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+The Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibáñez
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: La horda
+
+Author: Vicente Blasco Ibáñez
+
+Release Date: August 20, 2010 [EBook #33474]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at DP Europe (http://dp.rastko.net)
+
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+
+
+
+
+
+LA HORDA
+
+NOVELA
+
+V. BLASCO IBÁÑEZ
+
+EDITORIAL "PROMETEO"
+
+Germanias, 33.--VALENCIA
+
+1905
+
+
+
+
+LA HORDA
+
+
+
+
+I
+
+
+A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de la
+sierra al fielato de los Cuatro Caminos.
+
+Habían salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cántaros de
+leche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que parecía el
+último adiós del invierno. Los carreteros deseaban llegar a Madrid antes
+que rompiese el día, para ser los primeros en el aforo. Alineábanse los
+vehículos, y las bestias recibían inmóviles la lluvia, que goteaba por
+sus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductores
+refugiábanse en una tabernilla cercana, la única puerta abierta en todo
+el barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambiente
+las respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitaban
+la boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de sus
+zapatones claveteados, y sorbiéndose una taza de café con toques de
+aguardiente, discutían con la tabernera la comida que había de
+prepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo.
+
+En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas cargadas de
+troncos aguardaban la llegada del día para entrar en la población. Los
+boyeros, envueltos en sus mantas, dormían bajo aquéllas, y los bueyes,
+desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiaban
+ante los serones de pasto seco.
+
+Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron varias
+puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro
+de la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceite
+frito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa,
+junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascos
+cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón.
+
+Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego de
+apurar la copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban su
+marcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas. Acababa
+de abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de la
+báscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo el
+sombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno.
+
+--¿Quién da la vez?--preguntaba al presentarse un nuevo carretero.
+
+Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba sus
+cántaros junto a los de éste, con el propósito de repeler a trallazos
+cualquiera intrusión en el turno.
+
+Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con sus
+peticiones al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos en
+sus capas, escribían a la luz de un quinqué. Los cántaros sólo contenían
+leche en una mitad de su cabida. Mientras unos carreteros aguardaban en
+el fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros vacíos, en busca
+de la fuente más cercana. Allí, dentro del radio, sin temor al
+impuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía.
+
+Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro,
+comenzaban a desfilar hacia la población, cabeceando como sombríos
+barcos de la noche. Otros más pequeños deslizábanse entre ellos, pasando
+ante el fielato sin detenerse. Eran los vehículos de los traperos, unas
+cajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos. Los dueños iban
+tendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que les
+daba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre de
+tranvías. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso y
+quedaba inmóvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta que
+la despertaban un tirón de riendas y un juramento.
+
+La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre las
+nubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la bruma
+matinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientes
+por el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; los
+desmontes de tierra amarilla con manchas de vegetación en las
+hondonadas.
+
+El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su romántica
+aglomeración de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobre
+las míseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcábase en la ancha
+calle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes eléctricos: una
+fila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumido
+en una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con los
+tejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con su
+blanca corona.
+
+Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros y
+cabalgaduras en la glorieta de los Cuatro Caminos. Llegaban de
+Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para los
+mercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanse
+en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón,
+racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la báscula
+sucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían en
+ella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, y
+momentos después apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos de
+verduras. Las paletas, envueltas en un mantón, con el pañuelo
+fuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus mercancías en los
+serones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban ágiles
+sobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevos
+y verduras en las calles inmediatas a los mercados.
+
+La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Sus
+ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo
+encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño. Venían de
+Bellasvistas y de Tetuán, de los barrios llamados de la Almenara, de
+Frajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro, y marchaban a
+lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones
+destinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidas
+sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda
+las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos
+pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de
+sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.
+
+El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras
+variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de las
+amazonas. Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana.
+Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los
+garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres
+lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y
+este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia. Jamás
+habían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de la
+almohaza. Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo,
+sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les daban
+el mismo aspecto que si llevasen pantalones.
+
+Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica que
+huyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelo
+de vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras,
+como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los
+residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran
+ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de
+ella.
+
+Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de la
+barriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salían de las calles
+inmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los Cuatro
+Caminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lóbregos y sus
+puertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza.
+
+Ya no llegaban más carros del campo con su tosca solidez semejante a la
+de la vida robusta y sana. La calle ocupábanla ahora los vehículos de la
+busca, sórdidos, sucios, negros algunos de ellos como ataúdes, con
+toldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban y
+pasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo del
+almuerzo pendiente de un botón, o con chaquetones pardos y la boina
+calada hasta los ojos. Desde el fielato se les veía alejarse, las manos
+en los bolsillos y la espalda encorvada, con ademán humilde, resignados
+a sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendo
+de antemano la fatiga monótona y gris que se extendería hasta el momento
+de su muerte.
+
+Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupaban
+frente a la estación de los tranvías, esperando los primeros coches.
+Eran maquinistas de fábrica, capataces, encargados de talleres, la
+aristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los demás en su
+relativo bienestar.
+
+El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, seguía
+desde la puerta el paso de los trabajadores, llamó a un joven que venía
+de Madrid y le invitó a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba de
+descansar: tenía el día entero para dormir. Y mientras le ofrecía
+lumbre, le preguntó guiñando un ojo:
+
+--¿Qué hay de política, amigo Maltrana? ¿Cuándo viene «la nuestra»? ¿Es
+verdad que el gobierno está al caer?...
+
+El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que
+encendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente
+vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba al
+descubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con su
+peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte
+oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una
+expresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de una
+inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su
+figura.
+
+Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha
+desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones
+rotos y el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Un
+macferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapas
+mostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventud
+mísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y
+un cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo había
+tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo.
+
+--¿Qué hay de política?--dijo otra vez el empleado.
+
+Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y
+lo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en la
+redacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas,
+sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra,
+abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesar
+a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen
+amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles
+públicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo que
+decía:
+
+--Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en la
+redacción.
+
+--¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas?
+
+Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores del
+periódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y la
+información política, los «pájaros gordos», como los designaba por
+antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto
+nacional, a los únicos profetas del porvenir.
+
+--Pues los «hombres»--contestó el joven con cierta timidez, como si le
+repugnase mentir--creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «la
+nuestra».
+
+--Lo mismo digo yo.
+
+Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró con
+cierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse de
+igual a igual con los «hombres».
+
+Todas las mañanas veía a Maltrana, al volver éste de la redacción. El
+pobre joven, para dormir, tenía que esperar a que su padrastro y su
+hermano menor abandonasen un mísero cuartucho de la calle de los
+Artistas, y una vez en él, se tendía sobre el camastro único, todavía
+caliente, con la huella de los cuerpos del viejo albañil y su aprendiz.
+Dormía hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba a
+los Cuatro Caminos el rebaño de trabajadores, volvía él a Madrid a
+emprender su vida dura de pájaro indefenso, falto de pico y de garras,
+que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin más alimento que las
+escasas migajas olvidadas por otros.
+
+Aprovechaba la luz de la redacción, el papel y la tinta, en las horas en
+que el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destino
+desconocía. Proporcionábanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez,
+habían recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. La
+retribución llegaba a él con tal merma, después de pasar por las manos
+de los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas de
+fatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermano
+Pepín, más conocido por el _Barrabás_, ganaba como aprendiz de albañil.
+Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajo
+era su único medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de una
+traducción representaba la comida, al anochecer, en una taberna
+frecuentada por las gentes del «oficio», periodistas de escaso sueldo,
+jóvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban mal de
+todos, entreteniendo así la espera impaciente de una hora de celebridad.
+No eran gran cosa estos banquetes; pero ¡cómo pensaba en ellos los días
+en que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones!
+Transcurrían para él, en la redacción, las horas de la noche en continua
+lectura, sintiendo al mismo tiempo en el estómago los retortijones del
+hambre. Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y su
+cabeza parecía rodar, como si repeliese toda idea, sentía deseos de
+lucha, feroces anhelos de herir a alguien. Entonces iniciaba discusiones
+filosóficas, acabando por burlarse de los ideales políticos del
+periódico, únicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y con
+su cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ¡ay! que
+habían cenado.
+
+Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, veía
+entrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuera
+de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción.
+
+--¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran.
+
+Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban
+hasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en las
+cafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último y
+definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca,
+lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de la
+nube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura con
+juvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, que
+presentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a un
+gobernante de cuando llegase «la nuestra»!...
+
+Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con la
+cabeza entre las manos, fingiendo leer una revista extranjera, seguía
+con mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristóbal, el propietario
+del periódico, un buen señor francote y paternal, sin otras
+preocupaciones que su diario, la revolución que no llegaba nunca y el
+deseo de que reconociesen todos sus sacrificios por «la idea».
+
+--_Homero_... ¿un cigarrito?...
+
+_Homero_ era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachos
+de la redacción, abominando de su cultura, que «les cargaba», y
+afirmando que, con toda su sabiduría, era incapaz de escribir la crónica
+de un suceso o pergeñar un crimen interesante. Primero le habían apodado
+_Schopenhauer_, por la frecuencia con que citaba a su filósofo favorito;
+después _Nietzsche_; pero estos nombres eran de difícil pronunciación, y
+una noche que Maltrana, aislado de la realidad, osó recitar en griego
+algunas docenas de versos de la _Ilíada_, acordaron todos llamarle
+_Homero_ para siempre.
+
+El buen _Homero_ aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristóbal,
+el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no servía ni
+para ordenanza de la redacción. Fumando entretenía la espera angustiosa
+de las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas del
+propietario. El buen señor, al sentir ciertos desfallecimientos del
+estómago, incluía generosamente en su necesidad a todos los muchachos.
+Unas veces era carnero con judías, guisado en la taberna cercana; otras,
+una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le parecía
+esplendorosa como un astro entre las nubes de periódicos que llenaban la
+mesa y bajo la fría luz de las bombillas eléctricas.
+
+--A ver, señores, ¿quién me hace oreja?--decía don Cristóbal con gestos
+de padre--. Que traigan pan y vino para todos... _Homerito_, acércate y
+mete la uña. A tu edad siempre hay apetito, y tú debes andar algo
+atrasado.
+
+_Homerito_ metía la uña, al principio con timidez; pero los primeros
+bocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estómago, y para
+amansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado por
+ella si retrasaba el envío. Al bondadoso protector le hacía gracia el
+hambre voraz de aquel muchacho feo. ¡Ah, la juventud! ¡Envidiable
+estómago! Viéndole, sentía nuevas ganas: _Homero_ era su aperitivo.
+
+Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las últimas migas,
+bebíase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegría digestiva
+de las últimas horas de redacción, las mejores de la noche.
+
+Sólo entonces hablaba _Homero_ de política, compartiendo las ilusiones y
+esperanzas de los demás. Vendría la deseada... «la nuestra»; y entonces,
+o no había justicia ni vergüenza, o don Cristóbal sería ministro del
+primer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor con
+sonriente modestia. Maltrana, para animarle, se incluía en el triunfo.
+El también sería algo, ¡qué demonio!... Se contentaba con una dictadura
+sobre la instrucción pública, para desasnar el país a palos. Cada uno a
+sus aficiones.
+
+Y el buen _Homero_ describía, entre las risas de los compañeros, su
+entrada en la Biblioteca Nacional al día siguiente de la revolución,
+seguido de un piquete de ciudadanos. ¡A formar todo el personal! Los
+bibliotecarios, que le conocían por haber sostenido con él más de un
+altercado, esperaban su sentencia trémulos de miedo. Ahora pagarían sus
+embustes siempre que se les pedía un libro moderno: el negar su
+existencia o el afirmar que lo tenía otro lector entre manos; aquel
+deseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de inútil erudición,
+mamotretos enojosos que repelían a la gente, quitándola los deseos de
+instruirse. A culatazos bajaba la escalinata el rosario de prisioneros,
+y el dictador los colgaba sin piedad de los árboles de Recoletos, con un
+cartelón en el pecho: «Por traidores a la cultura y fomentadores de la
+barbarie pública...» Sin salir del edificio, se daba una vueltecita por
+los salones del Arte Moderno y entraba a saco en este hospital de
+monstruos, horrendo almacén de fealdades y ñoñerías históricas. Salvo
+raras excepciones, todos los cuadros eran arrojados por las ventanas,
+formándose con ellos una gran hoguera. Los alumnos de Bellas Artes, por
+orden del dictador, habían de saltarla en señal de alegría por la
+desaparición de tanto mamarracho.
+
+Después, con su escolta de implacables ejecutores, se llegaba al Museo
+del Prado. Llamada y tropa al personal y discurso que ponía los pelos de
+punta. Había llegado el momento de dar fin a la eterna zarabanda, a la
+interminable clasificación, a los nuevos arreglos que tenían en perpetuo
+movimiento las obras artísticas, desorientando al público y haciéndole
+vagar de uno a otro salón como en un dédalo. Al primero que moviese de
+su sitio un cuadro o una estatua, un tiro en la cabeza: he dicho. Y
+_Homero_ terminaba su excursión revolucionaria cerrando para siempre el
+Teatro Real. ¡Viva la música! ¡Abajo la ópera! Los aristócratas que
+conversasen libremente en sus salones, sin el runrún enojoso de la
+orquesta; que lucieran sus joyas sin tomar el arte como alcahuete del
+lujo. Los antiguos mozos de cordel que ganan millones por tener en la
+laringe la enfermedad del tenorismo, las señoritas de bata blanca y
+cabellera suelta que se hacen las locas entre fermatas y gorgoritos, a
+su antiguo oficio o a coser a máquina. De volver a titularse artistas,
+sufrirían la pena que marca el Código por falsedad de estado civil. Los
+músicos faltos de sueldo y los cantantes modestos y fervorosos serían
+mantenidos por el Estado, dando cada noche un concierto gratuito, de
+asistencia obligatoria, en los diez distritos de la capital, por
+riguroso turno.
+
+Y tras estas reformas insignificantes, _Homero_ tomaba asiento en su
+sillón de dictador, acometiendo la gran reforma: el examen general de
+todos los maestros de escuela; la revisión de la mentalidad de todos los
+catedráticos, pero de un modo implacable, sin entrañas, como pudiera
+juzgar un inquisidor. Profesores de Universidad descendían a ser
+maestros de aldea; la gran mayoría de los preceptores rústicos recibían
+la cesantía y un pedazo de tierra inculta para que la arasen, dando así
+natural expansión a sus verdaderas facultades. Muchos desgraciados con
+talento, que titubeaban en las avenidas de la vida, no sabiendo qué
+camino tomar, entraban en el magisterio, dignificado y elevado a primera
+función nacional. El más humilde maestro de España tendría mayor sueldo
+que un canónigo...
+
+Así hablaba _Homero_, entre las risas de sus camaradas, dejando
+modestamente a los grandes hombres de «la idea» que arreglasen otros
+problemas: el del estómago y el de la conciencia. El a lo suyo, a pulir
+la inteligencia nacional; y una vez bien montada la máquina del
+desasnamiento, todo aquel que llegase a los veinte años sin haberse
+aprovechado de estas facilidades para la cultura, sería expulsado del
+territorio hispano, para que poblara el África.
+
+El terrible dictador, al salir a la calle poco antes de amanecer, caía
+de golpe en la realidad. El frío, colándose bajo el sutil macferlán,
+hacía temblar al fusilador de bibliotecarios e implacable destructor de
+museos. El tirano sentía aguzarse de nuevo su apetito con el fresco del
+alba, y aceptaba del director o de cualquier compañero en fondos una
+taza de soconusco con media docena de «bolas». Iban a la chocolatería de
+la calle de Jacometrezo, sentándose junto a las paredes de azulejos
+fríos, ante unas vidrieras abiertas de intento para que reventasen de
+pulmonía todos los golfos que esperaban la mañana en torno de las
+primeras mesas.
+
+Allí, mojando buñuelos en el fangoso líquido de la taza, sentía renacer
+otra vez sus esperanzas, aunque menos intensas que en el ambiente cálido
+de la redacción. El sería algo; él subiría alto. Siempre que llenaba el
+estómago, sentíase animado por una fe ciega en su destino. Y con tales
+esperanzas, emprendía la caminata hacia los Cuatro Caminos, para reposar
+en el camastro todavía caliente.
+
+Mientras llegaba el momento de la ascensión, su vida no podía ser más
+triste. En vez de ingeniarse, como le aconsejaba su padrastro, para
+conquistar el pan, leía y leía por el gusto de saber, como un gran señor
+que tuviera asegurada la existencia y todos sus caprichos. Cercenaba su
+alimento para poder pagar con retraso las cuotas del Ateneo. La vida sin
+lectura de revistas, sin conocer lo que se pensaba en Europa, le parecía
+intolerable.
+
+Perdía las noches enteras en la redacción, y rara vez cogía una pluma.
+Al principio, le habían encargado que redactase sucesos, que inflase
+telegramas. El director se interesaba por él: deseaba incluirle en la
+plantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia de
+Consumos. Pero pasó una noche rompiendo cuartillas y dando paseos
+nerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir el
+encargo a un golfillo de la casa que no sabía escribir un renglón con su
+ortografía. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redactó
+con menos palabras que el original. Era un espíritu superior, incapaz de
+tan bajas funciones. Un día en que, por ausencia del director, le
+encargaron el artículo de fondo, llenó tres columnas de prosa razonadora
+y fría, resultando de ella, después de examinar y pesar todo lo
+existente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el periódico
+como el régimen de los gobernantes actuales.
+
+El tal _Homero_, según decía el propietario, era un manzanillo del
+saber. Mataba todo lo que cubría con su sombra. Le dieron libertad para
+que escribiera a su capricho, y publicó tres artículos sobre Ruskin y la
+belleza artística, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de las
+armonías y desarmonías entre el socialismo y las doctrinas de Darwin y
+Hæckel. Meses después aún reían en la redacción de aquellas columnas de
+prosa espesa y mate que nadie había leído hasta el fin. Don Cristóbal
+afirmaba con grave sorna que el diario había estado próximo a perecer, y
+que los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artículo
+de _Homero_. ¡Ir con tales galimatías al respetable público, que lo que
+desea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o que
+los diputados les mienten la madre a los señores del banco azul!...
+
+Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar los
+quince duros mensuales que le habían hecho entrever antes de su fracaso,
+seguía asistiendo puntualmente a la redacción. ¿Adónde ir?... Allí
+encontraba quien le escuchase, aunque con gestos irónicos; algunas veces
+hasta alababan su cultura, llegando a confesar que tenía cierto talento,
+pero que estaba chiflado. Además, él reconocía su gran defecto, el mal
+de su generación, en la que un estudio desordenado y un exceso de
+razonamiento había roto el principal resorte de la vida: la falta de
+voluntad. Era impotente para la acción. Estudiaba ávidamente y no sabía
+sacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando;
+las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores;
+pero sentíase incapaz de fijar con la pluma ni una pequeña parte de las
+ideas que se le escapaban en el chorro de la conversación.
+
+Y permanecía inmóvil, atascado en su camino, sabiendo que perdía el
+tiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin ánimo para intentar un
+esfuerzo, confiando en un extraño fatalismo que había de sacarle del mal
+paso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que le
+arrancaría de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera que
+poner nada de su parte.
+
+Aquella mañana era de las más alegres para el joven. Tenía dinero; la
+noche anterior había cobrado trece duros de una traducción, sintiendo
+con cierto deleite el peso del puñado de plata junto a su estómago, que
+aún conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Había
+cenado en la taberna, asilo de los días felices, los platos más
+suculentos, dándose, además, el gusto de pagar el matinal chocolate a
+los compañeros de redacción, asombrados de tanta riqueza.
+
+El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofrecía un
+cigarro y una parte de su café, atrajo igualmente su generosidad. Quería
+obsequiarle, hacerle partícipe de su opulencia, y casi a la fuerza le
+llevó al ventorrillo, detrás del fielato. Tomaría una taza de té, una
+copa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de él.
+
+Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que les
+sirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo.
+
+A espaldas del fielato, en el abrevadero, una banda de palomas
+picoteaba la tierra. Eran de la inmediata calle de los Artistas; volaban
+hasta allí para buscar en el suelo los residuos del pasto de los bueyes.
+Junto al ventorro alzábanse las tapias blancas del Sanatorio de Perros,
+el asilo de los canes de los ricos, cuidados en sus enfermedades por un
+veterinario.
+
+Maltrana vio a un hombre salir de la carretera con dirección al
+ventorro.
+
+--Es _Coleta_--dijo el jefe del fielato--. Domingo, el famoso trapero de
+las Carolinas.
+
+Llevaba a la espalda un saco vacío, pero él caminaba encorvado ya, como
+si presintiese su peso. Los zapatos, más largos que los pies, doblaban
+sus puntas hacia arriba; el pantalón de pana ceñíalo a la cintura con
+una cuerda de esparto; la camisa abierta dejaba al aire una maraña de
+pelos blancos y la piel apergaminada del cuello con sus tirantes
+ligamentos. Esta vestimenta sucia y mísera completábala con un chaqué de
+largos faldones y un sombrero abollado, deforme, rematado en punta como
+guerrero casco.
+
+Era viejo, con cierta malicia sacerdotal en el rostro afeitado y los
+ojillos verdosos cobijados bajo unas cejas grises y abultadas. La parte
+de sus mejillas acariciada por la rasura era lo único limpio de la cara.
+El resto estaba ennegrecido por la suciedad. Cada arruga era un surco
+fangoso; el cuero cabelludo mostraba las púas blancas del rapado por
+entre las escamas de la caspa endurecida.
+
+_Coleta_ saludó al del fielato y fijó después sus ojos en Maltrana.
+
+--¿No eres tú Isidro, el nieto de la _Mariposa_... uno que es señor en
+Madriz y escribe en los papeles?...
+
+Sí; él era, y se alegraba de que _Coleta_ le reconociese. ¿Qué deseaba
+tomar?
+
+Pero antes de que el trapero contestase, Maltrana y su amigo se fijaron
+en una gran escoriación que enrojecía todo un lado de su cara. La sangre
+seca manchaba los bordes del desgarrón.
+
+_Coleta_ levantó los hombros con indiferencia. Aquello no era nada: un
+tropiezo al salir de la taberna del _Cubanito_, la noche anterior.
+
+--Hemos estao de groma hasta la una de la mañana yo y los muchachos del
+barrio. ¡La gran tajá!
+
+Antes de pedir algo a la tabernera, que reía sólo con verle, quiso
+conocer lo que Maltrana había bebido, e hizo un gesto de repugnancia al
+oír que era una copa de aguardiente de limón.
+
+--¡Aguardiente!... Eso pa los borrachos. Vino: morapio del puro, que
+alarga la vida; y cuanti más, mejor.
+
+Había que ver el gesto indignado con que hablaba de los borrachos de
+alcohol, alabando de paso las virtudes del líquido rojo. Allí le tenían
+a él con sus sesenta y ocho bien cumplidos. Todas las mañanas iba a
+Madrid a la busca; al volver a su chamizo de las Carolinas, se pasaba
+las horas escogiendo su carga y la de la vecina, y después armaba fiesta
+en la taberna hasta la madrugada, y cuando estaba en su punto se ponía
+en cueros, sin miedo al frío, para que chillasen escandalizadas las
+mozas del barrio y rieran los camaradas. Nunca había estado enfermo.
+
+--Yo no duermo. Comer... ¡menos que un pájaro! Me mantengo con un cacho
+de pan así, y ustedes perdonen el modo de señalar. Es malo comer: el pan
+quita sitio a la bebida. Además, da mareos y hace que a uno se le
+revuelvan las tripas, y arroje y repuzne a los demás por su cogorza
+indecente... A mí me mantiene el vino... ¡Viva el negro!... ¡y el blanco
+también! Esta es la mejor de las boticas.
+
+Y se bebió de un golpe la copa que le ofrecía la tabernera. Desde el
+camino, un grupo de chicuelos que venía siguiéndole mirábalo a
+distancia, lanzándole insultos.
+
+--¡_Coleta_!... ¡Tío del gabán! ¡Borracho!
+
+El trapero acogía estos gritos tranquilamente, como un héroe satisfecho
+de su éxito popular. ¡Mientras gritasen!... Algo peor ocurría cuando los
+gritos eran acompañados de pedradas y había él de abandonar su saco para
+perseguir a los agresores.
+
+--Id a tocarle el... moño a vuestras madres.
+
+Y tras este prudente consejo, que hizo arreciar a la golfería en sus
+denuestos, _Coleta_ saboreó otra copa, alabando la buena suerte que le
+hacía tropezar tan de mañana con amigos rumbosos.
+
+El era el más pobre de todos los traperos: ni carro, ni burro, ni casa.
+Se lo había bebido todo. Su mujer estaba en el cementerio; y al hablar
+de ella humedecíanse sus ojos, por el recuerdo, sin duda, de las palizas
+que la había dado. Ahora tenía con él a la _Borracha_, la trapera más
+sucia y mal trabajadora que existía desde Bellasvistas a Fuencarral. Un
+dragón con faldas, señores; él no se avergonzaba de confesar su
+cobardía. Si la daba una torta, ella le devolvía tres; y era inútil que
+al regresar de la busca se comprase en las tiendas del Estrecho una
+buena vara de fresno o cortase un palo espinoso en cualquier vallado:
+equivalía a proporcionar armas al enemigo, pues la _Borracha_ acababa
+por cogérselo, arreándole con él para que saliese de la taberna.
+
+Todo envidia, pura rabia porque él encontraba amigos que le convidasen,
+y ella, gustándole mucho el vino, tenía que contentarse, cuando más, con
+las «cortinas», o sea con lo que queda en el fondo de las copas.
+
+Vivían en una especie de gallinero al extremo de un corral ocupado por
+montones de basura. Ayudaban a la dueña de la casa en la rebusca del
+género, y además el carro de ésta le traía el saco al regresar de
+Madrid. El tenía buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de
+las mejores calles, toda ella de señorío que comía bien. Con las sobras
+podía engordar como un fraile, si le gustase comer. Los hijos de su
+primer matrimonio vivían en Madrid, trabajando unas veces en el
+adoquinado y rabiando otras de hambre. Apenas si los veía.
+
+--La familia... con tomate, señores míos. Tanto tienes, tanto vales;
+cada uno a lo suyo. Los chicos, cuando me ven, me hablan de que les
+traspase la parroquia. El ama de mi casa también quiere lo mismo...
+¡Magras! El negocio, siempre a mi nombre. Soy un vivo y he visto mucho.
+El negocio, mío, mientras viva yo: Domingo Rivero, alias _Coleta_, para
+servir a ustedes.
+
+Y al hablar así, miraba con orgullo el saco que llevaba al hombro, el
+negocio envidiado, que pensaba defender hasta su muerte, como si este
+trozo de arpillera hubiera de servirle de mortaja.
+
+Después rompió en elogios a la tabernera y su vino. ¡Olé las señoras de
+mérito! La copa era allí menos barata que en el barrio de los traperos,
+pero mucho mejor. Al ir a Madrid y al volver, no podía sustraerse a la
+tentación de abandonar el camino para contemplar los ojos de la dueña,
+su aire de señorío y los parroquianos de la casa, todos unos
+caballeros... Y con estas alabanzas aún conquistó una tercera copa.
+
+Maltrana y su amigo, temiendo que el trapero renunciase a la ida a
+Madrid si le convidaban otra vez, volvieron al fielato. _Coleta_ les
+siguió, afirmando que no tenía prisa. Sus parroquianos se levantaban
+tarde.
+
+En las aceras de Punta Brava se habían establecido ya los puestos del
+mercadillo de los Cuatro Caminos. Los cortantes colgaban de unas vigas
+negras los cuartos de res desollada. Un perfume agrio de escabeche y
+verduras mustias impregnaba el ambiente. El grupo de chiquillos que
+acosaba al trapero se dispersó al verle bien acompañado, ocultándose
+tras los primeros tranvías.
+
+De pronto, la mañana gris se iluminó con resplandores de oro. Rasgáronse
+los vapores blanquecinos; se abrió en el celaje un agujero de profundo
+azul, por el que pasó sus rayos el sol oculto. La tierra pareció sonreír
+bajo su húmeda máscara. Los charcos de lluvia brillaron con temblones
+reflejos, como si se poblasen de peces de fuego; los caseríos rojos y
+blancos surgieron como vigorosas pinceladas en los cerros de verde
+obscuro que limitaban el horizonte. La torre de Santa Cruz parecía una
+llama recta sobre los tejados de Madrid. La banda de palomas levantó el
+vuelo en espiral, con alegre rumor de plumas y arrullos.
+
+Dos jóvenes pasaron junto al fielato cogidas del brazo, con el embozo
+del mantón ante la boca. Tenían la belleza de la obrera, la frescura de
+esa breve juventud de las hembras de trabajo, que triunfa sólo
+momentáneamente de la anemia hereditaria, de las privaciones que
+dificultan el desarrollo.
+
+Maltrana fijó sus ojos en la más pequeña, una morena de rostro pálido y
+grandes ojos de un negro intenso, casi azulado, igual al de sus
+cabellos. El busto endeble erguíase con una arrogancia natural dentro
+del mantón; sus pobres faldas de verano se movían con cierto ritmo
+majestuoso, sin tocar el barro, en torno de los pies pequeños,
+cuidadosamente calzados, que revelaban ser la parte más atendida de su
+persona.
+
+--¡Viva lo bueno!--gritó el borracho poniéndose en jarras--. ¡Ahí va la
+gloria del barrio!...
+
+Y para expresar su entusiasmo con más viveza, arrojó el grotesco
+sombrero en un charco, salpicando a todos de barro.
+
+El empleado del fielato saludó a las jóvenes con un tono de zumba
+paternal:
+
+--Que seáis buenas... Cuidadito con perderse...
+
+Las dos pasaron adelante sonriendo, sin contestar a los saludos mas que
+con movimientos de cabeza. La pequeña habló al alejarse.
+
+--Adiós, Isidro--dijo con voz grave, al mismo tiempo que se enrojecían
+sus mejillas.
+
+--Adiós, Feliciana--contestó el joven.
+
+Y la siguió con los ojos, admirando su marcha rítmica y graciosa sobre
+el barro, su cuerpo gentil y esbelto, que iba empequeñeciéndose con la
+distancia.
+
+El sol se ocultó de pronto; volvieron a cerrarse las nubes; ya no
+brillaron los charcos. Se extendió de nuevo sobre la tierra un velo
+gris, y la espiral de palomas cesó de aletear, desplomándose de golpe en
+el fango.
+
+El jefe del fielato habló de las dos muchachas. Las veía pasar todas las
+mañanas a la misma hora; trabajaban en una fábrica de gorras de la calle
+de Bravo Murillo. Feliciana era la hija única del _Mosco_, el famoso
+cazador de Tetuán, y su compañera una muchacha de Bellasvistas, a la que
+aquélla recogía todas las mañanas para ir juntas al trabajo.
+
+El nombre del _Mosco_ hizo prorrumpir al trapero en exclamaciones de
+admiración. Aquel era un hombre. Quitaba el sueño a toda la gente del
+Real Patrimonio. _Coleta_ lo sabía de buena tinta: el administrador de
+El Pardo se desesperaba por no haber podido atrapar al _Mosco_, y los
+guardas, apenas cerraba la noche, preguntábanse por qué lado del inmenso
+bosque trabajaría aquel bandido.
+
+Los gazapos reales dormíanse en sus madrigueras, resignados de antemano
+a que les despertase la sangrienta dentellada del hurón; los corzos, al
+beber en los arroyos a la luz de las estrellas, se mugían a la oreja:
+«Mucho ojo, hermanos; el _Mosco_ debe de andar cerca...» Un perro suyo,
+apodado _Puesto en ama_, había sido tan famoso por lo temible, que, al
+matarlo los guardas en un encuentro, lo llevaron en triunfo a la
+administración de El Pardo, y allí le guardaban empajado y con ojos de
+vidrio, como una curiosidad del real sitio.
+
+_Coleta_ había conocido a este animal. Cazaba los gamos a la carrera en
+medio de la noche; no había venado que le resistiese. Una vez hizo ganar
+a su amo cerca de tres mil reales. Ahora, el _Mosco_ tenía otro perro,
+el segundo _Puesto en ama_, una verdadera alhaja, pero de menos mérito
+que el otro, y con él continuaba sus expediciones de «dañador», sus
+audacias de furtivo, saliendo de ellas en algunas ocasiones chorreando
+sangre, pero abriéndose paso siempre por entre los disparos de los
+guardas y los galopes de los vigilantes montados. ¡El plomo que aquel
+hombre llevaba en el cuerpo!...
+
+_Coleta_, agotados los elogios al intrépido cazador, cuyas hazañas
+conocían mejor que él los que le escuchaban, iba ya a emprender el
+camino hacia Madrid, cuando su instinto de parásito le hizo fijarse en
+un carro descubierto que avanzaba con lento balanceo sobre los relejes
+de la carretera. La mula, alta y forzuda, con grandes desolladuras por
+la falta de limpieza, llevaba el cabezón adornado con cintajos
+multicolores encontrados en la basura. Parecía una bestia de tribu
+marchando adornada a una fiesta salvaje.
+
+--Esa me llevará--dijo _Coleta_--. ¡Eh, tío Polo... señor Polo, pare
+usted! Aquí hay amigos.
+
+De la parte trasera del carro surgió, como un monigote del fondo de una
+caja, una cabeza de viejo, con el cuello del chaquetón rozando las
+orejas y un gorro de pelo encasquetado hasta los hombros. Era una cara
+mofletuda y roja, con una vaguedad en los ojos rayana en la estupidez.
+Se detuvo el carro, y poco a poco fue saliendo de la parte delantera
+otro viejo, incorporándose trabajosamente con las riendas en la mano.
+Parecía el Padre Eterno. Sus barbas amplias de plata se extendían sobre
+el pecho y formaban una aureola de blancos vellones en torno de sus
+mejillas sonrosadas. El labio superior, cuidadosamente afeitado, era lo
+más limpio de su rostro. Los ojillos verdosos y profundos estaban
+rodeados de arrugas, que parecían rayas de carbón por la suciedad de sus
+surcos. El traje era tan bizarro como su ancianidad. Cubríase con una
+especie de casulla de pieles de conejo, sujeta a la cintura por una
+cuerda. Su pantalón estaba resguardado en los muslos por zajones
+cortados de una alfombra vieja y adornados con cintajos iguales a los de
+la mula. Una boina verdosa, con rastros de telarañas, cubría su cabeza
+sonrosada y blanca. El adorno de su persona revelaba suciedad salvaje y
+simpleza infantil. Las manos eran negras, con escamas en el dorso; las
+mejillas y los labios, acariciados por la navaja, mostraban una frescura
+de niño.
+
+--¿Qué se les ofrece a ustedes?--dijo con atiplada vocecilla y
+entonación cortés--. ¿En qué puedo servirles, señores?...
+
+Sus ojos se fijaron en _Coleta_, e hizo un mohín de desprecio.
+
+--¡Ah! ¿Eres tú, borrachín?...
+
+Después saludó con la cabeza al jefe del fielato, pues era respetuoso
+con toda autoridad que pudiera molestarle; y al fijar los ojos en
+Maltrana, lanzó una exclamación de alegría.
+
+--¿Pero eres tú, Isidro?--preguntó con su voz infantil--. ¡Pues pocas
+ganas que tenía de verte!... La abuela no piensa en otra cosa; siempre
+me hace el mismo encargo: «Si ves al chico, dile que venga. Casi no le
+he visto desde que nos casamos.»
+
+--Sí, yo soy, amigo _Zaratustra_. ¿Cómo le va a la abuela contigo? ¿Aún
+estáis en la luna de miel?
+
+El viejo hizo un gesto de protesta, sin dejar de sonreír.
+
+--De una vez para siempre, dame un nombre y no me lo cambies a tu
+capricho. Unas veces me llamas Krüger, y no me ofende que me compares
+con ese buen señor que se peleó con los ingleses... ¡Mala gente! El otro
+día encontré en la basura una caja de cerillas con su retrato, y,
+efectivamente, algo nos parecemos... Otras veces, soy _Trapatustra_ o...
+_Zorra no sé qué_: otro personaje al que también me parezco, según tú
+dices... Sí; ya sé quién era: me contaste un día su historia. Un sabio
+que no tenía un perro chico, como yo; que estaba en el secreto de todo y
+se reía de todo... lo mismo que yo; que vivía en alto, como yo vivo,
+viendo a mis pies todo Madrid. El tenía al lado un aguilucho al decir
+sus cosas, y yo, a falta del pajarraco, tengo cinco perros que entienden
+más que muchas personas, y me rodean y me escuchan cuando digo las
+mías... Porque tú, Isidrillo, aunque parezca que te pitorreas de mi
+persona, bien reconoces que tengo algo de sabio.
+
+--¿Quién puede dudarlo?--exclamó Maltrana con tono zumbón--. Por algo te
+llamo _Zaratustra_. Tú eres el solitario de Bellasvistas, el gran
+filósofo de los Cuatro Caminos, el sabio de la busca, el más profundo de
+los traperos que entran en Madrid.
+
+--Noventa y cuatro años, señor--continuó _Zaratustra_, dirigiéndose al
+jefe del fielato--. El cuerpo sano, el estómago de buitre; sólo tengo
+flojas las piernas, que me obligan a permanecer quieto en el carro,
+mientras éste, que es mi ayudante--y señalaba al bobo de la gorra de
+pelo--, entra en las casas. Soy el más antiguo del gremio. Sólo quedan
+algunos de mi época allá en el Rastro, que se han establecido, han hecho
+fortuna y tienen casa abierta en las _Américas_. Más de cincuenta años
+de servicios; y en todo este tiempo, ni un día he dejado de bajar a
+Madrid... Yo he visto mucho; he visto al señor de Bravo Murillo traer
+las aguas a Madrid y saltar el Lozoya por primera vez en la antigua taza
+de la Puerta del Sol; he visto cómo la villa ha ido poco a poco
+ensanchándose y dándonos con el pie a los pobres para que nos fuéramos
+más lejos. Este fielato lo he visto en lo que es hoy glorieta de Bilbao.
+Donde yo tuve mi primera barraca hay ahora un gran café. Todo eran
+desmontes, cuevas para gente mala; a Dios le quitaban la capa así que
+cerraba la noche; y ahora anda uno por allí, y todo son calles y más
+calles, y luz eléctrica, y adoquines, y asfaltos, donde estos ojos
+pecadores vieron correr conejos... Los antiguos cementerios han quedado
+dentro; los pobres que vivimos cerca de ellos vamos en retirada, y
+acabaremos por acampar más allá de Fuencarral. Dicen que esto es el
+Progreso, y yo respeto mucho al tal señor. Muy bien por el Progreso...
+pero que sea igual para todos. Porque yo, señor mío, veo que de los
+pobres sólo se acuerda para echarnos lejos, como si apestásemos. El
+hambre y la miseria no progresan ni se cambian por algo mejor. La ciudad
+es otra, los de arriba gastan más majencia, pero los medianos y los de
+abajo están lo mismo. Igual hambre hay ahora que en mis buenos tiempos.
+
+--¡Bien, _Zaratustra_, muy bien!--dijo Maltrana, aprovechando una pausa
+del viejo.
+
+--Yo, señor--continuó el viejo, dirigiéndose al del fielato--, lo que
+más siento es que no veré en qué acaba todo esto. Lo del Progreso ha
+nacido en mis tiempos. Cuando yo era muchacho, las aguas iban por otro
+lado. Yo, de mozo, fui carlista; soy manchego y anduve con _Palillos_:
+pura ignorancia. Pero repito que vi nacer la criatura, y tendría gusto
+en enterarme por mis ojos de hasta dónde alcanza, pues por ahora no es
+gran cosa lo que lleva hecho en favor del mediano... ¡Pero soy tan
+viejo!... ¿Ve usted a _Coleta_, ese borrachín que nos oye? Parece de más
+años que yo, y le he visto nacer... Noventa y cuatro años, señor, y
+tengo cuerda para ciento y pico. Lo sé muy cierto: yo entiendo de estas
+cosas.
+
+Maltrana y su amigo acogían con movimientos afirmativos las palabras del
+anciano. Su verbosidad, una vez suelta, no podía detenerse; hablaba con
+incoherencia infantil.
+
+--Hoy voy tarde a la busca, pero no importa. Mi parroquia es segura y
+buena: cafés de la Puerta del Sol, comercios antiguos de la calle del
+Carmen. Hay casa que la tengo cuarenta años; a los dueños de ahora los
+he conocido niños, y cuando lloraban les hacían miedo amenazándoles con
+el tío Polo, que se los llevaría en el carro. Entonces tenía más humor y
+mejores trajes. A mí siempre me ha gustado vestir bien. ¿Ven ustedes
+esta prenda de pieles, que ni el rey la lleva? Pues la he hecho yo; y yo
+también otra que guardo en casa para los días de fiesta, con cintajos de
+colores y espejuelos que quitan la vista: un uniforme de magnate de las
+grandes Indias, según dice Isidrillo. En otros tiempos solía vestirme de
+peregrino para ir a la busca, pero los chicos me seguían como unos bobos
+y los guindillas me amenazaban con llevarme a la prevención. ¿Por qué,
+señores míos?... Lo que yo les decía: ¿Qué somos todos en este mundo,
+mas que peregrinos que vamos pidiendo a los demás y caminando hasta
+llegar al final de nuestra vida? Peregrino es el rey, que pide a los de
+abajo los millones que necesita para vivir en grande; peregrinos los
+ricos, que viven de lo que les sacan a los pobres; peregrinos nosotros,
+los medianos... y no digo los de abajo, porque es feo. No hay criatura
+de Dios que esté abajo. De abajo sólo son los animales. Nosotros somos
+los medianos.
+
+Y hablaba mirando a lo lejos, con cierta vaguedad conocida de Maltrana
+como precursora de un chaparrón de divagaciones.
+
+--¡_Zaratustra_, que te remontas!--exclamó el joven--. No nos aplastes
+con tus incoherencias filosóficas.
+
+--Bueno estoy para remontarme. No he podido dormir en toda la noche...
+Estas malditas piernas; el reúma, que se me agarra a ellas como un perro
+rabioso. ¡Qué tiempo! Y lo peor es que durará toda esta luna. Ya sabes,
+Isidrillo, que yo entiendo de tales cosas. Nada de librotes, ni
+compases, ni mapas, como los sabios. He pasado mi vida en el campo,
+viendo el cielo de noche y de día. Para mí no tiene secretos. Créame
+usted, señor--añadió dirigiéndose al del fielato--; el sol es el cuerpo
+noble, y de él viene todo lo bueno. Pero antes de que llegue hasta
+nosotros pasa por cuatro cuerpos: el azul, el rojo, el amarillo y el
+verde. Por eso vemos el arco iris. Según el color que predomina, así es
+el tiempo. Además, están los ocho vientos; pero éstos sólo los entiende
+el que los maneja, que es Dios. ¿No es esto cierto y clarísimo? Pues los
+señores sabios no quieren oírme. He ido muchas veces al Observatorio a
+dar buenos consejos, y no me dejan pasar de la puerta, diciendo que ya
+tienen quien recoja la basura. Así anda todo en este país. No se ocupa
+nadie de las cosas del cielo, y en el cielo está el pan. Sin lluvia no
+hay agricultura, y la agricultura es la más noble profesión del país.
+Hay que protegerla; hay que ayudar al mediano; que gaste el de arriba,
+ya que tiene, pero que no sea todo para él...
+
+Maltrana interrumpió al viejo. Era capaz de permanecer allí toda la
+mañana si seguían escuchándolo. Le esperarían sus parroquianos; su
+ayudante, el _Bobo_, lanzábale miradas de impaciencia; el pobre _Coleta_
+aguardaba a que le dejase subir en el carro para ir a Madrid.
+
+--Sube, vida perdurable--dijo Polo con vocecilla misericordiosa.
+
+El borracho se encaramó en el vehículo, arrastrando su saco vacío, y
+_Zaratustra_ tiró de las riendas, haciendo salir a la mula oblicuamente
+para ganar el centro del camino.
+
+--Adiós--dijo el trapero--. No olvides, Isidrillo, que la abuela te
+espera. Ve por allá; le darás una alegría a la pobre... Y usted, señor,
+acuérdese de lo que le dice un viejo que sabe algo. Hay que ayudar al
+mediano. El mediano es el que da el pan.
+
+Hablaba con la cabeza vuelta hacia el fielato, tirando de las riendas a
+la mula, sin ver adónde marchaba ésta. El carro chocó con un tranvía que
+acababa de detenerse en la glorieta de los Cuatro Caminos. La punta de
+una de sus barras hizo saltar del vagón varias costras de barniz y una
+ligera astilla.
+
+Los empleados prorrumpieron en imprecaciones y echaron pie a tierra,
+insultando a _Zaratustra_.
+
+Corrió la gente, aproximáronse los del fielato, y se formó un gran
+círculo de curiosos en torno del carro y de los que agitaban sus brazos
+increpando al trapero.
+
+--No hay que enfadarse, caballeros--dijo el viejo con vocecilla
+triste--. Ya sé lo que es esto: tómenme ustedes el nombre.
+
+Uno de ellos escribió las señas del tío Polo, sin dejar de amenazarle
+por su torpeza, augurando que iba a costarle cara la fiesta. Rara era la
+semana que no tenía algún encuentro con los tranvías. A su edad debía
+quedarse en casa, sin meterse a guiar bestias.
+
+Partió el vagón, alejáronse los curiosos, y _Zaratustra_ arreó de nuevo
+a la mula, mientras el _Bobo_ y el borracho callaban, anonadados por el
+accidente.
+
+--Tú, Isidrillo--dijo al joven--, ya que escribes en los papeles y
+conoces personajes, veas si puedes arreglarme esto.
+
+Pero el viejo, antes de que Maltrana le contestase, sonrió tristemente y
+siguió diciendo con expresión de desaliento:
+
+--No te canses: es inútil. Adiós, señores. A Madrid, mula... Pagaré como
+siempre. ¿Quién se mete con esos señores que son los amos? Paga tu
+crimen, ya que por ir a ganar el pan estropeas un poco de pintura. Ellos
+tienen millones, y pueden reventar con sus coches a un pobre diablo
+todas las semanas; pueden cubrir la puerta del Sol con una parrilla de
+alambres del demonio, que el día que se caiga matará a medio Madrid...
+Es el planeta de las criaturas. El lobo se come al cordero, el milano a
+la paloma, el pez gordo al pequeño, y hay que dar gracias al rico
+porque, pudiendo tragarse al mediano, le deja vivir para que pene.
+
+Así hablaba _Zaratustra_.
+
+
+
+
+II
+
+
+Al recordar Isidro Maltrana su pasado, deteníase en los años de su
+infancia transcurridos en el Hospicio. Algo había en su memoria que le
+hablaba de una existencia anterior; pero eran recuerdos confusos, vagas
+remembranzas cortadas por obscuras lagunas de olvido, y envuelto todo en
+una niebla pálida que amasaba personas y sucesos.
+
+El recuerdo más remoto era el de un patio de casa de vecindad, que a él,
+en su pequeñez, le parecía inmenso, con una luz triste y fatigada que
+venía de lo alto, enturbiándose al resbalar por las paredes grasientas,
+al filtrarse por entre las ropas astrosas pendientes de las galerías.
+
+Se contemplaba andando a gatas por un corredor interminable, ante una
+fila de puertas numeradas con esa uniformidad que luego había visto en
+cuarteles y presidios. Muchas mujeres sentadas ante las puertas cosían y
+charlaban. Otras veces reñían, y al ruido de sus voces poblábanse las
+barandillas de bustos echados adelante por una malsana curiosidad, de
+cabezas greñudas que azuzaban a las contendientes como bestias rabiosas.
+
+Al anochecer llegaban los hombres. Mostrábanse tristes, fatigados, con
+el ceño torvo, parcos en palabras, sin otro deseo que el de pedir la
+cena, maldiciendo sordamente al maestro, a los compañeros, a todos los
+ricos, a la vida adusta e ingrata, que sólo tenía para ellos rudezas y
+choques. Otros días llegaban más tarde, y mientras las mujeres contaban
+montoncillos de monedas, partiéndolos, como si estas divisiones
+respondiesen a un cálculo anterior, ellos cantaban, reían, se llamaban
+de puerta a puerta, de piso a piso, con una alegría de pájaro, olvidados
+de sus miserias, dominados por la felicidad del momento, que creían
+interminable, hablando de volver a la taberna, en la que habían hecho
+una larga detención antes de llevar a casa su jornal.
+
+A mediodía, la madre de Maltrana le tomaba en uno de sus brazos, y
+pasando el otro por el asa de la cesta, iba en busca de su marido, el
+albañil. Comían en las aceras de las calles estrechas y pendientes,
+junto al pavimento de agudos guijarros; otras veces en plena Castellana,
+a la sombra de un árbol, viendo pasar lujosos carruajes que, heridos por
+el sol, echaban rayos de su charolado exterior, y sombrillas rojas y
+azules, graciosas cúpulas de seda, bajo las cuales marchaban señoras
+elegantes, precedidas de niños enguantados y con huecos faldellines, que
+el hijo del albañil contemplaba con asombro. Sentábanse ante el hondo
+plato, en el cual volcaba la madre el pucherete de los días de
+abundancia o un pobre guiso de patatas al final de la semana. Las
+ráfagas del invierno cubrían la comida de polvo y hojas secas. Cuando
+rompía a llover apenas volcado el puchero, la familia se refugiaba en un
+portal para engullir el resto de su pitanza.
+
+El pequeño conocía la llegada de los domingos por la comida, que era
+también al aire libre, pero sin andamios cerca, sin la vecindad de
+blusas blancas, en las afueras de la población, sentados en la hierba
+rala de algún solar sembrado de botes de lata, pedazos de botellas y
+zapatos viejos; viendo sobre el perfil de los inmediatos desmontes la
+bucólica silueta de una cabra tristona o de una vaca tísica; escuchando
+el vals loco martilleado a toda velocidad por el piano del merendero, al
+cual iba su padre para llenar de vino el cuadrado frasco. ¡Cómo
+recordaba Maltrana las tortillas de escabeche de los días de fiesta, en
+medio del campo yermo invadido por los residuos de la ciudad! ¡Cómo los
+pucheretes con piltrafas de tocino, junto a las vallas de los edificios
+en construcción!... Su madre apenas comía; sólo se ocupaba de él,
+llevando una mano al plato, mientras con la otra le sostenía en su
+regazo. Con el instinto maternal de los pájaros, tenía que pasarlo todo
+por su pico antes de que lo tragase el pequeñuelo. Llevábase la cuchara
+a la boca, soplaba en ella, la acariciaba con el aliento, y sólo tras de
+esta purificación se decidía a ofrecerla a su hijo, que, echando atrás
+la cabezota de pelos sedosos, mostraba sus encías desdentadas, su
+paladar sonrosado, de una palidez anémica. El padre comía mientras tanto
+con ávido silencio, devorando lo mejor del plato, y sólo al beber las
+últimas gotas se fijaba en el chiquitín, pasándolo a sus rodillas. Le
+daba pequeños pedazos de queso en la punta de su navaja; reía
+contemplando sus gestos, la grotesca masticación de su boca, semejante a
+la de un viejo.
+
+Maltrana, al recordar su pasado, preguntábase muchas veces cómo habían
+vivido sus padres. Los había visto reír volviendo de las comidas del
+domingo, con una alegría extraordinaria, pugnando él por cogerla del
+talle al envolverles la sombra del crepúsculo, defendiéndose ella,
+escandalizada por estar en medio de un camino. Otras veces--y el
+recuerdo después de tantos años aún conmovía al joven--, el padre surgía
+en su memoria colérico, con la voz ronca y el rostro congestionado,
+oliendo a vino, arrojándose con los puños levantados sobre la pobre
+mujer, que corría loca de miedo por el tugurio, esquivando los golpes.
+Estas escenas de terror acababan siempre con la caída del albañil en el
+camastro, fatigado de golpear a la hembra. Al poco rato sonaban sus
+ronquidos brutales, mientras la madre, abrazando al pequeño, lloraba
+sobre su cabeza silenciosamente.
+
+De este período embrionario de su memoria, lo que mejor recordaba Isidro
+eran las gracias de _Capitán_, un perrillo feo y sucio, camarada de
+miseria de la familia. Les acompañaba en las meriendas en el campo y las
+comidas en las aceras. Rondaba en torno del albañil, esperando las migas
+de su pan, seguidas de patatas, y una vez satisfecha su hambre tendíase
+junto al chiquitín, acariciándolo con sus traviesas patas, frotándole la
+cara con el hocico húmedo. Las más de las noches dormíase Isidro
+abrazado a él.
+
+Un día, el pequeño vio salir a su madre desmelenada y vociferando,
+seguida de otras mujeres no menos trastornadas. Luego, una vecina le
+cogió en sus brazos, sin contestar a las preguntas que la hacía él con
+infantil balbuceo. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!» era lo único que sabía decir
+aquella mujer: se acordaba bien. Y se encontró de pronto en una sala
+grande, que a él le pareció inmensa, blanca y con azulejos, y vio muchas
+camas, ¡muchas! con cabezas inmóviles hundidas en las almohadas, y en
+una de ellas un rostro entrapajado, casi oculto bajo el cruzamiento de
+los vendajes, unos bigotes con negros coágulos de sangre y unos ojos
+vidriosos por el espasmo del dolor, que le miraron tal vez sin
+reconocerle. Ya no vio más. Se sintió cogido de nuevo. Pero ahora era su
+madre la que sollozaba lo mismo que la vecina. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!»
+
+La dolorosa visión borrábase instantáneamente en su memoria. Un período
+de obscuridad venía luego, y pasado éste, se veía con cierta blusa negra
+que le daba gran prestigio entre la chiquillería de la vecindad.
+Tratábanle mejor que antes, como si la desgracia le colocase por encima
+de todos. Su padre había muerto tras una agonía horrible, magullado y
+deshecho por la caída desde un alero. Su madre pasaba los días fuera de
+casa. Visitaba a sus parientes en solicitud de socorros. La familia
+estaba esparcida en los puntos más extremos de Madrid. Unos vivían en
+Tetuán, dedicados a la busca; los de la otra rama, más acomodada y
+feliz, hacía años que se habían trasladado al Rastro, y tenían tiendas
+en las _Américas_. Pero los socorros disminuyeron así como se fue
+borrando el recuerdo de la desgracia, y la madre tuvo que buscar trabajo
+en casas extrañas, servir como asistenta, y volver de noche a su tugurio
+con sobras de comida en la cesta, que servían para alimentar al pequeño.
+
+Entonces fue cuando Maltrana entró en el Hospicio. Una señora en cuya
+casa trabajaba la madre se apiadó del huérfano del albañil. La tal
+señora tenía la manía de la limpieza, y cada dos días, al frente de sus
+criadas y con el esfuerzo de la asistenta, ponía en revolución sus
+habitaciones, apreciando con honda simpatía a la Isidra por el brío con
+que apaleaba las alfombras, frotaba las maderas y sacudía un polvo
+imaginario que parecía haber huido para siempre, asustado de esta
+rabiosa pulcritud. Ella gestionó la admisión del pequeño en el Hospicio,
+pensando que con esto su madre podría dedicarse con más desembarazo a
+las faenas. El muchacho, aunque feo, por su charla precoz gustaba mucho
+a aquella señora sin hijos. Más adelante ya vería de hacer algo por él.
+
+Y comenzó para Maltrana la vida de asilado: una existencia de sumisión,
+de disciplina, endulzada por el estudio y por los goces que le
+proporcionaba su superioridad sobre los compañeros. Los maestros
+mostraron por él gran predilección. El director, con toda su grandeza,
+que le hacía ser considerado en la casa como un ser casi divino, le
+conocía y se dignaba recordar su nombre. Las monjas le apreciaban por
+«modosito y discreto», obsequiándole con golosinas. Cuando algún
+personaje visitaba el establecimiento, Maltrana salía de filas para ser
+presentado como el mejor producto de la institución.
+
+Así transcurrieron los años, amoldándose Isidro de tal modo a su nueva
+existencia, que sólo en los días de paseo se acordaba de que tenía una
+familia fuera del Hospicio.
+
+Los jueves y los domingos, a la caída de la tarde, se estacionaban en la
+acera del Tribunal de Cuentas, frente a la portada churrigueresca del
+Hospicio, grupos de mujeres pobres con niños de pecho, viejos obreros, y
+una nube de muchachos, que entretenían la espera plantándose en medio
+del arroyo para «torear» a los tranvías, esperándolos hasta el último
+momento: el preciso para huir y no ser aplastados.
+
+Eran las familias de los chicos del Hospicio. Las madres venían de los
+barrios más extremos de Madrid: lavanderas, traperas, viudas de
+trabajadores, mendigas, todo el mujerío abandonado y mísero, que procrea
+por distraer el hambre. Se trataban como amigas al verse allí todas las
+semanas. Este encuentro regular unía con estrecha solidaridad a las que
+vivían en los puntos más apartados de la población.
+
+Esperaban la vuelta de los asilados, que al principio de la tarde habían
+salido a pasear por las afueras.
+
+--¡Por allí vienen!--gritaba una mujer, señalando lo alto de la calle de
+Fuencarral.
+
+Los grupos corrían hacia arriba, atropellando a los transeúntes,
+barriendo las aceras con su impulso, deseando envolver cuanto antes las
+filas de niños vestidos de gris, que avanzaban lentamente, cansados de
+la expedición.
+
+Muchas mujeres deteníanse, titubeando. Aquel grupo no era el de su hijo.
+
+--¡Vienen por abajo!--gritaba otra.
+
+Y toda la avalancha retrocedía, empujando de nuevo a los transeúntes,
+ganosa de salir al encuentro de los que llegaban por la parte opuesta.
+Era un deseo vehemente de encontrarles lo más lejos posible del
+Hospicio, de ganar algunos segundos, de prolongar la rápida entrevista,
+en la que habían pensado días enteros.
+
+La maternidad apasionada y ruidosa de la hembra popular estallaba con
+fieros arrebatos a la vista de los pequeños. Los besos parecían
+mordiscos; las caras de los asilados se enrojecían con los violentos
+restregones; muchos se echaban atrás, como temerosos de la primera
+efusión. Era el anhelo de resarcirse en un momento de la dolorosa
+abstinencia maternal, de aquella amputación del más noble de los
+instintos impuesta por la miseria.
+
+La formación de los asilados desbaratábase instantáneamente. Los grises
+uniformes desaparecían ahogados en el remolino de los grupos. Las
+mujeres agarrábanse al cuello de los pequeños y lloraban, sin cesar de
+hablarles con la incoherencia de la emoción.
+
+--¡Hijo de tu madre... chiquito mío!... ¡Rico!...
+
+Los hermanos rozaban sus harapos de golfos libres con el uniforme, que
+les admiraba, y no sabiendo qué decir al asilado, enseñábanle en
+silencio sus juguetes groseros, sus tesoros, los relucientes botones de
+soldado, los naipes rotos, los trompos, las «estampas» de un periódico
+ilustrado, guardadas, en sudorosos pliegues, entre la camisa y la carne.
+
+Algún obrero viejo marchaba solo al lado de un hospiciano. ¡Pobrecito!
+No tenía madre; estaba, en su desgracia, peor que los otros. Su mano
+callosa, cubierta de escamas del trabajo, acariciaba las mejillas
+infantiles, mientras la cara barbuda miraba a lo alto, pensando en que
+los hombres no deben llorar.
+
+--Toma un perro gordo: lo guardaba para «un quince»... Que te
+apliques... que seas bueno. Pórtate bien con esos señores.
+
+Los asilados avanzaban lentamente, entre los besos, las lágrimas y las
+recomendaciones, llorando también muchos de ellos, pero sin dejar de
+andar, con una pasividad automática de soldado, como si les atrajese la
+obscura boca de la portada monumental.
+
+Allí eran los últimos arrebatos de cariño; y las pobres mujeres, después
+de desaparecer sus hijos, aún permanecían inmóviles, mirando con
+estúpida fijeza, al través de sus lágrimas, al rey que, espada en mano,
+corona la obra arquitectónica de Churriguera.
+
+Isidro también encontraba a su madre al volver al Hospicio en los días
+de paseo. Abalanzábase con las otras mujeres, rompiendo las filas de
+asilados, y le abrazaba llorando. La Isidra conocía los progresos de su
+hijo.
+
+--La señora está muy contenta... Los maestros la hablan mucho de ti.
+Aplícate, hijo mío; ¿quién sabe a lo que podrás llegar? A ver si
+resultas la honra de la familia.
+
+Y mientras la pobre mujer hablaba a su hijo, entre sollozos de emoción,
+_Capitán_ daba saltos en torno de él, esforzándose por lamerle la cara.
+Maltrana tomábalo en brazos, y así iba hasta la puerta del Hospicio,
+oyendo a su madre y llorando conmovido por las caricias y los gruñidos
+del antiguo compañero de miseria.
+
+Un día, la madre no le esperó sola. Iba con ella un hombre de blusa
+blanca, un albañil, al que recordaba Isidro como vecino del caserón y
+camarada de su padre. Era un hombre pacífico, que frecuentaba poco la
+taberna. Según afirmaban las comadres de la vecindad, había sido
+abandonado por su mujer, una buena pieza que andaba suelta por el mundo
+después de amargarle la existencia. Maltrana se alegró al verle. «El
+vecino», como él le llamaba, habíale siempre inspirado gran simpatía.
+Muchas veces, de chiquitín, entraba en su cuartucho, y sentándose en sus
+rodillas, le acariciaba el recio bigote, haciéndole preguntas sobre las
+aventuras de su vida. Era un aragonés, parco en palabras, rudo, sobrio,
+habituado a la obediencia. Había sido soldado en Ultramar y guardia
+civil en la Península. De sus años de disciplina guardaba un gran
+respeto a todo poder fuerte, un hábito de sumisión, que le hacía acoger
+las contrariedades con inquebrantable bondad.
+
+Quedose ante el asilado sin saber qué decir, sonriéndole con sus ojos de
+bovina mansedumbre, con su fiero mostacho de veterano, y al fin le
+acarició la nuca con una manaza dura, en la que el yeso marcaba con
+entrecruzados filamentos las escamas de la piel.
+
+--Que sigas siendo bueno--dijo con voz fosca y lenta que parecía salir
+de lo más profundo de su vientre--. Que no disgustes a tu pobre madre.
+
+Y el muchacho se habituó a ver todos los domingos al señor José, como si
+fuese de su familia.
+
+Un día se presentó solo el albañil, y antes de que el muchacho entrase
+en el Hospicio, le explicó la ausencia de su madre. La Isidra estaba
+enferma; no era cosa de cuidado: asunto de quedarse en casa un par de
+semanas sin bajar a verle. Y cuando pudo descender de aquel barrio
+extremo, donde se amontonaba la miseria obrera, Isidro la vio más flaca
+y amarillenta, llevando al brazo un envoltorio de ropas por entre las
+cuales salía un llanto desesperado y unas manecitas crispadas por la
+rabia.
+
+--Mírale, Isidro... Es Pepín: es tu hermano. Bésalo, hijo mío.
+
+Maltrana besó aquel hermano inesperado que de repente surgía en su
+familia; vio en el lío de ropas mojadas y malolientes una cabeza enorme
+sobre un cuello delgado; un cuerpecillo débil que anunciaba una fealdad
+igual a la suya.
+
+Desde entonces dividió sus caricias entre el chiquitín y el pobre
+_Capitán_, que parecía celoso de este huésped que monopolizaba todas las
+atenciones de la familia.
+
+Maltrana, años después, al percatarse de las realidades de la vida,
+había reconstituido la vulgar aventura de su madre, juzgándola con
+benevolencia. La pobre mujer, en su soledad, se había sentido atraída
+por «el vecino» infeliz, solitario como ella. Las dos desgracias se
+habían juntado.
+
+Además, ella necesitaba un arrimo, según declaró a su hijo poco antes de
+morir. Sus faenas no la daban muchas veces para comer, y aquel
+trabajador sobrio y bueno, que no frecuentaba la taberna y acogía las
+desgracias silenciosamente, sin cóleras y sin golpear a la hembra, valía
+más que su marido.
+
+Vivían «amontonados»--palabras de las vecinas--, sin que esta situación
+irregular produjese el menor escándalo en un caserón donde la miseria
+favorecía promiscuidades merecedoras de mayores repugnancias.
+
+El señor José, en su acatamiento supersticioso a todo lo establecido,
+quería salir de este arreglo anormal. El no iba a misa, pero sentía gran
+respeto por la religión, como una autoridad más de las que hacen marchar
+al hombre derecho. Por eso deseaba casarse como Dios manda. Aquella
+pájara que tanta guerra le dio en su matrimonio debía de haber muerto;
+habría reventado en el Hospital de San Juan de Dios o en medio de la
+calle. Sólo faltaba sacar el «mortuorio», y se casaban inmediatamente.
+Pero la Isidra negose a esto. ¿Y su hijo? ¿No expulsarían a su Isidrín
+del Hospicio al tener un padre que trabajase por él?... Ella le quería
+allí; le quería sabio, ya que, según los informes de los maestros, iba
+para ello, y la señora mostrábase cada vez más dispuesta a hacer de él
+un señorito, un hombre de carrera. Tenía fe en el porvenir de su hijo.
+Sería rico y personaje. ¿Quién podría afirmar la imposibilidad de que
+ella pasase su vejez en un hotel, con carruaje y grandes sombreros, lo
+mismo que las señoras cuyas casas frecuentaba para trabajar como una
+bestia?...
+
+--Mi Isidro tiene buena estrella. No faltará quien le empuje, hasta que
+sepa seguir solíto su camino.
+
+En las grandes fiestas del año, el muchacho salía del Hospicio para
+pasar el día en la casa de su protectora. Isidra refugiábase en la
+cocina con las criadas, trémula de emoción al ver a su hijo en el
+comedor, sentado junto a la señora y hablando con los amigos de ésta,
+todos personajes de imponente gravedad. Hacían preguntas al muchacho
+para apreciar sus adelantos, y a todos los asombraba con la rapidez y
+aplomo de sus respuestas. ¡Que le fuesen al nene con preguntitas!...
+Isidra, oculta tras un portier, llamaba a las criadas para que
+admirasen al chico. Era el propio Niño Jesús discutiendo con los
+doctores del Templo, tal como ella lo había visto en ciertas estampas.
+
+La señora mostrábase satisfecha de su protegido. Los elogios de los
+amigos, gente seria y parca en la admiración, los aceptaba como otros
+tantos halagos a su amor propio. Isidro era su obra. Además, le quería
+por su carácter tranquilo, por su timidez, que le hacía permanecer horas
+enteras en una silla, sin atentar a la limpieza de su salón y al buen
+orden de las cosas, que eran en ella una manía.
+
+Viéndole tan sabio, quiso costearle la carrera del sacerdocio. Pero
+Maltrana, a pesar de su timidez, acogió la oferta con un mohín de
+disgusto. ¿No tenía vocación de cura?... La buena señora no quiso torcer
+su voluntad. Que estudiase lo que quisiera; al fin, en todas las
+profesiones se podía servir a Dios y defender las sanas doctrinas de las
+personas decentes.
+
+Maltrana comenzó a estudiar el bachillerato sin salir del Hospicio. Cada
+curso fue un motivo de entusiasmo para su protectora y su madre.
+Premios, matrículas honoríficas, palabras de satisfacción del director,
+ufano de que el establecimiento incubase tal prodigio.
+
+--Se bebe los libros--decía la Isidra--. Yo no sé de dónde he sacado a
+este fenómeno.
+
+El señor José sólo le veía de tarde en tarde. Su mujer no osaba llevarlo
+a casa de la señora, por miedo a que ésta se enterase de su situación
+irregular. Isidro ya no paseaba con los demás asilados; y cuando el
+albañil le encontraba casualmente, hablábale con respeto, como si
+presintiera en él a un futuro representante de aquella autoridad que le
+inspiraba religiosa admiración.
+
+--Eso marcha, muchacho. Sigue zurrando a los libros. Tú irás lejos...
+Te lo digo yo, que he visto de cerca a los grandes personajes.
+
+Y pensaba en su hijo, en su Pepín, que ya tenía siete años y llevaba
+descalabrados a varios chicos de la vecindad. Era un genio asombroso
+para echar la zancadilla y poner la piedra donde fijaba el ojo. Pepín
+pertenecía a otra raza: la de su padre. Había nacido para obedecer, para
+quedarse abajo.
+
+Cuando Maltrana terminó el bachillerato, la señora se lo llevó a su
+casa. No podía seguir en el Hospicio, y era indigno de un futuro sabio,
+de un señorito, vivir en la casucha de su madre. Isidro comenzó a seguir
+en la Universidad Central los cursos de Filosofía y Letras. Quería ser
+doctor, luego catedrático, y después... ¡quién sabe a lo que podría
+llegar después!...
+
+La señora admiraba la pureza de sus costumbres tanto como sus estudios.
+Terminadas las clases, todavía acompañaba a algún profesor hasta su
+domicilio, prolongando de este modo la lección. Aquellos buenos señores,
+conociendo su origen, le trataban con gran afecto.
+
+Después, al volver a casa, se encerraba en su cuarto, lleno de libros.
+La protectora apreciaba la marcha de su sabiduría por la cantidad de
+volúmenes que le rodeaban. Su generosidad estaba pronta a todas horas
+para nuevas adquisiciones, y Maltrana, en plena borrachera de saber, se
+aprovechaba de ella largamente. Una ola de libros invadía el cuarto, y
+después de extenderse sobre los muebles, dejando en ellos altas pilas de
+papel impreso, esparcíase por el inmediato pasillo. La señora, llena de
+admiración por aquel sabio de diez y siete años, al que no apuntaba aún
+el bigote, no osaba tocar uno solo de los volúmenes. Veía algunos en
+caracteres extraños, que, según su pupilo, estaban escritos en griego;
+otros en latín, como los libros de rezo. Los escritos en francés, en
+alemán o en inglés la turbaban con el misterio de sus páginas
+incomprensibles. ¿Qué dirían tantos libracos? Seguramente que no eran
+todos en pro de la religión y las buenas costumbres. El alma simple de
+la buena señora aceptaba la sabiduría como cosa útil, ya que la
+humanidad se regía por ella, concediéndola grandes honores; más allá, en
+el fondo de su ánimo, sentía aversión y desconfianza, mirándola como
+arma útil para defenderse de los males del mundo, pero que encerraba en
+su seno un peligro de muerte. Al ver a Maltrana sumido a todas horas en
+el estudio, sentía cierto miedo por la suerte de su alma. Poníase
+entonces la mantilla, y con traje negro y el rosario en la muñeca,
+entraba en el cuarto del estudiante.
+
+--Isidrín, hijo mío, te vas a matar estudiando tanto... Acompáñame.
+
+Se lo llevaba a misa o a la novena, a los templos donde se anunciaban
+sermones de predicadores de cartel. Maltrana cerraba sus libros sin un
+gesto de disgusto, pasando de un salto de la filosofía revolucionaria,
+que devoraba con ansias de neófito, a la devoción fetichista y estrecha
+de la pobre vieja, crédula para todos los milagros y más aficionada a
+los santos que a Dios.
+
+Aceptaba esta servidumbre sin esfuerzo, con cierto placer, como una
+manifestación de gratitud hacia aquella alma buena que le había
+arrancado del bajo fondo social para trasplantarle a un terreno más
+sano.
+
+Con el gesto grave y respetuoso de un servidor nacido en la casa y
+ligado a la señora por el afecto, dábala el brazo al bajar y subir las
+escaleras, y la acompañaba a las iglesias, buscando los mejores sitios
+para que gozase con toda comodidad de las místicas ceremonias.
+
+Los parientes de la anciana huían de su casa, ofendidos por el maternal
+afecto con que distinguía al estudiante. Era un despecho de herederos
+que se consideraban despojados por el intruso, por el hijo de «la
+asistenta», como le llamaban con tono despectivo. Cuando alguna vez
+encontraban en la calle, de vuelta de las iglesias, a la vieja y su
+protegido, leía Maltrana el odio en las miradas de aquellas gentes.
+
+«Tú vas a llevarte el _gato_... ¡ladrón!», parecían decirle con los
+ojos.
+
+Y al mismo tiempo le sonreían y celebraban con palabras dulzonas sus
+progresos universitarios, como si temieran malquistarse con él.
+
+La excelente salud de la dama parecía burlarse de los pensamientos
+egoístas de su familia. Aquella enamorada de la limpieza se quitaba de
+encima los años con igual facilidad, según ella, que sacudía un polvo
+ilusorio de todos los rincones de su casa.
+
+--Tengo cuerda para rato--decía alegremente al protegido al hablar de su
+edad--. Pienso verte hecho un personaje; ser tu madrina cuando te cases
+con una señorita buena y cristiana que yo te buscaré. También pienso
+sacar de pila a tus hijos...
+
+--Viva usted muchos años--contestaba Maltrana gravemente, al mismo
+tiempo que la emoción humedecía sus ojos.
+
+Un día, al volver de la Universidad, el joven encontró la casa en plena
+revolución. La señora estaba en la cama, con los ojos cerrados, la
+frente envuelta en lienzos que exhalaban un olor fuerte, la boca lívida,
+entreabierta por un ronquido doloroso. Había caído al suelo de repente,
+herida por el rayo de la congestión. Los médicos aturdían la casa,
+ordenando remedios desesperados; los parientes llegaban ávidos y
+jadeantes, con el azoramiento de la inesperada noticia.
+
+Al día siguiente murió la señora. La familia trató a Maltrana con cierta
+benevolencia, haciéndole partícipe de sus acuerdos para el entierro.
+Todos ignoraban la voluntad de la muerta. Respetaban a Maltrana,
+temiendo que a última hora resultase el amo de todo. Algunos hasta le
+iniciaron sus deseos de apropiarse de ciertos muebles de la difunta. El
+joven siguió algunos días en la casa, asistiendo a los registros a que
+se entregaba la familia, vigilando la rebusca, el manejo de llaves, el
+tirar de cajones no abiertos en muchos años, que llenaban el suelo de
+ropas antiguas y olvidados objetos. Removían la casa, esparciendo su
+contenido con la misma confusión e igual azoramiento que si hubiese
+entrado en ella una banda de ladrones.
+
+Pero transcurrieron dos semanas sin que apareciesen indicios de
+testamento, un simple papel que revelase la voluntad de la muerta. La
+señora, segura de su salud, creyendo disfrutarla hasta una edad
+avanzada, no había pensado en la suerte de su protegido, reservando para
+más adelante su testamento, con el temor supersticioso de atraerse la
+muerte si se preparaba para ella.
+
+La actitud de la familia cambió de pronto. Maltrana permaneció en su
+cuarto, sin que le llamasen. Los parientes registraban e inventariaban
+por su propia cuenta, olvidados de él. Cuando le veían, su mirada era
+dura, sus palabras agresivas, como si quisieran vengarse de una vez de
+la adulación con que le trataron antes, del miedo que les había
+inspirado.
+
+La orden para que saliese de aquella casa que ya no era suya se la dio
+un sobrino de la señora, al que ésta había odiado por su carácter
+egoísta y por varios engaños en asuntos de dinero. Acaudillaba a todos
+los parientes, imponiéndoles miedo y respeto. Era un senador, gran
+propietario de Castilla, que había pronunciado discursos en pro de la
+religión y de los trigos, y consideraba a todos los gobiernos poco
+conservadores y de mano blanda porque no enviaban a presidio a los
+partidarios de la impiedad y a los defensores de la introducción de
+cereales extranjeros con el fútil pretexto de abaratar el pan.
+
+Maltrana escuchó en silencio la sonora arenga del importante personaje.
+Nada le quedaba que hacer en una casa que no era la suya. La difunta se
+había olvidado de su suerte; no le faltarían razones para ello: bastante
+había hecho sacándole de su mísera condición. Pero la familia, con el
+deseo de no desatender el más leve vestigio de la voluntad de la finada,
+había resuelto protegerle para que terminase su carrera. Iban a darle de
+una vez tres mil pesetas, cortando para en adelante toda relación y
+compromiso. Además, podía llevarse todos sus libros; pero era preciso
+que abandonase la casa cuanto antes.
+
+Y el personaje, sacando su cartera para entregar tres billetes de mil
+pesetas, no sin antes invitar a Maltrana a que firmase un recibo,
+obsequió al joven con un nuevo discurso empedrado de buenos consejos.
+Había que acometer de frente la vida. La vida es seria; la vida no es un
+juego, joven amigo. El no había hecho hasta entonces mas que jugar,
+pasar la existencia dulcemente al lado de aquella señora que era una
+santa. (Aquí un saludo para la santa, merecedora de los mayores respetos
+por haber muerto sin testamento.) Había que trabajar, joven. Tres mil
+pesetas son un capitalito; con menos comenzaron otros y llegaron a
+millonarios. Podría terminar su carrera y ser hombre de provecho.
+
+--Toda la vida de antes ha sido un sueño, no lo olvide usted--continuó
+el orador--. Y no hay que soñar, joven. Hay que ser práctico.
+
+Después de estos consejos, don Gaspar Jiménez, senador, primer marqués
+de Jiménez, título pontificio que un prelado amigo le había alcanzado
+con algunas ofrendas bien regateadas al dinero de San Pedro, se dignó
+estrechar la mano del joven, recomendándole otra vez que desapareciera
+cuanto antes.
+
+Maltrana se marchó con todos sus libros a una casa de huéspedes cercana
+a la Universidad, donde vivían algunos de sus compañeros de aula. La
+existencia de estudiante fue para él una revelación de las alegrías de
+la vida.
+
+Algunas tardes iba a la Sacramental de San Martín, un cementerio hermoso
+y apacible como un vergel, que estaba cerrado hacía algunos años, pero
+en el cual se había reservado su protectora un nicho al lado del de su
+esposo. El era el único que visitaba la tumba. Los parientes, ocupados
+en el reparto de la herencia y amenazándose con litigios, no se
+acordaban de sustituir con una lápida de mármol el trozo de hule con
+letras de cartón doradas que cubría la boca de la sepultura. Aquel
+cementerio de novela, con sus grupos de rectos cipreses, sus columnatas
+orientales y sus parterres de rosas, despertaban en el joven una dulce
+melancolía, haciendo revivir en su memoria la imagen de la buena dama.
+
+Esta impresión desvanecíase al volver Isidro por la noche a los cafés
+inmediatos a la Universidad, donde se reunían las alegres tertulias de
+estudiantes, arrullados por los conciertos de piano y cornetín.
+
+--La vida es alegre--decía sentenciosamente--. Hay que dar a la vida un
+sentido helénico.
+
+Y el helenismo del pobre muchacho consistía en fumar por primera vez,
+beber copas de marrasquino, único licor que toleraba su paladar de
+calavera griego, enviar cartitas de amor en versos clásicos a las
+costureras o a las hijas de ciertas señoras de clases pasivas que
+pasaban la velada en el Café de Peláez o en el de la Universidad, y en
+desaparecer por media hora en algún portal de los callejones inmediatos,
+llevándose tras él a la infeliz que paseaba la acera haciendo su
+guardia.
+
+Maltrana continuó los estudios con el mismo aprovechamiento, a pesar de
+su alegría helénica. Su madre quiso que siguiese viviendo en la casa de
+huéspedes: un sabio como él no podía estar en un casuchón de las
+afueras, entre albañiles, obreros de la villa y vagabundos. ¡Qué dirían
+sus amigos!... La pobre mujer, al sobrevenir el derrumbamiento de sus
+ilusiones con la muerte de la protectora, se aferraba más tenaz que
+antes a la gloria de su hijo, al deseo de que éste saliese para siempre
+del círculo de miseria en que había nacido. Pero su fe ya no era la
+misma; comenzaba a dudar del porvenir de Maltrana viéndole falto de
+apoyo. Tal vez se quedase en mitad del camino, sin fuerzas para llegar
+al término.
+
+La vida era en su casa cada vez más dura. El señor José pasaba semanas
+enteras sin trabajo. Pepín, que ya tenía once años, era tan malo, que
+los vecinos le apodaban el _Barrabás_. Cada mes adoptaba un nuevo
+oficio; pero le expulsaban de los talleres, acreditándolo como el más
+insolente de los aprendices. La pobre madre, para traer a casa algún
+dinero, era ahora ayudanta de una lavandera, y en las mañanas de
+invierno bajaba al río desfallecida de hambre, temblando al contacto del
+agua su mísero esqueleto cubierto de piel.
+
+Un día, _Barrabás_ se presentó en casa de su hermano para decirle
+tranquilamente que la madre estaba en el hospital. Era un enfriamiento,
+una pulmonía o algo semejante, cogido en el río. El golfín sólo supo
+decir que estaba muy mala y que dos mujeres del lavadero la habían
+llevado del brazo hasta el hospital.
+
+Maltrana fue allá, y vio a su madre en una cama, con los pómulos
+enrojecidos, la piel ardorosa y los labios violáceos, exhalando el
+estertor de sus pulmones congestionados. El joven, recordando el dinero
+que aún guardaba en su casa, sintió cierto rubor al ver a su madre en
+aquella sala triste, de fría desnudez, junta con otros enfermos.
+
+La hizo trasladar a una habitación aislada: él pagaría todos los gastos.
+Y pasó las tardes al lado de la enferma, escuchando sus consejos,
+alentándole en sus esperanzas. La pobre le suplicaba que cuando llegase
+a las alturas no abandonase al señor José y a su hijo. Aquel hombre era
+bueno para ella y la había ayudado valerosamente en los momentos peores
+de su pobreza. Lo del «amontonamiento» ocurrió sin darse cuenta; fue
+resultado de su compañerismo para defenderse de la miseria. Isidro debía
+respetar al albañil como a un padre. La había querido más que el otro...
+el legítimo. Lo demostraba su silencio desesperado, el gesto de dolor
+con que la veía tendida en la cama del hospital.
+
+La enferma murió a los tres meses, después de haber abierto gran brecha
+en la exigua fortuna de Maltrana.
+
+Decididamente, la vida no era alegre; la vida había perdido su sentido
+helénico.
+
+A impulsos de la tristeza, el joven examinó su situación. Había que
+seguir nuevos caminos. Apenas le quedaba dinero para continuar sus
+estudios. Faltábale un curso para licenciarse; dos para ser doctor. Y
+luego que consiguiera el título, ¿qué iba a hacer?...
+
+El pesimismo se había apoderado de Maltrana. ¿Para qué doctorarse? El
+estudio no significaba sabiduría, sino rutina. El había visto mucho y
+sabía a qué atenerse. La Universidad era una mentira, como todas las
+instituciones sociales. Haría oposiciones a una cátedra; le admirarían
+los compañeros, algún profesor de carácter huraño le daría su voto, pero
+el resultado seguro era no conseguir nada. Los solitarios como él, sin
+protectores, sin atractivo social, estaban desarmados para la lucha
+diaria: su destino era morir.
+
+El amaba la ciencia por ella misma, por sus goces, por la voluptuosidad
+egoísta de saber. ¡Viva la ciencia libre! ¿Qué le importaba aquel
+papelote, certificado de sabiduría, cuya conquista había de costarle dos
+años de miseria? Para ser filósofo no era necesaria la Universidad. Los
+grandes hombres admirados por él no habían sido profesores, no poseían
+títulos académicos. Schopenhauer, su ídolo de momento, se burlaba de la
+filosofía que sube a la cátedra para darse a entender.
+
+Sería pensador independiente; sería escritor. Y Maltrana, filósofo de
+diez y nueve años, con un ligero vestigio de bigote, se lanzó al mundo.
+Dejó de frecuentar los cafés estudiantiles; hizo vida en el centro de la
+población, pasando de un grupito a otro de los que constituyen la
+tumultuosa e ingobernable República de las Letras.
+
+Leía por las tardes en el Ateneo las revistas extranjeras, para estar
+«al día» en los adelantos del pensamiento universal y reventar a ciertos
+camaradas ignorantes que, por haber publicado algunos versos en los
+periódicos, pretendían deslumbrar al pobre «inédito». Además, seguía
+adquiriendo libros, a pesar de su pobreza. No podía librarse de este
+hábito de sus tiempos de abundancia. Suprimía comidas, prolongaba el uso
+de unas botas rotas, para adquirir un libro recién llegado de París. La
+biblioteca formada al amparo de su protectora iba achicándose
+lentamente al través de las innumerables combinaciones del cambalacheo.
+Vendía unas obras para adquirir otras. Todos los libreros de lance
+conocían a Maltrana por sus trueques; el joven reía ante el resultado de
+sus cambios. Cinco filósofos célebres, con las hojas algo ajadas, valían
+tanto como un novelista mediano acabado de cortar; tres poetas famosos
+equivalían a un tratado sociológico de segunda mano, en el que hallaba
+Maltrana una tosca recopilación de cosas harto conocidas.
+
+Las noches las pasaba en Fornos, en una mesa de futuros genios, todos
+tan ignorados como él, pero convencidos de que darían que hablar mucho a
+la Historia. Algunos de ellos eran más jóvenes que Maltrana. Nada habían
+escrito, pero revelaban al mundo su firme propósito de crear obras
+inmortales, uniformándose exteriormente con arreglo a un figurín
+profesional: largas cabelleras, grandes sombreros, corbatas amplias y
+sueltas, o apretadas con innumerables roscas sobre un cuello de camisa
+que les rozaba las orejas.
+
+El sarampión literario tomaba formas rabiosas que asustaban a Maltrana.
+Todo lo sabían aquellas criaturas, a pesar de sus pocos años, como si al
+cogerse al pezón de la nodriza hubiesen comenzado a hojear el primer
+libro. Sus juicios resonaban terribles, inexorables, concisos, capaces
+de hacer temblar de pavor las mesas del café. Casi todos los escritores
+españoles eran atunes, besugos o percebes: género marítimo que sólo
+podía gustar a paladares groseros. Luego, garrote en mano, pasaban la
+frontera. ¡Zola!... un mozo de cordel con algún talento. ¡Víctor
+Hugo!... un señor muy elocuente, pero no era poeta. ¡Lamartine!... un
+llorón... tampoco poeta. ¡Musset!... éste ya lo era un poquito más. Pero
+los verdaderos, los únicos poetas, eran los venerados por ellos; y con
+los ojos en blanco, trémulos de admiración, citaban nombres y nombres,
+de cuya obscuridad y escasa obra hacían el principal mérito,
+colocándolos por encima de los autores célebres que se envilecen
+buscando el ser comprendidos por todo el mundo, por el miserable pueblo
+y la repugnante burguesía.
+
+Maltrana acabó por cansarse de esta tertulia. Además, los genios le
+mostraban cierta ojeriza por las bromas de mala ley que se permitía su
+cultura, inventando libros y autores y declarando a última hora su
+superchería, cuando todos se «habían caído» afirmando conocer la obra y
+dando detalles de sus bellezas y defectos.
+
+Un amigo de la tertulia quiso protegerle.
+
+--Aquí no vienen mas que currinches. Yo te presentaré a una peña de
+verdaderos escritores. Grandes poetas... gente que ha estrenado con
+éxito.
+
+Y frecuentó por las tardes una cervecería, punto de cita de la nueva
+tertulia, que, por su aspecto, impuso gran respeto al tímido Maltrana.
+El hijo de la Isidra experimentó gran turbación al tratarse con dos
+marqueses que eran poetas y otros jóvenes emparentados con famosos
+personajes. Vestían con elegante atildamiento; seguían las modas en sus
+mayores exageraciones. Las lacias melenas brillantes de pomada eran la
+única revelación de sus entusiasmos literarios.
+
+--Cuerpo de _dandy_ y cabeza de artista--dijo uno de ellos a Isidro,
+resumiendo así los cánones de su indumentaria.
+
+El silencio de admiración con que el joven les escuchaba despertó cierta
+simpatía en favor suyo. Un día se atrevió a hablar de la poesía griega,
+haciendo el examen de Aristófanes y sus comedias con tanta soltura como
+si tratara de un contertulio de café. Hasta recitó escenas enteras en
+griego, sin que nadie le entendiese. Los jóvenes elegantes mostraron
+admiración. «¡Muy curioso!» «¡Muy interesante!» Entonces se fijaron en
+él por primera vez, y alabaron sus ojos profundos, la poderosa pesadez
+de sus cejas. Alguien hizo el elogio de su fealdad varonil, de sus
+cabellos ásperos y alborotados, encontrándole cierta semejanza con la
+cabeza de Beethoven. Uno de los marqueses, con repentino arrebato,
+aproximó su silla, rozándose toda la tarde con aquel Beethoven que
+hablaba en griego.
+
+Maltrana no tardó en percatarse del escaso valor de aquellas gentes.
+Sólo uno era digno de respeto, el más viejo, el maestro; un autor de
+gran talento, siempre melancólico, como si las debilidades de su vida
+pesasen sobre su carácter, ensombreciéndolo con intensa tristeza. La
+ironía de sus palabras sonaba como una burla contra su frágil voluntad.
+Todos estaban más unidos por las aberraciones del gusto que por la
+admiración literaria.
+
+Se murmuraba, en la tertulia, de los ausentes, en presencia de Maltrana,
+cambiando el género de sus nombres, haciéndolos femeninos. «La Enriqueta
+cree tener talento, y es una fregona.» «La comedia de la Pepa no vale
+nada...» Por la noche iban todos ellos a lo que llamaban gran mundo, a
+las reuniones frecuentadas por sus familias o a los palcos de la gente
+aristocrática. Las señoras se confiaban a ellos, hablándoles con el
+descuido que da la ausencia de todo peligro. Luego, sus tertulias en la
+cervecería eran una prolongación del chismorreo femenino, mencionándose
+por todos ellos los defectos ocultos de las damas más famosas, con una
+delectación hostil, como si les complaciese las debilidades y miserias
+de un sexo enemigo.
+
+Todos eran refinados, sutiles, enemigos de la vil materia, de la prosa
+de la vida y de las violentas emociones. Publicaban volúmenes de
+poesías, con más páginas en blanco que impresas. Cada grupito de versos
+iba envuelto en varias hojas vírgenes, como flor de invernadero que
+podía morir apenas la tocase el viento de la calle. Abominaban de la
+impiedad de las masas, de todas las realidades de la vida vulgar; se
+decían católicos, anarquistas y aristócratas al mismo tiempo; no
+pensaban gran cosa en la religión, pero hablaban, con los ojos en
+blanco, de la dulzura del pecado monstruoso y de la voluptuosidad del
+arrepentimiento, seguido de la reincidencia. Encontraban un fondo de
+distinción en la vieja liturgia de la Iglesia, y titulaban sus poesías
+microscópicas _Salmos_, _Letanías_ o _Novenarios_.
+
+Otros escribían comedias de sátira contra las costumbres de la
+aristocracia, que eran las suyas: obras teatrales en las que colaboraba
+el modisto con el poeta, y no había gran _toilette_ que no tuviese su
+amor con un frac, que jamás era el del esposo. «Hay que flagelar»,
+gritaban con expresión terrible.
+
+Y Maltrana pensaba sonriendo:
+
+«Está bien. ¿Y a éstos quién los flagela?...»
+
+De vez en cuando se ingerían en la reunión ciertos hombres de aspecto
+bestial y groseros modales, que les tuteaban, tratándolos con la
+superioridad despectiva del macho fuerte. Eran toreros fracasados,
+antiguos guardias civiles, mozos de tranvía, que vestían como señoritos
+y se mostraban contentos de su vida de holganza. Algunos hablaban de su
+mujer y sus hijos, y atusándose el pelo, justificaban con el amor a la
+familia lo extraordinario de sus ocupaciones.
+
+--Hay que ayudarse con algo. Los tiempos están malos y cada uno se
+agarra a lo que puede.
+
+Uno de los jóvenes, el marqués que había encontrado a Maltrana cierto
+parecido con Beethoven, acosábalo con su pegajosa amistad. Le pagaba los
+_bocks_, le había regalado varias corbatas, se sentaba a su lado,
+fijando en su rostro de morena fealdad unas pupilas glaucas iluminadas
+por extraño fuego.
+
+Iba completamente afeitado. Según los maldicientes de la tertulia, se
+había cortado el bigote, enviándolo bajo sobre, en un arrebato de
+nostalgia, a cierto pintor con el que había vivido en París, un artista
+malfamado y simbolista, que representaba sus concepciones por medio de
+efebos desnudos de femenil musculatura.
+
+Maltrana, una tarde en que los dos estaban solos en la cervecería, echó
+su silla atrás, sintiendo impulsos de cerrar de una bofetada aquellos
+ojos claruchos fijos en él cínicamente. Una mano ágil, de femenina
+suavidad, había trotado sobre sus piernas por debajo de la mesa.
+
+--Pero tú--exclamó indignado--no eres escritor, ni poeta, ni nada. Tú
+eres un...
+
+Y soltó la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse,
+sin dejar de acariciarlo con los ojos, contestó con suave desmayo:
+
+--No seas ordinario; no digas esas cosas... Llámame alma iniciada.
+
+
+
+
+III
+
+
+Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería.
+
+Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo que
+pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su
+protectora.
+
+Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en
+la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y
+académicos, que le daban por este trabajo una exigua retribución. De vez
+en cuando, algún amigo le pasaba un libro para traducir, quedándose con
+la mitad del precio. Además, escribía artículos para un semanario
+social, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba el
+director, dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada,
+ni mucho menos.
+
+Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando los
+restos de su biblioteca de las patronas que le perseguían por
+irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro
+Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al
+señor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad de
+la buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batalla
+de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo
+corporal.
+
+Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajaba
+en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con
+los parientes de su madre.
+
+Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habían
+acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la
+Ribera de Curtidores, dedicándose a la especialidad de armas y viejos
+instrumentos de música, que arreglaba con maestría extraordinaria. Otro
+era el grande hombre de la familia; todos hablaban de él con respeto, a
+causa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía pintar su
+firma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio de
+las _Américas_ viejas.
+
+Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado
+hasta ellos su fama de sabio. Además, la esperanza de que pudiese
+heredar a su protectora les inspiraba gran consideración. La primera vez
+que se presentó a ellos con su madre acogiéronle con grandes agasajos.
+Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto afecto, creyéndolo
+poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendería
+su protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con un
+aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje
+brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con
+frialdad y visible recelo.
+
+«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana.
+
+Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientes
+del Rastro.
+
+En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las
+gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por
+la _Mariposa_, una de las traperas más antiguas.
+
+Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el
+mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos
+su alero de tejas viejas.
+
+En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos,
+hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de
+garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo
+formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las
+casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid.
+
+La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la
+familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores,
+pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él
+sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de
+latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo
+rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con
+una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra,
+quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través
+de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en
+otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba
+pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas
+al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero
+bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el
+bordado del primitivo terciopelo.
+
+Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la
+vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar
+con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y
+brillantes, en las que el agua debía producir el doloroso efecto de un
+escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su
+carne!...
+
+La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué
+señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel
+nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella,
+gran caso en Madrid.
+
+Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar
+a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un
+tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada
+el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.
+
+La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la
+triste suerte de su hija.
+
+Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera.
+Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente
+abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir,
+cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos
+los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los
+que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas
+de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban
+como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o
+subían a los mejores pisos de la calle de Serrano.
+
+«Tía _Mariposa_, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser
+su yerno.»
+
+Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas
+presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeñada en
+despreciar lo más respetable del comercio, enamoricándose de un
+albañilillo que trabajaba cerca de la casa de sus señores. Por fin, se
+había salido con la suya, casándose. Hambre todos los días, paliza todas
+las semanas, viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas
+obscuras; frío en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como
+término, la muerte en el hospital. ¡Anda y toma albañilillo! Y todo por
+darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser señora, de
+mirar por encima del hombro a las pobres traperas... ¿No era la
+industria de sus padres tan respetable como otra?
+
+--Pagamos contrebución, Isidrín, como cualsiquiera de los que tien
+tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el
+Ayuntamiento por la licencia: un porción de dinero. Y por lo que toca a
+parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que
+entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este
+comercio. ¿Ves esta falda? Pues me la regaló una señora que iba a
+Palacio y trataba casi de tú a los reyes. ¿Ves este corpiño? Pues fue de
+una cómica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ¡ya ha
+muerto la pobre!
+
+Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo
+ganancia. A él, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero
+nada perdía conociéndolas. Como estaba sola, tenía a su servicio un
+muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. El cuidaba del
+burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a
+Madrid, el subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle
+del vehículo. Al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación
+consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban
+las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de
+los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella,
+además, conocía a sus parroquianos, los clasificaba según su estado de
+salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas
+otras donde había señores amarillentos, siempre encorvados por la tos o
+que mostraban enfermedades repugnantes.
+
+--Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; ¿te enteras, pequeño?
+Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio.
+Si yo fuese blanda, el tío Polo no saldría nunca de aquí. Le tiene ley a
+lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, ¡echa y no te canses! Todos
+los días hay rancho para un regimiento... ¡Y los chascos son buenos! A
+lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de
+bisté. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas
+cositas negras como carbón que llaman trufas, y que los señores pagan
+como si fuesen de oro. Así está el chiquillo que me sirve: colorado y
+gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la
+parte, de duro que está, y cuando le tomé, traía más hambre que un
+lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrín.
+
+Y a continuación revolvíase indignada contra las otras casas, las de los
+señores malos, que dejaban la comida hecha una basura. ¡Qué cocinas,
+Señor! Las criadas eran unas puercas y las señoras unas abandonadas. Los
+restos del puchero tenían mondaduras de patatas, hojas secas de col,
+huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces había encontrado en
+el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de niño. ¡Y
+pensar que otros del barrio, que sólo tenían casas de éstas, habían de
+alimentarse con tal bazofia, después de limpiarla como podían!... Ella
+la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las
+afueras a más precio. Sólo los alimentaba con las sobras de los señores.
+No se atrevía a darles «otras cosas» que gustaban a aquellos
+animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tenía demasiada
+conciencia para eso.
+
+Entusiasmábase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a
+montones; había día que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las
+gallinas, hartas, no querían más. Por las mañanas, al levantarse, el
+rico café. Se lo daban en las casas, después del recuelo; pero ella lo
+esparcía en el corral sobre un periódico, secándolo al sol, para el
+desayuno. Un saco de papel guardaba llenito...
+
+La casa era suya; tenía en el corral un montón, más alto que el tejado,
+de paja de cuadra, que luego de bien desecha se vendía a los hornos de
+ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho,
+a más de la comida, tenían asegurado el vestir, pues mientras en la
+villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se verían desnudos.
+
+--Sólo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se
+desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco
+para todo el día. Aquí, fuera de puertas, el vino va regalado.
+
+Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban,
+como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos
+inesperados.
+
+Maltrana había oído hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro
+oculto, que era motivo de misteriosa conversación en todo el barrio.
+
+--Para rica, la tía _Mariposa_--decían los traperos en la taberna--. Esa
+sí que tie suerte; no va mas que a casas de título. ¡Las cosas que habrá
+encontrao esa mujer!
+
+El famoso _Coleta_, cuando estaba en el período verboso de sus
+borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de
+recontar su tesoro en un rincón del corral, y cerraba los ojos como para
+recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda
+que le habían deslumbrado.
+
+El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la
+misma petición:
+
+--Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enséñeme su tesoro.
+
+La señora Eusebia protestaba. ¡Rica ella!... Mentiras de las gentes;
+invenciones de _Coleta_ y otros borrachos; manías del tío Polo, que la
+buscaba por esto desde que quedó viuda, y ya llevaba muertas cuatro
+mujeres, proponiéndole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no
+tenía nada. Y sonreía enigmáticamente al decir esto, le brillaban los
+ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad...
+pero que nadie lo vería nunca.
+
+Los domingos eran los únicos días en que Maltrana hablaba con el señor
+José y veía a su hermano. Cuando llegaba, después de amanecer, a los
+Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepín en medio de la calle reclutando
+muchachos para alguna excursión a Amaniel con carácter de _razzia_, que
+ponía en alarma a los dueños de los merenderos.
+
+Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dándole
+lo que podía por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, según su
+estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un «horno de
+asados» de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos
+inmediatos a Punta Brava.
+
+Comían al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en
+duros taburetes. Los tranvías llegaban con grandes cargamentos de gente
+madrileña; esparcíanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones,
+los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne,
+más baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de
+Consumos. Sonaban los pianos en atropellada melodía, matizando sus
+escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dándose dos vueltas
+de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los «tíos-vivos»
+con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rítmica aparición
+por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con
+mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las
+faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la
+percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite
+frito y sebo derretido.
+
+El señor José era escuchado en silencio por Maltrana. Al albañil
+gustábale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque
+él fuese hijo de la Isidra, su educación convertíalo en hombre superior,
+casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como
+pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que él no
+se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el
+albañil a su lenta verbosidad, con voz bronca y monótona. No podía
+hablar con los compañeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le
+insultaban por reaccionario, por borrego, echándole en cara sus tiempos
+de guardia civil.
+
+--Tú eres un sabio, Isidro--decía--; tu raciocinas, y por eso puedes
+comprenderme y hacerme justicia más que esos animales... ¿Y qué es lo
+que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se
+ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el
+amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin él, y
+siempre será así. Que eso de los metinges y de las sociedades sólo sirve
+para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que
+le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar
+donde le den jornal, y ser bueno para que los señores le ayuden con la
+limosna... Y también me da rabia que en todos esos metinges se metan con
+los curas, y eso que, como tú sabes, hace un porción de tiempo que yo
+no voy a misa. Pero ¿qué mal hacen esos pobres señores de la sotana al
+trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos,
+se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero.
+Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo
+y la anarquía, no dan ni un botón. ¡Qué han de dar, si son unos
+pelagatos!...
+
+El señor José, al hablar de los rebeldes, sentía la cólera de un antiguo
+sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil
+resucitaba bajo su blusa. Reconocía que todo estaba mal repartido y que
+el pobre sufría mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y
+su fin, cuando se sintiese viejo, sería mendigar en la calle o morir en
+el hospital. Pero si metían sus manos aquellos arregladores que
+predicaban contra los ricos, ¿quedaría el mundo mejor?...
+
+--Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su
+suerte--continuó el albañil--. Yo también he visto algo, Isidro, aunque
+no sea letrado como tú... ¿Cuál es la cosa mejor organizada en todas las
+naciones y que marcha más derecha?... No me negarás que es el ejército.
+Yo he pertenecido a él y le debo mi buena crianza. ¿Y qué pasa en el
+ejército? Pues que los soldados son los más, y comen rancho y se
+joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y
+los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor.
+Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acabó
+el ejército; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y
+no habrá quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplícalo a
+los paisanos, y comprenderás por qué pienso yo como pienso. Los que
+hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo,
+sin pensar en insurrecciones ni en hacer fuego por la espalda sobre los
+jefes. Tú, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a
+ver si algún día pescas la faja.
+
+Maltrana sonreía escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y
+hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y
+las dos sillas que constituían todo su ajuar; en los días de paro
+forzoso, que le obligaban a él a exprimir su miseria para prestar ayuda
+al albañil.
+
+--Y usted--preguntó el joven--, ¿qué va perdiendo con que el ejército
+social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda
+medio mundo?
+
+--¡Ahora salimos con esas!--dijo el albañil, escandalizado--. ¿También
+eres tú de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros
+que llevas leídos. ¿Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me
+acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que teníamos en
+la Guardia civil. Se lo repartirían todo, entrarían a saco en las casas,
+nos comeríamos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; piénsalo
+con calma. ¿Cómo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin
+soldados, sobre todo sin soldados?
+
+Y el antiguo guardia civil acompañaba con un gesto de repulsión y de
+horror esta tenebrosa pregunta.
+
+--El hombre necesita pan y palo--decía luego, recobrada ya su
+serenidad--. Un látigo muy largo para que marche derecho. El mundo está
+lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se
+arma.
+
+Al final, el señor José se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz.
+
+--Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los
+alborotadores. ¡Que salgan, que salgan y sabrán lo que es bueno! Por eso
+yo, cuando hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de señalar,
+pero me voy a casa. ¡Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a
+otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como
+si las personas fuesen patos!...
+
+Contraía sus manos al decir esto y guiñaba un ojo, lo mismo que si
+empuñase un fusil imaginario. Sonreía como si le halagase la ferocidad
+de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectación homicida del
+aragonés, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Había
+embellecido con su mansedumbre silenciosa los últimos años de la pobre
+Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepín. Sus camaradas le
+llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las
+injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonreía como un
+verdugo al desear las matanzas en masa, las cacerías de hombres, siempre
+que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El
+respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven
+en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje.
+Para él, la sociedad sólo podía marchar con los presidios llenos, un
+fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas
+sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una
+bandera. Lo decía con una firmeza que inspiraba espanto, y a
+continuación enternecíase ante su hijo, el travieso _Barrabás_. Cuando
+éste cometía una de las suyas, el viejo animal de guerra limitábase a
+fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca:
+«¡Mira que te doy!...» Y el pillete reía, sabiendo que nunca llegaba a
+darle.
+
+En los días de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tenía en el
+bolsillo algunas pesetas, encaminábase al barrio de las Carolinas, para
+almorzar con su amigo el _Mosco_, el cazador furtivo, cuya gloria
+llegaba hasta Colmenar. El célebre «dañador» de las posesiones reales
+merecía por sus hazañas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra,
+y eso que éstos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las
+afueras de Madrid que vivían del huroneo en los bosques de El Pardo.
+
+El _Mosco_ vivía cerca de la casa de la señora Eusebia, en una
+construcción de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas
+tejas traídas de los derribos de la población. Fuera, ocupaban todo un
+muro tres filas de jaulas con pájaros de interminable canto, jilgueros y
+pardillos, que le servían para la caza con red. Maltrana, al llegar a la
+puerta, tenía que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante
+delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de
+parásitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus
+sorprendentes habilidades.
+
+Dentro se hallaba el _Mosco_. Su hija Feliciana, que era toda su
+familia, estaba trabajando en la fábrica de gorras, y él iba de un lado
+a otro, preparándose el almuerzo, después de bien pasado el mediodía.
+
+También el _Mosco_ se levantaba tarde. Maltrana le había sorprendido
+muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro,
+las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y
+espinas de selvática vegetación. Era un hombre pequeño, enjuto, de
+nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tenía su cuerpo un balanceo
+semejante al temblor de un muelle bien templado próximo a dispararse. La
+vida en plena Naturaleza, la piratería en la selva, le daban, cuando
+permanecía silencioso, una tosquedad huraña, semejante a la del árbol o
+el pedrusco. Al hablar, revelábase el hombre de la ciudad, el evadido de
+las grandes aglomeraciones humanas, para vivir solitario, en continuo
+combate, ganándose el sustento con las armas o la astucia, como si
+lejanos atavismos tirasen de él, arrastrándolo a la existencia del
+hombre primitivo.
+
+Al verle, Maltrana saludábalo siempre con la misma pregunta:
+
+--¿Qué tal se ha dado la noche?...
+
+El _Mosco_ sonreía unas veces; otras contestaba con gruñidos de mal
+humor. Había noches magníficas, en las que caían dos o más corzos, que a
+aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendiéndose
+ocultamente entre los vecinos de Tetuán. Otras, sólo cazaba conejos, y
+al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendíase en la cama sin
+desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dormía con el cansancio del
+que ha pasado la noche caminando a gatas, con el oído siempre atento,
+creyendo de un momento a otro oír la voz de «¡alto!» y el silbido de la
+bala.
+
+Los dañadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en
+los tejares y sólo a impulsos del hambre invernal se decidían a ir de
+caza, admiraban al _Mosco_. Este no iba, como ellos, sin un arma en la
+faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que
+los llevasen a la cárcel de El Escorial, y de allí a presidio, sin
+oponer la más leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores
+selváticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la pólvora, que
+perseguían a los guardas de árbol en árbol, hasta encerrarlos en sus
+casuchas.
+
+La noche que el _Mosco_ salía con escopeta y dejaba en casa el hurón, la
+turba de inocentes dañadores estremecíase de inquietud y de orgullo.
+Aquel era un hombre. Al día siguiente habría carne de corzo en Tetuán; y
+el guarda que intentase impedirlo corría el riesgo de verse cazado, de
+que le disparasen de entre la espesura sin darle el «¡alto!» Si no
+había carne, era que el _Mosco_ estaba en la cama entrapajado, sucio de
+sangre, con una ración de plomo debajo de la piel.
+
+Maltrana había admirado muchas veces a su amigo cuando le mostraba el
+cuerpo con el impudor de un bravo: dos postas en la cabeza, incrustadas
+en los huesos del cráneo; un balazo en un hombro y otro en una pierna,
+proyectiles redondos que le había extraído una curandera de la vecindad
+con dolorosos procedimientos, y el resto del cuerpo hecho una criba por
+los perdigonazos, a los que apenas daba importancia, considerándolos
+accidentes vulgares.
+
+Los almuerzos de Maltrana en casa del _Mosco_ eran suculentos. El pagaba
+el pan y el vino, trayéndolo de una taberna cercana, mientras el famoso
+dañador ponía sobre la mesa un guiso de gazapos o alguna liebre cazada
+la noche antes.
+
+--¡A la salud de la real familia!--exclamaba Isidro irónicamente--.
+¡Viva el monarca que mantiene a sus súbditos!...
+
+Estas piezas de caza que servían para la manutención del _Mosco_ eran
+las únicas que podían encontrarse en su vivienda. Esperaba siempre algún
+registro: los guardas reales tenían puestos los ojos en su casa; los
+civiles la habían visitado muchas veces. No existían a la vista otras
+pruebas de las aficiones del amo que las jaulas colgadas al exterior en
+las horas de sol y los perros que dormitaban enroscados ante la puerta.
+
+--Soy un cazador legal--decía con zumbona gravedad a los guardas cuando
+éstos aparecían--. Me dedico a los pájaros con red, o llevo los perros a
+las tapias de El Pardo, por si algún conejo se sale del término. Un
+poquito de afición... lo demás que dicen de mí es mentira.
+
+La escopeta estaba oculta bajo las tejas; el hurón dormía en el doble
+fondo de una caja cubierta de guiñapos, respirando por los agujeros
+abiertos en la madera.
+
+Cuando se presentaba Maltrana, su amigo el _Mosco_, como una
+demostración de gran confianza, le enseñaba la _bicha_, la joya de la
+casa, lo que más amaba. Extraía del fondo del cajón la diminuta fiera,
+que estiraba su cuerpo ondulante como el de un reptil y arañaba con sus
+patas los duros dedos del cazador. El _Mosco_ se llevaba a la boca el
+hocico bigotudo, de agudos dientes, envolviéndolo en su aliento,
+mientras la _bicha_ acariciábale los labios sacando su lengüecita con
+mohines felinos.
+
+--Pero ¡qué rica!--exclamaba el cazador--. Mírala, Isidro: lo mejor del
+mundo. Cincuenta reales me costó en Colmenar; no había quien la tocara:
+una verdadera fiera. A uno le destrozó un dedo. Se agarraba a las manos
+y ni Dios la hacia soltar. Yo la he criado tal cual la ves, y come en
+mis labios y me quiere lo mismo que Feliciana. Pero esto sólo puedo
+hacerlo yo. Si tú la tocases, te mordía. Pásale la mano por el lomo;
+verás qué pelo tan fino... No tengas miedo, que no la suelto.
+
+Y continuaba los elogios del repugnante y sanguinario animal. La hacía
+cazar siete días seguidos sin fatigarla. Algunas veces mataba hasta
+cincuenta conejos: siempre tenía sed de exterminio. Había que meterla
+por las bocas de las madrigueras con un cordel en la pata, para tirar de
+ella cuando se quedaba dormida, ebria de sangre. El _Mosco_, sin dejar
+de hablar, sacaba del bolsillo un pedazo de queso, colocábase un
+pellizco de él entre los labios, y la _bicha_ lo devoraba con grotescas
+contorsiones.
+
+--Pero ¡qué rica! Vuelve a mirarla--decía el cazador--. Aquí donde la
+ves, se mantiene con quince céntimos de queso cada dos días.
+
+El recuerdo de otra joya que había poseído, el famoso perro _Puesto en
+ama_, conmovía al _Mosco_. Había dado el mismo nombre a otro de sus
+canes, pero ¡qué valía éste comparado con aquél, del que hablaban con
+asombro los guardas y era la pesadilla de los altos empleados de El
+Pardo!... Saltaba el _Mosco_ a media noche las tapias, sin otro
+acompañamiento que _Puesto en ama_, y se escondía junto a los arroyos,
+en los remansos donde bebían los corzos. El que se aproximara podía
+darse por muerto. El perro salía en su persecución al través de los
+jarales: las dos bestias tronchaban las ramas con el impulso de su
+carrera, producían un estrépito de huracán, y tras ellas corría el
+dañador de ligeras abarcas. _Puesto en ama_, al alcanzar el corzo, le
+mordía entre las patas traseras, en el órgano más sensible, y la bestia
+quedaba en el suelo mugiendo de dolor, hasta que el _Mosco_ la daba
+muerte. Asunto de unos minutos. Con este perro, necesitaba muchas veces
+de la ayuda de los cobardones del barrio para llevar a cuestas las reses
+cogidas.
+
+El dañador casi lloraba recordando la muerte del valeroso camarada, la
+descarga que le había hecho caer cerca de él, la alegría de los guardas,
+desplegados en ala como un ejército para acabar con un animal que tenía
+más astucia que muchos hombres, y la conducción del cadáver hasta el
+pueblo de El Pardo, donde le admiraron como si entrase en triunfo
+después de muerto.
+
+El _Mosco_ se indignaba al pensar en su perro. ¡Y aún vivía el ladrón
+que le había dado el escopetazo de gracia!... ¡Y él, el _Mosco_, aún no
+lo había matado!...
+
+Maltrana, escuchando estas proezas de la vida bárbara, el hombre cazando
+a la bestia y siendo a su vez cazado por el hombre, pensaba con asombro
+en el origen del famoso dañador.
+
+Procedía de una familia de Tetuán, pero había nacido en Madrid y era de
+oficio impresor. Llegó a regentar una imprenta en la que se tiraban
+varios periódicos que nadie leía; pero los sábados, apenas terminado su
+trabajo, cambiaba de traje y corría a Tetuán, adonde estaban sus
+aficiones, dedicándose a la caza con los dañadores de más fama, como si
+tirase de él una influencia ancestral, una herencia de sus antepasados.
+
+Durante la semana, paseando entre las cajas del taller, manchado de
+tinta y oliendo a papel húmedo, pensaba nostálgicamente en los cerros
+cubiertos de pinos, alcornoques y robles, en los matorrales que se
+abrían ante el hocico de los venados, escapando éstos después con un
+bufido de alarma, en los grandes espacios de cielo azul, con las cimas
+nevadas del Guadarrama en el fondo, como una muralla de almenas de plata
+que brillan al sol.
+
+Era un insocial: se ahogaba dentro de la villa, le repugnaban las calles
+con sus aglomeraciones de personas marchando en la misma dirección.
+Acabó casándose con la hija de una trapera, y abandonó su oficio para
+abrazar el de su mujer. Pero apenas si fue con el carro a Madrid. La
+trapería era un pretexto: su verdadera profesión fue cazar, seguir sus
+aficiones.
+
+El, según declaraba a Maltrana, había nacido para la acción violenta,
+para vivir en aventura continua, arriesgando la piel. ¿Por qué había de
+permanecer dentro de una población, juntando letritas de plomo,
+agotándose en esta tarea de mujer?... Era hombre de pelea; le gustaba
+torear a la Muerte todos los días--según sus propias palabras--, darla
+el quiebro, recogiendo el pan de entre sus pies.
+
+--Yo hubiese sido un gran soldado, amigo Isidro. Pero ya no hay guerras,
+verdaderas guerras, como aquellas antiguas, donde cada hombre sacaba
+toda la fuerza de sus brazos o de su caletre. Además, yo no me pongo un
+uniforme por nada del mundo; no me visto de máscara, ni paso por eso de
+disciplinas y ordenanzas... Para ser mandado, bien estaba allá en la
+imprenta, con un durazo como un sol todos los días. ¡Ay, cuántos como yo
+hay en presidio, que en otro tiempo hubiesen sido héroes!...
+
+Amaba la guerra salvaje, ingenua, sin hipocresías de humanidad, sin
+disfraces de civilización: aquellas guerras en las que los combatientes
+mataban por la gloria que proporciona el exterminio, no alcanzando otra
+retribución que el saqueo de la casa del vencido y el pillaje de sus
+campos; pero había llegado tarde, según afirmaba con acento de tristeza,
+y a falta de mejor escenario, entregábase, a las puertas de una gran
+población, a una vida prehistórica, cazando a la bestia para comer, y al
+hombre, si era preciso, para defenderse; considerando la tierra como
+suya, sin respeto a tapias que podía saltar, ni a leyes representadas
+por hombres que eran mortales como él.
+
+De su pasado conservaba cierta veneración por los escritores. Por esto
+era amigo de Isidro desde que le conoció en casa de su vecina la señora
+Eusebia.
+
+Algunas veces recordaba su época de impresor. El no leía los papeles
+públicos, cuando de tarde en tarde iba a Madrid; pero creía que sus
+tiempos habían sido mejores, y que los que ahora escribían estaban muy
+por debajo de los que él había conocido. Y al pensar esto, miraba a
+Maltrana, comparándolo mentalmente con los grandes hombres que aún se
+mantenían en su memoria. ¿Había leído su amigo cosas de Fulano y de
+Zutano? Y aquí nombres y seudónimos que firmaban, veinte años antes, en
+revistas y diarios de escasa circulación, débiles flores de papel, cuyo
+perfume mental había pasado inadvertido para todo el mundo. El _Mosco_
+soltaba estos apellidos con cierta unción, entre admirado de su gloria y
+orgulloso de haber conocido a los que los llevaban, y hacía un mohín de
+asombro al oír que Maltrana declaraba francamente no conocerlos. Por
+algo sospechaba que el periodismo estaba en decadencia.
+
+La admiración del _Mosco_ se posaba en las más raras cualidades de
+aquellos genios. Hablaba de uno con asombro porque escribía cantando,
+sin que lo molestase ruido alguno, sin levantar la cabeza aunque
+disparasen cañonazos junto a él. Otro merecía su entusiasmo porque
+desafiaba a los acreedores, y siempre que el impresor le llevaba pruebas
+a su domicilio encontraba en él a una nueva señora. ¡Qué tíos! Todos sin
+dinero, debiendo en la imprenta varias tiradas, lampando tras la peseta,
+lo mismo que Cervantes, «que no cenó al terminar el _Quijote_», alegres
+como unas castañuelas y haciendo reír a los cajistas con sus chistes.
+Pero al que recordaba con más veneración era a un señor elegante y
+grave, autor de largos artículos sobre política internacional, que se
+sentaba en cualquier rincón de la imprenta, sin mancharse, y escribía
+con los guantes puestos.
+
+--¡Sin quitarse los guantes, Isidro! ¿Hay muchos que puedan hacer eso
+ahora?
+
+Su rusticidad apreciaba esto como la mayor de las pruebas de talento, y
+se miraba las manos, reconociéndose incapaz de tal hazaña, declarando
+que no sabría cazar ni un gazapo con las garras enfundadas en piel.
+
+Algunos domingos, el _Mosco_ invitaba a comer a Maltrana, anunciándole
+que vendría de Madrid un hermano suyo, capataz de venta de periódicos,
+el señor Manolo el _Federal_, gran personaje entre las gentes dedicadas
+al comercio de papel impreso.
+
+Maltrana le conocía. Era famoso en las redacciones por su lenguaje
+enrevesado y pintoresco y sus juicios sobre la política. Se presentaba
+en los periódicos, con su ancha cara sacerdotal siempre sudorosa, de
+ojos saltones y terroríficos, unas veces para quejarse como «industrial»
+(eran sus palabras) de las tardanzas de la administración en el reparto
+del papel; otras como «ciudadano consciente» (también palabras suyas),
+en nombre del comité del distrito, para pedir la inserción de algún
+Manifiesto contra los _unitarios_, no menos nocivos al país que los
+mismos monárquicos.
+
+Isidro, a pesar de que no estaba inscrito en «el censo del partido»,
+logró su amistad. Era un muchacho simpático, aunque «ciudadano
+inconsciente».
+
+--Cuando usted quiera que consumamos un turno--le decía--, ya sabe dónde
+tengo las oficinas: Puerta del Sol, de cinco a ocho de la mañana, en la
+acera de la botica de Borrell... aunque lluevan chuzos, aunque caigan
+capuchinos de punta.
+
+No bastaban la lluvia ni la nieve para que la oficina dejase de
+funcionar. Al romper el día llegaba el señor Manolo con sus ayudantes
+cargados de paquetes de periódicos. Tenía su especialidad, que era la
+venta de las afueras. Todos los vendedores, viejas, chicuelos y hombres
+haraposos, le rodeaban gritando, tendiendo sus manos para ser los
+primeros. El no se turbaba ante esta aglomeración: hallábase
+acostumbrado a mayores conflictos en su «larga vida política».
+
+--¡Haiga orden, ciudadanos, y un poquito de crianza! ¡Que no se diga del
+cuarto estado!... A cada uno se le dará según el orden de la discusión y
+los derechos de su autonomía al respetive.
+
+Y con gran calma iba repartiendo las manos de periódicos, exigiendo a
+cada uno el producto de la venta del día antes, llevando de memoria las
+intrincadas partidas de su contabilidad, apreciando al tanteo la
+exactitud de las cantidades en calderilla, sonando las pesetas contra el
+asfalto con tal ímpetu, que volvían de un rebote a sus manos como si
+fuesen pelotas.
+
+El «cuarto estado» era su frase favorita, en la que lo abarcaba todo, y
+cuyo alcance había que adivinar. Unas veces, el «cuarto estado» era
+únicamente los vendedores del papel; otras, la gente popular; y algunas,
+todos los que compran periódicos.
+
+Maltrana, al verle, le preguntaba invariablemente por el famoso «cuarto
+estado».
+
+--Anda algo roío--contestaba el señor Manolo--; hay tormenta en la
+atmósfera metálica: la gente tiene pocas ganas de papel.
+
+Cuando vendía un periódico nuevo, decía con énfasis:
+
+--Hoy he tenido un éxito extramuros. Los redactores debían votarme un
+mensaje de gracias, a pesar de que no me llamaron para darme voz y voto.
+Yo soy el sentido práctico, y les hubiera presentado una moción y
+consumido un turno para demostrarles que deben sacar el periódico dos
+horas más tarde. Pero como uno no es letrado, le ojetan el argumento, y
+el cuarto estado que se roa.
+
+Su entusiasmo federalista excitaba el regocijo de Isidro, miserable
+_unitario_, incapaz de comprender ciertas cosas. Para el señor Manolo,
+estaba España dividida en catorce Estados, porque así lo habían
+dispuesto los correligionarios por medio de solemnes y libérrimos
+pactos. El era ciudadano de Castilla la Nueva; pero quería vivir en paz
+y fraternidad con los extranjeros de los otros Estados españoles, así
+fuesen aristócratas, como del «cuarto estado».
+
+--¿Es usted de Reus?--exclamaba en la oficina al contestar a un
+transeúnte--. Pues el Estado catalán ha pactado con el de Castilla.
+Vamos a beber unas tintas, como buenos ciudadanos confederados.
+
+Las comidas del domingo en casa del _Mosco_ eran tranquilas y plácidas.
+Feliciana, la hija, del cazador, servía la mesa o permanecía inmóvil
+junto a la pared, con los ojos fijos en Maltrana. Si éste hablaba,
+parecía beber ella sus palabras, con una expresión admirativa en los
+ojos, como si la subyugase la cultura del joven, que aún adquiría mayor
+realce entre sus rústicos compañeros.
+
+Isidro la miraba algunas veces. ¡Hermosa era la hija del _Mosco_! Cada
+vez la encontraba más guapa. Adivinaba su admiración, pero aquellos ojos
+negros fijos en él sólo le inspiraban un vago agradecimiento. Jamás se
+le había ocurrido la posibilidad de perder el tiempo con una mujer. Eso
+quedaba para los hartos, para los felices.
+
+El señor Manolo comía con entusiasmo, alabando la carne tierna de los
+animales de El Pardo. Olía a tomillo, a romero, a todos los perfumes del
+bosque.
+
+Los domingos eran para él días de descanso y plácido aislamiento. No
+tenía periódicos; apenas si al amanecer repartía un poco de papel a la
+chusma haraposa que le traía loco. Sin embargo, las preocupaciones de la
+profesión lo asaltaban en medio de su descanso, e interrumpía la comida
+para preguntar al _Mosco_ y a Maltrana:
+
+--¿Por dónde andará ahora la partida grande?...
+
+Los interpelados levantaban los hombros con indiferencia. La «partida
+grande» era un grupo de vendedores de voz de trompeta, que sabían
+sacarse del magín atractivos pregones: la aristocracia del oficio,
+ocupada únicamente en lanzar periódicos nuevos y ofrecer libros faltos
+de compradores, con enorme rebaja...
+
+El señor Manolo, después de larga reflexión, informaba a sus amigos
+sobre el paradero de la tal partida.
+
+-Debe de andar por Zaragoza, vendiendo un papel nuevo, el del último
+crimen, que interesa mucho al cuarto estado.
+
+Isidro, al visitar la casa del _Mosco_, ya no se detenía en la vivienda
+de su abuela. Esta había alquilado la casucha, yéndose a vivir con el
+señor Polo, que tenía su cabaña en lo más alto de un cerrillo, desde el
+cual se veía Madrid.
+
+Por fin, la señora Eusebia había decidido casarse, sin la ayuda de la
+Iglesia ni del Estado, con aquel consocio que la cortejaba desde su
+viudez, y esperando el momento de que se ablandase, había contraído
+matrimonio con varias comadres del barrio.
+
+Los traperos celebraron con gran algazara la unión de estos dos
+«comerciantes», los más antiguos de la busca. ¡Vaya un par de carroñas!
+Pero nadie osó realizar los proyectos de cencerrada y otras bromas
+molestas con que algunos intentaron obsequiarles. Merecían respeto: eran
+los industriales más importantes del barrio, y habían hecho bien
+uniéndose en una sola razón social.
+
+Maltrana y el señor Manolo, en fuerza de oír hablar al _Mosco_ de sus
+expediciones nocturnas, sintieron el deseo de asistir a una de ellas.
+Una nada más, ¿eh? Con verlo bastaba. No era cosa de exponerse a recibir
+un balazo por simple curiosidad. De vez en cuando, las noticias que el
+cazador ingería en sus relatos enfriaban el entusiasmo de los oyentes,
+haciéndoles retrasar la expedición para mejores tiempos.
+
+--Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al
+_Bonifa_, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una
+semana, pillaron en El Goloso al _Bastián_ y al _Paleto_, les dieron
+una paliza de muerte, y ahora están en la cárcel de El Escorial... En el
+cuartel de Caños Quebrados hay un puñalero guarda que primero hace fuego
+y después da el alto. En Navachescas hay otro ladrón que lleva muertos
+dos dañadores, y, según dicen, tiene ganas de verme delante de su
+escopeta.
+
+Isidro y el vendedor de periódicos cruzaban una mirada de inteligencia.
+Era cosa convenida: lo dejarían para más adelante. Pero el _Mosco_, de
+pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostró empeño en
+llevarles a una expedición; y los dos amigos, por amor propio y que no
+se burlara de ellos, aceptaron la propuesta.
+
+¡Adelante con la cacería! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen
+con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el _Mosco_
+llevaba meses y aun años sin verles.
+
+Se citaron para el anochecer del día siguiente en el «Ventorro de las
+Latas», y al caer la tarde reuniéronse en la glorieta de los Cuatro
+Caminos el señor Manolo y Maltrana.
+
+Iban con sus peores ropas--aunque ninguno de los dos sabía ciertamente
+cuáles podían llamarse mejores--, con viejas boinas echadas sobre los
+ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de
+lo pavoroso de su misión. El capataz de periódicos guiaba, como
+conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en
+Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias
+de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las
+aguas de un canal.
+
+Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras
+que cerraban el horizonte hacían resaltar sobre una faja de oro
+mortecino los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella
+nadaba con lácteo fulgor en la bruma suave del crepúsculo. Sonaban
+lentas y melancólicas las esquilas de invisibles rebaños; ladraban al
+borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los
+carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rústicas
+esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares.
+
+Encontraron al _Mosco_ sentado en un pedrusco cercano a la venta.
+
+--Quedaos por ahí--dijo en voz baja--. Entrad a tomar una copa, y no me
+habléis hasta que os llame.
+
+Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta.
+Era una cabaña de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos
+que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de
+conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de
+petróleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos
+empotrados en la pared exterior servían de bancos. El «Ventorro de las
+Latas» era el punto de reunión de los dañadores antes de emprender la
+marcha.
+
+Comenzó a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que aún quedaba en
+el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconocía su organización
+recordando los relatos del _Mosco_. Cada pareja de hombres era una
+«cuadrilla»; compañeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el
+peligro, que al huir en distintas direcciones sabían por instinto dónde
+encontrarse, partiéndose con fraternal equidad el producto de la caza.
+
+Eran mocetones que por su aspecto parecían trabajadores de los tejares.
+A pesar del frío, marchaban ligeros de ropa y sin manta; algunos de
+ellos con la boina en la faja, como hombres que habían de emprender
+largas caminatas y sudar mucho en el curso de la noche. Algunas
+cuadrillas llevaban como refuerzo un muchacho cargado con la _aguja_,
+pesada barra de hierro puntiaguda por un lado y rematada por el opuesto
+con una anilla. Estos aprendices de dañador traían la barra pendiente
+del hombro por medio de una cuerda, como si fuese un fusil, y se
+pavoneaban entre los grupos con cierto orgullo, satisfechos de
+participar de los peligros y aventuras de los hombres.
+
+Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, después de
+olisquear a Maltrana y su compañero, adivinando su carácter de intrusos,
+juntábanse sobre un puente, del que partía el camino que sus amos habían
+de seguir. Los había de todas castas, figuras y colores: unos de
+elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas
+lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor
+rezongo, graves e inmóviles, como soldados que presienten la proximidad
+del combate.
+
+Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el
+vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se
+saludaban; algunos que no se habían visto en mucho tiempo se pedían
+noticias. Uno hablaba de su hermano: había recibido por la mañana una
+carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban
+pocos meses de la pena que le habían impuesto por robo de caza en las
+posesiones reales. Otros rodeaban a un compañero que, abriéndose la
+camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba señal de las postas que
+le habían metido entre las costillas. Después de dos semanas de
+descanso, volvía aquella noche a la faena.
+
+Hablaban de los compañeros que estaban en la cárcel de El Escorial,
+discutiendo lo que les podría «salir».
+
+Uno se despidió de sus amigos; ya no le volverían a ver en algún tiempo:
+al día siguiente iba a Madrid a presentarse en la Cárcel Modelo, para
+pasar en ella los ocho meses a que le habían sentenciado.
+
+Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la
+buena época, de la primavera, en la que se abrirían los tejares,
+ofreciéndoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las
+noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid.
+Algunos habían pedido trabajo y querían emprender el viaje tan pronto
+como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban
+las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la
+marcha, les hacían fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones.
+¡Qué vida, caballeros! Era la peor época del año: comenzaba la cría. Los
+conejos estaban flacos, costrosos. Sólo se cogían gazapillos, y por un
+lío de éstos no daban más allá de una peseta. Además, abundaban las
+malas noches, en las cuales las bestias parecían esconderse en lo más
+profundo de la tierra, y el hurón entraba en las madrigueras sin
+tropezar con el más leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la
+libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. ¡Y
+todavía los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les
+perseguían sañudamente!... Los de caballería eran objeto de sus
+maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia
+infernal, con más talento y mala intención que los hombres; un monstruo
+que, al perseguir a un dañador, le mordía, le derribaba entre sus patas,
+machacándolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontándose,
+tenía que socorrerlo para que llegase con vida a la cárcel. ¡Ah, la
+mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella...
+
+Algunas cuadrillas, después de un adiós apagado, emprendían la marcha,
+precedidas de sus perros, y se perdían en la obscuridad.
+
+--Adiós--contestaban los otros con entonación misteriosa--. Que se os dé
+bien la noche.
+
+Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los últimos
+cuarteles de la posesión real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar,
+cerca de Viñuelas.
+
+Los que aún permanecían en el puentecillo comunicábanse los cuarteles en
+donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La
+Portillera, a Querá; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando
+audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores
+reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapeña, Trofas y La Zarzuela.
+
+Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstruía el puente.
+
+Alejábanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco
+del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro,
+empequeñecidas por la distancia, y desaparecían.
+
+El _Mosco_ se aproximó a la venta:
+
+--Cuando queráis...
+
+Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la _bicha_, que
+se apelotonaba en la cárcel de lienzo buscando el calor de su pecho.
+Junto a él estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo
+pequeño y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado _Chispas_, que no
+pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que,
+admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el año.
+
+_Chispas_ llevaba al hombro la pesada _aguja_ para demoler las
+madrigueras y abrir paso al hurón cuando éste se trasconejaba, no
+pudiendo ganar la boca de salida. Además, metidos en la faja, guardaba
+los _capillos_, las redes que se tendían a la salida de las madrigueras
+para apresar a los conejos.
+
+Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros dañadores. El
+_Mosco_ marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y _Chispas_
+cerraba la expedición.
+
+--Podéis hablar; podéis fumar. Estamos aún en terreno seguro. Yo os diré
+cuando haya que ir con más ojos que un lince.
+
+Los dos neófitos marchaban tras los ligeros pasos del _Mosco_, el cual
+no cesaba de hablar. Había permanecido en la venta lejos de ellos, para
+que nadie sospechase que le acompañaban en su expedición. Temía que
+alguien se _chivase_ y fuese con el soplo. Por e, nada; bien sabían los
+guardas que cazaba todas las noches, así se viniera abajo el cielo.
+Cuanto peor fuese la noche, más favorable para él. Pero al verle con la
+impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podían aprovechar la
+ocasión y darle caza. Porque él no era capaz de escapar; yendo con
+personas que desconocían el terreno, antes se dejaría hacer pedazos que
+cometer tal indecencia.
+
+--Es un disparate--continuó--ir a esta faena con gente floja como
+vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos
+cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteréis de
+lo que es esto... ¡Qué contentos van a ponerse esta noche los gameños y
+los venados al ver que el _Mosco_ no quiere nada con ellos!...
+
+Les preguntó si habían merendado fuerte antes de salir de casa. En el
+monte sólo encontrarían algún arroyo donde beber un buche, y aun esto
+había que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios más
+frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas harían una
+cachuela, el gran plato de los cazadores, que sabía a gloria: un guiso
+de entrañas frescas de conejo.
+
+Maltrana y el señor Manolo, oyendo al famoso dañador sus propósitos de
+no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les había
+encogido el corazón al oír a aquellas gentes que hablaban de heridas, de
+palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio.
+
+--¿Tú estás seguro de que no tropezaremos a los esbirros?--preguntó el
+señor Manolo a su hermano.
+
+--Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una
+casualidad...
+
+Un largo silencio acogió estas palabras poco tranquilizadoras. El
+_Mosco_ seguía hablando para distraer a sus acompañantes de la fatiga de
+la marcha. Describía la grandeza de El Pardo: nadie lo conocía tan bien
+como él. En algunos sitios no podrían encontrarle todos los guardas
+juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que
+guardaban los reyes para sus cacerías. Esto sin contar la Casa de Campo,
+La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... ¡Y los
+demás que reventasen!
+
+Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al señor Manolo,
+lanzándose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la
+práctica aplicación de lo que él llamaba, por antonomasia, «el
+programa».
+
+--El día en que el Estado de Castilla sea autónomo, se acabará este
+escándalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me
+río yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para
+que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le
+meteremos el arado a la tierra para que críe trigo, y ¡viva el pan
+barato!... ¡Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto
+estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... ¡Pero
+si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema
+unitario!...
+
+Maltrana contemplaba los perros, que abrían la marcha, silenciosos, con
+el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte,
+sin un gruñido, sin prestar atención a los compañeros de raza que
+ladraban en las lejanas huertas.
+
+Llevaban más de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El
+_Mosco_ notaba el jadear de sus compañeros, la fatiga que sentían en las
+cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies.
+
+--¡Animo!--les decía--. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estáis
+acostumbrados a andar. ¡Pero si esto es un paseo!...
+
+Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una
+altura, volvió Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre
+los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que
+coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid
+invisible. Más acá esparcíanse, por la línea irregular del horizonte,
+grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la
+tierra fuese una laguna de betún que reflejase los astros sombríamente.
+
+El _Mosco_ extendió el brazo con la seguridad de un experto conocedor
+del nocturno paisaje. Las luces más cercanas eran de Bellavistas y las
+Carolinas; las otras de Chamartín y Tetuán. De frente, por encima del
+oleaje de sombras, como débiles resplandores apenas perceptibles,
+señalaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcón; y lejos, muy
+lejos, donde sólo podían alcanzar sus ojos de búho, las luces de El
+Escorial.
+
+Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El _Mosco_ se
+agachó para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su
+resistencia. Era costumbre de los dañadores pasar los cursos de agua
+llevando a cuestas al compañero. Al regreso, el camarada que pasaba a
+lomos prestaba igual servicio, y así la mojadura repartíase entre todos
+por igual. Únicamente los enfermos, los que iban a la caza
+convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El
+_Mosco_ consideraba como enfermos a sus débiles compañeros, fatigados
+por la marcha.
+
+Al otro lado del arroyo, Isidro y el señor Manolo vieron que el camino
+se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El
+_Mosco_ les ordenó que arrojasen los cigarros; ya no podrían fumar hasta
+la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba «Mal
+Paso». Muchas veces, los guardas de El Pardo, saliéndose de su
+jurisdicción, se emboscaban allí para sorprender a los dañadores cuando
+volvían a sus casas. En aquel sitio le habían dado un balazo a su
+compadre el _Garrucha_, una noche en que volvían los dos cargados con un
+par de gamos. El pobre camarada, después de sanar de la herida, fue al
+presidio de Alcalá, por robo de caza mayor. El _Mosco_ se había librado
+por pies, sin soltar su carga.
+
+--¡Una injusticia--exclamó--; un abuso!... Este terreno no es suyo; aquí
+no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero
+pertenecen a la «casa grande», y no hay tribunal ni Dios que no se ponga
+de su parte.
+
+Aún caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de
+tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al
+atravesar una viña, chocó con un ceporro, hiriéndose una pierna. Pero
+¿dónde estaban aquellos bosques de El Pardo, que parecían correr
+hundiéndose en la sombra?...
+
+-¡Animo!--decía el _Mosco_ en voz queda--. Ya estamos cerca; ya veo las
+tapias.
+
+Pero el señor Manolo y su amigo no distinguían nada. Isidro, con la
+pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran
+ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que lucía
+en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontábase en el cielo;
+cuando bajaban, hundíase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente.
+Parecía jugar con ellos, atraerlos, para huir después de cima en cima.
+
+Por fin, los dos neófitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo.
+Maltrana consideró su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran
+las murallas de la China. ¿Y había él de saltarlas? Prefería quedarse al
+pie de ellas descansando. Esperaría tendido en el suelo el regreso del
+_Mosco_, aunque volviese al amanecer.
+
+--¡Chist!--murmuró el cazador, para que hablase más bajo--. Tú subirás:
+yo me encargo de que subas.
+
+La protesta de Maltrana era la última resistencia del miedo, el
+retroceso del instinto ante aquella tapia sombría, tras la cual estaba
+lo ilegítimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin
+misericordia.
+
+El _Mosco_ y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablándose
+sin que sus palabras sonaran, moviéndose sin que sus pasos produjeran
+ruido. A Maltrana le parecían fantasmas... ¡Arriba! El _Chispas_ apoyó
+un pie en las manos de su maestro, arañó la tapia, y en un instante se
+puso a horcajadas sobre ella.
+
+¡Ahora, los perros! Los animales sabían su obligación; se dejaban coger
+por el _Mosco_, y empujados por él, agarrábanse muro arriba, se mecían
+un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejábanse caer en
+la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligerísimo de hojas
+secas.
+
+Maltrana se sintió cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que
+el _Chispas_, inclinándose, le agarraba por los brazos. Los dañadores
+reían de su poco peso. Quedó un instante a horcajadas en lo alto de la
+pared, aturdido por la ascensión, doliéndole el cuerpo por el roce
+contra los ladrillos salientes. El _Mosco_ le saludaba desde abajo con
+una gracia que ponía los pelos de punta.
+
+--¡Qué buen blanco, gachó! ¡Qué escopetazo se pierden los guardas!
+
+Isidro no tuvo fuerzas para protestar. ¡Vaya unas bromitas oportunas! Y
+obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes,
+tuvo que descender por la parte opuesta, ayudándole el _Chispas_, que le
+había precedido y le sostenía por las piernas. El señor Manolo, más
+ágil, saltó la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante después se
+unió a ellos el _Mosco_.
+
+Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que
+le sería franquear aquel obstáculo si le perseguían los guardas. Pero la
+impresión de miedo se amortiguó al mirar lo que le rodeaba.
+
+La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo
+nuevo. El salto de la tapia era como el tránsito de un planeta a otro.
+Olvidó las colinas pedregosas, los bancales infecundos con más guijarros
+que plantas, toda la campiña árida sumida en la obscuridad al otro lado
+de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro.
+
+Tenía ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de
+las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetación
+salvaje, unificando sus bravíos colores en una vaguedad fantástica de
+inmenso jardín encantado. Maltrana creyó ver un gigantesco dibujo blanco
+y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de
+alfiler que daban paso a la luz.
+
+La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de
+leyenda. Maltrana pensó en Wágner y en su valeroso Sigfrido; en la
+rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó,
+por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón no
+conocido por los guardas.
+
+Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecían
+arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura
+de leche; los árboles formaban bóvedas de negro enrejado, por cuyos
+espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto
+de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul
+sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si
+quisieran acostarse.
+
+No se veían las flores del fantástico jardín, pero Maltrana se las
+imaginaba enormes, como nunca se habían abierto en la tierra a la luz
+del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia,
+tan denso, que parecía mascarse al respirar. Era una esencia para
+olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgían gritos de
+pájaros invisibles, saludos burlones a los bípedos que avanzaban en el
+silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre
+los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el
+medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de
+la cuadrilla.
+
+Maltrana dudaba de la realidad. Debía estar soñando; aquel mundo no
+podía existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar,
+encontrándose en el camastro de la calle de los Artistas.
+
+Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban
+sin el más leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo
+como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueño. De
+ensueño también los dos cazadores que caminaban o se agachaban como
+sombras, hablándose sin mover los labios, entendiéndose por señas, y
+hasta el capataz de periódicos, que marchaba encorvado, con los ojos
+saltones y la boca abierta, contrayendo el estómago a impulsos del
+miedo. Sólo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y
+este ruido le parecía tan grande, tan agigantado por el silencio, que
+podía despertar a los guardas a muchas leguas de distancia.
+
+De vez en cuando la selva agitábase con ondulaciones ruidosas. Una
+ráfaga de viento moviendo una rama daba la señal. Toda la arboleda se
+estremecía, inclinando las copas. Movían sus cabezas los olmos, los
+pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del
+bosque, y de un extremo a otro esparcíase el lamento de la sinfonía
+salvaje, despertando los ecos en las cañadas, aguzándose en las alturas,
+volviendo a descender en busca de nuevas masas de árboles que repitiesen
+este suspiro de arpa temblorosa.
+
+Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en
+su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblándole las
+piernas, pero conquistado el ánimo por el majestuoso silencio. En
+aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes.
+
+El _Mosco_, que conocía todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo
+junto a una gran encina. Allí se abrían ciertas bocas que indudablemente
+ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agacháronse por consejo suyo. Los
+perros daban silenciosas vueltas alrededor del árbol, como si olfateasen
+la caza oculta en las entrañas del suelo. El _Chispas_ se colocó de
+rodillas a alguna distancia. Estaban allí las bocas de salida, y colocó
+en ellas los capillos de red. El _Mosco_ abrió la bolsa y sacó el hurón.
+La _bicha_ llevaba al cuello un cascabelillo de sonido débil, y en una
+pata el cordel que la obligaba a volver a su amo.
+
+Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El señor Manolo seguía con
+interés la operación, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana,
+tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul
+escarchado de polvo luminoso. Había arrostrado el peligro por ver la
+caza furtiva, y ahora no le inspiraba interés. Prefería permanecer
+inmóvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz
+que parecía descender de lo alto. Estaba allí como si la selva fuese
+suya. ¿Por qué habían de presentarse los guardas? La hermosura de la
+noche desvanecía su miedo, repelía de su ánimo toda posibilidad de
+peligro.
+
+El _Chispas_ dio un mugido de alegría; luego otro... luego otro.
+«Tres... cuatro... cinco: la _bicha_ trabaja bien.» Iba recogiendo los
+conejos de los capillos así como caían; unos sanos, otros con la cabeza
+destrozada por el hurón y manando sangre. A los que salían ilesos,
+huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus
+duros dedos. Pasábale las piezas al señor Manolo, y éste reía, con el
+goce brutal de la destrucción, ofreciendo a Maltrana los conejos para
+que los tentase. Aún estaban calientes: ¡cómo los dejaba la _bicha_ al
+morderles!...
+
+Anunció el _Chispas_ que ya no salían más; la madriguera estaba
+despoblada. El _Mosco_ tiró de la cuerda y volvió a sonar el apagado
+cascabeleo. La embriaguez de la sangre había enardecido a la _bicha_.
+El cazador lanzó un juramento sordo antes de volverla al saco; le había
+clavado en un dedo sus agudos colmillos.
+
+Isidro abandonó de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la
+cuadrilla en busca de nuevas bocas. ¿Por qué no se retiraban ya? La
+operación estaba vista. Pero el _Mosco_ protestó.
+
+--¿Retirarme?... ¡Botones! La noche se presenta bien.
+
+Anduvieron dos horas por las cañadas buscando los lugares más conocidos
+del cazador por sus madrigueras. No había vivienda de conejo que no la
+tuviese anotada en su memoria.
+
+Isidro aprovechaba todos los altos del _bicheo_ para tenderse en la
+hojarasca mirando a lo alto. El planeta que había contemplado en el
+camino ya no lucía en el horizonte; se había ocultado, y nuevos astros
+invadían el cielo. Miraba también a su alrededor, admirando la hermosura
+bravía del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el
+señor Manolo para cuando triunfase la autonomía del Estado castellano,
+el abatir la selva y meterla el arado, sería una reforma muy
+revolucionaria; pero así estaba mejor, era más hermosa, aunque la
+pública utilidad rabiase de coraje.
+
+Una señal de alarma de los dos perros sacó a Isidro de sus divagaciones.
+Avanzaban cautelosamente, se detenían, volvían la cabeza para mirar al
+amo. Su cola elevábase con movimientos que revelaban indecisión; sus
+orejas aguzábanse con la inquietud.
+
+--¡Chist! ¡chist!--murmuró el _Mosco_ para que sus acompañantes
+permaneciesen quietos en la espesura.
+
+Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo
+mismo que los perros para oír mejor. El capataz abría la boca, como si
+por ella fuese a escapársele el corazón, encogido por el miedo. Maltrana
+sentía el zumbar de su sangre en las sienes.
+
+Gruñó un perro, y el _Mosco_ pareció tranquilizarse. Alguien estaba
+cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos
+silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidían a gruñir,
+era porque husmeaban gente conocida.
+
+El cazador, incorporándose, dio varias palmadas en uno de sus muslos.
+Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como
+reproducidos por el eco. Después se llevó a la boca el dorso de una
+mano, y un silbido tenue, de pájaro, rasgó el silencio. Otro pájaro
+invisible le contestó.
+
+--Adelante: son amigos--dijo el _Mosco_.
+
+Troncháronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres
+encorvados. Los perros de las cuadrillas frotáronse un instante con
+otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al
+_Mosco_.
+
+--¿Qué lleváis cogido?--preguntó éste.
+
+--Nada aún: dos gazapos.
+
+--Que se os dé bien la noche.
+
+La cuadrilla desapareció con sus perros, y el _Mosco_ siguió adelante,
+prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en
+seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas
+inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo.
+
+Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del
+agua invisible saltando entre guijarros.
+
+Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la
+expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos
+cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que
+hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante.
+
+Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de
+pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios
+brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro,
+barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y
+brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo,
+creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada;
+algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al
+dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso
+salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las
+cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca.
+
+El _Mosco_ acudió con gritos de cólera:
+
+--¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se
+burlan!...
+
+Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado
+de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil.
+
+El encuentro con el venado quitó al _Mosco_ todo deseo de continuar la
+caza.
+
+--Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!...
+
+Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia.
+Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el
+campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que
+había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo
+habían existido en su imaginación.
+
+Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en
+sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura.
+
+--Toca, Isidro--decía el capataz riendo--. ¡Qué famosa cachuela vamos a
+comernos!...
+
+El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el
+que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible
+que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la
+maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!...
+
+El _Mosco_ examinó la posición de las estrellas.
+
+--Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa.
+
+Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal
+Paso». El _Chispas_ y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve
+indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la
+noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y
+sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos
+cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo
+de ganarse el pan!
+
+Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver
+los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se
+cernía sobre Madrid.
+
+Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus
+lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo
+al peligro.
+
+Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida
+moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas.
+
+Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una
+civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana
+de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante.
+Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el
+voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo rojo
+trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales
+estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de
+las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas,
+cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los
+desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los
+abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir
+del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz.
+
+Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de
+las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los
+dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus
+rugidos.
+
+Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles,
+se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las
+tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea,
+la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el
+asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las
+riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar,
+monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho.
+
+
+
+
+IV
+
+
+El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle
+de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a
+Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas.
+
+Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros
+alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir
+en busca de su amigo el _Mosco_ y aprovechar de paso el viajo para hacer
+a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de _Zaratustra_. La
+pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo
+la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener
+contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y
+¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero!
+
+Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a
+pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir
+prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la
+confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus
+atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa.
+
+Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del _Mosco_,
+ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid.
+
+En su miseria, no le abandonaba esa seguridad de la juventud que
+aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero
+se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que
+sacarla de sus situaciones difíciles.
+
+Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna.
+Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella
+acabaría por entregarse vencida.
+
+Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de
+Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de
+Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena
+época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que
+éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no
+verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no
+ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de
+la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La
+vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su
+protectora.
+
+Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el
+personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave
+y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez
+de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con
+bondadosa sonrisa.
+
+El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban
+con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano
+protectora:
+
+--¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?...
+
+El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era
+implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis
+sobre todo lo existente, describiendo el país como un establo de
+bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase
+conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso.
+
+La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de
+hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las
+personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués
+despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes
+de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de
+algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de
+pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la
+despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando
+aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro.
+
+-¿No terminó usted la carrera?--continuó el senador--. Ha hecho usted
+bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted
+ha nacido para escritor.
+
+Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba
+publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas,
+pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura
+«profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El
+amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado,
+próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír
+que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que
+el día menos pensado llegaría a ministro.
+
+--Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted
+que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo
+que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la
+entrevista.
+
+Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al
+día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en
+una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad,
+como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su
+casa todas las mañanas.
+
+Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar
+la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le
+siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su
+inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le
+acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval.
+
+Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de
+un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca,
+manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores,
+calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un
+grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo
+prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a
+golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de
+la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal
+ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior.
+
+Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre,
+pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas,
+cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente
+sonsonete:
+
+ ¡Ahí va! ¡Ahí va
+ el tío del gabán!
+
+Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos a apoyarla saludando
+con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse.
+
+Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba
+visitar la cabaña de _Zaratustra_ antes de ir a las Carolinas.
+
+Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con
+la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura.
+Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una
+oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la
+cumbre. El carro de _Zaratustra_ parecía más grande que las viviendas;
+se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto
+unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como
+una horca.
+
+Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una
+banda de perros. Eran los compañeros de _Zaratustra_. Los había de
+varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una
+baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde
+en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante
+Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.
+
+No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco
+propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El
+joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a _Zaratustra_ y a
+la señora Eusebia.
+
+Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a
+sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que
+giraba en torno de él, oliéndole las ropas.
+
+Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía
+al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras
+lomas de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por
+las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran
+_Zaratustra_. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante
+unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula.
+
+--Perdona que no me levante--dijo con su voz de niño--. Tú eres de casa.
+¡Ay, estas piernas!...
+
+Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes
+solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el
+aspecto de un salvaje de teatro.
+
+Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los
+que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos
+harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio
+de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos
+cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma
+senil que inmovilizaba sus piernas.
+
+Maltrana contempló curiosamente la mansión de _Zaratustra_, agrandada
+con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La
+actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los
+despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero
+sonrió viendo el asombro del joven.
+
+--¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de
+Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores...
+Este cuerpo es el almacén--y señalaba la cabaña en cuya puerta
+permanecía sentado--. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene
+comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu
+abuela y yo.
+
+Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de
+su vivienda, señalando sus diversas partes. El lo había construido
+todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo.
+
+Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en
+los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran
+puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los
+despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a
+trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás
+estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose
+empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva,
+latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con
+estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro,
+trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida
+diaria en Madrid.
+
+Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza
+de _Zaratustra_. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban
+dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de
+bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café.
+
+Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro,
+servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los
+barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados,
+formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no
+podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos.
+La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que
+servía de chimenea.
+
+El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas
+corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas
+largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la
+obscura profundidad de las chozas. De vez en cuando aleteaba por cerca
+de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre,
+venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra
+de una tumba.
+
+Maltrana preguntó por su abuela.
+
+--Estoy solo en casa. He enviado el _Bobo_ a Madrid a que vea las
+máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de
+Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca
+para que cante oraciones.
+
+_Zaratustra_, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído
+hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía,
+guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a
+las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero
+las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana.
+En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las
+locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que
+faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana.
+
+--Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los
+trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los
+elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada,
+y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas
+santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos,
+dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si
+no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para
+qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las
+hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros:
+tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente,
+porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un
+botón, y me dejó en el apuro, sin querer decirme dónde guarda su
+tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una
+mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!...
+De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al
+cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro
+chico, aunque su hombre vaya en cueros.
+
+Quedó en silencio _Zaratustra_, mirando a Madrid, que cerraba el
+horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el
+más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de
+gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar
+la lejana población.
+
+El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad
+albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y
+gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz
+tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo
+trascendental.
+
+--La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en
+eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio
+que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso
+caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un
+canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás
+exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el
+señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El
+hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los
+trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para
+que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor
+que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos
+los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no hay en
+la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no
+se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal
+vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no
+le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con
+qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal
+noble e inteligente.
+
+Así hablaba _Zaratustra_.
+
+Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las
+moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de
+corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente,
+quería irse.
+
+El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si
+habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres
+pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración
+cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería
+enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con
+motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades
+del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su
+casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios.
+
+--Aquí hay su poquito de señorío--dijo _Zaratustra_ incorporándose con
+cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos
+sobre el asiento.
+
+Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas.
+Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan
+angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared.
+La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de
+claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en
+su pálido rayo un enjambre de moscas.
+
+A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las
+paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los
+intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían
+unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas
+ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de
+una tienda de trapos.
+
+La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme,
+disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los
+milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse
+todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un
+hombre. _Zaratustra_ saliendo de la cuadra, levantó una cortina de
+percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad.
+
+--Echa una cerilla--dijo el trapero.
+
+Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una
+botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño
+que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias,
+de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos
+viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros
+de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles.
+
+--Aquí hay señorío--dijo el trapero--. Eso no podrás negarlo. Mira esa
+cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a
+palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas
+allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la _Mariposa_,
+unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos
+a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que
+la cosa lo merece.
+
+Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma
+antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios
+mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba
+verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que
+filtraban la lluvia.
+
+Después, _Zaratustra_ enseñaba con orgullo de artista los adornos de
+algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos
+de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido
+al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en
+el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero
+enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la
+cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de
+tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos
+en otros.
+
+--Si quisiera--dijo el tío Polo--, podría convidar a todo el barrio de
+las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di
+si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de
+la Puerta del Sol.
+
+Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados
+por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los
+bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía
+Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber
+ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo.
+
+El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan
+bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para
+dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de
+una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas.
+
+-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando hace frío o cuando hiela,
+duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da
+gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos
+moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como
+aquí.
+
+El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado,
+como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de
+la paja.
+
+--Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos
+ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud;
+pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene
+mejores.
+
+Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba
+_Zaratustra_.
+
+--Donde veas telarañas sólo verás salud--continuó--. Eso no lo saben los
+mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios
+como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las
+ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y
+mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra
+salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las
+enfermedades, se come a los microbios y demás insectos...
+
+Así hablaba _Zaratustra_, paseando su luz cerca del techo; y surgían de
+la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares,
+como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con
+fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los
+frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con
+su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba
+con una telaraña caída junto a su boca.
+
+--Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga con dinero. Si tu
+abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo.
+
+Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el
+sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en
+aquel antro saturado de polvo y estiércol.
+
+Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con
+torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de
+humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje
+que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El
+pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su
+primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna.
+
+_Zaratustra_ procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una
+charla en la que podía lucir su ciencia.
+
+--¿Ves qué sol tan hermoso?--dijo--. Pues tendremos lluvia antes de que
+acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna
+es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del
+cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes,
+sangre...
+
+--Adiós, gran _Zaratustá_--dijo Maltrana.
+
+Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la
+villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas,
+huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago.
+Iba en busca de su amigo el _Mosco_ y de su hija Feliciana, que tenía
+para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las
+únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez,
+para ver a la abuela.
+
+Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de
+_Zaratustra_.
+
+Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó desconcertado y confuso
+por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada
+con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las
+máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño
+llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo,
+arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre,
+cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios
+de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño
+pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un
+gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran
+máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas
+multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas
+verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el
+pecho velludo entre los forros de seda de las solapas.
+
+Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo
+único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían
+igualmente disfrazados.
+
+En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los
+corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la
+basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el _confetti_ y las
+cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el
+residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero
+con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban
+banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos
+caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana.
+
+Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de
+corral. Por encima de ellas asomaban las grandes pirámides de paja
+podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos,
+fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos
+ladridos.
+
+Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas
+entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas
+de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de
+las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población.
+Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran
+repugnancia. Recordaba las confidencias del _Mosco_, indignado contra
+ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo
+traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo
+era un esqueleto descarnado.
+
+Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo
+libre y de la sierra disipó su impresión de náusea.
+
+El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa
+coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida
+por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del
+cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los
+derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la
+miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su
+subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes.
+
+Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas,
+que era la del _Mosco_. Frente a él, al final de la doble fila de
+míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño
+Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del
+Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque.
+
+El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos. Al frente marchaba
+un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con
+arpilleras y lazos de papel.
+
+--¡No me conoces!... ¡No me conoces!
+
+Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso
+vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que
+vociferaba aclamando sus gracias.
+
+¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era _Coleta_,
+que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo.
+
+Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del _Mosco_ llamó en vano
+repetidas veces a la cerrada puerta.
+
+Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la
+_Borracha_, la hembra de _Coleta_, una andrajosa que llevaba una venda
+en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel
+barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía
+costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua
+empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula
+perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la
+iban barrenando la carne, según decía _Coleta_ al insultarla en plena
+embriaguez con el apodo de _Borracha_.
+
+--No están en casa, señor Isidro--dijo con hipócrita mansedumbre--. El
+_Mosco_ se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la
+red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un
+rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí
+puede verla.
+
+Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la
+arboleda del cerro de los Pinos.
+
+El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los
+traperos, contrastando con la sórdida miseria del barrio, comenzaba el
+bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había
+hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles
+rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con
+muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado,
+nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas
+de las Carolinas.
+
+Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y
+trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un
+trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato.
+
+Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería
+le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más
+campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún
+chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el
+canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de
+cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él
+las máscaras que le había mostrado la mujer de _Coleta_.
+
+--¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles!
+
+El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al
+bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían
+que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí,
+satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano,
+jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse,
+y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas,
+gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero:
+
+--¡No me conoces!... ¡No nos conoces!
+
+Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la
+espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas
+enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las
+medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que
+ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una
+muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes.
+Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que
+parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un
+pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina
+asomaban los rulos de su peinado chulesco.
+
+Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de
+almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la
+busca para mayor esplendor de la fiesta.
+
+--¡No me conoces!...--gritaban los golfos de abultadas amenidades,
+tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus
+mejillas.
+
+--¡No me conoces!...--gritaba un bebé de color de rosa, en el que
+Maltrana fijó su atención.
+
+--¿Pues no te he de conocer, criatura?--exclamó el joven--. Tú eres
+Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso
+las llevas descubiertas, coquetona.
+
+Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este
+reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un
+grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser
+perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto
+al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos,
+fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras.
+
+--Sí; tú eres Feliciana--volvió a decir el joven, cogiéndola las
+manos--. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?...
+
+--No soy Feliciana--chilló la máscara con una voz trémula en la que
+parecía vibrar la cólera--. Feliciana tiene las manos más feas que las
+mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la
+pobre una palabra.
+
+--Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta
+tarde?...
+
+--Tú eres un orgulloso, Isidro--continuó la máscara, hablando con
+precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de
+acabar--; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas
+en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las
+gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que
+te rodean.
+
+Maltrana la oía con extrañeza.
+
+--Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha?
+
+Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los
+gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto,
+el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los
+agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.
+
+--Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma...
+más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que
+eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en
+ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la
+fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en
+los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles
+cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!...
+
+Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se
+imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su
+credulidad resultaba una ironía cruel.
+
+--Pero muchacha--dijo--, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana.
+
+--¡Y dale con Feliciana!--repuso ella con tono irritado--. Ya te he
+dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo;
+¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades.
+Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho
+beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los
+hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que
+callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito
+serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego...
+que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que
+te convida su padre.
+
+Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar.
+Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.
+
+Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué
+decir, repitiendo lo mismo:
+
+--¡Feliciana... Feliciana!
+
+--Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué
+repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la
+has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú
+te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una
+señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje
+de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana;
+deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido,
+canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de
+haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero es mujer, y calla, y
+se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un
+ladrón que se divierte fingiendo que no se entera.
+
+Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al
+pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos,
+lacrimosos.
+
+Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar.
+Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él.
+
+Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de
+lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después
+intentó sonreír.
+
+--Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y
+olvida esas tonterías.
+
+--Feliciana--dijo el joven gravemente--, no llores. Broma o realidad,
+bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón:
+soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se
+fija.
+
+Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la
+muchacha, deslizándose instintivamente por su talle.
+
+Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta,
+que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su
+talle parecía doblarla, vencerla.
+
+Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta
+rápida aproximación.
+
+Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo
+volvía de la cañada perseguido por los mozos.
+
+La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la
+abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos
+sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto
+de espanto que si despertase de súbito completamente desnuda a la vista
+de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol
+inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos.
+
+No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de
+veras, y gemía entre suspiros:
+
+--¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza!
+
+
+
+
+V
+
+
+--Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considero
+como de la familia.
+
+Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellas
+palmaditas protectoras que enorgullecían al joven.
+
+Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con la
+severidad que correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Las
+sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librería alineábanse
+los tomos de las _Sesiones del Senado_, juntos con memorias,
+estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño, impresos a
+expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes,
+exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas sociedades,
+acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigio
+de caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a
+su «digno senador» por sus brillantes discursos en defensa de la
+protección a los trigos.
+
+Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado del
+despacho. El marqués aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, con
+todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su salón y
+sosteniendo con la diestra mano su frente cejijunta cargada de
+pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurón con el
+pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su
+poderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintió
+ganas de reír ante la seriedad y el empaque con que el senador se
+mostraba en el retrato. Era un caballero que se hacía representar de
+visita en su propia casa.
+
+El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector,
+parecía titubear en presencia de Maltrana.
+
+Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuviese
+lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus
+luchas y aspiraciones, mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecía
+buscar un pretexto para conducir la conversación adonde era su deseo.
+
+Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro.
+
+--Pues sí, joven amigo--dijo con la entonación solemne que empleaba al
+charlar en los corrillos de la Alta Cámara--. Yo me he tomado la
+libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que
+considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que
+proteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos, por más
+que muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a problemas
+graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño,
+como ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hay
+que aceptarla con toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez sea
+beneficioso para usted será indudablemente muy útil para mí, y si usted
+lo acepta, merecerá mi agradecimiento.
+
+Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo
+su relleno de retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba el
+señor marqués? Allí estaba él para servirle; podía decir cuál era su
+intención.
+
+El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como si
+temiese descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era el
+hombre que en todo Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfacción
+a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los
+trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda católica y de
+religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de
+unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no
+faltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partido
+con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya
+tertulia no le era lícito faltar, y tenía que ocuparse de la educación
+de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas
+sanas de su padre y merecían los elogios de sus antiguos maestros, los
+buenos sacerdotes de la Compañía.
+
+Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interiores
+estas palabras. Conocía de vista a los hijos: les había encontrado
+muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las
+«estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba pagarés en blanco a
+todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento
+de cierta _divette_ procedente de Perpiñán.
+
+--En estas condiciones, pues--continuó el senador con entonación
+oratoria--, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de
+pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo
+Maltrana, también soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los
+jóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, según
+dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy más
+escritor que orador. He publicado poco; mi modestia me lo impide. Pero
+¡si viese usted el montón de papel que llevo emborronado!...
+
+Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró a
+añadir:
+
+--No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga
+a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me
+empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la
+colaboración de un joven ilustrado que sea dueño de todo su tiempo para
+escribir: uno como usted.
+
+Isidro comprendió que el personaje había llegado por fin adonde quería.
+Adivinábase en su rostro la placidez de haber soltado una proposición
+vergonzosa que era su tormento. El joven aceptó con breves palabras. ¿En
+qué había de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy
+agradecido de que se fijase en él.
+
+Y el pobre Maltrana lo sentía así, apreciando como un gran honor la
+propuesta del personaje.
+
+Lo que deseaba el marqués de Jiménez era escribir un libro, pero un
+libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador
+serio. No quería tener secretos con Maltrana, y le confesó que el tal
+libro sería un escalón, el último, para alcanzar la cartera de ministro
+el día que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometía
+escribir un prólogo para la obra.
+
+--Ya ve usted, amigo Maltrana. ¡Qué honor! ¡qué honor para nosotros!...
+
+Este «nosotros» dejó frío al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que
+no fuese la retribución que el marqués quisiera darle.
+
+--Usted escribirá--continuó el personaje--; yo le daré las ideas; y con
+esto creo que su trabajo será coser y cantar, como quien dice... Usted
+es un joven discreto que «se entera» de las cosas, y tendrá cuidado de
+no «salirse del tiesto» mezclando en la obra ideas de esas diabólicas y
+modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro irá
+dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle más. Una dedicatoria
+sencilla, pero hermosa, que usted tendrá la bondad de escribir. Asunto
+de decirle que, así como es el primer soldado de la nación, el primer
+agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de
+dirigir la política como de dirigir un automóvil, es también, para mí y
+para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer
+sociólogo. ¿No será bonita una dedicatoria en este sentido?...
+
+Isidro contestó con movimientos de afirmación.
+
+--Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste
+usted: socialista del verdadero socialismo, del práctico, del que puede
+ser, del que defendemos los espíritus sanos, uniendo las exigencias de
+la época con las santas tradiciones y los intereses creados.
+
+El joven le pidió las ideas que habían de servirle de guía, la trama
+poderosa, sobre la cual no tendría él otro quehacer que alinear palabras
+con la pluma: «coser y cantar», como decía el personaje.
+
+--El libro--dijo éste--podría titularse _El verdadero socialismo_; pero
+si usted encuentra otro título más bonito, por mí no se prive usted; yo
+no tengo en esto empeños de amor propio. Usted manda, usted es el amo.
+Haga todo lo que considere más acertado; cuantas más iniciativas tenga,
+mejor.
+
+Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una
+extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la
+caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a
+los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia
+católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad el
+Papa, el primer socialista del verdadero socialismo.
+
+--Creo que con esto--continuó--ya tiene usted bastante para hacer el
+libro. No queda mas que el escribirlo, lo más fácil; sólo que esto exige
+tiempo, y yo no lo tengo. Reconocerá usted que estas ideas no son
+cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De
+exponer cuestan muy poco; pero yo sé el tiempo que llevo rumiándolas,
+dándoles forma, preparándolas, para que usted no tenga mas que
+escribirlas. Además, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del
+libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastará
+en imprenta lo que sea preciso. Los capítulos deben ostentar al frente
+esos párrafos en letra, pequeña que llaman sumarios. Esto me ha gustado
+siempre; da cierto aire de seriedad y de método. Luego deseo que todas
+las páginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto.
+He visto que todas las obras importantes van así. También esto da aire
+de seriedad y prueba erudición en el autor. Hay que citar muchos nombres
+y que sean extranjeros; cuanto más enrevesados, mejor. Esto lo hará
+usted fácilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas
+semanas en la Biblioteca. ¡Si yo tuviese tiempo!...
+
+Maltrana sonreía escuchando las indicaciones de su protector.
+
+--La tarea es fácil--prosiguió el marqués--. No crea usted que yo ignoro
+dónde están las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escándalo
+hemos coincidido algunos hombres de Europa. Según me dijo el jefe, hay
+un señor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito
+algo muy sonado sobre el socialismo católico. Uno no tiene tiempo de
+leerlo todo. Búsquelo usted, y ya tiene una fuente más, después de las
+mías.
+
+El senador habló aún largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la
+facilidad con que podía escribirla contando con la firme base de sus
+ideas.
+
+--Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su
+tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Además, amo a
+la, juventud y deseo protegerla. Le daré a usted tres mil reales por su
+trabajo; pero que sea grueso el libro, ¿eh?, y sobre todo, notas...
+muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he
+concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte
+duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas.
+
+Maltrana cogió el billete con cierta emoción, contestando aturdidamente
+a todas las recomendaciones del personaje.
+
+--A trabajar, joven. La vida no es un sueño; hay que trabajar, hay que
+ser prácticos. Tratándose de un joven formal como lo es usted, creo
+inútil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Además,
+no supone gran cosa: sólo significa que me falta el tiempo. El libro lo
+doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. ¡Ay, si yo no estuviese
+tan ocupado!
+
+Aún le recomendó otra vez que no olvidase los sumarios de los capítulos
+y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores.
+
+--Esto viste mucho. Cuando usted tenga un capítulo, me lo trae, y así
+con todos los demás. Yo los iré copiando, para que vaya de mi letra a la
+imprenta. Aunque ocupadísimo, creo que tendré tiempo para este pequeño
+trabajo.
+
+Maltrana, al verse en la calle, creyó que la Fortuna marchaba ante él,
+abriéndole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No sentía el más
+leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de
+encargarle. Se reía del socialismo católico y de las «ideas» de su
+protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el
+esqueleto de un libro. ¡Valiente atún era el señor Jiménez!... Pero lo
+respetaba, viendo en él al hombre providencial que cambiaría el curso de
+su existencia, al suceso esperado que había de sacarle del atolladero de
+su voluntad.
+
+El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco
+pesábale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; veía tras él
+la seguridad de otros billetes, de más dinero, todo a cambio de llenar
+unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de
+disparates para él inadmisibles, que el grave senador firmaría sin
+titubear, poniéndolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad.
+
+Podía dormir tranquilo el solemne marqués de Jiménez. Tendría el libro
+más pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con
+sumarios, hasta con apéndices, desfilando por el piso bajo de sus
+páginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores
+conocidos y desconocidos, con algunos más que él inventaría. Difícil era
+que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a
+ser autor a tan poca costa, repetiría el encargo, dándole ideas para
+nuevos libros. El le sugeriría el deseo de ser académico, de conquistar
+la inmortalidad apedreándola con grandes volúmenes de interminables
+notas que nadie leería. Acababa de encontrar un filón; iba a tener una
+renta fija.
+
+Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratería literaria,
+aceptándola alegremente como una liberación de la miseria, pensó en
+cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar.
+
+Era más de mediodía. Maltrana se fue a la «taberna de los genios», que
+únicamente visitaba en los días prósperos. ¡Flojo atracón iba a darse!
+Buscó en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres leía
+melancólicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro
+capital que una peseta. ¡Viva la abundancia! Comió a su antojo de lo más
+caro, tomó café, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la
+calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Había que solemnizar
+el suceso.
+
+Saboreando la copa de coñac y envuelto en la nube azulada de oloroso
+humo, sentía la placidez de una buena digestión, aquella fe en el
+destino que surgía en él al llenar el estómago.
+
+Pensaba en el porvenir. Su protector tenía razón: la vida no es un
+juego; debía cambiar inmediatamente de método. El trabajo exige orden;
+suprimiría la vida nocturna: dejaría de ir a la redacción. Ya no podía
+estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su
+padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla él. Se acabó la
+bohemia triste y errante. Tenía derecho a una casa, como todos... ¿Y por
+que no a una mujer que le acompañase en esta ascensión hacia la Fortuna,
+que creía haber comenzado ya?...
+
+La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como él la llamaba, pareció
+surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul.
+
+Aún duraba en él la impresión de sorpresa y de orgullo que le produjeron
+las palabras de la muchacha cuatro días antes. El, tan feo y miserable,
+que sólo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, veíase amado, y
+para mayor asombro, era la hembra la que salía a su encuentro,
+ofreciéndose en un arrebato de audacia.
+
+No dejaba de reconocer que en este amor había mucho de admiración. La
+pobre muchacha de las Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el
+único hombre que la había revelado la existencia de una vida distinta de
+la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba.
+
+«Para la pobre Feli--pensó Maltrana--, yo soy la poesía; un pedazo de
+cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un
+mismo tiempo. ¡Con tal que no pierda las ilusiones al verme de
+cerca!...»
+
+La Fortuna le había azotado largos años, para dárselo todo a un tiempo:
+dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesión, él no podía dormir sin
+que se cortase su sueño con visiones, en las que aparecía la hija del
+_Mosco_ acariciándolo con la sonrisa, tendiéndole los brazos. Al
+despertar, la imagen quedábase fija en su memoria, ennoblecida y
+hermoseada por el ensueño, como una ilusión más de las muchas que
+llevaba en el bagaje de sus esperanzas.
+
+Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permanecía indeciso,
+no sabiendo ciertamente qué contestar. El no conocía otro amor que el de
+las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era
+de este género. Habituado por sus aficiones filosóficas a buscar la
+causa de las cosas y a desentrañar las pasiones, abriéndolas en canal
+para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos
+descarnados los sentimientos más vivos.
+
+No; él no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentíase atraído por
+ella dulcemente. En esta atracción había un poco de agradecimiento y
+algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, además,
+por egoísmo, viendo en ella una hembra apetecible que podía embellecer
+su existencia.
+
+Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filósofo, soñaba
+despierto muchas veces al pensar en su porvenir. Cuando su imaginación
+tomaba vuelos de águila, se veía aclamado por las naciones, reconocido
+por todas como el genio más grande del siglo, presidiendo, en nombre de
+la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivían felices gracias a
+Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napoleón de las grandes conquistas
+del progreso.
+
+Otras veces, sus ensueños aleteaban más bajos. Nada de dominaciones, ni
+de Estados Unidos de Europa y otros líos: contentábase con ser un hombre
+que tuviese asegurada la satisfacción, sus necesidades, y pasase la vida
+plácidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir
+sus traducciones, soñaba con tener algún día habitación propia, muchos
+libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado
+por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgirían por
+detrás, estrechándole, y una boca acariciadora le rozaría las orejas
+murmurando palabras de cariño.
+
+Esto no era imposible; podía conseguirlo. Llegaba el momento de realizar
+sus ensueños. La buena hada de las leyendas marchaba ante él con la
+varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino.
+
+Salió de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo
+ante él, como si las ilusiones se le escaparan por la boca,
+precediéndole en la marcha.
+
+El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecían
+colarse en su alma. Aún vagaban por las calles algunos mascarones,
+últimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonreía,
+encontrándolos interesantes; también por su imaginación se paseaban como
+máscaras las más abigarradas ilusiones.
+
+Con la alegría del bienestar, emprendió a pie su marcha hacia los
+Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a
+la fábrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de ésta
+para hablarla de la fortuna que inesperadamente embellecía su vida.
+
+Paseando por un andén de la ancha calle, más allá de los Depósitos
+viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido.
+
+--Vaya usted con Dios, don Vicente.
+
+Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por
+su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El
+sombrero, más grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por
+ocultas cintas de papel. Tenía la cara rojiza, con profundos surcos en
+cuyo fondo la piel aparecía blanca y brillante. Los ojos parpadeaban,
+inflamados, sin pestañas, con las córneas manchadas de sangre. Las
+orejas sobresalían, casi despegadas del cráneo, como si fuesen a
+aletear. Las púas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban
+la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente.
+
+Parecía fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores
+rudezas, pero las privaciones habían amojamado su cuerpo y daban a su
+paso cierta irregularidad, como si las piernas sólo pudiesen avanzar a
+costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso
+de la extrañeza de las gentes. De vez en cuando se detenía, y apoyando
+un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una
+arruga vertical.
+
+Al oír que el joven le saludaba, dudó algunos instantes, como si sus
+ojos inflamados no pudiesen reconocerle.
+
+--¡Ah! ¿Es usted, señor de Maltrana?--dijo con voz dulce--. Que la
+Virgen le guarde. ¿Trabaja usted mucho?..
+
+Maltrana le había conocido por sus hábitos de noctámbulo. Como él se
+acostaba bien entrado el día y aquel hombre levantábase mucho antes de
+amanecer, se habían encontrado varias veces en las calles de Madrid,
+cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la mañana.
+
+Isidro sentía por él irónica admiración. Había llegado tarde al mundo,
+así como él, en su petulancia juvenil, creía haber nacido demasiado
+pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre
+habría venerado al señor Vicente; los reyes le habrían visitado en su
+tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habrían caído
+sobre su cadáver, arrancándole los pelos y pedazos de su hábito como
+santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figuraría en los altares,
+trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro.
+
+Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenían
+oraciones, de pequeñas estampas y de periódicos de religiosa procacidad
+que le entregaban las asociaciones católicas para que los repartiese.
+Maltrana le había tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada
+peleándose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con
+acompañamiento de tremendas blasfemias. El señor Vicente se arrodillaba
+con los brazos en cruz ante el pecador, pidiéndole que le pegase con el
+látigo, que saciase en él su furia, a cambio de dejar en paz el santo
+nombre de Dios, pues antes quería morir que verlo insultado. El joven
+había sentido interés por este loco que vagaba por Madrid entre la
+extrañeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros
+tiempos, habría fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su
+huella en la Historia.
+
+Después le vio muchas mañanas deteniendo a las criadas en las
+inmediaciones de los mercados para darlas estampas y oraciones,
+hablándolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin
+fijarse en las risas de las muchachas, que sentían cierta lástima por la
+guilladura de este buen señor, que al mismo tiempo era persona fina.
+
+Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando
+con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de _El Motín_
+pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los
+santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del
+martillo sobre la suela.
+
+Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres
+compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El
+vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por
+tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos
+aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones
+simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había
+visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su
+tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para
+provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la
+cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su
+paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la
+corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la
+violencia: sus puños se cerraban amenazantes.
+
+--¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!--rugía con una entonación semejante a
+la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios.
+
+Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba
+la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se
+dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.
+
+Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos,
+entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los
+merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del
+plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas
+por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las
+vueltas que acababan de dar al compás del piano.
+
+--Mis negocios van bien, señor Vicente--dijo Maltrana contestando a su
+pregunta--. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda?
+
+El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos.
+
+--No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba
+para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las
+fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su
+bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el
+desengaño.
+
+Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables
+de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado
+aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al
+centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras
+sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían
+pensar en locuras.
+
+--En todas partes existen pecadores necesitados de consejo--dijo el
+señor Vicente--. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los
+teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se
+encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto
+como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme.
+Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas!
+Catorce años empleé en traer al buen camino a un zapatero, que es la
+mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho
+perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al
+redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el
+alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal
+cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen--aquí el
+señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia--. Pues bien;
+le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad
+del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.
+
+--¿Y esos ojos cómo van?--preguntó Isidro.
+
+--¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me
+dan muchos disgustos los pecadores.
+
+Maltrana le aconsejó la calma.
+
+--¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?--gritó el señor Vicente
+exaltándose--. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia
+cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que
+si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí
+señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias.
+
+Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si
+ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos
+transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y
+las piernas cual si retase a invisibles enemigos.
+
+--Calma, señor Vicente--dijo Maltrana--. Cuídese; guarde la vida para
+servir a su Dios.
+
+--¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!--exclamó el devoto con
+cierto respeto--. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco;
+usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no
+se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y
+llegará el día en que Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo
+nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y
+sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su
+alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se
+olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día
+sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará
+de lo que le dice el hermano Vicente.
+
+Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje
+original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro
+Caminos.
+
+--Usted fue soldado, ¿verdad?--dijo para prolongar la conversación.
+
+--Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.
+
+Y al recordar sus tiempos de soldado, latía en sus palabras cierto
+orgullo; la misma satisfacción soberbia que muestra la Iglesia al decir
+que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada.
+
+--¿No se lo dije en otra ocasión, amigo don Isidro? fui militar y estuve
+en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe
+usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cádiz; dieron el grito y
+tuve que echar detrás de los mandones, disparando tiros en contra de la
+religión, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor
+de mi vida; pero Dios me lo perdonará, porque fui forzado y no tuve
+intención de ofenderle... Después salí del servicio y me dediqué a las
+cosas santas.
+
+--¿Y por qué no se hizo usted fraile?
+
+--No me faltaron ganas, señor de Maltrana. Un marqués, antiguo coronel
+mío y persona muy devota, puso empeño en que me admitiesen en un
+convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes méritos para
+vestir el hábito.
+
+Lo decía bajando la cabeza, encogiéndose para mostrar mejor su humildad.
+El joven pensaba que los frailes habían tenido miedo a las exaltaciones
+del señor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega
+no podía permanecer en un convento.
+
+--Pero vivo lo mismo--continuó--que si perteneciese a una orden. Tengo
+mi regla. Un señor sacerdote me escribió en un papel lo que debo hacer a
+todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Señor.
+La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de
+ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro señor sacerdote reformó
+el primer papel, ordenándome aún más horas de paseo; toda la tarde en el
+campo. Dicen que de no hacerlo así puede turbárseme la cabeza y el
+demonio me dará martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco:
+todas las tardes salgo al campo; cada día a un sitio de las afueras. He
+dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los
+alrededores niño ni mujer que no conozca al hermano Vicente. ¡Las
+estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los
+pájaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me
+acompañan en el camino; pero ¿dejar de pensar en las cosas santas? no
+puedo... ¡no puedo!... y peco por desobediencia.
+
+El señor Vicente irritábase contra esta imposibilidad de olvidar por
+unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo.
+
+--Dicen que pienso demasiado, señor de Maltrana, y tal vez tengan razón.
+Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El
+Malo me martiriza con imágenes infames. Dicen además los señores
+sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco,
+que debía atender más al cuerpo... Eso no; santos famosos hubo que
+comían menos que un pájaro, y yo, señor, hay días en que no ayuno y
+gasto un real o más en mi manutención. Las buenas señoras que me
+protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y
+yo digo que sí a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres
+que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se
+arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo
+que voy bastante bien.
+
+Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fijó en su
+camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas
+de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parásito movíase
+entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello.
+
+--No necesito más allá de un real para vivir--continuó el devoto con
+cierto orgullo--. Nunca he comprado un periódico, ni sé lo que es tener
+una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes,
+ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la política.
+A estas horas no sé quién manda en España. Lo mismo da que sean unos que
+otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso
+de la política, zarandajas, marañas, patrañas y tonterías.
+
+El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente;
+inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.
+
+--El liberalismo, señor de Maltrana, y todo eso del progreso y las
+revoluciones está condensado en pocas palabras; lo que yo digo: «matar,
+robar y no hacer daño a nadie...» Matan el alma, se la roban a Dios, y
+después dicen que no hacen ningún daño... ¡La libertad! La gente se va
+detrás de sus patrañas, porque éstas halagan a la bestia que todos
+llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el hombre es malo y
+necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa
+libertad, y veremos barbaridades.
+
+Maltrana, entretenido por esta charla, fingía aprobarlo todo con
+movimientos de cabeza.
+
+--Usted habrá leído mucho, don Vicente.
+
+--Nada, señor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender
+las obras de Teología. Además, estos ojos no están para lecturas... Pero
+tengo muchos libros, muchísimos: no caben en tres carros. Me gasto en
+ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y
+apenas cae en sus puestos una obra antigua de teología moral, de cánones
+y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan,
+diciendo: «Para el hermano Vicente.» ¡Lo que me cuestan los libros! Yo
+podría vivir en una buhardilla o ser huésped de una familia cristiana;
+pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho
+duros para que estén bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no
+enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergón; pero las obras están
+en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un
+seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer
+pecaminoso. Me parece que forman un jardín, el jardín de la sabiduría
+eterna. Cada libro es una flor, con su riquísimo perfume de pergamino y
+de polvo. Yo no he leído mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a
+San Juan de la Cruz. Pero si algún día me honra usted con su visita,
+verá un ejemplar de la _Summa_ en muchos tomos, ¡en muchos!, y usted,
+que está más acostumbrado a los estudios, pasará un rato celestial. Yo
+no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas
+leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento
+que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies.
+
+El devoto mirose los zapatos y añadió:
+
+--Me aguardan en Bellasvistas, señor de Maltrana. Llevo tres reales en
+el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla está muy
+mal; tiene un batallón de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dónde
+vivo. A ver si me honra un día con su presencia y visita mi jardín. No
+tiene mas que preguntar por el señor Vicente, don Vicente o el hermano
+Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que
+sus negocios marchen bien. Sólo tengo que hacerle una recomendación,
+porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su
+Santa Madre María y en nuestro poderoso patrón San José, y con estas
+ayudas crea que todo le saldrá bien, y si no es en la tierra, será en el
+cielo... Buenas tardes, señor de Maltrana.
+
+Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevándose la
+mano al sombrero y descubriendo un instante su cráneo rapado,
+puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Después se alejó
+manoteando, como si no pudiera aplacarse fácilmente la exaltación que se
+despertaba en él al mencionar sus celestiales protectores.
+
+Maltrana siguió con la vista un buen rato al interesante personaje,
+motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los
+desocupados que se reúnen en tabernas y portales.
+
+«¡Y pensar--se decía Isidro--que si nace dos siglos antes hubiésemos
+tenido un San Vicente más!...»
+
+El joven olvidó pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres
+de la fábrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y
+mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su
+presencia por haberle visto desde las ventanas de la fábrica.
+
+La muchacha emprendió su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse
+con las otras del oficio y de no aguardar a la compañera con la que
+llegaba todas las mañanas al taller.
+
+Maltrana salió a su encuentro. Bastó un saludo algo tímido para que Feli
+sonriera, olvidando todos los propósitos de seriedad que se había
+forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo
+ocurrido en la tarde cíe Carnaval.
+
+Isidro comenzó a hablarla con emoción. Desde que la muchacha le había
+confesado su afecto, no podía contemplarla con la misma frialdad que
+cuando sólo era la hija de su amigote el _Mosco_ y comía él las famosas
+cachuelas sin fijarse en sus miradas.
+
+El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqués de
+Jiménez, que le parecía el primer anuncio de la riqueza, le devolvió su
+aplomo de hombre superior.
+
+--Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos
+sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes.
+
+Los dos atravesaron la calle, saliéronse de ella, y sin darse cuenta de
+lo que hacían, se internaron en los campos, siguiendo la linde del
+tercer depósito, hacia el cementerio de San Martín, que alzaba en el
+fondo su masa de cipreses.
+
+La muchacha intentó detenerse. ¿Adónde iban por allí? Pero Isidro la
+empujó con dulzura.
+
+--Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero.
+No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sería
+imposible hablar.
+
+Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla
+de una fábrica cercana.
+
+--Feli--continuó el joven--, era preciso que hablásemos. Después de la
+otra tarde en el Caño Dorado, de las cosas que me dijiste... yo
+necesitaba hablar. Tus amigas no me dejaron. Además, tú llorabas como si
+fueses a morir.
+
+--¡Pero si yo no dije nada!--exclamó la muchacha con las mejillas
+arreboladas--. Y si dije algo, no lo recuerdo. No sabía lo que hablaba;
+estaba borracha.
+
+Isidro se aproximó más, pegando todo un lado de su cuerpo al de Feli,
+percibiendo la firmeza elástica de su carne, su tibia suavidad, al
+través del mantoncillo y la falda sutil.
+
+--Oye, Feli, no nos pongamos tontos. ¿A qué ir con disimulos y
+coqueterías, como si nos viésemos ahora por primera vez?... Yo te
+quiero; tú me quieres; los dos nos queremos. ¡Me parece que más
+sencillo!... No hay otra diferencia entre nosotros, que tú, como mujer,
+eres más lista en asuntos de amor y te has enterado antes de la verdad.
+Yo soy un pazguato y he necesitado que vinieras tú a decírmelo, como si
+fuese una señorita boba. En resumen: Feli, ¡rica! yo te quiero... ¿Y tú?
+
+La muchacha no contestó con palabras. Bajó los ojos, y su cabeza fue
+inclinándose dulcemente en señal de asentimiento.
+
+Maltrana metió un brazo por debajo del mantoncillo, enlazándolo con el
+de la joven. Así, muy agarrados, muy juntos. Este mudo apretón, este
+contacto invisible, valía más que todas las palabras.
+
+Caminaban lentamente, sin mirarse, como si toda su atención y el calor
+de su vida estuviesen concentrados en los brazos, que se apretaban con
+estremecedor contacto, confundiendo los latidos de sus venas.
+
+Maltrana creía caminar en medio de una bruma que le ocultaba los
+objetos, que hacía elástico el suelo, dando a sus pisadas una ligereza
+sobrenatural.
+
+Un perfumo extraño, de embriagadora suavidad, acariciaba su olfato.
+Parecíale imposible que una muchacha criada en las Carolinas, entre los
+desperdicios de la villa, oliese tan bien. Surgía de su cabellera negra
+peinada a la diabla, con gracioso descuido; de su cuerpo esbelto, del
+revoloteo de sus faldas. Era una esencia sobrenatural que seguramente no
+podía comprarse en perfumería alguna, que tal vez era un engaño de la
+imaginación, pero se le subía a la cabeza como el más fuerte de los
+vinos. Ninguna mujer, al pasar junto a Maltrana, olía así. El joven iba
+ya enterándose de lo que eran el amor y sus dulces engaños.
+
+Vieron venir hacia ellos un viejo de cara hosca con un cayado al brazo,
+un guarda de Consumos que paseaba. Los dos, instintivamente, se
+separaron desenlazando los brazos.
+
+Esta sorpresa les sacó de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las
+impresiones eran menos duraderas, volvió, como él decía, a la realidad.
+
+Aquella noticia importantísima que deseaba comunicar a Feli era,
+sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que
+llegaba inesperadamente, enloqueciéndole de alegría, cual si le
+asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia.
+
+--Tú me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a
+serlo los dos.
+
+Y como la muchacha quisiera saber en qué consistía tanta riqueza, Isidro
+tuvo que explicarse con cierta vacilación.
+
+--Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme
+mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros
+vendrán. Lo que importa es encontrar el camino, y en él estoy ya...
+¿Sabes por qué era ciego, Feli, por qué no me fijaba en tu
+regraciosísima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin
+casa, sin una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. ¿Cómo iba a
+pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?...
+
+Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, había estado hasta
+entonces, pero la muchacha lo atajó. Que era pobre, ¿y qué? Ya lo sabía
+ella. Muchas veces se había fijado en la voracidad con que comía en casa
+de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era
+sabio, y para ella el hombre más guapo del mundo.
+
+--¡Guasona!--exclamó Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del
+mantón--. ¿Es que quieres burlarte de mí?
+
+--Lo digo como lo siento--continuó la muchacha con sencillez--; el más
+guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, señorito.
+
+Ella se había enamorado sin saber cómo. Su padre la hablaba con
+admiración de los grandes hombres desconocidos a los que había tratado
+en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pensó que era
+uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del dañador,
+aparecían como semidioses.
+
+La _Mariposa_ hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algún
+día le verían entre los mandones; el _Mosco_ reconocía en Isidro un
+talento que se aproximaba al de sus grandes ídolos; el señor Manolo el
+_Federal_ lamentábase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto
+mérito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por
+estos elogios, mirábale con creciente admiración, escuchando horas
+enteras de sus labios cosas que no entendía, pero que sonaban en su oído
+como música celeste.
+
+De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abría un
+desgarrón, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un
+cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que sólo habitaban los
+seres como Isidro. Cuando éste recitaba versos al final de sus meriendas
+con el _Mosco_, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivían
+en el extranjero con honores de príncipe, a la pobre Feli le temblaba el
+corazón, sentía que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para
+llorar, como si estuviese en presencia de una religión nueva.
+
+Comenzó a pasar las noches en continuo ensueño, viéndole a él, siempre a
+él, hermoso como un ángel, asombrando a los hombres con su grandeza;
+siendo lo más extraño que al día siguiente, contemplándolo en su
+realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos
+atractivos de la nocturna visión.
+
+--¡También tú!--exclamó Maltrana--. ¡También tú sueñas!...
+
+Feli habló luego con tristeza de las dudas que le habían atormentado.
+Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre
+muchacha hija de un dañador que vivía entre la gente miserable de la
+busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los
+almuerzos y las meriendas del _Mosco_, experimentaba ella una alegría.
+Aplicábase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los
+gazapos. Bendecía estas privaciones de la existencia bohemia, como algo
+providencial que aproximaba al hombre amado, dándola nuevas esperanzas.
+Pero luego transcurrían largas temporadas sin que le viese. Estaba en
+Madrid... ¡en Madrid! Y la muchacha repetía la palabra con cierta
+cólera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones.
+Isidro debía tener allá mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo
+de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. ¡Las noches
+que había pasado gimiendo de desesperación, creyendo perdidas sus
+ilusiones!...
+
+La inocente Feli decía esto trémula aún de miedo, como si no tuviese la
+seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen
+aquellas tentaciones que abultaba con fantástico relieve. Maltrana rió
+de la simpleza de la muchacha. ¡Alma cándida y trémula!... ¡Si conociese
+la realidad de su vida!... ¡Suponerle de jolgorio entre actrices y
+grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre,
+pensaba en la cazuela bienhechora de la redacción! ¡Creerle favorecido
+por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se
+burlaban de la ruindad física del pobre _Homero_ y le herían con sus
+bromas!...
+
+Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una ironía
+cruel. Maltrana siguió riendo de la inocencia de Feli cuando ésta le
+dijo con un gestecillo hosco:
+
+--Se acabaron las calaveradas, ¿eh? Sólo me querrás a mi: no harás caso
+de las señoronas. Porque advierto a usted, señorito, que yo soy muy
+celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandísimo pillo, me la
+pagarás... ¡vaya si me la pagarás!
+
+Habían entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal
+de San Martín. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas
+de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino.
+
+Los dos jóvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal.
+Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el
+silencio. De vez en cuando oíase el chillido de un pájaro y el follaje
+se estremecía con invisibles aleteos.
+
+Feli, que siempre había visto de lejos este cementerio, sintió gran
+inquietud al encontrarse cerca de él. Por entre el ramaje y el hierro de
+las verjas veíase la blancura del mármol de los panteones. El brazo de
+la muchacha se estremeció de inquietud, apretando el de su novio.
+
+--¡Tonta!--exclamó Maltrana--. ¡Si esto es un jardín! La última que
+enterraron fue mi protectora, y antes de que trajesen su cadáver habían
+pasado muchos años sin entierros... Esto es muy bonito: hace pensar en
+el amor más que en la muerte.
+
+Contemplaba la joven desde el parterre todo el frente del cementerio:
+dos pabellones color de rosa unidos por una doble columnata del mismo
+tinte alegre. En un pabellón estaba la capilla, cerrada muchos años, con
+una espadaña de hierro en el tejado, de la cual pendían dos campanas
+cubiertas de herrumbre. El pabellón opuesto servía de habitación al
+conserje, y en una ventana de medio punto alineábanse macetas de flores
+bajo una cortina de tonos alegres que la brisa hacía ondear.
+
+Una verja cerraba la columnata, y por entre sus hierros veíase todo el
+cementerio como un frondoso jardín. Los cipreses, esbeltos y elegantes,
+alineábanse a lo largo de las avenidas. En el espacio comprendido entre
+sus troncos agrupábanse altos rosales de hermosa vejez. Las plantas
+trepadoras enroscaban sus verdes ondulaciones en las columnas de los
+claustros, llegando hasta los arcos de herradura. Los mausoleos, las
+imágenes yacentes, los ángeles de mármol, en medio de las platabandas de
+tupida vegetación, parecían estatuas de jardín.
+
+Maltrana, siempre que veía de lejos este cementerio, destacando en el
+cielo las techumbres redondas de sus pabellones, las columnatas y la
+helénica vegetación de sus esbeltos cipreses, pensaba en una acrópolis
+clásica de aquellas que eran fortaleza, santuario y paseo a un tiempo.
+
+La dulce calma, cortada por el rumor del follaje y el piar lento de los
+pájaros, disipó la inquietud de Feli.
+
+--Entremos--dijo su novio--. Esto es un cementerio de novela; un jardín
+como no hay otro en Madrid.
+
+La enamorada pareja sentíase atraída por el poético silencio de este
+rincón olvidado.
+
+En la columnata vieron a una vieja haciendo calceta, y junto a ella un
+hombrón, que fijó en los jóvenes su mirada escrutadora.
+
+--¿Vienen ustedes por algún pariente?--dijo.
+
+Maltrana contestó con la firmeza del que dice verdad:
+
+--Tengo aquí lo mejor de mi familia.
+
+El guardián no parecía satisfecho.
+
+-¿No vienen ustedes a pintar?--preguntó de nuevo--. Porque para pintar
+se necesita permiso.
+
+Isidro sonrió, echando atrás las aletas de su macferlán. ¡Pintar! ¡ Vaya
+una pregunta! ¿En dónde iba a ocultar los colores y la paleta?...
+
+Los dos jóvenes, tras un gruñido de asentimiento del portero, entraron
+en la Patriarcal, comentando las extrañas preguntas de éste con risas
+que parecían alegrar el fúnebre silencio.
+
+Maltrana quiso que Feli viese la sepultura de su protectora, y los dos
+salieron de la avenida central para descender por una escalerilla en
+forma de túnel a un patio inmediato.
+
+En este rectángulo, mucho más bajo que el centro del cementerio, no
+vieron árboles ni platabandas. El suelo estaba totalmente ocupado por la
+muerte; las tumbas se apretaban entre las galerías del claustro.
+
+Embellecía el abandono este rincón con desolada poesía. Las grandes
+losas sepulcrales estaban curvadas por el tiempo y la lluvia, con las
+inscripciones borrosas; las plantas parásitas, creciendo entre las
+piezas de mármol, las hacían saltar, desuniéndolas con el impulso vital
+de sus raíces. Las coronas, pendientes de cruces de hierro mohoso,
+habían perdido sus flores, sus doradas siemprevivas; eran aros de paja
+negra y putrefacta, guardando en sus briznas un hervidero de insectos.
+
+Los pasos de los dos jóvenes hacían resonar las oquedades repletas de
+huesos; por todos lados, en el suelo y en las paredes, la sensación de
+lo hueco, la repetición interminable del más leve ruido, la nada sonora
+de la muerte.
+
+Maltrana se detuvo ante un nicho. Allí estaba su ángel bueno, la que él
+llamaba por antonomasia «la señora». Acordábase, conmovido, de las
+palabras de la buena anciana cuando le prometía buscarle una esposa que
+le hiciese feliz. Señora, la compañera estaba allí: venía a saludarla,
+agradecida por lo que había hecho con él. No era rica, tal vez no era
+buena cristiana, como la deseaba ella; pero embellecería su existencia,
+dándole ánimos para seguir aquel camino áspero en el que le había
+abandonado su mano protectora, paralizada por la muerte.
+
+Al salir del fúnebre patio, les pareció aún más hermosa la avenida
+central del cementerio. El jardín, con su belleza melancólica,
+ahuyentaba toda idea de muerte. Era distinto de los patios cercanos,
+henchidos de cadáveres. Sus diseminadas tumbas parecían monumentos de
+adorno, colocados allí sin otro objeto que alterar la verde monotonía de
+la vegetación. Eran sepulturas de ricos, de privilegiados, que aun
+después de muertos parecían guardar la tranquila compostura de los
+felices. Los nombres de antiguos ministros, de generales, de duquesas
+famosas por sus gracias, brillaban en las caras de estos enormes
+juguetes de mármol.
+
+Las primeras mariposas movían sus alas sobre los rosales, cuya sequedad
+invernal comenzaba a hincharse a impulso de los tiernos brotes. Zumbaban
+los insectos en el ambiente dorado de la tarde; la tierra se agrietaba
+para dar paso a una vegetación salvaje, a una maraña verde, que parecía
+la cabellera primaveral surgiendo lentamente de la tierra. Las hormigas
+removían el suelo, elevaban pirámides junto al túnel de su vivienda, y
+en negros rosarios atravesaban los andenes, realizando bajo la hierba
+obscuras epopeyas de combates, conquistas y trabajos hercúleos. De
+ciprés en ciprés aleteaban pájaros negros, rasgando el silencio con su
+silbido. Eran los mirlos y las currucas ocultos en la espesura de la
+Patriarcal, único refugio de follaje en medio de las yermas colinas.
+
+Tres niños con blancas blusas, sonrosados y mofletudos como angelotes,
+tres pequeñuelos de la familia del conserje o de alguna casucha cercana,
+jugueteaban puestos en cuclillas sobre la hierba, hurgando los
+hormigueros y arrojando pedradas a los pájaros, que apenas si movían las
+alas. Feli los contempló con ojos amorosos; sentía deseos de abrazarse a
+ellos, de comerse a besos sus hociquillos sonrosados y sucios, como si
+fuesen una imagen de la vida triunfadora, invadiendo el rincón del
+olvido.
+
+Maltrana, bajo la influencia de este ambiente melancólico y dulce,
+hablaba a Feli de sus ideas. Le gustaba el cementerio de San Martín, con
+su rumorosa vegetación de jardín abandonado, porque ofrecía la belleza
+de la Muerte tal como él la había concebido.
+
+La Muerte no era un esqueleto de burlesca risa y grotescas cabriolas,
+cual la representaba el bárbaro arte de la Edad Media en su horror a la
+carne. Era una gran señora de belleza triste, pálida, intensamente
+pálida, con una piel mate que parecía absorber la vida del aire, sin
+dejar en su superficie brillo ni jugo; con unos ojos negros, intensos,
+helados, profundos, que recogían la luz del espacio sin devolver el más
+leve fulgor. Era una matrona de potentes caderas, en cuyas entrañas
+renacía la vida; de robustos y voluminosos pechos, siempre hinchados de
+leche densa y amarga. A un pecho se agarraba el Recuerdo, gimiendo al
+paladear el líquido de acíbar; al otro el Olvido, que chupaba cerrando
+los ojos, queriendo dormir. A su paso callaban los pájaros, mustiábanse
+las flores, caían al suelo los seres animados, se hacía el silencio. Sus
+pies, invisibles bajo la túnica de crespones, hacían temblar la tierra
+cual si estuviesen calzados con coturnos de hierro. Pero apenas pasaba,
+todo resurgía a su espalda, casi en los bordes de sus fúnebres velos:
+revivían las flores con nueva fuerza, trinaban otros pájaros, y del
+polvo donde habían caído los viejos, los inútiles y los débiles, volvían
+a levantarse, transfigurados por la juventud. Ella era el abono de la
+vida, la hoz que siega el prado para que resurja con mayor fuerza.
+Maltrana la conocía: la había visto pasar ante sus ojos, con todo su
+esplendor melancólico, evocada por la más sublime de las exaltaciones
+artísticas. Wágner la sacaba de las tinieblas de lo misterioso,
+haciéndola marchar entre graves melodías que eran ecos del dolor humano.
+Por dos veces la había contemplado Maltrana cerrando los ojos, con su
+piel pálida, sus ojos negros y fríos que brillaban hacia adentro, sus
+caderas de eterna creadora y sus pechos amargos: cuando el salvaje
+Sigmundo habla a la walkyria que le anuncia la muerte; cuando la
+desesperada Iseo se enrosca de dolor y se mesa los cabellos, agitados
+por el viento del mar, ante el cadáver de Tristán.
+
+Era ella, la verdadera, la única, la que inspira miedo y consuelo; la
+belleza triste que nunca se aja; la pálida señora del mundo; la beldad
+que llega puntual a la cita con su beso de olvido y de paz, con el
+supremo espasmo de la insensibilidad y el anonadamiento.
+
+Feli escuchaba a su novio con los ojos dilatados por el asombro,
+pugnando por entenderle.
+
+--¡Cuánto sabes, Isidro!--murmuró acariciándole con la mirada--. Por eso
+te quiero tanto: porque dices cosas bonitas.
+
+Maltrana rió de la sencillez de la muchacha, sintiéndose halagado al
+mismo tiempo por su admiración. Casi se arrepintió de lo que llevaba
+dicho: eran tonterías; la hablaba como si fuese un compañero al que
+quisiera turbar con sus paradojas. Se cogieron del brazo otra vez, y
+Maltrana condujo a la joven a una galería de nichos, en lo más hondo del
+cementerio.
+
+--Quiero enseñarte cómo acaban los hombres de talento, cómo reposan los
+que en vida tuvieron aduladores y fanáticos... Mira.
+
+Y después de una rápida busca con los ojos, le señaló un nicho, el más
+mísero de todos. Su boca apenas estaba cubierta con un hule, desprendido
+de las puntas; un andrajo negro con letras amarillas y borrosas. Feli
+leyó con algún trabajo: «Aparisi y Guijarro».
+
+--Ese señor--continuó Isidro--fue famoso en vida. Pronunciaba en el
+Congreso discursos que duraban varias sesiones. Los curas de toda
+España, los devotos, las mujeres, aguardaban con impaciencia los
+periódicos para leerle. Y ahora, mírale: cualquier tabernero tiene mejor
+alojamiento después de muerto... Era un poeta, un soñador; y los poetas,
+no sé por qué, tienen mala sombra en la política... Yo no creo en él;
+pero le compadezco y le defiendo por espíritu de cuerpo. Este olvido nos
+consuela a los que trabajamos sin esperanza en la tienda de enfrente,
+que es la de los pobres, la del populacho.
+
+Maltrana siguió hablando con tono de cólera. Bien podía el rey de aquel
+tribuno adecentar su tumba; bien podían los representantes de la
+tradición acordarse un poco del gran artista que les había enardecido
+con sus himnos oratorios. Equivalía a una burla infame citar su nombre a
+todas horas, como gloria y bandera de las aspiraciones hacia el pasado,
+mientras sus restos permanecían en un rincón, sin el más leve signo de
+homenaje, como los de un hombre que hubiese atravesado la vida sin ruido
+y sin afectos.
+
+Feli deletreaba las inscripciones en lápiz que ennegrecían el yeso
+alrededor del nicho. Eran versos disparatados e ingenuos en honor del
+«Cicerón español», del «paladín de la fe y las tradiciones»; testimonios
+de entusiasmo de algunos curas de misa y olla, que, al venir a Madrid,
+no habían querido tornar a sus pueblos sin ver la tumba de su grande
+hombre. El hule caído parecía reírse con sus arrugas de tales elogios,
+que sonaban a falso en este abandono.
+
+Maltrana examinó las firmas.
+
+--Todas son del populacho: curas pobres, guerrilleros ilusos; gente de
+abajo, de la que tiene corazón.
+
+Aquel soñador de Levante, artista engañado, también tenía corazón, y por
+eso reposaba en el olvido.
+
+--Era pobre y defendió a los ricos--continuó Maltrana--; era plebeyo y
+pidió la resurrección del pasado con sus privilegios de raza; tenía el
+carácter independiente y un tanto levantisco de su tierra y deseaba el
+absolutismo. Los que él defendió no se acuerdan de él, y tal vez siguen
+con esto al instinto, que no engaña. Vivió para ellos, pero no fue de
+su familia.
+
+Los dos jóvenes se alejaron de este rincón, volviendo a la avenida
+central. Remataba ésta en un edificio abierto, especie de ábside, que
+ocupaba el fondo del cementerio, con muros en semicírculo y media
+cúpula. En las paredes habíanse abierto grandes hornacinas con ricas
+urnas funerarias. Los segmentos de la bóveda ostentaban varias pinturas
+representando la resurrección de Jesús. La gran puerta del fondo,
+cerrada por una verja mohosa, dejaba ver al través de sus vidrios el
+cerro de enfrente y un grupo de álamos entre dos casitas rojas en lo más
+hondo de una cañada.
+
+Sobre esta puerta abríase un medio punto de vidrios de colores, por el
+que se filtraba el sol de la tarde, dando a las paredes, a las tumbas,
+al suelo, las palpitaciones policromas del iris. La luz fantástica
+parecía prestar vida a las figuras de la bóveda, animándolas con
+esplendores de apoteosis.
+
+--¡Qué bonito!--murmuró la muchacha.
+
+Esta luz alegraba los ojos, borrando la lúgubre significación del sitio.
+A Feli le parecía el ábside un salón de baile alumbrado con luces de
+colores: creía que todos los muertos, con trajes vistosos, sonrientes y
+sin infundir miedo, iban a mostrarse para intervenir en la fiesta. Los
+pájaros piaban en el inmediato jardín o revoloteaban bajo las arcadas,
+como atraídos por la hermosa iluminación.
+
+La clase social de las gentes enterradas en esta parte del cementerio
+sólo evocaba imágenes de lujo, de placer y de fiestas. Eran duquesas
+famosas por su hermosura, damas palaciegas que habían muerto en lo mejor
+de su edad, mujeres que gozaron sus épocas de reinado y adoración. Los
+nombres que brillaban en letras de oro sobre la blancura láctea del
+mármol hacían soñar en fiestas elegantes, amorosas entrevistas,
+tocadores lujosos impregnados de suaves esencias, adornados con flores
+costosas.
+
+Maltrana, como si sintiera los efectos de este recuerdo de voluptuosidad
+y amor que las ilustres muertas evocaban con sus nombres, fijó los ojos
+en Feli, que contemplaba absorta las hermosas tumbas. Pasó un brazo por
+su talle, la atrajo hacia él y la besó donde pudo, donde alcanzaron sus
+labios, entre el lóbulo sonrosado de una oreja y el cuello moreno, que
+erizó su piel, estremecida al contacto de los labios.
+
+La joven se desasió con rudo empujón.
+
+--¡Isidro!--exclamó avergonzada--. ¡Isidro!...
+
+Y bajó la cabeza tristemente, como dolorida por la audacia del amante.
+
+Después habló para acusarse a sí misma, sin dirigir el menor reproche al
+joven. Ella tenía la culpa: debía haber evitado esta soledad, negarse a
+entrar en el cementerio con Isidro, que estaba acostumbrado a los
+mayores atrevimientos con sus impúdicas amigas de Madrid... ¡Besarla!...
+¡y en aquel sitio!...
+
+Miró en torno, como si esperase que se abrieran las tumbas, irguiéndose
+airados los cadáveres por tal profanación.
+
+Maltrana sonreía. ¡Tonta! ¿a qué tal miedo? Aquel sitio era lo mismo que
+otro; mejor aún, por su poesía silenciosa de jardín abandonado, propicio
+al amor. Ellos no hacían mas que repetir el eterno himno de la vida.
+Antes lo habían cantado aquellas gentes que fueron felices y dormían
+ahora en sus envolturas de mármol. Lo único verdadero de la vida era el
+amor. Si los muertos pudiesen recordar el pasado, la memoria de las
+horas amorosas sería el consuelo de su eterna noche. Aquellas
+aristócratas ocultas tras la piedra que pregonaba sus títulos, sus
+bandas y su caridad no pasaron toda la vida con la diadema nobiliaria
+en el peinado y los cintajos en el pecho, echándolas de damas benéficas.
+Habían sido mujeres orgullosas de su hermosura, propicias a conceder la
+admiración de sus encantos como una limosna regia.
+
+Isidro, con impúdica imaginación, se las representaba en el abandono de
+su dormitorio, mostrando misterios de nácar y rosa al través de la
+espuma de sus blondas, agarradas al hombre amado con el supremo
+estremecimiento del deseo, olvidándose de las vanas grandezas de la
+vida, concentrando toda su existencia en el violento estrujón carnal.
+Aquel personaje tendido sobre su sarcófago con la severa toga del que
+juzga a sus semejantes no siempre había sido ceñudo y austero, como lo
+mostraba el escultor. Alguna vez el hombre vencería al personaje, y
+recatándose como un mozuelo, dando al diablo su gesto imponente, habría
+buscado un rayo de felicidad en misteriosos rincones, lejos de la
+familia, abominando de su moral avinagrada y áspera. Los muertos habían
+conocido la dicha mucho antes; ahora les tocaba el turno a ellos, y
+debían aprovecharse de la buena suerte.
+
+--Feli, vida mía--exclamó Maltrana con su vehemente exageración--, ríete
+de los muertos; no nos odian, nos envidian. Grita conmigo: ¡viva el
+amor!...
+
+--No; vámonos--murmuró la muchacha--. Fuera de aquí hablaremos; gritaré
+lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da
+mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.
+
+Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero
+al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo,
+lanzando una exclamación de asombro.
+
+La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores
+palpitantes, que abarcaba a la joven de pies a cabeza, haciendo temblar
+todo su cuerpo como si estuviese formado con las tintas del iris.
+
+--¡Qué bonita!--exclamó Maltrana con arrobamiento--. ¡Si pudieras
+verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color
+naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas
+claveles en la frente.
+
+Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de
+que su novio la viese tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico de
+sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en
+sus ropas y su carne.
+
+El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio, con esa
+facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten
+acariciadas en su vanidad.
+
+Algo más que el contacto ardoroso de la luz sintió de pronto Feli. Su
+novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella
+intentase resistir.
+
+--Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el
+azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las
+violetas de tus ojos.
+
+Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de
+pasión, que agrandaba el eco del cementerio.
+
+Feli revolvíase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos.
+Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra
+de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por
+su boca. Maltrana no perdonó uno; quiso saborearlos todos, en medio de
+aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.
+
+Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos,
+vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos,
+sintiéndose próxima a caer al suelo, como si las piernas temblorosas no
+pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:
+
+--Basta... déjame... Que me matas: que grito... Asesino...
+
+Por fin pudo desasirse: y arreglándose el mantón, atusándose el pelo
+alborotado por los viriles apretones, fijó sus ojos en el novio, con una
+mirada en la que había reproche y agradecimiento.
+
+--En seguidita me coges otra vez... ¡Y cómo se ha divertido el niño con
+esa tontuna de los colores! Vámonos o reñimos.
+
+Echó a correr hacia la salida, como si quisiera evitar las explicaciones
+de Maltrana, y éste la siguió. Cerca de la verja, los dos acortaron el
+paso y marcharon unidos, con rostro grave, como si saliesen tristes de
+su visita a las tumbas.
+
+Pasaron sin despegar los labios ante el portero que les había acogido
+con tan extrañas preguntas; pero, al alejarse, Feli volvió la cara para
+mirarle y prorrumpió en una carcajada de niña. Isidro adivinaba el
+pensamiento de su novia; recordó el gesto hosco con que el portero les
+había preguntado si entraban a pintar.
+
+--El tío presentía el suceso--dijo Maltrana alegremente--. De enterarse
+a tiempo, hubiera sido capaz de pedir su parte de colores.
+
+El recuerdo de las caricias le hizo juntarse, enlazar sus brazos,
+caminar apoyados uno en otro, mirándose con ojos en los que aún brillaba
+el fuego de las recientes sensaciones.
+
+Feli olvidaba su enfado. Al verse en campo raso, donde no podía temer
+nuevos arrebatos del novio, se abandonaba, apoyábase en él con desmayo,
+acariciándolo con el soplo de su respiración, mirándole de tan cerca,
+que Maltrana creía sentir el calor de sus ojos de brasa.
+
+Finalizaba la tarde. Ocultábase el sol, y en el cielo de suave color de
+violeta flotaba la luna como una nubecilla pálida, borrosa aún por la
+luz diurna.
+
+Los dos amantes siguieron el camino a lo largo del tercer depósito,
+haciendo crujir bajo sus pies el polvo de carbón que ennegrecía el
+suelo. Pasaban hacia Madrid mujeres astrosas con niños dormidos en sus
+brazos; viejas arrugadas y negras como brujas, con pucheros destinados a
+recibir el rancho de San Bernardino.
+
+Estas infelices, al cruzarse con la joven pareja, husmeaban el amor con
+su instinto de hembras, e imploraban una limosna. Isidro repartió
+pródigamente el dinero, acompañándolo de inmorales consejos, que hacían
+reír a Feli. Nada de comprar pan: aquella limosna era para vino, para
+tomar la gran _curda_. El mundo había de alegrarse y saltar loco de
+embriaguez; debía reflejar la felicidad que rebosaba en su alma al verse
+amado por Feli.
+
+También ellos dos iban en busca de un merendero, de un lugar bonito,
+para comer, para beber, para darse dos vueltas de vals al son de un
+piano.
+
+¡Viva la vida! Maltrana, recordando las afirmaciones de otros tiempos,
+repetía a su novia que la vida es alegre, que la vida tiene un sentido
+helénico, que el dolor, que parece interminable, no es mas que un
+accidente pasajero, el aperitivo de la felicidad, tras el cual se atraca
+uno mejor de las dichas de la existencia.
+
+Pasó un hombre con un cesto de naranjas, y al sorprender Isidro una
+ávida mirada de su novia le hizo detenerse. ¡A soltar en seguida lo
+mejor del cesto! A Feli le gustaban las naranjas; aún no las había
+probado aquel año, y él era capaz de tender a sus pies, como alfombra de
+oro, toda la cosecha de los campos valencianos.
+
+Feliciana sólo quiso aceptar una naranja, la más hermosa, y los dos
+siguieron adelante, jugueteando ella como una niña con la pequeña esfera
+de color de fuego, haciéndola saltar entre sus manos. Acabó por abrir un
+agujero en ella y por chupar su jugo apretándola entre los dedos. Un
+chorro de ámbar descendió por la comisura de sus labios hasta la
+barbilla de graciosa redondez, endulzando su piel. Isidro quiso beberlo,
+y de nuevo rozó con su boca la boca de Feli.
+
+--¡Otra vez!--exclamó la muchacha, echándose atrás entre sonriente e
+indignada--. Pero, condenado, ¿no ves que nos miran... que pasa gente?
+
+Después rió del gesto desalentado de Isidro, el cual bajaba la cabeza
+como un niño enfurruñado. Con mimosa gracia puso en su boca la naranja.
+
+--Toma y no llores... Yo he puesto ahí los labios; chupa, y cuidadito
+con volver al besuqueo... A ti habrá que tratarte como a un niño de
+teta. Zurra... zurra al nene, que es malo.
+
+Y con su mano fina y blanca, aquella mano de señorita, que era el
+asombro de las Carolinas, abofeteó cariñosamente la cara del joven.
+
+Al anochecer entraron en un merendero de la hondonada de Amaniel. La
+muchacha habló débilmente de la necesidad de volver a casa en seguida,
+pero Isidro protestó. Su padre no iba a inquietarse por tan poca cosa;
+la creería, como otras veces, en casa de su compañera de Bellasvistas.
+Tal vez a aquellas horas estaría ya en el «Ventorro de las Latas»,
+preparando su marcha a El Pardo.
+
+Unos faroles de papel iluminaban el merendero con difuso resplandor. Los
+tranvías viejos habían servido para su construcción, igual que en el
+barrio de las Carolinas. Los bancos de movibles respaldos procedían de
+una jardinera; los tabiques eran de persianas de ventanilla. Junto al
+techo, a guisa de friso, alineábase un saldo de fotografías
+amarillentas, mezclándose las vistas de la Habana y de los bulevares de
+París y Viena con reproducciones de la Fuente de la Teja y el Viaducto.
+Cabezas de angelotes pintarrajeadas y doradas, restos de una anaquelería
+de tienda pretenciosa, aparentaban sostener las viguetas del techo.
+
+Isidro, que lo veía todo de color rosa, admiraba el adorno del
+merendero. ¡Muy hermoso! ¡muy original! ¡Aquello era arte moderno!
+
+Y el amo, satisfecho por estos elogios de un señorito que parecía
+inteligente, contestaba con modestia:
+
+--Un poquito de gusto, y nada más. Así y todo, me cuesta, un porción de
+dinero... ¿Qué van ustedes a tomar?
+
+El merendero completo quería Isidro para Feli. Pero ésta no sentía
+apetito, no quería nada; y al fin, por no contrariarle, pidió una
+botella de cerveza.
+
+Otras parejas ocupaban los rincones, silenciosas, en íntimo contacto por
+debajo de la mesa y devorándose con los ojos. Maltrana se creía en un
+mundo nuevo, mejor que el que había conocido hasta entonces. ¡Viva la
+alegría de la vida... y el helenismo también!
+
+Tras un macizo de plantas estalló de pronto, como un cohete, el sonido
+de un piano, con acompañamiento de golpes de timbre. Isidro miró con
+admiración al muchacho de boina, pañuelito al cuello y anchos pantalones
+de odalisca que daba vueltas al manubrio. Pero ¡qué talento tenía aquel
+golfo! ¡Qué musicazo! Nunca había experimentado Maltrana igual
+impresión: ni en los mejores conciertos. Aquel vals, que a primera vista
+parecía escrito para un baile de criadas, era una pieza sublime: la obra
+tal vez de un gran genio desconocido. El joven no vacilaba en sus
+afirmaciones; aquello era tan magnífico como la _Novena sinfonía_.
+
+--Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cómo meneas ese
+cuerpecito gitano.
+
+Ninguno de los dos sabía bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante,
+había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la
+Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la
+que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música,
+arrastrando a su pareja.
+
+¡Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los
+parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno
+del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitiéndose el alma
+con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos.
+
+Sentían una alegría loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de
+beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por
+un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos,
+acariciados por la humedad de la lengua, parecían atraerse al través de
+la pequeñísima distancia que los separaba.
+
+Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos,
+por la soledad del campo.
+
+Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su
+cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurría silenciosa.
+
+Los dos huyeron de la luz. Querían descansar; sentíanse sin fuerzas para
+seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultándose en la
+sombra que proyectaba la masa de tierra.
+
+Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta.
+
+Feli hablaba quedamente, con llorosa voz.
+
+--Júrame que no me abandonarás. Que me querrás siempre... que no me
+desprecias porque soy débil contigo... porque te quiero.
+
+Isidro lo juraba todo sin hablar; lo juraba con sus manos inquietas, con
+sus labios acariciadores, con el viril estrujón que hacía caer vencida y
+esclava en entre sus brazos a aquella alma simple y primitiva, ansiosa
+de ideal.
+
+
+
+
+VI
+
+
+Un domingo por la mañana, Isidro y Feli bajaron al Rastro.
+
+La tarde anterior, el joven había hablado con acento de resolución.
+
+--Feli, de mañana no pasa. Ya es hora de vivir juntos. Estoy harto de
+que vaguemos por los desmontes como gitanos. Yo trabajo para ti y
+tenemos derecho a formar nuestro nido.
+
+Feliciana dudó un instante. ¿Y su padre?... Pero una mirada de él bastó
+para vencer su resistencia. Estaba en plena embriaguez de amor, sin otra
+voluntad que la de adorarle y seguirle. ¡Con él, con él, aunque hubiese
+de renegar de todo su pasado!
+
+Maltrana tenía dinero y se aburguesaba, según decía él irónicamente al
+hablar de su opulencia. Necesitaba poseer una casa, vivir bajo un techo
+que fuese suyo, tener un refugio donde encerrarse y trabajar acariciado
+por el calor de la intimidad amorosa.
+
+Su obra _El verdadero socialismo_ estaba próxima a terminarse. Había
+trabajado con gran actividad, escribiendo durante el día en la
+Biblioteca Nacional, en el Ateneo, allí donde encontraba silencio y
+libros. La tarea avanzaba rápidamente, sin que se le olvidasen las
+recomendaciones del marqués de Jiménez, gran amigo de la erudición.
+Cada página llevaba al pie un gran cimiento de letra menuda y apretada
+citando autores de todas las naciones, libros de todas las literaturas,
+y hasta largos fragmentos en diversos idiomas.
+
+No hacía afirmación, por simple que fuese, que no la acompañase con el
+testimonio de media docena de escritores. El autor caminaba despacio,
+con largos titubeos, pero cuando avanzaba el pie, lo ponía en firme,
+como hombre a quien guían y llevan del brazo todos los sabios de la
+tierra.
+
+La erudición corría como un torrente por la parte baja del libro.
+Amontonábala Maltrana con una facilidad exenta de escrúpulos. Cuando
+quería demostrar algo con textos ajenos y no los hallaba a mano, valíase
+del ilustre Murfinos, de la Academia de Noruega, de Max Stradivarius,
+célebre catedrático de la Universidad de Gottinga, y otros sociólogos no
+menos fantásticos, inventados por él para deslumbrar a su cliente. Al
+fin, él no había de firmar la obra. El marqués de Jiménez recibía un
+capítulo cada dos días, y al copiarlo de su letra--a pesar de sus
+grandes ocupaciones--, admirábase de la sabiduría del joven.
+
+«Esto va a dar golpe--pensaba--. Tal vez es demasiado bueno; hay que
+poner un poco de estilo propio.»
+
+Y para comunicar a la obra el «estilo propio», cambiaba de lugar las
+comas o el orden de las palabras; escribía «ilustre» allí donde Maltrana
+había puesto «célebre», o viceversa. Un trabajo pesadísimo para él... ¡Y
+aún habría quien dudase, al publicar el libro, de que era obra suya!...
+
+Maltrana, obligado a trabajar durante el día, había abandonado el
+cuartucho de la calle de los Artistas, ya que su único camastro lo
+ocupaban por la noche el señor José y su hijo. El joven dormía en
+Madrid, en el hospedaje de un compañero de bohemia, poro esto era con
+carácter provisional.
+
+Necesitaba una casa. Le repugnaba vagar con Feli todas las tardes por
+los campos inmediatos a los Cuatro Caminos, acompañándola después a su
+barrio, cuando cerraba la noche.
+
+El _Mosco_, aunque no ponía gran atención en los actos de su hija,
+comenzaba a mostrar cierta extrañeza por la tardanza con que se
+presentaba de vuelta del taller, alegando ocupaciones extraordinarias
+para justificar su retraso.
+
+Las áridas cercanías de Madrid embellecíanse con la llegada de la
+primavera. Cubríanse los cerros de verde al crecer la cabellera de las
+cebadas y los trigos. En las cañadas, los grupos de almendros
+adornábanse con flores: unas blancas como el nácar; otras sonrosadas,
+con el color de la carne femenil. Las lilas pendían como racimos de
+violetas de las altas ramas. Zumbaban los insectos, ebrios de calor y
+vida; aleteaban los pájaros, poblando el follaje de estremecimientos y
+suspiros; chirriaban los primeros grillos, ocultos en la hierba. El
+campo parecía embellecerse para ocultar en sus espesuras las caricias
+del amor, para arrullar a las parejas con los perfumes y cantos de su
+vida exuberante.
+
+Junto a la Huerta del Obispo, un camino bordeado de almendros atraía
+todas las tardes a Isidro y Feli. Paseaban cogidos del talle entre los
+árboles, que extendían sobre sus cabezas una bóveda de flores. Sus
+corolas rojas, inflamadas, parecían abrirse para saludarles.
+
+--Míralas--decía Feli--; son boquitas que nos sonríen, que quieren
+hablarnos.
+
+Maltrana aceptaba esta cándida afirmación de la muchacha. Sí; eran bocas
+de flor que se abrían para decir a Feli que era muy bonita.
+
+--Y yo--continuaba con gravedad--me adhiero a la sabia opinión de este
+mitin florido.
+
+La brisa de la tarde estremecía los árboles, y una nevada de pétalos
+caía sobre Feli, enredándose en su peinado.
+
+Sentábanse en los ribazos cubiertos de hierba, y al hablarse arrancaban
+las margaritas silvestres que crecían al alcance de sus manos. Así
+esperaban la llegada del crepúsculo, y las sombras les sorprendían
+muchas veces en las inmediaciones del canal silencioso y profundo, que
+había presenciado sin un murmullo, con la bonachona complicidad de la
+luna, la comunión primera de su amor.
+
+Feli vivía en dulce somnolencia, absorta por su felicidad, algo
+asombrada de que el mundo guardase ocultas tantas delicias. Todo le
+parecía bueno; se abandonaba con sublime impudor; sentíase capaz de caer
+en los brazos de Isidro en plena glorieta de los Cuatro Caminos con el
+mismo arrobamiento que si estuvieran en despoblado.
+
+Maltrana era más exigente y descontentadizo. ¡Muy bonito el campo de
+primavera, con su ambiente poético y aquellos crepúsculos, que eran lo
+mejor del mundo! Pero ellos no iban a permanecer así toda la vida,
+vagando como perros enamorados, en busca de un rincón solitario, huyendo
+de las gentes, estremecidos de espanto al menor ruido.
+
+Además, pensaba en el _Mosco_, que podía sorprenderles, enterado de lo
+que ocurría por cualquier murmurador. No nombraba a su terrible amigo,
+pero le parecían peligrosos e insostenibles estos idílicos encuentros en
+campo libre, cerca de las Carolinas.
+
+Isidro tuvo la audaz resolución de los débiles. El miedo al _Mosco_ le
+hizo ser atrevido y arrostrar el peligro de una vez... ¿Era de veras que
+Feli le quería? Pues a seguirle, a vivir juntos, olvidados de todo lo
+que no fuese su amor.
+
+Los dos hablaron sin emoción alguna, con el egoísmo de la pasión, de
+abandonar al padre, de engañar al amigo.
+
+Maltrana tenía dos mil reales, un capital, pues jamás había visto tanto
+dinero. Vivirían en el interior de Madrid, donde no les conociesen.
+Serían marido y mujer para las gentes que sólo comprenden el amor con
+documentos y sellos. Más adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensarían
+en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus últimos escrúpulos,
+contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella
+también deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a
+aquel barrio de traperos, que le parecía ahora más sucio, más triste.
+
+Maltrana discutió con Feli largamente los detalles de su instalación.
+
+--Hay que ser prácticos--decía--; hay que ser burgueses...
+
+Y Feli contestaba, con no menos seriedad:
+
+--Ya verás hacer economías y vivir bien.
+
+Isidro, en su deseo de ser práctico, buscaba una casa en el extremo
+opuesto de Madrid, un rincón donde no pudiesen dar con ellos, después
+del escándalo que seguiría a su fuga. ¡Pero los alquileres eran tan
+caros!...
+
+Un sábado expuso a Feli su resolución. Ya tenían casa; al día siguiente
+irían a ella. Había encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que
+repartía papelillos católicos y propagaba la religión en las afueras.
+Vivía en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro había subido
+a la habitación, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de
+sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca.
+Vivirían con él. Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros
+defectos que su manía de santidad. Había tenido en su casa a varios
+obreros con sus familias, pero acabó por despedirles, a causa de los
+chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quería más
+huéspedes; pero el señor de Maltrana--como él decía--era un hombre
+cortés y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una
+burla. Al decirle el joven que se había casado, aceptó con gozo la vida
+en común que le propuso Maltrana.
+
+Enumeró éste a Feli las ventajas de tal arreglo. Vivirían al otro
+extremo de Madrid: listos habían de ser los que les encontrasen. Sólo
+pagarían tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargaría
+«el santo», que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de
+libros viejos. Ellos tendrían por suyas la cocina, jamás utilizada por
+el señor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentación de pájaro; una
+habitación grande, e la que escribiría él, y desde cuyas ventanas se
+abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les serviría de
+dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor,
+ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos.
+
+Sólo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el
+entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupación, que era de
+burgueses, según decía Maltrana.
+
+Feli abandonó para siempre la casa de su padre y el barrio de las
+Carolinas. El _Mosco_ dormía aquella mañana, cansado de su expedición de
+la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sintió la joven: huyó
+sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde había transcurrido
+su vida. Sólo pensó en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la
+glorieta de Bilbao.
+
+A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conocía
+esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetuán, sintió
+cierta inquietud viéndose empujada por el gentío en los alrededores de
+la plaza de la Cebada.
+
+Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de
+perejil, pregonaban sus mercancías a grito pelado. En la calle de la
+Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el
+asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de
+pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa
+panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de
+los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban
+con sus puestos exteriores de las estrechas aceras.
+
+Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descansó un instante
+apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro.
+
+Maltrana parecía reflexionar, y acabó por hundir sus manos en los
+bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un
+puñado de monedas de plata.
+
+--Guarda tú el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en
+chucherías antes de que compremos nuestro ajuar.
+
+Feliciana acogió con agrado esta prudente resolución, y envolvió en su
+pañuelo la pequeña fortuna, apretándola entre ambas manos con un mohín
+de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero.
+
+Después avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrépito del
+Rastro.
+
+Abríase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que
+las últimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle.
+Por encima de las cubiertas de las _Américas_ veía Feli la ondulación de
+los cerros amarillentos, la llanura castellana, de suaves hinchazones,
+con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias.
+
+Así como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achicó el
+panorama, fue hundiéndose, hasta ocultarse detrás de los tejados de los
+almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos
+de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los
+chamarileros tradicionales, que viven todo el año en el Rastro.
+
+En el suelo, sobre viejas lonas, esparcíanse los más heterogéneos
+objetos: espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los
+teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza
+desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras
+lañas, viejas litografías de vidrios empolvados representando las
+desdichas de Atala o las hazañas de Hernán Cortés, lienzos embetunados,
+en cuya negrura distinguíase una pincelada roja que era una pierna, una
+mancha amarilla que era una calva.
+
+Los palos que sostenían los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y
+pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas
+levitas, pantalones roídos por el roce, sobrefaldas de gasa que habían
+sido de moda treinta años antes, sayas que olían a humedad y a polvo,
+delatando el olvido en los cofres de algún desván.
+
+Otros puestos eran de géneros nuevos, y los vendedores, en vez de
+permanecer inmóviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del
+comprador, agitábanse pregonando la baratura de las mercancías,
+anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la
+elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se
+usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas
+y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser
+aprovechado. En otros puestos se exhibían viejos telescopios,
+cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre
+las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las pálidas
+rosas de alguna casulla.
+
+Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes
+cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria
+al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que
+para atraer al público se agitaban como epilépticos, corriendo en torno
+de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artículos, entregándolos a
+ciertos compinches que se fingían compradores para impulsar a la gente
+reacia.
+
+--¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!--gritaba uno
+con voz de trueno.
+
+--¡Lleven y compren!--mugía otro--. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen!
+
+Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras
+brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una
+instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del
+domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y
+entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una
+baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.
+
+Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles,
+y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las
+tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas,
+otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase,
+asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias
+a un tiempo y sin decidirse por ninguna.
+
+Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en
+la entrada del Rastro. Abajo, en las _Américas_ tenía él amigos, tenía
+parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso.
+
+En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las
+buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres
+atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo,
+ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el
+par».
+
+Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli.
+Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a
+ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le
+tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué
+media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero.
+
+Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado.
+
+--Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta
+buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va
+a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus
+pantorrillas de diosa!...
+
+Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete.
+Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de
+su amante:
+
+--Las medias hacen reñir; es un regalo que trae mala sombra: lo he oído
+muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo.
+
+Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los
+objetos más diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con
+una esfera dorada a guisa de tapón. Feli lo compró después de largo
+regateo, entregándolo a Maltrana.
+
+--Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mío, hasta que lo agotes.
+
+Siguieron adelante, y entraron en el corralón de las _Nuevas Américas_.
+Allí estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y
+los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en
+casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no
+encontrando espacio en tales estrecheces, esparcíase por los callejones
+y plazoletas del corralón.
+
+En un sitio predominaba el mármol, y se exhibían en número considerable
+cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta
+sepulturas, cuyos constructores se habían declarado en quiebra antes de
+llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras,
+plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados
+colores de su revés. Mostrábanse las filas de herramientas industriales
+y agrícolas, con reflejos de obscuro azul, los rótulos arrancados de
+puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y
+peluquerías elegantes que ya no existían.
+
+En las plazoletas elevábase en montañas el hierro viejo y oxidado, tan
+frágil por la herrumbre, que parecía próximo a quebrarse como el
+cristal. Eran máquinas desmontadas, cuyas ruedas yacían empotradas en el
+barro; calderas enormes, con el cóncavo vientre hundido en pilas de
+planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas
+y más filas de balcones en correcta formación, y verjas de jardín
+guardando en sus garras el yeso de las pilastras.
+
+Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro.
+Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros
+libres que no podían pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el
+canturreo de un crimen célebre ante el cartelón pintarrajeado con las
+escenas más truculentas del suceso, y entraron en otro corral.
+
+--Esto--dijo Maltrana--es el Rastro del Rastro; lo más barato de la
+baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aquí como puedan
+mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol.
+
+Al entrar vieron librerías de lance, en cuyo interior se agrupaban
+viejos señores de traje raído hojeando volúmenes, hundiendo en ellos su
+nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible
+amontonamiento, en las que se confundían cuadros de agujereado lienzo,
+piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro
+descascarillado y los remates incompletos.
+
+Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en
+las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servían
+de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de
+guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundían en el fango,
+desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos
+callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de
+islas de pedruscos y mares tortuosos de fango líquido, daban al Rastro
+gran semejanza con las avenidas angostas y sombrías de un zoco moruno.
+
+En la plaza vieron a los vendedores más míseros, con sus puestos de
+objetos rotos, de una utilidad desconocida.
+
+Maltrana señaló riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en
+conjunto no ascendía a más de tres pesetas. Sobre unos periódicos viejos
+exhibíanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin
+empuñadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de
+revistas ilustradas. El vendedor permanecía inmóvil en una silla rota,
+sin prestar gran atención a las moscas que revoloteaban en torno de sus
+labios; y más para espantarlas que para atraer al público, gritaba de
+tarde en tarde: «¡A perra chica... a perra chica la pieza!»
+
+Lo que más abundaba en los puestos era la ferretería vieja y rojiza por
+el óxido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que,
+necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano,
+iban toda la mañana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo
+montones de hierro.
+
+Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar
+utilidad de sus despojos, fijándose en las grietas y desportilladuras de
+un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por
+todo ello cinco céntimos.
+
+Un puesto de muñecas viejas atrajo la atención de Feli. Eran bebés que
+habían vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos
+de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaña, ofreciéndose a
+la niñez pobre, a los pequeñuelos de la miseria, obligados a buscar su
+alegría en este estercolero.
+
+Una pobre mujer con una muñeca en la mano discutía con el vendedor,
+mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo
+monigote, que tenía la cara ennegrecida y una de las piernas quemada.
+
+--¡Dámela... la quedo!--lloriqueaba la pequeña con balbuceo infantil.
+
+Pero la madre dejó la muñeca en el suelo.
+
+--¡Si piden tres perros, hija!... Eso es sólo pa los ricos.
+
+Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepción de la
+pequeña.
+
+--Tómela usted, señora... Yo se la regalo.
+
+Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el
+mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre:
+
+--Gracias, señora... muchas gracias.
+
+Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a
+uno de sus tíos, apodado el _Ingeniero_, el cual, según noticias, aunque
+retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos.
+
+En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un
+órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando
+se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores.
+
+Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento
+del órgano.
+
+La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el
+_Ingeniero_, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el
+arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un
+gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su
+gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de
+paño que abrigaban su vista enferma.
+
+Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas
+curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y
+deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.
+
+A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un
+taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de
+encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.
+
+Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del _Ingeniero_.
+Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado
+viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera
+de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas,
+tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase, valiéndose
+del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que
+todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas
+de escándalos y riñas, sin que el ilustre _Ingeniero_ se decidiese
+formalmente por ninguna.
+
+Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los
+chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies
+vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién
+podría ir al Rastro en busca de tales cosas!...
+
+El _Ingeniero_, percibiendo al través de las negras antiparras una
+pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador.
+
+--Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado.
+Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la
+marcha de _El Profeta_.
+
+Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta
+odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación.
+
+--¡Pero tío, si soy yo!--dijo Maltrana.
+
+--¿Y quién eres tú?...
+
+--Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a
+comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.
+
+El _Ingeniero_, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino,
+abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a
+Feli sus antiparras, contemplándola largo rato.
+
+--Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena--dijo con sonrisa de
+inteligente en el género--. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga
+usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega.
+Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia!
+
+Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera, con el mismo acento
+que si hablase a un perro:
+
+--Oye, tú, ¿no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la
+cigarrera de la calle de Mira el Sol?...
+
+--No señor, no se parece--dijo la mujerona con no menos rudeza,
+mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las
+salchichas de sus labios--. Bien se ve que estás ciego. La señora es más
+guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos.
+
+-¡Muuú!--mugió burlescamente el _Ingeniero_--. Ya la has metido; ya has
+soltado una barbaridaz. No la hagan ustés caso--continuó, dirigiéndose a
+los dos jóvenes--; le tié tirria a la Nicanora porque la chica está por
+mí. La semana pasá se tiraron del pelo y fueron a la delegación del
+distrito.
+
+--Que sus den morcilla a los dos--dijo la gorda con bronco vozarrón.
+
+Y satisfecha de este caritativo deseo, se removió en el asiento,
+enderezó la sombrilla, y quedó inmóvil, con los morros apretados,
+fingiendo no ver ni oír al _Ingeniero_ y sus parientes.
+
+El chamarilero, sentado en el sillón, aconsejaba a su sobrino dónde
+debía hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora
+de sus hijos; se la había traspasado para quedar en completa libertad.
+Bien podía divertirse después de tanto trabajar. Pero le restaba la
+afición al negocio, sobre todo a los instrumentos de música. Los
+compañeros no adquirían un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen
+para que lo arreglara; siempre tenía alguna joya como aquel órgano, y
+todos los domingos colocaba su puesto en las _Américas_, para no perder
+la costumbre.
+
+El _Ingeniero_ indignábase al hablar de sus parientes. Su hermano el
+anticuario era un orgulloso, que desde que trataba, por su negocio, con
+marqueses y curas ricos, no había quien lo sufriese. No se veían una vez
+que no le echase en cara sus aventurillas y escándalos. Era un jesuita,
+un hipócrita; vivía como un imbécil, sin alegría, sin amables
+desórdenes. ¿De qué le servía el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que
+no entrase a verle en el viejo patio de las _Américas_.
+
+--Te recibirá con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos
+tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su tío. Se pelean
+conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y
+alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la
+otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por
+el traspaso de la tienda. ¡Qué les importa a esos judíos lo que haga su
+padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aquí no hay otro joven
+en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el
+_Ingeniero_.
+
+Después aconsejó a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus
+hijos. Tenían géneros baratos y nuevos. No debía adquirirla en las
+_Américas_. Eran todas de largo uso; la que menos, había visto morir a
+toda una familia. Sus primos le darían con economía lo que necesitase.
+
+Luego preguntó por su madre, la señora Eusebia. Más de un año hacía que
+no la había visto. ¿Cómo le iba a la abuela con el señor Polo? Un día
+que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetuán. Ya no conocía a
+las gentes de allá. Madrid terminaba para él en el Café de San Millán,
+donde se reunía con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la
+plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya sabía
+dónde: siempre en su «farmacia». Le tenía ley al Rastro y sus
+alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual a
+aquellas casuchas de Tetuán de donde procedía la familia. Traperos
+todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por
+igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia
+diaria, la comida y los trapos rotos, los expelía Madrid hacia lo alto;
+los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los
+vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en
+el estercolero de las _Américas_.
+
+--¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen!
+
+Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía
+sonó otra vez.
+
+Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo
+un arranque de generosidad.
+
+--Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo.
+
+Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las
+cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con
+el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias.
+
+--No os ofrezco el órgano--siguió diciendo--porque le tengo querencia a
+la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos
+ratos.
+
+Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del _Ingeniero_, de sus
+pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba.
+
+--Es un hombre temible--dijo Isidro con tono irónico--. El terror del
+barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros...
+
+Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las _Viejas
+Américas_. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las
+de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los
+sombríos rincones del caserón. Isidro mostró a Feliciana un hombre
+obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas
+pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían
+pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.
+
+Permanecieron más de una hora en la tienda de los hijos del _Ingeniero_.
+Maltrana reconoció que sus primos eran unos judíos, como decía el padre,
+sin alegría, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo
+amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa,
+temiendo que apelase al parentesco para no pagar.
+
+En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos
+precio. Pagaba el parentesco y la vergüenza del regateo. Compraron una
+camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un
+colchón con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio;
+pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareció a los dos un
+derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestación de su
+propósito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les costó
+esta joya. Los dos se miraban con inquietud. ¡Qué modo de gastar el
+dinero! Pero este remordimiento desvanecíase al examinar la cama otra
+vez, fijándose especialmente en el colchón de muelles. ¡Ella, que no
+había conocido otro lecho que un jergón sobre tablones en la casucha del
+_Mosco_! ¡El, que durante años aguardaba a que le dejasen libre el
+camastro para descansar sus huesos!...
+
+Los dos abandonaron la tienda, trémulos de emoción por las adquisiciones
+que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueños
+de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendrían los
+muebles en su casita, en aquel nido próximo a las nubes.
+
+--¡Cuánto dinero hemos gastado!--decía Feli, apreciando con el tacto la
+disminución del envoltorio que llevaba en la mano--. Si seguimos
+derrochando así, dentro de poco pediremos limosna.
+
+Isidro la tranquilizaba: aún tenía más dinero para las necesidades de la
+casa. Y después, ganaría nuevas cantidades; contaba con su pluma para
+vivir.
+
+Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero
+aguardase impaciente que él se dignara escribir algo para adquirirlo.
+
+Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los
+puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en
+las calles. Tenían ante ellos grandes montones de zapatos húmedos,
+extraídos de una gran cuba, y agarrándolos como animalillos muertos, les
+arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable.
+Lo inservible caía en el suelo, pegándose a las piedras como inertes
+piltrafas.
+
+Junto a la estatua del héroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros
+que volvían de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de
+compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas,
+cubríanse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las
+enseñas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de
+copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban
+gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar
+atención a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del
+_Manco_ para hablar de sus asuntos entre dos «tintas».
+
+Isidro y Feliciana sentían impaciencia por verse en su casita. Dudaron
+un instante ante la puerta de un café, no sabiendo si almorzar en él.
+No; mejor sería en su casa, completamente solos, sin la molestia de las
+miradas del público.
+
+Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde
+ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del señor
+Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y
+almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la
+juventud, con esa excitación que proporciona la novedad de los cambios
+de sitio.
+
+Feli, de vez en cuando, fruncía el entrecejo con sus preocupaciones de
+amita de casa.
+
+--Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato
+que han traído del café tengo yo para dos días.
+
+Maltrana contestaba con risas. Había que alegrarse: aquel domingo era el
+de sus bodas, el primor día que pasaban juntos. Ya pensarían luego en
+las economías.
+
+Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la
+empañadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y
+bocado, marcándose en las mejillas redondeles de vino y de grasa:
+
+--¡Cochino, cómo me pones!--decía Feli con gracioso mohín, limpiándose
+la cara--. ¡Ay! ¡Déjame comer! ¡déjame tranquila! Mira que estoy
+cansada, que deseo paz... que aún nos queda mucho por arreglar.
+
+La presencia del señor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta
+tranquilidad. Venía de oír varias misas, de asistir a una reunión de
+Hermandad, de hablar con los señores de la Conferencia, que le
+entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impíos de la plebe.
+Los domingos eran días de gran trabajo.
+
+Se negó a aceptar los restos del almuerzo que le ofrecía el joven.
+Gracias, señor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y
+él ayunaba rigurosamente. Había devorado en la calle su modesta
+colación; la carne pecadora ya tenía bastante.
+
+Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la
+presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los
+estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la
+sabiduría y la santidad del mundo.
+
+--¿Conque usted es la señora del señor de Multrana? Vaya, vaya... Que
+sea por muchos años.
+
+Y al decir esto, paseaba por la habitación con sus zapatos de cura, que
+parecían querer escapársele a cada paso, acompañando sus movimientos con
+un monótono chac-chac. Tenía en sus piernas algo inexplicable que
+parecía repeler los lacios pantalones que las cubrían. Feli pensaba que
+aquel hombre había nacido para llevar una sotana, un hábito, una
+envoltura talar. Se movía y andaba como si unas sayas invisibles
+estorbasen su paso.
+
+--¿Conque usted es la señora del señor de Maltrana?--repitió otra vez,
+no sabiendo qué decir--. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la dé
+muchos hijos, para que la acompañen en el ciclo... Tiene usted cara de
+buena; el señor de Maltrana también es bueno, aunque algo olvidado de la
+salud del alma. Usted le guiará por el buen camino: las señoras, para
+estos casos, saben más que nosotros. Creo que nos entenderemos, que
+viviremos como buenos cristianos, en santa paz.
+
+El señor Vicente entró a detallar su futura vida. Libertad completa para
+todos. Ellos tenían su llave, y él guardaba la suya. Cada uno podía
+entrar y salir cuando quisiera. No hacía falta llamarse mas que en casos
+de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando
+aún había sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la noche.
+Se retrasaba peleando con algún pecador de lengua blasfema; velaba
+enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a última hora. La
+noche era tan buena como el día para servir a Dios. Además, dormía poco:
+le repugnaba el sueño, por ser el momento que aprovecha el Malo para
+tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates.
+Ansiaba la llegada del día como un descanso, y antes de apuntar el alba
+estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se
+levantasen, ya andaría él muchas horas por el mundo.
+
+--No crea usted, señora--continuó--, que siempre he vivido tan
+cristianamente. He tenido mis épocas de calavera, de trasnochador.
+
+Al decir esto, sonrió con una candidez que pretendía ser maliciosa.
+
+--Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometió
+enormes sacrilegios, y cuya conversión no sé si se la habrá contado don
+Isidro, entonces pasé meses y aun años acostándome después de la salida
+del sol. El pecador tenía gusto en oírme, y yo me agarraba a él,
+acompañándolo a las tabernas y a sitios peores, señora... a sitios donde
+fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vírgenes para ser
+atormentadas en lo que más estimaban. El Señor me lo perdone... El bebía
+y hacía cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin
+hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para
+ver si de este modo podía meterlo en una iglesia y que oyese una misa,
+una tan sólo, con la esperanza de que Dios y su Santísima Madre me
+habían de ayudar, tocándole el corazón. ¡Y costó, pero llegó! Pasé años
+haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al
+Señor... Ya le contará más despacio el señor de Maltrana mi conquista
+del zapatero.
+
+Y paseaba, guiñando los sanguinolentos ojos, frotándose las manos,
+celebrando su malicia y aquella conversión que era el acto más glorioso
+de su vida.
+
+--Aquí estará usted muy bien, señora--continuó--. Hay de todo en el
+distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las
+horas. Además, casi a la mano, está la catedral. San Isidro, con su
+famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha oído, vaya a oírla. Un coro
+de ángeles, una bandada de querubines, que la dejarán con la boca
+abierta.
+
+Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte
+de los muebles, el señor Vicente se despidió. Tenía que hacer propaganda
+aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura:
+unos pobrecillos sin más medios de existencia que el trabajo en los
+tejares durante el verano y el robar cardillos y leña de la Casa de
+Campo. Allí se quedaban los dos como dueños de todo. Con otros huéspedes
+no osaría tales confianzas. Pero el señor de Maltrana podía hacer lo que
+gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban
+abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, allí tenía
+un poco de todo, en el cajón de los chismes. Y le mostró en el fondo de
+una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo
+recolectado en sus excursiones por las afueras y traído a casa con una
+minuciosidad que le hacía aprovechar cuantos objetos veía en el suelo.
+Si la señora necesitaba botones, hilos o agujas, también encontraría
+gran provisión en una tabla de la biblioteca.
+
+Los amantes, viéndose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo
+de los muebles. Los habían dejado los portadores agrupados en el centro
+de la habitación que destinaba Isidro para despacho. Después de largas
+reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jóvenes a
+colocarlos.
+
+--Aquí la mesa, junto a la ventana--dijo Feli--. Tú escribirás de
+espaldas a la cocina, y yo vendré de puntillas, poquito a poco, y...
+¡zas! te daré el gran susto, cuando menos lo esperes, echándote los
+brazos al cuello, besándote... así, así.
+
+Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovíase
+escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de
+pasión que acompañaban a los fuertes abrazos.
+
+Al colocar la mesa de comedor, sentáronse frente a frente; pero
+arrepentidos de establecer entre los dos este obstáculo, diéronse las
+manos por encima de ella, mientras por debajo se buscaban los pies.
+Luego, soltándose Feli con inesperado tirón, se levantó y corrió
+alrededor de la mesa, perseguida por Isidro, que lo acosaba con rugidos
+de ogro.
+
+--¡Que te como, feísima!... ¡Que te devoro, sosa... desgalichá!
+
+Con tales intermedios, el arreglo de los muebles, a pesar de ser pocos,
+amenazaba prolongarse hasta bien entrada la noche.
+
+La colocación de la cama fue el asunto magno de la tarde. Cambiáronla de
+sitio un sinnúmero de veces, sin que llegase a quedar nunca a gusto de
+los dos. Sudaban, con la cara roja de fatiga, al mover y dar vueltas a
+este armatoste dorado en la estrechez de la habitación.
+
+Feli, arremangándose los brazos, pegados a su frente los rebeldes rizos
+con el sudor y el polvo, daba pataditas en el suelo y torcía el gesto,
+no encontrando nunca a su gusto la posición de la cama. Quería que se
+viese bien, que la luz hiciera brillar el oro con todo su esplendor:
+para esto habían gastado el dinero. Y cuando la veía colocada en estas
+condiciones, surgían otros inconvenientes. ¿Es que iba a dormir ella
+junto a la pared?... No; ella sería la primera en levantarse; había de
+madrugar para el buen arreglo de la casa, y no quería que Isidro viese
+turbado su sueño.
+
+Nuevos cambios de sitio, otros tirones y esfuerzos, sin que el maldito,
+lecho llegase a colocarse a su gusto en la estrecha habitación.
+
+Feli, para apreciar en todos sus detalles la hermosura de este mueble,
+que la llenaba de orgullo, colocó el colchón, las mantas y las almohadas
+sin funda. Sábanas ya las compraría al día siguiente, pues había sentido
+repugnancia por las que le ofrecían en el Rastro. Quedó largo rato
+contemplando la cama con cierta indecisión.
+
+--¿Estará bien así, Isidro? ¿Qué dices tú?...
+
+Maltrana, cogiéndola del talle, la hablaba al oído, cosquilleándole una
+oreja con su aliento. Así o de otra manera, bien estaba. ¿Iban a pasar
+la tarde sudando y haciendo fuerza como gallegos? La pobre cama tenía
+derecho a quejarse con tantos arrastres y vueltas. Había que dejarla
+quieta... hacerla los honores de la nueva instalación...
+
+Feli se abandonó, vencida, trastornada por el susurro tibio que
+acariciaba su oído, erizando al mismo tiempo la suave película de su
+mejilla. Durante una hora durmieron los ecos de la casa del santo, sin
+otros estremecimientos que el metálico ruido del armatoste, que parecía
+condenado a no descansar.
+
+Cuando los amantes, dando por terminado el arreglo del dormitorio,
+volvieron a lo que había de ser despacho, Maltrana buscó el martillo y
+los clavos.
+
+Quería adornar su habitación de trabajo colocando unas láminas regaladas
+por un amigo. Eran retratos, y el joven explicó a Feli la grandeza de
+todos aquellos señores que mostraban sobre el papel su gesto leonino,
+mirando a lo alto con ojos ardientes de inspiración.
+
+--Fíjate, nena; éste es Víctor Hugo, un semidiós. Cuando yo arregle mis
+libros, te daré a leer algo suyo. Este otro es David-Federico Strauss,
+uno que se metió a examinar la vida de Jesús y no dejó en ella títere
+con cabeza. Este barbudo es Darwin; el otro, que parece un erizo blanco,
+mi gran tío Schopenhauer; el de más allá, Zola, con su mirada triste,
+como si fuese a llorar; aquel viejo tan guapo y simpático, el amigo
+Hæckel... Todos gentes distinguidas, apreciables puntos, que no se
+ofenderán de vivir con nosotros en plena alegría juvenil. ¡Las cosas que
+van a presenciar estos ilustres gachos!...
+
+Feli sonreía contemplando los retratos, creyendo de buena fe, en su
+sencilla ignorancia, que eran señores de Madrid a los que conocía y
+trataba su amante. Esta misma amistad la hizo presentir que podían ser
+mal vistos por el dueño de la casa.
+
+--Pero Isidro, ¿y don Vicente? ¿No se ofenderá al ver a estos
+caballeros?
+
+Maltrana prorrumpió en una carcajada al oír el nombre del «santo». El
+día anterior, al dejar los grabados en la casa, se los había enseñado,
+quedando el devoto perplejo largo rato en su contemplación.
+
+--Yo--dijo--desconfío siempre de los señores que tienen mucha fama. No
+conozco a estos caballeros mas que para servirles; jamás leo periódicos;
+pero me escamo cuando los papeles hablan mucho de un hombre. Ahora sólo
+se habla de los grandes pecadores: los santos viven en la obscuridad.
+
+Luego de una larga reflexión, había preguntado:
+
+--¿No estarán entre estos señores Voltaire y Garibaldi?
+
+El hermano Vicente no conocía mayores impíos. El nombre de Voltaire,
+pronunciado con todas sus letras, le hacía estremecer, al mismo tiempo
+que se alteraban sus ojos inflamados con el lagrimeo de la rabia.
+
+-No; señor Vicente; no están.
+
+-Me alegro. Porque si estuvieran Voltaire y Garibaldi, yo me marcharía.
+No podría vivir bajo el mismo techo que esos demonios.
+
+Y más tranquilo ya, examinó los retratos, alabando a algunos de aquellos
+señores, que, por sus grandes barbas de plata y sus frentes serenas,
+tenían, según él, caras de santo.
+
+Cuando Maltrana terminó de clavar unas perchas en el dormitorio y dio
+por definitivamente colocados todos los muebles, comenzaba a anochecer.
+Había que pensar en la cena y en la luz. Las necesidades de la vida
+turbaban su amoroso aislamiento, haciéndoles salir de aquella
+inconsciencia de pájaros errantes que por primera vez construían nido.
+
+Isidro tomó el sombrero para bajar a la calle y hacer sus compras.
+
+--Adiós, niña... Rica, adiós: vuelvo en seguida.
+
+Se despedían entre fuertes abrazos. Alejábanse y volvían a juntarse, con
+nuevos besos, como si Fuese él a emprender un interminable viaje. Por
+fin, se separaron en el rellano de la escalera.
+
+--Cierra, bien--dijo Maltrana, como si temiese los mayores peligros
+durante su ausencia.
+
+Y sólo se decidió a bajar cuando vio cerrada la puerta y sonaron tras
+ella los ruidos de la llave y el cerrojo.
+
+Volvió a la media hora, con un paquete de bujías, dos chuletas empanadas
+de una taberna cercana, una libreta, una botella de vino y un paquete de
+dulces. ¡Juerga completa! Decididamente, la vida de burgués, con casa
+propia y mujer única, tenía grandes encantos. La vida era alegre; había
+que dar a la vida un sentido helénico, y el helenismo no podía ser más
+fácil de conseguir: estaba en el escaparate de una confitería, en los
+ojos de una tierna muchacha, aunque hubiese nacido entre los
+estercoleros de Tetuán.
+
+Feli le aguardaba en el rellano, trémula de miedo.
+
+--Isidro, ¿eres tú?--preguntó con voz acongojada.
+
+Había anochecido. Al invadir las sombras su nueva habitación, la
+muchacha experimentó el terror de lo desconocido. La daban miedo los
+libros en sus vetustas estanterías; pensaba con pavor en cierto Cristo
+ensangrentado, con lacias melenas, que el señor Vicente tenía en la
+pieza inmediata. Se había refugiado en la escalera y aguardaba
+impaciente la llegada de Isidro.
+
+Este encendió una bujía, y fue alineando sus provisiones sobre la mesa.
+Feli, con la luz y los dulces, recobró la alegría.
+
+Comieron y bebieron, hablando de acostarse al poco rato. Reían, pensando
+en que otras noches, a aquellas horas, todavía vagaban por los campos.
+Iban a dormir como las gallinas. ¡Oh la vida ordenada! ¡La vida
+tranquila, lejos de todos, queriéndose mucho, aislados del mundo, en el
+dulce egoísmo del cariño!... Les parecía imposible que las gentes fuesen
+tan ciegas que no supieran vivir así.
+
+Mientras comían, hablaron de lo que pensaban hacer a la mañana
+siguiente. Visitarían las tiendas de la calle de Toledo para que ella
+comprase las sábanas. Isidro, desoyendo sus protestas, pensaba regalarle
+cierto vestido expuesto en un maniquí a la puerta de una tienda de
+modas. Además, acordábase de que hacía tiempo que soñaba Feli con unas
+botas altas, muy altas, de suave color de limón y con muchos botones.
+
+--Pero ¡nos vamos a arruinar, nene!--suspiraba ella, posando la cabeza
+en un hombro del amante--. Tú no tienes dinero para tanto.
+
+Maltrana protestó. El trabajaría. ¿Y para quién era todo su dinero?...
+Para su Feli, para su gorrera graciosa, que lo había abandonado todo;
+siguiéndole a él, pobre y feo.
+
+--¡No digas eso!...--suspiraba ella--. Tú eres el hombre más guapo de
+Madrid, el que más sabe. Aunque me buscase el mismísimo príncipe de
+Asturias, le diría que no. Ya tengo a mi Isidro, que es para esta
+pobrecita mucho más que los príncipes y los reyes. ¡Si supieras qué
+celos me daba una compañera de taller cuando decía que, aunque feo, eres
+simpático!...
+
+Terminada la cena, devoraron los dulces y bebieron las últimas gotas de
+vino. Feli, sin darse cuenta, habíase deslizado de su asiento, acabando
+por acomodarse en las rodillas de Maltrana. Le ofrecía entre sus labios
+un dulce; lo partían con largo y meloso beso, y el joven, después de
+esta caricia, hablaba gravemente de su porvenir.
+
+--Vivimos mal, Feli--decía--. ¿Crees tú que estoy satisfecho de la
+existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos
+jóvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos
+con el plato más insípido: la alegría y el amor...
+
+--Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre así... con la
+cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca.
+
+--Pues yo deseo más. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que
+vistas como una señora, y vayas al teatro, y algún día la gente te
+salude, y digan todos: «Ahí va la mujer de Isidro», y hasta en los
+periódicos se hable de «la bellísima señora de Maltrana».
+
+Feli rió como una niña.
+
+--Pero ¡qué tonto!... ¡Qué cosas tan _superficiales_ deseas! Lo que
+importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que
+mejor le plazca.
+
+Maltrana quedó largo rato pensativo. Sentía el entusiasmo, la fe en el
+porvenir, los ensueños de ambición que acompañaban todos sus momentos de
+bienestar físico.
+
+--Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que
+subieron muy alto... Tú no te das cuenta de adónde podemos llegar. Me
+quieres, pero ignoras en realidad quién es tu Isidro. Hasta el presente
+he luchado con la mala suerte; pero tú me traes la Fortuna. Trabajaré,
+escribiré mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que
+no había conocido nunca. La gente acabará por fijarse en Maltrana, por
+ver en él un gran escritor, un talento extraordinario.
+
+--¡Quién lo duda, bobito!--exclamó Feli--. Tú tienes mucho talento: eso
+lo he dicho yo desde que te conocí. Deja que te bese esa frente donde
+guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacén de
+donde sacas tus cosas bonitas.
+
+Oprimía entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida,
+como si quisiera morder su frente enorme y rugosa.
+
+Maltrana, después de desasirse, continuó con entusiasmo:
+
+--Me dedicaré a la política; quiero que seas una gran señora, y en este
+país no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El día
+que me conozcan, impondré respeto. Seré director de periódico, seré
+diputado... ¡Llegaré a ministro, Feli, y tú serás mi mujer, la esposa de
+Su Excelencia!...
+
+El joven hablaba con la fe de todos los humildes de alguna imaginación,
+que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las
+alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan
+inmóviles la riqueza o la fortuna política para que las tomen con sus
+manos.
+
+Feli reía con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de
+las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueños podían
+realizarse al día siguiente.
+
+--¡Yo, ministra!--exclamó--. ¡Y tendré coches, y los lacayos se me
+quitarán la chistera con galones dorados, y mi tío el _Federal_ se
+quedará con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la
+Puerta del Sol, frente a su oficina!... ¡Y tú irás a Palacio y te
+tratarás con las grandes damas, y...!
+
+El rostro de Feli pareció entenebrecerse. Apretó los labios, le
+brillaron los ojos, y dijo con enfurruñamiento:
+
+--No; tú no serás ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, ¿lo
+entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptarás aunque te lo ofrezcan;
+dimelo, o reñimos... El mundo está lleno de tentaciones, y ¡no digo nada
+si acudirían las señoronas al ver a este feo, que habla como los propios
+ángeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de
+esas que tienen la pechera bordada de ojos!... ¡lo mismo que las moscas
+a la miel! ¡Ojo, señorito! Yo tengo mucho quinqué, y adivino las cosas.
+No serás ministro, no. Dime en seguida que no lo serás, o te pego.
+
+Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor,
+abofeteábale con su blanca manecita. Después, pareciéndole poco este
+castigo, metía sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin
+compasión de los mechones.
+
+--No, no lo seré--exclamó Maltrana--. Presento la dimisión de la
+cartera; crisis total. Pero ¡déjame el pelo, niña, que me haces daño!
+
+--Está bien--dijo Feli más tranquila--. Te dejo, pero ¡cuidadito con
+faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos como
+esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envían sus
+lujos a un colegio, tienen su buena casa allá en el barrio de Salamanca,
+salen a paseo juntos, y los días que hace mal tiempo se dan una
+vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. ¿Puede
+ser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo no
+he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lo
+dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.
+
+Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos
+con sus labios.
+
+--Podías hacer también cosas para los teatros; mi tío dice que eso da
+mucho dinero... Pero no: ¡qué bruto soy! Dime que no en seguida, o te
+araño. ¡Dónde iba yo a meterte!... Nada de teatro: queda prohibido.
+Escribirás en los periódicos, escribirás libros; y si alguna vez las
+señoronas te envían cartitas, entusiasmadas por esas cosas tan monas que
+sabes decir, ¡cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que tú aún no me
+conoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor que
+una mosca.
+
+Y la pobre Feli, haciéndose la temible, se apretaba contra Isidro, le
+estrechaba en sus brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, le
+acariciaba el cuello con el raso de sus labios.
+
+Sentíanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo de
+descansar en algo más sólido que las frágiles sillas... ¡A dormir! Pero
+no durmieron: no tenían sueño.
+
+Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad, el rechinar de la
+cerradura y la entrada del señor Vicente, a tientas, en su habitación.
+
+Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase su
+risa, seguía, regocijada, todos los ruidos del «santo», adivinando su
+significación. ¡Plam! ¡plam! Era que se quitaba, los zapatones de
+fraile, arrojándolos lejos. Ahora, se desnudaba; después se tendía en el
+jergón.
+
+La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con grandes
+contorsiones para ahogar su risa. Isidro le preguntó al oído, riendo
+igualmente, sin saber por qué. ¿En qué pensaba?
+
+--Pienso...--murmuró la muchacha--pienso en la figura que hará el santo
+en camisa.
+
+Y los dos, fuertemente abrazados, volvían a reír, estremeciéndose sus
+carnes desnudas bajo la manta, rozándose con el temblor del regocijo
+sofocado.
+
+Sonó largo rato un murmullo en la vecina habitación. El señor Vicente
+rezaba sus oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cortó el silencio.
+
+Los amantes no durmieron. Reían de este roncar grotesco interrumpido por
+largos suspiros. El señor Vicente despertaba unos instantes, mascullando
+santas exclamaciones: «¡Ay, señor!», y volvía a sumirse en su sueño
+intranquilo, cortado por las visiones del ayuno y la exaltación.
+
+Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:
+
+-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí!
+
+Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó en
+el silencio como una campanilla de plata.
+
+Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como si
+durmiesen. En su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual si
+anduviesen ratas por debajo de ella.
+
+Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecido
+por el horror de sus visiones.
+
+--Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esas
+asquerosidades... Mi carne está muerta... Gloria al Señor... La impureza
+no entrará en la casa de su siervo.
+
+
+
+
+VII
+
+
+Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, terminó pronto el
+libro del marqués de Jiménez. El grave prócer mostrábase satisfecho del
+trabajo. Además, por encargo suyo, vigilaba el joven la impresión y
+corregía las pruebas. ¡El senador tenía tantas ocupaciones!...
+
+Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gaspar
+examinábalo minuciosamente, dando bufidos de satisfacción ante las
+páginas que presentaban gran cimiento de notas. Las que aparecían con el
+texto solo, provocaban en él un mohín de disgusto.
+
+--No tienen seriedad--decía el senador--. Parecen páginas de una novela.
+Pero, hombre, ¿qué le hubiera costado poner unas cositas al pie?...
+
+Cuando el libro estuvo impreso, el marqués hizo un nuevo encargo a
+Maltrana. El jefe del partido, que había de escribir el prólogo,
+entreteníale con excusas, sin cumplir su promesa. Don Gaspar no se
+ofendía por ello, conociendo las exigencias de la política, la vida
+cruel, abrumada de trabajo, que arrastran sus hombres. Por fin, el
+importante personaje, dando al marqués una muestra de gran confianza, le
+había rogado que escribiese él mismo el prólogo, autorizándole para que
+pusiese su firma al pie. Quien había escrito un libro tan notable, bien
+podía en una noche pergeñar unas cuantas cuartillas a guisa de
+introducción.
+
+--Y yo, joven amigo--siguió diciendo el prócer--, le transmito a usted
+el encargo, rogándole que haga todo cuanto sepa... ¡Qué honor, joven!
+¡Escribir cosas que ha de avalorar con su firma un personaje ilustre!
+Muy pocos alcanzan esta gloria a la edad de usted... Creo inútil
+indicarle lo que el prólogo debe decir. A su talento me confío. El jefe
+me quiere mucho; de permitirlo sus ocupaciones, hubiese dedicado a mi
+obra grandísimas alabanzas. Tire usted de pluma sin miedo. Mejor que
+nadie, sabe usted que ese libro es el resumen de una larga vida política
+y que hay en él cosas muy notables.
+
+Descendiendo, como él decía, a la práctica, y sin soñar--eso nunca--,
+habló el marqués de la remuneración del nuevo trabajo. Por el libro,
+ajustado en tres mil reales, le daría mil pesetas, pues estaba contento,
+aunque no había apretado la mano tanto como él deseaba en lo de las
+notas. Aun así, el jefe, que sólo conocía el índice, había hecho grandes
+elogios de la erudición de la obra. Por el prólogo le aumentaría
+cincuenta duros, pero tendría que lucirse, haciendo un trabajo que
+asombrase y apabullase a los otros caudillos de grupo que osaban
+discutir en el Congreso con el ilustre jefe.
+
+--Estos son misterios de alta política. ¡Qué honor para usted conocerlos
+siendo tan joven! Punto en boca, amigo Maltrana: me perdería usted ante
+el jefe si éste llegase a saber que el prólogo lo ha hecho otro que yo.
+No tendría confianza en mi, y a usted le conviene que la tenga... Cuando
+seamos Poder... ¡Ya verá usted cuando seamos Poder!
+
+Con estas esperanzas pretendía halagar a Maltrana para que guardase
+silencio. El joven escribió el prólogo, mostrándose satisfecho de la
+retribución. ¡Cinco mil reales, de los cuales llevaba comidos cerca de
+la mitad!... Le quedaba cuerda para dos meses largos, y en este tiempo,
+raro sería que don Gaspar, halagado por el éxito, no desease hacer otro
+libro. Decididamente, la vida era alegre.
+
+Aún no había salido del primer encantamiento de su existencia plácida,
+ordenada y tranquila al lado de Feli. La muchacha se revelaba como una
+excelente ama de casa. Descendía por las mañanas a la plazuela con
+mantón y cesta; después, pasábase el día con los brazos arremangados,
+cocinando, sacudiendo el polvo, repasando la escasa ropa de Isidro.
+
+Nunca había ido éste tan pulcro. Sus amigos hablaban con asombro de la
+blancura de su camisa y la limpieza de su sombrero. Además, engruesaba,
+tenía mejor color. Los pucheretes de Feli, los guisos campestres
+aprendidos en casa de su padre y el no trasnochar daban nuevo vigor a su
+cuerpo quebrantado por las privaciones y desarreglos de la vida bohemia.
+
+--Tiene una muchacha--decían sus camaradas--que le arregla y le cuida:
+una verdadera ganga, y además, guapa. ¡Qué suerte la de ese chico!...
+
+Y comentaban el astuto recelo de Maltrana, que, conociendo la lengua
+libre y las audacias de la tropa menuda de sus amigos, cuidábase de
+ocultarles su domicilio. Temía las visitas de éstos, y aun a los más
+íntimos les daba cita en el salón del Ateneo llamado de la
+«Cacharrería».
+
+Feli, por su parte, también experimentaba los beneficiosos efectos de la
+nueva existencia. Mostrábase alegre; sólo de tarde en tarde pasaba una
+nube por sus ojos, acordándose del _Mosco_. ¡Qué haría su padre en la
+casucha de las Carolinas! ¡Qué diría de ella!...
+
+Cuando en las tardes de los domingos salían los dos a las afueras,
+evitando el aproximarse a los Cuatro Caminos, o paseaban por las
+avenidas más solitarias del Retiro, el amante contemplábala con cierto
+orgullo, como si fuese obra suya, complaciéndose en sus perfecciones.
+
+--¡Si te viesen tus amigas de antes, chiquilla!... Estás hecha una
+señorita; el día en que menos lo esperes te compro un sombrero.
+
+Había adquirido Feli su traje en una tienda de modas de la calle de
+Toledo. La sedujeron unos maniquíes colocados en la acera como si fuesen
+damas sin cabeza, vestidas de colorines y alineadas para una recepción.
+Del vientre de todas ellas colgaba un cartel con la cifra del precio.
+Feliciana había escogido un traje azul con adornos negros, «última moda
+venida de París», según declaración formal del hortera. Con él y una
+mantilla modesta, la muchacha parecía otra. Hasta ocultaba con guantes
+aquellas manos que eran su orgullo en el barrio de las Carolinas.
+
+Pero lo que más satisfacía su vanidad femenil eran las botas, las
+famosas botas color limón con las que había soñado tantas veces, y que
+apreciaba como el mejor de los regalos de Isidro. El calzado era una de
+sus preocupaciones. Consideraba sus pies la parte más preciada de su
+persona, y al andar fijaba los ojos coquetamente en las dos manchas de
+oro pálido, de aguda punta, que aparecían y se ocultaban
+alternativamente bajo el borde de su falda.
+
+De sus paseos del domingo volvían fatigados, con los pies cubiertos de
+polvo, pensando en la dulce quietud de su casita, en la cena que les
+esperaba, en la noche de cariñosa intimidad, interrumpida al otro lado
+del tabique por las visiones tentadoras del señor Vicente.
+
+--Estamos hechos unos burgueses--decía Isidro--. No hay en Madrid una
+pareja legal que viva tan virtuosamente como este par de socios...
+libres.
+
+Y se aislaban cada vez más, satisfechos de su amor, olvidados del mundo,
+creyendo que la vida podía deslizarse de este modo eternamente.
+
+Maltrana, al ir por la calle, examinaba a las gentes con extrañeza, como
+si fuesen de otra raza, como si él procediese de un mundo distinto. Al
+bajar de su alta habitación, creía descender a otro planeta.
+
+La gran mayoría de los transeúntes no amaban ni eran amados. ¡Y podían
+subsistir así!... El apenas si se acordaba de los tiempos recientes en
+que vivía como en el limbo, sin otras pasiones que leer, soltar
+paradojas y morder a los de arriba, no enterándose de que existían
+mujeres en el mundo y un sentimiento llamado amor. Ahora le parecía
+imposible haber vivido de este modo, como una planta, como un pedrusco,
+sin verdadera alegría, sin dulces tristezas... sin ideal. Como él había
+sido, así eran casi todas las gentes que pasaban junto a él. Vivían
+preocupadas por las más groseras aspiraciones, sin una chispa de amor.
+Toda la poesía de la tierra se reconcentraba en unos cuantos, que eran
+ellos, los enamorados.
+
+Maltrana pensaba con orgullo que en el mundo existe una reducida
+aristocracia, y que él pertenecía a ella: la aristocracia del amor, de
+los que saben embellecer la vida con sus pasiones. Los demás eran pobres
+bestias que bostezaban de aburrimiento con los ojos bajos y los pies en
+el barro, aunque gozasen de todos los refinamientos del bienestar.
+
+Una tarde, Maltrana encontró al señor Manolo el _Federal_ en la acera de
+la Puerta del Sol, donde tenía establecidas sus oficinas.
+
+--Bien, muy bien, ciudadano--dijo irónicamente el capataz--. Tú y la
+Feli la habéis metido hasta el corvejón. Paece mentira que hombres
+intelectuales que no son del cuarto estado cometan esas pifias.
+
+Le miraba con sus ojos saltones, limpiándose el sudor de la frente,
+jadeando, antes de hacer caer sobre Isidro la avalancha de su
+indignación.
+
+--Paece mentira, hombre... Y no creas que yo pienso ojetar nada contra
+el hecho de que tú y la Feliciana haigáis pactado el amontonaros, en uso
+de vuestra perfecta autonomía. Eso podrá escandalizar a los
+reaccionarios y a los unitarios, pero no a mí, que soy un ciudadano
+consciente y he pactado también muchas veces. El hombre es libre, la
+mujer es libre, el amor debe ser libre y autónomo... Pero lo que resulta
+una chiquillada, digna de azotes, es el dejar esa mocosa a su padre
+abandonado allá en las Carolinas. Yo voy a hacerle un rato de sociedad
+con más frecuencia que antes. El _Chispas_ vive con él, y no se las
+campanean mal. Hacen cada cachuela que Dios se chupa los dedos. Pero el
+pobre _Mosco_ está triste, le falta algo; no quiere que le nombren a la
+chica, y menos a ti. Bebe como un mosquito, y cuando tiene la tajá, la
+toma con los guardas, y quiere irse al Pardo para matar cara a cara al
+que asesinó a _Puesto en ama_. Le habéis puesto de un modo, que el día
+menos pensado hará una barbaridad.
+
+Maltrana se conmovió con hondo remordimiento al pensar en el daño
+causado a aquel amigo. Sintió vehementes anhelos de reparar su falta. El
+señor Manolo podía interceder por ellos; él conseguiría que su hermano
+les perdonase.
+
+--Lo que habéis hecho--continuó el _Federal_--es una chiquillada que no
+tiene nombre. ¿Os queríais?... está bien; pues haber venido a mí, que
+soy la práctica, y juntos hubiésemos ido a las Carolinas a tener un rato
+de sociedad, y yo, con mi labia, habría presentado una moción...
+«Hermano: estos chicos se quieren, ya tienen edad de ser autónomos, y
+deben confederarse ante la Naturaleza. Además, las cosas no merecen otro
+arreglo: andan, después de cerrada la noche, muy agarraditos por los
+desmontes, según dicen las malas lenguas, y me recelo que se han comido
+el puchero antes de las doce. He dicho.» E iniciado el debate, habríamos
+discutido con todos los turnos que fuesen menester, y al reasumir yo, es
+seguro que, en uso de vuestros derechos individuales, os habríais ido al
+catre, sin que el _Mosco_ las echase de tirano centralizador. Pero
+ahora, después de vuestra calaverada sin substancia, veo difícil que
+encaucemos el debate.
+
+Maltrana, impulsado por el remordimiento, tuvo un arranque de audacia, y
+habló de ir con el capataz en busca del _Mosco_ para pedirle perdón.
+
+--No: es demasiado pronto--dijo el señor Manolo--. No vayas; si te
+presentases así, de sopetón, sería capaz de tratarte lo mismo que a un
+gamo. Tiene unas ganas locas de matar a alguien. Déjame que yo lo
+arregle; tú no sabes adonde llega mi habilidad; figúrate que estás
+hablando con la mismísima diplomacia.
+
+El ablandaría poco a poco a la fiera. Mientras ellos no fueran por allá,
+no correrían peligro alguno. El _Mosco_ permanecía en sus territorios y
+juraba no volver a Madrid, por no encontrarse con los fugitivos. Le
+enfurecía que le hablasen de ellos. El señor Manolo no los mentaba
+nunca, y eso que sabía dónde se ocultaban desde la semana siguiente a la
+de su fuga. Vivían cerca de la plaza de la Cebada, en la casa de un
+reaccionario, de un loco que repartía estampas y regocijaba a la gente
+con sus sermones.
+
+--Yo lo sé todo--dijo el capataz, riendo ante el asombro de Maltrana--.
+En mi oficina se habla de cuanto ocurre en Madrid.
+
+Y miraba su oficina, la ancha acera, con su incesante corriente de
+transeúntes y sus vendedores, de plantón, pregonando billetes del
+próximo sorteo, gomas para los paraguas, libros baratos y perrillos de
+cría con un cascabel al cuello.
+
+Se despidió Maltrana del señor Manolo, luego que éste le prometió
+interceder cerca del _Mosco_ para que los perdonase. Podía marchar
+tranquilo, que en buenas manos dejaba el encargo. El era la diplomacia.
+
+Al llegar a su casa habló Maltrana de este encuentro. Feli lloró un
+poco, pero su dolor fue más breve de lo que esperaba Isidro. La vida
+ruda de las Carolinas, aquella existencia de nocturnas aventuras que
+separaba al padre de la hija, haciendo familiar en la casa el riesgo de
+la muerte, había embotado los sentimientos filiales de la muchacha.
+Tantas veces había visto al padre herido y próximo a morir, que el
+disgusto doméstico de su fuga lo apreciaba como un incidente de escasa
+importancia. En ella no existía otro sentimiento vivo que el del amor.
+
+--Que arregle tío Manolo todo eso--acabó por decir--; que nos perdone
+padre. Pero nada de separarnos, ¿eh? Contigo, siempre contigo.
+
+Una mañana, al pasar Isidro después de las nueve por la Puerta del Sol,
+con dirección a la Biblioteca Nacional, reconoció en la entrada de la
+calle del Carmen el carro de _Zaratustra_ por los bizarros adornos de su
+caballería. El filósofo de la busca estaba sentado dentro del vehículo,
+con las barbas esparcidas sobre las rodillas, aguardando a su criado el
+_Bobo_, que recogía el estiércol de los pisos altos.
+
+_Zaratustra_ se incorporó al reconocer a Maltrana. Reía maliciosamente,
+guiñaba sus ojillos al verle por primera vez después de su fuga con
+Feliciana, que tanto había dado que hablar a las gentes de las
+Carolinas.
+
+--No vayas por allá, muchacho--dijo poniéndose serio--. El _Mosco_ es
+muy bruto, y está que echa chispas. Han pasado dos meses desde que os
+fuisteis, pero te soltará un escopetazo lo mismo que el primer día.
+Algunos chavales de la busca que querían a la Feliciana han averiguado
+dónde vivís, y le llevan este soplo y otros. Un día habló con tu abuela,
+y la dijo que te matará si te encuentra al paso... Pero buscarte, no
+creo que te busque. Se pasa las noches en El Pardo, y algunas veces va
+de día. Es una rabia de cazar, una locura. Me han dicho que los guardas
+andan de cabeza. Comenzaban a hacer la vista gorda por huir de
+compromisos, pero ahora se desesperan y gritan: «Quiere que le matemos.»
+El mejor día, cazando, el rey se va a encontrar con el _Mosco_, que anda
+por todo El Pardo como si fuese de su propiedad.
+
+_Zaratustra_ pasó repentinamente a hablar de la muchacha.
+
+--Te has llevado lo mejor del barrio, granuja. ¡Los que te envidian por
+allá y desean verte morir!... Pero lo que has hecho es propio de tus
+pocos años. ¡Ay, si tuvieses los míos! ¡Si poseyeras mi sabiduría!... Ya
+te cansarás: el amor es un sarampión de cabeza, que todos sufrimos a
+cierta edad. Cree, muchacho, que el hombre está mucho mejor solo. Ya
+sabes que yo pasé unos cuantos meses en la Modelo. La di tal paliza a mi
+tercera mujer, que la dejé chorreando sangre al pillarla con un criado
+que era joven. Y la muy perra tenía cerca de sesenta años. Cuando salí
+de la cárcel volví a tomarla, y al morir ella tomé otras. Todas son
+iguales, y hay que tragarlas como son, ya que las necesitamos. Te lo
+dije otra vez: el hombre es un animal noble y altivo; la mujer...
+
+--Sí, _Zaratustra_, lo sé--interrumpió Maltrana, que temía la charla del
+viejo--. La mujer, si no tiene su buen traje, su bota ajustada y demás
+señorío, da su cuerpo al demonio. Adiós, gran filósofo; expresiones a la
+abuela.
+
+_Zaratustra_ no le dejó marchar hasta enterarse de las señas de su
+domicilio. Alguna mañana que acabase pronto su tarea iría a verles y
+echarían un párrafo. La Feliciana se alegraría de hablar con el señor
+Polo, que la había visto nacer.
+
+Transcurrió algún tiempo, sin que nuevos encuentros viniesen a recordar
+a los dos amantes el grave trastorno que habían causado con su fuga en
+la vivienda del cazador.
+
+Isidro carecía de trabajo; pero aún duraba en las prudentes manos de
+Feli una parte del dinero del marqués de Jiménez. Había visitado a éste,
+por si le ocurrían nuevas ideas y le tentaba el deseo de publicar otros
+libros; pero el prócer estaba en plena luna de miel literaria.
+
+La obra reinaba esplendorosa, con su magnífica cubierta, en los
+escaparates de las librerías. ¿Venderse?... ni un ejemplar. El senador
+lo declaraba con desaliento: nadie quería enterarse de la verdadera
+solución del problema social. ¡Qué país!... Así andaba él. Caliéntese
+usted la cabeza, trabaje usted noches y noches, estudie condensando en
+innumerables notas toda la sabiduría del mundo, para que después le
+hagan a uno menos caso que a un novillero.
+
+El marqués lanzaba estas lamentaciones ante el joven, olvidando
+momentáneamente su intervención en la obra. Pero de esta indiferencia
+del público le compensaban los elogios de sus compañeros de la Alta
+Cámara, a los que había regalado el libro y lo conservaban intacto sobre
+la mesa, sin cortarle las hojas; los sueltos laudatorios de los
+diarios, obra también de gentes que no hacían mas que pasear la mirada
+por el índice.
+
+El prólogo del jefe lo habían publicado todos los periódicos del
+partido.
+
+--¡Qué hombre, amigo Maltrana!--exclamaba el senador--. ¡Que talentazo!
+¡Y qué modo de escribir tan... castizo!
+
+Se olvidaba, en su entusiasmo, de quién era el que le escuchaba, y
+seguía en sus elogios al jefe y a la bondad con que le cubría de
+alabanzas en varios pasajes del prólogo.
+
+El marqués de Jiménez no pensaba publicar otro libro hasta el año
+siguiente. Era un mal el prodigarse. Además, sentíase fatigado, pues una
+obra como la que acababa de publicar no se escribe todos los meses.
+
+Lamentábase en presencia de Maltrana de sus fatigas y trabajos, con una
+sinceridad que daba ganas de llorar... Por ahora no tenía otra ocupación
+que leer las críticas de los periódicos. Pasaba las noches en un sueño
+inquieto, temblando por lo que podría decir la prensa al día siguiente,
+y cuando encontraba un pequeño suelto laudatorio lo leía a la familia, y
+encerrándose en su despacho, pasaba las horas contemplando con ojos
+amorosos el pedacito de papel, para mostrarlo después, con ademán
+displicente de grande hombre fatigado de la gloria, a todos sus
+visitantes.
+
+Maltrana renunció por el momento a todo encargo de trabajo por parte del
+senador. Pero su fe no se alteró por esto: otros le proporcionarían
+nuevas tareas. Al verse falto de ocupación, dejó de estar en casa, y
+pasó las tardes en el Ateneo o en los cafés, discutiendo con la juventud
+literaria. De noche comenzó a recogerse tarde, aconsejando a Feli que le
+esperase acostada. La literatura imponía deberes: era preciso dejarse
+ver para hacer carrera y adquirir un nombre, asistir a los estrenos de
+los teatros, intervenir con interrupciones en los debates del Ateneo,
+hacerse notar en las interminables y estériles disputas sobre si hay
+Dios o no lo hay, y acerca de la separación de la Iglesia y el Estado.
+
+Una mañana, Feli le despertó cuando estaba en lo mejor de su sueño. La
+noche anterior había intervenido en una discusión sobre «la filosofía de
+lo maravilloso», y aunque con la certeza de que esto no podía reportarle
+ningún beneficio positivo y los periódicos no le dedicarían más allá de
+una línea, descansaba satisfecho de su tarea. El grande hombre inédito
+se despabiló al oír que en el despacho le aguardaba su padrastro, el
+señor José, mostrando gran agitación. ¿Qué le quería el bueno del
+albañil?
+
+Cuando salió, el señor José, casi llorando, le agarró las manos.
+
+-¡Qué desgracia, Isidro! ¡Qué vergüenza!... Si tú no arreglas eso, voy a
+morir.
+
+El joven lo hizo sentar, tranquilizándolo. ¿Qué era ello? No había que
+apurarse, pues para todo hay remedio. Y el albañil, en presencia de
+Feli, habló de Pepín, del famoso _Barrabás_, que iba a ser motivo de su
+muerte.
+
+Estaba en la Cárcel Modelo. Tres días antes lo habían cogido con otros
+golfos, por un robo de bronces y alambres en una fábrica de Vallecas.
+Hacía más de un mes que había huido de la calle de los Artistas, sin que
+el padre pudiese averiguar su paradero. Esta fuga no era la primera. Ya
+sabía Isidro que varias veces había desaparecido, sin que le corrigiesen
+las palizas que le propinaba al volver. Tenía piel de perro, según
+afirmaba el señor José. Ni golpes ni consejos habían servido de nada al
+padre. Era un golfo, pero de los de marca; el talento de su hermano para
+los libros lo tenía él para el mal. Colocábase al frente de sus
+camaradas, como más atrevido, y éstos lo alzaban capitán.
+
+--¡Lo que me ha hecho sufrir!--continuó el señor José--. He perdido
+varios jornales en un mes por dedicarme a su busca y captura, y todo
+inútil. Y eso que yo aún conservo cierto olfato de mis tiempos de
+guardia civil. He pasado días enteros en las inmediaciones del cerro del
+Pimiento. Me dijeron que andaba por allí con una cuadrilla de pillos y
+cierta pelona que es su querida, la _Piquirri_, una chicuela seca como
+una caña, con la cara llena de costurones, que vende periódicos en la
+Puerta del Sol y se arremanga para que los señores viejos la vean unas
+pantorrillas que parecen flautas. No he podido atraparle... Después, le
+busqué en la montaña del Príncipe Pío, en unas cuevas que hay debajo de
+los cuarteles por la parte de la estación del Norte. Creí pillarle en lo
+que llaman el «Palacio de Cristal», un chamizo donde se juntan los
+golfos con todos los plumeros y pericos que esperan a los soldados cerca
+de los cuarteles... Tampoco le vi... Y anoche, hablando en los Cuatro
+Caminos con un chico de Zamora que sirvió conmigo y está en Orden
+público, supe el paradero del granuja. Está en la Modelo; tú fíjate
+bien, Isidro; ¡un hijo mío en la Modelo!... Yo, que soy su padre, podré
+parecer tosco y pasar por ignorante, pero allí donde he estado nadie ha
+tenido que decir de mi, y los jefes me citaban como modelo de honradez.
+
+El señor José llevábase una mano a los ojos, fregoteándolos para que las
+lágrimas retrocediesen. ¡Un hijo suyo en la cárcel!... Le parecía que
+todo su pasado de áspera integridad y honradez feroz se derrumbaba de un
+golpe. ¡Quién le hubiera dicho, cuando con el fusil al hombro conducía
+delincuentes esposados por las carreteras, que él, el soldado de la ley,
+el guardián del orden, procrearía carne de presidio, aumentando con un
+individuo más el ejército sombrío y desesperado que vivía en guerra
+continua con la sociedad!
+
+Ya no tendría valor para detener en las calles a sus antiguos jefes,
+pacíficos veteranos que vegetaban en Madrid, abrumados por las
+estrecheces del sueldo de retiro. Ya no osaría decir: «¿Cómo va, mi
+capitán?» a aquellos señores que, recordando su pasado de probidad y
+obediencia, le estrechaban la mano como si fuese un igual, preguntándole
+por la familia. ¿Cómo iba a contestarles que un hijo suyo, el único,
+estaba en la cárcel por ladrón?... Aquel miserable le hacía abandonar el
+mundo de los buenos, le arrebataba para siempre el orgullo de una virtud
+que era su único lujo. ¡A los catorce años en la cárcel, y llevaba su
+apellido, que tantas veces había alcanzado elogios por servicios a la
+sociedad!...
+
+--Yo deseo, Isidro--siguió gimoteando el señor José--, que en este
+asunto hagas lo que puedas. Ciertamente, no sé lo que quiero. No te pido
+que lo saques de allí; aunque esto pudiera ser, yo me opondría. Que se
+pudra en la cárcel, que se muera... ¡por pillo!
+
+Pero tras estas palabras enérgicas, reaparecía el padre.
+
+--Quiero--continuó con dulzura--que vayas a verle. Yo no puedo ir: creo
+que me lo comería, que le haría pedazos si le viese... Tú tienes otra
+labia; él te respeta y te hará más caso. Sermonéale; si ha caído, al
+menos que se corrija y se arrepienta. Grandes criminales he visto que
+acabaron como personas honradas. Y...--aquí titubeó--y si conoces al
+escribano que tiene la causa o alguna otra persona que pueda influir,
+hazlo por Dios. Que el muchacho salga de este mal paso; que una vez esté
+en la calle yo lo cogeré, y antes muere a mis manos que vuelve a
+escaparse.
+
+El señor José estaba trastornado por el suceso.
+
+¡Qué mundo, señores! Parecía cambiado y con gentes distintas a las que
+él había conocido en sus tiempos juveniles. Creía que los buenos
+formaban una casta, y que él y los que de él saliesen figurarían
+eternamente en ella. Por esto profesaban ideas sanas, respetaban la
+autoridad y acataban todo lo establecido... Y de repente, un pedazo de
+su carne, una prolongación de su persona, se pasaba de un salto al campo
+de los malos, burlándose de todas las doctrinas de orden y sumisión
+enseñadas por su padre.
+
+El señor José comenzaba a sospechar si el mundo sería distinto de como
+él lo imaginaba. No sentía las mismas energías de antes para abominar de
+los vociferadores, que deseaban que la sociedad diese una vuelta,
+colocándose arriba los de abajo. El dolor le hacía tolerante. Ya no
+comparaba la organización social con la disciplina militar. No; la
+sociedad no era un ejército; era más bien un rebaño triste y manso, que
+los malos pastores obligaban a pastar en campos de desolación,
+reservándose para ellos las mejores tierras. Los lobos de la desgracia
+rondaban en torno de él, arrebatando las reses más débiles, las que
+marchaban a la cola.
+
+--Te digo, Isidro--continuó--, que soy otro, y que cada día pierdo algo
+de mis creencias. Esto es el fin del mundo: todo farsas y mentiras. Voy
+creyendo que vivimos en plena comedia y que somos muchos los que hacemos
+el papel de bobos. De lo que tengo certeza es de que existen muchos
+ladrones, muchísimos, que no conoce la Guardia civil ni los conocerá
+jamás. Si ahora tuviese yo que conducir criminales, los miraría con
+mejores ojos. ¡Pobres diablos! También éstos son de los lobos... Los
+ladrones, los verdaderos ladrones que turban el orden y la paz, los que
+ponen en peligro la vida de los hombres, están muy altos, en sitios
+adonde no llega la autoridad.
+
+El señor José hablaba como un ciego que fuese recobrando poco a poco la
+luz. Fijábase con asombro en todo lo que le rodeaba. La injusticia
+conmovía su carácter sencillo y recto, que comenzaba a perder el
+endurecimiento de la disciplina.
+
+--Vivimos entre ladrones, Isidro. Verbigracia: yo me gano ahora el
+jornal trabajando en un gran edificio de las afueras que construye el
+gobierno no sé si para cuartel, hospicio u otra cosa. La obra es por
+contrata; al contratista le dan sus buenos millones, y él hace el
+edificio como si fuese de cartón. Lo que importa es ganar dinero, mucho
+dinero, para partírselo tal vez con los mandones que le protegen. Los
+que conocemos el oficio temblamos de miedo al ver cómo nos obligan a
+construir. Sólo llevamos hecho un piso, y estamos seguros de que el día
+que lo cargen se vendrá abajo, aplastando a todo Cristo. ¡Con tal que no
+estemos nosotros!... El contratista viene en su automóvil una vez por
+semana; mira, recomienda que se haga todo por el sistema de «mírame y no
+me toques», y se va. El cemento es polvo de la carretera, las paredes
+son tabiques, las pilastras están huecas... El mejor día hay una
+catástrofe, que ni la del Dos de Mayo... Y por tres o cuatro pesetas
+estamos allí centenares de hombres honrados con la muerte en la
+garganta, mientras los culpables hacen vida de grandes señores. Yo soy
+imparcial y reconozco mis engaños. A esos que hablan de revoluciones del
+pobre los creo, como siempre, unos escandalosos perturbadores, pero en
+algunas cosas no les falta razón.
+
+Aún habló el señor José largamente, mezclando las desilusiones de su
+vida con los pesares que le daba el rebelde _Barrabás_. Isidro le
+prometió que aquella misma tarde iría a ver al muchacho. Era amigo del
+director de la cárcel y podía recomendarle al maldito golfo. Buscaría
+además entre sus amigos alguno que pudiese influir con los señores del
+Juzgado.
+
+Marchose el albañil, y por la tarde se dirigió Maltrana a la Cárcel
+Modelo. Feli le dio gran prisa por que fuese a ver a su hermanastro. La
+sensibilidad femenil se había interesado por este suceso que venía a
+alterar la calma doméstica. Recordaba vagamente al _Barrabás_, de
+haberle visto merodear por las Carolinas con una banda de golfos.
+¡Pobrecillo! Tenía cara de bueno: le habrían perdido las malas
+compañías.
+
+Isidro entró en la cárcel, siguiendo al empleado que el director le dio
+por guía. Al abrirse el último rastrillo, experimentó una impresión de
+frío y de tristeza; vio de un golpe las naves enormes, las galerías
+superpuestas, y en ellas las puertas de las celdas con gruesos cerrojos.
+Un silencio de tumba pesaba sobre la población invisible. La luz cenital
+de las monteras de cristales se ensombrecía al descender, adquiriendo la
+vaguedad crepuscular de las bodegas. Las filas de puertas recordaban a
+Isidro las tramadas de nichos de un cementerio. Detrás de ellas existían
+hombres silenciosos, que comían y pensaban; pero eran cadáveres
+animados, que la estrechez de su tumba obligaba a la inmovilidad; vivos
+que únicamente sentían la vida a son de corneta, al recibir el rancho
+por el ventanillo o al salir al sol, para pasear, como fieras
+enjauladas, durante algunos minutos. Un tropel de pájaros refugiados
+bajo las claraboyas de las naves revoloteaba en esta luz plomiza. Sus
+alegres piídos y el murmullo de sus alas sonaban como un remedo irónico
+de la alegre risa de la primavera.
+
+Maltrana pensó con horror en la posibilidad de un largo encierro en uno
+de estos ataúdes de mampostería. Centenares de hombres vivían allí, sin
+que un grito, una palabra, un suspiro, conmoviese el silencio de estas
+naves, que parecían las de una catedral abandonada. Nunca se había
+creído valeroso; desconocía el impulso brutal de la agresión; pero a la
+vista de este cementerio de vivos se juró ser aún más prudente. Si le
+injuriaban, perdonaría la injuria antes que venir a este infierno
+silencioso por un arrebato de su animalidad.
+
+El empleado le hizo subir una escalera, al término de la cual estaban
+las celdas de los niños. Apenas avanzaron algunos pasos por una larga
+galería, el empleado que vigilaba esta sección dio una voz, y un
+muchacho descalzo, con ligereza de diablillo, saltó de puerta en puerta,
+descorriendo con gran estrépito los cerrojos.
+
+En la entrada de cada celda apareció un niño, cuadrándose con militar
+rigidez. Se examinaban con miradas oblicuas unos a otros, apretando los
+labios para sofocar la risa.
+
+Calzaban alpargatas deshilachadas, o iban con los pies desnudos sobre
+los fríos baldosines. Vestían ropas remendadas y mugrientas. Algunos no
+tenían otro traje que la camisa y un pantalón de hombre sostenido por un
+tirante que les cruzaba el pecho. Llevaban rapadas las cabezas,
+mostrando muchos de ellos la extraña configuración de sus huesos
+craneanos. Había testas enormes, que parecían temblar por su peso sobre
+el cuello delgado y débil; otras presentaban por detrás un ángulo recto,
+un corte radical, que denunciaba la anulación de gran parte de la masa
+encefálica. Los había de ojos picarescos e insolentes, que miraban con
+fijeza agresiva; otros tenían el cuello ondulado por las cicatrices de
+la escrófula, o la nariz y las mejillas roídas por la viruela.
+Manteníanse rígidos, las manos pegadas a las piernas, sacando el
+vientre, con el bullón de la camisa lleno de objetos y papeles que les
+servían de juguetes.
+
+El guía de Maltrana los conocía a todos como antiguos parroquianos de la
+casa. El primero en quien se fijó fue el _Machaco_.
+
+--Cuando le trajeron por primera vez--dijo el empleado--tenía tanto
+miedo, que en el rastrillo le dio un accidente y hubo que curarle.
+Después, mira esto como su casa... Tú, ¿cuántas veces has venido?...
+
+El empleado preguntaba al _Machaco_, y éste contestó, sonriendo con
+sencillez infantil:
+
+--Con ésta veintitrés.
+
+-Te han traído por un portamonedas de señora, ¿verdad?... Le darías
+tirón y echarías a correr.
+
+--No, señor--dijo el _Machaco_ poniéndose serio--. Lo saqué de dentro
+del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas.
+
+El empleado sonrió ante esta protesta de la dignidad profesional, y
+siguió presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados
+y chaquetón de paño pardo, era el _Paleto_. Le habían traído por robar
+un corsé. Miraba a Maltrana con ojos de víctima moribunda, creyéndolo un
+señor poderoso.
+
+--Sí, señor; me llevé el corsé--gimió con su rudo acento de campesino--.
+Tenía hambre... vine a Madrid con mi padre... buscábamos trabajo. No lo
+haré más, señor... yo soy bueno.
+
+Las grotescas contorsiones del _Paleto_, sus gemidos, provocaron una
+hilaridad bárbara en todas las puertas.
+
+-¡Uuú! ¡uuú!--rugían los golfos, burlándose del arrepentimiento y el
+miedo del _Paleto_.
+
+-¡A ver si hay silencio!--gritó el empleado imperiosamente.
+
+Todos quedaron inmóviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una
+sonrisa, como si les divirtieran muchísimo los incidentes de su vida de
+encierro.
+
+El empleado siguió designando por sus nombres a la doble fila de pillos.
+Este era el _Besugo_, consorte del _Gallego_, el _Margallo_ y el
+_Viruelas_, y compañeros los cuatro del _Barrabás_ en el robo de bronces
+y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenían alejado de
+ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hígados de sus
+consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones.
+
+--El muchacho es una alhaja--dijo el empleado irónicamente--. Tiene
+genio. Crea usted que sería un bien para la familia que reventase aquí.
+Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo.
+
+Maltrana examinó a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa
+y quijada fuerte, más voluminosa que el resto de la cara. El _Viruelas_
+era un monstruo de fealdad, con las facciones roídas, la nariz
+aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor
+nauseabundo que surgía al mismo tiempo de su boca y su piel.
+
+Luego, el empleado fue presentándole a otros: el _Golfín_, un angelito
+de pelo rizado y ojos garzos, con el que había que tener gran vigilancia
+por la intensa simpatía que inspiraba a sus compañeros; el _Boto_, el
+_Feo_ y el _Paniego_, que llevaban varias temporadas en el
+establecimiento, y siempre «trabajaban» juntos; el _Morritos_, el
+_Lentejas_ y el _Lagarto_, que aún no contaban trece años, pero tenían
+sus novias fuera de la cárcel, lo que les daba gran prestigio entre los
+compañeros. Eran mujeres que casi podían ser sus madres: prostitutas
+callejeras, que tomaban a risa la pasión de sus hombrecitos y les
+aconsejaban que robasen, pues sólo podían creer en su cariño cuando se
+presentaban con dinero.
+
+El empleado habló a uno de éstos:
+
+--¿Y la novia? ¿viene a verte alguna vez?
+
+Contestó con un movimiento negativo. ¡Las mujeres! ¡todas iguales! ¡Sólo
+eran tiernas cuando veían _parné_! Y su cara viciosa, ajada
+prematuramente, completó estas palabras con un gesto cínico.
+
+Maltrana saludó al vigilante de la sección de los niños: un viejo de
+hirsutas barbas, con una expresión de bondad en los ojos. El otro
+empleado explicó a Maltrana las dificultades del cargo. Había que ser
+dulce con los presos; el director exigía la abstención de toda
+violencia; pero debían tratarles con energía al mismo tiempo, pues los
+golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor
+blandura. Por medio de ingeniosas telegrafías comunicábanse de una a
+otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era
+antipático.
+
+Su revolución consistía en «darle tapadera», entendiéndose por esto que
+cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que
+tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrépito, que
+se conmovía toda la cárcel. El empleado a quien obsequiaban con este
+estruendo había de abandonar su puesto, trasladándose a las galerías de
+hombres, más tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del
+crimen.
+
+Al final de la galería encontró Maltrana al _Barrabás_, erguido en la
+puerta de su celda.
+
+Había visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emoción alguna. Su
+orgullo consistía en ser un «buen preso», imitando los gestos y la
+impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer
+los toques de corneta y moverse automáticamente, cual si llevase varias
+campañas y viviera en la casa como en su propio elemento.
+
+Saludó al empleado llevándose la mano a la cabeza y quedó inmóvil.
+
+--Bien, muy bien--dijo Maltrana--. Tú parece que estás aquí
+perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergüenza. ¡Golfo!
+¡ratero!
+
+El _Barrabás_ sonrió e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando
+a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era
+precisa su visita.
+
+--Este es un mozo de cuidado--dijo el guardián dándole golpecitos en la
+nuca--. Este irá a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tenía
+su poquito de miedo; pero apenas entró, ¡como el pez en el agua!... Si
+le dejásemos, cobraría el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el
+cartel al _Machaco_: las echa de matoncillo...
+
+Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, siguió reconviniéndole.
+
+--Estás aquí por ladrón. ¿Sabes tú lo que es eso, Pepín? ¿No conoces lo
+que nos afrenta a todos? ¿No comprendes que vas a matar a tu pobre
+padre?...
+
+El _Barrabás_ abandonó su inmovilidad y miró con ojos hostiles,
+homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas más allá.
+
+--Estoy aquí--dijo con voz ronca--por esos voceras, que se han chivado,
+contándoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto
+pueda, les saco el redaño.
+
+Y se erguía con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven,
+estremeciéndose todo su cuerpo linfático y desmedrado, con esa ruindad
+física de los homicidas por instinto.
+
+Maltrana comprendió que sus palabras no causarían efecto alguno en el
+muchacho. Había hecho mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que
+no le veía. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese
+de esta mala aventura, caería en otra. La cárcel era su casa, y toda
+aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la
+escogida por él, con la atracción de las comunes aficiones.
+
+El _Barrabás_ siguió hablando, sin fijarse en la mirada de reprobación
+de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazañas las
+raterías verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lástima aquel
+hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para
+apoderarse de un mal pañuelo.
+
+A él le hacían caso en la cárcel. Lo declaraba con orgullo: pocos días
+llevaba allí, y los empleados le elogiaban, porque «hacía un buen
+preso», siendo el primero en la formación y ayudándoles con su
+influencia para que todos obedeciesen. Los compañeros y consortes le
+respetaban. Sabían que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten
+los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma.
+Tampoco era un «quincenario» de los que pasan en la celda medio mes sin
+enterarse del motivo de su detención. Era un detenido de causa, y los
+camaradas conocían su historia. Sabían que en el «Palacio de Cristal»
+había descalabrado a dos compañeros de los más audaces y que en todas
+las cuevas del Príncipe Pío, por su labia y por la facilidad con que
+empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir
+y las primeras hembras del rebaño de vendedoras de periódicos y
+explotadoras de señores viejos que seguían a los golfos en sus antros.
+
+Los pequeños presos, al saber que el visitante no era un señor de los
+Juzgados, sino un hermano del _Barrabás_, abandonaban su posición
+rígida, aproximándose unos a otros para aprovechar este rato de
+inesperada tertulia.
+
+El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que
+acompañaba a Maltrana, se espontaneó más con su hermano; quiso
+deslumbrarle con las grandezas de su porvenir.
+
+--¿Ves todos éstos?--dijo señalando a los camaradas--. Pues me tienen
+miedo y quieren que sea su capitán. Hemos resuelto, cuando salgamos,
+hacer una partida y que yo sea el jefe.
+
+Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de páginas
+mugrientas, con las puntas de la encuadernación roídas por el manoseo.
+Era la historia de José María, «el rey de Sierra Morena». Las enfermizas
+imaginaciones de estos torpes engendros exaltábanse al leer, en el
+silencio del encierro, las hazañas del caballeresco bandido, al
+contemplar en las láminas las arrogantes figuras de los paladines de
+carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el
+cinto repleto de onzas. Así serían ellos cuando saliesen al campo: el
+_Barrabás_ marcharía al frente, por montes y caminos, como glorioso
+capitán. Y el libro, por medios habilísimos, pasaba de unos a otros, a
+pesar de que el director perseguía tales obras como si fuesen veneno
+puro.
+
+--Si éstos me siguen--continuó el _Barrabás_ con énfasis--, si no son
+unos cobardes como mis consortes, ya oirás hablar de mí... Algún día
+puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo
+que le conviene. ¿Qué había de ser yo? ¿albañil, como mi padre? Muchas
+gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de
+la calle pidiendo limosna.
+
+El deseaba vivir: juerga, alegría, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Sabía
+dónde se encontraba todo: sólo era asunto de agallas el hacerse dueño, y
+él las tenía. Aunque muchacho, había visto bastante.
+
+Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad,
+que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz.
+
+Maltrana, molestado por el cinismo del pequeño, huyendo su mirada, que
+parecía insultarle, se fijó en otro muchacho que se aproximaba a ellos.
+Iba descalzo, sin otras ropas que un pantalón y una elástica, pero
+llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos
+bandos luengos y lustrosos.
+
+--Y tú, ¿por qué estás aquí?--le preguntó Isidro.
+
+El aludido contestó gravemente:
+
+-Por darle una puñalada... a un queso.
+
+Rió _Barrabás_ la estúpida gracia con estruendosas carcajadas, y los
+grupos cercanos rieron también, como escandaloso eco. Todos se habían
+enterado de quién era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar
+sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual
+a muchos individuos de sus familias que venían a sermonearles en
+presencia de los camaradas, poniéndoles en ridículo, cual si no fuesen
+ya unos hombres.
+
+--A ver si hay formalidad--dijo el empleado aproximándose al oír las
+risas--. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capón.
+
+Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego
+añadió, señalando al de la puñalada al queso:
+
+--Este se ve aquí por sinvergüenza. Su padre es rico, y él le ha robado,
+ha empeñado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. Aún no tiene
+catorce años. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta
+escuela de moralidad y buenas costumbres.
+
+Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados e irónicos, como
+admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretendía corregir
+al hijo encerrándolo en la Cárcel Modelo.
+
+--Este señorito irá lejos--continuó--. Los chicos le llaman el _Levita_,
+y es el mayor amigote del _Barrabás_. El es quien le llena la cabeza de
+aire hablándole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la
+calle.
+
+Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situación ridícula
+viéndose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara,
+sorprendió por dos veces los guiños burlescos, las morisquetas que
+hacían algunos a sus espaldas mirando al _Barrabás_. Su hermanastro, con
+una leve sonrisa, parecía animarles.
+
+Del fondo de la galería salieron voces imitando el gruñido de varios
+animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido
+«capón». Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente
+moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. ¡Virtud a
+ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo!
+
+No quiso Isidro prolongar por más tiempo la visita; además, el empleado
+que le servía de guía mostrábase impaciente.
+
+Prometió al _Barrabás_ interesarse por su suerte, ver a los señores del
+Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo.
+
+--No lo descuides--dijo el pilluelo con hipócrita seriedad--. Será una
+buena acción; mis consortes son más culpables que yo. Si hubiese
+justicia, ya me habrían puesto en la calle.
+
+Pero en sus palabras notábase la falta de anhelo por salir. Allí no
+estaba mal; además, pensaba en el «cartel» que podía darle un largo
+encierro, en la admiración con que acogerían su salida los golfos
+albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid.
+
+Cuando Isidro volvió a casa, pensaba en su visita a la cárcel como si
+fuese un ensueño. ¡Y su hermano, un pedazo de su carne, vivía allí con
+delectación, como si la esclavitud le colocase por encima de los demás!
+No ocultó a Feli el mal efecto de su visita.
+
+--Haré lo que pueda por ese granuja, aunque él, por su gusto, mejor está
+allí.
+
+El señor José se presentaba por las noches en casa de Isidro, pues el
+día pasábalo en aquella gran edificación de las afueras, por no perder
+el jornal.
+
+--¿Qué hay del chico?--preguntaba ansiosamente.
+
+Al principio le dio Isidro buenas esperanzas. Creía posible su
+excarcelación por medio de un amigo que, a su vez, lo era de otro que
+conocía al escribano. Luego se mostró pesimista. Pedirían una fianza, y
+no era cosa fácil para unos pobres como ellos el conseguirla. Por fin,
+quiso dar un consejo al señor José. El _Barrabás_ era cosa perdida. Lo
+mismo daba que permaneciese en la cárcel que en la calle. Casi le
+favorecían dejándolo allí, pues evitaban que cometiese nuevos delitos.
+
+El albañil no volvió por casa de Maltrana. A pesar de su carácter
+rígido, mostrose ofendido por esta falta de esperanza en la regeneración
+del _Barrabás_, y eso que él era el primero en desconfiar de su
+enmienda.
+
+Isidro casi olvidó a su hermano. Otras preocupaciones dominaban su
+pensamiento. Quería salir de su mísera situación antes que se agotase el
+dinero del libro del marqués de Jiménez, administrado por Feli con
+escrupulosa economía.
+
+De vez en cuando, una traducción que le proporcionaba un amigo, un
+artículo que conseguía colocar en un periódico ilustrado, sostenían
+instantáneamente el descenso de su fortuna. Pero esto no era bastante:
+le faltaba el ingreso regular y seguro para mantener su vida.
+
+Pensó un momento en hacer un esfuerzo de voluntad y entrar en la
+redacción de un periódico... La empresa no era fácil: todos los puestos
+estaban ocupados, y él apenas si servía para esta labor. La fama del
+_Homero_ indolente se había esparcido por todas las redacciones.
+
+Hubo instantes en que confió su salvación a libros originalísimos que se
+le ocurrían, y que, según él, estaban destinados a producir gran
+escándalo en el público. Pero ¿quién iba a imprimirlos? ¿Y la fuerza
+para escribir dónde podía encontrarla, con la voluntad entorpecida y la
+inquietud del sustento inseguro?...
+
+Comenzaba a dudar de su fuerza. Desvanecíase la fe de aquellos momentos
+de bienestar, en los que creía en asombrosas ascensiones hacia el
+triunfo. Pensaba, en su desesperación, que era un infeliz sentenciado a
+la miseria, con menos talento que un mozo de cordel. Aquellas ropas
+raídas de señorito que cubrían su cuerpo eran la librea del hambre.
+Llegaba a su cuarto y se tendía en la cama, triste, trémulo, como si le
+amenazase una desgracia, ocultando la cara entre las manos. La pobre
+Feli acudía, balbuceando de miedo:
+
+--¿Qué tienes, Isidrín? ¿Qué te pasa, rico mío?
+
+Le acariciaba como una madre; hundía sus manos en la crespa cabellera,
+mientras Maltrana respondía entre suspiros. Nada, no tenía nada;
+jaqueca, cansancio de no trabajar, aburrimiento.
+
+Gemía de impotencia, acompañado por la dulce Feli, que también derramaba
+lágrimas, sin pedir nuevas explicaciones, adivinando, en su instinto de
+mujer, que estas crisis tenían relación con el montoncillo de dinero,
+cada vez más exiguo, que guardaba en la cómoda.
+
+La juventud y el amoroso contacto de sus cuerpos acababan por desvanecer
+esta lluvia de lágrimas. Abrazábanse con los ojos todavía húmedos,
+sentían la necesidad de estrecharse, de hacer frente con mayor solidez a
+la desgracia, y los besos sucedían a los llantos, entregándose al amor
+con un resto de melancolía que proporcionaba a su placer nuevas
+dulzuras.
+
+Por las noches entraba Maltrana en casa cada vez más tarde. La tímida
+Feli había tenido que vencer su miedo a las habitaciones desiertas, a
+las terroríficas imágenes del señor Vicente.
+
+Cosía hasta más de las once a la luz de un quinqué comprado en el
+Rastro. El señor Vicente, al volver a su habitación y ver luz por debajo
+de la puerta, tocaba discretamente con los nudillos.
+
+--¿Aún no ha vuelto el señor de Maltrana?
+
+Y al saber que Feli estaba sola, negábase a pasar adelante. Era tarde y
+debía levantarse con el alba.
+
+--Que trabaje usted mucho, señora, y duerma bien. ¡Ah! Y si tiene usted
+un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oración tan bonita que le
+entregué. Se ganan ochenta días de indulgencia.
+
+Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergón,
+los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venían los gritos de
+la pesadilla, los apóstrofes al Malo, para que se alejase con sus
+carnales tentaciones.
+
+Feli se acostaba después de media noche, aguardando en la obscuridad la
+llegada de Isidro, creyendo que era él cada vez que sonaban pasos en la
+escalera. Dormíase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al
+sentir en sus ojos la violenta impresión de la luz.
+
+Isidro, con aire fatigado, desnudábase junto al lecho. ¿Qué hora era?
+Las tres; las cuatro. El joven excusaba su retraso hablando de los
+deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Había
+que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos,
+visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctámbulos
+que podían ayudarle. El la amaba como siempre; pero se debía a la
+literatura y al público.
+
+Una noche asistió a un banquete en honor de un compañero que acababa de
+publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de
+fuerza y cohesión para que rabiasen los viejos. Feli cepilló con gran
+cuidado su traje, puso en su pañuelo unas cuantas gotas de esencia que
+aún le restaban en el fondo de un frasco; añadió un par de pesetas, por
+lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separó
+tristemente de lo que ella llamaba «el capital de la casa», cada vez más
+reducido.
+
+Eran las tres de la madrugada cuando despertó Feli sintiendo en la
+frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de
+Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillándole los ojos
+con un fulgor extraordinario. Después percibió un perfume de flores
+marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios _bouquets_, que
+indudablemente habían servido de adorno a los cubiertos antes de
+comenzar el banquete.
+
+--¡Viva el arte!--gritó Maltrana con una agitación que hizo reír a
+Feli--. ¡Viva la eterna belleza! ¡Viva la juventud triunfante!
+
+--Pero ¡cállate, condenado!--exclamó la muchacha--. Puesto a gritar,
+dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado.
+
+--Estoy borracho, es verdad; borracho de entusiasmo, de vida, de
+inspiración... El porvenir es nuestro, nena; los jóvenes triunfaremos.
+Tú eres la belleza, la musa de la juventud: deja que te cubra de
+flores.
+
+Y riendo como un chicuelo travieso, le arrojaba a la cara los
+ramilletes.
+
+--Pero ¡Isidro, hijo mío--protestó Feli--, que vas a despertar al señor
+Vicente!...
+
+--Que se fastidie ese sacristán; que reviente el rapavelas. ¡Abajo el
+obscurantismo! ¡Viva el arte y la juventud!
+
+La alegre embriaguez de Maltrana hacíale contemplar a Feli con ojos
+amorosos. ¡Qué hermosa la veía en el desorden del sueño, con el pelo
+alborotado y las mejillas sonrosadas, mostrando su pecho de suave
+palidez de camelia por entre las modestas puntillas de la camisa,
+cruzando tras la cabeza el marfil de sus redondos brazos! Era la musa de
+la juventud. Isidro la besaba en el rostro, en los hombros, en los
+pechos, en todos los adorables rincones de su carne que la muchacha iba
+dejando al descubierto al revolverse en la cama, estremecida bajo el
+chaparrón de caricias, que le arrancaba sofocadas risas, lamentaciones
+de irresistible cosquilleo.
+
+--Déjame, mala persona--gemía riendo--. Déjame, o chillo.
+
+Maltrana siguió besándola, interrumpiendo sus caricias con ardorosas
+palabras.
+
+--Grita lo que quieras... pero no te dejo. He de asesinarte, matarte a
+besos... Te adoro. Eres la Venus de Milo... La de Milo, no, ¡que
+barbaridad! no tiene brazos, y los tuyos son muy bonitos. Eres la de
+Médicis, la de Canova, la Capitolina, ¡eso es!... la Capitolina, que es
+la más chulona de todas las Venus... Deja que te bese de rodillas, que
+te adore.
+
+Y en la extravagancia de su embriaguez, pretendió arrodillarse para
+besar una pierna que asomaba entre las ropas del lecho.
+
+Feli sonreía con estos arrebatos de su amante. Le placía verle alegre.
+Se había dormido pensando en la necesidad de decirle una cosa... una
+cosa muy importante.
+
+Maltrana inclinó su cabeza para oír mejor.
+
+--Habla: dime qué es eso.
+
+Pero Feli se resistió a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que
+sus mejillas se enrojecían intensamente. No; así no. Temía que alguien
+la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dormía al otro
+lado del tabique.
+
+Extendió sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproximó a su
+boca, hablándole al oído largamente, con mimo infantil.
+
+Cuando Maltrana se incorporó, ya no le brillaban los ojos. Se había
+disipado el gesto risueño de su embriaguez; había perdido las ganas de
+dar vivas a la juventud y al arte.
+
+La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves
+afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor.
+
+¡Un hijo!... Adiós, juventud. Maltrana creyó que caía de golpe sobre sus
+hombros la capa de plomo de los años; vio más negra, más triste, la
+miseria en que vivía.
+
+Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfacción y
+el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongándose en el curso
+de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero creyó sentir en torno algo
+que se despegaba de él. La juventud alegre, sin responsabilidades ni
+obligaciones, se perdía para siempre. A lo lejos, la Ilusión, en fuga,
+batía sus alas de diamante.
+
+
+
+
+VIII
+
+
+Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo,
+sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la
+casa.
+
+Feli le pareció menos agradable. Trataba a Isidro con el cariño de
+siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoración que hacía de ella una
+devota más que una amante, pero tenía crisis de inexplicable tristeza,
+que parecían contagiarle a él.
+
+Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprendía de bruces en la
+cama, llorando silenciosamente.
+
+--Pero ¿qué tienes?--gritaba con tono colérico--. ¿Qué te pasa?...
+
+Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su débil
+organismo. La invadía una intensa tristeza, atormentando su imaginación.
+Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entrañas, en cuál sería
+su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de
+ellos, amenazándoles con toda clase de privaciones.
+
+Isidro sorprendía algunas veces en su mirada una curiosidad molesta,
+como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva
+luz, viéndole totalmente cambiado. Feli comenzaba a dudar de él: su fe
+sufría ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razón,
+la muchacha preguntábase si Isidro era tan grande como ella le había
+creído, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el
+trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba
+gran parte del día olvidado de su situación, charlando en el Ateneo y en
+los cafés del porvenir de la juventud, de la decadencia de «los viejos»,
+de lo que debía ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir
+grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para
+la labor.
+
+Todo esto que pensaba Feli vagamente lo traslucía Isidro en sus miradas.
+El, por su parte, viéndose analizado y con menos admiración, sentía
+ligeros descensos en su amor, confesándose que había en éste más de
+agradecimiento que de pasión irresistible.
+
+Amaba a Feli con un nuevo afecto plácido y tranquilo.
+
+Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de
+la carne, llamándola Venus, quedaba muy poco... ¡Pobre Venus! La diosa
+deformábase con la maternidad. Una hinchazón monstruosa rompía las
+líneas armónicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color
+limón que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La
+muchacha sentía el trastorno de sus entrañas en forma de náuseas,
+vahídos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egoísmo de hombre
+superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los
+amigos.
+
+El estado anormal de Feli coincidió con un suceso que hizo temer a
+Isidro por la vida de la muchacha.
+
+Una mañana se presentó el señor Manolo el _Federal_. Feli, que no le
+había visto desde su fuga de la casa paterna, acogiole con grandes
+muestras de cariño. ¿Y el padre?... Pero el señor Manolo apenas
+contestó. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a
+bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad.
+
+Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del
+capataz.
+
+--Tú no habrás leído los papeles de hoy--le preguntó al detenerse en la
+acera--. Pues bien; el _Mosco_ ha muerto; mejor dicho, le han matado.
+Los esbirros han conseguido lo que deseaban.
+
+Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al
+suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no
+inspiraba interés. El _Mosco_ y su acólito el _Chispas_ habían caído en
+una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de
+plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos
+en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las
+víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los
+guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que
+entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger
+cardillos.
+
+--La cosa fue anteanoche--continuó el capataz--. Yo lo supe ayer por la
+tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a
+verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los
+que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la
+frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos
+pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a
+los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a
+pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una
+descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya
+estarán contentos! ¡Ya no pensarán más en el _Mosco_, que era su
+preocupación!... El pobre _Chispas_, cuando sane, si es que sana, irá a
+presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como
+perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan;
+que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar
+algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos
+la revolución!...
+
+La muerte del _Mosco_ impresionó mucho a Maltrana. Pensó con
+remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta
+catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus
+expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó
+Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en
+lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis
+pusiera en peligro su salud.
+
+Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara
+triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un
+asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era
+cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a
+presentarse de un momento a otro?...
+
+Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un
+momento columbró la verdad.
+
+--No digas más, Isidro--murmuró--. No te esfuerces: no temas por mí. Yo
+soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?...
+
+Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era
+digna hija del _Mosco_. Aquella mujercita débil, que muchas veces
+lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer
+la desgracia.
+
+Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en
+sueños a su padre cubierto de sangre, pereciendo bajo las escopetas de
+los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con
+la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las
+Carolinas al lado del dañador.
+
+Apenas si lloró. Permaneció anonadada, embrutecida por la sorpresa.
+Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como
+si al encontrarse sola sintiese con más intensidad la desgracia,
+entregándose largas horas al llanto.
+
+Una pregunta parecía vagar por sus labios, atormentándola con cruel
+inquietud.
+
+--¿Tú crees, Isidro--dijo al fin--, que no tenemos ninguna culpa en la
+muerte de padre?
+
+La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el ánimo de Maltrana;
+pero éste se apresuró a tranquilizar a su compañera. No; ninguna
+responsabilidad les correspondía a ellos. El _Mosco_ había muerto por
+temerario. Era el final lógico de una vida de aventuras, de aquel modo
+audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. ¿No le había visto
+llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas
+heridas?...
+
+Pareció tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se
+veía sola. El señor Manolo se presentó varias veces en la casa para dar
+cuenta a los dos jóvenes de la exigua herencia del _Mosco_. Iba
+vendiendo a las gentes de Tetuán los famosos perros del dañador, sus
+enseres de caza, todo lo que contenía la casucha de las Carolinas. Llegó
+a reunir así unos sesenta duros, que entregó a Feli, guardándolos ésta
+sin decir nada a Isidro.
+
+Bien necesitaban el dinero. Había llegado el calor, y sus trajes de
+invierno, aunque raídos, les abrumaban con peso sofocante. Vistiéronse
+los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo.
+
+Feli, en este segundo equipo, ya no se permitió capricho alguno. ¿Para
+qué adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo débil y delicado.
+Pasaba semanas enteras sin salir de su habitación, sin asomarse a la
+ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su
+voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremeciéndose por contener
+las náuseas, preparaba la comida.
+
+Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro,
+mostrando empeño en que se distinguiese de los compañeros por su
+limpieza, abandonábalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos
+grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias.
+
+Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo
+silloncito que su amante ocupaba al escribir, permanecía inmóvil horas
+enteras, contemplando con fijeza hipnótica su vientre desmesurado,
+monstruoso, que subía y subía, tirando de las faldas, dejando al
+descubierto sus hinchados pies.
+
+Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel
+globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos
+estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo
+extraordinario del fenómeno.
+
+--¿Llevaré dos?--preguntaba con voz trémula--. Tú que sabes tanto, ¿no
+reconoces que esto es demasiado?...
+
+Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los
+otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar;
+estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía
+caso de la juventud; no la abrían camino...
+
+Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la
+obscuridad, se pasaba las manos interrogantes por aquella montaña,
+motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud.
+
+En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor
+Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la
+joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la
+puerta.
+
+Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él.
+Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y
+pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel
+tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de
+su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores
+elogios del «santo».
+
+Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven.
+Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de
+Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias
+católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de
+hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se
+había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría
+dinero: la tal conversión le costaba muy cara.
+
+El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona.
+
+--Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?...
+
+Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza.
+Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin
+suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía
+sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía
+acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza
+maternal.
+
+--Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la
+cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la
+rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa.
+
+Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en
+presencia de una comadre del barrio. El señor Vicente no era un hombre:
+la locura religiosa le excluía del sexo. Se lamentaba al hablar con él
+de la inquietante hinchazón de su vientre. Le comunicaba su terror. ¿Era
+aquello natural?... ¿Qué opinaba el buen hermano?
+
+Y el púdico señor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin
+escrúpulo alguno, como si la maternidad fuese una función falta de
+origen, en la que para nada intervenía el amor.
+
+Sospechaba, en sus piadosas fantasías, si este embarazo ocultaría algo
+sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina.
+
+Hacía preguntas a Feli, que ésta contestaba con extrañeza. ¿No le decía
+nada el ser que llevaba en las entrañas? ¿No le había hablado alguna vez
+o demostrado su voluntad con extraños ruidos?...
+
+--Hace usted mal--continuaba--si cree que digo esto a tontas y a locas.
+Yo, aunque lego, he leído algo. Ahí dentro tengo una Vida de San Vicente
+Ferrer, mi ilustre patrón, al que con motivo llama su panegirista «el
+San Pablo español». No se imagine que es un librillo de los de ahora,
+sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor
+es el reverendo padre Valdecebro, varón de gran fama por las obras que
+escribió sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro
+cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, sentía
+grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los
+ruidos que hacía la criatura. Algunas noches creyó oír ladridos en sus
+entrañas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de
+Valencia, que era santo y prudente. «No temas, mujer--dijo el prelado--;
+si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el
+gran mastín de la Iglesia, que reñirá con los lobos de la herejía.» Así
+lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varón docto, incapaz de
+mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. ¡Quién sabe si querrá
+repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro
+mastín para la defensa de su rebaño!...
+
+Feli compadecía la simpleza del devoto, ofendiéndose al mismo tiempo por
+la misión animal que atribuía al hijo de su entrañas.
+
+--Pues éste, señor Vicente--decía señalándose el abdomen--, éste, por
+ahora, no imita a su santo patrón: aún no ladra.
+
+--Tenga usted fe en la bondad del Señor--continuaba el hermano--. Todo
+llegará, y así que se presente el mal paso, le traeré ciertas reliquias
+milagrosas de un amigo mío, y una cinta de la Virgen que obra prodigios.
+
+Había comenzado el verano. Isidro juraba de desesperación viendo que
+todas las personas que podían ayudarle se ausentaban de Madrid. No
+encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningún
+traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus
+páginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la
+aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal
+artículo.
+
+Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno,
+despertaban y revivían al llegar el calor. Las cuadras y vaquerías
+hedían con la fermentación del estiércol; las bocas de las alcantarillas
+humeaban la podredumbre de sus entrañas; hasta los caballos de los
+coches de punto, en sus largas esperas, levantaban la cola, impregnando
+el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta.
+
+La calle era más ruidosa que en el resto del año. Parecían nacer niños
+de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las
+aceras, entregándose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los
+balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrépito del
+carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los
+dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que
+desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle,
+como dilatada por el calor, introducíase por todos los huecos, haciendo
+llegar sus hedores y ruidos a los extremos más recónditos de las casas.
+
+Las habitaciones que ocupaban los dos jóvenes ardían de la mañana a la
+noche bajo la llama del sol. Descendía del techo un calor asfixiante,
+como si sobre él ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa,
+respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro,
+abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujían durante la
+noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas
+ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos
+movíanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los
+parásitos del verano. Las chinches caían del techo, las pulgas saltaban
+sobre los baldosines. El señor Vicente no podía remover sus pilas de
+volúmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante
+correteo.
+
+Feli sentía aumentar sus náuseas y su inapetencia con este asqueroso
+renacimiento que la rodeaba.
+
+Apenas comía. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria,
+aumentaban su debilidad. Maltrana la veía ajarse, perder la viveza de
+su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo
+mejor de su vida.
+
+También el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volvía a
+casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quería
+morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los
+amigos, haciéndose visible en las redacciones de las revistas, sin
+conseguir una traducción ni que le admitiesen un artículo. La vida
+estaba paralizada: todos los que podían darle algo se hallaban ausentes.
+
+Había buscado al marqués de Jiménez, con la esperanza de inspirarle una
+nueva obra; pero el grave personaje también estaba ausente; veraneaba en
+una de sus fincas, y en ella se proponía permanecer hasta el invierno.
+
+En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo
+mísero de su situación. Sus brazos eran débiles, sus manos delicadas; ni
+siquiera poseía el vigor físico de un mozo de cordel para ganarse la
+subsistencia.
+
+Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces había leído
+sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. ¡Ay! Ellos, al
+menos, no perecían de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga
+siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso.
+Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de
+nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los
+desgraciados de blusa?...
+
+En estos momentos de desesperación pensaba en _El bachiller_, de Julio
+Vallés, una de las obras que más le habían impresionado, por ver en ella
+la negra historia de su existencia. Acudía a su recuerdo la dedicatoria
+del libro, desolada, de inmensa tristeza: «A todos los que, nutridos de
+griego y de latín, están muertos de hambre.»
+
+El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban
+eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída,
+que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como
+los obreros manuales.
+
+Maltrana pensó por primera vez si el gran error de su vida era haberse
+dejado arrancar del campo de miseria donde nació; si aquella buena
+señora, su protectora, habría sido, sin saberlo ni quererlo, la mala
+hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soñar con la
+gloria y haber vestido las raídas ropas del bohemio, cuando su salud
+consistía en seguir dentro de la blusa de sus mayores.
+
+Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se
+acababa el dinero y no tenían esperanzas de que llegase más. Pero ella
+le ayudaría: estaba habituada al trabajo.
+
+Y la pobre muchacha, anémica por la falta de nutrición, abrumada por el
+peso de su vientre, tuvo un arranque de energía sobrehumana, de esos que
+únicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible
+volver a la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la
+admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios
+menudos e insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas
+pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría «flores» para los corsés,
+se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de
+un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la
+fábrica de gorras.
+
+Isidro se opuso. ¡Trabajar ella, mientras él permanecía en forzosa
+inacción! ¡Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su
+organismo la obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adiós, idilio.
+Maltrana creyó que su dicha amorosa huiría para siempre así que aquellas
+manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El
+engranaje de la miseria agarraba a sus víctimas para no soltarlas jamás.
+Si ella trabajaba, viviría siempre condenada al trabajo: jamás tornarían
+a su nido la alegría y la abundancia. Antes morir los dos de miseria,
+que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradándose de nuevo con las
+fatigas de la obrera. Ella era una señorita: la mujer de un escritor.
+
+La muchacha acogió estas protestas encogiendo los hombros. El buen
+sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al
+regresar Maltrana a su casa, vio la habitación llena de corsés blancos y
+modestos, corsés de pobre, que Feli había recogido en el taller. Pasaba
+las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que
+descansaban los armazones de lienzo. Hacía las «flores»: los pespuntes
+en forma de triángulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era
+una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles.
+
+Isidro se enfadó. ¿Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus
+protestas. Señalaba con los ojos aquel cajón de la cómoda donde metía el
+dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el tío
+Manolo. No habían pagado los dos últimos meses de inquilinato al señor
+Vicente; debían en varias tiendas de la calle; él tendría que renunciar
+a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de
+«juventud», a aquellos gastos que consideraba necesarios para «hacerse
+ver», para «refrescar» el nombre literario.
+
+Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni
+misericordia. Feli la adivinaba, abría sus ojazos llenos de misterio,
+como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que
+llevaba en sus entrañas también parecía presentir la proximidad del
+fantasma. Agitábase cada vez más inquieto, y la madre lloraba pensando
+en su suerte. La pobreza sería la única hada que le abrazase al surgir
+al mundo. Si la fortuna no había de apiadarse, prefería que el ser
+inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se
+sintiera esclavizada por el cariño.
+
+Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de
+que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, veía a
+Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el
+rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus
+ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta
+en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía
+que hacer grandes esfuerzos para que se acostase.
+
+--Déjame acabar esta docena--decía sin levantar la cabeza, tenaz en el
+trabajo, deseosa de no perder un segundo.
+
+Maltrana sentíase avergonzado por este sacrificio. En la calle se
+acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que él pasease
+inactivo, mientras la pobre joven vivía trabajando en este ambiente de
+horno. Sentía la necesidad de acompañarla: creía con su presencia
+disimular un tanto lo ignominioso de su situación. Al regresar a su casa
+iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su
+aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues había vendido todos
+los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del
+señor Vicente e intentaba reír con las piadosas extravagancias de las
+vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por
+devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces sentía
+deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compañera. Iba a
+hacer algo notable: tenía la cabeza repleta de ideas. Sentábase a la
+mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su
+espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujían los corsés al
+amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor
+pesado y asfixiante cubría su piel de perlas de sudor. Rompía papeles y
+más papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La
+inspiración huía, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad
+de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse
+nerviosamente, jurando que era un imbécil; hasta que Feli, molestada por
+su cólera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones.
+
+Isidro, avergonzado de su inacción, se dedicó a acompañarla cuando
+devolvía el género al taller, ya que no podía hacer otra cosa. La
+primera vez había dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y
+llevando por delante sus pesadas entrañas, cargase con el fardo para
+llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos
+amigos, y aunque la mayoría de éstos se hallasen fuera de Madrid, temía
+que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrúpulo egoísta, un
+deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se
+mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli
+empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste,
+sintió hondo remordimiento.
+
+--Deja eso, nena--murmuró avergonzado--. Yo lo empaquetaré, yo te lo
+llevaré hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que
+vayas sola...
+
+La pobre aún se resistió a aceptar esta ayuda. El era un señorito, un
+intelectual, una futura eminencia. ¿Qué dirían sus amigos, aquellos
+camaradas de café, si le veían en la calle cargado como un mandadero?...
+Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le
+inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba
+ayudarla, servirla de algo.
+
+Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos
+paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana
+seguía la acera pegado a la pared, con cierta vergüenza, ocultando la
+cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transeúntes. La
+joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzábase por seguir su
+rápido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su
+vientre con doloroso vaivén.
+
+El regreso era más lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa
+nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras,
+tibias aún de los ardores del día. Humeaba la población al exhalar en la
+calma de la noche el fuego con que el sol la había caldeado. La
+circulación era en las calles menos densa que en el resto del año. Los
+balcones estaban cerrados; apenas si se veía algún rectángulo de luz en
+las obscuras fachadas. Agrupábase la gente en las mesillas exteriores de
+los cafés y horchaterías. Sentábanse ante los portales las tertulias en
+corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo
+rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boñiga en fermentación
+surgía del suelo de las grandes vías.
+
+Cerca de la casa del señor Vicente, en las estrechas calles de los
+barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de
+la Cebada humeaba como un estercolero en putrefacción. De sus sótanos,
+faltos de aire, surgía la peste de las verduras fermentadas,
+difundiéndose por toda esta parte de Madrid, que olía como una huerta
+abandonada.
+
+Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que
+acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades.
+Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas sí
+trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. Mentalmente
+ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no
+bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que habían suprimido el
+café y el vino, y no comían mas que lo necesario por no perecer de
+hambre.
+
+Maltrana, oyendo estos lamentos de dueña de casa, pensaba
+nostálgicamente en el pasado. ¡Qué dulce recuerdo el de los paseos por
+los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los
+merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasándose las naranjas de boca
+a boca, contentos del sol que les metía en el alma la alegría de su luz,
+gozosos de la noche que les protegía con su sombra, dando a sus caricias
+un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo había
+huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como parecía estar aquella
+Feli de los buenos tiempos, alegre, risueña y rebosando la admiración,
+de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con
+gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su
+hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidándolo como un niño
+grande, más por conmiseración maternal que por apasionamiento amoroso.
+
+Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de
+color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo
+una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y
+con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habrían visto
+todo gris, aunque cabrillease el sol de los poetas en las aguas del
+Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mármoles del Partenón y
+las aulétridas se pasaran el día soplando en sus dulces flautas. La
+miseria era un endriago de invencible fealdad. No había arte en el mundo
+que pudiese embellecer su horripilante mascarón.
+
+Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los
+gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible
+catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos
+y heridos.
+
+Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas
+cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba
+su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus
+números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que
+despierta lo terrorífico en la imaginación femenil.
+
+Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario,
+en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido
+en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el
+señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la
+desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había
+perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta
+el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder
+la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres
+de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los
+hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el
+del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su
+nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no
+permitía dudas.
+
+Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa. Recordó a su madre; pensó
+en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su
+compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una
+liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el
+escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para
+aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los
+sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del
+crimen a los hijos de los servidores de la ley.
+
+Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid
+proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a
+él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los
+poderosos.
+
+Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo
+lo que podía hacer por su padrastro.
+
+A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de
+mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al
+depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol
+caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las
+alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición
+envenenaba la densa atmósfera de verano.
+
+Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con
+blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de
+salir de los lavaderos.
+
+Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las
+mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando
+los brazos con expresión amenazadora.
+
+--¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse
+ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como
+perros.
+
+Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi
+todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los
+insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de
+esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer
+en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen
+intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería.
+
+Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a
+hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor
+protesta en la calle.
+
+-¡Armas! ¡armas!...--exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos
+exaltados--. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita,
+me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita!
+
+Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y
+vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un
+modesto ataúd que habían costeado los del oficio.
+
+Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su
+esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por
+un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos,
+desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila.
+Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último
+pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por
+su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando
+de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su
+rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta.
+De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo
+contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo
+destrucción y venganza, para tenderse de nuevo en el féretro tras esta
+póstuma confesión del engaño de su vida.
+
+Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le
+llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de
+miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al
+castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía.
+¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por
+la que había que protestar.
+
+Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja,
+cubriéndola con la bandera roja de la asociación.
+
+El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por
+un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la
+roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo
+cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban,
+dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd.
+
+En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra
+que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos
+gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos
+brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando
+el paso.
+
+El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del
+féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese
+con agresiva demencia sus cabezas despeinadas.
+
+--¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!...
+
+Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No
+conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción:
+
+--Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa.
+¡Pobrecillo! ¡Y los que le han matado, guardándose los duros,
+comiéndose las buenas tajás!...
+
+La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán
+habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias,
+dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran
+las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de
+atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el
+paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la
+puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones,
+todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro
+presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían
+venganza.
+
+Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en
+su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de
+cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos.
+
+Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía.
+
+--Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de
+paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar
+otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos
+vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros,
+por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los
+arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid!
+
+Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas
+del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de
+la fuerza pública.
+
+Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable
+empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban
+la mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo
+mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la
+pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los
+manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso.
+
+Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la
+gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los
+de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como
+cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo.
+
+Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un
+instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen
+y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro
+bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la
+frente roja.
+
+Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los
+brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada
+imaginación.
+
+--¡Cobardes! ¡Cabritos!...
+
+Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias,
+les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres
+trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y
+tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el
+sable levantado.
+
+Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de
+ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que
+se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían
+enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre
+bramaba contra los canallas de «la secreta».
+
+Un grupo de mozuelos apostados en los solares inmediatos hacía frente a
+los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes
+que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados
+por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel
+con los rateros cuando intervienen en un motín.
+
+--¡Fusiles!--rugían mirándose unos a otros, como si pudieran
+proporcionárselos--. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!...
+
+Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir
+matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta
+de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de
+lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la
+policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas,
+permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo
+resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.
+
+Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de
+hacer fuego con su revólver.
+
+--¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego!
+
+Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes,
+eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados.
+
+Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias
+de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción,
+con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger
+sus víctimas impunemente.
+
+El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí
+sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que
+iba en el cortejo, y no debía abandonarle.
+
+Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron
+caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga.
+Otros obreros intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero
+fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de
+rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En
+los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar,
+soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba.
+
+Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y
+se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre
+de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un
+lugar de asilo.
+
+Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre,
+balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago
+de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero
+nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de
+interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó
+oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en
+mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo
+veían envuelto en densa niebla.
+
+--Déjale: ¿no ves que es un señorito?...
+
+Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios
+de aquel traje que era para él un uniforme de miseria.
+
+Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como
+uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a
+la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas
+gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían
+la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo,
+un poco de justicia y de piedad para su vida.
+
+
+
+
+IX
+
+
+El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con
+mansedumbre.
+
+Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas las
+violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector
+le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No
+había más verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, ¡leña! Un
+poquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de herejía y
+desprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, la
+audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el
+recuerdo de su historia.
+
+Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de
+su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con el
+señor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que
+consideraba como suyo.
+
+No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel
+matrimonio, enterándose minuciosamente de la puntualidad con que
+cumplían sus compromisos.
+
+--¡Aún no le habrán pagado el último mes!...--decía al avistarse con el
+«santo»--. ¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Qué
+hombre, Señor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontería.
+La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas
+doctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas gentes, mientras me
+abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen
+católico.
+
+El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallar
+con alguna dádiva las protestas del temible discípulo.
+
+--No son mala gente--afirmaba refiriéndose a sus huéspedes--. Los
+pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una
+excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita...
+
+--Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entran
+en la iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles.
+Entre usted un día en su habitación, busque bien, y verá como encuentra
+a montones los escritos contra el Señor y los santos... Además, me da el
+corazón que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda.
+
+El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado de
+murmuración; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida.
+¿Por qué no habían de ser casados? El señor de Maltrana y ella se lo
+habían asegurado y debía creerles... Cada uno en su casa, evitando
+chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría Dios.
+
+--Eso es--mugía el discípulo--. Ellos a vivir de gorra, a comerse el
+dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el
+gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermón, trabajando para que la
+mujer y los chiquillos coman apenas.
+
+--Todo se arreglará--decía bondadosamente el hermano--. La misericordia
+del Señor es grande y a todos alcanza.
+
+Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le acogía con duro gesto
+cuando se presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba de
+su religiosidad feroz; presentía el despotismo que ejercía sobre el
+catequista, el abuso que hacía de su cualidad de alma redimida por el
+sencillo hermano.
+
+Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que
+aparecen éstos con un salvaje prosternado a sus pies, cual símbolo de
+las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus
+conversaciones con Feli, designaba siempre al remendón con el apodo de
+_Indio converso_.
+
+Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defendía sus
+nuevas creencias, sólo comparable a la bestialidad con que había
+sustentado las anteriores. Además, le era antipático por el provecho que
+sacaba de su conversión, explotando al señor Vicente y amenazándole
+cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su
+gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lástima a Isidro.
+
+Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al
+_Indio converso_, exagerando inocentemente las horripilantes hazañas de
+sus época de impiedad; pero después de esta exhibición, al quedar solos
+los dos, el catecúmeno insaciable prorrumpía en lamentaciones sobre su
+miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del
+«santo» sólo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan.
+
+--Aquí ha estado a buscarle ese bruto--decía Isidro al ver entrar al
+señor Vicente--. El _Indio converso_... su discípulo el remendón.
+¡Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta
+conquista. Tendrán que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San
+Martín o la burra de Balaam.
+
+--Señor de Maltrana--exclamaba el «santo»--, más caridad... más amor al
+prójimo. El pobre es algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y
+ama a Dios.
+
+Y el «santo» parecía sufrir al verse entre estas dos antipatías.
+
+No se engañaba el _Indio converso_ al sospechar que su protector
+concedía algún apoyo a sus huéspedes. El «santo» veía el incesante
+trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de
+los jóvenes; oía desde su cama los diálogos de la pareja discutiendo los
+apuros del día siguiente.
+
+Cuando Isidro se ausentaba, aproximábase él a Feli con cierta cortedad,
+dejando sobre el montón de corsés lo que encontraba en sus bolsillos.
+Unas veces era un puñado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con
+su pañuelo antes de entregarla.
+
+--Que no sepa nada el señor de Maltrana--decía con voz misteriosa--. Que
+el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos
+cristianos. Ese dinero me lo dieron esta mañana las buenas señoras que
+me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo
+visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrán días mejores;
+Dios aprieta, pero no ahoga.
+
+Y reía de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el
+señor de Maltrana pudiese sospecharla.
+
+El joven también debía sus favores al «santo».
+
+--Señor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios
+andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegará la buena
+época, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagaré todos los
+atrasos de una vez.
+
+--Vaya usted tranquilo, señor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos
+abandone, y todos viviremos.
+
+Isidro encontraba cada vez más dura y difícil su existencia. Las dos
+pesetas que ganaba Feli en el emballenado trabajando todo el día y gran
+parte de la noche, y los escasos reales que podía juntar a la semana
+llenando cuartillas a diez céntimos con destino a la revista social, no
+bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el método en
+la nutrición, que embellecían los primeros tiempos de su vida común,
+habían desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para
+el trabajo, y apenas si de tarde en tarde podía entrar en la cocina.
+
+Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogón, y a falta
+de ocupaciones más importantes, aprendía torpemente de Feli el secreto
+de los guisos. ¿Dónde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de
+miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la
+amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces
+salían crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpecía
+de tal modo la actividad de los dos, que pasaban días enteros sin
+encender fuego, alimentándose con algún fiambre traído de la taberna.
+
+Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzábase a la calle.
+Su descenso del cuarto piso comparábalo a la bajada del lobo desde las
+cumbres a la llanura, empujado por el hambre.
+
+La víctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el señor
+Manolo el _Federal_. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y
+al presentarse el capataz exponíale las tristezas de su vida.
+
+El buen _Federal_ escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como
+si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien.
+Después metía la mano en un bolsillo del pantalón, agitando la moneda de
+la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna.
+
+Todo aquello era culpa del viejo régimen.
+
+-Ahí tienes--decía con expresión solemne--lo que es el unitarismo y la
+centralización. Tú tienes talento y te mueres de hambre; y como tú,
+muchos. El centralismo sólo aprovecha a los pillos. El día en que cada
+Estado y cada quisque particular goce su autonomía, todos tendrán lo que
+merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzáis de
+cómo os paga el unitarismo...
+
+Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados
+razonamientos, que Maltrana oía resignado.
+
+En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia
+al señor Manolo, se acordaba de su tío el _Ingeniero_, buscándolo en el
+café de San Millán. Le veía rodeado de ciertos amigos tan viejos como
+él, alegres camaradas que formaban el catálogo de cuantas muchachas
+bonitas existen en los barrios bajos.
+
+El _Ingeniero_ no acogió mal la primera petición de su sobrino.
+
+--Ya sé yo lo que es eso--dijo guiñando un ojo y dando palmaditas en la
+espalda de Maltrana--. ¡Las mujeres!... No hay nada como ellas para que
+un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no están
+contentas hasta que le sacan al hombre las mismísimas entrañas...
+¿Cuánto necesitas? ¿Tres pesetas? ¡Pero muchacho, si con eso no tienes
+ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos
+ayudarnos; hoy por ti, mañana por mí.
+
+Y le entregó un par de redondeles de plata con un ademán de compañero de
+armas.
+
+-Oye: lo de tu matrimonio será filfa--continuó--. Yo lo calé apenas me
+hablasteis. ¡Valiente tuno estás, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una
+gachí con dos ojos como dos quinqués. Si no fueses de la familia te la
+quitaba. Tú eres más joven, pero yo tengo un gran «aquel» para las
+mujeres. Que lo digan éstos.
+
+Y señalaba a los camaradas que ocupaban la mesa.
+
+Maltrana se marchó entre agradecido y molesto por las necedades de su
+tío, y no volvió a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas
+necesidades.
+
+--¡Hola!... Siéntate--dijo al verle el _Ingeniero_, con cierta
+displicencia.
+
+Siguió hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino:
+
+--La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gachí
+por la calle de Toledo. ¿Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo
+bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripón, moviéndose
+como una barca, y la cara hinchá como si acabases de largarle dos
+tortas. Hasta me pareció que tiene los ojos más pequeños.
+
+Maltrana sufrió en silencio estas palabras de su tío, que aún le
+parecieron más molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin
+embargo, fingió una sonrisa pensando en el dinero que podía darle.
+
+--Creo--continuó el _Ingeniero_--que ha llegado para ti la hora de...
+vámonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega
+a más de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. ¿Digo mal,
+caballeros?
+
+Todos aprobaron la sabiduría del chamarilero.
+
+Cuando Isidro creyó llegado el momento de formular su petición, el tío
+no la acogió del mismo modo que la otra vez. Había perdido para él su
+prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo,
+sin «viveza» para salir del paso; se «caía» manteniendo a aquella golfa
+por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante.
+
+--Toma tres pesetas: no puedo darte más; y te advierto que son las
+últimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos están malos. Aún no he
+vendido el órgano.
+
+Maltrana comprendió que no debía esperar más del _Ingeniero_, y dejó de
+ir al Café de San Millán.
+
+La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba
+fatigada; había perdido la fortaleza de sus primeros días de labor.
+Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinábase
+ante la obra, emballenando los corsés, bordando a mano las «flores»;
+pero apenas tenía acabada una docena, coloreábase su rostro con una ola
+de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrás el cuerpo, cerraba
+los ojos como si fuese a desvanecerse. No podía trabajar más.
+
+Mientras tanto, crecían los apuros de la casa, haciéndose más difícil la
+existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecían: quedaba
+ya muy poco de la primitiva instalación. Isidro, más versado, por su
+antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado
+de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendíalo todo. Ya no
+brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que
+enorgullecía a Feli y había presenciado las mayores alegrías de la
+pareja. Dormían en el suelo, en un colchón, y pretendían demostrarse que
+así estaban mejor, siendo tan calurosa aquella época del año. El
+tintero, regalo de Feli, también había desaparecido. Su venta les
+proporcionó una cena, después de un largo día de ayuno. Comieron, pero
+la joven creyó que estaban menos unidos después de la pérdida de este
+objeto, comprado el primer día de vida común. Lo miraba como un fetiche
+de su felicidad.
+
+También habían vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala
+adquirido en la calle de Toledo, que marcaba para Feli el momento más
+culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limón, con su
+alta fila de botones, nada podían sacar de ellas; estaban tan
+destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja.
+
+Maltrana, que en otros tiempos había hecho frente a la miseria, con la
+alegre inconsciencia del pájaro errante, se desesperaba y sentía pasar
+por su cerebro los más lúgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y
+silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina
+estaba fría y no se encontraba en los rincones el más pequeño mendrugo.
+
+¡La miseria, la mala bestia negra! ¡Cómo arañaba la carne! ¡Qué
+inspiraciones repugnantes soplaba en el oído!... Algunas veces, los ojos
+de Maltrana vagaban con sombría interrogación por las habitaciones del
+hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de
+algo; mientras las suyas mostraban un espantable vacío.
+
+Sentía la criminal tentación de coger algunos libros del «santo» y
+venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro,
+para que sus primos lo comprasen. Tenía que hacer un gran esfuerzo para
+repeler estos pensamientos. El crucifijo sólo valía unos cuantos reales;
+los libros que el «santo» guardaba con tanta estima no servían, en su
+mayor parte, mas que de papel de envolver.
+
+La escasez, con sus angustias, le agriaba el carácter. El señor Vicente,
+tal vez por esto, parecía rehuir su trato. Entraba y salía sin verle,
+sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para
+dejar dinero encima de los corsés.
+
+En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el _Indio converso_
+y aquel cura viejo, vagabundo como el señor Vicente. Querían esperar a
+éste, y en vez de permanecer en la sala del hermano, entraron en el
+cuarto de los jóvenes. El _Indio converso_ indicaba con fieras miradas
+los retratos clavados en la pared.
+
+Era lo único que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no había
+intentado venderlos, pues conocía su insignificante valor. Además, en
+medio de su miseria, eran la única demostración de que allí vivía un
+intelectual.
+
+El cura, siguiendo las ojeadas del _Indio converso_, examinaba con
+aparente distracción los retratos y leía y releía los nombres impresos
+al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosía con una
+expresión irónica. ¡Ejem! ¡ejem!... Y el devoto remendón movía la cabeza
+como si contestase: «¡Eh! ¿Qué tal? ¿No lo decía yo?...»
+
+Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpió en exclamaciones de cólera.
+De estar él, allí les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a
+no curiosear en casa ajena.
+
+Algunos días después notó Isidro que el señor Vicente retardaba sus
+salidas matinales, o volvía a casa muy temprano, como buscando una
+ocasión para hablar con él. Le miraba por la puerta entreabierta, al
+pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar
+adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli.
+
+Una mañana, al salir Isidro, vio que el señor Vicente abandonaba al
+mismo tiempo su habitación, como si le esperase. Los dos se juntaron en
+el rellano.
+
+--Señor de Maltrana, tenemos que hablar.
+
+Le dolía mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad.
+Debía buscar una nueva casa; él abandonaría aquélla apenas acabase el
+mes.
+
+--No puedo, señor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que
+intente echarle en cara el no haberme ayudado. ¡Ave María! Usted no pagó
+su parte porque no pudo... pero yo me voy. Meteré los libros en
+cualquier sitio: me los guardará ese señor sacerdote que usted ha visto
+algunas veces. Viviré con el pobrecito zapatero; él y su familia desean
+tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito.
+
+Maltrana quedó anonadado por el nuevo infortunio que caía sobre él.
+¿Adónde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su
+carácter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad.
+
+--Señor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por
+sí solo tal resolución. Esto es cosa del _Indio converso_, que quiere
+monopolizarle, y tal vez de ese capellán amigo de usted...
+
+El «santo» protestó, defendiendo a sus camaradas. No había que maliciar
+de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era
+un pobre y no podía soportar el alquiler de la casa. Lo sentía por Feli
+y por Maltrana, que le eran simpáticos y no habían alterado su vida con
+disgusto alguno. Pero todos vivirían aunque se separasen: la
+misericordia del Señor era inmensa.
+
+Y arrastrado por su afán de catequista, añadió:
+
+--Lo que usted debe hacer, señor de Maltrana, es ponerse bien con Dios;
+dar a ese ángel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse
+a ella como dispone la Santa Madre Iglesia.
+
+Isidro adivinó lo que el hermano quería decir. Se había enterado de que
+él y Feli no eran casados. El _Indio converso_ era capaz de haber
+corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de
+que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la
+carne.
+
+El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto
+tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos
+escrúpulos.
+
+--Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?--dijo
+con violencia--. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos
+compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué
+delito hay en esto?
+
+El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado
+de que se pusiera en duda este pecado.
+
+--Además--continuó con dulzura--, usted me ha engañado, señor de
+Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello!
+¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo,
+pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros
+hijos del Malo.
+
+--Y efectivamente--dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera--, por
+dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables
+señores.
+
+--Pero trajo usted--repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo
+que lagrimeaban sus inflamados ojos--, trajo usted a otros peores, y ahí
+dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les
+encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más
+perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto
+de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé
+que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado
+que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios
+de Dios, que quiere ponernos a prueba..
+
+--¿Y qué quiere usted?--gritó Maltrana con tono agresivo--. ¿Que los
+quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura
+loco que le aconseja?
+
+--No; guárdelos, si ese es su deseo--dijo el «santo» con mansedumbre--.
+Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día;
+yo soy un pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y
+mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se
+conocen!...
+
+Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a
+separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el
+grave daño que le infería con esta inesperada resolución.
+
+--Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que
+un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su
+Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca.
+Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.
+
+El «santo» protestó, algo conmovido:
+
+--No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en
+cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le
+quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi
+presencia. Yo agradezco esta consideración.
+
+Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más
+favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de
+buhos!...
+
+Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia,
+afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y
+sus amigos.
+
+Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la
+cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase
+más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando
+las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de
+la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo
+para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma,
+debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre,
+confiada al azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una
+nueva amenaza del porvenir.
+
+Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su
+infortunio.
+
+Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del
+Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en
+su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el _Federal_ los
+recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero
+Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella
+autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste
+tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una
+pareja de hambrientos.
+
+En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de
+perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que
+podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie
+de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo
+importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio,
+enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento
+oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera
+asegurada la comida del día presente?...
+
+Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de
+_Zaratustra_ parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo
+traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle
+el criado.
+
+Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica:
+todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la
+misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría
+hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto.
+
+Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la
+_Mariposa_, aprovechando la ausencia de _Zaratustra_. Considerábase capaz
+de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y
+hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido
+ayudarle con el más pequeño regalo.
+
+Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos.
+Viviendo el _Mosco_ temía aproximarse a las Carolinas, y después de
+muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban
+sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió
+la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán.
+
+Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de
+_Zaratustra_, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a
+los perros del trapero.
+
+La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza
+sus ojos pitañosos en el desconocido.
+
+--Abuela, soy yo... Isidro.
+
+La _Mariposa_, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo
+mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por
+el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las
+cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita.
+
+--¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que
+hiciste la calaverada con la chica del _Mosco_...
+
+Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en
+conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba.
+
+--¡Un porción de meses sin verte!--continuó la anciana--. ¿Y qué te trae
+por aquí?... Porque tú a algo vienes.
+
+Y la _Mariposa_ guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca
+rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia
+podía haber traído hasta allí a su nieto.
+
+Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; _Zaratustra_ no
+tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana.
+
+--Abuela, para ahorrar palabras--dijo con gravedad--: voy a pegarme un
+tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.
+
+La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco?
+¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro
+escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la
+pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en
+medio de la calle.
+
+La _Mariposa_ repetía con tono estupefacto:
+
+--¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que
+ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...
+
+Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar,
+replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que
+se refugia en su cáscara.
+
+--¡Ay, Señor!--gemía--. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias!
+Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué
+vamos a hacer!...
+
+Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada,
+continuó entre gimoteos:
+
+--Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos.
+Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la
+mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las
+saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo,
+sería caso de morirse.
+
+Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la
+riqueza de la tía _Mariposa_, creía percibir en sus palabras una
+hipócrita falsedad.
+
+--¡Abuela! ¡abuela!--exclamó con tono suplicante.
+
+Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía
+para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla.
+Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría
+viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que
+vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado
+fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla.
+Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su
+sangre le parecía poco para apagar su sed.
+
+--Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo,
+y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me
+quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un
+tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela,
+¡me mataré!
+
+Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar
+lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz
+con el estertor del llanto.
+
+La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los
+ojos con la punta del delantal.
+
+--Tienes razón--gemía--. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los
+hombres. Bien se ve que la quieres.
+
+Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si
+fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le
+prestara hasta cinco duros.
+
+--Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo.
+No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que
+le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero,
+hasta que yo pueda marchar solo.
+
+Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente
+se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una
+pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin
+conmoverse cuanto le dijera Isidro.
+
+Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la
+codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando
+todos los de la busca hablaban de su riqueza?...
+
+La _Mariposa_ rió con una expresión de bruja burlona.
+
+--¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han
+engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras
+de la gente... Soy una pobre.
+
+Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba
+una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su
+propósito de defenderlo contra todos.
+
+--¡Abuela!--gritó Maltrana--. No lo haga usted por ella ni por mí, ya
+que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir.
+
+Intentó enternecer a la _Mariposa_ hablándola de su futuro hijo, de
+aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la
+existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban
+ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el
+abandono a la tierna criatura?...
+
+El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a
+llevarse el delantal a los ojos, pero sin moverse, sin acceder a las
+súplicas de su nieto.
+
+--¡Desgraciado!--murmuraba--. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa
+la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor
+hubiese sido para todos seguir en el oficio!
+
+Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre
+madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?...
+
+La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con
+ademán resuelto.
+
+--Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer.
+
+Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él.
+
+--¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu
+abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de
+hambre.
+
+La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la
+infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen
+del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de
+orgullo.
+
+--Te lo daré todo, ¡todo!--dijo misteriosamente al oído de Maltrana.
+
+Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la
+presencia de algún curioso.
+
+--Vigila bien--añadió--. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa.
+¡Mucho ojo!
+
+Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia,
+se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra.
+
+Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría
+realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo
+aquel tesoro famoso que _Zaratustra_ husmeaba, sin llegar nunca a dar
+con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza
+cubierto de briznas de paja.
+
+Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo
+sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles,
+sonó en su interior un retintín metálico.
+
+La _Mariposa_ suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio,
+y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser
+sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio.
+
+Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo,
+que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió
+los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La
+realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un
+instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud.
+
+La vieja se gozaba en el asombro del nieto.
+
+--¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te
+creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he
+tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas.
+
+Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la
+_Mariposa_ con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al
+mismo tiempo.
+
+--¿No hay más, abuela?--preguntó dulcemente--. ¿Sólo tiene usted esto?
+
+La _Mariposa_ le miró escandalizada.
+
+--¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar
+todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro!
+
+Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento,
+había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que
+brillaban en la cumbre del montón de baratijas.
+
+Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con
+piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la
+pobre _Mariposa_.
+
+--Esas joyas de reina--dijo--eran de aquella buena señora que me quería
+tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas
+rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un
+momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los
+herederos eran gente indigna.
+
+El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con
+ávidas manos el resto del montón.
+
+--Fíjate en ese rosario--dijo la vieja--: todo de perlas finas. Era de
+una dama de palacio.
+
+Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de
+marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de
+_doublé_; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus
+vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja
+creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería
+empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la
+trapera no eran mas que basura de insignificante valor.
+
+Isidro únicamente apartó lo que la _Mariposa_ consideraba de menos
+valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y
+tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la
+cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro
+sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela
+que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta
+treinta duros.
+
+La _Mariposa_ seguía con atención el apartado que realizaba su nieto,
+sonriendo al ver que se satisfacía con lo más humilde del tesoro,
+abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban
+de orgullo.
+
+--Haces bien--murmuraba--. Con eso que te llevas tienes bastante por el
+momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y
+cuando yo falte será para ti.
+
+Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las
+deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja
+le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no
+quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A
+impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando
+del nudo unas cuantas monedas de plata.
+
+--Toma, Isidrín--dijo--. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a
+esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete
+duros entre pesetas dobles y sencillas.
+
+Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo
+por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.
+
+La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su
+abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que
+envolvía el resto de sus baratijas.
+
+--Ya has visto el tesoro--siguió diciendo la vieja con voz misteriosa--.
+Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne
+teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien
+abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor,
+venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos
+diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate,
+Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú
+solo debes saberlo, pues será para ti.
+
+Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los
+ojos.
+
+--Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío
+Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa
+mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí;
+que no huela el gato.
+
+Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen
+aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en
+el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había
+despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas
+naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus
+riquezas.
+
+Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con
+_Zaratustra_, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas
+pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos.
+
+
+
+
+X
+
+
+Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras.
+Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto
+interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero
+transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y
+abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos
+muebles.
+
+Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y
+desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de
+asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a
+poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya
+se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad
+imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba
+a fiar más sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el
+emballenaje de los corsés, la necesidad de echar unas suelas a las botas
+únicas de Maltrana, mientras éste permanecía prisionero en el cuarto; y
+de este modo la mala fortuna llevábase de una manotada todos los
+ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler.
+
+Maltrana adoptó una resolución. Los pobres como ellos, de vida
+incierta, sólo podían vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan
+diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel caserón de
+obreros donde él había nacido.
+
+Vivió en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peñuelas y
+el de las Injurias, repugnándole sus hacinamientos, la suciedad sórdida
+de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreñadas, que se
+insultaban de galería a galería... Su pobre Feli no era una princesa,
+pero ¡ay! sentía él honda repugnancia al verla, tan delicada y tan
+dulce, viviendo en este infierno.
+
+En las Cambroneras encontró un cuarto independiente, y decidió
+trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron más
+apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad.
+
+El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer
+llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto
+y moreno, al que el exceso de estatura hacía caminar arqueando la
+espalda. Era de la policía. El que administraba las casas de las
+Cambroneras teníalo allí como cobrador y guardián del orden, por su
+carácter de agente de la autoridad. Dábale por esto un interés sobre la
+cobranza y vivienda gratuita para él, su prolífica mujer y la banda de
+chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en
+el campo, antes de ser soldado, guardaba gran afición al cultivo de la
+tierra, y cuando sus deberes de agente de «la secreta» no le hacían ir a
+Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en
+huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el
+riego de una noria abandonada.
+
+Inspirábanle gran respeto los dos jóvenes, hasta el punto de hacerle
+afirmar que don Isidro y doña Feli eran las únicas personas decentes
+que habitaban en las Cambroneras.
+
+--Adelante, Pepe--decía Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un
+golpe en la puerta.
+
+Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lápiz y un rústico
+talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, después de garrapatear
+algunos signos, y recibía las monedas de cobre.
+
+Isidro mostrábase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana
+contemplaba el río, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas
+pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses
+y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra
+ventana veía el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra
+atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiñapos las gitanas,
+flotando sobre la corriente trapos y pedazos de periódicos. Enfrente
+abríase un gran portalón dando entrada a una callejuela de guijarros
+flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras
+tenían en el primer piso una galería de madera, con escalerillas de
+tablones carcomidos, que crujían a la más leve presión como si fuesen a
+romperse.
+
+Maltrana no tardó en conocer la heterogénea población de las
+Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro
+de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador
+relatábale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que él
+llamaba «su ganado».
+
+Existían dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras,
+cuyos límites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que
+eran los menos, y al otro los gitanos, que constituían la mayor parte de
+la población. Los payos se subdividían en pordioseros, que iban todas
+las mañanas a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y
+quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla
+vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos
+en las afueras o tomaban parte en algún robo, si se ofrecía ocasión.
+
+Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces,
+gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratábanse con cierta
+fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo
+manteníase fiel a su origen, creyéndose superior a los otros. Los
+andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los
+castellanos su falta de sangre _cañí_, adulterada por innumerables
+cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de
+Andalucía por sus trapacerías y enredos, que habían dado a la raza su
+fama deshonrosa.
+
+Reconocíalos Isidro a simple vista a los pocos días de vivir en las
+Cambroneras. Los andaluces iban afeitados, con ancho sombrero,
+chaquetilla de terciopelo color de vino y grandes tufos sobre las
+orejas. Los manchegos y castellanos usaban gorra de pelo, llevaban
+bigote recortado y chaquetón de paño pardo; únicamente su color, de un
+bronceado oriental, los distinguía de los paletos manchegos, cuyo traje
+imitaban.
+
+Las mujeres salían en las primeras horas de la mañana, para no volver
+hasta la caída de la tarde, o permanecían dentro de sus casas, recluidas
+voluntariamente, con una pasividad de hembras asiáticas. También se
+reconocía en ellas la diferencia de origen. Las andaluzas eran
+parlanchinas y vociferadoras; hablaban gesticulando y manoteando,
+esparciendo con su cháchara el aturdimiento en torno de ellas. Vestían
+falda de percal rameado con largos volantes, llevaban el mantón
+terciado, el moño aceitoso caído sobre la nuca, la frente con
+cuernecillos de pelo pegado, y en el cuello varias sartas de cuentas
+azules. Salían de las Cambroneras poco después de surgir el sol, camino
+de la plaza de la Cebada, para decir la buenaventura y echar las cartas
+a las criadas, que eran su mejor clientela. Los hombres se desperezaban
+en la puerta; las bandas de chicuelos color de chocolate, descalzos y
+con la panza al aire, se agarraban a las faldas pintarrajeadas de las
+madres.
+
+--_Gachí_--decía el marido--, a ver si hoy traes argo pa jamar. Mira que
+estoy jarto de tanta jambre.
+
+Los pequeños se agitaban en torno de ellas, acompañándolas cuesta arriba
+hasta el puente de Toledo. A ver si podían apandar, como otras veces,
+los _chulés_ de algún payo. Y si no eran _chulés_ (nombre que daban a
+los duros), que fuesen _plañís_ (modestas pesetas), que bien las
+necesitaba la familia, confiada a los azares de la suerte.
+
+--Mare--gritaban los pequeños al quedarse junto al puente--, que traiga
+usté _callardó_, mucho _callardó_.
+
+Era el chocolate: el gran regalo de la gente gitana, su licor y su
+alimento. Bueno era el _balinchó_ (el cerdo); suculento el _balebás_
+(tocino); dulces los _mantejos_ (almendras), que se arrojaban a puñados
+en los días de boda; pero el chocolate era lo mejor del mundo, el
+alimento de Dios, que parecía embriagarles con su perfume y su ardor.
+
+Los pequeñuelos, con la esperanza de que la madre trajese al anochecer
+una enorme cantidad de _callardó_, la saludaban desde lejos.
+
+--Adiós, mi _dai_.
+
+Y la gitana alejábase hacia la puerta de Toledo, combinando, en las
+tortuosidades de su trapacera imaginación, el medio de _jonjabar_ a
+algún payo que le deparase la buena suerte, de sacarle el dinero,
+prometiéndole, por medio de sortilegios, el premio gordo de la Lotería.
+
+Vagaban hasta las doce por las inmediaciones del mercado, deteniendo a
+las criadas, aturdiéndolas con su charla, alabando sus caras de ángel,
+aunque fuesen de horrible fealdad, lamentando con extremos grotescos de
+desesperación las desgracias de sus amores y que no se cuidasen de
+conjurar la mala suerte acudiendo a la experiencia gitana.
+
+--Tu mano... enséñame tu mano, resalá, que por San Juan te digo que
+yevas en eya tu fortuna y tú no lo sabes.
+
+Tenían sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas
+las veían marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones.
+Metíanse en los portales solitarios, y allí, sobre la tapa de la cesta,
+soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantón. Todo
+salía: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba
+con malas artes una mujer blanca, que había que vencer; después, el
+hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentaría
+para llevársela sobre un caballo tordo; luego salían por dos veces los
+oros: dinero y más dinero...
+
+--Tú has heredao argo--afirmaba la gitana con una convicción que no
+admitía réplica.
+
+--¡Qué he de heredar yo, pobre de mi!--contestaba la sencilla criada.
+
+--Bueno; pues heredarás.
+
+Y seguía el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que había de ser su
+perdición si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese.
+
+Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus
+ahorros en el gran remedio que le proponía para sujetar al novio infiel,
+acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpía en lamentos y
+súplicas.
+
+--Reina, añade aunque no sea mas que un realillo. ¡Con esa carita de
+clavel, y tan agarrá! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen...
+Mira que tengo un ganao de _churumbeles_ que no levantan del suelo tanto
+así, y están muertesitos de nesesiá. Mi hombre lo tengo baldao; mi
+_bato_... ¡mi pare! está en las últimas; mi probesita _dai_ se me murió;
+mi _plan_ (mi hermano, ¿entiendes?) está en el presidio de Alcalá...
+
+Y seguía enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese
+pasado por las Cambroneras.
+
+--Vaya, presiosa, suerta un poquito más de _jurdé_, que por eso no vas a
+quedar probe. No te pido _papiris_ der Banco; suerta manque sean tres
+perrillas más.
+
+En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin
+encontrar parroquianas, plantábanse audazmente ante los hombres que
+salían de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a
+la puerta de sus establecimientos.
+
+--¿Te la digo, grasioso? Dame la mano, barbitas de San Juan, que tienes
+patitas de bailaor y ojillos de meteor.
+
+Las repelían como si fuesen perros, amenazándolas con llamar a la
+pareja, y ellas se alejaban sin resentimiento, con muecas burlonas,
+abriendo los ojos desmesuradamente.
+
+--¡Juy, Pare Santo! ¡Y qué mal genio gasta el señó!... ¡Ni que juese el
+_Livanó_ que toma las declarasiones!... ¡En el _estaribel_ te veas,
+mardito, y que el _Baró_ no quiera sacarte ni con fianza!...
+
+Cuando pasado mediodía cesaba la afluencia en el mercado, las gitanas,
+en vez de volverse a las Cambroneras, seguían hacia el centro de Madrid,
+callejeando hasta la caída de la tarde. Pedían limosna; deteníanse ante
+las ventanas de los cafés, dando golpecitos en los cristales; lanzaban
+miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando
+en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no
+les parecía gran pecado: _chorar_ era una ocupación digna de elogio, si
+se hacía con habilidad y sin riesgo. Y cuando _choraban_ una pieza de
+tela, unas manzanas o un panecillo, volvían orgullosas a casa, diciendo
+a las vecinas:
+
+--Hoy le he dao el _jonjanó_ a un payo.
+
+Maltrana, al asomarse a la puerta de alguna de aquellas casuchas,
+blancas por fuera y negras por dentro, sin otro respiradero que la
+puerta, conocía el origen de sus habitantes sólo con ver mujeres en su
+interior o notar su ausencia.
+
+--¿Son ustedes andaluzas?--preguntaba intencionadamente a las hembras
+sentadas en corro sobre el duro suelo, mirándose silenciosas, con la
+mandíbula apoyada en una mano.
+
+--¡Nosotras andaluzas!--exclamaban ofendidas--. Somos mujeres de nuestra
+casa. Nosotras no salimos a engañar a la gente.
+
+Eran gitanas manchegas. Tenían padres o maridos que trabajasen por el
+sostenimiento de la familia; y si no había _chambos_, si el «trato» de
+las caballerías se paralizaba, daban vuelta de llave a su estómago y
+sufrían el hambre en silencio, sentadas junto a los pedruscos fríos del
+hogar, con las faldas esparcidas en torno de ellas como hongos enormes,
+taciturnas y dispuestas a morir sin moverse del sitio.
+
+Maltrana, a pesar de la miseria de su propia casa, sentía compasión al
+ver las viviendas de estas gentes. Eran tabucos cuyo suelo, de tierra
+apisonada, estaba mucho más bajo que la calle. No tenían tabiques, y
+cuando el pudor exigía la separación de lechos, salían del apuro
+colgando de una cuerda una manta vieja. En el fondo de la casucha, con
+la cabeza hundida en cajones que servían de pesebres y las grupas frente
+a la puerta, estaban los caballos, las mulas y los burros que
+constituían la fortuna de la familia. Los colchones astrosos, apilados
+en un rincón, se extendían por la noche junto a las patas traseras de
+las bestias, durmiendo la familia y su capital acariciados por el calor
+del común estiércol. Unos ladrillos colocados en el centro de la casucha
+servían de cocina. No se encendía fuego mas que por la noche. El humo de
+la leña llenaba la habitación, saliendo por donde podía buenamente: por
+la puerta abierta o las grietas del techo, por no existir el menor
+orificio que sirviese de chimenea. Las paredes estaban ennegrecidas por
+una capa de hollín que representaba luengos años de atmósfera
+asfixiante; las bestias, acostumbradas a esta lenta sofocación,
+limitábanse a bufar en sus pesebres. Las mujeres, con los ojos llorosos
+por el humo, vigilaban la sartén; los niños de pecho tosían,
+apelotonándose contra las maternales ubres, como si buscasen el fresco
+de la leche.
+
+Pepe el cobrador alababa las ventajas del continuo ahumamiento.
+
+--Gracias a eso--decía--no mueren como chinches. El humo les limpia, ya
+que nunca tocan el agua. ¡Porque cuidado, don Isidro, que son sucios!...
+En cambio, en la comida no he visto gente con mayores escrúpulos.
+
+No había que esperar que aceptasen una limosna de alimentos, ni que
+aprovecharan las sobras de nadie. Las gitanas, al volver de Madrid,
+traían comestibles de las tiendas; viandas crudas para guisarlas en
+presencia de la familia. Pasaban días enteros sin comer, con la
+tranquilidad de la costumbre, y a pesar del hambre, hacían gestos de
+asco al hablar de los traperos, de los mendigos, de todos los payos que
+la miseria ponía en contacto con ellos, gente de estómago vil, que se
+alimentaba de la bazofia arrojada por los demás y se vestía con sus
+despojos.
+
+_Chorar_... ¡todo lo que pudieran! Robaban en Madrid, robaban en los
+campos veraniegos cuando salían de excursión a las ferias; pero todo
+había de ser nuevo, sin uso alguno. Su traje, aunque remendado y sucio,
+era suyo, lo habían hecho para sus cuerpos, y lo preferían, con toda su
+astrosidad, a las ropas usadas que fuesen mejores. Su estómago sufría
+antes el hambre que la náusea del asco. Cuando llegaba a sus manos un
+vestido ajeno, lo vendían a los traperos con aire señorial. En las
+noches de abundancia, la familia sentábase en torno de la sartén. La
+madre arrojaba los trozos de carne fresca en el aceite chirriante, y
+cada uno pinchaba con su navaja, con tanto apresuramiento, que por más
+que la mujer echaba y echaba, nunca se veía llena la sartén.
+
+Los jueves reuníanse los hombres en el mercado de bestias, junto a la
+Puerta de Toledo. Los que no tenían ganado también iban allá, con la
+esperanza de que cayese algo, empuñando una gran vara, como si tuviesen
+que arrear a una recua imaginaria. Al primer paleto que se pusiera a
+tiro le daban un _emburreo_, un _correate_, nombres con que designaban
+las malas artes del «trato».
+
+Después volvían, lamentándose de la decadencia del chalaneo. Había que
+esperar las grandes ferias del verano. En el mercado de Madrid apenas se
+veían compradores; todos eran gitanos... ¡y cómo iban a engañarse entre
+ellos!...
+
+Los más acomodados volvían a meter por las exiguas puertas de las
+viviendas todo su ganado: los humildes _guerñís_ de largas orejas y
+escandaloso rebuzno; el _gras_ de trenzadas crines y cola peinada, que
+hacían galopar en torno de su látigo maestro, afirmando que el que
+montaba el rey no era mejor; la _chorí_ y el _choro_ (la mula y el
+macho), que esperaban vender a buen precio, cuando emprendiesen la
+expedición veraniega por Castilla y la Mancha, ofreciendo sus bestias a
+los labriegos.
+
+En el resto de la semana permanecían los gitanos en las Cambroneras sin
+hacer nada, esperando el regreso de sus hembras, pájaros vivarachos y
+parleros que traían en el pico el pan de la familia. Desayunábanse con
+una copa de aguardiente o un mendrugo, y aguantaban el hambre durante
+todo el día, en plácida vagancia. Jugaban a la barra o a los bolos en el
+descampado de las Cambroneras; los más hábiles tañían la guitarra,
+alegrando su debilidad con una música melancólica; los que eran
+industriosos tendíanse sobre el vientre en la orilla del río, y así
+permanecían horas y más horas esperando que algún gorrión quisiera
+buenamente dejarse apresar por la red colocada sobre la hierba. Ciertos
+viejos de aire magistral batían palmas ante un grupo de diablillos color
+de chocolate con pinceles de pelos sobre las orejas, que aprendían a
+bailar, moviendo grotescamente los pies y los brazos, agitando su panza
+con salvajes contorsiones. Era la vida de tribu: los machos descansando,
+por el privilegio de su fuerza, esperando el sustento de las hembras que
+iban al bosque, o sea a la inmediata población.
+
+Maltrana, a los pocos días de estancia en las Cambroneras, conocía los
+nombres de todos los respetables tunos del hampa gitanesca, bronceados y
+ágiles, con el rostro roído por las viruelas. Tenían por apodos el
+_Mono_, el _Bastián_, el _Matamoros_, el _Malafolla_, el _Cachuli_, el
+_Mochón_, el _Navaco_ y otros no menos extraños. Nunca se les veía
+borrachos: su bebida favorita era el chocolate.
+
+El único que, con discursos incoherentes y grandes gritos, mostraba su
+afición al alcohol era Salguero, que se apodaba a sí mismo
+_Salguerillo_, un vejete malicioso, que habitaba treinta y tantos años
+la primera casucha del callejón. En invierno fabricaba cestas de
+mimbres, ayudado por la vieja que vivía con él; en verano salía a las
+ferias para ejercer su oficio de esquilador.
+
+A la caída de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un
+día de correteo por Madrid. Los estómagos vacíos estremecíanse al
+aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocíanlas los gitanos
+apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras.
+
+--Por allí vienen la _Buchichi_ y la _Pique_--decían los que jugaban a
+los bolos, avisando a los maridos.
+
+Y tras éstas aparecían la _Clavellina_, la _Cortezona_, la _Pote_, la
+_Pelela_ y las _Chirrinas_. Estas eran las más guapas, y tenían fama de
+hábiles para traer a casa buen botín. Payo que cogían, lo jonjababan en
+un momento. Únicamente podía compararse con ellas la _Culo de corcho_,
+una gitana obesa, de ojos pequeños como si estuviesen cosidos, y gran
+ligereza de manos, que en un santiamén hacía desaparecer bajo sus sayas
+todo objeto que podía _chorar_.
+
+Los hombres salían a su encuentro. El portalón de la calle de los
+gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que habían pasado
+el día cantando a coro, repicando las castañuelas y tomando lecciones de
+baile para entretener el hambre.
+
+-¿Qué traes?--preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros
+entumecidos por el descanso, subiéndose la faja con ambas manos y
+atusándose las greñas que le tapaban las orejas.
+
+Si la expedición había sido fructuosa, pavoneábase la gitana con
+orgullo.
+
+-¡Arza pa alante, esgalichao! ¡Menúo _callardó_ vais a mamaros tú y los
+_churumbeles_!...
+
+Encendían fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate,
+dejando para después el guisoteo de la cena. En otras casas se
+prescindía por completo de la sartén, no queriendo, después de un día de
+hambre, otro alimento que el _callardó_. Era el lujo de la raza, el
+nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno
+de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de
+chocolate.
+
+Si la mujer había juntado un duro con sus trapacerías y rapiñas,
+empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La
+familia sorbía con delectación el chocolate líquido, y lo mascaba crudo
+como si mascase pan. El amargo perfume esparcíase en las casas
+inmediatas, despertando envidias. La chiquillería asomábase con ávidos
+ojos, y corría después a dar cuenta a sus madres de este banquete de
+reyes:
+
+--Mi _dai_: en casa del _Mochuelo_ toman _callardó_. Dicen que han hecho
+un buen _chambo_.
+
+Y las madres suspiraban con envidia. ¡Qué suerte la de algunas gentes!
+
+En otras casas sonaban gritos desesperados, estrépito de lucha, golpes
+en las paredes. Se abría una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una
+mujer con gesto de espanto.
+
+--¡Favó al rey!... ¡Que me mata mi Enrique!... ¡Que me desloma, que me
+jase peazos porque no he traío na!
+
+Seguía vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro
+de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran
+molestia. Nadie prestaba atención a estos gritos: era lo de todos los
+días. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tenía por segura la
+paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradición
+venerable: todas ellas habían visto lo mismo en la casa paterna.
+
+Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su
+talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincón, con
+aspecto enfurruñado, y a la mujer tendida en el suelo.
+
+--Pasa de largo, Joselillo--gemía la gitana--. Hoy no puedo darte el
+real: no he ganado nada. ¡Mira cómo me ha puesto el cuerpo ese bruto!
+
+Y señalaba al marido, que permanecía impasible, con la tranquilidad del
+que cumple su deber.
+
+El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en
+casa no encontraría un mendrugo, seguía repicando las castañuelas en la
+calle--_tra la la la_--, pasando y repasando ante las puertas que olían
+a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas.
+
+El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitación con que la familia
+ocultaba su abundancia. El fogón sólo tenía algunas ascuas; los
+cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las
+colchonetas. La más vieja de la familia le tendía algunas monedas entre
+suspiros de desaliento.
+
+--Toma, Joselillo, una _plañí_--decía--. No tenemos más; te debo dos
+reales, que te daré mañana. ¡Ay! ¡Estamos muertecitos de jambre!...
+
+Y Joselillo pasaba a otra casa, seguro de la cobranza, pues aunque
+aquella gente se retrasase en el pago, acababa siempre por satisfacer
+sus deudas. Eran vagabundos que apenas comenzaba el verano hacían la
+vida errante de feria en feria, y por esto mismo necesitaban tener su
+techo seguro para cuando llegasen los fríos.
+
+Isidro, al salir de su casa por las mañanas, hablaba con Salguero el
+esquilador. Este le salía al paso, saludándolo con grandes cortesías.
+
+--Vaya usía con Dios, señor excelentísimo. Ya sabe que _Salguerillo_ es
+su fiel servidor, aunque sea un pobre _cañi_.
+
+Cuando Isidro podía darle un cigarro, Salguero, satisfecho del obsequio,
+le acompañaba cuesta arriba, hasta el paseo de los Ocho Hilos, sin cesar
+de hablarle con gitana incoherencia.
+
+El cariz del tiempo era su mayor preocupación. No llovía: las cosas
+marchaban mal.
+
+--Pero a usted--preguntaba Maltrana riendo--¿qué le importa que llueva o
+no llueva? ¿Dónde están sus campos?
+
+Salguero hacía un mohín de extrañeza. La lluvia era el pan para ellos.
+Producía las buenas cosechas, y con abundancia en los campos, los
+paletos gastaban mejor su dinero en la compra de caballerías.
+
+--Nosotros vivimos der verano, don Isidro. Si no juese por las ferias,
+moriríamos como las ratas. Yo esquilo, y los camarás que tien
+caballerías las venden. En invierno, el pasto es muy caro. Esos
+probesitos que usted ve no comen muchas veses pa que el ganao, que es su
+fortuna, no caresca de pienso... En verano, si la cosecha es buena, el
+paleto es generoso y no le importa darnos paja y cebá cuando vamos de
+paso.
+
+Hablaba Salguero con entusiasmo de las ferias veraniegas, grandes
+mercados de bestias que daban vida para el resto del año a la gitanería
+vagabunda. El las conocía todas; iba a ellas montado en un borrico, con
+las tijeras en la faja. En las Cambroneras no quedaban mas que su vieja
+y algunas otras mujeres que eran viudas. Hasta las gitanas de prole más
+numerosa emprendían la marcha detrás de la recua, seguidas de todos sus
+chiquillos. Mientras los hombres hacían sus trampas en el campo de la
+feria, ellas corrían las casas echando las cartas, diciendo la
+buenaventura, ofreciéndose las más viejas a curar las enfermedades con
+remedios misteriosos, transmitidos de madres a hijas desde la más remota
+antigüedad.
+
+Las dos primeras ferias eran en San Juan: las de Segovia y Avila. Luego
+venía la famosa de Alcalá, en el mes de Agosto. En Septiembre se
+verificaban las de Illescas, Aranjuez, Ocaña, Mora, Quintanar y
+Belmonte. Y en Octubre eran las últimas: las de Consuegra, Talavera y
+Torija. Días antes de establecerse Maltrana en las Cambroneras, habían
+llegado todos los vecinos de regreso de estas últimas ferias, dando por
+terminada la buena época del «trato».
+
+Salguero se entusiasmaba recordando estas grandes aglomeraciones de
+bestias necesitadas de esquileo, los encuentros de las familias gitanas
+procedentes de los más lejanos extremos de la Península. Todas estaban
+unidas por el parentesco después de luengos siglos de casamientos, sin
+rebasar los límites de la raza, y sólo se veían una vez al año, al
+encontrarse en las ferias, volviendo después a emprender su regreso por
+distintos caminos, en busca del retiro invernal.
+
+Maltrana se enteraba por el esquilador de la interesante geografía de
+los gitanos. Toledo era _Toledate_, y Córdoba, _Cordobate_. Una
+población era un _Gao_. A Valladolid le llamaban el _Gao baró_, el
+«pueblo grande»; a Sevilla, el _Gao de silla_; a Valencia, el _Gao de
+los marrulles_; y a toda Galicia, el _Gao de los malalos_. Madrid era,
+los _Foros_.
+
+--Son una gloria, don Isidro, las tales ferias. A cada instante hay un
+_chambo_ y se vende una caballería; no es como aquí, que pasan los
+jueves en la Puerta de Toledo sin que se cambie una mala burra. Y yo,
+cuando no esquilo en las ferias, sirvo de arreglaor, y como tengo labia,
+doy mi empujoncito para que el compare venda su género, y después hay
+alboroque y se bebe el buen vaso de _mor_ y la rica copa de _pañaló_.
+Usía no sabrá lo que es eso. ¡Que ha de saber, si con tantos libros que
+ha leído no _pena_ ni tanto así de caló!... Pues es el vino y el
+aguardiente; y cuando oiga que mis compares dicen que estoy _molaló_, es
+que creen que estoy borracho; pero no hay tal cosa: un poco de alegría y
+na más.
+
+La presencia de Maltrana y Feli en este barrio, donde no existían otros
+payos que los mendigos y los quincalleros de las ferias, causó cierta
+emoción en la gitanería. Vivía la pareja fuera del callejón, en los
+altos de una casucha aislada, cuyo piso bajo estaba ocupado por una
+tienda de comestibles.
+
+Feli, en los primeros días, había sentido gran repugnancia por su nuevo
+alojamiento. Le daba miedo ver tanto gitano; le inspiraban inquietud
+estos hombres de color de bronce y mirada aviesa, como bandidos de
+carretera. Temía a las mujeres viéndolas de lejos vociferar y amenazarse
+en un lenguaje extraño, del que sólo entendía algunas palabras. Vivían
+pacíficamente; pero ella sentía la inquietud de la mujer europea que se
+ve trasladada a una población de África, entre gentes que parecen
+sumisas, pero que pueden sentir de pronto la hostilidad de la raza.
+
+Isidro se reía de sus preocupaciones. ¿Dónde mejor que allí? Era cierto
+que el río olía mal, pero ya se habituarían a este hedor de los residuos
+de la villa. En cambio, oían a los pájaros, contemplaban campo y cielo
+al abrir sus ventanas, no tropezaba su vista con una sucia pared a unos
+cuantos metros de distancia, que los robaba el aire y el azul del
+espacio.
+
+Isidro, con su imaginación, embellecía el barrio. Un siglo antes, era
+aquella parte la más hermosa de Madrid. ¿Veía Feli las praderas al otro
+lado del río? Pues allí bailaban los chisperos y manolas pintados por
+Goya; por allí paseaban el gran pintor y las duquesitas hermosas que se
+hacían retratar desnudas. Aquellos sotillos habían presenciado el
+período más amable y pastoril de nuestra historia.
+
+--Piensa, Feli--añadía el joven--, que por real y medio vivimos como
+unos señores en plena campiña, y además, el pago es diario: una
+verdadera comodidad.
+
+La joven, viendo a todas horas a estas gentes de aspecto terrorífico y
+costumbres pacíficas, ya no las tuvo miedo. Las mujeres, por su parte,
+en fuerza de contemplarla junto a la ventana trabajando en los corsés,
+acabaron por sentir admiración. Su laboriosidad inspiraba gran respeto a
+estas hembras vagabundas, cuyas faenas domésticas consistían en encender
+el fuego y dejar que la familia se tragase la cena medio cruda.
+
+Además, habían llegado a la gente gitana vagas noticias de que Isidro
+era un hombre de pluma, que aunque estaba en la desgracia podía salir de
+ella; y esto bastaba para que les inspirase tanto respeto como el juez,
+los escribanos y todos los señores graves que también escriben y envían
+un pobre a presidio apenas desaparece la más insignificante caballería.
+Algunas viejas con negras sayas de viuda detenían a Maltrana para
+hablarle de sus hijos, que estaban en Melilla o en Ceuta.
+
+--Por na, señor--gimoteaban--. Un acaloramiento. Llevaban la _churí_ en
+la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mersé debe tener buenas
+influencias... Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un
+presidio mejor.
+
+Estas gentes de viva imaginación, que vivían en perpetuo embuste, habían
+creado una leyenda halagadora en torno de aquella señorita tan buena,
+tan laboriosa, que permanecía horas enteras tras los vidrios, con los
+ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de
+gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompañadas del
+repiqueteo de los palillos, deteníanse al pie de la ventana y cantaban a
+la que era por antonomasia «la señorita». Feli veía el grupo de
+cabecitas greñudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas
+por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos
+dientes de nítida limpidez. La joven saludábalas con dulce sonrisa, y
+todas ellas prorrumpían en formidable griterío.
+
+--¡Danos argo, señorita!... ¡Échanos manque sea un beso, resalá!
+
+Y hablaban entre ellas de lo que habían oído a sus madres. La «señorita»
+era hija de un personaje muy rico, de un marqués o algo semejante; pero
+como no la dejaba casarse con don Isidro, había huido con él, y los dos
+pasaban _jambre_, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas
+las mujeres _honrás_; lo mismo que si fuese una buena gitana.
+
+Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban
+sobre su alto origen atraían con curioseo irresistible a las hembras de
+las Cambroneras.
+
+La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor
+prestigio del barrio: un dechado de sabiduría, respetada hasta por los
+hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageración, pues
+hasta por encima del cruce del pañuelo se veía el borde de su camisa de
+percalina negra.
+
+Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballerías
+de un hijo suyo, era la hembra de más dinero de las Cambroneras, y su
+casa la mejor. Tenía en ella unas cuantas silletas para sentarse y las
+hollinadas paredes adornábalas con papel recortado del que se emplea en
+los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a
+su tabuco un sabor oriental, en armonía con la cara obscura de los
+habitantes.
+
+La Teodora era la mujer más sabia de su raza. Servía de médico a los
+hombres, de comadrona a las mujeres y de _castañeadora_ a las mocitas
+que iban a casarse. No había virginidad gitana que no pasase por sus
+manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los
+payos del barrio la llamaban con sorna «la madre de las vírgenes».
+
+Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli.
+Ella sabía más de esto que todos los médicos juntos; y después de mirar
+largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los
+arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza:
+
+--Va a ser una _churumbela_ más grasiosa y requetesalá que su propia
+mare. Dende aquí la veo.
+
+Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios
+relatos de las costumbres gitanescas, Feli la veía llegar con agrado
+todas las tardes. Algunas veces venía acompañada de otras mujeres y
+hacía gala de su gran amistad con «la señorita».
+
+Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce años, casi
+una niña, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada
+tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo.
+
+--Es viuda, señorita--decía la vieja--. Se le murió el marío a los dos
+años de vivir juntos... Ya no podrá casarse nunca: lo prohíbe nuestra
+ley. La mujé no debe tener mas que un marío. Los hombres pueden casarse
+asín que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mírela usted
+a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordándose de su difunto. Se
+acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando murió el
+marío, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como
+es ley entre nosotros; se echó un capisayo por la cabeza, y a llorar.
+Duerme en sábanas negras, calza zapatos de gallego, sólo viste paño del
+peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de
+ruidos. ¡Ay, la _Merivén_! ¡Qué mardita bestia! ¡Y qué de tristezas
+trae!...
+
+Y al nombrar a la Muerte, a la terrible _Merivén_, hacía grotescos
+ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con
+las manos.
+
+Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el
+pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnúmero de
+collares verdes, azules y rosa. Era casi una niña; la pubertad apenas
+había hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas
+huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de
+escuerzo femenino.
+
+--Y esta mocita--preguntó Feli--, ¿cuándo se casa?...
+
+--¡Anda!--exclamó la vieja con impúdica risa--. ¡Pues si ahí donde usted
+la ve, está más abierta que la puerta de la Macarena!... Es la mujé de
+mi hijo Rafaé, al que yaman el _Boto_... Tiene trece años; pero más
+mocita me casé yo con mi difunto... a los once.
+
+Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto
+más importante de la vida gitanesca. Los jóvenes de veinte años ponían
+sus ojos en alguna mocita que sólo contaba doce o trece. Las mujeres,
+después de esta edad, no tenían valor alguno. El enamorado buscaba el
+apoyo de alguna hembra de respeto por sus años. En las Cambroneras
+siempre era Teodora la escogida. «Señá Teodora: yo quiero a la Fulana,
+pero con buen fin.» La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su
+confianza, iba en busca de la mocita. «Fulanito quiere ser tu _buñó_,
+pero con formaliá, pa casarse en seguía.» Y la virgen gitana, bajando la
+cabeza, daba su contestación. «Puesto que no me quiere pa engañarme y
+perderme, y ya que una mujé de tanto respeto saca la cara por él...
+bueno, seré su buñí.» Se veían a espaldas de los padres, lejos del
+barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no había
+cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores.
+
+Cuando el _buñó_ se creía en situación para sostener una casa y contaba
+con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el
+gasto de la boda, robaba a la _buñí_, llevándosela a la casa de sus
+padres. ¡Gran escándalo en el barrio! El _bato_ de la novia salía a la
+calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y
+vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal.
+Juraba, ponía los ojos en blanco, pedía una _pusca_ de dos cañones bien
+cargada de plomo para matar a los fugitivos, una _churí_ afilada para
+cortarles el cuello, y no se movía del sitio, a pesar de que los amigos
+apenas si le sujetaban, limitándose a dictarle prudentes consejos, como
+era costumbre.
+
+--¿Qué vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos
+nosotros cuando éramos chavales.
+
+El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tenía que demostrar
+su indignación, la costumbre era que diese a su mujer una paliza de
+muerte.
+
+A los dos días se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la
+novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los
+días de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus
+manazas, la besaba, y gemía después:
+
+--Su mersé es el cuchillo, y yo, probesito de mí, soy la carne. Corte su
+mersé por donde quiera.
+
+Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovían al gitano viejo y
+hacían que se le saltasen las lágrimas, como si las escuchase por
+primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y
+decía conmovido:
+
+--A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero
+ella, que no venga, porque la mato.
+
+Pocos días después presentábase la muchacha escoltada por la Teodora y
+otras respetables brujas de las Cambroneras.
+
+--¡Aquí ties a tu chica!--gritaban desde la puerta--. ¡Vamos a ver si la
+pegas, peazo de bruto!
+
+El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar
+a la chavalilla, caída a sus pies con las manos juntas y el rostro
+compungido, y de repente rompía a llorar.
+
+--¡Mi hija!... ¡_grañí_ de mis entrañas! ¡Qué disgusto nos has dao!
+
+La abrazaba, dándola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos,
+pero era de gozo, viendo terminado por el momento el período de las
+palizas.
+
+La muchacha volvíase a la casa del novio, y allí permanecía hasta la
+boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunían
+dinero para la costosa ceremonia.
+
+Feli sentía curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Había
+oído cosas estupendas.
+
+--Cogemos un cántaro--dijo riendo una compañera de la Teodora--, lo
+echamos por alto, se rompe, y ya están casados.
+
+--¡Gaya, malage!...--exclamó la vieja--. No le tomes er pelo a la
+señorita. Eso del cántaro no es verdad: es _jonjaba_ que les damos a los
+payos; mentiras que se tragan, ansí como creen los marditos que robamos
+a los _churumbeles_ para sacarles las mantecas. No hay cántaro ni na que
+se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo.
+
+Y señalaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes
+regalos de la boda. Unas señoras ricas que iban a explicar la Doctrina a
+una iglesia cercana habían sentido simpatía por aquella muchacha tan
+guapa y apuesta, mostrando empeño en casarla católicamente.
+
+La vieja habló con ellas, alegando el obstáculo insuperable de la
+pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenían miedo a entrar en
+la _Cangrí_, o sea en la iglesia. ¡Pero los _erajais_ (nombre que daban
+a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas señoras,
+conquistadas por la cháchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio
+le hicieron un traje completo, con capa de rico paño, y a la novia la
+pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y
+compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las
+Cambroneras.
+
+-¡Qué boda, señorita!... ¡El parné que sortaron esas santas!... La
+_Cangrí_ estaba toíta yena de luces; a mis nenes les echaron por la
+cabeza una manta dorá, y un _erajai_ muy hablador comenzó a dar voces,
+como si nunca hubiese visto gitanos casándose por Roma; como si juésemos
+caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tiró el durce en las
+Cambroneras como si lloviese del cielo: los _manrelaos_ caían como
+granizo... Y cuando las señoras se _najaron_ y quedamos solos, casamos a
+los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana.
+
+La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prácticas, miraba en torno
+con recelo. Todas eran casadas o viudas; no había ninguna mocita: podía
+hablar sin miedo.
+
+El principal personaje de las bodas era ella, la señora Teodora, alias
+la _Catañeta_, la encargada de _catañear_ a la moza. Un día antes de la
+ceremonia iba a Madrid, acompañada de las más viejas del barrio, todas
+con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas,
+especialmente los _mantejos_ (las almendras o peladillas), que era el
+principal regalo de los gitanos. Había que adquirir, además, la corona
+de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el
+pañuelo, el famoso pañuelo, objeto principal de la ceremonia.
+
+--Compradlo de lo mejor--decía el padrino, que cargaba con todo el
+gasto--. Que no os duela; que sea de nipis, de lo más rico; la Teodora
+entiende de estas cosas.
+
+Al día siguiente, la novia se presentaba hecha una beldad, en enaguas y
+chambra, la banda de raso rojo cruzándole el pecho, la cabellera suelta,
+y una corona de flores de trapo, alta como un morrión. Los convidados se
+quedaban a la puerta de la casa, y avanzaba la Teodora con el rico
+pañizuelo en la mano, grave y cejijunta como una sacerdotisa. Entraban
+con ella los padres de los novios, los individuos más ancianos de las
+dos familias, y luego de cerrada la puerta, tendíase la muchacha en una
+colchoneta, con su corona y su banda. La Teodora, sin dejarse ganar por
+la emoción de los presentes, tranquila y segura de su pericia,
+introducía por entre la hojarasca de las enaguas su mano envuelta en el
+pañuelo, buceando durante mucho rato en este oleaje de tela almidonada.
+La virgen permanecía inmóvil, con los ojos entornados, sin un gesto,
+coloreándose ligeramente por el dolor y las cosquillas.
+
+Volvía a salir a luz el pañuelo, y todos lo miraban. ¡Las tres flores
+blancas! ¡La señal de la virginidad! Podía celebrarse la boda.
+
+Y al abrirse de nuevo la puerta y mostrar la vieja el pañuelo, entraba
+la genio en tropel, vociferando de alegría, saludando a la desposada con
+ruidosos aspavientos:
+
+--¡Viva lo bueno!... ¡Viva la honra! ¡Olé por el mérito! ¡Vamos a
+juntarlos!
+
+El padrino cogía una cesta llena de peladillas y la arrojaba de golpe
+sobre la novia. Esta, tendida en el colchón, recibía sin pestañear la
+rociada. Luego los padres la saludaban con otra lluvia de almendras, y
+tras ellos los viejos de más consideración y todos los convidados, hasta
+los mozuelos más insignificantes. La novia desaparecía bajo la granizada
+de azúcar: sólo se veía su cabeza con el morrión de flores, haciendo
+esfuerzos por librarse del pedrisco, mientras el resto del cuerpo
+quedaba inmovilizado bajo la dulce avalancha.
+
+--¡Vamos a juntarlos!--gritaba la gente--. ¡Música, música!
+
+Rompían las guitarras en melancólico rasgueo, daba el novio su mano a la
+novia para que se levantase entre el crujir de las almendras aplastadas
+por sus pies, y comenzaban a bailar, colocando ella su corona sobre la
+cabeza del marido. Así pasaban la noche, devorando dulces, arrojándolos
+contra las paredes, sorbiéndose por docenas las tazas de chocolate,
+hasta que al amanecer se iban a dormir, ahítos de azúcar y soconusco.
+Todos los gitanos bailaban con la desposada, calándose su floreado
+morrión. Al día siguiente, las madres de los novios hacían platos con
+los dulces esparcidos en la cama y los enviaban a las solteras del
+barrio con una flor de la corona. El novio montaba en un caballo,
+llevando la hembra a la grupa; todos los chavales, jinetes en sus
+mejores bestias, les daban escolta, llevando también a ancas las mozas
+del barrio, y la vistosa cabalgata partía al trote por los campos, como
+si esta ceremonia fuese una iniciación del matrimonio en la vida
+andariega de la raza.
+
+--Y aún pasan días--continuaba la Teodora--antes de que los novios se
+junten de verdad. Mientras están con los padres, tienen vergüenza y
+duermen separados. Sólo cuando ponen su casa se deciden a acostarse
+juntos.
+
+Las famosas flores blancas asombraban a Feli, haciéndola seguir con
+atención las indicaciones de la _Catañeta_. Eran a modo de clara de
+huevo. ¡Ay de la que no las soltaba en aquel registro, que tenía la
+solemnidad de una ceremonia religiosa! Cuando el pañuelo surgía sin
+ellas o con manchas de sangre, un griterío de muerte estallaba contra la
+impura. Era la demostración de su falta de virginidad. Arrojábanse sobre
+ella las mujeres, arrancándole la corona, tirando de sus pendientes
+hasta rasgarle las orejas, haciendo trizas sus blancas vestiduras. Al
+abrirse la puerta, salía como una bestia acosada entre la rechifla de
+los hombres, los arañazos de las mozas y las pedradas de los chicuelos,
+para refugiarse en casa de su padre. Este era inflexible. Le cortaba con
+su navaja la cabellera y le daba por vestidos unos sacos, arrojándola en
+el rincón más obscuro, y allí permanecía sin que nadie le hablase,
+volviendo la espalda a la gente, temblando al oír una voz, hasta que,
+cansada de esta vida de abandono, si quedaba en ella un resto de
+voluntad, huía para perderse en los caminos.
+
+Escuchaba Feli con asombro el relato de estas costumbres primitivas que
+se desarrollaban a las puertas de una gran ciudad.
+
+Cuando volvía Isidro, repetíale estos relatos, y el joven, al
+escucharla, lanzaba miradas de extrañeza al puente vecino, por donde
+pasaban coches, carretas y peatones, todo el tráfago de un gran núcleo
+de población; a los inmediatos desmontes, con sus faroles de gas; al
+tranvía eléctrico que bajaba por el paseo de los Ocho Hilos expeliendo
+chispas verdes y azules de sus ruedas. Sólo unos cuantos metros
+separaban la vida moderna que circulaba por lo alto de aquella
+hondonada, donde aún subsistían las tradiciones de la existencia nómada,
+la barbarie de una raza errante insensible a todo progreso. Las dos
+vidas rozábanse diariamente, pero se ignoraban, se desconocían, sin que
+los de abajo, en su aislamiento, sintiesen la más leve influencia de los
+de arriba.
+
+Sulfurábase Teodora al oír que «la señorita» ponía en duda su ciencia.
+Si _catañeaban_ otras; era posible una equivocación... ¡pero ella! No
+había mas que una Teodora en toda la Península. Allá en _Cordobate_
+existía otra gitana de su arte, pero todos declaraban su inferioridad.
+Con la Teodora no valían engaños: la gitanería tenía fe ciega en sus
+manipulaciones; por eso no llevaba menos de ocho duros por el _catañeo_,
+y el que no los tuviera que no se casase. La llamaban los gitanos de
+toda España para sus bodas, gente rica que, además de pagarle bien,
+cargaba con todos los gastos del viaje. Había estado en los _gaos_ más
+famosos por sus aglomeraciones de gentes de la raza; había corrido
+Andalucía, conocía Murcia, y hablaba de sus viajes a Valladolid y
+Rioseco. Nadie dudaba de su ciencia.
+
+--Rara vez--decía--fartan las flores blancas. Las probesitas gitanas son
+jembras decentes. Ya quisieran muchas de las payas que van por las
+calles del _Gao de los Foros_ asemejarse a nosotras.
+
+Al volver Maltrana a casa, antes de cerrar la noche, caía algunas veces
+en medio de esta tertulia.
+
+La vieja, al verle, le saludaba con grandes aspavientos, como si fuese
+ella la dueña de la casa.
+
+--Pase adelante, Pare Santo... Entre su mersé, bigotillo de gobernaor...
+¡Qué honra pa nosotras el verle!... Aquí estamos haciéndole compañía a
+este pimpollo de Abril, que lleva en su tripa bonita una _churumbela_
+como er mesmo Niño Dios.
+
+Y hablaba de la criatura que había de nacer con tanta seguridad como si
+la viese, detallando sus prendas físicas: cómo tenía el pelo y cómo los
+ojos; en qué se parecía a la madre y qué iba a sacar del padre.
+
+Maltrana escuchaba con mal disimulada impaciencia la charla de la vieja.
+Las contrariedades de su vida, cada vez mayores, irritaban su carácter,
+haciéndole insufrible el parloteo de la bruja.
+
+La Teodora, a la caída de la tarde, miraba a la ventana, indicando a su
+nuera que se asomase.
+
+--_Sicobelate a la parlacha_ y veas si tu marío está por ahí.
+
+El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin
+atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas veía a su cónyuge,
+gritaba con mal humor:
+
+--_Chalate al quer_ (vamos a casa).
+
+Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su
+tristeza, como si viese con más claridad lo pavoroso de su situación.
+
+Ya había llegado la época tan esperada por él. Comenzaba el frío;
+volvían a Madrid, terminado su veraneo, los que podían proporcionarle
+trabajo, y sin embargo, su situación no mejoraba.
+
+Apenas tuvo noticia de la llegada del marqués de Jiménez, corrió a
+visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro.
+¡Terrible acogida!
+
+--¡Contento me tiene!--dijo el senador frunciendo el entrecejo--. ¡En
+seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta.
+
+Y siguió lamentándose, como lastimado por su excesiva confianza en un
+ser inferior.
+
+Había sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos.
+¡Lo que se habían burlado en San Sebastián los de la tertulia del
+jefe!... Decían a gritos que el libro no era suyo; que se lo había
+escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se divertía
+a su costa citando autores fantásticos, copiando párrafos de libros que
+no existían.
+
+--De eso último no hago caso--dijo el marqués con magnanimidad de hombre
+justo--. A cada cual lo suyo. El libro está muy bien; lo que en él se
+dice es pura verdad, ¡si lo sabré yo!... y lo de los autores falsos y
+los libros inventados, todo envidia, envidia nada más... A mí lo que me
+molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mío, que me pongan
+en ridículo ante el jefe, que, como usted sabe, me honró con un
+prólogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado
+prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha
+puesto en ridículo, sí señor, en un ridículo que hace gran daño a mi
+carrera política.
+
+Maltrana, anonadado por la cólera del personaje, intentó defenderse. No
+había hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus
+enemigos se enterarían de que era él quien iba a la imprenta para
+corregir la obra; tal vez la indiscreción viniese de otro lado... pero
+él lo juraba: nada había dicho.
+
+En cuanto a la fidelidad de las citas, su conciencia no le dejó
+defenderse con igual energía. Balbuceaba al formular sus excusas. Bien
+pudiera ser que hubiese equivocado el nombre de algún autor, que hubiera
+atribuido a unos lo de otros... Pero el marqués le interrumpió
+enérgicamente:
+
+--No; repito que el libro está muy bien. ¡Si lo sabré yo! Son
+innecesarias las explicaciones... Lo que a mí me molesta es lo otro: que
+digan que el libro no es mío; que supongan a un hombre de mi altura
+capaz de adornarse con plumas ajenas.
+
+Decía esto con un tono amargo, con la misma expresión con que anonadaba
+a los gobiernos en el Senado por su falta de protección a los trigos; y
+Maltrana acabó por indignarse también contra los maldicientes que
+suponían al marqués de Jiménez incapaz de escribir un volumen.
+
+Isidro salió de allí sin recibir dinero ni un nuevo encargo. Además,
+comprendió que el senador le cerraba su puerta para siempre. Después de
+tales murmuraciones, el mejor medio de demostrar que Maltrana no le
+había prestado ayuda era prescindir en absoluto de su trato. Bien se lo
+dio a entender al joven con la frialdad de su gesto de despedida, con la
+blandura de su mano y los consejos que le dio.
+
+--Más discreción, joven. Para hacer carrera, hay que ser prudente. La
+vida no es un juego; no hay que soñar, joven amigo.
+
+Maltrana volvió desesperado a su tugurio de las Cambroneras.
+
+Entraba todos los días en Madrid persiguiendo una esperanza, pero ésta
+revoloteaba ante él sin dejarse alcanzar. Visitaba a sus amigos de las
+redacciones, preguntando con avidez cuándo podría meter la cabeza en
+alguna de ellas; se ofrecía a los administradores para pegar fajas y
+hacer paquetes. Contentábase con cualquier cosa; lo importante era
+conseguir, fuese como fuese, un par de pesetas todos los días. Hasta
+buscó recomendaciones para algunos concejales, pidiéndoles un puesto
+cualquiera en las dependencias del Ayuntamiento.
+
+Apenas llevaba paquetes a la fábrica de corsés cercana a la Puerta del
+Sol. Hacía dos semanas que Feli tenía en casa la misma docena, sin poder
+terminarla.
+
+Estaba enferma, muy enferma. Maltrana seguía con inquietud los progresos
+de su mal. Quejábase de fuertes dolores de cabeza; perdía de pronto la
+vista, hablaba con incoherencia, insultando unas veces a Isidro sin
+saber por qué, y abrazándose otras a su cuello para pedirle perdón, con
+gran raudal de lágrimas.
+
+El invierno se anunciaba con una frialdad aterradora. Todas las mañanas
+aparecían las charcas del río con grandes cristales de hielo. Los
+gitanos permanecían en sus tabucos, ahumándose junto a las hogueras. En
+la casa de los amantes, ni pan ni fuego. Feli vestía sus ropas de
+verano, sin otro abrigo que un mantón comprado en una casa de préstamos.
+Isidro conservaba aún aquel macferlán de color indefinible, que era como
+la librea de su miseria. Le servía para ocultar la delgadez del traje y
+su deshilachada camisa, mal cubierta por un pañuelo negro lustroso de
+mugre. El pobre joven presentaba un aspecto más deplorable que cuando
+vivía en la calle de los Artistas, sin otra familia que su padrastro.
+Feli, que tanto cuidaba en otros tiempos del arreglo de su persona,
+permanecía ahora inmóvil en la única silla entera de la casa, como si no
+viese ni entendiese, sin otra sensibilidad que un continuo frío que la
+hacía estremecerse en sus ligeras envolturas.
+
+Maltrana salía diariamente en busca del pan. Iba a Madrid a solicitar
+una colocación inútilmente, a «dar sablazos», a mendigar de todas las
+personas conocidas. Ya no era el lobo que descendía de la cumbre en
+busca de alimento; era el pobre roedor, tímido y anonadado, que trepaba
+lentamente desde el fondo de su madriguera a las alturas de la gran
+población, esperando una migaja del banquete de los fuertes.
+
+Feli quedábase en casa, enferma, temblando de frío, fijando en el suelo
+su mirada de estúpida vaguedad, como si la hinchazón de su abdomen
+absorbiese su pensamiento. El emprendía la marcha desfallecido, sin otro
+lastre que una taza de café recalentado o una copa de aguardiente, unas
+veces bajo la lluvia que se introducía por las rotas suelas de sus
+zapatos, otras sacudido por fríos huracanes que agitaban las mangas de
+su macferlán con aleteo de pajarraco fúnebre.
+
+Una mañana, al salir de casa, se detuvo asombrado. La nieve cayó en
+montón a sus pies al abrir la puerta. Todo lo que abarcaban sus ojos
+estaba blanco, con una blancura nítida y fúnebre, como el sudario de una
+virgen muerta: blancos el puente y el río, blanca la cuesta de las
+Cambroneras, los tejados del barrio y los áridos desmontes. El silencio
+era completo; la soledad absoluta. El mundo parecía haber muerto durante
+la noche bajo el peso de la nieve. El humillo azul que se escapaba de
+las chimeneas era el único signo de vida.
+
+Maltrana dudó un instante. Sintió un repentino amor por el encierro, el
+afecto al hogar, que hacía que los hombres se ocultasen en sus casas.
+Pero arriba, en la suya, no quedaba nada: la noche anterior había
+devorado media libreta y las cortezas de un cuarterón de queso. Feli no
+comía; hacía tiempo que el embarazo y la repugnancia a los manjares
+groseros teníanla en perpetua inapetencia. Había que vivir... ¡adelante!
+
+Emprendió la marcha, hundiendo en la nieve sus piernas mal abrigadas,
+aquellos pantaloncillos de verano roídos por los bordes, que apenas si
+disimulaban las grietas y descosidos de las botas. Sus pies se enfriaron
+al contacto de la nieve; a los pocos pasos creyó que marchaba descalzo.
+
+Dentro de Madrid vio las calles desiertas, sin carruajes, sin tranvías,
+todo igualado, arroyos y aceras, por aquella capa blanca, como si
+hubiese llovido sal. En los lados de las calles abríanse negros senderos
+de barro, por los que pasaban los escasos transeúntes entre un doble
+muro de nieve. Los árboles parecían de algodón; blancas vedijas pendían
+de los balcones y los aleros. Los faroles del alumbrado ostentaban una
+montera torcida como un gorro de dormir. Los golfos, entusiasmados por
+la novedad del espectáculo, hacían rodar grandes bolas de nieve,
+coronándolas con monigotes de su invención.
+
+Maltrana, con los pies helados y temblando de frío, vagaba por Madrid.
+Subió a la casa de un antiguo compañero para pedirle algo, aunque sólo
+fuese una peseta, y no le encontró. Fue al extremo opuesto de la villa,
+en busca de otro amigo, pero tampoco estaba en casa.
+
+Pensó, como supremo recurso, en el marqués de Jiménez. Este no podía
+abandonarle; le pediría socorro aunque fuese de rodillas.
+
+Arrastrando los pies, llegó al barrio de Salamanca. Tuvo que discutir
+con el portero, que le cerraba el paso, y al fin le dejó subir por la
+escalera de servicio para que no manchase la alfombra de la escalera
+principal con la nieve derretida que soltaban sus pies. En la puerta de
+la cocina le rechazaron con aspereza después que un criado desapareció
+por unos instantes para anunciar su nombre. El señor marqués estaba muy
+ocupado: no podía recibirle.
+
+Era más de mediodía. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con más
+nieve. La luz de interminable crepúsculo reflejábase en la blancura con
+tonos lívidos. Maltrana caminaba desalentado, con los brazos caídos, sin
+saber adónde dirigirse.
+
+Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: quería
+morir. Todos los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundo
+se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la
+llevaba en el alma.
+
+En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno
+de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos,
+pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos.
+
+Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareció
+despertar su voluntad. ¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento en
+Feliciana, que temblaría de frío en su casucha, mientras él se calentaba
+en el público brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos
+eran superiores a él; podían luchar más bravamente con la desgracia.
+
+Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras
+al que tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que en
+Madrid todos eran invisibles, como si el frío endureciese las
+conciencias, como si la paralización de la vida aislase a los hombres en
+su egoísta bienestar.
+
+Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada
+y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y
+brillante, como una inmensa mortaja que cubría el río, los montes, las
+viviendas, y de la cual surgían los árboles como hilos sueltos.
+
+Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba las
+desigualdades del suelo, las cunetas, los hoyos de los árboles, los
+declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre,
+entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica alucinación, la imagen
+de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona.
+
+El mundo estaba frío, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha
+penosa sin un impulso de misericordia.
+
+¡Morir de hambre!... Por él, que fuese al momento: descansaría de una
+vez. Pero ¿y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi
+enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entrañas? ¿Cuál iba a
+ser su suerte?...
+
+Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el
+fervoroso creyente de la alegría de la vida y su refinado helenismo,
+sintió que sus piernas flaqueaban, y se apoyó en un árbol.
+
+No podía más: era un vencido. Confesaba su cobardía, cayendo anonadado
+bajo el zarpazo de la Suerte.
+
+¡Pobrecillo! Se llevó las manos a los ojos y rompió a llorar con vagidos
+de cordero abandonado, como un niño que despierta en las tinieblas y
+siente el vacío en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con
+el calor del pecho maternal.
+
+
+
+
+XI
+
+
+El mismo día de la nevada, un nuevo infortunio conmovió dolorosamente a
+Isidro.
+
+Al volver a su casa pudo comer. El dueño del tenducho de las Cambroneras
+pareció apiadarse de su miseria, aceptando todas las promesas de pronto
+pago. La inclemencia del tiempo ablandaba al tendero, y el joven logró
+subir con dos panes, una botella de vino, queso y una lata de sardinas.
+
+Fiesta completa. Después de comer, sintió un renacimiento de su amor a
+la vida. Arañó sus bolsillos para reunir las últimas briznas de tabaco;
+lió un pitillo, y despidiendo nubes de humo con la voluptuosidad del
+bienestar, contempló detrás de los cristales el paisaje nevado que tan
+honda tristeza le inspiraba horas antes.
+
+Feli apenas pudo comer: sentía repugnancia ante aquellos manjares. Una
+náusea los repelía de su boca, y de nuevo se sumió en su inmovilidad, en
+aquel agotamiento que la hacía permanecer como insensible.
+
+El joven se apartó de la ventana al oír un suspiro de angustia.
+
+--¡No veo... no veo!--gimió Feli, llevándose la mano a los ojos.
+
+Maltrana corrió hacia ella.
+
+-¿Qué te pasa, nena? ¿Qué sientes?
+
+-Mi padre...--dijo con voz lenta--, mi tío Manolo... frío, mucho frío.
+
+La incoherencia de sus palabras inspiró miedo al joven.
+
+Sus ojos estaban inmóviles, considerablemente agrandados, con un
+estrabismo que dejaba al descubierto toda la córnea, empujando la pupila
+a un ángulo de los párpados. Se llevaba las manos a la frente.
+
+--Dolor... mucho dolor--murmuró como una niña enferma.
+
+Después se tentaba el estómago, repitiendo el mismo quejido. Inclinaba
+la cabeza, como si no pudiese resistir el peso de aquella cefalalgia que
+entorpecía sus facultades intelectuales. Contestaba con incoherencia a
+las angustiosas preguntas de Isidro o no las contestaba, permaneciendo
+en un silencio enfurruñado.
+
+De repente se quejó del zumbido de sus orejas, que parecía enloquecerla,
+del hormigueo que sentía en su cuerpo, de la rigidez que inmovilizaba
+sus miembros.
+
+--Todo rueda--gimió--. Ruedan las paredes... se abre el piso... un
+agujero muy negro, ¡muy negro! Isidro, cógeme... agárrame, que me
+caigo... ¡que me caigo!
+
+Y a pesar de que el joven la tenía fuertemente sujeta entre sus brazos,
+ella manoteaba, defendiéndose para no caer en el negro abismo que veía
+su trastornada imaginación.
+
+Luego dio un alarido y rompió a llorar con desesperados gritos:
+
+--¡Mi padre... mi pobre padre! Míralo: está en la puerta... entra... nos
+mira; lleva una mortaja... blanca, blanca como la nieve.
+
+Sus ojos extraviados miraron hacia la puerta; y había tal seguridad en
+sus palabras, que Maltrana se volvió, creyendo por un momento en la
+certeza de la alucinación.
+
+Con grandes esfuerzos pudo llevarla hasta el pobre lecho y la tendió en
+él, creyendo terminada la crisis. Seguía llorando; el joven esperaba que
+las lágrimas la librasen del dolor que le oprimía los pulmones y le
+atravesaba la frente como si fuese un clavo enrojecido.
+
+Pronto se convenció de que la crisis iba en aumento. Feli, tendida en la
+cama, ya no movía su cabeza de un lado a otro con penoso vaivén. La
+inclinaba sobre el hombro derecho, al mismo tiempo que sus ojos seguían
+mirando hacia la izquierda con una fijeza inquietante, como si
+contemplasen algo que la infundía pavor. Las pupilas se dilataban; la
+boca entreabríase con el temblor de las mandíbulas o se cerraba
+oprimiendo la lengua. La palidez de su rostro tomaba un tinte lívido; la
+respiración era penosa, breve, irregular, agitada por ruidosos suspiros.
+De pronto, interrumpiose aquélla con una contracción violenta de los
+músculos del pecho, y la enferma quedó inmóvil, como si fuese a perecer
+por asfixia.
+
+Maltrana agitábase en torno de la cama, aturdido, sin saber qué hacer,
+aterrado por su soledad y su inexperiencia.
+
+--¡Feli... nena mía; respira... habla! ¡Dios mío! ¿qué es esto?
+
+Y la golpeaba las manos, tiraba de sus brazos, la soplaba en la boca
+como si quisiera devolver aire a sus pulmones.
+
+Duró esto menos de un minuto, pero al joven le pareció interminable;
+sentía una angustia casi igual a la de la enferma. Volvió ésta a
+respirar, y su inmovilidad se trocó de pronto en una agitación loca. Los
+músculos orbiculares se contrajeron y ensancharon, los párpados se
+cerraron y abrieron, aleteando con loca rapidez. Los ojos rodaban en sus
+órbitas, lanzando una luz extraña, como si la electricidad de la
+convulsión reflejase en sus pupilas verdosas centellas. Las mandíbulas
+se cerraron fuertemente, ensangrentando la lengua. Una espuma
+burbujeante asomó a las comisuras de los labios, con sordos rugidos. El
+cuerpo se contraía y dilataba, doblándose como un arco, mientras la
+cabeza y los pies se hundían en las desordenadas ropas del lecho.
+
+Isidro corría como un loco por la habitación. Después abrió la ventana.
+
+--¡Socorro!...-gritó--. ¡Teodora!... ¡señora Teodora!
+
+Nadie le oía. La calle, la plaza, el inmediato callejón de los gitanos,
+todo estaba en silencio, cubierto de nieve, sin la negra silueta de una
+persona. Siguió gritando, con la angustia del miedo, y por fin, de la
+primera casucha vio surgir una cara bronceada llena de arrugas, con ojos
+de curiosidad.
+
+--¡_Salguerillo_... Salguero! ¡Por tus muertos te lo pido! Avisa a la
+Teodora... que venga. Mi mujer se muere.
+
+Cuando se retiró de la ventana vio a Feli revolviéndose en el suelo,
+rugiendo con una expresión espantable que crispaba los nervios, llena la
+boca de espuma que se coloreaba de rojo con la sangre de la lengua. Las
+convulsiones la habían hecho caer de la cama, golpeando el suelo con su
+vientre. El joven tuvo que realizar grandes esfuerzos para subirla y
+sujetarla, evitando que rodase otra vez.
+
+Su respiración comenzó a ser menos agitada. Abriose su boca, absorbiendo
+el aire con grandes y ruidosas aspiraciones; la nariz se dilató
+desmesuradamente, chocando después sus alillas al contraerse. Comenzaron
+a descender en intensidad los estremecimientos; los músculos cesaron de
+contraerse. Los brazos se extendieron pegados a las piernas inmóviles.
+Los ojos mostraban las pupilas dilatadas, con una veladura mate, como si
+fuesen ojos de cadáver. Un sueño pesado, letárgico, se apoderó de ella.
+
+Maltrana creyó por un momento que había muerto, pero al aproximar el
+oído a sus labios se tranquilizó. Una débil respiración animaba con su
+estertor el cuerpo inmóvil.
+
+Entonces oyó que llamaban a la puerta, y fue a abrir para que entrasen
+la Teodora y otra vieja.
+
+¿Cuánto tiempo había transcurrido?... Las gitanas llegaban corriendo,
+alarmadas por el recado de Salguero, pero Isidro creyó que había pasado
+algo así como un siglo.
+
+Dejose caer en una silla, como si al recibir el auxilio de aquellas
+mujeres sintiese de golpe todo el terror que la crisis le había causado.
+
+La Teodora examinó a la enferma, mientras Isidro le explicaba lo
+ocurrido con voz temblona. Ella conocía estos accidentes: había visto a
+muchas mujeres sufrir lo mismo en sus embarazos.
+
+--Es mal de corazón, don Isidro--decía con la certeza que le
+proporcionaba su ciencia--. La señorita es tan poca cosa, que el
+embarazo la trae trastorná. Esto, en cuanto suerte la _churumbela_ que
+yeva dentro, ya no se repite.
+
+Después habló de sangrarla; ella era capaz de hacer la operación. Había
+pinchado a todos los enfermos del barrio con una maestría que ya
+quisieran tenerla muchos barberos. Pero ante el gesto de Maltrana se
+contuvo. Conformes: no la sangraría; por el momento ya había pasado el
+peligro; pero en cuanto despertase la pobre «señorita», iba a
+administrarla unas tacitas de un cocimiento que hacía milagros: hierbas
+del campo recogidas por ella misma y que guardaba en su casa. La
+compañera fue por los hierbajos, y Maltrana y la vieja quedaron junto a
+la enferma, contemplándola silenciosos.
+
+Feli dormía tranquilamente, con los ojos cerrados. El sueño parecía
+arrollar en su avance los últimos signos de la enfermedad.
+
+Cuando despertó, después de anochecer, llevose la mano a la frente, como
+si quisiera fijar sus recuerdos. Miró en torno de ella, titubeando, como
+extrañada de verse en el lecho, en plena noche, a la luz de una bujía
+que marcaba en la pared las sombras de Isidro y la Teodora, sentados
+junto a la cama.
+
+--¡Ya está buena la señorita!--gritó la vieja--. ¡Olé, ya tenemos niña!
+
+Maltrana, instintivamente, se abalanzó a la enferma, besándola repetidas
+veces, sin hacer caso de la extrañeza de Feli, que pugnaba por reunir
+sus recuerdos.
+
+La gitana, ayudada por su compañera, confeccionó en la cocina su famosa
+infusión, de la que hizo beber varias tazas a la enferma.
+
+Viendo tranquila a Feli, se fueron las dos viejas, recomendándola que no
+abandonase el lecho. Aquello no había sido mas que una crisis propia de
+su estado: tal vez habría cogido frío. Había que cuidarse, que el tiempo
+era muy perro.
+
+Al quedar solos los jóvenes, Isidro habló a la enferma del miedo que
+había sentido.
+
+--Creía que ibas a morir, que te perdía en un instante.
+
+Y añadía con sencillez, temblando aún su voz con el recuerdo de la
+pasada emoción:
+
+--¡Ay, Feli! ¡No mueras, mi alma! No he sabido lo que te amo hasta esta
+tarde, en que creí que te ibas para siempre.
+
+La enferma movía con pereza una de sus manos y acariciaba la cabellera
+crespa de Maltrana, lamentándose de la forma aterradora de la crisis,
+como si ésta fuese un acto de su voluntad.
+
+--¡Pobrecito!--decía lentamente--¡qué susto te he dado! Aún se te conoce
+en la cara; estás pálido, te tiembla la voz. Ríñeme, por mala... Te juro
+que no lo haré más. Contendré mis nervios; procuraré no dejarme llevar
+por ellos, aunque reviente.
+
+Volvió a dormirse muy entrada ya la noche. El silencio era absoluto.
+Fuera de la casa, ni un ruido de pasos, ni una voz: la nieve pesaba
+sobre la vida, ahogando sus movimientos.
+
+Helaba. Un frío punzante e irresistible, el frío que sigue a las grandes
+nevadas, deslizábase por las rendijas de las maderas, filtrábase por las
+paredes.
+
+Feli se agitó en el lecho, murmurando con suspiro infantil, sin abrir
+los ojos:
+
+-Frío... mucho frío.
+
+Estaba cubierta por la única manta que tenían en la casa y el
+mantoncillo que le había comprado Isidro al comenzar el invierno. El
+joven extendió sobre el cuerpo de ella un traje de percal y la poca ropa
+blanca que colgaba de unos clavos. Estas telas sutiles eran de un abrigo
+ilusorio.
+
+La enferma seguía estremeciéndose, y el pobre Isidro, que temblaba de
+frío, se quitó el macferlán para añadirlo a la cubierta.
+
+Era una noche terrible. Maltrana paseábase por el cuarto como si
+estuviese en medio de la calle. No se oía ruido de viento: la calma era
+absoluta; pero en este ambiente tranquilo, el frío resultaba más
+punzante, más mortal. Parecía que el mundo acababa aquella noche, que el
+sol ya no saldría más, que la tierra iba a permanecer por siempre bajo
+su mortaja de nieve.
+
+El joven entró en la cocina. En una cazuela quedaban unas brasas,
+abandonadas por la Teodora después de su cocimiento. Metió en la
+habitación este anafe improvisado, colocándolo cerca de la cama.
+
+Feli seguía quejándose entre sueños.
+
+--Frió... mucho frío... Tengo los pies de hielo.
+
+Maltrana se quitó la chaqueta, una prenda de verano que aún subsistía
+sobre sus hombros como testimonio de pobreza, y la extendió encima de la
+cama.
+
+El fuego mortecino iba extinguiéndose. Isidro pensó con envidia en la
+fuerza de los obreros. De tener el vigor de un albañil, de un peón del
+adoquinado, arrancaría una puerta, haría astillas una ventana para
+mantener el fuego; se defendería de la noche cruel, eterna como la
+muerte. Lamentaba su miseria física, que añadía nuevas tristezas a su
+situación. Estaba desarmado para la vida: el último de los vagabundos
+que marchaba por las carreteras valía más que él, con toda su cultura
+inútil.
+
+Fuego... necesitaba lumbre. Se lo pedía Feli angustiosamente, en el
+tormento de la congelación que turbaba su sueño.
+
+Miró con rabia los papeles y libros apilados en un rincón. En Madrid no
+encontraba quien le diese pan, pero siempre volvía a casa con los
+bolsillos llenos de papeles. Los camaradas le ofrecían periódicos para
+que leyese sus artículos; los autores le regalaban libros con pomposas
+dedicatorias. «Al erudito y notable escritor Isidro Maltrana, su
+admirador...» ¡Le admiraban! ¿Por qué? Tal vez por su miseria. Vendía
+los libros por unos cuantos reales, por lo que querían darle, y sin
+embargo, siempre tenía volúmenes en su casa: versos tristes de gentes
+con salud y medios para defenderse del hambre; novelas sobre crisis de
+las almas; tratados para resolver el conflicto social. El papel le
+perseguía, le rodeaba; había nacido para ser su siervo. ¡Siempre el
+papel, negro de tinta, acosándolo, cerrándole el camino! Mientras tanto,
+el pan y el bienestar huían de él, yéndose en busca de los brutos.
+
+Con la cólera que le inspiraban estos pensamientos, arrojó en el triste
+rescoldo un volumen, el primero que halló a mano. El papel grueso y
+brillante se ennegreció, al mismo tiempo que de sus páginas, encorvadas
+por el fuego, surgía una llama, esparciendo denso humo por la
+habitación.
+
+Ni calor podía dar el maldito papel, motivo de envidias y locuras para
+muchos imbéciles. Y temiendo que el humo le obligase a abrir la ventana,
+cogió la cazuela con el volumen chamuscado, llevándola a la cocina.
+
+Al volver, paseó largo rato con los brazos cruzados y las manos en los
+sobacos, temblando de frío, agitando sus piernas violentamente, como si
+temiese quedar yerto.
+
+Feli abrió los ojos y mostró asombro al ver a Isidro en mangas de
+camisa. Iba a constiparse: hacía mucho frío. ¿Dónde tenía sus ropas?...
+
+Maltrana mintió con un cinismo que hacía llorar. Había dejado su abrigo
+sobre la cama porque tenía calor. La noche era magnífica: aún sentía en
+su estómago la tibieza del vino que había bebido por la tarde y de
+aquellas sardinas que eran un bocado de príncipe.
+
+El joven, al decir esto, daba diente con diente, y fingía reírse para
+ocultar su temblor.
+
+El frío acabó por obligarle a refugiarse en el lecho. Feli protestaba
+contra su empeño de permanecer en vela; sentíase bien: el peligro había
+pasado...
+
+Juntáronse los dos cuerpos por la atracción del calor, pegándose el uno
+al otro con intensos escalofríos. Se confundían sus alientos y los
+sudores de su piel; experimentaban la voluptuosidad del bienestar
+animal al ir calentándose poco a poco en esta comunión de sus cuerpos.
+Maltrana sentía la dura redondez del hemisferio materno, el contacto de
+aquel fardo de vida que amenazaba su porvenir. La juventud había huido
+de él para condensarse en esta cavidad. La pobre Feli había perdido de
+golpe la alegría y la salud. Se habían unido, creyendo en la hermosura
+de la vida, en la eterna primavera del amor, con las risas e
+inconsciencias del pájaro, para verse de pronto prisioneros de su propia
+obra, transformados en vulgares procreadores, con todas las angustias de
+la responsabilidad.
+
+Feli dormía otra vez, y su amante pensaba. La obscuridad de la
+habitación parecía embrollar sus ideas. Sin saber por qué, recordó uno
+de sus juegos en el Hospicio. Los muchachos cogían una mosca, la
+arrancaban las alas y empujábanla después, pretendiendo que volase.
+
+¡Ay! El era como aquella mosca. Le habían arrancado las alas; le habían
+arrebatado las armas naturales para la lucha por la vida. Hubiese sido
+mejor dejarle en las profundidades sociales donde había nacido, dedicado
+al trabajo manual como sus ascendientes. Sus brazos serían fuertes, sus
+manos estarían duras; no le faltaría el pan. Atravesaba Madrid con el
+rubor del pedigüeño, con la vileza del mendigo de levita, inventando
+embustes para comer, mientras los hambrientos de blusa encontraban
+siempre un medio para satisfacer su hambre. Aquí, ayudaban a descargar
+un carro; más allá, abrían la portezuela de un carruaje; pedían a todos,
+y las manos caritativas daban y daban, como si la tosquedad del
+trabajador manual despertase mayor compasión. El vagaba encogido,
+vergonzoso, sin otro recurso que asediar a los amigos con el espectáculo
+de su miseria, y se oía llamar sablista inaguantable, mientras el otro
+era el pobre obrero, merecedor de protección.
+
+¡Ay, aquella pobre señora que le había trasplantado!... ¡Cuánto daño le
+hizo sin saberlo! Pensaba en ella con agradecimiento, pero decíase que
+hubiera sido mejor no conocerla nunca, no haber abierto un libro, pasar
+del Hospicio al aprendizaje. Ahora sería oficial de albañil; su Feli le
+llevaría la cesta a la obra, como la llevaba su madre; comerían en una
+acera, en un paseo, sin otra aspiración que la alegría de satisfacer las
+necesidades del cuerpo. Hasta los peligros de muerte constituían una
+ventaja. La caída del andamio, el derrumbamiento de un piso, eran medios
+para salir rápidamente de este mundo de miserias, acabando de una vez.
+
+Todo resultaba preferible a su existencia actual, a su situación
+ambigua, sin el mendrugo de los de abajo ni el bienestar que gozan los
+de arriba. Ni era de los siervos alimentados, ni de los señores que
+dominan.
+
+Había estudiado para ser infeliz, para conocer y paladear todas las
+fealdades de la existencia. No podía creer en las mentiras aceptadas por
+la buena fe de los humildes. La instrucción le había servido para
+rozarse con los privilegiados, conociendo las abundancias que les
+rodean. Carecía de vigor físico para trabajar como un hombre; era un
+enclenque debilitado por el estudio, y el desarrollo de su pensamiento
+no le servía para abrirse paso.
+
+¡Pobre mosca mutilada! Le habían arrancado las alas de su nacimiento, y
+la mala suerte se divertía empujándole, gritando: «¡Vuela!» ¿Cómo iba a
+remontarse? Estaba vencido sin remedio, caído en el suelo, sin fuerzas
+para moverse. El estudio desordenado y ansioso sólo servía para anular
+su voluntad. Pasaba la existencia enterándose de lo que miles de seres
+pensaron a través de los siglos, y cuando las necesidades de la vida le
+impulsaban a la acción, encontrábase desarmado, sin fuerzas para seguir
+su camino.
+
+La sombra que le envolvía al pensar esto era una imagen de su
+existencia. ¡Todo negro! ¿Adónde ir? ¿Qué hacer?... Y como si su propia
+desgracia no le bastase, el amor había unido a él una infeliz, cuyo
+único delito era quererle y admirarle; la había colgado de su brazo para
+que marchase con más dificultad, tropezando a cada paso, tirando
+penosamente de esta compañera, que al principio era la alegría y se
+trocaba poco a poco en una cadena que arrastraba tras él, impidiéndole
+avanzar. Todo lo veía negro, con la lobreguez de una miseria a cuyo fin
+estaba la muerte. Deseaba morir, acabar de una vez esta existencia sin
+objeto, dar fin a una vida fracasada, irresistible y penosa, como una
+equivocación de la Suerte. Pero ¿y ella? ¿y la dulce compañera, que
+había abandonado la órbita de su existencia para seguirle, arrebatada
+por la atracción de su mala fortuna?...
+
+Maltrana, escuchando la respiración de Feli, palpando en la sombra su
+cuerpo desfigurado por la maternidad, experimentó el mismo remordimiento
+que si la hubiese asesinado y tuviera el cadáver tendido junto a él.
+Sintió la cobardía de aquella tarde ante el espacio cubierto de nieve;
+un empequeñecimiento de niño abandonado, un deseo de achicarse, de dejar
+de ser hombre, de convertirse en un insecto, en una planta, en una
+piedra, en algo que estuviese por debajo de las crueldades humanas; y
+rompió a llorar silenciosamente, permaneciendo entre el sueño y el
+doloroso desvelo, víctima de pavorosas alucinaciones, hasta que se
+filtró la luz del día por las rendijas de la ventana.
+
+Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando la nieve convertida
+en fango, encontró su vivienda en revolución. Venía alegre: había
+logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvidó su gozo al ver a la
+Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho,
+sumida en el sopor de la crisis.
+
+Habíase repetido el ataque. La enferma tenía en la frente una contusión
+que denunciaba su caída al suelo. Las gitanas, advertidas por una
+vecina, habían corrido en su auxilio.
+
+La Teodora fruncía el ceño al hablar al joven... Don Isidro, la pobre
+«señorita» estaba muy enferma. Estos ataques iban a repetirse con
+frecuencia. Eran cosas del embarazo, que se presentaba muy mal. Según su
+cuenta, faltaba un mes para que Feli llegase al parto, pero este mes era
+de grandes peligros. No tenían dinero para pagar a un médico; allí
+faltaba todo. El tenía que salir a ganarse el pan, ellas podían hacer un
+favor de vez en cuando, como buenas cristianas que eran, aunque gitanas;
+pero esto no era posible a todas horas, pues sus casas y familias
+también exigían cuidados.
+
+--En fin, don Isidro--dijo la gitana--, hay que tomar una resolución.
+Pecho al agua; algo durilla es la cosa, pero yo creo que la probe
+señorita estaría mejó en el hospital.
+
+¡El hospital! Maltrana quedó aturdido, como si esta palabra equivaliese
+a un golpe... Pasado un rato, pudo reflexionar. ¡El hospital! ¿Y por qué
+no? Lo habían hecho para las gentes como ellos: era un lugar de
+delicias, comparado con esta habitación desmantelada, en cuyos rincones
+creía ver encogidos los espectros del hambre y el dolor... En él habían
+muerto sus padres.
+
+Pasó aquella noche sin acostarse, velando a Feli, que había recobrado
+sus facultades, pero apenas podía hablar. Su lengua estaba hinchada, con
+grandes rasguños, por habérsela mordido durante la crisis.
+
+Isidro se explicó tímidamente, mientras ella lo contemplaba silenciosa,
+con sus ojos que parecían agrandados por los recientes espasmos. Allí
+estaba muy mal: podía morir abandonada durante una ausencia suya, lo
+mismo que morían los irracionales, y él estremecíase sólo al pensarlo.
+¡No, no!... Y gesticulaba enérgicamente, como si la viese ya en su
+imaginación muriendo durante la noche, sin otro socorro que los gritos y
+las carreras del amante, enloquecido por la desgracia.
+
+--Yo no sé cómo decírtelo, nena--murmuró con voz temblona, haciendo
+largas pausas--. Hay que tener valor... apreciar las cosas tales como
+son. Lo que voy a decirte no es mas que una idea... Si tú no quieres, no
+será... Podías entrar en el hospital... No, no te asustes. No en el
+hospital adonde van todos; en las clínicas, en la Facultad. Yo tengo
+buenos amigos de mis tiempos de estudiante... Te visitarían los
+catedráticos... todos unos sabios. Asunto de permanecer allí un mes
+cuando más. Tendrías la criatura, rodeada de más cuidados que aquí...
+sanarías, y luego... luego continuaríamos nuestra vida más feliz que
+ahora, pues la mala suerte no va a atormentarnos siempre.
+
+Isidro esperaba una explosión de llanto, la protesta de una repugnancia
+instintiva, y quedó asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli,
+sus ojos fijos y tristes puestos en él. Tras una larga pausa, bajó la
+cabeza en señal de asentimiento. Sí que aceptaba: iría al hospital, pero
+sin participar de los optimismos del joven.
+
+--No siento--murmuró, moviendo su lengua con gran dificultad--, no
+siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos
+nunca.
+
+-¡Feli de mi alma--gritó Isidro--, no digas eso; no lo creas, nena
+mía!... Volveremos a ser felices. Verás qué bien te tratan allí.
+
+A la mañana siguiente, Maltrana salió muy temprano, dirigiéndose a la
+calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo
+camarada de la época estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una
+clínica.
+
+Apellidábase Nogueras, y era un joven de carácter alegre, pequeño de
+cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de
+la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectáculo de las
+miserias y desarreglos de la máquina humana. No había visto a Isidro en
+mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina,
+le echó los brazos al cuello, riendo de su facha miserable.
+
+--Eso de la literatura debe de ir mal--dijo--. ¿Necesitas algo de mi?
+Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clínico, y
+tengo mil quinientas pesetas al año... con descuento. Menos que los que
+barren los ministerios.
+
+El alegre doctor cesó de reír ante la gravedad de Maltrana. Este le
+habló de Feli y de su enfermedad.
+
+--¡Vamos, es una queridita que te has echado!--dijo el médico.
+
+Isidro contestó afirmativamente. Sí; una querida a la que amaba como
+muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que podía gloriarse de
+una fidelidad que pocas esposas conocían.
+
+--Bueno, adelante--dijo el médico levantando los hombros--. ¿Y qué es lo
+que tiene?
+
+Maltrana explicó las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para
+recordarlas en todos sus detalles.
+
+--No digas más--interrumpió el doctor--. Los síntomas son claros.
+Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es
+necesario: eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que
+provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Tráela esta
+tarde; te esperaré en la Comisaría. La meteremos en la clínica de
+partos. Yo no estoy en ella, pero recomendaré tu socia al compañero, con
+grandísimo interés... Hasta la tarde, ¿eh?
+
+Tenía prisa: su catedrático le esperaba en la sala de profesores. Le
+mostró la entrada de la Comisaría, una puertecita algo más abajo del
+gran portalón de la Facultad. Allí, a las cuatro.
+
+Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada arañase el caparazón
+de indiferencia con que parecían acorazarle las desdichas humanas.
+
+Por la tarde abandonó Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo
+sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco creyó
+percibir en su oído un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se
+cumplirían los presentimientos de la enferma. ¡La perdía para siempre!
+
+La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle
+de Amargura.
+
+Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pañuelo que
+formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyándose en su
+amante.
+
+Sus piernas hinchadas apenas podían moverse; el abdomen monstruoso la
+atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inacción en su
+casucha de las Cambroneras habían entorpecido los resortes de su
+movilidad. Deteníase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en
+todos los bancos y poyos del paseo.
+
+La Teodora quiso acompañarla hasta la Fuentecilla, animándola con sus
+palabras y gesticulaciones gitanescas.
+
+--Arriba, mi niña... A ver cómo echamos unos pasitos más; a ver cómo se
+mueven esos _pinreles_ bonitos.
+
+Y volviéndose hacia Maltrana, murmuraba con expresión llorosa:
+
+--¡Está muy malita, don Isidro! ¡Qué bien jase usted en llevársela!...
+
+Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separó la gitana,
+después de dar varios besos a la enferma.
+
+--¡Que el _Baró_ der sielo te ponga pronto buena; que su santísima mare
+no se aparte de ti!... Adió, terronsito de asúcar; adió, armendrita
+durse!...
+
+Y sus últimas palabras ya no se oyeron, pues se alejó con la cara oculta
+en el delantal.
+
+Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli,
+conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros
+tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanías de Madrid,
+ocultándose de las gentes. Desde entonces no habían ido en coche. Ahora,
+todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas
+de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la última tal vez que
+harían juntos.
+
+Entraron en la Comisaría por entre varios grupos de mujeres andrajosas
+con niños al pecho y hombres de mísero aspecto, todos mostrando
+repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos
+que desfiguraban sus miembros, retorciéndolos. Esperaban su turno para
+la consulta gratuita. Un fuerte olor de antisépticos impregnaba el
+ambiente.
+
+Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho
+inmediato y salió a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y ésta bajó
+los ojos, avergonzada... ¡Pchs! No era gran cosa como mujer...
+
+Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situación embarazosa.
+
+Maltrana, al venir en el carruaje, estremecíase pensando en el horror de
+la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la
+enferma.
+
+No fue así; no hubo nada de esto. Sólo un silencio, una sencillez en la
+separación, más desgarradora que los extremos ruidosos del dolor.
+
+El médico habló de las recomendaciones que había hecho a su compañero de
+la clínica de partos. Tenía ya su cama reservada; hasta había interesado
+a la monja del departamento.
+
+--Cuando usted quiera, la acompañaré--dijo mostrando cierta prisa.
+
+Por fin se miraron, sin una lágrima, sin un suspiro, abriendo los ojos
+desmesuradamente, con expresión de terror. ¡Iban a separarse!...
+
+Ella fue la primera en dar un paso. ¡Ay, el valor de las mujeres!...
+
+--Adiós, Isidro.
+
+--Adiós, Feli.
+
+Sus voces eran gemidos; pero no lloraron, no se atrevieron a besarse, a
+estrecharse las manos en presencia del mediquillo burlón y de aquellos
+enfermos que les miraban fijamente.
+
+Ella se alejó por un corredor obscuro, precedida por el médico. Su paso
+vacilaba... pero no quiso volver el rostro atrás, como si temiese perder
+toda su firmeza.
+
+Maltrana salió a la calle, y a los pocos pasos hubo de apoyarse en la
+pared. Tenía frío: un frío de sepulcro, que se le colaba hasta el alma.
+Lucía el sol de la tarde, un sol que Isidro no había visto nunca; un sol
+obscuro, empañado, fúnebre, como si el astro del día enviase sus rayos
+al través de negra urdimbre; como si estuviese envuelto en un crespón.
+
+
+
+
+XII
+
+
+Ya no volvió a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin
+Feli. Sentía el terror de los que pierden a un ser querido y no osan
+penetrar en la mortuoria habitación. ¿Qué iba a hacer solo en aquel
+extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordarían a la
+amante?...
+
+Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza.
+
+Aquella noche volvió a la redacción, después de una ausencia de tantos
+meses. Los compañeros le recibieron con irónicas ovaciones.
+
+--¡_Homero_! ¡Ya está aquí el gran _Homero_!... ¡Salud al ilustre
+«tabarrista»!
+
+Y le preguntaron si traía como fruto de su soledad algún artículo de los
+que sembraban el pánico en los suscritores.
+
+Algunos de la redacción le habían visto paseando con Feli por el Retiro.
+
+--Di, _Homero_: ¿qué has hecho de aquella muchacha tan simpática que
+llevabas del brazo?... ¿La encontraste en algún libro griego? ¿Era ática
+o beocia?
+
+--Está en el hospital--contestó Maltrana con los ojos llorosos.
+
+Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compañeros.
+
+Pasaba las noches en la redacción. Había perdido la costumbre de
+trasnochar, y como no quería volver a su casa, buscaba los cuartos sin
+luz, dormitando en un diván. Si llegaba una visita y había que encender
+luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del
+abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el
+sueño en la casa de algún amigo.
+
+Apenas comía. Ansioso de distracción, de conversaciones que le
+aturdiesen, juntábase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y
+bien entrada la mañana se les veía por las calles más céntricas, con
+paso inseguro, discutiendo a voces de filosofía o literatura. En mitad
+de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompía a
+llorar. Los compañeros atribuían la culpa de este llanto al coñac.
+Beberían cerveza.
+
+Muchas mañanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este
+hacía un gesto de repulsión al verle.
+
+--Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. ¿Qué resuelves
+emborrachándote?...
+
+Maltrana contestaba con mal humor. No pedía consejos: lo que deseaba era
+conocer el estado de Feli.
+
+El joven doctor mostrábase impaciente. ¿Creía él que no tenía otras
+cosas en qué ocuparse?...
+
+--¡Figúrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar
+mucho y a gentes que pagan mal. Además, esa muchacha no es de mi
+clínica... La vi anteayer. Me pareció que estaba bien; pero si los
+ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a
+provocarla el parto: tal vez esto la salve.
+
+Al día siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habló el primero.
+
+--Eres padre: arriba te guardan un niño las monjas. Su salud es buena y
+la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda
+edición de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeño.
+
+Maltrana no experimentó ninguna emoción. Sólo pensó en ir a las
+Carolinas para dar la noticia a su abuela. ¿Qué iba a hacer él con el
+chiquillo? La señora Eusebia se encargaría de cuidarle.
+
+Y la abuela, conmovida por el suceso, bajó a Madrid para recoger a su
+biznieto, acompañada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San
+Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egoísmo de su
+cobardía. Ya había sufrido bastante. ¿Iba a mejorarse ella porque le
+viese?...
+
+Cuando salió la abuela quiso enseñarle el niño, que su amiga, más joven
+y fuerte, llevaba en brazos.
+
+--Míralo, Isidro--gemía la vieja llorando de alegría--. Es un querubín:
+¡qué rico!... Es hijo tuyo, ¡tu retrato!...
+
+Maltrana miró esta carne palpitante apenas contorneada que se removía en
+el fondo de un mantón. Sí que era su retrato: feo, con su misma fealdad
+y la de aquel pillete que estaba en la cárcel entre los rateros menores.
+La misma cabeza enorme, que parecía moldeada por las manos de la
+desgracia.
+
+La _Mariposa_ se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las
+Carolinas. Conocía a cierta mujer del barrio, que se había casado con un
+músico de regimiento, y ahora, retirado él del servicio, tenía una
+tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los
+Corvos. Acababa de perder a un pequeño, y ella se encargaría de lactar
+al biznieto por poco dinero.
+
+La vieja, antes de marcharse, le habló de Feli. La había visto: estaba
+muy enferma.
+
+--¡Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevásemos el pequeño!
+¡los besos que le ha dado!... Me preguntó por ti... Ve a verla, hombre;
+la pobre se alegrará, y bien lo necesita.
+
+Maltrana pasó mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los días formábase
+el propósito de verla a la mañana siguiente. Pasaba la noche de café en
+café, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida
+errante, siempre triste y bebiendo para olvidar.
+
+Por la mañana llegábase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba
+con saber que Feli seguía bien. Le acometía el miedo a verla en este
+lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez.
+
+--Un día me acompañarás--decía a Nogueras--; no, ahora no. Me siento sin
+fuerzas. Además, estoy algo borracho. ¿No me lo conoces?...
+
+Por fin, una mañana se mostró resuelto: quería verla. Adivinábase cierta
+preparación en su aseo exterior, como si acudiese a una entrevista
+amorosa. Iba recién afeitado; ocultaba algo bajo las aletas del
+macferlán, que parecía menos viejo después de unos cuantos pases de
+cepillo.
+
+Nogueras lo hizo atravesar los claustros de la Facultad, subieron
+escaleras, pasaron otros claustros, y por fin, el médico abrió una
+puerta.
+
+Lo primero que vio Maltrana fue las tocas blancas de una monja, ocupada
+en arreglar con sus manos de cera las flores de trapo y las velillas de
+un altar. Estaban en una sala de paredes enjalbegadas de un blanco de
+hueso, con zócalo de ladrillos blancos también. La pieza aparecía
+dividida por un muro hasta el límite del zócalo, con grandes espacios
+abiertos entre las pilastras que sostenían el techo.
+
+Isidro vio muchas camas de hierro con cubiertas de percal floreado, y
+junto a ellas mesillas con redomas y escupideras. Sobre las almohadas
+destacábanse cabezas de mujeres de verdosa demacración, con las
+cabelleras enmarañadas y sucias. Maltrana recordó las salas de los
+hombres. Estos eran menos repugnantes en sus dolencias. La hembra se
+agostaba con la mayor rapidez así que la enfermedad disolvía los
+almohadillados carnosos de sus encantos.
+
+El médico se detuvo ante un lecho: allí tenía a la que buscaba. Isidro
+tardó algunos instantes en reconocerla. Hubiera pasado varias veces ante
+ella sin que llamase su atención. ¡Cuán cambiada la veía!... Olvidando
+su tristeza de enferma, evocaba siempre en sus recuerdos la Feli hermosa
+y alegre de los primeros tiempos de su amor. Y ahora, viéndola
+enflaquecida, con las facciones desencajadas, más fea y mísera aún que
+el día en que salió de las Cambroneras, tenía que hacer un esfuerzo para
+reconocerla. Creyó ver a una amiga de Feli, a una buena compañera que le
+recordaba a la otra, a la de los días felices, que ¡ay! no volverían
+nunca.
+
+Quedó inmóvil ante la cama, con aspecto tímido, cohibido por aquellas
+cabezas greñudas, mascarones de dolor y miseria, que convergían en ellos
+sus miradas curiosas.
+
+--¿Cómo estás?--preguntó en voz queda.
+
+Saludábale Feli silenciosa, con una sonrisa que daba frío, contrayendo
+las arrugas de su rostro exangüe, marcándose la punta de su fina
+mandíbula con la agudeza de un hierro de lanza. ¡Y allí había puesto él
+sus besos muchas veces, en la embriaguez de la pasión!... ¡Miseria de la
+vida! Sus ojos, unos ojos de loca, con el estrabismo de las frecuentes
+crisis, eran lo único que aún delataba la extinta hermosura.
+
+En el lecho inmediato vio a una jovencita que llevaba envuelto el pelo
+en un pañuelo rojo y abrigados los hombros con una chaquetilla color de
+manteca. Mostraba entre las puntillas de la camisa sus pobres pechos de
+tísica, que apenas si se destacaban con ligera hinchazón sobre el
+mísero costillaje. Era una criada que había dado a luz una niña; una
+pobre bestia de trabajo convertida en madre por el capricho momentáneo
+del señorito. La chaquetilla de señora que le servía de abrigo en el
+hospital era tal vez la única recompensa de su caída.
+
+Feli, al contemplar a Isidro, mostraba también en sus ojos cierta
+extrañeza, como si le encontrase cambiado. Había transcurrido muy poco
+tiempo, y sin embargo, creían verse después de larguísima ausencia.
+
+Permanecieron silenciosos mucho rato, mirándose, pero sin atreverse a
+despegar los labios. Al fin, habló ella, por el impulso maternal. ¿Y su
+hijo?...
+
+Maltrana fingiose enterado. Estaba allá, en la carretera de Extremadura,
+con su nodriza, una gran mujer buscada por la abuela. Podía permanecer
+tranquila... ¡Y él aún no había ido al cerro de los Corvos, ni conocía a
+la nodriza!
+
+Después le preguntó por su enfermedad. Feli hablaba con voz triste;
+parecía resignada a permanecer siempre allí, sin esperanza de volver al
+mundo. Su voz era lenta, con largos titubeos; notábase cierta
+incoherencia en sus palabras; se adivinaban sus esfuerzos para ordenar
+las frases y encauzar el pensamiento.
+
+Mientras la oía, Isidro miraba con el rabillo del ojo a la monja, de pie
+junto al altar, hablando con el médico. ¡Ay, aquellas gentes que vivían
+en diario contacto con la miseria humana! ¡Qué duros, qué fuertes! ¡Qué
+indiferencia ante el dolor ajeno, que no era para ellos mas que un
+accidente vulgarísimo! Su mirada fría parecía tener callos. La
+contorsión del dolor, la muerte, todo resbalaba sobre ellos sin el menor
+arañazo, sin producir la más leve turbación.
+
+La monja, después de hablar con el médico, miró a Maltrana con cierta
+curiosidad. Su olfato de experta conocedora de la vida adivinaba a la
+pareja ilegal, al amor rebelde, que desprecia los convencionalismos
+sociales. Su curiosidad de mujer excitábase con el perfume del pecado;
+su severidad le hacía abominar de aquella juventud que se adoraba a
+espaldas de la religión.
+
+Maltrana no sabía qué decir. La tristeza creaba un gran vacío en su
+pensamiento. Además, le cohibían tantas miradas fijas en él. Era un
+martirio permanecer ante Feli sin poder cogerla la mano, atemorizado por
+los ojos hostiles de la monja.
+
+Se echó atrás las aletas del abrigo y dejó sobre la cama un mazo de
+violetas que llevaba oculto. Su perfume pareció dulcificar aquel
+ambiente que olía a carne enferma y antisépticos.
+
+--¡Ay! ¡flores!--dijo Feli con vocecilla infantil--. ¡Flores!
+
+Y su mirada acarició a Isidro con expresión de gratitud. Era un poco de
+poesía esparciéndose sobre la cama del hospital. ¡Flores!... Y los dos
+pensaron lo mismo. Vieron con la imaginación los almendros de la Huerta
+del Obispo, que habían sido testigos de sus primeras entrevistas; las
+flores que él arrojaba sobre su cama, al despertarla, de vuelta de los
+banquetes; las que habían presenciado sus vespertinos paseos, cuando
+salían cogidos del brazo, como burgueses, a cubierto de la miseria y
+seguros de que nada podría turbar su felicidad.
+
+--¡Flores!--repitió--. ¡Cómo te lo agradezco!
+
+Maltrana se excusaba con timidez. Eran violetas: no tenía dinero para
+más. Aun así, le había costado mucho el adquirirlas. Costaban muy caras:
+las flores nacían para los ricos; y aún gracias que les dejaban a ellos
+el cielo y el sol... Había recordado también su predilección por las
+naranjas. Quería traerle una; pero después de correr las fruterías de
+la calle Mayor, buscando las primeras que acababan de llegar, había
+desistido por su pobreza. Todo su dinero se lo habían llevado las
+violetas.
+
+--Otro día, ¿me oyes?--murmuraba en su oído, como si la propusiese una
+travesura infantil--. Otro día te las traeré, sin que se entere la
+monja, sin que lo vea el médico.
+
+Y ella decía que sí, mirando al amante con sus ojazos tristes, mientras
+se llevaba a la cara el mazo de violetas, oliéndolo con delectación.
+
+Nogueras carraspeó con insistencia llamando a Maltrana. La entrevista se
+prolongaba demasiado: otro día, más.
+
+Isidro cogió la mano amarillenta que ella le tendía.
+
+--Adiós, Feli... Adiós, nena. Volveré.
+
+La enferma le recordó su promesa. Debía traerle naranjas y flores,
+¡muchas flores!
+
+El trastorno mental de su crisis la hacía olvidar la penuria del amante.
+
+Maltrana no volvió. Transcurrieron varios días sin que el doctor lo
+encontrase por la mañana en las cercanías de San Carlos. Esta visita
+había bastado para darle cierta tranquilidad.
+
+Una noche, al salir Nogueras del Teatro de Apolo, dio con él en la acera
+de la calle de Sevilla. Iba borracho, más sucio y abandonado que otras
+veces. Adivinábase en las arrugas de su abrigo y en el abandono de sus
+ropas que dormía sin desnudarse, allí donde se lo permitían los
+accidentes de su existencia vagabunda. Estaba pálido, con los ojos
+hundidos y las facciones enjutas: una cara de hambre y alcoholismo. Al
+ver a Nogueras hizo un esfuerzo por mostrarse sereno.
+
+--¿Y aquélla?--preguntó.
+
+El doctor mostrose pesimista. «Aquélla» iba muy mal. No la había visto:
+le faltaba el tiempo; pero el camarada encargado de la clínica tenía
+pocas esperanzas. Repetíanse con frecuencia los ataques de eclampsia, y
+en uno de ellos podía morir. Bastaba que la respiración se retardase
+algunos segundos al quedar su organismo contraído por las convulsiones,
+para que sobreviniese la asfixia.
+
+--Y tú, ¿por qué no vas a verla?--preguntó el doctor.
+
+--¡Para qué!--exclamó el bohemio--. Sufro mucho; me falta el valor para
+volver. Me hace daño vería entre aquellas mujeres sucias y enfermas, no
+poder hablarla con libertad. Me miran todas, como si fuese un animal
+extraño. La monja me molesta.
+
+Calló un instante, y luego añadió con expresión de vergüenza,
+empañándose sus ojos de lágrimas:
+
+--No puedo ir con las manos vacías: la pobre desea flores... se las
+prometí. Hace días que quiero comprarla un ramo grande, muy grande, para
+cubrir su cama, para que se imagine que todo un jardín corre hacia ella,
+esparciéndose a sus pies... Pero no tengo dinero... nada, absolutamente
+nada. No puedo comprar ni un ramito de los que venden en la calle.
+Apenas como; ando por ahí como un perro sin amo. Si no encontrase algún
+amigo de los que convidan a beber, ya hubiese muerto.
+
+Al despedirse del doctor dijo flojamente, con la pereza de una voluntad
+enferma y cobarde:
+
+--Ya iré... iré cuando tenga dinero... cuando pueda llevarla algo. Creo
+que no morirá en seguida, que aún vivirá algún tiempo. ¿No crees tú lo
+mismo?
+
+Nogueras levantó los hombros con expresión de duda. Sí; era posible que
+se salvase: enfermas más graves que ella recobraban la salud. Pero su
+vida estaba en peligro de extinguirse por asfixia cada vez que sufría
+un ataque. Nada podía él afirmar.
+
+Transcurrió una semana sin que volviesen a verse. Una mañana se
+encontraron en la Puerta del Sol. El doctor vio a Maltrana con aspecto
+más miserable aún: parecía un pordiosero, sucio, roto, entregado a su
+abandono, sin el auxilio de una mano femenina que le adecentase.
+Nogueras tenía prisa. Había estado dos días fuera de Madrid por un
+asunto profesional, y le esperaban en la Facultad.
+
+--Una mala noticia, Isidro. Aquella muchacha ya no vive.
+
+Maltrana abrió los ojos con asombro, como si esta noticia rebasase los
+límites de lo posible.
+
+--¿Estás seguro? ¿La has visto tú?...
+
+Nogueras hizo un gesto displicente.
+
+--¿Qué tiene de extraordinario su muerte?... Era de esperar. Ha muerto,
+y todos nosotros moriremos también... Yo no la he visto; tengo otras
+cosas a que atender. Pero el mismo día que salí de Madrid me lo dijo el
+compañero. Acababa de morir.
+
+Maltrana quedó inmóvil, con la cabeza baja, anonadado por la noticia.
+Después fijó en el doctor sus ojos interrogantes.
+
+--¿Y qué han hecho de ella?... ¿Y el cadáver? ¡Dime, por Dios, dónde lo
+llevaron!...
+
+Sentía un remordimiento inmenso por su egoísmo y su cobardía. Deseaba
+visitar su tumba, ya que había pasado los días vagando, sin atreverse a
+verla en el hospital.
+
+El doctor le contestó con una sonrisa que daba frío. Su tumba era la
+fosa común, adonde iban todos los muertos pobres. La infeliz muchacha no
+tenía parientes ni quien pagase los gastos de su entierro. Isidro no se
+había presentado para arreglar las cosas, y era seguro que su cuerpo,
+antes de ir al cementerio, habría pasado por la sala de disección.
+¡Sufrían tal escasez de cadáveres!...
+
+Maltrana no quiso oír más. Volvió la espalda sin despedirse del amigo,
+como si huyese de su remordimiento y su vergüenza.
+
+Vagó por las calles, haciendo esfuerzos por no llorar. La gente le
+miraba; y fatigado de esta curiosidad, quiso salir de la población,
+caminar por el campo.
+
+Veía las casas al través de densa niebla; las personas y los carruajes
+pasaban junto a él como fantasmas, sin ruido alguno. No pensaba: creía
+tener hueca la cavidad de su cráneo; le zumbaban las sienes. Su lengua
+repetía por lo bajo, con una tenacidad estúpida:
+
+-¡Despedazada... despedazada!
+
+Poco a poco su pensamiento, que parecía haber huido lejos, muy lejos,
+aproximábase, volvía a entrar en él. Un recuerdo de los primeros años de
+su juventud, de su época de estudiante, iniciábase débilmente, y crecía
+y crecía hasta tomar el relieve de la realidad.
+
+Veíase subiendo una escalerilla de la Escuela de San Carlos, con un
+compañero de hospedaje, estudiante de Medicina, que iba a recoger unos
+objetos en el laboratorio. Isidro asomábase a una ventana. Abajo, un
+pequeño patio con pavimento de losas húmedas, como si cayese en ellas
+con frecuencia un chaparrón de cubos de agua. Sobre las losas, un
+monigote de abultado tronco y brazos y piernas delgados, esqueléticos,
+contraídos por grotesca actitud. Creyó que esta figura era de cartón,
+groseramente modelada por algún artista inhábil, toda ella del mismo
+color amarillo: faltaba que la pintaran las cejas y que sobre la calva
+adaptasen una peluca para darle cierto viso de realidad. En los peldaños
+de una escalera vio varias cabezas cortadas descansando sobre su base,
+pero sin piel, mostrando el rojo de los músculos y el azul obscuro de
+sus venas. Maltrana había contemplado con curiosidad estos juguetes de
+la ciencia. Eran piezas de cartón para el estudio de los alumnos. Y al
+hacer la pregunta al amigo, éste rompió a reír:
+
+--No, tonto. Son cadáveres preparados para la clase de disección. Ese
+cuerpo es de una mujer.
+
+Luego, el compañero, con la superioridad del fuerte, para poner a prueba
+los escrúpulos del estudiante de libros, le hacía entrar en el
+anfiteatro, llevándolo de mesa en mesa. ¡Qué limpiamente trabajaban
+aquellos carniceros de blusa blanca! Aquí, un brazo encogido sobre el
+mármol, sin más que los huesos y los tendones, tirantes y limpios como
+si fuesen a vibrar: un arpa para tañerla en una fiesta de caníbales. Más
+allá, piernas que mostraban el cruzado almohadillamiento de los músculos
+rojos; troncos abiertos al aire, con el rosa tierno de sus costillajes.
+Esta gran carnicería de mármol y cristal hacía pensar en una humanidad
+horriblemente superior pervertida por la antropofagia, donde los fuertes
+se alimentasen con los despojos de los débiles. Un gesto de dura
+curiosidad contraía los rostros; las manos sin misericordia, armadas de
+acero, hundíanse en los secretos de aquella carne fría, limpia, anónima,
+sin personalidad, que no recordaba su origen humano.
+
+¡Y en este matadero de la investigación había desaparecido su Feli!...
+¡Allí se había disuelto su cuerpo, sin que bajasen a la tierra más que
+restos informes y despedazados en el fondo de una espuerta!...
+
+¡Feli! ¡Feli!... Repetía su nombre, recordando los mil detalles de su
+amorosa intimidad. La oreja sonrosada, cuyo lóbulo mordía dulcemente al
+mismo tiempo que murmuraba palabras dulces; su cabecita, que en las
+noches de invierno se refugiaba en su hombro con el mismo ademán tímido
+del pájaro que oculta el pico bajo el ala; sus piernas de diosa, que
+pretendía ocultar ruborosamente cuando él la probaba aquellas medias
+adquiridas en el Rastro; su vientre antes de la deformación materna, con
+el gracioso hoyuelo umbilical, que parecía gesticular cuando se conmovía
+con la agitación de la risa; la doble copa de alabastro de sus pechos,
+aquellas dos magnolias de amor... todo había sido despedazado bajo el
+acero, sin piedad, sin misericordia. Manos que no la conocían habían
+violado el secreto de su cuerpo... de aquel cuerpo que le despertaba por
+las mañanas con su roce de satén, cuando ella pasaba a gatas por encima
+de él para levantarse, poniendo un instante sus ojos sobre los suyos,
+confundiéndose las respiraciones de los dos.
+
+¡Feli! ¡Feli!... ¿Qué pecado había cometido para que la fatalidad la
+privase hasta de la paz de la tumba?...
+
+Maltrana lloraba ahora, sin miedo a que la gente se fijase en él.
+
+Estaba en el campo. Al mirar en torno, vio a corta distancia el
+cementerio de San Martín. Sin darse cuenta había marchado
+instintivamente hacia aquellos lugares que presenciaron las primeras
+dichas de su amor.
+
+No se atrevió a entrar en el cementerio. La Muerte le asediaba con
+sobrada insistencia para que él fuese a devolverle la visita. ¡Ay, cómo
+odiaba a la infame señora de los ojos sin luz, de la piel intensamente
+pálida, que una tarde había descrito allí dentro, ante la absorta
+muchacha! ¡Con qué delectación la escupiría en su pecho voluminoso y
+amargo, en sus flancos potentes, si pasase ante él!... Cierto que tras
+sus pisadas resurgía la vida; que otras Felis vendrían al mundo; pero no
+eran para él. La suya, la que había tenido en sus brazos, esa no
+volvería nunca. Había sido un rayo de sol al través de las nubes de su
+cielo, saludado por la espiral de las ilusiones, que volaban como
+palomas. Las nubes cerrábanse para siempre, el rayo de sol se extinguía,
+y las palomas venían al suelo transidas de frío.
+
+Marchó, como en peregrinación, por la senda que aquella tarde precursora
+de su felicidad había seguido con Feli. Deteníase como un devoto a
+saborear en ciertos sitios el religioso goce del recuerdo. Aquí, había
+entregado su dinero a unas mendigas para que se emborrachasen celebrando
+su dicha; más allá, Feli le daba a chupar una naranja, con mohines
+graciosos. Al llegar al merendero, vagó por los alrededores con una
+insistencia que puso en guardia a los dueños, alarmados por el aspecto
+mísero de Maltrana.
+
+Cerca del Canalillo le faltaron las fuerzas. El recuerdo le aplastaba;
+también él iba a morir. Necesitaba olvidar: la vista de estos sitios le
+hacía gran daño. El invierno deshojaba los árboles; la tierra estaba
+yerma. Era el mismo escenario de su dicha, como él era el mismo
+Maltrana; pero había soplado un viento glacial, matando la alegre
+hojarasca llena de rumores y de cánticos, dejando sólo el escueto
+ramaje. Los almendros de la Huerta del Obispo, que derramaban en otros
+tiempos lluvias de flores sobre la cabeza de Feli, parecían ahora
+escobas plantadas por el mango.
+
+Isidro, tambaleándose como un herido, fue en busca de su abuela.
+
+_Zaratustra_ y la señora Eusebia le escucharon silenciosos, pero sin
+participar de su emoción. ¿Conque la chica del _Mosco_ había muerto?
+¡Todo sea por Dios!... Y el par de vejestorios replegábase en su
+egoísmo, sintiéndose más fuerte, más feliz, con la satisfacción de
+conservar su existencia, mientras la muerte ensañábase con la juventud.
+
+La tía _Mariposa_ sólo pensaba en su biznieto, de cuya salud hacía
+grandes elogios. Poco le importaba la suerte de la madre; toda su
+atención era para el pequeño.
+
+Isidro se quedó allí. ¿Adónde ir?... Su cobarde laxitud había llegado a
+los últimos límites de la indiferencia. Estaba atravesando el momento de
+las grandes renuncias a la vida. De ser creyente, se hubiese hecho
+ermitaño, lego de un convento de trapenses, asceta en un desierto. Ahora
+comprendía la huida del mundo, el aislamiento cruel, las santas locuras
+de ciertos desesperados, que al ser mordidos por el dolor encuentran
+remedio en su ignorancia y su fe.
+
+Permaneció varios días en la cabaña de _Zaratustra_, complaciéndose en
+su suciedad, haciendo de esto una mortificación.
+
+¡Ay, la conciencia! ¡La agobiadora pesadez del remordimiento! Ya no
+sentía dolor por la muerte de Feli. Lo que le avergonzaba era el
+abandono en que la había dejado, la cobardía de su floja voluntad, el
+egoísmo de no entristecerse viéndola enferma... ¡La pobre había muerto
+sola, en aquella cuadra blanca, rodeada de humanas bestias que sólo
+pensaban en ellas con el egoísmo del dolor, sin una mirada de cariño,
+sin una mano que estrechase la suya! ¡Y este crimen era ya
+irremediable!... ¡Ay, si Feli pudiese resucitar, sólo por un día, por
+una hora! Era su idea fija y tenaz... ¡Si volviese a la vida, aunque
+fuese para morir a los pocos instantes! El cumpliría su deber y quedaría
+más tranquilo: la pasión de su existencia tendría un final digno.
+Correría a su lado, para no abandonarla hasta el último momento.
+Sentíase capaz de robar para que sus restos reposasen en un féretro
+lujoso, para que se librase de la fosa común, para que no la llevaran a
+aquel matadero blanco, donde eran descuartizados los cadáveres... Pero
+¡ay! sólo se muere una vez. El mal no tenía remedio. ¡Miserable de él!
+¿Dónde estaba la poesía de su pasión? ¿Qué había de común entre él y
+aquellos amantes que había visto en los libros, inclinados sobre el
+lecho de la moribunda, abrazándola y gimiendo el último adiós?... ¡Feli,
+Feli! A cambio de su propia vida, pedía él que resucitase un instante,
+el tiempo preciso para besarla, para que partiese con el convencimiento
+de que la amaba, para salvar su cuerpo adorado de la odiosa profanación.
+
+Tardó unas dos semanas en volver a Madrid. Una mañana que entró en la
+villa, vio de lejos a Nogueras camino de San Carlos, y sintió la
+necesidad de hablarle. Le inspiraba nueva simpatía, por haber conocido a
+Feli; creía encontrar en él un vago recuerdo de la muerta.
+
+El doctor le saludó alegremente, mirándole con ojos de miope mientras
+limpiaba los cristales de sus lentes. Después recordó a la «queridita»
+infeliz, con cierta ligereza, sin dar importancia a aquella pasión de
+Maltrana. ¿Se había consolado? ¿Tenía ya alguna otra como sustituta?
+¡Ah, bohemio incorregible! Para él era la vida: libre, mujeriego y sin
+la esclavitud de ocupaciones apremiantes.
+
+Después contrajo la frente, como si concretase sus recuerdos.
+
+--Hombre, una cosa curiosísima--añadió--. ¿Recuerdas aquel día en que te
+dije que la muchacha había muerto?... Pues no era verdad. Cuando llegué
+a San Carlos, después de mi viaje, me lo dijo el compañero. Fue un error
+suyo: la creyó muerta en un ataque, pero salió de él.
+
+Maltrana abrió los ojos, quedó inmóvil de asombro, como si fuese a
+presenciar aquella resurrección con la que había soñado tantas veces,
+como si Feli surgiera ante él.
+
+--Pero ¿vive?...--dijo temblando.
+
+--No, hombre; murió: fue una semana después. Pensé avisarte, escribirte;
+pero ¿quién diablo adivina dónde encontrarte, con esa vida que
+llevas?... Murió, no lo dudes; ahora es de veras. Tú eres un espíritu
+superior, y ciertas preocupaciones no te conmueven. No dudes de que ha
+muerto. Vi su cadáver en una mesa de la clase de disección.
+
+¡Ah, la Suerte! La diosa malvada y caprichosa!... ¡Hasta el último
+momento jugueteaba con él!
+
+ * * * * *
+
+Terminaba el invierno. La tarde parecía de primavera, con su cielo azul
+y límpido y su sol de dulce tibieza.
+
+Maltrana atravesó el puente de Segovia, entrando después en la carretera
+de Extremadura.
+
+Vestía de luto. El macferlán, la odiada librea de la miseria, ya no
+pendía de sus hombros. La Suerte le trataba con menos rudeza al verle
+solo. Trabajaba, le admitían artículos en algunas revistas, le
+encargaban traducciones, vivía en una casa de huéspedes y ahorraba para
+pagar a la nodriza de su hijo. No conocía la abundancia, pero tampoco
+las angustias y estrecheces de antes. Era el bienestar que llegaba; pero
+¡cuán tardo! ¡y qué insípido le parecía!...
+
+Caminó por una acera junto a la cual serpenteaba un arroyo. Miraba
+distraídamente los rótulos de las puertas. Casi todos eran de tabernas,
+pero tabernas de las afueras, que a la vez servían de figones y
+merenderos. «Vinos, _por_ Fulano.» Y aquí el nombre del dueño del
+establecimiento, como si fuesen los taberneros quienes los fabricaban.
+
+En una casucha de tablas, llamó su atención otro rótulo: «Taberna de
+Agustín, _alias_ el Bolero. Cocidos a diez céntimos.» ¡A diez céntimos!
+¿En qué consistirían estos cocidos?... Pensó en ellos con repugnancia;
+pero se dijo que alguna vez habría visitado la taberna en otra época, de
+conocer tal baratura.
+
+En muchos balcones exhibíanse anuncios de pirotécnicos, con muestras de
+ruedas de artificio y enormes petardos. Todos los polvoristas de Madrid
+se habían instalado en este barrio, que parecía la calle principal de un
+lugarón, con sus rústicos paradores y las casas sucias del polvo de los
+carros.
+
+Maltrana, siguiendo cuesta arriba, llegó al final de la doble fila de
+casas. La carretera perdíase de vista, flanqueada a un lado por la tapia
+interminable de la Casa de Campo y al otro por las colinas, en cuyos
+surcos comenzaba a surgir la cabellera de una cebada triste, pisada con
+frecuencia por los transeúntes.
+
+Siguió Maltrana una senda que conducía a una casucha en lo más alto de
+un montecillo. Era el cerro de los Corvos, y la casa aquella tiendecita
+donde criaban a su hijo.
+
+La mujer cosía a la puerta del establecimiento, bajo una parra seca, en
+una pequeña explanada, desde la cual dominábase toda la parte de Madrid
+que mira al río.
+
+Al reconocerle, la nodriza se levantó apresuradamente. Quería sacar al
+pequeñuelo, que dormía después de una noche de insomnio y llantos.
+
+Maltrana se opuso. Que durmiese; ya lo vería después: no tenía prisa.
+
+Se sentó en un banco, ante una mesa de tablas desunidas, contemplando el
+magnífico panorama. La mujer quiso obsequiarle... ¿Un poco de
+aguardiente? Pero él hizo un gesto de repugnancia. Agua, nada más que
+agua. Y ella sacó un jarro de la obscura tienda, que exhalaba un hedor
+de salazón, bebidas alcohólicas y grasa. La adquisición del agua
+costábales grandes esfuerzos en aquella altura. Su marido pasaba el día
+bajando y subiendo el cerro para llenar dos cubas en la fuente de la
+carretera.
+
+Después, la nodriza habló de la pésima marcha de sus negocios. Iban a
+perder los ahorros que su marido, el pobre músico, había hecho en el
+ejército. Las casuchas cercanas al cerro eran de pobres que vivían en la
+peor miseria: ladrilleros casi todos, que sólo encontraban trabajo en
+verano. Los otros meses pasábanlos entre privaciones, pidiendo fiado en
+la tienda. No tenían otro recurso que merodear en la Casa de Campo,
+saltando la tapia para coger cardillos, que vendían en Madrid.
+
+--Yo he visto muchas miserias, don Isidro--añadía--; pero ésta es la
+peor de todas. Mire usted ese niño que sube con la botella... De seguro
+que no trae dinero. Y hay que darles, so pena de perder de un golpe todo
+lo atrasado.
+
+Se metió en la tienda, seguida del muchacho, y Maltrana permaneció
+abstraído en la contemplación de Madrid.
+
+Vista desde allí, la población era monumental, soberbia. Pocas capitales
+de Europa parecían tan hermosas. Al frente, la enorme masa del Palacio
+Real, con sus pilastras salientes cortando las negras filas de ventanas.
+A un lado, la colina del Príncipe Pío, coronada de cuarteles; al extremo
+opuesto, la cúpula de San Francisco el Grande y el Seminario. Arriba, el
+cielo sin una nube, límpido, como si su azul lo hubieran lavado las
+últimas lluvias, con una diafanidad que absorbía y borraba
+instantáneamente el humo de las chimeneas. Abajo, en los declives que
+conducen al Manzanares, grandes masas de vegetación: las arboledas del
+Campo del Moro, de la Virgen del Puerto, de la cuesta de la Vega. La
+masa blanca del caserío partíase más allá del puente de Segovia, y una
+línea metálica, una barra horizontal y negra, unía los dos lados de este
+corte: era el Viaducto.
+
+Madrid, visto desde allí, parecía una capital portentosa, una imponente
+metrópoli. Entre el azul del cielo y el verde de los árboles alineábanse
+las más solemnes manifestaciones de su vida, sus más poderosas
+grandezas. La vivienda de los reyes en medio; a un lado, los cuarteles,
+sobre aquella colina que era el monte de Marte de Madrid; al opuesto, el
+templo suntuoso, que parecía aplastar con su grandeza las casuchas
+inmediatas, y otro cuartel sin armas, donde se albergaban los reclutas
+de la fe vestidos de negro. Nada faltaba: era la imagen completa de la
+nación; todo parecía haberse concentrado en esta cara monumental de la
+gran villa.
+
+Abajo, en la Virgen del Puerto, sonaba el redoble de unos tambores; y
+Maltrana veía entre los árboles cómo marchaban al compás de las cajas
+los soldados nuevos, cual filas de hormigas, aprendiendo a marcar el
+paso. _Rataplán... rataplán_, cantaban los parches; y el bohemio, en su
+contemplativa abstracción, creía entenderlos. Los tamborcillos le
+hablaban; como si adivinasen sus pensamientos, le decían burlonamente:
+«Va a durar... va a durar.» Y no mentían. Mientras redoblasen en este
+tono uniforme, mecánico, sin fiebre y sin locura, todo seguiría lo
+mismo.
+
+Después, su mirada se fijaba en la parte de acá del río. Grandes tejados
+rotos, con anchas brechas por las que se colaba el aire y la lluvia.
+Eran caserones abandonados que servían de albergue a los miserables.
+Junto a ellos brillaban al sol las cubiertas de cinc herrumbroso y las
+latas viejas de las cabañas de los mendigos. El hormigueo de la miseria
+también estaba allí. También acampaban frente a esta cara de Madrid,
+que era la más hermosa, los vagabundos, los desesperados, los abortos de
+la sombra, toda la muchedumbre que él había visto una noche, con los
+ojos de la imaginación, rondando en torno de los felices, de la caravana
+dormida en el beatífico sopor del hartazgo.
+
+Maltrana pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de los Cuatro
+Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las
+Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin
+trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la
+orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban a sus puertas, haciendo
+una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre
+primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando
+sobre el estiércol a los herederos de sus odios y los ejecutores de sus
+venganzas.
+
+La capital dominadora y triunfante parecía abrumar el espacio con su
+pesada grandeza. Reía, destacándose sobre el azul del cielo, con el
+temblor de las grandes vidrieras de sus palacios heridas por el sol, con
+la blancura de sus muros, con el verde rumoroso de sus jardines, con la
+esbeltez de las torres de sus iglesias. No veía la muchedumbre famélica
+esparcida a sus pies, la horda que se alimentaba con sus despojos y
+suciedades, el cinturón de estiércol viviente, de podredumbre dolorida.
+
+Era hermosa y sin piedad. Arrojaba la miseria lejos de ella, negando su
+existencia. Si alguna vez pensaba en los infelices, era para levantar en
+sus afueras monasterios, donde las imágenes de palo estaban mejor
+cuidadas que los hijos de Dios, de carne y hueso; conventos de
+monstruosa grandeza, cuyas campanas tocaban y tocaban en el vacío, sin
+que nadie las oyese. Los pobres, los desesperados, no entendían su
+lenguaje: adivinaban lo falso de su sonido. Tocaban para otros; no eran
+llamamientos de amor: eran bufidos de vanidad.
+
+Alguna vez la horda dejaría de permanecer inmóvil. Los que entraban en
+Madrid al amanecer se presentarían a mediodía. Ya no aceptarían los
+despojos: pedirían su parte; no tenderían la mano: exigirían con
+altivez.
+
+Y las gentes felices temblarían de pavor ante las caras amenazantes, las
+vestiduras miserables, las miradas de famélico estrabismo, los anhelos
+locos y criminales de destrucción. ¿Dónde se habían ocultado hasta
+entonces aquellos monstruos? ¿De qué antro surgían?... Y bien, gentes
+dichosas, habéis vivido con ellos sin saberlo. Acampaban junto a
+vuestros muros, pasaban todos los días ante vuestras puertas a la hora
+de vuestro sueño. No les habéis visto porque eran débiles, porque se
+arrastraban humildes. Negabais su existencia porque no proferían
+amenazas. Ni piedad ni misericordia tuvisteis con ellos cuando aún era
+tiempo...
+
+Maltrana examinaba mentalmente esta avalancha de miserias, odios y
+desesperaciones, que podía transformarse en un ejército. ¿Qué le faltaba
+a la horda? Jefes, pastores audaces que la guiasen a las alturas,
+conociendo el camino. ¡Ay, si los que nacían en su seno armados con la
+potencia del pensamiento no desertasen, avergonzados de su origen! ¡Si
+los siervos de la pobreza, como él, en vez de ofrecerse cobardemente a
+los poderosos, se quedasen entre los suyos, poniendo a su servicio lo
+que habían aprendido, esforzándose en regimentar a la horda, dándola una
+bandera, fundiendo sus bravías independencias en una voluntad común!...
+
+Oyó un vagido a sus espaldas y la voz de la tendera:
+
+--¡Al papá, Isidrito, al papá! ¡Hazle manos: salúdale!
+
+Quedó sobre sus rodillas aquel paquete de grasa infantil, en el que se
+marcaban apenas los ojos como dos gotitas negras. Olía a leche agria, a
+orines, a los fuertes sahumerios con que la nodriza pretendía ocultar
+sus hedores vitales. Maltrana aspiraba con delicia este perfume. Le besó
+en la boquita desdentada; no se atrevió a limpiarse las babas que le
+había dejado en el bigote.
+
+¡Ser padre! ¡Contemplar una prolongación de su vida, un desdoble de su
+personalidad, un testimonio de la propia existencia, que, años después
+de morir él, afirmaría el paso por el mundo de un hombre llamado
+Maltrana!... Aquella carnecita blanca y suave como el plumón era suya:
+había en ella algo de su ser y de aquella otra carne ¡ay! despedazada
+que había desaparecido para siempre en el misterio de la tierra.
+
+¿Qué le importaba ya la suerte de los infelices, el destino de la horda
+miserable y los tremendos conflictos que pudieran desarrollarse en lo
+futuro?...
+
+A vivir: toda su vida la tenía en sus brazos. El calor de este
+cuerpecillo le infundía una resolución egoísta y brutal. Al coger a su
+hijo sentíase fuerte. Era como un arma que le daba confianza y valor
+para seguir su marcha.
+
+Quería que fuese de los felices, de los dichosos, de los fuertes. Ya que
+el mundo estaba organizado sobre la desigualdad, que figurase su hijo
+entre los privilegiados, aunque para ello tuviese que aplastar a muchos.
+
+Lo que no habían logrado la miseria y el triste destino de Feli, lo
+conseguía aquel chiquitín con sólo su contacto. Caía hecha polvo la
+herrumbre de su voluntad. Era otro hombre: su audacia consideraba con
+desprecio todos los obstáculos.
+
+Sentíase capaz de robar, de matar, por su hijo. No tenía otra
+herramienta, otra arma, que su pluma, pero haría de ella un puñal, una
+palanqueta, algo implacable que sirviese para la muerte y el despojo. Lo
+que no había osado hacer por el amor, lo haría por su hijo. Se lanzaría
+en plena lucha, con la insolencia del mercenario. Adiós, ideas, fe,
+entusiasmos... Ilusiones, todo ilusiones. Despreciaba su cultura, pero
+pensaba aprovecharla para hacerse pagar mejor. El dinero y el poder
+tendrían un siervo más.
+
+Su suerte estaba echada. Se revolvería en la abyección, paladearía su
+envilecimiento, se vendería como esclavo, para que su hijo fuese libre.
+Su destino era el del asaltante que cae en el foso para que el hermano
+de armas entre por la brecha. Él desaparecería en el fango, pero el
+Maltrana que venía detrás pasaría vencedor sobre el puente de sus
+espaldas.
+
+Y mirándose en aquellos ojitos bobos, sin expresión, que le contemplaban
+fijamente, Maltrana decía a su hijo con el pensamiento:
+
+-Llegarás, chiquitín. Yo marcharé a gatas delante de ti; abriré con mi
+lengua un camino en el barro, para que avances sin ensuciarte. No temas
+que caiga desalentado, que vuelva a sentirme cobarde y te abandone como
+a la pobre mártir. Este amor que ahora nace es de hierro. Ya soy otro.
+Soy... tu padre.
+
+
+FIN
+
+
+Madrid.--Abril-Junio 1905.
+
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibáñez
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA ***
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+The Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibáñez
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+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
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+
+Title: La horda
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+Author: Vicente Blasco Ibáñez
+
+Release Date: August 20, 2010 [EBook #33474]
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+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA ***
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+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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+
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+<hr />
+
+<h1>LA HORDA</h1>
+
+<p class="cb">(NOVELA)</p>
+
+<p class="cb">PROMETEO<br />
+Germanias, 33.&mdash;VALENCIA<br />
+1905</p>
+
+<p><a name="page_007" id="page_007"></a></p>
+
+<p class="c">Capítulos:
+<a href="#I"><b>I, </b></a>
+<a href="#II"><b>II, </b></a>
+<a href="#III"><b>III, </b></a>
+<a href="#IV"><b>IV, </b></a>
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+<a href="#XII"><b>XII</b></a></p>
+
+<p><a name="page_010" id="page_010"></a></p>
+
+<p><a name="page_011" id="page_011"></a></p>
+
+<h3>LA HORDA</h3>
+
+<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3>
+
+<p>A las tres de la madrugada comenzaron a llegar los primeros carros de la
+sierra al fielato de los Cuatro Caminos.</p>
+
+<p>Habían salido a las nueve de Colmenar, con cargamento de cántaros de
+leche, rodando toda la noche bajo una lluvia glacial que parecía el
+último adiós del invierno. Los carreteros deseaban llegar a Madrid antes
+que rompiese el día, para ser los primeros en el aforo. Alineábanse los
+vehículos, y las bestias recibían inmóviles la lluvia, que goteaba por
+sus orejas, su cola y los extremos de los arneses. Los conductores
+refugiábanse en una tabernilla cercana, la única puerta abierta en todo
+el barrio de los Cuatro Caminos, y aspiraban en su enrarecido ambiente
+las respiraciones de los parroquianos de la noche anterior. Se quitaban
+la boina para sacudirla el agua, dejaban en el suelo el barro de sus
+zapatones claveteados, y sorbiéndose una taza de café con toques de
+aguardiente, discutían con la tabernera la comida que había de
+prepararles para las once, cuando emprendiesen el regreso al pueblo.</p>
+
+<p>En el abrevadero cercano al fielato, varias carretas<a name="page_012" id="page_012"></a> cargadas de
+troncos aguardaban la llegada del día para entrar en la población. Los
+boyeros, envueltos en sus mantas, dormían bajo aquéllas, y los bueyes,
+desuncidos, con el vientre en el suelo y las patas encogidas, rumiaban
+ante los serones de pasto seco.</p>
+
+<p>Comenzó a despertar la vida en los Cuatro Caminos. Chirriaron varias
+puertas, marcando al abrirse grandes cuadros de luz rojiza en el barro
+de la carretera. Una churrería exhaló el punzante hedor del aceite
+frito. En las tabernas, los mozos, soñolientos, alineaban en una mesa,
+junto a la entrada, la batería del envenenamiento matinal: frascos
+cuadrados de aguardiente con hierbas y cachos de limón.</p>
+
+<p>Presentábanse los primeros madrugadores temblando de frío, y luego de
+apurar la copa de alcohol o el café de «a perra chica», continuaban su
+marcha hacia Madrid a la luz macilenta de los reverberos de gas. Acababa
+de abrirse el fielato y los carreteros se agolpaban en torno de la
+báscula. Los cántaros de estaño brillaban en largas filas bajo el
+sombraje de la entrada. Discutían a gritos por el turno.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién da la vez?&mdash;preguntaba al presentarse un nuevo carretero.</p>
+
+<p>Y al responderle el que había llegado momentos antes, colocaba sus
+cántaros junto a los de éste, con el propósito de repeler a trallazos
+cualquiera intrusión en el turno.</p>
+
+<p>Todos mostraban gran prisa por que les diesen entrada, azorando con sus
+peticiones al de la báscula y a los otros empleados, que, envueltos en
+sus capas, escribían a la luz de un quinqué. Los cántaros sólo contenían
+leche en una mitad de su cabida. Mientras unos carreteros aguardaban en
+el fielato, otros avanzaban hacia Madrid, con cántaros vacíos, en busca
+de la fuente más cercana. Allí,<a name="page_013" id="page_013"></a> dentro del radio, sin temor al
+impuesto, se verificaba el bautizo, la multiplicación de la mercancía.</p>
+
+<p>Los carros de la sierra, grandes, de pesado rodaje y toldo negro,
+comenzaban a desfilar hacia la población, cabeceando como sombríos
+barcos de la noche. Otros más pequeños deslizábanse entre ellos, pasando
+ante el fielato sin detenerse. Eran los vehículos de los traperos, unas
+cajas descubiertas de las que tiraban pequeños borricos. Los dueños iban
+tendidos en el fondo, continuando su sueño, con la tranquilidad que les
+daba el estar a aquellas horas la calle de Bravo Murillo libre de
+tranvías. Algunas veces, la bestia, imitando al amo, detenía el paso y
+quedaba inmóvil, con las orejas desmayadas, como si dormitase, hasta que
+la despertaban un tirón de riendas y un juramento.</p>
+
+<p>La lluvia cesó al amanecer. Una luz violácea se filtró por entre las
+nubes, que pasaban bajas como si fuesen a rozar los tejados. De la bruma
+matinal surgieron lentamente los edificios, humedecidos y relucientes
+por el lavado de la lluvia; el suelo fangoso con grandes charcos; los
+desmontes de tierra amarilla con manchas de vegetación en las
+hondonadas.</p>
+
+<p>El cementerio de San Martín mostró sobre una altura su romántica
+aglomeración de rectos cipreses. La escuela protestante asomaba sobre
+las míseras casuchas su mole de ladrillo rojo. Marcábase en la ancha
+calle de Bravo Murillo la interminable hilera de postes eléctricos: una
+fila de cruces blancas flanqueadas de arbolillos, y en el fondo, sumido
+en una hondonada, Madrid envuelto en la bruma del despertar, con los
+tejados a ras del suelo y sobre ellos la roja torre de Santa Cruz con su
+blanca corona.</p>
+
+<p>Así como avanzaba el día, era más grande la afluencia de carros y
+cabalgaduras en la glorieta<a name="page_014" id="page_014"></a> de los Cuatro Caminos. Llegaban de
+Fuencarral, de Alcobendas o de Colmenar, con víveres frescos para los
+mercados de la villa. Junto con los cántaros de la leche descargábanse
+en el fielato cestones de huevos cubiertos de paja, piezas de requesón,
+racimos de pollos y conejos caseros. Sobre la platina de la báscula
+sucedíanse las especies alimenticias en sucia promiscuidad. Caían en
+ella corderillos degollados, con las lanas manchadas de sangre seca, y
+momentos después apilábanse en el mismo sitio los quesos y los cestos de
+verduras. Las paletas, envueltas en un mantón, con el pañuelo
+fuertemente anudado a las sienes, volvían a cargar sus mercancías en los
+serones, y apoyando el barroso zapato en la báscula, saltaban ágiles
+sobre su asno, azuzándolo al trote hacia Madrid, para vender sus huevos
+y verduras en las calles inmediatas a los mercados.</p>
+
+<p>La invasión de los traperos hacíase más densa al avanzar el día. Sus
+ligeros carros en forma de cajón eran de un azul rabioso, con un óvalo
+encarnado en el que se consignaba el nombre del dueño. Venían de
+Bellasvistas y de Tetuán, de los barrios llamados de la Almenara, de
+Frajana y las Carolinas. Los más pobres no tenían carro, y marchaban a
+lomos de un borriquillo, con las piernas ocultas en los serones
+destinados a la basura. Las matronas de «la busca» pasaban erguidas
+sobre sus rucios, arreándolos con la vara, ondeando detrás de su espalda
+las puntas del rojo pañuelo, con la cara tiznada de churretes, los ojos
+pitañosos por el alcohol, y en las negras manos una doble fila de
+sortijas falsas y relucientes, como adornos africanos.</p>
+
+<p>El asno, fiel compañero del trapero, desfilaba en todas sus míseras
+variedades, tirando de los cajones, trotando bajo los varazos de las
+amazonas.<a name="page_015" id="page_015"></a> Eran animales pequeños y sucios, de una malicia casi humana.
+Rara vez buscaban su comida en el campo; se alimentaban con los
+garbanzos sobrantes de los cocidos de Madrid; rumiaban en sus pesebres
+lo que el día anterior había pasado por las cocinas de la población, y
+este alimento de animal civilizado parecía avivar su inteligencia. Jamás
+habían sentido el fresco contacto de la tijera ni el benéfico roce de la
+almohaza. Su piel era una costra, sus lomos no tenían vestigios de pelo,
+sus patas delanteras estaban cubiertas de luengas lanas, que les daban
+el mismo aspecto que si llevasen pantalones.</p>
+
+<p>Pasaban y pasaban jinetes y carros, como una horda prehistórica que
+huyese llevando a la espalda el hambre, y delante, como guía, el anhelo
+de vivir. Trotaban las bestias, pugnando por adelantarse unas a otras,
+como si husmeasen bajo la masa de tejados que cerraba el horizonte los
+residuos de todo un día de existencia civilizada, el sobrante de la gran
+ciudad que había de mantener a los miserables acampados en torno de
+ella.</p>
+
+<p>Una turba de peatones invadió el camino. Eran los vecinos de la
+barriada, obreros que marchaban hacia Madrid. Salían de las calles
+inmediatas al Estrecho y a Punta Brava, de todos los lados de los Cuatro
+Caminos, de las casuchas de vecindad con sus corredores lóbregos y sus
+puertas numeradas, míseros avisperos de la pobreza.</p>
+
+<p>Ya no llegaban más carros del campo con su tosca solidez semejante a la
+de la vida robusta y sana. La calle ocupábanla ahora los vehículos de la
+busca, sórdidos, sucios, negros algunos de ellos como ataúdes, con
+toldos fabricados de viejos manteles de hule. Por las aceras pasaban y
+pasaban los grupos de trabajadores, con blusas blancas y el saquillo del
+almuerzo pendiente de un botón, <a name="page_016" id="page_016"></a>o con chaquetones pardos y la boina
+calada hasta los ojos. Desde el fielato se les veía alejarse, las manos
+en los bolsillos y la espalda encorvada, con ademán humilde, resignados
+a sufrir el resto de una vida sin esperanza y sin sorpresa, conociendo
+de antemano la fatiga monótona y gris que se extendería hasta el momento
+de su muerte.</p>
+
+<p>Otros, vestidos de lienzo azul, con gorras negras y reloj, se agrupaban
+frente a la estación de los tranvías, esperando los primeros coches.
+Eran maquinistas de fábrica, capataces, encargados de talleres, la
+aristocracia del trabajo manual, que se aislaba de los demás en su
+relativo bienestar.</p>
+
+<p>El jefe del fielato, que, libre ya de las ocupaciones matinales, seguía
+desde la puerta el paso de los trabajadores, llamó a un joven que venía
+de Madrid y le invitó a fumar un cigarro. Tiempo le quedaba de
+descansar: tenía el día entero para dormir. Y mientras le ofrecía
+lumbre, le preguntó guiñando un ojo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay de política, amigo Maltrana? ¿Cuándo viene «la nuestra»? ¿Es
+verdad que el gobierno está al caer?...</p>
+
+<p>El llamado Maltrana hizo un gesto de indiferencia al mismo tiempo que
+encendía su cigarro. Era un joven de escasa estatura, pobremente
+vestido. Su sombrero de cinta mugrienta, echado atrás, dejaba al
+descubierto una frente abombada y enorme, que parecía abrumar con su
+peso la parte baja del rostro, de un moreno verdoso. Los ojos de corte
+oblicuo y el bigote ralo, de desmayados pelos, daban a su cara una
+expresión asiática; pero el brillo de las pupilas, revelador de una
+inteligencia despierta, dulcificaba el inquietante exotismo de su
+figura.</p>
+
+<p>Toda su persona denunciaba la miseria de una juventud que lucha
+desorientada, sin encontrar el camino. Sus botas mostraban los tacones
+rotos y<a name="page_017" id="page_017"></a> el cuero resquebrajado bajo los roídos bordes del pantalón. Un
+macferlán de un negro rojizo servíale de abrigo, y por entre las solapas
+mostraba con cierto orgullo su único lujo, el lujo de la juventud
+mísera, una gran corbata de colores chillones, que ocultaba la camisa, y
+un cuello postizo, alto, de rígida dureza, pero cuyo brillo había
+tomado, con el uso, una blancura amarillenta de mármol viejo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay de política?&mdash;dijo otra vez el empleado.</p>
+
+<p>Y Maltrana terminó su gesto de indiferencia. Los cambios de ministerio y
+lo que se decía en el Congreso le inspiraba escaso interés. Allá en la
+redacción, donde pasaba la noche, hablaban horas enteras de tales cosas,
+sin que él se esforzase por retener en su memoria una sola palabra,
+abstraído en la lectura de periódicos y revistas. ¿Cómo podían interesar
+a nadie tales futilidades?... Pero con el deseo de agradar a aquel buen
+amigo que le trataba con cierto respeto por escribir en los papeles
+públicos, hizo un esfuerzo y contestó, sin saber ciertamente lo que
+decía:</p>
+
+<p>&mdash;Sí, creo que el gobierno va a caer. Algo he oído de eso en la
+redacción.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y los «hombres»? ¿Qué dicen los «hombres» de estas cosas?</p>
+
+<p>Isidro Maltrana sabía que los tales «hombres» eran los redactores del
+periódico en que él trabajaba, los que tejían el artículo de fondo y la
+información política, los «pájaros gordos», como los designaba por
+antonomasia el empleado, viendo en ellos a los depositarios del secreto
+nacional, a los únicos profetas del porvenir.</p>
+
+<p>&mdash;Pues los «hombres»&mdash;contestó el joven con cierta timidez, como si le
+repugnase mentir&mdash;creen que esto marcha bien y que muy pronto vendrá «la
+nuestra».<a name="page_018" id="page_018"></a></p>
+
+<p>&mdash;Lo mismo digo yo.</p>
+
+<p>Y tras esta afirmación enérgica, que rebosaba fe, el empleado miró con
+cierta envidia a aquel joven de mísera facha, que podía tratarse de
+igual a igual con los «hombres».</p>
+
+<p>Todas las mañanas veía a Maltrana, al volver éste de la redacción. El
+pobre joven, para dormir, tenía que esperar a que su padrastro y su
+hermano menor abandonasen un mísero cuartucho de la calle de los
+Artistas, y una vez en él, se tendía sobre el camastro único, todavía
+caliente, con la huella de los cuerpos del viejo albañil y su aprendiz.
+Dormía hasta bien entrada la tarde, y casi a la hora en que regresaba a
+los Cuatro Caminos el rebaño de trabajadores, volvía él a Madrid a
+emprender su vida dura de pájaro indefenso, falto de pico y de garras,
+que revolotea en un bosque de hojas impresas, sin más alimento que las
+escasas migajas olvidadas por otros.</p>
+
+<p>Aprovechaba la luz de la redacción, el papel y la tinta, en las horas en
+que el local estaba desierto, para traducir libros cuyo destino
+desconocía. Proporcionábanle este trabajo ciertos amigos que, a su vez,
+habían recibido el encargo de los traductores que firmaban la obra. La
+retribución llegaba a él con tal merma, después de pasar por las manos
+de los intermediarios, que el pobre Maltrana, tras ocho horas de
+fatigoso plumear, pensaba con envidia en los siete reales que su hermano
+Pepín, más conocido por el <i>Barrabás</i>, ganaba como aprendiz de albañil.
+Y muchas gracias cuando no le faltaban las traducciones. Este trabajo
+era su único medio de existencia fijo y ordenado. El dinero de una
+traducción representaba la comida, al anochecer, en una taberna
+frecuentada por las gentes del «oficio», periodistas de escaso sueldo,
+jóvenes de abundosas melenas y suelta corbata, que hablaban<a name="page_019" id="page_019"></a> mal de
+todos, entreteniendo así la espera impaciente de una hora de celebridad.
+No eran gran cosa estos banquetes; pero ¡cómo pensaba en ellos los días
+en que le faltaban el trabajo y la esperanza de nuevas traducciones!
+Transcurrían para él, en la redacción, las horas de la noche en continua
+lectura, sintiendo al mismo tiempo en el estómago los retortijones del
+hambre. Algunas veces, al ver que las letras danzaban ante sus ojos y su
+cabeza parecía rodar, como si repeliese toda idea, sentía deseos de
+lucha, feroces anhelos de herir a alguien. Entonces iniciaba discusiones
+filosóficas, acabando por burlarse de los ideales políticos del
+periódico, únicamente por el placer de aplastar con sus paradojas y con
+su cultura esgrimida cual una maza a todos aquellos ignorantes ¡ay! que
+habían cenado.</p>
+
+<p>Maltrana, en estas noches de silenciosa y reconcentrada hambre, veía
+entrar, como mensajeros de alegría, a ciertos correligionarios de fuera
+de Madrid, ganosos de dejar buen recuerdo en la redacción.</p>
+
+<p>&mdash;¡A ver! Que traigan café para los chicos... y todo lo que quieran.</p>
+
+<p>Y los «chicos» devoraban la tostada bien cargadita de manteca, apuraban
+hasta la última gota del líquido negro y de la leche contenida en las
+cafeteras, y prendían fuego al cigarro de medio real, último y
+definitivo rasgo de generosidad. Maltrana, ebrio de café y de manteca,
+lo veía todo más hermoso, con repentina iluminación, al través de la
+nube azul del tabaco, y rompía a hablar de filosofía y literatura con
+juvenil vehemencia, asombrando a aquellos señores forasteros, que
+presentían en él a un futuro grande hombre, y ¡quién sabe si a un
+gobernante de cuando llegase «la nuestra»!...</p>
+
+<p>Las noches que faltaba este socorro extraordinario, Maltrana, con la
+cabeza entre las manos,<a name="page_020" id="page_020"></a> fingiendo leer una revista extranjera, seguía
+con mirada ansiosa las idas y venidas de don Cristóbal, el propietario
+del periódico, un buen señor francote y paternal, sin otras
+preocupaciones que su diario, la revolución que no llegaba nunca y el
+deseo de que reconociesen todos sus sacrificios por «la idea».</p>
+
+<p>&mdash;<i>Homero</i>... ¿un cigarrito?...</p>
+
+<p><i>Homero</i> era Maltrana. Cada mes le colgaban un nuevo apodo los muchachos
+de la redacción, abominando de su cultura, que «les cargaba», y
+afirmando que, con toda su sabiduría, era incapaz de escribir la crónica
+de un suceso o pergeñar un crimen interesante. Primero le habían apodado
+<i>Schopenhauer</i>, por la frecuencia con que citaba a su filósofo favorito;
+después <i>Nietzsche</i>; pero estos nombres eran de difícil pronunciación, y
+una noche que Maltrana, aislado de la realidad, osó recitar en griego
+algunas docenas de versos de la <i>Ilíada</i>, acordaron todos llamarle
+<i>Homero</i> para siempre.</p>
+
+<p>El buen <i>Homero</i> aceptaba agradecido los cigarrillos de don Cristóbal,
+el cual le admiraba como sabio, aunque reconociendo que no servía ni
+para ordenanza de la redacción. Fumando entretenía la espera angustiosa
+de las primeras horas de la madrugada, el momento de las larguezas del
+propietario. El buen señor, al sentir ciertos desfallecimientos del
+estómago, incluía generosamente en su necesidad a todos los muchachos.
+Unas veces era carnero con judías, guisado en la taberna cercana; otras,
+una cazuela enorme de bacalao con patatas, que a Maltrana le parecía
+esplendorosa como un astro entre las nubes de periódicos que llenaban la
+mesa y bajo la fría luz de las bombillas eléctricas.</p>
+
+<p>&mdash;A ver, señores, ¿quién me hace oreja?&mdash;decía don Cristóbal con gestos
+de padre&mdash;. Que traigan pan y vino para todos... <i>Homerito</i>, acércate y
+mete<a name="page_021" id="page_021"></a> la uña. A tu edad siempre hay apetito, y tú debes andar algo
+atrasado.</p>
+
+<p><i>Homerito</i> metía la uña, al principio con timidez; pero los primeros
+bocados despertaban la bestia rampante adormecida en su estómago, y para
+amansarla la echaba alimento a toda prisa, temiendo ser devorado por
+ella si retrasaba el envío. Al bondadoso protector le hacía gracia el
+hambre voraz de aquel muchacho feo. ¡Ah, la juventud! ¡Envidiable
+estómago! Viéndole, sentía nuevas ganas: <i>Homero</i> era su aperitivo.</p>
+
+<p>Y Maltrana, una vez limpia la cazuela y devoradas las últimas migas,
+bebíase dos vasos de vino, ascendiendo de golpe a la alegría digestiva
+de las últimas horas de redacción, las mejores de la noche.</p>
+
+<p>Sólo entonces hablaba <i>Homero</i> de política, compartiendo las ilusiones y
+esperanzas de los demás. Vendría la deseada... «la nuestra»; y entonces,
+o no había justicia ni vergüenza, o don Cristóbal sería ministro del
+primer gobierno que se formase. Pero el aludido rechazaba este honor con
+sonriente modestia. Maltrana, para animarle, se incluía en el triunfo.
+El también sería algo, ¡qué demonio!... Se contentaba con una dictadura
+sobre la instrucción pública, para desasnar el país a palos. Cada uno a
+sus aficiones.</p>
+
+<p>Y el buen <i>Homero</i> describía, entre las risas de los compañeros, su
+entrada en la Biblioteca Nacional al día siguiente de la revolución,
+seguido de un piquete de ciudadanos. ¡A formar todo el personal! Los
+bibliotecarios, que le conocían por haber sostenido con él más de un
+altercado, esperaban su sentencia trémulos de miedo. Ahora pagarían sus
+embustes siempre que se les pedía un libro moderno: el negar su
+existencia o el afirmar que lo tenía otro lector entre manos; aquel
+deseo de que no se leyesen mas que obras rancias, de inútil erudición,<a name="page_022" id="page_022"></a>
+mamotretos enojosos que repelían a la gente, quitándola los deseos de
+instruirse. A culatazos bajaba la escalinata el rosario de prisioneros,
+y el dictador los colgaba sin piedad de los árboles de Recoletos, con un
+cartelón en el pecho: «Por traidores a la cultura y fomentadores de la
+barbarie pública...» Sin salir del edificio, se daba una vueltecita por
+los salones del Arte Moderno y entraba a saco en este hospital de
+monstruos, horrendo almacén de fealdades y ñoñerías históricas. Salvo
+raras excepciones, todos los cuadros eran arrojados por las ventanas,
+formándose con ellos una gran hoguera. Los alumnos de Bellas Artes, por
+orden del dictador, habían de saltarla en señal de alegría por la
+desaparición de tanto mamarracho.</p>
+
+<p>Después, con su escolta de implacables ejecutores, se llegaba al Museo
+del Prado. Llamada y tropa al personal y discurso que ponía los pelos de
+punta. Había llegado el momento de dar fin a la eterna zarabanda, a la
+interminable clasificación, a los nuevos arreglos que tenían en perpetuo
+movimiento las obras artísticas, desorientando al público y haciéndole
+vagar de uno a otro salón como en un dédalo. Al primero que moviese de
+su sitio un cuadro o una estatua, un tiro en la cabeza: he dicho. Y
+<i>Homero</i> terminaba su excursión revolucionaria cerrando para siempre el
+Teatro Real. ¡Viva la música! ¡Abajo la ópera! Los aristócratas que
+conversasen libremente en sus salones, sin el runrún enojoso de la
+orquesta; que lucieran sus joyas sin tomar el arte como alcahuete del
+lujo. Los antiguos mozos de cordel que ganan millones por tener en la
+laringe la enfermedad del tenorismo, las señoritas de bata blanca y
+cabellera suelta que se hacen las locas entre fermatas y gorgoritos, a
+su antiguo oficio o a coser a máquina. De volver a titularse artistas,
+sufrirían la pena que marca el<a name="page_023" id="page_023"></a> Código por falsedad de estado civil. Los
+músicos faltos de sueldo y los cantantes modestos y fervorosos serían
+mantenidos por el Estado, dando cada noche un concierto gratuito, de
+asistencia obligatoria, en los diez distritos de la capital, por
+riguroso turno.</p>
+
+<p>Y tras estas reformas insignificantes, <i>Homero</i> tomaba asiento en su
+sillón de dictador, acometiendo la gran reforma: el examen general de
+todos los maestros de escuela; la revisión de la mentalidad de todos los
+catedráticos, pero de un modo implacable, sin entrañas, como pudiera
+juzgar un inquisidor. Profesores de Universidad descendían a ser
+maestros de aldea; la gran mayoría de los preceptores rústicos recibían
+la cesantía y un pedazo de tierra inculta para que la arasen, dando así
+natural expansión a sus verdaderas facultades. Muchos desgraciados con
+talento, que titubeaban en las avenidas de la vida, no sabiendo qué
+camino tomar, entraban en el magisterio, dignificado y elevado a primera
+función nacional. El más humilde maestro de España tendría mayor sueldo
+que un canónigo...</p>
+
+<p>Así hablaba <i>Homero</i>, entre las risas de sus camaradas, dejando
+modestamente a los grandes hombres de «la idea» que arreglasen otros
+problemas: el del estómago y el de la conciencia. El a lo suyo, a pulir
+la inteligencia nacional; y una vez bien montada la máquina del
+desasnamiento, todo aquel que llegase a los veinte años sin haberse
+aprovechado de estas facilidades para la cultura, sería expulsado del
+territorio hispano, para que poblara el África.</p>
+
+<p>El terrible dictador, al salir a la calle poco antes de amanecer, caía
+de golpe en la realidad. El frío, colándose bajo el sutil macferlán,
+hacía temblar al fusilador de bibliotecarios e implacable destructor<a name="page_024" id="page_024"></a> de
+museos. El tirano sentía aguzarse de nuevo su apetito con el fresco del
+alba, y aceptaba del director o de cualquier compañero en fondos una
+taza de soconusco con media docena de «bolas». Iban a la chocolatería de
+la calle de Jacometrezo, sentándose junto a las paredes de azulejos
+fríos, ante unas vidrieras abiertas de intento para que reventasen de
+pulmonía todos los golfos que esperaban la mañana en torno de las
+primeras mesas.</p>
+
+<p>Allí, mojando buñuelos en el fangoso líquido de la taza, sentía renacer
+otra vez sus esperanzas, aunque menos intensas que en el ambiente cálido
+de la redacción. El sería algo; él subiría alto. Siempre que llenaba el
+estómago, sentíase animado por una fe ciega en su destino. Y con tales
+esperanzas, emprendía la caminata hacia los Cuatro Caminos, para reposar
+en el camastro todavía caliente.</p>
+
+<p>Mientras llegaba el momento de la ascensión, su vida no podía ser más
+triste. En vez de ingeniarse, como le aconsejaba su padrastro, para
+conquistar el pan, leía y leía por el gusto de saber, como un gran señor
+que tuviera asegurada la existencia y todos sus caprichos. Cercenaba su
+alimento para poder pagar con retraso las cuotas del Ateneo. La vida sin
+lectura de revistas, sin conocer lo que se pensaba en Europa, le parecía
+intolerable.</p>
+
+<p>Perdía las noches enteras en la redacción, y rara vez cogía una pluma.
+Al principio, le habían encargado que redactase sucesos, que inflase
+telegramas. El director se interesaba por él: deseaba incluirle en la
+plantilla de la casa y que gozase de un sueldo igual al de un guardia de
+Consumos. Pero pasó una noche rompiendo cuartillas y dando paseos
+nerviosos para relatar un incendio, y al fin hubo de transmitir el
+encargo a un golfillo de la casa que no sabía escribir un renglón con su
+ortografía. Le dieron telegramas para que los ampliase, y los redactó<a name="page_025" id="page_025"></a>
+con menos palabras que el original. Era un espíritu superior, incapaz de
+tan bajas funciones. Un día en que, por ausencia del director, le
+encargaron el artículo de fondo, llenó tres columnas de prosa razonadora
+y fría, resultando de ella, después de examinar y pesar todo lo
+existente, tan malo y defectuoso el ideal defendido por el periódico
+como el régimen de los gobernantes actuales.</p>
+
+<p>El tal <i>Homero</i>, según decía el propietario, era un manzanillo del
+saber. Mataba todo lo que cubría con su sombra. Le dieron libertad para
+que escribiera a su capricho, y publicó tres artículos sobre Ruskin y la
+belleza artística, sobre Nietzsche y el imperialismo, y acerca de las
+armonías y desarmonías entre el socialismo y las doctrinas de Darwin y
+Hæckel. Meses después aún reían en la redacción de aquellas columnas de
+prosa espesa y mate que nadie había leído hasta el fin. Don Cristóbal
+afirmaba con grave sorna que el diario había estado próximo a perecer, y
+que los lectores amenazaban con una huelga si se publicaba otro artículo
+de <i>Homero</i>. ¡Ir con tales galimatías al respetable público, que lo que
+desea es que llamen morral al presidente del Consejo de ministros o que
+los diputados les mienten la madre a los señores del banco azul!...</p>
+
+<p>Maltrana, declarado inservible, sin esperanzas ya de conquistar los
+quince duros mensuales que le habían hecho entrever antes de su fracaso,
+seguía asistiendo puntualmente a la redacción. ¿Adónde ir?... Allí
+encontraba quien le escuchase, aunque con gestos irónicos; algunas veces
+hasta alababan su cultura, llegando a confesar que tenía cierto talento,
+pero que estaba chiflado. Además, él reconocía su gran defecto, el mal
+de su generación, en la que un estudio desordenado y un exceso de
+razonamiento había roto el principal resorte de la vida:<a name="page_026" id="page_026"></a> la falta de
+voluntad. Era impotente para la acción. Estudiaba ávidamente y no sabía
+sacar consecuencia alguna de sus estudios. Pasaba las noches hablando;
+las paradojas surcaban su charla como cohetes de brillantes colores;
+pero sentíase incapaz de fijar con la pluma ni una pequeña parte de las
+ideas que se le escapaban en el chorro de la conversación.</p>
+
+<p>Y permanecía inmóvil, atascado en su camino, sabiendo que perdía el
+tiempo, que equivocaba el curso de su vida, sin ánimo para intentar un
+esfuerzo, confiando en un extraño fatalismo que había de sacarle del mal
+paso, seguro de la llegada de un acontecimiento extraordinario que le
+arrancaría de los relejes en que estaba hundido, sin que tuviera que
+poner nada de su parte.</p>
+
+<p>Aquella mañana era de las más alegres para el joven. Tenía dinero; la
+noche anterior había cobrado trece duros de una traducción, sintiendo
+con cierto deleite el peso del puñado de plata junto a su estómago, que
+aún conservaba el calor y el bienestar del buen trato reciente. Había
+cenado en la taberna, asilo de los días felices, los platos más
+suculentos, dándose, además, el gusto de pagar el matinal chocolate a
+los compañeros de redacción, asombrados de tanta riqueza.</p>
+
+<p>El buen amigo del fielato, que todas las madrugadas le ofrecía un
+cigarro y una parte de su café, atrajo igualmente su generosidad. Quería
+obsequiarle, hacerle partícipe de su opulencia, y casi a la fuerza le
+llevó al ventorrillo, detrás del fielato. Tomaría una taza de té, una
+copa, lo que fuese de su gusto: hora era que admitiese algo de él.</p>
+
+<p>Los dos quedaron junto a la puerta de la tabernilla, esperando que les
+sirviesen, sin querer penetrar en su ambiente pesado y nauseabundo.</p>
+
+<p>A espaldas del fielato, en el abrevadero, una<a name="page_027" id="page_027"></a> banda de palomas
+picoteaba la tierra. Eran de la inmediata calle de los Artistas; volaban
+hasta allí para buscar en el suelo los residuos del pasto de los bueyes.
+Junto al ventorro alzábanse las tapias blancas del Sanatorio de Perros,
+el asilo de los canes de los ricos, cuidados en sus enfermedades por un
+veterinario.</p>
+
+<p>Maltrana vio a un hombre salir de la carretera con dirección al
+ventorro.</p>
+
+<p>&mdash;Es <i>Coleta</i>&mdash;dijo el jefe del fielato&mdash;. Domingo, el famoso trapero de
+las Carolinas.</p>
+
+<p>Llevaba a la espalda un saco vacío, pero él caminaba encorvado ya, como
+si presintiese su peso. Los zapatos, más largos que los pies, doblaban
+sus puntas hacia arriba; el pantalón de pana ceñíalo a la cintura con
+una cuerda de esparto; la camisa abierta dejaba al aire una maraña de
+pelos blancos y la piel apergaminada del cuello con sus tirantes
+ligamentos. Esta vestimenta sucia y mísera completábala con un chaqué de
+largos faldones y un sombrero abollado, deforme, rematado en punta como
+guerrero casco.</p>
+
+<p>Era viejo, con cierta malicia sacerdotal en el rostro afeitado y los
+ojillos verdosos cobijados bajo unas cejas grises y abultadas. La parte
+de sus mejillas acariciada por la rasura era lo único limpio de la cara.
+El resto estaba ennegrecido por la suciedad. Cada arruga era un surco
+fangoso; el cuero cabelludo mostraba las púas blancas del rapado por
+entre las escamas de la caspa endurecida.</p>
+
+<p><i>Coleta</i> saludó al del fielato y fijó después sus ojos en Maltrana.</p>
+
+<p>&mdash;¿No eres tú Isidro, el nieto de la <i>Mariposa</i>... uno que es señor en
+Madriz y escribe en los papeles?...</p>
+
+<p>Sí; él era, y se alegraba de que <i>Coleta</i> le reconociese. ¿Qué deseaba
+tomar?<a name="page_028" id="page_028"></a></p>
+
+<p>Pero antes de que el trapero contestase, Maltrana y su amigo se fijaron
+en una gran escoriación que enrojecía todo un lado de su cara. La sangre
+seca manchaba los bordes del desgarrón.</p>
+
+<p><i>Coleta</i> levantó los hombros con indiferencia. Aquello no era nada: un
+tropiezo al salir de la taberna del <i>Cubanito</i>, la noche anterior.</p>
+
+<p>&mdash;Hemos estao de groma hasta la una de la mañana yo y los muchachos del
+barrio. ¡La gran tajá!</p>
+
+<p>Antes de pedir algo a la tabernera, que reía sólo con verle, quiso
+conocer lo que Maltrana había bebido, e hizo un gesto de repugnancia al
+oír que era una copa de aguardiente de limón.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aguardiente!... Eso pa los borrachos. Vino: morapio del puro, que
+alarga la vida; y cuanti más, mejor.</p>
+
+<p>Había que ver el gesto indignado con que hablaba de los borrachos de
+alcohol, alabando de paso las virtudes del líquido rojo. Allí le tenían
+a él con sus sesenta y ocho bien cumplidos. Todas las mañanas iba a
+Madrid a la busca; al volver a su chamizo de las Carolinas, se pasaba
+las horas escogiendo su carga y la de la vecina, y después armaba fiesta
+en la taberna hasta la madrugada, y cuando estaba en su punto se ponía
+en cueros, sin miedo al frío, para que chillasen escandalizadas las
+mozas del barrio y rieran los camaradas. Nunca había estado enfermo.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no duermo. Comer... ¡menos que un pájaro! Me mantengo con un cacho
+de pan así, y ustedes perdonen el modo de señalar. Es malo comer: el pan
+quita sitio a la bebida. Además, da mareos y hace que a uno se le
+revuelvan las tripas, y arroje y repuzne a los demás por su cogorza
+indecente... A mí me mantiene el vino... ¡Viva el negro!... ¡y el blanco
+también! Esta es la mejor de las boticas.<a name="page_029" id="page_029"></a></p>
+
+<p>Y se bebió de un golpe la copa que le ofrecía la tabernera. Desde el
+camino, un grupo de chicuelos que venía siguiéndole mirábalo a
+distancia, lanzándole insultos.</p>
+
+<p>&mdash;¡<i>Coleta</i>!... ¡Tío del gabán! ¡Borracho!</p>
+
+<p>El trapero acogía estos gritos tranquilamente, como un héroe satisfecho
+de su éxito popular. ¡Mientras gritasen!... Algo peor ocurría cuando los
+gritos eran acompañados de pedradas y había él de abandonar su saco para
+perseguir a los agresores.</p>
+
+<p>&mdash;Id a tocarle el... moño a vuestras madres.</p>
+
+<p>Y tras este prudente consejo, que hizo arreciar a la golfería en sus
+denuestos, <i>Coleta</i> saboreó otra copa, alabando la buena suerte que le
+hacía tropezar tan de mañana con amigos rumbosos.</p>
+
+<p>El era el más pobre de todos los traperos: ni carro, ni burro, ni casa.
+Se lo había bebido todo. Su mujer estaba en el cementerio; y al hablar
+de ella humedecíanse sus ojos, por el recuerdo, sin duda, de las palizas
+que la había dado. Ahora tenía con él a la <i>Borracha</i>, la trapera más
+sucia y mal trabajadora que existía desde Bellasvistas a Fuencarral. Un
+dragón con faldas, señores; él no se avergonzaba de confesar su
+cobardía. Si la daba una torta, ella le devolvía tres; y era inútil que
+al regresar de la busca se comprase en las tiendas del Estrecho una
+buena vara de fresno o cortase un palo espinoso en cualquier vallado:
+equivalía a proporcionar armas al enemigo, pues la <i>Borracha</i> acababa
+por cogérselo, arreándole con él para que saliese de la taberna.</p>
+
+<p>Todo envidia, pura rabia porque él encontraba amigos que le convidasen,
+y ella, gustándole mucho el vino, tenía que contentarse, cuando más, con
+las «cortinas», o sea con lo que queda en el fondo de las copas.</p>
+
+<p>Vivían en una especie de gallinero al extremo<a name="page_030" id="page_030"></a> de un corral ocupado por
+montones de basura. Ayudaban a la dueña de la casa en la rebusca del
+género, y además el carro de ésta le traía el saco al regresar de
+Madrid. El tenía buenos parroquianos. Desde su juventud explotaba una de
+las mejores calles, toda ella de señorío que comía bien. Con las sobras
+podía engordar como un fraile, si le gustase comer. Los hijos de su
+primer matrimonio vivían en Madrid, trabajando unas veces en el
+adoquinado y rabiando otras de hambre. Apenas si los veía.</p>
+
+<p>&mdash;La familia... con tomate, señores míos. Tanto tienes, tanto vales;
+cada uno a lo suyo. Los chicos, cuando me ven, me hablan de que les
+traspase la parroquia. El ama de mi casa también quiere lo mismo...
+¡Magras! El negocio, siempre a mi nombre. Soy un vivo y he visto mucho.
+El negocio, mío, mientras viva yo: Domingo Rivero, alias <i>Coleta</i>, para
+servir a ustedes.</p>
+
+<p>Y al hablar así, miraba con orgullo el saco que llevaba al hombro, el
+negocio envidiado, que pensaba defender hasta su muerte, como si este
+trozo de arpillera hubiera de servirle de mortaja.</p>
+
+<p>Después rompió en elogios a la tabernera y su vino. ¡Olé las señoras de
+mérito! La copa era allí menos barata que en el barrio de los traperos,
+pero mucho mejor. Al ir a Madrid y al volver, no podía sustraerse a la
+tentación de abandonar el camino para contemplar los ojos de la dueña,
+su aire de señorío y los parroquianos de la casa, todos unos
+caballeros... Y con estas alabanzas aún conquistó una tercera copa.</p>
+
+<p>Maltrana y su amigo, temiendo que el trapero renunciase a la ida a
+Madrid si le convidaban otra vez, volvieron al fielato. <i>Coleta</i> les
+siguió, afirmando que no tenía prisa. Sus parroquianos se levantaban
+tarde.</p>
+
+<p>En las aceras de Punta Brava se habían establecido<a name="page_031" id="page_031"></a> ya los puestos del
+mercadillo de los Cuatro Caminos. Los cortantes colgaban de unas vigas
+negras los cuartos de res desollada. Un perfume agrio de escabeche y
+verduras mustias impregnaba el ambiente. El grupo de chiquillos que
+acosaba al trapero se dispersó al verle bien acompañado, ocultándose
+tras los primeros tranvías.</p>
+
+<p>De pronto, la mañana gris se iluminó con resplandores de oro. Rasgáronse
+los vapores blanquecinos; se abrió en el celaje un agujero de profundo
+azul, por el que pasó sus rayos el sol oculto. La tierra pareció sonreír
+bajo su húmeda máscara. Los charcos de lluvia brillaron con temblones
+reflejos, como si se poblasen de peces de fuego; los caseríos rojos y
+blancos surgieron como vigorosas pinceladas en los cerros de verde
+obscuro que limitaban el horizonte. La torre de Santa Cruz parecía una
+llama recta sobre los tejados de Madrid. La banda de palomas levantó el
+vuelo en espiral, con alegre rumor de plumas y arrullos.</p>
+
+<p>Dos jóvenes pasaron junto al fielato cogidas del brazo, con el embozo
+del mantón ante la boca. Tenían la belleza de la obrera, la frescura de
+esa breve juventud de las hembras de trabajo, que triunfa sólo
+momentáneamente de la anemia hereditaria, de las privaciones que
+dificultan el desarrollo.</p>
+
+<p>Maltrana fijó sus ojos en la más pequeña, una morena de rostro pálido y
+grandes ojos de un negro intenso, casi azulado, igual al de sus
+cabellos. El busto endeble erguíase con una arrogancia natural dentro
+del mantón; sus pobres faldas de verano se movían con cierto ritmo
+majestuoso, sin tocar el barro, en torno de los pies pequeños,
+cuidadosamente calzados, que revelaban ser la parte más atendida de su
+persona.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva lo bueno!&mdash;gritó el borracho poniéndose en jarras&mdash;. ¡Ahí va la
+gloria del barrio!...<a name="page_032" id="page_032"></a></p>
+
+<p>Y para expresar su entusiasmo con más viveza, arrojó el grotesco
+sombrero en un charco, salpicando a todos de barro.</p>
+
+<p>El empleado del fielato saludó a las jóvenes con un tono de zumba
+paternal:</p>
+
+<p>&mdash;Que seáis buenas... Cuidadito con perderse...</p>
+
+<p>Las dos pasaron adelante sonriendo, sin contestar a los saludos mas que
+con movimientos de cabeza. La pequeña habló al alejarse.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, Isidro&mdash;dijo con voz grave, al mismo tiempo que se enrojecían
+sus mejillas.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, Feliciana&mdash;contestó el joven.</p>
+
+<p>Y la siguió con los ojos, admirando su marcha rítmica y graciosa sobre
+el barro, su cuerpo gentil y esbelto, que iba empequeñeciéndose con la
+distancia.</p>
+
+<p>El sol se ocultó de pronto; volvieron a cerrarse las nubes; ya no
+brillaron los charcos. Se extendió de nuevo sobre la tierra un velo
+gris, y la espiral de palomas cesó de aletear, desplomándose de golpe en
+el fango.</p>
+
+<p>El jefe del fielato habló de las dos muchachas. Las veía pasar todas las
+mañanas a la misma hora; trabajaban en una fábrica de gorras de la calle
+de Bravo Murillo. Feliciana era la hija única del <i>Mosco</i>, el famoso
+cazador de Tetuán, y su compañera una muchacha de Bellasvistas, a la que
+aquélla recogía todas las mañanas para ir juntas al trabajo.</p>
+
+<p>El nombre del <i>Mosco</i> hizo prorrumpir al trapero en exclamaciones de
+admiración. Aquel era un hombre. Quitaba el sueño a toda la gente del
+Real Patrimonio. <i>Coleta</i> lo sabía de buena tinta: el administrador de
+El Pardo se desesperaba por no haber podido atrapar al <i>Mosco</i>, y los
+guardas, apenas cerraba la noche, preguntábanse por qué lado del inmenso
+bosque trabajaría aquel bandido.</p>
+
+<p>Los gazapos reales dormíanse en sus madrigueras,<a name="page_033" id="page_033"></a> resignados de antemano
+a que les despertase la sangrienta dentellada del hurón; los corzos, al
+beber en los arroyos a la luz de las estrellas, se mugían a la oreja:
+«Mucho ojo, hermanos; el <i>Mosco</i> debe de andar cerca...» Un perro suyo,
+apodado <i>Puesto en ama</i>, había sido tan famoso por lo temible, que, al
+matarlo los guardas en un encuentro, lo llevaron en triunfo a la
+administración de El Pardo, y allí le guardaban empajado y con ojos de
+vidrio, como una curiosidad del real sitio.</p>
+
+<p><i>Coleta</i> había conocido a este animal. Cazaba los gamos a la carrera en
+medio de la noche; no había venado que le resistiese. Una vez hizo ganar
+a su amo cerca de tres mil reales. Ahora, el <i>Mosco</i> tenía otro perro,
+el segundo <i>Puesto en ama</i>, una verdadera alhaja, pero de menos mérito
+que el otro, y con él continuaba sus expediciones de «dañador», sus
+audacias de furtivo, saliendo de ellas en algunas ocasiones chorreando
+sangre, pero abriéndose paso siempre por entre los disparos de los
+guardas y los galopes de los vigilantes montados. ¡El plomo que aquel
+hombre llevaba en el cuerpo!...</p>
+
+<p><i>Coleta</i>, agotados los elogios al intrépido cazador, cuyas hazañas
+conocían mejor que él los que le escuchaban, iba ya a emprender el
+camino hacia Madrid, cuando su instinto de parásito le hizo fijarse en
+un carro descubierto que avanzaba con lento balanceo sobre los relejes
+de la carretera. La mula, alta y forzuda, con grandes desolladuras por
+la falta de limpieza, llevaba el cabezón adornado con cintajos
+multicolores encontrados en la basura. Parecía una bestia de tribu
+marchando adornada a una fiesta salvaje.</p>
+
+<p>&mdash;Esa me llevará&mdash;dijo <i>Coleta</i>&mdash;. ¡Eh, tío Polo... señor Polo, pare
+usted! Aquí hay amigos.</p>
+
+<p>De la parte trasera del carro surgió, como un monigote del fondo de una
+caja, una cabeza de<a name="page_034" id="page_034"></a> viejo, con el cuello del chaquetón rozando las
+orejas y un gorro de pelo encasquetado hasta los hombros. Era una cara
+mofletuda y roja, con una vaguedad en los ojos rayana en la estupidez.
+Se detuvo el carro, y poco a poco fue saliendo de la parte delantera
+otro viejo, incorporándose trabajosamente con las riendas en la mano.
+Parecía el Padre Eterno. Sus barbas amplias de plata se extendían sobre
+el pecho y formaban una aureola de blancos vellones en torno de sus
+mejillas sonrosadas. El labio superior, cuidadosamente afeitado, era lo
+más limpio de su rostro. Los ojillos verdosos y profundos estaban
+rodeados de arrugas, que parecían rayas de carbón por la suciedad de sus
+surcos. El traje era tan bizarro como su ancianidad. Cubríase con una
+especie de casulla de pieles de conejo, sujeta a la cintura por una
+cuerda. Su pantalón estaba resguardado en los muslos por zajones
+cortados de una alfombra vieja y adornados con cintajos iguales a los de
+la mula. Una boina verdosa, con rastros de telarañas, cubría su cabeza
+sonrosada y blanca. El adorno de su persona revelaba suciedad salvaje y
+simpleza infantil. Las manos eran negras, con escamas en el dorso; las
+mejillas y los labios, acariciados por la navaja, mostraban una frescura
+de niño.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué se les ofrece a ustedes?&mdash;dijo con atiplada vocecilla y
+entonación cortés&mdash;. ¿En qué puedo servirles, señores?...</p>
+
+<p>Sus ojos se fijaron en <i>Coleta</i>, e hizo un mohín de desprecio.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿Eres tú, borrachín?...</p>
+
+<p>Después saludó con la cabeza al jefe del fielato, pues era respetuoso
+con toda autoridad que pudiera molestarle; y al fijar los ojos en
+Maltrana, lanzó una exclamación de alegría.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pero eres tú, Isidro?&mdash;preguntó con su voz infantil<a name="page_035" id="page_035"></a>&mdash;. ¡Pues pocas
+ganas que tenía de verte!... La abuela no piensa en otra cosa; siempre
+me hace el mismo encargo: «Si ves al chico, dile que venga. Casi no le
+he visto desde que nos casamos.»</p>
+
+<p>&mdash;Sí, yo soy, amigo <i>Zaratustra</i>. ¿Cómo le va a la abuela contigo? ¿Aún
+estáis en la luna de miel?</p>
+
+<p>El viejo hizo un gesto de protesta, sin dejar de sonreír.</p>
+
+<p>&mdash;De una vez para siempre, dame un nombre y no me lo cambies a tu
+capricho. Unas veces me llamas Krüger, y no me ofende que me compares
+con ese buen señor que se peleó con los ingleses... ¡Mala gente! El otro
+día encontré en la basura una caja de cerillas con su retrato, y,
+efectivamente, algo nos parecemos... Otras veces, soy <i>Trapatustra</i> o...
+<i>Zorra no sé qué</i>: otro personaje al que también me parezco, según tú
+dices... Sí; ya sé quién era: me contaste un día su historia. Un sabio
+que no tenía un perro chico, como yo; que estaba en el secreto de todo y
+se reía de todo... lo mismo que yo; que vivía en alto, como yo vivo,
+viendo a mis pies todo Madrid. El tenía al lado un aguilucho al decir
+sus cosas, y yo, a falta del pajarraco, tengo cinco perros que entienden
+más que muchas personas, y me rodean y me escuchan cuando digo las
+mías... Porque tú, Isidrillo, aunque parezca que te pitorreas de mi
+persona, bien reconoces que tengo algo de sabio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Quién puede dudarlo?&mdash;exclamó Maltrana con tono zumbón&mdash;. Por algo te
+llamo <i>Zaratustra</i>. Tú eres el solitario de Bellasvistas, el gran
+filósofo de los Cuatro Caminos, el sabio de la busca, el más profundo de
+los traperos que entran en Madrid.</p>
+
+<p>&mdash;Noventa y cuatro años, señor&mdash;continuó <i>Zaratustra</i>, dirigiéndose al
+jefe del fielato&mdash;. El cuerpo sano, el estómago de buitre; sólo tengo
+flojas las piernas, que me obligan a permanecer quieto en el<a name="page_036" id="page_036"></a> carro,
+mientras éste, que es mi ayudante&mdash;y señalaba al bobo de la gorra de
+pelo&mdash;, entra en las casas. Soy el más antiguo del gremio. Sólo quedan
+algunos de mi época allá en el Rastro, que se han establecido, han hecho
+fortuna y tienen casa abierta en las <i>Américas</i>. Más de cincuenta años
+de servicios; y en todo este tiempo, ni un día he dejado de bajar a
+Madrid... Yo he visto mucho; he visto al señor de Bravo Murillo traer
+las aguas a Madrid y saltar el Lozoya por primera vez en la antigua taza
+de la Puerta del Sol; he visto cómo la villa ha ido poco a poco
+ensanchándose y dándonos con el pie a los pobres para que nos fuéramos
+más lejos. Este fielato lo he visto en lo que es hoy glorieta de Bilbao.
+Donde yo tuve mi primera barraca hay ahora un gran café. Todo eran
+desmontes, cuevas para gente mala; a Dios le quitaban la capa así que
+cerraba la noche; y ahora anda uno por allí, y todo son calles y más
+calles, y luz eléctrica, y adoquines, y asfaltos, donde estos ojos
+pecadores vieron correr conejos... Los antiguos cementerios han quedado
+dentro; los pobres que vivimos cerca de ellos vamos en retirada, y
+acabaremos por acampar más allá de Fuencarral. Dicen que esto es el
+Progreso, y yo respeto mucho al tal señor. Muy bien por el Progreso...
+pero que sea igual para todos. Porque yo, señor mío, veo que de los
+pobres sólo se acuerda para echarnos lejos, como si apestásemos. El
+hambre y la miseria no progresan ni se cambian por algo mejor. La ciudad
+es otra, los de arriba gastan más majencia, pero los medianos y los de
+abajo están lo mismo. Igual hambre hay ahora que en mis buenos tiempos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Bien, <i>Zaratustra</i>, muy bien!&mdash;dijo Maltrana, aprovechando una pausa
+del viejo.</p>
+
+<p>&mdash;Yo, señor&mdash;continuó el viejo, dirigiéndose al del fielato&mdash;, lo que
+más siento es que no veré en<a name="page_037" id="page_037"></a> qué acaba todo esto. Lo del Progreso ha
+nacido en mis tiempos. Cuando yo era muchacho, las aguas iban por otro
+lado. Yo, de mozo, fui carlista; soy manchego y anduve con <i>Palillos</i>:
+pura ignorancia. Pero repito que vi nacer la criatura, y tendría gusto
+en enterarme por mis ojos de hasta dónde alcanza, pues por ahora no es
+gran cosa lo que lleva hecho en favor del mediano... ¡Pero soy tan
+viejo!... ¿Ve usted a <i>Coleta</i>, ese borrachín que nos oye? Parece de más
+años que yo, y le he visto nacer... Noventa y cuatro años, señor, y
+tengo cuerda para ciento y pico. Lo sé muy cierto: yo entiendo de estas
+cosas.</p>
+
+<p>Maltrana y su amigo acogían con movimientos afirmativos las palabras del
+anciano. Su verbosidad, una vez suelta, no podía detenerse; hablaba con
+incoherencia infantil.</p>
+
+<p>&mdash;Hoy voy tarde a la busca, pero no importa. Mi parroquia es segura y
+buena: cafés de la Puerta del Sol, comercios antiguos de la calle del
+Carmen. Hay casa que la tengo cuarenta años; a los dueños de ahora los
+he conocido niños, y cuando lloraban les hacían miedo amenazándoles con
+el tío Polo, que se los llevaría en el carro. Entonces tenía más humor y
+mejores trajes. A mí siempre me ha gustado vestir bien. ¿Ven ustedes
+esta prenda de pieles, que ni el rey la lleva? Pues la he hecho yo; y yo
+también otra que guardo en casa para los días de fiesta, con cintajos de
+colores y espejuelos que quitan la vista: un uniforme de magnate de las
+grandes Indias, según dice Isidrillo. En otros tiempos solía vestirme de
+peregrino para ir a la busca, pero los chicos me seguían como unos bobos
+y los guindillas me amenazaban con llevarme a la prevención. ¿Por qué,
+señores míos?... Lo que yo les decía: ¿Qué somos todos en este mundo,
+mas que peregrinos que vamos pidiendo a los demás y caminando hasta
+llegar al final de nuestra vida? Peregrino es<a name="page_038" id="page_038"></a> el rey, que pide a los de
+abajo los millones que necesita para vivir en grande; peregrinos los
+ricos, que viven de lo que les sacan a los pobres; peregrinos nosotros,
+los medianos... y no digo los de abajo, porque es feo. No hay criatura
+de Dios que esté abajo. De abajo sólo son los animales. Nosotros somos
+los medianos.</p>
+
+<p>Y hablaba mirando a lo lejos, con cierta vaguedad conocida de Maltrana
+como precursora de un chaparrón de divagaciones.</p>
+
+<p>&mdash;¡<i>Zaratustra</i>, que te remontas!&mdash;exclamó el joven&mdash;. No nos aplastes
+con tus incoherencias filosóficas.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno estoy para remontarme. No he podido dormir en toda la noche...
+Estas malditas piernas; el reúma, que se me agarra a ellas como un perro
+rabioso. ¡Qué tiempo! Y lo peor es que durará toda esta luna. Ya sabes,
+Isidrillo, que yo entiendo de tales cosas. Nada de librotes, ni
+compases, ni mapas, como los sabios. He pasado mi vida en el campo,
+viendo el cielo de noche y de día. Para mí no tiene secretos. Créame
+usted, señor&mdash;añadió dirigiéndose al del fielato&mdash;; el sol es el cuerpo
+noble, y de él viene todo lo bueno. Pero antes de que llegue hasta
+nosotros pasa por cuatro cuerpos: el azul, el rojo, el amarillo y el
+verde. Por eso vemos el arco iris. Según el color que predomina, así es
+el tiempo. Además, están los ocho vientos; pero éstos sólo los entiende
+el que los maneja, que es Dios. ¿No es esto cierto y clarísimo? Pues los
+señores sabios no quieren oírme. He ido muchas veces al Observatorio a
+dar buenos consejos, y no me dejan pasar de la puerta, diciendo que ya
+tienen quien recoja la basura. Así anda todo en este país. No se ocupa
+nadie de las cosas del cielo, y en el cielo está el pan. Sin lluvia no
+hay agricultura, y la agricultura es la más noble profesión del país.
+Hay que<a name="page_039" id="page_039"></a> protegerla; hay que ayudar al mediano; que gaste el de arriba,
+ya que tiene, pero que no sea todo para él...</p>
+
+<p>Maltrana interrumpió al viejo. Era capaz de permanecer allí toda la
+mañana si seguían escuchándolo. Le esperarían sus parroquianos; su
+ayudante, el <i>Bobo</i>, lanzábale miradas de impaciencia; el pobre <i>Coleta</i>
+aguardaba a que le dejase subir en el carro para ir a Madrid.</p>
+
+<p>&mdash;Sube, vida perdurable&mdash;dijo Polo con vocecilla misericordiosa.</p>
+
+<p>El borracho se encaramó en el vehículo, arrastrando su saco vacío, y
+<i>Zaratustra</i> tiró de las riendas, haciendo salir a la mula oblicuamente
+para ganar el centro del camino.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós&mdash;dijo el trapero&mdash;. No olvides, Isidrillo, que la abuela te
+espera. Ve por allá; le darás una alegría a la pobre... Y usted, señor,
+acuérdese de lo que le dice un viejo que sabe algo. Hay que ayudar al
+mediano. El mediano es el que da el pan.</p>
+
+<p>Hablaba con la cabeza vuelta hacia el fielato, tirando de las riendas a
+la mula, sin ver adónde marchaba ésta. El carro chocó con un tranvía que
+acababa de detenerse en la glorieta de los Cuatro Caminos. La punta de
+una de sus barras hizo saltar del vagón varias costras de barniz y una
+ligera astilla.</p>
+
+<p>Los empleados prorrumpieron en imprecaciones y echaron pie a tierra,
+insultando a <i>Zaratustra</i>.</p>
+
+<p>Corrió la gente, aproximáronse los del fielato, y se formó un gran
+círculo de curiosos en torno del carro y de los que agitaban sus brazos
+increpando al trapero.</p>
+
+<p>&mdash;No hay que enfadarse, caballeros&mdash;dijo el viejo con vocecilla
+triste&mdash;. Ya sé lo que es esto: tómenme ustedes el nombre.</p>
+
+<p>Uno de ellos escribió las señas del tío Polo, sin<a name="page_040" id="page_040"></a> dejar de amenazarle
+por su torpeza, augurando que iba a costarle cara la fiesta. Rara era la
+semana que no tenía algún encuentro con los tranvías. A su edad debía
+quedarse en casa, sin meterse a guiar bestias.</p>
+
+<p>Partió el vagón, alejáronse los curiosos, y <i>Zaratustra</i> arreó de nuevo
+a la mula, mientras el <i>Bobo</i> y el borracho callaban, anonadados por el
+accidente.</p>
+
+<p>&mdash;Tú, Isidrillo&mdash;dijo al joven&mdash;, ya que escribes en los papeles y
+conoces personajes, veas si puedes arreglarme esto.</p>
+
+<p>Pero el viejo, antes de que Maltrana le contestase, sonrió tristemente y
+siguió diciendo con expresión de desaliento:</p>
+
+<p>&mdash;No te canses: es inútil. Adiós, señores. A Madrid, mula... Pagaré como
+siempre. ¿Quién se mete con esos señores que son los amos? Paga tu
+crimen, ya que por ir a ganar el pan estropeas un poco de pintura. Ellos
+tienen millones, y pueden reventar con sus coches a un pobre diablo
+todas las semanas; pueden cubrir la puerta del Sol con una parrilla de
+alambres del demonio, que el día que se caiga matará a medio Madrid...
+Es el planeta de las criaturas. El lobo se come al cordero, el milano a
+la paloma, el pez gordo al pequeño, y hay que dar gracias al rico
+porque, pudiendo tragarse al mediano, le deja vivir para que pene.</p>
+
+<p>Así hablaba <i>Zaratustra</i>.<a name="page_041" id="page_041"></a></p>
+
+<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3>
+
+<p>Al recordar Isidro Maltrana su pasado, deteníase en los años de su
+infancia transcurridos en el Hospicio. Algo había en su memoria que le
+hablaba de una existencia anterior; pero eran recuerdos confusos, vagas
+remembranzas cortadas por obscuras lagunas de olvido, y envuelto todo en
+una niebla pálida que amasaba personas y sucesos.</p>
+
+<p>El recuerdo más remoto era el de un patio de casa de vecindad, que a él,
+en su pequeñez, le parecía inmenso, con una luz triste y fatigada que
+venía de lo alto, enturbiándose al resbalar por las paredes grasientas,
+al filtrarse por entre las ropas astrosas pendientes de las galerías.</p>
+
+<p>Se contemplaba andando a gatas por un corredor interminable, ante una
+fila de puertas numeradas con esa uniformidad que luego había visto en
+cuarteles y presidios. Muchas mujeres sentadas ante las puertas cosían y
+charlaban. Otras veces reñían, y al ruido de sus voces poblábanse las
+barandillas de bustos echados adelante por una malsana curiosidad, de
+cabezas greñudas que azuzaban a las contendientes como bestias rabiosas.</p>
+
+<p>Al anochecer llegaban los hombres. Mostrábanse tristes, fatigados, con
+el ceño torvo, parcos en palabras, sin otro deseo que el de pedir la
+cena, maldiciendo<a name="page_042" id="page_042"></a> sordamente al maestro, a los compañeros, a todos los
+ricos, a la vida adusta e ingrata, que sólo tenía para ellos rudezas y
+choques. Otros días llegaban más tarde, y mientras las mujeres contaban
+montoncillos de monedas, partiéndolos, como si estas divisiones
+respondiesen a un cálculo anterior, ellos cantaban, reían, se llamaban
+de puerta a puerta, de piso a piso, con una alegría de pájaro, olvidados
+de sus miserias, dominados por la felicidad del momento, que creían
+interminable, hablando de volver a la taberna, en la que habían hecho
+una larga detención antes de llevar a casa su jornal.</p>
+
+<p>A mediodía, la madre de Maltrana le tomaba en uno de sus brazos, y
+pasando el otro por el asa de la cesta, iba en busca de su marido, el
+albañil. Comían en las aceras de las calles estrechas y pendientes,
+junto al pavimento de agudos guijarros; otras veces en plena Castellana,
+a la sombra de un árbol, viendo pasar lujosos carruajes que, heridos por
+el sol, echaban rayos de su charolado exterior, y sombrillas rojas y
+azules, graciosas cúpulas de seda, bajo las cuales marchaban señoras
+elegantes, precedidas de niños enguantados y con huecos faldellines, que
+el hijo del albañil contemplaba con asombro. Sentábanse ante el hondo
+plato, en el cual volcaba la madre el pucherete de los días de
+abundancia o un pobre guiso de patatas al final de la semana. Las
+ráfagas del invierno cubrían la comida de polvo y hojas secas. Cuando
+rompía a llover apenas volcado el puchero, la familia se refugiaba en un
+portal para engullir el resto de su pitanza.</p>
+
+<p>El pequeño conocía la llegada de los domingos por la comida, que era
+también al aire libre, pero sin andamios cerca, sin la vecindad de
+blusas blancas, en las afueras de la población, sentados en la hierba
+rala de algún solar sembrado de botes de<a name="page_043" id="page_043"></a> lata, pedazos de botellas y
+zapatos viejos; viendo sobre el perfil de los inmediatos desmontes la
+bucólica silueta de una cabra tristona o de una vaca tísica; escuchando
+el vals loco martilleado a toda velocidad por el piano del merendero, al
+cual iba su padre para llenar de vino el cuadrado frasco. ¡Cómo
+recordaba Maltrana las tortillas de escabeche de los días de fiesta, en
+medio del campo yermo invadido por los residuos de la ciudad! ¡Cómo los
+pucheretes con piltrafas de tocino, junto a las vallas de los edificios
+en construcción!... Su madre apenas comía; sólo se ocupaba de él,
+llevando una mano al plato, mientras con la otra le sostenía en su
+regazo. Con el instinto maternal de los pájaros, tenía que pasarlo todo
+por su pico antes de que lo tragase el pequeñuelo. Llevábase la cuchara
+a la boca, soplaba en ella, la acariciaba con el aliento, y sólo tras de
+esta purificación se decidía a ofrecerla a su hijo, que, echando atrás
+la cabezota de pelos sedosos, mostraba sus encías desdentadas, su
+paladar sonrosado, de una palidez anémica. El padre comía mientras tanto
+con ávido silencio, devorando lo mejor del plato, y sólo al beber las
+últimas gotas se fijaba en el chiquitín, pasándolo a sus rodillas. Le
+daba pequeños pedazos de queso en la punta de su navaja; reía
+contemplando sus gestos, la grotesca masticación de su boca, semejante a
+la de un viejo.</p>
+
+<p>Maltrana, al recordar su pasado, preguntábase muchas veces cómo habían
+vivido sus padres. Los había visto reír volviendo de las comidas del
+domingo, con una alegría extraordinaria, pugnando él por cogerla del
+talle al envolverles la sombra del crepúsculo, defendiéndose ella,
+escandalizada por estar en medio de un camino. Otras veces&mdash;y el
+recuerdo después de tantos años aún conmovía al joven&mdash;, el padre surgía
+en su memoria colérico,<a name="page_044" id="page_044"></a> con la voz ronca y el rostro congestionado,
+oliendo a vino, arrojándose con los puños levantados sobre la pobre
+mujer, que corría loca de miedo por el tugurio, esquivando los golpes.
+Estas escenas de terror acababan siempre con la caída del albañil en el
+camastro, fatigado de golpear a la hembra. Al poco rato sonaban sus
+ronquidos brutales, mientras la madre, abrazando al pequeño, lloraba
+sobre su cabeza silenciosamente.</p>
+
+<p>De este período embrionario de su memoria, lo que mejor recordaba Isidro
+eran las gracias de <i>Capitán</i>, un perrillo feo y sucio, camarada de
+miseria de la familia. Les acompañaba en las meriendas en el campo y las
+comidas en las aceras. Rondaba en torno del albañil, esperando las migas
+de su pan, seguidas de patatas, y una vez satisfecha su hambre tendíase
+junto al chiquitín, acariciándolo con sus traviesas patas, frotándole la
+cara con el hocico húmedo. Las más de las noches dormíase Isidro
+abrazado a él.</p>
+
+<p>Un día, el pequeño vio salir a su madre desmelenada y vociferando,
+seguida de otras mujeres no menos trastornadas. Luego, una vecina le
+cogió en sus brazos, sin contestar a las preguntas que la hacía él con
+infantil balbuceo. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!» era lo único que sabía decir
+aquella mujer: se acordaba bien. Y se encontró de pronto en una sala
+grande, que a él le pareció inmensa, blanca y con azulejos, y vio muchas
+camas, ¡muchas! con cabezas inmóviles hundidas en las almohadas, y en
+una de ellas un rostro entrapajado, casi oculto bajo el cruzamiento de
+los vendajes, unos bigotes con negros coágulos de sangre y unos ojos
+vidriosos por el espasmo del dolor, que le miraron tal vez sin
+reconocerle. Ya no vio más. Se sintió cogido de nuevo. Pero ahora era su
+madre la que sollozaba lo mismo que la vecina. «¡Hijo mío! ¡pobrecito!»<a name="page_045" id="page_045"></a></p>
+
+<p>La dolorosa visión borrábase instantáneamente en su memoria. Un período
+de obscuridad venía luego, y pasado éste, se veía con cierta blusa negra
+que le daba gran prestigio entre la chiquillería de la vecindad.
+Tratábanle mejor que antes, como si la desgracia le colocase por encima
+de todos. Su padre había muerto tras una agonía horrible, magullado y
+deshecho por la caída desde un alero. Su madre pasaba los días fuera de
+casa. Visitaba a sus parientes en solicitud de socorros. La familia
+estaba esparcida en los puntos más extremos de Madrid. Unos vivían en
+Tetuán, dedicados a la busca; los de la otra rama, más acomodada y
+feliz, hacía años que se habían trasladado al Rastro, y tenían tiendas
+en las <i>Américas</i>. Pero los socorros disminuyeron así como se fue
+borrando el recuerdo de la desgracia, y la madre tuvo que buscar trabajo
+en casas extrañas, servir como asistenta, y volver de noche a su tugurio
+con sobras de comida en la cesta, que servían para alimentar al pequeño.</p>
+
+<p>Entonces fue cuando Maltrana entró en el Hospicio. Una señora en cuya
+casa trabajaba la madre se apiadó del huérfano del albañil. La tal
+señora tenía la manía de la limpieza, y cada dos días, al frente de sus
+criadas y con el esfuerzo de la asistenta, ponía en revolución sus
+habitaciones, apreciando con honda simpatía a la Isidra por el brío con
+que apaleaba las alfombras, frotaba las maderas y sacudía un polvo
+imaginario que parecía haber huido para siempre, asustado de esta
+rabiosa pulcritud. Ella gestionó la admisión del pequeño en el Hospicio,
+pensando que con esto su madre podría dedicarse con más desembarazo a
+las faenas. El muchacho, aunque feo, por su charla precoz gustaba mucho
+a aquella señora sin hijos. Más adelante ya vería de hacer algo por él.</p>
+
+<p>Y comenzó para Maltrana la vida de asilado: una<a name="page_046" id="page_046"></a> existencia de sumisión,
+de disciplina, endulzada por el estudio y por los goces que le
+proporcionaba su superioridad sobre los compañeros. Los maestros
+mostraron por él gran predilección. El director, con toda su grandeza,
+que le hacía ser considerado en la casa como un ser casi divino, le
+conocía y se dignaba recordar su nombre. Las monjas le apreciaban por
+«modosito y discreto», obsequiándole con golosinas. Cuando algún
+personaje visitaba el establecimiento, Maltrana salía de filas para ser
+presentado como el mejor producto de la institución.</p>
+
+<p>Así transcurrieron los años, amoldándose Isidro de tal modo a su nueva
+existencia, que sólo en los días de paseo se acordaba de que tenía una
+familia fuera del Hospicio.</p>
+
+<p>Los jueves y los domingos, a la caída de la tarde, se estacionaban en la
+acera del Tribunal de Cuentas, frente a la portada churrigueresca del
+Hospicio, grupos de mujeres pobres con niños de pecho, viejos obreros, y
+una nube de muchachos, que entretenían la espera plantándose en medio
+del arroyo para «torear» a los tranvías, esperándolos hasta el último
+momento: el preciso para huir y no ser aplastados.</p>
+
+<p>Eran las familias de los chicos del Hospicio. Las madres venían de los
+barrios más extremos de Madrid: lavanderas, traperas, viudas de
+trabajadores, mendigas, todo el mujerío abandonado y mísero, que procrea
+por distraer el hambre. Se trataban como amigas al verse allí todas las
+semanas. Este encuentro regular unía con estrecha solidaridad a las que
+vivían en los puntos más apartados de la población.</p>
+
+<p>Esperaban la vuelta de los asilados, que al principio de la tarde habían
+salido a pasear por las afueras.<a name="page_047" id="page_047"></a></p>
+
+<p>&mdash;¡Por allí vienen!&mdash;gritaba una mujer, señalando lo alto de la calle de
+Fuencarral.</p>
+
+<p>Los grupos corrían hacia arriba, atropellando a los transeúntes,
+barriendo las aceras con su impulso, deseando envolver cuanto antes las
+filas de niños vestidos de gris, que avanzaban lentamente, cansados de
+la expedición.</p>
+
+<p>Muchas mujeres deteníanse, titubeando. Aquel grupo no era el de su hijo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vienen por abajo!&mdash;gritaba otra.</p>
+
+<p>Y toda la avalancha retrocedía, empujando de nuevo a los transeúntes,
+ganosa de salir al encuentro de los que llegaban por la parte opuesta.
+Era un deseo vehemente de encontrarles lo más lejos posible del
+Hospicio, de ganar algunos segundos, de prolongar la rápida entrevista,
+en la que habían pensado días enteros.</p>
+
+<p>La maternidad apasionada y ruidosa de la hembra popular estallaba con
+fieros arrebatos a la vista de los pequeños. Los besos parecían
+mordiscos; las caras de los asilados se enrojecían con los violentos
+restregones; muchos se echaban atrás, como temerosos de la primera
+efusión. Era el anhelo de resarcirse en un momento de la dolorosa
+abstinencia maternal, de aquella amputación del más noble de los
+instintos impuesta por la miseria.</p>
+
+<p>La formación de los asilados desbaratábase instantáneamente. Los grises
+uniformes desaparecían ahogados en el remolino de los grupos. Las
+mujeres agarrábanse al cuello de los pequeños y lloraban, sin cesar de
+hablarles con la incoherencia de la emoción.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hijo de tu madre... chiquito mío!... ¡Rico!...</p>
+
+<p>Los hermanos rozaban sus harapos de golfos libres con el uniforme, que
+les admiraba, y no sabiendo qué decir al asilado, enseñábanle en
+silencio sus juguetes groseros, sus tesoros, los relucientes<a name="page_048" id="page_048"></a> botones de
+soldado, los naipes rotos, los trompos, las «estampas» de un periódico
+ilustrado, guardadas, en sudorosos pliegues, entre la camisa y la carne.</p>
+
+<p>Algún obrero viejo marchaba solo al lado de un hospiciano. ¡Pobrecito!
+No tenía madre; estaba, en su desgracia, peor que los otros. Su mano
+callosa, cubierta de escamas del trabajo, acariciaba las mejillas
+infantiles, mientras la cara barbuda miraba a lo alto, pensando en que
+los hombres no deben llorar.</p>
+
+<p>&mdash;Toma un perro gordo: lo guardaba para «un quince»... Que te
+apliques... que seas bueno. Pórtate bien con esos señores.</p>
+
+<p>Los asilados avanzaban lentamente, entre los besos, las lágrimas y las
+recomendaciones, llorando también muchos de ellos, pero sin dejar de
+andar, con una pasividad automática de soldado, como si les atrajese la
+obscura boca de la portada monumental.</p>
+
+<p>Allí eran los últimos arrebatos de cariño; y las pobres mujeres, después
+de desaparecer sus hijos, aún permanecían inmóviles, mirando con
+estúpida fijeza, al través de sus lágrimas, al rey que, espada en mano,
+corona la obra arquitectónica de Churriguera.</p>
+
+<p>Isidro también encontraba a su madre al volver al Hospicio en los días
+de paseo. Abalanzábase con las otras mujeres, rompiendo las filas de
+asilados, y le abrazaba llorando. La Isidra conocía los progresos de su
+hijo.</p>
+
+<p>&mdash;La señora está muy contenta... Los maestros la hablan mucho de ti.
+Aplícate, hijo mío; ¿quién sabe a lo que podrás llegar? A ver si
+resultas la honra de la familia.</p>
+
+<p>Y mientras la pobre mujer hablaba a su hijo, entre sollozos de emoción,
+<i>Capitán</i> daba saltos en<a name="page_049" id="page_049"></a> torno de él, esforzándose por lamerle la cara.
+Maltrana tomábalo en brazos, y así iba hasta la puerta del Hospicio,
+oyendo a su madre y llorando conmovido por las caricias y los gruñidos
+del antiguo compañero de miseria.</p>
+
+<p>Un día, la madre no le esperó sola. Iba con ella un hombre de blusa
+blanca, un albañil, al que recordaba Isidro como vecino del caserón y
+camarada de su padre. Era un hombre pacífico, que frecuentaba poco la
+taberna. Según afirmaban las comadres de la vecindad, había sido
+abandonado por su mujer, una buena pieza que andaba suelta por el mundo
+después de amargarle la existencia. Maltrana se alegró al verle. «El
+vecino», como él le llamaba, habíale siempre inspirado gran simpatía.
+Muchas veces, de chiquitín, entraba en su cuartucho, y sentándose en sus
+rodillas, le acariciaba el recio bigote, haciéndole preguntas sobre las
+aventuras de su vida. Era un aragonés, parco en palabras, rudo, sobrio,
+habituado a la obediencia. Había sido soldado en Ultramar y guardia
+civil en la Península. De sus años de disciplina guardaba un gran
+respeto a todo poder fuerte, un hábito de sumisión, que le hacía acoger
+las contrariedades con inquebrantable bondad.</p>
+
+<p>Quedose ante el asilado sin saber qué decir, sonriéndole con sus ojos de
+bovina mansedumbre, con su fiero mostacho de veterano, y al fin le
+acarició la nuca con una manaza dura, en la que el yeso marcaba con
+entrecruzados filamentos las escamas de la piel.</p>
+
+<p>&mdash;Que sigas siendo bueno&mdash;dijo con voz fosca y lenta que parecía salir
+de lo más profundo de su vientre&mdash;. Que no disgustes a tu pobre madre.</p>
+
+<p>Y el muchacho se habituó a ver todos los domingos al señor José, como si
+fuese de su familia.</p>
+
+<p>Un día se presentó solo el albañil, y antes de<a name="page_050" id="page_050"></a> que el muchacho entrase
+en el Hospicio, le explicó la ausencia de su madre. La Isidra estaba
+enferma; no era cosa de cuidado: asunto de quedarse en casa un par de
+semanas sin bajar a verle. Y cuando pudo descender de aquel barrio
+extremo, donde se amontonaba la miseria obrera, Isidro la vio más flaca
+y amarillenta, llevando al brazo un envoltorio de ropas por entre las
+cuales salía un llanto desesperado y unas manecitas crispadas por la
+rabia.</p>
+
+<p>&mdash;Mírale, Isidro... Es Pepín: es tu hermano. Bésalo, hijo mío.</p>
+
+<p>Maltrana besó aquel hermano inesperado que de repente surgía en su
+familia; vio en el lío de ropas mojadas y malolientes una cabeza enorme
+sobre un cuello delgado; un cuerpecillo débil que anunciaba una fealdad
+igual a la suya.</p>
+
+<p>Desde entonces dividió sus caricias entre el chiquitín y el pobre
+<i>Capitán</i>, que parecía celoso de este huésped que monopolizaba todas las
+atenciones de la familia.</p>
+
+<p>Maltrana, años después, al percatarse de las realidades de la vida,
+había reconstituido la vulgar aventura de su madre, juzgándola con
+benevolencia. La pobre mujer, en su soledad, se había sentido atraída
+por «el vecino» infeliz, solitario como ella. Las dos desgracias se
+habían juntado.</p>
+
+<p>Además, ella necesitaba un arrimo, según declaró a su hijo poco antes de
+morir. Sus faenas no la daban muchas veces para comer, y aquel
+trabajador sobrio y bueno, que no frecuentaba la taberna y acogía las
+desgracias silenciosamente, sin cóleras y sin golpear a la hembra, valía
+más que su marido.</p>
+
+<p>Vivían «amontonados»&mdash;palabras de las vecinas&mdash;, sin que esta situación
+irregular produjese el menor escándalo en un caserón donde la miseria<a name="page_051" id="page_051"></a>
+favorecía promiscuidades merecedoras de mayores repugnancias.</p>
+
+<p>El señor José, en su acatamiento supersticioso a todo lo establecido,
+quería salir de este arreglo anormal. El no iba a misa, pero sentía gran
+respeto por la religión, como una autoridad más de las que hacen marchar
+al hombre derecho. Por eso deseaba casarse como Dios manda. Aquella
+pájara que tanta guerra le dio en su matrimonio debía de haber muerto;
+habría reventado en el Hospital de San Juan de Dios o en medio de la
+calle. Sólo faltaba sacar el «mortuorio», y se casaban inmediatamente.
+Pero la Isidra negose a esto. ¿Y su hijo? ¿No expulsarían a su Isidrín
+del Hospicio al tener un padre que trabajase por él?... Ella le quería
+allí; le quería sabio, ya que, según los informes de los maestros, iba
+para ello, y la señora mostrábase cada vez más dispuesta a hacer de él
+un señorito, un hombre de carrera. Tenía fe en el porvenir de su hijo.
+Sería rico y personaje. ¿Quién podría afirmar la imposibilidad de que
+ella pasase su vejez en un hotel, con carruaje y grandes sombreros, lo
+mismo que las señoras cuyas casas frecuentaba para trabajar como una
+bestia?...</p>
+
+<p>&mdash;Mi Isidro tiene buena estrella. No faltará quien le empuje, hasta que
+sepa seguir solíto su camino.</p>
+
+<p>En las grandes fiestas del año, el muchacho salía del Hospicio para
+pasar el día en la casa de su protectora. Isidra refugiábase en la
+cocina con las criadas, trémula de emoción al ver a su hijo en el
+comedor, sentado junto a la señora y hablando con los amigos de ésta,
+todos personajes de imponente gravedad. Hacían preguntas al muchacho
+para apreciar sus adelantos, y a todos los asombraba con la rapidez y
+aplomo de sus respuestas. ¡Que le fuesen al nene con preguntitas!...
+Isidra, oculta tras un portier, llamaba a las criadas para que
+admirasen<a name="page_052" id="page_052"></a> al chico. Era el propio Niño Jesús discutiendo con los
+doctores del Templo, tal como ella lo había visto en ciertas estampas.</p>
+
+<p>La señora mostrábase satisfecha de su protegido. Los elogios de los
+amigos, gente seria y parca en la admiración, los aceptaba como otros
+tantos halagos a su amor propio. Isidro era su obra. Además, le quería
+por su carácter tranquilo, por su timidez, que le hacía permanecer horas
+enteras en una silla, sin atentar a la limpieza de su salón y al buen
+orden de las cosas, que eran en ella una manía.</p>
+
+<p>Viéndole tan sabio, quiso costearle la carrera del sacerdocio. Pero
+Maltrana, a pesar de su timidez, acogió la oferta con un mohín de
+disgusto. ¿No tenía vocación de cura?... La buena señora no quiso torcer
+su voluntad. Que estudiase lo que quisiera; al fin, en todas las
+profesiones se podía servir a Dios y defender las sanas doctrinas de las
+personas decentes.</p>
+
+<p>Maltrana comenzó a estudiar el bachillerato sin salir del Hospicio. Cada
+curso fue un motivo de entusiasmo para su protectora y su madre.
+Premios, matrículas honoríficas, palabras de satisfacción del director,
+ufano de que el establecimiento incubase tal prodigio.</p>
+
+<p>&mdash;Se bebe los libros&mdash;decía la Isidra&mdash;. Yo no sé de dónde he sacado a
+este fenómeno.</p>
+
+<p>El señor José sólo le veía de tarde en tarde. Su mujer no osaba llevarlo
+a casa de la señora, por miedo a que ésta se enterase de su situación
+irregular. Isidro ya no paseaba con los demás asilados; y cuando el
+albañil le encontraba casualmente, hablábale con respeto, como si
+presintiera en él a un futuro representante de aquella autoridad que le
+inspiraba religiosa admiración.</p>
+
+<p>&mdash;Eso marcha, muchacho. Sigue zurrando a los<a name="page_053" id="page_053"></a> libros. Tú irás lejos...
+Te lo digo yo, que he visto de cerca a los grandes personajes.</p>
+
+<p>Y pensaba en su hijo, en su Pepín, que ya tenía siete años y llevaba
+descalabrados a varios chicos de la vecindad. Era un genio asombroso
+para echar la zancadilla y poner la piedra donde fijaba el ojo. Pepín
+pertenecía a otra raza: la de su padre. Había nacido para obedecer, para
+quedarse abajo.</p>
+
+<p>Cuando Maltrana terminó el bachillerato, la señora se lo llevó a su
+casa. No podía seguir en el Hospicio, y era indigno de un futuro sabio,
+de un señorito, vivir en la casucha de su madre. Isidro comenzó a seguir
+en la Universidad Central los cursos de Filosofía y Letras. Quería ser
+doctor, luego catedrático, y después... ¡quién sabe a lo que podría
+llegar después!...</p>
+
+<p>La señora admiraba la pureza de sus costumbres tanto como sus estudios.
+Terminadas las clases, todavía acompañaba a algún profesor hasta su
+domicilio, prolongando de este modo la lección. Aquellos buenos señores,
+conociendo su origen, le trataban con gran afecto.</p>
+
+<p>Después, al volver a casa, se encerraba en su cuarto, lleno de libros.
+La protectora apreciaba la marcha de su sabiduría por la cantidad de
+volúmenes que le rodeaban. Su generosidad estaba pronta a todas horas
+para nuevas adquisiciones, y Maltrana, en plena borrachera de saber, se
+aprovechaba de ella largamente. Una ola de libros invadía el cuarto, y
+después de extenderse sobre los muebles, dejando en ellos altas pilas de
+papel impreso, esparcíase por el inmediato pasillo. La señora, llena de
+admiración por aquel sabio de diez y siete años, al que no apuntaba aún
+el bigote, no osaba tocar uno solo de los volúmenes. Veía algunos en
+caracteres extraños, que, según su pupilo, estaban escritos en griego;
+otros en latín, como los libros de<a name="page_054" id="page_054"></a> rezo. Los escritos en francés, en
+alemán o en inglés la turbaban con el misterio de sus páginas
+incomprensibles. ¿Qué dirían tantos libracos? Seguramente que no eran
+todos en pro de la religión y las buenas costumbres. El alma simple de
+la buena señora aceptaba la sabiduría como cosa útil, ya que la
+humanidad se regía por ella, concediéndola grandes honores; más allá, en
+el fondo de su ánimo, sentía aversión y desconfianza, mirándola como
+arma útil para defenderse de los males del mundo, pero que encerraba en
+su seno un peligro de muerte. Al ver a Maltrana sumido a todas horas en
+el estudio, sentía cierto miedo por la suerte de su alma. Poníase
+entonces la mantilla, y con traje negro y el rosario en la muñeca,
+entraba en el cuarto del estudiante.</p>
+
+<p>&mdash;Isidrín, hijo mío, te vas a matar estudiando tanto... Acompáñame.</p>
+
+<p>Se lo llevaba a misa o a la novena, a los templos donde se anunciaban
+sermones de predicadores de cartel. Maltrana cerraba sus libros sin un
+gesto de disgusto, pasando de un salto de la filosofía revolucionaria,
+que devoraba con ansias de neófito, a la devoción fetichista y estrecha
+de la pobre vieja, crédula para todos los milagros y más aficionada a
+los santos que a Dios.</p>
+
+<p>Aceptaba esta servidumbre sin esfuerzo, con cierto placer, como una
+manifestación de gratitud hacia aquella alma buena que le había
+arrancado del bajo fondo social para trasplantarle a un terreno más
+sano.</p>
+
+<p>Con el gesto grave y respetuoso de un servidor nacido en la casa y
+ligado a la señora por el afecto, dábala el brazo al bajar y subir las
+escaleras, y la acompañaba a las iglesias, buscando los mejores sitios
+para que gozase con toda comodidad de las místicas ceremonias.<a name="page_055" id="page_055"></a></p>
+
+<p>Los parientes de la anciana huían de su casa, ofendidos por el maternal
+afecto con que distinguía al estudiante. Era un despecho de herederos
+que se consideraban despojados por el intruso, por el hijo de «la
+asistenta», como le llamaban con tono despectivo. Cuando alguna vez
+encontraban en la calle, de vuelta de las iglesias, a la vieja y su
+protegido, leía Maltrana el odio en las miradas de aquellas gentes.</p>
+
+<p>«Tú vas a llevarte el <i>gato</i>... ¡ladrón!», parecían decirle con los
+ojos.</p>
+
+<p>Y al mismo tiempo le sonreían y celebraban con palabras dulzonas sus
+progresos universitarios, como si temieran malquistarse con él.</p>
+
+<p>La excelente salud de la dama parecía burlarse de los pensamientos
+egoístas de su familia. Aquella enamorada de la limpieza se quitaba de
+encima los años con igual facilidad, según ella, que sacudía un polvo
+ilusorio de todos los rincones de su casa.</p>
+
+<p>&mdash;Tengo cuerda para rato&mdash;decía alegremente al protegido al hablar de su
+edad&mdash;. Pienso verte hecho un personaje; ser tu madrina cuando te cases
+con una señorita buena y cristiana que yo te buscaré. También pienso
+sacar de pila a tus hijos...</p>
+
+<p>&mdash;Viva usted muchos años&mdash;contestaba Maltrana gravemente, al mismo
+tiempo que la emoción humedecía sus ojos.</p>
+
+<p>Un día, al volver de la Universidad, el joven encontró la casa en plena
+revolución. La señora estaba en la cama, con los ojos cerrados, la
+frente envuelta en lienzos que exhalaban un olor fuerte, la boca lívida,
+entreabierta por un ronquido doloroso. Había caído al suelo de repente,
+herida por el rayo de la congestión. Los médicos aturdían la casa,
+ordenando remedios desesperados; los parientes llegaban ávidos y
+jadeantes, con el azoramiento de la inesperada noticia.<a name="page_056" id="page_056"></a></p>
+
+<p>Al día siguiente murió la señora. La familia trató a Maltrana con cierta
+benevolencia, haciéndole partícipe de sus acuerdos para el entierro.
+Todos ignoraban la voluntad de la muerta. Respetaban a Maltrana,
+temiendo que a última hora resultase el amo de todo. Algunos hasta le
+iniciaron sus deseos de apropiarse de ciertos muebles de la difunta. El
+joven siguió algunos días en la casa, asistiendo a los registros a que
+se entregaba la familia, vigilando la rebusca, el manejo de llaves, el
+tirar de cajones no abiertos en muchos años, que llenaban el suelo de
+ropas antiguas y olvidados objetos. Removían la casa, esparciendo su
+contenido con la misma confusión e igual azoramiento que si hubiese
+entrado en ella una banda de ladrones.</p>
+
+<p>Pero transcurrieron dos semanas sin que apareciesen indicios de
+testamento, un simple papel que revelase la voluntad de la muerta. La
+señora, segura de su salud, creyendo disfrutarla hasta una edad
+avanzada, no había pensado en la suerte de su protegido, reservando para
+más adelante su testamento, con el temor supersticioso de atraerse la
+muerte si se preparaba para ella.</p>
+
+<p>La actitud de la familia cambió de pronto. Maltrana permaneció en su
+cuarto, sin que le llamasen. Los parientes registraban e inventariaban
+por su propia cuenta, olvidados de él. Cuando le veían, su mirada era
+dura, sus palabras agresivas, como si quisieran vengarse de una vez de
+la adulación con que le trataron antes, del miedo que les había
+inspirado.</p>
+
+<p>La orden para que saliese de aquella casa que ya no era suya se la dio
+un sobrino de la señora, al que ésta había odiado por su carácter
+egoísta y por varios engaños en asuntos de dinero. Acaudillaba a todos
+los parientes, imponiéndoles miedo y respeto. Era un senador, gran
+propietario de Castilla,<a name="page_057" id="page_057"></a> que había pronunciado discursos en pro de la
+religión y de los trigos, y consideraba a todos los gobiernos poco
+conservadores y de mano blanda porque no enviaban a presidio a los
+partidarios de la impiedad y a los defensores de la introducción de
+cereales extranjeros con el fútil pretexto de abaratar el pan.</p>
+
+<p>Maltrana escuchó en silencio la sonora arenga del importante personaje.
+Nada le quedaba que hacer en una casa que no era la suya. La difunta se
+había olvidado de su suerte; no le faltarían razones para ello: bastante
+había hecho sacándole de su mísera condición. Pero la familia, con el
+deseo de no desatender el más leve vestigio de la voluntad de la finada,
+había resuelto protegerle para que terminase su carrera. Iban a darle de
+una vez tres mil pesetas, cortando para en adelante toda relación y
+compromiso. Además, podía llevarse todos sus libros; pero era preciso
+que abandonase la casa cuanto antes.</p>
+
+<p>Y el personaje, sacando su cartera para entregar tres billetes de mil
+pesetas, no sin antes invitar a Maltrana a que firmase un recibo,
+obsequió al joven con un nuevo discurso empedrado de buenos consejos.
+Había que acometer de frente la vida. La vida es seria; la vida no es un
+juego, joven amigo. El no había hecho hasta entonces mas que jugar,
+pasar la existencia dulcemente al lado de aquella señora que era una
+santa. (Aquí un saludo para la santa, merecedora de los mayores respetos
+por haber muerto sin testamento.) Había que trabajar, joven. Tres mil
+pesetas son un capitalito; con menos comenzaron otros y llegaron a
+millonarios. Podría terminar su carrera y ser hombre de provecho.</p>
+
+<p>&mdash;Toda la vida de antes ha sido un sueño, no lo olvide usted&mdash;continuó
+el orador&mdash;. Y no hay que soñar, joven. Hay que ser práctico.<a name="page_058" id="page_058"></a></p>
+
+<p>Después de estos consejos, don Gaspar Jiménez, senador, primer marqués
+de Jiménez, título pontificio que un prelado amigo le había alcanzado
+con algunas ofrendas bien regateadas al dinero de San Pedro, se dignó
+estrechar la mano del joven, recomendándole otra vez que desapareciera
+cuanto antes.</p>
+
+<p>Maltrana se marchó con todos sus libros a una casa de huéspedes cercana
+a la Universidad, donde vivían algunos de sus compañeros de aula. La
+existencia de estudiante fue para él una revelación de las alegrías de
+la vida.</p>
+
+<p>Algunas tardes iba a la Sacramental de San Martín, un cementerio hermoso
+y apacible como un vergel, que estaba cerrado hacía algunos años, pero
+en el cual se había reservado su protectora un nicho al lado del de su
+esposo. El era el único que visitaba la tumba. Los parientes, ocupados
+en el reparto de la herencia y amenazándose con litigios, no se
+acordaban de sustituir con una lápida de mármol el trozo de hule con
+letras de cartón doradas que cubría la boca de la sepultura. Aquel
+cementerio de novela, con sus grupos de rectos cipreses, sus columnatas
+orientales y sus parterres de rosas, despertaban en el joven una dulce
+melancolía, haciendo revivir en su memoria la imagen de la buena dama.</p>
+
+<p>Esta impresión desvanecíase al volver Isidro por la noche a los cafés
+inmediatos a la Universidad, donde se reunían las alegres tertulias de
+estudiantes, arrullados por los conciertos de piano y cornetín.</p>
+
+<p>&mdash;La vida es alegre&mdash;decía sentenciosamente&mdash;. Hay que dar a la vida un
+sentido helénico.</p>
+
+<p>Y el helenismo del pobre muchacho consistía en fumar por primera vez,
+beber copas de marrasquino, único licor que toleraba su paladar de
+calavera<a name="page_059" id="page_059"></a> griego, enviar cartitas de amor en versos clásicos a las
+costureras o a las hijas de ciertas señoras de clases pasivas que
+pasaban la velada en el Café de Peláez o en el de la Universidad, y en
+desaparecer por media hora en algún portal de los callejones inmediatos,
+llevándose tras él a la infeliz que paseaba la acera haciendo su
+guardia.</p>
+
+<p>Maltrana continuó los estudios con el mismo aprovechamiento, a pesar de
+su alegría helénica. Su madre quiso que siguiese viviendo en la casa de
+huéspedes: un sabio como él no podía estar en un casuchón de las
+afueras, entre albañiles, obreros de la villa y vagabundos. ¡Qué dirían
+sus amigos!... La pobre mujer, al sobrevenir el derrumbamiento de sus
+ilusiones con la muerte de la protectora, se aferraba más tenaz que
+antes a la gloria de su hijo, al deseo de que éste saliese para siempre
+del círculo de miseria en que había nacido. Pero su fe ya no era la
+misma; comenzaba a dudar del porvenir de Maltrana viéndole falto de
+apoyo. Tal vez se quedase en mitad del camino, sin fuerzas para llegar
+al término.</p>
+
+<p>La vida era en su casa cada vez más dura. El señor José pasaba semanas
+enteras sin trabajo. Pepín, que ya tenía once años, era tan malo, que
+los vecinos le apodaban el <i>Barrabás</i>. Cada mes adoptaba un nuevo
+oficio; pero le expulsaban de los talleres, acreditándolo como el más
+insolente de los aprendices. La pobre madre, para traer a casa algún
+dinero, era ahora ayudanta de una lavandera, y en las mañanas de
+invierno bajaba al río desfallecida de hambre, temblando al contacto del
+agua su mísero esqueleto cubierto de piel.</p>
+
+<p>Un día, <i>Barrabás</i> se presentó en casa de su hermano para decirle
+tranquilamente que la madre estaba en el hospital. Era un enfriamiento,
+una pulmonía o algo semejante, cogido en el río. El golfín<a name="page_060" id="page_060"></a> sólo supo
+decir que estaba muy mala y que dos mujeres del lavadero la habían
+llevado del brazo hasta el hospital.</p>
+
+<p>Maltrana fue allá, y vio a su madre en una cama, con los pómulos
+enrojecidos, la piel ardorosa y los labios violáceos, exhalando el
+estertor de sus pulmones congestionados. El joven, recordando el dinero
+que aún guardaba en su casa, sintió cierto rubor al ver a su madre en
+aquella sala triste, de fría desnudez, junta con otros enfermos.</p>
+
+<p>La hizo trasladar a una habitación aislada: él pagaría todos los gastos.
+Y pasó las tardes al lado de la enferma, escuchando sus consejos,
+alentándole en sus esperanzas. La pobre le suplicaba que cuando llegase
+a las alturas no abandonase al señor José y a su hijo. Aquel hombre era
+bueno para ella y la había ayudado valerosamente en los momentos peores
+de su pobreza. Lo del «amontonamiento» ocurrió sin darse cuenta; fue
+resultado de su compañerismo para defenderse de la miseria. Isidro debía
+respetar al albañil como a un padre. La había querido más que el otro...
+el legítimo. Lo demostraba su silencio desesperado, el gesto de dolor
+con que la veía tendida en la cama del hospital.</p>
+
+<p>La enferma murió a los tres meses, después de haber abierto gran brecha
+en la exigua fortuna de Maltrana.</p>
+
+<p>Decididamente, la vida no era alegre; la vida había perdido su sentido
+helénico.</p>
+
+<p>A impulsos de la tristeza, el joven examinó su situación. Había que
+seguir nuevos caminos. Apenas le quedaba dinero para continuar sus
+estudios. Faltábale un curso para licenciarse; dos para ser doctor. Y
+luego que consiguiera el título, ¿qué iba a hacer?...</p>
+
+<p>El pesimismo se había apoderado de Maltrana. ¿Para qué doctorarse? El
+estudio no significaba sabiduría,<a name="page_061" id="page_061"></a> sino rutina. El había visto mucho y
+sabía a qué atenerse. La Universidad era una mentira, como todas las
+instituciones sociales. Haría oposiciones a una cátedra; le admirarían
+los compañeros, algún profesor de carácter huraño le daría su voto, pero
+el resultado seguro era no conseguir nada. Los solitarios como él, sin
+protectores, sin atractivo social, estaban desarmados para la lucha
+diaria: su destino era morir.</p>
+
+<p>El amaba la ciencia por ella misma, por sus goces, por la voluptuosidad
+egoísta de saber. ¡Viva la ciencia libre! ¿Qué le importaba aquel
+papelote, certificado de sabiduría, cuya conquista había de costarle dos
+años de miseria? Para ser filósofo no era necesaria la Universidad. Los
+grandes hombres admirados por él no habían sido profesores, no poseían
+títulos académicos. Schopenhauer, su ídolo de momento, se burlaba de la
+filosofía que sube a la cátedra para darse a entender.</p>
+
+<p>Sería pensador independiente; sería escritor. Y Maltrana, filósofo de
+diez y nueve años, con un ligero vestigio de bigote, se lanzó al mundo.
+Dejó de frecuentar los cafés estudiantiles; hizo vida en el centro de la
+población, pasando de un grupito a otro de los que constituyen la
+tumultuosa e ingobernable República de las Letras.</p>
+
+<p>Leía por las tardes en el Ateneo las revistas extranjeras, para estar
+«al día» en los adelantos del pensamiento universal y reventar a ciertos
+camaradas ignorantes que, por haber publicado algunos versos en los
+periódicos, pretendían deslumbrar al pobre «inédito». Además, seguía
+adquiriendo libros, a pesar de su pobreza. No podía librarse de este
+hábito de sus tiempos de abundancia. Suprimía comidas, prolongaba el uso
+de unas botas rotas, para adquirir un libro recién llegado de París. La
+biblioteca formada al amparo de su protectora iba achicándose<a name="page_062" id="page_062"></a>
+lentamente al través de las innumerables combinaciones del cambalacheo.
+Vendía unas obras para adquirir otras. Todos los libreros de lance
+conocían a Maltrana por sus trueques; el joven reía ante el resultado de
+sus cambios. Cinco filósofos célebres, con las hojas algo ajadas, valían
+tanto como un novelista mediano acabado de cortar; tres poetas famosos
+equivalían a un tratado sociológico de segunda mano, en el que hallaba
+Maltrana una tosca recopilación de cosas harto conocidas.</p>
+
+<p>Las noches las pasaba en Fornos, en una mesa de futuros genios, todos
+tan ignorados como él, pero convencidos de que darían que hablar mucho a
+la Historia. Algunos de ellos eran más jóvenes que Maltrana. Nada habían
+escrito, pero revelaban al mundo su firme propósito de crear obras
+inmortales, uniformándose exteriormente con arreglo a un figurín
+profesional: largas cabelleras, grandes sombreros, corbatas amplias y
+sueltas, o apretadas con innumerables roscas sobre un cuello de camisa
+que les rozaba las orejas.</p>
+
+<p>El sarampión literario tomaba formas rabiosas que asustaban a Maltrana.
+Todo lo sabían aquellas criaturas, a pesar de sus pocos años, como si al
+cogerse al pezón de la nodriza hubiesen comenzado a hojear el primer
+libro. Sus juicios resonaban terribles, inexorables, concisos, capaces
+de hacer temblar de pavor las mesas del café. Casi todos los escritores
+españoles eran atunes, besugos o percebes: género marítimo que sólo
+podía gustar a paladares groseros. Luego, garrote en mano, pasaban la
+frontera. ¡Zola!... un mozo de cordel con algún talento. ¡Víctor
+Hugo!... un señor muy elocuente, pero no era poeta. ¡Lamartine!... un
+llorón... tampoco poeta. ¡Musset!... éste ya lo era un poquito más. Pero
+los verdaderos, los únicos poetas, eran los venerados por ellos; y con
+los ojos en blanco,<a name="page_063" id="page_063"></a> trémulos de admiración, citaban nombres y nombres,
+de cuya obscuridad y escasa obra hacían el principal mérito,
+colocándolos por encima de los autores célebres que se envilecen
+buscando el ser comprendidos por todo el mundo, por el miserable pueblo
+y la repugnante burguesía.</p>
+
+<p>Maltrana acabó por cansarse de esta tertulia. Además, los genios le
+mostraban cierta ojeriza por las bromas de mala ley que se permitía su
+cultura, inventando libros y autores y declarando a última hora su
+superchería, cuando todos se «habían caído» afirmando conocer la obra y
+dando detalles de sus bellezas y defectos.</p>
+
+<p>Un amigo de la tertulia quiso protegerle.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí no vienen mas que currinches. Yo te presentaré a una peña de
+verdaderos escritores. Grandes poetas... gente que ha estrenado con
+éxito.</p>
+
+<p>Y frecuentó por las tardes una cervecería, punto de cita de la nueva
+tertulia, que, por su aspecto, impuso gran respeto al tímido Maltrana.
+El hijo de la Isidra experimentó gran turbación al tratarse con dos
+marqueses que eran poetas y otros jóvenes emparentados con famosos
+personajes. Vestían con elegante atildamiento; seguían las modas en sus
+mayores exageraciones. Las lacias melenas brillantes de pomada eran la
+única revelación de sus entusiasmos literarios.</p>
+
+<p>&mdash;Cuerpo de <i>dandy</i> y cabeza de artista&mdash;dijo uno de ellos a Isidro,
+resumiendo así los cánones de su indumentaria.</p>
+
+<p>El silencio de admiración con que el joven les escuchaba despertó cierta
+simpatía en favor suyo. Un día se atrevió a hablar de la poesía griega,
+haciendo el examen de Aristófanes y sus comedias con tanta soltura como
+si tratara de un contertulio de café. Hasta recitó escenas enteras en
+griego, sin que nadie le entendiese. Los jóvenes elegantes mostraron<a name="page_064" id="page_064"></a>
+admiración. «¡Muy curioso!» «¡Muy interesante!» Entonces se fijaron en
+él por primera vez, y alabaron sus ojos profundos, la poderosa pesadez
+de sus cejas. Alguien hizo el elogio de su fealdad varonil, de sus
+cabellos ásperos y alborotados, encontrándole cierta semejanza con la
+cabeza de Beethoven. Uno de los marqueses, con repentino arrebato,
+aproximó su silla, rozándose toda la tarde con aquel Beethoven que
+hablaba en griego.</p>
+
+<p>Maltrana no tardó en percatarse del escaso valor de aquellas gentes.
+Sólo uno era digno de respeto, el más viejo, el maestro; un autor de
+gran talento, siempre melancólico, como si las debilidades de su vida
+pesasen sobre su carácter, ensombreciéndolo con intensa tristeza. La
+ironía de sus palabras sonaba como una burla contra su frágil voluntad.
+Todos estaban más unidos por las aberraciones del gusto que por la
+admiración literaria.</p>
+
+<p>Se murmuraba, en la tertulia, de los ausentes, en presencia de Maltrana,
+cambiando el género de sus nombres, haciéndolos femeninos. «La Enriqueta
+cree tener talento, y es una fregona.» «La comedia de la Pepa no vale
+nada...» Por la noche iban todos ellos a lo que llamaban gran mundo, a
+las reuniones frecuentadas por sus familias o a los palcos de la gente
+aristocrática. Las señoras se confiaban a ellos, hablándoles con el
+descuido que da la ausencia de todo peligro. Luego, sus tertulias en la
+cervecería eran una prolongación del chismorreo femenino, mencionándose
+por todos ellos los defectos ocultos de las damas más famosas, con una
+delectación hostil, como si les complaciese las debilidades y miserias
+de un sexo enemigo.</p>
+
+<p>Todos eran refinados, sutiles, enemigos de la vil materia, de la prosa
+de la vida y de las violentas emociones. Publicaban volúmenes de
+poesías, con más páginas en blanco que impresas. Cada grupito<a name="page_065" id="page_065"></a> de versos
+iba envuelto en varias hojas vírgenes, como flor de invernadero que
+podía morir apenas la tocase el viento de la calle. Abominaban de la
+impiedad de las masas, de todas las realidades de la vida vulgar; se
+decían católicos, anarquistas y aristócratas al mismo tiempo; no
+pensaban gran cosa en la religión, pero hablaban, con los ojos en
+blanco, de la dulzura del pecado monstruoso y de la voluptuosidad del
+arrepentimiento, seguido de la reincidencia. Encontraban un fondo de
+distinción en la vieja liturgia de la Iglesia, y titulaban sus poesías
+microscópicas <i>Salmos</i>, <i>Letanías</i> o <i>Novenarios</i>.</p>
+
+<p>Otros escribían comedias de sátira contra las costumbres de la
+aristocracia, que eran las suyas: obras teatrales en las que colaboraba
+el modisto con el poeta, y no había gran <i>toilette</i> que no tuviese su
+amor con un frac, que jamás era el del esposo. «Hay que flagelar»,
+gritaban con expresión terrible.</p>
+
+<p>Y Maltrana pensaba sonriendo:</p>
+
+<p>«Está bien. ¿Y a éstos quién los flagela?...»</p>
+
+<p>De vez en cuando se ingerían en la reunión ciertos hombres de aspecto
+bestial y groseros modales, que les tuteaban, tratándolos con la
+superioridad despectiva del macho fuerte. Eran toreros fracasados,
+antiguos guardias civiles, mozos de tranvía, que vestían como señoritos
+y se mostraban contentos de su vida de holganza. Algunos hablaban de su
+mujer y sus hijos, y atusándose el pelo, justificaban con el amor a la
+familia lo extraordinario de sus ocupaciones.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que ayudarse con algo. Los tiempos están malos y cada uno se
+agarra a lo que puede.</p>
+
+<p>Uno de los jóvenes, el marqués que había encontrado a Maltrana cierto
+parecido con Beethoven, acosábalo con su pegajosa amistad. Le pagaba los
+<i>bocks</i>, le había regalado varias corbatas, se sentaba<a name="page_066" id="page_066"></a> a su lado,
+fijando en su rostro de morena fealdad unas pupilas glaucas iluminadas
+por extraño fuego.</p>
+
+<p>Iba completamente afeitado. Según los maldicientes de la tertulia, se
+había cortado el bigote, enviándolo bajo sobre, en un arrebato de
+nostalgia, a cierto pintor con el que había vivido en París, un artista
+malfamado y simbolista, que representaba sus concepciones por medio de
+efebos desnudos de femenil musculatura.</p>
+
+<p>Maltrana, una tarde en que los dos estaban solos en la cervecería, echó
+su silla atrás, sintiendo impulsos de cerrar de una bofetada aquellos
+ojos claruchos fijos en él cínicamente. Una mano ágil, de femenina
+suavidad, había trotado sobre sus piernas por debajo de la mesa.</p>
+
+<p>&mdash;Pero tú&mdash;exclamó indignado&mdash;no eres escritor, ni poeta, ni nada. Tú
+eres un...</p>
+
+<p>Y soltó la palabra brutal y callejera. Pero el otro, sin desconcertarse,
+sin dejar de acariciarlo con los ojos, contestó con suave desmayo:</p>
+
+<p>&mdash;No seas ordinario; no digas esas cosas... Llámame alma iniciada.<a name="page_067" id="page_067"></a></p>
+
+<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3>
+
+<p>Huyó Maltrana de tales... almas, no volviendo más a la cervecería.</p>
+
+<p>Cansado de tertulias estériles y acosado por la necesidad, tuvo que
+pensar en la conquista del pan. Nada le restaba de la herencia de su
+protectora.</p>
+
+<p>Sus amigos no le vieron ya mas que en el Ateneo leyendo revistas, o en
+la Biblioteca Nacional rebuscando datos para ciertos eruditos y
+académicos, que le daban por este trabajo una exigua retribución. De vez
+en cuando, algún amigo le pasaba un libro para traducir, quedándose con
+la mitad del precio. Además, escribía artículos para un semanario
+social, a razón de diez céntimos la cuartilla, que luego firmaba el
+director, dando así práctico ejemplo de que la propiedad no es sagrada,
+ni mucho menos.</p>
+
+<p>Isidro, después de rodar de una a otra casa de huéspedes, salvando los
+restos de su biblioteca de las patronas que le perseguían por
+irregularidades en el pago, tuvo que subir la pendiente de los Cuatro
+Caminos y refugiarse en la calle de los Artistas, pidiendo asilo al
+señor José. De este barrio de miseria le había arrancado la caridad de
+la buena señora, y a él tornaba más infeliz y desarmado para la batalla
+de la vida que las rudas gentes condenadas a la pena del trabajo
+corporal.<a name="page_068" id="page_068"></a></p>
+
+<p>Vivió desde entonces con su padrastro y su hermano Pepín, que trabajaba
+en las obras como aprendiz. Su nueva existencia le puso en contacto con
+los parientes de su madre.</p>
+
+<p>Tenía ésta dos hermanos, antiguos traperos de Bellasvistas, que habían
+acabado por establecerse en el Rastro. Uno colocaba su puesto en la
+Ribera de Curtidores, dedicándose a la especialidad de armas y viejos
+instrumentos de música, que arreglaba con maestría extraordinaria. Otro
+era el grande hombre de la familia; todos hablaban de él con respeto, a
+causa de su riqueza. Había hecho buenos negocios; apenas sabía pintar su
+firma, pero las echaba de anticuario, y tenía su tienda en el patio de
+las <i>Américas</i> viejas.</p>
+
+<p>Los dos conocían vagamente a su sobrino Maltrana, por haber llegado
+hasta ellos su fama de sabio. Además, la esperanza de que pudiese
+heredar a su protectora les inspiraba gran consideración. La primera vez
+que se presentó a ellos con su madre acogiéronle con grandes agasajos.
+Después, al volver solo, aún le recibieron con cierto afecto, creyéndolo
+poseedor de la herencia y en camino de ser un personaje que extendería
+su protección sobre toda la familia. Pero viéndole en cada visita con un
+aspecto de miseria creciente, los codos y las rodillas del traje
+brillantes por el uso, y las botas torcidas, acabaron por hablarle con
+frialdad y visible recelo.</p>
+
+<p>«Estos temen que les suelte algún sablazo», se dijo Maltrana.</p>
+
+<p>Y como vivía al otro extremo de Madrid, dejó de visitar a sus parientes
+del Rastro.</p>
+
+<p>En el barrio de las Carolinas, más allá de Tetuán, albergue de las
+gentes de la busca, tenía a su abuela, la señora Eusebia, conocida por
+la <i>Mariposa</i>, una de las traperas más antiguas.<a name="page_069" id="page_069"></a></p>
+
+<p>Maltrana iba a verla en su casucha de ladrillos, que pasaba por ser el
+mejor edificio del barrio, y eso que el joven podía tocar con las manos
+su alero de tejas viejas.</p>
+
+<p>En el corral, delante de la casa, roncaban tres cerdos negros y enjutos,
+hociqueando la basura. Las gallinas picoteaban en medio tonel lleno de
+garbanzos deshechos, judías despanzurradas y huesos de aceituna, todo
+formando un plasma repugnante. Eran residuos de comida recogidos en las
+casas; los restos de los pucheros que nutrían a Madrid.</p>
+
+<p>La vieja le saludaba con cariño y respeto, viendo en él la gloria de la
+familia. Sus ojos lacrimosos y enrojecidos le miraban acariciadores,
+pero al mismo tiempo no se atrevía a tenderle los brazos, a poner en él
+sus manos negras y huesosas, con los dedos cargados de sortijas de
+latón. Su nariz de bruja y su barbilla saliente asomaban bajo un pañuelo
+rojo que la oprimía las sienes. Un trozo de mantón sujeto al talle con
+una cuerda servíale de corsé y de faja. El jubón era de seda negra,
+quemada por el tiempo, y se abría por todos lados, mostrando, al través
+de la urdimbre, en unas partes la camisa de blancura amarillenta, en
+otras la amojamada carne de un tono verdoso de bronce oxidado. Calzaba
+pantuflas de distinto tamaño y color, una roja y otra azul, adquiridas
+al azar de la busca. La falda estaba matizada de grandes remiendos, pero
+bajo estos andrajos superpuestos aún se revelaba en varios sitios el
+bordado del primitivo terciopelo.</p>
+
+<p>Maltrana veía con amarga conmiseración los ojillos pitañosos de la
+vieja, su boca sumida en una aureola de arrugas, moviéndose al hablar
+con gestos cabríos, las mejillas resinosas de suciedad, pulidas y
+brillantes, en las que el agua debía producir<a name="page_070" id="page_070"></a> el doloroso efecto de un
+escopetazo. ¡Y de aquel ser procedía él! ¡Y aquella carne era su
+carne!...</p>
+
+<p>La vieja le recibía con grandes ademanes de admiración. ¡Qué guapo! ¡Qué
+señorito tan arrogante! Todo el barrio conocía su entusiasmo por aquel
+nieto que era un sabio, un futuro personaje, del que hacían, según ella,
+gran caso en Madrid.</p>
+
+<p>Abandonaba su tarea de escoger en los montones de basura y hacía sentar
+a Maltrana en el mejor mueble de la casa, un banco procedente de un
+tranvía viejo que había comprado por entero con la ayuda de su camarada
+el señor Polo: magna empresa para la que juntaron sus capitales.</p>
+
+<p>La señora Eusebia no podía ver a Isidro sin lamentar inmediatamente la
+triste suerte de su hija.</p>
+
+<p>Había querido convertirse en madrileña: la daba vergüenza ser trapera.
+Así había pasado su vida, rabiando como una condenada. Primeramente
+abandonó el barrio para meterse a servir en una casa grande. ¡Servir,
+cuando su madre tenía una industria honrada y un pedazo de pan!... Todos
+los comerciantes de Tetuán iban tras de ella; y no eran pelambres de los
+que entran en Madrid con el saco al hombro y recogen la basura de casas
+de poco más o menos, sino negociantes de carro y burro, que se plantaban
+como unos señores ante las verjas de los hoteles de la Castellana o
+subían a los mejores pisos de la calle de Serrano.</p>
+
+<p>«Tía <i>Mariposa</i>, que la chica me gusta.» «Señá Usebia, que yo quiero ser
+su yerno.»</p>
+
+<p>Toda la industria de las Carolinas, la Almenara y Bellasvistas
+presentaba a la madre sus memoriales; y ella, la muchacha, empeñada en
+despreciar lo más respetable del comercio, enamoricándose de un
+albañilillo que trabajaba cerca de la casa de sus señores. Por fin, se
+había salido con la suya, casándose. Hambre todos los días, paliza todas
+las semanas,<a name="page_071" id="page_071"></a> viviendo en uno de esos caserones que parecen colmenas
+obscuras; frío en el lavadero para ganarse una mala libreta, y como
+término, la muerte en el hospital. ¡Anda y toma albañilillo! Y todo por
+darse el gusto, la muy bruta, de vivir en Madrid, de ser señora, de
+mirar por encima del hombro a las pobres traperas... ¿No era la
+industria de sus padres tan respetable como otra?</p>
+
+<p>&mdash;Pagamos contrebución, Isidrín, como cualsiquiera de los que tien
+tienda en la calle de Postas. No hay mas que ver lo que se nos lleva el
+Ayuntamiento por la licencia: un porción de dinero. Y por lo que toca a
+parroquianos, les tenemos marqueses y condeses, tan buenos como los que
+entran a comprar en casa de Sobrino. Se trata muy buena gente en este
+comercio. ¿Ves esta falda? Pues me la regaló una señora que iba a
+Palacio y trataba casi de tú a los reyes. ¿Ves este corpiño? Pues fue de
+una cómica muy guapa, de la que hablaron mucho los papeles: ¡ya ha
+muerto la pobre!</p>
+
+<p>Y la vieja detallaba al nieto las ventajas de su industria: todo
+ganancia. A él, que era un sabio, no le importaban estas cosas; pero
+nada perdía conociéndolas. Como estaba sola, tenía a su servicio un
+muchacho del barrio, hijo de una vecina que había muerto. El cuidaba del
+burro, el guiaba el carro cuando al amanecer emprendían la marcha a
+Madrid, el subía a los pisos altos mientras su ama cuidaba en la calle
+del vehículo. Al volver a casa, cerca de mediodía, su primera ocupación
+consistía en el arreglo de los comestibles. En un tonelillo depositaban
+las sobras de ciertas casas, cuyos amos eran limpios y se acordaban de
+los pobres, cuidando de guardar aparte los restos de la cocina. Ella,
+además, conocía a sus parroquianos, los clasificaba según su estado de
+salud, llevaba de memoria la lista de las casas sanas y la de aquellas
+otras donde<a name="page_072" id="page_072"></a> había señores amarillentos, siempre encorvados por la tos o
+que mostraban enfermedades repugnantes.</p>
+
+<p>&mdash;Yo tengo unas manos de oro para el guisoteo; ¿te enteras, pequeño?
+Caliento la comida buena y hago unos ranchos que tien fama en el barrio.
+Si yo fuese blanda, el tío Polo no saldría nunca de aquí. Le tiene ley a
+lo que guiso... Y en cuanto a abundancia, ¡echa y no te canses! Todos
+los días hay rancho para un regimiento... ¡Y los chascos son buenos! A
+lo mejor, crees estar comiendo alubias, y te tropiezas con un pedazo de
+bisté. Algunas veces, entre patatas deshechas hemos encontrado esas
+cositas negras como carbón que llaman trufas, y que los señores pagan
+como si fuesen de oro. Así está el chiquillo que me sirve: colorado y
+gordote como un arcipreste. No se le puede pellizcar en salva sea la
+parte, de duro que está, y cuando le tomé, traía más hambre que un
+lobo... Yo tengo muy buenos parroquianos, Isidrín.</p>
+
+<p>Y a continuación revolvíase indignada contra las otras casas, las de los
+señores malos, que dejaban la comida hecha una basura. ¡Qué cocinas,
+Señor! Las criadas eran unas puercas y las señoras unas abandonadas. Los
+restos del puchero tenían mondaduras de patatas, hojas secas de col,
+huesos de frutas, tapones de corcho. Algunas veces había encontrado en
+el caldo agujas de coser, hilos, dedales y hasta juguetes de niño. ¡Y
+pensar que otros del barrio, que sólo tenían casas de éstas, habían de
+alimentarse con tal bazofia, después de limpiarla como podían!... Ella
+la destinaba a sus cerdos. Por eso se los pagaban los tratantes de las
+afueras a más precio. Sólo los alimentaba con las sobras de los señores.
+No se atrevía a darles «otras cosas» que gustaban a aquellos
+animaluchos, capaces de tragarse a su propia madre; tenía demasiada
+conciencia para eso.<a name="page_073" id="page_073"></a></p>
+
+<p>Entusiasmábase al detallar las abundancias que la rodeaban. Pan, a
+montones; había día que llenaba de mendrugos dos talegos, y hasta las
+gallinas, hartas, no querían más. Por las mañanas, al levantarse, el
+rico café. Se lo daban en las casas, después del recuelo; pero ella lo
+esparcía en el corral sobre un periódico, secándolo al sol, para el
+desayuno. Un saco de papel guardaba llenito...</p>
+
+<p>La casa era suya; tenía en el corral un montón, más alto que el tejado,
+de paja de cuadra, que luego de bien desecha se vendía a los hornos de
+ladrillos; los animales se alimentaban sin gasto, y ella y el muchacho,
+a más de la comida, tenían asegurado el vestir, pues mientras en la
+villa anduvieran las gentes con ropas, ellos no se verían desnudos.</p>
+
+<p>&mdash;Sólo compro el vino: en las Carolinas nadie bebe agua. Los chicos se
+desmaman con leche de cepas. Pero por tres perros me llenan un frasco
+para todo el día. Aquí, fuera de puertas, el vino va regalado.</p>
+
+<p>Y luego de bien satisfechas las necesidades de su vida, le restaban,
+como ganancias, los hallazgos de la busca, los descubrimientos
+inesperados.</p>
+
+<p>Maltrana había oído hablar de las riquezas de su abuela, de un tesoro
+oculto, que era motivo de misteriosa conversación en todo el barrio.</p>
+
+<p>&mdash;Para rica, la tía <i>Mariposa</i>&mdash;decían los traperos en la taberna&mdash;. Esa
+sí que tie suerte; no va mas que a casas de título. ¡Las cosas que habrá
+encontrao esa mujer!</p>
+
+<p>El famoso <i>Coleta</i>, cuando estaba en el período verboso de sus
+borracheras, declaraba haber sorprendido a la vieja en el momento de
+recontar su tesoro en un rincón del corral, y cerraba los ojos como para
+recordar mejor las joyas, las piezas de plata, los montones de moneda
+que le habían deslumbrado.<a name="page_074" id="page_074"></a></p>
+
+<p>El joven, en sus conversaciones con la vieja, acababa siempre con la
+misma petición:</p>
+
+<p>&mdash;Abuela, dicen que es usted muy rica. A ver: enséñeme su tesoro.</p>
+
+<p>La señora Eusebia protestaba. ¡Rica ella!... Mentiras de las gentes;
+invenciones de <i>Coleta</i> y otros borrachos; manías del tío Polo, que la
+buscaba por esto desde que quedó viuda, y ya llevaba muertas cuatro
+mujeres, proponiéndole a ella que fuese la quinta. Era una pobre; no
+tenía nada. Y sonreía enigmáticamente al decir esto, le brillaban los
+ojos; no se recataba en dar a entender que el tesoro era una realidad...
+pero que nadie lo vería nunca.</p>
+
+<p>Los domingos eran los únicos días en que Maltrana hablaba con el señor
+José y veía a su hermano. Cuando llegaba, después de amanecer, a los
+Cuatro Caminos, encontraba ya a Pepín en medio de la calle reclutando
+muchachos para alguna excursión a Amaniel con carácter de <i>razzia</i>, que
+ponía en alarma a los dueños de los merenderos.</p>
+
+<p>Maltrana, al levantarse, ajustaba sus cuentas con el padrastro, dándole
+lo que podía por el alquiler del cuarto. Luego se iban los dos, según su
+estado de fortuna, a comer lomo barato y cordero tierno en un «horno de
+asados» de los Cuatro Caminos, o gallinejas preparadas en los puestos
+inmediatos a Punta Brava.</p>
+
+<p>Comían al aire libre, en una mesita redonda pintada de rojo, sentados en
+duros taburetes. Los tranvías llegaban con grandes cargamentos de gente
+madrileña; esparcíanse por hornos y tabernas las blusas y los mantones,
+los anchos sombreros y las negras gorras, buscando el vino y la carne,
+más baratos que en la villa por expenderse al otro lado de la ronda de
+Consumos. Sonaban los pianos en atropellada melodía, matizando sus
+escalas con golpes de timbre; bailaban las parejas, dándose dos<a name="page_075" id="page_075"></a> vueltas
+de vals en mitad de la comida; giraban los toldos de los «tíos-vivos»
+con sus caballitos y carrozas infantiles; asomaban con rítmica aparición
+por encima de los tejados los verdes esquifes de los columpios, con
+mujeres de pie agarradas a las cuerdas, chillando como gallinas, las
+faldas apretadas entre los muslos; y sobre el fondo azul del cielo, la
+percalina roja y oro de las banderas aleteaba en un ambiente de aceite
+frito y sebo derretido.</p>
+
+<p>El señor José era escuchado en silencio por Maltrana. Al albañil
+gustábale hablar con hombres de estudios que supieran distinguir. Aunque
+él fuese hijo de la Isidra, su educación convertíalo en hombre superior,
+casi en uno de aquellos seres que el antiguo guardia civil veneraba como
+pastores de la humanidad, designados por un poder misterioso que él no
+se tomaba el trabajo de conocer. Al lado del joven daba salida el
+albañil a su lenta verbosidad, con voz bronca y monótona. No podía
+hablar con los compañeros de trabajo; estaba en desacuerdo con ellos; le
+insultaban por reaccionario, por borrego, echándole en cara sus tiempos
+de guardia civil.</p>
+
+<p>&mdash;Tú eres un sabio, Isidro&mdash;decía&mdash;; tu raciocinas, y por eso puedes
+comprenderme y hacerme justicia más que esos animales... ¿Y qué es lo
+que digo yo para que me llamen borrego? Que esto de que el pobre se
+ponga sobre el rico o a un igual suyo, y que el criado se monte sobre el
+amo, no pue ser. Que siempre ha habido unos con dinero y otros sin él, y
+siempre será así. Que eso de los metinges y de las sociedades sólo sirve
+para llenar de humo la cabeza del trabajador y echarle a la calle a que
+le calienten las costillas. Lo que le importa al jornalero es encontrar
+donde le den jornal, y ser bueno para que los señores le ayuden con la
+limosna... Y también me da rabia que en todos esos metinges se metan con
+los curas, y eso que, como tú sabes, hace<a name="page_076" id="page_076"></a> un porción de tiempo que yo
+no voy a misa. Pero ¿qué mal hacen esos pobres señores de la sotana al
+trabajador? Ellos al menos dan algo: reparten limosnas, tienen asilos,
+se ocupan del pobre y predican a los ricos para que socorran con dinero.
+Y los otros, que hablan en las reuniones sobre esos papas del socialismo
+y la anarquía, no dan ni un botón. ¡Qué han de dar, si son unos
+pelagatos!...</p>
+
+<p>El señor José, al hablar de los rebeldes, sentía la cólera de un antiguo
+sostenedor del orden, moldeado por la disciplina. El guardia civil
+resucitaba bajo su blusa. Reconocía que todo estaba mal repartido y que
+el pobre sufría mucho. El mismo pasaba temporadas de horrible miseria, y
+su fin, cuando se sintiese viejo, sería mendigar en la calle o morir en
+el hospital. Pero si metían sus manos aquellos arregladores que
+predicaban contra los ricos, ¿quedaría el mundo mejor?...</p>
+
+<p>&mdash;Cada uno para lo que ha nacido, y que se conforme con su
+suerte&mdash;continuó el albañil&mdash;. Yo también he visto algo, Isidro, aunque
+no sea letrado como tú... ¿Cuál es la cosa mejor organizada en todas las
+naciones y que marcha más derecha?... No me negarás que es el ejército.
+Yo he pertenecido a él y le debo mi buena crianza. ¿Y qué pasa en el
+ejército? Pues que los soldados son los más, y comen rancho y se
+joroban, y los oficiales, que son menos, y muchos menos los coroneles y
+los generales, comen perdices o lo que se les antoja, y viven mejor.
+Nombra a todos los soldados generales, como quieren algunos, y se acabó
+el ejército; haz a todos los jefes soldados rasos, como piden otros, y
+no habrá quien dirija; total, el mismo resultado. Pues esto aplícalo a
+los paisanos, y comprenderás por qué pienso yo como pienso. Los que
+hemos nacido para soldados, a llevar a cuestas la mochila del trabajo,
+sin pensar en insurrecciones<a name="page_077" id="page_077"></a> ni en hacer fuego por la espalda sobre los
+jefes. Tú, que has nacido para oficial, a coger pronto los galones y a
+ver si algún día pescas la faja.</p>
+
+<p>Maltrana sonreía escuchando a su padrastro. Pensaba en el obscuro y
+hediondo tabuco de la calle de los Artistas; en el camastro, la mesa y
+las dos sillas que constituían todo su ajuar; en los días de paro
+forzoso, que le obligaban a él a exprimir su miseria para prestar ayuda
+al albañil.</p>
+
+<p>&mdash;Y usted&mdash;preguntó el joven&mdash;, ¿qué va perdiendo con que el ejército
+social se desbande y mate a sus jefes, si lo considera necesario, y arda
+medio mundo?</p>
+
+<p>&mdash;¡Ahora salimos con esas!&mdash;dijo el albañil, escandalizado&mdash;. ¿También
+eres tú de los que piden tales horrores? Paece mentira... con los libros
+que llevas leídos. ¿Y el orden, muchacho? Sin orden no se pue vivir. Me
+acuerdo que esto lo explicaba muy bien un teniente viejo que teníamos en
+la Guardia civil. Se lo repartirían todo, entrarían a saco en las casas,
+nos comeríamos unos a otros, como los caribes. No, muchacho; piénsalo
+con calma. ¿Cómo pueden vivir las personas de bien sin curas y sin
+soldados, sobre todo sin soldados?</p>
+
+<p>Y el antiguo guardia civil acompañaba con un gesto de repulsión y de
+horror esta tenebrosa pregunta.</p>
+
+<p>&mdash;El hombre necesita pan y palo&mdash;decía luego, recobrada ya su
+serenidad&mdash;. Un látigo muy largo para que marche derecho. El mundo está
+lleno de pillos. Que dejen al hombre en libertad, y veremos la que se
+arma.</p>
+
+<p>Al final, el señor José se tranquilizaba, mostrando un optimismo feroz.</p>
+
+<p>&mdash;Por fortuna, esto va para largo. Los mausers no los tienen los
+alborotadores. ¡Que salgan, que salgan y sabrán lo que es bueno! Por eso
+yo, cuando<a name="page_078" id="page_078"></a> hay huelga en el oficio, la sigo por no hacerme de señalar,
+pero me voy a casa. ¡Pues menudo gusto el tirar a la gente, sin miedo a
+otra respuesta que alguna pedrada, y escogiendo el blanco a placer, como
+si las personas fuesen patos!...</p>
+
+<p>Contraía sus manos al decir esto y guiñaba un ojo, lo mismo que si
+empuñase un fusil imaginario. Sonreía como si le halagase la ferocidad
+de sus recuerdos. Maltrana, ante el gesto de delectación homicida del
+aragonés, pensaba asombrado que aquel hombre era bueno. Había
+embellecido con su mansedumbre silenciosa los últimos años de la pobre
+Isidra; era un padre bondadoso para el travieso Pepín. Sus camaradas le
+llamaban borrego por la servil paciencia con que aceptaba todas las
+injusticias y durezas del trabajo, y sin embargo, sonreía como un
+verdugo al desear las matanzas en masa, las cacerías de hombres, siempre
+que se verificasen al amparo de la ley, por ejecutores uniformados. El
+respeto supersticioso al orden que le inculcaron al moldearle de joven
+en la estrechez de la disciplina tomaba en su alma una dureza salvaje.
+Para él, la sociedad sólo podía marchar con los presidios llenos, un
+fusilamiento en cada esquina y la Guardia civil descargando sus armas
+sobre todo grupo que se atreviese a lanzar un viva, a tremolar una
+bandera. Lo decía con una firmeza que inspiraba espanto, y a
+continuación enternecíase ante su hijo, el travieso <i>Barrabás</i>. Cuando
+éste cometía una de las suyas, el viejo animal de guerra limitábase a
+fruncir el entrecejo, a agitar las manazas, gritando con voz ronca:
+«¡Mira que te doy!...» Y el pillete reía, sabiendo que nunca llegaba a
+darle.</p>
+
+<p>En los días de trabajo, si el tiempo era bueno y Maltrana tenía en el
+bolsillo algunas pesetas, encaminábase al barrio de las Carolinas, para
+almorzar<a name="page_079" id="page_079"></a> con su amigo el <i>Mosco</i>, el cazador furtivo, cuya gloria
+llegaba hasta Colmenar. El célebre «dañador» de las posesiones reales
+merecía por sus hazañas hasta el respeto de los cazadores de la Sierra,
+y eso que éstos miraban como rateros cobardes a los camaradas de las
+afueras de Madrid que vivían del huroneo en los bosques de El Pardo.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> vivía cerca de la casa de la señora Eusebia, en una
+construcción de ladrillos casi sueltos, con una techumbre de antiguas
+tejas traídas de los derribos de la población. Fuera, ocupaban todo un
+muro tres filas de jaulas con pájaros de interminable canto, jilgueros y
+pardillos, que le servían para la caza con red. Maltrana, al llegar a la
+puerta, tenía que abrirse paso entre dos hermosos galgos de elegante
+delgadez y otros perros de lanas sucias y colgantes, feos, plagados de
+parásitos, pero que gozaban de una fama igual a la del amo, por sus
+sorprendentes habilidades.</p>
+
+<p>Dentro se hallaba el <i>Mosco</i>. Su hija Feliciana, que era toda su
+familia, estaba trabajando en la fábrica de gorras, y él iba de un lado
+a otro, preparándose el almuerzo, después de bien pasado el mediodía.</p>
+
+<p>También el <i>Mosco</i> se levantaba tarde. Maltrana le había sorprendido
+muchas veces con sus ropas de faena, un traje de pana manchado de barro,
+las abarcas y las polainas mojadas, y la boina con raspas secas y
+espinas de selvática vegetación. Era un hombre pequeño, enjuto, de
+nerviosa agilidad y ademanes resueltos. Tenía su cuerpo un balanceo
+semejante al temblor de un muelle bien templado próximo a dispararse. La
+vida en plena Naturaleza, la piratería en la selva, le daban, cuando
+permanecía silencioso, una tosquedad huraña, semejante a la del árbol o
+el pedrusco. Al hablar, revelábase el hombre de la ciudad, el evadido de
+las grandes aglomeraciones humanas, para vivir<a name="page_080" id="page_080"></a> solitario, en continuo
+combate, ganándose el sustento con las armas o la astucia, como si
+lejanos atavismos tirasen de él, arrastrándolo a la existencia del
+hombre primitivo.</p>
+
+<p>Al verle, Maltrana saludábalo siempre con la misma pregunta:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tal se ha dado la noche?...</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> sonreía unas veces; otras contestaba con gruñidos de mal
+humor. Había noches magníficas, en las que caían dos o más corzos, que a
+aquellas horas estaban ya desollados y descuartizados, vendiéndose
+ocultamente entre los vecinos de Tetuán. Otras, sólo cazaba conejos, y
+al regresar a su casa, cerca del amanecer, tendíase en la cama sin
+desnudarse, maldiciendo su mala suerte, y dormía con el cansancio del
+que ha pasado la noche caminando a gatas, con el oído siempre atento,
+creyendo de un momento a otro oír la voz de «¡alto!» y el silbido de la
+bala.</p>
+
+<p>Los dañadores del barrio, infelices que trabajaban durante el verano en
+los tejares y sólo a impulsos del hambre invernal se decidían a ir de
+caza, admiraban al <i>Mosco</i>. Este no iba, como ellos, sin un arma en la
+faja, resignados de antemano a recibir un escopetazo o una paliza, a que
+los llevasen a la cárcel de El Escorial, y de allí a presidio, sin
+oponer la más leve resistencia. Era tan hombre como los cazadores
+selváticos de Colmenar, gentes duras y amigas de la pólvora, que
+perseguían a los guardas de árbol en árbol, hasta encerrarlos en sus
+casuchas.</p>
+
+<p>La noche que el <i>Mosco</i> salía con escopeta y dejaba en casa el hurón, la
+turba de inocentes dañadores estremecíase de inquietud y de orgullo.
+Aquel era un hombre. Al día siguiente habría carne de corzo en Tetuán; y
+el guarda que intentase impedirlo corría el riesgo de verse cazado, de
+que le<a name="page_081" id="page_081"></a> disparasen de entre la espesura sin darle el «¡alto!» Si no
+había carne, era que el <i>Mosco</i> estaba en la cama entrapajado, sucio de
+sangre, con una ración de plomo debajo de la piel.</p>
+
+<p>Maltrana había admirado muchas veces a su amigo cuando le mostraba el
+cuerpo con el impudor de un bravo: dos postas en la cabeza, incrustadas
+en los huesos del cráneo; un balazo en un hombro y otro en una pierna,
+proyectiles redondos que le había extraído una curandera de la vecindad
+con dolorosos procedimientos, y el resto del cuerpo hecho una criba por
+los perdigonazos, a los que apenas daba importancia, considerándolos
+accidentes vulgares.</p>
+
+<p>Los almuerzos de Maltrana en casa del <i>Mosco</i> eran suculentos. El pagaba
+el pan y el vino, trayéndolo de una taberna cercana, mientras el famoso
+dañador ponía sobre la mesa un guiso de gazapos o alguna liebre cazada
+la noche antes.</p>
+
+<p>&mdash;¡A la salud de la real familia!&mdash;exclamaba Isidro irónicamente&mdash;.
+¡Viva el monarca que mantiene a sus súbditos!...</p>
+
+<p>Estas piezas de caza que servían para la manutención del <i>Mosco</i> eran
+las únicas que podían encontrarse en su vivienda. Esperaba siempre algún
+registro: los guardas reales tenían puestos los ojos en su casa; los
+civiles la habían visitado muchas veces. No existían a la vista otras
+pruebas de las aficiones del amo que las jaulas colgadas al exterior en
+las horas de sol y los perros que dormitaban enroscados ante la puerta.</p>
+
+<p>&mdash;Soy un cazador legal&mdash;decía con zumbona gravedad a los guardas cuando
+éstos aparecían&mdash;. Me dedico a los pájaros con red, o llevo los perros a
+las tapias de El Pardo, por si algún conejo se sale del término. Un
+poquito de afición... lo demás que dicen de mí es mentira.<a name="page_082" id="page_082"></a></p>
+
+<p>La escopeta estaba oculta bajo las tejas; el hurón dormía en el doble
+fondo de una caja cubierta de guiñapos, respirando por los agujeros
+abiertos en la madera.</p>
+
+<p>Cuando se presentaba Maltrana, su amigo el <i>Mosco</i>, como una
+demostración de gran confianza, le enseñaba la <i>bicha</i>, la joya de la
+casa, lo que más amaba. Extraía del fondo del cajón la diminuta fiera,
+que estiraba su cuerpo ondulante como el de un reptil y arañaba con sus
+patas los duros dedos del cazador. El <i>Mosco</i> se llevaba a la boca el
+hocico bigotudo, de agudos dientes, envolviéndolo en su aliento,
+mientras la <i>bicha</i> acariciábale los labios sacando su lengüecita con
+mohines felinos.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡qué rica!&mdash;exclamaba el cazador&mdash;. Mírala, Isidro: lo mejor del
+mundo. Cincuenta reales me costó en Colmenar; no había quien la tocara:
+una verdadera fiera. A uno le destrozó un dedo. Se agarraba a las manos
+y ni Dios la hacia soltar. Yo la he criado tal cual la ves, y come en
+mis labios y me quiere lo mismo que Feliciana. Pero esto sólo puedo
+hacerlo yo. Si tú la tocases, te mordía. Pásale la mano por el lomo;
+verás qué pelo tan fino... No tengas miedo, que no la suelto.</p>
+
+<p>Y continuaba los elogios del repugnante y sanguinario animal. La hacía
+cazar siete días seguidos sin fatigarla. Algunas veces mataba hasta
+cincuenta conejos: siempre tenía sed de exterminio. Había que meterla
+por las bocas de las madrigueras con un cordel en la pata, para tirar de
+ella cuando se quedaba dormida, ebria de sangre. El <i>Mosco</i>, sin dejar
+de hablar, sacaba del bolsillo un pedazo de queso, colocábase un
+pellizco de él entre los labios, y la <i>bicha</i> lo devoraba con grotescas
+contorsiones.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡qué rica! Vuelve a mirarla&mdash;decía el cazador&mdash;. Aquí donde la
+ves, se mantiene con quince céntimos de queso cada dos días.<a name="page_083" id="page_083"></a></p>
+
+<p>El recuerdo de otra joya que había poseído, el famoso perro <i>Puesto en
+ama</i>, conmovía al <i>Mosco</i>. Había dado el mismo nombre a otro de sus
+canes, pero ¡qué valía éste comparado con aquél, del que hablaban con
+asombro los guardas y era la pesadilla de los altos empleados de El
+Pardo!... Saltaba el <i>Mosco</i> a media noche las tapias, sin otro
+acompañamiento que <i>Puesto en ama</i>, y se escondía junto a los arroyos,
+en los remansos donde bebían los corzos. El que se aproximara podía
+darse por muerto. El perro salía en su persecución al través de los
+jarales: las dos bestias tronchaban las ramas con el impulso de su
+carrera, producían un estrépito de huracán, y tras ellas corría el
+dañador de ligeras abarcas. <i>Puesto en ama</i>, al alcanzar el corzo, le
+mordía entre las patas traseras, en el órgano más sensible, y la bestia
+quedaba en el suelo mugiendo de dolor, hasta que el <i>Mosco</i> la daba
+muerte. Asunto de unos minutos. Con este perro, necesitaba muchas veces
+de la ayuda de los cobardones del barrio para llevar a cuestas las reses
+cogidas.</p>
+
+<p>El dañador casi lloraba recordando la muerte del valeroso camarada, la
+descarga que le había hecho caer cerca de él, la alegría de los guardas,
+desplegados en ala como un ejército para acabar con un animal que tenía
+más astucia que muchos hombres, y la conducción del cadáver hasta el
+pueblo de El Pardo, donde le admiraron como si entrase en triunfo
+después de muerto.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> se indignaba al pensar en su perro. ¡Y aún vivía el ladrón
+que le había dado el escopetazo de gracia!... ¡Y él, el <i>Mosco</i>, aún no
+lo había matado!...</p>
+
+<p>Maltrana, escuchando estas proezas de la vida bárbara, el hombre cazando
+a la bestia y siendo a su vez cazado por el hombre, pensaba con asombro
+en el origen del famoso dañador.<a name="page_084" id="page_084"></a></p>
+
+<p>Procedía de una familia de Tetuán, pero había nacido en Madrid y era de
+oficio impresor. Llegó a regentar una imprenta en la que se tiraban
+varios periódicos que nadie leía; pero los sábados, apenas terminado su
+trabajo, cambiaba de traje y corría a Tetuán, adonde estaban sus
+aficiones, dedicándose a la caza con los dañadores de más fama, como si
+tirase de él una influencia ancestral, una herencia de sus antepasados.</p>
+
+<p>Durante la semana, paseando entre las cajas del taller, manchado de
+tinta y oliendo a papel húmedo, pensaba nostálgicamente en los cerros
+cubiertos de pinos, alcornoques y robles, en los matorrales que se
+abrían ante el hocico de los venados, escapando éstos después con un
+bufido de alarma, en los grandes espacios de cielo azul, con las cimas
+nevadas del Guadarrama en el fondo, como una muralla de almenas de plata
+que brillan al sol.</p>
+
+<p>Era un insocial: se ahogaba dentro de la villa, le repugnaban las calles
+con sus aglomeraciones de personas marchando en la misma dirección.
+Acabó casándose con la hija de una trapera, y abandonó su oficio para
+abrazar el de su mujer. Pero apenas si fue con el carro a Madrid. La
+trapería era un pretexto: su verdadera profesión fue cazar, seguir sus
+aficiones.</p>
+
+<p>El, según declaraba a Maltrana, había nacido para la acción violenta,
+para vivir en aventura continua, arriesgando la piel. ¿Por qué había de
+permanecer dentro de una población, juntando letritas de plomo,
+agotándose en esta tarea de mujer?... Era hombre de pelea; le gustaba
+torear a la Muerte todos los días&mdash;según sus propias palabras&mdash;, darla
+el quiebro, recogiendo el pan de entre sus pies.</p>
+
+<p>&mdash;Yo hubiese sido un gran soldado, amigo Isidro. Pero ya no hay guerras,
+verdaderas guerras, como aquellas antiguas, donde cada hombre sacaba
+toda<a name="page_085" id="page_085"></a> la fuerza de sus brazos o de su caletre. Además, yo no me pongo un
+uniforme por nada del mundo; no me visto de máscara, ni paso por eso de
+disciplinas y ordenanzas... Para ser mandado, bien estaba allá en la
+imprenta, con un durazo como un sol todos los días. ¡Ay, cuántos como yo
+hay en presidio, que en otro tiempo hubiesen sido héroes!...</p>
+
+<p>Amaba la guerra salvaje, ingenua, sin hipocresías de humanidad, sin
+disfraces de civilización: aquellas guerras en las que los combatientes
+mataban por la gloria que proporciona el exterminio, no alcanzando otra
+retribución que el saqueo de la casa del vencido y el pillaje de sus
+campos; pero había llegado tarde, según afirmaba con acento de tristeza,
+y a falta de mejor escenario, entregábase, a las puertas de una gran
+población, a una vida prehistórica, cazando a la bestia para comer, y al
+hombre, si era preciso, para defenderse; considerando la tierra como
+suya, sin respeto a tapias que podía saltar, ni a leyes representadas
+por hombres que eran mortales como él.</p>
+
+<p>De su pasado conservaba cierta veneración por los escritores. Por esto
+era amigo de Isidro desde que le conoció en casa de su vecina la señora
+Eusebia.</p>
+
+<p>Algunas veces recordaba su época de impresor. El no leía los papeles
+públicos, cuando de tarde en tarde iba a Madrid; pero creía que sus
+tiempos habían sido mejores, y que los que ahora escribían estaban muy
+por debajo de los que él había conocido. Y al pensar esto, miraba a
+Maltrana, comparándolo mentalmente con los grandes hombres que aún se
+mantenían en su memoria. ¿Había leído su amigo cosas de Fulano y de
+Zutano? Y aquí nombres y seudónimos que firmaban, veinte años antes, en
+revistas y diarios de escasa circulación, débiles flores de papel, cuyo
+perfume mental había pasado<a name="page_086" id="page_086"></a> inadvertido para todo el mundo. El <i>Mosco</i>
+soltaba estos apellidos con cierta unción, entre admirado de su gloria y
+orgulloso de haber conocido a los que los llevaban, y hacía un mohín de
+asombro al oír que Maltrana declaraba francamente no conocerlos. Por
+algo sospechaba que el periodismo estaba en decadencia.</p>
+
+<p>La admiración del <i>Mosco</i> se posaba en las más raras cualidades de
+aquellos genios. Hablaba de uno con asombro porque escribía cantando,
+sin que lo molestase ruido alguno, sin levantar la cabeza aunque
+disparasen cañonazos junto a él. Otro merecía su entusiasmo porque
+desafiaba a los acreedores, y siempre que el impresor le llevaba pruebas
+a su domicilio encontraba en él a una nueva señora. ¡Qué tíos! Todos sin
+dinero, debiendo en la imprenta varias tiradas, lampando tras la peseta,
+lo mismo que Cervantes, «que no cenó al terminar el <i>Quijote</i>», alegres
+como unas castañuelas y haciendo reír a los cajistas con sus chistes.
+Pero al que recordaba con más veneración era a un señor elegante y
+grave, autor de largos artículos sobre política internacional, que se
+sentaba en cualquier rincón de la imprenta, sin mancharse, y escribía
+con los guantes puestos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Sin quitarse los guantes, Isidro! ¿Hay muchos que puedan hacer eso
+ahora?</p>
+
+<p>Su rusticidad apreciaba esto como la mayor de las pruebas de talento, y
+se miraba las manos, reconociéndose incapaz de tal hazaña, declarando
+que no sabría cazar ni un gazapo con las garras enfundadas en piel.</p>
+
+<p>Algunos domingos, el <i>Mosco</i> invitaba a comer a Maltrana, anunciándole
+que vendría de Madrid un hermano suyo, capataz de venta de periódicos,
+el señor Manolo el <i>Federal</i>, gran personaje entre las gentes dedicadas
+al comercio de papel impreso.<a name="page_087" id="page_087"></a></p>
+
+<p>Maltrana le conocía. Era famoso en las redacciones por su lenguaje
+enrevesado y pintoresco y sus juicios sobre la política. Se presentaba
+en los periódicos, con su ancha cara sacerdotal siempre sudorosa, de
+ojos saltones y terroríficos, unas veces para quejarse como «industrial»
+(eran sus palabras) de las tardanzas de la administración en el reparto
+del papel; otras como «ciudadano consciente» (también palabras suyas),
+en nombre del comité del distrito, para pedir la inserción de algún
+Manifiesto contra los <i>unitarios</i>, no menos nocivos al país que los
+mismos monárquicos.</p>
+
+<p>Isidro, a pesar de que no estaba inscrito en «el censo del partido»,
+logró su amistad. Era un muchacho simpático, aunque «ciudadano
+inconsciente».</p>
+
+<p>&mdash;Cuando usted quiera que consumamos un turno&mdash;le decía&mdash;, ya sabe dónde
+tengo las oficinas: Puerta del Sol, de cinco a ocho de la mañana, en la
+acera de la botica de Borrell... aunque lluevan chuzos, aunque caigan
+capuchinos de punta.</p>
+
+<p>No bastaban la lluvia ni la nieve para que la oficina dejase de
+funcionar. Al romper el día llegaba el señor Manolo con sus ayudantes
+cargados de paquetes de periódicos. Tenía su especialidad, que era la
+venta de las afueras. Todos los vendedores, viejas, chicuelos y hombres
+haraposos, le rodeaban gritando, tendiendo sus manos para ser los
+primeros. El no se turbaba ante esta aglomeración: hallábase
+acostumbrado a mayores conflictos en su «larga vida política».</p>
+
+<p>&mdash;¡Haiga orden, ciudadanos, y un poquito de crianza! ¡Que no se diga del
+cuarto estado!... A cada uno se le dará según el orden de la discusión y
+los derechos de su autonomía al respetive.</p>
+
+<p>Y con gran calma iba repartiendo las manos de periódicos, exigiendo a
+cada uno el producto de la venta del día antes, llevando de memoria las
+intrincadas<a name="page_088" id="page_088"></a> partidas de su contabilidad, apreciando al tanteo la
+exactitud de las cantidades en calderilla, sonando las pesetas contra el
+asfalto con tal ímpetu, que volvían de un rebote a sus manos como si
+fuesen pelotas.</p>
+
+<p>El «cuarto estado» era su frase favorita, en la que lo abarcaba todo, y
+cuyo alcance había que adivinar. Unas veces, el «cuarto estado» era
+únicamente los vendedores del papel; otras, la gente popular; y algunas,
+todos los que compran periódicos.</p>
+
+<p>Maltrana, al verle, le preguntaba invariablemente por el famoso «cuarto
+estado».</p>
+
+<p>&mdash;Anda algo roío&mdash;contestaba el señor Manolo&mdash;; hay tormenta en la
+atmósfera metálica: la gente tiene pocas ganas de papel.</p>
+
+<p>Cuando vendía un periódico nuevo, decía con énfasis:</p>
+
+<p>&mdash;Hoy he tenido un éxito extramuros. Los redactores debían votarme un
+mensaje de gracias, a pesar de que no me llamaron para darme voz y voto.
+Yo soy el sentido práctico, y les hubiera presentado una moción y
+consumido un turno para demostrarles que deben sacar el periódico dos
+horas más tarde. Pero como uno no es letrado, le ojetan el argumento, y
+el cuarto estado que se roa.</p>
+
+<p>Su entusiasmo federalista excitaba el regocijo de Isidro, miserable
+<i>unitario</i>, incapaz de comprender ciertas cosas. Para el señor Manolo,
+estaba España dividida en catorce Estados, porque así lo habían
+dispuesto los correligionarios por medio de solemnes y libérrimos
+pactos. El era ciudadano de Castilla la Nueva; pero quería vivir en paz
+y fraternidad con los extranjeros de los otros Estados españoles, así
+fuesen aristócratas, como del «cuarto estado».</p>
+
+<p>&mdash;¿Es usted de Reus?&mdash;exclamaba en la oficina<a name="page_089" id="page_089"></a> al contestar a un
+transeúnte&mdash;. Pues el Estado catalán ha pactado con el de Castilla.
+Vamos a beber unas tintas, como buenos ciudadanos confederados.</p>
+
+<p>Las comidas del domingo en casa del <i>Mosco</i> eran tranquilas y plácidas.
+Feliciana, la hija, del cazador, servía la mesa o permanecía inmóvil
+junto a la pared, con los ojos fijos en Maltrana. Si éste hablaba,
+parecía beber ella sus palabras, con una expresión admirativa en los
+ojos, como si la subyugase la cultura del joven, que aún adquiría mayor
+realce entre sus rústicos compañeros.</p>
+
+<p>Isidro la miraba algunas veces. ¡Hermosa era la hija del <i>Mosco</i>! Cada
+vez la encontraba más guapa. Adivinaba su admiración, pero aquellos ojos
+negros fijos en él sólo le inspiraban un vago agradecimiento. Jamás se
+le había ocurrido la posibilidad de perder el tiempo con una mujer. Eso
+quedaba para los hartos, para los felices.</p>
+
+<p>El señor Manolo comía con entusiasmo, alabando la carne tierna de los
+animales de El Pardo. Olía a tomillo, a romero, a todos los perfumes del
+bosque.</p>
+
+<p>Los domingos eran para él días de descanso y plácido aislamiento. No
+tenía periódicos; apenas si al amanecer repartía un poco de papel a la
+chusma haraposa que le traía loco. Sin embargo, las preocupaciones de la
+profesión lo asaltaban en medio de su descanso, e interrumpía la comida
+para preguntar al <i>Mosco</i> y a Maltrana:</p>
+
+<p>&mdash;¿Por dónde andará ahora la partida grande?...</p>
+
+<p>Los interpelados levantaban los hombros con indiferencia. La «partida
+grande» era un grupo de vendedores de voz de trompeta, que sabían
+sacarse del magín atractivos pregones: la aristocracia del oficio,
+ocupada únicamente en lanzar periódicos nuevos y ofrecer libros faltos
+de compradores, con enorme rebaja...<a name="page_090" id="page_090"></a></p>
+
+<p>El señor Manolo, después de larga reflexión, informaba a sus amigos
+sobre el paradero de la tal partida.</p>
+
+<p>-Debe de andar por Zaragoza, vendiendo un papel nuevo, el del último
+crimen, que interesa mucho al cuarto estado.</p>
+
+<p>Isidro, al visitar la casa del <i>Mosco</i>, ya no se detenía en la vivienda
+de su abuela. Esta había alquilado la casucha, yéndose a vivir con el
+señor Polo, que tenía su cabaña en lo más alto de un cerrillo, desde el
+cual se veía Madrid.</p>
+
+<p>Por fin, la señora Eusebia había decidido casarse, sin la ayuda de la
+Iglesia ni del Estado, con aquel consocio que la cortejaba desde su
+viudez, y esperando el momento de que se ablandase, había contraído
+matrimonio con varias comadres del barrio.</p>
+
+<p>Los traperos celebraron con gran algazara la unión de estos dos
+«comerciantes», los más antiguos de la busca. ¡Vaya un par de carroñas!
+Pero nadie osó realizar los proyectos de cencerrada y otras bromas
+molestas con que algunos intentaron obsequiarles. Merecían respeto: eran
+los industriales más importantes del barrio, y habían hecho bien
+uniéndose en una sola razón social.</p>
+
+<p>Maltrana y el señor Manolo, en fuerza de oír hablar al <i>Mosco</i> de sus
+expediciones nocturnas, sintieron el deseo de asistir a una de ellas.
+Una nada más, ¿eh? Con verlo bastaba. No era cosa de exponerse a recibir
+un balazo por simple curiosidad. De vez en cuando, las noticias que el
+cazador ingería en sus relatos enfriaban el entusiasmo de los oyentes,
+haciéndoles retrasar la expedición para mejores tiempos.</p>
+
+<p>&mdash;Anoche, en el cuartel de Somontes, le largaron una perdigonada al
+<i>Bonifa</i>, un pobre muchacho que no sabe huir el bulto... Hace una
+semana,<a name="page_091" id="page_091"></a> pillaron en El Goloso al <i>Bastián</i> y al <i>Paleto</i>, les dieron
+una paliza de muerte, y ahora están en la cárcel de El Escorial... En el
+cuartel de Caños Quebrados hay un puñalero guarda que primero hace fuego
+y después da el alto. En Navachescas hay otro ladrón que lleva muertos
+dos dañadores, y, según dicen, tiene ganas de verme delante de su
+escopeta.</p>
+
+<p>Isidro y el vendedor de periódicos cruzaban una mirada de inteligencia.
+Era cosa convenida: lo dejarían para más adelante. Pero el <i>Mosco</i>, de
+pronto, como si quisiera divertirse con su pavor, mostró empeño en
+llevarles a una expedición; y los dos amigos, por amor propio y que no
+se burlara de ellos, aceptaron la propuesta.</p>
+
+<p>¡Adelante con la cacería! No iban a tener tan mala suerte que tropezasen
+con los guardas por ir al bosque una sola noche, cuando el <i>Mosco</i>
+llevaba meses y aun años sin verles.</p>
+
+<p>Se citaron para el anochecer del día siguiente en el «Ventorro de las
+Latas», y al caer la tarde reuniéronse en la glorieta de los Cuatro
+Caminos el señor Manolo y Maltrana.</p>
+
+<p>Iban con sus peores ropas&mdash;aunque ninguno de los dos sabía ciertamente
+cuáles podían llamarse mejores&mdash;, con viejas boinas echadas sobre los
+ojos, y un aspecto recatado y misterioso de conspiradores convencidos de
+lo pavoroso de su misión. El capataz de periódicos guiaba, como
+conocedor del punto de la cita. Abandonaron la carretera en
+Bellasvistas, y anduvieron por un camino hondo, entre tejares y tapias
+de huerta, junto a las cuales pasaban, espumosas y susurrantes, las
+aguas de un canal.</p>
+
+<p>Comenzaba a anochecer. El cielo era de color violeta; las lomas obscuras
+que cerraban el horizonte hacían resaltar sobre una faja de oro
+mortecino<a name="page_092" id="page_092"></a> los negros bullones de la arboleda de sus cimas. Una estrella
+nadaba con lácteo fulgor en la bruma suave del crepúsculo. Sonaban
+lentas y melancólicas las esquilas de invisibles rebaños; ladraban al
+borde del camino los perrillos de las huertas; chirriaban a lo lejos los
+carros; comenzaban a iluminarse las ventanas de las casas rústicas
+esparcidas en aquellas tierras de labor que alternaban con los solares.</p>
+
+<p>Encontraron al <i>Mosco</i> sentado en un pedrusco cercano a la venta.</p>
+
+<p>&mdash;Quedaos por ahí&mdash;dijo en voz baja&mdash;. Entrad a tomar una copa, y no me
+habléis hasta que os llame.</p>
+
+<p>Los dos amigos se sentaron bajo un emparrado, a la puerta de la venta.
+Era una cabaña de techo bajo, ahumada por dentro, sin otros respiraderos
+que la puerta y dos ventanucos. Estaba construida con botes viejos de
+conservas, que reemplazaban a los ladrillos; el techo era de latas de
+petróleo enrojecidas y oxidadas por la lluvia. Unos tablones carcomidos
+empotrados en la pared exterior servían de bancos. El «Ventorro de las
+Latas» era el punto de reunión de los dañadores antes de emprender la
+marcha.</p>
+
+<p>Comenzó a cerrar la noche. Maltrana, a la escasa luz que aún quedaba en
+el ambiente, vio llegar a los cazadores. Reconocía su organización
+recordando los relatos del <i>Mosco</i>. Cada pareja de hombres era una
+«cuadrilla»; compañeros de vida y muerte, que no se abandonaban en el
+peligro, que al huir en distintas direcciones sabían por instinto dónde
+encontrarse, partiéndose con fraternal equidad el producto de la caza.</p>
+
+<p>Eran mocetones que por su aspecto parecían trabajadores de los tejares.
+A pesar del frío, marchaban ligeros de ropa y sin manta; algunos de<a name="page_093" id="page_093"></a>
+ellos con la boina en la faja, como hombres que habían de emprender
+largas caminatas y sudar mucho en el curso de la noche. Algunas
+cuadrillas llevaban como refuerzo un muchacho cargado con la <i>aguja</i>,
+pesada barra de hierro puntiaguda por un lado y rematada por el opuesto
+con una anilla. Estos aprendices de dañador traían la barra pendiente
+del hombro por medio de una cuerda, como si fuese un fusil, y se
+pavoneaban entre los grupos con cierto orgullo, satisfechos de
+participar de los peligros y aventuras de los hombres.</p>
+
+<p>Cada cuadrilla llegaba con un grupo de perros. Los canes, después de
+olisquear a Maltrana y su compañero, adivinando su carácter de intrusos,
+juntábanse sobre un puente, del que partía el camino que sus amos habían
+de seguir. Los había de todas castas, figuras y colores: unos de
+elegante silueta, bien alimentados; otros churretosos y con largas
+lanas; pero todos guardaban igual silencio, sin un ladrido, sin el menor
+rezongo, graves e inmóviles, como soldados que presienten la proximidad
+del combate.</p>
+
+<p>Sus amos hablaban en voz baja, por la costumbre de recatarse en el
+vedado. Sus palabras llegaban hasta Maltrana como un ligero murmullo. Se
+saludaban; algunos que no se habían visto en mucho tiempo se pedían
+noticias. Uno hablaba de su hermano: había recibido por la mañana una
+carta suya; estaba en Valencia, en el penal de San Miguel, y le quedaban
+pocos meses de la pena que le habían impuesto por robo de caza en las
+posesiones reales. Otros rodeaban a un compañero que, abriéndose la
+camisa, mostraba el pecho. Apenas si le quedaba señal de las postas que
+le habían metido entre las costillas. Después de dos semanas de
+descanso, volvía aquella noche a la faena.</p>
+
+<p>Hablaban de los compañeros que estaban en la<a name="page_094" id="page_094"></a> cárcel de El Escorial,
+discutiendo lo que les podría «salir».</p>
+
+<p>Uno se despidió de sus amigos; ya no le volverían a ver en algún tiempo:
+al día siguiente iba a Madrid a presentarse en la Cárcel Modelo, para
+pasar en ella los ocho meses a que le habían sentenciado.</p>
+
+<p>Y todos, olvidando de pronto la caza, hablaban de la proximidad de la
+buena época, de la primavera, en la que se abrirían los tejares,
+ofreciéndoles un jornal en la corta de ladrillos. Se comunicaban las
+noticias del oficio. En Villalba pagaban el millar mejor que en Madrid.
+Algunos habían pedido trabajo y querían emprender el viaje tan pronto
+como comenzase el buen tiempo... Pero sus perros, que les olisqueaban
+las manos y se frotaban contra sus piernas, impacientes por emprender la
+marcha, les hacían fijarse en el presente y prorrumpir en lamentaciones.
+¡Qué vida, caballeros! Era la peor época del año: comenzaba la cría. Los
+conejos estaban flacos, costrosos. Sólo se cogían gazapillos, y por un
+lío de éstos no daban más allá de una peseta. Además, abundaban las
+malas noches, en las cuales las bestias parecían esconderse en lo más
+profundo de la tierra, y el hurón entraba en las madrigueras sin
+tropezar con el más leve bulto de pelo. Total: exponer la vida y la
+libertad para salir a fin de mes por un jornal de seis reales. ¡Y
+todavía los guardas ladrones, que gozaban de un buen sueldo, les
+perseguían sañudamente!... Los de caballería eran objeto de sus
+maldiciones. Hablaban con terror del caballo de un guarda, bestia
+infernal, con más talento y mala intención que los hombres; un monstruo
+que, al perseguir a un dañador, le mordía, le derribaba entre sus patas,
+machacándolo con las herraduras, hasta que el jinete, desmontándose,
+tenía que socorrerlo para que llegase con vida a la<a name="page_095" id="page_095"></a> cárcel. ¡Ah, la
+mala, bestia! Mejor era una perdigonada que encontrarse con ella...</p>
+
+<p>Algunas cuadrillas, después de un adiós apagado, emprendían la marcha,
+precedidas de sus perros, y se perdían en la obscuridad.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós&mdash;contestaban los otros con entonación misteriosa&mdash;. Que se os dé
+bien la noche.</p>
+
+<p>Eran los primeros en partir porque iban muy lejos, a los últimos
+cuarteles de la posesión real: al Goloso, a San Jorge, a Valdelaganar,
+cerca de Viñuelas.</p>
+
+<p>Los que aún permanecían en el puentecillo comunicábanse los cuarteles en
+donde pensaban pasar la noche. Unos iban a Valdepalomero, a La
+Portillera, a Querá; otros pensaban vadear el Manzanares, cazando
+audazmente en la otra parte de El Pardo, frecuentada por los tiradores
+reales: La Atalaya, Los Torneos, Valdelapeña, Trofas y La Zarzuela.</p>
+
+<p>Iba poco a poco disminuyendo la masa negra que obstruía el puente.</p>
+
+<p>Alejábanse las cuadrillas, marcando su obscura silueta sobre el blanco
+del camino. Se destacaban un instante en lo alto del cerro,
+empequeñecidas por la distancia, y desaparecían.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> se aproximó a la venta:</p>
+
+<p>&mdash;Cuando queráis...</p>
+
+<p>Llevaba en un saquito, colgando del cuello, su tesoro, la <i>bicha</i>, que
+se apelotonaba en la cárcel de lienzo buscando el calor de su pecho.
+Junto a él estaba el ayudante, el que completaba su cuadrilla, un mozo
+pequeño y vivaracho, de simiesca agilidad, apodado <i>Chispas</i>, que no
+pensaba, como los otros, en el trabajo de los tejares, sino que,
+admirando a su maestro, deseaba continuar la caza todo el año.</p>
+
+<p><i>Chispas</i> llevaba al hombro la pesada <i>aguja</i> para<a name="page_096" id="page_096"></a> demoler las
+madrigueras y abrir paso al hurón cuando éste se trasconejaba, no
+pudiendo ganar la boca de salida. Además, metidos en la faja, guardaba
+los <i>capillos</i>, las redes que se tendían a la salida de las madrigueras
+para apresar a los conejos.</p>
+
+<p>Emprendieron la marcha por el mismo camino que los otros dañadores. El
+<i>Mosco</i> marchaba al frente, precedido de dos de sus perros, y <i>Chispas</i>
+cerraba la expedición.</p>
+
+<p>&mdash;Podéis hablar; podéis fumar. Estamos aún en terreno seguro. Yo os diré
+cuando haya que ir con más ojos que un lince.</p>
+
+<p>Los dos neófitos marchaban tras los ligeros pasos del <i>Mosco</i>, el cual
+no cesaba de hablar. Había permanecido en la venta lejos de ellos, para
+que nadie sospechase que le acompañaban en su expedición. Temía que
+alguien se <i>chivase</i> y fuese con el soplo. Por e, nada; bien sabían los
+guardas que cazaba todas las noches, así se viniera abajo el cielo.
+Cuanto peor fuese la noche, más favorable para él. Pero al verle con la
+impedimenta de unos amigos, sin libertad para huir, podían aprovechar la
+ocasión y darle caza. Porque él no era capaz de escapar; yendo con
+personas que desconocían el terreno, antes se dejaría hacer pedazos que
+cometer tal indecencia.</p>
+
+<p>&mdash;Es un disparate&mdash;continuó&mdash;ir a esta faena con gente floja como
+vosotros. Pero lo de esta noche no es caza seria: es un bicheo. Iremos
+cerca; asunto de registrar unas cuantas bocas, para que os enteréis de
+lo que es esto... ¡Qué contentos van a ponerse esta noche los gameños y
+los venados al ver que el <i>Mosco</i> no quiere nada con ellos!...</p>
+
+<p>Les preguntó si habían merendado fuerte antes de salir de casa. En el
+monte sólo encontrarían algún arroyo donde beber un buche, y aun esto
+había que evitarlo, pues los cursos de agua eran los sitios<a name="page_097" id="page_097"></a> más
+frecuentados por los guardas. Al volver a las Carolinas harían una
+cachuela, el gran plato de los cazadores, que sabía a gloria: un guiso
+de entrañas frescas de conejo.</p>
+
+<p>Maltrana y el señor Manolo, oyendo al famoso dañador sus propósitos de
+no arriesgarse aquella noche, recobraban la tranquilidad. Les había
+encogido el corazón al oír a aquellas gentes que hablaban de heridas, de
+palizas y de presidios, como incidentes naturales de su oficio.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú estás seguro de que no tropezaremos a los esbirros?&mdash;preguntó el
+señor Manolo a su hermano.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, creo que no; pero nada puede asegurarse. A lo mejor... una
+casualidad...</p>
+
+<p>Un largo silencio acogió estas palabras poco tranquilizadoras. El
+<i>Mosco</i> seguía hablando para distraer a sus acompañantes de la fatiga de
+la marcha. Describía la grandeza de El Pardo: nadie lo conocía tan bien
+como él. En algunos sitios no podrían encontrarle todos los guardas
+juntos, de a pie y a caballo. Eran catorce leguas de tierra las que
+guardaban los reyes para sus cacerías. Esto sin contar la Casa de Campo,
+La Granja, las posesiones de Aranjuez y otras que no recordaba... ¡Y los
+demás que reventasen!</p>
+
+<p>Estas reflexiones hicieron olvidar su inquietud al señor Manolo,
+lanzándose cuesta abajo, desde las alturas de su federalismo ideal, a la
+práctica aplicación de lo que él llamaba, por antonomasia, «el
+programa».</p>
+
+<p>&mdash;El día en que el Estado de Castilla sea autónomo, se acabará este
+escándalo. En las orillas del Manzanares haremos unas huertas, que me
+río yo de las de Valencia y Murcia. Echaremos abajo la arboleda, para
+que los correligionarios del cuarto estado se calienten en invierno; le
+meteremos el arado a la tierra para que críe trigo, y ¡viva el pan<a name="page_098" id="page_098"></a>
+barato!... ¡Catorce leguas para divertirse un hombre, cuando el cuarto
+estado no tiene mas que siete pies de tierra en el cementerio!... ¡Pero
+si eso es casi tan grande como una de las provincias del sistema
+unitario!...</p>
+
+<p>Maltrana contemplaba los perros, que abrían la marcha, silenciosos, con
+el cuello estirado y las orejas avanzadas, husmeando el negro horizonte,
+sin un gruñido, sin prestar atención a los compañeros de raza que
+ladraban en las lejanas huertas.</p>
+
+<p>Llevaban más de una hora de marcha, sin ver las tapias de El Pardo. El
+<i>Mosco</i> notaba el jadear de sus compañeros, la fatiga que sentían en las
+cuestas obscuras, cuyos pedruscos sueltos rodaban bajo sus pies.</p>
+
+<p>&mdash;¡Animo!&mdash;les decía&mdash;. Ya me lo esperaba yo: sois de ciudad y no estáis
+acostumbrados a andar. ¡Pero si esto es un paseo!...</p>
+
+<p>Atravesaron el arenoso lecho de dos torrentes secos. Al detenerse en una
+altura, volvió Maltrana la cabeza y vio flotando a sus espaldas, sobre
+los cerros negros, un velo rojo, un resplandor de lejano incendio, que
+coloreaba gran parte del horizonte. Era el vaho luminoso de Madrid
+invisible. Más acá esparcíanse, por la línea irregular del horizonte,
+grupos apretados de luces o rosarios de llamas sueltas, como si la
+tierra fuese una laguna de betún que reflejase los astros sombríamente.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> extendió el brazo con la seguridad de un experto conocedor
+del nocturno paisaje. Las luces más cercanas eran de Bellavistas y las
+Carolinas; las otras de Chamartín y Tetuán. De frente, por encima del
+oleaje de sombras, como débiles resplandores apenas perceptibles,
+señalaba otros pueblos: Aravaca y Pozuelo de Alcorcón; y lejos, muy
+lejos, donde sólo podían alcanzar sus ojos de búho, las luces de El
+Escorial.<a name="page_099" id="page_099"></a></p>
+
+<p>Al descender de la altura, encontraron un ancho riachuelo. El <i>Mosco</i> se
+agachó para tomar sobre sus espaldas a Maltrana, sin hacer caso de su
+resistencia. Era costumbre de los dañadores pasar los cursos de agua
+llevando a cuestas al compañero. Al regreso, el camarada que pasaba a
+lomos prestaba igual servicio, y así la mojadura repartíase entre todos
+por igual. Únicamente los enfermos, los que iban a la caza
+convalecientes o con fiebre, estaban exentos de esta reciprocidad. El
+<i>Mosco</i> consideraba como enfermos a sus débiles compañeros, fatigados
+por la marcha.</p>
+
+<p>Al otro lado del arroyo, Isidro y el señor Manolo vieron que el camino
+se deslizaba, tortuoso, entre dos altas vallas de plantas espinosas. El
+<i>Mosco</i> les ordenó que arrojasen los cigarros; ya no podrían fumar hasta
+la vuelta: entraban en terreno enemigo. Aquel sitio se llamaba «Mal
+Paso». Muchas veces, los guardas de El Pardo, saliéndose de su
+jurisdicción, se emboscaban allí para sorprender a los dañadores cuando
+volvían a sus casas. En aquel sitio le habían dado un balazo a su
+compadre el <i>Garrucha</i>, una noche en que volvían los dos cargados con un
+par de gamos. El pobre camarada, después de sanar de la herida, fue al
+presidio de Alcalá, por robo de caza mayor. El <i>Mosco</i> se había librado
+por pies, sin soltar su carga.</p>
+
+<p>&mdash;¡Una injusticia&mdash;exclamó&mdash;; un abuso!... Este terreno no es suyo; aquí
+no son mas que unos particulares como vosotros o como yo. Pero
+pertenecen a la «casa grande», y no hay tribunal ni Dios que no se ponga
+de su parte.</p>
+
+<p>Aún caminaron otra buena hora, pero fuera de sendero, por campos de
+tierra movediza con ocultos pedruscos, en los que tropezaban. Isidro, al
+atravesar una viña, chocó con un ceporro, hiriéndose una pierna. Pero
+¿dónde estaban aquellos bosques<a name="page_100" id="page_100"></a> de El Pardo, que parecían correr
+hundiéndose en la sombra?...</p>
+
+<p>-¡Animo!&mdash;decía el <i>Mosco</i> en voz queda&mdash;. Ya estamos cerca; ya veo las
+tapias.</p>
+
+<p>Pero el señor Manolo y su amigo no distinguían nada. Isidro, con la
+pierna dolorida, despreciando los tropezones, como si ya no le pudieran
+ocurrir peores males, caminaba con los ojos puestos en Venus, que lucía
+en el horizonte. Al subir una cuesta, el astro remontábase en el cielo;
+cuando bajaban, hundíase, hasta quedar al ras de la colina de enfrente.
+Parecía jugar con ellos, atraerlos, para huir después de cima en cima.</p>
+
+<p>Por fin, los dos neófitos se vieron al pie de las tapias de El Pardo.
+Maltrana consideró su altura con asombro. Aquello no eran tapias: eran
+las murallas de la China. ¿Y había él de saltarlas? Prefería quedarse al
+pie de ellas descansando. Esperaría tendido en el suelo el regreso del
+<i>Mosco</i>, aunque volviese al amanecer.</p>
+
+<p>&mdash;¡Chist!&mdash;murmuró el cazador, para que hablase más bajo&mdash;. Tú subirás:
+yo me encargo de que subas.</p>
+
+<p>La protesta de Maltrana era la última resistencia del miedo, el
+retroceso del instinto ante aquella tapia sombría, tras la cual estaba
+lo ilegítimo, lo vedado, la amenaza del guarda con su escopeta sin
+misericordia.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> y su ayudante preparaban el asalto en silencio, hablándose
+sin que sus palabras sonaran, moviéndose sin que sus pasos produjeran
+ruido. A Maltrana le parecían fantasmas... ¡Arriba! El <i>Chispas</i> apoyó
+un pie en las manos de su maestro, arañó la tapia, y en un instante se
+puso a horcajadas sobre ella.</p>
+
+<p>¡Ahora, los perros! Los animales sabían su obligación; se dejaban coger
+por el <i>Mosco</i>, y empujados<a name="page_101" id="page_101"></a> por él, agarrábanse muro arriba, se mecían
+un momento sobre el borde, con el vientre aplastado, y dejábanse caer en
+la parte opuesta, sin otro choque que un ruido ligerísimo de hojas
+secas.</p>
+
+<p>Maltrana se sintió cogido por las piernas e izado, al mismo tiempo que
+el <i>Chispas</i>, inclinándose, le agarraba por los brazos. Los dañadores
+reían de su poco peso. Quedó un instante a horcajadas en lo alto de la
+pared, aturdido por la ascensión, doliéndole el cuerpo por el roce
+contra los ladrillos salientes. El <i>Mosco</i> le saludaba desde abajo con
+una gracia que ponía los pelos de punta.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué buen blanco, gachó! ¡Qué escopetazo se pierden los guardas!</p>
+
+<p>Isidro no tuvo fuerzas para protestar. ¡Vaya unas bromitas oportunas! Y
+obediente por necesidad, entregado por completo a sus burdos amigotes,
+tuvo que descender por la parte opuesta, ayudándole el <i>Chispas</i>, que le
+había precedido y le sostenía por las piernas. El señor Manolo, más
+ágil, saltó la tapia sin grandes esfuerzos, y un instante después se
+unió a ellos el <i>Mosco</i>.</p>
+
+<p>Ya estaban en la ratonera. Isidro pensaba con terror en lo imposible que
+le sería franquear aquel obstáculo si le perseguían los guardas. Pero la
+impresión de miedo se amortiguó al mirar lo que le rodeaba.</p>
+
+<p>La sorpresa le hizo creer, por un instante, que estaba en un mundo
+nuevo. El salto de la tapia era como el tránsito de un planeta a otro.
+Olvidó las colinas pedregosas, los bancales infecundos con más guijarros
+que plantas, toda la campiña árida sumida en la obscuridad al otro lado
+de la tapia, uniforme y plana a la vista como un charco negro.</p>
+
+<p>Tenía ante sus ojos el bosque inmenso hermoseado por la difusa luz de
+las estrellas, borrando en la penumbra su acre aspereza de vegetación
+salvaje,<a name="page_102" id="page_102"></a> unificando sus bravíos colores en una vaguedad fantástica de
+inmenso jardín encantado. Maltrana creyó ver un gigantesco dibujo blanco
+y negro sobre un papel azul perforado por innumerables picaduras de
+alfiler que daban paso a la luz.</p>
+
+<p>La selva, dormida bajo el fulgor de las estrellas, parecía un jardín de
+leyenda. Maltrana pensó en Wágner y en su valeroso Sigfrido; en la
+rústica flautita del héroe que hacía hablar a los pájaros. Hasta creyó,
+por un instante, que de aquellas espesuras podría surgir un dragón no
+conocido por los guardas.</p>
+
+<p>Los tupidos jarales contorneados por senderos tortuosos parecían
+arriates de rosales centenarios. La tierra era blanca, de una blancura
+de leche; los árboles formaban bóvedas de negro enrejado, por cuyos
+espacios libres asomaban los planetas sus ojos parpadeantes. En lo alto
+de las colinas, los pinos solitarios destacaban sobre el espacio azul
+sus copas de quitasol: unos, rectos y gallardos; otros, oblicuos como si
+quisieran acostarse.</p>
+
+<p>No se veían las flores del fantástico jardín, pero Maltrana se las
+imaginaba enormes, como nunca se habían abierto en la tierra a la luz
+del sol. Flotaba en el ambiente un perfume resinoso, de acre caricia,
+tan denso, que parecía mascarse al respirar. Era una esencia para
+olfatos de gigante. Del silencio de la arboleda surgían gritos de
+pájaros invisibles, saludos burlones a los bípedos que avanzaban en el
+silencio junto a los matorrales, evitando destacar sus siluetas sobre
+los espacios de tierra blanca; menudas carreras que denunciaban el
+medroso despertar de los conejos, asustados por los pasos cautelosos de
+la cuadrilla.</p>
+
+<p>Maltrana dudaba de la realidad. Debía estar soñando; aquel mundo no
+podía existir. De seguro que de un momento a otro iba a despertar,
+encontrándose<a name="page_103" id="page_103"></a> en el camastro de la calle de los Artistas.</p>
+
+<p>Los seres que le rodeaban no eran reales. Aquellos perros que caminaban
+sin el más leve ruido, sin respirar, volviendo la cabeza hacia el amo
+como si le ladrasen con los ojos, eran unos perros de ensueño. De
+ensueño también los dos cazadores que caminaban o se agachaban como
+sombras, hablándose sin mover los labios, entendiéndose por señas, y
+hasta el capataz de periódicos, que marchaba encorvado, con los ojos
+saltones y la boca abierta, contrayendo el estómago a impulsos del
+miedo. Sólo sonaban los pasos de Maltrana haciendo crujir la arena, y
+este ruido le parecía tan grande, tan agigantado por el silencio, que
+podía despertar a los guardas a muchas leguas de distancia.</p>
+
+<p>De vez en cuando la selva agitábase con ondulaciones ruidosas. Una
+ráfaga de viento moviendo una rama daba la señal. Toda la arboleda se
+estremecía, inclinando las copas. Movían sus cabezas los olmos, los
+pinos, las carrascas, las encinas; vibraba la orquesta inmensa del
+bosque, y de un extremo a otro esparcíase el lamento de la sinfonía
+salvaje, despertando los ecos en las cañadas, aguzándose en las alturas,
+volviendo a descender en busca de nuevas masas de árboles que repitiesen
+este suspiro de arpa temblorosa.</p>
+
+<p>Isidro, que al principio buscaba la tapia con los ojos, como si viese en
+su proximidad una esperanza, avanzaba ahora audazmente, temblándole las
+piernas, pero conquistado el ánimo por el majestuoso silencio. En
+aquella paz era imposible que los hombres matasen a sus semejantes.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i>, que conocía todas las madrigueras de El Pardo, se detuvo
+junto a una gran encina. Allí se abrían ciertas bocas que indudablemente
+ocultaban algo. Su hermano y Maltrana agacháronse por consejo<a name="page_104" id="page_104"></a> suyo. Los
+perros daban silenciosas vueltas alrededor del árbol, como si olfateasen
+la caza oculta en las entrañas del suelo. El <i>Chispas</i> se colocó de
+rodillas a alguna distancia. Estaban allí las bocas de salida, y colocó
+en ellas los capillos de red. El <i>Mosco</i> abrió la bolsa y sacó el hurón.
+La <i>bicha</i> llevaba al cuello un cascabelillo de sonido débil, y en una
+pata el cordel que la obligaba a volver a su amo.</p>
+
+<p>Perdiose el sutil cascabeleo bajo tierra. El señor Manolo seguía con
+interés la operación, puesto a gatas al lado de su hermano. Maltrana,
+tendido de espaldas, miraba las estrellas, el cielo de obscuro azul
+escarchado de polvo luminoso. Había arrostrado el peligro por ver la
+caza furtiva, y ahora no le inspiraba interés. Prefería permanecer
+inmóvil, en dulce quietud, dolorido por la fatiga, acariciado por la paz
+que parecía descender de lo alto. Estaba allí como si la selva fuese
+suya. ¿Por qué habían de presentarse los guardas? La hermosura de la
+noche desvanecía su miedo, repelía de su ánimo toda posibilidad de
+peligro.</p>
+
+<p>El <i>Chispas</i> dio un mugido de alegría; luego otro... luego otro.
+«Tres... cuatro... cinco: la <i>bicha</i> trabaja bien.» Iba recogiendo los
+conejos de los capillos así como caían; unos sanos, otros con la cabeza
+destrozada por el hurón y manando sangre. A los que salían ilesos,
+huyendo de la sanguinaria fierecilla, el mozo los estrangulaba con sus
+duros dedos. Pasábale las piezas al señor Manolo, y éste reía, con el
+goce brutal de la destrucción, ofreciendo a Maltrana los conejos para
+que los tentase. Aún estaban calientes: ¡cómo los dejaba la <i>bicha</i> al
+morderles!...</p>
+
+<p>Anunció el <i>Chispas</i> que ya no salían más; la madriguera estaba
+despoblada. El <i>Mosco</i> tiró de la cuerda y volvió a sonar el apagado
+cascabeleo. La embriaguez de la sangre había enardecido a la <i>bicha<a name="page_105" id="page_105"></a></i>.
+El cazador lanzó un juramento sordo antes de volverla al saco; le había
+clavado en un dedo sus agudos colmillos.</p>
+
+<p>Isidro abandonó de mala gana el lecho de hojarasca, para seguir a la
+cuadrilla en busca de nuevas bocas. ¿Por qué no se retiraban ya? La
+operación estaba vista. Pero el <i>Mosco</i> protestó.</p>
+
+<p>&mdash;¿Retirarme?... ¡Botones! La noche se presenta bien.</p>
+
+<p>Anduvieron dos horas por las cañadas buscando los lugares más conocidos
+del cazador por sus madrigueras. No había vivienda de conejo que no la
+tuviese anotada en su memoria.</p>
+
+<p>Isidro aprovechaba todos los altos del <i>bicheo</i> para tenderse en la
+hojarasca mirando a lo alto. El planeta que había contemplado en el
+camino ya no lucía en el horizonte; se había ocultado, y nuevos astros
+invadían el cielo. Miraba también a su alrededor, admirando la hermosura
+bravía del bosque. Decididamente, las destrucciones que proyectaba el
+señor Manolo para cuando triunfase la autonomía del Estado castellano,
+el abatir la selva y meterla el arado, sería una reforma muy
+revolucionaria; pero así estaba mejor, era más hermosa, aunque la
+pública utilidad rabiase de coraje.</p>
+
+<p>Una señal de alarma de los dos perros sacó a Isidro de sus divagaciones.
+Avanzaban cautelosamente, se detenían, volvían la cabeza para mirar al
+amo. Su cola elevábase con movimientos que revelaban indecisión; sus
+orejas aguzábanse con la inquietud.</p>
+
+<p>&mdash;¡Chist! ¡chist!&mdash;murmuró el <i>Mosco</i> para que sus acompañantes
+permaneciesen quietos en la espesura.</p>
+
+<p>Todos estaban de rodillas, apoyados en las manos, avanzando la cabeza lo
+mismo que los perros para oír mejor. El capataz abría la boca, como si<a name="page_106" id="page_106"></a>
+por ella fuese a escapársele el corazón, encogido por el miedo. Maltrana
+sentía el zumbar de su sangre en las sienes.</p>
+
+<p>Gruñó un perro, y el <i>Mosco</i> pareció tranquilizarse. Alguien estaba
+cerca, pero no era enemigo. Los perros anunciaban con movimientos
+silenciosos la proximidad de los guardas. Cuando se decidían a gruñir,
+era porque husmeaban gente conocida.</p>
+
+<p>El cazador, incorporándose, dio varias palmadas en uno de sus muslos.
+Inmediatamente sonaron iguales golpes al otro lado de la espesura, como
+reproducidos por el eco. Después se llevó a la boca el dorso de una
+mano, y un silbido tenue, de pájaro, rasgó el silencio. Otro pájaro
+invisible le contestó.</p>
+
+<p>&mdash;Adelante: son amigos&mdash;dijo el <i>Mosco</i>.</p>
+
+<p>Troncháronse las ramas de los matorrales abriendo paso a dos hombres
+encorvados. Los perros de las cuadrillas frotáronse un instante con
+otros perros salidos de la espesura. Los hombres pasaron junto al
+<i>Mosco</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué lleváis cogido?&mdash;preguntó éste.</p>
+
+<p>&mdash;Nada aún: dos gazapos.</p>
+
+<p>&mdash;Que se os dé bien la noche.</p>
+
+<p>La cuadrilla desapareció con sus perros, y el <i>Mosco</i> siguió adelante,
+prometiendo a los camaradas, aún no repuestos del susto, acabar en
+seguida la expedición, tan pronto como registrase ciertas bocas
+inmediatas a un arroyo, que eran las más ricas de El Pardo.</p>
+
+<p>Detuviéronse en una espesura, oyendo a corta distancia el murmullo del
+agua invisible saltando entre guijarros.</p>
+
+<p>Maltrana no atendía a la caza de sus compañeros; deseaba que acabase la
+expedición cuanto antes. Causábanle lástima y repugnancia aquellos<a name="page_107" id="page_107"></a>
+cuerpecillos de pelo suave que el señor Manolo iba reuniendo al par que
+hacía grandes elogios del peso de su carne palpitante.</p>
+
+<p>Tumbado en un declive, con los brazos cruzados bajo la cabeza, vio de
+pronto elevarse en el matorral que tenía delante dos cruces de varios
+brazos, toscas, rudas, como labradas a hachazos. Un hocico negro,
+barnizado por la humedad, asomó en la espesura; unos ojos lacrimosos y
+brillantes le contemplaron un momento. Maltrana, influido por el miedo,
+creyó ver un horrible monstruo, un digno engendro de la selva encantada;
+algo semejante al dragón de leyenda que había surgido en su memoria al
+dar los primeros pasos. El terror le hizo ponerse de pie con nervioso
+salto. Un bufido diabólico estremeció los matorrales. Desaparecieron las
+cruces, y crujió la maleza al romperse ante una carrera loca.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> acudió con gritos de cólera:</p>
+
+<p>&mdash;¡Rediós!... ¡Y no haber traído la escopeta! ¡Cómo se enteran y se
+burlan!...</p>
+
+<p>Los perros, después de un intento de persecución, retrocedieron al lado
+de su amo, viendo que éste permanecía inmóvil.</p>
+
+<p>El encuentro con el venado quitó al <i>Mosco</i> todo deseo de continuar la
+caza.</p>
+
+<p>&mdash;Vámonos; ¡para lo que hacemos aquí!...</p>
+
+<p>Emprendieron la retirada, marchando directamente en busca de la tapia.
+Isidro, al saltarla con la ayuda de sus compañeros, volvió a verse en el
+campo yermo y negro matizado de luces a lo lejos. Creyó otra vez que
+había soñado, que los árboles rumorosos y el fantástico jardín sólo
+habían existido en su imaginación.</p>
+
+<p>Los pesados racimos de bestias muertas que el señor Manolo sostenía en
+sus manos eran los únicos testimonios de la realidad de la aventura.<a name="page_108" id="page_108"></a></p>
+
+<p>&mdash;Toca, Isidro&mdash;decía el capataz riendo&mdash;. ¡Qué famosa cachuela vamos a
+comernos!...</p>
+
+<p>El joven, pensando en los guardas, sentía ahora un miedo mayor que el
+que había experimentado al otro lado de las tapias. Le parecía imposible
+que dentro de aquella ratonera hubiese permanecido sereno, tendido en la
+maleza, contemplando el cielo. ¡De qué balazo se había librado!...</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i> examinó la posición de las estrellas.</p>
+
+<p>&mdash;Son las dos; antes de que amanezca estaremos en casa.</p>
+
+<p>Pasaron de nuevo, a lomos de los dañadores, el riachuelo vecino al «Mal
+Paso». El <i>Chispas</i> y su maestro caminaban ágiles, sin el más leve
+indicio de fatiga, algo descontentos de su faena. Habían perdido la
+noche: total, docena y media de conejos. El cansancio, las inquietudes y
+sustos que aún tenían trémulos a Maltrana y al capataz eran para los dos
+cazadores incidentes sin importancia de la diaria lucha... ¡Vaya un modo
+de ganarse el pan!</p>
+
+<p>Al detenerse un instante en la cumbre del cerro, el joven volvió a ver
+los rosarios luminosos del alumbrado de los pueblos, la nube roja que se
+cernía sobre Madrid.</p>
+
+<p>Descansaba la gran villa envuelta en discreta luz, mientras en sus
+lóbregos alrededores se agitaban los aventureros de la vida, sin miedo
+al peligro.</p>
+
+<p>Maltrana, contemplando el lejano Madrid, creyó ver un símbolo de la vida
+moderna, de la desigualdad social implacable y sin entrañas.</p>
+
+<p>Los dichosos, los ahítos, descansaban tranquilos al calor de una
+civilización cuyas ventajas eran los únicos en monopolizar. La caravana
+de los felices no quería ir más allá, creyendo haber visto bastante.
+Dormían en torno de la hoguera, acariciados por su tibio aliento, con el
+voluptuoso sopor de una digestión copiosa. Y más allá del círculo<a name="page_109" id="page_109"></a> rojo
+trazado por las llamas, en el muro de sombras temblonas tras las cuales
+estaba lo desconocido, brillaban ojos coléricos, sonaba el rechinar de
+las uñas al afilarse, estallaba el gruñido de las bestias hambrientas,
+cegadas por tanto resplandor. Los vagabundos del desierto social, los
+desertores de la caravana, los expulsados de ella, las fieras, los
+abortos de la noche, rondaban en torno del vivac, sin atreverse a salir
+del círculo de tinieblas, por miedo a afrontar la luz.</p>
+
+<p>Les cegaba el fuego; intimidábales con glacial escalofrío el brillar de
+las armas caídas junto a los durmientes. Amenazaban, rugían; pero los
+dichosos, sumidos en dulce sueño, no podían oír sus amenazas y sus
+rugidos.</p>
+
+<p>Maltrana pensó que alguna vez la hoguera, falta de nuevos combustibles,
+se extinguiría poco a poco; y cuando sólo quedasen rojos tizones y las
+tinieblas voraces invadiesen el círculo de luz, vendría la gran pelea,
+la lucha en la sombra, el empujón arrollador de la muchedumbre, el
+asalto de los engendros de la obscuridad, para apoderarse de todas las
+riquezas de los felices: de los bagajes que contienen el bienestar,
+monopolizado por ellos; de las armas, que son su mejor derecho.<a name="page_110" id="page_110"></a></p>
+
+<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3>
+
+<p>El segundo día de Carnaval, por la tarde, al salir Maltrana de la calle
+de los Artistas, se detuvo en los Cuatro Caminos, dudando entre bajar a
+Madrid o subir hacia Bellasvistas y las Carolinas.</p>
+
+<p>Le repugnaba el Carnaval madrileño, grosero y monótono, sin otros
+alicientes que los codazos y pisotones de la multitud, y se decidió a ir
+en busca de su amigo el <i>Mosco</i> y aprovechar de paso el viajo para hacer
+a su abuela una visita en su nueva casa, que era la de <i>Zaratustra</i>. La
+pobre vieja tenía deseos de hablarle, según le había a manifestado Polo
+la última vez que se vieron ante el fielato. Nada perdía con tener
+contenta a la abuela. En las Carolinas seguían hablando de su tesoro, y
+¡quién iba a saber si pensaría en su nieto como heredero!</p>
+
+<p>Isidro rió de la avaricia que se despertaba en él. Sentíase alegre, a
+pesar de que hacía tiempo que no ganaba dinero. Acababa de pedir
+prestadas a su padrastro unas cuantas piezas de cobre, aprovechando la
+confianza que inspiraba al albañil por haber satisfecho todos sus
+atrasos en la parte que le correspondía del alquiler de la casa.</p>
+
+<p>Acariciaba aquella tarde la esperanza de merendar en casa del <i>Mosco</i>,
+ya que tenía la certeza de no cenar cuando bajase por la noche a Madrid.</p>
+
+<p>En su miseria, no le abandonaba esa seguridad<a name="page_111" id="page_111"></a> de la juventud que
+aguarda siempre algo inesperado y cree firmemente que el universo entero
+se preocupa de ella, torciendo el curso de los sucesos sin otro fin que
+sacarla de sus situaciones difíciles.</p>
+
+<p>Isidro, en su optimismo, tenía el presentimiento de una gran fortuna.
+Por esto ponía buena cara a todos los desvíos de la suerte: ella
+acabaría por entregarse vencida.</p>
+
+<p>Dos días antes, al pasar por la calle de Alcalá, frente al Ministerio de
+Hacienda, había encontrado a don Gaspar Jiménez, primer marqués de
+Jiménez, aquel senador pariente de la señora que le amparaba en su buena
+época. Varias veces se había tropezado con el solemne personaje, sin que
+éste reparase en él. Le reconocía, pero pasaba adelante fingiendo no
+verle. Debía estar enterado de su existencia errante, de su deseo de no
+ser hombre serio, de aquella vida bohemia que le hizo atascarse a más de
+la mitad de su carrera universitaria. El senador era inflexible. «La
+vida no es juego», como le había dicho al echarle de casa de su
+protectora.</p>
+
+<p>Por todas estas razones, Maltrana experimentó gran asombro al ver que el
+personaje, muy tirado de levita y sombrero de copa, con el aspecto grave
+y entonado de uno de los directores del país, al cruzarse con él, en vez
+de distraer la mirada, la fijó en su persona, acariciándole con
+bondadosa sonrisa.</p>
+
+<p>El senador se separó de otros dos señores no menos imponentes que iban
+con él, y aproximándose a Maltrana, púsole en la espalda la mano
+protectora:</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo está usted, joven?... ¿Cómo marchan sus asuntos?...</p>
+
+<p>El terrible Maltrana, que en las reuniones de la juventud era
+implacable, no perdonando persona ni institución, escupiendo su bilis
+sobre todo lo existente,<a name="page_112" id="page_112"></a> describiendo el país como un establo de
+bestias en el que no se encontraba ni media persona, ablandábase
+conmovido ante la más leve muestra de consideración de un poderoso.</p>
+
+<p>La palmada del senador y su sonrisa le trastornaron, hasta el punto de
+hacerle tartamudear. Pensó que era necesario tener largo trato con las
+personas para conocerlas. Aquel señor había sido para él un burgués
+despreciable y ridículo, un pedantón huero... He aquí los inconvenientes
+de juzgar de lejos a las personas. Ahora, al verle de cerca después de
+algunos años, le encontraba repentinamente simpático, con cierto aire de
+pensador, de economista sublime, de esos que poseen las llaves de la
+despensa nacional. No había que exagerar; por algo se sube, y cuando
+aquel tío llegaba tan alto, era porque algo llevaba dentro.</p>
+
+<p>-¿No terminó usted la carrera?&mdash;continuó el senador&mdash;. Ha hecho usted
+bien, si sus aficiones le llevan por otro lado. Usted es artista; usted
+ha nacido para escritor.</p>
+
+<p>Y con gran asombro de Maltrana, le habló de los artículos que llevaba
+publicados. El no los conocía, le faltaba el tiempo para muchas cosas,
+pero se los habían recomendado con grandes elogios. Literatura
+«profunda», de la que a él le placía; estudios serios y concienzudos. El
+amaba lo concienzudo, lo serio... Maltrana sentíase transfigurado,
+próximo a elevarse sobre el suelo con la hinchazón de la alegría, al oír
+que alguien elogiaba sus artículos y que este alguien era un señor que
+el día menos pensado llegaría a ministro.</p>
+
+<p>&mdash;Venga usted a verme cuando pueda, con entera confianza; ya sabe usted
+que somos antiguos amigos: yo le considero como de la familia... Creo
+que le conviene a usted que nos veamos; algo bueno saldrá de la
+entrevista.<a name="page_113" id="page_113"></a></p>
+
+<p>Maltrana, ansioso de esperanza tras estas palabras, intentaba visitar al
+día siguiente al senador. Pero éste quería pasar los días de Carnaval en
+una finca suya de Medina del Campo, lejos del bullicio de la ciudad,
+como convenía a un hombre serio. Después de fiestas, le esperaba en su
+casa todas las mañanas.</p>
+
+<p>Y se alejó escoltado por sus solemnes acompañantes, después de estrechar
+la mano de Isidro con igual llaneza que si fuese un colega. Maltrana le
+siguió con una mirada de intensa simpatía. Algo bueno iba a surgir de su
+inesperada amistad con el personaje... Y el recuerdo del marqués le
+acompañó como una promesa de fortuna en los días de Carnaval.</p>
+
+<p>Al llegar Maltrana a Bellasvistas, creyó ver la reproducción animada de
+un cuadro de Goya. Varias muchachas desgreñadas, de las de la busca,
+manteaban un pelele: un traje viejo lleno de paja, con enormes tumores,
+calzado con unas botinas rotas y rematado por una cabeza de cartón. Un
+grupo de mozuelos intentaba arrebatarlas el pelele para llevárselo
+prisionero a la taberna, y las greñudas, armadas de escobas, defendían a
+golpes el monigote. Corría el grupo por los desmontes con la algazara de
+la lucha; rodaban por el suelo algunas de las combatientes con tal
+ímpetu, que dejaban al descubierto las roñosidades de su interior.</p>
+
+<p>Maltrana, con su raído macferlán y su sombrero de señorito pobre,
+pareció distraer de la lucha a esta ruda juventud. Las muchachas,
+cogiéndose del brazo, marchaban tras él cantando con insolente
+sonsonete:</p>
+
+<table border="0" cellpadding="0" cellspacing="0" summary="poesia">
+<tr><td align="left">¡Ahí va! ¡Ahí va</td></tr>
+<tr><td align="left">el tío del gabán!</td></tr>
+</table>
+
+<p>Los mozos reían la gracia y parecían dispuestos<a name="page_114" id="page_114"></a> a apoyarla saludando
+con un cantazo al señorito si tenía el mal gusto de incomodarse.</p>
+
+<p>Maltrana dejó a la espalda esta alegría hostil y salió al campo. Pensaba
+visitar la cabaña de <i>Zaratustra</i> antes de ir a las Carolinas.</p>
+
+<p>Hallábase ésta en lo alto de un cerrillo, desde el cual se abarcaba con
+la vista todo Madrid. Parecía de lejos un montón de escombros y basura.
+Constaba cíe tres cuerpos sueltos, pero tan bajos, tan metidos en una
+oquedad de la tierra, que sus techos apenas sobresalían del perfil de la
+cumbre. El carro de <i>Zaratustra</i> parecía más grande que las viviendas;
+se veía mejor que éstas, caído sobre la zaga, con las dos barras en alto
+unidas por la barriguera de la mula, destacándose sobre el cielo como
+una horca.</p>
+
+<p>Adivinó el joven la proximidad de la cabaña viendo correr hacia él una
+banda de perros. Eran los compañeros de <i>Zaratustra</i>. Los había de
+varias razas y tamaños, todos sucios, con los ojos amarillentos y una
+baba rabiosa en los colmillos: animales casi salvajes, que sólo de tarde
+en tarde veían llegar algún pobre, y sentían feroz extrañeza ante
+Isidro, irritados por su exterior de hombre de ciudad.</p>
+
+<p>No ladraban. Aproximáronse, mudos, rechinando los dientes con franco
+propósito de morder, extendiendo sus zarpas hacia los pantalones. El
+joven cogió una piedra, llamando con fuertes gritos a <i>Zaratustra</i> y a
+la señora Eusebia.</p>
+
+<p>Sonó detrás de la cabaña un silbido y la vocecilla de Polo llamando a
+sus canes. Isidro pudo seguir adelante escoltado por el fiero grupo, que
+giraba en torno de él, oliéndole las ropas.</p>
+
+<p>Pasó entre el carro y una pared baja, y entró en una plazoleta que tenía
+al frente la campiña, con Madrid en el fondo, y a un lado las obscuras
+lomas<a name="page_115" id="page_115"></a> de la Casa de Campo. El resto de la plazoleta estaba cerrado por
+las tres cabañas que constituían la vivienda y dependencias del gran
+<i>Zaratustra</i>. Este se hallaba sentado en un cubo, cosiendo con bramante
+unos pedazos de alfombra vieja que habían de servir de manta a la mula.</p>
+
+<p>&mdash;Perdona que no me levante&mdash;dijo con su voz de niño&mdash;. Tú eres de casa.
+¡Ay, estas piernas!...</p>
+
+<p>Había sustituido la casulla de piel de conejo con la otra de las grandes
+solemnidades: la de espejuelos y cintajos de colores, que le daba el
+aspecto de un salvaje de teatro.</p>
+
+<p>Era un resto de su antigua alegría, un recuerdo de aquellos años en los
+que bajaba por Carnaval al centro de Madrid cubierto de sus más vistosos
+harapos, aceptando la extrañeza y la burla de las gentes como testimonio
+de admiración. Seguía la costumbre de desfigurarse con adornos bravíos
+cuando llegaba la fiesta, pero se quedaba en casa, vencido por el reúma
+senil que inmovilizaba sus piernas.</p>
+
+<p>Maltrana contempló curiosamente la mansión de <i>Zaratustra</i>, agrandada
+con nuevas edificaciones desde la última vez que la había visto. La
+actividad del anciano, su raro talento para sacar provecho de los
+despojos, le hacían vivir en una perpetua reforma de su casa. El trapero
+sonrió viendo el asombro del joven.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué te parece?... Esto ha crecido mucho; esto es el palacio real de
+Tetuán. Vienen señores de Madrid sólo por verlo: sobre todo, pintores...
+Este cuerpo es el almacén&mdash;y señalaba la cabaña en cuya puerta
+permanecía sentado&mdash;. Lo de enfrente es la cocina y la cuadra. Tiene
+comunicación con el cuerpo central, la antigua casa, donde vivimos tu
+abuela y yo.</p>
+
+<p>Maltrana sentía deseos de reír ante la majestad con que Polo hablaba de
+su vivienda, señalando sus<a name="page_116" id="page_116"></a> diversas partes. El lo había construido
+todo, con la ayuda de su criado, dándole la solidez de un castillo.</p>
+
+<p>Parecían las tres cabañas otros tantos montones de basura y escombros en
+los cuales una familia de topos hubiese abierto agujeros que eran
+puertas, galerías tortuosas que servían de habitaciones. Todos los
+despojos de la villa habían sido empleados en la edificación. Sólo a
+trechos veíanse algunos ladrillos y cascotes de los derribos; lo demás
+estaba construido con los materiales más heterogéneos, viéndose
+empotrados en la argamasa, a guisa de ladrillos, botes de conserva,
+latas de petróleo, cafeteras, orinales, hormas de zapatos, y junto con
+estos despojos, tibores rotos de porcelana, columnillas de alabastro,
+trozos de estatuas, todo al azar, según el desorden de la recogida
+diaria en Madrid.</p>
+
+<p>Maltrana vio una aguda punta oxidada saliendo del muro, sobre la cabeza
+de <i>Zaratustra</i>. La miró de cerca: era una jeringa. Más allá brillaban
+dos azulejos de reflejos dorados y surgía un brazo femenil de color de
+bronce, que, sin duda, había sostenido una lámpara de gas en algún café.</p>
+
+<p>Varios cubos de cinc sin fondo, empotrados horizontalmente en el muro,
+servían de redondos tragaluces, semejantes a los de los camarotes de los
+barcos. Los techos eran de paja, de ramaje, de viejos encerados,
+formando una cubierta de gran espesor, que la lluvia más persistente no
+podía traspasar. Las rendijas estaban calafateadas con papeles y trapos.
+La techumbre de la cocina ostentaba como remate una tinaja rota, que
+servía de chimenea.</p>
+
+<p>El almacén exhalaba un hedor de polvo, huesos en putrefacción y ropas
+corrompidas, junto con ese vaho indefinible de las casas viejas
+largamente cerradas. Un zumbido de moscas pegajosas vibraba en la
+obscura profundidad de las chozas. De vez<a name="page_117" id="page_117"></a> en cuando aleteaba por cerca
+de Isidro un enorme moscardón azul, de reflejos metálicos, lúgubre,
+venenoso, hinchado repugnantemente, como si acabase de chupar la tierra
+de una tumba.</p>
+
+<p>Maltrana preguntó por su abuela.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy solo en casa. He enviado el <i>Bobo</i> a Madrid a que vea las
+máscaras, y la vieja está en la Doctrina, en ese corralón de
+Bellasvistas donde juntan las señoras al rebaño femenino de la busca
+para que cante oraciones.</p>
+
+<p><i>Zaratustra</i>, que se preciaba de conocer a todo Madrid, había oído
+hablar de alguna de estas damas devotas cuando eran jóvenes, y reía,
+guiñando sus ojos lacrimosos. El diablo, harto de carne... Regalaban a
+las traperas una sábana por año, y arroz y castañas por Navidad; pero
+las obligaban a oír la explicación de la Doctrina dos veces por semana.
+En Carnaval había gran reunión, para pedir al Señor que perdonase las
+locuras del mundo, y comenzaba la fatigosa época de la Cuaresma. Las que
+faltaban a estas grandes solemnidades perdían la sábana.</p>
+
+<p>&mdash;Te digo, Isidro, que se la ganan bien, y cuando vienen a coger los
+trapos de esas señoras tienen callos en las rodillas, como los
+elefantes. Pero el mediano, cuando siente necesidad, no se para en nada,
+y hay que ver a las del barrio al salir de la Doctrina, hechas unas
+santitas, así que pierden de vista a las señoras... De la que menos,
+dicen que es una púa... A todo el mundo le gusta que le den algo. Y si
+no, ahí tienes a tu abuela, que piensa todo el año en la sábana. ¿Para
+qué la querrá, una mujer que todo el mundo sabe que es rica? ¡Las
+hembras, Isidro, mala gente!... Tu abuela me ha visto en varios apuros:
+tuve que pagar el arrendamiento de las tierras que cultivo ahí enfrente,
+porque ya sabes que yo soy agricultor antes que trapero. No tenía ni un
+botón, y me dejó en el apuro,<a name="page_118" id="page_118"></a> sin querer decirme dónde guarda su
+tesoro. Y eso que anduvo el palo; porque a las hembras, el pan en una
+mano y la vara en otra... ¡Si las conoceré yo, que he tenido cinco!...
+De jóvenes, unos pericos verbeneros, sin otro afán que dar gusto al
+cuerpo y faltarle a uno; de viejas, borrachas y agarradas al perro
+chico, aunque su hombre vaya en cueros.</p>
+
+<p>Quedó en silencio <i>Zaratustra</i>, mirando a Madrid, que cerraba el
+horizonte con su gran masa de tejados y torres. El cielo azul, sin el
+más leve vapor de humedad, un cielo de Castilla, seco y ardiente, de
+gran limpidez, que acusaba con energía los contornos, parecía aproximar
+la lejana población.</p>
+
+<p>El trapero creía abarcar con sus ojillos pitañosos toda la humanidad
+albergada bajo este caparazón de tejas, que a aquellas horas corría y
+gritaba por las celdillas y callejones de la enorme colmena. Su voz
+tomaba un acento solemne, como siempre que creía decir algo
+trascendental.</p>
+
+<p>&mdash;La hembra, Isidro, es inferior al hombre e indigna de él. Fíjate en
+eso y recuérdalo siempre; de algo te ha de servir ser amigo de un sabio
+que ha visto mucho y conoce la vida. La hembra es un animal de escaso
+caletre; fantasiosa lo mismo que el pavo, tonta como una marica sobre un
+canto. Dele usted su buen vestido, su buena bota ajustada y demás
+exigencias del rumbo, y la tendrá usted contenta. No le dé usted el
+señorío y boato que reclama, y entregará su cuerpo al demonio... El
+hombre es más digno y noble; se preocupa de otras cosas que de los
+trapos, y por eso es él quien debe mandar y dar dos palos a tiempo para
+que se le respete. Con blusa y alpargatas se siente muchas veces mejor
+que tirado de chistera y de gabán. Yo tengo buena ropa y podía ir todos
+los días lo mismo que hoy, pero no me da la gana; en cambio, no<a name="page_119" id="page_119"></a> hay en
+la busca una hembra que, al agarrar entre los trapos una buena falda, no
+se la ponga para dar envidia a las compañeras. La mujer que anda mal
+vestida, así sea vieja y fea, es porque no puede ir mejor, pues ganas no
+le faltan. El hombre que va hecho un Adán no es porque carezca de «con
+qué», sino que tiene la atención en cosas más altas, por ser un animal
+noble e inteligente.</p>
+
+<p>Así hablaba <i>Zaratustra</i>.</p>
+
+<p>Maltrana, molestado por el hedor del almacén y el revoloteo de las
+moscas, acabó por abandonar su asiento, que consistía en tres pedazos de
+corcho clavados en forma de banco. Ya que la abuela estaba ausente,
+quería irse.</p>
+
+<p>El trapero le detuvo. No le aconsejaba que esperase a la vieja; si
+habían de rezar en Bellasvistas por el perdón de todos los alegres
+pecados que aquella tarde se cometerían en Madrid, tenían oración
+cortada hasta la noche. Pero antes de que Isidro se fuese, quería
+enseñarle la casa, especialmente la habitación que había arreglado con
+motivo de su casamiento. A las mujeres les satisfacen las superfluidades
+del buen vivir, y no era caso de que la señora Eusebia, al abandonar su
+casa de las Carolinas, entrara en una vivienda de indios.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí hay su poquito de señorío&mdash;dijo <i>Zaratustra</i> incorporándose con
+cierto trabajo, después de clavar la aguja en los tapices y plegar éstos
+sobre el asiento.</p>
+
+<p>Marchaba doblado por la cintura, con las piernas muy abiertas y rígidas.
+Así precedió a Maltrana por un pasillo lóbrego, bajo de techo y tan
+angosto, que los codos rozaban los objetos raros empotrados en la pared.
+La débil claridad que pasaba por un bote de escabeche puesto a guisa de
+claraboya difundía una luz amarillenta al final del pasillo, danzando en
+su pálido rayo un enjambre de moscas.<a name="page_120" id="page_120"></a></p>
+
+<p>A un lado abríase un espacio semicircular que servía de cuadra. Las
+paredes eran de madera carcomida procedente de los derribos, con los
+intersticios rellenos de paja y trozos de periódicos; del techo pendían
+unas telarañas inmensas, monstruosas, ondeando como banderas
+ennegrecidas por el polvo, cubriendo las paredes como las muestras de
+una tienda de trapos.</p>
+
+<p>La mula casi tocaba con las orejas el techo, y parecía más enorme,
+disparatadamente grande, en su mezquino albergue. Maltrana pensó en los
+milagros de la costumbre, en la agilidad de aquel animal para deslizarse
+todos los días por el pasadizo lóbrego, en el que apenas cabía un
+hombre. <i>Zaratustra</i> saliendo de la cuadra, levantó una cortina de
+percal rameado, pero Maltrana sólo vio una intensa obscuridad.</p>
+
+<p>&mdash;Echa una cerilla&mdash;dijo el trapero.</p>
+
+<p>Cuando lució sobre una cómoda un cabo de vela metido en el cuello de una
+botella, Isidro pudo ver entre temblonas sombras un antro más pequeño
+que la cuadra, con el techo de paja y las paredes llenas de escarpias,
+de las que pendían los numerosos harapos del vestuario de los dos
+viejos: faldas de gastada seda, levitones llenos de remiendos, sombreros
+de copa con la seda erizada y contraídos como si fuesen fuelles.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí hay señorío&mdash;dijo el trapero&mdash;. Eso no podrás negarlo. Mira esa
+cómoda; fíjate en esta cama, que debe haber sido de algún duque. Huele a
+palacio así que se la ve. Son piezas que me costaron muy buenas pesetas
+allá en el Rastro. Fui a comprarlas a los parientes de la <i>Mariposa</i>,
+unos descastados que al verse ricos no conocen a la familia. Aún andamos
+a pleito por unas pesetas que no quiero dar... Pero fíjate, galán, que
+la cosa lo merece.<a name="page_121" id="page_121"></a></p>
+
+<p>Y Maltrana tenía que mirar a la luz de la vela la alta cama de forma
+antigua, toda ella dorada, pero tan vieja, que en algunos sitios
+mostrábase el metal descascarillado y sin brillo, y en otros estaba
+verde, revelando su permanencia en olvidados desvanes, bajo grietas que
+filtraban la lluvia.</p>
+
+<p>Después, <i>Zaratustra</i> enseñaba con orgullo de artista los adornos de
+algunos trozos de pared libres de guiñapos: estampas de santos, cromos
+de señoras en pelota, o con bailarinas de color de rosa, todo recogido
+al azar, en el curso de la busca, y que inmediatamente tomaba sitio en
+el dormitorio con ayuda de tachuelas o pan mascado. Por fin, el trapero
+enseñaba lo mejor de la casa: unas cuantas tablas colocadas entre la
+cama y la pared, y en ellas montones de gruesos platillos, docenas de
+tazas de la loza fuerte usada en los cafés, pilas de vasos metidos unos
+en otros.</p>
+
+<p>&mdash;Si quisiera&mdash;dijo el tío Polo&mdash;, podría convidar a todo el barrio de
+las Carolinas sin tener que pedir prestado a nadie. Fíjate, criatura; di
+si tu abuela se ha visto nunca en tal abundancia. Esto parece un café de
+la Puerta del Sol.</p>
+
+<p>Maltrana, a la luz indecisa de la vela, veía todos los platos rajados
+por negras líneas, las tazas con grietas o sin asas, los vasos con los
+bordes rotos. Eran despojos de los establecimientos cuya basura recogía
+Polo, y que éste había ido almacenando durante años, sin saber
+ciertamente qué utilidad podía sacar de esta colección que era su lujo.</p>
+
+<p>El dormitorio no tenía otro respiradero que la puerta. El techo era tan
+bajo, que entre él y la cama sólo existía el espacio necesario para
+dormir tendido. Había que subir a ella deslizándose como por la boca de
+una madriguera. Isidro notó la falta de ventanas.</p>
+
+<p>-Es lo mejor que tiene el dormitorio. Cuando<a name="page_122" id="page_122"></a> hace frío o cuando hiela,
+duerme uno tan ricamente con el calor de la mula y del estiércol, que da
+gloria. Mira si estará abrigado esto, que hasta en invierno tenemos
+moscas. Ni en la plaza de Oriente están un día de nieve tan bien como
+aquí.</p>
+
+<p>El trapero levantó la luz hasta el techo, tocando con cierto cuidado,
+como objetos frágiles y preciosos, las telas empolvadas que pendían de
+la paja.</p>
+
+<p>&mdash;Mira... telarañas. ¿Las ves? Aquí, allá, por todos lados. No tenemos
+ventanas, cristales y otras cosas superfluas y malignas para la salud;
+pero telarañas, puedo apostar con el más rico a ver quién las tiene
+mejores.</p>
+
+<p>Maltrana parecía desconcertado por la gravedad con que hablaba
+<i>Zaratustra</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Donde veas telarañas sólo verás salud&mdash;continuó&mdash;. Eso no lo saben los
+mediquillos de Madrid, que, porque leen libros, se burlan de los sabios
+como yo, que leemos en la tierra y en el cielo. En las casas de las
+ciudades no hay telarañas, y todos andan esmirriados, amarilluchos y
+mueren jóvenes. La telaraña es un regalo de Dios, que vela por nuestra
+salud. Tamiza el aire, le quita los malos bicharracos que dan las
+enfermedades, se come a los microbios y demás insectos...</p>
+
+<p>Así hablaba <i>Zaratustra</i>, paseando su luz cerca del techo; y surgían de
+la obscuridad los colgantes tejidos por las arañas, enormes, seculares,
+como si fuesen la obra de muchas generaciones, transparentando con
+fulgor sonrosado la llama de la vela. El viejo evitaba romper los
+frágiles tejidos. Colgaban hasta tocar su cama; agitábalos al dormir con
+su ronquido, y sentía gran disgusto cuando al despertar se encontraba
+con una telaraña caída junto a su boca.</p>
+
+<p>&mdash;Esto es lo que alarga la vida; esto no se paga<a name="page_123" id="page_123"></a> con dinero. Si tu
+abuela quiere que ande el palo, que me toque una tan sólo.</p>
+
+<p>Cuando Maltrana volvió a la plazoleta cerró los ojos, deslumbrado por el
+sol. Respiraba con dificultad el aire puro, después de su permanencia en
+aquel antro saturado de polvo y estiércol.</p>
+
+<p>Volvió a ver Madrid ante él, con su enorme masa de gran ciudad, con
+torres en las que sonaban campanas y chimeneas enormes ennegrecidas de
+humo. Sentía asombro, inmensa extrañeza, por esta vida ruda y salvaje
+que le rodeaba, teniendo a la vista un gran núcleo de civilización. El
+pasado, duro y cruel, la infancia del hombre, apenas despojada de su
+primitiva animalidad, acampaba a las puertas de una villa moderna.</p>
+
+<p><i>Zaratustra</i> procuraba retener al joven. Le era doloroso privarse de una
+charla en la que podía lucir su ciencia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ves qué sol tan hermoso?&mdash;dijo&mdash;. Pues tendremos lluvia antes de que
+acabe la semana. Se mojará el Entierro de la Sardina. La cara de la luna
+es de cuidado todas las noches. O yo no sé una palabra de las cosas del
+cielo, o esta luna anuncia grandes revoluciones, hambres, pestes,
+sangre...</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, gran <i>Zaratustá</i>&mdash;dijo Maltrana.</p>
+
+<p>Podía seguir filosofando, rodeado de sus perros, mientras contemplaba la
+villa ingrata que no reconocía su saber. El se marchaba a las Carolinas,
+huyendo de aquella lobreguez maloliente que le trastornaba el estómago.
+Iba en busca de su amigo el <i>Mosco</i> y de su hija Feliciana, que tenía
+para guisar la cachuela unas manos de virgen, dignas de mil besos; las
+únicas del barrio que ofrecían cierta limpieza. Ya volvería otra vez,
+para ver a la abuela.</p>
+
+<p>Y emprendió la marcha, seguido un buen trecho por los perros de
+<i>Zaratustra</i>.</p>
+
+<p>Al entrar en el barrio de las Carolinas quedó<a name="page_124" id="page_124"></a> desconcertado y confuso
+por el aspecto que ofrecía en pleno Carnaval. En aquella gente adornada
+con los despojos de una ciudad, no se distinguían fácilmente las
+máscaras de los que no iban disfrazados. Pasaba junto a él un niño
+llevando en un pie una bota de charol y en el otro un zapato rojo,
+arrastrando la balumba de arrugas de unos pantalones de hombre,
+cubriéndose la cabeza con una pamela de paja desengomada y con vestigios
+de flores. No, no era una máscara. Marchaba con la gravedad del niño
+pobre que hace los encargos de sus padres, llevando sobre el pecho un
+gran frasco para que se lo llenasen en la taberna. Y tampoco eran
+máscaras las mujeres astrosas que veía a lo lejos con faldas
+multicolores; y los hombres con chaquetillas de soldado o con levitas
+verdinegras, cuyos faldones cubrían sus perneras remendadas, asomando el
+pecho velludo entre los forros de seda de las solapas.</p>
+
+<p>Una careta vieja de cartón o un trapo con agujeros para los ojos era lo
+único que distinguía a las máscaras en aquel mundo donde todos parecían
+igualmente disfrazados.</p>
+
+<p>En medio de las callejuelas, junto a las puertas y en el interior de los
+corrales, veíanse montones de papelillos de color mezclados con la
+basura. Eran los restos del primer día de Carnaval, el <i>confetti</i> y las
+cintas de papel recogidos por la mañana en los paseos de Madrid; el
+residuo de la alegría de todo un pueblo, que se mezclaba en tal sumidero
+con los restos de su comida y sus ropas. Algunos chicuelos tremolaban
+banderas de papel, guirnaldas de flores contrahechas y otros adornos
+caídos de las carrozas que la tarde anterior corrían por la Castellana.</p>
+
+<p>Isidro pasó varias calles formadas en su mayor parte de tapias de
+corral. Por encima de ellas asomaban<a name="page_125" id="page_125"></a> las grandes pirámides de paja
+podrida destinada a la cocción de las tejerías. Al ruido de sus pasos,
+fieros mastines asomaban la enorme cabeza por las bardas con sordos
+ladridos.</p>
+
+<p>Un hedor de boñiga húmeda impregnaba el aire. Por las puertas
+entreabiertas veíanse hociqueando en montones de zapatos viejos y pilas
+de harapos los cerdos corraleros, que eran vendidos a los tratantes de
+las afueras después que engordaban con la inmundicia de la población.
+Maltrana miraba estos animales sórdidos, de salvaje ferocidad, con gran
+repugnancia. Recordaba las confidencias del <i>Mosco</i>, indignado contra
+ciertos vecinos que, al encontrar en Madrid un perro muerto, se lo
+traían en el carro, arrojándolo en el corral, donde al poco tiempo sólo
+era un esqueleto descarnado.</p>
+
+<p>Al salir Maltrana a un gran espacio limpio de casas, la vista del cielo
+libre y de la sierra disipó su impresión de náusea.</p>
+
+<p>El Guadarrama obstruía el horizonte con su masa de color de rosa
+coronada de pirámides de sal. La nieve brillaba en las cumbres, herida
+por el sol; destacaba su virginal blancura sobre el intenso azul del
+cielo, cayendo en líneas serpenteadas, sierra abajo, por los
+derrumbaderos y barrancos. El panorama grandioso hacía olvidar la
+miseria de este hormiguero de la busca, donde seres humanos buscaban su
+subsistencia en los despojos abandonados por sus semejantes.</p>
+
+<p>Maltrana comenzó a bajar la cuesta de la última calle de las Carolinas,
+que era la del <i>Mosco</i>. Frente a él, al final de la doble fila de
+míseras casuchas, estaba el cerro de los Pinos, la fuente del Caño
+Dorado, un frondoso rincón plantado por los constructores del canal del
+Lozoya, y que con los años se había convertido en un bosque.</p>
+
+<p>El joven vio venir hacia él un grupo de chicuelos.<a name="page_126" id="page_126"></a> Al frente marchaba
+un mascarón enarbolando una escoba, con la cara hollinada y vestido con
+arpilleras y lazos de papel.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me conoces!... ¡No me conoces!</p>
+
+<p>Y como saludo le echó un escobazo a la cara, huyendo después con paso
+vacilante, dando chillidos, seguido de la chusma infantil, que
+vociferaba aclamando sus gracias.</p>
+
+<p>¡Ah, maldito borracho! ¿Pues no le había de conocer?... Era <i>Coleta</i>,
+que divertía al barrio con sus extravagancias de beodo.</p>
+
+<p>Isidro siguió adelante, y al llegar a la casa del <i>Mosco</i> llamó en vano
+repetidas veces a la cerrada puerta.</p>
+
+<p>Una mujer acudió con las manos cruzadas sobre el vientre. Era la
+<i>Borracha</i>, la hembra de <i>Coleta</i>, una andrajosa que llevaba una venda
+en la frente y un teloncito de lienzo colgando ante un ojo. En aquel
+barrio de suciedad gozaba gran fama por el abandono de su persona. Tenía
+costras en las manos, jamás lavadas, por miedo sin duda a que el agua
+empañase los anillos de latón que adornaban sus dedos. Una pústula
+perforaba los cartílagos de su nariz. La porquería y el aguardiente la
+iban barrenando la carne, según decía <i>Coleta</i> al insultarla en plena
+embriaguez con el apodo de <i>Borracha</i>.</p>
+
+<p>&mdash;No están en casa, señor Isidro&mdash;dijo con hipócrita mansedumbre&mdash;. El
+<i>Mosco</i> se fue esta mañana con el señor Manolo, llevando las jaulas y la
+red. Han ido a pájaros. La chica, la Feliciana, va de máscara. Hace un
+rato ha bajado con las amigas al Caño Dorado... Allá está: desde aquí
+puede verla.</p>
+
+<p>Y mostraba a Isidro un grupo de vivos colorines que corría entre la
+arboleda del cerro de los Pinos.</p>
+
+<p>El joven descendió la cuesta. Más allá de las últimas casas de los
+traperos, contrastando con la<a name="page_127" id="page_127"></a> sórdida miseria del barrio, comenzaba el
+bosquecillo del Caño Dorado. El benéfico influjo de la humedad había
+hecho crecer en el fondo de la cañada una gran masa de árboles
+rumorosos, poblada de pájaros. Un parterre de antigua jardinería, con
+muros de boj igualados a tijera, extendíase en torno del Caño Dorado,
+nombre de la fuente a la que venían a llenar sus cántaros las muchachas
+de las Carolinas.</p>
+
+<p>Era un rincón apacible y silencioso, cargado en primavera de flores y
+trinos, que no conocían los habitantes de Madrid; un oculto paraíso, un
+trozo de poesía para la horda traperil acampada en el cerro inmediato.</p>
+
+<p>Maltrana gustaba de la tranquilidad del Caño Dorado. Su vieja jardinería
+le recordaba los parterres de la Moncloa, pero más solitarios, más
+campestres, sin encontrar en sus avenidas otros paseantes que algún
+chicuelo del barrio con el cántaro al hombro. Además, le alegraba el
+canto perpetuo del chorro cayendo desde el caño dorado en un tazón de
+cuatro círculos. Al entrar el joven en la arboleda vio venir hacia él
+las máscaras que le había mostrado la mujer de <i>Coleta</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¡Es Isidro!... ¡Es el sabio! ¡El que escribe en los papeles!</p>
+
+<p>El grupo le rodeó: todo él era de mujeres. Se habían retirado al
+bosquecillo, cansadas de pasear por las calles del barrio, donde tenían
+que defenderse de los pellizcos de los mozos. Permanecían allí,
+satisfechas de sus disfraces, pero aburridas, con la careta en la mano,
+jugueteando como niñas. Al ver a Maltrana habían vuelto a enmascararse,
+y se agitaban en torno de él, empujándolo, cogiéndole por las solapas,
+gritando, con una algazara semejante al cloquear de un gallinero:</p>
+
+<p>&mdash;¡No me conoces!... ¡No nos conoces!<a name="page_128" id="page_128"></a></p>
+
+<p>Unas iban vestidas de bebé, con colores vistosos, suelta sobre la
+espalda la cabellera algo aceitosa, mostrando por debajo de las cortas
+enaguas la redondez de sus pantorrillas y el rayado chillón de las
+medias. Casi todas ellas llevaban guantes, y este forro de piel que
+ocultaba sus manos rudas y no muy limpias enorgullecíalas como una
+muestra de distinción, al mismo tiempo que paralizaba sus ademanes.
+Otras vestían de golfos, enfundadas en pantalones masculinos, que
+parecían próximos a estallar con la presión de las rollizas carnes. Un
+pañuelito rojo cubría el cuello de sus blusas, y por debajo de la boina
+asomaban los rulos de su peinado chulesco.</p>
+
+<p>Al agitarse en torno de Isidro, envolviéronle en una espiral de
+almizcle, perfume barato del que se habían impregnado las vírgenes de la
+busca para mayor esplendor de la fiesta.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me conoces!...&mdash;gritaban los golfos de abultadas amenidades,
+tirándole del bigote, abofeteándole con un entusiasmo que enrojecía sus
+mejillas.</p>
+
+<p>&mdash;¡No me conoces!...&mdash;gritaba un bebé de color de rosa, en el que
+Maltrana fijó su atención.</p>
+
+<p>&mdash;¿Pues no te he de conocer, criatura?&mdash;exclamó el joven&mdash;. Tú eres
+Feliciana. No hay en todo el barrio otras manos como las tuyas. Por eso
+las llevas descubiertas, coquetona.</p>
+
+<p>Muchas de las máscaras echaron a correr, chillando, asombradas de este
+reconocimiento y ofendidas por la alusión a sus manos enguantadas. Un
+grupo de mozos bajaba la cuesta, y ellas, con el deseo de ser
+perseguidas, corrieron a su encuentro. Maltrana quedó casi solo, junto
+al bebé. Las compañeras más íntimas se habían separado algunos pasos,
+fijando su atención en el encuentro de los mozos con las máscaras.<a name="page_129" id="page_129"></a></p>
+
+<p>&mdash;Sí; tú eres Feliciana&mdash;volvió a decir el joven, cogiéndola las
+manos&mdash;. Dime, ¿cuándo volverá tu padre?...</p>
+
+<p>&mdash;No soy Feliciana&mdash;chilló la máscara con una voz trémula en la que
+parecía vibrar la cólera&mdash;. Feliciana tiene las manos más feas que las
+mías. La prueba está en que las has visto muchas veces, sin decirla a la
+pobre una palabra.</p>
+
+<p>&mdash;Vamos, muchacha, no digas tonterías. ¿Es que habéis bebido esta
+tarde?...</p>
+
+<p>&mdash;Tú eres un orgulloso, Isidro&mdash;continuó la máscara, hablando con
+precipitación, como si temiese que lo faltara el ánimo antes de
+acabar&mdash;; tú eres un fatuo, que, admirado de tu importancia, no te fijas
+en nadie. Estás tan orgulloso de que te llamen sabio, que no miras a las
+gentes, ni tienes pizca de talento para adivinar lo que piensan los que
+te rodean.</p>
+
+<p>Maltrana la oía con extrañeza.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿qué tonterías dices, niña? ¿Es que estás borracha?</p>
+
+<p>Todas las máscaras se habían alejado hacia la cañada, donde sonaban los
+gritos de juguetonas persecuciones. Estaban solos; pero a pesar de esto,
+el bebé hablaba con su voz atiplada de máscara, fijando, a través de los
+agujeros del antifaz, sus ojos negros y profundos en los de Isidro.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no soy Feliciana, pero soy su mejor amiga. Ella es como yo misma...
+más que si fuésemos hermanas. ¿Y sabes lo que dice Feliciana?... Que
+eres un orgulloso; que por más que ella te mira, tú nunca te fijas en
+ella; que te parece muy poca cosa porque vive en las Carolinas y va a la
+fábrica de gorras... ¡Claro! ¡Como el señor vive en Madrid, y escribe en
+los papeles, y viste de señorito!... ¡A saber si tendrá en los Madriles
+cómicas que se lo disputen, señoronas que le hagan el amor!...<a name="page_130" id="page_130"></a></p>
+
+<p>Maltrana reía de la candidez de la muchacha. Aquella infeliz se
+imaginaba su existencia como una carrera de abundancias y triunfos. Su
+credulidad resultaba una ironía cruel.</p>
+
+<p>&mdash;Pero muchacha&mdash;dijo&mdash;, tú has bebido. Tú estás chispa, Feliciana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Y dale con Feliciana!&mdash;repuso ella con tono irritado&mdash;. Ya te he
+dicho que no lo soy. Si lo fuese, te diría cuatro frescas, y con motivo;
+¡orgulloso! ¡pelambre! ¡golfo con pretensiones!... Pero no te enfades.
+Te digo esto porque llevo la careta puesta, y porque antes nos han hecho
+beber un poquito allá arriba. ¡Pobre Feliciana! ¡Pobres mujeres!... Los
+hombres habéis arreglado las cosas de tal modo, que nosotras tenemos que
+callarnos y reventar de pena si es que no nos adivinan. Y tú, golfito
+serio, con toda tu sabiduría, eres tan incapaz de adivinar, tan ciego...
+que no sabes distinguir entre Feliciana o las cachuelas de conejo a que
+te convida su padre.</p>
+
+<p>Maltrana era ahora el que se sentía turbado, no sabiendo qué contestar.
+Su timidez encogíase ante la audacia con que se expresaba la mascarita.</p>
+
+<p>Había vuelto a cogerla por las manos, y se las apretaba sin saber qué
+decir, repitiendo lo mismo:</p>
+
+<p>&mdash;¡Feliciana... Feliciana!</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, ¡déjala en paz! Ya te he dicho que no soy Feliciana. ¿A qué
+repetir su nombre? ¡Para lo que te fijas en ella cuando la ves! Nunca la
+has mirado los ojos; nunca has visto en ella nada de extraordinario. Tú
+te crías para cosas mejores. Tu madre quería verte casado con una
+señora; tu abuela asegura que el mejor día vendrás a verla en carruaje
+de dos caballos, con una señorita de gorro alto... Deja a Feliciana;
+deja a la pobre que llore y se pudra de pena. Pero sábelo, bandido,
+canallita, golfo presumido, sosaina: Feliciana tiene la desgracia de
+haberse chalao por ti; Feliciana te quiere; pero<a name="page_131" id="page_131"></a> es mujer, y calla, y
+se le corrompe la sangre al ver que este burro, o no lo conoce, o es un
+ladrón que se divierte fingiendo que no se entera.</p>
+
+<p>Detrás de la careta sonó un suspiro. El bebé se llevó las manos al
+pecho, y por los agujeros del cartón viéronse los ojos húmedos,
+lacrimosos.</p>
+
+<p>Maltrana, turbado por las palabras de la máscara, no acertó a contestar.
+Instintivamente llevó una mano al antifaz y tiró de él.</p>
+
+<p>Apareció el rostro de Feliciana congestionado, con los ojos llenos de
+lágrimas. Al verse con la cara descubierta, quiso escapar; después
+intentó sonreír.</p>
+
+<p>&mdash;Todo ha sido una broma. Confiesa, Isidro, que he sabido marearte, y
+olvida esas tonterías.</p>
+
+<p>&mdash;Feliciana&mdash;dijo el joven gravemente&mdash;, no llores. Broma o realidad,
+bendigo tu valor que te ha permitido decirme tales cosas. Tienes razón:
+soy un tonto; pero orgulloso, nunca. El ciego ya ve; el distraído se
+fija.</p>
+
+<p>Sin darse cuenta de lo que hacía, una de sus manos soltó las de la
+muchacha, deslizándose instintivamente por su talle.</p>
+
+<p>Feliciana fijó en él sus ojos húmedos, negros como dos gotas de tinta,
+que reflejaban el lejano foco de sol. La presión de aquel brazo en su
+talle parecía doblarla, vencerla.</p>
+
+<p>Se miraron, sin osar decirse nada, asustados de su atrevimiento, de esta
+rápida aproximación.</p>
+
+<p>Sonaron cerca de ellos los gritos de las máscaras. El alegre grupo
+volvía de la cañada perseguido por los mozos.</p>
+
+<p>La audacia que había hecho hablar a la joven con la careta puesta la
+abandonó de pronto. Desvaneciose su atrevimiento, producto de unos
+sorbos de vino y del amparo del antifaz. Feliciana hizo el mismo gesto
+de espanto que si despertase de súbito<a name="page_132" id="page_132"></a> completamente desnuda a la vista
+de los hombres. Se arrancó del brazo de Maltrana y corrió hacia un árbol
+inmediato, apoyando en él los codos, ocultando la cara entre las manos.</p>
+
+<p>No quería que la viese Isidro. Tenía miedo de mirarle. Ahora lloraba de
+veras, y gemía entre suspiros:</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué vergüenza, Señor!... ¡qué vergüenza!<a name="page_133" id="page_133"></a></p>
+
+<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3>
+
+<p>&mdash;Siéntese usted, joven. Está usted en su casa: ya sabe que le considero
+como de la familia.</p>
+
+<p>Y el senador don Gaspar Jiménez acariciaba a Maltrana con aquellas
+palmaditas protectoras que enorgullecían al joven.</p>
+
+<p>Estaba en el despacho del personaje, habitación amueblada con la
+severidad que correspondía a un hombre de su importancia y su seso. Las
+sillas eran de cuero, las paredes obscuras. En una librería alineábanse
+los tomos de las <i>Sesiones del Senado</i>, juntos con memorias,
+estadísticas y aranceles; volúmenes imponentes por el tamaño, impresos a
+expensas del Estado. Pendientes de los muros, en marcos coruscantes,
+exhibíanse varios títulos de individuo de honor de diversas sociedades,
+acreditando los méritos del marqués de Jiménez, y un tarjetón, prodigio
+de caligrafía, en el cual los compromisarios castellanos felicitaban a
+su «digno senador» por sus brillantes discursos en defensa de la
+protección a los trigos.</p>
+
+<p>Un retrato al óleo, de tamaño natural, llenaba todo un lado del
+despacho. El marqués aparecía en el lienzo de pie, vestido de frac, con
+todas sus condecoraciones, apoyando un codo en la chimenea de su salón y
+sosteniendo con la diestra mano su frente<a name="page_134" id="page_134"></a> cejijunta cargada de
+pensamientos. Una obra maestra. Al contemplar Isidro este figurón con el
+pecho constelado de condecoraciones, encontraba cierta semejanza a su
+poderoso amigo con varios prestidigitadores célebres. Después, sintió
+ganas de reír ante la seriedad y el empaque con que el senador se
+mostraba en el retrato. Era un caballero que se hacía representar de
+visita en su propia casa.</p>
+
+<p>El grave marqués, que trataba siempre a las gentes con tono protector,
+parecía titubear en presencia de Maltrana.</p>
+
+<p>Hablábale con cierta distracción, como si su pensamiento estuviese
+lejos. Se enteraba con forzada curiosidad de la vida del joven, de sus
+luchas y aspiraciones, mientras fruncía el ceño y su mirada vaga parecía
+buscar un pretexto para conducir la conversación adonde era su deseo.</p>
+
+<p>Por fin, habló del motivo que le había hecho llamar a Isidro.</p>
+
+<p>&mdash;Pues sí, joven amigo&mdash;dijo con la entonación solemne que empleaba al
+charlar en los corrillos de la Alta Cámara&mdash;. Yo me he tomado la
+libertad de hacerle venir porque tengo que proponer a usted algo que
+considero muy beneficioso para su persona. Yo entiendo que hay que
+proteger a la juventud; yo amo a los jóvenes; soy uno de ellos, por más
+que muchos no lo crean viéndome dedicado a serios estudios, a problemas
+graves, que mejor cuadran con la vejez. Pero la vida no es un sueño,
+como ya le dije a usted en cierta ocasión. La vida no es un juego, y hay
+que aceptarla con toda su seriedad... Por lo demás, lo que tal vez sea
+beneficioso para usted será indudablemente muy útil para mí, y si usted
+lo acepta, merecerá mi agradecimiento.</p>
+
+<p>Isidro, que escuchaba atentamente estas palabras del senador, con todo
+su relleno de retazos oratorios, no sacó nada en claro. ¿Qué deseaba el<a name="page_135" id="page_135"></a>
+señor marqués? Allí estaba él para servirle; podía decir cuál era su
+intención.</p>
+
+<p>El personaje volvió a hablar con no menos anfibologías y rodeos, como si
+temiese descubrir de golpe su pensamiento. El vivía muy ocupado. Era el
+hombre que en todo Madrid disponía de menos tiempo para dar satisfacción
+a sus particulares aficiones. Por una parte, la sagrada defensa de los
+trigos, y por otra, las asociaciones de propaganda católica y de
+religiosidad obrera, devoraban todo su tiempo. Era vicepresidente de
+unas Ligas, secretario de otras, y consideraba un deber sagrado no
+faltar a ninguna de sus reuniones. A más de esto, le asediaba el partido
+con sus exigencias de disciplina, gozaba del afecto del jefe, a cuya
+tertulia no le era lícito faltar, y tenía que ocuparse de la educación
+de sus hijos, dos muchachos irreprochables, que profesaban las ideas
+sanas de su padre y merecían los elogios de sus antiguos maestros, los
+buenos sacerdotes de la Compañía.</p>
+
+<p>Maltrana acogió con graves movimientos de cabeza y risas interiores
+estas palabras. Conocía de vista a los hijos: les había encontrado
+muchas noches en Romea y otros salones donde cantan y bailan las
+«estrellas» del género ínfimo. Uno de ellos firmaba pagarés en blanco a
+todos los usureros de Madrid para atender de este modo al sostenimiento
+de cierta <i>divette</i> procedente de Perpiñán.</p>
+
+<p>&mdash;En estas condiciones, pues&mdash;continuó el senador con entonación
+oratoria&mdash;, me es imposible dedicar mi actividad a los trabajos de
+pluma, exteriorizar mis modestas ideas sobre el papel. Porque yo, amigo
+Maltrana, también soy escritor. Por esto me inspiran tanto afecto los
+jóvenes que, como usted, se dedican a las bellas letras... Yo, según
+dicen mis amigos, hablo bastante bien; pues crea usted que soy más
+escritor que orador. He publicado poco; mi<a name="page_136" id="page_136"></a> modestia me lo impide. Pero
+¡si viese usted el montón de papel que llevo emborronado!...</p>
+
+<p>Y como creyera ver en Maltrana un ademán de curiosidad, se apresuró a
+añadir:</p>
+
+<p>&mdash;No; no puedo enseñarle ninguno de mis trabajos. Mi modestia me obliga
+a romperlos antes de acabarlos. Necesito que alguien me ayude y me
+empuje. Yo tengo ideas, muchas ideas; lo que me falta es el auxilio, la
+colaboración de un joven ilustrado que sea dueño de todo su tiempo para
+escribir: uno como usted.</p>
+
+<p>Isidro comprendió que el personaje había llegado por fin adonde quería.
+Adivinábase en su rostro la placidez de haber soltado una proposición
+vergonzosa que era su tormento. El joven aceptó con breves palabras. ¿En
+qué había de consistir su trabajo? Estaba dispuesto a servirle, muy
+agradecido de que se fijase en él.</p>
+
+<p>Y el pobre Maltrana lo sentía así, apreciando como un gran honor la
+propuesta del personaje.</p>
+
+<p>Lo que deseaba el marqués de Jiménez era escribir un libro, pero un
+libro notable que consolidase su prestigio de economista, de pensador
+serio. No quería tener secretos con Maltrana, y le confesó que el tal
+libro sería un escalón, el último, para alcanzar la cartera de ministro
+el día que su partido volviese al Poder. El mismo jefe le prometía
+escribir un prólogo para la obra.</p>
+
+<p>&mdash;Ya ve usted, amigo Maltrana. ¡Qué honor! ¡qué honor para nosotros!...</p>
+
+<p>Este «nosotros» dejó frío al joven. Renunciaba de antemano a todo lo que
+no fuese la retribución que el marqués quisiera darle.</p>
+
+<p>&mdash;Usted escribirá&mdash;continuó el personaje&mdash;; yo le daré las ideas; y con
+esto creo que su trabajo será coser y cantar, como quien dice... Usted
+es un joven discreto que «se entera» de las cosas, y tendrá<a name="page_137" id="page_137"></a> cuidado de
+no «salirse del tiesto» mezclando en la obra ideas de esas diabólicas y
+modernistas que se traen los muchachos de estos tiempos. El libro irá
+dedicado a Su Majestad el rey; no necesito decirle más. Una dedicatoria
+sencilla, pero hermosa, que usted tendrá la bondad de escribir. Asunto
+de decirle que, así como es el primer soldado de la nación, el primer
+agricultor, el primer cazador, el primero en todo, tanto si se trata de
+dirigir la política como de dirigir un automóvil, es también, para mí y
+para todas las gentes de bien que tenemos que perder, el primer
+sociólogo. ¿No será bonita una dedicatoria en este sentido?...</p>
+
+<p>Isidro contestó con movimientos de afirmación.</p>
+
+<p>&mdash;Porque mi obra, amigo Maltrana, va a ser socialista; no se asuste
+usted: socialista del verdadero socialismo, del práctico, del que puede
+ser, del que defendemos los espíritus sanos, uniendo las exigencias de
+la época con las santas tradiciones y los intereses creados.</p>
+
+<p>El joven le pidió las ideas que habían de servirle de guía, la trama
+poderosa, sobre la cual no tendría él otro quehacer que alinear palabras
+con la pluma: «coser y cantar», como decía el personaje.</p>
+
+<p>&mdash;El libro&mdash;dijo éste&mdash;podría titularse <i>El verdadero socialismo</i>; pero
+si usted encuentra otro título más bonito, por mí no se prive usted; yo
+no tengo en esto empeños de amor propio. Usted manda, usted es el amo.
+Haga todo lo que considere más acertado; cuantas más iniciativas tenga,
+mejor.</p>
+
+<p>Y gravemente, arrugando el entrecejo, como si cada idea le costase una
+extracción dolorosa, expuso su plan. El libro debía ser un himno a la
+caridad; que los ricos diesen a los pobres, que los pobres respetasen a
+los ricos, y unos y otros se confiaran a la dirección de la Iglesia
+católica, maestra de siglos en estas cuestiones, y a Su Santidad<a name="page_138" id="page_138"></a> el
+Papa, el primer socialista del verdadero socialismo.</p>
+
+<p>&mdash;Creo que con esto&mdash;continuó&mdash;ya tiene usted bastante para hacer el
+libro. No queda mas que el escribirlo, lo más fácil; sólo que esto exige
+tiempo, y yo no lo tengo. Reconocerá usted que estas ideas no son
+cualquier cosa; que tienen puntos de vista completamente nuevos. De
+exponer cuestan muy poco; pero yo sé el tiempo que llevo rumiándolas,
+dándoles forma, preparándolas, para que usted no tenga mas que
+escribirlas. Además, tengo mis iniciativas propias sobre la forma del
+libro. Debe ser grueso, muy grueso. No tema usted correrse; se gastará
+en imprenta lo que sea preciso. Los capítulos deben ostentar al frente
+esos párrafos en letra, pequeña que llaman sumarios. Esto me ha gustado
+siempre; da cierto aire de seriedad y de método. Luego deseo que todas
+las páginas lleven notas, muchas notas, que ocupen tanto como el texto.
+He visto que todas las obras importantes van así. También esto da aire
+de seriedad y prueba erudición en el autor. Hay que citar muchos nombres
+y que sean extranjeros; cuanto más enrevesados, mejor. Esto lo hará
+usted fácilmente; es asunto de consultar libros, de pasarse algunas
+semanas en la Biblioteca. ¡Si yo tuviese tiempo!...</p>
+
+<p>Maltrana sonreía escuchando las indicaciones de su protector.</p>
+
+<p>&mdash;La tarea es fácil&mdash;prosiguió el marqués&mdash;. No crea usted que yo ignoro
+dónde están las fuentes. En esto del socialismo sano y sin escándalo
+hemos coincidido algunos hombres de Europa. Según me dijo el jefe, hay
+un señor profesor, italiano o suizo, no recuerdo bien, que ha escrito
+algo muy sonado sobre el socialismo católico. Uno no tiene tiempo de
+leerlo todo. Búsquelo usted, y ya tiene una fuente más, después de las
+mías.<a name="page_139" id="page_139"></a></p>
+
+<p>El senador habló aún largo rato de su obra, para demostrar a Maltrana la
+facilidad con que podía escribirla contando con la firme base de sus
+ideas.</p>
+
+<p>&mdash;Y no es, joven amigo, que yo pretenda aminorar la recompensa de su
+tarea. Yo entiendo que estos encargos deben pagarse bien. Además, amo a
+la, juventud y deseo protegerla. Le daré a usted tres mil reales por su
+trabajo; pero que sea grueso el libro, ¿eh?, y sobre todo, notas...
+muchas notas. Tal vez si la cosa sale a mi gusto, como yo la he
+concebido, llegue a los cuatro mil. Por de pronto, tome usted veinte
+duros para los primeros gastos... papel, tinta, plumas.</p>
+
+<p>Maltrana cogió el billete con cierta emoción, contestando aturdidamente
+a todas las recomendaciones del personaje.</p>
+
+<p>&mdash;A trabajar, joven. La vida no es un sueño; hay que trabajar, hay que
+ser prácticos. Tratándose de un joven formal como lo es usted, creo
+inútil recomendarle la prudencia. Esto debo quedar en secreto. Además,
+no supone gran cosa: sólo significa que me falta el tiempo. El libro lo
+doy yo hecho; usted no tiene mas que escribirlo. ¡Ay, si yo no estuviese
+tan ocupado!</p>
+
+<p>Aún le recomendó otra vez que no olvidase los sumarios de los capítulos
+y las notas, muchas notas, con gran desfile de autores.</p>
+
+<p>&mdash;Esto viste mucho. Cuando usted tenga un capítulo, me lo trae, y así
+con todos los demás. Yo los iré copiando, para que vaya de mi letra a la
+imprenta. Aunque ocupadísimo, creo que tendré tiempo para este pequeño
+trabajo.</p>
+
+<p>Maltrana, al verse en la calle, creyó que la Fortuna marchaba ante él,
+abriéndole paso con el revoloteo de sus alas de oro. No sentía el más
+leve remordimiento por este trabajo de mercenario que acababan de
+encargarle. Se reía del socialismo católico<a name="page_140" id="page_140"></a> y de las «ideas» de su
+protector: cuatro simplezas que aquel necio juzgaba suficientes para el
+esqueleto de un libro. ¡Valiente atún era el señor Jiménez!... Pero lo
+respetaba, viendo en él al hombre providencial que cambiaría el curso de
+su existencia, al suceso esperado que había de sacarle del atolladero de
+su voluntad.</p>
+
+<p>El papelito de cien pesetas plegado en un bolsillo de su chaleco
+pesábale como un lastre que daba a su persona nuevo aplomo; veía tras él
+la seguridad de otros billetes, de más dinero, todo a cambio de llenar
+unos cuantos centenares de cuartillas de retazos de libros ajenos, de
+disparates para él inadmisibles, que el grave senador firmaría sin
+titubear, poniéndolos bajo el amparo de su empingorotada personalidad.</p>
+
+<p>Podía dormir tranquilo el solemne marqués de Jiménez. Tendría el libro
+más pronto de lo que esperaba; grueso, muy grueso, con notas, con
+sumarios, hasta con apéndices, desfilando por el piso bajo de sus
+páginas, en tumultuosa corriente, los nombres de todos los autores
+conocidos y desconocidos, con algunos más que él inventaría. Difícil era
+que el personaje no se mostrase satisfecho; y una vez le tomase gusto a
+ser autor a tan poca costa, repetiría el encargo, dándole ideas para
+nuevos libros. El le sugeriría el deseo de ser académico, de conquistar
+la inmortalidad apedreándola con grandes volúmenes de interminables
+notas que nadie leería. Acababa de encontrar un filón; iba a tener una
+renta fija.</p>
+
+<p>Y el bohemio, sin remordimientos por esta piratería literaria,
+aceptándola alegremente como una liberación de la miseria, pensó en
+cambiar el billete, en gozar por adelantado de su futuro bienestar.</p>
+
+<p>Era más de mediodía. Maltrana se fue a la «taberna<a name="page_141" id="page_141"></a> de los genios», que
+únicamente visitaba en los días prósperos. ¡Flojo atracón iba a darse!
+Buscó en la lista los platos mejores, aquellos cuyos nombres leía
+melancólicamente las noches que entraba en el establecimiento sin otro
+capital que una peseta. ¡Viva la abundancia! Comió a su antojo de lo más
+caro, tomó café, y hasta hizo que le trajesen de la Tabacalera de la
+calle de Sevilla un cigarro habano de los mejores. Había que solemnizar
+el suceso.</p>
+
+<p>Saboreando la copa de coñac y envuelto en la nube azulada de oloroso
+humo, sentía la placidez de una buena digestión, aquella fe en el
+destino que surgía en él al llenar el estómago.</p>
+
+<p>Pensaba en el porvenir. Su protector tenía razón: la vida no es un
+juego; debía cambiar inmediatamente de método. El trabajo exige orden;
+suprimiría la vida nocturna: dejaría de ir a la redacción. Ya no podía
+estar en el tabuco de la calle de los Artistas, esperando que su
+padrastro y su hermano abandonasen la cama para ocuparla él. Se acabó la
+bohemia triste y errante. Tenía derecho a una casa, como todos... ¿Y por
+que no a una mujer que le acompañase en esta ascensión hacia la Fortuna,
+que creía haber comenzado ya?...</p>
+
+<p>La imagen de Feliciana, de la dulce Feli, como él la llamaba, pareció
+surgir ante sus ojos entre las nubes de humo azul.</p>
+
+<p>Aún duraba en él la impresión de sorpresa y de orgullo que le produjeron
+las palabras de la muchacha cuatro días antes. El, tan feo y miserable,
+que sólo burlas o indiferencia inspiraba a las mujeres, veíase amado, y
+para mayor asombro, era la hembra la que salía a su encuentro,
+ofreciéndose en un arrebato de audacia.</p>
+
+<p>No dejaba de reconocer que en este amor había mucho de admiración. La
+pobre muchacha de las<a name="page_142" id="page_142"></a> Carolinas le adoraba como un ser superior. Era el
+único hombre que la había revelado la existencia de una vida distinta de
+la vida salvaje, sucia y violenta que la rodeaba.</p>
+
+<p>«Para la pobre Feli&mdash;pensó Maltrana&mdash;, yo soy la poesía; un pedazo de
+cielo que desciende hasta ella; algo superior que ama y venera a un
+mismo tiempo. ¡Con tal que no pierda las ilusiones al verme de
+cerca!...»</p>
+
+<p>La Fortuna le había azotado largos años, para dárselo todo a un tiempo:
+dinero y amor. Desde que Feli hizo su confesión, él no podía dormir sin
+que se cortase su sueño con visiones, en las que aparecía la hija del
+<i>Mosco</i> acariciándolo con la sonrisa, tendiéndole los brazos. Al
+despertar, la imagen quedábase fija en su memoria, ennoblecida y
+hermoseada por el ensueño, como una ilusión más de las muchas que
+llevaba en el bagaje de sus esperanzas.</p>
+
+<p>Maltrana, al preguntarse si amaba de veras a Feli, permanecía indeciso,
+no sabiendo ciertamente qué contestar. El no conocía otro amor que el de
+las comedias y las novelas, y se confesaba noblemente que el suyo no era
+de este género. Habituado por sus aficiones filosóficas a buscar la
+causa de las cosas y a desentrañar las pasiones, abriéndolas en canal
+para sorprender su secreto, acababa por convertir en esqueletos
+descarnados los sentimientos más vivos.</p>
+
+<p>No; él no amaba a Feli con grandes arrebatos, pero sentíase atraído por
+ella dulcemente. En esta atracción había un poco de agradecimiento y
+algo de orgullo personal, de halago al amor propio. La deseaba, además,
+por egoísmo, viendo en ella una hembra apetecible que podía embellecer
+su existencia.</p>
+
+<p>Maltrana, con gran detrimento de su dignidad de filósofo, soñaba
+despierto muchas veces al pensar<a name="page_143" id="page_143"></a> en su porvenir. Cuando su imaginación
+tomaba vuelos de águila, se veía aclamado por las naciones, reconocido
+por todas como el genio más grande del siglo, presidiendo, en nombre de
+la ciencia, los Estados Unidos de Europa, que vivían felices gracias a
+Maltrana, al gran Maltrana I, moderno Napoleón de las grandes conquistas
+del progreso.</p>
+
+<p>Otras veces, sus ensueños aleteaban más bajos. Nada de dominaciones, ni
+de Estados Unidos de Europa y otros líos: contentábase con ser un hombre
+que tuviese asegurada la satisfacción, sus necesidades, y pasase la vida
+plácidamente entre la abundancia y el estudio. Y el joven, al escribir
+sus traducciones, soñaba con tener algún día habitación propia, muchos
+libros y algunos objetos de arte. Entonces, cuando se sintiera fatigado
+por el trabajo, unos brazos femeniles, blancos, desnudos, surgirían por
+detrás, estrechándole, y una boca acariciadora le rozaría las orejas
+murmurando palabras de cariño.</p>
+
+<p>Esto no era imposible; podía conseguirlo. Llegaba el momento de realizar
+sus ensueños. La buena hada de las leyendas marchaba ante él con la
+varilla, de oro, haciendo brotar rosales en los bordes de su camino.</p>
+
+<p>Salió de la taberna con el enorme cigarro en los labios, echando humo
+ante él, como si las ilusiones se le escaparan por la boca,
+precediéndole en la marcha.</p>
+
+<p>El sol tibio de la tarde y el azul transparente del cielo parecían
+colarse en su alma. Aún vagaban por las calles algunos mascarones,
+últimos recuerdos de la pasada fiesta. Maltrana les sonreía,
+encontrándolos interesantes; también por su imaginación se paseaban como
+máscaras las más abigarradas ilusiones.</p>
+
+<p>Con la alegría del bienestar, emprendió a pie<a name="page_144" id="page_144"></a> su marcha hacia los
+Cuatro Caminos. Pensaba detenerse en la calle de Bravo Murillo, frente a
+la fábrica de gorras donde trabajaba Feli; aguardar la salida de ésta
+para hablarla de la fortuna que inesperadamente embellecía su vida.</p>
+
+<p>Paseando por un andén de la ancha calle, más allá de los Depósitos
+viejos, vio Isidro venir a un antiguo conocido.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya usted con Dios, don Vicente.</p>
+
+<p>Era un hombre vestido con ropas cuidadosamente cepilladas, pero que por
+su holgura revelaban no haber sido confeccionadas para su cuerpo. El
+sombrero, más grande que la cabeza, llevaba hinchado el sudador por
+ocultas cintas de papel. Tenía la cara rojiza, con profundos surcos en
+cuyo fondo la piel aparecía blanca y brillante. Los ojos parpadeaban,
+inflamados, sin pestañas, con las córneas manchadas de sangre. Las
+orejas sobresalían, casi despegadas del cráneo, como si fuesen a
+aletear. Las púas blancas y amarillentas del bigote y la barba delataban
+la torpeza de unas tijeras manejadas ciegamente.</p>
+
+<p>Parecía fuerte, con una salud campesina capaz de afrontar las mayores
+rudezas, pero las privaciones habían amojamado su cuerpo y daban a su
+paso cierta irregularidad, como si las piernas sólo pudiesen avanzar a
+costa de nerviosos temblores. Gesticulaba y hablaba solo, sin hacer caso
+de la extrañeza de las gentes. De vez en cuando se detenía, y apoyando
+un codo en una mano, se llevaba la otra a la frente, partida por una
+arruga vertical.</p>
+
+<p>Al oír que el joven le saludaba, dudó algunos instantes, como si sus
+ojos inflamados no pudiesen reconocerle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ah! ¿Es usted, señor de Maltrana?&mdash;dijo con voz dulce&mdash;. Que la
+Virgen le guarde. ¿Trabaja usted mucho?..<a name="page_145" id="page_145"></a></p>
+
+<p>Maltrana le había conocido por sus hábitos de noctámbulo. Como él se
+acostaba bien entrado el día y aquel hombre levantábase mucho antes de
+amanecer, se habían encontrado varias veces en las calles de Madrid,
+cerca de los mercados, cuando apenas apuntaba la mañana.</p>
+
+<p>Isidro sentía por él irónica admiración. Había llegado tarde al mundo,
+así como él, en su petulancia juvenil, creía haber nacido demasiado
+pronto para que le comprendiesen. Dos siglos antes, la muchedumbre
+habría venerado al señor Vicente; los reyes le habrían visitado en su
+tugurio; las gentes piadosas, en la hora de su muerte, habrían caído
+sobre su cadáver, arrancándole los pelos y pedazos de su hábito como
+santas reliquias, y tal vez a aquellas horas figuraría en los altares,
+trocadas las sucias vestimentas en mantos de oro.</p>
+
+<p>Iba siempre con los bolsillos repletos de hojitas impresas que contenían
+oraciones, de pequeñas estampas y de periódicos de religiosa procacidad
+que le entregaban las asociaciones católicas para que los repartiese.
+Maltrana le había tropezado un amanecer cerca de la plaza de la Cebada
+peleándose de palabra con un carretero porque arreaba sus bestias con
+acompañamiento de tremendas blasfemias. El señor Vicente se arrodillaba
+con los brazos en cruz ante el pecador, pidiéndole que le pegase con el
+látigo, que saciase en él su furia, a cambio de dejar en paz el santo
+nombre de Dios, pues antes quería morir que verlo insultado. El joven
+había sentido interés por este loco que vagaba por Madrid entre la
+extrañeza y la rechifla, como si fuese un resucitado. De nacer en otros
+tiempos, habría fundado una orden, una nueva regla religiosa, dejando su
+huella en la Historia.</p>
+
+<p>Después le vio muchas mañanas deteniendo a las criadas en las
+inmediaciones de los mercados<a name="page_146" id="page_146"></a> para darlas estampas y oraciones,
+hablándolas de la Virgen, con los ojos rojizos puestos en lo alto, sin
+fijarse en las risas de las muchachas, que sentían cierta lástima por la
+guilladura de este buen señor, que al mismo tiempo era persona fina.</p>
+
+<p>Otras veces lo encontraba sentado en el puesto de un remendón, rozando
+con la cabeza las viejas caricaturas anticlericales de <i>El Motín</i>
+pegadas a la pared, mientras hablaba al zapatero de Dios y de los
+santos, sin intimidarse por los canturreos burlones y el golpear del
+martillo sobre la suela.</p>
+
+<p>Metíase en las tabernas, sin miedo a las burlas de los alegres
+compadres, que le invitaban a tomar una copa. Gracias; el no bebía. El
+vino le dañaba los ojos. Pero a cambio de que le oyesen, acababa por
+tomar un sorbo, a guisa de mortificación, haciendo los mismos
+aspavientos que si fuese veneno, y les hablaba de sus devociones
+simples, de su piedad de hombre sencillo. Maltrana también le había
+visto irritado, con la cólera del loco pacífico que pierde su
+tranquilidad. Le saludaban con blasfemias cuidadosamente rebuscadas para
+provocar su furor. Al principio las acogía cerrando los ojos, bajando la
+cabeza, como un mártir en las primeras angustias del tormento; pero su
+paciencia se agotaba al ver que el pecador insulto iba abarcando toda la
+corte celestial. Resurgía el campesino, el hombre forzudo habituado a la
+violencia: sus puños se cerraban amenazantes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Virgen María! ¡Santísimo Señor!&mdash;rugía con una entonación semejante a
+la que usaban los malvados blasfemos cuando ofendían a Dios.</p>
+
+<p>Pero bastaba que los burlones, compadecidos de esta cólera que nublaba
+la luz de sus ojos, cesaran en tales bromas, para que el exaltado se
+dulcificase, volviendo a llamar hermanos a todos los que le rodeaban.<a name="page_147" id="page_147"></a></p>
+
+<p>Maltrana le veía también en las inmediaciones de los Cuatro Caminos,
+entablando conversación con los guardas de Consumos, entrándose en los
+merenderos para hablar de Dios a los que formaban círculo en torno del
+plato de gallinejas y el frasco de vino o a las parejas que, enlazadas
+por la cintura, descansaban en un banco, sudorosas y jadeantes por las
+vueltas que acababan de dar al compás del piano.</p>
+
+<p>&mdash;Mis negocios van bien, señor Vicente&mdash;dijo Maltrana contestando a su
+pregunta&mdash;. ¿Y usted adónde va? ¿A la propaganda?</p>
+
+<p>El santo varón sonrió, guiñando con inocente malicia sus ojos pitañosos.</p>
+
+<p>&mdash;No hay que descansar, señor de Maltrana. Estos días han sido de prueba
+para la bondad del Señor. ¡Lo que habrán ofendido su santo nombre en las
+fiestas de máscaras! ¡Los pecados con que habrán puesto a prueba su
+bondad infinita!... Ahora es el buen momento: el del cansancio y el
+desengaño.</p>
+
+<p>Y miraba hacia los Cuatro Caminos, como si en las barriadas miserables
+de los trabajadores se cobijasen gentes crapulosas que hubieran pasado
+aquellas fiestas en plena bacanal. Isidro le indicó que debía volver al
+centro de Madrid, si deseaba convertir grandes pecadores: en las afueras
+sólo encontraría infelices que, no teniendo el pan necesario, mal podían
+pensar en locuras.</p>
+
+<p>&mdash;En todas partes existen pecadores necesitados de consejo&mdash;dijo el
+señor Vicente&mdash;. Cada uno escoge su campo según sus fuerzas. Los
+teólogos, los sacerdotes sabios, los pájaros gordos de la Iglesia, ya se
+encargan de la gente alta; yo soy un pobre pardillo de Dios que canto
+como puedo, y voy a los humildes, a los únicos que pueden entenderme.
+Aun así, ¡si viese usted lo que me cuesta conquistar ciertas almas!
+Catorce años empleé en traer al buen<a name="page_148" id="page_148"></a> camino a un zapatero, que es la
+mejor de mis conversiones. ¡El tiempo y la saliva que me ha hecho
+perder! Pero digo mal: perder, no... ganar, pues al fin lo he traído al
+redil del Señor. Era uno de los tremendos; un hombre con pelos en el
+alma, que se ensuciaba en las cosas del cielo. En Granada fue cantonal
+cuando la revolución, y echó de su altar a la Santísima Virgen&mdash;aquí el
+señor Vicente se quitó el sombrero e hizo una reverencia&mdash;. Pues bien;
+le tengo hecho un corderito, y hace un mes se inscribió en la Hermandad
+del Sacramento de su parroquia. Es mi mejor conquista.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y esos ojos cómo van?&mdash;preguntó Isidro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cómo quiere usted que vayan! Mal, muy mal. Me sofoco demasiado. Me
+dan muchos disgustos los pecadores.</p>
+
+<p>Maltrana le aconsejó la calma.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cree usted que puedo permanecer tranquilo?&mdash;gritó el señor Vicente
+exaltándose&mdash;. Mi sangre se requema cuando oigo que en mi presencia
+cualquier bárbaro insulta a Dios con sucios juramentos. Es lo mismo que
+si me diesen un balazo en medio del pecho. Prefiero que me maten, sí
+señor, que me maten, antes que oír tales blasfemias.</p>
+
+<p>Y al decir esto se golpeaba el pecho o abría los brazos como si
+ofreciese su vida al joven, suplicándole que le matase. Algunos
+transeúntes acortaban el paso y miraban al viejo, que movía los brazos y
+las piernas cual si retase a invisibles enemigos.</p>
+
+<p>&mdash;Calma, señor Vicente&mdash;dijo Maltrana&mdash;. Cuídese; guarde la vida para
+servir a su Dios.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si todos fuesen como usted, señor de Maltrana!&mdash;exclamó el devoto con
+cierto respeto&mdash;. Usted es de los verdes, no crea que no le conozco;
+usted vive olvidado de Dios y su santa madre; pero tiene educación y no
+se burla de las cosas santas ni dice blasfemias. Usted es bueno, y
+llegará el día en que<a name="page_149" id="page_149"></a> Dios le tocará el corazón. Por eso no le digo
+nada. ¡Qué he de decirle yo, pobre gorrión del Señor, a usted que lee y
+sabe tanto!... No puedo hacer otra cosa que rezar por la salud de su
+alma, y crea que más de una parte de rosario le llevo dedicada. Se
+olvida usted del Señor porque sus negocios andan mal; pero algún día
+sentirá los efectos de su misericordia, y se arrepentirá y se acordará
+de lo que le dice el hermano Vicente.</p>
+
+<p>Maltrana, para amenizar su espera, quería retener a este personaje
+original, que mostraba deseos de seguir adelante, hacia los Cuatro
+Caminos.</p>
+
+<p>&mdash;Usted fue soldado, ¿verdad?&mdash;dijo para prolongar la conversación.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor; fui militar. Otros que son santos lo fueron.</p>
+
+<p>Y al recordar sus tiempos de soldado, latía en sus palabras cierto
+orgullo; la misma satisfacción soberbia que muestra la Iglesia al decir
+que muchos de sus santos fueron antes hombres de espada.</p>
+
+<p>&mdash;¿No se lo dije en otra ocasión, amigo don Isidro? fui militar y estuve
+en aquel zafarrancho de Alcolea, pero al lado de los malos. Ya sabe
+usted lo que es la disciplina. Yo era cabo en Cádiz; dieron el grito y
+tuve que echar detrás de los mandones, disparando tiros en contra de la
+religión, de la reina y todo lo antiguo y lo bueno. Es el pecado mayor
+de mi vida; pero Dios me lo perdonará, porque fui forzado y no tuve
+intención de ofenderle... Después salí del servicio y me dediqué a las
+cosas santas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y por qué no se hizo usted fraile?</p>
+
+<p>&mdash;No me faltaron ganas, señor de Maltrana. Un marqués, antiguo coronel
+mío y persona muy devota, puso empeño en que me admitiesen en un
+convento; pero no quisieron tomarme. No tengo suficientes méritos para
+vestir el hábito.<a name="page_150" id="page_150"></a></p>
+
+<p>Lo decía bajando la cabeza, encogiéndose para mostrar mejor su humildad.
+El joven pensaba que los frailes habían tenido miedo a las exaltaciones
+del señor Vicente, comprendiendo que su santa locura un tanto andariega
+no podía permanecer en un convento.</p>
+
+<p>&mdash;Pero vivo lo mismo&mdash;continuó&mdash;que si perteneciese a una orden. Tengo
+mi regla. Un señor sacerdote me escribió en un papel lo que debo hacer a
+todas horas, y sigo sus indicaciones, bajo pena de desagradar al Señor.
+La regla me recomienda paseo, mucho paseo, unas cuantas horas de
+ejercicio sin pensar en las cosas santas. Otro señor sacerdote reformó
+el primer papel, ordenándome aún más horas de paseo; toda la tarde en el
+campo. Dicen que de no hacerlo así puede turbárseme la cabeza y el
+demonio me dará martirio con sus perversas tentaciones. Yo obedezco:
+todas las tardes salgo al campo; cada día a un sitio de las afueras. He
+dado la vuelta a Madrid como unas veinte veces. No hay en los
+alrededores niño ni mujer que no conozca al hermano Vicente. ¡Las
+estampas que llevo repartidas!... Me paseo por obediencia; hablo con los
+pájaros, con los perros, con todas las buenas bestias de Dios que me
+acompañan en el camino; pero ¿dejar de pensar en las cosas santas? no
+puedo... ¡no puedo!... y peco por desobediencia.</p>
+
+<p>El señor Vicente irritábase contra esta imposibilidad de olvidar por
+unos instantes los asuntos del alma y las grandezas del cielo.</p>
+
+<p>&mdash;Dicen que pienso demasiado, señor de Maltrana, y tal vez tengan razón.
+Hay noches en que la cabeza parece que me hierve, y no puedo dormir. El
+Malo me martiriza con imágenes infames. Dicen además los señores
+sacerdotes y los caballeros de las Conferencias que me alimento poco,
+que debía atender más al cuerpo... Eso no; santos<a name="page_151" id="page_151"></a> famosos hubo que
+comían menos que un pájaro, y yo, señor, hay días en que no ayuno y
+gasto un real o más en mi manutención. Las buenas señoras que me
+protegen me dan dinero y muchos trajes, me recomiendan que me cuide, y
+yo digo que sí a todo, pero regalo lo mejor de sus limosnas a los pobres
+que viven en el pecado, para ver si de este modo los ablando y se
+arrepienten. Como seglar, procuro presentarme limpio y decentito: creo
+que voy bastante bien.</p>
+
+<p>Al decir esto se miraba de los pies al pecho. Maltrana se fijó en su
+camisa de tela burda, que asomaba el cuello por encima de varias vueltas
+de una corbata obscura. El punto negro y bullidor de un parásito movíase
+entre el borde del lienzo y la piel rojiza de su cuello.</p>
+
+<p>&mdash;No necesito más allá de un real para vivir&mdash;continuó el devoto con
+cierto orgullo&mdash;. Nunca he comprado un periódico, ni sé lo que es tener
+una caja de cerillas. Me acuesto a obscuras; y en cuanto a papelotes,
+ninguno me importa nada, ya que maldito lo que me interesa la política.
+A estas horas no sé quién manda en España. Lo mismo da que sean unos que
+otros. Todos son lo mismo: gobernantes, manipulantes y danzantes; y eso
+de la política, zarandajas, marañas, patrañas y tonterías.</p>
+
+<p>El devoto exaltábase al hablar. Soltaba sus palabras atropelladamente;
+inclinaba la cabeza, como si el chorro de su verbosidad tirase de ella.</p>
+
+<p>&mdash;El liberalismo, señor de Maltrana, y todo eso del progreso y las
+revoluciones está condensado en pocas palabras; lo que yo digo: «matar,
+robar y no hacer daño a nadie...» Matan el alma, se la roban a Dios, y
+después dicen que no hacen ningún daño... ¡La libertad! La gente se va
+detrás de sus patrañas, porque éstas halagan a la bestia que todos
+llevamos dentro y que desea campar a su gusto. Pero el<a name="page_152" id="page_152"></a> hombre es malo y
+necesita, unas buenas disciplinas. Que dejen al hombre en completa
+libertad, y veremos barbaridades.</p>
+
+<p>Maltrana, entretenido por esta charla, fingía aprobarlo todo con
+movimientos de cabeza.</p>
+
+<p>&mdash;Usted habrá leído mucho, don Vicente.</p>
+
+<p>&mdash;Nada, señor de Maltrana: soy lego. No tengo capacidad para comprender
+las obras de Teología. Además, estos ojos no están para lecturas... Pero
+tengo muchos libros, muchísimos: no caben en tres carros. Me gasto en
+ellos todo mi dinero; me conocen los libreros de lance de todo Madrid, y
+apenas cae en sus puestos una obra antigua de teología moral, de cánones
+y de vidas de santos, bien encuadernada en pergamino, la apartan,
+diciendo: «Para el hermano Vicente.» ¡Lo que me cuestan los libros! Yo
+podría vivir en una buhardilla o ser huésped de una familia cristiana;
+pero tengo los libros, que son mi familia, y pago un cuarto de ocho
+duros para que estén bien alojados. No tengo sillas, no tengo cama, no
+enciendo luz, duermo en el suelo sobre un jergón; pero las obras están
+en sus estantes, hermosas y limpias como puedan estar las de un
+seminario o un obispado. Es mi vicio, es mi debilidad, mi placer
+pecaminoso. Me parece que forman un jardín, el jardín de la sabiduría
+eterna. Cada libro es una flor, con su riquísimo perfume de pergamino y
+de polvo. Yo no he leído mas que un poco a Santa Teresa y otro poco a
+San Juan de la Cruz. Pero si algún día me honra usted con su visita,
+verá un ejemplar de la <i>Summa</i> en muchos tomos, ¡en muchos!, y usted,
+que está más acostumbrado a los estudios, pasará un rato celestial. Yo
+no puedo; se me embrolla el pensamiento, me da vueltas la cabeza apenas
+leo cosas profundas. Soy un pobre animalito de Dios, con menos talento
+que la hermana hormiga que pasa junto a mis pies.<a name="page_153" id="page_153"></a></p>
+
+<p>El devoto mirose los zapatos y añadió:</p>
+
+<p>&mdash;Me aguardan en Bellasvistas, señor de Maltrana. Llevo tres reales en
+el bolsillo y unas hojitas para cierta viuda. La pobrecilla está muy
+mal; tiene un batallón de chiquillos. Ya sabe usted, don Isidro, dónde
+vivo. A ver si me honra un día con su presencia y visita mi jardín. No
+tiene mas que preguntar por el señor Vicente, don Vicente o el hermano
+Vicente, como quiera, pues de todos estos modos me llaman... Deseo que
+sus negocios marchen bien. Sólo tengo que hacerle una recomendación,
+porque le quiero. Tenga mucha fe en Nuestro Señor Jesucristo, en su
+Santa Madre María y en nuestro poderoso patrón San José, y con estas
+ayudas crea que todo le saldrá bien, y si no es en la tierra, será en el
+cielo... Buenas tardes, señor de Maltrana.</p>
+
+<p>Dijo esto apresuradamente, como una jaculatoria aprendida, llevándose la
+mano al sombrero y descubriendo un instante su cráneo rapado,
+puntiagudo, estrecho, con las orejas salientes. Después se alejó
+manoteando, como si no pudiera aplacarse fácilmente la exaltación que se
+despertaba en él al mencionar sus celestiales protectores.</p>
+
+<p>Maltrana siguió con la vista un buen rato al interesante personaje,
+motivo de regocijo para las criadas de las plazuelas y para los
+desocupados que se reúnen en tabernas y portales.</p>
+
+<p>«¡Y pensar&mdash;se decía Isidro&mdash;que si nace dos siglos antes hubiésemos
+tenido un San Vicente más!...»</p>
+
+<p>El joven olvidó pronto a su original amigo. Comenzaban a salir mujeres
+de la fábrica de gorras. Maltrana vio a Feli detenerse en el portal y
+mirarle con el rabillo del ojo, como si estuviera enterada de su
+presencia por haberle visto desde las ventanas de la fábrica.<a name="page_154" id="page_154"></a></p>
+
+<p>La muchacha emprendió su marcha hacia arriba, cuidando de no confundirse
+con las otras del oficio y de no aguardar a la compañera con la que
+llegaba todas las mañanas al taller.</p>
+
+<p>Maltrana salió a su encuentro. Bastó un saludo algo tímido para que Feli
+sonriera, olvidando todos los propósitos de seriedad que se había
+forjado al verle. Sus mejillas se enrojecieron con el recuerdo de lo
+ocurrido en la tarde cíe Carnaval.</p>
+
+<p>Isidro comenzó a hablarla con emoción. Desde que la muchacha le había
+confesado su afecto, no podía contemplarla con la misma frialdad que
+cuando sólo era la hija de su amigote el <i>Mosco</i> y comía él las famosas
+cachuelas sin fijarse en sus miradas.</p>
+
+<p>El recuerdo de su buena suerte, del libro encargado por el marqués de
+Jiménez, que le parecía el primer anuncio de la riqueza, le devolvió su
+aplomo de hombre superior.</p>
+
+<p>&mdash;Feli, te esperaba porque necesito hablarte, porque deseo que charlemos
+sin prisa. Tengo que decirte cosas importantes.</p>
+
+<p>Los dos atravesaron la calle, saliéronse de ella, y sin darse cuenta de
+lo que hacían, se internaron en los campos, siguiendo la linde del
+tercer depósito, hacia el cementerio de San Martín, que alzaba en el
+fondo su masa de cipreses.</p>
+
+<p>La muchacha intentó detenerse. ¿Adónde iban por allí? Pero Isidro la
+empujó con dulzura.</p>
+
+<p>&mdash;Echa para adelante; vienes conmigo, que te respeto y soy un caballero.
+No vamos a pasearnos por una calle donde tantos nos conocen: nos sería
+imposible hablar.</p>
+
+<p>Siguieron un camino entre los sembrados, ennegrecido por la carbonilla
+de una fábrica cercana.</p>
+
+<p>&mdash;Feli&mdash;continuó el joven&mdash;, era preciso que hablásemos. Después de la
+otra tarde en el Caño Dorado,<a name="page_155" id="page_155"></a> de las cosas que me dijiste... yo
+necesitaba hablar. Tus amigas no me dejaron. Además, tú llorabas como si
+fueses a morir.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero si yo no dije nada!&mdash;exclamó la muchacha con las mejillas
+arreboladas&mdash;. Y si dije algo, no lo recuerdo. No sabía lo que hablaba;
+estaba borracha.</p>
+
+<p>Isidro se aproximó más, pegando todo un lado de su cuerpo al de Feli,
+percibiendo la firmeza elástica de su carne, su tibia suavidad, al
+través del mantoncillo y la falda sutil.</p>
+
+<p>&mdash;Oye, Feli, no nos pongamos tontos. ¿A qué ir con disimulos y
+coqueterías, como si nos viésemos ahora por primera vez?... Yo te
+quiero; tú me quieres; los dos nos queremos. ¡Me parece que más
+sencillo!... No hay otra diferencia entre nosotros, que tú, como mujer,
+eres más lista en asuntos de amor y te has enterado antes de la verdad.
+Yo soy un pazguato y he necesitado que vinieras tú a decírmelo, como si
+fuese una señorita boba. En resumen: Feli, ¡rica! yo te quiero... ¿Y tú?</p>
+
+<p>La muchacha no contestó con palabras. Bajó los ojos, y su cabeza fue
+inclinándose dulcemente en señal de asentimiento.</p>
+
+<p>Maltrana metió un brazo por debajo del mantoncillo, enlazándolo con el
+de la joven. Así, muy agarrados, muy juntos. Este mudo apretón, este
+contacto invisible, valía más que todas las palabras.</p>
+
+<p>Caminaban lentamente, sin mirarse, como si toda su atención y el calor
+de su vida estuviesen concentrados en los brazos, que se apretaban con
+estremecedor contacto, confundiendo los latidos de sus venas.</p>
+
+<p>Maltrana creía caminar en medio de una bruma que le ocultaba los
+objetos, que hacía elástico el suelo, dando a sus pisadas una ligereza
+sobrenatural.<a name="page_156" id="page_156"></a></p>
+
+<p>Un perfumo extraño, de embriagadora suavidad, acariciaba su olfato.
+Parecíale imposible que una muchacha criada en las Carolinas, entre los
+desperdicios de la villa, oliese tan bien. Surgía de su cabellera negra
+peinada a la diabla, con gracioso descuido; de su cuerpo esbelto, del
+revoloteo de sus faldas. Era una esencia sobrenatural que seguramente no
+podía comprarse en perfumería alguna, que tal vez era un engaño de la
+imaginación, pero se le subía a la cabeza como el más fuerte de los
+vinos. Ninguna mujer, al pasar junto a Maltrana, olía así. El joven iba
+ya enterándose de lo que eran el amor y sus dulces engaños.</p>
+
+<p>Vieron venir hacia ellos un viejo de cara hosca con un cayado al brazo,
+un guarda de Consumos que paseaba. Los dos, instintivamente, se
+separaron desenlazando los brazos.</p>
+
+<p>Esta sorpresa les sacó de su dulce somnolencia. Maltrana, en quien las
+impresiones eran menos duraderas, volvió, como él decía, a la realidad.</p>
+
+<p>Aquella noticia importantísima que deseaba comunicar a Feli era,
+sencillamente, el nuevo trabajo que iba a acometer, el dinero que
+llegaba inesperadamente, enloqueciéndole de alegría, cual si le
+asegurase el bienestar por todo el resto de la existencia.</p>
+
+<p>&mdash;Tú me traes la buena suerte, Feli. Voy a ser rico; es decir, vamos a
+serlo los dos.</p>
+
+<p>Y como la muchacha quisiera saber en qué consistía tanta riqueza, Isidro
+tuvo que explicarse con cierta vacilación.</p>
+
+<p>&mdash;Ricos en seguida, lo que se llama ricos, no lo seremos. No van a darme
+mas que tres mil realazos. Pero algo es algo, y tras ellos otros
+vendrán. Lo que importa es encontrar el camino, y en él estoy ya...
+¿Sabes por qué era ciego, Feli, por qué no me fijaba en tu
+regraciosísima personilla? Porque hasta hoy he sido un mendigo, sin
+casa, sin<a name="page_157" id="page_157"></a> una peseta, durmiendo poco menos que de limosna. ¿Cómo iba a
+pensar en una mujer, a proponerla que partiese la miseria conmigo?...</p>
+
+<p>Maltrana quiso hablar de la indigencia en que, había estado hasta
+entonces, pero la muchacha lo atajó. Que era pobre, ¿y qué? Ya lo sabía
+ella. Muchas veces se había fijado en la voracidad con que comía en casa
+de su padre, reveladora de dolorosas escaseces. Pero era bueno, era
+sabio, y para ella el hombre más guapo del mundo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Guasona!&mdash;exclamó Isidro, volviendo a meter el brazo por debajo del
+mantón&mdash;. ¿Es que quieres burlarte de mí?</p>
+
+<p>&mdash;Lo digo como lo siento&mdash;continuó la muchacha con sencillez&mdash;; el más
+guapo de Madrid. Pero no se enorgullezca usted por esto, señorito.</p>
+
+<p>Ella se había enamorado sin saber cómo. Su padre la hablaba con
+admiración de los grandes hombres desconocidos a los que había tratado
+en sus tiempos de impresor. Al presentarse Maltrana, ella pensó que era
+uno de aquellos seres que, vistos desde la casucha del dañador,
+aparecían como semidioses.</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i> hablaba de su nieto a todo el barrio, augurando que algún
+día le verían entre los mandones; el <i>Mosco</i> reconocía en Isidro un
+talento que se aproximaba al de sus grandes ídolos; el señor Manolo el
+<i>Federal</i> lamentábase, a sus espaldas, de que un muchacho de tanto
+mérito no se inscribiese en el censo del partido. Y Feli, incitada por
+estos elogios, mirábale con creciente admiración, escuchando horas
+enteras de sus labios cosas que no entendía, pero que sonaban en su oído
+como música celeste.</p>
+
+<p>De vez en cuando, en la muralla de palabras incomprensibles se abría un
+desgarrón, una gran ventana, por la que contemplaba la muchacha un<a name="page_158" id="page_158"></a>
+cielo nuevo, otro sol, un mundo sobrenatural que sólo habitaban los
+seres como Isidro. Cuando éste recitaba versos al final de sus meriendas
+con el <i>Mosco</i>, cuando hablaba de aquellos grandes escritores que vivían
+en el extranjero con honores de príncipe, a la pobre Feli le temblaba el
+corazón, sentía que sus piernas se doblaban, le faltaba poco para
+llorar, como si estuviese en presencia de una religión nueva.</p>
+
+<p>Comenzó a pasar las noches en continuo ensueño, viéndole a él, siempre a
+él, hermoso como un ángel, asombrando a los hombres con su grandeza;
+siendo lo más extraño que al día siguiente, contemplándolo en su
+realidad, lo encontraba no como era, sino embellecido con los mismos
+atractivos de la nocturna visión.</p>
+
+<p>&mdash;¡También tú!&mdash;exclamó Maltrana&mdash;. ¡También tú sueñas!...</p>
+
+<p>Feli habló luego con tristeza de las dudas que le habían atormentado.
+Isidro estaba demasiado alto para que descendiese hasta ella, pobre
+muchacha hija de un dañador que vivía entre la gente miserable de la
+busca. Cada vez que llegaba con palidez de hambriento, buscando los
+almuerzos y las meriendas del <i>Mosco</i>, experimentaba ella una alegría.
+Aplicábase al cocineo, poniendo todos sus sentidos en el guiso de los
+gazapos. Bendecía estas privaciones de la existencia bohemia, como algo
+providencial que aproximaba al hombre amado, dándola nuevas esperanzas.
+Pero luego transcurrían largas temporadas sin que le viese. Estaba en
+Madrid... ¡en Madrid! Y la muchacha repetía la palabra con cierta
+cólera, como si evocase un mundo desconocido lleno de tentaciones.
+Isidro debía tener allá mujeres muy hermosas; seguramente que era amigo
+de las actrices, como todos los que escriben en los papeles. ¡Las noches
+que había pasado gimiendo<a name="page_159" id="page_159"></a> de desesperación, creyendo perdidas sus
+ilusiones!...</p>
+
+<p>La inocente Feli decía esto trémula aún de miedo, como si no tuviese la
+seguridad de poseer a Isidro, como si temiera que se lo arrebatasen
+aquellas tentaciones que abultaba con fantástico relieve. Maltrana rió
+de la simpleza de la muchacha. ¡Alma cándida y trémula!... ¡Si conociese
+la realidad de su vida!... ¡Suponerle de jolgorio entre actrices y
+grandes cocotas, a las mismas horas en que, desfallecido de hambre,
+pensaba en la cazuela bienhechora de la redacción! ¡Creerle favorecido
+por las mujeres, perseguido por ellas, cuando hasta los hombres se
+burlaban de la ruindad física del pobre <i>Homero</i> y le herían con sus
+bromas!...</p>
+
+<p>Las palabras de la joven resultaban, sin saberlo ella, de una ironía
+cruel. Maltrana siguió riendo de la inocencia de Feli cuando ésta le
+dijo con un gestecillo hosco:</p>
+
+<p>&mdash;Se acabaron las calaveradas, ¿eh? Sólo me querrás a mi: no harás caso
+de las señoronas. Porque advierto a usted, señorito, que yo soy muy
+celosa, y si me haces alguna de las tuyas, grandísimo pillo, me la
+pagarás... ¡vaya si me la pagarás!</p>
+
+<p>Habían entrado en el camino viejo que conduce de Madrid a la Patriarcal
+de San Martín. Por este camino bajaban, al caer la tarde, las mendigas
+de las afueras para recoger la sopa en el Asilo de San Bernardino.</p>
+
+<p>Los dos jóvenes llegaron al parterre que se extiende ante la Patriarcal.
+Sus pasos, haciendo crujir la arena, sonaban agigantados por el
+silencio. De vez en cuando oíase el chillido de un pájaro y el follaje
+se estremecía con invisibles aleteos.</p>
+
+<p>Feli, que siempre había visto de lejos este cementerio, sintió gran
+inquietud al encontrarse cerca de él. Por entre el ramaje y el hierro de
+las verjas<a name="page_160" id="page_160"></a> veíase la blancura del mármol de los panteones. El brazo de
+la muchacha se estremeció de inquietud, apretando el de su novio.</p>
+
+<p>&mdash;¡Tonta!&mdash;exclamó Maltrana&mdash;. ¡Si esto es un jardín! La última que
+enterraron fue mi protectora, y antes de que trajesen su cadáver habían
+pasado muchos años sin entierros... Esto es muy bonito: hace pensar en
+el amor más que en la muerte.</p>
+
+<p>Contemplaba la joven desde el parterre todo el frente del cementerio:
+dos pabellones color de rosa unidos por una doble columnata del mismo
+tinte alegre. En un pabellón estaba la capilla, cerrada muchos años, con
+una espadaña de hierro en el tejado, de la cual pendían dos campanas
+cubiertas de herrumbre. El pabellón opuesto servía de habitación al
+conserje, y en una ventana de medio punto alineábanse macetas de flores
+bajo una cortina de tonos alegres que la brisa hacía ondear.</p>
+
+<p>Una verja cerraba la columnata, y por entre sus hierros veíase todo el
+cementerio como un frondoso jardín. Los cipreses, esbeltos y elegantes,
+alineábanse a lo largo de las avenidas. En el espacio comprendido entre
+sus troncos agrupábanse altos rosales de hermosa vejez. Las plantas
+trepadoras enroscaban sus verdes ondulaciones en las columnas de los
+claustros, llegando hasta los arcos de herradura. Los mausoleos, las
+imágenes yacentes, los ángeles de mármol, en medio de las platabandas de
+tupida vegetación, parecían estatuas de jardín.</p>
+
+<p>Maltrana, siempre que veía de lejos este cementerio, destacando en el
+cielo las techumbres redondas de sus pabellones, las columnatas y la
+helénica vegetación de sus esbeltos cipreses, pensaba en una acrópolis
+clásica de aquellas que eran fortaleza, santuario y paseo a un tiempo.</p>
+
+<p>La dulce calma, cortada por el rumor del follaje<a name="page_161" id="page_161"></a> y el piar lento de los
+pájaros, disipó la inquietud de Feli.</p>
+
+<p>&mdash;Entremos&mdash;dijo su novio&mdash;. Esto es un cementerio de novela; un jardín
+como no hay otro en Madrid.</p>
+
+<p>La enamorada pareja sentíase atraída por el poético silencio de este
+rincón olvidado.</p>
+
+<p>En la columnata vieron a una vieja haciendo calceta, y junto a ella un
+hombrón, que fijó en los jóvenes su mirada escrutadora.</p>
+
+<p>&mdash;¿Vienen ustedes por algún pariente?&mdash;dijo.</p>
+
+<p>Maltrana contestó con la firmeza del que dice verdad:</p>
+
+<p>&mdash;Tengo aquí lo mejor de mi familia.</p>
+
+<p>El guardián no parecía satisfecho.</p>
+
+<p>-¿No vienen ustedes a pintar?&mdash;preguntó de nuevo&mdash;. Porque para pintar
+se necesita permiso.</p>
+
+<p>Isidro sonrió, echando atrás las aletas de su macferlán. ¡Pintar! ¡ Vaya
+una pregunta! ¿En dónde iba a ocultar los colores y la paleta?...</p>
+
+<p>Los dos jóvenes, tras un gruñido de asentimiento del portero, entraron
+en la Patriarcal, comentando las extrañas preguntas de éste con risas
+que parecían alegrar el fúnebre silencio.</p>
+
+<p>Maltrana quiso que Feli viese la sepultura de su protectora, y los dos
+salieron de la avenida central para descender por una escalerilla en
+forma de túnel a un patio inmediato.</p>
+
+<p>En este rectángulo, mucho más bajo que el centro del cementerio, no
+vieron árboles ni platabandas. El suelo estaba totalmente ocupado por la
+muerte; las tumbas se apretaban entre las galerías del claustro.</p>
+
+<p>Embellecía el abandono este rincón con desolada poesía. Las grandes
+losas sepulcrales estaban curvadas por el tiempo y la lluvia, con las
+inscripciones borrosas; las plantas parásitas, creciendo<a name="page_162" id="page_162"></a> entre las
+piezas de mármol, las hacían saltar, desuniéndolas con el impulso vital
+de sus raíces. Las coronas, pendientes de cruces de hierro mohoso,
+habían perdido sus flores, sus doradas siemprevivas; eran aros de paja
+negra y putrefacta, guardando en sus briznas un hervidero de insectos.</p>
+
+<p>Los pasos de los dos jóvenes hacían resonar las oquedades repletas de
+huesos; por todos lados, en el suelo y en las paredes, la sensación de
+lo hueco, la repetición interminable del más leve ruido, la nada sonora
+de la muerte.</p>
+
+<p>Maltrana se detuvo ante un nicho. Allí estaba su ángel bueno, la que él
+llamaba por antonomasia «la señora». Acordábase, conmovido, de las
+palabras de la buena anciana cuando le prometía buscarle una esposa que
+le hiciese feliz. Señora, la compañera estaba allí: venía a saludarla,
+agradecida por lo que había hecho con él. No era rica, tal vez no era
+buena cristiana, como la deseaba ella; pero embellecería su existencia,
+dándole ánimos para seguir aquel camino áspero en el que le había
+abandonado su mano protectora, paralizada por la muerte.</p>
+
+<p>Al salir del fúnebre patio, les pareció aún más hermosa la avenida
+central del cementerio. El jardín, con su belleza melancólica,
+ahuyentaba toda idea de muerte. Era distinto de los patios cercanos,
+henchidos de cadáveres. Sus diseminadas tumbas parecían monumentos de
+adorno, colocados allí sin otro objeto que alterar la verde monotonía de
+la vegetación. Eran sepulturas de ricos, de privilegiados, que aun
+después de muertos parecían guardar la tranquila compostura de los
+felices. Los nombres de antiguos ministros, de generales, de duquesas
+famosas por sus gracias, brillaban en las caras de estos enormes
+juguetes de mármol.</p>
+
+<p>Las primeras mariposas movían sus alas sobre<a name="page_163" id="page_163"></a> los rosales, cuya sequedad
+invernal comenzaba a hincharse a impulso de los tiernos brotes. Zumbaban
+los insectos en el ambiente dorado de la tarde; la tierra se agrietaba
+para dar paso a una vegetación salvaje, a una maraña verde, que parecía
+la cabellera primaveral surgiendo lentamente de la tierra. Las hormigas
+removían el suelo, elevaban pirámides junto al túnel de su vivienda, y
+en negros rosarios atravesaban los andenes, realizando bajo la hierba
+obscuras epopeyas de combates, conquistas y trabajos hercúleos. De
+ciprés en ciprés aleteaban pájaros negros, rasgando el silencio con su
+silbido. Eran los mirlos y las currucas ocultos en la espesura de la
+Patriarcal, único refugio de follaje en medio de las yermas colinas.</p>
+
+<p>Tres niños con blancas blusas, sonrosados y mofletudos como angelotes,
+tres pequeñuelos de la familia del conserje o de alguna casucha cercana,
+jugueteaban puestos en cuclillas sobre la hierba, hurgando los
+hormigueros y arrojando pedradas a los pájaros, que apenas si movían las
+alas. Feli los contempló con ojos amorosos; sentía deseos de abrazarse a
+ellos, de comerse a besos sus hociquillos sonrosados y sucios, como si
+fuesen una imagen de la vida triunfadora, invadiendo el rincón del
+olvido.</p>
+
+<p>Maltrana, bajo la influencia de este ambiente melancólico y dulce,
+hablaba a Feli de sus ideas. Le gustaba el cementerio de San Martín, con
+su rumorosa vegetación de jardín abandonado, porque ofrecía la belleza
+de la Muerte tal como él la había concebido.</p>
+
+<p>La Muerte no era un esqueleto de burlesca risa y grotescas cabriolas,
+cual la representaba el bárbaro arte de la Edad Media en su horror a la
+carne. Era una gran señora de belleza triste, pálida, intensamente
+pálida, con una piel mate que parecía<a name="page_164" id="page_164"></a> absorber la vida del aire, sin
+dejar en su superficie brillo ni jugo; con unos ojos negros, intensos,
+helados, profundos, que recogían la luz del espacio sin devolver el más
+leve fulgor. Era una matrona de potentes caderas, en cuyas entrañas
+renacía la vida; de robustos y voluminosos pechos, siempre hinchados de
+leche densa y amarga. A un pecho se agarraba el Recuerdo, gimiendo al
+paladear el líquido de acíbar; al otro el Olvido, que chupaba cerrando
+los ojos, queriendo dormir. A su paso callaban los pájaros, mustiábanse
+las flores, caían al suelo los seres animados, se hacía el silencio. Sus
+pies, invisibles bajo la túnica de crespones, hacían temblar la tierra
+cual si estuviesen calzados con coturnos de hierro. Pero apenas pasaba,
+todo resurgía a su espalda, casi en los bordes de sus fúnebres velos:
+revivían las flores con nueva fuerza, trinaban otros pájaros, y del
+polvo donde habían caído los viejos, los inútiles y los débiles, volvían
+a levantarse, transfigurados por la juventud. Ella era el abono de la
+vida, la hoz que siega el prado para que resurja con mayor fuerza.
+Maltrana la conocía: la había visto pasar ante sus ojos, con todo su
+esplendor melancólico, evocada por la más sublime de las exaltaciones
+artísticas. Wágner la sacaba de las tinieblas de lo misterioso,
+haciéndola marchar entre graves melodías que eran ecos del dolor humano.
+Por dos veces la había contemplado Maltrana cerrando los ojos, con su
+piel pálida, sus ojos negros y fríos que brillaban hacia adentro, sus
+caderas de eterna creadora y sus pechos amargos: cuando el salvaje
+Sigmundo habla a la walkyria que le anuncia la muerte; cuando la
+desesperada Iseo se enrosca de dolor y se mesa los cabellos, agitados
+por el viento del mar, ante el cadáver de Tristán.</p>
+
+<p>Era ella, la verdadera, la única, la que inspira<a name="page_165" id="page_165"></a> miedo y consuelo; la
+belleza triste que nunca se aja; la pálida señora del mundo; la beldad
+que llega puntual a la cita con su beso de olvido y de paz, con el
+supremo espasmo de la insensibilidad y el anonadamiento.</p>
+
+<p>Feli escuchaba a su novio con los ojos dilatados por el asombro,
+pugnando por entenderle.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuánto sabes, Isidro!&mdash;murmuró acariciándole con la mirada&mdash;. Por eso
+te quiero tanto: porque dices cosas bonitas.</p>
+
+<p>Maltrana rió de la sencillez de la muchacha, sintiéndose halagado al
+mismo tiempo por su admiración. Casi se arrepintió de lo que llevaba
+dicho: eran tonterías; la hablaba como si fuese un compañero al que
+quisiera turbar con sus paradojas. Se cogieron del brazo otra vez, y
+Maltrana condujo a la joven a una galería de nichos, en lo más hondo del
+cementerio.</p>
+
+<p>&mdash;Quiero enseñarte cómo acaban los hombres de talento, cómo reposan los
+que en vida tuvieron aduladores y fanáticos... Mira.</p>
+
+<p>Y después de una rápida busca con los ojos, le señaló un nicho, el más
+mísero de todos. Su boca apenas estaba cubierta con un hule, desprendido
+de las puntas; un andrajo negro con letras amarillas y borrosas. Feli
+leyó con algún trabajo: «Aparisi y Guijarro».</p>
+
+<p>&mdash;Ese señor&mdash;continuó Isidro&mdash;fue famoso en vida. Pronunciaba en el
+Congreso discursos que duraban varias sesiones. Los curas de toda
+España, los devotos, las mujeres, aguardaban con impaciencia los
+periódicos para leerle. Y ahora, mírale: cualquier tabernero tiene mejor
+alojamiento después de muerto... Era un poeta, un soñador; y los poetas,
+no sé por qué, tienen mala sombra en la política... Yo no creo en él;
+pero le compadezco y le defiendo por espíritu de cuerpo. Este olvido nos
+consuela <a name="page_166" id="page_166"></a>a los que trabajamos sin esperanza en la tienda de enfrente,
+que es la de los pobres, la del populacho.</p>
+
+<p>Maltrana siguió hablando con tono de cólera. Bien podía el rey de aquel
+tribuno adecentar su tumba; bien podían los representantes de la
+tradición acordarse un poco del gran artista que les había enardecido
+con sus himnos oratorios. Equivalía a una burla infame citar su nombre a
+todas horas, como gloria y bandera de las aspiraciones hacia el pasado,
+mientras sus restos permanecían en un rincón, sin el más leve signo de
+homenaje, como los de un hombre que hubiese atravesado la vida sin ruido
+y sin afectos.</p>
+
+<p>Feli deletreaba las inscripciones en lápiz que ennegrecían el yeso
+alrededor del nicho. Eran versos disparatados e ingenuos en honor del
+«Cicerón español», del «paladín de la fe y las tradiciones»; testimonios
+de entusiasmo de algunos curas de misa y olla, que, al venir a Madrid,
+no habían querido tornar a sus pueblos sin ver la tumba de su grande
+hombre. El hule caído parecía reírse con sus arrugas de tales elogios,
+que sonaban a falso en este abandono.</p>
+
+<p>Maltrana examinó las firmas.</p>
+
+<p>&mdash;Todas son del populacho: curas pobres, guerrilleros ilusos; gente de
+abajo, de la que tiene corazón.</p>
+
+<p>Aquel soñador de Levante, artista engañado, también tenía corazón, y por
+eso reposaba en el olvido.</p>
+
+<p>&mdash;Era pobre y defendió a los ricos&mdash;continuó Maltrana&mdash;; era plebeyo y
+pidió la resurrección del pasado con sus privilegios de raza; tenía el
+carácter independiente y un tanto levantisco de su tierra y deseaba el
+absolutismo. Los que él defendió no se acuerdan de él, y tal vez siguen
+con esto al instinto,<a name="page_167" id="page_167"></a> que no engaña. Vivió para ellos, pero no fue de
+su familia.</p>
+
+<p>Los dos jóvenes se alejaron de este rincón, volviendo a la avenida
+central. Remataba ésta en un edificio abierto, especie de ábside, que
+ocupaba el fondo del cementerio, con muros en semicírculo y media
+cúpula. En las paredes habíanse abierto grandes hornacinas con ricas
+urnas funerarias. Los segmentos de la bóveda ostentaban varias pinturas
+representando la resurrección de Jesús. La gran puerta del fondo,
+cerrada por una verja mohosa, dejaba ver al través de sus vidrios el
+cerro de enfrente y un grupo de álamos entre dos casitas rojas en lo más
+hondo de una cañada.</p>
+
+<p>Sobre esta puerta abríase un medio punto de vidrios de colores, por el
+que se filtraba el sol de la tarde, dando a las paredes, a las tumbas,
+al suelo, las palpitaciones policromas del iris. La luz fantástica
+parecía prestar vida a las figuras de la bóveda, animándolas con
+esplendores de apoteosis.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué bonito!&mdash;murmuró la muchacha.</p>
+
+<p>Esta luz alegraba los ojos, borrando la lúgubre significación del sitio.
+A Feli le parecía el ábside un salón de baile alumbrado con luces de
+colores: creía que todos los muertos, con trajes vistosos, sonrientes y
+sin infundir miedo, iban a mostrarse para intervenir en la fiesta. Los
+pájaros piaban en el inmediato jardín o revoloteaban bajo las arcadas,
+como atraídos por la hermosa iluminación.</p>
+
+<p>La clase social de las gentes enterradas en esta parte del cementerio
+sólo evocaba imágenes de lujo, de placer y de fiestas. Eran duquesas
+famosas por su hermosura, damas palaciegas que habían muerto en lo mejor
+de su edad, mujeres que gozaron sus épocas de reinado y adoración. Los
+nombres que brillaban en letras de oro sobre la blancura láctea del
+mármol hacían soñar en fiestas elegantes, amorosas<a name="page_168" id="page_168"></a> entrevistas,
+tocadores lujosos impregnados de suaves esencias, adornados con flores
+costosas.</p>
+
+<p>Maltrana, como si sintiera los efectos de este recuerdo de voluptuosidad
+y amor que las ilustres muertas evocaban con sus nombres, fijó los ojos
+en Feli, que contemplaba absorta las hermosas tumbas. Pasó un brazo por
+su talle, la atrajo hacia él y la besó donde pudo, donde alcanzaron sus
+labios, entre el lóbulo sonrosado de una oreja y el cuello moreno, que
+erizó su piel, estremecida al contacto de los labios.</p>
+
+<p>La joven se desasió con rudo empujón.</p>
+
+<p>&mdash;¡Isidro!&mdash;exclamó avergonzada&mdash;. ¡Isidro!...</p>
+
+<p>Y bajó la cabeza tristemente, como dolorida por la audacia del amante.</p>
+
+<p>Después habló para acusarse a sí misma, sin dirigir el menor reproche al
+joven. Ella tenía la culpa: debía haber evitado esta soledad, negarse a
+entrar en el cementerio con Isidro, que estaba acostumbrado a los
+mayores atrevimientos con sus impúdicas amigas de Madrid... ¡Besarla!...
+¡y en aquel sitio!...</p>
+
+<p>Miró en torno, como si esperase que se abrieran las tumbas, irguiéndose
+airados los cadáveres por tal profanación.</p>
+
+<p>Maltrana sonreía. ¡Tonta! ¿a qué tal miedo? Aquel sitio era lo mismo que
+otro; mejor aún, por su poesía silenciosa de jardín abandonado, propicio
+al amor. Ellos no hacían mas que repetir el eterno himno de la vida.
+Antes lo habían cantado aquellas gentes que fueron felices y dormían
+ahora en sus envolturas de mármol. Lo único verdadero de la vida era el
+amor. Si los muertos pudiesen recordar el pasado, la memoria de las
+horas amorosas sería el consuelo de su eterna noche. Aquellas
+aristócratas ocultas tras la piedra que pregonaba sus títulos, sus
+bandas y su caridad no pasaron toda la vida<a name="page_169" id="page_169"></a> con la diadema nobiliaria
+en el peinado y los cintajos en el pecho, echándolas de damas benéficas.
+Habían sido mujeres orgullosas de su hermosura, propicias a conceder la
+admiración de sus encantos como una limosna regia.</p>
+
+<p>Isidro, con impúdica imaginación, se las representaba en el abandono de
+su dormitorio, mostrando misterios de nácar y rosa al través de la
+espuma de sus blondas, agarradas al hombre amado con el supremo
+estremecimiento del deseo, olvidándose de las vanas grandezas de la
+vida, concentrando toda su existencia en el violento estrujón carnal.
+Aquel personaje tendido sobre su sarcófago con la severa toga del que
+juzga a sus semejantes no siempre había sido ceñudo y austero, como lo
+mostraba el escultor. Alguna vez el hombre vencería al personaje, y
+recatándose como un mozuelo, dando al diablo su gesto imponente, habría
+buscado un rayo de felicidad en misteriosos rincones, lejos de la
+familia, abominando de su moral avinagrada y áspera. Los muertos habían
+conocido la dicha mucho antes; ahora les tocaba el turno a ellos, y
+debían aprovecharse de la buena suerte.</p>
+
+<p>&mdash;Feli, vida mía&mdash;exclamó Maltrana con su vehemente exageración&mdash;, ríete
+de los muertos; no nos odian, nos envidian. Grita conmigo: ¡viva el
+amor!...</p>
+
+<p>&mdash;No; vámonos&mdash;murmuró la muchacha&mdash;. Fuera de aquí hablaremos; gritaré
+lo que quieras. ¡Quererse por primera vez en un cementerio!... Esto da
+mala sombra; acabaremos mal. Vámonos, Isidro.</p>
+
+<p>Tiraba de él poseída de un terror infantil, y el joven la siguió. Pero
+al pasar bajo el arco que daba entrada al ábside, Isidro la detuvo,
+lanzando una exclamación de asombro.</p>
+
+<p>La luz de la vidriera envolvía a Feli. Era una faja de colores
+palpitantes, que abarcaba a la joven<a name="page_170" id="page_170"></a> de pies a cabeza, haciendo temblar
+todo su cuerpo como si estuviese formado con las tintas del iris.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué bonita!&mdash;exclamó Maltrana con arrobamiento&mdash;. ¡Si pudieras
+verte!... Tienes la falda verde y el pecho azul. Tu boca es de color
+naranja; una mejilla es violeta y la otra ámbar. Parece que tengas
+claveles en la frente.</p>
+
+<p>Feli permanecía inmóvil, sonriendo con femenil complacencia, gozosa de
+que su novio la viese tan bella. Sentía la caricia del rayo mágico de
+sol; entornaba los ojos, cegada por la ola de colores que palpitaba en
+sus ropas y su carne.</p>
+
+<p>El halago de la coquetería disipaba su miedo al cementerio, con esa
+facilidad que tienen las mujeres para el olvido cuando se sienten
+acariciadas en su vanidad.</p>
+
+<p>Algo más que el contacto ardoroso de la luz sintió de pronto Feli. Su
+novio la estrujaba otra vez, pero con mayores arrebatos, sin que ella
+intentase resistir.</p>
+
+<p>&mdash;Deja que bese ese amarillo de oro... Ahora, el morado; ahora, el
+azul... el rosa de tu frente... el heliotropo de tus labios... las
+violetas de tus ojos.</p>
+
+<p>Caían los besos sobre ella como una lluvia sonora, con chasquidos de
+pasión, que agrandaba el eco del cementerio.</p>
+
+<p>Feli revolvíase entre sus brazos, intentando en vano librarse de ellos.
+Al moverse, los colores cambiaban de sitio, pasando de una parte a otra
+de su cuerpo adorable. Todos los resplandores de la luz desfilaban por
+su boca. Maltrana no perdonó uno; quiso saborearlos todos, en medio de
+aquella gloria de colores que envolvía su amoroso grupo.</p>
+
+<p>Feliciana cerraba los ojos, estremecida por el chaparrón de besos,
+vibrando su virgen sensibilidad con el apretón de los masculinos brazos,
+sintiéndose próxima a caer al suelo, como si las piernas<a name="page_171" id="page_171"></a> temblorosas no
+pudiesen sostenerla, murmurando entre suspiros dulces:</p>
+
+<p>&mdash;Basta... déjame... Que me matas: que grito... Asesino...</p>
+
+<p>Por fin pudo desasirse: y arreglándose el mantón, atusándose el pelo
+alborotado por los viriles apretones, fijó sus ojos en el novio, con una
+mirada en la que había reproche y agradecimiento.</p>
+
+<p>&mdash;En seguidita me coges otra vez... ¡Y cómo se ha divertido el niño con
+esa tontuna de los colores! Vámonos o reñimos.</p>
+
+<p>Echó a correr hacia la salida, como si quisiera evitar las explicaciones
+de Maltrana, y éste la siguió. Cerca de la verja, los dos acortaron el
+paso y marcharon unidos, con rostro grave, como si saliesen tristes de
+su visita a las tumbas.</p>
+
+<p>Pasaron sin despegar los labios ante el portero que les había acogido
+con tan extrañas preguntas; pero, al alejarse, Feli volvió la cara para
+mirarle y prorrumpió en una carcajada de niña. Isidro adivinaba el
+pensamiento de su novia; recordó el gesto hosco con que el portero les
+había preguntado si entraban a pintar.</p>
+
+<p>&mdash;El tío presentía el suceso&mdash;dijo Maltrana alegremente&mdash;. De enterarse
+a tiempo, hubiera sido capaz de pedir su parte de colores.</p>
+
+<p>El recuerdo de las caricias le hizo juntarse, enlazar sus brazos,
+caminar apoyados uno en otro, mirándose con ojos en los que aún brillaba
+el fuego de las recientes sensaciones.</p>
+
+<p>Feli olvidaba su enfado. Al verse en campo raso, donde no podía temer
+nuevos arrebatos del novio, se abandonaba, apoyábase en él con desmayo,
+acariciándolo con el soplo de su respiración, mirándole de tan cerca,
+que Maltrana creía sentir el calor de sus ojos de brasa.</p>
+
+<p>Finalizaba la tarde. Ocultábase el sol, y en el<a name="page_172" id="page_172"></a> cielo de suave color de
+violeta flotaba la luna como una nubecilla pálida, borrosa aún por la
+luz diurna.</p>
+
+<p>Los dos amantes siguieron el camino a lo largo del tercer depósito,
+haciendo crujir bajo sus pies el polvo de carbón que ennegrecía el
+suelo. Pasaban hacia Madrid mujeres astrosas con niños dormidos en sus
+brazos; viejas arrugadas y negras como brujas, con pucheros destinados a
+recibir el rancho de San Bernardino.</p>
+
+<p>Estas infelices, al cruzarse con la joven pareja, husmeaban el amor con
+su instinto de hembras, e imploraban una limosna. Isidro repartió
+pródigamente el dinero, acompañándolo de inmorales consejos, que hacían
+reír a Feli. Nada de comprar pan: aquella limosna era para vino, para
+tomar la gran <i>curda</i>. El mundo había de alegrarse y saltar loco de
+embriaguez; debía reflejar la felicidad que rebosaba en su alma al verse
+amado por Feli.</p>
+
+<p>También ellos dos iban en busca de un merendero, de un lugar bonito,
+para comer, para beber, para darse dos vueltas de vals al son de un
+piano.</p>
+
+<p>¡Viva la vida! Maltrana, recordando las afirmaciones de otros tiempos,
+repetía a su novia que la vida es alegre, que la vida tiene un sentido
+helénico, que el dolor, que parece interminable, no es mas que un
+accidente pasajero, el aperitivo de la felicidad, tras el cual se atraca
+uno mejor de las dichas de la existencia.</p>
+
+<p>Pasó un hombre con un cesto de naranjas, y al sorprender Isidro una
+ávida mirada de su novia le hizo detenerse. ¡A soltar en seguida lo
+mejor del cesto! A Feli le gustaban las naranjas; aún no las había
+probado aquel año, y él era capaz de tender a sus pies, como alfombra de
+oro, toda la cosecha de los campos valencianos.</p>
+
+<p>Feliciana sólo quiso aceptar una naranja, la más<a name="page_173" id="page_173"></a> hermosa, y los dos
+siguieron adelante, jugueteando ella como una niña con la pequeña esfera
+de color de fuego, haciéndola saltar entre sus manos. Acabó por abrir un
+agujero en ella y por chupar su jugo apretándola entre los dedos. Un
+chorro de ámbar descendió por la comisura de sus labios hasta la
+barbilla de graciosa redondez, endulzando su piel. Isidro quiso beberlo,
+y de nuevo rozó con su boca la boca de Feli.</p>
+
+<p>&mdash;¡Otra vez!&mdash;exclamó la muchacha, echándose atrás entre sonriente e
+indignada&mdash;. Pero, condenado, ¿no ves que nos miran... que pasa gente?</p>
+
+<p>Después rió del gesto desalentado de Isidro, el cual bajaba la cabeza
+como un niño enfurruñado. Con mimosa gracia puso en su boca la naranja.</p>
+
+<p>&mdash;Toma y no llores... Yo he puesto ahí los labios; chupa, y cuidadito
+con volver al besuqueo... A ti habrá que tratarte como a un niño de
+teta. Zurra... zurra al nene, que es malo.</p>
+
+<p>Y con su mano fina y blanca, aquella mano de señorita, que era el
+asombro de las Carolinas, abofeteó cariñosamente la cara del joven.</p>
+
+<p>Al anochecer entraron en un merendero de la hondonada de Amaniel. La
+muchacha habló débilmente de la necesidad de volver a casa en seguida,
+pero Isidro protestó. Su padre no iba a inquietarse por tan poca cosa;
+la creería, como otras veces, en casa de su compañera de Bellasvistas.
+Tal vez a aquellas horas estaría ya en el «Ventorro de las Latas»,
+preparando su marcha a El Pardo.</p>
+
+<p>Unos faroles de papel iluminaban el merendero con difuso resplandor. Los
+tranvías viejos habían servido para su construcción, igual que en el
+barrio de las Carolinas. Los bancos de movibles respaldos procedían de
+una jardinera; los tabiques eran de persianas de ventanilla. Junto al
+techo, a guisa de friso, alineábase un saldo de fotografías
+amarillentas,<a name="page_174" id="page_174"></a> mezclándose las vistas de la Habana y de los bulevares de
+París y Viena con reproducciones de la Fuente de la Teja y el Viaducto.
+Cabezas de angelotes pintarrajeadas y doradas, restos de una anaquelería
+de tienda pretenciosa, aparentaban sostener las viguetas del techo.</p>
+
+<p>Isidro, que lo veía todo de color rosa, admiraba el adorno del
+merendero. ¡Muy hermoso! ¡muy original! ¡Aquello era arte moderno!</p>
+
+<p>Y el amo, satisfecho por estos elogios de un señorito que parecía
+inteligente, contestaba con modestia:</p>
+
+<p>&mdash;Un poquito de gusto, y nada más. Así y todo, me cuesta, un porción de
+dinero... ¿Qué van ustedes a tomar?</p>
+
+<p>El merendero completo quería Isidro para Feli. Pero ésta no sentía
+apetito, no quería nada; y al fin, por no contrariarle, pidió una
+botella de cerveza.</p>
+
+<p>Otras parejas ocupaban los rincones, silenciosas, en íntimo contacto por
+debajo de la mesa y devorándose con los ojos. Maltrana se creía en un
+mundo nuevo, mejor que el que había conocido hasta entonces. ¡Viva la
+alegría de la vida... y el helenismo también!</p>
+
+<p>Tras un macizo de plantas estalló de pronto, como un cohete, el sonido
+de un piano, con acompañamiento de golpes de timbre. Isidro miró con
+admiración al muchacho de boina, pañuelito al cuello y anchos pantalones
+de odalisca que daba vueltas al manubrio. Pero ¡qué talento tenía aquel
+golfo! ¡Qué musicazo! Nunca había experimentado Maltrana igual
+impresión: ni en los mejores conciertos. Aquel vals, que a primera vista
+parecía escrito para un baile de criadas, era una pieza sublime: la obra
+tal vez de un gran genio desconocido. El joven no vacilaba en sus
+afirmaciones;<a name="page_175" id="page_175"></a> aquello era tan magnífico como la <i>Novena sinfonía</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Alza, Feli: vamos a darnos dos vueltecitas. A ver cómo meneas ese
+cuerpecito gitano.</p>
+
+<p>Ninguno de los dos sabía bailar. Isidro, en sus tiempos de estudiante,
+había tomado lecciones de sus amigas de los cafés cercanos a la
+Universidad. Feliciana había bailado con sus compañeras, y fue ella la
+que, guiada por el instinto femenil, siguió mejor el ritmo de la música,
+arrastrando a su pareja.</p>
+
+<p>¡Valiente cosa les importaba bailar bien o mal y que se rieran o no los
+parroquianos del merendero!... Lo interesante era estar en brazos uno
+del otro, pegados desde el pecho a las rodillas, transmitiéndose el alma
+con el calor de sus cuerpos, confundiendo los alientos.</p>
+
+<p>Sentían una alegría loca, como si el sorbo de cerveza, que acababan de
+beber contuviese todas las embriagueces de la tierra. No se besaban por
+un resto de pudor, por miedo a la gente, pero sus labios secos,
+acariciados por la humedad de la lengua, parecían atraerse al través de
+la pequeñísima distancia que los separaba.</p>
+
+<p>Cuando abandonaron el merendero, iban con paso vacilante, silenciosos,
+por la soledad del campo.</p>
+
+<p>Se detuvieron en las inmediaciones del Canalillo. La luna reflejaba su
+cara bonachona en el cristal azul del agua que transcurría silenciosa.</p>
+
+<p>Los dos huyeron de la luz. Querían descansar; sentíanse sin fuerzas para
+seguir adelante, y se detuvieron junto a un desmonte, ocultándose en la
+sombra que proyectaba la masa de tierra.</p>
+
+<p>Sonaron en la penumbra suaves chasquidos, apagadas voces de protesta.</p>
+
+<p>Feli hablaba quedamente, con llorosa voz.</p>
+
+<p>&mdash;Júrame que no me abandonarás. Que me querrás<a name="page_176" id="page_176"></a> siempre... que no me
+desprecias porque soy débil contigo... porque te quiero.</p>
+
+<p>Isidro lo juraba todo sin hablar; lo juraba con sus manos inquietas, con
+sus labios acariciadores, con el viril estrujón que hacía caer vencida y
+esclava en entre sus brazos a aquella alma simple y primitiva, ansiosa
+de ideal.<a name="page_177" id="page_177"></a></p>
+
+<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3>
+
+<p>Un domingo por la mañana, Isidro y Feli bajaron al Rastro.</p>
+
+<p>La tarde anterior, el joven había hablado con acento de resolución.</p>
+
+<p>&mdash;Feli, de mañana no pasa. Ya es hora de vivir juntos. Estoy harto de
+que vaguemos por los desmontes como gitanos. Yo trabajo para ti y
+tenemos derecho a formar nuestro nido.</p>
+
+<p>Feliciana dudó un instante. ¿Y su padre?... Pero una mirada de él bastó
+para vencer su resistencia. Estaba en plena embriaguez de amor, sin otra
+voluntad que la de adorarle y seguirle. ¡Con él, con él, aunque hubiese
+de renegar de todo su pasado!</p>
+
+<p>Maltrana tenía dinero y se aburguesaba, según decía él irónicamente al
+hablar de su opulencia. Necesitaba poseer una casa, vivir bajo un techo
+que fuese suyo, tener un refugio donde encerrarse y trabajar acariciado
+por el calor de la intimidad amorosa.</p>
+
+<p>Su obra <i>El verdadero socialismo</i> estaba próxima a terminarse. Había
+trabajado con gran actividad, escribiendo durante el día en la
+Biblioteca Nacional, en el Ateneo, allí donde encontraba silencio y
+libros. La tarea avanzaba rápidamente, sin que se le olvidasen las
+recomendaciones del marqués de<a name="page_178" id="page_178"></a> Jiménez, gran amigo de la erudición.
+Cada página llevaba al pie un gran cimiento de letra menuda y apretada
+citando autores de todas las naciones, libros de todas las literaturas,
+y hasta largos fragmentos en diversos idiomas.</p>
+
+<p>No hacía afirmación, por simple que fuese, que no la acompañase con el
+testimonio de media docena de escritores. El autor caminaba despacio,
+con largos titubeos, pero cuando avanzaba el pie, lo ponía en firme,
+como hombre a quien guían y llevan del brazo todos los sabios de la
+tierra.</p>
+
+<p>La erudición corría como un torrente por la parte baja del libro.
+Amontonábala Maltrana con una facilidad exenta de escrúpulos. Cuando
+quería demostrar algo con textos ajenos y no los hallaba a mano, valíase
+del ilustre Murfinos, de la Academia de Noruega, de Max Stradivarius,
+célebre catedrático de la Universidad de Gottinga, y otros sociólogos no
+menos fantásticos, inventados por él para deslumbrar a su cliente. Al
+fin, él no había de firmar la obra. El marqués de Jiménez recibía un
+capítulo cada dos días, y al copiarlo de su letra&mdash;a pesar de sus
+grandes ocupaciones&mdash;, admirábase de la sabiduría del joven.</p>
+
+<p>«Esto va a dar golpe&mdash;pensaba&mdash;. Tal vez es demasiado bueno; hay que
+poner un poco de estilo propio.»</p>
+
+<p>Y para comunicar a la obra el «estilo propio», cambiaba de lugar las
+comas o el orden de las palabras; escribía «ilustre» allí donde Maltrana
+había puesto «célebre», o viceversa. Un trabajo pesadísimo para él... ¡Y
+aún habría quien dudase, al publicar el libro, de que era obra suya!...</p>
+
+<p>Maltrana, obligado a trabajar durante el día, había abandonado el
+cuartucho de la calle de los Artistas, ya que su único camastro lo
+ocupaban por la noche el señor José y su hijo. El joven dormía<a name="page_179" id="page_179"></a> en
+Madrid, en el hospedaje de un compañero de bohemia, poro esto era con
+carácter provisional.</p>
+
+<p>Necesitaba una casa. Le repugnaba vagar con Feli todas las tardes por
+los campos inmediatos a los Cuatro Caminos, acompañándola después a su
+barrio, cuando cerraba la noche.</p>
+
+<p>El <i>Mosco</i>, aunque no ponía gran atención en los actos de su hija,
+comenzaba a mostrar cierta extrañeza por la tardanza con que se
+presentaba de vuelta del taller, alegando ocupaciones extraordinarias
+para justificar su retraso.</p>
+
+<p>Las áridas cercanías de Madrid embellecíanse con la llegada de la
+primavera. Cubríanse los cerros de verde al crecer la cabellera de las
+cebadas y los trigos. En las cañadas, los grupos de almendros
+adornábanse con flores: unas blancas como el nácar; otras sonrosadas,
+con el color de la carne femenil. Las lilas pendían como racimos de
+violetas de las altas ramas. Zumbaban los insectos, ebrios de calor y
+vida; aleteaban los pájaros, poblando el follaje de estremecimientos y
+suspiros; chirriaban los primeros grillos, ocultos en la hierba. El
+campo parecía embellecerse para ocultar en sus espesuras las caricias
+del amor, para arrullar a las parejas con los perfumes y cantos de su
+vida exuberante.</p>
+
+<p>Junto a la Huerta del Obispo, un camino bordeado de almendros atraía
+todas las tardes a Isidro y Feli. Paseaban cogidos del talle entre los
+árboles, que extendían sobre sus cabezas una bóveda de flores. Sus
+corolas rojas, inflamadas, parecían abrirse para saludarles.</p>
+
+<p>&mdash;Míralas&mdash;decía Feli&mdash;; son boquitas que nos sonríen, que quieren
+hablarnos.</p>
+
+<p>Maltrana aceptaba esta cándida afirmación de la muchacha. Sí; eran bocas
+de flor que se abrían para decir a Feli que era muy bonita.<a name="page_180" id="page_180"></a></p>
+
+<p>&mdash;Y yo&mdash;continuaba con gravedad&mdash;me adhiero a la sabia opinión de este
+mitin florido.</p>
+
+<p>La brisa de la tarde estremecía los árboles, y una nevada de pétalos
+caía sobre Feli, enredándose en su peinado.</p>
+
+<p>Sentábanse en los ribazos cubiertos de hierba, y al hablarse arrancaban
+las margaritas silvestres que crecían al alcance de sus manos. Así
+esperaban la llegada del crepúsculo, y las sombras les sorprendían
+muchas veces en las inmediaciones del canal silencioso y profundo, que
+había presenciado sin un murmullo, con la bonachona complicidad de la
+luna, la comunión primera de su amor.</p>
+
+<p>Feli vivía en dulce somnolencia, absorta por su felicidad, algo
+asombrada de que el mundo guardase ocultas tantas delicias. Todo le
+parecía bueno; se abandonaba con sublime impudor; sentíase capaz de caer
+en los brazos de Isidro en plena glorieta de los Cuatro Caminos con el
+mismo arrobamiento que si estuvieran en despoblado.</p>
+
+<p>Maltrana era más exigente y descontentadizo. ¡Muy bonito el campo de
+primavera, con su ambiente poético y aquellos crepúsculos, que eran lo
+mejor del mundo! Pero ellos no iban a permanecer así toda la vida,
+vagando como perros enamorados, en busca de un rincón solitario, huyendo
+de las gentes, estremecidos de espanto al menor ruido.</p>
+
+<p>Además, pensaba en el <i>Mosco</i>, que podía sorprenderles, enterado de lo
+que ocurría por cualquier murmurador. No nombraba a su terrible amigo,
+pero le parecían peligrosos e insostenibles estos idílicos encuentros en
+campo libre, cerca de las Carolinas.</p>
+
+<p>Isidro tuvo la audaz resolución de los débiles. El miedo al <i>Mosco</i> le
+hizo ser atrevido y arrostrar el peligro de una vez... ¿Era de veras que
+Feli le<a name="page_181" id="page_181"></a> quería? Pues a seguirle, a vivir juntos, olvidados de todo lo
+que no fuese su amor.</p>
+
+<p>Los dos hablaron sin emoción alguna, con el egoísmo de la pasión, de
+abandonar al padre, de engañar al amigo.</p>
+
+<p>Maltrana tenía dos mil reales, un capital, pues jamás había visto tanto
+dinero. Vivirían en el interior de Madrid, donde no les conociesen.
+Serían marido y mujer para las gentes que sólo comprenden el amor con
+documentos y sellos. Más adelante, cuando tuviesen hijos, ya pensarían
+en el matrimonio. Feliciana, vencida en sus últimos escrúpulos,
+contestaba afirmativamente a todos los proyectos de su amante. Ella
+también deseaba la nueva vida: estar siempre junto a Isidro, no volver a
+aquel barrio de traperos, que le parecía ahora más sucio, más triste.</p>
+
+<p>Maltrana discutió con Feli largamente los detalles de su instalación.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que ser prácticos&mdash;decía&mdash;; hay que ser burgueses...</p>
+
+<p>Y Feli contestaba, con no menos seriedad:</p>
+
+<p>&mdash;Ya verás hacer economías y vivir bien.</p>
+
+<p>Isidro, en su deseo de ser práctico, buscaba una casa en el extremo
+opuesto de Madrid, un rincón donde no pudiesen dar con ellos, después
+del escándalo que seguiría a su fuga. ¡Pero los alquileres eran tan
+caros!...</p>
+
+<p>Un sábado expuso a Feli su resolución. Ya tenían casa; al día siguiente
+irían a ella. Había encontrado al hermano Vicente, aquel santo loco que
+repartía papelillos católicos y propagaba la religión en las afueras.
+Vivía en las inmediaciones de la plaza de la Cebada. Isidro había subido
+a la habitación, un piso cuarto, bajo el tejado, pero con piezas de
+sobra para el hermano Vicente y los viejos mamotretos de su biblioteca.
+Vivirían con él.<a name="page_182" id="page_182"></a> Era un buen hombre, dulce y tolerante, sin otros
+defectos que su manía de santidad. Había tenido en su casa a varios
+obreros con sus familias, pero acabó por despedirles, a causa de los
+chismorreos de las mujeres y las embriagueces de ellos. No quería más
+huéspedes; pero el señor de Maltrana&mdash;como él decía&mdash;era un hombre
+cortés y bien educado, que le escuchaba en silencio, sin permitirse una
+burla. Al decirle el joven que se había casado, aceptó con gozo la vida
+en común que le propuso Maltrana.</p>
+
+<p>Enumeró éste a Feli las ventajas de tal arreglo. Vivirían al otro
+extremo de Madrid: listos habían de ser los que les encontrasen. Sólo
+pagarían tres duros por la casa. Del resto del alquiler se encargaría
+«el santo», que ocupaba las dos mejores habitaciones con su balumba de
+libros viejos. Ellos tendrían por suyas la cocina, jamás utilizada por
+el señor Vicente, a causa de sus ayunos y su alimentación de pájaro; una
+habitación grande, e la que escribiría él, y desde cuyas ventanas se
+abarcaban los tejados de todo Madrid, y otra que les serviría de
+dormitorio... En fin, un palacio, que iban a embellecer con su amor,
+ellos que vagaban por el campo como los amantes de los idilios antiguos.</p>
+
+<p>Sólo les faltaba amueblar la casa; y se dedicaron a ello con el
+entusiasmo de la novedad, halagados por esta ocupación, que era de
+burgueses, según decía Maltrana.</p>
+
+<p>Feli abandonó para siempre la casa de su padre y el barrio de las
+Carolinas. El <i>Mosco</i> dormía aquella mañana, cansado de su expedición de
+la noche anterior. Ni una duda ni un remordimiento sintió la joven: huyó
+sin que dijeran nada a su alma los lugares en donde había transcurrido
+su vida. Sólo pensó en no hacer esperar a Isidro, que la aguardaba en la
+glorieta de Bilbao.<a name="page_183" id="page_183"></a></p>
+
+<p>A las once entraron en la plazuela del Rastro. Feliciana apenas conocía
+esta parte de Madrid. Habituada a la vida semirrural de Tetuán, sintió
+cierta inquietud viéndose empujada por el gentío en los alrededores de
+la plaza de la Cebada.</p>
+
+<p>Las vendedoras, con un par de limones en una mano o unos fajos de
+perejil, pregonaban sus mercancías a grito pelado. En la calle de la
+Ruda tuvo que agarrarse del brazo de Isidro para poder andar sobre el
+asfalto resbaladizo, cubierto de hojas verdes, paja mojada y escamas de
+pescado. Mujeres de delantal mugriento, abombado por la voluminosa
+panza, pregonaban el buen repollo y la fresca escarola. Los cestones de
+los vendedores ambulantes ocupaban el arroyo; las tiendas se apoderaban
+con sus puestos exteriores de las estrechas aceras.</p>
+
+<p>Al llegar a la plazuela del Rastro, la joven descansó un instante
+apoyada en la verja del monumento al soldado de Cascorro.</p>
+
+<p>Maltrana parecía reflexionar, y acabó por hundir sus manos en los
+bolsillos del chaleco, juntando dos billetes de veinticinco pesetas y un
+puñado de monedas de plata.</p>
+
+<p>&mdash;Guarda tú el dinero, nena. Me conozco: si lo llevo yo, me lo gasto en
+chucherías antes de que compremos nuestro ajuar.</p>
+
+<p>Feliciana acogió con agrado esta prudente resolución, y envolvió en su
+pañuelo la pequeña fortuna, apretándola entre ambas manos con un mohín
+de mujer hacendosa dispuesta a defender el dinero.</p>
+
+<p>Después avanzaron los dos cuesta abajo, en el infernal estrépito del
+Rastro.</p>
+
+<p>Abríase ante ellos la Ribera de Curtidores, con su declive tan rudo, que
+las últimas casas tienen sus tejados al nivel del arranque de la calle.
+Por encima de las cubiertas de las <i>Américas</i> veía Feli la ondulación de
+los cerros amarillentos, la llanura<a name="page_184" id="page_184"></a> castellana, de suaves hinchazones,
+con su sequedad que acusa los objetos a luengas distancias.</p>
+
+<p>Así como descendieron por la Ribera de Curtidores, se achicó el
+panorama, fue hundiéndose, hasta ocultarse detrás de los tejados de los
+almacenes que cerraban el fondo de la calle. A ambos lados, bajo toldos
+de lienzo blanco o de sacos obscuros, estaban los puestos de los
+chamarileros tradicionales, que viven todo el año en el Rastro.</p>
+
+<p>En el suelo, sobre viejas lonas, esparcíanse los más heterogéneos
+objetos: espadas con fundas de terciopelo que habían servido en los
+teatros, machetes cubanos, sables corvos de la Milicia Nacional, loza
+desportillada, saleros rotos, vasos de porcelana remendados con groseras
+lañas, viejas litografías de vidrios empolvados representando las
+desdichas de Atala o las hazañas de Hernán Cortés, lienzos embetunados,
+en cuya negrura distinguíase una pincelada roja que era una pierna, una
+mancha amarilla que era una calva.</p>
+
+<p>Los palos que sostenían los sombrajos estaban unidos por cuerdas, y
+pendientes de ellas se balanceaban uniformes de soldados, viejas
+levitas, pantalones roídos por el roce, sobrefaldas de gasa que habían
+sido de moda treinta años antes, sayas que olían a humedad y a polvo,
+delatando el olvido en los cofres de algún desván.</p>
+
+<p>Otros puestos eran de géneros nuevos, y los vendedores, en vez de
+permanecer inmóviles, con moruna pasividad, esperando la pregunta del
+comprador, agitábanse pregonando la baratura de las mercancías,
+anunciando su procedencia de famosas quiebras. Eran los sobrantes de la
+elegancia, los desperdicios del capricho femenil: abalorios que ya no se
+usaban en los vestidos, guirnaldas de flores para los sombreros, blondas
+y puntillas amarillentas, envejecido todo ello por la moda antes de ser<a name="page_185" id="page_185"></a>
+aprovechado. En otros puestos se exhibían viejos telescopios,
+cornetines, cartucheras de agrietado cuero, sillas de montar, y entre
+las ropas mugrientas asomaban, como una primavera moribunda, las pálidas
+rosas de alguna casulla.</p>
+
+<p>Por el centro de la calle pasaban los vendedores ambulantes con grandes
+cestos de quincalla, pregonando las piezas a real, desde la palmatoria
+al cepillo y el juego de peines. Eran golfos de poderosos pulmones, que
+para atraer al público se agitaban como epilépticos, corriendo en torno
+de su puesto, manoteando, exhibiendo sus artículos, entregándolos a
+ciertos compinches que se fingían compradores para impulsar a la gente
+reacia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí! ¡al tío que se ha vuelto loco y todo lo regala!&mdash;gritaba uno
+con voz de trueno.</p>
+
+<p>&mdash;¡Lleven y compren!&mdash;mugía otro&mdash;. ¡Aire!... ¡Marchen, marchen!</p>
+
+<p>Entre la miseria sórdida y gris acumulada en los puestos de las aceras
+brillaba de pronto un fulgor, deslumbrando a los curiosos. Era una
+instalación de objetos de bronce, bien fregoteados para la, venta del
+domingo: braseros de cúpula dorada, almireces, vasijas de cocina, y
+entre estas piezas, gran cantidad de revólveres vizcaínos, de una
+baratura que hacía temblar por la suerte de los que osasen dispararlos.</p>
+
+<p>Feli y su amante deseaban adquirir la cama antes que los otros muebles,
+y se detenían indecisos al ver en los puestos y en las puertas de las
+tiendas camas de todas clases, de hierro y de madera, unas plegadas,
+otras extendidas, con su colchón de muelles. La muchacha deteníase,
+asombrada por esta abundancia, indecisa, desorientada, gustándole varias
+a un tiempo y sin decidirse por ninguna.</p>
+
+<p>Maltrana la hacía seguir adelante. Aún quedaba mucho por ver: estaban en
+la entrada del Rastro.<a name="page_186" id="page_186"></a> Abajo, en las <i>Américas</i> tenía él amigos, tenía
+parientes: ellos les indicarían lo más ventajoso.</p>
+
+<p>En la parte baja de la Ribera pululaban los golfos ofreciendo «las
+buenas botellas modernistas de cristal tallado... a real». Unas mujeres
+atraían en torno de ellas gran aglomeración de gentes de su sexo,
+ofreciendo «las magníficas medias escocesas de hilo... a tres reales el
+par».</p>
+
+<p>Maltrana se introdujo en el corro femenil, llevando del brazo a Feli.
+Quería que fuese para ella la primera compra que hiciesen juntos; ¡a
+ver!... unos cuantos pares de los más bonitos: media docena. La joven le
+tiraba del brazo protestando con voz queda. Era un disparate: ¿para qué
+media docena? Jamás había tenido tantas... No debía derrochar el dinero.</p>
+
+<p>Pero Maltrana le impuso silencio fingiéndose enfadado.</p>
+
+<p>&mdash;Usted, señora mía, tomará lo que le den... Vamos, Feli, págale a esta
+buena mujer, ya que eres el ama del dinero.... ¡Pues poco bonita que va
+a estar mi nena cuando meta en estas envolturas de colores sus
+pantorrillas de diosa!...</p>
+
+<p>Se alejaron del corro, llevando ella el regalo en un paquete.
+Ruborizábase por el carácter íntimo del obsequio y murmuraba al oído de
+su amante:</p>
+
+<p>&mdash;Las medias hacen reñir; es un regalo que trae mala sombra: lo he oído
+muchas veces. Hay que deshacer el efecto con otro regalo.</p>
+
+<p>Y se detuvo ante el puesto de un chamarilero, donde se amontonaban los
+objetos más diversos. Acababa de ver un tintero de cristal, enorme, con
+una esfera dorada a guisa de tapón. Feli lo compró después de largo
+regateo, entregándolo a Maltrana.</p>
+
+<p>&mdash;Toma. Ya necesitas plumear, pobrecito mío, hasta que lo agotes.</p>
+
+<p>Siguieron adelante, y entraron en el corralón<a name="page_187" id="page_187"></a> de las <i>Nuevas Américas</i>.
+Allí estaban los comerciantes en grande, los que adquieren el hierro y
+los adornos de los derribos. Las tiendas estaban establecidas en
+casuchas de madera vieja, pero su inmensa balumba de objetos, no
+encontrando espacio en tales estrecheces, esparcíase por los callejones
+y plazoletas del corralón.</p>
+
+<p>En un sitio predominaba el mármol, y se exhibían en número considerable
+cruces de tumba y de fachada de iglesia, mostradores, lavabos, y hasta
+sepulturas, cuyos constructores se habían declarado en quiebra antes de
+llevarlas al cementerio. En otro lugar se amontonaban las alfombras,
+plegadas en rollo, con intenso olor de polvo, mostrando los apagados
+colores de su revés. Mostrábanse las filas de herramientas industriales
+y agrícolas, con reflejos de obscuro azul, los rótulos arrancados de
+puertas y balcones anunciando con letras de oro modistas francesas y
+peluquerías elegantes que ya no existían.</p>
+
+<p>En las plazoletas elevábase en montañas el hierro viejo y oxidado, tan
+frágil por la herrumbre, que parecía próximo a quebrarse como el
+cristal. Eran máquinas desmontadas, cuyas ruedas yacían empotradas en el
+barro; calderas enormes, con el cóncavo vientre hundido en pilas de
+planchas rotas; y entre estos grupos de residuos de la industria, filas
+y más filas de balcones en correcta formación, y verjas de jardín
+guardando en sus garras el yeso de las pilastras.</p>
+
+<p>Los dos amantes apenas se detuvieron en esta parte del Rastro.
+Atravesaron la ronda de Embajadores, llena de gente, de chamarileros
+libres que no podían pagar un puesto, de corrillos que escuchaban el
+canturreo de un crimen célebre ante el cartelón pintarrajeado con las
+escenas más truculentas del suceso, y entraron en otro corral.<a name="page_188" id="page_188"></a></p>
+
+<p>&mdash;Esto&mdash;dijo Maltrana&mdash;es el Rastro del Rastro; lo más barato de la
+baratura. Los de la Ribera de Curtidores miran a los de aquí como puedan
+mirarles a ellos los comerciantes de la Puerta del Sol.</p>
+
+<p>Al entrar vieron librerías de lance, en cuyo interior se agrupaban
+viejos señores de traje raído hojeando volúmenes, hundiendo en ellos su
+nariz coronada por los anteojos; tiendecillas de indescriptible
+amontonamiento, en las que se confundían cuadros de agujereado lienzo,
+piezas de vidrio sucio y opaco, cofres viejos y cornucopias con el oro
+descascarillado y los remates incompletos.</p>
+
+<p>Antiguas decoraciones de teatro, lienzos gruesos con manchas de color en
+las que se columbraban restos de palacios y frondosos bosques, servían
+de cortinas y tabiques a estas tiendas de la miseria. El suelo era de
+guijarros desiguales, que de trecho en trecho se hundían en el fango,
+desapareciendo bajo los arroyos de agua negra y hedionda. Estos
+callejones oliendo a polvo y a miseria secular, con su pavimento de
+islas de pedruscos y mares tortuosos de fango líquido, daban al Rastro
+gran semejanza con las avenidas angostas y sombrías de un zoco moruno.</p>
+
+<p>En la plaza vieron a los vendedores más míseros, con sus puestos de
+objetos rotos, de una utilidad desconocida.</p>
+
+<p>Maltrana señaló riendo algunos de estos comercios, cuyo valor en
+conjunto no ascendía a más de tres pesetas. Sobre unos periódicos viejos
+exhibíanse martillos faltos de mango, cuchillos mellados y sin
+empuñadura, pomos de picaporte, petacas viejas, ejemplares mugrientos de
+revistas ilustradas. El vendedor permanecía inmóvil en una silla rota,
+sin prestar gran atención a las moscas que revoloteaban en torno de sus
+labios; y más para espantarlas que para atraer al público, gritaba de<a name="page_189" id="page_189"></a>
+tarde en tarde: «¡A perra chica... a perra chica la pieza!»</p>
+
+<p>Lo que más abundaba en los puestos era la ferretería vieja y rojiza por
+el óxido. Isidro admiraba la paciencia de algunos rebuscadores, que,
+necesitando un tornillo o un clavo igual al que llevaban en la mano,
+iban toda la mañana de puesto en puesto, sin fatigarse, removiendo
+montones de hierro.</p>
+
+<p>Algunas mujeres examinaban los puestos de vidrios, deseando sacar
+utilidad de sus despojos, fijándose en las grietas y desportilladuras de
+un salero, de un vaso, de una botella, antes de ofrecer en junto por
+todo ello cinco céntimos.</p>
+
+<p>Un puesto de muñecas viejas atrajo la atención de Feli. Eran bebés que
+habían vivido en las casas de los ricos, y con una mejilla rota o faltos
+de una pierna esperaban en el Rastro su segunda campaña, ofreciéndose a
+la niñez pobre, a los pequeñuelos de la miseria, obligados a buscar su
+alegría en este estercolero.</p>
+
+<p>Una pobre mujer con una muñeca en la mano discutía con el vendedor,
+mientras su hija se agarraba a sus faldas pugnando por tocar el desnudo
+monigote, que tenía la cara ennegrecida y una de las piernas quemada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Dámela... la quedo!&mdash;lloriqueaba la pequeña con balbuceo infantil.</p>
+
+<p>Pero la madre dejó la muñeca en el suelo.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si piden tres perros, hija!... Eso es sólo pa los ricos.</p>
+
+<p>Feli intervino, conmovida por el gesto de inmensa decepción de la
+pequeña.</p>
+
+<p>&mdash;Tómela usted, señora... Yo se la regalo.</p>
+
+<p>Y pagó, mientras la pobre mujer le daba las gracias, y la niña, con el
+mutilado monigote sobre el pecho, repetía a instancias de la madre:</p>
+
+<p>&mdash;Gracias, señora... muchas gracias.<a name="page_190" id="page_190"></a></p>
+
+<p>Isidro, mientras tanto, examinaba las caras de los vendedores. Buscaba a
+uno de sus tíos, apodado el <i>Ingeniero</i>, el cual, según noticias, aunque
+retirado de los negocios, colocaba allí su tenderete todos los domingos.</p>
+
+<p>En el otro extremo de la plaza sonaba como un quejido la música de un
+órgano. Las melodías gangosas llegaban a jirones hasta Maltrana cuando
+se hacía un corto silencio en el vocear de los vendedores.</p>
+
+<p>Cogiendo del brazo a Feli, fue el joven hacia donde sonaba el lamento
+del órgano.</p>
+
+<p>La música no le había engañado: el que la hacía era su tío el
+<i>Ingeniero</i>, llamado así por la rara habilidad que demostraba en el
+arreglo de los instrumentos de música y juguetes mecánicos. Vestía un
+gabán de color de castaña con grandes botones, y bajo la visera de su
+gorra destacábanse las dos manchas negras de los anteojos con bordes de
+paño que abrigaban su vista enferma.</p>
+
+<p>Estaba sentado en un sillón de madera blanca y dorada, con las graciosas
+curvas del siglo XVIII; la seda antigua enseñaba, entre desgarrones y
+deshilachados, el lejano recuerdo de una escena pastoril.</p>
+
+<p>A su lado, una mujerona chata, de desbordantes grasas, sentada en un
+taburete, se cubría de, los rayos del sol con una sombrilla roja, de
+encajes, cuya riqueza contrastaba con la mugre de sus ropas.</p>
+
+<p>Isidro no la prestó atención. Conocía las debilidades del <i>Ingeniero</i>.
+Aquélla sería la favorita del momento. Su tío, desde que había quedado
+viudo, gozaba de una fama vergonzosa en todo el barrio, desde la Ribera
+de Curtidores al paseo de las Acacias. No había vendedora de mollejas,
+tripicallera o chamarilera del Rastro a la que no cortejase,<a name="page_191" id="page_191"></a> valiéndose
+del prestigio que lo daban sus habilidades y los cuantiosos ahorros que
+todos le suponían. Las odaliscas turnaban en su favor con alternativas
+de escándalos y riñas, sin que el ilustre <i>Ingeniero</i> se decidiese
+formalmente por ninguna.</p>
+
+<p>Sentado en el hermoso sillón, daba vueltas al manubrio, deleitándole los
+chillones sonidos, que acompañaba con movimientos de cabeza. A sus pies
+vio Maltrana una numerosa colección de cartillas para ciegos. ¡Quién
+podría ir al Rastro en busca de tales cosas!...</p>
+
+<p>El <i>Ingeniero</i>, percibiendo al través de las negras antiparras una
+pareja detenida ante su «establecimiento», husmeó al comprador.</p>
+
+<p>&mdash;Un órgano magnífico, caballero; fabricación alemana, y se da regalado.
+Usted es persona de gusto. Voy a cambiar el papel y oirá cosa buena: la
+marcha de <i>El Profeta</i>.</p>
+
+<p>Isidro le contestó con una carcajada, al mismo tiempo que la grasienta
+odalisca tirábale de la manga para advertirle su equivocación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pero tío, si soy yo!&mdash;dijo Maltrana.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y quién eres tú?...</p>
+
+<p>&mdash;Isidro, el hijo de su hermana. Me he casado, vengo con mi mujer a
+comprar unas cosillas, y he querido verle para que me aconseje.</p>
+
+<p>El <i>Ingeniero</i>, al oír que era una mujer la que acompañaba a su sobrino,
+abandonó bruscamente el manubrio, y pisando las cartillas, aproximó a
+Feli sus antiparras, contemplándola largo rato.</p>
+
+<p>&mdash;Muy bien, sobrino, muy bien; mi enhorabuena&mdash;dijo con sonrisa de
+inteligente en el género&mdash;. Tanto gusto en conocerla, joven, y que siga
+usted muchos años tan antipática y tan feota... La pobrecita está ciega.
+Caballeros, ¡y qué par de ojos se trae la socia!</p>
+
+<p>Luego continuó, dirigiéndose a su enorme compañera,<a name="page_192" id="page_192"></a> con el mismo acento
+que si hablase a un perro:</p>
+
+<p>&mdash;Oye, tú, ¿no encuentras que esta joven se parece mucho a Nicanora, la
+cigarrera de la calle de Mira el Sol?...</p>
+
+<p>&mdash;No señor, no se parece&mdash;dijo la mujerona con no menos rudeza,
+mostrando al hablar unos dientes picudos y amarillos entre las
+salchichas de sus labios&mdash;. Bien se ve que estás ciego. La señora es más
+guapa. Ya quisiera la Nicanora parecerse a la suela de sus zapatos.</p>
+
+<p>-¡Muuú!&mdash;mugió burlescamente el <i>Ingeniero</i>&mdash;. Ya la has metido; ya has
+soltado una barbaridaz. No la hagan ustés caso&mdash;continuó, dirigiéndose a
+los dos jóvenes&mdash;; le tié tirria a la Nicanora porque la chica está por
+mí. La semana pasá se tiraron del pelo y fueron a la delegación del
+distrito.</p>
+
+<p>&mdash;Que sus den morcilla a los dos&mdash;dijo la gorda con bronco vozarrón.</p>
+
+<p>Y satisfecha de este caritativo deseo, se removió en el asiento,
+enderezó la sombrilla, y quedó inmóvil, con los morros apretados,
+fingiendo no ver ni oír al <i>Ingeniero</i> y sus parientes.</p>
+
+<p>El chamarilero, sentado en el sillón, aconsejaba a su sobrino dónde
+debía hacer las compras. La tienda de la Ribera de Curtidores era ahora
+de sus hijos; se la había traspasado para quedar en completa libertad.
+Bien podía divertirse después de tanto trabajar. Pero le restaba la
+afición al negocio, sobre todo a los instrumentos de música. Los
+compañeros no adquirían un mecanismo defectuoso que no se lo ofreciesen
+para que lo arreglara; siempre tenía alguna joya como aquel órgano, y
+todos los domingos colocaba su puesto en las <i>Américas</i>, para no perder
+la costumbre.</p>
+
+<p>El <i>Ingeniero</i> indignábase al hablar de sus parientes. Su hermano el
+anticuario era un orgulloso,<a name="page_193" id="page_193"></a> que desde que trataba, por su negocio, con
+marqueses y curas ricos, no había quien lo sufriese. No se veían una vez
+que no le echase en cara sus aventurillas y escándalos. Era un jesuita,
+un hipócrita; vivía como un imbécil, sin alegría, sin amables
+desórdenes. ¿De qué le servía el dinero?... Aconsejaba a su sobrino que
+no entrase a verle en el viejo patio de las <i>Américas</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Te recibirá con unos aires de personaje que dan ganas de soltarle dos
+tortas... En cuanto a mis hijos, los dos han salido a su tío. Se pelean
+conmigo y me reniegan por menos de una perra chica. Apenas me saludan, y
+alegan que esto es porque vivo como vivo, porque hablo con esta o con la
+otra. Todo filfa, pues lo que buscan es no pagarme lo que me deben por
+el traspaso de la tienda. ¡Qué les importa a esos judíos lo que haga su
+padre!... Yo parezco un chaval al lado de ellos. Aquí no hay otro joven
+en la familia, alegre y que se las traiga, que este cura: el
+<i>Ingeniero</i>.</p>
+
+<p>Después aconsejó a Isidro que comprase la cama en la tienda de sus
+hijos. Tenían géneros baratos y nuevos. No debía adquirirla en las
+<i>Américas</i>. Eran todas de largo uso; la que menos, había visto morir a
+toda una familia. Sus primos le darían con economía lo que necesitase.</p>
+
+<p>Luego preguntó por su madre, la señora Eusebia. Más de un año hacía que
+no la había visto. ¿Cómo le iba a la abuela con el señor Polo? Un día
+que tuviese humor, tal vez se decidiera a ir a Tetuán. Ya no conocía a
+las gentes de allá. Madrid terminaba para él en el Café de San Millán,
+donde se reunía con ciertos amigotes para admirar a las hembras de la
+plaza de la Cebada. Cuando el sobrino quisiera encontrarle, ya sabía
+dónde: siempre en su «farmacia». Le tenía ley al Rastro y sus
+alrededores, y eso que el barrio, con todo su comercio, era igual<a name="page_194" id="page_194"></a> a
+aquellas casuchas de Tetuán de donde procedía la familia. Traperos
+todos: unos de burro y carro, otros con casa abierta, pero viviendo por
+igual de los desperdicios de la villa. Los restos de la existencia
+diaria, la comida y los trapos rotos, los expelía Madrid hacia lo alto;
+los residuos de su lujo, los muebles y las ropas, empujados por los
+vaivenes de la fortuna, bajaban la cuesta del Rastro para amontonarse en
+el estercolero de las <i>Américas</i>.</p>
+
+<p>&mdash;¡Las cosas que uno ha visto, muchacho!... ¡Si los muebles hablasen!</p>
+
+<p>Comenzó a dar vueltas al manubrio del organillo y la gangosa melodía
+sonó otra vez.</p>
+
+<p>Maltrana dijo adiós a su tío; pero éste, antes de que se alejasen, tuvo
+un arranque de generosidad.</p>
+
+<p>&mdash;Tomad lo que queráis. Ya que sois recién casados, os debo un regalo.</p>
+
+<p>Y les mostraba noblemente la mercancía esparcida a sus pies, las
+cartillas de ciegos, con las páginas al viento o puestas en ángulo con
+el lomo en alto. Los dos jóvenes diéronle las gracias.</p>
+
+<p>&mdash;No os ofrezco el órgano&mdash;siguió diciendo&mdash;porque le tengo querencia a
+la Gran Marcha. Pero cuando me canse, venid por él: pasaréis buenos
+ratos.</p>
+
+<p>Se alejó la enamorada pareja. Feli reía del <i>Ingeniero</i>, de sus
+pretensiones galantes y del mastín con faldas que le acompañaba.</p>
+
+<p>&mdash;Es un hombre temible&mdash;dijo Isidro con tono irónico&mdash;. El terror del
+barrio... Y tú parece que le has dado golpe: tendré que vigilaros...</p>
+
+<p>Volviendo hacia lo alto del Rastro, asomáronse al patio de las <i>Viejas
+Américas</i>. La muchacha admiró las grandes tiendas de antigüedades y las
+de muebles con sus sillerías de sedas vistosas que alegraban los
+sombríos rincones del caserón. Isidro<a name="page_195" id="page_195"></a> mostró a Feliciana un hombre
+obeso y cejudo que en la puerta de su tienda enseñaba unas planchas
+pintadas en cobre a dos señoras extranjeras. Aquel era su tío; debían
+pasar sin saludarlo, no creyera que iban a pedirle algo.</p>
+
+<p>Permanecieron más de una hora en la tienda de los hijos del <i>Ingeniero</i>.
+Maltrana reconoció que sus primos eran unos judíos, como decía el padre,
+sin alegría, sin afectos, cual si tuviesen cegada el alma por el polvo
+amontonado en el establecimiento. Le hablaban con seriedad recelosa,
+temiendo que apelase al parentesco para no pagar.</p>
+
+<p>En otro sitio hubiese adquirido Isidro los mismos muebles a menos
+precio. Pagaba el parentesco y la vergüenza del regateo. Compraron una
+camita dorada, una mesa de escribir, otra de comedor, varias sillas y un
+colchón con almohadas y dos mantas. Todo era modesto, de poco precio;
+pero la cama, con sus hierros coruscantes, les pareció a los dos un
+derroche, un alarde de suprema elegancia, una manifestación de su
+propósito de vivir en grande, sin privaciones. Siete duros les costó
+esta joya. Los dos se miraban con inquietud. ¡Qué modo de gastar el
+dinero! Pero este remordimiento desvanecíase al examinar la cama otra
+vez, fijándose especialmente en el colchón de muelles. ¡Ella, que no
+había conocido otro lecho que un jergón sobre tablones en la casucha del
+<i>Mosco</i>! ¡El, que durante años aguardaba a que le dejasen libre el
+camastro para descansar sus huesos!...</p>
+
+<p>Los dos abandonaron la tienda, trémulos de emoción por las adquisiciones
+que acababan de realizar. Por fin, iban a tener una casa, a ser dueños
+de algo. Comenzaban una vida nueva. Antes de dos horas tendrían los
+muebles en su casita, en aquel nido próximo a las nubes.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cuánto dinero hemos gastado!&mdash;decía Feli,<a name="page_196" id="page_196"></a> apreciando con el tacto la
+disminución del envoltorio que llevaba en la mano&mdash;. Si seguimos
+derrochando así, dentro de poco pediremos limosna.</p>
+
+<p>Isidro la tranquilizaba: aún tenía más dinero para las necesidades de la
+casa. Y después, ganaría nuevas cantidades; contaba con su pluma para
+vivir.</p>
+
+<p>Y hablaba de su pluma con petulante seguridad, como si el mundo entero
+aguardase impaciente que él se dignara escribir algo para adquirirlo.</p>
+
+<p>Salieron del Rastro. Cerca de la plazuela contemplaron un instante los
+puestos de los remendones que aprovechan el calzado viejo recogido en
+las calles. Tenían ante ellos grandes montones de zapatos húmedos,
+extraídos de una gran cuba, y agarrándolos como animalillos muertos, les
+arrancaban las tachuelas, las suelas, los tacones, todo lo aprovechable.
+Lo inservible caía en el suelo, pegándose a las piedras como inertes
+piltrafas.</p>
+
+<p>Junto a la estatua del héroe de Cascorro se cruzaron con dos ropavejeros
+que volvían de recorrer las calles pregonando sus ofrecimientos de
+compra. Llevaban al brazo varias prendas de ropa. Calzaban alpargatas,
+cubríanse la cabeza con boinas, pero encima de ellas, como si fuesen las
+enseñas del oficio, llevaban con solemnidad, uno de ellos un sombrero de
+copa, y el otro una teja de cura de un negro verdoso. Caminaban
+gravemente, como dos caricaturas de la riqueza y el clero, sin prestar
+atención a las risas de los curiosos, y se metieron en la taberna del
+<i>Manco</i> para hablar de sus asuntos entre dos «tintas».</p>
+
+<p>Isidro y Feliciana sentían impaciencia por verse en su casita. Dudaron
+un instante ante la puerta de un café, no sabiendo si almorzar en él.
+No; mejor sería en su casa, completamente solos, sin la molestia de las
+miradas del público.<a name="page_197" id="page_197"></a></p>
+
+<p>Al presentarse el camarero con una gran bandeja en aquel piso alto donde
+ocultaban su felicidad, tuvieron que colocar sobre una mesilla del señor
+Vicente el solomillo con patatas, la merluza frita, el postre de pasas y
+almendras y la botella del vino. Comieron con el buen apetito de la
+juventud, con esa excitación que proporciona la novedad de los cambios
+de sitio.</p>
+
+<p>Feli, de vez en cuando, fruncía el entrecejo con sus preocupaciones de
+amita de casa.</p>
+
+<p>&mdash;Esto empieza mal; gastamos demasiado. Con lo que cuesta este aparato
+que han traído del café tengo yo para dos días.</p>
+
+<p>Maltrana contestaba con risas. Había que alegrarse: aquel domingo era el
+de sus bodas, el primor día que pasaban juntos. Ya pensarían luego en
+las economías.</p>
+
+<p>Bebieron en el mismo vaso, cuidando el uno de poner los labios en la
+empañadura que dejaba la boca del otro. Se besaban entre bocado y
+bocado, marcándose en las mejillas redondeles de vino y de grasa:</p>
+
+<p>&mdash;¡Cochino, cómo me pones!&mdash;decía Feli con gracioso mohín, limpiándose
+la cara&mdash;. ¡Ay! ¡Déjame comer! ¡déjame tranquila! Mira que estoy
+cansada, que deseo paz... que aún nos queda mucho por arreglar.</p>
+
+<p>La presencia del señor Vicente hizo que el almuerzo acabase con cierta
+tranquilidad. Venía de oír varias misas, de asistir a una reunión de
+Hermandad, de hablar con los señores de la Conferencia, que le
+entregaban las estampitas y hojas piadosas para los impíos de la plebe.
+Los domingos eran días de gran trabajo.</p>
+
+<p>Se negó a aceptar los restos del almuerzo que le ofrecía el joven.
+Gracias, señor de Maltrana; no era orgullo, pero estaban en Cuaresma, y
+él ayunaba<a name="page_198" id="page_198"></a> rigurosamente. Había devorado en la calle su modesta
+colación; la carne pecadora ya tenía bastante.</p>
+
+<p>Fijaba sus ojos enfermos en Feli con cierta inquietud, turbado por la
+presencia de una mujer joven y bonita en su propia sala, en medio de los
+estantes empolvados repletos de tomos de pergamino que guardaban toda la
+sabiduría y la santidad del mundo.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque usted es la señora del señor de Multrana? Vaya, vaya... Que
+sea por muchos años.</p>
+
+<p>Y al decir esto, paseaba por la habitación con sus zapatos de cura, que
+parecían querer escapársele a cada paso, acompañando sus movimientos con
+un monótono chac-chac. Tenía en sus piernas algo inexplicable que
+parecía repeler los lacios pantalones que las cubrían. Feli pensaba que
+aquel hombre había nacido para llevar una sotana, un hábito, una
+envoltura talar. Se movía y andaba como si unas sayas invisibles
+estorbasen su paso.</p>
+
+<p>&mdash;¿Conque usted es la señora del señor de Maltrana?&mdash;repitió otra vez,
+no sabiendo qué decir&mdash;. Vaya, vaya... Que Dios la bendiga y la dé
+muchos hijos, para que la acompañen en el ciclo... Tiene usted cara de
+buena; el señor de Maltrana también es bueno, aunque algo olvidado de la
+salud del alma. Usted le guiará por el buen camino: las señoras, para
+estos casos, saben más que nosotros. Creo que nos entenderemos, que
+viviremos como buenos cristianos, en santa paz.</p>
+
+<p>El señor Vicente entró a detallar su futura vida. Libertad completa para
+todos. Ellos tenían su llave, y él guardaba la suya. Cada uno podía
+entrar y salir cuando quisiera. No hacía falta llamarse mas que en casos
+de necesidad, como buenos hermanos. El se acostaba muchas veces cuando
+aún había sol en el horizonte. Otras llegaba a altas horas de la<a name="page_199" id="page_199"></a> noche.
+Se retrasaba peleando con algún pecador de lengua blasfema; velaba
+enformos, con la esperanza de que se arrepintiesen a última hora. La
+noche era tan buena como el día para servir a Dios. Además, dormía poco:
+le repugnaba el sueño, por ser el momento que aprovecha el Malo para
+tentar y atormentar con visiones pecaminosas e impuros disparates.
+Ansiaba la llegada del día como un descanso, y antes de apuntar el alba
+estaba de pie para asistir a la misa primera. Cuando ellos se
+levantasen, ya andaría él muchas horas por el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;No crea usted, señora&mdash;continuó&mdash;, que siempre he vivido tan
+cristianamente. He tenido mis épocas de calavera, de trasnochador.</p>
+
+<p>Al decir esto, sonrió con una candidez que pretendía ser maliciosa.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando yo conquistaba a mi zapatero, un demonio de Granada que cometió
+enormes sacrilegios, y cuya conversión no sé si se la habrá contado don
+Isidro, entonces pasé meses y aun años acostándome después de la salida
+del sol. El pecador tenía gusto en oírme, y yo me agarraba a él,
+acompañándolo a las tabernas y a sitios peores, señora... a sitios donde
+fueran conducidas en tiempos de martirio las santas vírgenes para ser
+atormentadas en lo que más estimaban. El Señor me lo perdone... El bebía
+y hacía cosas peores; yo le hablaba, sin aceptar sus obsequios, sin
+hacer caso de sus blasfemias, esperando que estuviese bien borracho para
+ver si de este modo podía meterlo en una iglesia y que oyese una misa,
+una tan sólo, con la esperanza de que Dios y su Santísima Madre me
+habían de ayudar, tocándole el corazón. ¡Y costó, pero llegó! Pasé años
+haciendo una vida de pillo, pero puedo decir que he devuelto un alma al
+Señor... Ya le contará más despacio el señor de Maltrana mi conquista
+del zapatero.<a name="page_200" id="page_200"></a></p>
+
+<p>Y paseaba, guiñando los sanguinolentos ojos, frotándose las manos,
+celebrando su malicia y aquella conversión que era el acto más glorioso
+de su vida.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí estará usted muy bien, señora&mdash;continuó&mdash;. Hay de todo en el
+distrito; tiene usted inmediatas varias iglesias, con misas a todas las
+horas. Además, casi a la mano, está la catedral. San Isidro, con su
+famosa capilla isidoriana. Si usted no la ha oído, vaya a oírla. Un coro
+de ángeles, una bandada de querubines, que la dejarán con la boca
+abierta.</p>
+
+<p>Cuando se presentaron dos mozos de cordel trayendo a cuestas una parte
+de los muebles, el señor Vicente se despidió. Tenía que hacer propaganda
+aquella tarde. Ahora visitaba a la gente de la carretera de Extremadura:
+unos pobrecillos sin más medios de existencia que el trabajo en los
+tejares durante el verano y el robar cardillos y leña de la Casa de
+Campo. Allí se quedaban los dos como dueños de todo. Con otros huéspedes
+no osaría tales confianzas. Pero el señor de Maltrana podía hacer lo que
+gustase y disponer de su biblioteca: todas las puertas quedaban
+abiertas. Si necesitaba clavar algo en el arreglo de la casa, allí tenía
+un poco de todo, en el cajón de los chismes. Y le mostró en el fondo de
+una caja clavos, tachuelas, dos martillos rotos, todo de hierro viejo
+recolectado en sus excursiones por las afueras y traído a casa con una
+minuciosidad que le hacía aprovechar cuantos objetos veía en el suelo.
+Si la señora necesitaba botones, hilos o agujas, también encontraría
+gran provisión en una tabla de la biblioteca.</p>
+
+<p>Los amantes, viéndose solos, dedicaron gran parte de la tarde al arreglo
+de los muebles. Los habían dejado los portadores agrupados en el centro
+de la habitación que destinaba Isidro para despacho.<a name="page_201" id="page_201"></a> Después de largas
+reflexiones y no menores titubeos, se dispusieron los jóvenes a
+colocarlos.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí la mesa, junto a la ventana&mdash;dijo Feli&mdash;. Tú escribirás de
+espaldas a la cocina, y yo vendré de puntillas, poquito a poco, y...
+¡zas! te daré el gran susto, cuando menos lo esperes, echándote los
+brazos al cuello, besándote... así, así.</p>
+
+<p>Y el silencio monacal de la casa del hermano Vicente conmovíase
+escandalizado por una lluvia de ruidosos besos y por los suspiros de
+pasión que acompañaban a los fuertes abrazos.</p>
+
+<p>Al colocar la mesa de comedor, sentáronse frente a frente; pero
+arrepentidos de establecer entre los dos este obstáculo, diéronse las
+manos por encima de ella, mientras por debajo se buscaban los pies.
+Luego, soltándose Feli con inesperado tirón, se levantó y corrió
+alrededor de la mesa, perseguida por Isidro, que lo acosaba con rugidos
+de ogro.</p>
+
+<p>&mdash;¡Que te como, feísima!... ¡Que te devoro, sosa... desgalichá!</p>
+
+<p>Con tales intermedios, el arreglo de los muebles, a pesar de ser pocos,
+amenazaba prolongarse hasta bien entrada la noche.</p>
+
+<p>La colocación de la cama fue el asunto magno de la tarde. Cambiáronla de
+sitio un sinnúmero de veces, sin que llegase a quedar nunca a gusto de
+los dos. Sudaban, con la cara roja de fatiga, al mover y dar vueltas a
+este armatoste dorado en la estrechez de la habitación.</p>
+
+<p>Feli, arremangándose los brazos, pegados a su frente los rebeldes rizos
+con el sudor y el polvo, daba pataditas en el suelo y torcía el gesto,
+no encontrando nunca a su gusto la posición de la cama. Quería que se
+viese bien, que la luz hiciera brillar el oro con todo su esplendor:
+para esto habían gastado el dinero. Y cuando la veía colocada en estas
+condiciones, surgían otros inconvenientes. ¿Es que<a name="page_202" id="page_202"></a> iba a dormir ella
+junto a la pared?... No; ella sería la primera en levantarse; había de
+madrugar para el buen arreglo de la casa, y no quería que Isidro viese
+turbado su sueño.</p>
+
+<p>Nuevos cambios de sitio, otros tirones y esfuerzos, sin que el maldito,
+lecho llegase a colocarse a su gusto en la estrecha habitación.</p>
+
+<p>Feli, para apreciar en todos sus detalles la hermosura de este mueble,
+que la llenaba de orgullo, colocó el colchón, las mantas y las almohadas
+sin funda. Sábanas ya las compraría al día siguiente, pues había sentido
+repugnancia por las que le ofrecían en el Rastro. Quedó largo rato
+contemplando la cama con cierta indecisión.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estará bien así, Isidro? ¿Qué dices tú?...</p>
+
+<p>Maltrana, cogiéndola del talle, la hablaba al oído, cosquilleándole una
+oreja con su aliento. Así o de otra manera, bien estaba. ¿Iban a pasar
+la tarde sudando y haciendo fuerza como gallegos? La pobre cama tenía
+derecho a quejarse con tantos arrastres y vueltas. Había que dejarla
+quieta... hacerla los honores de la nueva instalación...</p>
+
+<p>Feli se abandonó, vencida, trastornada por el susurro tibio que
+acariciaba su oído, erizando al mismo tiempo la suave película de su
+mejilla. Durante una hora durmieron los ecos de la casa del santo, sin
+otros estremecimientos que el metálico ruido del armatoste, que parecía
+condenado a no descansar.</p>
+
+<p>Cuando los amantes, dando por terminado el arreglo del dormitorio,
+volvieron a lo que había de ser despacho, Maltrana buscó el martillo y
+los clavos.</p>
+
+<p>Quería adornar su habitación de trabajo colocando unas láminas regaladas
+por un amigo. Eran retratos, y el joven explicó a Feli la grandeza de
+todos aquellos señores que mostraban sobre el papel<a name="page_203" id="page_203"></a> su gesto leonino,
+mirando a lo alto con ojos ardientes de inspiración.</p>
+
+<p>&mdash;Fíjate, nena; éste es Víctor Hugo, un semidiós. Cuando yo arregle mis
+libros, te daré a leer algo suyo. Este otro es David-Federico Strauss,
+uno que se metió a examinar la vida de Jesús y no dejó en ella títere
+con cabeza. Este barbudo es Darwin; el otro, que parece un erizo blanco,
+mi gran tío Schopenhauer; el de más allá, Zola, con su mirada triste,
+como si fuese a llorar; aquel viejo tan guapo y simpático, el amigo
+Hæckel... Todos gentes distinguidas, apreciables puntos, que no se
+ofenderán de vivir con nosotros en plena alegría juvenil. ¡Las cosas que
+van a presenciar estos ilustres gachos!...</p>
+
+<p>Feli sonreía contemplando los retratos, creyendo de buena fe, en su
+sencilla ignorancia, que eran señores de Madrid a los que conocía y
+trataba su amante. Esta misma amistad la hizo presentir que podían ser
+mal vistos por el dueño de la casa.</p>
+
+<p>&mdash;Pero Isidro, ¿y don Vicente? ¿No se ofenderá al ver a estos
+caballeros?</p>
+
+<p>Maltrana prorrumpió en una carcajada al oír el nombre del «santo». El
+día anterior, al dejar los grabados en la casa, se los había enseñado,
+quedando el devoto perplejo largo rato en su contemplación.</p>
+
+<p>&mdash;Yo&mdash;dijo&mdash;desconfío siempre de los señores que tienen mucha fama. No
+conozco a estos caballeros mas que para servirles; jamás leo periódicos;
+pero me escamo cuando los papeles hablan mucho de un hombre. Ahora sólo
+se habla de los grandes pecadores: los santos viven en la obscuridad.</p>
+
+<p>Luego de una larga reflexión, había preguntado:</p>
+
+<p>&mdash;¿No estarán entre estos señores Voltaire y Garibaldi?</p>
+
+<p>El hermano Vicente no conocía mayores impíos.<a name="page_204" id="page_204"></a> El nombre de Voltaire,
+pronunciado con todas sus letras, le hacía estremecer, al mismo tiempo
+que se alteraban sus ojos inflamados con el lagrimeo de la rabia.</p>
+
+<p>-No; señor Vicente; no están.</p>
+
+<p>-Me alegro. Porque si estuvieran Voltaire y Garibaldi, yo me marcharía.
+No podría vivir bajo el mismo techo que esos demonios.</p>
+
+<p>Y más tranquilo ya, examinó los retratos, alabando a algunos de aquellos
+señores, que, por sus grandes barbas de plata y sus frentes serenas,
+tenían, según él, caras de santo.</p>
+
+<p>Cuando Maltrana terminó de clavar unas perchas en el dormitorio y dio
+por definitivamente colocados todos los muebles, comenzaba a anochecer.
+Había que pensar en la cena y en la luz. Las necesidades de la vida
+turbaban su amoroso aislamiento, haciéndoles salir de aquella
+inconsciencia de pájaros errantes que por primera vez construían nido.</p>
+
+<p>Isidro tomó el sombrero para bajar a la calle y hacer sus compras.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, niña... Rica, adiós: vuelvo en seguida.</p>
+
+<p>Se despedían entre fuertes abrazos. Alejábanse y volvían a juntarse, con
+nuevos besos, como si Fuese él a emprender un interminable viaje. Por
+fin, se separaron en el rellano de la escalera.</p>
+
+<p>&mdash;Cierra, bien&mdash;dijo Maltrana, como si temiese los mayores peligros
+durante su ausencia.</p>
+
+<p>Y sólo se decidió a bajar cuando vio cerrada la puerta y sonaron tras
+ella los ruidos de la llave y el cerrojo.</p>
+
+<p>Volvió a la media hora, con un paquete de bujías, dos chuletas empanadas
+de una taberna cercana, una libreta, una botella de vino y un paquete de
+dulces. ¡Juerga completa! Decididamente, la vida de burgués, con casa
+propia y mujer única, tenía<a name="page_205" id="page_205"></a> grandes encantos. La vida era alegre; había
+que dar a la vida un sentido helénico, y el helenismo no podía ser más
+fácil de conseguir: estaba en el escaparate de una confitería, en los
+ojos de una tierna muchacha, aunque hubiese nacido entre los
+estercoleros de Tetuán.</p>
+
+<p>Feli le aguardaba en el rellano, trémula de miedo.</p>
+
+<p>&mdash;Isidro, ¿eres tú?&mdash;preguntó con voz acongojada.</p>
+
+<p>Había anochecido. Al invadir las sombras su nueva habitación, la
+muchacha experimentó el terror de lo desconocido. La daban miedo los
+libros en sus vetustas estanterías; pensaba con pavor en cierto Cristo
+ensangrentado, con lacias melenas, que el señor Vicente tenía en la
+pieza inmediata. Se había refugiado en la escalera y aguardaba
+impaciente la llegada de Isidro.</p>
+
+<p>Este encendió una bujía, y fue alineando sus provisiones sobre la mesa.
+Feli, con la luz y los dulces, recobró la alegría.</p>
+
+<p>Comieron y bebieron, hablando de acostarse al poco rato. Reían, pensando
+en que otras noches, a aquellas horas, todavía vagaban por los campos.
+Iban a dormir como las gallinas. ¡Oh la vida ordenada! ¡La vida
+tranquila, lejos de todos, queriéndose mucho, aislados del mundo, en el
+dulce egoísmo del cariño!... Les parecía imposible que las gentes fuesen
+tan ciegas que no supieran vivir así.</p>
+
+<p>Mientras comían, hablaron de lo que pensaban hacer a la mañana
+siguiente. Visitarían las tiendas de la calle de Toledo para que ella
+comprase las sábanas. Isidro, desoyendo sus protestas, pensaba regalarle
+cierto vestido expuesto en un maniquí a la puerta de una tienda de
+modas. Además, acordábase de que hacía tiempo que soñaba Feli con unas
+botas altas, muy altas, de suave color de limón y con muchos botones.<a name="page_206" id="page_206"></a></p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡nos vamos a arruinar, nene!&mdash;suspiraba ella, posando la cabeza
+en un hombro del amante&mdash;. Tú no tienes dinero para tanto.</p>
+
+<p>Maltrana protestó. El trabajaría. ¿Y para quién era todo su dinero?...
+Para su Feli, para su gorrera graciosa, que lo había abandonado todo;
+siguiéndole a él, pobre y feo.</p>
+
+<p>&mdash;¡No digas eso!...&mdash;suspiraba ella&mdash;. Tú eres el hombre más guapo de
+Madrid, el que más sabe. Aunque me buscase el mismísimo príncipe de
+Asturias, le diría que no. Ya tengo a mi Isidro, que es para esta
+pobrecita mucho más que los príncipes y los reyes. ¡Si supieras qué
+celos me daba una compañera de taller cuando decía que, aunque feo, eres
+simpático!...</p>
+
+<p>Terminada la cena, devoraron los dulces y bebieron las últimas gotas de
+vino. Feli, sin darse cuenta, habíase deslizado de su asiento, acabando
+por acomodarse en las rodillas de Maltrana. Le ofrecía entre sus labios
+un dulce; lo partían con largo y meloso beso, y el joven, después de
+esta caricia, hablaba gravemente de su porvenir.</p>
+
+<p>&mdash;Vivimos mal, Feli&mdash;decía&mdash;. ¿Crees tú que estoy satisfecho de la
+existencia que te ofrezco?... Ahora podemos sufrirlo todo porque somos
+jóvenes, porque nos amamos. Tenemos la salsa que hace chuparse los dedos
+con el plato más insípido: la alegría y el amor...</p>
+
+<p>&mdash;Yo estoy bien, nene. Quisiera quedarme para siempre así... con la
+cabecita en tu hombro... y dormirme... y no despertar nunca.</p>
+
+<p>&mdash;Pues yo deseo más. Yo quiero darte criada y un cuarto mejor, y que
+vistas como una señora, y vayas al teatro, y algún día la gente te
+salude, y digan todos: «Ahí va la mujer de Isidro», y hasta en los
+periódicos se hable de «la bellísima señora de Maltrana».<a name="page_207" id="page_207"></a></p>
+
+<p>Feli rió como una niña.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡qué tonto!... ¡Qué cosas tan <i>superficiales</i> deseas! Lo que
+importa es quererse. La gente que se arregle como pueda; que diga lo que
+mejor le plazca.</p>
+
+<p>Maltrana quedó largo rato pensativo. Sentía el entusiasmo, la fe en el
+porvenir, los ensueños de ambición que acompañaban todos sus momentos de
+bienestar físico.</p>
+
+<p>&mdash;Empezamos mal, Feli; con grandes necesidades, como todos los que
+subieron muy alto... Tú no te das cuenta de adónde podemos llegar. Me
+quieres, pero ignoras en realidad quién es tu Isidro. Hasta el presente
+he luchado con la mala suerte; pero tú me traes la Fortuna. Trabajaré,
+escribiré mucho: tengo ahora una fuerza, un vigor para el trabajo, que
+no había conocido nunca. La gente acabará por fijarse en Maltrana, por
+ver en él un gran escritor, un talento extraordinario.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién lo duda, bobito!&mdash;exclamó Feli&mdash;. Tú tienes mucho talento: eso
+lo he dicho yo desde que te conocí. Deja que te bese esa frente donde
+guardas tu talentazo; deja que te acaricie con los labios ese almacén de
+donde sacas tus cosas bonitas.</p>
+
+<p>Oprimía entre sus brazos la cabeza del amante, la besaba enardecida,
+como si quisiera morder su frente enorme y rugosa.</p>
+
+<p>Maltrana, después de desasirse, continuó con entusiasmo:</p>
+
+<p>&mdash;Me dedicaré a la política; quiero que seas una gran señora, y en este
+país no hay camino mejor para subir aprisa. Yo llevo dentro algo. El día
+que me conozcan, impondré respeto. Seré director de periódico, seré
+diputado... ¡Llegaré a ministro, Feli, y tú serás mi mujer, la esposa de
+Su Excelencia!...</p>
+
+<p>El joven hablaba con la fe de todos los humildes<a name="page_208" id="page_208"></a> de alguna imaginación,
+que hasta en los momentos de mayor angustia se sienten tocados por las
+alas de oro de la Quimera y creen que en el porvenir les aguardan
+inmóviles la riqueza o la fortuna política para que las tomen con sus
+manos.</p>
+
+<p>Feli reía con entusiasmo infantil, no sintiendo la menor duda acerca de
+las esperanzas de su amante, creyendo que estos ensueños podían
+realizarse al día siguiente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Yo, ministra!&mdash;exclamó&mdash;. ¡Y tendré coches, y los lacayos se me
+quitarán la chistera con galones dorados, y mi tío el <i>Federal</i> se
+quedará con un palmo de boca abierta cuando pase en carretela por la
+Puerta del Sol, frente a su oficina!... ¡Y tú irás a Palacio y te
+tratarás con las grandes damas, y...!</p>
+
+<p>El rostro de Feli pareció entenebrecerse. Apretó los labios, le
+brillaron los ojos, y dijo con enfurruñamiento:</p>
+
+<p>&mdash;No; tú no serás ministro; no quiero que lo seas, no me da la gana, ¿lo
+entiendes, Isidro?... Dime que no lo aceptarás aunque te lo ofrezcan;
+dimelo, o reñimos... El mundo está lleno de tentaciones, y ¡no digo nada
+si acudirían las señoronas al ver a este feo, que habla como los propios
+ángeles y tiene tanto talento, vestido de general, con una casaca de
+esas que tienen la pechera bordada de ojos!... ¡lo mismo que las moscas
+a la miel! ¡Ojo, señorito! Yo tengo mucho quinqué, y adivino las cosas.
+No serás ministro, no. Dime en seguida que no lo serás, o te pego.</p>
+
+<p>Se incorporaba sobre las rodillas de Isidro, y fingiendo furor,
+abofeteábale con su blanca manecita. Después, pareciéndole poco este
+castigo, metía sus dedos en la crespa cabellera del joven, tirando sin
+compasión de los mechones.</p>
+
+<p>&mdash;No, no lo seré&mdash;exclamó Maltrana&mdash;. Presento<a name="page_209" id="page_209"></a> la dimisión de la
+cartera; crisis total. Pero ¡déjame el pelo, niña, que me haces daño!</p>
+
+<p>&mdash;Está bien&mdash;dijo Feli más tranquila&mdash;. Te dejo, pero ¡cuidadito con
+faltarme a la palabra!... Lo que deseo es que algún día vivamos como
+esos matrimonios que no tienen que rabiar por el puchero, que envían sus
+lujos a un colegio, tienen su buena casa allá en el barrio de Salamanca,
+salen a paseo juntos, y los días que hace mal tiempo se dan una
+vueltecita en coche, muy apegadizos, con los vidrios levantados. ¿Puede
+ser esto, Isidrín?... Tú escribirás mucho; escribe cuanto quieras: yo no
+he de enfadarme por eso. Pero sin cansarte, ¿eh? Cuando te canses, lo
+dejas; no quiero que se me pongan enfermos estos ojitos tan monos.</p>
+
+<p>Y besaba los ojos de Maltrana delicadamente, como si temiera lastimarlos
+con sus labios.</p>
+
+<p>&mdash;Podías hacer también cosas para los teatros; mi tío dice que eso da
+mucho dinero... Pero no: ¡qué bruto soy! Dime que no en seguida, o te
+araño. ¡Dónde iba yo a meterte!... Nada de teatro: queda prohibido.
+Escribirás en los periódicos, escribirás libros; y si alguna vez las
+señoronas te envían cartitas, entusiasmadas por esas cosas tan monas que
+sabes decir, ¡cuidado con hacer caso de ellas!... Mira que tú aún no me
+conoces; mira que yo, cuando le tengo ley a una persona, soy peor que
+una mosca.</p>
+
+<p>Y la pobre Feli, haciéndose la temible, se apretaba contra Isidro, le
+estrechaba en sus brazos, frotaba su cara en uno de sus hombros, le
+acariciaba el cuello con el raso de sus labios.</p>
+
+<p>Sentíanse invadidos los dos por una dulce laxitud, por un deseo de
+descansar en algo más sólido que las frágiles sillas... ¡A dormir! Pero
+no durmieron: no tenían sueño.</p>
+
+<p>Escucharon desde su cama, envueltos en la obscuridad,<a name="page_210" id="page_210"></a> el rechinar de la
+cerradura y la entrada del señor Vicente, a tientas, en su habitación.</p>
+
+<p>Feli, apretando su boca contra un brazo del amante para que no sonase su
+risa, seguía, regocijada, todos los ruidos del «santo», adivinando su
+significación. ¡Plam! ¡plam! Era que se quitaba, los zapatones de
+fraile, arrojándolos lejos. Ahora, se desnudaba; después se tendía en el
+jergón.</p>
+
+<p>La traviesa Feli tuvo un pensamiento que la hizo retorcerse con grandes
+contorsiones para ahogar su risa. Isidro le preguntó al oído, riendo
+igualmente, sin saber por qué. ¿En qué pensaba?</p>
+
+<p>&mdash;Pienso...&mdash;murmuró la muchacha&mdash;pienso en la figura que hará el santo
+en camisa.</p>
+
+<p>Y los dos, fuertemente abrazados, volvían a reír, estremeciéndose sus
+carnes desnudas bajo la manta, rozándose con el temblor del regocijo
+sofocado.</p>
+
+<p>Sonó largo rato un murmullo en la vecina habitación. El señor Vicente
+rezaba sus oraciones. Luego, un ronquido fatigoso cortó el silencio.</p>
+
+<p>Los amantes no durmieron. Reían de este roncar grotesco interrumpido por
+largos suspiros. El señor Vicente despertaba unos instantes, mascullando
+santas exclamaciones: «¡Ay, señor!», y volvía a sumirse en su sueño
+intranquilo, cortado por las visiones del ayuno y la exaltación.</p>
+
+<p>Oían detrás del tabique su voz medrosa con sacudidas de terror:</p>
+
+<p>-¡Suéltame... te conozco! Eres el Malo... ¡Largo de aquí!</p>
+
+<p>Feli no pudo contenerse por más tiempo, y su carcajada infantil rodó en
+el silencio como una campanilla de plata.</p>
+
+<p>Así transcurrió la noche. Los amantes ya no reían; callaban, como si
+durmiesen. En su habitación gemía la cama con ligeros temblores, cual si
+anduviesen ratas por debajo de ella.<a name="page_211" id="page_211"></a></p>
+
+<p>Al otro lado del tabique hablaba en sueños el señor Vicente, estremecido
+por el horror de sus visiones.</p>
+
+<p>&mdash;Te conozco, Malo... Pierdes el tiempo enseñándome esas
+asquerosidades... Mi carne está muerta... Gloria al Señor... La impureza
+no entrará en la casa de su siervo.<a name="page_212" id="page_212"></a></p>
+
+<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3>
+
+<p>Maltrana, en la apacible calma de su nueva existencia, terminó pronto el
+libro del marqués de Jiménez. El grave prócer mostrábase satisfecho del
+trabajo. Además, por encargo suyo, vigilaba el joven la impresión y
+corregía las pruebas. ¡El senador tenía tantas ocupaciones!...</p>
+
+<p>Cada vez que Isidro le presentaba un pliego impreso, don Gaspar
+examinábalo minuciosamente, dando bufidos de satisfacción ante las
+páginas que presentaban gran cimiento de notas. Las que aparecían con el
+texto solo, provocaban en él un mohín de disgusto.</p>
+
+<p>&mdash;No tienen seriedad&mdash;decía el senador&mdash;. Parecen páginas de una novela.
+Pero, hombre, ¿qué le hubiera costado poner unas cositas al pie?...</p>
+
+<p>Cuando el libro estuvo impreso, el marqués hizo un nuevo encargo a
+Maltrana. El jefe del partido, que había de escribir el prólogo,
+entreteníale con excusas, sin cumplir su promesa. Don Gaspar no se
+ofendía por ello, conociendo las exigencias de la política, la vida
+cruel, abrumada de trabajo, que arrastran sus hombres. Por fin, el
+importante personaje, dando al marqués una muestra de gran confianza, le
+había rogado que escribiese él mismo el prólogo, autorizándole para que
+pusiese su firma<a name="page_213" id="page_213"></a> al pie. Quien había escrito un libro tan notable, bien
+podía en una noche pergeñar unas cuantas cuartillas a guisa de
+introducción.</p>
+
+<p>&mdash;Y yo, joven amigo&mdash;siguió diciendo el prócer&mdash;, le transmito a usted
+el encargo, rogándole que haga todo cuanto sepa... ¡Qué honor, joven!
+¡Escribir cosas que ha de avalorar con su firma un personaje ilustre!
+Muy pocos alcanzan esta gloria a la edad de usted... Creo inútil
+indicarle lo que el prólogo debe decir. A su talento me confío. El jefe
+me quiere mucho; de permitirlo sus ocupaciones, hubiese dedicado a mi
+obra grandísimas alabanzas. Tire usted de pluma sin miedo. Mejor que
+nadie, sabe usted que ese libro es el resumen de una larga vida política
+y que hay en él cosas muy notables.</p>
+
+<p>Descendiendo, como él decía, a la práctica, y sin soñar&mdash;eso nunca&mdash;,
+habló el marqués de la remuneración del nuevo trabajo. Por el libro,
+ajustado en tres mil reales, le daría mil pesetas, pues estaba contento,
+aunque no había apretado la mano tanto como él deseaba en lo de las
+notas. Aun así, el jefe, que sólo conocía el índice, había hecho grandes
+elogios de la erudición de la obra. Por el prólogo le aumentaría
+cincuenta duros, pero tendría que lucirse, haciendo un trabajo que
+asombrase y apabullase a los otros caudillos de grupo que osaban
+discutir en el Congreso con el ilustre jefe.</p>
+
+<p>&mdash;Estos son misterios de alta política. ¡Qué honor para usted conocerlos
+siendo tan joven! Punto en boca, amigo Maltrana: me perdería usted ante
+el jefe si éste llegase a saber que el prólogo lo ha hecho otro que yo.
+No tendría confianza en mi, y a usted le conviene que la tenga... Cuando
+seamos Poder... ¡Ya verá usted cuando seamos Poder!</p>
+
+<p>Con estas esperanzas pretendía halagar a Maltrana para que guardase
+silencio. El joven escribió<a name="page_214" id="page_214"></a> el prólogo, mostrándose satisfecho de la
+retribución. ¡Cinco mil reales, de los cuales llevaba comidos cerca de
+la mitad!... Le quedaba cuerda para dos meses largos, y en este tiempo,
+raro sería que don Gaspar, halagado por el éxito, no desease hacer otro
+libro. Decididamente, la vida era alegre.</p>
+
+<p>Aún no había salido del primer encantamiento de su existencia plácida,
+ordenada y tranquila al lado de Feli. La muchacha se revelaba como una
+excelente ama de casa. Descendía por las mañanas a la plazuela con
+mantón y cesta; después, pasábase el día con los brazos arremangados,
+cocinando, sacudiendo el polvo, repasando la escasa ropa de Isidro.</p>
+
+<p>Nunca había ido éste tan pulcro. Sus amigos hablaban con asombro de la
+blancura de su camisa y la limpieza de su sombrero. Además, engruesaba,
+tenía mejor color. Los pucheretes de Feli, los guisos campestres
+aprendidos en casa de su padre y el no trasnochar daban nuevo vigor a su
+cuerpo quebrantado por las privaciones y desarreglos de la vida bohemia.</p>
+
+<p>&mdash;Tiene una muchacha&mdash;decían sus camaradas&mdash;que le arregla y le cuida:
+una verdadera ganga, y además, guapa. ¡Qué suerte la de ese chico!...</p>
+
+<p>Y comentaban el astuto recelo de Maltrana, que, conociendo la lengua
+libre y las audacias de la tropa menuda de sus amigos, cuidábase de
+ocultarles su domicilio. Temía las visitas de éstos, y aun a los más
+íntimos les daba cita en el salón del Ateneo llamado de la
+«Cacharrería».</p>
+
+<p>Feli, por su parte, también experimentaba los beneficiosos efectos de la
+nueva existencia. Mostrábase alegre; sólo de tarde en tarde pasaba una
+nube por sus ojos, acordándose del <i>Mosco</i>. ¡Qué haría su padre en la
+casucha de las Carolinas! ¡Qué diría de ella!...<a name="page_215" id="page_215"></a></p>
+
+<p>Cuando en las tardes de los domingos salían los dos a las afueras,
+evitando el aproximarse a los Cuatro Caminos, o paseaban por las
+avenidas más solitarias del Retiro, el amante contemplábala con cierto
+orgullo, como si fuese obra suya, complaciéndose en sus perfecciones.</p>
+
+<p>&mdash;¡Si te viesen tus amigas de antes, chiquilla!... Estás hecha una
+señorita; el día en que menos lo esperes te compro un sombrero.</p>
+
+<p>Había adquirido Feli su traje en una tienda de modas de la calle de
+Toledo. La sedujeron unos maniquíes colocados en la acera como si fuesen
+damas sin cabeza, vestidas de colorines y alineadas para una recepción.
+Del vientre de todas ellas colgaba un cartel con la cifra del precio.
+Feliciana había escogido un traje azul con adornos negros, «última moda
+venida de París», según declaración formal del hortera. Con él y una
+mantilla modesta, la muchacha parecía otra. Hasta ocultaba con guantes
+aquellas manos que eran su orgullo en el barrio de las Carolinas.</p>
+
+<p>Pero lo que más satisfacía su vanidad femenil eran las botas, las
+famosas botas color limón con las que había soñado tantas veces, y que
+apreciaba como el mejor de los regalos de Isidro. El calzado era una de
+sus preocupaciones. Consideraba sus pies la parte más preciada de su
+persona, y al andar fijaba los ojos coquetamente en las dos manchas de
+oro pálido, de aguda punta, que aparecían y se ocultaban
+alternativamente bajo el borde de su falda.</p>
+
+<p>De sus paseos del domingo volvían fatigados, con los pies cubiertos de
+polvo, pensando en la dulce quietud de su casita, en la cena que les
+esperaba, en la noche de cariñosa intimidad, interrumpida al otro lado
+del tabique por las visiones tentadoras del señor Vicente.<a name="page_216" id="page_216"></a></p>
+
+<p>&mdash;Estamos hechos unos burgueses&mdash;decía Isidro&mdash;. No hay en Madrid una
+pareja legal que viva tan virtuosamente como este par de socios...
+libres.</p>
+
+<p>Y se aislaban cada vez más, satisfechos de su amor, olvidados del mundo,
+creyendo que la vida podía deslizarse de este modo eternamente.</p>
+
+<p>Maltrana, al ir por la calle, examinaba a las gentes con extrañeza, como
+si fuesen de otra raza, como si él procediese de un mundo distinto. Al
+bajar de su alta habitación, creía descender a otro planeta.</p>
+
+<p>La gran mayoría de los transeúntes no amaban ni eran amados. ¡Y podían
+subsistir así!... El apenas si se acordaba de los tiempos recientes en
+que vivía como en el limbo, sin otras pasiones que leer, soltar
+paradojas y morder a los de arriba, no enterándose de que existían
+mujeres en el mundo y un sentimiento llamado amor. Ahora le parecía
+imposible haber vivido de este modo, como una planta, como un pedrusco,
+sin verdadera alegría, sin dulces tristezas... sin ideal. Como él había
+sido, así eran casi todas las gentes que pasaban junto a él. Vivían
+preocupadas por las más groseras aspiraciones, sin una chispa de amor.
+Toda la poesía de la tierra se reconcentraba en unos cuantos, que eran
+ellos, los enamorados.</p>
+
+<p>Maltrana pensaba con orgullo que en el mundo existe una reducida
+aristocracia, y que él pertenecía a ella: la aristocracia del amor, de
+los que saben embellecer la vida con sus pasiones. Los demás eran pobres
+bestias que bostezaban de aburrimiento con los ojos bajos y los pies en
+el barro, aunque gozasen de todos los refinamientos del bienestar.</p>
+
+<p>Una tarde, Maltrana encontró al señor Manolo el <i>Federal</i> en la acera de
+la Puerta del Sol, donde tenía establecidas sus oficinas.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, muy bien, ciudadano&mdash;dijo irónicamente el capataz&mdash;. Tú y la
+Feli la habéis metido hasta el<a name="page_217" id="page_217"></a> corvejón. Paece mentira que hombres
+intelectuales que no son del cuarto estado cometan esas pifias.</p>
+
+<p>Le miraba con sus ojos saltones, limpiándose el sudor de la frente,
+jadeando, antes de hacer caer sobre Isidro la avalancha de su
+indignación.</p>
+
+<p>&mdash;Paece mentira, hombre... Y no creas que yo pienso ojetar nada contra
+el hecho de que tú y la Feliciana haigáis pactado el amontonaros, en uso
+de vuestra perfecta autonomía. Eso podrá escandalizar a los
+reaccionarios y a los unitarios, pero no a mí, que soy un ciudadano
+consciente y he pactado también muchas veces. El hombre es libre, la
+mujer es libre, el amor debe ser libre y autónomo... Pero lo que resulta
+una chiquillada, digna de azotes, es el dejar esa mocosa a su padre
+abandonado allá en las Carolinas. Yo voy a hacerle un rato de sociedad
+con más frecuencia que antes. El <i>Chispas</i> vive con él, y no se las
+campanean mal. Hacen cada cachuela que Dios se chupa los dedos. Pero el
+pobre <i>Mosco</i> está triste, le falta algo; no quiere que le nombren a la
+chica, y menos a ti. Bebe como un mosquito, y cuando tiene la tajá, la
+toma con los guardas, y quiere irse al Pardo para matar cara a cara al
+que asesinó a <i>Puesto en ama</i>. Le habéis puesto de un modo, que el día
+menos pensado hará una barbaridad.</p>
+
+<p>Maltrana se conmovió con hondo remordimiento al pensar en el daño
+causado a aquel amigo. Sintió vehementes anhelos de reparar su falta. El
+señor Manolo podía interceder por ellos; él conseguiría que su hermano
+les perdonase.</p>
+
+<p>&mdash;Lo que habéis hecho&mdash;continuó el <i>Federal</i>&mdash;es una chiquillada que no
+tiene nombre. ¿Os queríais?... está bien; pues haber venido a mí, que
+soy la práctica, y juntos hubiésemos ido a las Carolinas a tener un rato
+de sociedad, y yo, con mi labia, habría presentado una moción...
+«Hermano: estos chicos se<a name="page_218" id="page_218"></a> quieren, ya tienen edad de ser autónomos, y
+deben confederarse ante la Naturaleza. Además, las cosas no merecen otro
+arreglo: andan, después de cerrada la noche, muy agarraditos por los
+desmontes, según dicen las malas lenguas, y me recelo que se han comido
+el puchero antes de las doce. He dicho.» E iniciado el debate, habríamos
+discutido con todos los turnos que fuesen menester, y al reasumir yo, es
+seguro que, en uso de vuestros derechos individuales, os habríais ido al
+catre, sin que el <i>Mosco</i> las echase de tirano centralizador. Pero
+ahora, después de vuestra calaverada sin substancia, veo difícil que
+encaucemos el debate.</p>
+
+<p>Maltrana, impulsado por el remordimiento, tuvo un arranque de audacia, y
+habló de ir con el capataz en busca del <i>Mosco</i> para pedirle perdón.</p>
+
+<p>&mdash;No: es demasiado pronto&mdash;dijo el señor Manolo&mdash;. No vayas; si te
+presentases así, de sopetón, sería capaz de tratarte lo mismo que a un
+gamo. Tiene unas ganas locas de matar a alguien. Déjame que yo lo
+arregle; tú no sabes adonde llega mi habilidad; figúrate que estás
+hablando con la mismísima diplomacia.</p>
+
+<p>El ablandaría poco a poco a la fiera. Mientras ellos no fueran por allá,
+no correrían peligro alguno. El <i>Mosco</i> permanecía en sus territorios y
+juraba no volver a Madrid, por no encontrarse con los fugitivos. Le
+enfurecía que le hablasen de ellos. El señor Manolo no los mentaba
+nunca, y eso que sabía dónde se ocultaban desde la semana siguiente a la
+de su fuga. Vivían cerca de la plaza de la Cebada, en la casa de un
+reaccionario, de un loco que repartía estampas y regocijaba a la gente
+con sus sermones.</p>
+
+<p>&mdash;Yo lo sé todo&mdash;dijo el capataz, riendo ante el asombro de Maltrana&mdash;.
+En mi oficina se habla de cuanto ocurre en Madrid.<a name="page_219" id="page_219"></a></p>
+
+<p>Y miraba su oficina, la ancha acera, con su incesante corriente de
+transeúntes y sus vendedores, de plantón, pregonando billetes del
+próximo sorteo, gomas para los paraguas, libros baratos y perrillos de
+cría con un cascabel al cuello.</p>
+
+<p>Se despidió Maltrana del señor Manolo, luego que éste le prometió
+interceder cerca del <i>Mosco</i> para que los perdonase. Podía marchar
+tranquilo, que en buenas manos dejaba el encargo. El era la diplomacia.</p>
+
+<p>Al llegar a su casa habló Maltrana de este encuentro. Feli lloró un
+poco, pero su dolor fue más breve de lo que esperaba Isidro. La vida
+ruda de las Carolinas, aquella existencia de nocturnas aventuras que
+separaba al padre de la hija, haciendo familiar en la casa el riesgo de
+la muerte, había embotado los sentimientos filiales de la muchacha.
+Tantas veces había visto al padre herido y próximo a morir, que el
+disgusto doméstico de su fuga lo apreciaba como un incidente de escasa
+importancia. En ella no existía otro sentimiento vivo que el del amor.</p>
+
+<p>&mdash;Que arregle tío Manolo todo eso&mdash;acabó por decir&mdash;; que nos perdone
+padre. Pero nada de separarnos, ¿eh? Contigo, siempre contigo.</p>
+
+<p>Una mañana, al pasar Isidro después de las nueve por la Puerta del Sol,
+con dirección a la Biblioteca Nacional, reconoció en la entrada de la
+calle del Carmen el carro de <i>Zaratustra</i> por los bizarros adornos de su
+caballería. El filósofo de la busca estaba sentado dentro del vehículo,
+con las barbas esparcidas sobre las rodillas, aguardando a su criado el
+<i>Bobo</i>, que recogía el estiércol de los pisos altos.</p>
+
+<p><i>Zaratustra</i> se incorporó al reconocer a Maltrana. Reía maliciosamente,
+guiñaba sus ojillos al verle por primera vez después de su fuga con
+Feliciana,<a name="page_220" id="page_220"></a> que tanto había dado que hablar a las gentes de las
+Carolinas.</p>
+
+<p>&mdash;No vayas por allá, muchacho&mdash;dijo poniéndose serio&mdash;. El <i>Mosco</i> es
+muy bruto, y está que echa chispas. Han pasado dos meses desde que os
+fuisteis, pero te soltará un escopetazo lo mismo que el primer día.
+Algunos chavales de la busca que querían a la Feliciana han averiguado
+dónde vivís, y le llevan este soplo y otros. Un día habló con tu abuela,
+y la dijo que te matará si te encuentra al paso... Pero buscarte, no
+creo que te busque. Se pasa las noches en El Pardo, y algunas veces va
+de día. Es una rabia de cazar, una locura. Me han dicho que los guardas
+andan de cabeza. Comenzaban a hacer la vista gorda por huir de
+compromisos, pero ahora se desesperan y gritan: «Quiere que le matemos.»
+El mejor día, cazando, el rey se va a encontrar con el <i>Mosco</i>, que anda
+por todo El Pardo como si fuese de su propiedad.</p>
+
+<p><i>Zaratustra</i> pasó repentinamente a hablar de la muchacha.</p>
+
+<p>&mdash;Te has llevado lo mejor del barrio, granuja. ¡Los que te envidian por
+allá y desean verte morir!... Pero lo que has hecho es propio de tus
+pocos años. ¡Ay, si tuvieses los míos! ¡Si poseyeras mi sabiduría!... Ya
+te cansarás: el amor es un sarampión de cabeza, que todos sufrimos a
+cierta edad. Cree, muchacho, que el hombre está mucho mejor solo. Ya
+sabes que yo pasé unos cuantos meses en la Modelo. La di tal paliza a mi
+tercera mujer, que la dejé chorreando sangre al pillarla con un criado
+que era joven. Y la muy perra tenía cerca de sesenta años. Cuando salí
+de la cárcel volví a tomarla, y al morir ella tomé otras. Todas son
+iguales, y hay que tragarlas como son, ya que las necesitamos. Te lo
+dije otra vez: el hombre es un animal noble y altivo; la mujer...<a name="page_221" id="page_221"></a></p>
+
+<p>&mdash;Sí, <i>Zaratustra</i>, lo sé&mdash;interrumpió Maltrana, que temía la charla del
+viejo&mdash;. La mujer, si no tiene su buen traje, su bota ajustada y demás
+señorío, da su cuerpo al demonio. Adiós, gran filósofo; expresiones a la
+abuela.</p>
+
+<p><i>Zaratustra</i> no le dejó marchar hasta enterarse de las señas de su
+domicilio. Alguna mañana que acabase pronto su tarea iría a verles y
+echarían un párrafo. La Feliciana se alegraría de hablar con el señor
+Polo, que la había visto nacer.</p>
+
+<p>Transcurrió algún tiempo, sin que nuevos encuentros viniesen a recordar
+a los dos amantes el grave trastorno que habían causado con su fuga en
+la vivienda del cazador.</p>
+
+<p>Isidro carecía de trabajo; pero aún duraba en las prudentes manos de
+Feli una parte del dinero del marqués de Jiménez. Había visitado a éste,
+por si le ocurrían nuevas ideas y le tentaba el deseo de publicar otros
+libros; pero el prócer estaba en plena luna de miel literaria.</p>
+
+<p>La obra reinaba esplendorosa, con su magnífica cubierta, en los
+escaparates de las librerías. ¿Venderse?... ni un ejemplar. El senador
+lo declaraba con desaliento: nadie quería enterarse de la verdadera
+solución del problema social. ¡Qué país!... Así andaba él. Caliéntese
+usted la cabeza, trabaje usted noches y noches, estudie condensando en
+innumerables notas toda la sabiduría del mundo, para que después le
+hagan a uno menos caso que a un novillero.</p>
+
+<p>El marqués lanzaba estas lamentaciones ante el joven, olvidando
+momentáneamente su intervención en la obra. Pero de esta indiferencia
+del público le compensaban los elogios de sus compañeros de la Alta
+Cámara, a los que había regalado el libro y lo conservaban intacto sobre
+la mesa, sin cortarle las hojas; los sueltos laudatorios de los<a name="page_222" id="page_222"></a>
+diarios, obra también de gentes que no hacían mas que pasear la mirada
+por el índice.</p>
+
+<p>El prólogo del jefe lo habían publicado todos los periódicos del
+partido.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hombre, amigo Maltrana!&mdash;exclamaba el senador&mdash;. ¡Que talentazo!
+¡Y qué modo de escribir tan... castizo!</p>
+
+<p>Se olvidaba, en su entusiasmo, de quién era el que le escuchaba, y
+seguía en sus elogios al jefe y a la bondad con que le cubría de
+alabanzas en varios pasajes del prólogo.</p>
+
+<p>El marqués de Jiménez no pensaba publicar otro libro hasta el año
+siguiente. Era un mal el prodigarse. Además, sentíase fatigado, pues una
+obra como la que acababa de publicar no se escribe todos los meses.</p>
+
+<p>Lamentábase en presencia de Maltrana de sus fatigas y trabajos, con una
+sinceridad que daba ganas de llorar... Por ahora no tenía otra ocupación
+que leer las críticas de los periódicos. Pasaba las noches en un sueño
+inquieto, temblando por lo que podría decir la prensa al día siguiente,
+y cuando encontraba un pequeño suelto laudatorio lo leía a la familia, y
+encerrándose en su despacho, pasaba las horas contemplando con ojos
+amorosos el pedacito de papel, para mostrarlo después, con ademán
+displicente de grande hombre fatigado de la gloria, a todos sus
+visitantes.</p>
+
+<p>Maltrana renunció por el momento a todo encargo de trabajo por parte del
+senador. Pero su fe no se alteró por esto: otros le proporcionarían
+nuevas tareas. Al verse falto de ocupación, dejó de estar en casa, y
+pasó las tardes en el Ateneo o en los cafés, discutiendo con la juventud
+literaria. De noche comenzó a recogerse tarde, aconsejando a Feli que le
+esperase acostada. La literatura imponía deberes: era preciso dejarse
+ver para hacer<a name="page_223" id="page_223"></a> carrera y adquirir un nombre, asistir a los estrenos de
+los teatros, intervenir con interrupciones en los debates del Ateneo,
+hacerse notar en las interminables y estériles disputas sobre si hay
+Dios o no lo hay, y acerca de la separación de la Iglesia y el Estado.</p>
+
+<p>Una mañana, Feli le despertó cuando estaba en lo mejor de su sueño. La
+noche anterior había intervenido en una discusión sobre «la filosofía de
+lo maravilloso», y aunque con la certeza de que esto no podía reportarle
+ningún beneficio positivo y los periódicos no le dedicarían más allá de
+una línea, descansaba satisfecho de su tarea. El grande hombre inédito
+se despabiló al oír que en el despacho le aguardaba su padrastro, el
+señor José, mostrando gran agitación. ¿Qué le quería el bueno del
+albañil?</p>
+
+<p>Cuando salió, el señor José, casi llorando, le agarró las manos.</p>
+
+<p>-¡Qué desgracia, Isidro! ¡Qué vergüenza!... Si tú no arreglas eso, voy a
+morir.</p>
+
+<p>El joven lo hizo sentar, tranquilizándolo. ¿Qué era ello? No había que
+apurarse, pues para todo hay remedio. Y el albañil, en presencia de
+Feli, habló de Pepín, del famoso <i>Barrabás</i>, que iba a ser motivo de su
+muerte.</p>
+
+<p>Estaba en la Cárcel Modelo. Tres días antes lo habían cogido con otros
+golfos, por un robo de bronces y alambres en una fábrica de Vallecas.
+Hacía más de un mes que había huido de la calle de los Artistas, sin que
+el padre pudiese averiguar su paradero. Esta fuga no era la primera. Ya
+sabía Isidro que varias veces había desaparecido, sin que le corrigiesen
+las palizas que le propinaba al volver. Tenía piel de perro, según
+afirmaba el señor José. Ni golpes ni consejos habían servido de nada al
+padre. Era un golfo, pero de los de marca; el talento de su hermano para
+los libros lo tenía él para el<a name="page_224" id="page_224"></a> mal. Colocábase al frente de sus
+camaradas, como más atrevido, y éstos lo alzaban capitán.</p>
+
+<p>&mdash;¡Lo que me ha hecho sufrir!&mdash;continuó el señor José&mdash;. He perdido
+varios jornales en un mes por dedicarme a su busca y captura, y todo
+inútil. Y eso que yo aún conservo cierto olfato de mis tiempos de
+guardia civil. He pasado días enteros en las inmediaciones del cerro del
+Pimiento. Me dijeron que andaba por allí con una cuadrilla de pillos y
+cierta pelona que es su querida, la <i>Piquirri</i>, una chicuela seca como
+una caña, con la cara llena de costurones, que vende periódicos en la
+Puerta del Sol y se arremanga para que los señores viejos la vean unas
+pantorrillas que parecen flautas. No he podido atraparle... Después, le
+busqué en la montaña del Príncipe Pío, en unas cuevas que hay debajo de
+los cuarteles por la parte de la estación del Norte. Creí pillarle en lo
+que llaman el «Palacio de Cristal», un chamizo donde se juntan los
+golfos con todos los plumeros y pericos que esperan a los soldados cerca
+de los cuarteles... Tampoco le vi... Y anoche, hablando en los Cuatro
+Caminos con un chico de Zamora que sirvió conmigo y está en Orden
+público, supe el paradero del granuja. Está en la Modelo; tú fíjate
+bien, Isidro; ¡un hijo mío en la Modelo!... Yo, que soy su padre, podré
+parecer tosco y pasar por ignorante, pero allí donde he estado nadie ha
+tenido que decir de mi, y los jefes me citaban como modelo de honradez.</p>
+
+<p>El señor José llevábase una mano a los ojos, fregoteándolos para que las
+lágrimas retrocediesen. ¡Un hijo suyo en la cárcel!... Le parecía que
+todo su pasado de áspera integridad y honradez feroz se derrumbaba de un
+golpe. ¡Quién le hubiera dicho, cuando con el fusil al hombro conducía
+delincuentes esposados por las carreteras, que él, el soldado de la ley,
+el guardián del orden, procrearía carne<a name="page_225" id="page_225"></a> de presidio, aumentando con un
+individuo más el ejército sombrío y desesperado que vivía en guerra
+continua con la sociedad!</p>
+
+<p>Ya no tendría valor para detener en las calles a sus antiguos jefes,
+pacíficos veteranos que vegetaban en Madrid, abrumados por las
+estrecheces del sueldo de retiro. Ya no osaría decir: «¿Cómo va, mi
+capitán?» a aquellos señores que, recordando su pasado de probidad y
+obediencia, le estrechaban la mano como si fuese un igual, preguntándole
+por la familia. ¿Cómo iba a contestarles que un hijo suyo, el único,
+estaba en la cárcel por ladrón?... Aquel miserable le hacía abandonar el
+mundo de los buenos, le arrebataba para siempre el orgullo de una virtud
+que era su único lujo. ¡A los catorce años en la cárcel, y llevaba su
+apellido, que tantas veces había alcanzado elogios por servicios a la
+sociedad!...</p>
+
+<p>&mdash;Yo deseo, Isidro&mdash;siguió gimoteando el señor José&mdash;, que en este
+asunto hagas lo que puedas. Ciertamente, no sé lo que quiero. No te pido
+que lo saques de allí; aunque esto pudiera ser, yo me opondría. Que se
+pudra en la cárcel, que se muera... ¡por pillo!</p>
+
+<p>Pero tras estas palabras enérgicas, reaparecía el padre.</p>
+
+<p>&mdash;Quiero&mdash;continuó con dulzura&mdash;que vayas a verle. Yo no puedo ir: creo
+que me lo comería, que le haría pedazos si le viese... Tú tienes otra
+labia; él te respeta y te hará más caso. Sermonéale; si ha caído, al
+menos que se corrija y se arrepienta. Grandes criminales he visto que
+acabaron como personas honradas. Y...&mdash;aquí titubeó&mdash;y si conoces al
+escribano que tiene la causa o alguna otra persona que pueda influir,
+hazlo por Dios. Que el muchacho salga de este mal paso; que una vez esté
+en la calle yo lo cogeré, y antes muere a mis manos que vuelve a
+escaparse.<a name="page_226" id="page_226"></a></p>
+
+<p>El señor José estaba trastornado por el suceso.</p>
+
+<p>¡Qué mundo, señores! Parecía cambiado y con gentes distintas a las que
+él había conocido en sus tiempos juveniles. Creía que los buenos
+formaban una casta, y que él y los que de él saliesen figurarían
+eternamente en ella. Por esto profesaban ideas sanas, respetaban la
+autoridad y acataban todo lo establecido... Y de repente, un pedazo de
+su carne, una prolongación de su persona, se pasaba de un salto al campo
+de los malos, burlándose de todas las doctrinas de orden y sumisión
+enseñadas por su padre.</p>
+
+<p>El señor José comenzaba a sospechar si el mundo sería distinto de como
+él lo imaginaba. No sentía las mismas energías de antes para abominar de
+los vociferadores, que deseaban que la sociedad diese una vuelta,
+colocándose arriba los de abajo. El dolor le hacía tolerante. Ya no
+comparaba la organización social con la disciplina militar. No; la
+sociedad no era un ejército; era más bien un rebaño triste y manso, que
+los malos pastores obligaban a pastar en campos de desolación,
+reservándose para ellos las mejores tierras. Los lobos de la desgracia
+rondaban en torno de él, arrebatando las reses más débiles, las que
+marchaban a la cola.</p>
+
+<p>&mdash;Te digo, Isidro&mdash;continuó&mdash;, que soy otro, y que cada día pierdo algo
+de mis creencias. Esto es el fin del mundo: todo farsas y mentiras. Voy
+creyendo que vivimos en plena comedia y que somos muchos los que hacemos
+el papel de bobos. De lo que tengo certeza es de que existen muchos
+ladrones, muchísimos, que no conoce la Guardia civil ni los conocerá
+jamás. Si ahora tuviese yo que conducir criminales, los miraría con
+mejores ojos. ¡Pobres diablos! También éstos son de los lobos... Los
+ladrones, los verdaderos ladrones que turban<a name="page_227" id="page_227"></a> el orden y la paz, los que
+ponen en peligro la vida de los hombres, están muy altos, en sitios
+adonde no llega la autoridad.</p>
+
+<p>El señor José hablaba como un ciego que fuese recobrando poco a poco la
+luz. Fijábase con asombro en todo lo que le rodeaba. La injusticia
+conmovía su carácter sencillo y recto, que comenzaba a perder el
+endurecimiento de la disciplina.</p>
+
+<p>&mdash;Vivimos entre ladrones, Isidro. Verbigracia: yo me gano ahora el
+jornal trabajando en un gran edificio de las afueras que construye el
+gobierno no sé si para cuartel, hospicio u otra cosa. La obra es por
+contrata; al contratista le dan sus buenos millones, y él hace el
+edificio como si fuese de cartón. Lo que importa es ganar dinero, mucho
+dinero, para partírselo tal vez con los mandones que le protegen. Los
+que conocemos el oficio temblamos de miedo al ver cómo nos obligan a
+construir. Sólo llevamos hecho un piso, y estamos seguros de que el día
+que lo cargen se vendrá abajo, aplastando a todo Cristo. ¡Con tal que no
+estemos nosotros!... El contratista viene en su automóvil una vez por
+semana; mira, recomienda que se haga todo por el sistema de «mírame y no
+me toques», y se va. El cemento es polvo de la carretera, las paredes
+son tabiques, las pilastras están huecas... El mejor día hay una
+catástrofe, que ni la del Dos de Mayo... Y por tres o cuatro pesetas
+estamos allí centenares de hombres honrados con la muerte en la
+garganta, mientras los culpables hacen vida de grandes señores. Yo soy
+imparcial y reconozco mis engaños. A esos que hablan de revoluciones del
+pobre los creo, como siempre, unos escandalosos perturbadores, pero en
+algunas cosas no les falta razón.</p>
+
+<p>Aún habló el señor José largamente, mezclando las desilusiones de su
+vida con los pesares que le<a name="page_228" id="page_228"></a> daba el rebelde <i>Barrabás</i>. Isidro le
+prometió que aquella misma tarde iría a ver al muchacho. Era amigo del
+director de la cárcel y podía recomendarle al maldito golfo. Buscaría
+además entre sus amigos alguno que pudiese influir con los señores del
+Juzgado.</p>
+
+<p>Marchose el albañil, y por la tarde se dirigió Maltrana a la Cárcel
+Modelo. Feli le dio gran prisa por que fuese a ver a su hermanastro. La
+sensibilidad femenil se había interesado por este suceso que venía a
+alterar la calma doméstica. Recordaba vagamente al <i>Barrabás</i>, de
+haberle visto merodear por las Carolinas con una banda de golfos.
+¡Pobrecillo! Tenía cara de bueno: le habrían perdido las malas
+compañías.</p>
+
+<p>Isidro entró en la cárcel, siguiendo al empleado que el director le dio
+por guía. Al abrirse el último rastrillo, experimentó una impresión de
+frío y de tristeza; vio de un golpe las naves enormes, las galerías
+superpuestas, y en ellas las puertas de las celdas con gruesos cerrojos.
+Un silencio de tumba pesaba sobre la población invisible. La luz cenital
+de las monteras de cristales se ensombrecía al descender, adquiriendo la
+vaguedad crepuscular de las bodegas. Las filas de puertas recordaban a
+Isidro las tramadas de nichos de un cementerio. Detrás de ellas existían
+hombres silenciosos, que comían y pensaban; pero eran cadáveres
+animados, que la estrechez de su tumba obligaba a la inmovilidad; vivos
+que únicamente sentían la vida a son de corneta, al recibir el rancho
+por el ventanillo o al salir al sol, para pasear, como fieras
+enjauladas, durante algunos minutos. Un tropel de pájaros refugiados
+bajo las claraboyas de las naves revoloteaba en esta luz plomiza. Sus
+alegres piídos y el murmullo de sus alas sonaban como un remedo irónico
+de la alegre risa de la primavera.<a name="page_229" id="page_229"></a></p>
+
+<p>Maltrana pensó con horror en la posibilidad de un largo encierro en uno
+de estos ataúdes de mampostería. Centenares de hombres vivían allí, sin
+que un grito, una palabra, un suspiro, conmoviese el silencio de estas
+naves, que parecían las de una catedral abandonada. Nunca se había
+creído valeroso; desconocía el impulso brutal de la agresión; pero a la
+vista de este cementerio de vivos se juró ser aún más prudente. Si le
+injuriaban, perdonaría la injuria antes que venir a este infierno
+silencioso por un arrebato de su animalidad.</p>
+
+<p>El empleado le hizo subir una escalera, al término de la cual estaban
+las celdas de los niños. Apenas avanzaron algunos pasos por una larga
+galería, el empleado que vigilaba esta sección dio una voz, y un
+muchacho descalzo, con ligereza de diablillo, saltó de puerta en puerta,
+descorriendo con gran estrépito los cerrojos.</p>
+
+<p>En la entrada de cada celda apareció un niño, cuadrándose con militar
+rigidez. Se examinaban con miradas oblicuas unos a otros, apretando los
+labios para sofocar la risa.</p>
+
+<p>Calzaban alpargatas deshilachadas, o iban con los pies desnudos sobre
+los fríos baldosines. Vestían ropas remendadas y mugrientas. Algunos no
+tenían otro traje que la camisa y un pantalón de hombre sostenido por un
+tirante que les cruzaba el pecho. Llevaban rapadas las cabezas,
+mostrando muchos de ellos la extraña configuración de sus huesos
+craneanos. Había testas enormes, que parecían temblar por su peso sobre
+el cuello delgado y débil; otras presentaban por detrás un ángulo recto,
+un corte radical, que denunciaba la anulación de gran parte de la masa
+encefálica. Los había de ojos picarescos e insolentes, que miraban con
+fijeza agresiva; otros tenían el cuello ondulado por las cicatrices de
+la escrófula, o la nariz y las mejillas roídas<a name="page_230" id="page_230"></a> por la viruela.
+Manteníanse rígidos, las manos pegadas a las piernas, sacando el
+vientre, con el bullón de la camisa lleno de objetos y papeles que les
+servían de juguetes.</p>
+
+<p>El guía de Maltrana los conocía a todos como antiguos parroquianos de la
+casa. El primero en quien se fijó fue el <i>Machaco</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando le trajeron por primera vez&mdash;dijo el empleado&mdash;tenía tanto
+miedo, que en el rastrillo le dio un accidente y hubo que curarle.
+Después, mira esto como su casa... Tú, ¿cuántas veces has venido?...</p>
+
+<p>El empleado preguntaba al <i>Machaco</i>, y éste contestó, sonriendo con
+sencillez infantil:</p>
+
+<p>&mdash;Con ésta veintitrés.</p>
+
+<p>-Te han traído por un portamonedas de señora, ¿verdad?... Le darías
+tirón y echarías a correr.</p>
+
+<p>&mdash;No, señor&mdash;dijo el <i>Machaco</i> poniéndose serio&mdash;. Lo saqué de dentro
+del bolsillo. Yo ya no hago esas cosas.</p>
+
+<p>El empleado sonrió ante esta protesta de la dignidad profesional, y
+siguió presentando a los otros. Un muchacho cabezudo, con ojos azorados
+y chaquetón de paño pardo, era el <i>Paleto</i>. Le habían traído por robar
+un corsé. Miraba a Maltrana con ojos de víctima moribunda, creyéndolo un
+señor poderoso.</p>
+
+<p>&mdash;Sí, señor; me llevé el corsé&mdash;gimió con su rudo acento de campesino&mdash;.
+Tenía hambre... vine a Madrid con mi padre... buscábamos trabajo. No lo
+haré más, señor... yo soy bueno.</p>
+
+<p>Las grotescas contorsiones del <i>Paleto</i>, sus gemidos, provocaron una
+hilaridad bárbara en todas las puertas.</p>
+
+<p>-¡Uuú! ¡uuú!&mdash;rugían los golfos, burlándose del arrepentimiento y el
+miedo del <i>Paleto</i>.</p>
+
+<p>-¡A ver si hay silencio!&mdash;gritó el empleado imperiosamente.<a name="page_231" id="page_231"></a></p>
+
+<p>Todos quedaron inmóviles, con la vista baja, pero vagando en su boca una
+sonrisa, como si les divirtieran muchísimo los incidentes de su vida de
+encierro.</p>
+
+<p>El empleado siguió designando por sus nombres a la doble fila de pillos.
+Este era el <i>Besugo</i>, consorte del <i>Gallego</i>, el <i>Margallo</i> y el
+<i>Viruelas</i>, y compañeros los cuatro del <i>Barrabás</i> en el robo de bronces
+y alambres en Vallecas. Al hermano de Maltrana lo tenían alejado de
+ellos, para evitar peleas, pues hablaba de comerse los hígados de sus
+consortes por haber charlado de sobra en las declaraciones.</p>
+
+<p>&mdash;El muchacho es una alhaja&mdash;dijo el empleado irónicamente&mdash;. Tiene
+genio. Crea usted que sería un bien para la familia que reventase aquí.
+Cuando crezca, de seguro que le veremos en las celdas de abajo.</p>
+
+<p>Maltrana examinó a los camaradas de su hermano, golfos de mirada viciosa
+y quijada fuerte, más voluminosa que el resto de la cara. El <i>Viruelas</i>
+era un monstruo de fealdad, con las facciones roídas, la nariz
+aplastada, los ojos casi ocultos bajo las cejas colgantes, y un hedor
+nauseabundo que surgía al mismo tiempo de su boca y su piel.</p>
+
+<p>Luego, el empleado fue presentándole a otros: el <i>Golfín</i>, un angelito
+de pelo rizado y ojos garzos, con el que había que tener gran vigilancia
+por la intensa simpatía que inspiraba a sus compañeros; el <i>Boto</i>, el
+<i>Feo</i> y el <i>Paniego</i>, que llevaban varias temporadas en el
+establecimiento, y siempre «trabajaban» juntos; el <i>Morritos</i>, el
+<i>Lentejas</i> y el <i>Lagarto</i>, que aún no contaban trece años, pero tenían
+sus novias fuera de la cárcel, lo que les daba gran prestigio entre los
+compañeros. Eran mujeres que casi podían ser sus madres: prostitutas
+callejeras, que tomaban a risa la pasión de sus hombrecitos y<a name="page_232" id="page_232"></a> les
+aconsejaban que robasen, pues sólo podían creer en su cariño cuando se
+presentaban con dinero.</p>
+
+<p>El empleado habló a uno de éstos:</p>
+
+<p>&mdash;¿Y la novia? ¿viene a verte alguna vez?</p>
+
+<p>Contestó con un movimiento negativo. ¡Las mujeres! ¡todas iguales! ¡Sólo
+eran tiernas cuando veían <i>parné</i>! Y su cara viciosa, ajada
+prematuramente, completó estas palabras con un gesto cínico.</p>
+
+<p>Maltrana saludó al vigilante de la sección de los niños: un viejo de
+hirsutas barbas, con una expresión de bondad en los ojos. El otro
+empleado explicó a Maltrana las dificultades del cargo. Había que ser
+dulce con los presos; el director exigía la abstención de toda
+violencia; pero debían tratarles con energía al mismo tiempo, pues los
+golfos, maliciosos como monos, se insolentaban y sublevaban a la menor
+blandura. Por medio de ingeniosas telegrafías comunicábanse de una a
+otra celda, tramando complots contra todo vigilante que les era
+antipático.</p>
+
+<p>Su revolución consistía en «darle tapadera», entendiéndose por esto que
+cada uno, encerrado en su celda, golpease la puerta con el redondel que
+tapaba el orificio de su letrina, armando a un tiempo tal estrépito, que
+se conmovía toda la cárcel. El empleado a quien obsequiaban con este
+estruendo había de abandonar su puesto, trasladándose a las galerías de
+hombres, más tranquilas y disciplinadas que la de estos gorilas del
+crimen.</p>
+
+<p>Al final de la galería encontró Maltrana al <i>Barrabás</i>, erguido en la
+puerta de su celda.</p>
+
+<p>Había visto entrar a su hermano, sereno, sin mostrar emoción alguna. Su
+orgullo consistía en ser un «buen preso», imitando los gestos y la
+impasibilidad de los veteranos del crimen que estaban abajo; en conocer
+los toques de corneta y moverse<a name="page_233" id="page_233"></a> automáticamente, cual si llevase varias
+campañas y viviera en la casa como en su propio elemento.</p>
+
+<p>Saludó al empleado llevándose la mano a la cabeza y quedó inmóvil.</p>
+
+<p>&mdash;Bien, muy bien&mdash;dijo Maltrana&mdash;. Tú parece que estás aquí
+perfectamente, mientras tu pobre padre va a morir de vergüenza. ¡Golfo!
+¡ratero!</p>
+
+<p>El <i>Barrabás</i> sonrió e hizo un ligero movimiento de hombros, como dando
+a entender a su hermano que para dirigirle tales reconvenciones no era
+precisa su visita.</p>
+
+<p>&mdash;Este es un mozo de cuidado&mdash;dijo el guardián dándole golpecitos en la
+nuca&mdash;. Este irá a Ceuta. Cuando le trajeron estaba algo amarillo, tenía
+su poquito de miedo; pero apenas entró, ¡como el pez en el agua!... Si
+le dejásemos, cobraría el barato. Quiere ser el jefe, le disputa el
+cartel al <i>Machaco</i>: las echa de matoncillo...</p>
+
+<p>Maltrana, mirando a su hermano con repugnancia, siguió reconviniéndole.</p>
+
+<p>&mdash;Estás aquí por ladrón. ¿Sabes tú lo que es eso, Pepín? ¿No conoces lo
+que nos afrenta a todos? ¿No comprendes que vas a matar a tu pobre
+padre?...</p>
+
+<p>El <i>Barrabás</i> abandonó su inmovilidad y miró con ojos hostiles,
+homicidas, a los que estaban plantados algunas puertas más allá.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy aquí&mdash;dijo con voz ronca&mdash;por esos voceras, que se han chivado,
+contándoselo todo al juez. Mis consortes tienen la culpa; en cuanto
+pueda, les saco el redaño.</p>
+
+<p>Y se erguía con la arrogancia fanfarrona de un gallo joven,
+estremeciéndose todo su cuerpo linfático y desmedrado, con esa ruindad
+física de los homicidas por instinto.</p>
+
+<p>Maltrana comprendió que sus palabras no causarían efecto alguno en el
+muchacho. Había hecho<a name="page_234" id="page_234"></a> mucho camino cuesta abajo durante el tiempo que
+no le veía. Estaba agarrado por el engranaje del crimen. Cuando saliese
+de esta mala aventura, caería en otra. La cárcel era su casa, y toda
+aquella juventud que se aislaba de la sociedad, su verdadera familia, la
+escogida por él, con la atracción de las comunes aficiones.</p>
+
+<p>El <i>Barrabás</i> siguió hablando, sin fijarse en la mirada de reprobación
+de su hermano, creyendo ingenuamente que eran portentosas hazañas las
+raterías verificadas por su banda. Tal vez le inspiraba lástima aquel
+hermano infeliz, incapaz de pelearse con otro hombre y sin agallas para
+apoderarse de un mal pañuelo.</p>
+
+<p>A él le hacían caso en la cárcel. Lo declaraba con orgullo: pocos días
+llevaba allí, y los empleados le elogiaban, porque «hacía un buen
+preso», siendo el primero en la formación y ayudándoles con su
+influencia para que todos obedeciesen. Los compañeros y consortes le
+respetaban. Sabían que no era un ladronzuelo cobarde, de los que meten
+los dedos en los bolsillos y huyen muertos de miedo a la menor alarma.
+Tampoco era un «quincenario» de los que pasan en la celda medio mes sin
+enterarse del motivo de su detención. Era un detenido de causa, y los
+camaradas conocían su historia. Sabían que en el «Palacio de Cristal»
+había descalabrado a dos compañeros de los más audaces y que en todas
+las cuevas del Príncipe Pío, por su labia y por la facilidad con que
+empalmaba la navajilla, no le disputaba nadie el mejor sitio para dormir
+y las primeras hembras del rebaño de vendedoras de periódicos y
+explotadoras de señores viejos que seguían a los golfos en sus antros.</p>
+
+<p>Los pequeños presos, al saber que el visitante no era un señor de los
+Juzgados, sino un hermano del <i>Barrabás</i>, abandonaban su posición
+rígida, aproximándose<a name="page_235" id="page_235"></a> unos a otros para aprovechar este rato de
+inesperada tertulia.</p>
+
+<p>El pilluelo, viendo alejarse hacia estos grupos al empleado que
+acompañaba a Maltrana, se espontaneó más con su hermano; quiso
+deslumbrarle con las grandezas de su porvenir.</p>
+
+<p>&mdash;¿Ves todos éstos?&mdash;dijo señalando a los camaradas&mdash;. Pues me tienen
+miedo y quieren que sea su capitán. Hemos resuelto, cuando salgamos,
+hacer una partida y que yo sea el jefe.</p>
+
+<p>Circulaba, ocultamente, de celda en celda, un grueso volumen de páginas
+mugrientas, con las puntas de la encuadernación roídas por el manoseo.
+Era la historia de José María, «el rey de Sierra Morena». Las enfermizas
+imaginaciones de estos torpes engendros exaltábanse al leer, en el
+silencio del encierro, las hazañas del caballeresco bandido, al
+contemplar en las láminas las arrogantes figuras de los paladines de
+carretera, con sus grandes patillas, el trabuco debajo del brazo y el
+cinto repleto de onzas. Así serían ellos cuando saliesen al campo: el
+<i>Barrabás</i> marcharía al frente, por montes y caminos, como glorioso
+capitán. Y el libro, por medios habilísimos, pasaba de unos a otros, a
+pesar de que el director perseguía tales obras como si fuesen veneno
+puro.</p>
+
+<p>&mdash;Si éstos me siguen&mdash;continuó el <i>Barrabás</i> con énfasis&mdash;, si no son
+unos cobardes como mis consortes, ya oirás hablar de mí... Algún día
+puede que os tape con onzas de oro a padre y a ti... Cada uno sabe lo
+que le conviene. ¿Qué había de ser yo? ¿albañil, como mi padre? Muchas
+gracias; no quiero morir aplastado lo mismo que un sapo, o en medio de
+la calle pidiendo limosna.</p>
+
+<p>El deseaba vivir: juerga, alegría, mujeres; de lo bueno, lo mejor. Sabía
+dónde se encontraba todo: sólo era asunto de agallas el hacerse dueño, y
+él<a name="page_236" id="page_236"></a> las tenía. Aunque muchacho, había visto bastante.</p>
+
+<p>Su sonrisa era una mueca de viejo, un gesto de repugnante precocidad,
+que se reflejaba en sus ojos con un brillo feroz.</p>
+
+<p>Maltrana, molestado por el cinismo del pequeño, huyendo su mirada, que
+parecía insultarle, se fijó en otro muchacho que se aproximaba a ellos.
+Iba descalzo, sin otras ropas que un pantalón y una elástica, pero
+llevaba el pelo cuidadosamente peinado, con una raya en el centro y dos
+bandos luengos y lustrosos.</p>
+
+<p>&mdash;Y tú, ¿por qué estás aquí?&mdash;le preguntó Isidro.</p>
+
+<p>El aludido contestó gravemente:</p>
+
+<p>-Por darle una puñalada... a un queso.</p>
+
+<p>Rió <i>Barrabás</i> la estúpida gracia con estruendosas carcajadas, y los
+grupos cercanos rieron también, como escandaloso eco. Todos se habían
+enterado de quién era Maltrana, y le miraban burlonamente. Al escuchar
+sus reconvenciones al hermano le consideraban como un enemigo. Era igual
+a muchos individuos de sus familias que venían a sermonearles en
+presencia de los camaradas, poniéndoles en ridículo, cual si no fuesen
+ya unos hombres.</p>
+
+<p>&mdash;A ver si hay formalidad&mdash;dijo el empleado aproximándose al oír las
+risas&mdash;. Al primero que venga con chirigotas le suelto un capón.</p>
+
+<p>Amenazaba como un maestro de escuela, con los nudillos de su mano. Luego
+añadió, señalando al de la puñalada al queso:</p>
+
+<p>&mdash;Este se ve aquí por sinvergüenza. Su padre es rico, y él le ha robado,
+ha empeñado cosas de su casa, se ha escapado con mujeres. Aún no tiene
+catorce años. Su familia, para que se corrija, le ha metido en esta
+escuela de moralidad y buenas costumbres.</p>
+
+<p>Y miraba a Maltrana con ojos entre asombrados<a name="page_237" id="page_237"></a> e irónicos, como
+admirando por su inmensa estupidez a aquel padre que pretendía corregir
+al hijo encerrándolo en la Cárcel Modelo.</p>
+
+<p>&mdash;Este señorito irá lejos&mdash;continuó&mdash;. Los chicos le llaman el <i>Levita</i>,
+y es el mayor amigote del <i>Barrabás</i>. El es quien le llena la cabeza de
+aire hablándole de las cosas que pueden hacer juntos cuando salgan a la
+calle.</p>
+
+<p>Maltrana comenzaba a sentir la inquietud de una situación ridícula
+viéndose rodeado por aquellos monos malignos. Al volver la cara,
+sorprendió por dos veces los guiños burlescos, las morisquetas que
+hacían algunos a sus espaldas mirando al <i>Barrabás</i>. Su hermanastro, con
+una leve sonrisa, parecía animarles.</p>
+
+<p>Del fondo de la galería salieron voces imitando el gruñido de varios
+animales. El empleado iba de un lado a otro amenazando con el consabido
+«capón». Todos adivinaban en Maltrana al enemigo, al pariente
+moralizador y molesto que se presenta a predicar la virtud. ¡Virtud a
+ellos, que eran unos hombres y estaban enterados de todo!</p>
+
+<p>No quiso Isidro prolongar por más tiempo la visita; además, el empleado
+que le servía de guía mostrábase impaciente.</p>
+
+<p>Prometió al <i>Barrabás</i> interesarse por su suerte, ver a los señores del
+Juzgado, por si era posible hacer algo en favor suyo.</p>
+
+<p>&mdash;No lo descuides&mdash;dijo el pilluelo con hipócrita seriedad&mdash;. Será una
+buena acción; mis consortes son más culpables que yo. Si hubiese
+justicia, ya me habrían puesto en la calle.</p>
+
+<p>Pero en sus palabras notábase la falta de anhelo por salir. Allí no
+estaba mal; además, pensaba en el «cartel» que podía darle un largo
+encierro, en la admiración con que acogerían su salida los golfos
+albergados en las cuevas de los alrededores de Madrid.<a name="page_238" id="page_238"></a></p>
+
+<p>Cuando Isidro volvió a casa, pensaba en su visita a la cárcel como si
+fuese un ensueño. ¡Y su hermano, un pedazo de su carne, vivía allí con
+delectación, como si la esclavitud le colocase por encima de los demás!
+No ocultó a Feli el mal efecto de su visita.</p>
+
+<p>&mdash;Haré lo que pueda por ese granuja, aunque él, por su gusto, mejor está
+allí.</p>
+
+<p>El señor José se presentaba por las noches en casa de Isidro, pues el
+día pasábalo en aquella gran edificación de las afueras, por no perder
+el jornal.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué hay del chico?&mdash;preguntaba ansiosamente.</p>
+
+<p>Al principio le dio Isidro buenas esperanzas. Creía posible su
+excarcelación por medio de un amigo que, a su vez, lo era de otro que
+conocía al escribano. Luego se mostró pesimista. Pedirían una fianza, y
+no era cosa fácil para unos pobres como ellos el conseguirla. Por fin,
+quiso dar un consejo al señor José. El <i>Barrabás</i> era cosa perdida. Lo
+mismo daba que permaneciese en la cárcel que en la calle. Casi le
+favorecían dejándolo allí, pues evitaban que cometiese nuevos delitos.</p>
+
+<p>El albañil no volvió por casa de Maltrana. A pesar de su carácter
+rígido, mostrose ofendido por esta falta de esperanza en la regeneración
+del <i>Barrabás</i>, y eso que él era el primero en desconfiar de su
+enmienda.</p>
+
+<p>Isidro casi olvidó a su hermano. Otras preocupaciones dominaban su
+pensamiento. Quería salir de su mísera situación antes que se agotase el
+dinero del libro del marqués de Jiménez, administrado por Feli con
+escrupulosa economía.</p>
+
+<p>De vez en cuando, una traducción que le proporcionaba un amigo, un
+artículo que conseguía colocar en un periódico ilustrado, sostenían
+instantáneamente el descenso de su fortuna. Pero esto<a name="page_239" id="page_239"></a> no era bastante:
+le faltaba el ingreso regular y seguro para mantener su vida.</p>
+
+<p>Pensó un momento en hacer un esfuerzo de voluntad y entrar en la
+redacción de un periódico... La empresa no era fácil: todos los puestos
+estaban ocupados, y él apenas si servía para esta labor. La fama del
+<i>Homero</i> indolente se había esparcido por todas las redacciones.</p>
+
+<p>Hubo instantes en que confió su salvación a libros originalísimos que se
+le ocurrían, y que, según él, estaban destinados a producir gran
+escándalo en el público. Pero ¿quién iba a imprimirlos? ¿Y la fuerza
+para escribir dónde podía encontrarla, con la voluntad entorpecida y la
+inquietud del sustento inseguro?...</p>
+
+<p>Comenzaba a dudar de su fuerza. Desvanecíase la fe de aquellos momentos
+de bienestar, en los que creía en asombrosas ascensiones hacia el
+triunfo. Pensaba, en su desesperación, que era un infeliz sentenciado a
+la miseria, con menos talento que un mozo de cordel. Aquellas ropas
+raídas de señorito que cubrían su cuerpo eran la librea del hambre.
+Llegaba a su cuarto y se tendía en la cama, triste, trémulo, como si le
+amenazase una desgracia, ocultando la cara entre las manos. La pobre
+Feli acudía, balbuceando de miedo:</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tienes, Isidrín? ¿Qué te pasa, rico mío?</p>
+
+<p>Le acariciaba como una madre; hundía sus manos en la crespa cabellera,
+mientras Maltrana respondía entre suspiros. Nada, no tenía nada;
+jaqueca, cansancio de no trabajar, aburrimiento.</p>
+
+<p>Gemía de impotencia, acompañado por la dulce Feli, que también derramaba
+lágrimas, sin pedir nuevas explicaciones, adivinando, en su instinto de
+mujer, que estas crisis tenían relación con el montoncillo de dinero,
+cada vez más exiguo, que guardaba en la cómoda.<a name="page_240" id="page_240"></a></p>
+
+<p>La juventud y el amoroso contacto de sus cuerpos acababan por desvanecer
+esta lluvia de lágrimas. Abrazábanse con los ojos todavía húmedos,
+sentían la necesidad de estrecharse, de hacer frente con mayor solidez a
+la desgracia, y los besos sucedían a los llantos, entregándose al amor
+con un resto de melancolía que proporcionaba a su placer nuevas
+dulzuras.</p>
+
+<p>Por las noches entraba Maltrana en casa cada vez más tarde. La tímida
+Feli había tenido que vencer su miedo a las habitaciones desiertas, a
+las terroríficas imágenes del señor Vicente.</p>
+
+<p>Cosía hasta más de las once a la luz de un quinqué comprado en el
+Rastro. El señor Vicente, al volver a su habitación y ver luz por debajo
+de la puerta, tocaba discretamente con los nudillos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Aún no ha vuelto el señor de Maltrana?</p>
+
+<p>Y al saber que Feli estaba sola, negábase a pasar adelante. Era tarde y
+debía levantarse con el alba.</p>
+
+<p>&mdash;Que trabaje usted mucho, señora, y duerma bien. ¡Ah! Y si tiene usted
+un rato libre y quiere distraerse, lea aquella oración tan bonita que le
+entregué. Se ganan ochenta días de indulgencia.</p>
+
+<p>Escuchaba Feli el ruido de sus zapatos al caer, los crujidos del jergón,
+los suspiros y rezos del devoto al tenderse. Luego venían los gritos de
+la pesadilla, los apóstrofes al Malo, para que se alejase con sus
+carnales tentaciones.</p>
+
+<p>Feli se acostaba después de media noche, aguardando en la obscuridad la
+llegada de Isidro, creyendo que era él cada vez que sonaban pasos en la
+escalera. Dormíase muchas veces vencida por la fatiga, y despertaba al
+sentir en sus ojos la violenta impresión de la luz.</p>
+
+<p>Isidro, con aire fatigado, desnudábase junto al lecho. ¿Qué hora era?
+Las tres; las cuatro. El joven<a name="page_241" id="page_241"></a> excusaba su retraso hablando de los
+deberes que pesan sobre un escritor, de las exigencias del oficio. Había
+que dejarse ver de las gentes, frecuentar las tertulias de Fornos,
+visitar algunas redacciones, callejear con ciertos amigos noctámbulos
+que podían ayudarle. El la amaba como siempre; pero se debía a la
+literatura y al público.</p>
+
+<p>Una noche asistió a un banquete en honor de un compañero que acababa de
+publicar un tomo de versos. Era una fiesta de juventud, un alarde de
+fuerza y cohesión para que rabiasen los viejos. Feli cepilló con gran
+cuidado su traje, puso en su pañuelo unas cuantas gotas de esencia que
+aún le restaban en el fondo de un frasco; añadió un par de pesetas, por
+lo que pudiera ocurrir, al duro (precio del cubierto), que separó
+tristemente de lo que ella llamaba «el capital de la casa», cada vez más
+reducido.</p>
+
+<p>Eran las tres de la madrugada cuando despertó Feli sintiendo en la
+frente el contacto de unas manos. Lo primero que vio fue la cara de
+Isidro, pero transfigurada, con las mejillas rojas, brillándole los ojos
+con un fulgor extraordinario. Después percibió un perfume de flores
+marchitas y vio esparcidos sobre la cama varios <i>bouquets</i>, que
+indudablemente habían servido de adorno a los cubiertos antes de
+comenzar el banquete.</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva el arte!&mdash;gritó Maltrana con una agitación que hizo reír a
+Feli&mdash;. ¡Viva la eterna belleza! ¡Viva la juventud triunfante!</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡cállate, condenado!&mdash;exclamó la muchacha&mdash;. Puesto a gritar,
+dale un viva al vino, porque me parece que vienes algo marcado.</p>
+
+<p>&mdash;Estoy borracho, es verdad; borracho de entusiasmo, de vida, de
+inspiración... El porvenir es nuestro, nena; los jóvenes triunfaremos.
+Tú eres la belleza, la musa de la juventud: deja que te cubra de
+flores.<a name="page_242" id="page_242"></a></p>
+
+<p>Y riendo como un chicuelo travieso, le arrojaba a la cara los
+ramilletes.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¡Isidro, hijo mío&mdash;protestó Feli&mdash;, que vas a despertar al señor
+Vicente!...</p>
+
+<p>&mdash;Que se fastidie ese sacristán; que reviente el rapavelas. ¡Abajo el
+obscurantismo! ¡Viva el arte y la juventud!</p>
+
+<p>La alegre embriaguez de Maltrana hacíale contemplar a Feli con ojos
+amorosos. ¡Qué hermosa la veía en el desorden del sueño, con el pelo
+alborotado y las mejillas sonrosadas, mostrando su pecho de suave
+palidez de camelia por entre las modestas puntillas de la camisa,
+cruzando tras la cabeza el marfil de sus redondos brazos! Era la musa de
+la juventud. Isidro la besaba en el rostro, en los hombros, en los
+pechos, en todos los adorables rincones de su carne que la muchacha iba
+dejando al descubierto al revolverse en la cama, estremecida bajo el
+chaparrón de caricias, que le arrancaba sofocadas risas, lamentaciones
+de irresistible cosquilleo.</p>
+
+<p>&mdash;Déjame, mala persona&mdash;gemía riendo&mdash;. Déjame, o chillo.</p>
+
+<p>Maltrana siguió besándola, interrumpiendo sus caricias con ardorosas
+palabras.</p>
+
+<p>&mdash;Grita lo que quieras... pero no te dejo. He de asesinarte, matarte a
+besos... Te adoro. Eres la Venus de Milo... La de Milo, no, ¡que
+barbaridad! no tiene brazos, y los tuyos son muy bonitos. Eres la de
+Médicis, la de Canova, la Capitolina, ¡eso es!... la Capitolina, que es
+la más chulona de todas las Venus... Deja que te bese de rodillas, que
+te adore.</p>
+
+<p>Y en la extravagancia de su embriaguez, pretendió arrodillarse para
+besar una pierna que asomaba entre las ropas del lecho.</p>
+
+<p>Feli sonreía con estos arrebatos de su amante. Le placía verle alegre.
+Se había dormido pensando<a name="page_243" id="page_243"></a> en la necesidad de decirle una cosa... una
+cosa muy importante.</p>
+
+<p>Maltrana inclinó su cabeza para oír mejor.</p>
+
+<p>&mdash;Habla: dime qué es eso.</p>
+
+<p>Pero Feli se resistió a hablar, ocultando su cara al mismo tiempo que
+sus mejillas se enrojecían intensamente. No; así no. Temía que alguien
+la oyese; que sus palabras llegasen hasta el devoto, que dormía al otro
+lado del tabique.</p>
+
+<p>Extendió sus brazos para coger la cabeza de Isidro y la aproximó a su
+boca, hablándole al oído largamente, con mimo infantil.</p>
+
+<p>Cuando Maltrana se incorporó, ya no le brillaban los ojos. Se había
+disipado el gesto risueño de su embriaguez; había perdido las ganas de
+dar vivas a la juventud y al arte.</p>
+
+<p>La paternidad acababa de arrojar su fardo de inquietudes, de graves
+afectos y penosos deberes en medio del camino de su amor.</p>
+
+<p>¡Un hijo!... Adiós, juventud. Maltrana creyó que caía de golpe sobre sus
+hombros la capa de plomo de los años; vio más negra, más triste, la
+miseria en que vivía.</p>
+
+<p>Fue un sentimiento indefinible, en el que se mezclaban la satisfacción y
+el miedo. Su personalidad iba a desdoblarse, prolongándose en el curso
+de la vida. Esto le elevaba como hombre. Pero creyó sentir en torno algo
+que se despegaba de él. La juventud alegre, sin responsabilidades ni
+obligaciones, se perdía para siempre. A lo lejos, la Ilusión, en fuga,
+batía sus alas de diamante.<a name="page_244" id="page_244"></a></p>
+
+<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3>
+
+<p>Sufrió Maltrana un gran cambio en su vida. El dinero iba desapareciendo,
+sin que los tardos e irregulares ingresos bastasen para sostener la
+casa.</p>
+
+<p>Feli le pareció menos agradable. Trataba a Isidro con el cariño de
+siempre, le cuidaba y mimaba con aquella adoración que hacía de ella una
+devota más que una amante, pero tenía crisis de inexplicable tristeza,
+que parecían contagiarle a él.</p>
+
+<p>Muchas veces, al volver Isidro a su casa, la sorprendía de bruces en la
+cama, llorando silenciosamente.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿qué tienes?&mdash;gritaba con tono colérico&mdash;. ¿Qué te pasa?...</p>
+
+<p>Nada: lloraba sin saber el motivo. La maternidad trastornaba su débil
+organismo. La invadía una intensa tristeza, atormentando su imaginación.
+Pensaba en el ser misterioso que llevaba en sus entrañas, en cuál sería
+su fortuna al surgir al mundo, en la miseria que rondaba en torno de
+ellos, amenazándoles con toda clase de privaciones.</p>
+
+<p>Isidro sorprendía algunas veces en su mirada una curiosidad molesta,
+como si le contemplase por primera vez, como si le examinara a una nueva
+luz, viéndole totalmente cambiado. Feli comenzaba <a name="page_245" id="page_245"></a>a dudar de él: su fe
+sufría ligeros desmoronamientos. Como si la maternidad aguzase su razón,
+la muchacha preguntábase si Isidro era tan grande como ella le había
+creído, si no faltaba algo esencial en aquel hombre sin voluntad para el
+trabajo, indeciso e inquieto, que en plena amenaza de miseria pasaba
+gran parte del día olvidado de su situación, charlando en el Ateneo y en
+los cafés del porvenir de la juventud, de la decadencia de «los viejos»,
+de lo que debía ser el arte, anunciando a voces que pensaba escribir
+grandes cosas, pero sin fuerzas para coger la pluma, sin constancia para
+la labor.</p>
+
+<p>Todo esto que pensaba Feli vagamente lo traslucía Isidro en sus miradas.
+El, por su parte, viéndose analizado y con menos admiración, sentía
+ligeros descensos en su amor, confesándose que había en éste más de
+agradecimiento que de pasión irresistible.</p>
+
+<p>Amaba a Feli con un nuevo afecto plácido y tranquilo.</p>
+
+<p>Del amante apasionado que se arrodillaba ante ella con la embriaguez de
+la carne, llamándola Venus, quedaba muy poco... ¡Pobre Venus! La diosa
+deformábase con la maternidad. Una hinchazón monstruosa rompía las
+líneas armónicas y dilataba las curvas admirables. Aquellas botas color
+limón que eran el orgullo de Feli ya no entraban en sus pies. La
+muchacha sentía el trastorno de sus entrañas en forma de náuseas,
+vahídos y crisis de nervios, y Maltrana, con su egoísmo de hombre
+superior, abandonaba la casa, en busca del placentero trato de los
+amigos.</p>
+
+<p>El estado anormal de Feli coincidió con un suceso que hizo temer a
+Isidro por la vida de la muchacha.</p>
+
+<p>Una mañana se presentó el señor Manolo el <i>Federal</i>. Feli, que no le
+había visto desde su fuga de<a name="page_246" id="page_246"></a> la casa paterna, acogiole con grandes
+muestras de cariño. ¿Y el padre?... Pero el señor Manolo apenas
+contestó. Necesitaba decir a Isidro algo muy interesante; le invitaba a
+bajar a la calle, para expresarse con mayor libertad.</p>
+
+<p>Maltrana bajó tras él, adivinando algo grave en el gesto hosco del
+capataz.</p>
+
+<p>&mdash;Tú no habrás leído los papeles de hoy&mdash;le preguntó al detenerse en la
+acera&mdash;. Pues bien; el <i>Mosco</i> ha muerto; mejor dicho, le han matado.
+Los esbirros han conseguido lo que deseaban.</p>
+
+<p>Y relató la muerte trágica de su hermano. Los diarios dedicaban al
+suceso unas cuantas líneas. Aquel homicidio en tierras reales no
+inspiraba interés. El <i>Mosco</i> y su acólito el <i>Chispas</i> habían caído en
+una emboscada de los guardas. El maestro había muerto acribillado de
+plomo; su discípulo y acompañante estaba en el hospital, con dos balazos
+en un hombro. Unos periódicos, al hablar del suceso, afirmaban que las
+víctimas eran dañadores peligrosos que habían hecho frente a los
+guardas; los diarios de oposición decían que eran pobres hambrientos que
+entraban en la posesión real sin otro propósito que el de coger
+cardillos.</p>
+
+<p>&mdash;La cosa fue anteanoche&mdash;continuó el capataz&mdash;. Yo lo supe ayer por la
+tarde; vinieron a decírmelo de las Carolinas... No he querido ir a
+verle. ¿Para qué? ¿Voy acaso a resucitarlo?... Ya estará enterrado; los
+que lo vieron dicen que estaba hecho una lástima. Un balazo en la
+frente, otro en la boca: plomo por todas partes. Apenas si los amigos
+pudieron reconocerle; tan desfigurado estaba. ¡Cristo! ¿Así se mata a
+los hombres? Se habían juntado no sé cuántos; sabían por dónde iba a
+pasar, y bien tranquilos, ocultos tras la maleza, le hicieron una
+descarga, sin que el pobre pudiese llevar la mano a su escopeta... ¡Ya
+estarán contentos! ¡Ya no pensarán<a name="page_247" id="page_247"></a> más en el <i>Mosco</i>, que era su
+preocupación!... El pobre <i>Chispas</i>, cuando sane, si es que sana, irá a
+presidio... Da rabia, Isidro, pensar que hombres tan hombres mueran como
+perros, por querer vivir de lo superfluo, de lo que otros no necesitan;
+que los cacen como fieras, sin haber hecho otro delito que cobrar
+algunos conejos... ¡Puñales! ¡y después aún se extrañan de que pidamos
+la revolución!...</p>
+
+<p>La muerte del <i>Mosco</i> impresionó mucho a Maltrana. Pensó con
+remordimiento que tal vez tenía él cierta intervención en esta
+catástrofe. El dañador, empujado por la cólera, se había entregado a sus
+expediciones arriesgadas, como si retase a la muerte. Después pensó
+Isidro en su compañera, nerviosa y quebrantada por su estado físico; en
+lo peligroso que sería darle la noticia, sin que una nueva crisis
+pusiera en peligro su salud.</p>
+
+<p>Cuando subió, le esperaba Feli con la mirada interrogante y la cara
+triste, como si el instinto femenil le avisase la desgracia. Sólo por un
+asunto importante podía haberse resuelto su tío ir a visitarles. Era
+cosa de padre, ¿verdad? ¿Se había decidido, por fin, a buscarlos? ¿Iba a
+presentarse de un momento a otro?...</p>
+
+<p>Los rodeos que empleó Isidro para contestar aguzaron su instinto. En un
+momento columbró la verdad.</p>
+
+<p>&mdash;No digas más, Isidro&mdash;murmuró&mdash;. No te esfuerces: no temas por mí. Yo
+soy fuerte. ¿Es que lo han matado en el bosque?...</p>
+
+<p>Acogió con serenidad la trágica noticia. Maltrana admiró su firmeza: era
+digna hija del <i>Mosco</i>. Aquella mujercita débil, que muchas veces
+lloraba sin motivo, permaneció inmóvil, con los ojos secos, al conocer
+la desgracia.</p>
+
+<p>Hacía tiempo que presentía este final. Muchas noches había visto en
+sueños a su padre cubierto<a name="page_248" id="page_248"></a> de sangre, pereciendo bajo las escopetas de
+los guardas, que le daban el tiro de gracia. Se había familiarizado con
+la posibilidad de este suceso durante los años de su vida en las
+Carolinas al lado del dañador.</p>
+
+<p>Apenas si lloró. Permaneció anonadada, embrutecida por la sorpresa.
+Maltrana, al volver a casa por la noche, vio sus ojos enrojecidos, como
+si al encontrarse sola sintiese con más intensidad la desgracia,
+entregándose largas horas al llanto.</p>
+
+<p>Una pregunta parecía vagar por sus labios, atormentándola con cruel
+inquietud.</p>
+
+<p>&mdash;¿Tú crees, Isidro&mdash;dijo al fin&mdash;, que no tenemos ninguna culpa en la
+muerte de padre?</p>
+
+<p>La misma pregunta elevaba sus interrogantes en el ánimo de Maltrana;
+pero éste se apresuró a tranquilizar a su compañera. No; ninguna
+responsabilidad les correspondía a ellos. El <i>Mosco</i> había muerto por
+temerario. Era el final lógico de una vida de aventuras, de aquel modo
+audaz de ganarse la existencia con riesgo de la piel. ¿No le había visto
+llegar muchas veces a la casucha chorreando sangre de tremendas
+heridas?...</p>
+
+<p>Pareció tranquilizarse Feli, sin que por esto dejase de llorar cuando se
+veía sola. El señor Manolo se presentó varias veces en la casa para dar
+cuenta a los dos jóvenes de la exigua herencia del <i>Mosco</i>. Iba
+vendiendo a las gentes de Tetuán los famosos perros del dañador, sus
+enseres de caza, todo lo que contenía la casucha de las Carolinas. Llegó
+a reunir así unos sesenta duros, que entregó a Feli, guardándolos ésta
+sin decir nada a Isidro.</p>
+
+<p>Bien necesitaban el dinero. Había llegado el calor, y sus trajes de
+invierno, aunque raídos, les abrumaban con peso sofocante. Vistiéronse
+los dos de negro en los establecimientos baratos de la calle de Toledo.<a name="page_249" id="page_249"></a></p>
+
+<p>Feli, en este segundo equipo, ya no se permitió capricho alguno. ¿Para
+qué adornarse? El embarazo desfiguraba su cuerpo débil y delicado.
+Pasaba semanas enteras sin salir de su habitación, sin asomarse a la
+ventana. Le faltaban fuerzas para vestirse. Con un arranque de su
+voluntad llegaba a la cocina, y tosiendo y estremeciéndose por contener
+las náuseas, preparaba la comida.</p>
+
+<p>Ella, que cuidaba antes con gran escrupulosidad las ropas de Isidro,
+mostrando empeño en que se distinguiese de los compañeros por su
+limpieza, abandonábalo ahora, sin lanzar una mirada a sus cuellos
+grasientos, a sus pantalones moteados por el barro de lejanas lluvias.</p>
+
+<p>Su deseo era verse sola, que Isidro se alejase; y, sentada en el viejo
+silloncito que su amante ocupaba al escribir, permanecía inmóvil horas
+enteras, contemplando con fijeza hipnótica su vientre desmesurado,
+monstruoso, que subía y subía, tirando de las faldas, dejando al
+descubierto sus hinchados pies.</p>
+
+<p>Algunas noches, en el silencio del dormitorio, mostraba a Maltrana aquel
+globo de tirante piel, agitado en su interior por misteriosos
+estremecimientos. Era el miedo, la inquietud de la primeriza ante lo
+extraordinario del fenómeno.</p>
+
+<p>&mdash;¿Llevaré dos?&mdash;preguntaba con voz trémula&mdash;. Tú que sabes tanto, ¿no
+reconoces que esto es demasiado?...</p>
+
+<p>Pero Isidro contestaba con mal humor. Su embarazo era lo mismo que los
+otros. Debía dejarle en paz. Tenía asuntos más graves en que pensar;
+estaba desesperado por las injusticias de que era objeto. Nadie hacía
+caso de la juventud; no la abrían camino...</p>
+
+<p>Y después de estas lamentaciones dormíase, mientras Feli, en la
+obscuridad, se pasaba las manos<a name="page_250" id="page_250"></a> interrogantes por aquella montaña,
+motivo al mismo tiempo de alegría e inquietud.</p>
+
+<p>En las primeras horas de la noche, cuando Feli estaba sola, el señor
+Vicente entraba un instante en la habitación de sus huéspedes. Como la
+joven tenía que darle algunos recados, el devoto decidíase a pasar la
+puerta.</p>
+
+<p>Durante sus ausencias presentábanse algunos amigos preguntando por él.
+Eran estos un cura viejo, de hábitos raídos y verdinegros, tan loco y
+pobre como el señor Vicente, varios hermanos de cofradía, y aquel
+tremendo zapatero cuya conversión le había costado los mejores años de
+su vida. Todos ellos personas devotas y buenas, que merecían los mayores
+elogios del «santo».</p>
+
+<p>Escuchaba éste con movimientos de cabeza las explicaciones de la joven.
+Fulano había dicho que no dejase de ir al día siguiente a la iglesia de
+Santa Cruz, pues eran los funerales de un señor de las Conferencias
+católicas. El cura viejo había dejado en su cuarto dos paquetes de
+hojitas para que las repartiese. El zapatero, con su cara fosca, se
+había presentado dos veces, buscándole con gran prisa. Necesitaría
+dinero: la tal conversión le costaba muy cara.</p>
+
+<p>El señor Vicente la oía sonriendo, y después se fijaba en su persona.</p>
+
+<p>&mdash;Y usted, ¿cómo está? ¿cómo marcha ese embarazo?...</p>
+
+<p>Desde que la veía en tal estado hablábala con mayor confianza.
+Desfigurada por la hinchazón, pesada y doliente, no pudiendo moverse sin
+suspiros de pena, ya no le infundía aquel miedo que toda hembra le hacía
+sentir. La maternidad dolorosa santificaba a la mujer, le permitía
+acercarse a ella sin miedo y sin repugnancia, tratándola con una llaneza
+maternal.<a name="page_251" id="page_251"></a></p>
+
+<p>&mdash;Debe usted sufrir mucho. Algunas noches la oigo revolverse en la
+cama... Tenga usted paciencia; es el castigo que nos impuso Dios por la
+rebeldía de la primera mujer. Todos hemos de sobrellevar la culpa.</p>
+
+<p>Feli le consultaba con inocente confianza, como si estuviese en
+presencia de una comadre del barrio. El señor Vicente no era un hombre:
+la locura religiosa le excluía del sexo. Se lamentaba al hablar con él
+de la inquietante hinchazón de su vientre. Le comunicaba su terror. ¿Era
+aquello natural?... ¿Qué opinaba el buen hermano?</p>
+
+<p>Y el púdico señor Vicente se fijaba en el abultado abdomen, sin
+escrúpulo alguno, como si la maternidad fuese una función falta de
+origen, en la que para nada intervenía el amor.</p>
+
+<p>Sospechaba, en sus piadosas fantasías, si este embarazo ocultaría algo
+sobrenatural, un prodigio de la voluntad divina.</p>
+
+<p>Hacía preguntas a Feli, que ésta contestaba con extrañeza. ¿No le decía
+nada el ser que llevaba en las entrañas? ¿No le había hablado alguna vez
+o demostrado su voluntad con extraños ruidos?...</p>
+
+<p>&mdash;Hace usted mal&mdash;continuaba&mdash;si cree que digo esto a tontas y a locas.
+Yo, aunque lego, he leído algo. Ahí dentro tengo una Vida de San Vicente
+Ferrer, mi ilustre patrón, al que con motivo llama su panegirista «el
+San Pablo español». No se imagine que es un librillo de los de ahora,
+sino un volumen con tapas de pergamino, impreso hace siglos, y su autor
+es el reverendo padre Valdecebro, varón de gran fama por las obras que
+escribió sobre la vida de los animales... Pues el padre Valdecebro
+cuenta que la madre del santo, cuando estaba en su embarazo, sentía
+grandes inquietudes y miedos por lo desmesurado de su vientre y los
+ruidos que hacía la criatura. Algunas noches creyó oír ladridos en sus<a name="page_252" id="page_252"></a>
+entrañas, y llena de miedo, fue a consultar el caso con el arzobispo de
+Valencia, que era santo y prudente. «No temas, mujer&mdash;dijo el prelado&mdash;;
+si tu hijo ladra dentro de tu vientre, es porque Dios quiere que sea el
+gran mastín de la Iglesia, que reñirá con los lobos de la herejía.» Así
+lo cuenta el padre Valdecebro, que era un varón docto, incapaz de
+mentir. La bondad de Dios no se agota nunca. ¡Quién sabe si querrá
+repetir en usted sus prodigios, haciendo que salga de ese vientre otro
+mastín para la defensa de su rebaño!...</p>
+
+<p>Feli compadecía la simpleza del devoto, ofendiéndose al mismo tiempo por
+la misión animal que atribuía al hijo de su entrañas.</p>
+
+<p>&mdash;Pues éste, señor Vicente&mdash;decía señalándose el abdomen&mdash;, éste, por
+ahora, no imita a su santo patrón: aún no ladra.</p>
+
+<p>&mdash;Tenga usted fe en la bondad del Señor&mdash;continuaba el hermano&mdash;. Todo
+llegará, y así que se presente el mal paso, le traeré ciertas reliquias
+milagrosas de un amigo mío, y una cinta de la Virgen que obra prodigios.</p>
+
+<p>Había comenzado el verano. Isidro juraba de desesperación viendo que
+todas las personas que podían ayudarle se ausentaban de Madrid. No
+encontraba trabajo: los editores paralizaban sus negocios; ningún
+traductor necesitaba ayuda; los semanarios ilustrados llenaban sus
+páginas con grabados representando el veraneo de los reyes y de la
+aristocracia en las playas del Norte, sin dejar espacio para un mal
+artículo.</p>
+
+<p>Todos los malos olores de Madrid, dormidos durante el invierno,
+despertaban y revivían al llegar el calor. Las cuadras y vaquerías
+hedían con la fermentación del estiércol; las bocas de las alcantarillas
+humeaban la podredumbre de sus entrañas; hasta los caballos de los
+coches de punto, en sus<a name="page_253" id="page_253"></a> largas esperas, levantaban la cola, impregnando
+el ambiente con el tufo de la cebada recocida y la paja putrefacta.</p>
+
+<p>La calle era más ruidosa que en el resto del año. Parecían nacer niños
+de entre los guijarros del pavimento: bulliciosas bandas ocupaban las
+aceras, entregándose a sus juegos con la libertad de un villorrio. Los
+balcones, abiertos por el calor, daban paso franco al estrépito del
+carruaje que rueda, del vendedor que chilla, del afilador que aguza los
+dientes con sus chirridos, del piano ambulante e infatigable, que
+desarrolla la general jaqueca con las vueltas de su manubrio. La calle,
+como dilatada por el calor, introducíase por todos los huecos, haciendo
+llegar sus hedores y ruidos a los extremos más recónditos de las casas.</p>
+
+<p>Las habitaciones que ocupaban los dos jóvenes ardían de la mañana a la
+noche bajo la llama del sol. Descendía del techo un calor asfixiante,
+como si sobre él ardiese un horno. Feli, despechugada, sudorosa,
+respirando con dificultad, arrastraba los pies yendo de un lado a otro,
+abrumada por este calor que era un nuevo tormento. Crujían durante la
+noche, con chasquidos alarmantes, las maderas de los muebles, las tablas
+ocupadas por los libros del devoto, sobre cuyos lomos polvorientos
+movíanse las polillas. Las paredes, caldeadas, arrojaban de su seno los
+parásitos del verano. Las chinches caían del techo, las pulgas saltaban
+sobre los baldosines. El señor Vicente no podía remover sus pilas de
+volúmenes sin que saliesen a la desbandada las cucarachas en repugnante
+correteo.</p>
+
+<p>Feli sentía aumentar sus náuseas y su inapetencia con este asqueroso
+renacimiento que la rodeaba.</p>
+
+<p>Apenas comía. La escasez de dinero, las preocupaciones de la miseria,
+aumentaban su debilidad.<a name="page_254" id="page_254"></a> Maltrana la veía ajarse, perder la viveza de
+su juventud, como si la consumiese aquel ser oculto que devoraba lo
+mejor de su vida.</p>
+
+<p>También el joven experimentaba grandes crisis de desaliento. Volvía a
+casa con el gesto triste, se dejaba caer en la cama, diciendo que quería
+morir. No encontraba trabajo. Iba de un lado a otro visitando a los
+amigos, haciéndose visible en las redacciones de las revistas, sin
+conseguir una traducción ni que le admitiesen un artículo. La vida
+estaba paralizada: todos los que podían darle algo se hallaban ausentes.</p>
+
+<p>Había buscado al marqués de Jiménez, con la esperanza de inspirarle una
+nueva obra; pero el grave personaje también estaba ausente; veraneaba en
+una de sus fincas, y en ella se proponía permanecer hasta el invierno.</p>
+
+<p>En estos instantes de abatimiento era cuando Isidro se daba cuenta de lo
+mísero de su situación. Sus brazos eran débiles, sus manos delicadas; ni
+siquiera poseía el vigor físico de un mozo de cordel para ganarse la
+subsistencia.</p>
+
+<p>Recordaba con amargura las declamaciones que muchas veces había leído
+sobre la miseria de los desheredados de la clase obrera. ¡Ay! Ellos, al
+menos, no perecían de hambre en medio de la calle. El hombre de fatiga
+siempre encontraba un mendrugo y una copa de vino para salir del paso.
+Pero ¿y él? ¿Qué iba a ser de él, envenenado por una instrucción que de
+nada le servía, falto de la fuerza brutal con que se ganaban el pan los
+desgraciados de blusa?...</p>
+
+<p>En estos momentos de desesperación pensaba en <i>El bachiller</i>, de Julio
+Vallés, una de las obras que más le habían impresionado, por ver en ella
+la negra historia de su existencia. Acudía a su recuerdo la dedicatoria
+del libro, desolada, de inmensa tristeza:<a name="page_255" id="page_255"></a> «A todos los que, nutridos de
+griego y de latín, están muertos de hambre.»</p>
+
+<p>El pertenecía a esta legión de desgraciados, cuyas quejas no encontraban
+eco, que imploraban el pan con el rubor y la timidez de su levita raída,
+que hacían reír con lo grotesco de su miseria, sin infundir miedo como
+los obreros manuales.</p>
+
+<p>Maltrana pensó por primera vez si el gran error de su vida era haberse
+dejado arrancar del campo de miseria donde nació; si aquella buena
+señora, su protectora, habría sido, sin saberlo ni quererlo, la mala
+hada de su destino; si estaba condenado a eterna hambre por soñar con la
+gloria y haber vestido las raídas ropas del bohemio, cuando su salud
+consistía en seguir dentro de la blusa de sus mayores.</p>
+
+<p>Feli, a pesar de su debilidad, encontraba fuerzas para animarle. Se
+acababa el dinero y no tenían esperanzas de que llegase más. Pero ella
+le ayudaría: estaba habituada al trabajo.</p>
+
+<p>Y la pobre muchacha, anémica por la falta de nutrición, abrumada por el
+peso de su vientre, tuvo un arranque de energía sobrehumana, de esos que
+únicamente puede realizar la nerviosidad femenil. Le era imposible
+volver a la fábrica de gorras: estaba muy lejos, y además no la
+admitirían después del escándalo de su fuga. Pero conocía otros oficios
+menudos e insignificantes, de los que están al alcance de las muchachas
+pobres y las ayudan a engañar el hambre. Haría «flores» para los corsés,
+se dedicaría a emballenarlos. Conservaba cierta amistad con la dueña de
+un taller, por haber trabajado para él cuando escaseaba la faena en la
+fábrica de gorras.</p>
+
+<p>Isidro se opuso. ¡Trabajar ella, mientras él permanecía en forzosa
+inacción! ¡Trabajar, cuando estaba enferma y el desarreglo de su
+organismo la<a name="page_256" id="page_256"></a> obligaba a largas horas de inmovilidad!... Adiós, idilio.
+Maltrana creyó que su dicha amorosa huiría para siempre así que aquellas
+manos hermosas se viesen sometidas a la esclavitud del jornal. El
+engranaje de la miseria agarraba a sus víctimas para no soltarlas jamás.
+Si ella trabajaba, viviría siempre condenada al trabajo: jamás tornarían
+a su nido la alegría y la abundancia. Antes morir los dos de miseria,
+que ver a la adorada, a la dulce Feli, degradándose de nuevo con las
+fatigas de la obrera. Ella era una señorita: la mujer de un escritor.</p>
+
+<p>La muchacha acogió estas protestas encogiendo los hombros. El buen
+sentido femenil le hizo despreciar tales preocupaciones, y una noche, al
+regresar Maltrana a su casa, vio la habitación llena de corsés blancos y
+modestos, corsés de pobre, que Feli había recogido en el taller. Pasaba
+las horas con el busto inclinado sobre su enorme vientre, en el que
+descansaban los armazones de lienzo. Hacía las «flores»: los pespuntes
+en forma de triángulo que adornaban los extremos de las ballenas. Era
+una tarea costosa y mal pagada, como todos los trabajos femeniles.</p>
+
+<p>Isidro se enfadó. ¿Deseaba matarse? Pero la sonrisa de Feli contuvo sus
+protestas. Señalaba con los ojos aquel cajón de la cómoda donde metía el
+dinero. Apenas quedaban unas cuantas pesetas de lo que les trajo el tío
+Manolo. No habían pagado los dos últimos meses de inquilinato al señor
+Vicente; debían en varias tiendas de la calle; él tendría que renunciar
+a la peseta que le daba de vez en cuando para tabaco, a los banquetes de
+«juventud», a aquellos gastos que consideraba necesarios para «hacerse
+ver», para «refrescar» el nombre literario.</p>
+
+<p>Se acercaba la miseria, pero la verdadera, la negra, sin tregua ni
+misericordia. Feli la adivinaba,<a name="page_257" id="page_257"></a> abría sus ojazos llenos de misterio,
+como si la viese corporalmente rondar en torno de ellos. El ser que
+llevaba en sus entrañas también parecía presentir la proximidad del
+fantasma. Agitábase cada vez más inquieto, y la madre lloraba pensando
+en su suerte. La pobreza sería la única hada que le abrazase al surgir
+al mundo. Si la fortuna no había de apiadarse, prefería que el ser
+inocente pereciera en su encierro antes que ella lo viese, antes que se
+sintiera esclavizada por el cariño.</p>
+
+<p>Se entregó al trabajo con valentía femenil, mostrando esa resistencia de
+que sólo son capaces los seres nerviosos. Maltrana, al despertar, veía a
+Feli ante un montón de corsés, cosiendo animosamente. Inclinaba el
+rostro, enjuto por la debilidad, y seguía la marcha de la aguja con sus
+ojos profundos y melancólicos, única belleza que aún se mantenía intacta
+en ella. Isidro, al volver a su casa a altas horas de la noche, tenía
+que hacer grandes esfuerzos para que se acostase.</p>
+
+<p>&mdash;Déjame acabar esta docena&mdash;decía sin levantar la cabeza, tenaz en el
+trabajo, deseosa de no perder un segundo.</p>
+
+<p>Maltrana sentíase avergonzado por este sacrificio. En la calle se
+acordaba de Feli con remordimiento. Era abominable que él pasease
+inactivo, mientras la pobre joven vivía trabajando en este ambiente de
+horno. Sentía la necesidad de acompañarla: creía con su presencia
+disimular un tanto lo ignominioso de su situación. Al regresar a su casa
+iba de silla en silla, leyendo, escribiendo, hablando, para disimular su
+aburrimiento. Algunas veces, falto de libros, pues había vendido todos
+los suyos que eran de cierto valor, sacaba alguno de la biblioteca del
+señor Vicente e intentaba reír con las piadosas extravagancias de las
+vidas de los santos. Pero el tiempo no estaba para risas, y acababa por<a name="page_258" id="page_258"></a>
+devolver a su estante los mamotretos apolillados. Otras veces sentía
+deseos de trabajar, para ponerse al nivel de la animosa compañera. Iba a
+hacer algo notable: tenía la cabeza repleta de ideas. Sentábase a la
+mesa, mojaba la pluma en el tintero, se acariciaba la frente; pero a su
+espalda cantaba la aguja al perforar el lienzo, crujían los corsés al
+amontonarse, zumbaban las moscas en torno de su cabeza, y el calor
+pesado y asfixiante cubría su piel de perlas de sudor. Rompía papeles y
+más papeles, y acababa por dejar la pluma con rabioso movimiento. La
+inspiración huía, espantada por el ruido de las telas y la pegajosidad
+de los insectos. Le era imposible hacer nada, y acababa por pasearse
+nerviosamente, jurando que era un imbécil; hasta que Feli, molestada por
+su cólera, le rogaba que volviese a la calle en busca de distracciones.</p>
+
+<p>Isidro, avergonzado de su inacción, se dedicó a acompañarla cuando
+devolvía el género al taller, ya que no podía hacer otra cosa. La
+primera vez había dejado que la pobre Feli, arrastrando las piernas y
+llevando por delante sus pesadas entrañas, cargase con el fardo para
+llevarlo cerca de la Puerta del Sol. El era un intelectual, con muchos
+amigos, y aunque la mayoría de éstos se hallasen fuera de Madrid, temía
+que alguien le viera cargado con un fardo. Era un escrúpulo egoísta, un
+deseo de guardar su prestigio de grande hombre desgraciado que se
+mantiene digno ante la miseria. Pero cuando vio por segunda vez a Feli
+empaquetar su trabajo soplando de fatiga, resignada, con sonrisa triste,
+sintió hondo remordimiento.</p>
+
+<p>&mdash;Deja eso, nena&mdash;murmuró avergonzado&mdash;. Yo lo empaquetaré, yo te lo
+llevaré hasta la puerta de la tienda. Es una canallada permitir que
+vayas sola...</p>
+
+<p>La pobre aún se resistió a aceptar esta ayuda.<a name="page_259" id="page_259"></a> El era un señorito, un
+intelectual, una futura eminencia. ¿Qué dirían sus amigos, aquellos
+camaradas de café, si le veían en la calle cargado como un mandadero?...
+Pero Isidro hizo un gesto de indiferencia, a pesar del pavor que le
+inspiraban estos encuentros. Que hablasen lo que quisieran: deseaba
+ayudarla, servirla de algo.</p>
+
+<p>Salían cada dos días, luego de cerrada la noche, cargados con aquellos
+paquetes, por cuyo trabajo daban a Feli unos cuantos reales. Maltrana
+seguía la acera pegado a la pared, con cierta vergüenza, ocultando la
+cara, lanzando oblicuas miradas para reconocer a los transeúntes. La
+joven, a pesar de la torpeza de sus piernas, esforzábase por seguir su
+rápido paso, semejante a una fuga. Jadeaba al trotar, moviendo su
+vientre con doloroso vaivén.</p>
+
+<p>El regreso era más lento y tranquilo, cuando no se llevaban a casa
+nuevas remesas de labor. Caminaban cogidos del brazo por las aceras,
+tibias aún de los ardores del día. Humeaba la población al exhalar en la
+calma de la noche el fuego con que el sol la había caldeado. La
+circulación era en las calles menos densa que en el resto del año. Los
+balcones estaban cerrados; apenas si se veía algún rectángulo de luz en
+las obscuras fachadas. Agrupábase la gente en las mesillas exteriores de
+los cafés y horchaterías. Sentábanse ante los portales las tertulias en
+corrillo, obstruyendo las aceras. En muchas ventanas colgaba el botijo
+rezumando agua. Un hedor de asfalto recalentado y boñiga en fermentación
+surgía del suelo de las grandes vías.</p>
+
+<p>Cerca de la casa del señor Vicente, en las estrechas calles de los
+barrios bajos, el mal olor del verano martirizaba el olfato. La plaza de
+la Cebada humeaba como un estercolero en putrefacción. De sus sótanos,
+faltos de aire, surgía la peste de las verduras fermentadas,
+difundiéndose por toda esta<a name="page_260" id="page_260"></a> parte de Madrid, que olía como una huerta
+abandonada.</p>
+
+<p>Los dos amantes, en su lento regreso, discutían el empleo del dinero que
+acababan de cobrar. No bastaba para las más rudimentarias necesidades.
+Feli percibía cincuenta céntimos por cada docena de corsés. Apenas sí
+trabajando día y noche podía juntar un par de pesetas. Mentalmente
+ajustaba sus cuentas: tanto en la plazuela, tanto en la tienda; no
+bastaba este dinero para salir de apuros, y eso que habían suprimido el
+café y el vino, y no comían mas que lo necesario por no perecer de
+hambre.</p>
+
+<p>Maltrana, oyendo estos lamentos de dueña de casa, pensaba
+nostálgicamente en el pasado. ¡Qué dulce recuerdo el de los paseos por
+los desmontes inmediatos al Canalillo, el de los descansos en los
+merenderos de Amaniel, hablando de amor, pasándose las naranjas de boca
+a boca, contentos del sol que les metía en el alma la alegría de su luz,
+gozosos de la noche que les protegía con su sombra, dando a sus caricias
+un nuevo encanto con la sonoridad de los nocturnos ecos!... Todo había
+huido para siempre; estaba lejos, tan lejos como parecía estar aquella
+Feli de los buenos tiempos, alegre, risueña y rebosando la admiración,
+de esta otra, afeada por la maternidad, triste por la miseria, y con
+gesto de desaliento, como si ya no tuviese fe en el porvenir de su
+hombre y se resignara a llevar la peor parte, cuidándolo como un niño
+grande, más por conmiseración maternal que por apasionamiento amoroso.</p>
+
+<p>Maltrana ya no pensaba en si la vida era alegre o triste, negra o de
+color rosa. La vida era sencillamente un aburrimiento, y el helenismo
+una farsa de los libros. Los atenienses, sin dinero, sin esperanzas y
+con una hembra amada a quien sostener, de seguro que lo habrían visto
+todo gris, aunque<a name="page_261" id="page_261"></a> cabrillease el sol de los poetas en las aguas del
+Pireo, aunque brillasen con divina sonrisa los mármoles del Partenón y
+las aulétridas se pasaran el día soplando en sus dulces flautas. La
+miseria era un endriago de invencible fealdad. No había arte en el mundo
+que pudiese embellecer su horripilante mascarón.</p>
+
+<p>Una noche, al pasar por la Puerta del Sol, fijáronse los dos en los
+gritos de los vendedores de periódicos. Pregonaban «la horrible
+catástrofe» ocurrida aquella mañana, con incalculable número de muertos
+y heridos.</p>
+
+<p>Isidro había permanecido en casa todo el día, ocupado en escribir unas
+cuartillas, a diez céntimos, para aquel semanario social que reclamaba
+su colaboración con la misma intermitencia con que publicaba sus
+números. Feli sintiose atraída por el suceso, con esa curiosidad que
+despierta lo terrorífico en la imaginación femenil.</p>
+
+<p>Compraron el periódico, y Maltrana leyó a la luz de un farol el sumario,
+en letras grandes, que encabezaba el relato del suceso. Habíase hundido
+en las primeras horas de la mañana aquel edificio en el que trabajaba el
+señor José. Instantáneamente tuvo Maltrana el presentimiento de la
+desgracia. Antes de leer, estaba seguro de que su padrastro había
+perecido entre las ruinas de aquella obra escandalosa, inaudita, hasta
+el punto de trastornar sus ideas de hombre autoritario y hacerle perder
+la fe en la perfección del orden social. Buscó en el papel los nombres
+de las víctimas. Eran muchos los heridos que agonizaban en los
+hospitales. Entre los escombros sólo se había recogido un cadáver, el
+del único obrero muerto instantáneamente, y éste era el señor José. Su
+nombre y su domicilio estaban indicados con una precisión que no
+permitía dudas.</p>
+
+<p>Maltrana experimentó una dolorosa sorpresa.<a name="page_262" id="page_262"></a> Recordó a su madre; pensó
+en el agradecimiento que sentía la Isidra por las bondades de su
+compañero. ¡Pobre señor José! Tal vez esperaba la muerte como una
+liberación, aquella muerte cuya proximidad adivinaba al trabajar en el
+escandaloso edificio objeto de sus cóleras. Morir era una solución para
+aquel hombre sencillo, que se indignaba contra un mundo apartado de los
+sanos principios y contra la mala suerte que convertía en aprendices del
+crimen a los hijos de los servidores de la ley.</p>
+
+<p>Al día siguiente era el entierro. Todos los albañiles de Madrid
+proponíanse aprovechar las horas del descanso de mediodía para asistir a
+él, dándole la significación de una protesta contra las rapiñas de los
+poderosos.</p>
+
+<p>Isidro quiso también acompañar el cadáver hasta el cementerio. Era todo
+lo que podía hacer por su padrastro.</p>
+
+<p>A la mañana siguiente, salió por la Puerta de Toledo poco antes de
+mediodía. Al llegar al puente, torció a la izquierda, dirigiéndose al
+depósito de cadáveres, en la orilla del río. Los ardores del sol
+caldeaban las charcas del Manzanares, llenas de la inmundicia de las
+alcantarillas que desaguan en él. Un hedor de letrina en ebullición
+envenenaba la densa atmósfera de verano.</p>
+
+<p>Los alrededores del depósito estaban ocupados por grupos de hombres con
+blusas blancas, de mujeres con los brazos arremangados, que acababan de
+salir de los lavaderos.</p>
+
+<p>Todos comentaban la catástrofe con gritos de cólera y maldiciones. Las
+mujeres eran las más audaces y ruidosas. Miraban hacia Madrid levantando
+los brazos con expresión amenazadora.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ladrones! ¡ladrones!... Matan a los trabajadores para hacerse
+ricos... Sólo les importa el negocio, y los pobres que mueran como
+perros.<a name="page_263" id="page_263"></a></p>
+
+<p>Después encarábanse con los hombres que iban llegando, albañiles casi
+todos, que llevaban pendiente del cuello el saquito de la comida. Los
+insultaban con groseras palabras. ¡Calzonazos! Se quedarían después de
+esto tranquilos como siempre, esperando que llegase la hora de perecer
+en otra catástrofe. ¡Ah, si ellas llevasen pantalones! ¡Si las dejasen
+intervenir en los asuntos de los hombres!... Otra cosa sería.</p>
+
+<p>Y los albañiles contestaban con un gesto de desaliento. ¿Qué iban a
+hacer? No tenían armas; estaban cansados de que les pegasen a la menor
+protesta en la calle.</p>
+
+<p>-¡Armas! ¡armas!...&mdash;exclamaban irónicamente algunos compañeros de ojos
+exaltados&mdash;. ¿Y para qué las queréis? Eso no sirve de nada. ¡Dinamita,
+me caso con Dios! ¡Bombas de dinamita!</p>
+
+<p>Maltrana entró en el depósito abriéndose paso en la masa de blusas, y
+vio el cadáver del señor José sobre una mesa de mármol, dentro de un
+modesto ataúd que habían costeado los del oficio.</p>
+
+<p>Según dijeron al joven, tenía rota la espina dorsal, quebrado su
+esqueleto por varias partes. La cara mostrábase intacta, contraída por
+un gesto de inmenso dolor. Isidro sólo pudo ver uno de sus ojos,
+desmesuradamente abierto, que parecía fijar en él la vidriosa pupila.
+Creyó leer en este globo mate, de fúnebre vaguedad, el último
+pensamiento de la víctima, la maldición que pasó como un relámpago por
+su cerebro al dejar de existir. Indudablemente, había muerto abominando
+de las veneraciones de toda su vida. Leíase en la contracción de su
+rostro: había quedado impreso en aquella mueca que parecía una protesta.
+De poder reanimarse el cadáver, de seguro que gritaría algo subversivo
+contra la sociedad injusta, contra los hombres crueles, pidiendo
+destrucción y venganza, para tenderse de<a name="page_264" id="page_264"></a> nuevo en el féretro tras esta
+póstuma confesión del engaño de su vida.</p>
+
+<p>Cerca del ataúd hablaban algunos de sus compañeros de trabajo. Ya no le
+llamarían «borrego». Amaba más a los explotadores que a sus camaradas de
+miseria. La desgracia, siempre ciega, había visto claro esta vez al
+castigarle por medio de la codicia de aquellos a quienes él defendía.
+¡Pobrecillo! De todos modos, era uno de los suyos: una víctima más, por
+la que había que protestar.</p>
+
+<p>Maltrana dejó de ver al señor José. Los compañeros clavaron la caja,
+cubriéndola con la bandera roja de la asociación.</p>
+
+<p>El féretro comenzó a romper el oleaje del gentío, llevado en hombros por
+un grupo de albañiles. Cuando Isidro salió del depósito, siguiendo la
+roja tela, vio la orilla del río, el puente y la glorieta de Toledo
+cubiertos de blusas blancas, de sombreros y gorras que se elevaban,
+dejando las cabezas al descubierto al paso del ataúd.</p>
+
+<p>En la glorieta del puente de Toledo, entre las dos pirámides de piedra
+que descansan en su pedestal sobre los boliches dorados, como dos
+gigantescas mesillas de noche, vio una masa obscura con puntos
+brillantes: una fila compacta de hombres negros. Era la policía cerrando
+el paso.</p>
+
+<p>El entierro avanzó sin titubear. Las mujeres vociferaban en torno del
+féretro, iracundas, llorosas, como si el rudo sol del verano mordiese
+con agresiva demencia sus cabezas despeinadas.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ladrones! ¡ladrones! ¡A Madrid! ¡A arrastrar a los asesinos!...</p>
+
+<p>Otras señalaban el féretro con trágicos ademanes de plañidera. No
+conocían al señor José, pero gritaban roncas de emoción:</p>
+
+<p>&mdash;Ahí va la honra del mundo; un trabajador bueno; un hombre de blusa.
+¡Pobrecillo! ¡Y los que<a name="page_265" id="page_265"></a> le han matado, guardándose los duros,
+comiéndose las buenas tajás!...</p>
+
+<p>La cabeza del cortejo chocó con el obstáculo de la policía. Un capitán
+habló a los manifestantes. Podían seguir por el paseo de las Acacias,
+dar la vuelta a Madrid por las rondas, sin molestar a nadie. Estas eran
+las órdenes que había recibido. Nada de entrar en la población, de
+atravesar el centro, buscando la calle de Alcalá. El estaba allí, en el
+paseo de los Ocho Hilos, para cerrarles el paso y que no ganasen la
+puerta de Toledo. Todo lo que quisieran, gritos, lloros, aclamaciones,
+todo, menos desfilar por las calles de Madrid y que la gente del centro
+presenciase el entierro, con su séquito de jornaleros que pedían
+venganza.</p>
+
+<p>Sobre la masa de cabezas se alzó, como contestación, un largo palo, y en
+su punta un guiñapo negro que parecía una mortaja. Era la bandera de
+cólera y dolor, improvisada por un grupo de muchachos.</p>
+
+<p>Las mujeres protestaban vociferando de las órdenes de la policía.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es: debemos marchar por las rondas, como los ganados que van de
+paso... Los pobres a la cuadra. Por las calles de Madrid no puen pasar
+otros entierros que los de los señores que mueren de hartazgo o malos
+vicios. Son para los otomóviles y los carruajes con tronco. Nosotros,
+por la ronda... porque olemos mal... ¡Mueran los ladrones! ¡Que los
+arrastren! ¡A Madrid! ¡a Madrid!</p>
+
+<p>Y las mujeres eran las primeras en avanzar, en agarrarse a las puntas
+del féretro, empujando a los portadores para que rompiesen las filas de
+la fuerza pública.</p>
+
+<p>Retrocedían los polizontes sin dejar de hacer frente al formidable
+empellón, al mismo tiempo que, por la fuerza de la costumbre, llevaban
+la<a name="page_266" id="page_266"></a> mano al sable y comenzaban a extraerlo de la vaina antes de que lo
+mandase el jefe. Muchos de ellos parecían quejarse con los ojos de la
+pérdida de tiempo que suponían los diálogos del capitán con los
+manifestantes. ¿Qué hacían que no pegaban? Ellos habían venido para eso.</p>
+
+<p>Isidro no supo cómo se inició el choque. Vio de pronto arremolinarse la
+gente delante del féretro; sonaron gritos, golpes secos semejantes a los
+de la ropa sacudida. Sobre las cabezas del gentío brillaron al sol, como
+cintas blancas, los pesados asadores esgrimidos de filo.</p>
+
+<p>Se abrió la muchedumbre, escapando en distintas direcciones. En un
+instante se formó ese vacío trágico que se extiende entre los que huyen
+y los que pegan, viéndose en el suelo gorras abandonadas y el negro
+bulto de un hombre caído intentando incorporarse sobre las manos, con la
+frente roja.</p>
+
+<p>Las mujeres eran las que menos corrían. Algunas deteníanse con los
+brazos en jarras, soltando por la boca todas las injurias de su exaltada
+imaginación.</p>
+
+<p>&mdash;¡Cobardes! ¡Cabritos!...</p>
+
+<p>Como si conociesen la historia y la familia de cada uno de los guardias,
+les echaban en cara su envilecimiento. Ellos allí, pegando a los pobres
+trabajadores, y mientras tanto sus mujeres acudiendo a las citas... Y
+tras este desahogo, corrían otra vez al ver que se acercaban con el
+sable levantado.</p>
+
+<p>Más aún que los sablazos, irritaron a la manifestación los palos de
+ciertos hombres sin uniforme que iban en el entierro escuchando lo que
+se hablaba en los grupos, y que, al sonar los primeros golpes, habían
+enarbolado el vergajo, apaleando en derredor suyo. La muchedumbre
+bramaba contra los canallas de «la secreta».</p>
+
+<p>Un grupo de mozuelos apostados en los solares<a name="page_267" id="page_267"></a> inmediatos hacía frente a
+los acometedores, con la arrogancia de la juventud. Eran los valientes
+que surgen en toda revuelta, los héroes de la calle, que son cantados
+por la más alta poesía cuando triunfa una revolución, o van a la cárcel
+con los rateros cuando intervienen en un motín.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fusiles!&mdash;rugían mirándose unos a otros, como si pudieran
+proporcionárselos&mdash;. ¡Ay, si tuviéramos fusiles!...</p>
+
+<p>Y había en su gesto una expresión heroica, la resolución de morir
+matando, de perseguir a los enemigos hasta el centro de Madrid. A falta
+de armas, recogían del suelo las piedras, los cascotes, los pedazos de
+lata, los zapatos viejos, arrojando una lluvia de proyectiles sobre la
+policía. Esta, habituada al impune apaleo de la muchedumbre sin armas,
+permanecía indecisa, titubeando con cierta inquietud ante un enemigo
+resuelto, que, no contento con atacar, avanzaba audazmente.</p>
+
+<p>Sonó algo semejante a un chasquido de tralla. El capitán acababa de
+hacer fuego con su revólver.</p>
+
+<p>&mdash;¡Fuego, me caso con la hostia! ¡Fuego!</p>
+
+<p>Los polizontes disparaban sus revólveres avanzando con paso de héroes,
+eligiendo sus blancos en aquellas espaldas que huían por todos lados.</p>
+
+<p>Maltrana pensó en el señor José. Su entierro era digno de las creencias
+de su vida. Nada faltaba en él: palo a la canalla, fuego a discreción,
+con gran voluptuosidad de los defensores de la ley, que podían escoger
+sus víctimas impunemente.</p>
+
+<p>El joven no quiso huir: se quedó junto al féretro, presintiendo que allí
+sería mayor su seguridad. Además, era el único pariente del muerto que
+iba en el cortejo, y no debía abandonarle.</p>
+
+<p>Los portadores del ataúd, al recibir los primeros golpes, lo dejaron
+caer al suelo, huyendo veloces. El paño rojo desapareció en la fuga.
+Otros obreros<a name="page_268" id="page_268"></a> intentaron apoderarse del féretro y levantarlo, pero
+fueron repelidos por los sables. Aquella caja negra era una bandera de
+rebelión, en torno de la cual podía organizarse otra vez la revuelta. En
+los vaivenes de la muchedumbre en fuga, estuvo el ataúd próximo a rodar,
+soltando sobre el polvo del camino el cadáver que encerraba.</p>
+
+<p>Isidro se sentó sobre la fúnebre caja, temiendo una nueva profanación, y
+se replegó aturdido y temeroso por el estrépito de los tiros. Un hombre
+de blusa vino también a sentarse en el féretro, como si éste fuese un
+lugar de asilo.</p>
+
+<p>Oyó Maltrana un lamento y vio la blusa blanca, manchada de sangre,
+balancearse y caer al suelo. Después brilló sobre su cabeza el relámpago
+de un sable, y el joven se encogió aún más para evitar el golpe. Pero
+nadie le tocó. Pasaron algunos segundos que le parecieron de
+interminable duración, sin que su cuerpo sufriese ningún choque. Creyó
+oír una voz, la de algunos de aquellos fantasmas negros que, sable en
+mano o disparando tiros, pasaban ante sus ojos espantados que todo lo
+veían envuelto en densa niebla.</p>
+
+<p>&mdash;Déjale: ¿no ves que es un señorito?...</p>
+
+<p>Por primera vez en su vida se dio cuenta de las ventajas y privilegios
+de aquel traje que era para él un uniforme de miseria.</p>
+
+<p>Sufría privaciones; el hambre rondaba en torno de él señalándolo como
+uno de sus siervos; pero pertenecía, por su aspecto y sus costumbres, a
+la raza de los felices. Era un señorito. Estaba por encima de aquellas
+gentes que conquistaban el pan con más frecuencia que él, pero sentían
+la caricia del palo apenas intentaban pedir, como añadidura al mendrugo,
+un poco de justicia y de piedad para su vida.<a name="page_269" id="page_269"></a></p>
+
+<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3>
+
+<p>El hermano Vicente tenía un tirano, cuyas exigencias sobrellevaba con
+mansedumbre.</p>
+
+<p>Era aquel zapatero convertido, que traía a la nueva fe todas las
+violencias de su antigua fama de devorasantos. Hablando a su protector
+le aterraba con los aspectos sanguinarios de su devota vehemencia. No
+había más verdad que la religiosa, y al que no la aceptase, ¡leña! Un
+poquito de Inquisición no estaba de más en estos tiempos de herejía y
+desprecio a Dios. Era el ardor del neófito que asusta al maestro, la
+audacia del renegado que quiere borrar con tremendas exageraciones el
+recuerdo de su historia.</p>
+
+<p>Además, se creía con derechos absolutos sobre la persona y los bienes de
+su catequista, y miraba con hostilidad a la pareja que vivía con el
+señor Vicente, sospechando que le despojaban de una parte de lo que
+consideraba como suyo.</p>
+
+<p>No hablaba con él que no le hiciese preguntas sobre la vida de aquel
+matrimonio, enterándose minuciosamente de la puntualidad con que
+cumplían sus compromisos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aún no le habrán pagado el último mes!...&mdash;decía al avistarse con el
+«santo»&mdash;. ¡Ni el anterior tampoco!... ¡Y usted tan tranquilo! ¡Qué
+hombre,<a name="page_270" id="page_270"></a> Señor Dios!... Eso no es caridad, don Vicente: eso es tontería.
+La caridad debe comenzar por los buenos, por los que defienden las sanas
+doctrinas. Es una vergüenza que usted pague por esas gentes, mientras me
+abandona a mi que tengo familia, que soy su hijo y vivo como buen
+católico.</p>
+
+<p>El hermano excusábase tímidamente, rebañando sus bolsillos para acallar
+con alguna dádiva las protestas del temible discípulo.</p>
+
+<p>&mdash;No son mala gente&mdash;afirmaba refiriéndose a sus huéspedes&mdash;. Los
+pobrecitos tienen tan poca fortuna, que hay que ayudarles. Ella es una
+excelente muchacha: tan trabajadora... tan modosita...</p>
+
+<p>&mdash;Pero no van a misa, don Vicente; fíjese usted y verá como nunca entran
+en la iglesia. El es un impío que ha escrito en los peores papeles.
+Entre usted un día en su habitación, busque bien, y verá como encuentra
+a montones los escritos contra el Señor y los santos... Además, me da el
+corazón que no son casados; esa pareja no vive como Dios manda.</p>
+
+<p>El crédulo hermano protestaba. Su discípulo incurría en el pecado de
+murmuración; pensaba mal de todos: eran resabios de su antigua vida.
+¿Por qué no habían de ser casados? El señor de Maltrana y ella se lo
+habían asegurado y debía creerles... Cada uno en su casa, evitando
+chismes y curioseos, y al que fuese malo ya lo castigaría Dios.</p>
+
+<p>&mdash;Eso es&mdash;mugía el discípulo&mdash;. Ellos a vivir de gorra, a comerse el
+dinero de usted, que es mi padre, mientras yo rabio, sin poder darme el
+gusto de ir a las Cuarenta Horas o al sermón, trabajando para que la
+mujer y los chiquillos coman apenas.</p>
+
+<p>&mdash;Todo se arreglará&mdash;decía bondadosamente el hermano&mdash;. La misericordia
+del Señor es grande y a todos alcanza.</p>
+
+<p>Isidro, adivinando la hostilidad del zapatero, le<a name="page_271" id="page_271"></a> acogía con duro gesto
+cuando se presentaba en la casa buscando al señor Vicente. Se burlaba de
+su religiosidad feroz; presentía el despotismo que ejercía sobre el
+catequista, el abuso que hacía de su cualidad de alma redimida por el
+sencillo hermano.</p>
+
+<p>Recordaba el joven ciertas estampas de santos misioneros, en las que
+aparecen éstos con un salvaje prosternado a sus pies, cual símbolo de
+las grandes conquistas realizadas en favor del cielo; y en sus
+conversaciones con Feli, designaba siempre al remendón con el apodo de
+<i>Indio converso</i>.</p>
+
+<p>Aquel bruto le causaba repugnancia por el furor con que defendía sus
+nuevas creencias, sólo comparable a la bestialidad con que había
+sustentado las anteriores. Además, le era antipático por el provecho que
+sacaba de su conversión, explotando al señor Vicente y amenazándole
+cuando no le daba bastante. El pobre hermano, siervo resignado de su
+gloria, esclavo de su propia conquista, inspiraba lástima a Isidro.</p>
+
+<p>Hablaba en todas partes de su famoso triunfo; mostraba como un trofeo al
+<i>Indio converso</i>, exagerando inocentemente las horripilantes hazañas de
+sus época de impiedad; pero después de esta exhibición, al quedar solos
+los dos, el catecúmeno insaciable prorrumpía en lamentaciones sobre su
+miseria, no callando hasta convencerse de que en los bolsillos del
+«santo» sólo quedaban algunas oraciones impresas y migas de pan.</p>
+
+<p>&mdash;Aquí ha estado a buscarle ese bruto&mdash;decía Isidro al ver entrar al
+señor Vicente&mdash;. El <i>Indio converso</i>... su discípulo el remendón.
+¡Valiente animal! Crea usted que en el cielo no le agradecen esta
+conquista. Tendrán que habilitarle un pesebre al lado del caballo de San
+Martín o la burra de Balaam.</p>
+
+<p>&mdash;Señor de Maltrana&mdash;exclamaba el «santo»&mdash;, más caridad... más amor al
+prójimo. El pobre es<a name="page_272" id="page_272"></a> algo rudo: resabios de su pasado; pero es bueno y
+ama a Dios.</p>
+
+<p>Y el «santo» parecía sufrir al verse entre estas dos antipatías.</p>
+
+<p>No se engañaba el <i>Indio converso</i> al sospechar que su protector
+concedía algún apoyo a sus huéspedes. El «santo» veía el incesante
+trabajo de Feli; adivinaba, por sus ojeadas a la cocina, la penuria de
+los jóvenes; oía desde su cama los diálogos de la pareja discutiendo los
+apuros del día siguiente.</p>
+
+<p>Cuando Isidro se ausentaba, aproximábase él a Feli con cierta cortedad,
+dejando sobre el montón de corsés lo que encontraba en sus bolsillos.
+Unas veces era un puñado de cobre, otras una peseta, que fregoteaba con
+su pañuelo antes de entregarla.</p>
+
+<p>&mdash;Que no sepa nada el señor de Maltrana&mdash;decía con voz misteriosa&mdash;. Que
+el secreto quede entre usted y yo. Hay que ayudarse como buenos
+cristianos. Ese dinero me lo dieron esta mañana las buenas señoras que
+me protegen. Para ustedes... Ustedes son tan pobrecitos como los que yo
+visito en las afueras... Pero no llore usted: ya vendrán días mejores;
+Dios aprieta, pero no ahoga.</p>
+
+<p>Y reía de su caritativa malicia, que quedaba en el misterio, sin que el
+señor de Maltrana pudiese sospecharla.</p>
+
+<p>El joven también debía sus favores al «santo».</p>
+
+<p>&mdash;Señor Vicente, con este mes ya van tres que no le pago. Los negocios
+andan mal; en verano no se encuentra trabajo; pero ya llegará la buena
+época, cuando la gente regrese a Madrid, y entonces pagaré todos los
+atrasos de una vez.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya usted tranquilo, señor de Maltrana. Nada le pido; que Dios no nos
+abandone, y todos viviremos.</p>
+
+<p>Isidro encontraba cada vez más dura y difícil su existencia. Las dos
+pesetas que ganaba Feli en el<a name="page_273" id="page_273"></a> emballenado trabajando todo el día y gran
+parte de la noche, y los escasos reales que podía juntar a la semana
+llenando cuartillas a diez céntimos con destino a la revista social, no
+bastaban para las atenciones de su subsistencia. El orden y el método en
+la nutrición, que embellecían los primeros tiempos de su vida común,
+habían desaparecido con la miseria. Feli necesitaba todo su tiempo para
+el trabajo, y apenas si de tarde en tarde podía entrar en la cocina.</p>
+
+<p>Maltrana, con toda su altivez intelectual, vigilaba el fogón, y a falta
+de ocupaciones más importantes, aprendía torpemente de Feli el secreto
+de los guisos. ¿Dónde estaban aquellos pucheretes sabrosos de su luna de
+miel, aquellos platos que daban ganas de comerse a besos las manos de la
+amada hacendosa?... La vida era triste, y los pucheretes unas veces
+salían crudos y otras carbonizados. El fastidio de la miseria entorpecía
+de tal modo la actividad de los dos, que pasaban días enteros sin
+encender fuego, alimentándose con algún fiambre traído de la taberna.</p>
+
+<p>Cuando les faltaba en absoluto el dinero, Maltrana lanzábase a la calle.
+Su descenso del cuarto piso comparábalo a la bajada del lobo desde las
+cumbres a la llanura, empujado por el hambre.</p>
+
+<p>La víctima que el lobo infeliz buscaba con preferencia era el señor
+Manolo el <i>Federal</i>. Lo esperaba en la oficina de la Puerta del Sol, y
+al presentarse el capataz exponíale las tristezas de su vida.</p>
+
+<p>El buen <i>Federal</i> escuchaba con los ojos bajos, moviendo la cabeza como
+si aprobase las palabras del joven, reconociendo que hablaba muy bien.
+Después metía la mano en un bolsillo del pantalón, agitando la moneda de
+la venta, y acababa por entregarle un par de pesetas, sin queja alguna.</p>
+
+<p>Todo aquello era culpa del viejo régimen.<a name="page_274" id="page_274"></a></p>
+
+<p>-Ahí tienes&mdash;decía con expresión solemne&mdash;lo que es el unitarismo y la
+centralización. Tú tienes talento y te mueres de hambre; y como tú,
+muchos. El centralismo sólo aprovecha a los pillos. El día en que cada
+Estado y cada quisque particular goce su autonomía, todos tendrán lo que
+merezcan... Esto te lo digo para que aprendas, para que os convenzáis de
+cómo os paga el unitarismo...</p>
+
+<p>Y se cobraba el par de pesetas con una nueva avalancha de enrevesados
+razonamientos, que Maltrana oía resignado.</p>
+
+<p>En otros momentos de apuro, Isidro, por no molestar con tanta frecuencia
+al señor Manolo, se acordaba de su tío el <i>Ingeniero</i>, buscándolo en el
+café de San Millán. Le veía rodeado de ciertos amigos tan viejos como
+él, alegres camaradas que formaban el catálogo de cuantas muchachas
+bonitas existen en los barrios bajos.</p>
+
+<p>El <i>Ingeniero</i> no acogió mal la primera petición de su sobrino.</p>
+
+<p>&mdash;Ya sé yo lo que es eso&mdash;dijo guiñando un ojo y dando palmaditas en la
+espalda de Maltrana&mdash;. ¡Las mujeres!... No hay nada como ellas para que
+un hombre ande lampando tras la peseta... Todas son gastosas, y no están
+contentas hasta que le sacan al hombre las mismísimas entrañas...
+¿Cuánto necesitas? ¿Tres pesetas? ¡Pero muchacho, si con eso no tienes
+ni pa una misa! Toma un par de duros: los hombres de verdad debemos
+ayudarnos; hoy por ti, mañana por mí.</p>
+
+<p>Y le entregó un par de redondeles de plata con un ademán de compañero de
+armas.</p>
+
+<p>-Oye: lo de tu matrimonio será filfa&mdash;continuó&mdash;. Yo lo calé apenas me
+hablasteis. ¡Valiente tuno estás, sobrino!... Y la muchacha lo vale; una
+gachí con dos ojos como dos quinqués. Si no fueses de la familia te la
+quitaba. Tú eres más joven, pero<a name="page_275" id="page_275"></a> yo tengo un gran «aquel» para las
+mujeres. Que lo digan éstos.</p>
+
+<p>Y señalaba a los camaradas que ocupaban la mesa.</p>
+
+<p>Maltrana se marchó entre agradecido y molesto por las necedades de su
+tío, y no volvió a verle hasta pasadas dos semanas, acosado por nuevas
+necesidades.</p>
+
+<p>&mdash;¡Hola!... Siéntate&mdash;dijo al verle el <i>Ingeniero</i>, con cierta
+displicencia.</p>
+
+<p>Siguió hablando con sus amigotes, y de pronto dijo al sobrino:</p>
+
+<p>&mdash;La otra noche os vi pasar, muy cargados de paquetes, a ti y a la gachí
+por la calle de Toledo. ¿Sabes que esa chica ha perdido mucho? Yo no veo
+bien, pero me parece que se ha puesto fea con ese tripón, moviéndose
+como una barca, y la cara hinchá como si acabases de largarle dos
+tortas. Hasta me pareció que tiene los ojos más pequeños.</p>
+
+<p>Maltrana sufrió en silencio estas palabras de su tío, que aún le
+parecieron más molestas en presencia de su tertulia de majaderos. Sin
+embargo, fingió una sonrisa pensando en el dinero que podía darle.</p>
+
+<p>&mdash;Creo&mdash;continuó el <i>Ingeniero</i>&mdash;que ha llegado para ti la hora de...
+vámonos. Las mujeres duran poco; son como los pitillos: cuando se llega
+a más de la mitad, todo es ceniza, y hay que tirarlos. ¿Digo mal,
+caballeros?</p>
+
+<p>Todos aprobaron la sabiduría del chamarilero.</p>
+
+<p>Cuando Isidro creyó llegado el momento de formular su petición, el tío
+no la acogió del mismo modo que la otra vez. Había perdido para él su
+prestigio de mozo afortunado; ya no le inspiraba envidia: era un bobo,
+sin «viveza» para salir del paso; se «caía» manteniendo a aquella golfa
+por el insignificante motivo de haberla puesto en estado interesante.<a name="page_276" id="page_276"></a></p>
+
+<p>&mdash;Toma tres pesetas: no puedo darte más; y te advierto que son las
+últimas. Tengo muchos gastos, y los tiempos están malos. Aún no he
+vendido el órgano.</p>
+
+<p>Maltrana comprendió que no debía esperar más del <i>Ingeniero</i>, y dejó de
+ir al Café de San Millán.</p>
+
+<p>La miseria les estrechaba cada vez con mayor crueldad. Feli estaba
+fatigada; había perdido la fortaleza de sus primeros días de labor.
+Avanzaba su embarazo. Con un supremo esfuerzo de voluntad, inclinábase
+ante la obra, emballenando los corsés, bordando a mano las «flores»;
+pero apenas tenía acabada una docena, coloreábase su rostro con una ola
+de sangre, su cabeza daba vueltas, y echando atrás el cuerpo, cerraba
+los ojos como si fuese a desvanecerse. No podía trabajar más.</p>
+
+<p>Mientras tanto, crecían los apuros de la casa, haciéndose más difícil la
+existencia de los dos. Los adornos de su bienestar desaparecían: quedaba
+ya muy poco de la primitiva instalación. Isidro, más versado, por su
+antigua vida, en el arte de defenderse de la miseria, era el encargado
+de liquidar la escasa fortuna. Pieza a pieza, vendíalo todo. Ya no
+brillaba en el dormitorio con el esplendor del oro aquella cama que
+enorgullecía a Feli y había presenciado las mayores alegrías de la
+pareja. Dormían en el suelo, en un colchón, y pretendían demostrarse que
+así estaban mejor, siendo tan calurosa aquella época del año. El
+tintero, regalo de Feli, también había desaparecido. Su venta les
+proporcionó una cena, después de un largo día de ayuno. Comieron, pero
+la joven creyó que estaban menos unidos después de la pérdida de este
+objeto, comprado el primer día de vida común. Lo miraba como un fetiche
+de su felicidad.</p>
+
+<p>También habían vendido sus ropas de invierno, aquel traje de gran gala
+adquirido en la calle de<a name="page_277" id="page_277"></a> Toledo, que marcaba para Feli el momento más
+culminante de su bienestar. En cuanto a las botas color limón, con su
+alta fila de botones, nada podían sacar de ellas; estaban tan
+destrozadas como las ilusiones de la infeliz pareja.</p>
+
+<p>Maltrana, que en otros tiempos había hecho frente a la miseria, con la
+alegre inconsciencia del pájaro errante, se desesperaba y sentía pasar
+por su cerebro los más lúgubres pensamientos al ver a Feli, resignada y
+silenciosa, trabajando con sobrehumano esfuerzo, mientras la cocina
+estaba fría y no se encontraba en los rincones el más pequeño mendrugo.</p>
+
+<p>¡La miseria, la mala bestia negra! ¡Cómo arañaba la carne! ¡Qué
+inspiraciones repugnantes soplaba en el oído!... Algunas veces, los ojos
+de Maltrana vagaban con sombría interrogación por las habitaciones del
+hermano Vicente. Ahora eran las mejores de la casa: estaban llenas de
+algo; mientras las suyas mostraban un espantable vacío.</p>
+
+<p>Sentía la criminal tentación de coger algunos libros del «santo» y
+venderlos: de descolgar el Cristo ensangrentado y bajarlo al Rastro,
+para que sus primos lo comprasen. Tenía que hacer un gran esfuerzo para
+repeler estos pensamientos. El crucifijo sólo valía unos cuantos reales;
+los libros que el «santo» guardaba con tanta estima no servían, en su
+mayor parte, mas que de papel de envolver.</p>
+
+<p>La escasez, con sus angustias, le agriaba el carácter. El señor Vicente,
+tal vez por esto, parecía rehuir su trato. Entraba y salía sin verle,
+sin hablarle. Ya no se acercaba a Feli con su bondad misteriosa para
+dejar dinero encima de los corsés.</p>
+
+<p>En cambio, una tarde que ella estaba sola, llegaron el <i>Indio converso</i>
+y aquel cura viejo, vagabundo como el señor Vicente. Querían esperar a
+éste, y en vez de permanecer en la sala del hermano,<a name="page_278" id="page_278"></a> entraron en el
+cuarto de los jóvenes. El <i>Indio converso</i> indicaba con fieras miradas
+los retratos clavados en la pared.</p>
+
+<p>Era lo único que restaba del primitivo bienestar. Maltrana no había
+intentado venderlos, pues conocía su insignificante valor. Además, en
+medio de su miseria, eran la única demostración de que allí vivía un
+intelectual.</p>
+
+<p>El cura, siguiendo las ojeadas del <i>Indio converso</i>, examinaba con
+aparente distracción los retratos y leía y releía los nombres impresos
+al pie, como si temiese olvidarlos. Al mismo tiempo tosía con una
+expresión irónica. ¡Ejem! ¡ejem!... Y el devoto remendón movía la cabeza
+como si contestase: «¡Eh! ¿Qué tal? ¿No lo decía yo?...»</p>
+
+<p>Cuando supo Maltrana esta visita, prorrumpió en exclamaciones de cólera.
+De estar él, allí les hubiera echado a la calle, para que aprendiesen a
+no curiosear en casa ajena.</p>
+
+<p>Algunos días después notó Isidro que el señor Vicente retardaba sus
+salidas matinales, o volvía a casa muy temprano, como buscando una
+ocasión para hablar con él. Le miraba por la puerta entreabierta, al
+pasear por su biblioteca mascullando oraciones; pero no osaba pasar
+adelante, como si temiese abordarle en presencia de Feli.</p>
+
+<p>Una mañana, al salir Isidro, vio que el señor Vicente abandonaba al
+mismo tiempo su habitación, como si le esperase. Los dos se juntaron en
+el rellano.</p>
+
+<p>&mdash;Señor de Maltrana, tenemos que hablar.</p>
+
+<p>Le dolía mucho lo que iba a decirle, pero le obligaba la necesidad.
+Debía buscar una nueva casa; él abandonaría aquélla apenas acabase el
+mes.</p>
+
+<p>&mdash;No puedo, señor de Maltrana; no puedo pagar el alquiler. Y no es que
+intente echarle en cara el no haberme ayudado. ¡Ave María! Usted no pagó
+su<a name="page_279" id="page_279"></a> parte porque no pudo... pero yo me voy. Meteré los libros en
+cualquier sitio: me los guardará ese señor sacerdote que usted ha visto
+algunas veces. Viviré con el pobrecito zapatero; él y su familia desean
+tenerme con ellos; cuidarme un poco, que bien lo necesito.</p>
+
+<p>Maltrana quedó anonadado por el nuevo infortunio que caía sobre él.
+¿Adónde ir? Pero la nerviosidad de la desgracia, que agriaba su
+carácter, le hizo acoger con altivez esta contrariedad.</p>
+
+<p>&mdash;Señor Vicente: usted es un buen hombre y no le creo capaz de tomar por
+sí solo tal resolución. Esto es cosa del <i>Indio converso</i>, que quiere
+monopolizarle, y tal vez de ese capellán amigo de usted...</p>
+
+<p>El «santo» protestó, defendiendo a sus camaradas. No había que maliciar
+de ellos ni atribuirles perversas intenciones. El se marchaba porque era
+un pobre y no podía soportar el alquiler de la casa. Lo sentía por Feli
+y por Maltrana, que le eran simpáticos y no habían alterado su vida con
+disgusto alguno. Pero todos vivirían aunque se separasen: la
+misericordia del Señor era inmensa.</p>
+
+<p>Y arrastrado por su afán de catequista, añadió:</p>
+
+<p>&mdash;Lo que usted debe hacer, señor de Maltrana, es ponerse bien con Dios;
+dar a ese ángel de bondad que vive con usted lo que le pertenece: unirse
+a ella como dispone la Santa Madre Iglesia.</p>
+
+<p>Isidro adivinó lo que el hermano quería decir. Se había enterado de que
+él y Feli no eran casados. El <i>Indio converso</i> era capaz de haber
+corrido todas las parroquias de Madrid para convencer a su protector de
+que albergaba una pareja pecadora, entregada a la concupiscencia de la
+carne.</p>
+
+<p>El gesto del señor Vicente delataba su repugnancia a vivir en contacto
+tan inmediato con el pecado. Maltrana se enfureció ante estos
+escrúpulos.<a name="page_280" id="page_280"></a></p>
+
+<p>&mdash;Que seamos casados o no lo seamos, ¿qué les importa a ustedes?&mdash;dijo
+con violencia&mdash;. Nos queremos; soportamos juntos nuestra miseria; somos
+compañeros de suerte, sin necesitar de compromisos y documentos. ¿Qué
+delito hay en esto?</p>
+
+<p>El hermano levantó los hombros con inmensa extrañosa, como escandalizado
+de que se pusiera en duda este pecado.</p>
+
+<p>&mdash;Además&mdash;continuó con dulzura&mdash;, usted me ha engañado, señor de
+Maltrana; usted se ha burlado de mí... No: ¡si no me enfado por ello!
+¡si no le hago cargo alguno!... Yo le admití con gusto bajo mi techo,
+pero le indiqué que no podría vivir con Voltaire, Garibaldi y otros
+hijos del Malo.</p>
+
+<p>&mdash;Y efectivamente&mdash;dijo Maltrana, sonriendo a pesar de su cólera&mdash;, por
+dar gusto a usted, me abstuve de traer a casa a esos apreciables
+señores.</p>
+
+<p>&mdash;Pero trajo usted&mdash;repuso el «santo» con irritación, al mismo tiempo
+que lagrimeaban sus inflamados ojos&mdash;, trajo usted a otros peores, y ahí
+dentro los tiene como si fuesen santos, y falta poco para que les
+encienda velas. Yo soy un ignorante, y pensaba que no había nadie más
+perverso que esos dos pecadores que he nombrado. Pero uno, aunque falto
+de luces, tiene personas sabias y prudentes que le ilustren, y ahora sé
+que esos que adornan su habitación son demonios mayores, de más cuidado
+que los otros, pues algunos de ellos todavía viven, por altos designios
+de Dios, que quiere ponernos a prueba..</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué quiere usted?&mdash;gritó Maltrana con tono agresivo&mdash;. ¿Que los
+quite, para darles gusto a ese remendón que le explota a usted y al cura
+loco que le aconseja?</p>
+
+<p>&mdash;No; guárdelos, si ese es su deseo&mdash;dijo el «santo» con mansedumbre&mdash;.
+Usted y yo no debemos vivir juntos. Usted es joven... y de los del día;
+yo soy un<a name="page_281" id="page_281"></a> pobre pajarillo de Dios... ¡Ave María Purísima! ¡Mi Cristo y
+mis libros bajo el mismo techo que los demonios más grandes que se
+conocen!...</p>
+
+<p>Maltrana creyó inútil seguir hablando. El hermano estaba resuelto a
+separarse, y Maltrana no quiso rogar, ni que el devoto conociese el
+grave daño que le infería con esta inesperada resolución.</p>
+
+<p>&mdash;Está bien; casas no me faltarán. Y si lo de la mudanza no es mas que
+un pretexto para que me vaya, quédese usted aquí tranquilamente con su
+Cristo y todo el almacén de necedades que contiene su biblioteca.
+Nosotros nos marcharemos en seguida: antes de lo que usted cree.</p>
+
+<p>El «santo» protestó, algo conmovido:</p>
+
+<p>&mdash;No tenga usted prisa; queda de plazo todo el mes. Esperaré, y en
+cuanto a los atrasos, todo olvidado. Yo le quiero, señor de Maltrana; le
+quiero, porque a pesar de ser de los verdes, nunca ha blasfemado en mi
+presencia. Yo agradezco esta consideración.</p>
+
+<p>Maltrana repelió tales elogios. Se iría cuanto antes: no deseaba más
+favores. ¡Ojalá pudiese en el mismo día abandonar aquella guarida de
+buhos!...</p>
+
+<p>Y volvió la espalda al señor Vicente con despectiva arrogancia,
+afirmando que aceptaba como un gran bien el perder de vista al beato y
+sus amigos.</p>
+
+<p>Pero al verse en la calle, toda su altivez se derrumbó de golpe. A la
+cólera sucedió el desaliento. ¿Qué iba a hacer? ¿adónde ir?... Sentíase
+más infeliz, más débil que meses antes, cuando vagaba sin hogar, pasando
+las noches en una redacción. Ya no tenía como recurso aquel camastro de
+la calle de los Artistas. Además, carecía del valor que da el ser solo
+para hacer frente a la miseria. Le anonadaba el pensar en Feli enferma,
+debilitada por el trabajo, no pudiendo vivir como él al aire libre,
+confiada al<a name="page_282" id="page_282"></a> azar de la bohemia, y que, además, llevaba en su seno una
+nueva amenaza del porvenir.</p>
+
+<p>Vagó largo rato por las calles, con el pensamiento agobiado por su
+infortunio.</p>
+
+<p>Al pasar por la Puerta del Sol vio que eran las nueve en el reloj del
+Ministerio. Pensó un instante en el señor Manolo, e intentó buscarle en
+su oficina. Podían vivir en su casa; seguramente que el <i>Federal</i> los
+recogería al verles en medio de la calle: era un hombre bueno. Pero
+Maltrana retrocedió ante la idea de vivir de limosna, privado de aquella
+autonomía de la que hablaba a todas horas el señor Manolo. Además, éste
+tenía mujer, tenía hijos, que verían con malos ojos la intrusión de una
+pareja de hambrientos.</p>
+
+<p>En su optimismo, creía que la suerte iba a cambiar, cansada de
+perseguirle. Aproximábase el invierno: volverían a Madrid las gentes que
+podían protegerle; no era difícil conseguir que lo encargasen una serie
+de artículos, una larga traducción, un libro para firmarlo otro. Lo
+importante, por el momento, era esperar metidos en cualquier sitio,
+enquistados en su miseria, para no mostrarse mas que en el momento
+oportuno. Pero ¿adónde ir sin dinero, sin muebles, sin tener siquiera
+asegurada la comida del día presente?...</p>
+
+<p>Al atravesar la Puerta del Sol, vio en la calle del Carmen el carro de
+<i>Zaratustra</i> parado junto a la acera, y entre sus varales al filósofo
+traperil de espaldas a él, separando la basura que acababa de entregarle
+el criado.</p>
+
+<p>Maltrana pensó en su abuela y en su tesoro. La señora Eusebia era rica:
+todos los vecinos lo afirmaban. El joven se encolerizó al pensar en la
+misteriosa fortuna de la avarienta trapera. El era su nieto, y sufría
+hambre teniendo derecho a una parte del tesoro oculto.<a name="page_283" id="page_283"></a></p>
+
+<p>Sintiose de pronto animado por una firme resolución. Iría a visitar a la
+<i>Mariposa</i>, aprovechando la ausencia de <i>Zaratustra</i>. Considerábase capaz
+de las mayores violencias con aquella vieja sórdida, que le admiraba y
+hacía de él grandes elogios, sin que jamás se le hubiera ocurrido
+ayudarle con el más pequeño regalo.</p>
+
+<p>Maltrana hacía mucho tiempo que no pasaba de los Cuatro Caminos.
+Viviendo el <i>Mosco</i> temía aproximarse a las Carolinas, y después de
+muerto el dañador causábanle repugnancia estos lugares, que despertaban
+sus remordimientos. Pero la necesidad borró sus escrúpulos, y emprendió
+la marcha hacia aquel suburbio de Tetuán.</p>
+
+<p>Cuando llegó al cerrillo en cuya cumbre estaba la cabaña de
+<i>Zaratustra</i>, tuvo, como siempre, que espantar con pedradas y gritos a
+los perros del trapero.</p>
+
+<p>La abuela, al oír sus voces, salió de la cocina, fijando con extrañeza
+sus ojos pitañosos en el desconocido.</p>
+
+<p>&mdash;Abuela, soy yo... Isidro.</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i>, al reconocer a su nieto, quiso abrazarle, pero se contuvo
+mirando sus manos sucias por el hediondo cocineo. Maltrana, sofocado por
+el calor, se sentó en la plazoleta, buscando la sombra de una de las
+cabañas. La abuela mostró gran asombro por su visita.</p>
+
+<p>&mdash;¡Quién podía esperarte!... ¡Tanto tiempo sin venir a verme! Desde que
+hiciste la calaverada con la chica del <i>Mosco</i>...</p>
+
+<p>Calló, no queriendo hacer mayores alusiones a aquel suceso que puso en
+conmoción el barrio de las Carolinas, y del cual ya nadie se acordaba.</p>
+
+<p>&mdash;¡Un porción de meses sin verte!&mdash;continuó la anciana&mdash;. ¿Y qué te trae
+por aquí?... Porque tú a algo vienes.<a name="page_284" id="page_284"></a></p>
+
+<p>Y la <i>Mariposa</i> guiñaba sus ojos, contraía el negro agujero de su boca
+rodeado de arrugas, adivinando que sólo un suceso de gran importancia
+podía haber traído hasta allí a su nieto.</p>
+
+<p>Maltrana desechó todo preámbulo. Pasaba el tiempo; <i>Zaratustra</i> no
+tardaría en volver, y él deseaba hablar a solas con la anciana.</p>
+
+<p>&mdash;Abuela, para ahorrar palabras&mdash;dijo con gravedad&mdash;: voy a pegarme un
+tiro, y antes he querido verla, despedirme de usted para siempre.</p>
+
+<p>La vieja se persignó. ¡Alabado sea el Señor! ¿Pero se había vuelto loco?
+¿Qué le pasaba, para decir tales disparates?... Con ojos de asombro
+escuchó al nieto, que relataba sus miserias. Ni dinero ni casa, y la
+pobre compañera enferma, sin otra esperanza que dar a luz su hijo en
+medio de la calle.</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i> repetía con tono estupefacto:</p>
+
+<p>&mdash;¡Y yo que te creía con posibles, Isidrín!... ¡Y yo que me figuraba que
+ganabas el oro y el moro escribiendo en los papeles!...</p>
+
+<p>Pero su asombro no fue de larga duración. Pareció reflexionar,
+replegarse, achicándose dentro de las ropas, como un caracol medroso que
+se refugia en su cáscara.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Señor!&mdash;gemía&mdash;. ¡Qué cosas pasan en el mundo! ¡Qué miserias!
+Una, metida aquí, no sabe nada... ¡Y qué vamos a hacer, Isidrín! ¡qué
+vamos a hacer!...</p>
+
+<p>Luego, adivinando lo que el nieto parecía decirle con la mirada,
+continuó entre gimoteos:</p>
+
+<p>&mdash;Los tesoros de la reina de España quisiera tener yo, para dártelos.
+Pero soy pobre, más pobre que las ratas. El tío Polo se ha metido en la
+mollera que tengo mi gato oculto, y apenas ahorro dos pesetas, me las
+saca, y cuando no las tengo, me pega. Si una no estuviese hecha a todo,
+sería caso de morirse.<a name="page_285" id="page_285"></a></p>
+
+<p>Maltrana, influido por los comentarios de la gente, que afirmaba la
+riqueza de la tía <i>Mariposa</i>, creía percibir en sus palabras una
+hipócrita falsedad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Abuela! ¡abuela!&mdash;exclamó con tono suplicante.</p>
+
+<p>Y para vencer su dura avaricia, la describió su situación. Nada le pedía
+para él. De verse solo, como en otros tiempos, no vendría a molestarla.
+Lo mismo que había vivido, haciendo frente a la desgracia, seguiría
+viviendo. Pero estaba la otra, la infeliz Feliciana, la mártir, que
+vivía tranquila con su padre el dañador, y a la que él había arrastrado
+fuera del hogar para que participase de su suerte. No podía abandonarla.
+Moribundo de hambre, se quitaría el pan de la boca para dárselo: su
+sangre le parecía poco para apagar su sed.</p>
+
+<p>&mdash;Hay que ver, abuela, lo que esa mujer hace por mí. Carezco de trabajo,
+y ella pena noche y día por que tengamos un poco de pan. Si usted me
+quiere, quiérala mucho a ella también. Es mi mujer y mi madre todo a un
+tiempo; y antes que verla sin techo y sin sustento, me mataré, abuela,
+¡me mataré!</p>
+
+<p>Maltrana se exaltaba con sus propias palabras, y conmovido al recordar
+lo que debía a su compañera, inclinaba la cabeza, interrumpiendo su voz
+con el estertor del llanto.</p>
+
+<p>La vieja, viendo llorar al nieto, lloraba también, restregándose los
+ojos con la punta del delantal.</p>
+
+<p>&mdash;Tienes razón&mdash;gemía&mdash;. Hay que hacer algo por ella. Así deben ser los
+hombres. Bien se ve que la quieres.</p>
+
+<p>Preguntó a su nieto cuánto necesitaba para salir de su situación. Si
+fuese poco, tal vez ella podría servirle... tal vez encontrase quien le
+prestara hasta cinco duros.<a name="page_286" id="page_286"></a></p>
+
+<p>&mdash;Necesito mucho, abuela.., mucho. Nada tenemos; nos hace falta todo.
+No, no me sirven esos cinco duros; hartazgo hoy y hambre mañana. Lo que
+le pido es un esfuerzo; que me salve, que nos saque de este atascadero,
+hasta que yo pueda marchar solo.</p>
+
+<p>Secáronse los ojos de la vieja e hizo una mueca dura, como si de repente
+se extinguiese su emoción. No podía salvar a su nieto; ella era una
+pobre. Y cruzó los brazos, mostrándose resuelta a escuchar sin
+conmoverse cuanto le dijera Isidro.</p>
+
+<p>Este adivinó los pensamientos de la abuela. ¡Alma endurecida por la
+codicia! ¿Y su tesoro? ¿Iba a abandonarle fingiéndose pobre, cuando
+todos los de la busca hablaban de su riqueza?...</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i> rió con una expresión de bruja burlona.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mi tesoro! ¡Ya salió mi tesoro! ¿También tú vienes por él?... Te han
+engañado, Isidrín; mil veces te lo he dicho. No hay tal tesoro: mentiras
+de la gente... Soy una pobre.</p>
+
+<p>Pero el orgullo de su avaricia no le permitía disimular. Se le escapaba
+una sonrisa de satisfacción, denunciando la certeza del tesoro y su
+propósito de defenderlo contra todos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Abuela!&mdash;gritó Maltrana&mdash;. No lo haga usted por ella ni por mí, ya
+que no nos quiere. Pero hágalo por el que va a venir.</p>
+
+<p>Intentó enternecer a la <i>Mariposa</i> hablándola de su futuro hijo, de
+aquel pequeñín, que sería como una extraordinaria prolongación de la
+existencia de la anciana. ¡Tendría un biznieto! Pocas mujeres lograban
+ver su descendencia hasta tal límite. ¿Y sería capaz de dejar en el
+abandono a la tierna criatura?...</p>
+
+<p>El instinto de la familia despertó en la avara. Volvió a gemir, a
+llevarse el delantal a los ojos,<a name="page_287" id="page_287"></a> pero sin moverse, sin acceder a las
+súplicas de su nieto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Desgraciado!&mdash;murmuraba&mdash;. ¡Eres muy desgraciado!... Y toda la culpa
+la tuvo tu madre, por su empeño en huir del barrio... ¡Cuánto mejor
+hubiese sido para todos seguir en el oficio!</p>
+
+<p>Maltrana hizo un movimiento de impaciencia. ¿Qué tenía que ver su pobre
+madre en lo de ahora?... ¿Quería ayudarle, sí o no?...</p>
+
+<p>La vieja siguió gimoteando, sin contestar, y el joven púsose de pie con
+ademán resuelto.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, abuela. Quédese usted con lo suyo. Ya sé lo que debo hacer.</p>
+
+<p>Pero antes de que volviese la espalda, la trapera se abalanzó a él.</p>
+
+<p>&mdash;¡Isidrín... hijo mío... quédate! Tendrás lo que quieres: todo lo de tu
+abuela será para ti, aunque me quede en cueros, aunque me muera de
+hambre.</p>
+
+<p>La emoción había ablandado su dura avaricia; la tristeza del nieto la
+infundía miedo. Además, en su pensamiento senil estaba fija la imagen
+del biznieto, de aquella criatura que aún había de venir y la llenaba de
+orgullo.</p>
+
+<p>&mdash;Te lo daré todo, ¡todo!&mdash;dijo misteriosamente al oído de Maltrana.</p>
+
+<p>Después miró a los inmediatos cerros con inquietud, como si temiese la
+presencia de algún curioso.</p>
+
+<p>&mdash;Vigila bien&mdash;añadió&mdash;. Apenas veas el carro del tío Polo, avisa.
+¡Mucho ojo!</p>
+
+<p>Y llevándose un dedo a la nariz para indicarle discreción y vigilancia,
+se introdujo en el estrecho túnel que conducía a la cuadra.</p>
+
+<p>Transcurrió mucho tiempo. Isidro se imaginaba los trabajos que estaría
+realizando la abuela con sus manos trémulas para extraer del escondrijo
+aquel tesoro famoso que <i>Zaratustra</i> husmeaba, sin<a name="page_288" id="page_288"></a> llegar nunca a dar
+con él. Por fin salió, sucia de telarañas, con el pañuelo de la cabeza
+cubierto de briznas de paja.</p>
+
+<p>Llevaba en las manos un trapo blanco repleto de objetos. Al depositarlo
+sobre un tronco, con mucho cuidado, como si contuviese cosas frágiles,
+sonó en su interior un retintín metálico.</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i> suspiraba, como echando fuera el dolor de este sacrificio,
+y lentamente, sin dejar de mirar a lo lejos, con el temor de ser
+sorprendida, fue desatando los nudos del envoltorio.</p>
+
+<p>Un resplandor de oro, de piedras preciosas, de objetos de gran brillo,
+que aun parecían más esplendorosos en este ambiente de miseria, hirió
+los ojos del asombrado Maltrana. El tesoro era cierto. ¡Vive Dios! La
+realidad tenía sorpresas de cuento fantástico. El joven pensó por un
+instante en las novelas de portentosas aventuras leídas en su juventud.</p>
+
+<p>La vieja se gozaba en el asombro del nieto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué hermosura! ¿eh? Toda mi vida me ha costado el reunirlo. Y no te
+creas que he apandado nada de mal modo: todo en la basura... Yo he
+tenido grandes parroquianos, todos gentes ricas.</p>
+
+<p>Maltrana había cesado de mirar el tesoro, para contemplar a la
+<i>Mariposa</i> con unos ojos en los que se leía el asombro y la compasión al
+mismo tiempo.</p>
+
+<p>&mdash;¿No hay más, abuela?&mdash;preguntó dulcemente&mdash;. ¿Sólo tiene usted esto?</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i> le miró escandalizada.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué! ¿aún te parece poco? Pero muchacho, ¡si hay ahí para comprar
+todas las Carolinas! Fíjate, Isidrín: ¡es un tesoro!</p>
+
+<p>Maltrana no necesitaba fijarse mucho. Pasado el primer deslumbramiento,
+había visto la falsedad escandalosa de las joyas enormes y absurdas que
+brillaban en la cumbre del montón de baratijas.<a name="page_289" id="page_289"></a></p>
+
+<p>Eran adornos de teatro, ridículamente fastuosos, de metal dorado, con
+piedras de diversos colores, cuya grandeza hacía temblar de emoción a la
+pobre <i>Mariposa</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Esas joyas de reina&mdash;dijo&mdash;eran de aquella buena señora que me quería
+tanto: de la cómica que murió. Las encontré en una carretada de cartas
+rotas, trajes viejos y retales que me llevé de su casa... Pensé un
+momento en devolverlas, pero me quedé con ellas, y no me arrepiento. Los
+herederos eran gente indigna.</p>
+
+<p>El joven apartó a un lado estos adornos ridículos, para revolver con
+ávidas manos el resto del montón.</p>
+
+<p>&mdash;Fíjate en ese rosario&mdash;dijo la vieja&mdash;: todo de perlas finas. Era de
+una dama de palacio.</p>
+
+<p>Maltrana hizo un gesto de desaliento. Mentira también: eran granos de
+marfil, con un débil montaje en oro. Y mentira los imperdibles de
+<i>doublé</i>; las sortijas ennegrecidas por el largo encierro, con sus
+vidrios opacos y muertos; los botones de grandes uniformes, que la vieja
+creía de oro puro; los alfileres verdosos y oxidados, con la pedrería
+empañada. Aquellas riquezas que hacían estremecer de codicia a la
+trapera no eran mas que basura de insignificante valor.</p>
+
+<p>Isidro únicamente apartó lo que la <i>Mariposa</i> consideraba de menos
+valía: un par de docenas de cucharas de plata de diferentes formas y
+tamaños, caídas, sin duda, durante el fregado en el estiércol de la
+cocina; una cadenilla de oro, un sonajero del mismo metal y cuatro
+sortijas lisas, pero de algún peso. Era lo único del tesoro de la abuela
+que tenía cierto valor. Tal vez llegasen a darle por todo ello hasta
+treinta duros.</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i> seguía con atención el apartado que realizaba su nieto,
+sonriendo al ver que se satisfacía<a name="page_290" id="page_290"></a> con lo más humilde del tesoro,
+abandonando las grandes joyas, los objetos brillantes, que la llenaban
+de orgullo.</p>
+
+<p>&mdash;Haces bien&mdash;murmuraba&mdash;. Con eso que te llevas tienes bastante por el
+momento. Lo demás te lo guardará la abuela para otro caso de apuro, y
+cuando yo falte será para ti.</p>
+
+<p>Con un respeto religioso iba amontonando en el trapo blanco las
+deslumbrantes baratijas desordenadas por las manos del nieto. La vieja
+le tributaba mentalmente los mayores elogios. Su Isidro era bueno; no
+quería abusar de la bondad de su abuela, y la dejaba lo mejor. A
+impulsos del agradecimiento, desató una de las puntas del trapo, sacando
+del nudo unas cuantas monedas de plata.</p>
+
+<p>&mdash;Toma, Isidrín&mdash;dijo&mdash;. Todo el dinero que tengo. Para que lo añadas a
+esas cosillas, ya que no has sido exigente. Lo menos llevas ahí siete
+duros entre pesetas dobles y sencillas.</p>
+
+<p>Maltrana se metió la cantidad en el bolsillo. Después fue distribuyendo
+por los bolsillos de su traje las cucharas y los otros objetos.</p>
+
+<p>La inmensa decepción que le había hecho sufrir la cándida avaricia de su
+abuela trocábase en compasivo regocijo al ver el cuidado con que
+envolvía el resto de sus baratijas.</p>
+
+<p>&mdash;Ya has visto el tesoro&mdash;siguió diciendo la vieja con voz misteriosa&mdash;.
+Tú eres el único que lo conoce. Cuidado con hablar. Esto sólo se reúne
+teniendo buena parroquia, trabajando años y años con los ojos bien
+abiertos para que nada se escape. Cuando mi biznieto sea mayor,
+venderemos la diadema, las pulseras, el alfiler de pecho con esos
+diamantes como garbanzos que quitan la luz de los ojos. Alégrate,
+Isidrín; no te engañaron: tu abuela es rica, tiene su tesoro; pero tú
+solo debes saberlo, pues será para ti.<a name="page_291" id="page_291"></a></p>
+
+<p>Después miró con inquietud a lo lejos, poniéndose una mano sobre los
+ojos.</p>
+
+<p>&mdash;Tú que tienes mejor vista, Isidrín: ¿no es aquel carro el del tío
+Polo?... Sí que es; ya está ahí ese judío, ese camastrón, que no piensa
+mas que en apandarme el tesoro. Huye, Isidrín: que no nos pille aquí;
+que no huela el gato.</p>
+
+<p>Y la vieja, con la inquietud del miedo, temiendo que le arrebatasen
+aquellas riquezas, a las que amaba como su propia vida, desapareció en
+el túnel oprimiendo entre sus brazos el blanco envoltorio. Se había
+despedido de Isidro apresuradamente. ¡Que le trajese el biznieto apenas
+naciera! Se contentaba con verlo una vez, y luego morir, dejándole sus
+riquezas.</p>
+
+<p>Isidro descendió del cerro por los sembrados para no encontrarse con
+<i>Zaratustra</i>, pensando, mientras caminaba, en el medio de sacar unas
+pesetas más del famoso tesoro oculto en sus bolsillos.<a name="page_292" id="page_292"></a></p>
+
+<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3>
+
+<p>Bien entrado el otoño, Isidro y Feli fueron a vivir en las Cambroneras.
+Después de abandonar la casa del hermano Vicente, habitaron un cuarto
+interior en la calle de Embajadores. Pagaban tres duros por él; pero
+transcurrido el primer mes, no pudieron satisfacer el segundo, y
+abandonaron la habitación, salvando casi milagrosamente sus escasos
+muebles.</p>
+
+<p>Más aún que los tormentos del hambre, temía Maltrana las inquietudes y
+desasosiegos que traía consigo el alquiler. Feli sólo se preocupaba de
+asegurar el techo. Realizaba economías asombrosas por ir juntando poco a
+poco el dinero para la casa. Ya tenía tres pesetas, ya tenía un duro, ya
+se aproximaba lentamente a los dos, y de pronto surgía una necesidad
+imperiosa, una exigencia ineludible, el pago a la tienda, que se negaba
+a fiar más sin recibir algo a cuenta, la compra de material para el
+emballenaje de los corsés, la necesidad de echar unas suelas a las botas
+únicas de Maltrana, mientras éste permanecía prisionero en el cuarto; y
+de este modo la mala fortuna llevábase de una manotada todos los
+ahorros, sin dar tiempo a que se completase el importe del alquiler.</p>
+
+<p>Maltrana adoptó una resolución. Los pobres<a name="page_293" id="page_293"></a> como ellos, de vida
+incierta, sólo podían vivir en las casuchas cuyos cuartos se pagan
+diariamente, en los falansterios de la miseria, como aquel caserón de
+obreros donde él había nacido.</p>
+
+<p>Vivió en varios edificios de esta clase, en el barrio de las Peñuelas y
+el de las Injurias, repugnándole sus hacinamientos, la suciedad sórdida
+de sus paredes, las frecuentes peleas de las hembras desgreñadas, que se
+insultaban de galería a galería... Su pobre Feli no era una princesa,
+pero ¡ay! sentía él honda repugnancia al verla, tan delicada y tan
+dulce, viviendo en este infierno.</p>
+
+<p>En las Cambroneras encontró un cuarto independiente, y decidió
+trasladarse a este barrio habitado por gitanos, que le parecieron más
+apreciables y tranquilos que las familias de las casas de vecindad.</p>
+
+<p>El alquiler se pagaba todas las noches: real y medio. Al obscurecer
+llamaba a la puerta el encargado de la cobranza, un hombre alto, enjuto
+y moreno, al que el exceso de estatura hacía caminar arqueando la
+espalda. Era de la policía. El que administraba las casas de las
+Cambroneras teníalo allí como cobrador y guardián del orden, por su
+carácter de agente de la autoridad. Dábale por esto un interés sobre la
+cobranza y vivienda gratuita para él, su prolífica mujer y la banda de
+chiquillos que completaba la familia. De sus mocedades, transcurridas en
+el campo, antes de ser soldado, guardaba gran afición al cultivo de la
+tierra, y cuando sus deberes de agente de «la secreta» no le hacían ir a
+Madrid, pasaba las horas en la heroica tarea de convertir en
+huertecillas los desmontes de tierra amarillenta, sacando a brazo el
+riego de una noria abandonada.</p>
+
+<p>Inspirábanle gran respeto los dos jóvenes, hasta el punto de hacerle
+afirmar que don Isidro y doña<a name="page_294" id="page_294"></a> Feli eran las únicas personas decentes
+que habitaban en las Cambroneras.</p>
+
+<p>&mdash;Adelante, Pepe&mdash;decía Maltrana cuando, cerrada la noche, sonaba un
+golpe en la puerta.</p>
+
+<p>Y Pepe se presentaba llevando en las manos un lápiz y un rústico
+talonario de papel de barbas. Entregaba una hoja, después de garrapatear
+algunos signos, y recibía las monedas de cobre.</p>
+
+<p>Isidro mostrábase satisfecho de su nuevo alojamiento. Por una ventana
+contemplaba el río, casi a sus pies, y en la orilla opuesta las praderas
+pintadas por Goya, los cerros en cuya cumbre se aglomeraban los cipreses
+y mausoleos de los cementerios de la Almudena y San Isidro. Por otra
+ventana veía el descampado de las Cambroneras, un gran espacio de tierra
+atravesado por un riachuelo, en el que lavaban sus guiñapos las gitanas,
+flotando sobre la corriente trapos y pedazos de periódicos. Enfrente
+abríase un gran portalón dando entrada a una callejuela de guijarros
+flanqueada por dos hileras de casuchas. Unas eran de techo bajo; otras
+tenían en el primer piso una galería de madera, con escalerillas de
+tablones carcomidos, que crujían a la más leve presión como si fuesen a
+romperse.</p>
+
+<p>Maltrana no tardó en conocer la heterogénea población de las
+Cambroneras. Formaban un mundo aparte, una sociedad independiente dentro
+de la horda de miseria acampada en torno de Madrid. Pepe el cobrador
+relatábale las costumbres y rarezas de aquellas gentes, a las que él
+llamaba «su ganado».</p>
+
+<p>Existían dos grandes divisiones en el vecindario de las Cambroneras,
+cuyos límites nunca llegaban a confundirse; a un lado los payos, que
+eran los menos, y al otro los gitanos, que constituían la mayor parte de
+la población. Los payos se subdividían en pordioseros, que iban todas
+las mañanas<a name="page_295" id="page_295"></a> a Madrid a mendigar en las puertas de las iglesias, y
+quincalleros, que en el verano vagaban por las ferias de Castilla
+vendiendo baratijas y durante el invierno organizaban juegos tramposos
+en las afueras o tomaban parte en algún robo, si se ofrecía ocasión.</p>
+
+<p>Los gitanos estaban divididos en tres naciones: gitanos andaluces,
+gitanos castellanos y gitanos manchegos. Tratábanse con cierta
+fraternidad, impuesta por la raza y las costumbres, pero cada grupo
+manteníase fiel a su origen, creyéndose superior a los otros. Los
+andaluces echaban en cara a los manchegos su rusticidad y a los
+castellanos su falta de sangre <i>cañí</i>, adulterada por innumerables
+cruces con los payos. Estos, a su vez, despreciaban a los procedentes de
+Andalucía por sus trapacerías y enredos, que habían dado a la raza su
+fama deshonrosa.</p>
+
+<p>Reconocíalos Isidro a simple vista a los pocos días de vivir en las
+Cambroneras. Los andaluces iban afeitados, con ancho sombrero,
+chaquetilla de terciopelo color de vino y grandes tufos sobre las
+orejas. Los manchegos y castellanos usaban gorra de pelo, llevaban
+bigote recortado y chaquetón de paño pardo; únicamente su color, de un
+bronceado oriental, los distinguía de los paletos manchegos, cuyo traje
+imitaban.</p>
+
+<p>Las mujeres salían en las primeras horas de la mañana, para no volver
+hasta la caída de la tarde, o permanecían dentro de sus casas, recluidas
+voluntariamente, con una pasividad de hembras asiáticas. También se
+reconocía en ellas la diferencia de origen. Las andaluzas eran
+parlanchinas y vociferadoras; hablaban gesticulando y manoteando,
+esparciendo con su cháchara el aturdimiento en torno de ellas. Vestían
+falda de percal rameado con largos volantes, llevaban el mantón
+terciado, el moño<a name="page_296" id="page_296"></a> aceitoso caído sobre la nuca, la frente con
+cuernecillos de pelo pegado, y en el cuello varias sartas de cuentas
+azules. Salían de las Cambroneras poco después de surgir el sol, camino
+de la plaza de la Cebada, para decir la buenaventura y echar las cartas
+a las criadas, que eran su mejor clientela. Los hombres se desperezaban
+en la puerta; las bandas de chicuelos color de chocolate, descalzos y
+con la panza al aire, se agarraban a las faldas pintarrajeadas de las
+madres.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Gachí</i>&mdash;decía el marido&mdash;, a ver si hoy traes argo pa jamar. Mira que
+estoy jarto de tanta jambre.</p>
+
+<p>Los pequeños se agitaban en torno de ellas, acompañándolas cuesta arriba
+hasta el puente de Toledo. A ver si podían apandar, como otras veces,
+los <i>chulés</i> de algún payo. Y si no eran <i>chulés</i> (nombre que daban a
+los duros), que fuesen <i>plañís</i> (modestas pesetas), que bien las
+necesitaba la familia, confiada a los azares de la suerte.</p>
+
+<p>&mdash;Mare&mdash;gritaban los pequeños al quedarse junto al puente&mdash;, que traiga
+usté <i>callardó</i>, mucho <i>callardó</i>.</p>
+
+<p>Era el chocolate: el gran regalo de la gente gitana, su licor y su
+alimento. Bueno era el <i>balinchó</i> (el cerdo); suculento el <i>balebás</i>
+(tocino); dulces los <i>mantejos</i> (almendras), que se arrojaban a puñados
+en los días de boda; pero el chocolate era lo mejor del mundo, el
+alimento de Dios, que parecía embriagarles con su perfume y su ardor.</p>
+
+<p>Los pequeñuelos, con la esperanza de que la madre trajese al anochecer
+una enorme cantidad de <i>callardó</i>, la saludaban desde lejos.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, mi <i>dai</i>.</p>
+
+<p>Y la gitana alejábase hacia la puerta de Toledo, combinando, en las
+tortuosidades de su trapacera imaginación, el medio de <i>jonjabar</i> a
+algún payo que le deparase la buena suerte, de sacarle el dinero,<a name="page_297" id="page_297"></a>
+prometiéndole, por medio de sortilegios, el premio gordo de la Lotería.</p>
+
+<p>Vagaban hasta las doce por las inmediaciones del mercado, deteniendo a
+las criadas, aturdiéndolas con su charla, alabando sus caras de ángel,
+aunque fuesen de horrible fealdad, lamentando con extremos grotescos de
+desesperación las desgracias de sus amores y que no se cuidasen de
+conjurar la mala suerte acudiendo a la experiencia gitana.</p>
+
+<p>&mdash;Tu mano... enséñame tu mano, resalá, que por San Juan te digo que
+yevas en eya tu fortuna y tú no lo sabes.</p>
+
+<p>Tenían sus parroquianas, sus creyentes de inconmovible fe, que apenas
+las veían marchaban a su encuentro, ansiosas de nuevas revelaciones.
+Metíanse en los portales solitarios, y allí, sobre la tapa de la cesta,
+soltaba la gitana los mugrientos naipes ocultos bajo el mantón. Todo
+salía: el hombre moreno que penaba por la sirvienta, pero al cual ligaba
+con malas artes una mujer blanca, que había que vencer; después, el
+hombre rubio, muchas veces con espada (un militar), que se presentaría
+para llevársela sobre un caballo tordo; luego salían por dos veces los
+oros: dinero y más dinero...</p>
+
+<p>&mdash;Tú has heredao argo&mdash;afirmaba la gitana con una convicción que no
+admitía réplica.</p>
+
+<p>&mdash;¡Qué he de heredar yo, pobre de mi!&mdash;contestaba la sencilla criada.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno; pues heredarás.</p>
+
+<p>Y seguía el juego. La sota: otra vez la mala mujer, que había de ser su
+perdición si no la anonadaba haciendo lo que ella le dijese.</p>
+
+<p>Cuando la muchacha, aturdida por este parloteo, y dudando si emplear sus
+ahorros en el gran remedio que le proponía para sujetar al novio infiel,
+acababa por entregarle dos reales, la gitana prorrumpía en lamentos y
+súplicas.<a name="page_298" id="page_298"></a></p>
+
+<p>&mdash;Reina, añade aunque no sea mas que un realillo. ¡Con esa carita de
+clavel, y tan agarrá! Anda, grasiosa, que tienes ojillos de Virgen...
+Mira que tengo un ganao de <i>churumbeles</i> que no levantan del suelo tanto
+así, y están muertesitos de nesesiá. Mi hombre lo tengo baldao; mi
+<i>bato</i>... ¡mi pare! está en las últimas; mi probesita <i>dai</i> se me murió;
+mi <i>plan</i> (mi hermano, ¿entiendes?) está en el presidio de Alcalá...</p>
+
+<p>Y seguía enumerando desgracias y muertes, como si la peste negra hubiese
+pasado por las Cambroneras.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya, presiosa, suerta un poquito más de <i>jurdé</i>, que por eso no vas a
+quedar probe. No te pido <i>papiris</i> der Banco; suerta manque sean tres
+perrillas más.</p>
+
+<p>En sus exploraciones en torno del mercado, cuando vagaban aburridas, sin
+encontrar parroquianas, plantábanse audazmente ante los hombres que
+salían de las tabernas o los comerciantes que tomaban un poco de aire a
+la puerta de sus establecimientos.</p>
+
+<p>&mdash;¿Te la digo, grasioso? Dame la mano, barbitas de San Juan, que tienes
+patitas de bailaor y ojillos de meteor.</p>
+
+<p>Las repelían como si fuesen perros, amenazándolas con llamar a la
+pareja, y ellas se alejaban sin resentimiento, con muecas burlonas,
+abriendo los ojos desmesuradamente.</p>
+
+<p>&mdash;¡Juy, Pare Santo! ¡Y qué mal genio gasta el señó!... ¡Ni que juese el
+<i>Livanó</i> que toma las declarasiones!... ¡En el <i>estaribel</i> te veas,
+mardito, y que el <i>Baró</i> no quiera sacarte ni con fianza!...</p>
+
+<p>Cuando pasado mediodía cesaba la afluencia en el mercado, las gitanas,
+en vez de volverse a las Cambroneras, seguían hacia el centro de Madrid,
+callejeando hasta la caída de la tarde. Pedían limosna;<a name="page_299" id="page_299"></a> deteníanse ante
+las ventanas de los cafés, dando golpecitos en los cristales; lanzaban
+miradas intranquilas a los puestos exteriores de las tiendas, pensando
+en la posibilidad de un descuido... Iban a lo que saliese; el robo no
+les parecía gran pecado: <i>chorar</i> era una ocupación digna de elogio, si
+se hacía con habilidad y sin riesgo. Y cuando <i>choraban</i> una pieza de
+tela, unas manzanas o un panecillo, volvían orgullosas a casa, diciendo
+a las vecinas:</p>
+
+<p>&mdash;Hoy le he dao el <i>jonjanó</i> a un payo.</p>
+
+<p>Maltrana, al asomarse a la puerta de alguna de aquellas casuchas,
+blancas por fuera y negras por dentro, sin otro respiradero que la
+puerta, conocía el origen de sus habitantes sólo con ver mujeres en su
+interior o notar su ausencia.</p>
+
+<p>&mdash;¿Son ustedes andaluzas?&mdash;preguntaba intencionadamente a las hembras
+sentadas en corro sobre el duro suelo, mirándose silenciosas, con la
+mandíbula apoyada en una mano.</p>
+
+<p>&mdash;¡Nosotras andaluzas!&mdash;exclamaban ofendidas&mdash;. Somos mujeres de nuestra
+casa. Nosotras no salimos a engañar a la gente.</p>
+
+<p>Eran gitanas manchegas. Tenían padres o maridos que trabajasen por el
+sostenimiento de la familia; y si no había <i>chambos</i>, si el «trato» de
+las caballerías se paralizaba, daban vuelta de llave a su estómago y
+sufrían el hambre en silencio, sentadas junto a los pedruscos fríos del
+hogar, con las faldas esparcidas en torno de ellas como hongos enormes,
+taciturnas y dispuestas a morir sin moverse del sitio.</p>
+
+<p>Maltrana, a pesar de la miseria de su propia casa, sentía compasión al
+ver las viviendas de estas gentes. Eran tabucos cuyo suelo, de tierra
+apisonada, estaba mucho más bajo que la calle. No tenían tabiques, y
+cuando el pudor exigía la separación de<a name="page_300" id="page_300"></a> lechos, salían del apuro
+colgando de una cuerda una manta vieja. En el fondo de la casucha, con
+la cabeza hundida en cajones que servían de pesebres y las grupas frente
+a la puerta, estaban los caballos, las mulas y los burros que
+constituían la fortuna de la familia. Los colchones astrosos, apilados
+en un rincón, se extendían por la noche junto a las patas traseras de
+las bestias, durmiendo la familia y su capital acariciados por el calor
+del común estiércol. Unos ladrillos colocados en el centro de la casucha
+servían de cocina. No se encendía fuego mas que por la noche. El humo de
+la leña llenaba la habitación, saliendo por donde podía buenamente: por
+la puerta abierta o las grietas del techo, por no existir el menor
+orificio que sirviese de chimenea. Las paredes estaban ennegrecidas por
+una capa de hollín que representaba luengos años de atmósfera
+asfixiante; las bestias, acostumbradas a esta lenta sofocación,
+limitábanse a bufar en sus pesebres. Las mujeres, con los ojos llorosos
+por el humo, vigilaban la sartén; los niños de pecho tosían,
+apelotonándose contra las maternales ubres, como si buscasen el fresco
+de la leche.</p>
+
+<p>Pepe el cobrador alababa las ventajas del continuo ahumamiento.</p>
+
+<p>&mdash;Gracias a eso&mdash;decía&mdash;no mueren como chinches. El humo les limpia, ya
+que nunca tocan el agua. ¡Porque cuidado, don Isidro, que son sucios!...
+En cambio, en la comida no he visto gente con mayores escrúpulos.</p>
+
+<p>No había que esperar que aceptasen una limosna de alimentos, ni que
+aprovecharan las sobras de nadie. Las gitanas, al volver de Madrid,
+traían comestibles de las tiendas; viandas crudas para guisarlas en
+presencia de la familia. Pasaban días enteros sin comer, con la
+tranquilidad de la costumbre, y a pesar del hambre, hacían gestos de<a name="page_301" id="page_301"></a>
+asco al hablar de los traperos, de los mendigos, de todos los payos que
+la miseria ponía en contacto con ellos, gente de estómago vil, que se
+alimentaba de la bazofia arrojada por los demás y se vestía con sus
+despojos.</p>
+
+<p><i>Chorar</i>... ¡todo lo que pudieran! Robaban en Madrid, robaban en los
+campos veraniegos cuando salían de excursión a las ferias; pero todo
+había de ser nuevo, sin uso alguno. Su traje, aunque remendado y sucio,
+era suyo, lo habían hecho para sus cuerpos, y lo preferían, con toda su
+astrosidad, a las ropas usadas que fuesen mejores. Su estómago sufría
+antes el hambre que la náusea del asco. Cuando llegaba a sus manos un
+vestido ajeno, lo vendían a los traperos con aire señorial. En las
+noches de abundancia, la familia sentábase en torno de la sartén. La
+madre arrojaba los trozos de carne fresca en el aceite chirriante, y
+cada uno pinchaba con su navaja, con tanto apresuramiento, que por más
+que la mujer echaba y echaba, nunca se veía llena la sartén.</p>
+
+<p>Los jueves reuníanse los hombres en el mercado de bestias, junto a la
+Puerta de Toledo. Los que no tenían ganado también iban allá, con la
+esperanza de que cayese algo, empuñando una gran vara, como si tuviesen
+que arrear a una recua imaginaria. Al primer paleto que se pusiera a
+tiro le daban un <i>emburreo</i>, un <i>correate</i>, nombres con que designaban
+las malas artes del «trato».</p>
+
+<p>Después volvían, lamentándose de la decadencia del chalaneo. Había que
+esperar las grandes ferias del verano. En el mercado de Madrid apenas se
+veían compradores; todos eran gitanos... ¡y cómo iban a engañarse entre
+ellos!...</p>
+
+<p>Los más acomodados volvían a meter por las exiguas puertas de las
+viviendas todo su ganado: los humildes <i>guerñís</i> de largas orejas y
+escandaloso<a name="page_302" id="page_302"></a> rebuzno; el <i>gras</i> de trenzadas crines y cola peinada, que
+hacían galopar en torno de su látigo maestro, afirmando que el que
+montaba el rey no era mejor; la <i>chorí</i> y el <i>choro</i> (la mula y el
+macho), que esperaban vender a buen precio, cuando emprendiesen la
+expedición veraniega por Castilla y la Mancha, ofreciendo sus bestias a
+los labriegos.</p>
+
+<p>En el resto de la semana permanecían los gitanos en las Cambroneras sin
+hacer nada, esperando el regreso de sus hembras, pájaros vivarachos y
+parleros que traían en el pico el pan de la familia. Desayunábanse con
+una copa de aguardiente o un mendrugo, y aguantaban el hambre durante
+todo el día, en plácida vagancia. Jugaban a la barra o a los bolos en el
+descampado de las Cambroneras; los más hábiles tañían la guitarra,
+alegrando su debilidad con una música melancólica; los que eran
+industriosos tendíanse sobre el vientre en la orilla del río, y así
+permanecían horas y más horas esperando que algún gorrión quisiera
+buenamente dejarse apresar por la red colocada sobre la hierba. Ciertos
+viejos de aire magistral batían palmas ante un grupo de diablillos color
+de chocolate con pinceles de pelos sobre las orejas, que aprendían a
+bailar, moviendo grotescamente los pies y los brazos, agitando su panza
+con salvajes contorsiones. Era la vida de tribu: los machos descansando,
+por el privilegio de su fuerza, esperando el sustento de las hembras que
+iban al bosque, o sea a la inmediata población.</p>
+
+<p>Maltrana, a los pocos días de estancia en las Cambroneras, conocía los
+nombres de todos los respetables tunos del hampa gitanesca, bronceados y
+ágiles, con el rostro roído por las viruelas. Tenían por apodos el
+<i>Mono</i>, el <i>Bastián</i>, el <i>Matamoros</i>, el <i>Malafolla</i>, el <i>Cachuli</i>, el
+<i>Mochón</i>, el <i>Navaco</i> y otros<a name="page_303" id="page_303"></a> no menos extraños. Nunca se les veía
+borrachos: su bebida favorita era el chocolate.</p>
+
+<p>El único que, con discursos incoherentes y grandes gritos, mostraba su
+afición al alcohol era Salguero, que se apodaba a sí mismo
+<i>Salguerillo</i>, un vejete malicioso, que habitaba treinta y tantos años
+la primera casucha del callejón. En invierno fabricaba cestas de
+mimbres, ayudado por la vieja que vivía con él; en verano salía a las
+ferias para ejercer su oficio de esquilador.</p>
+
+<p>A la caída de la tarde iban llegando las mujeres, cansadas de todo un
+día de correteo por Madrid. Los estómagos vacíos estremecíanse al
+aproximarse estos mensajeros de la abundancia. Reconocíanlas los gitanos
+apenas llegaban a la cuesta de las Cambroneras.</p>
+
+<p>&mdash;Por allí vienen la <i>Buchichi</i> y la <i>Pique</i>&mdash;decían los que jugaban a
+los bolos, avisando a los maridos.</p>
+
+<p>Y tras éstas aparecían la <i>Clavellina</i>, la <i>Cortezona</i>, la <i>Pote</i>, la
+<i>Pelela</i> y las <i>Chirrinas</i>. Estas eran las más guapas, y tenían fama de
+hábiles para traer a casa buen botín. Payo que cogían, lo jonjababan en
+un momento. Únicamente podía compararse con ellas la <i>Culo de corcho</i>,
+una gitana obesa, de ojos pequeños como si estuviesen cosidos, y gran
+ligereza de manos, que en un santiamén hacía desaparecer bajo sus sayas
+todo objeto que podía <i>chorar</i>.</p>
+
+<p>Los hombres salían a su encuentro. El portalón de la calle de los
+gitanos vomitaba grupos y grupos de sucios chiquillos, que habían pasado
+el día cantando a coro, repicando las castañuelas y tomando lecciones de
+baile para entretener el hambre.</p>
+
+<p>-¿Qué traes?&mdash;preguntaba el gitano a su mujer, estirando los miembros
+entumecidos por el descanso, subiéndose la faja con ambas manos y
+atusándose las greñas que le tapaban las orejas.<a name="page_304" id="page_304"></a></p>
+
+<p>Si la expedición había sido fructuosa, pavoneábase la gitana con
+orgullo.</p>
+
+<p>-¡Arza pa alante, esgalichao! ¡Menúo <i>callardó</i> vais a mamaros tú y los
+<i>churumbeles</i>!...</p>
+
+<p>Encendían fuego en su covacha, preparando, ante todo, el chocolate,
+dejando para después el guisoteo de la cena. En otras casas se
+prescindía por completo de la sartén, no queriendo, después de un día de
+hambre, otro alimento que el <i>callardó</i>. Era el lujo de la raza, el
+nutritivo de los ricos, y toda la familia, puesta en cuclillas en torno
+de la hoguera, contemplaba absorta el hervir del puchero lleno de
+chocolate.</p>
+
+<p>Si la mujer había juntado un duro con sus trapacerías y rapiñas,
+empleaba casi toda la cantidad en tablillas de la preciada pasta. La
+familia sorbía con delectación el chocolate líquido, y lo mascaba crudo
+como si mascase pan. El amargo perfume esparcíase en las casas
+inmediatas, despertando envidias. La chiquillería asomábase con ávidos
+ojos, y corría después a dar cuenta a sus madres de este banquete de
+reyes:</p>
+
+<p>&mdash;Mi <i>dai</i>: en casa del <i>Mochuelo</i> toman <i>callardó</i>. Dicen que han hecho
+un buen <i>chambo</i>.</p>
+
+<p>Y las madres suspiraban con envidia. ¡Qué suerte la de algunas gentes!</p>
+
+<p>En otras casas sonaban gritos desesperados, estrépito de lucha, golpes
+en las paredes. Se abría una puerta, y sacaba su cabeza desmelenada una
+mujer con gesto de espanto.</p>
+
+<p>&mdash;¡Favó al rey!... ¡Que me mata mi Enrique!... ¡Que me desloma, que me
+jase peazos porque no he traío na!</p>
+
+<p>Seguía vociferando con la cabeza fuera de la puerta y el cuerpo dentro
+de casa, sin moverse, para que el gitano pudiera apalearla sin gran
+molestia. Nadie prestaba atención a estos gritos: era<a name="page_305" id="page_305"></a> lo de todos los
+días. La que vagaba por Madrid, sin traer nada, tenía por segura la
+paliza. Era una exigencia de las buenas costumbres, una tradición
+venerable: todas ellas habían visto lo mismo en la casa paterna.</p>
+
+<p>Cerrada ya la noche, Pepe el cobrador iba de tabuco en tabuco con su
+talonario. En unas casas encontraba al hombre sentado en un rincón, con
+aspecto enfurruñado, y a la mujer tendida en el suelo.</p>
+
+<p>&mdash;Pasa de largo, Joselillo&mdash;gemía la gitana&mdash;. Hoy no puedo darte el
+real: no he ganado nada. ¡Mira cómo me ha puesto el cuerpo ese bruto!</p>
+
+<p>Y señalaba al marido, que permanecía impasible, con la tranquilidad del
+que cumple su deber.</p>
+
+<p>El hogar estaba apagado, y la banda de chiquillos, convencida de que en
+casa no encontraría un mendrugo, seguía repicando las castañuelas en la
+calle&mdash;<i>tra la la la</i>&mdash;, pasando y repasando ante las puertas que olían
+a chocolate, con la esperanza de alcanzar algunas sopas.</p>
+
+<p>El cobrador, en otros sitios, notaba la precipitación con que la familia
+ocultaba su abundancia. El fogón sólo tenía algunas ascuas; los
+cacharros, sucios de chocolate, estaban ocultos en el rollo de las
+colchonetas. La más vieja de la familia le tendía algunas monedas entre
+suspiros de desaliento.</p>
+
+<p>&mdash;Toma, Joselillo, una <i>plañí</i>&mdash;decía&mdash;. No tenemos más; te debo dos
+reales, que te daré mañana. ¡Ay! ¡Estamos muertecitos de jambre!...</p>
+
+<p>Y Joselillo pasaba a otra casa, seguro de la cobranza, pues aunque
+aquella gente se retrasase en el pago, acababa siempre por satisfacer
+sus deudas. Eran vagabundos que apenas comenzaba el verano hacían la
+vida errante de feria en feria, y por esto mismo necesitaban tener su
+techo seguro para cuando llegasen los fríos.<a name="page_306" id="page_306"></a></p>
+
+<p>Isidro, al salir de su casa por las mañanas, hablaba con Salguero el
+esquilador. Este le salía al paso, saludándolo con grandes cortesías.</p>
+
+<p>&mdash;Vaya usía con Dios, señor excelentísimo. Ya sabe que <i>Salguerillo</i> es
+su fiel servidor, aunque sea un pobre <i>cañi</i>.</p>
+
+<p>Cuando Isidro podía darle un cigarro, Salguero, satisfecho del obsequio,
+le acompañaba cuesta arriba, hasta el paseo de los Ocho Hilos, sin cesar
+de hablarle con gitana incoherencia.</p>
+
+<p>El cariz del tiempo era su mayor preocupación. No llovía: las cosas
+marchaban mal.</p>
+
+<p>&mdash;Pero a usted&mdash;preguntaba Maltrana riendo&mdash;¿qué le importa que llueva o
+no llueva? ¿Dónde están sus campos?</p>
+
+<p>Salguero hacía un mohín de extrañeza. La lluvia era el pan para ellos.
+Producía las buenas cosechas, y con abundancia en los campos, los
+paletos gastaban mejor su dinero en la compra de caballerías.</p>
+
+<p>&mdash;Nosotros vivimos der verano, don Isidro. Si no juese por las ferias,
+moriríamos como las ratas. Yo esquilo, y los camarás que tien
+caballerías las venden. En invierno, el pasto es muy caro. Esos
+probesitos que usted ve no comen muchas veses pa que el ganao, que es su
+fortuna, no caresca de pienso... En verano, si la cosecha es buena, el
+paleto es generoso y no le importa darnos paja y cebá cuando vamos de
+paso.</p>
+
+<p>Hablaba Salguero con entusiasmo de las ferias veraniegas, grandes
+mercados de bestias que daban vida para el resto del año a la gitanería
+vagabunda. El las conocía todas; iba a ellas montado en un borrico, con
+las tijeras en la faja. En las Cambroneras no quedaban mas que su vieja
+y algunas otras mujeres que eran viudas. Hasta las gitanas de prole más
+numerosa emprendían la marcha detrás<a name="page_307" id="page_307"></a> de la recua, seguidas de todos sus
+chiquillos. Mientras los hombres hacían sus trampas en el campo de la
+feria, ellas corrían las casas echando las cartas, diciendo la
+buenaventura, ofreciéndose las más viejas a curar las enfermedades con
+remedios misteriosos, transmitidos de madres a hijas desde la más remota
+antigüedad.</p>
+
+<p>Las dos primeras ferias eran en San Juan: las de Segovia y Avila. Luego
+venía la famosa de Alcalá, en el mes de Agosto. En Septiembre se
+verificaban las de Illescas, Aranjuez, Ocaña, Mora, Quintanar y
+Belmonte. Y en Octubre eran las últimas: las de Consuegra, Talavera y
+Torija. Días antes de establecerse Maltrana en las Cambroneras, habían
+llegado todos los vecinos de regreso de estas últimas ferias, dando por
+terminada la buena época del «trato».</p>
+
+<p>Salguero se entusiasmaba recordando estas grandes aglomeraciones de
+bestias necesitadas de esquileo, los encuentros de las familias gitanas
+procedentes de los más lejanos extremos de la Península. Todas estaban
+unidas por el parentesco después de luengos siglos de casamientos, sin
+rebasar los límites de la raza, y sólo se veían una vez al año, al
+encontrarse en las ferias, volviendo después a emprender su regreso por
+distintos caminos, en busca del retiro invernal.</p>
+
+<p>Maltrana se enteraba por el esquilador de la interesante geografía de
+los gitanos. Toledo era <i>Toledate</i>, y Córdoba, <i>Cordobate</i>. Una
+población era un <i>Gao</i>. A Valladolid le llamaban el <i>Gao baró</i>, el
+«pueblo grande»; a Sevilla, el <i>Gao de silla</i>; a Valencia, el <i>Gao de
+los marrulles</i>; y a toda Galicia, el <i>Gao de los malalos</i>. Madrid era,
+los <i>Foros</i>.</p>
+
+<p>&mdash;Son una gloria, don Isidro, las tales ferias. A cada instante hay un
+<i>chambo</i> y se vende una caballería; no es como aquí, que pasan los
+jueves en la<a name="page_308" id="page_308"></a> Puerta de Toledo sin que se cambie una mala burra. Y yo,
+cuando no esquilo en las ferias, sirvo de arreglaor, y como tengo labia,
+doy mi empujoncito para que el compare venda su género, y después hay
+alboroque y se bebe el buen vaso de <i>mor</i> y la rica copa de <i>pañaló</i>.
+Usía no sabrá lo que es eso. ¡Que ha de saber, si con tantos libros que
+ha leído no <i>pena</i> ni tanto así de caló!... Pues es el vino y el
+aguardiente; y cuando oiga que mis compares dicen que estoy <i>molaló</i>, es
+que creen que estoy borracho; pero no hay tal cosa: un poco de alegría y
+na más.</p>
+
+<p>La presencia de Maltrana y Feli en este barrio, donde no existían otros
+payos que los mendigos y los quincalleros de las ferias, causó cierta
+emoción en la gitanería. Vivía la pareja fuera del callejón, en los
+altos de una casucha aislada, cuyo piso bajo estaba ocupado por una
+tienda de comestibles.</p>
+
+<p>Feli, en los primeros días, había sentido gran repugnancia por su nuevo
+alojamiento. Le daba miedo ver tanto gitano; le inspiraban inquietud
+estos hombres de color de bronce y mirada aviesa, como bandidos de
+carretera. Temía a las mujeres viéndolas de lejos vociferar y amenazarse
+en un lenguaje extraño, del que sólo entendía algunas palabras. Vivían
+pacíficamente; pero ella sentía la inquietud de la mujer europea que se
+ve trasladada a una población de África, entre gentes que parecen
+sumisas, pero que pueden sentir de pronto la hostilidad de la raza.</p>
+
+<p>Isidro se reía de sus preocupaciones. ¿Dónde mejor que allí? Era cierto
+que el río olía mal, pero ya se habituarían a este hedor de los residuos
+de la villa. En cambio, oían a los pájaros, contemplaban campo y cielo
+al abrir sus ventanas, no tropezaba su vista con una sucia pared a unos
+cuantos metros<a name="page_309" id="page_309"></a> de distancia, que los robaba el aire y el azul del
+espacio.</p>
+
+<p>Isidro, con su imaginación, embellecía el barrio. Un siglo antes, era
+aquella parte la más hermosa de Madrid. ¿Veía Feli las praderas al otro
+lado del río? Pues allí bailaban los chisperos y manolas pintados por
+Goya; por allí paseaban el gran pintor y las duquesitas hermosas que se
+hacían retratar desnudas. Aquellos sotillos habían presenciado el
+período más amable y pastoril de nuestra historia.</p>
+
+<p>&mdash;Piensa, Feli&mdash;añadía el joven&mdash;, que por real y medio vivimos como
+unos señores en plena campiña, y además, el pago es diario: una
+verdadera comodidad.</p>
+
+<p>La joven, viendo a todas horas a estas gentes de aspecto terrorífico y
+costumbres pacíficas, ya no las tuvo miedo. Las mujeres, por su parte,
+en fuerza de contemplarla junto a la ventana trabajando en los corsés,
+acabaron por sentir admiración. Su laboriosidad inspiraba gran respeto a
+estas hembras vagabundas, cuyas faenas domésticas consistían en encender
+el fuego y dejar que la familia se tragase la cena medio cruda.</p>
+
+<p>Además, habían llegado a la gente gitana vagas noticias de que Isidro
+era un hombre de pluma, que aunque estaba en la desgracia podía salir de
+ella; y esto bastaba para que les inspirase tanto respeto como el juez,
+los escribanos y todos los señores graves que también escriben y envían
+un pobre a presidio apenas desaparece la más insignificante caballería.
+Algunas viejas con negras sayas de viuda detenían a Maltrana para
+hablarle de sus hijos, que estaban en Melilla o en Ceuta.</p>
+
+<p>&mdash;Por na, señor&mdash;gimoteaban&mdash;. Un acaloramiento. Llevaban la <i>churí</i> en
+la faja, y al faltarles, pues... pincharon. Su mersé debe tener buenas
+influencias.<a name="page_310" id="page_310"></a>.. Vea de sarcarles un indulto, o que los pasen a un
+presidio mejor.</p>
+
+<p>Estas gentes de viva imaginación, que vivían en perpetuo embuste, habían
+creado una leyenda halagadora en torno de aquella señorita tan buena,
+tan laboriosa, que permanecía horas enteras tras los vidrios, con los
+ojos bajos, lo mismo que una virgencita en su altar. Los grupos de
+gitanillas haraposas, en sus pasacalles por el barrio, acompañadas del
+repiqueteo de los palillos, deteníanse al pie de la ventana y cantaban a
+la que era por antonomasia «la señorita». Feli veía el grupo de
+cabecitas greñudas con ojos de brasa y tez de cobre, las bocas abiertas
+por el canto, mostrando sus paladares de un rosa obscuro y los agudos
+dientes de nítida limpidez. La joven saludábalas con dulce sonrisa, y
+todas ellas prorrumpían en formidable griterío.</p>
+
+<p>&mdash;¡Danos argo, señorita!... ¡Échanos manque sea un beso, resalá!</p>
+
+<p>Y hablaban entre ellas de lo que habían oído a sus madres. La «señorita»
+era hija de un personaje muy rico, de un marqués o algo semejante; pero
+como no la dejaba casarse con don Isidro, había huido con él, y los dos
+pasaban <i>jambre</i>, y ella trabajaba para su hombre, como lo hacen todas
+las mujeres <i>honrás</i>; lo mismo que si fuese una buena gitana.</p>
+
+<p>Esta laboriosidad por mantener al macho y las novelas que circulaban
+sobre su alto origen atraían con curioseo irresistible a las hembras de
+las Cambroneras.</p>
+
+<p>La primera en introducirse en la casa fue la Teodora, la vieja de mayor
+prestigio del barrio: un dechado de sabiduría, respetada hasta por los
+hombres. Era viuda; iba vestida de luto, con gitanesca exageración, pues
+hasta por encima del cruce del<a name="page_311" id="page_311"></a> pañuelo se veía el borde de su camisa de
+percalina negra.</p>
+
+<p>Sin marido que le ganase, ni otra fortuna aparente que tres caballerías
+de un hijo suyo, era la hembra de más dinero de las Cambroneras, y su
+casa la mejor. Tenía en ella unas cuantas silletas para sentarse y las
+hollinadas paredes adornábalas con papel recortado del que se emplea en
+los vasares de las cocinas, formando multicolores tapices, que daban a
+su tabuco un sabor oriental, en armonía con la cara obscura de los
+habitantes.</p>
+
+<p>La Teodora era la mujer más sabia de su raza. Servía de médico a los
+hombres, de comadrona a las mujeres y de <i>castañeadora</i> a las mocitas
+que iban a casarse. No había virginidad gitana que no pasase por sus
+manos antes del matrimonio, para que certificara su integridad. Los
+payos del barrio la llamaban con sorna «la madre de las vírgenes».</p>
+
+<p>Se introdujo en la casa de Isidro con pretexto del embarazo de Feli.
+Ella sabía más de esto que todos los médicos juntos; y después de mirar
+largamente el abultado abdomen, contrayendo los ojos y sacando los
+arrugados labios en forma de trompeta, dijo con certeza:</p>
+
+<p>&mdash;Va a ser una <i>churumbela</i> más grasiosa y requetesalá que su propia
+mare. Dende aquí la veo.</p>
+
+<p>Halagada por los elogios disparatados de la vieja y sus extraordinarios
+relatos de las costumbres gitanescas, Feli la veía llegar con agrado
+todas las tardes. Algunas veces venía acompañada de otras mujeres y
+hacía gala de su gran amistad con «la señorita».</p>
+
+<p>Feli se fijaba en la hija de Teodora, una joven de catorce años, casi
+una niña, toscamente vestida de luto y con un aire de resignada
+tristeza, como si fuese una monja obligada a vivir en el mundo.</p>
+
+<p>&mdash;Es viuda, señorita&mdash;decía la vieja&mdash;. Se le murió<a name="page_312" id="page_312"></a> el marío a los dos
+años de vivir juntos... Ya no podrá casarse nunca: lo prohíbe nuestra
+ley. La mujé no debe tener mas que un marío. Los hombres pueden casarse
+asín que pasa el luto: pa eso son hombres; las hembras, no. Mírela usted
+a la probesita. Tan joven, y pasa la vida acordándose de su difunto. Se
+acabaron pa ella las fiestas, las bodas y los saraos. Cuando murió el
+marío, hizo que la cortasen el pelo con navaja, na de tijeras, tal como
+es ley entre nosotros; se echó un capisayo por la cabeza, y a llorar.
+Duerme en sábanas negras, calza zapatos de gallego, sólo viste paño del
+peor, y cuando hay fiesta en casa se va a la de una vecina, huyendo de
+ruidos. ¡Ay, la <i>Merivén</i>! ¡Qué mardita bestia! ¡Y qué de tristezas
+trae!...</p>
+
+<p>Y al nombrar a la Muerte, a la terrible <i>Merivén</i>, hacía grotescos
+ademanes de espanto, como si la tuviese delante y quisiera apartarla con
+las manos.</p>
+
+<p>Feli se fijaba otras veces en una jovencita de rojas peinetas en el
+pelo, hueca falda de flores con largos volantes y un sinnúmero de
+collares verdes, azules y rosa. Era casi una niña; la pubertad apenas
+había hinchado la tapa de su pecho con los capullos femeniles; sus ropas
+huecas, sonando con escandaloso fru-fru, denunciaban una delgadez de
+escuerzo femenino.</p>
+
+<p>&mdash;Y esta mocita&mdash;preguntó Feli&mdash;, ¿cuándo se casa?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Anda!&mdash;exclamó la vieja con impúdica risa&mdash;. ¡Pues si ahí donde usted
+la ve, está más abierta que la puerta de la Macarena!... Es la mujé de
+mi hijo Rafaé, al que yaman el <i>Boto</i>... Tiene trece años; pero más
+mocita me casé yo con mi difunto... a los once.</p>
+
+<p>Y la Teodora relataba a Feli los incidentes de un casamiento, el acto
+más importante de la vida gitanesca. Los jóvenes de veinte años ponían
+sus<a name="page_313" id="page_313"></a> ojos en alguna mocita que sólo contaba doce o trece. Las mujeres,
+después de esta edad, no tenían valor alguno. El enamorado buscaba el
+apoyo de alguna hembra de respeto por sus años. En las Cambroneras
+siempre era Teodora la escogida. «Señá Teodora: yo quiero a la Fulana,
+pero con buen fin.» La vieja, satisfecha de que pusiera en ella su
+confianza, iba en busca de la mocita. «Fulanito quiere ser tu <i>buñó</i>,
+pero con formaliá, pa casarse en seguía.» Y la virgen gitana, bajando la
+cabeza, daba su contestación. «Puesto que no me quiere pa engañarme y
+perderme, y ya que una mujé de tanto respeto saca la cara por él...
+bueno, seré su buñí.» Se veían a espaldas de los padres, lejos del
+barrio; pasaban horas enteras solos, en completa libertad, pero no había
+cuidado de que un buen gitano osase cosas mayores.</p>
+
+<p>Cuando el <i>buñó</i> se creía en situación para sostener una casa y contaba
+con un compadre que se prestase a ser padrino, corriendo con todo el
+gasto de la boda, robaba a la <i>buñí</i>, llevándosela a la casa de sus
+padres. ¡Gran escándalo en el barrio! El <i>bato</i> de la novia salía a la
+calle gritando que iba a matar a su hija. Todos los amigos, compadres y
+vecinos, le agarraban para que no realizase su venganza paternal.
+Juraba, ponía los ojos en blanco, pedía una <i>pusca</i> de dos cañones bien
+cargada de plomo para matar a los fugitivos, una <i>churí</i> afilada para
+cortarles el cuello, y no se movía del sitio, a pesar de que los amigos
+apenas si le sujetaban, limitándose a dictarle prudentes consejos, como
+era costumbre.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué vas a jaser, compare? Son cosas de la vida... Lo mesmo hisimos
+nosotros cuando éramos chavales.</p>
+
+<p>El padre acababa por meterse en casa, y como en algo tenía que demostrar
+su indignación, la<a name="page_314" id="page_314"></a> costumbre era que diese a su mujer una paliza de
+muerte.</p>
+
+<p>A los dos días se presentaba el gitanillo raptor ante el padre de la
+novia, con su chaqueta de terciopelo granate y el pavero blanco de los
+días de fiesta. Se arrodillaba compungido, se apoderaba de una de sus
+manazas, la besaba, y gemía después:</p>
+
+<p>&mdash;Su mersé es el cuchillo, y yo, probesito de mí, soy la carne. Corte su
+mersé por donde quiera.</p>
+
+<p>Estas palabras, repetidas durante siglos, conmovían al gitano viejo y
+hacían que se le saltasen las lágrimas, como si las escuchase por
+primera vez. Levantaba al chaval, le echaba los brazos al cuello, y
+decía conmovido:</p>
+
+<p>&mdash;A ti te perdono porque te quiero, porque no tienes culpa de na... Pero
+ella, que no venga, porque la mato.</p>
+
+<p>Pocos días después presentábase la muchacha escoltada por la Teodora y
+otras respetables brujas de las Cambroneras.</p>
+
+<p>&mdash;¡Aquí ties a tu chica!&mdash;gritaban desde la puerta&mdash;. ¡Vamos a ver si la
+pegas, peazo de bruto!</p>
+
+<p>El gitano rodaba los ojos, levantaba los brazos como si fuese a aplastar
+a la chavalilla, caída a sus pies con las manos juntas y el rostro
+compungido, y de repente rompía a llorar.</p>
+
+<p>&mdash;¡Mi hija!... ¡<i>grañí</i> de mis entrañas! ¡Qué disgusto nos has dao!</p>
+
+<p>La abrazaba, dándola ruidosos besos, y su pobre mujer no lloraba menos,
+pero era de gozo, viendo terminado por el momento el período de las
+palizas.</p>
+
+<p>La muchacha volvíase a la casa del novio, y allí permanecía hasta la
+boda, que tardaba seis, ocho o diez meses, mientras los padres reunían
+dinero para la costosa ceremonia.</p>
+
+<p>Feli sentía curiosidad por conocer un matrimonio entre gitanos. Había
+oído cosas estupendas.<a name="page_315" id="page_315"></a></p>
+
+<p>&mdash;Cogemos un cántaro&mdash;dijo riendo una compañera de la Teodora&mdash;, lo
+echamos por alto, se rompe, y ya están casados.</p>
+
+<p>&mdash;¡Gaya, malage!...&mdash;exclamó la vieja&mdash;. No le tomes er pelo a la
+señorita. Eso del cántaro no es verdad: es <i>jonjaba</i> que les damos a los
+payos; mentiras que se tragan, ansí como creen los marditos que robamos
+a los <i>churumbeles</i> para sacarles las mantecas. No hay cántaro ni na que
+se le parezca. Algunos, hasta se casan por Roma... Esta, por ejemplo.</p>
+
+<p>Y señalaba a su nuera, riendo maliciosamente al recordar los grandes
+regalos de la boda. Unas señoras ricas que iban a explicar la Doctrina a
+una iglesia cercana habían sentido simpatía por aquella muchacha tan
+guapa y apuesta, mostrando empeño en casarla católicamente.</p>
+
+<p>La vieja habló con ellas, alegando el obstáculo insuperable de la
+pobreza. Los gitanos eran buenos creyentes y no tenían miedo a entrar en
+la <i>Cangrí</i>, o sea en la iglesia. ¡Pero los <i>erajais</i> (nombre que daban
+a los curas) hacen pagar tanto por su trabajo!... Las devotas señoras,
+conquistadas por la cháchara de la Teodora, corrieron con todo. Al novio
+le hicieron un traje completo, con capa de rico paño, y a la novia la
+pusieron hermosa como una Virgen. Encima les dieron cien duros y
+compraron el dulce por arrobas para que se hartasen todos en las
+Cambroneras.</p>
+
+<p>-¡Qué boda, señorita!... ¡El parné que sortaron esas santas!... La
+<i>Cangrí</i> estaba toíta yena de luces; a mis nenes les echaron por la
+cabeza una manta dorá, y un <i>erajai</i> muy hablador comenzó a dar voces,
+como si nunca hubiese visto gitanos casándose por Roma; como si juésemos
+caribes, de los que no creen en Dios... A luego se tiró el durce en las
+Cambroneras como si lloviese del cielo: los <i>manrelaos<a name="page_316" id="page_316"></a></i> caían como
+granizo... Y cuando las señoras se <i>najaron</i> y quedamos solos, casamos a
+los chavales a nuestro uso, conforme a la ley gitana.</p>
+
+<p>La Teodora, antes de hablar de esta ley y sus prácticas, miraba en torno
+con recelo. Todas eran casadas o viudas; no había ninguna mocita: podía
+hablar sin miedo.</p>
+
+<p>El principal personaje de las bodas era ella, la señora Teodora, alias
+la <i>Catañeta</i>, la encargada de <i>catañear</i> a la moza. Un día antes de la
+ceremonia iba a Madrid, acompañada de las más viejas del barrio, todas
+con grandes cestas para los dulces. Los compraban por arrobas,
+especialmente los <i>mantejos</i> (las almendras o peladillas), que era el
+principal regalo de los gitanos. Había que adquirir, además, la corona
+de llores para la novia, la banda de raso que le cruzaba el pecho, y el
+pañuelo, el famoso pañuelo, objeto principal de la ceremonia.</p>
+
+<p>&mdash;Compradlo de lo mejor&mdash;decía el padrino, que cargaba con todo el
+gasto&mdash;. Que no os duela; que sea de nipis, de lo más rico; la Teodora
+entiende de estas cosas.</p>
+
+<p>Al día siguiente, la novia se presentaba hecha una beldad, en enaguas y
+chambra, la banda de raso rojo cruzándole el pecho, la cabellera suelta,
+y una corona de flores de trapo, alta como un morrión. Los convidados se
+quedaban a la puerta de la casa, y avanzaba la Teodora con el rico
+pañizuelo en la mano, grave y cejijunta como una sacerdotisa. Entraban
+con ella los padres de los novios, los individuos más ancianos de las
+dos familias, y luego de cerrada la puerta, tendíase la muchacha en una
+colchoneta, con su corona y su banda. La Teodora, sin dejarse ganar por
+la emoción de los presentes, tranquila y segura de su pericia,
+introducía por entre la hojarasca de las enaguas su mano envuelta en el
+pañuelo, buceando durante mucho rato en<a name="page_317" id="page_317"></a> este oleaje de tela almidonada.
+La virgen permanecía inmóvil, con los ojos entornados, sin un gesto,
+coloreándose ligeramente por el dolor y las cosquillas.</p>
+
+<p>Volvía a salir a luz el pañuelo, y todos lo miraban. ¡Las tres flores
+blancas! ¡La señal de la virginidad! Podía celebrarse la boda.</p>
+
+<p>Y al abrirse de nuevo la puerta y mostrar la vieja el pañuelo, entraba
+la genio en tropel, vociferando de alegría, saludando a la desposada con
+ruidosos aspavientos:</p>
+
+<p>&mdash;¡Viva lo bueno!... ¡Viva la honra! ¡Olé por el mérito! ¡Vamos a
+juntarlos!</p>
+
+<p>El padrino cogía una cesta llena de peladillas y la arrojaba de golpe
+sobre la novia. Esta, tendida en el colchón, recibía sin pestañear la
+rociada. Luego los padres la saludaban con otra lluvia de almendras, y
+tras ellos los viejos de más consideración y todos los convidados, hasta
+los mozuelos más insignificantes. La novia desaparecía bajo la granizada
+de azúcar: sólo se veía su cabeza con el morrión de flores, haciendo
+esfuerzos por librarse del pedrisco, mientras el resto del cuerpo
+quedaba inmovilizado bajo la dulce avalancha.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos a juntarlos!&mdash;gritaba la gente&mdash;. ¡Música, música!</p>
+
+<p>Rompían las guitarras en melancólico rasgueo, daba el novio su mano a la
+novia para que se levantase entre el crujir de las almendras aplastadas
+por sus pies, y comenzaban a bailar, colocando ella su corona sobre la
+cabeza del marido. Así pasaban la noche, devorando dulces, arrojándolos
+contra las paredes, sorbiéndose por docenas las tazas de chocolate,
+hasta que al amanecer se iban a dormir, ahítos de azúcar y soconusco.
+Todos los gitanos bailaban con la desposada, calándose su floreado
+morrión. Al día siguiente, las madres de los novios<a name="page_318" id="page_318"></a> hacían platos con
+los dulces esparcidos en la cama y los enviaban a las solteras del
+barrio con una flor de la corona. El novio montaba en un caballo,
+llevando la hembra a la grupa; todos los chavales, jinetes en sus
+mejores bestias, les daban escolta, llevando también a ancas las mozas
+del barrio, y la vistosa cabalgata partía al trote por los campos, como
+si esta ceremonia fuese una iniciación del matrimonio en la vida
+andariega de la raza.</p>
+
+<p>&mdash;Y aún pasan días&mdash;continuaba la Teodora&mdash;antes de que los novios se
+junten de verdad. Mientras están con los padres, tienen vergüenza y
+duermen separados. Sólo cuando ponen su casa se deciden a acostarse
+juntos.</p>
+
+<p>Las famosas flores blancas asombraban a Feli, haciéndola seguir con
+atención las indicaciones de la <i>Catañeta</i>. Eran a modo de clara de
+huevo. ¡Ay de la que no las soltaba en aquel registro, que tenía la
+solemnidad de una ceremonia religiosa! Cuando el pañuelo surgía sin
+ellas o con manchas de sangre, un griterío de muerte estallaba contra la
+impura. Era la demostración de su falta de virginidad. Arrojábanse sobre
+ella las mujeres, arrancándole la corona, tirando de sus pendientes
+hasta rasgarle las orejas, haciendo trizas sus blancas vestiduras. Al
+abrirse la puerta, salía como una bestia acosada entre la rechifla de
+los hombres, los arañazos de las mozas y las pedradas de los chicuelos,
+para refugiarse en casa de su padre. Este era inflexible. Le cortaba con
+su navaja la cabellera y le daba por vestidos unos sacos, arrojándola en
+el rincón más obscuro, y allí permanecía sin que nadie le hablase,
+volviendo la espalda a la gente, temblando al oír una voz, hasta que,
+cansada de esta vida de abandono, si quedaba en ella un resto de
+voluntad, huía para perderse en los caminos.</p>
+
+<p>Escuchaba Feli con asombro el relato de estas<a name="page_319" id="page_319"></a> costumbres primitivas que
+se desarrollaban a las puertas de una gran ciudad.</p>
+
+<p>Cuando volvía Isidro, repetíale estos relatos, y el joven, al
+escucharla, lanzaba miradas de extrañeza al puente vecino, por donde
+pasaban coches, carretas y peatones, todo el tráfago de un gran núcleo
+de población; a los inmediatos desmontes, con sus faroles de gas; al
+tranvía eléctrico que bajaba por el paseo de los Ocho Hilos expeliendo
+chispas verdes y azules de sus ruedas. Sólo unos cuantos metros
+separaban la vida moderna que circulaba por lo alto de aquella
+hondonada, donde aún subsistían las tradiciones de la existencia nómada,
+la barbarie de una raza errante insensible a todo progreso. Las dos
+vidas rozábanse diariamente, pero se ignoraban, se desconocían, sin que
+los de abajo, en su aislamiento, sintiesen la más leve influencia de los
+de arriba.</p>
+
+<p>Sulfurábase Teodora al oír que «la señorita» ponía en duda su ciencia.
+Si <i>catañeaban</i> otras; era posible una equivocación... ¡pero ella! No
+había mas que una Teodora en toda la Península. Allá en <i>Cordobate</i>
+existía otra gitana de su arte, pero todos declaraban su inferioridad.
+Con la Teodora no valían engaños: la gitanería tenía fe ciega en sus
+manipulaciones; por eso no llevaba menos de ocho duros por el <i>catañeo</i>,
+y el que no los tuviera que no se casase. La llamaban los gitanos de
+toda España para sus bodas, gente rica que, además de pagarle bien,
+cargaba con todos los gastos del viaje. Había estado en los <i>gaos</i> más
+famosos por sus aglomeraciones de gentes de la raza; había corrido
+Andalucía, conocía Murcia, y hablaba de sus viajes a Valladolid y
+Rioseco. Nadie dudaba de su ciencia.</p>
+
+<p>&mdash;Rara vez&mdash;decía&mdash;fartan las flores blancas. Las probesitas gitanas son
+jembras decentes. Ya<a name="page_320" id="page_320"></a> quisieran muchas de las payas que van por las
+calles del <i>Gao de los Foros</i> asemejarse a nosotras.</p>
+
+<p>Al volver Maltrana a casa, antes de cerrar la noche, caía algunas veces
+en medio de esta tertulia.</p>
+
+<p>La vieja, al verle, le saludaba con grandes aspavientos, como si fuese
+ella la dueña de la casa.</p>
+
+<p>&mdash;Pase adelante, Pare Santo... Entre su mersé, bigotillo de gobernaor...
+¡Qué honra pa nosotras el verle!... Aquí estamos haciéndole compañía a
+este pimpollo de Abril, que lleva en su tripa bonita una <i>churumbela</i>
+como er mesmo Niño Dios.</p>
+
+<p>Y hablaba de la criatura que había de nacer con tanta seguridad como si
+la viese, detallando sus prendas físicas: cómo tenía el pelo y cómo los
+ojos; en qué se parecía a la madre y qué iba a sacar del padre.</p>
+
+<p>Maltrana escuchaba con mal disimulada impaciencia la charla de la vieja.
+Las contrariedades de su vida, cada vez mayores, irritaban su carácter,
+haciéndole insufrible el parloteo de la bruja.</p>
+
+<p>La Teodora, a la caída de la tarde, miraba a la ventana, indicando a su
+nuera que se asomase.</p>
+
+<p>&mdash;<i>Sicobelate a la parlacha</i> y veas si tu marío está por ahí.</p>
+
+<p>El gitanillo esperaba a su madre y a su mujer, pensando en la cena, sin
+atreverse a subir a casa de don Isidro, y apenas veía a su cónyuge,
+gritaba con mal humor:</p>
+
+<p>&mdash;<i>Chalate al quer</i> (vamos a casa).</p>
+
+<p>Se iban las gitanas, pero al verse solo Maltrana con Feli, aumentaba su
+tristeza, como si viese con más claridad lo pavoroso de su situación.</p>
+
+<p>Ya había llegado la época tan esperada por él. Comenzaba el frío;
+volvían a Madrid, terminado su veraneo, los que podían proporcionarle
+trabajo, y sin embargo, su situación no mejoraba.<a name="page_321" id="page_321"></a></p>
+
+<p>Apenas tuvo noticia de la llegada del marqués de Jiménez, corrió a
+visitar al grave personaje, para incitarle a que escribiese otro libro.
+¡Terrible acogida!</p>
+
+<p>&mdash;¡Contento me tiene!&mdash;dijo el senador frunciendo el entrecejo&mdash;. ¡En
+seguida voy a colaborar otra vez con usted! La juventud es indiscreta.</p>
+
+<p>Y siguió lamentándose, como lastimado por su excesiva confianza en un
+ser inferior.</p>
+
+<p>Había sido, durante el verano, objeto de la risa de todos los amigos.
+¡Lo que se habían burlado en San Sebastián los de la tertulia del
+jefe!... Decían a gritos que el libro no era suyo; que se lo había
+escrito un joven a cambio de unas pesetas, y que este joven se divertía
+a su costa citando autores fantásticos, copiando párrafos de libros que
+no existían.</p>
+
+<p>&mdash;De eso último no hago caso&mdash;dijo el marqués con magnanimidad de hombre
+justo&mdash;. A cada cual lo suyo. El libro está muy bien; lo que en él se
+dice es pura verdad, ¡si lo sabré yo!... y lo de los autores falsos y
+los libros inventados, todo envidia, envidia nada más... A mí lo que me
+molesta no es esto, sino que digan que el libro no es mío, que me pongan
+en ridículo ante el jefe, que, como usted sabe, me honró con un
+prólogo... Y de esto, toda la culpa es de usted, que no ha guardado
+prudencia, que ha hablado con el aturdimiento de la juventud y me ha
+puesto en ridículo, sí señor, en un ridículo que hace gran daño a mi
+carrera política.</p>
+
+<p>Maltrana, anonadado por la cólera del personaje, intentó defenderse. No
+había hablado de la paternidad del libro: y era verdad. Tal vez sus
+enemigos se enterarían de que era él quien iba a la imprenta para
+corregir la obra; tal vez la indiscreción viniese de otro lado... pero
+él lo juraba: nada había dicho.</p>
+
+<p>En cuanto a la fidelidad de las citas, su conciencia<a name="page_322" id="page_322"></a> no le dejó
+defenderse con igual energía. Balbuceaba al formular sus excusas. Bien
+pudiera ser que hubiese equivocado el nombre de algún autor, que hubiera
+atribuido a unos lo de otros... Pero el marqués le interrumpió
+enérgicamente:</p>
+
+<p>&mdash;No; repito que el libro está muy bien. ¡Si lo sabré yo! Son
+innecesarias las explicaciones... Lo que a mí me molesta es lo otro: que
+digan que el libro no es mío; que supongan a un hombre de mi altura
+capaz de adornarse con plumas ajenas.</p>
+
+<p>Decía esto con un tono amargo, con la misma expresión con que anonadaba
+a los gobiernos en el Senado por su falta de protección a los trigos; y
+Maltrana acabó por indignarse también contra los maldicientes que
+suponían al marqués de Jiménez incapaz de escribir un volumen.</p>
+
+<p>Isidro salió de allí sin recibir dinero ni un nuevo encargo. Además,
+comprendió que el senador le cerraba su puerta para siempre. Después de
+tales murmuraciones, el mejor medio de demostrar que Maltrana no le
+había prestado ayuda era prescindir en absoluto de su trato. Bien se lo
+dio a entender al joven con la frialdad de su gesto de despedida, con la
+blandura de su mano y los consejos que le dio.</p>
+
+<p>&mdash;Más discreción, joven. Para hacer carrera, hay que ser prudente. La
+vida no es un juego; no hay que soñar, joven amigo.</p>
+
+<p>Maltrana volvió desesperado a su tugurio de las Cambroneras.</p>
+
+<p>Entraba todos los días en Madrid persiguiendo una esperanza, pero ésta
+revoloteaba ante él sin dejarse alcanzar. Visitaba a sus amigos de las
+redacciones, preguntando con avidez cuándo podría meter la cabeza en
+alguna de ellas; se ofrecía a los administradores para pegar fajas y
+hacer paquetes. Contentábase con cualquier cosa; lo importante era
+conseguir, fuese como fuese, un par de pesetas todos<a name="page_323" id="page_323"></a> los días. Hasta
+buscó recomendaciones para algunos concejales, pidiéndoles un puesto
+cualquiera en las dependencias del Ayuntamiento.</p>
+
+<p>Apenas llevaba paquetes a la fábrica de corsés cercana a la Puerta del
+Sol. Hacía dos semanas que Feli tenía en casa la misma docena, sin poder
+terminarla.</p>
+
+<p>Estaba enferma, muy enferma. Maltrana seguía con inquietud los progresos
+de su mal. Quejábase de fuertes dolores de cabeza; perdía de pronto la
+vista, hablaba con incoherencia, insultando unas veces a Isidro sin
+saber por qué, y abrazándose otras a su cuello para pedirle perdón, con
+gran raudal de lágrimas.</p>
+
+<p>El invierno se anunciaba con una frialdad aterradora. Todas las mañanas
+aparecían las charcas del río con grandes cristales de hielo. Los
+gitanos permanecían en sus tabucos, ahumándose junto a las hogueras. En
+la casa de los amantes, ni pan ni fuego. Feli vestía sus ropas de
+verano, sin otro abrigo que un mantón comprado en una casa de préstamos.
+Isidro conservaba aún aquel macferlán de color indefinible, que era como
+la librea de su miseria. Le servía para ocultar la delgadez del traje y
+su deshilachada camisa, mal cubierta por un pañuelo negro lustroso de
+mugre. El pobre joven presentaba un aspecto más deplorable que cuando
+vivía en la calle de los Artistas, sin otra familia que su padrastro.
+Feli, que tanto cuidaba en otros tiempos del arreglo de su persona,
+permanecía ahora inmóvil en la única silla entera de la casa, como si no
+viese ni entendiese, sin otra sensibilidad que un continuo frío que la
+hacía estremecerse en sus ligeras envolturas.</p>
+
+<p>Maltrana salía diariamente en busca del pan. Iba a Madrid a solicitar
+una colocación inútilmente, a «dar sablazos», a mendigar de todas las
+personas<a name="page_324" id="page_324"></a> conocidas. Ya no era el lobo que descendía de la cumbre en
+busca de alimento; era el pobre roedor, tímido y anonadado, que trepaba
+lentamente desde el fondo de su madriguera a las alturas de la gran
+población, esperando una migaja del banquete de los fuertes.</p>
+
+<p>Feli quedábase en casa, enferma, temblando de frío, fijando en el suelo
+su mirada de estúpida vaguedad, como si la hinchazón de su abdomen
+absorbiese su pensamiento. El emprendía la marcha desfallecido, sin otro
+lastre que una taza de café recalentado o una copa de aguardiente, unas
+veces bajo la lluvia que se introducía por las rotas suelas de sus
+zapatos, otras sacudido por fríos huracanes que agitaban las mangas de
+su macferlán con aleteo de pajarraco fúnebre.</p>
+
+<p>Una mañana, al salir de casa, se detuvo asombrado. La nieve cayó en
+montón a sus pies al abrir la puerta. Todo lo que abarcaban sus ojos
+estaba blanco, con una blancura nítida y fúnebre, como el sudario de una
+virgen muerta: blancos el puente y el río, blanca la cuesta de las
+Cambroneras, los tejados del barrio y los áridos desmontes. El silencio
+era completo; la soledad absoluta. El mundo parecía haber muerto durante
+la noche bajo el peso de la nieve. El humillo azul que se escapaba de
+las chimeneas era el único signo de vida.</p>
+
+<p>Maltrana dudó un instante. Sintió un repentino amor por el encierro, el
+afecto al hogar, que hacía que los hombres se ocultasen en sus casas.
+Pero arriba, en la suya, no quedaba nada: la noche anterior había
+devorado media libreta y las cortezas de un cuarterón de queso. Feli no
+comía; hacía tiempo que el embarazo y la repugnancia a los manjares
+groseros teníanla en perpetua inapetencia. Había que vivir... ¡adelante!</p>
+
+<p>Emprendió la marcha, hundiendo en la nieve<a name="page_325" id="page_325"></a> sus piernas mal abrigadas,
+aquellos pantaloncillos de verano roídos por los bordes, que apenas si
+disimulaban las grietas y descosidos de las botas. Sus pies se enfriaron
+al contacto de la nieve; a los pocos pasos creyó que marchaba descalzo.</p>
+
+<p>Dentro de Madrid vio las calles desiertas, sin carruajes, sin tranvías,
+todo igualado, arroyos y aceras, por aquella capa blanca, como si
+hubiese llovido sal. En los lados de las calles abríanse negros senderos
+de barro, por los que pasaban los escasos transeúntes entre un doble
+muro de nieve. Los árboles parecían de algodón; blancas vedijas pendían
+de los balcones y los aleros. Los faroles del alumbrado ostentaban una
+montera torcida como un gorro de dormir. Los golfos, entusiasmados por
+la novedad del espectáculo, hacían rodar grandes bolas de nieve,
+coronándolas con monigotes de su invención.</p>
+
+<p>Maltrana, con los pies helados y temblando de frío, vagaba por Madrid.
+Subió a la casa de un antiguo compañero para pedirle algo, aunque sólo
+fuese una peseta, y no le encontró. Fue al extremo opuesto de la villa,
+en busca de otro amigo, pero tampoco estaba en casa.</p>
+
+<p>Pensó, como supremo recurso, en el marqués de Jiménez. Este no podía
+abandonarle; le pediría socorro aunque fuese de rodillas.</p>
+
+<p>Arrastrando los pies, llegó al barrio de Salamanca. Tuvo que discutir
+con el portero, que le cerraba el paso, y al fin le dejó subir por la
+escalera de servicio para que no manchase la alfombra de la escalera
+principal con la nieve derretida que soltaban sus pies. En la puerta de
+la cocina le rechazaron con aspereza después que un criado desapareció
+por unos instantes para anunciar su nombre. El señor marqués estaba muy
+ocupado: no podía recibirle.<a name="page_326" id="page_326"></a></p>
+
+<p>Era más de mediodía. El cielo, de un gris blanquecino, amenazaba con más
+nieve. La luz de interminable crepúsculo reflejábase en la blancura con
+tonos lívidos. Maltrana caminaba desalentado, con los brazos caídos, sin
+saber adónde dirigirse.</p>
+
+<p>Su voluntad desplomábase, vencida, falta de fuerza para luchar: quería
+morir. Todos los caminos estaban cerrados para él; iba como si el mundo
+se hubiese despoblado de pronto. Toda la nieve que abarcaban sus ojos la
+llevaba en el alma.</p>
+
+<p>En la Puerta del Sol vio una hornilla enorme llena de fuego, y en torno
+de ella un tropel de golfos, de vagabundos, que se calentaban las manos,
+pataleando al mismo tiempo para reanimar sus pies entumecidos.</p>
+
+<p>Maltrana uniose a ellos, y el benéfico influjo del calor pareció
+despertar su voluntad. ¿Qué hacía allí? Pensó con remordimiento en
+Feliciana, que temblaría de frío en su casucha, mientras él se calentaba
+en el público brasero. Aquellos vagabundos sin familia y sin afectos
+eran superiores a él; podían luchar más bravamente con la desgracia.</p>
+
+<p>Creyó en la posibilidad de conmover a aquel tendero de las Cambroneras
+al que tanto debía. Su salvación, por el momento, estaba allí, ya que en
+Madrid todos eran invisibles, como si el frío endureciese las
+conciencias, como si la paralización de la vida aislase a los hombres en
+su egoísta bienestar.</p>
+
+<p>Regresó a casa. Al salir por la Puerta de Toledo vio la nieve inmaculada
+y tersa, sin una huella, sin el pisoteo fangoso de las calles, igual y
+brillante, como una inmensa mortaja que cubría el río, los montes, las
+viviendas, y de la cual surgían los árboles como hilos sueltos.</p>
+
+<p>Le dio miedo esta extensión, rasa a la vista, que ocultaba las
+desigualdades del suelo, las cunetas,<a name="page_327" id="page_327"></a> los hoyos de los árboles, los
+declives de los desmontes. Su pensamiento, quebrantado por el hambre,
+entorpecido por el frío, creyó ver, con tétrica alucinación, la imagen
+de su vida futura en esta planicie blanca, silenciosa, monótona.</p>
+
+<p>El mundo estaba frío, sin alma y sin piedad; contemplaba su marcha
+penosa sin un impulso de misericordia.</p>
+
+<p>¡Morir de hambre!... Por él, que fuese al momento: descansaría de una
+vez. Pero ¿y aquella infeliz que le aguardaba, enferma y casi
+enloquecida, como si no pudiese con el peso de sus entrañas? ¿Cuál iba a
+ser su suerte?...</p>
+
+<p>Maltrana el altivo, el hombre superior, cuya palabra era un hachazo; el
+fervoroso creyente de la alegría de la vida y su refinado helenismo,
+sintió que sus piernas flaqueaban, y se apoyó en un árbol.</p>
+
+<p>No podía más: era un vencido. Confesaba su cobardía, cayendo anonadado
+bajo el zarpazo de la Suerte.</p>
+
+<p>¡Pobrecillo! Se llevó las manos a los ojos y rompió a llorar con vagidos
+de cordero abandonado, como un niño que despierta en las tinieblas y
+siente el vacío en torno suyo, sin que sus manos temblonas tropiecen con
+el calor del pecho maternal.<a name="page_328" id="page_328"></a></p>
+
+<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3>
+
+<p>El mismo día de la nevada, un nuevo infortunio conmovió dolorosamente a
+Isidro.</p>
+
+<p>Al volver a su casa pudo comer. El dueño del tenducho de las Cambroneras
+pareció apiadarse de su miseria, aceptando todas las promesas de pronto
+pago. La inclemencia del tiempo ablandaba al tendero, y el joven logró
+subir con dos panes, una botella de vino, queso y una lata de sardinas.</p>
+
+<p>Fiesta completa. Después de comer, sintió un renacimiento de su amor a
+la vida. Arañó sus bolsillos para reunir las últimas briznas de tabaco;
+lió un pitillo, y despidiendo nubes de humo con la voluptuosidad del
+bienestar, contempló detrás de los cristales el paisaje nevado que tan
+honda tristeza le inspiraba horas antes.</p>
+
+<p>Feli apenas pudo comer: sentía repugnancia ante aquellos manjares. Una
+náusea los repelía de su boca, y de nuevo se sumió en su inmovilidad, en
+aquel agotamiento que la hacía permanecer como insensible.</p>
+
+<p>El joven se apartó de la ventana al oír un suspiro de angustia.</p>
+
+<p>&mdash;¡No veo... no veo!&mdash;gimió Feli, llevándose la mano a los ojos.</p>
+
+<p>Maltrana corrió hacia ella.<a name="page_329" id="page_329"></a></p>
+
+<p>-¿Qué te pasa, nena? ¿Qué sientes?</p>
+
+<p>-Mi padre...&mdash;dijo con voz lenta&mdash;, mi tío Manolo... frío, mucho frío.</p>
+
+<p>La incoherencia de sus palabras inspiró miedo al joven.</p>
+
+<p>Sus ojos estaban inmóviles, considerablemente agrandados, con un
+estrabismo que dejaba al descubierto toda la córnea, empujando la pupila
+a un ángulo de los párpados. Se llevaba las manos a la frente.</p>
+
+<p>&mdash;Dolor... mucho dolor&mdash;murmuró como una niña enferma.</p>
+
+<p>Después se tentaba el estómago, repitiendo el mismo quejido. Inclinaba
+la cabeza, como si no pudiese resistir el peso de aquella cefalalgia que
+entorpecía sus facultades intelectuales. Contestaba con incoherencia a
+las angustiosas preguntas de Isidro o no las contestaba, permaneciendo
+en un silencio enfurruñado.</p>
+
+<p>De repente se quejó del zumbido de sus orejas, que parecía enloquecerla,
+del hormigueo que sentía en su cuerpo, de la rigidez que inmovilizaba
+sus miembros.</p>
+
+<p>&mdash;Todo rueda&mdash;gimió&mdash;. Ruedan las paredes... se abre el piso... un
+agujero muy negro, ¡muy negro! Isidro, cógeme... agárrame, que me
+caigo... ¡que me caigo!</p>
+
+<p>Y a pesar de que el joven la tenía fuertemente sujeta entre sus brazos,
+ella manoteaba, defendiéndose para no caer en el negro abismo que veía
+su trastornada imaginación.</p>
+
+<p>Luego dio un alarido y rompió a llorar con desesperados gritos:</p>
+
+<p>&mdash;¡Mi padre... mi pobre padre! Míralo: está en la puerta... entra... nos
+mira; lleva una mortaja... blanca, blanca como la nieve.</p>
+
+<p>Sus ojos extraviados miraron hacia la puerta; y<a name="page_330" id="page_330"></a> había tal seguridad en
+sus palabras, que Maltrana se volvió, creyendo por un momento en la
+certeza de la alucinación.</p>
+
+<p>Con grandes esfuerzos pudo llevarla hasta el pobre lecho y la tendió en
+él, creyendo terminada la crisis. Seguía llorando; el joven esperaba que
+las lágrimas la librasen del dolor que le oprimía los pulmones y le
+atravesaba la frente como si fuese un clavo enrojecido.</p>
+
+<p>Pronto se convenció de que la crisis iba en aumento. Feli, tendida en la
+cama, ya no movía su cabeza de un lado a otro con penoso vaivén. La
+inclinaba sobre el hombro derecho, al mismo tiempo que sus ojos seguían
+mirando hacia la izquierda con una fijeza inquietante, como si
+contemplasen algo que la infundía pavor. Las pupilas se dilataban; la
+boca entreabríase con el temblor de las mandíbulas o se cerraba
+oprimiendo la lengua. La palidez de su rostro tomaba un tinte lívido; la
+respiración era penosa, breve, irregular, agitada por ruidosos suspiros.
+De pronto, interrumpiose aquélla con una contracción violenta de los
+músculos del pecho, y la enferma quedó inmóvil, como si fuese a perecer
+por asfixia.</p>
+
+<p>Maltrana agitábase en torno de la cama, aturdido, sin saber qué hacer,
+aterrado por su soledad y su inexperiencia.</p>
+
+<p>&mdash;¡Feli... nena mía; respira... habla! ¡Dios mío! ¿qué es esto?</p>
+
+<p>Y la golpeaba las manos, tiraba de sus brazos, la soplaba en la boca
+como si quisiera devolver aire a sus pulmones.</p>
+
+<p>Duró esto menos de un minuto, pero al joven le pareció interminable;
+sentía una angustia casi igual a la de la enferma. Volvió ésta a
+respirar, y su inmovilidad se trocó de pronto en una agitación loca. Los
+músculos orbiculares se contrajeron y ensancharon,<a name="page_331" id="page_331"></a> los párpados se
+cerraron y abrieron, aleteando con loca rapidez. Los ojos rodaban en sus
+órbitas, lanzando una luz extraña, como si la electricidad de la
+convulsión reflejase en sus pupilas verdosas centellas. Las mandíbulas
+se cerraron fuertemente, ensangrentando la lengua. Una espuma
+burbujeante asomó a las comisuras de los labios, con sordos rugidos. El
+cuerpo se contraía y dilataba, doblándose como un arco, mientras la
+cabeza y los pies se hundían en las desordenadas ropas del lecho.</p>
+
+<p>Isidro corría como un loco por la habitación. Después abrió la ventana.</p>
+
+<p>&mdash;¡Socorro!...-gritó&mdash;. ¡Teodora!... ¡señora Teodora!</p>
+
+<p>Nadie le oía. La calle, la plaza, el inmediato callejón de los gitanos,
+todo estaba en silencio, cubierto de nieve, sin la negra silueta de una
+persona. Siguió gritando, con la angustia del miedo, y por fin, de la
+primera casucha vio surgir una cara bronceada llena de arrugas, con ojos
+de curiosidad.</p>
+
+<p>&mdash;¡<i>Salguerillo</i>... Salguero! ¡Por tus muertos te lo pido! Avisa a la
+Teodora... que venga. Mi mujer se muere.</p>
+
+<p>Cuando se retiró de la ventana vio a Feli revolviéndose en el suelo,
+rugiendo con una expresión espantable que crispaba los nervios, llena la
+boca de espuma que se coloreaba de rojo con la sangre de la lengua. Las
+convulsiones la habían hecho caer de la cama, golpeando el suelo con su
+vientre. El joven tuvo que realizar grandes esfuerzos para subirla y
+sujetarla, evitando que rodase otra vez.</p>
+
+<p>Su respiración comenzó a ser menos agitada. Abriose su boca, absorbiendo
+el aire con grandes y ruidosas aspiraciones; la nariz se dilató
+desmesuradamente, chocando después sus alillas al contraerse. Comenzaron
+a descender en intensidad los<a name="page_332" id="page_332"></a> estremecimientos; los músculos cesaron de
+contraerse. Los brazos se extendieron pegados a las piernas inmóviles.
+Los ojos mostraban las pupilas dilatadas, con una veladura mate, como si
+fuesen ojos de cadáver. Un sueño pesado, letárgico, se apoderó de ella.</p>
+
+<p>Maltrana creyó por un momento que había muerto, pero al aproximar el
+oído a sus labios se tranquilizó. Una débil respiración animaba con su
+estertor el cuerpo inmóvil.</p>
+
+<p>Entonces oyó que llamaban a la puerta, y fue a abrir para que entrasen
+la Teodora y otra vieja.</p>
+
+<p>¿Cuánto tiempo había transcurrido?... Las gitanas llegaban corriendo,
+alarmadas por el recado de Salguero, pero Isidro creyó que había pasado
+algo así como un siglo.</p>
+
+<p>Dejose caer en una silla, como si al recibir el auxilio de aquellas
+mujeres sintiese de golpe todo el terror que la crisis le había causado.</p>
+
+<p>La Teodora examinó a la enferma, mientras Isidro le explicaba lo
+ocurrido con voz temblona. Ella conocía estos accidentes: había visto a
+muchas mujeres sufrir lo mismo en sus embarazos.</p>
+
+<p>&mdash;Es mal de corazón, don Isidro&mdash;decía con la certeza que le
+proporcionaba su ciencia&mdash;. La señorita es tan poca cosa, que el
+embarazo la trae trastorná. Esto, en cuanto suerte la <i>churumbela</i> que
+yeva dentro, ya no se repite.</p>
+
+<p>Después habló de sangrarla; ella era capaz de hacer la operación. Había
+pinchado a todos los enfermos del barrio con una maestría que ya
+quisieran tenerla muchos barberos. Pero ante el gesto de Maltrana se
+contuvo. Conformes: no la sangraría; por el momento ya había pasado el
+peligro; pero en cuanto despertase la pobre «señorita», iba a
+administrarla unas tacitas de un cocimiento que hacía milagros: hierbas
+del campo recogidas por ella<a name="page_333" id="page_333"></a> misma y que guardaba en su casa. La
+compañera fue por los hierbajos, y Maltrana y la vieja quedaron junto a
+la enferma, contemplándola silenciosos.</p>
+
+<p>Feli dormía tranquilamente, con los ojos cerrados. El sueño parecía
+arrollar en su avance los últimos signos de la enfermedad.</p>
+
+<p>Cuando despertó, después de anochecer, llevose la mano a la frente, como
+si quisiera fijar sus recuerdos. Miró en torno de ella, titubeando, como
+extrañada de verse en el lecho, en plena noche, a la luz de una bujía
+que marcaba en la pared las sombras de Isidro y la Teodora, sentados
+junto a la cama.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ya está buena la señorita!&mdash;gritó la vieja&mdash;. ¡Olé, ya tenemos niña!</p>
+
+<p>Maltrana, instintivamente, se abalanzó a la enferma, besándola repetidas
+veces, sin hacer caso de la extrañeza de Feli, que pugnaba por reunir
+sus recuerdos.</p>
+
+<p>La gitana, ayudada por su compañera, confeccionó en la cocina su famosa
+infusión, de la que hizo beber varias tazas a la enferma.</p>
+
+<p>Viendo tranquila a Feli, se fueron las dos viejas, recomendándola que no
+abandonase el lecho. Aquello no había sido mas que una crisis propia de
+su estado: tal vez habría cogido frío. Había que cuidarse, que el tiempo
+era muy perro.</p>
+
+<p>Al quedar solos los jóvenes, Isidro habló a la enferma del miedo que
+había sentido.</p>
+
+<p>&mdash;Creía que ibas a morir, que te perdía en un instante.</p>
+
+<p>Y añadía con sencillez, temblando aún su voz con el recuerdo de la
+pasada emoción:</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay, Feli! ¡No mueras, mi alma! No he sabido lo que te amo hasta esta
+tarde, en que creí que te ibas para siempre.</p>
+
+<p>La enferma movía con pereza una de sus manos<a name="page_334" id="page_334"></a> y acariciaba la cabellera
+crespa de Maltrana, lamentándose de la forma aterradora de la crisis,
+como si ésta fuese un acto de su voluntad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Pobrecito!&mdash;decía lentamente&mdash;¡qué susto te he dado! Aún se te conoce
+en la cara; estás pálido, te tiembla la voz. Ríñeme, por mala... Te juro
+que no lo haré más. Contendré mis nervios; procuraré no dejarme llevar
+por ellos, aunque reviente.</p>
+
+<p>Volvió a dormirse muy entrada ya la noche. El silencio era absoluto.
+Fuera de la casa, ni un ruido de pasos, ni una voz: la nieve pesaba
+sobre la vida, ahogando sus movimientos.</p>
+
+<p>Helaba. Un frío punzante e irresistible, el frío que sigue a las grandes
+nevadas, deslizábase por las rendijas de las maderas, filtrábase por las
+paredes.</p>
+
+<p>Feli se agitó en el lecho, murmurando con suspiro infantil, sin abrir
+los ojos:</p>
+
+<p>-Frío... mucho frío.</p>
+
+<p>Estaba cubierta por la única manta que tenían en la casa y el
+mantoncillo que le había comprado Isidro al comenzar el invierno. El
+joven extendió sobre el cuerpo de ella un traje de percal y la poca ropa
+blanca que colgaba de unos clavos. Estas telas sutiles eran de un abrigo
+ilusorio.</p>
+
+<p>La enferma seguía estremeciéndose, y el pobre Isidro, que temblaba de
+frío, se quitó el macferlán para añadirlo a la cubierta.</p>
+
+<p>Era una noche terrible. Maltrana paseábase por el cuarto como si
+estuviese en medio de la calle. No se oía ruido de viento: la calma era
+absoluta; pero en este ambiente tranquilo, el frío resultaba más
+punzante, más mortal. Parecía que el mundo acababa aquella noche, que el
+sol ya no saldría más, que la tierra iba a permanecer por siempre bajo
+su mortaja de nieve.</p>
+
+<p>El joven entró en la cocina. En una cazuela<a name="page_335" id="page_335"></a> quedaban unas brasas,
+abandonadas por la Teodora después de su cocimiento. Metió en la
+habitación este anafe improvisado, colocándolo cerca de la cama.</p>
+
+<p>Feli seguía quejándose entre sueños.</p>
+
+<p>&mdash;Frió... mucho frío... Tengo los pies de hielo.</p>
+
+<p>Maltrana se quitó la chaqueta, una prenda de verano que aún subsistía
+sobre sus hombros como testimonio de pobreza, y la extendió encima de la
+cama.</p>
+
+<p>El fuego mortecino iba extinguiéndose. Isidro pensó con envidia en la
+fuerza de los obreros. De tener el vigor de un albañil, de un peón del
+adoquinado, arrancaría una puerta, haría astillas una ventana para
+mantener el fuego; se defendería de la noche cruel, eterna como la
+muerte. Lamentaba su miseria física, que añadía nuevas tristezas a su
+situación. Estaba desarmado para la vida: el último de los vagabundos
+que marchaba por las carreteras valía más que él, con toda su cultura
+inútil.</p>
+
+<p>Fuego... necesitaba lumbre. Se lo pedía Feli angustiosamente, en el
+tormento de la congelación que turbaba su sueño.</p>
+
+<p>Miró con rabia los papeles y libros apilados en un rincón. En Madrid no
+encontraba quien le diese pan, pero siempre volvía a casa con los
+bolsillos llenos de papeles. Los camaradas le ofrecían periódicos para
+que leyese sus artículos; los autores le regalaban libros con pomposas
+dedicatorias. «Al erudito y notable escritor Isidro Maltrana, su
+admirador...» ¡Le admiraban! ¿Por qué? Tal vez por su miseria. Vendía
+los libros por unos cuantos reales, por lo que querían darle, y sin
+embargo, siempre tenía volúmenes en su casa: versos tristes de gentes
+con salud y medios para defenderse del hambre; novelas sobre crisis de
+las almas; tratados para resolver el conflicto social. El papel le
+perseguía, le<a name="page_336" id="page_336"></a> rodeaba; había nacido para ser su siervo. ¡Siempre el
+papel, negro de tinta, acosándolo, cerrándole el camino! Mientras tanto,
+el pan y el bienestar huían de él, yéndose en busca de los brutos.</p>
+
+<p>Con la cólera que le inspiraban estos pensamientos, arrojó en el triste
+rescoldo un volumen, el primero que halló a mano. El papel grueso y
+brillante se ennegreció, al mismo tiempo que de sus páginas, encorvadas
+por el fuego, surgía una llama, esparciendo denso humo por la
+habitación.</p>
+
+<p>Ni calor podía dar el maldito papel, motivo de envidias y locuras para
+muchos imbéciles. Y temiendo que el humo le obligase a abrir la ventana,
+cogió la cazuela con el volumen chamuscado, llevándola a la cocina.</p>
+
+<p>Al volver, paseó largo rato con los brazos cruzados y las manos en los
+sobacos, temblando de frío, agitando sus piernas violentamente, como si
+temiese quedar yerto.</p>
+
+<p>Feli abrió los ojos y mostró asombro al ver a Isidro en mangas de
+camisa. Iba a constiparse: hacía mucho frío. ¿Dónde tenía sus ropas?...</p>
+
+<p>Maltrana mintió con un cinismo que hacía llorar. Había dejado su abrigo
+sobre la cama porque tenía calor. La noche era magnífica: aún sentía en
+su estómago la tibieza del vino que había bebido por la tarde y de
+aquellas sardinas que eran un bocado de príncipe.</p>
+
+<p>El joven, al decir esto, daba diente con diente, y fingía reírse para
+ocultar su temblor.</p>
+
+<p>El frío acabó por obligarle a refugiarse en el lecho. Feli protestaba
+contra su empeño de permanecer en vela; sentíase bien: el peligro había
+pasado...</p>
+
+<p>Juntáronse los dos cuerpos por la atracción del calor, pegándose el uno
+al otro con intensos escalofríos. Se confundían sus alientos y los
+sudores de<a name="page_337" id="page_337"></a> su piel; experimentaban la voluptuosidad del bienestar
+animal al ir calentándose poco a poco en esta comunión de sus cuerpos.
+Maltrana sentía la dura redondez del hemisferio materno, el contacto de
+aquel fardo de vida que amenazaba su porvenir. La juventud había huido
+de él para condensarse en esta cavidad. La pobre Feli había perdido de
+golpe la alegría y la salud. Se habían unido, creyendo en la hermosura
+de la vida, en la eterna primavera del amor, con las risas e
+inconsciencias del pájaro, para verse de pronto prisioneros de su propia
+obra, transformados en vulgares procreadores, con todas las angustias de
+la responsabilidad.</p>
+
+<p>Feli dormía otra vez, y su amante pensaba. La obscuridad de la
+habitación parecía embrollar sus ideas. Sin saber por qué, recordó uno
+de sus juegos en el Hospicio. Los muchachos cogían una mosca, la
+arrancaban las alas y empujábanla después, pretendiendo que volase.</p>
+
+<p>¡Ay! El era como aquella mosca. Le habían arrancado las alas; le habían
+arrebatado las armas naturales para la lucha por la vida. Hubiese sido
+mejor dejarle en las profundidades sociales donde había nacido, dedicado
+al trabajo manual como sus ascendientes. Sus brazos serían fuertes, sus
+manos estarían duras; no le faltaría el pan. Atravesaba Madrid con el
+rubor del pedigüeño, con la vileza del mendigo de levita, inventando
+embustes para comer, mientras los hambrientos de blusa encontraban
+siempre un medio para satisfacer su hambre. Aquí, ayudaban a descargar
+un carro; más allá, abrían la portezuela de un carruaje; pedían a todos,
+y las manos caritativas daban y daban, como si la tosquedad del
+trabajador manual despertase mayor compasión. El vagaba encogido,
+vergonzoso, sin otro recurso que asediar a los amigos con el espectáculo
+de su miseria, y se oía llamar sablista inaguantable,<a name="page_338" id="page_338"></a> mientras el otro
+era el pobre obrero, merecedor de protección.</p>
+
+<p>¡Ay, aquella pobre señora que le había trasplantado!... ¡Cuánto daño le
+hizo sin saberlo! Pensaba en ella con agradecimiento, pero decíase que
+hubiera sido mejor no conocerla nunca, no haber abierto un libro, pasar
+del Hospicio al aprendizaje. Ahora sería oficial de albañil; su Feli le
+llevaría la cesta a la obra, como la llevaba su madre; comerían en una
+acera, en un paseo, sin otra aspiración que la alegría de satisfacer las
+necesidades del cuerpo. Hasta los peligros de muerte constituían una
+ventaja. La caída del andamio, el derrumbamiento de un piso, eran medios
+para salir rápidamente de este mundo de miserias, acabando de una vez.</p>
+
+<p>Todo resultaba preferible a su existencia actual, a su situación
+ambigua, sin el mendrugo de los de abajo ni el bienestar que gozan los
+de arriba. Ni era de los siervos alimentados, ni de los señores que
+dominan.</p>
+
+<p>Había estudiado para ser infeliz, para conocer y paladear todas las
+fealdades de la existencia. No podía creer en las mentiras aceptadas por
+la buena fe de los humildes. La instrucción le había servido para
+rozarse con los privilegiados, conociendo las abundancias que les
+rodean. Carecía de vigor físico para trabajar como un hombre; era un
+enclenque debilitado por el estudio, y el desarrollo de su pensamiento
+no le servía para abrirse paso.</p>
+
+<p>¡Pobre mosca mutilada! Le habían arrancado las alas de su nacimiento, y
+la mala suerte se divertía empujándole, gritando: «¡Vuela!» ¿Cómo iba a
+remontarse? Estaba vencido sin remedio, caído en el suelo, sin fuerzas
+para moverse. El estudio desordenado y ansioso sólo servía para anular
+su voluntad. Pasaba la existencia enterándose de lo<a name="page_339" id="page_339"></a> que miles de seres
+pensaron a través de los siglos, y cuando las necesidades de la vida le
+impulsaban a la acción, encontrábase desarmado, sin fuerzas para seguir
+su camino.</p>
+
+<p>La sombra que le envolvía al pensar esto era una imagen de su
+existencia. ¡Todo negro! ¿Adónde ir? ¿Qué hacer?... Y como si su propia
+desgracia no le bastase, el amor había unido a él una infeliz, cuyo
+único delito era quererle y admirarle; la había colgado de su brazo para
+que marchase con más dificultad, tropezando a cada paso, tirando
+penosamente de esta compañera, que al principio era la alegría y se
+trocaba poco a poco en una cadena que arrastraba tras él, impidiéndole
+avanzar. Todo lo veía negro, con la lobreguez de una miseria a cuyo fin
+estaba la muerte. Deseaba morir, acabar de una vez esta existencia sin
+objeto, dar fin a una vida fracasada, irresistible y penosa, como una
+equivocación de la Suerte. Pero ¿y ella? ¿y la dulce compañera, que
+había abandonado la órbita de su existencia para seguirle, arrebatada
+por la atracción de su mala fortuna?...</p>
+
+<p>Maltrana, escuchando la respiración de Feli, palpando en la sombra su
+cuerpo desfigurado por la maternidad, experimentó el mismo remordimiento
+que si la hubiese asesinado y tuviera el cadáver tendido junto a él.
+Sintió la cobardía de aquella tarde ante el espacio cubierto de nieve;
+un empequeñecimiento de niño abandonado, un deseo de achicarse, de dejar
+de ser hombre, de convertirse en un insecto, en una planta, en una
+piedra, en algo que estuviese por debajo de las crueldades humanas; y
+rompió a llorar silenciosamente, permaneciendo entre el sueño y el
+doloroso desvelo, víctima de pavorosas alucinaciones, hasta que se
+filtró la luz del día por las rendijas de la ventana.</p>
+
+<p>Al volver de Madrid, en la tarde siguiente, pisando<a name="page_340" id="page_340"></a> la nieve convertida
+en fango, encontró su vivienda en revolución. Venía alegre: había
+logrado reunir unas cuantas pesetas; pero olvidó su gozo al ver a la
+Teodora con otras gitanas en torno de Feli, que estaba en el lecho,
+sumida en el sopor de la crisis.</p>
+
+<p>Habíase repetido el ataque. La enferma tenía en la frente una contusión
+que denunciaba su caída al suelo. Las gitanas, advertidas por una
+vecina, habían corrido en su auxilio.</p>
+
+<p>La Teodora fruncía el ceño al hablar al joven... Don Isidro, la pobre
+«señorita» estaba muy enferma. Estos ataques iban a repetirse con
+frecuencia. Eran cosas del embarazo, que se presentaba muy mal. Según su
+cuenta, faltaba un mes para que Feli llegase al parto, pero este mes era
+de grandes peligros. No tenían dinero para pagar a un médico; allí
+faltaba todo. El tenía que salir a ganarse el pan, ellas podían hacer un
+favor de vez en cuando, como buenas cristianas que eran, aunque gitanas;
+pero esto no era posible a todas horas, pues sus casas y familias
+también exigían cuidados.</p>
+
+<p>&mdash;En fin, don Isidro&mdash;dijo la gitana&mdash;, hay que tomar una resolución.
+Pecho al agua; algo durilla es la cosa, pero yo creo que la probe
+señorita estaría mejó en el hospital.</p>
+
+<p>¡El hospital! Maltrana quedó aturdido, como si esta palabra equivaliese
+a un golpe... Pasado un rato, pudo reflexionar. ¡El hospital! ¿Y por qué
+no? Lo habían hecho para las gentes como ellos: era un lugar de
+delicias, comparado con esta habitación desmantelada, en cuyos rincones
+creía ver encogidos los espectros del hambre y el dolor... En él habían
+muerto sus padres.</p>
+
+<p>Pasó aquella noche sin acostarse, velando a Feli, que había recobrado
+sus facultades, pero apenas podía hablar. Su lengua estaba hinchada, con
+grandes<a name="page_341" id="page_341"></a> rasguños, por habérsela mordido durante la crisis.</p>
+
+<p>Isidro se explicó tímidamente, mientras ella lo contemplaba silenciosa,
+con sus ojos que parecían agrandados por los recientes espasmos. Allí
+estaba muy mal: podía morir abandonada durante una ausencia suya, lo
+mismo que morían los irracionales, y él estremecíase sólo al pensarlo.
+¡No, no!... Y gesticulaba enérgicamente, como si la viese ya en su
+imaginación muriendo durante la noche, sin otro socorro que los gritos y
+las carreras del amante, enloquecido por la desgracia.</p>
+
+<p>&mdash;Yo no sé cómo decírtelo, nena&mdash;murmuró con voz temblona, haciendo
+largas pausas&mdash;. Hay que tener valor... apreciar las cosas tales como
+son. Lo que voy a decirte no es mas que una idea... Si tú no quieres, no
+será... Podías entrar en el hospital... No, no te asustes. No en el
+hospital adonde van todos; en las clínicas, en la Facultad. Yo tengo
+buenos amigos de mis tiempos de estudiante... Te visitarían los
+catedráticos... todos unos sabios. Asunto de permanecer allí un mes
+cuando más. Tendrías la criatura, rodeada de más cuidados que aquí...
+sanarías, y luego... luego continuaríamos nuestra vida más feliz que
+ahora, pues la mala suerte no va a atormentarnos siempre.</p>
+
+<p>Isidro esperaba una explosión de llanto, la protesta de una repugnancia
+instintiva, y quedó asombrado al ver la inmovilidad del rostro de Feli,
+sus ojos fijos y tristes puestos en él. Tras una larga pausa, bajó la
+cabeza en señal de asentimiento. Sí que aceptaba: iría al hospital, pero
+sin participar de los optimismos del joven.</p>
+
+<p>&mdash;No siento&mdash;murmuró, moviendo su lengua con gran dificultad&mdash;, no
+siento mas que el no verte... y que tal vez no volveremos a vernos
+nunca.</p>
+
+<p>-¡Feli de mi alma&mdash;gritó Isidro&mdash;, no digas eso;<a name="page_342" id="page_342"></a> no lo creas, nena
+mía!... Volveremos a ser felices. Verás qué bien te tratan allí.</p>
+
+<p>A la mañana siguiente, Maltrana salió muy temprano, dirigiéndose a la
+calle de Atocha para esperar en la puerta de San Carlos a un antiguo
+camarada de la época estudiantil, que ya era doctor y ayudante en una
+clínica.</p>
+
+<p>Apellidábase Nogueras, y era un joven de carácter alegre, pequeño de
+cuerpo, con lentes de grueso cristal, que tomaba a broma los lances de
+la vida, como si le curase de todo espanto el diario espectáculo de las
+miserias y desarreglos de la máquina humana. No había visto a Isidro en
+mucho tiempo, y al reconocerle en la puerta de la Facultad de Medicina,
+le echó los brazos al cuello, riendo de su facha miserable.</p>
+
+<p>&mdash;Eso de la literatura debe de ir mal&mdash;dijo&mdash;. ¿Necesitas algo de mi?
+Pide lo que quieras, menos dinero. Ya ves: doctor, profesor clínico, y
+tengo mil quinientas pesetas al año... con descuento. Menos que los que
+barren los ministerios.</p>
+
+<p>El alegre doctor cesó de reír ante la gravedad de Maltrana. Este le
+habló de Feli y de su enfermedad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Vamos, es una queridita que te has echado!&mdash;dijo el médico.</p>
+
+<p>Isidro contestó afirmativamente. Sí; una querida a la que amaba como
+muchos maridos no aman a sus mujeres; una querida que podía gloriarse de
+una fidelidad que pocas esposas conocían.</p>
+
+<p>&mdash;Bueno, adelante&mdash;dijo el médico levantando los hombros&mdash;. ¿Y qué es lo
+que tiene?</p>
+
+<p>Maltrana explicó las crisis de Feli, haciendo un esfuerzo para
+recordarlas en todos sus detalles.</p>
+
+<p>&mdash;No digas más&mdash;interrumpió el doctor&mdash;. Los síntomas son claros.
+Pensaba bajar contigo a las Cambroneras para verla, pero ya no es
+necesario:<a name="page_343" id="page_343"></a> eso es lo que llamamos nosotros eclampsia puerperal. Hay que
+provocar el parto, acelerarlo, o corre peligro de muerte. Tráela esta
+tarde; te esperaré en la Comisaría. La meteremos en la clínica de
+partos. Yo no estoy en ella, pero recomendaré tu socia al compañero, con
+grandísimo interés... Hasta la tarde, ¿eh?</p>
+
+<p>Tenía prisa: su catedrático le esperaba en la sala de profesores. Le
+mostró la entrada de la Comisaría, una puertecita algo más abajo del
+gran portalón de la Facultad. Allí, a las cuatro.</p>
+
+<p>Y se fue sonriente, sin que el dolor de su camarada arañase el caparazón
+de indiferencia con que parecían acorazarle las desdichas humanas.</p>
+
+<p>Por la tarde abandonó Feli su casa. Fue una marcha lenta, que hizo
+sufrir mucho a Maltrana. Al verla pasar la puerta del tabuco creyó
+percibir en su oído un lamento desgarrador. Se iba para no volver: se
+cumplirían los presentimientos de la enferma. ¡La perdía para siempre!</p>
+
+<p>La cuesta de las Cambroneras y el paseo de los Ocho Hilos fue una calle
+de Amargura.</p>
+
+<p>Feli, envuelta en su mantoncillo, cubierta la cabeza con un pañuelo que
+formaba visera sobre sus ojos, avanzaba con torpe paso apoyándose en su
+amante.</p>
+
+<p>Sus piernas hinchadas apenas podían moverse; el abdomen monstruoso la
+atormentaba con peso sofocante. Las largas semanas de inacción en su
+casucha de las Cambroneras habían entorpecido los resortes de su
+movilidad. Deteníase a los pocos pasos; se dejaba caer, jadeando, en
+todos los bancos y poyos del paseo.</p>
+
+<p>La Teodora quiso acompañarla hasta la Fuentecilla, animándola con sus
+palabras y gesticulaciones gitanescas.</p>
+
+<p>&mdash;Arriba, mi niña... A ver cómo echamos unos<a name="page_344" id="page_344"></a> pasitos más; a ver cómo se
+mueven esos <i>pinreles</i> bonitos.</p>
+
+<p>Y volviéndose hacia Maltrana, murmuraba con expresión llorosa:</p>
+
+<p>&mdash;¡Está muy malita, don Isidro! ¡Qué bien jase usted en llevársela!...</p>
+
+<p>Pasaron la Puerta de Toledo, y en la Fuentecilla se separó la gitana,
+después de dar varios besos a la enferma.</p>
+
+<p>&mdash;¡Que el <i>Baró</i> der sielo te ponga pronto buena; que su santísima mare
+no se aparte de ti!... Adió, terronsito de asúcar; adió, armendrita
+durse!...</p>
+
+<p>Y sus últimas palabras ya no se oyeron, pues se alejó con la cara oculta
+en el delantal.</p>
+
+<p>Isidro hizo subir en un carruaje de alquiler a la llorosa Feli,
+conmovida por los adioses de la gitana. Recordaba el joven los primeros
+tiempos de su amor, cuando vagaban por las cercanías de Madrid,
+ocultándose de las gentes. Desde entonces no habían ido en coche. Ahora,
+todo el dinero que guardaba en el bolsillo, una peseta y algunas monedas
+de cobre, era para pagar esta carrera de dolor, la última tal vez que
+harían juntos.</p>
+
+<p>Entraron en la Comisaría por entre varios grupos de mujeres andrajosas
+con niños al pecho y hombres de mísero aspecto, todos mostrando
+repugnantes enfermedades: cegueras purulentas, costras roedoras, abcesos
+que desfiguraban sus miembros, retorciéndolos. Esperaban su turno para
+la consulta gratuita. Un fuerte olor de antisépticos impregnaba el
+ambiente.</p>
+
+<p>Nogueras, el alegre doctor, les vio por un ventanillo del despacho
+inmediato y salió a su encuentro. Miraba con fijeza a Feli, y ésta bajó
+los ojos, avergonzada... ¡Pchs! No era gran cosa como mujer...</p>
+
+<p>Quedaron los dos amantes frente a frente, en una situación embarazosa.<a name="page_345" id="page_345"></a></p>
+
+<p>Maltrana, al venir en el carruaje, estremecíase pensando en el horror de
+la despedida, llantos, gritos, abrazos, y tal vez un nuevo ataque de la
+enferma.</p>
+
+<p>No fue así; no hubo nada de esto. Sólo un silencio, una sencillez en la
+separación, más desgarradora que los extremos ruidosos del dolor.</p>
+
+<p>El médico habló de las recomendaciones que había hecho a su compañero de
+la clínica de partos. Tenía ya su cama reservada; hasta había interesado
+a la monja del departamento.</p>
+
+<p>&mdash;Cuando usted quiera, la acompañaré&mdash;dijo mostrando cierta prisa.</p>
+
+<p>Por fin se miraron, sin una lágrima, sin un suspiro, abriendo los ojos
+desmesuradamente, con expresión de terror. ¡Iban a separarse!...</p>
+
+<p>Ella fue la primera en dar un paso. ¡Ay, el valor de las mujeres!...</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, Isidro.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, Feli.</p>
+
+<p>Sus voces eran gemidos; pero no lloraron, no se atrevieron a besarse, a
+estrecharse las manos en presencia del mediquillo burlón y de aquellos
+enfermos que les miraban fijamente.</p>
+
+<p>Ella se alejó por un corredor obscuro, precedida por el médico. Su paso
+vacilaba... pero no quiso volver el rostro atrás, como si temiese perder
+toda su firmeza.</p>
+
+<p>Maltrana salió a la calle, y a los pocos pasos hubo de apoyarse en la
+pared. Tenía frío: un frío de sepulcro, que se le colaba hasta el alma.
+Lucía el sol de la tarde, un sol que Isidro no había visto nunca; un sol
+obscuro, empañado, fúnebre, como si el astro del día enviase sus rayos
+al través de negra urdimbre; como si estuviese envuelto en un crespón.<a name="page_346" id="page_346"></a></p>
+
+<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3>
+
+<p>Ya no volvió a las Cambroneras. Tuvo miedo de vivir en aquella casa sin
+Feli. Sentía el terror de los que pierden a un ser querido y no osan
+penetrar en la mortuoria habitación. ¿Qué iba a hacer solo en aquel
+extremo olvidado de Madrid, entre las gitanas que le recordarían a la
+amante?...</p>
+
+<p>Necesitaba ver gente nueva, aturdirse, olvidar su tristeza.</p>
+
+<p>Aquella noche volvió a la redacción, después de una ausencia de tantos
+meses. Los compañeros le recibieron con irónicas ovaciones.</p>
+
+<p>&mdash;¡<i>Homero</i>! ¡Ya está aquí el gran <i>Homero</i>!... ¡Salud al ilustre
+«tabarrista»!</p>
+
+<p>Y le preguntaron si traía como fruto de su soledad algún artículo de los
+que sembraban el pánico en los suscritores.</p>
+
+<p>Algunos de la redacción le habían visto paseando con Feli por el Retiro.</p>
+
+<p>&mdash;Di, <i>Homero</i>: ¿qué has hecho de aquella muchacha tan simpática que
+llevabas del brazo?... ¿La encontraste en algún libro griego? ¿Era ática
+o beocia?</p>
+
+<p>&mdash;Está en el hospital&mdash;contestó Maltrana con los ojos llorosos.</p>
+
+<p>Su acento era tan triste, que impuso silencio a los alegres compañeros.<a name="page_347" id="page_347"></a></p>
+
+<p>Pasaba las noches en la redacción. Había perdido la costumbre de
+trasnochar, y como no quería volver a su casa, buscaba los cuartos sin
+luz, dormitando en un diván. Si llegaba una visita y había que encender
+luz, Maltrana era despertado como un perro, y sacudiendo las aletas del
+abrigo pasaba a otro cuarto o se iba a la calle, procurando terminar el
+sueño en la casa de algún amigo.</p>
+
+<p>Apenas comía. Ansioso de distracción, de conversaciones que le
+aturdiesen, juntábase muchas noches con ciertos borrachos famosos, y
+bien entrada la mañana se les veía por las calles más céntricas, con
+paso inseguro, discutiendo a voces de filosofía o literatura. En mitad
+de una disputa, el recuerdo de Feli asaltaba a Isidro, y rompía a
+llorar. Los compañeros atribuían la culpa de este llanto al coñac.
+Beberían cerveza.</p>
+
+<p>Muchas mañanas iba a la puerta de San Carlos a esperar a Nogueras. Este
+hacía un gesto de repulsión al verle.</p>
+
+<p>&mdash;Sigues mal camino, chico; apestas a aguardiente. ¿Qué resuelves
+emborrachándote?...</p>
+
+<p>Maltrana contestaba con mal humor. No pedía consejos: lo que deseaba era
+conocer el estado de Feli.</p>
+
+<p>El joven doctor mostrábase impaciente. ¿Creía él que no tenía otras
+cosas en qué ocuparse?...</p>
+
+<p>&mdash;¡Figúrate, con seis mil reales por todo sueldo!... Tengo que visitar
+mucho y a gentes que pagan mal. Además, esa muchacha no es de mi
+clínica... La vi anteayer. Me pareció que estaba bien; pero si los
+ataques de eclampsia se repiten, puede morir en uno de ellos. Van a
+provocarla el parto: tal vez esto la salve.</p>
+
+<p>Al día siguiente fue Nogueras quien, al verle, le habló el primero.</p>
+
+<p>&mdash;Eres padre: arriba te guardan un niño las monjas.<a name="page_348" id="page_348"></a> Su salud es buena y
+la madre no ha salido mal del parto. Si no quieres que esa segunda
+edición de tu persona vaya a la Inclusa, recoge pronto al pequeño.</p>
+
+<p>Maltrana no experimentó ninguna emoción. Sólo pensó en ir a las
+Carolinas para dar la noticia a su abuela. ¿Qué iba a hacer él con el
+chiquillo? La señora Eusebia se encargaría de cuidarle.</p>
+
+<p>Y la abuela, conmovida por el suceso, bajó a Madrid para recoger a su
+biznieto, acompañada de otra mujer. Isidro fue con ellas hasta San
+Carlos, pero no quiso pasar de la puerta. Lo dominaba el egoísmo de su
+cobardía. Ya había sufrido bastante. ¿Iba a mejorarse ella porque le
+viese?...</p>
+
+<p>Cuando salió la abuela quiso enseñarle el niño, que su amiga, más joven
+y fuerte, llevaba en brazos.</p>
+
+<p>&mdash;Míralo, Isidro&mdash;gemía la vieja llorando de alegría&mdash;. Es un querubín:
+¡qué rico!... Es hijo tuyo, ¡tu retrato!...</p>
+
+<p>Maltrana miró esta carne palpitante apenas contorneada que se removía en
+el fondo de un mantón. Sí que era su retrato: feo, con su misma fealdad
+y la de aquel pillete que estaba en la cárcel entre los rateros menores.
+La misma cabeza enorme, que parecía moldeada por las manos de la
+desgracia.</p>
+
+<p>La <i>Mariposa</i> se llevaba su biznieto. Nada de buscarle nodriza en las
+Carolinas. Conocía a cierta mujer del barrio, que se había casado con un
+músico de regimiento, y ahora, retirado él del servicio, tenía una
+tiendecita junto a la carretera de Extremadura, en el cerro de los
+Corvos. Acababa de perder a un pequeño, y ella se encargaría de lactar
+al biznieto por poco dinero.</p>
+
+<p>La vieja, antes de marcharse, le habló de Feli. La había visto: estaba
+muy enferma.</p>
+
+<p>&mdash;¡Lo que ha llorado esa chica antes de que nos llevásemos el pequeño!
+¡los besos que le ha dado!...<a name="page_349" id="page_349"></a> Me preguntó por ti... Ve a verla, hombre;
+la pobre se alegrará, y bien lo necesita.</p>
+
+<p>Maltrana pasó mucho tiempo sin visitar a Feli. Todos los días formábase
+el propósito de verla a la mañana siguiente. Pasaba la noche de café en
+café, y la madrugada de taberna en taberna, con los camaradas de vida
+errante, siempre triste y bebiendo para olvidar.</p>
+
+<p>Por la mañana llegábase hasta San Carlos, a recibir noticias. Le bastaba
+con saber que Feli seguía bien. Le acometía el miedo a verla en este
+lugar de dolor y que ella adivinase su embriaguez.</p>
+
+<p>&mdash;Un día me acompañarás&mdash;decía a Nogueras&mdash;; no, ahora no. Me siento sin
+fuerzas. Además, estoy algo borracho. ¿No me lo conoces?...</p>
+
+<p>Por fin, una mañana se mostró resuelto: quería verla. Adivinábase cierta
+preparación en su aseo exterior, como si acudiese a una entrevista
+amorosa. Iba recién afeitado; ocultaba algo bajo las aletas del
+macferlán, que parecía menos viejo después de unos cuantos pases de
+cepillo.</p>
+
+<p>Nogueras lo hizo atravesar los claustros de la Facultad, subieron
+escaleras, pasaron otros claustros, y por fin, el médico abrió una
+puerta.</p>
+
+<p>Lo primero que vio Maltrana fue las tocas blancas de una monja, ocupada
+en arreglar con sus manos de cera las flores de trapo y las velillas de
+un altar. Estaban en una sala de paredes enjalbegadas de un blanco de
+hueso, con zócalo de ladrillos blancos también. La pieza aparecía
+dividida por un muro hasta el límite del zócalo, con grandes espacios
+abiertos entre las pilastras que sostenían el techo.</p>
+
+<p>Isidro vio muchas camas de hierro con cubiertas de percal floreado, y
+junto a ellas mesillas con redomas y escupideras. Sobre las almohadas
+destacábanse cabezas de mujeres de verdosa demacración,<a name="page_350" id="page_350"></a> con las
+cabelleras enmarañadas y sucias. Maltrana recordó las salas de los
+hombres. Estos eran menos repugnantes en sus dolencias. La hembra se
+agostaba con la mayor rapidez así que la enfermedad disolvía los
+almohadillados carnosos de sus encantos.</p>
+
+<p>El médico se detuvo ante un lecho: allí tenía a la que buscaba. Isidro
+tardó algunos instantes en reconocerla. Hubiera pasado varias veces ante
+ella sin que llamase su atención. ¡Cuán cambiada la veía!... Olvidando
+su tristeza de enferma, evocaba siempre en sus recuerdos la Feli hermosa
+y alegre de los primeros tiempos de su amor. Y ahora, viéndola
+enflaquecida, con las facciones desencajadas, más fea y mísera aún que
+el día en que salió de las Cambroneras, tenía que hacer un esfuerzo para
+reconocerla. Creyó ver a una amiga de Feli, a una buena compañera que le
+recordaba a la otra, a la de los días felices, que ¡ay! no volverían
+nunca.</p>
+
+<p>Quedó inmóvil ante la cama, con aspecto tímido, cohibido por aquellas
+cabezas greñudas, mascarones de dolor y miseria, que convergían en ellos
+sus miradas curiosas.</p>
+
+<p>&mdash;¿Cómo estás?&mdash;preguntó en voz queda.</p>
+
+<p>Saludábale Feli silenciosa, con una sonrisa que daba frío, contrayendo
+las arrugas de su rostro exangüe, marcándose la punta de su fina
+mandíbula con la agudeza de un hierro de lanza. ¡Y allí había puesto él
+sus besos muchas veces, en la embriaguez de la pasión!... ¡Miseria de la
+vida! Sus ojos, unos ojos de loca, con el estrabismo de las frecuentes
+crisis, eran lo único que aún delataba la extinta hermosura.</p>
+
+<p>En el lecho inmediato vio a una jovencita que llevaba envuelto el pelo
+en un pañuelo rojo y abrigados los hombros con una chaquetilla color de
+manteca. Mostraba entre las puntillas de la camisa sus pobres pechos de
+tísica, que apenas si se destacaban<a name="page_351" id="page_351"></a> con ligera hinchazón sobre el
+mísero costillaje. Era una criada que había dado a luz una niña; una
+pobre bestia de trabajo convertida en madre por el capricho momentáneo
+del señorito. La chaquetilla de señora que le servía de abrigo en el
+hospital era tal vez la única recompensa de su caída.</p>
+
+<p>Feli, al contemplar a Isidro, mostraba también en sus ojos cierta
+extrañeza, como si le encontrase cambiado. Había transcurrido muy poco
+tiempo, y sin embargo, creían verse después de larguísima ausencia.</p>
+
+<p>Permanecieron silenciosos mucho rato, mirándose, pero sin atreverse a
+despegar los labios. Al fin, habló ella, por el impulso maternal. ¿Y su
+hijo?...</p>
+
+<p>Maltrana fingiose enterado. Estaba allá, en la carretera de Extremadura,
+con su nodriza, una gran mujer buscada por la abuela. Podía permanecer
+tranquila... ¡Y él aún no había ido al cerro de los Corvos, ni conocía a
+la nodriza!</p>
+
+<p>Después le preguntó por su enfermedad. Feli hablaba con voz triste;
+parecía resignada a permanecer siempre allí, sin esperanza de volver al
+mundo. Su voz era lenta, con largos titubeos; notábase cierta
+incoherencia en sus palabras; se adivinaban sus esfuerzos para ordenar
+las frases y encauzar el pensamiento.</p>
+
+<p>Mientras la oía, Isidro miraba con el rabillo del ojo a la monja, de pie
+junto al altar, hablando con el médico. ¡Ay, aquellas gentes que vivían
+en diario contacto con la miseria humana! ¡Qué duros, qué fuertes! ¡Qué
+indiferencia ante el dolor ajeno, que no era para ellos mas que un
+accidente vulgarísimo! Su mirada fría parecía tener callos. La
+contorsión del dolor, la muerte, todo resbalaba sobre ellos sin el menor
+arañazo, sin producir la más leve turbación.<a name="page_352" id="page_352"></a></p>
+
+<p>La monja, después de hablar con el médico, miró a Maltrana con cierta
+curiosidad. Su olfato de experta conocedora de la vida adivinaba a la
+pareja ilegal, al amor rebelde, que desprecia los convencionalismos
+sociales. Su curiosidad de mujer excitábase con el perfume del pecado;
+su severidad le hacía abominar de aquella juventud que se adoraba a
+espaldas de la religión.</p>
+
+<p>Maltrana no sabía qué decir. La tristeza creaba un gran vacío en su
+pensamiento. Además, le cohibían tantas miradas fijas en él. Era un
+martirio permanecer ante Feli sin poder cogerla la mano, atemorizado por
+los ojos hostiles de la monja.</p>
+
+<p>Se echó atrás las aletas del abrigo y dejó sobre la cama un mazo de
+violetas que llevaba oculto. Su perfume pareció dulcificar aquel
+ambiente que olía a carne enferma y antisépticos.</p>
+
+<p>&mdash;¡Ay! ¡flores!&mdash;dijo Feli con vocecilla infantil&mdash;. ¡Flores!</p>
+
+<p>Y su mirada acarició a Isidro con expresión de gratitud. Era un poco de
+poesía esparciéndose sobre la cama del hospital. ¡Flores!... Y los dos
+pensaron lo mismo. Vieron con la imaginación los almendros de la Huerta
+del Obispo, que habían sido testigos de sus primeras entrevistas; las
+flores que él arrojaba sobre su cama, al despertarla, de vuelta de los
+banquetes; las que habían presenciado sus vespertinos paseos, cuando
+salían cogidos del brazo, como burgueses, a cubierto de la miseria y
+seguros de que nada podría turbar su felicidad.</p>
+
+<p>&mdash;¡Flores!&mdash;repitió&mdash;. ¡Cómo te lo agradezco!</p>
+
+<p>Maltrana se excusaba con timidez. Eran violetas: no tenía dinero para
+más. Aun así, le había costado mucho el adquirirlas. Costaban muy caras:
+las flores nacían para los ricos; y aún gracias que les dejaban a ellos
+el cielo y el sol... Había recordado también su predilección por las
+naranjas.<a name="page_353" id="page_353"></a> Quería traerle una; pero después de correr las fruterías de
+la calle Mayor, buscando las primeras que acababan de llegar, había
+desistido por su pobreza. Todo su dinero se lo habían llevado las
+violetas.</p>
+
+<p>&mdash;Otro día, ¿me oyes?&mdash;murmuraba en su oído, como si la propusiese una
+travesura infantil&mdash;. Otro día te las traeré, sin que se entere la
+monja, sin que lo vea el médico.</p>
+
+<p>Y ella decía que sí, mirando al amante con sus ojazos tristes, mientras
+se llevaba a la cara el mazo de violetas, oliéndolo con delectación.</p>
+
+<p>Nogueras carraspeó con insistencia llamando a Maltrana. La entrevista se
+prolongaba demasiado: otro día, más.</p>
+
+<p>Isidro cogió la mano amarillenta que ella le tendía.</p>
+
+<p>&mdash;Adiós, Feli... Adiós, nena. Volveré.</p>
+
+<p>La enferma le recordó su promesa. Debía traerle naranjas y flores,
+¡muchas flores!</p>
+
+<p>El trastorno mental de su crisis la hacía olvidar la penuria del amante.</p>
+
+<p>Maltrana no volvió. Transcurrieron varios días sin que el doctor lo
+encontrase por la mañana en las cercanías de San Carlos. Esta visita
+había bastado para darle cierta tranquilidad.</p>
+
+<p>Una noche, al salir Nogueras del Teatro de Apolo, dio con él en la acera
+de la calle de Sevilla. Iba borracho, más sucio y abandonado que otras
+veces. Adivinábase en las arrugas de su abrigo y en el abandono de sus
+ropas que dormía sin desnudarse, allí donde se lo permitían los
+accidentes de su existencia vagabunda. Estaba pálido, con los ojos
+hundidos y las facciones enjutas: una cara de hambre y alcoholismo. Al
+ver a Nogueras hizo un esfuerzo por mostrarse sereno.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y aquélla?&mdash;preguntó.<a name="page_354" id="page_354"></a></p>
+
+<p>El doctor mostrose pesimista. «Aquélla» iba muy mal. No la había visto:
+le faltaba el tiempo; pero el camarada encargado de la clínica tenía
+pocas esperanzas. Repetíanse con frecuencia los ataques de eclampsia, y
+en uno de ellos podía morir. Bastaba que la respiración se retardase
+algunos segundos al quedar su organismo contraído por las convulsiones,
+para que sobreviniese la asfixia.</p>
+
+<p>&mdash;Y tú, ¿por qué no vas a verla?&mdash;preguntó el doctor.</p>
+
+<p>&mdash;¡Para qué!&mdash;exclamó el bohemio&mdash;. Sufro mucho; me falta el valor para
+volver. Me hace daño vería entre aquellas mujeres sucias y enfermas, no
+poder hablarla con libertad. Me miran todas, como si fuese un animal
+extraño. La monja me molesta.</p>
+
+<p>Calló un instante, y luego añadió con expresión de vergüenza,
+empañándose sus ojos de lágrimas:</p>
+
+<p>&mdash;No puedo ir con las manos vacías: la pobre desea flores... se las
+prometí. Hace días que quiero comprarla un ramo grande, muy grande, para
+cubrir su cama, para que se imagine que todo un jardín corre hacia ella,
+esparciéndose a sus pies... Pero no tengo dinero... nada, absolutamente
+nada. No puedo comprar ni un ramito de los que venden en la calle.
+Apenas como; ando por ahí como un perro sin amo. Si no encontrase algún
+amigo de los que convidan a beber, ya hubiese muerto.</p>
+
+<p>Al despedirse del doctor dijo flojamente, con la pereza de una voluntad
+enferma y cobarde:</p>
+
+<p>&mdash;Ya iré... iré cuando tenga dinero... cuando pueda llevarla algo. Creo
+que no morirá en seguida, que aún vivirá algún tiempo. ¿No crees tú lo
+mismo?</p>
+
+<p>Nogueras levantó los hombros con expresión de duda. Sí; era posible que
+se salvase: enfermas más graves que ella recobraban la salud. Pero su
+vida<a name="page_355" id="page_355"></a> estaba en peligro de extinguirse por asfixia cada vez que sufría
+un ataque. Nada podía él afirmar.</p>
+
+<p>Transcurrió una semana sin que volviesen a verse. Una mañana se
+encontraron en la Puerta del Sol. El doctor vio a Maltrana con aspecto
+más miserable aún: parecía un pordiosero, sucio, roto, entregado a su
+abandono, sin el auxilio de una mano femenina que le adecentase.
+Nogueras tenía prisa. Había estado dos días fuera de Madrid por un
+asunto profesional, y le esperaban en la Facultad.</p>
+
+<p>&mdash;Una mala noticia, Isidro. Aquella muchacha ya no vive.</p>
+
+<p>Maltrana abrió los ojos con asombro, como si esta noticia rebasase los
+límites de lo posible.</p>
+
+<p>&mdash;¿Estás seguro? ¿La has visto tú?...</p>
+
+<p>Nogueras hizo un gesto displicente.</p>
+
+<p>&mdash;¿Qué tiene de extraordinario su muerte?... Era de esperar. Ha muerto,
+y todos nosotros moriremos también... Yo no la he visto; tengo otras
+cosas a que atender. Pero el mismo día que salí de Madrid me lo dijo el
+compañero. Acababa de morir.</p>
+
+<p>Maltrana quedó inmóvil, con la cabeza baja, anonadado por la noticia.
+Después fijó en el doctor sus ojos interrogantes.</p>
+
+<p>&mdash;¿Y qué han hecho de ella?... ¿Y el cadáver? ¡Dime, por Dios, dónde lo
+llevaron!...</p>
+
+<p>Sentía un remordimiento inmenso por su egoísmo y su cobardía. Deseaba
+visitar su tumba, ya que había pasado los días vagando, sin atreverse a
+verla en el hospital.</p>
+
+<p>El doctor le contestó con una sonrisa que daba frío. Su tumba era la
+fosa común, adonde iban todos los muertos pobres. La infeliz muchacha no
+tenía parientes ni quien pagase los gastos de su entierro. Isidro no se
+había presentado para arreglar las cosas, y era seguro que su cuerpo,
+antes de ir<a name="page_356" id="page_356"></a> al cementerio, habría pasado por la sala de disección.
+¡Sufrían tal escasez de cadáveres!...</p>
+
+<p>Maltrana no quiso oír más. Volvió la espalda sin despedirse del amigo,
+como si huyese de su remordimiento y su vergüenza.</p>
+
+<p>Vagó por las calles, haciendo esfuerzos por no llorar. La gente le
+miraba; y fatigado de esta curiosidad, quiso salir de la población,
+caminar por el campo.</p>
+
+<p>Veía las casas al través de densa niebla; las personas y los carruajes
+pasaban junto a él como fantasmas, sin ruido alguno. No pensaba: creía
+tener hueca la cavidad de su cráneo; le zumbaban las sienes. Su lengua
+repetía por lo bajo, con una tenacidad estúpida:</p>
+
+<p>-¡Despedazada... despedazada!</p>
+
+<p>Poco a poco su pensamiento, que parecía haber huido lejos, muy lejos,
+aproximábase, volvía a entrar en él. Un recuerdo de los primeros años de
+su juventud, de su época de estudiante, iniciábase débilmente, y crecía
+y crecía hasta tomar el relieve de la realidad.</p>
+
+<p>Veíase subiendo una escalerilla de la Escuela de San Carlos, con un
+compañero de hospedaje, estudiante de Medicina, que iba a recoger unos
+objetos en el laboratorio. Isidro asomábase a una ventana. Abajo, un
+pequeño patio con pavimento de losas húmedas, como si cayese en ellas
+con frecuencia un chaparrón de cubos de agua. Sobre las losas, un
+monigote de abultado tronco y brazos y piernas delgados, esqueléticos,
+contraídos por grotesca actitud. Creyó que esta figura era de cartón,
+groseramente modelada por algún artista inhábil, toda ella del mismo
+color amarillo: faltaba que la pintaran las cejas y que sobre la calva
+adaptasen una peluca para darle cierto viso de realidad. En los peldaños
+de una escalera vio varias cabezas cortadas descansando<a name="page_357" id="page_357"></a> sobre su base,
+pero sin piel, mostrando el rojo de los músculos y el azul obscuro de
+sus venas. Maltrana había contemplado con curiosidad estos juguetes de
+la ciencia. Eran piezas de cartón para el estudio de los alumnos. Y al
+hacer la pregunta al amigo, éste rompió a reír:</p>
+
+<p>&mdash;No, tonto. Son cadáveres preparados para la clase de disección. Ese
+cuerpo es de una mujer.</p>
+
+<p>Luego, el compañero, con la superioridad del fuerte, para poner a prueba
+los escrúpulos del estudiante de libros, le hacía entrar en el
+anfiteatro, llevándolo de mesa en mesa. ¡Qué limpiamente trabajaban
+aquellos carniceros de blusa blanca! Aquí, un brazo encogido sobre el
+mármol, sin más que los huesos y los tendones, tirantes y limpios como
+si fuesen a vibrar: un arpa para tañerla en una fiesta de caníbales. Más
+allá, piernas que mostraban el cruzado almohadillamiento de los músculos
+rojos; troncos abiertos al aire, con el rosa tierno de sus costillajes.
+Esta gran carnicería de mármol y cristal hacía pensar en una humanidad
+horriblemente superior pervertida por la antropofagia, donde los fuertes
+se alimentasen con los despojos de los débiles. Un gesto de dura
+curiosidad contraía los rostros; las manos sin misericordia, armadas de
+acero, hundíanse en los secretos de aquella carne fría, limpia, anónima,
+sin personalidad, que no recordaba su origen humano.</p>
+
+<p>¡Y en este matadero de la investigación había desaparecido su Feli!...
+¡Allí se había disuelto su cuerpo, sin que bajasen a la tierra más que
+restos informes y despedazados en el fondo de una espuerta!...</p>
+
+<p>¡Feli! ¡Feli!... Repetía su nombre, recordando los mil detalles de su
+amorosa intimidad. La oreja sonrosada, cuyo lóbulo mordía dulcemente al
+mismo tiempo que murmuraba palabras dulces; su cabecita,<a name="page_358" id="page_358"></a> que en las
+noches de invierno se refugiaba en su hombro con el mismo ademán tímido
+del pájaro que oculta el pico bajo el ala; sus piernas de diosa, que
+pretendía ocultar ruborosamente cuando él la probaba aquellas medias
+adquiridas en el Rastro; su vientre antes de la deformación materna, con
+el gracioso hoyuelo umbilical, que parecía gesticular cuando se conmovía
+con la agitación de la risa; la doble copa de alabastro de sus pechos,
+aquellas dos magnolias de amor... todo había sido despedazado bajo el
+acero, sin piedad, sin misericordia. Manos que no la conocían habían
+violado el secreto de su cuerpo... de aquel cuerpo que le despertaba por
+las mañanas con su roce de satén, cuando ella pasaba a gatas por encima
+de él para levantarse, poniendo un instante sus ojos sobre los suyos,
+confundiéndose las respiraciones de los dos.</p>
+
+<p>¡Feli! ¡Feli!... ¿Qué pecado había cometido para que la fatalidad la
+privase hasta de la paz de la tumba?...</p>
+
+<p>Maltrana lloraba ahora, sin miedo a que la gente se fijase en él.</p>
+
+<p>Estaba en el campo. Al mirar en torno, vio a corta distancia el
+cementerio de San Martín. Sin darse cuenta había marchado
+instintivamente hacia aquellos lugares que presenciaron las primeras
+dichas de su amor.</p>
+
+<p>No se atrevió a entrar en el cementerio. La Muerte le asediaba con
+sobrada insistencia para que él fuese a devolverle la visita. ¡Ay, cómo
+odiaba a la infame señora de los ojos sin luz, de la piel intensamente
+pálida, que una tarde había descrito allí dentro, ante la absorta
+muchacha! ¡Con qué delectación la escupiría en su pecho voluminoso y
+amargo, en sus flancos potentes, si pasase ante él!... Cierto que tras
+sus pisadas resurgía la vida; que otras Felis vendrían al mundo; pero no
+eran para<a name="page_359" id="page_359"></a> él. La suya, la que había tenido en sus brazos, esa no
+volvería nunca. Había sido un rayo de sol al través de las nubes de su
+cielo, saludado por la espiral de las ilusiones, que volaban como
+palomas. Las nubes cerrábanse para siempre, el rayo de sol se extinguía,
+y las palomas venían al suelo transidas de frío.</p>
+
+<p>Marchó, como en peregrinación, por la senda que aquella tarde precursora
+de su felicidad había seguido con Feli. Deteníase como un devoto a
+saborear en ciertos sitios el religioso goce del recuerdo. Aquí, había
+entregado su dinero a unas mendigas para que se emborrachasen celebrando
+su dicha; más allá, Feli le daba a chupar una naranja, con mohines
+graciosos. Al llegar al merendero, vagó por los alrededores con una
+insistencia que puso en guardia a los dueños, alarmados por el aspecto
+mísero de Maltrana.</p>
+
+<p>Cerca del Canalillo le faltaron las fuerzas. El recuerdo le aplastaba;
+también él iba a morir. Necesitaba olvidar: la vista de estos sitios le
+hacía gran daño. El invierno deshojaba los árboles; la tierra estaba
+yerma. Era el mismo escenario de su dicha, como él era el mismo
+Maltrana; pero había soplado un viento glacial, matando la alegre
+hojarasca llena de rumores y de cánticos, dejando sólo el escueto
+ramaje. Los almendros de la Huerta del Obispo, que derramaban en otros
+tiempos lluvias de flores sobre la cabeza de Feli, parecían ahora
+escobas plantadas por el mango.</p>
+
+<p>Isidro, tambaleándose como un herido, fue en busca de su abuela.</p>
+
+<p><i>Zaratustra</i> y la señora Eusebia le escucharon silenciosos, pero sin
+participar de su emoción. ¿Conque la chica del <i>Mosco</i> había muerto?
+¡Todo sea por Dios!... Y el par de vejestorios replegábase en su
+egoísmo, sintiéndose más fuerte, más feliz, con la<a name="page_360" id="page_360"></a> satisfacción de
+conservar su existencia, mientras la muerte ensañábase con la juventud.</p>
+
+<p>La tía <i>Mariposa</i> sólo pensaba en su biznieto, de cuya salud hacía
+grandes elogios. Poco le importaba la suerte de la madre; toda su
+atención era para el pequeño.</p>
+
+<p>Isidro se quedó allí. ¿Adónde ir?... Su cobarde laxitud había llegado a
+los últimos límites de la indiferencia. Estaba atravesando el momento de
+las grandes renuncias a la vida. De ser creyente, se hubiese hecho
+ermitaño, lego de un convento de trapenses, asceta en un desierto. Ahora
+comprendía la huida del mundo, el aislamiento cruel, las santas locuras
+de ciertos desesperados, que al ser mordidos por el dolor encuentran
+remedio en su ignorancia y su fe.</p>
+
+<p>Permaneció varios días en la cabaña de <i>Zaratustra</i>, complaciéndose en
+su suciedad, haciendo de esto una mortificación.</p>
+
+<p>¡Ay, la conciencia! ¡La agobiadora pesadez del remordimiento! Ya no
+sentía dolor por la muerte de Feli. Lo que le avergonzaba era el
+abandono en que la había dejado, la cobardía de su floja voluntad, el
+egoísmo de no entristecerse viéndola enferma... ¡La pobre había muerto
+sola, en aquella cuadra blanca, rodeada de humanas bestias que sólo
+pensaban en ellas con el egoísmo del dolor, sin una mirada de cariño,
+sin una mano que estrechase la suya! ¡Y este crimen era ya
+irremediable!... ¡Ay, si Feli pudiese resucitar, sólo por un día, por
+una hora! Era su idea fija y tenaz... ¡Si volviese a la vida, aunque
+fuese para morir a los pocos instantes! El cumpliría su deber y quedaría
+más tranquilo: la pasión de su existencia tendría un final digno.
+Correría a su lado, para no abandonarla hasta el último momento.
+Sentíase capaz de robar para que sus restos reposasen en un féretro
+lujoso, para<a name="page_361" id="page_361"></a> que se librase de la fosa común, para que no la llevaran a
+aquel matadero blanco, donde eran descuartizados los cadáveres... Pero
+¡ay! sólo se muere una vez. El mal no tenía remedio. ¡Miserable de él!
+¿Dónde estaba la poesía de su pasión? ¿Qué había de común entre él y
+aquellos amantes que había visto en los libros, inclinados sobre el
+lecho de la moribunda, abrazándola y gimiendo el último adiós?... ¡Feli,
+Feli! A cambio de su propia vida, pedía él que resucitase un instante,
+el tiempo preciso para besarla, para que partiese con el convencimiento
+de que la amaba, para salvar su cuerpo adorado de la odiosa profanación.</p>
+
+<p>Tardó unas dos semanas en volver a Madrid. Una mañana que entró en la
+villa, vio de lejos a Nogueras camino de San Carlos, y sintió la
+necesidad de hablarle. Le inspiraba nueva simpatía, por haber conocido a
+Feli; creía encontrar en él un vago recuerdo de la muerta.</p>
+
+<p>El doctor le saludó alegremente, mirándole con ojos de miope mientras
+limpiaba los cristales de sus lentes. Después recordó a la «queridita»
+infeliz, con cierta ligereza, sin dar importancia a aquella pasión de
+Maltrana. ¿Se había consolado? ¿Tenía ya alguna otra como sustituta?
+¡Ah, bohemio incorregible! Para él era la vida: libre, mujeriego y sin
+la esclavitud de ocupaciones apremiantes.</p>
+
+<p>Después contrajo la frente, como si concretase sus recuerdos.</p>
+
+<p>&mdash;Hombre, una cosa curiosísima&mdash;añadió&mdash;. ¿Recuerdas aquel día en que te
+dije que la muchacha había muerto?... Pues no era verdad. Cuando llegué
+a San Carlos, después de mi viaje, me lo dijo el compañero. Fue un error
+suyo: la creyó muerta en un ataque, pero salió de él.</p>
+
+<p>Maltrana abrió los ojos, quedó inmóvil de asombro, como si fuese a
+presenciar aquella resurrección<a name="page_362" id="page_362"></a> con la que había soñado tantas veces,
+como si Feli surgiera ante él.</p>
+
+<p>&mdash;Pero ¿vive?...&mdash;dijo temblando.</p>
+
+<p>&mdash;No, hombre; murió: fue una semana después. Pensé avisarte, escribirte;
+pero ¿quién diablo adivina dónde encontrarte, con esa vida que
+llevas?... Murió, no lo dudes; ahora es de veras. Tú eres un espíritu
+superior, y ciertas preocupaciones no te conmueven. No dudes de que ha
+muerto. Vi su cadáver en una mesa de la clase de disección.</p>
+
+<p>¡Ah, la Suerte! La diosa malvada y caprichosa!... ¡Hasta el último
+momento jugueteaba con él!</p>
+
+<p class="top5">Terminaba el invierno. La tarde parecía de primavera, con su cielo azul
+y límpido y su sol de dulce tibieza.</p>
+
+<p>Maltrana atravesó el puente de Segovia, entrando después en la carretera
+de Extremadura.</p>
+
+<p>Vestía de luto. El macferlán, la odiada librea de la miseria, ya no
+pendía de sus hombros. La Suerte le trataba con menos rudeza al verle
+solo. Trabajaba, le admitían artículos en algunas revistas, le
+encargaban traducciones, vivía en una casa de huéspedes y ahorraba para
+pagar a la nodriza de su hijo. No conocía la abundancia, pero tampoco
+las angustias y estrecheces de antes. Era el bienestar que llegaba; pero
+¡cuán tardo! ¡y qué insípido le parecía!...</p>
+
+<p>Caminó por una acera junto a la cual serpenteaba un arroyo. Miraba
+distraídamente los rótulos de las puertas. Casi todos eran de tabernas,
+pero tabernas de las afueras, que a la vez servían de figones y
+merenderos. «Vinos, <i>por</i> Fulano.» Y aquí el nombre del dueño del
+establecimiento, como si fuesen los taberneros quienes los fabricaban.</p>
+
+<p>En una casucha de tablas, llamó su atención<a name="page_363" id="page_363"></a> otro rótulo: «Taberna de
+Agustín, <i>alias</i> el Bolero. Cocidos a diez céntimos.» ¡A diez céntimos!
+¿En qué consistirían estos cocidos?... Pensó en ellos con repugnancia;
+pero se dijo que alguna vez habría visitado la taberna en otra época, de
+conocer tal baratura.</p>
+
+<p>En muchos balcones exhibíanse anuncios de pirotécnicos, con muestras de
+ruedas de artificio y enormes petardos. Todos los polvoristas de Madrid
+se habían instalado en este barrio, que parecía la calle principal de un
+lugarón, con sus rústicos paradores y las casas sucias del polvo de los
+carros.</p>
+
+<p>Maltrana, siguiendo cuesta arriba, llegó al final de la doble fila de
+casas. La carretera perdíase de vista, flanqueada a un lado por la tapia
+interminable de la Casa de Campo y al otro por las colinas, en cuyos
+surcos comenzaba a surgir la cabellera de una cebada triste, pisada con
+frecuencia por los transeúntes.</p>
+
+<p>Siguió Maltrana una senda que conducía a una casucha en lo más alto de
+un montecillo. Era el cerro de los Corvos, y la casa aquella tiendecita
+donde criaban a su hijo.</p>
+
+<p>La mujer cosía a la puerta del establecimiento, bajo una parra seca, en
+una pequeña explanada, desde la cual dominábase toda la parte de Madrid
+que mira al río.</p>
+
+<p>Al reconocerle, la nodriza se levantó apresuradamente. Quería sacar al
+pequeñuelo, que dormía después de una noche de insomnio y llantos.</p>
+
+<p>Maltrana se opuso. Que durmiese; ya lo vería después: no tenía prisa.</p>
+
+<p>Se sentó en un banco, ante una mesa de tablas desunidas, contemplando el
+magnífico panorama. La mujer quiso obsequiarle... ¿Un poco de
+aguardiente? Pero él hizo un gesto de repugnancia. Agua, nada más que
+agua. Y ella sacó un jarro de la obscura<a name="page_364" id="page_364"></a> tienda, que exhalaba un hedor
+de salazón, bebidas alcohólicas y grasa. La adquisición del agua
+costábales grandes esfuerzos en aquella altura. Su marido pasaba el día
+bajando y subiendo el cerro para llenar dos cubas en la fuente de la
+carretera.</p>
+
+<p>Después, la nodriza habló de la pésima marcha de sus negocios. Iban a
+perder los ahorros que su marido, el pobre músico, había hecho en el
+ejército. Las casuchas cercanas al cerro eran de pobres que vivían en la
+peor miseria: ladrilleros casi todos, que sólo encontraban trabajo en
+verano. Los otros meses pasábanlos entre privaciones, pidiendo fiado en
+la tienda. No tenían otro recurso que merodear en la Casa de Campo,
+saltando la tapia para coger cardillos, que vendían en Madrid.</p>
+
+<p>&mdash;Yo he visto muchas miserias, don Isidro&mdash;añadía&mdash;; pero ésta es la
+peor de todas. Mire usted ese niño que sube con la botella... De seguro
+que no trae dinero. Y hay que darles, so pena de perder de un golpe todo
+lo atrasado.</p>
+
+<p>Se metió en la tienda, seguida del muchacho, y Maltrana permaneció
+abstraído en la contemplación de Madrid.</p>
+
+<p>Vista desde allí, la población era monumental, soberbia. Pocas capitales
+de Europa parecían tan hermosas. Al frente, la enorme masa del Palacio
+Real, con sus pilastras salientes cortando las negras filas de ventanas.
+A un lado, la colina del Príncipe Pío, coronada de cuarteles; al extremo
+opuesto, la cúpula de San Francisco el Grande y el Seminario. Arriba, el
+cielo sin una nube, límpido, como si su azul lo hubieran lavado las
+últimas lluvias, con una diafanidad que absorbía y borraba
+instantáneamente el humo de las chimeneas. Abajo, en los declives que
+conducen al Manzanares, grandes masas de vegetación: las arboledas del
+Campo del Moro, de la Virgen del Puerto, de la cuesta de<a name="page_365" id="page_365"></a> la Vega. La
+masa blanca del caserío partíase más allá del puente de Segovia, y una
+línea metálica, una barra horizontal y negra, unía los dos lados de este
+corte: era el Viaducto.</p>
+
+<p>Madrid, visto desde allí, parecía una capital portentosa, una imponente
+metrópoli. Entre el azul del cielo y el verde de los árboles alineábanse
+las más solemnes manifestaciones de su vida, sus más poderosas
+grandezas. La vivienda de los reyes en medio; a un lado, los cuarteles,
+sobre aquella colina que era el monte de Marte de Madrid; al opuesto, el
+templo suntuoso, que parecía aplastar con su grandeza las casuchas
+inmediatas, y otro cuartel sin armas, donde se albergaban los reclutas
+de la fe vestidos de negro. Nada faltaba: era la imagen completa de la
+nación; todo parecía haberse concentrado en esta cara monumental de la
+gran villa.</p>
+
+<p>Abajo, en la Virgen del Puerto, sonaba el redoble de unos tambores; y
+Maltrana veía entre los árboles cómo marchaban al compás de las cajas
+los soldados nuevos, cual filas de hormigas, aprendiendo a marcar el
+paso. <i>Rataplán... rataplán</i>, cantaban los parches; y el bohemio, en su
+contemplativa abstracción, creía entenderlos. Los tamborcillos le
+hablaban; como si adivinasen sus pensamientos, le decían burlonamente:
+«Va a durar... va a durar.» Y no mentían. Mientras redoblasen en este
+tono uniforme, mecánico, sin fiebre y sin locura, todo seguiría lo
+mismo.</p>
+
+<p>Después, su mirada se fijaba en la parte de acá del río. Grandes tejados
+rotos, con anchas brechas por las que se colaba el aire y la lluvia.
+Eran caserones abandonados que servían de albergue a los miserables.
+Junto a ellos brillaban al sol las cubiertas de cinc herrumbroso y las
+latas viejas de las cabañas de los mendigos. El hormigueo de la miseria
+también estaba allí. También acampaban<a name="page_366" id="page_366"></a> frente a esta cara de Madrid,
+que era la más hermosa, los vagabundos, los desesperados, los abortos de
+la sombra, toda la muchedumbre que él había visto una noche, con los
+ojos de la imaginación, rondando en torno de los felices, de la caravana
+dormida en el beatífico sopor del hartazgo.</p>
+
+<p>Maltrana pensó en los traperos de Tetuán, en los obreros de los Cuatro
+Caminos y de Vallecas, en los mendigos y vagos de las Peñuelas y las
+Injurias, en los gitanos de las Cambroneras, en los ladrilleros sin
+trabajo del barrio que tenía delante, en todos los infelices que la
+orgullosa urbe expelía de su seno y acampaban a sus puertas, haciendo
+una vida salvaje, subsistiendo con las artes y astucias del hombre
+primitivo, amontonándose en la promiscuidad de la miseria, procreando
+sobre el estiércol a los herederos de sus odios y los ejecutores de sus
+venganzas.</p>
+
+<p>La capital dominadora y triunfante parecía abrumar el espacio con su
+pesada grandeza. Reía, destacándose sobre el azul del cielo, con el
+temblor de las grandes vidrieras de sus palacios heridas por el sol, con
+la blancura de sus muros, con el verde rumoroso de sus jardines, con la
+esbeltez de las torres de sus iglesias. No veía la muchedumbre famélica
+esparcida a sus pies, la horda que se alimentaba con sus despojos y
+suciedades, el cinturón de estiércol viviente, de podredumbre dolorida.</p>
+
+<p>Era hermosa y sin piedad. Arrojaba la miseria lejos de ella, negando su
+existencia. Si alguna vez pensaba en los infelices, era para levantar en
+sus afueras monasterios, donde las imágenes de palo estaban mejor
+cuidadas que los hijos de Dios, de carne y hueso; conventos de
+monstruosa grandeza, cuyas campanas tocaban y tocaban en el vacío, sin
+que nadie las oyese. Los pobres, los desesperados, no entendían su
+lenguaje: adivinaban lo falso de su<a name="page_367" id="page_367"></a> sonido. Tocaban para otros; no eran
+llamamientos de amor: eran bufidos de vanidad.</p>
+
+<p>Alguna vez la horda dejaría de permanecer inmóvil. Los que entraban en
+Madrid al amanecer se presentarían a mediodía. Ya no aceptarían los
+despojos: pedirían su parte; no tenderían la mano: exigirían con
+altivez.</p>
+
+<p>Y las gentes felices temblarían de pavor ante las caras amenazantes, las
+vestiduras miserables, las miradas de famélico estrabismo, los anhelos
+locos y criminales de destrucción. ¿Dónde se habían ocultado hasta
+entonces aquellos monstruos? ¿De qué antro surgían?... Y bien, gentes
+dichosas, habéis vivido con ellos sin saberlo. Acampaban junto a
+vuestros muros, pasaban todos los días ante vuestras puertas a la hora
+de vuestro sueño. No les habéis visto porque eran débiles, porque se
+arrastraban humildes. Negabais su existencia porque no proferían
+amenazas. Ni piedad ni misericordia tuvisteis con ellos cuando aún era
+tiempo...</p>
+
+<p>Maltrana examinaba mentalmente esta avalancha de miserias, odios y
+desesperaciones, que podía transformarse en un ejército. ¿Qué le faltaba
+a la horda? Jefes, pastores audaces que la guiasen a las alturas,
+conociendo el camino. ¡Ay, si los que nacían en su seno armados con la
+potencia del pensamiento no desertasen, avergonzados de su origen! ¡Si
+los siervos de la pobreza, como él, en vez de ofrecerse cobardemente a
+los poderosos, se quedasen entre los suyos, poniendo a su servicio lo
+que habían aprendido, esforzándose en regimentar a la horda, dándola una
+bandera, fundiendo sus bravías independencias en una voluntad común!...</p>
+
+<p>Oyó un vagido a sus espaldas y la voz de la tendera:</p>
+
+<p>&mdash;¡Al papá, Isidrito, al papá! ¡Hazle manos: salúdale!<a name="page_368" id="page_368"></a></p>
+
+<p>Quedó sobre sus rodillas aquel paquete de grasa infantil, en el que se
+marcaban apenas los ojos como dos gotitas negras. Olía a leche agria, a
+orines, a los fuertes sahumerios con que la nodriza pretendía ocultar
+sus hedores vitales. Maltrana aspiraba con delicia este perfume. Le besó
+en la boquita desdentada; no se atrevió a limpiarse las babas que le
+había dejado en el bigote.</p>
+
+<p>¡Ser padre! ¡Contemplar una prolongación de su vida, un desdoble de su
+personalidad, un testimonio de la propia existencia, que, años después
+de morir él, afirmaría el paso por el mundo de un hombre llamado
+Maltrana!... Aquella carnecita blanca y suave como el plumón era suya:
+había en ella algo de su ser y de aquella otra carne ¡ay! despedazada
+que había desaparecido para siempre en el misterio de la tierra.</p>
+
+<p>¿Qué le importaba ya la suerte de los infelices, el destino de la horda
+miserable y los tremendos conflictos que pudieran desarrollarse en lo
+futuro?...</p>
+
+<p>A vivir: toda su vida la tenía en sus brazos. El calor de este
+cuerpecillo le infundía una resolución egoísta y brutal. Al coger a su
+hijo sentíase fuerte. Era como un arma que le daba confianza y valor
+para seguir su marcha.</p>
+
+<p>Quería que fuese de los felices, de los dichosos, de los fuertes. Ya que
+el mundo estaba organizado sobre la desigualdad, que figurase su hijo
+entre los privilegiados, aunque para ello tuviese que aplastar a muchos.</p>
+
+<p>Lo que no habían logrado la miseria y el triste destino de Feli, lo
+conseguía aquel chiquitín con sólo su contacto. Caía hecha polvo la
+herrumbre de su voluntad. Era otro hombre: su audacia consideraba con
+desprecio todos los obstáculos.</p>
+
+<p>Sentíase capaz de robar, de matar, por su hijo. No tenía otra
+herramienta, otra arma, que su pluma,<a name="page_369" id="page_369"></a> pero haría de ella un puñal, una
+palanqueta, algo implacable que sirviese para la muerte y el despojo. Lo
+que no había osado hacer por el amor, lo haría por su hijo. Se lanzaría
+en plena lucha, con la insolencia del mercenario. Adiós, ideas, fe,
+entusiasmos... Ilusiones, todo ilusiones. Despreciaba su cultura, pero
+pensaba aprovecharla para hacerse pagar mejor. El dinero y el poder
+tendrían un siervo más.</p>
+
+<p>Su suerte estaba echada. Se revolvería en la abyección, paladearía su
+envilecimiento, se vendería como esclavo, para que su hijo fuese libre.
+Su destino era el del asaltante que cae en el foso para que el hermano
+de armas entre por la brecha. Él desaparecería en el fango, pero el
+Maltrana que venía detrás pasaría vencedor sobre el puente de sus
+espaldas.</p>
+
+<p>Y mirándose en aquellos ojitos bobos, sin expresión, que le contemplaban
+fijamente, Maltrana decía a su hijo con el pensamiento:</p>
+
+<p>-Llegarás, chiquitín. Yo marcharé a gatas delante de ti; abriré con mi
+lengua un camino en el barro, para que avances sin ensuciarte. No temas
+que caiga desalentado, que vuelva a sentirme cobarde y te abandone como
+a la pobre mártir. Este amor que ahora nace es de hierro. Ya soy otro.
+Soy... tu padre.</p>
+
+<p class="c">FIN</p>
+
+<p>Madrid.&mdash;Abril-Junio 1905.</p>
+
+<hr />
+
+
+
+
+
+
+
+<pre>
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of La horda, by Vicente Blasco Ibáñez
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA HORDA ***
+
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+(and you!) can copy and distribute it in the United States without
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+works. See paragraph 1.E below.
+
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+
+
+Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive
+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
+http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent
+permitted by U.S. federal laws and your state's laws.
+
+The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S.
+Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered
+throughout numerous locations. Its business office is located at
+809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email
+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
+information can be found at the Foundation's web site and official
+page at http://pglaf.org
+
+For additional contact information:
+ Dr. Gregory B. Newby
+ Chief Executive and Director
+ gbnewby@pglaf.org
+
+
+Section 4. Information about Donations to the Project Gutenberg
+Literary Archive Foundation
+
+Project Gutenberg-tm depends upon and cannot survive without wide
+spread public support and donations to carry out its mission of
+increasing the number of public domain and licensed works that can be
+freely distributed in machine readable form accessible by the widest
+array of equipment including outdated equipment. Many small donations
+($1 to $5,000) are particularly important to maintaining tax exempt
+status with the IRS.
+
+The Foundation is committed to complying with the laws regulating
+charities and charitable donations in all 50 states of the United
+States. Compliance requirements are not uniform and it takes a
+considerable effort, much paperwork and many fees to meet and keep up
+with these requirements. We do not solicit donations in locations
+where we have not received written confirmation of compliance. To
+SEND DONATIONS or determine the status of compliance for any
+particular state visit http://pglaf.org
+
+While we cannot and do not solicit contributions from states where we
+have not met the solicitation requirements, we know of no prohibition
+against accepting unsolicited donations from donors in such states who
+approach us with offers to donate.
+
+International donations are gratefully accepted, but we cannot make
+any statements concerning tax treatment of donations received from
+outside the United States. U.S. laws alone swamp our small staff.
+
+Please check the Project Gutenberg Web pages for current donation
+methods and addresses. Donations are accepted in a number of other
+ways including checks, online payments and credit card donations.
+To donate, please visit: http://pglaf.org/donate
+
+
+Section 5. General Information About Project Gutenberg-tm electronic
+works.
+
+Professor Michael S. Hart is the originator of the Project Gutenberg-tm
+concept of a library of electronic works that could be freely shared
+with anyone. For thirty years, he produced and distributed Project
+Gutenberg-tm eBooks with only a loose network of volunteer support.
+
+
+Project Gutenberg-tm eBooks are often created from several printed
+editions, all of which are confirmed as Public Domain in the U.S.
+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
+keep eBooks in compliance with any particular paper edition.
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+Most people start at our Web site which has the main PG search facility:
+
+ http://www.gutenberg.org
+
+This Web site includes information about Project Gutenberg-tm,
+including how to make donations to the Project Gutenberg Literary
+Archive Foundation, how to help produce our new eBooks, and how to
+subscribe to our email newsletter to hear about new eBooks.
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+This eBook, including all associated images, markup, improvements,
+metadata, and any other content or labor, has been confirmed to be
+in the PUBLIC DOMAIN IN THE UNITED STATES.
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+Procedures for determining public domain status are described in
+the "Copyright How-To" at https://www.gutenberg.org.
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+No investigation has been made concerning possible copyrights in
+jurisdictions other than the United States. Anyone seeking to utilize
+this eBook outside of the United States should confirm copyright
+status under the laws that apply to them.
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+Project Gutenberg (https://www.gutenberg.org) public repository for
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