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| author | Roger Frank <rfrank@pglaf.org> | 2025-10-14 19:59:36 -0700 |
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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La horda + +Author: Vicente Blasco Ibáñez + +Release Date: August 20, 2010 [EBook #33474] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + + + + +LA HORDA + +NOVELA + +V. BLASCO IBÁÑEZ + +EDITORIAL "PROMETEO" + +Germanias, 33.--VALENCIA + +1905 + + + + +LA HORDA + + + + +I + + +A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de la +sierra al fielato de los Cuatro Caminos. + +Habían salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cántaros de +leche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que parecía el +último adiós del invierno. Los carreteros deseaban llegar a Madrid antes +que rompiese el día, para ser los primeros en el aforo. Alineábanse los +vehículos, y las bestias recibían inmóviles la lluvia, que goteaba por +sus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductores +refugiábanse en una tabernilla cercana, la única puerta abierta en todo +el barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambiente +las respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitaban +la boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de sus +zapatones claveteados, y sorbiéndose una taza de café con toques de +aguardiente, discutían con la tabernera la comida que había de +prepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo. + +En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas cargadas de +troncos aguardaban la llegada del día para entrar en la población. Los +boyeros, envueltos en sus mantas, dormían bajo aquéllas, y los bueyes, +desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiaban +ante los serones de pasto seco. + +Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron varias +puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro +de la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceite +frito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa, +junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascos +cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón. + +Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego de +apurar la copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban su +marcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas. Acababa +de abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de la +báscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo el +sombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno. + +--¿Quién da la vez?--preguntaba al presentarse un nuevo carretero. + +Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba sus +cántaros junto a los de éste, con el propósito de repeler a trallazos +cualquiera intrusión en el turno. + +Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con sus +peticiones al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos en +sus capas, escribían a la luz de un quinqué. Los cántaros sólo contenían +leche en una mitad de su cabida. Mientras unos carreteros aguardaban en +el fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros vacíos, en busca +de la fuente más cercana. Allí, dentro del radio, sin temor al +impuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía. + +Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro, +comenzaban a desfilar hacia la población, cabeceando como sombríos +barcos de la noche. Otros más pequeños deslizábanse entre ellos, pasando +ante el fielato sin detenerse. Eran los vehículos de los traperos, unas +cajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos. Los dueños iban +tendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que les +daba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre de +tranvías. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso y +quedaba inmóvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta que +la despertaban un tirón de riendas y un juramento. + +La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre las +nubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la bruma +matinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientes +por el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; los +desmontes de tierra amarilla con manchas de vegetación en las +hondonadas. + +El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su romántica +aglomeración de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobre +las míseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcábase en la ancha +calle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes eléctricos: una +fila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumido +en una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con los +tejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con su +blanca corona. + +Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros y +cabalgaduras en la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban de +Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para los +mercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanse +en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón, +racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la báscula +sucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían en +ella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, y +momentos después apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos de +verduras. Las paletas, envueltas en un mantón, con el pañuelo +fuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus mercancías en los +serones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban ágiles +sobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevos +y verduras en las calles inmediatas a los mercados. + +La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Sus +ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo +encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño. Venían de +Bellasvistas y de Tetuán, de los barrios llamados de la Almenara, de +Frajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro, y marchaban a +lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones +destinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidas +sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda +las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos +pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de +sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos. + +El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras +variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de las +amazonas. Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana. +Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los +garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres +lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y +este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia. Jamás +habían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de la +almohaza. Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo, +sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les daban +el mismo aspecto que si llevasen pantalones. + +Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica que +huyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelo +de vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras, +como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los +residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran +ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de +ella. + +Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de la +barriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salían de las calles +inmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los Cuatro +Caminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lóbregos y sus +puertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza. + +Ya no llegaban más carros del campo con su tosca solidez semejante a la +de la vida robusta y sana. La calle ocupábanla ahora los vehículos de la +busca, sórdidos, sucios, negros algunos de ellos como ataúdes, con +toldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban y +pasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo del +almuerzo pendiente de un botón, o con chaquetones pardos y la boina +calada hasta los ojos. Desde el fielato se les veía alejarse, las manos +en los bolsillos y la espalda encorvada, con ademán humilde, resignados +a sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendo +de antemano la fatiga monótona y gris que se extendería hasta el momento +de su muerte. + +Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupaban +frente a la estación de los tranvías, esperando los primeros coches. +Eran maquinistas de fábrica, capataces, encargados de talleres, la +aristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los demás en su +relativo bienestar. + +El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, seguía +desde la puerta el paso de los trabajadores, llamó a un joven que venía +de Madrid y le invitó a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba de +descansar: tenía el día entero para dormir. Y mientras le ofrecía +lumbre, le preguntó guiñando un ojo: + +--¿Qué hay de política, amigo Maltrana? ¿Cuándo viene «la nuestra»? ¿Es +verdad que el gobierno está al caer?... + +El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que +encendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente +vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba al +descubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con su +peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte +oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una +expresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de una +inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su +figura. + +Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha +desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones +rotos y el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Un +macferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapas +mostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventud +mísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y +un cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo había +tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo. + +--¿Qué hay de política?--dijo otra vez el empleado. + +Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y +lo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en la +redacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas, +sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra, +abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesar +a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen +amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles +públicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo que +decía: + +--Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en la +redacción. + +--¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas? + +Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores del +periódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y la +información política, los «pájaros gordos», como los designaba por +antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto +nacional, a los únicos profetas del porvenir. + +--Pues los «hombres»--contestó el joven con cierta timidez, como si le +repugnase mentir--creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «la +nuestra». + +--Lo mismo digo yo. + +Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró con +cierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse de +igual a igual con los «hombres». + +Todas las mañanas veía a Maltrana, al volver éste de la redacción. El +pobre joven, para dormir, tenía que esperar a que su padrastro y su +hermano menor abandonasen un mísero cuartucho de la calle de los +Artistas, y una vez en él, se tendía sobre el camastro único, todavía +caliente, con la huella de los cuerpos del viejo albañil y su aprendiz. +Dormía hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba a +los Cuatro Caminos el rebaño de trabajadores, volvía él a Madrid a +emprender su vida dura de pájaro indefenso, falto de pico y de garras, +que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin más alimento que las +escasas migajas olvidadas por otros. + +Aprovechaba la luz de la redacción, el papel y la tinta, en las horas en +que el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destino +desconocía. Proporcionábanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez, +habían recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. La +retribución llegaba a él con tal merma, después de pasar por las manos +de los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas de +fatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermano +Pepín, más conocido por el _Barrabás_, ganaba como aprendiz de albañil. +Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajo +era su único medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de una +traducción representaba la comida, al anochecer, en una taberna +frecuentada por las gentes del «oficio», periodistas de escaso sueldo, +jóvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban mal de +todos, entreteniendo así la espera impaciente de una hora de celebridad. +No eran gran cosa estos banquetes; pero ¡cómo pensaba en ellos los días +en que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones! +Transcurrían para él, en la redacción, las horas de la noche en continua +lectura, sintiendo al mismo tiempo en el estómago los retortijones del +hambre. Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y su +cabeza parecía rodar, como si repeliese toda idea, sentía deseos de +lucha, feroces anhelos de herir a alguien. Entonces iniciaba discusiones +filosóficas, acabando por burlarse de los ideales políticos del +periódico, únicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y con +su cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ¡ay! que +habían cenado. + +Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, veía +entrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuera +de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción. + +--¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran. + +Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban +hasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en las +cafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último y +definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca, +lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de la +nube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura con +juvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, que +presentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a un +gobernante de cuando llegase «la nuestra»!... + +Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con la +cabeza entre las manos, fingiendo leer una revista extranjera, seguía +con mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristóbal, el propietario +del periódico, un buen señor francote y paternal, sin otras +preocupaciones que su diario, la revolución que no llegaba nunca y el +deseo de que reconociesen todos sus sacrificios por «la idea». + +--_Homero_... ¿un cigarrito?... + +_Homero_ era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachos +de la redacción, abominando de su cultura, que «les cargaba», y +afirmando que, con toda su sabiduría, era incapaz de escribir la crónica +de un suceso o pergeñar un crimen interesante. Primero le habían apodado +_Schopenhauer_, por la frecuencia con que citaba a su filósofo favorito; +después _Nietzsche_; pero estos nombres eran de difícil pronunciación, y +una noche que Maltrana, aislado de la realidad, osó recitar en griego +algunas docenas de versos de la _Ilíada_, acordaron todos llamarle +_Homero_ para siempre. + +El buen _Homero_ aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristóbal, +el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no servía ni +para ordenanza de la redacción. Fumando entretenía la espera angustiosa +de las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas del +propietario. El buen señor, al sentir ciertos desfallecimientos del +estómago, incluía generosamente en su necesidad a todos los muchachos. +Unas veces era carnero con judías, guisado en la taberna cercana; otras, +una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le parecía +esplendorosa como un astro entre las nubes de periódicos que llenaban la +mesa y bajo la fría luz de las bombillas eléctricas. + +--A ver, señores, ¿quién me hace oreja?--decía don Cristóbal con gestos +de padre--. Que traigan pan y vino para todos... _Homerito_, acércate y +mete la uña. A tu edad siempre hay apetito, y tú debes andar algo +atrasado. + +_Homerito_ metía la uña, al principio con timidez; pero los primeros +bocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estómago, y para +amansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado por +ella si retrasaba el envío. Al bondadoso protector le hacía gracia el +hambre voraz de aquel muchacho feo. ¡Ah, la juventud! ¡Envidiable +estómago! Viéndole, sentía nuevas ganas: _Homero_ era su aperitivo. + +Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las últimas migas, +bebíase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegría digestiva +de las últimas horas de redacción, las mejores de la noche. + +Sólo entonces hablaba _Homero_ de política, compartiendo las ilusiones y +esperanzas de los demás. Vendría la deseada... «la nuestra»; y entonces, +o no había justicia ni vergüenza, o don Cristóbal sería ministro del +primer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor con +sonriente modestia. Maltrana, para animarle, se incluía en el triunfo. +El también sería algo, ¡qué demonio!... Se contentaba con una dictadura +sobre la instrucción pública, para desasnar el país a palos. Cada uno a +sus aficiones. + +Y el buen _Homero_ describía, entre las risas de los compañeros, su +entrada en la Biblioteca Nacional al día siguiente de la revolución, +seguido de un piquete de ciudadanos. ¡A formar todo el personal! Los +bibliotecarios, que le conocían por haber sostenido con él más de un +altercado, esperaban su sentencia trémulos de miedo. Ahora pagarían sus +embustes siempre que se les pedía un libro moderno: el negar su +existencia o el afirmar que lo tenía otro lector entre manos; aquel +deseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de inútil erudición, +mamotretos enojosos que repelían a la gente, quitándola los deseos de +instruirse. A culatazos bajaba la escalinata el rosario de prisioneros, +y el dictador los colgaba sin piedad de los árboles de Recoletos, con un +cartelón en el pecho: «Por traidores a la cultura y fomentadores de la +barbarie pública...» Sin salir del edificio, se daba una vueltecita por +los salones del Arte Moderno y entraba a saco en este hospital de +monstruos, horrendo almacén de fealdades y ñoñerías históricas. Salvo +raras excepciones, todos los cuadros eran arrojados por las ventanas, +formándose con ellos una gran hoguera. Los alumnos de Bellas Artes, por +orden del dictador, habían de saltarla en señal de alegría por la +desaparición de tanto mamarracho. + +Después, con su escolta de implacables ejecutores, se llegaba al Museo +del Prado. Llamada y tropa al personal y discurso que ponía los pelos de +punta. Había llegado el momento de dar fin a la eterna zarabanda, a la +interminable clasificación, a los nuevos arreglos que tenían en perpetuo +movimiento las obras artísticas, desorientando al público y haciéndole +vagar de uno a otro salón como en un dédalo. Al primero que moviese de +su sitio un cuadro o una estatua, un tiro en la cabeza: he dicho. Y +_Homero_ terminaba su excursión revolucionaria cerrando para siempre el +Teatro Real. ¡Viva la música! ¡Abajo la ópera! Los aristócratas que +conversasen libremente en sus salones, sin el runrún enojoso de la +orquesta; que lucieran sus joyas sin tomar el arte como alcahuete del +lujo. Los antiguos mozos de cordel que ganan millones por tener en la +laringe la enfermedad del tenorismo, las señoritas de bata blanca y +cabellera suelta que se hacen las locas entre fermatas y gorgoritos, a +su antiguo oficio o a coser a máquina. De volver a titularse artistas, +sufrirían la pena que marca el Código por falsedad de estado civil. Los +músicos faltos de sueldo y los cantantes modestos y fervorosos serían +mantenidos por el Estado, dando cada noche un concierto gratuito, de +asistencia obligatoria, en los diez distritos de la capital, por +riguroso turno. + +Y tras estas reformas insignificantes, _Homero_ tomaba asiento en su +sillón de dictador, acometiendo la gran reforma: el examen general de +todos los maestros de escuela; la revisión de la mentalidad de todos los +catedráticos, pero de un modo implacable, sin entrañas, como pudiera +juzgar un inquisidor. Profesores de Universidad descendían a ser +maestros de aldea; la gran mayoría de los preceptores rústicos recibían +la cesantía y un pedazo de tierra inculta para que la arasen, dando así +natural expansión a sus verdaderas facultades. Muchos desgraciados con +talento, que titubeaban en las avenidas de la vida, no sabiendo qué +camino tomar, entraban en el magisterio, dignificado y elevado a primera +función nacional. El más humilde maestro de España tendría mayor sueldo +que un canónigo... + +Así hablaba _Homero_, entre las risas de sus camaradas, dejando +modestamente a los grandes hombres de «la idea» que arreglasen otros +problemas: el del estómago y el de la conciencia. El a lo suyo, a pulir +la inteligencia nacional; y una vez bien montada la máquina del +desasnamiento, todo aquel que llegase a los veinte años sin haberse +aprovechado de estas facilidades para la cultura, sería expulsado del +territorio hispano, para que poblara el África. + +El terrible dictador, al salir a la calle poco antes de amanecer, caía +de golpe en la realidad. El frío, colándose bajo el sutil macferlán, +hacía temblar al fusilador de bibliotecarios e implacable destructor de +museos. El tirano sentía aguzarse de nuevo su apetito con el fresco del +alba, y aceptaba del director o de cualquier compañero en fondos una +taza de soconusco con media docena de «bolas». Iban a la chocolatería de +la calle de Jacometrezo, sentándose junto a las paredes de azulejos +fríos, ante unas vidrieras abiertas de intento para que reventasen de +pulmonía todos los golfos que esperaban la mañana en torno de las +primeras mesas. + +Allí, mojando buñuelos en el fangoso líquido de la taza, sentía renacer +otra vez sus esperanzas, aunque menos intensas que en el ambiente cálido +de la redacción. El sería algo; él subiría alto. Siempre que llenaba el +estómago, sentíase animado por una fe ciega en su destino. Y con tales +esperanzas, emprendía la caminata hacia los Cuatro Caminos, para reposar +en el camastro todavía caliente. + +Mientras llegaba el momento de la ascensión, su vida no podía ser más +triste. En vez de ingeniarse, como le aconsejaba su padrastro, para +conquistar el pan, leía y leía por el gusto de saber, como un gran señor +que tuviera asegurada la existencia y todos sus caprichos. Cercenaba su +alimento para poder pagar con retraso las cuotas del Ateneo. La vida sin +lectura de revistas, sin conocer lo que se pensaba en Europa, le parecía +intolerable. + +Perdía las noches enteras en la redacción, y rara vez cogía una pluma. +Al principio, le habían encargado que redactase sucesos, que inflase +telegramas. El director se interesaba por él: deseaba incluirle en la +plantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia de +Consumos. Pero pasó una noche rompiendo cuartillas y dando paseos +nerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir el +encargo a un golfillo de la casa que no sabía escribir un renglón con su +ortografía. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redactó +con menos palabras que el original. Era un espíritu superior, incapaz de +tan bajas funciones. Un día en que, por ausencia del director, le +encargaron el artículo de fondo, llenó tres columnas de prosa razonadora +y fría, resultando de ella, después de examinar y pesar todo lo +existente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el periódico +como el régimen de los gobernantes actuales. + +El tal _Homero_, según decía el propietario, era un manzanillo del +saber. Mataba todo lo que cubría con su sombra. Le dieron libertad para +que escribiera a su capricho, y publicó tres artículos sobre Ruskin y la +belleza artística, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de las +armonías y desarmonías entre el socialismo y las doctrinas de Darwin y +Hæckel. Meses después aún reían en la redacción de aquellas columnas de +prosa espesa y mate que nadie había leído hasta el fin. Don Cristóbal +afirmaba con grave sorna que el diario había estado próximo a perecer, y +que los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artículo +de _Homero_. ¡Ir con tales galimatías al respetable público, que lo que +desea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o que +los diputados les mienten la madre a los señores del banco azul!... + +Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar los +quince duros mensuales que le habían hecho entrever antes de su fracaso, +seguía asistiendo puntualmente a la redacción. ¿Adónde ir?... Allí +encontraba quien le escuchase, aunque con gestos irónicos; algunas veces +hasta alababan su cultura, llegando a confesar que tenía cierto talento, +pero que estaba chiflado. Además, él reconocía su gran defecto, el mal +de su generación, en la que un estudio desordenado y un exceso de +razonamiento había roto el principal resorte de la vida: la falta de +voluntad. Era impotente para la acción. Estudiaba ávidamente y no sabía +sacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando; +las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores; +pero sentíase incapaz de fijar con la pluma ni una pequeña parte de las +ideas que se le escapaban en el chorro de la conversación. + +Y permanecía inmóvil, atascado en su camino, sabiendo que perdía el +tiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin ánimo para intentar un +esfuerzo, confiando en un extraño fatalismo que había de sacarle del mal +paso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que le +arrancaría de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera que +poner nada de su parte. + +Aquella mañana era de las más alegres para el joven. Tenía dinero; la +noche anterior había cobrado trece duros de una traducción, sintiendo +con cierto deleite el peso del puñado de plata junto a su estómago, que +aún conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Había +cenado en la taberna, asilo de los días felices, los platos más +suculentos, dándose, además, el gusto de pagar el matinal chocolate a +los compañeros de redacción, asombrados de tanta riqueza. + +El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofrecía un +cigarro y una parte de su café, atrajo igualmente su generosidad. Quería +obsequiarle, hacerle partícipe de su opulencia, y casi a la fuerza le +llevó al ventorrillo, detrás del fielato. Tomaría una taza de té, una +copa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de él. + +Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que les +sirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo. + +A espaldas del fielato, en el abrevadero, una banda de palomas +picoteaba la tierra. Eran de la inmediata calle de los Artistas; volaban +hasta allí para buscar en el suelo los residuos del pasto de los bueyes. +Junto al ventorro alzábanse las tapias blancas del Sanatorio de Perros, +el asilo de los canes de los ricos, cuidados en sus enfermedades por un +veterinario. + +Maltrana vio a un hombre salir de la carretera con dirección al +ventorro. + +--Es _Coleta_--dijo el jefe del fielato--. Domingo, el famoso trapero de +las Carolinas. + +Llevaba a la espalda un saco vacío, pero él caminaba encorvado ya, como +si presintiese su peso. Los zapatos, más largos que los pies, doblaban +sus puntas hacia arriba; el pantalón de pana ceñíalo a la cintura con +una cuerda de esparto; la camisa abierta dejaba al aire una maraña de +pelos blancos y la piel apergaminada del cuello con sus tirantes +ligamentos. Esta vestimenta sucia y mísera completábala con un chaqué de +largos faldones y un sombrero abollado, deforme, rematado en punta como +guerrero casco. + +Era viejo, con cierta malicia sacerdotal en el rostro afeitado y los +ojillos verdosos cobijados bajo unas cejas grises y abultadas. La parte +de sus mejillas acariciada por la rasura era lo único limpio de la cara. +El resto estaba ennegrecido por la suciedad. Cada arruga era un surco +fangoso; el cuero cabelludo mostraba las púas blancas del rapado por +entre las escamas de la caspa endurecida. + +_Coleta_ saludó al del fielato y fijó después sus ojos en Maltrana. + +--¿No eres tú Isidro, el nieto de la _Mariposa_... uno que es señor en +Madriz y escribe en los papeles?... + +Sí; él era, y se alegraba de que _Coleta_ le reconociese. ¿Qué deseaba +tomar? + +Pero antes de que el trapero contestase, Maltrana y su amigo se fijaron +en una gran escoriación que enrojecía todo un lado de su cara. La sangre +seca manchaba los bordes del desgarrón. + +_Coleta_ levantó los hombros con indiferencia. Aquello no era nada: un +tropiezo al salir de la taberna del _Cubanito_, la noche anterior. + +--Hemos estao de groma hasta la una de la mañana yo y los muchachos del +barrio. ¡La gran tajá! + +Antes de pedir algo a la tabernera, que reía sólo con verle, quiso +conocer lo que Maltrana había bebido, e hizo un gesto de repugnancia al +oír que era una copa de aguardiente de limón. + +--¡Aguardiente!... Eso pa los borrachos. Vino: morapio del puro, que +alarga la vida; y cuanti más, mejor. + +Había que ver el gesto indignado con que hablaba de los borrachos de +alcohol, alabando de paso las virtudes del líquido rojo. Allí le tenían +a él con sus sesenta y ocho bien cumplidos. Todas las mañanas iba a +Madrid a la busca; al volver a su chamizo de las Carolinas, se pasaba +las horas escogiendo su carga y la de la vecina, y después armaba fiesta +en la taberna hasta la madrugada, y cuando estaba en su punto se ponía +en cueros, sin miedo al frío, para que chillasen escandalizadas las +mozas del barrio y rieran los camaradas. Nunca había estado enfermo. + +--Yo no duermo. Comer... ¡menos que un pájaro! Me mantengo con un cacho +de pan así, y ustedes perdonen el modo de señalar. Es malo comer: el pan +quita sitio a la bebida. Además, da mareos y hace que a uno se le +revuelvan las tripas, y arroje y repuzne a los demás por su cogorza +indecente... A mí me mantiene el vino... ¡Viva el negro!... ¡y el blanco +también! Esta es la mejor de las boticas. + +Y se bebió de un golpe la copa que le ofrecía la tabernera. Desde el +camino, un grupo de chicuelos que venía siguiéndole mirábalo a +distancia, lanzándole insultos. + +--¡_Coleta_!... ¡Tío del gabán! ¡Borracho! + +El trapero acogía estos gritos tranquilamente, como un héroe satisfecho +de su éxito popular. ¡Mientras gritasen!... Algo peor ocurría cuando los +gritos eran acompañados de pedradas y había él de abandonar su saco para +perseguir a los agresores. + +--Id a tocarle el... moño a vuestras madres. + +Y tras este prudente consejo, que hizo arreciar a la golfería en sus +denuestos, _Coleta_ saboreó otra copa, alabando la buena suerte que le +hacía tropezar tan de mañana con amigos rumbosos. + +El era el más pobre de todos los traperos: ni carro, ni burro, ni casa. +Se lo había bebido todo. Su mujer estaba en el cementerio; y al hablar +de ella humedecíanse sus ojos, por el recuerdo, sin duda, de las palizas +que la había dado. Ahora tenía con él a la _Borracha_, la trapera más +sucia y mal trabajadora que existía desde Bellasvistas a Fuencarral. Un +dragón con faldas, señores; él no se avergonzaba de confesar su +cobardía. Si la daba una torta, ella le devolvía tres; y era inútil que +al regresar de la busca se comprase en las tiendas del Estrecho una +buena vara de fresno o cortase un palo espinoso en cualquier vallado: +equivalía a proporcionar armas al enemigo, pues la _Borracha_ acababa +por cogérselo, arreándole con él para que saliese de la taberna. + +Todo envidia, pura rabia porque él encontraba amigos que le convidasen, +y ella, gustándole mucho el vino, tenía que contentarse, cuando más, con +las «cortinas», o sea con lo que queda en el fondo de las copas. + +Vivían en una especie de gallinero al extremo de un corral ocupado por +montones de basura. Ayudaban a la dueña de la casa en la rebusca del +género, y además el carro de ésta le traía el saco al regresar de +Madrid. El tenía buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de +las mejores calles, toda ella de señorío que comía bien. Con las sobras +podía engordar como un fraile, si le gustase comer. Los hijos de su +primer matrimonio vivían en Madrid, trabajando unas veces en el +adoquinado y rabiando otras de hambre. Apenas si los veía. + +--La familia... con tomate, señores míos. Tanto tienes, tanto vales; +cada uno a lo suyo. Los chicos, cuando me ven, me hablan de que les +traspase la parroquia. El ama de mi casa también quiere lo mismo... +¡Magras! El negocio, siempre a mi nombre. Soy un vivo y he visto mucho. +El negocio, mío, mientras viva yo: Domingo Rivero, alias _Coleta_, para +servir a ustedes. + +Y al hablar así, miraba con orgullo el saco que llevaba al hombro, el +negocio envidiado, que pensaba defender hasta su muerte, como si este +trozo de arpillera hubiera de servirle de mortaja. + +Después rompió en elogios a la tabernera y su vino. ¡Olé las señoras de +mérito! La copa era allí menos barata que en el barrio de los traperos, +pero mucho mejor. Al ir a Madrid y al volver, no podía sustraerse a la +tentación de abandonar el camino para contemplar los ojos de la dueña, +su aire de señorío y los parroquianos de la casa, todos unos +caballeros... Y con estas alabanzas aún conquistó una tercera copa. + +Maltrana y su amigo, temiendo que el trapero renunciase a la ida a +Madrid si le convidaban otra vez, volvieron al fielato. _Coleta_ les +siguió, afirmando que no tenía prisa. Sus parroquianos se levantaban +tarde. + +En las aceras de Punta Brava se habían establecido ya los puestos del +mercadillo de los Cuatro Caminos. Los cortantes colgaban de unas vigas +negras los cuartos de res desollada. Un perfume agrio de escabeche y +verduras mustias impregnaba el ambiente. El grupo de chiquillos que +acosaba al trapero se dispersó al verle bien acompañado, ocultándose +tras los primeros tranvías. + +De pronto, la mañana gris se iluminó con resplandores de oro. Rasgáronse +los vapores blanquecinos; se abrió en el celaje un agujero de profundo +azul, por el que pasó sus rayos el sol oculto. La tierra pareció sonreír +bajo su húmeda máscara. Los charcos de lluvia brillaron con temblones +reflejos, como si se poblasen de peces de fuego; los caseríos rojos y +blancos surgieron como vigorosas pinceladas en los cerros de verde +obscuro que limitaban el horizonte. La torre de Santa Cruz parecía una +llama recta sobre los tejados de Madrid. La banda de palomas levantó el +vuelo en espiral, con alegre rumor de plumas y arrullos. + +Dos jóvenes pasaron junto al fielato cogidas del brazo, con el embozo +del mantón ante la boca. Tenían la belleza de la obrera, la frescura de +esa breve juventud de las hembras de trabajo, que triunfa sólo +momentáneamente de la anemia hereditaria, de las privaciones que +dificultan el desarrollo. + +Maltrana fijó sus ojos en la más pequeña, una morena de rostro pálido y +grandes ojos de un negro intenso, casi azulado, igual al de sus +cabellos. El busto endeble erguíase con una arrogancia natural dentro +del mantón; sus pobres faldas de verano se movían con cierto ritmo +majestuoso, sin tocar el barro, en torno de los pies pequeños, +cuidadosamente calzados, que revelaban ser la parte más atendida de su +persona. + +--¡Viva lo bueno!--gritó el borracho poniéndose en jarras--. ¡Ahí va la +gloria del barrio!... + +Y para expresar su entusiasmo con más viveza, arrojó el grotesco +sombrero en un charco, salpicando a todos de barro. + +El empleado del fielato saludó a las jóvenes con un tono de zumba +paternal: + +--Que seáis buenas... Cuidadito con perderse... + +Las dos pasaron adelante sonriendo, sin contestar a los saludos mas que +con movimientos de cabeza. La pequeña habló al alejarse. + +--Adiós, Isidro--dijo con voz grave, al mismo tiempo que se enrojecían +sus mejillas. + +--Adiós, Feliciana--contestó el joven. + +Y la siguió con los ojos, admirando su marcha rítmica y graciosa sobre +el barro, su cuerpo gentil y esbelto, que iba empequeñeciéndose con la +distancia. + +El sol se ocultó de pronto; volvieron a cerrarse las nubes; ya no +brillaron los charcos. Se extendió de nuevo sobre la tierra un velo +gris, y la espiral de palomas cesó de aletear, desplomándose de golpe en +el fango. + +El jefe del fielato habló de las dos muchachas. Las veía pasar todas las +mañanas a la misma hora; trabajaban en una fábrica de gorras de la calle +de Bravo Murillo. Feliciana era la hija única del _Mosco_, el famoso +cazador de Tetuán, y su compañera una muchacha de Bellasvistas, a la que +aquélla recogía todas las mañanas para ir juntas al trabajo. + +El nombre del _Mosco_ hizo prorrumpir al trapero en exclamaciones de +admiración. Aquel era un hombre. Quitaba el sueño a toda la gente del +Real Patrimonio. _Coleta_ lo sabía de buena tinta: el administrador de +El Pardo se desesperaba por no haber podido atrapar al _Mosco_, y los +guardas, apenas cerraba la noche, preguntábanse por qué lado del inmenso +bosque trabajaría aquel bandido. + +Los gazapos reales dormíanse en sus madrigueras, resignados de antemano +a que les despertase la sangrienta dentellada del hurón; los corzos, al +beber en los arroyos a la luz de las estrellas, se mugían a la oreja: +«Mucho ojo, hermanos; el _Mosco_ debe de andar cerca...» Un perro suyo, +apodado _Puesto en ama_, había sido tan famoso por lo temible, que, al +matarlo los guardas en un encuentro, lo llevaron en triunfo a la +administración de El Pardo, y allí le guardaban empajado y con ojos de +vidrio, como una curiosidad del real sitio. + +_Coleta_ había conocido a este animal. Cazaba los gamos a la carrera en +medio de la noche; no había venado que le resistiese. Una vez hizo ganar +a su amo cerca de tres mil reales. Ahora, el _Mosco_ tenía otro perro, +el segundo _Puesto en ama_, una verdadera alhaja, pero de menos mérito +que el otro, y con él continuaba sus expediciones de «dañador», sus +audacias de furtivo, saliendo de ellas en algunas ocasiones chorreando +sangre, pero abriéndose paso siempre por entre los disparos de los +guardas y los galopes de los vigilantes montados. ¡El plomo que aquel +hombre llevaba en el cuerpo!... + +_Coleta_, agotados los elogios al intrépido cazador, cuyas hazañas +conocían mejor que él los que le escuchaban, iba ya a emprender el +camino hacia Madrid, cuando su instinto de parásito le hizo fijarse en +un carro descubierto que avanzaba con lento balanceo sobre los relejes +de la carretera. La mula, alta y forzuda, con grandes desolladuras por +la falta de limpieza, llevaba el cabezón adornado con cintajos +multicolores encontrados en la basura. Parecía una bestia de tribu +marchando adornada a una fiesta salvaje. + +--Esa me llevará--dijo _Coleta_--. ¡Eh, tío Polo... señor Polo, pare +usted! Aquí hay amigos. + +De la parte trasera del carro surgió, como un monigote del fondo de una +caja, una cabeza de viejo, con el cuello del chaquetón rozando las +orejas y un gorro de pelo encasquetado hasta los hombros. Era una cara +mofletuda y roja, con una vaguedad en los ojos rayana en la estupidez. +Se detuvo el carro, y poco a poco fue saliendo de la parte delantera +otro viejo, incorporándose trabajosamente con las riendas en la mano. +Parecía el Padre Eterno. Sus barbas amplias de plata se extendían sobre +el pecho y formaban una aureola de blancos vellones en torno de sus +mejillas sonrosadas. El labio superior, cuidadosamente afeitado, era lo +más limpio de su rostro. Los ojillos verdosos y profundos estaban +rodeados de arrugas, que parecían rayas de carbón por la suciedad de sus +surcos. El traje era tan bizarro como su ancianidad. Cubríase con una +especie de casulla de pieles de conejo, sujeta a la cintura por una +cuerda. Su pantalón estaba resguardado en los muslos por zajones +cortados de una alfombra vieja y adornados con cintajos iguales a los de +la mula. Una boina verdosa, con rastros de telarañas, cubría su cabeza +sonrosada y blanca. El adorno de su persona revelaba suciedad salvaje y +simpleza infantil. Las manos eran negras, con escamas en el dorso; las +mejillas y los labios, acariciados por la navaja, mostraban una frescura +de niño. + +--¿Qué se les ofrece a ustedes?--dijo con atiplada vocecilla y +entonación cortés--. ¿En qué puedo servirles, señores?... + +Sus ojos se fijaron en _Coleta_, e hizo un mohín de desprecio. + +--¡Ah! ¿Eres tú, borrachín?... + +Después saludó con la cabeza al jefe del fielato, pues era respetuoso +con toda autoridad que pudiera molestarle; y al fijar los ojos en +Maltrana, lanzó una exclamación de alegría. + +--¿Pero eres tú, Isidro?--preguntó con su voz infantil--. ¡Pues pocas +ganas que tenía de verte!... La abuela no piensa en otra cosa; siempre +me hace el mismo encargo: «Si ves al chico, dile que venga. Casi no le +he visto desde que nos casamos.» + +--Sí, yo soy, amigo _Zaratustra_. ¿Cómo le va a la abuela contigo? ¿Aún +estáis en la luna de miel? + +El viejo hizo un gesto de protesta, sin dejar de sonreír. + +--De una vez para siempre, dame un nombre y no me lo cambies a tu +capricho. Unas veces me llamas Krüger, y no me ofende que me compares +con ese buen señor que se peleó con los ingleses... ¡Mala gente! El otro +día encontré en la basura una caja de cerillas con su retrato, y, +efectivamente, algo nos parecemos... Otras veces, soy _Trapatustra_ o... +_Zorra no sé qué_: otro personaje al que también me parezco, según tú +dices... Sí; ya sé quién era: me contaste un día su historia. Un sabio +que no tenía un perro chico, como yo; que estaba en el secreto de todo y +se reía de todo... lo mismo que yo; que vivía en alto, como yo vivo, +viendo a mis pies todo Madrid. El tenía al lado un aguilucho al decir +sus cosas, y yo, a falta del pajarraco, tengo cinco perros que entienden +más que muchas personas, y me rodean y me escuchan cuando digo las +mías... Porque tú, Isidrillo, aunque parezca que te pitorreas de mi +persona, bien reconoces que tengo algo de sabio. + +--¿Quién puede dudarlo?--exclamó Maltrana con tono zumbón--. Por algo te +llamo _Zaratustra_. Tú eres el solitario de Bellasvistas, el gran +filósofo de los Cuatro Caminos, el sabio de la busca, el más profundo de +los traperos que entran en Madrid. + +--Noventa y cuatro años, señor--continuó _Zaratustra_, dirigiéndose al +jefe del fielato--. El cuerpo sano, el estómago de buitre; sólo tengo +flojas las piernas, que me obligan a permanecer quieto en el carro, +mientras éste, que es mi ayudante--y señalaba al bobo de la gorra de +pelo--, entra en las casas. Soy el más antiguo del gremio. Sólo quedan +algunos de mi época allá en el Rastro, que se han establecido, han hecho +fortuna y tienen casa abierta en las _Américas_. Más de cincuenta años +de servicios; y en todo este tiempo, ni un día he dejado de bajar a +Madrid... Yo he visto mucho; he visto al señor de Bravo Murillo traer +las aguas a Madrid y saltar el Lozoya por primera vez en la antigua taza +de la Puerta del Sol; he visto cómo la villa ha ido poco a poco +ensanchándose y dándonos con el pie a los pobres para que nos fuéramos +más lejos. Este fielato lo he visto en lo que es hoy glorieta de Bilbao. +Donde yo tuve mi primera barraca hay ahora un gran café. Todo eran +desmontes, cuevas para gente mala; a Dios le quitaban la capa así que +cerraba la noche; y ahora anda uno por allí, y todo son calles y más +calles, y luz eléctrica, y adoquines, y asfaltos, donde estos ojos +pecadores vieron correr conejos... Los antiguos cementerios han quedado +dentro; los pobres que vivimos cerca de ellos vamos en retirada, y +acabaremos por acampar más allá de Fuencarral. Dicen que esto es el +Progreso, y yo respeto mucho al tal señor. Muy bien por el Progreso... +pero que sea igual para todos. Porque yo, señor mío, veo que de los +pobres sólo se acuerda para echarnos lejos, como si apestásemos. El +hambre y la miseria no progresan ni se cambian por algo mejor. La ciudad +es otra, los de arriba gastan más majencia, pero los medianos y los de +abajo están lo mismo. Igual hambre hay ahora que en mis buenos tiempos. + +--¡Bien, _Zaratustra_, muy bien!--dijo Maltrana, aprovechando una pausa +del viejo. + +--Yo, señor--continuó el viejo, dirigiéndose al del fielato--, lo que +más siento es que no veré en qué acaba todo esto. Lo del Progreso ha +nacido en mis tiempos. Cuando yo era muchacho, las aguas iban por otro +lado. Yo, de mozo, fui carlista; soy manchego y anduve con _Palillos_: +pura ignorancia. Pero repito que vi nacer la criatura, y tendría gusto +en enterarme por mis ojos de hasta dónde alcanza, pues por ahora no es +gran cosa lo que lleva hecho en favor del mediano... ¡Pero soy tan +viejo!... ¿Ve usted a _Coleta_, ese borrachín que nos oye? Parece de más +años que yo, y le he visto nacer... Noventa y cuatro años, señor, y +tengo cuerda para ciento y pico. Lo sé muy cierto: yo entiendo de estas +cosas. + +Maltrana y su amigo acogían con movimientos afirmativos las palabras del +anciano. Su verbosidad, una vez suelta, no podía detenerse; hablaba con +incoherencia infantil. + +--Hoy voy tarde a la busca, pero no importa. Mi parroquia es segura y +buena: cafés de la Puerta del Sol, comercios antiguos de la calle del +Carmen. Hay casa que la tengo cuarenta años; a los dueños de ahora los +he conocido niños, y cuando lloraban les hacían miedo amenazándoles con +el tío Polo, que se los llevaría en el carro. Entonces tenía más humor y +mejores trajes. A mí siempre me ha gustado vestir bien. ¿Ven ustedes +esta prenda de pieles, que ni el rey la lleva? Pues la he hecho yo; y yo +también otra que guardo en casa para los días de fiesta, con cintajos de +colores y espejuelos que quitan la vista: un uniforme de magnate de las +grandes Indias, según dice Isidrillo. En otros tiempos solía vestirme de +peregrino para ir a la busca, pero los chicos me seguían como unos bobos +y los guindillas me amenazaban con llevarme a la prevención. ¿Por qué, +señores míos?... Lo que yo les decía: ¿Qué somos todos en este mundo, +mas que peregrinos que vamos pidiendo a los demás y caminando hasta +llegar al final de nuestra vida? Peregrino es el rey, que pide a los de +abajo los millones que necesita para vivir en grande; peregrinos los +ricos, que viven de lo que les sacan a los pobres; peregrinos nosotros, +los medianos... y no digo los de abajo, porque es feo. No hay criatura +de Dios que esté abajo. De abajo sólo son los animales. Nosotros somos +los medianos. + +Y hablaba mirando a lo lejos, con cierta vaguedad conocida de Maltrana +como precursora de un chaparrón de divagaciones. + +--¡_Zaratustra_, que te remontas!--exclamó el joven--. No nos aplastes +con tus incoherencias filosóficas. + +--Bueno estoy para remontarme. No he podido dormir en toda la noche... +Estas malditas piernas; el reúma, que se me agarra a ellas como un perro +rabioso. ¡Qué tiempo! Y lo peor es que durará toda esta luna. Ya sabes, +Isidrillo, que yo entiendo de tales cosas. Nada de librotes, ni +compases, ni mapas, como los sabios. He pasado mi vida en el campo, +viendo el cielo de noche y de día. Para mí no tiene secretos. Créame +usted, señor--añadió dirigiéndose al del fielato--; el sol es el cuerpo +noble, y de él viene todo lo bueno. Pero antes de que llegue hasta +nosotros pasa por cuatro cuerpos: el azul, el rojo, el amarillo y el +verde. Por eso vemos el arco iris. Según el color que predomina, así es +el tiempo. Además, están los ocho vientos; pero éstos sólo los entiende +el que los maneja, que es Dios. ¿No es esto cierto y clarísimo? Pues los +señores sabios no quieren oírme. He ido muchas veces al Observatorio a +dar buenos consejos, y no me dejan pasar de la puerta, diciendo que ya +tienen quien recoja la basura. Así anda todo en este país. No se ocupa +nadie de las cosas del cielo, y en el cielo está el pan. Sin lluvia no +hay agricultura, y la agricultura es la más noble profesión del país. +Hay que protegerla; hay que ayudar al mediano; que gaste el de arriba, +ya que tiene, pero que no sea todo para él... + +Maltrana interrumpió al viejo. Era capaz de permanecer allí toda la +mañana si seguían escuchándolo. Le esperarían sus parroquianos; su +ayudante, el _Bobo_, lanzábale miradas de impaciencia; el pobre _Coleta_ +aguardaba a que le dejase subir en el carro para ir a Madrid. + +--Sube, vida perdurable--dijo Polo con vocecilla misericordiosa. + +El borracho se encaramó en el vehículo, arrastrando su saco vacío, y +_Zaratustra_ tiró de las riendas, haciendo salir a la mula oblicuamente +para ganar el centro del camino. + +--Adiós--dijo el trapero--. No olvides, Isidrillo, que la abuela te +espera. Ve por allá; le darás una alegría a la pobre... Y usted, señor, +acuérdese de lo que le dice un viejo que sabe algo. Hay que ayudar al +mediano. El mediano es el que da el pan. + +Hablaba con la cabeza vuelta hacia el fielato, tirando de las riendas a +la mula, sin ver adónde marchaba ésta. El carro chocó con un tranvía que +acababa de detenerse en la glorieta de los Cuatro Caminos. La punta de +una de sus barras hizo saltar del vagón varias costras de barniz y una +ligera astilla. + +Los empleados prorrumpieron en imprecaciones y echaron pie a tierra, +insultando a _Zaratustra_. + +Corrió la gente, aproximáronse los del fielato, y se formó un gran +círculo de curiosos en torno del carro y de los que agitaban sus brazos +increpando al trapero. + +--No hay que enfadarse, caballeros--dijo el viejo con vocecilla +triste--. Ya sé lo que es esto: tómenme ustedes el nombre. + +Uno de ellos escribió las señas del tío Polo, sin dejar de amenazarle +por su torpeza, augurando que iba a costarle cara la fiesta. Rara era la +semana que no tenía algún encuentro con los tranvías. A su edad debía +quedarse en casa, sin meterse a guiar bestias. + +Partió el vagón, alejáronse los curiosos, y _Zaratustra_ arreó de nuevo +a la mula, mientras el _Bobo_ y el borracho callaban, anonadados por el +accidente. + +--Tú, Isidrillo--dijo al joven--, ya que escribes en los papeles y +conoces personajes, veas si puedes arreglarme esto. + +Pero el viejo, antes de que Maltrana le contestase, sonrió tristemente y +siguió diciendo con expresión de desaliento: + +--No te canses: es inútil. Adiós, señores. A Madrid, mula... Pagaré como +siempre. ¿Quién se mete con esos señores que son los amos? Paga tu +crimen, ya que por ir a ganar el pan estropeas un poco de pintura. Ellos +tienen millones, y pueden reventar con sus coches a un pobre diablo +todas las semanas; pueden cubrir la puerta del Sol con una parrilla de +alambres del demonio, que el día que se caiga matará a medio Madrid... +Es el planeta de las criaturas. El lobo se come al cordero, el milano a +la paloma, el pez gordo al pequeño, y hay que dar gracias al rico +porque, pudiendo tragarse al mediano, le deja vivir para que pene. + +Así hablaba _Zaratustra_. + + + + +II + + +Al recordar Isidro Maltrana su pasado, deteníase en los años de su +infancia transcurridos en el Hospicio. Algo había en su memoria que le +hablaba de una existencia anterior; pero eran recuerdos confusos, vagas +remembranzas cortadas por obscuras lagunas de olvido, y envuelto todo en +una niebla pálida que amasaba personas y sucesos. + +El recuerdo más remoto era el de un patio de casa de vecindad, que a él, +en su pequeñez, le parecía inmenso, con una luz triste y fatigada que +venía de lo alto, enturbiándose al resbalar por las paredes grasientas, +al filtrarse por entre las ropas astrosas pendientes de las galerías. + +Se contemplaba andando a gatas por un corredor interminable, ante una +fila de puertas numeradas con esa uniformidad que luego había visto en +cuarteles y presidios. Muchas mujeres sentadas ante las puertas cosían y +charlaban. Otras veces reñían, y al ruido de sus voces poblábanse las +barandillas de bustos echados adelante por una malsana curiosidad, de +cabezas greñudas que azuzaban a las contendientes como bestias rabiosas. + +Al anochecer llegaban los hombres. Mostrábanse tristes, fatigados, con +el ceño torvo, parcos en palabras, sin otro deseo que el de pedir la +cena, maldiciendo sordamente al maestro, a los compañeros, a todos los +ricos, a la vida adusta e ingrata, que sólo tenía para ellos rudezas y +choques. Otros días llegaban más tarde, y mientras las mujeres contaban +montoncillos de monedas, partiéndolos, como si estas divisiones +respondiesen a un cálculo anterior, ellos cantaban, reían, se llamaban +de puerta a puerta, de piso a piso, con una alegría de pájaro, olvidados +de sus miserias, dominados por la felicidad del momento, que creían +interminable, hablando de volver a la taberna, en la que habían hecho +una larga detención antes de llevar a casa su jornal. + +A mediodía, la madre de Maltrana le tomaba en uno de sus brazos, y +pasando el otro por el asa de la cesta, iba en busca de su marido, el +albañil. Comían en las aceras de las calles estrechas y pendientes, +junto al pavimento de agudos guijarros; otras veces en plena Castellana, +a la sombra de un árbol, viendo pasar lujosos carruajes que, heridos por +el sol, echaban rayos de su charolado exterior, y sombrillas rojas y +azules, graciosas cúpulas de seda, bajo las cuales marchaban señoras +elegantes, precedidas de niños enguantados y con huecos faldellines, que +el hijo del albañil contemplaba con asombro. Sentábanse ante el hondo +plato, en el cual volcaba la madre el pucherete de los días de +abundancia o un pobre guiso de patatas al final de la semana. Las +ráfagas del invierno cubrían la comida de polvo y hojas secas. Cuando +rompía a llover apenas volcado el puchero, la familia se refugiaba en un +portal para engullir el resto de su pitanza. + +El pequeño conocía la llegada de los domingos por la comida, que era +también al aire libre, pero sin andamios cerca, sin la vecindad de +blusas blancas, en las afueras de la población, sentados en la hierba +rala de algún solar sembrado de botes de lata, pedazos de botellas y +zapatos viejos; viendo sobre el perfil de los inmediatos desmontes la +bucólica silueta de una cabra tristona o de una vaca tísica; escuchando +el vals loco martilleado a toda velocidad por el piano del merendero, al +cual iba su padre para llenar de vino el cuadrado frasco. ¡Cómo +recordaba Maltrana las tortillas de escabeche de los días de fiesta, en +medio del campo yermo invadido por los residuos de la ciudad! ¡Cómo los +pucheretes con piltrafas de tocino, junto a las vallas de los edificios +en construcción!... Su madre apenas comía; sólo se ocupaba de él, +llevando una mano al plato, mientras con la otra le sostenía en su +regazo. Con el instinto maternal de los pájaros, tenía que pasarlo todo +por su pico antes de que lo tragase el pequeñuelo. Llevábase la cuchara +a la boca, soplaba en ella, la acariciaba con el aliento, y sólo tras de +esta purificación se decidía a ofrecerla a su hijo, que, echando atrás +la cabezota de pelos sedosos, mostraba sus encías desdentadas, su +paladar sonrosado, de una palidez anémica. El padre comía mientras tanto +con ávido silencio, devorando lo mejor del plato, y sólo al beber las +últimas gotas se fijaba en el chiquitín, pasándolo a sus rodillas. Le +daba pequeños pedazos de queso en la punta de su navaja; reía +contemplando sus gestos, la grotesca masticación de su boca, semejante a +la de un viejo. + +Maltrana, al recordar su pasado, preguntábase muchas veces cómo habían +vivido sus padres. Los había visto reír volviendo de las comidas del +domingo, con una alegría extraordinaria, pugnando él por cogerla del +talle al envolverles la sombra del crepúsculo, defendiéndose ella, +escandalizada por estar en medio de un camino. Otras veces--y el +recuerdo después de tantos años aún conmovía al joven--, el padre surgía +en su memoria colérico, con la voz ronca y el rostro congestionado, +oliendo a vino, arrojándose con los puños levantados sobre la pobre +mujer, que corría loca de miedo por el tugurio, esquivando los golpes. +Estas escenas de terror acababan siempre con la caída del albañil en el +camastro, fatigado de golpear a la hembra. Al poco rato sonaban sus +ronquidos brutales, mientras la madre, abrazando al pequeño, lloraba +sobre su cabeza silenciosamente. + +De este período embrionario de su memoria, lo que mejor recordaba Isidro +eran las gracias de _Capitán_, un perrillo feo y sucio, camarada de +miseria de la familia. Les acompañaba en las meriendas en el campo y las +comidas en las aceras. Rondaba en torno del albañil, esperando las migas +de su pan, seguidas de patatas, y una vez satisfecha su hambre tendíase +junto al chiquitín, acariciándolo con sus traviesas patas, frotándole la +cara con el hocico húmedo. Las más de las noches dormíase Isidro +abrazado a él. + +Un día, el pequeño vio salir a su madre desmelenada y vociferando, +seguida de otras mujeres no menos trastornadas. Luego, una vecina le +cogió en sus brazos, sin contestar a las preguntas que la hacía él con +infantil balbuceo. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!» era lo único que sabía decir +aquella mujer: se acordaba bien. Y se encontró de pronto en una sala +grande, que a él le pareció inmensa, blanca y con azulejos, y vio muchas +camas, ¡muchas! con cabezas inmóviles hundidas en las almohadas, y en +una de ellas un rostro entrapajado, casi oculto bajo el cruzamiento de +los vendajes, unos bigotes con negros coágulos de sangre y unos ojos +vidriosos por el espasmo del dolor, que le miraron tal vez sin +reconocerle. Ya no vio más. Se sintió cogido de nuevo. Pero ahora era su +madre la que sollozaba lo mismo que la vecina. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!» + +La dolorosa visión borrábase instantáneamente en su memoria. Un período +de obscuridad venía luego, y pasado éste, se veía con cierta blusa negra +que le daba gran prestigio entre la chiquillería de la vecindad. +Tratábanle mejor que antes, como si la desgracia le colocase por encima +de todos. Su padre había muerto tras una agonía horrible, magullado y +deshecho por la caída desde un alero. Su madre pasaba los días fuera de +casa. Visitaba a sus parientes en solicitud de socorros. La familia +estaba esparcida en los puntos más extremos de Madrid. Unos vivían en +Tetuán, dedicados a la busca; los de la otra rama, más acomodada y +feliz, hacía años que se habían trasladado al Rastro, y tenían tiendas +en las _Américas_. Pero los socorros disminuyeron así como se fue +borrando el recuerdo de la desgracia, y la madre tuvo que buscar trabajo +en casas extrañas, servir como asistenta, y volver de noche a su tugurio +con sobras de comida en la cesta, que servían para alimentar al pequeño. + +Entonces fue cuando Maltrana entró en el Hospicio. Una señora en cuya +casa trabajaba la madre se apiadó del huérfano del albañil. La tal +señora tenía la manía de la limpieza, y cada dos días, al frente de sus +criadas y con el esfuerzo de la asistenta, ponía en revolución sus +habitaciones, apreciando con honda simpatía a la Isidra por el brío con +que apaleaba las alfombras, frotaba las maderas y sacudía un polvo +imaginario que parecía haber huido para siempre, asustado de esta +rabiosa pulcritud. Ella gestionó la admisión del pequeño en el Hospicio, +pensando que con esto su madre podría dedicarse con más desembarazo a +las faenas. El muchacho, aunque feo, por su charla precoz gustaba mucho +a aquella señora sin hijos. Más adelante ya vería de hacer algo por él. + +Y comenzó para Maltrana la vida de asilado: una existencia de sumisión, +de disciplina, endulzada por el estudio y por los goces que le +proporcionaba su superioridad sobre los compañeros. Los maestros +mostraron por él gran predilección. El director, con toda su grandeza, +que le hacía ser considerado en la casa como un ser casi divino, le +conocía y se dignaba recordar su nombre. Las monjas le apreciaban por +«modosito y discreto», obsequiándole con golosinas. Cuando algún +personaje visitaba el establecimiento, Maltrana salía de filas para ser +presentado como el mejor producto de la institución. + +Así transcurrieron los años, amoldándose Isidro de tal modo a su nueva +existencia, que sólo en los días de paseo se acordaba de que tenía una +familia fuera del Hospicio. + +Los jueves y los domingos, a la caída de la tarde, se estacionaban en la +acera del Tribunal de Cuentas, frente a la portada churrigueresca del +Hospicio, grupos de mujeres pobres con niños de pecho, viejos obreros, y +una nube de muchachos, que entretenían la espera plantándose en medio +del arroyo para «torear» a los tranvías, esperándolos hasta el último +momento: el preciso para huir y no ser aplastados. + +Eran las familias de los chicos del Hospicio. Las madres venían de los +barrios más extremos de Madrid: lavanderas, traperas, viudas de +trabajadores, mendigas, todo el mujerío abandonado y mísero, que procrea +por distraer el hambre. Se trataban como amigas al verse allí todas las +semanas. Este encuentro regular unía con estrecha solidaridad a las que +vivían en los puntos más apartados de la población. + +Esperaban la vuelta de los asilados, que al principio de la tarde habían +salido a pasear por las afueras. + +--¡Por allí vienen!--gritaba una mujer, señalando lo alto de la calle de +Fuencarral. + +Los grupos corrían hacia arriba, atropellando a los transeúntes, +barriendo las aceras con su impulso, deseando envolver cuanto antes las +filas de niños vestidos de gris, que avanzaban lentamente, cansados de +la expedición. + +Muchas mujeres deteníanse, titubeando. Aquel grupo no era el de su hijo. + +--¡Vienen por abajo!--gritaba otra. + +Y toda la avalancha retrocedía, empujando de nuevo a los transeúntes, +ganosa de salir al encuentro de los que llegaban por la parte opuesta. +Era un deseo vehemente de encontrarles lo más lejos posible del +Hospicio, de ganar algunos segundos, de prolongar la rápida entrevista, +en la que habían pensado días enteros. + +La maternidad apasionada y ruidosa de la hembra popular estallaba con +fieros arrebatos a la vista de los pequeños. Los besos parecían +mordiscos; las caras de los asilados se enrojecían con los violentos +restregones; muchos se echaban atrás, como temerosos de la primera +efusión. Era el anhelo de resarcirse en un momento de la dolorosa +abstinencia maternal, de aquella amputación del más noble de los +instintos impuesta por la miseria. + +La formación de los asilados desbaratábase instantáneamente. Los grises +uniformes desaparecían ahogados en el remolino de los grupos. Las +mujeres agarrábanse al cuello de los pequeños y lloraban, sin cesar de +hablarles con la incoherencia de la emoción. + +--¡Hijo de tu madre... chiquito mío!... ¡Rico!... + +Los hermanos rozaban sus harapos de golfos libres con el uniforme, que +les admiraba, y no sabiendo qué decir al asilado, enseñábanle en +silencio sus juguetes groseros, sus tesoros, los relucientes botones de +soldado, los naipes rotos, los trompos, las «estampas» de un periódico +ilustrado, guardadas, en sudorosos pliegues, entre la camisa y la carne. + +Algún obrero viejo marchaba solo al lado de un hospiciano. ¡Pobrecito! +No tenía madre; estaba, en su desgracia, peor que los otros. Su mano +callosa, cubierta de escamas del trabajo, acariciaba las mejillas +infantiles, mientras la cara barbuda miraba a lo alto, pensando en que +los hombres no deben llorar. + +--Toma un perro gordo: lo guardaba para «un quince»... Que te +apliques... que seas bueno. Pórtate bien con esos señores. + +Los asilados avanzaban lentamente, entre los besos, las lágrimas y las +recomendaciones, llorando también muchos de ellos, pero sin dejar de +andar, con una pasividad automática de soldado, como si les atrajese la +obscura boca de la portada monumental. + +Allí eran los últimos arrebatos de cariño; y las pobres mujeres, después +de desaparecer sus hijos, aún permanecían inmóviles, mirando con +estúpida fijeza, al través de sus lágrimas, al rey que, espada en mano, +corona la obra arquitectónica de Churriguera. + +Isidro también encontraba a su madre al volver al Hospicio en los días +de paseo. Abalanzábase con las otras mujeres, rompiendo las filas de +asilados, y le abrazaba llorando. La Isidra conocía los progresos de su +hijo. + +--La señora está muy contenta... Los maestros la hablan mucho de ti. +Aplícate, hijo mío; ¿quién sabe a lo que podrás llegar? A ver si +resultas la honra de la familia. + +Y mientras la pobre mujer hablaba a su hijo, entre sollozos de emoción, +_Capitán_ daba saltos en torno de él, esforzándose por lamerle la cara. +Maltrana tomábalo en brazos, y así iba hasta la puerta del Hospicio, +oyendo a su madre y llorando conmovido por las caricias y los gruñidos +del antiguo compañero de miseria. + +Un día, la madre no le esperó sola. Iba con ella un hombre de blusa +blanca, un albañil, al que recordaba Isidro como vecino del caserón y +camarada de su padre. Era un hombre pacífico, que frecuentaba poco la +taberna. Según afirmaban las comadres de la vecindad, había sido +abandonado por su mujer, una buena pieza que andaba suelta por el mundo +después de amargarle la existencia. Maltrana se alegró al verle. «El +vecino», como él le llamaba, habíale siempre inspirado gran simpatía. +Muchas veces, de chiquitín, entraba en su cuartucho, y sentándose en sus +rodillas, le acariciaba el recio bigote, haciéndole preguntas sobre las +aventuras de su vida. Era un aragonés, parco en palabras, rudo, sobrio, +habituado a la obediencia. Había sido soldado en Ultramar y guardia +civil en la Península. De sus años de disciplina guardaba un gran +respeto a todo poder fuerte, un hábito de sumisión, que le hacía acoger +las contrariedades con inquebrantable bondad. + +Quedose ante el asilado sin saber qué decir, sonriéndole con sus ojos de +bovina mansedumbre, con su fiero mostacho de veterano, y al fin le +acarició la nuca con una manaza dura, en la que el yeso marcaba con +entrecruzados filamentos las escamas de la piel. + +--Que sigas siendo bueno--dijo con voz fosca y lenta que parecía salir +de lo más profundo de su vientre--. Que no disgustes a tu pobre madre. + +Y el muchacho se habituó a ver todos los domingos al señor José, como si +fuese de su familia. + +Un día se presentó solo el albañil, y antes de que el muchacho entrase +en el Hospicio, le explicó la ausencia de su madre. La Isidra estaba +enferma; no era cosa de cuidado: asunto de quedarse en casa un par de +semanas sin bajar a verle. Y cuando pudo descender de aquel barrio +extremo, donde se amontonaba la miseria obrera, Isidro la vio más flaca +y amarillenta, llevando al brazo un envoltorio de ropas por entre las +cuales salía un llanto desesperado y unas manecitas crispadas por la +rabia. + +--Mírale, Isidro... Es Pepín: es tu hermano. Bésalo, hijo mío. + +Maltrana besó aquel hermano inesperado que de repente surgía en su +familia; vio en el lío de ropas mojadas y malolientes una cabeza enorme +sobre un cuello delgado; un cuerpecillo débil que anunciaba una fealdad +igual a la suya. + +Desde entonces dividió sus caricias entre el chiquitín y el pobre +_Capitán_, que parecía celoso de este huésped que monopolizaba todas las +atenciones de la familia. + +Maltrana, años después, al percatarse de las realidades de la vida, +había reconstituido la vulgar aventura de su madre, juzgándola con +benevolencia. La pobre mujer, en su soledad, se había sentido atraída +por «el vecino» infeliz, solitario como ella. Las dos desgracias se +habían juntado. + +Además, ella necesitaba un arrimo, según declaró a su hijo poco antes de +morir. Sus faenas no la daban muchas veces para comer, y aquel +trabajador sobrio y bueno, que no frecuentaba la taberna y acogía las +desgracias silenciosamente, sin cóleras y sin golpear a la hembra, valía +más que su marido. + +Vivían «amontonados»--palabras de las vecinas--, sin que esta situación +irregular produjese el menor escándalo en un caserón donde la miseria +favorecía promiscuidades merecedoras de mayores repugnancias. + +El señor José, en su acatamiento supersticioso a todo lo establecido, +quería salir de este arreglo anormal. El no iba a misa, pero sentía gran +respeto por la religión, como una autoridad más de las que hacen marchar +al hombre derecho. Por eso deseaba casarse como Dios manda. Aquella +pájara que tanta guerra le dio en su matrimonio debía de haber muerto; +habría reventado en el Hospital de San Juan de Dios o en medio de la +calle. Sólo faltaba sacar el «mortuorio», y se casaban inmediatamente. +Pero la Isidra negose a esto. ¿Y su hijo? ¿No expulsarían a su Isidrín +del Hospicio al tener un padre que trabajase por él?... Ella le quería +allí; le quería sabio, ya que, según los informes de los maestros, iba +para ello, y la señora mostrábase cada vez más dispuesta a hacer de él +un señorito, un hombre de carrera. Tenía fe en el porvenir de su hijo. +Sería rico y personaje. ¿Quién podría afirmar la imposibilidad de que +ella pasase su vejez en un hotel, con carruaje y grandes sombreros, lo +mismo que las señoras cuyas casas frecuentaba para trabajar como una +bestia?... + +--Mi Isidro tiene buena estrella. No faltará quien le empuje, hasta que +sepa seguir solíto su camino. + +En las grandes fiestas del año, el muchacho salía del Hospicio para +pasar el día en la casa de su protectora. Isidra refugiábase en la +cocina con las criadas, trémula de emoción al ver a su hijo en el +comedor, sentado junto a la señora y hablando con los amigos de ésta, +todos personajes de imponente gravedad. Hacían preguntas al muchacho +para apreciar sus adelantos, y a todos los asombraba con la rapidez y +aplomo de sus respuestas. ¡Que le fuesen al nene con preguntitas!... +Isidra, oculta tras un portier, llamaba a las criadas para que +admirasen al chico. Era el propio Niño Jesús discutiendo con los +doctores del Templo, tal como ella lo había visto en ciertas estampas. + +La señora mostrábase satisfecha de su protegido. Los elogios de los +amigos, gente seria y parca en la admiración, los aceptaba como otros +tantos halagos a su amor propio. Isidro era su obra. Además, le quería +por su carácter tranquilo, por su timidez, que le hacía permanecer horas +enteras en una silla, sin atentar a la limpieza de su salón y al buen +orden de las cosas, que eran en ella una manía. + +Viéndole tan sabio, quiso costearle la carrera del sacerdocio. Pero +Maltrana, a pesar de su timidez, acogió la oferta con un mohín de +disgusto. ¿No tenía vocación de cura?... La buena señora no quiso torcer +su voluntad. Que estudiase lo que quisiera; al fin, en todas las +profesiones se podía servir a Dios y defender las sanas doctrinas de las +personas decentes. + +Maltrana comenzó a estudiar el bachillerato sin salir del Hospicio. Cada +curso fue un motivo de entusiasmo para su protectora y su madre. +Premios, matrículas honoríficas, palabras de satisfacción del director, +ufano de que el establecimiento incubase tal prodigio. + +--Se bebe los libros--decía la Isidra--. Yo no sé de dónde he sacado a +este fenómeno. + +El señor José sólo le veía de tarde en tarde. Su mujer no osaba llevarlo +a casa de la señora, por miedo a que ésta se enterase de su situación +irregular. Isidro ya no paseaba con los demás asilados; y cuando el +albañil le encontraba casualmente, hablábale con respeto, como si +presintiera en él a un futuro representante de aquella autoridad que le +inspiraba religiosa admiración. + +--Eso marcha, muchacho. Sigue zurrando a los libros. Tú irás lejos... +Te lo digo yo, que he visto de cerca a los grandes personajes. + +Y pensaba en su hijo, en su Pepín, que ya tenía siete años y llevaba +descalabrados a varios chicos de la vecindad. Era un genio asombroso +para echar la zancadilla y poner la piedra donde fijaba el ojo. Pepín +pertenecía a otra raza: la de su padre. Había nacido para obedecer, para +quedarse abajo. + +Cuando Maltrana terminó el bachillerato, la señora se lo llevó a su +casa. No podía seguir en el Hospicio, y era indigno de un futuro sabio, +de un señorito, vivir en la casucha de su madre. Isidro comenzó a seguir +en la Universidad Central los cursos de Filosofía y Letras. Quería ser +doctor, luego catedrático, y después... ¡quién sabe a lo que podría +llegar después!... + +La señora admiraba la pureza de sus costumbres tanto como sus estudios. +Terminadas las clases, todavía acompañaba a algún profesor hasta su +domicilio, prolongando de este modo la lección. Aquellos buenos señores, +conociendo su origen, le trataban con gran afecto. + +Después, al volver a casa, se encerraba en su cuarto, lleno de libros. +La protectora apreciaba la marcha de su sabiduría por la cantidad de +volúmenes que le rodeaban. Su generosidad estaba pronta a todas horas +para nuevas adquisiciones, y Maltrana, en plena borrachera de saber, se +aprovechaba de ella largamente. Una ola de libros invadía el cuarto, y +después de extenderse sobre los muebles, dejando en ellos altas pilas de +papel impreso, esparcíase por el inmediato pasillo. La señora, llena de +admiración por aquel sabio de diez y siete años, al que no apuntaba aún +el bigote, no osaba tocar uno solo de los volúmenes. Veía algunos en +caracteres extraños, que, según su pupilo, estaban escritos en griego; +otros en latín, como los libros de rezo. Los escritos en francés, en +alemán o en inglés la turbaban con el misterio de sus páginas +incomprensibles. ¿Qué dirían tantos libracos? Seguramente que no eran +todos en pro de la religión y las buenas costumbres. El alma simple de +la buena señora aceptaba la sabiduría como cosa útil, ya que la +humanidad se regía por ella, concediéndola grandes honores; más allá, en +el fondo de su ánimo, sentía aversión y desconfianza, mirándola como +arma útil para defenderse de los males del mundo, pero que encerraba en +su seno un peligro de muerte. Al ver a Maltrana sumido a todas horas en +el estudio, sentía cierto miedo por la suerte de su alma. Poníase +entonces la mantilla, y con traje negro y el rosario en la muñeca, +entraba en el cuarto del estudiante. + +--Isidrín, hijo mío, te vas a matar estudiando tanto... Acompáñame. + +Se lo llevaba a misa o a la novena, a los templos donde se anunciaban +sermones de predicadores de cartel. Maltrana cerraba sus libros sin un +gesto de disgusto, pasando de un salto de la filosofía revolucionaria, +que devoraba con ansias de neófito, a la devoción fetichista y estrecha +de la pobre vieja, crédula para todos los milagros y más aficionada a +los santos que a Dios. + +Aceptaba esta servidumbre sin esfuerzo, con cierto placer, como una +manifestación de gratitud hacia aquella alma buena que le había +arrancado del bajo fondo social para trasplantarle a un terreno más +sano. + +Con el gesto grave y respetuoso de un servidor nacido en la casa y +ligado a la señora por el afecto, dábala el brazo al bajar y subir las +escaleras, y la acompañaba a las iglesias, buscando los mejores sitios +para que gozase con toda comodidad de las místicas ceremonias. + +Los parientes de la anciana huían de su casa, ofendidos por el maternal +afecto con que distinguía al estudiante. Era un despecho de herederos +que se consideraban despojados por el intruso, por el hijo de «la +asistenta», como le llamaban con tono despectivo. Cuando alguna vez +encontraban en la calle, de vuelta de las iglesias, a la vieja y su +protegido, leía Maltrana el odio en las miradas de aquellas gentes. + +«Tú vas a llevarte el _gato_... ¡ladrón!», parecían decirle con los +ojos. + +Y al mismo tiempo le sonreían y celebraban con palabras dulzonas sus +progresos universitarios, como si temieran malquistarse con él. + +La excelente salud de la dama parecía burlarse de los pensamientos +egoístas de su familia. Aquella enamorada de la limpieza se quitaba de +encima los años con igual facilidad, según ella, que sacudía un polvo +ilusorio de todos los rincones de su casa. + +--Tengo cuerda para rato--decía alegremente al protegido al hablar de su +edad--. Pienso verte hecho un personaje; ser tu madrina cuando te cases +con una señorita buena y cristiana que yo te buscaré. También pienso +sacar de pila a tus hijos... + +--Viva usted muchos años--contestaba Maltrana gravemente, al mismo +tiempo que la emoción humedecía sus ojos. + +Un día, al volver de la Universidad, el joven encontró la casa en plena +revolución. La señora estaba en la cama, con los ojos cerrados, la +frente envuelta en lienzos que exhalaban un olor fuerte, la boca lívida, +entreabierta por un ronquido doloroso. Había caído al suelo de repente, +herida por el rayo de la congestión. Los médicos aturdían la casa, +ordenando remedios desesperados; los parientes llegaban ávidos y +jadeantes, con el azoramiento de la inesperada noticia. + +Al día siguiente murió la señora. La familia trató a Maltrana con cierta +benevolencia, haciéndole partícipe de sus acuerdos para el entierro. +Todos ignoraban la voluntad de la muerta. Respetaban a Maltrana, +temiendo que a última hora resultase el amo de todo. Algunos hasta le +iniciaron sus deseos de apropiarse de ciertos muebles de la difunta. El +joven siguió algunos días en la casa, asistiendo a los registros a que +se entregaba la familia, vigilando la rebusca, el manejo de llaves, el +tirar de cajones no abiertos en muchos años, que llenaban el suelo de +ropas antiguas y olvidados objetos. Removían la casa, esparciendo su +contenido con la misma confusión e igual azoramiento que si hubiese +entrado en ella una banda de ladrones. + +Pero transcurrieron dos semanas sin que apareciesen indicios de +testamento, un simple papel que revelase la voluntad de la muerta. La +señora, segura de su salud, creyendo disfrutarla hasta una edad +avanzada, no había pensado en la suerte de su protegido, reservando para +más adelante su testamento, con el temor supersticioso de atraerse la +muerte si se preparaba para ella. + +La actitud de la familia cambió de pronto. Maltrana permaneció en su +cuarto, sin que le llamasen. Los parientes registraban e inventariaban +por su propia cuenta, olvidados de él. Cuando le veían, su mirada era +dura, sus palabras agresivas, como si quisieran vengarse de una vez de +la adulación con que le trataron antes, del miedo que les había +inspirado. + +La orden para que saliese de aquella casa que ya no era suya se la dio +un sobrino de la señora, al que ésta había odiado por su carácter +egoísta y por varios engaños en asuntos de dinero. Acaudillaba a todos +los parientes, imponiéndoles miedo y respeto. Era un senador, gran +propietario de Castilla, que había pronunciado discursos en pro de la +religión y de los trigos, y consideraba a todos los gobiernos poco +conservadores y de mano blanda porque no enviaban a presidio a los +partidarios de la impiedad y a los defensores de la introducción de +cereales extranjeros con el fútil pretexto de abaratar el pan. + +Maltrana escuchó en silencio la sonora arenga del importante personaje. +Nada le quedaba que hacer en una casa que no era la suya. La difunta se +había olvidado de su suerte; no le faltarían razones para ello: bastante +había hecho sacándole de su mísera condición. Pero la familia, con el +deseo de no desatender el más leve vestigio de la voluntad de la finada, +había resuelto protegerle para que terminase su carrera. Iban a darle de +una vez tres mil pesetas, cortando para en adelante toda relación y +compromiso. Además, podía llevarse todos sus libros; pero era preciso +que abandonase la casa cuanto antes. + +Y el personaje, sacando su cartera para entregar tres billetes de mil +pesetas, no sin antes invitar a Maltrana a que firmase un recibo, +obsequió al joven con un nuevo discurso empedrado de buenos consejos. +Había que acometer de frente la vida. La vida es seria; la vida no es un +juego, joven amigo. El no había hecho hasta entonces mas que jugar, +pasar la existencia dulcemente al lado de aquella señora que era una +santa. (Aquí un saludo para la santa, merecedora de los mayores respetos +por haber muerto sin testamento.) Había que trabajar, joven. Tres mil +pesetas son un capitalito; con menos comenzaron otros y llegaron a +millonarios. Podría terminar su carrera y ser hombre de provecho. + +--Toda la vida de antes ha sido un sueño, no lo olvide usted--continuó +el orador--. Y no hay que soñar, joven. Hay que ser práctico. + +Después de estos consejos, don Gaspar Jiménez, senador, primer marqués +de Jiménez, título pontificio que un prelado amigo le había alcanzado +con algunas ofrendas bien regateadas al dinero de San Pedro, se dignó +estrechar la mano del joven, recomendándole otra vez que desapareciera +cuanto antes. + +Maltrana se marchó con todos sus libros a una casa de huéspedes cercana +a la Universidad, donde vivían algunos de sus compañeros de aula. La +existencia de estudiante fue para él una revelación de las alegrías de +la vida. + +Algunas tardes iba a la Sacramental de San Martín, un cementerio hermoso +y apacible como un vergel, que estaba cerrado hacía algunos años, pero +en el cual se había reservado su protectora un nicho al lado del de su +esposo. El era el único que visitaba la tumba. Los parientes, ocupados +en el reparto de la herencia y amenazándose con litigios, no se +acordaban de sustituir con una lápida de mármol el trozo de hule con +letras de cartón doradas que cubría la boca de la sepultura. Aquel +cementerio de novela, con sus grupos de rectos cipreses, sus columnatas +orientales y sus parterres de rosas, despertaban en el joven una dulce +melancolía, haciendo revivir en su memoria la imagen de la buena dama. + +Esta impresión desvanecíase al volver Isidro por la noche a los cafés +inmediatos a la Universidad, donde se reunían las alegres tertulias de +estudiantes, arrullados por los conciertos de piano y cornetín. + +--La vida es alegre--decía sentenciosamente--. Hay que dar a la vida un +sentido helénico. + +Y el helenismo del pobre muchacho consistía en fumar por primera vez, +beber copas de marrasquino, único licor que toleraba su paladar de +calavera griego, enviar cartitas de amor en versos clásicos a las +costureras o a las hijas de ciertas señoras de clases pasivas que +pasaban la velada en el Café de Peláez o en el de la Universidad, y en +desaparecer por media hora en algún portal de los callejones inmediatos, +llevándose tras él a la infeliz que paseaba la acera haciendo su +guardia. + +Maltrana continuó los estudios con el mismo aprovechamiento, a pesar de +su alegría helénica. Su madre quiso que siguiese viviendo en la casa de +huéspedes: un sabio como él no podía estar en un casuchón de las +afueras, entre albañiles, obreros de la villa y vagabundos. ¡Qué dirían +sus amigos!... La pobre mujer, al sobrevenir el derrumbamiento de sus +ilusiones con la muerte de la protectora, se aferraba más tenaz que +antes a la gloria de su hijo, al deseo de que éste saliese para siempre +del círculo de miseria en que había nacido. Pero su fe ya no era la +misma; comenzaba a dudar del porvenir de Maltrana viéndole falto de +apoyo. Tal vez se quedase en mitad del camino, sin fuerzas para llegar +al término. + +La vida era en su casa cada vez más dura. El señor José pasaba semanas +enteras sin trabajo. Pepín, que ya tenía once años, era tan malo, que +los vecinos le apodaban el _Barrabás_. Cada mes adoptaba un nuevo +oficio; pero le expulsaban de los talleres, acreditándolo como el más +insolente de los aprendices. La pobre madre, para traer a casa algún +dinero, era ahora ayudanta de una lavandera, y en las mañanas de +invierno bajaba al río desfallecida de hambre, temblando al contacto del +agua su mísero esqueleto cubierto de piel. + +Un día, _Barrabás_ se presentó en casa de su hermano para decirle +tranquilamente que la madre estaba en el hospital. Era un enfriamiento, +una pulmonía o algo semejante, cogido en el río. El golfín sólo supo +decir que estaba muy mala y que dos mujeres del lavadero la habían +llevado del brazo hasta el hospital. + +Maltrana fue allá, y vio a su madre en una cama, con los pómulos +enrojecidos, la piel ardorosa y los labios violáceos, exhalando el +estertor de sus pulmones congestionados. El joven, recordando el dinero +que aún guardaba en su casa, sintió cierto rubor al ver a su madre en +aquella sala triste, de fría desnudez, junta con otros enfermos. + +La hizo trasladar a una habitación aislada: él pagaría todos los gastos. +Y pasó las tardes al lado de la enferma, escuchando sus consejos, +alentándole en sus esperanzas. La pobre le suplicaba que cuando llegase +a las alturas no abandonase al señor José y a su hijo. Aquel hombre era +bueno para ella y la había ayudado valerosamente en los momentos peores +de su pobreza. Lo del «amontonamiento» ocurrió sin darse cuenta; fue +resultado de su compañerismo para defenderse de la miseria. Isidro debía +respetar al albañil como a un padre. La había querido más que el otro... +el legítimo. Lo demostraba su silencio desesperado, el gesto de dolor +con que la veía tendida en la cama del hospital. + +La enferma murió a los tres meses, después de haber abierto gran brecha +en la exigua fortuna de Maltrana. + +Decididamente, la vida no era alegre; la vida había perdido su sentido +helénico. + +A impulsos de la tristeza, el joven examinó su situación. Había que +seguir nuevos caminos. Apenas le quedaba dinero para continuar sus +estudios. Faltábale un curso para licenciarse; dos para ser doctor. Y +luego que consiguiera el título, ¿qué iba a hacer?... + +El pesimismo se había apoderado de Maltrana. ¿Para qué doctorarse? El +estudio no significaba sabiduría, sino rutina. El había visto mucho y +sabía a qué atenerse. La Universidad era una mentira, como todas las +instituciones sociales. Haría oposiciones a una cátedra; le admirarían +los compañeros, algún profesor de carácter huraño le daría su voto, pero +el resultado seguro era no conseguir nada. Los solitarios como él, sin +protectores, sin atractivo social, estaban desarmados para la lucha +diaria: su destino era morir. + +El amaba la ciencia por ella misma, por sus goces, por la voluptuosidad +egoísta de saber. ¡Viva la ciencia libre! ¿Qué le importaba aquel +papelote, certificado de sabiduría, cuya conquista había de costarle dos +años de miseria? Para ser filósofo no era necesaria la Universidad. Los +grandes hombres admirados por él no habían sido profesores, no poseían +títulos académicos. Schopenhauer, su ídolo de momento, se burlaba de la +filosofía que sube a la cátedra para darse a entender. + +Sería pensador independiente; sería escritor. Y Maltrana, filósofo de +diez y nueve años, con un ligero vestigio de bigote, se lanzó al mundo. +Dejó de frecuentar los cafés estudiantiles; hizo vida en el centro de la +población, pasando de un grupito a otro de los que constituyen la +tumultuosa e ingobernable República de las Letras. + +Leía por las tardes en el Ateneo las revistas extranjeras, para estar +«al día» en los adelantos del pensamiento universal y reventar a ciertos +camaradas ignorantes que, por haber publicado algunos versos en los +periódicos, pretendían deslumbrar al pobre «inédito». Además, seguía +adquiriendo libros, a pesar de su pobreza. No podía librarse de este +hábito de sus tiempos de abundancia. Suprimía comidas, prolongaba el uso +de unas botas rotas, para adquirir un libro recién llegado de París. La +biblioteca formada al amparo de su protectora iba achicándose +lentamente al través de las innumerables combinaciones del cambalacheo. +Vendía unas obras para adquirir otras. Todos los libreros de lance +conocían a Maltrana por sus trueques; el joven reía ante el resultado de +sus cambios. Cinco filósofos célebres, con las hojas algo ajadas, valían +tanto como un novelista mediano acabado de cortar; tres poetas famosos +equivalían a un tratado sociológico de segunda mano, en el que hallaba +Maltrana una tosca recopilación de cosas harto conocidas. + +Las noches las pasaba en Fornos, en una mesa de futuros genios, todos +tan ignorados como él, pero convencidos de que darían que hablar mucho a +la Historia. Algunos de ellos eran más jóvenes que Maltrana. Nada habían +escrito, pero revelaban al mundo su firme propósito de crear obras +inmortales, uniformándose exteriormente con arreglo a un figurín +profesional: largas cabelleras, grandes sombreros, corbatas amplias y +sueltas, o apretadas con innumerables roscas sobre un cuello de camisa +que les rozaba las orejas. + +El sarampión literario tomaba formas rabiosas que asustaban a Maltrana. +Todo lo sabían aquellas criaturas, a pesar de sus pocos años, como si al +cogerse al pezón de la nodriza hubiesen comenzado a hojear el primer +libro. Sus juicios resonaban terribles, inexorables, concisos, capaces +de hacer temblar de pavor las mesas del café. Casi todos los escritores +españoles eran atunes, besugos o percebes: género marítimo que sólo +podía gustar a paladares groseros. Luego, garrote en mano, pasaban la +frontera. ¡Zola!... un mozo de cordel con algún talento. ¡Víctor +Hugo!... un señor muy elocuente, pero no era poeta. ¡Lamartine!... un +llorón... tampoco poeta. ¡Musset!... éste ya lo era un poquito más. Pero +los verdaderos, los únicos poetas, eran los venerados por ellos; y con +los ojos en blanco, trémulos de admiración, citaban nombres y nombres, +de cuya obscuridad y escasa obra hacían el principal mérito, +colocándolos por encima de los autores célebres que se envilecen +buscando el ser comprendidos por todo el mundo, por el miserable pueblo +y la repugnante burguesía. + +Maltrana acabó por cansarse de esta tertulia. Además, los genios le +mostraban cierta ojeriza por las bromas de mala ley que se permitía su +cultura, inventando libros y autores y declarando a última hora su +superchería, cuando todos se «habían caído» afirmando conocer la obra y +dando detalles de sus bellezas y defectos. + +Un amigo de la tertulia quiso protegerle. + +--Aquí no vienen mas que currinches. Yo te presentaré a una peña de +verdaderos escritores. Grandes poetas... gente que ha estrenado con +éxito. + +Y frecuentó por las tardes una cervecería, punto de cita de la nueva +tertulia, que, por su aspecto, impuso gran respeto al tímido Maltrana. +El hijo de la Isidra experimentó gran turbación al tratarse con dos +marqueses que eran poetas y otros jóvenes emparentados con famosos +personajes. Vestían con elegante atildamiento; seguían las modas en sus +mayores exageraciones. Las lacias melenas brillantes de pomada eran la +única revelación de sus entusiasmos literarios. + +--Cuerpo de _dandy_ y cabeza de artista--dijo uno de ellos a Isidro, +resumiendo así los cánones de su indumentaria. + +El silencio de admiración con que el joven les escuchaba despertó cierta +simpatía en favor suyo. Un día se atrevió a hablar de la poesía griega, +haciendo el examen de Aristófanes y sus comedias con tanta soltura como +si tratara de un contertulio de café. Hasta recitó escenas enteras en +griego, sin que nadie le entendiese. Los jóvenes elegantes mostraron +admiración. «¡Muy curioso!» «¡Muy interesante!» Entonces se fijaron en +él por primera vez, y alabaron sus ojos profundos, la poderosa pesadez +de sus cejas. Alguien hizo el elogio de su fealdad varonil, de sus +cabellos ásperos y alborotados, encontrándole cierta semejanza con la +cabeza de Beethoven. Uno de los marqueses, con repentino arrebato, +aproximó su silla, rozándose toda la tarde con aquel Beethoven que +hablaba en griego. + +Maltrana no tardó en percatarse del escaso valor de aquellas gentes. +Sólo uno era digno de respeto, el más viejo, el maestro; un autor de +gran talento, siempre melancólico, como si las debilidades de su vida +pesasen sobre su carácter, ensombreciéndolo con intensa tristeza. La +ironía de sus palabras sonaba como una burla contra su frágil voluntad. +Todos estaban más unidos por las aberraciones del gusto que por la +admiración literaria. + +Se murmuraba, en la tertulia, de los ausentes, en presencia de Maltrana, +cambiando el género de sus nombres, haciéndolos femeninos. «La Enriqueta +cree tener talento, y es una fregona.» «La comedia de la Pepa no vale +nada...» Por la noche iban todos ellos a lo que llamaban gran mundo, a +las reuniones frecuentadas por sus familias o a los palcos de la gente +aristocrática. Las señoras se confiaban a ellos, hablándoles con el +descuido que da la ausencia de todo peligro. Luego, sus tertulias en la +cervecería eran una prolongación del chismorreo femenino, mencionándose +por todos ellos los defectos ocultos de las damas más famosas, con una +delectación hostil, como si les complaciese las debilidades y miserias +de un sexo enemigo. + +Todos eran refinados, sutiles, enemigos de la vil materia, de la prosa +de la vida y de las violentas emociones. Publicaban volúmenes de +poesías, con más páginas en blanco que impresas. Cada grupito de versos +iba envuelto en varias hojas vírgenes, como flor de invernadero que +podía morir apenas la tocase el viento de la calle. Abominaban de la +impiedad de las masas, de todas las realidades de la vida vulgar; se +decían católicos, anarquistas y aristócratas al mismo tiempo; no +pensaban gran cosa en la religión, pero hablaban, con los ojos en +blanco, de la dulzura del pecado monstruoso y de la voluptuosidad del +arrepentimiento, seguido de la reincidencia. Encontraban un fondo de +distinción en la vieja liturgia de la Iglesia, y titulaban sus poesías +microscópicas _Salmos_, _Letanías_ o _Novenarios_. + +Otros escribían comedias de sátira contra las costumbres de la +aristocracia, que eran las suyas: obras teatrales en las que colaboraba +el modisto con el poeta, y no había gran _toilette_ que no tuviese su +amor con un frac, que jamás era el del esposo. «Hay que flagelar», +gritaban con expresión terrible. + +Y Maltrana pensaba sonriendo: + +«Está bien. ¿Y a éstos quién los flagela?...» + +De vez en cuando se ingerían en la reunión ciertos hombres de aspecto +bestial y groseros modales, que les tuteaban, tratándolos con la +superioridad despectiva del macho fuerte. Eran toreros fracasados, +antiguos guardias civiles, mozos de tranvía, que vestían como señoritos +y se mostraban contentos de su vida de holganza. Algunos hablaban de su +mujer y sus hijos, y atusándose el pelo, justificaban con el amor a la +familia lo extraordinario de sus ocupaciones. + +--Hay que ayudarse con algo. Los tiempos están malos y cada uno se +agarra a lo que puede. + +Uno de los jóvenes, el marqués que había encontrado a Maltrana cierto +parecido con Beethoven, acosábalo con su pegajosa amistad. Le pagaba los +_bocks_, le había regalado varias corbatas, se sentaba a su lado, +fijando en su rostro de morena fealdad unas pupilas glaucas iluminadas +por extraño fuego. + +Iba completamente afeitado. Según los maldicientes de la tertulia, se +había cortado el bigote, enviándolo bajo sobre, en un arrebato de +nostalgia, a cierto pintor con el que había vivido en París, un artista +malfamado y simbolista, que representaba sus concepciones por medio de +efebos desnudos de femenil musculatura. + +Maltrana, una tarde en que los dos estaban solos en la cervecería, echó +su silla atrás, sintiendo impulsos de cerrar de una bofetada aquellos +ojos claruchos fijos en él cínicamente. Una mano ágil, de femenina +suavidad, había trotado sobre sus piernas por debajo de la mesa. + +--Pero tú--exclamó indignado--no eres escritor, ni poeta, ni nada. Tú +eres un... + +Y soltó la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse, +sin dejar de acariciarlo con los ojos, contestó con suave desmayo: + +--No seas ordinario; no digas esas cosas... Llámame alma iniciada. + + + + +III + + +Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería. + +Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo que +pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su +protectora. + +Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en +la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y +académicos, que le daban por este trabajo una exigua retribución. De vez +en cuando, algún amigo le pasaba un libro para traducir, quedándose con +la mitad del precio. Además, escribía artículos para un semanario +social, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba el +director, dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada, +ni mucho menos. + +Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando los +restos de su biblioteca de las patronas que le perseguían por +irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro +Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al +señor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad de +la buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batalla +de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo +corporal. + +Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajaba +en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con +los parientes de su madre. + +Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habían +acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la +Ribera de Curtidores, dedicándose a la especialidad de armas y viejos +instrumentos de música, que arreglaba con maestría extraordinaria. Otro +era el grande hombre de la familia; todos hablaban de él con respeto, a +causa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía pintar su +firma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio de +las _Américas_ viejas. + +Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado +hasta ellos su fama de sabio. Además, la esperanza de que pudiese +heredar a su protectora les inspiraba gran consideración. La primera vez +que se presentó a ellos con su madre acogiéronle con grandes agasajos. +Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto afecto, creyéndolo +poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendería +su protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con un +aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje +brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con +frialdad y visible recelo. + +«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana. + +Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientes +del Rastro. + +En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las +gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por +la _Mariposa_, una de las traperas más antiguas. + +Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el +mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos +su alero de tejas viejas. + +En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos, +hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de +garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo +formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las +casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid. + +La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la +familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores, +pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él +sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de +latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo +rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con +una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra, +quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través +de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en +otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba +pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas +al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero +bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el +bordado del primitivo terciopelo. + +Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la +vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar +con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y +brillantes, en las que el agua debía producir el doloroso efecto de un +escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su +carne!... + +La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué +señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel +nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella, +gran caso en Madrid. + +Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar +a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un +tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada +el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales. + +La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la +triste suerte de su hija. + +Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera. +Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente +abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir, +cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos +los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los +que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas +de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban +como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o +subían a los mejores pisos de la calle de Serrano. + +«Tía _Mariposa_, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser +su yerno.» + +Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas +presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeñada en +despreciar lo más respetable del comercio, enamoricándose de un +albañilillo que trabajaba cerca de la casa de sus señores. Por fin, se +había salido con la suya, casándose. Hambre todos los días, paliza todas +las semanas, viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas +obscuras; frío en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como +término, la muerte en el hospital. ¡Anda y toma albañilillo! Y todo por +darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser señora, de +mirar por encima del hombro a las pobres traperas... ¿No era la +industria de sus padres tan respetable como otra? + +--Pagamos contrebución, Isidrín, como cualsiquiera de los que tien +tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el +Ayuntamiento por la licencia: un porción de dinero. Y por lo que toca a +parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que +entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este +comercio. ¿Ves esta falda? Pues me la regaló una señora que iba a +Palacio y trataba casi de tú a los reyes. ¿Ves este corpiño? Pues fue de +una cómica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ¡ya ha +muerto la pobre! + +Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo +ganancia. A él, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero +nada perdía conociéndolas. Como estaba sola, tenía a su servicio un +muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. El cuidaba del +burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a +Madrid, el subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle +del vehículo. Al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación +consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban +las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de +los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella, +además, conocía a sus parroquianos, los clasificaba según su estado de +salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas +otras donde había señores amarillentos, siempre encorvados por la tos o +que mostraban enfermedades repugnantes. + +--Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; ¿te enteras, pequeño? +Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio. +Si yo fuese blanda, el tío Polo no saldría nunca de aquí. Le tiene ley a +lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, ¡echa y no te canses! Todos +los días hay rancho para un regimiento... ¡Y los chascos son buenos! A +lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de +bisté. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas +cositas negras como carbón que llaman trufas, y que los señores pagan +como si fuesen de oro. Así está el chiquillo que me sirve: colorado y +gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la +parte, de duro que está, y cuando le tomé, traía más hambre que un +lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrín. + +Y a continuación revolvíase indignada contra las otras casas, las de los +señores malos, que dejaban la comida hecha una basura. ¡Qué cocinas, +Señor! Las criadas eran unas puercas y las señoras unas abandonadas. Los +restos del puchero tenían mondaduras de patatas, hojas secas de col, +huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces había encontrado en +el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de niño. ¡Y +pensar que otros del barrio, que sólo tenían casas de éstas, habían de +alimentarse con tal bazofia, después de limpiarla como podían!... Ella +la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las +afueras a más precio. Sólo los alimentaba con las sobras de los señores. +No se atrevía a darles «otras cosas» que gustaban a aquellos +animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tenía demasiada +conciencia para eso. + +Entusiasmábase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a +montones; había día que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las +gallinas, hartas, no querían más. Por las mañanas, al levantarse, el +rico café. Se lo daban en las casas, después del recuelo; pero ella lo +esparcía en el corral sobre un periódico, secándolo al sol, para el +desayuno. Un saco de papel guardaba llenito... + +La casa era suya; tenía en el corral un montón, más alto que el tejado, +de paja de cuadra, que luego de bien desecha se vendía a los hornos de +ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho, +a más de la comida, tenían asegurado el vestir, pues mientras en la +villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se verían desnudos. + +--Sólo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se +desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco +para todo el día. Aquí, fuera de puertas, el vino va regalado. + +Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban, +como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos +inesperados. + +Maltrana había oído hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro +oculto, que era motivo de misteriosa conversación en todo el barrio. + +--Para rica, la tía _Mariposa_--decían los traperos en la taberna--. Esa +sí que tie suerte; no va mas que a casas de título. ¡Las cosas que habrá +encontrao esa mujer! + +El famoso _Coleta_, cuando estaba en el período verboso de sus +borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de +recontar su tesoro en un rincón del corral, y cerraba los ojos como para +recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda +que le habían deslumbrado. + +El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la +misma petición: + +--Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enséñeme su tesoro. + +La señora Eusebia protestaba. ¡Rica ella!... Mentiras de las gentes; +invenciones de _Coleta_ y otros borrachos; manías del tío Polo, que la +buscaba por esto desde que quedó viuda, y ya llevaba muertas cuatro +mujeres, proponiéndole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no +tenía nada. Y sonreía enigmáticamente al decir esto, le brillaban los +ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad... +pero que nadie lo vería nunca. + +Los domingos eran los únicos días en que Maltrana hablaba con el señor +José y veía a su hermano. Cuando llegaba, después de amanecer, a los +Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepín en medio de la calle reclutando +muchachos para alguna excursión a Amaniel con carácter de _razzia_, que +ponía en alarma a los dueños de los merenderos. + +Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dándole +lo que podía por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, según su +estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un «horno de +asados» de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos +inmediatos a Punta Brava. + +Comían al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en +duros taburetes. Los tranvías llegaban con grandes cargamentos de gente +madrileña; esparcíanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones, +los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne, +más baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de +Consumos. Sonaban los pianos en atropellada melodía, matizando sus +escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dándose dos vueltas +de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los «tíos-vivos» +con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rítmica aparición +por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con +mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las +faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la +percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite +frito y sebo derretido. + +El señor José era escuchado en silencio por Maltrana. Al albañil +gustábale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque +él fuese hijo de la Isidra, su educación convertíalo en hombre superior, +casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como +pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que él no +se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el +albañil a su lenta verbosidad, con voz bronca y monótona. No podía +hablar con los compañeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le +insultaban por reaccionario, por borrego, echándole en cara sus tiempos +de guardia civil. + +--Tú eres un sabio, Isidro--decía--; tu raciocinas, y por eso puedes +comprenderme y hacerme justicia más que esos animales... ¿Y qué es lo +que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se +ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el +amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin él, y +siempre será así. Que eso de los metinges y de las sociedades sólo sirve +para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que +le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar +donde le den jornal, y ser bueno para que los señores le ayuden con la +limosna... Y también me da rabia que en todos esos metinges se metan con +los curas, y eso que, como tú sabes, hace un porción de tiempo que yo +no voy a misa. Pero ¿qué mal hacen esos pobres señores de la sotana al +trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos, +se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero. +Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo +y la anarquía, no dan ni un botón. ¡Qué han de dar, si son unos +pelagatos!... + +El señor José, al hablar de los rebeldes, sentía la cólera de un antiguo +sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil +resucitaba bajo su blusa. Reconocía que todo estaba mal repartido y que +el pobre sufría mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y +su fin, cuando se sintiese viejo, sería mendigar en la calle o morir en +el hospital. Pero si metían sus manos aquellos arregladores que +predicaban contra los ricos, ¿quedaría el mundo mejor?... + +--Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su +suerte--continuó el albañil--. Yo también he visto algo, Isidro, aunque +no sea letrado como tú... ¿Cuál es la cosa mejor organizada en todas las +naciones y que marcha más derecha?... No me negarás que es el ejército. +Yo he pertenecido a él y le debo mi buena crianza. ¿Y qué pasa en el +ejército? Pues que los soldados son los más, y comen rancho y se +joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y +los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor. +Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acabó +el ejército; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y +no habrá quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplícalo a +los paisanos, y comprenderás por qué pienso yo como pienso. Los que +hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo, +sin pensar en insurrecciones ni en hacer fuego por la espalda sobre los +jefes. Tú, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a +ver si algún día pescas la faja. + +Maltrana sonreía escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y +hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y +las dos sillas que constituían todo su ajuar; en los días de paro +forzoso, que le obligaban a él a exprimir su miseria para prestar ayuda +al albañil. + +--Y usted--preguntó el joven--, ¿qué va perdiendo con que el ejército +social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda +medio mundo? + +--¡Ahora salimos con esas!--dijo el albañil, escandalizado--. ¿También +eres tú de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros +que llevas leídos. ¿Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me +acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que teníamos en +la Guardia civil. Se lo repartirían todo, entrarían a saco en las casas, +nos comeríamos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; piénsalo +con calma. ¿Cómo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin +soldados, sobre todo sin soldados? + +Y el antiguo guardia civil acompañaba con un gesto de repulsión y de +horror esta tenebrosa pregunta. + +--El hombre necesita pan y palo--decía luego, recobrada ya su +serenidad--. Un látigo muy largo para que marche derecho. El mundo está +lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se +arma. + +Al final, el señor José se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz. + +--Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los +alborotadores. ¡Que salgan, que salgan y sabrán lo que es bueno! Por eso +yo, cuando hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de señalar, +pero me voy a casa. ¡Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a +otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como +si las personas fuesen patos!... + +Contraía sus manos al decir esto y guiñaba un ojo, lo mismo que si +empuñase un fusil imaginario. Sonreía como si le halagase la ferocidad +de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectación homicida del +aragonés, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Había +embellecido con su mansedumbre silenciosa los últimos años de la pobre +Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepín. Sus camaradas le +llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las +injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonreía como un +verdugo al desear las matanzas en masa, las cacerías de hombres, siempre +que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El +respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven +en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje. +Para él, la sociedad sólo podía marchar con los presidios llenos, un +fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas +sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una +bandera. Lo decía con una firmeza que inspiraba espanto, y a +continuación enternecíase ante su hijo, el travieso _Barrabás_. Cuando +éste cometía una de las suyas, el viejo animal de guerra limitábase a +fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca: +«¡Mira que te doy!...» Y el pillete reía, sabiendo que nunca llegaba a +darle. + +En los días de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tenía en el +bolsillo algunas pesetas, encaminábase al barrio de las Carolinas, para +almorzar con su amigo el _Mosco_, el cazador furtivo, cuya gloria +llegaba hasta Colmenar. El célebre «dañador» de las posesiones reales +merecía por sus hazañas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra, +y eso que éstos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las +afueras de Madrid que vivían del huroneo en los bosques de El Pardo. + +El _Mosco_ vivía cerca de la casa de la señora Eusebia, en una +construcción de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas +tejas traídas de los derribos de la población. Fuera, ocupaban todo un +muro tres filas de jaulas con pájaros de interminable canto, jilgueros y +pardillos, que le servían para la caza con red. Maltrana, al llegar a la +puerta, tenía que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante +delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de +parásitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus +sorprendentes habilidades. + +Dentro se hallaba el _Mosco_. Su hija Feliciana, que era toda su +familia, estaba trabajando en la fábrica de gorras, y él iba de un lado +a otro, preparándose el almuerzo, después de bien pasado el mediodía. + +También el _Mosco_ se levantaba tarde. Maltrana le había sorprendido +muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro, +las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y +espinas de selvática vegetación. Era un hombre pequeño, enjuto, de +nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tenía su cuerpo un balanceo +semejante al temblor de un muelle bien templado próximo a dispararse. La +vida en plena Naturaleza, la piratería en la selva, le daban, cuando +permanecía silencioso, una tosquedad huraña, semejante a la del árbol o +el pedrusco. Al hablar, revelábase el hombre de la ciudad, el evadido de +las grandes aglomeraciones humanas, para vivir solitario, en continuo +combate, ganándose el sustento con las armas o la astucia, como si +lejanos atavismos tirasen de él, arrastrándolo a la existencia del +hombre primitivo. + +Al verle, Maltrana saludábalo siempre con la misma pregunta: + +--¿Qué tal se ha dado la noche?... + +El _Mosco_ sonreía unas veces; otras contestaba con gruñidos de mal +humor. Había noches magníficas, en las que caían dos o más corzos, que a +aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendiéndose +ocultamente entre los vecinos de Tetuán. Otras, sólo cazaba conejos, y +al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendíase en la cama sin +desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dormía con el cansancio del +que ha pasado la noche caminando a gatas, con el oído siempre atento, +creyendo de un momento a otro oír la voz de «¡alto!» y el silbido de la +bala. + +Los dañadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en +los tejares y sólo a impulsos del hambre invernal se decidían a ir de +caza, admiraban al _Mosco_. Este no iba, como ellos, sin un arma en la +faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que +los llevasen a la cárcel de El Escorial, y de allí a presidio, sin +oponer la más leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores +selváticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la pólvora, que +perseguían a los guardas de árbol en árbol, hasta encerrarlos en sus +casuchas. + +La noche que el _Mosco_ salía con escopeta y dejaba en casa el hurón, la +turba de inocentes dañadores estremecíase de inquietud y de orgullo. +Aquel era un hombre. Al día siguiente habría carne de corzo en Tetuán; y +el guarda que intentase impedirlo corría el riesgo de verse cazado, de +que le disparasen de entre la espesura sin darle el «¡alto!» Si no +había carne, era que el _Mosco_ estaba en la cama entrapajado, sucio de +sangre, con una ración de plomo debajo de la piel. + +Maltrana había admirado muchas veces a su amigo cuando le mostraba el +cuerpo con el impudor de un bravo: dos postas en la cabeza, incrustadas +en los huesos del cráneo; un balazo en un hombro y otro en una pierna, +proyectiles redondos que le había extraído una curandera de la vecindad +con dolorosos procedimientos, y el resto del cuerpo hecho una criba por +los perdigonazos, a los que apenas daba importancia, considerándolos +accidentes vulgares. + +Los almuerzos de Maltrana en casa del _Mosco_ eran suculentos. El pagaba +el pan y el vino, trayéndolo de una taberna cercana, mientras el famoso +dañador ponía sobre la mesa un guiso de gazapos o alguna liebre cazada +la noche antes. + +--¡A la salud de la real familia!--exclamaba Isidro irónicamente--. +¡Viva el monarca que mantiene a sus súbditos!... + +Estas piezas de caza que servían para la manutención del _Mosco_ eran +las únicas que podían encontrarse en su vivienda. Esperaba siempre algún +registro: los guardas reales tenían puestos los ojos en su casa; los +civiles la habían visitado muchas veces. No existían a la vista otras +pruebas de las aficiones del amo que las jaulas colgadas al exterior en +las horas de sol y los perros que dormitaban enroscados ante la puerta. + +--Soy un cazador legal--decía con zumbona gravedad a los guardas cuando +éstos aparecían--. Me dedico a los pájaros con red, o llevo los perros a +las tapias de El Pardo, por si algún conejo se sale del término. Un +poquito de afición... lo demás que dicen de mí es mentira. + +La escopeta estaba oculta bajo las tejas; el hurón dormía en el doble +fondo de una caja cubierta de guiñapos, respirando por los agujeros +abiertos en la madera. + +Cuando se presentaba Maltrana, su amigo el _Mosco_, como una +demostración de gran confianza, le enseñaba la _bicha_, la joya de la +casa, lo que más amaba. Extraía del fondo del cajón la diminuta fiera, +que estiraba su cuerpo ondulante como el de un reptil y arañaba con sus +patas los duros dedos del cazador. El _Mosco_ se llevaba a la boca el +hocico bigotudo, de agudos dientes, envolviéndolo en su aliento, +mientras la _bicha_ acariciábale los labios sacando su lengüecita con +mohines felinos. + +--Pero ¡qué rica!--exclamaba el cazador--. Mírala, Isidro: lo mejor del +mundo. Cincuenta reales me costó en Colmenar; no había quien la tocara: +una verdadera fiera. A uno le destrozó un dedo. Se agarraba a las manos +y ni Dios la hacia soltar. Yo la he criado tal cual la ves, y come en +mis labios y me quiere lo mismo que Feliciana. Pero esto sólo puedo +hacerlo yo. Si tú la tocases, te mordía. Pásale la mano por el lomo; +verás qué pelo tan fino... No tengas miedo, que no la suelto. + +Y continuaba los elogios del repugnante y sanguinario animal. La hacía +cazar siete días seguidos sin fatigarla. Algunas veces mataba hasta +cincuenta conejos: siempre tenía sed de exterminio. Había que meterla +por las bocas de las madrigueras con un cordel en la pata, para tirar de +ella cuando se quedaba dormida, ebria de sangre. El _Mosco_, sin dejar +de hablar, sacaba del bolsillo un pedazo de queso, colocábase un +pellizco de él entre los labios, y la _bicha_ lo devoraba con grotescas +contorsiones. + +--Pero ¡qué rica! Vuelve a mirarla--decía el cazador--. Aquí donde la +ves, se mantiene con quince céntimos de queso cada dos días. + +El recuerdo de otra joya que había poseído, el famoso perro _Puesto en +ama_, conmovía al _Mosco_. Había dado el mismo nombre a otro de sus +canes, pero ¡qué valía éste comparado con aquél, del que hablaban con +asombro los guardas y era la pesadilla de los altos empleados de El +Pardo!... Saltaba el _Mosco_ a media noche las tapias, sin otro +acompañamiento que _Puesto en ama_, y se escondía junto a los arroyos, +en los remansos donde bebían los corzos. El que se aproximara podía +darse por muerto. El perro salía en su persecución al través de los +jarales: las dos bestias tronchaban las ramas con el impulso de su +carrera, producían un estrépito de huracán, y tras ellas corría el +dañador de ligeras abarcas. _Puesto en ama_, al alcanzar el corzo, le +mordía entre las patas traseras, en el órgano más sensible, y la bestia +quedaba en el suelo mugiendo de dolor, hasta que el _Mosco_ la daba +muerte. Asunto de unos minutos. Con este perro, necesitaba muchas veces +de la ayuda de los cobardones del barrio para llevar a cuestas las reses +cogidas. + +El dañador casi lloraba recordando la muerte del valeroso camarada, la +descarga que le había hecho caer cerca de él, la alegría de los guardas, +desplegados en ala como un ejército para acabar con un animal que tenía +más astucia que muchos hombres, y la conducción del cadáver hasta el +pueblo de El Pardo, donde le admiraron como si entrase en triunfo +después de muerto. + +El _Mosco_ se indignaba al pensar en su perro. ¡Y aún vivía el ladrón +que le había dado el escopetazo de gracia!... ¡Y él, el _Mosco_, aún no +lo había matado!... + +Maltrana, escuchando estas proezas de la vida bárbara, el hombre cazando +a la bestia y siendo a su vez cazado por el hombre, pensaba con asombro +en el origen del famoso dañador. + +Procedía de una familia de Tetuán, pero había nacido en Madrid y era de +oficio impresor. Llegó a regentar una imprenta en la que se tiraban +varios periódicos que nadie leía; pero los sábados, apenas terminado su +trabajo, cambiaba de traje y corría a Tetuán, adonde estaban sus +aficiones, dedicándose a la caza con los dañadores de más fama, como si +tirase de él una influencia ancestral, una herencia de sus antepasados. + +Durante la semana, paseando entre las cajas del taller, manchado de +tinta y oliendo a papel húmedo, pensaba nostálgicamente en los cerros +cubiertos de pinos, alcornoques y robles, en los matorrales que se +abrían ante el hocico de los venados, escapando éstos después con un +bufido de alarma, en los grandes espacios de cielo azul, con las cimas +nevadas del Guadarrama en el fondo, como una muralla de almenas de plata +que brillan al sol. + +Era un insocial: se ahogaba dentro de la villa, le repugnaban las calles +con sus aglomeraciones de personas marchando en la misma dirección. +Acabó casándose con la hija de una trapera, y abandonó su oficio para +abrazar el de su mujer. Pero apenas si fue con el carro a Madrid. La +trapería era un pretexto: su verdadera profesión fue cazar, seguir sus +aficiones. + +El, según declaraba a Maltrana, había nacido para la acción violenta, +para vivir en aventura continua, arriesgando la piel. ¿Por qué había de +permanecer dentro de una población, juntando letritas de plomo, +agotándose en esta tarea de mujer?... Era hombre de pelea; le gustaba +torear a la Muerte todos los días--según sus propias palabras--, darla +el quiebro, recogiendo el pan de entre sus pies. + +--Yo hubiese sido un gran soldado, amigo Isidro. Pero ya no hay guerras, +verdaderas guerras, como aquellas antiguas, donde cada hombre sacaba +toda la fuerza de sus brazos o de su caletre. Además, yo no me pongo un +uniforme por nada del mundo; no me visto de máscara, ni paso por eso de +disciplinas y ordenanzas... Para ser mandado, bien estaba allá en la +imprenta, con un durazo como un sol todos los días. ¡Ay, cuántos como yo +hay en presidio, que en otro tiempo hubiesen sido héroes!... + +Amaba la guerra salvaje, ingenua, sin hipocresías de humanidad, sin +disfraces de civilización: aquellas guerras en las que los combatientes +mataban por la gloria que proporciona el exterminio, no alcanzando otra +retribución que el saqueo de la casa del vencido y el pillaje de sus +campos; pero había llegado tarde, según afirmaba con acento de tristeza, +y a falta de mejor escenario, entregábase, a las puertas de una gran +población, a una vida prehistórica, cazando a la bestia para comer, y al +hombre, si era preciso, para defenderse; considerando la tierra como +suya, sin respeto a tapias que podía saltar, ni a leyes representadas +por hombres que eran mortales como él. + +De su pasado conservaba cierta veneración por los escritores. Por esto +era amigo de Isidro desde que le conoció en casa de su vecina la señora +Eusebia. + +Algunas veces recordaba su época de impresor. El no leía los papeles +públicos, cuando de tarde en tarde iba a Madrid; pero creía que sus +tiempos habían sido mejores, y que los que ahora escribían estaban muy +por debajo de los que él había conocido. Y al pensar esto, miraba a +Maltrana, comparándolo mentalmente con los grandes hombres que aún se +mantenían en su memoria. ¿Había leído su amigo cosas de Fulano y de +Zutano? Y aquí nombres y seudónimos que firmaban, veinte años antes, en +revistas y diarios de escasa circulación, débiles flores de papel, cuyo +perfume mental había pasado inadvertido para todo el mundo. El _Mosco_ +soltaba estos apellidos con cierta unción, entre admirado de su gloria y +orgulloso de haber conocido a los que los llevaban, y hacía un mohín de +asombro al oír que Maltrana declaraba francamente no conocerlos. Por +algo sospechaba que el periodismo estaba en decadencia. + +La admiración del _Mosco_ se posaba en las más raras cualidades de +aquellos genios. Hablaba de uno con asombro porque escribía cantando, +sin que lo molestase ruido alguno, sin levantar la cabeza aunque +disparasen cañonazos junto a él. Otro merecía su entusiasmo porque +desafiaba a los acreedores, y siempre que el impresor le llevaba pruebas +a su domicilio encontraba en él a una nueva señora. ¡Qué tíos! Todos sin +dinero, debiendo en la imprenta varias tiradas, lampando tras la peseta, +lo mismo que Cervantes, «que no cenó al terminar el _Quijote_», alegres +como unas castañuelas y haciendo reír a los cajistas con sus chistes. +Pero al que recordaba con más veneración era a un señor elegante y +grave, autor de largos artículos sobre política internacional, que se +sentaba en cualquier rincón de la imprenta, sin mancharse, y escribía +con los guantes puestos. + +--¡Sin quitarse los guantes, Isidro! ¿Hay muchos que puedan hacer eso +ahora? + +Su rusticidad apreciaba esto como la mayor de las pruebas de talento, y +se miraba las manos, reconociéndose incapaz de tal hazaña, declarando +que no sabría cazar ni un gazapo con las garras enfundadas en piel. + +Algunos domingos, el _Mosco_ invitaba a comer a Maltrana, anunciándole +que vendría de Madrid un hermano suyo, capataz de venta de periódicos, +el señor Manolo el _Federal_, gran personaje entre las gentes dedicadas +al comercio de papel impreso. + +Maltrana le conocía. Era famoso en las redacciones por su lenguaje +enrevesado y pintoresco y sus juicios sobre la política. Se presentaba +en los periódicos, con su ancha cara sacerdotal siempre sudorosa, de +ojos saltones y terroríficos, unas veces para quejarse como «industrial» +(eran sus palabras) de las tardanzas de la administración en el reparto +del papel; otras como «ciudadano consciente» (también palabras suyas), +en nombre del comité del distrito, para pedir la inserción de algún +Manifiesto contra los _unitarios_, no menos nocivos al país que los +mismos monárquicos. + +Isidro, a pesar de que no estaba inscrito en «el censo del partido», +logró su amistad. Era un muchacho simpático, aunque «ciudadano +inconsciente». + +--Cuando usted quiera que consumamos un turno--le decía--, ya sabe dónde +tengo las oficinas: Puerta del Sol, de cinco a ocho de la mañana, en la +acera de la botica de Borrell... aunque lluevan chuzos, aunque caigan +capuchinos de punta. + +No bastaban la lluvia ni la nieve para que la oficina dejase de +funcionar. Al romper el día llegaba el señor Manolo con sus ayudantes +cargados de paquetes de periódicos. Tenía su especialidad, que era la +venta de las afueras. Todos los vendedores, viejas, chicuelos y hombres +haraposos, le rodeaban gritando, tendiendo sus manos para ser los +primeros. El no se turbaba ante esta aglomeración: hallábase +acostumbrado a mayores conflictos en su «larga vida política». + +--¡Haiga orden, ciudadanos, y un poquito de crianza! ¡Que no se diga del +cuarto estado!... A cada uno se le dará según el orden de la discusión y +los derechos de su autonomía al respetive. + +Y con gran calma iba repartiendo las manos de periódicos, exigiendo a +cada uno el producto de la venta del día antes, llevando de memoria las +intrincadas partidas de su contabilidad, apreciando al tanteo la +exactitud de las cantidades en calderilla, sonando las pesetas contra el +asfalto con tal ímpetu, que volvían de un rebote a sus manos como si +fuesen pelotas. + +El «cuarto estado» era su frase favorita, en la que lo abarcaba todo, y +cuyo alcance había que adivinar. Unas veces, el «cuarto estado» era +únicamente los vendedores del papel; otras, la gente popular; y algunas, +todos los que compran periódicos. + +Maltrana, al verle, le preguntaba invariablemente por el famoso «cuarto +estado». + +--Anda algo roío--contestaba el señor Manolo--; hay tormenta en la +atmósfera metálica: la gente tiene pocas ganas de papel. + +Cuando vendía un periódico nuevo, decía con énfasis: + +--Hoy he tenido un éxito extramuros. Los redactores debían votarme un +mensaje de gracias, a pesar de que no me llamaron para darme voz y voto. +Yo soy el sentido práctico, y les hubiera presentado una moción y +consumido un turno para demostrarles que deben sacar el periódico dos +horas más tarde. Pero como uno no es letrado, le ojetan el argumento, y +el cuarto estado que se roa. + +Su entusiasmo federalista excitaba el regocijo de Isidro, miserable +_unitario_, incapaz de comprender ciertas cosas. Para el señor Manolo, +estaba España dividida en catorce Estados, porque así lo habían +dispuesto los correligionarios por medio de solemnes y libérrimos +pactos. El era ciudadano de Castilla la Nueva; pero quería vivir en paz +y fraternidad con los extranjeros de los otros Estados españoles, así +fuesen aristócratas, como del «cuarto estado». + +--¿Es usted de Reus?--exclamaba en la oficina al contestar a un +transeúnte--. Pues el Estado catalán ha pactado con el de Castilla. +Vamos a beber unas tintas, como buenos ciudadanos confederados. + +Las comidas del domingo en casa del _Mosco_ eran tranquilas y plácidas. +Feliciana, la hija, del cazador, servía la mesa o permanecía inmóvil +junto a la pared, con los ojos fijos en Maltrana. Si éste hablaba, +parecía beber ella sus palabras, con una expresión admirativa en los +ojos, como si la subyugase la cultura del joven, que aún adquiría mayor +realce entre sus rústicos compañeros. + +Isidro la miraba algunas veces. ¡Hermosa era la hija del _Mosco_! Cada +vez la encontraba más guapa. Adivinaba su admiración, pero aquellos ojos +negros fijos en él sólo le inspiraban un vago agradecimiento. Jamás se +le había ocurrido la posibilidad de perder el tiempo con una mujer. Eso +quedaba para los hartos, para los felices. + +El señor Manolo comía con entusiasmo, alabando la carne tierna de los +animales de El Pardo. Olía a tomillo, a romero, a todos los perfumes del +bosque. + +Los domingos eran para él días de descanso y plácido aislamiento. No +tenía periódicos; apenas si al amanecer repartía un poco de papel a la +chusma haraposa que le traía loco. Sin embargo, las preocupaciones de la +profesión lo asaltaban en medio de su descanso, e interrumpía la comida +para preguntar al _Mosco_ y a Maltrana: + +--¿Por dónde andará ahora la partida grande?... + +Los interpelados levantaban los hombros con indiferencia. La «partida +grande» era un grupo de vendedores de voz de trompeta, que sabían +sacarse del magín atractivos pregones: la aristocracia del oficio, +ocupada únicamente en lanzar periódicos nuevos y ofrecer libros faltos +de compradores, con enorme rebaja... + +El señor Manolo, después de larga reflexión, informaba a sus amigos +sobre el paradero de la tal partida. + +-Debe de andar por Zaragoza, vendiendo un papel nuevo, el del último +crimen, que interesa mucho al cuarto estado. + +Isidro, al visitar la casa del _Mosco_, ya no se detenía en la vivienda +de su abuela. Esta había alquilado la casucha, yéndose a vivir con el +señor Polo, que tenía su cabaña en lo más alto de un cerrillo, desde el +cual se veía Madrid. + +Por fin, la señora Eusebia había decidido casarse, sin la ayuda de la +Iglesia ni del Estado, con aquel consocio que la cortejaba desde su +viudez, y esperando el momento de que se ablandase, había contraído +matrimonio con varias comadres del barrio. + +Los traperos celebraron con gran algazara la unión de estos dos +«comerciantes», los más antiguos de la busca. ¡Vaya un par de carroñas! +Pero nadie osó realizar los proyectos de cencerrada y otras bromas +molestas con que algunos intentaron obsequiarles. Merecían respeto: eran +los industriales más importantes del barrio, y habían hecho bien +uniéndose en una sola razón social. + +Maltrana y el señor Manolo, en fuerza de oír hablar al _Mosco_ de sus +expediciones nocturnas, sintieron el deseo de asistir a una de ellas. +Una nada más, ¿eh? Con verlo bastaba. No era cosa de exponerse a recibir +un balazo por simple curiosidad. De vez en cuando, las noticias que el +cazador ingería en sus relatos enfriaban el entusiasmo de los oyentes, +haciéndoles retrasar la expedición para mejores tiempos. + +--Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al +_Bonifa_, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una +semana, pillaron en El Goloso al _Bastián_ y al _Paleto_, les dieron +una paliza de muerte, y ahora están en la cárcel de El Escorial... En el +cuartel de Caños Quebrados hay un puñalero guarda que primero hace fuego +y después da el alto. En Navachescas hay otro ladrón que lleva muertos +dos dañadores, y, según dicen, tiene ganas de verme delante de su +escopeta. + +Isidro y el vendedor de periódicos cruzaban una mirada de inteligencia. +Era cosa convenida: lo dejarían para más adelante. Pero el _Mosco_, de +pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostró empeño en +llevarles a una expedición; y los dos amigos, por amor propio y que no +se burlara de ellos, aceptaron la propuesta. + +¡Adelante con la cacería! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen +con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el _Mosco_ +llevaba meses y aun años sin verles. + +Se citaron para el anochecer del día siguiente en el «Ventorro de las +Latas», y al caer la tarde reuniéronse en la glorieta de los Cuatro +Caminos el señor Manolo y Maltrana. + +Iban con sus peores ropas--aunque ninguno de los dos sabía ciertamente +cuáles podían llamarse mejores--, con viejas boinas echadas sobre los +ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de +lo pavoroso de su misión. El capataz de periódicos guiaba, como +conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en +Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias +de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las +aguas de un canal. + +Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras +que cerraban el horizonte hacían resaltar sobre una faja de oro +mortecino los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella +nadaba con lácteo fulgor en la bruma suave del crepúsculo. Sonaban +lentas y melancólicas las esquilas de invisibles rebaños; ladraban al +borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los +carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rústicas +esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares. + +Encontraron al _Mosco_ sentado en un pedrusco cercano a la venta. + +--Quedaos por ahí--dijo en voz baja--. Entrad a tomar una copa, y no me +habléis hasta que os llame. + +Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta. +Era una cabaña de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos +que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de +conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de +petróleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos +empotrados en la pared exterior servían de bancos. El «Ventorro de las +Latas» era el punto de reunión de los dañadores antes de emprender la +marcha. + +Comenzó a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que aún quedaba en +el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconocía su organización +recordando los relatos del _Mosco_. Cada pareja de hombres era una +«cuadrilla»; compañeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el +peligro, que al huir en distintas direcciones sabían por instinto dónde +encontrarse, partiéndose con fraternal equidad el producto de la caza. + +Eran mocetones que por su aspecto parecían trabajadores de los tejares. +A pesar del frío, marchaban ligeros de ropa y sin manta; algunos de +ellos con la boina en la faja, como hombres que habían de emprender +largas caminatas y sudar mucho en el curso de la noche. Algunas +cuadrillas llevaban como refuerzo un muchacho cargado con la _aguja_, +pesada barra de hierro puntiaguda por un lado y rematada por el opuesto +con una anilla. Estos aprendices de dañador traían la barra pendiente +del hombro por medio de una cuerda, como si fuese un fusil, y se +pavoneaban entre los grupos con cierto orgullo, satisfechos de +participar de los peligros y aventuras de los hombres. + +Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, después de +olisquear a Maltrana y su compañero, adivinando su carácter de intrusos, +juntábanse sobre un puente, del que partía el camino que sus amos habían +de seguir. Los había de todas castas, figuras y colores: unos de +elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas +lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor +rezongo, graves e inmóviles, como soldados que presienten la proximidad +del combate. + +Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el +vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se +saludaban; algunos que no se habían visto en mucho tiempo se pedían +noticias. Uno hablaba de su hermano: había recibido por la mañana una +carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban +pocos meses de la pena que le habían impuesto por robo de caza en las +posesiones reales. Otros rodeaban a un compañero que, abriéndose la +camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba señal de las postas que +le habían metido entre las costillas. Después de dos semanas de +descanso, volvía aquella noche a la faena. + +Hablaban de los compañeros que estaban en la cárcel de El Escorial, +discutiendo lo que les podría «salir». + +Uno se despidió de sus amigos; ya no le volverían a ver en algún tiempo: +al día siguiente iba a Madrid a presentarse en la Cárcel Modelo, para +pasar en ella los ocho meses a que le habían sentenciado. + +Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la +buena época, de la primavera, en la que se abrirían los tejares, +ofreciéndoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las +noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid. +Algunos habían pedido trabajo y querían emprender el viaje tan pronto +como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban +las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la +marcha, les hacían fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones. +¡Qué vida, caballeros! Era la peor época del año: comenzaba la cría. Los +conejos estaban flacos, costrosos. Sólo se cogían gazapillos, y por un +lío de éstos no daban más allá de una peseta. Además, abundaban las +malas noches, en las cuales las bestias parecían esconderse en lo más +profundo de la tierra, y el hurón entraba en las madrigueras sin +tropezar con el más leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la +libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. ¡Y +todavía los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les +perseguían sañudamente!... Los de caballería eran objeto de sus +maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia +infernal, con más talento y mala intención que los hombres; un monstruo +que, al perseguir a un dañador, le mordía, le derribaba entre sus patas, +machacándolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontándose, +tenía que socorrerlo para que llegase con vida a la cárcel. ¡Ah, la +mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella... + +Algunas cuadrillas, después de un adiós apagado, emprendían la marcha, +precedidas de sus perros, y se perdían en la obscuridad. + +--Adiós--contestaban los otros con entonación misteriosa--. Que se os dé +bien la noche. + +Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los últimos +cuarteles de la posesión real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar, +cerca de Viñuelas. + +Los que aún permanecían en el puentecillo comunicábanse los cuarteles en +donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La +Portillera, a Querá; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando +audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores +reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapeña, Trofas y La Zarzuela. + +Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstruía el puente. + +Alejábanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco +del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro, +empequeñecidas por la distancia, y desaparecían. + +El _Mosco_ se aproximó a la venta: + +--Cuando queráis... + +Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la _bicha_, que +se apelotonaba en la cárcel de lienzo buscando el calor de su pecho. +Junto a él estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo +pequeño y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado _Chispas_, que no +pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que, +admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el año. + +_Chispas_ llevaba al hombro la pesada _aguja_ para demoler las +madrigueras y abrir paso al hurón cuando éste se trasconejaba, no +pudiendo ganar la boca de salida. Además, metidos en la faja, guardaba +los _capillos_, las redes que se tendían a la salida de las madrigueras +para apresar a los conejos. + +Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros dañadores. El +_Mosco_ marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y _Chispas_ +cerraba la expedición. + +--Podéis hablar; podéis fumar. Estamos aún en terreno seguro. Yo os diré +cuando haya que ir con más ojos que un lince. + +Los dos neófitos marchaban tras los ligeros pasos del _Mosco_, el cual +no cesaba de hablar. Había permanecido en la venta lejos de ellos, para +que nadie sospechase que le acompañaban en su expedición. Temía que +alguien se _chivase_ y fuese con el soplo. Por e, nada; bien sabían los +guardas que cazaba todas las noches, así se viniera abajo el cielo. +Cuanto peor fuese la noche, más favorable para él. Pero al verle con la +impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podían aprovechar la +ocasión y darle caza. Porque él no era capaz de escapar; yendo con +personas que desconocían el terreno, antes se dejaría hacer pedazos que +cometer tal indecencia. + +--Es un disparate--continuó--ir a esta faena con gente floja como +vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos +cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteréis de +lo que es esto... ¡Qué contentos van a ponerse esta noche los gameños y +los venados al ver que el _Mosco_ no quiere nada con ellos!... + +Les preguntó si habían merendado fuerte antes de salir de casa. En el +monte sólo encontrarían algún arroyo donde beber un buche, y aun esto +había que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios más +frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas harían una +cachuela, el gran plato de los cazadores, que sabía a gloria: un guiso +de entrañas frescas de conejo. + +Maltrana y el señor Manolo, oyendo al famoso dañador sus propósitos de +no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les había +encogido el corazón al oír a aquellas gentes que hablaban de heridas, de +palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio. + +--¿Tú estás seguro de que no tropezaremos a los esbirros?--preguntó el +señor Manolo a su hermano. + +--Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una +casualidad... + +Un largo silencio acogió estas palabras poco tranquilizadoras. El +_Mosco_ seguía hablando para distraer a sus acompañantes de la fatiga de +la marcha. Describía la grandeza de El Pardo: nadie lo conocía tan bien +como él. En algunos sitios no podrían encontrarle todos los guardas +juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que +guardaban los reyes para sus cacerías. Esto sin contar la Casa de Campo, +La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... ¡Y los +demás que reventasen! + +Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al señor Manolo, +lanzándose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la +práctica aplicación de lo que él llamaba, por antonomasia, «el +programa». + +--El día en que el Estado de Castilla sea autónomo, se acabará este +escándalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me +río yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para +que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le +meteremos el arado a la tierra para que críe trigo, y ¡viva el pan +barato!... ¡Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto +estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... ¡Pero +si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema +unitario!... + +Maltrana contemplaba los perros, que abrían la marcha, silenciosos, con +el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte, +sin un gruñido, sin prestar atención a los compañeros de raza que +ladraban en las lejanas huertas. + +Llevaban más de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El +_Mosco_ notaba el jadear de sus compañeros, la fatiga que sentían en las +cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies. + +--¡Animo!--les decía--. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estáis +acostumbrados a andar. ¡Pero si esto es un paseo!... + +Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una +altura, volvió Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre +los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que +coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid +invisible. Más acá esparcíanse, por la línea irregular del horizonte, +grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la +tierra fuese una laguna de betún que reflejase los astros sombríamente. + +El _Mosco_ extendió el brazo con la seguridad de un experto conocedor +del nocturno paisaje. Las luces más cercanas eran de Bellavistas y las +Carolinas; las otras de Chamartín y Tetuán. De frente, por encima del +oleaje de sombras, como débiles resplandores apenas perceptibles, +señalaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcón; y lejos, muy +lejos, donde sólo podían alcanzar sus ojos de búho, las luces de El +Escorial. + +Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El _Mosco_ se +agachó para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su +resistencia. Era costumbre de los dañadores pasar los cursos de agua +llevando a cuestas al compañero. Al regreso, el camarada que pasaba a +lomos prestaba igual servicio, y así la mojadura repartíase entre todos +por igual. Únicamente los enfermos, los que iban a la caza +convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El +_Mosco_ consideraba como enfermos a sus débiles compañeros, fatigados +por la marcha. + +Al otro lado del arroyo, Isidro y el señor Manolo vieron que el camino +se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El +_Mosco_ les ordenó que arrojasen los cigarros; ya no podrían fumar hasta +la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba «Mal +Paso». Muchas veces, los guardas de El Pardo, saliéndose de su +jurisdicción, se emboscaban allí para sorprender a los dañadores cuando +volvían a sus casas. En aquel sitio le habían dado un balazo a su +compadre el _Garrucha_, una noche en que volvían los dos cargados con un +par de gamos. El pobre camarada, después de sanar de la herida, fue al +presidio de Alcalá, por robo de caza mayor. El _Mosco_ se había librado +por pies, sin soltar su carga. + +--¡Una injusticia--exclamó--; un abuso!... Este terreno no es suyo; aquí +no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero +pertenecen a la «casa grande», y no hay tribunal ni Dios que no se ponga +de su parte. + +Aún caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de +tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al +atravesar una viña, chocó con un ceporro, hiriéndose una pierna. Pero +¿dónde estaban aquellos bosques de El Pardo, que parecían correr +hundiéndose en la sombra?... + +-¡Animo!--decía el _Mosco_ en voz queda--. Ya estamos cerca; ya veo las +tapias. + +Pero el señor Manolo y su amigo no distinguían nada. Isidro, con la +pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran +ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que lucía +en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontábase en el cielo; +cuando bajaban, hundíase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente. +Parecía jugar con ellos, atraerlos, para huir después de cima en cima. + +Por fin, los dos neófitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo. +Maltrana consideró su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran +las murallas de la China. ¿Y había él de saltarlas? Prefería quedarse al +pie de ellas descansando. Esperaría tendido en el suelo el regreso del +_Mosco_, aunque volviese al amanecer. + +--¡Chist!--murmuró el cazador, para que hablase más bajo--. Tú subirás: +yo me encargo de que subas. + +La protesta de Maltrana era la última resistencia del miedo, el +retroceso del instinto ante aquella tapia sombría, tras la cual estaba +lo ilegítimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin +misericordia. + +El _Mosco_ y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablándose +sin que sus palabras sonaran, moviéndose sin que sus pasos produjeran +ruido. A Maltrana le parecían fantasmas... ¡Arriba! El _Chispas_ apoyó +un pie en las manos de su maestro, arañó la tapia, y en un instante se +puso a horcajadas sobre ella. + +¡Ahora, los perros! Los animales sabían su obligación; se dejaban coger +por el _Mosco_, y empujados por él, agarrábanse muro arriba, se mecían +un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejábanse caer en +la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligerísimo de hojas +secas. + +Maltrana se sintió cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que +el _Chispas_, inclinándose, le agarraba por los brazos. Los dañadores +reían de su poco peso. Quedó un instante a horcajadas en lo alto de la +pared, aturdido por la ascensión, doliéndole el cuerpo por el roce +contra los ladrillos salientes. El _Mosco_ le saludaba desde abajo con +una gracia que ponía los pelos de punta. + +--¡Qué buen blanco, gachó! ¡Qué escopetazo se pierden los guardas! + +Isidro no tuvo fuerzas para protestar. ¡Vaya unas bromitas oportunas! Y +obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes, +tuvo que descender por la parte opuesta, ayudándole el _Chispas_, que le +había precedido y le sostenía por las piernas. El señor Manolo, más +ágil, saltó la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante después se +unió a ellos el _Mosco_. + +Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que +le sería franquear aquel obstáculo si le perseguían los guardas. Pero la +impresión de miedo se amortiguó al mirar lo que le rodeaba. + +La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo +nuevo. El salto de la tapia era como el tránsito de un planeta a otro. +Olvidó las colinas pedregosas, los bancales infecundos con más guijarros +que plantas, toda la campiña árida sumida en la obscuridad al otro lado +de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro. + +Tenía ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de +las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetación +salvaje, unificando sus bravíos colores en una vaguedad fantástica de +inmenso jardín encantado. Maltrana creyó ver un gigantesco dibujo blanco +y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de +alfiler que daban paso a la luz. + +La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de +leyenda. Maltrana pensó en Wágner y en su valeroso Sigfrido; en la +rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó, +por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón no +conocido por los guardas. + +Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecían +arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura +de leche; los árboles formaban bóvedas de negro enrejado, por cuyos +espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto +de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul +sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si +quisieran acostarse. + +No se veían las flores del fantástico jardín, pero Maltrana se las +imaginaba enormes, como nunca se habían abierto en la tierra a la luz +del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia, +tan denso, que parecía mascarse al respirar. Era una esencia para +olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgían gritos de +pájaros invisibles, saludos burlones a los bípedos que avanzaban en el +silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre +los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el +medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de +la cuadrilla. + +Maltrana dudaba de la realidad. Debía estar soñando; aquel mundo no +podía existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar, +encontrándose en el camastro de la calle de los Artistas. + +Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban +sin el más leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo +como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueño. De +ensueño también los dos cazadores que caminaban o se agachaban como +sombras, hablándose sin mover los labios, entendiéndose por señas, y +hasta el capataz de periódicos, que marchaba encorvado, con los ojos +saltones y la boca abierta, contrayendo el estómago a impulsos del +miedo. Sólo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y +este ruido le parecía tan grande, tan agigantado por el silencio, que +podía despertar a los guardas a muchas leguas de distancia. + +De vez en cuando la selva agitábase con ondulaciones ruidosas. Una +ráfaga de viento moviendo una rama daba la señal. Toda la arboleda se +estremecía, inclinando las copas. Movían sus cabezas los olmos, los +pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del +bosque, y de un extremo a otro esparcíase el lamento de la sinfonía +salvaje, despertando los ecos en las cañadas, aguzándose en las alturas, +volviendo a descender en busca de nuevas masas de árboles que repitiesen +este suspiro de arpa temblorosa. + +Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en +su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblándole las +piernas, pero conquistado el ánimo por el majestuoso silencio. En +aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes. + +El _Mosco_, que conocía todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo +junto a una gran encina. Allí se abrían ciertas bocas que indudablemente +ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agacháronse por consejo suyo. Los +perros daban silenciosas vueltas alrededor del árbol, como si olfateasen +la caza oculta en las entrañas del suelo. El _Chispas_ se colocó de +rodillas a alguna distancia. Estaban allí las bocas de salida, y colocó +en ellas los capillos de red. El _Mosco_ abrió la bolsa y sacó el hurón. +La _bicha_ llevaba al cuello un cascabelillo de sonido débil, y en una +pata el cordel que la obligaba a volver a su amo. + +Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El señor Manolo seguía con +interés la operación, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana, +tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul +escarchado de polvo luminoso. Había arrostrado el peligro por ver la +caza furtiva, y ahora no le inspiraba interés. Prefería permanecer +inmóvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz +que parecía descender de lo alto. Estaba allí como si la selva fuese +suya. ¿Por qué habían de presentarse los guardas? La hermosura de la +noche desvanecía su miedo, repelía de su ánimo toda posibilidad de +peligro. + +El _Chispas_ dio un mugido de alegría; luego otro... luego otro. +«Tres... cuatro... cinco: la _bicha_ trabaja bien.» Iba recogiendo los +conejos de los capillos así como caían; unos sanos, otros con la cabeza +destrozada por el hurón y manando sangre. A los que salían ilesos, +huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus +duros dedos. Pasábale las piezas al señor Manolo, y éste reía, con el +goce brutal de la destrucción, ofreciendo a Maltrana los conejos para +que los tentase. Aún estaban calientes: ¡cómo los dejaba la _bicha_ al +morderles!... + +Anunció el _Chispas_ que ya no salían más; la madriguera estaba +despoblada. El _Mosco_ tiró de la cuerda y volvió a sonar el apagado +cascabeleo. La embriaguez de la sangre había enardecido a la _bicha_. +El cazador lanzó un juramento sordo antes de volverla al saco; le había +clavado en un dedo sus agudos colmillos. + +Isidro abandonó de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la +cuadrilla en busca de nuevas bocas. ¿Por qué no se retiraban ya? La +operación estaba vista. Pero el _Mosco_ protestó. + +--¿Retirarme?... ¡Botones! La noche se presenta bien. + +Anduvieron dos horas por las cañadas buscando los lugares más conocidos +del cazador por sus madrigueras. No había vivienda de conejo que no la +tuviese anotada en su memoria. + +Isidro aprovechaba todos los altos del _bicheo_ para tenderse en la +hojarasca mirando a lo alto. El planeta que había contemplado en el +camino ya no lucía en el horizonte; se había ocultado, y nuevos astros +invadían el cielo. Miraba también a su alrededor, admirando la hermosura +bravía del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el +señor Manolo para cuando triunfase la autonomía del Estado castellano, +el abatir la selva y meterla el arado, sería una reforma muy +revolucionaria; pero así estaba mejor, era más hermosa, aunque la +pública utilidad rabiase de coraje. + +Una señal de alarma de los dos perros sacó a Isidro de sus divagaciones. +Avanzaban cautelosamente, se detenían, volvían la cabeza para mirar al +amo. Su cola elevábase con movimientos que revelaban indecisión; sus +orejas aguzábanse con la inquietud. + +--¡Chist! ¡chist!--murmuró el _Mosco_ para que sus acompañantes +permaneciesen quietos en la espesura. + +Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo +mismo que los perros para oír mejor. El capataz abría la boca, como si +por ella fuese a escapársele el corazón, encogido por el miedo. Maltrana +sentía el zumbar de su sangre en las sienes. + +Gruñó un perro, y el _Mosco_ pareció tranquilizarse. Alguien estaba +cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos +silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidían a gruñir, +era porque husmeaban gente conocida. + +El cazador, incorporándose, dio varias palmadas en uno de sus muslos. +Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como +reproducidos por el eco. Después se llevó a la boca el dorso de una +mano, y un silbido tenue, de pájaro, rasgó el silencio. Otro pájaro +invisible le contestó. + +--Adelante: son amigos--dijo el _Mosco_. + +Troncháronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres +encorvados. Los perros de las cuadrillas frotáronse un instante con +otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al +_Mosco_. + +--¿Qué lleváis cogido?--preguntó éste. + +--Nada aún: dos gazapos. + +--Que se os dé bien la noche. + +La cuadrilla desapareció con sus perros, y el _Mosco_ siguió adelante, +prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en +seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas +inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo. + +Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del +agua invisible saltando entre guijarros. + +Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la +expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos +cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que +hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante. + +Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de +pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios +brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro, +barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y +brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo, +creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada; +algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al +dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso +salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las +cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca. + +El _Mosco_ acudió con gritos de cólera: + +--¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se +burlan!... + +Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado +de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil. + +El encuentro con el venado quitó al _Mosco_ todo deseo de continuar la +caza. + +--Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!... + +Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia. +Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el +campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que +había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo +habían existido en su imaginación. + +Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en +sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura. + +--Toca, Isidro--decía el capataz riendo--. ¡Qué famosa cachuela vamos a +comernos!... + +El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el +que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible +que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la +maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!... + +El _Mosco_ examinó la posición de las estrellas. + +--Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa. + +Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal +Paso». El _Chispas_ y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve +indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la +noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y +sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos +cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo +de ganarse el pan! + +Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver +los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se +cernía sobre Madrid. + +Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus +lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo +al peligro. + +Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida +moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas. + +Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una +civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana +de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante. +Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el +voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo rojo +trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales +estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de +las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas, +cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los +desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los +abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir +del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz. + +Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de +las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los +dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus +rugidos. + +Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles, +se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las +tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea, +la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el +asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las +riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar, +monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho. + + + + +IV + + +El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle +de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a +Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas. + +Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros +alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir +en busca de su amigo el _Mosco_ y aprovechar de paso el viajo para hacer +a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de _Zaratustra_. La +pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo +la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener +contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y +¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero! + +Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a +pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir +prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la +confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus +atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa. + +Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del _Mosco_, +ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid. + +En su miseria, no le abandonaba esa seguridad de la juventud que +aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero +se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que +sacarla de sus situaciones difíciles. + +Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna. +Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella +acabaría por entregarse vencida. + +Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de +Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de +Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena +época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que +éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no +verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no +ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de +la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La +vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su +protectora. + +Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el +personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave +y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez +de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con +bondadosa sonrisa. + +El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban +con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano +protectora: + +--¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?... + +El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era +implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis +sobre todo lo existente, describiendo el país como un establo de +bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase +conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso. + +La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de +hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las +personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués +despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes +de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de +algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de +pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la +despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando +aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro. + +-¿No terminó usted la carrera?--continuó el senador--. Ha hecho usted +bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted +ha nacido para escritor. + +Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba +publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas, +pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura +«profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El +amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado, +próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír +que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que +el día menos pensado llegaría a ministro. + +--Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted +que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo +que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la +entrevista. + +Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al +día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en +una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad, +como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su +casa todas las mañanas. + +Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar +la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le +siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su +inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le +acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval. + +Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de +un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca, +manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores, +calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un +grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo +prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a +golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de +la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal +ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior. + +Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre, +pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas, +cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente +sonsonete: + + ¡Ahí va! ¡Ahí va + el tío del gabán! + +Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos a apoyarla saludando +con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse. + +Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba +visitar la cabaña de _Zaratustra_ antes de ir a las Carolinas. + +Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con +la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura. +Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una +oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la +cumbre. El carro de _Zaratustra_ parecía más grande que las viviendas; +se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto +unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como +una horca. + +Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una +banda de perros. Eran los compañeros de _Zaratustra_. Los había de +varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una +baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde +en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante +Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad. + +No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco +propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El +joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a _Zaratustra_ y a +la señora Eusebia. + +Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a +sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que +giraba en torno de él, oliéndole las ropas. + +Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía +al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras +lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por +las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran +_Zaratustra_. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante +unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula. + +--Perdona que no me levante--dijo con su voz de niño--. Tú eres de casa. +¡Ay, estas piernas!... + +Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes +solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el +aspecto de un salvaje de teatro. + +Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los +que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos +harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio +de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos +cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma +senil que inmovilizaba sus piernas. + +Maltrana contempló curiosamente la mansión de _Zaratustra_, agrandada +con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La +actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los +despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero +sonrió viendo el asombro del joven. + +--¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de +Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores... +Este cuerpo es el almacén--y señalaba la cabaña en cuya puerta +permanecía sentado--. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene +comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu +abuela y yo. + +Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de +su vivienda, señalando sus diversas partes. El lo había construido +todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo. + +Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en +los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran +puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los +despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a +trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás +estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose +empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva, +latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con +estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro, +trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida +diaria en Madrid. + +Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza +de _Zaratustra_. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban +dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de +bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café. + +Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro, +servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los +barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados, +formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no +podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos. +La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que +servía de chimenea. + +El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas +corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas +largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la +obscura profundidad de las chozas. De vez en cuando aleteaba por cerca +de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre, +venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra +de una tumba. + +Maltrana preguntó por su abuela. + +--Estoy solo en casa. He enviado el _Bobo_ a Madrid a que vea las +máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de +Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca +para que cante oraciones. + +_Zaratustra_, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído +hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía, +guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a +las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero +las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana. +En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las +locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que +faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana. + +--Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los +trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los +elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada, +y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas +santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos, +dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si +no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para +qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las +hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros: +tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente, +porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un +botón, y me dejó en el apuro, sin querer decirme dónde guarda su +tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una +mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!... +De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al +cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro +chico, aunque su hombre vaya en cueros. + +Quedó en silencio _Zaratustra_, mirando a Madrid, que cerraba el +horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el +más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de +gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar +la lejana población. + +El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad +albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y +gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz +tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo +trascendental. + +--La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en +eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio +que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso +caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un +canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás +exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el +señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El +hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los +trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para +que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor +que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos +los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no hay en +la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no +se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal +vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no +le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con +qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal +noble e inteligente. + +Así hablaba _Zaratustra_. + +Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las +moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de +corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente, +quería irse. + +El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si +habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres +pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración +cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería +enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con +motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades +del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su +casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios. + +--Aquí hay su poquito de señorío--dijo _Zaratustra_ incorporándose con +cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos +sobre el asiento. + +Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas. +Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan +angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared. +La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de +claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en +su pálido rayo un enjambre de moscas. + +A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las +paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los +intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían +unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas +ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de +una tienda de trapos. + +La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme, +disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los +milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse +todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un +hombre. _Zaratustra_ saliendo de la cuadra, levantó una cortina de +percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad. + +--Echa una cerilla--dijo el trapero. + +Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una +botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño +que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias, +de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos +viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros +de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles. + +--Aquí hay señorío--dijo el trapero--. Eso no podrás negarlo. Mira esa +cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a +palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas +allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la _Mariposa_, +unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos +a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que +la cosa lo merece. + +Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma +antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios +mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba +verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que +filtraban la lluvia. + +Después, _Zaratustra_ enseñaba con orgullo de artista los adornos de +algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos +de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido +al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en +el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero +enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la +cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de +tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos +en otros. + +--Si quisiera--dijo el tío Polo--, podría convidar a todo el barrio de +las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di +si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de +la Puerta del Sol. + +Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados +por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los +bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía +Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber +ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo. + +El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan +bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para +dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de +una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas. + +-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando hace frío o cuando hiela, +duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da +gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos +moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como +aquí. + +El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado, +como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de +la paja. + +--Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos +ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud; +pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene +mejores. + +Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba +_Zaratustra_. + +--Donde veas telarañas sólo verás salud--continuó--. Eso no lo saben los +mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios +como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las +ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y +mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra +salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las +enfermedades, se come a los microbios y demás insectos... + +Así hablaba _Zaratustra_, paseando su luz cerca del techo; y surgían de +la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares, +como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con +fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los +frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con +su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba +con una telaraña caída junto a su boca. + +--Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga con dinero. Si tu +abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo. + +Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el +sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en +aquel antro saturado de polvo y estiércol. + +Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con +torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de +humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje +que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El +pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su +primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna. + +_Zaratustra_ procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una +charla en la que podía lucir su ciencia. + +--¿Ves qué sol tan hermoso?--dijo--. Pues tendremos lluvia antes de que +acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna +es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del +cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes, +sangre... + +--Adiós, gran _Zaratustá_--dijo Maltrana. + +Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la +villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas, +huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago. +Iba en busca de su amigo el _Mosco_ y de su hija Feliciana, que tenía +para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las +únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez, +para ver a la abuela. + +Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de +_Zaratustra_. + +Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó desconcertado y confuso +por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada +con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las +máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño +llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo, +arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre, +cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios +de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño +pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un +gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran +máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas +multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas +verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el +pecho velludo entre los forros de seda de las solapas. + +Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo +único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían +igualmente disfrazados. + +En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los +corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la +basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el _confetti_ y las +cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el +residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero +con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban +banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos +caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana. + +Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de +corral. Por encima de ellas asomaban las grandes pirámides de paja +podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos, +fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos +ladridos. + +Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas +entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas +de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de +las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población. +Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran +repugnancia. Recordaba las confidencias del _Mosco_, indignado contra +ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo +traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo +era un esqueleto descarnado. + +Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo +libre y de la sierra disipó su impresión de náusea. + +El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa +coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida +por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del +cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los +derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la +miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su +subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes. + +Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas, +que era la del _Mosco_. Frente a él, al final de la doble fila de +míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño +Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del +Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque. + +El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos. Al frente marchaba +un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con +arpilleras y lazos de papel. + +--¡No me conoces!... ¡No me conoces! + +Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso +vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que +vociferaba aclamando sus gracias. + +¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era _Coleta_, +que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo. + +Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del _Mosco_ llamó en vano +repetidas veces a la cerrada puerta. + +Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la +_Borracha_, la hembra de _Coleta_, una andrajosa que llevaba una venda +en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel +barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía +costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua +empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula +perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la +iban barrenando la carne, según decía _Coleta_ al insultarla en plena +embriaguez con el apodo de _Borracha_. + +--No están en casa, señor Isidro--dijo con hipócrita mansedumbre--. El +_Mosco_ se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la +red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un +rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí +puede verla. + +Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la +arboleda del cerro de los Pinos. + +El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los +traperos, contrastando con la sórdida miseria del barrio, comenzaba el +bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había +hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles +rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con +muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado, +nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas +de las Carolinas. + +Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y +trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un +trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato. + +Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería +le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más +campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún +chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el +canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de +cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él +las máscaras que le había mostrado la mujer de _Coleta_. + +--¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles! + +El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al +bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían +que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí, +satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano, +jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse, +y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas, +gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero: + +--¡No me conoces!... ¡No nos conoces! + +Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la +espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas +enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las +medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que +ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una +muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes. +Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que +parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un +pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina +asomaban los rulos de su peinado chulesco. + +Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de +almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la +busca para mayor esplendor de la fiesta. + +--¡No me conoces!...--gritaban los golfos de abultadas amenidades, +tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus +mejillas. + +--¡No me conoces!...--gritaba un bebé de color de rosa, en el que +Maltrana fijó su atención. + +--¿Pues no te he de conocer, criatura?--exclamó el joven--. Tú eres +Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso +las llevas descubiertas, coquetona. + +Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este +reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un +grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser +perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto +al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos, +fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras. + +--Sí; tú eres Feliciana--volvió a decir el joven, cogiéndola las +manos--. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?... + +--No soy Feliciana--chilló la máscara con una voz trémula en la que +parecía vibrar la cólera--. Feliciana tiene las manos más feas que las +mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la +pobre una palabra. + +--Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta +tarde?... + +--Tú eres un orgulloso, Isidro--continuó la máscara, hablando con +precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de +acabar--; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas +en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las +gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que +te rodean. + +Maltrana la oía con extrañeza. + +--Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha? + +Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los +gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto, +el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los +agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro. + +--Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma... +más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que +eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en +ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la +fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en +los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles +cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!... + +Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se +imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su +credulidad resultaba una ironía cruel. + +--Pero muchacha--dijo--, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana. + +--¡Y dale con Feliciana!--repuso ella con tono irritado--. Ya te he +dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo; +¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades. +Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho +beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los +hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que +callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito +serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego... +que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que +te convida su padre. + +Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar. +Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita. + +Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué +decir, repitiendo lo mismo: + +--¡Feliciana... Feliciana! + +--Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué +repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la +has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú +te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una +señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje +de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana; +deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido, +canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de +haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, y +se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un +ladrón que se divierte fingiendo que no se entera. + +Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al +pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos, +lacrimosos. + +Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar. +Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él. + +Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de +lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después +intentó sonreír. + +--Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y +olvida esas tonterías. + +--Feliciana--dijo el joven gravemente--, no llores. Broma o realidad, +bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón: +soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se +fija. + +Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la +muchacha, deslizándose instintivamente por su talle. + +Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta, +que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su +talle parecía doblarla, vencerla. + +Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta +rápida aproximación. + +Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo +volvía de la cañada perseguido por los mozos. + +La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la +abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos +sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto +de espanto que si despertase de súbito completamente desnuda a la vista +de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol +inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos. + +No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de +veras, y gemía entre suspiros: + +--¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza! + + + + +V + + +--Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considero +como de la familia. + +Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellas +palmaditas protectoras que enorgullecían al joven. + +Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con la +severidad que correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Las +sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librería alineábanse +los tomos de las _Sesiones del Senado_, juntos con memorias, +estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño, impresos a +expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes, +exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas sociedades, +acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigio +de caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a +su «digno senador» por sus brillantes discursos en defensa de la +protección a los trigos. + +Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado del +despacho. El marqués aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, con +todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su salón y +sosteniendo con la diestra mano su frente cejijunta cargada de +pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurón con el +pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su +poderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintió +ganas de reír ante la seriedad y el empaque con que el senador se +mostraba en el retrato. Era un caballero que se hacía representar de +visita en su propia casa. + +El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector, +parecía titubear en presencia de Maltrana. + +Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuviese +lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus +luchas y aspiraciones, mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecía +buscar un pretexto para conducir la conversación adonde era su deseo. + +Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro. + +--Pues sí, joven amigo--dijo con la entonación solemne que empleaba al +charlar en los corrillos de la Alta Cámara--. Yo me he tomado la +libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que +considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que +proteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos, por más +que muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a problemas +graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño, +como ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hay +que aceptarla con toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez sea +beneficioso para usted será indudablemente muy útil para mí, y si usted +lo acepta, merecerá mi agradecimiento. + +Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo +su relleno de retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba el +señor marqués? Allí estaba él para servirle; podía decir cuál era su +intención. + +El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como si +temiese descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era el +hombre que en todo Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfacción +a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los +trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda católica y de +religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de +unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no +faltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partido +con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya +tertulia no le era lícito faltar, y tenía que ocuparse de la educación +de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas +sanas de su padre y merecían los elogios de sus antiguos maestros, los +buenos sacerdotes de la Compañía. + +Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interiores +estas palabras. Conocía de vista a los hijos: les había encontrado +muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las +«estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba pagarés en blanco a +todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento +de cierta _divette_ procedente de Perpiñán. + +--En estas condiciones, pues--continuó el senador con entonación +oratoria--, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de +pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo +Maltrana, también soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los +jóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, según +dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy más +escritor que orador. He publicado poco; mi modestia me lo impide. Pero +¡si viese usted el montón de papel que llevo emborronado!... + +Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró a +añadir: + +--No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga +a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me +empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la +colaboración de un joven ilustrado que sea dueño de todo su tiempo para +escribir: uno como usted. + +Isidro comprendió que el personaje había llegado por fin adonde quería. +Adivinábase en su rostro la placidez de haber soltado una proposición +vergonzosa que era su tormento. El joven aceptó con breves palabras. ¿En +qué había de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy +agradecido de que se fijase en él. + +Y el pobre Maltrana lo sentía así, apreciando como un gran honor la +propuesta del personaje. + +Lo que deseaba el marqués de Jiménez era escribir un libro, pero un +libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador +serio. No quería tener secretos con Maltrana, y le confesó que el tal +libro sería un escalón, el último, para alcanzar la cartera de ministro +el día que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometía +escribir un prólogo para la obra. + +--Ya ve usted, amigo Maltrana. ¡Qué honor! ¡qué honor para nosotros!... + +Este «nosotros» dejó frío al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que +no fuese la retribución que el marqués quisiera darle. + +--Usted escribirá--continuó el personaje--; yo le daré las ideas; y con +esto creo que su trabajo será coser y cantar, como quien dice... Usted +es un joven discreto que «se entera» de las cosas, y tendrá cuidado de +no «salirse del tiesto» mezclando en la obra ideas de esas diabólicas y +modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro irá +dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle más. Una dedicatoria +sencilla, pero hermosa, que usted tendrá la bondad de escribir. Asunto +de decirle que, así como es el primer soldado de la nación, el primer +agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de +dirigir la política como de dirigir un automóvil, es también, para mí y +para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer +sociólogo. ¿No será bonita una dedicatoria en este sentido?... + +Isidro contestó con movimientos de afirmación. + +--Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste +usted: socialista del verdadero socialismo, del práctico, del que puede +ser, del que defendemos los espíritus sanos, uniendo las exigencias de +la época con las santas tradiciones y los intereses creados. + +El joven le pidió las ideas que habían de servirle de guía, la trama +poderosa, sobre la cual no tendría él otro quehacer que alinear palabras +con la pluma: «coser y cantar», como decía el personaje. + +--El libro--dijo éste--podría titularse _El verdadero socialismo_; pero +si usted encuentra otro título más bonito, por mí no se prive usted; yo +no tengo en esto empeños de amor propio. Usted manda, usted es el amo. +Haga todo lo que considere más acertado; cuantas más iniciativas tenga, +mejor. + +Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una +extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la +caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a +los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia +católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad el +Papa, el primer socialista del verdadero socialismo. + +--Creo que con esto--continuó--ya tiene usted bastante para hacer el +libro. No queda mas que el escribirlo, lo más fácil; sólo que esto exige +tiempo, y yo no lo tengo. Reconocerá usted que estas ideas no son +cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De +exponer cuestan muy poco; pero yo sé el tiempo que llevo rumiándolas, +dándoles forma, preparándolas, para que usted no tenga mas que +escribirlas. Además, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del +libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastará +en imprenta lo que sea preciso. Los capítulos deben ostentar al frente +esos párrafos en letra, pequeña que llaman sumarios. Esto me ha gustado +siempre; da cierto aire de seriedad y de método. Luego deseo que todas +las páginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto. +He visto que todas las obras importantes van así. También esto da aire +de seriedad y prueba erudición en el autor. Hay que citar muchos nombres +y que sean extranjeros; cuanto más enrevesados, mejor. Esto lo hará +usted fácilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas +semanas en la Biblioteca. ¡Si yo tuviese tiempo!... + +Maltrana sonreía escuchando las indicaciones de su protector. + +--La tarea es fácil--prosiguió el marqués--. No crea usted que yo ignoro +dónde están las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escándalo +hemos coincidido algunos hombres de Europa. Según me dijo el jefe, hay +un señor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito +algo muy sonado sobre el socialismo católico. Uno no tiene tiempo de +leerlo todo. Búsquelo usted, y ya tiene una fuente más, después de las +mías. + +El senador habló aún largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la +facilidad con que podía escribirla contando con la firme base de sus +ideas. + +--Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su +tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Además, amo a +la, juventud y deseo protegerla. Le daré a usted tres mil reales por su +trabajo; pero que sea grueso el libro, ¿eh?, y sobre todo, notas... +muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he +concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte +duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas. + +Maltrana cogió el billete con cierta emoción, contestando aturdidamente +a todas las recomendaciones del personaje. + +--A trabajar, joven. La vida no es un sueño; hay que trabajar, hay que +ser prácticos. Tratándose de un joven formal como lo es usted, creo +inútil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Además, +no supone gran cosa: sólo significa que me falta el tiempo. El libro lo +doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. ¡Ay, si yo no estuviese +tan ocupado! + +Aún le recomendó otra vez que no olvidase los sumarios de los capítulos +y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores. + +--Esto viste mucho. Cuando usted tenga un capítulo, me lo trae, y así +con todos los demás. Yo los iré copiando, para que vaya de mi letra a la +imprenta. Aunque ocupadísimo, creo que tendré tiempo para este pequeño +trabajo. + +Maltrana, al verse en la calle, creyó que la Fortuna marchaba ante él, +abriéndole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No sentía el más +leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de +encargarle. Se reía del socialismo católico y de las «ideas» de su +protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el +esqueleto de un libro. ¡Valiente atún era el señor Jiménez!... Pero lo +respetaba, viendo en él al hombre providencial que cambiaría el curso de +su existencia, al suceso esperado que había de sacarle del atolladero de +su voluntad. + +El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco +pesábale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; veía tras él +la seguridad de otros billetes, de más dinero, todo a cambio de llenar +unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de +disparates para él inadmisibles, que el grave senador firmaría sin +titubear, poniéndolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad. + +Podía dormir tranquilo el solemne marqués de Jiménez. Tendría el libro +más pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con +sumarios, hasta con apéndices, desfilando por el piso bajo de sus +páginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores +conocidos y desconocidos, con algunos más que él inventaría. Difícil era +que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a +ser autor a tan poca costa, repetiría el encargo, dándole ideas para +nuevos libros. El le sugeriría el deseo de ser académico, de conquistar +la inmortalidad apedreándola con grandes volúmenes de interminables +notas que nadie leería. Acababa de encontrar un filón; iba a tener una +renta fija. + +Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratería literaria, +aceptándola alegremente como una liberación de la miseria, pensó en +cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar. + +Era más de mediodía. Maltrana se fue a la «taberna de los genios», que +únicamente visitaba en los días prósperos. ¡Flojo atracón iba a darse! +Buscó en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres leía +melancólicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro +capital que una peseta. ¡Viva la abundancia! Comió a su antojo de lo más +caro, tomó café, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la +calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Había que solemnizar +el suceso. + +Saboreando la copa de coñac y envuelto en la nube azulada de oloroso +humo, sentía la placidez de una buena digestión, aquella fe en el +destino que surgía en él al llenar el estómago. + +Pensaba en el porvenir. Su protector tenía razón: la vida no es un +juego; debía cambiar inmediatamente de método. El trabajo exige orden; +suprimiría la vida nocturna: dejaría de ir a la redacción. Ya no podía +estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su +padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla él. Se acabó la +bohemia triste y errante. Tenía derecho a una casa, como todos... ¿Y por +que no a una mujer que le acompañase en esta ascensión hacia la Fortuna, +que creía haber comenzado ya?... + +La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como él la llamaba, pareció +surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul. + +Aún duraba en él la impresión de sorpresa y de orgullo que le produjeron +las palabras de la muchacha cuatro días antes. El, tan feo y miserable, +que sólo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, veíase amado, y +para mayor asombro, era la hembra la que salía a su encuentro, +ofreciéndose en un arrebato de audacia. + +No dejaba de reconocer que en este amor había mucho de admiración. La +pobre muchacha de las Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el +único hombre que la había revelado la existencia de una vida distinta de +la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba. + +«Para la pobre Feli--pensó Maltrana--, yo soy la poesía; un pedazo de +cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un +mismo tiempo. ¡Con tal que no pierda las ilusiones al verme de +cerca!...» + +La Fortuna le había azotado largos años, para dárselo todo a un tiempo: +dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesión, él no podía dormir sin +que se cortase su sueño con visiones, en las que aparecía la hija del +_Mosco_ acariciándolo con la sonrisa, tendiéndole los brazos. Al +despertar, la imagen quedábase fija en su memoria, ennoblecida y +hermoseada por el ensueño, como una ilusión más de las muchas que +llevaba en el bagaje de sus esperanzas. + +Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permanecía indeciso, +no sabiendo ciertamente qué contestar. El no conocía otro amor que el de +las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era +de este género. Habituado por sus aficiones filosóficas a buscar la +causa de las cosas y a desentrañar las pasiones, abriéndolas en canal +para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos +descarnados los sentimientos más vivos. + +No; él no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentíase atraído por +ella dulcemente. En esta atracción había un poco de agradecimiento y +algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, además, +por egoísmo, viendo en ella una hembra apetecible que podía embellecer +su existencia. + +Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filósofo, soñaba +despierto muchas veces al pensar en su porvenir. Cuando su imaginación +tomaba vuelos de águila, se veía aclamado por las naciones, reconocido +por todas como el genio más grande del siglo, presidiendo, en nombre de +la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivían felices gracias a +Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napoleón de las grandes conquistas +del progreso. + +Otras veces, sus ensueños aleteaban más bajos. Nada de dominaciones, ni +de Estados Unidos de Europa y otros líos: contentábase con ser un hombre +que tuviese asegurada la satisfacción, sus necesidades, y pasase la vida +plácidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir +sus traducciones, soñaba con tener algún día habitación propia, muchos +libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado +por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgirían por +detrás, estrechándole, y una boca acariciadora le rozaría las orejas +murmurando palabras de cariño. + +Esto no era imposible; podía conseguirlo. Llegaba el momento de realizar +sus ensueños. La buena hada de las leyendas marchaba ante él con la +varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino. + +Salió de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo +ante él, como si las ilusiones se le escaparan por la boca, +precediéndole en la marcha. + +El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecían +colarse en su alma. Aún vagaban por las calles algunos mascarones, +últimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonreía, +encontrándolos interesantes; también por su imaginación se paseaban como +máscaras las más abigarradas ilusiones. + +Con la alegría del bienestar, emprendió a pie su marcha hacia los +Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a +la fábrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de ésta +para hablarla de la fortuna que inesperadamente embellecía su vida. + +Paseando por un andén de la ancha calle, más allá de los Depósitos +viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido. + +--Vaya usted con Dios, don Vicente. + +Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por +su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El +sombrero, más grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por +ocultas cintas de papel. Tenía la cara rojiza, con profundos surcos en +cuyo fondo la piel aparecía blanca y brillante. Los ojos parpadeaban, +inflamados, sin pestañas, con las córneas manchadas de sangre. Las +orejas sobresalían, casi despegadas del cráneo, como si fuesen a +aletear. Las púas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban +la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente. + +Parecía fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores +rudezas, pero las privaciones habían amojamado su cuerpo y daban a su +paso cierta irregularidad, como si las piernas sólo pudiesen avanzar a +costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso +de la extrañeza de las gentes. De vez en cuando se detenía, y apoyando +un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una +arruga vertical. + +Al oír que el joven le saludaba, dudó algunos instantes, como si sus +ojos inflamados no pudiesen reconocerle. + +--¡Ah! ¿Es usted, señor de Maltrana?--dijo con voz dulce--. Que la +Virgen le guarde. ¿Trabaja usted mucho?.. + +Maltrana le había conocido por sus hábitos de noctámbulo. Como él se +acostaba bien entrado el día y aquel hombre levantábase mucho antes de +amanecer, se habían encontrado varias veces en las calles de Madrid, +cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la mañana. + +Isidro sentía por él irónica admiración. Había llegado tarde al mundo, +así como él, en su petulancia juvenil, creía haber nacido demasiado +pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre +habría venerado al señor Vicente; los reyes le habrían visitado en su +tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habrían caído +sobre su cadáver, arrancándole los pelos y pedazos de su hábito como +santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figuraría en los altares, +trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro. + +Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenían +oraciones, de pequeñas estampas y de periódicos de religiosa procacidad +que le entregaban las asociaciones católicas para que los repartiese. +Maltrana le había tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada +peleándose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con +acompañamiento de tremendas blasfemias. El señor Vicente se arrodillaba +con los brazos en cruz ante el pecador, pidiéndole que le pegase con el +látigo, que saciase en él su furia, a cambio de dejar en paz el santo +nombre de Dios, pues antes quería morir que verlo insultado. El joven +había sentido interés por este loco que vagaba por Madrid entre la +extrañeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros +tiempos, habría fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su +huella en la Historia. + +Después le vio muchas mañanas deteniendo a las criadas en las +inmediaciones de los mercados para darlas estampas y oraciones, +hablándolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin +fijarse en las risas de las muchachas, que sentían cierta lástima por la +guilladura de este buen señor, que al mismo tiempo era persona fina. + +Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando +con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de _El Motín_ +pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los +santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del +martillo sobre la suela. + +Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres +compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El +vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por +tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos +aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones +simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había +visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su +tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para +provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la +cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su +paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la +corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la +violencia: sus puños se cerraban amenazantes. + +--¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!--rugía con una entonación semejante a +la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios. + +Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba +la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se +dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban. + +Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos, +entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los +merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del +plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas +por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las +vueltas que acababan de dar al compás del piano. + +--Mis negocios van bien, señor Vicente--dijo Maltrana contestando a su +pregunta--. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda? + +El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos. + +--No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba +para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las +fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su +bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el +desengaño. + +Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables +de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado +aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al +centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras +sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían +pensar en locuras. + +--En todas partes existen pecadores necesitados de consejo--dijo el +señor Vicente--. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los +teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se +encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto +como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme. +Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas! +Catorce años empleé en traer al buen camino a un zapatero, que es la +mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho +perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al +redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el +alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal +cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen--aquí el +señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia--. Pues bien; +le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad +del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista. + +--¿Y esos ojos cómo van?--preguntó Isidro. + +--¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me +dan muchos disgustos los pecadores. + +Maltrana le aconsejó la calma. + +--¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?--gritó el señor Vicente +exaltándose--. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia +cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que +si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí +señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias. + +Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si +ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos +transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y +las piernas cual si retase a invisibles enemigos. + +--Calma, señor Vicente--dijo Maltrana--. Cuídese; guarde la vida para +servir a su Dios. + +--¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!--exclamó el devoto con +cierto respeto--. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco; +usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no +se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y +llegará el día en que Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo +nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y +sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su +alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se +olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día +sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará +de lo que le dice el hermano Vicente. + +Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje +original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro +Caminos. + +--Usted fue soldado, ¿verdad?--dijo para prolongar la conversación. + +--Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron. + +Y al recordar sus tiempos de soldado, latía en sus palabras cierto +orgullo; la misma satisfacción soberbia que muestra la Iglesia al decir +que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada. + +--¿No se lo dije en otra ocasión, amigo don Isidro? fui militar y estuve +en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe +usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cádiz; dieron el grito y +tuve que echar detrás de los mandones, disparando tiros en contra de la +religión, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor +de mi vida; pero Dios me lo perdonará, porque fui forzado y no tuve +intención de ofenderle... Después salí del servicio y me dediqué a las +cosas santas. + +--¿Y por qué no se hizo usted fraile? + +--No me faltaron ganas, señor de Maltrana. Un marqués, antiguo coronel +mío y persona muy devota, puso empeño en que me admitiesen en un +convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes méritos para +vestir el hábito. + +Lo decía bajando la cabeza, encogiéndose para mostrar mejor su humildad. +El joven pensaba que los frailes habían tenido miedo a las exaltaciones +del señor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega +no podía permanecer en un convento. + +--Pero vivo lo mismo--continuó--que si perteneciese a una orden. Tengo +mi regla. Un señor sacerdote me escribió en un papel lo que debo hacer a +todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Señor. +La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de +ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro señor sacerdote reformó +el primer papel, ordenándome aún más horas de paseo; toda la tarde en el +campo. Dicen que de no hacerlo así puede turbárseme la cabeza y el +demonio me dará martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco: +todas las tardes salgo al campo; cada día a un sitio de las afueras. He +dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los +alrededores niño ni mujer que no conozca al hermano Vicente. ¡Las +estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los +pájaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me +acompañan en el camino; pero ¿dejar de pensar en las cosas santas? no +puedo... ¡no puedo!... y peco por desobediencia. + +El señor Vicente irritábase contra esta imposibilidad de olvidar por +unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo. + +--Dicen que pienso demasiado, señor de Maltrana, y tal vez tengan razón. +Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El +Malo me martiriza con imágenes infames. Dicen además los señores +sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco, +que debía atender más al cuerpo... Eso no; santos famosos hubo que +comían menos que un pájaro, y yo, señor, hay días en que no ayuno y +gasto un real o más en mi manutención. Las buenas señoras que me +protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y +yo digo que sí a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres +que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se +arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo +que voy bastante bien. + +Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fijó en su +camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas +de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parásito movíase +entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello. + +--No necesito más allá de un real para vivir--continuó el devoto con +cierto orgullo--. Nunca he comprado un periódico, ni sé lo que es tener +una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes, +ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la política. +A estas horas no sé quién manda en España. Lo mismo da que sean unos que +otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso +de la política, zarandajas, marañas, patrañas y tonterías. + +El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente; +inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella. + +--El liberalismo, señor de Maltrana, y todo eso del progreso y las +revoluciones está condensado en pocas palabras; lo que yo digo: «matar, +robar y no hacer daño a nadie...» Matan el alma, se la roban a Dios, y +después dicen que no hacen ningún daño... ¡La libertad! La gente se va +detrás de sus patrañas, porque éstas halagan a la bestia que todos +llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el hombre es malo y +necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa +libertad, y veremos barbaridades. + +Maltrana, entretenido por esta charla, fingía aprobarlo todo con +movimientos de cabeza. + +--Usted habrá leído mucho, don Vicente. + +--Nada, señor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender +las obras de Teología. Además, estos ojos no están para lecturas... Pero +tengo muchos libros, muchísimos: no caben en tres carros. Me gasto en +ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y +apenas cae en sus puestos una obra antigua de teología moral, de cánones +y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan, +diciendo: «Para el hermano Vicente.» ¡Lo que me cuestan los libros! Yo +podría vivir en una buhardilla o ser huésped de una familia cristiana; +pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho +duros para que estén bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no +enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergón; pero las obras están +en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un +seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer +pecaminoso. Me parece que forman un jardín, el jardín de la sabiduría +eterna. Cada libro es una flor, con su riquísimo perfume de pergamino y +de polvo. Yo no he leído mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a +San Juan de la Cruz. Pero si algún día me honra usted con su visita, +verá un ejemplar de la _Summa_ en muchos tomos, ¡en muchos!, y usted, +que está más acostumbrado a los estudios, pasará un rato celestial. Yo +no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas +leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento +que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies. + +El devoto mirose los zapatos y añadió: + +--Me aguardan en Bellasvistas, señor de Maltrana. Llevo tres reales en +el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla está muy +mal; tiene un batallón de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dónde +vivo. A ver si me honra un día con su presencia y visita mi jardín. No +tiene mas que preguntar por el señor Vicente, don Vicente o el hermano +Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que +sus negocios marchen bien. Sólo tengo que hacerle una recomendación, +porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su +Santa Madre María y en nuestro poderoso patrón San José, y con estas +ayudas crea que todo le saldrá bien, y si no es en la tierra, será en el +cielo... Buenas tardes, señor de Maltrana. + +Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevándose la +mano al sombrero y descubriendo un instante su cráneo rapado, +puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Después se alejó +manoteando, como si no pudiera aplacarse fácilmente la exaltación que se +despertaba en él al mencionar sus celestiales protectores. + +Maltrana siguió con la vista un buen rato al interesante personaje, +motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los +desocupados que se reúnen en tabernas y portales. + +«¡Y pensar--se decía Isidro--que si nace dos siglos antes hubiésemos +tenido un San Vicente más!...» + +El joven olvidó pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres +de la fábrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y +mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su +presencia por haberle visto desde las ventanas de la fábrica. + +La muchacha emprendió su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse +con las otras del oficio y de no aguardar a la compañera con la que +llegaba todas las mañanas al taller. + +Maltrana salió a su encuentro. Bastó un saludo algo tímido para que Feli +sonriera, olvidando todos los propósitos de seriedad que se había +forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo +ocurrido en la tarde cíe Carnaval. + +Isidro comenzó a hablarla con emoción. Desde que la muchacha le había +confesado su afecto, no podía contemplarla con la misma frialdad que +cuando sólo era la hija de su amigote el _Mosco_ y comía él las famosas +cachuelas sin fijarse en sus miradas. + +El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqués de +Jiménez, que le parecía el primer anuncio de la riqueza, le devolvió su +aplomo de hombre superior. + +--Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos +sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes. + +Los dos atravesaron la calle, saliéronse de ella, y sin darse cuenta de +lo que hacían, se internaron en los campos, siguiendo la linde del +tercer depósito, hacia el cementerio de San Martín, que alzaba en el +fondo su masa de cipreses. + +La muchacha intentó detenerse. ¿Adónde iban por allí? Pero Isidro la +empujó con dulzura. + +--Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero. +No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sería +imposible hablar. + +Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla +de una fábrica cercana. + +--Feli--continuó el joven--, era preciso que hablásemos. Después de la +otra tarde en el Caño Dorado, de las cosas que me dijiste... yo +necesitaba hablar. Tus amigas no me dejaron. Además, tú llorabas como si +fueses a morir. + +--¡Pero si yo no dije nada!--exclamó la muchacha con las mejillas +arreboladas--. Y si dije algo, no lo recuerdo. No sabía lo que hablaba; +estaba borracha. + +Isidro se aproximó más, pegando todo un lado de su cuerpo al de Feli, +percibiendo la firmeza elástica de su carne, su tibia suavidad, al +través del mantoncillo y la falda sutil. + +--Oye, Feli, no nos pongamos tontos. ¿A qué ir con disimulos y +coqueterías, como si nos viésemos ahora por primera vez?... Yo te +quiero; tú me quieres; los dos nos queremos. ¡Me parece que más +sencillo!... No hay otra diferencia entre nosotros, que tú, como mujer, +eres más lista en asuntos de amor y te has enterado antes de la verdad. +Yo soy un pazguato y he necesitado que vinieras tú a decírmelo, como si +fuese una señorita boba. En resumen: Feli, ¡rica! yo te quiero... ¿Y tú? + +La muchacha no contestó con palabras. Bajó los ojos, y su cabeza fue +inclinándose dulcemente en señal de asentimiento. + +Maltrana metió un brazo por debajo del mantoncillo, enlazándolo con el +de la joven. Así, muy agarrados, muy juntos. Este mudo apretón, este +contacto invisible, valía más que todas las palabras. + +Caminaban lentamente, sin mirarse, como si toda su atención y el calor +de su vida estuviesen concentrados en los brazos, que se apretaban con +estremecedor contacto, confundiendo los latidos de sus venas. + +Maltrana creía caminar en medio de una bruma que le ocultaba los +objetos, que hacía elástico el suelo, dando a sus pisadas una ligereza +sobrenatural. + +Un perfumo extraño, de embriagadora suavidad, acariciaba su olfato. +Parecíale imposible que una muchacha criada en las Carolinas, entre los +desperdicios de la villa, oliese tan bien. Surgía de su cabellera negra +peinada a la diabla, con gracioso descuido; de su cuerpo esbelto, del +revoloteo de sus faldas. Era una esencia sobrenatural que seguramente no +podía comprarse en perfumería alguna, que tal vez era un engaño de la +imaginación, pero se le subía a la cabeza como el más fuerte de los +vinos. Ninguna mujer, al pasar junto a Maltrana, olía así. El joven iba +ya enterándose de lo que eran el amor y sus dulces engaños. + +Vieron venir hacia ellos un viejo de cara hosca con un cayado al brazo, +un guarda de Consumos que paseaba. Los dos, instintivamente, se +separaron desenlazando los brazos. + +Esta sorpresa les sacó de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las +impresiones eran menos duraderas, volvió, como él decía, a la realidad. + +Aquella noticia importantísima que deseaba comunicar a Feli era, +sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que +llegaba inesperadamente, enloqueciéndole de alegría, cual si le +asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia. + +--Tú me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a +serlo los dos. + +Y como la muchacha quisiera saber en qué consistía tanta riqueza, Isidro +tuvo que explicarse con cierta vacilación. + +--Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme +mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros +vendrán. Lo que importa es encontrar el camino, y en él estoy ya... +¿Sabes por qué era ciego, Feli, por qué no me fijaba en tu +regraciosísima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin +casa, sin una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. ¿Cómo iba a +pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?... + +Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, había estado hasta +entonces, pero la muchacha lo atajó. Que era pobre, ¿y qué? Ya lo sabía +ella. Muchas veces se había fijado en la voracidad con que comía en casa +de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era +sabio, y para ella el hombre más guapo del mundo. + +--¡Guasona!--exclamó Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del +mantón--. ¿Es que quieres burlarte de mí? + +--Lo digo como lo siento--continuó la muchacha con sencillez--; el más +guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, señorito. + +Ella se había enamorado sin saber cómo. Su padre la hablaba con +admiración de los grandes hombres desconocidos a los que había tratado +en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pensó que era +uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del dañador, +aparecían como semidioses. + +La _Mariposa_ hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algún +día le verían entre los mandones; el _Mosco_ reconocía en Isidro un +talento que se aproximaba al de sus grandes ídolos; el señor Manolo el +_Federal_ lamentábase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto +mérito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por +estos elogios, mirábale con creciente admiración, escuchando horas +enteras de sus labios cosas que no entendía, pero que sonaban en su oído +como música celeste. + +De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abría un +desgarrón, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un +cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que sólo habitaban los +seres como Isidro. Cuando éste recitaba versos al final de sus meriendas +con el _Mosco_, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivían +en el extranjero con honores de príncipe, a la pobre Feli le temblaba el +corazón, sentía que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para +llorar, como si estuviese en presencia de una religión nueva. + +Comenzó a pasar las noches en continuo ensueño, viéndole a él, siempre a +él, hermoso como un ángel, asombrando a los hombres con su grandeza; +siendo lo más extraño que al día siguiente, contemplándolo en su +realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos +atractivos de la nocturna visión. + +--¡También tú!--exclamó Maltrana--. ¡También tú sueñas!... + +Feli habló luego con tristeza de las dudas que le habían atormentado. +Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre +muchacha hija de un dañador que vivía entre la gente miserable de la +busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los +almuerzos y las meriendas del _Mosco_, experimentaba ella una alegría. +Aplicábase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los +gazapos. Bendecía estas privaciones de la existencia bohemia, como algo +providencial que aproximaba al hombre amado, dándola nuevas esperanzas. +Pero luego transcurrían largas temporadas sin que le viese. Estaba en +Madrid... ¡en Madrid! Y la muchacha repetía la palabra con cierta +cólera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones. +Isidro debía tener allá mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo +de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. ¡Las noches +que había pasado gimiendo de desesperación, creyendo perdidas sus +ilusiones!... + +La inocente Feli decía esto trémula aún de miedo, como si no tuviese la +seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen +aquellas tentaciones que abultaba con fantástico relieve. Maltrana rió +de la simpleza de la muchacha. ¡Alma cándida y trémula!... ¡Si conociese +la realidad de su vida!... ¡Suponerle de jolgorio entre actrices y +grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre, +pensaba en la cazuela bienhechora de la redacción! ¡Creerle favorecido +por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se +burlaban de la ruindad física del pobre _Homero_ y le herían con sus +bromas!... + +Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una ironía +cruel. Maltrana siguió riendo de la inocencia de Feli cuando ésta le +dijo con un gestecillo hosco: + +--Se acabaron las calaveradas, ¿eh? Sólo me querrás a mi: no harás caso +de las señoronas. Porque advierto a usted, señorito, que yo soy muy +celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandísimo pillo, me la +pagarás... ¡vaya si me la pagarás! + +Habían entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal +de San Martín. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas +de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino. + +Los dos jóvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal. +Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el +silencio. De vez en cuando oíase el chillido de un pájaro y el follaje +se estremecía con invisibles aleteos. + +Feli, que siempre había visto de lejos este cementerio, sintió gran +inquietud al encontrarse cerca de él. Por entre el ramaje y el hierro de +las verjas veíase la blancura del mármol de los panteones. El brazo de +la muchacha se estremeció de inquietud, apretando el de su novio. + +--¡Tonta!--exclamó Maltrana--. ¡Si esto es un jardín! La última que +enterraron fue mi protectora, y antes de que trajesen su cadáver habían +pasado muchos años sin entierros... Esto es muy bonito: hace pensar en +el amor más que en la muerte. + +Contemplaba la joven desde el parterre todo el frente del cementerio: +dos pabellones color de rosa unidos por una doble columnata del mismo +tinte alegre. En un pabellón estaba la capilla, cerrada muchos años, con +una espadaña de hierro en el tejado, de la cual pendían dos campanas +cubiertas de herrumbre. El pabellón opuesto servía de habitación al +conserje, y en una ventana de medio punto alineábanse macetas de flores +bajo una cortina de tonos alegres que la brisa hacía ondear. + +Una verja cerraba la columnata, y por entre sus hierros veíase todo el +cementerio como un frondoso jardín. Los cipreses, esbeltos y elegantes, +alineábanse a lo largo de las avenidas. En el espacio comprendido entre +sus troncos agrupábanse altos rosales de hermosa vejez. Las plantas +trepadoras enroscaban sus verdes ondulaciones en las columnas de los +claustros, llegando hasta los arcos de herradura. Los mausoleos, las +imágenes yacentes, los ángeles de mármol, en medio de las platabandas de +tupida vegetación, parecían estatuas de jardín. + +Maltrana, siempre que veía de lejos este cementerio, destacando en el +cielo las techumbres redondas de sus pabellones, las columnatas y la +helénica vegetación de sus esbeltos cipreses, pensaba en una acrópolis +clásica de aquellas que eran fortaleza, santuario y paseo a un tiempo. + +La dulce calma, cortada por el rumor del follaje y el piar lento de los +pájaros, disipó la inquietud de Feli. + +--Entremos--dijo su novio--. Esto es un cementerio de novela; un jardín +como no hay otro en Madrid. + +La enamorada pareja sentíase atraída por el poético silencio de este +rincón olvidado. + +En la columnata vieron a una vieja haciendo calceta, y junto a ella un +hombrón, que fijó en los jóvenes su mirada escrutadora. + +--¿Vienen ustedes por algún pariente?--dijo. + +Maltrana contestó con la firmeza del que dice verdad: + +--Tengo aquí lo mejor de mi familia. + +El guardián no parecía satisfecho. + +-¿No vienen ustedes a pintar?--preguntó de nuevo--. Porque para pintar +se necesita permiso. + +Isidro sonrió, echando atrás las aletas de su macferlán. ¡Pintar! ¡ Vaya +una pregunta! ¿En dónde iba a ocultar los colores y la paleta?... + +Los dos jóvenes, tras un gruñido de asentimiento del portero, entraron +en la Patriarcal, comentando las extrañas preguntas de éste con risas +que parecían alegrar el fúnebre silencio. + +Maltrana quiso que Feli viese la sepultura de su protectora, y los dos +salieron de la avenida central para descender por una escalerilla en +forma de túnel a un patio inmediato. + +En este rectángulo, mucho más bajo que el centro del cementerio, no +vieron árboles ni platabandas. El suelo estaba totalmente ocupado por la +muerte; las tumbas se apretaban entre las galerías del claustro. + +Embellecía el abandono este rincón con desolada poesía. Las grandes +losas sepulcrales estaban curvadas por el tiempo y la lluvia, con las +inscripciones borrosas; las plantas parásitas, creciendo entre las +piezas de mármol, las hacían saltar, desuniéndolas con el impulso vital +de sus raíces. Las coronas, pendientes de cruces de hierro mohoso, +habían perdido sus flores, sus doradas siemprevivas; eran aros de paja +negra y putrefacta, guardando en sus briznas un hervidero de insectos. + +Los pasos de los dos jóvenes hacían resonar las oquedades repletas de +huesos; por todos lados, en el suelo y en las paredes, la sensación de +lo hueco, la repetición interminable del más leve ruido, la nada sonora +de la muerte. + +Maltrana se detuvo ante un nicho. Allí estaba su ángel bueno, la que él +llamaba por antonomasia «la señora». Acordábase, conmovido, de las +palabras de la buena anciana cuando le prometía buscarle una esposa que +le hiciese feliz. Señora, la compañera estaba allí: venía a saludarla, +agradecida por lo que había hecho con él. No era rica, tal vez no era +buena cristiana, como la deseaba ella; pero embellecería su existencia, +dándole ánimos para seguir aquel camino áspero en el que le había +abandonado su mano protectora, paralizada por la muerte. + +Al salir del fúnebre patio, les pareció aún más hermosa la avenida +central del cementerio. El jardín, con su belleza melancólica, +ahuyentaba toda idea de muerte. Era distinto de los patios cercanos, +henchidos de cadáveres. Sus diseminadas tumbas parecían monumentos de +adorno, colocados allí sin otro objeto que alterar la verde monotonía de +la vegetación. Eran sepulturas de ricos, de privilegiados, que aun +después de muertos parecían guardar la tranquila compostura de los +felices. Los nombres de antiguos ministros, de generales, de duquesas +famosas por sus gracias, brillaban en las caras de estos enormes +juguetes de mármol. + +Las primeras mariposas movían sus alas sobre los rosales, cuya sequedad +invernal comenzaba a hincharse a impulso de los tiernos brotes. Zumbaban +los insectos en el ambiente dorado de la tarde; la tierra se agrietaba +para dar paso a una vegetación salvaje, a una maraña verde, que parecía +la cabellera primaveral surgiendo lentamente de la tierra. Las hormigas +removían el suelo, elevaban pirámides junto al túnel de su vivienda, y +en negros rosarios atravesaban los andenes, realizando bajo la hierba +obscuras epopeyas de combates, conquistas y trabajos hercúleos. De +ciprés en ciprés aleteaban pájaros negros, rasgando el silencio con su +silbido. Eran los mirlos y las currucas ocultos en la espesura de la +Patriarcal, único refugio de follaje en medio de las yermas colinas. + +Tres niños con blancas blusas, sonrosados y mofletudos como angelotes, +tres pequeñuelos de la familia del conserje o de alguna casucha cercana, +jugueteaban puestos en cuclillas sobre la hierba, hurgando los +hormigueros y arrojando pedradas a los pájaros, que apenas si movían las +alas. Feli los contempló con ojos amorosos; sentía deseos de abrazarse a +ellos, de comerse a besos sus hociquillos sonrosados y sucios, como si +fuesen una imagen de la vida triunfadora, invadiendo el rincón del +olvido. + +Maltrana, bajo la influencia de este ambiente melancólico y dulce, +hablaba a Feli de sus ideas. Le gustaba el cementerio de San Martín, con +su rumorosa vegetación de jardín abandonado, porque ofrecía la belleza +de la Muerte tal como él la había concebido. + +La Muerte no era un esqueleto de burlesca risa y grotescas cabriolas, +cual la representaba el bárbaro arte de la Edad Media en su horror a la +carne. Era una gran señora de belleza triste, pálida, intensamente +pálida, con una piel mate que parecía absorber la vida del aire, sin +dejar en su superficie brillo ni jugo; con unos ojos negros, intensos, +helados, profundos, que recogían la luz del espacio sin devolver el más +leve fulgor. Era una matrona de potentes caderas, en cuyas entrañas +renacía la vida; de robustos y voluminosos pechos, siempre hinchados de +leche densa y amarga. A un pecho se agarraba el Recuerdo, gimiendo al +paladear el líquido de acíbar; al otro el Olvido, que chupaba cerrando +los ojos, queriendo dormir. A su paso callaban los pájaros, mustiábanse +las flores, caían al suelo los seres animados, se hacía el silencio. Sus +pies, invisibles bajo la túnica de crespones, hacían temblar la tierra +cual si estuviesen calzados con coturnos de hierro. Pero apenas pasaba, +todo resurgía a su espalda, casi en los bordes de sus fúnebres velos: +revivían las flores con nueva fuerza, trinaban otros pájaros, y del +polvo donde habían caído los viejos, los inútiles y los débiles, volvían +a levantarse, transfigurados por la juventud. Ella era el abono de la +vida, la hoz que siega el prado para que resurja con mayor fuerza. +Maltrana la conocía: la había visto pasar ante sus ojos, con todo su +esplendor melancólico, evocada por la más sublime de las exaltaciones +artísticas. Wágner la sacaba de las tinieblas de lo misterioso, +haciéndola marchar entre graves melodías que eran ecos del dolor humano. +Por dos veces la había contemplado Maltrana cerrando los ojos, con su +piel pálida, sus ojos negros y fríos que brillaban hacia adentro, sus +caderas de eterna creadora y sus pechos amargos: cuando el salvaje +Sigmundo habla a la walkyria que le anuncia la muerte; cuando la +desesperada Iseo se enrosca de dolor y se mesa los cabellos, agitados +por el viento del mar, ante el cadáver de Tristán. + +Era ella, la verdadera, la única, la que inspira miedo y consuelo; la +belleza triste que nunca se aja; la pálida señora del mundo; la beldad +que llega puntual a la cita con su beso de olvido y de paz, con el +supremo espasmo de la insensibilidad y el anonadamiento. + +Feli escuchaba a su novio con los ojos dilatados por el asombro, +pugnando por entenderle. + +--¡Cuánto sabes, Isidro!--murmuró acariciándole con la mirada--. Por eso +te quiero tanto: porque dices cosas bonitas. + +Maltrana rió de la sencillez de la muchacha, sintiéndose halagado al +mismo tiempo por su admiración. Casi se arrepintió de lo que llevaba +dicho: eran tonterías; la hablaba como si fuese un compañero al que +quisiera turbar con sus paradojas. Se cogieron del brazo otra vez, y +Maltrana condujo a la joven a una galería de nichos, en lo más hondo del +cementerio. + +--Quiero enseñarte cómo acaban los hombres de talento, cómo reposan los +que en vida tuvieron aduladores y fanáticos... Mira. + +Y después de una rápida busca con los ojos, le señaló un nicho, el más +mísero de todos. Su boca apenas estaba cubierta con un hule, desprendido +de las puntas; un andrajo negro con letras amarillas y borrosas. Feli +leyó con algún trabajo: «Aparisi y Guijarro». + +--Ese señor--continuó Isidro--fue famoso en vida. Pronunciaba en el +Congreso discursos que duraban varias sesiones. Los curas de toda +España, los devotos, las mujeres, aguardaban con impaciencia los +periódicos para leerle. Y ahora, mírale: cualquier tabernero tiene mejor +alojamiento después de muerto... Era un poeta, un soñador; y los poetas, +no sé por qué, tienen mala sombra en la política... Yo no creo en él; +pero le compadezco y le defiendo por espíritu de cuerpo. Este olvido nos +consuela a los que trabajamos sin esperanza en la tienda de enfrente, +que es la de los pobres, la del populacho. + +Maltrana siguió hablando con tono de cólera. Bien podía el rey de aquel +tribuno adecentar su tumba; bien podían los representantes de la +tradición acordarse un poco del gran artista que les había enardecido +con sus himnos oratorios. Equivalía a una burla infame citar su nombre a +todas horas, como gloria y bandera de las aspiraciones hacia el pasado, +mientras sus restos permanecían en un rincón, sin el más leve signo de +homenaje, como los de un hombre que hubiese atravesado la vida sin ruido +y sin afectos. + +Feli deletreaba las inscripciones en lápiz que ennegrecían el yeso +alrededor del nicho. Eran versos disparatados e ingenuos en honor del +«Cicerón español», del «paladín de la fe y las tradiciones»; testimonios +de entusiasmo de algunos curas de misa y olla, que, al venir a Madrid, +no habían querido tornar a sus pueblos sin ver la tumba de su grande +hombre. El hule caído parecía reírse con sus arrugas de tales elogios, +que sonaban a falso en este abandono. + +Maltrana examinó las firmas. + +--Todas son del populacho: curas pobres, guerrilleros ilusos; gente de +abajo, de la que tiene corazón. + +Aquel soñador de Levante, artista engañado, también tenía corazón, y por +eso reposaba en el olvido. + +--Era pobre y defendió a los ricos--continuó Maltrana--; era plebeyo y +pidió la resurrección del pasado con sus privilegios de raza; tenía el +carácter independiente y un tanto levantisco de su tierra y deseaba el +absolutismo. Los que él defendió no se acuerdan de él, y tal vez siguen +con esto al instinto, que no engaña. Vivió para ellos, pero no fue de +su familia. + +Los dos jóvenes se alejaron de este rincón, volviendo a la avenida +central. Remataba ésta en un edificio abierto, especie de ábside, que +ocupaba el fondo del cementerio, con muros en semicírculo y media +cúpula. En las paredes habíanse abierto grandes hornacinas con ricas +urnas funerarias. Los segmentos de la bóveda ostentaban varias pinturas +representando la resurrección de Jesús. La gran puerta del fondo, +cerrada por una verja mohosa, dejaba ver al través de sus vidrios el +cerro de enfrente y un grupo de álamos entre dos casitas rojas en lo más +hondo de una cañada. + +Sobre esta puerta abríase un medio punto de vidrios de colores, por el +que se filtraba el sol de la tarde, dando a las paredes, a las tumbas, +al suelo, las palpitaciones policromas del iris. La luz fantástica +parecía prestar vida a las figuras de la bóveda, animándolas con +esplendores de apoteosis. + +--¡Qué bonito!--murmuró la muchacha. + +Esta luz alegraba los ojos, borrando la lúgubre significación del sitio. +A Feli le parecía el ábside un salón de baile alumbrado con luces de +colores: creía que todos los muertos, con trajes vistosos, sonrientes y +sin infundir miedo, iban a mostrarse para intervenir en la fiesta. Los +pájaros piaban en el inmediato jardín o revoloteaban bajo las arcadas, +como atraídos por la hermosa iluminación. + +La clase social de las gentes enterradas en esta parte del cementerio +sólo evocaba imágenes de lujo, de placer y de fiestas. Eran duquesas +famosas por su hermosura, damas palaciegas que habían muerto en lo mejor +de su edad, mujeres que gozaron sus épocas de reinado y adoración. Los +nombres que brillaban en letras de oro sobre la blancura láctea del +mármol hacían soñar en fiestas elegantes, amorosas entrevistas, +tocadores lujosos impregnados de suaves esencias, adornados con flores +costosas. + +Maltrana, como si sintiera los efectos de este recuerdo de voluptuosidad +y amor que las ilustres muertas evocaban con sus nombres, fijó los ojos +en Feli, que contemplaba absorta las hermosas tumbas. Pasó un brazo por +su talle, la atrajo hacia él y la besó donde pudo, donde alcanzaron sus +labios, entre el lóbulo sonrosado de una oreja y el cuello moreno, que +erizó su piel, estremecida al contacto de los labios. + +La joven se desasió con rudo empujón. + +--¡Isidro!--exclamó avergonzada--. ¡Isidro!... + +Y bajó la cabeza tristemente, como dolorida por la audacia del amante. + +Después habló para acusarse a sí misma, sin dirigir el menor reproche al +joven. Ella tenía la culpa: debía haber evitado esta soledad, negarse a +entrar en el cementerio con Isidro, que estaba acostumbrado a los +mayores atrevimientos con sus impúdicas amigas de Madrid... ¡Besarla!... +¡y en aquel sitio!... + +Miró en torno, como si esperase que se abrieran las tumbas, irguiéndose +airados los cadáveres por tal profanación. + +Maltrana sonreía. ¡Tonta! ¿a qué tal miedo? Aquel sitio era lo mismo que +otro; mejor aún, por su poesía silenciosa de jardín abandonado, propicio +al amor. Ellos no hacían mas que repetir el eterno himno de la vida. +Antes lo habían cantado aquellas gentes que fueron felices y dormían +ahora en sus envolturas de mármol. Lo único verdadero de la vida era el +amor. Si los muertos pudiesen recordar el pasado, la memoria de las +horas amorosas sería el consuelo de su eterna noche. Aquellas +aristócratas ocultas tras la piedra que pregonaba sus títulos, sus +bandas y su caridad no pasaron toda la vida con la diadema nobiliaria +en el peinado y los cintajos en el pecho, echándolas de damas benéficas. +Habían sido mujeres orgullosas de su hermosura, propicias a conceder la +admiración de sus encantos como una limosna regia. + +Isidro, con impúdica imaginación, se las representaba en el abandono de +su dormitorio, mostrando misterios de nácar y rosa al través de la +espuma de sus blondas, agarradas al hombre amado con el supremo +estremecimiento del deseo, olvidándose de las vanas grandezas de la +vida, concentrando toda su existencia en el violento estrujón carnal. +Aquel personaje tendido sobre su sarcófago con la severa toga del que +juzga a sus semejantes no siempre había sido ceñudo y austero, como lo +mostraba el escultor. Alguna vez el hombre vencería al personaje, y +recatándose como un mozuelo, dando al diablo su gesto imponente, habría +buscado un rayo de felicidad en misteriosos rincones, lejos de la +familia, abominando de su moral avinagrada y áspera. Los muertos habían +conocido la dicha mucho antes; ahora les tocaba el turno a ellos, y +debían aprovecharse de la buena suerte. + +--Feli, vida mía--exclamó Maltrana con su vehemente exageración--, ríete +de los muertos; no nos odian, nos envidian. Grita conmigo: ¡viva el +amor!... + +--No; vámonos--murmuró la muchacha--. Fuera de aquí hablaremos; gritaré +lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da +mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro. + +Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero +al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo, +lanzando una exclamación de asombro. + +La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores +palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar +todo su cuerpo como si estuviese formado con las tintas del iris. + +--¡Qué bonita!--exclamó Maltrana con arrobamiento--. ¡Si pudieras +verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color +naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas +claveles en la frente. + +Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de +que su novio la viese tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico de +sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en +sus ropas y su carne. + +El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio, con esa +facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten +acariciadas en su vanidad. + +Algo más que el contacto ardoroso de la luz sintió de pronto Feli. Su +novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella +intentase resistir. + +--Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el +azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las +violetas de tus ojos. + +Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de +pasión, que agrandaba el eco del cementerio. + +Feli revolvíase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos. +Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra +de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por +su boca. Maltrana no perdonó uno; quiso saborearlos todos, en medio de +aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo. + +Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos, +vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos, +sintiéndose próxima a caer al suelo, como si las piernas temblorosas no +pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces: + +--Basta... déjame... Que me matas: que grito... Asesino... + +Por fin pudo desasirse: y arreglándose el mantón, atusándose el pelo +alborotado por los viriles apretones, fijó sus ojos en el novio, con una +mirada en la que había reproche y agradecimiento. + +--En seguidita me coges otra vez... ¡Y cómo se ha divertido el niño con +esa tontuna de los colores! Vámonos o reñimos. + +Echó a correr hacia la salida, como si quisiera evitar las explicaciones +de Maltrana, y éste la siguió. Cerca de la verja, los dos acortaron el +paso y marcharon unidos, con rostro grave, como si saliesen tristes de +su visita a las tumbas. + +Pasaron sin despegar los labios ante el portero que les había acogido +con tan extrañas preguntas; pero, al alejarse, Feli volvió la cara para +mirarle y prorrumpió en una carcajada de niña. Isidro adivinaba el +pensamiento de su novia; recordó el gesto hosco con que el portero les +había preguntado si entraban a pintar. + +--El tío presentía el suceso--dijo Maltrana alegremente--. De enterarse +a tiempo, hubiera sido capaz de pedir su parte de colores. + +El recuerdo de las caricias le hizo juntarse, enlazar sus brazos, +caminar apoyados uno en otro, mirándose con ojos en los que aún brillaba +el fuego de las recientes sensaciones. + +Feli olvidaba su enfado. Al verse en campo raso, donde no podía temer +nuevos arrebatos del novio, se abandonaba, apoyábase en él con desmayo, +acariciándolo con el soplo de su respiración, mirándole de tan cerca, +que Maltrana creía sentir el calor de sus ojos de brasa. + +Finalizaba la tarde. Ocultábase el sol, y en el cielo de suave color de +violeta flotaba la luna como una nubecilla pálida, borrosa aún por la +luz diurna. + +Los dos amantes siguieron el camino a lo largo del tercer depósito, +haciendo crujir bajo sus pies el polvo de carbón que ennegrecía el +suelo. Pasaban hacia Madrid mujeres astrosas con niños dormidos en sus +brazos; viejas arrugadas y negras como brujas, con pucheros destinados a +recibir el rancho de San Bernardino. + +Estas infelices, al cruzarse con la joven pareja, husmeaban el amor con +su instinto de hembras, e imploraban una limosna. Isidro repartió +pródigamente el dinero, acompañándolo de inmorales consejos, que hacían +reír a Feli. Nada de comprar pan: aquella limosna era para vino, para +tomar la gran _curda_. El mundo había de alegrarse y saltar loco de +embriaguez; debía reflejar la felicidad que rebosaba en su alma al verse +amado por Feli. + +También ellos dos iban en busca de un merendero, de un lugar bonito, +para comer, para beber, para darse dos vueltas de vals al son de un +piano. + +¡Viva la vida! Maltrana, recordando las afirmaciones de otros tiempos, +repetía a su novia que la vida es alegre, que la vida tiene un sentido +helénico, que el dolor, que parece interminable, no es mas que un +accidente pasajero, el aperitivo de la felicidad, tras el cual se atraca +uno mejor de las dichas de la existencia. + +Pasó un hombre con un cesto de naranjas, y al sorprender Isidro una +ávida mirada de su novia le hizo detenerse. ¡A soltar en seguida lo +mejor del cesto! A Feli le gustaban las naranjas; aún no las había +probado aquel año, y él era capaz de tender a sus pies, como alfombra de +oro, toda la cosecha de los campos valencianos. + +Feliciana sólo quiso aceptar una naranja, la más hermosa, y los dos +siguieron adelante, jugueteando ella como una niña con la pequeña esfera +de color de fuego, haciéndola saltar entre sus manos. Acabó por abrir un +agujero en ella y por chupar su jugo apretándola entre los dedos. Un +chorro de ámbar descendió por la comisura de sus labios hasta la +barbilla de graciosa redondez, endulzando su piel. Isidro quiso beberlo, +y de nuevo rozó con su boca la boca de Feli. + +--¡Otra vez!--exclamó la muchacha, echándose atrás entre sonriente e +indignada--. Pero, condenado, ¿no ves que nos miran... que pasa gente? + +Después rió del gesto desalentado de Isidro, el cual bajaba la cabeza +como un niño enfurruñado. Con mimosa gracia puso en su boca la naranja. + +--Toma y no llores... Yo he puesto ahí los labios; chupa, y cuidadito +con volver al besuqueo... A ti habrá que tratarte como a un niño de +teta. Zurra... zurra al nene, que es malo. + +Y con su mano fina y blanca, aquella mano de señorita, que era el +asombro de las Carolinas, abofeteó cariñosamente la cara del joven. + +Al anochecer entraron en un merendero de la hondonada de Amaniel. La +muchacha habló débilmente de la necesidad de volver a casa en seguida, +pero Isidro protestó. Su padre no iba a inquietarse por tan poca cosa; +la creería, como otras veces, en casa de su compañera de Bellasvistas. +Tal vez a aquellas horas estaría ya en el «Ventorro de las Latas», +preparando su marcha a El Pardo. + +Unos faroles de papel iluminaban el merendero con difuso resplandor. Los +tranvías viejos habían servido para su construcción, igual que en el +barrio de las Carolinas. Los bancos de movibles respaldos procedían de +una jardinera; los tabiques eran de persianas de ventanilla. Junto al +techo, a guisa de friso, alineábase un saldo de fotografías +amarillentas, mezclándose las vistas de la Habana y de los bulevares de +París y Viena con reproducciones de la Fuente de la Teja y el Viaducto. +Cabezas de angelotes pintarrajeadas y doradas, restos de una anaquelería +de tienda pretenciosa, aparentaban sostener las viguetas del techo. + +Isidro, que lo veía todo de color rosa, admiraba el adorno del +merendero. ¡Muy hermoso! ¡muy original! ¡Aquello era arte moderno! + +Y el amo, satisfecho por estos elogios de un señorito que parecía +inteligente, contestaba con modestia: + +--Un poquito de gusto, y nada más. Así y todo, me cuesta, un porción de +dinero... ¿Qué van ustedes a tomar? + +El merendero completo quería Isidro para Feli. Pero ésta no sentía +apetito, no quería nada; y al fin, por no contrariarle, pidió una +botella de cerveza. + +Otras parejas ocupaban los rincones, silenciosas, en íntimo contacto por +debajo de la mesa y devorándose con los ojos. Maltrana se creía en un +mundo nuevo, mejor que el que había conocido hasta entonces. ¡Viva la +alegría de la vida... y el helenismo también! + +Tras un macizo de plantas estalló de pronto, como un cohete, el sonido +de un piano, con acompañamiento de golpes de timbre. Isidro miró con +admiración al muchacho de boina, pañuelito al cuello y anchos pantalones +de odalisca que daba vueltas al manubrio. Pero ¡qué talento tenía aquel +golfo! ¡Qué musicazo! Nunca había experimentado Maltrana igual +impresión: ni en los mejores conciertos. Aquel vals, que a primera vista +parecía escrito para un baile de criadas, era una pieza sublime: la obra +tal vez de un gran genio desconocido. El joven no vacilaba en sus +afirmaciones; aquello era tan magnífico como la _Novena sinfonía_. + +--Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cómo meneas ese +cuerpecito gitano. + +Ninguno de los dos sabía bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante, +había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la +Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la +que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música, +arrastrando a su pareja. + +¡Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los +parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno +del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitiéndose el alma +con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos. + +Sentían una alegría loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de +beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por +un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos, +acariciados por la humedad de la lengua, parecían atraerse al través de +la pequeñísima distancia que los separaba. + +Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos, +por la soledad del campo. + +Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su +cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurría silenciosa. + +Los dos huyeron de la luz. Querían descansar; sentíanse sin fuerzas para +seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultándose en la +sombra que proyectaba la masa de tierra. + +Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta. + +Feli hablaba quedamente, con llorosa voz. + +--Júrame que no me abandonarás. Que me querrás siempre... que no me +desprecias porque soy débil contigo... porque te quiero. + +Isidro lo juraba todo sin hablar; lo juraba con sus manos inquietas, con +sus labios acariciadores, con el viril estrujón que hacía caer vencida y +esclava en entre sus brazos a aquella alma simple y primitiva, ansiosa +de ideal. + + + + +VI + + +Un domingo por la mañana, Isidro y Feli bajaron al Rastro. + +La tarde anterior, el joven había hablado con acento de resolución. + +--Feli, de mañana no pasa. Ya es hora de vivir juntos. Estoy harto de +que vaguemos por los desmontes como gitanos. Yo trabajo para ti y +tenemos derecho a formar nuestro nido. + +Feliciana dudó un instante. ¿Y su padre?... Pero una mirada de él bastó +para vencer su resistencia. Estaba en plena embriaguez de amor, sin otra +voluntad que la de adorarle y seguirle. ¡Con él, con él, aunque hubiese +de renegar de todo su pasado! + +Maltrana tenía dinero y se aburguesaba, según decía él irónicamente al +hablar de su opulencia. Necesitaba poseer una casa, vivir bajo un techo +que fuese suyo, tener un refugio donde encerrarse y trabajar acariciado +por el calor de la intimidad amorosa. + +Su obra _El verdadero socialismo_ estaba próxima a terminarse. Había +trabajado con gran actividad, escribiendo durante el día en la +Biblioteca Nacional, en el Ateneo, allí donde encontraba silencio y +libros. La tarea avanzaba rápidamente, sin que se le olvidasen las +recomendaciones del marqués de Jiménez, gran amigo de la erudición. +Cada página llevaba al pie un gran cimiento de letra menuda y apretada +citando autores de todas las naciones, libros de todas las literaturas, +y hasta largos fragmentos en diversos idiomas. + +No hacía afirmación, por simple que fuese, que no la acompañase con el +testimonio de media docena de escritores. El autor caminaba despacio, +con largos titubeos, pero cuando avanzaba el pie, lo ponía en firme, +como hombre a quien guían y llevan del brazo todos los sabios de la +tierra. + +La erudición corría como un torrente por la parte baja del libro. +Amontonábala Maltrana con una facilidad exenta de escrúpulos. Cuando +quería demostrar algo con textos ajenos y no los hallaba a mano, valíase +del ilustre Murfinos, de la Academia de Noruega, de Max Stradivarius, +célebre catedrático de la Universidad de Gottinga, y otros sociólogos no +menos fantásticos, inventados por él para deslumbrar a su cliente. Al +fin, él no había de firmar la obra. El marqués de Jiménez recibía un +capítulo cada dos días, y al copiarlo de su letra--a pesar de sus +grandes ocupaciones--, admirábase de la sabiduría del joven. + +«Esto va a dar golpe--pensaba--. Tal vez es demasiado bueno; hay que +poner un poco de estilo propio.» + +Y para comunicar a la obra el «estilo propio», cambiaba de lugar las +comas o el orden de las palabras; escribía «ilustre» allí donde Maltrana +había puesto «célebre», o viceversa. Un trabajo pesadísimo para él... ¡Y +aún habría quien dudase, al publicar el libro, de que era obra suya!... + +Maltrana, obligado a trabajar durante el día, había abandonado el +cuartucho de la calle de los Artistas, ya que su único camastro lo +ocupaban por la noche el señor José y su hijo. El joven dormía en +Madrid, en el hospedaje de un compañero de bohemia, poro esto era con +carácter provisional. + +Necesitaba una casa. Le repugnaba vagar con Feli todas las tardes por +los campos inmediatos a los Cuatro Caminos, acompañándola después a su +barrio, cuando cerraba la noche. + +El _Mosco_, aunque no ponía gran atención en los actos de su hija, +comenzaba a mostrar cierta extrañeza por la tardanza con que se +presentaba de vuelta del taller, alegando ocupaciones extraordinarias +para justificar su retraso. + +Las áridas cercanías de Madrid embellecíanse con la llegada de la +primavera. Cubríanse los cerros de verde al crecer la cabellera de las +cebadas y los trigos. En las cañadas, los grupos de almendros +adornábanse con flores: unas blancas como el nácar; otras sonrosadas, +con el color de la carne femenil. Las lilas pendían como racimos de +violetas de las altas ramas. Zumbaban los insectos, ebrios de calor y +vida; aleteaban los pájaros, poblando el follaje de estremecimientos y +suspiros; chirriaban los primeros grillos, ocultos en la hierba. El +campo parecía embellecerse para ocultar en sus espesuras las caricias +del amor, para arrullar a las parejas con los perfumes y cantos de su +vida exuberante. + +Junto a la Huerta del Obispo, un camino bordeado de almendros atraía +todas las tardes a Isidro y Feli. Paseaban cogidos del talle entre los +árboles, que extendían sobre sus cabezas una bóveda de flores. Sus +corolas rojas, inflamadas, parecían abrirse para saludarles. + +--Míralas--decía Feli--; son boquitas que nos sonríen, que quieren +hablarnos. + +Maltrana aceptaba esta cándida afirmación de la muchacha. Sí; eran bocas +de flor que se abrían para decir a Feli que era muy bonita. + +--Y yo--continuaba con gravedad--me adhiero a la sabia opinión de este +mitin florido. + +La brisa de la tarde estremecía los árboles, y una nevada de pétalos +caía sobre Feli, enredándose en su peinado. + +Sentábanse en los ribazos cubiertos de hierba, y al hablarse arrancaban +las margaritas silvestres que crecían al alcance de sus manos. Así +esperaban la llegada del crepúsculo, y las sombras les sorprendían +muchas veces en las inmediaciones del canal silencioso y profundo, que +había presenciado sin un murmullo, con la bonachona complicidad de la +luna, la comunión primera de su amor. + +Feli vivía en dulce somnolencia, absorta por su felicidad, algo +asombrada de que el mundo guardase ocultas tantas delicias. Todo le +parecía bueno; se abandonaba con sublime impudor; sentíase capaz de caer +en los brazos de Isidro en plena glorieta de los Cuatro Caminos con el +mismo arrobamiento que si estuvieran en despoblado. + +Maltrana era más exigente y descontentadizo. ¡Muy bonito el campo de +primavera, con su ambiente poético y aquellos crepúsculos, que eran lo +mejor del mundo! Pero ellos no iban a permanecer así toda la vida, +vagando como perros enamorados, en busca de un rincón solitario, huyendo +de las gentes, estremecidos de espanto al menor ruido. + +Además, pensaba en el _Mosco_, que podía sorprenderles, enterado de lo +que ocurría por cualquier murmurador. No nombraba a su terrible amigo, +pero le parecían peligrosos e insostenibles estos idílicos encuentros en +campo libre, cerca de las Carolinas. + +Isidro tuvo la audaz resolución de los débiles. El miedo al _Mosco_ le +hizo ser atrevido y arrostrar el peligro de una vez... ¿Era de veras que +Feli le quería? Pues a seguirle, a vivir juntos, olvidados de todo lo +que no fuese su amor. + +Los dos hablaron sin emoción alguna, con el egoísmo de la pasión, de +abandonar al padre, de engañar al amigo. + +Maltrana tenía dos mil reales, un capital, pues jamás había visto tanto +dinero. Vivirían en el interior de Madrid, donde no les conociesen. +Serían marido y mujer para las gentes que sólo comprenden el amor con +documentos y sellos. Más adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensarían +en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus últimos escrúpulos, +contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella +también deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a +aquel barrio de traperos, que le parecía ahora más sucio, más triste. + +Maltrana discutió con Feli largamente los detalles de su instalación. + +--Hay que ser prácticos--decía--; hay que ser burgueses... + +Y Feli contestaba, con no menos seriedad: + +--Ya verás hacer economías y vivir bien. + +Isidro, en su deseo de ser práctico, buscaba una casa en el extremo +opuesto de Madrid, un rincón donde no pudiesen dar con ellos, después +del escándalo que seguiría a su fuga. ¡Pero los alquileres eran tan +caros!... + +Un sábado expuso a Feli su resolución. Ya tenían casa; al día siguiente +irían a ella. Había encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que +repartía papelillos católicos y propagaba la religión en las afueras. +Vivía en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro había subido +a la habitación, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de +sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca. +Vivirían con él. Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros +defectos que su manía de santidad. Había tenido en su casa a varios +obreros con sus familias, pero acabó por despedirles, a causa de los +chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quería más +huéspedes; pero el señor de Maltrana--como él decía--era un hombre +cortés y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una +burla. Al decirle el joven que se había casado, aceptó con gozo la vida +en común que le propuso Maltrana. + +Enumeró éste a Feli las ventajas de tal arreglo. Vivirían al otro +extremo de Madrid: listos habían de ser los que les encontrasen. Sólo +pagarían tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargaría +«el santo», que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de +libros viejos. Ellos tendrían por suyas la cocina, jamás utilizada por +el señor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentación de pájaro; una +habitación grande, e la que escribiría él, y desde cuyas ventanas se +abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les serviría de +dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor, +ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos. + +Sólo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el +entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupación, que era de +burgueses, según decía Maltrana. + +Feli abandonó para siempre la casa de su padre y el barrio de las +Carolinas. El _Mosco_ dormía aquella mañana, cansado de su expedición de +la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sintió la joven: huyó +sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde había transcurrido +su vida. Sólo pensó en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la +glorieta de Bilbao. + +A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conocía +esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetuán, sintió +cierta inquietud viéndose empujada por el gentío en los alrededores de +la plaza de la Cebada. + +Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de +perejil, pregonaban sus mercancías a grito pelado. En la calle de la +Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el +asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de +pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa +panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de +los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban +con sus puestos exteriores de las estrechas aceras. + +Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descansó un instante +apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro. + +Maltrana parecía reflexionar, y acabó por hundir sus manos en los +bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un +puñado de monedas de plata. + +--Guarda tú el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en +chucherías antes de que compremos nuestro ajuar. + +Feliciana acogió con agrado esta prudente resolución, y envolvió en su +pañuelo la pequeña fortuna, apretándola entre ambas manos con un mohín +de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero. + +Después avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrépito del +Rastro. + +Abríase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que +las últimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle. +Por encima de las cubiertas de las _Américas_ veía Feli la ondulación de +los cerros amarillentos, la llanura castellana, de suaves hinchazones, +con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias. + +Así como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achicó el +panorama, fue hundiéndose, hasta ocultarse detrás de los tejados de los +almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos +de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los +chamarileros tradicionales, que viven todo el año en el Rastro. + +En el suelo, sobre viejas lonas, esparcíanse los más heterogéneos +objetos: espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los +teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza +desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras +lañas, viejas litografías de vidrios empolvados representando las +desdichas de Atala o las hazañas de Hernán Cortés, lienzos embetunados, +en cuya negrura distinguíase una pincelada roja que era una pierna, una +mancha amarilla que era una calva. + +Los palos que sostenían los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y +pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas +levitas, pantalones roídos por el roce, sobrefaldas de gasa que habían +sido de moda treinta años antes, sayas que olían a humedad y a polvo, +delatando el olvido en los cofres de algún desván. + +Otros puestos eran de géneros nuevos, y los vendedores, en vez de +permanecer inmóviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del +comprador, agitábanse pregonando la baratura de las mercancías, +anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la +elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se +usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas +y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser +aprovechado. En otros puestos se exhibían viejos telescopios, +cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre +las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las pálidas +rosas de alguna casulla. + +Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes +cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria +al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que +para atraer al público se agitaban como epilépticos, corriendo en torno +de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artículos, entregándolos a +ciertos compinches que se fingían compradores para impulsar a la gente +reacia. + +--¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!--gritaba uno +con voz de trueno. + +--¡Lleven y compren!--mugía otro--. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen! + +Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras +brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una +instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del +domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y +entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una +baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos. + +Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles, +y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las +tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas, +otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase, +asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias +a un tiempo y sin decidirse por ninguna. + +Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en +la entrada del Rastro. Abajo, en las _Américas_ tenía él amigos, tenía +parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso. + +En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las +buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres +atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo, +ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el +par». + +Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli. +Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a +ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le +tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué +media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero. + +Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado. + +--Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta +buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va +a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus +pantorrillas de diosa!... + +Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete. +Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de +su amante: + +--Las medias hacen reñir; es un regalo que trae mala sombra: lo he oído +muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo. + +Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los +objetos más diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con +una esfera dorada a guisa de tapón. Feli lo compró después de largo +regateo, entregándolo a Maltrana. + +--Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mío, hasta que lo agotes. + +Siguieron adelante, y entraron en el corralón de las _Nuevas Américas_. +Allí estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y +los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en +casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no +encontrando espacio en tales estrecheces, esparcíase por los callejones +y plazoletas del corralón. + +En un sitio predominaba el mármol, y se exhibían en número considerable +cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta +sepulturas, cuyos constructores se habían declarado en quiebra antes de +llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras, +plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados +colores de su revés. Mostrábanse las filas de herramientas industriales +y agrícolas, con reflejos de obscuro azul, los rótulos arrancados de +puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y +peluquerías elegantes que ya no existían. + +En las plazoletas elevábase en montañas el hierro viejo y oxidado, tan +frágil por la herrumbre, que parecía próximo a quebrarse como el +cristal. Eran máquinas desmontadas, cuyas ruedas yacían empotradas en el +barro; calderas enormes, con el cóncavo vientre hundido en pilas de +planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas +y más filas de balcones en correcta formación, y verjas de jardín +guardando en sus garras el yeso de las pilastras. + +Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro. +Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros +libres que no podían pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el +canturreo de un crimen célebre ante el cartelón pintarrajeado con las +escenas más truculentas del suceso, y entraron en otro corral. + +--Esto--dijo Maltrana--es el Rastro del Rastro; lo más barato de la +baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aquí como puedan +mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol. + +Al entrar vieron librerías de lance, en cuyo interior se agrupaban +viejos señores de traje raído hojeando volúmenes, hundiendo en ellos su +nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible +amontonamiento, en las que se confundían cuadros de agujereado lienzo, +piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro +descascarillado y los remates incompletos. + +Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en +las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servían +de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de +guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundían en el fango, +desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos +callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de +islas de pedruscos y mares tortuosos de fango líquido, daban al Rastro +gran semejanza con las avenidas angostas y sombrías de un zoco moruno. + +En la plaza vieron a los vendedores más míseros, con sus puestos de +objetos rotos, de una utilidad desconocida. + +Maltrana señaló riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en +conjunto no ascendía a más de tres pesetas. Sobre unos periódicos viejos +exhibíanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin +empuñadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de +revistas ilustradas. El vendedor permanecía inmóvil en una silla rota, +sin prestar gran atención a las moscas que revoloteaban en torno de sus +labios; y más para espantarlas que para atraer al público, gritaba de +tarde en tarde: «¡A perra chica... a perra chica la pieza!» + +Lo que más abundaba en los puestos era la ferretería vieja y rojiza por +el óxido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que, +necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano, +iban toda la mañana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo +montones de hierro. + +Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar +utilidad de sus despojos, fijándose en las grietas y desportilladuras de +un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por +todo ello cinco céntimos. + +Un puesto de muñecas viejas atrajo la atención de Feli. Eran bebés que +habían vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos +de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaña, ofreciéndose a +la niñez pobre, a los pequeñuelos de la miseria, obligados a buscar su +alegría en este estercolero. + +Una pobre mujer con una muñeca en la mano discutía con el vendedor, +mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo +monigote, que tenía la cara ennegrecida y una de las piernas quemada. + +--¡Dámela... la quedo!--lloriqueaba la pequeña con balbuceo infantil. + +Pero la madre dejó la muñeca en el suelo. + +--¡Si piden tres perros, hija!... Eso es sólo pa los ricos. + +Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepción de la +pequeña. + +--Tómela usted, señora... Yo se la regalo. + +Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el +mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre: + +--Gracias, señora... muchas gracias. + +Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a +uno de sus tíos, apodado el _Ingeniero_, el cual, según noticias, aunque +retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos. + +En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un +órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando +se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores. + +Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento +del órgano. + +La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el +_Ingeniero_, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el +arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un +gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su +gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de +paño que abrigaban su vista enferma. + +Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas +curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y +deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril. + +A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un +taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de +encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas. + +Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del _Ingeniero_. +Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado +viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera +de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas, +tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase, valiéndose +del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que +todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas +de escándalos y riñas, sin que el ilustre _Ingeniero_ se decidiese +formalmente por ninguna. + +Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los +chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies +vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién +podría ir al Rastro en busca de tales cosas!... + +El _Ingeniero_, percibiendo al través de las negras antiparras una +pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador. + +--Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado. +Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la +marcha de _El Profeta_. + +Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta +odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación. + +--¡Pero tío, si soy yo!--dijo Maltrana. + +--¿Y quién eres tú?... + +--Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a +comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje. + +El _Ingeniero_, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino, +abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a +Feli sus antiparras, contemplándola largo rato. + +--Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena--dijo con sonrisa de +inteligente en el género--. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga +usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega. +Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia! + +Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera, con el mismo acento +que si hablase a un perro: + +--Oye, tú, ¿no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la +cigarrera de la calle de Mira el Sol?... + +--No señor, no se parece--dijo la mujerona con no menos rudeza, +mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las +salchichas de sus labios--. Bien se ve que estás ciego. La señora es más +guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos. + +-¡Muuú!--mugió burlescamente el _Ingeniero_--. Ya la has metido; ya has +soltado una barbaridaz. No la hagan ustés caso--continuó, dirigiéndose a +los dos jóvenes--; le tié tirria a la Nicanora porque la chica está por +mí. La semana pasá se tiraron del pelo y fueron a la delegación del +distrito. + +--Que sus den morcilla a los dos--dijo la gorda con bronco vozarrón. + +Y satisfecha de este caritativo deseo, se removió en el asiento, +enderezó la sombrilla, y quedó inmóvil, con los morros apretados, +fingiendo no ver ni oír al _Ingeniero_ y sus parientes. + +El chamarilero, sentado en el sillón, aconsejaba a su sobrino dónde +debía hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora +de sus hijos; se la había traspasado para quedar en completa libertad. +Bien podía divertirse después de tanto trabajar. Pero le restaba la +afición al negocio, sobre todo a los instrumentos de música. Los +compañeros no adquirían un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen +para que lo arreglara; siempre tenía alguna joya como aquel órgano, y +todos los domingos colocaba su puesto en las _Américas_, para no perder +la costumbre. + +El _Ingeniero_ indignábase al hablar de sus parientes. Su hermano el +anticuario era un orgulloso, que desde que trataba, por su negocio, con +marqueses y curas ricos, no había quien lo sufriese. No se veían una vez +que no le echase en cara sus aventurillas y escándalos. Era un jesuita, +un hipócrita; vivía como un imbécil, sin alegría, sin amables +desórdenes. ¿De qué le servía el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que +no entrase a verle en el viejo patio de las _Américas_. + +--Te recibirá con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos +tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su tío. Se pelean +conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y +alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la +otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por +el traspaso de la tienda. ¡Qué les importa a esos judíos lo que haga su +padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aquí no hay otro joven +en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el +_Ingeniero_. + +Después aconsejó a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus +hijos. Tenían géneros baratos y nuevos. No debía adquirirla en las +_Américas_. Eran todas de largo uso; la que menos, había visto morir a +toda una familia. Sus primos le darían con economía lo que necesitase. + +Luego preguntó por su madre, la señora Eusebia. Más de un año hacía que +no la había visto. ¿Cómo le iba a la abuela con el señor Polo? Un día +que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetuán. Ya no conocía a +las gentes de allá. Madrid terminaba para él en el Café de San Millán, +donde se reunía con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la +plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya sabía +dónde: siempre en su «farmacia». Le tenía ley al Rastro y sus +alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual a +aquellas casuchas de Tetuán de donde procedía la familia. Traperos +todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por +igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia +diaria, la comida y los trapos rotos, los expelía Madrid hacia lo alto; +los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los +vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en +el estercolero de las _Américas_. + +--¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen! + +Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía +sonó otra vez. + +Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo +un arranque de generosidad. + +--Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo. + +Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las +cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con +el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias. + +--No os ofrezco el órgano--siguió diciendo--porque le tengo querencia a +la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos +ratos. + +Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del _Ingeniero_, de sus +pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba. + +--Es un hombre temible--dijo Isidro con tono irónico--. El terror del +barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros... + +Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las _Viejas +Américas_. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las +de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los +sombríos rincones del caserón. Isidro mostró a Feliciana un hombre +obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas +pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían +pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo. + +Permanecieron más de una hora en la tienda de los hijos del _Ingeniero_. +Maltrana reconoció que sus primos eran unos judíos, como decía el padre, +sin alegría, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo +amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa, +temiendo que apelase al parentesco para no pagar. + +En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos +precio. Pagaba el parentesco y la vergüenza del regateo. Compraron una +camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un +colchón con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio; +pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareció a los dos un +derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestación de su +propósito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les costó +esta joya. Los dos se miraban con inquietud. ¡Qué modo de gastar el +dinero! Pero este remordimiento desvanecíase al examinar la cama otra +vez, fijándose especialmente en el colchón de muelles. ¡Ella, que no +había conocido otro lecho que un jergón sobre tablones en la casucha del +_Mosco_! ¡El, que durante años aguardaba a que le dejasen libre el +camastro para descansar sus huesos!... + +Los dos abandonaron la tienda, trémulos de emoción por las adquisiciones +que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueños +de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendrían los +muebles en su casita, en aquel nido próximo a las nubes. + +--¡Cuánto dinero hemos gastado!--decía Feli, apreciando con el tacto la +disminución del envoltorio que llevaba en la mano--. Si seguimos +derrochando así, dentro de poco pediremos limosna. + +Isidro la tranquilizaba: aún tenía más dinero para las necesidades de la +casa. Y después, ganaría nuevas cantidades; contaba con su pluma para +vivir. + +Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero +aguardase impaciente que él se dignara escribir algo para adquirirlo. + +Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los +puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en +las calles. Tenían ante ellos grandes montones de zapatos húmedos, +extraídos de una gran cuba, y agarrándolos como animalillos muertos, les +arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable. +Lo inservible caía en el suelo, pegándose a las piedras como inertes +piltrafas. + +Junto a la estatua del héroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros +que volvían de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de +compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas, +cubríanse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las +enseñas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de +copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban +gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar +atención a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del +_Manco_ para hablar de sus asuntos entre dos «tintas». + +Isidro y Feliciana sentían impaciencia por verse en su casita. Dudaron +un instante ante la puerta de un café, no sabiendo si almorzar en él. +No; mejor sería en su casa, completamente solos, sin la molestia de las +miradas del público. + +Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde +ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del señor +Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y +almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la +juventud, con esa excitación que proporciona la novedad de los cambios +de sitio. + +Feli, de vez en cuando, fruncía el entrecejo con sus preocupaciones de +amita de casa. + +--Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato +que han traído del café tengo yo para dos días. + +Maltrana contestaba con risas. Había que alegrarse: aquel domingo era el +de sus bodas, el primor día que pasaban juntos. Ya pensarían luego en +las economías. + +Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la +empañadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y +bocado, marcándose en las mejillas redondeles de vino y de grasa: + +--¡Cochino, cómo me pones!--decía Feli con gracioso mohín, limpiándose +la cara--. ¡Ay! ¡Déjame comer! ¡déjame tranquila! Mira que estoy +cansada, que deseo paz... que aún nos queda mucho por arreglar. + +La presencia del señor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta +tranquilidad. Venía de oír varias misas, de asistir a una reunión de +Hermandad, de hablar con los señores de la Conferencia, que le +entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impíos de la plebe. +Los domingos eran días de gran trabajo. + +Se negó a aceptar los restos del almuerzo que le ofrecía el joven. +Gracias, señor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y +él ayunaba rigurosamente. Había devorado en la calle su modesta +colación; la carne pecadora ya tenía bastante. + +Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la +presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los +estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la +sabiduría y la santidad del mundo. + +--¿Conque usted es la señora del señor de Multrana? Vaya, vaya... Que +sea por muchos años. + +Y al decir esto, paseaba por la habitación con sus zapatos de cura, que +parecían querer escapársele a cada paso, acompañando sus movimientos con +un monótono chac-chac. Tenía en sus piernas algo inexplicable que +parecía repeler los lacios pantalones que las cubrían. Feli pensaba que +aquel hombre había nacido para llevar una sotana, un hábito, una +envoltura talar. Se movía y andaba como si unas sayas invisibles +estorbasen su paso. + +--¿Conque usted es la señora del señor de Maltrana?--repitió otra vez, +no sabiendo qué decir--. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la dé +muchos hijos, para que la acompañen en el ciclo... Tiene usted cara de +buena; el señor de Maltrana también es bueno, aunque algo olvidado de la +salud del alma. Usted le guiará por el buen camino: las señoras, para +estos casos, saben más que nosotros. Creo que nos entenderemos, que +viviremos como buenos cristianos, en santa paz. + +El señor Vicente entró a detallar su futura vida. Libertad completa para +todos. Ellos tenían su llave, y él guardaba la suya. Cada uno podía +entrar y salir cuando quisiera. No hacía falta llamarse mas que en casos +de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando +aún había sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la noche. +Se retrasaba peleando con algún pecador de lengua blasfema; velaba +enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a última hora. La +noche era tan buena como el día para servir a Dios. Además, dormía poco: +le repugnaba el sueño, por ser el momento que aprovecha el Malo para +tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates. +Ansiaba la llegada del día como un descanso, y antes de apuntar el alba +estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se +levantasen, ya andaría él muchas horas por el mundo. + +--No crea usted, señora--continuó--, que siempre he vivido tan +cristianamente. He tenido mis épocas de calavera, de trasnochador. + +Al decir esto, sonrió con una candidez que pretendía ser maliciosa. + +--Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometió +enormes sacrilegios, y cuya conversión no sé si se la habrá contado don +Isidro, entonces pasé meses y aun años acostándome después de la salida +del sol. El pecador tenía gusto en oírme, y yo me agarraba a él, +acompañándolo a las tabernas y a sitios peores, señora... a sitios donde +fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vírgenes para ser +atormentadas en lo que más estimaban. El Señor me lo perdone... El bebía +y hacía cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin +hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para +ver si de este modo podía meterlo en una iglesia y que oyese una misa, +una tan sólo, con la esperanza de que Dios y su Santísima Madre me +habían de ayudar, tocándole el corazón. ¡Y costó, pero llegó! Pasé años +haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al +Señor... Ya le contará más despacio el señor de Maltrana mi conquista +del zapatero. + +Y paseaba, guiñando los sanguinolentos ojos, frotándose las manos, +celebrando su malicia y aquella conversión que era el acto más glorioso +de su vida. + +--Aquí estará usted muy bien, señora--continuó--. Hay de todo en el +distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las +horas. Además, casi a la mano, está la catedral. San Isidro, con su +famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha oído, vaya a oírla. Un coro +de ángeles, una bandada de querubines, que la dejarán con la boca +abierta. + +Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte +de los muebles, el señor Vicente se despidió. Tenía que hacer propaganda +aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura: +unos pobrecillos sin más medios de existencia que el trabajo en los +tejares durante el verano y el robar cardillos y leña de la Casa de +Campo. Allí se quedaban los dos como dueños de todo. Con otros huéspedes +no osaría tales confianzas. Pero el señor de Maltrana podía hacer lo que +gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban +abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, allí tenía +un poco de todo, en el cajón de los chismes. Y le mostró en el fondo de +una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo +recolectado en sus excursiones por las afueras y traído a casa con una +minuciosidad que le hacía aprovechar cuantos objetos veía en el suelo. +Si la señora necesitaba botones, hilos o agujas, también encontraría +gran provisión en una tabla de la biblioteca. + +Los amantes, viéndose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo +de los muebles. Los habían dejado los portadores agrupados en el centro +de la habitación que destinaba Isidro para despacho. Después de largas +reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jóvenes a +colocarlos. + +--Aquí la mesa, junto a la ventana--dijo Feli--. Tú escribirás de +espaldas a la cocina, y yo vendré de puntillas, poquito a poco, y... +¡zas! te daré el gran susto, cuando menos lo esperes, echándote los +brazos al cuello, besándote... así, así. + +Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovíase +escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de +pasión que acompañaban a los fuertes abrazos. + +Al colocar la mesa de comedor, sentáronse frente a frente; pero +arrepentidos de establecer entre los dos este obstáculo, diéronse las +manos por encima de ella, mientras por debajo se buscaban los pies. +Luego, soltándose Feli con inesperado tirón, se levantó y corrió +alrededor de la mesa, perseguida por Isidro, que lo acosaba con rugidos +de ogro. + +--¡Que te como, feísima!... ¡Que te devoro, sosa... desgalichá! + +Con tales intermedios, el arreglo de los muebles, a pesar de ser pocos, +amenazaba prolongarse hasta bien entrada la noche. + +La colocación de la cama fue el asunto magno de la tarde. Cambiáronla de +sitio un sinnúmero de veces, sin que llegase a quedar nunca a gusto de +los dos. Sudaban, con la cara roja de fatiga, al mover y dar vueltas a +este armatoste dorado en la estrechez de la habitación. + +Feli, arremangándose los brazos, pegados a su frente los rebeldes rizos +con el sudor y el polvo, daba pataditas en el suelo y torcía el gesto, +no encontrando nunca a su gusto la posición de la cama. Quería que se +viese bien, que la luz hiciera brillar el oro con todo su esplendor: +para esto habían gastado el dinero. Y cuando la veía colocada en estas +condiciones, surgían otros inconvenientes. ¿Es que iba a dormir ella +junto a la pared?... No; ella sería la primera en levantarse; había de +madrugar para el buen arreglo de la casa, y no quería que Isidro viese +turbado su sueño. + +Nuevos cambios de sitio, otros tirones y esfuerzos, sin que el maldito, +lecho llegase a colocarse a su gusto en la estrecha habitación. + +Feli, para apreciar en todos sus detalles la hermosura de este mueble, +que la llenaba de orgullo, colocó el colchón, las mantas y las almohadas +sin funda. Sábanas ya las compraría al día siguiente, pues había sentido +repugnancia por las que le ofrecían en el Rastro. Quedó largo rato +contemplando la cama con cierta indecisión. + +--¿Estará bien así, Isidro? ¿Qué dices tú?... + +Maltrana, cogiéndola del talle, la hablaba al oído, cosquilleándole una +oreja con su aliento. Así o de otra manera, bien estaba. ¿Iban a pasar +la tarde sudando y haciendo fuerza como gallegos? La pobre cama tenía +derecho a quejarse con tantos arrastres y vueltas. Había que dejarla +quieta... hacerla los honores de la nueva instalación... + +Feli se abandonó, vencida, trastornada por el susurro tibio que +acariciaba su oído, erizando al mismo tiempo la suave película de su +mejilla. Durante una hora durmieron los ecos de la casa del santo, sin +otros estremecimientos que el metálico ruido del armatoste, que parecía +condenado a no descansar. + +Cuando los amantes, dando por terminado el arreglo del dormitorio, +volvieron a lo que había de ser despacho, Maltrana buscó el martillo y +los clavos. + +Quería adornar su habitación de trabajo colocando unas láminas regaladas +por un amigo. Eran retratos, y el joven explicó a Feli la grandeza de +todos aquellos señores que mostraban sobre el papel su gesto leonino, +mirando a lo alto con ojos ardientes de inspiración. + +--Fíjate, nena; éste es Víctor Hugo, un semidiós. Cuando yo arregle mis +libros, te daré a leer algo suyo. Este otro es David-Federico Strauss, +uno que se metió a examinar la vida de Jesús y no dejó en ella títere +con cabeza. Este barbudo es Darwin; el otro, que parece un erizo blanco, +mi gran tío Schopenhauer; el de más allá, Zola, con su mirada triste, +como si fuese a llorar; aquel viejo tan guapo y simpático, el amigo +Hæckel... Todos gentes distinguidas, apreciables puntos, que no se +ofenderán de vivir con nosotros en plena alegría juvenil. ¡Las cosas que +van a presenciar estos ilustres gachos!... + +Feli sonreía contemplando los retratos, creyendo de buena fe, en su +sencilla ignorancia, que eran señores de Madrid a los que conocía y +trataba su amante. Esta misma amistad la hizo presentir que podían ser +mal vistos por el dueño de la casa. + +--Pero Isidro, ¿y don Vicente? ¿No se ofenderá al ver a estos +caballeros? + +Maltrana prorrumpió en una carcajada al oír el nombre del «santo». El +día anterior, al dejar los grabados en la casa, se los había enseñado, +quedando el devoto perplejo largo rato en su contemplación. + +--Yo--dijo--desconfío siempre de los señores que tienen mucha fama. No +conozco a estos caballeros mas que para servirles; jamás leo periódicos; +pero me escamo cuando los papeles hablan mucho de un hombre. Ahora sólo +se habla de los grandes pecadores: los santos viven en la obscuridad. + +Luego de una larga reflexión, había preguntado: + +--¿No estarán entre estos señores Voltaire y Garibaldi? + +El hermano Vicente no conocía mayores impíos. El nombre de Voltaire, +pronunciado con todas sus letras, le hacía estremecer, al mismo tiempo +que se alteraban sus ojos inflamados con el lagrimeo de la rabia. + +-No; señor Vicente; no están. + +-Me alegro. Porque si estuvieran Voltaire y Garibaldi, yo me marcharía. +No podría vivir bajo el mismo techo que esos demonios. + +Y más tranquilo ya, examinó los retratos, alabando a algunos de aquellos +señores, que, por sus grandes barbas de plata y sus frentes serenas, +tenían, según él, caras de santo. + +Cuando Maltrana terminó de clavar unas perchas en el dormitorio y dio +por definitivamente colocados todos los muebles, comenzaba a anochecer. +Había que pensar en la cena y en la luz. Las necesidades de la vida +turbaban su amoroso aislamiento, haciéndoles salir de aquella +inconsciencia de pájaros errantes que por primera vez construían nido. + +Isidro tomó el sombrero para bajar a la calle y hacer sus compras. + +--Adiós, niña... Rica, adiós: vuelvo en seguida. + +Se despedían entre fuertes abrazos. Alejábanse y volvían a juntarse, con +nuevos besos, como si Fuese él a emprender un interminable viaje. Por +fin, se separaron en el rellano de la escalera. + +--Cierra, bien--dijo Maltrana, como si temiese los mayores peligros +durante su ausencia. + +Y sólo se decidió a bajar cuando vio cerrada la puerta y sonaron tras +ella los ruidos de la llave y el cerrojo. + +Volvió a la media hora, con un paquete de bujías, dos chuletas empanadas +de una taberna cercana, una libreta, una botella de vino y un paquete de +dulces. ¡Juerga completa! Decididamente, la vida de burgués, con casa +propia y mujer única, tenía grandes encantos. La vida era alegre; había +que dar a la vida un sentido helénico, y el helenismo no podía ser más +fácil de conseguir: estaba en el escaparate de una confitería, en los +ojos de una tierna muchacha, aunque hubiese nacido entre los +estercoleros de Tetuán. + +Feli le aguardaba en el rellano, trémula de miedo. + +--Isidro, ¿eres tú?--preguntó con voz acongojada. + +Había anochecido. Al invadir las sombras su nueva habitación, la +muchacha experimentó el terror de lo desconocido. La daban miedo los +libros en sus vetustas estanterías; pensaba con pavor en cierto Cristo +ensangrentado, con lacias melenas, que el señor Vicente tenía en la +pieza inmediata. Se había refugiado en la escalera y aguardaba +impaciente la llegada de Isidro. + +Este encendió una bujía, y fue alineando sus provisiones sobre la mesa. +Feli, con la luz y los dulces, recobró la alegría. + +Comieron y bebieron, hablando de acostarse al poco rato. Reían, pensando +en que otras noches, a aquellas horas, todavía vagaban por los campos. +Iban a dormir como las gallinas. ¡Oh la vida ordenada! ¡La vida +tranquila, lejos de todos, queriéndose mucho, aislados del mundo, en el +dulce egoísmo del cariño!... Les parecía imposible que las gentes fuesen +tan ciegas que no supieran vivir así. + +Mientras comían, hablaron de lo que pensaban hacer a la mañana +siguiente. Visitarían las tiendas de la calle de Toledo para que ella +comprase las sábanas. Isidro, desoyendo sus protestas, pensaba regalarle +cierto vestido expuesto en un maniquí a la puerta de una tienda de +modas. Además, acordábase de que hacía tiempo que soñaba Feli con unas +botas altas, muy altas, de suave color de limón y con muchos botones. + +--Pero ¡nos vamos a arruinar, nene!--suspiraba ella, posando la cabeza +en un hombro del amante--. Tú no tienes dinero para tanto. + +Maltrana protestó. El trabajaría. ¿Y para quién era todo su dinero?... +Para su Feli, para su gorrera graciosa, que lo había abandonado todo; +siguiéndole a él, pobre y feo. + +--¡No digas eso!...--suspiraba ella--. Tú eres el hombre más guapo de +Madrid, el que más sabe. Aunque me buscase el mismísimo príncipe de +Asturias, le diría que no. Ya tengo a mi Isidro, que es para esta +pobrecita mucho más que los príncipes y los reyes. ¡Si supieras qué +celos me daba una compañera de taller cuando decía que, aunque feo, eres +simpático!... + +Terminada la cena, devoraron los dulces y bebieron las últimas gotas de +vino. Feli, sin darse cuenta, habíase deslizado de su asiento, acabando +por acomodarse en las rodillas de Maltrana. Le ofrecía entre sus labios +un dulce; lo partían con largo y meloso beso, y el joven, después de +esta caricia, hablaba gravemente de su porvenir. + +--Vivimos mal, Feli--decía--. ¿Crees tú que estoy satisfecho de la +existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos +jóvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos +con el plato más insípido: la alegría y el amor... + +--Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre así... con la +cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca. + +--Pues yo deseo más. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que +vistas como una señora, y vayas al teatro, y algún día la gente te +salude, y digan todos: «Ahí va la mujer de Isidro», y hasta en los +periódicos se hable de «la bellísima señora de Maltrana». + +Feli rió como una niña. + +--Pero ¡qué tonto!... ¡Qué cosas tan _superficiales_ deseas! Lo que +importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que +mejor le plazca. + +Maltrana quedó largo rato pensativo. Sentía el entusiasmo, la fe en el +porvenir, los ensueños de ambición que acompañaban todos sus momentos de +bienestar físico. + +--Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que +subieron muy alto... Tú no te das cuenta de adónde podemos llegar. Me +quieres, pero ignoras en realidad quién es tu Isidro. Hasta el presente +he luchado con la mala suerte; pero tú me traes la Fortuna. Trabajaré, +escribiré mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que +no había conocido nunca. La gente acabará por fijarse en Maltrana, por +ver en él un gran escritor, un talento extraordinario. + +--¡Quién lo duda, bobito!--exclamó Feli--. Tú tienes mucho talento: eso +lo he dicho yo desde que te conocí. Deja que te bese esa frente donde +guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacén de +donde sacas tus cosas bonitas. + +Oprimía entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida, +como si quisiera morder su frente enorme y rugosa. + +Maltrana, después de desasirse, continuó con entusiasmo: + +--Me dedicaré a la política; quiero que seas una gran señora, y en este +país no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El día +que me conozcan, impondré respeto. Seré director de periódico, seré +diputado... ¡Llegaré a ministro, Feli, y tú serás mi mujer, la esposa de +Su Excelencia!... + +El joven hablaba con la fe de todos los humildes de alguna imaginación, +que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las +alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan +inmóviles la riqueza o la fortuna política para que las tomen con sus +manos. + +Feli reía con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de +las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueños podían +realizarse al día siguiente. + +--¡Yo, ministra!--exclamó--. ¡Y tendré coches, y los lacayos se me +quitarán la chistera con galones dorados, y mi tío el _Federal_ se +quedará con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la +Puerta del Sol, frente a su oficina!... ¡Y tú irás a Palacio y te +tratarás con las grandes damas, y...! + +El rostro de Feli pareció entenebrecerse. Apretó los labios, le +brillaron los ojos, y dijo con enfurruñamiento: + +--No; tú no serás ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, ¿lo +entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptarás aunque te lo ofrezcan; +dimelo, o reñimos... El mundo está lleno de tentaciones, y ¡no digo nada +si acudirían las señoronas al ver a este feo, que habla como los propios +ángeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de +esas que tienen la pechera bordada de ojos!... ¡lo mismo que las moscas +a la miel! ¡Ojo, señorito! Yo tengo mucho quinqué, y adivino las cosas. +No serás ministro, no. Dime en seguida que no lo serás, o te pego. + +Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor, +abofeteábale con su blanca manecita. Después, pareciéndole poco este +castigo, metía sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin +compasión de los mechones. + +--No, no lo seré--exclamó Maltrana--. Presento la dimisión de la +cartera; crisis total. Pero ¡déjame el pelo, niña, que me haces daño! + +--Está bien--dijo Feli más tranquila--. Te dejo, pero ¡cuidadito con +faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos como +esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envían sus +lujos a un colegio, tienen su buena casa allá en el barrio de Salamanca, +salen a paseo juntos, y los días que hace mal tiempo se dan una +vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. ¿Puede +ser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo no +he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lo +dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos. + +Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos +con sus labios. + +--Podías hacer también cosas para los teatros; mi tío dice que eso da +mucho dinero... Pero no: ¡qué bruto soy! Dime que no en seguida, o te +araño. ¡Dónde iba yo a meterte!... Nada de teatro: queda prohibido. +Escribirás en los periódicos, escribirás libros; y si alguna vez las +señoronas te envían cartitas, entusiasmadas por esas cosas tan monas que +sabes decir, ¡cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que tú aún no me +conoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor que +una mosca. + +Y la pobre Feli, haciéndose la temible, se apretaba contra Isidro, le +estrechaba en sus brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, le +acariciaba el cuello con el raso de sus labios. + +Sentíanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo de +descansar en algo más sólido que las frágiles sillas... ¡A dormir! Pero +no durmieron: no tenían sueño. + +Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad, el rechinar de la +cerradura y la entrada del señor Vicente, a tientas, en su habitación. + +Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase su +risa, seguía, regocijada, todos los ruidos del «santo», adivinando su +significación. ¡Plam! ¡plam! Era que se quitaba, los zapatones de +fraile, arrojándolos lejos. Ahora, se desnudaba; después se tendía en el +jergón. + +La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con grandes +contorsiones para ahogar su risa. Isidro le preguntó al oído, riendo +igualmente, sin saber por qué. ¿En qué pensaba? + +--Pienso...--murmuró la muchacha--pienso en la figura que hará el santo +en camisa. + +Y los dos, fuertemente abrazados, volvían a reír, estremeciéndose sus +carnes desnudas bajo la manta, rozándose con el temblor del regocijo +sofocado. + +Sonó largo rato un murmullo en la vecina habitación. El señor Vicente +rezaba sus oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cortó el silencio. + +Los amantes no durmieron. Reían de este roncar grotesco interrumpido por +largos suspiros. El señor Vicente despertaba unos instantes, mascullando +santas exclamaciones: «¡Ay, señor!», y volvía a sumirse en su sueño +intranquilo, cortado por las visiones del ayuno y la exaltación. + +Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror: + +-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí! + +Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó en +el silencio como una campanilla de plata. + +Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como si +durmiesen. En su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual si +anduviesen ratas por debajo de ella. + +Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecido +por el horror de sus visiones. + +--Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esas +asquerosidades... Mi carne está muerta... Gloria al Señor... La impureza +no entrará en la casa de su siervo. + + + + +VII + + +Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, terminó pronto el +libro del marqués de Jiménez. El grave prócer mostrábase satisfecho del +trabajo. Además, por encargo suyo, vigilaba el joven la impresión y +corregía las pruebas. ¡El senador tenía tantas ocupaciones!... + +Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gaspar +examinábalo minuciosamente, dando bufidos de satisfacción ante las +páginas que presentaban gran cimiento de notas. Las que aparecían con el +texto solo, provocaban en él un mohín de disgusto. + +--No tienen seriedad--decía el senador--. Parecen páginas de una novela. +Pero, hombre, ¿qué le hubiera costado poner unas cositas al pie?... + +Cuando el libro estuvo impreso, el marqués hizo un nuevo encargo a +Maltrana. El jefe del partido, que había de escribir el prólogo, +entreteníale con excusas, sin cumplir su promesa. Don Gaspar no se +ofendía por ello, conociendo las exigencias de la política, la vida +cruel, abrumada de trabajo, que arrastran sus hombres. Por fin, el +importante personaje, dando al marqués una muestra de gran confianza, le +había rogado que escribiese él mismo el prólogo, autorizándole para que +pusiese su firma al pie. Quien había escrito un libro tan notable, bien +podía en una noche pergeñar unas cuantas cuartillas a guisa de +introducción. + +--Y yo, joven amigo--siguió diciendo el prócer--, le transmito a usted +el encargo, rogándole que haga todo cuanto sepa... ¡Qué honor, joven! +¡Escribir cosas que ha de avalorar con su firma un personaje ilustre! +Muy pocos alcanzan esta gloria a la edad de usted... Creo inútil +indicarle lo que el prólogo debe decir. A su talento me confío. El jefe +me quiere mucho; de permitirlo sus ocupaciones, hubiese dedicado a mi +obra grandísimas alabanzas. Tire usted de pluma sin miedo. Mejor que +nadie, sabe usted que ese libro es el resumen de una larga vida política +y que hay en él cosas muy notables. + +Descendiendo, como él decía, a la práctica, y sin soñar--eso nunca--, +habló el marqués de la remuneración del nuevo trabajo. Por el libro, +ajustado en tres mil reales, le daría mil pesetas, pues estaba contento, +aunque no había apretado la mano tanto como él deseaba en lo de las +notas. Aun así, el jefe, que sólo conocía el índice, había hecho grandes +elogios de la erudición de la obra. Por el prólogo le aumentaría +cincuenta duros, pero tendría que lucirse, haciendo un trabajo que +asombrase y apabullase a los otros caudillos de grupo que osaban +discutir en el Congreso con el ilustre jefe. + +--Estos son misterios de alta política. ¡Qué honor para usted conocerlos +siendo tan joven! Punto en boca, amigo Maltrana: me perdería usted ante +el jefe si éste llegase a saber que el prólogo lo ha hecho otro que yo. +No tendría confianza en mi, y a usted le conviene que la tenga... Cuando +seamos Poder... ¡Ya verá usted cuando seamos Poder! + +Con estas esperanzas pretendía halagar a Maltrana para que guardase +silencio. El joven escribió el prólogo, mostrándose satisfecho de la +retribución. ¡Cinco mil reales, de los cuales llevaba comidos cerca de +la mitad!... Le quedaba cuerda para dos meses largos, y en este tiempo, +raro sería que don Gaspar, halagado por el éxito, no desease hacer otro +libro. Decididamente, la vida era alegre. + +Aún no había salido del primer encantamiento de su existencia plácida, +ordenada y tranquila al lado de Feli. La muchacha se revelaba como una +excelente ama de casa. Descendía por las mañanas a la plazuela con +mantón y cesta; después, pasábase el día con los brazos arremangados, +cocinando, sacudiendo el polvo, repasando la escasa ropa de Isidro. + +Nunca había ido éste tan pulcro. Sus amigos hablaban con asombro de la +blancura de su camisa y la limpieza de su sombrero. Además, engruesaba, +tenía mejor color. Los pucheretes de Feli, los guisos campestres +aprendidos en casa de su padre y el no trasnochar daban nuevo vigor a su +cuerpo quebrantado por las privaciones y desarreglos de la vida bohemia. + +--Tiene una muchacha--decían sus camaradas--que le arregla y le cuida: +una verdadera ganga, y además, guapa. ¡Qué suerte la de ese chico!... + +Y comentaban el astuto recelo de Maltrana, que, conociendo la lengua +libre y las audacias de la tropa menuda de sus amigos, cuidábase de +ocultarles su domicilio. Temía las visitas de éstos, y aun a los más +íntimos les daba cita en el salón del Ateneo llamado de la +«Cacharrería». + +Feli, por su parte, también experimentaba los beneficiosos efectos de la +nueva existencia. Mostrábase alegre; sólo de tarde en tarde pasaba una +nube por sus ojos, acordándose del _Mosco_. ¡Qué haría su padre en la +casucha de las Carolinas! ¡Qué diría de ella!... + +Cuando en las tardes de los domingos salían los dos a las afueras, +evitando el aproximarse a los Cuatro Caminos, o paseaban por las +avenidas más solitarias del Retiro, el amante contemplábala con cierto +orgullo, como si fuese obra suya, complaciéndose en sus perfecciones. + +--¡Si te viesen tus amigas de antes, chiquilla!... Estás hecha una +señorita; el día en que menos lo esperes te compro un sombrero. + +Había adquirido Feli su traje en una tienda de modas de la calle de +Toledo. La sedujeron unos maniquíes colocados en la acera como si fuesen +damas sin cabeza, vestidas de colorines y alineadas para una recepción. +Del vientre de todas ellas colgaba un cartel con la cifra del precio. +Feliciana había escogido un traje azul con adornos negros, «última moda +venida de París», según declaración formal del hortera. Con él y una +mantilla modesta, la muchacha parecía otra. Hasta ocultaba con guantes +aquellas manos que eran su orgullo en el barrio de las Carolinas. + +Pero lo que más satisfacía su vanidad femenil eran las botas, las +famosas botas color limón con las que había soñado tantas veces, y que +apreciaba como el mejor de los regalos de Isidro. El calzado era una de +sus preocupaciones. Consideraba sus pies la parte más preciada de su +persona, y al andar fijaba los ojos coquetamente en las dos manchas de +oro pálido, de aguda punta, que aparecían y se ocultaban +alternativamente bajo el borde de su falda. + +De sus paseos del domingo volvían fatigados, con los pies cubiertos de +polvo, pensando en la dulce quietud de su casita, en la cena que les +esperaba, en la noche de cariñosa intimidad, interrumpida al otro lado +del tabique por las visiones tentadoras del señor Vicente. + +--Estamos hechos unos burgueses--decía Isidro--. No hay en Madrid una +pareja legal que viva tan virtuosamente como este par de socios... +libres. + +Y se aislaban cada vez más, satisfechos de su amor, olvidados del mundo, +creyendo que la vida podía deslizarse de este modo eternamente. + +Maltrana, al ir por la calle, examinaba a las gentes con extrañeza, como +si fuesen de otra raza, como si él procediese de un mundo distinto. Al +bajar de su alta habitación, creía descender a otro planeta. + +La gran mayoría de los transeúntes no amaban ni eran amados. ¡Y podían +subsistir así!... El apenas si se acordaba de los tiempos recientes en +que vivía como en el limbo, sin otras pasiones que leer, soltar +paradojas y morder a los de arriba, no enterándose de que existían +mujeres en el mundo y un sentimiento llamado amor. Ahora le parecía +imposible haber vivido de este modo, como una planta, como un pedrusco, +sin verdadera alegría, sin dulces tristezas... sin ideal. Como él había +sido, así eran casi todas las gentes que pasaban junto a él. Vivían +preocupadas por las más groseras aspiraciones, sin una chispa de amor. +Toda la poesía de la tierra se reconcentraba en unos cuantos, que eran +ellos, los enamorados. + +Maltrana pensaba con orgullo que en el mundo existe una reducida +aristocracia, y que él pertenecía a ella: la aristocracia del amor, de +los que saben embellecer la vida con sus pasiones. Los demás eran pobres +bestias que bostezaban de aburrimiento con los ojos bajos y los pies en +el barro, aunque gozasen de todos los refinamientos del bienestar. + +Una tarde, Maltrana encontró al señor Manolo el _Federal_ en la acera de +la Puerta del Sol, donde tenía establecidas sus oficinas. + +--Bien, muy bien, ciudadano--dijo irónicamente el capataz--. Tú y la +Feli la habéis metido hasta el corvejón. Paece mentira que hombres +intelectuales que no son del cuarto estado cometan esas pifias. + +Le miraba con sus ojos saltones, limpiándose el sudor de la frente, +jadeando, antes de hacer caer sobre Isidro la avalancha de su +indignación. + +--Paece mentira, hombre... Y no creas que yo pienso ojetar nada contra +el hecho de que tú y la Feliciana haigáis pactado el amontonaros, en uso +de vuestra perfecta autonomía. Eso podrá escandalizar a los +reaccionarios y a los unitarios, pero no a mí, que soy un ciudadano +consciente y he pactado también muchas veces. El hombre es libre, la +mujer es libre, el amor debe ser libre y autónomo... Pero lo que resulta +una chiquillada, digna de azotes, es el dejar esa mocosa a su padre +abandonado allá en las Carolinas. Yo voy a hacerle un rato de sociedad +con más frecuencia que antes. El _Chispas_ vive con él, y no se las +campanean mal. Hacen cada cachuela que Dios se chupa los dedos. Pero el +pobre _Mosco_ está triste, le falta algo; no quiere que le nombren a la +chica, y menos a ti. Bebe como un mosquito, y cuando tiene la tajá, la +toma con los guardas, y quiere irse al Pardo para matar cara a cara al +que asesinó a _Puesto en ama_. Le habéis puesto de un modo, que el día +menos pensado hará una barbaridad. + +Maltrana se conmovió con hondo remordimiento al pensar en el daño +causado a aquel amigo. Sintió vehementes anhelos de reparar su falta. El +señor Manolo podía interceder por ellos; él conseguiría que su hermano +les perdonase. + +--Lo que habéis hecho--continuó el _Federal_--es una chiquillada que no +tiene nombre. ¿Os queríais?... está bien; pues haber venido a mí, que +soy la práctica, y juntos hubiésemos ido a las Carolinas a tener un rato +de sociedad, y yo, con mi labia, habría presentado una moción... +«Hermano: estos chicos se quieren, ya tienen edad de ser autónomos, y +deben confederarse ante la Naturaleza. Además, las cosas no merecen otro +arreglo: andan, después de cerrada la noche, muy agarraditos por los +desmontes, según dicen las malas lenguas, y me recelo que se han comido +el puchero antes de las doce. He dicho.» E iniciado el debate, habríamos +discutido con todos los turnos que fuesen menester, y al reasumir yo, es +seguro que, en uso de vuestros derechos individuales, os habríais ido al +catre, sin que el _Mosco_ las echase de tirano centralizador. Pero +ahora, después de vuestra calaverada sin substancia, veo difícil que +encaucemos el debate. + +Maltrana, impulsado por el remordimiento, tuvo un arranque de audacia, y +habló de ir con el capataz en busca del _Mosco_ para pedirle perdón. + +--No: es demasiado pronto--dijo el señor Manolo--. No vayas; si te +presentases así, de sopetón, sería capaz de tratarte lo mismo que a un +gamo. Tiene unas ganas locas de matar a alguien. Déjame que yo lo +arregle; tú no sabes adonde llega mi habilidad; figúrate que estás +hablando con la mismísima diplomacia. + +El ablandaría poco a poco a la fiera. Mientras ellos no fueran por allá, +no correrían peligro alguno. El _Mosco_ permanecía en sus territorios y +juraba no volver a Madrid, por no encontrarse con los fugitivos. Le +enfurecía que le hablasen de ellos. El señor Manolo no los mentaba +nunca, y eso que sabía dónde se ocultaban desde la semana siguiente a la +de su fuga. Vivían cerca de la plaza de la Cebada, en la casa de un +reaccionario, de un loco que repartía estampas y regocijaba a la gente +con sus sermones. + +--Yo lo sé todo--dijo el capataz, riendo ante el asombro de Maltrana--. +En mi oficina se habla de cuanto ocurre en Madrid. + +Y miraba su oficina, la ancha acera, con su incesante corriente de +transeúntes y sus vendedores, de plantón, pregonando billetes del +próximo sorteo, gomas para los paraguas, libros baratos y perrillos de +cría con un cascabel al cuello. + +Se despidió Maltrana del señor Manolo, luego que éste le prometió +interceder cerca del _Mosco_ para que los perdonase. Podía marchar +tranquilo, que en buenas manos dejaba el encargo. El era la diplomacia. + +Al llegar a su casa habló Maltrana de este encuentro. Feli lloró un +poco, pero su dolor fue más breve de lo que esperaba Isidro. La vida +ruda de las Carolinas, aquella existencia de nocturnas aventuras que +separaba al padre de la hija, haciendo familiar en la casa el riesgo de +la muerte, había embotado los sentimientos filiales de la muchacha. +Tantas veces había visto al padre herido y próximo a morir, que el +disgusto doméstico de su fuga lo apreciaba como un incidente de escasa +importancia. En ella no existía otro sentimiento vivo que el del amor. + +--Que arregle tío Manolo todo eso--acabó por decir--; que nos perdone +padre. Pero nada de separarnos, ¿eh? Contigo, siempre contigo. + +Una mañana, al pasar Isidro después de las nueve por la Puerta del Sol, +con dirección a la Biblioteca Nacional, reconoció en la entrada de la +calle del Carmen el carro de _Zaratustra_ por los bizarros adornos de su +caballería. El filósofo de la busca estaba sentado dentro del vehículo, +con las barbas esparcidas sobre las rodillas, aguardando a su criado el +_Bobo_, que recogía el estiércol de los pisos altos. + +_Zaratustra_ se incorporó al reconocer a Maltrana. Reía maliciosamente, +guiñaba sus ojillos al verle por primera vez después de su fuga con +Feliciana, que tanto había dado que hablar a las gentes de las +Carolinas. + +--No vayas por allá, muchacho--dijo poniéndose serio--. El _Mosco_ es +muy bruto, y está que echa chispas. Han pasado dos meses desde que os +fuisteis, pero te soltará un escopetazo lo mismo que el primer día. +Algunos chavales de la busca que querían a la Feliciana han averiguado +dónde vivís, y le llevan este soplo y otros. Un día habló con tu abuela, +y la dijo que te matará si te encuentra al paso... Pero buscarte, no +creo que te busque. Se pasa las noches en El Pardo, y algunas veces va +de día. Es una rabia de cazar, una locura. Me han dicho que los guardas +andan de cabeza. Comenzaban a hacer la vista gorda por huir de +compromisos, pero ahora se desesperan y gritan: «Quiere que le matemos.» +El mejor día, cazando, el rey se va a encontrar con el _Mosco_, que anda +por todo El Pardo como si fuese de su propiedad. + +_Zaratustra_ pasó repentinamente a hablar de la muchacha. + +--Te has llevado lo mejor del barrio, granuja. ¡Los que te envidian por +allá y desean verte morir!... Pero lo que has hecho es propio de tus +pocos años. ¡Ay, si tuvieses los míos! ¡Si poseyeras mi sabiduría!... Ya +te cansarás: el amor es un sarampión de cabeza, que todos sufrimos a +cierta edad. Cree, muchacho, que el hombre está mucho mejor solo. Ya +sabes que yo pasé unos cuantos meses en la Modelo. La di tal paliza a mi +tercera mujer, que la dejé chorreando sangre al pillarla con un criado +que era joven. Y la muy perra tenía cerca de sesenta años. Cuando salí +de la cárcel volví a tomarla, y al morir ella tomé otras. Todas son +iguales, y hay que tragarlas como son, ya que las necesitamos. Te lo +dije otra vez: el hombre es un animal noble y altivo; la mujer... + +--Sí, _Zaratustra_, lo sé--interrumpió Maltrana, que temía la charla del +viejo--. La mujer, si no tiene su buen traje, su bota ajustada y demás +señorío, da su cuerpo al demonio. Adiós, gran filósofo; expresiones a la +abuela. + +_Zaratustra_ no le dejó marchar hasta enterarse de las señas de su +domicilio. Alguna mañana que acabase pronto su tarea iría a verles y +echarían un párrafo. La Feliciana se alegraría de hablar con el señor +Polo, que la había visto nacer. + +Transcurrió algún tiempo, sin que nuevos encuentros viniesen a recordar +a los dos amantes el grave trastorno que habían causado con su fuga en +la vivienda del cazador. + +Isidro carecía de trabajo; pero aún duraba en las prudentes manos de +Feli una parte del dinero del marqués de Jiménez. Había visitado a éste, +por si le ocurrían nuevas ideas y le tentaba el deseo de publicar otros +libros; pero el prócer estaba en plena luna de miel literaria. + +La obra reinaba esplendorosa, con su magnífica cubierta, en los +escaparates de las librerías. ¿Venderse?... ni un ejemplar. El senador +lo declaraba con desaliento: nadie quería enterarse de la verdadera +solución del problema social. ¡Qué país!... Así andaba él. Caliéntese +usted la cabeza, trabaje usted noches y noches, estudie condensando en +innumerables notas toda la sabiduría del mundo, para que después le +hagan a uno menos caso que a un novillero. + +El marqués lanzaba estas lamentaciones ante el joven, olvidando +momentáneamente su intervención en la obra. Pero de esta indiferencia +del público le compensaban los elogios de sus compañeros de la Alta +Cámara, a los que había regalado el libro y lo conservaban intacto sobre +la mesa, sin cortarle las hojas; los sueltos laudatorios de los +diarios, obra también de gentes que no hacían mas que pasear la mirada +por el índice. + +El prólogo del jefe lo habían publicado todos los periódicos del +partido. + +--¡Qué hombre, amigo Maltrana!--exclamaba el senador--. ¡Que talentazo! +¡Y qué modo de escribir tan... castizo! + +Se olvidaba, en su entusiasmo, de quién era el que le escuchaba, y +seguía en sus elogios al jefe y a la bondad con que le cubría de +alabanzas en varios pasajes del prólogo. + +El marqués de Jiménez no pensaba publicar otro libro hasta el año +siguiente. Era un mal el prodigarse. Además, sentíase fatigado, pues una +obra como la que acababa de publicar no se escribe todos los meses. + +Lamentábase en presencia de Maltrana de sus fatigas y trabajos, con una +sinceridad que daba ganas de llorar... Por ahora no tenía otra ocupación +que leer las críticas de los periódicos. Pasaba las noches en un sueño +inquieto, temblando por lo que podría decir la prensa al día siguiente, +y cuando encontraba un pequeño suelto laudatorio lo leía a la familia, y +encerrándose en su despacho, pasaba las horas contemplando con ojos +amorosos el pedacito de papel, para mostrarlo después, con ademán +displicente de grande hombre fatigado de la gloria, a todos sus +visitantes. + +Maltrana renunció por el momento a todo encargo de trabajo por parte del +senador. Pero su fe no se alteró por esto: otros le proporcionarían +nuevas tareas. Al verse falto de ocupación, dejó de estar en casa, y +pasó las tardes en el Ateneo o en los cafés, discutiendo con la juventud +literaria. De noche comenzó a recogerse tarde, aconsejando a Feli que le +esperase acostada. La literatura imponía deberes: era preciso dejarse +ver para hacer carrera y adquirir un nombre, asistir a los estrenos de +los teatros, intervenir con interrupciones en los debates del Ateneo, +hacerse notar en las interminables y estériles disputas sobre si hay +Dios o no lo hay, y acerca de la separación de la Iglesia y el Estado. + +Una mañana, Feli le despertó cuando estaba en lo mejor de su sueño. La +noche anterior había intervenido en una discusión sobre «la filosofía de +lo maravilloso», y aunque con la certeza de que esto no podía reportarle +ningún beneficio positivo y los periódicos no le dedicarían más allá de +una línea, descansaba satisfecho de su tarea. El grande hombre inédito +se despabiló al oír que en el despacho le aguardaba su padrastro, el +señor José, mostrando gran agitación. ¿Qué le quería el bueno del +albañil? + +Cuando salió, el señor José, casi llorando, le agarró las manos. + +-¡Qué desgracia, Isidro! ¡Qué vergüenza!... Si tú no arreglas eso, voy a +morir. + +El joven lo hizo sentar, tranquilizándolo. ¿Qué era ello? No había que +apurarse, pues para todo hay remedio. Y el albañil, en presencia de +Feli, habló de Pepín, del famoso _Barrabás_, que iba a ser motivo de su +muerte. + +Estaba en la Cárcel Modelo. Tres días antes lo habían cogido con otros +golfos, por un robo de bronces y alambres en una fábrica de Vallecas. +Hacía más de un mes que había huido de la calle de los Artistas, sin que +el padre pudiese averiguar su paradero. Esta fuga no era la primera. Ya +sabía Isidro que varias veces había desaparecido, sin que le corrigiesen +las palizas que le propinaba al volver. Tenía piel de perro, según +afirmaba el señor José. Ni golpes ni consejos habían servido de nada al +padre. Era un golfo, pero de los de marca; el talento de su hermano para +los libros lo tenía él para el mal. Colocábase al frente de sus +camaradas, como más atrevido, y éstos lo alzaban capitán. + +--¡Lo que me ha hecho sufrir!--continuó el señor José--. He perdido +varios jornales en un mes por dedicarme a su busca y captura, y todo +inútil. Y eso que yo aún conservo cierto olfato de mis tiempos de +guardia civil. He pasado días enteros en las inmediaciones del cerro del +Pimiento. Me dijeron que andaba por allí con una cuadrilla de pillos y +cierta pelona que es su querida, la _Piquirri_, una chicuela seca como +una caña, con la cara llena de costurones, que vende periódicos en la +Puerta del Sol y se arremanga para que los señores viejos la vean unas +pantorrillas que parecen flautas. No he podido atraparle... Después, le +busqué en la montaña del Príncipe Pío, en unas cuevas que hay debajo de +los cuarteles por la parte de la estación del Norte. Creí pillarle en lo +que llaman el «Palacio de Cristal», un chamizo donde se juntan los +golfos con todos los plumeros y pericos que esperan a los soldados cerca +de los cuarteles... Tampoco le vi... Y anoche, hablando en los Cuatro +Caminos con un chico de Zamora que sirvió conmigo y está en Orden +público, supe el paradero del granuja. Está en la Modelo; tú fíjate +bien, Isidro; ¡un hijo mío en la Modelo!... Yo, que soy su padre, podré +parecer tosco y pasar por ignorante, pero allí donde he estado nadie ha +tenido que decir de mi, y los jefes me citaban como modelo de honradez. + +El señor José llevábase una mano a los ojos, fregoteándolos para que las +lágrimas retrocediesen. ¡Un hijo suyo en la cárcel!... Le parecía que +todo su pasado de áspera integridad y honradez feroz se derrumbaba de un +golpe. ¡Quién le hubiera dicho, cuando con el fusil al hombro conducía +delincuentes esposados por las carreteras, que él, el soldado de la ley, +el guardián del orden, procrearía carne de presidio, aumentando con un +individuo más el ejército sombrío y desesperado que vivía en guerra +continua con la sociedad! + +Ya no tendría valor para detener en las calles a sus antiguos jefes, +pacíficos veteranos que vegetaban en Madrid, abrumados por las +estrecheces del sueldo de retiro. Ya no osaría decir: «¿Cómo va, mi +capitán?» a aquellos señores que, recordando su pasado de probidad y +obediencia, le estrechaban la mano como si fuese un igual, preguntándole +por la familia. ¿Cómo iba a contestarles que un hijo suyo, el único, +estaba en la cárcel por ladrón?... Aquel miserable le hacía abandonar el +mundo de los buenos, le arrebataba para siempre el orgullo de una virtud +que era su único lujo. ¡A los catorce años en la cárcel, y llevaba su +apellido, que tantas veces había alcanzado elogios por servicios a la +sociedad!... + +--Yo deseo, Isidro--siguió gimoteando el señor José--, que en este +asunto hagas lo que puedas. Ciertamente, no sé lo que quiero. No te pido +que lo saques de allí; aunque esto pudiera ser, yo me opondría. Que se +pudra en la cárcel, que se muera... ¡por pillo! + +Pero tras estas palabras enérgicas, reaparecía el padre. + +--Quiero--continuó con dulzura--que vayas a verle. Yo no puedo ir: creo +que me lo comería, que le haría pedazos si le viese... Tú tienes otra +labia; él te respeta y te hará más caso. Sermonéale; si ha caído, al +menos que se corrija y se arrepienta. Grandes criminales he visto que +acabaron como personas honradas. Y...--aquí titubeó--y si conoces al +escribano que tiene la causa o alguna otra persona que pueda influir, +hazlo por Dios. Que el muchacho salga de este mal paso; que una vez esté +en la calle yo lo cogeré, y antes muere a mis manos que vuelve a +escaparse. + +El señor José estaba trastornado por el suceso. + +¡Qué mundo, señores! Parecía cambiado y con gentes distintas a las que +él había conocido en sus tiempos juveniles. Creía que los buenos +formaban una casta, y que él y los que de él saliesen figurarían +eternamente en ella. Por esto profesaban ideas sanas, respetaban la +autoridad y acataban todo lo establecido... Y de repente, un pedazo de +su carne, una prolongación de su persona, se pasaba de un salto al campo +de los malos, burlándose de todas las doctrinas de orden y sumisión +enseñadas por su padre. + +El señor José comenzaba a sospechar si el mundo sería distinto de como +él lo imaginaba. No sentía las mismas energías de antes para abominar de +los vociferadores, que deseaban que la sociedad diese una vuelta, +colocándose arriba los de abajo. El dolor le hacía tolerante. Ya no +comparaba la organización social con la disciplina militar. No; la +sociedad no era un ejército; era más bien un rebaño triste y manso, que +los malos pastores obligaban a pastar en campos de desolación, +reservándose para ellos las mejores tierras. Los lobos de la desgracia +rondaban en torno de él, arrebatando las reses más débiles, las que +marchaban a la cola. + +--Te digo, Isidro--continuó--, que soy otro, y que cada día pierdo algo +de mis creencias. Esto es el fin del mundo: todo farsas y mentiras. Voy +creyendo que vivimos en plena comedia y que somos muchos los que hacemos +el papel de bobos. De lo que tengo certeza es de que existen muchos +ladrones, muchísimos, que no conoce la Guardia civil ni los conocerá +jamás. Si ahora tuviese yo que conducir criminales, los miraría con +mejores ojos. ¡Pobres diablos! También éstos son de los lobos... Los +ladrones, los verdaderos ladrones que turban el orden y la paz, los que +ponen en peligro la vida de los hombres, están muy altos, en sitios +adonde no llega la autoridad. + +El señor José hablaba como un ciego que fuese recobrando poco a poco la +luz. Fijábase con asombro en todo lo que le rodeaba. La injusticia +conmovía su carácter sencillo y recto, que comenzaba a perder el +endurecimiento de la disciplina. + +--Vivimos entre ladrones, Isidro. Verbigracia: yo me gano ahora el +jornal trabajando en un gran edificio de las afueras que construye el +gobierno no sé si para cuartel, hospicio u otra cosa. La obra es por +contrata; al contratista le dan sus buenos millones, y él hace el +edificio como si fuese de cartón. Lo que importa es ganar dinero, mucho +dinero, para partírselo tal vez con los mandones que le protegen. Los +que conocemos el oficio temblamos de miedo al ver cómo nos obligan a +construir. Sólo llevamos hecho un piso, y estamos seguros de que el día +que lo cargen se vendrá abajo, aplastando a todo Cristo. ¡Con tal que no +estemos nosotros!... El contratista viene en su automóvil una vez por +semana; mira, recomienda que se haga todo por el sistema de «mírame y no +me toques», y se va. El cemento es polvo de la carretera, las paredes +son tabiques, las pilastras están huecas... El mejor día hay una +catástrofe, que ni la del Dos de Mayo... Y por tres o cuatro pesetas +estamos allí centenares de hombres honrados con la muerte en la +garganta, mientras los culpables hacen vida de grandes señores. Yo soy +imparcial y reconozco mis engaños. A esos que hablan de revoluciones del +pobre los creo, como siempre, unos escandalosos perturbadores, pero en +algunas cosas no les falta razón. + +Aún habló el señor José largamente, mezclando las desilusiones de su +vida con los pesares que le daba el rebelde _Barrabás_. Isidro le +prometió que aquella misma tarde iría a ver al muchacho. Era amigo del +director de la cárcel y podía recomendarle al maldito golfo. Buscaría +además entre sus amigos alguno que pudiese influir con los señores del +Juzgado. + +Marchose el albañil, y por la tarde se dirigió Maltrana a la Cárcel +Modelo. Feli le dio gran prisa por que fuese a ver a su hermanastro. La +sensibilidad femenil se había interesado por este suceso que venía a +alterar la calma doméstica. Recordaba vagamente al _Barrabás_, de +haberle visto merodear por las Carolinas con una banda de golfos. +¡Pobrecillo! Tenía cara de bueno: le habrían perdido las malas +compañías. + +Isidro entró en la cárcel, siguiendo al empleado que el director le dio +por guía. Al abrirse el último rastrillo, experimentó una impresión de +frío y de tristeza; vio de un golpe las naves enormes, las galerías +superpuestas, y en ellas las puertas de las celdas con gruesos cerrojos. +Un silencio de tumba pesaba sobre la población invisible. La luz cenital +de las monteras de cristales se ensombrecía al descender, adquiriendo la +vaguedad crepuscular de las bodegas. Las filas de puertas recordaban a +Isidro las tramadas de nichos de un cementerio. Detrás de ellas existían +hombres silenciosos, que comían y pensaban; pero eran cadáveres +animados, que la estrechez de su tumba obligaba a la inmovilidad; vivos +que únicamente sentían la vida a son de corneta, al recibir el rancho +por el ventanillo o al salir al sol, para pasear, como fieras +enjauladas, durante algunos minutos. Un tropel de pájaros refugiados +bajo las claraboyas de las naves revoloteaba en esta luz plomiza. Sus +alegres piídos y el murmullo de sus alas sonaban como un remedo irónico +de la alegre risa de la primavera. + +Maltrana pensó con horror en la posibilidad de un largo encierro en uno +de estos ataúdes de mampostería. Centenares de hombres vivían allí, sin +que un grito, una palabra, un suspiro, conmoviese el silencio de estas +naves, que parecían las de una catedral abandonada. Nunca se había +creído valeroso; desconocía el impulso brutal de la agresión; pero a la +vista de este cementerio de vivos se juró ser aún más prudente. Si le +injuriaban, perdonaría la injuria antes que venir a este infierno +silencioso por un arrebato de su animalidad. + +El empleado le hizo subir una escalera, al término de la cual estaban +las celdas de los niños. Apenas avanzaron algunos pasos por una larga +galería, el empleado que vigilaba esta sección dio una voz, y un +muchacho descalzo, con ligereza de diablillo, saltó de puerta en puerta, +descorriendo con gran estrépito los cerrojos. + +En la entrada de cada celda apareció un niño, cuadrándose con militar +rigidez. Se examinaban con miradas oblicuas unos a otros, apretando los +labios para sofocar la risa. + +Calzaban alpargatas deshilachadas, o iban con los pies desnudos sobre +los fríos baldosines. Vestían ropas remendadas y mugrientas. Algunos no +tenían otro traje que la camisa y un pantalón de hombre sostenido por un +tirante que les cruzaba el pecho. Llevaban rapadas las cabezas, +mostrando muchos de ellos la extraña configuración de sus huesos +craneanos. Había testas enormes, que parecían temblar por su peso sobre +el cuello delgado y débil; otras presentaban por detrás un ángulo recto, +un corte radical, que denunciaba la anulación de gran parte de la masa +encefálica. Los había de ojos picarescos e insolentes, que miraban con +fijeza agresiva; otros tenían el cuello ondulado por las cicatrices de +la escrófula, o la nariz y las mejillas roídas por la viruela. +Manteníanse rígidos, las manos pegadas a las piernas, sacando el +vientre, con el bullón de la camisa lleno de objetos y papeles que les +servían de juguetes. + +El guía de Maltrana los conocía a todos como antiguos parroquianos de la +casa. El primero en quien se fijó fue el _Machaco_. + +--Cuando le trajeron por primera vez--dijo el empleado--tenía tanto +miedo, que en el rastrillo le dio un accidente y hubo que curarle. +Después, mira esto como su casa... Tú, ¿cuántas veces has venido?... + +El empleado preguntaba al _Machaco_, y éste contestó, sonriendo con +sencillez infantil: + +--Con ésta veintitrés. + +-Te han traído por un portamonedas de señora, ¿verdad?... Le darías +tirón y echarías a correr. + +--No, señor--dijo el _Machaco_ poniéndose serio--. Lo saqué de dentro +del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas. + +El empleado sonrió ante esta protesta de la dignidad profesional, y +siguió presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados +y chaquetón de paño pardo, era el _Paleto_. Le habían traído por robar +un corsé. Miraba a Maltrana con ojos de víctima moribunda, creyéndolo un +señor poderoso. + +--Sí, señor; me llevé el corsé--gimió con su rudo acento de campesino--. +Tenía hambre... vine a Madrid con mi padre... buscábamos trabajo. No lo +haré más, señor... yo soy bueno. + +Las grotescas contorsiones del _Paleto_, sus gemidos, provocaron una +hilaridad bárbara en todas las puertas. + +-¡Uuú! ¡uuú!--rugían los golfos, burlándose del arrepentimiento y el +miedo del _Paleto_. + +-¡A ver si hay silencio!--gritó el empleado imperiosamente. + +Todos quedaron inmóviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una +sonrisa, como si les divirtieran muchísimo los incidentes de su vida de +encierro. + +El empleado siguió designando por sus nombres a la doble fila de pillos. +Este era el _Besugo_, consorte del _Gallego_, el _Margallo_ y el +_Viruelas_, y compañeros los cuatro del _Barrabás_ en el robo de bronces +y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenían alejado de +ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hígados de sus +consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones. + +--El muchacho es una alhaja--dijo el empleado irónicamente--. Tiene +genio. Crea usted que sería un bien para la familia que reventase aquí. +Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo. + +Maltrana examinó a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa +y quijada fuerte, más voluminosa que el resto de la cara. El _Viruelas_ +era un monstruo de fealdad, con las facciones roídas, la nariz +aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor +nauseabundo que surgía al mismo tiempo de su boca y su piel. + +Luego, el empleado fue presentándole a otros: el _Golfín_, un angelito +de pelo rizado y ojos garzos, con el que había que tener gran vigilancia +por la intensa simpatía que inspiraba a sus compañeros; el _Boto_, el +_Feo_ y el _Paniego_, que llevaban varias temporadas en el +establecimiento, y siempre «trabajaban» juntos; el _Morritos_, el +_Lentejas_ y el _Lagarto_, que aún no contaban trece años, pero tenían +sus novias fuera de la cárcel, lo que les daba gran prestigio entre los +compañeros. Eran mujeres que casi podían ser sus madres: prostitutas +callejeras, que tomaban a risa la pasión de sus hombrecitos y les +aconsejaban que robasen, pues sólo podían creer en su cariño cuando se +presentaban con dinero. + +El empleado habló a uno de éstos: + +--¿Y la novia? ¿viene a verte alguna vez? + +Contestó con un movimiento negativo. ¡Las mujeres! ¡todas iguales! ¡Sólo +eran tiernas cuando veían _parné_! Y su cara viciosa, ajada +prematuramente, completó estas palabras con un gesto cínico. + +Maltrana saludó al vigilante de la sección de los niños: un viejo de +hirsutas barbas, con una expresión de bondad en los ojos. El otro +empleado explicó a Maltrana las dificultades del cargo. Había que ser +dulce con los presos; el director exigía la abstención de toda +violencia; pero debían tratarles con energía al mismo tiempo, pues los +golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor +blandura. Por medio de ingeniosas telegrafías comunicábanse de una a +otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era +antipático. + +Su revolución consistía en «darle tapadera», entendiéndose por esto que +cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que +tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrépito, que +se conmovía toda la cárcel. El empleado a quien obsequiaban con este +estruendo había de abandonar su puesto, trasladándose a las galerías de +hombres, más tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del +crimen. + +Al final de la galería encontró Maltrana al _Barrabás_, erguido en la +puerta de su celda. + +Había visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emoción alguna. Su +orgullo consistía en ser un «buen preso», imitando los gestos y la +impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer +los toques de corneta y moverse automáticamente, cual si llevase varias +campañas y viviera en la casa como en su propio elemento. + +Saludó al empleado llevándose la mano a la cabeza y quedó inmóvil. + +--Bien, muy bien--dijo Maltrana--. Tú parece que estás aquí +perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergüenza. ¡Golfo! +¡ratero! + +El _Barrabás_ sonrió e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando +a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era +precisa su visita. + +--Este es un mozo de cuidado--dijo el guardián dándole golpecitos en la +nuca--. Este irá a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tenía +su poquito de miedo; pero apenas entró, ¡como el pez en el agua!... Si +le dejásemos, cobraría el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el +cartel al _Machaco_: las echa de matoncillo... + +Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, siguió reconviniéndole. + +--Estás aquí por ladrón. ¿Sabes tú lo que es eso, Pepín? ¿No conoces lo +que nos afrenta a todos? ¿No comprendes que vas a matar a tu pobre +padre?... + +El _Barrabás_ abandonó su inmovilidad y miró con ojos hostiles, +homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas más allá. + +--Estoy aquí--dijo con voz ronca--por esos voceras, que se han chivado, +contándoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto +pueda, les saco el redaño. + +Y se erguía con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven, +estremeciéndose todo su cuerpo linfático y desmedrado, con esa ruindad +física de los homicidas por instinto. + +Maltrana comprendió que sus palabras no causarían efecto alguno en el +muchacho. Había hecho mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que +no le veía. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese +de esta mala aventura, caería en otra. La cárcel era su casa, y toda +aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la +escogida por él, con la atracción de las comunes aficiones. + +El _Barrabás_ siguió hablando, sin fijarse en la mirada de reprobación +de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazañas las +raterías verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lástima aquel +hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para +apoderarse de un mal pañuelo. + +A él le hacían caso en la cárcel. Lo declaraba con orgullo: pocos días +llevaba allí, y los empleados le elogiaban, porque «hacía un buen +preso», siendo el primero en la formación y ayudándoles con su +influencia para que todos obedeciesen. Los compañeros y consortes le +respetaban. Sabían que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten +los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma. +Tampoco era un «quincenario» de los que pasan en la celda medio mes sin +enterarse del motivo de su detención. Era un detenido de causa, y los +camaradas conocían su historia. Sabían que en el «Palacio de Cristal» +había descalabrado a dos compañeros de los más audaces y que en todas +las cuevas del Príncipe Pío, por su labia y por la facilidad con que +empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir +y las primeras hembras del rebaño de vendedoras de periódicos y +explotadoras de señores viejos que seguían a los golfos en sus antros. + +Los pequeños presos, al saber que el visitante no era un señor de los +Juzgados, sino un hermano del _Barrabás_, abandonaban su posición +rígida, aproximándose unos a otros para aprovechar este rato de +inesperada tertulia. + +El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que +acompañaba a Maltrana, se espontaneó más con su hermano; quiso +deslumbrarle con las grandezas de su porvenir. + +--¿Ves todos éstos?--dijo señalando a los camaradas--. Pues me tienen +miedo y quieren que sea su capitán. Hemos resuelto, cuando salgamos, +hacer una partida y que yo sea el jefe. + +Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de páginas +mugrientas, con las puntas de la encuadernación roídas por el manoseo. +Era la historia de José María, «el rey de Sierra Morena». Las enfermizas +imaginaciones de estos torpes engendros exaltábanse al leer, en el +silencio del encierro, las hazañas del caballeresco bandido, al +contemplar en las láminas las arrogantes figuras de los paladines de +carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el +cinto repleto de onzas. Así serían ellos cuando saliesen al campo: el +_Barrabás_ marcharía al frente, por montes y caminos, como glorioso +capitán. Y el libro, por medios habilísimos, pasaba de unos a otros, a +pesar de que el director perseguía tales obras como si fuesen veneno +puro. + +--Si éstos me siguen--continuó el _Barrabás_ con énfasis--, si no son +unos cobardes como mis consortes, ya oirás hablar de mí... Algún día +puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo +que le conviene. ¿Qué había de ser yo? ¿albañil, como mi padre? Muchas +gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de +la calle pidiendo limosna. + +El deseaba vivir: juerga, alegría, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Sabía +dónde se encontraba todo: sólo era asunto de agallas el hacerse dueño, y +él las tenía. Aunque muchacho, había visto bastante. + +Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad, +que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz. + +Maltrana, molestado por el cinismo del pequeño, huyendo su mirada, que +parecía insultarle, se fijó en otro muchacho que se aproximaba a ellos. +Iba descalzo, sin otras ropas que un pantalón y una elástica, pero +llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos +bandos luengos y lustrosos. + +--Y tú, ¿por qué estás aquí?--le preguntó Isidro. + +El aludido contestó gravemente: + +-Por darle una puñalada... a un queso. + +Rió _Barrabás_ la estúpida gracia con estruendosas carcajadas, y los +grupos cercanos rieron también, como escandaloso eco. Todos se habían +enterado de quién era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar +sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual +a muchos individuos de sus familias que venían a sermonearles en +presencia de los camaradas, poniéndoles en ridículo, cual si no fuesen +ya unos hombres. + +--A ver si hay formalidad--dijo el empleado aproximándose al oír las +risas--. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capón. + +Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego +añadió, señalando al de la puñalada al queso: + +--Este se ve aquí por sinvergüenza. Su padre es rico, y él le ha robado, +ha empeñado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. Aún no tiene +catorce años. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta +escuela de moralidad y buenas costumbres. + +Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados e irónicos, como +admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretendía corregir +al hijo encerrándolo en la Cárcel Modelo. + +--Este señorito irá lejos--continuó--. Los chicos le llaman el _Levita_, +y es el mayor amigote del _Barrabás_. El es quien le llena la cabeza de +aire hablándole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la +calle. + +Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situación ridícula +viéndose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara, +sorprendió por dos veces los guiños burlescos, las morisquetas que +hacían algunos a sus espaldas mirando al _Barrabás_. Su hermanastro, con +una leve sonrisa, parecía animarles. + +Del fondo de la galería salieron voces imitando el gruñido de varios +animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido +«capón». Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente +moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. ¡Virtud a +ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo! + +No quiso Isidro prolongar por más tiempo la visita; además, el empleado +que le servía de guía mostrábase impaciente. + +Prometió al _Barrabás_ interesarse por su suerte, ver a los señores del +Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo. + +--No lo descuides--dijo el pilluelo con hipócrita seriedad--. Será una +buena acción; mis consortes son más culpables que yo. Si hubiese +justicia, ya me habrían puesto en la calle. + +Pero en sus palabras notábase la falta de anhelo por salir. Allí no +estaba mal; además, pensaba en el «cartel» que podía darle un largo +encierro, en la admiración con que acogerían su salida los golfos +albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid. + +Cuando Isidro volvió a casa, pensaba en su visita a la cárcel como si +fuese un ensueño. ¡Y su hermano, un pedazo de su carne, vivía allí con +delectación, como si la esclavitud le colocase por encima de los demás! +No ocultó a Feli el mal efecto de su visita. + +--Haré lo que pueda por ese granuja, aunque él, por su gusto, mejor está +allí. + +El señor José se presentaba por las noches en casa de Isidro, pues el +día pasábalo en aquella gran edificación de las afueras, por no perder +el jornal. + +--¿Qué hay del chico?--preguntaba ansiosamente. + +Al principio le dio Isidro buenas esperanzas. Creía posible su +excarcelación por medio de un amigo que, a su vez, lo era de otro que +conocía al escribano. Luego se mostró pesimista. Pedirían una fianza, y +no era cosa fácil para unos pobres como ellos el conseguirla. Por fin, +quiso dar un consejo al señor José. El _Barrabás_ era cosa perdida. Lo +mismo daba que permaneciese en la cárcel que en la calle. Casi le +favorecían dejándolo allí, pues evitaban que cometiese nuevos delitos. + +El albañil no volvió por casa de Maltrana. A pesar de su carácter +rígido, mostrose ofendido por esta falta de esperanza en la regeneración +del _Barrabás_, y eso que él era el primero en desconfiar de su +enmienda. + +Isidro casi olvidó a su hermano. Otras preocupaciones dominaban su +pensamiento. Quería salir de su mísera situación antes que se agotase el +dinero del libro del marqués de Jiménez, administrado por Feli con +escrupulosa economía. + +De vez en cuando, una traducción que le proporcionaba un amigo, un +artículo que conseguía colocar en un periódico ilustrado, sostenían +instantáneamente el descenso de su fortuna. Pero esto no era bastante: +le faltaba el ingreso regular y seguro para mantener su vida. + +Pensó un momento en hacer un esfuerzo de voluntad y entrar en la +redacción de un periódico... La empresa no era fácil: todos los puestos +estaban ocupados, y él apenas si servía para esta labor. La fama del +_Homero_ indolente se había esparcido por todas las redacciones. + +Hubo instantes en que confió su salvación a libros originalísimos que se +le ocurrían, y que, según él, estaban destinados a producir gran +escándalo en el público. Pero ¿quién iba a imprimirlos? ¿Y la fuerza +para escribir dónde podía encontrarla, con la voluntad entorpecida y la +inquietud del sustento inseguro?... + +Comenzaba a dudar de su fuerza. Desvanecíase la fe de aquellos momentos +de bienestar, en los que creía en asombrosas ascensiones hacia el +triunfo. Pensaba, en su desesperación, que era un infeliz sentenciado a +la miseria, con menos talento que un mozo de cordel. Aquellas ropas +raídas de señorito que cubrían su cuerpo eran la librea del hambre. +Llegaba a su cuarto y se tendía en la cama, triste, trémulo, como si le +amenazase una desgracia, ocultando la cara entre las manos. La pobre +Feli acudía, balbuceando de miedo: + +--¿Qué tienes, Isidrín? ¿Qué te pasa, rico mío? + +Le acariciaba como una madre; hundía sus manos en la crespa cabellera, +mientras Maltrana respondía entre suspiros. Nada, no tenía nada; +jaqueca, cansancio de no trabajar, aburrimiento. + +Gemía de impotencia, acompañado por la dulce Feli, que también derramaba +lágrimas, sin pedir nuevas explicaciones, adivinando, en su instinto de +mujer, que estas crisis tenían relación con el montoncillo de dinero, +cada vez más exiguo, que guardaba en la cómoda. + +La juventud y el amoroso contacto de sus cuerpos acababan por desvanecer +esta lluvia de lágrimas. Abrazábanse con los ojos todavía húmedos, +sentían la necesidad de estrecharse, de hacer frente con mayor solidez a +la desgracia, y los besos sucedían a los llantos, entregándose al amor +con un resto de melancolía que proporcionaba a su placer nuevas +dulzuras. + +Por las noches entraba Maltrana en casa cada vez más tarde. La tímida +Feli había tenido que vencer su miedo a las habitaciones desiertas, a +las terroríficas imágenes del señor Vicente. + +Cosía hasta más de las once a la luz de un quinqué comprado en el +Rastro. El señor Vicente, al volver a su habitación y ver luz por debajo +de la puerta, tocaba discretamente con los nudillos. + +--¿Aún no ha vuelto el señor de Maltrana? + +Y al saber que Feli estaba sola, negábase a pasar adelante. Era tarde y +debía levantarse con el alba. + +--Que trabaje usted mucho, señora, y duerma bien. ¡Ah! Y si tiene usted +un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oración tan bonita que le +entregué. Se ganan ochenta días de indulgencia. + +Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergón, +los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venían los gritos de +la pesadilla, los apóstrofes al Malo, para que se alejase con sus +carnales tentaciones. + +Feli se acostaba después de media noche, aguardando en la obscuridad la +llegada de Isidro, creyendo que era él cada vez que sonaban pasos en la +escalera. Dormíase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al +sentir en sus ojos la violenta impresión de la luz. + +Isidro, con aire fatigado, desnudábase junto al lecho. ¿Qué hora era? +Las tres; las cuatro. El joven excusaba su retraso hablando de los +deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Había +que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos, +visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctámbulos +que podían ayudarle. El la amaba como siempre; pero se debía a la +literatura y al público. + +Una noche asistió a un banquete en honor de un compañero que acababa de +publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de +fuerza y cohesión para que rabiasen los viejos. Feli cepilló con gran +cuidado su traje, puso en su pañuelo unas cuantas gotas de esencia que +aún le restaban en el fondo de un frasco; añadió un par de pesetas, por +lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separó +tristemente de lo que ella llamaba «el capital de la casa», cada vez más +reducido. + +Eran las tres de la madrugada cuando despertó Feli sintiendo en la +frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de +Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillándole los ojos +con un fulgor extraordinario. Después percibió un perfume de flores +marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios _bouquets_, que +indudablemente habían servido de adorno a los cubiertos antes de +comenzar el banquete. + +--¡Viva el arte!--gritó Maltrana con una agitación que hizo reír a +Feli--. ¡Viva la eterna belleza! ¡Viva la juventud triunfante! + +--Pero ¡cállate, condenado!--exclamó la muchacha--. Puesto a gritar, +dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado. + +--Estoy borracho, es verdad; borracho de entusiasmo, de vida, de +inspiración... El porvenir es nuestro, nena; los jóvenes triunfaremos. +Tú eres la belleza, la musa de la juventud: deja que te cubra de +flores. + +Y riendo como un chicuelo travieso, le arrojaba a la cara los +ramilletes. + +--Pero ¡Isidro, hijo mío--protestó Feli--, que vas a despertar al señor +Vicente!... + +--Que se fastidie ese sacristán; que reviente el rapavelas. ¡Abajo el +obscurantismo! ¡Viva el arte y la juventud! + +La alegre embriaguez de Maltrana hacíale contemplar a Feli con ojos +amorosos. ¡Qué hermosa la veía en el desorden del sueño, con el pelo +alborotado y las mejillas sonrosadas, mostrando su pecho de suave +palidez de camelia por entre las modestas puntillas de la camisa, +cruzando tras la cabeza el marfil de sus redondos brazos! Era la musa de +la juventud. Isidro la besaba en el rostro, en los hombros, en los +pechos, en todos los adorables rincones de su carne que la muchacha iba +dejando al descubierto al revolverse en la cama, estremecida bajo el +chaparrón de caricias, que le arrancaba sofocadas risas, lamentaciones +de irresistible cosquilleo. + +--Déjame, mala persona--gemía riendo--. Déjame, o chillo. + +Maltrana siguió besándola, interrumpiendo sus caricias con ardorosas +palabras. + +--Grita lo que quieras... pero no te dejo. He de asesinarte, matarte a +besos... Te adoro. Eres la Venus de Milo... La de Milo, no, ¡que +barbaridad! no tiene brazos, y los tuyos son muy bonitos. Eres la de +Médicis, la de Canova, la Capitolina, ¡eso es!... la Capitolina, que es +la más chulona de todas las Venus... Deja que te bese de rodillas, que +te adore. + +Y en la extravagancia de su embriaguez, pretendió arrodillarse para +besar una pierna que asomaba entre las ropas del lecho. + +Feli sonreía con estos arrebatos de su amante. Le placía verle alegre. +Se había dormido pensando en la necesidad de decirle una cosa... una +cosa muy importante. + +Maltrana inclinó su cabeza para oír mejor. + +--Habla: dime qué es eso. + +Pero Feli se resistió a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que +sus mejillas se enrojecían intensamente. No; así no. Temía que alguien +la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dormía al otro +lado del tabique. + +Extendió sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproximó a su +boca, hablándole al oído largamente, con mimo infantil. + +Cuando Maltrana se incorporó, ya no le brillaban los ojos. Se había +disipado el gesto risueño de su embriaguez; había perdido las ganas de +dar vivas a la juventud y al arte. + +La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves +afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor. + +¡Un hijo!... Adiós, juventud. Maltrana creyó que caía de golpe sobre sus +hombros la capa de plomo de los años; vio más negra, más triste, la +miseria en que vivía. + +Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfacción y +el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongándose en el curso +de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero creyó sentir en torno algo +que se despegaba de él. La juventud alegre, sin responsabilidades ni +obligaciones, se perdía para siempre. A lo lejos, la Ilusión, en fuga, +batía sus alas de diamante. + + + + +VIII + + +Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo, +sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la +casa. + +Feli le pareció menos agradable. Trataba a Isidro con el cariño de +siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoración que hacía de ella una +devota más que una amante, pero tenía crisis de inexplicable tristeza, +que parecían contagiarle a él. + +Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprendía de bruces en la +cama, llorando silenciosamente. + +--Pero ¿qué tienes?--gritaba con tono colérico--. ¿Qué te pasa?... + +Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su débil +organismo. La invadía una intensa tristeza, atormentando su imaginación. +Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entrañas, en cuál sería +su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de +ellos, amenazándoles con toda clase de privaciones. + +Isidro sorprendía algunas veces en su mirada una curiosidad molesta, +como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva +luz, viéndole totalmente cambiado. Feli comenzaba a dudar de él: su fe +sufría ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razón, +la muchacha preguntábase si Isidro era tan grande como ella le había +creído, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el +trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba +gran parte del día olvidado de su situación, charlando en el Ateneo y en +los cafés del porvenir de la juventud, de la decadencia de «los viejos», +de lo que debía ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir +grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para +la labor. + +Todo esto que pensaba Feli vagamente lo traslucía Isidro en sus miradas. +El, por su parte, viéndose analizado y con menos admiración, sentía +ligeros descensos en su amor, confesándose que había en éste más de +agradecimiento que de pasión irresistible. + +Amaba a Feli con un nuevo afecto plácido y tranquilo. + +Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de +la carne, llamándola Venus, quedaba muy poco... ¡Pobre Venus! La diosa +deformábase con la maternidad. Una hinchazón monstruosa rompía las +líneas armónicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color +limón que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La +muchacha sentía el trastorno de sus entrañas en forma de náuseas, +vahídos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egoísmo de hombre +superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los +amigos. + +El estado anormal de Feli coincidió con un suceso que hizo temer a +Isidro por la vida de la muchacha. + +Una mañana se presentó el señor Manolo el _Federal_. Feli, que no le +había visto desde su fuga de la casa paterna, acogiole con grandes +muestras de cariño. ¿Y el padre?... Pero el señor Manolo apenas +contestó. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a +bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad. + +Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del +capataz. + +--Tú no habrás leído los papeles de hoy--le preguntó al detenerse en la +acera--. Pues bien; el _Mosco_ ha muerto; mejor dicho, le han matado. +Los esbirros han conseguido lo que deseaban. + +Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al +suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no +inspiraba interés. El _Mosco_ y su acólito el _Chispas_ habían caído en +una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de +plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos +en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las +víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los +guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que +entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger +cardillos. + +--La cosa fue anteanoche--continuó el capataz--. Yo lo supe ayer por la +tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a +verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los +que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la +frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos +pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a +los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a +pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una +descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya +estarán contentos! ¡Ya no pensarán más en el _Mosco_, que era su +preocupación!... El pobre _Chispas_, cuando sane, si es que sana, irá a +presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como +perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan; +que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar +algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos +la revolución!... + +La muerte del _Mosco_ impresionó mucho a Maltrana. Pensó con +remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta +catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus +expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó +Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en +lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis +pusiera en peligro su salud. + +Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara +triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un +asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era +cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a +presentarse de un momento a otro?... + +Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un +momento columbró la verdad. + +--No digas más, Isidro--murmuró--. No te esfuerces: no temas por mí. Yo +soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?... + +Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era +digna hija del _Mosco_. Aquella mujercita débil, que muchas veces +lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer +la desgracia. + +Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en +sueños a su padre cubierto de sangre, pereciendo bajo las escopetas de +los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con +la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las +Carolinas al lado del dañador. + +Apenas si lloró. Permaneció anonadada, embrutecida por la sorpresa. +Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como +si al encontrarse sola sintiese con más intensidad la desgracia, +entregándose largas horas al llanto. + +Una pregunta parecía vagar por sus labios, atormentándola con cruel +inquietud. + +--¿Tú crees, Isidro--dijo al fin--, que no tenemos ninguna culpa en la +muerte de padre? + +La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el ánimo de Maltrana; +pero éste se apresuró a tranquilizar a su compañera. No; ninguna +responsabilidad les correspondía a ellos. El _Mosco_ había muerto por +temerario. Era el final lógico de una vida de aventuras, de aquel modo +audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. ¿No le había visto +llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas +heridas?... + +Pareció tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se +veía sola. El señor Manolo se presentó varias veces en la casa para dar +cuenta a los dos jóvenes de la exigua herencia del _Mosco_. Iba +vendiendo a las gentes de Tetuán los famosos perros del dañador, sus +enseres de caza, todo lo que contenía la casucha de las Carolinas. Llegó +a reunir así unos sesenta duros, que entregó a Feli, guardándolos ésta +sin decir nada a Isidro. + +Bien necesitaban el dinero. Había llegado el calor, y sus trajes de +invierno, aunque raídos, les abrumaban con peso sofocante. Vistiéronse +los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo. + +Feli, en este segundo equipo, ya no se permitió capricho alguno. ¿Para +qué adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo débil y delicado. +Pasaba semanas enteras sin salir de su habitación, sin asomarse a la +ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su +voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremeciéndose por contener +las náuseas, preparaba la comida. + +Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro, +mostrando empeño en que se distinguiese de los compañeros por su +limpieza, abandonábalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos +grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias. + +Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo +silloncito que su amante ocupaba al escribir, permanecía inmóvil horas +enteras, contemplando con fijeza hipnótica su vientre desmesurado, +monstruoso, que subía y subía, tirando de las faldas, dejando al +descubierto sus hinchados pies. + +Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel +globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos +estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo +extraordinario del fenómeno. + +--¿Llevaré dos?--preguntaba con voz trémula--. Tú que sabes tanto, ¿no +reconoces que esto es demasiado?... + +Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los +otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar; +estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía +caso de la juventud; no la abrían camino... + +Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la +obscuridad, se pasaba las manos interrogantes por aquella montaña, +motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud. + +En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor +Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la +joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la +puerta. + +Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él. +Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y +pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel +tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de +su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores +elogios del «santo». + +Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven. +Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de +Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias +católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de +hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se +había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría +dinero: la tal conversión le costaba muy cara. + +El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona. + +--Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?... + +Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza. +Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin +suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía +sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía +acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza +maternal. + +--Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la +cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la +rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa. + +Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en +presencia de una comadre del barrio. El señor Vicente no era un hombre: +la locura religiosa le excluía del sexo. Se lamentaba al hablar con él +de la inquietante hinchazón de su vientre. Le comunicaba su terror. ¿Era +aquello natural?... ¿Qué opinaba el buen hermano? + +Y el púdico señor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin +escrúpulo alguno, como si la maternidad fuese una función falta de +origen, en la que para nada intervenía el amor. + +Sospechaba, en sus piadosas fantasías, si este embarazo ocultaría algo +sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina. + +Hacía preguntas a Feli, que ésta contestaba con extrañeza. ¿No le decía +nada el ser que llevaba en las entrañas? ¿No le había hablado alguna vez +o demostrado su voluntad con extraños ruidos?... + +--Hace usted mal--continuaba--si cree que digo esto a tontas y a locas. +Yo, aunque lego, he leído algo. Ahí dentro tengo una Vida de San Vicente +Ferrer, mi ilustre patrón, al que con motivo llama su panegirista «el +San Pablo español». No se imagine que es un librillo de los de ahora, +sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor +es el reverendo padre Valdecebro, varón de gran fama por las obras que +escribió sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro +cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, sentía +grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los +ruidos que hacía la criatura. Algunas noches creyó oír ladridos en sus +entrañas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de +Valencia, que era santo y prudente. «No temas, mujer--dijo el prelado--; +si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el +gran mastín de la Iglesia, que reñirá con los lobos de la herejía.» Así +lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varón docto, incapaz de +mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. ¡Quién sabe si querrá +repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro +mastín para la defensa de su rebaño!... + +Feli compadecía la simpleza del devoto, ofendiéndose al mismo tiempo por +la misión animal que atribuía al hijo de su entrañas. + +--Pues éste, señor Vicente--decía señalándose el abdomen--, éste, por +ahora, no imita a su santo patrón: aún no ladra. + +--Tenga usted fe en la bondad del Señor--continuaba el hermano--. Todo +llegará, y así que se presente el mal paso, le traeré ciertas reliquias +milagrosas de un amigo mío, y una cinta de la Virgen que obra prodigios. + +Había comenzado el verano. Isidro juraba de desesperación viendo que +todas las personas que podían ayudarle se ausentaban de Madrid. No +encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningún +traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus +páginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la +aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal +artículo. + +Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno, +despertaban y revivían al llegar el calor. Las cuadras y vaquerías +hedían con la fermentación del estiércol; las bocas de las alcantarillas +humeaban la podredumbre de sus entrañas; hasta los caballos de los +coches de punto, en sus largas esperas, levantaban la cola, impregnando +el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta. + +La calle era más ruidosa que en el resto del año. Parecían nacer niños +de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las +aceras, entregándose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los +balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrépito del +carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los +dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que +desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle, +como dilatada por el calor, introducíase por todos los huecos, haciendo +llegar sus hedores y ruidos a los extremos más recónditos de las casas. + +Las habitaciones que ocupaban los dos jóvenes ardían de la mañana a la +noche bajo la llama del sol. Descendía del techo un calor asfixiante, +como si sobre él ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa, +respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro, +abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujían durante la +noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas +ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos +movíanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los +parásitos del verano. Las chinches caían del techo, las pulgas saltaban +sobre los baldosines. El señor Vicente no podía remover sus pilas de +volúmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante +correteo. + +Feli sentía aumentar sus náuseas y su inapetencia con este asqueroso +renacimiento que la rodeaba. + +Apenas comía. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria, +aumentaban su debilidad. Maltrana la veía ajarse, perder la viveza de +su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo +mejor de su vida. + +También el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volvía a +casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quería +morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los +amigos, haciéndose visible en las redacciones de las revistas, sin +conseguir una traducción ni que le admitiesen un artículo. La vida +estaba paralizada: todos los que podían darle algo se hallaban ausentes. + +Había buscado al marqués de Jiménez, con la esperanza de inspirarle una +nueva obra; pero el grave personaje también estaba ausente; veraneaba en +una de sus fincas, y en ella se proponía permanecer hasta el invierno. + +En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo +mísero de su situación. Sus brazos eran débiles, sus manos delicadas; ni +siquiera poseía el vigor físico de un mozo de cordel para ganarse la +subsistencia. + +Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces había leído +sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. ¡Ay! Ellos, al +menos, no perecían de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga +siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso. +Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de +nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los +desgraciados de blusa?... + +En estos momentos de desesperación pensaba en _El bachiller_, de Julio +Vallés, una de las obras que más le habían impresionado, por ver en ella +la negra historia de su existencia. Acudía a su recuerdo la dedicatoria +del libro, desolada, de inmensa tristeza: «A todos los que, nutridos de +griego y de latín, están muertos de hambre.» + +El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban +eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída, +que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como +los obreros manuales. + +Maltrana pensó por primera vez si el gran error de su vida era haberse +dejado arrancar del campo de miseria donde nació; si aquella buena +señora, su protectora, habría sido, sin saberlo ni quererlo, la mala +hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soñar con la +gloria y haber vestido las raídas ropas del bohemio, cuando su salud +consistía en seguir dentro de la blusa de sus mayores. + +Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se +acababa el dinero y no tenían esperanzas de que llegase más. Pero ella +le ayudaría: estaba habituada al trabajo. + +Y la pobre muchacha, anémica por la falta de nutrición, abrumada por el +peso de su vientre, tuvo un arranque de energía sobrehumana, de esos que +únicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible +volver a la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la +admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios +menudos e insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas +pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría «flores» para los corsés, +se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de +un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la +fábrica de gorras. + +Isidro se opuso. ¡Trabajar ella, mientras él permanecía en forzosa +inacción! ¡Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su +organismo la obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adiós, idilio. +Maltrana creyó que su dicha amorosa huiría para siempre así que aquellas +manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El +engranaje de la miseria agarraba a sus víctimas para no soltarlas jamás. +Si ella trabajaba, viviría siempre condenada al trabajo: jamás tornarían +a su nido la alegría y la abundancia. Antes morir los dos de miseria, +que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradándose de nuevo con las +fatigas de la obrera. Ella era una señorita: la mujer de un escritor. + +La muchacha acogió estas protestas encogiendo los hombros. El buen +sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al +regresar Maltrana a su casa, vio la habitación llena de corsés blancos y +modestos, corsés de pobre, que Feli había recogido en el taller. Pasaba +las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que +descansaban los armazones de lienzo. Hacía las «flores»: los pespuntes +en forma de triángulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era +una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles. + +Isidro se enfadó. ¿Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus +protestas. Señalaba con los ojos aquel cajón de la cómoda donde metía el +dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el tío +Manolo. No habían pagado los dos últimos meses de inquilinato al señor +Vicente; debían en varias tiendas de la calle; él tendría que renunciar +a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de +«juventud», a aquellos gastos que consideraba necesarios para «hacerse +ver», para «refrescar» el nombre literario. + +Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni +misericordia. Feli la adivinaba, abría sus ojazos llenos de misterio, +como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que +llevaba en sus entrañas también parecía presentir la proximidad del +fantasma. Agitábase cada vez más inquieto, y la madre lloraba pensando +en su suerte. La pobreza sería la única hada que le abrazase al surgir +al mundo. Si la fortuna no había de apiadarse, prefería que el ser +inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se +sintiera esclavizada por el cariño. + +Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de +que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, veía a +Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el +rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus +ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta +en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía +que hacer grandes esfuerzos para que se acostase. + +--Déjame acabar esta docena--decía sin levantar la cabeza, tenaz en el +trabajo, deseosa de no perder un segundo. + +Maltrana sentíase avergonzado por este sacrificio. En la calle se +acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que él pasease +inactivo, mientras la pobre joven vivía trabajando en este ambiente de +horno. Sentía la necesidad de acompañarla: creía con su presencia +disimular un tanto lo ignominioso de su situación. Al regresar a su casa +iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su +aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues había vendido todos +los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del +señor Vicente e intentaba reír con las piadosas extravagancias de las +vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por +devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces sentía +deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compañera. Iba a +hacer algo notable: tenía la cabeza repleta de ideas. Sentábase a la +mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su +espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujían los corsés al +amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor +pesado y asfixiante cubría su piel de perlas de sudor. Rompía papeles y +más papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La +inspiración huía, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad +de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse +nerviosamente, jurando que era un imbécil; hasta que Feli, molestada por +su cólera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones. + +Isidro, avergonzado de su inacción, se dedicó a acompañarla cuando +devolvía el género al taller, ya que no podía hacer otra cosa. La +primera vez había dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y +llevando por delante sus pesadas entrañas, cargase con el fardo para +llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos +amigos, y aunque la mayoría de éstos se hallasen fuera de Madrid, temía +que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrúpulo egoísta, un +deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se +mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli +empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste, +sintió hondo remordimiento. + +--Deja eso, nena--murmuró avergonzado--. Yo lo empaquetaré, yo te lo +llevaré hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que +vayas sola... + +La pobre aún se resistió a aceptar esta ayuda. El era un señorito, un +intelectual, una futura eminencia. ¿Qué dirían sus amigos, aquellos +camaradas de café, si le veían en la calle cargado como un mandadero?... +Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le +inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba +ayudarla, servirla de algo. + +Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos +paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana +seguía la acera pegado a la pared, con cierta vergüenza, ocultando la +cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transeúntes. La +joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzábase por seguir su +rápido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su +vientre con doloroso vaivén. + +El regreso era más lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa +nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras, +tibias aún de los ardores del día. Humeaba la población al exhalar en la +calma de la noche el fuego con que el sol la había caldeado. La +circulación era en las calles menos densa que en el resto del año. Los +balcones estaban cerrados; apenas si se veía algún rectángulo de luz en +las obscuras fachadas. Agrupábase la gente en las mesillas exteriores de +los cafés y horchaterías. Sentábanse ante los portales las tertulias en +corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo +rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boñiga en fermentación +surgía del suelo de las grandes vías. + +Cerca de la casa del señor Vicente, en las estrechas calles de los +barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de +la Cebada humeaba como un estercolero en putrefacción. De sus sótanos, +faltos de aire, surgía la peste de las verduras fermentadas, +difundiéndose por toda esta parte de Madrid, que olía como una huerta +abandonada. + +Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que +acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades. +Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas sí +trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. Mentalmente +ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no +bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que habían suprimido el +café y el vino, y no comían mas que lo necesario por no perecer de +hambre. + +Maltrana, oyendo estos lamentos de dueña de casa, pensaba +nostálgicamente en el pasado. ¡Qué dulce recuerdo el de los paseos por +los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los +merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasándose las naranjas de boca +a boca, contentos del sol que les metía en el alma la alegría de su luz, +gozosos de la noche que les protegía con su sombra, dando a sus caricias +un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo había +huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como parecía estar aquella +Feli de los buenos tiempos, alegre, risueña y rebosando la admiración, +de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con +gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su +hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidándolo como un niño +grande, más por conmiseración maternal que por apasionamiento amoroso. + +Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de +color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo +una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y +con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habrían visto +todo gris, aunque cabrillease el sol de los poetas en las aguas del +Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mármoles del Partenón y +las aulétridas se pasaran el día soplando en sus dulces flautas. La +miseria era un endriago de invencible fealdad. No había arte en el mundo +que pudiese embellecer su horripilante mascarón. + +Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los +gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible +catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos +y heridos. + +Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas +cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba +su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus +números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que +despierta lo terrorífico en la imaginación femenil. + +Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario, +en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido +en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el +señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la +desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había +perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta +el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder +la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres +de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los +hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el +del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su +nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no +permitía dudas. + +Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa. Recordó a su madre; pensó +en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su +compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una +liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el +escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para +aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los +sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del +crimen a los hijos de los servidores de la ley. + +Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid +proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a +él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los +poderosos. + +Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo +lo que podía hacer por su padrastro. + +A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de +mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al +depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol +caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las +alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición +envenenaba la densa atmósfera de verano. + +Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con +blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de +salir de los lavaderos. + +Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las +mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando +los brazos con expresión amenazadora. + +--¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse +ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como +perros. + +Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi +todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los +insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de +esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer +en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen +intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería. + +Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a +hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor +protesta en la calle. + +-¡Armas! ¡armas!...--exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos +exaltados--. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita, +me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita! + +Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y +vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un +modesto ataúd que habían costeado los del oficio. + +Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su +esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por +un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos, +desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila. +Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último +pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por +su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando +de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su +rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta. +De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo +contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo +destrucción y venganza, para tenderse de nuevo en el féretro tras esta +póstuma confesión del engaño de su vida. + +Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le +llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de +miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al +castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía. +¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por +la que había que protestar. + +Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja, +cubriéndola con la bandera roja de la asociación. + +El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por +un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la +roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo +cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban, +dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd. + +En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra +que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos +gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos +brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando +el paso. + +El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del +féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese +con agresiva demencia sus cabezas despeinadas. + +--¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!... + +Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No +conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción: + +--Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa. +¡Pobrecillo! ¡Y los que le han matado, guardándose los duros, +comiéndose las buenas tajás!... + +La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán +habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias, +dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran +las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de +atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el +paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la +puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones, +todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro +presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían +venganza. + +Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en +su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de +cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos. + +Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía. + +--Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de +paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar +otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos +vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros, +por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los +arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid! + +Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas +del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de +la fuerza pública. + +Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable +empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban +la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo +mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la +pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los +manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso. + +Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la +gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los +de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como +cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo. + +Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un +instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen +y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro +bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la +frente roja. + +Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los +brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada +imaginación. + +--¡Cobardes! ¡Cabritos!... + +Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias, +les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres +trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y +tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el +sable levantado. + +Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de +ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que +se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían +enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre +bramaba contra los canallas de «la secreta». + +Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos hacía frente a +los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes +que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados +por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel +con los rateros cuando intervienen en un motín. + +--¡Fusiles!--rugían mirándose unos a otros, como si pudieran +proporcionárselos--. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!... + +Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir +matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta +de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de +lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la +policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas, +permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo +resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente. + +Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de +hacer fuego con su revólver. + +--¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego! + +Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes, +eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados. + +Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias +de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción, +con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger +sus víctimas impunemente. + +El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí +sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que +iba en el cortejo, y no debía abandonarle. + +Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron +caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga. +Otros obreros intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero +fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de +rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En +los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar, +soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba. + +Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y +se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre +de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un +lugar de asilo. + +Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre, +balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago +de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero +nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de +interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó +oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en +mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo +veían envuelto en densa niebla. + +--Déjale: ¿no ves que es un señorito?... + +Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios +de aquel traje que era para él un uniforme de miseria. + +Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como +uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a +la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas +gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían +la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo, +un poco de justicia y de piedad para su vida. + + + + +IX + + +El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con +mansedumbre. + +Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas las +violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector +le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No +había más verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, ¡leña! Un +poquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de herejía y +desprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, la +audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el +recuerdo de su historia. + +Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de +su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con el +señor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que +consideraba como suyo. + +No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel +matrimonio, enterándose minuciosamente de la puntualidad con que +cumplían sus compromisos. + +--¡Aún no le habrán pagado el último mes!...--decía al avistarse con el +«santo»--. ¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Qué +hombre, Señor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontería. +La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas +doctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas gentes, mientras me +abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen +católico. + +El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallar +con alguna dádiva las protestas del temible discípulo. + +--No son mala gente--afirmaba refiriéndose a sus huéspedes--. Los +pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una +excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita... + +--Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entran +en la iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles. +Entre usted un día en su habitación, busque bien, y verá como encuentra +a montones los escritos contra el Señor y los santos... Además, me da el +corazón que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda. + +El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado de +murmuración; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida. +¿Por qué no habían de ser casados? El señor de Maltrana y ella se lo +habían asegurado y debía creerles... Cada uno en su casa, evitando +chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría Dios. + +--Eso es--mugía el discípulo--. Ellos a vivir de gorra, a comerse el +dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el +gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermón, trabajando para que la +mujer y los chiquillos coman apenas. + +--Todo se arreglará--decía bondadosamente el hermano--. La misericordia +del Señor es grande y a todos alcanza. + +Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le acogía con duro gesto +cuando se presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba de +su religiosidad feroz; presentía el despotismo que ejercía sobre el +catequista, el abuso que hacía de su cualidad de alma redimida por el +sencillo hermano. + +Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que +aparecen éstos con un salvaje prosternado a sus pies, cual símbolo de +las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus +conversaciones con Feli, designaba siempre al remendón con el apodo de +_Indio converso_. + +Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defendía sus +nuevas creencias, sólo comparable a la bestialidad con que había +sustentado las anteriores. Además, le era antipático por el provecho que +sacaba de su conversión, explotando al señor Vicente y amenazándole +cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su +gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lástima a Isidro. + +Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al +_Indio converso_, exagerando inocentemente las horripilantes hazañas de +sus época de impiedad; pero después de esta exhibición, al quedar solos +los dos, el catecúmeno insaciable prorrumpía en lamentaciones sobre su +miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del +«santo» sólo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan. + +--Aquí ha estado a buscarle ese bruto--decía Isidro al ver entrar al +señor Vicente--. El _Indio converso_... su discípulo el remendón. +¡Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta +conquista. Tendrán que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San +Martín o la burra de Balaam. + +--Señor de Maltrana--exclamaba el «santo»--, más caridad... más amor al +prójimo. El pobre es algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y +ama a Dios. + +Y el «santo» parecía sufrir al verse entre estas dos antipatías. + +No se engañaba el _Indio converso_ al sospechar que su protector +concedía algún apoyo a sus huéspedes. El «santo» veía el incesante +trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de +los jóvenes; oía desde su cama los diálogos de la pareja discutiendo los +apuros del día siguiente. + +Cuando Isidro se ausentaba, aproximábase él a Feli con cierta cortedad, +dejando sobre el montón de corsés lo que encontraba en sus bolsillos. +Unas veces era un puñado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con +su pañuelo antes de entregarla. + +--Que no sepa nada el señor de Maltrana--decía con voz misteriosa--. Que +el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos +cristianos. Ese dinero me lo dieron esta mañana las buenas señoras que +me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo +visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrán días mejores; +Dios aprieta, pero no ahoga. + +Y reía de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el +señor de Maltrana pudiese sospecharla. + +El joven también debía sus favores al «santo». + +--Señor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios +andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegará la buena +época, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagaré todos los +atrasos de una vez. + +--Vaya usted tranquilo, señor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos +abandone, y todos viviremos. + +Isidro encontraba cada vez más dura y difícil su existencia. Las dos +pesetas que ganaba Feli en el emballenado trabajando todo el día y gran +parte de la noche, y los escasos reales que podía juntar a la semana +llenando cuartillas a diez céntimos con destino a la revista social, no +bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el método en +la nutrición, que embellecían los primeros tiempos de su vida común, +habían desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para +el trabajo, y apenas si de tarde en tarde podía entrar en la cocina. + +Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogón, y a falta +de ocupaciones más importantes, aprendía torpemente de Feli el secreto +de los guisos. ¿Dónde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de +miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la +amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces +salían crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpecía +de tal modo la actividad de los dos, que pasaban días enteros sin +encender fuego, alimentándose con algún fiambre traído de la taberna. + +Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzábase a la calle. +Su descenso del cuarto piso comparábalo a la bajada del lobo desde las +cumbres a la llanura, empujado por el hambre. + +La víctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el señor +Manolo el _Federal_. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y +al presentarse el capataz exponíale las tristezas de su vida. + +El buen _Federal_ escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como +si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien. +Después metía la mano en un bolsillo del pantalón, agitando la moneda de +la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna. + +Todo aquello era culpa del viejo régimen. + +-Ahí tienes--decía con expresión solemne--lo que es el unitarismo y la +centralización. Tú tienes talento y te mueres de hambre; y como tú, +muchos. El centralismo sólo aprovecha a los pillos. El día en que cada +Estado y cada quisque particular goce su autonomía, todos tendrán lo que +merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzáis de +cómo os paga el unitarismo... + +Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados +razonamientos, que Maltrana oía resignado. + +En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia +al señor Manolo, se acordaba de su tío el _Ingeniero_, buscándolo en el +café de San Millán. Le veía rodeado de ciertos amigos tan viejos como +él, alegres camaradas que formaban el catálogo de cuantas muchachas +bonitas existen en los barrios bajos. + +El _Ingeniero_ no acogió mal la primera petición de su sobrino. + +--Ya sé yo lo que es eso--dijo guiñando un ojo y dando palmaditas en la +espalda de Maltrana--. ¡Las mujeres!... No hay nada como ellas para que +un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no están +contentas hasta que le sacan al hombre las mismísimas entrañas... +¿Cuánto necesitas? ¿Tres pesetas? ¡Pero muchacho, si con eso no tienes +ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos +ayudarnos; hoy por ti, mañana por mí. + +Y le entregó un par de redondeles de plata con un ademán de compañero de +armas. + +-Oye: lo de tu matrimonio será filfa--continuó--. Yo lo calé apenas me +hablasteis. ¡Valiente tuno estás, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una +gachí con dos ojos como dos quinqués. Si no fueses de la familia te la +quitaba. Tú eres más joven, pero yo tengo un gran «aquel» para las +mujeres. Que lo digan éstos. + +Y señalaba a los camaradas que ocupaban la mesa. + +Maltrana se marchó entre agradecido y molesto por las necedades de su +tío, y no volvió a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas +necesidades. + +--¡Hola!... Siéntate--dijo al verle el _Ingeniero_, con cierta +displicencia. + +Siguió hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino: + +--La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gachí +por la calle de Toledo. ¿Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo +bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripón, moviéndose +como una barca, y la cara hinchá como si acabases de largarle dos +tortas. Hasta me pareció que tiene los ojos más pequeños. + +Maltrana sufrió en silencio estas palabras de su tío, que aún le +parecieron más molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin +embargo, fingió una sonrisa pensando en el dinero que podía darle. + +--Creo--continuó el _Ingeniero_--que ha llegado para ti la hora de... +vámonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega +a más de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. ¿Digo mal, +caballeros? + +Todos aprobaron la sabiduría del chamarilero. + +Cuando Isidro creyó llegado el momento de formular su petición, el tío +no la acogió del mismo modo que la otra vez. Había perdido para él su +prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo, +sin «viveza» para salir del paso; se «caía» manteniendo a aquella golfa +por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante. + +--Toma tres pesetas: no puedo darte más; y te advierto que son las +últimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos están malos. Aún no he +vendido el órgano. + +Maltrana comprendió que no debía esperar más del _Ingeniero_, y dejó de +ir al Café de San Millán. + +La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba +fatigada; había perdido la fortaleza de sus primeros días de labor. +Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinábase +ante la obra, emballenando los corsés, bordando a mano las «flores»; +pero apenas tenía acabada una docena, coloreábase su rostro con una ola +de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrás el cuerpo, cerraba +los ojos como si fuese a desvanecerse. No podía trabajar más. + +Mientras tanto, crecían los apuros de la casa, haciéndose más difícil la +existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecían: quedaba +ya muy poco de la primitiva instalación. Isidro, más versado, por su +antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado +de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendíalo todo. Ya no +brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que +enorgullecía a Feli y había presenciado las mayores alegrías de la +pareja. Dormían en el suelo, en un colchón, y pretendían demostrarse que +así estaban mejor, siendo tan calurosa aquella época del año. El +tintero, regalo de Feli, también había desaparecido. Su venta les +proporcionó una cena, después de un largo día de ayuno. Comieron, pero +la joven creyó que estaban menos unidos después de la pérdida de este +objeto, comprado el primer día de vida común. Lo miraba como un fetiche +de su felicidad. + +También habían vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala +adquirido en la calle de Toledo, que marcaba para Feli el momento más +culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limón, con su +alta fila de botones, nada podían sacar de ellas; estaban tan +destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja. + +Maltrana, que en otros tiempos había hecho frente a la miseria, con la +alegre inconsciencia del pájaro errante, se desesperaba y sentía pasar +por su cerebro los más lúgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y +silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina +estaba fría y no se encontraba en los rincones el más pequeño mendrugo. + +¡La miseria, la mala bestia negra! ¡Cómo arañaba la carne! ¡Qué +inspiraciones repugnantes soplaba en el oído!... Algunas veces, los ojos +de Maltrana vagaban con sombría interrogación por las habitaciones del +hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de +algo; mientras las suyas mostraban un espantable vacío. + +Sentía la criminal tentación de coger algunos libros del «santo» y +venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro, +para que sus primos lo comprasen. Tenía que hacer un gran esfuerzo para +repeler estos pensamientos. El crucifijo sólo valía unos cuantos reales; +los libros que el «santo» guardaba con tanta estima no servían, en su +mayor parte, mas que de papel de envolver. + +La escasez, con sus angustias, le agriaba el carácter. El señor Vicente, +tal vez por esto, parecía rehuir su trato. Entraba y salía sin verle, +sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para +dejar dinero encima de los corsés. + +En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el _Indio converso_ +y aquel cura viejo, vagabundo como el señor Vicente. Querían esperar a +éste, y en vez de permanecer en la sala del hermano, entraron en el +cuarto de los jóvenes. El _Indio converso_ indicaba con fieras miradas +los retratos clavados en la pared. + +Era lo único que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no había +intentado venderlos, pues conocía su insignificante valor. Además, en +medio de su miseria, eran la única demostración de que allí vivía un +intelectual. + +El cura, siguiendo las ojeadas del _Indio converso_, examinaba con +aparente distracción los retratos y leía y releía los nombres impresos +al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosía con una +expresión irónica. ¡Ejem! ¡ejem!... Y el devoto remendón movía la cabeza +como si contestase: «¡Eh! ¿Qué tal? ¿No lo decía yo?...» + +Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpió en exclamaciones de cólera. +De estar él, allí les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a +no curiosear en casa ajena. + +Algunos días después notó Isidro que el señor Vicente retardaba sus +salidas matinales, o volvía a casa muy temprano, como buscando una +ocasión para hablar con él. Le miraba por la puerta entreabierta, al +pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar +adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli. + +Una mañana, al salir Isidro, vio que el señor Vicente abandonaba al +mismo tiempo su habitación, como si le esperase. Los dos se juntaron en +el rellano. + +--Señor de Maltrana, tenemos que hablar. + +Le dolía mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad. +Debía buscar una nueva casa; él abandonaría aquélla apenas acabase el +mes. + +--No puedo, señor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que +intente echarle en cara el no haberme ayudado. ¡Ave María! Usted no pagó +su parte porque no pudo... pero yo me voy. Meteré los libros en +cualquier sitio: me los guardará ese señor sacerdote que usted ha visto +algunas veces. Viviré con el pobrecito zapatero; él y su familia desean +tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito. + +Maltrana quedó anonadado por el nuevo infortunio que caía sobre él. +¿Adónde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su +carácter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad. + +--Señor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por +sí solo tal resolución. Esto es cosa del _Indio converso_, que quiere +monopolizarle, y tal vez de ese capellán amigo de usted... + +El «santo» protestó, defendiendo a sus camaradas. No había que maliciar +de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era +un pobre y no podía soportar el alquiler de la casa. Lo sentía por Feli +y por Maltrana, que le eran simpáticos y no habían alterado su vida con +disgusto alguno. Pero todos vivirían aunque se separasen: la +misericordia del Señor era inmensa. + +Y arrastrado por su afán de catequista, añadió: + +--Lo que usted debe hacer, señor de Maltrana, es ponerse bien con Dios; +dar a ese ángel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse +a ella como dispone la Santa Madre Iglesia. + +Isidro adivinó lo que el hermano quería decir. Se había enterado de que +él y Feli no eran casados. El _Indio converso_ era capaz de haber +corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de +que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la +carne. + +El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto +tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos +escrúpulos. + +--Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?--dijo +con violencia--. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos +compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué +delito hay en esto? + +El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado +de que se pusiera en duda este pecado. + +--Además--continuó con dulzura--, usted me ha engañado, señor de +Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello! +¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo, +pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros +hijos del Malo. + +--Y efectivamente--dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera--, por +dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables +señores. + +--Pero trajo usted--repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo +que lagrimeaban sus inflamados ojos--, trajo usted a otros peores, y ahí +dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les +encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más +perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto +de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé +que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado +que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios +de Dios, que quiere ponernos a prueba.. + +--¿Y qué quiere usted?--gritó Maltrana con tono agresivo--. ¿Que los +quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura +loco que le aconseja? + +--No; guárdelos, si ese es su deseo--dijo el «santo» con mansedumbre--. +Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día; +yo soy un pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y +mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se +conocen!... + +Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a +separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el +grave daño que le infería con esta inesperada resolución. + +--Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que +un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su +Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca. +Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree. + +El «santo» protestó, algo conmovido: + +--No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en +cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le +quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi +presencia. Yo agradezco esta consideración. + +Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más +favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de +buhos!... + +Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia, +afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y +sus amigos. + +Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la +cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase +más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando +las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de +la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo +para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma, +debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre, +confiada al azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una +nueva amenaza del porvenir. + +Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su +infortunio. + +Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del +Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en +su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el _Federal_ los +recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero +Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella +autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste +tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una +pareja de hambrientos. + +En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de +perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que +podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie +de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo +importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio, +enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento +oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera +asegurada la comida del día presente?... + +Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de +_Zaratustra_ parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo +traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle +el criado. + +Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica: +todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la +misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría +hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto. + +Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la +_Mariposa_, aprovechando la ausencia de _Zaratustra_. Considerábase capaz +de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y +hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido +ayudarle con el más pequeño regalo. + +Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos. +Viviendo el _Mosco_ temía aproximarse a las Carolinas, y después de +muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban +sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió +la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán. + +Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de +_Zaratustra_, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a +los perros del trapero. + +La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza +sus ojos pitañosos en el desconocido. + +--Abuela, soy yo... Isidro. + +La _Mariposa_, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo +mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por +el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las +cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita. + +--¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que +hiciste la calaverada con la chica del _Mosco_... + +Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en +conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba. + +--¡Un porción de meses sin verte!--continuó la anciana--. ¿Y qué te trae +por aquí?... Porque tú a algo vienes. + +Y la _Mariposa_ guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca +rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia +podía haber traído hasta allí a su nieto. + +Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; _Zaratustra_ no +tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana. + +--Abuela, para ahorrar palabras--dijo con gravedad--: voy a pegarme un +tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre. + +La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco? +¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro +escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la +pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en +medio de la calle. + +La _Mariposa_ repetía con tono estupefacto: + +--¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que +ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!... + +Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar, +replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que +se refugia en su cáscara. + +--¡Ay, Señor!--gemía--. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias! +Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué +vamos a hacer!... + +Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada, +continuó entre gimoteos: + +--Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos. +Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la +mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las +saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo, +sería caso de morirse. + +Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la +riqueza de la tía _Mariposa_, creía percibir en sus palabras una +hipócrita falsedad. + +--¡Abuela! ¡abuela!--exclamó con tono suplicante. + +Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía +para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla. +Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría +viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que +vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado +fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla. +Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su +sangre le parecía poco para apagar su sed. + +--Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo, +y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me +quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un +tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela, +¡me mataré! + +Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar +lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz +con el estertor del llanto. + +La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los +ojos con la punta del delantal. + +--Tienes razón--gemía--. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los +hombres. Bien se ve que la quieres. + +Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si +fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le +prestara hasta cinco duros. + +--Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo. +No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que +le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero, +hasta que yo pueda marchar solo. + +Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente +se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una +pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin +conmoverse cuanto le dijera Isidro. + +Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la +codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando +todos los de la busca hablaban de su riqueza?... + +La _Mariposa_ rió con una expresión de bruja burlona. + +--¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han +engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras +de la gente... Soy una pobre. + +Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba +una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su +propósito de defenderlo contra todos. + +--¡Abuela!--gritó Maltrana--. No lo haga usted por ella ni por mí, ya +que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir. + +Intentó enternecer a la _Mariposa_ hablándola de su futuro hijo, de +aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la +existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban +ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el +abandono a la tierna criatura?... + +El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a +llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las +súplicas de su nieto. + +--¡Desgraciado!--murmuraba--. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa +la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor +hubiese sido para todos seguir en el oficio! + +Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre +madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?... + +La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con +ademán resuelto. + +--Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer. + +Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él. + +--¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu +abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de +hambre. + +La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la +infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen +del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de +orgullo. + +--Te lo daré todo, ¡todo!--dijo misteriosamente al oído de Maltrana. + +Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la +presencia de algún curioso. + +--Vigila bien--añadió--. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa. +¡Mucho ojo! + +Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia, +se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra. + +Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría +realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo +aquel tesoro famoso que _Zaratustra_ husmeaba, sin llegar nunca a dar +con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza +cubierto de briznas de paja. + +Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo +sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles, +sonó en su interior un retintín metálico. + +La _Mariposa_ suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio, +y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser +sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio. + +Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo, +que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió +los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La +realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un +instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud. + +La vieja se gozaba en el asombro del nieto. + +--¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te +creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he +tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas. + +Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la +_Mariposa_ con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al +mismo tiempo. + +--¿No hay más, abuela?--preguntó dulcemente--. ¿Sólo tiene usted esto? + +La _Mariposa_ le miró escandalizada. + +--¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar +todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro! + +Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento, +había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que +brillaban en la cumbre del montón de baratijas. + +Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con +piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la +pobre _Mariposa_. + +--Esas joyas de reina--dijo--eran de aquella buena señora que me quería +tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas +rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un +momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los +herederos eran gente indigna. + +El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con +ávidas manos el resto del montón. + +--Fíjate en ese rosario--dijo la vieja--: todo de perlas finas. Era de +una dama de palacio. + +Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de +marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de +_doublé_; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus +vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja +creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería +empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la +trapera no eran mas que basura de insignificante valor. + +Isidro únicamente apartó lo que la _Mariposa_ consideraba de menos +valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y +tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la +cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro +sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela +que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta +treinta duros. + +La _Mariposa_ seguía con atención el apartado que realizaba su nieto, +sonriendo al ver que se satisfacía con lo más humilde del tesoro, +abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban +de orgullo. + +--Haces bien--murmuraba--. Con eso que te llevas tienes bastante por el +momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y +cuando yo falte será para ti. + +Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las +deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja +le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no +quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A +impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando +del nudo unas cuantas monedas de plata. + +--Toma, Isidrín--dijo--. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a +esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete +duros entre pesetas dobles y sencillas. + +Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo +por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos. + +La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su +abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que +envolvía el resto de sus baratijas. + +--Ya has visto el tesoro--siguió diciendo la vieja con voz misteriosa--. +Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne +teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien +abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor, +venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos +diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate, +Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú +solo debes saberlo, pues será para ti. + +Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los +ojos. + +--Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío +Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa +mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí; +que no huela el gato. + +Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen +aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en +el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había +despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas +naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus +riquezas. + +Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con +_Zaratustra_, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas +pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos. + + + + +X + + +Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras. +Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto +interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero +transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y +abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos +muebles. + +Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y +desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de +asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a +poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya +se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad +imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba +a fiar más sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el +emballenaje de los corsés, la necesidad de echar unas suelas a las botas +únicas de Maltrana, mientras éste permanecía prisionero en el cuarto; y +de este modo la mala fortuna llevábase de una manotada todos los +ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler. + +Maltrana adoptó una resolución. Los pobres como ellos, de vida +incierta, sólo podían vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan +diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel caserón de +obreros donde él había nacido. + +Vivió en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peñuelas y +el de las Injurias, repugnándole sus hacinamientos, la suciedad sórdida +de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreñadas, que se +insultaban de galería a galería... Su pobre Feli no era una princesa, +pero ¡ay! sentía él honda repugnancia al verla, tan delicada y tan +dulce, viviendo en este infierno. + +En las Cambroneras encontró un cuarto independiente, y decidió +trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron más +apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad. + +El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer +llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto +y moreno, al que el exceso de estatura hacía caminar arqueando la +espalda. Era de la policía. El que administraba las casas de las +Cambroneras teníalo allí como cobrador y guardián del orden, por su +carácter de agente de la autoridad. Dábale por esto un interés sobre la +cobranza y vivienda gratuita para él, su prolífica mujer y la banda de +chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en +el campo, antes de ser soldado, guardaba gran afición al cultivo de la +tierra, y cuando sus deberes de agente de «la secreta» no le hacían ir a +Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en +huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el +riego de una noria abandonada. + +Inspirábanle gran respeto los dos jóvenes, hasta el punto de hacerle +afirmar que don Isidro y doña Feli eran las únicas personas decentes +que habitaban en las Cambroneras. + +--Adelante, Pepe--decía Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un +golpe en la puerta. + +Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lápiz y un rústico +talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, después de garrapatear +algunos signos, y recibía las monedas de cobre. + +Isidro mostrábase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana +contemplaba el río, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas +pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses +y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra +ventana veía el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra +atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiñapos las gitanas, +flotando sobre la corriente trapos y pedazos de periódicos. Enfrente +abríase un gran portalón dando entrada a una callejuela de guijarros +flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras +tenían en el primer piso una galería de madera, con escalerillas de +tablones carcomidos, que crujían a la más leve presión como si fuesen a +romperse. + +Maltrana no tardó en conocer la heterogénea población de las +Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro +de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador +relatábale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que él +llamaba «su ganado». + +Existían dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras, +cuyos límites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que +eran los menos, y al otro los gitanos, que constituían la mayor parte de +la población. Los payos se subdividían en pordioseros, que iban todas +las mañanas a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y +quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla +vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos +en las afueras o tomaban parte en algún robo, si se ofrecía ocasión. + +Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces, +gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratábanse con cierta +fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo +manteníase fiel a su origen, creyéndose superior a los otros. Los +andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los +castellanos su falta de sangre _cañí_, adulterada por innumerables +cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de +Andalucía por sus trapacerías y enredos, que habían dado a la raza su +fama deshonrosa. + +Reconocíalos Isidro a simple vista a los pocos días de vivir en las +Cambroneras. Los andaluces iban afeitados, con ancho sombrero, +chaquetilla de terciopelo color de vino y grandes tufos sobre las +orejas. Los manchegos y castellanos usaban gorra de pelo, llevaban +bigote recortado y chaquetón de paño pardo; únicamente su color, de un +bronceado oriental, los distinguía de los paletos manchegos, cuyo traje +imitaban. + +Las mujeres salían en las primeras horas de la mañana, para no volver +hasta la caída de la tarde, o permanecían dentro de sus casas, recluidas +voluntariamente, con una pasividad de hembras asiáticas. También se +reconocía en ellas la diferencia de origen. Las andaluzas eran +parlanchinas y vociferadoras; hablaban gesticulando y manoteando, +esparciendo con su cháchara el aturdimiento en torno de ellas. Vestían +falda de percal rameado con largos volantes, llevaban el mantón +terciado, el moño aceitoso caído sobre la nuca, la frente con +cuernecillos de pelo pegado, y en el cuello varias sartas de cuentas +azules. Salían de las Cambroneras poco después de surgir el sol, camino +de la plaza de la Cebada, para decir la buenaventura y echar las cartas +a las criadas, que eran su mejor clientela. Los hombres se desperezaban +en la puerta; las bandas de chicuelos color de chocolate, descalzos y +con la panza al aire, se agarraban a las faldas pintarrajeadas de las +madres. + +--_Gachí_--decía el marido--, a ver si hoy traes argo pa jamar. Mira que +estoy jarto de tanta jambre. + +Los pequeños se agitaban en torno de ellas, acompañándolas cuesta arriba +hasta el puente de Toledo. A ver si podían apandar, como otras veces, +los _chulés_ de algún payo. Y si no eran _chulés_ (nombre que daban a +los duros), que fuesen _plañís_ (modestas pesetas), que bien las +necesitaba la familia, confiada a los azares de la suerte. + +--Mare--gritaban los pequeños al quedarse junto al puente--, que traiga +usté _callardó_, mucho _callardó_. + +Era el chocolate: el gran regalo de la gente gitana, su licor y su +alimento. Bueno era el _balinchó_ (el cerdo); suculento el _balebás_ +(tocino); dulces los _mantejos_ (almendras), que se arrojaban a puñados +en los días de boda; pero el chocolate era lo mejor del mundo, el +alimento de Dios, que parecía embriagarles con su perfume y su ardor. + +Los pequeñuelos, con la esperanza de que la madre trajese al anochecer +una enorme cantidad de _callardó_, la saludaban desde lejos. + +--Adiós, mi _dai_. + +Y la gitana alejábase hacia la puerta de Toledo, combinando, en las +tortuosidades de su trapacera imaginación, el medio de _jonjabar_ a +algún payo que le deparase la buena suerte, de sacarle el dinero, +prometiéndole, por medio de sortilegios, el premio gordo de la Lotería. + +Vagaban hasta las doce por las inmediaciones del mercado, deteniendo a +las criadas, aturdiéndolas con su charla, alabando sus caras de ángel, +aunque fuesen de horrible fealdad, lamentando con extremos grotescos de +desesperación las desgracias de sus amores y que no se cuidasen de +conjurar la mala suerte acudiendo a la experiencia gitana. + +--Tu mano... enséñame tu mano, resalá, que por San Juan te digo que +yevas en eya tu fortuna y tú no lo sabes. + +Tenían sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas +las veían marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones. +Metíanse en los portales solitarios, y allí, sobre la tapa de la cesta, +soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantón. Todo +salía: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba +con malas artes una mujer blanca, que había que vencer; después, el +hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentaría +para llevársela sobre un caballo tordo; luego salían por dos veces los +oros: dinero y más dinero... + +--Tú has heredao argo--afirmaba la gitana con una convicción que no +admitía réplica. + +--¡Qué he de heredar yo, pobre de mi!--contestaba la sencilla criada. + +--Bueno; pues heredarás. + +Y seguía el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que había de ser su +perdición si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese. + +Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus +ahorros en el gran remedio que le proponía para sujetar al novio infiel, +acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpía en lamentos y +súplicas. + +--Reina, añade aunque no sea mas que un realillo. ¡Con esa carita de +clavel, y tan agarrá! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen... +Mira que tengo un ganao de _churumbeles_ que no levantan del suelo tanto +así, y están muertesitos de nesesiá. Mi hombre lo tengo baldao; mi +_bato_... ¡mi pare! está en las últimas; mi probesita _dai_ se me murió; +mi _plan_ (mi hermano, ¿entiendes?) está en el presidio de Alcalá... + +Y seguía enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese +pasado por las Cambroneras. + +--Vaya, presiosa, suerta un poquito más de _jurdé_, que por eso no vas a +quedar probe. No te pido _papiris_ der Banco; suerta manque sean tres +perrillas más. + +En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin +encontrar parroquianas, plantábanse audazmente ante los hombres que +salían de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a +la puerta de sus establecimientos. + +--¿Te la digo, grasioso? Dame la mano, barbitas de San Juan, que tienes +patitas de bailaor y ojillos de meteor. + +Las repelían como si fuesen perros, amenazándolas con llamar a la +pareja, y ellas se alejaban sin resentimiento, con muecas burlonas, +abriendo los ojos desmesuradamente. + +--¡Juy, Pare Santo! ¡Y qué mal genio gasta el señó!... ¡Ni que juese el +_Livanó_ que toma las declarasiones!... ¡En el _estaribel_ te veas, +mardito, y que el _Baró_ no quiera sacarte ni con fianza!... + +Cuando pasado mediodía cesaba la afluencia en el mercado, las gitanas, +en vez de volverse a las Cambroneras, seguían hacia el centro de Madrid, +callejeando hasta la caída de la tarde. Pedían limosna; deteníanse ante +las ventanas de los cafés, dando golpecitos en los cristales; lanzaban +miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando +en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no +les parecía gran pecado: _chorar_ era una ocupación digna de elogio, si +se hacía con habilidad y sin riesgo. Y cuando _choraban_ una pieza de +tela, unas manzanas o un panecillo, volvían orgullosas a casa, diciendo +a las vecinas: + +--Hoy le he dao el _jonjanó_ a un payo. + +Maltrana, al asomarse a la puerta de alguna de aquellas casuchas, +blancas por fuera y negras por dentro, sin otro respiradero que la +puerta, conocía el origen de sus habitantes sólo con ver mujeres en su +interior o notar su ausencia. + +--¿Son ustedes andaluzas?--preguntaba intencionadamente a las hembras +sentadas en corro sobre el duro suelo, mirándose silenciosas, con la +mandíbula apoyada en una mano. + +--¡Nosotras andaluzas!--exclamaban ofendidas--. Somos mujeres de nuestra +casa. Nosotras no salimos a engañar a la gente. + +Eran gitanas manchegas. Tenían padres o maridos que trabajasen por el +sostenimiento de la familia; y si no había _chambos_, si el «trato» de +las caballerías se paralizaba, daban vuelta de llave a su estómago y +sufrían el hambre en silencio, sentadas junto a los pedruscos fríos del +hogar, con las faldas esparcidas en torno de ellas como hongos enormes, +taciturnas y dispuestas a morir sin moverse del sitio. + +Maltrana, a pesar de la miseria de su propia casa, sentía compasión al +ver las viviendas de estas gentes. Eran tabucos cuyo suelo, de tierra +apisonada, estaba mucho más bajo que la calle. No tenían tabiques, y +cuando el pudor exigía la separación de lechos, salían del apuro +colgando de una cuerda una manta vieja. En el fondo de la casucha, con +la cabeza hundida en cajones que servían de pesebres y las grupas frente +a la puerta, estaban los caballos, las mulas y los burros que +constituían la fortuna de la familia. Los colchones astrosos, apilados +en un rincón, se extendían por la noche junto a las patas traseras de +las bestias, durmiendo la familia y su capital acariciados por el calor +del común estiércol. Unos ladrillos colocados en el centro de la casucha +servían de cocina. No se encendía fuego mas que por la noche. El humo de +la leña llenaba la habitación, saliendo por donde podía buenamente: por +la puerta abierta o las grietas del techo, por no existir el menor +orificio que sirviese de chimenea. Las paredes estaban ennegrecidas por +una capa de hollín que representaba luengos años de atmósfera +asfixiante; las bestias, acostumbradas a esta lenta sofocación, +limitábanse a bufar en sus pesebres. Las mujeres, con los ojos llorosos +por el humo, vigilaban la sartén; los niños de pecho tosían, +apelotonándose contra las maternales ubres, como si buscasen el fresco +de la leche. + +Pepe el cobrador alababa las ventajas del continuo ahumamiento. + +--Gracias a eso--decía--no mueren como chinches. El humo les limpia, ya +que nunca tocan el agua. ¡Porque cuidado, don Isidro, que son sucios!... +En cambio, en la comida no he visto gente con mayores escrúpulos. + +No había que esperar que aceptasen una limosna de alimentos, ni que +aprovecharan las sobras de nadie. Las gitanas, al volver de Madrid, +traían comestibles de las tiendas; viandas crudas para guisarlas en +presencia de la familia. Pasaban días enteros sin comer, con la +tranquilidad de la costumbre, y a pesar del hambre, hacían gestos de +asco al hablar de los traperos, de los mendigos, de todos los payos que +la miseria ponía en contacto con ellos, gente de estómago vil, que se +alimentaba de la bazofia arrojada por los demás y se vestía con sus +despojos. + +_Chorar_... ¡todo lo que pudieran! Robaban en Madrid, robaban en los +campos veraniegos cuando salían de excursión a las ferias; pero todo +había de ser nuevo, sin uso alguno. Su traje, aunque remendado y sucio, +era suyo, lo habían hecho para sus cuerpos, y lo preferían, con toda su +astrosidad, a las ropas usadas que fuesen mejores. Su estómago sufría +antes el hambre que la náusea del asco. Cuando llegaba a sus manos un +vestido ajeno, lo vendían a los traperos con aire señorial. En las +noches de abundancia, la familia sentábase en torno de la sartén. La +madre arrojaba los trozos de carne fresca en el aceite chirriante, y +cada uno pinchaba con su navaja, con tanto apresuramiento, que por más +que la mujer echaba y echaba, nunca se veía llena la sartén. + +Los jueves reuníanse los hombres en el mercado de bestias, junto a la +Puerta de Toledo. Los que no tenían ganado también iban allá, con la +esperanza de que cayese algo, empuñando una gran vara, como si tuviesen +que arrear a una recua imaginaria. Al primer paleto que se pusiera a +tiro le daban un _emburreo_, un _correate_, nombres con que designaban +las malas artes del «trato». + +Después volvían, lamentándose de la decadencia del chalaneo. Había que +esperar las grandes ferias del verano. En el mercado de Madrid apenas se +veían compradores; todos eran gitanos... ¡y cómo iban a engañarse entre +ellos!... + +Los más acomodados volvían a meter por las exiguas puertas de las +viviendas todo su ganado: los humildes _guerñís_ de largas orejas y +escandaloso rebuzno; el _gras_ de trenzadas crines y cola peinada, que +hacían galopar en torno de su látigo maestro, afirmando que el que +montaba el rey no era mejor; la _chorí_ y el _choro_ (la mula y el +macho), que esperaban vender a buen precio, cuando emprendiesen la +expedición veraniega por Castilla y la Mancha, ofreciendo sus bestias a +los labriegos. + +En el resto de la semana permanecían los gitanos en las Cambroneras sin +hacer nada, esperando el regreso de sus hembras, pájaros vivarachos y +parleros que traían en el pico el pan de la familia. Desayunábanse con +una copa de aguardiente o un mendrugo, y aguantaban el hambre durante +todo el día, en plácida vagancia. Jugaban a la barra o a los bolos en el +descampado de las Cambroneras; los más hábiles tañían la guitarra, +alegrando su debilidad con una música melancólica; los que eran +industriosos tendíanse sobre el vientre en la orilla del río, y así +permanecían horas y más horas esperando que algún gorrión quisiera +buenamente dejarse apresar por la red colocada sobre la hierba. Ciertos +viejos de aire magistral batían palmas ante un grupo de diablillos color +de chocolate con pinceles de pelos sobre las orejas, que aprendían a +bailar, moviendo grotescamente los pies y los brazos, agitando su panza +con salvajes contorsiones. Era la vida de tribu: los machos descansando, +por el privilegio de su fuerza, esperando el sustento de las hembras que +iban al bosque, o sea a la inmediata población. + +Maltrana, a los pocos días de estancia en las Cambroneras, conocía los +nombres de todos los respetables tunos del hampa gitanesca, bronceados y +ágiles, con el rostro roído por las viruelas. Tenían por apodos el +_Mono_, el _Bastián_, el _Matamoros_, el _Malafolla_, el _Cachuli_, el +_Mochón_, el _Navaco_ y otros no menos extraños. Nunca se les veía +borrachos: su bebida favorita era el chocolate. + +El único que, con discursos incoherentes y grandes gritos, mostraba su +afición al alcohol era Salguero, que se apodaba a sí mismo +_Salguerillo_, un vejete malicioso, que habitaba treinta y tantos años +la primera casucha del callejón. En invierno fabricaba cestas de +mimbres, ayudado por la vieja que vivía con él; en verano salía a las +ferias para ejercer su oficio de esquilador. + +A la caída de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un +día de correteo por Madrid. Los estómagos vacíos estremecíanse al +aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocíanlas los gitanos +apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras. + +--Por allí vienen la _Buchichi_ y la _Pique_--decían los que jugaban a +los bolos, avisando a los maridos. + +Y tras éstas aparecían la _Clavellina_, la _Cortezona_, la _Pote_, la +_Pelela_ y las _Chirrinas_. Estas eran las más guapas, y tenían fama de +hábiles para traer a casa buen botín. Payo que cogían, lo jonjababan en +un momento. Únicamente podía compararse con ellas la _Culo de corcho_, +una gitana obesa, de ojos pequeños como si estuviesen cosidos, y gran +ligereza de manos, que en un santiamén hacía desaparecer bajo sus sayas +todo objeto que podía _chorar_. + +Los hombres salían a su encuentro. El portalón de la calle de los +gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que habían pasado +el día cantando a coro, repicando las castañuelas y tomando lecciones de +baile para entretener el hambre. + +-¿Qué traes?--preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros +entumecidos por el descanso, subiéndose la faja con ambas manos y +atusándose las greñas que le tapaban las orejas. + +Si la expedición había sido fructuosa, pavoneábase la gitana con +orgullo. + +-¡Arza pa alante, esgalichao! ¡Menúo _callardó_ vais a mamaros tú y los +_churumbeles_!... + +Encendían fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate, +dejando para después el guisoteo de la cena. En otras casas se +prescindía por completo de la sartén, no queriendo, después de un día de +hambre, otro alimento que el _callardó_. Era el lujo de la raza, el +nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno +de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de +chocolate. + +Si la mujer había juntado un duro con sus trapacerías y rapiñas, +empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La +familia sorbía con delectación el chocolate líquido, y lo mascaba crudo +como si mascase pan. El amargo perfume esparcíase en las casas +inmediatas, despertando envidias. La chiquillería asomábase con ávidos +ojos, y corría después a dar cuenta a sus madres de este banquete de +reyes: + +--Mi _dai_: en casa del _Mochuelo_ toman _callardó_. Dicen que han hecho +un buen _chambo_. + +Y las madres suspiraban con envidia. ¡Qué suerte la de algunas gentes! + +En otras casas sonaban gritos desesperados, estrépito de lucha, golpes +en las paredes. Se abría una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una +mujer con gesto de espanto. + +--¡Favó al rey!... ¡Que me mata mi Enrique!... ¡Que me desloma, que me +jase peazos porque no he traío na! + +Seguía vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro +de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran +molestia. Nadie prestaba atención a estos gritos: era lo de todos los +días. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tenía por segura la +paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradición +venerable: todas ellas habían visto lo mismo en la casa paterna. + +Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su +talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincón, con +aspecto enfurruñado, y a la mujer tendida en el suelo. + +--Pasa de largo, Joselillo--gemía la gitana--. Hoy no puedo darte el +real: no he ganado nada. ¡Mira cómo me ha puesto el cuerpo ese bruto! + +Y señalaba al marido, que permanecía impasible, con la tranquilidad del +que cumple su deber. + +El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en +casa no encontraría un mendrugo, seguía repicando las castañuelas en la +calle--_tra la la la_--, pasando y repasando ante las puertas que olían +a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas. + +El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitación con que la familia +ocultaba su abundancia. El fogón sólo tenía algunas ascuas; los +cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las +colchonetas. La más vieja de la familia le tendía algunas monedas entre +suspiros de desaliento. + +--Toma, Joselillo, una _plañí_--decía--. No tenemos más; te debo dos +reales, que te daré mañana. ¡Ay! ¡Estamos muertecitos de jambre!... + +Y Joselillo pasaba a otra casa, seguro de la cobranza, pues aunque +aquella gente se retrasase en el pago, acababa siempre por satisfacer +sus deudas. Eran vagabundos que apenas comenzaba el verano hacían la +vida errante de feria en feria, y por esto mismo necesitaban tener su +techo seguro para cuando llegasen los fríos. + +Isidro, al salir de su casa por las mañanas, hablaba con Salguero el +esquilador. Este le salía al paso, saludándolo con grandes cortesías. + +--Vaya usía con Dios, señor excelentísimo. Ya sabe que _Salguerillo_ es +su fiel servidor, aunque sea un pobre _cañi_. + +Cuando Isidro podía darle un cigarro, Salguero, satisfecho del obsequio, +le acompañaba cuesta arriba, hasta el paseo de los Ocho Hilos, sin cesar +de hablarle con gitana incoherencia. + +El cariz del tiempo era su mayor preocupación. No llovía: las cosas +marchaban mal. + +--Pero a usted--preguntaba Maltrana riendo--¿qué le importa que llueva o +no llueva? ¿Dónde están sus campos? + +Salguero hacía un mohín de extrañeza. La lluvia era el pan para ellos. +Producía las buenas cosechas, y con abundancia en los campos, los +paletos gastaban mejor su dinero en la compra de caballerías. + +--Nosotros vivimos der verano, don Isidro. Si no juese por las ferias, +moriríamos como las ratas. Yo esquilo, y los camarás que tien +caballerías las venden. En invierno, el pasto es muy caro. Esos +probesitos que usted ve no comen muchas veses pa que el ganao, que es su +fortuna, no caresca de pienso... En verano, si la cosecha es buena, el +paleto es generoso y no le importa darnos paja y cebá cuando vamos de +paso. + +Hablaba Salguero con entusiasmo de las ferias veraniegas, grandes +mercados de bestias que daban vida para el resto del año a la gitanería +vagabunda. El las conocía todas; iba a ellas montado en un borrico, con +las tijeras en la faja. En las Cambroneras no quedaban mas que su vieja +y algunas otras mujeres que eran viudas. Hasta las gitanas de prole más +numerosa emprendían la marcha detrás de la recua, seguidas de todos sus +chiquillos. Mientras los hombres hacían sus trampas en el campo de la +feria, ellas corrían las casas echando las cartas, diciendo la +buenaventura, ofreciéndose las más viejas a curar las enfermedades con +remedios misteriosos, transmitidos de madres a hijas desde la más remota +antigüedad. + +Las dos primeras ferias eran en San Juan: las de Segovia y Avila. Luego +venía la famosa de Alcalá, en el mes de Agosto. En Septiembre se +verificaban las de Illescas, Aranjuez, Ocaña, Mora, Quintanar y +Belmonte. Y en Octubre eran las últimas: las de Consuegra, Talavera y +Torija. Días antes de establecerse Maltrana en las Cambroneras, habían +llegado todos los vecinos de regreso de estas últimas ferias, dando por +terminada la buena época del «trato». + +Salguero se entusiasmaba recordando estas grandes aglomeraciones de +bestias necesitadas de esquileo, los encuentros de las familias gitanas +procedentes de los más lejanos extremos de la Península. Todas estaban +unidas por el parentesco después de luengos siglos de casamientos, sin +rebasar los límites de la raza, y sólo se veían una vez al año, al +encontrarse en las ferias, volviendo después a emprender su regreso por +distintos caminos, en busca del retiro invernal. + +Maltrana se enteraba por el esquilador de la interesante geografía de +los gitanos. Toledo era _Toledate_, y Córdoba, _Cordobate_. Una +población era un _Gao_. A Valladolid le llamaban el _Gao baró_, el +«pueblo grande»; a Sevilla, el _Gao de silla_; a Valencia, el _Gao de +los marrulles_; y a toda Galicia, el _Gao de los malalos_. Madrid era, +los _Foros_. + +--Son una gloria, don Isidro, las tales ferias. A cada instante hay un +_chambo_ y se vende una caballería; no es como aquí, que pasan los +jueves en la Puerta de Toledo sin que se cambie una mala burra. Y yo, +cuando no esquilo en las ferias, sirvo de arreglaor, y como tengo labia, +doy mi empujoncito para que el compare venda su género, y después hay +alboroque y se bebe el buen vaso de _mor_ y la rica copa de _pañaló_. +Usía no sabrá lo que es eso. ¡Que ha de saber, si con tantos libros que +ha leído no _pena_ ni tanto así de caló!... Pues es el vino y el +aguardiente; y cuando oiga que mis compares dicen que estoy _molaló_, es +que creen que estoy borracho; pero no hay tal cosa: un poco de alegría y +na más. + +La presencia de Maltrana y Feli en este barrio, donde no existían otros +payos que los mendigos y los quincalleros de las ferias, causó cierta +emoción en la gitanería. Vivía la pareja fuera del callejón, en los +altos de una casucha aislada, cuyo piso bajo estaba ocupado por una +tienda de comestibles. + +Feli, en los primeros días, había sentido gran repugnancia por su nuevo +alojamiento. Le daba miedo ver tanto gitano; le inspiraban inquietud +estos hombres de color de bronce y mirada aviesa, como bandidos de +carretera. Temía a las mujeres viéndolas de lejos vociferar y amenazarse +en un lenguaje extraño, del que sólo entendía algunas palabras. Vivían +pacíficamente; pero ella sentía la inquietud de la mujer europea que se +ve trasladada a una población de África, entre gentes que parecen +sumisas, pero que pueden sentir de pronto la hostilidad de la raza. + +Isidro se reía de sus preocupaciones. ¿Dónde mejor que allí? Era cierto +que el río olía mal, pero ya se habituarían a este hedor de los residuos +de la villa. En cambio, oían a los pájaros, contemplaban campo y cielo +al abrir sus ventanas, no tropezaba su vista con una sucia pared a unos +cuantos metros de distancia, que los robaba el aire y el azul del +espacio. + +Isidro, con su imaginación, embellecía el barrio. Un siglo antes, era +aquella parte la más hermosa de Madrid. ¿Veía Feli las praderas al otro +lado del río? Pues allí bailaban los chisperos y manolas pintados por +Goya; por allí paseaban el gran pintor y las duquesitas hermosas que se +hacían retratar desnudas. Aquellos sotillos habían presenciado el +período más amable y pastoril de nuestra historia. + +--Piensa, Feli--añadía el joven--, que por real y medio vivimos como +unos señores en plena campiña, y además, el pago es diario: una +verdadera comodidad. + +La joven, viendo a todas horas a estas gentes de aspecto terrorífico y +costumbres pacíficas, ya no las tuvo miedo. Las mujeres, por su parte, +en fuerza de contemplarla junto a la ventana trabajando en los corsés, +acabaron por sentir admiración. Su laboriosidad inspiraba gran respeto a +estas hembras vagabundas, cuyas faenas domésticas consistían en encender +el fuego y dejar que la familia se tragase la cena medio cruda. + +Además, habían llegado a la gente gitana vagas noticias de que Isidro +era un hombre de pluma, que aunque estaba en la desgracia podía salir de +ella; y esto bastaba para que les inspirase tanto respeto como el juez, +los escribanos y todos los señores graves que también escriben y envían +un pobre a presidio apenas desaparece la más insignificante caballería. +Algunas viejas con negras sayas de viuda detenían a Maltrana para +hablarle de sus hijos, que estaban en Melilla o en Ceuta. + +--Por na, señor--gimoteaban--. Un acaloramiento. Llevaban la _churí_ en +la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mersé debe tener buenas +influencias... Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un +presidio mejor. + +Estas gentes de viva imaginación, que vivían en perpetuo embuste, habían +creado una leyenda halagadora en torno de aquella señorita tan buena, +tan laboriosa, que permanecía horas enteras tras los vidrios, con los +ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de +gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompañadas del +repiqueteo de los palillos, deteníanse al pie de la ventana y cantaban a +la que era por antonomasia «la señorita». Feli veía el grupo de +cabecitas greñudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas +por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos +dientes de nítida limpidez. La joven saludábalas con dulce sonrisa, y +todas ellas prorrumpían en formidable griterío. + +--¡Danos argo, señorita!... ¡Échanos manque sea un beso, resalá! + +Y hablaban entre ellas de lo que habían oído a sus madres. La «señorita» +era hija de un personaje muy rico, de un marqués o algo semejante; pero +como no la dejaba casarse con don Isidro, había huido con él, y los dos +pasaban _jambre_, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas +las mujeres _honrás_; lo mismo que si fuese una buena gitana. + +Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban +sobre su alto origen atraían con curioseo irresistible a las hembras de +las Cambroneras. + +La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor +prestigio del barrio: un dechado de sabiduría, respetada hasta por los +hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageración, pues +hasta por encima del cruce del pañuelo se veía el borde de su camisa de +percalina negra. + +Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballerías +de un hijo suyo, era la hembra de más dinero de las Cambroneras, y su +casa la mejor. Tenía en ella unas cuantas silletas para sentarse y las +hollinadas paredes adornábalas con papel recortado del que se emplea en +los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a +su tabuco un sabor oriental, en armonía con la cara obscura de los +habitantes. + +La Teodora era la mujer más sabia de su raza. Servía de médico a los +hombres, de comadrona a las mujeres y de _castañeadora_ a las mocitas +que iban a casarse. No había virginidad gitana que no pasase por sus +manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los +payos del barrio la llamaban con sorna «la madre de las vírgenes». + +Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli. +Ella sabía más de esto que todos los médicos juntos; y después de mirar +largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los +arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza: + +--Va a ser una _churumbela_ más grasiosa y requetesalá que su propia +mare. Dende aquí la veo. + +Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios +relatos de las costumbres gitanescas, Feli la veía llegar con agrado +todas las tardes. Algunas veces venía acompañada de otras mujeres y +hacía gala de su gran amistad con «la señorita». + +Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce años, casi +una niña, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada +tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo. + +--Es viuda, señorita--decía la vieja--. Se le murió el marío a los dos +años de vivir juntos... Ya no podrá casarse nunca: lo prohíbe nuestra +ley. La mujé no debe tener mas que un marío. Los hombres pueden casarse +asín que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mírela usted +a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordándose de su difunto. Se +acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando murió el +marío, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como +es ley entre nosotros; se echó un capisayo por la cabeza, y a llorar. +Duerme en sábanas negras, calza zapatos de gallego, sólo viste paño del +peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de +ruidos. ¡Ay, la _Merivén_! ¡Qué mardita bestia! ¡Y qué de tristezas +trae!... + +Y al nombrar a la Muerte, a la terrible _Merivén_, hacía grotescos +ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con +las manos. + +Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el +pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnúmero de +collares verdes, azules y rosa. Era casi una niña; la pubertad apenas +había hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas +huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de +escuerzo femenino. + +--Y esta mocita--preguntó Feli--, ¿cuándo se casa?... + +--¡Anda!--exclamó la vieja con impúdica risa--. ¡Pues si ahí donde usted +la ve, está más abierta que la puerta de la Macarena!... Es la mujé de +mi hijo Rafaé, al que yaman el _Boto_... Tiene trece años; pero más +mocita me casé yo con mi difunto... a los once. + +Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto +más importante de la vida gitanesca. Los jóvenes de veinte años ponían +sus ojos en alguna mocita que sólo contaba doce o trece. Las mujeres, +después de esta edad, no tenían valor alguno. El enamorado buscaba el +apoyo de alguna hembra de respeto por sus años. En las Cambroneras +siempre era Teodora la escogida. «Señá Teodora: yo quiero a la Fulana, +pero con buen fin.» La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su +confianza, iba en busca de la mocita. «Fulanito quiere ser tu _buñó_, +pero con formaliá, pa casarse en seguía.» Y la virgen gitana, bajando la +cabeza, daba su contestación. «Puesto que no me quiere pa engañarme y +perderme, y ya que una mujé de tanto respeto saca la cara por él... +bueno, seré su buñí.» Se veían a espaldas de los padres, lejos del +barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no había +cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores. + +Cuando el _buñó_ se creía en situación para sostener una casa y contaba +con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el +gasto de la boda, robaba a la _buñí_, llevándosela a la casa de sus +padres. ¡Gran escándalo en el barrio! El _bato_ de la novia salía a la +calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y +vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal. +Juraba, ponía los ojos en blanco, pedía una _pusca_ de dos cañones bien +cargada de plomo para matar a los fugitivos, una _churí_ afilada para +cortarles el cuello, y no se movía del sitio, a pesar de que los amigos +apenas si le sujetaban, limitándose a dictarle prudentes consejos, como +era costumbre. + +--¿Qué vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos +nosotros cuando éramos chavales. + +El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tenía que demostrar +su indignación, la costumbre era que diese a su mujer una paliza de +muerte. + +A los dos días se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la +novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los +días de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus +manazas, la besaba, y gemía después: + +--Su mersé es el cuchillo, y yo, probesito de mí, soy la carne. Corte su +mersé por donde quiera. + +Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovían al gitano viejo y +hacían que se le saltasen las lágrimas, como si las escuchase por +primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y +decía conmovido: + +--A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero +ella, que no venga, porque la mato. + +Pocos días después presentábase la muchacha escoltada por la Teodora y +otras respetables brujas de las Cambroneras. + +--¡Aquí ties a tu chica!--gritaban desde la puerta--. ¡Vamos a ver si la +pegas, peazo de bruto! + +El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar +a la chavalilla, caída a sus pies con las manos juntas y el rostro +compungido, y de repente rompía a llorar. + +--¡Mi hija!... ¡_grañí_ de mis entrañas! ¡Qué disgusto nos has dao! + +La abrazaba, dándola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos, +pero era de gozo, viendo terminado por el momento el período de las +palizas. + +La muchacha volvíase a la casa del novio, y allí permanecía hasta la +boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunían +dinero para la costosa ceremonia. + +Feli sentía curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Había +oído cosas estupendas. + +--Cogemos un cántaro--dijo riendo una compañera de la Teodora--, lo +echamos por alto, se rompe, y ya están casados. + +--¡Gaya, malage!...--exclamó la vieja--. No le tomes er pelo a la +señorita. Eso del cántaro no es verdad: es _jonjaba_ que les damos a los +payos; mentiras que se tragan, ansí como creen los marditos que robamos +a los _churumbeles_ para sacarles las mantecas. No hay cántaro ni na que +se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo. + +Y señalaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes +regalos de la boda. Unas señoras ricas que iban a explicar la Doctrina a +una iglesia cercana habían sentido simpatía por aquella muchacha tan +guapa y apuesta, mostrando empeño en casarla católicamente. + +La vieja habló con ellas, alegando el obstáculo insuperable de la +pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenían miedo a entrar en +la _Cangrí_, o sea en la iglesia. ¡Pero los _erajais_ (nombre que daban +a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas señoras, +conquistadas por la cháchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio +le hicieron un traje completo, con capa de rico paño, y a la novia la +pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y +compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las +Cambroneras. + +-¡Qué boda, señorita!... ¡El parné que sortaron esas santas!... La +_Cangrí_ estaba toíta yena de luces; a mis nenes les echaron por la +cabeza una manta dorá, y un _erajai_ muy hablador comenzó a dar voces, +como si nunca hubiese visto gitanos casándose por Roma; como si juésemos +caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tiró el durce en las +Cambroneras como si lloviese del cielo: los _manrelaos_ caían como +granizo... Y cuando las señoras se _najaron_ y quedamos solos, casamos a +los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana. + +La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prácticas, miraba en torno +con recelo. Todas eran casadas o viudas; no había ninguna mocita: podía +hablar sin miedo. + +El principal personaje de las bodas era ella, la señora Teodora, alias +la _Catañeta_, la encargada de _catañear_ a la moza. Un día antes de la +ceremonia iba a Madrid, acompañada de las más viejas del barrio, todas +con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas, +especialmente los _mantejos_ (las almendras o peladillas), que era el +principal regalo de los gitanos. Había que adquirir, además, la corona +de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el +pañuelo, el famoso pañuelo, objeto principal de la ceremonia. + +--Compradlo de lo mejor--decía el padrino, que cargaba con todo el +gasto--. Que no os duela; que sea de nipis, de lo más rico; la Teodora +entiende de estas cosas. + +Al día siguiente, la novia se presentaba hecha una beldad, en enaguas y +chambra, la banda de raso rojo cruzándole el pecho, la cabellera suelta, +y una corona de flores de trapo, alta como un morrión. Los convidados se +quedaban a la puerta de la casa, y avanzaba la Teodora con el rico +pañizuelo en la mano, grave y cejijunta como una sacerdotisa. Entraban +con ella los padres de los novios, los individuos más ancianos de las +dos familias, y luego de cerrada la puerta, tendíase la muchacha en una +colchoneta, con su corona y su banda. La Teodora, sin dejarse ganar por +la emoción de los presentes, tranquila y segura de su pericia, +introducía por entre la hojarasca de las enaguas su mano envuelta en el +pañuelo, buceando durante mucho rato en este oleaje de tela almidonada. +La virgen permanecía inmóvil, con los ojos entornados, sin un gesto, +coloreándose ligeramente por el dolor y las cosquillas. + +Volvía a salir a luz el pañuelo, y todos lo miraban. ¡Las tres flores +blancas! ¡La señal de la virginidad! Podía celebrarse la boda. + +Y al abrirse de nuevo la puerta y mostrar la vieja el pañuelo, entraba +la genio en tropel, vociferando de alegría, saludando a la desposada con +ruidosos aspavientos: + +--¡Viva lo bueno!... ¡Viva la honra! ¡Olé por el mérito! ¡Vamos a +juntarlos! + +El padrino cogía una cesta llena de peladillas y la arrojaba de golpe +sobre la novia. Esta, tendida en el colchón, recibía sin pestañear la +rociada. Luego los padres la saludaban con otra lluvia de almendras, y +tras ellos los viejos de más consideración y todos los convidados, hasta +los mozuelos más insignificantes. La novia desaparecía bajo la granizada +de azúcar: sólo se veía su cabeza con el morrión de flores, haciendo +esfuerzos por librarse del pedrisco, mientras el resto del cuerpo +quedaba inmovilizado bajo la dulce avalancha. + +--¡Vamos a juntarlos!--gritaba la gente--. ¡Música, música! + +Rompían las guitarras en melancólico rasgueo, daba el novio su mano a la +novia para que se levantase entre el crujir de las almendras aplastadas +por sus pies, y comenzaban a bailar, colocando ella su corona sobre la +cabeza del marido. Así pasaban la noche, devorando dulces, arrojándolos +contra las paredes, sorbiéndose por docenas las tazas de chocolate, +hasta que al amanecer se iban a dormir, ahítos de azúcar y soconusco. +Todos los gitanos bailaban con la desposada, calándose su floreado +morrión. Al día siguiente, las madres de los novios hacían platos con +los dulces esparcidos en la cama y los enviaban a las solteras del +barrio con una flor de la corona. El novio montaba en un caballo, +llevando la hembra a la grupa; todos los chavales, jinetes en sus +mejores bestias, les daban escolta, llevando también a ancas las mozas +del barrio, y la vistosa cabalgata partía al trote por los campos, como +si esta ceremonia fuese una iniciación del matrimonio en la vida +andariega de la raza. + +--Y aún pasan días--continuaba la Teodora--antes de que los novios se +junten de verdad. Mientras están con los padres, tienen vergüenza y +duermen separados. Sólo cuando ponen su casa se deciden a acostarse +juntos. + +Las famosas flores blancas asombraban a Feli, haciéndola seguir con +atención las indicaciones de la _Catañeta_. Eran a modo de clara de +huevo. ¡Ay de la que no las soltaba en aquel registro, que tenía la +solemnidad de una ceremonia religiosa! Cuando el pañuelo surgía sin +ellas o con manchas de sangre, un griterío de muerte estallaba contra la +impura. Era la demostración de su falta de virginidad. Arrojábanse sobre +ella las mujeres, arrancándole la corona, tirando de sus pendientes +hasta rasgarle las orejas, haciendo trizas sus blancas vestiduras. Al +abrirse la puerta, salía como una bestia acosada entre la rechifla de +los hombres, los arañazos de las mozas y las pedradas de los chicuelos, +para refugiarse en casa de su padre. Este era inflexible. Le cortaba con +su navaja la cabellera y le daba por vestidos unos sacos, arrojándola en +el rincón más obscuro, y allí permanecía sin que nadie le hablase, +volviendo la espalda a la gente, temblando al oír una voz, hasta que, +cansada de esta vida de abandono, si quedaba en ella un resto de +voluntad, huía para perderse en los caminos. + +Escuchaba Feli con asombro el relato de estas costumbres primitivas que +se desarrollaban a las puertas de una gran ciudad. + +Cuando volvía Isidro, repetíale estos relatos, y el joven, al +escucharla, lanzaba miradas de extrañeza al puente vecino, por donde +pasaban coches, carretas y peatones, todo el tráfago de un gran núcleo +de población; a los inmediatos desmontes, con sus faroles de gas; al +tranvía eléctrico que bajaba por el paseo de los Ocho Hilos expeliendo +chispas verdes y azules de sus ruedas. Sólo unos cuantos metros +separaban la vida moderna que circulaba por lo alto de aquella +hondonada, donde aún subsistían las tradiciones de la existencia nómada, +la barbarie de una raza errante insensible a todo progreso. Las dos +vidas rozábanse diariamente, pero se ignoraban, se desconocían, sin que +los de abajo, en su aislamiento, sintiesen la más leve influencia de los +de arriba. + +Sulfurábase Teodora al oír que «la señorita» ponía en duda su ciencia. +Si _catañeaban_ otras; era posible una equivocación... ¡pero ella! No +había mas que una Teodora en toda la Península. Allá en _Cordobate_ +existía otra gitana de su arte, pero todos declaraban su inferioridad. +Con la Teodora no valían engaños: la gitanería tenía fe ciega en sus +manipulaciones; por eso no llevaba menos de ocho duros por el _catañeo_, +y el que no los tuviera que no se casase. La llamaban los gitanos de +toda España para sus bodas, gente rica que, además de pagarle bien, +cargaba con todos los gastos del viaje. Había estado en los _gaos_ más +famosos por sus aglomeraciones de gentes de la raza; había corrido +Andalucía, conocía Murcia, y hablaba de sus viajes a Valladolid y +Rioseco. Nadie dudaba de su ciencia. + +--Rara vez--decía--fartan las flores blancas. Las probesitas gitanas son +jembras decentes. Ya quisieran muchas de las payas que van por las +calles del _Gao de los Foros_ asemejarse a nosotras. + +Al volver Maltrana a casa, antes de cerrar la noche, caía algunas veces +en medio de esta tertulia. + +La vieja, al verle, le saludaba con grandes aspavientos, como si fuese +ella la dueña de la casa. + +--Pase adelante, Pare Santo... Entre su mersé, bigotillo de gobernaor... +¡Qué honra pa nosotras el verle!... Aquí estamos haciéndole compañía a +este pimpollo de Abril, que lleva en su tripa bonita una _churumbela_ +como er mesmo Niño Dios. + +Y hablaba de la criatura que había de nacer con tanta seguridad como si +la viese, detallando sus prendas físicas: cómo tenía el pelo y cómo los +ojos; en qué se parecía a la madre y qué iba a sacar del padre. + +Maltrana escuchaba con mal disimulada impaciencia la charla de la vieja. +Las contrariedades de su vida, cada vez mayores, irritaban su carácter, +haciéndole insufrible el parloteo de la bruja. + +La Teodora, a la caída de la tarde, miraba a la ventana, indicando a su +nuera que se asomase. + +--_Sicobelate a la parlacha_ y veas si tu marío está por ahí. + +El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin +atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas veía a su cónyuge, +gritaba con mal humor: + +--_Chalate al quer_ (vamos a casa). + +Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su +tristeza, como si viese con más claridad lo pavoroso de su situación. + +Ya había llegado la época tan esperada por él. Comenzaba el frío; +volvían a Madrid, terminado su veraneo, los que podían proporcionarle +trabajo, y sin embargo, su situación no mejoraba. + +Apenas tuvo noticia de la llegada del marqués de Jiménez, corrió a +visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro. +¡Terrible acogida! + +--¡Contento me tiene!--dijo el senador frunciendo el entrecejo--. ¡En +seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta. + +Y siguió lamentándose, como lastimado por su excesiva confianza en un +ser inferior. + +Había sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos. +¡Lo que se habían burlado en San Sebastián los de la tertulia del +jefe!... Decían a gritos que el libro no era suyo; que se lo había +escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se divertía +a su costa citando autores fantásticos, copiando párrafos de libros que +no existían. + +--De eso último no hago caso--dijo el marqués con magnanimidad de hombre +justo--. A cada cual lo suyo. El libro está muy bien; lo que en él se +dice es pura verdad, ¡si lo sabré yo!... y lo de los autores falsos y +los libros inventados, todo envidia, envidia nada más... A mí lo que me +molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mío, que me pongan +en ridículo ante el jefe, que, como usted sabe, me honró con un +prólogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado +prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha +puesto en ridículo, sí señor, en un ridículo que hace gran daño a mi +carrera política. + +Maltrana, anonadado por la cólera del personaje, intentó defenderse. No +había hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus +enemigos se enterarían de que era él quien iba a la imprenta para +corregir la obra; tal vez la indiscreción viniese de otro lado... pero +él lo juraba: nada había dicho. + +En cuanto a la fidelidad de las citas, su conciencia no le dejó +defenderse con igual energía. Balbuceaba al formular sus excusas. Bien +pudiera ser que hubiese equivocado el nombre de algún autor, que hubiera +atribuido a unos lo de otros... Pero el marqués le interrumpió +enérgicamente: + +--No; repito que el libro está muy bien. ¡Si lo sabré yo! Son +innecesarias las explicaciones... Lo que a mí me molesta es lo otro: que +digan que el libro no es mío; que supongan a un hombre de mi altura +capaz de adornarse con plumas ajenas. + +Decía esto con un tono amargo, con la misma expresión con que anonadaba +a los gobiernos en el Senado por su falta de protección a los trigos; y +Maltrana acabó por indignarse también contra los maldicientes que +suponían al marqués de Jiménez incapaz de escribir un volumen. + +Isidro salió de allí sin recibir dinero ni un nuevo encargo. Además, +comprendió que el senador le cerraba su puerta para siempre. Después de +tales murmuraciones, el mejor medio de demostrar que Maltrana no le +había prestado ayuda era prescindir en absoluto de su trato. Bien se lo +dio a entender al joven con la frialdad de su gesto de despedida, con la +blandura de su mano y los consejos que le dio. + +--Más discreción, joven. Para hacer carrera, hay que ser prudente. La +vida no es un juego; no hay que soñar, joven amigo. + +Maltrana volvió desesperado a su tugurio de las Cambroneras. + +Entraba todos los días en Madrid persiguiendo una esperanza, pero ésta +revoloteaba ante él sin dejarse alcanzar. Visitaba a sus amigos de las +redacciones, preguntando con avidez cuándo podría meter la cabeza en +alguna de ellas; se ofrecía a los administradores para pegar fajas y +hacer paquetes. Contentábase con cualquier cosa; lo importante era +conseguir, fuese como fuese, un par de pesetas todos los días. Hasta +buscó recomendaciones para algunos concejales, pidiéndoles un puesto +cualquiera en las dependencias del Ayuntamiento. + +Apenas llevaba paquetes a la fábrica de corsés cercana a la Puerta del +Sol. Hacía dos semanas que Feli tenía en casa la misma docena, sin poder +terminarla. + +Estaba enferma, muy enferma. Maltrana seguía con inquietud los progresos +de su mal. Quejábase de fuertes dolores de cabeza; perdía de pronto la +vista, hablaba con incoherencia, insultando unas veces a Isidro sin +saber por qué, y abrazándose otras a su cuello para pedirle perdón, con +gran raudal de lágrimas. + +El invierno se anunciaba con una frialdad aterradora. Todas las mañanas +aparecían las charcas del río con grandes cristales de hielo. Los +gitanos permanecían en sus tabucos, ahumándose junto a las hogueras. En +la casa de los amantes, ni pan ni fuego. Feli vestía sus ropas de +verano, sin otro abrigo que un mantón comprado en una casa de préstamos. +Isidro conservaba aún aquel macferlán de color indefinible, que era como +la librea de su miseria. Le servía para ocultar la delgadez del traje y +su deshilachada camisa, mal cubierta por un pañuelo negro lustroso de +mugre. El pobre joven presentaba un aspecto más deplorable que cuando +vivía en la calle de los Artistas, sin otra familia que su padrastro. +Feli, que tanto cuidaba en otros tiempos del arreglo de su persona, +permanecía ahora inmóvil en la única silla entera de la casa, como si no +viese ni entendiese, sin otra sensibilidad que un continuo frío que la +hacía estremecerse en sus ligeras envolturas. + +Maltrana salía diariamente en busca del pan. Iba a Madrid a solicitar +una colocación inútilmente, a «dar sablazos», a mendigar de todas las +personas conocidas. Ya no era el lobo que descendía de la cumbre en +busca de alimento; era el pobre roedor, tímido y anonadado, que trepaba +lentamente desde el fondo de su madriguera a las alturas de la gran +población, esperando una migaja del banquete de los fuertes. + +Feli quedábase en casa, enferma, temblando de frío, fijando en el suelo +su mirada de estúpida vaguedad, como si la hinchazón de su abdomen +absorbiese su pensamiento. El emprendía la marcha desfallecido, sin otro +lastre que una taza de café recalentado o una copa de aguardiente, unas +veces bajo la lluvia que se introducía por las rotas suelas de sus +zapatos, otras sacudido por fríos huracanes que agitaban las mangas de +su macferlán con aleteo de pajarraco fúnebre. + +Una mañana, al salir de casa, se detuvo asombrado. La nieve cayó en +montón a sus pies al abrir la puerta. Todo lo que abarcaban sus ojos +estaba blanco, con una blancura nítida y fúnebre, como el sudario de una +virgen muerta: blancos el puente y el río, blanca la cuesta de las +Cambroneras, los tejados del barrio y los áridos desmontes. El silencio +era completo; la soledad absoluta. El mundo parecía haber muerto durante +la noche bajo el peso de la nieve. El humillo azul que se escapaba de +las chimeneas era el único signo de vida. + +Maltrana dudó un instante. Sintió un repentino amor por el encierro, el +afecto al hogar, que hacía que los hombres se ocultasen en sus casas. +Pero arriba, en la suya, no quedaba nada: la noche anterior había +devorado media libreta y las cortezas de un cuarterón de queso. Feli no +comía; hacía tiempo que el embarazo y la repugnancia a los manjares +groseros teníanla en perpetua inapetencia. Había que vivir... ¡adelante! + +Emprendió la marcha, hundiendo en la nieve sus piernas mal abrigadas, +aquellos pantaloncillos de verano roídos por los bordes, que apenas si +disimulaban las grietas y descosidos de las botas. Sus pies se enfriaron +al contacto de la nieve; a los pocos pasos creyó que marchaba descalzo. + +Dentro de Madrid vio las calles desiertas, sin carruajes, sin tranvías, +todo igualado, arroyos y aceras, por aquella capa blanca, como si +hubiese llovido sal. En los lados de las calles abríanse negros senderos +de barro, por los que pasaban los escasos transeúntes entre un doble +muro de nieve. Los árboles parecían de algodón; blancas vedijas pendían +de los balcones y los aleros. Los faroles del alumbrado ostentaban una +montera torcida como un gorro de dormir. Los golfos, entusiasmados por +la novedad del espectáculo, hacían rodar grandes bolas de nieve, +coronándolas con monigotes de su invención. + +Maltrana, con los pies helados y temblando de frío, vagaba por Madrid. +Subió a la casa de un antiguo compañero para pedirle algo, aunque sólo +fuese una peseta, y no le encontró. Fue al extremo opuesto de la villa, +en busca de otro amigo, pero tampoco estaba en casa. + +Pensó, como supremo recurso, en el marqués de Jiménez. Este no podía +abandonarle; le pediría socorro aunque fuese de rodillas. + +Arrastrando los pies, llegó al barrio de Salamanca. Tuvo que discutir +con el portero, que le cerraba el paso, y al fin le dejó subir por la +escalera de servicio para que no manchase la alfombra de la escalera +principal con la nieve derretida que soltaban sus pies. En la puerta de +la cocina le rechazaron con aspereza después que un criado desapareció +por unos instantes para anunciar su nombre. El señor marqués estaba muy +ocupado: no podía recibirle. + +Era más de mediodía. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con más +nieve. La luz de interminable crepúsculo reflejábase en la blancura con +tonos lívidos. Maltrana caminaba desalentado, con los brazos caídos, sin +saber adónde dirigirse. + +Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: quería +morir. Todos los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundo +se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la +llevaba en el alma. + +En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno +de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos, +pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos. + +Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareció +despertar su voluntad. ¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento en +Feliciana, que temblaría de frío en su casucha, mientras él se calentaba +en el público brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos +eran superiores a él; podían luchar más bravamente con la desgracia. + +Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras +al que tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que en +Madrid todos eran invisibles, como si el frío endureciese las +conciencias, como si la paralización de la vida aislase a los hombres en +su egoísta bienestar. + +Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada +y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y +brillante, como una inmensa mortaja que cubría el río, los montes, las +viviendas, y de la cual surgían los árboles como hilos sueltos. + +Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba las +desigualdades del suelo, las cunetas, los hoyos de los árboles, los +declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre, +entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica alucinación, la imagen +de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona. + +El mundo estaba frío, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha +penosa sin un impulso de misericordia. + +¡Morir de hambre!... Por él, que fuese al momento: descansaría de una +vez. Pero ¿y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi +enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entrañas? ¿Cuál iba a +ser su suerte?... + +Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el +fervoroso creyente de la alegría de la vida y su refinado helenismo, +sintió que sus piernas flaqueaban, y se apoyó en un árbol. + +No podía más: era un vencido. Confesaba su cobardía, cayendo anonadado +bajo el zarpazo de la Suerte. + +¡Pobrecillo! Se llevó las manos a los ojos y rompió a llorar con vagidos +de cordero abandonado, como un niño que despierta en las tinieblas y +siente el vacío en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con +el calor del pecho maternal. + + + + +XI + + +El mismo día de la nevada, un nuevo infortunio conmovió dolorosamente a +Isidro. + +Al volver a su casa pudo comer. El dueño del tenducho de las Cambroneras +pareció apiadarse de su miseria, aceptando todas las promesas de pronto +pago. La inclemencia del tiempo ablandaba al tendero, y el joven logró +subir con dos panes, una botella de vino, queso y una lata de sardinas. + +Fiesta completa. Después de comer, sintió un renacimiento de su amor a +la vida. Arañó sus bolsillos para reunir las últimas briznas de tabaco; +lió un pitillo, y despidiendo nubes de humo con la voluptuosidad del +bienestar, contempló detrás de los cristales el paisaje nevado que tan +honda tristeza le inspiraba horas antes. + +Feli apenas pudo comer: sentía repugnancia ante aquellos manjares. Una +náusea los repelía de su boca, y de nuevo se sumió en su inmovilidad, en +aquel agotamiento que la hacía permanecer como insensible. + +El joven se apartó de la ventana al oír un suspiro de angustia. + +--¡No veo... no veo!--gimió Feli, llevándose la mano a los ojos. + +Maltrana corrió hacia ella. + +-¿Qué te pasa, nena? ¿Qué sientes? + +-Mi padre...--dijo con voz lenta--, mi tío Manolo... frío, mucho frío. + +La incoherencia de sus palabras inspiró miedo al joven. + +Sus ojos estaban inmóviles, considerablemente agrandados, con un +estrabismo que dejaba al descubierto toda la córnea, empujando la pupila +a un ángulo de los párpados. Se llevaba las manos a la frente. + +--Dolor... mucho dolor--murmuró como una niña enferma. + +Después se tentaba el estómago, repitiendo el mismo quejido. Inclinaba +la cabeza, como si no pudiese resistir el peso de aquella cefalalgia que +entorpecía sus facultades intelectuales. Contestaba con incoherencia a +las angustiosas preguntas de Isidro o no las contestaba, permaneciendo +en un silencio enfurruñado. + +De repente se quejó del zumbido de sus orejas, que parecía enloquecerla, +del hormigueo que sentía en su cuerpo, de la rigidez que inmovilizaba +sus miembros. + +--Todo rueda--gimió--. Ruedan las paredes... se abre el piso... un +agujero muy negro, ¡muy negro! Isidro, cógeme... agárrame, que me +caigo... ¡que me caigo! + +Y a pesar de que el joven la tenía fuertemente sujeta entre sus brazos, +ella manoteaba, defendiéndose para no caer en el negro abismo que veía +su trastornada imaginación. + +Luego dio un alarido y rompió a llorar con desesperados gritos: + +--¡Mi padre... mi pobre padre! Míralo: está en la puerta... entra... nos +mira; lleva una mortaja... blanca, blanca como la nieve. + +Sus ojos extraviados miraron hacia la puerta; y había tal seguridad en +sus palabras, que Maltrana se volvió, creyendo por un momento en la +certeza de la alucinación. + +Con grandes esfuerzos pudo llevarla hasta el pobre lecho y la tendió en +él, creyendo terminada la crisis. Seguía llorando; el joven esperaba que +las lágrimas la librasen del dolor que le oprimía los pulmones y le +atravesaba la frente como si fuese un clavo enrojecido. + +Pronto se convenció de que la crisis iba en aumento. Feli, tendida en la +cama, ya no movía su cabeza de un lado a otro con penoso vaivén. La +inclinaba sobre el hombro derecho, al mismo tiempo que sus ojos seguían +mirando hacia la izquierda con una fijeza inquietante, como si +contemplasen algo que la infundía pavor. Las pupilas se dilataban; la +boca entreabríase con el temblor de las mandíbulas o se cerraba +oprimiendo la lengua. La palidez de su rostro tomaba un tinte lívido; la +respiración era penosa, breve, irregular, agitada por ruidosos suspiros. +De pronto, interrumpiose aquélla con una contracción violenta de los +músculos del pecho, y la enferma quedó inmóvil, como si fuese a perecer +por asfixia. + +Maltrana agitábase en torno de la cama, aturdido, sin saber qué hacer, +aterrado por su soledad y su inexperiencia. + +--¡Feli... nena mía; respira... habla! ¡Dios mío! ¿qué es esto? + +Y la golpeaba las manos, tiraba de sus brazos, la soplaba en la boca +como si quisiera devolver aire a sus pulmones. + +Duró esto menos de un minuto, pero al joven le pareció interminable; +sentía una angustia casi igual a la de la enferma. Volvió ésta a +respirar, y su inmovilidad se trocó de pronto en una agitación loca. Los +músculos orbiculares se contrajeron y ensancharon, los párpados se +cerraron y abrieron, aleteando con loca rapidez. Los ojos rodaban en sus +órbitas, lanzando una luz extraña, como si la electricidad de la +convulsión reflejase en sus pupilas verdosas centellas. Las mandíbulas +se cerraron fuertemente, ensangrentando la lengua. Una espuma +burbujeante asomó a las comisuras de los labios, con sordos rugidos. El +cuerpo se contraía y dilataba, doblándose como un arco, mientras la +cabeza y los pies se hundían en las desordenadas ropas del lecho. + +Isidro corría como un loco por la habitación. Después abrió la ventana. + +--¡Socorro!...-gritó--. ¡Teodora!... ¡señora Teodora! + +Nadie le oía. La calle, la plaza, el inmediato callejón de los gitanos, +todo estaba en silencio, cubierto de nieve, sin la negra silueta de una +persona. Siguió gritando, con la angustia del miedo, y por fin, de la +primera casucha vio surgir una cara bronceada llena de arrugas, con ojos +de curiosidad. + +--¡_Salguerillo_... Salguero! ¡Por tus muertos te lo pido! Avisa a la +Teodora... que venga. Mi mujer se muere. + +Cuando se retiró de la ventana vio a Feli revolviéndose en el suelo, +rugiendo con una expresión espantable que crispaba los nervios, llena la +boca de espuma que se coloreaba de rojo con la sangre de la lengua. Las +convulsiones la habían hecho caer de la cama, golpeando el suelo con su +vientre. El joven tuvo que realizar grandes esfuerzos para subirla y +sujetarla, evitando que rodase otra vez. + +Su respiración comenzó a ser menos agitada. Abriose su boca, absorbiendo +el aire con grandes y ruidosas aspiraciones; la nariz se dilató +desmesuradamente, chocando después sus alillas al contraerse. Comenzaron +a descender en intensidad los estremecimientos; los músculos cesaron de +contraerse. Los brazos se extendieron pegados a las piernas inmóviles. +Los ojos mostraban las pupilas dilatadas, con una veladura mate, como si +fuesen ojos de cadáver. Un sueño pesado, letárgico, se apoderó de ella. + +Maltrana creyó por un momento que había muerto, pero al aproximar el +oído a sus labios se tranquilizó. Una débil respiración animaba con su +estertor el cuerpo inmóvil. + +Entonces oyó que llamaban a la puerta, y fue a abrir para que entrasen +la Teodora y otra vieja. + +¿Cuánto tiempo había transcurrido?... Las gitanas llegaban corriendo, +alarmadas por el recado de Salguero, pero Isidro creyó que había pasado +algo así como un siglo. + +Dejose caer en una silla, como si al recibir el auxilio de aquellas +mujeres sintiese de golpe todo el terror que la crisis le había causado. + +La Teodora examinó a la enferma, mientras Isidro le explicaba lo +ocurrido con voz temblona. Ella conocía estos accidentes: había visto a +muchas mujeres sufrir lo mismo en sus embarazos. + +--Es mal de corazón, don Isidro--decía con la certeza que le +proporcionaba su ciencia--. La señorita es tan poca cosa, que el +embarazo la trae trastorná. Esto, en cuanto suerte la _churumbela_ que +yeva dentro, ya no se repite. + +Después habló de sangrarla; ella era capaz de hacer la operación. Había +pinchado a todos los enfermos del barrio con una maestría que ya +quisieran tenerla muchos barberos. Pero ante el gesto de Maltrana se +contuvo. Conformes: no la sangraría; por el momento ya había pasado el +peligro; pero en cuanto despertase la pobre «señorita», iba a +administrarla unas tacitas de un cocimiento que hacía milagros: hierbas +del campo recogidas por ella misma y que guardaba en su casa. La +compañera fue por los hierbajos, y Maltrana y la vieja quedaron junto a +la enferma, contemplándola silenciosos. + +Feli dormía tranquilamente, con los ojos cerrados. El sueño parecía +arrollar en su avance los últimos signos de la enfermedad. + +Cuando despertó, después de anochecer, llevose la mano a la frente, como +si quisiera fijar sus recuerdos. Miró en torno de ella, titubeando, como +extrañada de verse en el lecho, en plena noche, a la luz de una bujía +que marcaba en la pared las sombras de Isidro y la Teodora, sentados +junto a la cama. + +--¡Ya está buena la señorita!--gritó la vieja--. ¡Olé, ya tenemos niña! + +Maltrana, instintivamente, se abalanzó a la enferma, besándola repetidas +veces, sin hacer caso de la extrañeza de Feli, que pugnaba por reunir +sus recuerdos. + +La gitana, ayudada por su compañera, confeccionó en la cocina su famosa +infusión, de la que hizo beber varias tazas a la enferma. + +Viendo tranquila a Feli, se fueron las dos viejas, recomendándola que no +abandonase el lecho. Aquello no había sido mas que una crisis propia de +su estado: tal vez habría cogido frío. Había que cuidarse, que el tiempo +era muy perro. + +Al quedar solos los jóvenes, Isidro habló a la enferma del miedo que +había sentido. + +--Creía que ibas a morir, que te perdía en un instante. + +Y añadía con sencillez, temblando aún su voz con el recuerdo de la +pasada emoción: + +--¡Ay, Feli! ¡No mueras, mi alma! No he sabido lo que te amo hasta esta +tarde, en que creí que te ibas para siempre. + +La enferma movía con pereza una de sus manos y acariciaba la cabellera +crespa de Maltrana, lamentándose de la forma aterradora de la crisis, +como si ésta fuese un acto de su voluntad. + +--¡Pobrecito!--decía lentamente--¡qué susto te he dado! Aún se te conoce +en la cara; estás pálido, te tiembla la voz. Ríñeme, por mala... Te juro +que no lo haré más. Contendré mis nervios; procuraré no dejarme llevar +por ellos, aunque reviente. + +Volvió a dormirse muy entrada ya la noche. El silencio era absoluto. +Fuera de la casa, ni un ruido de pasos, ni una voz: la nieve pesaba +sobre la vida, ahogando sus movimientos. + +Helaba. Un frío punzante e irresistible, el frío que sigue a las grandes +nevadas, deslizábase por las rendijas de las maderas, filtrábase por las +paredes. + +Feli se agitó en el lecho, murmurando con suspiro infantil, sin abrir +los ojos: + +-Frío... mucho frío. + +Estaba cubierta por la única manta que tenían en la casa y el +mantoncillo que le había comprado Isidro al comenzar el invierno. El +joven extendió sobre el cuerpo de ella un traje de percal y la poca ropa +blanca que colgaba de unos clavos. Estas telas sutiles eran de un abrigo +ilusorio. + +La enferma seguía estremeciéndose, y el pobre Isidro, que temblaba de +frío, se quitó el macferlán para añadirlo a la cubierta. + +Era una noche terrible. Maltrana paseábase por el cuarto como si +estuviese en medio de la calle. No se oía ruido de viento: la calma era +absoluta; pero en este ambiente tranquilo, el frío resultaba más +punzante, más mortal. Parecía que el mundo acababa aquella noche, que el +sol ya no saldría más, que la tierra iba a permanecer por siempre bajo +su mortaja de nieve. + +El joven entró en la cocina. En una cazuela quedaban unas brasas, +abandonadas por la Teodora después de su cocimiento. Metió en la +habitación este anafe improvisado, colocándolo cerca de la cama. + +Feli seguía quejándose entre sueños. + +--Frió... mucho frío... Tengo los pies de hielo. + +Maltrana se quitó la chaqueta, una prenda de verano que aún subsistía +sobre sus hombros como testimonio de pobreza, y la extendió encima de la +cama. + +El fuego mortecino iba extinguiéndose. Isidro pensó con envidia en la +fuerza de los obreros. De tener el vigor de un albañil, de un peón del +adoquinado, arrancaría una puerta, haría astillas una ventana para +mantener el fuego; se defendería de la noche cruel, eterna como la +muerte. Lamentaba su miseria física, que añadía nuevas tristezas a su +situación. Estaba desarmado para la vida: el último de los vagabundos +que marchaba por las carreteras valía más que él, con toda su cultura +inútil. + +Fuego... necesitaba lumbre. Se lo pedía Feli angustiosamente, en el +tormento de la congelación que turbaba su sueño. + +Miró con rabia los papeles y libros apilados en un rincón. En Madrid no +encontraba quien le diese pan, pero siempre volvía a casa con los +bolsillos llenos de papeles. Los camaradas le ofrecían periódicos para +que leyese sus artículos; los autores le regalaban libros con pomposas +dedicatorias. «Al erudito y notable escritor Isidro Maltrana, su +admirador...» ¡Le admiraban! ¿Por qué? Tal vez por su miseria. Vendía +los libros por unos cuantos reales, por lo que querían darle, y sin +embargo, siempre tenía volúmenes en su casa: versos tristes de gentes +con salud y medios para defenderse del hambre; novelas sobre crisis de +las almas; tratados para resolver el conflicto social. El papel le +perseguía, le rodeaba; había nacido para ser su siervo. ¡Siempre el +papel, negro de tinta, acosándolo, cerrándole el camino! Mientras tanto, +el pan y el bienestar huían de él, yéndose en busca de los brutos. + +Con la cólera que le inspiraban estos pensamientos, arrojó en el triste +rescoldo un volumen, el primero que halló a mano. El papel grueso y +brillante se ennegreció, al mismo tiempo que de sus páginas, encorvadas +por el fuego, surgía una llama, esparciendo denso humo por la +habitación. + +Ni calor podía dar el maldito papel, motivo de envidias y locuras para +muchos imbéciles. Y temiendo que el humo le obligase a abrir la ventana, +cogió la cazuela con el volumen chamuscado, llevándola a la cocina. + +Al volver, paseó largo rato con los brazos cruzados y las manos en los +sobacos, temblando de frío, agitando sus piernas violentamente, como si +temiese quedar yerto. + +Feli abrió los ojos y mostró asombro al ver a Isidro en mangas de +camisa. Iba a constiparse: hacía mucho frío. ¿Dónde tenía sus ropas?... + +Maltrana mintió con un cinismo que hacía llorar. Había dejado su abrigo +sobre la cama porque tenía calor. La noche era magnífica: aún sentía en +su estómago la tibieza del vino que había bebido por la tarde y de +aquellas sardinas que eran un bocado de príncipe. + +El joven, al decir esto, daba diente con diente, y fingía reírse para +ocultar su temblor. + +El frío acabó por obligarle a refugiarse en el lecho. Feli protestaba +contra su empeño de permanecer en vela; sentíase bien: el peligro había +pasado... + +Juntáronse los dos cuerpos por la atracción del calor, pegándose el uno +al otro con intensos escalofríos. Se confundían sus alientos y los +sudores de su piel; experimentaban la voluptuosidad del bienestar +animal al ir calentándose poco a poco en esta comunión de sus cuerpos. +Maltrana sentía la dura redondez del hemisferio materno, el contacto de +aquel fardo de vida que amenazaba su porvenir. La juventud había huido +de él para condensarse en esta cavidad. La pobre Feli había perdido de +golpe la alegría y la salud. Se habían unido, creyendo en la hermosura +de la vida, en la eterna primavera del amor, con las risas e +inconsciencias del pájaro, para verse de pronto prisioneros de su propia +obra, transformados en vulgares procreadores, con todas las angustias de +la responsabilidad. + +Feli dormía otra vez, y su amante pensaba. La obscuridad de la +habitación parecía embrollar sus ideas. Sin saber por qué, recordó uno +de sus juegos en el Hospicio. Los muchachos cogían una mosca, la +arrancaban las alas y empujábanla después, pretendiendo que volase. + +¡Ay! El era como aquella mosca. Le habían arrancado las alas; le habían +arrebatado las armas naturales para la lucha por la vida. Hubiese sido +mejor dejarle en las profundidades sociales donde había nacido, dedicado +al trabajo manual como sus ascendientes. Sus brazos serían fuertes, sus +manos estarían duras; no le faltaría el pan. Atravesaba Madrid con el +rubor del pedigüeño, con la vileza del mendigo de levita, inventando +embustes para comer, mientras los hambrientos de blusa encontraban +siempre un medio para satisfacer su hambre. Aquí, ayudaban a descargar +un carro; más allá, abrían la portezuela de un carruaje; pedían a todos, +y las manos caritativas daban y daban, como si la tosquedad del +trabajador manual despertase mayor compasión. El vagaba encogido, +vergonzoso, sin otro recurso que asediar a los amigos con el espectáculo +de su miseria, y se oía llamar sablista inaguantable, mientras el otro +era el pobre obrero, merecedor de protección. + +¡Ay, aquella pobre señora que le había trasplantado!... ¡Cuánto daño le +hizo sin saberlo! Pensaba en ella con agradecimiento, pero decíase que +hubiera sido mejor no conocerla nunca, no haber abierto un libro, pasar +del Hospicio al aprendizaje. Ahora sería oficial de albañil; su Feli le +llevaría la cesta a la obra, como la llevaba su madre; comerían en una +acera, en un paseo, sin otra aspiración que la alegría de satisfacer las +necesidades del cuerpo. Hasta los peligros de muerte constituían una +ventaja. La caída del andamio, el derrumbamiento de un piso, eran medios +para salir rápidamente de este mundo de miserias, acabando de una vez. + +Todo resultaba preferible a su existencia actual, a su situación +ambigua, sin el mendrugo de los de abajo ni el bienestar que gozan los +de arriba. Ni era de los siervos alimentados, ni de los señores que +dominan. + +Había estudiado para ser infeliz, para conocer y paladear todas las +fealdades de la existencia. No podía creer en las mentiras aceptadas por +la buena fe de los humildes. La instrucción le había servido para +rozarse con los privilegiados, conociendo las abundancias que les +rodean. Carecía de vigor físico para trabajar como un hombre; era un +enclenque debilitado por el estudio, y el desarrollo de su pensamiento +no le servía para abrirse paso. + +¡Pobre mosca mutilada! Le habían arrancado las alas de su nacimiento, y +la mala suerte se divertía empujándole, gritando: «¡Vuela!» ¿Cómo iba a +remontarse? Estaba vencido sin remedio, caído en el suelo, sin fuerzas +para moverse. El estudio desordenado y ansioso sólo servía para anular +su voluntad. Pasaba la existencia enterándose de lo que miles de seres +pensaron a través de los siglos, y cuando las necesidades de la vida le +impulsaban a la acción, encontrábase desarmado, sin fuerzas para seguir +su camino. + +La sombra que le envolvía al pensar esto era una imagen de su +existencia. ¡Todo negro! ¿Adónde ir? ¿Qué hacer?... Y como si su propia +desgracia no le bastase, el amor había unido a él una infeliz, cuyo +único delito era quererle y admirarle; la había colgado de su brazo para +que marchase con más dificultad, tropezando a cada paso, tirando +penosamente de esta compañera, que al principio era la alegría y se +trocaba poco a poco en una cadena que arrastraba tras él, impidiéndole +avanzar. Todo lo veía negro, con la lobreguez de una miseria a cuyo fin +estaba la muerte. Deseaba morir, acabar de una vez esta existencia sin +objeto, dar fin a una vida fracasada, irresistible y penosa, como una +equivocación de la Suerte. Pero ¿y ella? ¿y la dulce compañera, que +había abandonado la órbita de su existencia para seguirle, arrebatada +por la atracción de su mala fortuna?... + +Maltrana, escuchando la respiración de Feli, palpando en la sombra su +cuerpo desfigurado por la maternidad, experimentó el mismo remordimiento +que si la hubiese asesinado y tuviera el cadáver tendido junto a él. +Sintió la cobardía de aquella tarde ante el espacio cubierto de nieve; +un empequeñecimiento de niño abandonado, un deseo de achicarse, de dejar +de ser hombre, de convertirse en un insecto, en una planta, en una +piedra, en algo que estuviese por debajo de las crueldades humanas; y +rompió a llorar silenciosamente, permaneciendo entre el sueño y el +doloroso desvelo, víctima de pavorosas alucinaciones, hasta que se +filtró la luz del día por las rendijas de la ventana. + +Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando la nieve convertida +en fango, encontró su vivienda en revolución. Venía alegre: había +logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvidó su gozo al ver a la +Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho, +sumida en el sopor de la crisis. + +Habíase repetido el ataque. La enferma tenía en la frente una contusión +que denunciaba su caída al suelo. Las gitanas, advertidas por una +vecina, habían corrido en su auxilio. + +La Teodora fruncía el ceño al hablar al joven... Don Isidro, la pobre +«señorita» estaba muy enferma. Estos ataques iban a repetirse con +frecuencia. Eran cosas del embarazo, que se presentaba muy mal. Según su +cuenta, faltaba un mes para que Feli llegase al parto, pero este mes era +de grandes peligros. No tenían dinero para pagar a un médico; allí +faltaba todo. El tenía que salir a ganarse el pan, ellas podían hacer un +favor de vez en cuando, como buenas cristianas que eran, aunque gitanas; +pero esto no era posible a todas horas, pues sus casas y familias +también exigían cuidados. + +--En fin, don Isidro--dijo la gitana--, hay que tomar una resolución. +Pecho al agua; algo durilla es la cosa, pero yo creo que la probe +señorita estaría mejó en el hospital. + +¡El hospital! Maltrana quedó aturdido, como si esta palabra equivaliese +a un golpe... Pasado un rato, pudo reflexionar. ¡El hospital! ¿Y por qué +no? Lo habían hecho para las gentes como ellos: era un lugar de +delicias, comparado con esta habitación desmantelada, en cuyos rincones +creía ver encogidos los espectros del hambre y el dolor... En él habían +muerto sus padres. + +Pasó aquella noche sin acostarse, velando a Feli, que había recobrado +sus facultades, pero apenas podía hablar. Su lengua estaba hinchada, con +grandes rasguños, por habérsela mordido durante la crisis. + +Isidro se explicó tímidamente, mientras ella lo contemplaba silenciosa, +con sus ojos que parecían agrandados por los recientes espasmos. Allí +estaba muy mal: podía morir abandonada durante una ausencia suya, lo +mismo que morían los irracionales, y él estremecíase sólo al pensarlo. +¡No, no!... Y gesticulaba enérgicamente, como si la viese ya en su +imaginación muriendo durante la noche, sin otro socorro que los gritos y +las carreras del amante, enloquecido por la desgracia. + +--Yo no sé cómo decírtelo, nena--murmuró con voz temblona, haciendo +largas pausas--. Hay que tener valor... apreciar las cosas tales como +son. Lo que voy a decirte no es mas que una idea... Si tú no quieres, no +será... Podías entrar en el hospital... No, no te asustes. No en el +hospital adonde van todos; en las clínicas, en la Facultad. Yo tengo +buenos amigos de mis tiempos de estudiante... Te visitarían los +catedráticos... todos unos sabios. Asunto de permanecer allí un mes +cuando más. Tendrías la criatura, rodeada de más cuidados que aquí... +sanarías, y luego... luego continuaríamos nuestra vida más feliz que +ahora, pues la mala suerte no va a atormentarnos siempre. + +Isidro esperaba una explosión de llanto, la protesta de una repugnancia +instintiva, y quedó asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli, +sus ojos fijos y tristes puestos en él. Tras una larga pausa, bajó la +cabeza en señal de asentimiento. Sí que aceptaba: iría al hospital, pero +sin participar de los optimismos del joven. + +--No siento--murmuró, moviendo su lengua con gran dificultad--, no +siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos +nunca. + +-¡Feli de mi alma--gritó Isidro--, no digas eso; no lo creas, nena +mía!... Volveremos a ser felices. Verás qué bien te tratan allí. + +A la mañana siguiente, Maltrana salió muy temprano, dirigiéndose a la +calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo +camarada de la época estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una +clínica. + +Apellidábase Nogueras, y era un joven de carácter alegre, pequeño de +cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de +la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectáculo de las +miserias y desarreglos de la máquina humana. No había visto a Isidro en +mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina, +le echó los brazos al cuello, riendo de su facha miserable. + +--Eso de la literatura debe de ir mal--dijo--. ¿Necesitas algo de mi? +Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clínico, y +tengo mil quinientas pesetas al año... con descuento. Menos que los que +barren los ministerios. + +El alegre doctor cesó de reír ante la gravedad de Maltrana. Este le +habló de Feli y de su enfermedad. + +--¡Vamos, es una queridita que te has echado!--dijo el médico. + +Isidro contestó afirmativamente. Sí; una querida a la que amaba como +muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que podía gloriarse de +una fidelidad que pocas esposas conocían. + +--Bueno, adelante--dijo el médico levantando los hombros--. ¿Y qué es lo +que tiene? + +Maltrana explicó las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para +recordarlas en todos sus detalles. + +--No digas más--interrumpió el doctor--. Los síntomas son claros. +Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es +necesario: eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que +provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Tráela esta +tarde; te esperaré en la Comisaría. La meteremos en la clínica de +partos. Yo no estoy en ella, pero recomendaré tu socia al compañero, con +grandísimo interés... Hasta la tarde, ¿eh? + +Tenía prisa: su catedrático le esperaba en la sala de profesores. Le +mostró la entrada de la Comisaría, una puertecita algo más abajo del +gran portalón de la Facultad. Allí, a las cuatro. + +Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada arañase el caparazón +de indiferencia con que parecían acorazarle las desdichas humanas. + +Por la tarde abandonó Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo +sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco creyó +percibir en su oído un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se +cumplirían los presentimientos de la enferma. ¡La perdía para siempre! + +La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle +de Amargura. + +Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pañuelo que +formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyándose en su +amante. + +Sus piernas hinchadas apenas podían moverse; el abdomen monstruoso la +atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inacción en su +casucha de las Cambroneras habían entorpecido los resortes de su +movilidad. Deteníase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en +todos los bancos y poyos del paseo. + +La Teodora quiso acompañarla hasta la Fuentecilla, animándola con sus +palabras y gesticulaciones gitanescas. + +--Arriba, mi niña... A ver cómo echamos unos pasitos más; a ver cómo se +mueven esos _pinreles_ bonitos. + +Y volviéndose hacia Maltrana, murmuraba con expresión llorosa: + +--¡Está muy malita, don Isidro! ¡Qué bien jase usted en llevársela!... + +Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separó la gitana, +después de dar varios besos a la enferma. + +--¡Que el _Baró_ der sielo te ponga pronto buena; que su santísima mare +no se aparte de ti!... Adió, terronsito de asúcar; adió, armendrita +durse!... + +Y sus últimas palabras ya no se oyeron, pues se alejó con la cara oculta +en el delantal. + +Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli, +conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros +tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanías de Madrid, +ocultándose de las gentes. Desde entonces no habían ido en coche. Ahora, +todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas +de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la última tal vez que +harían juntos. + +Entraron en la Comisaría por entre varios grupos de mujeres andrajosas +con niños al pecho y hombres de mísero aspecto, todos mostrando +repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos +que desfiguraban sus miembros, retorciéndolos. Esperaban su turno para +la consulta gratuita. Un fuerte olor de antisépticos impregnaba el +ambiente. + +Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho +inmediato y salió a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y ésta bajó +los ojos, avergonzada... ¡Pchs! No era gran cosa como mujer... + +Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situación embarazosa. + +Maltrana, al venir en el carruaje, estremecíase pensando en el horror de +la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la +enferma. + +No fue así; no hubo nada de esto. Sólo un silencio, una sencillez en la +separación, más desgarradora que los extremos ruidosos del dolor. + +El médico habló de las recomendaciones que había hecho a su compañero de +la clínica de partos. Tenía ya su cama reservada; hasta había interesado +a la monja del departamento. + +--Cuando usted quiera, la acompañaré--dijo mostrando cierta prisa. + +Por fin se miraron, sin una lágrima, sin un suspiro, abriendo los ojos +desmesuradamente, con expresión de terror. ¡Iban a separarse!... + +Ella fue la primera en dar un paso. ¡Ay, el valor de las mujeres!... + +--Adiós, Isidro. + +--Adiós, Feli. + +Sus voces eran gemidos; pero no lloraron, no se atrevieron a besarse, a +estrecharse las manos en presencia del mediquillo burlón y de aquellos +enfermos que les miraban fijamente. + +Ella se alejó por un corredor obscuro, precedida por el médico. Su paso +vacilaba... pero no quiso volver el rostro atrás, como si temiese perder +toda su firmeza. + +Maltrana salió a la calle, y a los pocos pasos hubo de apoyarse en la +pared. Tenía frío: un frío de sepulcro, que se le colaba hasta el alma. +Lucía el sol de la tarde, un sol que Isidro no había visto nunca; un sol +obscuro, empañado, fúnebre, como si el astro del día enviase sus rayos +al través de negra urdimbre; como si estuviese envuelto en un crespón. + + + + +XII + + +Ya no volvió a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin +Feli. Sentía el terror de los que pierden a un ser querido y no osan +penetrar en la mortuoria habitación. ¿Qué iba a hacer solo en aquel +extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordarían a la +amante?... + +Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza. + +Aquella noche volvió a la redacción, después de una ausencia de tantos +meses. Los compañeros le recibieron con irónicas ovaciones. + +--¡_Homero_! ¡Ya está aquí el gran _Homero_!... ¡Salud al ilustre +«tabarrista»! + +Y le preguntaron si traía como fruto de su soledad algún artículo de los +que sembraban el pánico en los suscritores. + +Algunos de la redacción le habían visto paseando con Feli por el Retiro. + +--Di, _Homero_: ¿qué has hecho de aquella muchacha tan simpática que +llevabas del brazo?... ¿La encontraste en algún libro griego? ¿Era ática +o beocia? + +--Está en el hospital--contestó Maltrana con los ojos llorosos. + +Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compañeros. + +Pasaba las noches en la redacción. Había perdido la costumbre de +trasnochar, y como no quería volver a su casa, buscaba los cuartos sin +luz, dormitando en un diván. Si llegaba una visita y había que encender +luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del +abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el +sueño en la casa de algún amigo. + +Apenas comía. Ansioso de distracción, de conversaciones que le +aturdiesen, juntábase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y +bien entrada la mañana se les veía por las calles más céntricas, con +paso inseguro, discutiendo a voces de filosofía o literatura. En mitad +de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompía a +llorar. Los compañeros atribuían la culpa de este llanto al coñac. +Beberían cerveza. + +Muchas mañanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este +hacía un gesto de repulsión al verle. + +--Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. ¿Qué resuelves +emborrachándote?... + +Maltrana contestaba con mal humor. No pedía consejos: lo que deseaba era +conocer el estado de Feli. + +El joven doctor mostrábase impaciente. ¿Creía él que no tenía otras +cosas en qué ocuparse?... + +--¡Figúrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar +mucho y a gentes que pagan mal. Además, esa muchacha no es de mi +clínica... La vi anteayer. Me pareció que estaba bien; pero si los +ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a +provocarla el parto: tal vez esto la salve. + +Al día siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habló el primero. + +--Eres padre: arriba te guardan un niño las monjas. Su salud es buena y +la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda +edición de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeño. + +Maltrana no experimentó ninguna emoción. Sólo pensó en ir a las +Carolinas para dar la noticia a su abuela. ¿Qué iba a hacer él con el +chiquillo? La señora Eusebia se encargaría de cuidarle. + +Y la abuela, conmovida por el suceso, bajó a Madrid para recoger a su +biznieto, acompañada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San +Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egoísmo de su +cobardía. Ya había sufrido bastante. ¿Iba a mejorarse ella porque le +viese?... + +Cuando salió la abuela quiso enseñarle el niño, que su amiga, más joven +y fuerte, llevaba en brazos. + +--Míralo, Isidro--gemía la vieja llorando de alegría--. Es un querubín: +¡qué rico!... Es hijo tuyo, ¡tu retrato!... + +Maltrana miró esta carne palpitante apenas contorneada que se removía en +el fondo de un mantón. Sí que era su retrato: feo, con su misma fealdad +y la de aquel pillete que estaba en la cárcel entre los rateros menores. +La misma cabeza enorme, que parecía moldeada por las manos de la +desgracia. + +La _Mariposa_ se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las +Carolinas. Conocía a cierta mujer del barrio, que se había casado con un +músico de regimiento, y ahora, retirado él del servicio, tenía una +tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los +Corvos. Acababa de perder a un pequeño, y ella se encargaría de lactar +al biznieto por poco dinero. + +La vieja, antes de marcharse, le habló de Feli. La había visto: estaba +muy enferma. + +--¡Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevásemos el pequeño! +¡los besos que le ha dado!... Me preguntó por ti... Ve a verla, hombre; +la pobre se alegrará, y bien lo necesita. + +Maltrana pasó mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los días formábase +el propósito de verla a la mañana siguiente. Pasaba la noche de café en +café, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida +errante, siempre triste y bebiendo para olvidar. + +Por la mañana llegábase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba +con saber que Feli seguía bien. Le acometía el miedo a verla en este +lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez. + +--Un día me acompañarás--decía a Nogueras--; no, ahora no. Me siento sin +fuerzas. Además, estoy algo borracho. ¿No me lo conoces?... + +Por fin, una mañana se mostró resuelto: quería verla. Adivinábase cierta +preparación en su aseo exterior, como si acudiese a una entrevista +amorosa. Iba recién afeitado; ocultaba algo bajo las aletas del +macferlán, que parecía menos viejo después de unos cuantos pases de +cepillo. + +Nogueras lo hizo atravesar los claustros de la Facultad, subieron +escaleras, pasaron otros claustros, y por fin, el médico abrió una +puerta. + +Lo primero que vio Maltrana fue las tocas blancas de una monja, ocupada +en arreglar con sus manos de cera las flores de trapo y las velillas de +un altar. Estaban en una sala de paredes enjalbegadas de un blanco de +hueso, con zócalo de ladrillos blancos también. La pieza aparecía +dividida por un muro hasta el límite del zócalo, con grandes espacios +abiertos entre las pilastras que sostenían el techo. + +Isidro vio muchas camas de hierro con cubiertas de percal floreado, y +junto a ellas mesillas con redomas y escupideras. Sobre las almohadas +destacábanse cabezas de mujeres de verdosa demacración, con las +cabelleras enmarañadas y sucias. Maltrana recordó las salas de los +hombres. Estos eran menos repugnantes en sus dolencias. La hembra se +agostaba con la mayor rapidez así que la enfermedad disolvía los +almohadillados carnosos de sus encantos. + +El médico se detuvo ante un lecho: allí tenía a la que buscaba. Isidro +tardó algunos instantes en reconocerla. Hubiera pasado varias veces ante +ella sin que llamase su atención. ¡Cuán cambiada la veía!... Olvidando +su tristeza de enferma, evocaba siempre en sus recuerdos la Feli hermosa +y alegre de los primeros tiempos de su amor. Y ahora, viéndola +enflaquecida, con las facciones desencajadas, más fea y mísera aún que +el día en que salió de las Cambroneras, tenía que hacer un esfuerzo para +reconocerla. Creyó ver a una amiga de Feli, a una buena compañera que le +recordaba a la otra, a la de los días felices, que ¡ay! no volverían +nunca. + +Quedó inmóvil ante la cama, con aspecto tímido, cohibido por aquellas +cabezas greñudas, mascarones de dolor y miseria, que convergían en ellos +sus miradas curiosas. + +--¿Cómo estás?--preguntó en voz queda. + +Saludábale Feli silenciosa, con una sonrisa que daba frío, contrayendo +las arrugas de su rostro exangüe, marcándose la punta de su fina +mandíbula con la agudeza de un hierro de lanza. ¡Y allí había puesto él +sus besos muchas veces, en la embriaguez de la pasión!... ¡Miseria de la +vida! Sus ojos, unos ojos de loca, con el estrabismo de las frecuentes +crisis, eran lo único que aún delataba la extinta hermosura. + +En el lecho inmediato vio a una jovencita que llevaba envuelto el pelo +en un pañuelo rojo y abrigados los hombros con una chaquetilla color de +manteca. Mostraba entre las puntillas de la camisa sus pobres pechos de +tísica, que apenas si se destacaban con ligera hinchazón sobre el +mísero costillaje. Era una criada que había dado a luz una niña; una +pobre bestia de trabajo convertida en madre por el capricho momentáneo +del señorito. La chaquetilla de señora que le servía de abrigo en el +hospital era tal vez la única recompensa de su caída. + +Feli, al contemplar a Isidro, mostraba también en sus ojos cierta +extrañeza, como si le encontrase cambiado. Había transcurrido muy poco +tiempo, y sin embargo, creían verse después de larguísima ausencia. + +Permanecieron silenciosos mucho rato, mirándose, pero sin atreverse a +despegar los labios. Al fin, habló ella, por el impulso maternal. ¿Y su +hijo?... + +Maltrana fingiose enterado. Estaba allá, en la carretera de Extremadura, +con su nodriza, una gran mujer buscada por la abuela. Podía permanecer +tranquila... ¡Y él aún no había ido al cerro de los Corvos, ni conocía a +la nodriza! + +Después le preguntó por su enfermedad. Feli hablaba con voz triste; +parecía resignada a permanecer siempre allí, sin esperanza de volver al +mundo. Su voz era lenta, con largos titubeos; notábase cierta +incoherencia en sus palabras; se adivinaban sus esfuerzos para ordenar +las frases y encauzar el pensamiento. + +Mientras la oía, Isidro miraba con el rabillo del ojo a la monja, de pie +junto al altar, hablando con el médico. ¡Ay, aquellas gentes que vivían +en diario contacto con la miseria humana! ¡Qué duros, qué fuertes! ¡Qué +indiferencia ante el dolor ajeno, que no era para ellos mas que un +accidente vulgarísimo! Su mirada fría parecía tener callos. La +contorsión del dolor, la muerte, todo resbalaba sobre ellos sin el menor +arañazo, sin producir la más leve turbación. + +La monja, después de hablar con el médico, miró a Maltrana con cierta +curiosidad. Su olfato de experta conocedora de la vida adivinaba a la +pareja ilegal, al amor rebelde, que desprecia los convencionalismos +sociales. Su curiosidad de mujer excitábase con el perfume del pecado; +su severidad le hacía abominar de aquella juventud que se adoraba a +espaldas de la religión. + +Maltrana no sabía qué decir. La tristeza creaba un gran vacío en su +pensamiento. Además, le cohibían tantas miradas fijas en él. Era un +martirio permanecer ante Feli sin poder cogerla la mano, atemorizado por +los ojos hostiles de la monja. + +Se echó atrás las aletas del abrigo y dejó sobre la cama un mazo de +violetas que llevaba oculto. Su perfume pareció dulcificar aquel +ambiente que olía a carne enferma y antisépticos. + +--¡Ay! ¡flores!--dijo Feli con vocecilla infantil--. ¡Flores! + +Y su mirada acarició a Isidro con expresión de gratitud. Era un poco de +poesía esparciéndose sobre la cama del hospital. ¡Flores!... Y los dos +pensaron lo mismo. Vieron con la imaginación los almendros de la Huerta +del Obispo, que habían sido testigos de sus primeras entrevistas; las +flores que él arrojaba sobre su cama, al despertarla, de vuelta de los +banquetes; las que habían presenciado sus vespertinos paseos, cuando +salían cogidos del brazo, como burgueses, a cubierto de la miseria y +seguros de que nada podría turbar su felicidad. + +--¡Flores!--repitió--. ¡Cómo te lo agradezco! + +Maltrana se excusaba con timidez. Eran violetas: no tenía dinero para +más. Aun así, le había costado mucho el adquirirlas. Costaban muy caras: +las flores nacían para los ricos; y aún gracias que les dejaban a ellos +el cielo y el sol... Había recordado también su predilección por las +naranjas. Quería traerle una; pero después de correr las fruterías de +la calle Mayor, buscando las primeras que acababan de llegar, había +desistido por su pobreza. Todo su dinero se lo habían llevado las +violetas. + +--Otro día, ¿me oyes?--murmuraba en su oído, como si la propusiese una +travesura infantil--. Otro día te las traeré, sin que se entere la +monja, sin que lo vea el médico. + +Y ella decía que sí, mirando al amante con sus ojazos tristes, mientras +se llevaba a la cara el mazo de violetas, oliéndolo con delectación. + +Nogueras carraspeó con insistencia llamando a Maltrana. La entrevista se +prolongaba demasiado: otro día, más. + +Isidro cogió la mano amarillenta que ella le tendía. + +--Adiós, Feli... Adiós, nena. Volveré. + +La enferma le recordó su promesa. Debía traerle naranjas y flores, +¡muchas flores! + +El trastorno mental de su crisis la hacía olvidar la penuria del amante. + +Maltrana no volvió. Transcurrieron varios días sin que el doctor lo +encontrase por la mañana en las cercanías de San Carlos. Esta visita +había bastado para darle cierta tranquilidad. + +Una noche, al salir Nogueras del Teatro de Apolo, dio con él en la acera +de la calle de Sevilla. Iba borracho, más sucio y abandonado que otras +veces. Adivinábase en las arrugas de su abrigo y en el abandono de sus +ropas que dormía sin desnudarse, allí donde se lo permitían los +accidentes de su existencia vagabunda. Estaba pálido, con los ojos +hundidos y las facciones enjutas: una cara de hambre y alcoholismo. Al +ver a Nogueras hizo un esfuerzo por mostrarse sereno. + +--¿Y aquélla?--preguntó. + +El doctor mostrose pesimista. «Aquélla» iba muy mal. No la había visto: +le faltaba el tiempo; pero el camarada encargado de la clínica tenía +pocas esperanzas. Repetíanse con frecuencia los ataques de eclampsia, y +en uno de ellos podía morir. Bastaba que la respiración se retardase +algunos segundos al quedar su organismo contraído por las convulsiones, +para que sobreviniese la asfixia. + +--Y tú, ¿por qué no vas a verla?--preguntó el doctor. + +--¡Para qué!--exclamó el bohemio--. Sufro mucho; me falta el valor para +volver. Me hace daño vería entre aquellas mujeres sucias y enfermas, no +poder hablarla con libertad. Me miran todas, como si fuese un animal +extraño. La monja me molesta. + +Calló un instante, y luego añadió con expresión de vergüenza, +empañándose sus ojos de lágrimas: + +--No puedo ir con las manos vacías: la pobre desea flores... se las +prometí. Hace días que quiero comprarla un ramo grande, muy grande, para +cubrir su cama, para que se imagine que todo un jardín corre hacia ella, +esparciéndose a sus pies... Pero no tengo dinero... nada, absolutamente +nada. No puedo comprar ni un ramito de los que venden en la calle. +Apenas como; ando por ahí como un perro sin amo. Si no encontrase algún +amigo de los que convidan a beber, ya hubiese muerto. + +Al despedirse del doctor dijo flojamente, con la pereza de una voluntad +enferma y cobarde: + +--Ya iré... iré cuando tenga dinero... cuando pueda llevarla algo. Creo +que no morirá en seguida, que aún vivirá algún tiempo. ¿No crees tú lo +mismo? + +Nogueras levantó los hombros con expresión de duda. Sí; era posible que +se salvase: enfermas más graves que ella recobraban la salud. Pero su +vida estaba en peligro de extinguirse por asfixia cada vez que sufría +un ataque. Nada podía él afirmar. + +Transcurrió una semana sin que volviesen a verse. Una mañana se +encontraron en la Puerta del Sol. El doctor vio a Maltrana con aspecto +más miserable aún: parecía un pordiosero, sucio, roto, entregado a su +abandono, sin el auxilio de una mano femenina que le adecentase. +Nogueras tenía prisa. Había estado dos días fuera de Madrid por un +asunto profesional, y le esperaban en la Facultad. + +--Una mala noticia, Isidro. Aquella muchacha ya no vive. + +Maltrana abrió los ojos con asombro, como si esta noticia rebasase los +límites de lo posible. + +--¿Estás seguro? ¿La has visto tú?... + +Nogueras hizo un gesto displicente. + +--¿Qué tiene de extraordinario su muerte?... Era de esperar. Ha muerto, +y todos nosotros moriremos también... Yo no la he visto; tengo otras +cosas a que atender. Pero el mismo día que salí de Madrid me lo dijo el +compañero. Acababa de morir. + +Maltrana quedó inmóvil, con la cabeza baja, anonadado por la noticia. +Después fijó en el doctor sus ojos interrogantes. + +--¿Y qué han hecho de ella?... ¿Y el cadáver? ¡Dime, por Dios, dónde lo +llevaron!... + +Sentía un remordimiento inmenso por su egoísmo y su cobardía. Deseaba +visitar su tumba, ya que había pasado los días vagando, sin atreverse a +verla en el hospital. + +El doctor le contestó con una sonrisa que daba frío. Su tumba era la +fosa común, adonde iban todos los muertos pobres. La infeliz muchacha no +tenía parientes ni quien pagase los gastos de su entierro. Isidro no se +había presentado para arreglar las cosas, y era seguro que su cuerpo, +antes de ir al cementerio, habría pasado por la sala de disección. +¡Sufrían tal escasez de cadáveres!... + +Maltrana no quiso oír más. Volvió la espalda sin despedirse del amigo, +como si huyese de su remordimiento y su vergüenza. + +Vagó por las calles, haciendo esfuerzos por no llorar. La gente le +miraba; y fatigado de esta curiosidad, quiso salir de la población, +caminar por el campo. + +Veía las casas al través de densa niebla; las personas y los carruajes +pasaban junto a él como fantasmas, sin ruido alguno. No pensaba: creía +tener hueca la cavidad de su cráneo; le zumbaban las sienes. Su lengua +repetía por lo bajo, con una tenacidad estúpida: + +-¡Despedazada... despedazada! + +Poco a poco su pensamiento, que parecía haber huido lejos, muy lejos, +aproximábase, volvía a entrar en él. Un recuerdo de los primeros años de +su juventud, de su época de estudiante, iniciábase débilmente, y crecía +y crecía hasta tomar el relieve de la realidad. + +Veíase subiendo una escalerilla de la Escuela de San Carlos, con un +compañero de hospedaje, estudiante de Medicina, que iba a recoger unos +objetos en el laboratorio. Isidro asomábase a una ventana. Abajo, un +pequeño patio con pavimento de losas húmedas, como si cayese en ellas +con frecuencia un chaparrón de cubos de agua. Sobre las losas, un +monigote de abultado tronco y brazos y piernas delgados, esqueléticos, +contraídos por grotesca actitud. Creyó que esta figura era de cartón, +groseramente modelada por algún artista inhábil, toda ella del mismo +color amarillo: faltaba que la pintaran las cejas y que sobre la calva +adaptasen una peluca para darle cierto viso de realidad. En los peldaños +de una escalera vio varias cabezas cortadas descansando sobre su base, +pero sin piel, mostrando el rojo de los músculos y el azul obscuro de +sus venas. Maltrana había contemplado con curiosidad estos juguetes de +la ciencia. Eran piezas de cartón para el estudio de los alumnos. Y al +hacer la pregunta al amigo, éste rompió a reír: + +--No, tonto. Son cadáveres preparados para la clase de disección. Ese +cuerpo es de una mujer. + +Luego, el compañero, con la superioridad del fuerte, para poner a prueba +los escrúpulos del estudiante de libros, le hacía entrar en el +anfiteatro, llevándolo de mesa en mesa. ¡Qué limpiamente trabajaban +aquellos carniceros de blusa blanca! Aquí, un brazo encogido sobre el +mármol, sin más que los huesos y los tendones, tirantes y limpios como +si fuesen a vibrar: un arpa para tañerla en una fiesta de caníbales. Más +allá, piernas que mostraban el cruzado almohadillamiento de los músculos +rojos; troncos abiertos al aire, con el rosa tierno de sus costillajes. +Esta gran carnicería de mármol y cristal hacía pensar en una humanidad +horriblemente superior pervertida por la antropofagia, donde los fuertes +se alimentasen con los despojos de los débiles. Un gesto de dura +curiosidad contraía los rostros; las manos sin misericordia, armadas de +acero, hundíanse en los secretos de aquella carne fría, limpia, anónima, +sin personalidad, que no recordaba su origen humano. + +¡Y en este matadero de la investigación había desaparecido su Feli!... +¡Allí se había disuelto su cuerpo, sin que bajasen a la tierra más que +restos informes y despedazados en el fondo de una espuerta!... + +¡Feli! ¡Feli!... Repetía su nombre, recordando los mil detalles de su +amorosa intimidad. La oreja sonrosada, cuyo lóbulo mordía dulcemente al +mismo tiempo que murmuraba palabras dulces; su cabecita, que en las +noches de invierno se refugiaba en su hombro con el mismo ademán tímido +del pájaro que oculta el pico bajo el ala; sus piernas de diosa, que +pretendía ocultar ruborosamente cuando él la probaba aquellas medias +adquiridas en el Rastro; su vientre antes de la deformación materna, con +el gracioso hoyuelo umbilical, que parecía gesticular cuando se conmovía +con la agitación de la risa; la doble copa de alabastro de sus pechos, +aquellas dos magnolias de amor... todo había sido despedazado bajo el +acero, sin piedad, sin misericordia. Manos que no la conocían habían +violado el secreto de su cuerpo... de aquel cuerpo que le despertaba por +las mañanas con su roce de satén, cuando ella pasaba a gatas por encima +de él para levantarse, poniendo un instante sus ojos sobre los suyos, +confundiéndose las respiraciones de los dos. + +¡Feli! ¡Feli!... ¿Qué pecado había cometido para que la fatalidad la +privase hasta de la paz de la tumba?... + +Maltrana lloraba ahora, sin miedo a que la gente se fijase en él. + +Estaba en el campo. Al mirar en torno, vio a corta distancia el +cementerio de San Martín. Sin darse cuenta había marchado +instintivamente hacia aquellos lugares que presenciaron las primeras +dichas de su amor. + +No se atrevió a entrar en el cementerio. La Muerte le asediaba con +sobrada insistencia para que él fuese a devolverle la visita. ¡Ay, cómo +odiaba a la infame señora de los ojos sin luz, de la piel intensamente +pálida, que una tarde había descrito allí dentro, ante la absorta +muchacha! ¡Con qué delectación la escupiría en su pecho voluminoso y +amargo, en sus flancos potentes, si pasase ante él!... Cierto que tras +sus pisadas resurgía la vida; que otras Felis vendrían al mundo; pero no +eran para él. La suya, la que había tenido en sus brazos, esa no +volvería nunca. Había sido un rayo de sol al través de las nubes de su +cielo, saludado por la espiral de las ilusiones, que volaban como +palomas. Las nubes cerrábanse para siempre, el rayo de sol se extinguía, +y las palomas venían al suelo transidas de frío. + +Marchó, como en peregrinación, por la senda que aquella tarde precursora +de su felicidad había seguido con Feli. Deteníase como un devoto a +saborear en ciertos sitios el religioso goce del recuerdo. Aquí, había +entregado su dinero a unas mendigas para que se emborrachasen celebrando +su dicha; más allá, Feli le daba a chupar una naranja, con mohines +graciosos. Al llegar al merendero, vagó por los alrededores con una +insistencia que puso en guardia a los dueños, alarmados por el aspecto +mísero de Maltrana. + +Cerca del Canalillo le faltaron las fuerzas. El recuerdo le aplastaba; +también él iba a morir. Necesitaba olvidar: la vista de estos sitios le +hacía gran daño. El invierno deshojaba los árboles; la tierra estaba +yerma. Era el mismo escenario de su dicha, como él era el mismo +Maltrana; pero había soplado un viento glacial, matando la alegre +hojarasca llena de rumores y de cánticos, dejando sólo el escueto +ramaje. Los almendros de la Huerta del Obispo, que derramaban en otros +tiempos lluvias de flores sobre la cabeza de Feli, parecían ahora +escobas plantadas por el mango. + +Isidro, tambaleándose como un herido, fue en busca de su abuela. + +_Zaratustra_ y la señora Eusebia le escucharon silenciosos, pero sin +participar de su emoción. ¿Conque la chica del _Mosco_ había muerto? +¡Todo sea por Dios!... Y el par de vejestorios replegábase en su +egoísmo, sintiéndose más fuerte, más feliz, con la satisfacción de +conservar su existencia, mientras la muerte ensañábase con la juventud. + +La tía _Mariposa_ sólo pensaba en su biznieto, de cuya salud hacía +grandes elogios. Poco le importaba la suerte de la madre; toda su +atención era para el pequeño. + +Isidro se quedó allí. ¿Adónde ir?... Su cobarde laxitud había llegado a +los últimos límites de la indiferencia. Estaba atravesando el momento de +las grandes renuncias a la vida. De ser creyente, se hubiese hecho +ermitaño, lego de un convento de trapenses, asceta en un desierto. Ahora +comprendía la huida del mundo, el aislamiento cruel, las santas locuras +de ciertos desesperados, que al ser mordidos por el dolor encuentran +remedio en su ignorancia y su fe. + +Permaneció varios días en la cabaña de _Zaratustra_, complaciéndose en +su suciedad, haciendo de esto una mortificación. + +¡Ay, la conciencia! ¡La agobiadora pesadez del remordimiento! Ya no +sentía dolor por la muerte de Feli. Lo que le avergonzaba era el +abandono en que la había dejado, la cobardía de su floja voluntad, el +egoísmo de no entristecerse viéndola enferma... ¡La pobre había muerto +sola, en aquella cuadra blanca, rodeada de humanas bestias que sólo +pensaban en ellas con el egoísmo del dolor, sin una mirada de cariño, +sin una mano que estrechase la suya! ¡Y este crimen era ya +irremediable!... ¡Ay, si Feli pudiese resucitar, sólo por un día, por +una hora! Era su idea fija y tenaz... ¡Si volviese a la vida, aunque +fuese para morir a los pocos instantes! El cumpliría su deber y quedaría +más tranquilo: la pasión de su existencia tendría un final digno. +Correría a su lado, para no abandonarla hasta el último momento. +Sentíase capaz de robar para que sus restos reposasen en un féretro +lujoso, para que se librase de la fosa común, para que no la llevaran a +aquel matadero blanco, donde eran descuartizados los cadáveres... Pero +¡ay! sólo se muere una vez. El mal no tenía remedio. ¡Miserable de él! +¿Dónde estaba la poesía de su pasión? ¿Qué había de común entre él y +aquellos amantes que había visto en los libros, inclinados sobre el +lecho de la moribunda, abrazándola y gimiendo el último adiós?... ¡Feli, +Feli! A cambio de su propia vida, pedía él que resucitase un instante, +el tiempo preciso para besarla, para que partiese con el convencimiento +de que la amaba, para salvar su cuerpo adorado de la odiosa profanación. + +Tardó unas dos semanas en volver a Madrid. Una mañana que entró en la +villa, vio de lejos a Nogueras camino de San Carlos, y sintió la +necesidad de hablarle. Le inspiraba nueva simpatía, por haber conocido a +Feli; creía encontrar en él un vago recuerdo de la muerta. + +El doctor le saludó alegremente, mirándole con ojos de miope mientras +limpiaba los cristales de sus lentes. Después recordó a la «queridita» +infeliz, con cierta ligereza, sin dar importancia a aquella pasión de +Maltrana. ¿Se había consolado? ¿Tenía ya alguna otra como sustituta? +¡Ah, bohemio incorregible! Para él era la vida: libre, mujeriego y sin +la esclavitud de ocupaciones apremiantes. + +Después contrajo la frente, como si concretase sus recuerdos. + +--Hombre, una cosa curiosísima--añadió--. ¿Recuerdas aquel día en que te +dije que la muchacha había muerto?... Pues no era verdad. Cuando llegué +a San Carlos, después de mi viaje, me lo dijo el compañero. Fue un error +suyo: la creyó muerta en un ataque, pero salió de él. + +Maltrana abrió los ojos, quedó inmóvil de asombro, como si fuese a +presenciar aquella resurrección con la que había soñado tantas veces, +como si Feli surgiera ante él. + +--Pero ¿vive?...--dijo temblando. + +--No, hombre; murió: fue una semana después. Pensé avisarte, escribirte; +pero ¿quién diablo adivina dónde encontrarte, con esa vida que +llevas?... Murió, no lo dudes; ahora es de veras. Tú eres un espíritu +superior, y ciertas preocupaciones no te conmueven. No dudes de que ha +muerto. Vi su cadáver en una mesa de la clase de disección. + +¡Ah, la Suerte! La diosa malvada y caprichosa!... ¡Hasta el último +momento jugueteaba con él! + + * * * * * + +Terminaba el invierno. La tarde parecía de primavera, con su cielo azul +y límpido y su sol de dulce tibieza. + +Maltrana atravesó el puente de Segovia, entrando después en la carretera +de Extremadura. + +Vestía de luto. El macferlán, la odiada librea de la miseria, ya no +pendía de sus hombros. La Suerte le trataba con menos rudeza al verle +solo. Trabajaba, le admitían artículos en algunas revistas, le +encargaban traducciones, vivía en una casa de huéspedes y ahorraba para +pagar a la nodriza de su hijo. No conocía la abundancia, pero tampoco +las angustias y estrecheces de antes. Era el bienestar que llegaba; pero +¡cuán tardo! ¡y qué insípido le parecía!... + +Caminó por una acera junto a la cual serpenteaba un arroyo. Miraba +distraídamente los rótulos de las puertas. Casi todos eran de tabernas, +pero tabernas de las afueras, que a la vez servían de figones y +merenderos. «Vinos, _por_ Fulano.» Y aquí el nombre del dueño del +establecimiento, como si fuesen los taberneros quienes los fabricaban. + +En una casucha de tablas, llamó su atención otro rótulo: «Taberna de +Agustín, _alias_ el Bolero. Cocidos a diez céntimos.» ¡A diez céntimos! +¿En qué consistirían estos cocidos?... Pensó en ellos con repugnancia; +pero se dijo que alguna vez habría visitado la taberna en otra época, de +conocer tal baratura. + +En muchos balcones exhibíanse anuncios de pirotécnicos, con muestras de +ruedas de artificio y enormes petardos. Todos los polvoristas de Madrid +se habían instalado en este barrio, que parecía la calle principal de un +lugarón, con sus rústicos paradores y las casas sucias del polvo de los +carros. + +Maltrana, siguiendo cuesta arriba, llegó al final de la doble fila de +casas. La carretera perdíase de vista, flanqueada a un lado por la tapia +interminable de la Casa de Campo y al otro por las colinas, en cuyos +surcos comenzaba a surgir la cabellera de una cebada triste, pisada con +frecuencia por los transeúntes. + +Siguió Maltrana una senda que conducía a una casucha en lo más alto de +un montecillo. Era el cerro de los Corvos, y la casa aquella tiendecita +donde criaban a su hijo. + +La mujer cosía a la puerta del establecimiento, bajo una parra seca, en +una pequeña explanada, desde la cual dominábase toda la parte de Madrid +que mira al río. + +Al reconocerle, la nodriza se levantó apresuradamente. Quería sacar al +pequeñuelo, que dormía después de una noche de insomnio y llantos. + +Maltrana se opuso. Que durmiese; ya lo vería después: no tenía prisa. + +Se sentó en un banco, ante una mesa de tablas desunidas, contemplando el +magnífico panorama. La mujer quiso obsequiarle... ¿Un poco de +aguardiente? Pero él hizo un gesto de repugnancia. Agua, nada más que +agua. Y ella sacó un jarro de la obscura tienda, que exhalaba un hedor +de salazón, bebidas alcohólicas y grasa. La adquisición del agua +costábales grandes esfuerzos en aquella altura. Su marido pasaba el día +bajando y subiendo el cerro para llenar dos cubas en la fuente de la +carretera. + +Después, la nodriza habló de la pésima marcha de sus negocios. Iban a +perder los ahorros que su marido, el pobre músico, había hecho en el +ejército. Las casuchas cercanas al cerro eran de pobres que vivían en la +peor miseria: ladrilleros casi todos, que sólo encontraban trabajo en +verano. Los otros meses pasábanlos entre privaciones, pidiendo fiado en +la tienda. No tenían otro recurso que merodear en la Casa de Campo, +saltando la tapia para coger cardillos, que vendían en Madrid. + +--Yo he visto muchas miserias, don Isidro--añadía--; pero ésta es la +peor de todas. Mire usted ese niño que sube con la botella... De seguro +que no trae dinero. Y hay que darles, so pena de perder de un golpe todo +lo atrasado. + +Se metió en la tienda, seguida del muchacho, y Maltrana permaneció +abstraído en la contemplación de Madrid. + +Vista desde allí, la población era monumental, soberbia. Pocas capitales +de Europa parecían tan hermosas. Al frente, la enorme masa del Palacio +Real, con sus pilastras salientes cortando las negras filas de ventanas. +A un lado, la colina del Príncipe Pío, coronada de cuarteles; al extremo +opuesto, la cúpula de San Francisco el Grande y el Seminario. Arriba, el +cielo sin una nube, límpido, como si su azul lo hubieran lavado las +últimas lluvias, con una diafanidad que absorbía y borraba +instantáneamente el humo de las chimeneas. Abajo, en los declives que +conducen al Manzanares, grandes masas de vegetación: las arboledas del +Campo del Moro, de la Virgen del Puerto, de la cuesta de la Vega. La +masa blanca del caserío partíase más allá del puente de Segovia, y una +línea metálica, una barra horizontal y negra, unía los dos lados de este +corte: era el Viaducto. + +Madrid, visto desde allí, parecía una capital portentosa, una imponente +metrópoli. Entre el azul del cielo y el verde de los árboles alineábanse +las más solemnes manifestaciones de su vida, sus más poderosas +grandezas. La vivienda de los reyes en medio; a un lado, los cuarteles, +sobre aquella colina que era el monte de Marte de Madrid; al opuesto, el +templo suntuoso, que parecía aplastar con su grandeza las casuchas +inmediatas, y otro cuartel sin armas, donde se albergaban los reclutas +de la fe vestidos de negro. Nada faltaba: era la imagen completa de la +nación; todo parecía haberse concentrado en esta cara monumental de la +gran villa. + +Abajo, en la Virgen del Puerto, sonaba el redoble de unos tambores; y +Maltrana veía entre los árboles cómo marchaban al compás de las cajas +los soldados nuevos, cual filas de hormigas, aprendiendo a marcar el +paso. _Rataplán... rataplán_, cantaban los parches; y el bohemio, en su +contemplativa abstracción, creía entenderlos. Los tamborcillos le +hablaban; como si adivinasen sus pensamientos, le decían burlonamente: +«Va a durar... va a durar.» Y no mentían. Mientras redoblasen en este +tono uniforme, mecánico, sin fiebre y sin locura, todo seguiría lo +mismo. + +Después, su mirada se fijaba en la parte de acá del río. Grandes tejados +rotos, con anchas brechas por las que se colaba el aire y la lluvia. +Eran caserones abandonados que servían de albergue a los miserables. +Junto a ellos brillaban al sol las cubiertas de cinc herrumbroso y las +latas viejas de las cabañas de los mendigos. El hormigueo de la miseria +también estaba allí. También acampaban frente a esta cara de Madrid, +que era la más hermosa, los vagabundos, los desesperados, los abortos de +la sombra, toda la muchedumbre que él había visto una noche, con los +ojos de la imaginación, rondando en torno de los felices, de la caravana +dormida en el beatífico sopor del hartazgo. + +Maltrana pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de los Cuatro +Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las +Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin +trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la +orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban a sus puertas, haciendo +una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre +primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando +sobre el estiércol a los herederos de sus odios y los ejecutores de sus +venganzas. + +La capital dominadora y triunfante parecía abrumar el espacio con su +pesada grandeza. Reía, destacándose sobre el azul del cielo, con el +temblor de las grandes vidrieras de sus palacios heridas por el sol, con +la blancura de sus muros, con el verde rumoroso de sus jardines, con la +esbeltez de las torres de sus iglesias. No veía la muchedumbre famélica +esparcida a sus pies, la horda que se alimentaba con sus despojos y +suciedades, el cinturón de estiércol viviente, de podredumbre dolorida. + +Era hermosa y sin piedad. Arrojaba la miseria lejos de ella, negando su +existencia. Si alguna vez pensaba en los infelices, era para levantar en +sus afueras monasterios, donde las imágenes de palo estaban mejor +cuidadas que los hijos de Dios, de carne y hueso; conventos de +monstruosa grandeza, cuyas campanas tocaban y tocaban en el vacío, sin +que nadie las oyese. Los pobres, los desesperados, no entendían su +lenguaje: adivinaban lo falso de su sonido. Tocaban para otros; no eran +llamamientos de amor: eran bufidos de vanidad. + +Alguna vez la horda dejaría de permanecer inmóvil. Los que entraban en +Madrid al amanecer se presentarían a mediodía. Ya no aceptarían los +despojos: pedirían su parte; no tenderían la mano: exigirían con +altivez. + +Y las gentes felices temblarían de pavor ante las caras amenazantes, las +vestiduras miserables, las miradas de famélico estrabismo, los anhelos +locos y criminales de destrucción. ¿Dónde se habían ocultado hasta +entonces aquellos monstruos? ¿De qué antro surgían?... Y bien, gentes +dichosas, habéis vivido con ellos sin saberlo. Acampaban junto a +vuestros muros, pasaban todos los días ante vuestras puertas a la hora +de vuestro sueño. No les habéis visto porque eran débiles, porque se +arrastraban humildes. Negabais su existencia porque no proferían +amenazas. Ni piedad ni misericordia tuvisteis con ellos cuando aún era +tiempo... + +Maltrana examinaba mentalmente esta avalancha de miserias, odios y +desesperaciones, que podía transformarse en un ejército. ¿Qué le faltaba +a la horda? Jefes, pastores audaces que la guiasen a las alturas, +conociendo el camino. ¡Ay, si los que nacían en su seno armados con la +potencia del pensamiento no desertasen, avergonzados de su origen! ¡Si +los siervos de la pobreza, como él, en vez de ofrecerse cobardemente a +los poderosos, se quedasen entre los suyos, poniendo a su servicio lo +que habían aprendido, esforzándose en regimentar a la horda, dándola una +bandera, fundiendo sus bravías independencias en una voluntad común!... + +Oyó un vagido a sus espaldas y la voz de la tendera: + +--¡Al papá, Isidrito, al papá! ¡Hazle manos: salúdale! + +Quedó sobre sus rodillas aquel paquete de grasa infantil, en el que se +marcaban apenas los ojos como dos gotitas negras. Olía a leche agria, a +orines, a los fuertes sahumerios con que la nodriza pretendía ocultar +sus hedores vitales. Maltrana aspiraba con delicia este perfume. Le besó +en la boquita desdentada; no se atrevió a limpiarse las babas que le +había dejado en el bigote. + +¡Ser padre! ¡Contemplar una prolongación de su vida, un desdoble de su +personalidad, un testimonio de la propia existencia, que, años después +de morir él, afirmaría el paso por el mundo de un hombre llamado +Maltrana!... Aquella carnecita blanca y suave como el plumón era suya: +había en ella algo de su ser y de aquella otra carne ¡ay! despedazada +que había desaparecido para siempre en el misterio de la tierra. + +¿Qué le importaba ya la suerte de los infelices, el destino de la horda +miserable y los tremendos conflictos que pudieran desarrollarse en lo +futuro?... + +A vivir: toda su vida la tenía en sus brazos. El calor de este +cuerpecillo le infundía una resolución egoísta y brutal. Al coger a su +hijo sentíase fuerte. Era como un arma que le daba confianza y valor +para seguir su marcha. + +Quería que fuese de los felices, de los dichosos, de los fuertes. Ya que +el mundo estaba organizado sobre la desigualdad, que figurase su hijo +entre los privilegiados, aunque para ello tuviese que aplastar a muchos. + +Lo que no habían logrado la miseria y el triste destino de Feli, lo +conseguía aquel chiquitín con sólo su contacto. Caía hecha polvo la +herrumbre de su voluntad. Era otro hombre: su audacia consideraba con +desprecio todos los obstáculos. + +Sentíase capaz de robar, de matar, por su hijo. No tenía otra +herramienta, otra arma, que su pluma, pero haría de ella un puñal, una +palanqueta, algo implacable que sirviese para la muerte y el despojo. Lo +que no había osado hacer por el amor, lo haría por su hijo. Se lanzaría +en plena lucha, con la insolencia del mercenario. Adiós, ideas, fe, +entusiasmos... Ilusiones, todo ilusiones. Despreciaba su cultura, pero +pensaba aprovecharla para hacerse pagar mejor. El dinero y el poder +tendrían un siervo más. + +Su suerte estaba echada. Se revolvería en la abyección, paladearía su +envilecimiento, se vendería como esclavo, para que su hijo fuese libre. +Su destino era el del asaltante que cae en el foso para que el hermano +de armas entre por la brecha. Él desaparecería en el fango, pero el +Maltrana que venía detrás pasaría vencedor sobre el puente de sus +espaldas. + +Y mirándose en aquellos ojitos bobos, sin expresión, que le contemplaban +fijamente, Maltrana decía a su hijo con el pensamiento: + +-Llegarás, chiquitín. Yo marcharé a gatas delante de ti; abriré con mi +lengua un camino en el barro, para que avances sin ensuciarte. No temas +que caiga desalentado, que vuelva a sentirme cobarde y te abandone como +a la pobre mártir. Este amor que ahora nace es de hierro. Ya soy otro. +Soy... tu padre. + + +FIN + + +Madrid.--Abril-Junio 1905. + + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibáñez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA *** + +***** This file should be named 33474-8.txt or 33474-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/3/4/7/33474/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La horda + +Author: Vicente Blasco Ibáñez + +Release Date: August 20, 2010 [EBook #33474] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + + + + + +</pre> + +<hr /> + +<h1>LA HORDA</h1> + +<p class="cb">(NOVELA)</p> + +<p class="cb">PROMETEO<br /> +Germanias, 33.—VALENCIA<br /> +1905</p> + +<p><a name="page_007" id="page_007"></a></p> + +<p class="c">Capítulos: +<a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X, </b></a> +<a href="#XI"><b>XI, </b></a> +<a href="#XII"><b>XII</b></a></p> + +<p><a name="page_010" id="page_010"></a></p> + +<p><a name="page_011" id="page_011"></a></p> + +<h3>LA HORDA</h3> + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + +<p>A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de la +sierra al fielato de los Cuatro Caminos.</p> + +<p>Habían salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cántaros de +leche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que parecía el +último adiós del invierno. Los carreteros deseaban llegar a Madrid antes +que rompiese el día, para ser los primeros en el aforo. Alineábanse los +vehículos, y las bestias recibían inmóviles la lluvia, que goteaba por +sus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductores +refugiábanse en una tabernilla cercana, la única puerta abierta en todo +el barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambiente +las respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitaban +la boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de sus +zapatones claveteados, y sorbiéndose una taza de café con toques de +aguardiente, discutían con la tabernera la comida que había de +prepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo.</p> + +<p>En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas<a name="page_012" id="page_012"></a> cargadas de +troncos aguardaban la llegada del día para entrar en la población. Los +boyeros, envueltos en sus mantas, dormían bajo aquéllas, y los bueyes, +desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiaban +ante los serones de pasto seco.</p> + +<p>Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron varias +puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro +de la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceite +frito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa, +junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascos +cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón.</p> + +<p>Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego de +apurar la copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban su +marcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas. Acababa +de abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de la +báscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo el +sombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno.</p> + +<p>—¿Quién da la vez?—preguntaba al presentarse un nuevo carretero.</p> + +<p>Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba sus +cántaros junto a los de éste, con el propósito de repeler a trallazos +cualquiera intrusión en el turno.</p> + +<p>Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con sus +peticiones al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos en +sus capas, escribían a la luz de un quinqué. Los cántaros sólo contenían +leche en una mitad de su cabida. Mientras unos carreteros aguardaban en +el fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros vacíos, en busca +de la fuente más cercana. Allí,<a name="page_013" id="page_013"></a> dentro del radio, sin temor al +impuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía.</p> + +<p>Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro, +comenzaban a desfilar hacia la población, cabeceando como sombríos +barcos de la noche. Otros más pequeños deslizábanse entre ellos, pasando +ante el fielato sin detenerse. Eran los vehículos de los traperos, unas +cajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos. Los dueños iban +tendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que les +daba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre de +tranvías. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso y +quedaba inmóvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta que +la despertaban un tirón de riendas y un juramento.</p> + +<p>La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre las +nubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la bruma +matinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientes +por el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; los +desmontes de tierra amarilla con manchas de vegetación en las +hondonadas.</p> + +<p>El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su romántica +aglomeración de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobre +las míseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcábase en la ancha +calle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes eléctricos: una +fila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumido +en una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con los +tejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con su +blanca corona.</p> + +<p>Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros y +cabalgaduras en la glorieta<a name="page_014" id="page_014"></a> de los Cuatro Caminos. Llegaban de +Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para los +mercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanse +en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón, +racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la báscula +sucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían en +ella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, y +momentos después apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos de +verduras. Las paletas, envueltas en un mantón, con el pañuelo +fuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus mercancías en los +serones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban ágiles +sobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevos +y verduras en las calles inmediatas a los mercados.</p> + +<p>La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Sus +ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo +encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño. Venían de +Bellasvistas y de Tetuán, de los barrios llamados de la Almenara, de +Frajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro, y marchaban a +lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones +destinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidas +sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda +las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos +pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de +sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.</p> + +<p>El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras +variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de las +amazonas.<a name="page_015" id="page_015"></a> Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana. +Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los +garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres +lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y +este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia. Jamás +habían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de la +almohaza. Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo, +sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les daban +el mismo aspecto que si llevasen pantalones.</p> + +<p>Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica que +huyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelo +de vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras, +como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los +residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran +ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de +ella.</p> + +<p>Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de la +barriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salían de las calles +inmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los Cuatro +Caminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lóbregos y sus +puertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza.</p> + +<p>Ya no llegaban más carros del campo con su tosca solidez semejante a la +de la vida robusta y sana. La calle ocupábanla ahora los vehículos de la +busca, sórdidos, sucios, negros algunos de ellos como ataúdes, con +toldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban y +pasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo del +almuerzo pendiente de un botón, <a name="page_016" id="page_016"></a>o con chaquetones pardos y la boina +calada hasta los ojos. Desde el fielato se les veía alejarse, las manos +en los bolsillos y la espalda encorvada, con ademán humilde, resignados +a sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendo +de antemano la fatiga monótona y gris que se extendería hasta el momento +de su muerte.</p> + +<p>Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupaban +frente a la estación de los tranvías, esperando los primeros coches. +Eran maquinistas de fábrica, capataces, encargados de talleres, la +aristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los demás en su +relativo bienestar.</p> + +<p>El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, seguía +desde la puerta el paso de los trabajadores, llamó a un joven que venía +de Madrid y le invitó a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba de +descansar: tenía el día entero para dormir. Y mientras le ofrecía +lumbre, le preguntó guiñando un ojo:</p> + +<p>—¿Qué hay de política, amigo Maltrana? ¿Cuándo viene «la nuestra»? ¿Es +verdad que el gobierno está al caer?...</p> + +<p>El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que +encendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente +vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba al +descubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con su +peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte +oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una +expresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de una +inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su +figura.</p> + +<p>Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha +desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones +rotos y<a name="page_017" id="page_017"></a> el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Un +macferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapas +mostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventud +mísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y +un cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo había +tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo.</p> + +<p>—¿Qué hay de política?—dijo otra vez el empleado.</p> + +<p>Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y +lo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en la +redacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas, +sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra, +abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesar +a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen +amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles +públicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo que +decía:</p> + +<p>—Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en la +redacción.</p> + +<p>—¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas?</p> + +<p>Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores del +periódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y la +información política, los «pájaros gordos», como los designaba por +antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto +nacional, a los únicos profetas del porvenir.</p> + +<p>—Pues los «hombres»—contestó el joven con cierta timidez, como si le +repugnase mentir—creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «la +nuestra».<a name="page_018" id="page_018"></a></p> + +<p>—Lo mismo digo yo.</p> + +<p>Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró con +cierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse de +igual a igual con los «hombres».</p> + +<p>Todas las mañanas veía a Maltrana, al volver éste de la redacción. El +pobre joven, para dormir, tenía que esperar a que su padrastro y su +hermano menor abandonasen un mísero cuartucho de la calle de los +Artistas, y una vez en él, se tendía sobre el camastro único, todavía +caliente, con la huella de los cuerpos del viejo albañil y su aprendiz. +Dormía hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba a +los Cuatro Caminos el rebaño de trabajadores, volvía él a Madrid a +emprender su vida dura de pájaro indefenso, falto de pico y de garras, +que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin más alimento que las +escasas migajas olvidadas por otros.</p> + +<p>Aprovechaba la luz de la redacción, el papel y la tinta, en las horas en +que el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destino +desconocía. Proporcionábanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez, +habían recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. La +retribución llegaba a él con tal merma, después de pasar por las manos +de los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas de +fatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermano +Pepín, más conocido por el <i>Barrabás</i>, ganaba como aprendiz de albañil. +Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajo +era su único medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de una +traducción representaba la comida, al anochecer, en una taberna +frecuentada por las gentes del «oficio», periodistas de escaso sueldo, +jóvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban<a name="page_019" id="page_019"></a> mal de +todos, entreteniendo así la espera impaciente de una hora de celebridad. +No eran gran cosa estos banquetes; pero ¡cómo pensaba en ellos los días +en que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones! +Transcurrían para él, en la redacción, las horas de la noche en continua +lectura, sintiendo al mismo tiempo en el estómago los retortijones del +hambre. Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y su +cabeza parecía rodar, como si repeliese toda idea, sentía deseos de +lucha, feroces anhelos de herir a alguien. Entonces iniciaba discusiones +filosóficas, acabando por burlarse de los ideales políticos del +periódico, únicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y con +su cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ¡ay! que +habían cenado.</p> + +<p>Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, veía +entrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuera +de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción.</p> + +<p>—¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran.</p> + +<p>Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban +hasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en las +cafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último y +definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca, +lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de la +nube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura con +juvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, que +presentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a un +gobernante de cuando llegase «la nuestra»!...</p> + +<p>Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con la +cabeza entre las manos,<a name="page_020" id="page_020"></a> fingiendo leer una revista extranjera, seguía +con mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristóbal, el propietario +del periódico, un buen señor francote y paternal, sin otras +preocupaciones que su diario, la revolución que no llegaba nunca y el +deseo de que reconociesen todos sus sacrificios por «la idea».</p> + +<p>—<i>Homero</i>... ¿un cigarrito?...</p> + +<p><i>Homero</i> era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachos +de la redacción, abominando de su cultura, que «les cargaba», y +afirmando que, con toda su sabiduría, era incapaz de escribir la crónica +de un suceso o pergeñar un crimen interesante. Primero le habían apodado +<i>Schopenhauer</i>, por la frecuencia con que citaba a su filósofo favorito; +después <i>Nietzsche</i>; pero estos nombres eran de difícil pronunciación, y +una noche que Maltrana, aislado de la realidad, osó recitar en griego +algunas docenas de versos de la <i>Ilíada</i>, acordaron todos llamarle +<i>Homero</i> para siempre.</p> + +<p>El buen <i>Homero</i> aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristóbal, +el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no servía ni +para ordenanza de la redacción. Fumando entretenía la espera angustiosa +de las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas del +propietario. El buen señor, al sentir ciertos desfallecimientos del +estómago, incluía generosamente en su necesidad a todos los muchachos. +Unas veces era carnero con judías, guisado en la taberna cercana; otras, +una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le parecía +esplendorosa como un astro entre las nubes de periódicos que llenaban la +mesa y bajo la fría luz de las bombillas eléctricas.</p> + +<p>—A ver, señores, ¿quién me hace oreja?—decía don Cristóbal con gestos +de padre—. Que traigan pan y vino para todos... <i>Homerito</i>, acércate y +mete<a name="page_021" id="page_021"></a> la uña. A tu edad siempre hay apetito, y tú debes andar algo +atrasado.</p> + +<p><i>Homerito</i> metía la uña, al principio con timidez; pero los primeros +bocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estómago, y para +amansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado por +ella si retrasaba el envío. Al bondadoso protector le hacía gracia el +hambre voraz de aquel muchacho feo. ¡Ah, la juventud! ¡Envidiable +estómago! Viéndole, sentía nuevas ganas: <i>Homero</i> era su aperitivo.</p> + +<p>Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las últimas migas, +bebíase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegría digestiva +de las últimas horas de redacción, las mejores de la noche.</p> + +<p>Sólo entonces hablaba <i>Homero</i> de política, compartiendo las ilusiones y +esperanzas de los demás. Vendría la deseada... «la nuestra»; y entonces, +o no había justicia ni vergüenza, o don Cristóbal sería ministro del +primer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor con +sonriente modestia. Maltrana, para animarle, se incluía en el triunfo. +El también sería algo, ¡qué demonio!... Se contentaba con una dictadura +sobre la instrucción pública, para desasnar el país a palos. Cada uno a +sus aficiones.</p> + +<p>Y el buen <i>Homero</i> describía, entre las risas de los compañeros, su +entrada en la Biblioteca Nacional al día siguiente de la revolución, +seguido de un piquete de ciudadanos. ¡A formar todo el personal! Los +bibliotecarios, que le conocían por haber sostenido con él más de un +altercado, esperaban su sentencia trémulos de miedo. Ahora pagarían sus +embustes siempre que se les pedía un libro moderno: el negar su +existencia o el afirmar que lo tenía otro lector entre manos; aquel +deseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de inútil erudición,<a name="page_022" id="page_022"></a> +mamotretos enojosos que repelían a la gente, quitándola los deseos de +instruirse. A culatazos bajaba la escalinata el rosario de prisioneros, +y el dictador los colgaba sin piedad de los árboles de Recoletos, con un +cartelón en el pecho: «Por traidores a la cultura y fomentadores de la +barbarie pública...» Sin salir del edificio, se daba una vueltecita por +los salones del Arte Moderno y entraba a saco en este hospital de +monstruos, horrendo almacén de fealdades y ñoñerías históricas. Salvo +raras excepciones, todos los cuadros eran arrojados por las ventanas, +formándose con ellos una gran hoguera. Los alumnos de Bellas Artes, por +orden del dictador, habían de saltarla en señal de alegría por la +desaparición de tanto mamarracho.</p> + +<p>Después, con su escolta de implacables ejecutores, se llegaba al Museo +del Prado. Llamada y tropa al personal y discurso que ponía los pelos de +punta. Había llegado el momento de dar fin a la eterna zarabanda, a la +interminable clasificación, a los nuevos arreglos que tenían en perpetuo +movimiento las obras artísticas, desorientando al público y haciéndole +vagar de uno a otro salón como en un dédalo. Al primero que moviese de +su sitio un cuadro o una estatua, un tiro en la cabeza: he dicho. Y +<i>Homero</i> terminaba su excursión revolucionaria cerrando para siempre el +Teatro Real. ¡Viva la música! ¡Abajo la ópera! Los aristócratas que +conversasen libremente en sus salones, sin el runrún enojoso de la +orquesta; que lucieran sus joyas sin tomar el arte como alcahuete del +lujo. Los antiguos mozos de cordel que ganan millones por tener en la +laringe la enfermedad del tenorismo, las señoritas de bata blanca y +cabellera suelta que se hacen las locas entre fermatas y gorgoritos, a +su antiguo oficio o a coser a máquina. De volver a titularse artistas, +sufrirían la pena que marca el<a name="page_023" id="page_023"></a> Código por falsedad de estado civil. Los +músicos faltos de sueldo y los cantantes modestos y fervorosos serían +mantenidos por el Estado, dando cada noche un concierto gratuito, de +asistencia obligatoria, en los diez distritos de la capital, por +riguroso turno.</p> + +<p>Y tras estas reformas insignificantes, <i>Homero</i> tomaba asiento en su +sillón de dictador, acometiendo la gran reforma: el examen general de +todos los maestros de escuela; la revisión de la mentalidad de todos los +catedráticos, pero de un modo implacable, sin entrañas, como pudiera +juzgar un inquisidor. Profesores de Universidad descendían a ser +maestros de aldea; la gran mayoría de los preceptores rústicos recibían +la cesantía y un pedazo de tierra inculta para que la arasen, dando así +natural expansión a sus verdaderas facultades. Muchos desgraciados con +talento, que titubeaban en las avenidas de la vida, no sabiendo qué +camino tomar, entraban en el magisterio, dignificado y elevado a primera +función nacional. El más humilde maestro de España tendría mayor sueldo +que un canónigo...</p> + +<p>Así hablaba <i>Homero</i>, entre las risas de sus camaradas, dejando +modestamente a los grandes hombres de «la idea» que arreglasen otros +problemas: el del estómago y el de la conciencia. El a lo suyo, a pulir +la inteligencia nacional; y una vez bien montada la máquina del +desasnamiento, todo aquel que llegase a los veinte años sin haberse +aprovechado de estas facilidades para la cultura, sería expulsado del +territorio hispano, para que poblara el África.</p> + +<p>El terrible dictador, al salir a la calle poco antes de amanecer, caía +de golpe en la realidad. El frío, colándose bajo el sutil macferlán, +hacía temblar al fusilador de bibliotecarios e implacable destructor<a name="page_024" id="page_024"></a> de +museos. El tirano sentía aguzarse de nuevo su apetito con el fresco del +alba, y aceptaba del director o de cualquier compañero en fondos una +taza de soconusco con media docena de «bolas». Iban a la chocolatería de +la calle de Jacometrezo, sentándose junto a las paredes de azulejos +fríos, ante unas vidrieras abiertas de intento para que reventasen de +pulmonía todos los golfos que esperaban la mañana en torno de las +primeras mesas.</p> + +<p>Allí, mojando buñuelos en el fangoso líquido de la taza, sentía renacer +otra vez sus esperanzas, aunque menos intensas que en el ambiente cálido +de la redacción. El sería algo; él subiría alto. Siempre que llenaba el +estómago, sentíase animado por una fe ciega en su destino. Y con tales +esperanzas, emprendía la caminata hacia los Cuatro Caminos, para reposar +en el camastro todavía caliente.</p> + +<p>Mientras llegaba el momento de la ascensión, su vida no podía ser más +triste. En vez de ingeniarse, como le aconsejaba su padrastro, para +conquistar el pan, leía y leía por el gusto de saber, como un gran señor +que tuviera asegurada la existencia y todos sus caprichos. Cercenaba su +alimento para poder pagar con retraso las cuotas del Ateneo. La vida sin +lectura de revistas, sin conocer lo que se pensaba en Europa, le parecía +intolerable.</p> + +<p>Perdía las noches enteras en la redacción, y rara vez cogía una pluma. +Al principio, le habían encargado que redactase sucesos, que inflase +telegramas. El director se interesaba por él: deseaba incluirle en la +plantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia de +Consumos. Pero pasó una noche rompiendo cuartillas y dando paseos +nerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir el +encargo a un golfillo de la casa que no sabía escribir un renglón con su +ortografía. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redactó<a name="page_025" id="page_025"></a> +con menos palabras que el original. Era un espíritu superior, incapaz de +tan bajas funciones. Un día en que, por ausencia del director, le +encargaron el artículo de fondo, llenó tres columnas de prosa razonadora +y fría, resultando de ella, después de examinar y pesar todo lo +existente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el periódico +como el régimen de los gobernantes actuales.</p> + +<p>El tal <i>Homero</i>, según decía el propietario, era un manzanillo del +saber. Mataba todo lo que cubría con su sombra. Le dieron libertad para +que escribiera a su capricho, y publicó tres artículos sobre Ruskin y la +belleza artística, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de las +armonías y desarmonías entre el socialismo y las doctrinas de Darwin y +Hæckel. Meses después aún reían en la redacción de aquellas columnas de +prosa espesa y mate que nadie había leído hasta el fin. Don Cristóbal +afirmaba con grave sorna que el diario había estado próximo a perecer, y +que los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artículo +de <i>Homero</i>. ¡Ir con tales galimatías al respetable público, que lo que +desea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o que +los diputados les mienten la madre a los señores del banco azul!...</p> + +<p>Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar los +quince duros mensuales que le habían hecho entrever antes de su fracaso, +seguía asistiendo puntualmente a la redacción. ¿Adónde ir?... Allí +encontraba quien le escuchase, aunque con gestos irónicos; algunas veces +hasta alababan su cultura, llegando a confesar que tenía cierto talento, +pero que estaba chiflado. Además, él reconocía su gran defecto, el mal +de su generación, en la que un estudio desordenado y un exceso de +razonamiento había roto el principal resorte de la vida:<a name="page_026" id="page_026"></a> la falta de +voluntad. Era impotente para la acción. Estudiaba ávidamente y no sabía +sacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando; +las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores; +pero sentíase incapaz de fijar con la pluma ni una pequeña parte de las +ideas que se le escapaban en el chorro de la conversación.</p> + +<p>Y permanecía inmóvil, atascado en su camino, sabiendo que perdía el +tiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin ánimo para intentar un +esfuerzo, confiando en un extraño fatalismo que había de sacarle del mal +paso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que le +arrancaría de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera que +poner nada de su parte.</p> + +<p>Aquella mañana era de las más alegres para el joven. Tenía dinero; la +noche anterior había cobrado trece duros de una traducción, sintiendo +con cierto deleite el peso del puñado de plata junto a su estómago, que +aún conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Había +cenado en la taberna, asilo de los días felices, los platos más +suculentos, dándose, además, el gusto de pagar el matinal chocolate a +los compañeros de redacción, asombrados de tanta riqueza.</p> + +<p>El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofrecía un +cigarro y una parte de su café, atrajo igualmente su generosidad. Quería +obsequiarle, hacerle partícipe de su opulencia, y casi a la fuerza le +llevó al ventorrillo, detrás del fielato. Tomaría una taza de té, una +copa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de él.</p> + +<p>Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que les +sirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo.</p> + +<p>A espaldas del fielato, en el abrevadero, una<a name="page_027" id="page_027"></a> banda de palomas +picoteaba la tierra. Eran de la inmediata calle de los Artistas; volaban +hasta allí para buscar en el suelo los residuos del pasto de los bueyes. +Junto al ventorro alzábanse las tapias blancas del Sanatorio de Perros, +el asilo de los canes de los ricos, cuidados en sus enfermedades por un +veterinario.</p> + +<p>Maltrana vio a un hombre salir de la carretera con dirección al +ventorro.</p> + +<p>—Es <i>Coleta</i>—dijo el jefe del fielato—. Domingo, el famoso trapero de +las Carolinas.</p> + +<p>Llevaba a la espalda un saco vacío, pero él caminaba encorvado ya, como +si presintiese su peso. Los zapatos, más largos que los pies, doblaban +sus puntas hacia arriba; el pantalón de pana ceñíalo a la cintura con +una cuerda de esparto; la camisa abierta dejaba al aire una maraña de +pelos blancos y la piel apergaminada del cuello con sus tirantes +ligamentos. Esta vestimenta sucia y mísera completábala con un chaqué de +largos faldones y un sombrero abollado, deforme, rematado en punta como +guerrero casco.</p> + +<p>Era viejo, con cierta malicia sacerdotal en el rostro afeitado y los +ojillos verdosos cobijados bajo unas cejas grises y abultadas. La parte +de sus mejillas acariciada por la rasura era lo único limpio de la cara. +El resto estaba ennegrecido por la suciedad. Cada arruga era un surco +fangoso; el cuero cabelludo mostraba las púas blancas del rapado por +entre las escamas de la caspa endurecida.</p> + +<p><i>Coleta</i> saludó al del fielato y fijó después sus ojos en Maltrana.</p> + +<p>—¿No eres tú Isidro, el nieto de la <i>Mariposa</i>... uno que es señor en +Madriz y escribe en los papeles?...</p> + +<p>Sí; él era, y se alegraba de que <i>Coleta</i> le reconociese. ¿Qué deseaba +tomar?<a name="page_028" id="page_028"></a></p> + +<p>Pero antes de que el trapero contestase, Maltrana y su amigo se fijaron +en una gran escoriación que enrojecía todo un lado de su cara. La sangre +seca manchaba los bordes del desgarrón.</p> + +<p><i>Coleta</i> levantó los hombros con indiferencia. Aquello no era nada: un +tropiezo al salir de la taberna del <i>Cubanito</i>, la noche anterior.</p> + +<p>—Hemos estao de groma hasta la una de la mañana yo y los muchachos del +barrio. ¡La gran tajá!</p> + +<p>Antes de pedir algo a la tabernera, que reía sólo con verle, quiso +conocer lo que Maltrana había bebido, e hizo un gesto de repugnancia al +oír que era una copa de aguardiente de limón.</p> + +<p>—¡Aguardiente!... Eso pa los borrachos. Vino: morapio del puro, que +alarga la vida; y cuanti más, mejor.</p> + +<p>Había que ver el gesto indignado con que hablaba de los borrachos de +alcohol, alabando de paso las virtudes del líquido rojo. Allí le tenían +a él con sus sesenta y ocho bien cumplidos. Todas las mañanas iba a +Madrid a la busca; al volver a su chamizo de las Carolinas, se pasaba +las horas escogiendo su carga y la de la vecina, y después armaba fiesta +en la taberna hasta la madrugada, y cuando estaba en su punto se ponía +en cueros, sin miedo al frío, para que chillasen escandalizadas las +mozas del barrio y rieran los camaradas. Nunca había estado enfermo.</p> + +<p>—Yo no duermo. Comer... ¡menos que un pájaro! Me mantengo con un cacho +de pan así, y ustedes perdonen el modo de señalar. Es malo comer: el pan +quita sitio a la bebida. Además, da mareos y hace que a uno se le +revuelvan las tripas, y arroje y repuzne a los demás por su cogorza +indecente... A mí me mantiene el vino... ¡Viva el negro!... ¡y el blanco +también! Esta es la mejor de las boticas.<a name="page_029" id="page_029"></a></p> + +<p>Y se bebió de un golpe la copa que le ofrecía la tabernera. Desde el +camino, un grupo de chicuelos que venía siguiéndole mirábalo a +distancia, lanzándole insultos.</p> + +<p>—¡<i>Coleta</i>!... ¡Tío del gabán! ¡Borracho!</p> + +<p>El trapero acogía estos gritos tranquilamente, como un héroe satisfecho +de su éxito popular. ¡Mientras gritasen!... Algo peor ocurría cuando los +gritos eran acompañados de pedradas y había él de abandonar su saco para +perseguir a los agresores.</p> + +<p>—Id a tocarle el... moño a vuestras madres.</p> + +<p>Y tras este prudente consejo, que hizo arreciar a la golfería en sus +denuestos, <i>Coleta</i> saboreó otra copa, alabando la buena suerte que le +hacía tropezar tan de mañana con amigos rumbosos.</p> + +<p>El era el más pobre de todos los traperos: ni carro, ni burro, ni casa. +Se lo había bebido todo. Su mujer estaba en el cementerio; y al hablar +de ella humedecíanse sus ojos, por el recuerdo, sin duda, de las palizas +que la había dado. Ahora tenía con él a la <i>Borracha</i>, la trapera más +sucia y mal trabajadora que existía desde Bellasvistas a Fuencarral. Un +dragón con faldas, señores; él no se avergonzaba de confesar su +cobardía. Si la daba una torta, ella le devolvía tres; y era inútil que +al regresar de la busca se comprase en las tiendas del Estrecho una +buena vara de fresno o cortase un palo espinoso en cualquier vallado: +equivalía a proporcionar armas al enemigo, pues la <i>Borracha</i> acababa +por cogérselo, arreándole con él para que saliese de la taberna.</p> + +<p>Todo envidia, pura rabia porque él encontraba amigos que le convidasen, +y ella, gustándole mucho el vino, tenía que contentarse, cuando más, con +las «cortinas», o sea con lo que queda en el fondo de las copas.</p> + +<p>Vivían en una especie de gallinero al extremo<a name="page_030" id="page_030"></a> de un corral ocupado por +montones de basura. Ayudaban a la dueña de la casa en la rebusca del +género, y además el carro de ésta le traía el saco al regresar de +Madrid. El tenía buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de +las mejores calles, toda ella de señorío que comía bien. Con las sobras +podía engordar como un fraile, si le gustase comer. Los hijos de su +primer matrimonio vivían en Madrid, trabajando unas veces en el +adoquinado y rabiando otras de hambre. Apenas si los veía.</p> + +<p>—La familia... con tomate, señores míos. Tanto tienes, tanto vales; +cada uno a lo suyo. Los chicos, cuando me ven, me hablan de que les +traspase la parroquia. El ama de mi casa también quiere lo mismo... +¡Magras! El negocio, siempre a mi nombre. Soy un vivo y he visto mucho. +El negocio, mío, mientras viva yo: Domingo Rivero, alias <i>Coleta</i>, para +servir a ustedes.</p> + +<p>Y al hablar así, miraba con orgullo el saco que llevaba al hombro, el +negocio envidiado, que pensaba defender hasta su muerte, como si este +trozo de arpillera hubiera de servirle de mortaja.</p> + +<p>Después rompió en elogios a la tabernera y su vino. ¡Olé las señoras de +mérito! La copa era allí menos barata que en el barrio de los traperos, +pero mucho mejor. Al ir a Madrid y al volver, no podía sustraerse a la +tentación de abandonar el camino para contemplar los ojos de la dueña, +su aire de señorío y los parroquianos de la casa, todos unos +caballeros... Y con estas alabanzas aún conquistó una tercera copa.</p> + +<p>Maltrana y su amigo, temiendo que el trapero renunciase a la ida a +Madrid si le convidaban otra vez, volvieron al fielato. <i>Coleta</i> les +siguió, afirmando que no tenía prisa. Sus parroquianos se levantaban +tarde.</p> + +<p>En las aceras de Punta Brava se habían establecido<a name="page_031" id="page_031"></a> ya los puestos del +mercadillo de los Cuatro Caminos. Los cortantes colgaban de unas vigas +negras los cuartos de res desollada. Un perfume agrio de escabeche y +verduras mustias impregnaba el ambiente. El grupo de chiquillos que +acosaba al trapero se dispersó al verle bien acompañado, ocultándose +tras los primeros tranvías.</p> + +<p>De pronto, la mañana gris se iluminó con resplandores de oro. Rasgáronse +los vapores blanquecinos; se abrió en el celaje un agujero de profundo +azul, por el que pasó sus rayos el sol oculto. La tierra pareció sonreír +bajo su húmeda máscara. Los charcos de lluvia brillaron con temblones +reflejos, como si se poblasen de peces de fuego; los caseríos rojos y +blancos surgieron como vigorosas pinceladas en los cerros de verde +obscuro que limitaban el horizonte. La torre de Santa Cruz parecía una +llama recta sobre los tejados de Madrid. La banda de palomas levantó el +vuelo en espiral, con alegre rumor de plumas y arrullos.</p> + +<p>Dos jóvenes pasaron junto al fielato cogidas del brazo, con el embozo +del mantón ante la boca. Tenían la belleza de la obrera, la frescura de +esa breve juventud de las hembras de trabajo, que triunfa sólo +momentáneamente de la anemia hereditaria, de las privaciones que +dificultan el desarrollo.</p> + +<p>Maltrana fijó sus ojos en la más pequeña, una morena de rostro pálido y +grandes ojos de un negro intenso, casi azulado, igual al de sus +cabellos. El busto endeble erguíase con una arrogancia natural dentro +del mantón; sus pobres faldas de verano se movían con cierto ritmo +majestuoso, sin tocar el barro, en torno de los pies pequeños, +cuidadosamente calzados, que revelaban ser la parte más atendida de su +persona.</p> + +<p>—¡Viva lo bueno!—gritó el borracho poniéndose en jarras—. ¡Ahí va la +gloria del barrio!...<a name="page_032" id="page_032"></a></p> + +<p>Y para expresar su entusiasmo con más viveza, arrojó el grotesco +sombrero en un charco, salpicando a todos de barro.</p> + +<p>El empleado del fielato saludó a las jóvenes con un tono de zumba +paternal:</p> + +<p>—Que seáis buenas... Cuidadito con perderse...</p> + +<p>Las dos pasaron adelante sonriendo, sin contestar a los saludos mas que +con movimientos de cabeza. La pequeña habló al alejarse.</p> + +<p>—Adiós, Isidro—dijo con voz grave, al mismo tiempo que se enrojecían +sus mejillas.</p> + +<p>—Adiós, Feliciana—contestó el joven.</p> + +<p>Y la siguió con los ojos, admirando su marcha rítmica y graciosa sobre +el barro, su cuerpo gentil y esbelto, que iba empequeñeciéndose con la +distancia.</p> + +<p>El sol se ocultó de pronto; volvieron a cerrarse las nubes; ya no +brillaron los charcos. Se extendió de nuevo sobre la tierra un velo +gris, y la espiral de palomas cesó de aletear, desplomándose de golpe en +el fango.</p> + +<p>El jefe del fielato habló de las dos muchachas. Las veía pasar todas las +mañanas a la misma hora; trabajaban en una fábrica de gorras de la calle +de Bravo Murillo. Feliciana era la hija única del <i>Mosco</i>, el famoso +cazador de Tetuán, y su compañera una muchacha de Bellasvistas, a la que +aquélla recogía todas las mañanas para ir juntas al trabajo.</p> + +<p>El nombre del <i>Mosco</i> hizo prorrumpir al trapero en exclamaciones de +admiración. Aquel era un hombre. Quitaba el sueño a toda la gente del +Real Patrimonio. <i>Coleta</i> lo sabía de buena tinta: el administrador de +El Pardo se desesperaba por no haber podido atrapar al <i>Mosco</i>, y los +guardas, apenas cerraba la noche, preguntábanse por qué lado del inmenso +bosque trabajaría aquel bandido.</p> + +<p>Los gazapos reales dormíanse en sus madrigueras,<a name="page_033" id="page_033"></a> resignados de antemano +a que les despertase la sangrienta dentellada del hurón; los corzos, al +beber en los arroyos a la luz de las estrellas, se mugían a la oreja: +«Mucho ojo, hermanos; el <i>Mosco</i> debe de andar cerca...» Un perro suyo, +apodado <i>Puesto en ama</i>, había sido tan famoso por lo temible, que, al +matarlo los guardas en un encuentro, lo llevaron en triunfo a la +administración de El Pardo, y allí le guardaban empajado y con ojos de +vidrio, como una curiosidad del real sitio.</p> + +<p><i>Coleta</i> había conocido a este animal. Cazaba los gamos a la carrera en +medio de la noche; no había venado que le resistiese. Una vez hizo ganar +a su amo cerca de tres mil reales. Ahora, el <i>Mosco</i> tenía otro perro, +el segundo <i>Puesto en ama</i>, una verdadera alhaja, pero de menos mérito +que el otro, y con él continuaba sus expediciones de «dañador», sus +audacias de furtivo, saliendo de ellas en algunas ocasiones chorreando +sangre, pero abriéndose paso siempre por entre los disparos de los +guardas y los galopes de los vigilantes montados. ¡El plomo que aquel +hombre llevaba en el cuerpo!...</p> + +<p><i>Coleta</i>, agotados los elogios al intrépido cazador, cuyas hazañas +conocían mejor que él los que le escuchaban, iba ya a emprender el +camino hacia Madrid, cuando su instinto de parásito le hizo fijarse en +un carro descubierto que avanzaba con lento balanceo sobre los relejes +de la carretera. La mula, alta y forzuda, con grandes desolladuras por +la falta de limpieza, llevaba el cabezón adornado con cintajos +multicolores encontrados en la basura. Parecía una bestia de tribu +marchando adornada a una fiesta salvaje.</p> + +<p>—Esa me llevará—dijo <i>Coleta</i>—. ¡Eh, tío Polo... señor Polo, pare +usted! Aquí hay amigos.</p> + +<p>De la parte trasera del carro surgió, como un monigote del fondo de una +caja, una cabeza de<a name="page_034" id="page_034"></a> viejo, con el cuello del chaquetón rozando las +orejas y un gorro de pelo encasquetado hasta los hombros. Era una cara +mofletuda y roja, con una vaguedad en los ojos rayana en la estupidez. +Se detuvo el carro, y poco a poco fue saliendo de la parte delantera +otro viejo, incorporándose trabajosamente con las riendas en la mano. +Parecía el Padre Eterno. Sus barbas amplias de plata se extendían sobre +el pecho y formaban una aureola de blancos vellones en torno de sus +mejillas sonrosadas. El labio superior, cuidadosamente afeitado, era lo +más limpio de su rostro. Los ojillos verdosos y profundos estaban +rodeados de arrugas, que parecían rayas de carbón por la suciedad de sus +surcos. El traje era tan bizarro como su ancianidad. Cubríase con una +especie de casulla de pieles de conejo, sujeta a la cintura por una +cuerda. Su pantalón estaba resguardado en los muslos por zajones +cortados de una alfombra vieja y adornados con cintajos iguales a los de +la mula. Una boina verdosa, con rastros de telarañas, cubría su cabeza +sonrosada y blanca. El adorno de su persona revelaba suciedad salvaje y +simpleza infantil. Las manos eran negras, con escamas en el dorso; las +mejillas y los labios, acariciados por la navaja, mostraban una frescura +de niño.</p> + +<p>—¿Qué se les ofrece a ustedes?—dijo con atiplada vocecilla y +entonación cortés—. ¿En qué puedo servirles, señores?...</p> + +<p>Sus ojos se fijaron en <i>Coleta</i>, e hizo un mohín de desprecio.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Eres tú, borrachín?...</p> + +<p>Después saludó con la cabeza al jefe del fielato, pues era respetuoso +con toda autoridad que pudiera molestarle; y al fijar los ojos en +Maltrana, lanzó una exclamación de alegría.</p> + +<p>—¿Pero eres tú, Isidro?—preguntó con su voz infantil<a name="page_035" id="page_035"></a>—. ¡Pues pocas +ganas que tenía de verte!... La abuela no piensa en otra cosa; siempre +me hace el mismo encargo: «Si ves al chico, dile que venga. Casi no le +he visto desde que nos casamos.»</p> + +<p>—Sí, yo soy, amigo <i>Zaratustra</i>. ¿Cómo le va a la abuela contigo? ¿Aún +estáis en la luna de miel?</p> + +<p>El viejo hizo un gesto de protesta, sin dejar de sonreír.</p> + +<p>—De una vez para siempre, dame un nombre y no me lo cambies a tu +capricho. Unas veces me llamas Krüger, y no me ofende que me compares +con ese buen señor que se peleó con los ingleses... ¡Mala gente! El otro +día encontré en la basura una caja de cerillas con su retrato, y, +efectivamente, algo nos parecemos... Otras veces, soy <i>Trapatustra</i> o... +<i>Zorra no sé qué</i>: otro personaje al que también me parezco, según tú +dices... Sí; ya sé quién era: me contaste un día su historia. Un sabio +que no tenía un perro chico, como yo; que estaba en el secreto de todo y +se reía de todo... lo mismo que yo; que vivía en alto, como yo vivo, +viendo a mis pies todo Madrid. El tenía al lado un aguilucho al decir +sus cosas, y yo, a falta del pajarraco, tengo cinco perros que entienden +más que muchas personas, y me rodean y me escuchan cuando digo las +mías... Porque tú, Isidrillo, aunque parezca que te pitorreas de mi +persona, bien reconoces que tengo algo de sabio.</p> + +<p>—¿Quién puede dudarlo?—exclamó Maltrana con tono zumbón—. Por algo te +llamo <i>Zaratustra</i>. Tú eres el solitario de Bellasvistas, el gran +filósofo de los Cuatro Caminos, el sabio de la busca, el más profundo de +los traperos que entran en Madrid.</p> + +<p>—Noventa y cuatro años, señor—continuó <i>Zaratustra</i>, dirigiéndose al +jefe del fielato—. El cuerpo sano, el estómago de buitre; sólo tengo +flojas las piernas, que me obligan a permanecer quieto en el<a name="page_036" id="page_036"></a> carro, +mientras éste, que es mi ayudante—y señalaba al bobo de la gorra de +pelo—, entra en las casas. Soy el más antiguo del gremio. Sólo quedan +algunos de mi época allá en el Rastro, que se han establecido, han hecho +fortuna y tienen casa abierta en las <i>Américas</i>. Más de cincuenta años +de servicios; y en todo este tiempo, ni un día he dejado de bajar a +Madrid... Yo he visto mucho; he visto al señor de Bravo Murillo traer +las aguas a Madrid y saltar el Lozoya por primera vez en la antigua taza +de la Puerta del Sol; he visto cómo la villa ha ido poco a poco +ensanchándose y dándonos con el pie a los pobres para que nos fuéramos +más lejos. Este fielato lo he visto en lo que es hoy glorieta de Bilbao. +Donde yo tuve mi primera barraca hay ahora un gran café. Todo eran +desmontes, cuevas para gente mala; a Dios le quitaban la capa así que +cerraba la noche; y ahora anda uno por allí, y todo son calles y más +calles, y luz eléctrica, y adoquines, y asfaltos, donde estos ojos +pecadores vieron correr conejos... Los antiguos cementerios han quedado +dentro; los pobres que vivimos cerca de ellos vamos en retirada, y +acabaremos por acampar más allá de Fuencarral. Dicen que esto es el +Progreso, y yo respeto mucho al tal señor. Muy bien por el Progreso... +pero que sea igual para todos. Porque yo, señor mío, veo que de los +pobres sólo se acuerda para echarnos lejos, como si apestásemos. El +hambre y la miseria no progresan ni se cambian por algo mejor. La ciudad +es otra, los de arriba gastan más majencia, pero los medianos y los de +abajo están lo mismo. Igual hambre hay ahora que en mis buenos tiempos.</p> + +<p>—¡Bien, <i>Zaratustra</i>, muy bien!—dijo Maltrana, aprovechando una pausa +del viejo.</p> + +<p>—Yo, señor—continuó el viejo, dirigiéndose al del fielato—, lo que +más siento es que no veré en<a name="page_037" id="page_037"></a> qué acaba todo esto. Lo del Progreso ha +nacido en mis tiempos. Cuando yo era muchacho, las aguas iban por otro +lado. Yo, de mozo, fui carlista; soy manchego y anduve con <i>Palillos</i>: +pura ignorancia. Pero repito que vi nacer la criatura, y tendría gusto +en enterarme por mis ojos de hasta dónde alcanza, pues por ahora no es +gran cosa lo que lleva hecho en favor del mediano... ¡Pero soy tan +viejo!... ¿Ve usted a <i>Coleta</i>, ese borrachín que nos oye? Parece de más +años que yo, y le he visto nacer... Noventa y cuatro años, señor, y +tengo cuerda para ciento y pico. Lo sé muy cierto: yo entiendo de estas +cosas.</p> + +<p>Maltrana y su amigo acogían con movimientos afirmativos las palabras del +anciano. Su verbosidad, una vez suelta, no podía detenerse; hablaba con +incoherencia infantil.</p> + +<p>—Hoy voy tarde a la busca, pero no importa. Mi parroquia es segura y +buena: cafés de la Puerta del Sol, comercios antiguos de la calle del +Carmen. Hay casa que la tengo cuarenta años; a los dueños de ahora los +he conocido niños, y cuando lloraban les hacían miedo amenazándoles con +el tío Polo, que se los llevaría en el carro. Entonces tenía más humor y +mejores trajes. A mí siempre me ha gustado vestir bien. ¿Ven ustedes +esta prenda de pieles, que ni el rey la lleva? Pues la he hecho yo; y yo +también otra que guardo en casa para los días de fiesta, con cintajos de +colores y espejuelos que quitan la vista: un uniforme de magnate de las +grandes Indias, según dice Isidrillo. En otros tiempos solía vestirme de +peregrino para ir a la busca, pero los chicos me seguían como unos bobos +y los guindillas me amenazaban con llevarme a la prevención. ¿Por qué, +señores míos?... Lo que yo les decía: ¿Qué somos todos en este mundo, +mas que peregrinos que vamos pidiendo a los demás y caminando hasta +llegar al final de nuestra vida? Peregrino es<a name="page_038" id="page_038"></a> el rey, que pide a los de +abajo los millones que necesita para vivir en grande; peregrinos los +ricos, que viven de lo que les sacan a los pobres; peregrinos nosotros, +los medianos... y no digo los de abajo, porque es feo. No hay criatura +de Dios que esté abajo. De abajo sólo son los animales. Nosotros somos +los medianos.</p> + +<p>Y hablaba mirando a lo lejos, con cierta vaguedad conocida de Maltrana +como precursora de un chaparrón de divagaciones.</p> + +<p>—¡<i>Zaratustra</i>, que te remontas!—exclamó el joven—. No nos aplastes +con tus incoherencias filosóficas.</p> + +<p>—Bueno estoy para remontarme. No he podido dormir en toda la noche... +Estas malditas piernas; el reúma, que se me agarra a ellas como un perro +rabioso. ¡Qué tiempo! Y lo peor es que durará toda esta luna. Ya sabes, +Isidrillo, que yo entiendo de tales cosas. Nada de librotes, ni +compases, ni mapas, como los sabios. He pasado mi vida en el campo, +viendo el cielo de noche y de día. Para mí no tiene secretos. Créame +usted, señor—añadió dirigiéndose al del fielato—; el sol es el cuerpo +noble, y de él viene todo lo bueno. Pero antes de que llegue hasta +nosotros pasa por cuatro cuerpos: el azul, el rojo, el amarillo y el +verde. Por eso vemos el arco iris. Según el color que predomina, así es +el tiempo. Además, están los ocho vientos; pero éstos sólo los entiende +el que los maneja, que es Dios. ¿No es esto cierto y clarísimo? Pues los +señores sabios no quieren oírme. He ido muchas veces al Observatorio a +dar buenos consejos, y no me dejan pasar de la puerta, diciendo que ya +tienen quien recoja la basura. Así anda todo en este país. No se ocupa +nadie de las cosas del cielo, y en el cielo está el pan. Sin lluvia no +hay agricultura, y la agricultura es la más noble profesión del país. +Hay que<a name="page_039" id="page_039"></a> protegerla; hay que ayudar al mediano; que gaste el de arriba, +ya que tiene, pero que no sea todo para él...</p> + +<p>Maltrana interrumpió al viejo. Era capaz de permanecer allí toda la +mañana si seguían escuchándolo. Le esperarían sus parroquianos; su +ayudante, el <i>Bobo</i>, lanzábale miradas de impaciencia; el pobre <i>Coleta</i> +aguardaba a que le dejase subir en el carro para ir a Madrid.</p> + +<p>—Sube, vida perdurable—dijo Polo con vocecilla misericordiosa.</p> + +<p>El borracho se encaramó en el vehículo, arrastrando su saco vacío, y +<i>Zaratustra</i> tiró de las riendas, haciendo salir a la mula oblicuamente +para ganar el centro del camino.</p> + +<p>—Adiós—dijo el trapero—. No olvides, Isidrillo, que la abuela te +espera. Ve por allá; le darás una alegría a la pobre... Y usted, señor, +acuérdese de lo que le dice un viejo que sabe algo. Hay que ayudar al +mediano. El mediano es el que da el pan.</p> + +<p>Hablaba con la cabeza vuelta hacia el fielato, tirando de las riendas a +la mula, sin ver adónde marchaba ésta. El carro chocó con un tranvía que +acababa de detenerse en la glorieta de los Cuatro Caminos. La punta de +una de sus barras hizo saltar del vagón varias costras de barniz y una +ligera astilla.</p> + +<p>Los empleados prorrumpieron en imprecaciones y echaron pie a tierra, +insultando a <i>Zaratustra</i>.</p> + +<p>Corrió la gente, aproximáronse los del fielato, y se formó un gran +círculo de curiosos en torno del carro y de los que agitaban sus brazos +increpando al trapero.</p> + +<p>—No hay que enfadarse, caballeros—dijo el viejo con vocecilla +triste—. Ya sé lo que es esto: tómenme ustedes el nombre.</p> + +<p>Uno de ellos escribió las señas del tío Polo, sin<a name="page_040" id="page_040"></a> dejar de amenazarle +por su torpeza, augurando que iba a costarle cara la fiesta. Rara era la +semana que no tenía algún encuentro con los tranvías. A su edad debía +quedarse en casa, sin meterse a guiar bestias.</p> + +<p>Partió el vagón, alejáronse los curiosos, y <i>Zaratustra</i> arreó de nuevo +a la mula, mientras el <i>Bobo</i> y el borracho callaban, anonadados por el +accidente.</p> + +<p>—Tú, Isidrillo—dijo al joven—, ya que escribes en los papeles y +conoces personajes, veas si puedes arreglarme esto.</p> + +<p>Pero el viejo, antes de que Maltrana le contestase, sonrió tristemente y +siguió diciendo con expresión de desaliento:</p> + +<p>—No te canses: es inútil. Adiós, señores. A Madrid, mula... Pagaré como +siempre. ¿Quién se mete con esos señores que son los amos? Paga tu +crimen, ya que por ir a ganar el pan estropeas un poco de pintura. Ellos +tienen millones, y pueden reventar con sus coches a un pobre diablo +todas las semanas; pueden cubrir la puerta del Sol con una parrilla de +alambres del demonio, que el día que se caiga matará a medio Madrid... +Es el planeta de las criaturas. El lobo se come al cordero, el milano a +la paloma, el pez gordo al pequeño, y hay que dar gracias al rico +porque, pudiendo tragarse al mediano, le deja vivir para que pene.</p> + +<p>Así hablaba <i>Zaratustra</i>.<a name="page_041" id="page_041"></a></p> + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + +<p>Al recordar Isidro Maltrana su pasado, deteníase en los años de su +infancia transcurridos en el Hospicio. Algo había en su memoria que le +hablaba de una existencia anterior; pero eran recuerdos confusos, vagas +remembranzas cortadas por obscuras lagunas de olvido, y envuelto todo en +una niebla pálida que amasaba personas y sucesos.</p> + +<p>El recuerdo más remoto era el de un patio de casa de vecindad, que a él, +en su pequeñez, le parecía inmenso, con una luz triste y fatigada que +venía de lo alto, enturbiándose al resbalar por las paredes grasientas, +al filtrarse por entre las ropas astrosas pendientes de las galerías.</p> + +<p>Se contemplaba andando a gatas por un corredor interminable, ante una +fila de puertas numeradas con esa uniformidad que luego había visto en +cuarteles y presidios. Muchas mujeres sentadas ante las puertas cosían y +charlaban. Otras veces reñían, y al ruido de sus voces poblábanse las +barandillas de bustos echados adelante por una malsana curiosidad, de +cabezas greñudas que azuzaban a las contendientes como bestias rabiosas.</p> + +<p>Al anochecer llegaban los hombres. Mostrábanse tristes, fatigados, con +el ceño torvo, parcos en palabras, sin otro deseo que el de pedir la +cena, maldiciendo<a name="page_042" id="page_042"></a> sordamente al maestro, a los compañeros, a todos los +ricos, a la vida adusta e ingrata, que sólo tenía para ellos rudezas y +choques. Otros días llegaban más tarde, y mientras las mujeres contaban +montoncillos de monedas, partiéndolos, como si estas divisiones +respondiesen a un cálculo anterior, ellos cantaban, reían, se llamaban +de puerta a puerta, de piso a piso, con una alegría de pájaro, olvidados +de sus miserias, dominados por la felicidad del momento, que creían +interminable, hablando de volver a la taberna, en la que habían hecho +una larga detención antes de llevar a casa su jornal.</p> + +<p>A mediodía, la madre de Maltrana le tomaba en uno de sus brazos, y +pasando el otro por el asa de la cesta, iba en busca de su marido, el +albañil. Comían en las aceras de las calles estrechas y pendientes, +junto al pavimento de agudos guijarros; otras veces en plena Castellana, +a la sombra de un árbol, viendo pasar lujosos carruajes que, heridos por +el sol, echaban rayos de su charolado exterior, y sombrillas rojas y +azules, graciosas cúpulas de seda, bajo las cuales marchaban señoras +elegantes, precedidas de niños enguantados y con huecos faldellines, que +el hijo del albañil contemplaba con asombro. Sentábanse ante el hondo +plato, en el cual volcaba la madre el pucherete de los días de +abundancia o un pobre guiso de patatas al final de la semana. Las +ráfagas del invierno cubrían la comida de polvo y hojas secas. Cuando +rompía a llover apenas volcado el puchero, la familia se refugiaba en un +portal para engullir el resto de su pitanza.</p> + +<p>El pequeño conocía la llegada de los domingos por la comida, que era +también al aire libre, pero sin andamios cerca, sin la vecindad de +blusas blancas, en las afueras de la población, sentados en la hierba +rala de algún solar sembrado de botes de<a name="page_043" id="page_043"></a> lata, pedazos de botellas y +zapatos viejos; viendo sobre el perfil de los inmediatos desmontes la +bucólica silueta de una cabra tristona o de una vaca tísica; escuchando +el vals loco martilleado a toda velocidad por el piano del merendero, al +cual iba su padre para llenar de vino el cuadrado frasco. ¡Cómo +recordaba Maltrana las tortillas de escabeche de los días de fiesta, en +medio del campo yermo invadido por los residuos de la ciudad! ¡Cómo los +pucheretes con piltrafas de tocino, junto a las vallas de los edificios +en construcción!... Su madre apenas comía; sólo se ocupaba de él, +llevando una mano al plato, mientras con la otra le sostenía en su +regazo. Con el instinto maternal de los pájaros, tenía que pasarlo todo +por su pico antes de que lo tragase el pequeñuelo. Llevábase la cuchara +a la boca, soplaba en ella, la acariciaba con el aliento, y sólo tras de +esta purificación se decidía a ofrecerla a su hijo, que, echando atrás +la cabezota de pelos sedosos, mostraba sus encías desdentadas, su +paladar sonrosado, de una palidez anémica. El padre comía mientras tanto +con ávido silencio, devorando lo mejor del plato, y sólo al beber las +últimas gotas se fijaba en el chiquitín, pasándolo a sus rodillas. Le +daba pequeños pedazos de queso en la punta de su navaja; reía +contemplando sus gestos, la grotesca masticación de su boca, semejante a +la de un viejo.</p> + +<p>Maltrana, al recordar su pasado, preguntábase muchas veces cómo habían +vivido sus padres. Los había visto reír volviendo de las comidas del +domingo, con una alegría extraordinaria, pugnando él por cogerla del +talle al envolverles la sombra del crepúsculo, defendiéndose ella, +escandalizada por estar en medio de un camino. Otras veces—y el +recuerdo después de tantos años aún conmovía al joven—, el padre surgía +en su memoria colérico,<a name="page_044" id="page_044"></a> con la voz ronca y el rostro congestionado, +oliendo a vino, arrojándose con los puños levantados sobre la pobre +mujer, que corría loca de miedo por el tugurio, esquivando los golpes. +Estas escenas de terror acababan siempre con la caída del albañil en el +camastro, fatigado de golpear a la hembra. Al poco rato sonaban sus +ronquidos brutales, mientras la madre, abrazando al pequeño, lloraba +sobre su cabeza silenciosamente.</p> + +<p>De este período embrionario de su memoria, lo que mejor recordaba Isidro +eran las gracias de <i>Capitán</i>, un perrillo feo y sucio, camarada de +miseria de la familia. Les acompañaba en las meriendas en el campo y las +comidas en las aceras. Rondaba en torno del albañil, esperando las migas +de su pan, seguidas de patatas, y una vez satisfecha su hambre tendíase +junto al chiquitín, acariciándolo con sus traviesas patas, frotándole la +cara con el hocico húmedo. Las más de las noches dormíase Isidro +abrazado a él.</p> + +<p>Un día, el pequeño vio salir a su madre desmelenada y vociferando, +seguida de otras mujeres no menos trastornadas. Luego, una vecina le +cogió en sus brazos, sin contestar a las preguntas que la hacía él con +infantil balbuceo. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!» era lo único que sabía decir +aquella mujer: se acordaba bien. Y se encontró de pronto en una sala +grande, que a él le pareció inmensa, blanca y con azulejos, y vio muchas +camas, ¡muchas! con cabezas inmóviles hundidas en las almohadas, y en +una de ellas un rostro entrapajado, casi oculto bajo el cruzamiento de +los vendajes, unos bigotes con negros coágulos de sangre y unos ojos +vidriosos por el espasmo del dolor, que le miraron tal vez sin +reconocerle. Ya no vio más. Se sintió cogido de nuevo. Pero ahora era su +madre la que sollozaba lo mismo que la vecina. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!»<a name="page_045" id="page_045"></a></p> + +<p>La dolorosa visión borrábase instantáneamente en su memoria. Un período +de obscuridad venía luego, y pasado éste, se veía con cierta blusa negra +que le daba gran prestigio entre la chiquillería de la vecindad. +Tratábanle mejor que antes, como si la desgracia le colocase por encima +de todos. Su padre había muerto tras una agonía horrible, magullado y +deshecho por la caída desde un alero. Su madre pasaba los días fuera de +casa. Visitaba a sus parientes en solicitud de socorros. La familia +estaba esparcida en los puntos más extremos de Madrid. Unos vivían en +Tetuán, dedicados a la busca; los de la otra rama, más acomodada y +feliz, hacía años que se habían trasladado al Rastro, y tenían tiendas +en las <i>Américas</i>. Pero los socorros disminuyeron así como se fue +borrando el recuerdo de la desgracia, y la madre tuvo que buscar trabajo +en casas extrañas, servir como asistenta, y volver de noche a su tugurio +con sobras de comida en la cesta, que servían para alimentar al pequeño.</p> + +<p>Entonces fue cuando Maltrana entró en el Hospicio. Una señora en cuya +casa trabajaba la madre se apiadó del huérfano del albañil. La tal +señora tenía la manía de la limpieza, y cada dos días, al frente de sus +criadas y con el esfuerzo de la asistenta, ponía en revolución sus +habitaciones, apreciando con honda simpatía a la Isidra por el brío con +que apaleaba las alfombras, frotaba las maderas y sacudía un polvo +imaginario que parecía haber huido para siempre, asustado de esta +rabiosa pulcritud. Ella gestionó la admisión del pequeño en el Hospicio, +pensando que con esto su madre podría dedicarse con más desembarazo a +las faenas. El muchacho, aunque feo, por su charla precoz gustaba mucho +a aquella señora sin hijos. Más adelante ya vería de hacer algo por él.</p> + +<p>Y comenzó para Maltrana la vida de asilado: una<a name="page_046" id="page_046"></a> existencia de sumisión, +de disciplina, endulzada por el estudio y por los goces que le +proporcionaba su superioridad sobre los compañeros. Los maestros +mostraron por él gran predilección. El director, con toda su grandeza, +que le hacía ser considerado en la casa como un ser casi divino, le +conocía y se dignaba recordar su nombre. Las monjas le apreciaban por +«modosito y discreto», obsequiándole con golosinas. Cuando algún +personaje visitaba el establecimiento, Maltrana salía de filas para ser +presentado como el mejor producto de la institución.</p> + +<p>Así transcurrieron los años, amoldándose Isidro de tal modo a su nueva +existencia, que sólo en los días de paseo se acordaba de que tenía una +familia fuera del Hospicio.</p> + +<p>Los jueves y los domingos, a la caída de la tarde, se estacionaban en la +acera del Tribunal de Cuentas, frente a la portada churrigueresca del +Hospicio, grupos de mujeres pobres con niños de pecho, viejos obreros, y +una nube de muchachos, que entretenían la espera plantándose en medio +del arroyo para «torear» a los tranvías, esperándolos hasta el último +momento: el preciso para huir y no ser aplastados.</p> + +<p>Eran las familias de los chicos del Hospicio. Las madres venían de los +barrios más extremos de Madrid: lavanderas, traperas, viudas de +trabajadores, mendigas, todo el mujerío abandonado y mísero, que procrea +por distraer el hambre. Se trataban como amigas al verse allí todas las +semanas. Este encuentro regular unía con estrecha solidaridad a las que +vivían en los puntos más apartados de la población.</p> + +<p>Esperaban la vuelta de los asilados, que al principio de la tarde habían +salido a pasear por las afueras.<a name="page_047" id="page_047"></a></p> + +<p>—¡Por allí vienen!—gritaba una mujer, señalando lo alto de la calle de +Fuencarral.</p> + +<p>Los grupos corrían hacia arriba, atropellando a los transeúntes, +barriendo las aceras con su impulso, deseando envolver cuanto antes las +filas de niños vestidos de gris, que avanzaban lentamente, cansados de +la expedición.</p> + +<p>Muchas mujeres deteníanse, titubeando. Aquel grupo no era el de su hijo.</p> + +<p>—¡Vienen por abajo!—gritaba otra.</p> + +<p>Y toda la avalancha retrocedía, empujando de nuevo a los transeúntes, +ganosa de salir al encuentro de los que llegaban por la parte opuesta. +Era un deseo vehemente de encontrarles lo más lejos posible del +Hospicio, de ganar algunos segundos, de prolongar la rápida entrevista, +en la que habían pensado días enteros.</p> + +<p>La maternidad apasionada y ruidosa de la hembra popular estallaba con +fieros arrebatos a la vista de los pequeños. Los besos parecían +mordiscos; las caras de los asilados se enrojecían con los violentos +restregones; muchos se echaban atrás, como temerosos de la primera +efusión. Era el anhelo de resarcirse en un momento de la dolorosa +abstinencia maternal, de aquella amputación del más noble de los +instintos impuesta por la miseria.</p> + +<p>La formación de los asilados desbaratábase instantáneamente. Los grises +uniformes desaparecían ahogados en el remolino de los grupos. Las +mujeres agarrábanse al cuello de los pequeños y lloraban, sin cesar de +hablarles con la incoherencia de la emoción.</p> + +<p>—¡Hijo de tu madre... chiquito mío!... ¡Rico!...</p> + +<p>Los hermanos rozaban sus harapos de golfos libres con el uniforme, que +les admiraba, y no sabiendo qué decir al asilado, enseñábanle en +silencio sus juguetes groseros, sus tesoros, los relucientes<a name="page_048" id="page_048"></a> botones de +soldado, los naipes rotos, los trompos, las «estampas» de un periódico +ilustrado, guardadas, en sudorosos pliegues, entre la camisa y la carne.</p> + +<p>Algún obrero viejo marchaba solo al lado de un hospiciano. ¡Pobrecito! +No tenía madre; estaba, en su desgracia, peor que los otros. Su mano +callosa, cubierta de escamas del trabajo, acariciaba las mejillas +infantiles, mientras la cara barbuda miraba a lo alto, pensando en que +los hombres no deben llorar.</p> + +<p>—Toma un perro gordo: lo guardaba para «un quince»... Que te +apliques... que seas bueno. Pórtate bien con esos señores.</p> + +<p>Los asilados avanzaban lentamente, entre los besos, las lágrimas y las +recomendaciones, llorando también muchos de ellos, pero sin dejar de +andar, con una pasividad automática de soldado, como si les atrajese la +obscura boca de la portada monumental.</p> + +<p>Allí eran los últimos arrebatos de cariño; y las pobres mujeres, después +de desaparecer sus hijos, aún permanecían inmóviles, mirando con +estúpida fijeza, al través de sus lágrimas, al rey que, espada en mano, +corona la obra arquitectónica de Churriguera.</p> + +<p>Isidro también encontraba a su madre al volver al Hospicio en los días +de paseo. Abalanzábase con las otras mujeres, rompiendo las filas de +asilados, y le abrazaba llorando. La Isidra conocía los progresos de su +hijo.</p> + +<p>—La señora está muy contenta... Los maestros la hablan mucho de ti. +Aplícate, hijo mío; ¿quién sabe a lo que podrás llegar? A ver si +resultas la honra de la familia.</p> + +<p>Y mientras la pobre mujer hablaba a su hijo, entre sollozos de emoción, +<i>Capitán</i> daba saltos en<a name="page_049" id="page_049"></a> torno de él, esforzándose por lamerle la cara. +Maltrana tomábalo en brazos, y así iba hasta la puerta del Hospicio, +oyendo a su madre y llorando conmovido por las caricias y los gruñidos +del antiguo compañero de miseria.</p> + +<p>Un día, la madre no le esperó sola. Iba con ella un hombre de blusa +blanca, un albañil, al que recordaba Isidro como vecino del caserón y +camarada de su padre. Era un hombre pacífico, que frecuentaba poco la +taberna. Según afirmaban las comadres de la vecindad, había sido +abandonado por su mujer, una buena pieza que andaba suelta por el mundo +después de amargarle la existencia. Maltrana se alegró al verle. «El +vecino», como él le llamaba, habíale siempre inspirado gran simpatía. +Muchas veces, de chiquitín, entraba en su cuartucho, y sentándose en sus +rodillas, le acariciaba el recio bigote, haciéndole preguntas sobre las +aventuras de su vida. Era un aragonés, parco en palabras, rudo, sobrio, +habituado a la obediencia. Había sido soldado en Ultramar y guardia +civil en la Península. De sus años de disciplina guardaba un gran +respeto a todo poder fuerte, un hábito de sumisión, que le hacía acoger +las contrariedades con inquebrantable bondad.</p> + +<p>Quedose ante el asilado sin saber qué decir, sonriéndole con sus ojos de +bovina mansedumbre, con su fiero mostacho de veterano, y al fin le +acarició la nuca con una manaza dura, en la que el yeso marcaba con +entrecruzados filamentos las escamas de la piel.</p> + +<p>—Que sigas siendo bueno—dijo con voz fosca y lenta que parecía salir +de lo más profundo de su vientre—. Que no disgustes a tu pobre madre.</p> + +<p>Y el muchacho se habituó a ver todos los domingos al señor José, como si +fuese de su familia.</p> + +<p>Un día se presentó solo el albañil, y antes de<a name="page_050" id="page_050"></a> que el muchacho entrase +en el Hospicio, le explicó la ausencia de su madre. La Isidra estaba +enferma; no era cosa de cuidado: asunto de quedarse en casa un par de +semanas sin bajar a verle. Y cuando pudo descender de aquel barrio +extremo, donde se amontonaba la miseria obrera, Isidro la vio más flaca +y amarillenta, llevando al brazo un envoltorio de ropas por entre las +cuales salía un llanto desesperado y unas manecitas crispadas por la +rabia.</p> + +<p>—Mírale, Isidro... Es Pepín: es tu hermano. Bésalo, hijo mío.</p> + +<p>Maltrana besó aquel hermano inesperado que de repente surgía en su +familia; vio en el lío de ropas mojadas y malolientes una cabeza enorme +sobre un cuello delgado; un cuerpecillo débil que anunciaba una fealdad +igual a la suya.</p> + +<p>Desde entonces dividió sus caricias entre el chiquitín y el pobre +<i>Capitán</i>, que parecía celoso de este huésped que monopolizaba todas las +atenciones de la familia.</p> + +<p>Maltrana, años después, al percatarse de las realidades de la vida, +había reconstituido la vulgar aventura de su madre, juzgándola con +benevolencia. La pobre mujer, en su soledad, se había sentido atraída +por «el vecino» infeliz, solitario como ella. Las dos desgracias se +habían juntado.</p> + +<p>Además, ella necesitaba un arrimo, según declaró a su hijo poco antes de +morir. Sus faenas no la daban muchas veces para comer, y aquel +trabajador sobrio y bueno, que no frecuentaba la taberna y acogía las +desgracias silenciosamente, sin cóleras y sin golpear a la hembra, valía +más que su marido.</p> + +<p>Vivían «amontonados»—palabras de las vecinas—, sin que esta situación +irregular produjese el menor escándalo en un caserón donde la miseria<a name="page_051" id="page_051"></a> +favorecía promiscuidades merecedoras de mayores repugnancias.</p> + +<p>El señor José, en su acatamiento supersticioso a todo lo establecido, +quería salir de este arreglo anormal. El no iba a misa, pero sentía gran +respeto por la religión, como una autoridad más de las que hacen marchar +al hombre derecho. Por eso deseaba casarse como Dios manda. Aquella +pájara que tanta guerra le dio en su matrimonio debía de haber muerto; +habría reventado en el Hospital de San Juan de Dios o en medio de la +calle. Sólo faltaba sacar el «mortuorio», y se casaban inmediatamente. +Pero la Isidra negose a esto. ¿Y su hijo? ¿No expulsarían a su Isidrín +del Hospicio al tener un padre que trabajase por él?... Ella le quería +allí; le quería sabio, ya que, según los informes de los maestros, iba +para ello, y la señora mostrábase cada vez más dispuesta a hacer de él +un señorito, un hombre de carrera. Tenía fe en el porvenir de su hijo. +Sería rico y personaje. ¿Quién podría afirmar la imposibilidad de que +ella pasase su vejez en un hotel, con carruaje y grandes sombreros, lo +mismo que las señoras cuyas casas frecuentaba para trabajar como una +bestia?...</p> + +<p>—Mi Isidro tiene buena estrella. No faltará quien le empuje, hasta que +sepa seguir solíto su camino.</p> + +<p>En las grandes fiestas del año, el muchacho salía del Hospicio para +pasar el día en la casa de su protectora. Isidra refugiábase en la +cocina con las criadas, trémula de emoción al ver a su hijo en el +comedor, sentado junto a la señora y hablando con los amigos de ésta, +todos personajes de imponente gravedad. Hacían preguntas al muchacho +para apreciar sus adelantos, y a todos los asombraba con la rapidez y +aplomo de sus respuestas. ¡Que le fuesen al nene con preguntitas!... +Isidra, oculta tras un portier, llamaba a las criadas para que +admirasen<a name="page_052" id="page_052"></a> al chico. Era el propio Niño Jesús discutiendo con los +doctores del Templo, tal como ella lo había visto en ciertas estampas.</p> + +<p>La señora mostrábase satisfecha de su protegido. Los elogios de los +amigos, gente seria y parca en la admiración, los aceptaba como otros +tantos halagos a su amor propio. Isidro era su obra. Además, le quería +por su carácter tranquilo, por su timidez, que le hacía permanecer horas +enteras en una silla, sin atentar a la limpieza de su salón y al buen +orden de las cosas, que eran en ella una manía.</p> + +<p>Viéndole tan sabio, quiso costearle la carrera del sacerdocio. Pero +Maltrana, a pesar de su timidez, acogió la oferta con un mohín de +disgusto. ¿No tenía vocación de cura?... La buena señora no quiso torcer +su voluntad. Que estudiase lo que quisiera; al fin, en todas las +profesiones se podía servir a Dios y defender las sanas doctrinas de las +personas decentes.</p> + +<p>Maltrana comenzó a estudiar el bachillerato sin salir del Hospicio. Cada +curso fue un motivo de entusiasmo para su protectora y su madre. +Premios, matrículas honoríficas, palabras de satisfacción del director, +ufano de que el establecimiento incubase tal prodigio.</p> + +<p>—Se bebe los libros—decía la Isidra—. Yo no sé de dónde he sacado a +este fenómeno.</p> + +<p>El señor José sólo le veía de tarde en tarde. Su mujer no osaba llevarlo +a casa de la señora, por miedo a que ésta se enterase de su situación +irregular. Isidro ya no paseaba con los demás asilados; y cuando el +albañil le encontraba casualmente, hablábale con respeto, como si +presintiera en él a un futuro representante de aquella autoridad que le +inspiraba religiosa admiración.</p> + +<p>—Eso marcha, muchacho. Sigue zurrando a los<a name="page_053" id="page_053"></a> libros. Tú irás lejos... +Te lo digo yo, que he visto de cerca a los grandes personajes.</p> + +<p>Y pensaba en su hijo, en su Pepín, que ya tenía siete años y llevaba +descalabrados a varios chicos de la vecindad. Era un genio asombroso +para echar la zancadilla y poner la piedra donde fijaba el ojo. Pepín +pertenecía a otra raza: la de su padre. Había nacido para obedecer, para +quedarse abajo.</p> + +<p>Cuando Maltrana terminó el bachillerato, la señora se lo llevó a su +casa. No podía seguir en el Hospicio, y era indigno de un futuro sabio, +de un señorito, vivir en la casucha de su madre. Isidro comenzó a seguir +en la Universidad Central los cursos de Filosofía y Letras. Quería ser +doctor, luego catedrático, y después... ¡quién sabe a lo que podría +llegar después!...</p> + +<p>La señora admiraba la pureza de sus costumbres tanto como sus estudios. +Terminadas las clases, todavía acompañaba a algún profesor hasta su +domicilio, prolongando de este modo la lección. Aquellos buenos señores, +conociendo su origen, le trataban con gran afecto.</p> + +<p>Después, al volver a casa, se encerraba en su cuarto, lleno de libros. +La protectora apreciaba la marcha de su sabiduría por la cantidad de +volúmenes que le rodeaban. Su generosidad estaba pronta a todas horas +para nuevas adquisiciones, y Maltrana, en plena borrachera de saber, se +aprovechaba de ella largamente. Una ola de libros invadía el cuarto, y +después de extenderse sobre los muebles, dejando en ellos altas pilas de +papel impreso, esparcíase por el inmediato pasillo. La señora, llena de +admiración por aquel sabio de diez y siete años, al que no apuntaba aún +el bigote, no osaba tocar uno solo de los volúmenes. Veía algunos en +caracteres extraños, que, según su pupilo, estaban escritos en griego; +otros en latín, como los libros de<a name="page_054" id="page_054"></a> rezo. Los escritos en francés, en +alemán o en inglés la turbaban con el misterio de sus páginas +incomprensibles. ¿Qué dirían tantos libracos? Seguramente que no eran +todos en pro de la religión y las buenas costumbres. El alma simple de +la buena señora aceptaba la sabiduría como cosa útil, ya que la +humanidad se regía por ella, concediéndola grandes honores; más allá, en +el fondo de su ánimo, sentía aversión y desconfianza, mirándola como +arma útil para defenderse de los males del mundo, pero que encerraba en +su seno un peligro de muerte. Al ver a Maltrana sumido a todas horas en +el estudio, sentía cierto miedo por la suerte de su alma. Poníase +entonces la mantilla, y con traje negro y el rosario en la muñeca, +entraba en el cuarto del estudiante.</p> + +<p>—Isidrín, hijo mío, te vas a matar estudiando tanto... Acompáñame.</p> + +<p>Se lo llevaba a misa o a la novena, a los templos donde se anunciaban +sermones de predicadores de cartel. Maltrana cerraba sus libros sin un +gesto de disgusto, pasando de un salto de la filosofía revolucionaria, +que devoraba con ansias de neófito, a la devoción fetichista y estrecha +de la pobre vieja, crédula para todos los milagros y más aficionada a +los santos que a Dios.</p> + +<p>Aceptaba esta servidumbre sin esfuerzo, con cierto placer, como una +manifestación de gratitud hacia aquella alma buena que le había +arrancado del bajo fondo social para trasplantarle a un terreno más +sano.</p> + +<p>Con el gesto grave y respetuoso de un servidor nacido en la casa y +ligado a la señora por el afecto, dábala el brazo al bajar y subir las +escaleras, y la acompañaba a las iglesias, buscando los mejores sitios +para que gozase con toda comodidad de las místicas ceremonias.<a name="page_055" id="page_055"></a></p> + +<p>Los parientes de la anciana huían de su casa, ofendidos por el maternal +afecto con que distinguía al estudiante. Era un despecho de herederos +que se consideraban despojados por el intruso, por el hijo de «la +asistenta», como le llamaban con tono despectivo. Cuando alguna vez +encontraban en la calle, de vuelta de las iglesias, a la vieja y su +protegido, leía Maltrana el odio en las miradas de aquellas gentes.</p> + +<p>«Tú vas a llevarte el <i>gato</i>... ¡ladrón!», parecían decirle con los +ojos.</p> + +<p>Y al mismo tiempo le sonreían y celebraban con palabras dulzonas sus +progresos universitarios, como si temieran malquistarse con él.</p> + +<p>La excelente salud de la dama parecía burlarse de los pensamientos +egoístas de su familia. Aquella enamorada de la limpieza se quitaba de +encima los años con igual facilidad, según ella, que sacudía un polvo +ilusorio de todos los rincones de su casa.</p> + +<p>—Tengo cuerda para rato—decía alegremente al protegido al hablar de su +edad—. Pienso verte hecho un personaje; ser tu madrina cuando te cases +con una señorita buena y cristiana que yo te buscaré. También pienso +sacar de pila a tus hijos...</p> + +<p>—Viva usted muchos años—contestaba Maltrana gravemente, al mismo +tiempo que la emoción humedecía sus ojos.</p> + +<p>Un día, al volver de la Universidad, el joven encontró la casa en plena +revolución. La señora estaba en la cama, con los ojos cerrados, la +frente envuelta en lienzos que exhalaban un olor fuerte, la boca lívida, +entreabierta por un ronquido doloroso. Había caído al suelo de repente, +herida por el rayo de la congestión. Los médicos aturdían la casa, +ordenando remedios desesperados; los parientes llegaban ávidos y +jadeantes, con el azoramiento de la inesperada noticia.<a name="page_056" id="page_056"></a></p> + +<p>Al día siguiente murió la señora. La familia trató a Maltrana con cierta +benevolencia, haciéndole partícipe de sus acuerdos para el entierro. +Todos ignoraban la voluntad de la muerta. Respetaban a Maltrana, +temiendo que a última hora resultase el amo de todo. Algunos hasta le +iniciaron sus deseos de apropiarse de ciertos muebles de la difunta. El +joven siguió algunos días en la casa, asistiendo a los registros a que +se entregaba la familia, vigilando la rebusca, el manejo de llaves, el +tirar de cajones no abiertos en muchos años, que llenaban el suelo de +ropas antiguas y olvidados objetos. Removían la casa, esparciendo su +contenido con la misma confusión e igual azoramiento que si hubiese +entrado en ella una banda de ladrones.</p> + +<p>Pero transcurrieron dos semanas sin que apareciesen indicios de +testamento, un simple papel que revelase la voluntad de la muerta. La +señora, segura de su salud, creyendo disfrutarla hasta una edad +avanzada, no había pensado en la suerte de su protegido, reservando para +más adelante su testamento, con el temor supersticioso de atraerse la +muerte si se preparaba para ella.</p> + +<p>La actitud de la familia cambió de pronto. Maltrana permaneció en su +cuarto, sin que le llamasen. Los parientes registraban e inventariaban +por su propia cuenta, olvidados de él. Cuando le veían, su mirada era +dura, sus palabras agresivas, como si quisieran vengarse de una vez de +la adulación con que le trataron antes, del miedo que les había +inspirado.</p> + +<p>La orden para que saliese de aquella casa que ya no era suya se la dio +un sobrino de la señora, al que ésta había odiado por su carácter +egoísta y por varios engaños en asuntos de dinero. Acaudillaba a todos +los parientes, imponiéndoles miedo y respeto. Era un senador, gran +propietario de Castilla,<a name="page_057" id="page_057"></a> que había pronunciado discursos en pro de la +religión y de los trigos, y consideraba a todos los gobiernos poco +conservadores y de mano blanda porque no enviaban a presidio a los +partidarios de la impiedad y a los defensores de la introducción de +cereales extranjeros con el fútil pretexto de abaratar el pan.</p> + +<p>Maltrana escuchó en silencio la sonora arenga del importante personaje. +Nada le quedaba que hacer en una casa que no era la suya. La difunta se +había olvidado de su suerte; no le faltarían razones para ello: bastante +había hecho sacándole de su mísera condición. Pero la familia, con el +deseo de no desatender el más leve vestigio de la voluntad de la finada, +había resuelto protegerle para que terminase su carrera. Iban a darle de +una vez tres mil pesetas, cortando para en adelante toda relación y +compromiso. Además, podía llevarse todos sus libros; pero era preciso +que abandonase la casa cuanto antes.</p> + +<p>Y el personaje, sacando su cartera para entregar tres billetes de mil +pesetas, no sin antes invitar a Maltrana a que firmase un recibo, +obsequió al joven con un nuevo discurso empedrado de buenos consejos. +Había que acometer de frente la vida. La vida es seria; la vida no es un +juego, joven amigo. El no había hecho hasta entonces mas que jugar, +pasar la existencia dulcemente al lado de aquella señora que era una +santa. (Aquí un saludo para la santa, merecedora de los mayores respetos +por haber muerto sin testamento.) Había que trabajar, joven. Tres mil +pesetas son un capitalito; con menos comenzaron otros y llegaron a +millonarios. Podría terminar su carrera y ser hombre de provecho.</p> + +<p>—Toda la vida de antes ha sido un sueño, no lo olvide usted—continuó +el orador—. Y no hay que soñar, joven. Hay que ser práctico.<a name="page_058" id="page_058"></a></p> + +<p>Después de estos consejos, don Gaspar Jiménez, senador, primer marqués +de Jiménez, título pontificio que un prelado amigo le había alcanzado +con algunas ofrendas bien regateadas al dinero de San Pedro, se dignó +estrechar la mano del joven, recomendándole otra vez que desapareciera +cuanto antes.</p> + +<p>Maltrana se marchó con todos sus libros a una casa de huéspedes cercana +a la Universidad, donde vivían algunos de sus compañeros de aula. La +existencia de estudiante fue para él una revelación de las alegrías de +la vida.</p> + +<p>Algunas tardes iba a la Sacramental de San Martín, un cementerio hermoso +y apacible como un vergel, que estaba cerrado hacía algunos años, pero +en el cual se había reservado su protectora un nicho al lado del de su +esposo. El era el único que visitaba la tumba. Los parientes, ocupados +en el reparto de la herencia y amenazándose con litigios, no se +acordaban de sustituir con una lápida de mármol el trozo de hule con +letras de cartón doradas que cubría la boca de la sepultura. Aquel +cementerio de novela, con sus grupos de rectos cipreses, sus columnatas +orientales y sus parterres de rosas, despertaban en el joven una dulce +melancolía, haciendo revivir en su memoria la imagen de la buena dama.</p> + +<p>Esta impresión desvanecíase al volver Isidro por la noche a los cafés +inmediatos a la Universidad, donde se reunían las alegres tertulias de +estudiantes, arrullados por los conciertos de piano y cornetín.</p> + +<p>—La vida es alegre—decía sentenciosamente—. Hay que dar a la vida un +sentido helénico.</p> + +<p>Y el helenismo del pobre muchacho consistía en fumar por primera vez, +beber copas de marrasquino, único licor que toleraba su paladar de +calavera<a name="page_059" id="page_059"></a> griego, enviar cartitas de amor en versos clásicos a las +costureras o a las hijas de ciertas señoras de clases pasivas que +pasaban la velada en el Café de Peláez o en el de la Universidad, y en +desaparecer por media hora en algún portal de los callejones inmediatos, +llevándose tras él a la infeliz que paseaba la acera haciendo su +guardia.</p> + +<p>Maltrana continuó los estudios con el mismo aprovechamiento, a pesar de +su alegría helénica. Su madre quiso que siguiese viviendo en la casa de +huéspedes: un sabio como él no podía estar en un casuchón de las +afueras, entre albañiles, obreros de la villa y vagabundos. ¡Qué dirían +sus amigos!... La pobre mujer, al sobrevenir el derrumbamiento de sus +ilusiones con la muerte de la protectora, se aferraba más tenaz que +antes a la gloria de su hijo, al deseo de que éste saliese para siempre +del círculo de miseria en que había nacido. Pero su fe ya no era la +misma; comenzaba a dudar del porvenir de Maltrana viéndole falto de +apoyo. Tal vez se quedase en mitad del camino, sin fuerzas para llegar +al término.</p> + +<p>La vida era en su casa cada vez más dura. El señor José pasaba semanas +enteras sin trabajo. Pepín, que ya tenía once años, era tan malo, que +los vecinos le apodaban el <i>Barrabás</i>. Cada mes adoptaba un nuevo +oficio; pero le expulsaban de los talleres, acreditándolo como el más +insolente de los aprendices. La pobre madre, para traer a casa algún +dinero, era ahora ayudanta de una lavandera, y en las mañanas de +invierno bajaba al río desfallecida de hambre, temblando al contacto del +agua su mísero esqueleto cubierto de piel.</p> + +<p>Un día, <i>Barrabás</i> se presentó en casa de su hermano para decirle +tranquilamente que la madre estaba en el hospital. Era un enfriamiento, +una pulmonía o algo semejante, cogido en el río. El golfín<a name="page_060" id="page_060"></a> sólo supo +decir que estaba muy mala y que dos mujeres del lavadero la habían +llevado del brazo hasta el hospital.</p> + +<p>Maltrana fue allá, y vio a su madre en una cama, con los pómulos +enrojecidos, la piel ardorosa y los labios violáceos, exhalando el +estertor de sus pulmones congestionados. El joven, recordando el dinero +que aún guardaba en su casa, sintió cierto rubor al ver a su madre en +aquella sala triste, de fría desnudez, junta con otros enfermos.</p> + +<p>La hizo trasladar a una habitación aislada: él pagaría todos los gastos. +Y pasó las tardes al lado de la enferma, escuchando sus consejos, +alentándole en sus esperanzas. La pobre le suplicaba que cuando llegase +a las alturas no abandonase al señor José y a su hijo. Aquel hombre era +bueno para ella y la había ayudado valerosamente en los momentos peores +de su pobreza. Lo del «amontonamiento» ocurrió sin darse cuenta; fue +resultado de su compañerismo para defenderse de la miseria. Isidro debía +respetar al albañil como a un padre. La había querido más que el otro... +el legítimo. Lo demostraba su silencio desesperado, el gesto de dolor +con que la veía tendida en la cama del hospital.</p> + +<p>La enferma murió a los tres meses, después de haber abierto gran brecha +en la exigua fortuna de Maltrana.</p> + +<p>Decididamente, la vida no era alegre; la vida había perdido su sentido +helénico.</p> + +<p>A impulsos de la tristeza, el joven examinó su situación. Había que +seguir nuevos caminos. Apenas le quedaba dinero para continuar sus +estudios. Faltábale un curso para licenciarse; dos para ser doctor. Y +luego que consiguiera el título, ¿qué iba a hacer?...</p> + +<p>El pesimismo se había apoderado de Maltrana. ¿Para qué doctorarse? El +estudio no significaba sabiduría,<a name="page_061" id="page_061"></a> sino rutina. El había visto mucho y +sabía a qué atenerse. La Universidad era una mentira, como todas las +instituciones sociales. Haría oposiciones a una cátedra; le admirarían +los compañeros, algún profesor de carácter huraño le daría su voto, pero +el resultado seguro era no conseguir nada. Los solitarios como él, sin +protectores, sin atractivo social, estaban desarmados para la lucha +diaria: su destino era morir.</p> + +<p>El amaba la ciencia por ella misma, por sus goces, por la voluptuosidad +egoísta de saber. ¡Viva la ciencia libre! ¿Qué le importaba aquel +papelote, certificado de sabiduría, cuya conquista había de costarle dos +años de miseria? Para ser filósofo no era necesaria la Universidad. Los +grandes hombres admirados por él no habían sido profesores, no poseían +títulos académicos. Schopenhauer, su ídolo de momento, se burlaba de la +filosofía que sube a la cátedra para darse a entender.</p> + +<p>Sería pensador independiente; sería escritor. Y Maltrana, filósofo de +diez y nueve años, con un ligero vestigio de bigote, se lanzó al mundo. +Dejó de frecuentar los cafés estudiantiles; hizo vida en el centro de la +población, pasando de un grupito a otro de los que constituyen la +tumultuosa e ingobernable República de las Letras.</p> + +<p>Leía por las tardes en el Ateneo las revistas extranjeras, para estar +«al día» en los adelantos del pensamiento universal y reventar a ciertos +camaradas ignorantes que, por haber publicado algunos versos en los +periódicos, pretendían deslumbrar al pobre «inédito». Además, seguía +adquiriendo libros, a pesar de su pobreza. No podía librarse de este +hábito de sus tiempos de abundancia. Suprimía comidas, prolongaba el uso +de unas botas rotas, para adquirir un libro recién llegado de París. La +biblioteca formada al amparo de su protectora iba achicándose<a name="page_062" id="page_062"></a> +lentamente al través de las innumerables combinaciones del cambalacheo. +Vendía unas obras para adquirir otras. Todos los libreros de lance +conocían a Maltrana por sus trueques; el joven reía ante el resultado de +sus cambios. Cinco filósofos célebres, con las hojas algo ajadas, valían +tanto como un novelista mediano acabado de cortar; tres poetas famosos +equivalían a un tratado sociológico de segunda mano, en el que hallaba +Maltrana una tosca recopilación de cosas harto conocidas.</p> + +<p>Las noches las pasaba en Fornos, en una mesa de futuros genios, todos +tan ignorados como él, pero convencidos de que darían que hablar mucho a +la Historia. Algunos de ellos eran más jóvenes que Maltrana. Nada habían +escrito, pero revelaban al mundo su firme propósito de crear obras +inmortales, uniformándose exteriormente con arreglo a un figurín +profesional: largas cabelleras, grandes sombreros, corbatas amplias y +sueltas, o apretadas con innumerables roscas sobre un cuello de camisa +que les rozaba las orejas.</p> + +<p>El sarampión literario tomaba formas rabiosas que asustaban a Maltrana. +Todo lo sabían aquellas criaturas, a pesar de sus pocos años, como si al +cogerse al pezón de la nodriza hubiesen comenzado a hojear el primer +libro. Sus juicios resonaban terribles, inexorables, concisos, capaces +de hacer temblar de pavor las mesas del café. Casi todos los escritores +españoles eran atunes, besugos o percebes: género marítimo que sólo +podía gustar a paladares groseros. Luego, garrote en mano, pasaban la +frontera. ¡Zola!... un mozo de cordel con algún talento. ¡Víctor +Hugo!... un señor muy elocuente, pero no era poeta. ¡Lamartine!... un +llorón... tampoco poeta. ¡Musset!... éste ya lo era un poquito más. Pero +los verdaderos, los únicos poetas, eran los venerados por ellos; y con +los ojos en blanco,<a name="page_063" id="page_063"></a> trémulos de admiración, citaban nombres y nombres, +de cuya obscuridad y escasa obra hacían el principal mérito, +colocándolos por encima de los autores célebres que se envilecen +buscando el ser comprendidos por todo el mundo, por el miserable pueblo +y la repugnante burguesía.</p> + +<p>Maltrana acabó por cansarse de esta tertulia. Además, los genios le +mostraban cierta ojeriza por las bromas de mala ley que se permitía su +cultura, inventando libros y autores y declarando a última hora su +superchería, cuando todos se «habían caído» afirmando conocer la obra y +dando detalles de sus bellezas y defectos.</p> + +<p>Un amigo de la tertulia quiso protegerle.</p> + +<p>—Aquí no vienen mas que currinches. Yo te presentaré a una peña de +verdaderos escritores. Grandes poetas... gente que ha estrenado con +éxito.</p> + +<p>Y frecuentó por las tardes una cervecería, punto de cita de la nueva +tertulia, que, por su aspecto, impuso gran respeto al tímido Maltrana. +El hijo de la Isidra experimentó gran turbación al tratarse con dos +marqueses que eran poetas y otros jóvenes emparentados con famosos +personajes. Vestían con elegante atildamiento; seguían las modas en sus +mayores exageraciones. Las lacias melenas brillantes de pomada eran la +única revelación de sus entusiasmos literarios.</p> + +<p>—Cuerpo de <i>dandy</i> y cabeza de artista—dijo uno de ellos a Isidro, +resumiendo así los cánones de su indumentaria.</p> + +<p>El silencio de admiración con que el joven les escuchaba despertó cierta +simpatía en favor suyo. Un día se atrevió a hablar de la poesía griega, +haciendo el examen de Aristófanes y sus comedias con tanta soltura como +si tratara de un contertulio de café. Hasta recitó escenas enteras en +griego, sin que nadie le entendiese. Los jóvenes elegantes mostraron<a name="page_064" id="page_064"></a> +admiración. «¡Muy curioso!» «¡Muy interesante!» Entonces se fijaron en +él por primera vez, y alabaron sus ojos profundos, la poderosa pesadez +de sus cejas. Alguien hizo el elogio de su fealdad varonil, de sus +cabellos ásperos y alborotados, encontrándole cierta semejanza con la +cabeza de Beethoven. Uno de los marqueses, con repentino arrebato, +aproximó su silla, rozándose toda la tarde con aquel Beethoven que +hablaba en griego.</p> + +<p>Maltrana no tardó en percatarse del escaso valor de aquellas gentes. +Sólo uno era digno de respeto, el más viejo, el maestro; un autor de +gran talento, siempre melancólico, como si las debilidades de su vida +pesasen sobre su carácter, ensombreciéndolo con intensa tristeza. La +ironía de sus palabras sonaba como una burla contra su frágil voluntad. +Todos estaban más unidos por las aberraciones del gusto que por la +admiración literaria.</p> + +<p>Se murmuraba, en la tertulia, de los ausentes, en presencia de Maltrana, +cambiando el género de sus nombres, haciéndolos femeninos. «La Enriqueta +cree tener talento, y es una fregona.» «La comedia de la Pepa no vale +nada...» Por la noche iban todos ellos a lo que llamaban gran mundo, a +las reuniones frecuentadas por sus familias o a los palcos de la gente +aristocrática. Las señoras se confiaban a ellos, hablándoles con el +descuido que da la ausencia de todo peligro. Luego, sus tertulias en la +cervecería eran una prolongación del chismorreo femenino, mencionándose +por todos ellos los defectos ocultos de las damas más famosas, con una +delectación hostil, como si les complaciese las debilidades y miserias +de un sexo enemigo.</p> + +<p>Todos eran refinados, sutiles, enemigos de la vil materia, de la prosa +de la vida y de las violentas emociones. Publicaban volúmenes de +poesías, con más páginas en blanco que impresas. Cada grupito<a name="page_065" id="page_065"></a> de versos +iba envuelto en varias hojas vírgenes, como flor de invernadero que +podía morir apenas la tocase el viento de la calle. Abominaban de la +impiedad de las masas, de todas las realidades de la vida vulgar; se +decían católicos, anarquistas y aristócratas al mismo tiempo; no +pensaban gran cosa en la religión, pero hablaban, con los ojos en +blanco, de la dulzura del pecado monstruoso y de la voluptuosidad del +arrepentimiento, seguido de la reincidencia. Encontraban un fondo de +distinción en la vieja liturgia de la Iglesia, y titulaban sus poesías +microscópicas <i>Salmos</i>, <i>Letanías</i> o <i>Novenarios</i>.</p> + +<p>Otros escribían comedias de sátira contra las costumbres de la +aristocracia, que eran las suyas: obras teatrales en las que colaboraba +el modisto con el poeta, y no había gran <i>toilette</i> que no tuviese su +amor con un frac, que jamás era el del esposo. «Hay que flagelar», +gritaban con expresión terrible.</p> + +<p>Y Maltrana pensaba sonriendo:</p> + +<p>«Está bien. ¿Y a éstos quién los flagela?...»</p> + +<p>De vez en cuando se ingerían en la reunión ciertos hombres de aspecto +bestial y groseros modales, que les tuteaban, tratándolos con la +superioridad despectiva del macho fuerte. Eran toreros fracasados, +antiguos guardias civiles, mozos de tranvía, que vestían como señoritos +y se mostraban contentos de su vida de holganza. Algunos hablaban de su +mujer y sus hijos, y atusándose el pelo, justificaban con el amor a la +familia lo extraordinario de sus ocupaciones.</p> + +<p>—Hay que ayudarse con algo. Los tiempos están malos y cada uno se +agarra a lo que puede.</p> + +<p>Uno de los jóvenes, el marqués que había encontrado a Maltrana cierto +parecido con Beethoven, acosábalo con su pegajosa amistad. Le pagaba los +<i>bocks</i>, le había regalado varias corbatas, se sentaba<a name="page_066" id="page_066"></a> a su lado, +fijando en su rostro de morena fealdad unas pupilas glaucas iluminadas +por extraño fuego.</p> + +<p>Iba completamente afeitado. Según los maldicientes de la tertulia, se +había cortado el bigote, enviándolo bajo sobre, en un arrebato de +nostalgia, a cierto pintor con el que había vivido en París, un artista +malfamado y simbolista, que representaba sus concepciones por medio de +efebos desnudos de femenil musculatura.</p> + +<p>Maltrana, una tarde en que los dos estaban solos en la cervecería, echó +su silla atrás, sintiendo impulsos de cerrar de una bofetada aquellos +ojos claruchos fijos en él cínicamente. Una mano ágil, de femenina +suavidad, había trotado sobre sus piernas por debajo de la mesa.</p> + +<p>—Pero tú—exclamó indignado—no eres escritor, ni poeta, ni nada. Tú +eres un...</p> + +<p>Y soltó la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse, +sin dejar de acariciarlo con los ojos, contestó con suave desmayo:</p> + +<p>—No seas ordinario; no digas esas cosas... Llámame alma iniciada.<a name="page_067" id="page_067"></a></p> + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + +<p>Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería.</p> + +<p>Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo que +pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su +protectora.</p> + +<p>Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en +la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y +académicos, que le daban por este trabajo una exigua retribución. De vez +en cuando, algún amigo le pasaba un libro para traducir, quedándose con +la mitad del precio. Además, escribía artículos para un semanario +social, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba el +director, dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada, +ni mucho menos.</p> + +<p>Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando los +restos de su biblioteca de las patronas que le perseguían por +irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro +Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al +señor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad de +la buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batalla +de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo +corporal.<a name="page_068" id="page_068"></a></p> + +<p>Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajaba +en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con +los parientes de su madre.</p> + +<p>Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habían +acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la +Ribera de Curtidores, dedicándose a la especialidad de armas y viejos +instrumentos de música, que arreglaba con maestría extraordinaria. Otro +era el grande hombre de la familia; todos hablaban de él con respeto, a +causa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía pintar su +firma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio de +las <i>Américas</i> viejas.</p> + +<p>Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado +hasta ellos su fama de sabio. Además, la esperanza de que pudiese +heredar a su protectora les inspiraba gran consideración. La primera vez +que se presentó a ellos con su madre acogiéronle con grandes agasajos. +Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto afecto, creyéndolo +poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendería +su protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con un +aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje +brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con +frialdad y visible recelo.</p> + +<p>«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana.</p> + +<p>Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientes +del Rastro.</p> + +<p>En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las +gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por +la <i>Mariposa</i>, una de las traperas más antiguas.<a name="page_069" id="page_069"></a></p> + +<p>Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el +mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos +su alero de tejas viejas.</p> + +<p>En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos, +hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de +garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo +formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las +casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid.</p> + +<p>La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la +familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores, +pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él +sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de +latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo +rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con +una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra, +quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través +de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en +otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba +pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas +al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero +bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el +bordado del primitivo terciopelo.</p> + +<p>Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la +vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar +con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y +brillantes, en las que el agua debía producir<a name="page_070" id="page_070"></a> el doloroso efecto de un +escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su +carne!...</p> + +<p>La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué +señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel +nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella, +gran caso en Madrid.</p> + +<p>Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar +a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un +tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada +el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.</p> + +<p>La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la +triste suerte de su hija.</p> + +<p>Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera. +Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente +abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir, +cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos +los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los +que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas +de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban +como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o +subían a los mejores pisos de la calle de Serrano.</p> + +<p>«Tía <i>Mariposa</i>, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser +su yerno.»</p> + +<p>Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas +presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeñada en +despreciar lo más respetable del comercio, enamoricándose de un +albañilillo que trabajaba cerca de la casa de sus señores. Por fin, se +había salido con la suya, casándose. Hambre todos los días, paliza todas +las semanas,<a name="page_071" id="page_071"></a> viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas +obscuras; frío en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como +término, la muerte en el hospital. ¡Anda y toma albañilillo! Y todo por +darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser señora, de +mirar por encima del hombro a las pobres traperas... ¿No era la +industria de sus padres tan respetable como otra?</p> + +<p>—Pagamos contrebución, Isidrín, como cualsiquiera de los que tien +tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el +Ayuntamiento por la licencia: un porción de dinero. Y por lo que toca a +parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que +entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este +comercio. ¿Ves esta falda? Pues me la regaló una señora que iba a +Palacio y trataba casi de tú a los reyes. ¿Ves este corpiño? Pues fue de +una cómica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ¡ya ha +muerto la pobre!</p> + +<p>Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo +ganancia. A él, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero +nada perdía conociéndolas. Como estaba sola, tenía a su servicio un +muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. El cuidaba del +burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a +Madrid, el subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle +del vehículo. Al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación +consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban +las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de +los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella, +además, conocía a sus parroquianos, los clasificaba según su estado de +salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas +otras donde<a name="page_072" id="page_072"></a> había señores amarillentos, siempre encorvados por la tos o +que mostraban enfermedades repugnantes.</p> + +<p>—Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; ¿te enteras, pequeño? +Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio. +Si yo fuese blanda, el tío Polo no saldría nunca de aquí. Le tiene ley a +lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, ¡echa y no te canses! Todos +los días hay rancho para un regimiento... ¡Y los chascos son buenos! A +lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de +bisté. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas +cositas negras como carbón que llaman trufas, y que los señores pagan +como si fuesen de oro. Así está el chiquillo que me sirve: colorado y +gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la +parte, de duro que está, y cuando le tomé, traía más hambre que un +lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrín.</p> + +<p>Y a continuación revolvíase indignada contra las otras casas, las de los +señores malos, que dejaban la comida hecha una basura. ¡Qué cocinas, +Señor! Las criadas eran unas puercas y las señoras unas abandonadas. Los +restos del puchero tenían mondaduras de patatas, hojas secas de col, +huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces había encontrado en +el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de niño. ¡Y +pensar que otros del barrio, que sólo tenían casas de éstas, habían de +alimentarse con tal bazofia, después de limpiarla como podían!... Ella +la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las +afueras a más precio. Sólo los alimentaba con las sobras de los señores. +No se atrevía a darles «otras cosas» que gustaban a aquellos +animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tenía demasiada +conciencia para eso.<a name="page_073" id="page_073"></a></p> + +<p>Entusiasmábase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a +montones; había día que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las +gallinas, hartas, no querían más. Por las mañanas, al levantarse, el +rico café. Se lo daban en las casas, después del recuelo; pero ella lo +esparcía en el corral sobre un periódico, secándolo al sol, para el +desayuno. Un saco de papel guardaba llenito...</p> + +<p>La casa era suya; tenía en el corral un montón, más alto que el tejado, +de paja de cuadra, que luego de bien desecha se vendía a los hornos de +ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho, +a más de la comida, tenían asegurado el vestir, pues mientras en la +villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se verían desnudos.</p> + +<p>—Sólo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se +desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco +para todo el día. Aquí, fuera de puertas, el vino va regalado.</p> + +<p>Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban, +como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos +inesperados.</p> + +<p>Maltrana había oído hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro +oculto, que era motivo de misteriosa conversación en todo el barrio.</p> + +<p>—Para rica, la tía <i>Mariposa</i>—decían los traperos en la taberna—. Esa +sí que tie suerte; no va mas que a casas de título. ¡Las cosas que habrá +encontrao esa mujer!</p> + +<p>El famoso <i>Coleta</i>, cuando estaba en el período verboso de sus +borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de +recontar su tesoro en un rincón del corral, y cerraba los ojos como para +recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda +que le habían deslumbrado.<a name="page_074" id="page_074"></a></p> + +<p>El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la +misma petición:</p> + +<p>—Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enséñeme su tesoro.</p> + +<p>La señora Eusebia protestaba. ¡Rica ella!... Mentiras de las gentes; +invenciones de <i>Coleta</i> y otros borrachos; manías del tío Polo, que la +buscaba por esto desde que quedó viuda, y ya llevaba muertas cuatro +mujeres, proponiéndole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no +tenía nada. Y sonreía enigmáticamente al decir esto, le brillaban los +ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad... +pero que nadie lo vería nunca.</p> + +<p>Los domingos eran los únicos días en que Maltrana hablaba con el señor +José y veía a su hermano. Cuando llegaba, después de amanecer, a los +Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepín en medio de la calle reclutando +muchachos para alguna excursión a Amaniel con carácter de <i>razzia</i>, que +ponía en alarma a los dueños de los merenderos.</p> + +<p>Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dándole +lo que podía por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, según su +estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un «horno de +asados» de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos +inmediatos a Punta Brava.</p> + +<p>Comían al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en +duros taburetes. Los tranvías llegaban con grandes cargamentos de gente +madrileña; esparcíanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones, +los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne, +más baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de +Consumos. Sonaban los pianos en atropellada melodía, matizando sus +escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dándose dos<a name="page_075" id="page_075"></a> vueltas +de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los «tíos-vivos» +con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rítmica aparición +por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con +mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las +faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la +percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite +frito y sebo derretido.</p> + +<p>El señor José era escuchado en silencio por Maltrana. Al albañil +gustábale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque +él fuese hijo de la Isidra, su educación convertíalo en hombre superior, +casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como +pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que él no +se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el +albañil a su lenta verbosidad, con voz bronca y monótona. No podía +hablar con los compañeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le +insultaban por reaccionario, por borrego, echándole en cara sus tiempos +de guardia civil.</p> + +<p>—Tú eres un sabio, Isidro—decía—; tu raciocinas, y por eso puedes +comprenderme y hacerme justicia más que esos animales... ¿Y qué es lo +que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se +ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el +amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin él, y +siempre será así. Que eso de los metinges y de las sociedades sólo sirve +para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que +le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar +donde le den jornal, y ser bueno para que los señores le ayuden con la +limosna... Y también me da rabia que en todos esos metinges se metan con +los curas, y eso que, como tú sabes, hace<a name="page_076" id="page_076"></a> un porción de tiempo que yo +no voy a misa. Pero ¿qué mal hacen esos pobres señores de la sotana al +trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos, +se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero. +Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo +y la anarquía, no dan ni un botón. ¡Qué han de dar, si son unos +pelagatos!...</p> + +<p>El señor José, al hablar de los rebeldes, sentía la cólera de un antiguo +sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil +resucitaba bajo su blusa. Reconocía que todo estaba mal repartido y que +el pobre sufría mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y +su fin, cuando se sintiese viejo, sería mendigar en la calle o morir en +el hospital. Pero si metían sus manos aquellos arregladores que +predicaban contra los ricos, ¿quedaría el mundo mejor?...</p> + +<p>—Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su +suerte—continuó el albañil—. Yo también he visto algo, Isidro, aunque +no sea letrado como tú... ¿Cuál es la cosa mejor organizada en todas las +naciones y que marcha más derecha?... No me negarás que es el ejército. +Yo he pertenecido a él y le debo mi buena crianza. ¿Y qué pasa en el +ejército? Pues que los soldados son los más, y comen rancho y se +joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y +los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor. +Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acabó +el ejército; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y +no habrá quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplícalo a +los paisanos, y comprenderás por qué pienso yo como pienso. Los que +hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo, +sin pensar en insurrecciones<a name="page_077" id="page_077"></a> ni en hacer fuego por la espalda sobre los +jefes. Tú, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a +ver si algún día pescas la faja.</p> + +<p>Maltrana sonreía escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y +hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y +las dos sillas que constituían todo su ajuar; en los días de paro +forzoso, que le obligaban a él a exprimir su miseria para prestar ayuda +al albañil.</p> + +<p>—Y usted—preguntó el joven—, ¿qué va perdiendo con que el ejército +social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda +medio mundo?</p> + +<p>—¡Ahora salimos con esas!—dijo el albañil, escandalizado—. ¿También +eres tú de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros +que llevas leídos. ¿Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me +acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que teníamos en +la Guardia civil. Se lo repartirían todo, entrarían a saco en las casas, +nos comeríamos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; piénsalo +con calma. ¿Cómo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin +soldados, sobre todo sin soldados?</p> + +<p>Y el antiguo guardia civil acompañaba con un gesto de repulsión y de +horror esta tenebrosa pregunta.</p> + +<p>—El hombre necesita pan y palo—decía luego, recobrada ya su +serenidad—. Un látigo muy largo para que marche derecho. El mundo está +lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se +arma.</p> + +<p>Al final, el señor José se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz.</p> + +<p>—Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los +alborotadores. ¡Que salgan, que salgan y sabrán lo que es bueno! Por eso +yo, cuando<a name="page_078" id="page_078"></a> hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de señalar, +pero me voy a casa. ¡Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a +otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como +si las personas fuesen patos!...</p> + +<p>Contraía sus manos al decir esto y guiñaba un ojo, lo mismo que si +empuñase un fusil imaginario. Sonreía como si le halagase la ferocidad +de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectación homicida del +aragonés, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Había +embellecido con su mansedumbre silenciosa los últimos años de la pobre +Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepín. Sus camaradas le +llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las +injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonreía como un +verdugo al desear las matanzas en masa, las cacerías de hombres, siempre +que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El +respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven +en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje. +Para él, la sociedad sólo podía marchar con los presidios llenos, un +fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas +sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una +bandera. Lo decía con una firmeza que inspiraba espanto, y a +continuación enternecíase ante su hijo, el travieso <i>Barrabás</i>. Cuando +éste cometía una de las suyas, el viejo animal de guerra limitábase a +fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca: +«¡Mira que te doy!...» Y el pillete reía, sabiendo que nunca llegaba a +darle.</p> + +<p>En los días de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tenía en el +bolsillo algunas pesetas, encaminábase al barrio de las Carolinas, para +almorzar<a name="page_079" id="page_079"></a> con su amigo el <i>Mosco</i>, el cazador furtivo, cuya gloria +llegaba hasta Colmenar. El célebre «dañador» de las posesiones reales +merecía por sus hazañas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra, +y eso que éstos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las +afueras de Madrid que vivían del huroneo en los bosques de El Pardo.</p> + +<p>El <i>Mosco</i> vivía cerca de la casa de la señora Eusebia, en una +construcción de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas +tejas traídas de los derribos de la población. Fuera, ocupaban todo un +muro tres filas de jaulas con pájaros de interminable canto, jilgueros y +pardillos, que le servían para la caza con red. Maltrana, al llegar a la +puerta, tenía que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante +delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de +parásitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus +sorprendentes habilidades.</p> + +<p>Dentro se hallaba el <i>Mosco</i>. Su hija Feliciana, que era toda su +familia, estaba trabajando en la fábrica de gorras, y él iba de un lado +a otro, preparándose el almuerzo, después de bien pasado el mediodía.</p> + +<p>También el <i>Mosco</i> se levantaba tarde. Maltrana le había sorprendido +muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro, +las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y +espinas de selvática vegetación. Era un hombre pequeño, enjuto, de +nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tenía su cuerpo un balanceo +semejante al temblor de un muelle bien templado próximo a dispararse. La +vida en plena Naturaleza, la piratería en la selva, le daban, cuando +permanecía silencioso, una tosquedad huraña, semejante a la del árbol o +el pedrusco. Al hablar, revelábase el hombre de la ciudad, el evadido de +las grandes aglomeraciones humanas, para vivir<a name="page_080" id="page_080"></a> solitario, en continuo +combate, ganándose el sustento con las armas o la astucia, como si +lejanos atavismos tirasen de él, arrastrándolo a la existencia del +hombre primitivo.</p> + +<p>Al verle, Maltrana saludábalo siempre con la misma pregunta:</p> + +<p>—¿Qué tal se ha dado la noche?...</p> + +<p>El <i>Mosco</i> sonreía unas veces; otras contestaba con gruñidos de mal +humor. Había noches magníficas, en las que caían dos o más corzos, que a +aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendiéndose +ocultamente entre los vecinos de Tetuán. Otras, sólo cazaba conejos, y +al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendíase en la cama sin +desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dormía con el cansancio del +que ha pasado la noche caminando a gatas, con el oído siempre atento, +creyendo de un momento a otro oír la voz de «¡alto!» y el silbido de la +bala.</p> + +<p>Los dañadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en +los tejares y sólo a impulsos del hambre invernal se decidían a ir de +caza, admiraban al <i>Mosco</i>. Este no iba, como ellos, sin un arma en la +faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que +los llevasen a la cárcel de El Escorial, y de allí a presidio, sin +oponer la más leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores +selváticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la pólvora, que +perseguían a los guardas de árbol en árbol, hasta encerrarlos en sus +casuchas.</p> + +<p>La noche que el <i>Mosco</i> salía con escopeta y dejaba en casa el hurón, la +turba de inocentes dañadores estremecíase de inquietud y de orgullo. +Aquel era un hombre. Al día siguiente habría carne de corzo en Tetuán; y +el guarda que intentase impedirlo corría el riesgo de verse cazado, de +que le<a name="page_081" id="page_081"></a> disparasen de entre la espesura sin darle el «¡alto!» Si no +había carne, era que el <i>Mosco</i> estaba en la cama entrapajado, sucio de +sangre, con una ración de plomo debajo de la piel.</p> + +<p>Maltrana había admirado muchas veces a su amigo cuando le mostraba el +cuerpo con el impudor de un bravo: dos postas en la cabeza, incrustadas +en los huesos del cráneo; un balazo en un hombro y otro en una pierna, +proyectiles redondos que le había extraído una curandera de la vecindad +con dolorosos procedimientos, y el resto del cuerpo hecho una criba por +los perdigonazos, a los que apenas daba importancia, considerándolos +accidentes vulgares.</p> + +<p>Los almuerzos de Maltrana en casa del <i>Mosco</i> eran suculentos. El pagaba +el pan y el vino, trayéndolo de una taberna cercana, mientras el famoso +dañador ponía sobre la mesa un guiso de gazapos o alguna liebre cazada +la noche antes.</p> + +<p>—¡A la salud de la real familia!—exclamaba Isidro irónicamente—. +¡Viva el monarca que mantiene a sus súbditos!...</p> + +<p>Estas piezas de caza que servían para la manutención del <i>Mosco</i> eran +las únicas que podían encontrarse en su vivienda. Esperaba siempre algún +registro: los guardas reales tenían puestos los ojos en su casa; los +civiles la habían visitado muchas veces. No existían a la vista otras +pruebas de las aficiones del amo que las jaulas colgadas al exterior en +las horas de sol y los perros que dormitaban enroscados ante la puerta.</p> + +<p>—Soy un cazador legal—decía con zumbona gravedad a los guardas cuando +éstos aparecían—. Me dedico a los pájaros con red, o llevo los perros a +las tapias de El Pardo, por si algún conejo se sale del término. Un +poquito de afición... lo demás que dicen de mí es mentira.<a name="page_082" id="page_082"></a></p> + +<p>La escopeta estaba oculta bajo las tejas; el hurón dormía en el doble +fondo de una caja cubierta de guiñapos, respirando por los agujeros +abiertos en la madera.</p> + +<p>Cuando se presentaba Maltrana, su amigo el <i>Mosco</i>, como una +demostración de gran confianza, le enseñaba la <i>bicha</i>, la joya de la +casa, lo que más amaba. Extraía del fondo del cajón la diminuta fiera, +que estiraba su cuerpo ondulante como el de un reptil y arañaba con sus +patas los duros dedos del cazador. El <i>Mosco</i> se llevaba a la boca el +hocico bigotudo, de agudos dientes, envolviéndolo en su aliento, +mientras la <i>bicha</i> acariciábale los labios sacando su lengüecita con +mohines felinos.</p> + +<p>—Pero ¡qué rica!—exclamaba el cazador—. Mírala, Isidro: lo mejor del +mundo. Cincuenta reales me costó en Colmenar; no había quien la tocara: +una verdadera fiera. A uno le destrozó un dedo. Se agarraba a las manos +y ni Dios la hacia soltar. Yo la he criado tal cual la ves, y come en +mis labios y me quiere lo mismo que Feliciana. Pero esto sólo puedo +hacerlo yo. Si tú la tocases, te mordía. Pásale la mano por el lomo; +verás qué pelo tan fino... No tengas miedo, que no la suelto.</p> + +<p>Y continuaba los elogios del repugnante y sanguinario animal. La hacía +cazar siete días seguidos sin fatigarla. Algunas veces mataba hasta +cincuenta conejos: siempre tenía sed de exterminio. Había que meterla +por las bocas de las madrigueras con un cordel en la pata, para tirar de +ella cuando se quedaba dormida, ebria de sangre. El <i>Mosco</i>, sin dejar +de hablar, sacaba del bolsillo un pedazo de queso, colocábase un +pellizco de él entre los labios, y la <i>bicha</i> lo devoraba con grotescas +contorsiones.</p> + +<p>—Pero ¡qué rica! Vuelve a mirarla—decía el cazador—. Aquí donde la +ves, se mantiene con quince céntimos de queso cada dos días.<a name="page_083" id="page_083"></a></p> + +<p>El recuerdo de otra joya que había poseído, el famoso perro <i>Puesto en +ama</i>, conmovía al <i>Mosco</i>. Había dado el mismo nombre a otro de sus +canes, pero ¡qué valía éste comparado con aquél, del que hablaban con +asombro los guardas y era la pesadilla de los altos empleados de El +Pardo!... Saltaba el <i>Mosco</i> a media noche las tapias, sin otro +acompañamiento que <i>Puesto en ama</i>, y se escondía junto a los arroyos, +en los remansos donde bebían los corzos. El que se aproximara podía +darse por muerto. El perro salía en su persecución al través de los +jarales: las dos bestias tronchaban las ramas con el impulso de su +carrera, producían un estrépito de huracán, y tras ellas corría el +dañador de ligeras abarcas. <i>Puesto en ama</i>, al alcanzar el corzo, le +mordía entre las patas traseras, en el órgano más sensible, y la bestia +quedaba en el suelo mugiendo de dolor, hasta que el <i>Mosco</i> la daba +muerte. Asunto de unos minutos. Con este perro, necesitaba muchas veces +de la ayuda de los cobardones del barrio para llevar a cuestas las reses +cogidas.</p> + +<p>El dañador casi lloraba recordando la muerte del valeroso camarada, la +descarga que le había hecho caer cerca de él, la alegría de los guardas, +desplegados en ala como un ejército para acabar con un animal que tenía +más astucia que muchos hombres, y la conducción del cadáver hasta el +pueblo de El Pardo, donde le admiraron como si entrase en triunfo +después de muerto.</p> + +<p>El <i>Mosco</i> se indignaba al pensar en su perro. ¡Y aún vivía el ladrón +que le había dado el escopetazo de gracia!... ¡Y él, el <i>Mosco</i>, aún no +lo había matado!...</p> + +<p>Maltrana, escuchando estas proezas de la vida bárbara, el hombre cazando +a la bestia y siendo a su vez cazado por el hombre, pensaba con asombro +en el origen del famoso dañador.<a name="page_084" id="page_084"></a></p> + +<p>Procedía de una familia de Tetuán, pero había nacido en Madrid y era de +oficio impresor. Llegó a regentar una imprenta en la que se tiraban +varios periódicos que nadie leía; pero los sábados, apenas terminado su +trabajo, cambiaba de traje y corría a Tetuán, adonde estaban sus +aficiones, dedicándose a la caza con los dañadores de más fama, como si +tirase de él una influencia ancestral, una herencia de sus antepasados.</p> + +<p>Durante la semana, paseando entre las cajas del taller, manchado de +tinta y oliendo a papel húmedo, pensaba nostálgicamente en los cerros +cubiertos de pinos, alcornoques y robles, en los matorrales que se +abrían ante el hocico de los venados, escapando éstos después con un +bufido de alarma, en los grandes espacios de cielo azul, con las cimas +nevadas del Guadarrama en el fondo, como una muralla de almenas de plata +que brillan al sol.</p> + +<p>Era un insocial: se ahogaba dentro de la villa, le repugnaban las calles +con sus aglomeraciones de personas marchando en la misma dirección. +Acabó casándose con la hija de una trapera, y abandonó su oficio para +abrazar el de su mujer. Pero apenas si fue con el carro a Madrid. La +trapería era un pretexto: su verdadera profesión fue cazar, seguir sus +aficiones.</p> + +<p>El, según declaraba a Maltrana, había nacido para la acción violenta, +para vivir en aventura continua, arriesgando la piel. ¿Por qué había de +permanecer dentro de una población, juntando letritas de plomo, +agotándose en esta tarea de mujer?... Era hombre de pelea; le gustaba +torear a la Muerte todos los días—según sus propias palabras—, darla +el quiebro, recogiendo el pan de entre sus pies.</p> + +<p>—Yo hubiese sido un gran soldado, amigo Isidro. Pero ya no hay guerras, +verdaderas guerras, como aquellas antiguas, donde cada hombre sacaba +toda<a name="page_085" id="page_085"></a> la fuerza de sus brazos o de su caletre. Además, yo no me pongo un +uniforme por nada del mundo; no me visto de máscara, ni paso por eso de +disciplinas y ordenanzas... Para ser mandado, bien estaba allá en la +imprenta, con un durazo como un sol todos los días. ¡Ay, cuántos como yo +hay en presidio, que en otro tiempo hubiesen sido héroes!...</p> + +<p>Amaba la guerra salvaje, ingenua, sin hipocresías de humanidad, sin +disfraces de civilización: aquellas guerras en las que los combatientes +mataban por la gloria que proporciona el exterminio, no alcanzando otra +retribución que el saqueo de la casa del vencido y el pillaje de sus +campos; pero había llegado tarde, según afirmaba con acento de tristeza, +y a falta de mejor escenario, entregábase, a las puertas de una gran +población, a una vida prehistórica, cazando a la bestia para comer, y al +hombre, si era preciso, para defenderse; considerando la tierra como +suya, sin respeto a tapias que podía saltar, ni a leyes representadas +por hombres que eran mortales como él.</p> + +<p>De su pasado conservaba cierta veneración por los escritores. Por esto +era amigo de Isidro desde que le conoció en casa de su vecina la señora +Eusebia.</p> + +<p>Algunas veces recordaba su época de impresor. El no leía los papeles +públicos, cuando de tarde en tarde iba a Madrid; pero creía que sus +tiempos habían sido mejores, y que los que ahora escribían estaban muy +por debajo de los que él había conocido. Y al pensar esto, miraba a +Maltrana, comparándolo mentalmente con los grandes hombres que aún se +mantenían en su memoria. ¿Había leído su amigo cosas de Fulano y de +Zutano? Y aquí nombres y seudónimos que firmaban, veinte años antes, en +revistas y diarios de escasa circulación, débiles flores de papel, cuyo +perfume mental había pasado<a name="page_086" id="page_086"></a> inadvertido para todo el mundo. El <i>Mosco</i> +soltaba estos apellidos con cierta unción, entre admirado de su gloria y +orgulloso de haber conocido a los que los llevaban, y hacía un mohín de +asombro al oír que Maltrana declaraba francamente no conocerlos. Por +algo sospechaba que el periodismo estaba en decadencia.</p> + +<p>La admiración del <i>Mosco</i> se posaba en las más raras cualidades de +aquellos genios. Hablaba de uno con asombro porque escribía cantando, +sin que lo molestase ruido alguno, sin levantar la cabeza aunque +disparasen cañonazos junto a él. Otro merecía su entusiasmo porque +desafiaba a los acreedores, y siempre que el impresor le llevaba pruebas +a su domicilio encontraba en él a una nueva señora. ¡Qué tíos! Todos sin +dinero, debiendo en la imprenta varias tiradas, lampando tras la peseta, +lo mismo que Cervantes, «que no cenó al terminar el <i>Quijote</i>», alegres +como unas castañuelas y haciendo reír a los cajistas con sus chistes. +Pero al que recordaba con más veneración era a un señor elegante y +grave, autor de largos artículos sobre política internacional, que se +sentaba en cualquier rincón de la imprenta, sin mancharse, y escribía +con los guantes puestos.</p> + +<p>—¡Sin quitarse los guantes, Isidro! ¿Hay muchos que puedan hacer eso +ahora?</p> + +<p>Su rusticidad apreciaba esto como la mayor de las pruebas de talento, y +se miraba las manos, reconociéndose incapaz de tal hazaña, declarando +que no sabría cazar ni un gazapo con las garras enfundadas en piel.</p> + +<p>Algunos domingos, el <i>Mosco</i> invitaba a comer a Maltrana, anunciándole +que vendría de Madrid un hermano suyo, capataz de venta de periódicos, +el señor Manolo el <i>Federal</i>, gran personaje entre las gentes dedicadas +al comercio de papel impreso.<a name="page_087" id="page_087"></a></p> + +<p>Maltrana le conocía. Era famoso en las redacciones por su lenguaje +enrevesado y pintoresco y sus juicios sobre la política. Se presentaba +en los periódicos, con su ancha cara sacerdotal siempre sudorosa, de +ojos saltones y terroríficos, unas veces para quejarse como «industrial» +(eran sus palabras) de las tardanzas de la administración en el reparto +del papel; otras como «ciudadano consciente» (también palabras suyas), +en nombre del comité del distrito, para pedir la inserción de algún +Manifiesto contra los <i>unitarios</i>, no menos nocivos al país que los +mismos monárquicos.</p> + +<p>Isidro, a pesar de que no estaba inscrito en «el censo del partido», +logró su amistad. Era un muchacho simpático, aunque «ciudadano +inconsciente».</p> + +<p>—Cuando usted quiera que consumamos un turno—le decía—, ya sabe dónde +tengo las oficinas: Puerta del Sol, de cinco a ocho de la mañana, en la +acera de la botica de Borrell... aunque lluevan chuzos, aunque caigan +capuchinos de punta.</p> + +<p>No bastaban la lluvia ni la nieve para que la oficina dejase de +funcionar. Al romper el día llegaba el señor Manolo con sus ayudantes +cargados de paquetes de periódicos. Tenía su especialidad, que era la +venta de las afueras. Todos los vendedores, viejas, chicuelos y hombres +haraposos, le rodeaban gritando, tendiendo sus manos para ser los +primeros. El no se turbaba ante esta aglomeración: hallábase +acostumbrado a mayores conflictos en su «larga vida política».</p> + +<p>—¡Haiga orden, ciudadanos, y un poquito de crianza! ¡Que no se diga del +cuarto estado!... A cada uno se le dará según el orden de la discusión y +los derechos de su autonomía al respetive.</p> + +<p>Y con gran calma iba repartiendo las manos de periódicos, exigiendo a +cada uno el producto de la venta del día antes, llevando de memoria las +intrincadas<a name="page_088" id="page_088"></a> partidas de su contabilidad, apreciando al tanteo la +exactitud de las cantidades en calderilla, sonando las pesetas contra el +asfalto con tal ímpetu, que volvían de un rebote a sus manos como si +fuesen pelotas.</p> + +<p>El «cuarto estado» era su frase favorita, en la que lo abarcaba todo, y +cuyo alcance había que adivinar. Unas veces, el «cuarto estado» era +únicamente los vendedores del papel; otras, la gente popular; y algunas, +todos los que compran periódicos.</p> + +<p>Maltrana, al verle, le preguntaba invariablemente por el famoso «cuarto +estado».</p> + +<p>—Anda algo roío—contestaba el señor Manolo—; hay tormenta en la +atmósfera metálica: la gente tiene pocas ganas de papel.</p> + +<p>Cuando vendía un periódico nuevo, decía con énfasis:</p> + +<p>—Hoy he tenido un éxito extramuros. Los redactores debían votarme un +mensaje de gracias, a pesar de que no me llamaron para darme voz y voto. +Yo soy el sentido práctico, y les hubiera presentado una moción y +consumido un turno para demostrarles que deben sacar el periódico dos +horas más tarde. Pero como uno no es letrado, le ojetan el argumento, y +el cuarto estado que se roa.</p> + +<p>Su entusiasmo federalista excitaba el regocijo de Isidro, miserable +<i>unitario</i>, incapaz de comprender ciertas cosas. Para el señor Manolo, +estaba España dividida en catorce Estados, porque así lo habían +dispuesto los correligionarios por medio de solemnes y libérrimos +pactos. El era ciudadano de Castilla la Nueva; pero quería vivir en paz +y fraternidad con los extranjeros de los otros Estados españoles, así +fuesen aristócratas, como del «cuarto estado».</p> + +<p>—¿Es usted de Reus?—exclamaba en la oficina<a name="page_089" id="page_089"></a> al contestar a un +transeúnte—. Pues el Estado catalán ha pactado con el de Castilla. +Vamos a beber unas tintas, como buenos ciudadanos confederados.</p> + +<p>Las comidas del domingo en casa del <i>Mosco</i> eran tranquilas y plácidas. +Feliciana, la hija, del cazador, servía la mesa o permanecía inmóvil +junto a la pared, con los ojos fijos en Maltrana. Si éste hablaba, +parecía beber ella sus palabras, con una expresión admirativa en los +ojos, como si la subyugase la cultura del joven, que aún adquiría mayor +realce entre sus rústicos compañeros.</p> + +<p>Isidro la miraba algunas veces. ¡Hermosa era la hija del <i>Mosco</i>! Cada +vez la encontraba más guapa. Adivinaba su admiración, pero aquellos ojos +negros fijos en él sólo le inspiraban un vago agradecimiento. Jamás se +le había ocurrido la posibilidad de perder el tiempo con una mujer. Eso +quedaba para los hartos, para los felices.</p> + +<p>El señor Manolo comía con entusiasmo, alabando la carne tierna de los +animales de El Pardo. Olía a tomillo, a romero, a todos los perfumes del +bosque.</p> + +<p>Los domingos eran para él días de descanso y plácido aislamiento. No +tenía periódicos; apenas si al amanecer repartía un poco de papel a la +chusma haraposa que le traía loco. Sin embargo, las preocupaciones de la +profesión lo asaltaban en medio de su descanso, e interrumpía la comida +para preguntar al <i>Mosco</i> y a Maltrana:</p> + +<p>—¿Por dónde andará ahora la partida grande?...</p> + +<p>Los interpelados levantaban los hombros con indiferencia. La «partida +grande» era un grupo de vendedores de voz de trompeta, que sabían +sacarse del magín atractivos pregones: la aristocracia del oficio, +ocupada únicamente en lanzar periódicos nuevos y ofrecer libros faltos +de compradores, con enorme rebaja...<a name="page_090" id="page_090"></a></p> + +<p>El señor Manolo, después de larga reflexión, informaba a sus amigos +sobre el paradero de la tal partida.</p> + +<p>-Debe de andar por Zaragoza, vendiendo un papel nuevo, el del último +crimen, que interesa mucho al cuarto estado.</p> + +<p>Isidro, al visitar la casa del <i>Mosco</i>, ya no se detenía en la vivienda +de su abuela. Esta había alquilado la casucha, yéndose a vivir con el +señor Polo, que tenía su cabaña en lo más alto de un cerrillo, desde el +cual se veía Madrid.</p> + +<p>Por fin, la señora Eusebia había decidido casarse, sin la ayuda de la +Iglesia ni del Estado, con aquel consocio que la cortejaba desde su +viudez, y esperando el momento de que se ablandase, había contraído +matrimonio con varias comadres del barrio.</p> + +<p>Los traperos celebraron con gran algazara la unión de estos dos +«comerciantes», los más antiguos de la busca. ¡Vaya un par de carroñas! +Pero nadie osó realizar los proyectos de cencerrada y otras bromas +molestas con que algunos intentaron obsequiarles. Merecían respeto: eran +los industriales más importantes del barrio, y habían hecho bien +uniéndose en una sola razón social.</p> + +<p>Maltrana y el señor Manolo, en fuerza de oír hablar al <i>Mosco</i> de sus +expediciones nocturnas, sintieron el deseo de asistir a una de ellas. +Una nada más, ¿eh? Con verlo bastaba. No era cosa de exponerse a recibir +un balazo por simple curiosidad. De vez en cuando, las noticias que el +cazador ingería en sus relatos enfriaban el entusiasmo de los oyentes, +haciéndoles retrasar la expedición para mejores tiempos.</p> + +<p>—Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al +<i>Bonifa</i>, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una +semana,<a name="page_091" id="page_091"></a> pillaron en El Goloso al <i>Bastián</i> y al <i>Paleto</i>, les dieron +una paliza de muerte, y ahora están en la cárcel de El Escorial... En el +cuartel de Caños Quebrados hay un puñalero guarda que primero hace fuego +y después da el alto. En Navachescas hay otro ladrón que lleva muertos +dos dañadores, y, según dicen, tiene ganas de verme delante de su +escopeta.</p> + +<p>Isidro y el vendedor de periódicos cruzaban una mirada de inteligencia. +Era cosa convenida: lo dejarían para más adelante. Pero el <i>Mosco</i>, de +pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostró empeño en +llevarles a una expedición; y los dos amigos, por amor propio y que no +se burlara de ellos, aceptaron la propuesta.</p> + +<p>¡Adelante con la cacería! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen +con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el <i>Mosco</i> +llevaba meses y aun años sin verles.</p> + +<p>Se citaron para el anochecer del día siguiente en el «Ventorro de las +Latas», y al caer la tarde reuniéronse en la glorieta de los Cuatro +Caminos el señor Manolo y Maltrana.</p> + +<p>Iban con sus peores ropas—aunque ninguno de los dos sabía ciertamente +cuáles podían llamarse mejores—, con viejas boinas echadas sobre los +ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de +lo pavoroso de su misión. El capataz de periódicos guiaba, como +conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en +Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias +de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las +aguas de un canal.</p> + +<p>Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras +que cerraban el horizonte hacían resaltar sobre una faja de oro +mortecino<a name="page_092" id="page_092"></a> los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella +nadaba con lácteo fulgor en la bruma suave del crepúsculo. Sonaban +lentas y melancólicas las esquilas de invisibles rebaños; ladraban al +borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los +carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rústicas +esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares.</p> + +<p>Encontraron al <i>Mosco</i> sentado en un pedrusco cercano a la venta.</p> + +<p>—Quedaos por ahí—dijo en voz baja—. Entrad a tomar una copa, y no me +habléis hasta que os llame.</p> + +<p>Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta. +Era una cabaña de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos +que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de +conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de +petróleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos +empotrados en la pared exterior servían de bancos. El «Ventorro de las +Latas» era el punto de reunión de los dañadores antes de emprender la +marcha.</p> + +<p>Comenzó a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que aún quedaba en +el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconocía su organización +recordando los relatos del <i>Mosco</i>. Cada pareja de hombres era una +«cuadrilla»; compañeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el +peligro, que al huir en distintas direcciones sabían por instinto dónde +encontrarse, partiéndose con fraternal equidad el producto de la caza.</p> + +<p>Eran mocetones que por su aspecto parecían trabajadores de los tejares. +A pesar del frío, marchaban ligeros de ropa y sin manta; algunos de<a name="page_093" id="page_093"></a> +ellos con la boina en la faja, como hombres que habían de emprender +largas caminatas y sudar mucho en el curso de la noche. Algunas +cuadrillas llevaban como refuerzo un muchacho cargado con la <i>aguja</i>, +pesada barra de hierro puntiaguda por un lado y rematada por el opuesto +con una anilla. Estos aprendices de dañador traían la barra pendiente +del hombro por medio de una cuerda, como si fuese un fusil, y se +pavoneaban entre los grupos con cierto orgullo, satisfechos de +participar de los peligros y aventuras de los hombres.</p> + +<p>Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, después de +olisquear a Maltrana y su compañero, adivinando su carácter de intrusos, +juntábanse sobre un puente, del que partía el camino que sus amos habían +de seguir. Los había de todas castas, figuras y colores: unos de +elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas +lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor +rezongo, graves e inmóviles, como soldados que presienten la proximidad +del combate.</p> + +<p>Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el +vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se +saludaban; algunos que no se habían visto en mucho tiempo se pedían +noticias. Uno hablaba de su hermano: había recibido por la mañana una +carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban +pocos meses de la pena que le habían impuesto por robo de caza en las +posesiones reales. Otros rodeaban a un compañero que, abriéndose la +camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba señal de las postas que +le habían metido entre las costillas. Después de dos semanas de +descanso, volvía aquella noche a la faena.</p> + +<p>Hablaban de los compañeros que estaban en la<a name="page_094" id="page_094"></a> cárcel de El Escorial, +discutiendo lo que les podría «salir».</p> + +<p>Uno se despidió de sus amigos; ya no le volverían a ver en algún tiempo: +al día siguiente iba a Madrid a presentarse en la Cárcel Modelo, para +pasar en ella los ocho meses a que le habían sentenciado.</p> + +<p>Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la +buena época, de la primavera, en la que se abrirían los tejares, +ofreciéndoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las +noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid. +Algunos habían pedido trabajo y querían emprender el viaje tan pronto +como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban +las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la +marcha, les hacían fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones. +¡Qué vida, caballeros! Era la peor época del año: comenzaba la cría. Los +conejos estaban flacos, costrosos. Sólo se cogían gazapillos, y por un +lío de éstos no daban más allá de una peseta. Además, abundaban las +malas noches, en las cuales las bestias parecían esconderse en lo más +profundo de la tierra, y el hurón entraba en las madrigueras sin +tropezar con el más leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la +libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. ¡Y +todavía los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les +perseguían sañudamente!... Los de caballería eran objeto de sus +maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia +infernal, con más talento y mala intención que los hombres; un monstruo +que, al perseguir a un dañador, le mordía, le derribaba entre sus patas, +machacándolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontándose, +tenía que socorrerlo para que llegase con vida a la<a name="page_095" id="page_095"></a> cárcel. ¡Ah, la +mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella...</p> + +<p>Algunas cuadrillas, después de un adiós apagado, emprendían la marcha, +precedidas de sus perros, y se perdían en la obscuridad.</p> + +<p>—Adiós—contestaban los otros con entonación misteriosa—. Que se os dé +bien la noche.</p> + +<p>Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los últimos +cuarteles de la posesión real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar, +cerca de Viñuelas.</p> + +<p>Los que aún permanecían en el puentecillo comunicábanse los cuarteles en +donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La +Portillera, a Querá; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando +audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores +reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapeña, Trofas y La Zarzuela.</p> + +<p>Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstruía el puente.</p> + +<p>Alejábanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco +del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro, +empequeñecidas por la distancia, y desaparecían.</p> + +<p>El <i>Mosco</i> se aproximó a la venta:</p> + +<p>—Cuando queráis...</p> + +<p>Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la <i>bicha</i>, que +se apelotonaba en la cárcel de lienzo buscando el calor de su pecho. +Junto a él estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo +pequeño y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado <i>Chispas</i>, que no +pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que, +admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el año.</p> + +<p><i>Chispas</i> llevaba al hombro la pesada <i>aguja</i> para<a name="page_096" id="page_096"></a> demoler las +madrigueras y abrir paso al hurón cuando éste se trasconejaba, no +pudiendo ganar la boca de salida. Además, metidos en la faja, guardaba +los <i>capillos</i>, las redes que se tendían a la salida de las madrigueras +para apresar a los conejos.</p> + +<p>Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros dañadores. El +<i>Mosco</i> marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y <i>Chispas</i> +cerraba la expedición.</p> + +<p>—Podéis hablar; podéis fumar. Estamos aún en terreno seguro. Yo os diré +cuando haya que ir con más ojos que un lince.</p> + +<p>Los dos neófitos marchaban tras los ligeros pasos del <i>Mosco</i>, el cual +no cesaba de hablar. Había permanecido en la venta lejos de ellos, para +que nadie sospechase que le acompañaban en su expedición. Temía que +alguien se <i>chivase</i> y fuese con el soplo. Por e, nada; bien sabían los +guardas que cazaba todas las noches, así se viniera abajo el cielo. +Cuanto peor fuese la noche, más favorable para él. Pero al verle con la +impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podían aprovechar la +ocasión y darle caza. Porque él no era capaz de escapar; yendo con +personas que desconocían el terreno, antes se dejaría hacer pedazos que +cometer tal indecencia.</p> + +<p>—Es un disparate—continuó—ir a esta faena con gente floja como +vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos +cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteréis de +lo que es esto... ¡Qué contentos van a ponerse esta noche los gameños y +los venados al ver que el <i>Mosco</i> no quiere nada con ellos!...</p> + +<p>Les preguntó si habían merendado fuerte antes de salir de casa. En el +monte sólo encontrarían algún arroyo donde beber un buche, y aun esto +había que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios<a name="page_097" id="page_097"></a> más +frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas harían una +cachuela, el gran plato de los cazadores, que sabía a gloria: un guiso +de entrañas frescas de conejo.</p> + +<p>Maltrana y el señor Manolo, oyendo al famoso dañador sus propósitos de +no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les había +encogido el corazón al oír a aquellas gentes que hablaban de heridas, de +palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio.</p> + +<p>—¿Tú estás seguro de que no tropezaremos a los esbirros?—preguntó el +señor Manolo a su hermano.</p> + +<p>—Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una +casualidad...</p> + +<p>Un largo silencio acogió estas palabras poco tranquilizadoras. El +<i>Mosco</i> seguía hablando para distraer a sus acompañantes de la fatiga de +la marcha. Describía la grandeza de El Pardo: nadie lo conocía tan bien +como él. En algunos sitios no podrían encontrarle todos los guardas +juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que +guardaban los reyes para sus cacerías. Esto sin contar la Casa de Campo, +La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... ¡Y los +demás que reventasen!</p> + +<p>Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al señor Manolo, +lanzándose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la +práctica aplicación de lo que él llamaba, por antonomasia, «el +programa».</p> + +<p>—El día en que el Estado de Castilla sea autónomo, se acabará este +escándalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me +río yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para +que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le +meteremos el arado a la tierra para que críe trigo, y ¡viva el pan<a name="page_098" id="page_098"></a> +barato!... ¡Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto +estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... ¡Pero +si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema +unitario!...</p> + +<p>Maltrana contemplaba los perros, que abrían la marcha, silenciosos, con +el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte, +sin un gruñido, sin prestar atención a los compañeros de raza que +ladraban en las lejanas huertas.</p> + +<p>Llevaban más de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El +<i>Mosco</i> notaba el jadear de sus compañeros, la fatiga que sentían en las +cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies.</p> + +<p>—¡Animo!—les decía—. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estáis +acostumbrados a andar. ¡Pero si esto es un paseo!...</p> + +<p>Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una +altura, volvió Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre +los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que +coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid +invisible. Más acá esparcíanse, por la línea irregular del horizonte, +grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la +tierra fuese una laguna de betún que reflejase los astros sombríamente.</p> + +<p>El <i>Mosco</i> extendió el brazo con la seguridad de un experto conocedor +del nocturno paisaje. Las luces más cercanas eran de Bellavistas y las +Carolinas; las otras de Chamartín y Tetuán. De frente, por encima del +oleaje de sombras, como débiles resplandores apenas perceptibles, +señalaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcón; y lejos, muy +lejos, donde sólo podían alcanzar sus ojos de búho, las luces de El +Escorial.<a name="page_099" id="page_099"></a></p> + +<p>Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El <i>Mosco</i> se +agachó para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su +resistencia. Era costumbre de los dañadores pasar los cursos de agua +llevando a cuestas al compañero. Al regreso, el camarada que pasaba a +lomos prestaba igual servicio, y así la mojadura repartíase entre todos +por igual. Únicamente los enfermos, los que iban a la caza +convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El +<i>Mosco</i> consideraba como enfermos a sus débiles compañeros, fatigados +por la marcha.</p> + +<p>Al otro lado del arroyo, Isidro y el señor Manolo vieron que el camino +se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El +<i>Mosco</i> les ordenó que arrojasen los cigarros; ya no podrían fumar hasta +la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba «Mal +Paso». Muchas veces, los guardas de El Pardo, saliéndose de su +jurisdicción, se emboscaban allí para sorprender a los dañadores cuando +volvían a sus casas. En aquel sitio le habían dado un balazo a su +compadre el <i>Garrucha</i>, una noche en que volvían los dos cargados con un +par de gamos. El pobre camarada, después de sanar de la herida, fue al +presidio de Alcalá, por robo de caza mayor. El <i>Mosco</i> se había librado +por pies, sin soltar su carga.</p> + +<p>—¡Una injusticia—exclamó—; un abuso!... Este terreno no es suyo; aquí +no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero +pertenecen a la «casa grande», y no hay tribunal ni Dios que no se ponga +de su parte.</p> + +<p>Aún caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de +tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al +atravesar una viña, chocó con un ceporro, hiriéndose una pierna. Pero +¿dónde estaban aquellos bosques<a name="page_100" id="page_100"></a> de El Pardo, que parecían correr +hundiéndose en la sombra?...</p> + +<p>-¡Animo!—decía el <i>Mosco</i> en voz queda—. Ya estamos cerca; ya veo las +tapias.</p> + +<p>Pero el señor Manolo y su amigo no distinguían nada. Isidro, con la +pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran +ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que lucía +en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontábase en el cielo; +cuando bajaban, hundíase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente. +Parecía jugar con ellos, atraerlos, para huir después de cima en cima.</p> + +<p>Por fin, los dos neófitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo. +Maltrana consideró su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran +las murallas de la China. ¿Y había él de saltarlas? Prefería quedarse al +pie de ellas descansando. Esperaría tendido en el suelo el regreso del +<i>Mosco</i>, aunque volviese al amanecer.</p> + +<p>—¡Chist!—murmuró el cazador, para que hablase más bajo—. Tú subirás: +yo me encargo de que subas.</p> + +<p>La protesta de Maltrana era la última resistencia del miedo, el +retroceso del instinto ante aquella tapia sombría, tras la cual estaba +lo ilegítimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin +misericordia.</p> + +<p>El <i>Mosco</i> y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablándose +sin que sus palabras sonaran, moviéndose sin que sus pasos produjeran +ruido. A Maltrana le parecían fantasmas... ¡Arriba! El <i>Chispas</i> apoyó +un pie en las manos de su maestro, arañó la tapia, y en un instante se +puso a horcajadas sobre ella.</p> + +<p>¡Ahora, los perros! Los animales sabían su obligación; se dejaban coger +por el <i>Mosco</i>, y empujados<a name="page_101" id="page_101"></a> por él, agarrábanse muro arriba, se mecían +un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejábanse caer en +la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligerísimo de hojas +secas.</p> + +<p>Maltrana se sintió cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que +el <i>Chispas</i>, inclinándose, le agarraba por los brazos. Los dañadores +reían de su poco peso. Quedó un instante a horcajadas en lo alto de la +pared, aturdido por la ascensión, doliéndole el cuerpo por el roce +contra los ladrillos salientes. El <i>Mosco</i> le saludaba desde abajo con +una gracia que ponía los pelos de punta.</p> + +<p>—¡Qué buen blanco, gachó! ¡Qué escopetazo se pierden los guardas!</p> + +<p>Isidro no tuvo fuerzas para protestar. ¡Vaya unas bromitas oportunas! Y +obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes, +tuvo que descender por la parte opuesta, ayudándole el <i>Chispas</i>, que le +había precedido y le sostenía por las piernas. El señor Manolo, más +ágil, saltó la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante después se +unió a ellos el <i>Mosco</i>.</p> + +<p>Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que +le sería franquear aquel obstáculo si le perseguían los guardas. Pero la +impresión de miedo se amortiguó al mirar lo que le rodeaba.</p> + +<p>La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo +nuevo. El salto de la tapia era como el tránsito de un planeta a otro. +Olvidó las colinas pedregosas, los bancales infecundos con más guijarros +que plantas, toda la campiña árida sumida en la obscuridad al otro lado +de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro.</p> + +<p>Tenía ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de +las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetación +salvaje,<a name="page_102" id="page_102"></a> unificando sus bravíos colores en una vaguedad fantástica de +inmenso jardín encantado. Maltrana creyó ver un gigantesco dibujo blanco +y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de +alfiler que daban paso a la luz.</p> + +<p>La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de +leyenda. Maltrana pensó en Wágner y en su valeroso Sigfrido; en la +rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó, +por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón no +conocido por los guardas.</p> + +<p>Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecían +arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura +de leche; los árboles formaban bóvedas de negro enrejado, por cuyos +espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto +de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul +sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si +quisieran acostarse.</p> + +<p>No se veían las flores del fantástico jardín, pero Maltrana se las +imaginaba enormes, como nunca se habían abierto en la tierra a la luz +del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia, +tan denso, que parecía mascarse al respirar. Era una esencia para +olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgían gritos de +pájaros invisibles, saludos burlones a los bípedos que avanzaban en el +silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre +los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el +medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de +la cuadrilla.</p> + +<p>Maltrana dudaba de la realidad. Debía estar soñando; aquel mundo no +podía existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar, +encontrándose<a name="page_103" id="page_103"></a> en el camastro de la calle de los Artistas.</p> + +<p>Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban +sin el más leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo +como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueño. De +ensueño también los dos cazadores que caminaban o se agachaban como +sombras, hablándose sin mover los labios, entendiéndose por señas, y +hasta el capataz de periódicos, que marchaba encorvado, con los ojos +saltones y la boca abierta, contrayendo el estómago a impulsos del +miedo. Sólo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y +este ruido le parecía tan grande, tan agigantado por el silencio, que +podía despertar a los guardas a muchas leguas de distancia.</p> + +<p>De vez en cuando la selva agitábase con ondulaciones ruidosas. Una +ráfaga de viento moviendo una rama daba la señal. Toda la arboleda se +estremecía, inclinando las copas. Movían sus cabezas los olmos, los +pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del +bosque, y de un extremo a otro esparcíase el lamento de la sinfonía +salvaje, despertando los ecos en las cañadas, aguzándose en las alturas, +volviendo a descender en busca de nuevas masas de árboles que repitiesen +este suspiro de arpa temblorosa.</p> + +<p>Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en +su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblándole las +piernas, pero conquistado el ánimo por el majestuoso silencio. En +aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes.</p> + +<p>El <i>Mosco</i>, que conocía todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo +junto a una gran encina. Allí se abrían ciertas bocas que indudablemente +ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agacháronse por consejo<a name="page_104" id="page_104"></a> suyo. Los +perros daban silenciosas vueltas alrededor del árbol, como si olfateasen +la caza oculta en las entrañas del suelo. El <i>Chispas</i> se colocó de +rodillas a alguna distancia. Estaban allí las bocas de salida, y colocó +en ellas los capillos de red. El <i>Mosco</i> abrió la bolsa y sacó el hurón. +La <i>bicha</i> llevaba al cuello un cascabelillo de sonido débil, y en una +pata el cordel que la obligaba a volver a su amo.</p> + +<p>Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El señor Manolo seguía con +interés la operación, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana, +tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul +escarchado de polvo luminoso. Había arrostrado el peligro por ver la +caza furtiva, y ahora no le inspiraba interés. Prefería permanecer +inmóvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz +que parecía descender de lo alto. Estaba allí como si la selva fuese +suya. ¿Por qué habían de presentarse los guardas? La hermosura de la +noche desvanecía su miedo, repelía de su ánimo toda posibilidad de +peligro.</p> + +<p>El <i>Chispas</i> dio un mugido de alegría; luego otro... luego otro. +«Tres... cuatro... cinco: la <i>bicha</i> trabaja bien.» Iba recogiendo los +conejos de los capillos así como caían; unos sanos, otros con la cabeza +destrozada por el hurón y manando sangre. A los que salían ilesos, +huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus +duros dedos. Pasábale las piezas al señor Manolo, y éste reía, con el +goce brutal de la destrucción, ofreciendo a Maltrana los conejos para +que los tentase. Aún estaban calientes: ¡cómo los dejaba la <i>bicha</i> al +morderles!...</p> + +<p>Anunció el <i>Chispas</i> que ya no salían más; la madriguera estaba +despoblada. El <i>Mosco</i> tiró de la cuerda y volvió a sonar el apagado +cascabeleo. La embriaguez de la sangre había enardecido a la <i>bicha<a name="page_105" id="page_105"></a></i>. +El cazador lanzó un juramento sordo antes de volverla al saco; le había +clavado en un dedo sus agudos colmillos.</p> + +<p>Isidro abandonó de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la +cuadrilla en busca de nuevas bocas. ¿Por qué no se retiraban ya? La +operación estaba vista. Pero el <i>Mosco</i> protestó.</p> + +<p>—¿Retirarme?... ¡Botones! La noche se presenta bien.</p> + +<p>Anduvieron dos horas por las cañadas buscando los lugares más conocidos +del cazador por sus madrigueras. No había vivienda de conejo que no la +tuviese anotada en su memoria.</p> + +<p>Isidro aprovechaba todos los altos del <i>bicheo</i> para tenderse en la +hojarasca mirando a lo alto. El planeta que había contemplado en el +camino ya no lucía en el horizonte; se había ocultado, y nuevos astros +invadían el cielo. Miraba también a su alrededor, admirando la hermosura +bravía del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el +señor Manolo para cuando triunfase la autonomía del Estado castellano, +el abatir la selva y meterla el arado, sería una reforma muy +revolucionaria; pero así estaba mejor, era más hermosa, aunque la +pública utilidad rabiase de coraje.</p> + +<p>Una señal de alarma de los dos perros sacó a Isidro de sus divagaciones. +Avanzaban cautelosamente, se detenían, volvían la cabeza para mirar al +amo. Su cola elevábase con movimientos que revelaban indecisión; sus +orejas aguzábanse con la inquietud.</p> + +<p>—¡Chist! ¡chist!—murmuró el <i>Mosco</i> para que sus acompañantes +permaneciesen quietos en la espesura.</p> + +<p>Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo +mismo que los perros para oír mejor. El capataz abría la boca, como si<a name="page_106" id="page_106"></a> +por ella fuese a escapársele el corazón, encogido por el miedo. Maltrana +sentía el zumbar de su sangre en las sienes.</p> + +<p>Gruñó un perro, y el <i>Mosco</i> pareció tranquilizarse. Alguien estaba +cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos +silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidían a gruñir, +era porque husmeaban gente conocida.</p> + +<p>El cazador, incorporándose, dio varias palmadas en uno de sus muslos. +Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como +reproducidos por el eco. Después se llevó a la boca el dorso de una +mano, y un silbido tenue, de pájaro, rasgó el silencio. Otro pájaro +invisible le contestó.</p> + +<p>—Adelante: son amigos—dijo el <i>Mosco</i>.</p> + +<p>Troncháronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres +encorvados. Los perros de las cuadrillas frotáronse un instante con +otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al +<i>Mosco</i>.</p> + +<p>—¿Qué lleváis cogido?—preguntó éste.</p> + +<p>—Nada aún: dos gazapos.</p> + +<p>—Que se os dé bien la noche.</p> + +<p>La cuadrilla desapareció con sus perros, y el <i>Mosco</i> siguió adelante, +prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en +seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas +inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo.</p> + +<p>Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del +agua invisible saltando entre guijarros.</p> + +<p>Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la +expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos<a name="page_107" id="page_107"></a> +cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que +hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante.</p> + +<p>Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de +pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios +brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro, +barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y +brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo, +creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada; +algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al +dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso +salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las +cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca.</p> + +<p>El <i>Mosco</i> acudió con gritos de cólera:</p> + +<p>—¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se +burlan!...</p> + +<p>Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado +de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil.</p> + +<p>El encuentro con el venado quitó al <i>Mosco</i> todo deseo de continuar la +caza.</p> + +<p>—Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!...</p> + +<p>Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia. +Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el +campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que +había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo +habían existido en su imaginación.</p> + +<p>Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en +sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura.<a name="page_108" id="page_108"></a></p> + +<p>—Toca, Isidro—decía el capataz riendo—. ¡Qué famosa cachuela vamos a +comernos!...</p> + +<p>El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el +que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible +que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la +maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!...</p> + +<p>El <i>Mosco</i> examinó la posición de las estrellas.</p> + +<p>—Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa.</p> + +<p>Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal +Paso». El <i>Chispas</i> y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve +indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la +noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y +sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos +cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo +de ganarse el pan!</p> + +<p>Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver +los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se +cernía sobre Madrid.</p> + +<p>Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus +lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo +al peligro.</p> + +<p>Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida +moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas.</p> + +<p>Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una +civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana +de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante. +Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el +voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo<a name="page_109" id="page_109"></a> rojo +trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales +estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de +las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas, +cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los +desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los +abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir +del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz.</p> + +<p>Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de +las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los +dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus +rugidos.</p> + +<p>Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles, +se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las +tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea, +la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el +asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las +riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar, +monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho.<a name="page_110" id="page_110"></a></p> + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + +<p>El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle +de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a +Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas.</p> + +<p>Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros +alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir +en busca de su amigo el <i>Mosco</i> y aprovechar de paso el viajo para hacer +a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de <i>Zaratustra</i>. La +pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo +la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener +contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y +¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero!</p> + +<p>Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a +pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir +prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la +confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus +atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa.</p> + +<p>Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del <i>Mosco</i>, +ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid.</p> + +<p>En su miseria, no le abandonaba esa seguridad<a name="page_111" id="page_111"></a> de la juventud que +aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero +se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que +sacarla de sus situaciones difíciles.</p> + +<p>Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna. +Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella +acabaría por entregarse vencida.</p> + +<p>Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de +Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de +Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena +época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que +éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no +verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no +ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de +la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La +vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su +protectora.</p> + +<p>Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el +personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave +y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez +de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con +bondadosa sonrisa.</p> + +<p>El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban +con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano +protectora:</p> + +<p>—¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?...</p> + +<p>El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era +implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis +sobre todo lo existente,<a name="page_112" id="page_112"></a> describiendo el país como un establo de +bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase +conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso.</p> + +<p>La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de +hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las +personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués +despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes +de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de +algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de +pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la +despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando +aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro.</p> + +<p>-¿No terminó usted la carrera?—continuó el senador—. Ha hecho usted +bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted +ha nacido para escritor.</p> + +<p>Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba +publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas, +pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura +«profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El +amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado, +próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír +que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que +el día menos pensado llegaría a ministro.</p> + +<p>—Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted +que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo +que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la +entrevista.<a name="page_113" id="page_113"></a></p> + +<p>Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al +día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en +una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad, +como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su +casa todas las mañanas.</p> + +<p>Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar +la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le +siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su +inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le +acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval.</p> + +<p>Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de +un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca, +manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores, +calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un +grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo +prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a +golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de +la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal +ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior.</p> + +<p>Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre, +pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas, +cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente +sonsonete:</p> + +<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia"> +<tr><td align="left">¡Ahí va! ¡Ahí va</td></tr> +<tr><td align="left">el tío del gabán!</td></tr> +</table> + +<p>Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos<a name="page_114" id="page_114"></a> a apoyarla saludando +con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse.</p> + +<p>Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba +visitar la cabaña de <i>Zaratustra</i> antes de ir a las Carolinas.</p> + +<p>Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con +la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura. +Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una +oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la +cumbre. El carro de <i>Zaratustra</i> parecía más grande que las viviendas; +se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto +unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como +una horca.</p> + +<p>Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una +banda de perros. Eran los compañeros de <i>Zaratustra</i>. Los había de +varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una +baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde +en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante +Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.</p> + +<p>No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco +propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El +joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a <i>Zaratustra</i> y a +la señora Eusebia.</p> + +<p>Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a +sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que +giraba en torno de él, oliéndole las ropas.</p> + +<p>Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía +al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras +lomas<a name="page_115" id="page_115"></a> de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por +las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran +<i>Zaratustra</i>. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante +unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula.</p> + +<p>—Perdona que no me levante—dijo con su voz de niño—. Tú eres de casa. +¡Ay, estas piernas!...</p> + +<p>Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes +solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el +aspecto de un salvaje de teatro.</p> + +<p>Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los +que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos +harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio +de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos +cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma +senil que inmovilizaba sus piernas.</p> + +<p>Maltrana contempló curiosamente la mansión de <i>Zaratustra</i>, agrandada +con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La +actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los +despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero +sonrió viendo el asombro del joven.</p> + +<p>—¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de +Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores... +Este cuerpo es el almacén—y señalaba la cabaña en cuya puerta +permanecía sentado—. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene +comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu +abuela y yo.</p> + +<p>Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de +su vivienda, señalando sus<a name="page_116" id="page_116"></a> diversas partes. El lo había construido +todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo.</p> + +<p>Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en +los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran +puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los +despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a +trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás +estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose +empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva, +latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con +estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro, +trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida +diaria en Madrid.</p> + +<p>Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza +de <i>Zaratustra</i>. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban +dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de +bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café.</p> + +<p>Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro, +servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los +barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados, +formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no +podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos. +La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que +servía de chimenea.</p> + +<p>El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas +corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas +largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la +obscura profundidad de las chozas. De vez<a name="page_117" id="page_117"></a> en cuando aleteaba por cerca +de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre, +venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra +de una tumba.</p> + +<p>Maltrana preguntó por su abuela.</p> + +<p>—Estoy solo en casa. He enviado el <i>Bobo</i> a Madrid a que vea las +máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de +Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca +para que cante oraciones.</p> + +<p><i>Zaratustra</i>, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído +hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía, +guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a +las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero +las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana. +En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las +locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que +faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana.</p> + +<p>—Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los +trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los +elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada, +y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas +santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos, +dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si +no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para +qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las +hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros: +tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente, +porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un +botón, y me dejó en el apuro,<a name="page_118" id="page_118"></a> sin querer decirme dónde guarda su +tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una +mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!... +De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al +cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro +chico, aunque su hombre vaya en cueros.</p> + +<p>Quedó en silencio <i>Zaratustra</i>, mirando a Madrid, que cerraba el +horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el +más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de +gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar +la lejana población.</p> + +<p>El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad +albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y +gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz +tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo +trascendental.</p> + +<p>—La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en +eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio +que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso +caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un +canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás +exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el +señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El +hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los +trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para +que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor +que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos +los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no<a name="page_119" id="page_119"></a> hay en +la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no +se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal +vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no +le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con +qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal +noble e inteligente.</p> + +<p>Así hablaba <i>Zaratustra</i>.</p> + +<p>Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las +moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de +corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente, +quería irse.</p> + +<p>El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si +habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres +pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración +cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería +enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con +motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades +del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su +casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios.</p> + +<p>—Aquí hay su poquito de señorío—dijo <i>Zaratustra</i> incorporándose con +cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos +sobre el asiento.</p> + +<p>Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas. +Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan +angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared. +La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de +claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en +su pálido rayo un enjambre de moscas.<a name="page_120" id="page_120"></a></p> + +<p>A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las +paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los +intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían +unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas +ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de +una tienda de trapos.</p> + +<p>La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme, +disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los +milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse +todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un +hombre. <i>Zaratustra</i> saliendo de la cuadra, levantó una cortina de +percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad.</p> + +<p>—Echa una cerilla—dijo el trapero.</p> + +<p>Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una +botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño +que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias, +de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos +viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros +de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles.</p> + +<p>—Aquí hay señorío—dijo el trapero—. Eso no podrás negarlo. Mira esa +cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a +palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas +allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la <i>Mariposa</i>, +unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos +a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que +la cosa lo merece.<a name="page_121" id="page_121"></a></p> + +<p>Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma +antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios +mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba +verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que +filtraban la lluvia.</p> + +<p>Después, <i>Zaratustra</i> enseñaba con orgullo de artista los adornos de +algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos +de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido +al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en +el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero +enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la +cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de +tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos +en otros.</p> + +<p>—Si quisiera—dijo el tío Polo—, podría convidar a todo el barrio de +las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di +si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de +la Puerta del Sol.</p> + +<p>Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados +por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los +bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía +Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber +ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo.</p> + +<p>El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan +bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para +dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de +una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas.</p> + +<p>-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando<a name="page_122" id="page_122"></a> hace frío o cuando hiela, +duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da +gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos +moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como +aquí.</p> + +<p>El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado, +como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de +la paja.</p> + +<p>—Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos +ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud; +pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene +mejores.</p> + +<p>Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba +<i>Zaratustra</i>.</p> + +<p>—Donde veas telarañas sólo verás salud—continuó—. Eso no lo saben los +mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios +como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las +ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y +mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra +salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las +enfermedades, se come a los microbios y demás insectos...</p> + +<p>Así hablaba <i>Zaratustra</i>, paseando su luz cerca del techo; y surgían de +la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares, +como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con +fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los +frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con +su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba +con una telaraña caída junto a su boca.</p> + +<p>—Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga<a name="page_123" id="page_123"></a> con dinero. Si tu +abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo.</p> + +<p>Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el +sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en +aquel antro saturado de polvo y estiércol.</p> + +<p>Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con +torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de +humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje +que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El +pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su +primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna.</p> + +<p><i>Zaratustra</i> procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una +charla en la que podía lucir su ciencia.</p> + +<p>—¿Ves qué sol tan hermoso?—dijo—. Pues tendremos lluvia antes de que +acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna +es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del +cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes, +sangre...</p> + +<p>—Adiós, gran <i>Zaratustá</i>—dijo Maltrana.</p> + +<p>Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la +villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas, +huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago. +Iba en busca de su amigo el <i>Mosco</i> y de su hija Feliciana, que tenía +para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las +únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez, +para ver a la abuela.</p> + +<p>Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de +<i>Zaratustra</i>.</p> + +<p>Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó<a name="page_124" id="page_124"></a> desconcertado y confuso +por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada +con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las +máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño +llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo, +arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre, +cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios +de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño +pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un +gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran +máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas +multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas +verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el +pecho velludo entre los forros de seda de las solapas.</p> + +<p>Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo +único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían +igualmente disfrazados.</p> + +<p>En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los +corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la +basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el <i>confetti</i> y las +cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el +residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero +con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban +banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos +caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana.</p> + +<p>Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de +corral. Por encima de ellas asomaban<a name="page_125" id="page_125"></a> las grandes pirámides de paja +podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos, +fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos +ladridos.</p> + +<p>Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas +entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas +de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de +las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población. +Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran +repugnancia. Recordaba las confidencias del <i>Mosco</i>, indignado contra +ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo +traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo +era un esqueleto descarnado.</p> + +<p>Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo +libre y de la sierra disipó su impresión de náusea.</p> + +<p>El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa +coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida +por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del +cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los +derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la +miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su +subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes.</p> + +<p>Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas, +que era la del <i>Mosco</i>. Frente a él, al final de la doble fila de +míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño +Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del +Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque.</p> + +<p>El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos.<a name="page_126" id="page_126"></a> Al frente marchaba +un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con +arpilleras y lazos de papel.</p> + +<p>—¡No me conoces!... ¡No me conoces!</p> + +<p>Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso +vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que +vociferaba aclamando sus gracias.</p> + +<p>¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era <i>Coleta</i>, +que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo.</p> + +<p>Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del <i>Mosco</i> llamó en vano +repetidas veces a la cerrada puerta.</p> + +<p>Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la +<i>Borracha</i>, la hembra de <i>Coleta</i>, una andrajosa que llevaba una venda +en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel +barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía +costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua +empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula +perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la +iban barrenando la carne, según decía <i>Coleta</i> al insultarla en plena +embriaguez con el apodo de <i>Borracha</i>.</p> + +<p>—No están en casa, señor Isidro—dijo con hipócrita mansedumbre—. El +<i>Mosco</i> se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la +red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un +rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí +puede verla.</p> + +<p>Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la +arboleda del cerro de los Pinos.</p> + +<p>El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los +traperos, contrastando con la<a name="page_127" id="page_127"></a> sórdida miseria del barrio, comenzaba el +bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había +hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles +rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con +muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado, +nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas +de las Carolinas.</p> + +<p>Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y +trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un +trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato.</p> + +<p>Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería +le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más +campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún +chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el +canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de +cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él +las máscaras que le había mostrado la mujer de <i>Coleta</i>.</p> + +<p>—¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles!</p> + +<p>El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al +bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían +que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí, +satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano, +jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse, +y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas, +gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero:</p> + +<p>—¡No me conoces!... ¡No nos conoces!<a name="page_128" id="page_128"></a></p> + +<p>Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la +espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas +enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las +medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que +ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una +muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes. +Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que +parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un +pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina +asomaban los rulos de su peinado chulesco.</p> + +<p>Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de +almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la +busca para mayor esplendor de la fiesta.</p> + +<p>—¡No me conoces!...—gritaban los golfos de abultadas amenidades, +tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus +mejillas.</p> + +<p>—¡No me conoces!...—gritaba un bebé de color de rosa, en el que +Maltrana fijó su atención.</p> + +<p>—¿Pues no te he de conocer, criatura?—exclamó el joven—. Tú eres +Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso +las llevas descubiertas, coquetona.</p> + +<p>Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este +reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un +grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser +perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto +al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos, +fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras.<a name="page_129" id="page_129"></a></p> + +<p>—Sí; tú eres Feliciana—volvió a decir el joven, cogiéndola las +manos—. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?...</p> + +<p>—No soy Feliciana—chilló la máscara con una voz trémula en la que +parecía vibrar la cólera—. Feliciana tiene las manos más feas que las +mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la +pobre una palabra.</p> + +<p>—Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta +tarde?...</p> + +<p>—Tú eres un orgulloso, Isidro—continuó la máscara, hablando con +precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de +acabar—; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas +en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las +gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que +te rodean.</p> + +<p>Maltrana la oía con extrañeza.</p> + +<p>—Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha?</p> + +<p>Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los +gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto, +el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los +agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.</p> + +<p>—Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma... +más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que +eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en +ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la +fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en +los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles +cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!...<a name="page_130" id="page_130"></a></p> + +<p>Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se +imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su +credulidad resultaba una ironía cruel.</p> + +<p>—Pero muchacha—dijo—, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana.</p> + +<p>—¡Y dale con Feliciana!—repuso ella con tono irritado—. Ya te he +dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo; +¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades. +Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho +beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los +hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que +callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito +serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego... +que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que +te convida su padre.</p> + +<p>Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar. +Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.</p> + +<p>Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué +decir, repitiendo lo mismo:</p> + +<p>—¡Feliciana... Feliciana!</p> + +<p>—Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué +repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la +has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú +te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una +señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje +de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana; +deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido, +canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de +haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero<a name="page_131" id="page_131"></a> es mujer, y calla, y +se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un +ladrón que se divierte fingiendo que no se entera.</p> + +<p>Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al +pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos, +lacrimosos.</p> + +<p>Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar. +Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él.</p> + +<p>Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de +lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después +intentó sonreír.</p> + +<p>—Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y +olvida esas tonterías.</p> + +<p>—Feliciana—dijo el joven gravemente—, no llores. Broma o realidad, +bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón: +soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se +fija.</p> + +<p>Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la +muchacha, deslizándose instintivamente por su talle.</p> + +<p>Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta, +que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su +talle parecía doblarla, vencerla.</p> + +<p>Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta +rápida aproximación.</p> + +<p>Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo +volvía de la cañada perseguido por los mozos.</p> + +<p>La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la +abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos +sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto +de espanto que si despertase de súbito<a name="page_132" id="page_132"></a> completamente desnuda a la vista +de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol +inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos.</p> + +<p>No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de +veras, y gemía entre suspiros:</p> + +<p>—¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza!<a name="page_133" id="page_133"></a></p> + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + +<p>—Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considero +como de la familia.</p> + +<p>Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellas +palmaditas protectoras que enorgullecían al joven.</p> + +<p>Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con la +severidad que correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Las +sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librería alineábanse +los tomos de las <i>Sesiones del Senado</i>, juntos con memorias, +estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño, impresos a +expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes, +exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas sociedades, +acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigio +de caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a +su «digno senador» por sus brillantes discursos en defensa de la +protección a los trigos.</p> + +<p>Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado del +despacho. El marqués aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, con +todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su salón y +sosteniendo con la diestra mano su frente<a name="page_134" id="page_134"></a> cejijunta cargada de +pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurón con el +pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su +poderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintió +ganas de reír ante la seriedad y el empaque con que el senador se +mostraba en el retrato. Era un caballero que se hacía representar de +visita en su propia casa.</p> + +<p>El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector, +parecía titubear en presencia de Maltrana.</p> + +<p>Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuviese +lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus +luchas y aspiraciones, mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecía +buscar un pretexto para conducir la conversación adonde era su deseo.</p> + +<p>Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro.</p> + +<p>—Pues sí, joven amigo—dijo con la entonación solemne que empleaba al +charlar en los corrillos de la Alta Cámara—. Yo me he tomado la +libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que +considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que +proteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos, por más +que muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a problemas +graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño, +como ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hay +que aceptarla con toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez sea +beneficioso para usted será indudablemente muy útil para mí, y si usted +lo acepta, merecerá mi agradecimiento.</p> + +<p>Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo +su relleno de retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba el<a name="page_135" id="page_135"></a> +señor marqués? Allí estaba él para servirle; podía decir cuál era su +intención.</p> + +<p>El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como si +temiese descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era el +hombre que en todo Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfacción +a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los +trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda católica y de +religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de +unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no +faltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partido +con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya +tertulia no le era lícito faltar, y tenía que ocuparse de la educación +de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas +sanas de su padre y merecían los elogios de sus antiguos maestros, los +buenos sacerdotes de la Compañía.</p> + +<p>Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interiores +estas palabras. Conocía de vista a los hijos: les había encontrado +muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las +«estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba pagarés en blanco a +todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento +de cierta <i>divette</i> procedente de Perpiñán.</p> + +<p>—En estas condiciones, pues—continuó el senador con entonación +oratoria—, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de +pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo +Maltrana, también soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los +jóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, según +dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy más +escritor que orador. He publicado poco; mi<a name="page_136" id="page_136"></a> modestia me lo impide. Pero +¡si viese usted el montón de papel que llevo emborronado!...</p> + +<p>Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró a +añadir:</p> + +<p>—No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga +a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me +empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la +colaboración de un joven ilustrado que sea dueño de todo su tiempo para +escribir: uno como usted.</p> + +<p>Isidro comprendió que el personaje había llegado por fin adonde quería. +Adivinábase en su rostro la placidez de haber soltado una proposición +vergonzosa que era su tormento. El joven aceptó con breves palabras. ¿En +qué había de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy +agradecido de que se fijase en él.</p> + +<p>Y el pobre Maltrana lo sentía así, apreciando como un gran honor la +propuesta del personaje.</p> + +<p>Lo que deseaba el marqués de Jiménez era escribir un libro, pero un +libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador +serio. No quería tener secretos con Maltrana, y le confesó que el tal +libro sería un escalón, el último, para alcanzar la cartera de ministro +el día que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometía +escribir un prólogo para la obra.</p> + +<p>—Ya ve usted, amigo Maltrana. ¡Qué honor! ¡qué honor para nosotros!...</p> + +<p>Este «nosotros» dejó frío al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que +no fuese la retribución que el marqués quisiera darle.</p> + +<p>—Usted escribirá—continuó el personaje—; yo le daré las ideas; y con +esto creo que su trabajo será coser y cantar, como quien dice... Usted +es un joven discreto que «se entera» de las cosas, y tendrá<a name="page_137" id="page_137"></a> cuidado de +no «salirse del tiesto» mezclando en la obra ideas de esas diabólicas y +modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro irá +dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle más. Una dedicatoria +sencilla, pero hermosa, que usted tendrá la bondad de escribir. Asunto +de decirle que, así como es el primer soldado de la nación, el primer +agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de +dirigir la política como de dirigir un automóvil, es también, para mí y +para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer +sociólogo. ¿No será bonita una dedicatoria en este sentido?...</p> + +<p>Isidro contestó con movimientos de afirmación.</p> + +<p>—Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste +usted: socialista del verdadero socialismo, del práctico, del que puede +ser, del que defendemos los espíritus sanos, uniendo las exigencias de +la época con las santas tradiciones y los intereses creados.</p> + +<p>El joven le pidió las ideas que habían de servirle de guía, la trama +poderosa, sobre la cual no tendría él otro quehacer que alinear palabras +con la pluma: «coser y cantar», como decía el personaje.</p> + +<p>—El libro—dijo éste—podría titularse <i>El verdadero socialismo</i>; pero +si usted encuentra otro título más bonito, por mí no se prive usted; yo +no tengo en esto empeños de amor propio. Usted manda, usted es el amo. +Haga todo lo que considere más acertado; cuantas más iniciativas tenga, +mejor.</p> + +<p>Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una +extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la +caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a +los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia +católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad<a name="page_138" id="page_138"></a> el +Papa, el primer socialista del verdadero socialismo.</p> + +<p>—Creo que con esto—continuó—ya tiene usted bastante para hacer el +libro. No queda mas que el escribirlo, lo más fácil; sólo que esto exige +tiempo, y yo no lo tengo. Reconocerá usted que estas ideas no son +cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De +exponer cuestan muy poco; pero yo sé el tiempo que llevo rumiándolas, +dándoles forma, preparándolas, para que usted no tenga mas que +escribirlas. Además, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del +libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastará +en imprenta lo que sea preciso. Los capítulos deben ostentar al frente +esos párrafos en letra, pequeña que llaman sumarios. Esto me ha gustado +siempre; da cierto aire de seriedad y de método. Luego deseo que todas +las páginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto. +He visto que todas las obras importantes van así. También esto da aire +de seriedad y prueba erudición en el autor. Hay que citar muchos nombres +y que sean extranjeros; cuanto más enrevesados, mejor. Esto lo hará +usted fácilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas +semanas en la Biblioteca. ¡Si yo tuviese tiempo!...</p> + +<p>Maltrana sonreía escuchando las indicaciones de su protector.</p> + +<p>—La tarea es fácil—prosiguió el marqués—. No crea usted que yo ignoro +dónde están las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escándalo +hemos coincidido algunos hombres de Europa. Según me dijo el jefe, hay +un señor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito +algo muy sonado sobre el socialismo católico. Uno no tiene tiempo de +leerlo todo. Búsquelo usted, y ya tiene una fuente más, después de las +mías.<a name="page_139" id="page_139"></a></p> + +<p>El senador habló aún largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la +facilidad con que podía escribirla contando con la firme base de sus +ideas.</p> + +<p>—Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su +tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Además, amo a +la, juventud y deseo protegerla. Le daré a usted tres mil reales por su +trabajo; pero que sea grueso el libro, ¿eh?, y sobre todo, notas... +muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he +concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte +duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas.</p> + +<p>Maltrana cogió el billete con cierta emoción, contestando aturdidamente +a todas las recomendaciones del personaje.</p> + +<p>—A trabajar, joven. La vida no es un sueño; hay que trabajar, hay que +ser prácticos. Tratándose de un joven formal como lo es usted, creo +inútil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Además, +no supone gran cosa: sólo significa que me falta el tiempo. El libro lo +doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. ¡Ay, si yo no estuviese +tan ocupado!</p> + +<p>Aún le recomendó otra vez que no olvidase los sumarios de los capítulos +y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores.</p> + +<p>—Esto viste mucho. Cuando usted tenga un capítulo, me lo trae, y así +con todos los demás. Yo los iré copiando, para que vaya de mi letra a la +imprenta. Aunque ocupadísimo, creo que tendré tiempo para este pequeño +trabajo.</p> + +<p>Maltrana, al verse en la calle, creyó que la Fortuna marchaba ante él, +abriéndole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No sentía el más +leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de +encargarle. Se reía del socialismo católico<a name="page_140" id="page_140"></a> y de las «ideas» de su +protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el +esqueleto de un libro. ¡Valiente atún era el señor Jiménez!... Pero lo +respetaba, viendo en él al hombre providencial que cambiaría el curso de +su existencia, al suceso esperado que había de sacarle del atolladero de +su voluntad.</p> + +<p>El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco +pesábale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; veía tras él +la seguridad de otros billetes, de más dinero, todo a cambio de llenar +unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de +disparates para él inadmisibles, que el grave senador firmaría sin +titubear, poniéndolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad.</p> + +<p>Podía dormir tranquilo el solemne marqués de Jiménez. Tendría el libro +más pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con +sumarios, hasta con apéndices, desfilando por el piso bajo de sus +páginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores +conocidos y desconocidos, con algunos más que él inventaría. Difícil era +que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a +ser autor a tan poca costa, repetiría el encargo, dándole ideas para +nuevos libros. El le sugeriría el deseo de ser académico, de conquistar +la inmortalidad apedreándola con grandes volúmenes de interminables +notas que nadie leería. Acababa de encontrar un filón; iba a tener una +renta fija.</p> + +<p>Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratería literaria, +aceptándola alegremente como una liberación de la miseria, pensó en +cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar.</p> + +<p>Era más de mediodía. Maltrana se fue a la «taberna<a name="page_141" id="page_141"></a> de los genios», que +únicamente visitaba en los días prósperos. ¡Flojo atracón iba a darse! +Buscó en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres leía +melancólicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro +capital que una peseta. ¡Viva la abundancia! Comió a su antojo de lo más +caro, tomó café, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la +calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Había que solemnizar +el suceso.</p> + +<p>Saboreando la copa de coñac y envuelto en la nube azulada de oloroso +humo, sentía la placidez de una buena digestión, aquella fe en el +destino que surgía en él al llenar el estómago.</p> + +<p>Pensaba en el porvenir. Su protector tenía razón: la vida no es un +juego; debía cambiar inmediatamente de método. El trabajo exige orden; +suprimiría la vida nocturna: dejaría de ir a la redacción. Ya no podía +estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su +padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla él. Se acabó la +bohemia triste y errante. Tenía derecho a una casa, como todos... ¿Y por +que no a una mujer que le acompañase en esta ascensión hacia la Fortuna, +que creía haber comenzado ya?...</p> + +<p>La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como él la llamaba, pareció +surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul.</p> + +<p>Aún duraba en él la impresión de sorpresa y de orgullo que le produjeron +las palabras de la muchacha cuatro días antes. El, tan feo y miserable, +que sólo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, veíase amado, y +para mayor asombro, era la hembra la que salía a su encuentro, +ofreciéndose en un arrebato de audacia.</p> + +<p>No dejaba de reconocer que en este amor había mucho de admiración. La +pobre muchacha de las<a name="page_142" id="page_142"></a> Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el +único hombre que la había revelado la existencia de una vida distinta de +la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba.</p> + +<p>«Para la pobre Feli—pensó Maltrana—, yo soy la poesía; un pedazo de +cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un +mismo tiempo. ¡Con tal que no pierda las ilusiones al verme de +cerca!...»</p> + +<p>La Fortuna le había azotado largos años, para dárselo todo a un tiempo: +dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesión, él no podía dormir sin +que se cortase su sueño con visiones, en las que aparecía la hija del +<i>Mosco</i> acariciándolo con la sonrisa, tendiéndole los brazos. Al +despertar, la imagen quedábase fija en su memoria, ennoblecida y +hermoseada por el ensueño, como una ilusión más de las muchas que +llevaba en el bagaje de sus esperanzas.</p> + +<p>Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permanecía indeciso, +no sabiendo ciertamente qué contestar. El no conocía otro amor que el de +las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era +de este género. Habituado por sus aficiones filosóficas a buscar la +causa de las cosas y a desentrañar las pasiones, abriéndolas en canal +para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos +descarnados los sentimientos más vivos.</p> + +<p>No; él no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentíase atraído por +ella dulcemente. En esta atracción había un poco de agradecimiento y +algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, además, +por egoísmo, viendo en ella una hembra apetecible que podía embellecer +su existencia.</p> + +<p>Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filósofo, soñaba +despierto muchas veces al pensar<a name="page_143" id="page_143"></a> en su porvenir. Cuando su imaginación +tomaba vuelos de águila, se veía aclamado por las naciones, reconocido +por todas como el genio más grande del siglo, presidiendo, en nombre de +la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivían felices gracias a +Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napoleón de las grandes conquistas +del progreso.</p> + +<p>Otras veces, sus ensueños aleteaban más bajos. Nada de dominaciones, ni +de Estados Unidos de Europa y otros líos: contentábase con ser un hombre +que tuviese asegurada la satisfacción, sus necesidades, y pasase la vida +plácidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir +sus traducciones, soñaba con tener algún día habitación propia, muchos +libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado +por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgirían por +detrás, estrechándole, y una boca acariciadora le rozaría las orejas +murmurando palabras de cariño.</p> + +<p>Esto no era imposible; podía conseguirlo. Llegaba el momento de realizar +sus ensueños. La buena hada de las leyendas marchaba ante él con la +varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino.</p> + +<p>Salió de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo +ante él, como si las ilusiones se le escaparan por la boca, +precediéndole en la marcha.</p> + +<p>El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecían +colarse en su alma. Aún vagaban por las calles algunos mascarones, +últimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonreía, +encontrándolos interesantes; también por su imaginación se paseaban como +máscaras las más abigarradas ilusiones.</p> + +<p>Con la alegría del bienestar, emprendió a pie<a name="page_144" id="page_144"></a> su marcha hacia los +Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a +la fábrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de ésta +para hablarla de la fortuna que inesperadamente embellecía su vida.</p> + +<p>Paseando por un andén de la ancha calle, más allá de los Depósitos +viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido.</p> + +<p>—Vaya usted con Dios, don Vicente.</p> + +<p>Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por +su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El +sombrero, más grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por +ocultas cintas de papel. Tenía la cara rojiza, con profundos surcos en +cuyo fondo la piel aparecía blanca y brillante. Los ojos parpadeaban, +inflamados, sin pestañas, con las córneas manchadas de sangre. Las +orejas sobresalían, casi despegadas del cráneo, como si fuesen a +aletear. Las púas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban +la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente.</p> + +<p>Parecía fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores +rudezas, pero las privaciones habían amojamado su cuerpo y daban a su +paso cierta irregularidad, como si las piernas sólo pudiesen avanzar a +costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso +de la extrañeza de las gentes. De vez en cuando se detenía, y apoyando +un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una +arruga vertical.</p> + +<p>Al oír que el joven le saludaba, dudó algunos instantes, como si sus +ojos inflamados no pudiesen reconocerle.</p> + +<p>—¡Ah! ¿Es usted, señor de Maltrana?—dijo con voz dulce—. Que la +Virgen le guarde. ¿Trabaja usted mucho?..<a name="page_145" id="page_145"></a></p> + +<p>Maltrana le había conocido por sus hábitos de noctámbulo. Como él se +acostaba bien entrado el día y aquel hombre levantábase mucho antes de +amanecer, se habían encontrado varias veces en las calles de Madrid, +cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la mañana.</p> + +<p>Isidro sentía por él irónica admiración. Había llegado tarde al mundo, +así como él, en su petulancia juvenil, creía haber nacido demasiado +pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre +habría venerado al señor Vicente; los reyes le habrían visitado en su +tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habrían caído +sobre su cadáver, arrancándole los pelos y pedazos de su hábito como +santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figuraría en los altares, +trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro.</p> + +<p>Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenían +oraciones, de pequeñas estampas y de periódicos de religiosa procacidad +que le entregaban las asociaciones católicas para que los repartiese. +Maltrana le había tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada +peleándose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con +acompañamiento de tremendas blasfemias. El señor Vicente se arrodillaba +con los brazos en cruz ante el pecador, pidiéndole que le pegase con el +látigo, que saciase en él su furia, a cambio de dejar en paz el santo +nombre de Dios, pues antes quería morir que verlo insultado. El joven +había sentido interés por este loco que vagaba por Madrid entre la +extrañeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros +tiempos, habría fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su +huella en la Historia.</p> + +<p>Después le vio muchas mañanas deteniendo a las criadas en las +inmediaciones de los mercados<a name="page_146" id="page_146"></a> para darlas estampas y oraciones, +hablándolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin +fijarse en las risas de las muchachas, que sentían cierta lástima por la +guilladura de este buen señor, que al mismo tiempo era persona fina.</p> + +<p>Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando +con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de <i>El Motín</i> +pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los +santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del +martillo sobre la suela.</p> + +<p>Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres +compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El +vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por +tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos +aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones +simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había +visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su +tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para +provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la +cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su +paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la +corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la +violencia: sus puños se cerraban amenazantes.</p> + +<p>—¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!—rugía con una entonación semejante a +la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios.</p> + +<p>Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba +la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se +dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.<a name="page_147" id="page_147"></a></p> + +<p>Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos, +entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los +merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del +plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas +por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las +vueltas que acababan de dar al compás del piano.</p> + +<p>—Mis negocios van bien, señor Vicente—dijo Maltrana contestando a su +pregunta—. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda?</p> + +<p>El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos.</p> + +<p>—No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba +para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las +fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su +bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el +desengaño.</p> + +<p>Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables +de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado +aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al +centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras +sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían +pensar en locuras.</p> + +<p>—En todas partes existen pecadores necesitados de consejo—dijo el +señor Vicente—. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los +teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se +encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto +como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme. +Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas! +Catorce años empleé en traer al buen<a name="page_148" id="page_148"></a> camino a un zapatero, que es la +mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho +perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al +redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el +alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal +cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen—aquí el +señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia—. Pues bien; +le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad +del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.</p> + +<p>—¿Y esos ojos cómo van?—preguntó Isidro.</p> + +<p>—¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me +dan muchos disgustos los pecadores.</p> + +<p>Maltrana le aconsejó la calma.</p> + +<p>—¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?—gritó el señor Vicente +exaltándose—. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia +cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que +si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí +señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias.</p> + +<p>Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si +ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos +transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y +las piernas cual si retase a invisibles enemigos.</p> + +<p>—Calma, señor Vicente—dijo Maltrana—. Cuídese; guarde la vida para +servir a su Dios.</p> + +<p>—¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!—exclamó el devoto con +cierto respeto—. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco; +usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no +se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y +llegará el día en que<a name="page_149" id="page_149"></a> Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo +nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y +sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su +alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se +olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día +sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará +de lo que le dice el hermano Vicente.</p> + +<p>Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje +original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro +Caminos.</p> + +<p>—Usted fue soldado, ¿verdad?—dijo para prolongar la conversación.</p> + +<p>—Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.</p> + +<p>Y al recordar sus tiempos de soldado, latía en sus palabras cierto +orgullo; la misma satisfacción soberbia que muestra la Iglesia al decir +que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada.</p> + +<p>—¿No se lo dije en otra ocasión, amigo don Isidro? fui militar y estuve +en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe +usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cádiz; dieron el grito y +tuve que echar detrás de los mandones, disparando tiros en contra de la +religión, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor +de mi vida; pero Dios me lo perdonará, porque fui forzado y no tuve +intención de ofenderle... Después salí del servicio y me dediqué a las +cosas santas.</p> + +<p>—¿Y por qué no se hizo usted fraile?</p> + +<p>—No me faltaron ganas, señor de Maltrana. Un marqués, antiguo coronel +mío y persona muy devota, puso empeño en que me admitiesen en un +convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes méritos para +vestir el hábito.<a name="page_150" id="page_150"></a></p> + +<p>Lo decía bajando la cabeza, encogiéndose para mostrar mejor su humildad. +El joven pensaba que los frailes habían tenido miedo a las exaltaciones +del señor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega +no podía permanecer en un convento.</p> + +<p>—Pero vivo lo mismo—continuó—que si perteneciese a una orden. Tengo +mi regla. Un señor sacerdote me escribió en un papel lo que debo hacer a +todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Señor. +La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de +ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro señor sacerdote reformó +el primer papel, ordenándome aún más horas de paseo; toda la tarde en el +campo. Dicen que de no hacerlo así puede turbárseme la cabeza y el +demonio me dará martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco: +todas las tardes salgo al campo; cada día a un sitio de las afueras. He +dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los +alrededores niño ni mujer que no conozca al hermano Vicente. ¡Las +estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los +pájaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me +acompañan en el camino; pero ¿dejar de pensar en las cosas santas? no +puedo... ¡no puedo!... y peco por desobediencia.</p> + +<p>El señor Vicente irritábase contra esta imposibilidad de olvidar por +unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo.</p> + +<p>—Dicen que pienso demasiado, señor de Maltrana, y tal vez tengan razón. +Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El +Malo me martiriza con imágenes infames. Dicen además los señores +sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco, +que debía atender más al cuerpo... Eso no; santos<a name="page_151" id="page_151"></a> famosos hubo que +comían menos que un pájaro, y yo, señor, hay días en que no ayuno y +gasto un real o más en mi manutención. Las buenas señoras que me +protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y +yo digo que sí a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres +que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se +arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo +que voy bastante bien.</p> + +<p>Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fijó en su +camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas +de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parásito movíase +entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello.</p> + +<p>—No necesito más allá de un real para vivir—continuó el devoto con +cierto orgullo—. Nunca he comprado un periódico, ni sé lo que es tener +una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes, +ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la política. +A estas horas no sé quién manda en España. Lo mismo da que sean unos que +otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso +de la política, zarandajas, marañas, patrañas y tonterías.</p> + +<p>El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente; +inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.</p> + +<p>—El liberalismo, señor de Maltrana, y todo eso del progreso y las +revoluciones está condensado en pocas palabras; lo que yo digo: «matar, +robar y no hacer daño a nadie...» Matan el alma, se la roban a Dios, y +después dicen que no hacen ningún daño... ¡La libertad! La gente se va +detrás de sus patrañas, porque éstas halagan a la bestia que todos +llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el<a name="page_152" id="page_152"></a> hombre es malo y +necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa +libertad, y veremos barbaridades.</p> + +<p>Maltrana, entretenido por esta charla, fingía aprobarlo todo con +movimientos de cabeza.</p> + +<p>—Usted habrá leído mucho, don Vicente.</p> + +<p>—Nada, señor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender +las obras de Teología. Además, estos ojos no están para lecturas... Pero +tengo muchos libros, muchísimos: no caben en tres carros. Me gasto en +ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y +apenas cae en sus puestos una obra antigua de teología moral, de cánones +y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan, +diciendo: «Para el hermano Vicente.» ¡Lo que me cuestan los libros! Yo +podría vivir en una buhardilla o ser huésped de una familia cristiana; +pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho +duros para que estén bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no +enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergón; pero las obras están +en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un +seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer +pecaminoso. Me parece que forman un jardín, el jardín de la sabiduría +eterna. Cada libro es una flor, con su riquísimo perfume de pergamino y +de polvo. Yo no he leído mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a +San Juan de la Cruz. Pero si algún día me honra usted con su visita, +verá un ejemplar de la <i>Summa</i> en muchos tomos, ¡en muchos!, y usted, +que está más acostumbrado a los estudios, pasará un rato celestial. Yo +no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas +leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento +que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies.<a name="page_153" id="page_153"></a></p> + +<p>El devoto mirose los zapatos y añadió:</p> + +<p>—Me aguardan en Bellasvistas, señor de Maltrana. Llevo tres reales en +el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla está muy +mal; tiene un batallón de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dónde +vivo. A ver si me honra un día con su presencia y visita mi jardín. No +tiene mas que preguntar por el señor Vicente, don Vicente o el hermano +Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que +sus negocios marchen bien. Sólo tengo que hacerle una recomendación, +porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su +Santa Madre María y en nuestro poderoso patrón San José, y con estas +ayudas crea que todo le saldrá bien, y si no es en la tierra, será en el +cielo... Buenas tardes, señor de Maltrana.</p> + +<p>Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevándose la +mano al sombrero y descubriendo un instante su cráneo rapado, +puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Después se alejó +manoteando, como si no pudiera aplacarse fácilmente la exaltación que se +despertaba en él al mencionar sus celestiales protectores.</p> + +<p>Maltrana siguió con la vista un buen rato al interesante personaje, +motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los +desocupados que se reúnen en tabernas y portales.</p> + +<p>«¡Y pensar—se decía Isidro—que si nace dos siglos antes hubiésemos +tenido un San Vicente más!...»</p> + +<p>El joven olvidó pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres +de la fábrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y +mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su +presencia por haberle visto desde las ventanas de la fábrica.<a name="page_154" id="page_154"></a></p> + +<p>La muchacha emprendió su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse +con las otras del oficio y de no aguardar a la compañera con la que +llegaba todas las mañanas al taller.</p> + +<p>Maltrana salió a su encuentro. Bastó un saludo algo tímido para que Feli +sonriera, olvidando todos los propósitos de seriedad que se había +forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo +ocurrido en la tarde cíe Carnaval.</p> + +<p>Isidro comenzó a hablarla con emoción. Desde que la muchacha le había +confesado su afecto, no podía contemplarla con la misma frialdad que +cuando sólo era la hija de su amigote el <i>Mosco</i> y comía él las famosas +cachuelas sin fijarse en sus miradas.</p> + +<p>El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqués de +Jiménez, que le parecía el primer anuncio de la riqueza, le devolvió su +aplomo de hombre superior.</p> + +<p>—Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos +sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes.</p> + +<p>Los dos atravesaron la calle, saliéronse de ella, y sin darse cuenta de +lo que hacían, se internaron en los campos, siguiendo la linde del +tercer depósito, hacia el cementerio de San Martín, que alzaba en el +fondo su masa de cipreses.</p> + +<p>La muchacha intentó detenerse. ¿Adónde iban por allí? Pero Isidro la +empujó con dulzura.</p> + +<p>—Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero. +No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sería +imposible hablar.</p> + +<p>Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla +de una fábrica cercana.</p> + +<p>—Feli—continuó el joven—, era preciso que hablásemos. Después de la +otra tarde en el Caño Dorado,<a name="page_155" id="page_155"></a> de las cosas que me dijiste... yo +necesitaba hablar. Tus amigas no me dejaron. Además, tú llorabas como si +fueses a morir.</p> + +<p>—¡Pero si yo no dije nada!—exclamó la muchacha con las mejillas +arreboladas—. Y si dije algo, no lo recuerdo. No sabía lo que hablaba; +estaba borracha.</p> + +<p>Isidro se aproximó más, pegando todo un lado de su cuerpo al de Feli, +percibiendo la firmeza elástica de su carne, su tibia suavidad, al +través del mantoncillo y la falda sutil.</p> + +<p>—Oye, Feli, no nos pongamos tontos. ¿A qué ir con disimulos y +coqueterías, como si nos viésemos ahora por primera vez?... Yo te +quiero; tú me quieres; los dos nos queremos. ¡Me parece que más +sencillo!... No hay otra diferencia entre nosotros, que tú, como mujer, +eres más lista en asuntos de amor y te has enterado antes de la verdad. +Yo soy un pazguato y he necesitado que vinieras tú a decírmelo, como si +fuese una señorita boba. En resumen: Feli, ¡rica! yo te quiero... ¿Y tú?</p> + +<p>La muchacha no contestó con palabras. Bajó los ojos, y su cabeza fue +inclinándose dulcemente en señal de asentimiento.</p> + +<p>Maltrana metió un brazo por debajo del mantoncillo, enlazándolo con el +de la joven. Así, muy agarrados, muy juntos. Este mudo apretón, este +contacto invisible, valía más que todas las palabras.</p> + +<p>Caminaban lentamente, sin mirarse, como si toda su atención y el calor +de su vida estuviesen concentrados en los brazos, que se apretaban con +estremecedor contacto, confundiendo los latidos de sus venas.</p> + +<p>Maltrana creía caminar en medio de una bruma que le ocultaba los +objetos, que hacía elástico el suelo, dando a sus pisadas una ligereza +sobrenatural.<a name="page_156" id="page_156"></a></p> + +<p>Un perfumo extraño, de embriagadora suavidad, acariciaba su olfato. +Parecíale imposible que una muchacha criada en las Carolinas, entre los +desperdicios de la villa, oliese tan bien. Surgía de su cabellera negra +peinada a la diabla, con gracioso descuido; de su cuerpo esbelto, del +revoloteo de sus faldas. Era una esencia sobrenatural que seguramente no +podía comprarse en perfumería alguna, que tal vez era un engaño de la +imaginación, pero se le subía a la cabeza como el más fuerte de los +vinos. Ninguna mujer, al pasar junto a Maltrana, olía así. El joven iba +ya enterándose de lo que eran el amor y sus dulces engaños.</p> + +<p>Vieron venir hacia ellos un viejo de cara hosca con un cayado al brazo, +un guarda de Consumos que paseaba. Los dos, instintivamente, se +separaron desenlazando los brazos.</p> + +<p>Esta sorpresa les sacó de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las +impresiones eran menos duraderas, volvió, como él decía, a la realidad.</p> + +<p>Aquella noticia importantísima que deseaba comunicar a Feli era, +sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que +llegaba inesperadamente, enloqueciéndole de alegría, cual si le +asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia.</p> + +<p>—Tú me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a +serlo los dos.</p> + +<p>Y como la muchacha quisiera saber en qué consistía tanta riqueza, Isidro +tuvo que explicarse con cierta vacilación.</p> + +<p>—Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme +mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros +vendrán. Lo que importa es encontrar el camino, y en él estoy ya... +¿Sabes por qué era ciego, Feli, por qué no me fijaba en tu +regraciosísima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin +casa, sin<a name="page_157" id="page_157"></a> una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. ¿Cómo iba a +pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?...</p> + +<p>Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, había estado hasta +entonces, pero la muchacha lo atajó. Que era pobre, ¿y qué? Ya lo sabía +ella. Muchas veces se había fijado en la voracidad con que comía en casa +de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era +sabio, y para ella el hombre más guapo del mundo.</p> + +<p>—¡Guasona!—exclamó Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del +mantón—. ¿Es que quieres burlarte de mí?</p> + +<p>—Lo digo como lo siento—continuó la muchacha con sencillez—; el más +guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, señorito.</p> + +<p>Ella se había enamorado sin saber cómo. Su padre la hablaba con +admiración de los grandes hombres desconocidos a los que había tratado +en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pensó que era +uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del dañador, +aparecían como semidioses.</p> + +<p>La <i>Mariposa</i> hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algún +día le verían entre los mandones; el <i>Mosco</i> reconocía en Isidro un +talento que se aproximaba al de sus grandes ídolos; el señor Manolo el +<i>Federal</i> lamentábase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto +mérito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por +estos elogios, mirábale con creciente admiración, escuchando horas +enteras de sus labios cosas que no entendía, pero que sonaban en su oído +como música celeste.</p> + +<p>De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abría un +desgarrón, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un<a name="page_158" id="page_158"></a> +cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que sólo habitaban los +seres como Isidro. Cuando éste recitaba versos al final de sus meriendas +con el <i>Mosco</i>, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivían +en el extranjero con honores de príncipe, a la pobre Feli le temblaba el +corazón, sentía que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para +llorar, como si estuviese en presencia de una religión nueva.</p> + +<p>Comenzó a pasar las noches en continuo ensueño, viéndole a él, siempre a +él, hermoso como un ángel, asombrando a los hombres con su grandeza; +siendo lo más extraño que al día siguiente, contemplándolo en su +realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos +atractivos de la nocturna visión.</p> + +<p>—¡También tú!—exclamó Maltrana—. ¡También tú sueñas!...</p> + +<p>Feli habló luego con tristeza de las dudas que le habían atormentado. +Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre +muchacha hija de un dañador que vivía entre la gente miserable de la +busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los +almuerzos y las meriendas del <i>Mosco</i>, experimentaba ella una alegría. +Aplicábase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los +gazapos. Bendecía estas privaciones de la existencia bohemia, como algo +providencial que aproximaba al hombre amado, dándola nuevas esperanzas. +Pero luego transcurrían largas temporadas sin que le viese. Estaba en +Madrid... ¡en Madrid! Y la muchacha repetía la palabra con cierta +cólera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones. +Isidro debía tener allá mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo +de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. ¡Las noches +que había pasado gimiendo<a name="page_159" id="page_159"></a> de desesperación, creyendo perdidas sus +ilusiones!...</p> + +<p>La inocente Feli decía esto trémula aún de miedo, como si no tuviese la +seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen +aquellas tentaciones que abultaba con fantástico relieve. Maltrana rió +de la simpleza de la muchacha. ¡Alma cándida y trémula!... ¡Si conociese +la realidad de su vida!... ¡Suponerle de jolgorio entre actrices y +grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre, +pensaba en la cazuela bienhechora de la redacción! ¡Creerle favorecido +por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se +burlaban de la ruindad física del pobre <i>Homero</i> y le herían con sus +bromas!...</p> + +<p>Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una ironía +cruel. Maltrana siguió riendo de la inocencia de Feli cuando ésta le +dijo con un gestecillo hosco:</p> + +<p>—Se acabaron las calaveradas, ¿eh? Sólo me querrás a mi: no harás caso +de las señoronas. Porque advierto a usted, señorito, que yo soy muy +celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandísimo pillo, me la +pagarás... ¡vaya si me la pagarás!</p> + +<p>Habían entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal +de San Martín. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas +de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino.</p> + +<p>Los dos jóvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal. +Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el +silencio. De vez en cuando oíase el chillido de un pájaro y el follaje +se estremecía con invisibles aleteos.</p> + +<p>Feli, que siempre había visto de lejos este cementerio, sintió gran +inquietud al encontrarse cerca de él. Por entre el ramaje y el hierro de +las verjas<a name="page_160" id="page_160"></a> veíase la blancura del mármol de los panteones. El brazo de +la muchacha se estremeció de inquietud, apretando el de su novio.</p> + +<p>—¡Tonta!—exclamó Maltrana—. ¡Si esto es un jardín! La última que +enterraron fue mi protectora, y antes de que trajesen su cadáver habían +pasado muchos años sin entierros... Esto es muy bonito: hace pensar en +el amor más que en la muerte.</p> + +<p>Contemplaba la joven desde el parterre todo el frente del cementerio: +dos pabellones color de rosa unidos por una doble columnata del mismo +tinte alegre. En un pabellón estaba la capilla, cerrada muchos años, con +una espadaña de hierro en el tejado, de la cual pendían dos campanas +cubiertas de herrumbre. El pabellón opuesto servía de habitación al +conserje, y en una ventana de medio punto alineábanse macetas de flores +bajo una cortina de tonos alegres que la brisa hacía ondear.</p> + +<p>Una verja cerraba la columnata, y por entre sus hierros veíase todo el +cementerio como un frondoso jardín. Los cipreses, esbeltos y elegantes, +alineábanse a lo largo de las avenidas. En el espacio comprendido entre +sus troncos agrupábanse altos rosales de hermosa vejez. Las plantas +trepadoras enroscaban sus verdes ondulaciones en las columnas de los +claustros, llegando hasta los arcos de herradura. Los mausoleos, las +imágenes yacentes, los ángeles de mármol, en medio de las platabandas de +tupida vegetación, parecían estatuas de jardín.</p> + +<p>Maltrana, siempre que veía de lejos este cementerio, destacando en el +cielo las techumbres redondas de sus pabellones, las columnatas y la +helénica vegetación de sus esbeltos cipreses, pensaba en una acrópolis +clásica de aquellas que eran fortaleza, santuario y paseo a un tiempo.</p> + +<p>La dulce calma, cortada por el rumor del follaje<a name="page_161" id="page_161"></a> y el piar lento de los +pájaros, disipó la inquietud de Feli.</p> + +<p>—Entremos—dijo su novio—. Esto es un cementerio de novela; un jardín +como no hay otro en Madrid.</p> + +<p>La enamorada pareja sentíase atraída por el poético silencio de este +rincón olvidado.</p> + +<p>En la columnata vieron a una vieja haciendo calceta, y junto a ella un +hombrón, que fijó en los jóvenes su mirada escrutadora.</p> + +<p>—¿Vienen ustedes por algún pariente?—dijo.</p> + +<p>Maltrana contestó con la firmeza del que dice verdad:</p> + +<p>—Tengo aquí lo mejor de mi familia.</p> + +<p>El guardián no parecía satisfecho.</p> + +<p>-¿No vienen ustedes a pintar?—preguntó de nuevo—. Porque para pintar +se necesita permiso.</p> + +<p>Isidro sonrió, echando atrás las aletas de su macferlán. ¡Pintar! ¡ Vaya +una pregunta! ¿En dónde iba a ocultar los colores y la paleta?...</p> + +<p>Los dos jóvenes, tras un gruñido de asentimiento del portero, entraron +en la Patriarcal, comentando las extrañas preguntas de éste con risas +que parecían alegrar el fúnebre silencio.</p> + +<p>Maltrana quiso que Feli viese la sepultura de su protectora, y los dos +salieron de la avenida central para descender por una escalerilla en +forma de túnel a un patio inmediato.</p> + +<p>En este rectángulo, mucho más bajo que el centro del cementerio, no +vieron árboles ni platabandas. El suelo estaba totalmente ocupado por la +muerte; las tumbas se apretaban entre las galerías del claustro.</p> + +<p>Embellecía el abandono este rincón con desolada poesía. Las grandes +losas sepulcrales estaban curvadas por el tiempo y la lluvia, con las +inscripciones borrosas; las plantas parásitas, creciendo<a name="page_162" id="page_162"></a> entre las +piezas de mármol, las hacían saltar, desuniéndolas con el impulso vital +de sus raíces. Las coronas, pendientes de cruces de hierro mohoso, +habían perdido sus flores, sus doradas siemprevivas; eran aros de paja +negra y putrefacta, guardando en sus briznas un hervidero de insectos.</p> + +<p>Los pasos de los dos jóvenes hacían resonar las oquedades repletas de +huesos; por todos lados, en el suelo y en las paredes, la sensación de +lo hueco, la repetición interminable del más leve ruido, la nada sonora +de la muerte.</p> + +<p>Maltrana se detuvo ante un nicho. Allí estaba su ángel bueno, la que él +llamaba por antonomasia «la señora». Acordábase, conmovido, de las +palabras de la buena anciana cuando le prometía buscarle una esposa que +le hiciese feliz. Señora, la compañera estaba allí: venía a saludarla, +agradecida por lo que había hecho con él. No era rica, tal vez no era +buena cristiana, como la deseaba ella; pero embellecería su existencia, +dándole ánimos para seguir aquel camino áspero en el que le había +abandonado su mano protectora, paralizada por la muerte.</p> + +<p>Al salir del fúnebre patio, les pareció aún más hermosa la avenida +central del cementerio. El jardín, con su belleza melancólica, +ahuyentaba toda idea de muerte. Era distinto de los patios cercanos, +henchidos de cadáveres. Sus diseminadas tumbas parecían monumentos de +adorno, colocados allí sin otro objeto que alterar la verde monotonía de +la vegetación. Eran sepulturas de ricos, de privilegiados, que aun +después de muertos parecían guardar la tranquila compostura de los +felices. Los nombres de antiguos ministros, de generales, de duquesas +famosas por sus gracias, brillaban en las caras de estos enormes +juguetes de mármol.</p> + +<p>Las primeras mariposas movían sus alas sobre<a name="page_163" id="page_163"></a> los rosales, cuya sequedad +invernal comenzaba a hincharse a impulso de los tiernos brotes. Zumbaban +los insectos en el ambiente dorado de la tarde; la tierra se agrietaba +para dar paso a una vegetación salvaje, a una maraña verde, que parecía +la cabellera primaveral surgiendo lentamente de la tierra. Las hormigas +removían el suelo, elevaban pirámides junto al túnel de su vivienda, y +en negros rosarios atravesaban los andenes, realizando bajo la hierba +obscuras epopeyas de combates, conquistas y trabajos hercúleos. De +ciprés en ciprés aleteaban pájaros negros, rasgando el silencio con su +silbido. Eran los mirlos y las currucas ocultos en la espesura de la +Patriarcal, único refugio de follaje en medio de las yermas colinas.</p> + +<p>Tres niños con blancas blusas, sonrosados y mofletudos como angelotes, +tres pequeñuelos de la familia del conserje o de alguna casucha cercana, +jugueteaban puestos en cuclillas sobre la hierba, hurgando los +hormigueros y arrojando pedradas a los pájaros, que apenas si movían las +alas. Feli los contempló con ojos amorosos; sentía deseos de abrazarse a +ellos, de comerse a besos sus hociquillos sonrosados y sucios, como si +fuesen una imagen de la vida triunfadora, invadiendo el rincón del +olvido.</p> + +<p>Maltrana, bajo la influencia de este ambiente melancólico y dulce, +hablaba a Feli de sus ideas. Le gustaba el cementerio de San Martín, con +su rumorosa vegetación de jardín abandonado, porque ofrecía la belleza +de la Muerte tal como él la había concebido.</p> + +<p>La Muerte no era un esqueleto de burlesca risa y grotescas cabriolas, +cual la representaba el bárbaro arte de la Edad Media en su horror a la +carne. Era una gran señora de belleza triste, pálida, intensamente +pálida, con una piel mate que parecía<a name="page_164" id="page_164"></a> absorber la vida del aire, sin +dejar en su superficie brillo ni jugo; con unos ojos negros, intensos, +helados, profundos, que recogían la luz del espacio sin devolver el más +leve fulgor. Era una matrona de potentes caderas, en cuyas entrañas +renacía la vida; de robustos y voluminosos pechos, siempre hinchados de +leche densa y amarga. A un pecho se agarraba el Recuerdo, gimiendo al +paladear el líquido de acíbar; al otro el Olvido, que chupaba cerrando +los ojos, queriendo dormir. A su paso callaban los pájaros, mustiábanse +las flores, caían al suelo los seres animados, se hacía el silencio. Sus +pies, invisibles bajo la túnica de crespones, hacían temblar la tierra +cual si estuviesen calzados con coturnos de hierro. Pero apenas pasaba, +todo resurgía a su espalda, casi en los bordes de sus fúnebres velos: +revivían las flores con nueva fuerza, trinaban otros pájaros, y del +polvo donde habían caído los viejos, los inútiles y los débiles, volvían +a levantarse, transfigurados por la juventud. Ella era el abono de la +vida, la hoz que siega el prado para que resurja con mayor fuerza. +Maltrana la conocía: la había visto pasar ante sus ojos, con todo su +esplendor melancólico, evocada por la más sublime de las exaltaciones +artísticas. Wágner la sacaba de las tinieblas de lo misterioso, +haciéndola marchar entre graves melodías que eran ecos del dolor humano. +Por dos veces la había contemplado Maltrana cerrando los ojos, con su +piel pálida, sus ojos negros y fríos que brillaban hacia adentro, sus +caderas de eterna creadora y sus pechos amargos: cuando el salvaje +Sigmundo habla a la walkyria que le anuncia la muerte; cuando la +desesperada Iseo se enrosca de dolor y se mesa los cabellos, agitados +por el viento del mar, ante el cadáver de Tristán.</p> + +<p>Era ella, la verdadera, la única, la que inspira<a name="page_165" id="page_165"></a> miedo y consuelo; la +belleza triste que nunca se aja; la pálida señora del mundo; la beldad +que llega puntual a la cita con su beso de olvido y de paz, con el +supremo espasmo de la insensibilidad y el anonadamiento.</p> + +<p>Feli escuchaba a su novio con los ojos dilatados por el asombro, +pugnando por entenderle.</p> + +<p>—¡Cuánto sabes, Isidro!—murmuró acariciándole con la mirada—. Por eso +te quiero tanto: porque dices cosas bonitas.</p> + +<p>Maltrana rió de la sencillez de la muchacha, sintiéndose halagado al +mismo tiempo por su admiración. Casi se arrepintió de lo que llevaba +dicho: eran tonterías; la hablaba como si fuese un compañero al que +quisiera turbar con sus paradojas. Se cogieron del brazo otra vez, y +Maltrana condujo a la joven a una galería de nichos, en lo más hondo del +cementerio.</p> + +<p>—Quiero enseñarte cómo acaban los hombres de talento, cómo reposan los +que en vida tuvieron aduladores y fanáticos... Mira.</p> + +<p>Y después de una rápida busca con los ojos, le señaló un nicho, el más +mísero de todos. Su boca apenas estaba cubierta con un hule, desprendido +de las puntas; un andrajo negro con letras amarillas y borrosas. Feli +leyó con algún trabajo: «Aparisi y Guijarro».</p> + +<p>—Ese señor—continuó Isidro—fue famoso en vida. Pronunciaba en el +Congreso discursos que duraban varias sesiones. Los curas de toda +España, los devotos, las mujeres, aguardaban con impaciencia los +periódicos para leerle. Y ahora, mírale: cualquier tabernero tiene mejor +alojamiento después de muerto... Era un poeta, un soñador; y los poetas, +no sé por qué, tienen mala sombra en la política... Yo no creo en él; +pero le compadezco y le defiendo por espíritu de cuerpo. Este olvido nos +consuela <a name="page_166" id="page_166"></a>a los que trabajamos sin esperanza en la tienda de enfrente, +que es la de los pobres, la del populacho.</p> + +<p>Maltrana siguió hablando con tono de cólera. Bien podía el rey de aquel +tribuno adecentar su tumba; bien podían los representantes de la +tradición acordarse un poco del gran artista que les había enardecido +con sus himnos oratorios. Equivalía a una burla infame citar su nombre a +todas horas, como gloria y bandera de las aspiraciones hacia el pasado, +mientras sus restos permanecían en un rincón, sin el más leve signo de +homenaje, como los de un hombre que hubiese atravesado la vida sin ruido +y sin afectos.</p> + +<p>Feli deletreaba las inscripciones en lápiz que ennegrecían el yeso +alrededor del nicho. Eran versos disparatados e ingenuos en honor del +«Cicerón español», del «paladín de la fe y las tradiciones»; testimonios +de entusiasmo de algunos curas de misa y olla, que, al venir a Madrid, +no habían querido tornar a sus pueblos sin ver la tumba de su grande +hombre. El hule caído parecía reírse con sus arrugas de tales elogios, +que sonaban a falso en este abandono.</p> + +<p>Maltrana examinó las firmas.</p> + +<p>—Todas son del populacho: curas pobres, guerrilleros ilusos; gente de +abajo, de la que tiene corazón.</p> + +<p>Aquel soñador de Levante, artista engañado, también tenía corazón, y por +eso reposaba en el olvido.</p> + +<p>—Era pobre y defendió a los ricos—continuó Maltrana—; era plebeyo y +pidió la resurrección del pasado con sus privilegios de raza; tenía el +carácter independiente y un tanto levantisco de su tierra y deseaba el +absolutismo. Los que él defendió no se acuerdan de él, y tal vez siguen +con esto al instinto,<a name="page_167" id="page_167"></a> que no engaña. Vivió para ellos, pero no fue de +su familia.</p> + +<p>Los dos jóvenes se alejaron de este rincón, volviendo a la avenida +central. Remataba ésta en un edificio abierto, especie de ábside, que +ocupaba el fondo del cementerio, con muros en semicírculo y media +cúpula. En las paredes habíanse abierto grandes hornacinas con ricas +urnas funerarias. Los segmentos de la bóveda ostentaban varias pinturas +representando la resurrección de Jesús. La gran puerta del fondo, +cerrada por una verja mohosa, dejaba ver al través de sus vidrios el +cerro de enfrente y un grupo de álamos entre dos casitas rojas en lo más +hondo de una cañada.</p> + +<p>Sobre esta puerta abríase un medio punto de vidrios de colores, por el +que se filtraba el sol de la tarde, dando a las paredes, a las tumbas, +al suelo, las palpitaciones policromas del iris. La luz fantástica +parecía prestar vida a las figuras de la bóveda, animándolas con +esplendores de apoteosis.</p> + +<p>—¡Qué bonito!—murmuró la muchacha.</p> + +<p>Esta luz alegraba los ojos, borrando la lúgubre significación del sitio. +A Feli le parecía el ábside un salón de baile alumbrado con luces de +colores: creía que todos los muertos, con trajes vistosos, sonrientes y +sin infundir miedo, iban a mostrarse para intervenir en la fiesta. Los +pájaros piaban en el inmediato jardín o revoloteaban bajo las arcadas, +como atraídos por la hermosa iluminación.</p> + +<p>La clase social de las gentes enterradas en esta parte del cementerio +sólo evocaba imágenes de lujo, de placer y de fiestas. Eran duquesas +famosas por su hermosura, damas palaciegas que habían muerto en lo mejor +de su edad, mujeres que gozaron sus épocas de reinado y adoración. Los +nombres que brillaban en letras de oro sobre la blancura láctea del +mármol hacían soñar en fiestas elegantes, amorosas<a name="page_168" id="page_168"></a> entrevistas, +tocadores lujosos impregnados de suaves esencias, adornados con flores +costosas.</p> + +<p>Maltrana, como si sintiera los efectos de este recuerdo de voluptuosidad +y amor que las ilustres muertas evocaban con sus nombres, fijó los ojos +en Feli, que contemplaba absorta las hermosas tumbas. Pasó un brazo por +su talle, la atrajo hacia él y la besó donde pudo, donde alcanzaron sus +labios, entre el lóbulo sonrosado de una oreja y el cuello moreno, que +erizó su piel, estremecida al contacto de los labios.</p> + +<p>La joven se desasió con rudo empujón.</p> + +<p>—¡Isidro!—exclamó avergonzada—. ¡Isidro!...</p> + +<p>Y bajó la cabeza tristemente, como dolorida por la audacia del amante.</p> + +<p>Después habló para acusarse a sí misma, sin dirigir el menor reproche al +joven. Ella tenía la culpa: debía haber evitado esta soledad, negarse a +entrar en el cementerio con Isidro, que estaba acostumbrado a los +mayores atrevimientos con sus impúdicas amigas de Madrid... ¡Besarla!... +¡y en aquel sitio!...</p> + +<p>Miró en torno, como si esperase que se abrieran las tumbas, irguiéndose +airados los cadáveres por tal profanación.</p> + +<p>Maltrana sonreía. ¡Tonta! ¿a qué tal miedo? Aquel sitio era lo mismo que +otro; mejor aún, por su poesía silenciosa de jardín abandonado, propicio +al amor. Ellos no hacían mas que repetir el eterno himno de la vida. +Antes lo habían cantado aquellas gentes que fueron felices y dormían +ahora en sus envolturas de mármol. Lo único verdadero de la vida era el +amor. Si los muertos pudiesen recordar el pasado, la memoria de las +horas amorosas sería el consuelo de su eterna noche. Aquellas +aristócratas ocultas tras la piedra que pregonaba sus títulos, sus +bandas y su caridad no pasaron toda la vida<a name="page_169" id="page_169"></a> con la diadema nobiliaria +en el peinado y los cintajos en el pecho, echándolas de damas benéficas. +Habían sido mujeres orgullosas de su hermosura, propicias a conceder la +admiración de sus encantos como una limosna regia.</p> + +<p>Isidro, con impúdica imaginación, se las representaba en el abandono de +su dormitorio, mostrando misterios de nácar y rosa al través de la +espuma de sus blondas, agarradas al hombre amado con el supremo +estremecimiento del deseo, olvidándose de las vanas grandezas de la +vida, concentrando toda su existencia en el violento estrujón carnal. +Aquel personaje tendido sobre su sarcófago con la severa toga del que +juzga a sus semejantes no siempre había sido ceñudo y austero, como lo +mostraba el escultor. Alguna vez el hombre vencería al personaje, y +recatándose como un mozuelo, dando al diablo su gesto imponente, habría +buscado un rayo de felicidad en misteriosos rincones, lejos de la +familia, abominando de su moral avinagrada y áspera. Los muertos habían +conocido la dicha mucho antes; ahora les tocaba el turno a ellos, y +debían aprovecharse de la buena suerte.</p> + +<p>—Feli, vida mía—exclamó Maltrana con su vehemente exageración—, ríete +de los muertos; no nos odian, nos envidian. Grita conmigo: ¡viva el +amor!...</p> + +<p>—No; vámonos—murmuró la muchacha—. Fuera de aquí hablaremos; gritaré +lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da +mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.</p> + +<p>Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero +al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo, +lanzando una exclamación de asombro.</p> + +<p>La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores +palpitantes, que abarcaba a la joven<a name="page_170" id="page_170"></a> de pies a cabeza, haciendo temblar +todo su cuerpo como si estuviese formado con las tintas del iris.</p> + +<p>—¡Qué bonita!—exclamó Maltrana con arrobamiento—. ¡Si pudieras +verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color +naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas +claveles en la frente.</p> + +<p>Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de +que su novio la viese tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico de +sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en +sus ropas y su carne.</p> + +<p>El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio, con esa +facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten +acariciadas en su vanidad.</p> + +<p>Algo más que el contacto ardoroso de la luz sintió de pronto Feli. Su +novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella +intentase resistir.</p> + +<p>—Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el +azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las +violetas de tus ojos.</p> + +<p>Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de +pasión, que agrandaba el eco del cementerio.</p> + +<p>Feli revolvíase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos. +Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra +de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por +su boca. Maltrana no perdonó uno; quiso saborearlos todos, en medio de +aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.</p> + +<p>Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos, +vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos, +sintiéndose próxima a caer al suelo, como si las piernas<a name="page_171" id="page_171"></a> temblorosas no +pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:</p> + +<p>—Basta... déjame... Que me matas: que grito... Asesino...</p> + +<p>Por fin pudo desasirse: y arreglándose el mantón, atusándose el pelo +alborotado por los viriles apretones, fijó sus ojos en el novio, con una +mirada en la que había reproche y agradecimiento.</p> + +<p>—En seguidita me coges otra vez... ¡Y cómo se ha divertido el niño con +esa tontuna de los colores! Vámonos o reñimos.</p> + +<p>Echó a correr hacia la salida, como si quisiera evitar las explicaciones +de Maltrana, y éste la siguió. Cerca de la verja, los dos acortaron el +paso y marcharon unidos, con rostro grave, como si saliesen tristes de +su visita a las tumbas.</p> + +<p>Pasaron sin despegar los labios ante el portero que les había acogido +con tan extrañas preguntas; pero, al alejarse, Feli volvió la cara para +mirarle y prorrumpió en una carcajada de niña. Isidro adivinaba el +pensamiento de su novia; recordó el gesto hosco con que el portero les +había preguntado si entraban a pintar.</p> + +<p>—El tío presentía el suceso—dijo Maltrana alegremente—. De enterarse +a tiempo, hubiera sido capaz de pedir su parte de colores.</p> + +<p>El recuerdo de las caricias le hizo juntarse, enlazar sus brazos, +caminar apoyados uno en otro, mirándose con ojos en los que aún brillaba +el fuego de las recientes sensaciones.</p> + +<p>Feli olvidaba su enfado. Al verse en campo raso, donde no podía temer +nuevos arrebatos del novio, se abandonaba, apoyábase en él con desmayo, +acariciándolo con el soplo de su respiración, mirándole de tan cerca, +que Maltrana creía sentir el calor de sus ojos de brasa.</p> + +<p>Finalizaba la tarde. Ocultábase el sol, y en el<a name="page_172" id="page_172"></a> cielo de suave color de +violeta flotaba la luna como una nubecilla pálida, borrosa aún por la +luz diurna.</p> + +<p>Los dos amantes siguieron el camino a lo largo del tercer depósito, +haciendo crujir bajo sus pies el polvo de carbón que ennegrecía el +suelo. Pasaban hacia Madrid mujeres astrosas con niños dormidos en sus +brazos; viejas arrugadas y negras como brujas, con pucheros destinados a +recibir el rancho de San Bernardino.</p> + +<p>Estas infelices, al cruzarse con la joven pareja, husmeaban el amor con +su instinto de hembras, e imploraban una limosna. Isidro repartió +pródigamente el dinero, acompañándolo de inmorales consejos, que hacían +reír a Feli. Nada de comprar pan: aquella limosna era para vino, para +tomar la gran <i>curda</i>. El mundo había de alegrarse y saltar loco de +embriaguez; debía reflejar la felicidad que rebosaba en su alma al verse +amado por Feli.</p> + +<p>También ellos dos iban en busca de un merendero, de un lugar bonito, +para comer, para beber, para darse dos vueltas de vals al son de un +piano.</p> + +<p>¡Viva la vida! Maltrana, recordando las afirmaciones de otros tiempos, +repetía a su novia que la vida es alegre, que la vida tiene un sentido +helénico, que el dolor, que parece interminable, no es mas que un +accidente pasajero, el aperitivo de la felicidad, tras el cual se atraca +uno mejor de las dichas de la existencia.</p> + +<p>Pasó un hombre con un cesto de naranjas, y al sorprender Isidro una +ávida mirada de su novia le hizo detenerse. ¡A soltar en seguida lo +mejor del cesto! A Feli le gustaban las naranjas; aún no las había +probado aquel año, y él era capaz de tender a sus pies, como alfombra de +oro, toda la cosecha de los campos valencianos.</p> + +<p>Feliciana sólo quiso aceptar una naranja, la más<a name="page_173" id="page_173"></a> hermosa, y los dos +siguieron adelante, jugueteando ella como una niña con la pequeña esfera +de color de fuego, haciéndola saltar entre sus manos. Acabó por abrir un +agujero en ella y por chupar su jugo apretándola entre los dedos. Un +chorro de ámbar descendió por la comisura de sus labios hasta la +barbilla de graciosa redondez, endulzando su piel. Isidro quiso beberlo, +y de nuevo rozó con su boca la boca de Feli.</p> + +<p>—¡Otra vez!—exclamó la muchacha, echándose atrás entre sonriente e +indignada—. Pero, condenado, ¿no ves que nos miran... que pasa gente?</p> + +<p>Después rió del gesto desalentado de Isidro, el cual bajaba la cabeza +como un niño enfurruñado. Con mimosa gracia puso en su boca la naranja.</p> + +<p>—Toma y no llores... Yo he puesto ahí los labios; chupa, y cuidadito +con volver al besuqueo... A ti habrá que tratarte como a un niño de +teta. Zurra... zurra al nene, que es malo.</p> + +<p>Y con su mano fina y blanca, aquella mano de señorita, que era el +asombro de las Carolinas, abofeteó cariñosamente la cara del joven.</p> + +<p>Al anochecer entraron en un merendero de la hondonada de Amaniel. La +muchacha habló débilmente de la necesidad de volver a casa en seguida, +pero Isidro protestó. Su padre no iba a inquietarse por tan poca cosa; +la creería, como otras veces, en casa de su compañera de Bellasvistas. +Tal vez a aquellas horas estaría ya en el «Ventorro de las Latas», +preparando su marcha a El Pardo.</p> + +<p>Unos faroles de papel iluminaban el merendero con difuso resplandor. Los +tranvías viejos habían servido para su construcción, igual que en el +barrio de las Carolinas. Los bancos de movibles respaldos procedían de +una jardinera; los tabiques eran de persianas de ventanilla. Junto al +techo, a guisa de friso, alineábase un saldo de fotografías +amarillentas,<a name="page_174" id="page_174"></a> mezclándose las vistas de la Habana y de los bulevares de +París y Viena con reproducciones de la Fuente de la Teja y el Viaducto. +Cabezas de angelotes pintarrajeadas y doradas, restos de una anaquelería +de tienda pretenciosa, aparentaban sostener las viguetas del techo.</p> + +<p>Isidro, que lo veía todo de color rosa, admiraba el adorno del +merendero. ¡Muy hermoso! ¡muy original! ¡Aquello era arte moderno!</p> + +<p>Y el amo, satisfecho por estos elogios de un señorito que parecía +inteligente, contestaba con modestia:</p> + +<p>—Un poquito de gusto, y nada más. Así y todo, me cuesta, un porción de +dinero... ¿Qué van ustedes a tomar?</p> + +<p>El merendero completo quería Isidro para Feli. Pero ésta no sentía +apetito, no quería nada; y al fin, por no contrariarle, pidió una +botella de cerveza.</p> + +<p>Otras parejas ocupaban los rincones, silenciosas, en íntimo contacto por +debajo de la mesa y devorándose con los ojos. Maltrana se creía en un +mundo nuevo, mejor que el que había conocido hasta entonces. ¡Viva la +alegría de la vida... y el helenismo también!</p> + +<p>Tras un macizo de plantas estalló de pronto, como un cohete, el sonido +de un piano, con acompañamiento de golpes de timbre. Isidro miró con +admiración al muchacho de boina, pañuelito al cuello y anchos pantalones +de odalisca que daba vueltas al manubrio. Pero ¡qué talento tenía aquel +golfo! ¡Qué musicazo! Nunca había experimentado Maltrana igual +impresión: ni en los mejores conciertos. Aquel vals, que a primera vista +parecía escrito para un baile de criadas, era una pieza sublime: la obra +tal vez de un gran genio desconocido. El joven no vacilaba en sus +afirmaciones;<a name="page_175" id="page_175"></a> aquello era tan magnífico como la <i>Novena sinfonía</i>.</p> + +<p>—Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cómo meneas ese +cuerpecito gitano.</p> + +<p>Ninguno de los dos sabía bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante, +había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la +Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la +que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música, +arrastrando a su pareja.</p> + +<p>¡Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los +parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno +del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitiéndose el alma +con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos.</p> + +<p>Sentían una alegría loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de +beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por +un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos, +acariciados por la humedad de la lengua, parecían atraerse al través de +la pequeñísima distancia que los separaba.</p> + +<p>Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos, +por la soledad del campo.</p> + +<p>Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su +cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurría silenciosa.</p> + +<p>Los dos huyeron de la luz. Querían descansar; sentíanse sin fuerzas para +seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultándose en la +sombra que proyectaba la masa de tierra.</p> + +<p>Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta.</p> + +<p>Feli hablaba quedamente, con llorosa voz.</p> + +<p>—Júrame que no me abandonarás. Que me querrás<a name="page_176" id="page_176"></a> siempre... que no me +desprecias porque soy débil contigo... porque te quiero.</p> + +<p>Isidro lo juraba todo sin hablar; lo juraba con sus manos inquietas, con +sus labios acariciadores, con el viril estrujón que hacía caer vencida y +esclava en entre sus brazos a aquella alma simple y primitiva, ansiosa +de ideal.<a name="page_177" id="page_177"></a></p> + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + +<p>Un domingo por la mañana, Isidro y Feli bajaron al Rastro.</p> + +<p>La tarde anterior, el joven había hablado con acento de resolución.</p> + +<p>—Feli, de mañana no pasa. Ya es hora de vivir juntos. Estoy harto de +que vaguemos por los desmontes como gitanos. Yo trabajo para ti y +tenemos derecho a formar nuestro nido.</p> + +<p>Feliciana dudó un instante. ¿Y su padre?... Pero una mirada de él bastó +para vencer su resistencia. Estaba en plena embriaguez de amor, sin otra +voluntad que la de adorarle y seguirle. ¡Con él, con él, aunque hubiese +de renegar de todo su pasado!</p> + +<p>Maltrana tenía dinero y se aburguesaba, según decía él irónicamente al +hablar de su opulencia. Necesitaba poseer una casa, vivir bajo un techo +que fuese suyo, tener un refugio donde encerrarse y trabajar acariciado +por el calor de la intimidad amorosa.</p> + +<p>Su obra <i>El verdadero socialismo</i> estaba próxima a terminarse. Había +trabajado con gran actividad, escribiendo durante el día en la +Biblioteca Nacional, en el Ateneo, allí donde encontraba silencio y +libros. La tarea avanzaba rápidamente, sin que se le olvidasen las +recomendaciones del marqués de<a name="page_178" id="page_178"></a> Jiménez, gran amigo de la erudición. +Cada página llevaba al pie un gran cimiento de letra menuda y apretada +citando autores de todas las naciones, libros de todas las literaturas, +y hasta largos fragmentos en diversos idiomas.</p> + +<p>No hacía afirmación, por simple que fuese, que no la acompañase con el +testimonio de media docena de escritores. El autor caminaba despacio, +con largos titubeos, pero cuando avanzaba el pie, lo ponía en firme, +como hombre a quien guían y llevan del brazo todos los sabios de la +tierra.</p> + +<p>La erudición corría como un torrente por la parte baja del libro. +Amontonábala Maltrana con una facilidad exenta de escrúpulos. Cuando +quería demostrar algo con textos ajenos y no los hallaba a mano, valíase +del ilustre Murfinos, de la Academia de Noruega, de Max Stradivarius, +célebre catedrático de la Universidad de Gottinga, y otros sociólogos no +menos fantásticos, inventados por él para deslumbrar a su cliente. Al +fin, él no había de firmar la obra. El marqués de Jiménez recibía un +capítulo cada dos días, y al copiarlo de su letra—a pesar de sus +grandes ocupaciones—, admirábase de la sabiduría del joven.</p> + +<p>«Esto va a dar golpe—pensaba—. Tal vez es demasiado bueno; hay que +poner un poco de estilo propio.»</p> + +<p>Y para comunicar a la obra el «estilo propio», cambiaba de lugar las +comas o el orden de las palabras; escribía «ilustre» allí donde Maltrana +había puesto «célebre», o viceversa. Un trabajo pesadísimo para él... ¡Y +aún habría quien dudase, al publicar el libro, de que era obra suya!...</p> + +<p>Maltrana, obligado a trabajar durante el día, había abandonado el +cuartucho de la calle de los Artistas, ya que su único camastro lo +ocupaban por la noche el señor José y su hijo. El joven dormía<a name="page_179" id="page_179"></a> en +Madrid, en el hospedaje de un compañero de bohemia, poro esto era con +carácter provisional.</p> + +<p>Necesitaba una casa. Le repugnaba vagar con Feli todas las tardes por +los campos inmediatos a los Cuatro Caminos, acompañándola después a su +barrio, cuando cerraba la noche.</p> + +<p>El <i>Mosco</i>, aunque no ponía gran atención en los actos de su hija, +comenzaba a mostrar cierta extrañeza por la tardanza con que se +presentaba de vuelta del taller, alegando ocupaciones extraordinarias +para justificar su retraso.</p> + +<p>Las áridas cercanías de Madrid embellecíanse con la llegada de la +primavera. Cubríanse los cerros de verde al crecer la cabellera de las +cebadas y los trigos. En las cañadas, los grupos de almendros +adornábanse con flores: unas blancas como el nácar; otras sonrosadas, +con el color de la carne femenil. Las lilas pendían como racimos de +violetas de las altas ramas. Zumbaban los insectos, ebrios de calor y +vida; aleteaban los pájaros, poblando el follaje de estremecimientos y +suspiros; chirriaban los primeros grillos, ocultos en la hierba. El +campo parecía embellecerse para ocultar en sus espesuras las caricias +del amor, para arrullar a las parejas con los perfumes y cantos de su +vida exuberante.</p> + +<p>Junto a la Huerta del Obispo, un camino bordeado de almendros atraía +todas las tardes a Isidro y Feli. Paseaban cogidos del talle entre los +árboles, que extendían sobre sus cabezas una bóveda de flores. Sus +corolas rojas, inflamadas, parecían abrirse para saludarles.</p> + +<p>—Míralas—decía Feli—; son boquitas que nos sonríen, que quieren +hablarnos.</p> + +<p>Maltrana aceptaba esta cándida afirmación de la muchacha. Sí; eran bocas +de flor que se abrían para decir a Feli que era muy bonita.<a name="page_180" id="page_180"></a></p> + +<p>—Y yo—continuaba con gravedad—me adhiero a la sabia opinión de este +mitin florido.</p> + +<p>La brisa de la tarde estremecía los árboles, y una nevada de pétalos +caía sobre Feli, enredándose en su peinado.</p> + +<p>Sentábanse en los ribazos cubiertos de hierba, y al hablarse arrancaban +las margaritas silvestres que crecían al alcance de sus manos. Así +esperaban la llegada del crepúsculo, y las sombras les sorprendían +muchas veces en las inmediaciones del canal silencioso y profundo, que +había presenciado sin un murmullo, con la bonachona complicidad de la +luna, la comunión primera de su amor.</p> + +<p>Feli vivía en dulce somnolencia, absorta por su felicidad, algo +asombrada de que el mundo guardase ocultas tantas delicias. Todo le +parecía bueno; se abandonaba con sublime impudor; sentíase capaz de caer +en los brazos de Isidro en plena glorieta de los Cuatro Caminos con el +mismo arrobamiento que si estuvieran en despoblado.</p> + +<p>Maltrana era más exigente y descontentadizo. ¡Muy bonito el campo de +primavera, con su ambiente poético y aquellos crepúsculos, que eran lo +mejor del mundo! Pero ellos no iban a permanecer así toda la vida, +vagando como perros enamorados, en busca de un rincón solitario, huyendo +de las gentes, estremecidos de espanto al menor ruido.</p> + +<p>Además, pensaba en el <i>Mosco</i>, que podía sorprenderles, enterado de lo +que ocurría por cualquier murmurador. No nombraba a su terrible amigo, +pero le parecían peligrosos e insostenibles estos idílicos encuentros en +campo libre, cerca de las Carolinas.</p> + +<p>Isidro tuvo la audaz resolución de los débiles. El miedo al <i>Mosco</i> le +hizo ser atrevido y arrostrar el peligro de una vez... ¿Era de veras que +Feli le<a name="page_181" id="page_181"></a> quería? Pues a seguirle, a vivir juntos, olvidados de todo lo +que no fuese su amor.</p> + +<p>Los dos hablaron sin emoción alguna, con el egoísmo de la pasión, de +abandonar al padre, de engañar al amigo.</p> + +<p>Maltrana tenía dos mil reales, un capital, pues jamás había visto tanto +dinero. Vivirían en el interior de Madrid, donde no les conociesen. +Serían marido y mujer para las gentes que sólo comprenden el amor con +documentos y sellos. Más adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensarían +en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus últimos escrúpulos, +contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella +también deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a +aquel barrio de traperos, que le parecía ahora más sucio, más triste.</p> + +<p>Maltrana discutió con Feli largamente los detalles de su instalación.</p> + +<p>—Hay que ser prácticos—decía—; hay que ser burgueses...</p> + +<p>Y Feli contestaba, con no menos seriedad:</p> + +<p>—Ya verás hacer economías y vivir bien.</p> + +<p>Isidro, en su deseo de ser práctico, buscaba una casa en el extremo +opuesto de Madrid, un rincón donde no pudiesen dar con ellos, después +del escándalo que seguiría a su fuga. ¡Pero los alquileres eran tan +caros!...</p> + +<p>Un sábado expuso a Feli su resolución. Ya tenían casa; al día siguiente +irían a ella. Había encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que +repartía papelillos católicos y propagaba la religión en las afueras. +Vivía en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro había subido +a la habitación, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de +sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca. +Vivirían con él.<a name="page_182" id="page_182"></a> Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros +defectos que su manía de santidad. Había tenido en su casa a varios +obreros con sus familias, pero acabó por despedirles, a causa de los +chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quería más +huéspedes; pero el señor de Maltrana—como él decía—era un hombre +cortés y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una +burla. Al decirle el joven que se había casado, aceptó con gozo la vida +en común que le propuso Maltrana.</p> + +<p>Enumeró éste a Feli las ventajas de tal arreglo. Vivirían al otro +extremo de Madrid: listos habían de ser los que les encontrasen. Sólo +pagarían tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargaría +«el santo», que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de +libros viejos. Ellos tendrían por suyas la cocina, jamás utilizada por +el señor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentación de pájaro; una +habitación grande, e la que escribiría él, y desde cuyas ventanas se +abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les serviría de +dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor, +ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos.</p> + +<p>Sólo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el +entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupación, que era de +burgueses, según decía Maltrana.</p> + +<p>Feli abandonó para siempre la casa de su padre y el barrio de las +Carolinas. El <i>Mosco</i> dormía aquella mañana, cansado de su expedición de +la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sintió la joven: huyó +sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde había transcurrido +su vida. Sólo pensó en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la +glorieta de Bilbao.<a name="page_183" id="page_183"></a></p> + +<p>A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conocía +esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetuán, sintió +cierta inquietud viéndose empujada por el gentío en los alrededores de +la plaza de la Cebada.</p> + +<p>Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de +perejil, pregonaban sus mercancías a grito pelado. En la calle de la +Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el +asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de +pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa +panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de +los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban +con sus puestos exteriores de las estrechas aceras.</p> + +<p>Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descansó un instante +apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro.</p> + +<p>Maltrana parecía reflexionar, y acabó por hundir sus manos en los +bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un +puñado de monedas de plata.</p> + +<p>—Guarda tú el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en +chucherías antes de que compremos nuestro ajuar.</p> + +<p>Feliciana acogió con agrado esta prudente resolución, y envolvió en su +pañuelo la pequeña fortuna, apretándola entre ambas manos con un mohín +de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero.</p> + +<p>Después avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrépito del +Rastro.</p> + +<p>Abríase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que +las últimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle. +Por encima de las cubiertas de las <i>Américas</i> veía Feli la ondulación de +los cerros amarillentos, la llanura<a name="page_184" id="page_184"></a> castellana, de suaves hinchazones, +con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias.</p> + +<p>Así como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achicó el +panorama, fue hundiéndose, hasta ocultarse detrás de los tejados de los +almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos +de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los +chamarileros tradicionales, que viven todo el año en el Rastro.</p> + +<p>En el suelo, sobre viejas lonas, esparcíanse los más heterogéneos +objetos: espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los +teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza +desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras +lañas, viejas litografías de vidrios empolvados representando las +desdichas de Atala o las hazañas de Hernán Cortés, lienzos embetunados, +en cuya negrura distinguíase una pincelada roja que era una pierna, una +mancha amarilla que era una calva.</p> + +<p>Los palos que sostenían los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y +pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas +levitas, pantalones roídos por el roce, sobrefaldas de gasa que habían +sido de moda treinta años antes, sayas que olían a humedad y a polvo, +delatando el olvido en los cofres de algún desván.</p> + +<p>Otros puestos eran de géneros nuevos, y los vendedores, en vez de +permanecer inmóviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del +comprador, agitábanse pregonando la baratura de las mercancías, +anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la +elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se +usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas +y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser<a name="page_185" id="page_185"></a> +aprovechado. En otros puestos se exhibían viejos telescopios, +cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre +las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las pálidas +rosas de alguna casulla.</p> + +<p>Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes +cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria +al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que +para atraer al público se agitaban como epilépticos, corriendo en torno +de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artículos, entregándolos a +ciertos compinches que se fingían compradores para impulsar a la gente +reacia.</p> + +<p>—¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!—gritaba uno +con voz de trueno.</p> + +<p>—¡Lleven y compren!—mugía otro—. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen!</p> + +<p>Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras +brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una +instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del +domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y +entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una +baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.</p> + +<p>Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles, +y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las +tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas, +otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase, +asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias +a un tiempo y sin decidirse por ninguna.</p> + +<p>Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en +la entrada del Rastro.<a name="page_186" id="page_186"></a> Abajo, en las <i>Américas</i> tenía él amigos, tenía +parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso.</p> + +<p>En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las +buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres +atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo, +ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el +par».</p> + +<p>Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli. +Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a +ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le +tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué +media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero.</p> + +<p>Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado.</p> + +<p>—Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta +buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va +a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus +pantorrillas de diosa!...</p> + +<p>Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete. +Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de +su amante:</p> + +<p>—Las medias hacen reñir; es un regalo que trae mala sombra: lo he oído +muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo.</p> + +<p>Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los +objetos más diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con +una esfera dorada a guisa de tapón. Feli lo compró después de largo +regateo, entregándolo a Maltrana.</p> + +<p>—Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mío, hasta que lo agotes.</p> + +<p>Siguieron adelante, y entraron en el corralón<a name="page_187" id="page_187"></a> de las <i>Nuevas Américas</i>. +Allí estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y +los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en +casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no +encontrando espacio en tales estrecheces, esparcíase por los callejones +y plazoletas del corralón.</p> + +<p>En un sitio predominaba el mármol, y se exhibían en número considerable +cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta +sepulturas, cuyos constructores se habían declarado en quiebra antes de +llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras, +plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados +colores de su revés. Mostrábanse las filas de herramientas industriales +y agrícolas, con reflejos de obscuro azul, los rótulos arrancados de +puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y +peluquerías elegantes que ya no existían.</p> + +<p>En las plazoletas elevábase en montañas el hierro viejo y oxidado, tan +frágil por la herrumbre, que parecía próximo a quebrarse como el +cristal. Eran máquinas desmontadas, cuyas ruedas yacían empotradas en el +barro; calderas enormes, con el cóncavo vientre hundido en pilas de +planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas +y más filas de balcones en correcta formación, y verjas de jardín +guardando en sus garras el yeso de las pilastras.</p> + +<p>Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro. +Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros +libres que no podían pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el +canturreo de un crimen célebre ante el cartelón pintarrajeado con las +escenas más truculentas del suceso, y entraron en otro corral.<a name="page_188" id="page_188"></a></p> + +<p>—Esto—dijo Maltrana—es el Rastro del Rastro; lo más barato de la +baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aquí como puedan +mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol.</p> + +<p>Al entrar vieron librerías de lance, en cuyo interior se agrupaban +viejos señores de traje raído hojeando volúmenes, hundiendo en ellos su +nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible +amontonamiento, en las que se confundían cuadros de agujereado lienzo, +piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro +descascarillado y los remates incompletos.</p> + +<p>Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en +las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servían +de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de +guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundían en el fango, +desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos +callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de +islas de pedruscos y mares tortuosos de fango líquido, daban al Rastro +gran semejanza con las avenidas angostas y sombrías de un zoco moruno.</p> + +<p>En la plaza vieron a los vendedores más míseros, con sus puestos de +objetos rotos, de una utilidad desconocida.</p> + +<p>Maltrana señaló riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en +conjunto no ascendía a más de tres pesetas. Sobre unos periódicos viejos +exhibíanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin +empuñadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de +revistas ilustradas. El vendedor permanecía inmóvil en una silla rota, +sin prestar gran atención a las moscas que revoloteaban en torno de sus +labios; y más para espantarlas que para atraer al público, gritaba de<a name="page_189" id="page_189"></a> +tarde en tarde: «¡A perra chica... a perra chica la pieza!»</p> + +<p>Lo que más abundaba en los puestos era la ferretería vieja y rojiza por +el óxido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que, +necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano, +iban toda la mañana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo +montones de hierro.</p> + +<p>Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar +utilidad de sus despojos, fijándose en las grietas y desportilladuras de +un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por +todo ello cinco céntimos.</p> + +<p>Un puesto de muñecas viejas atrajo la atención de Feli. Eran bebés que +habían vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos +de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaña, ofreciéndose a +la niñez pobre, a los pequeñuelos de la miseria, obligados a buscar su +alegría en este estercolero.</p> + +<p>Una pobre mujer con una muñeca en la mano discutía con el vendedor, +mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo +monigote, que tenía la cara ennegrecida y una de las piernas quemada.</p> + +<p>—¡Dámela... la quedo!—lloriqueaba la pequeña con balbuceo infantil.</p> + +<p>Pero la madre dejó la muñeca en el suelo.</p> + +<p>—¡Si piden tres perros, hija!... Eso es sólo pa los ricos.</p> + +<p>Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepción de la +pequeña.</p> + +<p>—Tómela usted, señora... Yo se la regalo.</p> + +<p>Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el +mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre:</p> + +<p>—Gracias, señora... muchas gracias.<a name="page_190" id="page_190"></a></p> + +<p>Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a +uno de sus tíos, apodado el <i>Ingeniero</i>, el cual, según noticias, aunque +retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos.</p> + +<p>En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un +órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando +se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores.</p> + +<p>Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento +del órgano.</p> + +<p>La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el +<i>Ingeniero</i>, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el +arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un +gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su +gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de +paño que abrigaban su vista enferma.</p> + +<p>Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas +curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y +deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.</p> + +<p>A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un +taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de +encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.</p> + +<p>Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del <i>Ingeniero</i>. +Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado +viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera +de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas, +tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase,<a name="page_191" id="page_191"></a> valiéndose +del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que +todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas +de escándalos y riñas, sin que el ilustre <i>Ingeniero</i> se decidiese +formalmente por ninguna.</p> + +<p>Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los +chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies +vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién +podría ir al Rastro en busca de tales cosas!...</p> + +<p>El <i>Ingeniero</i>, percibiendo al través de las negras antiparras una +pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador.</p> + +<p>—Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado. +Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la +marcha de <i>El Profeta</i>.</p> + +<p>Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta +odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación.</p> + +<p>—¡Pero tío, si soy yo!—dijo Maltrana.</p> + +<p>—¿Y quién eres tú?...</p> + +<p>—Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a +comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.</p> + +<p>El <i>Ingeniero</i>, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino, +abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a +Feli sus antiparras, contemplándola largo rato.</p> + +<p>—Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena—dijo con sonrisa de +inteligente en el género—. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga +usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega. +Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia!</p> + +<p>Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera,<a name="page_192" id="page_192"></a> con el mismo acento +que si hablase a un perro:</p> + +<p>—Oye, tú, ¿no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la +cigarrera de la calle de Mira el Sol?...</p> + +<p>—No señor, no se parece—dijo la mujerona con no menos rudeza, +mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las +salchichas de sus labios—. Bien se ve que estás ciego. La señora es más +guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos.</p> + +<p>-¡Muuú!—mugió burlescamente el <i>Ingeniero</i>—. Ya la has metido; ya has +soltado una barbaridaz. No la hagan ustés caso—continuó, dirigiéndose a +los dos jóvenes—; le tié tirria a la Nicanora porque la chica está por +mí. La semana pasá se tiraron del pelo y fueron a la delegación del +distrito.</p> + +<p>—Que sus den morcilla a los dos—dijo la gorda con bronco vozarrón.</p> + +<p>Y satisfecha de este caritativo deseo, se removió en el asiento, +enderezó la sombrilla, y quedó inmóvil, con los morros apretados, +fingiendo no ver ni oír al <i>Ingeniero</i> y sus parientes.</p> + +<p>El chamarilero, sentado en el sillón, aconsejaba a su sobrino dónde +debía hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora +de sus hijos; se la había traspasado para quedar en completa libertad. +Bien podía divertirse después de tanto trabajar. Pero le restaba la +afición al negocio, sobre todo a los instrumentos de música. Los +compañeros no adquirían un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen +para que lo arreglara; siempre tenía alguna joya como aquel órgano, y +todos los domingos colocaba su puesto en las <i>Américas</i>, para no perder +la costumbre.</p> + +<p>El <i>Ingeniero</i> indignábase al hablar de sus parientes. Su hermano el +anticuario era un orgulloso,<a name="page_193" id="page_193"></a> que desde que trataba, por su negocio, con +marqueses y curas ricos, no había quien lo sufriese. No se veían una vez +que no le echase en cara sus aventurillas y escándalos. Era un jesuita, +un hipócrita; vivía como un imbécil, sin alegría, sin amables +desórdenes. ¿De qué le servía el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que +no entrase a verle en el viejo patio de las <i>Américas</i>.</p> + +<p>—Te recibirá con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos +tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su tío. Se pelean +conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y +alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la +otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por +el traspaso de la tienda. ¡Qué les importa a esos judíos lo que haga su +padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aquí no hay otro joven +en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el +<i>Ingeniero</i>.</p> + +<p>Después aconsejó a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus +hijos. Tenían géneros baratos y nuevos. No debía adquirirla en las +<i>Américas</i>. Eran todas de largo uso; la que menos, había visto morir a +toda una familia. Sus primos le darían con economía lo que necesitase.</p> + +<p>Luego preguntó por su madre, la señora Eusebia. Más de un año hacía que +no la había visto. ¿Cómo le iba a la abuela con el señor Polo? Un día +que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetuán. Ya no conocía a +las gentes de allá. Madrid terminaba para él en el Café de San Millán, +donde se reunía con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la +plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya sabía +dónde: siempre en su «farmacia». Le tenía ley al Rastro y sus +alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual<a name="page_194" id="page_194"></a> a +aquellas casuchas de Tetuán de donde procedía la familia. Traperos +todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por +igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia +diaria, la comida y los trapos rotos, los expelía Madrid hacia lo alto; +los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los +vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en +el estercolero de las <i>Américas</i>.</p> + +<p>—¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen!</p> + +<p>Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía +sonó otra vez.</p> + +<p>Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo +un arranque de generosidad.</p> + +<p>—Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo.</p> + +<p>Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las +cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con +el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias.</p> + +<p>—No os ofrezco el órgano—siguió diciendo—porque le tengo querencia a +la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos +ratos.</p> + +<p>Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del <i>Ingeniero</i>, de sus +pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba.</p> + +<p>—Es un hombre temible—dijo Isidro con tono irónico—. El terror del +barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros...</p> + +<p>Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las <i>Viejas +Américas</i>. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las +de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los +sombríos rincones del caserón. Isidro<a name="page_195" id="page_195"></a> mostró a Feliciana un hombre +obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas +pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían +pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.</p> + +<p>Permanecieron más de una hora en la tienda de los hijos del <i>Ingeniero</i>. +Maltrana reconoció que sus primos eran unos judíos, como decía el padre, +sin alegría, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo +amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa, +temiendo que apelase al parentesco para no pagar.</p> + +<p>En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos +precio. Pagaba el parentesco y la vergüenza del regateo. Compraron una +camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un +colchón con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio; +pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareció a los dos un +derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestación de su +propósito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les costó +esta joya. Los dos se miraban con inquietud. ¡Qué modo de gastar el +dinero! Pero este remordimiento desvanecíase al examinar la cama otra +vez, fijándose especialmente en el colchón de muelles. ¡Ella, que no +había conocido otro lecho que un jergón sobre tablones en la casucha del +<i>Mosco</i>! ¡El, que durante años aguardaba a que le dejasen libre el +camastro para descansar sus huesos!...</p> + +<p>Los dos abandonaron la tienda, trémulos de emoción por las adquisiciones +que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueños +de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendrían los +muebles en su casita, en aquel nido próximo a las nubes.</p> + +<p>—¡Cuánto dinero hemos gastado!—decía Feli,<a name="page_196" id="page_196"></a> apreciando con el tacto la +disminución del envoltorio que llevaba en la mano—. Si seguimos +derrochando así, dentro de poco pediremos limosna.</p> + +<p>Isidro la tranquilizaba: aún tenía más dinero para las necesidades de la +casa. Y después, ganaría nuevas cantidades; contaba con su pluma para +vivir.</p> + +<p>Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero +aguardase impaciente que él se dignara escribir algo para adquirirlo.</p> + +<p>Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los +puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en +las calles. Tenían ante ellos grandes montones de zapatos húmedos, +extraídos de una gran cuba, y agarrándolos como animalillos muertos, les +arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable. +Lo inservible caía en el suelo, pegándose a las piedras como inertes +piltrafas.</p> + +<p>Junto a la estatua del héroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros +que volvían de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de +compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas, +cubríanse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las +enseñas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de +copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban +gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar +atención a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del +<i>Manco</i> para hablar de sus asuntos entre dos «tintas».</p> + +<p>Isidro y Feliciana sentían impaciencia por verse en su casita. Dudaron +un instante ante la puerta de un café, no sabiendo si almorzar en él. +No; mejor sería en su casa, completamente solos, sin la molestia de las +miradas del público.<a name="page_197" id="page_197"></a></p> + +<p>Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde +ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del señor +Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y +almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la +juventud, con esa excitación que proporciona la novedad de los cambios +de sitio.</p> + +<p>Feli, de vez en cuando, fruncía el entrecejo con sus preocupaciones de +amita de casa.</p> + +<p>—Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato +que han traído del café tengo yo para dos días.</p> + +<p>Maltrana contestaba con risas. Había que alegrarse: aquel domingo era el +de sus bodas, el primor día que pasaban juntos. Ya pensarían luego en +las economías.</p> + +<p>Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la +empañadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y +bocado, marcándose en las mejillas redondeles de vino y de grasa:</p> + +<p>—¡Cochino, cómo me pones!—decía Feli con gracioso mohín, limpiándose +la cara—. ¡Ay! ¡Déjame comer! ¡déjame tranquila! Mira que estoy +cansada, que deseo paz... que aún nos queda mucho por arreglar.</p> + +<p>La presencia del señor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta +tranquilidad. Venía de oír varias misas, de asistir a una reunión de +Hermandad, de hablar con los señores de la Conferencia, que le +entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impíos de la plebe. +Los domingos eran días de gran trabajo.</p> + +<p>Se negó a aceptar los restos del almuerzo que le ofrecía el joven. +Gracias, señor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y +él ayunaba<a name="page_198" id="page_198"></a> rigurosamente. Había devorado en la calle su modesta +colación; la carne pecadora ya tenía bastante.</p> + +<p>Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la +presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los +estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la +sabiduría y la santidad del mundo.</p> + +<p>—¿Conque usted es la señora del señor de Multrana? Vaya, vaya... Que +sea por muchos años.</p> + +<p>Y al decir esto, paseaba por la habitación con sus zapatos de cura, que +parecían querer escapársele a cada paso, acompañando sus movimientos con +un monótono chac-chac. Tenía en sus piernas algo inexplicable que +parecía repeler los lacios pantalones que las cubrían. Feli pensaba que +aquel hombre había nacido para llevar una sotana, un hábito, una +envoltura talar. Se movía y andaba como si unas sayas invisibles +estorbasen su paso.</p> + +<p>—¿Conque usted es la señora del señor de Maltrana?—repitió otra vez, +no sabiendo qué decir—. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la dé +muchos hijos, para que la acompañen en el ciclo... Tiene usted cara de +buena; el señor de Maltrana también es bueno, aunque algo olvidado de la +salud del alma. Usted le guiará por el buen camino: las señoras, para +estos casos, saben más que nosotros. Creo que nos entenderemos, que +viviremos como buenos cristianos, en santa paz.</p> + +<p>El señor Vicente entró a detallar su futura vida. Libertad completa para +todos. Ellos tenían su llave, y él guardaba la suya. Cada uno podía +entrar y salir cuando quisiera. No hacía falta llamarse mas que en casos +de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando +aún había sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la<a name="page_199" id="page_199"></a> noche. +Se retrasaba peleando con algún pecador de lengua blasfema; velaba +enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a última hora. La +noche era tan buena como el día para servir a Dios. Además, dormía poco: +le repugnaba el sueño, por ser el momento que aprovecha el Malo para +tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates. +Ansiaba la llegada del día como un descanso, y antes de apuntar el alba +estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se +levantasen, ya andaría él muchas horas por el mundo.</p> + +<p>—No crea usted, señora—continuó—, que siempre he vivido tan +cristianamente. He tenido mis épocas de calavera, de trasnochador.</p> + +<p>Al decir esto, sonrió con una candidez que pretendía ser maliciosa.</p> + +<p>—Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometió +enormes sacrilegios, y cuya conversión no sé si se la habrá contado don +Isidro, entonces pasé meses y aun años acostándome después de la salida +del sol. El pecador tenía gusto en oírme, y yo me agarraba a él, +acompañándolo a las tabernas y a sitios peores, señora... a sitios donde +fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vírgenes para ser +atormentadas en lo que más estimaban. El Señor me lo perdone... El bebía +y hacía cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin +hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para +ver si de este modo podía meterlo en una iglesia y que oyese una misa, +una tan sólo, con la esperanza de que Dios y su Santísima Madre me +habían de ayudar, tocándole el corazón. ¡Y costó, pero llegó! Pasé años +haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al +Señor... Ya le contará más despacio el señor de Maltrana mi conquista +del zapatero.<a name="page_200" id="page_200"></a></p> + +<p>Y paseaba, guiñando los sanguinolentos ojos, frotándose las manos, +celebrando su malicia y aquella conversión que era el acto más glorioso +de su vida.</p> + +<p>—Aquí estará usted muy bien, señora—continuó—. Hay de todo en el +distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las +horas. Además, casi a la mano, está la catedral. San Isidro, con su +famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha oído, vaya a oírla. Un coro +de ángeles, una bandada de querubines, que la dejarán con la boca +abierta.</p> + +<p>Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte +de los muebles, el señor Vicente se despidió. Tenía que hacer propaganda +aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura: +unos pobrecillos sin más medios de existencia que el trabajo en los +tejares durante el verano y el robar cardillos y leña de la Casa de +Campo. Allí se quedaban los dos como dueños de todo. Con otros huéspedes +no osaría tales confianzas. Pero el señor de Maltrana podía hacer lo que +gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban +abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, allí tenía +un poco de todo, en el cajón de los chismes. Y le mostró en el fondo de +una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo +recolectado en sus excursiones por las afueras y traído a casa con una +minuciosidad que le hacía aprovechar cuantos objetos veía en el suelo. +Si la señora necesitaba botones, hilos o agujas, también encontraría +gran provisión en una tabla de la biblioteca.</p> + +<p>Los amantes, viéndose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo +de los muebles. Los habían dejado los portadores agrupados en el centro +de la habitación que destinaba Isidro para despacho.<a name="page_201" id="page_201"></a> Después de largas +reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jóvenes a +colocarlos.</p> + +<p>—Aquí la mesa, junto a la ventana—dijo Feli—. Tú escribirás de +espaldas a la cocina, y yo vendré de puntillas, poquito a poco, y... +¡zas! te daré el gran susto, cuando menos lo esperes, echándote los +brazos al cuello, besándote... así, así.</p> + +<p>Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovíase +escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de +pasión que acompañaban a los fuertes abrazos.</p> + +<p>Al colocar la mesa de comedor, sentáronse frente a frente; pero +arrepentidos de establecer entre los dos este obstáculo, diéronse las +manos por encima de ella, mientras por debajo se buscaban los pies. +Luego, soltándose Feli con inesperado tirón, se levantó y corrió +alrededor de la mesa, perseguida por Isidro, que lo acosaba con rugidos +de ogro.</p> + +<p>—¡Que te como, feísima!... ¡Que te devoro, sosa... desgalichá!</p> + +<p>Con tales intermedios, el arreglo de los muebles, a pesar de ser pocos, +amenazaba prolongarse hasta bien entrada la noche.</p> + +<p>La colocación de la cama fue el asunto magno de la tarde. Cambiáronla de +sitio un sinnúmero de veces, sin que llegase a quedar nunca a gusto de +los dos. Sudaban, con la cara roja de fatiga, al mover y dar vueltas a +este armatoste dorado en la estrechez de la habitación.</p> + +<p>Feli, arremangándose los brazos, pegados a su frente los rebeldes rizos +con el sudor y el polvo, daba pataditas en el suelo y torcía el gesto, +no encontrando nunca a su gusto la posición de la cama. Quería que se +viese bien, que la luz hiciera brillar el oro con todo su esplendor: +para esto habían gastado el dinero. Y cuando la veía colocada en estas +condiciones, surgían otros inconvenientes. ¿Es que<a name="page_202" id="page_202"></a> iba a dormir ella +junto a la pared?... No; ella sería la primera en levantarse; había de +madrugar para el buen arreglo de la casa, y no quería que Isidro viese +turbado su sueño.</p> + +<p>Nuevos cambios de sitio, otros tirones y esfuerzos, sin que el maldito, +lecho llegase a colocarse a su gusto en la estrecha habitación.</p> + +<p>Feli, para apreciar en todos sus detalles la hermosura de este mueble, +que la llenaba de orgullo, colocó el colchón, las mantas y las almohadas +sin funda. Sábanas ya las compraría al día siguiente, pues había sentido +repugnancia por las que le ofrecían en el Rastro. Quedó largo rato +contemplando la cama con cierta indecisión.</p> + +<p>—¿Estará bien así, Isidro? ¿Qué dices tú?...</p> + +<p>Maltrana, cogiéndola del talle, la hablaba al oído, cosquilleándole una +oreja con su aliento. Así o de otra manera, bien estaba. ¿Iban a pasar +la tarde sudando y haciendo fuerza como gallegos? La pobre cama tenía +derecho a quejarse con tantos arrastres y vueltas. Había que dejarla +quieta... hacerla los honores de la nueva instalación...</p> + +<p>Feli se abandonó, vencida, trastornada por el susurro tibio que +acariciaba su oído, erizando al mismo tiempo la suave película de su +mejilla. Durante una hora durmieron los ecos de la casa del santo, sin +otros estremecimientos que el metálico ruido del armatoste, que parecía +condenado a no descansar.</p> + +<p>Cuando los amantes, dando por terminado el arreglo del dormitorio, +volvieron a lo que había de ser despacho, Maltrana buscó el martillo y +los clavos.</p> + +<p>Quería adornar su habitación de trabajo colocando unas láminas regaladas +por un amigo. Eran retratos, y el joven explicó a Feli la grandeza de +todos aquellos señores que mostraban sobre el papel<a name="page_203" id="page_203"></a> su gesto leonino, +mirando a lo alto con ojos ardientes de inspiración.</p> + +<p>—Fíjate, nena; éste es Víctor Hugo, un semidiós. Cuando yo arregle mis +libros, te daré a leer algo suyo. Este otro es David-Federico Strauss, +uno que se metió a examinar la vida de Jesús y no dejó en ella títere +con cabeza. Este barbudo es Darwin; el otro, que parece un erizo blanco, +mi gran tío Schopenhauer; el de más allá, Zola, con su mirada triste, +como si fuese a llorar; aquel viejo tan guapo y simpático, el amigo +Hæckel... Todos gentes distinguidas, apreciables puntos, que no se +ofenderán de vivir con nosotros en plena alegría juvenil. ¡Las cosas que +van a presenciar estos ilustres gachos!...</p> + +<p>Feli sonreía contemplando los retratos, creyendo de buena fe, en su +sencilla ignorancia, que eran señores de Madrid a los que conocía y +trataba su amante. Esta misma amistad la hizo presentir que podían ser +mal vistos por el dueño de la casa.</p> + +<p>—Pero Isidro, ¿y don Vicente? ¿No se ofenderá al ver a estos +caballeros?</p> + +<p>Maltrana prorrumpió en una carcajada al oír el nombre del «santo». El +día anterior, al dejar los grabados en la casa, se los había enseñado, +quedando el devoto perplejo largo rato en su contemplación.</p> + +<p>—Yo—dijo—desconfío siempre de los señores que tienen mucha fama. No +conozco a estos caballeros mas que para servirles; jamás leo periódicos; +pero me escamo cuando los papeles hablan mucho de un hombre. Ahora sólo +se habla de los grandes pecadores: los santos viven en la obscuridad.</p> + +<p>Luego de una larga reflexión, había preguntado:</p> + +<p>—¿No estarán entre estos señores Voltaire y Garibaldi?</p> + +<p>El hermano Vicente no conocía mayores impíos.<a name="page_204" id="page_204"></a> El nombre de Voltaire, +pronunciado con todas sus letras, le hacía estremecer, al mismo tiempo +que se alteraban sus ojos inflamados con el lagrimeo de la rabia.</p> + +<p>-No; señor Vicente; no están.</p> + +<p>-Me alegro. Porque si estuvieran Voltaire y Garibaldi, yo me marcharía. +No podría vivir bajo el mismo techo que esos demonios.</p> + +<p>Y más tranquilo ya, examinó los retratos, alabando a algunos de aquellos +señores, que, por sus grandes barbas de plata y sus frentes serenas, +tenían, según él, caras de santo.</p> + +<p>Cuando Maltrana terminó de clavar unas perchas en el dormitorio y dio +por definitivamente colocados todos los muebles, comenzaba a anochecer. +Había que pensar en la cena y en la luz. Las necesidades de la vida +turbaban su amoroso aislamiento, haciéndoles salir de aquella +inconsciencia de pájaros errantes que por primera vez construían nido.</p> + +<p>Isidro tomó el sombrero para bajar a la calle y hacer sus compras.</p> + +<p>—Adiós, niña... Rica, adiós: vuelvo en seguida.</p> + +<p>Se despedían entre fuertes abrazos. Alejábanse y volvían a juntarse, con +nuevos besos, como si Fuese él a emprender un interminable viaje. Por +fin, se separaron en el rellano de la escalera.</p> + +<p>—Cierra, bien—dijo Maltrana, como si temiese los mayores peligros +durante su ausencia.</p> + +<p>Y sólo se decidió a bajar cuando vio cerrada la puerta y sonaron tras +ella los ruidos de la llave y el cerrojo.</p> + +<p>Volvió a la media hora, con un paquete de bujías, dos chuletas empanadas +de una taberna cercana, una libreta, una botella de vino y un paquete de +dulces. ¡Juerga completa! Decididamente, la vida de burgués, con casa +propia y mujer única, tenía<a name="page_205" id="page_205"></a> grandes encantos. La vida era alegre; había +que dar a la vida un sentido helénico, y el helenismo no podía ser más +fácil de conseguir: estaba en el escaparate de una confitería, en los +ojos de una tierna muchacha, aunque hubiese nacido entre los +estercoleros de Tetuán.</p> + +<p>Feli le aguardaba en el rellano, trémula de miedo.</p> + +<p>—Isidro, ¿eres tú?—preguntó con voz acongojada.</p> + +<p>Había anochecido. Al invadir las sombras su nueva habitación, la +muchacha experimentó el terror de lo desconocido. La daban miedo los +libros en sus vetustas estanterías; pensaba con pavor en cierto Cristo +ensangrentado, con lacias melenas, que el señor Vicente tenía en la +pieza inmediata. Se había refugiado en la escalera y aguardaba +impaciente la llegada de Isidro.</p> + +<p>Este encendió una bujía, y fue alineando sus provisiones sobre la mesa. +Feli, con la luz y los dulces, recobró la alegría.</p> + +<p>Comieron y bebieron, hablando de acostarse al poco rato. Reían, pensando +en que otras noches, a aquellas horas, todavía vagaban por los campos. +Iban a dormir como las gallinas. ¡Oh la vida ordenada! ¡La vida +tranquila, lejos de todos, queriéndose mucho, aislados del mundo, en el +dulce egoísmo del cariño!... Les parecía imposible que las gentes fuesen +tan ciegas que no supieran vivir así.</p> + +<p>Mientras comían, hablaron de lo que pensaban hacer a la mañana +siguiente. Visitarían las tiendas de la calle de Toledo para que ella +comprase las sábanas. Isidro, desoyendo sus protestas, pensaba regalarle +cierto vestido expuesto en un maniquí a la puerta de una tienda de +modas. Además, acordábase de que hacía tiempo que soñaba Feli con unas +botas altas, muy altas, de suave color de limón y con muchos botones.<a name="page_206" id="page_206"></a></p> + +<p>—Pero ¡nos vamos a arruinar, nene!—suspiraba ella, posando la cabeza +en un hombro del amante—. Tú no tienes dinero para tanto.</p> + +<p>Maltrana protestó. El trabajaría. ¿Y para quién era todo su dinero?... +Para su Feli, para su gorrera graciosa, que lo había abandonado todo; +siguiéndole a él, pobre y feo.</p> + +<p>—¡No digas eso!...—suspiraba ella—. Tú eres el hombre más guapo de +Madrid, el que más sabe. Aunque me buscase el mismísimo príncipe de +Asturias, le diría que no. Ya tengo a mi Isidro, que es para esta +pobrecita mucho más que los príncipes y los reyes. ¡Si supieras qué +celos me daba una compañera de taller cuando decía que, aunque feo, eres +simpático!...</p> + +<p>Terminada la cena, devoraron los dulces y bebieron las últimas gotas de +vino. Feli, sin darse cuenta, habíase deslizado de su asiento, acabando +por acomodarse en las rodillas de Maltrana. Le ofrecía entre sus labios +un dulce; lo partían con largo y meloso beso, y el joven, después de +esta caricia, hablaba gravemente de su porvenir.</p> + +<p>—Vivimos mal, Feli—decía—. ¿Crees tú que estoy satisfecho de la +existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos +jóvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos +con el plato más insípido: la alegría y el amor...</p> + +<p>—Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre así... con la +cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca.</p> + +<p>—Pues yo deseo más. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que +vistas como una señora, y vayas al teatro, y algún día la gente te +salude, y digan todos: «Ahí va la mujer de Isidro», y hasta en los +periódicos se hable de «la bellísima señora de Maltrana».<a name="page_207" id="page_207"></a></p> + +<p>Feli rió como una niña.</p> + +<p>—Pero ¡qué tonto!... ¡Qué cosas tan <i>superficiales</i> deseas! Lo que +importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que +mejor le plazca.</p> + +<p>Maltrana quedó largo rato pensativo. Sentía el entusiasmo, la fe en el +porvenir, los ensueños de ambición que acompañaban todos sus momentos de +bienestar físico.</p> + +<p>—Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que +subieron muy alto... Tú no te das cuenta de adónde podemos llegar. Me +quieres, pero ignoras en realidad quién es tu Isidro. Hasta el presente +he luchado con la mala suerte; pero tú me traes la Fortuna. Trabajaré, +escribiré mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que +no había conocido nunca. La gente acabará por fijarse en Maltrana, por +ver en él un gran escritor, un talento extraordinario.</p> + +<p>—¡Quién lo duda, bobito!—exclamó Feli—. Tú tienes mucho talento: eso +lo he dicho yo desde que te conocí. Deja que te bese esa frente donde +guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacén de +donde sacas tus cosas bonitas.</p> + +<p>Oprimía entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida, +como si quisiera morder su frente enorme y rugosa.</p> + +<p>Maltrana, después de desasirse, continuó con entusiasmo:</p> + +<p>—Me dedicaré a la política; quiero que seas una gran señora, y en este +país no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El día +que me conozcan, impondré respeto. Seré director de periódico, seré +diputado... ¡Llegaré a ministro, Feli, y tú serás mi mujer, la esposa de +Su Excelencia!...</p> + +<p>El joven hablaba con la fe de todos los humildes<a name="page_208" id="page_208"></a> de alguna imaginación, +que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las +alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan +inmóviles la riqueza o la fortuna política para que las tomen con sus +manos.</p> + +<p>Feli reía con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de +las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueños podían +realizarse al día siguiente.</p> + +<p>—¡Yo, ministra!—exclamó—. ¡Y tendré coches, y los lacayos se me +quitarán la chistera con galones dorados, y mi tío el <i>Federal</i> se +quedará con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la +Puerta del Sol, frente a su oficina!... ¡Y tú irás a Palacio y te +tratarás con las grandes damas, y...!</p> + +<p>El rostro de Feli pareció entenebrecerse. Apretó los labios, le +brillaron los ojos, y dijo con enfurruñamiento:</p> + +<p>—No; tú no serás ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, ¿lo +entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptarás aunque te lo ofrezcan; +dimelo, o reñimos... El mundo está lleno de tentaciones, y ¡no digo nada +si acudirían las señoronas al ver a este feo, que habla como los propios +ángeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de +esas que tienen la pechera bordada de ojos!... ¡lo mismo que las moscas +a la miel! ¡Ojo, señorito! Yo tengo mucho quinqué, y adivino las cosas. +No serás ministro, no. Dime en seguida que no lo serás, o te pego.</p> + +<p>Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor, +abofeteábale con su blanca manecita. Después, pareciéndole poco este +castigo, metía sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin +compasión de los mechones.</p> + +<p>—No, no lo seré—exclamó Maltrana—. Presento<a name="page_209" id="page_209"></a> la dimisión de la +cartera; crisis total. Pero ¡déjame el pelo, niña, que me haces daño!</p> + +<p>—Está bien—dijo Feli más tranquila—. Te dejo, pero ¡cuidadito con +faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos como +esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envían sus +lujos a un colegio, tienen su buena casa allá en el barrio de Salamanca, +salen a paseo juntos, y los días que hace mal tiempo se dan una +vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. ¿Puede +ser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo no +he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lo +dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.</p> + +<p>Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos +con sus labios.</p> + +<p>—Podías hacer también cosas para los teatros; mi tío dice que eso da +mucho dinero... Pero no: ¡qué bruto soy! Dime que no en seguida, o te +araño. ¡Dónde iba yo a meterte!... Nada de teatro: queda prohibido. +Escribirás en los periódicos, escribirás libros; y si alguna vez las +señoronas te envían cartitas, entusiasmadas por esas cosas tan monas que +sabes decir, ¡cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que tú aún no me +conoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor que +una mosca.</p> + +<p>Y la pobre Feli, haciéndose la temible, se apretaba contra Isidro, le +estrechaba en sus brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, le +acariciaba el cuello con el raso de sus labios.</p> + +<p>Sentíanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo de +descansar en algo más sólido que las frágiles sillas... ¡A dormir! Pero +no durmieron: no tenían sueño.</p> + +<p>Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad,<a name="page_210" id="page_210"></a> el rechinar de la +cerradura y la entrada del señor Vicente, a tientas, en su habitación.</p> + +<p>Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase su +risa, seguía, regocijada, todos los ruidos del «santo», adivinando su +significación. ¡Plam! ¡plam! Era que se quitaba, los zapatones de +fraile, arrojándolos lejos. Ahora, se desnudaba; después se tendía en el +jergón.</p> + +<p>La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con grandes +contorsiones para ahogar su risa. Isidro le preguntó al oído, riendo +igualmente, sin saber por qué. ¿En qué pensaba?</p> + +<p>—Pienso...—murmuró la muchacha—pienso en la figura que hará el santo +en camisa.</p> + +<p>Y los dos, fuertemente abrazados, volvían a reír, estremeciéndose sus +carnes desnudas bajo la manta, rozándose con el temblor del regocijo +sofocado.</p> + +<p>Sonó largo rato un murmullo en la vecina habitación. El señor Vicente +rezaba sus oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cortó el silencio.</p> + +<p>Los amantes no durmieron. Reían de este roncar grotesco interrumpido por +largos suspiros. El señor Vicente despertaba unos instantes, mascullando +santas exclamaciones: «¡Ay, señor!», y volvía a sumirse en su sueño +intranquilo, cortado por las visiones del ayuno y la exaltación.</p> + +<p>Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:</p> + +<p>-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí!</p> + +<p>Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó en +el silencio como una campanilla de plata.</p> + +<p>Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como si +durmiesen. En su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual si +anduviesen ratas por debajo de ella.<a name="page_211" id="page_211"></a></p> + +<p>Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecido +por el horror de sus visiones.</p> + +<p>—Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esas +asquerosidades... Mi carne está muerta... Gloria al Señor... La impureza +no entrará en la casa de su siervo.<a name="page_212" id="page_212"></a></p> + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + +<p>Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, terminó pronto el +libro del marqués de Jiménez. El grave prócer mostrábase satisfecho del +trabajo. Además, por encargo suyo, vigilaba el joven la impresión y +corregía las pruebas. ¡El senador tenía tantas ocupaciones!...</p> + +<p>Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gaspar +examinábalo minuciosamente, dando bufidos de satisfacción ante las +páginas que presentaban gran cimiento de notas. Las que aparecían con el +texto solo, provocaban en él un mohín de disgusto.</p> + +<p>—No tienen seriedad—decía el senador—. Parecen páginas de una novela. +Pero, hombre, ¿qué le hubiera costado poner unas cositas al pie?...</p> + +<p>Cuando el libro estuvo impreso, el marqués hizo un nuevo encargo a +Maltrana. El jefe del partido, que había de escribir el prólogo, +entreteníale con excusas, sin cumplir su promesa. Don Gaspar no se +ofendía por ello, conociendo las exigencias de la política, la vida +cruel, abrumada de trabajo, que arrastran sus hombres. Por fin, el +importante personaje, dando al marqués una muestra de gran confianza, le +había rogado que escribiese él mismo el prólogo, autorizándole para que +pusiese su firma<a name="page_213" id="page_213"></a> al pie. Quien había escrito un libro tan notable, bien +podía en una noche pergeñar unas cuantas cuartillas a guisa de +introducción.</p> + +<p>—Y yo, joven amigo—siguió diciendo el prócer—, le transmito a usted +el encargo, rogándole que haga todo cuanto sepa... ¡Qué honor, joven! +¡Escribir cosas que ha de avalorar con su firma un personaje ilustre! +Muy pocos alcanzan esta gloria a la edad de usted... Creo inútil +indicarle lo que el prólogo debe decir. A su talento me confío. El jefe +me quiere mucho; de permitirlo sus ocupaciones, hubiese dedicado a mi +obra grandísimas alabanzas. Tire usted de pluma sin miedo. Mejor que +nadie, sabe usted que ese libro es el resumen de una larga vida política +y que hay en él cosas muy notables.</p> + +<p>Descendiendo, como él decía, a la práctica, y sin soñar—eso nunca—, +habló el marqués de la remuneración del nuevo trabajo. Por el libro, +ajustado en tres mil reales, le daría mil pesetas, pues estaba contento, +aunque no había apretado la mano tanto como él deseaba en lo de las +notas. Aun así, el jefe, que sólo conocía el índice, había hecho grandes +elogios de la erudición de la obra. Por el prólogo le aumentaría +cincuenta duros, pero tendría que lucirse, haciendo un trabajo que +asombrase y apabullase a los otros caudillos de grupo que osaban +discutir en el Congreso con el ilustre jefe.</p> + +<p>—Estos son misterios de alta política. ¡Qué honor para usted conocerlos +siendo tan joven! Punto en boca, amigo Maltrana: me perdería usted ante +el jefe si éste llegase a saber que el prólogo lo ha hecho otro que yo. +No tendría confianza en mi, y a usted le conviene que la tenga... Cuando +seamos Poder... ¡Ya verá usted cuando seamos Poder!</p> + +<p>Con estas esperanzas pretendía halagar a Maltrana para que guardase +silencio. El joven escribió<a name="page_214" id="page_214"></a> el prólogo, mostrándose satisfecho de la +retribución. ¡Cinco mil reales, de los cuales llevaba comidos cerca de +la mitad!... Le quedaba cuerda para dos meses largos, y en este tiempo, +raro sería que don Gaspar, halagado por el éxito, no desease hacer otro +libro. Decididamente, la vida era alegre.</p> + +<p>Aún no había salido del primer encantamiento de su existencia plácida, +ordenada y tranquila al lado de Feli. La muchacha se revelaba como una +excelente ama de casa. Descendía por las mañanas a la plazuela con +mantón y cesta; después, pasábase el día con los brazos arremangados, +cocinando, sacudiendo el polvo, repasando la escasa ropa de Isidro.</p> + +<p>Nunca había ido éste tan pulcro. Sus amigos hablaban con asombro de la +blancura de su camisa y la limpieza de su sombrero. Además, engruesaba, +tenía mejor color. Los pucheretes de Feli, los guisos campestres +aprendidos en casa de su padre y el no trasnochar daban nuevo vigor a su +cuerpo quebrantado por las privaciones y desarreglos de la vida bohemia.</p> + +<p>—Tiene una muchacha—decían sus camaradas—que le arregla y le cuida: +una verdadera ganga, y además, guapa. ¡Qué suerte la de ese chico!...</p> + +<p>Y comentaban el astuto recelo de Maltrana, que, conociendo la lengua +libre y las audacias de la tropa menuda de sus amigos, cuidábase de +ocultarles su domicilio. Temía las visitas de éstos, y aun a los más +íntimos les daba cita en el salón del Ateneo llamado de la +«Cacharrería».</p> + +<p>Feli, por su parte, también experimentaba los beneficiosos efectos de la +nueva existencia. Mostrábase alegre; sólo de tarde en tarde pasaba una +nube por sus ojos, acordándose del <i>Mosco</i>. ¡Qué haría su padre en la +casucha de las Carolinas! ¡Qué diría de ella!...<a name="page_215" id="page_215"></a></p> + +<p>Cuando en las tardes de los domingos salían los dos a las afueras, +evitando el aproximarse a los Cuatro Caminos, o paseaban por las +avenidas más solitarias del Retiro, el amante contemplábala con cierto +orgullo, como si fuese obra suya, complaciéndose en sus perfecciones.</p> + +<p>—¡Si te viesen tus amigas de antes, chiquilla!... Estás hecha una +señorita; el día en que menos lo esperes te compro un sombrero.</p> + +<p>Había adquirido Feli su traje en una tienda de modas de la calle de +Toledo. La sedujeron unos maniquíes colocados en la acera como si fuesen +damas sin cabeza, vestidas de colorines y alineadas para una recepción. +Del vientre de todas ellas colgaba un cartel con la cifra del precio. +Feliciana había escogido un traje azul con adornos negros, «última moda +venida de París», según declaración formal del hortera. Con él y una +mantilla modesta, la muchacha parecía otra. Hasta ocultaba con guantes +aquellas manos que eran su orgullo en el barrio de las Carolinas.</p> + +<p>Pero lo que más satisfacía su vanidad femenil eran las botas, las +famosas botas color limón con las que había soñado tantas veces, y que +apreciaba como el mejor de los regalos de Isidro. El calzado era una de +sus preocupaciones. Consideraba sus pies la parte más preciada de su +persona, y al andar fijaba los ojos coquetamente en las dos manchas de +oro pálido, de aguda punta, que aparecían y se ocultaban +alternativamente bajo el borde de su falda.</p> + +<p>De sus paseos del domingo volvían fatigados, con los pies cubiertos de +polvo, pensando en la dulce quietud de su casita, en la cena que les +esperaba, en la noche de cariñosa intimidad, interrumpida al otro lado +del tabique por las visiones tentadoras del señor Vicente.<a name="page_216" id="page_216"></a></p> + +<p>—Estamos hechos unos burgueses—decía Isidro—. No hay en Madrid una +pareja legal que viva tan virtuosamente como este par de socios... +libres.</p> + +<p>Y se aislaban cada vez más, satisfechos de su amor, olvidados del mundo, +creyendo que la vida podía deslizarse de este modo eternamente.</p> + +<p>Maltrana, al ir por la calle, examinaba a las gentes con extrañeza, como +si fuesen de otra raza, como si él procediese de un mundo distinto. Al +bajar de su alta habitación, creía descender a otro planeta.</p> + +<p>La gran mayoría de los transeúntes no amaban ni eran amados. ¡Y podían +subsistir así!... El apenas si se acordaba de los tiempos recientes en +que vivía como en el limbo, sin otras pasiones que leer, soltar +paradojas y morder a los de arriba, no enterándose de que existían +mujeres en el mundo y un sentimiento llamado amor. Ahora le parecía +imposible haber vivido de este modo, como una planta, como un pedrusco, +sin verdadera alegría, sin dulces tristezas... sin ideal. Como él había +sido, así eran casi todas las gentes que pasaban junto a él. Vivían +preocupadas por las más groseras aspiraciones, sin una chispa de amor. +Toda la poesía de la tierra se reconcentraba en unos cuantos, que eran +ellos, los enamorados.</p> + +<p>Maltrana pensaba con orgullo que en el mundo existe una reducida +aristocracia, y que él pertenecía a ella: la aristocracia del amor, de +los que saben embellecer la vida con sus pasiones. Los demás eran pobres +bestias que bostezaban de aburrimiento con los ojos bajos y los pies en +el barro, aunque gozasen de todos los refinamientos del bienestar.</p> + +<p>Una tarde, Maltrana encontró al señor Manolo el <i>Federal</i> en la acera de +la Puerta del Sol, donde tenía establecidas sus oficinas.</p> + +<p>—Bien, muy bien, ciudadano—dijo irónicamente el capataz—. Tú y la +Feli la habéis metido hasta el<a name="page_217" id="page_217"></a> corvejón. Paece mentira que hombres +intelectuales que no son del cuarto estado cometan esas pifias.</p> + +<p>Le miraba con sus ojos saltones, limpiándose el sudor de la frente, +jadeando, antes de hacer caer sobre Isidro la avalancha de su +indignación.</p> + +<p>—Paece mentira, hombre... Y no creas que yo pienso ojetar nada contra +el hecho de que tú y la Feliciana haigáis pactado el amontonaros, en uso +de vuestra perfecta autonomía. Eso podrá escandalizar a los +reaccionarios y a los unitarios, pero no a mí, que soy un ciudadano +consciente y he pactado también muchas veces. El hombre es libre, la +mujer es libre, el amor debe ser libre y autónomo... Pero lo que resulta +una chiquillada, digna de azotes, es el dejar esa mocosa a su padre +abandonado allá en las Carolinas. Yo voy a hacerle un rato de sociedad +con más frecuencia que antes. El <i>Chispas</i> vive con él, y no se las +campanean mal. Hacen cada cachuela que Dios se chupa los dedos. Pero el +pobre <i>Mosco</i> está triste, le falta algo; no quiere que le nombren a la +chica, y menos a ti. Bebe como un mosquito, y cuando tiene la tajá, la +toma con los guardas, y quiere irse al Pardo para matar cara a cara al +que asesinó a <i>Puesto en ama</i>. Le habéis puesto de un modo, que el día +menos pensado hará una barbaridad.</p> + +<p>Maltrana se conmovió con hondo remordimiento al pensar en el daño +causado a aquel amigo. Sintió vehementes anhelos de reparar su falta. El +señor Manolo podía interceder por ellos; él conseguiría que su hermano +les perdonase.</p> + +<p>—Lo que habéis hecho—continuó el <i>Federal</i>—es una chiquillada que no +tiene nombre. ¿Os queríais?... está bien; pues haber venido a mí, que +soy la práctica, y juntos hubiésemos ido a las Carolinas a tener un rato +de sociedad, y yo, con mi labia, habría presentado una moción... +«Hermano: estos chicos se<a name="page_218" id="page_218"></a> quieren, ya tienen edad de ser autónomos, y +deben confederarse ante la Naturaleza. Además, las cosas no merecen otro +arreglo: andan, después de cerrada la noche, muy agarraditos por los +desmontes, según dicen las malas lenguas, y me recelo que se han comido +el puchero antes de las doce. He dicho.» E iniciado el debate, habríamos +discutido con todos los turnos que fuesen menester, y al reasumir yo, es +seguro que, en uso de vuestros derechos individuales, os habríais ido al +catre, sin que el <i>Mosco</i> las echase de tirano centralizador. Pero +ahora, después de vuestra calaverada sin substancia, veo difícil que +encaucemos el debate.</p> + +<p>Maltrana, impulsado por el remordimiento, tuvo un arranque de audacia, y +habló de ir con el capataz en busca del <i>Mosco</i> para pedirle perdón.</p> + +<p>—No: es demasiado pronto—dijo el señor Manolo—. No vayas; si te +presentases así, de sopetón, sería capaz de tratarte lo mismo que a un +gamo. Tiene unas ganas locas de matar a alguien. Déjame que yo lo +arregle; tú no sabes adonde llega mi habilidad; figúrate que estás +hablando con la mismísima diplomacia.</p> + +<p>El ablandaría poco a poco a la fiera. Mientras ellos no fueran por allá, +no correrían peligro alguno. El <i>Mosco</i> permanecía en sus territorios y +juraba no volver a Madrid, por no encontrarse con los fugitivos. Le +enfurecía que le hablasen de ellos. El señor Manolo no los mentaba +nunca, y eso que sabía dónde se ocultaban desde la semana siguiente a la +de su fuga. Vivían cerca de la plaza de la Cebada, en la casa de un +reaccionario, de un loco que repartía estampas y regocijaba a la gente +con sus sermones.</p> + +<p>—Yo lo sé todo—dijo el capataz, riendo ante el asombro de Maltrana—. +En mi oficina se habla de cuanto ocurre en Madrid.<a name="page_219" id="page_219"></a></p> + +<p>Y miraba su oficina, la ancha acera, con su incesante corriente de +transeúntes y sus vendedores, de plantón, pregonando billetes del +próximo sorteo, gomas para los paraguas, libros baratos y perrillos de +cría con un cascabel al cuello.</p> + +<p>Se despidió Maltrana del señor Manolo, luego que éste le prometió +interceder cerca del <i>Mosco</i> para que los perdonase. Podía marchar +tranquilo, que en buenas manos dejaba el encargo. El era la diplomacia.</p> + +<p>Al llegar a su casa habló Maltrana de este encuentro. Feli lloró un +poco, pero su dolor fue más breve de lo que esperaba Isidro. La vida +ruda de las Carolinas, aquella existencia de nocturnas aventuras que +separaba al padre de la hija, haciendo familiar en la casa el riesgo de +la muerte, había embotado los sentimientos filiales de la muchacha. +Tantas veces había visto al padre herido y próximo a morir, que el +disgusto doméstico de su fuga lo apreciaba como un incidente de escasa +importancia. En ella no existía otro sentimiento vivo que el del amor.</p> + +<p>—Que arregle tío Manolo todo eso—acabó por decir—; que nos perdone +padre. Pero nada de separarnos, ¿eh? Contigo, siempre contigo.</p> + +<p>Una mañana, al pasar Isidro después de las nueve por la Puerta del Sol, +con dirección a la Biblioteca Nacional, reconoció en la entrada de la +calle del Carmen el carro de <i>Zaratustra</i> por los bizarros adornos de su +caballería. El filósofo de la busca estaba sentado dentro del vehículo, +con las barbas esparcidas sobre las rodillas, aguardando a su criado el +<i>Bobo</i>, que recogía el estiércol de los pisos altos.</p> + +<p><i>Zaratustra</i> se incorporó al reconocer a Maltrana. Reía maliciosamente, +guiñaba sus ojillos al verle por primera vez después de su fuga con +Feliciana,<a name="page_220" id="page_220"></a> que tanto había dado que hablar a las gentes de las +Carolinas.</p> + +<p>—No vayas por allá, muchacho—dijo poniéndose serio—. El <i>Mosco</i> es +muy bruto, y está que echa chispas. Han pasado dos meses desde que os +fuisteis, pero te soltará un escopetazo lo mismo que el primer día. +Algunos chavales de la busca que querían a la Feliciana han averiguado +dónde vivís, y le llevan este soplo y otros. Un día habló con tu abuela, +y la dijo que te matará si te encuentra al paso... Pero buscarte, no +creo que te busque. Se pasa las noches en El Pardo, y algunas veces va +de día. Es una rabia de cazar, una locura. Me han dicho que los guardas +andan de cabeza. Comenzaban a hacer la vista gorda por huir de +compromisos, pero ahora se desesperan y gritan: «Quiere que le matemos.» +El mejor día, cazando, el rey se va a encontrar con el <i>Mosco</i>, que anda +por todo El Pardo como si fuese de su propiedad.</p> + +<p><i>Zaratustra</i> pasó repentinamente a hablar de la muchacha.</p> + +<p>—Te has llevado lo mejor del barrio, granuja. ¡Los que te envidian por +allá y desean verte morir!... Pero lo que has hecho es propio de tus +pocos años. ¡Ay, si tuvieses los míos! ¡Si poseyeras mi sabiduría!... Ya +te cansarás: el amor es un sarampión de cabeza, que todos sufrimos a +cierta edad. Cree, muchacho, que el hombre está mucho mejor solo. Ya +sabes que yo pasé unos cuantos meses en la Modelo. La di tal paliza a mi +tercera mujer, que la dejé chorreando sangre al pillarla con un criado +que era joven. Y la muy perra tenía cerca de sesenta años. Cuando salí +de la cárcel volví a tomarla, y al morir ella tomé otras. Todas son +iguales, y hay que tragarlas como son, ya que las necesitamos. Te lo +dije otra vez: el hombre es un animal noble y altivo; la mujer...<a name="page_221" id="page_221"></a></p> + +<p>—Sí, <i>Zaratustra</i>, lo sé—interrumpió Maltrana, que temía la charla del +viejo—. La mujer, si no tiene su buen traje, su bota ajustada y demás +señorío, da su cuerpo al demonio. Adiós, gran filósofo; expresiones a la +abuela.</p> + +<p><i>Zaratustra</i> no le dejó marchar hasta enterarse de las señas de su +domicilio. Alguna mañana que acabase pronto su tarea iría a verles y +echarían un párrafo. La Feliciana se alegraría de hablar con el señor +Polo, que la había visto nacer.</p> + +<p>Transcurrió algún tiempo, sin que nuevos encuentros viniesen a recordar +a los dos amantes el grave trastorno que habían causado con su fuga en +la vivienda del cazador.</p> + +<p>Isidro carecía de trabajo; pero aún duraba en las prudentes manos de +Feli una parte del dinero del marqués de Jiménez. Había visitado a éste, +por si le ocurrían nuevas ideas y le tentaba el deseo de publicar otros +libros; pero el prócer estaba en plena luna de miel literaria.</p> + +<p>La obra reinaba esplendorosa, con su magnífica cubierta, en los +escaparates de las librerías. ¿Venderse?... ni un ejemplar. El senador +lo declaraba con desaliento: nadie quería enterarse de la verdadera +solución del problema social. ¡Qué país!... Así andaba él. Caliéntese +usted la cabeza, trabaje usted noches y noches, estudie condensando en +innumerables notas toda la sabiduría del mundo, para que después le +hagan a uno menos caso que a un novillero.</p> + +<p>El marqués lanzaba estas lamentaciones ante el joven, olvidando +momentáneamente su intervención en la obra. Pero de esta indiferencia +del público le compensaban los elogios de sus compañeros de la Alta +Cámara, a los que había regalado el libro y lo conservaban intacto sobre +la mesa, sin cortarle las hojas; los sueltos laudatorios de los<a name="page_222" id="page_222"></a> +diarios, obra también de gentes que no hacían mas que pasear la mirada +por el índice.</p> + +<p>El prólogo del jefe lo habían publicado todos los periódicos del +partido.</p> + +<p>—¡Qué hombre, amigo Maltrana!—exclamaba el senador—. ¡Que talentazo! +¡Y qué modo de escribir tan... castizo!</p> + +<p>Se olvidaba, en su entusiasmo, de quién era el que le escuchaba, y +seguía en sus elogios al jefe y a la bondad con que le cubría de +alabanzas en varios pasajes del prólogo.</p> + +<p>El marqués de Jiménez no pensaba publicar otro libro hasta el año +siguiente. Era un mal el prodigarse. Además, sentíase fatigado, pues una +obra como la que acababa de publicar no se escribe todos los meses.</p> + +<p>Lamentábase en presencia de Maltrana de sus fatigas y trabajos, con una +sinceridad que daba ganas de llorar... Por ahora no tenía otra ocupación +que leer las críticas de los periódicos. Pasaba las noches en un sueño +inquieto, temblando por lo que podría decir la prensa al día siguiente, +y cuando encontraba un pequeño suelto laudatorio lo leía a la familia, y +encerrándose en su despacho, pasaba las horas contemplando con ojos +amorosos el pedacito de papel, para mostrarlo después, con ademán +displicente de grande hombre fatigado de la gloria, a todos sus +visitantes.</p> + +<p>Maltrana renunció por el momento a todo encargo de trabajo por parte del +senador. Pero su fe no se alteró por esto: otros le proporcionarían +nuevas tareas. Al verse falto de ocupación, dejó de estar en casa, y +pasó las tardes en el Ateneo o en los cafés, discutiendo con la juventud +literaria. De noche comenzó a recogerse tarde, aconsejando a Feli que le +esperase acostada. La literatura imponía deberes: era preciso dejarse +ver para hacer<a name="page_223" id="page_223"></a> carrera y adquirir un nombre, asistir a los estrenos de +los teatros, intervenir con interrupciones en los debates del Ateneo, +hacerse notar en las interminables y estériles disputas sobre si hay +Dios o no lo hay, y acerca de la separación de la Iglesia y el Estado.</p> + +<p>Una mañana, Feli le despertó cuando estaba en lo mejor de su sueño. La +noche anterior había intervenido en una discusión sobre «la filosofía de +lo maravilloso», y aunque con la certeza de que esto no podía reportarle +ningún beneficio positivo y los periódicos no le dedicarían más allá de +una línea, descansaba satisfecho de su tarea. El grande hombre inédito +se despabiló al oír que en el despacho le aguardaba su padrastro, el +señor José, mostrando gran agitación. ¿Qué le quería el bueno del +albañil?</p> + +<p>Cuando salió, el señor José, casi llorando, le agarró las manos.</p> + +<p>-¡Qué desgracia, Isidro! ¡Qué vergüenza!... Si tú no arreglas eso, voy a +morir.</p> + +<p>El joven lo hizo sentar, tranquilizándolo. ¿Qué era ello? No había que +apurarse, pues para todo hay remedio. Y el albañil, en presencia de +Feli, habló de Pepín, del famoso <i>Barrabás</i>, que iba a ser motivo de su +muerte.</p> + +<p>Estaba en la Cárcel Modelo. Tres días antes lo habían cogido con otros +golfos, por un robo de bronces y alambres en una fábrica de Vallecas. +Hacía más de un mes que había huido de la calle de los Artistas, sin que +el padre pudiese averiguar su paradero. Esta fuga no era la primera. Ya +sabía Isidro que varias veces había desaparecido, sin que le corrigiesen +las palizas que le propinaba al volver. Tenía piel de perro, según +afirmaba el señor José. Ni golpes ni consejos habían servido de nada al +padre. Era un golfo, pero de los de marca; el talento de su hermano para +los libros lo tenía él para el<a name="page_224" id="page_224"></a> mal. Colocábase al frente de sus +camaradas, como más atrevido, y éstos lo alzaban capitán.</p> + +<p>—¡Lo que me ha hecho sufrir!—continuó el señor José—. He perdido +varios jornales en un mes por dedicarme a su busca y captura, y todo +inútil. Y eso que yo aún conservo cierto olfato de mis tiempos de +guardia civil. He pasado días enteros en las inmediaciones del cerro del +Pimiento. Me dijeron que andaba por allí con una cuadrilla de pillos y +cierta pelona que es su querida, la <i>Piquirri</i>, una chicuela seca como +una caña, con la cara llena de costurones, que vende periódicos en la +Puerta del Sol y se arremanga para que los señores viejos la vean unas +pantorrillas que parecen flautas. No he podido atraparle... Después, le +busqué en la montaña del Príncipe Pío, en unas cuevas que hay debajo de +los cuarteles por la parte de la estación del Norte. Creí pillarle en lo +que llaman el «Palacio de Cristal», un chamizo donde se juntan los +golfos con todos los plumeros y pericos que esperan a los soldados cerca +de los cuarteles... Tampoco le vi... Y anoche, hablando en los Cuatro +Caminos con un chico de Zamora que sirvió conmigo y está en Orden +público, supe el paradero del granuja. Está en la Modelo; tú fíjate +bien, Isidro; ¡un hijo mío en la Modelo!... Yo, que soy su padre, podré +parecer tosco y pasar por ignorante, pero allí donde he estado nadie ha +tenido que decir de mi, y los jefes me citaban como modelo de honradez.</p> + +<p>El señor José llevábase una mano a los ojos, fregoteándolos para que las +lágrimas retrocediesen. ¡Un hijo suyo en la cárcel!... Le parecía que +todo su pasado de áspera integridad y honradez feroz se derrumbaba de un +golpe. ¡Quién le hubiera dicho, cuando con el fusil al hombro conducía +delincuentes esposados por las carreteras, que él, el soldado de la ley, +el guardián del orden, procrearía carne<a name="page_225" id="page_225"></a> de presidio, aumentando con un +individuo más el ejército sombrío y desesperado que vivía en guerra +continua con la sociedad!</p> + +<p>Ya no tendría valor para detener en las calles a sus antiguos jefes, +pacíficos veteranos que vegetaban en Madrid, abrumados por las +estrecheces del sueldo de retiro. Ya no osaría decir: «¿Cómo va, mi +capitán?» a aquellos señores que, recordando su pasado de probidad y +obediencia, le estrechaban la mano como si fuese un igual, preguntándole +por la familia. ¿Cómo iba a contestarles que un hijo suyo, el único, +estaba en la cárcel por ladrón?... Aquel miserable le hacía abandonar el +mundo de los buenos, le arrebataba para siempre el orgullo de una virtud +que era su único lujo. ¡A los catorce años en la cárcel, y llevaba su +apellido, que tantas veces había alcanzado elogios por servicios a la +sociedad!...</p> + +<p>—Yo deseo, Isidro—siguió gimoteando el señor José—, que en este +asunto hagas lo que puedas. Ciertamente, no sé lo que quiero. No te pido +que lo saques de allí; aunque esto pudiera ser, yo me opondría. Que se +pudra en la cárcel, que se muera... ¡por pillo!</p> + +<p>Pero tras estas palabras enérgicas, reaparecía el padre.</p> + +<p>—Quiero—continuó con dulzura—que vayas a verle. Yo no puedo ir: creo +que me lo comería, que le haría pedazos si le viese... Tú tienes otra +labia; él te respeta y te hará más caso. Sermonéale; si ha caído, al +menos que se corrija y se arrepienta. Grandes criminales he visto que +acabaron como personas honradas. Y...—aquí titubeó—y si conoces al +escribano que tiene la causa o alguna otra persona que pueda influir, +hazlo por Dios. Que el muchacho salga de este mal paso; que una vez esté +en la calle yo lo cogeré, y antes muere a mis manos que vuelve a +escaparse.<a name="page_226" id="page_226"></a></p> + +<p>El señor José estaba trastornado por el suceso.</p> + +<p>¡Qué mundo, señores! Parecía cambiado y con gentes distintas a las que +él había conocido en sus tiempos juveniles. Creía que los buenos +formaban una casta, y que él y los que de él saliesen figurarían +eternamente en ella. Por esto profesaban ideas sanas, respetaban la +autoridad y acataban todo lo establecido... Y de repente, un pedazo de +su carne, una prolongación de su persona, se pasaba de un salto al campo +de los malos, burlándose de todas las doctrinas de orden y sumisión +enseñadas por su padre.</p> + +<p>El señor José comenzaba a sospechar si el mundo sería distinto de como +él lo imaginaba. No sentía las mismas energías de antes para abominar de +los vociferadores, que deseaban que la sociedad diese una vuelta, +colocándose arriba los de abajo. El dolor le hacía tolerante. Ya no +comparaba la organización social con la disciplina militar. No; la +sociedad no era un ejército; era más bien un rebaño triste y manso, que +los malos pastores obligaban a pastar en campos de desolación, +reservándose para ellos las mejores tierras. Los lobos de la desgracia +rondaban en torno de él, arrebatando las reses más débiles, las que +marchaban a la cola.</p> + +<p>—Te digo, Isidro—continuó—, que soy otro, y que cada día pierdo algo +de mis creencias. Esto es el fin del mundo: todo farsas y mentiras. Voy +creyendo que vivimos en plena comedia y que somos muchos los que hacemos +el papel de bobos. De lo que tengo certeza es de que existen muchos +ladrones, muchísimos, que no conoce la Guardia civil ni los conocerá +jamás. Si ahora tuviese yo que conducir criminales, los miraría con +mejores ojos. ¡Pobres diablos! También éstos son de los lobos... Los +ladrones, los verdaderos ladrones que turban<a name="page_227" id="page_227"></a> el orden y la paz, los que +ponen en peligro la vida de los hombres, están muy altos, en sitios +adonde no llega la autoridad.</p> + +<p>El señor José hablaba como un ciego que fuese recobrando poco a poco la +luz. Fijábase con asombro en todo lo que le rodeaba. La injusticia +conmovía su carácter sencillo y recto, que comenzaba a perder el +endurecimiento de la disciplina.</p> + +<p>—Vivimos entre ladrones, Isidro. Verbigracia: yo me gano ahora el +jornal trabajando en un gran edificio de las afueras que construye el +gobierno no sé si para cuartel, hospicio u otra cosa. La obra es por +contrata; al contratista le dan sus buenos millones, y él hace el +edificio como si fuese de cartón. Lo que importa es ganar dinero, mucho +dinero, para partírselo tal vez con los mandones que le protegen. Los +que conocemos el oficio temblamos de miedo al ver cómo nos obligan a +construir. Sólo llevamos hecho un piso, y estamos seguros de que el día +que lo cargen se vendrá abajo, aplastando a todo Cristo. ¡Con tal que no +estemos nosotros!... El contratista viene en su automóvil una vez por +semana; mira, recomienda que se haga todo por el sistema de «mírame y no +me toques», y se va. El cemento es polvo de la carretera, las paredes +son tabiques, las pilastras están huecas... El mejor día hay una +catástrofe, que ni la del Dos de Mayo... Y por tres o cuatro pesetas +estamos allí centenares de hombres honrados con la muerte en la +garganta, mientras los culpables hacen vida de grandes señores. Yo soy +imparcial y reconozco mis engaños. A esos que hablan de revoluciones del +pobre los creo, como siempre, unos escandalosos perturbadores, pero en +algunas cosas no les falta razón.</p> + +<p>Aún habló el señor José largamente, mezclando las desilusiones de su +vida con los pesares que le<a name="page_228" id="page_228"></a> daba el rebelde <i>Barrabás</i>. Isidro le +prometió que aquella misma tarde iría a ver al muchacho. Era amigo del +director de la cárcel y podía recomendarle al maldito golfo. Buscaría +además entre sus amigos alguno que pudiese influir con los señores del +Juzgado.</p> + +<p>Marchose el albañil, y por la tarde se dirigió Maltrana a la Cárcel +Modelo. Feli le dio gran prisa por que fuese a ver a su hermanastro. La +sensibilidad femenil se había interesado por este suceso que venía a +alterar la calma doméstica. Recordaba vagamente al <i>Barrabás</i>, de +haberle visto merodear por las Carolinas con una banda de golfos. +¡Pobrecillo! Tenía cara de bueno: le habrían perdido las malas +compañías.</p> + +<p>Isidro entró en la cárcel, siguiendo al empleado que el director le dio +por guía. Al abrirse el último rastrillo, experimentó una impresión de +frío y de tristeza; vio de un golpe las naves enormes, las galerías +superpuestas, y en ellas las puertas de las celdas con gruesos cerrojos. +Un silencio de tumba pesaba sobre la población invisible. La luz cenital +de las monteras de cristales se ensombrecía al descender, adquiriendo la +vaguedad crepuscular de las bodegas. Las filas de puertas recordaban a +Isidro las tramadas de nichos de un cementerio. Detrás de ellas existían +hombres silenciosos, que comían y pensaban; pero eran cadáveres +animados, que la estrechez de su tumba obligaba a la inmovilidad; vivos +que únicamente sentían la vida a son de corneta, al recibir el rancho +por el ventanillo o al salir al sol, para pasear, como fieras +enjauladas, durante algunos minutos. Un tropel de pájaros refugiados +bajo las claraboyas de las naves revoloteaba en esta luz plomiza. Sus +alegres piídos y el murmullo de sus alas sonaban como un remedo irónico +de la alegre risa de la primavera.<a name="page_229" id="page_229"></a></p> + +<p>Maltrana pensó con horror en la posibilidad de un largo encierro en uno +de estos ataúdes de mampostería. Centenares de hombres vivían allí, sin +que un grito, una palabra, un suspiro, conmoviese el silencio de estas +naves, que parecían las de una catedral abandonada. Nunca se había +creído valeroso; desconocía el impulso brutal de la agresión; pero a la +vista de este cementerio de vivos se juró ser aún más prudente. Si le +injuriaban, perdonaría la injuria antes que venir a este infierno +silencioso por un arrebato de su animalidad.</p> + +<p>El empleado le hizo subir una escalera, al término de la cual estaban +las celdas de los niños. Apenas avanzaron algunos pasos por una larga +galería, el empleado que vigilaba esta sección dio una voz, y un +muchacho descalzo, con ligereza de diablillo, saltó de puerta en puerta, +descorriendo con gran estrépito los cerrojos.</p> + +<p>En la entrada de cada celda apareció un niño, cuadrándose con militar +rigidez. Se examinaban con miradas oblicuas unos a otros, apretando los +labios para sofocar la risa.</p> + +<p>Calzaban alpargatas deshilachadas, o iban con los pies desnudos sobre +los fríos baldosines. Vestían ropas remendadas y mugrientas. Algunos no +tenían otro traje que la camisa y un pantalón de hombre sostenido por un +tirante que les cruzaba el pecho. Llevaban rapadas las cabezas, +mostrando muchos de ellos la extraña configuración de sus huesos +craneanos. Había testas enormes, que parecían temblar por su peso sobre +el cuello delgado y débil; otras presentaban por detrás un ángulo recto, +un corte radical, que denunciaba la anulación de gran parte de la masa +encefálica. Los había de ojos picarescos e insolentes, que miraban con +fijeza agresiva; otros tenían el cuello ondulado por las cicatrices de +la escrófula, o la nariz y las mejillas roídas<a name="page_230" id="page_230"></a> por la viruela. +Manteníanse rígidos, las manos pegadas a las piernas, sacando el +vientre, con el bullón de la camisa lleno de objetos y papeles que les +servían de juguetes.</p> + +<p>El guía de Maltrana los conocía a todos como antiguos parroquianos de la +casa. El primero en quien se fijó fue el <i>Machaco</i>.</p> + +<p>—Cuando le trajeron por primera vez—dijo el empleado—tenía tanto +miedo, que en el rastrillo le dio un accidente y hubo que curarle. +Después, mira esto como su casa... Tú, ¿cuántas veces has venido?...</p> + +<p>El empleado preguntaba al <i>Machaco</i>, y éste contestó, sonriendo con +sencillez infantil:</p> + +<p>—Con ésta veintitrés.</p> + +<p>-Te han traído por un portamonedas de señora, ¿verdad?... Le darías +tirón y echarías a correr.</p> + +<p>—No, señor—dijo el <i>Machaco</i> poniéndose serio—. Lo saqué de dentro +del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas.</p> + +<p>El empleado sonrió ante esta protesta de la dignidad profesional, y +siguió presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados +y chaquetón de paño pardo, era el <i>Paleto</i>. Le habían traído por robar +un corsé. Miraba a Maltrana con ojos de víctima moribunda, creyéndolo un +señor poderoso.</p> + +<p>—Sí, señor; me llevé el corsé—gimió con su rudo acento de campesino—. +Tenía hambre... vine a Madrid con mi padre... buscábamos trabajo. No lo +haré más, señor... yo soy bueno.</p> + +<p>Las grotescas contorsiones del <i>Paleto</i>, sus gemidos, provocaron una +hilaridad bárbara en todas las puertas.</p> + +<p>-¡Uuú! ¡uuú!—rugían los golfos, burlándose del arrepentimiento y el +miedo del <i>Paleto</i>.</p> + +<p>-¡A ver si hay silencio!—gritó el empleado imperiosamente.<a name="page_231" id="page_231"></a></p> + +<p>Todos quedaron inmóviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una +sonrisa, como si les divirtieran muchísimo los incidentes de su vida de +encierro.</p> + +<p>El empleado siguió designando por sus nombres a la doble fila de pillos. +Este era el <i>Besugo</i>, consorte del <i>Gallego</i>, el <i>Margallo</i> y el +<i>Viruelas</i>, y compañeros los cuatro del <i>Barrabás</i> en el robo de bronces +y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenían alejado de +ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hígados de sus +consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones.</p> + +<p>—El muchacho es una alhaja—dijo el empleado irónicamente—. Tiene +genio. Crea usted que sería un bien para la familia que reventase aquí. +Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo.</p> + +<p>Maltrana examinó a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa +y quijada fuerte, más voluminosa que el resto de la cara. El <i>Viruelas</i> +era un monstruo de fealdad, con las facciones roídas, la nariz +aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor +nauseabundo que surgía al mismo tiempo de su boca y su piel.</p> + +<p>Luego, el empleado fue presentándole a otros: el <i>Golfín</i>, un angelito +de pelo rizado y ojos garzos, con el que había que tener gran vigilancia +por la intensa simpatía que inspiraba a sus compañeros; el <i>Boto</i>, el +<i>Feo</i> y el <i>Paniego</i>, que llevaban varias temporadas en el +establecimiento, y siempre «trabajaban» juntos; el <i>Morritos</i>, el +<i>Lentejas</i> y el <i>Lagarto</i>, que aún no contaban trece años, pero tenían +sus novias fuera de la cárcel, lo que les daba gran prestigio entre los +compañeros. Eran mujeres que casi podían ser sus madres: prostitutas +callejeras, que tomaban a risa la pasión de sus hombrecitos y<a name="page_232" id="page_232"></a> les +aconsejaban que robasen, pues sólo podían creer en su cariño cuando se +presentaban con dinero.</p> + +<p>El empleado habló a uno de éstos:</p> + +<p>—¿Y la novia? ¿viene a verte alguna vez?</p> + +<p>Contestó con un movimiento negativo. ¡Las mujeres! ¡todas iguales! ¡Sólo +eran tiernas cuando veían <i>parné</i>! Y su cara viciosa, ajada +prematuramente, completó estas palabras con un gesto cínico.</p> + +<p>Maltrana saludó al vigilante de la sección de los niños: un viejo de +hirsutas barbas, con una expresión de bondad en los ojos. El otro +empleado explicó a Maltrana las dificultades del cargo. Había que ser +dulce con los presos; el director exigía la abstención de toda +violencia; pero debían tratarles con energía al mismo tiempo, pues los +golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor +blandura. Por medio de ingeniosas telegrafías comunicábanse de una a +otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era +antipático.</p> + +<p>Su revolución consistía en «darle tapadera», entendiéndose por esto que +cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que +tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrépito, que +se conmovía toda la cárcel. El empleado a quien obsequiaban con este +estruendo había de abandonar su puesto, trasladándose a las galerías de +hombres, más tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del +crimen.</p> + +<p>Al final de la galería encontró Maltrana al <i>Barrabás</i>, erguido en la +puerta de su celda.</p> + +<p>Había visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emoción alguna. Su +orgullo consistía en ser un «buen preso», imitando los gestos y la +impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer +los toques de corneta y moverse<a name="page_233" id="page_233"></a> automáticamente, cual si llevase varias +campañas y viviera en la casa como en su propio elemento.</p> + +<p>Saludó al empleado llevándose la mano a la cabeza y quedó inmóvil.</p> + +<p>—Bien, muy bien—dijo Maltrana—. Tú parece que estás aquí +perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergüenza. ¡Golfo! +¡ratero!</p> + +<p>El <i>Barrabás</i> sonrió e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando +a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era +precisa su visita.</p> + +<p>—Este es un mozo de cuidado—dijo el guardián dándole golpecitos en la +nuca—. Este irá a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tenía +su poquito de miedo; pero apenas entró, ¡como el pez en el agua!... Si +le dejásemos, cobraría el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el +cartel al <i>Machaco</i>: las echa de matoncillo...</p> + +<p>Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, siguió reconviniéndole.</p> + +<p>—Estás aquí por ladrón. ¿Sabes tú lo que es eso, Pepín? ¿No conoces lo +que nos afrenta a todos? ¿No comprendes que vas a matar a tu pobre +padre?...</p> + +<p>El <i>Barrabás</i> abandonó su inmovilidad y miró con ojos hostiles, +homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas más allá.</p> + +<p>—Estoy aquí—dijo con voz ronca—por esos voceras, que se han chivado, +contándoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto +pueda, les saco el redaño.</p> + +<p>Y se erguía con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven, +estremeciéndose todo su cuerpo linfático y desmedrado, con esa ruindad +física de los homicidas por instinto.</p> + +<p>Maltrana comprendió que sus palabras no causarían efecto alguno en el +muchacho. Había hecho<a name="page_234" id="page_234"></a> mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que +no le veía. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese +de esta mala aventura, caería en otra. La cárcel era su casa, y toda +aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la +escogida por él, con la atracción de las comunes aficiones.</p> + +<p>El <i>Barrabás</i> siguió hablando, sin fijarse en la mirada de reprobación +de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazañas las +raterías verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lástima aquel +hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para +apoderarse de un mal pañuelo.</p> + +<p>A él le hacían caso en la cárcel. Lo declaraba con orgullo: pocos días +llevaba allí, y los empleados le elogiaban, porque «hacía un buen +preso», siendo el primero en la formación y ayudándoles con su +influencia para que todos obedeciesen. Los compañeros y consortes le +respetaban. Sabían que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten +los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma. +Tampoco era un «quincenario» de los que pasan en la celda medio mes sin +enterarse del motivo de su detención. Era un detenido de causa, y los +camaradas conocían su historia. Sabían que en el «Palacio de Cristal» +había descalabrado a dos compañeros de los más audaces y que en todas +las cuevas del Príncipe Pío, por su labia y por la facilidad con que +empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir +y las primeras hembras del rebaño de vendedoras de periódicos y +explotadoras de señores viejos que seguían a los golfos en sus antros.</p> + +<p>Los pequeños presos, al saber que el visitante no era un señor de los +Juzgados, sino un hermano del <i>Barrabás</i>, abandonaban su posición +rígida, aproximándose<a name="page_235" id="page_235"></a> unos a otros para aprovechar este rato de +inesperada tertulia.</p> + +<p>El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que +acompañaba a Maltrana, se espontaneó más con su hermano; quiso +deslumbrarle con las grandezas de su porvenir.</p> + +<p>—¿Ves todos éstos?—dijo señalando a los camaradas—. Pues me tienen +miedo y quieren que sea su capitán. Hemos resuelto, cuando salgamos, +hacer una partida y que yo sea el jefe.</p> + +<p>Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de páginas +mugrientas, con las puntas de la encuadernación roídas por el manoseo. +Era la historia de José María, «el rey de Sierra Morena». Las enfermizas +imaginaciones de estos torpes engendros exaltábanse al leer, en el +silencio del encierro, las hazañas del caballeresco bandido, al +contemplar en las láminas las arrogantes figuras de los paladines de +carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el +cinto repleto de onzas. Así serían ellos cuando saliesen al campo: el +<i>Barrabás</i> marcharía al frente, por montes y caminos, como glorioso +capitán. Y el libro, por medios habilísimos, pasaba de unos a otros, a +pesar de que el director perseguía tales obras como si fuesen veneno +puro.</p> + +<p>—Si éstos me siguen—continuó el <i>Barrabás</i> con énfasis—, si no son +unos cobardes como mis consortes, ya oirás hablar de mí... Algún día +puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo +que le conviene. ¿Qué había de ser yo? ¿albañil, como mi padre? Muchas +gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de +la calle pidiendo limosna.</p> + +<p>El deseaba vivir: juerga, alegría, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Sabía +dónde se encontraba todo: sólo era asunto de agallas el hacerse dueño, y +él<a name="page_236" id="page_236"></a> las tenía. Aunque muchacho, había visto bastante.</p> + +<p>Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad, +que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz.</p> + +<p>Maltrana, molestado por el cinismo del pequeño, huyendo su mirada, que +parecía insultarle, se fijó en otro muchacho que se aproximaba a ellos. +Iba descalzo, sin otras ropas que un pantalón y una elástica, pero +llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos +bandos luengos y lustrosos.</p> + +<p>—Y tú, ¿por qué estás aquí?—le preguntó Isidro.</p> + +<p>El aludido contestó gravemente:</p> + +<p>-Por darle una puñalada... a un queso.</p> + +<p>Rió <i>Barrabás</i> la estúpida gracia con estruendosas carcajadas, y los +grupos cercanos rieron también, como escandaloso eco. Todos se habían +enterado de quién era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar +sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual +a muchos individuos de sus familias que venían a sermonearles en +presencia de los camaradas, poniéndoles en ridículo, cual si no fuesen +ya unos hombres.</p> + +<p>—A ver si hay formalidad—dijo el empleado aproximándose al oír las +risas—. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capón.</p> + +<p>Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego +añadió, señalando al de la puñalada al queso:</p> + +<p>—Este se ve aquí por sinvergüenza. Su padre es rico, y él le ha robado, +ha empeñado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. Aún no tiene +catorce años. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta +escuela de moralidad y buenas costumbres.</p> + +<p>Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados<a name="page_237" id="page_237"></a> e irónicos, como +admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretendía corregir +al hijo encerrándolo en la Cárcel Modelo.</p> + +<p>—Este señorito irá lejos—continuó—. Los chicos le llaman el <i>Levita</i>, +y es el mayor amigote del <i>Barrabás</i>. El es quien le llena la cabeza de +aire hablándole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la +calle.</p> + +<p>Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situación ridícula +viéndose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara, +sorprendió por dos veces los guiños burlescos, las morisquetas que +hacían algunos a sus espaldas mirando al <i>Barrabás</i>. Su hermanastro, con +una leve sonrisa, parecía animarles.</p> + +<p>Del fondo de la galería salieron voces imitando el gruñido de varios +animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido +«capón». Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente +moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. ¡Virtud a +ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo!</p> + +<p>No quiso Isidro prolongar por más tiempo la visita; además, el empleado +que le servía de guía mostrábase impaciente.</p> + +<p>Prometió al <i>Barrabás</i> interesarse por su suerte, ver a los señores del +Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo.</p> + +<p>—No lo descuides—dijo el pilluelo con hipócrita seriedad—. Será una +buena acción; mis consortes son más culpables que yo. Si hubiese +justicia, ya me habrían puesto en la calle.</p> + +<p>Pero en sus palabras notábase la falta de anhelo por salir. Allí no +estaba mal; además, pensaba en el «cartel» que podía darle un largo +encierro, en la admiración con que acogerían su salida los golfos +albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid.<a name="page_238" id="page_238"></a></p> + +<p>Cuando Isidro volvió a casa, pensaba en su visita a la cárcel como si +fuese un ensueño. ¡Y su hermano, un pedazo de su carne, vivía allí con +delectación, como si la esclavitud le colocase por encima de los demás! +No ocultó a Feli el mal efecto de su visita.</p> + +<p>—Haré lo que pueda por ese granuja, aunque él, por su gusto, mejor está +allí.</p> + +<p>El señor José se presentaba por las noches en casa de Isidro, pues el +día pasábalo en aquella gran edificación de las afueras, por no perder +el jornal.</p> + +<p>—¿Qué hay del chico?—preguntaba ansiosamente.</p> + +<p>Al principio le dio Isidro buenas esperanzas. Creía posible su +excarcelación por medio de un amigo que, a su vez, lo era de otro que +conocía al escribano. Luego se mostró pesimista. Pedirían una fianza, y +no era cosa fácil para unos pobres como ellos el conseguirla. Por fin, +quiso dar un consejo al señor José. El <i>Barrabás</i> era cosa perdida. Lo +mismo daba que permaneciese en la cárcel que en la calle. Casi le +favorecían dejándolo allí, pues evitaban que cometiese nuevos delitos.</p> + +<p>El albañil no volvió por casa de Maltrana. A pesar de su carácter +rígido, mostrose ofendido por esta falta de esperanza en la regeneración +del <i>Barrabás</i>, y eso que él era el primero en desconfiar de su +enmienda.</p> + +<p>Isidro casi olvidó a su hermano. Otras preocupaciones dominaban su +pensamiento. Quería salir de su mísera situación antes que se agotase el +dinero del libro del marqués de Jiménez, administrado por Feli con +escrupulosa economía.</p> + +<p>De vez en cuando, una traducción que le proporcionaba un amigo, un +artículo que conseguía colocar en un periódico ilustrado, sostenían +instantáneamente el descenso de su fortuna. Pero esto<a name="page_239" id="page_239"></a> no era bastante: +le faltaba el ingreso regular y seguro para mantener su vida.</p> + +<p>Pensó un momento en hacer un esfuerzo de voluntad y entrar en la +redacción de un periódico... La empresa no era fácil: todos los puestos +estaban ocupados, y él apenas si servía para esta labor. La fama del +<i>Homero</i> indolente se había esparcido por todas las redacciones.</p> + +<p>Hubo instantes en que confió su salvación a libros originalísimos que se +le ocurrían, y que, según él, estaban destinados a producir gran +escándalo en el público. Pero ¿quién iba a imprimirlos? ¿Y la fuerza +para escribir dónde podía encontrarla, con la voluntad entorpecida y la +inquietud del sustento inseguro?...</p> + +<p>Comenzaba a dudar de su fuerza. Desvanecíase la fe de aquellos momentos +de bienestar, en los que creía en asombrosas ascensiones hacia el +triunfo. Pensaba, en su desesperación, que era un infeliz sentenciado a +la miseria, con menos talento que un mozo de cordel. Aquellas ropas +raídas de señorito que cubrían su cuerpo eran la librea del hambre. +Llegaba a su cuarto y se tendía en la cama, triste, trémulo, como si le +amenazase una desgracia, ocultando la cara entre las manos. La pobre +Feli acudía, balbuceando de miedo:</p> + +<p>—¿Qué tienes, Isidrín? ¿Qué te pasa, rico mío?</p> + +<p>Le acariciaba como una madre; hundía sus manos en la crespa cabellera, +mientras Maltrana respondía entre suspiros. Nada, no tenía nada; +jaqueca, cansancio de no trabajar, aburrimiento.</p> + +<p>Gemía de impotencia, acompañado por la dulce Feli, que también derramaba +lágrimas, sin pedir nuevas explicaciones, adivinando, en su instinto de +mujer, que estas crisis tenían relación con el montoncillo de dinero, +cada vez más exiguo, que guardaba en la cómoda.<a name="page_240" id="page_240"></a></p> + +<p>La juventud y el amoroso contacto de sus cuerpos acababan por desvanecer +esta lluvia de lágrimas. Abrazábanse con los ojos todavía húmedos, +sentían la necesidad de estrecharse, de hacer frente con mayor solidez a +la desgracia, y los besos sucedían a los llantos, entregándose al amor +con un resto de melancolía que proporcionaba a su placer nuevas +dulzuras.</p> + +<p>Por las noches entraba Maltrana en casa cada vez más tarde. La tímida +Feli había tenido que vencer su miedo a las habitaciones desiertas, a +las terroríficas imágenes del señor Vicente.</p> + +<p>Cosía hasta más de las once a la luz de un quinqué comprado en el +Rastro. El señor Vicente, al volver a su habitación y ver luz por debajo +de la puerta, tocaba discretamente con los nudillos.</p> + +<p>—¿Aún no ha vuelto el señor de Maltrana?</p> + +<p>Y al saber que Feli estaba sola, negábase a pasar adelante. Era tarde y +debía levantarse con el alba.</p> + +<p>—Que trabaje usted mucho, señora, y duerma bien. ¡Ah! Y si tiene usted +un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oración tan bonita que le +entregué. Se ganan ochenta días de indulgencia.</p> + +<p>Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergón, +los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venían los gritos de +la pesadilla, los apóstrofes al Malo, para que se alejase con sus +carnales tentaciones.</p> + +<p>Feli se acostaba después de media noche, aguardando en la obscuridad la +llegada de Isidro, creyendo que era él cada vez que sonaban pasos en la +escalera. Dormíase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al +sentir en sus ojos la violenta impresión de la luz.</p> + +<p>Isidro, con aire fatigado, desnudábase junto al lecho. ¿Qué hora era? +Las tres; las cuatro. El joven<a name="page_241" id="page_241"></a> excusaba su retraso hablando de los +deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Había +que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos, +visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctámbulos +que podían ayudarle. El la amaba como siempre; pero se debía a la +literatura y al público.</p> + +<p>Una noche asistió a un banquete en honor de un compañero que acababa de +publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de +fuerza y cohesión para que rabiasen los viejos. Feli cepilló con gran +cuidado su traje, puso en su pañuelo unas cuantas gotas de esencia que +aún le restaban en el fondo de un frasco; añadió un par de pesetas, por +lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separó +tristemente de lo que ella llamaba «el capital de la casa», cada vez más +reducido.</p> + +<p>Eran las tres de la madrugada cuando despertó Feli sintiendo en la +frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de +Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillándole los ojos +con un fulgor extraordinario. Después percibió un perfume de flores +marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios <i>bouquets</i>, que +indudablemente habían servido de adorno a los cubiertos antes de +comenzar el banquete.</p> + +<p>—¡Viva el arte!—gritó Maltrana con una agitación que hizo reír a +Feli—. ¡Viva la eterna belleza! ¡Viva la juventud triunfante!</p> + +<p>—Pero ¡cállate, condenado!—exclamó la muchacha—. Puesto a gritar, +dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado.</p> + +<p>—Estoy borracho, es verdad; borracho de entusiasmo, de vida, de +inspiración... El porvenir es nuestro, nena; los jóvenes triunfaremos. +Tú eres la belleza, la musa de la juventud: deja que te cubra de +flores.<a name="page_242" id="page_242"></a></p> + +<p>Y riendo como un chicuelo travieso, le arrojaba a la cara los +ramilletes.</p> + +<p>—Pero ¡Isidro, hijo mío—protestó Feli—, que vas a despertar al señor +Vicente!...</p> + +<p>—Que se fastidie ese sacristán; que reviente el rapavelas. ¡Abajo el +obscurantismo! ¡Viva el arte y la juventud!</p> + +<p>La alegre embriaguez de Maltrana hacíale contemplar a Feli con ojos +amorosos. ¡Qué hermosa la veía en el desorden del sueño, con el pelo +alborotado y las mejillas sonrosadas, mostrando su pecho de suave +palidez de camelia por entre las modestas puntillas de la camisa, +cruzando tras la cabeza el marfil de sus redondos brazos! Era la musa de +la juventud. Isidro la besaba en el rostro, en los hombros, en los +pechos, en todos los adorables rincones de su carne que la muchacha iba +dejando al descubierto al revolverse en la cama, estremecida bajo el +chaparrón de caricias, que le arrancaba sofocadas risas, lamentaciones +de irresistible cosquilleo.</p> + +<p>—Déjame, mala persona—gemía riendo—. Déjame, o chillo.</p> + +<p>Maltrana siguió besándola, interrumpiendo sus caricias con ardorosas +palabras.</p> + +<p>—Grita lo que quieras... pero no te dejo. He de asesinarte, matarte a +besos... Te adoro. Eres la Venus de Milo... La de Milo, no, ¡que +barbaridad! no tiene brazos, y los tuyos son muy bonitos. Eres la de +Médicis, la de Canova, la Capitolina, ¡eso es!... la Capitolina, que es +la más chulona de todas las Venus... Deja que te bese de rodillas, que +te adore.</p> + +<p>Y en la extravagancia de su embriaguez, pretendió arrodillarse para +besar una pierna que asomaba entre las ropas del lecho.</p> + +<p>Feli sonreía con estos arrebatos de su amante. Le placía verle alegre. +Se había dormido pensando<a name="page_243" id="page_243"></a> en la necesidad de decirle una cosa... una +cosa muy importante.</p> + +<p>Maltrana inclinó su cabeza para oír mejor.</p> + +<p>—Habla: dime qué es eso.</p> + +<p>Pero Feli se resistió a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que +sus mejillas se enrojecían intensamente. No; así no. Temía que alguien +la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dormía al otro +lado del tabique.</p> + +<p>Extendió sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproximó a su +boca, hablándole al oído largamente, con mimo infantil.</p> + +<p>Cuando Maltrana se incorporó, ya no le brillaban los ojos. Se había +disipado el gesto risueño de su embriaguez; había perdido las ganas de +dar vivas a la juventud y al arte.</p> + +<p>La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves +afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor.</p> + +<p>¡Un hijo!... Adiós, juventud. Maltrana creyó que caía de golpe sobre sus +hombros la capa de plomo de los años; vio más negra, más triste, la +miseria en que vivía.</p> + +<p>Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfacción y +el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongándose en el curso +de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero creyó sentir en torno algo +que se despegaba de él. La juventud alegre, sin responsabilidades ni +obligaciones, se perdía para siempre. A lo lejos, la Ilusión, en fuga, +batía sus alas de diamante.<a name="page_244" id="page_244"></a></p> + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + +<p>Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo, +sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la +casa.</p> + +<p>Feli le pareció menos agradable. Trataba a Isidro con el cariño de +siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoración que hacía de ella una +devota más que una amante, pero tenía crisis de inexplicable tristeza, +que parecían contagiarle a él.</p> + +<p>Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprendía de bruces en la +cama, llorando silenciosamente.</p> + +<p>—Pero ¿qué tienes?—gritaba con tono colérico—. ¿Qué te pasa?...</p> + +<p>Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su débil +organismo. La invadía una intensa tristeza, atormentando su imaginación. +Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entrañas, en cuál sería +su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de +ellos, amenazándoles con toda clase de privaciones.</p> + +<p>Isidro sorprendía algunas veces en su mirada una curiosidad molesta, +como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva +luz, viéndole totalmente cambiado. Feli comenzaba <a name="page_245" id="page_245"></a>a dudar de él: su fe +sufría ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razón, +la muchacha preguntábase si Isidro era tan grande como ella le había +creído, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el +trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba +gran parte del día olvidado de su situación, charlando en el Ateneo y en +los cafés del porvenir de la juventud, de la decadencia de «los viejos», +de lo que debía ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir +grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para +la labor.</p> + +<p>Todo esto que pensaba Feli vagamente lo traslucía Isidro en sus miradas. +El, por su parte, viéndose analizado y con menos admiración, sentía +ligeros descensos en su amor, confesándose que había en éste más de +agradecimiento que de pasión irresistible.</p> + +<p>Amaba a Feli con un nuevo afecto plácido y tranquilo.</p> + +<p>Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de +la carne, llamándola Venus, quedaba muy poco... ¡Pobre Venus! La diosa +deformábase con la maternidad. Una hinchazón monstruosa rompía las +líneas armónicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color +limón que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La +muchacha sentía el trastorno de sus entrañas en forma de náuseas, +vahídos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egoísmo de hombre +superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los +amigos.</p> + +<p>El estado anormal de Feli coincidió con un suceso que hizo temer a +Isidro por la vida de la muchacha.</p> + +<p>Una mañana se presentó el señor Manolo el <i>Federal</i>. Feli, que no le +había visto desde su fuga de<a name="page_246" id="page_246"></a> la casa paterna, acogiole con grandes +muestras de cariño. ¿Y el padre?... Pero el señor Manolo apenas +contestó. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a +bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad.</p> + +<p>Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del +capataz.</p> + +<p>—Tú no habrás leído los papeles de hoy—le preguntó al detenerse en la +acera—. Pues bien; el <i>Mosco</i> ha muerto; mejor dicho, le han matado. +Los esbirros han conseguido lo que deseaban.</p> + +<p>Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al +suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no +inspiraba interés. El <i>Mosco</i> y su acólito el <i>Chispas</i> habían caído en +una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de +plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos +en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las +víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los +guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que +entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger +cardillos.</p> + +<p>—La cosa fue anteanoche—continuó el capataz—. Yo lo supe ayer por la +tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a +verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los +que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la +frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos +pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a +los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a +pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una +descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya +estarán contentos! ¡Ya no pensarán<a name="page_247" id="page_247"></a> más en el <i>Mosco</i>, que era su +preocupación!... El pobre <i>Chispas</i>, cuando sane, si es que sana, irá a +presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como +perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan; +que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar +algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos +la revolución!...</p> + +<p>La muerte del <i>Mosco</i> impresionó mucho a Maltrana. Pensó con +remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta +catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus +expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó +Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en +lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis +pusiera en peligro su salud.</p> + +<p>Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara +triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un +asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era +cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a +presentarse de un momento a otro?...</p> + +<p>Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un +momento columbró la verdad.</p> + +<p>—No digas más, Isidro—murmuró—. No te esfuerces: no temas por mí. Yo +soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?...</p> + +<p>Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era +digna hija del <i>Mosco</i>. Aquella mujercita débil, que muchas veces +lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer +la desgracia.</p> + +<p>Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en +sueños a su padre cubierto<a name="page_248" id="page_248"></a> de sangre, pereciendo bajo las escopetas de +los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con +la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las +Carolinas al lado del dañador.</p> + +<p>Apenas si lloró. Permaneció anonadada, embrutecida por la sorpresa. +Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como +si al encontrarse sola sintiese con más intensidad la desgracia, +entregándose largas horas al llanto.</p> + +<p>Una pregunta parecía vagar por sus labios, atormentándola con cruel +inquietud.</p> + +<p>—¿Tú crees, Isidro—dijo al fin—, que no tenemos ninguna culpa en la +muerte de padre?</p> + +<p>La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el ánimo de Maltrana; +pero éste se apresuró a tranquilizar a su compañera. No; ninguna +responsabilidad les correspondía a ellos. El <i>Mosco</i> había muerto por +temerario. Era el final lógico de una vida de aventuras, de aquel modo +audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. ¿No le había visto +llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas +heridas?...</p> + +<p>Pareció tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se +veía sola. El señor Manolo se presentó varias veces en la casa para dar +cuenta a los dos jóvenes de la exigua herencia del <i>Mosco</i>. Iba +vendiendo a las gentes de Tetuán los famosos perros del dañador, sus +enseres de caza, todo lo que contenía la casucha de las Carolinas. Llegó +a reunir así unos sesenta duros, que entregó a Feli, guardándolos ésta +sin decir nada a Isidro.</p> + +<p>Bien necesitaban el dinero. Había llegado el calor, y sus trajes de +invierno, aunque raídos, les abrumaban con peso sofocante. Vistiéronse +los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo.<a name="page_249" id="page_249"></a></p> + +<p>Feli, en este segundo equipo, ya no se permitió capricho alguno. ¿Para +qué adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo débil y delicado. +Pasaba semanas enteras sin salir de su habitación, sin asomarse a la +ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su +voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremeciéndose por contener +las náuseas, preparaba la comida.</p> + +<p>Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro, +mostrando empeño en que se distinguiese de los compañeros por su +limpieza, abandonábalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos +grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias.</p> + +<p>Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo +silloncito que su amante ocupaba al escribir, permanecía inmóvil horas +enteras, contemplando con fijeza hipnótica su vientre desmesurado, +monstruoso, que subía y subía, tirando de las faldas, dejando al +descubierto sus hinchados pies.</p> + +<p>Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel +globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos +estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo +extraordinario del fenómeno.</p> + +<p>—¿Llevaré dos?—preguntaba con voz trémula—. Tú que sabes tanto, ¿no +reconoces que esto es demasiado?...</p> + +<p>Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los +otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar; +estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía +caso de la juventud; no la abrían camino...</p> + +<p>Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la +obscuridad, se pasaba las manos<a name="page_250" id="page_250"></a> interrogantes por aquella montaña, +motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud.</p> + +<p>En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor +Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la +joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la +puerta.</p> + +<p>Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él. +Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y +pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel +tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de +su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores +elogios del «santo».</p> + +<p>Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven. +Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de +Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias +católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de +hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se +había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría +dinero: la tal conversión le costaba muy cara.</p> + +<p>El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona.</p> + +<p>—Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?...</p> + +<p>Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza. +Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin +suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía +sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía +acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza +maternal.<a name="page_251" id="page_251"></a></p> + +<p>—Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la +cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la +rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa.</p> + +<p>Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en +presencia de una comadre del barrio. El señor Vicente no era un hombre: +la locura religiosa le excluía del sexo. Se lamentaba al hablar con él +de la inquietante hinchazón de su vientre. Le comunicaba su terror. ¿Era +aquello natural?... ¿Qué opinaba el buen hermano?</p> + +<p>Y el púdico señor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin +escrúpulo alguno, como si la maternidad fuese una función falta de +origen, en la que para nada intervenía el amor.</p> + +<p>Sospechaba, en sus piadosas fantasías, si este embarazo ocultaría algo +sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina.</p> + +<p>Hacía preguntas a Feli, que ésta contestaba con extrañeza. ¿No le decía +nada el ser que llevaba en las entrañas? ¿No le había hablado alguna vez +o demostrado su voluntad con extraños ruidos?...</p> + +<p>—Hace usted mal—continuaba—si cree que digo esto a tontas y a locas. +Yo, aunque lego, he leído algo. Ahí dentro tengo una Vida de San Vicente +Ferrer, mi ilustre patrón, al que con motivo llama su panegirista «el +San Pablo español». No se imagine que es un librillo de los de ahora, +sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor +es el reverendo padre Valdecebro, varón de gran fama por las obras que +escribió sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro +cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, sentía +grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los +ruidos que hacía la criatura. Algunas noches creyó oír ladridos en sus<a name="page_252" id="page_252"></a> +entrañas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de +Valencia, que era santo y prudente. «No temas, mujer—dijo el prelado—; +si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el +gran mastín de la Iglesia, que reñirá con los lobos de la herejía.» Así +lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varón docto, incapaz de +mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. ¡Quién sabe si querrá +repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro +mastín para la defensa de su rebaño!...</p> + +<p>Feli compadecía la simpleza del devoto, ofendiéndose al mismo tiempo por +la misión animal que atribuía al hijo de su entrañas.</p> + +<p>—Pues éste, señor Vicente—decía señalándose el abdomen—, éste, por +ahora, no imita a su santo patrón: aún no ladra.</p> + +<p>—Tenga usted fe en la bondad del Señor—continuaba el hermano—. Todo +llegará, y así que se presente el mal paso, le traeré ciertas reliquias +milagrosas de un amigo mío, y una cinta de la Virgen que obra prodigios.</p> + +<p>Había comenzado el verano. Isidro juraba de desesperación viendo que +todas las personas que podían ayudarle se ausentaban de Madrid. No +encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningún +traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus +páginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la +aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal +artículo.</p> + +<p>Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno, +despertaban y revivían al llegar el calor. Las cuadras y vaquerías +hedían con la fermentación del estiércol; las bocas de las alcantarillas +humeaban la podredumbre de sus entrañas; hasta los caballos de los +coches de punto, en sus<a name="page_253" id="page_253"></a> largas esperas, levantaban la cola, impregnando +el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta.</p> + +<p>La calle era más ruidosa que en el resto del año. Parecían nacer niños +de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las +aceras, entregándose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los +balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrépito del +carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los +dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que +desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle, +como dilatada por el calor, introducíase por todos los huecos, haciendo +llegar sus hedores y ruidos a los extremos más recónditos de las casas.</p> + +<p>Las habitaciones que ocupaban los dos jóvenes ardían de la mañana a la +noche bajo la llama del sol. Descendía del techo un calor asfixiante, +como si sobre él ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa, +respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro, +abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujían durante la +noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas +ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos +movíanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los +parásitos del verano. Las chinches caían del techo, las pulgas saltaban +sobre los baldosines. El señor Vicente no podía remover sus pilas de +volúmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante +correteo.</p> + +<p>Feli sentía aumentar sus náuseas y su inapetencia con este asqueroso +renacimiento que la rodeaba.</p> + +<p>Apenas comía. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria, +aumentaban su debilidad.<a name="page_254" id="page_254"></a> Maltrana la veía ajarse, perder la viveza de +su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo +mejor de su vida.</p> + +<p>También el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volvía a +casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quería +morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los +amigos, haciéndose visible en las redacciones de las revistas, sin +conseguir una traducción ni que le admitiesen un artículo. La vida +estaba paralizada: todos los que podían darle algo se hallaban ausentes.</p> + +<p>Había buscado al marqués de Jiménez, con la esperanza de inspirarle una +nueva obra; pero el grave personaje también estaba ausente; veraneaba en +una de sus fincas, y en ella se proponía permanecer hasta el invierno.</p> + +<p>En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo +mísero de su situación. Sus brazos eran débiles, sus manos delicadas; ni +siquiera poseía el vigor físico de un mozo de cordel para ganarse la +subsistencia.</p> + +<p>Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces había leído +sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. ¡Ay! Ellos, al +menos, no perecían de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga +siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso. +Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de +nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los +desgraciados de blusa?...</p> + +<p>En estos momentos de desesperación pensaba en <i>El bachiller</i>, de Julio +Vallés, una de las obras que más le habían impresionado, por ver en ella +la negra historia de su existencia. Acudía a su recuerdo la dedicatoria +del libro, desolada, de inmensa tristeza:<a name="page_255" id="page_255"></a> «A todos los que, nutridos de +griego y de latín, están muertos de hambre.»</p> + +<p>El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban +eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída, +que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como +los obreros manuales.</p> + +<p>Maltrana pensó por primera vez si el gran error de su vida era haberse +dejado arrancar del campo de miseria donde nació; si aquella buena +señora, su protectora, habría sido, sin saberlo ni quererlo, la mala +hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soñar con la +gloria y haber vestido las raídas ropas del bohemio, cuando su salud +consistía en seguir dentro de la blusa de sus mayores.</p> + +<p>Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se +acababa el dinero y no tenían esperanzas de que llegase más. Pero ella +le ayudaría: estaba habituada al trabajo.</p> + +<p>Y la pobre muchacha, anémica por la falta de nutrición, abrumada por el +peso de su vientre, tuvo un arranque de energía sobrehumana, de esos que +únicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible +volver a la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la +admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios +menudos e insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas +pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría «flores» para los corsés, +se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de +un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la +fábrica de gorras.</p> + +<p>Isidro se opuso. ¡Trabajar ella, mientras él permanecía en forzosa +inacción! ¡Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su +organismo la<a name="page_256" id="page_256"></a> obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adiós, idilio. +Maltrana creyó que su dicha amorosa huiría para siempre así que aquellas +manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El +engranaje de la miseria agarraba a sus víctimas para no soltarlas jamás. +Si ella trabajaba, viviría siempre condenada al trabajo: jamás tornarían +a su nido la alegría y la abundancia. Antes morir los dos de miseria, +que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradándose de nuevo con las +fatigas de la obrera. Ella era una señorita: la mujer de un escritor.</p> + +<p>La muchacha acogió estas protestas encogiendo los hombros. El buen +sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al +regresar Maltrana a su casa, vio la habitación llena de corsés blancos y +modestos, corsés de pobre, que Feli había recogido en el taller. Pasaba +las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que +descansaban los armazones de lienzo. Hacía las «flores»: los pespuntes +en forma de triángulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era +una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles.</p> + +<p>Isidro se enfadó. ¿Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus +protestas. Señalaba con los ojos aquel cajón de la cómoda donde metía el +dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el tío +Manolo. No habían pagado los dos últimos meses de inquilinato al señor +Vicente; debían en varias tiendas de la calle; él tendría que renunciar +a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de +«juventud», a aquellos gastos que consideraba necesarios para «hacerse +ver», para «refrescar» el nombre literario.</p> + +<p>Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni +misericordia. Feli la adivinaba,<a name="page_257" id="page_257"></a> abría sus ojazos llenos de misterio, +como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que +llevaba en sus entrañas también parecía presentir la proximidad del +fantasma. Agitábase cada vez más inquieto, y la madre lloraba pensando +en su suerte. La pobreza sería la única hada que le abrazase al surgir +al mundo. Si la fortuna no había de apiadarse, prefería que el ser +inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se +sintiera esclavizada por el cariño.</p> + +<p>Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de +que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, veía a +Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el +rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus +ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta +en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía +que hacer grandes esfuerzos para que se acostase.</p> + +<p>—Déjame acabar esta docena—decía sin levantar la cabeza, tenaz en el +trabajo, deseosa de no perder un segundo.</p> + +<p>Maltrana sentíase avergonzado por este sacrificio. En la calle se +acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que él pasease +inactivo, mientras la pobre joven vivía trabajando en este ambiente de +horno. Sentía la necesidad de acompañarla: creía con su presencia +disimular un tanto lo ignominioso de su situación. Al regresar a su casa +iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su +aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues había vendido todos +los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del +señor Vicente e intentaba reír con las piadosas extravagancias de las +vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por<a name="page_258" id="page_258"></a> +devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces sentía +deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compañera. Iba a +hacer algo notable: tenía la cabeza repleta de ideas. Sentábase a la +mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su +espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujían los corsés al +amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor +pesado y asfixiante cubría su piel de perlas de sudor. Rompía papeles y +más papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La +inspiración huía, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad +de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse +nerviosamente, jurando que era un imbécil; hasta que Feli, molestada por +su cólera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones.</p> + +<p>Isidro, avergonzado de su inacción, se dedicó a acompañarla cuando +devolvía el género al taller, ya que no podía hacer otra cosa. La +primera vez había dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y +llevando por delante sus pesadas entrañas, cargase con el fardo para +llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos +amigos, y aunque la mayoría de éstos se hallasen fuera de Madrid, temía +que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrúpulo egoísta, un +deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se +mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli +empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste, +sintió hondo remordimiento.</p> + +<p>—Deja eso, nena—murmuró avergonzado—. Yo lo empaquetaré, yo te lo +llevaré hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que +vayas sola...</p> + +<p>La pobre aún se resistió a aceptar esta ayuda.<a name="page_259" id="page_259"></a> El era un señorito, un +intelectual, una futura eminencia. ¿Qué dirían sus amigos, aquellos +camaradas de café, si le veían en la calle cargado como un mandadero?... +Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le +inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba +ayudarla, servirla de algo.</p> + +<p>Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos +paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana +seguía la acera pegado a la pared, con cierta vergüenza, ocultando la +cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transeúntes. La +joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzábase por seguir su +rápido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su +vientre con doloroso vaivén.</p> + +<p>El regreso era más lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa +nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras, +tibias aún de los ardores del día. Humeaba la población al exhalar en la +calma de la noche el fuego con que el sol la había caldeado. La +circulación era en las calles menos densa que en el resto del año. Los +balcones estaban cerrados; apenas si se veía algún rectángulo de luz en +las obscuras fachadas. Agrupábase la gente en las mesillas exteriores de +los cafés y horchaterías. Sentábanse ante los portales las tertulias en +corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo +rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boñiga en fermentación +surgía del suelo de las grandes vías.</p> + +<p>Cerca de la casa del señor Vicente, en las estrechas calles de los +barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de +la Cebada humeaba como un estercolero en putrefacción. De sus sótanos, +faltos de aire, surgía la peste de las verduras fermentadas, +difundiéndose por toda esta<a name="page_260" id="page_260"></a> parte de Madrid, que olía como una huerta +abandonada.</p> + +<p>Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que +acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades. +Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas sí +trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. Mentalmente +ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no +bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que habían suprimido el +café y el vino, y no comían mas que lo necesario por no perecer de +hambre.</p> + +<p>Maltrana, oyendo estos lamentos de dueña de casa, pensaba +nostálgicamente en el pasado. ¡Qué dulce recuerdo el de los paseos por +los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los +merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasándose las naranjas de boca +a boca, contentos del sol que les metía en el alma la alegría de su luz, +gozosos de la noche que les protegía con su sombra, dando a sus caricias +un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo había +huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como parecía estar aquella +Feli de los buenos tiempos, alegre, risueña y rebosando la admiración, +de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con +gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su +hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidándolo como un niño +grande, más por conmiseración maternal que por apasionamiento amoroso.</p> + +<p>Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de +color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo +una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y +con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habrían visto +todo gris, aunque<a name="page_261" id="page_261"></a> cabrillease el sol de los poetas en las aguas del +Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mármoles del Partenón y +las aulétridas se pasaran el día soplando en sus dulces flautas. La +miseria era un endriago de invencible fealdad. No había arte en el mundo +que pudiese embellecer su horripilante mascarón.</p> + +<p>Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los +gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible +catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos +y heridos.</p> + +<p>Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas +cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba +su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus +números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que +despierta lo terrorífico en la imaginación femenil.</p> + +<p>Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario, +en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido +en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el +señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la +desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había +perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta +el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder +la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres +de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los +hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el +del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su +nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no +permitía dudas.</p> + +<p>Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa.<a name="page_262" id="page_262"></a> Recordó a su madre; pensó +en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su +compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una +liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el +escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para +aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los +sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del +crimen a los hijos de los servidores de la ley.</p> + +<p>Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid +proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a +él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los +poderosos.</p> + +<p>Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo +lo que podía hacer por su padrastro.</p> + +<p>A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de +mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al +depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol +caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las +alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición +envenenaba la densa atmósfera de verano.</p> + +<p>Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con +blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de +salir de los lavaderos.</p> + +<p>Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las +mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando +los brazos con expresión amenazadora.</p> + +<p>—¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse +ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como +perros.<a name="page_263" id="page_263"></a></p> + +<p>Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi +todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los +insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de +esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer +en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen +intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería.</p> + +<p>Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a +hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor +protesta en la calle.</p> + +<p>-¡Armas! ¡armas!...—exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos +exaltados—. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita, +me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita!</p> + +<p>Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y +vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un +modesto ataúd que habían costeado los del oficio.</p> + +<p>Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su +esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por +un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos, +desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila. +Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último +pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por +su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando +de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su +rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta. +De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo +contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo +destrucción y venganza, para tenderse de<a name="page_264" id="page_264"></a> nuevo en el féretro tras esta +póstuma confesión del engaño de su vida.</p> + +<p>Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le +llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de +miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al +castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía. +¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por +la que había que protestar.</p> + +<p>Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja, +cubriéndola con la bandera roja de la asociación.</p> + +<p>El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por +un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la +roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo +cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban, +dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd.</p> + +<p>En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra +que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos +gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos +brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando +el paso.</p> + +<p>El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del +féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese +con agresiva demencia sus cabezas despeinadas.</p> + +<p>—¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!...</p> + +<p>Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No +conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción:</p> + +<p>—Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa. +¡Pobrecillo! ¡Y los que<a name="page_265" id="page_265"></a> le han matado, guardándose los duros, +comiéndose las buenas tajás!...</p> + +<p>La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán +habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias, +dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran +las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de +atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el +paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la +puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones, +todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro +presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían +venganza.</p> + +<p>Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en +su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de +cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos.</p> + +<p>Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía.</p> + +<p>—Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de +paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar +otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos +vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros, +por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los +arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid!</p> + +<p>Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas +del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de +la fuerza pública.</p> + +<p>Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable +empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban +la<a name="page_266" id="page_266"></a> mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo +mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la +pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los +manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso.</p> + +<p>Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la +gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los +de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como +cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo.</p> + +<p>Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un +instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen +y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro +bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la +frente roja.</p> + +<p>Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los +brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada +imaginación.</p> + +<p>—¡Cobardes! ¡Cabritos!...</p> + +<p>Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias, +les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres +trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y +tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el +sable levantado.</p> + +<p>Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de +ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que +se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían +enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre +bramaba contra los canallas de «la secreta».</p> + +<p>Un grupo de mozuelos apostados en los solares<a name="page_267" id="page_267"></a> inmediatos hacía frente a +los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes +que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados +por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel +con los rateros cuando intervienen en un motín.</p> + +<p>—¡Fusiles!—rugían mirándose unos a otros, como si pudieran +proporcionárselos—. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!...</p> + +<p>Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir +matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta +de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de +lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la +policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas, +permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo +resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.</p> + +<p>Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de +hacer fuego con su revólver.</p> + +<p>—¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego!</p> + +<p>Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes, +eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados.</p> + +<p>Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias +de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción, +con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger +sus víctimas impunemente.</p> + +<p>El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí +sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que +iba en el cortejo, y no debía abandonarle.</p> + +<p>Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron +caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga. +Otros obreros<a name="page_268" id="page_268"></a> intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero +fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de +rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En +los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar, +soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba.</p> + +<p>Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y +se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre +de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un +lugar de asilo.</p> + +<p>Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre, +balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago +de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero +nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de +interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó +oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en +mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo +veían envuelto en densa niebla.</p> + +<p>—Déjale: ¿no ves que es un señorito?...</p> + +<p>Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios +de aquel traje que era para él un uniforme de miseria.</p> + +<p>Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como +uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a +la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas +gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían +la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo, +un poco de justicia y de piedad para su vida.<a name="page_269" id="page_269"></a></p> + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + +<p>El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con +mansedumbre.</p> + +<p>Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas las +violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector +le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No +había más verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, ¡leña! Un +poquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de herejía y +desprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, la +audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el +recuerdo de su historia.</p> + +<p>Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de +su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con el +señor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que +consideraba como suyo.</p> + +<p>No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel +matrimonio, enterándose minuciosamente de la puntualidad con que +cumplían sus compromisos.</p> + +<p>—¡Aún no le habrán pagado el último mes!...—decía al avistarse con el +«santo»—. ¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Qué +hombre,<a name="page_270" id="page_270"></a> Señor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontería. +La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas +doctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas gentes, mientras me +abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen +católico.</p> + +<p>El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallar +con alguna dádiva las protestas del temible discípulo.</p> + +<p>—No son mala gente—afirmaba refiriéndose a sus huéspedes—. Los +pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una +excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita...</p> + +<p>—Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entran +en la iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles. +Entre usted un día en su habitación, busque bien, y verá como encuentra +a montones los escritos contra el Señor y los santos... Además, me da el +corazón que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda.</p> + +<p>El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado de +murmuración; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida. +¿Por qué no habían de ser casados? El señor de Maltrana y ella se lo +habían asegurado y debía creerles... Cada uno en su casa, evitando +chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría Dios.</p> + +<p>—Eso es—mugía el discípulo—. Ellos a vivir de gorra, a comerse el +dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el +gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermón, trabajando para que la +mujer y los chiquillos coman apenas.</p> + +<p>—Todo se arreglará—decía bondadosamente el hermano—. La misericordia +del Señor es grande y a todos alcanza.</p> + +<p>Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le<a name="page_271" id="page_271"></a> acogía con duro gesto +cuando se presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba de +su religiosidad feroz; presentía el despotismo que ejercía sobre el +catequista, el abuso que hacía de su cualidad de alma redimida por el +sencillo hermano.</p> + +<p>Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que +aparecen éstos con un salvaje prosternado a sus pies, cual símbolo de +las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus +conversaciones con Feli, designaba siempre al remendón con el apodo de +<i>Indio converso</i>.</p> + +<p>Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defendía sus +nuevas creencias, sólo comparable a la bestialidad con que había +sustentado las anteriores. Además, le era antipático por el provecho que +sacaba de su conversión, explotando al señor Vicente y amenazándole +cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su +gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lástima a Isidro.</p> + +<p>Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al +<i>Indio converso</i>, exagerando inocentemente las horripilantes hazañas de +sus época de impiedad; pero después de esta exhibición, al quedar solos +los dos, el catecúmeno insaciable prorrumpía en lamentaciones sobre su +miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del +«santo» sólo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan.</p> + +<p>—Aquí ha estado a buscarle ese bruto—decía Isidro al ver entrar al +señor Vicente—. El <i>Indio converso</i>... su discípulo el remendón. +¡Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta +conquista. Tendrán que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San +Martín o la burra de Balaam.</p> + +<p>—Señor de Maltrana—exclamaba el «santo»—, más caridad... más amor al +prójimo. El pobre es<a name="page_272" id="page_272"></a> algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y +ama a Dios.</p> + +<p>Y el «santo» parecía sufrir al verse entre estas dos antipatías.</p> + +<p>No se engañaba el <i>Indio converso</i> al sospechar que su protector +concedía algún apoyo a sus huéspedes. El «santo» veía el incesante +trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de +los jóvenes; oía desde su cama los diálogos de la pareja discutiendo los +apuros del día siguiente.</p> + +<p>Cuando Isidro se ausentaba, aproximábase él a Feli con cierta cortedad, +dejando sobre el montón de corsés lo que encontraba en sus bolsillos. +Unas veces era un puñado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con +su pañuelo antes de entregarla.</p> + +<p>—Que no sepa nada el señor de Maltrana—decía con voz misteriosa—. Que +el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos +cristianos. Ese dinero me lo dieron esta mañana las buenas señoras que +me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo +visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrán días mejores; +Dios aprieta, pero no ahoga.</p> + +<p>Y reía de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el +señor de Maltrana pudiese sospecharla.</p> + +<p>El joven también debía sus favores al «santo».</p> + +<p>—Señor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios +andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegará la buena +época, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagaré todos los +atrasos de una vez.</p> + +<p>—Vaya usted tranquilo, señor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos +abandone, y todos viviremos.</p> + +<p>Isidro encontraba cada vez más dura y difícil su existencia. Las dos +pesetas que ganaba Feli en el<a name="page_273" id="page_273"></a> emballenado trabajando todo el día y gran +parte de la noche, y los escasos reales que podía juntar a la semana +llenando cuartillas a diez céntimos con destino a la revista social, no +bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el método en +la nutrición, que embellecían los primeros tiempos de su vida común, +habían desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para +el trabajo, y apenas si de tarde en tarde podía entrar en la cocina.</p> + +<p>Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogón, y a falta +de ocupaciones más importantes, aprendía torpemente de Feli el secreto +de los guisos. ¿Dónde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de +miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la +amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces +salían crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpecía +de tal modo la actividad de los dos, que pasaban días enteros sin +encender fuego, alimentándose con algún fiambre traído de la taberna.</p> + +<p>Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzábase a la calle. +Su descenso del cuarto piso comparábalo a la bajada del lobo desde las +cumbres a la llanura, empujado por el hambre.</p> + +<p>La víctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el señor +Manolo el <i>Federal</i>. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y +al presentarse el capataz exponíale las tristezas de su vida.</p> + +<p>El buen <i>Federal</i> escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como +si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien. +Después metía la mano en un bolsillo del pantalón, agitando la moneda de +la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna.</p> + +<p>Todo aquello era culpa del viejo régimen.<a name="page_274" id="page_274"></a></p> + +<p>-Ahí tienes—decía con expresión solemne—lo que es el unitarismo y la +centralización. Tú tienes talento y te mueres de hambre; y como tú, +muchos. El centralismo sólo aprovecha a los pillos. El día en que cada +Estado y cada quisque particular goce su autonomía, todos tendrán lo que +merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzáis de +cómo os paga el unitarismo...</p> + +<p>Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados +razonamientos, que Maltrana oía resignado.</p> + +<p>En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia +al señor Manolo, se acordaba de su tío el <i>Ingeniero</i>, buscándolo en el +café de San Millán. Le veía rodeado de ciertos amigos tan viejos como +él, alegres camaradas que formaban el catálogo de cuantas muchachas +bonitas existen en los barrios bajos.</p> + +<p>El <i>Ingeniero</i> no acogió mal la primera petición de su sobrino.</p> + +<p>—Ya sé yo lo que es eso—dijo guiñando un ojo y dando palmaditas en la +espalda de Maltrana—. ¡Las mujeres!... No hay nada como ellas para que +un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no están +contentas hasta que le sacan al hombre las mismísimas entrañas... +¿Cuánto necesitas? ¿Tres pesetas? ¡Pero muchacho, si con eso no tienes +ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos +ayudarnos; hoy por ti, mañana por mí.</p> + +<p>Y le entregó un par de redondeles de plata con un ademán de compañero de +armas.</p> + +<p>-Oye: lo de tu matrimonio será filfa—continuó—. Yo lo calé apenas me +hablasteis. ¡Valiente tuno estás, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una +gachí con dos ojos como dos quinqués. Si no fueses de la familia te la +quitaba. Tú eres más joven, pero<a name="page_275" id="page_275"></a> yo tengo un gran «aquel» para las +mujeres. Que lo digan éstos.</p> + +<p>Y señalaba a los camaradas que ocupaban la mesa.</p> + +<p>Maltrana se marchó entre agradecido y molesto por las necedades de su +tío, y no volvió a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas +necesidades.</p> + +<p>—¡Hola!... Siéntate—dijo al verle el <i>Ingeniero</i>, con cierta +displicencia.</p> + +<p>Siguió hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino:</p> + +<p>—La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gachí +por la calle de Toledo. ¿Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo +bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripón, moviéndose +como una barca, y la cara hinchá como si acabases de largarle dos +tortas. Hasta me pareció que tiene los ojos más pequeños.</p> + +<p>Maltrana sufrió en silencio estas palabras de su tío, que aún le +parecieron más molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin +embargo, fingió una sonrisa pensando en el dinero que podía darle.</p> + +<p>—Creo—continuó el <i>Ingeniero</i>—que ha llegado para ti la hora de... +vámonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega +a más de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. ¿Digo mal, +caballeros?</p> + +<p>Todos aprobaron la sabiduría del chamarilero.</p> + +<p>Cuando Isidro creyó llegado el momento de formular su petición, el tío +no la acogió del mismo modo que la otra vez. Había perdido para él su +prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo, +sin «viveza» para salir del paso; se «caía» manteniendo a aquella golfa +por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante.<a name="page_276" id="page_276"></a></p> + +<p>—Toma tres pesetas: no puedo darte más; y te advierto que son las +últimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos están malos. Aún no he +vendido el órgano.</p> + +<p>Maltrana comprendió que no debía esperar más del <i>Ingeniero</i>, y dejó de +ir al Café de San Millán.</p> + +<p>La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba +fatigada; había perdido la fortaleza de sus primeros días de labor. +Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinábase +ante la obra, emballenando los corsés, bordando a mano las «flores»; +pero apenas tenía acabada una docena, coloreábase su rostro con una ola +de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrás el cuerpo, cerraba +los ojos como si fuese a desvanecerse. No podía trabajar más.</p> + +<p>Mientras tanto, crecían los apuros de la casa, haciéndose más difícil la +existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecían: quedaba +ya muy poco de la primitiva instalación. Isidro, más versado, por su +antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado +de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendíalo todo. Ya no +brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que +enorgullecía a Feli y había presenciado las mayores alegrías de la +pareja. Dormían en el suelo, en un colchón, y pretendían demostrarse que +así estaban mejor, siendo tan calurosa aquella época del año. El +tintero, regalo de Feli, también había desaparecido. Su venta les +proporcionó una cena, después de un largo día de ayuno. Comieron, pero +la joven creyó que estaban menos unidos después de la pérdida de este +objeto, comprado el primer día de vida común. Lo miraba como un fetiche +de su felicidad.</p> + +<p>También habían vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala +adquirido en la calle de<a name="page_277" id="page_277"></a> Toledo, que marcaba para Feli el momento más +culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limón, con su +alta fila de botones, nada podían sacar de ellas; estaban tan +destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja.</p> + +<p>Maltrana, que en otros tiempos había hecho frente a la miseria, con la +alegre inconsciencia del pájaro errante, se desesperaba y sentía pasar +por su cerebro los más lúgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y +silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina +estaba fría y no se encontraba en los rincones el más pequeño mendrugo.</p> + +<p>¡La miseria, la mala bestia negra! ¡Cómo arañaba la carne! ¡Qué +inspiraciones repugnantes soplaba en el oído!... Algunas veces, los ojos +de Maltrana vagaban con sombría interrogación por las habitaciones del +hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de +algo; mientras las suyas mostraban un espantable vacío.</p> + +<p>Sentía la criminal tentación de coger algunos libros del «santo» y +venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro, +para que sus primos lo comprasen. Tenía que hacer un gran esfuerzo para +repeler estos pensamientos. El crucifijo sólo valía unos cuantos reales; +los libros que el «santo» guardaba con tanta estima no servían, en su +mayor parte, mas que de papel de envolver.</p> + +<p>La escasez, con sus angustias, le agriaba el carácter. El señor Vicente, +tal vez por esto, parecía rehuir su trato. Entraba y salía sin verle, +sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para +dejar dinero encima de los corsés.</p> + +<p>En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el <i>Indio converso</i> +y aquel cura viejo, vagabundo como el señor Vicente. Querían esperar a +éste, y en vez de permanecer en la sala del hermano,<a name="page_278" id="page_278"></a> entraron en el +cuarto de los jóvenes. El <i>Indio converso</i> indicaba con fieras miradas +los retratos clavados en la pared.</p> + +<p>Era lo único que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no había +intentado venderlos, pues conocía su insignificante valor. Además, en +medio de su miseria, eran la única demostración de que allí vivía un +intelectual.</p> + +<p>El cura, siguiendo las ojeadas del <i>Indio converso</i>, examinaba con +aparente distracción los retratos y leía y releía los nombres impresos +al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosía con una +expresión irónica. ¡Ejem! ¡ejem!... Y el devoto remendón movía la cabeza +como si contestase: «¡Eh! ¿Qué tal? ¿No lo decía yo?...»</p> + +<p>Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpió en exclamaciones de cólera. +De estar él, allí les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a +no curiosear en casa ajena.</p> + +<p>Algunos días después notó Isidro que el señor Vicente retardaba sus +salidas matinales, o volvía a casa muy temprano, como buscando una +ocasión para hablar con él. Le miraba por la puerta entreabierta, al +pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar +adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli.</p> + +<p>Una mañana, al salir Isidro, vio que el señor Vicente abandonaba al +mismo tiempo su habitación, como si le esperase. Los dos se juntaron en +el rellano.</p> + +<p>—Señor de Maltrana, tenemos que hablar.</p> + +<p>Le dolía mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad. +Debía buscar una nueva casa; él abandonaría aquélla apenas acabase el +mes.</p> + +<p>—No puedo, señor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que +intente echarle en cara el no haberme ayudado. ¡Ave María! Usted no pagó +su<a name="page_279" id="page_279"></a> parte porque no pudo... pero yo me voy. Meteré los libros en +cualquier sitio: me los guardará ese señor sacerdote que usted ha visto +algunas veces. Viviré con el pobrecito zapatero; él y su familia desean +tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito.</p> + +<p>Maltrana quedó anonadado por el nuevo infortunio que caía sobre él. +¿Adónde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su +carácter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad.</p> + +<p>—Señor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por +sí solo tal resolución. Esto es cosa del <i>Indio converso</i>, que quiere +monopolizarle, y tal vez de ese capellán amigo de usted...</p> + +<p>El «santo» protestó, defendiendo a sus camaradas. No había que maliciar +de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era +un pobre y no podía soportar el alquiler de la casa. Lo sentía por Feli +y por Maltrana, que le eran simpáticos y no habían alterado su vida con +disgusto alguno. Pero todos vivirían aunque se separasen: la +misericordia del Señor era inmensa.</p> + +<p>Y arrastrado por su afán de catequista, añadió:</p> + +<p>—Lo que usted debe hacer, señor de Maltrana, es ponerse bien con Dios; +dar a ese ángel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse +a ella como dispone la Santa Madre Iglesia.</p> + +<p>Isidro adivinó lo que el hermano quería decir. Se había enterado de que +él y Feli no eran casados. El <i>Indio converso</i> era capaz de haber +corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de +que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la +carne.</p> + +<p>El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto +tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos +escrúpulos.<a name="page_280" id="page_280"></a></p> + +<p>—Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?—dijo +con violencia—. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos +compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué +delito hay en esto?</p> + +<p>El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado +de que se pusiera en duda este pecado.</p> + +<p>—Además—continuó con dulzura—, usted me ha engañado, señor de +Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello! +¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo, +pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros +hijos del Malo.</p> + +<p>—Y efectivamente—dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera—, por +dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables +señores.</p> + +<p>—Pero trajo usted—repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo +que lagrimeaban sus inflamados ojos—, trajo usted a otros peores, y ahí +dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les +encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más +perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto +de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé +que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado +que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios +de Dios, que quiere ponernos a prueba..</p> + +<p>—¿Y qué quiere usted?—gritó Maltrana con tono agresivo—. ¿Que los +quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura +loco que le aconseja?</p> + +<p>—No; guárdelos, si ese es su deseo—dijo el «santo» con mansedumbre—. +Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día; +yo soy un<a name="page_281" id="page_281"></a> pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y +mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se +conocen!...</p> + +<p>Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a +separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el +grave daño que le infería con esta inesperada resolución.</p> + +<p>—Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que +un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su +Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca. +Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.</p> + +<p>El «santo» protestó, algo conmovido:</p> + +<p>—No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en +cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le +quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi +presencia. Yo agradezco esta consideración.</p> + +<p>Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más +favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de +buhos!...</p> + +<p>Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia, +afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y +sus amigos.</p> + +<p>Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la +cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase +más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando +las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de +la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo +para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma, +debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre, +confiada al<a name="page_282" id="page_282"></a> azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una +nueva amenaza del porvenir.</p> + +<p>Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su +infortunio.</p> + +<p>Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del +Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en +su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el <i>Federal</i> los +recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero +Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella +autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste +tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una +pareja de hambrientos.</p> + +<p>En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de +perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que +podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie +de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo +importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio, +enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento +oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera +asegurada la comida del día presente?...</p> + +<p>Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de +<i>Zaratustra</i> parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo +traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle +el criado.</p> + +<p>Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica: +todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la +misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría +hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto.<a name="page_283" id="page_283"></a></p> + +<p>Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la +<i>Mariposa</i>, aprovechando la ausencia de <i>Zaratustra</i>. Considerábase capaz +de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y +hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido +ayudarle con el más pequeño regalo.</p> + +<p>Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos. +Viviendo el <i>Mosco</i> temía aproximarse a las Carolinas, y después de +muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban +sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió +la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán.</p> + +<p>Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de +<i>Zaratustra</i>, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a +los perros del trapero.</p> + +<p>La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza +sus ojos pitañosos en el desconocido.</p> + +<p>—Abuela, soy yo... Isidro.</p> + +<p>La <i>Mariposa</i>, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo +mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por +el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las +cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita.</p> + +<p>—¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que +hiciste la calaverada con la chica del <i>Mosco</i>...</p> + +<p>Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en +conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba.</p> + +<p>—¡Un porción de meses sin verte!—continuó la anciana—. ¿Y qué te trae +por aquí?... Porque tú a algo vienes.<a name="page_284" id="page_284"></a></p> + +<p>Y la <i>Mariposa</i> guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca +rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia +podía haber traído hasta allí a su nieto.</p> + +<p>Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; <i>Zaratustra</i> no +tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana.</p> + +<p>—Abuela, para ahorrar palabras—dijo con gravedad—: voy a pegarme un +tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.</p> + +<p>La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco? +¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro +escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la +pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en +medio de la calle.</p> + +<p>La <i>Mariposa</i> repetía con tono estupefacto:</p> + +<p>—¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que +ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...</p> + +<p>Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar, +replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que +se refugia en su cáscara.</p> + +<p>—¡Ay, Señor!—gemía—. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias! +Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué +vamos a hacer!...</p> + +<p>Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada, +continuó entre gimoteos:</p> + +<p>—Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos. +Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la +mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las +saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo, +sería caso de morirse.<a name="page_285" id="page_285"></a></p> + +<p>Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la +riqueza de la tía <i>Mariposa</i>, creía percibir en sus palabras una +hipócrita falsedad.</p> + +<p>—¡Abuela! ¡abuela!—exclamó con tono suplicante.</p> + +<p>Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía +para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla. +Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría +viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que +vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado +fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla. +Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su +sangre le parecía poco para apagar su sed.</p> + +<p>—Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo, +y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me +quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un +tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela, +¡me mataré!</p> + +<p>Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar +lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz +con el estertor del llanto.</p> + +<p>La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los +ojos con la punta del delantal.</p> + +<p>—Tienes razón—gemía—. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los +hombres. Bien se ve que la quieres.</p> + +<p>Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si +fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le +prestara hasta cinco duros.<a name="page_286" id="page_286"></a></p> + +<p>—Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo. +No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que +le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero, +hasta que yo pueda marchar solo.</p> + +<p>Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente +se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una +pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin +conmoverse cuanto le dijera Isidro.</p> + +<p>Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la +codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando +todos los de la busca hablaban de su riqueza?...</p> + +<p>La <i>Mariposa</i> rió con una expresión de bruja burlona.</p> + +<p>—¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han +engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras +de la gente... Soy una pobre.</p> + +<p>Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba +una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su +propósito de defenderlo contra todos.</p> + +<p>—¡Abuela!—gritó Maltrana—. No lo haga usted por ella ni por mí, ya +que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir.</p> + +<p>Intentó enternecer a la <i>Mariposa</i> hablándola de su futuro hijo, de +aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la +existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban +ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el +abandono a la tierna criatura?...</p> + +<p>El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a +llevarse el delantal a los ojos,<a name="page_287" id="page_287"></a> pero sin moverse, sin acceder a las +súplicas de su nieto.</p> + +<p>—¡Desgraciado!—murmuraba—. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa +la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor +hubiese sido para todos seguir en el oficio!</p> + +<p>Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre +madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?...</p> + +<p>La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con +ademán resuelto.</p> + +<p>—Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer.</p> + +<p>Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él.</p> + +<p>—¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu +abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de +hambre.</p> + +<p>La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la +infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen +del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de +orgullo.</p> + +<p>—Te lo daré todo, ¡todo!—dijo misteriosamente al oído de Maltrana.</p> + +<p>Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la +presencia de algún curioso.</p> + +<p>—Vigila bien—añadió—. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa. +¡Mucho ojo!</p> + +<p>Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia, +se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra.</p> + +<p>Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría +realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo +aquel tesoro famoso que <i>Zaratustra</i> husmeaba, sin<a name="page_288" id="page_288"></a> llegar nunca a dar +con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza +cubierto de briznas de paja.</p> + +<p>Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo +sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles, +sonó en su interior un retintín metálico.</p> + +<p>La <i>Mariposa</i> suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio, +y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser +sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio.</p> + +<p>Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo, +que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió +los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La +realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un +instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud.</p> + +<p>La vieja se gozaba en el asombro del nieto.</p> + +<p>—¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te +creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he +tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas.</p> + +<p>Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la +<i>Mariposa</i> con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al +mismo tiempo.</p> + +<p>—¿No hay más, abuela?—preguntó dulcemente—. ¿Sólo tiene usted esto?</p> + +<p>La <i>Mariposa</i> le miró escandalizada.</p> + +<p>—¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar +todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro!</p> + +<p>Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento, +había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que +brillaban en la cumbre del montón de baratijas.<a name="page_289" id="page_289"></a></p> + +<p>Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con +piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la +pobre <i>Mariposa</i>.</p> + +<p>—Esas joyas de reina—dijo—eran de aquella buena señora que me quería +tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas +rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un +momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los +herederos eran gente indigna.</p> + +<p>El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con +ávidas manos el resto del montón.</p> + +<p>—Fíjate en ese rosario—dijo la vieja—: todo de perlas finas. Era de +una dama de palacio.</p> + +<p>Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de +marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de +<i>doublé</i>; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus +vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja +creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería +empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la +trapera no eran mas que basura de insignificante valor.</p> + +<p>Isidro únicamente apartó lo que la <i>Mariposa</i> consideraba de menos +valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y +tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la +cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro +sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela +que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta +treinta duros.</p> + +<p>La <i>Mariposa</i> seguía con atención el apartado que realizaba su nieto, +sonriendo al ver que se satisfacía<a name="page_290" id="page_290"></a> con lo más humilde del tesoro, +abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban +de orgullo.</p> + +<p>—Haces bien—murmuraba—. Con eso que te llevas tienes bastante por el +momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y +cuando yo falte será para ti.</p> + +<p>Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las +deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja +le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no +quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A +impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando +del nudo unas cuantas monedas de plata.</p> + +<p>—Toma, Isidrín—dijo—. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a +esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete +duros entre pesetas dobles y sencillas.</p> + +<p>Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo +por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.</p> + +<p>La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su +abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que +envolvía el resto de sus baratijas.</p> + +<p>—Ya has visto el tesoro—siguió diciendo la vieja con voz misteriosa—. +Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne +teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien +abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor, +venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos +diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate, +Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú +solo debes saberlo, pues será para ti.<a name="page_291" id="page_291"></a></p> + +<p>Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los +ojos.</p> + +<p>—Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío +Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa +mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí; +que no huela el gato.</p> + +<p>Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen +aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en +el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había +despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas +naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus +riquezas.</p> + +<p>Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con +<i>Zaratustra</i>, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas +pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos.<a name="page_292" id="page_292"></a></p> + +<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3> + +<p>Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras. +Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto +interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero +transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y +abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos +muebles.</p> + +<p>Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y +desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de +asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a +poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya +se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad +imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba +a fiar más sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el +emballenaje de los corsés, la necesidad de echar unas suelas a las botas +únicas de Maltrana, mientras éste permanecía prisionero en el cuarto; y +de este modo la mala fortuna llevábase de una manotada todos los +ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler.</p> + +<p>Maltrana adoptó una resolución. Los pobres<a name="page_293" id="page_293"></a> como ellos, de vida +incierta, sólo podían vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan +diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel caserón de +obreros donde él había nacido.</p> + +<p>Vivió en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peñuelas y +el de las Injurias, repugnándole sus hacinamientos, la suciedad sórdida +de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreñadas, que se +insultaban de galería a galería... Su pobre Feli no era una princesa, +pero ¡ay! sentía él honda repugnancia al verla, tan delicada y tan +dulce, viviendo en este infierno.</p> + +<p>En las Cambroneras encontró un cuarto independiente, y decidió +trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron más +apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad.</p> + +<p>El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer +llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto +y moreno, al que el exceso de estatura hacía caminar arqueando la +espalda. Era de la policía. El que administraba las casas de las +Cambroneras teníalo allí como cobrador y guardián del orden, por su +carácter de agente de la autoridad. Dábale por esto un interés sobre la +cobranza y vivienda gratuita para él, su prolífica mujer y la banda de +chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en +el campo, antes de ser soldado, guardaba gran afición al cultivo de la +tierra, y cuando sus deberes de agente de «la secreta» no le hacían ir a +Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en +huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el +riego de una noria abandonada.</p> + +<p>Inspirábanle gran respeto los dos jóvenes, hasta el punto de hacerle +afirmar que don Isidro y doña<a name="page_294" id="page_294"></a> Feli eran las únicas personas decentes +que habitaban en las Cambroneras.</p> + +<p>—Adelante, Pepe—decía Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un +golpe en la puerta.</p> + +<p>Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lápiz y un rústico +talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, después de garrapatear +algunos signos, y recibía las monedas de cobre.</p> + +<p>Isidro mostrábase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana +contemplaba el río, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas +pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses +y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra +ventana veía el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra +atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiñapos las gitanas, +flotando sobre la corriente trapos y pedazos de periódicos. Enfrente +abríase un gran portalón dando entrada a una callejuela de guijarros +flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras +tenían en el primer piso una galería de madera, con escalerillas de +tablones carcomidos, que crujían a la más leve presión como si fuesen a +romperse.</p> + +<p>Maltrana no tardó en conocer la heterogénea población de las +Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro +de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador +relatábale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que él +llamaba «su ganado».</p> + +<p>Existían dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras, +cuyos límites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que +eran los menos, y al otro los gitanos, que constituían la mayor parte de +la población. Los payos se subdividían en pordioseros, que iban todas +las mañanas<a name="page_295" id="page_295"></a> a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y +quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla +vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos +en las afueras o tomaban parte en algún robo, si se ofrecía ocasión.</p> + +<p>Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces, +gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratábanse con cierta +fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo +manteníase fiel a su origen, creyéndose superior a los otros. Los +andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los +castellanos su falta de sangre <i>cañí</i>, adulterada por innumerables +cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de +Andalucía por sus trapacerías y enredos, que habían dado a la raza su +fama deshonrosa.</p> + +<p>Reconocíalos Isidro a simple vista a los pocos días de vivir en las +Cambroneras. Los andaluces iban afeitados, con ancho sombrero, +chaquetilla de terciopelo color de vino y grandes tufos sobre las +orejas. Los manchegos y castellanos usaban gorra de pelo, llevaban +bigote recortado y chaquetón de paño pardo; únicamente su color, de un +bronceado oriental, los distinguía de los paletos manchegos, cuyo traje +imitaban.</p> + +<p>Las mujeres salían en las primeras horas de la mañana, para no volver +hasta la caída de la tarde, o permanecían dentro de sus casas, recluidas +voluntariamente, con una pasividad de hembras asiáticas. También se +reconocía en ellas la diferencia de origen. Las andaluzas eran +parlanchinas y vociferadoras; hablaban gesticulando y manoteando, +esparciendo con su cháchara el aturdimiento en torno de ellas. Vestían +falda de percal rameado con largos volantes, llevaban el mantón +terciado, el moño<a name="page_296" id="page_296"></a> aceitoso caído sobre la nuca, la frente con +cuernecillos de pelo pegado, y en el cuello varias sartas de cuentas +azules. Salían de las Cambroneras poco después de surgir el sol, camino +de la plaza de la Cebada, para decir la buenaventura y echar las cartas +a las criadas, que eran su mejor clientela. Los hombres se desperezaban +en la puerta; las bandas de chicuelos color de chocolate, descalzos y +con la panza al aire, se agarraban a las faldas pintarrajeadas de las +madres.</p> + +<p>—<i>Gachí</i>—decía el marido—, a ver si hoy traes argo pa jamar. Mira que +estoy jarto de tanta jambre.</p> + +<p>Los pequeños se agitaban en torno de ellas, acompañándolas cuesta arriba +hasta el puente de Toledo. A ver si podían apandar, como otras veces, +los <i>chulés</i> de algún payo. Y si no eran <i>chulés</i> (nombre que daban a +los duros), que fuesen <i>plañís</i> (modestas pesetas), que bien las +necesitaba la familia, confiada a los azares de la suerte.</p> + +<p>—Mare—gritaban los pequeños al quedarse junto al puente—, que traiga +usté <i>callardó</i>, mucho <i>callardó</i>.</p> + +<p>Era el chocolate: el gran regalo de la gente gitana, su licor y su +alimento. Bueno era el <i>balinchó</i> (el cerdo); suculento el <i>balebás</i> +(tocino); dulces los <i>mantejos</i> (almendras), que se arrojaban a puñados +en los días de boda; pero el chocolate era lo mejor del mundo, el +alimento de Dios, que parecía embriagarles con su perfume y su ardor.</p> + +<p>Los pequeñuelos, con la esperanza de que la madre trajese al anochecer +una enorme cantidad de <i>callardó</i>, la saludaban desde lejos.</p> + +<p>—Adiós, mi <i>dai</i>.</p> + +<p>Y la gitana alejábase hacia la puerta de Toledo, combinando, en las +tortuosidades de su trapacera imaginación, el medio de <i>jonjabar</i> a +algún payo que le deparase la buena suerte, de sacarle el dinero,<a name="page_297" id="page_297"></a> +prometiéndole, por medio de sortilegios, el premio gordo de la Lotería.</p> + +<p>Vagaban hasta las doce por las inmediaciones del mercado, deteniendo a +las criadas, aturdiéndolas con su charla, alabando sus caras de ángel, +aunque fuesen de horrible fealdad, lamentando con extremos grotescos de +desesperación las desgracias de sus amores y que no se cuidasen de +conjurar la mala suerte acudiendo a la experiencia gitana.</p> + +<p>—Tu mano... enséñame tu mano, resalá, que por San Juan te digo que +yevas en eya tu fortuna y tú no lo sabes.</p> + +<p>Tenían sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas +las veían marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones. +Metíanse en los portales solitarios, y allí, sobre la tapa de la cesta, +soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantón. Todo +salía: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba +con malas artes una mujer blanca, que había que vencer; después, el +hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentaría +para llevársela sobre un caballo tordo; luego salían por dos veces los +oros: dinero y más dinero...</p> + +<p>—Tú has heredao argo—afirmaba la gitana con una convicción que no +admitía réplica.</p> + +<p>—¡Qué he de heredar yo, pobre de mi!—contestaba la sencilla criada.</p> + +<p>—Bueno; pues heredarás.</p> + +<p>Y seguía el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que había de ser su +perdición si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese.</p> + +<p>Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus +ahorros en el gran remedio que le proponía para sujetar al novio infiel, +acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpía en lamentos y +súplicas.<a name="page_298" id="page_298"></a></p> + +<p>—Reina, añade aunque no sea mas que un realillo. ¡Con esa carita de +clavel, y tan agarrá! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen... +Mira que tengo un ganao de <i>churumbeles</i> que no levantan del suelo tanto +así, y están muertesitos de nesesiá. Mi hombre lo tengo baldao; mi +<i>bato</i>... ¡mi pare! está en las últimas; mi probesita <i>dai</i> se me murió; +mi <i>plan</i> (mi hermano, ¿entiendes?) está en el presidio de Alcalá...</p> + +<p>Y seguía enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese +pasado por las Cambroneras.</p> + +<p>—Vaya, presiosa, suerta un poquito más de <i>jurdé</i>, que por eso no vas a +quedar probe. No te pido <i>papiris</i> der Banco; suerta manque sean tres +perrillas más.</p> + +<p>En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin +encontrar parroquianas, plantábanse audazmente ante los hombres que +salían de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a +la puerta de sus establecimientos.</p> + +<p>—¿Te la digo, grasioso? Dame la mano, barbitas de San Juan, que tienes +patitas de bailaor y ojillos de meteor.</p> + +<p>Las repelían como si fuesen perros, amenazándolas con llamar a la +pareja, y ellas se alejaban sin resentimiento, con muecas burlonas, +abriendo los ojos desmesuradamente.</p> + +<p>—¡Juy, Pare Santo! ¡Y qué mal genio gasta el señó!... ¡Ni que juese el +<i>Livanó</i> que toma las declarasiones!... ¡En el <i>estaribel</i> te veas, +mardito, y que el <i>Baró</i> no quiera sacarte ni con fianza!...</p> + +<p>Cuando pasado mediodía cesaba la afluencia en el mercado, las gitanas, +en vez de volverse a las Cambroneras, seguían hacia el centro de Madrid, +callejeando hasta la caída de la tarde. Pedían limosna;<a name="page_299" id="page_299"></a> deteníanse ante +las ventanas de los cafés, dando golpecitos en los cristales; lanzaban +miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando +en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no +les parecía gran pecado: <i>chorar</i> era una ocupación digna de elogio, si +se hacía con habilidad y sin riesgo. Y cuando <i>choraban</i> una pieza de +tela, unas manzanas o un panecillo, volvían orgullosas a casa, diciendo +a las vecinas:</p> + +<p>—Hoy le he dao el <i>jonjanó</i> a un payo.</p> + +<p>Maltrana, al asomarse a la puerta de alguna de aquellas casuchas, +blancas por fuera y negras por dentro, sin otro respiradero que la +puerta, conocía el origen de sus habitantes sólo con ver mujeres en su +interior o notar su ausencia.</p> + +<p>—¿Son ustedes andaluzas?—preguntaba intencionadamente a las hembras +sentadas en corro sobre el duro suelo, mirándose silenciosas, con la +mandíbula apoyada en una mano.</p> + +<p>—¡Nosotras andaluzas!—exclamaban ofendidas—. Somos mujeres de nuestra +casa. Nosotras no salimos a engañar a la gente.</p> + +<p>Eran gitanas manchegas. Tenían padres o maridos que trabajasen por el +sostenimiento de la familia; y si no había <i>chambos</i>, si el «trato» de +las caballerías se paralizaba, daban vuelta de llave a su estómago y +sufrían el hambre en silencio, sentadas junto a los pedruscos fríos del +hogar, con las faldas esparcidas en torno de ellas como hongos enormes, +taciturnas y dispuestas a morir sin moverse del sitio.</p> + +<p>Maltrana, a pesar de la miseria de su propia casa, sentía compasión al +ver las viviendas de estas gentes. Eran tabucos cuyo suelo, de tierra +apisonada, estaba mucho más bajo que la calle. No tenían tabiques, y +cuando el pudor exigía la separación de<a name="page_300" id="page_300"></a> lechos, salían del apuro +colgando de una cuerda una manta vieja. En el fondo de la casucha, con +la cabeza hundida en cajones que servían de pesebres y las grupas frente +a la puerta, estaban los caballos, las mulas y los burros que +constituían la fortuna de la familia. Los colchones astrosos, apilados +en un rincón, se extendían por la noche junto a las patas traseras de +las bestias, durmiendo la familia y su capital acariciados por el calor +del común estiércol. Unos ladrillos colocados en el centro de la casucha +servían de cocina. No se encendía fuego mas que por la noche. El humo de +la leña llenaba la habitación, saliendo por donde podía buenamente: por +la puerta abierta o las grietas del techo, por no existir el menor +orificio que sirviese de chimenea. Las paredes estaban ennegrecidas por +una capa de hollín que representaba luengos años de atmósfera +asfixiante; las bestias, acostumbradas a esta lenta sofocación, +limitábanse a bufar en sus pesebres. Las mujeres, con los ojos llorosos +por el humo, vigilaban la sartén; los niños de pecho tosían, +apelotonándose contra las maternales ubres, como si buscasen el fresco +de la leche.</p> + +<p>Pepe el cobrador alababa las ventajas del continuo ahumamiento.</p> + +<p>—Gracias a eso—decía—no mueren como chinches. El humo les limpia, ya +que nunca tocan el agua. ¡Porque cuidado, don Isidro, que son sucios!... +En cambio, en la comida no he visto gente con mayores escrúpulos.</p> + +<p>No había que esperar que aceptasen una limosna de alimentos, ni que +aprovecharan las sobras de nadie. Las gitanas, al volver de Madrid, +traían comestibles de las tiendas; viandas crudas para guisarlas en +presencia de la familia. Pasaban días enteros sin comer, con la +tranquilidad de la costumbre, y a pesar del hambre, hacían gestos de<a name="page_301" id="page_301"></a> +asco al hablar de los traperos, de los mendigos, de todos los payos que +la miseria ponía en contacto con ellos, gente de estómago vil, que se +alimentaba de la bazofia arrojada por los demás y se vestía con sus +despojos.</p> + +<p><i>Chorar</i>... ¡todo lo que pudieran! Robaban en Madrid, robaban en los +campos veraniegos cuando salían de excursión a las ferias; pero todo +había de ser nuevo, sin uso alguno. Su traje, aunque remendado y sucio, +era suyo, lo habían hecho para sus cuerpos, y lo preferían, con toda su +astrosidad, a las ropas usadas que fuesen mejores. Su estómago sufría +antes el hambre que la náusea del asco. Cuando llegaba a sus manos un +vestido ajeno, lo vendían a los traperos con aire señorial. En las +noches de abundancia, la familia sentábase en torno de la sartén. La +madre arrojaba los trozos de carne fresca en el aceite chirriante, y +cada uno pinchaba con su navaja, con tanto apresuramiento, que por más +que la mujer echaba y echaba, nunca se veía llena la sartén.</p> + +<p>Los jueves reuníanse los hombres en el mercado de bestias, junto a la +Puerta de Toledo. Los que no tenían ganado también iban allá, con la +esperanza de que cayese algo, empuñando una gran vara, como si tuviesen +que arrear a una recua imaginaria. Al primer paleto que se pusiera a +tiro le daban un <i>emburreo</i>, un <i>correate</i>, nombres con que designaban +las malas artes del «trato».</p> + +<p>Después volvían, lamentándose de la decadencia del chalaneo. Había que +esperar las grandes ferias del verano. En el mercado de Madrid apenas se +veían compradores; todos eran gitanos... ¡y cómo iban a engañarse entre +ellos!...</p> + +<p>Los más acomodados volvían a meter por las exiguas puertas de las +viviendas todo su ganado: los humildes <i>guerñís</i> de largas orejas y +escandaloso<a name="page_302" id="page_302"></a> rebuzno; el <i>gras</i> de trenzadas crines y cola peinada, que +hacían galopar en torno de su látigo maestro, afirmando que el que +montaba el rey no era mejor; la <i>chorí</i> y el <i>choro</i> (la mula y el +macho), que esperaban vender a buen precio, cuando emprendiesen la +expedición veraniega por Castilla y la Mancha, ofreciendo sus bestias a +los labriegos.</p> + +<p>En el resto de la semana permanecían los gitanos en las Cambroneras sin +hacer nada, esperando el regreso de sus hembras, pájaros vivarachos y +parleros que traían en el pico el pan de la familia. Desayunábanse con +una copa de aguardiente o un mendrugo, y aguantaban el hambre durante +todo el día, en plácida vagancia. Jugaban a la barra o a los bolos en el +descampado de las Cambroneras; los más hábiles tañían la guitarra, +alegrando su debilidad con una música melancólica; los que eran +industriosos tendíanse sobre el vientre en la orilla del río, y así +permanecían horas y más horas esperando que algún gorrión quisiera +buenamente dejarse apresar por la red colocada sobre la hierba. Ciertos +viejos de aire magistral batían palmas ante un grupo de diablillos color +de chocolate con pinceles de pelos sobre las orejas, que aprendían a +bailar, moviendo grotescamente los pies y los brazos, agitando su panza +con salvajes contorsiones. Era la vida de tribu: los machos descansando, +por el privilegio de su fuerza, esperando el sustento de las hembras que +iban al bosque, o sea a la inmediata población.</p> + +<p>Maltrana, a los pocos días de estancia en las Cambroneras, conocía los +nombres de todos los respetables tunos del hampa gitanesca, bronceados y +ágiles, con el rostro roído por las viruelas. Tenían por apodos el +<i>Mono</i>, el <i>Bastián</i>, el <i>Matamoros</i>, el <i>Malafolla</i>, el <i>Cachuli</i>, el +<i>Mochón</i>, el <i>Navaco</i> y otros<a name="page_303" id="page_303"></a> no menos extraños. Nunca se les veía +borrachos: su bebida favorita era el chocolate.</p> + +<p>El único que, con discursos incoherentes y grandes gritos, mostraba su +afición al alcohol era Salguero, que se apodaba a sí mismo +<i>Salguerillo</i>, un vejete malicioso, que habitaba treinta y tantos años +la primera casucha del callejón. En invierno fabricaba cestas de +mimbres, ayudado por la vieja que vivía con él; en verano salía a las +ferias para ejercer su oficio de esquilador.</p> + +<p>A la caída de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un +día de correteo por Madrid. Los estómagos vacíos estremecíanse al +aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocíanlas los gitanos +apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras.</p> + +<p>—Por allí vienen la <i>Buchichi</i> y la <i>Pique</i>—decían los que jugaban a +los bolos, avisando a los maridos.</p> + +<p>Y tras éstas aparecían la <i>Clavellina</i>, la <i>Cortezona</i>, la <i>Pote</i>, la +<i>Pelela</i> y las <i>Chirrinas</i>. Estas eran las más guapas, y tenían fama de +hábiles para traer a casa buen botín. Payo que cogían, lo jonjababan en +un momento. Únicamente podía compararse con ellas la <i>Culo de corcho</i>, +una gitana obesa, de ojos pequeños como si estuviesen cosidos, y gran +ligereza de manos, que en un santiamén hacía desaparecer bajo sus sayas +todo objeto que podía <i>chorar</i>.</p> + +<p>Los hombres salían a su encuentro. El portalón de la calle de los +gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que habían pasado +el día cantando a coro, repicando las castañuelas y tomando lecciones de +baile para entretener el hambre.</p> + +<p>-¿Qué traes?—preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros +entumecidos por el descanso, subiéndose la faja con ambas manos y +atusándose las greñas que le tapaban las orejas.<a name="page_304" id="page_304"></a></p> + +<p>Si la expedición había sido fructuosa, pavoneábase la gitana con +orgullo.</p> + +<p>-¡Arza pa alante, esgalichao! ¡Menúo <i>callardó</i> vais a mamaros tú y los +<i>churumbeles</i>!...</p> + +<p>Encendían fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate, +dejando para después el guisoteo de la cena. En otras casas se +prescindía por completo de la sartén, no queriendo, después de un día de +hambre, otro alimento que el <i>callardó</i>. Era el lujo de la raza, el +nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno +de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de +chocolate.</p> + +<p>Si la mujer había juntado un duro con sus trapacerías y rapiñas, +empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La +familia sorbía con delectación el chocolate líquido, y lo mascaba crudo +como si mascase pan. El amargo perfume esparcíase en las casas +inmediatas, despertando envidias. La chiquillería asomábase con ávidos +ojos, y corría después a dar cuenta a sus madres de este banquete de +reyes:</p> + +<p>—Mi <i>dai</i>: en casa del <i>Mochuelo</i> toman <i>callardó</i>. Dicen que han hecho +un buen <i>chambo</i>.</p> + +<p>Y las madres suspiraban con envidia. ¡Qué suerte la de algunas gentes!</p> + +<p>En otras casas sonaban gritos desesperados, estrépito de lucha, golpes +en las paredes. Se abría una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una +mujer con gesto de espanto.</p> + +<p>—¡Favó al rey!... ¡Que me mata mi Enrique!... ¡Que me desloma, que me +jase peazos porque no he traío na!</p> + +<p>Seguía vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro +de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran +molestia. Nadie prestaba atención a estos gritos: era<a name="page_305" id="page_305"></a> lo de todos los +días. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tenía por segura la +paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradición +venerable: todas ellas habían visto lo mismo en la casa paterna.</p> + +<p>Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su +talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincón, con +aspecto enfurruñado, y a la mujer tendida en el suelo.</p> + +<p>—Pasa de largo, Joselillo—gemía la gitana—. Hoy no puedo darte el +real: no he ganado nada. ¡Mira cómo me ha puesto el cuerpo ese bruto!</p> + +<p>Y señalaba al marido, que permanecía impasible, con la tranquilidad del +que cumple su deber.</p> + +<p>El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en +casa no encontraría un mendrugo, seguía repicando las castañuelas en la +calle—<i>tra la la la</i>—, pasando y repasando ante las puertas que olían +a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas.</p> + +<p>El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitación con que la familia +ocultaba su abundancia. El fogón sólo tenía algunas ascuas; los +cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las +colchonetas. La más vieja de la familia le tendía algunas monedas entre +suspiros de desaliento.</p> + +<p>—Toma, Joselillo, una <i>plañí</i>—decía—. No tenemos más; te debo dos +reales, que te daré mañana. ¡Ay! ¡Estamos muertecitos de jambre!...</p> + +<p>Y Joselillo pasaba a otra casa, seguro de la cobranza, pues aunque +aquella gente se retrasase en el pago, acababa siempre por satisfacer +sus deudas. Eran vagabundos que apenas comenzaba el verano hacían la +vida errante de feria en feria, y por esto mismo necesitaban tener su +techo seguro para cuando llegasen los fríos.<a name="page_306" id="page_306"></a></p> + +<p>Isidro, al salir de su casa por las mañanas, hablaba con Salguero el +esquilador. Este le salía al paso, saludándolo con grandes cortesías.</p> + +<p>—Vaya usía con Dios, señor excelentísimo. Ya sabe que <i>Salguerillo</i> es +su fiel servidor, aunque sea un pobre <i>cañi</i>.</p> + +<p>Cuando Isidro podía darle un cigarro, Salguero, satisfecho del obsequio, +le acompañaba cuesta arriba, hasta el paseo de los Ocho Hilos, sin cesar +de hablarle con gitana incoherencia.</p> + +<p>El cariz del tiempo era su mayor preocupación. No llovía: las cosas +marchaban mal.</p> + +<p>—Pero a usted—preguntaba Maltrana riendo—¿qué le importa que llueva o +no llueva? ¿Dónde están sus campos?</p> + +<p>Salguero hacía un mohín de extrañeza. La lluvia era el pan para ellos. +Producía las buenas cosechas, y con abundancia en los campos, los +paletos gastaban mejor su dinero en la compra de caballerías.</p> + +<p>—Nosotros vivimos der verano, don Isidro. Si no juese por las ferias, +moriríamos como las ratas. Yo esquilo, y los camarás que tien +caballerías las venden. En invierno, el pasto es muy caro. Esos +probesitos que usted ve no comen muchas veses pa que el ganao, que es su +fortuna, no caresca de pienso... En verano, si la cosecha es buena, el +paleto es generoso y no le importa darnos paja y cebá cuando vamos de +paso.</p> + +<p>Hablaba Salguero con entusiasmo de las ferias veraniegas, grandes +mercados de bestias que daban vida para el resto del año a la gitanería +vagabunda. El las conocía todas; iba a ellas montado en un borrico, con +las tijeras en la faja. En las Cambroneras no quedaban mas que su vieja +y algunas otras mujeres que eran viudas. Hasta las gitanas de prole más +numerosa emprendían la marcha detrás<a name="page_307" id="page_307"></a> de la recua, seguidas de todos sus +chiquillos. Mientras los hombres hacían sus trampas en el campo de la +feria, ellas corrían las casas echando las cartas, diciendo la +buenaventura, ofreciéndose las más viejas a curar las enfermedades con +remedios misteriosos, transmitidos de madres a hijas desde la más remota +antigüedad.</p> + +<p>Las dos primeras ferias eran en San Juan: las de Segovia y Avila. Luego +venía la famosa de Alcalá, en el mes de Agosto. En Septiembre se +verificaban las de Illescas, Aranjuez, Ocaña, Mora, Quintanar y +Belmonte. Y en Octubre eran las últimas: las de Consuegra, Talavera y +Torija. Días antes de establecerse Maltrana en las Cambroneras, habían +llegado todos los vecinos de regreso de estas últimas ferias, dando por +terminada la buena época del «trato».</p> + +<p>Salguero se entusiasmaba recordando estas grandes aglomeraciones de +bestias necesitadas de esquileo, los encuentros de las familias gitanas +procedentes de los más lejanos extremos de la Península. Todas estaban +unidas por el parentesco después de luengos siglos de casamientos, sin +rebasar los límites de la raza, y sólo se veían una vez al año, al +encontrarse en las ferias, volviendo después a emprender su regreso por +distintos caminos, en busca del retiro invernal.</p> + +<p>Maltrana se enteraba por el esquilador de la interesante geografía de +los gitanos. Toledo era <i>Toledate</i>, y Córdoba, <i>Cordobate</i>. Una +población era un <i>Gao</i>. A Valladolid le llamaban el <i>Gao baró</i>, el +«pueblo grande»; a Sevilla, el <i>Gao de silla</i>; a Valencia, el <i>Gao de +los marrulles</i>; y a toda Galicia, el <i>Gao de los malalos</i>. Madrid era, +los <i>Foros</i>.</p> + +<p>—Son una gloria, don Isidro, las tales ferias. A cada instante hay un +<i>chambo</i> y se vende una caballería; no es como aquí, que pasan los +jueves en la<a name="page_308" id="page_308"></a> Puerta de Toledo sin que se cambie una mala burra. Y yo, +cuando no esquilo en las ferias, sirvo de arreglaor, y como tengo labia, +doy mi empujoncito para que el compare venda su género, y después hay +alboroque y se bebe el buen vaso de <i>mor</i> y la rica copa de <i>pañaló</i>. +Usía no sabrá lo que es eso. ¡Que ha de saber, si con tantos libros que +ha leído no <i>pena</i> ni tanto así de caló!... Pues es el vino y el +aguardiente; y cuando oiga que mis compares dicen que estoy <i>molaló</i>, es +que creen que estoy borracho; pero no hay tal cosa: un poco de alegría y +na más.</p> + +<p>La presencia de Maltrana y Feli en este barrio, donde no existían otros +payos que los mendigos y los quincalleros de las ferias, causó cierta +emoción en la gitanería. Vivía la pareja fuera del callejón, en los +altos de una casucha aislada, cuyo piso bajo estaba ocupado por una +tienda de comestibles.</p> + +<p>Feli, en los primeros días, había sentido gran repugnancia por su nuevo +alojamiento. Le daba miedo ver tanto gitano; le inspiraban inquietud +estos hombres de color de bronce y mirada aviesa, como bandidos de +carretera. Temía a las mujeres viéndolas de lejos vociferar y amenazarse +en un lenguaje extraño, del que sólo entendía algunas palabras. Vivían +pacíficamente; pero ella sentía la inquietud de la mujer europea que se +ve trasladada a una población de África, entre gentes que parecen +sumisas, pero que pueden sentir de pronto la hostilidad de la raza.</p> + +<p>Isidro se reía de sus preocupaciones. ¿Dónde mejor que allí? Era cierto +que el río olía mal, pero ya se habituarían a este hedor de los residuos +de la villa. En cambio, oían a los pájaros, contemplaban campo y cielo +al abrir sus ventanas, no tropezaba su vista con una sucia pared a unos +cuantos metros<a name="page_309" id="page_309"></a> de distancia, que los robaba el aire y el azul del +espacio.</p> + +<p>Isidro, con su imaginación, embellecía el barrio. Un siglo antes, era +aquella parte la más hermosa de Madrid. ¿Veía Feli las praderas al otro +lado del río? Pues allí bailaban los chisperos y manolas pintados por +Goya; por allí paseaban el gran pintor y las duquesitas hermosas que se +hacían retratar desnudas. Aquellos sotillos habían presenciado el +período más amable y pastoril de nuestra historia.</p> + +<p>—Piensa, Feli—añadía el joven—, que por real y medio vivimos como +unos señores en plena campiña, y además, el pago es diario: una +verdadera comodidad.</p> + +<p>La joven, viendo a todas horas a estas gentes de aspecto terrorífico y +costumbres pacíficas, ya no las tuvo miedo. Las mujeres, por su parte, +en fuerza de contemplarla junto a la ventana trabajando en los corsés, +acabaron por sentir admiración. Su laboriosidad inspiraba gran respeto a +estas hembras vagabundas, cuyas faenas domésticas consistían en encender +el fuego y dejar que la familia se tragase la cena medio cruda.</p> + +<p>Además, habían llegado a la gente gitana vagas noticias de que Isidro +era un hombre de pluma, que aunque estaba en la desgracia podía salir de +ella; y esto bastaba para que les inspirase tanto respeto como el juez, +los escribanos y todos los señores graves que también escriben y envían +un pobre a presidio apenas desaparece la más insignificante caballería. +Algunas viejas con negras sayas de viuda detenían a Maltrana para +hablarle de sus hijos, que estaban en Melilla o en Ceuta.</p> + +<p>—Por na, señor—gimoteaban—. Un acaloramiento. Llevaban la <i>churí</i> en +la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mersé debe tener buenas +influencias.<a name="page_310" id="page_310"></a>.. Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un +presidio mejor.</p> + +<p>Estas gentes de viva imaginación, que vivían en perpetuo embuste, habían +creado una leyenda halagadora en torno de aquella señorita tan buena, +tan laboriosa, que permanecía horas enteras tras los vidrios, con los +ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de +gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompañadas del +repiqueteo de los palillos, deteníanse al pie de la ventana y cantaban a +la que era por antonomasia «la señorita». Feli veía el grupo de +cabecitas greñudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas +por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos +dientes de nítida limpidez. La joven saludábalas con dulce sonrisa, y +todas ellas prorrumpían en formidable griterío.</p> + +<p>—¡Danos argo, señorita!... ¡Échanos manque sea un beso, resalá!</p> + +<p>Y hablaban entre ellas de lo que habían oído a sus madres. La «señorita» +era hija de un personaje muy rico, de un marqués o algo semejante; pero +como no la dejaba casarse con don Isidro, había huido con él, y los dos +pasaban <i>jambre</i>, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas +las mujeres <i>honrás</i>; lo mismo que si fuese una buena gitana.</p> + +<p>Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban +sobre su alto origen atraían con curioseo irresistible a las hembras de +las Cambroneras.</p> + +<p>La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor +prestigio del barrio: un dechado de sabiduría, respetada hasta por los +hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageración, pues +hasta por encima del cruce del<a name="page_311" id="page_311"></a> pañuelo se veía el borde de su camisa de +percalina negra.</p> + +<p>Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballerías +de un hijo suyo, era la hembra de más dinero de las Cambroneras, y su +casa la mejor. Tenía en ella unas cuantas silletas para sentarse y las +hollinadas paredes adornábalas con papel recortado del que se emplea en +los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a +su tabuco un sabor oriental, en armonía con la cara obscura de los +habitantes.</p> + +<p>La Teodora era la mujer más sabia de su raza. Servía de médico a los +hombres, de comadrona a las mujeres y de <i>castañeadora</i> a las mocitas +que iban a casarse. No había virginidad gitana que no pasase por sus +manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los +payos del barrio la llamaban con sorna «la madre de las vírgenes».</p> + +<p>Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli. +Ella sabía más de esto que todos los médicos juntos; y después de mirar +largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los +arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza:</p> + +<p>—Va a ser una <i>churumbela</i> más grasiosa y requetesalá que su propia +mare. Dende aquí la veo.</p> + +<p>Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios +relatos de las costumbres gitanescas, Feli la veía llegar con agrado +todas las tardes. Algunas veces venía acompañada de otras mujeres y +hacía gala de su gran amistad con «la señorita».</p> + +<p>Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce años, casi +una niña, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada +tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo.</p> + +<p>—Es viuda, señorita—decía la vieja—. Se le murió<a name="page_312" id="page_312"></a> el marío a los dos +años de vivir juntos... Ya no podrá casarse nunca: lo prohíbe nuestra +ley. La mujé no debe tener mas que un marío. Los hombres pueden casarse +asín que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mírela usted +a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordándose de su difunto. Se +acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando murió el +marío, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como +es ley entre nosotros; se echó un capisayo por la cabeza, y a llorar. +Duerme en sábanas negras, calza zapatos de gallego, sólo viste paño del +peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de +ruidos. ¡Ay, la <i>Merivén</i>! ¡Qué mardita bestia! ¡Y qué de tristezas +trae!...</p> + +<p>Y al nombrar a la Muerte, a la terrible <i>Merivén</i>, hacía grotescos +ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con +las manos.</p> + +<p>Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el +pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnúmero de +collares verdes, azules y rosa. Era casi una niña; la pubertad apenas +había hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas +huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de +escuerzo femenino.</p> + +<p>—Y esta mocita—preguntó Feli—, ¿cuándo se casa?...</p> + +<p>—¡Anda!—exclamó la vieja con impúdica risa—. ¡Pues si ahí donde usted +la ve, está más abierta que la puerta de la Macarena!... Es la mujé de +mi hijo Rafaé, al que yaman el <i>Boto</i>... Tiene trece años; pero más +mocita me casé yo con mi difunto... a los once.</p> + +<p>Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto +más importante de la vida gitanesca. Los jóvenes de veinte años ponían +sus<a name="page_313" id="page_313"></a> ojos en alguna mocita que sólo contaba doce o trece. Las mujeres, +después de esta edad, no tenían valor alguno. El enamorado buscaba el +apoyo de alguna hembra de respeto por sus años. En las Cambroneras +siempre era Teodora la escogida. «Señá Teodora: yo quiero a la Fulana, +pero con buen fin.» La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su +confianza, iba en busca de la mocita. «Fulanito quiere ser tu <i>buñó</i>, +pero con formaliá, pa casarse en seguía.» Y la virgen gitana, bajando la +cabeza, daba su contestación. «Puesto que no me quiere pa engañarme y +perderme, y ya que una mujé de tanto respeto saca la cara por él... +bueno, seré su buñí.» Se veían a espaldas de los padres, lejos del +barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no había +cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores.</p> + +<p>Cuando el <i>buñó</i> se creía en situación para sostener una casa y contaba +con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el +gasto de la boda, robaba a la <i>buñí</i>, llevándosela a la casa de sus +padres. ¡Gran escándalo en el barrio! El <i>bato</i> de la novia salía a la +calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y +vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal. +Juraba, ponía los ojos en blanco, pedía una <i>pusca</i> de dos cañones bien +cargada de plomo para matar a los fugitivos, una <i>churí</i> afilada para +cortarles el cuello, y no se movía del sitio, a pesar de que los amigos +apenas si le sujetaban, limitándose a dictarle prudentes consejos, como +era costumbre.</p> + +<p>—¿Qué vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos +nosotros cuando éramos chavales.</p> + +<p>El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tenía que demostrar +su indignación, la<a name="page_314" id="page_314"></a> costumbre era que diese a su mujer una paliza de +muerte.</p> + +<p>A los dos días se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la +novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los +días de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus +manazas, la besaba, y gemía después:</p> + +<p>—Su mersé es el cuchillo, y yo, probesito de mí, soy la carne. Corte su +mersé por donde quiera.</p> + +<p>Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovían al gitano viejo y +hacían que se le saltasen las lágrimas, como si las escuchase por +primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y +decía conmovido:</p> + +<p>—A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero +ella, que no venga, porque la mato.</p> + +<p>Pocos días después presentábase la muchacha escoltada por la Teodora y +otras respetables brujas de las Cambroneras.</p> + +<p>—¡Aquí ties a tu chica!—gritaban desde la puerta—. ¡Vamos a ver si la +pegas, peazo de bruto!</p> + +<p>El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar +a la chavalilla, caída a sus pies con las manos juntas y el rostro +compungido, y de repente rompía a llorar.</p> + +<p>—¡Mi hija!... ¡<i>grañí</i> de mis entrañas! ¡Qué disgusto nos has dao!</p> + +<p>La abrazaba, dándola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos, +pero era de gozo, viendo terminado por el momento el período de las +palizas.</p> + +<p>La muchacha volvíase a la casa del novio, y allí permanecía hasta la +boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunían +dinero para la costosa ceremonia.</p> + +<p>Feli sentía curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Había +oído cosas estupendas.<a name="page_315" id="page_315"></a></p> + +<p>—Cogemos un cántaro—dijo riendo una compañera de la Teodora—, lo +echamos por alto, se rompe, y ya están casados.</p> + +<p>—¡Gaya, malage!...—exclamó la vieja—. No le tomes er pelo a la +señorita. Eso del cántaro no es verdad: es <i>jonjaba</i> que les damos a los +payos; mentiras que se tragan, ansí como creen los marditos que robamos +a los <i>churumbeles</i> para sacarles las mantecas. No hay cántaro ni na que +se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo.</p> + +<p>Y señalaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes +regalos de la boda. Unas señoras ricas que iban a explicar la Doctrina a +una iglesia cercana habían sentido simpatía por aquella muchacha tan +guapa y apuesta, mostrando empeño en casarla católicamente.</p> + +<p>La vieja habló con ellas, alegando el obstáculo insuperable de la +pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenían miedo a entrar en +la <i>Cangrí</i>, o sea en la iglesia. ¡Pero los <i>erajais</i> (nombre que daban +a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas señoras, +conquistadas por la cháchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio +le hicieron un traje completo, con capa de rico paño, y a la novia la +pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y +compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las +Cambroneras.</p> + +<p>-¡Qué boda, señorita!... ¡El parné que sortaron esas santas!... La +<i>Cangrí</i> estaba toíta yena de luces; a mis nenes les echaron por la +cabeza una manta dorá, y un <i>erajai</i> muy hablador comenzó a dar voces, +como si nunca hubiese visto gitanos casándose por Roma; como si juésemos +caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tiró el durce en las +Cambroneras como si lloviese del cielo: los <i>manrelaos<a name="page_316" id="page_316"></a></i> caían como +granizo... Y cuando las señoras se <i>najaron</i> y quedamos solos, casamos a +los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana.</p> + +<p>La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prácticas, miraba en torno +con recelo. Todas eran casadas o viudas; no había ninguna mocita: podía +hablar sin miedo.</p> + +<p>El principal personaje de las bodas era ella, la señora Teodora, alias +la <i>Catañeta</i>, la encargada de <i>catañear</i> a la moza. Un día antes de la +ceremonia iba a Madrid, acompañada de las más viejas del barrio, todas +con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas, +especialmente los <i>mantejos</i> (las almendras o peladillas), que era el +principal regalo de los gitanos. Había que adquirir, además, la corona +de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el +pañuelo, el famoso pañuelo, objeto principal de la ceremonia.</p> + +<p>—Compradlo de lo mejor—decía el padrino, que cargaba con todo el +gasto—. Que no os duela; que sea de nipis, de lo más rico; la Teodora +entiende de estas cosas.</p> + +<p>Al día siguiente, la novia se presentaba hecha una beldad, en enaguas y +chambra, la banda de raso rojo cruzándole el pecho, la cabellera suelta, +y una corona de flores de trapo, alta como un morrión. Los convidados se +quedaban a la puerta de la casa, y avanzaba la Teodora con el rico +pañizuelo en la mano, grave y cejijunta como una sacerdotisa. Entraban +con ella los padres de los novios, los individuos más ancianos de las +dos familias, y luego de cerrada la puerta, tendíase la muchacha en una +colchoneta, con su corona y su banda. La Teodora, sin dejarse ganar por +la emoción de los presentes, tranquila y segura de su pericia, +introducía por entre la hojarasca de las enaguas su mano envuelta en el +pañuelo, buceando durante mucho rato en<a name="page_317" id="page_317"></a> este oleaje de tela almidonada. +La virgen permanecía inmóvil, con los ojos entornados, sin un gesto, +coloreándose ligeramente por el dolor y las cosquillas.</p> + +<p>Volvía a salir a luz el pañuelo, y todos lo miraban. ¡Las tres flores +blancas! ¡La señal de la virginidad! Podía celebrarse la boda.</p> + +<p>Y al abrirse de nuevo la puerta y mostrar la vieja el pañuelo, entraba +la genio en tropel, vociferando de alegría, saludando a la desposada con +ruidosos aspavientos:</p> + +<p>—¡Viva lo bueno!... ¡Viva la honra! ¡Olé por el mérito! ¡Vamos a +juntarlos!</p> + +<p>El padrino cogía una cesta llena de peladillas y la arrojaba de golpe +sobre la novia. Esta, tendida en el colchón, recibía sin pestañear la +rociada. Luego los padres la saludaban con otra lluvia de almendras, y +tras ellos los viejos de más consideración y todos los convidados, hasta +los mozuelos más insignificantes. La novia desaparecía bajo la granizada +de azúcar: sólo se veía su cabeza con el morrión de flores, haciendo +esfuerzos por librarse del pedrisco, mientras el resto del cuerpo +quedaba inmovilizado bajo la dulce avalancha.</p> + +<p>—¡Vamos a juntarlos!—gritaba la gente—. ¡Música, música!</p> + +<p>Rompían las guitarras en melancólico rasgueo, daba el novio su mano a la +novia para que se levantase entre el crujir de las almendras aplastadas +por sus pies, y comenzaban a bailar, colocando ella su corona sobre la +cabeza del marido. Así pasaban la noche, devorando dulces, arrojándolos +contra las paredes, sorbiéndose por docenas las tazas de chocolate, +hasta que al amanecer se iban a dormir, ahítos de azúcar y soconusco. +Todos los gitanos bailaban con la desposada, calándose su floreado +morrión. Al día siguiente, las madres de los novios<a name="page_318" id="page_318"></a> hacían platos con +los dulces esparcidos en la cama y los enviaban a las solteras del +barrio con una flor de la corona. El novio montaba en un caballo, +llevando la hembra a la grupa; todos los chavales, jinetes en sus +mejores bestias, les daban escolta, llevando también a ancas las mozas +del barrio, y la vistosa cabalgata partía al trote por los campos, como +si esta ceremonia fuese una iniciación del matrimonio en la vida +andariega de la raza.</p> + +<p>—Y aún pasan días—continuaba la Teodora—antes de que los novios se +junten de verdad. Mientras están con los padres, tienen vergüenza y +duermen separados. Sólo cuando ponen su casa se deciden a acostarse +juntos.</p> + +<p>Las famosas flores blancas asombraban a Feli, haciéndola seguir con +atención las indicaciones de la <i>Catañeta</i>. Eran a modo de clara de +huevo. ¡Ay de la que no las soltaba en aquel registro, que tenía la +solemnidad de una ceremonia religiosa! Cuando el pañuelo surgía sin +ellas o con manchas de sangre, un griterío de muerte estallaba contra la +impura. Era la demostración de su falta de virginidad. Arrojábanse sobre +ella las mujeres, arrancándole la corona, tirando de sus pendientes +hasta rasgarle las orejas, haciendo trizas sus blancas vestiduras. Al +abrirse la puerta, salía como una bestia acosada entre la rechifla de +los hombres, los arañazos de las mozas y las pedradas de los chicuelos, +para refugiarse en casa de su padre. Este era inflexible. Le cortaba con +su navaja la cabellera y le daba por vestidos unos sacos, arrojándola en +el rincón más obscuro, y allí permanecía sin que nadie le hablase, +volviendo la espalda a la gente, temblando al oír una voz, hasta que, +cansada de esta vida de abandono, si quedaba en ella un resto de +voluntad, huía para perderse en los caminos.</p> + +<p>Escuchaba Feli con asombro el relato de estas<a name="page_319" id="page_319"></a> costumbres primitivas que +se desarrollaban a las puertas de una gran ciudad.</p> + +<p>Cuando volvía Isidro, repetíale estos relatos, y el joven, al +escucharla, lanzaba miradas de extrañeza al puente vecino, por donde +pasaban coches, carretas y peatones, todo el tráfago de un gran núcleo +de población; a los inmediatos desmontes, con sus faroles de gas; al +tranvía eléctrico que bajaba por el paseo de los Ocho Hilos expeliendo +chispas verdes y azules de sus ruedas. Sólo unos cuantos metros +separaban la vida moderna que circulaba por lo alto de aquella +hondonada, donde aún subsistían las tradiciones de la existencia nómada, +la barbarie de una raza errante insensible a todo progreso. Las dos +vidas rozábanse diariamente, pero se ignoraban, se desconocían, sin que +los de abajo, en su aislamiento, sintiesen la más leve influencia de los +de arriba.</p> + +<p>Sulfurábase Teodora al oír que «la señorita» ponía en duda su ciencia. +Si <i>catañeaban</i> otras; era posible una equivocación... ¡pero ella! No +había mas que una Teodora en toda la Península. Allá en <i>Cordobate</i> +existía otra gitana de su arte, pero todos declaraban su inferioridad. +Con la Teodora no valían engaños: la gitanería tenía fe ciega en sus +manipulaciones; por eso no llevaba menos de ocho duros por el <i>catañeo</i>, +y el que no los tuviera que no se casase. La llamaban los gitanos de +toda España para sus bodas, gente rica que, además de pagarle bien, +cargaba con todos los gastos del viaje. Había estado en los <i>gaos</i> más +famosos por sus aglomeraciones de gentes de la raza; había corrido +Andalucía, conocía Murcia, y hablaba de sus viajes a Valladolid y +Rioseco. Nadie dudaba de su ciencia.</p> + +<p>—Rara vez—decía—fartan las flores blancas. Las probesitas gitanas son +jembras decentes. Ya<a name="page_320" id="page_320"></a> quisieran muchas de las payas que van por las +calles del <i>Gao de los Foros</i> asemejarse a nosotras.</p> + +<p>Al volver Maltrana a casa, antes de cerrar la noche, caía algunas veces +en medio de esta tertulia.</p> + +<p>La vieja, al verle, le saludaba con grandes aspavientos, como si fuese +ella la dueña de la casa.</p> + +<p>—Pase adelante, Pare Santo... Entre su mersé, bigotillo de gobernaor... +¡Qué honra pa nosotras el verle!... Aquí estamos haciéndole compañía a +este pimpollo de Abril, que lleva en su tripa bonita una <i>churumbela</i> +como er mesmo Niño Dios.</p> + +<p>Y hablaba de la criatura que había de nacer con tanta seguridad como si +la viese, detallando sus prendas físicas: cómo tenía el pelo y cómo los +ojos; en qué se parecía a la madre y qué iba a sacar del padre.</p> + +<p>Maltrana escuchaba con mal disimulada impaciencia la charla de la vieja. +Las contrariedades de su vida, cada vez mayores, irritaban su carácter, +haciéndole insufrible el parloteo de la bruja.</p> + +<p>La Teodora, a la caída de la tarde, miraba a la ventana, indicando a su +nuera que se asomase.</p> + +<p>—<i>Sicobelate a la parlacha</i> y veas si tu marío está por ahí.</p> + +<p>El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin +atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas veía a su cónyuge, +gritaba con mal humor:</p> + +<p>—<i>Chalate al quer</i> (vamos a casa).</p> + +<p>Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su +tristeza, como si viese con más claridad lo pavoroso de su situación.</p> + +<p>Ya había llegado la época tan esperada por él. Comenzaba el frío; +volvían a Madrid, terminado su veraneo, los que podían proporcionarle +trabajo, y sin embargo, su situación no mejoraba.<a name="page_321" id="page_321"></a></p> + +<p>Apenas tuvo noticia de la llegada del marqués de Jiménez, corrió a +visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro. +¡Terrible acogida!</p> + +<p>—¡Contento me tiene!—dijo el senador frunciendo el entrecejo—. ¡En +seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta.</p> + +<p>Y siguió lamentándose, como lastimado por su excesiva confianza en un +ser inferior.</p> + +<p>Había sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos. +¡Lo que se habían burlado en San Sebastián los de la tertulia del +jefe!... Decían a gritos que el libro no era suyo; que se lo había +escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se divertía +a su costa citando autores fantásticos, copiando párrafos de libros que +no existían.</p> + +<p>—De eso último no hago caso—dijo el marqués con magnanimidad de hombre +justo—. A cada cual lo suyo. El libro está muy bien; lo que en él se +dice es pura verdad, ¡si lo sabré yo!... y lo de los autores falsos y +los libros inventados, todo envidia, envidia nada más... A mí lo que me +molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mío, que me pongan +en ridículo ante el jefe, que, como usted sabe, me honró con un +prólogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado +prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha +puesto en ridículo, sí señor, en un ridículo que hace gran daño a mi +carrera política.</p> + +<p>Maltrana, anonadado por la cólera del personaje, intentó defenderse. No +había hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus +enemigos se enterarían de que era él quien iba a la imprenta para +corregir la obra; tal vez la indiscreción viniese de otro lado... pero +él lo juraba: nada había dicho.</p> + +<p>En cuanto a la fidelidad de las citas, su conciencia<a name="page_322" id="page_322"></a> no le dejó +defenderse con igual energía. Balbuceaba al formular sus excusas. Bien +pudiera ser que hubiese equivocado el nombre de algún autor, que hubiera +atribuido a unos lo de otros... Pero el marqués le interrumpió +enérgicamente:</p> + +<p>—No; repito que el libro está muy bien. ¡Si lo sabré yo! Son +innecesarias las explicaciones... Lo que a mí me molesta es lo otro: que +digan que el libro no es mío; que supongan a un hombre de mi altura +capaz de adornarse con plumas ajenas.</p> + +<p>Decía esto con un tono amargo, con la misma expresión con que anonadaba +a los gobiernos en el Senado por su falta de protección a los trigos; y +Maltrana acabó por indignarse también contra los maldicientes que +suponían al marqués de Jiménez incapaz de escribir un volumen.</p> + +<p>Isidro salió de allí sin recibir dinero ni un nuevo encargo. Además, +comprendió que el senador le cerraba su puerta para siempre. Después de +tales murmuraciones, el mejor medio de demostrar que Maltrana no le +había prestado ayuda era prescindir en absoluto de su trato. Bien se lo +dio a entender al joven con la frialdad de su gesto de despedida, con la +blandura de su mano y los consejos que le dio.</p> + +<p>—Más discreción, joven. Para hacer carrera, hay que ser prudente. La +vida no es un juego; no hay que soñar, joven amigo.</p> + +<p>Maltrana volvió desesperado a su tugurio de las Cambroneras.</p> + +<p>Entraba todos los días en Madrid persiguiendo una esperanza, pero ésta +revoloteaba ante él sin dejarse alcanzar. Visitaba a sus amigos de las +redacciones, preguntando con avidez cuándo podría meter la cabeza en +alguna de ellas; se ofrecía a los administradores para pegar fajas y +hacer paquetes. Contentábase con cualquier cosa; lo importante era +conseguir, fuese como fuese, un par de pesetas todos<a name="page_323" id="page_323"></a> los días. Hasta +buscó recomendaciones para algunos concejales, pidiéndoles un puesto +cualquiera en las dependencias del Ayuntamiento.</p> + +<p>Apenas llevaba paquetes a la fábrica de corsés cercana a la Puerta del +Sol. Hacía dos semanas que Feli tenía en casa la misma docena, sin poder +terminarla.</p> + +<p>Estaba enferma, muy enferma. Maltrana seguía con inquietud los progresos +de su mal. Quejábase de fuertes dolores de cabeza; perdía de pronto la +vista, hablaba con incoherencia, insultando unas veces a Isidro sin +saber por qué, y abrazándose otras a su cuello para pedirle perdón, con +gran raudal de lágrimas.</p> + +<p>El invierno se anunciaba con una frialdad aterradora. Todas las mañanas +aparecían las charcas del río con grandes cristales de hielo. Los +gitanos permanecían en sus tabucos, ahumándose junto a las hogueras. En +la casa de los amantes, ni pan ni fuego. Feli vestía sus ropas de +verano, sin otro abrigo que un mantón comprado en una casa de préstamos. +Isidro conservaba aún aquel macferlán de color indefinible, que era como +la librea de su miseria. Le servía para ocultar la delgadez del traje y +su deshilachada camisa, mal cubierta por un pañuelo negro lustroso de +mugre. El pobre joven presentaba un aspecto más deplorable que cuando +vivía en la calle de los Artistas, sin otra familia que su padrastro. +Feli, que tanto cuidaba en otros tiempos del arreglo de su persona, +permanecía ahora inmóvil en la única silla entera de la casa, como si no +viese ni entendiese, sin otra sensibilidad que un continuo frío que la +hacía estremecerse en sus ligeras envolturas.</p> + +<p>Maltrana salía diariamente en busca del pan. Iba a Madrid a solicitar +una colocación inútilmente, a «dar sablazos», a mendigar de todas las +personas<a name="page_324" id="page_324"></a> conocidas. Ya no era el lobo que descendía de la cumbre en +busca de alimento; era el pobre roedor, tímido y anonadado, que trepaba +lentamente desde el fondo de su madriguera a las alturas de la gran +población, esperando una migaja del banquete de los fuertes.</p> + +<p>Feli quedábase en casa, enferma, temblando de frío, fijando en el suelo +su mirada de estúpida vaguedad, como si la hinchazón de su abdomen +absorbiese su pensamiento. El emprendía la marcha desfallecido, sin otro +lastre que una taza de café recalentado o una copa de aguardiente, unas +veces bajo la lluvia que se introducía por las rotas suelas de sus +zapatos, otras sacudido por fríos huracanes que agitaban las mangas de +su macferlán con aleteo de pajarraco fúnebre.</p> + +<p>Una mañana, al salir de casa, se detuvo asombrado. La nieve cayó en +montón a sus pies al abrir la puerta. Todo lo que abarcaban sus ojos +estaba blanco, con una blancura nítida y fúnebre, como el sudario de una +virgen muerta: blancos el puente y el río, blanca la cuesta de las +Cambroneras, los tejados del barrio y los áridos desmontes. El silencio +era completo; la soledad absoluta. El mundo parecía haber muerto durante +la noche bajo el peso de la nieve. El humillo azul que se escapaba de +las chimeneas era el único signo de vida.</p> + +<p>Maltrana dudó un instante. Sintió un repentino amor por el encierro, el +afecto al hogar, que hacía que los hombres se ocultasen en sus casas. +Pero arriba, en la suya, no quedaba nada: la noche anterior había +devorado media libreta y las cortezas de un cuarterón de queso. Feli no +comía; hacía tiempo que el embarazo y la repugnancia a los manjares +groseros teníanla en perpetua inapetencia. Había que vivir... ¡adelante!</p> + +<p>Emprendió la marcha, hundiendo en la nieve<a name="page_325" id="page_325"></a> sus piernas mal abrigadas, +aquellos pantaloncillos de verano roídos por los bordes, que apenas si +disimulaban las grietas y descosidos de las botas. Sus pies se enfriaron +al contacto de la nieve; a los pocos pasos creyó que marchaba descalzo.</p> + +<p>Dentro de Madrid vio las calles desiertas, sin carruajes, sin tranvías, +todo igualado, arroyos y aceras, por aquella capa blanca, como si +hubiese llovido sal. En los lados de las calles abríanse negros senderos +de barro, por los que pasaban los escasos transeúntes entre un doble +muro de nieve. Los árboles parecían de algodón; blancas vedijas pendían +de los balcones y los aleros. Los faroles del alumbrado ostentaban una +montera torcida como un gorro de dormir. Los golfos, entusiasmados por +la novedad del espectáculo, hacían rodar grandes bolas de nieve, +coronándolas con monigotes de su invención.</p> + +<p>Maltrana, con los pies helados y temblando de frío, vagaba por Madrid. +Subió a la casa de un antiguo compañero para pedirle algo, aunque sólo +fuese una peseta, y no le encontró. Fue al extremo opuesto de la villa, +en busca de otro amigo, pero tampoco estaba en casa.</p> + +<p>Pensó, como supremo recurso, en el marqués de Jiménez. Este no podía +abandonarle; le pediría socorro aunque fuese de rodillas.</p> + +<p>Arrastrando los pies, llegó al barrio de Salamanca. Tuvo que discutir +con el portero, que le cerraba el paso, y al fin le dejó subir por la +escalera de servicio para que no manchase la alfombra de la escalera +principal con la nieve derretida que soltaban sus pies. En la puerta de +la cocina le rechazaron con aspereza después que un criado desapareció +por unos instantes para anunciar su nombre. El señor marqués estaba muy +ocupado: no podía recibirle.<a name="page_326" id="page_326"></a></p> + +<p>Era más de mediodía. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con más +nieve. La luz de interminable crepúsculo reflejábase en la blancura con +tonos lívidos. Maltrana caminaba desalentado, con los brazos caídos, sin +saber adónde dirigirse.</p> + +<p>Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: quería +morir. Todos los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundo +se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la +llevaba en el alma.</p> + +<p>En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno +de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos, +pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos.</p> + +<p>Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareció +despertar su voluntad. ¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento en +Feliciana, que temblaría de frío en su casucha, mientras él se calentaba +en el público brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos +eran superiores a él; podían luchar más bravamente con la desgracia.</p> + +<p>Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras +al que tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que en +Madrid todos eran invisibles, como si el frío endureciese las +conciencias, como si la paralización de la vida aislase a los hombres en +su egoísta bienestar.</p> + +<p>Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada +y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y +brillante, como una inmensa mortaja que cubría el río, los montes, las +viviendas, y de la cual surgían los árboles como hilos sueltos.</p> + +<p>Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba las +desigualdades del suelo, las cunetas,<a name="page_327" id="page_327"></a> los hoyos de los árboles, los +declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre, +entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica alucinación, la imagen +de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona.</p> + +<p>El mundo estaba frío, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha +penosa sin un impulso de misericordia.</p> + +<p>¡Morir de hambre!... Por él, que fuese al momento: descansaría de una +vez. Pero ¿y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi +enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entrañas? ¿Cuál iba a +ser su suerte?...</p> + +<p>Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el +fervoroso creyente de la alegría de la vida y su refinado helenismo, +sintió que sus piernas flaqueaban, y se apoyó en un árbol.</p> + +<p>No podía más: era un vencido. Confesaba su cobardía, cayendo anonadado +bajo el zarpazo de la Suerte.</p> + +<p>¡Pobrecillo! Se llevó las manos a los ojos y rompió a llorar con vagidos +de cordero abandonado, como un niño que despierta en las tinieblas y +siente el vacío en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con +el calor del pecho maternal.<a name="page_328" id="page_328"></a></p> + +<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3> + +<p>El mismo día de la nevada, un nuevo infortunio conmovió dolorosamente a +Isidro.</p> + +<p>Al volver a su casa pudo comer. El dueño del tenducho de las Cambroneras +pareció apiadarse de su miseria, aceptando todas las promesas de pronto +pago. La inclemencia del tiempo ablandaba al tendero, y el joven logró +subir con dos panes, una botella de vino, queso y una lata de sardinas.</p> + +<p>Fiesta completa. Después de comer, sintió un renacimiento de su amor a +la vida. Arañó sus bolsillos para reunir las últimas briznas de tabaco; +lió un pitillo, y despidiendo nubes de humo con la voluptuosidad del +bienestar, contempló detrás de los cristales el paisaje nevado que tan +honda tristeza le inspiraba horas antes.</p> + +<p>Feli apenas pudo comer: sentía repugnancia ante aquellos manjares. Una +náusea los repelía de su boca, y de nuevo se sumió en su inmovilidad, en +aquel agotamiento que la hacía permanecer como insensible.</p> + +<p>El joven se apartó de la ventana al oír un suspiro de angustia.</p> + +<p>—¡No veo... no veo!—gimió Feli, llevándose la mano a los ojos.</p> + +<p>Maltrana corrió hacia ella.<a name="page_329" id="page_329"></a></p> + +<p>-¿Qué te pasa, nena? ¿Qué sientes?</p> + +<p>-Mi padre...—dijo con voz lenta—, mi tío Manolo... frío, mucho frío.</p> + +<p>La incoherencia de sus palabras inspiró miedo al joven.</p> + +<p>Sus ojos estaban inmóviles, considerablemente agrandados, con un +estrabismo que dejaba al descubierto toda la córnea, empujando la pupila +a un ángulo de los párpados. Se llevaba las manos a la frente.</p> + +<p>—Dolor... mucho dolor—murmuró como una niña enferma.</p> + +<p>Después se tentaba el estómago, repitiendo el mismo quejido. Inclinaba +la cabeza, como si no pudiese resistir el peso de aquella cefalalgia que +entorpecía sus facultades intelectuales. Contestaba con incoherencia a +las angustiosas preguntas de Isidro o no las contestaba, permaneciendo +en un silencio enfurruñado.</p> + +<p>De repente se quejó del zumbido de sus orejas, que parecía enloquecerla, +del hormigueo que sentía en su cuerpo, de la rigidez que inmovilizaba +sus miembros.</p> + +<p>—Todo rueda—gimió—. Ruedan las paredes... se abre el piso... un +agujero muy negro, ¡muy negro! Isidro, cógeme... agárrame, que me +caigo... ¡que me caigo!</p> + +<p>Y a pesar de que el joven la tenía fuertemente sujeta entre sus brazos, +ella manoteaba, defendiéndose para no caer en el negro abismo que veía +su trastornada imaginación.</p> + +<p>Luego dio un alarido y rompió a llorar con desesperados gritos:</p> + +<p>—¡Mi padre... mi pobre padre! Míralo: está en la puerta... entra... nos +mira; lleva una mortaja... blanca, blanca como la nieve.</p> + +<p>Sus ojos extraviados miraron hacia la puerta; y<a name="page_330" id="page_330"></a> había tal seguridad en +sus palabras, que Maltrana se volvió, creyendo por un momento en la +certeza de la alucinación.</p> + +<p>Con grandes esfuerzos pudo llevarla hasta el pobre lecho y la tendió en +él, creyendo terminada la crisis. Seguía llorando; el joven esperaba que +las lágrimas la librasen del dolor que le oprimía los pulmones y le +atravesaba la frente como si fuese un clavo enrojecido.</p> + +<p>Pronto se convenció de que la crisis iba en aumento. Feli, tendida en la +cama, ya no movía su cabeza de un lado a otro con penoso vaivén. La +inclinaba sobre el hombro derecho, al mismo tiempo que sus ojos seguían +mirando hacia la izquierda con una fijeza inquietante, como si +contemplasen algo que la infundía pavor. Las pupilas se dilataban; la +boca entreabríase con el temblor de las mandíbulas o se cerraba +oprimiendo la lengua. La palidez de su rostro tomaba un tinte lívido; la +respiración era penosa, breve, irregular, agitada por ruidosos suspiros. +De pronto, interrumpiose aquélla con una contracción violenta de los +músculos del pecho, y la enferma quedó inmóvil, como si fuese a perecer +por asfixia.</p> + +<p>Maltrana agitábase en torno de la cama, aturdido, sin saber qué hacer, +aterrado por su soledad y su inexperiencia.</p> + +<p>—¡Feli... nena mía; respira... habla! ¡Dios mío! ¿qué es esto?</p> + +<p>Y la golpeaba las manos, tiraba de sus brazos, la soplaba en la boca +como si quisiera devolver aire a sus pulmones.</p> + +<p>Duró esto menos de un minuto, pero al joven le pareció interminable; +sentía una angustia casi igual a la de la enferma. Volvió ésta a +respirar, y su inmovilidad se trocó de pronto en una agitación loca. Los +músculos orbiculares se contrajeron y ensancharon,<a name="page_331" id="page_331"></a> los párpados se +cerraron y abrieron, aleteando con loca rapidez. Los ojos rodaban en sus +órbitas, lanzando una luz extraña, como si la electricidad de la +convulsión reflejase en sus pupilas verdosas centellas. Las mandíbulas +se cerraron fuertemente, ensangrentando la lengua. Una espuma +burbujeante asomó a las comisuras de los labios, con sordos rugidos. El +cuerpo se contraía y dilataba, doblándose como un arco, mientras la +cabeza y los pies se hundían en las desordenadas ropas del lecho.</p> + +<p>Isidro corría como un loco por la habitación. Después abrió la ventana.</p> + +<p>—¡Socorro!...-gritó—. ¡Teodora!... ¡señora Teodora!</p> + +<p>Nadie le oía. La calle, la plaza, el inmediato callejón de los gitanos, +todo estaba en silencio, cubierto de nieve, sin la negra silueta de una +persona. Siguió gritando, con la angustia del miedo, y por fin, de la +primera casucha vio surgir una cara bronceada llena de arrugas, con ojos +de curiosidad.</p> + +<p>—¡<i>Salguerillo</i>... Salguero! ¡Por tus muertos te lo pido! Avisa a la +Teodora... que venga. Mi mujer se muere.</p> + +<p>Cuando se retiró de la ventana vio a Feli revolviéndose en el suelo, +rugiendo con una expresión espantable que crispaba los nervios, llena la +boca de espuma que se coloreaba de rojo con la sangre de la lengua. Las +convulsiones la habían hecho caer de la cama, golpeando el suelo con su +vientre. El joven tuvo que realizar grandes esfuerzos para subirla y +sujetarla, evitando que rodase otra vez.</p> + +<p>Su respiración comenzó a ser menos agitada. Abriose su boca, absorbiendo +el aire con grandes y ruidosas aspiraciones; la nariz se dilató +desmesuradamente, chocando después sus alillas al contraerse. Comenzaron +a descender en intensidad los<a name="page_332" id="page_332"></a> estremecimientos; los músculos cesaron de +contraerse. Los brazos se extendieron pegados a las piernas inmóviles. +Los ojos mostraban las pupilas dilatadas, con una veladura mate, como si +fuesen ojos de cadáver. Un sueño pesado, letárgico, se apoderó de ella.</p> + +<p>Maltrana creyó por un momento que había muerto, pero al aproximar el +oído a sus labios se tranquilizó. Una débil respiración animaba con su +estertor el cuerpo inmóvil.</p> + +<p>Entonces oyó que llamaban a la puerta, y fue a abrir para que entrasen +la Teodora y otra vieja.</p> + +<p>¿Cuánto tiempo había transcurrido?... Las gitanas llegaban corriendo, +alarmadas por el recado de Salguero, pero Isidro creyó que había pasado +algo así como un siglo.</p> + +<p>Dejose caer en una silla, como si al recibir el auxilio de aquellas +mujeres sintiese de golpe todo el terror que la crisis le había causado.</p> + +<p>La Teodora examinó a la enferma, mientras Isidro le explicaba lo +ocurrido con voz temblona. Ella conocía estos accidentes: había visto a +muchas mujeres sufrir lo mismo en sus embarazos.</p> + +<p>—Es mal de corazón, don Isidro—decía con la certeza que le +proporcionaba su ciencia—. La señorita es tan poca cosa, que el +embarazo la trae trastorná. Esto, en cuanto suerte la <i>churumbela</i> que +yeva dentro, ya no se repite.</p> + +<p>Después habló de sangrarla; ella era capaz de hacer la operación. Había +pinchado a todos los enfermos del barrio con una maestría que ya +quisieran tenerla muchos barberos. Pero ante el gesto de Maltrana se +contuvo. Conformes: no la sangraría; por el momento ya había pasado el +peligro; pero en cuanto despertase la pobre «señorita», iba a +administrarla unas tacitas de un cocimiento que hacía milagros: hierbas +del campo recogidas por ella<a name="page_333" id="page_333"></a> misma y que guardaba en su casa. La +compañera fue por los hierbajos, y Maltrana y la vieja quedaron junto a +la enferma, contemplándola silenciosos.</p> + +<p>Feli dormía tranquilamente, con los ojos cerrados. El sueño parecía +arrollar en su avance los últimos signos de la enfermedad.</p> + +<p>Cuando despertó, después de anochecer, llevose la mano a la frente, como +si quisiera fijar sus recuerdos. Miró en torno de ella, titubeando, como +extrañada de verse en el lecho, en plena noche, a la luz de una bujía +que marcaba en la pared las sombras de Isidro y la Teodora, sentados +junto a la cama.</p> + +<p>—¡Ya está buena la señorita!—gritó la vieja—. ¡Olé, ya tenemos niña!</p> + +<p>Maltrana, instintivamente, se abalanzó a la enferma, besándola repetidas +veces, sin hacer caso de la extrañeza de Feli, que pugnaba por reunir +sus recuerdos.</p> + +<p>La gitana, ayudada por su compañera, confeccionó en la cocina su famosa +infusión, de la que hizo beber varias tazas a la enferma.</p> + +<p>Viendo tranquila a Feli, se fueron las dos viejas, recomendándola que no +abandonase el lecho. Aquello no había sido mas que una crisis propia de +su estado: tal vez habría cogido frío. Había que cuidarse, que el tiempo +era muy perro.</p> + +<p>Al quedar solos los jóvenes, Isidro habló a la enferma del miedo que +había sentido.</p> + +<p>—Creía que ibas a morir, que te perdía en un instante.</p> + +<p>Y añadía con sencillez, temblando aún su voz con el recuerdo de la +pasada emoción:</p> + +<p>—¡Ay, Feli! ¡No mueras, mi alma! No he sabido lo que te amo hasta esta +tarde, en que creí que te ibas para siempre.</p> + +<p>La enferma movía con pereza una de sus manos<a name="page_334" id="page_334"></a> y acariciaba la cabellera +crespa de Maltrana, lamentándose de la forma aterradora de la crisis, +como si ésta fuese un acto de su voluntad.</p> + +<p>—¡Pobrecito!—decía lentamente—¡qué susto te he dado! Aún se te conoce +en la cara; estás pálido, te tiembla la voz. Ríñeme, por mala... Te juro +que no lo haré más. Contendré mis nervios; procuraré no dejarme llevar +por ellos, aunque reviente.</p> + +<p>Volvió a dormirse muy entrada ya la noche. El silencio era absoluto. +Fuera de la casa, ni un ruido de pasos, ni una voz: la nieve pesaba +sobre la vida, ahogando sus movimientos.</p> + +<p>Helaba. Un frío punzante e irresistible, el frío que sigue a las grandes +nevadas, deslizábase por las rendijas de las maderas, filtrábase por las +paredes.</p> + +<p>Feli se agitó en el lecho, murmurando con suspiro infantil, sin abrir +los ojos:</p> + +<p>-Frío... mucho frío.</p> + +<p>Estaba cubierta por la única manta que tenían en la casa y el +mantoncillo que le había comprado Isidro al comenzar el invierno. El +joven extendió sobre el cuerpo de ella un traje de percal y la poca ropa +blanca que colgaba de unos clavos. Estas telas sutiles eran de un abrigo +ilusorio.</p> + +<p>La enferma seguía estremeciéndose, y el pobre Isidro, que temblaba de +frío, se quitó el macferlán para añadirlo a la cubierta.</p> + +<p>Era una noche terrible. Maltrana paseábase por el cuarto como si +estuviese en medio de la calle. No se oía ruido de viento: la calma era +absoluta; pero en este ambiente tranquilo, el frío resultaba más +punzante, más mortal. Parecía que el mundo acababa aquella noche, que el +sol ya no saldría más, que la tierra iba a permanecer por siempre bajo +su mortaja de nieve.</p> + +<p>El joven entró en la cocina. En una cazuela<a name="page_335" id="page_335"></a> quedaban unas brasas, +abandonadas por la Teodora después de su cocimiento. Metió en la +habitación este anafe improvisado, colocándolo cerca de la cama.</p> + +<p>Feli seguía quejándose entre sueños.</p> + +<p>—Frió... mucho frío... Tengo los pies de hielo.</p> + +<p>Maltrana se quitó la chaqueta, una prenda de verano que aún subsistía +sobre sus hombros como testimonio de pobreza, y la extendió encima de la +cama.</p> + +<p>El fuego mortecino iba extinguiéndose. Isidro pensó con envidia en la +fuerza de los obreros. De tener el vigor de un albañil, de un peón del +adoquinado, arrancaría una puerta, haría astillas una ventana para +mantener el fuego; se defendería de la noche cruel, eterna como la +muerte. Lamentaba su miseria física, que añadía nuevas tristezas a su +situación. Estaba desarmado para la vida: el último de los vagabundos +que marchaba por las carreteras valía más que él, con toda su cultura +inútil.</p> + +<p>Fuego... necesitaba lumbre. Se lo pedía Feli angustiosamente, en el +tormento de la congelación que turbaba su sueño.</p> + +<p>Miró con rabia los papeles y libros apilados en un rincón. En Madrid no +encontraba quien le diese pan, pero siempre volvía a casa con los +bolsillos llenos de papeles. Los camaradas le ofrecían periódicos para +que leyese sus artículos; los autores le regalaban libros con pomposas +dedicatorias. «Al erudito y notable escritor Isidro Maltrana, su +admirador...» ¡Le admiraban! ¿Por qué? Tal vez por su miseria. Vendía +los libros por unos cuantos reales, por lo que querían darle, y sin +embargo, siempre tenía volúmenes en su casa: versos tristes de gentes +con salud y medios para defenderse del hambre; novelas sobre crisis de +las almas; tratados para resolver el conflicto social. El papel le +perseguía, le<a name="page_336" id="page_336"></a> rodeaba; había nacido para ser su siervo. ¡Siempre el +papel, negro de tinta, acosándolo, cerrándole el camino! Mientras tanto, +el pan y el bienestar huían de él, yéndose en busca de los brutos.</p> + +<p>Con la cólera que le inspiraban estos pensamientos, arrojó en el triste +rescoldo un volumen, el primero que halló a mano. El papel grueso y +brillante se ennegreció, al mismo tiempo que de sus páginas, encorvadas +por el fuego, surgía una llama, esparciendo denso humo por la +habitación.</p> + +<p>Ni calor podía dar el maldito papel, motivo de envidias y locuras para +muchos imbéciles. Y temiendo que el humo le obligase a abrir la ventana, +cogió la cazuela con el volumen chamuscado, llevándola a la cocina.</p> + +<p>Al volver, paseó largo rato con los brazos cruzados y las manos en los +sobacos, temblando de frío, agitando sus piernas violentamente, como si +temiese quedar yerto.</p> + +<p>Feli abrió los ojos y mostró asombro al ver a Isidro en mangas de +camisa. Iba a constiparse: hacía mucho frío. ¿Dónde tenía sus ropas?...</p> + +<p>Maltrana mintió con un cinismo que hacía llorar. Había dejado su abrigo +sobre la cama porque tenía calor. La noche era magnífica: aún sentía en +su estómago la tibieza del vino que había bebido por la tarde y de +aquellas sardinas que eran un bocado de príncipe.</p> + +<p>El joven, al decir esto, daba diente con diente, y fingía reírse para +ocultar su temblor.</p> + +<p>El frío acabó por obligarle a refugiarse en el lecho. Feli protestaba +contra su empeño de permanecer en vela; sentíase bien: el peligro había +pasado...</p> + +<p>Juntáronse los dos cuerpos por la atracción del calor, pegándose el uno +al otro con intensos escalofríos. Se confundían sus alientos y los +sudores de<a name="page_337" id="page_337"></a> su piel; experimentaban la voluptuosidad del bienestar +animal al ir calentándose poco a poco en esta comunión de sus cuerpos. +Maltrana sentía la dura redondez del hemisferio materno, el contacto de +aquel fardo de vida que amenazaba su porvenir. La juventud había huido +de él para condensarse en esta cavidad. La pobre Feli había perdido de +golpe la alegría y la salud. Se habían unido, creyendo en la hermosura +de la vida, en la eterna primavera del amor, con las risas e +inconsciencias del pájaro, para verse de pronto prisioneros de su propia +obra, transformados en vulgares procreadores, con todas las angustias de +la responsabilidad.</p> + +<p>Feli dormía otra vez, y su amante pensaba. La obscuridad de la +habitación parecía embrollar sus ideas. Sin saber por qué, recordó uno +de sus juegos en el Hospicio. Los muchachos cogían una mosca, la +arrancaban las alas y empujábanla después, pretendiendo que volase.</p> + +<p>¡Ay! El era como aquella mosca. Le habían arrancado las alas; le habían +arrebatado las armas naturales para la lucha por la vida. Hubiese sido +mejor dejarle en las profundidades sociales donde había nacido, dedicado +al trabajo manual como sus ascendientes. Sus brazos serían fuertes, sus +manos estarían duras; no le faltaría el pan. Atravesaba Madrid con el +rubor del pedigüeño, con la vileza del mendigo de levita, inventando +embustes para comer, mientras los hambrientos de blusa encontraban +siempre un medio para satisfacer su hambre. Aquí, ayudaban a descargar +un carro; más allá, abrían la portezuela de un carruaje; pedían a todos, +y las manos caritativas daban y daban, como si la tosquedad del +trabajador manual despertase mayor compasión. El vagaba encogido, +vergonzoso, sin otro recurso que asediar a los amigos con el espectáculo +de su miseria, y se oía llamar sablista inaguantable,<a name="page_338" id="page_338"></a> mientras el otro +era el pobre obrero, merecedor de protección.</p> + +<p>¡Ay, aquella pobre señora que le había trasplantado!... ¡Cuánto daño le +hizo sin saberlo! Pensaba en ella con agradecimiento, pero decíase que +hubiera sido mejor no conocerla nunca, no haber abierto un libro, pasar +del Hospicio al aprendizaje. Ahora sería oficial de albañil; su Feli le +llevaría la cesta a la obra, como la llevaba su madre; comerían en una +acera, en un paseo, sin otra aspiración que la alegría de satisfacer las +necesidades del cuerpo. Hasta los peligros de muerte constituían una +ventaja. La caída del andamio, el derrumbamiento de un piso, eran medios +para salir rápidamente de este mundo de miserias, acabando de una vez.</p> + +<p>Todo resultaba preferible a su existencia actual, a su situación +ambigua, sin el mendrugo de los de abajo ni el bienestar que gozan los +de arriba. Ni era de los siervos alimentados, ni de los señores que +dominan.</p> + +<p>Había estudiado para ser infeliz, para conocer y paladear todas las +fealdades de la existencia. No podía creer en las mentiras aceptadas por +la buena fe de los humildes. La instrucción le había servido para +rozarse con los privilegiados, conociendo las abundancias que les +rodean. Carecía de vigor físico para trabajar como un hombre; era un +enclenque debilitado por el estudio, y el desarrollo de su pensamiento +no le servía para abrirse paso.</p> + +<p>¡Pobre mosca mutilada! Le habían arrancado las alas de su nacimiento, y +la mala suerte se divertía empujándole, gritando: «¡Vuela!» ¿Cómo iba a +remontarse? Estaba vencido sin remedio, caído en el suelo, sin fuerzas +para moverse. El estudio desordenado y ansioso sólo servía para anular +su voluntad. Pasaba la existencia enterándose de lo<a name="page_339" id="page_339"></a> que miles de seres +pensaron a través de los siglos, y cuando las necesidades de la vida le +impulsaban a la acción, encontrábase desarmado, sin fuerzas para seguir +su camino.</p> + +<p>La sombra que le envolvía al pensar esto era una imagen de su +existencia. ¡Todo negro! ¿Adónde ir? ¿Qué hacer?... Y como si su propia +desgracia no le bastase, el amor había unido a él una infeliz, cuyo +único delito era quererle y admirarle; la había colgado de su brazo para +que marchase con más dificultad, tropezando a cada paso, tirando +penosamente de esta compañera, que al principio era la alegría y se +trocaba poco a poco en una cadena que arrastraba tras él, impidiéndole +avanzar. Todo lo veía negro, con la lobreguez de una miseria a cuyo fin +estaba la muerte. Deseaba morir, acabar de una vez esta existencia sin +objeto, dar fin a una vida fracasada, irresistible y penosa, como una +equivocación de la Suerte. Pero ¿y ella? ¿y la dulce compañera, que +había abandonado la órbita de su existencia para seguirle, arrebatada +por la atracción de su mala fortuna?...</p> + +<p>Maltrana, escuchando la respiración de Feli, palpando en la sombra su +cuerpo desfigurado por la maternidad, experimentó el mismo remordimiento +que si la hubiese asesinado y tuviera el cadáver tendido junto a él. +Sintió la cobardía de aquella tarde ante el espacio cubierto de nieve; +un empequeñecimiento de niño abandonado, un deseo de achicarse, de dejar +de ser hombre, de convertirse en un insecto, en una planta, en una +piedra, en algo que estuviese por debajo de las crueldades humanas; y +rompió a llorar silenciosamente, permaneciendo entre el sueño y el +doloroso desvelo, víctima de pavorosas alucinaciones, hasta que se +filtró la luz del día por las rendijas de la ventana.</p> + +<p>Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando<a name="page_340" id="page_340"></a> la nieve convertida +en fango, encontró su vivienda en revolución. Venía alegre: había +logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvidó su gozo al ver a la +Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho, +sumida en el sopor de la crisis.</p> + +<p>Habíase repetido el ataque. La enferma tenía en la frente una contusión +que denunciaba su caída al suelo. Las gitanas, advertidas por una +vecina, habían corrido en su auxilio.</p> + +<p>La Teodora fruncía el ceño al hablar al joven... Don Isidro, la pobre +«señorita» estaba muy enferma. Estos ataques iban a repetirse con +frecuencia. Eran cosas del embarazo, que se presentaba muy mal. Según su +cuenta, faltaba un mes para que Feli llegase al parto, pero este mes era +de grandes peligros. No tenían dinero para pagar a un médico; allí +faltaba todo. El tenía que salir a ganarse el pan, ellas podían hacer un +favor de vez en cuando, como buenas cristianas que eran, aunque gitanas; +pero esto no era posible a todas horas, pues sus casas y familias +también exigían cuidados.</p> + +<p>—En fin, don Isidro—dijo la gitana—, hay que tomar una resolución. +Pecho al agua; algo durilla es la cosa, pero yo creo que la probe +señorita estaría mejó en el hospital.</p> + +<p>¡El hospital! Maltrana quedó aturdido, como si esta palabra equivaliese +a un golpe... Pasado un rato, pudo reflexionar. ¡El hospital! ¿Y por qué +no? Lo habían hecho para las gentes como ellos: era un lugar de +delicias, comparado con esta habitación desmantelada, en cuyos rincones +creía ver encogidos los espectros del hambre y el dolor... En él habían +muerto sus padres.</p> + +<p>Pasó aquella noche sin acostarse, velando a Feli, que había recobrado +sus facultades, pero apenas podía hablar. Su lengua estaba hinchada, con +grandes<a name="page_341" id="page_341"></a> rasguños, por habérsela mordido durante la crisis.</p> + +<p>Isidro se explicó tímidamente, mientras ella lo contemplaba silenciosa, +con sus ojos que parecían agrandados por los recientes espasmos. Allí +estaba muy mal: podía morir abandonada durante una ausencia suya, lo +mismo que morían los irracionales, y él estremecíase sólo al pensarlo. +¡No, no!... Y gesticulaba enérgicamente, como si la viese ya en su +imaginación muriendo durante la noche, sin otro socorro que los gritos y +las carreras del amante, enloquecido por la desgracia.</p> + +<p>—Yo no sé cómo decírtelo, nena—murmuró con voz temblona, haciendo +largas pausas—. Hay que tener valor... apreciar las cosas tales como +son. Lo que voy a decirte no es mas que una idea... Si tú no quieres, no +será... Podías entrar en el hospital... No, no te asustes. No en el +hospital adonde van todos; en las clínicas, en la Facultad. Yo tengo +buenos amigos de mis tiempos de estudiante... Te visitarían los +catedráticos... todos unos sabios. Asunto de permanecer allí un mes +cuando más. Tendrías la criatura, rodeada de más cuidados que aquí... +sanarías, y luego... luego continuaríamos nuestra vida más feliz que +ahora, pues la mala suerte no va a atormentarnos siempre.</p> + +<p>Isidro esperaba una explosión de llanto, la protesta de una repugnancia +instintiva, y quedó asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli, +sus ojos fijos y tristes puestos en él. Tras una larga pausa, bajó la +cabeza en señal de asentimiento. Sí que aceptaba: iría al hospital, pero +sin participar de los optimismos del joven.</p> + +<p>—No siento—murmuró, moviendo su lengua con gran dificultad—, no +siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos +nunca.</p> + +<p>-¡Feli de mi alma—gritó Isidro—, no digas eso;<a name="page_342" id="page_342"></a> no lo creas, nena +mía!... Volveremos a ser felices. Verás qué bien te tratan allí.</p> + +<p>A la mañana siguiente, Maltrana salió muy temprano, dirigiéndose a la +calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo +camarada de la época estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una +clínica.</p> + +<p>Apellidábase Nogueras, y era un joven de carácter alegre, pequeño de +cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de +la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectáculo de las +miserias y desarreglos de la máquina humana. No había visto a Isidro en +mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina, +le echó los brazos al cuello, riendo de su facha miserable.</p> + +<p>—Eso de la literatura debe de ir mal—dijo—. ¿Necesitas algo de mi? +Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clínico, y +tengo mil quinientas pesetas al año... con descuento. Menos que los que +barren los ministerios.</p> + +<p>El alegre doctor cesó de reír ante la gravedad de Maltrana. Este le +habló de Feli y de su enfermedad.</p> + +<p>—¡Vamos, es una queridita que te has echado!—dijo el médico.</p> + +<p>Isidro contestó afirmativamente. Sí; una querida a la que amaba como +muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que podía gloriarse de +una fidelidad que pocas esposas conocían.</p> + +<p>—Bueno, adelante—dijo el médico levantando los hombros—. ¿Y qué es lo +que tiene?</p> + +<p>Maltrana explicó las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para +recordarlas en todos sus detalles.</p> + +<p>—No digas más—interrumpió el doctor—. Los síntomas son claros. +Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es +necesario:<a name="page_343" id="page_343"></a> eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que +provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Tráela esta +tarde; te esperaré en la Comisaría. La meteremos en la clínica de +partos. Yo no estoy en ella, pero recomendaré tu socia al compañero, con +grandísimo interés... Hasta la tarde, ¿eh?</p> + +<p>Tenía prisa: su catedrático le esperaba en la sala de profesores. Le +mostró la entrada de la Comisaría, una puertecita algo más abajo del +gran portalón de la Facultad. Allí, a las cuatro.</p> + +<p>Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada arañase el caparazón +de indiferencia con que parecían acorazarle las desdichas humanas.</p> + +<p>Por la tarde abandonó Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo +sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco creyó +percibir en su oído un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se +cumplirían los presentimientos de la enferma. ¡La perdía para siempre!</p> + +<p>La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle +de Amargura.</p> + +<p>Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pañuelo que +formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyándose en su +amante.</p> + +<p>Sus piernas hinchadas apenas podían moverse; el abdomen monstruoso la +atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inacción en su +casucha de las Cambroneras habían entorpecido los resortes de su +movilidad. Deteníase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en +todos los bancos y poyos del paseo.</p> + +<p>La Teodora quiso acompañarla hasta la Fuentecilla, animándola con sus +palabras y gesticulaciones gitanescas.</p> + +<p>—Arriba, mi niña... A ver cómo echamos unos<a name="page_344" id="page_344"></a> pasitos más; a ver cómo se +mueven esos <i>pinreles</i> bonitos.</p> + +<p>Y volviéndose hacia Maltrana, murmuraba con expresión llorosa:</p> + +<p>—¡Está muy malita, don Isidro! ¡Qué bien jase usted en llevársela!...</p> + +<p>Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separó la gitana, +después de dar varios besos a la enferma.</p> + +<p>—¡Que el <i>Baró</i> der sielo te ponga pronto buena; que su santísima mare +no se aparte de ti!... Adió, terronsito de asúcar; adió, armendrita +durse!...</p> + +<p>Y sus últimas palabras ya no se oyeron, pues se alejó con la cara oculta +en el delantal.</p> + +<p>Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli, +conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros +tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanías de Madrid, +ocultándose de las gentes. Desde entonces no habían ido en coche. Ahora, +todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas +de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la última tal vez que +harían juntos.</p> + +<p>Entraron en la Comisaría por entre varios grupos de mujeres andrajosas +con niños al pecho y hombres de mísero aspecto, todos mostrando +repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos +que desfiguraban sus miembros, retorciéndolos. Esperaban su turno para +la consulta gratuita. Un fuerte olor de antisépticos impregnaba el +ambiente.</p> + +<p>Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho +inmediato y salió a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y ésta bajó +los ojos, avergonzada... ¡Pchs! No era gran cosa como mujer...</p> + +<p>Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situación embarazosa.<a name="page_345" id="page_345"></a></p> + +<p>Maltrana, al venir en el carruaje, estremecíase pensando en el horror de +la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la +enferma.</p> + +<p>No fue así; no hubo nada de esto. Sólo un silencio, una sencillez en la +separación, más desgarradora que los extremos ruidosos del dolor.</p> + +<p>El médico habló de las recomendaciones que había hecho a su compañero de +la clínica de partos. Tenía ya su cama reservada; hasta había interesado +a la monja del departamento.</p> + +<p>—Cuando usted quiera, la acompañaré—dijo mostrando cierta prisa.</p> + +<p>Por fin se miraron, sin una lágrima, sin un suspiro, abriendo los ojos +desmesuradamente, con expresión de terror. ¡Iban a separarse!...</p> + +<p>Ella fue la primera en dar un paso. ¡Ay, el valor de las mujeres!...</p> + +<p>—Adiós, Isidro.</p> + +<p>—Adiós, Feli.</p> + +<p>Sus voces eran gemidos; pero no lloraron, no se atrevieron a besarse, a +estrecharse las manos en presencia del mediquillo burlón y de aquellos +enfermos que les miraban fijamente.</p> + +<p>Ella se alejó por un corredor obscuro, precedida por el médico. Su paso +vacilaba... pero no quiso volver el rostro atrás, como si temiese perder +toda su firmeza.</p> + +<p>Maltrana salió a la calle, y a los pocos pasos hubo de apoyarse en la +pared. Tenía frío: un frío de sepulcro, que se le colaba hasta el alma. +Lucía el sol de la tarde, un sol que Isidro no había visto nunca; un sol +obscuro, empañado, fúnebre, como si el astro del día enviase sus rayos +al través de negra urdimbre; como si estuviese envuelto en un crespón.<a name="page_346" id="page_346"></a></p> + +<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3> + +<p>Ya no volvió a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin +Feli. Sentía el terror de los que pierden a un ser querido y no osan +penetrar en la mortuoria habitación. ¿Qué iba a hacer solo en aquel +extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordarían a la +amante?...</p> + +<p>Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza.</p> + +<p>Aquella noche volvió a la redacción, después de una ausencia de tantos +meses. Los compañeros le recibieron con irónicas ovaciones.</p> + +<p>—¡<i>Homero</i>! ¡Ya está aquí el gran <i>Homero</i>!... ¡Salud al ilustre +«tabarrista»!</p> + +<p>Y le preguntaron si traía como fruto de su soledad algún artículo de los +que sembraban el pánico en los suscritores.</p> + +<p>Algunos de la redacción le habían visto paseando con Feli por el Retiro.</p> + +<p>—Di, <i>Homero</i>: ¿qué has hecho de aquella muchacha tan simpática que +llevabas del brazo?... ¿La encontraste en algún libro griego? ¿Era ática +o beocia?</p> + +<p>—Está en el hospital—contestó Maltrana con los ojos llorosos.</p> + +<p>Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compañeros.<a name="page_347" id="page_347"></a></p> + +<p>Pasaba las noches en la redacción. Había perdido la costumbre de +trasnochar, y como no quería volver a su casa, buscaba los cuartos sin +luz, dormitando en un diván. Si llegaba una visita y había que encender +luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del +abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el +sueño en la casa de algún amigo.</p> + +<p>Apenas comía. Ansioso de distracción, de conversaciones que le +aturdiesen, juntábase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y +bien entrada la mañana se les veía por las calles más céntricas, con +paso inseguro, discutiendo a voces de filosofía o literatura. En mitad +de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompía a +llorar. Los compañeros atribuían la culpa de este llanto al coñac. +Beberían cerveza.</p> + +<p>Muchas mañanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este +hacía un gesto de repulsión al verle.</p> + +<p>—Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. ¿Qué resuelves +emborrachándote?...</p> + +<p>Maltrana contestaba con mal humor. No pedía consejos: lo que deseaba era +conocer el estado de Feli.</p> + +<p>El joven doctor mostrábase impaciente. ¿Creía él que no tenía otras +cosas en qué ocuparse?...</p> + +<p>—¡Figúrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar +mucho y a gentes que pagan mal. Además, esa muchacha no es de mi +clínica... La vi anteayer. Me pareció que estaba bien; pero si los +ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a +provocarla el parto: tal vez esto la salve.</p> + +<p>Al día siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habló el primero.</p> + +<p>—Eres padre: arriba te guardan un niño las monjas.<a name="page_348" id="page_348"></a> Su salud es buena y +la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda +edición de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeño.</p> + +<p>Maltrana no experimentó ninguna emoción. Sólo pensó en ir a las +Carolinas para dar la noticia a su abuela. ¿Qué iba a hacer él con el +chiquillo? La señora Eusebia se encargaría de cuidarle.</p> + +<p>Y la abuela, conmovida por el suceso, bajó a Madrid para recoger a su +biznieto, acompañada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San +Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egoísmo de su +cobardía. Ya había sufrido bastante. ¿Iba a mejorarse ella porque le +viese?...</p> + +<p>Cuando salió la abuela quiso enseñarle el niño, que su amiga, más joven +y fuerte, llevaba en brazos.</p> + +<p>—Míralo, Isidro—gemía la vieja llorando de alegría—. Es un querubín: +¡qué rico!... Es hijo tuyo, ¡tu retrato!...</p> + +<p>Maltrana miró esta carne palpitante apenas contorneada que se removía en +el fondo de un mantón. Sí que era su retrato: feo, con su misma fealdad +y la de aquel pillete que estaba en la cárcel entre los rateros menores. +La misma cabeza enorme, que parecía moldeada por las manos de la +desgracia.</p> + +<p>La <i>Mariposa</i> se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las +Carolinas. Conocía a cierta mujer del barrio, que se había casado con un +músico de regimiento, y ahora, retirado él del servicio, tenía una +tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los +Corvos. Acababa de perder a un pequeño, y ella se encargaría de lactar +al biznieto por poco dinero.</p> + +<p>La vieja, antes de marcharse, le habló de Feli. La había visto: estaba +muy enferma.</p> + +<p>—¡Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevásemos el pequeño! +¡los besos que le ha dado!...<a name="page_349" id="page_349"></a> Me preguntó por ti... Ve a verla, hombre; +la pobre se alegrará, y bien lo necesita.</p> + +<p>Maltrana pasó mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los días formábase +el propósito de verla a la mañana siguiente. Pasaba la noche de café en +café, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida +errante, siempre triste y bebiendo para olvidar.</p> + +<p>Por la mañana llegábase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba +con saber que Feli seguía bien. Le acometía el miedo a verla en este +lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez.</p> + +<p>—Un día me acompañarás—decía a Nogueras—; no, ahora no. Me siento sin +fuerzas. Además, estoy algo borracho. ¿No me lo conoces?...</p> + +<p>Por fin, una mañana se mostró resuelto: quería verla. Adivinábase cierta +preparación en su aseo exterior, como si acudiese a una entrevista +amorosa. Iba recién afeitado; ocultaba algo bajo las aletas del +macferlán, que parecía menos viejo después de unos cuantos pases de +cepillo.</p> + +<p>Nogueras lo hizo atravesar los claustros de la Facultad, subieron +escaleras, pasaron otros claustros, y por fin, el médico abrió una +puerta.</p> + +<p>Lo primero que vio Maltrana fue las tocas blancas de una monja, ocupada +en arreglar con sus manos de cera las flores de trapo y las velillas de +un altar. Estaban en una sala de paredes enjalbegadas de un blanco de +hueso, con zócalo de ladrillos blancos también. La pieza aparecía +dividida por un muro hasta el límite del zócalo, con grandes espacios +abiertos entre las pilastras que sostenían el techo.</p> + +<p>Isidro vio muchas camas de hierro con cubiertas de percal floreado, y +junto a ellas mesillas con redomas y escupideras. Sobre las almohadas +destacábanse cabezas de mujeres de verdosa demacración,<a name="page_350" id="page_350"></a> con las +cabelleras enmarañadas y sucias. Maltrana recordó las salas de los +hombres. Estos eran menos repugnantes en sus dolencias. La hembra se +agostaba con la mayor rapidez así que la enfermedad disolvía los +almohadillados carnosos de sus encantos.</p> + +<p>El médico se detuvo ante un lecho: allí tenía a la que buscaba. Isidro +tardó algunos instantes en reconocerla. Hubiera pasado varias veces ante +ella sin que llamase su atención. ¡Cuán cambiada la veía!... Olvidando +su tristeza de enferma, evocaba siempre en sus recuerdos la Feli hermosa +y alegre de los primeros tiempos de su amor. Y ahora, viéndola +enflaquecida, con las facciones desencajadas, más fea y mísera aún que +el día en que salió de las Cambroneras, tenía que hacer un esfuerzo para +reconocerla. Creyó ver a una amiga de Feli, a una buena compañera que le +recordaba a la otra, a la de los días felices, que ¡ay! no volverían +nunca.</p> + +<p>Quedó inmóvil ante la cama, con aspecto tímido, cohibido por aquellas +cabezas greñudas, mascarones de dolor y miseria, que convergían en ellos +sus miradas curiosas.</p> + +<p>—¿Cómo estás?—preguntó en voz queda.</p> + +<p>Saludábale Feli silenciosa, con una sonrisa que daba frío, contrayendo +las arrugas de su rostro exangüe, marcándose la punta de su fina +mandíbula con la agudeza de un hierro de lanza. ¡Y allí había puesto él +sus besos muchas veces, en la embriaguez de la pasión!... ¡Miseria de la +vida! Sus ojos, unos ojos de loca, con el estrabismo de las frecuentes +crisis, eran lo único que aún delataba la extinta hermosura.</p> + +<p>En el lecho inmediato vio a una jovencita que llevaba envuelto el pelo +en un pañuelo rojo y abrigados los hombros con una chaquetilla color de +manteca. Mostraba entre las puntillas de la camisa sus pobres pechos de +tísica, que apenas si se destacaban<a name="page_351" id="page_351"></a> con ligera hinchazón sobre el +mísero costillaje. Era una criada que había dado a luz una niña; una +pobre bestia de trabajo convertida en madre por el capricho momentáneo +del señorito. La chaquetilla de señora que le servía de abrigo en el +hospital era tal vez la única recompensa de su caída.</p> + +<p>Feli, al contemplar a Isidro, mostraba también en sus ojos cierta +extrañeza, como si le encontrase cambiado. Había transcurrido muy poco +tiempo, y sin embargo, creían verse después de larguísima ausencia.</p> + +<p>Permanecieron silenciosos mucho rato, mirándose, pero sin atreverse a +despegar los labios. Al fin, habló ella, por el impulso maternal. ¿Y su +hijo?...</p> + +<p>Maltrana fingiose enterado. Estaba allá, en la carretera de Extremadura, +con su nodriza, una gran mujer buscada por la abuela. Podía permanecer +tranquila... ¡Y él aún no había ido al cerro de los Corvos, ni conocía a +la nodriza!</p> + +<p>Después le preguntó por su enfermedad. Feli hablaba con voz triste; +parecía resignada a permanecer siempre allí, sin esperanza de volver al +mundo. Su voz era lenta, con largos titubeos; notábase cierta +incoherencia en sus palabras; se adivinaban sus esfuerzos para ordenar +las frases y encauzar el pensamiento.</p> + +<p>Mientras la oía, Isidro miraba con el rabillo del ojo a la monja, de pie +junto al altar, hablando con el médico. ¡Ay, aquellas gentes que vivían +en diario contacto con la miseria humana! ¡Qué duros, qué fuertes! ¡Qué +indiferencia ante el dolor ajeno, que no era para ellos mas que un +accidente vulgarísimo! Su mirada fría parecía tener callos. La +contorsión del dolor, la muerte, todo resbalaba sobre ellos sin el menor +arañazo, sin producir la más leve turbación.<a name="page_352" id="page_352"></a></p> + +<p>La monja, después de hablar con el médico, miró a Maltrana con cierta +curiosidad. Su olfato de experta conocedora de la vida adivinaba a la +pareja ilegal, al amor rebelde, que desprecia los convencionalismos +sociales. Su curiosidad de mujer excitábase con el perfume del pecado; +su severidad le hacía abominar de aquella juventud que se adoraba a +espaldas de la religión.</p> + +<p>Maltrana no sabía qué decir. La tristeza creaba un gran vacío en su +pensamiento. Además, le cohibían tantas miradas fijas en él. Era un +martirio permanecer ante Feli sin poder cogerla la mano, atemorizado por +los ojos hostiles de la monja.</p> + +<p>Se echó atrás las aletas del abrigo y dejó sobre la cama un mazo de +violetas que llevaba oculto. Su perfume pareció dulcificar aquel +ambiente que olía a carne enferma y antisépticos.</p> + +<p>—¡Ay! ¡flores!—dijo Feli con vocecilla infantil—. ¡Flores!</p> + +<p>Y su mirada acarició a Isidro con expresión de gratitud. Era un poco de +poesía esparciéndose sobre la cama del hospital. ¡Flores!... Y los dos +pensaron lo mismo. Vieron con la imaginación los almendros de la Huerta +del Obispo, que habían sido testigos de sus primeras entrevistas; las +flores que él arrojaba sobre su cama, al despertarla, de vuelta de los +banquetes; las que habían presenciado sus vespertinos paseos, cuando +salían cogidos del brazo, como burgueses, a cubierto de la miseria y +seguros de que nada podría turbar su felicidad.</p> + +<p>—¡Flores!—repitió—. ¡Cómo te lo agradezco!</p> + +<p>Maltrana se excusaba con timidez. Eran violetas: no tenía dinero para +más. Aun así, le había costado mucho el adquirirlas. Costaban muy caras: +las flores nacían para los ricos; y aún gracias que les dejaban a ellos +el cielo y el sol... Había recordado también su predilección por las +naranjas.<a name="page_353" id="page_353"></a> Quería traerle una; pero después de correr las fruterías de +la calle Mayor, buscando las primeras que acababan de llegar, había +desistido por su pobreza. Todo su dinero se lo habían llevado las +violetas.</p> + +<p>—Otro día, ¿me oyes?—murmuraba en su oído, como si la propusiese una +travesura infantil—. Otro día te las traeré, sin que se entere la +monja, sin que lo vea el médico.</p> + +<p>Y ella decía que sí, mirando al amante con sus ojazos tristes, mientras +se llevaba a la cara el mazo de violetas, oliéndolo con delectación.</p> + +<p>Nogueras carraspeó con insistencia llamando a Maltrana. La entrevista se +prolongaba demasiado: otro día, más.</p> + +<p>Isidro cogió la mano amarillenta que ella le tendía.</p> + +<p>—Adiós, Feli... Adiós, nena. Volveré.</p> + +<p>La enferma le recordó su promesa. Debía traerle naranjas y flores, +¡muchas flores!</p> + +<p>El trastorno mental de su crisis la hacía olvidar la penuria del amante.</p> + +<p>Maltrana no volvió. Transcurrieron varios días sin que el doctor lo +encontrase por la mañana en las cercanías de San Carlos. Esta visita +había bastado para darle cierta tranquilidad.</p> + +<p>Una noche, al salir Nogueras del Teatro de Apolo, dio con él en la acera +de la calle de Sevilla. Iba borracho, más sucio y abandonado que otras +veces. Adivinábase en las arrugas de su abrigo y en el abandono de sus +ropas que dormía sin desnudarse, allí donde se lo permitían los +accidentes de su existencia vagabunda. Estaba pálido, con los ojos +hundidos y las facciones enjutas: una cara de hambre y alcoholismo. Al +ver a Nogueras hizo un esfuerzo por mostrarse sereno.</p> + +<p>—¿Y aquélla?—preguntó.<a name="page_354" id="page_354"></a></p> + +<p>El doctor mostrose pesimista. «Aquélla» iba muy mal. No la había visto: +le faltaba el tiempo; pero el camarada encargado de la clínica tenía +pocas esperanzas. Repetíanse con frecuencia los ataques de eclampsia, y +en uno de ellos podía morir. Bastaba que la respiración se retardase +algunos segundos al quedar su organismo contraído por las convulsiones, +para que sobreviniese la asfixia.</p> + +<p>—Y tú, ¿por qué no vas a verla?—preguntó el doctor.</p> + +<p>—¡Para qué!—exclamó el bohemio—. Sufro mucho; me falta el valor para +volver. Me hace daño vería entre aquellas mujeres sucias y enfermas, no +poder hablarla con libertad. Me miran todas, como si fuese un animal +extraño. La monja me molesta.</p> + +<p>Calló un instante, y luego añadió con expresión de vergüenza, +empañándose sus ojos de lágrimas:</p> + +<p>—No puedo ir con las manos vacías: la pobre desea flores... se las +prometí. Hace días que quiero comprarla un ramo grande, muy grande, para +cubrir su cama, para que se imagine que todo un jardín corre hacia ella, +esparciéndose a sus pies... Pero no tengo dinero... nada, absolutamente +nada. No puedo comprar ni un ramito de los que venden en la calle. +Apenas como; ando por ahí como un perro sin amo. Si no encontrase algún +amigo de los que convidan a beber, ya hubiese muerto.</p> + +<p>Al despedirse del doctor dijo flojamente, con la pereza de una voluntad +enferma y cobarde:</p> + +<p>—Ya iré... iré cuando tenga dinero... cuando pueda llevarla algo. Creo +que no morirá en seguida, que aún vivirá algún tiempo. ¿No crees tú lo +mismo?</p> + +<p>Nogueras levantó los hombros con expresión de duda. Sí; era posible que +se salvase: enfermas más graves que ella recobraban la salud. Pero su +vida<a name="page_355" id="page_355"></a> estaba en peligro de extinguirse por asfixia cada vez que sufría +un ataque. Nada podía él afirmar.</p> + +<p>Transcurrió una semana sin que volviesen a verse. Una mañana se +encontraron en la Puerta del Sol. El doctor vio a Maltrana con aspecto +más miserable aún: parecía un pordiosero, sucio, roto, entregado a su +abandono, sin el auxilio de una mano femenina que le adecentase. +Nogueras tenía prisa. Había estado dos días fuera de Madrid por un +asunto profesional, y le esperaban en la Facultad.</p> + +<p>—Una mala noticia, Isidro. Aquella muchacha ya no vive.</p> + +<p>Maltrana abrió los ojos con asombro, como si esta noticia rebasase los +límites de lo posible.</p> + +<p>—¿Estás seguro? ¿La has visto tú?...</p> + +<p>Nogueras hizo un gesto displicente.</p> + +<p>—¿Qué tiene de extraordinario su muerte?... Era de esperar. Ha muerto, +y todos nosotros moriremos también... Yo no la he visto; tengo otras +cosas a que atender. Pero el mismo día que salí de Madrid me lo dijo el +compañero. Acababa de morir.</p> + +<p>Maltrana quedó inmóvil, con la cabeza baja, anonadado por la noticia. +Después fijó en el doctor sus ojos interrogantes.</p> + +<p>—¿Y qué han hecho de ella?... ¿Y el cadáver? ¡Dime, por Dios, dónde lo +llevaron!...</p> + +<p>Sentía un remordimiento inmenso por su egoísmo y su cobardía. Deseaba +visitar su tumba, ya que había pasado los días vagando, sin atreverse a +verla en el hospital.</p> + +<p>El doctor le contestó con una sonrisa que daba frío. Su tumba era la +fosa común, adonde iban todos los muertos pobres. La infeliz muchacha no +tenía parientes ni quien pagase los gastos de su entierro. Isidro no se +había presentado para arreglar las cosas, y era seguro que su cuerpo, +antes de ir<a name="page_356" id="page_356"></a> al cementerio, habría pasado por la sala de disección. +¡Sufrían tal escasez de cadáveres!...</p> + +<p>Maltrana no quiso oír más. Volvió la espalda sin despedirse del amigo, +como si huyese de su remordimiento y su vergüenza.</p> + +<p>Vagó por las calles, haciendo esfuerzos por no llorar. La gente le +miraba; y fatigado de esta curiosidad, quiso salir de la población, +caminar por el campo.</p> + +<p>Veía las casas al través de densa niebla; las personas y los carruajes +pasaban junto a él como fantasmas, sin ruido alguno. No pensaba: creía +tener hueca la cavidad de su cráneo; le zumbaban las sienes. Su lengua +repetía por lo bajo, con una tenacidad estúpida:</p> + +<p>-¡Despedazada... despedazada!</p> + +<p>Poco a poco su pensamiento, que parecía haber huido lejos, muy lejos, +aproximábase, volvía a entrar en él. Un recuerdo de los primeros años de +su juventud, de su época de estudiante, iniciábase débilmente, y crecía +y crecía hasta tomar el relieve de la realidad.</p> + +<p>Veíase subiendo una escalerilla de la Escuela de San Carlos, con un +compañero de hospedaje, estudiante de Medicina, que iba a recoger unos +objetos en el laboratorio. Isidro asomábase a una ventana. Abajo, un +pequeño patio con pavimento de losas húmedas, como si cayese en ellas +con frecuencia un chaparrón de cubos de agua. Sobre las losas, un +monigote de abultado tronco y brazos y piernas delgados, esqueléticos, +contraídos por grotesca actitud. Creyó que esta figura era de cartón, +groseramente modelada por algún artista inhábil, toda ella del mismo +color amarillo: faltaba que la pintaran las cejas y que sobre la calva +adaptasen una peluca para darle cierto viso de realidad. En los peldaños +de una escalera vio varias cabezas cortadas descansando<a name="page_357" id="page_357"></a> sobre su base, +pero sin piel, mostrando el rojo de los músculos y el azul obscuro de +sus venas. Maltrana había contemplado con curiosidad estos juguetes de +la ciencia. Eran piezas de cartón para el estudio de los alumnos. Y al +hacer la pregunta al amigo, éste rompió a reír:</p> + +<p>—No, tonto. Son cadáveres preparados para la clase de disección. Ese +cuerpo es de una mujer.</p> + +<p>Luego, el compañero, con la superioridad del fuerte, para poner a prueba +los escrúpulos del estudiante de libros, le hacía entrar en el +anfiteatro, llevándolo de mesa en mesa. ¡Qué limpiamente trabajaban +aquellos carniceros de blusa blanca! Aquí, un brazo encogido sobre el +mármol, sin más que los huesos y los tendones, tirantes y limpios como +si fuesen a vibrar: un arpa para tañerla en una fiesta de caníbales. Más +allá, piernas que mostraban el cruzado almohadillamiento de los músculos +rojos; troncos abiertos al aire, con el rosa tierno de sus costillajes. +Esta gran carnicería de mármol y cristal hacía pensar en una humanidad +horriblemente superior pervertida por la antropofagia, donde los fuertes +se alimentasen con los despojos de los débiles. Un gesto de dura +curiosidad contraía los rostros; las manos sin misericordia, armadas de +acero, hundíanse en los secretos de aquella carne fría, limpia, anónima, +sin personalidad, que no recordaba su origen humano.</p> + +<p>¡Y en este matadero de la investigación había desaparecido su Feli!... +¡Allí se había disuelto su cuerpo, sin que bajasen a la tierra más que +restos informes y despedazados en el fondo de una espuerta!...</p> + +<p>¡Feli! ¡Feli!... Repetía su nombre, recordando los mil detalles de su +amorosa intimidad. La oreja sonrosada, cuyo lóbulo mordía dulcemente al +mismo tiempo que murmuraba palabras dulces; su cabecita,<a name="page_358" id="page_358"></a> que en las +noches de invierno se refugiaba en su hombro con el mismo ademán tímido +del pájaro que oculta el pico bajo el ala; sus piernas de diosa, que +pretendía ocultar ruborosamente cuando él la probaba aquellas medias +adquiridas en el Rastro; su vientre antes de la deformación materna, con +el gracioso hoyuelo umbilical, que parecía gesticular cuando se conmovía +con la agitación de la risa; la doble copa de alabastro de sus pechos, +aquellas dos magnolias de amor... todo había sido despedazado bajo el +acero, sin piedad, sin misericordia. Manos que no la conocían habían +violado el secreto de su cuerpo... de aquel cuerpo que le despertaba por +las mañanas con su roce de satén, cuando ella pasaba a gatas por encima +de él para levantarse, poniendo un instante sus ojos sobre los suyos, +confundiéndose las respiraciones de los dos.</p> + +<p>¡Feli! ¡Feli!... ¿Qué pecado había cometido para que la fatalidad la +privase hasta de la paz de la tumba?...</p> + +<p>Maltrana lloraba ahora, sin miedo a que la gente se fijase en él.</p> + +<p>Estaba en el campo. Al mirar en torno, vio a corta distancia el +cementerio de San Martín. Sin darse cuenta había marchado +instintivamente hacia aquellos lugares que presenciaron las primeras +dichas de su amor.</p> + +<p>No se atrevió a entrar en el cementerio. La Muerte le asediaba con +sobrada insistencia para que él fuese a devolverle la visita. ¡Ay, cómo +odiaba a la infame señora de los ojos sin luz, de la piel intensamente +pálida, que una tarde había descrito allí dentro, ante la absorta +muchacha! ¡Con qué delectación la escupiría en su pecho voluminoso y +amargo, en sus flancos potentes, si pasase ante él!... Cierto que tras +sus pisadas resurgía la vida; que otras Felis vendrían al mundo; pero no +eran para<a name="page_359" id="page_359"></a> él. La suya, la que había tenido en sus brazos, esa no +volvería nunca. Había sido un rayo de sol al través de las nubes de su +cielo, saludado por la espiral de las ilusiones, que volaban como +palomas. Las nubes cerrábanse para siempre, el rayo de sol se extinguía, +y las palomas venían al suelo transidas de frío.</p> + +<p>Marchó, como en peregrinación, por la senda que aquella tarde precursora +de su felicidad había seguido con Feli. Deteníase como un devoto a +saborear en ciertos sitios el religioso goce del recuerdo. Aquí, había +entregado su dinero a unas mendigas para que se emborrachasen celebrando +su dicha; más allá, Feli le daba a chupar una naranja, con mohines +graciosos. Al llegar al merendero, vagó por los alrededores con una +insistencia que puso en guardia a los dueños, alarmados por el aspecto +mísero de Maltrana.</p> + +<p>Cerca del Canalillo le faltaron las fuerzas. El recuerdo le aplastaba; +también él iba a morir. Necesitaba olvidar: la vista de estos sitios le +hacía gran daño. El invierno deshojaba los árboles; la tierra estaba +yerma. Era el mismo escenario de su dicha, como él era el mismo +Maltrana; pero había soplado un viento glacial, matando la alegre +hojarasca llena de rumores y de cánticos, dejando sólo el escueto +ramaje. Los almendros de la Huerta del Obispo, que derramaban en otros +tiempos lluvias de flores sobre la cabeza de Feli, parecían ahora +escobas plantadas por el mango.</p> + +<p>Isidro, tambaleándose como un herido, fue en busca de su abuela.</p> + +<p><i>Zaratustra</i> y la señora Eusebia le escucharon silenciosos, pero sin +participar de su emoción. ¿Conque la chica del <i>Mosco</i> había muerto? +¡Todo sea por Dios!... Y el par de vejestorios replegábase en su +egoísmo, sintiéndose más fuerte, más feliz, con la<a name="page_360" id="page_360"></a> satisfacción de +conservar su existencia, mientras la muerte ensañábase con la juventud.</p> + +<p>La tía <i>Mariposa</i> sólo pensaba en su biznieto, de cuya salud hacía +grandes elogios. Poco le importaba la suerte de la madre; toda su +atención era para el pequeño.</p> + +<p>Isidro se quedó allí. ¿Adónde ir?... Su cobarde laxitud había llegado a +los últimos límites de la indiferencia. Estaba atravesando el momento de +las grandes renuncias a la vida. De ser creyente, se hubiese hecho +ermitaño, lego de un convento de trapenses, asceta en un desierto. Ahora +comprendía la huida del mundo, el aislamiento cruel, las santas locuras +de ciertos desesperados, que al ser mordidos por el dolor encuentran +remedio en su ignorancia y su fe.</p> + +<p>Permaneció varios días en la cabaña de <i>Zaratustra</i>, complaciéndose en +su suciedad, haciendo de esto una mortificación.</p> + +<p>¡Ay, la conciencia! ¡La agobiadora pesadez del remordimiento! Ya no +sentía dolor por la muerte de Feli. Lo que le avergonzaba era el +abandono en que la había dejado, la cobardía de su floja voluntad, el +egoísmo de no entristecerse viéndola enferma... ¡La pobre había muerto +sola, en aquella cuadra blanca, rodeada de humanas bestias que sólo +pensaban en ellas con el egoísmo del dolor, sin una mirada de cariño, +sin una mano que estrechase la suya! ¡Y este crimen era ya +irremediable!... ¡Ay, si Feli pudiese resucitar, sólo por un día, por +una hora! Era su idea fija y tenaz... ¡Si volviese a la vida, aunque +fuese para morir a los pocos instantes! El cumpliría su deber y quedaría +más tranquilo: la pasión de su existencia tendría un final digno. +Correría a su lado, para no abandonarla hasta el último momento. +Sentíase capaz de robar para que sus restos reposasen en un féretro +lujoso, para<a name="page_361" id="page_361"></a> que se librase de la fosa común, para que no la llevaran a +aquel matadero blanco, donde eran descuartizados los cadáveres... Pero +¡ay! sólo se muere una vez. El mal no tenía remedio. ¡Miserable de él! +¿Dónde estaba la poesía de su pasión? ¿Qué había de común entre él y +aquellos amantes que había visto en los libros, inclinados sobre el +lecho de la moribunda, abrazándola y gimiendo el último adiós?... ¡Feli, +Feli! A cambio de su propia vida, pedía él que resucitase un instante, +el tiempo preciso para besarla, para que partiese con el convencimiento +de que la amaba, para salvar su cuerpo adorado de la odiosa profanación.</p> + +<p>Tardó unas dos semanas en volver a Madrid. Una mañana que entró en la +villa, vio de lejos a Nogueras camino de San Carlos, y sintió la +necesidad de hablarle. Le inspiraba nueva simpatía, por haber conocido a +Feli; creía encontrar en él un vago recuerdo de la muerta.</p> + +<p>El doctor le saludó alegremente, mirándole con ojos de miope mientras +limpiaba los cristales de sus lentes. Después recordó a la «queridita» +infeliz, con cierta ligereza, sin dar importancia a aquella pasión de +Maltrana. ¿Se había consolado? ¿Tenía ya alguna otra como sustituta? +¡Ah, bohemio incorregible! Para él era la vida: libre, mujeriego y sin +la esclavitud de ocupaciones apremiantes.</p> + +<p>Después contrajo la frente, como si concretase sus recuerdos.</p> + +<p>—Hombre, una cosa curiosísima—añadió—. ¿Recuerdas aquel día en que te +dije que la muchacha había muerto?... Pues no era verdad. Cuando llegué +a San Carlos, después de mi viaje, me lo dijo el compañero. Fue un error +suyo: la creyó muerta en un ataque, pero salió de él.</p> + +<p>Maltrana abrió los ojos, quedó inmóvil de asombro, como si fuese a +presenciar aquella resurrección<a name="page_362" id="page_362"></a> con la que había soñado tantas veces, +como si Feli surgiera ante él.</p> + +<p>—Pero ¿vive?...—dijo temblando.</p> + +<p>—No, hombre; murió: fue una semana después. Pensé avisarte, escribirte; +pero ¿quién diablo adivina dónde encontrarte, con esa vida que +llevas?... Murió, no lo dudes; ahora es de veras. Tú eres un espíritu +superior, y ciertas preocupaciones no te conmueven. No dudes de que ha +muerto. Vi su cadáver en una mesa de la clase de disección.</p> + +<p>¡Ah, la Suerte! La diosa malvada y caprichosa!... ¡Hasta el último +momento jugueteaba con él!</p> + +<p class="top5">Terminaba el invierno. La tarde parecía de primavera, con su cielo azul +y límpido y su sol de dulce tibieza.</p> + +<p>Maltrana atravesó el puente de Segovia, entrando después en la carretera +de Extremadura.</p> + +<p>Vestía de luto. El macferlán, la odiada librea de la miseria, ya no +pendía de sus hombros. La Suerte le trataba con menos rudeza al verle +solo. Trabajaba, le admitían artículos en algunas revistas, le +encargaban traducciones, vivía en una casa de huéspedes y ahorraba para +pagar a la nodriza de su hijo. No conocía la abundancia, pero tampoco +las angustias y estrecheces de antes. Era el bienestar que llegaba; pero +¡cuán tardo! ¡y qué insípido le parecía!...</p> + +<p>Caminó por una acera junto a la cual serpenteaba un arroyo. Miraba +distraídamente los rótulos de las puertas. Casi todos eran de tabernas, +pero tabernas de las afueras, que a la vez servían de figones y +merenderos. «Vinos, <i>por</i> Fulano.» Y aquí el nombre del dueño del +establecimiento, como si fuesen los taberneros quienes los fabricaban.</p> + +<p>En una casucha de tablas, llamó su atención<a name="page_363" id="page_363"></a> otro rótulo: «Taberna de +Agustín, <i>alias</i> el Bolero. Cocidos a diez céntimos.» ¡A diez céntimos! +¿En qué consistirían estos cocidos?... Pensó en ellos con repugnancia; +pero se dijo que alguna vez habría visitado la taberna en otra época, de +conocer tal baratura.</p> + +<p>En muchos balcones exhibíanse anuncios de pirotécnicos, con muestras de +ruedas de artificio y enormes petardos. Todos los polvoristas de Madrid +se habían instalado en este barrio, que parecía la calle principal de un +lugarón, con sus rústicos paradores y las casas sucias del polvo de los +carros.</p> + +<p>Maltrana, siguiendo cuesta arriba, llegó al final de la doble fila de +casas. La carretera perdíase de vista, flanqueada a un lado por la tapia +interminable de la Casa de Campo y al otro por las colinas, en cuyos +surcos comenzaba a surgir la cabellera de una cebada triste, pisada con +frecuencia por los transeúntes.</p> + +<p>Siguió Maltrana una senda que conducía a una casucha en lo más alto de +un montecillo. Era el cerro de los Corvos, y la casa aquella tiendecita +donde criaban a su hijo.</p> + +<p>La mujer cosía a la puerta del establecimiento, bajo una parra seca, en +una pequeña explanada, desde la cual dominábase toda la parte de Madrid +que mira al río.</p> + +<p>Al reconocerle, la nodriza se levantó apresuradamente. Quería sacar al +pequeñuelo, que dormía después de una noche de insomnio y llantos.</p> + +<p>Maltrana se opuso. Que durmiese; ya lo vería después: no tenía prisa.</p> + +<p>Se sentó en un banco, ante una mesa de tablas desunidas, contemplando el +magnífico panorama. La mujer quiso obsequiarle... ¿Un poco de +aguardiente? Pero él hizo un gesto de repugnancia. Agua, nada más que +agua. Y ella sacó un jarro de la obscura<a name="page_364" id="page_364"></a> tienda, que exhalaba un hedor +de salazón, bebidas alcohólicas y grasa. La adquisición del agua +costábales grandes esfuerzos en aquella altura. Su marido pasaba el día +bajando y subiendo el cerro para llenar dos cubas en la fuente de la +carretera.</p> + +<p>Después, la nodriza habló de la pésima marcha de sus negocios. Iban a +perder los ahorros que su marido, el pobre músico, había hecho en el +ejército. Las casuchas cercanas al cerro eran de pobres que vivían en la +peor miseria: ladrilleros casi todos, que sólo encontraban trabajo en +verano. Los otros meses pasábanlos entre privaciones, pidiendo fiado en +la tienda. No tenían otro recurso que merodear en la Casa de Campo, +saltando la tapia para coger cardillos, que vendían en Madrid.</p> + +<p>—Yo he visto muchas miserias, don Isidro—añadía—; pero ésta es la +peor de todas. Mire usted ese niño que sube con la botella... De seguro +que no trae dinero. Y hay que darles, so pena de perder de un golpe todo +lo atrasado.</p> + +<p>Se metió en la tienda, seguida del muchacho, y Maltrana permaneció +abstraído en la contemplación de Madrid.</p> + +<p>Vista desde allí, la población era monumental, soberbia. Pocas capitales +de Europa parecían tan hermosas. Al frente, la enorme masa del Palacio +Real, con sus pilastras salientes cortando las negras filas de ventanas. +A un lado, la colina del Príncipe Pío, coronada de cuarteles; al extremo +opuesto, la cúpula de San Francisco el Grande y el Seminario. Arriba, el +cielo sin una nube, límpido, como si su azul lo hubieran lavado las +últimas lluvias, con una diafanidad que absorbía y borraba +instantáneamente el humo de las chimeneas. Abajo, en los declives que +conducen al Manzanares, grandes masas de vegetación: las arboledas del +Campo del Moro, de la Virgen del Puerto, de la cuesta de<a name="page_365" id="page_365"></a> la Vega. La +masa blanca del caserío partíase más allá del puente de Segovia, y una +línea metálica, una barra horizontal y negra, unía los dos lados de este +corte: era el Viaducto.</p> + +<p>Madrid, visto desde allí, parecía una capital portentosa, una imponente +metrópoli. Entre el azul del cielo y el verde de los árboles alineábanse +las más solemnes manifestaciones de su vida, sus más poderosas +grandezas. La vivienda de los reyes en medio; a un lado, los cuarteles, +sobre aquella colina que era el monte de Marte de Madrid; al opuesto, el +templo suntuoso, que parecía aplastar con su grandeza las casuchas +inmediatas, y otro cuartel sin armas, donde se albergaban los reclutas +de la fe vestidos de negro. Nada faltaba: era la imagen completa de la +nación; todo parecía haberse concentrado en esta cara monumental de la +gran villa.</p> + +<p>Abajo, en la Virgen del Puerto, sonaba el redoble de unos tambores; y +Maltrana veía entre los árboles cómo marchaban al compás de las cajas +los soldados nuevos, cual filas de hormigas, aprendiendo a marcar el +paso. <i>Rataplán... rataplán</i>, cantaban los parches; y el bohemio, en su +contemplativa abstracción, creía entenderlos. Los tamborcillos le +hablaban; como si adivinasen sus pensamientos, le decían burlonamente: +«Va a durar... va a durar.» Y no mentían. Mientras redoblasen en este +tono uniforme, mecánico, sin fiebre y sin locura, todo seguiría lo +mismo.</p> + +<p>Después, su mirada se fijaba en la parte de acá del río. Grandes tejados +rotos, con anchas brechas por las que se colaba el aire y la lluvia. +Eran caserones abandonados que servían de albergue a los miserables. +Junto a ellos brillaban al sol las cubiertas de cinc herrumbroso y las +latas viejas de las cabañas de los mendigos. El hormigueo de la miseria +también estaba allí. También acampaban<a name="page_366" id="page_366"></a> frente a esta cara de Madrid, +que era la más hermosa, los vagabundos, los desesperados, los abortos de +la sombra, toda la muchedumbre que él había visto una noche, con los +ojos de la imaginación, rondando en torno de los felices, de la caravana +dormida en el beatífico sopor del hartazgo.</p> + +<p>Maltrana pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de los Cuatro +Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las +Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin +trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la +orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban a sus puertas, haciendo +una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre +primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando +sobre el estiércol a los herederos de sus odios y los ejecutores de sus +venganzas.</p> + +<p>La capital dominadora y triunfante parecía abrumar el espacio con su +pesada grandeza. Reía, destacándose sobre el azul del cielo, con el +temblor de las grandes vidrieras de sus palacios heridas por el sol, con +la blancura de sus muros, con el verde rumoroso de sus jardines, con la +esbeltez de las torres de sus iglesias. No veía la muchedumbre famélica +esparcida a sus pies, la horda que se alimentaba con sus despojos y +suciedades, el cinturón de estiércol viviente, de podredumbre dolorida.</p> + +<p>Era hermosa y sin piedad. Arrojaba la miseria lejos de ella, negando su +existencia. Si alguna vez pensaba en los infelices, era para levantar en +sus afueras monasterios, donde las imágenes de palo estaban mejor +cuidadas que los hijos de Dios, de carne y hueso; conventos de +monstruosa grandeza, cuyas campanas tocaban y tocaban en el vacío, sin +que nadie las oyese. Los pobres, los desesperados, no entendían su +lenguaje: adivinaban lo falso de su<a name="page_367" id="page_367"></a> sonido. Tocaban para otros; no eran +llamamientos de amor: eran bufidos de vanidad.</p> + +<p>Alguna vez la horda dejaría de permanecer inmóvil. Los que entraban en +Madrid al amanecer se presentarían a mediodía. Ya no aceptarían los +despojos: pedirían su parte; no tenderían la mano: exigirían con +altivez.</p> + +<p>Y las gentes felices temblarían de pavor ante las caras amenazantes, las +vestiduras miserables, las miradas de famélico estrabismo, los anhelos +locos y criminales de destrucción. ¿Dónde se habían ocultado hasta +entonces aquellos monstruos? ¿De qué antro surgían?... Y bien, gentes +dichosas, habéis vivido con ellos sin saberlo. Acampaban junto a +vuestros muros, pasaban todos los días ante vuestras puertas a la hora +de vuestro sueño. No les habéis visto porque eran débiles, porque se +arrastraban humildes. Negabais su existencia porque no proferían +amenazas. Ni piedad ni misericordia tuvisteis con ellos cuando aún era +tiempo...</p> + +<p>Maltrana examinaba mentalmente esta avalancha de miserias, odios y +desesperaciones, que podía transformarse en un ejército. ¿Qué le faltaba +a la horda? Jefes, pastores audaces que la guiasen a las alturas, +conociendo el camino. ¡Ay, si los que nacían en su seno armados con la +potencia del pensamiento no desertasen, avergonzados de su origen! ¡Si +los siervos de la pobreza, como él, en vez de ofrecerse cobardemente a +los poderosos, se quedasen entre los suyos, poniendo a su servicio lo +que habían aprendido, esforzándose en regimentar a la horda, dándola una +bandera, fundiendo sus bravías independencias en una voluntad común!...</p> + +<p>Oyó un vagido a sus espaldas y la voz de la tendera:</p> + +<p>—¡Al papá, Isidrito, al papá! ¡Hazle manos: salúdale!<a name="page_368" id="page_368"></a></p> + +<p>Quedó sobre sus rodillas aquel paquete de grasa infantil, en el que se +marcaban apenas los ojos como dos gotitas negras. Olía a leche agria, a +orines, a los fuertes sahumerios con que la nodriza pretendía ocultar +sus hedores vitales. Maltrana aspiraba con delicia este perfume. Le besó +en la boquita desdentada; no se atrevió a limpiarse las babas que le +había dejado en el bigote.</p> + +<p>¡Ser padre! ¡Contemplar una prolongación de su vida, un desdoble de su +personalidad, un testimonio de la propia existencia, que, años después +de morir él, afirmaría el paso por el mundo de un hombre llamado +Maltrana!... Aquella carnecita blanca y suave como el plumón era suya: +había en ella algo de su ser y de aquella otra carne ¡ay! despedazada +que había desaparecido para siempre en el misterio de la tierra.</p> + +<p>¿Qué le importaba ya la suerte de los infelices, el destino de la horda +miserable y los tremendos conflictos que pudieran desarrollarse en lo +futuro?...</p> + +<p>A vivir: toda su vida la tenía en sus brazos. El calor de este +cuerpecillo le infundía una resolución egoísta y brutal. Al coger a su +hijo sentíase fuerte. Era como un arma que le daba confianza y valor +para seguir su marcha.</p> + +<p>Quería que fuese de los felices, de los dichosos, de los fuertes. Ya que +el mundo estaba organizado sobre la desigualdad, que figurase su hijo +entre los privilegiados, aunque para ello tuviese que aplastar a muchos.</p> + +<p>Lo que no habían logrado la miseria y el triste destino de Feli, lo +conseguía aquel chiquitín con sólo su contacto. Caía hecha polvo la +herrumbre de su voluntad. Era otro hombre: su audacia consideraba con +desprecio todos los obstáculos.</p> + +<p>Sentíase capaz de robar, de matar, por su hijo. No tenía otra +herramienta, otra arma, que su pluma,<a name="page_369" id="page_369"></a> pero haría de ella un puñal, una +palanqueta, algo implacable que sirviese para la muerte y el despojo. Lo +que no había osado hacer por el amor, lo haría por su hijo. Se lanzaría +en plena lucha, con la insolencia del mercenario. Adiós, ideas, fe, +entusiasmos... Ilusiones, todo ilusiones. Despreciaba su cultura, pero +pensaba aprovecharla para hacerse pagar mejor. El dinero y el poder +tendrían un siervo más.</p> + +<p>Su suerte estaba echada. Se revolvería en la abyección, paladearía su +envilecimiento, se vendería como esclavo, para que su hijo fuese libre. +Su destino era el del asaltante que cae en el foso para que el hermano +de armas entre por la brecha. Él desaparecería en el fango, pero el +Maltrana que venía detrás pasaría vencedor sobre el puente de sus +espaldas.</p> + +<p>Y mirándose en aquellos ojitos bobos, sin expresión, que le contemplaban +fijamente, Maltrana decía a su hijo con el pensamiento:</p> + +<p>-Llegarás, chiquitín. Yo marcharé a gatas delante de ti; abriré con mi +lengua un camino en el barro, para que avances sin ensuciarte. No temas +que caiga desalentado, que vuelva a sentirme cobarde y te abandone como +a la pobre mártir. Este amor que ahora nace es de hierro. Ya soy otro. +Soy... tu padre.</p> + +<p class="c">FIN</p> + +<p>Madrid.—Abril-Junio 1905.</p> + +<hr /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibáñez + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA *** + +***** This file should be named 33474-h.htm or 33474-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/3/4/7/33474/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +http://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact +information can be found at the Foundation's web site and official +page at http://pglaf.org + +For additional contact information: + Dr. Gregory B. Newby + Chief Executive and Director + gbnewby@pglaf.org + + +Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation + +Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide +spread public support and donations to carry out its mission of +increasing the number of public domain and licensed works that can be +freely distributed in machine readable form accessible by the widest +array of equipment including outdated equipment. Many small donations +($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt +status with the IRS. + +The Foundation is committed to complying with the laws regulating +charities and charitable donations in all 50 states of the United +States. 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Thus, we do not necessarily +keep eBooks in compliance with any particular paper edition. + + +Most people start at our Web site which has the main PG search facility: + + http://www.gutenberg.org + +This Web site includes information about Project Gutenberg-tm, +including how to make donations to the Project Gutenberg Literary +Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to +subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks. + + +</pre> + +</body> +</html> diff --git a/33474-h/images/cover.jpg b/33474-h/images/cover.jpg Binary files differnew file mode 100644 index 0000000..0fd1379 --- /dev/null +++ b/33474-h/images/cover.jpg diff --git a/LICENSE.txt b/LICENSE.txt new file mode 100644 index 0000000..6312041 --- /dev/null +++ b/LICENSE.txt @@ -0,0 +1,11 @@ +This eBook, including all associated images, markup, improvements, +metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be +in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES. + +Procedures for determining public domain status are described in +the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org. + +No investigation has been made concerning possible copyrights in +jurisdictions other than the United States. 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