡ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre
+algunos vestidos... y también quiero que veas los sombreros...; a ver
+qué te parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que ver
+también cuatro trajes de baño distintos... son preciosos... es decir,
+veremos lo que te parecen.
+
+Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las «ideas»
+no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenación y
+concierto de la palabra.
+
+--Me voy a poner el corsé--dice--para probarme los trajes: yo me los
+pruebo y tú apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme? ¡Dí que sí!
+
+--Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices todo.
+
+--Bueno... voy a ponerme el corsé.
+
+--¿Quieres que te ayude?
+
+--Como quieras; pero estoy muy ágil; un poco fatigada no más por los
+baúles; porque no me fío de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo
+más esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papelón.
+
+La ayudo a ponerse el corsé. No necesita este entallamiento artificial,
+porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de líneas correctísimas, dignas
+de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clásica.
+
+--¡Estás lindísima, hijita!--exclamo, mientras corro los cordones del
+corsé.
+
+--Como si no me hubiera casado--dice ella, resumiendo en esta frase todo
+cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo.
+
+Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La
+doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos
+colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de
+violeta, de rosa; están todos los matices de la flora; unos muy
+escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me
+señala las medias, los zapatos, los sombreros y las «aigrettes»
+correspondientes. Los zapatos están en fila sobre un largo estante; más
+de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni altos
+ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas
+combinaciones.
+
+Todos los trajes le quedan admirablemente. «¡Precioso, hijita,
+precioso!--exclamo cada vez que se pone uno;--todo cuanto te pones te
+cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra,
+compendio y resumen de la gracia femenil».
+
+Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dáse
+vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los
+hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos
+vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en
+toquecitos rápidos, a los cuales obedecen las prendas con no sé qué
+docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y
+remonona criatura.
+
+De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez.
+
+--¿Y éste?--pregunto.
+
+--Para ir a misa a Stella Maris. ¿Te gusta?
+
+--¡Lindísimo, muy grave, muy chic!...
+
+--¡Oh, la gravedad chic es lo más chic de la gravedad! Hay que recordar,
+de vez en cuando, que una, es viuda.
+
+En la salita, colgado en alto, hay un retrato al óleo. Es un mozo de
+rasgos enérgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de
+«mitinero» electoral, a cuya afición ¡ay! debió su triste fin, ya
+relatado en otra ocasión. La viuda vuelve hacia él sus grandes ojos
+azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: «¡Ay, Arturito, qué felices
+fuimos!...»
+
+Dos lágrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquilón,
+inmortalizado en el óleo, adquiere en su mirada una ternura
+indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglándose los lazos de un
+traje color crema que se ha puesto para que yo vea cómo le queda.
+
+--Ya no tiene remedio, hijita--la digo para consolarla y ahuyentar la
+triste visión.
+
+--Era muy bueno, Marianela, muy bueno. ¡Qué energía, qué brío! ¡Yo creo
+que hubiera ido lejos!...
+
+--¡Pobre!...; más lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario,
+Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir.
+
+--Eso digo yo. Tengo 24 años; viuda a los 20: ¡es horrible! ¿Qué te
+parece este traje?...
+
+--¡Precioso!...
+
+--Viuda a los 20...: ¿qué hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso
+cuatro años...; las medias de este traje son aquéllas... y aquéllos los
+zapatos...; encerrada a los 24 años; suponiendo que viva 70, son... yo
+no sé cuántos...
+
+--Cuarenta y seis.
+
+--Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro años... tú no
+sabes cómo he llorado... ¿te gusta aquella «aigrette»?...; ya no me
+quedan lágrimas.
+
+--Mucho, me gusta mucho.
+
+--Nunca tuvimos un disgusto. Era lo más complaciente...; aquel abrigo
+¿te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en
+campaña...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde
+trato de distraerme... aquel gorrito ¡qué mono! ¿no? es para la
+playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer
+a nadie como...
+
+--¿Y estos palitroques?--pregunto, señalando unas varas que veo sobre un
+baúl.
+
+--Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los días al golf. Me
+han hecho cuatro trajes para este deporte.
+
+--¿Irás también al Club?
+
+--No; sólo pienso ir al «Ocean»... Y, claro, al Brístol. Ya mi
+administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un
+departamento en el anexo, frente al mar. También me guardan mesa en el
+comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es
+donde se coloca la «haut», toda la gente conocida. Es muy difícil
+conseguir este sitio; todos quieren estar allí, aunque no sean
+conocidos...
+
+--Para serlo.
+
+--Claro; así se va sabiendo que existen. Por fin, después de muchas
+cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi
+administrador que esté tranquila, que tendré la mejor mesa, junto a la
+terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente.
+
+--¿Y para que te vean?
+
+--No, eso no me importa. ¿Quién se va a fijar en mí, en una pobre viuda?
+
+--Vamos... no sea hipócrita conmigo. ¿Piensas bailar?
+
+--Ahí tienes un problema que me está dando muchos dolores de cabeza. No
+sé qué hacer. Lo pienso y lo pienso día y noche y... no sé, no sé si me
+animaré a bailar. A tí ¿qué te parece?
+
+--Que debes bailar; no mucho, pero un poquito.
+
+--Es que si empiezo... no sé si me detendré; porque, hijita, a pesar de
+mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola.
+
+--La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a
+toda concepción triste de la vida.
+
+--No he querido ir en carnaval por eso, porque no sabía qué hacer.
+
+--El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; está más
+en carácter. La primera noche un par de vueltas nada más, muy discretas,
+como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego,
+poco a poco, te vas lanzando.
+
+--Lo que más me preocupa es el primer baile; empezar; no sé cómo
+empezar, hijita; siento una cosa... así... vamos... que no sé cómo
+empezar.
+
+--No te preocupes; ya se encargará alguno de allanarte el camino, de
+iniciar el modo de dar las primeras vueltas.
+
+--¿Sabes lo que estoy pensando? Me gustaría bailar el primer baile
+contigo; que fuera como una humorada tuya. Así se rompía el hielo. ¿Por
+qué no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos...
+
+--No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no sé cómo voy a
+salir.
+
+--¿Por...?
+
+--Por lo de Inesita. ¿Sabes que se casa con Raúl, con mi cuñado?
+
+--Sí, ya me lo han dicho, ¡Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que está
+desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se
+peina. ¡A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! ¡Qué
+destronamiento terrible!
+
+--Pues aquí me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus
+hermanas, con misia Melchora...
+
+--¡Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. ¡Hijita,
+los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cariño de
+abuela; verle así, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja
+es un golpe tremendo.
+
+--¿Y qué hacerle?
+
+--¡Ah, claro!; no hay qué hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qué
+hacer. ¿Y por qué no te llevas a los muchachos, a Raúl e Inesita, a Mar
+del Plata? Invitas también a Clotilde, a la mamá de Inesita, y nos
+juntamos allí todos. La aparición de los muchachos en el Brístol sería
+todo un éxito. ¡Un noviazgo tan sonado...! Entrarían como los Reyes
+Católicos. En los salones del Brístol los noviazgos adquieren una
+solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte.
+¡Figúrate los comentarios, después de lo que ha pasado! En fin... ¡un
+exitazo para Raúl y para Inés! Vamos a Mar del Plata.
+
+--No sé lo que haré. Quizá en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se
+lo he dicho a Jorge y está conforme.
+
+--Hijita, tienes un marido ideal.
+
+--Así es, gracias a Dios. Pero hablemos de tí. Tú llevas algún plan a
+Mar del Plata.
+
+--¡Marianela!... Ninguno, ¡qué cosas tienes!...
+
+--No seas gazmoña, Margarita. ¿Qué tiene ello de particular? Es la cosa
+más natural. Eres joven, linda, rica. ¿Vas a vivir sola toda la vida?
+¿No es justo, no es lógico que formes una familia? Ya sabes que yo soy
+buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo...
+
+--¡Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero
+decir...! ¡No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...!
+
+--Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos
+el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla.
+
+--Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. ¡Qué bien me vendría
+que me acompañaras a Mar del Plata!
+
+--¿Flirteo?... ¿Principio?... Iré si me necesitas.
+
+--Bueno; entonces te contaré. Aunque ya te puedes imaginar...
+
+--No digas más, Margarita, ¡no digas más!... ¿Ha vuelto? ¡Era de ley!
+
+--Ya sabes lo que pasó. Yo vacilé entre Arturo Esquilón y él; al fin me
+decidí por Esquilón, que ya había terminado la carrera. Y el otro,
+hijita, se quedó soltero, triste, aplanado; para él no había otra. ¡Me
+conmueve y arranca lágrimas esta fidelidad!...
+
+--Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la política.
+¡Hijita, te da por los políticos! Creo que habla muy bien.
+
+--En público y en privado; y... sobre todo al oído... Da gusto oírle...
+
+--¿Qué es?
+
+--Muy guapo.
+
+--No, mujer, digo en política.
+
+--¡Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita,
+los ugartistas no serán muchos, pero todos son lo más vivos, lo más
+inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todavía...
+
+--¿Está ya él en Mar del Plata?
+
+--No; va el sábado.
+
+--No hay nada, y sabes cuándo va...
+
+--No me sofoques, Marianela, no me sofoques!...
+
+--Y tú ¿cuándo vas?
+
+--El martes.
+
+--¿Y él lo sabe?
+
+--Sí...
+
+--¡Y dices que no hay nada!...
+
+--¡Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!...
+
+Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a
+brincos su joven corazón.
+
+--¿Vendrás, Marianela? Mira que me haces mucha falta...
+
+--Iré. Después de arreglar lo de Inesita, iré a arreglar lo tuyo. Yo me
+desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer felices a quienes
+merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del año. A ese ugartista
+lo pescamos, Margarita, ¡lo pescamos en Mar del Plata! ¡Iré, iré, adiós,
+adiós...!
+
+
+
+
+
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of Crónicas de Marianela, by Anonymous
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA ***
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+ money paid for a work or a replacement copy, if a defect in the
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+harmless from all liability, costs and expenses, including legal fees,
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+or cause to occur: (a) distribution of this or any Project Gutenberg-tm
+work, (b) alteration, modification, or additions or deletions to any
+Project Gutenberg-tm work, and (c) any Defect you cause.
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+Section 2. Information about the Mission of Project Gutenberg-tm
+
+Project Gutenberg-tm is synonymous with the free distribution of
+electronic works in formats readable by the widest variety of computers
+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
+because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from
+people in all walks of life.
+
+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
+assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's
+goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will
+remain freely available for generations to come. In 2001, the Project
+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
+and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations.
+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
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+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
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+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
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+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
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+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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+ </head>
+<body>
+
+
+<pre>
+
+The Project Gutenberg EBook of Crónicas de Marianela, by Anonymous
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: Crónicas de Marianela
+
+Author: Anonymous
+
+Editor: Pedro L. Balza
+
+Release Date: December 4, 2010 [EBook #34565]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
+
+
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+
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+</pre>
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+<hr class="full" />
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+<div class="figcenter" style="width: 388px;">
+<a href="images/cover_lg.jpg">
+<img src="images/cover.jpg" width="388" height="550"
+id="coverpage"
+alt="imagen de la cubierta del libro" title="imagen de la cubierta del libro" /></a>
+</div>
+
+<h1>CRÓNICAS<br /><br />
+DE<br /><br />
+MARIANELA</h1>
+
+<p>
+<br />
+</p>
+
+<p class="c">1917.</p>
+
+<p><a name="page_002" id="page_002"></a></p>
+
+<p><a name="page_003" id="page_003"></a></p>
+
+<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h3>
+
+<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="es">
+<tr><td align="left">&nbsp;</td><td align="right"><small>Pag.</small></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#PRESENTACION_EN_SOCIEDAD">Presentación en Sociedad</a></td><td align="right"><a href="#page_005">5</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#EL_MATRIMONIO">El matrimonio</a></td><td align="right"><a href="#page_007">7</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#EL_AMOR_Y_SU_APARIENCIA">El amor y su apariencia</a></td><td align="right"><a href="#page_015">15</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#EL_NO_DE_LAS_NINAS">El nó de las niñas</a></td><td align="right"><a href="#page_018">18</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#EL_GANCHO">El Gancho</a></td><td align="right"><a href="#page_023">23</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LAS_PLANCHADORAS">Las «Planchadoras»</a></td><td align="right"><a href="#page_029">29</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LA_MODA_Y_EL_DIABLO">La moda y el diablo</a></td><td align="right"><a href="#page_033">33</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LOS_TRAMITADORES">Los «Tramitadores»</a></td><td align="right"><a href="#page_039">39</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LOS_AFEITES">Los afeites</a></td><td align="right"><a href="#page_045">45</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LAS_PACES">Las paces</a></td><td align="right"><a href="#page_051">51</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#CROTALOGIA">Crotalogia</a></td><td align="right"><a href="#page_057">57</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#ROSALIA_EN_LOS_CARPINCHOS">Rosalía en «Los Carpinchos»</a></td><td align="right"><a href="#page_063">63</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#EL_ARTE_DE_ESTAR_ENFERMA">El arte de estar enferma</a></td><td align="right"><a href="#page_070">70</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LAS_INQUIETUDES_DE_PETRONA">Las inquietudes de Petrona</a></td><td align="right"><a href="#page_075">75</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#PEQUENA_DEFENSA_DE_LA_MURMURACION">Pequeña defensa de la murmuración</a></td><td align="right"><a href="#page_081">81</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LOS_SECRETOS">Los secretos</a></td><td align="right"><a href="#page_084">84</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LA_DESVENTURA_DE_LUISA">La desventura de Luisa</a></td><td align="right"><a href="#page_089">89</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#DESAVENENCIA_TRASCENDENTAL">Desavenencia trascendental</a></td><td align="right"><a href="#page_093">93</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LAS_REINAS_EN_LA_GUERRA">Las reinas en la guerra</a></td><td align="right"><a href="#page_098">98</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#FRIVOLIDAD_Y_TILINGUISMO">Frivolidad y tilinguismo</a></td><td align="right"><a href="#page_100">100</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#INES_Y_LOS_CIPRESES">Inés y los cipreses</a></td><td align="right"><a href="#page_110">110</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LA_FIESTA_HIPICA">La fiesta hípica</a></td><td align="right"><a href="#page_115">115</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LAS_ANGUSTIAS_DE_MI_PROTEGIDA">Las angustias de mi protegida</a></td><td align="right"><a href="#page_120">120</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LA_INUTILIDAD_DE_SAN_JUAN_BAUTISTA">La inutilidad de San Juan Bautista</a></td><td align="right"><a href="#page_126">126</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#SIN_PRESIDENTA">Sin presidenta</a></td><td align="right"><a href="#page_132">132</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LA_ABUELA_DEL_REY_DE_LOS_CIPRESES_O_EL_ORGULLO_ANCESTRAL">La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral</a></td><td align="right"><a href="#page_140">140</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#DESAHUCIADO">¡¡Desahuciado!!</a></td><td align="right"><a href="#page_148">148</a></td></tr>
+<tr><td align="left"><a href="#LA_VIUDA_DE_ESQUILON_VA_A_MAR_DEL_PLATA">La viuda de Esquilón va a Mar del Plata</a></td><td align="right"><a href="#page_154">154</a></td></tr>
+</table>
+
+<div class="advert">
+<h3><a name="ADVERTENCIA" id="ADVERTENCIA"></a>ADVERTENCIA.</h3>
+
+<p>El interés que han despertado las amenas crónicas de "Marianela"
+publicadas en la página femenina de "LA PRENSA" me ha inducido a
+solicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permiso
+para editarlas.</p>
+
+<p>La benevolencia gentil del señor Paz ha otorgado el consentimiento, y
+hoy aparecen los chispeantes artículos de la distinguida escritora
+compilados en este elegante volumen. Notorio es el éxito creciente que
+han logrado estas crónicas; aparte su mérito literario, puesto de
+relieve en un estilo fácil, terso y armonioso, contienen otra cualidad
+más esencial aun, consistente en su sana orientación ética, en una
+crítica, suavemente irónica, de nuestros hábitos y costumbres. Trátase,
+en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a la
+belleza artística, se unen, en consorcio admirable, útiles normas de
+conducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo.</p>
+
+<p class="r">Pedro L. Balza<br />
+(Editor)</p>
+</div>
+
+<p><a name="page_004" id="page_004"></a></p>
+
+<p><a name="page_005" id="page_005"></a></p>
+
+<h3><a name="PRESENTACION_EN_SOCIEDAD" id="PRESENTACION_EN_SOCIEDAD"></a>PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD</h3>
+
+<p>Su presentación en sociedad es el primer episodio interesante en la vida
+de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de la
+existencia. La trasformación de la niñez en pubertad trae también un
+cambio completo en la vida del espíritu.</p>
+
+<p>La niña se ha convertido en señorita. Ya la muñeca ha quedado
+abandonada. La mamá de la señorita, con dulce melancolía, la recoge y la
+guarda en un mueble tradicional. La señorita no hace caso de su muñeca:
+le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco,
+la trasformación es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carácter
+remoto. Ya vendrá un día en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso
+llorosos, a la muñeca que alborozó sus horas infantiles. Pero ahora, no;
+ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la señorita se halla
+trémula de emoción. Se va a presentar en sociedad; está por asomarse al
+mundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones&mdash;porque,
+propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la señorita&mdash;asaltan su
+mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan como
+mariposas en torno del foco luminoso.</p>
+
+<p>¿Cómo será el mundo? He ahí la preocupación de la señorita. Pero esta
+preocupación está exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque,
+en realidad, no se pregunta: «¿cómo será el mundo?», interrogación harto
+filosófica para sus años y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es:
+«¿cómo le pareceré yo al mundo?». Y a medida que se atavía y se adorna
+y<a name="page_006" id="page_006"></a> se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la
+señorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: «yo
+creo que le voy a parecer bonita al mundo». Y esta idea optimista,
+justificada desde luego, porque la señorita es linda, le produce una
+alegría exultante, alborozada, llena de íntimo regocijo. En ese momento
+del atavío, los detalles adquieren una importancia fundamental; el
+gracioso lunar, el rizo juguetón, todo aquello que constituye su
+personalidad, su diferenciación de las demás señoritas que también se
+presentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo.
+El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, ¡invencibles!...</p>
+
+<p>Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es necesario que la
+presentación cause buen efecto. Está en ello comprometido el buen gusto
+y el tino educador de mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la buena
+y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden
+servir de norma en una presentación en sociedad: «La tontería se coloca
+siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrás
+para ver». Y luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía,
+compostura, sosiego; mide lo que dices; más vale que peques por
+cortedad».</p>
+
+<p>Papá también está un poco impresionado. Cree, como Terencio, que las
+mujeres, igual que los niños, se corrigen con leves sentencias. Y apunta
+algunas apropiadas al caso. «La señorita silenciosa parece mejor que la
+locuaz». El discreto señor hace algunas observaciones filosóficas sobre
+la coquetería. A su juicio la coquetería no tiene más fin que hacer
+subir las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte que es
+necesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado,
+porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recurso
+para hacerlas subir. Papá agrega otros razonamientos graves, discretos,
+oportunos. «No hay que ser criticona», dice. Y volviéndose a la esposa,
+agrega: «Según Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver los
+defectos de las demás mujeres». Y luego agrega por cuenta propia: «Los
+hombres<a name="page_007" id="page_007"></a> nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; pero
+adquirimos mala idea de quien nos suministra la información».</p>
+
+<p>Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso realza su figura:
+primor sobre primor. «Está elegantísima», observa la señora al esposo.
+«Sí, sí, dice éste, muy elegante, muy linda». Y recordando las palabras
+de un pedagogo argentino agrega: «Pero hay que ser también «paqueta» por
+dentro: que a la figura elegante no corresponda un espíritu deforme». La
+señora confía en que la niña será siempre muy buena. «Es nuestra hija»,
+termina. «Es verdad,&mdash;asiente el padre conmovido&mdash;; será buena, porque
+es nuestra hija».</p>
+
+<p>Entre observaciones, besos y mimos, la señorita, llena de alegría y de
+ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad.</p>
+
+<h3><a name="EL_MATRIMONIO" id="EL_MATRIMONIO"></a>EL MATRIMONIO</h3>
+
+<p>Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso
+sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no
+casan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su capacidad
+amorosa ni la consistencia de su sentimiento.</p>
+
+<p>Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filósofo
+modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas las
+apologías rimadas que se han hecho de Don Juan: «quien ama a muchas, no
+ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con
+variedad, no ama dignamente».</p>
+
+<p>Entre los poetas y este modesto filósofo, la elección no es dudosa para
+nosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; sólo una
+larga convivencia nos demostrará si el corazón está bien puesto, en
+quicio permanente.</p>
+
+<p>Por lo demás algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba
+del amor. No en balde la frase<a name="page_008" id="page_008"></a> goza de tanta difusión en el mundo. Pero
+es porque el amor, en su forma exaltada, sólo es, como dice Voltaire, un
+cañamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginación. Ahora
+bien: el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempo
+que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginación
+bordadora también acaba por sosegarse y quedar sustituída por una dulce
+y reflexiva calma.</p>
+
+<p>Entonces el amor no tiene más que una salvación: el cariño. Los poetas,
+que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeñado, por
+subalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más sólido
+que el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; el
+cariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la
+mutua adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de los
+comunes gozos y sufrimientos, de las alegrías conjuntas y de la fusión
+de las lágrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: el
+tedio. El cariño no tiene enemigo que le venza, porque está apoyado en
+el sentimiento de convivencia. Vale más, mucho más, el calor del
+rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en
+rescoldo, sólo quedan de ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser
+lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los
+sentidos. «¡Te amo!». Es una frase de novela, excesiva, afectada. «Te
+quiero», es una frase más sencilla, más grave, más profunda y más
+humana. «¡Te amo!», dice Don Juan, que nunca fué un hombre honrado. «Te
+quiero», dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice.</p>
+
+<p>Saber convivir... He ahí el secreto del buen matrimonio. Dar normas
+fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de
+circunstancias cuantas parejas constituyen la organización monogámica
+del mundo.</p>
+
+<p>Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra
+suave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de un
+hogar. A mí, personalmente, me produce la impresión de un canario<a name="page_009" id="page_009"></a>
+hidrófobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuéntase que uno de los
+siete sabios de Grecia (Solón, Bías, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quilón,
+Periandro, no se sabe cuál; lo mismo da, cualquiera....) tenía un
+discípulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refería
+al maestro las cualidades de su futura. «Es hermosa como el lucero de la
+mañana»&mdash;decía el joven. El filósofo escribía: «cero».&mdash;«Es rica, como
+la heredera de Creso»&mdash;añadía el doncel. El genio griego volvía a
+escribir: «cero». (La dote, pensaría probablemente el filósofo, es la
+gran virtud de los padres). El enamorado agregó: «Es inteligente». Y el
+gran hombre puso otra vez: «cero».&mdash;«Es noble»&mdash;«Cero».&mdash;«Tiene muy
+buena parentela».&mdash;«Cero».&mdash;«Buena educación».&mdash;«Cero». El enamorado
+miraba atónito a su querido maestro. Por último le dijo: «tiene un
+carácter dulce». Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los siete
+sabios, estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que había
+ido poniendo, para demostrar que sólo así adquirían valor las demás
+cualidades.</p>
+
+<p>Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una
+irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el
+donaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y la felicidad
+del matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos
+delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer.
+Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, en
+los momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones
+estaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras
+ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más
+que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una
+cátedra de psicología conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mías. Los
+hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan
+agradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Sean
+nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio:<a name="page_010" id="page_010"></a>
+suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a
+los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando
+elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra
+cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando
+dicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de
+íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad
+femenina.</p>
+
+<p>La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la
+mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas las
+circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.</p>
+
+<p>Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, una
+voluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La
+testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín.
+Para la mujer, ceder es conseguir&mdash;siempre que el marido sea tierno,
+delicado y comprensivo. Jamás la mujer&mdash;y esto es importantísimo&mdash;debe
+herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en
+cuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchas
+veces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada.
+Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y
+perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo haré pocas veces)
+estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo, inteligente, gentil,
+cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo que equivale a
+buscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi marido es
+aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y
+conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razón
+definitiva) la fauna argentina y muy especialmente&mdash;aquí está su amor
+propio&mdash;las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el
+día. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el
+carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista,
+excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo nunca le contradigo,<a name="page_011" id="page_011"></a>
+porque, además de herir su amor propio de entendido en aves noctívagas,
+le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y los
+tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para qué
+herir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no ve
+bien? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o sea
+chimango? La cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelente
+naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento,
+¿por qué negárselo? Alguna vez él mismo sale de su error, y entonces,
+enternecido, paga con un beso mudo la intención de mi aquiescencia. Y
+este beso de mi marido vale más, mucho más que toda la fauna, incluso la
+humana, que puebla la tierra.</p>
+
+<p>He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal, a guisa de ejemplo,
+para demostrar que no debe mantenerse contradicción en cosas sin
+importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan de
+interés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido).
+Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza
+bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento&mdash;la
+misma palabra lo dice&mdash;es el sentimiento más terne, más perenne, de más
+triste duración.</p>
+
+<p>La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorables de la vida
+conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces
+insustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como la
+cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el
+carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa
+constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de
+tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un
+filósofo&mdash;claro que un filósofo feminista&mdash;el divorcio es la disolución
+de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre
+solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perder
+el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunos
+tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos;<a name="page_012" id="page_012"></a> que al quitar los
+nuestros, también él&mdash;si no es una mala persona&mdash;quitará los suyos,
+despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende
+de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de
+nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso
+otorgarnos.</p>
+
+<p>De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar.
+Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y
+difícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando
+todas las cruces, menos la del matrimonio&mdash;con lo cual su santidad
+desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa&mdash;decían
+que al matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados.
+No se enojarán los hombres, si apoyándonos en el testimonio de los
+santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones
+espirituales superiores. Y así debe ser, porque para el hombre el
+matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho
+fundamental de su vida.</p>
+
+<p>A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar
+que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor
+dispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismo
+filósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, son
+peligrosos, porque su arte y su filosofía están siempre en primer
+término, antes que la mujer. Además, son un poco raros y no poco
+arbitrarios. Y entre los políticos se debe preferir, no a los dogmáticos
+empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos,
+que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que
+tienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en que, siendo el
+gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al
+matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.</p>
+
+<p>Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en cuenta que la
+cuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se
+haya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en que
+el<a name="page_013" id="page_013"></a> cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable,
+más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juan
+efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos
+versos de su comedia «El mayor imposible», estas palabras razonables
+sobre la exaltación amorosa:</p>
+
+<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es">
+<tr><td align="left">«Que muchos que se han casado</td></tr>
+<tr><td align="left">Forzados de un amor loco,</td></tr>
+<tr><td align="left">Suelen después hallar poco,</td></tr>
+<tr><td align="left">De lo mucho que han pensado.»</td></tr>
+</table>
+
+<p>¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside la
+dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace de no haber
+convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías...</p>
+
+<h3><a name="EL_AMOR_Y_SU_APARIENCIA" id="EL_AMOR_Y_SU_APARIENCIA"></a>EL AMOR Y SU APARIENCIA</h3>
+
+<p>¿Cuál es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con más
+precisión, pues la pregunta formulada es un poco vaga: ¿en qué edad se
+halla la mujer en mejor disposición espiritual para enamorarse y, en
+consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es
+firme, permanente, fijo, como la estrella polar?</p>
+
+<p>Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadoso
+filósofo señor Bergeret) dice que el amor es como la devoció; llega un
+poco tarde: «no se es amorosa ni devota a los 20 años».</p>
+
+<p>La observación es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una de
+las tantas formas de la exaltación fanática. Ahora bien: para
+fanatizarse es necesario que el espíritu esté formado y que nuestras
+ideas estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si
+dijéramos el cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de asomarse al
+mundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años y
+la experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente<a name="page_014" id="page_014"></a> todo lo
+contrario. La experiencia y los años nos aferran a determinadas ideas y
+dan consistencia definitiva a ciertos sentimientos.</p>
+
+<p>Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso,
+de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible,
+que nos lleva a entregar a otro corazón el reinado sobre el nuestro.
+¿Cuándo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestro
+querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu, esta adoración,
+en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es la
+concentración de todo el universo en un solo ser y la dilatación de este
+solo ser hasta Dios»?</p>
+
+<p>Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar de
+la niñez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa al
+salir de su estado de crisálida. Sus primeros vuelos son inciertos,
+aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y no han adquirido
+aún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar es
+requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.</p>
+
+<p>El origen de nuestras desventuras en la vida está en que la sensibilidad
+es más precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos hace es
+precisamente lo último en formarse. La mente es impotente para regir la
+confusión tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y
+atorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin
+gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a
+buen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula,
+sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad y
+de nuestra orientación reflexiva.</p>
+
+<p>A los diez y ocho o veinte años la mujer se impresiona fácilmente. Pero
+esta impresión suele ser fugaz, versátil, inconsciente. El error está en
+tomarla por definitiva, esclavizándose a una emoción pasajera. El
+acierto electivo en este caso está librado al azar, a que la casualidad
+haya determinado que ésta primera emoción nos haya sido provocada por
+persona que<a name="page_015" id="page_015"></a> realmente lo merezca. Y la elección de marido, como la
+elección de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile»
+es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse
+el novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas del
+entendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente.
+Son los poetas los que han dicho que el órgano del amor es el corazón.
+Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras
+metáforas, falsas imágenes y seductoras demencias. El origen del amor y
+de todas nuestras emociones está en la mente. Ella es el divino crisol
+en que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazón es como
+la rueda catalina de un reloj, que no tiene, por sí, conciencia de su
+propio movimiento. De la idea, de nuestra representación mental sobre
+otra persona, surgen la adhesión y el amor hacia ella. Entonces es
+importantísimo que esta idea, punto de arranque de la emoción, sea
+acertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frágiles
+cimientos, mal se sostendrán las torres y chapiteles de nuestros
+ensueños.</p>
+
+<p>La elección debe fundarse en múltiples y atentas observaciones del
+sujeto, en el análisis de sus prendas morales, en la índole de su
+carácter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo
+que puede ser luego (asunto de capitalísima trascendencia). El
+sentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar
+no es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valores
+mentales. Con la imaginación creamos sujetos propios, modelos que nada
+tienen que ver con la realidad ya creada. «Mi tipo» suele diferir del
+tipo, que tiene su propia alma, su carácter propio y sus propias mañas;
+alma, mañas y carácter que no corresponden al bello sujeto fraguado por
+nuestra fantasía en complicidad con los errores de percepción de
+nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exento
+de imaginación y de fantasía. Una criatura sin imaginación es como una
+tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginación inicie su vuelo
+desde la cúspide del conocimiento<a name="page_016" id="page_016"></a> y no desde los abismos de la
+ignorancia. Las alas parten más raudas y seguras a hender los espacios
+cuanto más alta y sólida sea la atalaya de observación desde la cual se
+lanzan a volar.</p>
+
+<p>A la edad de diez y ocho o veinte años la mujer carece de aptitudes
+analíticas y de observación. El mundo es para ella una maravilla
+deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Y
+el amor tiene mayores garantías de éxito cuando emplea los cien ojos de
+Argos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido
+y su venda constituyen un símbolo que no resiste el menor análisis. Los
+símbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables.</p>
+
+<p>Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es en el alma la aurora
+del amor. Pero la hora de la poesía fascinadora no es la hora en que se
+ve con mayor claridad. Según el adagio vulgar, de noche todos los gatos
+son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el color
+de la ilusión. Acriollando el adagio, bueno será añadir que conviene
+huir de los «gatos» a toda hora, de noche, de día y entre dos luces.</p>
+
+<p>La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, más que
+enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambición de una señorita
+consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ahí que
+trate más de ser ella interesante que de ver quién podría ser
+interesante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente analizado,
+resulta una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bien
+explicado, un tomo de psicología femenina.</p>
+
+<p>Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud mental y espiritual
+para elegir o aceptar esposo&mdash;porque no siempre se puede elegir. Sólo
+después de diez años de frecuentar salones y alternar en el mundo se
+adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna
+probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de
+dejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 años
+nuestro<a name="page_017" id="page_017"></a> espíritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros
+sentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todo
+es emoción indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltación sin
+fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento sólo se
+alcanza con los años. Y aun es problemático, pues según un ironista
+francés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase, aguda y
+ligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla al
+ironista diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen».</p>
+
+<p>Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene haber bailado mucho,
+haber conversado mucho y haber «flirteado» algo&mdash;no mucho,&mdash;haciendo
+todo esto con espíritu observador e informativo, con intención fiscal, a
+fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendencias
+que más se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar con
+el sujeto ya bien conocido; no con una máscara. Asimismo, nunca es
+completo este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo,
+sino un lento y contínuo desenmascaramiento que sólo se hace total con
+el último abrazo en la hora de la muerte.</p>
+
+<p>Conviene también llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo y
+de sus pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar propio más
+agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que además de un
+escultor excelso, era un espíritu filosófico, hizo una vez la estatua de
+Venus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo
+que debían ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto el
+cenobio, el enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo se
+acepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de
+menudas pasiones que en ella bullen y se agitan.</p>
+
+<p>Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi marido, aficionado, como
+sabéis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad de
+las aves noctívagas pamperas, experimenté muchas impresiones en nuestro
+gran mundo. Varias veces sentí un principio<a name="page_018" id="page_018"></a> de amor, un interés
+repentino, una relampagueante emoción; pero luego aplicaba serenamente
+mi juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que lograba
+disiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres en
+general y confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable,
+pero es así. Yo procuré siempre hacer lo contrario. A cada caso
+particular apliqué una saludable desconfianza. Por último me enamoré de
+veras, con la reflexión y con el sentimiento. La reflexión me decía que
+mi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre además para
+luchar en la vida. Y a compás de estas ideas el sentimiento se encendía
+en amor. Pero antes de decir «sí» bailamos mucho, conversamos mucho, y
+yo, por mi parte, traté de verle el alma a la luz de un constante
+análisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di el
+más absoluto imperio sobre la mía. Sobre mi persona tenía él también su
+concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como él me
+imagina, que es el amor perfecto. Y siendo como él quiere, soy como yo
+quiero, y cuanto más le gusto más me gusto.</p>
+
+<p>Y así el esquife de nuestro amor marcha por el piélago de la vida,
+seguro de que nunca zozobrará...</p>
+
+<h3><a name="EL_NO_DE_LAS_NINAS" id="EL_NO_DE_LAS_NINAS"></a>EL NO DE LAS NIÑAS</h3>
+
+<p>Facilísimo es dar el «sí»&mdash;«el sí de las niñas»&mdash;como reza el título de
+la ingenua y cursililla comedia de Moratín, que hizo las delicias de
+nuestras abuelas. El «sí», a una proposición de matrimonio, cuando el
+proponente nos agrada, brota espontáneo, casi sin palabras; lo damos con
+los ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo
+con el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta última
+actitud, oprimir el brazo, asirnos a él, suele ser la más corriente como
+reveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el «sí»
+emplea mucha retórica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos,<a name="page_019" id="page_019"></a>
+mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no está
+verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque es
+buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como
+toda pasión vehemente&mdash;y es el amor la más vehemente de todas&mdash;es
+conciso en su expresión, monosilábico, casi mudo. La palabra muere en el
+nudo que la emoción forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia,
+en prosa y verso; todas las páginas amorosas de las novelas, en que
+salen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, los
+ángeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira,
+completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, no
+encuentra léxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar,
+pues el abrazo&mdash;el abrazo danzando, perfectamente admitido&mdash;nos ahorra
+el estudio del diccionario para dar con los términos académicos
+apropiados al caso. El concurso, la gente de un salón, que ve bailar, no
+advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un
+momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de
+fusión de espíritus, de enlace de corazones. Yo dí el «sí» así,
+bailando; pero lo dí sin palabras. De pronto, preguntó él: «Bueno,
+¿y?...» porque él también, como buen enamorado, era monosilábico, casi
+mudo. Mi respuesta fué oprimirle el brazo, latir como nunca he latido y
+mostrarle mis ojos húmedos. Y el hombre arrancó a valsar con tal furia
+que parecía movido por todo el carbón que emplea ahora la escuadra
+inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco más, porque el baile lo
+exigía. Bueno, amigas mías, entonces supe que es posible no morirse de
+felicidad. ¡ Ay, Dios mío, qué recuerdos!...</p>
+
+<p>Quedamos, pues, en que dar el «sí» es facilísimo; sale solo; se revela
+en la emoción que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muy
+alto el estado de nuestro ánimo. Lo difícil, lo árduo, es decir «no»,
+negarse a la relación solicitada. En esta ocasión es cuando ha de
+revelarse la educación de la mujer, su finura espiritual, los recursos
+de su ingenio.<a name="page_020" id="page_020"></a></p>
+
+<p>El «no» de las niñas requiere, no una comedia como el «sí» de las niñas,
+sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos de contraernos a
+un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al
+difícil trance de tener que decir «no» por culpa de ella misma. Porque
+es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su
+corazón no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás que
+tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que
+verdaderamente ella quiere; no pocas veces también por divertirse, por
+coquetería, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el
+disfraz del amor por pura satisfacción de orgullo. Y esto lleva a muchas
+señoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre,
+que toma por sentimiento real los fingimientos de que es víctima en
+forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de
+gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero
+propósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un
+hombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello el
+presentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertos
+indicios de que es persona grata, como se dice en términos de
+diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este
+error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal
+gusto, pues no se debe jugar con el corazón ni con las ilusiones de
+ningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso
+dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre
+que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun
+es mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error de
+ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y
+en el amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles de
+curar que las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, que
+cifra la razón de su vida en la correspondencia de nuestro corazón al
+suyo, merece por ello mismo nuestra atenta<a name="page_021" id="page_021"></a> simpatía, pues siempre es
+conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltación
+sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene&mdash;desde luego no nos
+conviene si no nos gusta&mdash;debemos hacérselo notar desde el principio con
+palabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle en
+forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y
+mezclando así la desesperanza o desengaño con el consuelo. Probablemente
+esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble,
+bondadosa, espiritual, exaltará más el amor del hombre, le hará más
+profundo y entrañable, desolará más su alma; pero no tendrá derecho a
+sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jamás, en
+fin, se debe alentar una pasión que no se tiene el propósito de
+corresponder. De todas las coqueterías ésta es la más condenable, porque
+implica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca reflexión y
+una torcida contextura ingénita de nuestro espíritu.</p>
+
+<p>Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el «sí» de las niñas. Y
+esta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con nuestra frivolidad y
+nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso,
+el trance, desagradable siempre, de decir «no» claramente ha sido
+buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo
+de engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que supusiera
+una posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa al
+plantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es
+atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que
+nunca pueda creerse engañado en sus observaciones respecto al estado
+efectivo de nuestro espíritu y de nuestra voluntad.</p>
+
+<p>Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en
+materia de psicología femenina, para los cuales no basta que la mujer
+rehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de percepción es
+disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el
+«no» desde el primer instante,<a name="page_022" id="page_022"></a> pues al que no entiende de razones con
+los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos.
+Siempre, claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de
+enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no
+es responsable de no ver, y hasta merece simpatía cuando observamos que
+la causa de su ceguera está en que el foco del corazón le ofusca la
+vista de los ojos. ¿No merece un poco de piedad un ciego tan sublime?
+Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy expeditivos en sus
+procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres
+impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta
+huracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, no
+brusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a la
+exasperación y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado.
+Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de sí mismo
+un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la
+gloria de unirse a él. La vanidad es un lente que aumenta las cosas más
+pequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en un ligero «titeo»
+educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a moderar el
+concepto fantástico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las
+da de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de
+la mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que no
+están en la persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunas
+novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de
+psicología femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de
+sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe
+emplear un «no» oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias
+confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de
+naturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza de
+complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en el
+apellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr la
+más apetecible conquista. Con éste el «no» tiene<a name="page_023" id="page_023"></a> que ser histórico. La
+mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera
+preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan
+un apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logran
+meterle en la historia.</p>
+
+<p>¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que no
+acabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una
+negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y
+espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el «no» es
+mucho más difícil que el «sí» de las niñas...</p>
+
+<h3><a name="EL_GANCHO" id="EL_GANCHO"></a>EL GANCHO</h3>
+
+<p>Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y
+combinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenteras
+y han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los escritores
+festivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo popular:
+«hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinada
+concierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendencia
+casamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género de
+intervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombre
+siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas
+negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las
+damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y aún
+cuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al auxilio
+de una dama antes que al apoyo de otro hombre.</p>
+
+<p>Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron
+por ello la cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» que
+han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el
+«gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron,
+en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables. Metternich y
+Talleyrand,<a name="page_024" id="page_024"></a> por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a este
+género de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos
+casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» para
+unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron
+las armas gracias a la feliz gestión casamentera de un canciller, que
+resolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que
+acabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos. Estos
+«ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de los
+pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes
+diplomáticos.</p>
+
+<p>El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debe
+desdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas en
+los anales de la humanidad.</p>
+
+<p>Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar,
+discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisión
+casamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar
+algunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza
+las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las
+voluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obra
+buena y simpática, pues tiende a proteger un amor concertado.</p>
+
+<p>Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este género de
+gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se pone a
+concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los
+designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro
+espíritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantánea
+y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor
+de relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la
+duración, pues es difícil mantener la vida en tan fulmínea tensión
+espiritual. Por esto en otra crónica hemos defendido las ventajas del
+rescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el amor.</p>
+
+<p>La psicología de la casamentera es, en el fondo, sencilla.<a name="page_025" id="page_025"></a> Su norma es
+la bondad. La idea de la felicidad ajena guía su intervención. La
+casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas,
+representación social, etc. «A Fulano le conviene Fulana». «A Fulana le
+conviene Fulano». Ella, la casamentera, concierta lo que podríamos
+llamar condiciones externas Combina matrimonios en frío, como un
+matemático resuelve una ecuación. No tiene en cuenta el estado
+espiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondencia
+entre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones laten
+a compás y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra,
+nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendo
+armónicas las circunstancias&mdash;armónicas a su parecer&mdash;el amor tiene que
+producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amor
+surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor,
+porque, donde no hay amor, todo es inconveniente.</p>
+
+<p>Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora las
+tormentas del corazón. Las solteronas muy metidas en años, cuya juventud
+no conoció el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieron
+mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las más
+inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazón,
+desconocen en los demás la onda emocional que constituye la base de toda
+relación amorosa.</p>
+
+<p>Las casamenteras ponen mucho empeño y mucha tenacidad en sus empresas.
+Se parecen en esto al diplomático que realiza un concierto
+internacional. Aconsejan, señalan las ventajas de la unión, presentan
+las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologías de él
+a ella y de ella a él, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento.
+Comprometido su amor propio, la casamentera incurre en exageraciones
+graciosas. Los ángeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Y
+se sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que en
+materia de amor, como<a name="page_026" id="page_026"></a> ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, el
+corazón tiene sus razones que no conoce la razón.</p>
+
+<p>La elección de consorte es el acto más íntimo, más importante, más
+trascendental de nuestra vida. Debe ser también, por lo tanto, el más
+autónomo, el más libre, el más exento de toda ajena influencia. No hay
+error en una elección a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le
+agrada, no por tener lo que los demás creen que es agradable. La
+felicidad está en la libre elección, en unirnos al ser que la
+Providencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestro
+espíritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueño
+propio y no las lógicas combinaciones de una casamentera.</p>
+
+<p>Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posición de
+quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la persona
+que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha
+de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condición
+indispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocándose en estas
+circunstancias, es difícil el acierto, pues como dice Byron «rara vez
+sucede que de un buen consejo resulte algo bueno».</p>
+
+<p>En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente que
+sólo desconoce la casamentera. Todo lo demás es circunstancial y
+accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posición social, todo es
+inútil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la
+afinidad de las almas, la adhesión recíproca de los corazones.</p>
+
+<p>Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinación con otras,
+aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el
+«gancho» recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja se
+hable y se trate, encontrándose de una manera «casual» en todas partes.
+De estos encuentros nace a veces un principio de simpatía, que las
+casamenteras fomentan con elogios hiperbólicos de la futura al futuro y
+viceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenos
+matrimonios de estas gestiones de las casamenteras.<a name="page_027" id="page_027"></a> Pero también es
+verdad que tales enlaces sólo pueden concertarse entre contrayentes que
+no tengan un gusto muy personal y definido, una individualidad
+espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida. Las
+casamenteras, en fin, sólo pueden lograr su objeto con personas de
+voluntad blanda, mente vacía y espíritu sugestionable. Tales personas no
+suelen ser las más desgraciadas; pues si bien la mente lúcida y el
+espíritu rico en sensibilidad producen muchos goces, también acarrean
+estas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolías. La
+mediocridad goza siempre el género de dicha que impera en el Limbo.</p>
+
+<p>No es fácil hacer con discreción el «gancho». En realidad la
+casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos son
+variadísimos, según las personas que se trate de unir, el medio social y
+las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por
+convertirse en confidente de cada una de las personas que trata de
+coyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga de
+ella, y aún aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejor
+que de él diga la señorita, y si no dice nada, la casamentera lo
+inventa. Este intercambio de elogios, traídos y llevados incesantemente,
+va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espíritus y
+encauzándolos en una tibia atracción, cuya mayor temperatura sucesiva se
+producirá con el trato y el trabajo continuo y vigilante del «gancho».
+En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderaciones
+de él a ella y de ella a él, una chismosa del bien, si vale expresarse
+así. Con relación a la galería, el procedimiento es más breve y
+sencillo. La casamentera se limita a decir: «todo está arreglado». Se le
+piden informes, detalles, y ella repite impertérrita: «le digo que está
+arreglado todo». En el círculo va pasando la voz: «todo está arreglado».
+Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse,
+debido a esa suave presión del medio, a la atmósfera favorable, al
+ambiente, digamos así, que todo el circulo de relaciones ha creado a la
+boda. La casamentera<a name="page_028" id="page_028"></a> ha sabido convertir a todo el círculo en
+casamentero. La pareja se encuentra unida sin saber cómo, y aquella
+opinión externa, tan unánime, tan complacida en su obra, tan convencida
+de la feliz armonía existente en la unión fraguada, acaba por ejercer
+una decisiva influencia en el espíritu de los futuros contrayentes, que
+ven la intervención providencial, el destino, el hado, donde sólo hubo
+el gancho mortal de la casamentera.</p>
+
+<p>Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en el hogar la autoridad
+y el prestigio que le dan su gestión anterior. Arreglará las
+desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeñas
+trifulcas domésticas. Juzgará sin apelación e impondrá la paz, porque
+ambos cónyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera
+casi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda
+solitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, pero
+con todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera.</p>
+
+<p>¿Salen bien los matrimonios formados así? Habría mucho que hablar sobre
+este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos,
+pues, muy pocas palabras. La felicidad, según un filósofo francés, no se
+conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la
+desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida
+íntima y constante. Y así, tanto peligro puede correr un matrimonio
+formado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave,
+cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vida
+diaria, eche sus raíces el cariño, porque es éste, el santo cariño,
+lleno del sentimiento del deber y de una rígida y caballeresca lealtad a
+la fe jurada, el que forma los sólidos vínculos de la vida matrimonial.
+Y en último término, todas las circunstancias preliminares de un enlace
+quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el pío pío que
+resuena en nuestro corazón.<a name="page_029" id="page_029"></a></p>
+
+<h3><a name="LAS_PLANCHADORAS" id="LAS_PLANCHADORAS"></a>LAS «PLANCHADORAS»</h3>
+
+<p>Comencemos por desvanecer el error en que el título de esta croniquilla
+pudiera inducir al lector. No se refiere el epígrafe a la respetable
+clase social que nos aliña las prendas internas, empleando ese producto
+que es el signo externo de la civilización: el almidón. No creemos
+habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de
+respetable clase social. Su misión no puede ser más importante. Gracias
+a ellas se produce en la vida cierta nivelación. Al contrario de los
+socialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clases
+altas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado.
+Colocado al alcance de todo el mundo, el almidón es un símbolo
+igualitario por ministerio de las planchadoras.</p>
+
+<p>Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino a
+las otras, a las señoritas que, en sentido figurado, se aplica este
+mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven
+relegadas o poco atendidas por los caballeros.</p>
+
+<p>Quedarse «planchando»... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da una
+impresión más completa de su poquedad, de su insignificancia en el
+mundo. Es un poco difícil determinar los orígenes y causas de esta
+desventura. Por regla general, se debe a que la «planchadora» no ha sido
+muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningún
+descubrimiento que merezca integrar las páginas de un texto de
+sociología, diciendo que suele haber más «planchadoras» entre las feas o
+poco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene
+rebeldes. La fea, que «plancha» por serlo, tiene dos causas de
+aflicción: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; la
+segunda envuelve una pesadumbre más profunda y definitiva. Expliquemos
+su psicología. Ninguna persona, y menos aún una señorita, naturalmente
+optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca es
+cruel del todo. A cambio de los pocos encantos físicos que nos concedió,
+suele otorgarnos<a name="page_030" id="page_030"></a> un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y así, aun
+a despecho de las acusaciones matemáticas del espejo, nos vemos de otra
+manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espíritu. Este
+encantamiento o autosugestión desaparecen cuando el juicio ajeno se
+pronuncia en forma de dejarnos «planchando». Todos nuestros optimismos
+sobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos
+sume en el más completo desaliento y en la más profunda de las
+tristezas. En tal sentido, «planchar» equivale a morir; y no es
+exagerada la afirmación, pues en realidad muere aquella favorable
+representación interna que de nuestra propia figura teníamos. De estas
+premisas exactas, nada cuesta deducir&mdash;y esto va para los hombres&mdash;que
+es un acto criminal dejar «planchar» a una señorita. Así, pues, un
+verdadero caballero, un espíritu culto, un hombre distinguido de frac
+adentro debe ser siempre solícito y obsequioso con las señoritas poco
+agraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusión
+sobre sus dones físicos. No confío mucho en ver seguido este piadoso
+consejo, pues los hombres siempre fueron y serán humildes esclavos de la
+belleza.</p>
+
+<p>Pero no todas las feas «planchan». No pocas de ellas se ven tan
+atendidas y solicitadas en los bailes como las más lindas. Una fea se
+defiende de la «plancha» con dos recursos: bailando bien y teniendo
+ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya
+una forma de belleza física. Un cuerpo flexible, ágil, con movimientos
+rítmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay,
+en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ángel, según
+el dicho español. El diablo o el ángel es ese grado de seducción que
+dimana de la simpatía, ese aire o nimbo de las figuras que es como el
+aleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta,
+tampoco «planchará». Una conversación amena, dotada de espíritu de
+observación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará siempre atendida y
+se verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida,<a name="page_031" id="page_031"></a> no
+pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse
+dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede
+«planchar» tanto por sobra como por ausencia de despejo.</p>
+
+<p>Frecuentemente se ven también algunas muchachas bonitas que «planchan».
+Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. La
+hermosura sin gracia, decía Ninón, es como un anzuelo sin cebo. Su
+espíritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compañía sea
+aburrida y tediosa.</p>
+
+<p>Las causas por las cuales se queda una «planchando» son muy variadas, y
+es difícil señalarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa la
+dueña de casa donde se realiza el baile. La función de la dueña de casa
+requiere una gran actividad diplomática, a fin de que todas las
+señoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto
+ha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de
+mundo. El fracaso de una señorita en un baile recae siempre sobre la
+dama que ofrece la fiesta. A este respecto contaré un triste episodio
+ocurrido no hace muchos años a una amiga mía, perteneciente a una de
+nuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta.
+Invitada a un baile aristocrático, entró en el salón y se sentó.
+Lanzáronse todas las parejas a bailar y ella se quedó sola. Su situación
+no podía ser más violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando el
+salón, le pareció un acto intempestivo; quedarse allí, sola y abandonada
+en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio de
+estas vacilaciones, agobiado su espíritu, rompió a llorar con la más
+profunda aflicción. Acudieron a ella, vino la dueña de casa, la
+preguntaron por la causa de su llanto, y respondió que se había puesto
+enferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatados
+de la verdadera causa de aquellas amarguísimas lágrimas, hicieron
+responsable del desaire a la dama que ofrecía la fiesta, la cual, a
+partir de aquel momento, resultó triste, medio aguada y deslucida.<a name="page_032" id="page_032"></a>
+Nunca olvidaré el mal rato que sufrí ante la situación desairada e
+inmerecida de mi amiga.</p>
+
+<p>Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances.
+Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situación personal de
+los concurrentes a la fiesta, de la relación entre jóvenes y señoritas,
+de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que se
+desconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una palabra,
+crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable,
+cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante y
+solícita a las que ya tienen cierta reputación de «planchadoras», para
+evitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la dueña
+de casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos de
+confianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las
+«planchadoras». Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosar
+al mismo caballero una «planchadora» toda la noche. Por eso conviene que
+el círculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente la
+carga. El mayor éxito, en fin, de la dueña de casa está en poner en
+circulación danzante a las «planchadoras», procurando aliviar la
+desventura de las proscriptas del baile.</p>
+
+<p>La «planchadora» ignora siempre las causas de su triste condición. La
+Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y así, cuando por
+bondad algún caballero la saca a bailar, se aferra a él, añadiendo a su
+condición de «planchadora» la de pelma. Le ocurre lo contrario que a la
+muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero,
+actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer un
+principio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere la
+murmuración a la «plancha».</p>
+
+<p>Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un «planchado» fortuito,
+casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailes
+con suerte y bailes con desgracia. He aquí un fenómeno superior a
+nuestra capacidad analítica. ¿Por qué en unos bailes<a name="page_033" id="page_033"></a> tenemos éxito y en
+otros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la belleza de la
+mujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos,
+voy a permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de mi
+experiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para el
+resto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar con
+buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el salón. Ello es de
+mal agüero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompañe al
+hacer nuestra aparición en la tertulia o sarao, conduciéndonos desde el
+«toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efecto
+seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el
+instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeños y discretos
+recursos nos iremos librando de la «plancha» en las noches de mala
+fortuna.</p>
+
+<p>No creo haber agotado este tema trascendental de las «planchadoras»,
+cuya psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un momento
+sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias útiles a
+las dueñas de casa y a las mismas señoritas que no tienen la suerte de
+atraer y sugestionar con el encanto de sus dones físicos y el hechizo de
+sus donaires espirituales.</p>
+
+<h3><a name="LA_MODA_Y_EL_DIABLO" id="LA_MODA_Y_EL_DIABLO"></a>LA MODA Y EL DIABLO</h3>
+
+<p>Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dicha
+del ocio para poder cultivar un poco mi espíritu con lecturas amenas y
+divagaciones estéticas. El ocio es la primera condición para poder
+disfrutar de las manifestaciones artísticas. Sin abandonar mis
+obligaciones sociales y mundanas&mdash;visitas, tertulias, juntas de caridad,
+bailes, saraos, funerales, bodas&mdash;consagro la mayor parte del tiempo a
+la lectura.</p>
+
+<p>Mi mayor placer es poner mi pobre espíritu en contacto con los espíritus
+excepcionales, sintiendo cómo ellos dotan de alas al mío con sus nobles
+pensamientos y elevada emoción, produciéndome algo así como<a name="page_034" id="page_034"></a> la gloria
+del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la
+conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en mí. Ya
+lo habréis notado por lo endeble y desmañado de mi estilo, por su falta
+de elegancia y de precisión, por su pobre ideológica y por esas fallas
+de sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada
+que haya sido nuestra educación. La sintaxis enseña a coordinar y unir
+las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como el
+espíritu de la mujer es por condición ingénita un poco incoordinable y
+caótico, sus maneras de expresión, tendientes al charloteo, a imitación
+del grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina del
+discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujeres
+para someternos también a ésta de la gramática. Nuestra única libertad
+en el mundo es la sintáctica. Y conste que no soy feminista. Pero de
+esto hablaremos otro día.</p>
+
+<p>Decía que mis mayores delectaciones están en la lectura. Mis autores
+predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filósofos, en
+quienes existe cierta armonía y un ponderado equilibrio entre las
+emociones del corazón y el vuelo de la mente. No gusto de los
+exclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageración y
+fantasmagoría; ni de los exclusivamente filósofos, constructores de
+sistemas, para cuya comprensión, además de carecer de cultura, no
+alcanzan las débiles luces naturales de mi entendimiento.</p>
+
+<p>¿Y a qué viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro día
+estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho más leer al
+glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las
+acotaciones del texto suelen tener un interés crítico y poético
+extraordinario. Gústanme también mucho más sus comedias, tan graciosas,
+tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombríos, con pasiones
+tan violentas y protervas que parece no cupieran en el frágil vaso de la
+naturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparon
+mis ojos con esta frase:<a name="page_035" id="page_035"></a> «La mujer es un manjar de los dioses cuando no
+lo adereza el diablo».</p>
+
+<p>Quedéme suspensa y cavilosa. ¿Quién será este diablo aderezador? Ya
+sabéis que el gran poeta inglés se expresa siempre en una forma cortante
+y misteriosa. Su fuerza, más que en lo que dice, está en lo que sugiere.
+Sus frases nos sumergen en la meditación y el ensueño; nos llevan lejos,
+lejos, más allá de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no sé
+expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes
+mi pobre cabecita sufre vértigos y mareos. Para esclarecer los oscuros
+conceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenáculos que
+discuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus
+obras. Ignoro si los exégetas de Londres habrán logrado averiguar cuál
+es el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer un
+manjar de los dioses.</p>
+
+<p>Pensando, pensando, pensando&mdash;no sé si con acierto, pues a veces se
+acierta menos cuanto más se piensa&mdash;yo creo haber llegado a descubrir el
+diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda.
+No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo.</p>
+
+<p>Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud y
+constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismo
+diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista,
+desfigurado y quimérico. ¿Quién sino el diablo pudo inspirar el
+miriñaque, el polisón y, últimamente, sin ir más lejos, las faldas
+trabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil,
+deslizado? El miriñaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con su
+amplia circunferencia, era un atavío absurdo, es decir, nos parece ahora
+extravagante, pues en su época era natural, lógico y aun estético,
+porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hábito
+hace que la locura sea razonable. Dentro del miriñaque el cuerpo iba
+suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras<a name="page_036" id="page_036"></a> abuelas no
+sentían los estremecimientos que produce el aire al calar nuestros
+huesos.</p>
+
+<p>El diablo de la moda las hacía resistentes al frío, al viento colado, a
+la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos,
+nos da la calefacción del orgullo, de la satisfacción, del íntimo
+contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los últimos cánones y
+pragmáticas del lujo. Vino después el polisón, ese promontorio colocado
+donde la espalda cambia de nombre, aditamento fantástico, incómodo,
+grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que también
+pareció muy natural, muy lógico y muy estético en su época. Y, sin duda,
+tanto el miriñaque como el polisón tuvieron en su tiempo algo que los
+hacía atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. La
+prueba está en que nuestros abuelos asocian al miriñaque la evocación de
+su amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias,
+mezclan también a sus memorias el absurdo polisón. Nuestros mismos
+maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasito
+de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que con
+mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los
+latidos de nuestro corazón. Y es que, en el fondo, el diablo anda
+siempre en el atavío femenino; unas veces en forma de falda trabada,
+otras en forma de polisón y otras en el ruedo del miriñaque. Pero
+siempre es el mismo diablo; no hace más que trasformarse. Con estas
+trasformaciones el diablo se divierte y el mundo también. Y, en
+realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen del
+todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo de
+las gentes maduras: las últimas en nuestro gusto. El fin de todas es el
+mismo: irán a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen
+en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones,
+a otros gustos y a otros atavíos.</p>
+
+<p>La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el
+cuerpo, que es obra de Dios.<a name="page_037" id="page_037"></a> He aquí otro indicio de que la moda es
+inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino de
+corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. Ya
+Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».</p>
+
+<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es">
+<tr><td align="left">&mdash;Pues ¿hay usos en los talles?</td></tr>
+<tr><td align="left">&mdash;Sí; yo me acuerdo haber visto</td></tr>
+<tr><td align="left">Usarse un año a los pechos,</td></tr>
+<tr><td align="left">Y otro año a los tobillos;</td></tr>
+<tr><td align="left">Y esto no es mucho, que en fin,</td></tr>
+<tr><td align="left">Consistía en los vestidos.</td></tr>
+</table>
+
+<p>¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle
+de su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse esta
+trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepción
+soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse que
+la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la
+arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si
+hubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El
+concepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de
+la mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterando
+el orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional y
+lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y a
+esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángel
+rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de
+trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad
+especial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la
+paradoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negar
+que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos
+a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué que
+sólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando está
+acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre el
+diablo está dejado de la mano de Dios. Pero<a name="page_038" id="page_038"></a> lo curioso es que, aun
+cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las
+normas dictadas por su genio maléfico.</p>
+
+<p>Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos que
+el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, ni
+la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante.
+Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debe
+a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismo
+en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términos
+más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud
+que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda
+trabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por
+contagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. La
+psicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasar
+inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos
+ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diablo
+en su doble forma de coquetería y soberbia.</p>
+
+<p>El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de la
+crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de
+conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el
+económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona
+con la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito
+de anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles,
+en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio
+de las modas es una contribución que la industria del pobre impone a la
+vanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutaciones
+calidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario del
+pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de la
+fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio
+espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la
+responsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren<a name="page_039" id="page_039"></a> a la
+burguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de
+confección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates.
+Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problema
+social.</p>
+
+<p>He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las
+modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga
+de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del
+conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de
+toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente.
+Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran
+méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir,
+que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe
+otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort,
+diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para
+alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé
+cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un
+ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la
+reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o
+ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es
+que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...</p>
+
+<h3><a name="LOS_TRAMITADORES" id="LOS_TRAMITADORES"></a>LOS «TRAMITADORES»</h3>
+
+<p>Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su
+apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir,
+del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las
+«planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin&mdash;tocar nada
+más&mdash;temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a
+los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el
+orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola<a name="page_040" id="page_040"></a> y la tristeza
+profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos
+temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en
+parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces
+literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi
+poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis
+que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como
+cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las
+palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda
+el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento,
+con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el
+escribir tiene algo del «crochet»&mdash;y yo hago muy bien
+«crochet»&mdash;confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es
+muy inferior al tejido de mis manteletas.</p>
+
+<p>Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes
+y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van
+formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora
+bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida
+social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero
+hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas
+aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de
+introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin
+tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que,
+habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos,
+insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean,
+una vez opulentos, alternar con lo más dorado&mdash;pase el galicismo&mdash;de
+nuestra sociedad.</p>
+
+<p>El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto
+laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.</p>
+
+<p>¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de los
+apellidos procéricos, de los que figuran en la historia de la
+independencia nacional.<a name="page_041" id="page_041"></a> Pero estos apellidos históricos, si no están
+sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se
+ven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar,
+no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen
+también aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia
+patria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, por
+entronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigio
+intelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestra
+última evolución republicana, en el ajetreo gobernante, político y
+parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra
+aristocracia.</p>
+
+<p>Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos,
+aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas décadas, en las
+cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria, se ha
+desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un
+poco heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En
+Europa la aristocracia está nítidamente definida: la componen los que
+pueden ostentar un título nobiliario, otorgado, justa o injustamente,
+por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable
+papel de barba. Pero siempre «papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de
+eso, felizmente. Nos limitamos a decir: «apellido conocido», «gente
+bien», «buena familia». Estos títulos&mdash;que acaso sean los mejores, los
+verdaderamente meritorios&mdash;constituyen nuestra alta clase social. Mas,
+como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el
+sentido estricto, compuesta de apellidos históricos (verdadera
+aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga
+tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos
+opulentos de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno:
+pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.</p>
+
+<p>Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. ¿Cómo se entra en
+este gran mundo? Aquí empieza la función del «tramitador». No es difícil
+esta<a name="page_042" id="page_042"></a> entrada, pues nuestro gran mundo es fácil, abierto, asequible.</p>
+
+<p>El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien», hombre, en fin,
+perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra
+aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la
+familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba
+por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora
+por grandes e hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la
+presentación. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre
+lleno de méritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por él
+mismo, con alfalfares magníficos y animales finísimos. «Hombres así
+hacen falta al país»&mdash;dice el «tramitador». Y tiene razón: estos son los
+hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada,
+muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor
+estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo
+más fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para
+la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará
+un día la gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras
+justamente ponderativas: «es una monada; muy linda; toca el piano
+admirablemente; habla francés como una francesa y recita versos de
+Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador» tiene también
+unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del
+terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último
+resume así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien».</p>
+
+<p>Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El «tramitador» está
+relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir dando a
+conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos.</p>
+
+<p>Al aventajado estudiante le apadrina en su presentación de socio en el
+Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá le organice un
+banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al
+que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco.<a name="page_043" id="page_043"></a> No solo por
+estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus
+relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio
+«tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las
+cuales toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada
+a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que
+todo lo prevé, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los
+diarios. De manera que la señorita desconocida empieza a ser mencionada
+constantemente en las crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad.
+Tiene también el «tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en
+la política o en el gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico
+estanciero. El terrateniente habla con el personaje político de
+problemas ganaderos y agrícolas, de la situación del país, de
+exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de novillos y pastos,
+etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de
+realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los libros.
+El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene
+que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy
+complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es
+nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisión
+informadora sobre la extensión de la aftosa. Los diarios dan cuenta de
+sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero,
+oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el país, justamente
+conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen
+al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por medio de unas
+parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pública,
+hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión
+directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la
+excelente señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su
+edad, a su posición y a sus gustos.</p>
+
+<p>Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva al brillo social a una
+familia que vivió siempre en<a name="page_044" id="page_044"></a> una discreta penumbra. En breve tiempo su
+nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene a formar
+parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá
+algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la
+ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo,
+es una de las condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social,
+pues prueba su poder asimilativo en estos rápidos procesos de remoción
+que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de
+sociólogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quizá
+alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva
+además un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto.</p>
+
+<p>Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas
+palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le inducen a ejercer
+estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas?</p>
+
+<p>Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras veces, el espíritu
+democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de
+diferenciación de algún reducido grupo, lleva al «tramitador» a
+convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente y la ya
+constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran
+mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones
+difíciles en el orden económico, estrecheces doradas, angustias
+domésticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos
+apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aquí que haya
+algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe de la familia
+tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al «tramitador»
+en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y
+por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia. Otras
+veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas
+alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale
+expresarse así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que
+da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una
+serie<a name="page_045" id="page_045"></a> de mutuos apuntalamientos, de combinación de anhelos, de
+asociación de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre;
+otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere
+sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el
+fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también amor. El
+equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario,
+de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la
+felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales,
+ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le
+falta, coordinándose así los deseos dispares.</p>
+
+<p>En estos casos, salta a la vista que el «tramitador» se está tramitando
+a sí mismo...</p>
+
+<h3><a name="LOS_AFEITES" id="LOS_AFEITES"></a>LOS AFEITES</h3>
+
+<p>Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de
+estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de
+lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la
+atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en
+Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur.
+En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a
+la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur
+dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para
+consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte,
+ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido
+es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de
+la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno
+individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del
+cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las
+neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes
+del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas,<a name="page_046" id="page_046"></a> como sumidas en sueño
+letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se
+producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones
+pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es
+que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera;
+pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con
+sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado.</p>
+
+<p>Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir
+si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede
+afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de
+la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas
+heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es
+muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico,
+teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la
+hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud
+originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes
+europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no
+contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A
+juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el
+arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto
+dice&mdash;pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi
+esposo&mdash;es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones
+sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de
+la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al
+sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo
+que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...</p>
+
+<p>Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear
+o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura
+natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a
+renacer ahora en forma alarmante.</p>
+
+<p>¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta?<a name="page_047" id="page_047"></a> ¿Engañarse a sí misma?
+Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la
+belleza pintada&mdash;suponiendo que esta pintura lo sea&mdash;es una belleza
+pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda,
+por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni
+en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está
+pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería
+menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más
+diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita
+pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y
+destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y
+fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la
+Naturaleza.</p>
+
+<p>Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces
+psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de
+los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos
+a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el
+historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas
+azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo
+tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y
+refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la
+tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los
+hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe
+también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido
+la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se
+estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen
+náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal
+pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los
+elementos trágicos de la Naturaleza.</p>
+
+<p>Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se
+simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que
+es donde reside<a name="page_048" id="page_048"></a> la verdadera belleza. La contextura orgánica de un
+rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los
+dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido
+o contrahecho.</p>
+
+<p>Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto
+fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose,
+con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto
+de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de
+la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».</p>
+
+<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es">
+<tr><td align="left">«&mdash;Un tiempo se dieron</td></tr>
+<tr><td align="left">En usar ojos dormidos;</td></tr>
+<tr><td align="left">No había hermosura despierta,</td></tr>
+<tr><td align="left">Y todo era mirar bizco.</td></tr>
+<tr><td align="left">Usáronse ojos rasgados</td></tr>
+<tr><td align="left">Luego, y dieron en abrirlos</td></tr>
+<tr><td align="left">Tanto, que de temerosos</td></tr>
+<tr><td align="left">Se hicieron espantadizos.</td></tr>
+<tr><td align="left">Las bocas chicas, entonces</td></tr>
+<tr><td align="left">Eran de lo más valido,</td></tr>
+<tr><td align="left">Y andaban por esas calles</td></tr>
+<tr><td align="left">Todos los labios fruncidos.</td></tr>
+<tr><td align="left">Dieron en usarse grandes,</td></tr>
+<tr><td align="left">Y en aquel instante mismo</td></tr>
+<tr><td align="left">Se despegaron las bocas,</td></tr>
+<tr><td align="left">Y, dejando lo jasifo</td></tr>
+<tr><td align="left">De lo pequeño, pusieron</td></tr>
+<tr><td align="left">Su perfección en lo limpio</td></tr>
+<tr><td align="left">De lo grande, hasta enseñar</td></tr>
+<tr><td align="left">Dientes, muelas y colmillos.»</td></tr>
+</table>
+
+<p>En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la
+evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.</p>
+
+<p>Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este
+dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra.
+Efectivamente, el<a name="page_049" id="page_049"></a> rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos
+así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los
+componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad
+psíquica. La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué
+género de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No
+será una personalidad real, con su espíritu revelado, sino una
+personalidad de farmacia o de fabricación química, esto es, lo menos
+personal que puede existir. De aquí que, el pintarse la cara, espejo del
+alma, equivalga a pintarse el alma misma.</p>
+
+<p>Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco
+escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el enmascaramiento
+físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad
+alguna en tales y tan deleznables artificios.</p>
+
+<p>Con todo, puede admitirse en las jóvenes este pueril error de pretender
+acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica
+siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los instintos
+son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este
+recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de
+edad, casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama,
+entrada en años, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el
+espectáculo más grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las
+arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. ¡Anular el tiempo con
+afeites! Debajo de la pintura está visible la realidad; y el aparentar
+treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela que los veinte de
+diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de pensamiento
+que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una vieja
+pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la
+serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la
+pintura es, en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a
+cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo
+desengaño, y causa risa ver una mujer engañándose a sí misma de que aun
+no está desengañada.<a name="page_050" id="page_050"></a> Según Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi
+marido, que lee filosofía alemana) las ideas y los sentimientos deben
+ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El
+afeite en las viejas viene a ser algo así como una chochera pictórica. Y
+la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se
+opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo,
+pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron.</p>
+
+<p>Nada más bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro
+estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría, todos los
+movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una ficción
+teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas
+se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes
+representados. Pero una señorita distinguida no debe representar más que
+un solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al
+crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida íntima y
+familiar no debe convertirse en una comiquería. Si yo fuera hombre no me
+casaría con una señorita que cambia de color su pelo. Tendría mis
+sospechas de que un día pudiera cambiar también su condición espiritual,
+y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con su
+propia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender a
+cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral hay
+siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte del
+mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo
+que quieran los historiadores y sociólogos modernos.</p>
+
+<p>La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la
+figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este
+humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para
+cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...<a name="page_051" id="page_051"></a></p>
+
+<h3><a name="LAS_PACES" id="LAS_PACES"></a>LAS PACES</h3>
+
+<p>Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la
+paz, en singular.</p>
+
+<p>La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o más
+naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y
+fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del amor en el
+matrimonio después de la discordia.</p>
+
+<p>Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más fácil hacer la paz
+que «hacer las paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No hay tal
+paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de
+magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace
+creer a los espíritus superficiales que este último tiene un arreglo
+infinitamente más difícil que el primero. Esto es un error de juicio,
+que consiste en atribuir a la extensión de la trifulca o pelotera
+internacional móviles más irreductibles a concordia que aquellos que
+determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son más
+duraderas porque sean más grandes. Hay guerras chicas que no se acaban
+nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años, mientras existen
+matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante.
+Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacer
+las paces».</p>
+
+<p>Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la paz hay reyes,
+diplomáticos, cancilleres, ministros, políticos, gobernantes, etc.,
+todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para «hacer las
+paces» no hay acción intermediaria y pacificadora, porque los
+guerreros&mdash;los cónyuges&mdash;empiezan por ocultar su propia guerra. En las
+guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor
+de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la
+vergüenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cónyuges simulan la
+paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce
+concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicación de
+la<a name="page_052" id="page_052"></a> guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta «hacer
+las paces». Así, pues, los contendientes, los cónyuges, han de buscar,
+en medio de su contienda, los métodos y las maneras de apaciguar su
+discordia. Y aquí está, precisamente, la dificultad. ¿Cómo ser
+simultáneamente, guerreros y diplomáticos, actores e intermediarios?
+¿Cómo suspender las hostilidades? Dicho sin metáforas, en lenguaje
+directo: ¿Quién ha de ceder primero? ¿Quién de los dos se anticipará a
+ofrecer el beso o el abrazo de reconciliación, forma protocolar de los
+armisticios conygales?</p>
+
+<p>Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es más fácil hacer
+la paz que «hacer las paces».</p>
+
+<p>Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores métodos para concertar
+armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva. Se trata de un
+punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento de la
+dicha eclipsada.</p>
+
+<p>Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No
+queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la
+deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y
+las leyes humanas. He aquí&mdash;volviendo a nuestro primer argumento&mdash;uno de
+los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz.
+Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles
+en absoluto.</p>
+
+<p>Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la
+tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la cólera, un
+concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una fruslería
+en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino,
+irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo
+antípodas, no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más
+espirituales son los cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a
+otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la
+derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde
+una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espíritus ricos en
+sensibilidad y emoción, cada sentimiento<a name="page_053" id="page_053"></a> tiene su contrafigura. Quien
+es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin límites. Sólo en el
+teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola dirección;
+es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta de
+como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista.
+No hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne
+y hueso, con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus
+pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de
+los demás. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede
+hacer muy felices, pero también muy desgraciados: nos dará grandes
+ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y también tristezas
+agobiadoras y melancolías profundas. A un alma muy amorosa y tierna le
+hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descortés, un acto
+egoísta, en una forma mucho más aguda que a los seres de sensibilidad
+normal. Y así su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarán al
+punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la
+venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es
+pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un
+sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro
+espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues
+la propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá
+dar escape al rencor en venganza.</p>
+
+<p>Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan
+inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas
+complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y
+rencor.</p>
+
+<p>Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio.
+Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la
+pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra
+hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría
+interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en
+llamarada de<a name="page_054" id="page_054"></a> odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor,
+aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.</p>
+
+<p>¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer
+las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del
+disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa
+la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta
+guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de
+los contendientes no se rinda a discreción.</p>
+
+<p>Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso
+el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la
+persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo.
+Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe
+emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un
+incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor.
+Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser
+veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta
+bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con
+cortesía te echa rosas a la cara».</p>
+
+<p>La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón.
+Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la
+sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección
+está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»&mdash;dice Miguel
+Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas&mdash;.
+Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra
+felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo&mdash;dice San
+Bernardo&mdash;; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro
+realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que
+dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra
+intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón.</p>
+
+<p>Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a<a name="page_055" id="page_055"></a> los santos
+escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan
+Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la
+mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una
+fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan
+Crisóstomo&mdash;perdóneme el santo varón&mdash;debió llegar a la santidad por la
+influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía
+ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna
+ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna.</p>
+
+<p>Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los
+enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo
+constantemente su definición de la paciencia, una de las principales
+virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para
+«hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la
+paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la
+paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro
+la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que
+veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que
+sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el
+sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo,
+hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».</p>
+
+<p>Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a
+este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen
+de la bondad.</p>
+
+<p>Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos
+impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor
+propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por
+nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa;
+quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón.
+Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar
+los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.<a name="page_056" id="page_056"></a></p>
+
+<p>Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por
+una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me
+contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su
+espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo
+amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso.
+¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello
+en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba
+si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador
+para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado
+en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se
+agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso
+a toda palabra.</p>
+
+<p>Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que,
+por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que
+no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo
+que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no
+llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi
+pequeña ofensa.</p>
+
+<p>En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño
+anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce
+místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita
+azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo
+tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:<a name="page_057" id="page_057"></a></p>
+
+<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es">
+<tr><td align="left">«¡Ah, qué dulce es la sonrisa</td></tr>
+<tr><td align="left">Del hogar hermoso y tibio,</td></tr>
+<tr><td align="left">La recíproca mirada</td></tr>
+<tr><td align="left">Que denuncia regocijo,</td></tr>
+<tr><td align="left">Cuando al fin dos corazones</td></tr>
+<tr><td align="left">Se han fundido en uno mismo.</td></tr>
+<tr><td align="left">Y uno en otro confiados</td></tr>
+<tr><td align="left">Viven en su amor tranquilos.</td></tr>
+<tr><td align="left">¡Ah, qué santas alegrías!</td></tr>
+<tr><td align="left">¡Ah, qué goces no sentidos</td></tr>
+<tr><td align="left">Vuelan como blancas hadas</td></tr>
+<tr><td align="left">Por la cuna de los hijos!</td></tr>
+<tr><td align="left">¡Cada cuadro es un recuerdo,</td></tr>
+<tr><td align="left">Cada mueble es un amigo,</td></tr>
+<tr><td align="left">Cada lágrima es un beso,</td></tr>
+<tr><td align="left">Cada dicha es un suspiro!»</td></tr>
+</table>
+
+<p>Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay
+canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»</p>
+
+<h3><a name="CROTALOGIA" id="CROTALOGIA"></a>CROTALOGIA</h3>
+
+<p>Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que
+vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo:
+críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones
+oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los
+elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo
+bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor
+escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los
+movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado.
+Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito
+de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar
+de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra
+traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no
+tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su
+inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte
+embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro
+que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el
+quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un
+tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso,
+ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el
+instrumento<a name="page_058" id="page_058"></a> verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y
+por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que
+cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no
+como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas,
+fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con
+trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando
+mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una
+mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada.</p>
+
+<p>Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente
+en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. «¿Y cómo sabe
+usted que es bonita y joven?»&mdash;preguntarán mis lectoras. Deduzco que es
+joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en
+nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es
+linda por la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la
+belleza física y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las
+feas saben más gramática que las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin
+duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte,
+gran importancia la perfección ortográfica en una mujer bonita. Su sola
+presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será siempre más grata
+que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla con los ojos,
+apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que todo esto
+no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en
+cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este
+mundo.</p>
+
+<p>En la referida carta se viene a decir que las anteriores crónicas son
+excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los
+temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según palabras
+textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más
+divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.</p>
+
+<p>Reconozco la razón de la señorita que me escribe.<a name="page_059" id="page_059"></a> Y ello me demuestra
+que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar bien.
+Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por
+tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los
+crótalos, nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo
+que mi comunicante quedará complacida, pues no hay nada más alegre que
+unas castañuelas. El tema sólo corre el peligro de no estar bien tocado.
+Pero téngase en cuenta que si no es cosa fácil tocar bien las
+castañuelas, aun es más difícil escribir sobre ellas, abarcando todos
+los puntos de su historia gloriosa y de su significación en el arte y en
+la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las edades
+clásicas y de los modernos tiempos.</p>
+
+<p>Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es invención mía. Sirve
+ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el señor
+licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo
+un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en
+catorce capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la
+monografía más perfecta y acabada del arte castañuelero. El licenciado,
+hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las
+castañuelas, lo cual no impide que enseñe en catorce capítulos cómo han
+de tocarse. Para enseñar una materia no es absolutamente imprescindible
+saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía» del licenciado Francisco
+Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las Facultades
+modernas.</p>
+
+<p>Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentísimo en esta
+apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el
+Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de
+las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano» (oración
+memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en
+las castañuelas.</p>
+
+<p>Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador
+Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra
+al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su
+imponderable<a name="page_060" id="page_060"></a> «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus
+agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres
+o más y las traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del
+sonido que hacían dando unas con otras: así formaban un preciosísimo
+instrumento que tocaban con los dedos, además de un adorno gracioso y
+rico: y a lo uno y lo otro llamaban «crotalia», esto es, «castañuelas».</p>
+
+<p>Debió existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y
+esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano,
+pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al
+gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los
+hombres han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma
+Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto
+también precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su
+natural propensión a adornarse y a emplear en su servicio las mayores
+preciosidades de la Naturaleza»: Alude Plinio en estas palabras
+inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban como castañuelas.
+Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su «Crotalogía»:</p>
+
+<p>«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que
+escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que,
+además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda
+por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una
+almendra».</p>
+
+<p>Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era español, de
+Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a todo lo que
+significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador economista, ni
+un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que tales
+cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El
+español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete»
+con las damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se
+explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo
+los metálicos<a name="page_061" id="page_061"></a> crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda
+presentía que, al andar de los siglos, serían las castañuelas el
+instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del
+imperio romano. De manera que los «paliyos» no son una creación
+española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en España, la cual
+agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del palitroqueo. Por uno
+de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde su solio
+de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél
+instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su
+tierra nativa.</p>
+
+<p>Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la prehistoria de las
+castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los oídos; el
+repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan
+difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos.</p>
+
+<p>Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco
+Agustín Florencio estampadas en su monumental «Crotalogía». Habla
+extensamente de las maderas que deben emplearse en la construcción del
+instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sándalo,
+el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil
+teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano
+que prefería el leve y sutil sonido de las perlas.</p>
+
+<p>Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con
+el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se armonicen, usando las
+morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto,
+ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la correspondencia
+que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de los
+zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada
+que signifique armonía y gracia plástica.</p>
+
+<p>El último capítulo de la «Crotalogía» está consagrado a la manera de
+aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el capítulo más genial de
+la obra. Como el licenciado, según su propia declaración, no sabe tocar,
+tenía que inventar un método en que el maestro<a name="page_062" id="page_062"></a> no fuera necesario, o
+mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos pusiera en
+condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo de
+filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía»
+se sale también castañeteando.</p>
+
+<p>La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio de suprimir la
+enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que todo está
+librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no
+existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la
+«Crotalogía» es imprescindible y viene a llenar esta evidente
+deficiencia de los compositores. Para tocar las castañuelas no hay más
+que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo
+último escape está en la punta de los dedos. Ahora bien: como los
+nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía prever
+tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es
+una forma de tenerlo todo previsto.</p>
+
+<p>Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la acción
+pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio. Las
+castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada
+cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está
+principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado
+por Grecia y por Roma.</p>
+
+<p>Espero que habré dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de
+esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la
+gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la «Crotalogía» del
+licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro clásico muy
+divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los
+«paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y
+dése tres «pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en
+vuelo, que es la postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la
+acompañará mi jaleo con los sacrosantos: ¡olé! ¡olé!...<a name="page_063" id="page_063"></a></p>
+
+<h3><a name="ROSALIA_EN_LOS_CARPINCHOS" id="ROSALIA_EN_LOS_CARPINCHOS"></a>ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS»</h3>
+
+<p>La crónica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir
+de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los salones,
+Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de apellidos
+merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su marido,
+aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta,
+debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en
+Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La
+fortuna de Rosalía arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz
+y laborioso, que empezó de alambrador de campos y terminó en gran
+estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de
+su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros registreros de la calle
+Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El
+segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro
+patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué
+muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de
+Rosalía por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante
+y prestigioso Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora,
+que acompañó a San Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así,
+pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Pérez, representan la
+creación de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y
+los dos segundos, del Moral y Cámpora, significan el abolengo, la
+tradición, la historia patria. Y es natural que Rosalía luzca estos dos
+apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios.
+En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres líneas, bien
+merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la
+historia militar y política del país y la representación de los modernos
+progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga
+reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe&mdash;y muy justamente&mdash;su
+merecida representación<a name="page_064" id="page_064"></a> en nuestro gran mundo. Con los apellidos de
+Rosalía ocurre lo que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán
+los primeros». Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los
+primitivos Arregui y Pérez sientan cierto íntimo orgullo por su
+entronque con Cámpora y del Moral.</p>
+
+<p>Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía:</p>
+
+<p>
+«Los Carpinchos», julio 15 de 1916.<br />
+</p>
+
+<p>Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto te recuerdo desde
+este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el invierno, si no
+como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar
+intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa,
+queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas
+y me río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más
+divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario
+conocer mucho el espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice
+ciertas cosas; qué fin tienen determinados conceptos; a quién se dirige
+tal frase; cuál es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intención
+que guió la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que
+me divierto leyéndote. A Ricardo le digo siempre: «Mira, esto lo dice
+Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc.» De
+manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto.
+Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué no vienes a pasar
+unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades,
+aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos
+rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos.</p>
+
+<p>Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente. Al principio me
+aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice nuestro
+noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí
+viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen
+las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las
+mismas desventuras y las<a name="page_065" id="page_065"></a> mismas alegrías que en la ciudad más populosa.
+Es cuestión de saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos
+rodea. El espectáculo del mundo, más que en el mundo mismo, está en los
+ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en «Los
+Carpinchos» y en el teatro Colón. «Visto un león, están vistos todos los
+leones; vista una oveja, están vistas todas las ovejas»; y vista una
+persona, casi están vistas todas las personas. ¡Qué bien dirías tú todo
+esto que yo no acierto a expresar sino en términos de una humilde
+pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones,
+vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades.
+Tenemos dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es
+ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta»
+está en la pulpería, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere
+a éste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de
+veras. Y es inútil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a
+quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero éste está
+entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora
+celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin,
+como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac,
+chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un
+pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los
+instintos son los mismos y los corazones arden igual.</p>
+
+<p>Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que
+son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de patitos, que no te
+puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay
+inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar los
+reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos.
+Tengo también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el
+esquife de Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes!
+Nadan entre los patos con el aire de dos señores feudales entre una
+plebeya y vil democracia.<a name="page_066" id="page_066"></a> Doy también grandes paseos por el campo. Y me
+quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pájaro, tan
+elegante, tan señoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su
+manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas
+tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando despacito por la
+pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro,
+acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada.
+Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los
+símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta
+elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es
+tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico,
+estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una
+delicadeza encantadoras. Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el
+pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan.</p>
+
+<p>Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la ópera que se va a dar
+en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de
+las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el
+campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos
+potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que
+desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte,
+curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire,
+las lluvias, le da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es
+necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como
+antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulación, se
+metió a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las
+provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los
+Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo
+iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantásticos que
+vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde, para hacer
+ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo,<a name="page_067" id="page_067"></a> que
+estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude
+lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos
+fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios,
+sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso&mdash;ya conoces a
+Ricardo&mdash;me hizo comprar no sé cuántos trajes; me regaló un montón de
+alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como dicen los españoles. Cuando
+volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había comprado no valían
+nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras. ¡Qué apuros!
+Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín. Todos los
+días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan altivo y
+tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes,
+que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan
+triste y tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar;
+prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa
+manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y
+felices». Total: vendió todas las tierras, casi media Rusia, por la
+quinta parte de lo que habían costado. Y como no alcanzaba para pagar,
+tuvo que vender también dos estancias de las tres que teníamos. Nos
+quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan
+delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho
+cariño al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco
+Arregui nos hemos salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué
+temporal, querida Marianela, qué temporal hemos corrido!...</p>
+
+<p>Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó, como te digo, la
+estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo:
+«¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los Carpinchos?»&mdash;«Yo
+me entierro contigo en el fin del mundo»&mdash;le respondí. Gran abrazo. Los
+abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad. Levantamos
+la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes,
+a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta<a name="page_068" id="page_068"></a> de vagos que puestos en
+fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos»,
+a trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita
+que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice
+Ricardo que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas
+ovejas. «A la vuelta de pocos años&mdash;me dice Ricardo&mdash;nos podremos
+farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de
+trescientos mil pesos de renta».&mdash;«¡No, Ricardo, no por Dios!&mdash;le
+digo,&mdash;porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con
+insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías que ir a ver
+a los señores gerentes, que Dios confunda».</p>
+
+<p>No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; aún relucen
+las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche; almuerza en
+cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras
+veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote,
+un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene
+hacia mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se
+fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a
+cenar. Mientras cenamos me hace la crónica social de todos los ranchos,
+que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es
+la misma, como te he dicho; sólo cambian el medio, las formas y los
+trajes. La humanidad es una misma edición; sólo varían las cubiertas;
+unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica; pero el
+contenido es igual.</p>
+
+<p>Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una escena que quiero
+contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero
+muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues bien:
+muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos
+gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace
+esta reforma:<a name="page_069" id="page_069"></a></p>
+
+<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es">
+<tr><td align="left">«No debo nada,</td></tr>
+<tr><td align="left">Ya soy feliz</td></tr>
+<tr><td align="left">Con Rosalía...»</td></tr>
+</table>
+
+<p>Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que deja tamañito a
+Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su
+estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es
+magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda
+magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones.
+Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca;
+pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío.
+¿Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo,
+hijita! Su energía pulmonar, sin entonación musical, como un grito
+primitivo, me produce una embriaguez y una emoción superior a todos los
+poemas. Todas las galanterías y todas las finuras que me dijo de novio
+en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese
+grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo.
+Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta
+tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado, ¡oh!
+apasionadísimo...</p>
+
+<p>Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. «Te
+aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires.
+¿Quieres que nos vayamos por unos días?»&mdash;«No me aburro&mdash;le digo;&mdash;no
+hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra
+todo el mundo».</p>
+
+<p>Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y
+ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces&mdash;la verdad&mdash;se apodera
+de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre,
+satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un
+firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de
+todo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos,
+la culpa fué mía tanto como suya, quizá más<a name="page_070" id="page_070"></a> mía. Así, pues, quietos
+aquí, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...</p>
+
+<p>Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile
+que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me iba
+a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolví
+quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en una
+larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo
+mucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera
+deplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir al
+mostrador para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que el
+Presidente tuvo que andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que,
+como don Victorino está por caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobre
+todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son
+más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un Presidente, cuando está
+por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos. ¡Pobre don
+Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza,
+rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al
+fin, llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido
+llegar a todas partes. A mí me es muy simpático.</p>
+
+<p>Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejor
+abrazo.&mdash;<b>Rosalía</b>.»</p>
+
+<p>Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta a
+los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeño
+chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las mejores
+virtudes que pueden adornar a una mujer.</p>
+
+<h3><a name="EL_ARTE_DE_ESTAR_ENFERMA" id="EL_ARTE_DE_ESTAR_ENFERMA"></a>EL ARTE DE ESTAR ENFERMA</h3>
+
+<p>Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora.</p>
+
+<p class="r">«Los Carpinchos».</p>
+
+<p>Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por<a name="page_071" id="page_071"></a> pedirte dos veces
+perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad
+tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular donaire
+expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente
+conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus
+esperanzas y las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo
+perdón que te pido es por no haberte contestado antes. He estado
+enferma, como habrás visto en las crónicas sociales de los diarios,
+donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de
+mi dolencia. Hemos sido muchas las personas «importantes» que hemos
+sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dónde
+ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han podido influir
+las crónicas sociales.</p>
+
+<p>Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qué
+consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por
+dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que
+consiste en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de
+escuchar las locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal
+reside en sujetar la locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la
+verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa
+que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay
+locura. Pero a los músicos no les basta la razón para hacer arte, y de
+ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos máximos, deliquios,
+amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos, divinos estados de
+ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos delirios. Ordenar
+y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los
+músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en
+realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco
+rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama,
+sujetan a razón su melografía delirante; de donde se desprende que la
+razón, aun tratándose de locuras melodiosas, es y será siempre, antes
+que la<a name="page_072" id="page_072"></a> música, el arte de las artes, la facultad soberana del humano
+espíritu. Por lo demás, la música expresa sentimientos divinos, si bien
+tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revés de los
+ángeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra
+al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el uso de la palabra,
+con la que tanto se peca en la vida.</p>
+
+<p>Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza al salir del teatro.
+Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge&mdash;ya sabes lo cariñoso que es y
+cuánto se preocupa por mi salud&mdash;me advirtió que me abrigara bien. No
+hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al
+automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso
+del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose
+más de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos,
+chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido
+de agonía. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de
+cama.</p>
+
+<p>Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido. Ya le conoces. Es un
+médico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo,
+supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que los
+galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de
+palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos
+que el estudio y las preocupaciones científicas les han impedido
+adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la
+farsa fina, discreta, cortés, delicada. Pulido es en este sentido lo más
+pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los
+otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos hemos empeñado
+en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado mucho
+las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla
+y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en
+todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que
+acabará por ser el médico de cabecera de todas las familias conocidas.<a name="page_073" id="page_073"></a>
+La de Esquilón, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que
+cualquier almanaque.</p>
+
+<p>A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le
+estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retórica
+científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en
+tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras
+nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al
+conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión
+de sangre. Pulido, en su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y
+todas las palabras modernas de las Facultades de Berlín, París y
+Estocolmo.</p>
+
+<p>No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana
+estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que se había
+suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas,
+todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez
+repentina: no sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no
+quedara de mi cuerpo más que el molde externo. Parece que deliré algunos
+días, (sin pentágrama). Según me dice Jorge, te nombré varias veces:
+¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente.
+Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido
+decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que más
+pavor me causa es oir razonar a la locura.</p>
+
+<p>Felizmente no proferí disparates desatados ni formulé razones
+sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo pensando
+que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues yo,
+como casi todo el mundo&mdash;salvo unos cuantos seres
+elegidos&mdash;representamos la normalidad, traducida en la infinita
+extensión de la tontería en la tierra.</p>
+
+<p>Al entrar en la convalecencia pasé horas de profunda melancolía. Una
+tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño por su tamaño,
+grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis ojos con
+estas líneas: «La enfermedad es como citación y<a name="page_074" id="page_074"></a> último emplazamiento
+que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de
+religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de
+frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un
+sentido abismático, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha
+mucho el entendimiento. Lloré...</p>
+
+<p>Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí adquiriendo fuerzas,
+desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era más
+que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema
+de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás
+quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad
+apaga el valor y enciende el espíritu.</p>
+
+<p>Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quizá no las entiende
+bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas vulgares; pero la
+humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que
+cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos
+sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida»,
+«muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin
+entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así
+vamos, apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo
+sugirió la lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas
+horas, un verdadero estado de gracia.</p>
+
+<p>Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La
+tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su
+dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en
+el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he
+estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando
+estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor
+de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando
+por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si
+yo llego a morirme. Su respuesta fué muda,<a name="page_075" id="page_075"></a> pero elocuente. Nada
+espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte,
+pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña
+enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera
+inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.</p>
+
+<p>Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del
+interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al
+encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna.
+Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago
+votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan
+tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas.
+Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más
+estrecho y apretado abrazo.&mdash;<b>Marianela</b>.</p>
+
+<h3><a name="LAS_INQUIETUDES_DE_PETRONA" id="LAS_INQUIETUDES_DE_PETRONA"></a>LAS INQUIETUDES DE PETRONA</h3>
+
+<p>Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho,
+mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla.</p>
+
+<p>Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa
+suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es
+digna de un sitio preferente en el santoral.</p>
+
+<p>La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la
+economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de
+notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro
+en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que,
+entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el
+marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción
+Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la
+ganadería. Hace tiempo escribió una memoria&mdash;resumen de otras varias
+escritas en otros países&mdash;sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose
+del luminoso estudio que es mejor<a name="page_076" id="page_076"></a> sembrar donde las lluvias son
+regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y
+la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde
+en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del
+porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos,
+por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están
+inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional
+del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas
+irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de
+una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener
+que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la
+gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las
+fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no
+podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.</p>
+
+<p>Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un
+ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con
+un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide
+discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.</p>
+
+<p>Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga
+Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por
+todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere
+inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado;
+declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la
+oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y
+planimetrías en los desiertos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada?</p>
+
+<p>&mdash;Nada.</p>
+
+<p>&mdash;Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa
+tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo,
+sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando
+obtiene<a name="page_077" id="page_077"></a> un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica,
+es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos
+para hacerles partícipes de su íntima satisfacción.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando
+participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando a mí me nombraron presidenta de las «Hermanas de Santa
+Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a
+contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin.
+¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No
+vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil
+manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Crées que lo celebran?</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y
+ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte&mdash;¡qué
+quieres, Marianela de mi alma!&mdash;no me explico ese silencio, ni esa
+reclusión, sin dejarse ver de nadie.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué te importa?</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que
+Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el
+elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer
+cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás
+y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan
+más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que
+se puede hacer con la tierra.</p>
+
+<p>&mdash;Excepto adquirirla....</p>
+
+<p>&mdash;Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a
+mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como
+ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los
+rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes<a name="page_078" id="page_078"></a> que yo no soy
+politiquera&mdash;la mujer en su casita&mdash;; pero, claro, he tratado de
+explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de
+una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada,
+porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible
+esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la
+gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia
+de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas
+colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para
+trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice
+que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de
+Europa. ¿Qué más dará?</p>
+
+<p>&mdash;No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar
+carne que maíz.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!...</p>
+
+<p>&mdash;El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.</p>
+
+<p>&mdash;Pero si se lo come, ya no hay maíz.</p>
+
+<p>&mdash;Pero queda el chancho.</p>
+
+<p>&mdash;Es verdad. ¡Que tonta soy!</p>
+
+<p>&mdash;Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este
+punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...</p>
+
+<p>&mdash;Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin...
+nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en
+cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me
+conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio.
+Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré,
+supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el
+deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué.
+Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me
+agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.</p>
+
+<p>&mdash;El amor es un cristal de aumento.</p>
+
+<p>&mdash;Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de
+abstención. ¿Quién está tantos años<a name="page_079" id="page_079"></a> abstenido? Además, no tenía derecho
+Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le
+dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país
+necesita de usted»&mdash;le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía
+el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha
+sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es
+siempre el mismo hombre de acero.</p>
+
+<p>&mdash;El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el
+florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su
+origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo
+primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...</p>
+
+<p>&mdash;Creo que exageras, Petrona.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer
+herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su
+talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin,
+hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.</p>
+
+<p>&mdash;Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.</p>
+
+<p>&mdash;Es lo que digo yo.</p>
+
+<p>&mdash;Y todo el mundo...</p>
+
+<p>&mdash;Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me
+alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú crées?...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo no?...</p>
+
+<p>&mdash;¿No están seguros?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo.
+¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?</p>
+
+<p>&mdash;¿No tienen posición tus yernos?</p>
+
+<p>&mdash;Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el
+que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a
+saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo
+decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro<a name="page_080" id="page_080"></a> no llega; se
+queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá,
+en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que
+venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya
+acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones.
+¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano,
+después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan
+luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente
+copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta
+Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin
+de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le
+van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la
+del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a
+Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo
+va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor
+dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo
+he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis
+yernos son buenos y las muchachas lo mismo&mdash;ya sabes lo bien que las he
+educado&mdash;pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos,
+incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta
+gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué
+hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como
+puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con
+algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos
+muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo
+de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca
+abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado
+medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué
+esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona».
+Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos
+cuando los demás,<a name="page_081" id="page_081"></a> hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse,
+aunque haya que clavar a medio mundo...</p>
+
+<p>&mdash;No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.</p>
+
+<p>&mdash;Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se
+arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a
+mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de
+saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es
+así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo
+le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el
+mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el
+mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer
+unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz,
+ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy.</p>
+
+<p>Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.</p>
+
+<p>&mdash;Todo se arreglará&mdash;repito, por vía de consuelo.</p>
+
+<p>&mdash;Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber
+nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.</p>
+
+<h3><a name="PEQUENA_DEFENSA_DE_LA_MURMURACION" id="PEQUENA_DEFENSA_DE_LA_MURMURACION"></a>PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION</h3>
+
+<p>Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce
+con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado
+en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la
+murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente,
+victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe
+tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la
+crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue
+resistiendo con toda lozanía la condenación general.</p>
+
+<p>La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos
+ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos,
+y la vida<a name="page_082" id="page_082"></a> sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues,
+en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que
+sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con
+la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve
+ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de
+conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye
+poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces
+y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es
+un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir
+nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer
+armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi
+todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social.
+La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando
+su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los
+impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La
+murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección
+íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio
+esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter
+discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica
+franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía,
+más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración
+corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un
+alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde
+Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin
+duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y
+no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en
+vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa
+memoria.</p>
+
+<p>La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que
+ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros
+defectos. Con<a name="page_083" id="page_083"></a> tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos.
+De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su
+abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...</p>
+
+<p>El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo
+erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos
+de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi
+amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no
+saben que todos murmuran de todos.</p>
+
+<p>Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología
+del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve
+la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo
+son sus ímpetus de malicia, le perdono».</p>
+
+<p>He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la
+murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado
+tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se
+convierte, a su vez, en murmurador.</p>
+
+<p>La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde
+las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la
+murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de
+nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades:
+hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de
+expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los
+demás, se crucifica a sí mismo.</p>
+
+<p>Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista
+absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran
+poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay
+tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos
+demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica
+estética dimana el progreso de la belleza. El mundo<a name="page_084" id="page_084"></a> todo es un continuo
+rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la
+murmuración de sus hijos por los siglos inacabables.</p>
+
+<h3><a name="LOS_SECRETOS" id="LOS_SECRETOS"></a>LOS SECRETOS</h3>
+
+<p>El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines»
+y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos
+días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día
+quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774,
+leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba
+mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero
+le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con
+un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético
+secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo
+a todo el mundo».</p>
+
+<p>En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el
+secreto de la propagación de los secretos.</p>
+
+<p>¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas
+psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas
+estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos
+libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos
+trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo
+digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera
+paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra
+conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño
+cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante
+inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas,
+de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros
+quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en
+nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta<a name="page_085" id="page_085"></a> fijeza,
+esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos
+de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien:
+para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues,
+los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica
+de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe
+por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos
+criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí
+que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un
+cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su
+mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito.
+Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el
+esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su
+propio secreto.</p>
+
+<p>La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar
+son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos
+que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los
+demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito
+de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que
+nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también
+«reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia
+acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el
+deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que
+prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro
+motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una
+causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el
+verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una
+zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por
+sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola
+persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de
+tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la
+noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra<a name="page_086" id="page_086"></a> memoria se aligerasen,
+como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida
+interior. Respiramos...</p>
+
+<p>Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo.
+Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es
+un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto,
+conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que
+nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero
+en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a
+trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como
+dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible.
+Cada historiador, con unas cuantas verdades&mdash;si acaso las halla&mdash;arma su
+cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por
+la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi
+marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno&mdash;no recuerda
+cuál&mdash;que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la
+historia moderna.</p>
+
+<p>Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un
+secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un
+verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los
+agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar
+completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración
+radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro:
+los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los
+reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto
+mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se
+propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba
+de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto
+a voces.</p>
+
+<p>Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al
+trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por
+miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada
+instante.<a name="page_087" id="page_087"></a> La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen
+la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos
+y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto.
+Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más
+reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre
+justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de
+temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso.</p>
+
+<p>Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los
+secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona.
+Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos»,
+contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque
+todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen
+juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice
+Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena
+conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su
+marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna,
+perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece
+que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí
+eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo
+los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al
+relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el
+secreto de su vida.</p>
+
+<p>En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación
+conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La
+política no da más que disgustos... cuando se cultiva
+desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir
+que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el
+próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo
+que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa
+que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca<a name="page_088" id="page_088"></a> este deseo quien ha de
+nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don
+Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya
+no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que
+su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio
+estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto,
+llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda
+urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus
+luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería,
+puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me
+obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido
+ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre
+también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un
+estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona
+que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta,
+he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los
+intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo
+tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo
+el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.</p>
+
+<p>Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque
+confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo
+el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don
+Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar
+trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de
+Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del
+periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida
+organización. Y nada más sólido que don Eleuterio.</p>
+
+<p>El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir
+que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos
+perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en<a name="page_089" id="page_089"></a>
+cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que,
+alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no
+saber nada.</p>
+
+<p>Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga.
+Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.</p>
+
+<h3><a name="LA_DESVENTURA_DE_LUISA" id="LA_DESVENTURA_DE_LUISA"></a>LA DESVENTURA DE LUISA</h3>
+
+<p>Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme
+sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación
+con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos
+fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas
+las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a
+gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra
+«haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios
+de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un
+instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de
+amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar
+juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y
+Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su
+adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta
+lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas
+de Luisa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!</p>
+
+<p>&mdash;¿Tanto, tanto?</p>
+
+<p>&mdash;¡Mucho, mucho!</p>
+
+<p>&mdash;Pues ¿qué te pasa?</p>
+
+<p>&mdash;Que Daniel me abandona.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo! ¿Qué dices?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los
+hombres!...</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y
+los amamos en particular. Este es<a name="page_090" id="page_090"></a> nuestro error principal; error al
+cual se debe nada menos que la vida del universo.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te
+digo es que yo soy muy desgraciada.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué?</p>
+
+<p>&mdash;Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me
+abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la
+mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en
+casa&mdash;muy pocas&mdash;yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi
+siempre se marcha.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y a dónde va?</p>
+
+<p>&mdash;Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me
+mortifica y me desespera.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey?
+¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los
+maridos distraídos en devaneos.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo,
+viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías&mdash;porque, eso
+sí, es de lo más galante&mdash;pero, hijita, se queda allí.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces, tus celos...</p>
+
+<p>&mdash;Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se
+hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?</p>
+
+<p>&mdash;No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le
+querrías tanto. Un marido un poquitín calavera&mdash;un poquito nada más
+¿eh?&mdash;es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no
+suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los
+santos&mdash;suponiendo que los haya&mdash;no están bien más que en el cielo.
+Aquí, en la tierra, los calaveras&mdash;claro, con medida&mdash;son más amados que
+los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.</p>
+
+<p>Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y
+traduce así mis argumentos:<a name="page_091" id="page_091"></a></p>
+
+<p>&mdash;Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...</p>
+
+<p>&mdash;No he dicho zonzo; he dicho ángel.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en
+casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...</p>
+
+<p>&mdash;Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a
+tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y
+la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu
+desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.</p>
+
+<p>&mdash;La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar
+me regaló el día de mi santo.</p>
+
+<p>Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel
+no es bueno&mdash;agrega&mdash;porque me abandona».</p>
+
+<p>&mdash;¡Magnífico collar!&mdash;exclamo.&mdash;La mayor parte de los hombres son más
+capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una
+gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace
+buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes
+acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones
+sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no
+quiero meterme.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos
+que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo.
+Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le
+intereso!</p>
+
+<p>&mdash;No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!</p>
+
+<p>&mdash;O le interesa más el Jockey.</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato
+de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya
+mejor tiene que ser obra tuya.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo?</p>
+
+<p>&mdash;Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle<a name="page_092" id="page_092"></a> de ese centro hípico.
+¿Te enojas mucho cuando llega tarde?</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo no he de enojarme?</p>
+
+<p>&mdash;Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y
+más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura
+constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una
+piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de
+agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón
+para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada
+de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella
+que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no
+retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más
+solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la
+propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es
+nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la
+conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey
+Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de
+modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus
+amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que
+en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de
+arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo,
+en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás,
+Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno
+quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el
+amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la
+excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el
+otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la
+esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo
+de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta
+que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se
+quiere mucho se transige mucho.<a name="page_093" id="page_093"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo
+transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no
+transijo, ¡no transijo y no transijo!</p>
+
+<p>&mdash;Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la
+intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con
+bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas
+agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el
+enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego,
+ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a
+embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una
+loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes que disputárselo al Jockey.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me
+fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y se lo dijiste luego a él?</p>
+
+<p>&mdash;Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que
+gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y
+con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser
+de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas
+todos los caballos de carreras!...</p>
+
+<p>Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita,
+que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.</p>
+
+<h3><a name="DESAVENENCIA_TRASCENDENTAL" id="DESAVENENCIA_TRASCENDENTAL"></a>DESAVENENCIA TRASCENDENTAL</h3>
+
+<p>Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad
+inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del
+altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas
+en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar<a name="page_094" id="page_094"></a> yo de mi
+marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por
+qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo
+que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre
+lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos
+rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio
+ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo
+cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy
+convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón
+de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo
+mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo
+en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo
+particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que,
+procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni
+lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi
+alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas
+facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de
+mi casa, de mis amigas y del centro social en que&mdash;por dicha mía&mdash;me ha
+tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho
+basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables
+comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.</p>
+
+<p>Jorge, mi marido&mdash;lo diré una vez más,&mdash;es un hombre adorable. Toda
+palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante
+su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su
+nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos
+disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse
+otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en
+desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi
+marido.</p>
+
+<p>La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro
+años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de
+rulos rubios<a name="page_095" id="page_095"></a> que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros
+corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y
+allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia
+transitoria.</p>
+
+<p>Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola
+rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La
+diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y
+dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar,
+resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se
+ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras.
+De pronto dijo mi marido:</p>
+
+<p>&mdash;Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.</p>
+
+<p>&mdash;No lo creo&mdash;respondí.</p>
+
+<p>&mdash;¿No lo crees, o no lo quieres?</p>
+
+<p>&mdash;Ni lo creo ni lo quiero.</p>
+
+<p>&mdash;Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.</p>
+
+<p>&mdash;No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos,
+lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y
+de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los
+gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el
+gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son
+muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil
+sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más
+profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El
+martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les
+produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos.
+Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus
+justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son
+imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la
+educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no
+serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.</p>
+
+<p>&mdash;No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo<a name="page_096" id="page_096"></a> de hombre, no deseas
+que nuestro hijo se me parezca.</p>
+
+<p>En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del
+rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en
+mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos
+hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del
+sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su
+pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor
+inefable.</p>
+
+<p>&mdash;Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a
+ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres
+ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes.
+Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que
+pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser
+modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela,
+no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la
+espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace
+igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi
+ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá
+ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros
+sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de
+los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro
+humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y
+cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos
+recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma,
+ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras,
+se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan
+asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma
+manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma
+especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene
+personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una
+manera propia,<a name="page_097" id="page_097"></a> haciendo giros y piruetas que caracterizan la
+particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del
+espíritu que en el ámbito azul las mueve.</p>
+
+<p>Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia
+natural.</p>
+
+<p>&mdash;Pero hablábamos&mdash;me dice&mdash;del orden moral.</p>
+
+<p>&mdash;Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y
+diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres
+iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual
+a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de
+un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?</p>
+
+<p>&mdash;Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan
+bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como
+hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En
+todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas
+sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo
+expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos;
+que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y
+yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su
+alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por
+su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero
+quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas
+propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación
+personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara
+concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su
+inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera
+la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las
+demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un
+modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima
+personalidad.<a name="page_098" id="page_098"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más
+felices?</p>
+
+<p>&mdash;Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.</p>
+
+<p>&mdash;Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás
+que se parezca a tí.</p>
+
+<p>&mdash;En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la
+intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...</p>
+
+<p>&mdash;No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por
+tí.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos.
+¡Vaya una suerte que espera a la futura!...</p>
+
+<p>Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar.
+Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios
+parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.</p>
+
+<p>&mdash;Después de todo lo que hemos hablado&mdash;dijo Jorge&mdash;quién sabe la suerte
+que le espera en el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi
+alma!...</p>
+
+<h3><a name="LAS_REINAS_EN_LA_GUERRA" id="LAS_REINAS_EN_LA_GUERRA"></a>LAS REINAS EN LA GUERRA</h3>
+
+<p>En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta
+salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles
+en tiempos de Luis XIV.</p>
+
+<p>La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos
+sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el
+ajedrez&mdash;que es el remedo más perfecto de las batallas,&mdash;el desastre
+definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que
+alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus
+accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está<a name="page_099" id="page_099"></a> aún
+perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se
+acabó de una manera irremediable y definitiva.</p>
+
+<p>Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la
+reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la
+estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las
+batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin
+embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo
+de unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el
+rey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro
+reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el
+matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la
+complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre así
+en la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos,
+puede ocurrir&mdash;ocurre con frecuencia&mdash;que los deseos y simpatías del rey
+y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza,
+de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los
+monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño
+detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son
+inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico
+escritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de
+los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su
+círculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas,
+cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y
+los anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada la
+partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones
+tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en
+encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría,
+alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y
+errores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen
+pasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes
+y la Biblia.<a name="page_100" id="page_100"></a> Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre
+un pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.)</p>
+
+<p>Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ninguna
+reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan
+solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático,
+resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la
+reina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de
+todos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos
+de carreras.</p>
+
+<p>El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos,
+ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los
+príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos
+conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la
+reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las
+cuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido
+ocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historia
+aclara algo.</p>
+
+<p>Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es
+marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y
+contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales
+pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores.
+Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó
+los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y
+rusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido
+túneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le
+pusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.</p>
+
+<p>Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado una
+reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimo
+del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta
+influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está
+muy enamorado, la reina hará lo que<a name="page_101" id="page_101"></a> quiera. Y reinando sobre el rey, la
+reina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de
+creación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la
+mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha
+jugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a la
+majestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura.
+Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debían
+atenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme».</p>
+
+<p>La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey sea
+tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se mete
+en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo que
+el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no
+se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose las
+pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno con
+corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es
+un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a
+ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su
+sentencia, ser destronado.</p>
+
+<p>Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la
+prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus
+deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo
+infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútil
+me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes
+sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.</p>
+
+<p>Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «las
+historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede
+ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias
+nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infeliz
+en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que un
+puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren<a name="page_102" id="page_102"></a> con
+más frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas
+veces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer
+que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o
+plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, son
+muy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de los
+reinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo no
+entiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En tal
+sentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resuelto
+el problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el marido
+de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave y
+reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones
+republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten
+con más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no
+por mandato del rey o por antojo de la reina.</p>
+
+<p>En los magnos sucesos históricos, la reina se diferencia del rey por su
+menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A
+la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en
+cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la
+reina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y
+deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir:
+la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halle
+en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aún
+no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer
+que sean mejores ni más sensatas las que aparezcan sobre la tierra en
+las futuras edades. La reina, más instintiva siempre que el rey, tiene
+un juicio más exacto de la posteridad.</p>
+
+<p>Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate esta
+materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicación
+reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado
+en mi vida un palacio real ni he conocido nunca<a name="page_103" id="page_103"></a> a ningún monarca ni a
+ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que
+en el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra
+por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido
+a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta
+sociedad. El nombre y la opulencia&mdash;más aun la opulencia&mdash;determinaron
+que fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar,
+cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hice
+muy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestras
+conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia
+de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto,
+de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeño
+ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las
+reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...</p>
+
+<h3><a name="FRIVOLIDAD_Y_TILINGUISMO" id="FRIVOLIDAD_Y_TILINGUISMO"></a>FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO</h3>
+
+<p>El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una
+pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mi
+hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes,
+pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.</p>
+
+<p>La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas en
+sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía son
+mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi
+ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho
+esta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para
+lanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto
+algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos
+Aires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido de
+la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espíritu<a name="page_104" id="page_104"></a>
+ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio
+elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la
+sociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiere
+andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelas
+que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo que
+tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al
+día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad.
+Pero, para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no
+basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo
+el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las
+impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su
+cerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallen
+cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación,
+ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De
+ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan
+maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa!
+¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»</p>
+
+<p>Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa
+por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo que
+ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las
+molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana
+deseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella
+amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron
+lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad
+porteña. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones
+femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos
+salones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido en
+el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo
+que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común,
+para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estaba
+descontado que la<a name="page_105" id="page_105"></a> presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en mi
+casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mi
+marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere;
+¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las
+costumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez
+y que es inútil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy
+bien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por ser
+muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas.
+Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad más
+profunda.</p>
+
+<p>A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de
+muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muy
+lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal
+preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes:
+Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles
+merecen párrafo aparte.</p>
+
+<p>Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados,
+prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, como
+hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el
+talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si
+estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado,
+con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de
+colores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas,
+en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón
+remangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores se
+confunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arco
+iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su
+peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas.
+Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañana
+con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta
+que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias
+odoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino<a name="page_106" id="page_106"></a>
+apelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como
+de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de toda
+idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un
+coco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos
+jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar así
+el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos
+los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de
+vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en sus
+cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los
+sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendo
+perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.</p>
+
+<p>Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de los
+jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentaban
+un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigo
+de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña
+preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»</p>
+
+<p>&mdash;«Forfey»&mdash;repuso Pedrito.</p>
+
+<p>Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho.</p>
+
+<p>&mdash;«Forfey»&mdash;me dijo Jorge&mdash;es una palabra inglesa para significar que un
+caballo se ha retirado de la carrera.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estos
+jóvenes!</p>
+
+<p>En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrina
+Lucía preguntó:</p>
+
+<p>&mdash;¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía?</p>
+
+<p>&mdash;No entraron en el marcador&mdash;respondió el joven Evaristo.</p>
+
+<p>Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de los
+más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».</p>
+
+<p>Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante.<a name="page_107" id="page_107"></a> «Es cache»&mdash;dijo
+Enriquito, que entiende mucho de modas.</p>
+
+<p>Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Los
+jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significar
+cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No
+logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra
+verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era
+puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del
+espíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y
+oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los
+deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un
+espíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Para
+sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantos
+caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su
+cabeza en un ciprés.</p>
+
+<p>No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras
+riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo,
+de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta
+nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor
+estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la
+adquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros,
+prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en
+forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores
+aún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos
+mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hábitos de trabajo, sin capacidad
+de adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de
+otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos? Felizmente para
+ellos, pocos llegarán a octogenarios.</p>
+
+<p>¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estos
+sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el
+mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Y
+así,<a name="page_108" id="page_108"></a> durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu
+varonil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante
+blanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En
+aquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una
+inalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» como
+dicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer?</p>
+
+<p>Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de mi
+excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria.
+Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente y
+muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo
+afecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en
+todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo
+alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo
+casarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta,
+al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estos
+tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata.
+Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección de
+mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿por
+qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y
+tan ingeniosa?»&mdash;«No&mdash;me respondió;&mdash;no me atrevo, ni me conviene,
+porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de
+marisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola,
+y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».&mdash;«Bien hecho&mdash;la
+dije,&mdash;no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. No
+te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muy
+hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesilla
+se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las
+pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.</p>
+
+<p>Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa de
+aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por serme
+molestos. No veía la hora<a name="page_109" id="page_109"></a> de verlos desfilar a la calle. Todos ellos
+ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en
+nuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos
+ocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno
+está debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con
+la reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas,
+sobre todo Carmencita, que es la más frívola.</p>
+
+<p>Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a una
+salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estos
+tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos de
+la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más
+bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones
+provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su
+carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a
+su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréis
+sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De
+aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritus
+luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo,
+Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas
+benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se
+convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los
+escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán,
+por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en
+esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que
+antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las
+actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las
+cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y
+permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que
+habéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en
+espiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vida
+dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida de
+una<a name="page_110" id="page_110"></a> mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid
+de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad,
+insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»</p>
+
+<p>Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si me
+harán caso. Lo dudo...</p>
+
+<h3><a name="INES_Y_LOS_CIPRESES" id="INES_Y_LOS_CIPRESES"></a>INES Y LOS CIPRESES</h3>
+
+<p>Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar en
+sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a
+darme las gracias por haberla invitado.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué dices, muchacha!&mdash;exclamé&mdash;¡las gracias te las debo a tí por
+haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!</p>
+
+<p>Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.</p>
+
+<p>&mdash;No diga usted eso, señora.</p>
+
+<p>&mdash;Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame
+Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo
+comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.</p>
+
+<p>&mdash;Yo también la quiero a usted mu...</p>
+
+<p>La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su
+congoja lo que no pudieron expresar sus labios.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del
+aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno,
+bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a
+murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?</p>
+
+<p>&mdash;¿Por qué los llama usted cipreses?</p>
+
+<p>&mdash;¿No te parece bien puesto el nombre?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso,
+compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se
+parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no
+parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica.<a name="page_111" id="page_111"></a> Los demás
+árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en
+la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad,
+su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario,
+son todos iguales. Visto uno, vistos todos.</p>
+
+<p>&mdash;Como ellos.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste,
+melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el
+sentimiento del vacío y de la nada.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes
+en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni
+siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la
+jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa
+alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es
+triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino
+de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste.
+Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas,
+profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos,
+atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos
+últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los
+otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la
+vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la
+tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de
+ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada,
+abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en
+lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única
+diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros
+semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?</p>
+
+<p>&mdash;Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez
+que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo;
+el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo
+agradezco a usted...<a name="page_112" id="page_112"></a></p>
+
+<p>&mdash;Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de
+casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.</p>
+
+<p>&mdash;Lo dice usted por consolarme.</p>
+
+<p>&mdash;Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más
+que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso,
+me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di
+otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha
+enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy
+poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los
+35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para
+casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que
+Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más
+que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que
+por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice
+Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los
+jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa
+es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó
+también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no
+sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la
+noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua
+y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay,
+Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».</p>
+
+<p>Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a
+quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...</p>
+
+<p>&mdash;Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los
+minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?<a name="page_113" id="page_113"></a></p>
+
+<p>&mdash;Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé
+de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una
+palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por
+minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos
+debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones
+de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz
+baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó
+asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas.
+¡Qué galante!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!&mdash;exclamé, riéndome;&mdash;ya noté
+que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.</p>
+
+<p>&mdash;Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.</p>
+
+<p>&mdash;Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?</p>
+
+<p>&mdash;Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de
+Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró,
+en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que
+son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita&mdash;agregó
+con gravedad imponente:&mdash;después de haber estado en Longchamps y en
+Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a
+Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A
+Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y,
+sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse
+a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede
+vivir.</p>
+
+<p>&mdash;Y Enriquito, ¿qué te dijo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.</p>
+
+<p>&mdash;No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más
+elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la
+Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje,
+pero «previas» algunas reformas que me<a name="page_114" id="page_114"></a> explicó con gran riqueza de
+detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el
+día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un
+sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le
+dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».</p>
+
+<p>&mdash;¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?</p>
+
+<p>&mdash;Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido
+a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha
+traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se
+hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea
+usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los
+faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la
+elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en
+mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta
+definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la
+persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le
+agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me
+dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos
+inconvenientes de la conflagración».</p>
+
+<p>&mdash;Y con Ernesto, ¿cómo te fué?</p>
+
+<p>&mdash;A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no
+eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas
+este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones
+constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo
+completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la
+corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de
+pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted
+por los radicales?»&mdash;«¡Qué esperanza!&mdash;me respondió;&mdash;no es gente
+conocida...»</p>
+
+<p>&mdash;¿De manera que te aburriste en grande?</p>
+
+<p>&mdash;No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada<a name="page_115" id="page_115"></a> como la
+inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de
+muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el
+inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente,
+le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un
+tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto,
+redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.</p>
+
+<p>&mdash;Pues hay uno que...</p>
+
+<p>&mdash;¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí; estaba aquí anoche.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...</p>
+
+<p>&mdash;Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré,
+porque necesito su consejo. Mamá&mdash;ya la conoce usted&mdash;en siendo rico y
+persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene
+usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata
+que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...</p>
+
+<p>Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de
+estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y
+un poco intranquila.</p>
+
+<h3><a name="LA_FIESTA_HIPICA" id="LA_FIESTA_HIPICA"></a>LA FIESTA HÍPICA</h3>
+
+<p>Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo,
+límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la
+desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor.
+Todo es vitalidad, alegría, florescencia.</p>
+
+<p>La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera
+del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada,
+inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí
+misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media
+ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto
+tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del<a name="page_116" id="page_116"></a>
+Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta
+burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses»,
+embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del
+mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países,
+tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida
+bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc.,
+estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución
+social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos
+sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos
+países&mdash;un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco
+estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos
+en su total existencia&mdash;narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a
+sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco
+civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de
+la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de
+todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura,
+irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia
+entre el mar Caribe y el río de la Plata.</p>
+
+<p>También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante
+gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor
+Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los
+grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El
+hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los
+socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las
+tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el
+hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será
+modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una
+deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los
+«clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.</p>
+
+<p>Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las<a name="page_117" id="page_117"></a> tribunas populares
+a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de
+ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas
+disparadas por arcos a máxima tensión.</p>
+
+<p>Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas,
+han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos,
+los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de
+combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana.
+Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco
+rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados
+por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del
+aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado,
+ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo
+azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los
+caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.</p>
+
+<p>En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su
+belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales,
+de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo
+excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba,
+al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto
+pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al
+estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer
+aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y
+entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho,
+sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era
+el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban
+atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le
+oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus
+cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al
+encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.</p>
+
+<p>Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus
+accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún
+faltan por llenar. Se hablaba<a name="page_118" id="page_118"></a> al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del
+futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de
+«Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos.
+La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan
+competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría
+en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra
+carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de
+favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras
+anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el
+valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras
+circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para
+abrirse camino en las competencias de la política.</p>
+
+<p>Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el
+programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y
+pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo,
+una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente
+atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado&mdash;repuso
+éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país&mdash;; pero a
+ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted
+palpita».&mdash;«¡Ay, qué gracioso!»&mdash;exclamó la muchacha&mdash;«¡Es una
+declaración en toda regla!»&mdash;añadieron a coro los del grupo, celebrando
+aquel rasgo espiritual.&mdash;«¡Aceptado! ¡aceptado!»&mdash;decía ella, riéndose y
+siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose
+alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito
+obrigado...».</p>
+
+<p>Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas
+blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»&mdash;pregunté
+a mi marido.</p>
+
+<p>&mdash;El Payo.</p>
+
+<p>&mdash;¿El payo Roqué?</p>
+
+<p>&mdash;El mismo que viste y calza.</p>
+
+<p>&mdash;Viste y calza muy bien.</p>
+
+<p>Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo
+estaba aún resplandeciente, conservando<a name="page_119" id="page_119"></a> su ingénita gallardía y aquel
+garbo propio de los buenos mozos.</p>
+
+<p>Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga
+Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto
+remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que
+escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir
+en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.</p>
+
+<p>En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace
+los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en
+ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar.
+Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos,
+es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por
+los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este
+punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta
+forma de rendir homenaje a la mujer.</p>
+
+<p>La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito
+«Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño
+ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco
+y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque
+elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta
+«paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque
+adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar
+ganará»&mdash;repite todo el mundo;&mdash;el jaquet y la galera del propietario
+son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos
+infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo
+también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me
+animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto
+remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja
+sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como
+nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro
+del jaquet y la galera, infalibles<a name="page_120" id="page_120"></a> detalles de ganador que nos ofrece
+nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en
+los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia
+favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con
+lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular.
+¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos
+en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante.
+«¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión
+lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los
+radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»</p>
+
+<p>¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como
+perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el
+«dato» del jaquet y la galera!...</p>
+
+<p>Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y...
+cómo les fué?»</p>
+
+<p>&mdash;¡Al tacho!&mdash;responde mi marido.</p>
+
+<p>Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan
+inelegante!...»</p>
+
+<h3><a name="LAS_ANGUSTIAS_DE_MI_PROTEGIDA" id="LAS_ANGUSTIAS_DE_MI_PROTEGIDA"></a>LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA</h3>
+
+<p>Mi protegida Inesilla&mdash;ya os he hablado varias veces de ella&mdash;vino a
+verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante
+cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a
+mí me pasan no le pasan a nadie!...</p>
+
+<p>Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...<a name="page_121" id="page_121"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu
+presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate
+y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?</p>
+
+<p>&mdash;Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!</p>
+
+<p>&mdash;¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna
+desgracia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y le parece a usted poca desgracia?&mdash;dijo llorando y riendo a un
+tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna
+verdaderamente divina.</p>
+
+<p>&mdash;No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa
+de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ríase usted...</p>
+
+<p>&mdash;Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, gracias.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que
+Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...</p>
+
+<p>&mdash;Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro
+día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas
+Carmen y Lucía?</p>
+
+<p>Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba
+rápida:</p>
+
+<p>&mdash;¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me
+perseguía y que...?</p>
+
+<p>&mdash;¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había
+olvidado, porque creí que era una broma tuya.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.</p>
+
+<p>&mdash;Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?</p>
+
+<p>&mdash;¿No lo sabe usted?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!...<a name="page_122" id="page_122"></a> Entre los cipreses,
+como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.</p>
+
+<p>&mdash;Pues es Carlitos Nuezvana.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha
+declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...</p>
+
+<p>&mdash;La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus
+sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted
+que el pobrecito carece de sal en la cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos
+elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha.
+Sigue...</p>
+
+<p>&mdash;Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera,
+porque sus recursos de palabra son muy pobres.</p>
+
+<p>&mdash;El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee,
+no cultiva su espíritu y...</p>
+
+<p>&mdash;Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...</p>
+
+<p>&mdash;El ciprés.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus
+insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un
+honor ofreciéndome su amor.</p>
+
+<p>&mdash;Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...</p>
+
+<p>&mdash;Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues...
+claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos
+yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...</p>
+
+<p>&mdash;El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe
+abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no
+lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones
+para ser feliz.</p>
+
+<p>&mdash;Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por
+eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances
+produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me<a name="page_123" id="page_123"></a>
+produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que
+iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo
+renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía
+un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu
+eran lo mismo, inmóviles.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?</p>
+
+<p>&mdash;Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de
+elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones
+conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado.
+Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual
+adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»</p>
+
+<p>&mdash;Y tú... ¿qué le dijiste?</p>
+
+<p>&mdash;Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras
+que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su
+doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No
+hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que
+él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta
+frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben
+ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito
+pensarlo...»</p>
+
+<p>&mdash;Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué
+dijo ante esa filigrana de respuesta?</p>
+
+<p>&mdash;Dijo que él no lo había pensado; que...</p>
+
+<p>&mdash;¡Claro! ¡qué va a pensar él!...</p>
+
+<p>&mdash;Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no
+necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué
+sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me
+limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí
+asunto de capital importancia».</p>
+
+<p>&mdash;¿Y cómo terminó la escena?</p>
+
+<p>&mdash;Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle.<a name="page_124" id="page_124"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?</p>
+
+<p>&mdash;Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de
+su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés.
+En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado de
+usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Eh?...</p>
+
+<p>&mdash;Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia
+familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere
+mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las
+estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le
+van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé
+quién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en
+Callao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo!
+Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y
+en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el
+propio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada por
+no irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo... Mis
+hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me ha
+tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que
+tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que mi
+corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de
+sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua,
+romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la
+gran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...</p>
+
+<p>La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...»</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No
+parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no,
+estamos del otro lado.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos en
+casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabeza
+que su sobrino<a name="page_125" id="page_125"></a> pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría...
+¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en
+todo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por
+medio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro,
+con la boda todo se arreglaba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.</p>
+
+<p>&mdash;Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?</p>
+
+<p>&mdash;No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés,
+todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a
+disgusto.</p>
+
+<p>&mdash;Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...</p>
+
+<p>Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?</p>
+
+<p>&mdash;¡Con toda mi alma!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Le conozco yo?</p>
+
+<p>&mdash;Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...</p>
+
+<p>&mdash;¿Mi cuñado?... ¿Raúl?</p>
+
+<p>Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se
+agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero él?...</p>
+
+<p>&mdash;También él...</p>
+
+<p>&mdash;Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado?</p>
+
+<p>&mdash;Casi.</p>
+
+<p>&mdash;Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad! ¡claridad!...</p>
+
+<p>&mdash;Bueno... sí... se me ha declarado.</p>
+
+<p>&mdash;Y tú, ¿qué le has respondido?</p>
+
+<p>Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que sí!!...»</p>
+
+<p>Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida, angelito, hermana
+mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo,
+con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna!
+¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los
+espacios del cielo!...»</p>
+
+<p>Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé<a name="page_126" id="page_126"></a> qué nuevos sonidos
+arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo; con esta
+misma te casarás tú».</p>
+
+<p>&mdash;Sí, sí, ¡ay de mí!&mdash;dice tristemente mi dulce hermanita:&mdash;antes de
+llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas,
+con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!&mdash;¡y que
+no es orgullosa la señora!&mdash;; con los pagarés, con las hipotecas, con...</p>
+
+<p>&mdash;¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y
+montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra
+civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es
+como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl
+esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor.
+Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué
+feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar.
+¡Firmes!...</p>
+
+<h3><a name="LA_INUTILIDAD_DE_SAN_JUAN_BAUTISTA" id="LA_INUTILIDAD_DE_SAN_JUAN_BAUTISTA"></a>LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA</h3>
+
+<p>Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al
+andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica,
+el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera
+su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y
+conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos
+propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel
+giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir
+sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen
+hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y
+sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay
+que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los
+inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada,
+ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen
+Bautista,<a name="page_127" id="page_127"></a> vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su
+parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en
+su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima
+bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su
+presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte
+coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó
+la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el
+rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como
+toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la
+cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o
+canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la
+ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería
+orquestal.</p>
+
+<p>La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la
+vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos
+nunca en los asuntos de la casa ajena.</p>
+
+<p>Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan
+grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y
+«cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por
+eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el
+que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta
+ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.</p>
+
+<p>El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad
+sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al
+mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa
+pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el
+Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en
+nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero,
+aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su
+bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del
+primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán,
+adonde buena falta haría<a name="page_128" id="page_128"></a> llevar los registros, los libros y todas las
+cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía,
+espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.</p>
+
+<p>Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental
+para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en
+el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las
+mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones
+impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes.
+Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y
+cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando
+estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni
+contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De
+manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve
+más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los
+hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más
+tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y
+este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos
+libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto
+para otra oportunidad.</p>
+
+<p>Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo
+tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece
+las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la
+Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que
+una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas
+bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la
+propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a
+las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o
+al no pagarlos&mdash;porque de todo hay,&mdash;al casarse, al reproducirse y al
+morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último
+se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos
+encomiásticos que dicen, no<a name="page_129" id="page_129"></a> lo que el difunto fué en vida, sino lo que
+debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la
+diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la
+desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino
+infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los
+cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda
+recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del
+bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su
+remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado
+aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres
+en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas
+heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se
+olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la
+muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que
+un sauce.</p>
+
+<p>Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese
+santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un
+éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.</p>
+
+<p>Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires está corriendo
+gran peligro la institución bautismal. No es que la gente deje de
+bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto
+por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una
+trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o
+por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven
+población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos,
+Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc.</p>
+
+<p>Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho», «Chocho», «Cacho», «Gogo»,
+«Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby», «El Bebe», «Nenín»,
+«Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El rubio», «El
+negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El
+alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto<a name="page_130" id="page_130"></a>», «Pototo», «Poroto»,
+«Lalo», «El nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En
+fin... cuento de nunca acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto:
+«Mangacha», «Mecha», «Mechita», «Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca»,
+«La gringa», «Neneite», «Nenana», «La Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita»,
+«Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota», «Chiveta», «Matesa», «La
+gata», «Loló», etc., etc.</p>
+
+<p>Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un
+sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular en gracia a la
+exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién nacidos a
+la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de
+llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el
+Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos
+instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares
+cimientos reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan
+ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral,
+hágase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es
+aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra,
+pues ello origina una confusión anárquica por la cual se viene abajo
+todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles
+han ido metiendo pacientemente la filiación de las personas.</p>
+
+<p>Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeñables para caer
+en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyéndolos por apodos
+caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son
+sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor.
+No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e
+inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con
+esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles
+Rodríguez, Sócrates González. También se convierten en nombres algunos
+apellidos célebres. Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez.
+Las instituciones civiles y eclesiásticas admiten cualquier<a name="page_131" id="page_131"></a> nombre,
+fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de
+Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se le ha puesto el
+nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua Grecia
+filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de
+Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El
+gringo».</p>
+
+<p>Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos que los nombres.
+Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del carácter, a
+una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una
+determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo
+correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en
+esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la
+denominación correspondiente; porque si el individuo es tímido como un
+conejo casero, resulta paradógico ponerle el nombre de Napoleón. Pero el
+bautismo no tiene por objeto calificar con precisión a los nacidos, sino
+absolverlos del delito de nacer&mdash;porque se delinque naciendo&mdash;y evitar
+que, en el caso de nacer y morir simultáneamente, frecuente desventura
+doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se han estrenado
+en la vida con ningún acto molesto para los demás.</p>
+
+<p>El mote tiene, pues, cierta lógica cuando caracteriza al individuo. Pero
+los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones
+morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas ñoñerías,
+que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto
+contenido filológico.</p>
+
+<p>Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento
+instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón, giróvago
+fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina
+Salomé.<a name="page_132" id="page_132"></a></p>
+
+<h3><a name="SIN_PRESIDENTA" id="SIN_PRESIDENTA"></a>SIN PRESIDENTA</h3>
+
+<p>La intervención de varias y bondadosas amigas ha influido de modo
+decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de unos meses
+de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí
+toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en
+secreto entre los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona
+padece cierto «tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama
+excelente, perfecta esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas,
+sino también de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una
+buena mujer, cosa difícil, porque, según un filósofo (me lo ha dicho mi
+marido, que lee filosofía) la mujer es un hombre imperfecto.</p>
+
+<p>Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos
+recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una malhadada
+croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el
+hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio.
+Yo dije que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma,
+partícula diminuta del universo, pero con derecho opinante&mdash;que un
+grillo es un grillo y se le oye&mdash;el hombre señalado para la cartera de
+Agricultura por todo el mundo, incluídos los grillos, era Eleuterio, el
+marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y
+especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maíz, que
+debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de
+agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no
+debe estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el
+galicismo): mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto
+en ridículo a un hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola
+como Eleuterio. Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se
+entiende como es debido, es porque en ello interviene más la voluntad
+que el entendimiento. Por lo demás, cabe en lo posible que mi
+inexperiencia<a name="page_133" id="page_133"></a> periodística, en vez de un buen servicio, se lo hiciera
+flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a la candidatura
+de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por
+los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la
+intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede
+evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre
+es mucha.</p>
+
+<p>Felizmente, las paces están hechas, aunque haya costado casi tanto como
+concertar la paz europea. Las paces&mdash;díjelo ya otra vez&mdash;son más
+difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las
+negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón,
+muy unida a Petrona por su común afición a la política. No menor
+influencia han tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos
+chispeantes y graciosas epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez
+y Gámpora, dirigidas desde «Los Carpinchos», de donde no se mueve
+Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a su pastor en la soledad de
+los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a
+reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre
+corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos
+preceptos de las geórgicas de Virgilio.</p>
+
+<p>Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que
+no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una
+veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho,
+incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor
+que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de
+la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas
+por el viejo Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y
+de los afectos.</p>
+
+<p>Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno.</p>
+
+<hr style="width: 5%;" />
+
+<p>Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té en mi casa, principio
+del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como sólo se trataba
+de un armisticio,<a name="page_134" id="page_134"></a> celebrado con infusión de la China, no asistieron más
+que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de
+intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión
+del primer abrazo reconciliatorio.</p>
+
+<p>Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va
+dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su aspecto, claro
+está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a
+fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna vez
+las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La
+de Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió
+el marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral.
+Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la
+palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en
+silencio a las urnas, el doctor Esquilón enmudeció y echó mano de las
+más desaforadas violencias. Se discute aún si el tiro partió de la
+comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto,
+enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabrá nunca
+la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de versiones
+contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo
+único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón,
+privando al país de una de las laringes mejor organizadas para emitir
+sonidos articulados que, a veces, parecían conceptos para hacer felices
+a los pueblos. Todo terminó con una placa de bronce heroico sobre su
+sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas líneas laudatorias,
+resistentes a las lluvias, al sol y a la acción corrosiva del tiempo,
+que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda, quedóse sola,
+admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado fervor
+político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas
+cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el
+sufragio universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho.
+Pero, al<a name="page_135" id="page_135"></a> fin, todo tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica,
+la vida, páramo a raíz de la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a
+poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones.
+Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y
+hasta ofrece un continente risueño, cierta alegría discreta,
+disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro
+hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos de
+colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le
+pegó, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas,
+por otra más experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna
+simpatía que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo
+lo dicho: es muy simpática la viuda de Esquilón.</p>
+
+<p>Su gusto por la política dimana del interés que le merecen las luchas de
+los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento,
+los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas
+políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras.
+Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el
+juego de las actividades «partidistas», la maña de cada cual para
+triunfar, el deporte político, en una palabra. La tragedia de su marido
+parece que fuera un estímulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de
+haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a
+un luchador político.</p>
+
+<p>Petrona, por el contrario, tiene de la política un concepto utilitario.
+Le interesan los políticos, los que mandan o los que estén a punto de
+mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus
+yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego
+político, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a
+la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver&mdash;ya es
+hora&mdash;eso del maíz.</p>
+
+<hr style="width: 5%;" />
+
+<p>&mdash;Hace ya tiempo&mdash;digo a Petrona, para halagarla<a name="page_136" id="page_136"></a> y también por
+justicia&mdash;que Eleuterio debía ser ministro. ¡Un hombre que sabe
+tanto!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe
+apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda
+atrás, y el que charla, sigue viaje...</p>
+
+<p>&mdash;Para nosotras, para las señoras&mdash;salta la de Esquilón&mdash;la política
+está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo
+no sé qué falta, pero algo falta.</p>
+
+<p>&mdash;Falta la presidenta&mdash;dice Petrona.&mdash;elemento necesario,
+imprescindible, de toda presidencia completa.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cierto, Petrona!&mdash;exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la
+tersa frente;&mdash;ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué
+falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por
+eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más
+triste y más lúgubre que una capilla protestante.</p>
+
+<p>&mdash;Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores&mdash;apunta Petrona.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy
+triste&mdash;agrega Margarita.&mdash;Además, no se necesita mucha plata para que
+el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos,
+murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas
+de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que
+nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo
+he dejado ya el luto&mdash;las cosas ¡ay! no tienen remedio&mdash;es la fiesta que
+más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, Roque...!&mdash;exclama Petrona.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!&mdash;dice la de
+Esquilón.&mdash;Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que
+nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y
+aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las
+señoras.<a name="page_137" id="page_137"></a></p>
+
+<p>&mdash;Mi familia por parte de padre&mdash;dice Petrona&mdash;siempre fue roquista;
+pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a
+mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón,
+«concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»&mdash;añadió,
+dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.</p>
+
+<p>La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona
+y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como
+dice Ponson du Terrail».</p>
+
+<p>&mdash;Si Eleuterio me hubiera hecho caso&mdash;afirma Petrona, siempre atenta al
+positivismo político&mdash;otro gallo nos cantara; pero se fue con los
+cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy
+respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que
+vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en
+una bandeja de plata.</p>
+
+<p>&mdash;En política hay que moverse&mdash;dice la de Esquilón&mdash;; si no, no se saca
+nada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Claro!&mdash;asiente Petrona.&mdash;Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié;
+primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey;
+después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo
+siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y
+no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que
+los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.</p>
+
+<p>&mdash;Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las
+mujeres&mdash;afirma con aire sentencioso la de Esquilón.</p>
+
+<p>&mdash;Siempre&mdash;sostiene con firmeza Petrona.&mdash;Pero lo cierto&mdash;agrega&mdash;es que
+falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras,
+aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que
+ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo,
+siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos.
+Porque,<a name="page_138" id="page_138"></a> claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.</p>
+
+<p>&mdash;Así debe ser&mdash;digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política,
+deseo congraciarme del todo con Petrona;&mdash;así debe ser: el presidente
+preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.</p>
+
+<p>&mdash;Debía ser como las monarquías&mdash;agrega la de Esquilón;&mdash;que no hay rey
+sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el
+Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les
+obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la
+gente del pueblo, o la Constitución&mdash;no sé bien&mdash;exige que se asegure la
+sucesión de la corona.</p>
+
+<p>&mdash;En las monarquías&mdash;dice Petrona&mdash;todo marcha sobre seguro. En cambio
+aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a
+este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible.</p>
+
+<p>La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas
+angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me
+decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo
+palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe,
+también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina
+madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros
+círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas,
+preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus
+señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas
+veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes,
+según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en
+salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros
+cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los
+militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se
+inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse.
+Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se
+analizan<a name="page_139" id="page_139"></a> las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias.
+¡Eso, eso es política!&mdash;termina la joven viuda, asfixiada por la emoción
+descriptiva».</p>
+
+<p>Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el
+presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra
+viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la
+dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud
+está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero
+está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas,
+de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud
+monárquica, en una palabra».</p>
+
+<p>&mdash;Y menos mal&mdash;arguye Petrona&mdash;cuando, aunque viejita, hay presidenta.
+Pero ahora...</p>
+
+<p>&mdash;Tampoco la había&mdash;me atrevo a insinuar&mdash;cuando mandaba don Victorino.</p>
+
+<p>&mdash;Cierto&mdash;dice la de Esquilón;&mdash;pero era distinto que ahora; entonces
+estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y
+sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas
+sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su
+conversación espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había
+presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablábamos de
+política.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo&mdash;dice Petrona,&mdash;cuando quería saber algo de candidaturas
+ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no soy
+amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social;
+pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con
+Anita y, por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para
+estar enterada. Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada.</p>
+
+<p>Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al pie de la letra una
+sesión política tan importante y trascendental. Y hago punto. Sólo
+agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con
+Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...<a name="page_140" id="page_140"></a></p>
+
+<h3><a name="LA_ABUELA_DEL_REY_DE_LOS_CIPRESES_O_EL_ORGULLO_ANCESTRAL" id="LA_ABUELA_DEL_REY_DE_LOS_CIPRESES_O_EL_ORGULLO_ANCESTRAL"></a>LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL</h3>
+
+<p>El portero me trae una tarjeta: «Es una señora vie-jita&mdash;dice&mdash;, y
+pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce del Ebro de
+Nuezvana.</p>
+
+<p>Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla que tenga la bondad
+de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella para que me
+ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta
+severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.</p>
+
+<p>Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al
+leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los
+nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la
+pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses,
+respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me
+proponga que la ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe
+lo que ocurre.</p>
+
+<p>Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para
+menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más eminente o
+empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios como
+el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición,
+colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero
+ostentoso que imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo
+Palma en sus apologías de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y
+dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de
+Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oiría en
+Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data aún' de
+más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don
+Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que
+siguen casi lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue
+capitán de una de las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y
+Aragón en las exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco,
+creyendo que eran de oro los<a name="page_141" id="page_141"></a> quebrachos. Por espacio de tres siglos
+figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares,
+corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los
+diversos virreinatos de la era colonial, advirtiéndose su andariega
+presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el antiguo español
+aprendía la geografía andando.</p>
+
+<p>Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y
+Ebros&mdash;descendientes, naturalmente, de los anteriores&mdash;alcanzaron tanto
+o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la
+independencia y brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana,
+licenciado en derecho canónico, orador ampuloso y ergotista, figura
+entre los que proclamaban la necesidad de una restauración monárquica
+como régimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un
+Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas,
+combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.</p>
+
+<p>Hubo también, así en los tiempos antiguos como en los modernos, otros
+Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora
+sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en
+su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele
+gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras,
+en cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes
+patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros,
+la gloria de misia Melchora asume cierto carácter de guerra civil,
+familiar y casi doméstica, en la cual los manes heterogéneos libran gran
+trifulca e histórica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia
+las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por línea propia y
+marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las
+cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia altivez y de un
+orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna.</p>
+
+<p>Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia
+actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de
+España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los
+Nuezvanas<a name="page_142" id="page_142"></a> que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros
+de los Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de
+sus conquistas, exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por
+todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de
+España, viene a ser «la grande» de Buenos Aires.</p>
+
+<p>Pero todos estos timbres valdrían muy poco socialmente en nuestra
+democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta
+fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro
+insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco se
+apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las
+casas de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que
+realizaron la conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que
+después han valido un dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un
+Ebro, casi contemporáneo, hombre de matemáticas, educado en Inglaterra,
+obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de
+caminos de hierro, que luego cedió a los ingleses por sendas libras
+esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino, pero hizo el suyo
+admirablemente.</p>
+
+<p>Las tres ramas&mdash;Nuezvana, Ponce y Ebro&mdash;fueron poco fecundas y todo vino
+a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estériles,
+ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta excelente señora hubo
+de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas,
+casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia Melchora
+es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a quien
+le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según
+el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia
+Melchora, resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de
+las trincheras europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio.</p>
+
+<p>Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima matrona. Su defecto
+principal, el orgullo, está,<a name="page_143" id="page_143"></a> en parte, justicado por su grande y doble
+abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de
+adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre
+de Carlitos, murió) como sus nietos y yernos&mdash;sobre todo los yernos&mdash;se
+desviven por complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca
+faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de
+la Mirándola. Todo esto ha estropeado un poco el carácter de misia
+Melchora, haciéndola adquirir una idea desmesurada de sí misma. Por
+Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras razones, por ser el
+único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey
+del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un
+duque y grande de España y por la propia misia Melchora.</p>
+
+<p>Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco;
+pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de
+vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y
+posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo
+al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!...</p>
+
+<p>&mdash;¿La sorprende a usted mi visita?</p>
+
+<p>&mdash;Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con
+su presencia.</p>
+
+<p>&mdash;Muchas gracias, Marianela.</p>
+
+<p>&mdash;Está usted cada día más joven&mdash;la digo, aunque, en realidad, parece
+una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo.</p>
+
+<p>&mdash;No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques,
+hecha una ruina. Por un lado, los años&mdash;¡76, Marianela!&mdash;; por otro, los
+disgustos, que nunca faltan.</p>
+
+<p>&mdash;¿Disgustos, usted, misia Melchora?...</p>
+
+<p>&mdash;Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con
+usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo
+a pedirla que me ayude a resolver el problema.<a name="page_144" id="page_144"></a></p>
+
+<p>&mdash;Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.</p>
+
+<p>&mdash;Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al
+asunto. Sabe usted, como yo&mdash;mejor que yo quizá&mdash;que Carlitos, mi nieto,
+se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez
+de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en
+ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y
+serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla
+y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el
+muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No
+sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y
+desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido
+como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces
+lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho,
+porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He
+llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle,
+al irse, me ha palmeado a mí&mdash;ya sabe usted que Güemes es lo más
+cariñoso&mdash;y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor
+que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está
+en el sacramento con música de marcha nupcial.</p>
+
+<p>&mdash;El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran
+psicólogo.</p>
+
+<p>&mdash;Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha
+adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada.</p>
+
+<p>En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y ella?&mdash;preguntó.</p>
+
+<p>&mdash;Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace
+tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué
+pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...</p>
+
+<p>&mdash;Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a
+parar? Y el desinterés, sobre<a name="page_145" id="page_145"></a> todo en esta época, es una virtud
+bastante rara.</p>
+
+<p>&mdash;Ya sé que la quiere usted mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.</p>
+
+<p>&mdash;Y que la protege usted.</p>
+
+<p>&mdash;Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita
+protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían
+fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me
+corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la
+muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor
+propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado
+en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal
+niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la
+seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza
+que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»&mdash;me ha dicho con
+una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué
+seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, es encantadora!...</p>
+
+<p>&mdash;Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.</p>
+
+<p>&mdash;No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser
+inmortal.</p>
+
+<p>&mdash;Además, carece de fortuna.</p>
+
+<p>&mdash;El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se
+la concede&mdash;respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia
+Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres
+se defienden contra la vanidad de los ricos.</p>
+
+<p>&mdash;Carece, igualmente, de apellido.</p>
+
+<p>&mdash;No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy
+armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la
+vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo
+surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.<a name="page_146" id="page_146"></a></p>
+
+<p>&mdash;Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es
+espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no,
+pregúnteselo usted a su nieto.</p>
+
+<p>&mdash;El amor es loco, Marianela.</p>
+
+<p>&mdash;Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento,
+la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos padecemos estos
+defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a reprimirlos todo lo
+posible; porque, si la vanidad de los demás resulta intolerable cuando
+lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la
+suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un
+poquito.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.</p>
+
+<p>&mdash;Volvamos, misia Melchora.</p>
+
+<p>&mdash;Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en
+Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una
+carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenzó a ir a la
+Facultad; pero le daban vahídos, sobre todo cuando estudiaba derecho
+romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no había de
+defender pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está lleno
+de doctores, y ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicó
+a leer novelas francesas; las conoce todas. Y así ha completado su
+educación, que no deja nada que desear. Yo había pensado, si se casara
+con esa niña, regalarles «Los Chajales», un campo de veinte leguas, con
+quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastarían nada, porque
+yo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana,
+pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he
+hablado con Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía,
+Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos,
+siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar
+un gran apellido; es un Nuezvana,<a name="page_147" id="page_147"></a> y con esto está dicho todo: Por otra
+parte&mdash;ya se lo he dicho a Clotilde,&mdash;una vez casados los muchachos,
+todas nuestras cuentas quedarían arregladas; todo se quedaría en casa,
+unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se
+casará con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a
+mí y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no sé... me
+parece que la muchacha no está decidida. Y yo quiero salir de una vez
+del paso. Por eso he venido a verla a usted.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué puedo hacer yo?</p>
+
+<p>&mdash;Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija.</p>
+
+<p>&mdash;Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga
+usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no
+quieras, obligara a su hija a casarse, ¿usted aceptaría para su nieto un
+matrimonio así formado?</p>
+
+<p>&mdash;Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana,
+quede desairado y en ridículo.</p>
+
+<p>&mdash;¿De manera que usted cree que es más ridículo que Inés no acepte a su
+nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que casarse con él
+no queriéndole?</p>
+
+<p>&mdash;Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante todo Buenos Aires.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué culpa tiene Inés en ello?</p>
+
+<p>&mdash;Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla
+a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de
+la muchacha. ¿Quiere usted hacerme este favor? ¿Le parece a usted mi
+nieto digno de ella?</p>
+
+<p>&mdash;Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a usted
+hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «Los
+Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que
+aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su
+espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo
+feliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida.<a name="page_148" id="page_148"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea feliz con el apellido
+y con la fortuna de un Nuezvana?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos
+casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El
+matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido
+y fortuna, y no haber espíritu.</p>
+
+<p>&mdash;Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la historia lo dice.</p>
+
+<p>&mdash;Sí... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana
+pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la
+inmortalidad, como sus antepasados.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque,
+con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella dice que sí,
+lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto
+es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta?</p>
+
+<p>&mdash;Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a usted de dudas.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, Marianela.</p>
+
+<p>&mdash;No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a
+usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, gracias.</p>
+
+<p>Poco después salía de mi casa la excelente señora, habiendo dejado en
+ella cierta atmósfera de tradición secular, de enhiesto orgullo, de
+olímpica y desmesurada soberbia.</p>
+
+<h3><a name="DESAHUCIADO" id="DESAHUCIADO"></a>¡¡DESAHUCIADO!!</h3>
+
+<p>Señora doña Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.</p>
+
+<p>Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el
+resultado adverso de las gestiones a que me comprometí cuando tuvo usted
+la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta aflicción<a name="page_149" id="page_149"></a> mía
+del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno
+de merecimientos, han de causarles estas líneas, triste revelación de
+mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Hablé con
+Inesita. Hícela una narración de cuanto usted me dijo. Cuando oyó lo de
+«Los Chajales» con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la niña
+rompió a llorar de gratitud. ¡Es adorable la criatura! Pero su
+desconsuelo no tuvo límites cuando supo el estado adolorido, mustio y
+desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto,
+pedíla se sosegase y me expusiera su verdadera intención con claridad y
+sin temor. Y rompió la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin
+precisa ilación coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y
+los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas
+como ustedes se merecen. Me habló luego del alma, del corazón, de la
+vida, de la dirección de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de
+su verbosidad atropellada, fruto del aluvión tumultuario de sus
+emociones, díjome algunas cosas fundamentales y henchidas de un
+espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aquí todo
+cuanto ella me dijo en el seno de la más íntima confianza, la aconsejé
+que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo
+lugar en la mía), ordenara sus ideas en una carta dirigida a mí, y en la
+cual, con su habitual discreción, pusiera las cosas en su punto. Accedió
+a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted
+y su nieto sepan a qué atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no
+necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y
+oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con
+precaución a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancolía
+a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin
+de Werther, de aquel doncel alemán tan sentimental, tan tierno, el cual
+no hubiera servido para trompeta de órdenes de Hindenburg, pero que nos
+ha dejado, en cambio, el eco elegíaco de su dolor, espejo<a name="page_150" id="page_150"></a> perdurable y
+eterno modelo de los dolores de amor.</p>
+
+<p>Observara usted que Inesita me llama en su carta «hermana». Sería por mi
+parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo.
+Inesita está enamorada de mi cuñado Raúl y creo que ambos se han
+comprometido, sin más autorización que la de sus propios corazones. La
+familia de Inesita no lo sabe aún. Ahora bien: como Clotilde, la madre
+de Inesita, las tías y las hermanas de ésta son partidarias decididas de
+que la muchacha se case con Carlitos, héme metida en un conflicto, pues
+comprenderá usted que el fuero de familia me compele y obliga&mdash;a pesar
+de mi carácter poco dado a la lucha&mdash;a defender a mi cuñado en una
+pretensión que juzgo justa. Así, pues, mi respetable y querida misia
+Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie guíe su
+corazón, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y
+el mío, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mío
+empieza; porque no ha de escapar a la fina penetración de su
+inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposición de
+Clotilde y de sus hermanas, de las tías de Inesita, de las hermanas y
+cuñados de ésta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la
+cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un
+Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente.</p>
+
+<p>Por lo tanto, compadézcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones
+penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante,
+agregue usted que mi cuñado, desde el instante en que la niña le ha dado
+el «sí», se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era
+de suyo grande), de una manera extraordinaria. Está dispuesto a
+atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la
+muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos
+voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han
+convertido en amaparadora de su ideal, y no negaré a usted<a name="page_151" id="page_151"></a> que este
+papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltación valerosa
+en mi espíritu naturalmente apocado. El origen del valor está en la
+calidad de la misión que lo suscita y promueve.</p>
+
+<p>Una vez más lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto
+mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga.</p>
+
+<p class="r"><b>Marianela.</b></p>
+
+<p>Queridísima hermana mía. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de
+mí, menos que ordene mis ideas en medio de la turbación y de las
+inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en mí
+en sentimiento inexpresable, cuya única manifestación son las lágrimas.
+¿Por qué habré nacido, Dios mío? Mi existencia sólo sirve para hacer
+sufrir a los demás, sin culpa mía, bien lo sabes. ¡Ay, Marianela! Te
+escribo desde mi cuartito, a las dos de la mañana. Todos duermen en
+casa. Se han pasado el día atosigándome con sus planes, que no son los
+míos. La ventana está abierta. Las estrellas me envían sus resplandores.
+En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del
+Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazón. El astro adquiere figura
+de rostro humano... y a él van mis ojos imantados por su atracción
+irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espíritu recurro a
+las gloriosas alturas. Ello sólo indica que me faltan los medios de
+expresión humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas
+confusas y sin nombre que en ella laten, a través de los ojos de la
+carne, inundados de lágrimas, los ojos del espíritu se levantan al
+cielo, al gran misterio, y allí quedan posados en muda contemplación,
+suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no sé lo que te digo,
+Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde,
+haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos
+los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los
+genios, y no serán, reunidos, pálido reflejo del que yo siento por quien
+tú sabes. El cielo,<a name="page_152" id="page_152"></a> mi cielo, el universo, el mío, la eternidad, mi
+eternidad, la gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: y
+todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y
+sendas de espinas sin su compañía y sin el brazo suyo para conducirme.
+Mi alma ya no es mía; está trasfundida en otra. Mi corazón ha perdido su
+ritmo propio para latir a compás de otro. Mis ensueños navegan por el
+mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brújula que Dios
+me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi
+espíritu, inventa tú las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de
+que no existe en el vocabulario término alguno que alcance a reflejar mi
+éxtasis, el arrobamiento de este amor mío.</p>
+
+<p>Pocas palabras más. ¿Crees tú que en tal estado de espíritu puedo ni
+debo engañar a nadie, ni a mí misma? Yo deploro la actitud de toda mi
+familia. Mi pobre madre, mis tías, mis hermanas, mis cuñados, todos
+quieren que yo sea feliz, ¡quién no duda! Pero no se es feliz a la
+manera de los demás, sino a la propia manera. Yo creo en el desinterés
+de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin
+preocuparse de que, de soslayo, alcance también a otros. Ahora bien: la
+casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha.</p>
+
+<p>Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cuánto siento no poder
+corresponder a la vehemencia de su pasión, que nada hice&mdash;bien lo sabe
+él&mdash;por alentar ni infundir. Es un joven distinguidísimo, bueno, lleno
+de méritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser
+engañado con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se
+curará de su pasión, me olvidará. Con su apellido, su fortuna, su
+generoso espíritu y bello carácter, que valen más que apellido y
+fortuna, encontrará otra más digna que yo de los tesoros de su amor. Yo
+no puedo ofrecerle más que mi simpatía y mi gratitud por haber
+descendido a poner su ideal en mi humilde persona.</p>
+
+<p>Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su<a name="page_153" id="page_153"></a> generosidad. «Los
+Chajales» constituyen un verdadero reino; pero yo sería allí una reina
+intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazón, que ya no me
+pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engañada. Yo no puedo
+entrar en aquella casa, llena de tradición caballeresca, de noble
+altivez, de epopeya histórica. Me sentiría confundida ante los retratos
+que sirven de ornamento sagrado a los salones. El virrey, los
+conquistadores, el obispo de Chuquisaca, el oidor de Charcas, los
+patricios de la Independencia, el grande de España, todos los Nuezvanas,
+Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las páginas de la historia,
+cobrarían vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme: «¡Sal
+de aquí, falsaria, mentirosa, hipócrita, codiciosa!». Y tendrían razón.
+Yo andaría por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergüenza. Y
+las voces seguirían: «has venido aquí por dorar con los nuestros tu
+apellido oscurísimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de «Los
+Chajales» y de toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros
+descendientes; tú no estás enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros:
+¡eres una pérfida, una ambiciosa vulgar, una mujer despreciable, indigna
+de llevar nuestro nombre hidalgo y heroico!». ¡Ay, qué miedo, sobre todo
+cuando me mirara monseñor Nuezvana, el obispo de Chuquisaca, y me
+amenazara con el infierno, bien merecido por cierto!</p>
+
+<p>La misma mirada de misia Melchora no podría resistirla cuando
+escudriñara mis verdaderos sentimientos. ¡No, no!; pobreza, oscuridad,
+fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada por
+tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y
+compendio de todas las virtudes caballerescas.</p>
+
+<p>Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta tradición, que ella
+sabe mantener tan dignamente, hallará buenas mis razones y guardará un
+poco de simpatía para esta pobre muchacha.</p>
+
+<p>Te abraza con todo su corazón.</p>
+
+<p class="r"><b>Inés</b></p>
+
+<p><a name="page_154" id="page_154"></a></p>
+
+<p>Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra época. Y ello nos va a
+proporcionar a todos bastantes disgustos.</p>
+
+<h3><a name="LA_VIUDA_DE_ESQUILON_VA_A_MAR_DEL_PLATA" id="LA_VIUDA_DE_ESQUILON_VA_A_MAR_DEL_PLATA"></a>LA VIUDA DE ESQUILÓN VA A MAR DEL PLATA</h3>
+
+<p>Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externa
+no ofrece interés, basta para entretenerme. Sin embargo, sentíme ayer
+tarde acometida por invencible melancolía. «¿Qué hacer?»&mdash;me dije&mdash;. Y
+para combatir la murria, ocurrióseme ir a visitar a mi amiga Margarita,
+la viuda de Esquilón, en quien la sensibilidad y estado de ánimo
+constituyen siempre un divertido espectáculo. Pedí el automóvil y partí,
+rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnífico
+palacete.</p>
+
+<p>Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese
+desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por
+todas partes baúles abiertos, grandes y pequeñas cajas, enseres de todo
+linaje. La servidumbre iba y venía de un lado a otro, trasladando ropas,
+sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitación interna,
+apareció Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada, jadeante,
+encendida. Me tendió sus torneados y blancos brazos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Marianela!!!...</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te mudas?</p>
+
+<p>&mdash;Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy
+trabajando como una negra, preparándolo todo, y nunca se acaba. Las
+modistas se han demorado, y, por fin&mdash;¡ay, gracias a Dios!&mdash;hoy han
+traído lo que faltaba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pues no llevas poco equipaje!</p>
+
+<p>&mdash;Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter todo en menos
+espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que...
+¡ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre
+algunos vestidos... y también quiero que veas los<a name="page_155" id="page_155"></a> sombreros...; a ver
+qué te parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que ver
+también cuatro trajes de baño distintos... son preciosos... es decir,
+veremos lo que te parecen.</p>
+
+<p>Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las «ideas»
+no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenación y
+concierto de la palabra.</p>
+
+<p>&mdash;Me voy a poner el corsé&mdash;dice&mdash;para probarme los trajes: yo me los
+pruebo y tú apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme? ¡Dí que sí!</p>
+
+<p>&mdash;Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices todo.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno... voy a ponerme el corsé.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quieres que te ayude?</p>
+
+<p>&mdash;Como quieras; pero estoy muy ágil; un poco fatigada no más por los
+baúles; porque no me fío de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo
+más esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papelón.</p>
+
+<p>La ayudo a ponerse el corsé. No necesita este entallamiento artificial,
+porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de líneas correctísimas, dignas
+de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clásica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Estás lindísima, hijita!&mdash;exclamo, mientras corro los cordones del
+corsé.</p>
+
+<p>&mdash;Como si no me hubiera casado&mdash;dice ella, resumiendo en esta frase todo
+cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo.</p>
+
+<p>Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La
+doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos
+colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de
+violeta, de rosa; están todos los matices de la flora; unos muy
+escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me
+señala las medias, los zapatos, los sombreros y las «aigrettes»
+correspondientes. Los zapatos están en fila sobre un largo estante; más
+de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni<a name="page_156" id="page_156"></a> altos
+ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas
+combinaciones.</p>
+
+<p>Todos los trajes le quedan admirablemente. «¡Precioso, hijita,
+precioso!&mdash;exclamo cada vez que se pone uno;&mdash;todo cuanto te pones te
+cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra,
+compendio y resumen de la gracia femenil».</p>
+
+<p>Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dáse
+vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los
+hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos
+vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en
+toquecitos rápidos, a los cuales obedecen las prendas con no sé qué
+docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y
+remonona criatura.</p>
+
+<p>De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y éste?&mdash;pregunto.</p>
+
+<p>&mdash;Para ir a misa a Stella Maris. ¿Te gusta?</p>
+
+<p>&mdash;¡Lindísimo, muy grave, muy chic!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Oh, la gravedad chic es lo más chic de la gravedad! Hay que recordar,
+de vez en cuando, que una, es viuda.</p>
+
+<p>En la salita, colgado en alto, hay un retrato al óleo. Es un mozo de
+rasgos enérgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de
+«mitinero» electoral, a cuya afición ¡ay! debió su triste fin, ya
+relatado en otra ocasión. La viuda vuelve hacia él sus grandes ojos
+azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: «¡Ay, Arturito, qué felices
+fuimos!...»</p>
+
+<p>Dos lágrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquilón,
+inmortalizado en el óleo, adquiere en su mirada una ternura
+indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglándose los lazos de un
+traje color crema que se ha puesto para que yo vea cómo le queda.</p>
+
+<p>&mdash;Ya no tiene remedio, hijita&mdash;la digo para consolarla y ahuyentar la
+triste visión.</p>
+
+<p>&mdash;Era muy bueno, Marianela, muy bueno. ¡Qué<a name="page_157" id="page_157"></a> energía, qué brío! ¡Yo creo
+que hubiera ido lejos!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobre!...; más lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario,
+Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir.</p>
+
+<p>&mdash;Eso digo yo. Tengo 24 años; viuda a los 20: ¡es horrible! ¿Qué te
+parece este traje?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Precioso!...</p>
+
+<p>&mdash;Viuda a los 20...: ¿qué hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso
+cuatro años...; las medias de este traje son aquéllas... y aquéllos los
+zapatos...; encerrada a los 24 años; suponiendo que viva 70, son... yo
+no sé cuántos...</p>
+
+<p>&mdash;Cuarenta y seis.</p>
+
+<p>&mdash;Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro años... tú no
+sabes cómo he llorado... ¿te gusta aquella «aigrette»?...; ya no me
+quedan lágrimas.</p>
+
+<p>&mdash;Mucho, me gusta mucho.</p>
+
+<p>&mdash;Nunca tuvimos un disgusto. Era lo más complaciente...; aquel abrigo
+¿te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en
+campaña...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde
+trato de distraerme... aquel gorrito ¡qué mono! ¿no? es para la
+playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer
+a nadie como...</p>
+
+<p>&mdash;¿Y estos palitroques?&mdash;pregunto, señalando unas varas que veo sobre un
+baúl.</p>
+
+<p>&mdash;Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los días al golf. Me
+han hecho cuatro trajes para este deporte.</p>
+
+<p>&mdash;¿Irás también al Club?</p>
+
+<p>&mdash;No; sólo pienso ir al «Ocean»... Y, claro, al Brístol. Ya mi
+administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un
+departamento en el anexo, frente al mar. También me guardan mesa en el
+comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es
+donde se coloca la «haut», toda la gente conocida. Es muy difícil
+conseguir este sitio; todos quieren estar allí, aunque no sean
+conocidos...</p>
+
+<p>&mdash;Para serlo.<a name="page_158" id="page_158"></a></p>
+
+<p>&mdash;Claro; así se va sabiendo que existen. Por fin, después de muchas
+cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi
+administrador que esté tranquila, que tendré la mejor mesa, junto a la
+terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y para que te vean?</p>
+
+<p>&mdash;No, eso no me importa. ¿Quién se va a fijar en mí, en una pobre viuda?</p>
+
+<p>&mdash;Vamos... no sea hipócrita conmigo. ¿Piensas bailar?</p>
+
+<p>&mdash;Ahí tienes un problema que me está dando muchos dolores de cabeza. No
+sé qué hacer. Lo pienso y lo pienso día y noche y... no sé, no sé si me
+animaré a bailar. A tí ¿qué te parece?</p>
+
+<p>&mdash;Que debes bailar; no mucho, pero un poquito.</p>
+
+<p>&mdash;Es que si empiezo... no sé si me detendré; porque, hijita, a pesar de
+mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola.</p>
+
+<p>&mdash;La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a
+toda concepción triste de la vida.</p>
+
+<p>&mdash;No he querido ir en carnaval por eso, porque no sabía qué hacer.</p>
+
+<p>&mdash;El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; está más
+en carácter. La primera noche un par de vueltas nada más, muy discretas,
+como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego,
+poco a poco, te vas lanzando.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que más me preocupa es el primer baile; empezar; no sé cómo
+empezar, hijita; siento una cosa... así... vamos... que no sé cómo
+empezar.</p>
+
+<p>&mdash;No te preocupes; ya se encargará alguno de allanarte el camino, de
+iniciar el modo de dar las primeras vueltas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Sabes lo que estoy pensando? Me gustaría bailar el primer baile
+contigo; que fuera como una humorada tuya. Así se rompía el hielo. ¿Por
+qué no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos...<a name="page_159" id="page_159"></a></p>
+
+<p>&mdash;No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no sé cómo voy a
+salir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Por...?</p>
+
+<p>&mdash;Por lo de Inesita. ¿Sabes que se casa con Raúl, con mi cuñado?</p>
+
+<p>&mdash;Sí, ya me lo han dicho, ¡Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que está
+desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se
+peina. ¡A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! ¡Qué
+destronamiento terrible!</p>
+
+<p>&mdash;Pues aquí me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus
+hermanas, con misia Melchora...</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. ¡Hijita,
+los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cariño de
+abuela; verle así, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja
+es un golpe tremendo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué hacerle?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah, claro!; no hay qué hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qué
+hacer. ¿Y por qué no te llevas a los muchachos, a Raúl e Inesita, a Mar
+del Plata? Invitas también a Clotilde, a la mamá de Inesita, y nos
+juntamos allí todos. La aparición de los muchachos en el Brístol sería
+todo un éxito. ¡Un noviazgo tan sonado...! Entrarían como los Reyes
+Católicos. En los salones del Brístol los noviazgos adquieren una
+solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte.
+¡Figúrate los comentarios, después de lo que ha pasado! En fin... ¡un
+exitazo para Raúl y para Inés! Vamos a Mar del Plata.</p>
+
+<p>&mdash;No sé lo que haré. Quizá en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se
+lo he dicho a Jorge y está conforme.</p>
+
+<p>&mdash;Hijita, tienes un marido ideal.</p>
+
+<p>&mdash;Así es, gracias a Dios. Pero hablemos de tí. Tú llevas algún plan a
+Mar del Plata.</p>
+
+<p>&mdash;¡Marianela!... Ninguno, ¡qué cosas tienes!...</p>
+
+<p>&mdash;No seas gazmoña, Margarita. ¿Qué tiene ello de particular? Es la cosa
+más natural. Eres joven, linda, rica. ¿Vas a vivir sola toda la vida?
+¿No es justo, no es<a name="page_160" id="page_160"></a> lógico que formes una familia? Ya sabes que yo soy
+buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo...</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero
+decir...! ¡No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...!</p>
+
+<p>&mdash;Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos
+el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla.</p>
+
+<p>&mdash;Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. ¡Qué bien me vendría
+que me acompañaras a Mar del Plata!</p>
+
+<p>&mdash;¿Flirteo?... ¿Principio?... Iré si me necesitas.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; entonces te contaré. Aunque ya te puedes imaginar...</p>
+
+<p>&mdash;No digas más, Margarita, ¡no digas más!... ¿Ha vuelto? ¡Era de ley!</p>
+
+<p>&mdash;Ya sabes lo que pasó. Yo vacilé entre Arturo Esquilón y él; al fin me
+decidí por Esquilón, que ya había terminado la carrera. Y el otro,
+hijita, se quedó soltero, triste, aplanado; para él no había otra. ¡Me
+conmueve y arranca lágrimas esta fidelidad!...</p>
+
+<p>&mdash;Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la política.
+¡Hijita, te da por los políticos! Creo que habla muy bien.</p>
+
+<p>&mdash;En público y en privado; y... sobre todo al oído... Da gusto oírle...</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué es?</p>
+
+<p>&mdash;Muy guapo.</p>
+
+<p>&mdash;No, mujer, digo en política.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita,
+los ugartistas no serán muchos, pero todos son lo más vivos, lo más
+inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todavía...</p>
+
+<p>&mdash;¿Está ya él en Mar del Plata?</p>
+
+<p>&mdash;No; va el sábado.</p>
+
+<p>&mdash;No hay nada, y sabes cuándo va...</p>
+
+<p>&mdash;No me sofoques, Marianela, no me sofoques!...</p>
+
+<p>&mdash;Y tú ¿cuándo vas?</p>
+
+<p>&mdash;El martes.<a name="page_161" id="page_161"></a></p>
+
+<p>&mdash;¿Y él lo sabe?</p>
+
+<p>&mdash;Sí...</p>
+
+<p>&mdash;¡Y dices que no hay nada!...</p>
+
+<p>&mdash;¡Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!...</p>
+
+<p>Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a
+brincos su joven corazón.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vendrás, Marianela? Mira que me haces mucha falta...</p>
+
+<p>&mdash;Iré. Después de arreglar lo de Inesita, iré a arreglar lo tuyo. Yo me
+desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer felices a quienes
+merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del año. A ese ugartista
+lo pescamos, Margarita, ¡lo pescamos en Mar del Plata! ¡Iré, iré, adiós,
+adiós...!</p>
+
+<p><a name="page_162" id="page_162"></a></p>
+
+<p>
+<br />
+</p>
+
+<div class="figcenter" style="width: 150px;">
+<a href="images/final_lg.png">
+<img src="images/final.png" width="150" height="160" alt="" title="" /></a>
+</div>
+
+
+<p>
+<br />
+</p>
+
+<div class="figcenter" style="width: 498px;">
+<a href="images/back_lg.jpg">
+<img src="images/back.jpg" width="498" height="550" alt="" title="" /></a>
+</div>
+
+<hr class="full" />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of Crónicas de Marianela, by Anonymous
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA ***
+
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+Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure
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+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
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+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
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+
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+
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+
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+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
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