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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-14 20:01:53 -0700 |
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Balza + +Release Date: December 4, 2010 [EBook #34565] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + + + + +CRÓNICAS + +DE + +MARIANELA + + +1917. + + + + +INDICE + + + Pag. + +Presentación en Sociedad 5 + +El matrimonio 7 + +El amor y su apariencia 15 + +El nó de las niñas 18 + +El Gancho 23 + +Las «Planchadoras» 29 + +La moda y el diablo 33 + +Los «Tramitadores» 39 + +Los afeites 45 + +Las paces 51 + +Crotalogia 57 + +Rosalía en «Los Carpinchos» 63 + +El arte de estar enferma 70 + +Las inquietudes de Petrona 75 + +Pequeña defensa de la murmuración 81 + +Los secretos 84 + +La desventura de Luisa 89 + +Desavenencia trascendental 93 + +Las reinas en la guerra 98 + +Frivolidad y tilinguismo 100 + +Inés y los cipreses 110 + +La fiesta hípica 115 + +Las angustias de mi protegida 120 + +La inutilidad de San Juan Bautista 126 + +Sin presidenta 132 + +La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral 140 + +¡¡Desahuciado!! 148 + +La viuda de Esquilón va a Mar del Plata 154 + + + + +ADVERTENCIA. + + +El interés que han despertado las amenas crónicas de "Marianela" +publicadas en la página femenina de "LA PRENSA" me ha inducido a +solicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permiso +para editarlas. + +La benevolencia gentil del señor Paz ha otorgado el consentimiento, y +hoy aparecen los chispeantes artículos de la distinguida escritora +compilados en este elegante volumen. Notorio es el éxito creciente que +han logrado estas crónicas; aparte su mérito literario, puesto de +relieve en un estilo fácil, terso y armonioso, contienen otra cualidad +más esencial aun, consistente en su sana orientación ética, en una +crítica, suavemente irónica, de nuestros hábitos y costumbres. Trátase, +en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a la +belleza artística, se unen, en consorcio admirable, útiles normas de +conducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo. + +Pedro L. Balza + +(Editor) + + + + +PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD + + +Su presentación en sociedad es el primer episodio interesante en la vida +de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de la +existencia. La trasformación de la niñez en pubertad trae también un +cambio completo en la vida del espíritu. + +La niña se ha convertido en señorita. Ya la muñeca ha quedado +abandonada. La mamá de la señorita, con dulce melancolía, la recoge y la +guarda en un mueble tradicional. La señorita no hace caso de su muñeca: +le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco, +la trasformación es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carácter +remoto. Ya vendrá un día en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso +llorosos, a la muñeca que alborozó sus horas infantiles. Pero ahora, no; +ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la señorita se halla +trémula de emoción. Se va a presentar en sociedad; está por asomarse al +mundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones--porque, +propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la señorita--asaltan su +mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan como +mariposas en torno del foco luminoso. + +¿Cómo será el mundo? He ahí la preocupación de la señorita. Pero esta +preocupación está exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque, +en realidad, no se pregunta: «¿cómo será el mundo?», interrogación harto +filosófica para sus años y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es: +«¿cómo le pareceré yo al mundo?». Y a medida que se atavía y se adorna +y se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la +señorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: «yo +creo que le voy a parecer bonita al mundo». Y esta idea optimista, +justificada desde luego, porque la señorita es linda, le produce una +alegría exultante, alborozada, llena de íntimo regocijo. En ese momento +del atavío, los detalles adquieren una importancia fundamental; el +gracioso lunar, el rizo juguetón, todo aquello que constituye su +personalidad, su diferenciación de las demás señoritas que también se +presentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo. +El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, ¡invencibles!... + +Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es necesario que la +presentación cause buen efecto. Está en ello comprometido el buen gusto +y el tino educador de mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la buena +y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden +servir de norma en una presentación en sociedad: «La tontería se coloca +siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrás +para ver». Y luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía, +compostura, sosiego; mide lo que dices; más vale que peques por +cortedad». + +Papá también está un poco impresionado. Cree, como Terencio, que las +mujeres, igual que los niños, se corrigen con leves sentencias. Y apunta +algunas apropiadas al caso. «La señorita silenciosa parece mejor que la +locuaz». El discreto señor hace algunas observaciones filosóficas sobre +la coquetería. A su juicio la coquetería no tiene más fin que hacer +subir las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte que es +necesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado, +porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recurso +para hacerlas subir. Papá agrega otros razonamientos graves, discretos, +oportunos. «No hay que ser criticona», dice. Y volviéndose a la esposa, +agrega: «Según Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver los +defectos de las demás mujeres». Y luego agrega por cuenta propia: «Los +hombres nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; pero +adquirimos mala idea de quien nos suministra la información». + +Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso realza su figura: +primor sobre primor. «Está elegantísima», observa la señora al esposo. +«Sí, sí, dice éste, muy elegante, muy linda». Y recordando las palabras +de un pedagogo argentino agrega: «Pero hay que ser también «paqueta» por +dentro: que a la figura elegante no corresponda un espíritu deforme». La +señora confía en que la niña será siempre muy buena. «Es nuestra hija», +termina. «Es verdad,--asiente el padre conmovido--; será buena, porque +es nuestra hija». + +Entre observaciones, besos y mimos, la señorita, llena de alegría y de +ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad. + + + + +EL MATRIMONIO + + +Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso +sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no +casan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su capacidad +amorosa ni la consistencia de su sentimiento. + +Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filósofo +modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas las +apologías rimadas que se han hecho de Don Juan: «quien ama a muchas, no +ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con +variedad, no ama dignamente». + +Entre los poetas y este modesto filósofo, la elección no es dudosa para +nosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; sólo una +larga convivencia nos demostrará si el corazón está bien puesto, en +quicio permanente. + +Por lo demás algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba +del amor. No en balde la frase goza de tanta difusión en el mundo. Pero +es porque el amor, en su forma exaltada, sólo es, como dice Voltaire, un +cañamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginación. Ahora +bien: el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempo +que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginación +bordadora también acaba por sosegarse y quedar sustituída por una dulce +y reflexiva calma. + +Entonces el amor no tiene más que una salvación: el cariño. Los poetas, +que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeñado, por +subalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más sólido +que el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; el +cariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la +mutua adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de los +comunes gozos y sufrimientos, de las alegrías conjuntas y de la fusión +de las lágrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: el +tedio. El cariño no tiene enemigo que le venza, porque está apoyado en +el sentimiento de convivencia. Vale más, mucho más, el calor del +rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en +rescoldo, sólo quedan de ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser +lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los +sentidos. «¡Te amo!». Es una frase de novela, excesiva, afectada. «Te +quiero», es una frase más sencilla, más grave, más profunda y más +humana. «¡Te amo!», dice Don Juan, que nunca fué un hombre honrado. «Te +quiero», dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice. + +Saber convivir... He ahí el secreto del buen matrimonio. Dar normas +fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de +circunstancias cuantas parejas constituyen la organización monogámica +del mundo. + +Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra +suave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de un +hogar. A mí, personalmente, me produce la impresión de un canario +hidrófobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuéntase que uno de los +siete sabios de Grecia (Solón, Bías, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quilón, +Periandro, no se sabe cuál; lo mismo da, cualquiera....) tenía un +discípulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refería +al maestro las cualidades de su futura. «Es hermosa como el lucero de la +mañana»--decía el joven. El filósofo escribía: «cero».--«Es rica, como +la heredera de Creso»--añadía el doncel. El genio griego volvía a +escribir: «cero». (La dote, pensaría probablemente el filósofo, es la +gran virtud de los padres). El enamorado agregó: «Es inteligente». Y el +gran hombre puso otra vez: «cero».--«Es noble»--«Cero».--«Tiene muy +buena parentela».--«Cero».--«Buena educación».--«Cero». El enamorado +miraba atónito a su querido maestro. Por último le dijo: «tiene un +carácter dulce». Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los siete +sabios, estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que había +ido poniendo, para demostrar que sólo así adquirían valor las demás +cualidades. + +Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una +irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el +donaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y la felicidad +del matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos +delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer. +Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, en +los momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones +estaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras +ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más +que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una +cátedra de psicología conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mías. Los +hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan +agradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Sean +nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio: +suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a +los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando +elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra +cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando +dicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de +íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad +femenina. + +La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la +mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas las +circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad. + +Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, una +voluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La +testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín. +Para la mujer, ceder es conseguir--siempre que el marido sea tierno, +delicado y comprensivo. Jamás la mujer--y esto es importantísimo--debe +herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en +cuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchas +veces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada. +Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y +perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo haré pocas veces) +estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo, inteligente, gentil, +cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo que equivale a +buscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi marido es +aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y +conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razón +definitiva) la fauna argentina y muy especialmente--aquí está su amor +propio--las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el +día. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el +carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista, +excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo nunca le contradigo, +porque, además de herir su amor propio de entendido en aves noctívagas, +le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y los +tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para qué +herir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no ve +bien? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o sea +chimango? La cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelente +naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento, +¿por qué negárselo? Alguna vez él mismo sale de su error, y entonces, +enternecido, paga con un beso mudo la intención de mi aquiescencia. Y +este beso de mi marido vale más, mucho más que toda la fauna, incluso la +humana, que puebla la tierra. + +He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal, a guisa de ejemplo, +para demostrar que no debe mantenerse contradicción en cosas sin +importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan de +interés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido). +Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza +bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento--la +misma palabra lo dice--es el sentimiento más terne, más perenne, de más +triste duración. + +La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorables de la vida +conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces +insustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como la +cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el +carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa +constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de +tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un +filósofo--claro que un filósofo feminista--el divorcio es la disolución +de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre +solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perder +el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunos +tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos; que al quitar los +nuestros, también él--si no es una mala persona--quitará los suyos, +despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende +de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de +nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso +otorgarnos. + +De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar. +Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y +difícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando +todas las cruces, menos la del matrimonio--con lo cual su santidad +desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa--decían +que al matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados. +No se enojarán los hombres, si apoyándonos en el testimonio de los +santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones +espirituales superiores. Y así debe ser, porque para el hombre el +matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho +fundamental de su vida. + +A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar +que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor +dispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismo +filósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, son +peligrosos, porque su arte y su filosofía están siempre en primer +término, antes que la mujer. Además, son un poco raros y no poco +arbitrarios. Y entre los políticos se debe preferir, no a los dogmáticos +empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos, +que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que +tienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en que, siendo el +gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al +matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones. + +Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en cuenta que la +cuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se +haya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en que +el cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable, +más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juan +efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos +versos de su comedia «El mayor imposible», estas palabras razonables +sobre la exaltación amorosa: + + «Que muchos que se han casado + Forzados de un amor loco, + Suelen después hallar poco, + De lo mucho que han pensado.» + +¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside la +dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace de no haber +convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías... + + + + +EL AMOR Y SU APARIENCIA + + +¿Cuál es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con más +precisión, pues la pregunta formulada es un poco vaga: ¿en qué edad se +halla la mujer en mejor disposición espiritual para enamorarse y, en +consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es +firme, permanente, fijo, como la estrella polar? + +Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadoso +filósofo señor Bergeret) dice que el amor es como la devoció; llega un +poco tarde: «no se es amorosa ni devota a los 20 años». + +La observación es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una de +las tantas formas de la exaltación fanática. Ahora bien: para +fanatizarse es necesario que el espíritu esté formado y que nuestras +ideas estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si +dijéramos el cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de asomarse al +mundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años y +la experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente todo lo +contrario. La experiencia y los años nos aferran a determinadas ideas y +dan consistencia definitiva a ciertos sentimientos. + +Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso, +de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible, +que nos lleva a entregar a otro corazón el reinado sobre el nuestro. +¿Cuándo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestro +querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu, esta adoración, +en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es la +concentración de todo el universo en un solo ser y la dilatación de este +solo ser hasta Dios»? + +Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar de +la niñez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa al +salir de su estado de crisálida. Sus primeros vuelos son inciertos, +aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y no han adquirido +aún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar es +requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas. + +El origen de nuestras desventuras en la vida está en que la sensibilidad +es más precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos hace es +precisamente lo último en formarse. La mente es impotente para regir la +confusión tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y +atorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin +gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a +buen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula, +sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad y +de nuestra orientación reflexiva. + +A los diez y ocho o veinte años la mujer se impresiona fácilmente. Pero +esta impresión suele ser fugaz, versátil, inconsciente. El error está en +tomarla por definitiva, esclavizándose a una emoción pasajera. El +acierto electivo en este caso está librado al azar, a que la casualidad +haya determinado que ésta primera emoción nos haya sido provocada por +persona que realmente lo merezca. Y la elección de marido, como la +elección de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile» +es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse +el novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas del +entendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente. +Son los poetas los que han dicho que el órgano del amor es el corazón. +Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras +metáforas, falsas imágenes y seductoras demencias. El origen del amor y +de todas nuestras emociones está en la mente. Ella es el divino crisol +en que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazón es como +la rueda catalina de un reloj, que no tiene, por sí, conciencia de su +propio movimiento. De la idea, de nuestra representación mental sobre +otra persona, surgen la adhesión y el amor hacia ella. Entonces es +importantísimo que esta idea, punto de arranque de la emoción, sea +acertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frágiles +cimientos, mal se sostendrán las torres y chapiteles de nuestros +ensueños. + +La elección debe fundarse en múltiples y atentas observaciones del +sujeto, en el análisis de sus prendas morales, en la índole de su +carácter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo +que puede ser luego (asunto de capitalísima trascendencia). El +sentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar +no es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valores +mentales. Con la imaginación creamos sujetos propios, modelos que nada +tienen que ver con la realidad ya creada. «Mi tipo» suele diferir del +tipo, que tiene su propia alma, su carácter propio y sus propias mañas; +alma, mañas y carácter que no corresponden al bello sujeto fraguado por +nuestra fantasía en complicidad con los errores de percepción de +nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exento +de imaginación y de fantasía. Una criatura sin imaginación es como una +tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginación inicie su vuelo +desde la cúspide del conocimiento y no desde los abismos de la +ignorancia. Las alas parten más raudas y seguras a hender los espacios +cuanto más alta y sólida sea la atalaya de observación desde la cual se +lanzan a volar. + +A la edad de diez y ocho o veinte años la mujer carece de aptitudes +analíticas y de observación. El mundo es para ella una maravilla +deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Y +el amor tiene mayores garantías de éxito cuando emplea los cien ojos de +Argos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido +y su venda constituyen un símbolo que no resiste el menor análisis. Los +símbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables. + +Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es en el alma la aurora +del amor. Pero la hora de la poesía fascinadora no es la hora en que se +ve con mayor claridad. Según el adagio vulgar, de noche todos los gatos +son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el color +de la ilusión. Acriollando el adagio, bueno será añadir que conviene +huir de los «gatos» a toda hora, de noche, de día y entre dos luces. + +La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, más que +enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambición de una señorita +consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ahí que +trate más de ser ella interesante que de ver quién podría ser +interesante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente analizado, +resulta una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bien +explicado, un tomo de psicología femenina. + +Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud mental y espiritual +para elegir o aceptar esposo--porque no siempre se puede elegir. Sólo +después de diez años de frecuentar salones y alternar en el mundo se +adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna +probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de +dejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 años +nuestro espíritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros +sentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todo +es emoción indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltación sin +fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento sólo se +alcanza con los años. Y aun es problemático, pues según un ironista +francés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase, aguda y +ligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla al +ironista diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen». + +Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene haber bailado mucho, +haber conversado mucho y haber «flirteado» algo--no mucho,--haciendo +todo esto con espíritu observador e informativo, con intención fiscal, a +fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendencias +que más se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar con +el sujeto ya bien conocido; no con una máscara. Asimismo, nunca es +completo este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo, +sino un lento y contínuo desenmascaramiento que sólo se hace total con +el último abrazo en la hora de la muerte. + +Conviene también llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo y +de sus pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar propio más +agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que además de un +escultor excelso, era un espíritu filosófico, hizo una vez la estatua de +Venus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo +que debían ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto el +cenobio, el enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo se +acepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de +menudas pasiones que en ella bullen y se agitan. + +Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi marido, aficionado, como +sabéis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad de +las aves noctívagas pamperas, experimenté muchas impresiones en nuestro +gran mundo. Varias veces sentí un principio de amor, un interés +repentino, una relampagueante emoción; pero luego aplicaba serenamente +mi juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que lograba +disiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres en +general y confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable, +pero es así. Yo procuré siempre hacer lo contrario. A cada caso +particular apliqué una saludable desconfianza. Por último me enamoré de +veras, con la reflexión y con el sentimiento. La reflexión me decía que +mi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre además para +luchar en la vida. Y a compás de estas ideas el sentimiento se encendía +en amor. Pero antes de decir «sí» bailamos mucho, conversamos mucho, y +yo, por mi parte, traté de verle el alma a la luz de un constante +análisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di el +más absoluto imperio sobre la mía. Sobre mi persona tenía él también su +concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como él me +imagina, que es el amor perfecto. Y siendo como él quiere, soy como yo +quiero, y cuanto más le gusto más me gusto. + +Y así el esquife de nuestro amor marcha por el piélago de la vida, +seguro de que nunca zozobrará... + + + + +EL NO DE LAS NIÑAS + + +Facilísimo es dar el «sí»--«el sí de las niñas»--como reza el título de +la ingenua y cursililla comedia de Moratín, que hizo las delicias de +nuestras abuelas. El «sí», a una proposición de matrimonio, cuando el +proponente nos agrada, brota espontáneo, casi sin palabras; lo damos con +los ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo +con el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta última +actitud, oprimir el brazo, asirnos a él, suele ser la más corriente como +reveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el «sí» +emplea mucha retórica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos, +mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no está +verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque es +buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como +toda pasión vehemente--y es el amor la más vehemente de todas--es +conciso en su expresión, monosilábico, casi mudo. La palabra muere en el +nudo que la emoción forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia, +en prosa y verso; todas las páginas amorosas de las novelas, en que +salen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, los +ángeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira, +completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, no +encuentra léxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar, +pues el abrazo--el abrazo danzando, perfectamente admitido--nos ahorra +el estudio del diccionario para dar con los términos académicos +apropiados al caso. El concurso, la gente de un salón, que ve bailar, no +advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un +momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de +fusión de espíritus, de enlace de corazones. Yo dí el «sí» así, +bailando; pero lo dí sin palabras. De pronto, preguntó él: «Bueno, +¿y?...» porque él también, como buen enamorado, era monosilábico, casi +mudo. Mi respuesta fué oprimirle el brazo, latir como nunca he latido y +mostrarle mis ojos húmedos. Y el hombre arrancó a valsar con tal furia +que parecía movido por todo el carbón que emplea ahora la escuadra +inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco más, porque el baile lo +exigía. Bueno, amigas mías, entonces supe que es posible no morirse de +felicidad. ¡ Ay, Dios mío, qué recuerdos!... + +Quedamos, pues, en que dar el «sí» es facilísimo; sale solo; se revela +en la emoción que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muy +alto el estado de nuestro ánimo. Lo difícil, lo árduo, es decir «no», +negarse a la relación solicitada. En esta ocasión es cuando ha de +revelarse la educación de la mujer, su finura espiritual, los recursos +de su ingenio. + +El «no» de las niñas requiere, no una comedia como el «sí» de las niñas, +sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos de contraernos a +un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al +difícil trance de tener que decir «no» por culpa de ella misma. Porque +es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su +corazón no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás que +tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que +verdaderamente ella quiere; no pocas veces también por divertirse, por +coquetería, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el +disfraz del amor por pura satisfacción de orgullo. Y esto lleva a muchas +señoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre, +que toma por sentimiento real los fingimientos de que es víctima en +forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de +gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero +propósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un +hombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello el +presentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertos +indicios de que es persona grata, como se dice en términos de +diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este +error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal +gusto, pues no se debe jugar con el corazón ni con las ilusiones de +ningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso +dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre +que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun +es mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error de +ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y +en el amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles de +curar que las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, que +cifra la razón de su vida en la correspondencia de nuestro corazón al +suyo, merece por ello mismo nuestra atenta simpatía, pues siempre es +conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltación +sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene--desde luego no nos +conviene si no nos gusta--debemos hacérselo notar desde el principio con +palabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle en +forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y +mezclando así la desesperanza o desengaño con el consuelo. Probablemente +esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble, +bondadosa, espiritual, exaltará más el amor del hombre, le hará más +profundo y entrañable, desolará más su alma; pero no tendrá derecho a +sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jamás, en +fin, se debe alentar una pasión que no se tiene el propósito de +corresponder. De todas las coqueterías ésta es la más condenable, porque +implica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca reflexión y +una torcida contextura ingénita de nuestro espíritu. + +Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el «sí» de las niñas. Y +esta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con nuestra frivolidad y +nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso, +el trance, desagradable siempre, de decir «no» claramente ha sido +buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo +de engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que supusiera +una posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa al +plantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es +atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que +nunca pueda creerse engañado en sus observaciones respecto al estado +efectivo de nuestro espíritu y de nuestra voluntad. + +Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en +materia de psicología femenina, para los cuales no basta que la mujer +rehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de percepción es +disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el +«no» desde el primer instante, pues al que no entiende de razones con +los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos. +Siempre, claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de +enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no +es responsable de no ver, y hasta merece simpatía cuando observamos que +la causa de su ceguera está en que el foco del corazón le ofusca la +vista de los ojos. ¿No merece un poco de piedad un ciego tan sublime? +Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy expeditivos en sus +procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres +impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta +huracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, no +brusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a la +exasperación y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado. +Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de sí mismo +un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la +gloria de unirse a él. La vanidad es un lente que aumenta las cosas más +pequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en un ligero «titeo» +educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a moderar el +concepto fantástico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las +da de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de +la mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que no +están en la persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunas +novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de +psicología femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de +sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe +emplear un «no» oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias +confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de +naturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza de +complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en el +apellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr la +más apetecible conquista. Con éste el «no» tiene que ser histórico. La +mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera +preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan +un apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logran +meterle en la historia. + +¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que no +acabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una +negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y +espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el «no» es +mucho más difícil que el «sí» de las niñas... + + + + +EL GANCHO + + +Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y +combinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenteras +y han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los escritores +festivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo popular: +«hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinada +concierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendencia +casamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género de +intervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombre +siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas +negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las +damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y aún +cuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al auxilio +de una dama antes que al apoyo de otro hombre. + +Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron +por ello la cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» que +han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el +«gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron, +en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables. Metternich y +Talleyrand, por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a este +género de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos +casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» para +unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron +las armas gracias a la feliz gestión casamentera de un canciller, que +resolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que +acabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos. Estos +«ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de los +pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes +diplomáticos. + +El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debe +desdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas en +los anales de la humanidad. + +Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar, +discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisión +casamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar +algunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza +las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las +voluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obra +buena y simpática, pues tiende a proteger un amor concertado. + +Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este género de +gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se pone a +concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los +designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro +espíritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantánea +y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor +de relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la +duración, pues es difícil mantener la vida en tan fulmínea tensión +espiritual. Por esto en otra crónica hemos defendido las ventajas del +rescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el amor. + +La psicología de la casamentera es, en el fondo, sencilla. Su norma es +la bondad. La idea de la felicidad ajena guía su intervención. La +casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas, +representación social, etc. «A Fulano le conviene Fulana». «A Fulana le +conviene Fulano». Ella, la casamentera, concierta lo que podríamos +llamar condiciones externas Combina matrimonios en frío, como un +matemático resuelve una ecuación. No tiene en cuenta el estado +espiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondencia +entre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones laten +a compás y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra, +nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendo +armónicas las circunstancias--armónicas a su parecer--el amor tiene que +producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amor +surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor, +porque, donde no hay amor, todo es inconveniente. + +Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora las +tormentas del corazón. Las solteronas muy metidas en años, cuya juventud +no conoció el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieron +mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las más +inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazón, +desconocen en los demás la onda emocional que constituye la base de toda +relación amorosa. + +Las casamenteras ponen mucho empeño y mucha tenacidad en sus empresas. +Se parecen en esto al diplomático que realiza un concierto +internacional. Aconsejan, señalan las ventajas de la unión, presentan +las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologías de él +a ella y de ella a él, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento. +Comprometido su amor propio, la casamentera incurre en exageraciones +graciosas. Los ángeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Y +se sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que en +materia de amor, como ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, el +corazón tiene sus razones que no conoce la razón. + +La elección de consorte es el acto más íntimo, más importante, más +trascendental de nuestra vida. Debe ser también, por lo tanto, el más +autónomo, el más libre, el más exento de toda ajena influencia. No hay +error en una elección a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le +agrada, no por tener lo que los demás creen que es agradable. La +felicidad está en la libre elección, en unirnos al ser que la +Providencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestro +espíritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueño +propio y no las lógicas combinaciones de una casamentera. + +Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posición de +quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la persona +que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha +de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condición +indispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocándose en estas +circunstancias, es difícil el acierto, pues como dice Byron «rara vez +sucede que de un buen consejo resulte algo bueno». + +En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente que +sólo desconoce la casamentera. Todo lo demás es circunstancial y +accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posición social, todo es +inútil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la +afinidad de las almas, la adhesión recíproca de los corazones. + +Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinación con otras, +aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el +«gancho» recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja se +hable y se trate, encontrándose de una manera «casual» en todas partes. +De estos encuentros nace a veces un principio de simpatía, que las +casamenteras fomentan con elogios hiperbólicos de la futura al futuro y +viceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenos +matrimonios de estas gestiones de las casamenteras. Pero también es +verdad que tales enlaces sólo pueden concertarse entre contrayentes que +no tengan un gusto muy personal y definido, una individualidad +espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida. Las +casamenteras, en fin, sólo pueden lograr su objeto con personas de +voluntad blanda, mente vacía y espíritu sugestionable. Tales personas no +suelen ser las más desgraciadas; pues si bien la mente lúcida y el +espíritu rico en sensibilidad producen muchos goces, también acarrean +estas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolías. La +mediocridad goza siempre el género de dicha que impera en el Limbo. + +No es fácil hacer con discreción el «gancho». En realidad la +casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos son +variadísimos, según las personas que se trate de unir, el medio social y +las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por +convertirse en confidente de cada una de las personas que trata de +coyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga de +ella, y aún aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejor +que de él diga la señorita, y si no dice nada, la casamentera lo +inventa. Este intercambio de elogios, traídos y llevados incesantemente, +va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espíritus y +encauzándolos en una tibia atracción, cuya mayor temperatura sucesiva se +producirá con el trato y el trabajo continuo y vigilante del «gancho». +En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderaciones +de él a ella y de ella a él, una chismosa del bien, si vale expresarse +así. Con relación a la galería, el procedimiento es más breve y +sencillo. La casamentera se limita a decir: «todo está arreglado». Se le +piden informes, detalles, y ella repite impertérrita: «le digo que está +arreglado todo». En el círculo va pasando la voz: «todo está arreglado». +Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse, +debido a esa suave presión del medio, a la atmósfera favorable, al +ambiente, digamos así, que todo el circulo de relaciones ha creado a la +boda. La casamentera ha sabido convertir a todo el círculo en +casamentero. La pareja se encuentra unida sin saber cómo, y aquella +opinión externa, tan unánime, tan complacida en su obra, tan convencida +de la feliz armonía existente en la unión fraguada, acaba por ejercer +una decisiva influencia en el espíritu de los futuros contrayentes, que +ven la intervención providencial, el destino, el hado, donde sólo hubo +el gancho mortal de la casamentera. + +Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en el hogar la autoridad +y el prestigio que le dan su gestión anterior. Arreglará las +desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeñas +trifulcas domésticas. Juzgará sin apelación e impondrá la paz, porque +ambos cónyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera +casi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda +solitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, pero +con todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera. + +¿Salen bien los matrimonios formados así? Habría mucho que hablar sobre +este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos, +pues, muy pocas palabras. La felicidad, según un filósofo francés, no se +conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la +desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida +íntima y constante. Y así, tanto peligro puede correr un matrimonio +formado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave, +cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vida +diaria, eche sus raíces el cariño, porque es éste, el santo cariño, +lleno del sentimiento del deber y de una rígida y caballeresca lealtad a +la fe jurada, el que forma los sólidos vínculos de la vida matrimonial. +Y en último término, todas las circunstancias preliminares de un enlace +quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el pío pío que +resuena en nuestro corazón. + + + + +LAS «PLANCHADORAS» + + +Comencemos por desvanecer el error en que el título de esta croniquilla +pudiera inducir al lector. No se refiere el epígrafe a la respetable +clase social que nos aliña las prendas internas, empleando ese producto +que es el signo externo de la civilización: el almidón. No creemos +habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de +respetable clase social. Su misión no puede ser más importante. Gracias +a ellas se produce en la vida cierta nivelación. Al contrario de los +socialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clases +altas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado. +Colocado al alcance de todo el mundo, el almidón es un símbolo +igualitario por ministerio de las planchadoras. + +Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino a +las otras, a las señoritas que, en sentido figurado, se aplica este +mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven +relegadas o poco atendidas por los caballeros. + +Quedarse «planchando»... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da una +impresión más completa de su poquedad, de su insignificancia en el +mundo. Es un poco difícil determinar los orígenes y causas de esta +desventura. Por regla general, se debe a que la «planchadora» no ha sido +muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningún +descubrimiento que merezca integrar las páginas de un texto de +sociología, diciendo que suele haber más «planchadoras» entre las feas o +poco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene +rebeldes. La fea, que «plancha» por serlo, tiene dos causas de +aflicción: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; la +segunda envuelve una pesadumbre más profunda y definitiva. Expliquemos +su psicología. Ninguna persona, y menos aún una señorita, naturalmente +optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca es +cruel del todo. A cambio de los pocos encantos físicos que nos concedió, +suele otorgarnos un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y así, aun +a despecho de las acusaciones matemáticas del espejo, nos vemos de otra +manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espíritu. Este +encantamiento o autosugestión desaparecen cuando el juicio ajeno se +pronuncia en forma de dejarnos «planchando». Todos nuestros optimismos +sobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos +sume en el más completo desaliento y en la más profunda de las +tristezas. En tal sentido, «planchar» equivale a morir; y no es +exagerada la afirmación, pues en realidad muere aquella favorable +representación interna que de nuestra propia figura teníamos. De estas +premisas exactas, nada cuesta deducir--y esto va para los hombres--que +es un acto criminal dejar «planchar» a una señorita. Así, pues, un +verdadero caballero, un espíritu culto, un hombre distinguido de frac +adentro debe ser siempre solícito y obsequioso con las señoritas poco +agraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusión +sobre sus dones físicos. No confío mucho en ver seguido este piadoso +consejo, pues los hombres siempre fueron y serán humildes esclavos de la +belleza. + +Pero no todas las feas «planchan». No pocas de ellas se ven tan +atendidas y solicitadas en los bailes como las más lindas. Una fea se +defiende de la «plancha» con dos recursos: bailando bien y teniendo +ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya +una forma de belleza física. Un cuerpo flexible, ágil, con movimientos +rítmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay, +en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ángel, según +el dicho español. El diablo o el ángel es ese grado de seducción que +dimana de la simpatía, ese aire o nimbo de las figuras que es como el +aleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta, +tampoco «planchará». Una conversación amena, dotada de espíritu de +observación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará siempre atendida y +se verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida, no +pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse +dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede +«planchar» tanto por sobra como por ausencia de despejo. + +Frecuentemente se ven también algunas muchachas bonitas que «planchan». +Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. La +hermosura sin gracia, decía Ninón, es como un anzuelo sin cebo. Su +espíritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compañía sea +aburrida y tediosa. + +Las causas por las cuales se queda una «planchando» son muy variadas, y +es difícil señalarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa la +dueña de casa donde se realiza el baile. La función de la dueña de casa +requiere una gran actividad diplomática, a fin de que todas las +señoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto +ha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de +mundo. El fracaso de una señorita en un baile recae siempre sobre la +dama que ofrece la fiesta. A este respecto contaré un triste episodio +ocurrido no hace muchos años a una amiga mía, perteneciente a una de +nuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta. +Invitada a un baile aristocrático, entró en el salón y se sentó. +Lanzáronse todas las parejas a bailar y ella se quedó sola. Su situación +no podía ser más violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando el +salón, le pareció un acto intempestivo; quedarse allí, sola y abandonada +en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio de +estas vacilaciones, agobiado su espíritu, rompió a llorar con la más +profunda aflicción. Acudieron a ella, vino la dueña de casa, la +preguntaron por la causa de su llanto, y respondió que se había puesto +enferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatados +de la verdadera causa de aquellas amarguísimas lágrimas, hicieron +responsable del desaire a la dama que ofrecía la fiesta, la cual, a +partir de aquel momento, resultó triste, medio aguada y deslucida. +Nunca olvidaré el mal rato que sufrí ante la situación desairada e +inmerecida de mi amiga. + +Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances. +Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situación personal de +los concurrentes a la fiesta, de la relación entre jóvenes y señoritas, +de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que se +desconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una palabra, +crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable, +cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante y +solícita a las que ya tienen cierta reputación de «planchadoras», para +evitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la dueña +de casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos de +confianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las +«planchadoras». Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosar +al mismo caballero una «planchadora» toda la noche. Por eso conviene que +el círculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente la +carga. El mayor éxito, en fin, de la dueña de casa está en poner en +circulación danzante a las «planchadoras», procurando aliviar la +desventura de las proscriptas del baile. + +La «planchadora» ignora siempre las causas de su triste condición. La +Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y así, cuando por +bondad algún caballero la saca a bailar, se aferra a él, añadiendo a su +condición de «planchadora» la de pelma. Le ocurre lo contrario que a la +muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero, +actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer un +principio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere la +murmuración a la «plancha». + +Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un «planchado» fortuito, +casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailes +con suerte y bailes con desgracia. He aquí un fenómeno superior a +nuestra capacidad analítica. ¿Por qué en unos bailes tenemos éxito y en +otros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la belleza de la +mujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos, +voy a permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de mi +experiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para el +resto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar con +buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el salón. Ello es de +mal agüero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompañe al +hacer nuestra aparición en la tertulia o sarao, conduciéndonos desde el +«toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efecto +seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el +instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeños y discretos +recursos nos iremos librando de la «plancha» en las noches de mala +fortuna. + +No creo haber agotado este tema trascendental de las «planchadoras», +cuya psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un momento +sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias útiles a +las dueñas de casa y a las mismas señoritas que no tienen la suerte de +atraer y sugestionar con el encanto de sus dones físicos y el hechizo de +sus donaires espirituales. + + + + +LA MODA Y EL DIABLO + + +Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dicha +del ocio para poder cultivar un poco mi espíritu con lecturas amenas y +divagaciones estéticas. El ocio es la primera condición para poder +disfrutar de las manifestaciones artísticas. Sin abandonar mis +obligaciones sociales y mundanas--visitas, tertulias, juntas de caridad, +bailes, saraos, funerales, bodas--consagro la mayor parte del tiempo a +la lectura. + +Mi mayor placer es poner mi pobre espíritu en contacto con los espíritus +excepcionales, sintiendo cómo ellos dotan de alas al mío con sus nobles +pensamientos y elevada emoción, produciéndome algo así como la gloria +del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la +conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en mí. Ya +lo habréis notado por lo endeble y desmañado de mi estilo, por su falta +de elegancia y de precisión, por su pobre ideológica y por esas fallas +de sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada +que haya sido nuestra educación. La sintaxis enseña a coordinar y unir +las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como el +espíritu de la mujer es por condición ingénita un poco incoordinable y +caótico, sus maneras de expresión, tendientes al charloteo, a imitación +del grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina del +discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujeres +para someternos también a ésta de la gramática. Nuestra única libertad +en el mundo es la sintáctica. Y conste que no soy feminista. Pero de +esto hablaremos otro día. + +Decía que mis mayores delectaciones están en la lectura. Mis autores +predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filósofos, en +quienes existe cierta armonía y un ponderado equilibrio entre las +emociones del corazón y el vuelo de la mente. No gusto de los +exclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageración y +fantasmagoría; ni de los exclusivamente filósofos, constructores de +sistemas, para cuya comprensión, además de carecer de cultura, no +alcanzan las débiles luces naturales de mi entendimiento. + +¿Y a qué viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro día +estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho más leer al +glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las +acotaciones del texto suelen tener un interés crítico y poético +extraordinario. Gústanme también mucho más sus comedias, tan graciosas, +tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombríos, con pasiones +tan violentas y protervas que parece no cupieran en el frágil vaso de la +naturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparon +mis ojos con esta frase: «La mujer es un manjar de los dioses cuando no +lo adereza el diablo». + +Quedéme suspensa y cavilosa. ¿Quién será este diablo aderezador? Ya +sabéis que el gran poeta inglés se expresa siempre en una forma cortante +y misteriosa. Su fuerza, más que en lo que dice, está en lo que sugiere. +Sus frases nos sumergen en la meditación y el ensueño; nos llevan lejos, +lejos, más allá de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no sé +expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes +mi pobre cabecita sufre vértigos y mareos. Para esclarecer los oscuros +conceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenáculos que +discuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus +obras. Ignoro si los exégetas de Londres habrán logrado averiguar cuál +es el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer un +manjar de los dioses. + +Pensando, pensando, pensando--no sé si con acierto, pues a veces se +acierta menos cuanto más se piensa--yo creo haber llegado a descubrir el +diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda. +No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo. + +Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud y +constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismo +diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista, +desfigurado y quimérico. ¿Quién sino el diablo pudo inspirar el +miriñaque, el polisón y, últimamente, sin ir más lejos, las faldas +trabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil, +deslizado? El miriñaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con su +amplia circunferencia, era un atavío absurdo, es decir, nos parece ahora +extravagante, pues en su época era natural, lógico y aun estético, +porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hábito +hace que la locura sea razonable. Dentro del miriñaque el cuerpo iba +suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras abuelas no +sentían los estremecimientos que produce el aire al calar nuestros +huesos. + +El diablo de la moda las hacía resistentes al frío, al viento colado, a +la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos, +nos da la calefacción del orgullo, de la satisfacción, del íntimo +contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los últimos cánones y +pragmáticas del lujo. Vino después el polisón, ese promontorio colocado +donde la espalda cambia de nombre, aditamento fantástico, incómodo, +grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que también +pareció muy natural, muy lógico y muy estético en su época. Y, sin duda, +tanto el miriñaque como el polisón tuvieron en su tiempo algo que los +hacía atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. La +prueba está en que nuestros abuelos asocian al miriñaque la evocación de +su amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias, +mezclan también a sus memorias el absurdo polisón. Nuestros mismos +maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasito +de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que con +mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los +latidos de nuestro corazón. Y es que, en el fondo, el diablo anda +siempre en el atavío femenino; unas veces en forma de falda trabada, +otras en forma de polisón y otras en el ruedo del miriñaque. Pero +siempre es el mismo diablo; no hace más que trasformarse. Con estas +trasformaciones el diablo se divierte y el mundo también. Y, en +realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen del +todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo de +las gentes maduras: las últimas en nuestro gusto. El fin de todas es el +mismo: irán a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen +en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones, +a otros gustos y a otros atavíos. + +La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el +cuerpo, que es obra de Dios. He aquí otro indicio de que la moda es +inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino de +corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. Ya +Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso». + + --Pues ¿hay usos en los talles? + --Sí; yo me acuerdo haber visto + Usarse un año a los pechos, + Y otro año a los tobillos; + Y esto no es mucho, que en fin, + Consistía en los vestidos. + +¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle +de su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse esta +trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepción +soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse que +la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la +arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si +hubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El +concepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de +la mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterando +el orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional y +lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y a +esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángel +rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de +trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad +especial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la +paradoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negar +que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos +a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué que +sólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando está +acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre el +diablo está dejado de la mano de Dios. Pero lo curioso es que, aun +cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las +normas dictadas por su genio maléfico. + +Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos que +el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, ni +la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante. +Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debe +a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismo +en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términos +más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud +que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda +trabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por +contagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. La +psicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasar +inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos +ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diablo +en su doble forma de coquetería y soberbia. + +El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de la +crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de +conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el +económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona +con la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito +de anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles, +en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio +de las modas es una contribución que la industria del pobre impone a la +vanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutaciones +calidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario del +pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de la +fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio +espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la +responsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren a la +burguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de +confección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates. +Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problema +social. + +He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las +modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga +de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del +conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de +toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente. +Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran +méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir, +que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe +otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort, +diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para +alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé +cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un +ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la +reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o +ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es +que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda... + + + + +LOS «TRAMITADORES» + + +Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su +apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir, +del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las +«planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin--tocar nada +más--temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a +los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el +orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola y la tristeza +profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos +temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en +parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces +literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi +poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis +que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como +cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las +palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda +el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento, +con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el +escribir tiene algo del «crochet»--y yo hago muy bien +«crochet»--confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es +muy inferior al tejido de mis manteletas. + +Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes +y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van +formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora +bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida +social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero +hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas +aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de +introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin +tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que, +habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos, +insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean, +una vez opulentos, alternar con lo más dorado--pase el galicismo--de +nuestra sociedad. + +El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto +laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método. + +¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de los +apellidos procéricos, de los que figuran en la historia de la +independencia nacional. Pero estos apellidos históricos, si no están +sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se +ven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar, +no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen +también aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia +patria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, por +entronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigio +intelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestra +última evolución republicana, en el ajetreo gobernante, político y +parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra +aristocracia. + +Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos, +aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas décadas, en las +cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria, se ha +desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un +poco heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En +Europa la aristocracia está nítidamente definida: la componen los que +pueden ostentar un título nobiliario, otorgado, justa o injustamente, +por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable +papel de barba. Pero siempre «papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de +eso, felizmente. Nos limitamos a decir: «apellido conocido», «gente +bien», «buena familia». Estos títulos--que acaso sean los mejores, los +verdaderamente meritorios--constituyen nuestra alta clase social. Mas, +como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el +sentido estricto, compuesta de apellidos históricos (verdadera +aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga +tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos +opulentos de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno: +pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo. + +Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. ¿Cómo se entra en +este gran mundo? Aquí empieza la función del «tramitador». No es difícil +esta entrada, pues nuestro gran mundo es fácil, abierto, asequible. + +El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien», hombre, en fin, +perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra +aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la +familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba +por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora +por grandes e hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la +presentación. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre +lleno de méritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por él +mismo, con alfalfares magníficos y animales finísimos. «Hombres así +hacen falta al país»--dice el «tramitador». Y tiene razón: estos son los +hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada, +muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor +estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo +más fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para +la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará +un día la gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras +justamente ponderativas: «es una monada; muy linda; toca el piano +admirablemente; habla francés como una francesa y recita versos de +Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador» tiene también +unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del +terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último +resume así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien». + +Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El «tramitador» está +relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir dando a +conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos. + +Al aventajado estudiante le apadrina en su presentación de socio en el +Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá le organice un +banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al +que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco. No solo por +estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus +relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio +«tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las +cuales toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada +a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que +todo lo prevé, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los +diarios. De manera que la señorita desconocida empieza a ser mencionada +constantemente en las crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad. +Tiene también el «tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en +la política o en el gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico +estanciero. El terrateniente habla con el personaje político de +problemas ganaderos y agrícolas, de la situación del país, de +exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de novillos y pastos, +etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de +realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los libros. +El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene +que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy +complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es +nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisión +informadora sobre la extensión de la aftosa. Los diarios dan cuenta de +sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero, +oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el país, justamente +conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen +al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por medio de unas +parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pública, +hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión +directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la +excelente señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su +edad, a su posición y a sus gustos. + +Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva al brillo social a una +familia que vivió siempre en una discreta penumbra. En breve tiempo su +nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene a formar +parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá +algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la +ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo, +es una de las condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social, +pues prueba su poder asimilativo en estos rápidos procesos de remoción +que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de +sociólogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quizá +alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva +además un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto. + +Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas +palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le inducen a ejercer +estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas? + +Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras veces, el espíritu +democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de +diferenciación de algún reducido grupo, lleva al «tramitador» a +convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente y la ya +constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran +mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones +difíciles en el orden económico, estrecheces doradas, angustias +domésticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos +apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aquí que haya +algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe de la familia +tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al «tramitador» +en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y +por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia. Otras +veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas +alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale +expresarse así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que +da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una +serie de mutuos apuntalamientos, de combinación de anhelos, de +asociación de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre; +otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere +sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el +fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también amor. El +equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario, +de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la +felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales, +ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le +falta, coordinándose así los deseos dispares. + +En estos casos, salta a la vista que el «tramitador» se está tramitando +a sí mismo... + + + + +LOS AFEITES + + +Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de +estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de +lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la +atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en +Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur. +En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a +la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur +dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para +consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte, +ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido +es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de +la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno +individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del +cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las +neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes +del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas, como sumidas en sueño +letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se +producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones +pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es +que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera; +pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con +sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado. + +Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir +si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede +afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de +la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas +heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es +muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico, +teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la +hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud +originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes +europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no +contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A +juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el +arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto +dice--pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi +esposo--es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones +sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de +la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al +sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo +que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!... + +Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear +o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura +natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a +renacer ahora en forma alarmante. + +¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta? ¿Engañarse a sí misma? +Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la +belleza pintada--suponiendo que esta pintura lo sea--es una belleza +pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda, +por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni +en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está +pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería +menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más +diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita +pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y +destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y +fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la +Naturaleza. + +Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces +psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de +los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos +a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el +historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas +azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo +tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y +refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la +tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los +hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe +también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido +la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se +estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen +náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal +pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los +elementos trágicos de la Naturaleza. + +Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se +simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que +es donde reside la verdadera belleza. La contextura orgánica de un +rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los +dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido +o contrahecho. + +Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto +fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose, +con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto +de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de +la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso». + + «--Un tiempo se dieron + En usar ojos dormidos; + No había hermosura despierta, + Y todo era mirar bizco. + Usáronse ojos rasgados + Luego, y dieron en abrirlos + Tanto, que de temerosos + Se hicieron espantadizos. + Las bocas chicas, entonces + Eran de lo más valido, + Y andaban por esas calles + Todos los labios fruncidos. + Dieron en usarse grandes, + Y en aquel instante mismo + Se despegaron las bocas, + Y, dejando lo jasifo + De lo pequeño, pusieron + Su perfección en lo limpio + De lo grande, hasta enseñar + Dientes, muelas y colmillos.» + +En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la +evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida. + +Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este +dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra. +Efectivamente, el rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos +así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los +componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad +psíquica. La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué +género de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No +será una personalidad real, con su espíritu revelado, sino una +personalidad de farmacia o de fabricación química, esto es, lo menos +personal que puede existir. De aquí que, el pintarse la cara, espejo del +alma, equivalga a pintarse el alma misma. + +Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco +escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el enmascaramiento +físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad +alguna en tales y tan deleznables artificios. + +Con todo, puede admitirse en las jóvenes este pueril error de pretender +acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica +siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los instintos +son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este +recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de +edad, casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama, +entrada en años, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el +espectáculo más grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las +arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. ¡Anular el tiempo con +afeites! Debajo de la pintura está visible la realidad; y el aparentar +treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela que los veinte de +diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de pensamiento +que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una vieja +pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la +serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la +pintura es, en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a +cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo +desengaño, y causa risa ver una mujer engañándose a sí misma de que aun +no está desengañada. Según Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi +marido, que lee filosofía alemana) las ideas y los sentimientos deben +ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El +afeite en las viejas viene a ser algo así como una chochera pictórica. Y +la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se +opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo, +pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron. + +Nada más bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro +estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría, todos los +movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una ficción +teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas +se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes +representados. Pero una señorita distinguida no debe representar más que +un solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al +crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida íntima y +familiar no debe convertirse en una comiquería. Si yo fuera hombre no me +casaría con una señorita que cambia de color su pelo. Tendría mis +sospechas de que un día pudiera cambiar también su condición espiritual, +y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con su +propia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender a +cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral hay +siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte del +mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo +que quieran los historiadores y sociólogos modernos. + +La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la +figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este +humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para +cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente... + + + + +LAS PACES + + +Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la +paz, en singular. + +La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o más +naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y +fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del amor en el +matrimonio después de la discordia. + +Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más fácil hacer la paz +que «hacer las paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No hay tal +paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de +magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace +creer a los espíritus superficiales que este último tiene un arreglo +infinitamente más difícil que el primero. Esto es un error de juicio, +que consiste en atribuir a la extensión de la trifulca o pelotera +internacional móviles más irreductibles a concordia que aquellos que +determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son más +duraderas porque sean más grandes. Hay guerras chicas que no se acaban +nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años, mientras existen +matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante. +Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacer +las paces». + +Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la paz hay reyes, +diplomáticos, cancilleres, ministros, políticos, gobernantes, etc., +todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para «hacer las +paces» no hay acción intermediaria y pacificadora, porque los +guerreros--los cónyuges--empiezan por ocultar su propia guerra. En las +guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor +de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la +vergüenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cónyuges simulan la +paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce +concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicación de +la guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta «hacer +las paces». Así, pues, los contendientes, los cónyuges, han de buscar, +en medio de su contienda, los métodos y las maneras de apaciguar su +discordia. Y aquí está, precisamente, la dificultad. ¿Cómo ser +simultáneamente, guerreros y diplomáticos, actores e intermediarios? +¿Cómo suspender las hostilidades? Dicho sin metáforas, en lenguaje +directo: ¿Quién ha de ceder primero? ¿Quién de los dos se anticipará a +ofrecer el beso o el abrazo de reconciliación, forma protocolar de los +armisticios conygales? + +Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es más fácil hacer +la paz que «hacer las paces». + +Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores métodos para concertar +armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva. Se trata de un +punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento de la +dicha eclipsada. + +Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No +queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la +deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y +las leyes humanas. He aquí--volviendo a nuestro primer argumento--uno de +los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz. +Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles +en absoluto. + +Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la +tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la cólera, un +concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una fruslería +en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino, +irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo +antípodas, no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más +espirituales son los cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a +otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la +derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde +una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espíritus ricos en +sensibilidad y emoción, cada sentimiento tiene su contrafigura. Quien +es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin límites. Sólo en el +teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola dirección; +es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta de +como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista. +No hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne +y hueso, con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus +pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de +los demás. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede +hacer muy felices, pero también muy desgraciados: nos dará grandes +ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y también tristezas +agobiadoras y melancolías profundas. A un alma muy amorosa y tierna le +hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descortés, un acto +egoísta, en una forma mucho más aguda que a los seres de sensibilidad +normal. Y así su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarán al +punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la +venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es +pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un +sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro +espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues +la propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá +dar escape al rencor en venganza. + +Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan +inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas +complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y +rencor. + +Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio. +Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la +pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra +hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría +interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en +llamarada de odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor, +aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor. + +¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer +las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del +disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa +la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta +guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de +los contendientes no se rinda a discreción. + +Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso +el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la +persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo. +Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe +emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un +incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor. +Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser +veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta +bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con +cortesía te echa rosas a la cara». + +La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón. +Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la +sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección +está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»--dice Miguel +Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas--. +Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra +felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo--dice San +Bernardo--; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro +realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que +dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra +intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón. + +Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a los santos +escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan +Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la +mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una +fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan +Crisóstomo--perdóneme el santo varón--debió llegar a la santidad por la +influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía +ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna +ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna. + +Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los +enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo +constantemente su definición de la paciencia, una de las principales +virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para +«hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la +paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la +paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro +la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que +veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que +sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el +sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo, +hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él». + +Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a +este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen +de la bondad. + +Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos +impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor +propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por +nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa; +quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón. +Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar +los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida. + +Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por +una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me +contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su +espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo +amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso. +¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello +en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba +si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador +para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado +en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se +agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso +a toda palabra. + +Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que, +por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que +no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo +que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no +llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi +pequeña ofensa. + +En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño +anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce +místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita +azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo +tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó: + + «¡Ah, qué dulce es la sonrisa + Del hogar hermoso y tibio, + La recíproca mirada + Que denuncia regocijo, + Cuando al fin dos corazones + Se han fundido en uno mismo. + Y uno en otro confiados + Viven en su amor tranquilos. + ¡Ah, qué santas alegrías! + ¡Ah, qué goces no sentidos + Vuelan como blancas hadas + Por la cuna de los hijos! + ¡Cada cuadro es un recuerdo, + Cada mueble es un amigo, + Cada lágrima es un beso, + Cada dicha es un suspiro!» + +Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay +canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...» + + + + +CROTALOGIA + + +Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que +vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo: +críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones +oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los +elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo +bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor +escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los +movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado. +Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito +de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar +de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra +traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no +tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su +inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte +embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro +que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el +quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un +tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso, +ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el +instrumento verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y +por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que +cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no +como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas, +fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con +trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando +mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una +mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada. + +Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente +en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. «¿Y cómo sabe +usted que es bonita y joven?»--preguntarán mis lectoras. Deduzco que es +joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en +nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es +linda por la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la +belleza física y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las +feas saben más gramática que las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin +duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte, +gran importancia la perfección ortográfica en una mujer bonita. Su sola +presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será siempre más grata +que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla con los ojos, +apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que todo esto +no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en +cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este +mundo. + +En la referida carta se viene a decir que las anteriores crónicas son +excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los +temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según palabras +textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más +divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc. + +Reconozco la razón de la señorita que me escribe. Y ello me demuestra +que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar bien. +Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por +tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los +crótalos, nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo +que mi comunicante quedará complacida, pues no hay nada más alegre que +unas castañuelas. El tema sólo corre el peligro de no estar bien tocado. +Pero téngase en cuenta que si no es cosa fácil tocar bien las +castañuelas, aun es más difícil escribir sobre ellas, abarcando todos +los puntos de su historia gloriosa y de su significación en el arte y en +la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las edades +clásicas y de los modernos tiempos. + +Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es invención mía. Sirve +ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el señor +licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo +un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en +catorce capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la +monografía más perfecta y acabada del arte castañuelero. El licenciado, +hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las +castañuelas, lo cual no impide que enseñe en catorce capítulos cómo han +de tocarse. Para enseñar una materia no es absolutamente imprescindible +saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía» del licenciado Francisco +Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las Facultades +modernas. + +Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentísimo en esta +apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el +Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de +las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano» (oración +memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en +las castañuelas. + +Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador +Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra +al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su +imponderable «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus +agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres +o más y las traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del +sonido que hacían dando unas con otras: así formaban un preciosísimo +instrumento que tocaban con los dedos, además de un adorno gracioso y +rico: y a lo uno y lo otro llamaban «crotalia», esto es, «castañuelas». + +Debió existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y +esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano, +pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al +gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los +hombres han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma +Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto +también precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su +natural propensión a adornarse y a emplear en su servicio las mayores +preciosidades de la Naturaleza»: Alude Plinio en estas palabras +inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban como castañuelas. +Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su «Crotalogía»: + +«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que +escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que, +además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda +por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una +almendra». + +Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era español, de +Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a todo lo que +significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador economista, ni +un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que tales +cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El +español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete» +con las damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se +explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo +los metálicos crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda +presentía que, al andar de los siglos, serían las castañuelas el +instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del +imperio romano. De manera que los «paliyos» no son una creación +española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en España, la cual +agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del palitroqueo. Por uno +de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde su solio +de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél +instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su +tierra nativa. + +Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la prehistoria de las +castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los oídos; el +repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan +difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos. + +Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco +Agustín Florencio estampadas en su monumental «Crotalogía». Habla +extensamente de las maderas que deben emplearse en la construcción del +instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sándalo, +el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil +teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano +que prefería el leve y sutil sonido de las perlas. + +Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con +el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se armonicen, usando las +morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto, +ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la correspondencia +que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de los +zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada +que signifique armonía y gracia plástica. + +El último capítulo de la «Crotalogía» está consagrado a la manera de +aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el capítulo más genial de +la obra. Como el licenciado, según su propia declaración, no sabe tocar, +tenía que inventar un método en que el maestro no fuera necesario, o +mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos pusiera en +condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo de +filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía» +se sale también castañeteando. + +La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio de suprimir la +enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que todo está +librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no +existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la +«Crotalogía» es imprescindible y viene a llenar esta evidente +deficiencia de los compositores. Para tocar las castañuelas no hay más +que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo +último escape está en la punta de los dedos. Ahora bien: como los +nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía prever +tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es +una forma de tenerlo todo previsto. + +Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la acción +pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio. Las +castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada +cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está +principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado +por Grecia y por Roma. + +Espero que habré dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de +esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la +gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la «Crotalogía» del +licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro clásico muy +divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los +«paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y +dése tres «pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en +vuelo, que es la postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la +acompañará mi jaleo con los sacrosantos: ¡olé! ¡olé!... + + + + +ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS» + + +La crónica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir +de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los salones, +Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de apellidos +merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su marido, +aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta, +debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en +Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La +fortuna de Rosalía arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz +y laborioso, que empezó de alambrador de campos y terminó en gran +estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de +su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros registreros de la calle +Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El +segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro +patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué +muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de +Rosalía por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante +y prestigioso Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora, +que acompañó a San Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así, +pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Pérez, representan la +creación de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y +los dos segundos, del Moral y Cámpora, significan el abolengo, la +tradición, la historia patria. Y es natural que Rosalía luzca estos dos +apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios. +En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres líneas, bien +merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la +historia militar y política del país y la representación de los modernos +progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga +reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe--y muy justamente--su +merecida representación en nuestro gran mundo. Con los apellidos de +Rosalía ocurre lo que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán +los primeros». Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los +primitivos Arregui y Pérez sientan cierto íntimo orgullo por su +entronque con Cámpora y del Moral. + +Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía: + +«Los Carpinchos», julio 15 de 1916. + +Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto te recuerdo desde +este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el invierno, si no +como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar +intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa, +queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas +y me río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más +divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario +conocer mucho el espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice +ciertas cosas; qué fin tienen determinados conceptos; a quién se dirige +tal frase; cuál es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intención +que guió la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que +me divierto leyéndote. A Ricardo le digo siempre: «Mira, esto lo dice +Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc.» De +manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto. +Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué no vienes a pasar +unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades, +aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos +rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos. + +Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente. Al principio me +aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice nuestro +noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí +viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen +las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las +mismas desventuras y las mismas alegrías que en la ciudad más populosa. +Es cuestión de saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos +rodea. El espectáculo del mundo, más que en el mundo mismo, está en los +ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en «Los +Carpinchos» y en el teatro Colón. «Visto un león, están vistos todos los +leones; vista una oveja, están vistas todas las ovejas»; y vista una +persona, casi están vistas todas las personas. ¡Qué bien dirías tú todo +esto que yo no acierto a expresar sino en términos de una humilde +pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones, +vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades. +Tenemos dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es +ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta» +está en la pulpería, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere +a éste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de +veras. Y es inútil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a +quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero éste está +entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora +celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin, +como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac, +chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un +pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los +instintos son los mismos y los corazones arden igual. + +Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que +son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de patitos, que no te +puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay +inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar los +reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos. +Tengo también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el +esquife de Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes! +Nadan entre los patos con el aire de dos señores feudales entre una +plebeya y vil democracia. Doy también grandes paseos por el campo. Y me +quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pájaro, tan +elegante, tan señoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su +manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas +tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando despacito por la +pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro, +acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada. +Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los +símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta +elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es +tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico, +estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una +delicadeza encantadoras. Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el +pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan. + +Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la ópera que se va a dar +en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de +las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el +campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos +potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que +desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte, +curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire, +las lluvias, le da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es +necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como +antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulación, se +metió a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las +provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los +Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo +iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantásticos que +vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde, para hacer +ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo, que +estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude +lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos +fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios, +sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso--ya conoces a +Ricardo--me hizo comprar no sé cuántos trajes; me regaló un montón de +alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como dicen los españoles. Cuando +volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había comprado no valían +nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras. ¡Qué apuros! +Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín. Todos los +días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan altivo y +tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes, +que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan +triste y tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar; +prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa +manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y +felices». Total: vendió todas las tierras, casi media Rusia, por la +quinta parte de lo que habían costado. Y como no alcanzaba para pagar, +tuvo que vender también dos estancias de las tres que teníamos. Nos +quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan +delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho +cariño al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco +Arregui nos hemos salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué +temporal, querida Marianela, qué temporal hemos corrido!... + +Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó, como te digo, la +estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo: +«¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los Carpinchos?»--«Yo +me entierro contigo en el fin del mundo»--le respondí. Gran abrazo. Los +abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad. Levantamos +la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes, +a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta de vagos que puestos en +fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos», +a trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita +que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice +Ricardo que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas +ovejas. «A la vuelta de pocos años--me dice Ricardo--nos podremos +farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de +trescientos mil pesos de renta».--«¡No, Ricardo, no por Dios!--le +digo,--porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con +insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías que ir a ver +a los señores gerentes, que Dios confunda». + +No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; aún relucen +las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche; almuerza en +cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras +veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote, +un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene +hacia mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se +fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a +cenar. Mientras cenamos me hace la crónica social de todos los ranchos, +que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es +la misma, como te he dicho; sólo cambian el medio, las formas y los +trajes. La humanidad es una misma edición; sólo varían las cubiertas; +unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica; pero el +contenido es igual. + +Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una escena que quiero +contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero +muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues bien: +muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos +gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace +esta reforma: + + «No debo nada, + Ya soy feliz + Con Rosalía...» + +Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que deja tamañito a +Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su +estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es +magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda +magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones. +Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca; +pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío. +¿Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo, +hijita! Su energía pulmonar, sin entonación musical, como un grito +primitivo, me produce una embriaguez y una emoción superior a todos los +poemas. Todas las galanterías y todas las finuras que me dijo de novio +en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese +grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo. +Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta +tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado, ¡oh! +apasionadísimo... + +Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. «Te +aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires. +¿Quieres que nos vayamos por unos días?»--«No me aburro--le digo;--no +hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra +todo el mundo». + +Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y +ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces--la verdad--se apodera +de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre, +satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un +firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de +todo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos, +la culpa fué mía tanto como suya, quizá más mía. Así, pues, quietos +aquí, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira... + +Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile +que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me iba +a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolví +quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en una +larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo +mucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera +deplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir al +mostrador para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que el +Presidente tuvo que andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que, +como don Victorino está por caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobre +todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son +más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un Presidente, cuando está +por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos. ¡Pobre don +Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza, +rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al +fin, llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido +llegar a todas partes. A mí me es muy simpático. + +Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejor +abrazo.--=Rosalía=.» + +Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta a +los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeño +chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las mejores +virtudes que pueden adornar a una mujer. + + + + +EL ARTE DE ESTAR ENFERMA + + +Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. + +«Los Carpinchos». + +Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por pedirte dos veces +perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad +tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular donaire +expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente +conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus +esperanzas y las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo +perdón que te pido es por no haberte contestado antes. He estado +enferma, como habrás visto en las crónicas sociales de los diarios, +donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de +mi dolencia. Hemos sido muchas las personas «importantes» que hemos +sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dónde +ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han podido influir +las crónicas sociales. + +Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qué +consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por +dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que +consiste en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de +escuchar las locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal +reside en sujetar la locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la +verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa +que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay +locura. Pero a los músicos no les basta la razón para hacer arte, y de +ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos máximos, deliquios, +amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos, divinos estados de +ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos delirios. Ordenar +y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los +músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en +realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco +rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama, +sujetan a razón su melografía delirante; de donde se desprende que la +razón, aun tratándose de locuras melodiosas, es y será siempre, antes +que la música, el arte de las artes, la facultad soberana del humano +espíritu. Por lo demás, la música expresa sentimientos divinos, si bien +tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revés de los +ángeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra +al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el uso de la palabra, +con la que tanto se peca en la vida. + +Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza al salir del teatro. +Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge--ya sabes lo cariñoso que es y +cuánto se preocupa por mi salud--me advirtió que me abrigara bien. No +hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al +automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso +del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose +más de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos, +chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido +de agonía. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de +cama. + +Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido. Ya le conoces. Es un +médico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo, +supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que los +galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de +palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos +que el estudio y las preocupaciones científicas les han impedido +adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la +farsa fina, discreta, cortés, delicada. Pulido es en este sentido lo más +pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los +otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos hemos empeñado +en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado mucho +las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla +y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en +todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que +acabará por ser el médico de cabecera de todas las familias conocidas. +La de Esquilón, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que +cualquier almanaque. + +A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le +estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retórica +científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en +tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras +nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al +conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión +de sangre. Pulido, en su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y +todas las palabras modernas de las Facultades de Berlín, París y +Estocolmo. + +No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana +estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que se había +suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas, +todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez +repentina: no sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no +quedara de mi cuerpo más que el molde externo. Parece que deliré algunos +días, (sin pentágrama). Según me dice Jorge, te nombré varias veces: +¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente. +Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido +decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que más +pavor me causa es oir razonar a la locura. + +Felizmente no proferí disparates desatados ni formulé razones +sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo pensando +que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues yo, +como casi todo el mundo--salvo unos cuantos seres +elegidos--representamos la normalidad, traducida en la infinita +extensión de la tontería en la tierra. + +Al entrar en la convalecencia pasé horas de profunda melancolía. Una +tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño por su tamaño, +grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis ojos con +estas líneas: «La enfermedad es como citación y último emplazamiento +que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de +religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de +frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un +sentido abismático, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha +mucho el entendimiento. Lloré... + +Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí adquiriendo fuerzas, +desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era más +que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema +de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás +quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad +apaga el valor y enciende el espíritu. + +Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quizá no las entiende +bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas vulgares; pero la +humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que +cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos +sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida», +«muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin +entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así +vamos, apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo +sugirió la lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas +horas, un verdadero estado de gracia. + +Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La +tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su +dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en +el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he +estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando +estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor +de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando +por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si +yo llego a morirme. Su respuesta fué muda, pero elocuente. Nada +espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte, +pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña +enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera +inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable. + +Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del +interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al +encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna. +Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago +votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan +tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas. +Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más +estrecho y apretado abrazo.--=Marianela=. + + + + +LAS INQUIETUDES DE PETRONA + + +Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho, +mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla. + +Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa +suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es +digna de un sitio preferente en el santoral. + +La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la +economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de +notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro +en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que, +entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el +marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción +Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la +ganadería. Hace tiempo escribió una memoria--resumen de otras varias +escritas en otros países--sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose +del luminoso estudio que es mejor sembrar donde las lluvias son +regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y +la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde +en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del +porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos, +por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están +inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional +del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas +irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de +una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener +que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la +gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las +fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no +podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país. + +Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un +ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con +un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide +discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo. + +Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga +Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por +todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere +inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado; +declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la +oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y +planimetrías en los desiertos. + +--¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada? + +--Nada. + +--Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa +tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo, +sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando +obtiene un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica, +es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos +para hacerles partícipes de su íntima satisfacción. + +--Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando +participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas. + +--Cuando a mí me nombraron presidenta de las «Hermanas de Santa +Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a +contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin. +¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No +vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil +manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo. + +--¿Crées que lo celebran? + +--Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y +ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte--¡qué +quieres, Marianela de mi alma!--no me explico ese silencio, ni esa +reclusión, sin dejarse ver de nadie. + +--¿Y qué te importa? + +--Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que +Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el +elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer +cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás +y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan +más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que +se puede hacer con la tierra. + +--Excepto adquirirla.... + +--Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a +mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como +ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir. + +--¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los +rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente. + +--Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes que yo no soy +politiquera--la mujer en su casita--; pero, claro, he tratado de +explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de +una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, +porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible +esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la +gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia +de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas +colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para +trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice +que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de +Europa. ¿Qué más dará? + +--No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar +carne que maíz. + +--¡Ah!... + +--El chancho valoriza el maíz comiéndoselo. + +--Pero si se lo come, ya no hay maíz. + +--Pero queda el chancho. + +--Es verdad. ¡Que tonta soy! + +--Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este +punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue... + +--Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin... +nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en +cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me +conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio. +Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré, +supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el +deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué. +Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me +agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas. + +--El amor es un cristal de aumento. + +--Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de +abstención. ¿Quién está tantos años abstenido? Además, no tenía derecho +Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le +dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país +necesita de usted»--le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía +el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha +sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es +siempre el mismo hombre de acero. + +--El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el +florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona... + +--Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su +origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo +primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre... + +--Creo que exageras, Petrona. + +--Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer +herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su +talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin, +hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura. + +--Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona. + +--Es lo que digo yo. + +--Y todo el mundo... + +--Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me +alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle... + +--¿Tú crées?... + +--¿Y cómo no?... + +--¿No están seguros?... + +--¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo. +¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas? + +--¿No tienen posición tus yernos? + +--Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el +que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a +saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo +decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro no llega; se +queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá, +en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que +venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya +acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones. +¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano, +después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan +luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente +copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta +Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin +de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le +van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la +del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a +Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo +va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor +dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo +he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis +yernos son buenos y las muchachas lo mismo--ya sabes lo bien que las he +educado--pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos, +incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta +gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué +hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como +puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con +algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos +muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo +de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca +abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado +medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué +esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona». +Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos +cuando los demás, hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse, +aunque haya que clavar a medio mundo... + +--No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar. + +--Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se +arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a +mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de +saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es +así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo +le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el +mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el +mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer +unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz, +ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy. + +Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir. + +--Todo se arreglará--repito, por vía de consuelo. + +--Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber +nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte. + + + + +PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION + + +Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce +con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado +en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la +murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente, +victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe +tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la +crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue +resistiendo con toda lozanía la condenación general. + +La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos +ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos, +y la vida sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues, +en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que +sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con +la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve +ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de +conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye +poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces +y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es +un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir +nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer +armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi +todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social. +La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando +su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los +impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La +murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección +íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio +esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter +discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica +franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía, +más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración +corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un +alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde +Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin +duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y +no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en +vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa +memoria. + +La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que +ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros +defectos. Con tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos. +De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su +abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía... + +El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo +erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos +de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi +amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no +saben que todos murmuran de todos. + +Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología +del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve +la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo +son sus ímpetus de malicia, le perdono». + +He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la +murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado +tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se +convierte, a su vez, en murmurador. + +La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde +las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la +murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de +nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades: +hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de +expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los +demás, se crucifica a sí mismo. + +Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista +absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran +poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay +tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos +demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica +estética dimana el progreso de la belleza. El mundo todo es un continuo +rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la +murmuración de sus hijos por los siglos inacabables. + + + + +LOS SECRETOS + + +El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines» +y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos +días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día +quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774, +leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba +mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero +le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con +un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético +secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo +a todo el mundo». + +En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el +secreto de la propagación de los secretos. + +¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas +psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas +estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos +libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos +trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo +digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera +paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra +conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño +cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante +inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas, +de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros +quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en +nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta fijeza, +esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos +de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien: +para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues, +los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica +de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe +por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos +criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí +que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un +cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su +mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito. +Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el +esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su +propio secreto. + +La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar +son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos +que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los +demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito +de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que +nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también +«reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia +acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el +deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que +prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro +motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una +causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el +verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una +zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por +sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola +persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de +tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la +noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra memoria se aligerasen, +como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida +interior. Respiramos... + +Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo. +Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es +un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto, +conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que +nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero +en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a +trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como +dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible. +Cada historiador, con unas cuantas verdades--si acaso las halla--arma su +cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por +la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi +marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno--no recuerda +cuál--que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la +historia moderna. + +Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un +secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un +verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los +agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar +completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración +radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro: +los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los +reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto +mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se +propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba +de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto +a voces. + +Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al +trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por +miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada +instante. La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen +la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos +y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto. +Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más +reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre +justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de +temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso. + +Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los +secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona. +Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos», +contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque +todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen +juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice +Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena +conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su +marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna, +perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece +que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí +eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo +los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al +relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el +secreto de su vida. + +En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación +conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La +política no da más que disgustos... cuando se cultiva +desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir +que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el +próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo +que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa +que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca este deseo quien ha de +nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don +Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya +no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que +su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio +estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto, +llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda +urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus +luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería, +puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me +obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido +ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre +también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un +estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona +que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta, +he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los +intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo +tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo +el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes. + +Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque +confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo +el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don +Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar +trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de +Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del +periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida +organización. Y nada más sólido que don Eleuterio. + +El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir +que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos +perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en +cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que, +alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no +saber nada. + +Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga. +Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella. + + + + +LA DESVENTURA DE LUISA + + +Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme +sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación +con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos +fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas +las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a +gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra +«haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios +de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un +instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de +amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar +juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y +Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su +adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta +lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas +de Luisa. + +--¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy! + +--¿Tanto, tanto? + +--¡Mucho, mucho! + +--Pues ¿qué te pasa? + +--Que Daniel me abandona. + +--¡Cómo! ¿Qué dices? + +--Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los +hombres!... + +--Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y +los amamos en particular. Este es nuestro error principal; error al +cual se debe nada menos que la vida del universo. + +--Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te +digo es que yo soy muy desgraciada. + +--¿Por qué? + +--Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me +abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la +mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en +casa--muy pocas--yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi +siempre se marcha. + +--¿Y a dónde va? + +--Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me +mortifica y me desespera. + +--¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey? +¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los +maridos distraídos en devaneos. + +--Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo, +viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías--porque, eso +sí, es de lo más galante--pero, hijita, se queda allí. + +--Entonces, tus celos... + +--Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se +hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece? + +--No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le +querrías tanto. Un marido un poquitín calavera--un poquito nada más +¿eh?--es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no +suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los +santos--suponiendo que los haya--no están bien más que en el cielo. +Aquí, en la tierra, los calaveras--claro, con medida--son más amados que +los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio. + +Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y +traduce así mis argumentos: + +--Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo... + +--No he dicho zonzo; he dicho ángel. + +--Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en +casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!... + +--Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a +tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y +la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu +desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande. + +--La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar +me regaló el día de mi santo. + +Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel +no es bueno--agrega--porque me abandona». + +--¡Magnífico collar!--exclamo.--La mayor parte de los hombres son más +capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una +gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace +buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes +acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones +sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no +quiero meterme. + +--Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos +que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo. +Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le +intereso! + +--No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle! + +--O le interesa más el Jockey. + +--Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato +de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya +mejor tiene que ser obra tuya. + +--¿Y cómo? + +--Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle de ese centro hípico. +¿Te enojas mucho cuando llega tarde? + +--¿Y cómo no he de enojarme? + +--Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y +más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura +constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una +piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de +agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón +para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada +de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella +que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no +retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más +solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la +propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es +nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la +conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey +Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de +modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus +amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que +en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de +arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo, +en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás, +Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno +quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el +amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la +excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el +otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la +esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo +de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta +que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se +quiere mucho se transige mucho. + +--¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo +transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no +transijo, ¡no transijo y no transijo! + +--Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la +intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con +bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas +agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos. + +--Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el +enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego, +ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a +embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una +loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere. + +--Tienes que disputárselo al Jockey. + +--Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me +fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club. + +--¿Y se lo dijiste luego a él? + +--Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que +gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y +con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser +de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas +todos los caballos de carreras!... + +Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita, +que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa. + + + + +DESAVENENCIA TRASCENDENTAL + + +Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad +inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del +altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas +en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar yo de mi +marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por +qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo +que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre +lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos +rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio +ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo +cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy +convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón +de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo +mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo +en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo +particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que, +procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni +lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi +alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas +facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de +mi casa, de mis amigas y del centro social en que--por dicha mía--me ha +tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho +basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables +comunicantes. Y vamos a nuestro asunto. + +Jorge, mi marido--lo diré una vez más,--es un hombre adorable. Toda +palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante +su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su +nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos +disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse +otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en +desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi +marido. + +La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro +años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de +rulos rubios que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros +corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y +allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia +transitoria. + +Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola +rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La +diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y +dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar, +resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se +ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras. +De pronto dijo mi marido: + +--Se va a parecer a mí, en carácter y en todo. + +--No lo creo--respondí. + +--¿No lo crees, o no lo quieres? + +--Ni lo creo ni lo quiero. + +--Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse. + +--No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos, +lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y +de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los +gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el +gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son +muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil +sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más +profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El +martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les +produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos. +Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus +justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son +imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la +educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no +serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal. + +--No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo de hombre, no deseas +que nuestro hijo se me parezca. + +En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del +rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en +mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos +hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del +sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su +pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor +inefable. + +--Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a +ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres +ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes. +Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que +pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser +modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela, +no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la +espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace +igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi +ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá +ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros +sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de +los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro +humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y +cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos +recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma, +ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras, +se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan +asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma +manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma +especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene +personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una +manera propia, haciendo giros y piruetas que caracterizan la +particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del +espíritu que en el ámbito azul las mueve. + +Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia +natural. + +--Pero hablábamos--me dice--del orden moral. + +--Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y +diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres +iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual +a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros. + +--Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de +un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca? + +--Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan +bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como +hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En +todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas +sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo +expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; +que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y +yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su +alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por +su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero +quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas +propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación +personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara +concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su +inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera +la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las +demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un +modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima +personalidad. + +--¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más +felices? + +--Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad. + +--Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás +que se parezca a tí. + +--En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la +intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil... + +--No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por +tí. + +--Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos. +¡Vaya una suerte que espera a la futura!... + +Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar. +Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios +parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos. + +--Después de todo lo que hemos hablado--dijo Jorge--quién sabe la suerte +que le espera en el mundo. + +--¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi +alma!... + + + + +LAS REINAS EN LA GUERRA + + +En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta +salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles +en tiempos de Luis XIV. + +La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos +sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el +ajedrez--que es el remedo más perfecto de las batallas,--el desastre +definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que +alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus +accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está aún +perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se +acabó de una manera irremediable y definitiva. + +Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la +reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la +estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las +batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin +embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo +de unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el +rey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro +reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el +matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la +complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre así +en la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos, +puede ocurrir--ocurre con frecuencia--que los deseos y simpatías del rey +y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza, +de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los +monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño +detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son +inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico +escritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de +los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su +círculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas, +cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y +los anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada la +partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones +tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en +encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría, +alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y +errores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen +pasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes +y la Biblia. Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre +un pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.) + +Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ninguna +reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan +solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático, +resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la +reina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de +todos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos +de carreras. + +El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos, +ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los +príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos +conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la +reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las +cuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido +ocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historia +aclara algo. + +Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es +marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y +contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales +pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores. +Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó +los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y +rusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido +túneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le +pusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido. + +Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado una +reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimo +del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta +influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está +muy enamorado, la reina hará lo que quiera. Y reinando sobre el rey, la +reina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de +creación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la +mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha +jugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a la +majestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura. +Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debían +atenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme». + +La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey sea +tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se mete +en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo que +el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no +se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose las +pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno con +corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es +un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a +ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su +sentencia, ser destronado. + +Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la +prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus +deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo +infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútil +me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes +sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales. + +Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «las +historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede +ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias +nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infeliz +en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que un +puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren con +más frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas +veces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer +que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o +plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, son +muy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de los +reinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo no +entiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En tal +sentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resuelto +el problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el marido +de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave y +reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones +republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten +con más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no +por mandato del rey o por antojo de la reina. + +En los magnos sucesos históricos, la reina se diferencia del rey por su +menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A +la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en +cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la +reina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y +deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir: +la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halle +en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aún +no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer +que sean mejores ni más sensatas las que aparezcan sobre la tierra en +las futuras edades. La reina, más instintiva siempre que el rey, tiene +un juicio más exacto de la posteridad. + +Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate esta +materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicación +reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado +en mi vida un palacio real ni he conocido nunca a ningún monarca ni a +ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que +en el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra +por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido +a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta +sociedad. El nombre y la opulencia--más aun la opulencia--determinaron +que fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar, +cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hice +muy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestras +conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia +de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto, +de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeño +ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las +reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas... + + + + +FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO + + +El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una +pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mi +hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes, +pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo. + +La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas en +sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía son +mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi +ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho +esta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para +lanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto +algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos +Aires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido de +la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espíritu +ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio +elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la +sociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiere +andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelas +que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo que +tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al +día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad. +Pero, para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no +basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo +el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las +impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su +cerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallen +cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación, +ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De +ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan +maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa! +¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...» + +Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa +por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo que +ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las +molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana +deseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella +amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron +lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad +porteña. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones +femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos +salones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido en +el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo +que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común, +para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estaba +descontado que la presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en mi +casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mi +marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere; +¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las +costumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez +y que es inútil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy +bien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por ser +muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas. +Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad más +profunda. + +A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de +muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muy +lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal +preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes: +Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles +merecen párrafo aparte. + +Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados, +prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, como +hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el +talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si +estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado, +con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de +colores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas, +en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón +remangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores se +confunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arco +iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su +peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas. +Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañana +con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta +que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias +odoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino +apelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como +de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de toda +idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un +coco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos +jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar así +el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos +los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de +vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en sus +cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los +sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendo +perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan. + +Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de los +jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentaban +un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigo +de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña +preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?» + +--«Forfey»--repuso Pedrito. + +Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho. + +--«Forfey»--me dijo Jorge--es una palabra inglesa para significar que un +caballo se ha retirado de la carrera. + +--¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estos +jóvenes! + +En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrina +Lucía preguntó: + +--¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía? + +--No entraron en el marcador--respondió el joven Evaristo. + +Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de los +más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre». + +Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante. «Es cache»--dijo +Enriquito, que entiende mucho de modas. + +Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Los +jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significar +cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No +logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra +verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era +puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del +espíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y +oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los +deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un +espíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Para +sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantos +caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su +cabeza en un ciprés. + +No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras +riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo, +de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta +nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor +estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la +adquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros, +prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en +forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores +aún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos +mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hábitos de trabajo, sin capacidad +de adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de +otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos? Felizmente para +ellos, pocos llegarán a octogenarios. + +¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estos +sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el +mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Y +así, durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu +varonil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante +blanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En +aquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una +inalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» como +dicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer? + +Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de mi +excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria. +Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente y +muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo +afecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en +todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo +alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo +casarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta, +al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estos +tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata. +Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección de +mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿por +qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y +tan ingeniosa?»--«No--me respondió;--no me atrevo, ni me conviene, +porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de +marisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola, +y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».--«Bien hecho--la +dije,--no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. No +te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muy +hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesilla +se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las +pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura. + +Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa de +aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por serme +molestos. No veía la hora de verlos desfilar a la calle. Todos ellos +ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en +nuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos +ocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno +está debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con +la reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas, +sobre todo Carmencita, que es la más frívola. + +Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a una +salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estos +tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos de +la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más +bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones +provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su +carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a +su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréis +sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De +aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritus +luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo, +Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas +benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se +convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los +escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán, +por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en +esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que +antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las +actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las +cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y +permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que +habéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en +espiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vida +dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida de +una mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid +de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad, +insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...» + +Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si me +harán caso. Lo dudo... + + + + +INES Y LOS CIPRESES + + +Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar en +sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a +darme las gracias por haberla invitado. + +--¡Qué dices, muchacha!--exclamé--¡las gracias te las debo a tí por +haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia! + +Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño. + +--No diga usted eso, señora. + +--Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame +Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo +comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes. + +--Yo también la quiero a usted mu... + +La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su +congoja lo que no pudieron expresar sus labios. + +--Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del +aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno, +bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a +murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses? + +--¿Por qué los llama usted cipreses? + +--¿No te parece bien puesto el nombre? + +--Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso, +compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se +parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no +parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica. Los demás +árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en +la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad, +su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario, +son todos iguales. Visto uno, vistos todos. + +--Como ellos. + +--Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste, +melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el +sentimiento del vacío y de la nada. + +--Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes +en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni +siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la +jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa +alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es +triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino +de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. +Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas, +profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos, +atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos +últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los +otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la +vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la +tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de +ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, +abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en +lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única +diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros +semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho? + +--Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez +que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo; +el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo +agradezco a usted... + +--Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de +casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada. + +--Lo dice usted por consolarme. + +--Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más +que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso, +me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di +otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha +enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy +poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los +35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para +casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que +Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más +que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que +por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice +Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los +jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa +es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó +también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no +sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la +noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua +y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay, +Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!». + +Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a +quedarse ligeramente triste. Trato de animarla: + +--¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?... + +--Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los +minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros. + +--¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación? + +--Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé +de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una +palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por +minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos +debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones +de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz +baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó +asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas. +¡Qué galante!... + +--¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!--exclamé, riéndome;--ya noté +que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo. + +--Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito. + +--Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron? + +--Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de +Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró, +en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que +son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita--agregó +con gravedad imponente:--después de haber estado en Longchamps y en +Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a +Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A +Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y, +sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse +a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede +vivir. + +--Y Enriquito, ¿qué te dijo? + +--¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos. + +--Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo. + +--No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más +elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la +Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje, +pero «previas» algunas reformas que me explicó con gran riqueza de +detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el +día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un +sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le +dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse». + +--¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual? + +--Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido +a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha +traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se +hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea +usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los +faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la +elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en +mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta +definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la +persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le +agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me +dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos +inconvenientes de la conflagración». + +--Y con Ernesto, ¿cómo te fué? + +--A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no +eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas +este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones +constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo +completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la +corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de +pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted +por los radicales?»--«¡Qué esperanza!--me respondió;--no es gente +conocida...» + +--¿De manera que te aburriste en grande? + +--No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida. + +--Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada como la +inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de +muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el +inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente, +le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un +tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto, +redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos. + +--Pues hay uno que... + +--¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo? + +--Sí; estaba aquí anoche. + +--¡Qué me dices! Cuenta, cuenta... + +--Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré, +porque necesito su consejo. Mamá--ya la conoce usted--en siendo rico y +persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene +usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata +que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!... + +Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de +estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y +un poco intranquila. + + + + +LA FIESTA HÍPICA + + +Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo, +límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la +desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor. +Todo es vitalidad, alegría, florescencia. + +La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera +del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada, +inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí +misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media +ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto +tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del +Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta +burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses», +embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del +mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países, +tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida +bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc., +estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución +social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos +sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos +países--un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco +estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos +en su total existencia--narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a +sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco +civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de +la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de +todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura, +irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia +entre el mar Caribe y el río de la Plata. + +También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante +gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor +Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los +grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El +hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los +socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las +tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el +hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será +modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una +deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los +«clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial. + +Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las tribunas populares +a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de +ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas +disparadas por arcos a máxima tensión. + +Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas, +han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos, +los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de +combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana. +Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco +rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados +por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del +aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado, +ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo +azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los +caballos, inferiores a la ligereza de sus alas. + +En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su +belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales, +de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo +excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba, +al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto +pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al +estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer +aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y +entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho, +sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era +el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban +atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le +oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus +cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al +encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana. + +Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus +accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún +faltan por llenar. Se hablaba al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del +futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de +«Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos. +La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan +competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría +en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra +carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de +favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras +anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el +valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras +circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para +abrirse camino en las competencias de la política. + +Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el +programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y +pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo, +una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente +atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado--repuso +éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país--; pero a +ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted +palpita».--«¡Ay, qué gracioso!»--exclamó la muchacha--«¡Es una +declaración en toda regla!»--añadieron a coro los del grupo, celebrando +aquel rasgo espiritual.--«¡Aceptado! ¡aceptado!»--decía ella, riéndose y +siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose +alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito +obrigado...». + +Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas +blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»--pregunté +a mi marido. + +--El Payo. + +--¿El payo Roqué? + +--El mismo que viste y calza. + +--Viste y calza muy bien. + +Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo +estaba aún resplandeciente, conservando su ingénita gallardía y aquel +garbo propio de los buenos mozos. + +Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga +Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto +remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que +escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir +en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio. + +En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace +los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en +ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar. +Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos, +es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por +los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este +punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta +forma de rendir homenaje a la mujer. + +La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito +«Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño +ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco +y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque +elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta +«paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque +adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar +ganará»--repite todo el mundo;--el jaquet y la galera del propietario +son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos +infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo +también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me +animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto +remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja +sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como +nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro +del jaquet y la galera, infalibles detalles de ganador que nos ofrece +nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en +los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia +favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con +lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular. +¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos +en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante. +«¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión +lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los +radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!» + +¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como +perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el +«dato» del jaquet y la galera!... + +Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y... +cómo les fué?» + +--¡Al tacho!--responde mi marido. + +Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan +inelegante!...» + + + + +LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA + + +Mi protegida Inesilla--ya os he hablado varias veces de ella--vino a +verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante +cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron. + +--¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a +mí me pasan no le pasan a nadie!... + +Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa. + +--¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?... + +--¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!... + +--¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu +presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate +y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede? + +--Que se me ha declarado... ¡ay de mí!... + +--¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién? + +--¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!! + +--¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna +desgracia. + +--¿Y le parece a usted poca desgracia?--dijo llorando y riendo a un +tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna +verdaderamente divina. + +--No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa +de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático. + +--Sí, ríase usted... + +--Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas. + +--Gracias, gracias. + +--Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que +Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!... + +--Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro +día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas +Carmen y Lucía? + +Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba +rápida: + +--¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me +perseguía y que...? + +--¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había +olvidado, porque creí que era una broma tuya. + +--Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado. + +--Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses? + +--¿No lo sabe usted?... + +--¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!... Entre los cipreses, +como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey. + +--Pues es Carlitos Nuezvana. + +--¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha +declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta... + +--La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus +sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted +que el pobrecito carece de sal en la cabeza. + +--Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos +elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha. +Sigue... + +--Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera, +porque sus recursos de palabra son muy pobres. + +--El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee, +no cultiva su espíritu y... + +--Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre... + +--El ciprés. + +--Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus +insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un +honor ofreciéndome su amor. + +--Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I... + +--Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues... +claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos +yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata... + +--El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe +abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no +lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones +para ser feliz. + +--Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por +eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances +produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me +produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que +iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo +renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía +un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu +eran lo mismo, inmóviles. + +--Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo? + +--Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de +elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones +conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado. +Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual +adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...» + +--Y tú... ¿qué le dijiste? + +--Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras +que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su +doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No +hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que +él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta +frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben +ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito +pensarlo...» + +--Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué +dijo ante esa filigrana de respuesta? + +--Dijo que él no lo había pensado; que... + +--¡Claro! ¡qué va a pensar él!... + +--Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no +necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué +sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me +limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí +asunto de capital importancia». + +--¿Y cómo terminó la escena? + +--Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle. + +--¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses? + +--Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de +su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés. +En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado de +usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!... + +--¿Eh?... + +--Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia +familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere +mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las +estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le +van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé +quién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en +Callao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo! +Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y +en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el +propio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada por +no irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo... Mis +hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me ha +tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que +tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que mi +corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de +sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua, +romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la +gran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!... + +La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...» + +--¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No +parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no, +estamos del otro lado. + +--Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos en +casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabeza +que su sobrino pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría... +¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en +todo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por +medio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro, +con la boda todo se arreglaba. + +--¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo. + +--Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos? + +--No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés, +todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a +disgusto. + +--Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!... + +Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva. + +--¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro? + +--¡Con toda mi alma!... + +--¿Le conozco yo? + +--Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días... + +--¿Mi cuñado?... ¿Raúl? + +Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se +agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza. + +--¿Pero él?... + +--También él... + +--Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado? + +--Casi. + +--Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad! ¡claridad!... + +--Bueno... sí... se me ha declarado. + +--Y tú, ¿qué le has respondido? + +Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que sí!!...» + +Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida, angelito, hermana +mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo, +con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna! +¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los +espacios del cielo!...» + +Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé qué nuevos sonidos +arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo; con esta +misma te casarás tú». + +--Sí, sí, ¡ay de mí!--dice tristemente mi dulce hermanita:--antes de +llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas, +con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!--¡y que +no es orgullosa la señora!--; con los pagarés, con las hipotecas, con... + +--¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y +montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra +civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es +como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl +esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor. +Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué +feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar. +¡Firmes!... + + + + +LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA + + +Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al +andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica, +el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera +su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y +conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos +propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel +giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir +sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen +hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y +sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay +que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los +inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada, +ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen +Bautista, vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su +parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en +su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima +bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su +presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte +coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó +la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el +rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como +toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la +cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o +canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la +ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería +orquestal. + +La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la +vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos +nunca en los asuntos de la casa ajena. + +Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan +grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y +«cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por +eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el +que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta +ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido. + +El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad +sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al +mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa +pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el +Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en +nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero, +aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su +bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del +primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán, +adonde buena falta haría llevar los registros, los libros y todas las +cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía, +espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad. + +Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental +para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en +el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las +mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones +impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes. +Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y +cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando +estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni +contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De +manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve +más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los +hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más +tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y +este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos +libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto +para otra oportunidad. + +Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo +tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece +las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la +Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que +una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas +bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la +propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a +las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o +al no pagarlos--porque de todo hay,--al casarse, al reproducirse y al +morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último +se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos +encomiásticos que dicen, no lo que el difunto fué en vida, sino lo que +debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la +diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la +desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino +infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los +cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda +recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del +bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su +remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado +aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres +en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas +heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se +olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la +muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que +un sauce. + +Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese +santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un +éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos. + +Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires está corriendo +gran peligro la institución bautismal. No es que la gente deje de +bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto +por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una +trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o +por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven +población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos, +Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc. + +Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho», «Chocho», «Cacho», «Gogo», +«Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby», «El Bebe», «Nenín», +«Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El rubio», «El +negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El +alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto», «Pototo», «Poroto», +«Lalo», «El nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En +fin... cuento de nunca acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto: +«Mangacha», «Mecha», «Mechita», «Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca», +«La gringa», «Neneite», «Nenana», «La Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita», +«Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota», «Chiveta», «Matesa», «La +gata», «Loló», etc., etc. + +Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un +sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular en gracia a la +exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién nacidos a +la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de +llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el +Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos +instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares +cimientos reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan +ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral, +hágase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es +aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra, +pues ello origina una confusión anárquica por la cual se viene abajo +todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles +han ido metiendo pacientemente la filiación de las personas. + +Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeñables para caer +en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyéndolos por apodos +caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son +sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor. +No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e +inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con +esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles +Rodríguez, Sócrates González. También se convierten en nombres algunos +apellidos célebres. Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez. +Las instituciones civiles y eclesiásticas admiten cualquier nombre, +fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de +Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se le ha puesto el +nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua Grecia +filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de +Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El +gringo». + +Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos que los nombres. +Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del carácter, a +una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una +determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo +correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en +esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la +denominación correspondiente; porque si el individuo es tímido como un +conejo casero, resulta paradógico ponerle el nombre de Napoleón. Pero el +bautismo no tiene por objeto calificar con precisión a los nacidos, sino +absolverlos del delito de nacer--porque se delinque naciendo--y evitar +que, en el caso de nacer y morir simultáneamente, frecuente desventura +doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se han estrenado +en la vida con ningún acto molesto para los demás. + +El mote tiene, pues, cierta lógica cuando caracteriza al individuo. Pero +los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones +morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas ñoñerías, +que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto +contenido filológico. + +Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento +instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón, giróvago +fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina +Salomé. + + + + +SIN PRESIDENTA + + +La intervención de varias y bondadosas amigas ha influido de modo +decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de unos meses +de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí +toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en +secreto entre los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona +padece cierto «tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama +excelente, perfecta esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas, +sino también de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una +buena mujer, cosa difícil, porque, según un filósofo (me lo ha dicho mi +marido, que lee filosofía) la mujer es un hombre imperfecto. + +Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos +recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una malhadada +croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el +hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio. +Yo dije que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma, +partícula diminuta del universo, pero con derecho opinante--que un +grillo es un grillo y se le oye--el hombre señalado para la cartera de +Agricultura por todo el mundo, incluídos los grillos, era Eleuterio, el +marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y +especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maíz, que +debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de +agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no +debe estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el +galicismo): mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto +en ridículo a un hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola +como Eleuterio. Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se +entiende como es debido, es porque en ello interviene más la voluntad +que el entendimiento. Por lo demás, cabe en lo posible que mi +inexperiencia periodística, en vez de un buen servicio, se lo hiciera +flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a la candidatura +de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por +los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la +intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede +evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre +es mucha. + +Felizmente, las paces están hechas, aunque haya costado casi tanto como +concertar la paz europea. Las paces--díjelo ya otra vez--son más +difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las +negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón, +muy unida a Petrona por su común afición a la política. No menor +influencia han tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos +chispeantes y graciosas epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez +y Gámpora, dirigidas desde «Los Carpinchos», de donde no se mueve +Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a su pastor en la soledad de +los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a +reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre +corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos +preceptos de las geórgicas de Virgilio. + +Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que +no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una +veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho, +incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor +que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de +la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas +por el viejo Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y +de los afectos. + +Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno. + + * * * * * + +Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té en mi casa, principio +del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como sólo se trataba +de un armisticio, celebrado con infusión de la China, no asistieron más +que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de +intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión +del primer abrazo reconciliatorio. + +Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va +dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su aspecto, claro +está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a +fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna vez +las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La +de Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió +el marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral. +Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la +palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en +silencio a las urnas, el doctor Esquilón enmudeció y echó mano de las +más desaforadas violencias. Se discute aún si el tiro partió de la +comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto, +enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabrá nunca +la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de versiones +contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo +único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón, +privando al país de una de las laringes mejor organizadas para emitir +sonidos articulados que, a veces, parecían conceptos para hacer felices +a los pueblos. Todo terminó con una placa de bronce heroico sobre su +sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas líneas laudatorias, +resistentes a las lluvias, al sol y a la acción corrosiva del tiempo, +que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda, quedóse sola, +admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado fervor +político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas +cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el +sufragio universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho. +Pero, al fin, todo tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica, +la vida, páramo a raíz de la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a +poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones. +Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y +hasta ofrece un continente risueño, cierta alegría discreta, +disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro +hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos de +colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le +pegó, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas, +por otra más experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna +simpatía que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo +lo dicho: es muy simpática la viuda de Esquilón. + +Su gusto por la política dimana del interés que le merecen las luchas de +los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento, +los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas +políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras. +Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el +juego de las actividades «partidistas», la maña de cada cual para +triunfar, el deporte político, en una palabra. La tragedia de su marido +parece que fuera un estímulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de +haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a +un luchador político. + +Petrona, por el contrario, tiene de la política un concepto utilitario. +Le interesan los políticos, los que mandan o los que estén a punto de +mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus +yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego +político, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a +la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver--ya es +hora--eso del maíz. + + * * * * * + +--Hace ya tiempo--digo a Petrona, para halagarla y también por +justicia--que Eleuterio debía ser ministro. ¡Un hombre que sabe +tanto!... + +--¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe +apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda +atrás, y el que charla, sigue viaje... + +--Para nosotras, para las señoras--salta la de Esquilón--la política +está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo +no sé qué falta, pero algo falta. + +--Falta la presidenta--dice Petrona.--elemento necesario, +imprescindible, de toda presidencia completa. + +--¡Cierto, Petrona!--exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la +tersa frente;--ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué +falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por +eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más +triste y más lúgubre que una capilla protestante. + +--Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores--apunta Petrona. + +--¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy +triste--agrega Margarita.--Además, no se necesita mucha plata para que +el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos, +murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas +de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que +nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo +he dejado ya el luto--las cosas ¡ay! no tienen remedio--es la fiesta que +más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña! + +--¡Ah, Roque...!--exclama Petrona. + +--¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!--dice la de +Esquilón.--Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que +nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y +aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las +señoras. + +--Mi familia por parte de padre--dice Petrona--siempre fue roquista; +pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a +mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón, +«concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»--añadió, +dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino. + +La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona +y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como +dice Ponson du Terrail». + +--Si Eleuterio me hubiera hecho caso--afirma Petrona, siempre atenta al +positivismo político--otro gallo nos cantara; pero se fue con los +cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy +respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que +vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en +una bandeja de plata. + +--En política hay que moverse--dice la de Esquilón--; si no, no se saca +nada. + +--¡Claro!--asiente Petrona.--Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié; +primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey; +después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo +siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y +no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que +los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido. + +--Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las +mujeres--afirma con aire sentencioso la de Esquilón. + +--Siempre--sostiene con firmeza Petrona.--Pero lo cierto--agrega--es que +falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras, +aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que +ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo, +siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos. +Porque, claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta. + +--Así debe ser--digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política, +deseo congraciarme del todo con Petrona;--así debe ser: el presidente +preside al pueblo y la presidenta preside al presidente. + +--Debía ser como las monarquías--agrega la de Esquilón;--que no hay rey +sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el +Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les +obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la +gente del pueblo, o la Constitución--no sé bien--exige que se asegure la +sucesión de la corona. + +--En las monarquías--dice Petrona--todo marcha sobre seguro. En cambio +aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a +este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible. + +La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas +angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me +decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo +palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe, +también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina +madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros +círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas, +preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus +señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas +veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes, +según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en +salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros +cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los +militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se +inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse. +Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se +analizan las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias. +¡Eso, eso es política!--termina la joven viuda, asfixiada por la emoción +descriptiva». + +Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el +presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra +viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la +dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud +está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero +está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas, +de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud +monárquica, en una palabra». + +--Y menos mal--arguye Petrona--cuando, aunque viejita, hay presidenta. +Pero ahora... + +--Tampoco la había--me atrevo a insinuar--cuando mandaba don Victorino. + +--Cierto--dice la de Esquilón;--pero era distinto que ahora; entonces +estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y +sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas +sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su +conversación espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había +presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablábamos de +política. + +--Pues yo--dice Petrona,--cuando quería saber algo de candidaturas +ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no soy +amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social; +pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con +Anita y, por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para +estar enterada. Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada. + +Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al pie de la letra una +sesión política tan importante y trascendental. Y hago punto. Sólo +agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con +Petrona, tan buena y tan amante de los suyos... + + + + +LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL + + +El portero me trae una tarjeta: «Es una señora vie-jita--dice--, y +pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce del Ebro de +Nuezvana. + +Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla que tenga la bondad +de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella para que me +ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta +severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave. + +Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al +leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los +nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la +pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses, +respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me +proponga que la ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe +lo que ocurre. + +Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para +menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más eminente o +empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios como +el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición, +colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero +ostentoso que imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo +Palma en sus apologías de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y +dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de +Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oiría en +Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data aún' de +más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don +Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que +siguen casi lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue +capitán de una de las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y +Aragón en las exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco, +creyendo que eran de oro los quebrachos. Por espacio de tres siglos +figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares, +corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los +diversos virreinatos de la era colonial, advirtiéndose su andariega +presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el antiguo español +aprendía la geografía andando. + +Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y +Ebros--descendientes, naturalmente, de los anteriores--alcanzaron tanto +o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la +independencia y brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana, +licenciado en derecho canónico, orador ampuloso y ergotista, figura +entre los que proclamaban la necesidad de una restauración monárquica +como régimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un +Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas, +combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga. + +Hubo también, así en los tiempos antiguos como en los modernos, otros +Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora +sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en +su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele +gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras, +en cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes +patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros, +la gloria de misia Melchora asume cierto carácter de guerra civil, +familiar y casi doméstica, en la cual los manes heterogéneos libran gran +trifulca e histórica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia +las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por línea propia y +marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las +cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia altivez y de un +orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna. + +Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia +actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de +España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los +Nuezvanas que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros +de los Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de +sus conquistas, exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por +todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de +España, viene a ser «la grande» de Buenos Aires. + +Pero todos estos timbres valdrían muy poco socialmente en nuestra +democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta +fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro +insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco se +apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las +casas de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que +realizaron la conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que +después han valido un dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un +Ebro, casi contemporáneo, hombre de matemáticas, educado en Inglaterra, +obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de +caminos de hierro, que luego cedió a los ingleses por sendas libras +esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino, pero hizo el suyo +admirablemente. + +Las tres ramas--Nuezvana, Ponce y Ebro--fueron poco fecundas y todo vino +a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estériles, +ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta excelente señora hubo +de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas, +casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia Melchora +es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a quien +le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según +el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia +Melchora, resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de +las trincheras europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio. + +Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima matrona. Su defecto +principal, el orgullo, está, en parte, justicado por su grande y doble +abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de +adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre +de Carlitos, murió) como sus nietos y yernos--sobre todo los yernos--se +desviven por complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca +faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de +la Mirándola. Todo esto ha estropeado un poco el carácter de misia +Melchora, haciéndola adquirir una idea desmesurada de sí misma. Por +Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras razones, por ser el +único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey +del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un +duque y grande de España y por la propia misia Melchora. + +Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco; +pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de +vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y +posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo +al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia. + +--¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!... + +--¿La sorprende a usted mi visita? + +--Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con +su presencia. + +--Muchas gracias, Marianela. + +--Está usted cada día más joven--la digo, aunque, en realidad, parece +una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo. + +--No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques, +hecha una ruina. Por un lado, los años--¡76, Marianela!--; por otro, los +disgustos, que nunca faltan. + +--¿Disgustos, usted, misia Melchora?... + +--Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con +usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo +a pedirla que me ayude a resolver el problema. + +--Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora. + +--Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al +asunto. Sabe usted, como yo--mejor que yo quizá--que Carlitos, mi nieto, +se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez +de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en +ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y +serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla +y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el +muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No +sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y +desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido +como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces +lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho, +porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He +llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle, +al irse, me ha palmeado a mí--ya sabe usted que Güemes es lo más +cariñoso--y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor +que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está +en el sacramento con música de marcha nupcial. + +--El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran +psicólogo. + +--Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha +adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada. + +En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas. + +--¿Y ella?--preguntó. + +--Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace +tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué +pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y... + +--Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a +parar? Y el desinterés, sobre todo en esta época, es una virtud +bastante rara. + +--Ya sé que la quiere usted mucho. + +--Cierto; la quiero; es una niña muy interesante. + +--Y que la protege usted. + +--Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita +protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable. + +--Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían +fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me +corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la +muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor +propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado +en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal +niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la +seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza +que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»--me ha dicho con +una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué +seducciones, qué encantos encuentra en esa niña. + +--¡Ah, es encantadora!... + +--Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo. + +--No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser +inmortal. + +--Además, carece de fortuna. + +--El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se +la concede--respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia +Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres +se defienden contra la vanidad de los ricos. + +--Carece, igualmente, de apellido. + +--No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy +armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la +vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo +surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora. + +--Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo. + +--Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es +espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no, +pregúnteselo usted a su nieto. + +--El amor es loco, Marianela. + +--Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento, +la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos padecemos estos +defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a reprimirlos todo lo +posible; porque, si la vanidad de los demás resulta intolerable cuando +lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la +suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un +poquito. + +--Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto. + +--Volvamos, misia Melchora. + +--Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en +Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una +carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenzó a ir a la +Facultad; pero le daban vahídos, sobre todo cuando estudiaba derecho +romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no había de +defender pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está lleno +de doctores, y ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicó +a leer novelas francesas; las conoce todas. Y así ha completado su +educación, que no deja nada que desear. Yo había pensado, si se casara +con esa niña, regalarles «Los Chajales», un campo de veinte leguas, con +quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastarían nada, porque +yo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana, +pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he +hablado con Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía, +Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos, +siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar +un gran apellido; es un Nuezvana, y con esto está dicho todo: Por otra +parte--ya se lo he dicho a Clotilde,--una vez casados los muchachos, +todas nuestras cuentas quedarían arregladas; todo se quedaría en casa, +unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se +casará con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a +mí y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no sé... me +parece que la muchacha no está decidida. Y yo quiero salir de una vez +del paso. Por eso he venido a verla a usted. + +--¿Y qué puedo hacer yo? + +--Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija. + +--Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga +usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no +quieras, obligara a su hija a casarse, ¿usted aceptaría para su nieto un +matrimonio así formado? + +--Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana, +quede desairado y en ridículo. + +--¿De manera que usted cree que es más ridículo que Inés no acepte a su +nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que casarse con él +no queriéndole? + +--Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante todo Buenos Aires. + +--¿Y qué culpa tiene Inés en ello? + +--Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla +a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de +la muchacha. ¿Quiere usted hacerme este favor? ¿Le parece a usted mi +nieto digno de ella? + +--Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a usted +hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «Los +Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que +aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su +espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo +feliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida. + +--¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea feliz con el apellido +y con la fortuna de un Nuezvana? + +--Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos +casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El +matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido +y fortuna, y no haber espíritu. + +--Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la historia lo dice. + +--Sí... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana +pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la +inmortalidad, como sus antepasados. + +--Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque, +con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella dice que sí, +lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto +es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta? + +--Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a usted de dudas. + +--Gracias, Marianela. + +--No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a +usted en esto y en todo lo poco que yo pueda. + +--Gracias, gracias. + +Poco después salía de mi casa la excelente señora, habiendo dejado en +ella cierta atmósfera de tradición secular, de enhiesto orgullo, de +olímpica y desmesurada soberbia. + + + + +¡¡DESAHUCIADO!! + + +Señora doña Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana. + +Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el +resultado adverso de las gestiones a que me comprometí cuando tuvo usted +la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta aflicción mía +del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno +de merecimientos, han de causarles estas líneas, triste revelación de +mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Hablé con +Inesita. Hícela una narración de cuanto usted me dijo. Cuando oyó lo de +«Los Chajales» con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la niña +rompió a llorar de gratitud. ¡Es adorable la criatura! Pero su +desconsuelo no tuvo límites cuando supo el estado adolorido, mustio y +desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto, +pedíla se sosegase y me expusiera su verdadera intención con claridad y +sin temor. Y rompió la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin +precisa ilación coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y +los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas +como ustedes se merecen. Me habló luego del alma, del corazón, de la +vida, de la dirección de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de +su verbosidad atropellada, fruto del aluvión tumultuario de sus +emociones, díjome algunas cosas fundamentales y henchidas de un +espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aquí todo +cuanto ella me dijo en el seno de la más íntima confianza, la aconsejé +que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo +lugar en la mía), ordenara sus ideas en una carta dirigida a mí, y en la +cual, con su habitual discreción, pusiera las cosas en su punto. Accedió +a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted +y su nieto sepan a qué atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no +necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y +oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con +precaución a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancolía +a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin +de Werther, de aquel doncel alemán tan sentimental, tan tierno, el cual +no hubiera servido para trompeta de órdenes de Hindenburg, pero que nos +ha dejado, en cambio, el eco elegíaco de su dolor, espejo perdurable y +eterno modelo de los dolores de amor. + +Observara usted que Inesita me llama en su carta «hermana». Sería por mi +parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo. +Inesita está enamorada de mi cuñado Raúl y creo que ambos se han +comprometido, sin más autorización que la de sus propios corazones. La +familia de Inesita no lo sabe aún. Ahora bien: como Clotilde, la madre +de Inesita, las tías y las hermanas de ésta son partidarias decididas de +que la muchacha se case con Carlitos, héme metida en un conflicto, pues +comprenderá usted que el fuero de familia me compele y obliga--a pesar +de mi carácter poco dado a la lucha--a defender a mi cuñado en una +pretensión que juzgo justa. Así, pues, mi respetable y querida misia +Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie guíe su +corazón, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y +el mío, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mío +empieza; porque no ha de escapar a la fina penetración de su +inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposición de +Clotilde y de sus hermanas, de las tías de Inesita, de las hermanas y +cuñados de ésta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la +cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un +Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente. + +Por lo tanto, compadézcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones +penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante, +agregue usted que mi cuñado, desde el instante en que la niña le ha dado +el «sí», se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era +de suyo grande), de una manera extraordinaria. Está dispuesto a +atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la +muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos +voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han +convertido en amaparadora de su ideal, y no negaré a usted que este +papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltación valerosa +en mi espíritu naturalmente apocado. El origen del valor está en la +calidad de la misión que lo suscita y promueve. + +Una vez más lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto +mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga. + +=Marianela.= + +Queridísima hermana mía. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de +mí, menos que ordene mis ideas en medio de la turbación y de las +inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en mí +en sentimiento inexpresable, cuya única manifestación son las lágrimas. +¿Por qué habré nacido, Dios mío? Mi existencia sólo sirve para hacer +sufrir a los demás, sin culpa mía, bien lo sabes. ¡Ay, Marianela! Te +escribo desde mi cuartito, a las dos de la mañana. Todos duermen en +casa. Se han pasado el día atosigándome con sus planes, que no son los +míos. La ventana está abierta. Las estrellas me envían sus resplandores. +En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del +Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazón. El astro adquiere figura +de rostro humano... y a él van mis ojos imantados por su atracción +irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espíritu recurro a +las gloriosas alturas. Ello sólo indica que me faltan los medios de +expresión humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas +confusas y sin nombre que en ella laten, a través de los ojos de la +carne, inundados de lágrimas, los ojos del espíritu se levantan al +cielo, al gran misterio, y allí quedan posados en muda contemplación, +suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no sé lo que te digo, +Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde, +haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos +los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los +genios, y no serán, reunidos, pálido reflejo del que yo siento por quien +tú sabes. El cielo, mi cielo, el universo, el mío, la eternidad, mi +eternidad, la gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: y +todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y +sendas de espinas sin su compañía y sin el brazo suyo para conducirme. +Mi alma ya no es mía; está trasfundida en otra. Mi corazón ha perdido su +ritmo propio para latir a compás de otro. Mis ensueños navegan por el +mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brújula que Dios +me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi +espíritu, inventa tú las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de +que no existe en el vocabulario término alguno que alcance a reflejar mi +éxtasis, el arrobamiento de este amor mío. + +Pocas palabras más. ¿Crees tú que en tal estado de espíritu puedo ni +debo engañar a nadie, ni a mí misma? Yo deploro la actitud de toda mi +familia. Mi pobre madre, mis tías, mis hermanas, mis cuñados, todos +quieren que yo sea feliz, ¡quién no duda! Pero no se es feliz a la +manera de los demás, sino a la propia manera. Yo creo en el desinterés +de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin +preocuparse de que, de soslayo, alcance también a otros. Ahora bien: la +casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha. + +Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cuánto siento no poder +corresponder a la vehemencia de su pasión, que nada hice--bien lo sabe +él--por alentar ni infundir. Es un joven distinguidísimo, bueno, lleno +de méritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser +engañado con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se +curará de su pasión, me olvidará. Con su apellido, su fortuna, su +generoso espíritu y bello carácter, que valen más que apellido y +fortuna, encontrará otra más digna que yo de los tesoros de su amor. Yo +no puedo ofrecerle más que mi simpatía y mi gratitud por haber +descendido a poner su ideal en mi humilde persona. + +Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su generosidad. «Los +Chajales» constituyen un verdadero reino; pero yo sería allí una reina +intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazón, que ya no me +pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engañada. Yo no puedo +entrar en aquella casa, llena de tradición caballeresca, de noble +altivez, de epopeya histórica. Me sentiría confundida ante los retratos +que sirven de ornamento sagrado a los salones. El virrey, los +conquistadores, el obispo de Chuquisaca, el oidor de Charcas, los +patricios de la Independencia, el grande de España, todos los Nuezvanas, +Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las páginas de la historia, +cobrarían vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme: «¡Sal +de aquí, falsaria, mentirosa, hipócrita, codiciosa!». Y tendrían razón. +Yo andaría por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergüenza. Y +las voces seguirían: «has venido aquí por dorar con los nuestros tu +apellido oscurísimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de «Los +Chajales» y de toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros +descendientes; tú no estás enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros: +¡eres una pérfida, una ambiciosa vulgar, una mujer despreciable, indigna +de llevar nuestro nombre hidalgo y heroico!». ¡Ay, qué miedo, sobre todo +cuando me mirara monseñor Nuezvana, el obispo de Chuquisaca, y me +amenazara con el infierno, bien merecido por cierto! + +La misma mirada de misia Melchora no podría resistirla cuando +escudriñara mis verdaderos sentimientos. ¡No, no!; pobreza, oscuridad, +fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada por +tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y +compendio de todas las virtudes caballerescas. + +Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta tradición, que ella +sabe mantener tan dignamente, hallará buenas mis razones y guardará un +poco de simpatía para esta pobre muchacha. + +Te abraza con todo su corazón. + +=Inés= + +Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra época. Y ello nos va a +proporcionar a todos bastantes disgustos. + + + + +LA VIUDA DE ESQUILÓN VA A MAR DEL PLATA + + +Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externa +no ofrece interés, basta para entretenerme. Sin embargo, sentíme ayer +tarde acometida por invencible melancolía. «¿Qué hacer?»--me dije--. Y +para combatir la murria, ocurrióseme ir a visitar a mi amiga Margarita, +la viuda de Esquilón, en quien la sensibilidad y estado de ánimo +constituyen siempre un divertido espectáculo. Pedí el automóvil y partí, +rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnífico +palacete. + +Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese +desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por +todas partes baúles abiertos, grandes y pequeñas cajas, enseres de todo +linaje. La servidumbre iba y venía de un lado a otro, trasladando ropas, +sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitación interna, +apareció Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada, jadeante, +encendida. Me tendió sus torneados y blancos brazos. + +--¡Marianela!!!... + +--¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te mudas? + +--Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy +trabajando como una negra, preparándolo todo, y nunca se acaba. Las +modistas se han demorado, y, por fin--¡ay, gracias a Dios!--hoy han +traído lo que faltaba. + +--¡Pues no llevas poco equipaje! + +--Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter todo en menos +espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que... +¡ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre +algunos vestidos... y también quiero que veas los sombreros...; a ver +qué te parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que ver +también cuatro trajes de baño distintos... son preciosos... es decir, +veremos lo que te parecen. + +Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las «ideas» +no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenación y +concierto de la palabra. + +--Me voy a poner el corsé--dice--para probarme los trajes: yo me los +pruebo y tú apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme? ¡Dí que sí! + +--Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices todo. + +--Bueno... voy a ponerme el corsé. + +--¿Quieres que te ayude? + +--Como quieras; pero estoy muy ágil; un poco fatigada no más por los +baúles; porque no me fío de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo +más esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papelón. + +La ayudo a ponerse el corsé. No necesita este entallamiento artificial, +porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de líneas correctísimas, dignas +de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clásica. + +--¡Estás lindísima, hijita!--exclamo, mientras corro los cordones del +corsé. + +--Como si no me hubiera casado--dice ella, resumiendo en esta frase todo +cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo. + +Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La +doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos +colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de +violeta, de rosa; están todos los matices de la flora; unos muy +escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me +señala las medias, los zapatos, los sombreros y las «aigrettes» +correspondientes. Los zapatos están en fila sobre un largo estante; más +de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni altos +ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas +combinaciones. + +Todos los trajes le quedan admirablemente. «¡Precioso, hijita, +precioso!--exclamo cada vez que se pone uno;--todo cuanto te pones te +cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra, +compendio y resumen de la gracia femenil». + +Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dáse +vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los +hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos +vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en +toquecitos rápidos, a los cuales obedecen las prendas con no sé qué +docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y +remonona criatura. + +De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez. + +--¿Y éste?--pregunto. + +--Para ir a misa a Stella Maris. ¿Te gusta? + +--¡Lindísimo, muy grave, muy chic!... + +--¡Oh, la gravedad chic es lo más chic de la gravedad! Hay que recordar, +de vez en cuando, que una, es viuda. + +En la salita, colgado en alto, hay un retrato al óleo. Es un mozo de +rasgos enérgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de +«mitinero» electoral, a cuya afición ¡ay! debió su triste fin, ya +relatado en otra ocasión. La viuda vuelve hacia él sus grandes ojos +azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: «¡Ay, Arturito, qué felices +fuimos!...» + +Dos lágrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquilón, +inmortalizado en el óleo, adquiere en su mirada una ternura +indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglándose los lazos de un +traje color crema que se ha puesto para que yo vea cómo le queda. + +--Ya no tiene remedio, hijita--la digo para consolarla y ahuyentar la +triste visión. + +--Era muy bueno, Marianela, muy bueno. ¡Qué energía, qué brío! ¡Yo creo +que hubiera ido lejos!... + +--¡Pobre!...; más lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario, +Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir. + +--Eso digo yo. Tengo 24 años; viuda a los 20: ¡es horrible! ¿Qué te +parece este traje?... + +--¡Precioso!... + +--Viuda a los 20...: ¿qué hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso +cuatro años...; las medias de este traje son aquéllas... y aquéllos los +zapatos...; encerrada a los 24 años; suponiendo que viva 70, son... yo +no sé cuántos... + +--Cuarenta y seis. + +--Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro años... tú no +sabes cómo he llorado... ¿te gusta aquella «aigrette»?...; ya no me +quedan lágrimas. + +--Mucho, me gusta mucho. + +--Nunca tuvimos un disgusto. Era lo más complaciente...; aquel abrigo +¿te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en +campaña...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde +trato de distraerme... aquel gorrito ¡qué mono! ¿no? es para la +playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer +a nadie como... + +--¿Y estos palitroques?--pregunto, señalando unas varas que veo sobre un +baúl. + +--Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los días al golf. Me +han hecho cuatro trajes para este deporte. + +--¿Irás también al Club? + +--No; sólo pienso ir al «Ocean»... Y, claro, al Brístol. Ya mi +administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un +departamento en el anexo, frente al mar. También me guardan mesa en el +comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es +donde se coloca la «haut», toda la gente conocida. Es muy difícil +conseguir este sitio; todos quieren estar allí, aunque no sean +conocidos... + +--Para serlo. + +--Claro; así se va sabiendo que existen. Por fin, después de muchas +cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi +administrador que esté tranquila, que tendré la mejor mesa, junto a la +terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente. + +--¿Y para que te vean? + +--No, eso no me importa. ¿Quién se va a fijar en mí, en una pobre viuda? + +--Vamos... no sea hipócrita conmigo. ¿Piensas bailar? + +--Ahí tienes un problema que me está dando muchos dolores de cabeza. No +sé qué hacer. Lo pienso y lo pienso día y noche y... no sé, no sé si me +animaré a bailar. A tí ¿qué te parece? + +--Que debes bailar; no mucho, pero un poquito. + +--Es que si empiezo... no sé si me detendré; porque, hijita, a pesar de +mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola. + +--La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a +toda concepción triste de la vida. + +--No he querido ir en carnaval por eso, porque no sabía qué hacer. + +--El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; está más +en carácter. La primera noche un par de vueltas nada más, muy discretas, +como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego, +poco a poco, te vas lanzando. + +--Lo que más me preocupa es el primer baile; empezar; no sé cómo +empezar, hijita; siento una cosa... así... vamos... que no sé cómo +empezar. + +--No te preocupes; ya se encargará alguno de allanarte el camino, de +iniciar el modo de dar las primeras vueltas. + +--¿Sabes lo que estoy pensando? Me gustaría bailar el primer baile +contigo; que fuera como una humorada tuya. Así se rompía el hielo. ¿Por +qué no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos... + +--No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no sé cómo voy a +salir. + +--¿Por...? + +--Por lo de Inesita. ¿Sabes que se casa con Raúl, con mi cuñado? + +--Sí, ya me lo han dicho, ¡Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que está +desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se +peina. ¡A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! ¡Qué +destronamiento terrible! + +--Pues aquí me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus +hermanas, con misia Melchora... + +--¡Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. ¡Hijita, +los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cariño de +abuela; verle así, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja +es un golpe tremendo. + +--¿Y qué hacerle? + +--¡Ah, claro!; no hay qué hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qué +hacer. ¿Y por qué no te llevas a los muchachos, a Raúl e Inesita, a Mar +del Plata? Invitas también a Clotilde, a la mamá de Inesita, y nos +juntamos allí todos. La aparición de los muchachos en el Brístol sería +todo un éxito. ¡Un noviazgo tan sonado...! Entrarían como los Reyes +Católicos. En los salones del Brístol los noviazgos adquieren una +solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte. +¡Figúrate los comentarios, después de lo que ha pasado! En fin... ¡un +exitazo para Raúl y para Inés! Vamos a Mar del Plata. + +--No sé lo que haré. Quizá en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se +lo he dicho a Jorge y está conforme. + +--Hijita, tienes un marido ideal. + +--Así es, gracias a Dios. Pero hablemos de tí. Tú llevas algún plan a +Mar del Plata. + +--¡Marianela!... Ninguno, ¡qué cosas tienes!... + +--No seas gazmoña, Margarita. ¿Qué tiene ello de particular? Es la cosa +más natural. Eres joven, linda, rica. ¿Vas a vivir sola toda la vida? +¿No es justo, no es lógico que formes una familia? Ya sabes que yo soy +buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo... + +--¡Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero +decir...! ¡No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...! + +--Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos +el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla. + +--Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. ¡Qué bien me vendría +que me acompañaras a Mar del Plata! + +--¿Flirteo?... ¿Principio?... Iré si me necesitas. + +--Bueno; entonces te contaré. Aunque ya te puedes imaginar... + +--No digas más, Margarita, ¡no digas más!... ¿Ha vuelto? ¡Era de ley! + +--Ya sabes lo que pasó. Yo vacilé entre Arturo Esquilón y él; al fin me +decidí por Esquilón, que ya había terminado la carrera. Y el otro, +hijita, se quedó soltero, triste, aplanado; para él no había otra. ¡Me +conmueve y arranca lágrimas esta fidelidad!... + +--Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la política. +¡Hijita, te da por los políticos! Creo que habla muy bien. + +--En público y en privado; y... sobre todo al oído... Da gusto oírle... + +--¿Qué es? + +--Muy guapo. + +--No, mujer, digo en política. + +--¡Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita, +los ugartistas no serán muchos, pero todos son lo más vivos, lo más +inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todavía... + +--¿Está ya él en Mar del Plata? + +--No; va el sábado. + +--No hay nada, y sabes cuándo va... + +--No me sofoques, Marianela, no me sofoques!... + +--Y tú ¿cuándo vas? + +--El martes. + +--¿Y él lo sabe? + +--Sí... + +--¡Y dices que no hay nada!... + +--¡Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!... + +Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a +brincos su joven corazón. + +--¿Vendrás, Marianela? Mira que me haces mucha falta... + +--Iré. Después de arreglar lo de Inesita, iré a arreglar lo tuyo. Yo me +desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer felices a quienes +merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del año. A ese ugartista +lo pescamos, Margarita, ¡lo pescamos en Mar del Plata! ¡Iré, iré, adiós, +adiós...! + + + + + + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Crónicas de Marianela, by Anonymous + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA *** + +***** This file should be named 34565-8.txt or 34565-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/4/5/6/34565/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: Crónicas de Marianela + +Author: Anonymous + +Editor: Pedro L. Balza + +Release Date: December 4, 2010 [EBook #34565] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + +</pre> + +<hr class="full" /> + +<div class="figcenter" style="width: 388px;"> +<a href="images/cover_lg.jpg"> +<img src="images/cover.jpg" width="388" height="550" +id="coverpage" +alt="imagen de la cubierta del libro" title="imagen de la cubierta del libro" /></a> +</div> + +<h1>CRÓNICAS<br /><br /> +DE<br /><br /> +MARIANELA</h1> + +<p> +<br /> +</p> + +<p class="c">1917.</p> + +<p><a name="page_002" id="page_002"></a></p> + +<p><a name="page_003" id="page_003"></a></p> + +<h3><a name="INDICE" id="INDICE"></a>INDICE</h3> + +<table border="0" cellpadding="2" cellspacing="0" summary="es"> +<tr><td align="left"> </td><td align="right"><small>Pag.</small></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#PRESENTACION_EN_SOCIEDAD">Presentación en Sociedad</a></td><td align="right"><a href="#page_005">5</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#EL_MATRIMONIO">El matrimonio</a></td><td align="right"><a href="#page_007">7</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#EL_AMOR_Y_SU_APARIENCIA">El amor y su apariencia</a></td><td align="right"><a href="#page_015">15</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#EL_NO_DE_LAS_NINAS">El nó de las niñas</a></td><td align="right"><a href="#page_018">18</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#EL_GANCHO">El Gancho</a></td><td align="right"><a href="#page_023">23</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LAS_PLANCHADORAS">Las «Planchadoras»</a></td><td align="right"><a href="#page_029">29</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LA_MODA_Y_EL_DIABLO">La moda y el diablo</a></td><td align="right"><a href="#page_033">33</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LOS_TRAMITADORES">Los «Tramitadores»</a></td><td align="right"><a href="#page_039">39</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LOS_AFEITES">Los afeites</a></td><td align="right"><a href="#page_045">45</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LAS_PACES">Las paces</a></td><td align="right"><a href="#page_051">51</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#CROTALOGIA">Crotalogia</a></td><td align="right"><a href="#page_057">57</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#ROSALIA_EN_LOS_CARPINCHOS">Rosalía en «Los Carpinchos»</a></td><td align="right"><a href="#page_063">63</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#EL_ARTE_DE_ESTAR_ENFERMA">El arte de estar enferma</a></td><td align="right"><a href="#page_070">70</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LAS_INQUIETUDES_DE_PETRONA">Las inquietudes de Petrona</a></td><td align="right"><a href="#page_075">75</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#PEQUENA_DEFENSA_DE_LA_MURMURACION">Pequeña defensa de la murmuración</a></td><td align="right"><a href="#page_081">81</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LOS_SECRETOS">Los secretos</a></td><td align="right"><a href="#page_084">84</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LA_DESVENTURA_DE_LUISA">La desventura de Luisa</a></td><td align="right"><a href="#page_089">89</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#DESAVENENCIA_TRASCENDENTAL">Desavenencia trascendental</a></td><td align="right"><a href="#page_093">93</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LAS_REINAS_EN_LA_GUERRA">Las reinas en la guerra</a></td><td align="right"><a href="#page_098">98</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#FRIVOLIDAD_Y_TILINGUISMO">Frivolidad y tilinguismo</a></td><td align="right"><a href="#page_100">100</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#INES_Y_LOS_CIPRESES">Inés y los cipreses</a></td><td align="right"><a href="#page_110">110</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LA_FIESTA_HIPICA">La fiesta hípica</a></td><td align="right"><a href="#page_115">115</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LAS_ANGUSTIAS_DE_MI_PROTEGIDA">Las angustias de mi protegida</a></td><td align="right"><a href="#page_120">120</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LA_INUTILIDAD_DE_SAN_JUAN_BAUTISTA">La inutilidad de San Juan Bautista</a></td><td align="right"><a href="#page_126">126</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#SIN_PRESIDENTA">Sin presidenta</a></td><td align="right"><a href="#page_132">132</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LA_ABUELA_DEL_REY_DE_LOS_CIPRESES_O_EL_ORGULLO_ANCESTRAL">La abuela del rey de los cipreses, o el orgullo ancestral</a></td><td align="right"><a href="#page_140">140</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#DESAHUCIADO">¡¡Desahuciado!!</a></td><td align="right"><a href="#page_148">148</a></td></tr> +<tr><td align="left"><a href="#LA_VIUDA_DE_ESQUILON_VA_A_MAR_DEL_PLATA">La viuda de Esquilón va a Mar del Plata</a></td><td align="right"><a href="#page_154">154</a></td></tr> +</table> + +<div class="advert"> +<h3><a name="ADVERTENCIA" id="ADVERTENCIA"></a>ADVERTENCIA.</h3> + +<p>El interés que han despertado las amenas crónicas de "Marianela" +publicadas en la página femenina de "LA PRENSA" me ha inducido a +solicitar del Director del gran diario, Don Ezequiel P. Paz, el permiso +para editarlas.</p> + +<p>La benevolencia gentil del señor Paz ha otorgado el consentimiento, y +hoy aparecen los chispeantes artículos de la distinguida escritora +compilados en este elegante volumen. Notorio es el éxito creciente que +han logrado estas crónicas; aparte su mérito literario, puesto de +relieve en un estilo fácil, terso y armonioso, contienen otra cualidad +más esencial aun, consistente en su sana orientación ética, en una +crítica, suavemente irónica, de nuestros hábitos y costumbres. Trátase, +en fin, de un libro interesante, ameno instructivo, en el cual, a la +belleza artística, se unen, en consorcio admirable, útiles normas de +conducta, expuestas con delicado humorismo y singular gracejo narrativo.</p> + +<p class="r">Pedro L. Balza<br /> +(Editor)</p> +</div> + +<p><a name="page_004" id="page_004"></a></p> + +<p><a name="page_005" id="page_005"></a></p> + +<h3><a name="PRESENTACION_EN_SOCIEDAD" id="PRESENTACION_EN_SOCIEDAD"></a>PRESENTACIÓN EN SOCIEDAD</h3> + +<p>Su presentación en sociedad es el primer episodio interesante en la vida +de la mujer. Ha terminado la infancia, que acaso sea lo mejor de la +existencia. La trasformación de la niñez en pubertad trae también un +cambio completo en la vida del espíritu.</p> + +<p>La niña se ha convertido en señorita. Ya la muñeca ha quedado +abandonada. La mamá de la señorita, con dulce melancolía, la recoge y la +guarda en un mueble tradicional. La señorita no hace caso de su muñeca: +le parece un objeto antediluviano, pues aunque el tiempo pasado es poco, +la trasformación es tanta que todo lo de ayer ha adquirido carácter +remoto. Ya vendrá un día en que vuelva sus ojos, acaso tristes, acaso +llorosos, a la muñeca que alborozó sus horas infantiles. Pero ahora, no; +ahora ha quedado relegada a completo olvido. Porque la señorita se halla +trémula de emoción. Se va a presentar en sociedad; está por asomarse al +mundo. Y un tumulto de ideas, mejor dicho, de imaginaciones—porque, +propiamente ideas sobre el mundo, no tiene aun la señorita—asaltan su +mente en ligero torbellino, se agitan, bullen, vuelan y revuelan como +mariposas en torno del foco luminoso.</p> + +<p>¿Cómo será el mundo? He ahí la preocupación de la señorita. Pero esta +preocupación está exenta de tristeza, de gravedad, de pesimismo. Porque, +en realidad, no se pregunta: «¿cómo será el mundo?», interrogación harto +filosófica para sus años y su inexperiencia. Lo que ella se pregunta es: +«¿cómo le pareceré yo al mundo?». Y a medida que se atavía y se adorna +y<a name="page_006" id="page_006"></a> se embellece con los mil recursos que la moda inventa, piensa la +señorita, frente al espejo que refleja su figura de mujer en esbozo: «yo +creo que le voy a parecer bonita al mundo». Y esta idea optimista, +justificada desde luego, porque la señorita es linda, le produce una +alegría exultante, alborozada, llena de íntimo regocijo. En ese momento +del atavío, los detalles adquieren una importancia fundamental; el +gracioso lunar, el rizo juguetón, todo aquello que constituye su +personalidad, su diferenciación de las demás señoritas que también se +presentan en sociedad, adquieren un relieve preponderante y definitivo. +El lunarcillo y el ricito son invencibles; nada, nada, ¡invencibles!...</p> + +<p>Una ligera inquietud invade el espíritu de mamá. Es necesario que la +presentación cause buen efecto. Está en ello comprometido el buen gusto +y el tino educador de mamá. La señora ha leído a Carmen Sylva, la buena +y discreta reina rumana, y repite a su hija estas palabras que pueden +servir de norma en una presentación en sociedad: «La tontería se coloca +siempre en primera fila para ser vista; la inteligencia se coloca detrás +para ver». Y luego agrega por cuenta propia: «discreción, hija mía, +compostura, sosiego; mide lo que dices; más vale que peques por +cortedad».</p> + +<p>Papá también está un poco impresionado. Cree, como Terencio, que las +mujeres, igual que los niños, se corrigen con leves sentencias. Y apunta +algunas apropiadas al caso. «La señorita silenciosa parece mejor que la +locuaz». El discreto señor hace algunas observaciones filosóficas sobre +la coquetería. A su juicio la coquetería no tiene más fin que hacer +subir las acciones de la belleza. Pero el prudente papá advierte que es +necesario tener sentido de la medida; no hacerlas subir demasiado, +porque pueden caer de golpe una vez descubierto que se abusa del recurso +para hacerlas subir. Papá agrega otros razonamientos graves, discretos, +oportunos. «No hay que ser criticona», dice. Y volviéndose a la esposa, +agrega: «Según Schiller, la mujer tiene ojos de lince para ver los +defectos de las demás mujeres». Y luego agrega por cuenta propia: «Los +hombres<a name="page_007" id="page_007"></a> nos enteramos de los defectos de una dama por otra dama; pero +adquirimos mala idea de quien nos suministra la información».</p> + +<p>Ya la señorita está ataviada: un traje primoroso realza su figura: +primor sobre primor. «Está elegantísima», observa la señora al esposo. +«Sí, sí, dice éste, muy elegante, muy linda». Y recordando las palabras +de un pedagogo argentino agrega: «Pero hay que ser también «paqueta» por +dentro: que a la figura elegante no corresponda un espíritu deforme». La +señora confía en que la niña será siempre muy buena. «Es nuestra hija», +termina. «Es verdad,—asiente el padre conmovido—; será buena, porque +es nuestra hija».</p> + +<p>Entre observaciones, besos y mimos, la señorita, llena de alegría y de +ilusiones, se dispone a presentarse en sociedad.</p> + +<h3><a name="EL_MATRIMONIO" id="EL_MATRIMONIO"></a>EL MATRIMONIO</h3> + +<p>Se ha dicho muchas veces que el matrimonio es la tumba del amor. Por eso +sin duda los diversos poetas que han cantado la vida de Don Juan no +casan nunca a su héroe. No han querido someter a prueba su capacidad +amorosa ni la consistencia de su sentimiento.</p> + +<p>Y es que Don Juan no es un verdadero enamorado. Balvo, un filósofo +modesto, pero muy discreto, destruye con cuatro palabras todas las +apologías rimadas que se han hecho de Don Juan: «quien ama a muchas, no +ama mucho; quien ama a menudo, no ama largo tiempo; quien ama con +variedad, no ama dignamente».</p> + +<p>Entre los poetas y este modesto filósofo, la elección no es dudosa para +nosotras. La consistencia del amor se prueba en el matrimonio; sólo una +larga convivencia nos demostrará si el corazón está bien puesto, en +quicio permanente.</p> + +<p>Por lo demás algo hay de cierto en eso de que el matrimonio es la tumba +del amor. No en balde la frase<a name="page_008" id="page_008"></a> goza de tanta difusión en el mundo. Pero +es porque el amor, en su forma exaltada, sólo es, como dice Voltaire, un +cañamazo dado por la naturaleza y bordado por la imaginación. Ahora +bien: el cañamazo, la belleza física, no resiste la tiranía del tiempo +que imprime las tristes huellas de la decadencia; y la imaginación +bordadora también acaba por sosegarse y quedar sustituída por una dulce +y reflexiva calma.</p> + +<p>Entonces el amor no tiene más que una salvación: el cariño. Los poetas, +que son los mayores perturbadores del mundo, siempre han desdeñado, por +subalterno, este sentimiento, que es mucho más fundamental y más sólido +que el amor. El amor es la llama; quizá no pase de una fogata fugaz; el +cariño es el rescoldo hecho de la buena y diaria lumbre del hogar, de la +mutua adhesión, del perdón mutuo, de la recíproca tolerancia, de los +comunes gozos y sufrimientos, de las alegrías conjuntas y de la fusión +de las lágrimas. El amor tiene un enemigo que le vence siempre: el +tedio. El cariño no tiene enemigo que le venza, porque está apoyado en +el sentimiento de convivencia. Vale más, mucho más, el calor del +rescoldo que el de la fogata. Cuando la fogata no se convierte en +rescoldo, sólo quedan de ella frías cenizas. Brasa y no pavesa ha de ser +lo que quede de la juvenil exaltación espiritual y del ardor de los +sentidos. «¡Te amo!». Es una frase de novela, excesiva, afectada. «Te +quiero», es una frase más sencilla, más grave, más profunda y más +humana. «¡Te amo!», dice Don Juan, que nunca fué un hombre honrado. «Te +quiero», dice el hombre de bien, que seguramente cumple lo que dice.</p> + +<p>Saber convivir... He ahí el secreto del buen matrimonio. Dar normas +fijas es imposible, puesto que hay tanta variedad de caracteres y de +circunstancias cuantas parejas constituyen la organización monogámica +del mundo.</p> + +<p>Desde luego la cualidad esencial de la mujer es la dulzura. La palabra +suave quebranta la ira. Una mujer colérica es el mayor tormento de un +hogar. A mí, personalmente, me produce la impresión de un canario<a name="page_009" id="page_009"></a> +hidrófobo; algo, en fin, absurdo y horrible. Cuéntase que uno de los +siete sabios de Grecia (Solón, Bías, Tales, Anacarsis, Pitaco, Quilón, +Periandro, no se sabe cuál; lo mismo da, cualquiera....) tenía un +discípulo que estaba enamorado. El novio, lleno de entusiasmo, refería +al maestro las cualidades de su futura. «Es hermosa como el lucero de la +mañana»—decía el joven. El filósofo escribía: «cero».—«Es rica, como +la heredera de Creso»—añadía el doncel. El genio griego volvía a +escribir: «cero». (La dote, pensaría probablemente el filósofo, es la +gran virtud de los padres). El enamorado agregó: «Es inteligente». Y el +gran hombre puso otra vez: «cero».—«Es noble»—«Cero».—«Tiene muy +buena parentela».—«Cero».—«Buena educación».—«Cero». El enamorado +miraba atónito a su querido maestro. Por último le dijo: «tiene un +carácter dulce». Y entonces el sabio heleno, el más sabio de los siete +sabios, estampó la unidad a la izquierda de todos los ceros que había +ido poniendo, para demostrar que sólo así adquirían valor las demás +cualidades.</p> + +<p>Todo es grato al lado de una mujer dulce: todo es amargo al lado de una +irascible. Seductora es la belleza, atrayentes la espiritualidad y el +donaire; pero es la dulzura la que más retiene al hombre. Y la felicidad +del matrimonio está en retenerse mutuamente. Palabras suaves, conceptos +delicados, ademanes tranquilos forman el mayor encanto de la mujer. +Madame Neker, cuyo ingenio lució tanto en los salones de Versalles, en +los momentos precursores de la Revolución, cuando todas las pasiones +estaban a punto de estallar, solía decir a sus amigas que las palabras +ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más +que el tono. La esposa del famoso hacendista hubiera podido dictar una +cátedra de psicología conyugal. Dulzura, suavidad, amigas mías. Los +hombres rompen los eslabones de una cadena de hierro; en cambio hallan +agradable la atadura si ella está formada por tenues hilos de seda. Sean +nuestras palabras como nuestros brazos en las horas de deliquio:<a name="page_010" id="page_010"></a> +suaves, blandas, dóciles. Yo, como mujer, gusto mucho de oir hablar a +los maridos de sus respectivas esposas. Y he observado que cuando +elogian el ingenio, la gracia, la belleza, la elegancia o cualquier otra +cualidad física o moral, lo hacen sin mayor calor. En cambio, cuando +dicen: «mi mujer es una pastaflora», dan a su expresión un tono de +íntima ternura que revela cuánto impresiona a su espíritu esta cualidad +femenina.</p> + +<p>La popular frase transcripta encierra las principales virtudes de la +mujer: la bondad, la resignación, el avenimiento a todas las +circunstancias, la tolerancia, la encantadora docilidad.</p> + +<p>Defecto grave en la mujer es tener un espíritu contradictor, una +voluntad terne, un carácter terco. A la mujer no debe costarle ceder. La +testarudez es buena y honrosa en los generales que defienden un fortín. +Para la mujer, ceder es conseguir—siempre que el marido sea tierno, +delicado y comprensivo. Jamás la mujer—y esto es importantísimo—debe +herir al marido en aquello en que cifra su amor propio. Téngase en +cuenta que el amor propio es más fuerte que el amor; como que muchas +veces se ama por amor propio, más aun que por amor a la persona amada. +Cuidado, pues, mucho cuidado con herir el amor propio del marido. Yo (y +perdonen mis amigas que me ponga como ejemplo; lo haré pocas veces) +estoy casada con un estanciero, hombre bonísimo, inteligente, gentil, +cordial, que me quiere tanto, tanto... como yo a él, lo que equivale a +buscar términos de comparación con lo infinito. Pues bien, mi marido es +aficionado a la historia natural y presume de conocer como nadie (y +conoce, yo lo afirmo, porque le quiero mucho, y esta es una razón +definitiva) la fauna argentina y muy especialmente—aquí está su amor +propio—las aves noctívagas que vuelan por nuestros campos al morir el +día. Paseando a esa hora por la estancia, ha confundido alguna vez el +carancho con la lechuza; porque mi marido nunca tuvo buena vista, +excepto cuando me eligió a mí. Bueno; pues yo nunca le contradigo,<a name="page_011" id="page_011"></a> +porque, además de herir su amor propio de entendido en aves noctívagas, +le molestaría mi advertencia, significándole que tiene malos ojos, y los +tiene hermosísimos, aunque ven poco. ¿Para qué contradecirle? ¿Para qué +herir su amor propio de naturalista? ¿Para qué recordarle que no ve +bien? ¿Qué más da que aquello que voló sea lechuza o sea carancho o sea +chimango? La cuestión es que él sea feliz creyéndose un excelente +naturalista, dotado de buenos ojos. Y si es feliz con mi asentimiento, +¿por qué negárselo? Alguna vez él mismo sale de su error, y entonces, +enternecido, paga con un beso mudo la intención de mi aquiescencia. Y +este beso de mi marido vale más, mucho más que toda la fauna, incluso la +humana, que puebla la tierra.</p> + +<p>He contado esta nimiedad tan íntima, tan personal, a guisa de ejemplo, +para demostrar que no debe mantenerse contradicción en cosas sin +importancia. (Y no quiere esto decir que las aves noctívagas carezcan de +interés; lo tienen, y muy grande, desde que le interesan a mi marido). +Una herida de amor propio tarda mucho en curarse; quizá no cicatriza +bien nunca. Queda siempre un sordo resentimiento. Y el resentimiento—la +misma palabra lo dice—es el sentimiento más terne, más perenne, de más +triste duración.</p> + +<p>La incompatibilidad de caracteres es lo más deplorables de la vida +conyugal. Y suele nacer de nimiedades, de intolerancias, de tozudeces +insustanciales. Una mujer díscola es inaguantable. Hay que ser como la +cera, dócil al moldeo, que al fin el moldeador suele adquirir el +carácter de lo moldeado. La vida es breve, y pasarla en disputa +constante equivale a cambiar la felicidad relativa por un potro de +tormento. Y nada resuelve el divorcio; porque, como ha dicho un +filósofo—claro que un filósofo feminista—el divorcio es la disolución +de una sociedad en que la mujer ha puesto su capital y el hombre +solamente el usufructo. ¿Y adónde va una sin capital? No hay que perder +el socio, sino avenirse con él, aunque la sociedad luche con algunos +tropiezos. Allanémoslos, en vez de aumentarlos;<a name="page_012" id="page_012"></a> que al quitar los +nuestros, también él—si no es una mala persona—quitará los suyos, +despejando así el camino de la dicha. Vivir es ya un milagro; no depende +de nuestra voluntad, sino de la Providencia. Saber vivir depende de +nosotros mismos. No malogremos el don de la vida que Dios quiso +otorgarnos.</p> + +<p>De las condiciones del hombre en el matrimonio no me atrevo a hablar. +Siento invencible timidez para tocar este punto, asaz complejo y +difícil. Los místicos, los santos, que todos fueron solteros, aceptando +todas las cruces, menos la del matrimonio—con lo cual su santidad +desmerece un poco por falta de sometimiento a prueba completa—decían +que al matrimonio, como a la muerte, es difícil llegar bien preparados. +No se enojarán los hombres, si apoyándonos en el testimonio de los +santos, decimos que la mujer llega al matrimonio en condiciones +espirituales superiores. Y así debe ser, porque para el hombre el +matrimonio es un accidente, mientras que para la mujer es el hecho +fundamental de su vida.</p> + +<p>A pesar de mi temor para hablar de esta materia, me atrevo a insinuar +que entre los hombres dedicados a la vida intelectual, los mejor +dispuestos para el matrimonio son los políticos. El literato, el mismo +filósofo, el pintor, el músico, los artistas, en general, son +peligrosos, porque su arte y su filosofía están siempre en primer +término, antes que la mujer. Además, son un poco raros y no poco +arbitrarios. Y entre los políticos se debe preferir, no a los dogmáticos +empecinados, no a los caudillos exaltados, ni a los oradores famosos, +que son también, como los artistas, un poco peligrosos, sino a los que +tienen aptitudes gobernantes. La razón estriba en que, siendo el +gobierno del Estado una serie de concesiones, llegan bien dispuestos al +matrimonio, que es igualmente otra serie de concesiones.</p> + +<p>Termino. Me he extendido demasiado. Pero téngase en cuenta que la +cuestión es ardua y llena todas las bibliotecas del universo, sin que se +haya resuelto satisfactoriamente. Sólo insistiré, para concluir, en que +el<a name="page_013" id="page_013"></a> cariño vale más que el amor, porque es más sostenible, más durable, +más permanente. Lope de Vega, voto de calidad, pues fué un Don Juan +efectivo, lleno de devaneos y tormentosas pasiones, nos dice en unos +versos de su comedia «El mayor imposible», estas palabras razonables +sobre la exaltación amorosa:</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es"> +<tr><td align="left">«Que muchos que se han casado</td></tr> +<tr><td align="left">Forzados de un amor loco,</td></tr> +<tr><td align="left">Suelen después hallar poco,</td></tr> +<tr><td align="left">De lo mucho que han pensado.»</td></tr> +</table> + +<p>¡Cariño, cariño, dulcísimo y solidísimo sentimiento! En tí reside la +dicha duradera. El cariño surge de convivir. El amor nace de no haber +convivido. Reflexionad sobre esto, amigas mías...</p> + +<h3><a name="EL_AMOR_Y_SU_APARIENCIA" id="EL_AMOR_Y_SU_APARIENCIA"></a>EL AMOR Y SU APARIENCIA</h3> + +<p>¿Cuál es en la mujer la verdadera edad del amor? Puntualicemos con más +precisión, pues la pregunta formulada es un poco vaga: ¿en qué edad se +halla la mujer en mejor disposición espiritual para enamorarse y, en +consecuencia, para unirse a un hombre, segura de que su sentimiento es +firme, permanente, fijo, como la estrella polar?</p> + +<p>Un personaje novelesco de Anatole France (creo que es el bondadoso +filósofo señor Bergeret) dice que el amor es como la devoció; llega un +poco tarde: «no se es amorosa ni devota a los 20 años».</p> + +<p>La observación es exacta. El amor, en realidad, es un fanatismo, una de +las tantas formas de la exaltación fanática. Ahora bien: para +fanatizarse es necesario que el espíritu esté formado y que nuestras +ideas estén muy hechas, muy elaboradas. Ni el tierno doncel, como si +dijéramos el cadete, ni la señorita, la niña, que acaba de asomarse al +mundo, tienen la aptitud del fanatismo. Es un error creer que los años y +la experiencia evitan que nos fanaticemos. Ocurre, precisamente<a name="page_014" id="page_014"></a> todo lo +contrario. La experiencia y los años nos aferran a determinadas ideas y +dan consistencia definitiva a ciertos sentimientos.</p> + +<p>Pero dejemos los demás fanatismos para ocuparnos del fanatismo amoroso, +de ese sentimiento de exaltada firmeza, de perennidad indestructible, +que nos lleva a entregar a otro corazón el reinado sobre el nuestro. +¿Cuándo se produce de modo integral, con las potencias todas de nuestro +querer, con la embriaguez absoluta de nuestro espíritu, esta adoración, +en que, usando la pompa verbal de Víctor Hugo, «el amor es la +concentración de todo el universo en un solo ser y la dilatación de este +solo ser hasta Dios»?</p> + +<p>Porque es menester no confundir el amor con su apariencia. Al saltar de +la niñez a la pubertad, le ocurre a la mujer lo que a la mariposa al +salir de su estado de crisálida. Sus primeros vuelos son inciertos, +aturdidos, inseguros. Las alas son tiernas, débiles, y no han adquirido +aún el sentido de orientación. Y lo mismo para volar que para amar es +requisito indispensable cierto grado de robustez en las alas.</p> + +<p>El origen de nuestras desventuras en la vida está en que la sensibilidad +es más precoz que el entendimiento. Lo que más falta nos hace es +precisamente lo último en formarse. La mente es impotente para regir la +confusión tumultuaria de nuestras primeras emociones en su incierto y +atorbellinado vuelo. Y así venimos a ser juguetes, como barquichuelo sin +gobierno, del oleaje de nuestras sensaciones. El naufragar o arribar a +buen puerto depende entonces, no de la seguridad de nuestra brújula, +sino del hado favorable o adverso, independiente de nuestra voluntad y +de nuestra orientación reflexiva.</p> + +<p>A los diez y ocho o veinte años la mujer se impresiona fácilmente. Pero +esta impresión suele ser fugaz, versátil, inconsciente. El error está en +tomarla por definitiva, esclavizándose a una emoción pasajera. El +acierto electivo en este caso está librado al azar, a que la casualidad +haya determinado que ésta primera emoción nos haya sido provocada por +persona que<a name="page_015" id="page_015"></a> realmente lo merezca. Y la elección de marido, como la +elección de esposa, no debe ser una lotería. «Saqué novio de tal baile» +es una frase corriente entre las muchachas. No, no; no hay que sacarse +el novio de una vuelta de vals, sino de muchas vueltas del +entendimiento; que el discurrir bien no excluye el sentir profundamente. +Son los poetas los que han dicho que el órgano del amor es el corazón. +Pero los poetas han llenado el mundo de bellas mentiras, sonoras +metáforas, falsas imágenes y seductoras demencias. El origen del amor y +de todas nuestras emociones está en la mente. Ella es el divino crisol +en que se fraguan todas las formas de nuestro sentir. El corazón es como +la rueda catalina de un reloj, que no tiene, por sí, conciencia de su +propio movimiento. De la idea, de nuestra representación mental sobre +otra persona, surgen la adhesión y el amor hacia ella. Entonces es +importantísimo que esta idea, punto de arranque de la emoción, sea +acertada, no ligera ni superficial; pues sobre pobres, falsos o frágiles +cimientos, mal se sostendrán las torres y chapiteles de nuestros +ensueños.</p> + +<p>La elección debe fundarse en múltiples y atentas observaciones del +sujeto, en el análisis de sus prendas morales, en la índole de su +carácter, en lo que es ahora (punto de relativa importancia), y en lo +que puede ser luego (asunto de capitalísima trascendencia). El +sentimiento amoroso asciende y desciende con el conocimiento. Imaginar +no es lo mismo que conocer, y el amor suele confundir estos dos valores +mentales. Con la imaginación creamos sujetos propios, modelos que nada +tienen que ver con la realidad ya creada. «Mi tipo» suele diferir del +tipo, que tiene su propia alma, su carácter propio y sus propias mañas; +alma, mañas y carácter que no corresponden al bello sujeto fraguado por +nuestra fantasía en complicidad con los errores de percepción de +nuestros sentidos. No quiere esto decir que el amor ha de estar exento +de imaginación y de fantasía. Una criatura sin imaginación es como una +tierra sin sol. Pero siempre conviene que la imaginación inicie su vuelo +desde la cúspide del conocimiento<a name="page_016" id="page_016"></a> y no desde los abismos de la +ignorancia. Las alas parten más raudas y seguras a hender los espacios +cuanto más alta y sólida sea la atalaya de observación desde la cual se +lanzan a volar.</p> + +<p>A la edad de diez y ocho o veinte años la mujer carece de aptitudes +analíticas y de observación. El mundo es para ella una maravilla +deslumbrante, en cuya presencia el optimismo toma formas de ceguera. Y +el amor tiene mayores garantías de éxito cuando emplea los cien ojos de +Argos que cuando elige cubierto con la venda de Cupido. El amigo Cupido +y su venda constituyen un símbolo que no resiste el menor análisis. Los +símbolos de los griegos, siempre graciosos, no siempre son razonables.</p> + +<p>Bella es en el cielo la hora del alba. Bellísima es en el alma la aurora +del amor. Pero la hora de la poesía fascinadora no es la hora en que se +ve con mayor claridad. Según el adagio vulgar, de noche todos los gatos +son pardos. Entre dos luces todos los gatos son azules, que es el color +de la ilusión. Acriollando el adagio, bueno será añadir que conviene +huir de los «gatos» a toda hora, de noche, de día y entre dos luces.</p> + +<p>La mujer, al empezar a vivir, al iniciarse en la sociedad, más que +enamorarse, lo que desea es enamorar. La mayor ambición de una señorita +consiste en inspirar amor. No se resigna a pasar inadvertida. De ahí que +trate más de ser ella interesante que de ver quién podría ser +interesante para ella. He ahí un egoísmo que, profundamente analizado, +resulta una generosidad. Pero este punto exigiría, para ser bien +explicado, un tomo de psicología femenina.</p> + +<p>Una mujer sólo a los 25 años se halla en aptitud mental y espiritual +para elegir o aceptar esposo—porque no siempre se puede elegir. Sólo +después de diez años de frecuentar salones y alternar en el mundo se +adquiere cierta experiencia para resolver el gran problema con alguna +probabilidad de acierto. Antes de esa edad corremos el riesgo de +dejarnos llevar de impresiones fugaces y transitorias. A los 25 años +nuestro<a name="page_017" id="page_017"></a> espíritu ha logrado ya cierto grado de serenidad y nuestros +sentidos una dulce calma que no conturba nuestros juicios. Antes, todo +es emoción indisciplinada, torbellino de sensaciones, exaltación sin +fundamento, inconsciencia, capricho, delirio. El discernimiento sólo se +alcanza con los años. Y aun es problemático, pues según un ironista +francés «la mujer sólo se equivoca cuando reflexiona». La frase, aguda y +ligera, no convencerá a ninguna de mis lectoras. Podríamos devolverla al +ironista diciendo: «los hombres sólo aciertan cuando se enloquecen».</p> + +<p>Así, pues, amigas mías, antes de casarse conviene haber bailado mucho, +haber conversado mucho y haber «flirteado» algo—no mucho,—haciendo +todo esto con espíritu observador e informativo, con intención fiscal, a +fin de descubrir en los sujetos aquellas cualidades, dones y tendencias +que más se aproximen a nuestro ideal. Al matrimonio se debe llegar con +el sujeto ya bien conocido; no con una máscara. Asimismo, nunca es +completo este conocimiento, ya que el matrimonio no es, en el fondo, +sino un lento y contínuo desenmascaramiento que sólo se hace total con +el último abrazo en la hora de la muerte.</p> + +<p>Conviene también llegar al matrimonio con una ligera fatiga del mundo y +de sus pompas y vanidades. Así encontraremos el hogar propio más +agradable que los salones y las tertulias. Fidias, que además de un +escultor excelso, era un espíritu filosófico, hizo una vez la estatua de +Venus sobre una tortuga, queriendo indicar a las mujeres de su pueblo +que debían ser lentas para salir de casa. No proclamo con esto el +cenobio, el enclaustramiento; pero sí cierto recogimiento que sólo se +acepta con gusto cuando conocemos bien la sociedad y todo el tejido de +menudas pasiones que en ella bullen y se agitan.</p> + +<p>Yo me casé a los 25 años. Antes de conocer a mi marido, aficionado, como +sabéis, a la historia natural y, particularmente, a la especialidad de +las aves noctívagas pamperas, experimenté muchas impresiones en nuestro +gran mundo. Varias veces sentí un principio<a name="page_018" id="page_018"></a> de amor, un interés +repentino, una relampagueante emoción; pero luego aplicaba serenamente +mi juicio a los fundamentos de toda pasión incipiente, hasta que lograba +disiparla. Es axiomático que las mujeres desconfían de los hombres en +general y confían en ellos en particular. Esto es un poco inexplicable, +pero es así. Yo procuré siempre hacer lo contrario. A cada caso +particular apliqué una saludable desconfianza. Por último me enamoré de +veras, con la reflexión y con el sentimiento. La reflexión me decía que +mi naturalista era bueno, leal, culto, tierno, muy hombre además para +luchar en la vida. Y a compás de estas ideas el sentimiento se encendía +en amor. Pero antes de decir «sí» bailamos mucho, conversamos mucho, y +yo, por mi parte, traté de verle el alma a la luz de un constante +análisis. Y cuando vi que era buena y alta y digna y hermosa le di el +más absoluto imperio sobre la mía. Sobre mi persona tenía él también su +concepto. Y ahora y por siempre mi amor me lleva a ser como él me +imagina, que es el amor perfecto. Y siendo como él quiere, soy como yo +quiero, y cuanto más le gusto más me gusto.</p> + +<p>Y así el esquife de nuestro amor marcha por el piélago de la vida, +seguro de que nunca zozobrará...</p> + +<h3><a name="EL_NO_DE_LAS_NINAS" id="EL_NO_DE_LAS_NINAS"></a>EL NO DE LAS NIÑAS</h3> + +<p>Facilísimo es dar el «sí»—«el sí de las niñas»—como reza el título de +la ingenua y cursililla comedia de Moratín, que hizo las delicias de +nuestras abuelas. El «sí», a una proposición de matrimonio, cuando el +proponente nos agrada, brota espontáneo, casi sin palabras; lo damos con +los ojos, con el movimiento balbuciente de nuestros labios, oprimiendo +con el nuestro el brazo del cual vamos asidas en el baile. Esta última +actitud, oprimir el brazo, asirnos a él, suele ser la más corriente como +reveladora de nuestro gozoso asentimiento. La que para dar el «sí» +emplea mucha retórica, muchos requilorios, circunloquios y rodeos,<a name="page_019" id="page_019"></a> +mucha charla alambicada y sutil, es que en realidad no está +verdaderamente enamorada. Acepta por causas ajenas al amor; porque es +buen partido, porque quiere emparentar bien, etc., etc. El amor, como +toda pasión vehemente—y es el amor la más vehemente de todas—es +conciso en su expresión, monosilábico, casi mudo. La palabra muere en el +nudo que la emoción forma en la garganta. Todas esas escenas de comedia, +en prosa y verso; todas las páginas amorosas de las novelas, en que +salen a relucir las flores, los arroyuelos, las estrellas, la luna, los +ángeles y los serafines, todo, absolutamente todo eso, es mentira, +completamente mentira. El amor, el verdadero amor, no halla palabras, no +encuentra léxico para expresarse. Por eso el baile es su mejor auxiliar, +pues el abrazo—el abrazo danzando, perfectamente admitido—nos ahorra +el estudio del diccionario para dar con los términos académicos +apropiados al caso. El concurso, la gente de un salón, que ve bailar, no +advierte que cierta pareja abrazada y danzante da a su abrazo, en un +momento determinado, un sentido trascendental, de unidad de vidas, de +fusión de espíritus, de enlace de corazones. Yo dí el «sí» así, +bailando; pero lo dí sin palabras. De pronto, preguntó él: «Bueno, +¿y?...» porque él también, como buen enamorado, era monosilábico, casi +mudo. Mi respuesta fué oprimirle el brazo, latir como nunca he latido y +mostrarle mis ojos húmedos. Y el hombre arrancó a valsar con tal furia +que parecía movido por todo el carbón que emplea ahora la escuadra +inglesa en el bloqueo. Nos asimos un poco más, porque el baile lo +exigía. Bueno, amigas mías, entonces supe que es posible no morirse de +felicidad. ¡ Ay, Dios mío, qué recuerdos!...</p> + +<p>Quedamos, pues, en que dar el «sí» es facilísimo; sale solo; se revela +en la emoción que nos embarga; por muy quedo que se diga, lo expresa muy +alto el estado de nuestro ánimo. Lo difícil, lo árduo, es decir «no», +negarse a la relación solicitada. En esta ocasión es cuando ha de +revelarse la educación de la mujer, su finura espiritual, los recursos +de su ingenio.<a name="page_020" id="page_020"></a></p> + +<p>El «no» de las niñas requiere, no una comedia como el «sí» de las niñas, +sino todo un tratado de psicología femenina. Pero hemos de contraernos a +un ligero prontuario sobre la materia. Generalmente, la mujer llega al +difícil trance de tener que decir «no» por culpa de ella misma. Porque +es ella la que alienta las primeras insinuaciones del hombre, aunque su +corazón no esté interesado; unas veces por demostrar a las demás que +tiene pretendiente; otras veces por dar celos con el incauto al que +verdaderamente ella quiere; no pocas veces también por divertirse, por +coquetería, o por curiosidad. El amor propio adopta muchas veces el +disfraz del amor por pura satisfacción de orgullo. Y esto lleva a muchas +señoritas a admitir y hasta a estimular las insinuaciones del hombre, +que toma por sentimiento real los fingimientos de que es víctima en +forma de sonrisas prometedoras, de miradas simulando aquiescencia, de +gestos y signos, en fin, que expresan lo contrario del verdadero +propósito. Este juego es peligroso y, desde luego, condenable. Cuando un +hombre inteligente aventura una declaración es porque le anima a ello el +presentimiento de que será aceptado, presentimiento fundado en ciertos +indicios de que es persona grata, como se dice en términos de +diplomacia. Sugerir este presentimiento a un hombre, inducirle en este +error, significa en la mujer sentimientos aviesos, una travesura de mal +gusto, pues no se debe jugar con el corazón ni con las ilusiones de +ningún hombre, cuyo porvenir espiritual, en el resto de su vida, acaso +dependa de esta burla de la mujer. Porque deplorable es para un hombre +que ama profundamente no verse amado por aquella a quien ama. Pero aun +es mucho peor hacer escarnio de su afecto, induciéndole en el error de +ser amado sin serlo; pues, en este caso la herida es doble, en el amor y +en el amor propio. Y las heridas de amor propio son aún más difíciles de +curar que las heridas de amor. El hombre que nos insinúa su afecto, que +cifra la razón de su vida en la correspondencia de nuestro corazón al +suyo, merece por ello mismo nuestra atenta<a name="page_021" id="page_021"></a> simpatía, pues siempre es +conmovedor para una mujer producir en un hombre esta exaltación +sentimental. Si no nos gusta o no nos conviene—desde luego no nos +conviene si no nos gusta—debemos hacérselo notar desde el principio con +palabras cordiales y cariñosas con cultura exquisita, sin deprimirle en +forma alguna, poniendo disculpas que lo eleven a sus propios ojos y +mezclando así la desesperanza o desengaño con el consuelo. Probablemente +esta conducta de la mujer, por lo mismo que es una conducta noble, +bondadosa, espiritual, exaltará más el amor del hombre, le hará más +profundo y entrañable, desolará más su alma; pero no tendrá derecho a +sentirse herido en su amor propio con burlas imperdonables. Jamás, en +fin, se debe alentar una pasión que no se tiene el propósito de +corresponder. De todas las coqueterías ésta es la más condenable, porque +implica la intención de hacer sufrir, empeño que delata poca reflexión y +una torcida contextura ingénita de nuestro espíritu.</p> + +<p>Ya se ve, pues, cómo el «no» es más difícil que el «sí» de las niñas. Y +esta dificultad aumenta, según va dicho, cuando con nuestra frivolidad y +nuestras vanidades hemos inducido en error al pretendiente. En tal caso, +el trance, desagradable siempre, de decir «no» claramente ha sido +buscado por nosotras mismas. En realidad es una conducta que tiene algo +de engaño, ya que condujimos nuestro trato con él en forma que supusiera +una posibilidad de aceptación, con la reserva mental de una negativa al +plantearnos la petición de mano. Lo noble, lo generoso, lo leal, es +atajar discretamente desde el comienzo las insinuaciones, a fin de que +nunca pueda creerse engañado en sus observaciones respecto al estado +efectivo de nuestro espíritu y de nuestra voluntad.</p> + +<p>Pero la especie masculina es muy variada. Hay hombres un poco cegatos en +materia de psicología femenina, para los cuales no basta que la mujer +rehuya con discreción sus insinuaciones. Su falta de percepción es +disculpable y justifica el empecinamiento. En este caso se impone el +«no» desde el primer instante,<a name="page_022" id="page_022"></a> pues al que no entiende de razones con +los ojos, necesario es hacer que las entienda por medio de los oídos. +Siempre, claro está, usando palabras corteses; nada de desaires, nada de +enojos, nada de sentirse molestada por la pertinacia, pues el ciego no +es responsable de no ver, y hasta merece simpatía cuando observamos que +la causa de su ceguera está en que el foco del corazón le ofusca la +vista de los ojos. ¿No merece un poco de piedad un ciego tan sublime? +Hay otros que llamaremos «intrépidos», muy expeditivos en sus +procedimientos, que quieren llevar las cosas a paso de carga, hombres +impacientes, exaltados, audaces, de sensibilidad tormentosa y hasta +huracanada. El «no» a un hombre así ha de ser gradual, no repentino, no +brusco, pues nuestra negativa seca y rápida pudiera llevarlo a la +exasperación y hasta ser causa del encarecimiento del plomo troquelado. +Existe el hombre que presume de irresistible, el que tiene de sí mismo +un concepto tan optimista que no admite haya mujer que renuncie a la +gloria de unirse a él. La vanidad es un lente que aumenta las cosas más +pequeñas. Con éste conviene envolver el «no» en un ligero «titeo» +educador. Se le hace con ello un servicio, induciéndole a moderar el +concepto fantástico fraguado por su insensatez. Hay el hombre que se las +da de zahorí, de sagaz y penetrante para descubrir los sentimientos de +la mujer. Suele, en su presunción de psicólogo, hacer análisis que no +están en la persona analizada, sino en él mismo. Ha leído algunas +novelas modernas, probablemente de Bourget, que se ha ocupado mucho de +psicología femenina, con sutilezas generalmente exentas de verdad y de +sencillez. Con este pretendiente, que es un vanidoso cerebral, se debe +emplear un «no» oscuro, nebuloso, para aumentar el mar de sus propias +confusiones. Detesto los noveleros, los hombres que carecen de +naturalidad. Son, además, peligrosos, porque siempre andan a caza de +complejidades sentimentales. Hay el hombre que cifra todo su éxito en el +apellido heredado y cree que su nombre procérico basta para lograr la +más apetecible conquista. Con éste el «no» tiene<a name="page_023" id="page_023"></a> que ser histórico. La +mujer debe decirle, siempre de una manera muy fina, que hubiera +preferido a su antepasado. Los hombres que valen no son los que heredan +un apellido histórico, sino los que, llevando uno desconocido, logran +meterle en la historia.</p> + +<p>¿Para qué seguir presentando más casos? La variedad es tan grande que no +acabaríamos nunca. Baste decir que cada uno de ellos requiere una +negativa especial, ajustada a las circunstancias y al tipo moral y +espiritual del pretendiente. Y con esto queda demostrado que el «no» es +mucho más difícil que el «sí» de las niñas...</p> + +<h3><a name="EL_GANCHO" id="EL_GANCHO"></a>EL GANCHO</h3> + +<p>Son muchas las personas aficionadas a intervenir en el arreglo y +combinación de las bodas. En lenguaje clásico se les llama casamenteras +y han servido muchas veces de tópico a la musa irónica de los escritores +festivos. Este entrometimiento tiene también un calificativo popular: +«hacer el gancho» o «servir de gancho» para que una pareja determinada +concierte su unión. Por regla general es más frecuente la tendencia +casamentera entre las señoras que entre los hombres. Este género de +intervenciones se aviene mejor con el espíritu de la mujer. El hombre +siente siempre cierto reparo, cierto rubor, en mezclarse en estas +negociaciones que requieren las delicadezas y sutiles arbitrios de las +damas. Al hombre le parecen, en fin, afeminadas estas gestiones, y aún +cuando él mismo las necesite alguna vez, preferirá recurrir al auxilio +de una dama antes que al apoyo de otro hombre.</p> + +<p>Han existido y existen, sin embargo, hombres casamenteros que lograron +por ello la cúspide de la gloria y de la proceridad. Hay «ganchos» que +han pasado a la historia. En todas las bodas reales ha intervenido el +«gancho» diplomático. Los cancilleres de las cortes europeas hicieron, +en el transcurso de los siglos, «ganchos» memorables. Metternich y +Talleyrand,<a name="page_024" id="page_024"></a> por ejemplo, debieron sus mejores éxitos políticos a este +género de tramitaciones, manteniendo el equilibrio continental, en unos +casos, y concertando la paz, en otros, por medio de su «gancho» para +unir princesas y reyes. Las muchedumbres dejaron de matarse y colgaron +las armas gracias a la feliz gestión casamentera de un canciller, que +resolvió una vasta y pavorosa tragedia tramando una boda oportuna que +acabó con el rencor de dos monarquías y de sus leales súbditos. Estos +«ganchos» trascendentales merecieron la admiración y el aplauso de los +pueblos, que siguen venerando la memoria de aquellos insignes +diplomáticos.</p> + +<p>El «gancho», tiene, pues, glorioso abolengo histórico, y no debe +desdeñarse mi entrometimiento que ocupa tantas y tan sublimes páginas en +los anales de la humanidad.</p> + +<p>Pero descendiendo de la historia a la vida corriente, mortal y vulgar, +discurramos un poco, aunque sea muy someramente, sobre la intromisión +casamentera. Bien está ella cuando se pide, cuando, a fin de allanar +algunos obstáculos, se solicita el patrocinio de una dama para que venza +las resistencias que se oponen al anhelo del pretendiente. El aunar las +voluntades familiares, cuando ya los novios están de acuerdo, es obra +buena y simpática, pues tiende a proteger un amor concertado.</p> + +<p>Pero la verdadera casamentera no es la que ejerce este género de +gestiones pedidas, sino aquella que, sin pedírselo nadie, se pone a +concertar bodas y a tramar enlaces, usurpando su papel al azar o a los +designios providenciales que rigen el nacimiento del amor en nuestro +espíritu. Porque el amor, como el rayo, surge de una manera instantánea +y fulminante, cuando menos lo pensamos. En esta rapidez y en este fulgor +de relámpago estriba precisamente el peligro por lo que toca a la +duración, pues es difícil mantener la vida en tan fulmínea tensión +espiritual. Por esto en otra crónica hemos defendido las ventajas del +rescoldo sobre la llama, o sea del cariño sobre el amor.</p> + +<p>La psicología de la casamentera es, en el fondo, sencilla.<a name="page_025" id="page_025"></a> Su norma es +la bondad. La idea de la felicidad ajena guía su intervención. La +casamentera armoniza a su gusto cualidades, tendencias, fortunas, +representación social, etc. «A Fulano le conviene Fulana». «A Fulana le +conviene Fulano». Ella, la casamentera, concierta lo que podríamos +llamar condiciones externas Combina matrimonios en frío, como un +matemático resuelve una ecuación. No tiene en cuenta el estado +espiritual de los seres que trata de unir, si hay o no correspondencia +entre sus almas, si existe o no existe afinidad, si los corazones laten +a compás y hay entre ellos mutua resonancia. El amor, en una palabra, +nunca es tenido en cuenta por la casamentera. A su juicio, siendo +armónicas las circunstancias—armónicas a su parecer—el amor tiene que +producirse. Todo el error de la casamentera deriva de creer que el amor +surge de la conveniencia y no al contrario, la conveniencia del amor, +porque, donde no hay amor, todo es inconveniente.</p> + +<p>Generalmente la casamentera no ha tenido grandes pasiones. Ignora las +tormentas del corazón. Las solteronas muy metidas en años, cuya juventud +no conoció el ardiente sabor de la vida, y las viudas que no quisieron +mucho a sus maridos, que se casaron por conveniencia, suelen ser las más +inclinadas a ejercer de casamenteras. Como no han usado su corazón, +desconocen en los demás la onda emocional que constituye la base de toda +relación amorosa.</p> + +<p>Las casamenteras ponen mucho empeño y mucha tenacidad en sus empresas. +Se parecen en esto al diplomático que realiza un concierto +internacional. Aconsejan, señalan las ventajas de la unión, presentan +las dichas futuras, un porvenir venturoso; hacen grandes apologías de él +a ella y de ella a él, atribuyendo a una y otro virtudes sin cuento. +Comprometido su amor propio, la casamentera incurre en exageraciones +graciosas. Los ángeles son inferiores a la pareja que trata de unir. Y +se sorprende de que sus razonamientos no convenzan. No sabe que en +materia de amor, como<a name="page_026" id="page_026"></a> ha dicho un glorioso padre de la Iglesia, el +corazón tiene sus razones que no conoce la razón.</p> + +<p>La elección de consorte es el acto más íntimo, más importante, más +trascendental de nuestra vida. Debe ser también, por lo tanto, el más +autónomo, el más libre, el más exento de toda ajena influencia. No hay +error en una elección a gusto. Toda persona es feliz por tener lo que le +agrada, no por tener lo que los demás creen que es agradable. La +felicidad está en la libre elección, en unirnos al ser que la +Providencia pone en nuestro camino para que encienda en amor nuestro +espíritu y colme nuestras esperanzas. Lo razonable en amor es el ensueño +propio y no las lógicas combinaciones de una casamentera.</p> + +<p>Lo primero que se debe considerar en todo consejo es la posición de +quien lo da. Un consejo no es eficaz ni sirve para nada si la persona +que lo ofrece no se coloca en las circunstancias de aquella otra que ha +de recibirlo. La casamentera nunca se percata de esta condición +indispensable en todo consejo. Y aun asimismo, aun colocándose en estas +circunstancias, es difícil el acierto, pues como dice Byron «rara vez +sucede que de un buen consejo resulte algo bueno».</p> + +<p>En materia de amor lo principal es el amor, verdad harto inocente que +sólo desconoce la casamentera. Todo lo demás es circunstancial y +accesorio. Fortuna, belleza, equivalencia de posición social, todo es +inútil si falta lo esencial, la reciprocidad de un intenso afecto, la +afinidad de las almas, la adhesión recíproca de los corazones.</p> + +<p>Pocas veces la casamentera opera sola, sino en combinación con otras, +aficionadas como ella a tramar enlaces y noviazgos. Para hacer el +«gancho» recurren a mil arbitrios delicados, procurando que la pareja se +hable y se trate, encontrándose de una manera «casual» en todas partes. +De estos encuentros nace a veces un principio de simpatía, que las +casamenteras fomentan con elogios hiperbólicos de la futura al futuro y +viceversa. Y justo es reconocer que algunas veces salen buenos +matrimonios de estas gestiones de las casamenteras.<a name="page_027" id="page_027"></a> Pero también es +verdad que tales enlaces sólo pueden concertarse entre contrayentes que +no tengan un gusto muy personal y definido, una individualidad +espiritual muy pronunciada, un concepto propio de la vida. Las +casamenteras, en fin, sólo pueden lograr su objeto con personas de +voluntad blanda, mente vacía y espíritu sugestionable. Tales personas no +suelen ser las más desgraciadas; pues si bien la mente lúcida y el +espíritu rico en sensibilidad producen muchos goces, también acarrean +estas condiciones grandes tormentos y agobiadoras melancolías. La +mediocridad goza siempre el género de dicha que impera en el Limbo.</p> + +<p>No es fácil hacer con discreción el «gancho». En realidad la +casamentera, como el poeta, nace, no se hace. Los procedimientos son +variadísimos, según las personas que se trate de unir, el medio social y +las circunstancias que las rodean. Empieza la casamentera por +convertirse en confidente de cada una de las personas que trata de +coyundar. A la muchacha le comunica todo lo bueno que el mozo diga de +ella, y aún aumenta algo de su propia cosecha; y al mozo todo lo mejor +que de él diga la señorita, y si no dice nada, la casamentera lo +inventa. Este intercambio de elogios, traídos y llevados incesantemente, +va haciendo paulatinamente su obra, predisponiendo los espíritus y +encauzándolos en una tibia atracción, cuya mayor temperatura sucesiva se +producirá con el trato y el trabajo continuo y vigilante del «gancho». +En el fondo la casamentera viene a ser, con sus repetidas ponderaciones +de él a ella y de ella a él, una chismosa del bien, si vale expresarse +así. Con relación a la galería, el procedimiento es más breve y +sencillo. La casamentera se limita a decir: «todo está arreglado». Se le +piden informes, detalles, y ella repite impertérrita: «le digo que está +arreglado todo». En el círculo va pasando la voz: «todo está arreglado». +Y aunque, en realidad, nada haya arreglado, acaba todo por arreglarse, +debido a esa suave presión del medio, a la atmósfera favorable, al +ambiente, digamos así, que todo el circulo de relaciones ha creado a la +boda. La casamentera<a name="page_028" id="page_028"></a> ha sabido convertir a todo el círculo en +casamentero. La pareja se encuentra unida sin saber cómo, y aquella +opinión externa, tan unánime, tan complacida en su obra, tan convencida +de la feliz armonía existente en la unión fraguada, acaba por ejercer +una decisiva influencia en el espíritu de los futuros contrayentes, que +ven la intervención providencial, el destino, el hado, donde sólo hubo +el gancho mortal de la casamentera.</p> + +<p>Una vez casada la pareja, la casamentera tiene en el hogar la autoridad +y el prestigio que le dan su gestión anterior. Arreglará las +desavenencias que ocurran, los disgustillos transitorios, las pequeñas +trifulcas domésticas. Juzgará sin apelación e impondrá la paz, porque +ambos cónyuges sienten por ella un respeto afectuoso. La casamentera +casi pertenece al nuevo hogar. De esta manera, si es soltera o viuda +solitaria, viene a tener una familia, un poco postiza, es verdad, pero +con todas las ventajas y ninguno de los inconvenientes de la verdadera.</p> + +<p>¿Salen bien los matrimonios formados así? Habría mucho que hablar sobre +este punto y no nos queda ya espacio para su desarrollo. Agregaremos, +pues, muy pocas palabras. La felicidad, según un filósofo francés, no se +conjuga en presente, sino en futuro imperfecto. La felicidad, como la +desgracia, se va haciendo, se va tramando en la convivencia, en la vida +íntima y constante. Y así, tanto peligro puede correr un matrimonio +formado por un amor enardecido y apasionado, como otro tibio, suave, +cordial, sosegado. Todo depende de la hondura con que luego, en la vida +diaria, eche sus raíces el cariño, porque es éste, el santo cariño, +lleno del sentimiento del deber y de una rígida y caballeresca lealtad a +la fe jurada, el que forma los sólidos vínculos de la vida matrimonial. +Y en último término, todas las circunstancias preliminares de un enlace +quedan olvidadas ante el aleteo de las nuevas vidas y el pío pío que +resuena en nuestro corazón.<a name="page_029" id="page_029"></a></p> + +<h3><a name="LAS_PLANCHADORAS" id="LAS_PLANCHADORAS"></a>LAS «PLANCHADORAS»</h3> + +<p>Comencemos por desvanecer el error en que el título de esta croniquilla +pudiera inducir al lector. No se refiere el epígrafe a la respetable +clase social que nos aliña las prendas internas, empleando ese producto +que es el signo externo de la civilización: el almidón. No creemos +habernos excedido al aplicar a las planchadoras el calificativo de +respetable clase social. Su misión no puede ser más importante. Gracias +a ellas se produce en la vida cierta nivelación. Al contrario de los +socialistas, que buscan la igualdad haciendo que desciendan las clases +altas, las planchadoras elevan a las bajas por medio del almidonado. +Colocado al alcance de todo el mundo, el almidón es un símbolo +igualitario por ministerio de las planchadoras.</p> + +<p>Pero, como va insinuado, no nos referimos a estas planchadoras, sino a +las otras, a las señoritas que, en sentido figurado, se aplica este +mismo sustantivo, cuando en los bailes, fiestas y saraos, se ven +relegadas o poco atendidas por los caballeros.</p> + +<p>Quedarse «planchando»... Nada aflige tanto a una muchacha, ni le da una +impresión más completa de su poquedad, de su insignificancia en el +mundo. Es un poco difícil determinar los orígenes y causas de esta +desventura. Por regla general, se debe a que la «planchadora» no ha sido +muy favorecida por la naturaleza. No pretendemos hacer ningún +descubrimiento que merezca integrar las páginas de un texto de +sociología, diciendo que suele haber más «planchadoras» entre las feas o +poco agraciadas que entre las bonitas. El imperio de la belleza no tiene +rebeldes. La fea, que «plancha» por serlo, tiene dos causas de +aflicción: la primera es una herida de amor propio al verse relegada; la +segunda envuelve una pesadumbre más profunda y definitiva. Expliquemos +su psicología. Ninguna persona, y menos aún una señorita, naturalmente +optimista, tiene una idea exacta de su fealdad. La naturaleza nunca es +cruel del todo. A cambio de los pocos encantos físicos que nos concedió, +suele otorgarnos<a name="page_030" id="page_030"></a> un juicio favorable sobre nosotras mismas. Y así, aun +a despecho de las acusaciones matemáticas del espejo, nos vemos de otra +manera muy distinta en el cristal ilusorio de nuestro espíritu. Este +encantamiento o autosugestión desaparecen cuando el juicio ajeno se +pronuncia en forma de dejarnos «planchando». Todos nuestros optimismos +sobre nuestra propia figura se desvanecen ante aquel abandono que nos +sume en el más completo desaliento y en la más profunda de las +tristezas. En tal sentido, «planchar» equivale a morir; y no es +exagerada la afirmación, pues en realidad muere aquella favorable +representación interna que de nuestra propia figura teníamos. De estas +premisas exactas, nada cuesta deducir—y esto va para los hombres—que +es un acto criminal dejar «planchar» a una señorita. Así, pues, un +verdadero caballero, un espíritu culto, un hombre distinguido de frac +adentro debe ser siempre solícito y obsequioso con las señoritas poco +agraciadas, contribuyendo a mantener en ellas esa deleznable ilusión +sobre sus dones físicos. No confío mucho en ver seguido este piadoso +consejo, pues los hombres siempre fueron y serán humildes esclavos de la +belleza.</p> + +<p>Pero no todas las feas «planchan». No pocas de ellas se ven tan +atendidas y solicitadas en los bailes como las más lindas. Una fea se +defiende de la «plancha» con dos recursos: bailando bien y teniendo +ingenio y espiritualidad. El bailar bien, con gracia y soltura, es ya +una forma de belleza física. Un cuerpo flexible, ágil, con movimientos +rítmicos y elegantes, hace olvidar las imperfecciones del rostro. Hay, +en fin, feas que tienen diablo, como dicen los franceses, o ángel, según +el dicho español. El diablo o el ángel es ese grado de seducción que +dimana de la simpatía, ese aire o nimbo de las figuras que es como el +aleteo externo del alma. La que tenga ingenio, inteligencia despierta, +tampoco «planchará». Una conversación amena, dotada de espíritu de +observación, pronta en sus dichos, ocurrente, estará siempre atendida y +se verá solicitada. Pero es necesario tener sentido de la medida,<a name="page_031" id="page_031"></a> no +pasarse de lista, pues no gusta generalmente a los hombres verse +dominados intelectualmente por la mujer. De manera que se puede +«planchar» tanto por sobra como por ausencia de despejo.</p> + +<p>Frecuentemente se ven también algunas muchachas bonitas que «planchan». +Son figuras de belleza inerte, como los angelones de retablo. La +hermosura sin gracia, decía Ninón, es como un anzuelo sin cebo. Su +espíritu apagado y su inteligencia opaca hacen que su compañía sea +aburrida y tediosa.</p> + +<p>Las causas por las cuales se queda una «planchando» son muy variadas, y +es difícil señalarlas todas. Desde luego, muchas veces tiene la culpa la +dueña de casa donde se realiza el baile. La función de la dueña de casa +requiere una gran actividad diplomática, a fin de que todas las +señoritas que asisten a la fiesta sean atendidas y obsequiadas. En esto +ha de demostrar su habilidad, su fino tacto, sus recursos de dama de +mundo. El fracaso de una señorita en un baile recae siempre sobre la +dama que ofrece la fiesta. A este respecto contaré un triste episodio +ocurrido no hace muchos años a una amiga mía, perteneciente a una de +nuestras primeras familias. Mi amiga era linda, inteligente, discreta. +Invitada a un baile aristocrático, entró en el salón y se sentó. +Lanzáronse todas las parejas a bailar y ella se quedó sola. Su situación +no podía ser más violenta y desairada. Levantarse e irse, atravesando el +salón, le pareció un acto intempestivo; quedarse allí, sola y abandonada +en medio del baile, no era menos desagradable y molesto. Y en medio de +estas vacilaciones, agobiado su espíritu, rompió a llorar con la más +profunda aflicción. Acudieron a ella, vino la dueña de casa, la +preguntaron por la causa de su llanto, y respondió que se había puesto +enferma y que deseaba retirarse. Los concurrentes al baile, percatados +de la verdadera causa de aquellas amarguísimas lágrimas, hicieron +responsable del desaire a la dama que ofrecía la fiesta, la cual, a +partir de aquel momento, resultó triste, medio aguada y deslucida.<a name="page_032" id="page_032"></a> +Nunca olvidaré el mal rato que sufrí ante la situación desairada e +inmerecida de mi amiga.</p> + +<p>Una dueña de casa, discreta, inteligente, debe evitar estos percances. +Lo primero que ha de hacer es darse cuenta de la situación personal de +los concurrentes a la fiesta, de la relación entre jóvenes y señoritas, +de sus simpatías e inclinaciones, etc. Debe presentar a los que se +desconozcan, intervenir como lazo de relación, procurar, en una palabra, +crear un ambiente de familiaridad para que el sarao resulte agradable, +cordial y lucido. Y ha de prestar, sobre todo una atención vigilante y +solícita a las que ya tienen cierta reputación de «planchadoras», para +evitar que en su casa se vean en tan triste soledad. Al efecto, la dueña +de casa debe contar con un grupo de caballeros que sean amigos de +confianza, a los cuales pueda pedir el servicio de que bailen a las +«planchadoras». Pero en esto mismo no hay que abusar; no se debe endosar +al mismo caballero una «planchadora» toda la noche. Por eso conviene que +el círculo de amigos sea extenso, para repartir equitativamente la +carga. El mayor éxito, en fin, de la dueña de casa está en poner en +circulación danzante a las «planchadoras», procurando aliviar la +desventura de las proscriptas del baile.</p> + +<p>La «planchadora» ignora siempre las causas de su triste condición. La +Providencia la libra de este aflictivo conocimiento. Y así, cuando por +bondad algún caballero la saca a bailar, se aferra a él, añadiendo a su +condición de «planchadora» la de pelma. Le ocurre lo contrario que a la +muy solicitada, la cual evita bailar muy seguido con el mismo caballero, +actitud que podría inducir a la concurrencia en el error de suponer un +principio de compromiso. La «planchadora», por el contrario, prefiere la +murmuración a la «plancha».</p> + +<p>Alguna vez se «plancha» sin ser «planchadora»; un «planchado» fortuito, +casual, injustificado; porque, usando el lenguaje corriente, hay bailes +con suerte y bailes con desgracia. He aquí un fenómeno superior a +nuestra capacidad analítica. ¿Por qué en unos bailes<a name="page_033" id="page_033"></a> tenemos éxito y en +otros no lo tenemos? Misterio. Quizá se deba a que la belleza de la +mujer tiene ascensos y descensos y momentos de plenitud. De todos modos, +voy a permitirme dar a las señoritas un consejo, fruto de mi +experiencia. La entrada en un baile tiene singular influencia para el +resto de la noche. Es necesario, como vulgarmente se dice, entrar con +buen pie. Al efecto, nunca se debe entrar sola en el salón. Ello es de +mal agüero. Conviene tener un amigo de confianza que nos acompañe al +hacer nuestra aparición en la tertulia o sarao, conduciéndonos desde el +«toilette», donde hemos dejado nuestro abrigo. Esto es de un efecto +seguro, pues sirve para demostrar que estamos solicitadas desde el +instante de nuestra llegada. Con este y otros pequeños y discretos +recursos nos iremos librando de la «plancha» en las noches de mala +fortuna.</p> + +<p>No creo haber agotado este tema trascendental de las «planchadoras», +cuya psicología es complejísima. Sólo he querido divagar un momento +sobre su evidente importancia e insinuar algunas advertencias útiles a +las dueñas de casa y a las mismas señoritas que no tienen la suerte de +atraer y sugestionar con el encanto de sus dones físicos y el hechizo de +sus donaires espirituales.</p> + +<h3><a name="LA_MODA_Y_EL_DIABLO" id="LA_MODA_Y_EL_DIABLO"></a>LA MODA Y EL DIABLO</h3> + +<p>Gracias a Dios y a la actividad inteligente de mi marido gozo la dicha +del ocio para poder cultivar un poco mi espíritu con lecturas amenas y +divagaciones estéticas. El ocio es la primera condición para poder +disfrutar de las manifestaciones artísticas. Sin abandonar mis +obligaciones sociales y mundanas—visitas, tertulias, juntas de caridad, +bailes, saraos, funerales, bodas—consagro la mayor parte del tiempo a +la lectura.</p> + +<p>Mi mayor placer es poner mi pobre espíritu en contacto con los espíritus +excepcionales, sintiendo cómo ellos dotan de alas al mío con sus nobles +pensamientos y elevada emoción, produciéndome algo así como<a name="page_034" id="page_034"></a> la gloria +del vuelo y hendiendo con su auxilio las zonas inexploradas de la +conciencia y del alma. El escribir es una actividad reciente en mí. Ya +lo habréis notado por lo endeble y desmañado de mi estilo, por su falta +de elegancia y de precisión, por su pobre ideológica y por esas fallas +de sintaxis que se observan siempre en la prosa femenina por esmerada +que haya sido nuestra educación. La sintaxis enseña a coordinar y unir +las palabras para formar oraciones y expresar conceptos. Pero como el +espíritu de la mujer es por condición ingénita un poco incoordinable y +caótico, sus maneras de expresión, tendientes al charloteo, a imitación +del grifo suelto, se rebela a la sintaxis que es la disciplina del +discurso. Hartas disciplinas de hecho y de derecho tenemos las mujeres +para someternos también a ésta de la gramática. Nuestra única libertad +en el mundo es la sintáctica. Y conste que no soy feminista. Pero de +esto hablaremos otro día.</p> + +<p>Decía que mis mayores delectaciones están en la lectura. Mis autores +predilectos son aquellos escritores mixtos de poetas y filósofos, en +quienes existe cierta armonía y un ponderado equilibrio entre las +emociones del corazón y el vuelo de la mente. No gusto de los +exclusivamente poetas, porque en ellos todo es exageración y +fantasmagoría; ni de los exclusivamente filósofos, constructores de +sistemas, para cuya comprensión, además de carecer de cultura, no +alcanzan las débiles luces naturales de mi entendimiento.</p> + +<p>¿Y a qué viene todo esto? Todo esto viene a cuento de que el otro día +estaba leyendo una comedia de Shakespeare. Me gusta mucho más leer al +glorioso cisne del Avon que oir sus obras en el teatro, pues las +acotaciones del texto suelen tener un interés crítico y poético +extraordinario. Gústanme también mucho más sus comedias, tan graciosas, +tan espirituales, que sus dramas, tan rudos y tan sombríos, con pasiones +tan violentas y protervas que parece no cupieran en el frágil vaso de la +naturaleza humana. Pues bien: leyendo una comedia de Shakespeare toparon +mis ojos con esta frase:<a name="page_035" id="page_035"></a> «La mujer es un manjar de los dioses cuando no +lo adereza el diablo».</p> + +<p>Quedéme suspensa y cavilosa. ¿Quién será este diablo aderezador? Ya +sabéis que el gran poeta inglés se expresa siempre en una forma cortante +y misteriosa. Su fuerza, más que en lo que dice, está en lo que sugiere. +Sus frases nos sumergen en la meditación y el ensueño; nos llevan lejos, +lejos, más allá de todos los horizontes visibles. Bueno; yo no sé +expresar bien esto, pues pertenece a honduras de la vida en cuyos bordes +mi pobre cabecita sufre vértigos y mareos. Para esclarecer los oscuros +conceptos del poeta hay en Londres diversas sociedades y cenáculos que +discuten incesantemente lo que quiso decir en tal o cual pasaje de sus +obras. Ignoro si los exégetas de Londres habrán logrado averiguar cuál +es el diablo aderezador que impide algunas veces el que sea la mujer un +manjar de los dioses.</p> + +<p>Pensando, pensando, pensando—no sé si con acierto, pues a veces se +acierta menos cuanto más se piensa—yo creo haber llegado a descubrir el +diablo aderezador a que se refiere Shakespeare. Este diablo es la moda. +No me cabe duda: la moda surge de las inspiraciones del diablo.</p> + +<p>Por lo instable, proteica y multiforme, por su eterna inquietud y +constante mudanza en hechura y colores, la moda es cosa del mismo +diablo, personaje igualmente voluble, tornadizo, trasformista, +desfigurado y quimérico. ¿Quién sino el diablo pudo inspirar el +miriñaque, el polisón y, últimamente, sin ir más lejos, las faldas +trabadas que nos obligaban a un pasito de paloma, menudo, corto, sutil, +deslizado? El miriñaque, con su ruedo de ballestas y flejes, con su +amplia circunferencia, era un atavío absurdo, es decir, nos parece ahora +extravagante, pues en su época era natural, lógico y aun estético, +porque el uso y la costumbre forman una segunda naturaleza. El hábito +hace que la locura sea razonable. Dentro del miriñaque el cuerpo iba +suelto, desabrigado, como dentro de una nube. Y nuestras<a name="page_036" id="page_036"></a> abuelas no +sentían los estremecimientos que produce el aire al calar nuestros +huesos.</p> + +<p>El diablo de la moda las hacía resistentes al frío, al viento colado, a +la intemperie; porque el diablo, junto con un traje para congelarnos, +nos da la calefacción del orgullo, de la satisfacción, del íntimo +contentamiento de ir peripuestas con arreglo a los últimos cánones y +pragmáticas del lujo. Vino después el polisón, ese promontorio colocado +donde la espalda cambia de nombre, aditamento fantástico, incómodo, +grotesco, ocurrencia, en fin, del mismo demonio, pero que también +pareció muy natural, muy lógico y muy estético en su época. Y, sin duda, +tanto el miriñaque como el polisón tuvieron en su tiempo algo que los +hacía atractivos y graciosos, algo seductor, insinuante, cautivador. La +prueba está en que nuestros abuelos asocian al miriñaque la evocación de +su amor; y nuestros padres, al recordar sus cuitas y congojas amatorias, +mezclan también a sus memorias el absurdo polisón. Nuestros mismos +maridos guardan la imagen de nuestras faldas trabadas y nuestro pasito +de palomas, asociando el aire de nuestras figuras a las horas que con +mayor intensidad anhelaron la mirada afectiva de nuestros ojos y los +latidos de nuestro corazón. Y es que, en el fondo, el diablo anda +siempre en el atavío femenino; unas veces en forma de falda trabada, +otras en forma de polisón y otras en el ruedo del miriñaque. Pero +siempre es el mismo diablo; no hace más que trasformarse. Con estas +trasformaciones el diablo se divierte y el mundo también. Y, en +realidad, aunque la mudanza sea visible, las modas nunca desaparecen del +todo: unas viven en la memoria de los viejos; otras en el recuerdo de +las gentes maduras: las últimas en nuestro gusto. El fin de todas es el +mismo: irán a los museos, mientras las generaciones que las usaron yacen +en la eternidad, para dejar paso a otros usos, a otras trasformaciones, +a otros gustos y a otros atavíos.</p> + +<p>La moda trata de corregir la naturaleza, de trasformar o desfigurar el +cuerpo, que es obra de Dios.<a name="page_037" id="page_037"></a> He aquí otro indicio de que la moda es +inspiración del ángel rebelde, del diablo. Y este empeño luciferino de +corregir la obra divina en sus líneas fundamentales es muy antiguo. Ya +Calderón de la Barca lo advierte en su «Eco y Narciso».</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es"> +<tr><td align="left">—Pues ¿hay usos en los talles?</td></tr> +<tr><td align="left">—Sí; yo me acuerdo haber visto</td></tr> +<tr><td align="left">Usarse un año a los pechos,</td></tr> +<tr><td align="left">Y otro año a los tobillos;</td></tr> +<tr><td align="left">Y esto no es mucho, que en fin,</td></tr> +<tr><td align="left">Consistía en los vestidos.</td></tr> +</table> + +<p>¿Qué se propondrá la moda, es decir, el diablo, al descentrar el talle +de su sitio natural? De sacrilegio estético puede calificarse esta +trasformación de las líneas que el Divino Arquitecto en su concepción +soberana dió al cuerpo femenino. Con razón decía madame Delepinasse que +la mujer se desesperaría si la Naturaleza la hubiera hecho tal como la +arregla la moda. Seguramente renunciaríamos al don de la vida si +hubiéramos de nacer con miriñaque, polisón o faldas trabadas. El +concepto estético de la humanidad es que Dios hizo perfecto el cuerpo de +la mujer. ¿Por qué consentimos luego que lo vista el diablo, alterando +el orden perfecto y la armonía divina de las líneas? Lo racional y +lógico sería que los vestidos se ajustaran dócilmente a este orden y a +esta armonía, obra insustituíble del Creador. Pero el diablo, como ángel +rebelde, se sirve de la moda para simular que tiene el poder de +trasformar los cuerpos, la obra de Dios. Sabido es que la cualidad +especial del diablo es la sofistificación, el enredo, la mentira, la +paradoja, el barullo y la confusión. Pero, con todo, no se puede negar +que el diablo, por medio de los artificios de la moda, suele agregarnos +a las mujeres algo que seduce, que trastorna; vamos, un no sé qué que +sólo puede ser obra del diablo. Claro está que ello sucede cuando está +acertado en la moda, lo que es muy raro en él, pues casi siempre el +diablo está dejado de la mano de Dios. Pero<a name="page_038" id="page_038"></a> lo curioso es que, aun +cuando desacertadísimo, nos impone su gusto y nos esclavizamos a las +normas dictadas por su genio maléfico.</p> + +<p>Por las modas pasadas, que sólo existen ya en los museos, advertimos que +el propósito al implantarlas no fué la perfección, ni la comodidad, ni +la gracia, sino lo caprichoso, lo mudable, fantástico y extravagante. +Sin embargo, la adopción fué general en el mundo femenino. Ello se debe +a que la moda es para la mujer como una segunda religión. Y el fanatismo +en esta segunda religión se manifiesta en llevar la moda a sus términos +más exagerados. Si se trata del miriñaque, darle más ruedo y amplitud +que nadie; si del polisón, abultarlo más que las demás; si de la falda +trabada, convertirla en manea. Así la moda va, poco a poco, por +contagio, exagerándose, hasta que muere por sus propios excesos. La +psicología de estas exageraciones reside en que no queremos pasar +inadvertidas. Las mujeres nos ofendemos cuando nos miran mucho; pero nos +ofendemos mucho más no mirándonos nada. Por aquí también anda el diablo +en su doble forma de coquetería y soberbia.</p> + +<p>El tema es muy vasto y abarca otros horizontes de crítica, fuera de la +crítica al diablo, que yo no puedo tratar por mi escasez de +conocimientos y limitada penetración. Entre estos aspectos está el +económico. La constante variación de las modas parece que se relaciona +con la crematística o arte de negociar. El otro día, leyendo un librito +de anécdotas de Chamfort, referentes casi todas a la vida de Versalles, +en los días de mayor esplendor mundano, encontré esta frase: «El cambio +de las modas es una contribución que la industria del pobre impone a la +vanidad del rico». Despréndese de este concepto que las mutaciones +calidoscópicas de la moda están movidas por el anhelo utilitario del +pobre. De aquí se deduce también que nuestros atavíos son obra de la +fantasía del proletariado de aguja, y no fruto de nuestro propio +espíritu creador ni de nuestro gusto estético. Así, pues, la +responsabilidad de los adefesios en los atavíos que cubren<a name="page_039" id="page_039"></a> a la +burguesía femenina corresponde al pueblo que labora en los talleres de +confección y al diablo que anda suelto por muestrarios y escaparates. +Bueno es que lo tengan en cuenta los filósofos que tratan el problema +social.</p> + +<p>He consultado con mi marido el concepto económico de Chamfort sobre las +modas. Mi marido, especialista, como sabéis, en la ornitología noctívaga +de nuestras pampas, posee también vasta cultura en otras ramas del +conocimiento humano, además de un buen juicio y un equilibrio fuera de +toda ponderación. Es una gloria estar unida a un hombre tan inteligente. +Quizá sea ministro de Agricultura en la próxima situación. Le sobran +méritos para ello. Además, debo recordar aquí, por lo que pueda influir, +que estuvo en el Parque. Bueno: pues mi marido me ha dicho que existe +otro filósofo (se me ha olvidado el nombre) que retruca a Chamfort, +diciendo que «las modas son el medio de que se vale el rico para +alimentar al pobre». El concepto es diametralmente opuesto, y yo no sé +cuál de los dos será el exacto. Mi marido, que es algo burlón, un +ironista, un poco dado al titeo filosófico, que es la sal de la +reflexión, dice que da lo mismo que tenga razón Chamfort o el otro, o +ninguno de los dos. Y añade el muy tuno que la cuestión «fundamental» es +que yo esté linda, sea cual fuere la filosofía de la moda...</p> + +<h3><a name="LOS_TRAMITADORES" id="LOS_TRAMITADORES"></a>LOS «TRAMITADORES»</h3> + +<p>Ya hemos hablado de la presentación en sociedad, del amor y su +apariencia, del cariño, del espíritu nuevo que forma un largo convivir, +del matrimonio, del «gancho», del «sí» y del «no» de las niñas, de las +«planchadoras», de la moda y el diablo. Hemos tocado, en fin—tocar nada +más—temas graves y temas ligeros, procurando dar un poco de gravedad a +los ligeros y un poco de ligereza a los graves, siguiendo en esto el +orden mismo de la vida que mezcla la alegría frívola<a name="page_040" id="page_040"></a> y la tristeza +profunda, el dolor y el placer, la risa y las lágrimas. Todos estos +temas, tratados en forma somera e inhábil, a la buena de Dios, en +parloteo superficial, de mujer exenta de ilustración y de luces +literarias, son temas universales, empequeñecidos, claro está, por mi +poquedad reflexiva y lo alicorto de mi espíritu de percepción. Ya sabéis +que empiezo a escribir ahora. Y cuando se empieza a escribir, como +cuando se comienza a hablar, es inevitable el balbuceo. Me faltan las +palabras, huyen los conceptos, se eclipsan las imágenes y se me enreda +el discurso. ¡Ay, Dios mío! Sufro lo indecible con este encrespamiento, +con esta rebeldía de formas, rasgos, ideas y vocabulario. Y aunque el +escribir tiene algo del «crochet»—y yo hago muy bien +«crochet»—confieso mi desesperación al ver que el tejido de mi prosa es +muy inferior al tejido de mis manteletas.</p> + +<p>Pero, en fin, aunque desmañadamente, vamos entretejiendo estos rebeldes +y dispersos hilos prosódicos. Los cuales, mal unidos y tramados, van +formando, como decía, un pequeño tejido de pasiones universales. Ahora +bien: anhelo que esta crónica se refiera a una modalidad de nuestra vida +social, tan original en sus costumbres y rápidas evoluciones. Quiero +hablar, en fin, de los «tramitadores» gracioso término aplicado a todas +aquellas personas de algún viso social y mundano que tratan de +introducir en nuestra aristocracia a personas sin abolengo, sin +tradición familiar, a jóvenes y señoritas, y aun a familias enteras que, +habiendo logrado la riqueza en estos saltos intempestivos, rápidos, +insospechables, que aquí se operan en el trasiego de los bienes, desean, +una vez opulentos, alternar con lo más dorado—pase el galicismo—de +nuestra sociedad.</p> + +<p>El tema es difícil, escabroso, complejo, oscuro y hasta un tanto +laberíntico. Para exponerlo se requiere proceder con cierto método.</p> + +<p>¿Qué es aquí lo aristocrático? Se compone, en primer término, de los +apellidos procéricos, de los que figuran en la historia de la +independencia nacional.<a name="page_041" id="page_041"></a> Pero estos apellidos históricos, si no están +sostenidos por la fortuna, que ejerce una influencia avasalladora, se +ven relegados al olvido, al ostracismo social. Así, pues, para brillar, +no basta el apellido histórico; hace falta el dinero. Constituyen +también aristocracia aquellas familias que, no figurando en la historia +patria, tienen vieja tradición de riqueza y que se han vinculado, por +entronques, con familias históricas. Por último, existe el prestigio +intelectual y político moderno; nombres que han figurado en nuestra +última evolución republicana, en el ajetreo gobernante, político y +parlamentario. Tales son las bases fundamentales de nuestra +aristocracia.</p> + +<p>Pero junto a ella, fundidos ya en su seno, figuran otros elementos, +aquellos que han logrado la opulencia en las dos últimas décadas, en las +cuales, mucho más que en el trascurso de la anterior centuria, se ha +desenvuelto la prosperidad del país. Así, pues, la «haut» resulta un +poco heterogénea, un poco mezclada y confusa, como toda nuestra vida. En +Europa la aristocracia está nítidamente definida: la componen los que +pueden ostentar un título nobiliario, otorgado, justa o injustamente, +por los reyes, ya sea en antiguos pergaminos, ya en moderno y deleznable +papel de barba. Pero siempre «papelitos cantan». Aquí no tenemos nada de +eso, felizmente. Nos limitamos a decir: «apellido conocido», «gente +bien», «buena familia». Estos títulos—que acaso sean los mejores, los +verdaderamente meritorios—constituyen nuestra alta clase social. Mas, +como va dicho, forman una aristocracia indeterminada, indefinible en el +sentido estricto, compuesta de apellidos históricos (verdadera +aristocracia dentro de la democracia republicana), familias de larga +tradición de riqueza, nombres políticos del último siglo y elementos +opulentos de la última hornada. Yo no sé explicar mejor el fenómeno: +pero creo que lo dicho basta como esbozo de nuestro gran mundo.</p> + +<p>Y vengamos al tema verdadero de nuestra croniquilla. ¿Cómo se entra en +este gran mundo? Aquí empieza la función del «tramitador». No es difícil +esta<a name="page_042" id="page_042"></a> entrada, pues nuestro gran mundo es fácil, abierto, asequible.</p> + +<p>El «tramitador» es persona conocida, «mozo bien», hombre, en fin, +perteneciente a uno de los grupos en que hemos definido nuestra +aristocracia. Se puede «tramitar» un joven, una niña y aun toda la +familia. Generalmente, aunque se empiece por una sola persona, se acaba +por tramitar a todo el grupo familiar. Comienza la acción tramitadora +por grandes e hiperbólicos elogios de los tramitados, antes de la +presentación. El padre, el jefe de la familia a tramitar, es un hombre +lleno de méritos; tiene una estancia de diez leguas, pobladas por él +mismo, con alfalfares magníficos y animales finísimos. «Hombres así +hacen falta al país»—dice el «tramitador». Y tiene razón: estos son los +hombres que hacen falta. Luego agrega que es una persona muy educada, +muy discreta, muy agradable. Habla después del hijo: «es el mejor +estudiante de derecho; saca siempre diez puntos y, socialmente, es de lo +más fino, de lo más culto y muy amigo de sus amigos». Para la niña, para +la hija del estanciero y hermana del futuro jurisconsulto que eclipsará +un día la gloria de Justiniano, tiene el «tramitador» palabras +justamente ponderativas: «es una monada; muy linda; toca el piano +admirablemente; habla francés como una francesa y recita versos de +Rostand; interesantísima la muchacha». El «tramitador» tiene también +unos conceptos oportunos para la señora, para la consorte del +terrateniente: «es muy sencilla, muy buena y muy caritativa». Por último +resume así las condiciones de toda la familia: «gente de lo más bien».</p> + +<p>Preparado el terreno, vienen las presentaciones. El «tramitador» está +relacionado con todo nuestro gran mundo y le es muy fácil ir dando a +conocer en los altos círculos a sus nuevos amigos.</p> + +<p>Al aventajado estudiante le apadrina en su presentación de socio en el +Jockey y le inicia en la vida de los clubs. Quizá le organice un +banquete íntimo para celebrar sus triunfos universitarios, banquete al +que asisten jóvenes muy conocidos, aunque estudian poco.<a name="page_043" id="page_043"></a> No solo por +estudiar son conocidas las personas. A la niña la recomienda mucho a sus +relaciones femeninas y muy especialmente a unas parientas del propio +«tramitador», señoritas distinguidas que figuran mucho en sociedad, las +cuales toman bajo su protección a la neófita, logrando que sea invitada +a las principales fiestas de nuestro gran mundo. El «tramitador», que +todo lo prevé, tiene buenos amigos entre los cronistas sociales de los +diarios. De manera que la señorita desconocida empieza a ser mencionada +constantemente en las crónicas, entre lo más dorado de nuestra sociedad. +Tiene también el «tramitador» algún pariente que ocupa alta posición en +la política o en el gobierno. Y un día le presenta a su amigo, el rico +estanciero. El terrateniente habla con el personaje político de +problemas ganaderos y agrícolas, de la situación del país, de +exportaciones e importaciones, de frigoríficos, de novillos y pastos, +etc. Discurre con sensatez y equilibrio, aunque sin ciencia. Nutrido de +realidad, su visión directa de las cosas suple con ventaja a los libros. +El que siembra diez leguas de alfalfa es un economista que nada tiene +que aprender de Leroy-Boulieau. Nuestro terrateniente queda muy +complacido de haber alternado con el personaje. Al poco tiempo es +nombrado por el gobierno para que forme parte de una comisión +informadora sobre la extensión de la aftosa. Los diarios dan cuenta de +sus interesantes opiniones sobre el punto. Con tal motivo el estanciero, +oscuro hasta entonces, se torna conocido para todo el país, justamente +conocido y respetable, pues tanto su labor como sus palabras contribuyen +al progreso patrio. El «tramitador» no olvida nada. Por medio de unas +parientas, matronas muy distinguidas y muy dadas a la caridad pública, +hace que la señora del terrateniente sea incluída en la comisión +directiva de una tradicional institución de beneficencia. Con esto la +excelente señora alcanza también aquella figuración correspondiente a su +edad, a su posición y a sus gustos.</p> + +<p>Detalles más o menos, he ahí el proceso que lleva al brillo social a una +familia que vivió siempre en<a name="page_044" id="page_044"></a> una discreta penumbra. En breve tiempo su +nombre, repetido por los diversos conceptos ya señalados, viene a formar +parte de nuestra indefinida aristocracia, de nuestro gran mundo. Quizá +algunas personas dadas a lo tradicional y castizo, apegadas a la +ranciedad, no vean con buenos ojos estas improvisaciones. Sin embargo, +es una de las condiciones más simpáticas de nuestra modalidad social, +pues prueba su poder asimilativo en estos rápidos procesos de remoción +que caracterizan nuestra vida colectiva. Pero este es un problema de +sociólogos y economistas que no me corresponde ni puedo yo tratar. Quizá +alguna vez cuente lo que mi marido, hombre de mucho seso, que lleva +además un apellido de largo abolengo, piensa sobre este punto.</p> + +<p>Entretanto, terminemos estos ligeros apuntes descriptivos con unas pocas +palabras más sobre el «tramitador». ¿Qué móviles le inducen a ejercer +estas tramitaciones? ¿Son ellas desinteresadas?</p> + +<p>Muchas veces, sí. Una pura simpatía le guía. Otras veces, el espíritu +democrático, latente en nuestra sociedad, no obstante ciertos anhelos de +diferenciación de algún reducido grupo, lleva al «tramitador» a +convertirse en lazo entre la burguesía que se forma rápidamente y la ya +constituída. Pero hay también «tramitadores» interesados. Nuestro gran +mundo se va volviendo un poco complejo. Y existen ya figuraciones +difíciles en el orden económico, estrecheces doradas, angustias +domésticas por no renunciar al brillo social, mantenido con arduos +apuros y apreturas tristes, ocultas y silenciosas. De aquí que haya +algún «tramitador» interesado. Alguna vez el jefe de la familia +tramitada, hombre de gran poder económico, puede ayudar al «tramitador» +en sus negocios vacilantes con sus influyentes relaciones bancarias y +por los mil medios que tiene a su alcance la sólida opulencia. Otras +veces, el «tramitador» se convierte en heredero de las diez leguas +alfalfadas por medio de un matrimonio un tanto morganático, si vale +expresarse así, en que se unen el brillo del nombre y el más opaco que +da el campo bien alfalfado, aunque exento de gules. La vida es una +serie<a name="page_045" id="page_045"></a> de mutuos apuntalamientos, de combinación de anhelos, de +asociación de aspiraciones diversas. Unos allegan o ponen el nombre; +otros la sustancia. El que tiene nombre y no sustancia, quiere +sustancia. El que tiene sustancia y no nombre, quiere nombre. En el +fondo lo queremos todo: nombre y sustancia, y también amor. El +equilibrio y la felicidad surgen de la obtención de lo complementario, +de aquello que nos falta. En saber conseguirlo reside el secreto de la +felicidad. Y por eso no debe decirse que existen matrimonios desiguales, +ya que cada uno pone en esta sociedad divina y humana lo que al otro le +falta, coordinándose así los deseos dispares.</p> + +<p>En estos casos, salta a la vista que el «tramitador» se está tramitando +a sí mismo...</p> + +<h3><a name="LOS_AFEITES" id="LOS_AFEITES"></a>LOS AFEITES</h3> + +<p>Los viajeros y turistas que visitan Buenos Aires con propósito de +estudiar nuestra sociedad y nuestras costumbres suelen maravillarse de +lo general que es aquí la belleza femenina. Llámales igualmente la +atención la extraordinaria variedad en la hermosura. No existe, como en +Europa, la uniformidad de tipo: rubias en el Norte, morenas en el Sur. +En los viejos pueblos europeos se ha consagrado una copiosa literatura a +la apología de estas distintas formas de belleza. Los poetas del Sur +dicen que Dios concedió la mujer rubia a los pueblos del Norte para +consolarlos de la ausencia del Sol. Los vates del Norte, por su parte, +ven el infierno en los ojos negros de las mujeres del Sur. Pero sabido +es que la poesía es el arte de la simplicidad y de la exageración, o de +la exageración simplista, pues las pasiones, como todo fenómeno +individual, nada tienen que ver con el color del pelo o el matiz del +cutis. Y así, hay rubias muy exaltadas y volcánicas que viven entre las +neveras y témpanos de Siberia, mientras no es raro ver en los cármenes +del Mediterráneo morenas lánguidas y desmayadas,<a name="page_046" id="page_046"></a> como sumidas en sueño +letárgico a compás del vaivén de las hamacas. Así como las tormentas se +producen en todos los puntos de la tierra, hay también ciclones +pasionales en todas las zonas del espíritu universal. Lo único cierto es +que la pasión es en el Sur más gritona, más aparatosa, más visajera; +pero ello no quiere decir que sea más intensa. El loro alborota más con +sus pasiones que el mudo pingüino, sin ser por esto más apasionado.</p> + +<p>Como iba diciendo, la belleza es aquí variadísima. Difícil sería decir +si hay más rubias que morenas, o más morenas que rubias. Lo que puede +afirmarse es que cada una, en su tipo propio, es trasunto y dechado de +la hermosura femenina. Se atribuye ello a la fusión de razas +heterogéneas en este crisol argentino. Mi marido que, como sabéis, es +muy inteligente, suele disertar de sobremesa acerca de este tópico, +teniéndome a mí por amable auditorio. Según él, lo esencial de la +hermosura es la salud, que ya por sí misma es una belleza. Y esta salud +originaria la traen consigo los montañeses de todas las latitudes +europeas que constituyen la mayor parte de la inmigración, montañeses no +contaminados de la vida urbana y decadente de los viejos pueblos. A +juicio de mi marido, este proceso social va creando en Buenos Aires el +arquetipo de la belleza física. La atención que presto a cuanto +dice—pues no tenéis idea de la elocuencia y solidez razonadora de mi +esposo—es para él un estímulo intelectual, y así sus disertaciones +sobre la belleza de la mujer argentina participan de la profundidad de +la ciencia y del encanto del arte. Yo le escucho con gran gusto, y al +sorprenderme de sus arrebatos líricos, me dice que lo atribuye al modelo +que tiene delante... ¡Si es lo más gentil!...</p> + +<p>Pero nuestras beldades, o algunas de ellas, se han empeñado en estropear +o destruir con los artificios de afeites y pinturas su propia hermosura +natural. Esta pésima costumbre, que ya estaba casi desterrada, vuelve a +renacer ahora en forma alarmante.</p> + +<p>¿Qué móvil puede guiar a la mujer que se pinta?<a name="page_047" id="page_047"></a> ¿Engañarse a sí misma? +Esto es pueril, pues dentro de nuestra propia conciencia sabemos que la +belleza pintada—suponiendo que esta pintura lo sea—es una belleza +pegadiza, falsa, histriónica. El anhelo de íntima perfección se funda, +por otra parte, en no ensañarnos a nosotras mismas, ni en pensamiento ni +en obra. ¿Engañar a los demás? Tampoco, ya que a la legua se ve que está +pintada una cara. Y aunque no se viera, la intención del engaño no sería +menos censurable. Entre la mujer que se pinta y la máscara no hay más +diferencia que de grado de enmascaramiento. La que es linda no necesita +pintarse, pues nada añade la pintura a su lindeza, antes la deforma y +destruye. La que es fea, o poco agraciada, no conseguirá con inanes y +fútiles ingredientes químicos aquella hermosura que le fué negada por la +Naturaleza.</p> + +<p>Esta tendencia de la mujer al afeite es muy remota y tiene raíces +psicológicas o instintivas difíciles de descubrir. Ya en las cuevas de +los trogloditas la mujer se pintaba, creyendo agregar con ello encantos +a su figura. Las indias se pintaban también. Según Miranda, el +historiador del Uruguay, las mujeres charrúas se hacían unas rayas +azules perpendiculares, desde la frente a la mandíbula. No es, por lo +tanto, el tocado pinturero fruto de nuestra civilización moderna y +refinada. Tiene un origen salvaje. Esto debía bastar para que la +tendencia fuera desterrada de nuestras costumbres. En este sentido, los +hombres han progresado más que las mujeres. Entre los hombres existe +también la pintura en forma de tatuaje. Pero ningún hombre distinguido +la emplea. Sólo los marineros se pintan un ancla en los brazos o se +estampan en el pecho el velamen y la arboladura del bergantín, la imagen +náutica, en fin, del barco en que viven. Y esto es pasable, ya que tal +pintura es el símbolo de su oficio, el emblema de su lucha épica con los +elementos trágicos de la Naturaleza.</p> + +<p>Pero ¿es posible pintar la belleza en un rostro en que no exista? Se +simulará, por unas horas, la frescura, el color; mas no las líneas, que +es donde reside<a name="page_048" id="page_048"></a> la verdadera belleza. La contextura orgánica de un +rostro, la armazón ósea, no hay pintura que pueda trasformarla, como los +dorados de un chapitel no reforman la arquitectura de un templo torcido +o contrahecho.</p> + +<p>Me anticipo a reconocer la inutilidad del razonamiento en su aspecto +fundamental estético. La mujer vana y superficial seguirá pintándose, +con arreglo a los cánones que en la moda imperen. Porque también en esto +de la pintura existe la moda. Nos lo demuestran unos versos clásicos de +la comedia de Calderón de la Barca titulada «Eco y Narciso».</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es"> +<tr><td align="left">«—Un tiempo se dieron</td></tr> +<tr><td align="left">En usar ojos dormidos;</td></tr> +<tr><td align="left">No había hermosura despierta,</td></tr> +<tr><td align="left">Y todo era mirar bizco.</td></tr> +<tr><td align="left">Usáronse ojos rasgados</td></tr> +<tr><td align="left">Luego, y dieron en abrirlos</td></tr> +<tr><td align="left">Tanto, que de temerosos</td></tr> +<tr><td align="left">Se hicieron espantadizos.</td></tr> +<tr><td align="left">Las bocas chicas, entonces</td></tr> +<tr><td align="left">Eran de lo más valido,</td></tr> +<tr><td align="left">Y andaban por esas calles</td></tr> +<tr><td align="left">Todos los labios fruncidos.</td></tr> +<tr><td align="left">Dieron en usarse grandes,</td></tr> +<tr><td align="left">Y en aquel instante mismo</td></tr> +<tr><td align="left">Se despegaron las bocas,</td></tr> +<tr><td align="left">Y, dejando lo jasifo</td></tr> +<tr><td align="left">De lo pequeño, pusieron</td></tr> +<tr><td align="left">Su perfección en lo limpio</td></tr> +<tr><td align="left">De lo grande, hasta enseñar</td></tr> +<tr><td align="left">Dientes, muelas y colmillos.»</td></tr> +</table> + +<p>En estos versos del clásico dramaturgo castellano está encerrada la +evolución de la moda del afeite en el trascurso de su vida.</p> + +<p>Se ha repetido hasta la saciedad que la cara es el espejo del alma. Este +dicho vulgar tiene vida permanente por la verdad que encierra. +Efectivamente, el<a name="page_049" id="page_049"></a> rostro y, sobre todo, los ojos, constituyen, digamos +así, el reflejo de nuestra vida interna. Las manos, los brazos, los +componentes todos de nuestro cuerpo, no revelan nuestra personalidad +psíquica. La revelación está en la cara y en la mirada. Ahora bien: ¿qué +género de personalidad pueden acusar un rostro y unos ojos pintados? No +será una personalidad real, con su espíritu revelado, sino una +personalidad de farmacia o de fabricación química, esto es, lo menos +personal que puede existir. De aquí que, el pintarse la cara, espejo del +alma, equivalga a pintarse el alma misma.</p> + +<p>Las deducciones que de estas premisas se desprenden son un poco +escabrosas. No hemos de hacerlas. Sólo diremos que ni el enmascaramiento +físico, ni el moral, duran en la vida, ni puede fundarse felicidad +alguna en tales y tan deleznables artificios.</p> + +<p>Con todo, puede admitirse en las jóvenes este pueril error de pretender +acentuar con afeites su propia belleza. El deseo de agradar implica +siempre una forma de generosidad. También supone egoísmo (los instintos +son muy confusos y contradictorios) ya que pretende acrecer con este +recurso falso la hermosura natural. Pero ¿qué decir de las señoras de +edad, casadas, con prole, quizá con nietos, que se pintan? Una dama, +entrada en años, luchando con el tiempo en su tocador, constituye el +espectáculo más grotesco y risible que pueda darse. Las canas y las +arrugas ennoblecen a quien sabe llevarlas. ¡Anular el tiempo con +afeites! Debajo de la pintura está visible la realidad; y el aparentar +treinta años, cuando se tiene cincuenta, sólo revela que los veinte de +diferencia no han dejado en nuestro espíritu la gravedad de pensamiento +que da el tiempo. La impresión de ridiculez que nos produce una vieja +pintada dimana de que sus ideas no concuerdan con el reposo y la +serenidad correspondientes a los años que tiene. En las jóvenes la +pintura es, en el fondo, una coquetería, y queda muy mal el coqueteo a +cierta altura de la vida. El rasgo esencial de la vejez es un tranquilo +desengaño, y causa risa ver una mujer engañándose a sí misma de que aun +no está desengañada.<a name="page_050" id="page_050"></a> Según Schopenhauer (la cita va por cuenta de mi +marido, que lee filosofía alemana) las ideas y los sentimientos deben +ser concordes con la edad y la experiencia adquirida en la vida. El +afeite en las viejas viene a ser algo así como una chochera pictórica. Y +la chochez, respetable cuando es natural, resulta risible cuando se +opone vanamente por medio de estos artificios a los estragos del tiempo, +pidiendo a la química de tocador la juventud y la belleza que huyeron.</p> + +<p>Nada más bello que el rielar del alma en el rostro, revelando nuestro +estado emocional, el pudor, el sonrojo, la dulce alegría, todos los +movimientos espontáneos de nuestro espíritu. La pintura es una ficción +teatral, histriónica, cosa, en fin, de la farándula. Todas las artistas +se pintan, a fin de dar la sensación de los distintos personajes +representados. Pero una señorita distinguida no debe representar más que +un solo papel, el suyo, el natural, el que le asignó la Providencia al +crearla. Su carrera natural es el matrimonio, y la vida íntima y +familiar no debe convertirse en una comiquería. Si yo fuera hombre no me +casaría con una señorita que cambia de color su pelo. Tendría mis +sospechas de que un día pudiera cambiar también su condición espiritual, +y aun su misma adhesión; que quien no es constante consigo misma, con su +propia naturaleza, con sus propios atributos físicos, puede extender a +cosas más graves su frívola veleidad. En la propensión a lo teatral hay +siempre algún peligro. En la Edad Media se hacía un mundo aparte del +mundo teatral. No todo era absurdo en los tiempos medioevales, digan lo +que quieran los historiadores y sociólogos modernos.</p> + +<p>La mayor hermosura es la sinceridad, en la cara y en el alma, en la +figura moral y en el espejo que la refleja. Y vaya, para terminar, este +humilde consejo: el mejor afeite es el agua fresca. Nos la echan para +cristianarnos. Usémosla siempre cristianamente...<a name="page_051" id="page_051"></a></p> + +<h3><a name="LAS_PACES" id="LAS_PACES"></a>LAS PACES</h3> + +<p>Las paces, así, en plural, constituyen un problema no menos arduo que la +paz, en singular.</p> + +<p>La paz se refiere al retorno a la tranquilidad y al sosiego de dos o más +naciones en lucha, o de varios partidos enzarzados en guerra civil y +fratricida. Las paces aluden a la avenencia y reanudación del amor en el +matrimonio después de la discordia.</p> + +<p>Aunque a primera vista parezca lo contrario, es más fácil hacer la paz +que «hacer las paces». Ya oigo exclamar: ¡Qué paradoja! No hay tal +paradoja; espero demostrarlo. Lo que ocurre es que la diferencia de +magnitud entre ambos conflictos, el conyugal y el internacional, hace +creer a los espíritus superficiales que este último tiene un arreglo +infinitamente más difícil que el primero. Esto es un error de juicio, +que consiste en atribuir a la extensión de la trifulca o pelotera +internacional móviles más irreductibles a concordia que aquellos que +determinan las disidencias y ciscos conyugales. Las guerras no son más +duraderas porque sean más grandes. Hay guerras chicas que no se acaban +nunca. Ninguna guerra internacional dura treinta años, mientras existen +matrimonios que llegan como el perro y el gato a las bodas de diamante. +Basta este hecho para probar que es más fácil hacer la paz que «hacer +las paces».</p> + +<p>Y el fenómeno se explica fácilmente. Para hacer la paz hay reyes, +diplomáticos, cancilleres, ministros, políticos, gobernantes, etc., +todos los que han lanzado a los pueblos a la pelea. Para «hacer las +paces» no hay acción intermediaria y pacificadora, porque los +guerreros—los cónyuges—empiezan por ocultar su propia guerra. En las +guerras internacionales los combatientes sienten el orgullo y el honor +de la pelea. En las guerras conyugales, por el contrario, se siente la +vergüenza de mantenerlas. Y por eso se ocultan. Los cónyuges simulan la +paz sin estar hechas las paces, ofreciendo al exterior una dulce +concordia, mientras la guerra civil arde en casa. Esta incomunicación de +la<a name="page_052" id="page_052"></a> guerra con el medio exterior es precisamente lo que dificulta «hacer +las paces». Así, pues, los contendientes, los cónyuges, han de buscar, +en medio de su contienda, los métodos y las maneras de apaciguar su +discordia. Y aquí está, precisamente, la dificultad. ¿Cómo ser +simultáneamente, guerreros y diplomáticos, actores e intermediarios? +¿Cómo suspender las hostilidades? Dicho sin metáforas, en lenguaje +directo: ¿Quién ha de ceder primero? ¿Quién de los dos se anticipará a +ofrecer el beso o el abrazo de reconciliación, forma protocolar de los +armisticios conygales?</p> + +<p>Ya se ve, pues, que no hemos exagerado al decir que es más fácil hacer +la paz que «hacer las paces».</p> + +<p>Ahora bien: discurramos un poco sobre los mejores métodos para concertar +armisticios conyugales y llegar a la armonía definitiva. Se trata de un +punto psicológico complicado, del cual depende el renacimiento de la +dicha eclipsada.</p> + +<p>Desde luego, sólo aludiremos a desavenencias exentas de gravedad. No +queremos referirnos a esos conflictos insolubles dimanados de la +deslealtad, de haber faltado a la fe jurada ante los altares de Dios y +las leyes humanas. He aquí—volviendo a nuestro primer argumento—uno de +los casos en que es más difícil «hacer las paces» que hacer la paz. +Ninguna paz es irrealizable, mientras que hay paces que son imposibles +en absoluto.</p> + +<p>Un disgusto por causa sin importancia puede agrandarse hasta la +tragedia. La intemperancia en las palabras, la ira, la cólera, un +concepto envenenado, un gesto desdeñoso, pueden convertir una fruslería +en odio ardiente, en sordo rencor, en desamor repentino, +irreconciliable. Del amor al odio, aunque parezcan estados de ánimo +antípodas, no hay más que un paso. Y cuanto más sensibles y más +espirituales son los cónyuges, más rápidamente se pasa de un estado a +otro. Los temperamentos arrebatados lo mismo se arrebatan hacia la +derecha que hacia la izquierda. A una gran capacidad de amor corresponde +una gran capacidad de rencor y de odio; pues en los espíritus ricos en +sensibilidad y emoción, cada sentimiento<a name="page_053" id="page_053"></a> tiene su contrafigura. Quien +es capaz de amar mucho es también capaz de odiar sin límites. Sólo en el +teatro se ven personajes cuyos sentimientos tienen una sola dirección; +es lo que se llama unidad de carácter. Pero la vida es muy distinta de +como se ve en el teatro, cuya literatura es la más inferior y simplista. +No hay tal unidad en la vida psíquica de ninguna persona real, de carne +y hueso, con su espíritu complejo, ondulante y variable, con sus +pasiones en lucha consigo mismas y con las pasiones, anhelos y deseos de +los demás. Una sensibilidad muy fina, como flor del aire, nos puede +hacer muy felices, pero también muy desgraciados: nos dará grandes +ilusiones, contentamientos exultantes y desbordados, y también tristezas +agobiadoras y melancolías profundas. A un alma muy amorosa y tierna le +hiere una injusticia, una mala palabra, un concepto descortés, un acto +egoísta, en una forma mucho más aguda que a los seres de sensibilidad +normal. Y así su ternura y su exquisitez sentimental reaccionarán al +punto violentamente en sordo rencor. No se confunda el rencor con la +venganza; se puede ser rencoroso sin ser vengativo. La venganza es +pasión baja, innoble; el rencor, metido como un ascua en el alma, es un +sentimiento producido por una ofensa a las mejores cualidades de nuestro +espíritu. Y siendo éste bueno, será rencoroso, pero no vengativo, pues +la propia idea de su figura moral, de su noble condición, le impedirá +dar escape al rencor en venganza.</p> + +<p>Gran parte de estas reflexiones se las debo a mi marido, que es tan +inteligente como bueno, pues ya supondréis que yo me perdería en estas +complejidades psicológicas y en estos distingos sutiles entre venganza y +rencor.</p> + +<p>Decíamos que el máximo amor está muy cerca del repentino y máximo odio. +Si Romeo y Julieta, en medio de sus coloquios y deliquios, «bajo la +pálida gracia elísea de las noches de luna» hubieran tenido una palabra +hiriente o un concepto depresivo, aquel su estado de gloria se habría +interrumpido al instante, y el vivo rescoldo de su amor se tornaría en +llamarada de<a name="page_054" id="page_054"></a> odio, o en triste y helada melancolía, o en torvo rencor, +aunque luego desapareciese tal estado de ánimo para retornar al amor.</p> + +<p>¿Cómo realizar este retorno? Aquí está nuestro problema. Hay que «hacer +las paces». Ya oigo la respuesta. Debe empezar el que tenga la culpa del +disgusto. Pero es el caso que cada uno de los cónyuges cree que la culpa +la tiene el otro. Y como no hay cancilleres ni diplomáticos en esta +guerra, oculta entre cuatro paredes, es ella insoluble, mientras uno de +los contendientes no se rinda a discreción.</p> + +<p>Corresponde a la mujer rendirse, con razón y todo. No es voto sospechoso +el voto de una mujer. El amor propio, la terquedad, el hincapié, la +persistencia testaruda, son condiciones que no favorecen a nuestro sexo. +Nuestra fuerza está en nuestra debilidad. No sé quién ha dicho que debe +emplearse más presteza para sofocar un resentimiento que para apagar un +incendio. Y si el resentido es el marido, la presteza debe ser mayor. +Una palabra dulce calma la ira. Nuestras respuestas, sin dejar de ser +veraces, han de ser suaves, tranquilas, bondadosas, con arreglo a esta +bella fórmula de San Francisco de Sales: «Quien te dice una verdad con +cortesía te echa rosas a la cara».</p> + +<p>La mujer ha de ser abeja cargada de miel y desprovista de aguijón. +Nuestra mayor victoria es el dominio sobre nuestros nervios; la +sensación más exquisita es regir nuestra sensibilidad. «La perfección +está hecha con nadas y es algo más que nada la perfección»—dice Miguel +Angel, que sabía modelar, no sólo las figuras, sino también las almas—. +Es una desdicha que nuestro propio carácter sea el obstáculo de nuestra +felicidad. «Nada puede hacerme daño, excepto yo mismo—dice San +Bernardo—; el mal que me agobia lo llevo conmigo y jamás sufro +realmente sino por mi culpa». Alude el santo varón a los disgustos que +dimanan de nuestro carácter, de nuestra irritabilidad, de nuestra +intemperancia, de los enconos de nuestro pobre corazón.</p> + +<p>Como véis, gústame leer a los escritores santos, o a<a name="page_055" id="page_055"></a> los santos +escritores. Y entre éstos el que más me place y divierte es San Juan +Crisóstomo, un detractor furibundo del sexo femenino, que llama a la +mujer «un mal necesario», «una tentación de la Naturaleza», «una +fascinación mortal» y otras cosas por el estilo. San Juan +Crisóstomo—perdóneme el santo varón—debió llegar a la santidad por la +influencia desgraciada de algún desengaño amoroso. Si así fuera, debía +ser más justo con nuestro sexo, ya que, gracias a los desvíos de alguna +ingrata, pudo alcanzar su estado de perfección y de gloria eterna.</p> + +<p>Pero este santo misógino (así me dice mi marido que se llama a los +enemigos de la mujer) era, por lo demás, hombre de mucho talento. Yo leo +constantemente su definición de la paciencia, una de las principales +virtudes de la mujer. Esta definición encierra el mejor método para +«hacer las paces», y aun para evitar toda guerra conyugal. Divide la +paciencia en nueve grados o mandamientos. «El primer grado de la +paciencia es no empezar la injusticia; el segundo, después que el otro +la empezó, no vindicarse de igual manera; el tercero, no hacer al que +veja lo que tú padeces; el cuarto, atribuirse a sí misma los males que +sufre; el quinto, atribuirse más que lo que quiere el que lo hizo; el +sexto, no odiar al que hace estas cosas; el séptimo, amarle; el octavo, +hacerle bien; el noveno rogar a Dios por él».</p> + +<p>Olvidemos las diatribas de San Crisóstomo a nuestro sexo, en gracia a +este consejo tan prudente, tan profundo y tan bello, verdadero resumen +de la bondad.</p> + +<p>Anticipémonos siempre a «hacer las paces». No detenga nuestros generosos +impulsos un erróneo empeño de amor propio. Quede siempre ahogado el amor +propio por el amor conyugal. El marido lucha con los demás hombres por +nuestra vida y por la prole común. Un día llega un poco irritado a casa; +quizá tiene una intemperancia, un gesto agrio, fruto de su desazón. +Seamos sedante, y que nuestra palabra dulce y animosa le haga olvidar +los disgustos y penalidades en el tráfago de la vida.<a name="page_056" id="page_056"></a></p> + +<p>Yo tuve una vez un pequeño disgusto con mi marido por una futesa, por +una nonada. De pronto, sin pensarlo, dile una respuesta airada. No me +contestó. Quedóse triste y melancólico. Vi todo lo que pasaba por su +espíritu; me pareció que su amor y la alegría, dimanada de este mismo +amor, se derrumbaban; que ya no me querría nunca como siempre me quiso. +¡Ay, Dios mío! ¡qué pena! ¡qué angustia! Era necesario arreglar aquello +en seguida, sincerarse, pedir disculpa, «hacer las paces». Yo no pensaba +si tenía o no razón. ¿Qué importaba esto? Lo importante, lo abrumador +para mí era que se había quedado triste y serio, melancólico y apenado +en mi compañía, que fué siempre su mayor alegría. Una ola de lágrimas se +agolpaba a mis ojos y un nudo de angustia cerraba en mi garganta el paso +a toda palabra.</p> + +<p>Se puso a leer un libro de filosofía alemana, uno de esos libros que, +por su profunda aridez y sequedad, levantan cefalalgias. Yo advertía que +no se enteraba de nada, tanto por la propia oscuridad del libro (creo +que era de Kant) como por su estado de ánimo. La intrincada filosofía no +llegaba a su espíritu, en el cual sólo había la espina clavada de mi +pequeña ofensa.</p> + +<p>En tales circunstancias tuve un rasgo luminoso. Fuí a mi pequeño +anaquel, donde tengo mis libros preferidos. Tomé uno de Keble, el dulce +místico y lírico inglés. Lo abrí por una página señalada con una cintita +azul. Me acerqué, trémula, a mi marido; puse mi dedito índice, todo +tembloroso, sobre unos versos y le dije: «¿Quiéres leer esto?» Leyó:<a name="page_057" id="page_057"></a></p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es"> +<tr><td align="left">«¡Ah, qué dulce es la sonrisa</td></tr> +<tr><td align="left">Del hogar hermoso y tibio,</td></tr> +<tr><td align="left">La recíproca mirada</td></tr> +<tr><td align="left">Que denuncia regocijo,</td></tr> +<tr><td align="left">Cuando al fin dos corazones</td></tr> +<tr><td align="left">Se han fundido en uno mismo.</td></tr> +<tr><td align="left">Y uno en otro confiados</td></tr> +<tr><td align="left">Viven en su amor tranquilos.</td></tr> +<tr><td align="left">¡Ah, qué santas alegrías!</td></tr> +<tr><td align="left">¡Ah, qué goces no sentidos</td></tr> +<tr><td align="left">Vuelan como blancas hadas</td></tr> +<tr><td align="left">Por la cuna de los hijos!</td></tr> +<tr><td align="left">¡Cada cuadro es un recuerdo,</td></tr> +<tr><td align="left">Cada mueble es un amigo,</td></tr> +<tr><td align="left">Cada lágrima es un beso,</td></tr> +<tr><td align="left">Cada dicha es un suspiro!»</td></tr> +</table> + +<p>Mi marido abrió los brazos. ¡Qué alegría, Dios mío! Y es que no hay +canciller como un poeta lírico para «hacer las paces...»</p> + +<h3><a name="CROTALOGIA" id="CROTALOGIA"></a>CROTALOGIA</h3> + +<p>Frecuentemente recibo cartas en que se comenta las croniquillas que +vengo publicando en esta página femenina. En estas cartas hay de todo: +críticas, asentimientos, discretas censuras, aplausos, observaciones +oportunas y algunos disparates. Sin ponerme colorada, agradezco los +elogios que mis amables comunicantes dedican a mi estilo. Yo no escribo +bien. Creo, además, que no escribe bien nadie, ni aun los que mejor +escriben. La mayor parte de las operaciones del alma y de los +movimientos del espíritu son irreverables en lenguaje articulado. +Ninguna forma idiomática existente puede asir y aprisionar lo recóndito +de nuestra vida interna. Con la palabra sólo puede expresarse lo vulgar +de la vida. Lo importante, lo profundo, lo inefable, jamás se logra +traducir con lenguaje. Hay en el alma muchas cosas confusas que no +tienen nombre en ningún idioma. De ahí que sea la música, con su +inconcreción y su infinitud indefinida e indefinible, el arte +embriagador por excelencia. El sonido expresa lo inexpresable, milagro +que nunca logra la palabra. Por eso un ¡ay! solamente y, sobre todo, el +quejido que acompaña a la emisión de la sílaba, dice más que todo un +tomo de filosofía sobre el dolor. No sé si me explico. En todo caso, +ello demostraría una vez más (aparte mi torpeza literaria) que el +instrumento<a name="page_058" id="page_058"></a> verbal es insuficiente para traducir la onda espiritual. Y +por ello doime ahora clara cuenta de la razón de mi marido al decir que +cuando mejor me comprende es al oirme cantar. Yo canto un poquito, no +como una tiple, sujeta a puntuación musical, a corcheas y semicorcheas, +fusas y semifusas, sino como un jilguero que saluda a cada aurora con +trinos distintos emitidos por su pico improvisador. Por mi parte, cuando +mejor comprendo a mi marido es al mirarme en silencio, a hito mudo. Una +mirada así expresa mejor lo inexpresable que toda expresión hablada.</p> + +<p>Bueno... Tornemos a las cartas. Entre ellas me he fijado especialmente +en una que debe proceder de una muchacha joven y bonita. «¿Y cómo sabe +usted que es bonita y joven?»—preguntarán mis lectoras. Deduzco que es +joven por los conceptos que emite. El tiempo no sólo imprime cambios en +nuestro rostro, sino también en nuestras ideas. Y me imagino que es +linda por la ortografía y la sintáxis que gasta, pues rara vez la +belleza física y la belleza gramatical andan juntas. Generalmente las +feas saben más gramática que las bonitas; suelen ser más aplicadas, sin +duda porque les roba menos tiempo el espejo. No tiene, por otra parte, +gran importancia la perfección ortográfica en una mujer bonita. Su sola +presencia, aunque su ortografía sea imperfecta, será siempre más grata +que un texto de Séneca. Además, como una mujer linda habla con los ojos, +apenas se requieren otros métodos de expresión. Comprendo que todo esto +no es pedagógico, pero quizá sea verdad, y si no lo fuese, téngase en +cuenta que no será la primera cosa inexacta que se ha escrito en este +mundo.</p> + +<p>En la referida carta se viene a decir que las anteriores crónicas son +excesivamente graves y un tanto sermonarias, a pesar de ir envueltos los +temas en una ligera ironía, en un «pequeño chichoneo», según palabras +textuales de mi comunicante. Agrega que debo tratar asuntos más +divertidos, más alegres, como fiestas, bailes, saraos, etc.</p> + +<p>Reconozco la razón de la señorita que me escribe.<a name="page_059" id="page_059"></a> Y ello me demuestra +que no es absolutamente necesaria la ortografía para razonar bien. +Deseo, pues, complacer a mi bella comunicante. Y con tal fin elijo por +tema de esta crónica la crotalogía, es decir, el arte de tocar los +crótalos, nombre que los divinos griegos daban a las castañuelas. Creo +que mi comunicante quedará complacida, pues no hay nada más alegre que +unas castañuelas. El tema sólo corre el peligro de no estar bien tocado. +Pero téngase en cuenta que si no es cosa fácil tocar bien las +castañuelas, aun es más difícil escribir sobre ellas, abarcando todos +los puntos de su historia gloriosa y de su significación en el arte y en +la sociedad durante el trascurso de los siglos, a través de las edades +clásicas y de los modernos tiempos.</p> + +<p>Conviene anticipar que la palabra crotalogía no es invención mía. Sirve +ella de título a un libro escrito en el siglo XVIII por el señor +licenciado Francisco Agustín Florencio. En mi pequeña biblioteca guardo +un elegante ejemplar como un tesoro bibliográfico. Divídese la obra en +catorce capítulos luminosos y repiqueteadores que encierran la +monografía más perfecta y acabada del arte castañuelero. El licenciado, +hombre de una probidad admirable, declara que no sabe tocar las +castañuelas, lo cual no impide que enseñe en catorce capítulos cómo han +de tocarse. Para enseñar una materia no es absolutamente imprescindible +saberla, cosa que se observa en la «Crotalogía» del licenciado Francisco +Agustín Florencio y en casi todas las cátedras de las Facultades +modernas.</p> + +<p>Pero el ilustre licenciado tiene un precursor eminentísimo en esta +apología de las castañuelas. Nada menos que Plinio, el gran Plinio, el +Joven, se le anticipó en muchos siglos en el elogio. Plinio, el autor de +las «Cartas» (catorce volúmenes) y del «Panegírico de Trajano» (oración +memorable), habla del excesivo lujo que las señoras romanas usaban en +las castañuelas.</p> + +<p>Porque es de advertir que en la Roma de los tiempos del emperador +Trajano, las castañuelas se formaban con perlas. Pero dejemos la palabra +al licenciado Francisco Agustín Florencio, el cual dice en su +imponderable<a name="page_060" id="page_060"></a> «Crotalogía»: «A estas perlas preciosas les hacían sus +agujeritos por la parte superior: de este modo las juntaban de dos, tres +o más y las traían pendientes de los dedos, agradándose sumamente del +sonido que hacían dando unas con otras: así formaban un preciosísimo +instrumento que tocaban con los dedos, además de un adorno gracioso y +rico: y a lo uno y lo otro llamaban «crotalia», esto es, «castañuelas».</p> + +<p>Debió existir en aquellos siglos una competencia terrible de boato y +esplendor entre las damas, pues Plinio, literato oficial de Trajano, +pero austero y solemne moralista, a pesar de su adulación forzosa al +gran emperador, dice en un pasaje de sus «Cartas»: «Supuesto que los +hombres han mirado siempre como una obligación, dictada por la misma +Naturaleza, el complacer a las damas, amarlas y servirlas, se han visto +también precisados a sufrir algunos excesos en que les ha hecho caer su +natural propensión a adornarse y a emplear en su servicio las mayores +preciosidades de la Naturaleza»: Alude Plinio en estas palabras +inmortales a las perlas que las señoras romanas usaban como castañuelas. +Y agrega el licenciado Francisco Agustín Florencio en su «Crotalogía»:</p> + +<p>«Llegaron éstas (las damas romanas) a tal extremo en su lujo, que +escogían entre muchas perlas preciosas, o margaritas, aquellas que, +además de ser de una grandeza extraordinaria, tenían la figura redonda +por un extremo y piramidal por el otro, de modo que asemejasen a una +almendra».</p> + +<p>Trajano, el insigne emperador romano, llamado el Optimo, era español, de +Itálica (Andalucía) y fué muy dado a la galantería y a todo lo que +significara esplendidez y rumbosidad. No fué un emperador economista, ni +un ahorrativo, ni un roñoso de Estado (valga la frase); que tales +cualidades no son propias ni del español antiguo ni del moderno. El +español tendrá todos los defectos que se quiera menos el de «amarrete» +con las damas y el de ser económico en los gastos del Estado. Así se +explica que Trajano estimulara el lujo y la fastuosidad, convirtiendo +los metálicos<a name="page_061" id="page_061"></a> crótalos griegos en castañuelas de perlas. Sin duda +presentía que, al andar de los siglos, serían las castañuelas el +instrumento nacional femenino de su patria nativa, independizada del +imperio romano. De manera que los «paliyos» no son una creación +española: vienen de Grecia, pasan por Roma y arraigan en España, la cual +agrega el jaleíto, los ¡olé! ¡olé! estimulantes del palitroqueo. Por uno +de esos movimientos inconscientes del espíritu, Trajano, desde su solio +de Roma, tuvo la intuición (el genio es intuitivo), de que aquél +instrumento sería la manifestación natural de la alegría exultante de su +tierra nativa.</p> + +<p>Hasta aquí llega lo que podríamos llamar la prehistoria de las +castañuelas. La historia moderna es familiar a todos los oídos; el +repiqueteo está en todos los tímpanos. La castañuela está ya tan +difundida en el mundo como el arpa eólica en los cielos.</p> + +<p>Pero conviene recoger algunas observaciones del licenciado Francisco +Agustín Florencio estampadas en su monumental «Crotalogía». Habla +extensamente de las maderas que deben emplearse en la construcción del +instrumento: el granadillo, el nogal, el boj, el palosanto, el sándalo, +el tíndalo, etc., etc. El autor se inclina, finalmente, por el marfil +teñido, influído, sin duda, su espíritu por las rumbosidades de Trajano +que prefería el leve y sutil sonido de las perlas.</p> + +<p>Habla luego el licenciado de los colores de las maderas en contraste con +el cutis de las tocadoras. Y así aconseja que se armonicen, usando las +morenas castañuelas blancas, y las rubias que empleen las de palosanto, +ébano y otras maderas oscuras. Por último habla de la correspondencia +que debe existir entre las cintas de las castañuelas y las de los +zapatos, cofias y redecillas. Al señor licenciado no se le olvida nada +que signifique armonía y gracia plástica.</p> + +<p>El último capítulo de la «Crotalogía» está consagrado a la manera de +aprender a tocar sin necesidad de maestro. Es el capítulo más genial de +la obra. Como el licenciado, según su propia declaración, no sabe tocar, +tenía que inventar un método en que el maestro<a name="page_062" id="page_062"></a> no fuera necesario, o +mejor dicho, en que sólo la lectura de su «Crotalogía» nos pusiera en +condiciones de repiquetear. Así como de la lectura atenta de un tomo de +filosofía se sale al cabo filosofando, de la lectura de la «Crotalogía» +se sale también castañeteando.</p> + +<p>La idea del licenciado Francisco Agustín Florencio de suprimir la +enseñanza práctica se ajusta a la pedagogía moderna, en la que todo está +librado a la eficacia de los textos por sí mismos. Por otra parte, no +existiendo solfa ni partituras para tocar las castañuelas, la +«Crotalogía» es imprescindible y viene a llenar esta evidente +deficiencia de los compositores. Para tocar las castañuelas no hay más +que traducir el propio capricho digital, la interna nerviosidad cuyo +último escape está en la punta de los dedos. Ahora bien: como los +nervios son distintos en cada criatura, el licenciado no podía prever +tan enorme variedad, y así ha preferido eludir toda previsión, que es +una forma de tenerlo todo previsto.</p> + +<p>Respecto a la gracia, siendo ella don divino, cae fuera de la acción +pedagógica del licenciado don Francisco Agustín Florencio. Las +castañuelas es el único instrumento no sujeto a pautas ni a solfas. Cada +cual las toca como le da la gana, en libre inspiración, y aquí está +principalmente la razón de su arraigo en España, después de haber pasado +por Grecia y por Roma.</p> + +<p>Espero que habré dejado complacida a mi bella comunicante. El tema de +esta crónica no puede ser más alegre. Pero si yo, con mi tendencia a la +gravedad, lo hubiera entristecido, lea mi amiga la «Crotalogía» del +licenciado Francisco Agustín Florencio, que es un libro clásico muy +divertido. Y si aún asimismo no consiguiera alegrarse, átese los +«paliyos» a los «dediyos» que han de ser seguramente muy remononos, y +dése tres «pataítas», con el cuerpo retrechero en jarras y los brazos en +vuelo, que es la postura de los ángeles terrestres. Desde aquí la +acompañará mi jaleo con los sacrosantos: ¡olé! ¡olé!...<a name="page_063" id="page_063"></a></p> + +<h3><a name="ROSALIA_EN_LOS_CARPINCHOS" id="ROSALIA_EN_LOS_CARPINCHOS"></a>ROSALIA EN «LOS CARPINCHOS»</h3> + +<p>La crónica de esta semana me la da hecha una carta que acabo de recibir +de mi mejor amiga, compañera en el colegio y luego en los salones, +Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora. Esta retahila de apellidos +merece una pequeña explicación. Mi amiga es rica por sí y por su marido, +aunque ha venido un poco a menos, cómo ella misma explica en su carta, +debido a dos causas coincidentes: el excesivo gasto del matrimonio en +Buenos Aires y ciertas especulaciones malogradas por la crisis. La +fortuna de Rosalía arranca de su abuelo, el vasco Arregui, hombre tenaz +y laborioso, que empezó de alambrador de campos y terminó en gran +estanciero. La de Ricardo, el esposo de mi amiga, proviene igualmente de +su abuelo, el señor Pérez, uno de los primeros registreros de la calle +Rivadavia, allá por los tiempos de la presidencia de Sarmiento. El +segundo apellido de Rosalía, el sonoro del Moral, pertenece a nuestro +patriciado del año 19, época del directorio de Pueyrredón, del cual fué +muy amigo y eficaz colaborador don Sofanor del Moral, ascendiente de +Rosalía por línea materna. El segundo apellido de Ricardo, el resonante +y prestigioso Cámpora, viene de un bizarro coronel, don Márcos Cámpora, +que acompañó a San Martín en su gran campaña del paso de los Andes. Así, +pues, los dos primeros apellidos, Arregui y Pérez, representan la +creación de la fortuna en su doble actividad, comercial y pastoril. Y +los dos segundos, del Moral y Cámpora, significan el abolengo, la +tradición, la historia patria. Y es natural que Rosalía luzca estos dos +apellidos aristocráticos junto a los otros oscuros, aunque meritorios. +En las crónicas sociales el nombre de mi amiga ocupa tres líneas, bien +merecidas, desde luego, ya que ella resume en sus cuatro apellidos la +historia militar y política del país y la representación de los modernos +progresos económicos. Claro está que la significación social de mi amiga +reside en los dos segundos apellidos. A ellos debe—y muy justamente—su +merecida representación<a name="page_064" id="page_064"></a> en nuestro gran mundo. Con los apellidos de +Rosalía ocurre lo que con los hombres del Evangelio: «Los últimos serán +los primeros». Pero ello no quita para que los manes y cenizas de los +primitivos Arregui y Pérez sientan cierto íntimo orgullo por su +entronque con Cámpora y del Moral.</p> + +<p>Ahora, he aquí la carta de mi amiga Rosalía:</p> + +<p> +«Los Carpinchos», julio 15 de 1916.<br /> +</p> + +<p>Queridísima Marianela: No te puedes figurar cuánto te recuerdo desde +este retiro de «Los Carpinchos» donde voy pasando el invierno, si no +como en la gloria, por lo menos como en el limbo, que es el lugar +intermedio entre la gloria y el infierno. No hay que ser ambiciosa, +queriendo alcanzar el cielo de un solo golpe. Leo tus crónicas femeninas +y me río mucho con ellas, porque te leo entre líneas, que es lo más +divertido en toda la lectura. Pero, para leer entre líneas, es necesario +conocer mucho el espíritu y la vida de quien escribe; saber por qué dice +ciertas cosas; qué fin tienen determinados conceptos; a quién se dirige +tal frase; cuál es el objeto de tal palabra; ver, en fin, la intención +que guió la pluma. Y como yo te conozco tanto, puedes imaginarte lo que +me divierto leyéndote. A Ricardo le digo siempre: «Mira, esto lo dice +Marianela por las de Fulano, y estotro por las de Zutano, etc.» De +manera que, ante mi marido, yo vengo a poner ilustraciones en el texto. +Si estuvieras aquí ¡cuánto nos reiríamos! ¿Por qué no vienes a pasar +unos días? Ya sabes que tenemos buena casa y bastantes comodidades, +aunque sin lujo, porque, hijita, hemos venido a trabajar, a ver si nos +rehacemos de los disparates cometidos, que ¡ay! no han sido pocos.</p> + +<p>Mi vida en «Los Carpinchos» trascurre dulcemente. Al principio me +aplanaba esta soledad; me aburría como una ostra, como dice nuestro +noble amigo, o nuestro amigo el noble. Pero luego, poco a poco, fuí +viendo que entre los cuatro terrosos tabiques de un pobre rancho existen +las mismas pasiones, las mismas inquietudes, los mismos anhelos, las +mismas desventuras y las<a name="page_065" id="page_065"></a> mismas alegrías que en la ciudad más populosa. +Es cuestión de saber ver, de fijarse, de poner interés en cuanto nos +rodea. El espectáculo del mundo, más que en el mundo mismo, está en los +ojos que lo contemplan. La humanidad es igual en todas partes, en «Los +Carpinchos» y en el teatro Colón. «Visto un león, están vistos todos los +leones; vista una oveja, están vistas todas las ovejas»; y vista una +persona, casi están vistas todas las personas. ¡Qué bien dirías tú todo +esto que yo no acierto a expresar sino en términos de una humilde +pastora! Aquí hay amores, odios, despechos, celos, ambiciones, +vanidades, todo ello en cuatro ranchos, lo mismo que en las ciudades. +Tenemos dos puesteros que andan detrás de la cocinera; uno de ellos es +ahorrativo y laborioso; el otro es un perdulario que, «vuelta a vuelta» +está en la pulpería, muy guitarrero y cantor. Pues la cocinera prefiere +a éste, que no va con buen fin, y no al otro, que quiere casarse de +veras. Y es inútil que yo la diga nada. En cambio, tenemos una chinita a +quien le gusta mucho el laborioso y ahorrativo, pero éste está +entusiasmado con la cocinera y no hace caso de la chinita. Pon ahora +celos tormentosos, ansiedades, odios ardientes, angustias, todo, en fin, +como en las ciudades; sólo cambian los trajes; en lugar de frac, +chiripá; en vez de vestido de seda y escote, una faldilla de percal y un +pañuelo al cuello. Pero, por debajo de unos y otros atavíos, los +instintos son los mismos y los corazones arden igual.</p> + +<p>Por lo demás, mi vida trascurre dulcemente. Cuido de las gallinas, que +son de lo más ponedoras; tengo también una pollada de patitos, que no te +puedes imaginar lo que gozan cuando los llevo a una lagunita que hay +inmediata a la estancia. Los días claros me entretengo en contemplar los +reflejos del sol en sus plumas azules. Están lindísimos los patitos. +Tengo también una pareja de cisnes, a los cuales sólo les falta el +esquife de Lohengrin. ¡Qué fastuosos y qué infatuados son estos cisnes! +Nadan entre los patos con el aire de dos señores feudales entre una +plebeya y vil democracia.<a name="page_066" id="page_066"></a> Doy también grandes paseos por el campo. Y me +quedo horas muertas mirando los teros. Me entusiasma este pájaro, tan +elegante, tan señoril, tan paquete, tan erguido, tan gracioso en su +manera de caminar. Parece que va siempre vestido de frac, con las plumas +tan planchadas, pulcro, coquetón, peripuesto, andando despacito por la +pampa, como si fuera la platea, y volviendo la cabeza a un lado y otro, +acompasadamente, cual si hiciera a los palcos el regalo de su mirada. +Las dos puntitas rojas que tiene en el codo de las alas parecen los +símbolos de una condecoración. Lástima que toda esta gracia y toda esta +elegancia las eche a perder cuando vuela y cuando chilla. Su vuelo es +tardo, desigual, como de beodo en los aires; su chillido es inarmónico, +estridente. Posado y andando, en cambio, tiene una finura y una +delicadeza encantadoras. Nunca debía levantarse del suelo ni abrir el +pico. Es como esos buenos mozos que pierden mucho cuando hablan.</p> + +<p>Después, en casa, leo, toco el piano, tarareo la ópera que se va a dar +en el Colón, me entero de lo que dicen los diarios, de los noviazgos, de +las reuniones, bailes y fiestas. Entretanto, Ricardo trabaja en el +campo; cura ovejas, marca novillos, hace apartados, traza nuevos +potreros, levanta alambrados. No te puedes imaginar la actividad que +desarrolla. Va poniendo la estancia que es una maravilla. Está fuerte, +curtido; colorado. Su contacto con la Naturaleza, con el sol, el aire, +las lluvias, le da un brío y una fortaleza admirables. Me dice que es +necesario rehacer la fortuna; que hemos de volver a ser tan ricos como +antes. Hijita, casi nos fundimos del todo. Cuando la especulación, se +metió a comprar cosas. En la Pampa, en Mendoza, en Río Negro, en las +provincias, en todas partes compraba leguas y leguas con dinero de los +Bancos. Y no quería vender nada. Todo iba a valer tanto y cuanto; todo +iba a subir a las nubes. Y siempre esperando compradores fantásticos que +vendrían de Inglaterra, de Francia, de no sé dónde, para hacer +ferrocarriles y obras de riego y qué sé yo cuántas cosas más. Yo,<a name="page_067" id="page_067"></a> que +estoy por lo positivo, le decía: «Vende, Ricardo, vende». Sólo pude +lograr que vendiera unos terrenos. Le pagaron una barbaridad. Y nos +fuimos a Europa. Gastamos toda la ganancia en París y en los balnearios, +sobre todo en los balnearios. Como es tan generoso—ya conoces a +Ricardo—me hizo comprar no sé cuántos trajes; me regaló un montón de +alhajas, dos automóviles, ¡la mar!, como dicen los españoles. Cuando +volvimos, hijita, la crisis. Las tierras que había comprado no valían +nada. Llovieron los vencimientos, los pagarés, las letras. ¡Qué apuros! +Ricardo no dormía; tenía los nervios como una prima de violín. Todos los +días metido en los Bancos, pidiendo, suplicando, él, que es tan altivo y +tan hombre, inclinado y haciendo reverencias a esos señores gerentes, +que se dan un corte, hijita, como si fueran reyes. Al verle así, tan +triste y tan abatido, le dije: «Bueno, Ricardín mío, a liquidar; +prefiero que nos quedemos en la calle antes de verte sufrir de esa +manera. Pagas a todo el mundo y viviremos con lo que quede, tranquilos y +felices». Total: vendió todas las tierras, casi media Rusia, por la +quinta parte de lo que habían costado. Y como no alcanzaba para pagar, +tuvo que vender también dos estancias de las tres que teníamos. Nos +quedamos con la mía, la heredada de mi abuelo, porque Ricardo es tan +delicado que prefirió vender las suyas, sabiendo que yo tenía mucho +cariño al campo donde había nacido mi padre. Gracias al remoto vasco +Arregui nos hemos salvado. ¡Dios le tenga en la gloria! Pero, ¡qué +temporal, querida Marianela, qué temporal hemos corrido!...</p> + +<p>Una vez liquidadas todas las deudas, nos quedó, como te digo, la +estancia vieja y unos trescientos mil pesos. Y entonces me dijo Ricardo: +«¿Tú te atreves a enterrarte unos cuantos años en «Los Carpinchos?»—«Yo +me entierro contigo en el fin del mundo»—le respondí. Gran abrazo. Los +abrazos en la desgracia saben mejor aún que en la felicidad. Levantamos +la casa de la avenida Alvear; echamos a los porteros, a los sirvientes, +a los lacayos, a los «chauffeurs», una punta<a name="page_068" id="page_068"></a> de vagos que puestos en +fila, llegaban a la acera de enfrente, y nos vinimos a «Los Carpinchos», +a trabajar, hijita, como unos gringos recién llegados. Con la platita +que salvamos de la quema, compramos vacas. Tenemos como tres mil. Y dice +Ricardo que pronto se harán cinco o seis mil. También tenemos muchas +ovejas. «A la vuelta de pocos años—me dice Ricardo—nos podremos +farrear anualmente en Europa unos dos mil novillos, alrededor de +trescientos mil pesos de renta».—«¡No, Ricardo, no por Dios!—le +digo,—porque ya le he visto las orejas al lobo, y no quiero verte con +insomnios y sufriendo como un condenado cada vez que tenías que ir a ver +a los señores gerentes, que Dios confunda».</p> + +<p>No tienes idea de cómo trabaja Ricardo. Se levanta al alba; aún relucen +las estrellas. Muchos días no vuelve hasta la noche; almuerza en +cualquier puesto para no perder tiempo. Llega cubierto de polvo, otras +veces de barro, sucio de sarnífugos, de bañar ovejas, hecho un gauchote, +un facineroso. En tal facha, por embromarme, abre los brazos y se viene +hacia mí. Yo grito: «¡Sal de ahí, adorado sarnifuguero!» Se baña, se +fregotea durante una hora, se pone un traje de casa, y a la mesa, a +cenar. Mientras cenamos me hace la crónica social de todos los ranchos, +que suele ser tan divertida como la de los salones. La tragicomedia es +la misma, como te he dicho; sólo cambian el medio, las formas y los +trajes. La humanidad es una misma edición; sólo varían las cubiertas; +unos cuantos ejemplares de lujo y los demás a la rústica; pero el +contenido es igual.</p> + +<p>Luego toco un poco el piano. Y aquí viene una escena que quiero +contarte. Ya sabes que Ricardo tiene una voz de tenor muy fuerte, pero +muy desafinada, porque carece de buen oído para la música. Pues bien: +muchas noches me hace tocar la pira del «Trovador» y se pone a dar unos +gritos formidables. Pero en lugar de cantar «madre infelice, etc.», hace +esta reforma:<a name="page_069" id="page_069"></a></p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="es"> +<tr><td align="left">«No debo nada,</td></tr> +<tr><td align="left">Ya soy feliz</td></tr> +<tr><td align="left">Con Rosalía...»</td></tr> +</table> + +<p>Y al decir Rosalía da un do de pecho estupendo que deja tamañito a +Tamagno. Cuando el viento es favorable le oyen los de Zubiaurre desde su +estancia, que queda a tres leguas. El do es terrible, pero el pecho es +magnífico, y lo que hay dentro del pecho, el corazón, supera a toda +magnificencia. Al gritar Rosalía parece que se le dilatan los pulmones. +Con ninguna otra palabra su voz sube tan alto. Yo me río como una loca; +pero la verdad es que ese do de pecho penetra en lo más hondo del mío. +¿Quieres creer que hasta como tenor me gusta Ricardo? ¡Es el colmo, +hijita! Su energía pulmonar, sin entonación musical, como un grito +primitivo, me produce una embriaguez y una emoción superior a todos los +poemas. Todas las galanterías y todas las finuras que me dijo de novio +en los salones me parecen ahora insignificantes y artificiales ante ese +grito estupendo con que lanza mi nombre a los aires libres del campo. +Quizá me estoy volviendo un poco salvaje. Ya ves, pues, que hasta +tenemos ópera en «Los Carpinchos». Y es un canto apasionado, ¡oh! +apasionadísimo...</p> + +<p>Algunas veces se le mete en la cabeza a Ricardo que yo estoy triste. «Te +aburres, Rosalía; lo veo, lo noto: sufres la nostalgia de Buenos Aires. +¿Quieres que nos vayamos por unos días?»—«No me aburro—le digo;—no +hay tal nostalgia; me hallo muy contenta. Estando a tu lado, me sobra +todo el mundo».</p> + +<p>Yo sé que él no quiere volver hasta que podamos brillar como antes y +ocupar la misma posición. Y aunque algunas veces—la verdad—se apodera +de mí cierta melancolía, la venzo al instante y me muestro alegre, +satisfecha y feliz con esta vida. Es necesario que encuentre en mí un +firme apoyo y un fuerte estímulo para realizar su ideal. Después de +todo, lo hace por mí más que por él. Además, en los disparates hechos, +la culpa fué mía tanto como suya, quizá más<a name="page_070" id="page_070"></a> mía. Así, pues, quietos +aquí, cuidando vacas y ovejas, gallinas y patos, y cantando la pira...</p> + +<p>Estuve tentada de irnos una semana a Buenos Aires para asistir al baile +que dió el Intendente. Me escribió Matilde, diciéndome que Adela me iba +a mandar invitación y que no faltara. Vacilé; pero, al fin, resolví +quedarme. Y ahora me alegro, pues según me dicen las de Arnedillo en una +larga carta, el baile fué un fiasco completo, aunque parece que hubo +mucha «gente». Además, el ambigú estuvo servido de una manera +deplorable. Figúrate que el Presidente de la República tuvo que ir al +mostrador para poder tomar una copa de champaña. Si nada menos que el +Presidente tuvo que andar así, ¿cómo andarían los demás? Es verdad que, +como don Victorino está por caer, ya nadie le hará caso. El mundo, sobre +todo el mundo de frac, es desvergonzadamente exitista. Los gauchos son +más piadosos y tiernos con el árbol caído. Un Presidente, cuando está +por caer, ya no está sobre nadie, y depende de todos. ¡Pobre don +Victorino, viejo, pesado, con su humanidad tan densa, tan maciza, +rebulléndose para alcanzar su copa! Pero el hombre, como buen gaucho al +fin, llegó hasta el mostrador. Don Victorino es de los que han sabido +llegar a todas partes. A mí me es muy simpático.</p> + +<p>Bueno; ya he charlado bastante. Ricardo te envía un saludo y yo mi mejor +abrazo.—<b>Rosalía</b>.»</p> + +<p>Sólo me resta pedir disculpa a mi amiga Rosalía por lanzar su carta a +los cuatro vientos de la publicidad. Lo hago porque, aparte el pequeño +chismorreo final, la carta encierra una enseñanza y revela las mejores +virtudes que pueden adornar a una mujer.</p> + +<h3><a name="EL_ARTE_DE_ESTAR_ENFERMA" id="EL_ARTE_DE_ESTAR_ENFERMA"></a>EL ARTE DE ESTAR ENFERMA</h3> + +<p>Señora Rosalía Arregui del Moral de Pérez y Cámpora.</p> + +<p class="r">«Los Carpinchos».</p> + +<p>Mi buena y queridísima amiga: debo comenzar por<a name="page_071" id="page_071"></a> pedirte dos veces +perdón: primero por haber lanzado a los cuatro vientos de la publicidad +tu sabrosa carta desde «Los Carpinchos», contando con singular donaire +expresivo tus cuitas, las volteretas de vuestra fortuna, tu excelente +conformidad, el brío emprendedor de Ricardo en la estancia y sus +esperanzas y las tuyas en un próximo y brillante porvenir. El segundo +perdón que te pido es por no haberte contestado antes. He estado +enferma, como habrás visto en las crónicas sociales de los diarios, +donde queda, para los fines de la posteridad, el historial del curso de +mi dolencia. Hemos sido muchas las personas «importantes» que hemos +sufrido este invierno las destemplanzas del tiempo. Ignoro hasta dónde +ha tenido la culpa la atmósfera y hasta qué extremo han podido influir +las crónicas sociales.</p> + +<p>Lo mío ha sido influenza, una enfermedad que no se sabe bien en qué +consiste, como sucede con casi todas las enfermedades, y que, por +dolernos con ella todo el cuerpo, lo más acertado será suponer que +consiste en todo el cuerpo. La pesqué al salir del Colón, después de +escuchar las locuras líricas de «Lucía», un aria cuyo interés principal +reside en sujetar la locura a pentágrama, ritmo y compás, cuando la +verdadera locura se distingue precisamente por no sujetarse a nada, cosa +que, por lo visto, ignoraba Donizzeti. En cuanto hay reglas, ya no hay +locura. Pero a los músicos no les basta la razón para hacer arte, y de +ahí que recurran a pasiones extravasadas, heroísmos máximos, deliquios, +amores quiméricos, frenesíes, éxtasis, arrobamientos, divinos estados de +ánimo, para luego ordenar en el pentágrama todos estos delirios. Ordenar +y delirar son conceptos que se excluyen, excepto en la cabeza de los +músicos, donde toda confusión tiene su natural asiento. Pero, en +realidad los músicos, al meter los delirios y locuras entre las cinco +rayas paralelas y los huecos de las mismas que forman el pentágrama, +sujetan a razón su melografía delirante; de donde se desprende que la +razón, aun tratándose de locuras melodiosas, es y será siempre, antes +que la<a name="page_072" id="page_072"></a> música, el arte de las artes, la facultad soberana del humano +espíritu. Por lo demás, la música expresa sentimientos divinos, si bien +tiene el defecto de expresarlos en tono demasiado alto, al revés de los +ángeles que permanecen siempre callados, pues al ascender de la tierra +al cielo perdieron, en su purificación absoluta, el uso de la palabra, +con la que tanto se peca en la vida.</p> + +<p>Como te iba diciendo, hizo presa en mí la influenza al salir del teatro. +Hacía un frío terrible, siberiano. Jorge—ya sabes lo cariñoso que es y +cuánto se preocupa por mi salud—me advirtió que me abrigara bien. No +hice el caso que debía. Y en el trayecto de la puerta del teatro al +automóvil, una corriente de aire me dejó transida. Ya sabes que no abuso +del descote; pero, asimismo, no puede una llamar la atención cubriéndose +más de lo debido. Una vez en el coche me puse a imitar a la Barrientos, +chacoteando un poco con mi marido. El tercer gorgorito fué un ronquido +de agonía. Y llegue a casa arrecida, tiritando. Total: veinte días de +cama.</p> + +<p>Se encargó de mi asistencia el doctor Gómez Pulido. Ya le conoces. Es un +médico de gran talento social y mundano. Y como el talento da para todo, +supongo que ha de tenerlo también para la ciencia. Yo no creo que los +galenos toscos y ásperos sean mejores que los finos de porte y de +palabra. No pocos simulan cierta tosquedad para demostrar a los incautos +que el estudio y las preocupaciones científicas les han impedido +adquirir maneras elegantes. Y la verdad, farsa por farsa, prefiero la +farsa fina, discreta, cortés, delicada. Pulido es en este sentido lo más +pulido que cabe. Amable, atento, obsequioso; y ya que mate, como los +otros, lo hace siempre con cortesía. Varias señoras nos hemos empeñado +en convertirle en el médico de moda. A mí me lo han recomendado mucho +las de Zubizarrendo, las de Martínez Torrebaja, las de Pérez Campanilla +y, sobre todo, la viuda de Esquilón, que ya sabes el empeño que pone en +todas las cosas. Yo creo que entre todas lograremos imponerle y que +acabará por ser el médico de cabecera de todas las familias conocidas.<a name="page_073" id="page_073"></a> +La de Esquilón, especialmente, es para Pulido un anuncio mejor que +cualquier almanaque.</p> + +<p>A mí me ha asistido admirablemente; y aunque me haya curado sola, le +estoy muy agradecida. La medicina, en el fondo, es una retórica +científica, el arte de poner palabras nuevas a enfermedades viejas. Y en +tal sentido da gusto oir a Pulido. Está al cabo de todas las palabras +nuevas que inventa la ciencia. Antiguamente la medicina se limitaba al +conocimiento de algunas yerbas para curar heridas y contener la efusión +de sangre. Pulido, en su vasta sabiduría, conoce estas yerbas antiguas y +todas las palabras modernas de las Facultades de Berlín, París y +Estocolmo.</p> + +<p>No creas que mi enfermedad ha sido cosa de juguete. Durante una semana +estuve muy malita. ¡Y me entró una tristeza! Me pareció que se había +suspendido todo en mí, virtudes y defectos, cualidades buenas y malas, +todo, todo, quedándome sólo una puerilidad infantil o una chochez +repentina: no sé explicarlo... algo así como si estuviera hueca y no +quedara de mi cuerpo más que el molde externo. Parece que deliré algunos +días, (sin pentágrama). Según me dice Jorge, te nombré varias veces: +¡Rosalía! ¡Rosalía! Ya ves que hasta en los delirios te tengo presente. +Me aseguran que no dije grandes insensateces. Hubiera preferido +decirlas, antes que grandes verdades, pues una de las cosas que más +pavor me causa es oir razonar a la locura.</p> + +<p>Felizmente no proferí disparates desatados ni formulé razones +sorprendentes; sólo hubo tonterías, con lo cual me tranquilizo pensando +que apenas salí de mi estado normal. No te rías maliciosamente, pues yo, +como casi todo el mundo—salvo unos cuantos seres +elegidos—representamos la normalidad, traducida en la infinita +extensión de la tontería en la tierra.</p> + +<p>Al entrar en la convalecencia pasé horas de profunda melancolía. Una +tarde leía un librito de un místico flamenco, pequeño por su tamaño, +grande por su contenido. En una de sus páginas tropezaron mis ojos con +estas líneas: «La enfermedad es como citación y<a name="page_074" id="page_074"></a> último emplazamiento +que Dios hace a fin de que entremos en razón con El». Una como ola de +religiosidad ganó mi espíritu, abatiendo en él cuanto existe de +frivolidad, de aturdimiento, de ilusiones superficiales, y dándole un +sentido abismático, una tristeza reflexiva abrumadora. El dolor ensancha +mucho el entendimiento. Lloré...</p> + +<p>Por fortuna aquello pasó pronto. A medida que fuí adquiriendo fuerzas, +desapareció, poco a poco, aquel estado moral, que en el fondo no era más +que cobardía ante esa cosa terrible que se llama eternidad, el problema +de los problemas, el único problema verdadero, pues todos los demás +quedan resueltos con la exhalación del último hálito. Toda enfermedad +apaga el valor y enciende el espíritu.</p> + +<p>Te estoy hablando de cosas que no entiendo bien. Quizá no las entiende +bien nadie. La palabra sólo sirve para expresar cosas vulgares; pero la +humanidad está tan ensoberbecida con esta facultad del lenguaje, que +cree tener en la palabra el instrumento revelador de todo cuanto nos +sucede. Yo no entiendo estas palabras: «eternidad», «infinito», «vida», +«muerte». Sin embargo, nos explicamos con ellas; nos explicamos sin +entendernos, y esto es precisamente lo más entretenido de la vida. Y así +vamos, apaciblemente, acercándonos a un fin desapacible. Todo esto me lo +sugirió la lectura del místico flamenco, al cual debí, durante algunas +horas, un verdadero estado de gracia.</p> + +<p>Pero luego, al ir ganando vida, me puse lo más dengue y melindrosa. La +tendencia de todo enfermo es envolver a todo el mundo en el tono de su +dolencia. Mi enfermedad era la cosa más importante que había existido en +el mundo. A Jorge le he mareado, afirmándole a cada momento que he +estado al borde del sepulcro. Le he preguntado mil veces si lloró cuando +estaba tan mal; él dice que no, porque siendo muy tierno, tiene el pudor +de no demostrarlo; pero yo sé, por las sirvientas, que andaba gimoteando +por los rincones. También le preguntaba si se hubiera vuelto a casar si +yo llego a morirme. Su respuesta fué muda,<a name="page_075" id="page_075"></a> pero elocuente. Nada +espiritualiza tanto el amor como el envolverlo en la idea de la muerte, +pues con ello se traslada al mismo cielo. Ya ves cómo una pequeña +enfermedad puede dar sublimidad a la vida. Si la humanidad fuera +inmortal se vulgarizaría de una manera deplorable.</p> + +<p>Esta charla a grifo suelto es ya muy larga. Y no he hablado aún del +interesante contenido de tu carta. Te felicito por tu actitud al +encerrarte en la estancia, ayudando a Ricardo a reconstruir la fortuna. +Pero de todo esto hemos de hablar despacio otro día. Entretanto, hago +votos por el crecimiento de vuestros rebaños, porque tus cisnes sigan +tan fastuosos, tan lindos tus patitos y tan ponedoras tus gallinas. +Jorge me encarga te salude, lo mismo que a Ricardo. Y tú recibe mi más +estrecho y apretado abrazo.—<b>Marianela</b>.</p> + +<h3><a name="LAS_INQUIETUDES_DE_PETRONA" id="LAS_INQUIETUDES_DE_PETRONA"></a>LAS INQUIETUDES DE PETRONA</h3> + +<p>Ayer vino a visitarme mi amiga Petrona. Tomamos té y charlamos mucho, +mejor dicho, charló Petrona, porque yo apenas hice más que oirla.</p> + +<p>Petrona es una excelente mujer; buena esposa, tierna madre, bondadosa +suegra. Si las virtudes domésticas merecen la canonización, Petrona es +digna de un sitio preferente en el santoral.</p> + +<p>La economía privada de toda la familia de mi amiga gira en torno de la +economía pública del Estado. Petrona está casada con un hombre de +notorio talento, muy bueno además, que ha sido dos o tres veces ministro +en gobiernos ya un poco remotos. Es abogado, carrera admirable que, +entre nosotros, supone aptitudes para todo género de funciones. Y así el +marido de Petrona lo mismo puede dirigir la Hacienda que la Instrucción +Pública. Sin embargo, parece que su fuerte es la agricultura y la +ganadería. Hace tiempo escribió una memoria—resumen de otras varias +escritas en otros países—sobre cultivos donde no llueve, deduciéndose +del luminoso estudio que es mejor<a name="page_076" id="page_076"></a> sembrar donde las lluvias son +regulares. Este notable descubrimiento da idea de la solidez de juicio y +la serenidad reflexiva del marido de mi amiga. Suele también, de tarde +en tarde, escribir algunos artículos en los grandes diarios acerca del +porvenir de la ganadería, «nuestra industria madre». Estos artículos, +por lo que toca a si existe o no aumento en el número de cabezas, están +inspirados por un prudentísimo sentido dubitativo. La cabeza racional +del ex ministro no aventura nunca afirmación alguna sobre las cabezas +irracionales, mientras la razonadora estadística no las haya contado de +una manera perfecta. En cambio es resueltamente afirmativo al sostener +que no se deben vender ni exportar las vacas, que constituyen «la +gallina de los huevos de oro». Este extracto que hago aquí de las +fundamentales ideas del marido de Petrona basta para demostrar que no +podía estar en mejores manos el tesoro agrario del país.</p> + +<p>Mi amiga tiene tres hijas casadas: Margarita con un alto empleado de un +ministerio; Petronila, con un secretario de legación; y María Inés, con +un ingeniero burócrata que nunca vivió en carpa, lo que no le impide +discutir, desde la oficina, las obras que otros ejecutan en el campo.</p> + +<p>Descripta la familia, fácilmente se explican las inquietudes de mi amiga +Petrona en este histórico momento político. Tiembla por todo y por +todos. Está alarmadísima ante la idea de que el nuevo gobierno considere +inexistente a su marido como ministrable: destituya al yerno empleado; +declare disponible al diplomático; y, por último, haga salir de la +oficina al ingeniero, enviándole a ejecutar obras y realizar mensuras y +planimetrías en los desiertos.</p> + +<p>—¿Pero qué va a pasar aquí, Marianela? ¿Tú no sabes nada?</p> + +<p>—Nada.</p> + +<p>—Ni nadie, hijita, nadie sabe nada. ¡Qué cosa! ¿no? Es una cosa +tremenda. Un Presidente tan callado, tan mudo, tan metido en sí mismo, +sin vérsele en ninguna parte. Yo no me lo explico. Todo el mundo, cuando +obtiene<a name="page_077" id="page_077"></a> un nombramiento o es objeto de una alta distinción honorífica, +es comunicativo, cordial, expansivo, deseando ver amigos y conocidos +para hacerles partícipes de su íntima satisfacción.</p> + +<p>—Es verdad Petrona: la satisfacción es la única cosa que aumenta dando +participación; todas las demás cosas disminuyen repartiéndolas.</p> + +<p>—Cuando a mí me nombraron presidenta de las «Hermanas de Santa +Catalina» no pude parar un momento en casa. En seguida vine a +contártelo. Y de aquí me fuí a casa de otras amigas con el mismo fin. +¡Es tan grato recibir parabienes, enhorabuenas, congratulaciones! No +vale la pena de obtener una presidencia si luego no gozamos de esas mil +manifestaciones con que los demás celebran nuestro triunfo.</p> + +<p>—¿Crées que lo celebran?</p> + +<p>—Bueno; lo celebren o no, hacen como que lo celebran y nos lo dicen, y +ello es siempre halagador para nuestros oídos. Por mi parte—¡qué +quieres, Marianela de mi alma!—no me explico ese silencio, ni esa +reclusión, sin dejarse ver de nadie.</p> + +<p>—¿Y qué te importa?</p> + +<p>—Pero ¡cómo no ha de importarme! En primer término, ya sabes que +Eleuterio, mi marido, es de lo poquito bueno que existe entre el +elemento político. Nadie puede decir nada de él. Y mira que pudo hacer +cosas cuando estuvo en el gobierno. Pues, nada, salió con una mano atrás +y otra adelante. Y además de honesto, ya sabes que hay pocos que sepan +más que él. Todo el mundo le señala para Agricultura. Sabe todo lo que +se puede hacer con la tierra.</p> + +<p>—Excepto adquirirla....</p> + +<p>—Cierto, hijita, excepto adquirirla. ¡Ah! ¡Si me hubiera hecho caso a +mí! Bueno; pues, como te digo, todo el mundo señala a Eleuterio como +ministro de Agricultura. También tú lo habrás oído decir.</p> + +<p>—¿Cómo no? Lo dice todo el mundo, y a la vez todo el mundo lo oye. Los +rumores se forman así, hablando y oyendo todo el mundo simultáneamente.</p> + +<p>—Pero, hijita, no hay forma de saber nada. Ya sabes<a name="page_078" id="page_078"></a> que yo no soy +politiquera—la mujer en su casita—; pero, claro, he tratado de +explorar, de averiguar algo por medio de una amiga que es muy amiga de +una parienta del doctor Crotto. Nada, hijita, no he podido saber nada, +porque el doctor Crotto tampoco sabe nada. Nadie sabe nada. Es horrible +esta duda. Eleuterio está sereno; espera tranquilo. Ya conoces la +gravedad de su carácter. Cuando alguien le habla de ser ministro, cambia +de tema. Y se pone a conversar de cultivos, de riego, de sistemas +colonizadores. Está lo más preocupado por la falta de buques para +trasportar la próxima cosecha. También le preocupa mucho el maíz. Dice +que el maíz se lo deben comer los chanchos de aquí y no los chanchos de +Europa. ¿Qué más dará?</p> + +<p>—No, Petrona; lo que quiere decir Eleuterio es que es mejor exportar +carne que maíz.</p> + +<p>—¡Ah!...</p> + +<p>—El chancho valoriza el maíz comiéndoselo.</p> + +<p>—Pero si se lo come, ya no hay maíz.</p> + +<p>—Pero queda el chancho.</p> + +<p>—Es verdad. ¡Que tonta soy!</p> + +<p>—Se trata de una máquina viva de trasformación. Pero abandonemos este +punto tan poco espiritual. Sigue, Petrona, sigue...</p> + +<p>—Pues, nada, que no se sabe nada. Rumores y más rumores, y al fin... +nada. Eleuterio estuvo en el Parque, y yo creo que esto se tendrá en +cuenta. Entonces estábamos de novios, y no te puedes imaginar cómo me +conmoví cuando vino desde el cantón a verme, en un ratito de armisticio. +Luego, al volverse al cantón, ¡qué escena! Yo no le dejaba; lloré, +supliqué. Pero él, con esa gravedad tan suya, me dijo: «Primero está el +deber, Petrona». Siempre ha sido lo más esclavo del deber. Y se fué. +Sufrí un síncope, y, cuando se me pasó, la figura de mi novio se me +agigantó en el espíritu con proporciones napoleónicas.</p> + +<p>—El amor es un cristal de aumento.</p> + +<p>—Luego Eleuterio abandonó el partido. Figúrate; veinticinco años de +abstención. ¿Quién está tantos años<a name="page_079" id="page_079"></a> abstenido? Además, no tenía derecho +Eleuterio de privar al país del concurso de su talento. Es lo que le +dijo el general Roca y le repitió el doctor Pellegrini. «El país +necesita de usted»—le dijo el general. Ya sabes la habilidad que tenía +el general para atraerse a los hombres de valer. Y aunque Eleuterio ha +sido constante en sus principios, aceptó, por patriotismo. Pero él es +siempre el mismo hombre de acero.</p> + +<p>—El cañón y el florete se componen de igual materia; y aunque el +florete se doble y el cañón no, ambos son de acero. Sigue, Petrona...</p> + +<p>—Yo creo, Marianela, que lo importante en un hombre político es su +origen, lo que fué primero, no lo que fué después. Lo primero es lo +primero. Y él fué revolucionario, contribuyendo con su sangre...</p> + +<p>—Creo que exageras, Petrona.</p> + +<p>—Bueno; si no fué con su sangre, porque tuvo la suerte de no caer +herido, contribuyó con sus tiros al éxito de ahora. Y esto, unido a su +talento y a lo mucho que sabe, son títulos suficientes para... en fin, +hija, por algo le señala todo el mundo para Agricultura.</p> + +<p>—Todo el mundo tiene siempre razón, Petrona.</p> + +<p>—Es lo que digo yo.</p> + +<p>—Y todo el mundo...</p> + +<p>—Pero no se sabe nada. No hay forma de saber nada. Y lo que más me +alarma es que los muchachos, mis yernos, se queden en la calle...</p> + +<p>—¿Tú crées?...</p> + +<p>—¿Y cómo no?...</p> + +<p>—¿No están seguros?...</p> + +<p>—¡Qué esperanza!... Se dice que en las reformas va a caer medio mundo. +¡Figúrate! ¿Qué va a ser de las muchachas?</p> + +<p>—¿No tienen posición tus yernos?</p> + +<p>—Ni donde caerse muertos; el empleo, y nada más. El de Margarita, el +que está en el ministerio, está muy considerado; pero... ¡vete tú a +saber lo que pasará! Parece que más bien ha sido demócrata. Ya se lo +decía yo todos los días: «Andate con cuidado, que Lisandro<a name="page_080" id="page_080"></a> no llega; se +queda no más en el último recodo». El de Petronila está con ella allá, +en Europa, en una legación. Si le declaran disponible, se tendrán que +venir no más. ¿Y cómo ponen casa? ¿Con qué? Además. Petronila está ya +acostumbrada a esa vida de las embajadas y de las recepciones. +¡Cualquiera la acostumbra a vivir en una casita en Flores o en Belgrano, +después de haber alternado con princesas, duquesas y marquesas! ¡Tan +luego ella!... que es de lo más aristócrata y no habla más que de gente +copetuda. Cuando el Centenario se hizo lo más amiga de la infanta +Isabel. Y siempre nos escribe Petronila para que trabajemos aquí, a fin +de que trasladen a su marido a España. Sí, sí... adonde me parece que le +van a trasladar es a Buenos Aires. Pues de la otra, de María Inés, la +del ingeniero, no te digo nada. Si envían a su marido al Chaco o a +Misiones, Inesita se muere. ¿Cómo se separa de él? ¡Ni pensarlo! ¿Y cómo +va ella al desierto? ¡Qué esperanza! En fin, hijita, un conflicto, mejor +dicho, tres conflictos. Tendremos que cargar con todos en casa. Ya se lo +he dicho a Eleuterio. La casa es grande y caben todos. Pero, aunque mis +yernos son buenos y las muchachas lo mismo—ya sabes lo bien que las he +educado—pues, claro, nunca faltarán desavenencias, disgustillos, +incompatibilidades de carácter; porque, naturalmente, donde hay tanta +gente, ¿cómo entenderse todos bien? Te aseguro, Marianela, que no sé qué +hacer; si traerlos a todos a casa o dejarlos que se las compongan como +puedan, ayudándolos, eso sí, ¿cómo no va una a ayudar a sus hijos? con +algunos pesos, no muchos, porque, la verdad, tampoco nosotros andamos +muy boyantes; pues Eleuterio se metió los otros años, cuando el barullo +de los terrenos, en algunas especulaciones, y al venirse todo barranca +abajo, como él es así, ha pagado a todo el mundo y nos hemos quedado +medio en la calle. Yo le decía que hiciera como los demás; pero ¡qué +esperanza! Siempre me respondía lo mismo: «Ante todo el deber, Petrona». +Claro que el deber es el deber; pero también quedarse medio fundidos +cuando los demás,<a name="page_081" id="page_081"></a> hijita, hacen lo que hacen, tratando de salvarse, +aunque haya que clavar a medio mundo...</p> + +<p>—No te apures, Petrona; todo se ha de arreglar.</p> + +<p>—Hijita, no sé cómo. Si Eleuterio fuera a Agricultura, sí, se +arreglaría todo; porque estando él en el gobierno nadie se atrevería a +mover a mis yernos. Pero, hijita, no se sabe nada; no hay manera de +saber nada. ¡Qué cosa! ¿no? ¡Es una cosa tremenda! Luego, Eleuterio es +así; no da un paso; no hace ninguna gestión; espera tranquilo. Cuando yo +le hablo del asunto mueve la cabeza con incredulidad. «Pero si todo el +mundo lo dice», agrego yo. Y él responde: «En nuestro país, todo el +mundo es el Presidente». Y no dice más. Se encierra y se pone a leer +unos libros muy grandes en que hay pintadas plantas de trigo y de maíz, +ovejas, vacas y caballos, arados y máquinas. Bueno, Marianela, me voy.</p> + +<p>Petrona se pone el abrigo y se dispone a salir.</p> + +<p>—Todo se arreglará—repito, por vía de consuelo.</p> + +<p>—Tiemblo, hijita, tiemblo. No se sabe nada; no hay manera de saber +nada. Y es terrible esto de no poder averiguar nada en ninguna parte.</p> + +<h3><a name="PEQUENA_DEFENSA_DE_LA_MURMURACION" id="PEQUENA_DEFENSA_DE_LA_MURMURACION"></a>PEQUEÑA DEFENSA DE LA MURMURACION</h3> + +<p>Toda la humanidad condena la murmuración y toda la humanidad la ejerce +con gusto y la sufre con disgusto. Nadie puede decir que no ha murmurado +en su vida; nadie tampoco puede asegurar que se vió libre de la +murmuración de los demás. En esto somos todos, simultáneamente, +victimarios y víctimas, roedores y roídos. La condición murmuradora debe +tener raíces muy hondas en el espíritu humano cuando ha resistido la +crítica de los filósofos y moralistas de todos los siglos y sigue +resistiendo con toda lozanía la condenación general.</p> + +<p>La murmuración es, ante todo, una cosa agradable. No hagan aspavientos +ni remilgos mis lectoras. A todas nos gusta murmurar: todas murmuramos, +y la vida<a name="page_082" id="page_082"></a> sin murmuración sería aburridísima y tediosa. Quedamos, pues, +en que es agradable murmurar. Ahora bien: ¿es conveniente? Yo creo que +sí. No se escandalicen mis lectoras. La murmuración (no confundirla con +la maledicencia, que es cualidad ruin) es una forma de crítica leve +ejercida en tertulia sobre el carácter, gustos, aficiones y manera de +conducirnos en sociedad. La idea de ser motivo de murmuración influye +poderosamente en nuestro espíritu para corregirnos de muchas ridiculeces +y tonterías, de muchas vanidades, de muchos pequeños defectos. Ella es +un freno para dominar los impulsos de nuestro carácter, para medir +nuestras palabras, para ordenar nuestras ideas, para componer +armónicamente nuestras maneras y gestos. A la murmuración se debe casi +todo el progreso de las costumbres y el refinamiento del trato social. +La misma moda le debe su armonía; todo el mundo teme exagerar, ajustando +su gusto a las convenciones generales. Suprimid la murmuración, y los +impulsos individuales harán imposible la vida de relación. La +murmuración nos pule, nos corrige, nos afina. El grado de perfección +íntima que vamos alcanzando lo debemos, más que a nuestro propio +esfuerzo, a la crítica de los demás, a la murmuración. Su mismo carácter +discreto, silencioso, en voz baja, hace que sea más eficaz. Una crítica +franca, clara, en voz alta, nos exaltaría, induciéndonos a la rebeldía, +más que a corregirnos. A pesar de su índole cautelosa, la murmuración +corre mucho. Don Quijote dice que la murmuración en voz baja tiene un +alcance mucho más prodigioso que la bocina de Rolando, que se oía desde +Roncesvalles hasta Zaragoza. Don Quijote rechaza la murmuración, sin +duda por ser el único Caballero perfecto que ha existido en la tierra y +no merecer su conducta el menor reproche. Sin embargo, fué objeto en +vida de grandes murmuraciones y se murmura mucho aún de su santa +memoria.</p> + +<p>La justicia de la murmuración salta a la vista, teniendo en cuenta que +ella, por abundante que sea, es siempre inferior al número de nuestros +defectos. Con<a name="page_083" id="page_083"></a> tener la murmuración ojos de lince, nunca los ve todos. +De manera que, siendo exacto este principio, en vez de desear su +abolición, debemos fomentarla. Se murmura poco todavía...</p> + +<p>El otro día, hallándome en una fiesta social, me refería un amigo +erudito esta frase de Pascal: «Si los hombres supieran lo que dicen unos +de otros, no habría cuatro amigos en el mundo». No habrá muchos más. Mi +amigo, como todo erudito, es algo inocente y cree que los hombres no +saben que todos murmuran de todos.</p> + +<p>Metastasio era más profundo que Pascal en cuanto atañe a la psicología +del murmurador. En su «Clemencia Tito», dice lo siguiente: «Si le mueve +la ligereza, no le hago caso; si es la locura, le compadezco; y si sólo +son sus ímpetus de malicia, le perdono».</p> + +<p>He ahí una sabia posición contra los murmuradores. Pero ¿y si la +murmuración es justa, como sucede casi siempre? Claro que el murmurado +tiende a creer que es injusta, suponiéndola muy justa cuando él se +convierte, a su vez, en murmurador.</p> + +<p>La civilización tiene su origen en un vasto conjunto de temores, desde +las leyes escritas hasta las prácticas sociales. Al temor a la +murmuración debemos en gran parte la lenta y trabajosa perfección de +nuestra conducta. El ejercicio de la murmuración tiene sus dificultades: +hay que ser espiritual, ingenioso, prudente, observador, hábil de +expresión. De lo contrario el murmurador, en lugar de crucificar a los +demás, se crucifica a sí mismo.</p> + +<p>Muchas personas se alaban de no ser murmuradoras. Yo no creo que exista +absolutamente nadie que no haya murmurado alguna vez. Las que murmuran +poco no suele ser por virtud, sino por falta de ingenio. Además, no hay +tal virtud en no murmurar, ya que de la murmuración general, como hemos +demostrado, surge el progreso de las costumbres, como de la crítica +estética dimana el progreso de la belleza. El mundo<a name="page_084" id="page_084"></a> todo es un continuo +rumor murmurador. Dios lo hizo en seis días y lo entregó a la +murmuración de sus hijos por los siglos inacabables.</p> + +<h3><a name="LOS_SECRETOS" id="LOS_SECRETOS"></a>LOS SECRETOS</h3> + +<p>El abate Delille, traductor de las «Geórgicas» y autor de «Los jardines» +y de un ditirambo para la fiesta del Sér Supremo, en los turbulentos +días de la Revolución Francesa, era un hombre dulce e ingenioso. Un día +quiso sorprender a la Academia Francesa, en la cual entró en 1774, +leyendo unos versos de carácter virgiliano. El buen abate deseaba +mantener el secreto de esta lectura hasta el momento de realizarla; pero +le costaba mucho contenerse. La víspera de la recitación encontróse con +un amigo y le expresó así sus temores sobre su pequeño y poético +secreto: «Quisiera que nadie lo supiese de antemano; pero temo decírselo +a todo el mundo».</p> + +<p>En estas pocas e ingenuas palabras del abate Delille está encerrado el +secreto de la propagación de los secretos.</p> + +<p>¿Por qué nos cuesta tanto guardar un secreto? Muchas son las causas +psicológicas que nos impulsan a la revelación. La primera de todas +estriba en que un secreto es una especie de carga, de la cual sólo nos +libramos soltándola en otros oídos. La misma razón que tuvo quien nos +trasmitió el secreto la tenemos, a nuestra vez, para trasmitirlo. «Se lo +digo a usted en secreto». Esta frase tan generalizada es una verdadera +paradoja, pues una vez comunicado deja de existir el secreto en nuestra +conciencia. En realidad, un secreto es un pequeño martirio, un pequeño +cilicio, un leve hormigueo de la memoria, una ligera y constante +inquietud del espíritu. En medio de la multiplicación de nuestras ideas, +de sus vuelos y revuelos, de nuestros anhelos diarios, de nuestros +quehaceres, de nuestras tristezas y alegrías, el secreto está clavado en +nuestro cerebro, ocupando una gran parte de su actividad. Esta<a name="page_085" id="page_085"></a> fijeza, +esta permanencia concluye por ser molesta. Necesitamos desembarazarnos +de este estorbo. Y ello no se logra más que con el olvido. Ahora bien: +para olvidar una cosa, el único medio eficaz es comunicarla. Así, pues, +los secretos van corriendo de boca en oído por la necesidad psicológica +de olvidarlos. La reserva, la incomunicación, hace que el secreto acabe +por convertirse en idea fija, en obsesión, en manía. Los mismos +criminales prefieren la cárcel y la horca al peso de su secreto. De ahí +que acaben siempre por declarar su barrabasada. Edgard Poe tiene un +cuento espeluznante sobre este punto. Un marido ha emparedado a su +mujer; pasan muchos años; nadie sospecha que haya cometido tal delito. +Un día el propio marido señala a la policía el muro donde se halla el +esqueleto de su cónyuge. El hombre no podía aguantar por más tiempo su +propio secreto.</p> + +<p>La variedad de los secretos es infinita. Y los que más cuesta guardar +son aquellos de carácter pintoresco, aquellos cuya revelación sabemos +que ha de regocijar a quienes los trasmitimos. La idea de divertir a los +demás implica cierto altruísmo que disculpa la divulgación. El prurito +de mostrarnos enterados nos induce otras veces a lanzar la noticia que +nos comunicaron con toda reserva. La comunicamos también +«reservadamente», y, poco a poco, de reserva en reserva, la noticia +acaba por convertirse en el secreto del Polichinela. Frecuentemente, el +deseo de dar una prueba de amistad nos impulsa a romper el sigilo que +prometimos. Como con la familia no debe haber secretos, he ahí otro +motivo justificado para la revelación. Siempre, en fin, hallamos una +causa aprobatoria de nuestra indiscreción. Pero, en realidad, el +verdadero origen radica, como hemos dicho, en que un secreto abarca una +zona excesiva de nuestra memoria y de nuestro espíritu, acabando por +sernos insoportable su peso. La comunicación, aunque sea a una sola +persona, con las «reservas» del caso, nos liberta de esa especie de +tiranía que el secreto ejerce en nuestra conciencia. Una vez soltada la +noticia, parece que nuestro espíritu y nuestra<a name="page_086" id="page_086"></a> memoria se aligerasen, +como si se levantara la piedra que obstruía el aleteo de nuestra vida +interior. Respiramos...</p> + +<p>Un secreto nunca se trasmite como se recibe. Siempre se le agrega algo. +Aquí el arte se complica con el problema moral. Porque toda persona es +un artista de sus propias narraciones. Al trasmitir un secreto, +conservando lo fundamental, le añadimos el cúmulo de nuevos detalles que +nos sugiere la fantasía. Y así, de trasmisor en trasmisor, de cuentero +en cuentero, o de chismoso en chismoso, la noticia o secreto llega a +trasfigurarse casi en absoluto. Por esto en la Historia, que es, como +dice Galdós, la destilación del rumor de los siglos, todo es discutible. +Cada historiador, con unas cuantas verdades—si acaso las halla—arma su +cuento como le parece. Yo entiendo poco de este vastísimo problema por +la insuficiencia de mis conocimientos y mi alicorta reflexión; pero mi +marido, que gusta leer a los filósofos, dice que hay uno—no recuerda +cuál—que no cree en la historia antigua, desde que ha visto escrita la +historia moderna.</p> + +<p>Por virtud de los agregados, un secreto divulgado puede volver a ser un +secreto perfecto. No hay paradoja. Me explicaré. Un secreto, un +verdadero secreto, supone un hecho cierto, un suceso ocurrido. Los +agregados que cada indiscreto le va poniendo pueden alterar +completamente el hecho, trasformarlo en absoluto. Con esta alteración +radical de la verdad, el hecho vuelve a quedar en secreto. Más claro: +los secretos vuelven a serlo por la mentira armada entre todos los +reveladores. De manera, pues, que cuanto más se divulga un secreto +mayores son las probabilidades de que sea guardado. Cuanto más se +propala más se conserva, porque al fin queda sepultado bajo la balumba +de agregados embusteros. Y así, en suma, el mayor secreto es el secreto +a voces.</p> + +<p>Hay muchas personas propensas a convertirlo todo en misterio. Al +trasmitir la más insignificante noticia exigen reserva. Proceden así por +miedo. Son seres pusilánimes que temen verse comprometidos a cada +instante.<a name="page_087" id="page_087"></a> La recomendación de guardar reserva tiene siempre por origen +la cobardía. Pero es verdaderamente curioso que los espíritus timoratos +y débiles son precisamente los menos capaces de guardar un secreto. +Parece natural que el temor a comprometerse debía hacerlos más +reservados. La psicología humana es tan complicada, que ocurre +justamente lo contrario. Un espíritu fuerte, resuelto, exento de +temores, guarda mejor un secreto que un espíritu pusilánime y medroso.</p> + +<p>Me han sugerido estas pequeñas disquisiciones sobre la psicología de los +secretos dos cartas que he recibido de mis amigas Rosalía y Petrona. +Recordarán mis lectoras la carta de Rosalía desde «Los Carpinchos», +contándome su vida y milagros. Yo la publiqué en estas columnas, porque +todo cuanto me decía mi excelente amiga constituye un ejemplo de buen +juicio, de fortaleza espiritual y de perfecta casada. Según me dice +Rosalía, le han escrito muchas amigas felicitándola por su buena +conformidad en su reclusión voluntaria en la estancia, ayudando a su +marido, con la gracia de su presencia, a reconstruir la fortuna, +perdida, o muy quebrantada, en especulaciones y lujos excesivos. Parece +que algunas amigas la llaman la divina pastora. Opina Rosalía que debí +eliminar de la publicación algunos detalles íntimos de su carta; pero yo +los dejé intencionalmente, por la pintoresca vivacidad que daban al +relato. Rosalía, en resumen, está conforme con que yo haya revelado el +secreto de su vida.</p> + +<p>En cambio, Petrona está enojadísima por haber publicado su conversación +conmigo. Yo siento mucho perder la amistad de esta muy querida amiga. La +política no da más que disgustos... cuando se cultiva +desinteresadamente. Petrona dice que he abusado de su confianza al decir +que su marido, Eleuterio, aspira a la cartera de Agricultura en el +próximo gobierno. Me parece que Petrona está un poco ofuscada. Yo creo +que lo primero, para que un hombre llegue a ser ministro, es que se sepa +que quiere serlo. Y, sobre todo, que conozca<a name="page_088" id="page_088"></a> este deseo quien ha de +nombrarlo. En tal sentido me parece que he hecho un favor a don +Eleuterio en vez de causarle un perjuicio. Su deseo era un secreto; ya +no lo es para nadie. Todo el mundo, según mi ex amiga Petrona, desea que +su marido sea ministro. Pero todo el mundo no sabía si don Eleuterio +estaba dispuesto a dar gusto a todo el mundo. Yo he aclarado este punto, +llevando a conocimiento del país lo que necesitaba saber con toda +urgencia, esto es: que don Eleuterio está dispuesto a consagrar sus +luces, que son focos extraordinarios, a la agricultura y a la ganadería, +puntales de la economía pública. Por otra parte mi patriotismo me +obligaba a revelar el secreto de don Eleuterio, pues hubiera podido +ocurrir que por desconocer su deseo quien ha de nombrarlo, que es hombre +también de mucho secreto, perdiera el país la colaboración de un +estadista que puede ser la lumbrera del futuro gobierno. Ya ve Petrona +que en vez de una charlatana, como ella me llama en su colérica carta, +he sido prudente y he obrado con suma discreción, velando por los +intereses, siempre sagrados, de la patria. Lo inconveniente, por lo +tanto, hubiera sido guardar el secreto, ocultando que los deseos de todo +el mundo y de don Eleuterio son felizmente coincidentes.</p> + +<p>Además, en política no hay secretos; todo acaba por saberse, aunque +confusamente; y es casi seguro, aunque yo no lo hubiera dicho, que todo +el mundo habría concluído por saber, o por sospechar, al menos, que don +Eleuterio está dispuesto a ser ministro. Yo no he hecho más que ahorrar +trámites, ganar tiempo, difundiendo la grata noticia de que el marido de +Petrona aceptará la cartera de Agricultura. La misión esencial del +periodismo es secundar la obra del gobierno, contribuyendo a su sólida +organización. Y nada más sólido que don Eleuterio.</p> + +<p>El resto de mis revelaciones carecía de importancia. Me limitaba a decir +que, según Petrona, nadie sabe nada; todo es un secreto. Los secretos +perfectos estriban precisamente en que nadie sepa nada, porque en<a name="page_089" id="page_089"></a> +cuanto alguien sabe algo, pronto lo sabe todo el mundo, hasta que, +alterado el hecho de revelación en revelación, todo el mundo vuelve a no +saber nada.</p> + +<p>Estoy afligida. La política me ha hecho perder una excelente amiga. +Maldigo de la política, y juro que nunca he de volver a meterme en ella.</p> + +<h3><a name="LA_DESVENTURA_DE_LUISA" id="LA_DESVENTURA_DE_LUISA"></a>LA DESVENTURA DE LUISA</h3> + +<p>Mi amiga Luisa está desconsolada. Ayer estuvo en mi casa, y, al contarme +sus cuitas, rompió en llanto. Su gran desconsuelo no está en relación +con la causa que lo produce. Mi amiga tiene fáciles lágrimas, y no menos +fácil tiene la risa. Con esto queda dicho que es muy sensible a todas +las emociones. Se casó hace un año con Daniel; una boda por amor, muy a +gusto, además, de ambas familias, que pertenecen al cogollito de nuestra +«haut». El noviazgo fué un idilio ante el cual palidecen los deliquios +de Romeo y Julieta. En los salones, fiestas y saraos no se separaban un +instante. Un escritor francés, un poco irónico siempre que habla de +amor, dice que la causa de que los enamorados no se fastidien de estar +juntos consiste en que siempre están hablando de sí mismos. Luisa y +Daniel, en el trascurso de su noviazgo, no lograron agotar el tema. Su +adhesión espiritual superaba cuanto ha imaginado el más excelso poeta +lírico. Pero todo ha terminado, si nos guiamos por las copiosas lágrimas +de Luisa.</p> + +<p>—¡Ay, Marianela, qué desgraciada soy!</p> + +<p>—¿Tanto, tanto?</p> + +<p>—¡Mucho, mucho!</p> + +<p>—Pues ¿qué te pasa?</p> + +<p>—Que Daniel me abandona.</p> + +<p>—¡Cómo! ¿Qué dices?</p> + +<p>—Sí, me abandona. Ya no soy para él lo que antes era. ¡Así son los +hombres!...</p> + +<p>—Oye, Luisita; las mujeres hablamos mal de los hombres en general, y +los amamos en particular. Este es<a name="page_090" id="page_090"></a> nuestro error principal; error al +cual se debe nada menos que la vida del universo.</p> + +<p>—Bueno, bueno: no me vengas con historias, ni con filosofías. Lo que te +digo es que yo soy muy desgraciada.</p> + +<p>—¿Por qué?</p> + +<p>—Porque me abandona... ¿no te lo he dicho? ¿no lo has oído? Me +abandona, me deja sola. Vuelve a casa a las cinco y a las seis de la +mañana; de día casi todos los días. Y las noches que se queda en +casa—muy pocas—yo sé por qué se queda. ¡Ah, le conozco! Pero casi +siempre se marcha.</p> + +<p>—¿Y a dónde va?</p> + +<p>—Dice que al Jockey; pero ¡quién sabe a dónde irá! Y esto es lo que me +mortifica y me desespera.</p> + +<p>—¿Pero tú no tienes medios de saber si realmente va o no va al Jockey? +¿Para cuándo está el teléfono? El teléfono es el mejor fiscal de los +maridos distraídos en devaneos.</p> + +<p>—Sí, ya pregunto; y, realmente, siempre está allí. En cuanto llamo, +viene él mismo al aparato. Me dice unas cuantas tonterías—porque, eso +sí, es de lo más galante—pero, hijita, se queda allí.</p> + +<p>—Entonces, tus celos...</p> + +<p>—Tengo celos del Jockey. Porque si el Jockey está antes que yo, ¡que se +hubiera casado con el Jockey! ¿No te parece?</p> + +<p>—No, no me parece. Es más: yo creo que si no fuera al Jockey, tú no le +querrías tanto. Un marido un poquitín calavera—un poquito nada más +¿eh?—es más seductor, tiene más sal. La absoluta santidad masculina no +suele hacernos absolutamente felices a las mujeres. Los +santos—suponiendo que los haya—no están bien más que en el cielo. +Aquí, en la tierra, los calaveras—claro, con medida—son más amados que +los ángeles. Un ángel terrestre está un poco fuera de su sitio.</p> + +<p>Luisita, inundados sus ojos de lágrimas, se ríe al mismo tiempo, y +traduce así mis argumentos:<a name="page_091" id="page_091"></a></p> + +<p>—Bueno; yo no querría que mi marido fuera un zonzo...</p> + +<p>—No he dicho zonzo; he dicho ángel.</p> + +<p>—Sí, sí, ya te comprendo, y tú también a mí. Las noches que se queda en +casa, vieras, hijita, ¡qué alegría! Pero ¡se queda tan pocas!...</p> + +<p>—Si se quedara muchas, la alegría sería menor. Si estuviera siempre a +tu lado, quizá te entrara el tedio, que es el mayor enemigo del amor y +la verdadera desgracia de las personas felices. Reflexiona sobre tu +desazón y verás que no hay motivo para que sea tan grande.</p> + +<p>—La verdad es que él es galante, cariñoso, espléndido. Mira qué collar +me regaló el día de mi santo.</p> + +<p>Luisita me muestra la sarta de perlas que lleva al cuello. «Pero Daniel +no es bueno—agrega—porque me abandona».</p> + +<p>—¡Magnífico collar!—exclamo.—La mayor parte de los hombres son más +capaces de grandes acciones que de acciones buenas. Este regalo es una +gran acción. Conténtate. Luisita, con tener un marido que, si no hace +buenas acciones yéndose al Jockey todas las noches, hace grandes +acciones regalándote collares como éste. Es posible que ambas acciones +sean malas; pero esto pertenece al dominio de los economistas, donde no +quiero meterme.</p> + +<p>—Yo no quiero collares, yo no quiero perlas, yo no quiero más regalos +que él mismo, su presencia, su compañía, que es para mí el mayor regalo. +Pero se va ¡se va todas las noches y me deja sola! ¡Y es que ya no le +intereso!</p> + +<p>—No, Luisita, no. ¡Cómo no has de interesarle!</p> + +<p>—O le interesa más el Jockey.</p> + +<p>—Tampoco. El hombre comparte ambas seducciones: tu compañía y el trato +de los amigos. Quizá distribuye mal el tiempo. Y el que lo distribuya +mejor tiene que ser obra tuya.</p> + +<p>—¿Y cómo?</p> + +<p>—Disputándoselo al Jockey, procurando sustraerle<a name="page_092" id="page_092"></a> de ese centro hípico. +¿Te enojas mucho cuando llega tarde?</p> + +<p>—¿Y cómo no he de enojarme?</p> + +<p>—Mal hecho. Es cuando debes ser más amable, más cariñosa. La primera y +más importante cualidad de una mujer es la dulzura, una dulzura +constante, inalterable, eterna. Oye, Luisita: nada hay más duro que una +piedra; nada hay más blando que una gota de agua; pues bien: la gota de +agua acaba por ablandar a la piedra. No seas roca, aunque tengas razón +para ello, sino gota de agua, y acabarás por vencer. Nada de ira, nada +de altercados y peleas. No es de hierro la mejor cadena, sino aquella +que forman los blandos eslabones de nuestros brazos. La brusquedad no +retiene: ahuyenta. Cuanto más tarde llegue Daniel, más tierna y más +solícita debes ser con él. No hay mejor apoyo para la mujer que la +propia blandura de su corazón. Esto, que parece nuestra debilidad, es +nuestra fuerza. Un día Daniel reconocerá que obra mal: le remorderá la +conciencia, y el grato recuerdo de tu bondad le arrancará del Jockey +Club. Cultiva además tu espíritu y tu ingenio con buenas lecturas, de +modo que tu conversación sea más vivaz y entretenida que la de sus +amigos del Jockey, cosa que no te será muy difícil con poco empeño que +en ello pongas. «El arte de la vida es hacer de la vida una obra de +arte». Este concepto es de uno de mis poetas predilectos, a quien debo, +en buena parte, la formación de mi pobre espíritu. Por lo demás, +Luisita, el matrimonio es una serie de concesiones. En él, cada uno +quiere, por medio del otro, alcanzar un fin personal; pero siendo el +amor y el matrimonio la más espiritual combinación de egoísmos, la +excesiva esclavitud o sometimiento de uno de los dos, refluye sobre el +otro, en virtud de la fusión de las almas; de manera que tanto siente la +esclavitud la esclava como la esclavizadora. Del conocimiento intuitivo +de esta condición del amor, nace la tolerancia, el mutuo ceder, hasta +que los egoísmos se convierten en recíproca generosidad. Cuando se +quiere mucho se transige mucho.<a name="page_093" id="page_093"></a></p> + +<p>—¡Ay, hijita, le quiero!... ¡tú no sabes cómo le quiero! Y con todo +transijo, menos con que se quede toda la noche en el Jockey. Con eso no +transijo, ¡no transijo y no transijo!</p> + +<p>—Está bien, Luisita. No debes transigir. Pero la transigencia, como la +intransigencia, tiene sus métodos. Se puede ser intransigente con +bondad, con dulzura, con suavidad. No te pongas nunca furiosa; no seas +agria, díscola, violenta. La cólera es el peor de los métodos.</p> + +<p>—Cuando llega estoy lo más enfadada. Pero sólo con verle se me pasa el +enojo. Su presencia es para mí lo que para los pájaros la aurora. Luego, +ya sabes cómo es de gracioso y ocurrente. Hijita, empieza a hablar y a +embromarme y... bueno, al ratito no más, ya me estoy riendo como una +loca. No tengo carácter y, claro, hace lo que quiere.</p> + +<p>—Tienes que disputárselo al Jockey.</p> + +<p>—Sí, sí; pero, ¿cómo? ¿cómo? El otro día, no sabiendo ya qué hacer, me +fuí al Socorro, a pedirle a la Virgen que me ayude a sacarle del club.</p> + +<p>—¿Y se lo dijiste luego a él?</p> + +<p>—Sí. ¿Y sabes lo que me contestó? Que otro día le pida a la vez que +gane el premio internacional Torbellino, un caballo que ha comprado y +con el cual sueña a todas horas. ¡Ay, Marianela, yo no sé qué va a ser +de mí! ¡Ese Jockey!... ¡Ojalá se hunda! ¡Ojalá se quiebren las patas +todos los caballos de carreras!...</p> + +<p>Con estas maldiciones hípicas y un abrazo se despide mi amiga Luisita, +que tiene fáciles las lágrimas y no menos fácil tiene la risa.</p> + +<h3><a name="DESAVENENCIA_TRASCENDENTAL" id="DESAVENENCIA_TRASCENDENTAL"></a>DESAVENENCIA TRASCENDENTAL</h3> + +<p>Alguna vez os he hablado de mi excelente marido y de mi felicidad +inalterable desde el día en que el amor nos unió con la bendición del +altar y la sanción de la ley. Por cierto que he recibido algunas cartas +en que, si no censura, había cierta extrañeza por hablar<a name="page_094" id="page_094"></a> yo de mi +marido en estas crónicas superficiales, deleznables y pasajeras. ¿Por +qué la extrañeza? Falta de costumbre en las lectoras, sin duda. Yo creo +que lo que mejor se observa y sobre lo que mejor se discurre no es sobre +lo extraño y lejano, sino sobre lo que está más cerca, sobre cuanto nos +rodea y nos es propio. Como mejor se ven las cosas no es con telescopio +ni con microscopio, sino con los ojos de la cara, directamente. Todo +cristal para prolongar la vista deforma los objetos. Así, pues, estoy +convencida de hablar de mi corazón con más acierto que sobre el corazón +de los demás, y tengo también la evidencia de que comprendo y expongo +mejor lo que pasa en mi recogido hogar que aquello que está sucediendo +en los dilatados ámbitos del universo. Creo además que, partiendo de lo +particular e inmediato, se ve mejor lo general, mientras que, +procediendo a la inversa, quizá no logremos ver ni lo uno ni lo otro, ni +lo general ni lo particular. Y en último caso procedo así porque mi +alicorta inteligencia carece de vuelo para generalizar. Mis pequeñas +facultades de observación no pasan del reducido mundo que me rodea, de +mi casa, de mis amigas y del centro social en que—por dicha mía—me ha +tocado nacer y vivir. Pero abandonemos este tema. Creo que lo dicho +basta como respuesta al punto a que se refieren mis discretas y amables +comunicantes. Y vamos a nuestro asunto.</p> + +<p>Jorge, mi marido—lo diré una vez más,—es un hombre adorable. Toda +palabra humana es pálida para revelar la intensidad de mi cariño. Ante +su presencia mi corazón es un altar encendido para adorar su bondad, su +nobleza y su inteligencia. Sin embargo, la otra noche, en la mesa, hemos +disputado por primera vez, amablemente, eso sí, pues no podía esperarse +otra cosa de la cultura de Jorge y del respeto que, aun estando en +desacuerdo, me inspira siempre la palabra cortés y discreta de mi +marido.</p> + +<p>La causa de la discusión fué nuestro hijo, Jorgito, un niño de cuatro +años, que es el doble eslabón de nuestra eslabonada vida, un eslabón de +rulos rubios<a name="page_095" id="page_095"></a> que nos da la sensación de unir apretadamente nuestros +corazones aquí, en la tierra, mientras dure nuestro aliento mortal, y +allá, en el cielo, cuando nuestras almas se desprendan de la materia +transitoria.</p> + +<p>Estábamos en los postres. El niño jugaba con una manzana, haciéndola +rodar, una vez en dirección hacia su padre, otra vez hacia mí. La +diversión del chico consistía en engañarnos, amagando hacia mí y +dirigiéndola hacia Jorge, o viceversa. Nosotros nos dejábamos engañar, +resonando en nuestras almas las risas alborozadas de Jorgito. Mi niño se +ríe como deben reirse los ángeles cuando salen en el cielo las auroras. +De pronto dijo mi marido:</p> + +<p>—Se va a parecer a mí, en carácter y en todo.</p> + +<p>—No lo creo—respondí.</p> + +<p>—¿No lo crees, o no lo quieres?</p> + +<p>—Ni lo creo ni lo quiero.</p> + +<p>—Entonces quieres decir que no soy yo un modelo digno de seguirse.</p> + +<p>—No quiero decir eso. Yo creo que tú eres un modelo; para mí, al menos, +lo eres; quizá para otra no lo fueras, a pesar de tu bondad ingénita y +de todas las condiciones morales con que prendaste mi corazón. Pero los +gustos no son iguales y hasta se dan muchos casos de aberración en el +gusto, gustando lo peor. Hay hombres de cualidades detestables que son +muy amados por mujeres inteligentes. La psicología humana, la femenil +sobre todo, es un arcano de complicaciones. Hay mujeres que aman más +profundamente cuanto más irregular es la conducta del marido. El +martirio es para ellas un estimulante espiritual. La perfección les +produce tedio. Sólo hallan la felicidad por contraste con los disgustos. +Un marido un poco calavera, algo donjuanesco, un poco embrollón en sus +justificaciones, tiene para ellas una seducción misteriosa. Son +imaginaciones perturbadas, una manera de ser que no se vence con la +educación ni con ninguna pedagogía. Ya ves que para una de éstas tú no +serías un modelo, aunque para mí lo eres, que es lo principal.</p> + +<p>—No comprendo cómo, teniéndome tú por un modelo<a name="page_096" id="page_096"></a> de hombre, no deseas +que nuestro hijo se me parezca.</p> + +<p>En este momento Jorgito rompió a llorar, porque no hacíamos caso del +rodar de su manzana. Ambos le cubrimos de besos. Luego quiso sentarse en +mis rodillas, como de costumbre, después de cenar. Levantó sus ojitos +hasta los míos, en una tiernísima mirada de despedida, precursora del +sueño, y recostando su cabeza sobre mi pecho, se quedó dormido. Su +pequeño corazón latía sobre el mío, fundidos ambos en ritmo de amor +inefable.</p> + +<p>—Es ilusión de todos los padres querer que sus hijos se parezcan a +ellos. Este deseo lo sienten igualmente los esposos modelos, los padres +ejemplares, como tú, que aquellos otros que carecen de estas virtudes. +Pero esta ilusión sale siempre frustrada, tanto para aquellos que +pudieran erigirse en ejemplo, como para los que están muy lejos de ser +modelos dignos de imitación. La paternidad, como la maternidad, anhela, +no sólo la reproducción de su imagen física, sino también de la +espiritual. Ello es una quimera. La Naturaleza no se repite; nada hace +igual; la más absoluta variedad es su principio creador. Yo, en mi +ignorancia, no sé dar una explicación científica; posiblemente no habrá +ninguna ciencia que lo explique. Pero sin auxilio alguno de los libros +sabios, a simple vista no más, podemos ver esta milagrosa variedad de +los seres. Y bastan unos simples rasgos para producirla. El rostro +humano se compone de tres elementos: unos ojos, una nariz y una boca. Y +cada ser que integra la humanidad es distinto. No cabe con menos +recursos una diferenciación mayor. Ni con los siete colores del prisma, +ni con las siete notas del pentágrama, en sus combinaciones innúmeras, +se puede producir en los colores y en los sonidos una variedad tan +asombrosa como la existente en las fisonomías humanas. En la misma +manera de andar, en el aire, nos diferenciamos. Las aves de una misma +especie se diferencian igualmente; cada tero, cada chimango, tiene +personalidad en su vuelo; cortan el aire y cruzan el espacio de una +manera propia,<a name="page_097" id="page_097"></a> haciendo giros y piruetas que caracterizan la +particularísima idiosincrasia de sus alas y la gracia individual del +espíritu que en el ámbito azul las mueve.</p> + +<p>Jorge se ríe de este pequeño, empírico y trivial curso de historia +natural.</p> + +<p>—Pero hablábamos—me dice—del orden moral.</p> + +<p>—Ocurre otro tanto. El espíritu y la razón tienen tantos grados y +diferencias como criaturas existen en el mundo. Tampoco hay caracteres +iguales, como no hay un timbre de voz igual a otro, ni una mirada igual +a otra mirada. Nuestras almas son tan distintas como nuestros rostros.</p> + +<p>—Yo no he hablado de una identidad absoluta entre Jorgito y yo, sino de +un parecido moral. ¿Por qué no quieres que se me parezca?</p> + +<p>—Porque quiero que sea original, único. Yo deseo que sea bueno, tan +bueno como tú, pero con una bondad propia, con la suya. Porque así como +hay muchas maneras de ser malo, hay también muchas de ser bueno. En +todos los libritos de mística, en todos los devocionarios, leerás estas +sencillas palabras: «las vías del Señor son innúmeras», queriendo +expresar con ello que los caminos para llegar al cielo son infinitos; +que hay, en fin, muchas formas de ser buenos y de practicar el bien. Y +yo quiero que Jorgito tenga su camino propio, hecho por la huella de su +alma, como deseo que tenga en el mundo un puesto digno, conquistado por +su propio esfuerzo, aunque, claro está, nosotros hemos de ayudarle; pero +quiero decir que mi deseo es que en su lucha por la vida tenga armas +propias, suyas, originales, obtenidas por medio de una interpretación +personal del mundo. Y si Dios, en su infinita bondad, se dignara +concedernos la suprema merced de besarle en la frente e iluminar su +inteligencia con los destellos del genio, desearía igualmente que fuera +la suya una genialidad única, personal, sin parecido alguno con las +demás lumbreras que han florecido en la tierra. Quiero, pues, que sea un +modelo, pero no imitado ni imitable. Deseo para él el don de la máxima +personalidad.<a name="page_098" id="page_098"></a></p> + +<p>—¿Tú no sabes que los seres muy originales no suelen ser los más +felices?</p> + +<p>—Yo creo que lo más desdichado es no tener personalidad.</p> + +<p>—Ya que no quieres que se parezca a mí, supongo que, en algo, desearás +que se parezca a tí.</p> + +<p>—En una sola cosa. Deseo que cuando se case tenga por su compañera la +intensidad de amor que yo siento por tí. Es algo difícil...</p> + +<p>—No, no; en esto no transijo. Quiero que su amor sea como el mío por +tí.</p> + +<p>—Bueno: arreglemos este punto; que acumule en el suyo el de los dos. +¡Vaya una suerte que espera a la futura!...</p> + +<p>Jorgito seguía dormido con placidez encantadora. Le llevamos a acostar. +Su padre arregló el almohadón de la cuna. La cabecita de rulos rubios +parecía una rosa dorada. Nos quedamos mirándole, mudos y conmovidos.</p> + +<p>—Después de todo lo que hemos hablado—dijo Jorge—quién sabe la suerte +que le espera en el mundo.</p> + +<p>—¡Ay, sí, quién sabe, quién sabe! ¡Que Dios te proteja, alma de mi +alma!...</p> + +<h3><a name="LAS_REINAS_EN_LA_GUERRA" id="LAS_REINAS_EN_LA_GUERRA"></a>LAS REINAS EN LA GUERRA</h3> + +<p>En medio de la tragedia de los pueblos, los reyes continúan en perfecta +salud. «Y esto es lo principal», como decían los cortesanos de Versalles +en tiempos de Luis XIV.</p> + +<p>La salud del rey, en momentos de hondas perturbaciones y cataclismos +sociales, es de una importancia fundamental. En las guerras, como en el +ajedrez—que es el remedo más perfecto de las batallas,—el desastre +definitivo está en el jaque-mate al rey. Mientras no se pierden más que +alfiles, peones, caballos, torres, o la dama, la partida, con todos sus +accidentes, tropiezos, errores tácticos y estratégicos, no está<a name="page_099" id="page_099"></a> aún +perdida. Pero, cuando se pierde el rey, cuando sufre jaque-mate, todo se +acabó de una manera irremediable y definitiva.</p> + +<p>Después del mate al rey, sigue en importancia desastrosa el jaque a la +reina. En la defensa del rey y la reina se cifra, por lo tanto, toda la +estrategia del ajedrez. Pero aunque la similitud entre el ajedrez y las +batallas humanas, político-militares, es muy grande, existe, sin +embargo, la radical diferencia que hay entre la vida y el puro mecanismo +de unos muñecos de madera. Aclaremos un poco el punto. En el ajedrez, el +rey y la reina se mueven con el mismo propósito: dar jaque-mate al otro +reinado; es la lucha del matrimonio de monarcas blancos contra el +matrimonio de monarcas negros. La lucha es clara, simple, aparte la +complejidad de los accidentes de la batalla ajedrecista. No ocurre así +en la vida. En una conflagración de muchos tronos y de muchos pueblos, +puede ocurrir—ocurre con frecuencia—que los deseos y simpatías del rey +y de la reina no sean coincidentes por razones de parentesco, de raza, +de educación, hasta de capricho, pues no hay que olvidar que los +monarcas tienen las mismas pasiones que los demás mortales, pequeño +detalle que nos hace dudar de su origen divino. A veces sus pasiones son +inferiores a las más comunes y vulgares. Por eso ha dicho un clásico +escritor francés, gran ironista, que es más fácil estar por encima de +los reyes que a su altura. Ahora bien: el rey y la reina tienen su +círculo palatino: políticos, militares, gentilhombres, azafatas, +cortesanos, etc., los cuales se dividen entre los anhelos de la reina y +los anhelos del rey. He aquí embarullada, confundida, anarquizada la +partida de ajedrez; pues si unos alfiles, caballos, torres y peones +tiran para un lado y otros para otro, la batalla ordenada se torna en +encrespado bochinche civil. Ya la Santa Biblia, con su gran sabiduría, +alude en el Eclesiastés a estas desavenencias reales: «Los pecados y +errores de los príncipes destruyen y trastornan los Estados y los hacen +pasar a manos extranjeras». (Perdonadme que mezcle el ajedrez, los reyes +y la Biblia.<a name="page_100" id="page_100"></a> Las personas de poca erudición, como yo, hacemos siempre +un pequeño baturrillo con lo poco que sabemos.)</p> + +<p>Todas las monarquías son de origen cosmopolita. Ningún rey, ninguna +reina, tienen la sangre pura del pueblo en que reinan. Como se casan +solamente entre sí, porque la ley prohibe el matrimonio morganático, +resulta que los verdaderos extranjeros en todo pueblo son el rey y la +reina. Así, pues, en vez de sangre azul, puramente azul, la tienen de +todos los colores. La pureza sanguínea está mejor fijada en los caballos +de carreras.</p> + +<p>El diverso origen del rey y de la reina hace que sus tendencias, deseos, +ideas, gustos, sentimientos, humor y emociones sean distintos. Los +príncipes reinantes de cada país derivan de los diversos tronos +conflagrados. Y así, al tratarse de entrar o no entrar en la guerra, la +reina puede preferir un grupo de beligerantes y el rey otro. En las +cuatro monarquías balkánicas, en ese trágico tute de reyes, ha debido +ocurrir algo de esto. La historia lo aclarará, si es que la historia +aclara algo.</p> + +<p>Desde luego, el rey manda: pero el rey, al mismo tiempo que rey, es +marido, sujeto, por lo tanto, a las mismas influencias, peripecias y +contingencias, buenas y malas, de todo marido. En los palacios reales +pasan las mismas cosas que en otra casa cualquiera, y a veces peores. +Napoleón, por ejemplo, el único emperador por derecho propio, que pasó +los Alpes, los Pirineos, la Selva Negra, las montañas austríacas y +rusas, no hubiera podido pasar un túnel. Si entonces hubiesen existido +túneles. El aditamento que sus dos mujeres, Josefina y María Luisa, le +pusieron en su cabeza, genial y estratégica, se lo hubiera impedido.</p> + +<p>Con estas premisas llegamos al nudo de la cuestión. ¿En qué grado una +reina puede cambiar la historia de un pueblo, influyendo sobre el ánimo +del monarca? Ello depende de muchas causas. El alcance de esta +influencia se relaciona, en primer término, con el amor. Si el rey está +muy enamorado, la reina hará lo que<a name="page_101" id="page_101"></a> quiera. Y reinando sobre el rey, la +reina reinará sobre el reino. Porque el hombre, que se cree el rey de +creación, no suele ser, cuando está enamorado, más que el esclavo de la +mujer. En la historia universal, desde Troya hasta ahora, el amor ha +jugado un papel importantísimo, usurpando con frecuencia su lugar a la +majestad de la lógica para llevar por el mundo el soplo de la locura. +Los investigadores e intérpretes de la historia antigua y moderna debían +atenerse siempre al popular aforismo francés: «Cherchez la femme».</p> + +<p>La influencia de la reina puede estar basada también en que el rey sea +tonto, cosa muy posible, pues la tontería es muy democrática y se mete +en cualquier cabeza, sin respetar jerarquías. Puede suceder asimismo que +el monarca sea un ignorante, porque si se reina por derecho divino, no +se estudia ni se aprende sino por esfuerzo propio, quemándose las +pestañas como cualquier simple mortal. «Un rey ignorante es un asno con +corona», según siglos hace dijo uno de ellos, Alfonso V. El estudio es +un trabajo plebeyo, y no está bien que los reyes desciendan a +ocupaciones propias de los vasallos. Alfonso V merecía, por su +sentencia, ser destronado.</p> + +<p>Pues bien: ya por estar muy enamorado, ya por ser tonto o ignorante, la +prerrogativa real cae, de hecho, en manos de la reina. Ella impone sus +deseos al rey y, por consecuencia, al pueblo, este colosal organismo +infantil a quien siglos de experiencia tornan cada día más niño. Inútil +me parece señalar ejemplos. Bastará decir que no pocos de los grandes +sucesos que conmovieron al mundo nacieron en las cámaras reales.</p> + +<p>Y he aquí cómo las reinas hacen la historia, o, por lo menos, «las +historias». Sometido el rey al influjo de la voluntad de la reina, puede +ésta llevar al pueblo a un campo guerrero contrario a las conveniencias +nacionales, cambiando así el curso de su historia y haciéndole infeliz +en vez de venturoso, aunque la ventura colectiva quizá no sea más que un +puro sueño abstracto. No quiere esto decir que las reinas yerren<a name="page_102" id="page_102"></a> con +más frecuencia que los reyes, los cuales, aunque de origen divino, pocas +veces tienen la divina gracia del acierto humano. Sólo quiero establecer +que el juego de las influencias dentro de los matrimonios, reales o +plebeyos, es siempre el mismo, aunque sus consecuencias, claro está, son +muy distintas en trascendencia histórica. Estos inconvenientes de los +reinados no tienen, según mi pobre juicio político (ya sabéis que yo no +entiendo de estas cosas), más que un remedio: suprimirlos. En tal +sentido nuestra América, tan atrasada, según los europeos, ha resuelto +el problema en toda su extensión continental. Según Eleuterio, el marido +de mi ex amiga Petrona, que es, como sabéis, hombre muy grave y +reflexivo, los pueblos europeos acabarán por adoptar las instituciones +republicanas de los americanos, con las cuales es posible que se maten +con más frecuencia, pero será por propia iniciativa y gusto propio, y no +por mandato del rey o por antojo de la reina.</p> + +<p>En los magnos sucesos históricos, la reina se diferencia del rey por su +menor sensibilidad ante lo que podemos llamar sentimiento responsable. A +la reina, como mujer, apenas le preocupa la posteridad. El rey, en +cambio, suele ser muy sensible al juicio de los siglos futuros. A la +reina lo que más le importa es el triunfo inmediato de sus ideas y +deseos, sobre todo, de sus deseos. El hombre es un fatuo del porvenir: +la mujer rara vez pasa de vanidosa presente. Y quizá la mujer se halle +en esto mejor orientada. La posteridad se compone de las gentes que aún +no han nacido. Y conociendo a las que ahora existen, no es de suponer +que sean mejores ni más sensatas las que aparezcan sobre la tierra en +las futuras edades. La reina, más instintiva siempre que el rey, tiene +un juicio más exacto de la posteridad.</p> + +<p>Resultará un poco extraño a mis habituales lectoras que yo trate esta +materia de psicología palatina. Debo sobre este punto una explicación +reveladora del origen de mis conocimientos. En realidad, yo no he pisado +en mi vida un palacio real ni he conocido nunca<a name="page_103" id="page_103"></a> a ningún monarca ni a +ninguna reina. No he estado en Europa. Desciendo de un vasco remoto que +en el primer tercio del siglo pasado empezó a apoderarse de la tierra +por centenares de leguas. Por diversos entronques familiares, he venido +a pertenecer, al cabo de un siglo, al patriciado de mi país y a su alta +sociedad. El nombre y la opulencia—más aun la opulencia—determinaron +que fuese elegida de la comisión de damas para recibir y obsequiar, +cuando el Centenario, a una altísima dama, nacida en alcázar. Me hice +muy amiga de ella, honrándome mucho con su intimidad. Y en nuestras +conversaciones, a fin de satisfacer mi curiosidad, tuvo la complacencia +de hablarme frecuentemente de las cortes europeas que ella conoce tanto, +de sus costumbres y hasta de sus secretos. Así, pues, este pequeño +ensayo sobre reyes y reinas está hecho con el auxilio de las +reminiscencias de aquellas parlas interesantísimas...</p> + +<h3><a name="FRIVOLIDAD_Y_TILINGUISMO" id="FRIVOLIDAD_Y_TILINGUISMO"></a>FRIVOLIDAD Y TILINGUISMO</h3> + +<p>El jueves último dí en mi casa una fiesta sin pretensiones de sarao, una +pequeña reunión en obsequio de mis sobrinas, Carmen y Lucía, hijas de mi +hermana mayor. Invité a las amigas de las muchachas y a varios jóvenes, +pertenecientes, unas y otros, a nuestro gran mundo.</p> + +<p>La fiesta tenía por objeto principal presentar a mis sobrinas en +sociedad. Debo deciros sobre ellas algunas palabras. Carmen y Lucía son +mellizas, muy lindas ambas y bastante vivaces, sobre todo Lucía, mi +ahijada. Apenas cuentan 16 años. A Estefanía, mi hermana, le urgía mucho +esta presentación. Yo la decía con frecuencia que me parecía pronto para +lanzar a las niñas al torbellino del mundo. Hícela sobre este punto +algunas reflexiones, censurando la costumbre, ya tan difundida en Buenos +Aires, de presentar a las niñas en sociedad cuando apenas han salido de +la infancia. Ello me parece un grave error. A esa edad ni el espíritu<a name="page_104" id="page_104"></a> +ni la mente tienen, no ya madurez, ni siquiera aquel grado de equilibrio +elemental que se necesita para frecuentar los salones y actuar en la +sociedad. Claro está que la experiencia del mundo sólo se adquiere +andando en el mundo. Pero bueno es llegar a él con todas las cautelas +que sugiere la razón formada; porque el mundo, al decir de un santo que +tengo en gran devoción, «es un pomposo bajel sobre procelosos mares». Al +día siguiente de ponerlas de largo ya se quiere lucirlas en sociedad. +Pero, para entrar en los «procelosos mares» a que alude el santo, no +basta llevar los vestidos de largo; se requiere que sea no menos largo +el entendimiento. Para la salud misma no es conveniente experimentar las +impresiones del mundo cuando apenas se ha iniciado la pubertad. Su +cerebro pueril y la infantilidad de su espíritu hacen que se hallen +cohibidas, llenas de cortedad, incapaces de sostener una conversación, +ni siquiera de comprenderla cuando los conceptos son un poco sutiles. De +ahí que las pobrecitas, a todo cuanto se les dice, respondan +maquinalmente con esta insustancial muletilla: «¿Ha visto?» ¡qué cosa! +¿no? ¡Qué cosa! ¿no? ¿ha visto?...»</p> + +<p>Como viera que todas estas razones contrariaban a mi hermana en su prisa +por lucir a sus hijas, accedí al punto a sus deseos. No quería yo que +ella interpretara mis observaciones como disculpa para eludir las +molestias y aún las críticas a que da ocasión toda fiesta. Mi hermana +deseaba que la presentación tuviera lugar en mi casa, por haber en ella +amplios salones y ser el hogar tradicional de la familia, donde tuvieron +lugar memorables fiestas en los antiguos tiempos de la castiza sociedad +porteña. Nosotras, nuestra madre, nuestra abuela, tres generaciones +femeninas, en una palabra, fueron presentadas al mundo en estos vetustos +salones. Aunque la casa es mía exclusivamente, por haberla preferido en +el reparto de la herencia a otros bienes de mayor valor, siempre creo +que pertenece a toda la familia para estos fines de lucimiento común, +para mantener el apellido y honrar a nuestra estirpe. Así, pues, estaba +descontado que la<a name="page_105" id="page_105"></a> presentación de Carmen y Lucía tuviera lugar en mi +casa. Mis reparos se referían solamente a su corta edad. Jorge, mi +marido, concluyó por acallar mis escrúpulos. «Tu hermana lo quiere; +¡déjala! Hazla el gusto. ¡Qué te vas a meter tú a reformar las +costumbres!» Mi marido dice que el mundo está dirigido por la insensatez +y que es inútil oponerse a este hecho evidente. Como Jorge discurre muy +bien y sabe mucha filosofía, justifica su aserto con razones que por ser +muy atinadas y, sobre todo, por ser suyas, a mí me parecen definitivas. +Yo creo a mi marido con amor, que es la forma de credulidad más +profunda.</p> + +<p>A las once comenzaron a llegar las amigas de mis sobrinas, un grupo de +muchachas presentadas en sociedad este mismo año o el anterior. Muy +lindas, muy elegantes todas ellas. Notábase que su principal +preocupación era su propio atavío. Poco después llegaron los jóvenes: +Pedrito, Carlos, Raúl, Enrique, Evaristo, otros varios. Estos donceles +merecen párrafo aparte.</p> + +<p>Llegaban como recién salidos de la sastrería, planchados, engomados, +prensados, rígidos, ¡encorsetados! La raya del pantalón, perfecta, como +hecha con tiralíneas. Me han dicho que usan ahora una jareta en el +talle, con cuyos cordones se obtiene esta rigidez del pantalón, como si +estuvieran puestos sobre un maniquí de madera. Usan el «saco» entallado, +con vuelo de miriñaque, como nuestras abuelas. Gastan calcetines de +colores muy vivos; azul-añil, verde-esmeralda, rojo de aurora, prendas, +en fin, propias de las bailarinas de la Opera. Llevan el pantalón +remangado, y cuando están en coro con las muchachas, los colores se +confunden, no distinguiéndose los sexos. Entre todos forman un arco +iris. Pero lo interesante es lo externo de la cabeza de estos mozos, su +peinado. Parece que es obra lenta y minuciosa el tocado de sus testas. +Comienza con un lavatorio con agua de lino; luego se pasan media mañana +con la toalla rodeada a la cabeza, a manera de turbante oriental, hasta +que el pelo se seque. Por ultimo, comienza el peinado: esencias +odoríferas, propias de una odalisca, mucho cosmético. El agua de lino<a name="page_106" id="page_106"></a> +apelmaza el cabello en forma compacta, convirtiéndolo en una pasta como +de cemento armado, que defiende el cerebro contra la penetración de toda +idea. Si se les toca con los nudillos, su cabeza suena a hueco, como un +coco después de sacarle la pulpa. Todo es liso en la cabeza de estos +jóvenes, por dentro y por fuera. Dícenme que es muy elegante llevar así +el cabello, largo y empastado, como una peluca natural, si caben juntos +los dos términos. Para terminar el tocado se ponen una espesa capa de +vaselina, a fin de que brille mucho el pelo, única cosa brillante en sus +cerebros. Después, cuando van de visita, dejan en los respaldos de los +sillones y almohadillas la huella de sus peinados. Están poniendo +perdidos los muebles de todas las casas que frecuentan.</p> + +<p>Al poco rato se generalizaba la conversación. Pedrito, uno de los +jóvenes, hablaba con una niña, refiriéndose a otra ausente. Comentaban +un principio de relación entre esta señorita, llamada Pilar, y un amigo +de Pedrito, relación que se había cortado apenas iniciada. La niña +preguntó a Pedrito: «¿Y cómo va el «apunte» de Pilar y su amigo?»</p> + +<p>—«Forfey»—repuso Pedrito.</p> + +<p>Como yo no entendiera, pregunté a mi marido lo que había dicho.</p> + +<p>—«Forfey»—me dijo Jorge—es una palabra inglesa para significar que un +caballo se ha retirado de la carrera.</p> + +<p>—¡Qué horror! ¡Vaya una manera de hablar con las niñas que tienen estos +jóvenes!</p> + +<p>En otro grupo se comentaba una gran fiesta dada últimamente. Mi sobrina +Lucía preguntó:</p> + +<p>—¿Estuvieron las de García Nájera, Clotilde y Sofía?</p> + +<p>—No entraron en el marcador—respondió el joven Evaristo.</p> + +<p>Aludiendo al noviazgo fracasado de otra señorita, dijo Raúl, uno de los +más frívolos de mis invitados: «Esa carrera no se corre».</p> + +<p>Se habló luego de si Clotilde era o no era elegante.<a name="page_107" id="page_107"></a> «Es cache»—dijo +Enriquito, que entiende mucho de modas.</p> + +<p>Todos los fragmentos de conversación que escuché eran parecidos. Los +jóvenes se expresaban por medio de vocablos hípicos para significar +cualidades morales y episodios de los saraos, tertulias y reuniones. No +logré oir una sola frase espiritual, un concepto agudo, una palabra +verdaderamente fina y elegante. La función parlante de los mozos era +puro ejercicio de la campanilla y la laringe, sin intervención del +espíritu ni del cerebro, cuya masa gris está tan apelmazada, compacta y +oscura como el pelo. Estos pobres mozos de nuestra «haut» desconocen los +deleites que procura una mente docta, nutrida de lectura selecta, un +espíritu iniciado en las altas emociones del arte y de la poesía. Para +sus ojos mentales el mundo está vacío; no hay en él más que unos cuantos +caballos alígeros, un sastre y un poco de agua de lino para convertir su +cabeza en un ciprés.</p> + +<p>No es suya toda la culpa. Se han educado en la blandura de nuestras +riquezas improvisadas, repentinas, y son incapaces del menor esfuerzo, +de la menor constancia, de la menor fatiga. Y como el ignorar no cuesta +nada, poseen una necedad que está contentísima de sí misma. El menor +estudio les produce neuralgias, y así renuncian los pobrecitos a la +adquisición de todo tesoro intelectual, que es el tesoro de los tesoros, +prefiriendo el otro, el tesoro amonedado de papá, para derrocharlo en +forma dispendiosa en los clubs, en las carreras, en otras cosas peores +aún, y acabar, a la postre, siendo unos desdichados. ¿Qué serán éstos +mocitos cuando lleguen a viejos? Sin hábitos de trabajo, sin capacidad +de adquisición, sin habilidad comercial, sin cultura universitaria ni de +otro género alguno, ¿qué será de éstos viejecitos? Felizmente para +ellos, pocos llegarán a octogenarios.</p> + +<p>¡Qué diferencia con la generación anterior, la de sus padres! Estos +sabían, y saben trabajar, estudiaban, se afanaban por ser algo en el +mundo. Había en ellos energía, vigor, constancia, empeñoso esfuerzo. Y +así,<a name="page_108" id="page_108"></a> durante su juventud, lo mismo sujetaban un «rodeo» con espíritu +varonil que dirigían con sencilla elegancia un cotillón. Bajo el guante +blanco advertíase la vitalidad de las manos dominadoras de toros. En +aquellas manos veía la mujer un firme apoyo y en aquellos corazones una +inalterable y noble constancia. Pero de estos «señoritos góticos» como +dicen en España, ¿qué apoyo puede esperar una mujer?</p> + +<p>Entre las niñas que asistían a la fiesta estaba Inés, hija de mi +excelente amiga Clotilde, cuya situación económica es bastante precaria. +Inés ha recibido una educación esmerada y es, además, muy inteligente y +muy espiritual. Yo siento por ésta interesante y bella criatura hondo +afecto. Desearía hacer por ella lo que haría por una hija. Y así, en +todas las fiestas que doy y en todas aquellas en que intervengo o tengo +alguna influencia, hago que asista mi protegida. En una palabra: deseo +casarla bien. Los jóvenes de cabeza de ciprés que asistían a la fiesta, +al saber que Inés era pobre, huían de ella como de la peste. Estos +tigrecitos buscan, no niñas interesantes, sino estancias y mucha plata. +Inés permanecía silenciosa y cohibida entre aquella colección de +mentecatos y tilingos. La llamé aparte: «Estás triste, hija mía; ¿por +qué no te diviertes, por qué no conversas, tú, que eres tan espiritual y +tan ingeniosa?»—«No—me respondió;—no me atrevo, ni me conviene, +porque en seguida la hacen a una reputación de sabihonda, de +marisabidilla, y la aislan a una más. Hay que ser superficial, frívola, +y como a mí no me gusta eso, pues... me callo».—«Bien hecho—la +dije,—no te aflijas, hija mía; yo te buscaré un novio digno de tí. No +te aseguro que sea rico; pero sí inteligente y espiritual y culto y muy +hombre, merecedor, en una palabra, de los tesoros de tu alma». Inesilla +se conmovió profundamente. El agua de las lágrimas bailaba en las +pupilas de sus ojos azules, en que se mezclan la vivacidad y la ternura.</p> + +<p>Aceleré cuanto pude el fin de la fiesta. Quería librar mi casa de +aquella atmósfera de majadería. Los cipreses acabaron por serme +molestos. No veía la hora<a name="page_109" id="page_109"></a> de verlos desfilar a la calle. Todos ellos +ostentaban apellidos prestigiosos en nuestra historia política o en +nuestra breve historia económica. Pero con el linaje de estos mocitos +ocurre lo que dicen los franceses, refiriéndose a las patatas: «lo bueno +está debajo de tierra». Mi hermana, en cambio, se hallaba encantada con +la reunión y le satisfacía mucho el papel que habían hecho las niñas, +sobre todo Carmencita, que es la más frívola.</p> + +<p>Cuando logré poner punto final a la fiesta, llevé a mis sobrinas a una +salita retirada y les dije: «No busquéis novio, hijas mías, entre estos +tilingos que tienen la cabeza más vacía que un farol. Estos mocitos de +la «haut» bonaerense no valen nada, ni valdrán nunca nada. Fijaros más +bien en esos muchachos pobres que llegan del interior, de los rincones +provincianos, a estudiar en las Facultades de la capital, haciendo su +carrera en medio de las mayores estrecheces, librados exclusivamente a +su esfuerzo propio. Esos tienen porvenir; esos serán algo, y podréis +sentir el orgullo de ir colgadas del brazo de verdaderos hombres. De +aquellos rincones de nuestras provincias salieron los espíritus +luminosos que hicieron la patria: Sarmiento, Alberdi, Rawson, los Gallo, +Vélez Sársfield, Avellaneda, etc. Llegaron pobres como las ánimas +benditas, y a fuerza de estudio, de virtud, de sobriedad, se +convirtieron en los directores de nuestra sociedad naciente, en los +escultores de un nuevo pueblo; y luego, ya muertos, fueron, son y serán, +por los siglos infinitos, los dioses penates de la patria. Fijaros en +esos provincianitos pobres que estudian, que sufren y se desvelan; que +antes de figurar en los salones, prefieren conquistar un puesto en las +actividades intelectuales del país. En sus manos caerán un día las +cosas, el mando, el poder, el prestigio, todo lo que tiene un alto y +permanente valor en la vida y en la historia. Estos otros jóvenes que +habéis conocido son ahora ricos en dinero, que no en ideas ni en +espiritualidad; tampoco lo serán mañana en dinero, pues su vida +dispendiosa y absurda lo hará volar. Junto a tales hombres la vida de +una<a name="page_110" id="page_110"></a> mujer inteligente es aburrida, tediosa, y su porvenir negro. Huid +de ellos, huid de esas cabecitas de ciprés en que todo es oquedad, +insustancia, vacua mentecatez, tilinguismo ¡huid, huid!...»</p> + +<p>Mis sobrinas se retiraron cabizbajas y un tanto mohinas. No sé si me +harán caso. Lo dudo...</p> + +<h3><a name="INES_Y_LOS_CIPRESES" id="INES_Y_LOS_CIPRESES"></a>INES Y LOS CIPRESES</h3> + +<p>Al día siguiente de la fiesta que dí en mi casa para presentar en +sociedad a mis sobrinas, vino Inesilla, mi protegida, a visitarme y a +darme las gracias por haberla invitado.</p> + +<p>—¡Qué dices, muchacha!—exclamé—¡las gracias te las debo a tí por +haber asistido y haber honrado mi casa con tu graciosísima presencia!</p> + +<p>Y la di un apretado beso, expresión efusiva de mi hondo cariño.</p> + +<p>—No diga usted eso, señora.</p> + +<p>—Ya te he dicho muchas veces que no me llames señora; llámame +Marianela, con absoluta confianza, como si fuera una hermana mayor. Yo +comparto mi cariño entre mi marido, mi hijo y tú. Ya lo sabes.</p> + +<p>—Yo también la quiero a usted mu...</p> + +<p>La pobrecilla no pudo terminar. Se abrazó a mí, diciéndome con su +congoja lo que no pudieron expresar sus labios.</p> + +<p>—Vamos, vamos... siéntate. Hijita, eres sensible como una flor del +aire. No se te puede decir nada. Y el caso es que yo también... Bueno, +bueno, siéntate. Charlemos alegremente sobre la fiesta de ayer. Vamos a +murmurar un poquito. ¿Qué te parecieron los cipreses?</p> + +<p>—¿Por qué los llama usted cipreses?</p> + +<p>—¿No te parece bien puesto el nombre?</p> + +<p>—Sí, muy bien; realmente parecen cipreses: su peinado apelmazado, liso, +compacto, pegadito, imita la copa de ese árbol funerario. También se +parecen a él por el cuerpo rígido, atiesado, derechito. El ciprés no +parece una obra de la Naturaleza, sino de la mecánica.<a name="page_111" id="page_111"></a> Los demás +árboles, aunque sean de la misma especie, son variados en sus formas, en +la estructura de sus ramas y horcajos. Cada árbol tiene su personalidad, +su aire propio, su figura individual. Los cipreses, por el contrario, +son todos iguales. Visto uno, vistos todos.</p> + +<p>—Como ellos.</p> + +<p>—Sí, sí; pero en el orden moral... El ciprés es un árbol triste, +melancólico; sugiere ideas de muerte, de tumbas, de soledad; evoca el +sentimiento del vacío y de la nada.</p> + +<p>—Oye, Inesita: mucho más aún que en lo externo, se parecen esos jóvenes +en lo moral a los cipreses. Verás... El ciprés no produce nada, ni +siquiera bellotas, que es el fruto de los árboles más humildes en la +jerarquía vegetal. Tampoco esos mocitos de la «haut» producen cosa +alguna; por lo tanto el parecido en este punto es idéntico. El ciprés es +triste y melancólico; ello proviene, no del lugar en que se halla, sino +de su propia forma; puesto en un parque de rosas es igualmente triste. +Este carácter lamentable procede de la monotonía de sus líneas, +profundamente aburridoras. Lo mismo ocurre con los cipreses humanos, +atildados, recortaditos y fililis como los cipreses vegetales. Estos +últimos nos producen el sentimiento del vacío y de la nada. ¿Y acaso los +otros, los cipreses humanos, no producen el mismo sentimiento de la +vaciedad y de la nada? El árbol simboliza la muerte: junto a él la +tumba. Esos jóvenes, ayunos de espiritualidad, de cultura, de +ilustración, sin inquietudes intelectuales, de voluntad desmayada, +abúlicos, son, en una misma pieza, tumba y ciprés. Ya ves, pues, que en +lo moral se parecen tanto o más que en su forma externa. La única +diferencia consiste en que unos son cipreses plantados y los otros +semovientes. Pero hablemos de otra cosa: ¿bailaste mucho?</p> + +<p>—Todo lo que quise. Ya advertí que se preocupaba usted de mí. Una vez +que me quedé sentada, por cansancio, vi que hablaba usted con Evaristo; +el ciprés se dirigió en seguida hacia mí y me invitó a bailar. Yo se lo +agradezco a usted...<a name="page_112" id="page_112"></a></p> + +<p>—Estás equivocada. Fue iniciativa suya. Tú no necesitas que la dueña de +casa se ocupe de tí, porque siempre estás solicitada.</p> + +<p>—Lo dice usted por consolarme.</p> + +<p>—Siempre tan suspicaz, hija mía. Tu precoz espíritu crítico no hace más +que martirizarte. Este agradecimiento tuyo, injustificado en este caso, +me recuerda un gracioso episodio que te voy a contar. Hace dos años di +otra fiesta en mi casa. Invité a mi ex amiga Petrona (ya sabes que se ha +enojado conmigo) y a su cuñada Pepa. Los jóvenes atendían a ésta muy +poco. Ello se explica; la pobre está ya muy metida en años (pasa de los +35), y no es muy agraciada. Petrona ha hecho cuanto ha podido para +casarla y... nada ¡imposible! La criatura es incolocable. Verdad es que +Petrona, con esos humos aristocráticos que tiene, la ha perjudicado más +que nadie. Todo le parecía poco. Y ella misma, la misma Pepa, creía que +por ser hermana de un ministro, iba a calzar con un Anchorena, como dice +Del Campo en el «Fausto». Ilusiones... Pues bueno: como te digo, los +jóvenes no la atendían, no la sacaban a bailar. Para una dueña de casa +es un martirio que una señorita planche. Hablé a unos y otros; me ayudó +también Jorge, mi marido, que recurría a su hermano Raúl, cuando ya no +sabíamos a quién endosársela. Así logramos que bailara casi toda la +noche. Al día siguiente vino Petrona a visitarme, y como es tan ingenua +y tan pintoresco su lenguaje, exclamó, dándome un abrazo: «¡Ay, +Marianela, muchas gracias por haber hecho girar a la Pepa!».</p> + +<p>Inés se ríe del dicho de Petrona, pero noto que al punto vuelve a +quedarse ligeramente triste. Trato de animarla:</p> + +<p>—¿Y qué tal la conversación de los cipreses? ¿Muy interesante, eh?...</p> + +<p>—Mucho. Pedrito me habló de las carreras; lleva la cuenta de los +minutos y segundos que emplea cada caballo en dos mil metros.</p> + +<p>—¡Qué interesante! ¿Estarías muy divertida con tal conversación?<a name="page_113" id="page_113"></a></p> + +<p>—Pues me divertí. Me dió por hacerme la entendida en carreras. Le hablé +de las teorías de Barey, el célebre cuidador inglés, según el cual una +palabra colérica aumenta el pulso de un caballo en diez pulsaciones por +minuto. Luego, ya por mi cuenta, le dije que para correr sus caballos +debe elegir un «jockey» que tenga voz de tenor, porque las vibraciones +de este timbre son un estímulo mayor para los animales que la voz +baritonal. No se dió cuenta del titeo. Por el contrario, se quedó +asombrado ante mis conocimientos y me comprometió para otras dos piezas. +¡Qué galante!...</p> + +<p>—¡Graciosísimo, muchacha, graciosísimo!—exclamé, riéndome;—ya noté +que te asediaba mucho y que estaba lo más obsequioso contigo.</p> + +<p>—Era por los caballos. Les debo el honor de dos valses con Pedrito.</p> + +<p>—Y los otros cipreses, ¿qué te dijeron?</p> + +<p>—Evaristo me habló también del hipódromo; criticó mucho que la pista de +Palermo no tenga césped, como las pistas de París y de Londres. Aseguró, +en tono desdeñoso, que aquí estamos muy atrasados en estas cosas, que +son tan importantes en todo país civilizado. «Créame, señorita—agregó +con gravedad imponente:—después de haber estado en Longchamps y en +Epsom, en los grandes hipódromos de París y Londres, no se puede ir a +Palermo. Vuelve uno lleno de polvo, hecho un asco ¡impresentable!» A +Evaristo no le llaman la atención los caballos; le interesa la pista, y, +sobre todo, el verde. Está deseando que se acabe la guerra para volverse +a Europa, porque aquí, sin césped en la pista de Palermo, ya no puede +vivir.</p> + +<p>—Y Enriquito, ¿qué te dijo?</p> + +<p>—¡Ay, no me hable! Es el más frívolo y el más insulso de todos.</p> + +<p>—Sí, hijita, ese es el arquetipo del tilinguismo.</p> + +<p>—No me habló más que de modas femeninas y de si tal muchacha es más +elegante que tal otra. Cree que la moda vuelve otra vez a la época de la +Pompadour. Está conforme «en principio» con la adopción de aquel traje, +pero «previas» algunas reformas que me<a name="page_114" id="page_114"></a> explicó con gran riqueza de +detalles. Hizo la crítica de los vestidos que llevaban varias niñas el +día del premio del «Jockey Club». Parece que Clotilde se presentó con un +sombrero un tanto estrambótico. Me preguntó si la había visto. Y como le +dijera que no, exclamó al punto: «Era un sombrero ¡digno! de verse».</p> + +<p>—¿Y Carlitos Nuezvana, ¿estuvo muy espiritual?</p> + +<p>—Ese me habló de modas masculinas. Estaba muy disgustado porque, debido +a la guerra, no puede hacer venir sus trajes de Londres, de donde los ha +traído siempre. En Buenos Aires no hay sastres: «son talabarteros». Se +hallaba molestísimo con el traje de frac que le habían hecho aquí. «Vea +usted este frac; el corte es imposible; las solapas no se plegan, los +faldones son cortos, ¡estoy ridículo!» Le dije que el secreto de la +elegancia no está en que lo que uno se pone le mejore a uno, sino en +mejorar uno lo que uno se pone. Pero no entendió el sentido de esta +definición de la elegancia. Entonces le dije que es el aire de la +persona y no el vestido lo que la hace ser naturalmente elegante. Y le +agregué que él era muy «airoso», que era todo aire, de pies a cabeza. Me +dió las gracias. Por último agregó: «Estoy lo más contrariado por estos +inconvenientes de la conflagración».</p> + +<p>—Y con Ernesto, ¿cómo te fué?</p> + +<p>—A Ernesto le da por la aristocracia. Sólo me habló de si eran o no +eran conocidas las personas que asistieron a las diversas fiestas dadas +este invierno. La calidad de las gentes que concurren a las reuniones +constituye su preocupación. El hombre es de un aristocratismo +completamente empingorotado. Parece que hubiera nacido en medio de la +corte de la casa de Austria. El pobrecito es más hueco que una caña de +pescar. Se me ocurrió hablarle de política, preguntándole: «¿Votó usted +por los radicales?»—«¡Qué esperanza!—me respondió;—no es gente +conocida...»</p> + +<p>—¿De manera que te aburriste en grande?</p> + +<p>—No, eso no. La tontería tiene siempre algo de divertida.</p> + +<p>—Tienes razón, hijita. Además la tontería es tan variada<a name="page_115" id="page_115"></a> como la +inteligencia. Hay tontos de muchísimas clases, como hay inteligentes de +muchas maneras. Pero el tonto es siempre más perfecto como tonto que el +inteligente como inteligente. La Naturaleza, cuando crea un inteligente, +le deja siempre alguna falla, alguna tontería. En cambio, cuando crea un +tonto, la Naturaleza es maestra; lo crea completo, sin pero, perfecto, +redondo. Dios te libre, hijita, de uno de éstos.</p> + +<p>—Pues hay uno que...</p> + +<p>—¿Te persigue? ¡No me digas! ¿Le conozco yo?</p> + +<p>—Sí; estaba aquí anoche.</p> + +<p>—¡Qué me dices! Cuenta, cuenta...</p> + +<p>—Otro día. Ahora tengo que irme. Van a venir a buscarme. Ya le contaré, +porque necesito su consejo. Mamá—ya la conoce usted—en siendo rico y +persona conocida... Pero yo no quiero ¡no quiero! Y habrá lucha. Y tiene +usted que ayudarme, porque yo no me caso con un tilingo, por mucha plata +que tenga y por muy conocido que sea. ¡Eso no, eso no!...</p> + +<p>Vinieron a buscarla y se fué. Pero quedamos en que vendrá a verme uno de +estos días y me expondrá su problema. Me ha dejado llena de curiosidad y +un poco intranquila.</p> + +<h3><a name="LA_FIESTA_HIPICA" id="LA_FIESTA_HIPICA"></a>LA FIESTA HÍPICA</h3> + +<p>Una tarde clarísima, luminosa, radiante; el cielo azul, altísimo, +límpido, traslúcido. La primavera ha cubierto de verde follaje la +desnuda vegetación invernal. Se oyen entre la enramada píos de amor. +Todo es vitalidad, alegría, florescencia.</p> + +<p>La muchedumbre urbana invade el hipódromo, a presenciar la gran carrera +del año. La tribuna popular forma una masa compacta, densa, apretada, +inmóvil casi por falta de espacio para moverse, rebullendo sobre sí +misma. En el otro extremo, en la tribuna del «paddock» la clase media +ofrece su nutridísimo concurso a la fiesta. En medio, entre el vasto +tinglado para el pueblo y el «paddock» de los pudientes, la tribuna del<a name="page_116" id="page_116"></a> +Jockey, atestada igualmente de selecto público: aristocracia, alta +burguesía, «sportsmen», «clubmen», «dandys», numerosos «cipreses», +embajadores extranjeros que han venido a presenciar la trasmisión del +mando presidencial, los cuales llevarán a sus respectivos países, +tendidos a lo largo del Continente, la impresión de la brillante vida +bonaerense. De retorno en Lima, Asunción, La Paz, Río, Méjico, etc., +estos embajadores contarán las maravillas de nuestra rápida evolución +social y económica, el refinamiento de nuestra vida, nuestros progresos +sorprendentes. En los círculos sociales y políticos de sus respectivos +países—un poco remisos al progreso, lentos en su desarrollo, un poco +estrechos en su economía, trágicos en su política, caóticos y confusos +en su total existencia—narrarán lo que vieron en Buenos Aires, dando a +sus oyentes la sensación de haber contemplado en el Sur el foco +civilizador del Continente, un foco en que, por virtud del progreso, de +la cultura y de la riqueza colectiva, por la tolerante convivencia de +todas las ideas, en sólida y arraigada paz, es ya su luz fija y segura, +irradiando sobre todos los pueblos que moran en lamentable turbulencia +entre el mar Caribe y el río de la Plata.</p> + +<p>También asisten a las carreras dos miembros de nuestro flamante +gobierno, en representación, según me dicen, del excelentísimo señor +Presidente de la República, hombre poco dado a lo ostentatorio de los +grandes festivales, sobrio en sus costumbres, un tanto cartujas. El +hecho de esta representación oficial se comenta favorablemente entre los +socios del Jockey, interpretándose como un puente de plata entre las +tres tribunas o tinglados que dividen las clases sociales en el +hipódromo. El suceso se interpreta como un indicio de que no será +modificado el régimen existente, ni se producirá, como en Babel, una +deplorable confusión de las gentes. La ligera intranquilidad de los +«clubmen» ha desaparecido con la presencia de la representación oficial.</p> + +<p>Un rumor sordo, de muchedumbre lejana, llega de las<a name="page_117" id="page_117"></a> tribunas populares +a las del Jockey: un vocerío compacto de emoción, de alegría, de +ansiedad, al ver cruzar los corceles alígeros, raudos como flechas +disparadas por arcos a máxima tensión.</p> + +<p>Los gorriones, tranquilos moradores del tejaroz o alero de las tribunas, +han saltado al centro del campo que circunda la pista. Estos animalitos, +los más sabios de la fauna volátil, han descubierto el secreto de +combinar su libertad salvaje con su integración en la sociedad humana. +Son domésticos hasta donde quieren y libres sin limitación. Al poco +rato, volando sobre la muchedumbre, vuelven a los aleros, solicitados +por tierna prole, amor que les infunde coraje para cruzar a ras del +aliento y de la gritería de cien mil personas. Allá, en el tejado, +ágiles y voluptuosos, disponiendo de la casa del hombre y del cielo +azul, se ríen de toda aquella muchedumbre pendiente de las patas de los +caballos, inferiores a la ligereza de sus alas.</p> + +<p>En la explanada y tribunas del Jockey daban la nota de su gracia y de su +belleza numerosas damas y señoritas ataviadas con trajes primaverales, +de vistosas muselinas, espumillas y otras telas ligeras. No había lujo +excesivo ni ostentoso. Cierta parquedad en el adorno personal denotaba, +al par de un gusto depurado, los efectos de una crisis un tanto +pertinaz. El buen gusto y la economía tienen íntima relación. Al +estrecharse un poco los presupuestos destinados al atavío, la mujer +aguza su ingenio para suplir con el arte los adornos costosos. Y +entonces está mejor, porque no consiste la elegancia en gastar mucho, +sino en gastar bien. El único lujo ostentoso que se veía el domingo era +el de los «cipreses». Estos pintureros y pisaverdes examinaban +atentamente los trajes de las señoritas. A uno de ellos muy presumido le +oí decir, refiriéndose a una niña cuya elegancia no se ajustaba a sus +cánones: «¡es cache!». El pavipollo revoleó la varita y siguió al +encuentro del rey de los cipreses, de Carlitos Nuezvana.</p> + +<p>Los dos motivos de conversación general eran las carreras, sus +accidentes y sorpresas, y los puestos de significación política que aún +faltan por llenar. Se hablaba<a name="page_118" id="page_118"></a> al mismo tiempo de «Vadarkblar» y del +futuro intendente, de «Saint Emilion» y del nuevo jefe de policía, de +«Sangre Azul» y del que llenará la vacante de la dirección de Correos. +La carrera tras de estos puestos era, según el decir de la gente, tan +competida y disputada como la que dentro de unos momentos se realizaría +en la pista entre los aristócratas de la sangre hípica. En una y otra +carrera había favoritos. Pero entre los corceles esta condición de +favoritos dimanaba exclusivamente de su valer, demostrado en carreras +anteriores, mientras que en la carrera tras de los puestos no era el +valer demostrado la condición esencial para ser favoritos, sino otras +circunstancias humanas, en que el mérito deriva de los codos para +abrirse camino en las competencias de la política.</p> + +<p>Las damas y señoritas ponían gran interés en las carreras, examinando el +programa, las cotizaciones, los dividendos de las ya corridas, y +pidiendo y dando «pálpitos» para las que iban a correrse. En un grupo, +una señorita muy espiritual ofrecía un «pálpito» a un mozo, ligeramente +atezado, miembro de la embajada del Brasil. «Muito obrigado—repuso +éste, agregando, con el fino y galante romanticismo de su país—; pero a +ese «pálpito» prefiero, hermosa señorita, el órgano con que usted +palpita».—«¡Ay, qué gracioso!»—exclamó la muchacha—«¡Es una +declaración en toda regla!»—añadieron a coro los del grupo, celebrando +aquel rasgo espiritual.—«¡Aceptado! ¡aceptado!»—decía ella, riéndose y +siguiendo la broma. El fino y gentil brasileño, dirigiéndose +alternativamente a la niña y al grupo, repetía: «Obrigado, muito +obrigado...».</p> + +<p>Pasó un señor muy elegante, con traje gris, galera gris, polainas +blancas, muy expresivo en sus ademanes y gestos. «¿Quién es?»—pregunté +a mi marido.</p> + +<p>—El Payo.</p> + +<p>—¿El payo Roqué?</p> + +<p>—El mismo que viste y calza.</p> + +<p>—Viste y calza muy bien.</p> + +<p>Evoqué recuerdos de mi infancia, ya un poco lejana. Con todo, el Payo +estaba aún resplandeciente, conservando<a name="page_119" id="page_119"></a> su ingénita gallardía y aquel +garbo propio de los buenos mozos.</p> + +<p>Cruzó el Ministro de Agricultura. Y me acordé al punto de mi ex amiga +Petrona. Su marido, Eleuterio, se ha quedado sin cartera. Siento cierto +remordimiento pensando en que quizá aquella malhadada croniquilla que +escribí, relatando la conversación que tuvo conmigo, haya podido influir +en la postergación de un hombre de los méritos agrícolas de Eleuterio.</p> + +<p>En el «buffet», Julia Elena, como esposa del presidente del Jockey, hace +los honores de la casa, con la discreción, la finura y el buen gusto en +ella habituales. Los embajadores y diplomáticos besan su mano al entrar. +Esta costumbre, tan arraigada en los altos círculos sociales europeos, +es objeto de controversia entre el elemento argentino que circula por +los pasillos. Yo no me atrevo a dar una opinión definitiva sobre este +punto. Me parece, sin embargo, que no arraigará entre nosotros esta +forma de rendir homenaje a la mujer.</p> + +<p>La gran carrera va a empezar. En el marcador aparece favorito +«Vadarkblar». Existe un detalle que hace subir la cotización. Su dueño +ha asistido siempre a las carreras con indumentaria democrática, de saco +y sombrero flexible. Hoy ha venido de jaquet y galera, con el empaque +elegante de quien está seguro de concentrar las miradas. Esta +«paquetería» en un hombre habitualmente sencillo y demócrata, aunque +adversario de Lisandro, es objeto de abundantes comentarios. «Vadarkblar +ganará»—repite todo el mundo;—el jaquet y la galera del propietario +son prendas de seguridad. Corre la voz, y, en vista de estos signos +infalibles, la cotización sube como la espuma. «Es una fija». Yo me fijo +también en el distinguido propietario, y ante su aire de ganador, me +animo con unos boletitos que le hago sacar a mi marido. Siento cierto +remordimiento, pues me parece que los del Jockey jugamos con ventaja +sobre los de la tribuna popular, porque ellos no han visto, como +nosotros, al propietario, y les falta, por lo tanto, este «dato» seguro +del jaquet y la galera, infalibles<a name="page_120" id="page_120"></a> detalles de ganador que nos ofrece +nuestro distinguido y simpático consocio. Pero en las carreras, como en +los demás juegos, es difícil no prevalerse de cualquier circunstancia +favorable, de cualquier ventaja más o menos legal. Tiendo mi vista con +lástima a toda la colosal muchedumbre de la tribuna popular. +¡Pobrecitos, no saben nada! Sólo aquí, en la tribuna del Jockey, estamos +en el secreto. Yo acaricio mil boletos entre la mano y el guante. +«¡Vamos a ganar, Jorge, vamos a ganar!» Y haciendo una confusión +lamentable entre política y carreras, añado: «¡No hay que hacerle; los +radicales se lo llevan todo por delante! ¡No se puede con ellos!»</p> + +<p>¡Ay, nuestro favorito derrotado! «Vadarkblar» sólo da que hablar como +perdedor. He estrujado mis boletitos. ¡Y yo que creía tan seguro el +«dato» del jaquet y la galera!...</p> + +<p>Al salir para tomar nuestro automóvil nos cruzamos con un amigo. «¿Y... +cómo les fué?»</p> + +<p>—¡Al tacho!—responde mi marido.</p> + +<p>Yo le aprieto el brazo y le digo: «¡Jorge, qué palabra tan +inelegante!...»</p> + +<h3><a name="LAS_ANGUSTIAS_DE_MI_PROTEGIDA" id="LAS_ANGUSTIAS_DE_MI_PROTEGIDA"></a>LAS ANGUSTIAS DE MI PROTEGIDA</h3> + +<p>Mi protegida Inesilla—ya os he hablado varias veces de ella—vino a +verme la otra tarde. Apenas entró en casa, noté en su gracioso semblante +cierta turbación, un estado de inquietud y desasosiego que me alarmaron.</p> + +<p>—¡Ay, Marianela, mi buena amiga, mi querida protectora, las cosas que a +mí me pasan no le pasan a nadie!...</p> + +<p>Y rompió a llorar sobre mi hombro en forma acongojada y angustiosa.</p> + +<p>—¡Muchacha! ¡Me alarmas! Sosiégate, ¿Qué te pasa?...</p> + +<p>—¡Es horrible, horrible! ¡Quisiera no haber nacido!...<a name="page_121" id="page_121"></a></p> + +<p>—¡No digas eso, criatura! El mundo hubiera perdido la gracia de tu +presencia en él. Pero cálmate, no te sofoques, no te aflijas. Siéntate +y... cuenta, cuenta. ¿Qué te sucede?</p> + +<p>—Que se me ha declarado... ¡ay de mí!...</p> + +<p>—¿Ay de tí? ¡Ay de él, en todo caso!... Pero ¿quién?</p> + +<p>—¡Quién ha de ser! ¡¡El rey de los «cipreses»...!!</p> + +<p>—¡Hijita!... Me habías asustado. Creí que se trataba de alguna +desgracia.</p> + +<p>—¿Y le parece a usted poca desgracia?—dijo llorando y riendo a un +tiempo, momento de transición en que mi protegida se torna +verdaderamente divina.</p> + +<p>—No creo que la declaración de un rey, ¡de un rey nada menos! sea causa +de aflicción. Ninguna mujer llora ante un matrimonio morganático.</p> + +<p>—Sí, ríase usted...</p> + +<p>—Es un honor que haya descendido un rey hasta tus plantas.</p> + +<p>—Gracias, gracias.</p> + +<p>—Pero, vamos, cuenta, cuenta, hija mía, con ese graciosísimo pico que +Dios te ha dado. Me tienes impaciente. ¿Cómo fue la cosa!...</p> + +<p>—Pues verá usted. ¿Se acuerda de la conversación que tuvimos al otro +día de la fiesta que dió usted para presentar en sociedad a sus sobrinas +Carmen y Lucía?</p> + +<p>Hago memoria. Ante la suspensión de mi mente, Inés agrega con verba +rápida:</p> + +<p>—¿No recuerda usted que, al irme, la dije que había un ciprés que me +perseguía y que...?</p> + +<p>—¡Sí, hijita! ¿Cómo no? Ahora caigo. Estaba trascordada. Me había +olvidado, porque creí que era una broma tuya.</p> + +<p>—Sí, sí... broma... no está mala broma. Bromazo ha resultado.</p> + +<p>—Pero... vamos a ver: ¿Quién es el rey de los cipreses?</p> + +<p>—¿No lo sabe usted?...</p> + +<p>—¡Hay tantos que pueden aspirar a esa corona!...<a name="page_122" id="page_122"></a> Entre los cipreses, +como todos son iguales, cualquiera puede ser el rey.</p> + +<p>—Pues es Carlitos Nuezvana.</p> + +<p>—¡No me digas! Está bien puesto el nombre. Merece el cetro. ¿Y se te ha +declarado? ¿Cuándo? ¿Dónde? Cuenta, muchacha, cuenta...</p> + +<p>—La cosa empezó la noche de la fiesta que usted dió, dedicada a sus +sobrinas. Comenzó por insinuaciones, no muy ingeniosas. Ya sabe usted +que el pobrecito carece de sal en la cabeza.</p> + +<p>—Sí, hijita; no tiene más que agua de lino y cosmético, con cuyos +elementos se plancha el pelo. Por dentro y por fuera, todo es plancha. +Sigue...</p> + +<p>—Las insinuaciones fueron muy directas, por dos razones. La primera, +porque sus recursos de palabra son muy pobres.</p> + +<p>—El mozo «tilinguea» en cuanto abre la boca. Claro; no estudia, no lee, +no cultiva su espíritu y...</p> + +<p>—Y la segunda... La segunda razón es la que más me hiere. El hombre...</p> + +<p>—El ciprés.</p> + +<p>—Bueno. El rey de los cipreses no puso cautela ni parsimonia en sus +insinuaciones, porque creía... así me pareció a mí... que me hacía un +honor ofreciéndome su amor.</p> + +<p>—Y así es, hijita; se trata del rey nada menos, de Nuezvana I...</p> + +<p>—Como lleva un apellido tan conocido y es además tan rico, pues... +claro... no se imagina que alguien pueda decirle que no, y mucho menos +yo, que en apellido le puedo igualar, pero en plata...</p> + +<p>—El apellido, hijita, vale cuando se sabe elevarlo. El que no sabe +abrillantarlo, o, por lo menos, mantener su brillo, valdría más que no +lo hubiera heredado. Y en cuanto a la plata, no se necesitan millones +para ser feliz.</p> + +<p>—Tenía la seguridad absoluta de que yo le aceptaría encantada. Y por +eso me hablaba con un descaro frío, sin esa emoción que en tales trances +produce la duda. Sus galanterías, exentas de espiritualidad, me<a name="page_123" id="page_123"></a> +produjeron un efecto deplorable. Bailábamos un vals, y me pareció que +iba enlazada a un muñeco que le habían dado cuerda. Le miraba el pelo +renegrido, hecho una pasta, como un casco de alquitrán. No se le movía +un cabello, y no pude menos de pensar que su inteligencia y su espíritu +eran lo mismo, inmóviles.</p> + +<p>—Pero ¿cómo se te declaró? ¿qué te dijo?</p> + +<p>—Después de elogiar mi elegancia (ya sabe usted que no habla más que de +elegancia) me dijo que él «estaba dispuesto» a iniciar relaciones +conmigo. Luego agregó que «se atrevía a suponer» que no sería rechazado. +Esto lo dijo con un airecito de seguridad impertinente, en el cual +adivinaba yo este pensamiento: «¡qué he de ser rechazado!...»</p> + +<p>—Y tú... ¿qué le dijiste?</p> + +<p>—Estuve por darle allí mismo unas calabazas más redondas y más duras +que su cabeza. Pero me contuve. Me daba cierta lástima apabullarle en su +doble orgullo de rico y de aristócrata. Sólo me limité a decirle: «No +hay atrevimiento en su pretensión». Y agregué, con cierto retintín que +él no podía pescar; «ya que usted «está dispuesto» (recalqué mucho esta +frase) veré si yo me dispongo. En estos casos las disposiciones deben +ser mutuas. Y aunque usted me honra mucho con su inclinación, necesito +pensarlo...»</p> + +<p>—Muy bien, hijita, muy bien dicho. ¡ Si eres más viva!... ¿Y él, qué +dijo ante esa filigrana de respuesta?</p> + +<p>—Dijo que él no lo había pensado; que...</p> + +<p>—¡Claro! ¡qué va a pensar él!...</p> + +<p>—Que yo le había gustado «por mi elegancia y por mi belleza» y que no +necesitaba pensar más. Se me ocurrieron varias respuestas irónicas (¡qué +sereno y agudo tiene una el entendimiento cuando no ama!); pero me +limité a decirle: «pues yo sí, necesito pensarlo, porque es para mí +asunto de capital importancia».</p> + +<p>—¿Y cómo terminó la escena?</p> + +<p>—Pues terminó dándome un plazo de ocho días para contestarle.<a name="page_124" id="page_124"></a></p> + +<p>—¿Así, imperativamente, como un rey, como el rey de los cipreses?</p> + +<p>—Así, así... El mozo tiene su arranque, a pesar de su tilinguismo y de +su mentecatez. Mis discretas evasivas enardecían el espíritu del ciprés. +En el resto de la noche le eludí por completo. Bailé con el cuñado de +usted, con Raúl. ¡Qué diferencia!...</p> + +<p>—¿Eh?...</p> + +<p>—Pero mi conflicto ahora no es con Carlitos, sino con mi propia +familia. Mamá lo ha sabido. Y ya la conoce usted... Claro: ella quiere +mi felicidad. Y mi felicidad la ve en el apellido de Carlitos, en las +estancias de Carlitos, en las casas de Carlitos, en las herencias que le +van a caer a Carlitos de su abuela, de sus tías, de sus tíos, de no sé +quién más... campos aquí y allá, media avenida Alvear, otro tanto en +Callao y Florida, cien mil vacas, un millón de ovejas... ¡qué sé yo! +Mamá ve la felicidad en los campos y en las estancias y en las casas y +en las vacas y en las ovejas; en todo esto ve la felicidad, menos en el +propio Carlitos, es decir, en mi unión con Carlitos. Yo no digo nada por +no irritarla; me limito a monosílabos...: sí... no... qué sé yo... Mis +hermanas me atosigan: «¿qué más quieres?» Mis cuñadas creen que me ha +tocado la lotería. Mi hermano es amigo de Carlitos, y se le figura que +tengo una suerte loca. Si papá viviera... ¡ah!... él no vería más que mi +corazón, ¡pobre viejo!...; riquezas, estancias, apellido, todo estaba de +sobra si mi corazón no era feliz. Era un criollo a la antigua, +romántico, bravo, generoso, altivo. ¡Sabía ser pobre. ¡Ay, Marianela, la +gran miseria de nuestros días es no saber ser pobres!...</p> + +<p>La muchacha rompió a llorar: «¡Si viviera mi viejo!...»</p> + +<p>—¡Aquí estoy yo para sustituir a tu viejo! No llores, criatura. No +parece sino que se hubiera desplomado el cielo. Con decirle que no, +estamos del otro lado.</p> + +<p>—Sí, sí, eso es fácil decirlo. Pero... ¡viera usted cómo están todos en +casa! Las tías de Carlitos han rodeado a mamá. No les cabe en la cabeza +que su sobrino<a name="page_125" id="page_125"></a> pueda ser calabaceado. Su amor propio sufriría... +¡figúrese usted!... ¡con el orgullo que tienen! Sería un campanazo en +todo Buenos Aires. Además... esto es lo triste... parece que hay por +medio deudas, favores, pagarés, hipotecas... ¡qué sé yo!... Y, claro, +con la boda todo se arreglaba.</p> + +<p>—¡Naturalmente! Todo, menos lo tuyo.</p> + +<p>—Pero, ¿no debo yo sacrificarme por todos?</p> + +<p>—No, hijita; ¡eso nunca! Todo se arregla, deudas, hipotecas, pagarés, +todo: lo que no tiene arreglo posible es un matrimonio sin amor, a +disgusto.</p> + +<p>—Y mucho menos aún queriendo a otro. ¡Esto es horrible!...</p> + +<p>Inesita volvió a arrojarse en mis brazos, llorando a lágrima viva.</p> + +<p>—¿Cómo? ¿qué dices? ¿quieres a otro?</p> + +<p>—¡Con toda mi alma!...</p> + +<p>—¿Le conozco yo?</p> + +<p>—Sí. Es pariente cercano de usted; le ve usted todos los días...</p> + +<p>—¿Mi cuñado?... ¿Raúl?</p> + +<p>Por toda respuesta, la muchacha me echó los brazos al cuello. No se +agarran los náufragos a su leño con mayor firmeza.</p> + +<p>—¿Pero él?...</p> + +<p>—También él...</p> + +<p>—Pero... vamos por partes... ¿se te ha declarado?</p> + +<p>—Casi.</p> + +<p>—Con «casi» no hacemos nada... ¡claridad! ¡claridad!...</p> + +<p>—Bueno... sí... se me ha declarado.</p> + +<p>—Y tú, ¿qué le has respondido?</p> + +<p>Inesita casi me ahoga entre sus brazos: «¡¡Que sí!!...»</p> + +<p>Mi alegría no tiene límites: «¡Inesita de mi vida, angelito, hermana +mía, no sabes lo feliz que me haces! Con Jorge, con Jorgito, contigo, +con Raúl... ¡todos juntos! ¡qué lástima que la vida no sea eterna! +¡Nuestra dicha no va a caber en el mundo: va a necesitar todos los +espacios del cielo!...»</p> + +<p>Abro el piano y toco una marcha nupcial. No sé<a name="page_126" id="page_126"></a> qué nuevos sonidos +arranca mi alegría a las teclas. «Con esta marcha me casé yo; con esta +misma te casarás tú».</p> + +<p>—Sí, sí, ¡ay de mí!—dice tristemente mi dulce hermanita:—antes de +llegar a esa marcha, ¡buena lucha nos espera con mamá, con mis cuñadas, +con las tías de Carlitos, con la abuela del rey de los cipreses!—¡y que +no es orgullosa la señora!—; con los pagarés, con las hipotecas, con...</p> + +<p>—¡Con el diablo a cuatro! Va a ser la guerra de los capuletos y +montescos, agramonteses y beamonteses, federales y unitarios, una guerra +civil encarnizada. Pero venceremos. Tenemos de aliado al amor, que es +como tener de nuestra parte a Dios. Hay que hablar con Jorge y con Raúl +esta noche misma. Hay que trazar la batalla con nuestro estado mayor. +Reclamo en esta guerra el puesto de capitana. ¡Inesita, mi vida, qué +feliz soy! Pero, sécate esas lágrimas; que no te vea yo llorar. +¡Firmes!...</p> + +<h3><a name="LA_INUTILIDAD_DE_SAN_JUAN_BAUTISTA" id="LA_INUTILIDAD_DE_SAN_JUAN_BAUTISTA"></a>LA INUTILIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA</h3> + +<p>Cubierto de crudas pieles de camello sujetadas por tosca correa que, al +andar de los siglos, había de llamarse cíngulo en la liturgia católica, +el Bautista inició en las orillas del Jordán el sacramento a que diera +su nombre inmortal: el bautismo. Seducidos por su elocuencia sencilla y +conmovedora, comenzaron «a caer» a las orillas del río algunos judíos +propensos a las alucinaciones, para escuchar las homilías de aquel +giróvago fluvial. Bautista era un moralista espontáneo, vale decir +sincero, sin sistema ético ni dogma filosófico; lo que se dice un buen +hombre. Y, como tal, censuró la unión de Herodes Antipas con su cuñada y +sobrina Herodías, esposa de Filipo. El tetrarca Herodes Antipas (no hay +que confundirle con el otro, con su padre, el degollador de los +inocentes), era hombre que no aguantaba críticas a su conducta privada, +ni a sus procederes políticos, y así el austero censor, el buen +Bautista,<a name="page_127" id="page_127"></a> vino a dar con sus huesos en la cárcel. Herodías, por su +parte, cobró al creador del bautismo un odio mortal, de mujer herida en +su dignidad. Poco después Salomé, hija de Herodías y graciosísima +bailarina, cautivaba el corazón de Herodes Antipas, danzando en su +presencia; y seducido el magnate oligarca por tan perfecto arte +coreográfico, ofreció a Salomé cuanto ella pidiera. Herodías aprovechó +la coyuntura para vengarse en la forma más cruel que puede idear el +rencor femenino; y sugestionando a su hija, pizpireta inconsciente, como +toda bailarina, hizo que pidiera al tetrarca, en premio a sus bailes, la +cabeza del pobre Bautista, que al punto le fué ofrecida en un azafate o +canastillo de mimbres, y no en plato o bandeja, como se presenta en la +ópera de Strauss, en medio de una confusa e inarmónica trompetería +orquestal.</p> + +<p>La intervención en un problema familiar y privado costó a Bautista la +vida, trágico episodio que nos debe enseñar a ser cautos, no metiéndonos +nunca en los asuntos de la casa ajena.</p> + +<p>Pero la institución del bautismo triunfó de una manera absoluta. Tan +grande y pleno fué este triunfo, que las palabras «bautizar» y +«cristianar» se hicieron sinónimas. Y no hay cristiano sin bautismo. Por +eso, sin duda, los exégetas llaman a Bautista el precursor, pues fué el +que dió la primera norma de todo buen cristiano, por medio de esta +ablución que había de limpiarnos del pecado de haber nacido.</p> + +<p>El Estado moderno, vanidoso y absorbente, quiere tener la prioridad +sobre el baptisterio, obligando a que los súbditos recién llegados al +mundo sean inscriptos en sus registros antes de acercarlos a la santa +pila para señalarlos con la sal y los óleos. Apenas nacemos, ya el +Estado comienza a hacernos víctimas de sus coacciones autoritarias en +nombre de un orden que, la verdad, no aparece por ninguna parte. Pero, +aunque el Estado quiera tener esta prioridad, lo cierto es que su +bautismo civil es una pobre imitación, sin gracia ni belleza, del +primitivo y legítimo que Bautista inició en las orillas del Jordán, +adonde buena falta haría<a name="page_128" id="page_128"></a> llevar los registros, los libros y todas las +cuentas del Estado. Y es que aquellos remotos judíos tenían fantasía, +espíritu creador, rodeándolo todo de grave pompa e imponente solemnidad.</p> + +<p>Una vez nacidos, sin que se nos consulte sobre un hecho tan fundamental +para nosotros, nos ponen nombre en la pila bautismal y nos inscriben en +el registro civil. Con este nombre, los hombres tratan y contratan. Las +mujeres también tratamos y contratamos, con ciertas restricciones +impuestas por los hombres, porque ellos solos han hecho las leyes. +Ellos, en sus códigos, determinan cuándo las mujeres somos capaces y +cuándo incapaces, habiendo resuelto que seamos menos capaces cuando +estamos a su lado, ya que las casadas no pueden comprar, ni vender, ni +contratar, ni comprometerse, como las solteras mayores de edad. De +manera que la mujer disminuye sus aptitudes junto al hombre, se vuelve +más incapaz, más tonta, suposición que, la verdad, no honra mucho a los +hombres. Generalmente ocurre lo contrario; los hombres se vuelven más +tontos junto a las mujeres. Los códigos, sin embargo, no lo creen así, y +este error esencial de la legislación hace que los códigos sean unos +libros mucho más divertidos que las novelas. Pero dejemos este punto +para otra oportunidad.</p> + +<p>Gracias al nombre que nos dan en la pila y en el registro, el mundo +tiene cierta apariencia de orden. El encasillamiento bautismal establece +las diferencias individuales en la vasta edición humana que hace la +Naturaleza. Anotados al nacer, el resto de nuestra vida no es más que +una serie de anotaciones. Nuestras relaciones con las demás personas +bautizadas, con el Estado, con la Iglesia, con el registro de la +propiedad, con la policía, etc., es una anotación continua. Se anota a +las personas al nacer, al obligarse entre sí, al pagar los impuestos, o +al no pagarlos—porque de todo hay,—al casarse, al reproducirse y al +morir. Es una anotación constante, desde la cuna al sepulcro. Por último +se inscribe el nombre en la losa de la tumba, con una serie de adjetivos +encomiásticos que dicen, no<a name="page_129" id="page_129"></a> lo que el difunto fué en vida, sino lo que +debiera haber sido. Lo característico de la criatura humana, lo que la +diferencia del resto de los animales, es su resistencia a la +desaparición del nombre; pero, al fin, se borra, se va, retorna al reino +infinito de la nada. El ensanche de ciudades y pueblos invade los +cementerios; se levantan losas y monumentos; y, al fin, no queda +recuerdo alguno de la humanidad soterrada o reducida a polvo. Del +bisabuelo para atrás no recordamos a nadie, ni nos importa un ardite su +remota existencia, salvo que los ascendientes difuntos hayan fundado +aristocracia y sirvan para dorarnos, en cuyo caso guardamos sus nombres +en unos pergaminos vetustos, para «darnos corte» a costa de sus cenizas +heroicas o venerables, por cualquier concepto. Pero aun esto mismo se +olvida; todos los nombres, en fin, acaban por yacer en el olvido, «la +muerte de la muerte», que dijo un poeta muy romántico y más triste que +un sauce.</p> + +<p>Creo haber dejado establecida la importancia del bautismo, de ese +santísimo sacramento nacido en las orillas del Jordan y adoptado con un +éxito evidente por toda la humanidad a través de los siglos.</p> + +<p>Ahora bien (pase el giro parlamentario): en Buenos Aires está corriendo +gran peligro la institución bautismal. No es que la gente deje de +bautizarse y de inscribirse en el registro civil; pero el nombre puesto +por la Iglesia y por el Estado, en completo acuerdo, sufre luego una +trasformación radical. Un mote familiar y cariñoso puesto en el hogar o +por los amigos, sustituye al nombre civil y de pila. Entre la joven +población masculina ya nadie se llama Pedro, Juan, Diego, Carlos, +Enrique, Joaquín, Jaime, Jorge, Raúl, Roberto, etc.</p> + +<p>Los nombres sustitutos son éstos: «Cucho», «Chocho», «Cacho», «Gogo», +«Gogó», «Tito», «Toto», «Totó», «El chino», «Baby», «El Bebe», «Nenín», +«Charlín», «El gordo», «El flaco», «Nono», «Fito», «El rubio», «El +negro», «Perucho», «El gringo», «El mono», «Taco», «Cotaco», «El +alemán», «El inglés», «El vasco», «El Tuerto<a name="page_130" id="page_130"></a>», «Pototo», «Poroto», +«Lalo», «El nene», «Peringote», «Piringo», «El gallo», «El gato». En +fin... cuento de nunca acabar. Y entre las señoritas ocurre otro tanto: +«Mangacha», «Mecha», «Mechita», «Cochonga», «Chucha», «Cocha», «Coca», +«La gringa», «Neneite», «Nenana», «La Negra», «Fifa», «Tina», «Tinita», +«Mimí», «Nini», «Nina», «Sisi», «Potota», «Chiveta», «Matesa», «La +gata», «Loló», etc., etc.</p> + +<p>Como se ve, el bautismo ha desaparecido. El sacramento no vale un +sacramento, y pase lo irreverente de la expresión popular en gracia a la +exactitud. Y ocurre preguntar: ¿para qué llevar a los recién nacidos a +la pila bautismal e incribirlos en el registro civil, si luego hemos de +llamarlos de un modo distinto de lo convenido con la Iglesia y con el +Estado? Esto, francamente, no es serio. No es serio burlarse así de dos +instituciones como la Iglesia y el Estado, sobre cuyos seculares +cimientos reposa toda la chapitelería de la civilización. Si no gustan +ya a la gente los nombres cristianos, los que figuran en el santoral, +hágase un nuevo calendario con los motes familiares trascriptos. Todo es +aceptable, menos bautizar a la gente de una manera y llamarla de otra, +pues ello origina una confusión anárquica por la cual se viene abajo +todo el casillero en que los libros parroquiales y los registros civiles +han ido metiendo pacientemente la filiación de las personas.</p> + +<p>Yo no creo que los nombres de los santos sean tan desdeñables para caer +en semejante desuso y relegarlos al olvido, sustituyéndolos por apodos +caprichosos. Por otra parte, tanto la Iglesia como el Estado son +sumamente tolerantes y admiten cualquier nombre, a gusto del consumidor. +No pocos de éstos desean para sus hijos nombres sonoros, gloriosos e +inmortales, y así van algunos por el mundo cubiertos de ridículo con +esta etiqueta bautismal y civil: Epaminondas Pérez, Aristóteles +Rodríguez, Sócrates González. También se convierten en nombres algunos +apellidos célebres. Ejemplos: Wáshington Martínez, Franklin Gutiérrez. +Las instituciones civiles y eclesiásticas admiten cualquier<a name="page_131" id="page_131"></a> nombre, +fuera del santoral: pero, una vez bautizado con el nombre de +Epaminondas, es depresivo llamarle «Poroto»; si se le ha puesto el +nombre de Sócrates, resulta ridículo y ofensivo para la antigua Grecia +filosófica llamarle «El mono»; y si, en fin, se le puso el nombre de +Washington, o de Franklin, es inadmisible llamarle «Piringo» o «El +gringo».</p> + +<p>Hay quien sostiene que los apodos son más lógicos que los nombres. +Cuando el mote alude a una condición moral, a un rasgo del carácter, a +una modalidad particular del espíritu, tiene, indudablemente, una +determinación más apropiada que el nombre. Es el bautismo +correspondiente a la idiosincrasia del sujeto. Existe cierta lógica en +esperar a que el individuo acuse su personalidad para luego aplicarle la +denominación correspondiente; porque si el individuo es tímido como un +conejo casero, resulta paradógico ponerle el nombre de Napoleón. Pero el +bautismo no tiene por objeto calificar con precisión a los nacidos, sino +absolverlos del delito de nacer—porque se delinque naciendo—y evitar +que, en el caso de nacer y morir simultáneamente, frecuente desventura +doble, vayamos al Limbo, mansión dedicada a los que no se han estrenado +en la vida con ningún acto molesto para los demás.</p> + +<p>El mote tiene, pues, cierta lógica cuando caracteriza al individuo. Pero +los apodos transcriptos no dicen nada, no determinan las condiciones +morales de las personas: son palabras sin sentido, verdaderas ñoñerías, +que no pueden suplantar a los nombres bautismales, de tan rico y remoto +contenido filológico.</p> + +<p>Como se ha visto, corre entre nosotros gran peligro el sacramento +instituido o iniciado en el Jordán por aquel santo varón, giróvago +fluvial, que perdió la cabeza por el raro capricho de la bailarina +Salomé.<a name="page_132" id="page_132"></a></p> + +<h3><a name="SIN_PRESIDENTA" id="SIN_PRESIDENTA"></a>SIN PRESIDENTA</h3> + +<p>La intervención de varias y bondadosas amigas ha influido de modo +decisivo para que Petrona y yo hagamos las paces, después de unos meses +de enojo y distanciamiento por parte de ella, pues, por lo que a mí +toca, nunca dejé de considerarla como amiga; porque, dicho sea en +secreto entre los doscientos mil lectores de «La Prensa», aunque Petrona +padece cierto «tilinguismo» verboso, yo siempre la consideré una dama +excelente, perfecta esposa y madre amantísima, no ya sólo de sus hijas, +sino también de los maridos de sus hijas; lo que se dice, en fin, una +buena mujer, cosa difícil, porque, según un filósofo (me lo ha dicho mi +marido, que lee filosofía) la mujer es un hombre imperfecto.</p> + +<p>Las bondadosas gentes que hacen a mis escritos la merced de sus ojos +recordarán la causa del enojo de Petrona. Debióse a una malhadada +croniquilla mía en que relataba las inquietudes de mi amiga ante el +hermético silencio que precedió a la composición del actual ministerio. +Yo dije que, según Petrona y según todo el mundo, inclusive yo misma, +partícula diminuta del universo, pero con derecho opinante—que un +grillo es un grillo y se le oye—el hombre señalado para la cartera de +Agricultura por todo el mundo, incluídos los grillos, era Eleuterio, el +marido de mi amiga, notable cultor de las ciencias agrarias y +especialista, sobre todo, en el mejor aprovechamiento del maíz, que +debe, según su doctrina, trasformarse en carne, sirviendo para ello de +agente digestivo cierta especie de la fauna doméstica, cuyo nombre no +debe estamparse en esta página dedicada a la elegancia. Y bien (pase el +galicismo): mi amiga se enojó mucho, empecinada en que yo había puesto +en ridículo a un hombre tan eminente y de tan sólida reputación agrícola +como Eleuterio. Inútiles fueron mis excusas. Cuando una cosa no se +entiende como es debido, es porque en ello interviene más la voluntad +que el entendimiento. Por lo demás, cabe en lo posible que mi +inexperiencia<a name="page_133" id="page_133"></a> periodística, en vez de un buen servicio, se lo hiciera +flaco. Pero mi intención, tratando de hacer atmósfera a la candidatura +de Eleuterio, fué buena, inmejorable; y los actos no han de juzgarse por +los resultados, siempre contingentes y problemáticos, sino por la +intención que los guía, teniendo en cuenta que quien escribe no puede +evitar las interpretaciones torcidas de la malicia humana, que siempre +es mucha.</p> + +<p>Felizmente, las paces están hechas, aunque haya costado casi tanto como +concertar la paz europea. Las paces—díjelo ya otra vez—son más +difíciles de concertar que la paz. Es cierto que en este caso las +negociadoras han sido muy eficaces, especialmente la viuda de Esquilón, +muy unida a Petrona por su común afición a la política. No menor +influencia han tenido dos cartas, una para mí y otra para Petrona, dos +chispeantes y graciosas epístolas de Rosalía Arregui del Moral de Pérez +y Gámpora, dirigidas desde «Los Carpinchos», de donde no se mueve +Rosalía, va ya para dos años, quieta junto a su pastor en la soledad de +los campos, persistente en ayudarle con la gracia de su presencia a +reconstruir la fortuna, alegre, feliz, y viviendo, en fin, entre +corderillos, recentales y aves domésticas, con arreglo a los clásicos +preceptos de las geórgicas de Virgilio.</p> + +<p>Urgían estas explicaciones, un tanto menudas, pero necesarias, para que +no crean mis lectoras, al verme otra vez amiga de Petrona, que soy una +veleta tornadiza que hago y deshago amistades por simple capricho, +incapaz de aquella serena constancia y ponderado equilibrio de humor +que, dentro de las naturales destemplanzas de los nervios femeniles y de +la extremada sensibilidad de nuestras vanidades diarias, ya señaladas +por el viejo Salomón, han de ponerse en el cultivo de las relaciones y +de los afectos.</p> + +<p>Y basta de prólogo, que ninguno largo fue bueno.</p> + +<hr style="width: 5%;" /> + +<p>Para iniciar las paces ofrecí la otra tarde un té en mi casa, principio +del tratado que pensamos ratificar con una comida. Como sólo se trataba +de un armisticio,<a name="page_134" id="page_134"></a> celebrado con infusión de la China, no asistieron más +que Petrona y la viuda de Esquilón; esta última en calidad de +intermediaria para entregarnos, en medio de la infusión, a la efusión +del primer abrazo reconciliatorio.</p> + +<p>Roto el hielo y reanudada la amistad, charlamos mucho. Como antes va +dicho, ambas tienen gran afición a la política, en su aspecto, claro +está, femenino, pues ni ellas ni yo poseemos luces para tratar el tema a +fondo, suponiendo que en el tema político haya fondo y reinen alguna vez +las luces. Pero esta afición es distinta en cada una de mis amigas. La +de Esquilón quedóse viuda muy temprano; es rica y no tiene hijos. Perdió +el marido, el doctor Esquilón, en una provinciana trifulca electoral. +Era un orador abundante, como un grifo suelto, y cuando vió que la +palabra no bastaba, porque los adversarios llevaban los gauchos en +silencio a las urnas, el doctor Esquilón enmudeció y echó mano de las +más desaforadas violencias. Se discute aún si el tiro partió de la +comisaría, o de los amigos, o de los contrarios, o de un asesino suelto, +enemigo personal por esto o por aquello. Probablemente no se sabrá nunca +la causa; la verdad está ya tan soterrada por tal cúmulo de versiones +contradictorias e interesadas, que nunca se logrará desenterrarla. Lo +único cierto es que el tiro se llevó la vida del doctor Esquilón, +privando al país de una de las laringes mejor organizadas para emitir +sonidos articulados que, a veces, parecían conceptos para hacer felices +a los pueblos. Todo terminó con una placa de bronce heroico sobre su +sepulcro, dedicada por sus amigos, con unas líneas laudatorias, +resistentes a las lluvias, al sol y a la acción corrosiva del tiempo, +que al fin acabará con ellas. Margarita, la viuda, quedóse sola, +admirando en silencio el brío de su joven marido y su exaltado fervor +político para defender, si no las ideas, unos cuantos electores con unas +cuantas papeletas más o menos limpias. Con razón dice mi esposo que el +sufragio universal cuesta más de lo que vale. Margarita lloró mucho. +Pero, al<a name="page_135" id="page_135"></a> fin, todo tiene fin, hasta las lágrimas. Joven, linda y rica, +la vida, páramo a raíz de la muerte del pobre Esquilón, perdió, poco a +poco, su aspecto desolado, recobrando sus muchos encantos y seducciones. +Hoy Margarita se ha devuelto al mundo, con evidente deseo de vivir, y +hasta ofrece un continente risueño, cierta alegría discreta, +disciplinada por la viudez, que aumenta la gracia de su rostro +hechicero. Hace activa vida social: viste con elegancia; usa atavíos de +colores discretos; conversa con soltura y cierta abundancia, que se le +pegó, sin duda, del malogrado orador; y pasa, en fin, entre las niñas, +por otra más experimentada, gozando entre las matronas de aquella tierna +simpatía que merecen siempre los infortunios prematuros. Resumen de todo +lo dicho: es muy simpática la viuda de Esquilón.</p> + +<p>Su gusto por la política dimana del interés que le merecen las luchas de +los hombres, las competencias del talento, los anhelos de florecimiento, +los empeños de amor propio, los esfuerzos por la popularidad. Las ideas +políticas la interesan muy poco; apenas las distingue unas de otras. +Verdad es que quizá no se distingan en nada. Lo que la apasiona es el +juego de las actividades «partidistas», la maña de cada cual para +triunfar, el deporte político, en una palabra. La tragedia de su marido +parece que fuera un estímulo de este gusto, consecuencia, sin duda, de +haber estado unida, aunque por poco tiempo, a un excelente deportista, a +un luchador político.</p> + +<p>Petrona, por el contrario, tiene de la política un concepto utilitario. +Le interesan los políticos, los que mandan o los que estén a punto de +mandar, por lo que puedan influir en la seguridad de los empleos de sus +yernos y, ante todo y sobre todo, por las probabilidades que el juego +político, en su trabajoso ajetreo, ofrezca a Eleuterio para acercarse a +la anhelada y merecida cartera de Agricultura, para resolver—ya es +hora—eso del maíz.</p> + +<hr style="width: 5%;" /> + +<p>—Hace ya tiempo—digo a Petrona, para halagarla<a name="page_136" id="page_136"></a> y también por +justicia—que Eleuterio debía ser ministro. ¡Un hombre que sabe +tanto!...</p> + +<p>—¡Qué quieres, Marianela: así son las cosas! En este país no se sabe +apreciar a los hombres; el que se mata a estudiar en silencio, se queda +atrás, y el que charla, sigue viaje...</p> + +<p>—Para nosotras, para las señoras—salta la de Esquilón—la política +está aburridísima en estos momentos que, según dicen, son históricos. Yo +no sé qué falta, pero algo falta.</p> + +<p>—Falta la presidenta—dice Petrona.—elemento necesario, +imprescindible, de toda presidencia completa.</p> + +<p>—¡Cierto, Petrona!—exclama la joven viuda, dándose una palmadita en la +tersa frente;—ahora caigo. Yo pensaba y pensaba: «Pero, señor, ¿qué +falta aquí, qué falta?» Y no caía. Es claro: falta la presidenta. Por +eso no hay fiestas, ni recepciones, ni nada. Está resultando esto más +triste y más lúgubre que una capilla protestante.</p> + +<p>—Se dice que los del gobierno son lo más ahorradores—apunta Petrona.</p> + +<p>—¿Y para qué quieren la plata? Todos los ahorradores son gente muy +triste—agrega Margarita.—Además, no se necesita mucha plata para que +el gobierno dé algunas fiestas en que las señoras podamos divertirnos, +murmurar algo, chismear un poquito y enterarnos de cómo andan las cosas +de los políticos, hablar con ellos, que son, hijita, más chismosos que +nosotras. La presidencia se debió inaugurar con un gran baile. Como yo +he dejado ya el luto—las cosas ¡ay! no tienen remedio—es la fiesta que +más me hubiera gustado. ¡Qué diferencia con Sáenz Peña!</p> + +<p>—¡Ah, Roque...!—exclama Petrona.</p> + +<p>—¡Tan culto, tan ilustrado, tan espiritual, tan rumboso!—dice la de +Esquilón.—Dió a la presidencia cierta majestad amable, un tono que +nunca tuvo, una distinción suprema, entre aristocracia de corte y +aristocracia de estancia. Sáenz Peña se ocupó siempre mucho de las +señoras.<a name="page_137" id="page_137"></a></p> + +<p>—Mi familia por parte de padre—dice Petrona—siempre fue roquista; +pero yo, últimamente, me hice roquera. Y así logré meter a Bernadito, a +mi yerno, en la diplomacia. En cuanto le hablé, una noche en el Colón, +«concedido, concedido», me dijo; «recuérdemelo, Indalecio»—añadió, +dirigiéndose al doctor Gómez, que también es muy fino.</p> + +<p>La viudita tiene un golpe de erudición que nos deja asombradas a Petrona +y a mí. «Sáenz Peña sabía que el hombre reina y la mujer gobierna, como +dice Ponson du Terrail».</p> + +<p>—Si Eleuterio me hubiera hecho caso—afirma Petrona, siempre atenta al +positivismo político—otro gallo nos cantara; pero se fue con los +cívicos y... ¿qué iba a hacer con los cívicos? Buena gente, eso sí, muy +respetable, digna, dignísima; pero, hijita, están siempre esperando que +vayan a buscarlos con palio a su casa y que les lleven la presidencia en +una bandeja de plata.</p> + +<p>—En política hay que moverse—dice la de Esquilón—; si no, no se saca +nada.</p> + +<p>—¡Claro!—asiente Petrona.—Luego, Eleuterio fué de traspié en traspié; +primero se fué con Benito, que sólo gana las elecciones del Jockey; +después, con Lisandro, que en sacándole del Rosario... ¡se acabó! Yo +siempre le decía a Eleuterio: «Hijito, estás obsesionado con el maíz, y +no ves la realidad». Pero, nada, no conseguí nada: que la lealtad, que +los principios, que los amigos son los amigos... Así nos ha ido.</p> + +<p>—Los hombres, algunas veces, debían de hacer caso de las +mujeres—afirma con aire sentencioso la de Esquilón.</p> + +<p>—Siempre—sostiene con firmeza Petrona.—Pero lo cierto—agrega—es que +falta la presidenta. Por medio de ella y de su círculo, las señoras, +aunque de modo indirector, intervenimos en la política, sabemos lo que +ocurre entre telones, recogemos rumores, los lanzamos y, sobre todo, +siendo amiga de la presidenta, puede una hacer algo por los suyos. +Porque,<a name="page_138" id="page_138"></a> claro, el presidente no puede negarle liada a la presidenta.</p> + +<p>—Así debe ser—digo yo, que, aun cuando nada me interesa la política, +deseo congraciarme del todo con Petrona;—así debe ser: el presidente +preside al pueblo y la presidenta preside al presidente.</p> + +<p>—Debía ser como las monarquías—agrega la de Esquilón;—que no hay rey +sin reina. Yo hablaba mucho de esto con la infanta Isabel cuando el +Centenario. Nos hicimos lo más amigas. Me dijo que a los reyes les +obliga a casarse no sé quién; creo que la Constitución. Parece que la +gente del pueblo, o la Constitución—no sé bien—exige que se asegure la +sucesión de la corona.</p> + +<p>—En las monarquías—dice Petrona—todo marcha sobre seguro. En cambio +aquí, nadie estát seguro; siempre está una pensando: si destituirán a +este yerno, si lo echarán al otro; en fin, una intranquilidad terrible.</p> + +<p>La viuda de Esquilón, en su política de altura, no hace caso de estas +angustias y sigue evocando sus' gratos recuerdos de la infanta: «Me +decía doña Isabel que, una vez casado el rey, forma éste su círculo +palaciego, mientras la reina forma otro. La reina madre, cuando existe, +también organiza el suyo. La madre de la reina, que no es la reina +madre, forma otro. Los príncipes y las princesas constituyen otros +círculos menores. ¡Qué lindo! El palacio arde en pasiones. Intrigas, +preferencias, luchas sordas por el favor real: los políticos y sus +señoras andan de un círculo en otro, en competencia de predominio; unas +veces arrimados a la reina, otras veces al rey, otras a los príncipes, +según el giro de las influencias. Grandes bailes, grandes saraos, en +salones suntuosísimos; las señoras vestidas de corte, los caballeros +cubiertos de casacas; los diplomáticos relumbrantes de oro galonado; los +militares con más cruces que un cementerio. Pasa el rey.... unos se +inclinan, otros se yerguen militarmente, que es una forma de inclinarse. +Pasa la reina..., reverencia general hasta el suelo. Se estudian, se +analizan<a name="page_139" id="page_139"></a> las sonrisas del rey y de la reina, deduciendo preferencias. +¡Eso, eso es política!—termina la joven viuda, asfixiada por la emoción +descriptiva».</p> + +<p>Cobra ligeramente aliento y prosigue: «En cambio aquí, como el +presidente llega a la meta ya viejecito, la presidenta suele ser otra +viejecita ya cansada, concluida, reumática, cuyo mayor deseo es que la +dejen tranquila. ¡Y luego hablan de las jóvenes repúblicas! La juventud +está en las monarquías. Puede ser viejo el rey, como el de Austria, pero +está siempre llena toda Austria y toda Hungría de príncipes y princesas, +de infantes y de infantas, de archiduques y archiduquesas, de juventud +monárquica, en una palabra».</p> + +<p>—Y menos mal—arguye Petrona—cuando, aunque viejita, hay presidenta. +Pero ahora...</p> + +<p>—Tampoco la había—me atrevo a insinuar—cuando mandaba don Victorino.</p> + +<p>—Cierto—dice la de Esquilón;—pero era distinto que ahora; entonces +estaban María Rosa y Teresa, que son muy discretas y muy distinguidas, y +sabían muy bien sustituir la falta de presidenta en las fiestas +sociales. Ellas daban tono al gobierno con su ingenio y con su +conversación espiritual. Don Victorino podía estar tranquilo: había +presidentas. Yo soy muy amiga de ambas y constantemente hablábamos de +política.</p> + +<p>—Pues yo—dice Petrona,—cuando quería saber algo de candidaturas +ministeriales y altos empleos me valía de Anita. Claro que yo no soy +amiga de Anita, de una ama de llaves; me lo impide mi condición social; +pero me hice muy amiga de una familia modesta que tiene relación con +Anita y, por ahí, lo sabía todo. De algún medio hay que valerse para +estar enterada. Pero ahora ¡qué cosa! ¿no? no hay forma de saber nada.</p> + +<p>Me canso de esta labor taquigráfica para tomar al pie de la letra una +sesión política tan importante y trascendental. Y hago punto. Sólo +agregaré mi satisfacción y contento por haber hecho las paces con +Petrona, tan buena y tan amante de los suyos...<a name="page_140" id="page_140"></a></p> + +<h3><a name="LA_ABUELA_DEL_REY_DE_LOS_CIPRESES_O_EL_ORGULLO_ANCESTRAL" id="LA_ABUELA_DEL_REY_DE_LOS_CIPRESES_O_EL_ORGULLO_ANCESTRAL"></a>LA ABUELA DEL REY DE LOS CIPRESES, O EL ORGULLO ANCESTRAL</h3> + +<p>El portero me trae una tarjeta: «Es una señora vie-jita—dice—, y +pregunta si la señora puede recibirla». Leo: Melchora Ponce del Ebro de +Nuezvana.</p> + +<p>Ordeno que la hagan pasar a un saloncito. «Díganla que tenga la bondad +de esperarme un momento». Y en seguida llamo a mi doncella para que me +ayude a ponerme un traje de circunstancias, un vestido negro, de cierta +severidad, pues me parece que la entrevista va a ser grave.</p> + +<p>Mientras me visto procuro dominar el desasosiego que me ha invadido al +leer la tarjeta. ¡Misia Melchora en mi casa! Es necesario dominar los +nervios y ordenar las ideas. Seguramente viene a hablarme de la +pretensión de su nieto, Carlitos Nuezvana, el rey de los cipreses, +respecto a Inesita, mi querida protegida, mi futura hermana. Quizá me +proponga que la ayude a concertar el matrimonio. ¡Pobre señora! No sabe +lo que ocurre.</p> + +<p>Confieso que la entrevista me resulta un poco imponente. No es para +menos. Misia Melchora es lo más alto entre lo más eminente o +empingorotado de nuestra sociedad. Sus apellidos, así los propios como +el de su consorte, fallecido 25 años hace, significan doble tradición, +colonial y patricia. Un Nuezvana fue virrey del Perú, caballero +ostentoso que imitaba en Lima el boato borbónico, según cuenta Ricardo +Palma en sus apologías de aquellos magnates. Otro Nuezvana fue obispo y +dio lustre con sus austeras virtudes a la iglesia naciente de +Chuquisaca. Oidor de Charcas fue otro Nuezvana. Ignoro lo que oiría en +Charcas este oidor. La fama de los Ponces y de los Ebros data aún' de +más antiguo. Uno de los Ponces vino de piloto en la expedición de don +Pedro de Mendoza. Luego pasó al Paraguay y fundó varios pueblos que +siguen casi lo mismo que cuando él puso la primera piedra. Un Ebro fue +capitán de una de las «naos» de Gaboto. Otro acompañó a Alonso de Vera y +Aragón en las exploraciones del río Bermejo, y se internó en el Chaco, +creyendo que eran de oro los<a name="page_141" id="page_141"></a> quebrachos. Por espacio de tres siglos +figuran estos apellidos, llevados por frailes, navegantes, militares, +corregidores, adelantados, oidores, etc., en los cronicones de los +diversos virreinatos de la era colonial, advirtiéndose su andariega +presencia desde Méjico hasta la Asunción, pues el antiguo español +aprendía la geografía andando.</p> + +<p>Después, en la edad moderna, los Nuezvanas, Ponces y +Ebros—descendientes, naturalmente, de los anteriores—alcanzaron tanto +o mayor esplendor que sus tataradeudos. Un Ponce fue coronel de la +independencia y brilló por su bizarría en Ayacucho. Un Nuezvana, +licenciado en derecho canónico, orador ampuloso y ergotista, figura +entre los que proclamaban la necesidad de una restauración monárquica +como régimen argentino. Los Nuezvanas siempre fueron algo fastuosos. Un +Ebro, militar aguerrido, tuvo gran importancia en las guerras gauchas, +combatiendo al Chacho y a Facundo Quiroga.</p> + +<p>Hubo también, así en los tiempos antiguos como en los modernos, otros +Nuezvanas, Ponces y Ebros insignificantes y oscuros; pero misia Melchora +sólo considera como suyos a los que figuran en la historia. Y existe en +su espíritu, en cuanto a legítimo orgullo, cierta dualidad: suele +gloriarse a veces de su rancio abolengo y timbres hispánicos; y otras, +en cambio, envanécese del justo honor dimanado de sus ascendientes +patricios. Como los nombres son los mismos, originarios unos de otros, +la gloria de misia Melchora asume cierto carácter de guerra civil, +familiar y casi doméstica, en la cual los manes heterogéneos libran gran +trifulca e histórica zarabanda. Pero misia Melchora aviene y concilia +las memorias, atribuyendo a todos sus ascendientes por línea propia y +marital, ya sean personajes coloniales, ya proceres argentinos, las +cualidades de la hidalguía castellana, llena de soberbia altivez y de un +orgullo cuyos límites alcanzan a los cuernos de la luna.</p> + +<p>Uno de los motivos de envanecimiento de misia Melchora es la existencia +actual del duque de Nuezvana, que tiene el derecho, como grande de +España, de presentarse cubierto ante los reyes. Pertenece a los +Nuezvanas<a name="page_142" id="page_142"></a> que no salieron nunca de la península, esperando los tesoros +de los Nuezvanas indianos y medrando políticamente con los méritos de +sus conquistas, exploraciones y hazañas en los desiertos de Indias. Por +todas estas circunstancias, misia Melchora, a semejanza del grande, de +España, viene a ser «la grande» de Buenos Aires.</p> + +<p>Pero todos estos timbres valdrían muy poco socialmente en nuestra +democracìa si no estuviesen fortalecidos por una fortuna colosal. Y esta +fortuna se debe precisamente a un Nuezvana oscuro y a un Ponce y un Ebro +insignificantes. En tiempos de Carlos III, este Nuezvana grís y opaco se +apañó, por concesión real, los mejores campos, ahí no más, junto a las +casas de Buenos Aires. Un Ponce fué abastecedor de los ejércitos que +realizaron la conquista del desierto. El estado le pagó en tierras que +después han valido un dineral; se adueñó de media Pampa Central. Y un +Ebro, casi contemporáneo, hombre de matemáticas, educado en Inglaterra, +obtuvo, al iniciarse las empresas ferroviarias, diversas concesiones de +caminos de hierro, que luego cedió a los ingleses por sendas libras +esterlinas. Este Ebro no construyó ningún camino, pero hizo el suyo +admirablemente.</p> + +<p>Las tres ramas—Nuezvana, Ponce y Ebro—fueron poco fecundas y todo vino +a caer en manos de mi distinguida visitante y de dos hermanas estériles, +ya difuntas, a quienes heredó misia Melchora. Esta excelente señora hubo +de su matrimonio un hijo, padre de Carlitos Nuezvana, y varias hijas, +casadas con lo mejorcito de nuestra sociedad. Así, pues, misia Melchora +es archimillonaria. Sus estancias no tienen fin. Mi cuñado Raúl, a quien +le da por hacer ironías con las matemáticas, ha hecho un cálculo, según +el cual, puestos en línea recta los alambrados de los campos de misia +Melchora, resultan más largos que las vallas de alambre electrizado de +las trincheras europeas, que llegan desde Bélgica hasta el Danubio.</p> + +<p>Por lo demás, misia Melchora es una distinguidísima matrona. Su defecto +principal, el orgullo, está,<a name="page_143" id="page_143"></a> en parte, justicado por su grande y doble +abolengo y el resto, que es mucho, procede de la atmósfera de +adululación en que vive, pues tanto sus hijas (su único hijo, el padre +de Carlitos, murió) como sus nietos y yernos—sobre todo los yernos—se +desviven por complacerla, persiguiendo, según malas lenguas, que nunca +faltan, el quinto testamentario, que constituye un pico superior al de +la Mirándola. Todo esto ha estropeado un poco el carácter de misia +Melchora, haciéndola adquirir una idea desmesurada de sí misma. Por +Carlitos siente verdadera idolatría, entre otras razones, por ser el +único nieto que lleva el apellido de Nuezvana, ilustrado por un virrey +del Perú, por un obispo de Chuquisaca, por un oidor de Charcas, por un +duque y grande de España y por la propia misia Melchora.</p> + +<p>Calculad ahora mi inquietud ante esta entrevista. Yo la conozco un poco; +pero he mantenido siempre con ella un trato ceremonioso. Acabada de +vestir, me doy un par de vueltas en el espejo, ensayando gestos y +posturas de cierta gravedad; procuro, a la vez, serenarme, y me dirijo +al saloncito con paso firme, no exento de parsimonia.</p> + +<p>—¡Misia Melchora! ¡qué sorpresa!...</p> + +<p>—¿La sorprende a usted mi visita?</p> + +<p>—Me sorprende y me halaga que usted se haya servido honrar mi casa con +su presencia.</p> + +<p>—Muchas gracias, Marianela.</p> + +<p>—Está usted cada día más joven—la digo, aunque, en realidad, parece +una pasita, pero encendida y vibrante aún por el calor del orgullo.</p> + +<p>—No me diga, Marianela; estoy ya concluyéndome, llena de achaques, +hecha una ruina. Por un lado, los años—¡76, Marianela!—; por otro, los +disgustos, que nunca faltan.</p> + +<p>—¿Disgustos, usted, misia Melchora?...</p> + +<p>—Disgustos, sí, hija mía, disgustos. Precisamente vengo a hablar con +usted de un asunto que me trae profundamente disgustada. Y es más: vengo +a pedirla que me ayude a resolver el problema.<a name="page_144" id="page_144"></a></p> + +<p>—Si tiene solución y yo puedo, cuente usted conmigo, misia Melchora.</p> + +<p>—Puede usted... es decir... yo creo que puede ayudarme. Y vamos al +asunto. Sabe usted, como yo—mejor que yo quizá—que Carlitos, mi nieto, +se ha enamorado como un loco de Inesita, la niña de Clotilde Rodríguez +de Garaizábal. Mi nieto no vive, no duerme, ni descansa, pensando en +ella. Está desesperado, aunque ello sea impropio de la compostura y +serenidad propias de los Nuezvanas. Pero el amor es el amor, y avasalla +y enloquece a todas las clases sociales. Imagínese cómo estará el +muchacho, que ya ni se peina, que era antes su principal cuidado. No +sale de casa, y se pasa el día en sus habitaciones, en pijama y +desgreñado. Apenas come; ha perdido no sé cuántos kilos. Está pálido +como la cera y tiene un mirar entre loco y moribundo, unas veces +lánguido, otras furioso. Yo no sé ya qué hacer. Me he asustado mucho, +porque... ¡le viera usted!... da pena; se ha quedado como un hilo. He +llamado a Güemes; pero ¡qué va a hacer Güemes en esto! Después de verle, +al irse, me ha palmeado a mí—ya sabe usted que Güemes es lo más +cariñoso—y me ha dicho, riéndose, que el diagnsótico lo haría, mejor +que él, alguna muchacha, y que la más eficaz medicina para Carlitos está +en el sacramento con música de marcha nupcial.</p> + +<p>—El doctor Güemes no sólo es un gran clínico, sino también un gran +psicólogo.</p> + +<p>—Está en todo, hijita. ¡Qué hombre! En cuanto le ha visto, le ha +adivinado el mal. Pero, claro, es un mal en que él no puede hacer nada.</p> + +<p>En los ojitos apagados de misía Melchora tiemblan dos lágrimas.</p> + +<p>—¿Y ella?—preguntó.</p> + +<p>—Pues ahí está el cuento. No le ha desairado del todo. Pero no le hace +tanto caso como al principio. Ahora parece que le rehuye. ¿Qué +pretenderá esa niña? No tiene en qué caerse muerta y...</p> + +<p>—Todos tenemos en qué caernos muertos, señora. Si no ¿dónde iríamos a +parar? Y el desinterés, sobre<a name="page_145" id="page_145"></a> todo en esta época, es una virtud +bastante rara.</p> + +<p>—Ya sé que la quiere usted mucho.</p> + +<p>—Cierto; la quiero; es una niña muy interesante.</p> + +<p>—Y que la protege usted.</p> + +<p>—Yo, señora, puedo proteger muy poco. Además, Inesita no necesita +protección. La protegen su propia belleza y su alma incomparable.</p> + +<p>—Pues yo protejo a toda su familia. Si no fuera por mí, ya estarían +fundidos. Cierto que Clotilde y sus hermanas, las tías de Inesita, me +corresponden, haciendo cuanto pueden por vencer la resistencia de la +muchacha y arreglar esta boda en que se halla comprometido mi amor +propio y el de toda mi familia. Ningún Nuezvana ha sido nunca desdeñado +en la sociedad de Buenos Aires. Carlitos podría dirigirse a la principal +niña argentina, a la primera fortuna y al primer apellido, en la +seguridad de que no sería rechazado. Pero se le ha metido en la cabeza +que ha de ser con esa muchacha, «¡O ella, o la muerte!»—me ha dicho con +una firmeza que me ha dejado aterrada. Yo no sé qué hechizo, qué +seducciones, qué encantos encuentra en esa niña.</p> + +<p>—¡Ah, es encantadora!...</p> + +<p>—Sí... no es fea; pero, vamos, no es ninguna cosa del otro mundo.</p> + +<p>—No, señora, es de este mundo; una belleza mortal, pero digna de ser +inmortal.</p> + +<p>—Además, carece de fortuna.</p> + +<p>—El poco caso que hace Dios de la plata se nota por la gente a quien se +la concede—respondo gravemente y un poquito amostazada; pero misia +Melchora no comprende este concepto místico, escudo con que los pobres +se defienden contra la vanidad de los ricos.</p> + +<p>—Carece, igualmente, de apellido.</p> + +<p>—No, misia Melchora, eso no; lleva uno muy bonito, muy sonoro, muy +armonioso: Garaizábal. Además, con cualquier apellido es posible la +vida. La aristocracia, bien mirada, es lo mismo que la democracia. Todo +surge de la nada y vuelve a la nada, misia Melchora.<a name="page_146" id="page_146"></a></p> + +<p>—Pero mientras se vive, conviene ser alguien en el mundo.</p> + +<p>—Nacemos, sufrimos, morimos y nos olvidan. He ahí todo. El resto es +espuma, aire, humo, ruido. Pero, Inesita es alguien. Y si no, +pregúnteselo usted a su nieto.</p> + +<p>—El amor es loco, Marianela.</p> + +<p>—Es la única locura sensata. Hay otras, el orgullo el envanecimiento, +la soberbia, que son mucho más insensatas. Pero todos padecemos estos +defectos. Ahora bien: debemos aplicar la reflexión a reprimirlos todo lo +posible; porque, si la vanidad de los demás resulta intolerable cuando +lastima la nuestra, pasa igual a los otros cuando la nuestra lastima la +suya. El trato social se hace posible a fuerza de limarnos todos un +poquito.</p> + +<p>—Bien, Marianela. Volvamos a nuestro asunto.</p> + +<p>—Volvamos, misia Melchora.</p> + +<p>—Mi nieto es bueno; usted le conoce. Yo le he educado muy bien, en +Inglaterra y en Francia. Es un muchacho sin vicios. No ha estudiado una +carrera porque, gracias a Dios, no la necesita. Comenzó a ir a la +Facultad; pero le daban vahídos, sobre todo cuando estudiaba derecho +romano. Entonces yo le dije que lo dejara. De todos modos, no había de +defender pleitos. Así que, ¿para qué estudiar? Luego, el país está lleno +de doctores, y ya es más distinguido no serlo. Desde entonces se dedicó +a leer novelas francesas; las conoce todas. Y así ha completado su +educación, que no deja nada que desear. Yo había pensado, si se casara +con esa niña, regalarles «Los Chajales», un campo de veinte leguas, con +quince mil vacas; esto para sus gastos, aunque no gastarían nada, porque +yo desearía que vivieran conmigo, en mi palacio de la Avenida Quintana, +pues no quisiera que mi nieto saliera de mi casa. De todo esto he +hablado con Clotilde y está encantada de la idea. Yo necesito compañía, +Marianela, y, claro, aunque quiero profundamente a todos mis nietos, +siento cierta preferencia por Carlitos, porque es el que ha de perpetuar +un gran apellido; es un Nuezvana,<a name="page_147" id="page_147"></a> y con esto está dicho todo: Por otra +parte—ya se lo he dicho a Clotilde,—una vez casados los muchachos, +todas nuestras cuentas quedarían arregladas; todo se quedaría en casa, +unidas para siempre las dos familias. Clotilde me asegura que su hija se +casará con mi nieto. Ella, claro, hace todo lo que puede, por respeto a +mí y porque, realmente, le parece bien la boda. Pero... no sé... me +parece que la muchacha no está decidida. Y yo quiero salir de una vez +del paso. Por eso he venido a verla a usted.</p> + +<p>—¿Y qué puedo hacer yo?</p> + +<p>—Clotilde me ha dicho que usted tiene mucha influencia sobre su hija.</p> + +<p>—Ignoro la influencia que pueda yo ejercer en esto sobre ella. Y diga +usted, misia Melchora: si Clotilde, a viva fuerza, quieras que no +quieras, obligara a su hija a casarse, ¿usted aceptaría para su nieto un +matrimonio así formado?</p> + +<p>—Todo, menos un campanazo; todo, menos que mi nieto, un Nuez vana, +quede desairado y en ridículo.</p> + +<p>—¿De manera que usted cree que es más ridículo que Inés no acepte a su +nieto, suponiendo que no le quiera, pues yo no lo sé, que casarse con él +no queriéndole?</p> + +<p>—Yo no puedo aceptar una situación ridícula ante todo Buenos Aires.</p> + +<p>—¿Y qué culpa tiene Inés en ello?</p> + +<p>—Es cierto; no tiene ninguna culpa. Pero, en fin, yo he venido a verla +a usted, por consejo de Clotilde, para que influya sobre la voluntad de +la muchacha. ¿Quiere usted hacerme este favor? ¿Le parece a usted mi +nieto digno de ella?</p> + +<p>—Dignísimo, misia Melchora. Por lo demás, yo sólo prometo a usted +hablar a Inesita y contarla todo lo que usted me ha dicho, lo de «Los +Chajales», que es seductor, y lo de vivir con usted una vez casada, que +aun es mucho más seductor que «Los Chajales». Respecto a influir en su +espíritu, ya no respondo; eso es muy delicado, pues si no fuera todo lo +feliz que merece, mi tormento duraría toda mi vida.<a name="page_148" id="page_148"></a></p> + +<p>—¿Y cree usted que existe alguna niña que no sea feliz con el apellido +y con la fortuna de un Nuezvana?</p> + +<p>—Sí, señora, lo creo; es posible, aunque parezca absurdo. Porque nos +casamos, antes que con el apellido y la fortuna, con la persona. El +matrimonio es, ante todo, un negocio espiritual, y puede haber apellido +y fortuna, y no haber espíritu.</p> + +<p>—Si ha existido espíritu en los Nuezvanas, la historia lo dice.</p> + +<p>—Sí... pero Inesita no se va a casar con la historia, con un Nuezvana +pasado, sino con uno viviente, que acaso no llegue a entrar en la +inmortalidad, como sus antepasados.</p> + +<p>—Bueno; lo que deseo, en resumen, es una respuesta definitiva, porque, +con Clotilde, ya no me entiendo; no sé a qué atenerme; ella dice que sí, +lo desea, lo sé; pero nunca me trae la respuesta de la muchacha. Y esto +es lo que yo deseo. ¿Se compromete usted a darme esta respuesta?</p> + +<p>—Me comprometo. Hablaré con Inés, y la sacaré a usted de dudas.</p> + +<p>—Gracias, Marianela.</p> + +<p>—No hay de qué, misia Melchora. Tengo el mayor gusto en servirla a +usted en esto y en todo lo poco que yo pueda.</p> + +<p>—Gracias, gracias.</p> + +<p>Poco después salía de mi casa la excelente señora, habiendo dejado en +ella cierta atmósfera de tradición secular, de enhiesto orgullo, de +olímpica y desmesurada soberbia.</p> + +<h3><a name="DESAHUCIADO" id="DESAHUCIADO"></a>¡¡DESAHUCIADO!!</h3> + +<p>Señora doña Melchora Ponce del Ebro de Nuezvana.</p> + +<p>Mi distinguida y muy respetable amiga: Escribo a usted afligida por el +resultado adverso de las gestiones a que me comprometí cuando tuvo usted +la benevolencia de honrarme con su visita. Dimana esta aflicción<a name="page_149" id="page_149"></a> mía +del sufrimiento moral que a usted y a su nieto, excelente joven, lleno +de merecimientos, han de causarles estas líneas, triste revelación de +mis frustrados deseos de servir a usted colmando los suyos. Hablé con +Inesita. Hícela una narración de cuanto usted me dijo. Cuando oyó lo de +«Los Chajales» con las quince mil vacas y lo de vivir con usted, la niña +rompió a llorar de gratitud. ¡Es adorable la criatura! Pero su +desconsuelo no tuvo límites cuando supo el estado adolorido, mustio y +desfalleciente en que se halla Carlitos. Como no terminara su llanto, +pedíla se sosegase y me expusiera su verdadera intención con claridad y +sin temor. Y rompió la pobrecita a parlar a borbotones, a saltos, sin +precisa ilación coherente, entrecortarlas las palabras por la congoja y +los sollozos. De usted y de su nieto me dijo cosas tan honrosas y justas +como ustedes se merecen. Me habló luego del alma, del corazón, de la +vida, de la dirección de sus sentimientos, del matrimonio. En medio de +su verbosidad atropellada, fruto del aluvión tumultuario de sus +emociones, díjome algunas cosas fundamentales y henchidas de un +espiritualismo conmovedor. Como no es posible que yo traslade aquí todo +cuanto ella me dijo en el seno de la más íntima confianza, la aconsejé +que, una vez tranquilizada y recogida en su casa (la entrevista tuvo +lugar en la mía), ordenara sus ideas en una carta dirigida a mí, y en la +cual, con su habitual discreción, pusiera las cosas en su punto. Accedió +a mi deseo. Y hoy he recibido la esquelita que le adjunto para que usted +y su nieto sepan a qué atenerse. Aunque usted, misia Melchora, no +necesita consejos, pudiendo, por el contrario, darlos muy atinados y +oportunos, me atrevo a insinuar la conveniencia de comunicar con +precaución a Carlitos la fatal noticia, pues en el estado de melancolía +a que le ha conducido su amor desconsolado, pudiera tener el mismo fin +de Werther, de aquel doncel alemán tan sentimental, tan tierno, el cual +no hubiera servido para trompeta de órdenes de Hindenburg, pero que nos +ha dejado, en cambio, el eco elegíaco de su dolor, espejo<a name="page_150" id="page_150"></a> perdurable y +eterno modelo de los dolores de amor.</p> + +<p>Observara usted que Inesita me llama en su carta «hermana». Sería por mi +parte una deslealtad ocultar, a usted el significado de este sustantivo. +Inesita está enamorada de mi cuñado Raúl y creo que ambos se han +comprometido, sin más autorización que la de sus propios corazones. La +familia de Inesita no lo sabe aún. Ahora bien: como Clotilde, la madre +de Inesita, las tías y las hermanas de ésta son partidarias decididas de +que la muchacha se case con Carlitos, héme metida en un conflicto, pues +comprenderá usted que el fuero de familia me compele y obliga—a pesar +de mi carácter poco dado a la lucha—a defender a mi cuñado en una +pretensión que juzgo justa. Así, pues, mi respetable y querida misia +Melchora, esa criatura, esa Inesita, tan rebelde a que nadie guíe su +corazón, ha venido a este mundo para constituir el tormento de usted y +el mío, sin contar el de Carlitos. El de usted ha terminado; el mío +empieza; porque no ha de escapar a la fina penetración de su +inteligencia los malos ratos que me esperan frente a la oposición de +Clotilde y de sus hermanas, de las tías de Inesita, de las hermanas y +cuñados de ésta, de sus primos y primas, de toda la familia, en fin, la +cual es natural que prefiera para Inesita el apellido y la fortuna de un +Nuezvana antes que el oscuro nombre y la casi pobreza de mi pariente.</p> + +<p>Por lo tanto, compadézcame, misia Melchora. La vida tiene imposiciones +penosas y es menester afrontarlas. Como si todo esto no fuera bastante, +agregue usted que mi cuñado, desde el instante en que la niña le ha dado +el «sí», se ha puesto como loco y se le ha acrecentado el valor, (ya era +de suyo grande), de una manera extraordinaria. Está dispuesto a +atropellarlo todo si alguien tratase de violentar la voluntad de la +muchacha y la suya propia, que, en este caso, forman una sola. Y dos +voluntades sumadas por el amor son invencibles. Los muchachos me han +convertido en amaparadora de su ideal, y no negaré a usted<a name="page_151" id="page_151"></a> que este +papel de potencia protectora ha hecho surgir cierta exaltación valerosa +en mi espíritu naturalmente apocado. El origen del valor está en la +calidad de la misión que lo suscita y promueve.</p> + +<p>Una vez más lamento lo ocurrido. Con el respecto de siempre y con afecto +mayor que nunca saluda a usted su humilde amiga.</p> + +<p class="r"><b>Marianela.</b></p> + +<p>Queridísima hermana mía. Marianela de mi alma: Todo puedes exigirlo de +mí, menos que ordene mis ideas en medio de la turbación y de las +inquietudes en que vivo. Yo no tengo ideas: todo se ha convertido en mí +en sentimiento inexpresable, cuya única manifestación son las lágrimas. +¿Por qué habré nacido, Dios mío? Mi existencia sólo sirve para hacer +sufrir a los demás, sin culpa mía, bien lo sabes. ¡Ay, Marianela! Te +escribo desde mi cuartito, a las dos de la mañana. Todos duermen en +casa. Se han pasado el día atosigándome con sus planes, que no son los +míos. La ventana está abierta. Las estrellas me envían sus resplandores. +En medio del divino y luminoso ramo celeste fulgura mi estrella, la del +Norte, remedo vivo de la fijeza de mi corazón. El astro adquiere figura +de rostro humano... y a él van mis ojos imantados por su atracción +irresistible. Perdona si al hablarte del estado de mi espíritu recurro a +las gloriosas alturas. Ello sólo indica que me faltan los medios de +expresión humana. Cuando no podemos desahogar el alma de las cosas +confusas y sin nombre que en ella laten, a través de los ojos de la +carne, inundados de lágrimas, los ojos del espíritu se levantan al +cielo, al gran misterio, y allí quedan posados en muda contemplación, +suspenso el tiempo, suspensa la vida misma. Yo no sé lo que te digo, +Marianela, porque la onda de mis emociones me anonada y confunde, +haciendo imposible todo discernimiento claro y ordenado. Acumula todos +los amores que han merecido el canto sublime de los poetas y de los +genios, y no serán, reunidos, pálido reflejo del que yo siento por quien +tú sabes. El cielo,<a name="page_152" id="page_152"></a> mi cielo, el universo, el mío, la eternidad, mi +eternidad, la gloria de las glorias, la mía, todo se concentra en él: y +todos los caminos, los de esta vida y los de la otra, son calvarios y +sendas de espinas sin su compañía y sin el brazo suyo para conducirme. +Mi alma ya no es mía; está trasfundida en otra. Mi corazón ha perdido su +ritmo propio para latir a compás de otro. Mis ensueños navegan por el +mar infinito de la eternidad, dulcemente sometidos a la brújula que Dios +me ha dado. Si estas palabras no sirven para revelarte el estado de mi +espíritu, inventa tú las que quieras para reflejarlo, en la seguridad de +que no existe en el vocabulario término alguno que alcance a reflejar mi +éxtasis, el arrobamiento de este amor mío.</p> + +<p>Pocas palabras más. ¿Crees tú que en tal estado de espíritu puedo ni +debo engañar a nadie, ni a mí misma? Yo deploro la actitud de toda mi +familia. Mi pobre madre, mis tías, mis hermanas, mis cuñados, todos +quieren que yo sea feliz, ¡quién no duda! Pero no se es feliz a la +manera de los demás, sino a la propia manera. Yo creo en el desinterés +de todos y que en realidad se persigue mi dicha exclusivamente, sin +preocuparse de que, de soslayo, alcance también a otros. Ahora bien: la +casada he de ser yo, y nadie mejor que yo misma puede entender mi dicha.</p> + +<p>Respecto a Carlitos, no puedes imaginarte cuánto siento no poder +corresponder a la vehemencia de su pasión, que nada hice—bien lo sabe +él—por alentar ni infundir. Es un joven distinguidísimo, bueno, lleno +de méritos; y, en virtud de estos mismos merecimientos, no debe ser +engañado con una correspondencia fingida de que yo soy incapaz. Se +curará de su pasión, me olvidará. Con su apellido, su fortuna, su +generoso espíritu y bello carácter, que valen más que apellido y +fortuna, encontrará otra más digna que yo de los tesoros de su amor. Yo +no puedo ofrecerle más que mi simpatía y mi gratitud por haber +descendido a poner su ideal en mi humilde persona.</p> + +<p>Por lo que toca a misia Melchora, me conmueve su<a name="page_153" id="page_153"></a> generosidad. «Los +Chajales» constituyen un verdadero reino; pero yo sería allí una reina +intrusa, puesto que no puedo dar, en cambio, mi corazón, que ya no me +pertenece. No merece tampoco misia Melchora ser engañada. Yo no puedo +entrar en aquella casa, llena de tradición caballeresca, de noble +altivez, de epopeya histórica. Me sentiría confundida ante los retratos +que sirven de ornamento sagrado a los salones. El virrey, los +conquistadores, el obispo de Chuquisaca, el oidor de Charcas, los +patricios de la Independencia, el grande de España, todos los Nuezvanas, +Ponces y Ebros que honran con sus virtudes las páginas de la historia, +cobrarían vida en sus cuadros para mirarme airadamente y decirme: «¡Sal +de aquí, falsaria, mentirosa, hipócrita, codiciosa!». Y tendrían razón. +Yo andaría por aquellos salones azorada, aturdida, llena de vergüenza. Y +las voces seguirían: «has venido aquí por dorar con los nuestros tu +apellido oscurísimo; te has casado con Carlitos para apoderarte de «Los +Chajales» y de toda la fortuna que nosotros legamos a nuestros +descendientes; tú no estás enamorada de Carlitos, sino de sus tesoros: +¡eres una pérfida, una ambiciosa vulgar, una mujer despreciable, indigna +de llevar nuestro nombre hidalgo y heroico!». ¡Ay, qué miedo, sobre todo +cuando me mirara monseñor Nuezvana, el obispo de Chuquisaca, y me +amenazara con el infierno, bien merecido por cierto!</p> + +<p>La misma mirada de misia Melchora no podría resistirla cuando +escudriñara mis verdaderos sentimientos. ¡No, no!; pobreza, oscuridad, +fatiga, todo es preferible a este remordimiento, a verse interrogada por +tantos varones ilustres que fueron espejos de santidad y cifra y +compendio de todas las virtudes caballerescas.</p> + +<p>Yo espero que misia Melchora, heredera de toda esta tradición, que ella +sabe mantener tan dignamente, hallará buenas mis razones y guardará un +poco de simpatía para esta pobre muchacha.</p> + +<p>Te abraza con todo su corazón.</p> + +<p class="r"><b>Inés</b></p> + +<p><a name="page_154" id="page_154"></a></p> + +<p>Indudablemente, esta Inesilla no vive en nuestra época. Y ello nos va a +proporcionar a todos bastantes disgustos.</p> + +<h3><a name="LA_VIUDA_DE_ESQUILON_VA_A_MAR_DEL_PLATA" id="LA_VIUDA_DE_ESQUILON_VA_A_MAR_DEL_PLATA"></a>LA VIUDA DE ESQUILÓN VA A MAR DEL PLATA</h3> + +<p>Pocas veces sufro de tedio. Mi propia vida interior, cuando la externa +no ofrece interés, basta para entretenerme. Sin embargo, sentíme ayer +tarde acometida por invencible melancolía. «¿Qué hacer?»—me dije—. Y +para combatir la murria, ocurrióseme ir a visitar a mi amiga Margarita, +la viuda de Esquilón, en quien la sensibilidad y estado de ánimo +constituyen siempre un divertido espectáculo. Pedí el automóvil y partí, +rumbo a la Avenida Quintana, donde vive mi amiga en su magnífico +palacete.</p> + +<p>Entré de rondón en la casa. Todo estaba en ella revuelto, con ese +desorden precursor de una mudanza. Los armarios de par en par, y por +todas partes baúles abiertos, grandes y pequeñas cajas, enseres de todo +linaje. La servidumbre iba y venía de un lado a otro, trasladando ropas, +sombreros y trebejos diversos. Saliendo de una habitación interna, +apareció Margarita, envuelta en una ligerísima bata, sofocada, jadeante, +encendida. Me tendió sus torneados y blancos brazos.</p> + +<p>—¡Marianela!!!...</p> + +<p>—¿Pero qué barullo es éste? ¿Levantas la casa? ¿Te mudas?</p> + +<p>—Preparándome para Mar del Plata. Hace una semana, hijita, que estoy +trabajando como una negra, preparándolo todo, y nunca se acaba. Las +modistas se han demorado, y, por fin—¡ay, gracias a Dios!—hoy han +traído lo que faltaba.</p> + +<p>—¡Pues no llevas poco equipaje!</p> + +<p>—Catorce baúles y veinte cajas. No se puede meter todo en menos +espacio. Vienes admirablemente, Marianela, con una oportunidad que... +¡ni que te hubiera llamado, hijita! Porque quiero consultarte, sobre +algunos vestidos... y también quiero que veas los<a name="page_155" id="page_155"></a> sombreros...; a ver +qué te parecen...; yo confío mucho en tu gusto...; tienes que ver +también cuatro trajes de baño distintos... son preciosos... es decir, +veremos lo que te parecen.</p> + +<p>Margarita habla atropelladamente, como si las sensaciones y las «ideas» +no dieran lugar, en su afluencia vertiginosa, a la ordenación y +concierto de la palabra.</p> + +<p>—Me voy a poner el corsé—dice—para probarme los trajes: yo me los +pruebo y tú apruebas o desapruebas. ¿Te parece? ¿Conforme? ¡Dí que sí!</p> + +<p>—Sí, mujer, sí. No me dejas hablar. Tú te lo dices todo.</p> + +<p>—Bueno... voy a ponerme el corsé.</p> + +<p>—¿Quieres que te ayude?</p> + +<p>—Como quieras; pero estoy muy ágil; un poco fatigada no más por los +baúles; porque no me fío de las muchachas; a lo mejor, se olvidan de lo +más esencial. Y luego le hacen hacer a una el gran papelón.</p> + +<p>La ayudo a ponerse el corsé. No necesita este entallamiento artificial, +porque su cuerpo es perfecto, armonioso, de líneas correctísimas, dignas +de los cinceles que inmortalizaron el arquetipo de la belleza clásica.</p> + +<p>—¡Estás lindísima, hijita!—exclamo, mientras corro los cordones del +corsé.</p> + +<p>—Como si no me hubiera casado—dice ella, resumiendo en esta frase todo +cuanto se puede decir de la frescura de su cuerpo.</p> + +<p>Nos vamos a una salita, donde hay un espejo de cuerpo entero. La +doncella y las sirvientas comienzan a traer trajes. Los hay de todos +colores y formas: blancos, azules, marrones, grises, color de lirio, de +violeta, de rosa; están todos los matices de la flora; unos muy +escotados, otros poco, otros nada. Cada vez que se pone un traje me +señala las medias, los zapatos, los sombreros y las «aigrettes» +correspondientes. Los zapatos están en fila sobre un largo estante; más +de cuarenta pares; los hay de todos los colores; altos, bajos, ni<a name="page_156" id="page_156"></a> altos +ni bajos. Las medias forman como un iris, con todas sus infinitas +combinaciones.</p> + +<p>Todos los trajes le quedan admirablemente. «¡Precioso, hijita, +precioso!—exclamo cada vez que se pone uno;—todo cuanto te pones te +cae maravillosamente. Eres el prototipo de la elegancia, la cifra, +compendio y resumen de la gracia femenil».</p> + +<p>Con presteza y soltura de actriz, la viudita se viste y se desnuda; dáse +vueltas en el espejo, torna la cabecita, rubia y rulosa, hacia los +hombros, para contemplarse el perfil; se arregla el busto; sus manos +vuelan ligeras, raudas, del pelo al talle, del talle a la falda, en +toquecitos rápidos, a los cuales obedecen las prendas con no sé qué +docilidad animada, como dichosas de servir de ornato a tan retrechera y +remonona criatura.</p> + +<p>De pronto se pone un traje negro, severo y elegante a la vez.</p> + +<p>—¿Y éste?—pregunto.</p> + +<p>—Para ir a misa a Stella Maris. ¿Te gusta?</p> + +<p>—¡Lindísimo, muy grave, muy chic!...</p> + +<p>—¡Oh, la gravedad chic es lo más chic de la gravedad! Hay que recordar, +de vez en cuando, que una, es viuda.</p> + +<p>En la salita, colgado en alto, hay un retrato al óleo. Es un mozo de +rasgos enérgicos, de bigote negro, con cierto aire tribunicio, de +«mitinero» electoral, a cuya afición ¡ay! debió su triste fin, ya +relatado en otra ocasión. La viuda vuelve hacia él sus grandes ojos +azules, de Dolorosa de Rubens, y suspira: «¡Ay, Arturito, qué felices +fuimos!...»</p> + +<p>Dos lágrimas resbalan por las mejillas de Margarita. El doctor Esquilón, +inmortalizado en el óleo, adquiere en su mirada una ternura +indescifrable. La viuda sigue llorando y arreglándose los lazos de un +traje color crema que se ha puesto para que yo vea cómo le queda.</p> + +<p>—Ya no tiene remedio, hijita—la digo para consolarla y ahuyentar la +triste visión.</p> + +<p>—Era muy bueno, Marianela, muy bueno. ¡Qué<a name="page_157" id="page_157"></a> energía, qué brío! ¡Yo creo +que hubiera ido lejos!...</p> + +<p>—¡Pobre!...; más lejos de lo que se ha ido...; pero es necesario, +Margarita, olvidar. No te vas a encerrar, no te vas a recluir.</p> + +<p>—Eso digo yo. Tengo 24 años; viuda a los 20: ¡es horrible! ¿Qué te +parece este traje?...</p> + +<p>—¡Precioso!...</p> + +<p>—Viuda a los 20...: ¿qué hago yo en el mundo? He guardado luto riguroso +cuatro años...; las medias de este traje son aquéllas... y aquéllos los +zapatos...; encerrada a los 24 años; suponiendo que viva 70, son... yo +no sé cuántos...</p> + +<p>—Cuarenta y seis.</p> + +<p>—Cuarenta y seis de encierro. He llorado estos cuatro años... tú no +sabes cómo he llorado... ¿te gusta aquella «aigrette»?...; ya no me +quedan lágrimas.</p> + +<p>—Mucho, me gusta mucho.</p> + +<p>—Nunca tuvimos un disgusto. Era lo más complaciente...; aquel abrigo +¿te gusta?; es una salida de baile que imita al capote del kronprinz en +campaña...; muy bueno era Arturo. No le puedo olvidar, hijita. En balde +trato de distraerme... aquel gorrito ¡qué mono! ¿no? es para la +playa...; le tengo siempre presente, y no creo que pueda volver a querer +a nadie como...</p> + +<p>—¿Y estos palitroques?—pregunto, señalando unas varas que veo sobre un +baúl.</p> + +<p>—Para el golf. En Mar del Plata hay que ir todos los días al golf. Me +han hecho cuatro trajes para este deporte.</p> + +<p>—¿Irás también al Club?</p> + +<p>—No; sólo pienso ir al «Ocean»... Y, claro, al Brístol. Ya mi +administrador ha escrito a don Pedro Mugaburu para que me reserve un +departamento en el anexo, frente al mar. También me guardan mesa en el +comedor, en el mejor sitio, a la derecha del caminito del centro, que es +donde se coloca la «haut», toda la gente conocida. Es muy difícil +conseguir este sitio; todos quieren estar allí, aunque no sean +conocidos...</p> + +<p>—Para serlo.<a name="page_158" id="page_158"></a></p> + +<p>—Claro; así se va sabiendo que existen. Por fin, después de muchas +cartas, don Pedro parece que lo ha arreglado todo; le ha contestado a mi +administrador que esté tranquila, que tendré la mejor mesa, junto a la +terraza y al lado del caminito para ver entrar y salir la gente.</p> + +<p>—¿Y para que te vean?</p> + +<p>—No, eso no me importa. ¿Quién se va a fijar en mí, en una pobre viuda?</p> + +<p>—Vamos... no sea hipócrita conmigo. ¿Piensas bailar?</p> + +<p>—Ahí tienes un problema que me está dando muchos dolores de cabeza. No +sé qué hacer. Lo pienso y lo pienso día y noche y... no sé, no sé si me +animaré a bailar. A tí ¿qué te parece?</p> + +<p>—Que debes bailar; no mucho, pero un poquito.</p> + +<p>—Es que si empiezo... no sé si me detendré; porque, hijita, a pesar de +mis penas y de mis amarguras... es una cosa, Marianela, que bailo sola.</p> + +<p>—La juventud, Margarita, los fueros de la Naturaleza que se imponen a +toda concepción triste de la vida.</p> + +<p>—No he querido ir en carnaval por eso, porque no sabía qué hacer.</p> + +<p>—El primer baile de una viuda me parece mejor en semana santa; está más +en carácter. La primera noche un par de vueltas nada más, muy discretas, +como cediendo a un compromiso muy insistente y muy inevitable. Luego, +poco a poco, te vas lanzando.</p> + +<p>—Lo que más me preocupa es el primer baile; empezar; no sé cómo +empezar, hijita; siento una cosa... así... vamos... que no sé cómo +empezar.</p> + +<p>—No te preocupes; ya se encargará alguno de allanarte el camino, de +iniciar el modo de dar las primeras vueltas.</p> + +<p>—¿Sabes lo que estoy pensando? Me gustaría bailar el primer baile +contigo; que fuera como una humorada tuya. Así se rompía el hielo. ¿Por +qué no vienes a Mar del Plata? Anda, vamos...<a name="page_159" id="page_159"></a></p> + +<p>—No puedo; estoy metida en un berenjenal, hijita, que no sé cómo voy a +salir.</p> + +<p>—¿Por...?</p> + +<p>—Por lo de Inesita. ¿Sabes que se casa con Raúl, con mi cuñado?</p> + +<p>—Sí, ya me lo han dicho, ¡Pobre Carlitos Nuezvana! Creo que está +desesperado, que ya no se pone agua de lino en la cabeza, ni siquiera se +peina. ¡A lo que ha venido a parar el rey de los cipreses! ¡Qué +destronamiento terrible!</p> + +<p>—Pues aquí me tienes luchando con todos, con Clotilde, con sus +hermanas, con misia Melchora...</p> + +<p>—¡Pobre misia Melchora! Para su orgullo es un golpe terrible. ¡Hijita, +los Nuezvanas lo llenan todo en Buenos Aires! Luego, claro, su cariño de +abuela; verle así, tan desesperado al pobre chico. En fin, para la vieja +es un golpe tremendo.</p> + +<p>—¿Y qué hacerle?</p> + +<p>—¡Ah, claro!; no hay qué hacerle. Si Inesita no quiere... no hay qué +hacer. ¿Y por qué no te llevas a los muchachos, a Raúl e Inesita, a Mar +del Plata? Invitas también a Clotilde, a la mamá de Inesita, y nos +juntamos allí todos. La aparición de los muchachos en el Brístol sería +todo un éxito. ¡Un noviazgo tan sonado...! Entrarían como los Reyes +Católicos. En los salones del Brístol los noviazgos adquieren una +solemnidad, una importancia que no tienen en ninguna otra parte. +¡Figúrate los comentarios, después de lo que ha pasado! En fin... ¡un +exitazo para Raúl y para Inés! Vamos a Mar del Plata.</p> + +<p>—No sé lo que haré. Quizá en marzo, si logro arreglar las cosas. Ya se +lo he dicho a Jorge y está conforme.</p> + +<p>—Hijita, tienes un marido ideal.</p> + +<p>—Así es, gracias a Dios. Pero hablemos de tí. Tú llevas algún plan a +Mar del Plata.</p> + +<p>—¡Marianela!... Ninguno, ¡qué cosas tienes!...</p> + +<p>—No seas gazmoña, Margarita. ¿Qué tiene ello de particular? Es la cosa +más natural. Eres joven, linda, rica. ¿Vas a vivir sola toda la vida? +¿No es justo, no es<a name="page_160" id="page_160"></a> lógico que formes una familia? Ya sabes que yo soy +buena amiga, discreta, que si te puedo ayudar en algo...</p> + +<p>—¡Ay, Marianela, demonio malo, que me estas sonsacando lo que no quiero +decir...! ¡No me tires de la lengua, no me tires, no me tires...!</p> + +<p>—Vamos... no seas tonta. Si quieres que vaya a Mar del Plata y bailemos +el primer baile, me tienes que contar... a ver, habla.</p> + +<p>—Pues, bueno; no hay nada; pero... puede haber. ¡Qué bien me vendría +que me acompañaras a Mar del Plata!</p> + +<p>—¿Flirteo?... ¿Principio?... Iré si me necesitas.</p> + +<p>—Bueno; entonces te contaré. Aunque ya te puedes imaginar...</p> + +<p>—No digas más, Margarita, ¡no digas más!... ¿Ha vuelto? ¡Era de ley!</p> + +<p>—Ya sabes lo que pasó. Yo vacilé entre Arturo Esquilón y él; al fin me +decidí por Esquilón, que ya había terminado la carrera. Y el otro, +hijita, se quedó soltero, triste, aplanado; para él no había otra. ¡Me +conmueve y arranca lágrimas esta fidelidad!...</p> + +<p>—Me lo explico, Margarita. Buen mozo, y tiene porvenir en la política. +¡Hijita, te da por los políticos! Creo que habla muy bien.</p> + +<p>—En público y en privado; y... sobre todo al oído... Da gusto oírle...</p> + +<p>—¿Qué es?</p> + +<p>—Muy guapo.</p> + +<p>—No, mujer, digo en política.</p> + +<p>—¡Ah!... conservador de la provincia; ugartista, mejor dicho. Hijita, +los ugartistas no serán muchos, pero todos son lo más vivos, lo más +inteligentes. Pero no hay nada, te digo que no hay nada todavía...</p> + +<p>—¿Está ya él en Mar del Plata?</p> + +<p>—No; va el sábado.</p> + +<p>—No hay nada, y sabes cuándo va...</p> + +<p>—No me sofoques, Marianela, no me sofoques!...</p> + +<p>—Y tú ¿cuándo vas?</p> + +<p>—El martes.<a name="page_161" id="page_161"></a></p> + +<p>—¿Y él lo sabe?</p> + +<p>—Sí...</p> + +<p>—¡Y dices que no hay nada!...</p> + +<p>—¡Vete, Marianela, vete; te echo, te echo!...</p> + +<p>Margarita me abraza y me besa en medio de un alborozo en que palpita a +brincos su joven corazón.</p> + +<p>—¿Vendrás, Marianela? Mira que me haces mucha falta...</p> + +<p>—Iré. Después de arreglar lo de Inesita, iré a arreglar lo tuyo. Yo me +desvivo por estos arreglos, en que se trata de hacer felices a quienes +merecen serlo. Van a ser mis dos grandes obras del año. A ese ugartista +lo pescamos, Margarita, ¡lo pescamos en Mar del Plata! ¡Iré, iré, adiós, +adiós...!</p> + +<p><a name="page_162" id="page_162"></a></p> + +<p> +<br /> +</p> + +<div class="figcenter" style="width: 150px;"> +<a href="images/final_lg.png"> +<img src="images/final.png" width="150" height="160" alt="" title="" /></a> +</div> + + +<p> +<br /> +</p> + +<div class="figcenter" style="width: 498px;"> +<a href="images/back_lg.jpg"> +<img src="images/back.jpg" width="498" height="550" alt="" title="" /></a> +</div> + +<hr class="full" /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of Crónicas de Marianela, by Anonymous + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK CRÓNICAS DE MARIANELA *** + +***** This file should be named 34565-h.htm or 34565-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/4/5/6/34565/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/34565-h/images/back.jpg b/34565-h/images/back.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..d3b1357 --- /dev/null +++ b/34565-h/images/back.jpg diff --git a/34565-h/images/back_lg.jpg b/34565-h/images/back_lg.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..a5417bc --- /dev/null +++ b/34565-h/images/back_lg.jpg diff --git a/34565-h/images/cover.jpg b/34565-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..4bf3181 --- /dev/null +++ b/34565-h/images/cover.jpg diff --git a/34565-h/images/cover_lg.jpg b/34565-h/images/cover_lg.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..d9ee0dd --- /dev/null +++ b/34565-h/images/cover_lg.jpg diff --git a/34565-h/images/final.png b/34565-h/images/final.png Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..0aac216 --- /dev/null +++ b/34565-h/images/final.png diff --git a/34565-h/images/final_lg.png b/34565-h/images/final_lg.png Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..7acc307 --- /dev/null +++ b/34565-h/images/final_lg.png diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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