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diff --git a/33275-8.txt b/33275-8.txt new file mode 100644 index 0000000..1de1c2f --- /dev/null +++ b/33275-8.txt @@ -0,0 +1,47570 @@ +The Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by +Manuel Fernández Y González + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: El cocinero de su majestad + Memorias del tiempo de Felipe III + +Author: Manuel Fernández Y González + +Release Date: July 27, 2010 [EBook #33275] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL COCINERO DE SU MAJESTAD *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was +produced from scanned images of public domain material +from the Google Print project.) + + + + + + + + + +EL COCINERO + +DE + +SU MAJESTAD + +(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III) + +POR + +D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ + +EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS + +[imagen] + +MADRID + +LIBRERÍA DE F. FE + +PUERTA DEL SOL, 15 +1907 + +[La ortografía del original no fue corregida ni actualizada. +(Nota del transcriptor.)] + +ES PROPIEDAD. + +Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.--Teléfono 1.977. + +[imagen] + + + + +INDICE + + +TOMO PRIMERO + + +I De lo que aconteció á un sobrino por no encontrar á tiempo á su tío + +II Interioridades reales + +III En que se demuestra lo perjudiciales que son los lugares obscuros en +los palacios reales + +IV Enredo sobre maraña + +V ¡Sin dinero y sin camisas! + +VI Por qué el tío daba de comer de aquella manera al sobrino + +VII Los negocios del cocinero del rey.--De cómo la condesa de Lemos +había acertado hasta cierto punto al calumniar á la reina + +VIII De cómo al señor Francisco le pareció su sobrino un gigante + +IX Lo que hablaron Lerma y Quevedo + +X De cómo don Francisco de Quevedo encontró en una nueva aventura, el +hilo de un enredo endiablado + +XI En que se sabe quién era la dama misteriosa + +XII Lo que hablaron la reina y su menina favorita + +XIII El rey y la reina + +VIX Del encuentro que tuvo en el alcázar don Francisco de Quevedo, y de +lo que averiguó por este encuentro acerca de las cosas de palacio, con +otros particulares + +XV De lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y el bufón del +rey + +XVI El confesor del rey + +XVII En que empieza el segundo acto de nuestro drama + +XVIII De cómo entre unos y otros no dejaron parar en toda la mañana al +cocinero de su majestad + +XIX El tío Manolillo + +XX De cómo el tío Manolillo hizo que doña Clara Soldevilla pensase mucho +y acabase por tener celos + +XXI En que continúan los trabajos del cocinero mayor + +XXII De cómo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en los +conventos de monjas + +XXIII En la hostería del Ciervo Azul, y luego en la calle + +XXIV De lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo que no hizo +y de lo que hizo al fin + +XXV De cómo los sucesos se iban enredando hasta el punto de aturdir al +inquisidor general + +XXVI De lo que oyó el tío Manolillo sin que pudiera evitarlo el confesor +del rey + +XXVII En que se ve que el cocinero mayor no había acabado aún su faena +en aquel día + +XXVIII De los conocimientos que hizo Juan Montiño, acompañando á la +Dorotea + +XXIX De cómo Juan Montiño, con mucho susto de la Dorotea, se dió á +conocer entre los cómicos + +XXX De cómo hizo sus pruebas de valiente por ante la gente brava, Juan +Montiño + +XXXI De cómo engañó á Dorotea para llevarla á palacio el tío Manolillo + +XXXII Continúan los antecedentes + +XXXIII El suplicio de Tántalo + + +TOMO SEGUNDO + + +XXXIV En que se explicará algo de lo obscuro del capítulo anterior, y se +verá cómo doña Clara encontró un pretexto para favorecer el amor de Juan +Montiño, á pesar de todos los pesares + +XXXV De cómo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le había +dicho mucho + +XXXVI De cómo el padre Aliaga puso de nuevo su corazón y la virtud á +prueba + +XXXVII De cómo el diablo iba enredando cada vez más los sucesos + +XXXVIII De lo que vió y de lo que no vió el tío Manolillo siguiendo á +los que seguían al cocinero mayor + +XXXIX De cómo Quevedo conoció prácticamente la verdad del refrán: el que +espera desespera + +XL De cómo el noble bastardo se creyó presa de un sueño + +XLI De cómo Quevedo se quedó á su vez sin entender al rey + +XLII De cómo don Juan Téllez Girón se encontró más vivo que nunca cuando +más pensaba en morir + +XLIII Continúan los trabajos del cocinero mayor + +XLIV Lo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero + +XLV En que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un +nuevo personaje + +XLVI De cómo la Providencia empezaba á castigar á los bribones + +XLVII De lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas +ocasiones + +XLVIII De cómo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque +sus vestigios sean patentes + +XLIX De cómo la duquesa de Gandía tuvo un susto mucho mayor del que le +habían dado Los miedos de San Antón + +L De cómo don Francisco de Quevedo quiso dar punto á uno de sus asuntos + +LI En que encontramos de nuevo al héroe de nuestro cuento + +LII De cómo empezó á ser otro el cocinero mayor + +LIII En que se deja ver en claro el bufón del rey + +LIV Cómo saben mentir las mujeres + +LV Quevedo visto por uno de sus lados + +LVI En que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes + +LVII Amor de madre + +LVIII Las audiencias particulares del duque de Lerma + +LIX De cómo Dorotea era más para con el duque, que el duque para con el +rey + +LX Lo que hace por su amor una mujer + +LXI De cómo le salió á Quevedo al revés de lo que pensaba + +LXII De cómo el duque de Lerma se encontró más desorientado que nunca + +LXIII De cómo el duque de Lerma vió al bufón de su majestad extenderse, +crear, tocar las nubes, etc. + +LXIV De cómo Quevedo buscó en vano la causa de su prisión, y de cómo +cuando se lo dijeron se creyó más preso que nunca + +LXV De cómo el tío Manolillo no había dado su obra por concluida + +LXVI El padre y el hijo + +LXVII De cómo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez más el +proverbio que dice: no es tan fiero el león como la pintan, y de cómo +todas las pulgas se van al perro flaco, + +LXVIII De cómo se agravó la demencia del cocinero mayor, y acabó por +creerse asesino del sargento mayor + +LXIX En que continúan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la +fatalidad le había tomado por su instrumento + +LXX En que se ennegrece gravemente al carácter del tío Manolillo + +LXXI De cómo Quevedo dejó de ser preso por la justicia para ser preso +por el amor + +LXXII De cómo el duque de Lerma encontró á tiempo un amigo + +LXXIII En que el duque de Lerma continúa representando su papel de +esclavo + +LXXIV Lo que hizo Dorotea por don Juan + +LXXV El sol tras la tormenta + +LXXVI De cómo el cocinero mayor conoció con despecho que no se habían +acabado para él las angustias + +LXXVII En que se ennegrece á su vez el carácter de Dorotea + +LXXVIII En que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de +esta verídica historia + +LXXIX Del medio extraño de que se valió Quevedo para soltarse de la +prisión en que la había puesto el amor de la condesa de Lemos + +LXXX De cómo el interés ajeno influyó en la situación de Quevedo + +LXXXI De cómo Quevedo se asusta más de saber que don Juan está en +libertad, que si hubiera sabido que estaba preso + +LXXXII En que el tío Manolillo sigue sirviendo de una negra manera á +Dorotea + +LXXXIII En que se ve que el bufón y Dorotea habían acabado de perder el +juicio + +LXXXIV En lo que vinieron á parar los amores de Dorotea y de don Juan + +LXXXV El autor declara que ha concluído, y ata algunos cabos para que no +queden sueltos + + + + +CAPÍTULO PRIMERO + +DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO + + +A punto que el sol transponía en una nublada y lluviosa tarde de +invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en dirección al ya +próximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una +silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo +bulto sólo se veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta las +cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas +cubiertas por unas botas de gamuza de su color, además del extremo de +una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de +la capa. + +El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y el jinete +encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, y la ancha ala del +sombrero doblegada y empapada por la lluvia que venía de través +impulsada por un fuerte viento Norte. + +Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie había en el puente +que pudiera reparar en la extraña catadura de su caballo, ni en su paso +lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la +lluvia y el frío habían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes +asiduos en otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillas de +la Tela; las lavanderas habían abandonado el río, que, dejando de ser +por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba +con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razón á la soledad, +estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados á la +entrada y á la salida del puente. + +Nuestro jinete, pues, atravesaba á salvo, protegido por el temporal, una +de las entradas más concurridas de la corte en otras ocasiones, y +decimos á salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado más +de una y más de tres desvergonzadas pullas á la gente _non sancta_, +concurrente cotidiana de aquellos lugares. + +Era el tal bicho (no podemos resistir á la tentación de describirle), +una especie de colosal armazón de huesos que se dejaban apreciar y +contar bajo una piel raída en partes, encallecida en otras, de color +indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas +las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y larguísimo +y árido el cuello, á cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de +figura de martillo, y en la que se descubría á tiro de ballesta la +expresión dolorosa de la vejez resignada al infortunio. + +Representaos seis cañas viejas casi de igual longitud, componiendo un +pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendréis una idea muy aproximada +de nuestro bucéfalo que allá en sus tiempos, veinte años antes, debió +ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras +cualidades fisiológicas que á duras penas podían deducirse por lo que +quedaba á aquella ruina viviente, á aquella especie de espectro, á +aquella víctima de la tiranía humana que así explota la existencia y los +elementos productores de los seres á quienes domina. + +[imagen: Desesperábase el jinete con la lenta marcha...] + +Desesperábase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su +cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra +impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la +punta, se paraba, se estremecía, lanzaba como protesta un gemido +lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprendía una +especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba +algunos pasos, viniendo á parar en la marcha lenta y difícil de antes, y +en el acompasado y marcadísimo cojeo. + +No sabemos á quién debía tenerse más lástima: si al caballo que llevaba +aquel jinete ó al jinete que era llevado por tal caballo. + +El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia, +poco más ó menos, semejante al que presenta hoy, no era lo más á +propósito para dar una idea de la extensión y de la importancia de la +corte de las Españas; veíanse únicamente dos colinas orladas por unos +viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos +muros, á la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco; á la +izquierda el alcázar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas +el arrabal y la calle y puerta de Segovia, viéndose además hacia la +izquierda y debajo del alcázar el portillo y la puerta de la Vega. + +Añádase á esta vista pobre y árida, lo escabroso y desigual del espacio +comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las +zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz +triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo +aquello, y se tendrá una idea de la impresión triste y desfavorable que +debió causar la vista de Madrid en el viajero, que á todas luces iba por +primera vez á la corte, en vista de la irresolución de que dió marcadas +muestras acerca de la dirección que debía seguir para entrar en la +villa, cuando ya fuera del puente, se encontró cerca de los muros. + +Fijóse, al fin, decididamente su vista en el alcázar y luego en la +puerta de la Vega, revolvió su caballo hacia la izquierda, y acometió la +ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria +cuesta. + +Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el anciano jaco +logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto, animado, sin +duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por +resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de +no estar desprovistos los animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y +siguió sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando +por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba +entrada á las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de +detenerse el forastero, á la voz de un centinela tudesco que le atajó el +paso. + +--Y dígame ucé, señor soldado--dijo con impaciencia el jinete--, ¿por +qué no puedo seguir adelante? + +--Ser estas las capayerisas de su majestad--contestó el centinela. + +--Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar? + +--Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aquí ese +cabayo. + +--¿Me impedirán de igual modo que este caballo pase por las otras +entradas del alcázar? + +--Mi non saperr eso. + +Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco. + +--¡Y á dónde diablos voy yo!--dijo hablando consigo mismo el jinete--: +mi tío vive en el alcázar, necesito verle al momento... y ¿dónde dejo á +este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrará en Madrid serán +mesones; ¿pero quién se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el +pobre _Cascabel_, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sin +dinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado! + +Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie á +tierra. + +--¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo +de esta reja á donde voy á atarle mientras yo vuelvo? + +--Mi non entender de eso--contestó el soldado--, volviendo á su paseo. + +--Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos--dijo una +voz chillona á espaldas del jinete, no sé quién quiera exponerse á ir á +galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las +yeguas del rey, amigo? + +Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sido pronunciadas +estas palabras con una marcada insolencia, y vió ante sí un hombrecillo, +con la librea de palafrenero del rey. + +--Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo, +bergante--dijo todo hosco el forastero echando pie á tierra--, me +alegraría mucho. + +--¿Y por qué os alegraríais, amigo? + +--¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano. + +--Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí como vuestro caballo +para correr liebres--dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la +canalla palaciega. + +--Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yo para haceros +dar una carrera en pelo--contestó el incógnito, que aún permanecía +embozado--, y sin decir una palabra más se fué para el palafrenero con +tal talante, que éste retrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á +tiempo que salían de ella dos hombres al parecer principales, contra uno +de los que tropezó violentamente el que huía. + +El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, que fué á dar en medio +del arroyo, y apenas se rehizo se quitó el sombrero y se quedó temblando +é inmóvil, entre los caballeros que salían y el forastero. + +Miró el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al +incógnito y á su caballo; comprendió por lo amenazador de la actitud del +jinete que se trataba de alguna pendencia cortada, ó por mejor decir, +suspendida por su aparición, y dijo con acento severo y lleno de +autoridad: + +--¿Que significa esto? + +--Señor, este mal hombre quería pegarme porque me he reído de su +caballo--contestó el palafrenero. + +--Yo no extraño que se rían de este animal--dijo el embozado--; lo que +extraño es que se atrevan á insultarme, á mí, que ni soy manco ni viejo. + +--En cuanto á lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el +rostro--dijo el al parecer caballero--; en cuanto á si sois ó no manco, +paréceme que si tenéis buenas las manos, tenéis manca la cortesía. + +--¡Eh! ¿qué decís? + +--Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo +cuando yo os hablo, debéis ser mucha persona. + +--De hidalgo á hidalgo, sólo al rey cedo. + +--Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey--dijo el otro +caballero que hasta entonces no había hablado. + +--¡Ah! Perdone vuecencia, señor--dijo el incógnito desembozándose y +descubriéndose--, es la primera vez que vengo á la corte. + +Al descubrirse el jinete dejó ver que era un joven como de veinticuatro +años, blanco, rubio, buen mozo y de fisonomía franca y noble, á que +daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros. + +--¡Ah! ¿Acabáis de venir?--dijo el conde de Olivares prevenido en favor +del joven--. ¿Y á qué diablos os venís á entrar con ese caballo por las +caballerizas del alcázar? En sus tiempos debe de haber sido mucho... + +--Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honrarían á +cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los demás, yo, que le +aprecio porque le apreciaba mi padre... + +--¿Y quién es vuestro padre? + +--Mi padre era... + +--Bien; pero su nombre... + +--Jerónimo Martínez Montiño, capitán de los ejércitos de su majestad. + +--Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los +días; ¿no recordáis vos, Uceda? + +--¡Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad. + +--El cocinero de su majestad es mi tío. + +--¡Ah! Pues entonces sois de la casa--dijo el conde--; cubríos, mozo, +cubríos, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alcázar; y tú, +bergante--añadió dirigiéndose al palafrenero--, toma el caballo, llévale +á las caballerizas y cuídale como si fuera un bicho de punta; y debe de +haberlo sido. ¡Diablo, lo que son los años! + +Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los +Consejos, mientras el joven pasaba el arco en dirección al alcázar, +murmurando: + +--¡El conde de Olivares y el duque de Uceda! Paréceme de buen agüero +este encuentro... Ello dirá... Lo que únicamente me inquieta es el haber +dejado á _Cascabel_ entregado á aquel bergante... Pero mi tío arreglará +esto y lo otro. Vamos en busca de mi tío. + +El joven atravesó la plaza de Armas y se encaminó en derechura al +pórtico del alcázar sin detenerse un punto á mirarle, á pesar de que +pertenecía al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no +llamar la atención á un forastero; pero fuese que nuestro joven no se +admirase por nada, fuese que le preocupase algún grave pensamiento, +fuese, en fin, que comprendiese que es más fácil hacerse paso cuando se +camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio, +la verdad del caso fué que se entró por las puertas del alcázar como si +en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo +resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mármol del +pavimento. + +Ni él miró á nadie ni nadie le miró; atravesó un vestíbulo sostenido por +arcadas, siguió una galería adelante y se encontró en el patio. + +Al ver ante sí la multitud de puertas que abrían paso á otras tantas +comunicaciones del alcázar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar +entre los que entraban y salían á alguno de la servidumbre interior que +le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigió á un +enorme lacayo que le deparó su buena suerte. + +--¿Por dónde voy bien á la cocina, amigo?--preguntó nuestro joven. + +Miróle de alto abajo el lacayo, extrañando, sin duda, que por tal +dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcendía á la +legua á hidalgo y á valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de +camino. + +--No os dejarán llegar á la cocina de su majestad--contestó el lacayo +después de un momento de importuna observación--si no decís á quién +buscáis. + +--Busco--dijo el joven--al cocinero mayor. + +--¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, os aconsejo que le +esperéis mañana, á las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los días +va á esa hora á oír misa á Santo Domingo el Real. + +Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se +marchaba. + +--Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por qué razón he de +esperar á mañana y esperar fuera del alcázar? + +--Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar, no recibe en él á +persona viviente. + +--¡Cómo! + +--No recibe en su casa por dos muy buenas razones. + +--¿Y cuáles son esas buenas razones? + +--La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumplió los +catorce años nadie entra en su cuarto; y desde que se casó en segundas +nupcias ha clavado las ventanas que dan á las galerías. + +--¡Bah! Pero recibirá en la cocina. + +--Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey. + +--No importa. Yo sé que me recibirá. + +--Mucha persona debéis ser para él. + +--Soy su sobrino. + +Cambió de aspecto el lacayo al oír esta revelación; dejó su aspecto +altanero y un si es no es insolente; pintóse en su semblante una +expresión servicial y cambió de tono; lo que demostraba que el cocinero +mayor tenía en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que +este respeto se transmitía á las personas enlazadas con él por cualquier +concepto. + +--¡Ah! ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco +Montiño?--dijo acompañando sus palabras con una sonrisa suntuosa--; eso +es distinto, vamos, y llevaré á vuesa merced hasta donde sin tropezar y +en derechura pueda encaminarse á la cocina. + +Y, volviendo atrás, se entró por una puertecilla situada en un ángulo, +subió por una escalera de caracol y salió á una larga galería. + +El joven siguió tras él y así atravesaron algunas puertas, en todas las +cuales había centinelas; pero muy pronto empezaron á recorrer enormes +salones desamueblados en la parte íntima, por decirlo así, del alcázar. + +Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo. + +--Desde aquí--dijo--nadie atajará á vuesa merced, porque sólo las gentes +de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el +cabo de la crujía, y el olor le guiará. + +Y después de un respetuoso saludo, dejó solo al sobrino de su tío. + +En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la crujía le dió en las +narices un olor indefinible, suculento, emanación de cien guisos, aroma +especial que sólo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven +siguió adelante, y muy pronto atravesó una gran puerta y se encontró en +la cocina de su majestad. + +Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmósfera que +alimentaba; aspirábase allí una temperatura sofocante; cantaban, +chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veíanse +en medio de una niebla _sui generis_ una multitud de hombres y de +muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los más y +pícaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se +venía, se picaba, se espumaba, se soplaba, se veían acá y allá limpios +utensilios, brillaba el fuego y, últimamente, en una larga percha se +veían capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones. + +Por el momento nadie reparó en el joven; pero él se encargó de que +reparasen en él dirigiéndose á un oficial que traía asida por las dos +manos una descomunal cuajadera. + +--¿Queréis decirme--le preguntó--dónde está el cocinero mayor? + +Dejó el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvió al joven, +limpiándose las manos en su mandil. + +--¡Ta, ta! ¡El cocinero mayor!--dijo con acento zumbón--. Si por ventura +venís á buscar trabajo, echadle un memorial. + +--No busco trabajo, le busco á él. + +--No está. + +--Ya sé que no recibe en la cocina; pero si está, decidle que le busca +su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de +su hermano el arcipreste. + +Operóse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la +misma transformación que se había operado en el lacayo, pero de una +manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su +tío era una influencia poderosa en el alcázar, en la cocina era una +omnipotencia. + +--¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño?-dijo el +oficial completamente transformado--. ¡Qué diablo! Su merced no está. + +Habían rodeado á la sazón al joven una turba de galopines que le miraban +con las manos á las espaldas, ojos que se reían y bocas que rebosaban +malicia. + +Como que se trataba de un profano. + +--¿Y dónde encontraré á mi tío?.. Me urge... me urge de todo punto--dijo +el joven con acento impaciente. + +--Yo diré á vuesa merced dónde está su tío--dijo un galopín--: el señor +Francisco Montiño está prestado. + +--¡Cómo prestado!--dijo el oficial. + +--Prestado al señor duque de Lerma--dijo otro pinche. + +--Como que está malo de un atracón de setas el cocinero del duque. + +--Y el duque tiene convidados. + +--Por último, ¿mi tío no volverá probablemente?--dijo el joven. + +--No volverá, caballero--dijo otro de los oficiales--, porque me han +encargado que sirva la cena de su majestad. + +--¿Y dónde vive el duque de Lerma? + +--¡Toma!--exclamó un pinche como escandalizado--. En su casa; es +menester venir de las Indias para no saber dónde vive el duque. + +--Calle de San Pedro, caballero--dijo el oficial encargado +accidentalmente de la cocina--; cualquier mozo de cuerda á quien vuesa +merced pregunte le dará razón. + +Tomó el joven las señas que le dieron, las fijó en la memoria, como que +tanto le importaban, y despidiéndose de aquella turba, salió y tomó la +crujía adelante; pero fué el caso que, como el alcázar era un laberinto +para él desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tomó +la dirección opuesta, bajó unas escaleras, y se encontró en habitaciones +amuebladas, entapizadas, alfombradas é iluminadas, porque ya era casi de +noche, y en las que había algunos lacayos. + +Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus +pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella +parte habían quedado atrás las entradas difíciles, y no circulaban más +que los que estaban autorizados para ello, nadie le preguntó, ni le puso +obstáculos, ni le dijo una palabra. + +Y así continuó hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol +clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su +distracción una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con +otra detrás de una mampara próxima, y que le dejó oír involuntariamente +las siguientes palabras: + +--Me va en ello más que piensas... es preciso; preciso de todo punto... +¡oh, Dios mío! + +Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situación hubiera hecho el +más hidalgo: comprendió que una casualidad le había llevado á un lugar +donde dos mujeres se creían solas, que las graves palabras que había +oído pertenecían sin duda á un secreto que él no debía sorprender, y se +hizo atrás dirigiéndose á la puerta inmediata; pero aquella puerta +estaba cerrada. + +Dirigióse á la ventura á otra, pero al llegar á ella se abrió y salió +una dama. + +El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. La dama que salía +dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil. + +--¿Qué hace este hombre aquí?--dijo con la voz notablemente alterada. + +--Perdonad, señora, pero... + +--¿Pero qué?--exclamó con impaciencia la dama. + +--Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y al salir me he +perdido. + +--¿Y quién es vuestro tío? + +--El cocinero mayor del rey. + +--¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor?--repuso la dama, cuya voz estaba +alterada por una conmoción profunda--; comprendo: venís de las cocinas. + +--Así es, señora--contestó el joven--, que contrariado y confuso por su +torpeza, tenía la vista fija en el suelo. + +--Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda á su +majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes, y os habéis metido +en la portería de damas... ¡y esos maestresalas!... ¡estarán durmiendo! + +--Yo siento, señora... yo quisiera... + +--¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería? + +--Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta, buscaba una +salida. + +--¿Y no habéis oído hablar á nadie? + +--No, señora. + +Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y se puso pálido. + +Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y +la expresión de sus grandes ojos, fijos en él, de una manera particular. + +--La casualidad que os ha traído aquí--dijo la dama--, os pudiera costar +cara. + +--Sucédame lo que quiera, me pasará indudablemente menos de ello que de +haberos disgustado. + +--Venid--dijo la dama--, cuya voz tenía todavía el acento irritado, +trémulo, conmovido. + +Y en paso rápido, fuerte, enérgico, tiró la crujía adelante, llegó á una +puerta, abrió su pestillo con un llavín dorado, la pasó y repitió con +impaciencia: + +--¡Seguid! ¡Seguid! + +Se encontró el joven en otra galería menos alumbrada; por último, la +dama tomó por una escalera obscura. + +El joven la siguió á tientas; nada veía: sólo percibía el ardiente +hálito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su +paso. + +Al fin de la escalera sintió abrir una puerta, y la voz de la dama que +le dijo: + +--Salid: id con Dios. + +Fué tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevió á +contestar: salió, sintió que cerraban la puerta, y se encontró en un +ámbito tenebroso, del cual no podía apreciar otra cosa sino que estaba +embaldosado de mármol, por el ruido que producían sobre el pavimento sus +pisadas. + +Con las manos delante, á tientas, siguió á lo largo de una pared; +torció, revolvió, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por +el resplandor de una luz que se veía tras una puerta, se dirigió á ella, +se encontró en una galería baja y luego en el patio. + +Acontecióle entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una +molesta pesadilla: su corazón se espació y aspiró con placer el aire +frío que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo +del patio. + +Pero la impresión de toda pesadilla, continúa aun después de despertar; +el joven guardaba una fuerte impresión de su aventura, pero +indeterminada, vaga, como un sueño; aquella impresión partía de la dama +que había visto un momento; recordaba, con no sabemos qué agitación, que +era una mujer tan hermosa como no había visto otra; pero no recordaba +los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus +cabellos, ni su apostura, ni su traje; habíale acontecido lo que al que +mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que +sigue lastimando sus ojos después de haberlos cegado; estaba seguro de +no conocerla si por acaso la veía otra vez, y esto le desesperaba; no se +daba razón del sentimiento que aquella impresión le hacía experimentar; +no pensó en que podía estar enamorado, como al recibir una estocada +nadie por el momento se cree herido de muerte. + +El amor es hijo de la imaginación; la imaginación del joven no había +tenido tiempo ni aun para formar el embrión de ese fantasma ardiente á +quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente á nuestros +sentidos; estaba aturdido y nada más. + +Así es que, profundamente preocupado, se dirigió por un instinto á una +salida, y por efecto de su preocupación, ni vió dos hombres embozados, +que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oyó este breve +diálogo, que pronunciaron al pasar el joven junto á ellos: + +--¿Ha salido? + +--Sí. + +--¿Cuándo? + +--Hace algunos minutos. + +--¿En litera? + +--En litera. + +El joven pasó y maquinalmente tomó por la embocadura de una calle +inmediata. + +La noche cerraba á más andar: el temporal seguía; la lluvia lenta, +sorda, pesada, espesa, producía un arroyo en el centro de la calle, y +las gentes, rebujadas en sus capas ó en sus mantos, pasaban de prisa. + +Era esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, anticipada por el +estado de la atmósfera, y por la niebla que empezaba á tenderse sobre la +tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni +empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existían, se +cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque +entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora, +tenía mucha menos población; las casas, construídas en su mayor parte _á +la malicia_, como se decía entonces, ó para que lo entiendan nuestros +lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con +que estaban gravadas las que se elevaban más, eran bajas, de pobre +aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares, +tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la +parte contigua al alcázar, por donde marchaba nuestro joven, eran un +verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se veía una sola puerta, +á causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro ó cinco +conventos que había en aquel barrio. + +En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente +nuestro joven, que había llegado hasta allí maquinalmente, para +orientarse del lugar en que se encontraba. + +El frío y la lluvia le habían vuelto al mundo real; miró en torno suyo +en busca de una persona á quien preguntar, y se encontró solo; pero de +repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sintió que se asían á su +capa, y oyó una voz de mujer que le decía con precipitación: + +--¡Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid! + +Volvióse el joven, y vió junto á él una mujer de buena estatura, de buen +talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro. + +--¡Seguid, seguid adelante!--dijo la dama con doble impaciencia--; y no +hagáis extrañeza ninguna, que me importa. Yo os explicaré... ¡pero +seguid! + +Y la tapada levantó por sí misma la halda de la capa del joven, y se +asió á su brazo y tiró de él. + +--¡Yo os digo que sigáis adelante!--exclamó la incógnita con +irritación--; ¡ó es que sois tan poco hidalgo, que no queréis favorecer +á una dama! + +No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limitó á dejarse +conducir por la tapada. + +--Pero, ¡yo os arrastro! ¡yo os llevo!--dijo ésta con acento en que +brotaba un tanto de irritación--; ¡y lo notará quien nos vea! ¿Cómo +llevaríais á vuestra amante, caballero? + +--¡Ah! ¡según!--dijo el joven--... si íbamos huyendo de un marido, de un +padre, ó un hermano... + +--No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados á +quienes importan poco el frío, la lluvia y el viento. + +--Sea como vos queráis--dijo el joven--; y paréceme que si yo os +conociera, sería muy posible, casi seguro, mi enamoramiento. + +--¿De dónde sois, caballero?--dijo la tapada, marchando ni más ni menos +que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su +elección. + +--Soy... pero dispensad, señora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo +adivinar el objeto de vuestra pregunta. + +--Os pregunto que de dónde sois, porque me parecéis un tanto cortesano: +me estáis enamorando á la ventura sin soltar prenda. + +--Pues os engañáis, señora; no soy cortesano sino desde esta tarde. + +--¡Cómo! ¿no habéis venido hasta ahora á la corte? + +--No; y sin embargo, aunque no llega á una hora el tiempo que hace que +estoy en ella, me han sucedido tales aventuras... + +--¿Aventuras y en una hora? + +--Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; he conocido á dos +grandes señores; me he perdido en el alcázar... + +--¡Ah! ¡os habéis perdido... en el alcázar...! ¿y qué aventura os ha +sucedido al perderos? + +--¡Perderme!--exclamó el joven, y suspiró porque se acordó de la +hermosura de la dama de la galería. + +--En palacio es el perderse muy fácil--dijo la dama--, y os aconsejo que +si alguna vez entráis en él, os andéis con pies de plomo; ¿y no os ha +acontecido más aventura después de haberos... perdido en el alcázar? + +--Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventura esta en que +me encuentro con vos, á quien no conozco, que se me os habéis venido sin +saber de dónde y que...? + +--¿Y qué...? + +--Podéis acabar de perderme. + +--¡Yo! + +--Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal, y hallaros +metida en un gran empeño. + +--Explicadme... + +--Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!, pero quien tiene +tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso. + +--En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusar de las mujeres, +caballero? + +--¡Ah!, perdonad: yo no creía... + +--Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de lo que podéis +creer, y, como habéis supuesto, me encuentro en un gran conflicto. + +--Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tanto trémula +cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío, temblaba. + +--Acortad el paso y bajad más la voz--dijo la dama--; nos siguen. + +--Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis? + +--Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soy yo ó no soy, +procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme. + +--¿Y vos no teméis? + +--Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude; +dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo +en seguirme. + +--¿No es vuestro esposo quien os sigue? + +--Yo no soy casada. + +--¿Ni vuestro padre? + +--Está sirviendo al rey fuera de España. + +--¿Ni vuestro hermano? + +--No le tengo. + +--¿Ni vuestro amante? + +--Nunca le he tenido. + +--¡Ah! + +--¿Qué os sucede? + +--Quisiera saber quién os sigue. + +--No volváis la cara, que sin que la volváis os sobrará acaso tiempo de +saberlo. + +--Pero si no es asunto vuestro... + +--¿Sabéis que sois muy curioso, caballero? + +--¡Ah!, perdonad: me callaré. + +--No, hablad; hablad. + +--Pero si mis palabras os ofenden... + +--Habladme de lo que queráis. + +--¡Ah! ¿de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros. + +--¿Y para qué? + +--Os repito que debéis ser muy hermosa. + +--Mirad no os engañe vuestro deseo. + +--Descubrid el rostro. + +--Mostraros el rostro ahora sería comprometer acaso un secreto que no es +mío. + +--¡Cómo! + +--Si pudiérais dar señas de la mujer á quien vais acompañando... + +--Soy noble y honrado. + +--No os conozco. + +--Y sin embargo, os habéis amparado de mí. + +--A la ventura, á la desesperada. + +--¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato? + +--Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéis dicho quiénes eran +los dos grandes señores que habéis conocido. + +--¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda. + +--¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros? + +--Terciaron en mi disputa con el palafrenero. + +--¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían? + +--De las caballerizas del rey. + +--¡Ah!, ¡es extraño!--dijo la dama--; ¡juntos y en público Olivares y +Uceda! + +Y la dama guardó silencio por algunos segundos. + +Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los +anchos y bajos aleros de las casas los protegían. + +El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con +indolencia su brazo, un brazo mórbido y magnífico, á juzgar por el +tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su +cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce, +extremadamente simpática, y se exhalaba de ella una leve atmósfera +perfumada. Además, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente +blanca y mórbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar +abierto más que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente, +para que pudiera vérsela ni un ojo. + +La noche empezaba á cerrar densamente obscura. + +El joven empezaba á aturdirse con lo que le acontecía. + +--¿Y qué aventura os sobrevino en el alcázar cuando os perdísteis? + +--Os lo repito: mi aventura en el alcázar ha sido perderme. + +--Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos. + +--¡Ah, señora...! ¡tengo una sospecha...! + +--¿Qué?--dijo con cuidado mal encubierto la dama. + +--Que acaso vos seáis la causa de que yo me haya perdido. + +--¡Yo! ¡y no me conocéis! + +--Esa es mi desesperación: que no os conozco, y os recuerdo. + +--¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis, ¿como podéis +recordarme? + +--Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada más, y +os he visto tan hermosa que me habéis cegado... + +--¿Que me habéis visto? ¿Y dónde? + +--Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto. + +--¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿de qué color son +mis ojos? + +--Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora, y cuando he vuelto +á abrir los ojos me he encontrado á obscuras. + +--Nos siguen más de cerca--dijo la dama--, y mucho será de que quien nos +sigue, á pesar de todo, no me conozca. + +--La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamos por calles +desiertas: al que estorba se le mata. + +--¡Ah!--exclamó la dama y estrechó el brazo del joven. + +--Decidme: detened á ese hombre, y no da un paso más. + +--¿Y mataríais por mí á quien no conocéis? ¿á un hombre que ningún mal +os ha hecho? + +--Sí. + +--¿Y si no fuera yo quien creéis? + +--¿Quién otra pudiera ser? + +--La dama de palacio. + +--Es que yo no he visto en palacio ninguna dama. + +--¿La habéis prometido callar? + +--Os juro que á ninguna dama he visto. + +--Decidme... pero rodeemos por esta calle: ¿á qué habéis venido á +Madrid? + +--A buscar á mi tío, que es el cocinero mayor del rey. + +--¡Ah! ¿y al arrimo de vuestro tío, venís á pretender algún oficio á la +corte? + +--Yo, señora, no pretendo nada. + +--¿Sois rico? + +--Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no +son necesarios empeños. + +--¿De modo que...? + +--Vengo á traer á mi tío el cocinero una carta de mi tío el arcipreste. + +--¡Ah! ¿y de dónde venís...! + +--De Navalcarnero. + +--¿Y nunca habéis salido de esa villa? + +--Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad de Alcalá. + +--¡Ah! ¡ya decía yo! + +--¿Y qué decíais vos? + +--Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya! + +--Y estudiante de teología. + +--¿Y ordenado? + +--No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, y luego el +amor... ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo! + +--No sabéis hablar más que de amor. + +--Pues mirad; hasta ahora no he amado. + +--¿Amáis á la dama del juramento? + +--Os juro, señora... + +--Si yo fuese la dama de la galería... + +--¡Ah! + +--Si yo fuese la que de tan mal talante os echó por una escalera +excusada... + +--¿Vos me libertáis de mi promesa? + +--Y porque habéis cumplido bien, espero que me contestéis en verdad: ¿es +cierto que os he causado tal impresión, que no recordáis mi semblante? + +--Os lo juro por mi honra. + +--Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo +aún: cuidad que no me volveréis á ver, cuidad que es un sueño lo que os +sucede, y seguid callando como callábais. + +--¡Oh! ¡sí! ¡callaré! pero amaré... os amaré... aunque no os conozca... +¡os amaré siempre!... ¡sin esperanza...! + +--Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos á +separarnos. Parémonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he +causado en vos la impresión que decís. ¿Oísteis hablar á alguien en la +galería? + +--Sí. + +--¿Qué oísteis...? + +--Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida ó la honra...» +ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea franco con vos? He creído que +quien pronunciaba aquellas palabras era... + +La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven, y éste, +aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la dama dió un ligero +grito, y desasió con fuerza su brazo de la mano del joven; en ésta quedó +un brazalete, que el joven guardó rápidamente, y aprovechando el haberse +descompuesto el manto de la dama, la miró: + +--¡Ah!--exclamó con desesperación. + +--Está la noche muy obscura--dijo la dama cubriéndose de nuevo. + +--¿Y no tendréis compasión de mí...? + +--Escuchadme y servidme. + +--Os serviré. + +--Desde aquí voy á seguir sola. + +--¡Sola! + +--Sí. Allí, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que +ese hombre no pueda seguirme. + +--No os seguirá. + +--Evitad matarle, si podéis. Con que le entretengáis un breve espacio +estaré en salvo. + +--¿Pero nada me decís? ¿Ninguna señal vuestra me dais? + +--¡Ah! ¿queréis una señal? Tomad. + +--¿Y qué es esto...? + +--Tomadlo. + +--¡Una joya! + +--No, una señal. Y oíd: seguid guardando un profundo secreto acerca de +vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habéis estado en la portería de +damas, vos no habéis oído nada. Sobre todo no sospechéis, no os atreváis +á adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido... + +--¡La reina! + +--Sí--dijo la tapada inclinándose al oído del joven y con voz ardiente y +entrecortada--: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confío +en vos. Deteniendo á ese hombre que me sigue, servís á su majestad. Sed +caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme +vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos. + +--¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora! + +--¿No os he dejado una prenda? + +--Pero... + +--No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós. + +Y la tapada tiró una calleja adelante. + +El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso. + +--¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa!--dijo nuestro forastero, echando al aire la +daga y la espada. + +El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embistió +al joven. + +--Os aconsejo que os vayáis--dijo éste, acudiendo al reparo de los +golpes que le tiraba el embozado--, porque si no os vais, os va á +suceder algo desagradable. ¡Hola! ¿se me os venís con estocadas? +¡perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mío. + +Echó fuera dos ó tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del +contrario, le dió un cintarazo encima del sombrero. + +--Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los +dientes--dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable. + +El otro redobló su ataque. + +--Es el caso que yo no quiero mataros--dijo el sobrino de su tío--; no +por cierto: sería bautizar mi entrada en Madrid con sangre. ¡Ah! ¿os +empeñáis? pues... allá voy, camarada... + +Y se cerró en estocadas estrechas, obligando al contrario á repararse +con cuidado. + +--¡Ah! ¡ah!--murmuró el joven--; en la corte no saben más que _echar +plantas_; paréceme que ya le tengo para el desarme de mi tío el +arcipreste. ¡Veamos! ¡Pobre hombre! ¡Bah! ¡estáis preso! ¡Sois mío! + +El forastero había cogido á su contrario en el momento en que tenía +puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuñadura; había metido una +estocada baja y diagonal por el ángulo estrecho formado por la daga y +por la espada del incógnito y había hecho una especie de trenza con los +tres hierros, sujetándolos contra el muslo izquierdo de su contrario. + +Era un desarme completo; el enemigo no podía valerse de sus armas; entre +tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hirió. + +--Idos--dijo al otro--; puedo mataros, pero no quiero asustar á mi buena +suerte tiñéndola de sangre la primera noche que entro en Madrid; +envainad vuestros hierros y volvéos por donde habéis venido. + +Y diciendo esto sacó su espada del desarme, se retiró dos pasos del +otro, que había quedado inmóvil, y luego se embozó y tiró la calle +adelante por donde había desaparecido la tapada. + +El vencido quedó solo, inmóvil; un momento después de haberse alejado su +generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelantó un +hombre, á quien seguían otros cuatro. + +Aquellos hombres eran alguaciles y traían linternas. + + + + +CAPÍTULO II + +INTERIORIDADES REALES + + +Doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, era camarera mayor de la +reina. + +La viudez ú otras causas que no son de este lugar, habían empalidecido +su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos. + +Pero, á pesar de esto, el rostro de doña Juana era bastante bello, +dulcemente melancólico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la +conciencia que la buena señora tenía de su nobleza, que, según los +doctores del blasón, se remontaba nada menos que á los tiempos de la +dominación romana. + +Satisfecha con su cuna, con la posición que ocupaba en la corte y con +sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de +ellas á la caridad, doña Juana de Velasco, ó sea la duquesa de Gandía, +era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud. + +No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una +manera pasiva de su buena posición, ni que de tiempo en tiempo no la +molestase algún grave disgusto. + +Si la duquesa de Gandía no hubiese funcionado como una rueda, más ó +menos importante, en la máquina de intrigas obscuras que estaba +continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido +camarera mayor de la reina. + +La duquesa de Gandía era acérrima partidaria de don Francisco de +Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqués de Denia y secretario de +Estado y del despacho. + +Tenía para ello muy buenas razones, porque sólo apoyándose en buenas +razones, podía ser amiga del duque la virtuosa duquesa. + +Dotada de cierta penetración, de cierta perspicacia, comprendía la +duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legítimo, que +nadie podía disputarle, era un rey que no era rey más que en el nombre. + +Sabía perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que +Felipe III era miope de inteligencia; que sólo había heredado de su +abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonomía; que el cetro +se convertía en sus manos en rosario; que era débil é irresoluto, +accesible á cualquiera audacia, á cualquiera ambición que quisiera +volverle en su provecho, y lo menos á propósito, en fin, para regir con +gloria los dilatadísimos dominios que había heredado de su padre. + +La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamente convencida de que +el rey necesitaba andadores. + +La duquesa estaba también completamente convencida de que el duque de +Lerma venía á ser los andadores de Felipe III. + +El carácter tétrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal +encubierta, á la gestión de los negocios públicos; su falta de +instrucción y de ingenio, hacían de él un rey vulgarísimo, en el cual +ningún ministro podía apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera +intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para +establecer esa sucesión ruinosa de gobernantes egoístas é interesados +que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados sólo +por una ambición repugnante, dan el miserable espectáculo de una lucha +mezquina, que acaba por empequeñecer, por degradar á la nación que sufre +con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega. + +El duque de Lerma, que después de una larga vida de cortesano, que le +había hecho práctico en la intriga, llegó á ser árbitro de los destinos +de España como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe +III, se había visto obligado, desde el principio de su privanza, á +rodear al rey de hechuras suyas, á intervenir hasta en las +interioridades domésticas de la familia real, y, lo que era más fatigoso +y difícil, á contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que, +menos nula que el rey, quería ser reina. + +Esto era muy natural; pero por más que lo fuese no convenía al duque de +Lerma, que quería gobernar sin obstáculos de ningún género. + +La duquesa de Gandía, pues, con muy buena intención, y creyendo servir á +Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto á la +reina. + +Servía la duquesa á Lerma tan de buena voluntad, con tan buena +intención, ya lo hemos dicho, como que creía que todo lo que faltaba á +Felipe III para ser un mediano rey, sobraba á Lerma para ser un buen +ministro. + +Militaban además en el ánimo de la duquesa en pro del favorito, razones +particulares de agradecimiento. + +La duquesa era madre. + +Lerma favorecía abiertamente á su hijo, el joven duque de Gandía, +confiriéndole encargos altamente honoríficos. + +Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen +su posición, que aumentan su brillo. + +La duquesa de Gandía estaba con justa causa agradecida al duque de +Lerma. + +Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones á su +agradecimiento, la duquesa servía á Lerma por convicción y por deber. + +Pero era el caso que Lerma tenía más vanidad que perspicacia, y solía +suceder que construyese sus más soberbios edificios sobre arena. + +Así es que con frecuencia se equivocaba en la elección de sus +instrumentos, tomando lastimosamente la adulación por afecto y el +servilismo por solicitud. + +El duque de Lerma se había creado sus enemigos en sus mismos +instrumentos, y debía conservar el poder hasta el momento en que, +robustecidos por él sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes +para derrocarle. + +Respecto á la duquesa de Gandía, la equivocación de Lerma había sido de +distinto género: ella le servía de buena fe, pero la duquesa no servía +para el objeto á que la había destinado el duque. + +Porque la reina era más perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los +tiempos de Felipe III, los prodigios personificados habían dejado +completamente de manifestarse en España; sin ser un prodigio la reina, +tenía un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que +se llama astucia femenil. + +Desde el principio comprendió Margarita de Austria que su camarera mayor +era un instrumento de Lerma, y no le rompió porque prefería un enemigo +de quien podía burlarse, á arrostrar el peligro de que, más precavido el +duque, ó más atinado en una segunda elección, la pusiese al lado una +influencia más temible. + +La reina, pues, procuró neutralizar el poder de Lerma respecto al +insuficiente espía que la había puesto al lado, colmando de favores y +distinciones á la duquesa y demostrándola un cariño de amiga, más que de +soberana. + +La duquesa tragó el anzuelo, y no vió de la reina más que lo que la +reina quiso que viese. + +Lerma no logró, pues, nunca saber á lo que debía atenerse á ciencia +cierta respecto á la reina. + +La duquesa creía verlo todo, y halagada de una parte por los favores del +favorito, y de otra por el cariño traidor de la reina, vivía tranquila y +feliz, salvo algunos disgustos inherentes á su posición, inevitables. + +Como mujer de Estado, tenía satisfecha su vanidad, creyéndose uno de los +primeros y más importantes resortes del gobierno. + +Como mujer particular, había pasado de la edad de las pasiones, gozaba +del respeto y de la consideración de todo el mundo, y pasaba la parte de +vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo, +rezando, leyendo vidas de santos ó durmiendo. + +De lo expuesto se deduce que la duquesa de Gandía vivía soñando. + +Y como la vida es sueño, vivía. + +Para algo hemos presentado á nuestros lectores esta señora. + +Ella va á servirnos de medio para empezar á conocer de una manera +gráfica, por decirlo así, á uno de los más importantes personajes de +nuestro drama. + +Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su tío las +extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el capítulo anterior, +y cabalmente en los momentos en que el joven sostenía su extraño diálogo +con la dama encubierta, doña Juana de Velasco estaba sentada en un ancho +sillón forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo á la luz de +los dobles mecheros de un enorme velón de plata, un no menos enorme +libro á dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno. + +Aquel libro tenía por título: _Miedos y tentaciones de San Antonio +Abad_. + +La habitación en que la duquesa se encontraba era una extensa cámara del +alcázar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas +con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz. + +El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, según el gusto del +Renacimiento, estaba, á causa de su altura, casi perdido en la sombra, +que no alcanzaba á disipar la insuficiente luz del velón; acontecía lo +mismo respecto á las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacían +aparecer de una manera extraña y descompuesta las figuras de los +cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado á cierta distancia, +en la sombra, contribuía á dar cierto aspecto fantástico y siniestro á +aquella silenciosa cámara, en la cual no se veía de una manera +determinada más que el plano de la mesa en que estaba el velón, parte de +la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio +cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en +silencio y con una atención gravísima. + +No se oía ruido alguno, á excepción del zumbar del viento, y el +chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo, +produciendo un golpe seco y desagradable. + +La duquesa seguía engolfada en su lectura. + +De repente se estremeció y palideció. + +Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano +maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerró el libro santiguándose. + +Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente, se dejó notar +en doña Juana, que exhaló un grito y se puso de pie aterrada. + +No podía ser el libro lo que había causado este nuevo terror. + +En efecto, había sido distinta la causa. + +La duquesa había visto abrirse una de las paredes de la cámara, y salir +por la abertura una sombra negra. + +Su sobresalto, pues, era muy natural. + +Pero sobre los hombros de la figura negra, había una cabeza blanca con +sus correspondientes cabellos rubios. + +Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado por una aparición +del otro mundo. + +--¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana!--dijo aquel hombre +poniéndose un dedo sobre los labios--; ¿no veis que vengo solo y de una +manera misteriosa? + +--En efecto, señor, y me habéis dado un buen susto--dijo la duquesa. + +--Vos no sabíais que en las habitaciones de la reina había puertas +ocultas, ¿eh? pues ni yo tampoco. + +--Pero vuestra majestad... si saben... + +--Os diré: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado. + +--Dejad, dejad que vuelva de mi susto, señor; ¿conque es decir que si no +hubiera sido vuestra majestad...? + +--Eso digo yo: en nuestro alcázar tenemos entradas y salidas que no +conocemos; de modo que si algún miserable como Ravaillac conoce estos +pasadizos, estamos expuestos á morir de la muerte del rey de Francia. + +--En España no hay regicidas, señor: además, vuestra majestad es un rey +justo y bueno y no tiene enemigos. + +--Dicen que Enrique IV era un buen rey. + +--Pero hereje... + +--¡Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin +embargo, ¡si supiérais, doña Juana, de qué manera he sabido que se puede +venir de mi cámara á la de la reina sin que nadie lo sepa! + +--¿Pues cómo? ¿no conoce vuestra majestad á quien se lo ha revelado? + +--Cerrad las puertas, doña Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos +vea, y venid á sentaros después conmigo junto al brasero. Hace frío, sí, +sí por cierto, mucho frío. Tenemos que hablar largamente. + +Mientras que la duquesa de Gandía cierra las puertas, toda admirada y +toda cuidadosa, examinemos al rey, que se había sentado junto al +brasero y removía el fuego aspirando su calor con un placer marcado. + +Felipe III sólo tenía entonces treinta y tres años, pero su palidez +enfermiza y la casi demacración de su semblante le hacían parecer de más +edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenían brillo, ni el +conjunto de sus facciones energía; el sello de la raza austriaca, +ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como +enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonomía no +expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando más la tenacidad de +un ser débil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo +característico de su familia, no expresaba ya en él el orgullo y la +firmeza: había quedado, sí, pero un tanto colgante, expresando de una +manera marcada la debilidad y la cobardía del alma; aquel labio en +Carlos V había representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe +II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni +el dominador, ni el déspota se había vulgarizado, se había degradado; no +era un rasgo, sino un defecto. + +Añádase á esto un cuerpo delgado y pequeño, caracterizado con el aspecto +fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un +traje de terciopelo negro; añádase un cordón de seda del que cuelga +sobre el pecho el toisón de oro; un pequeño puñal de corte, pendiente de +un cinturón tachonado de pequeños clavos de plata, y al otro lado un +largo rosario negro sujeto al mismo cinturón, y se tendrá una idea de +Felipe III, tal cual se presentó á la duquesa de Gandía. + +--¿Habéis cerrado ya, doña Juana?--dijo el rey, después que hubo +removido á su placer el brasero y colocádose en la posición más cómoda +que pudo. + +--Sí, señor. + +--¿Es decir, que no puede escucharnos nadie? + +--Nadie, señor. + +--Sentáos. + +Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y á corta distancia +del rey. + +--Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío... y sobre todo, tenemos que +hablar largamente y á corta distancia, á fin de que podamos hablar muy +bajo: vengo á buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa +necesitado de vos, no como rey. + +--Vuestra majestad puede mandarme siempre. + +--No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servís con el alma y la +vida... + +--A vuestra majestad. + +--Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque el duque es mi más +leal vasallo. + +--Lo podéis afirmar, señor... el duque de Lerma... + +--El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre los dos, doña Juana, +me tiraniza un tanto; á pretexto de que la reina es enemiga suya, me +tiene casi divorciado; y la reina... está ofendida conmigo... ya lo +sabéis. + +La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedía era un verdadero +compromiso, porque, al fin, el rey era el rey. + +La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á la cual raras +veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, había +impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su +cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida +comunicación secreta, la había entregado sin armas y, lo que era peor, +desprevenida, á una entrevista particular con el rey. + +La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otra contestación +mejor que el silencio. + +Alentado con este silencio, el rey añadió: + +--Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lerma es demasiado +receloso, demasiado, y no sé qué motivo pueda tener para desconfiar de +la reina, para impedirme mi libre trato con ella. + +--Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestad la puerta de la +cámara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido. + +--Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de la reina oyen. + +--Podrá suceder--respondió la duquesa con intención--, si las paredes de +la cámara de su majestad tienen pasadizos como ese. + +Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedado abierta. + +Sea como fuere--dijo el rey--, cuando Lerma sabe que yo voy á ver á la +reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos. + +--Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo... + +--No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; pero cuando la expulsión +de los moriscos... la reina creía que el edicto era demasiado +riguroso... pretendía que los reinos de Granada y Valencia iban á quedar +despoblados... me indicó otros medios... estábamos solos la reina y +yo... al día siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y +me hizo comprender con buenas palabras que lo sabía todo... es más: +extremó los rigores, sin duda saludables, de la ejecución del edicto, y +yo tuve después con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedición +de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz... +Lerma ha enviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negado á +recibirme de todo punto. + +Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contestó. + +--¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana?--dijo el rey, en +el cual se iba haciendo cada vez más visible la impaciencia--; estáis +como asustada... + +--En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y +suplico á vuestra majestad que... señor... perdonadme, pero no se me +ocurre nada... + +--Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía--insistió el rey +con un tanto de aspereza--; preciso... yo no contaba con encontrar á +nadie, porque el papel que me han dejado decía... + +--¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad...! + +--¡Qué! ¿no os he contado...? + +--Vuestra majestad me ha dicho... + +--Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto. +Pero... os exijo el más profundo secreto--exclamó interrumpiéndose y con +una gravedad, verdaderamente regia, el rey. + +--¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad! + +--¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtud muy antigua +en la noble familia de los Velascos. Y hace frío... + +La duquesa removió de nuevo el brasero. + +--Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que +está sucediendo. + +--¿Pero qué está sucediendo, señor? + +--Sucede que yo estoy hablando mano á mano y á solas con vos. + +--Lo que me honra mucho. + +--Pues bien; que nadie sepa, doña Juana, que habéis sido honrada de este +modo... vos no me habéis visto. + +--Crea vuestra majestad, señor... + +--Sí, sí, creo que después de lo que os he dicho, seréis discreta. Pero +estamos pasando lastimosamente el tiempo. + +Y el rey fijó una mirada vaga en la puerta que correspondía á la +recámara de la reina. + +Aquella mirada hizo sudar á la duquesa. + +--Sabed--dijo el rey, acercándose más á doña Juana y en voz sumamente +baja--que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde +conmigo. + +Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucho los ojos, +porque no sabía á dónde iba el rey á parar. + +--Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas graves que no vienen á +cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo. + +Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación, volvió á +abrir desmesuradamente los ojos. + +--Estaba solo conmigo y encerrado--continuó el rey--, ¿entendéis bien, +duquesa? solo conmigo y encerrado... + +--Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad. + +--Pues bien--dijo el rey soslayándose en el sillón y buscando en uno de +los bolsillos de sus calzas--, cuando el padre Aliaga salió, me encontré +sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta á la vista y que, como veis, +dice en su sobrescrito: «A su majestad el rey de España». + +La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando. + +--Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy +larga, pero que, á pesar de su brevedad, es grave, gravísima: sí; +ciertamente, muy grave. + +Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en su silencio. + +--Acercad la luz, doña Juana--dijo el rey. + +Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de pie junto á Felipe +III, alumbrándole. + +--Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza. + +--Vuestra majestad no puede obligar más, á quien está tan obligada, +señor. + +--No importa, oíd. + +Y el rey se puso á leer: + +«Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean...» + +Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa, que estaba +verdaderamente asustada. + +--¡Los traidores que me rodean!--dijo el rey--¿qué decís á esto? + +--Digo, señor, que no lo entiendo--contestó la duquesa. + +--Ni yo tampoco--repuso el rey--; yo creo que estoy rodeado de vasallos +leales. + +--Alguna miserable intriga... + +--Oíd: «los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad +la reina...» + +Interrumpióse de nuevo el rey. + +--En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razón, y no +tenéis en ello poca parte, doña Juana. + +--¡Jesús, señor!--exclamó la duquesa, que á cada momento estaba más +inquieta. + +--Como que sois muy grande amiga de Lerma. + +--Yo... señor...--contestó con precipitación la camarera mayor--cuando +se trata del servicio de mis reyes... + +--Seguid oyendo... «os tienen separado de la reina: es necesario que +este estado de cosas concluya...» + +Dejó el rey de leer. + +--Y yo también lo creo así--dijo--; en cuanto á lo de no ver libremente +á mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incógnito; pero +prosigamos. + +Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta: + +--«...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguirá +vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastante valor... ¡para hacerse +respetar!» + +--Eso es una insolencia, señor--dijo la duquesa--: quien escribe esto á +su rey, no puede ser más que un traidor. + +--Eso dije yo... pero más abajo hay algo en que este traidor me sirve +mejor que me sirven mis más leales vasallos, inclusa vos, doña Juana. + +--¡Señor!--exclamó toda turbada la duquesa. + +--Vais á juzgar--dijo el rey continuando la lectura--: «pero lo que no +conseguiríais del duque de Lerma ni de _la camarera mayor_...» + +--¡Oh, Dios mío!--exclamó la duquesa--: perdóneme vuestra majestad si le +interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta +entre el número de los traidores. + +--¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yo me dejaría llevar +de carteles misteriosos? Si he dado importancia á éste es porque dice +algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho. + +--¡Un hecho! + +--Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se +pasa el tiempo y esta cámara es tan fría... + +Inclinóse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removió +de nuevo el brasero. + +El rey leyó: + +--«...pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera +mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cámara, sin +temor de ser escuchados por nadie, va á procurároslo quien, no +sirviéndoos por interés alguno, sino por su lealtad, os oculta su +nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraréis un +llavín de punta cuadrada; id luego al armario donde tenéis vuestros +libros de devoción, y junto á la pared, por la parte que mira á vuestro +lecho, encontraréis un agujero cuadrado también; meted en él el llavín, +dad vuelta, y el armario se abrirá, dejándoos franco un pasadizo; +seguidle en línea recta: á su fin encontraréis una puerta que abriréis +con el mismo llavín, y os encontraréis en las habitaciones de... vuestra +esposa.» + +El rey dobló la carta lentamente, se soslayó de nuevo, y la guardó en su +bolsillo. + +--¿Qué decís á esto, doña Juana?--la preguntó el rey. + +La duquesa se había quedado con el velón en posición de alumbrar al rey +y hecha una estatua. + +--Dejad, dejad el velón, y venid á sentaros frente á mi. Dios me +perdone, pero juraría que estábais temblando. + +--¡Ah, señor!--dijo la duquesa, que había dejado el velón, volviendo y +juntando las manos--; ¡cuando pienso que un traidor puede llegar hasta +aquí impunemente! + +--Hasta ahora sólo ha entrado el rey; pero sentáos, sentáos y escuchadme +bien: exceptuando lo mal que os trata á Lerma y á vos, yo no sabría con +qué pagar á quien me ha procurado los medios de llegar hasta aquí... de +poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta +hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina. + +--¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado? + +--No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó si Lerma no creyera +que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo +de pasadizos. + +--Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios, es lo +primero. + +--Sí, sí, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondréis +dificultades. + +--¡Dificultades! ¡á qué! + +--Mirad, doña Juana, yo amo á la reina. + +--Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por +discreta. + +--La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma me separáis de ella. + +--¡Yo, señor!... + +--Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mi pacífico bando, os +habéis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que +necesitábais llenar las fórmulas, con que la etiqueta no permite al rey +ver á su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con +la libertad que cualquiera de mis vasallos ve á su mujer... ¿lo +entendéis? + +--Sí; sí, señor, pero... + +--Os prometo que nadie lo sabrá: que ese pasadizo permanecerá +desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de +asuntos de Estado... + +--¿Vuestra majestad me manda, señor, que le anuncie á su majestad la +reina?--dijo la duquesa levantándose. + +--No, no es eso... no me habéis entendido, doña Juana; yo no os mando, +os suplico... + +--Señor--dijo la duquesa inclinándose profundamente. + +--Sí, sí, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me +procuréis la felicidad que tiene el último de mis vasallos: la de poder +amar sin obstáculo á su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y +yo... no os comprometeremos... + +--Vuestra majestad no puede comprometer á nadie, porque vuestra majestad +en sus reinos es el único señor, el único árbitro á quien todos sus +vasallos tienen obligación de obedecer y de respetar. + +--Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que toméis +ese tono tan grave; lo veo: estáis entregada en cuerpo y alma á Lerma, +le teméis; le teméis más que á mí; ¿será cierto lo que dicen acerca de +que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, +por nuestra gracia, es más rey que el rey en los reinos de España? + +Estremecióse doña Juana, porque Felipe III se había levantado de su +indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como +en lúcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provenía. + +Tanto se turbó la duquesa, de tal modo tartamudeó, que Felipe III se +vió obligado á apearse de su pasajera majestad. + +--Os suplico, bella duquesa--la dijo asiéndola una mano y besándosela, +como hubiera podido hacerlo un caballero particular--que seáis mi amiga. + +--¿Vuestra majestad desea ver á la reina?--dijo toda azorada doña Juana. + +--Deseo más. + +--¿Y qué más desea vuestra majestad? + +--Deseo... que... que esto se quede entre nosotros. + +--Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor. + +--Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid +á mi esposa... á la reina... que yo... + +--Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestra majestad. + +El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando: + +--Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha +mostrado el camino; pero ¿quién será?¿El padre Aliaga?¡Bah! el padre +Aliaga no se anda conmigo con misterios... ¿quién será?¿Quién será? + +Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes la duquesa, y el +rey se calló. + +Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa. + +--¿Qué tenéis, duquesa?--dijo el rey, que no pudo menos de notar la +turbación de la camarera mayor. + +--Tengo... señor... que vuestra majestad va á creer que no quiero +obedecerle. + +--¡Cómo! + +--Me es imposible anunciar á vuestra majestad. + +--¡Imposible! + +--Sí; sí, señor, imposible de todo punto. + +--Pero y ¿por qué?... + +--Porque... porque su majestad no está sola. + +--¿Que no está sola la reina? ¡Otra desgracia!... ¿Pero quién está con +la reina? + +--Está... esa doña Clara Soldevilla; esa menina á quien tanto quiere, á +quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi señora... +esa mujer á quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad. + +--¡Doña Clara Soldevilla!--dijo el rey palideciendo más de lo que +estaba--; ¿será necesario...? + +--Sí; sí, señor; será necesario expulsarla á todo trance de palacio... +es... perdone vuestra majestad... una intriganta... una enemiga á +muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de +vuestra majestad. + +--Pero en resumen... ¿el estar la reina con esa mujer impide...? ¿No es +éste un refugio vuestro, doña Juana? + +--Juro á vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que +me es imposible, imposible de todo punto anunciar á vuestra majestad... +á no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doña Clara... + +--¡Ciertamente que soy muy desgraciado!... + +--Juro á vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi señora +quede sola... yo misma... por ese pasadizo, iré á avisar á vuestra +majestad... + +--¡Cuando haya vuelto Lerma...! ¡Cuando...! no, no, doña Juana, yo +volveré; yo volveré... esta noche á la media noche... esperadme... y yo, +yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecerá. + +Y Felipe III, como quien escapa, se dirigió á la puerta secreta, +desapareció por ella y cerró. + +La duquesa viuda de Gandía volvió á quedarse sola. + +Durante algunos segundos permaneció de pie, inmóvil, anonadada, trémula. + +--¡Pero Dios mío! ¿Qué es esto?--exclamó con la voz temblorosa--. ¿Dónde +está la reina? ¿Dónde está su majestad? + +Y saliendo de su inacción, se precipitó de nuevo en la recámara de la +reina. + +Ni en ésta, ni en el dormitorio, ni el oratorio había nadie. + +La reina, á juzgar por las apariencias, no estaba en el alcázar; al +menos no estaba en las únicas habitaciones donde podía estar, porque +suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un +absurdo; ¿pero no podía haber salido la reina por algún pasadizo +semejante á aquel por donde había aparecido el rey? + +--La reina estaba sola: me despidió á pretexto de sus devociones y se +encerró en el oratorio--dijo la duquesa--; nadie ha entrado, y la +reina... su majestad... no parece; ¡oh! ¿qué es esto, Dios mío? + +Encontrábase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina, +buscando con una bujía que había tomado del oratorio, por todas partes; +su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea +siniestra, una tradición obscura, que reposaba como otras tantas en el +seno del alcázar, vino á herir su imaginación. + +--Aquí, en esta misma cámara--murmuró con miedo--, murió la reina doña +Isabel de Valois. + +La duquesa se detuvo. + +--Dicen--continuó--que la envenenó, por celos de su hijo, el rey Felipe +II. + +La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empezó á +encontrarse mal, á tener miedo en el dormitorio. + +--¿Servirían estos pasadizos--dijo--para que el rey observase á su +esposa? + +Detúvose de nuevo la duquesa. + +--Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cámara cosas +extraordinarias... que el alma de la reina doña Isabel... + +En aquel momento la puerta que conducía al oratorio de la reina, dió un +violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dejó caer la +palmatoria que tenía en la mano y se quedó á obscuras. + +Entonces sintió junto á sí los pasos de alguien que andaba por el +dormitorio; sintió que aquellos pasos se acercaban á ella; sobrecogióla +un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero á pesar +de aquel terror, oyó clara y distintamente una voz alterada, de +entonación fingida, que dijo muy cerca de ella: + +--Si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad +vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche. + +La voz calló, los pasos se alejaron, rechinó la puerta, y luego todo +volvió al silencio anterior. + +Instantáneamente la duquesa se lanzó fuera del dormitorio y de la +recámara de la reina, entró en la cámara donde poco antes había estado +hablando con el rey y corrió á una campanilla y la agitó con violencia. + +Entró una de las doncellas de la servidumbre. + +--No, vos no--dijo alentando apenas la duquesa--; decid á la señora +condesa de Lemos que entre. + +Poco después entró una joven como de veinticuatro años, hermosa, viva, +morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil. + +A la primera mirada comprendió que sucedía algo terrible á la duquesa. + +--¿Qué es esto, señora?--la dijo--; estáis pálida, mortal, tembláis... +¿qué os ha sucedido? + +--Una pesadilla... amiga mía: me había dormido al amor del brasero, y... +hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os +vayáis... no... será una manía--añadió sonriendo penosamente--, pero no +quiero estar sola. + +La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurando para sí +mientras llegaba á la puerta de la cámara: + +--¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quién será el duende +de esta pesadilla! + +Al poco tiempo y después de haber bebido un enorme vaso de agua con +vinagre, después de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una +serenidad aparente, la duquesa dijo á la joven dama de honor: + +--¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanas que +golpean... el ruido de la lluvia... y además... antes de dormirme leía +_Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad_. + +--¡De tentaciones os ocupábais!--dijo la de Lemos--; pues mirad, señora, +la noche está de tentaciones. + +--¿Vos también leíais? + +--No, señora, pensaba. + +--¿Y pensando teníais... tentaciones?... + +--Y muy fuertes, señora. + +--¿Pero de qué? ¿qué diablo os tentaba? + +--El diablo de la venganza. + +--¡Oiga!--exclamó la duquesa afectando una risa ligera, como para +demostrar que había pasado enteramente su terror--: ¿conque queréis +vengaros? + +--Me han ofendido. + +-¿Quién? + +--Mucha gente... + +--Pero explicáos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra +venganza. + +--¡Ay, Dios mío! sí, señora. + +--Y ¿quién os ha ofendido? + +--Primero el conde de Lemos. + +--¡Vuestro esposo! + +--Mi esposo... y me ha ofendido gravemente. + +--¿Pero y en qué? + +--En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un +motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal +nacido, de ese Gil Blas de Santillana. + +--¡Ah, ah! + +--Descender hasta... + +--Pero eso debe ser una calumnia. + +--No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación, y cediendo á +ella me ha ofendido á mí... como que hay quien dice... + +--¡Calumnias! + +--Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de +noche, á obscuras, al cuarto del príncipe don Felipe, solo por heredar á +mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al príncipe +don Felipe á los brazos de una aventurera. + +El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma. + +--¿Pero quién se atreve á decir eso? + +--Quien se atreve á todo; quien, arrastrándose delante de todo el que +puede darle algo, practica los más bajos oficios; quien no se detiene ni +ante lo más alto, ni ante lo más grande; quien se atreve hasta á su +majestad la reina, no contándome á mí, que soy su dama de honor, y +simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Calderón, á +quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza. + +--¿Pero estáis loca, doña Catalina? Estáis loca; ¿qué cólera y qué malas +tentaciones son esas? + +--Acabo de recibir esta carta. + +La joven sacó de su seno un pequeño billete. La duquesa se estremeció +involuntariamente, porque recordó la carta del rey. + +--Leed, leed, doña Juana, porque yo no me atrevo á leer esa carta dos +veces. + +La duquesa tomó la carta, se acercó á la luz, buscó sus antiparras, se +las caló y leyó lo siguiente: + +«Ayer fuí á vuestra casa y estábais enferma; yo sé que gozáis de muy +buena salud: ayer tarde pasé por debajo de vuestros miradores, y al +verme, os metísteis dentro con un ademán de desprecio; anoche hicísteis +arrojar agua sucia sobre los que tañían los instrumentos de la música +que os daba; esta mañana no contestásteis á mi saludo en la portería de +damas y me volvísteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque +no he podido ser indiferente á vuestra hermosura y os amo infinitamente +más que un esposo que os ha ofendido, degradándose. Me habéis declarado +la guerra y yo la acepto. Empiezo á bloquearos, procurando que el conde +de Lemos no vuelva en mucho tiempo á la corte. Tras esto irán otras +cosas. Vos lo queréis. Sea. Por lo demás, contad siempre, señora, con el +amor de quien únicamente ha sabido apreciaros.» + +La duquesa, después de leer esta carta, se quedó muda de sorpresa. + +--Esta carta--dijo al fin--merece... + +--Merece una estocada--dijo la joven. + +--No por cierto: esta carta merece una paliza. + +--¿Pero de quién me valgo yo? ¿á quién confío yo...? + +--Mostrad esa carta á vuestro padre. + +--Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es la letra de don +Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia. + +--¡Esperad! + +--¿Que espere?... ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, y he aquí mis +tentaciones. + +--Pero ¿qué tentaciones han sido esas? + +--Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad. + +--¡Cómo! + +--Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe. + +--¡Doña Catalina! + +--Que valgo infinitamente más que otra cualquiera para querida de su +alteza. + +--¿Y seríais capaz?... + +--¿De vengarme?... ya lo creo. + +--¿De vengaros deshonrándoos? + +--Un esposo como el mío, que se confunde con la plebe, merece que se le +iguale con la generalidad de los maridos. + +--Vos meditaréis. + +--Ya lo creo... y porque medito me vengaré del rey, que no ha sabido +tener personas dignas al lado de su hijo, mortificándole; del príncipe, +enamorándole y burlándole... + +--¡Ah! burlándole... es decir... + +--¡Pues qué! ¿había yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme +ante mis propios ojos?... no... que el mundo me crea deshonrada, me +importa poco: ya lo estoy bastante sólo con estar casada con el conde de +Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio. + +--¡Cómo se conoce, doña Catalina, que sólo tenéis veinticuatro años y +que no habéis sufrido contrariedades! + +--¡Ah, sí!--dijo suspirando la condesa. + +--¿Pero supongo que no cederéis á la tentación? + +--Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no +echarlo todo á rodar: ¡escribirme á mí esta carta! + +Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la carta que la había +devuelto la camarera mayor. + +--¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable! pero +lo hace por venganza. + +--¡Por venganza! + +--Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al príncipe, +no ha tenido á mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Calderón. + +--Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa... + +--Don Rodrigo no me ama... porque... + +--¿Por qué? + +--Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigo está enamorado +de... + +--¿De quién?--exclamó la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada. + +La de Lemos se acercó á la camarera mayor hasta casi tocar con los +labios sus oídos, y la dijo en voz muy baja: + +--Don Rodrigo está enamorado de su majestad. + +--¡Explicáos, explicáos bien, doña Catalina! + +--Ya sé, ya sé que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando +en su favor el logro de su ambición; pero no he querido jugar del +vocablo; no: don Rodrigo está enamorado de su majestad... la reina. + +--¡Ved lo que decís!... ¡ved lo que decís, doña Carolina!--exclamó la +camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelación, y creyendo +encontrar en la misma una causa hipotética de la desaparición de la +reina de sus habitaciones. + +--A nadie lo diría más que á vos, señora--dijo con una profunda seriedad +la joven ni os lo diría á vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas. + +--¡Pruebas! + +--Oíd: hace dos años, cuando estuvimos en Balsaín, solía yo bajar de +noche, sola, á los jardines. + +--¡Sola! + +--En el palacio hacía demasiado calor. Acontecía además, para obligarme +á bajar al jardín, que... en las tapias había una reja. + +--¡Ah! + +--Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por +aquella reja hablaba con un caballero, más discreto por cierto, más +agudo, y más valiente y honrado que el conde de Lemos. + +--Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada. + +--¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, ni aquel caballero me +amaba á mí. + +--Os creo, pero no comprendo... + +--Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os lo confesaría todo. + +--¿Pero cómo podías bajar á los jardines? + +--Por un pasadizo que empezaba en la recámara de la reina, y terminaba +en una escalera que iba á dar en los jardines. + +--¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín! + +--Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce. + +--¡Ah! ¡sí! ¡es verdad! + +--Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recámara de la +reina, cuando su majestad se había acostado; abría silenciosamente la +puerta de aquel pasadizo y me iba... á la reja. + +--Hacíais mal, muy mal. + +--No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáis de qué modo he +podido tener pruebas... de los amores ó al menos de la intimidad de don +Rodrigo Calderón con la reina. + +--¡Amores ó intimidad!...--murmuró la duquesa--¡Dios mío! ¿pero estáis +segura? + +--¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía de hablar con mi +amigo secreto, al pasar por detrás de unos árboles oí dos voces que +hablaban, la de un hombre y la de una mujer. + +--Y eran... + +--Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuanto pude de +puntillas, conocí... que la mujer era la reina, que el hombre era don +Rodrigo Calderón. + +--¡Y hablaban de amores! + +--Al principio... es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban. + +--¡Que conspiraban! + +--Contra mi padre. + +--¡Ah!--exclamó la duquesa. + +--Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo +tenía un bello jubón de brocado; el traje de la reina me extrañó, porque +recordé que cuando entramos á desnudarla tenía un vestido negro. + +--Pero... ¿cómo... á propósito de qué conspiran... la reina y don +Rodrigo contra el duque Lerma? + +--La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se +hacía más que lo que mi padre quería; que las rentas reales se iban +empeñando más de día en día; que la reina estaba humillada; que nuestras +armas sufrían continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer á +mi padre de la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzos +la reina y don Rodrigo. + +--¡Ah! ¡ah! por el amor... ¿hablaron de amor?... + +--Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificios á la reina. + +--Y la reina... + +--La reina le dijo: ¡esperad! + +--¡Pero una esperanza!... + +--Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra ¡esperad! como +la pronunció la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, mañana. + +--Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar +hasta decir á un hombre que pudiese servirla contra el duque: ¡esperad! +¡pero bajar más abajo! + +--La reina tiene corazón. + +--Es casada. + +--Está ofendida. + +--El rey la ama. + +--El rey ama á cualquiera antes que á su mujer. + +--Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes. + +--Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura +engañarla sin conseguirlo. El rey quiere á todo trance que le dejen +rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera. + +Quedóse profundamente pensativa la duquesa. + +--Os repito--dijo recayendo de nuevo en su porfía--que no tengo la más +pequeña duda de que la reina inspira á su majestad un profundo amor. + +--Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo á dos personas. + +--¿Y el rey?... + +--El rey ama á una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por +discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. ¡Pero vos estáis +ciega, doña Juana! ¿no habéis comprendido que el rey está enamorado +hasta la locura de doña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y +corte, y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores del rey? + +--¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréis que la reina +esté ciega también? + +--La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doña Clara jamás +concederá ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvío de +doña Clara á su majestad, se venga del desamor con que siempre su +majestad la ha mirado. + +--Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis... tenéis la imaginación +demasiado viva, doña Catalina. + +--Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre. + +A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico, de tono, la +duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa. + +--¡Qué decís!-exclamó. + +--Mi padre, con la manía de rodearse de gentes que le ayuden, se fía +demasiado de las apariencias y comete... perdonadme, doña Juana, porque +yo sé que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su +excelencia comete torpezas imperdonables. + +--¡Dudáis también de la penetración, de la sabiduría y de la experiencia +de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo +acabaréis por confesar que dudáis de Dios. + +--Creo en Dios y en mi padre. + +--Se conoce--dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su +impaciencia--que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os +casárais, don Francisco de Quevedo. + +Coloreáronse fugitivamente las mejillas de la joven. + +--¿Y en qué se conoce eso? + +--En que os habéis hecho... muy sentenciosa. + +--Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufón +del rey; ¡y qué sentencias dice á veces el bueno del tío Manolillo! El +otro día decía muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey: +«Hoy en España se come lo que no se debe guisar»; y como el buen Montiño +no le entendiese, replicó sin detenerse un punto: «por ejemplo, allá va +un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos +un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.»[A] + + [A] El autor se ve obligado, para que sus lectores + comprendan que los cuernos de venado pueden comerse, á transcribir + la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar: + Francisco Martínez Montiño, en la décimosexta impresión de su _Arte + de Cocina_, á la pág. 163, dice así: _Platillo de las puntas de los + cuernos de venado_. Los cuernos del venado ó gamo, cuando están + cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de + cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos + en agua caliente, y quedarán muy blancos y hanse de aderezar con la + tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con + un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y échesele un + poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una + hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de + verdura. Es muy buen platillo; sólo el nombre tiene malo. + + Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los + que en realidad sólo eran cuernos en leche; como si dijéramos, + cuernos _inferi_ por nacer ó no acabados de nacer. + +A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un +marcado movimiento de disgusto; reprimióse, sin embargo, y dijo +procurando dar á su voz un acento conveniente: + +--Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al +alma, porque estáis terrible, amiga mía; nada perdonáis, ni aun á +vuestro padre, y voy convenciéndome de que por vengaros de ese hombre, +seréis capaz de todo. + +--¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse, +insultos tan groseros? + +--Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar... + +--Vos en mi lugar, ¿qué haríais? + +--Pediría consejo. + +--Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo. + +--¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestras tentaciones. + +--Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis. + +Meditó de nuevo profundamente la duquesa. + +--Pues bien--dijo después de algunos segundos--, voy á hacer más que +aconsejaros: voy á vengaros. + +--¿A vengarme, señora? + +--Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo +Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos. + +--Procurad lo primero y aun más si podéis--dijo con vivacidad la +condesa--; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me +encuentro muy bien sin él. + +--Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á +vuestro padre. + +--¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis. + +--Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante. + +La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió +un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir, +lenta, muy lentamente. + +La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil +escribir, sino en que pensaba más que escribía. + +Ni un sólo momento durante la conversación con la condesa de Lemos, +había olvidado la posición difícil en que se encontraba, esto es: su +posición de camarera mayor de una reina que se había perdido en su +recámara, mientras ella hacía su servicio en la cámara. + +La conversación con la condesa de Lemos había agravado, á su juicio, +aquella situación; había descubierto grandes cosas; esto es: que la +reina alentaba á don Rodrigo Calderón, confidente y secretario íntimo +del duque de Lerma, á quien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado +por la reina, hacía una completa traición al duque. + +Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que había procurado al rey +el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sería también él quien, en +medio de las tinieblas, la había amenazado con publicar sus secretos, si +no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de +aquella noche. + +La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidad de avisar +al duque de la aparición inesperada del rey y de la no menos extraña +desaparición de la reina; pero cuando hubo oído las terribles +revelaciones de la condesa de Lemos, vió que era de todo punto +imprescindible avisar á Lerma sin perder un segundo. + +El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era de esperar que +aquella noche no viniese á palacio; la camarera mayor estaba retenida +por las obligaciones de su cargo en el alcázar hasta la hora de +recogerse la reina, que era bastante avanzada; urgía avisar al duque, +pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza. + +Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intriga alrededor de +Felipe III, que no había de quién valerse con confianza para confiarle +una carta para el duque de Lerma. + +La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija querida del duque de +Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo á +su padre, era el intermediario que necesitaba. + +Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su mano corrió con más +rapidez sobre el papel: llenó las cuatro caras de la carta, que era de +gran tamaño, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados; +cerró la carta, la selló y puso sobre su nema: + +«A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesa viuda de +Gandía.--En mano propia.» + +--Tomad, doña Catalina--dijo la camarera mayor--; será necesario que os +encarguéis vos misma de llevar esta carta á vuestro padre. + +--¡Yo... misma...!--contestó con altivez la de Lemos. + +--Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don +Rodrigo. + +--Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos +negocios directamente... + +--Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el +postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones. + +--Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa +de mi padre de una manera tan misteriosa? + +--El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vais encubierta ó +no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será +al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que +lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho +de vuestro padre, que al punto irá á encontraros. + +--Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará... + +--De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os +pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin +hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio, +vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la +carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre. + +--¡Iré!--dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de +silencio. + +--Pues si habéis de ir, que sea al punto. + +--Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar +que pongan una litera. + +--Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan +conoceros. + +--¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después. + +--Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la merced de decir á +doña Beatriz de Zúñiga que entre. + +--No quiere quedarse sola--murmuró la joven saliendo--; ¿qué misterio +será éste? + +Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras +tres reía y charlaba, la dijo: + +--Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama. + +La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró +en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta +de la antecámara y desembocaba por la portería de damas. + + + + +CAPÍTULO III + +EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS +PALACIOS REALES + + +La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendo los respetuosos +saludos de ujieres y maestresalas, algunas galerías y habitaciones. + +Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismada en +profundas cavilaciones. + +--Me he visto obligada--pensaba--á inventar lo de los jardines de +Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarme una venganza segura +contra el miserable don Rodrigo. La buena de doña Juana de Velasco, vale +de oro todo lo que pesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es +mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa +á su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... ¡lindezas +dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico... pero yo necesitaba +vengarme... á conspirador, conspirador y medio, y salgan allá por donde +puedan. ¡Ah! ¡Ah! estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me +dedicara á la intriga, sería... todo lo que quisiera ser. + +Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfecha de su diablura, +soltó una alegre carcajada. + +Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba. + +--Ahora--dijo para sí la condesa, continuando en su marcha y en su +pensamiento--es necesario que esta carta llegue á manos de mi padre, sin +que la lleve yo... ¡bah! renuncio á mi venganza á trueque de que mi +padre y señor pudiera reconocerme; preferiría irme á él con la cara +descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que +deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo, por no +disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, sería capaz de desairar á su +hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se +disgustase. Ahora, haciéndole sospechar que don Rodrigo le engaña, que +le hace traición, su excelencia, que es tan receloso, que en todas +partes ve peligros, perderá de seguro á su muy amado confidente. ¿Quién +os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? ¡Bien empleado os +estará todo lo que os suceda, y en vano os devaneréis los sesos para +saber de dónde ha venido el golpe! + +La joven sonrió satisfecha de su pensamiento. + +--Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas; acaso ella, +que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte á don +Rodrigo Calderón, llevará con placer esta carta á mi padre, en cuanto +sepa que esta carta puede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario +inventar otra historia para engañar á doña Clara, aunque es necesario +que sea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor, porque +doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien--dijo dándose un golpe en la +frente--: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los +amores del príncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es, +adelante. + +La condesa entró en una cámara solitaria y llamó. + +Presentósela inmediatamente una venerable dueña. + +--¿Qué me manda vuecencia?--dijo aquella ruina con tocas. + +--Decid á doña Clara Soldevilla que venga. + +--Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora--dijo la dueña. + +--¿No está acaso de servicio? + +--No, señora; está en su cuarto enferma. + +--¡Ah! ¿está enferma?--exclamó la condesa con un despecho, que la dueña +tomó por interés. + +--Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Clara es un ligero +resfriado. + +--Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dónde tiene su cuarto +doña Clara? + +--Vive sola con una dueña y una doncella, más allá de la galería de los +Infantes; si vuecencia quiere que la guíe... + +--No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana. ¿Conque decís +que vive... + +--En la crujía obscura que está más allá de la galería de los Infantes, +en el número 10. Además, la puerta está pintada de verde. + +--Muy bien, gracias; retiráos. + +--La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró, casi sin +volver la espalda á la condesa, que, en el momento en que se vió sola, +tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se +encontró en un estrecho corredor, pasado el cual, entró en una ancha +galería, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, á +excepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la +galería y que, al ver á la condesa, se detuvo y al pasar ella por +delante de él, dió un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, á +cuyo saludo contestó la joven con una ligera inclinación de cabeza. + +La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo. + +La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en +que había entrado, era una galería densamente lóbrega, en la cual +resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora. + +La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo, con la bujía +levantada, mirando los números pintados sobre las puertas, y ya había +recorrido un gran espacio sin encontrar el número 10, ni la puerta +verde, cuando oyó al fondo de la galería ruido de pasos lentos y +marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad. + +Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, y sólo vió la área +luminosa de la linterna. + +El que la llevaba estaba envuelto en la sombra. + +La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la +viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta. + +El de la linterna se detuvo también. + +--¿Quién va?--dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente +sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal +modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más +indiferente. + +--¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso! +¿Quién va?--añadió con interés la condesa. + +--¡Ah!--dijo el hombre--; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca +de un hombre y no le hallo. + +--Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra. + +Acercábanse entretanto los dos interlocutores. + +--Pero hallo una mujer--dijo el de la linterna--, lo que no es poco, y +me doy por bien hallado. + +--Y yo--dijo la condesa con afecto--encuentro un hombre, y me doy por +satisfecha. + +--¡Ah! ¡doña Catalina! + +--¡Ah! ¡don Francisco! + +A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia +el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y +de la linterna. + +Era don Francisco un hombre como de treinta años, de menos que mediana +estatura, y más desaliñadamente vestido que lo que convenía á un +caballero del hábito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el +ferreruelo. Tenía la actitud valiente del hombre que nada teme y se +atreve á todo; mostraba los cabellos un tanto más largos que como se +llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida; +la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso de unas anchas +antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros, +de mirada fija, chispeante, burlona y grave á un tiempo, inteligente, +altiva, picaresca, desvergonzada, escudriñadora: mirada que se reía, +mirada que suspiraba, mirada _pandæmonium_, si se nos permite esta +frase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era mirado por ella, +temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban +divididos por una nariz aguileña de no escaso volumen, y bajo aquella +nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía +una boca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, pero con la +burla de un sarcasmo doloroso. + +Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filósofo, gran +teólogo, gran humanista, gran poeta, gran político, gran conspirador, +caballero del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad, +epigrama viviente, desvergüenza ambulante, gran bufón de su siglo, que +acogía con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba á la +cara. + +Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite, +perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza; ese grande +ingenio á quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos +enseña; ese hombre, á quien acaso ennoblecemos, ó á quien no +comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la +mitad en sombra. + +--¿Vos por aquí, don Francisco?--dijo la condesa sin disimular su +alegría, alegría semejante á la de quien de una manera inesperada tiene +un buen encuentro. + +[imagen:--¡Ah, doña Catalina!--¡Ah, don Francisco!] + +--San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, y á los +canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido á tanto: allá se +quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y +yo me vengo aturdido á la corte, porque ya no tengo al lado, en un +consorcio infame, á quien me hacía reir de... rabia. + +--¡Siempre tan desesperado!--dijo con acento conmovido la joven. + +--¡Y siempre vos tan buena!--dijo Quevedo, á cuyos ojos asomó una +lágrima-; ¡tan buena!... ¡tan hermosa y tan desgraciada!--pero cambiando +repentinamente de tono, dijo:--¿conque el rey que os casó mal, os ha +desmaridado bien? + +--¡Cómo! ¿sabéis?... + +--Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda +por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor. + +--¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!... + +--Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de +grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte +á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor +dicho, á enojarme. + +--¡A enojaros! + +--Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos. + +--¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo. + +--¡Torpe soy! + +--¿Vos torpe? + +--¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de +esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las +cosas. + +--Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el +segundo no galantear en vano. + +--Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me +entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie +pise mi alma en su sepultura. + +--Acabaréis por enfadarme, don Francisco--dijo con seriedad la condesa. + +--¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco? + +--¿Es decir, que os alegráis de mi abandono? + +--¡Alégrome de vuestra resurrección! + +--Es que yo no me he muerto. + +--Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de +Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os +desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame? + + Conde que te has condenado, + porque pecar no has sabido: + bien casado, mal marido, + ¡guárdete Dios, desterrado! + +--¡Sois terrible!--exclamó riendo la condesa. + +--Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San +Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde +escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas. +Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa +castellana. + +--¿Sin jugar del vocablo? + +--Lo otorgo. + +--¿Ni del concepto? + +--No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa el alma y os teme +tanto, que no sabe por dónde escaparse. + +--Siempre que no me habléis de amor... ya sabéis donde vivo. + +--Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentaré con adoraros +en éxtasis. + +--Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando esta conversación, +que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dónde íbais por aquí? + +--Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy á buscarle á +casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde según dicen le habré +hallado. + +--¿Vais á casa de mi padre? + +--No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad. + +--¿Qué, se encuentra en casa de mi padre? + +--Allí está prestado. + +--¿Queréis hacerme un favor, don Francisco? + +--¿No sabéis que podéis mandarme? + +--Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito +dice. + +--«Al duque de Lerma, en propia mano»--dijo Quevedo. + +Y se quedó profundamente pensativo. + +--¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio! +Pero... + +--¿Me lo pagaréis?... + +--Os lo... agradeceré en el alma. + +--¡Iré!--dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución. + +--¿Y no queréis saber el contenido de esta carta? + +--Me importa poco. + +--Podrá suceder... + +--Me importa menos. + +--Adiós--dijo precipitadamente la condesa. + +--¿Por qué?... + +--Suenan pasos, y se ven luces--dijo la de Lemos--. Si nos encontraran +aquí juntos... + +Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su +linterna. + +--¿Qué hacéis?--dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y +levantada en alto. + +--Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean. + +--Soltad, ó grito. + +--Pueden conoceros por la voz. + +--¡Traen luces y nos verán! + +--Allí hay unas escaleras. + +Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la +galería. + +Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á +hacer el relevo de los centinelas. + +Uno de ellos llevaba una linterna. + +--¿Qué es esto?--dijo el sargento tropezando en un objeto--un candelero +de plata con una bujía. + +--Y una linterna de hierro. + +--Las acaban de apagar. + +--Cuando entramos había aquí una dama y un caballero. + +--Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la +inquisición, chitón. + +Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galería. + +Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo. + +--Buscad mi candelero--dijo con la voz conmovida la de Lemos. + +--Y mi linterna--contestó con un acento singular Quevedo. + +--Ved que ésta es mi mano--dijo la condesa. + +--No creía que estuviéseis tan cerca de mí. + +--¡Ah! ya he dado con él. + +--Ya he dado con ella. + +--¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa. + +--¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no me encierran. + +--¡Adiós! + +--¡Adiós! + +--¡Oh, Dios mío!--murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas--, +creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo? + +Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba: + +--Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro. + +Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la +condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo. + + + + +CAPÍTULO IV + +ENREDO SOBRE MARAÑA + + +Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casa del duque de +Lerma y se entró desenfadadamente en un destartalado zaguán, cuya puerta +estaba abierta de par en par. + +Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de su irregularidad, +de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y +blanco imitando fábrica, no dejaba de ser suntuoso y característico, +como representante de la época de transición llamada del Renacimiento. + +Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido +sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, así como una escalera +de mármol con rica balaustrada del género gótico florido, parecían +demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un +enorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeño +pendiente de un pescante de hierro y que compartía su luz entre un nicho +en que había un Ecce-homo de madera, de no mala ejecución, y un enorme +escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera, +sujetas á ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol +pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces +que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentes que en él había. + +Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos con una especie de +dalmática ó balandrán negro, con bandas diagonales amarillas, color y +emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en +una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que +corría á lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de +armas, y una especie de matón que echado de espaldas contra una de las +pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un +semblante nada simpático, y nada á propósito para inspirar confianza. + +Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho del zaguán, apareados, +hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el +joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el +matón de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el +de la capilla parda, locutario del poyo. + +Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertos lugares, +especialmente para entrar en ellos no desatendía ninguna circunstancia, +y todo lo abrazaba de una mirada rápida, oculta, hasta cierto punto, por +el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al +hombre que estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele: + +--¿Cómo tu aquí? + +Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó sus ojos en Quevedo. + +--¡Ah! ¡es vuesa merced! + +--Yo te daba ahorcado. + +--Y yo á vuesa merced desterrado. + +--Pues encuéntrome en mi tierra. + +--Y yo sobre mis canillas. + +--¡Gran milagro! + +--Sirvo á buen amo. + +--¿A su excelencia?... + +--Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón... + +--¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?... + +--Medio lacayo... + +--Medio requiem... + +--Decís bien. + +--¿Quién agoniza por aquí? + +Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el +poyo. + +--¡Ah!--dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada--. ¿Y +quién es él? + +--¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á +don Rodrigo y... + +Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono. + +--¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdido vuesa merced la +afición á saberlo todo? + +--Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte +se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor +dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te +digo, y si quieres embuchar, desembucha. + +Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de +nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo: + +--El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía. + +--¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo le ha conocido +vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos? + +--Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas +necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que +es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara, +vomita! + +--No me atrevo: don Rodrigo... + +--Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que +yo llevo. + +--¡Pero don Francisco! + +--O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti +mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi +pariente? + +--¿Vuestro pariente es ese mozo? + +--Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más +arriba que el suyo no hay linaje que se conozca. + +--¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco? + +--Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que +tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace frío, y no es justo +que me hagas ayudarte tanto á ganar un doblón de á cuatro; y el tal +doblón es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no +tratar con herejes. + +Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo. + +--El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden de don Rodrigo, +estoy desde el obscurecer acechando á los que salen del alcázar por la +puerta de las Meninas. + +--Palaciega historia tenemos. + +--Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillas de las +Meninas, y se mete en una litera. + +--¿Dama y tapada? + +--Sí, señor. + +¿Estás seguro que no era dueña? + +--Andaba erguida y transcendía á hermosa. + +--Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella? + +--No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una +dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los +ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama. + +--He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso. +¿Seguiste á la dama? + +--Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.--¿Ha salido? me preguntó.--Sí, +señor.--¿En litera?--Sí, señor.--¿Por dónde va?--Por aquella calleja se +ha metido.--Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí +metidos en una aventura. Llovía... + +--Aventura completa. + +--Estaba obscuro. + +--Mejor aventura. + +--Paró la litera, y salió la dama. + +--¿Entróse dónde? + +--Siguió adelante. + +--¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que +encanta. + +--Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapada asida de +un embozado. + +--¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?... buscona adobada y pollo +que miente gallo. + +--Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos; +estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se +trata de que me ayudes... ¡para un hombre otro hombre! + +--¡Aventura con milagro! + +--¿Qué milagro hay hasta ahora? + +--Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre, cuando tiene +delante un enemigo. + +--Don Rodrigo es valiente... + +--Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que es mucho el +valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: ¡válame Dios +con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. ¿Qué hubo +al cabo? + +--Hubo que don Rodrigo me dijo--: No conozco á quien la acompaña; +persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan. +Podrá suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y +busca una ronda, Juara. + +--¿Y hubo lance? + +--Lance hubo. + +--¿Hubo sangre? + +--Hubo un desarme... + +--¿Quién mandó? + +--El embozado del portal. + +--¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente. + +--Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozado de orden de don +Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar de las escaleras, sin +conseguirlo, y hace una hora que él está allí sentado, y que yo le estoy +dando centinela. + +--Por el cuento--dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo--; porque +pierdas la memoria--y sacó del bolsillo otra moneda. + +--¿La memoria de qué?--dijo Juara. + +--De que me has visto en tu vida. + +Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán. + +Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente. + +--Mucho os tapáis--le dijo. + +--Hace frío--contestó el otro con mal talante. + +--Quien por damas se enzaguana--dijo don Francisco--, ó es tonto ó +merece serlo. + +--Yo os conozco, ¡vive Dios!--dijo el de la capilla poniéndose de pie y +dejando caer el embozo. + +--¡Mi buen Juan!--exclamó con alegría Quevedo. + +--¡Mi buen Quevedo!--exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él +era. + +-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio! + +--¡Que me place! ¡siempre el mismo! + +--No tal; contempladme espectro. + +--¡Vos espectro! + +--Quedé pobre. + +--¡Pobre vos! + +--Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de +por medio. En prisiones me han tenido, y hoy á la corte me vuelvo á ser +pelota de tontos y pasadizo de enredos. + +--Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al más topo cuando +queréis, sois el mismísimo Quevedo de hace tres años; cinco minutos lo +menos hemos estado hablando en romance. + +--¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni más ni menos que +le acontece á Montalván cuando quiere hablar en verso, ó como al duque +de Lerma cuando no encuentra cosa á qué echar el guante. + +--¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan +sus criados! + +--¡Pues mejor! + +--¿Mejor? no entiendo. + +--Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades +sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo á nosotros, ¡mal +hayan, amén, los versos! se me escapan como el flato. ¡Juro á Dios!... + +--¡Guardad, Quevedo! + +--Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezón, +archimanía. ¿Qué buscáis aquí? + +--Pretendo... + +--¿Lo véis? vos tenéis la culpa. + +--¿Yo la culpa? + +--Sí por cierto; me buscáis el asonante. + +--¡Sois terrible! + +--Soy... Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama? + +--Sí; ¿quién os lo ha dicho? + +--Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte, se vienen á mi +los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme, me sofocan, me traen +de acá para allá, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo +que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra +aventura, «Erase una tapada... + +--Tapada era. + +--...alta y garrida... + +--¡Sí! + +--...ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, y halda hasta el +suelo.» + +--¿Conocéisla? + +--No, ¿y vos? + +--Tampoco. + +--¿Pero no habéis reñido por ella? + +--Sí. + +--¿No habéis vencido? + +--Sí. + +--¿Y dónde la habéis dejado? + +--Se fué sola. + +--¿Y no venís aquí por ella? + +--¡Ah! ¡no! + +--¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea? + +--La tengo por principal. + +--Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de +una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un +quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre +todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís? + +--No lo sé aún; ¿y vos? + +--Yo... vivo aquí. + +--¿Acabáis de llegar? + +--Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro. + +--Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio; +llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á +quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío. + +--¿Y quién es ese vuestro tío? + +--El cocinero de su majestad. + +--¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois! + +--¡Cómo! + +--¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y +enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya +veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más +ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza, +fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las +buenas noches. + +Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde +había estado hablando con Juan Montiño. + +Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían +oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para +llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan +amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda +también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la +capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle. + +Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras: + +--Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para +salir de algunas, sólo sirve cruz de acero. + +--¿Qué decís?--le preguntó Juan Montiño. + +--Digo que al entrar aquí, no somos hombres. + +--¿Pues qué somos? + +--Ratones. + +--¿Supongo que mi tío no será el gato? + +--No, porque vuestro tío es comadreja. + +--¿Dónde vais, caballero?--dijo á Quevedo un criado de escalera arriba. + +Quevedo no contestó, y siguió andando. + +--¿No oís? ¿dónde vais?--repitió el sirviente. + +--¿No lo veis? voy adelante--contestó sin volver siquiera la cabeza +Quevedo. + +--Perdonad--dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz +de Santiago en el ferreruelo de don Francisco. + +Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de +lacayos. + +El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era +escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del +Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las +maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un +tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos. + +Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que +hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales. + +--¡He aquí, he aquí el sumidero de España!--murmuró entre su embozo +Quevedo--; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de +oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales! + +Y adelantó. + +--Oíd--dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una +fuente vacía. + +--¿Qué me mandáis, señor?--contestó deteniéndose el lacayo. + +--Llevad á este hidalgo á donde está su tío. + +--Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo? + +--El cocinero del rey. + +--Seguidme--dijo el joven á Quevedo, estrechándole la mano. + +--Nos veremos--contestó Quevedo. + +--¿Dónde? + +--Adiós. + +--¿Pero dónde? + +--Nos veremos. + +Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo, +y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara. + +Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y +embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás. + +--No soy dueña--dijo Quevedo. + +--¿Qué queréis?--dijo el maestresala con acento destemplado. + +--Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía. + +Dió otro paso atrás el maestresala. + +--Mirad--dijo Quevedo ganando aquel paso. + +Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la +de Lemos. + +--Acabáramos--dijo el maestresala--; con haber dicho que teníais que +entregar á su excelencia en propia mano... + +--Esta carta viene sola. + +Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bulto que tenía +delante, y se entró por una puerta inmediata. + +Poco después volvió y dijo á Quevedo: + +--Podéis seguirme. + +--Sí puedo--dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendo al +maestresala, que después de haber atravesado algunas habitaciones más +suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abrió con un llavín una +mampara, y dijo á Quevedo: + +--Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéis si tardare. + +Y el maestresala cerró la mampara. + +--¡Perdonar! veré si perdono--dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en +la habitación donde le habían dejado encerrado--; ¡esperar! sí... tal +vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y +vamos... sí... yo no creía... me ha puesto de buen humor esta pobre +condesa, y he encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengo á +Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven á quien +tengo el deber de servir, y una carta que no sé lo que contiene, pero +que veré leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer ó +mejor... ¡pues bien, mejor! y la tapada que ha acompañado ese valiente +Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón... +¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me +ayuda; esperemos, pero esperemos pensando. + +Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, se sentó en un +sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó la cabeza en su respaldo +y extendió las piernas, después de lo cual quedó inmóvil y en silencio. + + + + +CAPÍTULO V + +¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS! + + +El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredor á una gran +habitación donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se veían platos de +vianda. + +En aquella habitación se veían además lacayos que iban y venían, entre +los cuales, como un rey entre sus vasallos, se veía un hombrecillo +vestido de negro con un traje nuevo de paño fino de Segovia, +observándose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los +puños blancos. + +Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba á los +lacayos, decíales la manera que habían de tener para llevarlos y +servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa á la otra con una +actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que +manda á sus soldados en un día de batalla. + +Aproximándose más á este hombre se notaba: primero, que tenía cincuenta +y más años; segundo, que tenía los cabellos mitad canos, mitad rubio +panocha; tercero, que su fisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la +avaricia y la astucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquel +semblante esa expresión indudable que revela al hombre de bien; quinto, +que era rígido, minucioso é intransigible con las faltas de sus +dependientes en el desempeño de su oficio; sexto y último, que emanaba +de él cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le +daba todo el aspecto de un personaje _sui generis_. + +Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, el cuerpo enjuto y +apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por +arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas +casi rectas, los ojos pequeños, grises y sumamente móviles; la nariz +afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el +pelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote y su perilla, +porque el resto estaba cuidadosamente afeitado. + +A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que había quedado á +poca distancia, y le dijo: + +--¡Señor Francisco Montiño!... + +--¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos--dijo el señor Francisco +tomando una fuente de plata con un capón asado y dándole á otro lacayo. + +--Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino... + +--¡Mi sobrino!...--dijo el cocinero del rey--; yo no tengo sobrinos; +llevad bien esa ánade, Cristóbal. + +--¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?--dijo Juan Montiño +adelantando. + +--Sí, por cierto, que así me nombro--contestó el cocinero del rey dando +á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba. + +--Pues entonces--repuso el joven--sois mi tío carnal, hermano de mi +padre Jerónimo Martínez Montiño. + +--¿Eh? ¿qué decís?--repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á +quien le hablaba. + +Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada. + +--¡Diablo!--murmuró de una manera ininteligible--¡y es verdad! ¡y cómo +se parece á!... perdonad un momento... ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que +vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan +manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais?--añadió +volviéndose al joven. + +--Digo, que acabo de llegar--dijo Juan Montiño con cierta tiesura, +excitado por el carácter repulsivo de su tío. + +--¿Pero de dónde acabáis de llegar?... + +--De Navalcarnero. + +--¡Ah! ¿y quién os envía? + +[imagen: El cocinero de Su Majestad.] + +--Pudiera suceder muy bien que hubiera venido sólo por conocer al +hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo +porque me envía mi tío Pedro Martínez Montiño, el arcipreste. + +--¡Ah! ¡os envía mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez; +estos pajes... ¡eh! ¡dejad ahí esas fuentes; son de la tercera vianda, +venid para acá! pero señor, ¿qué hacen esos veedores? ahora tocan las +empanadas de liebre, los platillos á la tudesca y las truchas fritas. + +Juan Montiño empezaba á perder la paciencia; su tío interrumpía á cada +paso su diálogo con él para acudir á cualquier nimiedad; se le iba, se +le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atención; pero +si Juan Montiño hubiera podido penetrar en el pensamiento de su tío, +hubiera visto que desde el momento en que había reparado en su +semblante, el cocinero del rey había necesitado de todo su aplomo, de +toda su experiencia cortesana para disimular su turbación. + +Consistía esto en que tenía delante de sí un sobrino á quien no conocía, +y del cual en toda su vida sólo había tenido dos noticias dadas de una +manera tal que bastaba para meter en confusiones á otro menos receloso +que el cocinero del rey. + +Veinticuatro años antes, cuando el señor Francisco Montiño sólo era +oficial de la cocina de la infanta de Portugal doña Juana, es decir, +cuando se encontraba al principio de su carrera, había recibido de su +hermano Jerónimo la lacónica carta siguiente: + +«Hoy día del evangelista San Marcos, ha dado á luz mi mujer un hijo: te +lo aviso para que sepas que tienes un criado á quien mandar.» + +Francisco Montiño se quedó como quien ve visiones: sabía que su cuñada +Genoveva era una cincuentona que jamás había tenido hijos y que había +perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de +aquel alumbramiento inverosímil, había venido de repente sin que le +hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra +parte, la carta en que Jerónimo Montiño se confesaba padre, no podía ser +más seca ni más descarnada. + +Francisco Montiño leyó tres veces la carta cada vez más reflexivo, se +encogió al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta: + +--¿Qué habrá aquí encerrado? + +Era necesario contestar, y Francisco Montiño, en su contestación, se +templó al tono de la carta de su hermano: + +«He recibido la noticia--le decía--de que tu mujer ha dado á luz una +criatura, y me alegro de ello cuanto tú puedas alegrarte.» + +Después, en ninguna de las cartas que se cruzaban periódicamente entre +los dos hermanos, volvió á nombrarse al tal vástago, ni en las potsdatas +que solía poner á las cartas de Jerónimo, Pedro, que entonces era +simplemente beneficiado. + +Pasaron así veintidós años: pero al cabo de ellos, Francisco Montiño, +que ya había llegado á la cúspide de su carrera siendo, hacia tiempo, +cocinero de Felipe III, recibió una carta de su hermano Jerónimo +concebida en estos términos: + +«Estoy muy enfermo; el médico dice que me muero. Si esto sucede, podrá +suceder que Juan Montiño, mi hijo, vaya á la corte. Algún día podrá +convenirte el que hayas servido á ese muchacho.» + +--¿Qué habrá aquí encerrado?--dijo Francisco Montiño después de haber +leído tres veces esta carta, como la otra fechada hacía veintidós años +en el día de San Marcos. + +Jerónimo murió al fin; habían pasado dos años sin que el señor Francisco +recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le presentó de +repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el +arcipreste; aquella carta podía ser la resolución del misterio, y como +este misterio se había agravado para Montiño desde el momento en que +había creído encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de +semejanza con una alta persona á quien conocía demasiado, sintió una +comezón aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y +prudente disimuló aquella comezón, afectó la mayor indiferencia hacia su +sobrino, y sólo volvió á anudar el interrumpido diálogo con el joven, +después de haber dado á los pajes dos docenas de platos y seis docenas +de órdenes y advertencias. + +--Venid, venid acá, sobrino--dijo ya con menos tiesura, llevándole á un +aposentillo situado cerca de la repostería, en el que se encerraron. He +servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la +tercera pasará un buen espacio. No extrañéis el que yo os haya prestado +poca atención; con señores como el duque de Lerma, que gozan del favor +de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un día sin +cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me +alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecéis ni +á vuestro padre ni á vuestra madre; mi hermano era así poco más ó menos +como yo, lo que no impedía que fuese un valiente soldado del rey, y mi +cuñada, vuestra madre, fué en sus mocedades un tanto cuanto oronda y +frescota, pero era fea y morena que no había más que pedir; vos sois muy +gentil hombre, blanco y rubio, como si dijéramos, la honra de la +familia, porque ya me estáis viendo y ya sabéis lo que fué vuestro padre +y lo que es vuestro tío Pedro. + +--¡Ah!--dijo el joven, á quien desarmó completamente la insidiosa charla +de su tío Francisco--; vuestro pobre hermano, señor, acaso estará en +estos momentos en la presencia de Dios. + +Púsose notablemente pálido el señor Francisco, lo que demostraba que +amaba á su hermano. + +--¡Cómo!--dijo--. ¿Pues tan enfermo se halla? + +--Tan enfermo, que esta mañana, después de haber hecho testamento, me +llamó y me dijo:--Juan, es necesario que te vayas á Madrid en busca de +tu tío Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera +reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta +noche.--Y sacó de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que +me entregó. + +El joven sacó del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta +cuadrada, en la que fijó una mirada ansiosa, pero rápida, imperceptible, +el cocinero del rey. + +--A vos está dirigida esta carta por mi tío moribundo--dijo el joven con +voz conmovida--, y á vos la entrego. Mi buen tío Pedro, á pesar del +deplorable estado en que se encontraba, me encomendó tanto que era +necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensillé á +Cascabel, creyendo que podría tirar todavía de una jornada, y á duras +penas he podido llegar al obscurecer. ¡El pobre jaco está tan viejo! + +--¿Y cuándo salísteis de Navalcarnero, sobrino? + +--Antes del amanecer. + +--¡Diez horas para cinco leguas! + +--Todo lo que había en casa muere; sólo quedamos vos y yo. + +--¡Bah! ¡bah!--dijo Montiño guardando en los bolsillos de sus gregüescos +la carta de su hermano--, no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro tío +Pedro ha estado dos veces á la muerte, y una de ellas oleado y con el +rostro cubierto. + +--Pero á la tercera va la vencida--dijo el joven. + +--A la tercera... + +Al pronunciar Francisco Montiño estas palabras, tenía el pensamiento en +la carta de su hermano. + +--¿Quién sabe? ¿quién sabe?--añadió Montiño--; ya es viejo, como que +nació diez años antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco. +Pero ¿qué le hemos de hacer? ¿Y vos?... ¿qué sois vos?... soldado, ¿eh? + +--No, señor; soy licenciado... + +--¡Licenciado!... ¡no entiendo!... ¿de qué licencias habláis?... + +--He estudiado teología y derecho en la Universidad de Alcalá. + +--¡Ah! + +--Muchas veces heme dicho: tengo un tío en palacio... bien pudiera mi +tío procurarme un oficio de alcalde ó corregidor. + +Fruncióse un tanto el gesto del cocinero del rey. + +--Pero no he querido incomodaros--añadió el joven. + +--Habéis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado +mucho no haber podido serviros. + +--Sea como Dios quiera--dijo Juan Montiño. + +La conversación había entrado en un terreno sumamente escabroso para el +cocinero mayor. + +--Sobrino--le dijo--, me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la +tercera vianda. ¿Dónde tenéis vuestra posada, á fin de que yo pueda +veros? + +--En ninguna parte, señor. + +--¡Cómo! ¿pues dónde habéis dejado vuestro caballo? + +--En las caballerizas de su majestad. + +--¡Diablo! + +--Y contaba también con vivir en palacio, puesto que vos vivís en él. + +--¡En mi cuarto!-exclamó todo hosco el señor Francisco--; ¡con una hija +de diez y seis años, y una esposa de veinte, y vos joven!... ¡exponerme +á las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada. + +--Es el caso, que no he traído dinero. + +-¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! las gentes de los +pueblos se creen que Madrid es las Indias. + +--Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os haya dicho, vive en la +miseria, atenido á la limosna de tal cual misa, y á lo poco que yo gano +enseñando latín. Pero en la enfermedad de mi tío se han ido nuestros +últimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi +hacienda la llevo encima. + +--¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo. + +--¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, por quien únicamente +permanecía en el pueblo? + +--De modo, que... + +--Aquí me estaré. + +--¡Y os venís así á la corte, sin dinero... y aun sin camisas! + +--Tío, enseñando latín se gana muy poco. + +--Pero ese caballo... vendiéndolo... + +--¡_Cascabel_! En primer lugar, que yo quiero mucho á _Cascabel_, porque +desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente á mi +padre; en segundo, que no habría nadie que diese un ducado por +_Cascabel_, porque ni el pellejo aprovecha. + +--¡Diablo! ¡diablo! ¡diablo!--murmuró Francisco Montiño--; pues bien, +esperadme aquí, y después... después veremos cómo podemos salir de este +compromiso en que me habéis metido vos y mi hermano Pedro. + +Y diciendo esto escapó, dejando solo al joven. + +A los veinticuatro años se piensa poco en las necesidades materiales ni +en el porvenir: el porvenir es de la juventud; á los veinticuatro anos +sólo se tiene corazón; Juan Montiño estaba profundamente preocupado con +el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le había +metido en un lance de armas, que se le había escapado, y que se había +dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada. + +Juan no había tenido ocasión de ver aquellas prendas, que pesaban en su +bolsillo, y que representaban para él todo un mundo de esperanzas; pero +cuando se encontró sólo, arrastró la silla en que estaba sentado, se +volvió de espaldas á la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de +la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sacó aquellas joyas. + +Por el momento le deslumbró el brillo del brazalete; estaba cuajado de +diamantes; su valor debía subir á muchos miles de reales; Juan Montiño +se aterró. + +--¡Oh! ¿qué es esto, señor? ¿qué es esto?--dijo--; ¿qué dama es esa que +tan ricas, tan magníficas joyas usa? ¿y dónde iba esa dama tan +engalanada? ¡oh, Dios mío! ¡y qué pensará de mi esa dama! ¡si al echar +de menos esta prenda me tomase por un ladrón!... + +La frente del joven se cubrió de sudor frió y se sintió malo. + +--Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muy bien... si no +lo fueran esa dama debía ser... veamos; examinemos bien esta alhaja. + +Y Juan Montiño miró de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete. + +Entonces la sangre se heló en sus venas, pasando instantáneamente del +frío á la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de +un volcán. Sintió un zumbido sordo en sus oídos, y delante de sus ojos +una nube turbia que los empañaba. Había visto en el centro del brazalete +una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas +reales de España y las imperiales de Austria. + +Aquella prenda era efectivamente de gran valor; pertenecía, á no +dudarlo, á las alhajas de la corona. + +Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asaltó la +imaginación de Juan Montiño: + +--¿Sería la tapada que se amparó de mí la reina? + +Juan Montiño había oído hablar muchas veces á Quevedo, tres años antes, +en ocasión en que andaba huído en Navalcarnero, por cierta muerte que +había causado en riña, muchas y picantes aventuras acontecidas en la +corte: sabía que la corrupción de las costumbres había llegado en ella +al último límite, que las damas más principales solían verse muchas +veces, á consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones +extraordinariamente extrañas y comprometidas; ¡pero la reina!... la +lengua de Quevedo, que nada respetaba, había respetado siempre á las +damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satírico, +había guardado silencio por consideración, por afecto, por un galante +respeto, acerca de la reina y de las infantas... pero... + +Estos _peros_ habían hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montiño. + +No podía tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que +había quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente +su brazo la tapada; ¿por qué la tapada llevaba aquel brazalete si no era +la reina? y si era la reina, ¿por qué le había dejado voluntariamente +otra prenda, la sortija? + +El joven examinó la sortija. + +Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no podía ni remotamente +compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina podía +llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba +cuajada de ellas; Juan Montiño lo recordaba; había visto un momento +aquella hermosa mano arreglando el manto, á la última luz del +crepúsculo. ¿Había elegido con intención la dama, entre todas sus +sortijas, para dejarle una señal, la que tenía una esmeralda como en +representación de una esperanza? + +Juan Montiño se volvía loco. + +Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos á cual más +descabellados, cuando una voz que resonó á sus espaldas le hizo guardar +apresuradamente el brazalete y la sortija. + +--¡Señor Juan Montiño!--había dicho aquella voz. + +Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa, terciada en un +brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas +por el cuello. + +--¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño?--dijo el +paje. + +--Ciertamente, yo soy. + +--Pues bien, á vos vengo. + +--¿Y á qué venís? + +--A serviros de cenar. + +--¡Ah! + +--Sí, por cierto; el señor Francisco Montiño me ha dicho: Gonzalvillo, +hijo, ve á aquel aposento, y lleva, á un hidalgo que encontrarás en él, +y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capón de leche, un +besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos +botellas del bueno, de Pinto. Sírvele bien, y si quisiere otras cosas, +téngalas; como si se tratara de mí mismo. + +Y el paje salió y entró repetidas veces, y acabó de cubrir la mesa en +silencio y con sumo respeto, quedando atrás dos pasos é inmóvil después +de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma, +su señor. + +Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada. + +--¿Qué habrá encontrado mi tío Francisco en la carta de mi tío Pedro que +así se ablanda de repente, y así me trata?--dijo el joven, que había +comprendido lo bastante el carácter de su tío para extrañar aquel +brillante exabrupto--; por darme de comer, mi tío me hubiera enviado un +pote cualquiera, en un plato de Alcorcón; ¡pero esta vajilla! ¡estas +velas de cera perfumada!... ¡estos candeleros de plata!... Vamos, mi +tío tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula á costa del +duque de Lerma. ¿En qué vendrá á parar tanto misterio? + +Y el joven siguió comiendo y bebiendo gentilmente, porque á los +veinticuatro años los cuidados no quitan el apetito. + + + + +CAPÍTULO VI + +POR QUÉ EL TÍO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO + + +Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano, +apenas se separó de su sobrino, Francisco Montiño, cuando contra su +costumbre, su vocación y su conciencia, dejó encargado el servicio de la +tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos á uno +de sus oficiales de la cocina del rey, que le había acompañado, y se +encerró en un aposentillo semejante á aquel en que había dejado +esperando á su sobrino. + +Una vez allí, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia, +sacó de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras +montadas en plata, se las acomodó en las narices, acercó á sí las dos +bujías, sacó la carta, rompió su nema, desdobló los tres grandes pliegos +de que la carta constaba y los extendió delante de sí. + +--Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como +dice mi sobrino que se halla--murmuró limpiándose cuidadosamente las +narices--; leamos ahora--añadió después de haber doblado y guardado su +enorme pañuelo blanco. + +He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajo las tres +iniciales de Jesús, María y José. + +«Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señor de 1610.» + +--¡Ah!--dijo Montiño--; ahora comprendo; estamos á 15 de Diciembre; esta +carta ha empezado á escribirse hace quince días, y lo que sin duda hizo +anoche mi pobre hermano, fué concluirla; veamos, veamos. + +«Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas; +hace algún tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido +decírtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarán +conmigo en un plazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa que +hice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi conciencia por otra, +me obligan á traspasar á ti un gran secreto de familia. + +»El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no es hijo de nuestro +hermano Jerónimo.» + +--¡Ah!--exclamó interrumpiendo su lectura el cocinero mayor--; bien dije +yo cuando dije, que había algo encerrado tras la secatura y la brevedad +con que mi hermano me anunció el nacimiento de ese hijo que no es su +hijo. Veamos, veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendo +quien era, pudo cargar con hijos de otro. + +Y volvió á la lectura. + +«No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco +lo es de nuestra cuñada Genoveva, porque te consta que si como era +virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habría sido un prodigio.» + +--¡Pero señor!--dijo Montiño deteniéndose de nuevo--¿de quién es hijo +este muchacho? + +Y siguió leyendo: + +«Figúrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta, +estás escuchando en confesión á un moribundo; porque yo voy á traspasar +á ti, y con autorización suya, la confesión que me hizo nuestro hermano +Jerónimo hace veinticuatro años.» + +Tomó cierta gravedad, después de la lectura del anterior período, el +semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el +color que le dan los sucesos y las circunstancias. + +«Hace diez años, me dijo Jerónimo arrodillado delante de mí, por una +disputa impertinente maté al capitán de la compañía de que era alférez. +No sé si las leyes de Dios me disculparán de aquel homicidio, pero las +del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmáticas me condenaban á +muerte y huí. Antes de seis meses, volvía á llevar en otro tercio, como +alférez, la bandera del rey. + +«Consistió esto en que cierto señor poderosísimo había interpuesto para +con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus +doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos, é indultado +por su majestad, volvía al goce de mi empleo, como si nada hubiera +acontecido. + +»El mismo poderoso señor, que ya había hecho tanto por mi, cuidó de mis +adelantos, y en muy poco tiempo llegué á teniente, á capitán después. +Una bala me había dejado cojo é inútil, y me vine al pueblo, ya con los +inválidos, y seguro de que cuando yo faltase quedaría viudedad á mi +buena Genoveva. + +»Yo no podía olvidar, ni dejar de ser agradecido, á quien tantos +beneficios me había hecho. + +»Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor +manera del mundo, el precio de esos beneficios. + +»El magnate á quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una +dama muy principal; esta dama es casada, su marido está ausente y ella +se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor +me ha buscado también de una manera oculta. Por amor á lo que naciera, +quiere que no sea un hombre ó una mujer que tenga que avergonzarse de su +origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos, +hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre +legítimo al hijo de esa dama. + +»Después de esta confesión, Jerónimo me pidió consejo como hermano mayor +y como sacerdote. + +»Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jerónimo era, hasta su vida, lo debía +á aquel personaje, cuyo nombre, decía, no poder revelarme; viendo que no +se le pedía aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida +la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos á quienes perjudicase acaso +el postizo; siendo además una grandísima obra de caridad el mejorar la +suerte de la criatura que naciera, le aconsejé, es más, le reduje á que +se prestase á aquel engaño, con el cual á nadie perjudicaba ni ofendía; +antes bien, hacía un beneficio inmenso á un desventurado. + +»En efecto, cuatro meses después se trasladó de noche, muy tarde y muy +recatadamente, á casa de nuestro hermano, en una litera, una dama +tapada, acompañada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas +horas después, á obscuras, asistida por una partera, que creía asistir á +Genoveva, dió á luz aquella dama á nuestro pobre Juan. + +»A pesar del peligro inminente en que ponía su vida, la dama salió de la +misma manera misteriosa de casa de Jerónimo y desapareció. + +»Al tercer día yo mismo bauticé á Juan como hijo legítimo de nuestro +hermano, y aunque todos en el pueblo extrañaban que Genoveva á sus años +hubiese dado á luz un hijo, tuviéronlo á milagro, pero no desconfiaron. + +»Pasaron algunos años; Juan crecía hermoso y robusto. + +»A los diez años ya sabía gramática, que yo le había enseñado; +trasladaba al romance á Horacio y á Virgilio, y además mostraba gran +afición á las armas. + +»Queríale Jerónimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al +morir nos encargó con las lágrimas en los ojos que no le desamparásemos, +y yo fenecía de placer cuando mi rapazuelo corregía, á los padres graves +que solían pasar por el pueblo, el latín corrupto que vomitaban con +tanto exceso cuanta era su ignorancia.» + +--De modo que--dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montiño--, +tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque +de Lerma le gustan los mozos de provecho. ¿Quién sabe? + +Y después de meditar un momento sobre esta pregunta que se había hecho +el cocinero del rey, tornó á la lectura: + +«El mismo día en que Juan cumplía los doce años, paró delante de la +puerta de nuestra casa un dómine vestido de negro, montado en una mula y +acompañado de un mozo. Preguntó por nuestro hermano, y cuando le hubo +visto le dijo: que era un eclesiástico que se dedicaba á ser ayo de +jóvenes, que un caballero á quien no conocía le había dicho que nuestro +hermano le había encargado de buscar una persona docta y de buenas +costumbres, que acompañase á un hijo suyo, cuidase de él y le asistiese +mientras hacía sus estudios en la Universidad de Alcalá, para cuyo +efecto le mandaba con una carta de recomendación. Guardó silencio +nuestro hermano mientras duró el mensaje, y tomando la carta vió que el +verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque +se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le +suplicaba enviase á Alcalá á hacer los estudios que más le agradasen á +Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y +conciencia, en quien podía confiarse enteramente. Añadía la carta que no +había que pensar en los gastos, y concluía suplicando encarecidamente á +Jerónimo no se negase á aquella demanda. A aquella carta acompañaba una +maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y +doscientos ducados en oro. + +»Nuestro hermano no tenía derecho alguno á oponerse, pero sintió +grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los +estudios de Juan; á los tres días abrazó llorando á nuestro rapazuelo, +que partió acompañado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos +ducados de que nos desprendimos sin dolor Jerónimo y yo, aunque no nos +quedaban otros tantos. + +»En cuanto á los doscientos que contenía la maleta, se entregaron +íntegros al señor Gil Ponce. + +»Juan volvió por vacaciones. + +»Por lo que había aprendido, comprendía que los maestros de Alcalá eran +dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al +estado de educación y de buenas costumbres en que Juan volvía, comprendí +también que se había tenido un gran acierto en elegir para ayo de un +joven al señor Gil Ponce. + +»Este permaneció con nosotros durante las vacaciones, y se volvió con +Juan cuando llegó el tiempo de abrirse de nuevo las aulas. + +»Todos los años Jerónimo recibía una maleta llena de ropa y doscientos +ducados. Cuando Juan cumplió los diez y ocho años, acompañaron á la +maleta y al dinero una espada y una daga magníficas, aunque muy +sencillas, como convenía al hijo de un hidalgo pobre. + +»Juan cursó en Alcalá letras humanas, teología, derecho civil y +canónico; á los diez y ocho años era bachiller, á los veintiuno +licenciado; montaba á caballo como si á caballo hubiera nacido, y en +cuanto á esgrimir los hierros, vencía á su padre; y aun á mí mismo, que +ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me hacía sudar y +andar listo. Yo le enseñé todo lo que sabía en esgrima, que no es poco, +y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo ó que +le alcancen con una estocada.» + +--¡Ah! ¡ah!--murmuró Montiño--; también le gustan á su excelencia los +mozos diestros y valientes. + +Y siguió leyendo: + +«Hace tres años que Juan volvió definitivamente, terminados sus +estudios. Ya hacía dos que, por muerte del señor Gil Ponce, iba solo á +Alcalá. Sin embargo, en esos dos años no se pervirtió, á pesar de andar +entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni riñe; sólo tiene una afición, y +ésta es muy natural á sus años: es enamorado y audaz con las mujeres.» + +Dió un salto sobre su sillón al leer esto Montiño. + +--¡Ah! ¡ah! bueno es saberlo--exclamó. + +Y siguió la carta adelante: + +«Pero ni las mujeres le engañan, ni él procura engañar á la que por +inocente pudiera ser engañada.» + +--¡Hum!--interrumpió el cocinero, sin dejar de leer. + +«Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera á su padre, porque +nosotros, por nuestra pobreza, no hubiéramos podido darle los estudios +que se le han dado, el título que posee y que podrá servirle de mucho. + +»Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraña: sólo ha +atendido á la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero +después le ha abandonado á si mismo y á nuestra pobreza. + +»La circunstancia que hay también extraña es que, siendo lo natural que +para ir á Alcalá desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por +expresa prohibición de su padre, ha pasado junto á Madrid, dejándole á +alguna distancia á la izquierda, cuando ha ido á Alcalá. + +»El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y á lo poco +que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latín, algunas fuera del +pueblo, costándole todos los días un viaje. + +»Hace dos años, antes de morir, me dijo nuestro hermano--: No te he +dicho todo lo que sé respecto á Juan; Dios no quiere que yo viva hasta +que cumpla los veinticinco años: para entonces le espera una gran +fortuna.» + +--¡Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco años, y nació el día +de San Marcos del año de...! veamos: le quedan pocos meses para +cumplirlos; ¡ah! ¡ah! ¡diablo! ¡una gran fortuna! no hay como ser hijo +secreto de gran señor. ¿Y qué fortuna será ésta? ¡oidor en Indias! +¿quién sabe? ¡secretario del rey! ó lo que es mejor, secretario del +secretario de Estado. ¡Ah! ¡diablo! será necesario estar bien con el +muchacho; ¡eh! ¡eh! veamos, veamos. + +«Esta gran fortuna, continuó nuestro hermano Jerónimo, está encerrada en +un cofre que está guardado en aquel armario que no se ha abierto hace +veinticuatro años--. ¿Pero qué contiene ese cofre?--pregunté á +Jerónimo--. No lo sé, contestó; sólo sé que pesa mucho, y que cuando me +le entregaron vi meter en él, como si se hubiesen olvidado, algunos +papeles: aquellos papeles parecían como escrituras.» + +Abrió enormemente los ojos Montiño y le pareció que las letras que de +allí en adelante contenía la carta eran de oro. + +«Delante de mí el escribano Gabriel Pérez selló el cofre, y pegó sobre +él, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en +que constaba que yo había recibido aquel cofre cerrado el día de San +Marcos de 1586. + +»Yo firmé un recibo en que me obligaba á entregar aquel cofre cerrado, +tal cual le había recibido, á la persona cuyo nombre constase en el +recibo, ó á Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo +se expresaba en él esta circunstancia; yo transmito á ti ese cofre, por +una cláusula de mi testamento que te obliga á cumplir lo que yo no puedo +por mí muerte. + +»Después me reveló el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre +de uno de los españoles más grandes y más nobles que han honrado á +nuestra patria, nombre que no me atrevo á escribir, porque aunque Juan +me inspira mucha confianza, una carta puede perderse. + +»Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la +corte á Juan, porque al pobre muchacho le sería muy doloroso verme +morir. No te digas que tú vienes, para que no se empeñe en acompañarte. + +»Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado +Jerónimo durante veintidós años como un depósito sagrado, que he +guardado yo después de la muerte de nuestro hermano, pase á ti después +de mi muerte. + +»Ven, porque sólo á ti diré yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de +que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre +bajará conmigo á la tumba. + +»Como podrá suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava +extraordinariamente de momento en momento, permíteme que respecto á Juan +te dé algunos consejos que podrán aprovecharte. + +»No seas miserable ni áspero con Juan: te digo esto, porque te conozco; +has amado á tus hermanos, pero has amado más al dinero; tus hermanos han +sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos sabían bien que +si te pedían socorros se los hubieras enviado, pero causándote una +dolorosa herida cada doblón de que te hubieras desprendido; tus hermanos +no han querido hacerte sufrir; perdona á uno de ellos, moribundo, el que +te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; sí únicamente +justificar el consejo que voy á darte: sé generoso con Juan; sé franco: +él es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar á ser, que +si tú te haces amar de él, sea para ti su amor un tesoro; tienes además, +hermano, un excelente corazón, pero eres receloso, desconfías de todo... +y luego... tu avaricia... Juan es muy generoso y muy delicado. No +desconfíes de él, porque esto le resentiría, y te lo repito, el cariño +de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho. + +»Allá te le envío pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy +valiente, muy noble, casi sabio. + +»¡Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres años +vino aquí huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don +Francisco de Quevedo. Conoció á Juan, y se hicieron los más grandes +amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podrá +servir de mucho á Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha +muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su +sangrienta burla á nuestro hijo, mucho debe éste de valer. + +»Allá te lo envío: sale de aquí sin un maravedí y sin una camisa. Cuando +llegue á esa, llegará hambriento, cansado, mojado: préstale mesa á que +sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues +nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado +como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he +pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura. + +»Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.--Tu hermano que +desea verte un solo momento y expirar en tus brazos, + + PEDRO MARTÍNEZ MONTIÑO.» + +Enjugóse el cocinero del rey dos lágrimas enormes que le había arrancado +el final de la carta de su hermano, la guardó cuidadosamente en un +bolsillo y se puso á pasear por la pequeña estancia, profundamente +pensativo. + +--Sí, sí, es preciso--dijo al fin--; me le ha endosado; prescindiendo de +que llegue á ser ó no ser, yo no puedo... vamos, de ningún modo; un mozo +hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan +desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del +alba... no, no... es imposible que yo tenga á este mancebo en mi casa... +mi mujer, mi hija... gracias á que las tengo seguras guardándolas y +cerrando mi puerta á piedra y lodo; y luego no teniéndole en mi casa, +échese vuesa merced el cargo de pagarle un día y otro la posada durante +quince meses; no, señor; será preciso que el duque de Lerma le dé un +oficio... es verdad que cualquier oficio, por pequeño que sea el que me +dé el duque, podría valerme algo, y en estos tiempos... pero del mal el +menos. ¡Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero. +¡Hola! ¡eh!--dijo abriendo la puerta y entrando en la repostería--Gonzalvillo, +hijo, ven acá. + +Acercóse un paje. + +--Ve á aquel aposento--le dijo--y lleva un servicio de mesa, un pastel +de olla podrida, un capón de leche asado, un besugo cocido, un pastel +hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto, á un +hidalgo que se llama Juan Montiño, que es mi sobrino, hijo de mi +hermano: sírvele bien, hijo, sírvele, y guárdate por el servicio las +sobras, que bien podrás sacar de ellas dos reales. + +Gonzalvillo se separó de la puerta, y cuando Montiño iba á cerrarla, se +le presentó de repente un hombre. + +--¡Eh! ¡esperad, señor Francisco, esperad! ¡pues á fe que me ha costado +poco trabajo llegar aquí para que yo os suelte! + +--¡Ah! ¡señor Gabriel! ¿y qué me queréis?--dijo el cocinero del rey, con +mal talante--Entrad, entrad, y decidme lo que me hayáis de decir. + +Entró aquel hombre, y Montiño se encerró con él. + + + + +CAPÍTULO VII + +LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY.--DE CÓMO LA CONDESA DE LEMOS HABÍA +ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR Á LA REINA. + + +El hombre que acababa de entrar era un hombre característico. + +Si la persona que tiene alguna semejanza típica con la fisonomía de +algún animal, tiene las propensiones del animal á quien se parece, aquel +hombre debía tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en +sus últimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho +por la fuerza. + +Habiendo dicho que la fisonomía de aquel hombre se parecía á la de un +lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripción más minuciosa. + +Bástanos añadir que aquel hombre en su juventud, debió ser alto y +robusto, que á causa de sus años, que casi rayaban en los sesenta, +estaba encorvado, y que á la expresión feroz que debió brillar en sus +ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando á obscuras y sin dar la +cara, había sustituido una mirada hipócrita y una sonrisa fría y +asquerosa que parecía haberse estereotipado en su boca rasgada. + +Aquel hombre, que en otros tiempos había sido rufián y asesino (nosotros +sabemos que lo fué, y basta que lo digamos á nuestros lectores sin que +nos entremetamos á contarles una historia que nada nos interesa), era +hacía ya algunos años ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no +sabemos cuántas honradas industrias. + +Conocíale Montiño, y aun le trataba íntimamente, porque el cocinero del +rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de +toda clase de gentes. Pero como el buen Montiño sabía demasiado que el +señor Gabriel Cornejo había sido perseguido por la justicia, +salpimentado más de tres veces por ella, puesto por sus méritos en +exposición pública más de ciento, para ejemplo de la buena gente, y +compañero íntimo de un banco y de un remo durante diez años, guardábase +muy bien, sin duda por modestia, de decir á nadie que conocía á tan +recomendable persona, y mucho más de que le viesen en conversación con +ella. + +Por esta razón, Montiño, que tenía suficiente causa para estar +entristecido con la muerte próxima ó acaso consumada de su hermano, y +con la venida de un sobrino putático que se le entraba por las puertas, +sin dinero y sin camisas, acabó de ennegrecerse al ver que el señor +Gabriel Cornejo se arrojaba á buscarle nada menos que en casa del duque +de Lerma, y en medio de una legión de pajes y lacayos, gentes que á todo +el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo. + +--¿Qué cosa puede haber que os disculpe de haberme venido á buscar de +una manera tan pública?--dijo severamente Montiño. + +--¡Bah! señor Francisco: nadie tiene nada que decir de mí--contestó +sonriendo de una manera sesgada Cornejo--; si en mis tiempos fuí un +tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me +conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando +las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los +momentos... + +--¿Pero qué sucede? + +--Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el +tío Manolillo. + +--¿Y qué me importa el bufón del rey? + +--Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden oírse que +valgan mucho dinero. + +--Sepamos al fin de qué se trata. + +--Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio; +de una ganancia de ciento por ciento. + +--¡Ah! ¿Y qué tiene que ver con eso el bufón del rey? + +--El tío Manolillo ha ido esta tarde á mi casa, se ha encerrado conmigo +ó yo me he encerrado con él, y de buenas á primeras, como hombre de +ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en +una conversación deben callarse, me ha dicho--: ¿Conocéis á un hombre +que quiera matar á otro? + +--¡Oh, oh!--exclamó Montiño, abriendo desmesuradamente los ojos. + +--Yo, que también sé ahorrar de palabras cuando conozco á la persona con +quien hablo, le contesté--: ¿Quién es el hombre que queréis despachar al +otro mundo?--Un caballero muy rico y muy principal--. ¿Como quién? por +ejemplo, le pregunté--. Así como el duque de Lerma ó el de Uceda, ó el +conde de Olivares--. ¿Pero no es ninguno de los tres?--No: pero aunque +no lo parece, vale más que todos ellos--. Pues entonces, si vale más... +por el duque de Lerma, pediría mil doblones; por el otro mil +quinientos--. Trato hecho--dijo el bufón--. ¿Cuándo ha de ser?--Cuando +esté depositado en buenas manos el dinero--. ¡Qué! ¿No le tenéis?--Nada +os importa eso--. Es verdad--. Adiós--. Dios os guarde. + +--¡Conque el tío Manolillo!...--exclamó seriamente admirado Montiño--; +esto es grave, gravísimo. ¿Y no os dijo, señor Gabriel, quién era su +enemigo? + +--No me lo ha dicho, pero yo lo sé. + +--¡Ah! ¿Y cómo lo sabéis vos? + +--¿Quién es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma +el de Uceda, ó el conde de Olivares? + +--¡Bah! hay muchos: el duque de Osuna. + +--Está de virrey en Nápoles. + +--El conde de Lemos. + +--Está desterrado. + +--Don Baltasar de Zúñiga. + +--Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo. + +--Pues no acierto. + +--Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos +negocios, es lo que más tenemos delante de los ojos. ¿Os habéis olvidado +del secretario del duque de Lerma? + +--¡Don Rodrigo Calderón! + +--Ese, ese es el enemigo del tío Manolillo. + +--Pero no entiendo por qué pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufón de +su majestad. + +--¡Bah! ya veo, señor Francisco, que vos sabéis muy poco. + +--No me es fácil dar con el motivo de la ojeriza que decís tiene el tío +Manolillo á don Rodrigo. + +--¿Conocéis á una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una +ninfa en el corral de la Pacheca? + +--¡Ah! ¿una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces +presa por no bailar como era conveniente? + +--La misma. Pues bien; esa mujer es hermana, ó querida, ó hija, no se +sabe cuál de las tres cosas, del tío Manolillo. + +--Me estáis maravillando, señor Gabriel. ¿Conque la Dorotea?... + +--Sí, señor, la Dorotea es mucha cosa del bufón del rey. Pero no es esto +todo. El duque de Lerma... + +--Sí, sí, ya sé que el duque visita á la Dorotea. + +--Pero no sabéis quién ha andado de por medio para concertar esas +visitas. + +--Sí, sí, ya sé que el medianero, el que ha llevado los primeros +regalos, el que acompaña de noche al duque y le guarda las espaldas, es +don Rodrigo Calderón. + +--Vamos, pues de seguro no sabéis que el duque de Lerma es quien paga, y +don Rodrigo Calderón quien goza. + +--¿Pero quién os dice tanto?--exclamó admirado Montiño. + +--Ya sabéis que yo tengo muchos oficios. + +--Demasiados quizá. + +--Están los tiempos tan malos, señor Francisco, que para ganar algo es +necesario saber mucho. Saben que sé muchas princesas, y una de ellas, +conocida de la Dorotea, la encaminó á mí para que la sirviese. Dorotea +quería un bebedizo. + +--¡Ah! ¡ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres! + +--Son serpientes, vos no lo sabéis bien, señor Montiño: como se les +ponga en la cabeza doctorar á un hombre en la universidad de Cabra, +aunque el amante ó el marido las encierren en un arca y se lleven la +llave en el bolsillo, le gradúan. + +Movióse impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso +delante su mujer, que era joven y bonita. + +--Pero á serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidió el bebedizo, +me dije: podrá convenirme saber quién es el hombre á quien quiere esta +muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y sé +que el saber, por mucho que sea, no pesa. Díjela que el bebedizo no +podía producir buenos efectos si no se conocía á la persona á quien +había de darse. Entonces la Dorotea, poniéndose muy colorada, me dijo--: +El hombre que yo quiero que no quiera á ninguna mujer más que á mí es +don Rodrigo Calderón--. Necesito saber cómo habéis conocido á don +Rodrigo Calderón, la dije.--¿Necesario de todo punto?--Ya lo creo; y si +fuera posible hasta el día y la hora en que le vísteis por primera +vez.--¿Y si no lo digo no me daréis el bebedizo?--Os lo daré, pero si no +sé de cabo á rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo +Calderón, no os quejéis si el bebedizo no es eficaz.--Entonces la moza +se sentó, y me confesó que había conocido á don Rodrigo cuando don +Rodrigo fué á hablarla de parte del duque de Lerma; que se había +enamorado de él, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de +Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Calderón, que no la paga y á +quien ella ama, la engaña amando á otra. + +--¡Ah! + +--¡Y si supiérais quién es esa otra, señor Francisco! + +--Alguna cortesana que tiene tan poca vergüenza como don Rodrigo +Calderón. + +--Pues os engañáis, es la primera dama de España. + +--¿Por hermosa? + +--No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble. + +--¡La dama más noble de España! ved lo que decís: cualquiera pudiera +creer... + +--¿Que esa tan noble dama es la reina? ¿No es verdad?--dijo con una +malicia horrible Cornejo. + +--¡La reina! ¡Su majestad!--exclamó dando un salto de sobre su silla +Montiño. + +--La misma, Su majestad la reina de España es la querida de don Rodrigo +Calderón. + +--¡Imposible! ¡imposible de todo punto! ¡yo conozco á su majestad! ¡no +puede ser! ¡creería primero que mi hija!... + +--Vuestra hija podrá ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo +que quiera también la reina. + +--¡Pero la prueba! ¡la prueba de esa acusación, señor Gabriel!--dijo el +cocinero del rey, á quien se había puesto la boca más amarga que si +hubiera mascado acíbar--. ¡La prueba! + +--He ahí, he ahí cabalmente lo que yo dije á la Dorotea: ¡la prueba! + +--¿Y esa mujerzuela tenía la prueba de la deshonra de su majestad? + +--La tenía. + +--¿Pero qué tiene que ver esa perdida con la reina? ¿quién ha podido +darla esa prueba? + +--El duque de Lerma. + +--Me vais á volver loco, señor Gabriel; no atino... + +--No es muy fácil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme, +sin asombraros, oigáis lo que oigáis, y concluiremos más pronto. + +--Y me alegraré, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias +tan apremiantes en toda mi vida. + +--Pues al asunto. Yo, que había hecho confesar á la Dorotea quién era la +dama que la causaba celos, asegurándola que si no me contaba todas las +circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podría suceder que no fuese +eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente--: Una noche don +Rodrigo fué muy tarde á verme: al quitarse la ropilla, se le cayó de un +bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogió precipitadamente. +Yo me callé, pero cenando le hice beber más de lo justo, acariciándole, +mostrándome con él más enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho +y se durmió como un tronco. Entonces me levanté quedito, fuí á la +ropilla, tomé la cartera, la abrí, y encontré en ella cartas de una +mujer; de una mujer que firmaba «_Margarita_.» + +--Pero eso es muy vago... muy dudoso--dijo con anhelo Montiño--; si la +reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma +Margarita... + +--Oíd, señor Montiño, oíd, y observad que la Dorotea no es lerda. + +--Cuando leí el nombre de Margarita, solo, sin apellido... sospeché, +porque tratándose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las +mujeres... sospeché que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su +apellido era... Margarita de Austria. + +--Pero, señor, señor--exclamó todo escandalizado y mohíno el cocinero de +su majestad--; esa mujer tan vil, de cuna tan baja... esa perdida, ¿sabe +leer? + +--Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles. + +--¡Ah!--dijo dolorosamente Montiño, cayendo desplomado de lo alto del +que creía un poderoso argumento. + +--Oigamos á la Dorotea, que aún no ha concluído--: Sospeché que aquella +Margarita, que citaba misteriosamente á don Rodrigo, era la reina, y +como no me atrevía á quedarme con una sola de las cartas, las miré, las +remiré, hasta que fijé en mi memoria la forma de las letras de aquellas +cartas, de modo que estaba segura de no engañarme si veía otro escrito +indudable de la reina. El duque de Lerma me dará ese escrito--dije--, ó +he de poder poco. Y volví á meter las cartas en la cartera, y la cartera +en el bolsillo de donde la había tomado. Cuando se fué don Rodrigo, +observé que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si +la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de +Lerma, le recibí con despego, le atormenté, me ofreció como siempre +alhajas, y yo... yo le pedí que me trajese un escrito indudable de la +reina. Asombróse el duque, me preguntó el objeto de mi deseo, insistí +yo, diciendo que era un capricho, y á la noche siguiente el duque me +trajo un memorial en que se pedía una limosna á la reina, y á cuyo +margen se leía: «Dense á esta viuda veinte ducados por una vez», y +debajo de estas palabras una rúbrica. ¡Era la misma letra, la misma +rúbrica de las cartas! no podía tener duda: la reina era amante de don +Rodrigo Calderón. + +--Pues señor--dijo Montiño--, á pesar de todo, os digo, señor Cornejo, +que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios. + +--Sea lo que quiera; pero oíd y atad cabos: ya os he dicho que el tío +Manolillo me preguntó cuánto dinero se necesitaba para despachar una +persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el +tío Manolillo no los tenía; que la Dorotea cree que don Rodrigo Calderón +tiene cartas de amores de la reina... que está celosa... recordad bien +esto. + +--Sí, sí, lo recuerdo. + +--Pues bien; esta noche una dama muy principal, á lo que parece, ha +estado casa de mi comadre la señora María; la que tan honradamente vive +con el escudero su marido el señor Melchor, que tan hermosa era hace +veinte años, que sigue aumentando sus doblones, empeñando y prestando +con una usura que da gozo: ya sabéis que cuando la señora María +necesita para sus negocios un dinero, viene á mí, como yo vengo á vos. + +--Bien, bien, ¿pero qué? + +--Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche á casa de la +señora María, ha ido encubierta también algunas otras veces á pedir +dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho +precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeñado ninguna. Esta noche +ha ido, toda azorada, asustada, trémula, ha pedido á la señora María mil +y quinientos doblones (nunca había pedido tanto), ofreciendo dar por +ellos tres mil en el término de un mes. Ya veis si es negocio. + +--¡Pues hacerlo! ¡hacerlo!--dijo Montiño. + +--Lo haremos á medias, ó mejor dicho á tercias, entre vos, la señora +María y yo: quinientos doblones cada uno. + +--¿Y para eso me habéis buscado, me habéis entretenido y me habéis +mentido tanto?--dijo levantándose Montiño con visibles muestras de +despedir á Cornejo. + +--Esperad... esperad, que el negocio lo merece--repuso el señor Gabriel +con gran calma--. Recordad; yo pido al tío Manolillo esta tarde mil y +quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que sé de seguro +que es don Rodrigo Calderón; don Rodrigo Calderón tiene unas cartas de +la reina que la comprometen, y esta noche va á casa de la señora María á +pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos, +debe ser principalísima. ¿No creéis que debe meditarse esto, señor +Francisco? ¿No creéis que en esto danzan las cartas, la reina y el tío +Manolillo, y tal vez la reina en persona...? + +--¿La reina en persona...? ¿Creéis que la reina haya podido ir á casa de +la señora María de noche y sola? + +--Yo ya no me admiro de nada, señor Francisco, de nada; además que la +dama tapada ofreció como seguridad de los mil y quinientos doblones, +mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puño y mano de la +reina, firmado por ella misma. + +--¿Pues qué mejor seguridad queréis? haced el negocio, y dejadme en paz +á mí; no quiero mezclarme en él, y siento mucho que me hayáis dicho +tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos. + +--Pero venid acá; ¿no veis que nosotros solos no podemos hacer ese +negocio? + +--¿Y por qué? ¿Acaso me vendréis á decir, á quererme hacer creer que la +señora María y vos no tenéis mil y quinientos doblones? + +--La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de él; nosotros no +conocemos la letra de la reina, y vos... + +--Yo no la conozco tampoco. + +--Señor Francisco, vos sois más en palacio que cocinero del rey. + +--¡Y bien! ¿Qué? no quiero meterme en este negocio. + +--O queréis hacerlo vos solo--dijo irritado por la codicia el tío +Cornejo. + +--Hablemos en paz, señor Gabriel--dijo el cocinero mayor--, y +concluyamos, concluyamos de todo punto. No digáis á nadie lo que á mí me +habéis dicho, porque podríais ir á la horca. + +Echóse á temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero +mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han +existido, existen y existirán en todas las cortes. + +--En cuanto al negocio--añadió Montiño--, no me meto en él; haced lo que +queráis, y lo mejor que podéis hacer ahora es... iros. + +Vaciló todavía el señor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un +ademán enérgico de Montiño, le decidieron; se despidió hipócritamente +deshaciéndose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el +cocinero del rey, como obedeciendo á una idea súbita, le dijo: + +--Esperad. + +Cornejo se volvió lleno de esperanza. + +--¿Vais á ver á la señora María? + +--Ciertamente necesito decirla vuestra resolución. + +--Pues decidla, además, que prepare esta misma noche un aposento con +lecho en su casa, y que cuando llame á su puerta uno que se nombrará +sobrino mío, que le reciba, que yo respondo de los gastos. + +Voló la esperanza causando una dolorosa impresión en el señor Gabriel +Cornejo, que se despidió de nuevo murmurando: + +--He sido un imprudente, no debía haber hablado tanto; yo confiaba en su +codicia, pero está visto: su avaricia es mayor de lo que yo creía. +Quiere hacer el negocio por sí solo. + +Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstraído y pensativo: + +--Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribón me ha dicho; yo no me +fío de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos +doblones de ganancia, como quien dice, de una mano á otra; pero el +asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente +en él... mi sobrino postizo es hombre, según dice mi hermano, capaz de +meter un palmo de acero al más pintado, y don Rodrigo Calderón, está en +el banquete del duque... después se encerrará en su despacho, y saldrá +allá muy tarde por el postigo... ¡Ah, señor sobrino! os voy á procurar +una buena ocasión... una ocasión que os hará hombre. + +En aquel momento se abrió la puerta y apareció una dueña. + +--¡Ah, señor Francisco! ¡Y cuánto trabajo me ha costado +encontraros!--dijo la dueña--. He tenido que decir que venía de palacio, +con orden de su majestad para vos. + +--¿Y es cierto...? ¿Traéis orden? + +--Casi, casi. Os traigo una carta. + +--Dadme acá, doña Verónica, dadme acá. + +La dueña entregó una carta al cocinero mayor, que éste abrió con +impaciencia. + +«Tenéis un sobrino--decía--que acaba de llegar á Madrid; enviadle al +momento á palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de +Estado; que espere junto á la puerta de las Meninas, por la parte de +adentro. Pero luego, luego.» + +Esta carta no tenía firma. + +--¿Quién os ha dado esta carta, doña Verónica? No conozco la letra, no +tiene firma. ¿Estáis de servicio? + +--¡Ay! ¡sí, señor! Y yo no sé qué hay esta noche en palacio: las damas +andan de acá para allá. La camarera mayor está insufrible, y la señora +condesa de Lemos tan triste y pensativa... algo debe de haber sucedido +grave á la señora condesa. + +--¿Pero quién os ha dado esta carta? + +--La señora condesa de Lemos. + +--La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, señor--murmuró +Montiño. + +--Ea, pues, quedad con Dios, señor Francisco--dijo la dueña--. No me +hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y está la noche tan obscura... + +--¿Os han dicho que llevéis contestación? + +--No, señor. + +--Pues id con Dios, doña Verónica, id con Dios. Voy á mandar que os +acompañen. + +--No, no por cierto: vengo de tapadillo; adiós. + +--Dios os guarde. + +La dueña se envolvió completamente en su manto, y salió. + +--Que me confundan si entiendo una palabra de esto--dijo Montiño--. ¿Si +será verdad?... ¿si será la reina la que necesite en palacio á mi +sobrino?... ¡pero señor!... ¿cómo conocen ya á mi sobrino en palacio? + +Montiño tomó el partido de no devanarse más los sesos; para tomar este +partido tomó también una resolución. + +--Es preciso--dijo--que mi sobrino vaya á palacio con las cartas de la +reina. + +Y saliendo del aposento en que se encontraba, atravesó la repostería y +se entró en el otro aposento donde estaba su sobrino. + + + + +CAPÍTULO VIII + +DE CÓMO AL SEÑOR FRANCISCO LE PARECIÓ SU SOBRINO UN GIGANTE + + +Hacía ya tiempo que el joven había acabado de comer y hacía su digestión +recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el último +travesaño del mueble, y entregado á un pensamiento profundo. + +Al sentir los pasos del cocinero mayor, dejó la actitud en que se +encontraba para tomar otra más decente. + +--¿Habéis comido bien, sobrino?--dijo el cocinero. + +--Es la primera vez que he comido, tío--contestó el joven. + +--¿Os encontráis fuerte? + +--Sí por cierto. + +--¿De modo que embestiríais con cualquiera aventura? + +Al oír la palabra aventura, Juan Montiño, que se había distraído por un +momento de su idea fija, volvió á ella. + +--¿Conocéis á la reina, tío?--le preguntó. + +--¡Pues podía no conocerla!--dijo con sorpresa el señor Francisco. + +--¿Es la reina alta? + +--Sí. + +--¿Es la reina gruesa?... es decir... ¿buena moza? + +--Sí. + +--Pues tío, yo quiero conocer á la reina. + +--Yo creo que estás loco, sobrino... ¿qué preguntas son esas y qué +empeño? + +--Empeño... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es +su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo... + +El cocinero mayor estaba alarmado. + +--¿Conoces tú á la reina por ventura?--dijo. + +--¡Yo! ¡no, señor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que +viene por primera vez á Madrid, después de comer y beber, pregunte si el +rey es alto ó bajo, hermoso ó feo; lo mismo me ha acontecido á mí; sólo +que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina. +Nada más natural. + +--Pues es muy extraño; tú me preguntas por su majestad, y yo acabo de +recibir esta carta de manos de una dueña de palacio. + +Tomó la carta Juan Montiño, la leyó, se puso pálido y se echó á temblar. + +--¿Y de quién creéis que pueda ser esta carta? + +--Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las +manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina. + +--¡Aquí dice secreto de Estado!--dijo sin intención el joven. + +Pero en aquellas palabras el suspicaz Montiño vió una intención marcada, +más que una intención: una explicación completa; su sobrino creció para +él de una manera enorme, creyóse relegado al silencio, dominado, +convertido en un ser inferior á su sobrino. + +--Y no, no creas--dijo--que yo pretendo saber tu secreto. No comprendo +bien lo que sucede... pero... te llaman á palacio; la reina es demasiado +imprudente... + +--¡Tío! + +--¡Después de lo de las cartas! + +--Pero, tío, no os comprendo. + +--Escucha, Juan, escucha--dijo Montiño, que estaba atortolado y que +había perdido el tino--: don Rodrigo Calderón está aquí; luego saldrá +por el postigo de la casa del duque; yo te llevaré á ese postigo; debes +esperarle; lleva en el bolsillo de su ropilla las cartas que +comprometen á la reina. + +--¡Las cartas que comprometen á la reina! + +--Sí--dijo sudando el cocinero mayor--, las cartas de la reina. Es +necesario que antes de ir á palacio esperes á don Rodrigo, que le +acometas, que le mates si es preciso; pero esas cartas, Juan... y mira, +hijo mío--añadió el cocinero mayor asiendo las manos del joven, y +mirándole desencajado y pálido, porque cada vez se hacia para él un +personaje más respetable su sobrino--: aprovecha tu buena, tu inesperada +fortuna; no te pregunto cómo has podido llegar hasta donde has llegado +en tan poco tiempo; eres ciertamente muy hermoso, y las mujeres... pero +sé prudente, muy prudente... no te ensorberbezcas, aprovecha las horas +de buen sol, hijo; pero mira que las intrigas de palacio son muy +peligrosas... + +--Pero, tío...--replicó el joven, que no comprendía una sola palabra. + +--Nada, nada; no hablemos más de esto; lo quiere ella... en buen hora. + +Juan Montiño no se atrevió á aventurar ni una sola palabra más, por +temor de cometer á ciegas una torpeza, y se encerró en una reserva +absoluta, en una reserva de expectativa. + +--No quiero que, andando en tales y tan altos negocios, no lleves más +armas que la daga y la espada; el oro es un arma preciosa. Toma, hijo--y +sacó una bolsa verde y la puso con misterio en las manos del joven--. No +es grande la cantidad, pero bien habrá diez doblones de á ocho. Tú me +devolverás esa cantidad cuando puedas. Ahora no hablemos más, ni por la +casa, ni por la calle. Voy á llevarte á esconderte frente al postigo del +palacio del duque. + +Y se volvió hacia la puerta. + +Pero de repente se detuvo. + +--¡Ah! se me olvidaba--dijo limpiándose con el pañuelo el sudor que +corría hilo á hilo por su frente--: por muy afortunado que seas, no +puedes pasar toda la noche en palacio; allí sólo estarás un breve +espacio... luego... en mi casa no quiero que estés... no sería +prudente... Cuando un hombre ocupa con una alta señora el lugar que tú +maravillosamente ocupas, debe evitar que esta señora sepa que vive en +una casa donde hay mujeres jóvenes y bonitas. Cuando estés libre, sube á +las cocinas; pregunta por el galopín Aldaba, y dile de mi parte que te +lleve á casa de la señora María, la mujer del escudero Melchor... no te +olvides. + +--No me olvidaré. + +--Allí tienes preparado y pagado el hospedaje. Es lo último que tengo +que decirte. Conque vamos, hijo, vamos. + +Juan siguió á su tío; al pasar por la repostería, éste dijo arrojando +una mirada á las mesas y á los aparadores: + +--Me voy á tiempo; ya se han servido los postres y los vinos. Buenas +noches, señores. + +Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero +de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que +ocupaba las habitaciones por donde pasaron, salió á la calle, siguió, +torció una esquina, recorrió una tortuosa calleja, dobló otra esquina, y +al comedio de otra calleja obscura se detuvo. + +--Ese es el postigo de la casa del duque--dijo el cocinero mayor. + +--¿Y por ahí ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que +comprometen á su majestad? + +--Sí, don Rodrigo Calderón; pero saldrá tarde; aunque te llaman luego á +palacio, esto importa más, créeme; espera aquí, porque podrá suceder que +don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podrá suceder también +que salga acompañado; en ese caso... déjale, y vuelve mañana á este +mismo sitio hasta que le veas solo. ¿Pero estás seguro de tu valor y de +tu destreza? + +--Cuando se trata de la reina, tío, no hay que pensar más que en +servirla. + +--Pues bien; ocúltate, que no puedan verte; aquí en este soportal. Y +adiós; voy á ver ahora mismo á mi hermano Pedro. + +--Quiera Dios, tío--dijo tristemente el joven--, que le encontréis vivo. + +--Adiós, sobrino, adiós; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y +quedarme. + +--Id tranquilo, tío, que como Dios me ha sacado de otros lances, me +sacará de éste. + +--Dios lo quiera. + +--Id, id con Dios. + +El señor Francisco Montiño tiró la calleja adelante y tomó á buen paso +el camino del alcázar. + +Para él, á quien habían fascinado las coincidencias casuales del relato +de Gabriel Cornejo, con la carta de palalacio y con las impacientes +preguntas de su sobrino postizo acerca de la reina, era indudable que +Juan había tenido un buen tropiezo; que, en fin, la reina le amaba ó le +deseaba... pero todo esto se hacía duramente inverosímil al cocinero +mayor, porque, en efecto, lo era; y sin embargo, creía tener pruebas +indudables: aquella carta que había venido á sus manos por conducto de +una dueña de palacio y con todas las señales de provenir de la reina; +las medias palabras de su sobrino; el aspecto extraño, la +sobreexcitación que en él había notado, todo contribuía á hacerle creer +lo que no quería creer, porque lo que repugna fuertemente á la razón, lo +rechaza enérgicamente la voluntad. + +Francisco Montiño no encontraba otra salida al pasmo que le causaba todo +aquello, mas que encogerse de hombros y decir: + +--¡Y yo que hubiera jurado que la reina era una santa! + +Y luego añadía, en una reacción de la razón y de la voluntad: + +--No, no, señor, es imposible, imposible de todo punto; yo estoy soñando +ó me he vuelto loco. Ni creo esto ni lo de don Rodrigo Calderón. +¡Bah!¡blasfemia! es cierto que la reina no ama al rey, pero de esto á... +á olvidarse de quien es... ¡Vamos, no puede ser! + +Y recordando luego cuanto había visto y oído, exclamaba: + +--Pero las mujeres, con corona ó sin ella, son siempre mujeres, capaces +de hacer lo que ni aun se podría pensar. + +Al cabo terminaba su lucha con la siguiente conclusión: + +--Ello, al fin, no me importa tanto que me exponga á volverme loco +devanándome los sesos: si mi sobrino, es decir, si ese joven que me cree +su tío hace suerte... mejor, algo me alcanzará; si todo eso de la reina +no es más que una equivocación, un enredo... mejor, mucho mejor, porque +la reina será lo que yo creo que es y lo que debe ser. De todos modos, +no pasará mucho tiempo sin que yo sepa la verdad. Entre tanto vamos á +pasar una mala noche por ver á mi hermano, y no nos detengamos, ya que +hay que saber otro secreto importante, porque la muerte no se espera á +que uno despache sus negocios. + +Pensando esto entraba por la puerta de las caballerizas reales. + +--¡Hola, eh!--dijo desde la puerta de una cuadra--¡los palafraneros de +guardia! + +Acudieron dos ó tres mocetones. + +--Al momento, al momento, para el servicio de su majestad, dos machos de +paso que puedan andar cinco leguas en dos horas, y un mozo de espuela, +que no se duerma y que no me extravíe. + +--Muy bien, señor Francisco Montiño--dijo uno de los palafreneros--; +cuando vuesa merced vuelva ya estarán las bestias y el mozo dispuestos +para echar á andar. + +El cocinero mayor atravesó el arco de las caballerizas, la plaza de +Armas, el vestíbulo y el patio del alcázar, se metió por un ángulo, por +una pequeña puerta, empezó á trepar por unas escaleras de caracol, y á +los cien peldaños desembocó en una galería, apenas alumbrada por algunos +faroles; apenas entró, llegó á sus oídos la voz de dos mujeres que +cantaban de una manera acompasada y lenta, como quien se fastidia, un +villancico. + +--¡Qué feliz sería yo--dijo--si no me cercasen y me rodeasen y me +amargasen la vida, tantos negocios y tantos enredos! ¡y si no, cuán +felices y cuán contentas están mi mujer y mi hija!... es necesario dar +un corte á esto; soy rico, á Dios gracias, y debo retirarme y descansar. +Abre, Inesita, hija mía--dijo llegando á una puerta. + +Cesó el canto, oyéronse unas leves pisadas, se abrió la puerta, y con +una palmatoria en la mano apareció una preciosa niña de diez y seis á +diez y siete años. + +--¡Cuánto ha tardado vuesa merced, señor padre!--dijo sonriendo al +cocinero mayor--mi señora madre y yo estábamos con mucho cuidado. + +--¡Y cantábais! + +--Por entretener la espera. + +--Pues más voy á tardar--dijo Montiño entrando en una pequeña habitación +y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia. + +--¿Cómo que vas á tardar, Francisco?--dijo una joven hermosa también, y +como de veinte años, que al levantarse para tomar la capa del cocinero +mayor, dejó ver que estaba abultadamente encinta. + +--Sí, Luisa, sí; me obliga el hacer un pequeño viaje ahora mismo, un +asunto bien desagradable. + +--¡Y con esta noche!...--dijo Luisa. + +--Mi hermano el arcipreste--dijo tristemente el cocinero mayor--se +muere, y acaso no llegue á tiempo ni aun de cerrarle los ojos. + +--¡Oh! ¡qué desgracia!--dijo Luisa. + +--¡Está de Dios que yo no conozca á ningún pariente mío!--añadió Inés. + +--No hay que afligirse demasiado--dijo Montiño--, nacemos para morir y +mi hermano era viejo. + +--¿Y durará mucho tu ausencia, Francisco?--dijo Luisa. + +--Mañana, á más tardar, estaré de vuelta. Saca mi loba de camino, +Inesita; y mis botas, yo voy por mis pedreñales, siempre es bueno ir +bien preparado. + +Y Montiño abrió una puerta con una llave que sacó de su bolsillo, y +entró y cerró. + +La mujer lanzó una mirada ansiosa á aquella puerta. + +Montiño atravesó otra habitación, abrió otra puerta y se encerró en un +pequeñísimo aposento, en el cual había un fuerte arcón, una mesa y +algunas sillas. Pero todo tan empolvado, que á primera vista se notaba +que no se había limpiado allí en mucho tiempo. + +El cocinero mayor abrió el arcón, que apareció lleno de talegos; buscó +uno de ellos con la vista y con las manos, con cierto respeto de +adoración; desató lentamente su boca, y procurando que las monedas no +chocasen, sacó como hasta una veintena de doblones de oro. + +--Hago un sacrificio, un inmenso sacrificio--exclamó suspirando--, el +mayor de todos: dejar mi casa sola. No sé por qué el tío Manolillo tiene +conmigo de algunos meses á esta parte chanzas que me inquietan. ¡Bah! +¡bah! yo recelo de todo... no hay motivo... están contentas... ella cada +día más cariñosa... mi hija cada vez más empeñada en ser monja... +Afuera, afuera sospechas infundadas... una sola noche... ¿qué ha de +suceder en pocas horas? + +Y tomando un par de pedreñales ó pistoletes que estaban colgados de la +pared, los cargó, les renovó los pedernales, y cerrando cuidadosamente +el arca y las dos puertas que antes había abierto, salió á la habitación +donde estaban su mujer y su hija, se vistió un traje de camino, se ciñó +una espada, se colgó de la cintura los pedreñales, y después de +despedirse de su mujer y de su hija, salió de la habitación, luego del +alcázar, y llegó á las caballerizas, donde montó en un mulo, y salió de +Madrid acompañado de un mozo de espuela de la casa real, que iba montado +en otro mulo. + +No habría llegado aún Francisco Montiño al puente de Segovia, cuando su +mujer, que había despedido á su hijastra para irse á dormir, se encerró +en su dormitorio, se dirigió á una ventana, que parecía clavada, sacó +con suma facilidad dos de los clavos, que sólo servían de una manera +aparente, abrió, y tomando un papel, al que hizo tres agujeros, envolvió +en él un pedazo de pan, sin duda para dar al papel peso, y se puso á +cantar, teniendo fijos los ojos en una ventana cercana de una torre que +por aquella parte del alcázar estaba contigua á las habitaciones del +cocinero mayor. + +Poco después se abrió aquella ventana y dejó ver únicamente su fondo +obscuro. + +Luisa arrojó á aquel fondo el papel que envolvía el pan y que entró por +el vano obscuro de la ventana que acababa de abrirse. + +Inmediatamente cerró Luisa la ventana, y dijo suspirando, como suspira +una mujer impaciente y enamorada: + +--Si á las tres no ha vuelto Francisco, no vuelve de seguro hasta +mañana; tienen tiempo de avisarle y vendrá: ¡oh! ¡qué suerte tan infeliz +la mía! + +--¿Por qué cantará así mi madre, siempre que mi padre pasa alguna noche +fuera de la casa?--decía Inés rebujándose en sus sábanas--. ¡Ay, si yo +pudiera avisarle! pero le ha tocado hoy de servicio, y no se puede mover +de la portería de pajes. + +La niña se durmió sonriendo, como sonríe una virgen á su primer amor, á +su único amor puro. No sabemos si Luisa durmió también; pero lo que sí +sabemos es que entre tanto el cocinero mayor caminaba rápidamente al +paso de andadura de los dos poderosos mulos, y que el camino hasta +Navalcarnero se acabó antes de que se acabasen sus encontrados +pensamientos. + +Cuando llegó al pueblo eran las doce de la noche. + +Apeóse en la puerta de la casa donde había nacido, y no tuvo necesidad +de llamar, porque encontró su puerta franca de par en par. + +Algunas mujeres pasaban de la cocina á una sala baja muy atareadas, y +entre ellas apareció una anciana. + +--¿Vive mi hermano?--dijo Montiño, adelantando hacia aquella mujer. + +--¡Ah! ¡señor! ¿sois vos?-dijo llorando la pobre anciana--yo no os +conozco, no os he visto nunca; pero debéis ser el señor Francisco +Montiño. + +--El mismo soy; ¿pero vive aún mi hermano? + +--Está acabando; pero entrad, entrad: desde que esta mañana fué Juan á +Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos +habéis de traerle la salvación de su alma. + +Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella +en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, había un anciano +expirante. + +--¡Señor arcipreste!¡señor arcipreste!--dijo la anciana--; he aquí +vuestro hermano que ha llegado. + +Abrió penosamente los ojos el moribundo. + +--No veo--dijo con voz apenas perceptible. + +Y calló, como si aquel «no veo» le hubiese costado un inmenso esfuerzo. + +--Padre--dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso--, el señor +arcipreste me tenía encargado que cuando viniese su hermano, le +dejásemos solo con él. + +--¡Oh!¡pues cumplamos su voluntad!--dijo el fraile y salió. + +El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos. + +--¡Soy yo, hermano mío!¡soy yo!--dijo Montiño, estrechando las manos al +arcipreste. + +--¡Allí! ¡allí!--dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo +de la alcoba de una manera vaga y penosa. + +--Sí, sí; no te fatigues, hermano mío: allí está el cofre que encierra +la fortuna de Juan. + +--Sí--dijo el moribundo. + +--¡Pedro! un esfuerzo--dijo Montiño acercando su semblante al de su +hermano, que empezaba ya á descomponer la muerte--: ¡Pedro, el nombre de +su padre! + +--Su padre es... el gran... el gran... duque de Osuna. + +--¡Ah!--exclamó Montiño--. ¿No deliras, hermano? + +--¡El duque... de Osuna!--repitió el arcipreste, haciendo un violento +esfuerzo, que acabó de postrarle. + +--¿Y su madre...? ¿su madre...? + +--La duquesa... de... + +--¡Pedro! ¡Pedro! un solo esfuerzo. + +El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para hablar y no pudo; levantó +la cabeza, dejó oír un gemido gutural, y luego su cabeza cayó inerte +sobre la almohada. + +Había muerto. + + + + +CAPÍTULO IX + +LO QUE HABLARON LERMA Y QUEVEDO + + +Desde que don Francisco de Quevedo se resignó á esperar, pensando, al +duque de Lerma, hasta que apareció el duque, pasaron muy bien dos horas. + +Era el duque uno de esos personajes que se llaman _serios_; su edad +rayaría entre los cuarenta y los cincuenta años; respiraba prosopopeya; +vestía con una sencillez afectada, y en sus movimientos, en sus miradas, +en su actitud, había más de ridículo que de sublime, más hinchazón que +majestad; era un hombre envanecido con su cuna, con sus riquezas y con +su privanza, que había formado de sí mismo un alto concepto, y que se +creía, por lo tanto, un grande hombre. + +Quevedo permaneció algún tiempo sentado, después que apareció el duque. + +Esto hizo fruncir un tanto el ceño á su excelencia. + +--Me han avisado--dijo con secatura--de que me esperaba aquí una persona +para darme en propia mano una carta de la señora duquesa de Gandía. + +Quevedo se levantó lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sacó +de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de +Gandía; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvió hacia una puerta +que el duque había dejado franca. + +--Paréceme que huís, caballero--dijo el duque. + +Quevedo se detuvo, pero permaneció de espaldas. + +--Y no creo que haya motivo--añadió el duque, mirándole de alto abajo y +sonriendo de una manera que nos atreveremos á llamar triunfante--; no +creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un +encubrimiento y un silencio tan inútil, vengáis á mi casa y pretendáis +salir de ella; como os habéis tapado la cruz y el rostro con el +ferreruelo, debiérais haberos puesto en cada pie un talego, á fin de +tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no +digo esto por mortificaros, sino porque comprendáis que os he conocido, +don Francisco. + +Volvióse Quevedo, se desembozó, se descubrió echando atrás con gentil +donaire la mano que tenía su sombrero, y levantando su ancha frente, +dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque: + +--¡Romance! + +--¡Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me +tenéis impaciente. + +Guardó un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y +hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dándoles cierta +canturía: + + --Dióme Dios, por darme mucho, + con una suerte perversa, + cabeza dos veces grande, + y pies para sostenerla. + Vine al mundo como soy, + aunque venir no quisiera; + la culpa fué de mi madre, + que no se murió doncella. + Por los pies me ha conocido + el ingenio de vuecencia; + es difícil que conozcan + á algunos por la cabeza. + Hay quien puede en pies de cabra + enderezar su soberbia, + porque lo que todo es aire, + cualquier cosa lo sustenta. + +Y acabado el romance, se dejó caer el sombrero sobre la cabeza, se +embozó de nuevo, y se volvió á la puerta franca. + +El duque se adelantó y cerró aquella puerta. + +--Sois mi prisionero--dijo. + +--Mandadme dar cena y lecho--repuso Quevedo, sentándose otra vez en el +sillón que habla dejado, como si se encontrara en su casa. + +--No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez--dijo Lerma--. +Quiero que seamos amigos. + +--¡Ah, condesa de Lemos!--exclamó Quevedo. + +--¿Por qué nombráis á mi hija, cuando os hablo de otros asuntos?--dijo +con el acento de quien se siente contrariado, el duque. + +--Dígolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa. + +--No os entiendo. + +--Basta con que Dios me entienda. + +--Si vos galanteásteis á mi hija hace dos años... + +[imagen: El Duque de Lerma.] + +--Don Francisco de Sandoval y Rojas, vos sois uno de aquellos hombres de +quienes dice la criatura: tienen ojos y no ven. + +--Veo que os equivocáis; vos creéis que la causa de vuestra prisión en +San Marcos, fueron vuestras solicitudes á doña Catalina. + +--Me afirmo en lo dicho: sois ciego; yo cuando se trata de mujeres... + +--Estáis por las que valen... y pretendéis por ellas ser valido. + +--Valiera yo poco si tal valimiento buscara--y continuó--; yo, cuando se +trata de mujeres, no solicito, tomo... + +--¿De modo que...? + +--No he solicitado á vuestra hija. + +--¿Y qué habéis tomado de ella?--añadió con precipitación el duque. + +--Un ejemplo de lo que sois. + +--¡Ah! vos para conocerme... + +--Os miro. + +--Pero me miráis con antiparras. + +--Para veros no es necesario tener muy buena vista. + +--Quiero saber qué pensáis de mí. + +--Mucho malo. + +--Al menos no se os puede culpar de reservado. + +--Reservéme poco, cuando habéis podido encerrarme. + +--Os he guardado porque os estimo. + +--Tan acertado andáis en mostrar vuestra estimación, como en gobernar el +reino. + +--¿Pues no decís que en vez de gobernar soy gobernado? ¿no me habéis +fulminado uno y otro romance, una y otra sátira, tan poco embozadas, que +todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? ¿no os habéis +declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasión á ello, como no sea +en estorbar vuestros galanteos con mi hija? + +--¡Ah! ¡es verdad! nos habíamos olvidado de doña Catalina; hablado +habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras +de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del +mundo habláramos. ¡Vuestra hija! ¡pobre mujer! ¿y sabéis que yo no +escribiría por nada del mundo contra vuestra hija? + +--¿Tan bien la queréis? + +--Se me abren las entrañas por todos los poros. + +--¡Ay! ¿y mi hija?... + +--Es la mujer más pobre de corazón que conozco. + +--Pues yo creía... + +--¡Pues! vos creéis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegáis. + +--Quisiera entenderos. + +--Pues entendedme: vos creéis á vuestra hija una mujer, y vuestra hija +es una niña; vos la creéis contenta, y vuestra hija llora; vos la creéis +feliz, y vuestra hija es desdichada; vos al casarla con vuestro sobrino, +creísteis hacer un buen negocio... ¡bah! don Francisco; vos que lo +primero que veis en mí son las antiparras, no sentís las antiparras que +tenéis montadas sobre las narices, y sin las cuales no veis nada; +antiparras que vienen á ser para vos las antiparras del diablo, que todo +os lo desfiguran, que todo os lo mienten, que os abultan las pulgas y os +disminuyen los camellos; para vos, á causa de esas endiabladas +antiparras, lo falso es oro, todo lo que es aire cuerpo, todo lo que es +cuerpo aire. Yo os daría un consejo; + +--¿Cuál? + +--Hacéos sacar del cuerpo los malos, y cuando os los hayan sacado +entonces hablaremos; entonces veremos si yo os sirvo á vos, ó si vos me +servís á mí. + +Y Quevedo se levantó en ademán de irse. + +--Esperad, esperad, don Francisco; os necesito aún. + +--¡Ah! ¿con que aún no me suelta? + +--Nunca habéis estado más libre que ahora. + +--Pues mirad, nunca me he sentido más preso. + +--Veo que vuestra enemistad hacia mí es cruel. + +--¡Bah! desengañáos; yo no tengo un enemigo en quien no temo. + +--Preso os he tenido dos años. + +--No, más bien me he estado yo dos años preso. + +--Mucho confiáis en vuestro ingenio. + +--Yo más en el vuestro. + +--Pero si yo no le tengo. + +--Sí por cierto, tenéislo... para hacer lo que nos conviene. + +--Ponderan mi lisura y mi paciencia... + +--Pues se engañan. Ni sois liso ni agudo, y en cuanto á lo de +paciencia... + +--Téngola, puesto que me estáis desesperando, y... + +--Os estoy leyendo. + +--Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os +he tenido preso no ha sido porque no me servíais á mí, sino porque no +sirviéseis á otros. + +--Yo sólo sirvo á Dios. + +--Y al duque de Osuna. + +--Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande +quede en España. Sirviendo al duque sirvo á Dios, porque sirvo á la +justicia y al honor. + +--O porque sirviéndole, os servís á vos mismo. ¿Qué habéis visto en +Girón, que os haga creer que es más grande que Lerma? + +--Que Girón es grande sin decirlo, y vos, llamándoos grande, sois +pequeño. + +--¿Qué queréis, don Francisco, qué deseáis? ¿con qué noble premio se os +puede comprar? + +--¿Queréis que sea vuestro amigo? + +--¡Oh don Francisco! me llamáis ciego, y sin embargo, no reparáis en que +os veo levantaros delante de mí como un gigante, y os respeto; no +comprendéis que os aprecio en cuanto valéis, y que sé que con vuestra +ayuda nada temería: lo emprendería todo, continuaría los tiempos de +esplendor de España... + +--Me estáis ofreciendo moneda falsa. + +--Y vos me estáis desesperando. + +--Ya os he dicho que puedo ser vuestro amigo. + +--Hablad. + +El duque de Lerma se sentó y Quevedo volvió á sentarse también. + +--Voy á desembozar algunas palabras que os están haciendo sombra, y á +empezar por mí desembozándome. Nací contrahecho; vos me desembozásteis +por los pies, ya os lo dije; ni eché memorial para venir al mundo, ni +venido quejéme de los malos pies con que en él entraba; pero si Dios me +dió piernas torcidas, dióme alma recta; si pies torpes, ingenio ágil; si +cabeza grande, llenóla de grandes pensamientos; os estoy hablando +completamente desembozado, y pienso desembozaros para con vos mismo, +porque lleguéis á ver claro, que, vos como sois, y yo como Dios ha +querido que sea, hemos nacido para ir por camino diferente; yo bien me +sé á dónde vais á parar; yo pararé donde Dios sabe. + +--Continuaré sacrificando mi vida á la grandeza de mi patria. + +--Y como habéis nacido para que todo os salga al revés de como pensáis, +acabaréis hundiéndoos con España en un abismo. + +--¿Creéis, pues, que estoy engañado?... + +--Si volvemos á las réplicas no acabaremos nunca. + +--Continuad. + +--Pretendieron mis padres que fuese docto. Alcalá me dió su ciencia, +pero más la Universidad que se llama mundo. Cada mujer fué para mí un +romance, cada hombre una sátira, cada día un maestro, cada año un libro. +Díjome la historia que siempre ha habido tiranos y esclavos, y que la +vanidad, y la codicia, y la soberbia han escrito con sangre sus anales; +quise quitar la carátula á la verdad y se la quité á medias, porque lo +que vi, me dió miedo de ver lo que ver no quise. Encerréme conmigo, y +allá en mi encierro me siguió el mundo, y me siguieron mis pasiones. +Amé: ¡nunca hubiera amado! porqué amé á vuestra hija. + +Hizo un movimiento de impaciencia Lerma. + +--Y vuestra hija me amó. + +Movióse con doble impaciencia el duque. + +--Y no fué mía porque no quise que lo fuese. + +--¡Oh! exclamó con disgusto Lerma. + +--No podía serlo; para querida me daba lástima, para mujer ojeriza. + +--¡Cómo! + +--Hubiéseis dicho qué me daba á trueque; á falta de riquezas y de +títulos, servidumbre judaizante, adoración del oro; yo, que me precio de +sangre limpia y de ser buen cristiano, díjeme todo espeluzno y todo +escándalo de mí mismo cuando pasó por mí el vergonzante pensamiento de +ser vuestro yerno: honra dejáronte tus padres, don Francisco; búrlaste +de las busconas; no mates tu honra ni tu musa y buscón no seas; que +cuando oro anda en medio de una mujer y un hombre, el mundo no ve el +corazón, sino el talego; no el amor, sino la codicia; tragúeme, pues, mi +amor, como me he tragado otras tantas cosas, y no queriendo deshonrar á +vuestra hija haciéndola mía, no me casé con ella por no deshonrarme. + +El duque de Lerma no contestó una sola palabra; únicamente hirió una y +otra vez con un movimiento nervioso la alfombra, con el tacón de su +zapato. + +--Casásteisla entonces con vuestro sobrino; vendísteis á vuestra hija... + +--Era una alianza conveniente... + +--Pudo conveniros á vos, no á ella. Conviniérala como mujer honrada y +honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino +porque nació buena, otro hombre, más amor, más alma, más valor y dicha +la verdad sea, más vergüenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas +estas cosas y con ellas alguna discreción y buen ingenio, bien casada +estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal +casada, tan enterrada en vida, aquello de: + + Oro es ingenio en el mundo, + oro en el mundo es nobleza + y el que en vanidades trata + de vanidad se sustenta. + Con un leproso del alma, + su padre casó á Teresa... + +Con lo demás que decía el romance, que si no hizo reir á nadie por el +chiste, os hizo á vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San +Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por +culpa de ella al romance, y por doña Catalina á la doña Teresa que el +romance cantaba. + +--¿Y creéis que aunque anduvísteis extremadamente injusto, apasionado y +mordaz en el tal romance, fué esta sola la causa de vuestra prisión? + +--Sé que anduvieron también en ella vuestras antiparras. + +--Más claro. + +--Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven +que son ellas don Rodrigo Calderón. + +--¡Ah! ¡el bueno de mi secretario! + +--Vuestro amo. + +--¡Mi amo! + +--Y del rey. + +--¡Ah! + +--Y de España, porque como vos sois amo del rey, y el rey amo de España +y es vuestro dueño don Rodrigo, resulta que don Rodrigo viene á ser amo +de España. + +--Seguid, don Francisco, á fin de que sepamos hasta qué punto estáis +engañado. + +--Era una simple cuestión de secretarios: don Rodrigo lo era vuestro, y +yo lo era del duque de Osuna; el duque de Osuna era enemigo vuestro, y +por consecuencia, vuestro secretario debía serlo también del secretario +del duque de Osuna. Temióse, no lo que hacía, sino lo que pudiera hacer +de la corte el ilustre descendiente de los Girones, y como es muy +principal caballero, y muy poderoso, y muy bravo, se le desterró á +Nápoles dorando el destierro con lo de virrey, y como se creía que yo +era mucha cosa con el duque y que haría más conmigo que sin mí, se me +envió á San Marcos á hacer penitencia; y como el duque de Osuna no ha +cesado de reclamar en estos dos años á su pobre secretario, y como, por +otra parte, vos os encontráis con que á pesar de los buenos oficios de +don Rodrigo no veis claro en qué consisten tantos reveses y tantas +desdichas como sufre España, os habéis dicho: saquemos del encierro á +aquel espíritu rebelde, veamos si podemos mudarle á nuestro provecho, y +si sus antiparras son más claras que los ojos de don Rodrigo. + +--¿Y creéis que yo no pudiera pasarme sin vos? + +--Creo que necesitáis de todo el mundo. + +--El rey me concede más que nunca su cariño, su confianza. + +--Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya +llevado á picos pardos al príncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no +es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa; +y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro +puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como +Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Calderón, creyéndose ya +poderoso, no disimula su soberbia; y como Espínola desde Flandes pide +hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran +suceder, si no mandárais vos, que no debíais mandar; y como vos creéis +que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por +algo también me pide en una y otra carta, nada de extraño tiene que yo +piense que si quisiera podía vengarme de don Rodrigo enviándole á +galeras y de vos haciéndoos mi secretario. + +--Conócese--dijo el duque sonriendo á duras penas--que aún os dura la +rabia del encierro. + +--Os hablo desembozado y nada más. + +--¿Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?... + +--Os la negaría, porque ayudaros á vos, sería desayudar á la patria y +hacer traición al rey. + +--Supongo que no os habréis atrevido á llamarme traidor. + +--No; pero sois ciego, soberbio y codicioso. + +--Os habéis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que +puedo por haceros mi amigo. + +--No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro. + +--Sin embargo, si no recuerdo mal, me habéis ofrecido vuestra amistad. + +--_Sub conditione._ + +--Pero vuestras condiciones... + +--En el estado en que se encuentra la gobernación del reino, las +condiciones serían muy duras para vos. + +--¿Creéis que el mal, si le hay...? + +--¿Si le hay? Desde que murió el rey don Felipe, que aun antes de que le +royesen el cuerpo los gusanos, se sintió roido por el dolor de dejar la +monarquía más poderosa del mundo á un príncipe incapaz, no han pasado +por España más que desdichas; la hacienda real, desde que vos subísteis +á secretario de Estado, empezó á dar tales traspiés, que dejó muy pronto +de ser hacienda; exhausta por los gastos más exorbitantes, escandalizado +el reino de tanto desbarajuste, de tal despilfarro, empezó á murmurar, +como quien conocía que de su cuero habían de salir las correas; vos, +para acallar al reino, os ayudásteis de clérigos para que volviesen á +vuestro provecho el púlpito y el confesonario; no era bastante la +mentira en nombre del rey: se mintió en nombre de Dios, se pasó de la +deslealtad al sacrilegio. Don Rodrigo Calderón, trocado de vuestro paje +en vuestro secretario, y engordado con vuestros secretos, y con los +empleos que vende, y con la justicia que rompe, se hace fuerte y os +domina; la guerra de los Países Bajos, funesta guerra de religión que +ningún provecho ha podido nunca traer á España, se encrudece, se hace +desastrosa, es más, injusta, deshonrosa, porque nuestros soldados sin +pagas, se convierten en una plaga de Egipto, rompen la disciplina, y +nuestros valientes tercios son vencidos en las Dunas, en Ostende, en el +Brabante, en todas partes, á pesar de la pericia y del valor de +Espínola. Somos el juguete de Inglaterra, que satisface el odio que +siempre ha sentido hacia la casa de Austria, y de otra parte la Francia +ayuda á los Países Bajos, para que entretenida España con una guerra +desastrosa no pueda influir en sus negocios. Inútil la tentativa de +ceder la soberanía de los Países Bajos al archiduque Alberto y á su +esposa la infanta doña Isabel; continúan los desastres. Holanda y +Flandes han resistido, resisten y resistirán, como quien pugna por +arrojar de su casa un dominio extraño y tiránico. Para satisfacerse de +algún modo de los reveses de los Países Bajos, se piensa en ganar gloria +perjudicando al comercio inglés, y se envía allá una escuadra que +aniquilan los elementos como aniquilaron á la _Invencible_; todo +fracasa, todo muere. Perdido el tino, se firma una tregua vergonzosa de +doce años con Holanda y Flandes, acogiendo por medianeras á Francia y á +Inglaterra, y se cree tener algún respiro. Pero aqueja la pobreza +pública, al par que crecen los dispendios de la corte, y se piensa en +leyes suntuarias; leyes inoportunas, ineficaces, contra las que +representan los mercaderes y quedan sin efecto; es necesario encontrar +dinero á todo trance, y se aumenta el valor de la moneda de vellón; +expone los inconvenientes de esta medida el docto Mariana en su libro +_De Mutatione monetæ_, y el bueno, el sabio Mariana es perseguido; á la +torpeza sigue la tiranía. Pero no se halla todavía dinero y la tiranía +crece, la tiranía no respeta ya nada: ni la fe de los tratados humanos, +ni la fe de este eterno pacto de justicia que el hombre tiene hecho con +Dios. El edicto de la expulsión de los moriscos, llena de horror á todos +los pechos generosos... + +--Antes que Felipe III han sido sus abuelos rigorosísimos con los +moriscos--exclamó el duque de Lerma, aturdido por la filípica de +Quevedo. + +--¡Los clérigos y los frailes! siempre esa plaga que ha logrado dominar +al trono y que acabará con la gloria y con el poder de España. Y, sin +embargo, un excesivo celo por la religión, un celo imprudente y ciego, +pudo nublar con hechos indignos de su grandeza la gloria de los Reyes +Católicos, del emperador don Carlos, de su hijo don Felipe; pero no la +mancilló la codicia mortal, la sed infame del dinero; los moriscos +fueron perseguidos, ¡pero no fueron robados! + +--¡Robados! + +--Sí, Felipe III ha robado á los moriscos, y quien dice Felipe III, dice +el duque de Lerma. + +--Esto es ya demasiado, demasiado--dijo enteramente aturdido Lerma, que +no había creído que existiese un hombre capaz de decirle de frente tan +agrias verdades. A tal punto le habían llevado su envanecimiento, su +privanza y la nulidad del rey. + +--¡Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de españoles ricos, +industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables, +desesperados, del suelo que los vió nacer. Y el rey, su majestad, como +si hubiérais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en +una cuarta parte la población del reino la hubiérais aumentado y +enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo +el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil á vuestra hija y á su noble +esposo el conde de Lemos. + +--¡Concluyamos, concluyamos, don Francisco!--dijo el duque procurando +rehacerse--; está visto que no podemos entendernos. + +--¡Ya quería yo irme...!--dijo Quevedo levantándose de nuevo--; quería +irme sin hablar una sola palabra, porque no podría deciros más que +verdades lisas... pero vos... ¡bah! vos habéis nacido para +equivocaros... + +--He llegado á vos y os he tendido la mano... + +--Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero +hacerme cómplice de la ruina de España; á mi duque de Osuna me atengo... +y si me desayudare el duque... me atenderé á mí mismo, que me basto y +aun me sobro. Quede vuecencia con Dios. + +--Esperad: no es por ahí, don Francisco--dijo el duque tomando una bujía +de sobre la mesa y yendo á una puertecilla. + +--¡Cómo!--dijo Quevedo--; ¿vuecencia sirviéndome de paje? + +--Honroso es servir al ingenio, á la grandeza y al valor. + +--Muy cristiano andáis. + +--¡Cristiano! + +--Sí, por cierto; dais favores por agravios. + +--No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviáis, sino la fortuna +que se me os roba. + +--Ahí os queda don Rodrigo Calderón. Calló el duque, y bajando unas +escaleras, llegó á un postigo y puso la mano en un cerrojo. + +--Perdonad, un momento, don Francisco--dijo Lerma--: ¿quién os ha dado +la carta que me habéis traído? ¿puede saberse? + +--¿Y por qué no? ¡Me la ha dado vuestra hija! + +--Y... ¿dónde? + +--En palacio. + +--¡Oh! ¿con que ya habéis estado en palacio apenas venido? + +--De palacio vengo y á palacio voy. Como me crié en él, soy palaciego, y +tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista. + +--Pues cuidad, don Francisco, en dónde ponéis los pies, porque palacio +está muy resbaladizo. + +--Como ando despacio, señor duque, nunca resbalo; como tengo los pies +grandes me afirmo; cuando caigo no es que caigo, sino que me caen. +Guarde Dios á vuecencia y le prospere--añadió, viendo que el duque +había abierto la puerta. + +--Id, id con Dios, don Francisco--dijo el duque--, y no os olvidéis +nunca que os he buscado. + +--Lo que no olvidaré jamás es la causa por que he venido--dijo Quevedo, +y salió. + +El duque, que al abrir se había cubierto con la puerta, cerró +murmurando: + +--¡Que no olvidará la causa por que ha venido! ¡y quien le ha dado la +carta de la duquesa de Gandía ha sido mi hija! ¡ese hombre! ¿A dónde +tenderá el vuelo don Francisco? + +Detúvose de repente el duque; había sonado en la calleja ruido de +espadas que duró un momento. + +--¿Qué será?--dijo Lerma--; donde va Quevedo van las aventuras. Don +Rodrigo me lo dirá... sí, sí... ¡don Rodrigo!; y es el caso que empiezo +á desconfiar de él, pero yo desconfío de todo el mundo... de todos, +hasta de mí mismo. + +El duque acabó de subir en silencio las escaleras, entró en su despacho, +y abrió con una ansiedad marcada la carta de la duquesa de Gandía. + +Hizo bien el duque en esperar á quedarse solo para leer aquella carta; +nuestros lectores adivinarán su contenido. En ella, á vueltas de pesadas +reflexiones, participaba la duquesa á Lerma lo que la había acontecido +con el rey y la desaparición de la reina de su cuarto. + +El duque, leyendo esta carta, se puso sucesivamente pálido, lívido, +verde. No comprendía bien aquello. Creía tener comprimida á la familia +real, y, sin embargo, el rey y la reina se le escapaban, como quien +dice, por los poros. Creía saberlo todo, y, sin embargo, ignoraba que +existiesen aquellas comunicaciones secretas de que hablaba la carta. Se +creía seguro del afecto, de la fidelidad de don Rodrigo Calderón, y la +duquesa le daba respecto á él una voz de alerta. Daba vueltas el duque á +la carta y la leía y volvía á releer una y otra vez, como si dudara de +sus ojos, y siempre leía la misma cosa: + +«Su majestad el rey ha venido á mí por un pasadizo secreto, y me he +visto en un grande apuro.» + +Y más abajo: + +«Cuando obligada fuí á anunciar á su majestad la reina que el rey +deseaba verla, no encontré á la reina ni en su cámara, ni en su +dormitorio, ni en su oratorio, y á la hora en que os escribo no sé dónde +está su majestad. + +Y más abajo aún: + +«Personas extrañas, que no puedo deciros quiénes son, porque no las +conozco, aunque las he sentido y casi las he tocado, entran á mansalva +en la cámara de su majestad la reina. Además, he descubierto lo que +nunca hubiera creído... desconfiad de don Rodrigo Calderón: está en +inteligencias con la reina y os vende.» + +El duque acabó de aturdirse, y como siempre que esto le acontecía, mandó +llamar á su secretario. + +Pero antes de que éste llegase, tuvo gran cuidado de guardar en su +ropilla la carta de la duquesa de Gandía. + +A poco entró en el despacho del duque un hombre como de treinta á +treinta y cuatro años. + +Era buen mozo; moreno, esbelto, de mirada profunda, semblante serio, +maneras graves, movimientos pausados, como quien pretende aumentar la +dignidad de su persona; vestía rica pero sencillamente, y todo en él +rebosaba orgullo, mejor dicho, soberbia, y una extremada satisfacción de +sí mismo; era, en fin, uno de estos seres que jamás descuidan su papel, +y que con su aspecto van diciendo por todas partes: «soy un grande +hombre». + +Como sucede siempre á estos personajes, su afectación tenía algo de +ridículo; pero era la del que nos ocupa una de esas ridiculeces que sólo +notan los hombres de verdadero talento, los hombres superiores. + +A los demás, don Rodrigo Calderón, que él era, debía imponer respeto, y +lo imponía. + +Pero delante del duque de Lerma, el más hinchado de los hombres +hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un +ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento. + +Pero esto sólo en la apariencia. + +Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprendía, y +comprendiéndole usaba de él, humillándose. + +Cuando entró se inclinó respetuosamente, y su semblante tomó la +expresión más humilde y servicial del mundo. + +Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de +cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresión de +profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso. + +El duque lo notó, receló, pero sin embargo disimuló y ocultó +profundamente su recelo. + +--¿Qué os sucede?--le dijo--¿no estáis satisfecho de las ventajas que +acabamos de alcanzar? + +--¡Ventajas! ¡ventajas! tengo la desgracia de no verlas, señor--contestó +con voz apagada don Rodrigo--; si llamáis ventajas el haber logrado que +se sienten á vuestra mesa y hablen como amigos el señor duque de Uceda +vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Zúñiga... + +--Por el momento parecen desalentados, vienen á nosotros, olvidan sus +diferencias y se estrechan las manos. + +--Para engañarse mejor, engañando juntos á vuecencia. + +--Y bien, si no podemos unirlos los separaremos; no nos ha de faltar +pretexto para conferir una embajada al conde de Olivares; enviaremos de +virrey á Méjico ó al Perú á mi hijo, y alejaremos con otra honrosa +comisión á don Baltasar. + +--Pero el conde de Olivares preferirá su empleo de caballerizo mayor, +que le tiene en la corte, y cerca del rey, y vuestro hijo y Zúñiga no +dejarán por nada del mundo el cuarto del príncipe don Felipe. +Desengáñese vuecencia: todos quieren ser, todos; aunque todo os lo +deben, conspiran contra vos, los primeros vuestro hijo y vuestro +sobrino... el conde de Lemos... + +--El conde de Lemos seguirá en su destierro; ha sido más audaz que los +otros... ha pretendido ganar la confianza de su alteza, despertando sus +pasiones y halagándolas... ha sido, pues, necesario ser severo con él, y +como lo he sido con él, lo seré con los demás; lo seré, no lo +dudéis--añadió el duque contestando á un movimiento de duda de don +Rodrigo. + +--Sólo hay un medio... ya os lo he dicho... acabar de una vez... cuando +un enemigo se hace demasiado terrible, como, por ejemplo, la reina... + +--No, no--dijo con repugnancia el duque--; no es necesario llegar á +tanto... la reina... la tenemos sujeta... esas cartas... esas preciosas +cartas... ¡oh! guardadlas bien... guardadlas. + +--Las llevo siempre conmigo; la reina por ahora no se atreve... pero si +vuestros enemigos... si fray Luis de Aliaga... + +--Ya os he dicho que Olivares, Uceda y Zúñiga, se sienten sin fuerzas, +se rinden y vienen á buscarla en mí; vuestro celo, don Rodrigo, os hace +muy desconfiado. ¿Qué, creéis que yo no tengo poder? + +--¿Y de dónde sacar nuevos tesoros? ¿dónde encontrar otros moriscos? +¿cómo agravar los tributos? ¿Qué hacer para acabar esas guerras eternas +que nos desangran? ¿y cómo acabarlas sin exponerse á caer de lo alto +ante el orgullo de España ofendida? ¿cómo quitar á un ambicioso de un +puesto que satisface su ambición para poner á otro? Os lo repito: cuando +se ha llegado á este extremo, cuando falta oro para tanta boca sedienta, +siempre queda el remedio de... + +--No, no, el remedio es peor, cien veces peor. Todo se sabe... + +--Y bien, ¿qué medio creéis que os queda para con la reina? + +--Las cartas que poseéis. + +--Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda. + +--¿Creéis que vos estaréis perdido, cuando yo esté salvado? + +--Hace algún tiempo que, con mucho sentimiento mío--dijo con gran +humildad don Rodrigo--vemos las cosas de distinto modo. Yo veo... + +--Vos veis menos de lo que creéis ver. + +--Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, señor. Sé que +vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa. + +--Voy á deciros una gravísima: ¿sabéis dónde está la reina? + +Miró con asombro Calderón á Lerma. + +--No comprendo á vuecencia--dijo. + +--Me explicaré: ¿sabéis por qué la reina no parece? + +--¿Qué no parece su majestad? + +--Sí, por cierto; la reina se ha perdido esta noche, ó ha estado +perdida. En una palabra: su majestad la reina, á cierta hora de la +noche, no estaba en su cuarto. + +--¿Cómo, á qué hora? + +--A principios de la noche. + +--Pues puedo deciros--exclamó Calderón poniéndose pálido--que si la +reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alcázar. + +--¿Que ha salido? + +--Sí, señor, sola y en litera. + +--Eso no puede ser; ¡imposible!--exclamó el duque poniéndose de pie--. +¡Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!... + +--Es más, señor, acompañada de un hombre. + +--¿Pero no habéis dicho que salió sola del alcázar? + +--Sí, sí por cierto; yo la había dado una cita. + +--¿Y esperábais?... + +--No esperaba; pero á todo trance, y por no esperar yo mismo á las +puertas del alcázar, para no dar que pensar, puse un hombre de mi +confianza, y esperé más lejos. Impaciente, fuí á informarme de mi +centinela, y éste me dijo que había salido del alcázar, bajando por la +escalera de las Meninas, una dama que tenía todo el aspecto que yo le +había indicado, que había entrado en una litera y acababa de alejarse. +Seguimos la dirección que la litera había tomado. La hallamos al fin, la +seguimos. De repente para la litera y sale... + +¡La reina! + +--Una dama tapada que tenía el mismo aspecto, el mismo andar reposado, +grave, gallardo de su majestad. Más aún; de repente, aquella dama se +detiene junto á un hombre que estaba parado en una encrucijada y se ase +á su brazo y sigue. + +--¡Oh! no podía ser la reina, no; ¿á qué había de asirse á otro hombre? + +--¡Ah! aquel hombre, cuando le dejó la dama tapada en una callejuela +solitaria, me detuvo hierro en mano. + +--¡Oh!--exclamó el duque de Lerma--¿se trataba de mataros? + +--Y la reina se había puesto por cebo; no tengo duda de ello. Además, +aquel hombre había sido buscado á propósito; yo me jacto de ser buena +espada; pues bien, aquel hombre me desarmó y me hizo gracia de la vida. + +--No querían, pues, mataros: no era la reina. + +--Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma más en mis +sospechas; la reina se horroriza de la sangre... como vuecencia; la +reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenéis +obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente +espada que me sirve. + +--¿Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas? + +--La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas +conmigo. + +--¿Y no se sabe quién es ese hombre que ha defendido á la reina? + +--No lo sé aún, pero lo sabré; le he hecho seguir por un hombre que no +le perderá de vista. + +--Pues bien; lo que más urge ahora es desenredar este misterio de la +reina, ver claro: saber cómo, por dónde puedan entrar personas extrañas +en la cámara de la reina, y cómo la misma reina puede salir sin ser +vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alcázar que han estado á +punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que están al +lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras... + +--Tal las oyen, que aconsejo á vuecencia haga dar una mitra al confesor +del rey. + +--¡Cómo! + +--Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad, +mientras vuecencia reconciliaba á sus enemigos y se creía por su +reconciliación libre de cuidados. + +El duque quedó profundamente pensativo. + +--¡El confesor del rey! ¡La reina apela al hierro! ¡Oh! ¡oh! la lucha es +encarnizada... y bien, será preciso obrar de una manera decidida... + +--No digáis es necesario obrar... decidme obrad, y obro. Estas cartas +son ya insuficientes... vuecencia no puede pedirme que me pierda al +perder á la reina... la reina lo arrostra todo... imitémosla. + +--Procurad saber quién es ese hombre de que la reina se ha valido; +averiguado que sea, hacedle prender, y esto al momento. Después, id á +avisarme al alcázar. + +Don Rodrigo conoció que la orden era perentoria, y fué á salir. + +--No, por ahí no; tomad mi linterna; vais á salir por el postigo; de +paso mirad si hay algún muerto en la calle, ó al menos señales de +sangre. + +--¡Ah! + +--Sí, antes que viniérais sonaron cuchilladas en la callejuela. + +--¡Ah! ¡ah!--dijo para sí Calderón bajando las escaleras detrás del +duque--. ¡Cuchilladas junto al postigo de su excelencia, y su excelencia +interesado en saber el fin de estas cuchilladas! ¡ah! ¿qué será esto? +¡Creo que este hombre, cuando me guarda secretos, desconfía de mí! Pues +bien, obraré como me conviene, señor duque; y ya es tiempo; no quiero +sumergirme con vos. + +Cuando llegaba á este punto de su pensamiento, Lerma abría el postigo y +se cubría con él para no ser visto por un acaso desde la calle. + +Calderón salió. + +Apenas había salido y cerrado el duque, cuando resonaron en la calle, +como por ensalmo, delante del postigo, cuchilladas, y poco después, unas +segundas cuchilladas más abajo, unieron su estridor al de las primeras. + +El duque de Lerma subió cuanto de prisa le fué posible las escaleras, +llamó á algunos criados, y los envió á saber qué había sido aquello. + + + + +CAPÍTULO X + +DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO ENCONTRÓ EN UNA NUEVA AVENTURA EL HILO +DE UN ENREDO ENDIABLADO + + +Cuando Quevedo salió de la casa del duque de Lerma por el postigo, +apenas había puesto los pies en la calle, se le vino encima Juan +Montiño, que, como sabemos, estaba esperando en un soportal á que +saliese por aquel postigo don Rodrigo Calderón. + +Al verse Quevedo con un bulto encima, y espada en mano, echó al aire la +suya, y embistiendo á Juan Montiño, exclamó con su admirable serenidad, +que no le faltaba un punto: + +--Muy obscuro hace para pedir limosna; perdone por Dios, hermano. + +Y á pie firme contestó á tres tajos de Juan Montiño, con otras tantas +estocadas bajas y tales, que el joven se vió prieto para pararlas. + +Y no sabemos lo que hubiera sucedido, si Juan Montiño no hubiera +conocido en la voz á su amigo. + +--¡Por mi ánima--dijo haciéndose un paso atrás y bajando la espada--, +que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no creí que pudiéramos +llegar á reñir de veras! + +--¡Ah! ¿sois vos, señor Juan? que me place; y ya que no nos hemos +sangrado, alégrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros +un consejo: lo de tajos y reveses á la cabeza, dejadlo á los +colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionáos á las estocadas; +de mí sólo sé deciros que de los instrumentos de filo, sólo uso la +lengua. ¿Pero qué hacéis aquí? + +--Espero. + +--Ya, ya lo veo. ¿Pero á quién esperáis? + +--A un hombre. + +--Decid más bien á un muerto; y dígolo, porque á pesar del demasiado +aire que dais á la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me +hubiérais hecho vos lo que no quiero ser en muchos años. Pero el nombre +del muerto; digo, si no hay secreto ó dama de por medio, que no siendo +así... + +--Dama y secreto hay; pero me venís como llovido; conozco vuestra +nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudéis. + +--Y os ayudaré, y más que ayudaros; tomaré sobre mí la empresa y el +encargo. ¿Pero de qué se trata? + +--¿Conocéis á don Rodrigo Calderón? + +--Conózcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho +hombre. + +--Pues á ese hombre espero. + +--Para... + +Quevedo hizo con el brazo la señal de una estocada á fondo. + +--Cabalmente. + +--Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan. + +--¿Por qué me decís eso? ¿no os he dejado tiempo para poneros en +defensa? + +--Dígolo, porque vuestro rencor no cede. ¿No os habéis satisfecho con +haber desarmado hace dos horas á don Rodrigo Calderón, sino que +pretendéis matarle? + +--¡Cómo! ¿era don Rodrigo Calderón el hombre con quien reñí cuando?... + +--Sí, cuando acompañábais á una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble +que había salido del alcázar. + +--¡Cómo! ¿conocéis á esa dama? + +--Puede ser. + +--¿Y es hermosa? + +--Puede que lo sea. + +--¿Y sabéis su nombre? + +--Puede llamarse... se puede llamar con el nombre que mejor queráis; os +aconsejo que no toméis jamás el nombre de una tapada, sino como un medio +de entenderos con ella. + +--¿Pero no decís que la conocéis? + +--Lo que prueba, pues tanto me preguntáis, que no la conocéis vos. + +--¡Ay! ¡no! + +--¿Os habéis ya enamorado? + +--Lo confieso. + +--Sin conocerla... + +--Ahí veréis. + +--¿Por la voz, ó por el olor, ó por el bulto? Ved que esas tres cosas +engañan. + +--Estoy seguro de que es una divinidad. + +--Se me os perdéis, Juan, se me os perdéis, y lo siento. Idos de la +corte, amigo mío, porque si apenas habéis entrado habéis caído, á poco +más sois hombre enterrado. Creedme, Juan, veníos conmigo á una hostería +y dejáos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden +hombres muertos. + +--Idos si queréis--dijo Juan Montiño--, que yo estoy resuelto á quedarme +y á cumplir lo que he prometido. + +--No, no me iré, puesto que me necesitáis: aquí me estoy con vos y venga +lo que viniere. + +--He reparado en un bulto que me sigue desde después de mi primera riña +con don Rodrigo. + +--¡Ah! ¿sí? ¿un bulto? razón más para que yo me quede. + +--Y ese bulto está allá abajo, junto á la esquina. + +--¿Y no le habéis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo +mismo dejaréle yo allí: pero entrémonos en este zaguán. + +--Entrémonos. + +--¿Y estáis seguro de que don Rodrigo Calderón está ahí dentro, y si +está de que saldrá por ahí? + +--No lo estoy, pero espero. + +--Vais haciéndoos á las costumbres de los enamorados tontos, que se +pasan la vida en esperar á bulto. + +--Por más que hagáis... + +--No os curo. + +--No. + +--¿Pero tanto vale esta dama? + +--¡Oh! + +--¡Oh! Decir ¡oh! vale tanto como si dijéseis: esa dama es para mí un +acertijo. + +--¿Creéis que estoy enamorado? + +--¡Ayúdeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! ¿Y sabéis que tarda don +Rodrigo? + +--¿Qué tenéis que hacer? + +--Mucho: por ejemplo, me urge ver á vuestro tío el cocinero de su +majestad. + +--Pues no podéis verlo esta noche. + +--¿Cómo? + +--Va de viaje. Se muere mi tío el arcipreste y va á cerrarle los ojos. + +--¡Ah! pues si no puedo ver á vuestro tío, me importa poco que tarde +nuestro hombre; entre tanto á dormir me echo. + +--¡A dormir! + +--Sí; he encontrado aquí un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego, +¿de qué hemos de hablar? No conocéis á esta dama... no puedo aconsejaros +á ciencia cierta... me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora. + +Al sentarse Quevedo se desembozó y dejó ver una línea de luz por un +resquicio de su linterna. + +--¡Oh! ¡traéis linterna!--dijo el joven. + +--Nunca voy sin ella. + +--¿Me prometéis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que +podáis venir en conocimiento? + +--Os lo prometo--dijo Quevedo. + +--Pues bien, abrid la linterna y mirad. + +Quevedo abrió la linterna, y Juan Montiño, doblando la carta que su tío +había recibido de palacio, y dejando sólo ver el primer renglón que +decía: «Tenéis un sobrino que acaba de llegar de Madrid...» mostró aquel +renglón á Quevedo. + +--¡Y es letra de mujer!--dijo éste. + +--¿Pero no la conocéis? + +--No--repuso Quevedo guardando la linterna. + +--Voy á ayudaros--añadió el joven--: esta carta ha venido de palacio á +mi tío, de mano de una dueña de la servidumbre. + +--Si no me dais más señas no puedo alumbrar vuestras dudas. ¡Y me +duermo, vive Dios, me duermo!--dijo Quevedo bostezando. + +--Decidme: ¿hay en palacio alguna dama cuya hermosura deslumbre como el +sol? + +--Háilas muy hermosas: ¿la vuestra es esbelta, ligera, buena +conversación, morena?... + +--No, no; es blanca. + +--¿Cómo, pues, sabéis su color si iba tapada? + +--Una mano... + +--¡Ah! es verdad, las tapadas que tienen buenas manos no las tapan. Pues +no es la condesa de Lemos--dijo para sí Quevedo. + +--Era alta, gallarda, muy dama, muy discreta, joven, andar majestuoso... + +--No conozco dama que tenga más majestad en palacio que la reina. + +--¡La reina!... ¿pero creéis que la reina podría salir sola de noche y +ampararse de un desconocido? + +--¡Eh, señor Juan Montiño! habláis con demasiado calor, para que yo no +sospeche que os ha pasado por el pensamiento que podía ser la reina la +dama de vuestra aventura. Creedme, Juan; eso, que si fuera posible, +sería para vos una desgracia, es imposible de todo punto. Su majestad la +reina... vamos, no pensemos en ello. Es la única mujer que conozco buena +y mártir, y la ilustre sangre que corre por vuestras venas os debe +decir... + +--Mi sangre no es ilustre, don Francisco, sino honrada, y por lo mismo, +porque dudo, porque me parece imposible, os pregunto, quiero aclarar una +duda que me vuelve loco... tenéis razón; si fuese la reina la dama á +quien amo... + +--¿Pero qué amor es ese?... un amor de dos horas. + +--¡Ay, don Francisco! en dos horas... menos aún, en el punto en que la +vi... + +--¿Luego la habéis visto? + +--Sí. + +--¿Dónde? + +--Perdonad, no me pertenece el secreto. + +--Guardadle, pues; pero entendámonos: ¿decís que habéis visto á esa +dama? Dadme sus señas. + +--No puedo daros seña alguna, porque fué tal el efecto que me causó su +hermosura, que cegué. + +--¡Vehemente y apasionado como su padre!--murmuró Quevedo. + +--¡Qué! ¿habéis conocido á mi padre, don Francisco? Cuando fuísteis á +Navalcarnero ya había muerto. + +--He oído hablar de él--dijo Quevedo. + +--Pues os han engañado. + +--Bien puede ser. + +--Mi padre era lo más pacífico del mundo. + +--¡Pobre amigo mío!--dijo Quevedo. + +--¿Por quién habláis, por mi padre ó por mí? + +--Hablo por vos. En cuanto á vuestro padre, bien se está allí donde se +está; y en verdad y en mi ánima, que si no fuera por vos, ya estaría yo +con él. + +--¿En la eternidad? + +--Decís bien; pero yo me entiendo y Dios me entiende. + +--¿Estaréis también enamorado y desesperado? + +--¡Enamorado! no lo sé, pudiera ser. ¡Desesperado! no, porque á mí no me +desesperan las mujeres. + +--Soy muy afortunado. + +--O muy pobre. Pero volviendo á la dama... + +--Os repito que puedo hablaros de su hermosura, pero no daros señas de +ella; os digo que la amo tanto, que si por desdicha fuese esta mujer la +reina... + +--¿Pero estáis loco, Juan? ¿Acabáis de llegar á Madrid, y ya pretendéis +haber tenido una aventura con... su majestad? + +--¿Y no pudiera ser? + +--¡Poder! Todo puede ser si Dios quiere, puesto que es todopoderoso; +pero lo que creo que ha sucedido ya es que habéis perdido el juicio. + +--Si esa mujer es la reina, lo pierdo de seguro. + +--Y... ¿por qué? + +--¿Por qué? La reina es casada. + +--¡Ah! ¿y amáis tanto á vuestra dama, que pretendéis encontrar en ella +lo que creo que no se encuentra en ninguna mujer? ¿pretendéis que no +haya amado una dama que se sale de palacio de noche y sola, que se +agarra al primero que encuentra y le embauca hasta hacerle perder el +seso? + +--Yo no os he dicho que esa dama ha salido de palacio. + +--Pero yo lo sé. + +--¿Y quién os lo ha dicho? + +--¡Bah! quien os ha visto. + +--Me estáis desesperando: vos conocéis á esa dama. + +--Vos me estáis guardando un secreto. + +--No es mío. + +--De la reina. + +--¡Ah! ¡no! ¡no! + +--Escuchad, Juan: yo tengo una obligación mayor de la que creéis de +mirar por vos, de guardaros... + +--¡Vos! + +--Sí, yo; es más: por vos he venido á Madrid; por vos necesito ver á +vuestro tío. + +--No os entiendo. + +--Pues bien podéis entenderme. ¿No somos amigos? + +--Sí, ciertamente. + +--¿No soy yo más experimentado que vos? + +--Experimentado y sabio. + +--Pues respetadme por mayor en edad y en saber. Contestadme, joven, y +creed, suponed que os habla y os pregunta vuestro padre. Sois nuevo en +la corte, y la corte es muy peligrosa. Habéis dado de bruces con palacio +y para vos se ha centuplicado el peligro. ¿Para qué esperáis á don +Rodrigo Calderón? + +--Para matarle. + +--¿Y por qué? + +--Porque ha ofendido á esa dama que me enamora. + +--Me engañáis. + +--No os engaño. + +--¿La ofensa de ese hombre á la dama?... + +--Suponerla amante suya. + +--¿Y á vos qué os da? + +--Es inútil que pretendáis disuadirme: estoy resuelto. + +--Pues sea; me embarco con vos; agito con vos el cascabel de la locura: +cometo la primera tontería de que tengo memoria: Cervantes, á quien Dios +perdone sus pecados, creyó haber muerto con su _Ingenioso Hidalgo don +Quijote_ á los caballeros andantes; pero se engañó, porque aquí estamos +dos. Vos porque tenéis ojos, y yo porque tengo corazón y agradecimiento. + +--¡Agradecimiento! + +--Dios me entiende y yo me entiendo. + +--Pero no os entiendo yo. + +--Cuando fuí huído á Navalcarnero... y fué por una mujer... siempre +ellas... encontré en vos... + +--Un joven que se volvió á vos asombrado, deslumbrado por vuestro +ingenio. + +--Muchas mercedes. Pues encontré en vos un hermano, y tan agradecido +quedé de ello, que en la primera carta que escribí al duque de Osuna, le +hablé de vos. + +--¡Ah! ¡don Francisco! ¿habéis hecho que llegue mi pobre nombre al gran +duque de Osuna? + +--Y tanto bien vuestro le he dicho, que el duque, que no ha dejado de +escribirme á San Marcos, me escribió por último en términos breves pero +precisos: «Mi buen secretario: el duque de Lerma os suelta, no sé si +porque me teme, ó porque os teme á vos, aunque preso y encerrado. Veníos +al punto, pero traeros con vos á ese vuestro amigo Juan Montiño, de +cuyos adelantos me encargo.» + +--¿Eso os ha escrito el duque y os llamáis agradecido de mí? + +--Sea como quiera, vengo, os encuentro cuando menos lo esperaba y metido +en una aventura, y por fin y postre, me metísteis también en ella. Pues +adelante: no siento otra cosa sino lo que tarda el difunto. + +No había acabado Quevedo de pronunciar estas palabras, cuando rechinó +una llave en la cerradura del postigo del duque, se abrió éste, se vió +luz y salió un bulto. + +El postigo volvió á cerrarse. + +--Ahí le tenéis--dijo don Francisco en voz baja á Juan--. Dejadle que +adelante algunos pasos más, y á él. + +Juan Montiño salió del zaguán y se fué tras aquel bulto. Quevedo se puso +en medio de la calleja, y desnudó la daga y la espada. + +Hemos dicho que la noche era muy obscura. + +--Defendéos ú os mato--dijo Juan Montiño á dos pasos del que había +salido por el postigo. + +Volvióse éste y desnudó los hierros. + +--¿Y por qué queréis matarme?--dijo. + +Juan le contestó con una estocada. + +--¡Ah! vos sois el mismo de antes--dijo don Rodrigo, que él era. + +--Entonces os desarmé, pero ahora que sé que sois don Rodrigo Calderón, +os mato. + +Al decir el joven estas palabras, don Rodrigo Calderón dió un grito. + +La daga de Juan Montiño se le había entrado por el costado derecho. + +Y entre tanto Quevedo daba una soberana vuelta de cintarazos, sin +chistar, á un bulto que había venido en defensa de don Rodrigo. + +Don Rodrigo quiso sostenerse sobre sus pies, pero no pudo; le brotaba la +sangre á borbotones de la herida, se desvaneció, vaciló un momento y +cayó. + +Juan Montiño se arrojó sobre él, le desabrochó la ropilla y buscó con +ansia en ella: en un bolsillo interior encontró una cartera que guardó +cuidadosamente. + +Don Rodrigo no le opuso la menor resistencia. Estaba desmayado. + +Entretanto el hombre á quien zurraba Quevedo, no pudo resistir más y +huyó dando voces. + +--Habéis acabado ya por lo que veo, ó más bien por lo que no +escucho--dijo Quevedo á Juan Montiño. + +--Sí, por cierto--contestó Juan. + +--Ya sabía yo que teníamos difunto; pero ese rufián de Juara va dando +voces, y por sus voces pueden dar con nosotros, y con nosotros en la +cárcel. Dadme vuestro brazo á fin de que yo pueda andar de prisa, y +tiremos adelante. + +--Adelante, don Francisco, pero tiremos hacia palacio. + +--¡Hacia palacio, eh! pues que palacio sea con nosotros. + +Y marchando con cuanta rapidez les fué posible, que no era mucha á causa +de la deformidad de las piernas de Quevedo, salieron de la calleja. + +Poco después entraban en ella muchos hombres con luces. + +Aquellos hombres eran los criados que el duque de Lerma había enviado á +informarse del suceso. + + + + +CAPÍTULO XI + +EN QUE SE SABE QUIÉN ERA LA DAMA MISTERIOSA + + +Quevedo y Juan Montiño tardaron un largo espacio en llegar á palacio, no +porque palacio estuviese lejos de la casa del duque de Lerma, sino +porque para Quevedo eran largas todas las distancias. + +Entrambos iban embebecidos en hondos pensamientos y no hablaron una sola +palabra durante el camino. + +Cuando vieron delante de sí la negra masa del alcázar, Quevedo dijo á +Montiño: + +--He aquí que hemos llegado, y que estamos en salvo. Procurad vos no +poneros en peligro; ved que palacio es un laberinto en que se pierde el +más listo. + +--Aunque fuese el infierno entraría en él. Me lo manda mi honra. + +--Pues si tan principal señora os manda, no insisto, amigo Juan, y os +dejo, porque supongo que necesitaréis ir solo. + +--De todo punto. + +--Pues vóime á dormir; espéroos mañana en el _Mentidero_. + +--¿Cómo en el Mentidero? + +--Olvidábame de que sois nuevo en la corte. Llaman aquí el Mentidero á +las gradas de San Felipe el Real. + +--¿Y por qué no esperarme en vuestra casa? + +--Porque no sé aún si será pública ó privada, mesón de transeuntes ó +tránsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan, +prudencia, y no os envanezcáis con los favores de la fortuna. + +--No sé lo que será de mí--dijo el joven, que estaba aturdido é +impaciente. + +--Pues procurad saber lo que hacéis, y adiós, que no quiero deteneros. + +--Adiós, don Francisco, hasta mañana. + +Quevedo se alejó un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo. + +--¿Será sino de la sangre de los Girones--dijo--el encontrarse siempre +metida en grandes empresas? ¿quién sabe? ¡pero aquí hay algo grave! ¿que +no haya leído Lerma delante de mí la carta de la duquesa? ¿que no haya +yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que +ha estado inclinado sobre don Rodrigo Calderón, entretenido en detener á +ese bergante de Juara? pero puedo ver algo... y algo tal, que sea una +chispa que me alumbre. Pues procuremos ver. + +Y se encaminó recatada y silenciosamente á la puerta de las Meninas, y +con el mismo recato miró al interior. + +Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montiño. + +--¿Conque le esperan? ¿conque le han citado? ¿quién será ella?--dijo +Quevedo. + +Pasó algún tiempo; Juan Montiño esperando, y don Francisco observándole. + +Oyéronse al fin leves pasos que parecían provenir de unas estrechas +escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oyó un +siseo de mujer. + +--¡Ah! ¡ya pareció ella!--dijo Quevedo--; ¿pero quién será? + +Entre tanto Juan Montiño se había dirigido sin vacilar á las escaleras, +y desaparecido por su entrada. + +Sigámosle. + +A los pocos peldaños una dulce voz de mujer, aunque anhelante y +conmovida, le dijo: + +--¡Ah! ¡gracias á Dios que habéis venido! + +Era la misma voz de la dama tapada á quien Montiño había acompañado +aquella noche. + +La escalera estaba á obscuras. + +--¡Señora!--dijo Montiño. + +--¡Silencio!--replicó la dama--; no habléis, seguidme y andad paso. + +--¡Pero si no veo! + +--¡Ah! es verdad. + +--Si no me guiáis... + +--Dadme, pues, la mano--dijo la dama con un acento singular en que se +notaba la violencia con que apelaba á aquel recurso. + +--¿Dónde estáis? + +--Acercad más. + +--Ya que me dais la mano, señora... + +--Os la presto... + +--Pues bien, prestadme la derecha. + +--Seguid y callad--dijo la dama, poniendo en la mano de Juan Montiño una +mano que hablaba por sí sola en pro de lo magnífico de las formas de la +dama. + +--¡La que tiene una mano tal...!--dijo para sí Montiño. + +Y acarició con deleite en su imaginación el resto de un pensamiento. + +Asido por la dama, seguía subiendo. + +Terminada la escalera, atravesaron un espacio que debía ser estrecho, +porque el traje de la dama, ancho y largo, chocaba con las paredes. + +La dama se detuvo y abrió con llave una puerta. + +Pasaron y la dama tornó á cerrar. + +Y siguieron adelante. + +--¡Oh! ¡vuestras espuelas!--exclamó--¡nos hemos olvidado de que os las +quitáseis! + +--Pues me las quitaré--dijo Montiño. + +--No, no, seguid adelante; en esta galería no podemos detenernos; ¡oh +Dios mío! + +Y la dama siguió andando de prisa. + +Al cabo de un buen espacio de marcha por habitaciones obscuras y +sonoras, la dama se detuvo y soltó la mano de Montiño. + +--¡Ah!--dijo el joven. + +--Hemos llegado--contestó ella. + +Y sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta. + +Al fondo de una habitación, al través de la puerta de otra, vió Montiño +el reflejo de una luz. + +Vió también que la dama que hasta allí le había conducido, estaba tan +envuelta en su manto como cuando la encontró en la calle. + +--Entrad--dijo la dama. + +Montiño entró. + +--Esperad aquí--repitió la dama. + +Montiño se detuvo junto á la puerta. + +La tapada adelantó rápidamente, atravesó la puerta por donde penetraba +el reflejo de la luz, y luego Montiño oyó el ruido de dos llaves en dos +puertas distintas. + +Luego la dama se asomó á la segunda puerta, y dijo: + +--Pasad, caballero. + +Montiño pasó. + +Y entonces, por la parte de afuera de la puerta, se oyó una voz ronca +que dijo: + +--¿Quién será ese hombre con quien ella se encierra? Yo no lo creyera á +no verlo. ¡Las mujeres! ¡las mujeres! + +Y luego se oyeron unos tardos pasos que se alejaban. + +Entre tanto Montiño, siguiendo á la dama tapada siempre, había +atravesado dos hermosas cámaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en +muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se veían las +armas reales de España y Austria. + +Al fin la dama se detuvo en una cámara más pequeña. + +Sobre una mesa había un candelero de plata con una bujía, única luz que +iluminaba la cámara, y junto á la mesa un sillón de terciopelo. + +--Sin duda que comprendéis por qué os he llamado--dijo con severidad la +dama. + +Juan Montiño, que se había descubierto respetuosamente dejando ver por +completo su simpático y bello semblante y su hermosa cabellera rubia, +sacó en silencio de un bolsillo de su jubón el brazalete real de que se +había apoderado y que en tantas confusiones le había metido, y le +entregó á la dama. + +--¡Ah!--exclamó ésta tomándole con ansia. + +--Habíais dudado de mí, señora--dijo Montiño con acento de dulce +reconvención. + +--Habéis hecho mal, prevaliéndoos de la casualidad que puso entre mis +manos esta joya. + +--Perdone vuestra majestad...--dijo el joven, y la dama no le dejó +tiempo de concluir. + +--¡Mi majestad!--exclamó con asombro, volviendo con terror el rostro á +una puerta cubierta con un tapiz. + +--Creed, señora--dijo Juan Montiño, que vió una afirmación en la +sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada--, creed, +señora, que nada exponéis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha +vertido su sangre por sus reyes... y mi lealtad y mi respeto hacia +vuestra majestad... + +--¡Pero esto es horrible! ¡me creéis la reina! + +--Llevábais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de España. + +--¿Conocéis á... la reina? + +--Ya dije á vuestra majestad... + +--Dejáos de importunas majestades--exclamó la dama con un acento en que +había angustia, mirando de nuevo á la puerta cubierta por el tapiz--; +tratadme lisa y llanamente como á una dama honrada, y concluid. ¿Ha +visto alguien esta joya? + +--¡Señora!--exclamó con el acento de un hombre profundamente ofendido +Montiño. + +--Perdonad, pero fuísteis atrevido é imprudente... + +--Yo creía que érais otra mujer... una dama principal y nada más, y +quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando +vi esa joya, ya no tenía remedio... ya habíais desaparecido... entonces +me pesó haberos hecho escuchar... + +--¿Palabras de amor?...--dijo riendo la dama, que se tranquilizó porque +en la turbación, en las miradas del joven había comprendido su alma. + +--Os ruego otra vez que me perdonéis. + +--¡Pero, caballero, si no me habéis ofendido! únicamente me habéis dado +un susto horrible, porque había quedado en vuestro poder esta joya y yo +no os conocía. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha +sucedido--añadió la dama volviéndose de nuevo á la puerta de los +tapices--; yo me vi obligada á ampararme de vos, y vos, que por una +circunstancia casual me habíais visto, y habíais dado en el capricho de +enamoraros de mí... + +--¡Señora! + +--Os hablo así porque no soy la reina. + +--Y entonces, ¿por qué no os descubrís? + +--Ni puedo, ni debo. + +--Pues permitidme que dude. + +--Venid acá, testarudo y niño: ¿creéis que la reina os hubiese dado como +prenda la sortija que os dí? + +--Por deshaceros de mis importunidades. + +Hizo un movimiento de impaciencia la tapada. + +--¿Pero cabe en quien tenga razón que su majestad salga de palacio, de +noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con él, y tenga, casi +casi, una aventura? + +--Cuando la causa es grave... cuando una reina está á punto de ser +horriblemente calumniada... + +--¿Qué decís?... + +--No tembléis señora--dijo Montiño desnudando su daga sangrienta y +mostrándola á la dama. + +--¿Y qué es eso? + +--Sangre de don Rodrigo Calderón. + +--¡Ah!--exclamó con alegría la dama. + +--Sí; la reina estaba amenazada. + +--¿Amenazada? ¿insistís en que yo soy... la reina? + +--¿Creéis acaso que he herido ó muerto á don Rodrigo cuando le detuve +para que no os siguiese? Entonces le desarmé. + +--¿Pues cuándo le habéis herido? + +--Hace media hora; cuando salía don Rodrigo de casa del duque de Lerma; +era preciso quitarle unas cartas... + +--¿Unas cartas? + +--Tomad, señora--dijo Montiño, sacando una cartera de terciopelo blanco +bordado de oro, sobre la cual se veían manchas de sangre fresca. + +La tapada abrió la cartera, sacó de ella un paquete de cartas y las +contó. + +Contó seis. + +--Eran cuatro--dijo--, y éstas... del conde de Olivares... del duque de +Uceda. + +Juan Montiño no pudo entender estas palabras que la dama había +murmurado. + +Luego reunió aquellas cartas, las guardó en la cartera y dejó ésta sobre +la mesa. + +--¿Habéis visto estas cartas? + +--No, señora. + +--¿Habéis hablado á alguien de ellas? + +--No, señora. + +--¿Quién os dijo que don Rodrigo tenía estas cartas? + +--Mi tío. + +--¡El cocinero de su majestad!--exclamó con un acento singular la +dama--; ¿y qué os dijo vuestro tío? + +--Me llevó á un lugar donde me ocultó y me dijo: ese es el postigo del +duque de Lerma; por ahí saldrá probablemente don Rodrigo Calderón; +espérale, mátale, y quítale las cartas que comprometen á su majestad. + +--¿Pero cómo ha sabido vuestro tío?... + +--Lo ignoro. + +Quedóse por un momento profundamente pensativa la dama. + +--Yo creía no volveros á ver--dijo--, y si os dí como prenda mía una +sortija, por la cual no podíais reconocerme, fué por concluir con +vuestras importunidades. Yo esperaba que no me volvieréis á ver, porque +vivo muy retirada. Pero cuando de tal modo os habéis equivocado... + +--¡Oh! ¡dichoso yo, si no sois su majestad! + +--¿Por qué? + +--Porque si fuérais su majestad... ¡oh! ¡Dios mío! moriría de una manera +doble... y perdonadme, señora... pero necesito hablaros de mi amor por +la última vez: si sois la reina, mi lealtad, mi deber, me obligan á +sufrir, á callar, á guardar para mí solo este amor que yo no he +buscado... y luego, ¡al veros de otro hombre!... ¡casada!... ¡oh, Dios +mío!... + +--¿Pero es posible que me améis de tal modo?... + +--Vuestra hermosura... la ocasión en que os vi... la aventura que +sobrevino... yo no sé, señora, no sé por qué os amo; pero sé y os lo +digo por la última vez, que este amor, que ha sido el primero para mí, +será también el último. + +Hizo un movimiento de impaciencia la dama. + +--¿De modo que--dijo--si no me descubro, dudaréis acerca de mí? ¿es +decir, dudaréis acerca de si yo soy la reina ó una dama particular? + +--Y si no sois su majestad; si, como me habéis dicho al principio de la +noche, no tenéis esposo ni amante, ¿por qué os obstináis en no +descubriros? + +--Porque quisiera que se os pasase esa mala impresión, que por mi +desdicha os he causado en sólo un momento que me habéis visto; porque no +quiero que alentéis ninguna esperanza. + +--¡Ah! pues entonces, permitidme dudar... + +--No dudéis, pues--dijo la dama echando atrás el manto, y dejándose ver +á Juan Montiño. + +--¡Ah!--exclamó el joven--; ¡sí, vos sois el hermoso sol que me +deslumbró! + +Y cayó de rodillas, como quien adora, á los pies de la dama. + +--Dejáos, dejáos de niñerías--dijo ella--; tal vez nos observan; alzáos, +y hablemos aún algunas palabras... pero no de amor. ¿Estáis ya seguro de +que no soy la reina? + +--Sí, sí; estoy seguro de ello--exclamó con entusiasmo el joven--; +aunque no conozco á su majestad; porque estoy segurísimo que la reina no +es tan joven ni tan hermosa. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿y no me +amaréis? + +--Ya os he dicho que no me habléis de amor. Vuestro amor sería una +locura... es imposible. + +--Porque vuestro corazón me rechaza... + +--No, no precisamente por eso... mi corazón ni os acoge ni os rechaza... +pero... os lo repito... nuestros amores son imposibles. + +[imagen: Sí; vos sois el hermoso sol que me deslumbró.] + +--Habéis dicho nuestros amores. + +--He querido decir--contestó con impaciencia la dama--que el logro de +vuestros amores es imposible. + +--Os disgusto y lo siento. + +--Pues bien, no me habléis más de amor. + +--Callaré; pero una palabra, una sola palabra: ¿no podré veros? + +--Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como +vendréis por esta razón, con frecuencia, á palacio, me veréis de seguro. + +--¿Pero vos no haréis nada porque yo os vea? + +--No--respondió fríamente la dama. + +--¡Ah! perdonad, señora. + +--Estáis perdonado; ahora sepamos: ¿habéis muerto á don Rodrigo +Calderón? + +--No lo sé, señora; sólo sé que le he tirado á muerte. + +--¿Os ha conocido don Rodrigo? + +--No lo sé, porque un hombre me seguía. + +--¿Os acompañaba alguien? + +--Sí... sí... señora--dijo vacilando Montiño. + +--¿Quién os acompañaba? + +--Don Francisco de Quevedo. + +--¡Ah! ¿está don Francisco en la corte?--exclamó con precipitación la +dama. + +--Creo que, como yo, ha llegado á ella esta noche. + +--Y... ¿sois amigo de don Francisco?... + +--¡Oh! ¡sí! y débole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado +al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque +y me lleve consigo á Nápoles. + +--¡Ah! ¡el duque de Osuna! + +Y la dama miró con una profunda atención á Juan Montiño, y se puso +pálida; pero sobreponiéndose añadió: + +--Y decidme, ¿estaba con vos don Francisco cuando reñísteis con +Calderón? + +--Tan conmigo estaba, que reñía al mismo tiempo con otro hombre que sin +duda servía á don Rodrigo. + +--¿Sabe don Francisco lo de las cartas? + +--¡Ah! no, señora; por mi boca no lo sabe nadie más que vos. + +--Permitidme que os lo pregunte otra vez. ¿No habéis leído esas cartas? + +--Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, señora, bastaba con +que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no +pusiese en ellas los ojos. + +--Esperad, esperad un momento, caballero--dijo la dama. + +--Esperaré cuanto queráis. + +--Vuelvo al punto. + +La dama tomó la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareció por +la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su +tardanza á que Juan Montiño, yendo y viniendo en su imaginación con todo +lo que le acontecía, con todo lo que sentía y con la noble, dulce y +resplandeciente hermosura de la incógnita, acabase de volverse loco. + +Al fin la dama apareció de nuevo. + +Traía una carta en la mano, y en el semblante la expresión de una +satisfacción vivísima. + +--Su majestad--dijo--os agradece, no como reina, sino como dama, lo que +habéis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros. + +--¡Ah, señora! ¿no es bastante premio para mí la satisfacción de haber +servido á su majestad? + +--No, no basta. Sois pobre, no necesitáis decirlo... + +--Sí, pero... + +--Dejémonos de altiveces... recuerdo que me dijísteis que érais ó +habíais sido estudiante en teología... pero que os agradaba más el +coleto que el roquete. + +--¡Ah! sí, señora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y +licenciado en sagrada teología y leyes. + +--Y bien, ¿queréis ser canónigo?--dijo la dama mirando á Juan Montiño de +una manera singular. + +--Si soy canónigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro +seáis mía. + +--Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queréis ser canónigo... ¿os +convendría ser alcalde? + +--¡Oh! tampoco; soldado de la guardia española al servicio inmediato de +su majestad; así os veré cuando haga las centinelas; os veré pasar +alguna vez á mi lado. + +--Y veréis pasar otras muchas hermosas damas. + +--Para mí no hay más que una mujer en el mundo. + +--Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana--dijo la joven +tendiéndole la mano--; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya +es tarde. Tomad esta carta y llevadla á quien dice en la nema. + +--«Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.--De palacio.--En propia +mano»--leyó el joven. + +--¿Y en qué convento mora el confesor de su majestad? + +--En el de Nuestra Señora de Atocha... extramuros... ¡ah! y no me +acordaba... esperad, esperad un momento. + +Y la dama salió y volvió al poco espacio con otro papel. + +--Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla, +que da al convento de Atocha; bajad á la guardia, buscad al capitán +Vadillo y mostradle esta orden; él os acompañará y hará que os abran el +postigo, y seguirá acompañándoos hasta Atocha; una vez en el convento, +preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado; +seréis introducido. Ahora bien; como en vez de ser canónigo ó alcalde, +queréis ser soldado, decid al padre Aliaga que deseáis ser capitán de la +guardia española del rey. + +--¡Capitán á mi edad, cuando mi padre pasó toda su vida sirviendo al rey +para serlo! + +--¡Ah! ¡vuestro padre no ha sido más que capitán!--dijo con un acento +singular la dama, fijando una mirada insistente en Montiño--. Yo creía +que fuese más. Pero no importa; si vuestro padre tardó en ser capitán, +en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como +el que vos le habéis hecho esta noche, porque sirviendo á la reina +habéis servido al rey y á España. Decid, pues, á fray Luis de Aliaga que +deseáis ser capitán de la guardia española del rey. + +--Pero... yo no pedía tanto. + +--Se os manda... se necesita que seáis capitán--dijo severamente la +dama. + +--¡Ah! ¡de ese modo! + +--Id, pues. + +--Una palabra. + +--¡Qué! + +--¿Sois dama de la reina? + +--No, soy su menina. + +--¡Ah! su menina... y vuestro nombre, vuestro adorado nombre. + +--Doña Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los +ejércitos del rey--contestó la dama. + +--¡Ah! no en vano os llamáis Sol... + +--Pero concluyamos, caballero. Vos tenéis que ir á Atocha. Yo me he +detenido ya demasiado. + +--Adiós, pues--dijo Juan Montiño, tomando una mano á doña Clara y +besándola. + +Y se dirigió á la salida. + +--Esperad, están cerradas las puertas--dijo doña Clara, tomando una +bujía y precediéndole. + +Abrió en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvió y +quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de +doña Clara. + +--Es tarde... adiós, señor capitán, adiós. Hasta otro día--dijo doña +Clara, y cerró la puerta. + +--¡Hasta otro día!--exclamó el joven--. Noche será para mí y noche +obscura el tiempo que tarde en volveros á ver, doña Clara. ¡Oh! ¡Dios +mío! ¡Dios mío! no sé si alegrarme ó entristecerme con lo que me sucede. + +Y Juan Montiño tiró la galería adelante, bajó unas escaleras y se +encontró en el patio, y poco después, dirigido por un centinela, en el +cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitán Vadillo, le +mostró la orden. + +--Aquí me mandan que os acompañe al monasterio de Atocha--dijo el +capitán, que era un soldado viejo--. En buen hora; dejadme tomar la capa +y vamos allá, amigo. + +Poco después, el joven y el capitán cruzaban las obscurísimas calles de +Madrid. + + + + +CAPÍTULO XII + +LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA + + +Doña Clara entró en una pequeña recámara magníficamente amueblada. En +ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete años, examinaba con +ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas. + +Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III. + +--¡Oh, valiente y noble joven!--dijo la reina--: Dios nos lo ha enviado. +Clara, sin él, ¿qué hubiera sido de mí? + +--Dios, señora, jamás abandona á los que obran la virtud, creen en él y +le adoran. + +--¡Oh, mandaré hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta +solemne á Nuestra Señora de Atocha y la regalaré un manto de oro! ¡Oh, +bendita madre mía, si yo no tuviera estas cartas en mi poder! + +Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lágrimas. + +--Por estas cartas hubiera yo dado mi vida--añadió--. Y dime, Clara, al +saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, ¿no has sospechado de mí? + +--He sospechado--dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en +la reina--, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen +corazón, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos +de vuestro esposo, no había meditado bien, no había estudiado al hombre +en quien había depositado su confianza, y se había comprometido por +imprevisión. + +--Explícate, explícate, por Dios, Clara. + +--¿Qué explicación se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son +citas á don Rodrigo Calderón; citas, no ciertamente de amor, pero que +tal vez puedan parecerlo. + +--Yo no te había hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te había +dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas +cartas, pero han venido á tus manos... ¿las has leído? + +--¡Señora!--exclamó con el acento de la dignidad ofendida doña Clara. + +--Pues bien, léelas. + +--¡Ah, no; no, señora!--dijo la joven rechazando con respeto las cartas +que le mostraba la reina. + +--Te mando que las leas--dijo con acento de dulce autoridad Margarita de +Austria. + +Doña Clara tomó cuatro cartas que le entregaba la reina, abrió una y se +puso á leerla en silencio. + +--Lee alto--dijo la reina. + +Doña Clara leyó: + +«Venid esta noche á las dos; yo os esperaré y os abriré. No faltéis, que +importa mucho.--_Margarita._» + +--Otra--dijo la reina. + +«Os he estado esperando y no habéis venido; ¿en qué consiste esto? ya +sabéis cuánto me importa que vengáis. Os ruego, pues, que no me +obliguéis á escribiros otra vez. Venid por el jardín á las doce y +encubierto.--_Margarita._» + +--Otra--repitió la reina con acento grave. + +--Es urgente, urgentísimo, que vengáis esta noche; os espero con +impaciencia. Nada temáis contando conmigo; atrevéos á todo. Esta noche, +á la una, hablaremos más despacio. Venid.--_Margarita._» + +--La última--dijo la reina con acento opaco. + +«Lo que me pedís es imprudente. Decís que nuestras entrevistas son +peligrosas en palacio. Desde el momento conocí el peligro. Pero me +interesaba demasiado veros, oíros, hacerme oír de vos, tratar con vos de +lo que tanto importa á mi dignidad como mujer, á mis deberes como reina +y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad. +Pero me exigís que salga fuera de palacio, y esto no lo haré jamás. Yo +podría justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi +recámara; ¿pero cómo podría justificar mi ausencia de palacio, si por +desgracia se notaba, ó mi presencia en un lugar extraño si un accidente +cualquiera me descubría? Renunciad á ese peligrosísimo medio, y venid; +seguid confiando en mí.--_Margarita._» + +--Quema esas cartas--dijo la reina. + +Doña Clara las quemó una á una á la luz de una bujía. + +--Ahora bien--dijo la reina cuando la joven hubo concluído su auto de +fe--; después de haber leído esas cartas, ¿qué piensas de mí? + +--Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha +comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad. + +--Más claro, más claro--dijo con impaciencia Margarita de Austria. + +--En esas cartas no veo lo que tal vez podrían haber visto otros: una +prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco +demasiado á vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de +su virtud. Veo una conspiración. + +--¡Ah! ¡ves una conspiración! + +--Sí, por cierto, y una conspiración justa, y más que justa necesaria +contra el duque de Lerma. Sólo que vuestra majestad ha elegido un +instrumento que le ha hecho traición. + +--Un día--dijo la reina reclinándose en su sillón y apoyando su bello +semblante en una de sus bellísimas manos--cazaba el rey en El Pardo; +entre los caballeros que acompañaban al rey iba don Rodrigo Calderón, +que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi +carroza, desempeñando accidentalmente el oficio de caballerizo. La +carroza se había detenido en una encrucijada, por donde decían los +monteros que debía pasar el jabalí. Me rodeaba mi servidumbre, á +caballo, y cuatro damas que me seguían estaban detrás en otra carroza. +Hacía mucho calor, y yo sudaba. Pedí agua, y don Rodrigo partió y volvió +al punto, trayéndomela en un vaso de oro. El vaso era bellísimo, y yo +noté que no era de las vajillas de palacio--.¿Este vaso es vuestro?--le +pregunté--. Ese vaso no puede ser mío--me contestó--después de haber +bebido en él vuesta majestad.--No importa, guardadlo--le contesté--. Don +Rodrigo lo tomó, y dijo:--Lo guardaré como un testimonio de honra +mientras viva, y después de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo +legaré como una reliquia--. Todo esto fué dicho con respeto, en estilo +cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco después +sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban:--¡El jabalí! +¡el jabalí!--Yo asomé la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al +ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el +sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grité:--Apartáos, +caballeros, apartáos, yo os lo permito--. Unos por miedo, otros por +afición á la caza, se apartaron lejos ó siguieron al jabalí; don Rodrigo +no se movió de junto á la portezuela, á pesar de que el jabalí pasó tan +cerca de él que le hirió, aunque débilmente, el caballo, y quedó solo al +lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias, +se habían alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo:--¿Puedo +alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia?--¿Y para qué, +caballero?--le contesté.--Para que yo pueda mostrar á vuestra majestad +mi respeto y el interés que me inspira como reina y como +dama.--Explicáos--le dije con severidad.--El duque de Lerma es enemigo +de vuestra majestad--. ¿Qué queréis decir?--Que vuestra majestad tiene +un gran interés de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que será muy +fácil á vuestra majestad si se vale de mí.--¡Vos sois secretario del +duque de Lerma!--Por lo mismo, señora, porque sé sus secretos, sé que se +atreve á todo, y que obra como traidor y villano respecto á vuestra +majestad.--Basta; lo que me tengáis que decir me lo diréis en un +memorial.--¿Y cómo podré dar á vuestra majestad ese memorial, rodeada +como está vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el +duque?--Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que están +bajo los balcones de mi recámara, en el palacio de El Pardo--. Y me +retiré al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habló ni una palabra +más. Poco después volvió la servidumbre, acabó la cacería y nos +volvimos á palacio. + +Aquel día, como otros muchos, comí separada del rey, en mi cámara, y su +majestad no vino á pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma +me hacía notar, en cuantas ocasiones estaba delante de mí, el peso de su +superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es... insoportable de +todo punto. + +Tú lo sabes, Clara--añadió la reina...--yo no tengo esposo... tú, nadie +mejor que tú, sabe que el rey no me ama. + +--¡Ah! ¡señora!--exclamó doña Clara--; ¿vuestra majestad duda también? + +--No, no; yo no tengo celos de tí, ni puedo tenerlos: primero, porque +conozco tu corazón y tu altivez... tu virtud, más bien; segundo, porque +si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa +tanto el poseer el corazón del rey. Te hablo ahora como te he hablado +siempre, desde poco tiempo después de conocerte: como á una hermana. +Entre nosotras, Clara, no hay secretos. Tú sabes cuál es mi vida. Tú +sabes cuál es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto... No le ruego, +pero me ofende que vasallos se atrevan á mandar en mi casa, y nieta, y +hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono +donde yo me siento esté hollado por traidores; que el rey, á quien estoy +unida por la religión y por las leyes, autorice el robo, la tiranía, los +cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don +Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, y más +que secretario del despacho, verdadero rey de España. No puedo sufrir +esto sin olvidarme de quién soy yo, y de quién es él; de que tengo +esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo está dominado y esos +vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que España ha +sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin cólera, que +hoy está pobre, vendida por todas partes, insultada, á punto de ser +deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo +otro. Odio á Lerma, y he conspirado, conspiro y conspiraré contra él. Mi +conspiración ha estado á punto de costarme la honra, y todavía puede +costarme la vida. + +--¡Ah, señora! ¿Se atrevería ese hombre? + +--A todo, á todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en +si me matará él á mí, ó en si yo le mataré á él. + +--¡Matarle! + +--Sí, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso +público; una vez por tierra esa cabeza... + +--Se levantará otra más soberbia. + +--Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces +aventureros, y nada temo; como haya caído el uno caerán los otros; pero +sigo la relación de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche, +apenas me quedé sola, llamé á mi buena camarera mayor, la duquesa de +Gandía, y á pretexto del calor bajé con ella á los jardines. Cuando me +retiré, cerca ya de la puerta, mandé á la duquesa que fuese al banco +donde había estado sentada por mi pañuelo, que había dejado olvidado de +intento. La duquesa se alejó; el lugar á donde la había enviado estaba +algo lejos. Entonces fuí al mirto donde al principio de la noche había +visto desde detrás de las celosías de mi balcón poner un papel á don +Rodrigo. En efecto, encontré un papel doblado entre el ramaje del mirto, +y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me +quedé sola, retirada en mi dormitorio, leí aquel memorial; en él don +Rodrigo manifestaba de la manera más clara, y con la indignación más +profunda, el estado en que se encontraban el rey y España, dominado el +uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la +otra; el golpe que pensaba darse á los moriscos, las descabelladas +empresas contra Inglaterra, el descuido con que se veía venir á la Liga +contra España sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversación de +las rentas reales, la depreciación de la moneda, la corrupción de la +justicia, los más altos oficios del reino en la familia de Lerma; su +tío, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del príncipe... sus +hechuras puestas como espías alrededor del trono; cerrado al vasallo el +camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio, +convertido el clero por su interés al interés del favorito; alejados de +España los buenos españoles; todo vendido, todo profanado, todo +enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones +puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas, +aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por mí misma á +Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con +desinterés, con lealtad, como conviene á un buen vasallo; don Rodrigo +logró interesarme con su memorial, no sólo porque creí ver en él al +hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en +él también vi al profundo hombre de Estado. ¿Pero á qué cansarme +inútilmente?--dijo la reina levantándose, yendo á un secreter, tomando +de él un papel y dándosele á doña Clara--: he aquí el memorial de don +Rodrigo. + +Doña Clara miró aquel papel. + +--¡Ah, infame!--dijo--; ni un sólo momento ha pensado en ser leal á +vuestra majestad. + +--¡Cómo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribió su memorial obraba de +buena fe. + +--Esta no es su letra, señora. + +¡Que no es su letra! ¿Y cómo lo sabes tú? + +--Como que me ha escrito más de una y más de tres cartas de amor. Pero +yo he sido más cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado, +ni las he creído. + +--¿Y estás segura de que esa no es la letra de don Rodrigo? + +--Segurísima; como que la primera carta que me dió, se la vi escribir en +la sala de las Meninas un día que estaba de guardia. + +--Bien, no importa--dijo la reina. + +--Sí; sí, por cierto--dijo doña Clara--; importa demasiado, y cuando se +está en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene +con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No, +no está escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que +en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido +que sabe los secretos de vuestra majestad. + +La reina se puso levemente pálida. + +--Dios nos ayudará, sin embargo--dijo--, como ya ha empezado á ayudarnos +procurándonos á ese joven, que indudablemente es leal. + +--Y amigo de don Francisco de Quevedo... que está en la corte. + +--Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que +pronto será también de palacio y además está enamorado como un loco de +ti y con razón... + +Doña Clara se puso encendida. + +--Además--dijo la reina, que había quedado pensativa--; podemos contar +con otra persona más importante de lo que parece... + +--¡Una persona importante! + +--Importantísima. + +--¿Y quién es esa persona? + +--Ven, ven--dijo la reina--, trae una bujía. + +Y marchando delante de doña Clara, fué á su dormitorio. + +--Aquí hay una puerta--dijo la reina señalando un lugar de la tapicería. + +--Muy oculta debe de ser--dijo doña Clara--, porque no se conoce. + +--Sin embargo la hay, y explica cómo han podido entrar hasta aquí las +misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponían al +corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponían, +por último, el castigo de Calderón. + +--¿Y cómo ha descubierto vuestra majestad esa puerta? + +--Cuando esta mañana encontré sobre la mesa la carta que viste en que se +me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre sí mis cartas, y se me +ofrecía darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse +averiguar quién era el que de tal modo, burlando el particular interés +de la duquesa de Gandía y la presencia de la servidumbre, lograba +penetrar hasta mi dormitorio. Cuando tú saliste esta noche en busca de +los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio, +mandé á la duquesa que me dejase sola: entonces apagué las luces del +dormitorio, y con una linterna preparada me escondí detrás de las +colgaduras del lecho. Pasó bien media hora, y ya empezaba á +impacientarme cuando sentí pasos. Preparé la linterna. Pero la persona +que se acercaba traía luz: entró precipitadamente en el dormitorio, y +miró con avidez: era la duquesa de Gandía, que siguió adelante y entró +en el oratorio. Poco después salió pálida, aterrada, murmurando: ¡Dios +mío! ¿dónde está la reina? + +--¡Ah! ¡señora! ¡ha estado perdida vuestra majestad para la camarera +mayor! + +--¡Oh, sí! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto. + +--Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad... +¡acostada! + +--Sí, sí, lo que no ha contrariado poco á la buena doña Juana por su +torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de +otro mayor. + +--¡De otro mayor! + +--Sí por cierto: á poco de haber salido la duquesa, volvió á entrar más +pálida y más conmovida, fijó una mirada cobarde en el lecho y volvió á +repetir, ¿Dónde está la reina? ¡no parece su majestad! ¿qué es esto, +Dios mío? Si yo hubiera estado en una situación menos ambigua que +escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasión +mi acechadero, me hubiera dado á luz y me hubiera reído del terror de la +duquesa; pero un no sé qué me retuvo inmóvil. Oí á la duquesa murmurar +algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el +alcázar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente sonó un +portazo; cayóse el candelero de las manos de la duquesa, quedó el +dormitorio á obscuras, y oí una voz de hombre que amenazaba á la duquesa +con revelar no sé qué secretos suyos si no callaba acerca de lo que +sucedía. La duquesa dió un grito y huyó. Luego oí pasos recatados sobre +la alfombra en dirección á la mesa. Entonces, encomendándome á Dios, +salí de mi escondite y abrí la linterna. Vi un hombre, y en la tapicería +una puerta abierta, una puerta que yo no conocía: aquel hombre cayó de +rodillas á mis pies. Aquel hombre era... el hombre más despreciado de +palacio, el tío Manolillo: el loco del rey. + +--¡Ah! ¡el loco de su majestad!--exclamó doña Clara--; ¿y ese hombre era +el autor de las cartas que aparecían tan misteriosamente? + +--Sí. + +--Y al verse cogido... + +--Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufón: + +--He aquí un loco cogido por una loca; porque tú, mi buena señora, hace +mucho tiempo que estás haciendo locuras. ¿Qué te va á ti en que España +se pierda ó se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su +rosario? En cuanto á lo uno, allá se las compongan ellos, que quien +sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto á lo otro, alégrate: +así el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti. + +--¿Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa? + +--Mías han sido hasta que han sido tuyas. + +--¿Y cómo sabes tú que don Rodrigo?... + +--¡Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la +lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya, +reina mía, que le tratemos de filo y de punta. + +--¿Cómo sabes tú que existen esas puertas? + +--¡Bah! es un cuento muy largo; dejémoslo para cuando el rey se ocupe de +las cuentas de su rosario. + +--¡Tú quieres escapar! + +--¡Y vaya si quiero! como que yo y tú, mientras yo esté aquí, estamos en +una ratonera. + +--¿Pero no me explicarás?... + +--Sí, otro día, más despacio: por ahora lo que importa es que busques +los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de +él... créeme, mi buena señora: Dios es justo, y como se valió de un +muchacho para matar á un gigante, se vale de dos locos para matar á un +gran pícaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendrá esta noche por +esta misma puerta á visitarte. + +--¡El rey!--le dije. + +--Sí, señora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un +guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y +yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, quédese en +paz y créame, y déjeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y +cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya. + +Y se me escapó, huyendo por la puerta que se cerró tras él. + +--¡Así anda todo!--dijo doña Clara--: cuando un reino está sin cabeza... + +La reina frunció un tanto el bello entrecejo. + +--El rey es al fin el rey--dijo Margarita con un tanto de severidad. + +--Pero cuando sirve de escudo á traidores... + +--Dará cuenta á Dios. + +--Y al mundo, cuando hace infeliz á una reina tal como vuestra majestad. + +Margarita había vuelto á su recámara. + +--Afortunadamente--dijo la reina, sentándose de nuevo en el sillón que +había ocupado antes--, la lucha podrá ser peligrosa, pero hemos apartado +de ella la deshonra, gracias á ese noble joven. + +--Noble, y muy noble--dijo doña Clara--: ¿le ha visto bien vuestra +majestad cuando estaba hablando conmigo? + +--Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta á la +vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado. + +--¿Y no ha visto más vuestra majestad en ese joven? + +--No--contestó con una ingenua afirmación la reina. + +--La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, ¿no +han recordado á vuestra majestad uno de sus más grandes, de sus más +leales vasallos, que por serlo tanto está alejado de España? + +--No--repitió con la misma ingenuidad la reina. + +--Pues yo he creído, durante algunos momentos, estar hablando con el +noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad, +sino á sus veinticuatro años. + +--¡Parecido ese joven al duque de Osuna! + +--Es un parecido vago, en el que es muy difícil reparar cuando el +semblante de ese joven está tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su +mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se +parece más ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en +ciertas situaciones el alma sale á los ojos... + +--Sí, cuando se ama por primera vez... + +--¡Oh, señora! juro á vuestra majestad que me contraría el amor de ese +joven. + +--Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de mí: la verdad +del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difícilmente hubiera +hecho otro hombre. + +--Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad. + +--Es que él creía, y no sin fundamento, que mi majestad eras tú. + +--Púsose vivamente encendida doña Clara. + +--Una casualidad inconcebible: yo creí llevar más seguro el brazalete en +el brazo, y una audacia de ese joven... + +--¡Una audacia!... + +--Más bien una galantería. + +--No es lo mismo, pero me agrada tu declaración; ya le disculpas, y eso +significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco... + +--Que le hago justicia. + +--No, que le amas. + +--¡Que le amo! ¡En una hora!... + +--En una hora has recibido una impresión de tal género, que no le +olvidarás, yo te lo afirmo; que recordándole le amarás... le amarás de +seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede +decirse que ya le amas. + +--No sé, no sé... pero... he causado por mi desdicha una impresión tan +profunda en su alma... + +--Impresión de que estás orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha +hecho bendecir á Dios por la hermosura que te ha concedido. + +--No, no--contestó doña Clara con la misma turbación que si la reina +hubiera leído en su alma. + +--¿Y por qué no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que +por ti está en peligro... porque al fin y al cabo ha herido ó muerto á +don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traición infame +que traerá contra él poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos +libertarle. ¿No merece tanto sacrificio que tú le ames? + +--Mi amor, señora, sería un tormento para mí, y una desesperación para +él. + +--El día en que caiga el duque de Lerma, ese joven será tu esposo: te +prometo ser tu madrina. + +--Más fácil es que el duque de Lerma muera en un patíbulo, lo que por +desgracia no deja de ser dificilísimo, que el que yo sea esposa de ese +joven. + +--¿Y por qué? + +--Olvida vuestra majestad que mi padre, tratándose de mi enlace, no +prescindirá jamás de su nobleza. + +--Ese joven es hidalgo, según he entendido. + +--Sí; sí, señora, hidalgo es, pero... + +--No importa que sea pobre; es valiente y alentado. + +--Sí, es cierto; pero... + +--Como valiente y alentado hará fortuna. + +--Por mucha que haga... + +--Tu padre no es codicioso. + +--Pero siempre verá que ese joven es sobrino de Francisco Martínez +Montiño, _cocinero mayor_ del rey. + +Y doña Clara pronunció la palabra «cocinero mayor» de una manera +singular, en que había mucho de repugnancia propia. + +--Pero se parece al gran duque de Osuna--insistió sonriendo la reina--, +sobre todo cuando se entusiasma. + +--Pues peor, señora, peor. + +--¡Oh! ¡Peor! + +--Sí, por cierto. + +--Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no +deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien +pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy +galanteador. + +--Pues por eso digo que peor: ¡un bastardo! Ni mi padre ni yo querríamos +semejante enlace. + +--¿Ni aun interesándome yo por él? + +--Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y +reverencia la excelsitud del rey. + +--¿Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado? + +--Yo le desenamoraré. + +--¡Ah! Difícil lo veo. + +--Le trataré... + +--Como tu corazón te deje tratarle... + +--He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy +bajos; resistiré este también. ¿Cree vuestra majestad que á los +veinticuatro años y criada en la corte, no habré tenido ocasión de +resistir tentaciones? + +--Sí, sí; ya sé que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es +una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de +que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle... Aunque creo +necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti. + +--Lo veremos--dijo sonriendo tristemente doña Clara. + +--Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta? + +--Las doce--dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico +reloj de pared. + +--¡Oh, las doce!... Ya es hora de que tú descanses y de que yo me +recoja; hasta mañana, Clara. Di á la camarera mayor que me recojo. + +--Adiós, señora--dijo doña Clara doblando una rodilla y besando la mano +á la reina. + +Margarita de Austria la alzó y la besó en la frente. + +Doña Clara salió, y la reina se quedó murmurando: + +--Ve, ve á soñar con tu primer amor. ¡Dichosa tú que amas! ¡Dichosa tú +que puedes amar! + +Y dos lágrimas asomaron á los ojos de Margarita de Austria, que tuvo +buen cuidado de enjugarlas porque se sentían pasos en la cámara. + +Se abrió la puerta y apareció la camarera mayor; con ella venían la +condesa de Lemos y la joven doña Beatriz de Zúñiga. + +La duquesa de Gandía se inclinó profundamente. + +--¿Qué os ha sucedido esta noche, mi buena doña Juana?--dijo sonriendo +la reina--; creo que me habéis creído perdida y que habéis estado á +punto de ofrecer un hallazgo por mi persona. + +--¡Ah, señora! Nunca me consolaré de mi torpeza. ¡No pensar que podía +vuestra majestad estar recogida en el lecho! ¡Y en qué circunstancias! +¡Cuando su majestad el rey estaba en la cámara!... + +--¡Ah! ¡Su majestad!... ¿Y qué mandaba su majestad? + +--Me mandaba que le anunciara á vuestra majestad. + +--¡Ah! ¿Y ese mandato os causó tanto miedo, que os obscureció la vista y +no reparásteis en mí? + +--¡Señora! + +--¿Y sin duda dijísteis á vuestra majestad que me había perdido? + +Nunca la reina había hablado de tal manera á la duquesa de Gandía; y era +que la buena aventura de aquella noche le había dado valor, que se creía +de una manera tangible protegida por Dios y se sentía fuerte. + +La duquesa de Gandía, que había anunciado con mala intención á la reina +que el rey había querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y +frío por Margarita de Austria, se turbó. + +No estaba acostumbrada á tanto... + +--Yo, señora--dijo--, dí al rey la excusa de que vuestra majestad estaba +acompañada. + +--Retiráos, señoras--dijo la reina á la de Lemos y á doña Beatriz de +Zúñiga--; vuestro servicio ha concluído, no me recojo. + +Las dos jóvenes se inclinaron. + +La duquesa de Gandía quedó temblando ante Margarita de Austria. + +--Debísteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi +cuarto; ¿dónde había de estar, duquesa de Gandía, la reina, sino en +palacio y en el lugar que la corresponde...? + +--¡Señora! + +--Y sin duda, como servís en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habréis +avisado de que yo me habría perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es +porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dísteis conmigo +durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales +medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza. + +--¿Vuestra majestad me despide de su servicio?--dijo, sobreponiendo su +orgullo á su turbación, la camarera mayor. + +--Creo, Dios me perdone, que os atrevéis á reconvenirme porque os +reprendo. + +--Yo... señora... + +--Me he cansado ya de sufrir, y empiezo á mandar. Continuaréis en mi +servicio, pero para obedecerme, ¿lo entendéis? + +--Señora... mi lealtad... + +--Probadla; id y anunciad á su majestad... vos... vos misma en persona, +que le espero. + +--Perdóneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar á +palacio y está en estos momentos despachando con el rey. + +--Os engañáis, mi buena duquesa--dijo Felipe III abriendo la puerta +secreta del dormitorio y asomando la cabeza--; vuestro amigo el duque de +Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido. + +Y franqueando enteramente la puerta, adelantó en el dormitorio. + +La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la +tierra. Era orgullosa, se veía burlada en su cualidad de cancerbera de +la reina, y se veía obligada á tragarse su orgullo. + +--Retiráos, doña Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su +majestad. Que vuelva mañana á la hora del despacho... ó si no... dejadle +que espere... acaso tenga que darme cuenta de algo grave... Retiráos... +habéis concluído vuestro servicio; la reina se recoge. + +La duquesa de Gandía se inclinó profundamente y salió. + +Apenas se retiró, la reina salió del dormitorio, y cerró la puerta de su +recámara, volviendo otra vez junto al rey. + +Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirándose frente á +frente. + + + + +CAPÍTULO XIII + +EL REY Y LA REINA + + +--¿Qué os he hecho yo para que me miréis de ese modo?--dijo el rey, que +pretendía en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial +de su esposa. + +--Hace cinco meses y once días que no pisáis mi cuarto--dijo la reina. + +--Dichoso yo, por quien lleváis tan minuciosa cuenta Margarita--dijo con +marcada intención el rey. + +--Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos. + +[imagen: La reina doña Margarita de Austria.] + +--¡Ah! exclamó el rey... vuestra dignidad... no vuestro amor... + +--¡Mi amor! No lo merecéis. + +--¡Señora! + +--Hablo á mi esposo, al hombre, no al rey... vos no habéis penetrado +como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando; +habéis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no +conocía. ¿Quién os obliga á ocultaros en vuestra casa? + +--Creo, señora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que +paso la noche con vos. + +--Pero saben que la pasáis por sorpresa. + +--No tanto, no tanto. + +--Os habéis venido huyendo del duque de Lerma. + +--¿Qué hacéis?--dijo Felipe III. + +--Ya lo veis, me siento. + +--No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aquí para +trasnochar sentado junto á vos. + +La reina no contestó. + +--Vos no me amáis--dijo el rey. + +--Haced que os ame. + +--¡Pues qué! ¿no debéis amarme? + +--Debo respetaros como á mi marido; y una prueba de mi respeto son el +príncipe don Felipe, y las infantas nuestras hijas. + +--¡Ah! ¡ah! ¡me respetáis! ¡y os quejáis de que yo tema pasar de esa +puerta, cuando en vez de amor que vengo buscando sólo encuentro respeto! + +--¿Habéis procurado que yo os ame...? + +--Enamorado de vos me habéis visto... + +--Pero más de vuestro favorito. + +--¡Oh, oh! el duque de Lerma podría quejarse de vos, señora; le acusáis. + +--De traición. + +--¡Oh! ¡oh! + +--Y le estoy acusando desde poco después de mi llegada á España. + +--Pero yo, Margarita, no había venido ciertamente... + +--Y yo, don Felipe, que no os esperaba, que hace mucho tiempo que no +puedo hablaros sin testigos, aprovecho la ocasión para querellarme á vos +de vos y por vos. + +--Pues no os entiendo. + +--Es muy claro: tengo que querellarme á vos de vos y por vos, porque +don Felipe de Austria ofende al rey de España. + +--¿Qué ofendo yo al rey de España? ¿Es decir, que yo, á mí mismo?... +pues lo entiendo menos. + +--Ofendéis al rey de España, porque abdicáis débilmente el poder que os +han conferido, primero, la raza ilustre de donde venís, y después Dios, +que ha permitido que descendáis de esa raza, entregando el poder real, +sin condiciones, á un favorito miserable y traidor. + +--¿Habéis hablado hoy con el padre Aliaga, señora? + +--No, ciertamente: yo no hablo con nadie más que con las personas cuya +lista da el duque de Lerma á la duquesa de Gandía. + +--Os engañáis, porque habláis todos los días y á todas horas con una +persona á quien no pueden ver ni la duquesa ni el duque. + +--¿Y quién es esa persona? + +--Esa persona es vuestra favorita... la hermosa menina doña Clara +Soldevilla. + +--Sería la última degradación á que podía sentenciarme vuestra +debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi +servidumbre. A propósito; es ya demasiado mujer para menina, y voy á +nombrarla mi dama de honor. + +--¡Y quién lo impide! + +--Nadie... pero os lo aviso. + +--Enhorabuena: decid á doña Clara que yo la regalo el traje y el velo y +aun las joyas, para cuando tome la almohada. + +--Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica. + +--Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro... + +--Os doy las gracias, señor. + +--¡Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme... + +--¿Qué me amáis?--dijo la reina inclinándose hacia el rey, dejándole ver +un relámpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente pálida como +las azucenas y coronada de rizos de color de oro. + +--¡Oh, qué hermosa eres, Margarita!--dijo el rey, en cuyas mejillas +apareció la palidez del deseo. + +Y la atrajo á sí. + +Margarita de Austria, se sentó en un movimiento lleno de coquetería en +las rodillas del rey, y se dejó besar en la boca. + +--Depón al duque de Lerma--dijo la reina entre aquel beso. + +El rey se retiró bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de +Margarita. + +--Ya sabía yo que no me amábais--dijo la reina levantándose y mirando al +rey con cólera. + +--Pero señor, ¿cuándo descansaré yo?--exclamó el rey dejándose caer en +el respaldo del sillón. + +--Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina--dijo con dulzura la +reina--; cuando pienses que un rey no sirve á Dios solo rezando, sino +mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus +vasallos. + +--Ya velan por todo eso mis secretarios. + +--¡Tus secretarios! ¡sí, es verdad! velan por los españoles, y cuentan +sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado. + +--Eres injusta, yo no escucho ninguna queja. + +--Las quejas no llegan á ti. Se pierden en el camino. + +--Te pregunté si habías hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del +padre Aliaga, aunque más embozada y respetuosamente, aprovechándose de +que el duque tenía un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el +mismo sermón. Y suponiendo que no os engañáis, ni tú que eres la reina +de las reinas, por virtud, por discreción y por hermosura, ni el padre +Aliaga, que es casi un santo, ¿qué queréis que haga?--Reduzca vuestra +majestad los gastos de su casa, que España anda descalza--me dice el +padre Aliaga--. Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las +ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier +pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo. + +--Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca +nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas +reales son robadas. + +--¡Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un +caballero tal como el duque... + +--¿Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios +miserablemente?... + +--Siempre se han vendido... me acuerdo de una provisión de corregidor +que se ha dado esta mañana á Diego Soto, para que la venda en lo que +pudiere... y todo está firmado por mí. + +--Sí, pero es que el duque vende por su cuenta... te roba... + +--¡Oh! no puede ser. + +--Mira. + +Y la reina sacó las dos cartas que habían encontrado en la cartera de +don Rodrigo Calderón, con las suyas, y dió una de ellas al rey. + +Felipe III leyó la cabeza y la firma: + +--«¡A don Rodrigo Calderón!--¡El duque de Uceda!» + +--Lee, lee... y juzga. + +«Mi buen amigo: Es necesario que se den las alcabalas de Sevilla á Juan +de Villalpando. Ya le conocéis. Es un hombre muy á propósito para +nuestros proyectos. No os olvidéis que para acabar con el duque de +Lerma...» + +--¡Ah! ¡ah!--dijo el rey--; no lo creyera si no lo viera; y es letra y +firma del duque de Uceda, con sus renglones torcidos... el hijo contra +el padre... ya sabía yo que no andaban muy acordes entrambos duques... +¡pero que llegasen á tanto!... ¡Ah! ¡ah! + +--Sigue, sigue--dijo con impaciencia la reina. + +--«No olvidéis que para acabar con el duque de Lerma, y hacer comprender +al rey cuán ruinoso y perjudicial es su gobierno, se necesita hacerse +partidarios en las ciudades, y ninguno mejor para Sevilla que Juan de +Villalpando: allí tiene hacienda, mujer y parientes, le conoce todo el +mundo, y es audaz cuanto se necesita para que todos le respeten y le +teman. Pero como el duque no proveerá en nadie las alcabalas de Sevilla +en menos de diez mil maravedís, es necesario que vos interpongáis para +con él lo mucho que podéis, á fin de que de los diez mil rebaje la +mitad. Ya llevamos gastado demasiado para que pensemos algo en los +gastos. Hacedlo, que conviene. El interesado lleva esta carta y yo os +veré á la tarde en la comedia...» + +El rey dobló lentamente la carta y plegó su entrecejo: una expresión de +majestad y de dominio, aunque indecisa, se marcó en su semblante y luego +volvió á desdoblar la carta y la leyó lentamente. + +Aquella carta era para Felipe III uno de esos rayos de luz que de tiempo +en tiempo rompen la impura atmósfera que rodea á los reyes. + +Margarita de Austria, que miraba con profunda alegría el cambio que se +había operado en Felipe III, puso otra nueva carta abierta sobre la que +el rey leía por segunda vez. + +--Del conde de Olivares--dijo el rey leyendo la firma de aquella segunda +carta. + +--Lee, lee y verás que el duque de Lerma, á más de ser ladrón, es torpe, +que le manejan como quieren los que quieren ocupar su puesto, y que el +tal don Rodrigo es más traidor, más ambicioso, más miserable que todos +ellos. + +El rey leyó: + +«Os escribo, porque, interesándoos á vos tanto como á mí el negocio de +que trata esta carta, tengo una entera confianza en vos, y no quiero +exponerme á que se sepa, por muchas precauciones que tomemos, que nos +hemos visto. Importa que todo el mundo nos crea desavenidos. Sostened +vos por vuestra parte el papel de enemigo mío, que por la mía yo +sostendré el de enemigo vuestro. Seguid hablando mal de mí y mirándome +de reojo, que yo seguiré hablando mal de vos sin miraros á derechas. Lo +de la expulsión de los moriscos es necesario que se lleve cuanto antes á +cabo, porque es necesario que cuanto antes, teniendo como tenemos guerra +con Inglaterra, con Francia y en el Milanesado, la tengamos también en +España, y esta guerra la provocarán los moriscos, que no se rendirán sin +combatir. Por otra parte, rebelados los moriscos dentro, se resentirá el +comercio que ellos alimentan en gran manera, faltará más de lo que falta +el dinero, y reunidos y alentados Enrique IV y el inglés, apretará la +guerra por fuera. Insistid en lo de la confiscación de los bienes de los +moriscos. El duque, en su sed de oro, se dejará deslumbrar por este +negocio en grande, y aun el mismo rey no encontrará de más algunos +millones de maravedises para remendar su ropilla. Dicen que Lerma tiene +hechizado al rey. Hechizad vos al duque. El mejor hechizo para su +excelencia es el oro. Conque apretad, apretad, que urge: que si hemos de +esperar á que el príncipe sea rey, larga fecha tenemos. Lo del príncipe +lo dejaremos al conde de Lemos y á don Baltasar de Zúñiga, y puesto que +el rey es quien puede hacer reyes, vámonos derechos al rey. Sitiemos por +hambre al duque haciéndole cometer algunos disparates, y el duque, que +si fuera tan buen hombre de Estado como es codicioso, sería invencible, +caerá, no lo dudéis, aunque para ello nos veremos obligados á empobrecer +el reino, á debilitarle. Nosotros le alzaremos. No os digo más, porque +ni tanto era necesario deciros. Guárdeos Dios.--_El conde de Olivares._» + +--Pero esto nada prueba contra el duque, y si mucho contra los condes de +la Oliva y de Olivares. + +Prueba que los dos condes son más perspicaces que tú, y que saben cuánto +es torpe y ciego el duque de Lerma. + +--Pero no le vencieron. + +--Por una casualidad. + +--El duque lo tenía previsto todo. + +--Ni el duque ni nadie podía prever que don Juan de Aguilar tuviese la +fortuna de aterrar á los infelices moriscos en la primera batalla; ni el +duque ni nadie podía prever que los enemigos exteriores de España no se +aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fué traidor y +torpe. + +--¡Traidor! + +--Sí, traidor, y de la manera más criminal que puede ser traidor un +vasallo: manchando ante la historia el nombre de su señor... porque tu +nombre aparecerá manchado en la historia por esa tiranía feroz +inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les +robó. + +La mirada del rey se hizo vaga. + +--Y torpe, torpe... porque no previó las funestísimas consecuencias que +pudo traer sobre España, y que en la parte de su riqueza y de su +población la ha traído, el cumplimiento de aquel infame edicto. + +--¡Margarita!--exclamó el rey, cuya conciencia se retorcía. + +--Yo te pedí de rodillas, aquí, en este mismo sitio, que revocaras aquel +edicto; y te lo pedí por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu +dignidad de rey, más que por el bien de tus reinos. Te lo pedí, Felipe, +porque te amo, y porque te amo, te pido la deposición del duque de +Lerma. + +--¡Que me amas, Margarita! ¡que me amas!--exclamó el rey--¡y no me lo +has dicho hasta ahora! + +--¿Qué mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus +hijos?--exclamó en un sublime arranque Margarita, arrojándose á los +brazos del rey. + +Y levantándose de repente, añadió: + +--Y no te lo he dicho; no se lo he dicho á nadie, no, y me he mostrado +siempre contigo reservada y fría porque... mi orgullo de mujer ha estado +continuamente ofendido al verme pospuesta á un favorito. + +--Y á quién, á quién buscar... + +--¿A quién? al duque de Osuna... + +--Es demasiado soberbio. + +--Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espínola, +y si no... si no... Quevedo. + +--¡Osuna, Espínola, Quevedo! ¡dos soldados y un poeta! + +--Tres españoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo, +están alejados de ella por el temor de los traidores. + +--Lo pensaré, lo pensaré--; dijo el rey. + +--No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; ¿no tienes +confianza en tu esposa, Felipe?... ¿no me amas? ¿no crees en mi amor? + +--Lo pensaré... me duermo... necesito rezar antes mis oraciones. + +Y el rey se dirigió al oratorio de la reina. + +--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--dijo Margarita viendo desaparecer al rey +por la puerta del oratorio--¡Ten piedad de España! ¡Ten piedad de mí! + + + + +CAPÍTULO XIV + +DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCÁZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO +QUE AVERIGUÓ POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON +OTROS PARTICULARES. + + +Apenas Juan Montiño había desaparecido por la escalerilla de las +Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se +embocó por aquellas escaleras en seguimiento del joven. + +--En peligrosos pasos anda el mancebo--dijo don Francisco--; sobre +resbaladiza senda camina; sigámosle, y procuremos avizorar y prevenir, +no sea que su padre nos diga mañana: con todo vuestro ingenio, no habéis +alcanzado á desatollar á mi hijo. + +Y Quevedo seguía cuanto veloz y silenciosamente le era posible, á la +joven pareja que le precedía en las tinieblas. + +--¿Y quién será ella?--¿quién será ella? decía el receloso satírico. + +Y seguía, sudando, á pesar del frío, á los dos jóvenes, que andaban +harto de prisa. + +--Pues ó he perdido la memoria y el tiento, ó todo junto--decía +Quevedo--, ó se encaminan á la portería de Damas; paréceme que se paran: +¡adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran... ¡ah! +esa momentánea luz... el cuarto de la reina... ¿será posible? ¿me habré +yo engañado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendría. ¿Pero quién +va? + +Había oído pasos Quevedo. + +--No va, viene--dijo una voz ronca. + +--¡Por el alma de mi abuela! ¿y de dónde venís vos, hermano? + +--Ni sé si del cielo ó si del infierno. Vos, hermano, ya sé que del +infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos +la gloria. + +--Ha venido á ser el purgatorio, Manolillo, hijo. + +--Veo que no habéis olvidado á los amigos. + +--¿Y cómo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niñez se me +han pegado vuestras picardías? + +--Yo no soy pícaro, y si lo soy, soy pícaro á sueldo. + +--Tanto monta, que nadie hace picardías al aire. ¿Pero dónde vivís? +Paréceme de que me lleváis por las escaleras de las cocinas. + +--Así es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto podía ver, y á mi +mechinal me vuelvo. + +--Pues sígoos. + +--En buen hora sea. + +--Decidme, ¿por qué me dijísteis allá abajo que no sabíais si veníais +del cielo ó del infierno? + +--Decíalo por un mancebo que acaba de entrar... + +--¿En el cuarto de la reina?... + +--¿Habéisle visto? + +--Le seguía. + +--¿Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto +una gloria ó un infierno? + +--Alegraríame que le glorificasen. + +--Y yo; aunque no fuese más que por verme vengado... + +--¿Del rey?... + +--¡Qué rey! ¡qué rey!--dijo el bufón. + +--Paréceme será bien que callemos hasta que nos veamos en seguro. + +--Decís bien... nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero +ya llegamos. + +Acababan de subir las escaleras, y el tío Manolillo había tomado por un +callejón estrecho. + +Detúvose á cierta distancia del desemboque de las escaleras, y sonó una +llave en una cerradura. + +--Pasad, pasad, don Francisco--dijo el bufón. + +Quevedo entró á tientas en un espacio densamente obscuro. + +El bufón cerró. + +Poco después se oyó el chocar de un eslabón sobre un pedernal, saltaron +algunas chispas, y brilló la luz azul de una pajuela de azufre, que el +bufón aplicó al pábilo de una vela de sebo. + +Quevedo miró en torno suyo. + +Era un pequeño espacio abovedado, deprimido, denegrido, desnudo de +muebles, á cuyo fondo había una puerta, á la que se encaminó el bufón. + +Siguióle Quevedo. + +El tío Manolillo cerró aquella puerta. + +Era el bufón del rey un hombre como de cincuenta años, pequeño, +rechoncho, de semblante picaresco, pero en el cual, particularmente +entonces que estaba encerrado con Quevedo, y no necesitaba encubrir el +estado de su alma, estaba impresa la expresión de un malestar roedor, de +un sentimiento profundo, que daba un tanto de amargura infinita á su +ancha boca, cuyos labios sutiles habían contraído la expresión de una +sonrisa habitual, burlona y acerada cuando estaba delante del mundo, +sombría y dolorosa entonces que el mundo no le veía. El color de su piel +era fuertemente moreno, sus cabellos entrecanos, la frente pronunciada, +audaz, inteligente, marcada por un no sé qué solemne; las cejas y los +ojos negros; pero estos últimos pequeños, redondos, móviles, +penetrantes, en que se notaba un marcadísimo estrabismo; la nariz larga +y aguileña; la boca ancha, la barba saliente, el cuello largo. Sus +miembros, contrastando desapaciblemente con su estatura, eran de +gigante, cortos, musculosos, fuertes; vestía un sayo y una caperuza á +dos colores, rojo y azul; llevaba calzas amarillas, zapatos de ante y un +cinturón negro que sólo servía para sujetar un ancho y largo puñal. + +El bufón se sentó en un taburete de pino, y dijo á Quevedo: + +--Ahora podemos hablar de todo cuanto queramos: mi aposento es sordo y +mudo. Sentáos en ese viejo sillón, que era el que servía al padre Chaves +para confesar al rey don Felipe II. + +--Siéntome aunque me exponga á que se me peguen las picardías del buen +fraile dominico--dijo Quevedo sentándose. + +--¡Oh! ¡y si te hablara ese sillón!--dijo el tío Manolillo. + +--Si el sillón calla, España acusa con la boca cerrada los resultados de +los secretos que junto á este sillón se han cruzado entre un rey +demasiado rey, y un fraile demasiado fraile. + +--Pero al fin, don Felipe II... + +--No era don Felipe III. + +--En cambio, el padre Chaves, no era el padre Aliaga. + +--El padre Aliaga no tiene más defecto que ser tonto--dijo Quevedo +mirando de cierto modo al bufón. + +--Vaya, hermano don Francisco, hablemos con lisura y como dos buenos +amigos; ya sabéis vos que tanto tiene de simple el confesor del rey, +como de santo el duque de Lerma. Si queréis saber lo que ha pasado en la +corte en los dos años que habéis estado guardado, preguntadme +derechamente, y yo contestaré en derechura. Sobre todo, sirvámonos el +uno al otro. + +--Consiento. Y empiezo. ¿En qué consiste que esa gentecilla no haya +hecho sombra del padre Aliaga? + +--En que el rey, es más rosario que cetro. + +--¿Y cree un santo á fray Luis? + +--Y creo que no se engaña, como yo creo que si fray Luis es ya santo, +acabará por ser mártir, tanto más, cuanto no hay fuerzas humanas que le +despeguen del rey; y como el padre Aliaga es tan español y tan puesto en +lo justo, y tan tenaz, y tan firme, con su mirada siempre humilde, y con +su cabeza baja, y con sus manos metidas siempre en las mangas de su +hábito... ¡motilón más completo!... Si yo no tuviere tantas penas, sería +cosa de fenecer de risa con lo que se ve y con lo que se huele; más +bandos hay en palacio que bandas, y más encomendados que comendadores, y +más escuchas que secretos, aunque bandos, encomiendas y enredos, parece +que llueven. En fin, don Francisco, si esto dura mucho tiempo, el +alcázar se convierte en Sierra Morena: lo mismo se bandidea en él que si +fuera despoblado, y en cuanto á montería, piezas mayores pueden correrse +en él, sin necesidad de ojeo, que no lo creyérais si no lo viérais. + +--Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza. + +--Su majestad el rey de las Españas y de las Indias, á quien Dios +guarde. + +--Te engañaste, hermano bufón; tu lengua se ha contaminado y anda torpe. +El rey no puede ser pieza mayor... por ningún concepto. Y lo siento, +porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La +reina es demasiado austriaca. + +--Y demasiado mujer, á lo que juntándose que hay en la corte gentes +demasiado atrevidas... + +--De las cuales vos no sois una de las menores. + +--Tengo pruebas... + +--Pues mostrad, tío Manolillo... dadme capote, que por más que lo sienta +os aplaudiré... ¡pero engañarme yo tratándose de mujeres!... ¡creer yo á +la buena Margarita de Austria!... si de esta vez me engaño, ni en la +honra de mi madre creo... con que desembuchad, hermano, desembuchad, que +me tenéis impaciente, y tanto más, cuanto tengo que haceros preguntas de +dos años. ¿Quién es el rey secreto? + +--Para que lo fuera por entero, sólo podía ser don Rodrigo Calderón. + +--¡Tá! ¡tá! os engañáisteis, hermano. + +--Don Rodrigo tiene cartas de la reina. + +--Téngolas yo. + +--Bien puede ser, porque donde entra el sol entra Quevedo. + +--Y aun donde no entra; pero de la reina no tengo más que cartas. + +--Sois leal y bueno. + +--Tiénenme por rebelde. + +--Los pícaros. + +--Y aun los que no lo son. + +--Sois una cosa y parecéis otra. + +--¡Ah! si no fuera porque estamos perdiendo el tiempo, querría que me +explicáseis... + +--Os he visto tamaño como una mano de mortero, cuando andábais poniendo +mazas á las damas de palacio, y cuando más tarde ellas os ayudaban á +poner mazas á sus maridos. Yo os he soltado la lengua, y meciéndoos +sobre mis rodillas, he sido vuestro primer maestro. Nos parecemos mucho, +don Francisco; yo soy deforme y vos lo sois también, aunque menos; vos +lloráis riendo, y yo río rabiando; vos os mostráis contento con lo que +sois, y queréis ser lo que ninguno se ha atrevido á pensar; yo llevo con +la risa en los labios mi botarga y siempre alegre sacudo mis cascabeles, +y si pudiera convertirme en basilisco, mataría con los ojos á más de uno +de los que me llaman por mucho favor loco... ¡Ah! ¡ah! ¡ah! yo, +estruendo y chacota del alcázar, llevo conmigo un veneno mortal, como +vos en vuestras sátiras regocijadas ocultáis el veneno de un millón de +víboras; sois licenciado y poeta y esgrimidor, y aun muchas cosas más. +Yo no tengo más licencias que las que á disculpa de loco me tomo; yo no +escribo sátiras, pero las hago; yo no empuño hierros, pero mato desde lo +obscuro. Vos sonáis más que yo; vos sois el bufón de todos por estafeta, +y yo soy el bufón del rey por oficio parlante; cuando vos pasáis por +una calle, todos dicen: ¡allá va Quevedo! y se ríen. Cuando yo paso por +las crujías de palacio con mi caperuza y mi sayo de colores, todos +dicen, y no reparan en que al decirlo hablan con el rey más que conmigo: +¡allá va el simple del rey! y... se ríen también; y vos os aprovecháis +de las risas de todos que son vuestra mejor espada, y yo me aprovecho de +las risas de los cortesanos que son mi único puñal. Vos sois enemigo de +los que mandan, y abusan del rey, y servís al duque de Osuna, y os +declaráis por la reina, por ambición, y yo aborrezco á los que vos +aborrecéis y amo á los que vos amáis por venganza. ¿Sabe acaso alguien á +dónde vos vais? ¿sabe alguien á dónde yo voy? ¡oh! y si alguna vez +llegamos al fin de nuestro camino, juro á Dios que no han de reirse más +de cuatro con los desenfados del poeta y con las desvergüenzas del +bufón. + +Quedóse profundamente pensativo Quevedo como si hubiese sentido la +mirada del bufón en lo más recóndito de su alma, y luego levantó la +cabeza, y fijó en Manolillo una mirada profundamente grave y dominadora. + +--Dios sabe á dónde vais vos, á dónde voy yo--dijo--; pero si me +conocéis tanto como decís, saber debéis que, como me cuesta el andar +mucha fatiga, nunca doy pasos en vano. A propósito de las piezas mayores +de palacio, habéisme dicho que la primera es el rey. Os engañáis; pero +como sois hombre de ingenio y de experiencia, quisiera saber el motivo +de vuestro engaño. En esto debe de danzar la Dorotea... vuestra +ahijada... ó vuestra hija, ó vuestra querida... + +Púsose pálido como un difunto el tío Manolillo. + +--¡Pobre Dorotea!--exclamó el bufón. + +--Pobre de vos, que sois un insensato... Allá en San Marcos supe, por +cartas de algunos amigos que se venían sin que nadie las viese á mi +bolsillo, y que yo leía cuando de nadie era visto, supe, repito, que la +Dorotea se había escapado del convento donde la guardábais y se había +metido á cómica; supe además que el duque de Lerma la mantenía, y +alegréme, porque dije: el tío Manolillo será enemigo á muerte de su +excelencia. Ahora medito, y después de meditar, saco en claro: que +siendo la Dorotea amante vendida del duque de Lerma, debe de haber +andado en la venta don Rodrigo Calderón; que siendo don Rodrigo Calderón +lo que es, puede haber habido algo que no gustaría al duque de Lerma si +lo supiese, porque el buen señor es muy vanidoso, muy creído de que lo +merece todo, á pesar de sus años y de sus afeites; que habiendo habido +algo entre vuestra hija y don Rodrigo, vuestra hija habrá tenido celos, +y no habrá encontrado otra mejor que la reina para justificarlo; de modo +que un ministro tonto, un rufián dorado, una mujerzuela semi-pública y +un padre ó amante, ó pariente tal como vos, que tratándose de Dorotea no +sois ya un loco á sueldo, sino un loco de veras, son ó pueden ser la +causa de la deshonra de una noble y digna y casi santa mujer que ha +tenido la desgracia de ser reina de España, cuando el rey de España es +Felipe III. + +--¿No habéis visto entrar en el cuarto de la reina un hombre, don +Francisco? + +--Sí por cierto; y os confieso que tal entrada me pone en confusiones; +como que el hombre que ha entrado en el cuarto de la reina es un mozo +que me interesa mucho y que... os voy á dar un alegrón, tío Manolillo; +pero habéis de pagármelo diciéndome todo lo que sepáis. + +--Si me alegro, os pago. + +--Pues bien, es muy posible que á estas horas don Rodrigo Calderón esté +en la eternidad. + +--¡Dios mío!--exclamó el bufón--. ¡Pero estáis seguro, don Francisco! + +--Lo que sé deciros es que ese mancebo, que sabe lo que se hace cuando +da un golpe, acaba de reñir con él y de tenderle cuando entró en +palacio. + +--¡Ah! ¡ah! ¡han encontrado quien les haga el negocio de balde! + +--Acaso ese pobre muchacho pague muy caro el haber dado al traste con +don Rodrigo Calderón. + +--¿Muy caro? + +--Sí por cierto; como que está enamorado como un loco de la dama por +quien se ha metido en ese lance. + +--¡Esperad! ¡esperad! yo he visto, al entrar ese mancebo en el cuarto de +la reina, su semblante, y no le conozco, aunque me ha parecido encontrar +en él un no sé qué... ¿conocéis á ese mancebo? + +--¡Mucho! + +--¿Y cómo se llama? + +--Juan Martínez Montiño. + +--¡Ah! ¿es pariente del cocinero del rey? + +--Su sobrino carnal, hijo de su hermano. + +--Don Francisco, no merecéis que yo os hable con lisura. + +--¿Por qué? + +--Porque vos no sois conmigo liso y llano. + +--Cogedme en un renuncio. + +--Estáis cogido. + +--¿Por dónde? + +--Por ese mancebo. + +--¿Y por qué? + +--¿Por qué? ¿no decís que es sobrino del cocinero mayor? + +--Así resulta de su partida de bautismo. + +--Las partidas de bautismo se compran. + +Miró Quevedo profundamente al bufón. + +--Pero lo que no se compra es el semblante. + +--¿Qué queréis decir? + +--Digo que sé algo de ese secreto. + +--¿De qué secreto? + +--Estamos jugando al acertijo, hermano Quevedo, á pesar de que nadie nos +escucha. + +--¿Tenéis pruebas? + +--¿De que ese mancebo...? ¡vaya! al verle me acometió una sospecha; pero +cuando me habéis dicho que es hijo de un Montiño... no pude dudar... +como que... ya se ve, estoy en el enredo... + +--¿Acabaremos, hermano bufón? + +--Si, por ejemplo, ese mozo en vez de llamarse Juan Montiño se llamase +don Juan Girón... + +--¡Diablo!--exclamó Quevedo. + +--¡Cómo! ¿no lo sabíais, don Francisco? + +--Algo se me alcanzaba. + +--¿Y sabéis cómo se llamaba su madre? + +--No me lo han dicho. + +--Pues yo voy á decíroslo. + +--Sepamos. + +--La madre se llamaba... y se llama, doña Juana de Velasco, duquesa +viuda de Gandía, camarera mayor de su majestad. + +Abrió enormemente los ojos Quevedo. + +--Y qué hermosa, qué hermosa estaba entonces la duquesa. + +--¿Pero estáis seguro de ello, amigo Manolillo? + +--¡Que si estoy seguro! como lo estaría si, por ejemplo, dentro de +algunos meses la señora condesa de Lemos, después de haber estado mucho +tiempo en la cama á pretexto de enfermedad y en ausencia de su marido, +saliese una noche de Madrid en una litera. + +--¡Ah! ¡ah! ¿y no habéis encontrado para vuestra comparación otra dama +que doña Catalina de Sandoval? + +--Es tan hermosa como lo era en otro tiempo la duquesa de Gandía, tan +viva como ella, y tuvo la fortuna ó la desgracia de encontrarse una +noche á obscuras en El Escorial con el duque de Osuna, como doña +Catalina en el alcázar con... + +--Pero tío Manolillo, vamos á cuentas: ¿vos sois el bufón del rey, ó el +mochuelo del alcázar? + +--De todo tengo. Siempre me han salido al paso los enredos. + +--Como á mí. + +--Si ya os lo dije: nos parecemos mucho. Pero continúo con mi +suposición: supongamos que con tales antecedentes sale una noche la +señora condesa de Lemos en una litera por un postigo de su casa muy +encubierta, y que yo, por casualidad, paso por la calle y veo aquello; +que al ver aquello me acuerdo de lo otro que oí por casualidad, ajusto +la cuenta por los dedos, entro en curiosidad de saber en lo que quedará +la aventura, y me voy detrás de la litera y de los hombres que la +acompañan; que así andando, andando, y recatándome, amparado de una +noche obscura, sigo á la litera por espacio de cinco leguas, y entro +tras ella, recatándome siempre en un lugar... supongamos que aquel lugar +es Navalcarnero; que la litera se para delante de una casa y sale la +condesa de Lemos muy tapada y se obscurece en la casa, cuya puerta se +cierra en silencio; que yo me quedo á la mira, y á las dos noches +después, vacilante y trémula, veo salir de nuevo á la señora condesa muy +tapada, que se mete en la litera, y que la litera sale del pueblo y toma +el camino de Madrid. Que yo me quedo aún en el pueblo, y que á los tres +días se bautiza solemnemente un niño. Aunque me digan frailes franciscos +que aquel niño es hijo de matrimonio, y que es hijo de Juan Lanas y de +su mujer, yo diré siempre, aun cuando pasen muchos años: ese tal no se +llama Juan Lanas, ó no debe llamarse, sino Juan de Quevedo y Sandoval. + +--¡Ah! bribón redomado--exclamó Quevedo--, gato sin sueño, hurón de +secretos; guardad por caridad el que habéis pescado esta noche, que +ridículo fuera negároslo, y decidme por caridad también: ¿era ya pieza +mayor del alcázar cuando en él andaba mi señor, el conde de Lemos? + +--No abundan los Quevedos, hermano, y necesario era uno para que la +buena doña Catalina dejase de ser coto cerrado, como fué necesario todo +un duque de Osuna, con toda su audacia, para que la buena doña Juana de +Velasco añadiese á su descendencia un bastardo. Pero lo gracioso es que +doña Juana de Velasco no sabe quién es el padre de su hijo incógnito; ni +el nombre del dueño de la casa en donde tapada y rebujada la metieron en +Navalcarnero; que, en una palabra, le parece un sueño su encuentro con +un hombre audaz en una galería del palacio del Escorial, á punto que por +un celo exagerado iba á avisar á la infanta doña Catalina, de que +acababa de llegar un jinete con la nueva de que el mar y los vientos +habían vencido á la armada _Invencible_; un soplo malhadado mató la +bujía de que iba armada la duquesa, y el duque de Osuna, que acudía al +lado del rey, que estaba en el coro, se dió un tropezón con ella. De +modo que, si el viento no destruye á la _Invencible_, y si otro soplo de +viento no mata la luz de doña Juana de Velasco, Juan... Montiño no +existiría. + +--Y si vos no estuviérais en todas partes, no sabríais ese secreto +endiablado de hace veintidós años, ni este otro secreto reciente... Os +pido por caridad, hermano bufón, que calléis, que calléis como habéis +callado acerca del secreto de la duquesa... y como nos embrollamos y nos +revolvemos, bueno será que volvamos á buscar el hilo. Decíamos... + +--Justo, decíamos á propósito de si el rey era pieza mayor ó menor... + +--A propósito de eso habíamos ido á dar en don Rodrigo, y á propósito de +don Rodrigo, en ese mancebo que ha entrado secretamente en el cuarto de +la reina. Decíamos, ó decía yo, que está enamorado como un loco de la +dama que le ha metido en el lance; pero él no conoce á esa dama... + +--¿Que no la conoce y está enamorado? + +--Cosas de mozos; se ha enamorado á bulto. + +--Pues mirad: ha acertado en enamorarse, porque eso tiene ahorrado para +cuando la vea el semblante. + +--¿Pero quién es ella? ¿habremos tropezado con otra pieza mayor? + +--No por cierto; se trata de una doncella que, á pesar de su hermosura, +nunca ha tenido novio. + +--El nombre, tío Manolillo, el nombre. + +--Doña Clara Soldevilla. + +--La hermosa, la hermosísima hija, digo, si en los dos años que no la +veo no la han dado viruelas, la matadora de corazones, engendrada por el +buen Ignacio Soldevilla. ¿Y dónde está su padre? + +--En Nápoles con el duque de Osuna. + +-¡Ah! ¡diablo! ¡diablo! paréceme que si los muchachos se quieren, +podremos tener boda; pero maravíllame que doña Clara, que no le ha +conocido hasta esta noche... + +--Aquí debe de haber algo... y algo grave--dijo el tío Manolillo--, en +lo que acaso yo no tenga poca parte. + +--Explicáos por Dios, hermano. + +--Explícome, y para explicarme pregunto: ¿dónde ha visto á don Juan +Girón?... + +--Juan Montiño, hermano, Juan Montiño. + +--Bien, ¿dónde ha visto Juan Montiño á doña Clara? + +--En la calle. + +--¡En la calle! + +--Amparóse de él al verse perseguida por don Rodrigo Calderón. + +--¡Ah, me parece que voy trasluciendo! ¿Y dónde llevó doña Clara á +Montiño? + +--Callejeóle de lo lindo, largóse, y le metió en un lance de estocadas +con don Rodrigo. + +--De cuyo lance... + +--No por cierto... contentóse con desarmarle y se fué á buscar á su tío +postizo á casa del duque de Lerma. + +--¿Y cuándo hirió ó mató ese joven á don Rodrigo? + +--Eso es después. + +--¿Y cómo sabéis vos...? + +--Encontréle en casa del duque de Lerma, á donde yo iba en busca del +cocinero mayor, y le metí en la casa. Pero en la puerta me encontré +antes de hablar con Montiño... ¿á quién diréis que me encontré?... + +--No adivino. + +--A Francisco de Juara. + +--Lacayo y puñal de don Rodrigo Calderón... ¡ah! ¡ah! ¡hermano Quevedo, +y qué conocimientos tenéis! + +--El conocer no pesa. Francisco de Juara me contó lo que había +acontecido á su señor con Juan Montiño, y Juan Montiño se alegró mucho +en hallarme y yo de hallarle y... pero vamos al secreto. Yo iba á casa +del duque de Lerma con una carta de la duquesa de Gandía para el duque, +que me había dado la condesa de Lemos, con quien tropecé cuando iba al +alcázar en busca del cocinero mayor... de modo que, válame Dios y qué +rastra suelen traer las cosas; ahora se me ocurre que el buen rey don +Felipe el II tiene la culpa de mi encontrón con la condesa de Lemos. + +--¡Pardiez, no atino! + +--Ciertamente; si al rey don Felipe no se le hubiera ocurrido armar la +_Invencible_ y enviarla á saludar á la reina de Inglaterra, la tempestad +no hubiera deshecho la armada; no hubiera ido un jinete al Escorial á +dar al rey la nueva del fracaso; la duquesa de Gandía no hubiera ido al +cuarto de la infanta doña Catalina, ni el duque de Osuna al coro en +busca del rey; no se hubieran encontrado, pues, á obscuras duquesa y +duque; no hubiera nacido Juan, y no existiendo Juan, al soltarme de San +Marcos me hubiera yo ido á Nápoles en vez de venirme á Madrid, y no me +hubiera encontrado con la buena, buenísima hija del duque de Lerma: ni +ella me hubiera dado la carta de la camarera mayor para su padre, ni por +consecuencia, hubiera yo encontrado en el zaguán del duque á Juan +Montiño, ni hubiera salido por el postigo de la casa del duque después +de haber hablado con su excelencia, ni hubiera encontrado á Juan +Montiño, que me acometió equivocándome con don Rodrigo, á quien esperaba +para matarle, y si yo no hubiera estado allí cuando don Rodrigo salió, +Juan Montiño muere; porque Francisco de Juara, que guardaba las espaldas +á don Rodrigo, no se hubiera encontrado con mi espada, hubiera dado un +mal golpe por detrás á nuestro mancebo, mientras don Rodrigo le +entretenía por delante. De modo que puede decirse que si el rey don +Felipe no envía á la _Invencible_ contra Inglaterra, no sucede nada de +lo gravísimo que ha sucedido esta noche. + +--Desenmarañemos este enredo, y pongámosle claro para dominarle, hermano +Quevedo. Decís vos que ese mancebo entró en casa del duque de Lerma +amparado de vos, y pudo ver á su tío. + +--Eso es. + +--Que después encontrásteis á ese mozo al salir por el postigo del duque +esperando á don Rodrigo para matarle. + +--Verdad. + +--Ahora bien; ¿por qué quería matar ese mozo á don Rodrigo?--repuso el +bufón. + +--Porque decía había comprometido el honor de una dama. + +Quedóse profundamente pensativo el bufón, como quien reconcentra todas +sus facultades para obtener la resolución de un misterio. + +--¡El cocinero mayor de su majestad--dijo el bufón--, es usurero! + +--¿Qué tiene que ver ese pecado mortal de Francisco Montiño para nuestro +secreto? + +--Esperad, esperad. El señor Francisco Montiño se vale para sus usuras, +de cierto bribón que se llama Gabriel Cornejo. + +--Veamos, veamos á dónde vais á parar. + +--Me parece que voy viendo claro. Ese Gabriel Cornejo, que á más de +usurero y corredor de amores, es brujo y asesino, sabe por torpeza mía +un secreto. + +--¡Un secreto! + +--Sabe que yo quiero ó quería matar á don Rodrigo Calderón. Sabe además +otro secreto por otra torpeza de Dorotea, esto es, que don Rodrigo +Calderón tiene ó tenía cartas de amor de la reina. + +--¡Tenía! ¡Tenía!--dijo con arranque Quevedo--. Decís bien, tío +Manolillo, decís bien, vamos viendo claro; ya sé, ya sé lo que Juan +Montiño buscaba sobre don Rodrigo Calderón cuando le tenía herido ó +muerto á sus pies. Lo que buscaba ese joven eran las cartas de la reina; +para entregar esas cartas era su venida á palacio, para eso, y no más +que para eso, ha entrado en el cuarto de su majestad. + +--Pues si ese caballero ha entregado á la reina esas cartas, y don +Rodrigo Calderón no muere... ¿qué importa que muera don Rodrigo...? +siempre quedarán el duque de Lerma, el conde de Olivares, el duque de +Uceda, enemigos todos de su majestad; si esas terribles cartas han dado +en manos de su majestad, ésta se creerá libre y salvada, y apretará sin +miedo, porque es valiente y la ayuda el padre Aliaga... + +--Y la ayudo yo... + +--Y yo... y yo también... pero... son infames y miserables, y la reina +está perdida... está muerta.. + +--¡Muerta! ¡Se atreverán! y aunque se atrevan... ¿podrán...? + +--Sí, sí por cierto; y para probaros que pueden, os voy á nombrar otras +de las piezas mayores que se abrigan en el alcázar. + +--¡Ah! ¡Otra pieza mayor! + +--Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey. + +--¡Ah! ¡También el buen Montiño! + +--Lo merece por haber inventado el extraño guiso de cuernos de venado +que sirve con mucha frecuencia al rey. + +--Contadme, contadme eso, hermano. ¡Enredo más enmarañado! ¡Y no sé, no +sé cómo se ha atrevido, porque su difunta esposa...! + +--La maestra de los pajes... + +--¡Y qué oronda y qué fresca que era! ¡Y qué aficionada á los buenos +bocados! + +--Y creo que el bueno del cocinero hubo de notar que había ratones en la +despensa; pero no dió con el ratón. + +--Y ya debe estar crecida y hermosa Inesita. + +--¡Pobre Montiño...! + +--Hereje impenitente... pero sepamos quién es ahora el ratón de su +despensa. + +--No es ratón, sino rata y tremenda... el sargento mayor, don Juan de +Guzmán. + +--¿El que mató al marido de cierta bribona á quien galanteaba, y partió +con ella los doblones que el difunto había ahorrado, por cuyo delito le +ahorcan si no anda por medio don Rodrigo...? + +--El mismo. + +--Ha mandado don Rodrigo á ese hurtado á la horca que enamore á la mujer +de Francisco Montiño... + +--Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su +majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra +cacerolas. + +--No creí, no creí que llegase á tanto el malvado ingenio de don +Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Alégrome de +haberos encontrado, amigo bufón, porque Dios nos descubre marañas que +deshacer... y las desharemos ó podremos poco. Pero contadme, contadme: +¿en qué estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor +cocinera? + +El tío Manolillo no contestó; había levando la cabeza, y puéstose en la +actitud de la mayor atención. + +--¿Qué escucháis?--dijo Quevedo. + +--¡Eh! ¡Silencio!--dijo el bufón levantándose de repente y apagando la +luz. + +--¿Qué hacéis? + +--Me prevengo. Procuro, que si miran por el ojo de la cerradura de la +otra puerta no vean luz bajo ésta. Es necesario que me crean dormido; +necesitan pasar por delante de mi aposento y me temen. Pero se acercan. +Callad y oíd. + +--Quevedo concentró toda su vida, toda su actividad, toda su atención en +sus oídos, y en efecto, oyó unas levísimas pisadas como de persona +descalza, que se detuvieron junto á la puerta del bufón. + +Durante algún espacio nada se oyó. Luego se escucharon sordas y +contenidas las mismas leves pisadas, se alejaron, se perdieron. + +--¿Es él?--dijo Quevedo. + +--El debe ser; pero el cocinero mayor... ¿cómo se atreve ese hombre?... + +--Francisco Montiño no está en Madrid esta noche. + +--¡Ah! ¿pues qué cosa grave ha sucedido para que deje sola su casa? + +--Según me ha dicho su sobrino postizo, ha ido á Navalcarnero, donde +queda agonizando un hermano suyo. + +--¡Oh! entonces el que ha pasado es el sargento mayor Juan de Guzmán. + +Y el bufón se levantó y abrió la ventana de su mechinal. + +--¿Qué hacéis, hermano? cerrad, que corre ese vientecillo que afeita. + +--Obscuro como boca de lobo--dijo el bufón. + +--¿Y qué nos da de eso? + +--Y lloviendo. + +--Pero explicáos. + +--¿Queréis ver al ratón en la ratonera junto al queso? + +--¡Diablo!--dijo Quevedo--. ¿Y para qué? + +Y después de un momento de meditación, añadió: + +--Si quiero. + +--Pues quitáos los zapatos. + +--¿Para salir al tejado? + +--No tanto. Por aquí se sale á las almenas viejas, y por las almenas se +entra en los desvanes, y por los desvanes se va á muchas partes. Por +ejemplo, al almenar á donde cae la ventana del dormitorio del cocinero +de su majestad. + +--Pues no hay que preguntarme otra vez si quiero--dijo Quevedo +quitándose los zapatos. + +--No dejéis aquí vuestro calzado, porque saldremos por otra parte. + +--Ya sabía yo que érais el hurón del alcázar. + +--Como me fastidio y sufro y nada tengo que hacer, husmeo y encuentro, y +averiguo maravillas. ¿Estáis listo ya, don Francisco? + +--Zapatos en cinta me tenéis, y preparado á todo. + +--No os dejéis la linterna. + +--¿Qué es dejar? Nunca de ella me desamparo; cerrada encendida la +llevo, y haciendo compañía á mis zapatos. ¿Estáis vos ya fuera? + +--Fuera estoy. + +--Pues allá voy y esperadme. Eso es. ¿Y sabéis que aunque viejo no +habéis perdido las fuerzas? Me habéis sacado al terrado como si fuera +una pluma. Estas piernas mías... parece providencia de Dios para muchas +cosas el que yo no pueda andar de prisa ni valerme. + +--Dadme la mano. + +--Tomad. + +--Estamos en los desvanes. + +--Mi linterna me valga. + +--Nos viene de molde, porque estos desvanes son endiablados. + +--_Fiat lux_--dijo Quevedo abriendo la linterna. + +Encontrábanse en un desván espacioso, pero interrumpido á cada paso por +maderos desiguales. El bufón empezó á andar encorvado y cojeando por +aquel laberinto. + +De repente se detuvo y enseñó un boquerón á Quevedo. + +--¿Y qué es eso?--dijo don Francisco. + +--Esto es una providencia de Dios. + +--Más claro. + +--Eso era antes un tabique. + +--¿Y ocultaba algo bueno? + +--Una escalera de caracol. + +--¿Y á dónde va á parar esa escalera? + +--A muchas partes, entre ellas á la cámara del rey y de la reina, y á +las cuevas del alcázar. + +--¿Y cómo dísteis con ese tesoro, hermano? + +--Buscando un gato que se me había huído. + +--Sois el diablo familiar del alcázar. + +--Sigamos adelante, que luego volveremos por aquí. + +--Sigamos, pues. + +Anduvieron algún espacio. + +--Dadme la mano y cerrad la linterna. + +--¿Hemos llegado? + +--Estamos cerca. + +--_Fiant tenebræ_--dijo Quevedo cerrando la linterna. + +--Ahora venid; venid tras de mí en silencio y veréis y oiréis. + +Zumbaba el viento, llovía, y el viento y la lluvia y la obscuridad de la +noche protegían á los dos singulares expedicionarios. + +[imagen: ¿Y qué es eso?] + +Marchaban entre un tejado y un almenar. + +De repente el bufón asió á Quevedo, y le volvió sobre su derecha. + +Entonces Quevedo vió frente á él una ventana, y por algunos agujeros de +ésta el reflejo de una luz en el interior. + +Quevedo acercó su semblante y pegó sus antiparras á uno de aquellos +agujeros, y el bufón á su lado, se puso asimismo en acecho. + +En aquel mismo punto dió el reloj del alcázar las tres de la mañana. + + + + +CAPÍTULO XV + +DE LO QUE VIERON Y OYERON DESDE SU ACECHADERO QUEVEDO Y EL BUFÓN DEL REY + + +Un hombre se paseaba en una habitación muy pequeña y harto humildemente +alhajada. + +Una estera de esparto, algunas sillas, una mesa sobre la que ardía una +lamparilla delante de una Virgen de los Dolores, pintada al óleo, y +algunas estampas en marcos negros sobre las paredes blancas, componían +todo el menaje de aquella habitación. + +Al fondo había una puerta cubierta con una cortina blanca. + +Sentada en una silla, junto á una mesa, apoyado en ella un brazo, y en +la mano la cabeza, había una mujer joven y hermosa, pero triste, +pensativa y á todas luces contrariada. + +Esta mujer era Luisa, la esposa del cocinero mayor de su majestad. + +Blanca, blanquísima, pelinegra y ojinegra, gruesecita, de mediana +estatura, si no se descubría en ella esa distinción, esa delicadeza que +tanto realza á la hermosura, no podía negarse que era hermosa, muy +hermosa, pero con una hermosura plebeya, permítasenos esta frase. + +Había en ella sobra de vida, sobra de voluntad, violencia de pasiones, +disgusto profundo de su suerte, todo esto representado y como +estereotipado en su semblante. Estaba, como dijimos anteriormente, +encinta de una manera abultada, y vestía sencilla, más que sencilla, +miserablemente. + +El hombre que se paseaba en la habitación y hablaba casi por monosílabos +y lentamente con Luisa, era un hombre alto, fornido, soldadote en el +ademán, en el traje y en la expresión, con cabellera revuelta, frente +cobriza, ojos negros, móviles y penetrantes, mejillas rubicundas y +grandes mostachos retorcidos. Vestía una gorra de velludo con presilla +de acero, un coleto de ante, cruzado por una banda roja, una loba +abierta de paño burdo que dejaba ver el coleto, la banda y un ancho +talabarte de que pendía una enorme espada, unas calzas rojas imitadas á +grana, y unos zapatos altos. + +Este hombre, en el conjunto, podía llamarse buen mozo, uno de esos +Rolandos lo más á propósito para volver el seso á ciertas mujeres que +pertenecían á cierta clase media, despreciadoras de gente menuda, que no +podían aspirar á los amores de los caballeros de alto estado, y que se +contentaban y aun se daban por dichosas con los amores de hidalgos del +porte y talante del sargento mayor don Juan de Guzmán, que era el hombre +que hemos descrito, que se paseaba en el profanado dormitorio de +Francisco Montiño y que hablaba por monosílabos con su mujer. + +--Es preciso... pues... sí... de otro modo...--decía este hombre cuando +el bufón y Quevedo se pusieron en acecho. + +Tembló toda Luisa. + +--Ha sido herido, casi muerto--añadió el soldadote. + +--Pero yo... + +--Sí; tú no tienes la culpa de que don Rodrigo Calderón haya tenido un +mal encuentro, pero esto me impide pasar la noche á tu lado. + +--¿Tienes miedo?--dijo Luisa. + +--¡Miedo! ¿Y de qué?--dijo Guzmán--; es cierto que todo marido, aunque +sea tan ruin y tan cobarde como el tuyo, es respetable; no sé qué tienen +los maridos; pero cuando él llama por allá yo escapo por ahí. + +Y el sargento mayor señaló la ventana. + +--Bueno es saberlo--dijo para sí Quevedo, probando si su daga salía con +facilidad de la vaina. + +--Me alegro por otra parte de que el bueno de Montiño haya tenido que ir +á ver á su hermano. Tenía que hablarte. + +--Yo también. Desde el día en que te vi estoy sufriendo, Juan. Primero, +porque te amé, luego... porque cuando te amé conocí lo horrible que era +estar unida para toda la vida con un marido como el mío. Hace seis meses +que te escuché, y poco menos tiempo que te recibí en esta habitación por +primera vez. La vida se me hace insoportable, Juan. Yo no puedo vivir +así. Se pasan semanas y aun meses sin que podamos hablar... me veo +obligada á contentarme con verte cruzar allá abajo por lo hondo del +patio paseando con ese eterno amigo tuyo de quien tengo celos... me +parece que le quieres más que á mí, que á mí me tomas por +entretenimiento. + +--¡Dios de Dios!--exclamó el sargento mayor, atusándose el mostacho y +parándose delante de Luisa, el un pie adelante, afirmando el cuerpo en +el otro y la mano en la cadera; ¿pues por qué, buena moza, no estoy yo +ahora en Nápoles? + +--¿Qué diablos tendrá que hacer este tunante en Nápoles?--pensó +Quevedo--; oigamos, y palabras al saco. + +--Es que si tú te fueras y no me llevaras, yo moriría de pesar. + +--Descuida, descuida, paloma mía--dijo volviendo á su paseo el +soldado--, que en concluyendo cierta empresa que tenemos acá entre +manos, iremos á Nápoles á concluir otra. Tú no sabes bien con qué hombre +tratas y qué hombres tratan con él. + +--Lo que es el que pasa contigo por los corredores bajos de palacio no +me gusta nada--dijo Luisa--, tiene el mirar de traidor. + +--¡Ah! ¡Agustín de Avila, el honrado alguacil de casa y corte! Pues +mira, él no dice de ti lo mismo. Sólo se le ocurre un defecto que +ponerte. + +--Me importa poco. + +--Maravíllase mi amigo de que teniendo por amante un hombre tal como yo, +puedas vivir al lado de un marido tal como el tuyo. + +--¿Y qué le he de hacer? + +--Ya te lo he dicho... + +--¡Oh! ¡nunca!... ¡nunca!... ¡qué horror!--exclamó Luisa. + +--Pues será necesario que renuncies á verme. + +--¡Juan!--exclamó Luisa, cuyos ojos se llenaron de lágrimas. + +--Preciso de todo punto: las cosas se ponen de manera que no se puede +pasar más adelante. ¿No oyes que esta noche la reina ha salido á la +calle? + +--¡Oh! no, eso no puede ser. + +--¿Que la amparaba un hombre desconocido?... + +--¡Dios mío! ¿pero qué tengo yo que ver con todo eso? + +--Que ese hombre ha herido malamente á don Rodrigo Calderón. + +--¿Y á ti qué te importa? + +--Luisa, todo lo que soy, lo debo á don Rodrigo. + +--Bueno es ser agradecidos, pero cuando no nos piden imposibles. + +--Nada hay imposible cuando se ama. + +--Don Rodrigo no puede pedirte tanto. + +--Debo á don Rodrigo el no haber dado en la horca. + +--¡En la horca tú! ¿y por qué? + +--Por una calumnia. Pero tal, que si no hubiera mediado don Rodrigo... + +--¿Y qué te cargaron? + +--¡Bah! ¡poca cosa! Haber envenenado al marido de una querida mía. + +--¿Y eso es verdad?--dijo estremeciéndose Luisa. + +--Ni por asomo; pero como yo era amigo del marido y entraba en la casa +aun cuando él no estaba, y la mujer era una moza garrida, y un día +amaneció muerto el marido, y dieron en decir los que le vieron que tenía +manchas en el rostro... + +--¿Y eso era verdad? + +--Pudo serlo, pero no lo era. Pues tanto dijeron y murmuraron y hubo +tantos que supusieron que yo era el causante de aquella muerte, que +dieron con los dos, con ella y conmigo, en la cárcel. + +--¡Dios mío! + +--Ella murió. + +--¿La ajusticiaron? + +--Tanto da, porque la pusieron al tormento y no pudo resistir. + +--¡Dios mío! ¿Y á ti no te atormentaron? + +--Sí, pero el alcalde y el escribano eran amigos; mejor: les había +hablado don Rodrigo, y aun más que hablado, y lo del tormento quedó en +ceremonia. Dos meses después estuve libre y salvo y declarada mi +inocencia, y para satisfacerme, de capitán que era de la guardia +encarnada, hízome su majestad, por los buenos oficios del duque de +Lerma, á quien don Rodrigo había dicho mucho bien mío, sargento mayor de +la guardia española: mira, pues, si estoy obligado á servir á don +Rodrigo. + +--¡Juan! ¡Juan! ¡por Dios! no me obligues á lo que yo no quiero hacer. + +--¿Pero á ti qué te importa? Toda la culpa caerá sobre tu marido. + +--¡Y si le ahorcaran inocente!... ¡no y no! + +--Pues bien, no me volverás á ver. + +--No, tampoco. + +--¿En qué quedamos, pues? ¿no te digo que estoy haciendo falta en +Nápoles? + +--Echad abajo la ventana con vuestras fuerzas de toro, hermano--dijo +rápidamente Quevedo al oído del bufón. + +--Paciencia y calma, y dejemos que corra el ovillo--dijo el bufón. + +Una ráfaga de viento arrastró las palabras de Quevedo y del tío +Manolillo. + +Habíase distraído Quevedo, y cuando volvió á mirar, vió que don Juan de +Guzmán mostraba á Luisa un objeto envuelto en un papel, sobre el cual +arrojó una mirada medrosa Luisa. + +--No, no--repitió la joven--. ¡Qué horror! + +--Pues bien--dijo el sargento mayor guardando el papel con una horrible +sangre fría--, no hablemos más de eso. Adiós. + +Y se dirigió á la puerta. + +--No, no--dijo Luisa arrojándose á su cuello--, lo pensaré. + +--Pues bien, piénsalo y... si te resuelves, pon por fuera de la ventana +un pañuelo encarnado. + +--Bien, sí, ¿pero te vas? + +--Es preciso, preciso de todo punto; no puedo detenerme ni un momento. +No sabes, no sabes lo que sucede. + +--¡Oh, Dios mío! ¡y sabe Dios cuándo podremos volvernos á ver! + +--Cuando volvamos á vernos será para no separarnos. Pero adiós, adiós, +que estoy haciendo falta en otra parte. + +-¿Dónde hará falta este pícaro?--dijo Quevedo. + +Oyóse entonce un beso dentro de la habitación. Cuando miró Quevedo de +nuevo por los agujeros, ni Luisa ni don Juan de Guzmán estaban en la +estancia. + +--Nada tenemos que hacer ya aquí--dijo el tío Manolillo. Yo lo +sospechaba, pero no había creído que se diesen tanta prisa. ¿Y no haber +muerto ese infame de don Rodrigo? ¿tenía acaso las manos de lana el +bastardo de Osuna? Pues no, cuando su padre daba un golpe no le daba en +vano. + +--Desengañáos, desengañáos, hermano Manolillo--dijo Quevedo--: hay +hombres que tienen siete vidas como los gatos. + +Y volvióse bruscamente hacia el almenar, y poniendo en él las manos, +exclamó con ronca voz entre las tinieblas: + +--¡Ah! ¡infame alcázar, cueva de la tiranía, almacén de pecados, arca de +inmundicias, maldígate Dios, maldígate como yo te maldigo! + +--¡Oh!, sí, maldiga Dios estos alcázares de la soberbia, donde sólo se +respira un aire de infamia--exclamó el bufón. + +--Un día soplará viento de venganza, y estos alcázares serán barridos +como las hojas secas--murmuró con acento profético Quevedo--. Pero hasta +entonces, ¡cuánto crimen, cuánta sangre, cuántas lágrimas! + +--Habéis visto lo alto del alcázar, hermano don Francisco, y voy á +llevaros á que veáis lo bajo. Seguidme. + +--En buen hora sea, vamos á sorprender al alcázar en otra hora mala. + +--Llegamos á los desvanes; bajad la cabeza, hay cinco escalones. + +Poco después añadió el bufón: + +--Abrid la linterna. Voy á llevaros á la cámara de la reina. + +--Vamos, hermano, vamos, y que Dios nos tome en cuenta esta aventura +gatuna, y el no haberla dado buena de esa infame adúltera y de ese +rufián asesino. + +--No hubiera sido prudente matar á don Juan de Guzmán; hubiera sido +romper una de las cien manos de que se valen los traidores, y nada más; +les sobrarían medios de llevar á cabo sus proyectos, de modo que acaso +no podríamos conocerlos y estar á punto para destruirlos. Confiad en mí, +que ni duermo ni reposo, que estoy siempre alerta, y que como decís muy +bien, soy el mochuelo del alcázar, y que contando con vos, don +Francisco, nada temo. Don Rodrigo se nos escapa; pero juro á Dios, que +como el diablo no le ayude... + +--Diablo y aun diablos debe tener al lado, cuando esta noche no ha dado +con él al traste el bravo Juan Montiño. Pero dejad, dejad, yo tengo una +espada tal y tan maestra que ella sola se va á donde conviene y no toca +á un hombre que no le mate. Pero si no me engaño, estamos en el negro +boquerón que vos encontrásteis tapiado cuando buscábais á vuestro gato. + +--Y providencia de Dios fué que se me ocurriera destapiarle, porque yo +me dije: detrás de ese tabique debe haber algo, algo que yo no conozco, +y eso que me son familiares todos los escondrijos del alcázar: como que +he nacido en él, y en él he pasado los cincuenta años de mi vida. +Destapé y hallé con alegría lo que nadie conoce más que yo, y lo que +vos vais á conocer. Entremos. + +Dirigiéronse al negro boquerón, y Quevedo se encontró en lo alto de unas +polvorientas escaleras de piedra, y tan estrecho el caracol, que apenas +cabía por él una persona; aquella escalera estaba abierta, sin duda, en +el grueso muro. + +Empezaron á descender. + +Quevedo contaba los escalones. + +A los ochenta, el bufón tomó por una estrecha abertura abovedada. + +La escalera continuaba. + +--Por aquí--dijo el bufón. + +Y siguió por el pasadizo. + +A los cien pasos abrió una puerta, y siguió por el mismo pasadizo, que +se ensanchaba algo más. + +A los pocos pasos se detuvo junto á una puerta situada á la izquierda. + +--Mirad--dijo á Quevedo--: esta puerta secreta corresponde al dormitorio +de su majestad. + +--¡Ah!, ¿y para qué os detenéis? ¿qué vamos á hacer en el dormitorio de +la reina? + +--Mirad, mirad, y veréis algo que os asombrará. + +--¿Y cómo miro? ¿creéis acaso que yo tengo la virtud de ver á través de +las paredes, como al través del vidrio de mis antiparras? + +--Yo, para observar, he abierto dos agujeros pequeños. Helos aquí. + +--¡Ah! ¡famosa catalineta real!--dijo Quevedo arrimando sus espejuelos á +las dos pequeñas perforaciones que le había mostrado el bufón. + +--¡Jesucristo!--exclamó Quevedo en voz muy baja--: ¿sera verdad lo que +me habéis dicho acerca de ser pieza mayor el rey? En el lecho de la +reina, más allá de ella, á quien da la luz de la lámpara sobre el bello +semblante dormido, hay un bulto. Y en un sillón junto al lecho, vestidos +de hombre. + +--Y un rosario de perlas. + +--¡Ah! ¡es el rey! + +--¿Pues quién otro pudiera ser, ahí, en ese dormitorio y en ese lecho? + +--¡Maravilla! ¡milagro! ¡y la reina parece feliz y satisfecha, sonríe á +sus sueños! + +--Guárdela Dios á la infeliz--dijo el bufón--; pero sigamos. + +--Duerman en paz sus majestades--dijo Quevedo siguiendo al bufón. + +Este se detuvo un poco más allá. + +--Aquí hay otra puerta--dijo--, y en ella otros dos agujeros. Mirad. + +--¡Ah!--dijo Quevedo mirando--, ¡ah corazón mío! ¡guarda, guarda y no +latas tan fuerte, que te pueden oír! + +--¿Qué veis, que murmuráis, don Francisco? + +--Veo á la condesa de Lemos que vela... y que llora. + +--¡Ah! ¿y no se os abre el corazón? + +--Abriera yo mejor esta puerta. + +--No quedará por eso si queréis; pero luego: seguidme y veréis más. + +--¿Y qué más veré? + +--Habéis visto á la hija llorando; y es muy posible que veáis al padre +rabiando. + +--¿Y qué hace en el alcázar su excelencia? + +--Ha venido á ver al rey y no le ha encontrado en su cámara: le han +dicho que el rey está en la cámara de la reina, y si se le ha puesto +saber hasta qué hora están juntos sus majestades, se habrá quedado sin +duda en la cámara real; pero hablemos bajo no sea que nos oigan. + +--Para no ser oídos, lo mejor es ser callados. + +--Aquí--dijo con acento imperceptible el bufón, señalando otra puerta y +en ella otros dos agujeros. + +El bufón no se había engañado: el duque de Lerma velaba en la cámara +real; pero no estaba solo. + +En el momento en que se puso en acecho Quevedo, un ujier acababa de +introducir en la cámara á un hombre vestido de negro á la usanza de los +alguaciles de entonces: era alto y seco, de rostro afilado, grandes +narices, expresión redomada y astuta, y parecía tener un doble miedo por +el lugar en que había entrado, y por la persona ante quien se +encontraba. + +--¿Tú eres Agustín de Avila, alguacil de casa y corte?--dijo el duque. + +--Humildísimo siervo de vuecencia--dijo el corchete mientras Quevedo +apuntaba en el libro de su memoria el nombre y la catadura del +preguntado. + +--¿Has visto á don Rodrigo Calderón que está herido en mi casa? + +--Sí, señor. + +--Te habrá dado instrucciones. + +--Y las he cumplido, señor; sé quién es el delincuente, ó por mejor +decir, los delincuentes. + +--Yo debí de haber matado á Francisco de Juara--pensó Quevedo--; á veces +la caridad es tonta, estúpida. Acúsome de necio: encerrado me doy. + +El alguacil entre tanto sacaba un mamotreto de entre su ropilla. + +--He aquí las diligencias de la averiguación de ese delito, +excelentísimo señor--dijo el corchete. + +--Diligencias que habréis hecho vos solo, sin intervención de otra +persona alguna. + +--Sí, señor. + +--Leed. + +--«Yo, Agustín de Avila...» + +--Adelante. + +«...llamado por su señoría el señor conde de la Oliva...» + +--Adelante, adelante. + +«...encontré á su señoría herido malamente...» + +--Al asunto. + +«...Preguntado Francisco de Juara, lacayo del señor conde de La Oliva +dónde había estado esta noche desde su principio y con qué personas +había hablado, dijo: que al principio de la noche, su señor le mandó +seguir á un embozado; que habiéndole seguido, el embozado se entró en el +zaguán de las casas que en esta corte tiene el excelentísimo señor duque +de...» + +--Adelante. + +«...Que los porteros no dejaron entrar al embozado, que se sentó en el +poyo del zaguán. Que el declarante se puso á esperarle; que á poco entró +en el zaguán don Francisco de Quevedo y Villegas...» + +--¡Ah!--dijo el duque. + +--¡Pecador de mí!--murmuró Quevedo. + +«...Que el embozado á quien el declarante vigilaba, habló con don +Francisco, y que amparado por éste, dejáronle subir los porteros; que el +que declara, se quedó esperando; que bien pasadas dos horas, el mismo +embozado que había entrado en casa del señor duque, salió acompañado del +señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, y que +entrambos rodearon la manzana, y se detuvieron junto al postigo de la +casa de su excelencia, donde estuvieron hablando algún espacio, después +de lo cual, el cocinero mayor partióse, y el embozado se quedó escondido +en un zaguán frente al postigo de la citada casa de su excelencia. Que +el declarante se quedó observándole á lo lejos. Que algún rato después +se abrió el postigo de la casa del duque y salió un hombre sobre el cual +se arrojó á cuchilladas el embozado que estaba escondido; que á poco las +cuchilladas cesaron y el embozado y el otro se dieron las manos, +hablaron al parecer como dos grandes amigos, y se escondieron en el +zaguán. Que transcurrida bien una hora, se abrió otra vez el postigo y +salió un hombre, en quien el declarante conoció, á pesar de lo obscuro +de la noche, por el andar, á su señor don Rodrigo Calderón; que apenas +don Rodrigo había andado algunos pasos cuando fué acometido, y que +queriendo ir el declarante á socorrerle, como era de su obligación, se +encontró con el otro hombre, que le esperaba daga y espada en mano, y en +quien á poco tiempo conoció á don Francisco de Quevedo. Que siendo el +don Francisco, como es notorio, muy diestro, y muy bravo, y muy +valiente, y viendo el declarante que no podía socorrer á su señor, tomó +el partido de ir á buscar una ronda, y huyó dando voces. Que á las pocas +calles encontró un alcalde rondando, y que por de prisa que llegaron al +lugar de la riña, encontraron á los delincuentes huidos y al señor don +Rodrigo mal herido y desmayado y abierta la ropilla como si hubiese sido +robado, rodeado de los criados del señor duque de Lerma, que habían +acudido con antorchas; que trasladaron al señor don Rodrigo á la casa +del señor duque, y puesto en un lecho y llamado un cirujano, el alcalde +tomó declaración indagatoria bajo juramento apostólico al declarante; y +á los criados del duque.» Esta, excelentísimo señor, es la declaración +de Francisco de Juara tomada por mí, y á cuyo pie el declarante ha +puesto una cruz por no saber firmar. + +El duque de Lerma se levantó y se puso á pasear hosco y contrariado á lo +largo de la cámara. + +--¿Y no hay más que eso?--dijo después de algunos segundos de silencio. + +--Sigue la diligencia de haber buscado al cocinero mayor del rey y de no +haberle encontrado. + +--¿Pues dónde está Montiño? + +--Según declaración de su mujer, Luisa de Robles, ha partido á +Navalcarnero, á donde decía haber ido su esposo á causa de estar +muriendo un hermano suyo. Preguntada además si sabía que acompañase +alguien á su marido, contestó que no: pero que podrían saberlo los de +las caballerizas, porque siempre que Montiño hace un viaje, lo hace +sobre cabalgaduras de su majestad. Luisa Robles puso una cruz por no +saber firmar al pie de su declaración. + +--Iríais á las caballerizas. + +--Ciertamente, señor, y tomando indagaciones, supe que el señor Montiño +había partido solo con un mozo de espuela. Y como sabía las señas del +embozado, esto es, sombrero gris, capa parda y botas de gamuza, supe que +aquel hombre había llegado aquella tarde en un cuartago viejo que me +enseñaron en las caballerizas, donde le había mandado cuidar el señor +conde de Olivares, caballerizo mayor del rey. + +--¡Cómo! ¿conoce don Gaspar de Guzmán al que ha dado de estocadas á don +Rodrigo?--dijo Lerma hablando más bien consigo mismo que con el +alguacil. + +--No; no, señor; pero el incógnito había tenido una disputa con un +palafranero á propósito de su viejo caballo, había querido zurrarle, +sobrevinieron el señor conde de Olivares y el señor duque de Uceda, y el +desconocido se descargó diciendo que era sobrino del cocinero mayor de +su majestad. + +--¡Sobrino de Montiño!...--exclamó el duque--. ¿Y no habéis afirmado más +la prueba del parentesco del reo con el cocinero mayor? + +--Sí; sí, señor; como el reo había ido á las cocinas en busca del que +llamaba su tío, fuí á las cocinas yo. Era ya tarde y solo encontré á un +galopín que se llama Cosme Aldaba. Díjome que, en efecto, á principios +de la noche había estado en las cocinas un hidalgo preguntando por su +tío, y que le habían encaminado á casa de vuecencia, donde se encontraba +el cocinero mayor. + +--¿Volveríais á mi casa? + +--Volví. + +--¿Preguntaríais á la servidumbre? + +--Pregunté. + +--¿Y qué averiguásteis? + +--Aquí está la declaración de un paje de vuecencia llamado Gonzalo +Pereda, por la que consta, que el cocinero mayor del rey le mandó servir +de cenar en la misma casa de vuecencia á un su sobrino, á quien llamó +Juan Montiño. + +--¿De modo que ese Juan Montiño y don Francisco de Quevedo y Villegas +son amigos?--dijo el duque. + +El alguacil se calló. + +--Dadme esas diligencias--dijo el duque. + +Entrególas el alguacil. + +--Idos, y que á persona viviente reveléis lo que habéis averiguado. + +--Descuidad, señor--dijo el corchete, y salió de la cámara andando para +atrás para no volver la espalda al duque. + +Cogió éste y examinó minuciosamente los papeles que le había dejado el +alguacil, y después los guardó en su ropilla y llamó. + +--¿Ha venido el señor Gil del Páramo?--dijo á un maestresala que se +presentó á su llamamiento. + +--En la antecámara espera, señor--dijo el maestresala. + +--Hacedle entrar. + +Entró un hombre de semblante agrio y ceñudo, vestido con el traje de los +alcaldes de casa y corte, y se inclinó profundamente ante el duque. + +--¿Sois vos el que rondaba cuando encontrásteis herido al señor conde de +la Oliva? + +--Sí, excelentísimo señor. + +--¿Traéis con vos las diligencias que habéis practicado? + +--Sí, excelentísimo señor. + +--Dádmelas. + +--Tomad, excelentísimo señor. + +--Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabéis y no procedáis en +justicia. + +--Muy bien, excelentísimo señor. + +--Podéis retiraros. + +--Guárdeos Dios, excelentísimo señor. El alcalde salió. + +El duque se sentó en un sillón y quedó profundamente pensativo. + +--¿Te alegras ó te pesa de lo acontecido?--dijo Quevedo, procurando ver +al través de la inmóvil expresión de aquel semblante--. Allá veremos. En +cuanto á mí, no me escondo. No por cierto. ¿Cómo he tener yo miedo de un +hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufón, ¿queréis +guiarme á la puerta de la cámara donde está la condesa de Lemos? + +--Que no os haga doña Catalina hacer una locura; yo que vos me escondía. + +--Pues ved ahí, yo voy ahora más que nunca á darme á luz. Pero guiad, +hermano, guiad. + +El bufón desandó lo andado, llegó frente á una puerta y dijo: + +--Aquí es. + +--Esperad, esperad y no habléis; reconozcamos antes el campo. En palacio +es necesario andar con pies de plomo. + +--Paréceme que hablan en la cámara. + +--Pues escuchemos. + +Quevedo observó. + +Un gentilhombre estaba respetuosamente descubierto delante de doña +Catalina. + +--¿Conque es decir que la señora camarera mayor--dijo la de Lemos--se ha +puesto tan enferma que se ha retirado? + +--Y os suplica que la reemplacéis, noble y hermosa condesa. + +--Muy bien; retiráos. + +--¿De todo punto? + +--De todo punto; que cierren bien las puertas exteriores y que las +damas, las meninas y las dueñas se retiren también. + +--¿Y se va vuecencia á quedar sola? + +--Que esperen dos de mis doncellas en la saleta de afuera. + +--Muy bien, señora; Dios dé buenas noches á vuecencia. + +--Gracias. + +El gentilhombre salió. + +Quevedo oyó cerrar las puertas. + +La condesa se destrenzó los cabellos, se abrió el justillo, llegó á la +luz, la apagó, y luego oyó Quevedo como el crujir de un sillón al +sentarse una persona. + +Quevedo cerró su linterna y dijo al bufón: + +--Abrid y hasta otro día. + +--Pero, hermano don Francisco, ¿os vais á encerrar sin escape en la +cueva del león? + +--La condesa de Lemos cuidará de darme salida. + +--Dios quede con vos, hermano. + +--Hermano, Él os acompañe. + +Crujió levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelantó sobre la +alfombra. + +La puerta volvió á cerrarse sin ruido. + +Pero la condesa no dormía y percibió los pasos de Quevedo. + +--¿Quién va?--dijo á media voz levantándose. + +--No gritéis, por Dios, señora de mis ojos--dijo Quevedo--, que el amor +me trae. + +--Os trae Dios--contestó doña Catalina--, porque tenemos mucho que +hablar. + +--Pues hablemos. + +--Pero no á obscuras. + +Quevedo abrió su linterna. + +--Gracias, mi buen caballero--dijo la de Lemos--; ahora sentáos y +escuchadme. + +--Siéntome y escucho. + +--Oíd. + +Doña Catalina y Quevedo, inclinados el uno hacia el otro, empezaron á +hablar en voz baja. + + + + +CAPÍTULO XVI + +EL CONFESOR DEL REY + + +El capitán Vadillo llevó á Juan Montiño al postigo de la Campanilla, que +abrieron los guardas de orden del rey, y luego le acompañó hasta el +convento de Atocha. + +Por el camino fueron hablando de la mala noche que hacía, de lo obscuras +que estaban las calles y de las guerras de Flandes. + +Cuando llegaron al convento, el mismo Vadillo tiró de la cuerda de la +campana de la portería. + +Pasó algún tiempo antes de que de adentro diesen señales de vida. + +Al fin se abrió el ventanillo enrejado de la puerta, y una voz +soñolienta dijo: + +--¿Qué queréis á estas horas? + +--Decid al confesor del rey--dijo Vadillo--que un hidalgo que viene en +este momento de palacio, le trae una carta de su majestad. + +El capitán no sabía si aquella majestad era el rey ó la reina. + +--¡Una carta de su majestad...!--dijo con gran respeto el portero--; +pero es el caso, que su paternidad estará durmiendo. + +--Despertadle--dijo Vadillo--, y entre tanto, como hace muy mala noche, +abrid. + +--Voy, voy á abrirles, hermanos--dijo el portero, retirándose del +ventanillo y dejando notar á poco su vuelta por el ruido de sus llaves. + +Abrióse la portería. + +--Esperen aquí ó en el claustro, como me mejor quisieren--dijo--; yo voy +á avisar á fray Luis de Aliaga. + +Montiño y Vadillo se pusieron á pasear á lo largo de la portería. + +--¿Sabéis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo?--dijo +el capitán, por decir algo. + +--Sí, sí, ciertamente; en este claustro se pueden correr +caballos--contestó Montiño. + +--Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por +esas lámparas á medio morir. + +--La falta de costumbre. + +--Indudablemente. Los benditos padres no se encontrarían muy bien en un +campo de batalla, como yo me encuentro aquí muy mal; corre un viento que +afeita, y se hace sentir aquí mucho más que en el campo. Esas crujías... +con vuestra licencia, mejor estaríamos en el aposento del portero. + +--¿Quién es el hidalgo portador de la carta de su majestad?--dijo el +frailuco desde la subida de las escaleras--; adelante, hermano, y +sígame. + +--Entráos, entráos vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego. + +--Hasta luego. + +Y Juan Montiño tiró hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero +recorrió el claustro alto hasta el fondo de una obscura crujía, donde el +lego abrió una puerta. + +--Nuestro padre--dijo el lego--, aquí está el hidalgo que viene de +palacio. + +--Adelante--dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora. + +Montiño entró. + +El lego se alejó después de haber cerrado cuidadosamente la puerta. + +Encontróse Montiño en una celda extensa, esterada, modestamente +amueblada, y cuya suave temperatura estaba sostenida por el fuego +moderado de una chimenea. + +En las paredes había numerosas imágenes de santos pintados al óleo y +guarnecidos por marcos negros. + +En frente de la puerta de entrada había dos puertas como de balcones, y +entre estas dos puertas la chimenea; á la derecha otra puerta cubierta +por una cortina blanca lisa; á la izquierda dos enormes estantes +cargados de libros, entre los estantes un crucifijo de tamaño natural +pintado en un enorme lienzo y con marco también negro; á los pies del +Cristo un sillón de baqueta, sentado en el sillón un religioso, apoyados +los brazos en una mesa de nogal cargada de papeles, entre los cuales se +veía un enorme tintero de piedra, y alumbrada por un velón de cobre de +cuatro mecheros, dos de los cuales estaban encendidos. + +El religioso era un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, de +semblante pálido, grandes ojos negros, nariz aguileña y afilada, y +bigote y pera negrísimos. + +Su espeso cerquillo era castaño obscuro, y las demás partes de su +cabello y de su barba estaban cuidadosamente afeitadas. + +Su mirada se posaba serena y fija en Juan Montiño, y su mano derecha +tenía suspendida una pluma sobre un papel, como quien interrumpe un +trabajo importante á la llegada de un extraño. + +La primera impresión que Juan Montiño sintió á la vista del religioso, +fué la de un profundo respeto. Había algo de grande en el reposo, en la +palidez, en lo sereno y fijo de la mirada de aquel religioso. + +Y al mismo tiempo el joven se sintió arrastrado por una simpatía +misteriosa hacia el fraile. + +Adelantó sin encogimiento, saludó, y dijo con respeto: + +--¿Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey? + +--Yo soy, caballero--dijo el fraile bajando levemente la cabeza. + +--Traigo para vos una carta de su majestad. + +--¿De qué majestad? + +--De su majestad la reina. + +Y entregó la carta al padre Aliaga. + +--Sentáos, caballero--dijo el fraile. + +Montiño se sentó. + +Entre tanto el padre Aliaga abrió sin impaciencia la carta, y á despecho +de Juan Montiño, que había esperado deducir algo del contenido de +aquella carta por la expresión del semblante del religioso, aquel +semblante conservó durante la lectura su aspecto inalterable, grave, +reposado, dulce, indiferente. + +Sólo una vez durante la lectura levantó la vista de la carta y la fijó +un momento en el joven. + +Cuando hubo concluído de leer la carta, la dobló y la dejó sobre la +mesa. + +--Su majestad la reina, nuestra señora--dijo el padre Aliaga +reposadamente á Juan Montiño--, al honrarme escribiéndome de su puño y +letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la +habéis hecho un eminente servicio. + +--He cumplido únicamente con mi deber. + +--Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por +sus reyes. + +--Sí, señor, padre--replicó Montiño--, todo menos el honor. + +--Rey que pide á su vasallo el sacrificio de su honra ó de su conciencia +es tirano, y no debe servirse á la tiranía. + +--Decís bien, padre. + +--¿Sois nuevo en la corte? + +--Sí, señor. + +--¿Os llamáis Juan Montiño? + +--Sí, señor.. + +--¿Sois acaso pariente del cocinero mayor del rey? + +--Soy su sobrino, hijo de su hermano. + +--¿Qué servicio habéis prestado á su majestad?--dijo de repente el padre +Aliaga. + +--Lo ignoro, padre. + +--Pero... + +--Si esa carta de su majestad no os informa, perdonad; pero guardaré +silencio. + +--¿Qué edad tenéis? + +--Veinticuatro años. + +Quedóse un momento pensativo el padre Aliaga. + +--Habéis matado ó herido á don Rodrigo Calderón. + +--Han sido cuentas mías. + +--Algo más que asuntos vuestros han sido. Os pregunto á nombre de su +majestad la reina. ¿Conoce vuestro tío el secreto? + +--¿Qué secreto? + +--El de vuestras estocadas con don Rodrigo. + +--Mi tío está fuera de Madrid. + +Guardó otra vez silencio el padre Aliaga. + +--¿Cuándo habéis llegado á Madrid? + +--He venido á asuntos propios. + +--¿Guardaréis con todos la misma reserva que conmigo? + +--¡Padre! + +--Ved lo que hacéis; la vanidad es tentadora; hoy podéis ser hidalgo +reservado, ser leal, de buena fe... mañana acaso... + +--Ningún secreto tengo que reservar. + +--Cómo, ¿no es un secreto el haber venido á mí en altas horas de la +noche, á mí, confesor del rey, á quien todo el mundo conoce como enemigo +de los que hoy á nombre del rey mandan y abusan, trayendo con vos una +carta de la reina? ¿cómo ha venido esa carta á vuestras manos? + +--Si lo sabéis, ¿por qué me lo preguntáis? si no lo sabéis, ¿por qué +pretendéis que yo haga traición á la honrada memoria de mi padre, á mi +propia honra? Me han enviado con esa carta; la he traído; no me han +autorizado para que hable, y callo. + +--Seríais buen soldado... sobre todo para guardar una consigna; en esta +carta me encargan que procure se os dé un entretenimiento honroso para +que podáis sustentaros. ¿Qué queréis ser? sobre todo veamos: ¿en qué +habéis invertido vuestros primeros años? + +--En estudiar. + +--¿Y qué habéis estudiado? + +--Letras humanas, cronología, dialéctica, derecho civil y canónico y +sagrada teología. + +--¡Ah!--dijo fray Luis--¿y cuál de las dos carreras queréis seguir, la +civil ó la eclesiástica? + +--Ninguna de las dos. + +--¡Cómo! ¿Entonces para qué habéis estudiado? + +--Por estudiar. + +--Y bien, ¿qué queréis ser? + +--Soldado. + +--¡Soldado! + +--Sí; sí, señor, soldado de la guardia española, junto á la persona del +rey. + +--He aquí, he aquí lo que son en general los españoles: quieren ser +aquello para que no sirven. + +--Perdonad, padre; al mismo tiempo que estudiaba letras, aprendía +estocadas. + +--Es verdad, me había olvidado; el que mata ó hiere á don Rodrigo +Calderón... y bien; se hará lo posible porque seáis muy pronto capitán +de la guardia española, al servicio inmediato de su majestad. + +--Es que no quiero tanto. + +--Es que no puede darse menos á un hombre como vos; contáos casi +seguramente por capitán, y para que pueda enviaros la real cédula, +dejadme noticia de vuestra posada. + +--No sé todavía cual ésta sea. + +--¡Ah! pues entonces, volved por acá dentro de tres días. Para que +podáis verme á cualquier hora, decid cuando vengáis que os envía el rey. + +--Muy bien, padre. Contad con mi agradecimiento--dijo Montiño +levantándose. + +--Esperad, esperad; tengo que deciros aún: guardad un profundo secreto +acerca de todo lo que habéis sabido y hecho esta noche. + +--Ya me lo había propuesto yo. + +--No os ocultéis por temor á los resultados de vuestra aventura con don +Rodrigo. + +--Aún no sé lo que es miedo. + +--Y preparáos á mayores aventuras. + +--Venga lo que quisiere. + +--Buenas noches, y... contadme por vuestro amigo. + +--Gracias, padre--dijo Montiño tomando la mano que el padre Aliaga le +tendía y besándosela. + +--¡Que Dios os bendiga!--dijo el padre Aliaga. + +Y aquellas fueron las únicas palabras en que Montiño notó algo de +conmoción en el acento del fraile. + +Saludó y se dirigió á la puerta. + +--Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitáis guía. + +Y el padre Aliaga se levantó, abrió la puerta de la celda y llamó. + +--¡Hermano Pedro! + +Abrióse una puerta en el pasillo y salió un lego con una luz. + +--Guíe á la portería á este caballero--dijo el padre Aliaga al lego. + +Juan Montiño saludó de nuevo al confesor del rey y se alejó. + +El padre Aliaga cerró la puerta y adelantó en su celda, pensativo y +murmurando: + +--Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro. + +Pero en vez de volverse á su silla, se encaminó al balcón de la derecha +y le abrió. + +--Venid, venid, amigo mío, y calentáos--dijo--; la noche está cruda, y +habréis pasado un mal rato. + +--¡Burr!--hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un +ancho sombrero, que había salido del balcón--; hace una noche de mil y +más diablos. + +El padre Aliaga cerró el balcón, acercó un sillón á la chimenea, y dijo +á aquel hombre: + +--Sentáos, sentáos, señor Alonso, y recobráos; afortunadamente el +visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y +hubiérais pasado un mal rato. + +--Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si +alguien viniera de improviso... tenéis una celda tan reducida... os +tratáis con tanta humildad... pueden sorprendernos. + +--El hermano Pedro está alerta; ya habéis visto que no ha podido veros +el portero, á pesar de que yo tengo siempre mi puerta franca. + +--¿Y quién ha venido á visitaros á estas horas?--preguntó el señor +Alonso. + +La providencia de Dios, en la forma de un joven. + +--¡Ah! ¡Diablo! ¿Nos ha sacado ese joven ó nos saca de alguno de +nuestros atolladeros? + +--Como que ha herido ó muerto á don Rodrigo Calderón... + +--Mirad lo que decís, amigo mío; cuenta no soñéis. + +--¿Qué es soñar? he aquí la prueba. + +Y el padre Aliaga fué á la mesa en busca de la carta de la reina... + +Entre tanto aprovechemos la ocasión, y describamos al nuevo personaje +que hemos presentado en escena, que se había desenvuelto de la capa y +despojado de su ancho sombrero. + +Llamábase Alonso del Camino. + +Era un hombre sobre poco más ó menos de la misma edad que el padre +Aliaga, pero tenía el semblante más franco, menos impenetrable, más +rudo. + +Había en él algo de primitivo. + +Era no menos que montero de Espinosa del rey. + +A pesar de la ruda franqueza de su semblante, de formas pronunciadas y +de grandes ojos negros, se comprendía en aquellos ojos que era astuto, +perspicaz, y sobre todo arrojado y valiente, sin dejarse de notar por +eso en ellos ciertas chispas de prudencia; vestía una especie de coleto +verde galoneado de oro; en vez de daga llevaba á la cintura un largo +puñal, al costado una formidable espada de gavilanes, calzas de grana, +zapatos de gamuza, y sobre todo esto, una especie de loba ó sobretodo, +ancho, con honores de capa. + +En la situación en que le presentamos á nuestros lectores, mientras +extendía hacia el fuego sus manos y sus piernas, miraba con una gran +impaciencia al padre Aliaga que, siempre inalterable, desdoblaba la +carta de la reina. + +--Acercáos, acercáos y oíd, porque esta carta debe leerse en voz muy +baja, no sea que las paredes tengan oídos. + +Estiróse preliminarmente el señor Alonso del Camino, se levantó, se +acercó á la mesa, se apoyó en ella y miró con el aspecto de la mayor +atención al confesor del rey, que leyó lo siguiente: + +«Nuestro muy respetable padre fray Luis de Aliaga: Os enviamos con la +presente á un hidalgo que se llama Juan Martínez Montiño. Este joven nos +ha prestado un eminente servicio, un servicio de aquellos que sólo puede +recompensar Dios, á ruego de quien le ha recibido.» + +--¿Pero qué servicio tal y tan grande es ese?--dijo Alonso del Camino. + +--Creo que jamás os corregiréis de vuestra impaciencia. Escuchad. + +Y fray Luis siguió leyendo: + +«Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doña Clara Soldevilla, +aquellos papeles, aquellos terribles papeles.» + +--¿Y qué papeles son esos? + +--A más de impaciente, curioso; son... unos papeles. + +--¿Y no puedo yo saber?... + +--No: oíd, y por Dios no me interrumpáis. + +--Oigo y prometo no interrumpiros. + +«A más ha herido ó muerto, para apoderarse de esos papeles, á don +Rodrigo Calderón.» + +--Pues cuento por mi amigo á ese hidalgo, por eso sólo--exclamó, +olvidándose de su promesa Camino. + +El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, siguió +leyendo sin hacer ninguna nueva observación: + +«Pero ignoramos cómo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles +estaban en poder de don Rodrigo Calderón, como no sea por su tío el +cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con +vuestra gran prudencia veáis si podemos fiarnos de ese joven, y después +para que os encarguéis de su recompensa. A él, por ciertos asuntos de +amores, según hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos +conviene también, ya deba fiarse ó desconfiarse de él, tenerle á la +vista. Haced como pudiéreis que se le dé una provisión de capitán de la +guardia española al servicio del rey en palacio, y si no pudiéreis +procurársela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiéremos lo que +costare. No somos más largos porque el tiempo urge. Haced lo que os +hemos encargado, y bendecidnos.--_La Reina._» + +--¿Cuánto costará una provisión de capitán de la guardia española?--dijo +fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina á la luz del +velón. + +--Cabalmente está vacante la tercera compañía. Pero, ¡bah! ¡hay tantos +pretendientes! + +--¡Cuánto! ¡cuánto! + +--Lo menos, lo menos quinientos ducados. + +Tomó el padre Aliaga un papel y escribió en él lo siguiente: + +--«Señor Pedro Caballero: Por la presente pagaréis ochocientos ducados +al señor Alonso del Camino, los que quedan á mi cargo.--_Fray Luis de +Aliaga._» + +Y dió la libranza á Camino. + +--He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aquí dice +ochocientos. + +--¿Olvidáis que el nuevo capitán necesitará caballo y armas y +preseas?--añadió el fraile. + +--¡Ah! en todo estáis. + +--¿Podemos tener la provisión del rey dentro de tres días? + +--Sí, sí por cierto, sobradamente: el duque de Lerma es un carro que en +untándole plata vuela. + +--No os olvidéis de comprarla para poder venderla. + +--¡Ah! ¿Y por qué? + +--¿No conocéis que tratándose de estos negocios puede el duque conocer á +ese joven? + +--Bien, muy bien; se comprará la provisión á nombre de cualquiera, como +merced para que la venda, y éste tal la venderá en el mismo día á ese +hidalgo. Creo que éste sea un asunto concluído. + +--Que sin embargo altera notablemente nuestros proyectos, los varía. + +--No importa, no importa; no luchamos sólo contra don Rodrigo Calderón. + +--Os engañáis; el alma de Lerma es Calderón. Puesto Calderón fuera de +combate, cae Lerma. + +--Pero quedan Olivares, Uceda, y todos los demás que se agitan en +palacio, que se muerden por lo bajo, y que delante de todo el mundo se +dan las manos. Creo que en vez de aflojar en nuestro trabajo, debemos, +por el contrario, apretar, aprovechando la ocasión de encontrarse Lerma +desprovisto de uno de sus más fuertes auxiliares. Debemos insistir en +apoderarnos de las pruebas de los tratos torcidos y traidores que Lerma +sostiene en desdoro del rey y en daño del reino con la Liga. Debemos +probar que las guerras de Italia y de Flandes se miran, no sólo con +descuido, sino con traición... + +--Esperad... esperad un poco... ese es un medio extremo; el rey es muy +débil... + +--Demasiado, por desgracia. + +--El rey nuestro señor, que no ve más allá de las paredes de palacio... + +--¡Pero si en palacio tiene los escándalos! ¿no le tiene Lerma hecho su +esclavo, cercado por los suyos? ¿puede moverse su majestad, sin que el +duque sepa cuántas baldosas de su cámara ha pisado? ¿No le separa de la +reina? ¿No aleja de la corte á las personas que pueden hacerle sombra? +¿Vos mismo no estáis amenazado? + +--Creedme, el duque de Lerma no es tan terrible como parece; el duque de +Lerma nada puede hacer por sí solo; no tiene de grande más que lo +soberbio... + +--Y lo ladrón... + +--Su soberbia, que le impele á competir con el rey, le hace arrostrar +gastos exorbitantes; en nada repara con tal de sostener su ostentación y +el favor del rey, que es una parte, acaso la mayor, de su ostentación. +Pero en medio de todo, el duque de Lerma es débil; se asusta de una +sombra, de todo tiene miedo, procura rodear al rey de criados suyos ó de +personas que le inspiran poco temor. Un día estaba yo en mi obscuro +convento. Oraba por el alma del difunto rey don Felipe; se abrió la +puerta de mi celda, y entró el superior; traía un papel en la mano, y en +su rostro había no sé qué de particular, una alegría marcada. Venía á +darme una noticia que á otro hubiera llenado de alegría y que á mí me +aterró. + +--¿Y qué noticia era esa? + +--Apenas subido al trono el rey nuestro señor, me había nombrado su +confesor; el papel que traía el superior en la mano, era una carta en +que el mismo duque de Lerma me daba la noticia. Yo resistí... + +--¡Que resistísteis! ¡bah! de un confesor del rey sale un obispo, y de +un obispo un arzobispo, y de un arzobispo un papa. + +--Yo no soy ambicioso; un día, una familia honrada me encontró llorando +sobre el cadáver de mi madre; mi padre había muerto poco antes; tuvieron +piedad del pobre huérfano, y me llevaron á su casa. Yo he crecido en el +dolor, y el dolor continuo, lento, que no proviene de los hombres, sino +de la voluntad de Dios, labra la humildad y la fortaleza del alma que +siente, que ha nacido para sentir. Mis bienhechores eran pobres; me +miraban como hijo suyo... partían su pan conmigo... Yo oraba á Dios por +el descanso de mis padres muertos, y por la paz, por la felicidad de mis +padres de adopción; murieron también el uno tras el otro; mis hermanas +adoptivas se habían casado; mis hermanos habían ido por el mundo á +buscar fortuna; quedé otra vez solo; pero con el corazón completamente +lleno por el dolor, por el dolor completo que ningún lugar ha dejado por +herir, desde el amor propio hasta el amor de la familia, hasta ese otro +amor que emana de la mujer. + +--¡Ah! ¡habéis amado, fray Luis! + +--¿Y qué hombre no ha amado?--exclamó profundamente el confesor del +rey--. Y yo he amado como han amado muy pocos hombres, como más daño +hace el amor; callándole, dominándole, encerrándole dentro del alma, sin +esperanzas, sin deseos, con una ansiedad desconocida, infinita, +insufrible, con el vacío del alma que necesita llenarse y no puede ser +llenado. + +--¿Tan alta era la mujer de quien os enamorásteis? + +--Ni me enamoré, ni era alta la mujer á quien mi pensamiento consagró mi +amor. Era tan pobre y tan humilde como yo... ¡Margarita! + +Fray Luis inclinó la cabeza sobre una de sus manos, y repitió con voz +opaca y concentrada: + +--¡Margarita! + +Entre la entonación con que había pronunciado el padre Aliaga la primera +vez aquel nombre de mujer, y la entonación con que le había pronunciado +la segunda, había la misma diferencia que puede existir entre un +recuerdo dulce y tranquilo y una aspiración desesperada. + +Cuando el confesor del rey levantó la cabeza de su mano, Alonso del +Camino, que le contemplaba con una atención y una curiosidad intensas, +vió relucir por un momento un fuego sombrío en el fondo de los ojos del +fraile. + +Pero aquello pasó; dilatáronse los músculos del semblante del fraile, un +momento contraídos, se dulcificó la expresión de su boca, que durante +un momento había reflejado una amargura infinita, y su mirada se heló; +dejó de ser la mirada mundana de un hombre combatido por fuertes +pasiones, para convertirse en la mirada reposada, tranquila de un +religioso ascético. + +--Margarita--continuó con la entonación propia de un relato +sencillo--era una de mis hermanas adoptivas: cuando yo entré en su casa +para partir con ella el pan de su familia, para vivir como un nuevo hijo +bajo el techo común, Margarita tenía cuatro años; era rubia, blanca, +pálida, con los ojos azules, y la sonrisa benévola, sonrisa en que se +exhalaba un alma de ángel. Margarita creció, creció en hermosura y en +pureza, creció á mi lado; yo la enseñé á leer, yo la expliqué los +misterios de la religión, que el párroco nos explicaba en la iglesia... +Margarita creció en años y en hermosura, y se hizo mujer. Yo seguía +tratándola como hermana; la amaba con toda mi alma, pero creyendo amarla +con un amor de hermano. Un día conocí que la amaba de otro modo, y la +revelación de mi amor fué para mí una prueba dolorosa, infinita, cruel. +Un día llegó á la casa un soldado con una cédula de aposento; fué +aposentado, y vivió con nosotros algunos días: Margarita cambió; se puso +triste, esquivaba mi compañía, y no sólo mi compañía, sino la de todo el +mundo... Yo no sabía á qué atribuir aquella tristeza; la preguntaba y me +respondía sonriendo: + +--No estoy triste. + +Su sonrisa desmentía sus palabras. + +Una noche, estaba yo desvelado pensando en la tristeza de Margarita, +pensando cómo haría para volverla á su tranquilo estado anterior. +Nuestros hermanos dormían. De improviso y en medio del silencio de la +noche oí unas leves pisadas... las reconocí: eran las de Margarita que +pasó por delante de la puerta de nuestro aposento; yo me levanté y la +seguí descalzo. Margarita marchaba delante de mí como un fantasma +blanco. No sé por qué no la llamé. Había dentro de mí un poder +desconocido que me impedía hablar. Margarita bajó al corral, le +atravesó... Llegó al postigo, sonó una llave en la cerradura. Entonces +grité: + +--¡Margarita! ¿á dónde vas? + +Pero la puerta se había abierto, un hombre había aparecido en ella, y +había asido á Margarita, sacándola fuera. + +Oí entonces un ruido que hizo arder mi sangre, que anegó mi alma en un +mar de amargura. + +El ruido de un beso, de un doble beso, y luego el llanto de Margarita, +triste, apenado, como el de quien se separa de seres á quienes ama. + +Yo me precipité al postigo. No sé á qué. Pero un sueño de sangre había +cruzado por mi pensamiento. + +Yo veía á un hombre que se llevaba á Margarita, y necesitaba matar á +aquel hombre. + +Era muy joven y la amaba; la amaba como... como á ella sola, porque... +no he vuelto á amar. + +Cuando llegué al postigo, aquel hombre, á quien reconocí á la luz de la +luna y que era el mismo soldado que durante algunos días había estado de +aposento en nuestra casa, había puesto á Margarita sobre el arzón de su +caballo, había montado y había partido. + +Y entre el sordo galope del caballo, oí la voz de dolor de Margarita, +que me gritaba: + +--¡Adiós! ¡Luis! ¡adiós! ¡hermano mío! ¡ruega á mi padre que no me +maldiga! ¡pide á mi madre que me dé su bendición!... + +Y Margarita seguía hablándome, pero el caballo se había alejado, y el +sonido seco, retumbante, de su carrera, envolvía las palabras de +Margarita. + +Al fin el ruido del galope se perdió á lo lejos, y sólo quedaron la +noche, el silencio y mi desesperación. + +No sé cuánto tiempo estuve en el postigo, inmóvil con el rostro vuelto á +la parte por donde había desaparecido Margarita, con el llanto agolpado +á los ojos y sin derramar una sola lágrima. + +Al fin, volví en mí: medité... y cerré el postigo con la misma llave con +que le había abierto Margarita, que había quedado puesta en la +cerradura; atravesé lentamente el huerto, entré en la casa y puse la +llave del postigo en la espetera de la cocina, de donde sin duda la +había tomado Margarita. + +Y todo esto lo hice estremecido, procurando, como un ladrón, que no me +sintiesen. + +Y volví en silencio al aposento en que estaba mi lecho junto al de mis +hermanos, y me recogí silenciosamente. + +Todos dormían. + +Ninguno me había sentido entrar, como ninguno había sentido salir á +Margarita. + +Sufrí... ¡oh! Dios lo sabe, porque yo ya lo he olvidado; sólo recuerdo +que sufrí mucho; pero tuve valor para ahogar dentro de mí mismo mi +sufrimiento; le ahogué para que nadie me preguntase, para que nadie +supiese por una debilidad mía el secreto de Margarita, que sólo sabíamos +la noche y yo... y Dios que lo ve todo. + +Al día siguiente... + +Figuráos, señor Alonso, una madre que busca á su hija, y no la +encuentra; un padre que no se atreve á pensar en su hija para +maldecirla, ni puede pensar en su desaparición sin suponerlo todo... +suponedme á mí ocultando, disimulando mi dolor, hasta que el dolor de +los demás protegió al mío... yo callé... callé... porque su padre no la +maldijese, y su padre no la maldijo. + +Poco tiempo después, su padre murió... luego su madre, después de cuatro +años de viudez: sus hermanas se habían casado, sus hermanos se habían +alejado del pueblo... me habían propuesto que los siguiese... pero yo +tenía otros proyectos. + +--¡Buscar á Margarita!--dijo Alonso del Camino. + +--No--dijo con acento severo el padre Aliaga--; buscar á Dios. + +¿Os hicísteis entonces fraile? + +--Sí. Os he referido esa sencilla historia, para que sepáis cuáles +fueron los motivos que determinaron mi vocación, y cuáles las desgracias +que labraron en mí esta fuerza para los sufrimientos, este desdén con +que miro las grandezas humanas. Huérfano desde mis primeros años, +malogrado mi primer amor, sin que nadie lo hubiera comprendido, ni aun +yo mismo hasta que le vi malogrado, pasando seis años de rudas fatigas +para obtener mi alimento; combatiendo durante estos seis años de la +ausencia de Margarita, mis celos... sí, mis celos... mi amor sin +esperanza... mi ansiedad por la ignorada suerte de Margarita... fuí un +fruto lentamente madurado para la vida triste y silenciosa del claustro; +en el fondo de mi corazón vacío sólo había quedado el nombre de Dios... +y tendí mis brazos á Dios... le ofrecí mi vida... + +--¿Y no volvísteis á ver á Margarita? + +--¡Oh! ¡basta! ¡basta!... os he referido lo antecedente para que +comprendáis que mi nombramiento de confesor del rey me causó pena; yo +estaba acostumbrado á una vida obscura y silenciosa en el fondo de mi +celda; á la contemplación de las cosas divinas, que levantaba mi +espíritu de las miserias humanas dándole la paz de los cielos; yo no +podía ver sin dolor, que se pretendía arrojarme á un mundo nuevo para +mí, y más peligroso cuanto más grande, cuanto más elevado era ese +mundo; yo no podía pensar sin estremecerme, en que se me quería confiar +la conciencia de un rey, hacerme partícipe de su inmensa responsabilidad +ante Dios... y me negué. + +--¡Os negásteis! + +--Sí por cierto; pero de nada me sirvió mi negativa. Una nueva orden del +rey me mandó presentarme en la corte, y me fué preciso obedecer. + +--Pero no comprendo cómo, aislado, obscurecido... + +--Cabalmente se quería un fraile obscuro, de pocos alcances, devoto, que +estuviese en armonía con la pequeñez, con la devoción exagerada del rey. +Don Baltasar de Zúñiga me había conocido por casualidad, había hablado +de mí á su sobrino el conde de Olivares y éste al duque de Lerma. +Creyóse que en toda la cristiandad no había un fraile más á propósito +que yo para dirigir la conciencia del rey, y se me trajo, como quien +dice, preso á la corte. + +Cuando llegué me espanté. + +Vi, á la primera ojeada, que se me había traído para ser cómplice de un +crimen. + +Del crimen de la suplantación de un rey. + +Engañado por mi aspecto el duque de Lerma, creyó habérselas con un +frailuco, que por casualidad pertenecía á la orden de Predicadores... +creyó que yo sería en sus manos un instrumento ciego... hoy acaso le +pesa... hoy tal vez piensa en desasirse de mí á cualquier precio... pero +esto importa poco... ellos no habían comprendido cuánta firmeza ha dado +el sufrimiento á mi alma; ellos no creían que había en mí tal fuerza de +voluntad; al conocerme... porque la debilidad del rey me ha descubierto +ante ellos... han probado todos los medios: la ambición... los +honores... me han encontrado humilde siempre: han venido á mí con una +mitra en la mano, y yo la he rechazado; me han enviado á mi celda ricos +dones, y los dones se han ido por donde habían venido: han tentado con +todas las tentaciones al frailuco, y el frailuco las ha resistido como +San Antonio resistió las del diablo en el yermo. ¿Y sabéis por qué, +cansado de esta lucha sorda, no he ido á buscar la obscuridad de mi +antigua celda? Porque he contraído el deber de guardar, de proteger una +vida preciosa. La vida de la reina. + +--¡La vida de la reina! + +--Pero don Rodrigo Calderón, está herido ó muerto... sí herido, +ganaremos tiempo... si muerto, nos hemos salvado. + +--Pero creéis... + +--Don Rodrigo es capaz de todo... + +--¡Regicida! + +--¿Pues no dicen que ha dado hechizos al rey?--replicó el confesor del +rey. + +--Os he oído decir mil veces que eso de los hechizos es una +superstición. + +--Lo he dicho y lo repito; pero no he dicho nunca que don Rodrigo +Calderón, á pesar de su buen, su demasiado ingenio, no sea +supersticioso. Quien se ha atrevido á dar al rey cosas que han alterado +su salud, será capaz de envenenar á la reina. + +--¡Pero si don Rodrigo Calderón no pasa de ser el humilde secretario del +duque de Lerma!... + +--Don Rodrigo lo es todo. Sólo tiene un rival... rival que con el tiempo +le matará, si don Rodrigo no le mata antes á él. + +--¿Y quién es ese rival? + +--Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, caballerizo mayor del rey y +sobrino de don Baltasar de Zúñiga, ayo del príncipe don Felipe. + +--¡Bah! ¡bah! creo que daremos con todos al traste; con los medios que +tenemos... + +--Podremos, si nos anticipamos, dar un golpe; pero aunque lo demos, +siempre quedará un mal en pie. + +--¿Y qué mal es ese? + +--El rey. + +--¡Ah! + +--Sí, su debilidad: la facilidad con que se plega al dictamen del más +audaz que tiene al lado; á falta de Lerma, y de Calderón, y de Olivares, +vendrán otros, y otros, y otros. + +--Que no serán malos como ellos. + +--¿Quién sabe? pero vengamos á lo que conviene. Suspendamos por ahora +nuestros trabajos... + +--¡Ahora que nos dan un respiro, Dios ó el diablo! + +--No seáis impío, señor Alonso; no sucede nada que no proceda de Dios. +Por ahora, dejémoslos á ellos solos. Lerma sin don Rodrigo Calderón es +hombre al agua. Uceda y Olivares le atacarán. Lerma, entregado á sí +mismo, cometerá de seguro algún grave desacierto: dejadlos, dejadlos +hacer. Informáos de lo que hay de seguro acerca de don Rodrigo Calderón. +No olvidéis de comprar la compañía para ese mancebo, y con lo que +hubiere venid á verme mañana. Conque, que Dios os dé muy buenas noches. + +Y el padre Aliaga se levantó y abrió un balcón. + +Aquella era la puerta por donde debía salir Alonso del Camino, y por la +que salió descolgándose por el balcón á la huerta del convento. + +Apenas había cerrado el balcón el padre Aliaga, cuando se abrió la +puerta de la celda, y apareció la cabeza del hermano Pedro. + +--Un gentilhombre que viene de palacio--dijo--, quiere hablar con +vuestra paternidad. + +--¡Un gentilhombre del rey!--dijo el padre Aliaga con sorpresa--; que +entre, que entre al momento. + +Poco después un joven gentilhombre saludaba al padre Aliaga y le decía +entregándole un grueso pliego: + +--Del rey. + +--¿Y esto es urgente?--dijo el padre Aliaga. + +--Urgentísimo. + +--¿Y os han encargado algo además? + +--Sí por cierto: que vuesa merced se venga conmigo á palacio, para lo +cual he traído una litera y algunos tudescos--añadió el gentilhombre. + +--¡Cómo! ¡que vaya yo ahora mismo á palacio! ¿pues que, está enfermo su +majestad? + +--No, señor. + +--¡Ah! ¿y quién os envía? + +--El mayordomo mayor; pero ese pliego dirá á vuestra paternidad, sin +duda, lo que yo no le puedo decir. + +--Veamos. + +El confesor del rey rompió el sobre: dentro venía una carta del duque de +Lerma para el padre Aliaga sumamente afectuosa. + +«Mi buen amigo--le decía--, vuestras virtudes merecen que se os honre +más que con el empleo de confesor del rey; por lo mismo he aconsejado á +su majestad que os nombre inquisidor general. Temo que vuestra humildad +se resista á aceptar esta alta dignidad; pero cuando meditéis que así +conviene al servicio de Dios y del rey, estoy seguro que consentiréis; +para asegurarme de ello, y porque urge, seguid al portador á palacio, +donde os espera, vuestro amigo--, _El duque de Lerma._» + +--¡Inquisidor general!--murmuró el padre Aliaga--; pues bien, acepto: no +supieron lo que hacían cuando me nombraron confesor del rey, y no saben +ahora lo que hacen nombrándome inquisidor general. ¡Oh! ¡Margarita! +¡Margarita! + +Coloreáronse febrilmente las mejillas del fraile, que tomó su manto, se +caló la capucha y salió de la celda, siguiendo al gentilhombre. + +--Esperad, esperad un momento--dijo pasando junto á una puerta de un +corredor. + +El gentilhombre esperó. + +El padre Aliaga entró en aquella celda. + +En ella velaba un religioso. + +--Amigo Benítez--le dijo el padre Aliaga: salgo del convento de orden +del rey, y acaso no vuelva tan pronto. + +--¿Cómo? ¿os prenden?--dijo el padre Benítez, que era un religioso +anciano. + +--No por cierto; pero me hacen inquisidor general. + +--¡Inquisidor general! No sé si debo alegrarme ó entristecerme. + +--Allá veremos. Entre tanto, y mientras yo estoy fuera del convento, +quedáos á la mira. + +--Descuidad. + +--En vos confío. + +--Id, id con Dios y nada temáis. + +Salió de nuevo el padre Aliaga, atravesó el claustro seguido del +gentilhombre, salió del convento, entró en una litera, y aquella litera +rodeada de soldados, tomó el camino de palacio. + + + + +CAPÍTULO XVII + +EN QUE EMPIEZA EL SEGUNDO ACTO DE NUESTRO DRAMA + + +Francisco Martínez Montiño, esto es, _el cocinero de su majestad_, +nuestro protagonista, en una palabra, había vuelto de Navalcarnero al +anochecer del día siguiente á la noche en que había ido á recibir un +secreto de la boca de su hermano moribundo. + +Montiño se había traído consigo un cofre fuertemente cerrado y sellado, +sobre cuya cerradura había un papel. + +El receloso cocinero había tenido buen cuidado de envolver aquel cofre +en un lienzo para que nadie pudiese reparar en sus señas particulares; +le había hecho subir á su alto aposento del alcázar, y sin decir á su +mujer y á su hija más palabras que las necesarias para darlas los buenos +días, se había encerrado con el cofre en el aposento cerrado y +polvoroso que ya conocemos, y en el cual tenía secuestrada, apartada de +la vista de todo extraño, el arca de sus talegos. + +Una vez allí Montiño, después de haber descubierto con respeto el cofre +que había traído de Navalcarnero, le estuvo contemplando en éxtasis. + +No cesaba de leer y releer lo siguiente, que aparecía escrito en el +papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura del cofre: + +«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy +fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño, recibió +cerrado y sellado, como se encuentra, este cofre.» Seguía la fecha y el +signo. + +--¿Y qué habrá aquí? ¿qué habrá aquí?--decía el cocinero levantando con +trabajo pesado el cofre--. ¿Dinero? no, no, más bien alhajas. El señor +duque de Osuna es muy rico, muy poderoso, y tratándose de un hijo +suyo... ¿quién había de pensar que aquel muchacho que se me presentaba +bajo un traje tan humilde, como el humilde nombre de sobrino mío, había +de ser no menos que un Girón, aunque bastardo...?...¿y pensar que yo, +por ignorancia, he estado á punto de malquistarme con él?... + +Y Montiño seguía abismándose en su pensamiento y contemplando el cofre, +y probando su peso, y queriendo deducir por él el valor de su contenido. + +El cocinero mayor sufría el tormento de los avaros. + +Pero era necesario salir de su reservado aposento. + +Puso cuidadosamente el cofre en un rincón, lo cubrió con un tapiz viejo, +y no contento aún, con una estera, y se dió al fin completamente á luz á +su mujer y á su hija. + +Después se presentó, como de costumbre, en la cocina, y dió sus órdenes +para la vianda del día. + +Después, y libre ya por algunas horas, tomó su capa y su espada y se fué +á Santo Domingo el Real, y oyó misa, y procuró oírla, porque el cocinero +mayor no tenía pensamiento más que para el cofre y para el sobrino +postizo. + +Apenas hubo concluído la misa, cuando tomó á buen paso el camino de la +calle de Amaniel. + +En aquella calle, en una casa chata y vieja, vivía la señora María +Suárez, honrada esposa del escudero Melchor Argote, y honrada amiga del +prendero Gabriel Cornejo. + +Cuando Montiño llegó, encontró á la señora María fregoteando, como la +mujer más hacendosa del mundo, en la cocina. + +--Buenos días, buenos días, señora--dijo el cocinero--; ¿y cómo va por +acá? + +--¡Ah! ¿sois vos, señor Francisco?--dijo la vieja. + +Pero describámosla. + +Era una mujer como de sesenta años, ó por mejor decir, una pelota con +pies, cabeza y brazos: morena, encendida y basta, con la nariz gruesa, +los labios gruesos, los ojos pequeños y colorados, el izquierdo bizco, y +los escasos cabellos, rubios entrecanos. Vestía un hábito de jerga +corto, sobre los hombros un pañuelo de lana azul, y por bajo del vestido +que tenía levantado, como acostumbran las mujeres durante ciertas +haciendas caseras, se veían dos piernas rechonchas con medias azules, y +dos pies redondos y abotargados, metidos dentro de dos zapatos gruesos y +de un color indefinible. + +El ojo bizco de esta mujer era su único, pero completo rasgo +fisonómico-característico; era un verdadero ojo de demonio que lucía +como un ascua medio apagada, y que en continua movilidad dejaba ver +sucesivamente todas las expresiones de los siete pecados capitales. + +Esto en ciertas situaciones especiales, que cuando aquel ojo dormía +cubierto por una expresión hipócrita, la señora María tenía el aspecto +de la mujer mejor del mundo. + +Pero cuando asomó á la puerta de la cocina el cocinero del rey, en +cuanto la señora María le vió, el ojo se puso en movimiento y expresó la +cólera más concentrada y más vengantiva que darse puede. + +--¡Buena la habéis hecho!--dijo la señora María bajándose de una silla, +á la que se había encaramado para fregar una vidriera, y viniendo hacia +el cocinero mayor con un estropajo en la mano--: ¡buena la habéis hecho, +señor Francisco! + +--¿Pero qué he hecho yo?--exclamó asustado el cocinero, porque le +constaba que la señora María no hablaba nunca en balde. + +--¿Que qué habéis hecho? ¡nada! ¡absolutamente nada!... ¡pero ello dirá! + +--Sepamos. + +--¿Tenéis un sobrino? + +--Sí, señora, tengo un sobrino. + +--¿Y os habéis valido de este sobrino? + +--¿Para qué?... vamos á ver... ¿para qué me he valido yo de ese +sobrino?... + +--¡Pues! para malherir á don Rodrigo Calderón. + +--¡Ah! ¡diablo! + +--Y ¡ya se ve!... os habéis apropiado los tres mil ducados de la reina. + +--Yo... + +--Sí, señor... y si no, ¿por qué ha dado de estocadas vuestro sobrino á +don Rodrigo Calderón? + +--Han sido asuntos suyos... + +--Pues mirad, tiene muy malos asuntos vuestro sobrino. + +--¡Bah! ¡no tan malos como creéis! Pero en fin, ya que habéis hablado de +mi sobrino, por él venía, porque supongo que habrá pasado aquí la noche. + +--Aquí la ha pasado, quiero decir, aquí ha pasado la madrugada, porque +el galopín Aldaba le trajo á las tres. + +--¡Ah! ¿conque ha salido á las tres de palacio mi sobrino? + +--¡De palacio! + +--¿He dicho de palacio?... eso es... ¿habrá estado en mí casa?... sí, +cierto... + +--En vuestra casa mientras vos habéis estado fuera, no ha estado nadie +más que la justicia... + +--Sí, sí; ya me ha dicho mi mujer... + +--¿Y no os ha dicho vuestra mujer que haya estado nadie más? + +--No por cierto. + +--Señor Francisco, los hombres viejos no debían casarse... sobre todo +con mujeres jóvenes y bonitas. + +--Señora María--exclamó todo bilis y enojo Montiño: sois una bribona... + +--Bien, muy bien; ahora los insultos. + +--¿Queréis vengaros de mí porque os he echado á perder un buen +negocio?... + +--Yo no me vengo, no os he dicho nada que merezca la pena de que me +tratéis así. + +--Habéis querido hacerme sospechar de mi esposa. + +--¡Jesús María! ¡vea vuestra merced lo que es ser los hombres +maliciosos! + +--No es necesario ser malicioso. + +--¿Pues yo qué os he dicho? + +--Pues eso es lo malo, que no habéis dicho nada. + +--He dicho que los hombres viejos no debían casarse teniendo hijas +jóvenes y bonitas. + +--Habéis dicho mujer. + +--He dicho hija. + +--Y bien, ¿qué tenéis vos que decir de mi hija?... + +--¡Hum! ¡nada! ¡pero haberse estado vuestro sobrino hasta las tres en +vuestra casa, y no haber parecido cuando le buscaba la justicia! + +--Mi hija no conoce á su primo. + +--Pero como tal primo es tan hermoso y tan atrevido... replicó la señora +María. + +--Dejemos esta conversación, señora María, que estáis equivocada de +medio á medio; mi sobrino no ha estado en mi casa... + +--Pues si ha estado en palacio y no en vuestra casa... + +--Ha estado en la casa del rey--dijo una voz á la puerta. + +Volvióse todo hosco é incómodo el cocinero y vió al bufón del rey. + +El tío Manolillo entró con las manos puestas en las caderas, miró frente +á frente al cocinero de su majestad, se le rió en las barbas y se sentó +en un taburete de pino. + +--Y bien, ¿por qué os reís?--dijo Montiño amostazado, porque hacía mucho +tiempo que le causaban ojeriza las bromas del bufón. + +--Ríome porque siempre que os veo me da gozo, señor Francisco--dijo el +tío Manolillo. + +--Es que os estáis gozando conmigo hace muchos días. + +--¿Qué queréis? cuando yo veo la felicidad de los demás, me perezco de +alegría. + +--¿Y qué felicidad veis en mí, amigo bufón? + +--¡Bah! ¡vuestra mujer!... + +--¡Mi mujer!--exclamó, sintiendo un sacudimiento nervioso el cocinero. + +--Ciertamente, vuestra mujer... os ama mucho... mucho... muchísimo... Os +ayuda en todo lo que puede. + +--¿Sabéis que ya me incomoda el que me habléis tanto de mi mujer? + +--Como que estoy enamorado de ella... + +--Vos no amáis más que á esa comedianta que os tiene vuelto el juicio... + +--Puede ser, porque tratándose del juicio de los hombres, no conozco +cosa que tanto se lo vuelva como las mujeres. Pero dejándonos de bromas +y ya que hablábamos de vuestro sobrino, ¿cómo ha pasado la noche ese +valiente joven, señora María? + +--¡Qué! ¿conocéis á mi sobrino, tío Manolillo? + +--¡Bah si le conozco! ¿pero no habéis oído, señora María, ó es que +tanto os interesa tener limpias las sartenes, ya que no podéis tener +limpia la conciencia? + +--No sé para qué los reyes han de tener gordos y ensoberbecidos á estos +avechuchos--dijo la vieja. + +--Pero el sobrino del señor Francisco... os he preguntado por él tres +veces y nada me habéis respondido... y sé que ha pasado aquí la noche... + +--La madrugada, diréis. + +--En buen hora... ¿y duerme todavía? + +--El que se acuesta tarde, no se levanta temprano. + +--¿Y decís que conocéis á mi sobrino?--dijo el cocinero. + +--Ya se ve que le conozco. + +--¿Dónde le habéis visto? + +--Anoche en palacio. + +--¿Pero en dónde? + +--Donde no entran todos. + +--¿Estáis seguro de lo que decís? + +--Vaya si lo estoy. + +--¿Y habéis hablado con él? + +--No, pero no importa; sé que anda enamorado y en aventuras. + +--¿Y le corresponden? + +--Tal creo. + +--Tenemos que hablar á solas... no os ofendáis, señora María. + +--La señora María no se ofende de otra cosa que de no ganar dineros. + +--Yo no puedo ofenderme de lo que me da risa. + +--¿Y qué os da risa en esto? + +--El secreto que gastáis... como si no supiéramos que en palacio es muy +fácil tener amores altos. + +--Como es muy difícil que vos dejéis de ser una deslenguada. + +--Os advierto, hermano bufón, que si mi esposo os oye, que pudiera ser, +os cortará una oreja. + +--¡Bah! ¡el escuderote! Pero dejando esto... ¿dónde tiene su aposento el +señor Juan Montiño? + +--Ved que sale en persona--dijo la vieja señalando una puerta que se +abría, y tras la cual apareció el joven. + +--¡Ah! ¡mi buen sobrino!--exclamó Montiño corriendo hacia él. + +--¿Cuánto pensará ganar con su sobrino el cocinero del rey, cuando tan +bien le trata?--dijo para si el bufón. + +--¿Y mi tío Pedro?--dijo el joven con solicitud. + +--¡Tu tío!... ¡tu pobre tío, ha muerto!--contestó apagando su sonrisa y +con acento triste Francisco Montiño. + +El joven se puso pálido, sus ojos se llenaron de lágrimas, y exclamó +bajando tristemente la cabeza: + +--¡Cúmplase la voluntad de Dios! + +Y luego añadió dominándose: + +--¿Y nada os ha dicho para mí? + +--Nada; cuando llegué ya había perdido el habla. + +--¡Ah! ¡mi buen tío! la carta que me dió para vos era un pretexto para +alejarme de sí; para que no lo viese morir. + +--No te has engañado, sobrino; no te has engañado... ¿y qué he hecho yo +de esa carta? creo que la llevé al pueblo, y que la he dejado olvidada +allí. ¿Pero, cómo has pasado la noche? + +--Muy bien, tío, muy bien. + +--Pues me alegro, me alegro mucho--dijo el tío Manolillo--, porque creo +que tenéis demasiado que hacer para no necesitar estar descansado. + +--No os conozco, amigo--dijo Montiño. + +--Nada tiene de extraño. Yo soy el bufón del rey; pero si no me conocéis +á mí, conocéis mucho á un grande amigo mío. + +--¿Qué amigo? + +--Don Francisco de Quevedo. + +--¡Cómo! ¡don Francisco de Quevedo!--dijo el cocinero mayor--¿y está don +Francisco en la corte? + +--Y algo más que en la corte dijo el tío Manolillo. + +--¡Ah, ah! ¿Y conoces tú á don Francisco de Quevedo, sobrino?--añadió el +cocinero. + +--Estuvo hace dos años en el lugar; iba huído... + +--¡Ah!--dijo Francisco Montiño, recordando el pasaje de la carta de su +difunto hermano, en que se refería al conocimiento de Juan con +Quevedo--. ¡Ah, sí! ¡Es verdad! + +--¿Y qué es verdad?--dijo Juan. + +--¿Qué ha de ser verdad, sino que hace dos años anduvo huído por unas +estocadas don Francisco? + +--Pues amigo mío--dijo el bufón--, don Francisco os espera. + +--¿Que me espera? ¿Y dónde? Habíamos quedado en vernos en San Felipe. + +--Pero urge, urge. Así, pues, os vendréis conmigo. + +--¡Sin almorzar!--dijo el cocinero--. ¡Yo que venía con él para que +almorzase! + +--Donde yo le llevo almorzará mejor. + +--¿Mejor que en mi casa? + +--Sí, señor; vuestro sobrino, señor Francisco, almorzará hoy mejor que +el rey. + +--¡Algunas empanadas de hostería de esas que no se digieren!--exclamó +Montiño con desprecio y picado en su calidad de cocinero. + +--¡Yo daré de almorzar á vuestro sobrino pechugas de ángeles! + +--¡Ah, ah!... ¡vos tenéis á vuestra disposición pechugas de ángeles!... +Pero es el caso que yo necesito á mi sobrino, aunque sólo puedo darle +pechugas de ánade. + +--No son malas, señor Francisco, no son malas; guardadme una para más +tarde; pero yo ahora me llevo conmigo al señor Juan Montiño. Como que le +espera nada menos que don Francisco de Quevedo, y para asuntos muy +importantes. + +--¡Oh! pues si don Francisco de Quevedo me espera, tío, necesario será +que vaya. + +--Iremos todos--dijo el cocinero. + +--No puede ser--replicó el bufón--: quedáos en buen hora siguiendo +vuestra disputa con la señora María. En cuanto á mí, vuestro sobrino me +llevo. + +--¿Y dónde para don Francisco? + +--En una casa y en una cama. + +--Pues quedo enterado--dijo el señor Francisco. + +--¡Cómo! ¿Ha pasado algún mal accidente á don Francisco?--dijo con +cuidado Montiño. + +--Cosa mala nunca muere--dijo desapaciblemente la vieja. + +--Por eso no habéis muerto vos, aunque sois vieja del alma y del +cuerpo--dijo el tío Manolillo--; pero vamos, señor Juan, y que no se +diga que cuesta más trabajo sacaros de aquí que si se tratase de sacar +una monja de un convento. + +--No; no ciertamente--dijo el joven--; perdonad, tío, pero cuando don +Francisco me llama con tanta urgencia, asunto debe ser importante; en +cuanto concluya iré á buscaros á palacio. + +--Ve, sobrino, ve--dijo el cocinero--; ya sabes que yo no me meto en tus +asuntos; pero mira dónde pones los pies, hijo mío, porque la corte se ha +puesto para ti un poco resbaladiza. + +--¿Nos veremos en la calle?--dijo el bufón--. Venid, que el tiempo +urge, y vos, compadre, dejadnos por Jesús Nazareno, y vamos, y no se +hable más, que en decir y replicar llevamos una hora. Conque hasta +después; muchas expresiones al señor Cornejo, señora María, y al señor +escudero que se compre un peine fuerte; hasta más ver... ¡Gracias á Dios +que estamos en la calle! + +Y el tío Manolillo, sin detenerse á escuchar la agria réplica de la +señora María, sacó á remolque á Juan. + +--¿Conque tan hombre sois?--le dijo el bufón. + +--Según--dijo Juan--; no sé por qué me hacéis esa pregunta. + +--¡Afortunado y reservadillo! haréis fortuna en la corte, joven. + +--Me alegraré. + +--¡Ah, ah!--conozco á muy pocos que hayan entrado en palacio con tan +buen pie. + +Miró profundamente Montiño al tío Manolillo. + +--Vuestro amigo don Francisco--dijo el bufón contestando á aquella +mirada--me llama el mochuelo del alcázar. + +--Os juro que no os entiendo. + +--¡Bah! ¿Y cómo os va de vuestros amores? + +--¿De mis amores? + +--¡Qué! ¿No estáis enamorado? + +--¡Yo! + +--Mirad que doña Clara Soldevilla es demasiado persona para que se la +engañe. + +--¡Doña Clara! ¡Oh, doña Clara! ¿La conocéis? + +--¡Vaya! ¡Pues medrados estaríamos si el tío Manolillo, el loco del rey, +no conociese hasta las arañas del alcázar! Conozco á mi señora doña +Clara desde que era así, tamañita. + +--¿Y qué se dice de esa dama en el alcázar? + +--¿Qué se ha de decir? La llaman la menina de nieve. + +--¿Por lo blanca? + +--Bien pudieran; pero es por lo fría. + +--¡Fría, y tiene dos ojos que abrasan! + +--Pues ahí veréis. Nadie ha podido hacer que esos ojos le miren +enamorados. ¡Como no seáis vos!... + +--¡Yo! + +--¿Y qué tendría eso de extraño? + +--Os aseguro que... + +--Lo creo; doña Clara es dura como una roca. + +--Pero yo no pienso... + +--¡Vos!... ¡bah!... Vos sois capaz de saltar por esa dama por cima de +la torre de Santa Cruz; y si yo fuera otro, lo sería también... y sois +vos solo... + +--¡Cómo! + +--El primero que salta por doña Clara es... + +--¿Quién? + +--Un personaje muy alto... + +--Acabad. + +--Don Felipe. + +--¿Don Felipe de qué? + +--Don Felipe de Austria, mi buen amigo, mi entretenimiento, mi loco. + +--¡Ah! ¡El rey! + +--No os pongáis pálido, amigo mío, no os pongáis pálido; doña Clara hace +tanto caso del rey como de mí. + +--¡Pero decís que hay otros!... + +--No hay ninguno; es decir, ninguno ha logrado hacerse amar de doña +Clara... á no ser que vos... + +--¿Yo? + +--Seamos francos; ¿cuánto daríais vos por encontrar una persona que os +sirviese de puente para con esa dama? ¿Por dos ojos que viesen más que +los vuestros? + +--¿Me hacéis una proposición? + +--Me intereso por vos. + +--¿Y qué clase de interés es el vuestro? + +--Yo... os serviré... pero me habéis de pagar. + +--Contad con mi bolsillo. + +--Os perdono, porque los enamorados están locos... Vos me pagaréis, pero +no me pagaréis en dinero... Llegará un día en que yo os diga: os he +servido; servidme. + +--Os serviré como me hayáis servido á mí. + +--No hablemos más; estamos cerca de la casa donde para nuestro amigo don +Francisco. + +Entraban á la sazón en la calle Ancha de San Bernardo. Al poco trecho, +el bufón llegó á una puerta, tiró de un cordel y la puerta se abrio; +siguióle Juan Montiño, el bufón cerró la puerta y subió por unas +escaleras, seguido del joven, á un hermoso recibimiento, y de allí á una +sala ricamente alhajada. + +Sobre los sillones había algunos trajes relumbrantes, á todas luces +trajes de teatro, y sobre una mesa joyas en desorden y botes de +perfumes. + +En la sala no había nadie; pero saliendo de una alcoba se escuchaba una +voz vibrante y acentuada que al parecer leía, y de tiempo en tiempo una +voz juvenil y fresca, incitante voz de mujer, que se reía de la mejor +gana del mundo. + +El bufón adelantó y levantó una de las cortinas bordadas que cubrían la +puerta de la alcoba. + +En un magnífico lecho, que por muchas señales demostraba ser un lecho de +mujer, y de mujer galante, hundido en los colchones, medio sepultado en +las almohadas, revuelta la cabellera, caladas las antiparras, +sosteniendo un libro en folio, leía Quevedo. + +A los pies del lecho, indolentemente envuelta en una especie de bata de +color de rosa con encajes, mal cogidas las anchas trenzas negras, +extendidos los pies, que calzaban unos chapines de tafilete blanco, +apoyado un brazo en otro brazo del sillón, y sobre la mano uno de esos +semblantes en que no se sabe qué admirar más, si la fuerza de la +juventud, la fuerza de la hermosura ó la fuerza de la expresión, había +una mujer como de veinticuatro años, sonriente, alegre, escuchando con +delicia á Quevedo, que leía uno de los mejores capítulos del _Ingenioso +Hidalgo Don Quijote de la Mancha_. + +Quevedo al leer no se reía; su acento al leer era el de un profundo +crítico, que aprecia cada uno de los detalles, cada uno de los +pensamientos, cada una de las bellezas, y las determina, las anota, por +decirlo así, con la inflexión del acento, con la acentuación particular +de la palabra; que admira y que acaso envidia, y que toma la lectura por +lo serio. + +Cervantes, leído por Quevedo, ganaba; el chiste se hacía irresistible; +la joven se reía con toda su alma. + +Se nos olvidaba decir que la joven tenía en la mano derecha, abandonada +sobre la falda, un cuaderno de papel en que se veían escritos versos. + +A la cabeza de aquellos versos se leía: + +«Doña Estrella en la Estrella de Sevilla».--Dorotea. + +Aquel era un papel de una de las mejores comedias de Lope de Vega. + +La que le tenía en la mano, era sin disputa una comedianta. + +El papel revela su nombre. + +Era Dorotea. + +La querida pública del duque de Lerma. + +La amante particular de don Rodrigo Calderón. + +La mujer que tenía con el tío Manolillo unas relaciones, un punto de +contacto que nadie podía calificar. + +Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, estaban allí; los dos en +representación, el uno en persona, haciendo brillar el uno de los +representados á Cervantes y cautivando en favor de éste la atención de +Dorotea en daño del otro representado, de Lope de Vega. + +--Yo os daba durmiendo dijo--el tío Manolillo--y á ti estudiando, +holgazana--añadió dirigiéndose á la joven. + +--Gracias á mi buen Miguel que me he encontrado por ahí, no duermo, ni +Dorotea estudia. Cuando habla Cervantes es necesario no vivir sino para +escucharle. ¡Qué ingenio! se entiende, cuando no se trata del Pérsiles. +Parece mentira que el tan discreto... pero vamos al asunto, y perdone mi +buen amigo--añadió Quevedo cerrando el libro y dejándolo sobre la +cama--, ¿traéis con vos á ese sujeto? + +--Tráigole por los cabezones. + +--¿Cómo tal? ¿por los cabezones venís cuando yo os llamo, amigo Juan? +Entrad, entrad, amigo mío, la dueña de la casa es una moza demasiado +valiente para asustarse, porque vos entréis en su alcoba. + +--Decís bien, y tanto más, cuanto me habéis curado de espanto +apoderándoos de mi lecho; ¿qué pensarían de mí, si las gentes os vieran? + +--Que estoy cansado. ¿Pero qué hacéis que no entráis, amigo Juan? + +--Entrad, entrad, caballero--dijo Dorotea levantándose--; esta casa es +muy vuestra. + +Y levantó la otra cortina que el bufón no había levantado. + +Al ver á Dorotea Juan Montiño, y al ver á éste Dorotea, sucedió una cosa +singular: los dos retrocedieron, los dos cambiaron de expresión. La +sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borró; en el semblante de +Juan Montiño apareció una expresión de sorpresa, pero no más que de +sorpresa. + +No esperaba ver una mujer tan hermosa. + +Le había dado de repente en los ojos un relámpago de hermosura. + +El bufón y Quevedo habían reparado esta circunstancia: la repentina y +significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montiño. + +--¡Ah!--dijo el bufón. + +--¡Oh!--dijo Quevedo. + +--Pasad, caballero, pasad--dijo Dorotea ya perfectamente serena. + +Juan Montiño entró en la alcoba, enteramente repuesto ya de su sorpresa. + +--¿En qué nido le habéis encontrado, amigo Manolillo?--dijo Quevedo. + +En el nido de una corneja. + +--¿Y dónde tiene esa corneja su nido? + +--Es la manceba vieja de un tal Cornejo, galeote huído que anda haciendo +milagros en la corte. + +--¡Ah! ¡Un ensalmador de condenados, reparador de injurias y +falsificador de doncellas! Conozco al tal. + +--¡Pero vos conocéis á todo el mundo, don Francisco!--dijo Dorotea. + +--Conócenme á mí todos; no es mía la culpa; el que en enredos anda, +enrédase. + +--Yo creo haber oído hablar de ese Cornejo--dijo Dorotea. + +--¿Ha graznado á vuestra oreja? pues mal agüero, hija; si supiera esto +su excelencia, juntamente con que yo... + +--Vos os tomáis licencia para todo; en cuanto á ese Cornejo, conózcole +por haberme hablado de él mis compañeras. + +--Señor Juan Montiño--dijo Quevedo con voz campanuda--: necesito hablar +con vos á solas. + +--Muchas gracias por la manera de echarnos, don Francisco--dijo Dorotea. + +--Lope de Vega os espera; esta tarde á las dos debéis aparecer estrella; +procurad que no os nublen los del patio... debéis, pues, agradecerme que +no os distraiga. Paréceme que estaréis aquí mejor que en palacio, tío +Manolillo. + +--Buenas noches, don Francisco, buenas noches y hasta que despertéis. + +--Os engañáis, hermano; aún no me duermo, ni llamo al amigo Juan para +que me traiga el sueño... heme echado por descansar un poco, pero ya +empiezan mis tareas cortesanas: el no dormir y el no parar. ¿Y vos +habéis descansado?--dijo Quevedo dirigiéndose á Montiño, y prescindiendo +enteramente del bufón, que salió y se sentó en la sala frente á Dorotea, +que se había puesto á estudiar su papel junto á una ventana. + +--No he podido dormir, Quevedo--dijo el joven. + +--Dichosa edad en que el amor desvela; ¿y no ha tenido parte en vuestro +desvelo el lance de anoche? + +--¿Cuál de ellos? + +Quevedo marcó con el brazo una estocada. + +--¡Ah! ¡no! + +--Pues sabed que Lerma lo sabe. + +--Me importa poco. + +--Que os pueden encerrar. + +--Me importa menos. + +--Que os puede suceder algo que negro sea. + +--Sucédame en buena hora. + +--No negáis la pinta. + +--¿Qué pinta? + +--La de vuestro padre. + +--Creo que mi padre hubiera tenido en estas circunstancias tan poco +cuidado como yo. + +--Créelo sin dificultad y me alegro de que os parezcáis á vuestro padre. +Sólo por eso os había llamado: estaba cuidadoso por vos. Y decidme, ¿si +no habéis dormido, tendrá la culpa doña Clara Soldevilla? + +--¡Cómo! ¡pues qué! ¿Sabéis...? + +--Yo lo sé todo. + +--Tenéis sin duda un diablo familiar. + +--Puede ser. ¿Y los amores os han quitado el apetito? + +--No por cierto. + +--¿No? pues me alegro; ni yo tampoco. ¡Dorotea! ¡amiga Dorotea! + +--Decid á vuestra negra que nos dé de almorzar. + +Almorzaremos todos juntos--dijo Dorotea. + +--Que me place: almorzarán juntos el amor y las musas, una ninfa y un +sátiro. ¿Y tenéis buena despensa? supóngolo. + +--¡Ah! me cuidan como una reina. + +--Créolo; como creo que agradecéis como una reina los cuidados. +Perdonad, amigo Juan, si me dejo ver de vos desencuadernado--dijo +Quevedo saltando del lecho en paños menores--; hacedme la merced de +echar esas cortinas, no se escandalize Dorotea. + +--¿Os levantáis?--dijo la comedianta--: me alegro, voy á mandar sahumar +la alcoba. + +--Pues dudo mucho... + +--¿Que?... + +--Que haya sahumerio que la quite su olor: si yo no tuviera la cabeza +tan fuerte, trastornado saldría y entontecido. Huele aquí... + +--A hermosura... + +--Bien, lo creo. + +--Y de hoy en adelante olerá á ingenio... + +--¿Por qué, pues, sahumais?... + +--Pudiera pegársele á don Francisco... + +--¡Ah! ¡su excelencia! Créolo libre de tal contagio... + +--Dios le ayude. + +--Ya le ayudáis vos... + +--Pues yo creía que le desayudaba... + +--Sois un oro... + +--¿Os habéis vestido ya? + +--Atácome las calzas... + +--Voy á preparar el almuerzo. + +--¿Quién es esta mujer? dijo Montiño. + +--No lo sé--dijo Quevedo encajándose los gregüescos. + +--¿Qué, no lo sabéis, y os metéis en su casa como en una posada, y la +tratáis con una lisura que mete miedo? + +--Tratándose de esta mujer, cuanto más miro menos veo. No se lo digáis á +nadie, porque no me gusta pasar por torpe: pero no la leo... no la +adivino. Hacedla el amor. + +--¿Yo?... + +--Es hermosa. + +--Pero descarada. + +--Por las descaradas se conoce á las enmascaradas; un amante ve lo que +no ven los demás, y nos conviene ver á esta mujer. + +--Enamoradla. + +--Ya lo he hecho. + +--¿Y no habéis podido leerla? + +--No, porque no se ha enamorado de mi. + +--¿Y queréis que yo embista con una mujer que os ha rechazado?--replicó +Montiño. + +--Habéis sorprendido á esta mujer. + +--¡Yo! + +--Se ha puesto pálida al veros. + +--Perdonad, á mí también me sorprendió... + +--Mejor: ella ha reparado en vuestra sorpresa y espera. + +--Perdonad, pero la sorpresa pasó. + +--Créolo: pero os repito que los amores de esta mujer interesan... + +--¿A quién? + +--A la reina. + +--¡Ah! + +--Además, no sabe aún lo de don Rodrigo. Procurad que cuando lo sepa le +importe poco. + +--No comprendo lo que me queréis decir con lo de don Rodrigo... + +--La Dorotea cobra del duque de Lerma, y da á don Rodrigo Calderón. + +--¡Ah! + +--Os aseguro que si en el almuerzo ganáis terreno, cuando le llegue la +noticia, que no deberá tardar, la importará poco lo sucedido... + +--Pero... un triunfo tan rápido... + +--Así se triunfa de estas mujeres... ó á primera vista ó nunca. + +--Me repugna... + +--Sois mal galán de capa y espada... no servís para una comedia. + +--Lo confieso. + +--¿No me habéis recibido por maestro? + +--Sí. + +--Pues obedecedme. + +--Bien quisiera, pero tengo el corazón lleno. + +--¡Alma de niño! ¡majadero incorregible! doña Clara Soldevilla es el +corazón, esta mujer la cabeza. + +--¡Ah! + +--¿Me habéis comprendido? + +--¿Pero tan importante es esta mujer? + +--No lo sé, pero pudiera serlo. + +--La enamoraré. + +--¡Callad! ó más bien... ¿y qué tal, qué tal os fué el último año en +Alcalá? + +Dorotea acababa de entrar en la sala. + +--¡Cómo! ¿este caballero es estudiante?--dijo dejando sobre una mesa dos +botellas. + +--Y de teología--dijo Quevedo. + +--¡Estudiáis para clérigo!--dijo haciendo un mohín de repugnancia la +comedianta, á tiempo que salía Montiño de la alcoba. + +--Ha ahorcado los hábitos--dijo Quevedo saliendo tras Montiño. + +--¡Ah! he ahí una justicia que me agrada; y eso que no puedo ver á un +ahorcado sin tener malos sueños. + +--¿Y qué diablos hacéis ahí, hijo Manolillo, doblado y redoblado?--dijo +Quevedo. + +--¡Ah!--exclamó el bufón, como un hombre que despierta--; pensaba. + +[imagen: Quevedo] + +--¿Y qué pensábais? + +--¡Qué sé yo! era uno de esos pensamientos, que piensan en nosotros. + +--Metafísico estáis. + +--Y que nosotros no pensamos en ellos. + +--Continuad. + +--Que se vienen... y que se van... + +--Una idea eterna... + +--Eso es... + +--Un combate... + +--No, un tirano... + +--Téngoos lástima... + +--¡Ah! + +--El tío Manolillo tiene unas cosas muy singulares--dijo Dorotea. + +--¡Me voy!--exclamó el tío Manolillo. + +--¿Y no almorzaréis con nosotros? + +--El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adiós. + +Y el tío Manolillo salió sombrío y cabizbajo; se le oyó bajar +violentamente las escaleras y salió. + +--No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo--dijo Quevedo. + +--Ni yo--exclamó Dorotea. + +--¡Y os ama! + +--¿Pero cómo me ama?... + +--Sabréislo vos. + +--Pues no lo sé; pero aquí viene el almuerzo, señores: sentiré trataros +mal; vosotros tendréis la culpa; doy lo que tengo. + +--¡Y como tenéis un cielo!... + +--¡Bah, don Francisco! cuando me requebráis, no sé si debo ofenderme, +ó... + +--¿Es esta negra vuestra cocinera? + +--Sí por cierto...--dijo un tanto resentida Dorotea del cambio de +conversación de Quevedo. + +--Y bien, carbón viviente, ¿qué nos das de almorzar? + +La negra, que traía una mesa ayudada por un lacayuelo, contestó sobre la +pregunta de Quevedo: + +--Vuesamercedes almozarán salmón fresco, pollas asadas, pastelones +negros, pichones ensopados, tortas de dama... + +--Basta, basta, y aun diré que sobra, aunque tengo un apetito de gigante +encantado. + +--Pues sentémonos--dijo Dorotea--; ¿y vos, tenéis también apetito?... + +--Está enamorado... + +--¡Ah!--dijo con cierto disgusto la Dorotea. + +--Enamorado de vos. + +--¡De mí!--exclamó riendo la comedianta. + +--¡Cosas de Quevedo!--dijo Montiño terriblemente contrariado. + +--No, no por cierto... cosas de Dorotea. + +--¡Cosas mías! + +--Ciertamente, porque vuestras cosas son las que han quitado el apetito +de todas las cosas al señor Juan Montiño. + +--¡Ah! ¿os llamáis Montiño? + +--Es sobrino del cocinero mayor del rey. + +--¡Oh! ¡Dios mío! ¡os va á parecer detestable mi almuerzo! + +--El rey no almuerza tan bien como vos, ni con tan buen servicio... +apuesto á que esta plata ha venido en derechura para vos del Potosí... + +--Ved ahí que me importa poco el lugar de donde haya venido. + +--Debe importaros mucho más el lugar en donde ha parado. + +--Sabe Dios si para. + +--Mejor, porque será río si corre. + +--Me voy cansando... + +--Decís bien, debéis descansar... aunque no sois vieja. + +--Trabajo siempre para el público... + +--Decís bien... debéis trabajar para menos gente... ya quise que +trabajáseis para mi... con el corazón; pero vuestro corazón anduvo +reacio. + +--Punzáis, don Francisco. + +--¿Ortiga me hacéis? desgraciado ando. + +--No lo andáis mucho, cuando os veis en la corte. + +--Pues mirad: no quisiera ser cortesano. + +--Sóislo muy poco... y en prueba de ello cuando no estáis preso... + +--Me buscan... decís bien... y ahora me acuerdo... sois mi olvido de +todo... ¿y de qué me había olvidado?... figuráos que anoche anduve +cómplice en unas estocadas. + +--¡Apenas llegado! + +--Es mi sino. Pero como estoy ya cansado de que me echen el guante, +trato de echar un guante de oro al escribano para que se le entorpezcan +los dedos... y me urge... y me duele dejar á medio roer este pichón... +pero os dejo... + +--¿Os vais?--dijo Montiño poniéndose de pie. + +--¡Oh! ¡no! vos no tenéis nada que ver con la justicia--dijo Dorotea--: +almorzad al menos, caballero... si no es ya que os sepa mi almuerzo mal. + +--Creo que jamás ha almorzado tan á gusto el señor Montiño, y se +quedará, debe quedarse--añadió Quevedo cargando su acentuación de una +manera perfectamente inteligible para Montiño. + +--Temería abusar... + +--¡Oh! ¿qué es abusar?... por el contrario, no sabría á qué atribuir... + +--Pues me quedo--dijo Montiño con voz insegura. + +--Pues quedáos--exclamó Quevedo--. Os suplico que no os vayáis... + +--Pero si tardareis... + +--En ninguna parte pudiérais sentir menos la espera. ¡Ah! las diez... +conque hasta las doce. Quede con vosotros Dios. + +Y Quevedo salió. + +Toda esta escena, á pesar de que había sido un poco picante, había +pasado delante de la negra y del lacayuelo. + +--Servidnos los postres y marcháos á almorzar--dijo Dorotea apenas salió +Quevedo. + +Montiño y la comedianta quedaron al fin solos. + +--Tenéis un amigo muy regocijado--dijo Dorotea... + +--¡Oh! ¡sí!--contestó el joven, que aunque no era novicio, sentía +remordimientos por aquella especie de infidelidad que hacía á su dama, y +estaba contrariado. + +--Si no fuese por su lengua...--añadió Dorotea. + +--¡Oh! ¡sí!--respondió Montiño. + +--¿Pero no coméis?--dijo la joven, que empezaba á sentirse preocupada. + +--Perdonad, señora, pero... + +--¿Pero qué?... + +Montiño alzó los ojos, y su mirada se encontró con la mirada negra y +resplandeciente de la Dorotea. + +Por culpa de la situación, aquellas dos miradas fueron terriblemente +criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de +despecho, porque había conocido todo el valor aparente de su mirada. + +Lo mismo y por la misma razón aconteció á Montiño. + +--Vamos, esto es una tontería--dijo la Dorotea, sin pretender cubrir lo +que no podía cubrirse.--Quevedo tiene la culpa. + +--Yo creo, señora, que nadie tiene la culpa de nada. + +--Bebed--dijo la joven llenando una copa de vino. + +--Bebed primero vos... + +--La Dorotea llenó su copa. + +--No: bebed en ésta, ó bebamos la mitad de la nuestra cada uno; +cambiamos. + +--¿Sabéis lo que estáis haciendo?--dijo con seriedad la Dorotea. + +--¿Os ofende? + +--Me estáis enamorando. + +--¿Y hago mal suponiendo que eso sea? + +--Eso lo sabréis vos. + +--¡Cómo! ¿que yo sabré si hago mal en enamoraros? + +--Sí, porque vos sabréis con cuánta lealtad, con cuánta razón podéis +enamorar á una mujer á quien hace media hora que conocéis. + +--La soledad tiene la culpa... + +--Llamaré compañía... + +--No; más bien si os desagrada mi atrevimiento, me iré yo. + +--Don Francisco vendrá á buscaros... + +--Pues no encuentro medio... + +--Sí; dejar esta conversación. + +--Dejémosla. + +--Hablemos de otra cosa. + +Pero ninguno de los dos habló. + +Bebieron en silencio sus copas. + +Pasaron algún tiempo callando. + +Dorotea miró involuntariamente á Montiño. + +En aquel momento Montiño miró á la comedianta. + +Esta doble mirada fué más elocuente, más intensa que la anterior. + +Dorotea y Montiño se turbaron mucho más. + +Pero por aquella vez, Dorotea no se irritó. + +Por el contrario, soltó una alegre carcajada, y dijo: + +--¿Quién diablos os ha traído aquí? + +Y llenó la copa, bebió la mitad, y ofreció la copa á Montiño. + +Montiño la tomó y buscó el sitio donde había puesto sus labios la joven. + +--Habladme con franqueza--dijo la Dorotea--; ¿qué habéis visto en +mí...? + +Y se detuvo. + +--He visto en vos, señora... ¡la verdad es que no he visto nada fuera de +vuestra hermosura, que es divina! + +--Pero... mi hermosura sola no hubiera causado en vos... en fin, no +hablemos más de esto... os recibo por mi amigo.. conozco que os +apreciaré... os apreció ya, no sé por qué... sobre todo, no me gusta una +guerra fatigosa, un galanteo que á nada conduciría, porque es una +locura. + +--Seamos, pues, amigos; prefiero vuestra amistad á vuestro amor. + +-¡Mi amor! ¿sabéis si yo he amado alguna vez? ¿sabéis si puedo amar? + +--Todos hemos nacido... + +--He aquí una cosa indudable. + +--Para amar... + +--Eso no es tan claro. + +--Si no habéis amado, amaréis. + +--¿Habéis amado vos? + +--Sí, y mucho--dijo Montiño suspirando por doña Clara de Soldevilla. + +-¿Y amáis...? + +--¡Si amo! ¡si amo! ¡con toda mi alma!--exclamó el joven refiriéndose +siempre á doña Clara. + +La Dorotea, sin darse á sí misma la razón, se inmutó profundamente y +dejó ver claro su disgusto en su semblante. + +Acaso aquello era amor propio. + +Acaso una sensación involuntaria. + +Montiño notó aquella conmoción, la tradujo por amor propio á su favor, y +acordándose de que Quevedo le había dicho:--Importa á la reina acaso, el +que volváis loca á esa mujer--y comprendiendo que el servir á la reina, +el sacrificarse por ella, era la mejor seducción que podía emplear para +con doña Clara, se decidió á tomar á la comedianta por instrumento, y á +destruir el mal efecto que le habían causado sus últimas palabras. + +--Sí--repitió con acento apasionado--, amo á una diosa humana, con toda +mi alma, con todo mi corazón... y esa divinidad... ¡sois vos! + +--¡Yo! ¡imposible! + +--Recordad que me turbé al veros. + +--Eso nada prueba. + +--Prueba que me habéis matado. + +--Pero... caballero...--dijo pálida y grave la Dorotea--, creo que me +tomáis por entretenimiento. + +--¿Me ofendéis...? + +--Porque temo ser ofendida. + +--¿Qué encontráis de extraño...? + +--No sé... porque, como, lo repito, no he amado nunca, no sé si es +posible que se ame así como vos decís, tan pronto. + +--¿Cuánto tiempo tarda en arder la leña seca? + +--¡Ah! + +--El tiempo que tarda en acercarse á ella el fuego. + +--Pero la llama dura poco... + +--Pero cuando acaba ha consumido la leña. + +--¿Y vos sois... leña seca...? yo os creía leña verde. + +--Os engañáis. En las universidades se empieza á vivir muy pronto, y se +vive muy de prisa. + +--¡Ah! ¡los estudiantes! ¡dicen que los estudiantes son muy embusteros! + +--No sé qué puedan diferenciarse en esto de los otros hombres. + +--Tenéis razón; pero tienen también una fama tal los estudiantes... + +--Injusticias, envidias... además, si fuí estudiante, ya no lo soy. + +--¿Pues qué sois ahora? + +--Pretendiente. + +--¿Y qué pretendéis? + +--Una compañía. + +--¿Compañía de qué?... + +--¿De qué ha de ser?... + +--Hay muchas compañías... la de Jesús, las de comediantes, las de los +mercaderes... + +--La que yo quiero es una compañía de soldados. + +--¿Y habéis hablado á alguien? + +--La tengo casi ciertamente... + +--¡Ah! ¡es verdad! ¡sois sobrino del cocinero de su majestad! + +--¿Y creéis que mi tío puede?... + +--Si Francisco Martínez Montiño se empeña, seréis... no digo yo +capitán... sino cuartel-maestre, general... vuestro tío, además de tener +muchos doblones, tiene mucho influjo. + +--Me alegro de saberlo--dijo para sí el joven. + +--Capitán--dijo la Dorotea...--¿y os iréis á Italia ó á Flandes?... + +--Me quedaré en Madrid; á más de capitán, quiero serlo de la guardia +española. + +--Lo seréis, porque á más de vuestro tío os ayudaré yo. + +--¡Vos! + +--Sí, yo... ¿pues no sabe todo el mundo que soy la querida del duque de +Lerma, y que su excelencia me quiere tanto, que hace todo lo que yo +quiero? + +--Temería abusar de vos. + +--¡Bah! yo debo agradeceros el que me hayáis mirado tan bien. + +--Mejor os agradecería el que no me miráseis mal. + +--¿Y por qué? no tengo motivo... os aprecio... + +--Más quiero... + +--¿Más que apreciaros? + +--¡Amadme! + +--Echad un memorial á Cupido... + +--Vos sois Venus, y le mandáis. + +--Ya sabéis que Cupido es un bribonzuelo, que no respeta ni aun á su +madre. + +--Casi creo que tenéis razón. + +--¿Por qué?... + +--Porque creo que el rapazuelo me ayuda. + +--Son muy presumidos estos estudiantes... + +--Capitán, señora, capitán. + +--Pues peor; la gente de guerra cree que las mujeres se toman como las +murallas, al asalto... mudemos de conversación... + +--Mudemos... + +--¿Hace mucho tiempo que habéis venido á Madrid?--dijo la Dorotea, +procurando mostrarse completamente olvidada de la conversación anterior. + +--Vine ayer. + +--¡Ayer! + +--Sí, señora, ayer por la tarde. + +--¿Y no habéis estado otra vez en Madrid? + +--Nunca, señora. + +--Es decir... + +-¿Qué?... + +--No recuerdo lo que os iba á decir. + +--¿Queréis que os diga una cosa?... + +--Decidla. + +--Creo que tenéis más memoria cuando habláis de amor. + +--¿Volvemos? + +--¡Ah, señora! no recuerdo haber visto en mi vida unos ojos que de tal +modo me acaricien el alma. + +--¡Cómo! ¡pues qué!... ¡mis ojos!... + +--Me están diciendo... + +--Mienten... mienten mis ojos... vamos... será necesario que nos +separemos. + +--¿Sabéis que es muy dichoso don Rodrigo Calderón? + +La comedianta hizo un gesto indefinible, mezcla de disgusto y de desdén +á un tiempo. + +--No me nombréis ese hombre--dijo. + +--¡Bah! ¿pues no le amáis? + +La Dorotea fijó una mirada dilatada, inocente, dolorosa, enamorada á un +tiempo en Juan Montiño; extendió hacia él un magnífico y mórbido brazo, +y estrechando una mano del joven, le dijo: + +--Os suplico que me dejéis sola; yo os disculparé con don Francisco. + +--¡Qué! ¿tanto os enoja que yo continúe á vuestro lado? + +--No, no me enoja; pero... me siento mal; estoy turbada, ¿no lo véis? +estoy avergonzada. + +--¡Avergonzada! ¿y por qué? + +--¡Porque soy una mujer perdida!--dijo la Dorotea--, y se cubrió el +rostro con las manos. + +--¿Pero quién ha dicho eso?--replicó Montiño acercándose á ella y +apartándole suavemente las manos de sobre el rostro. + +--Lo digo yo. + +--Pues decís mal, señora; yo os creo una mujer virgen. + +--¡Ah, explicadme... explicadme eso! + +--La explicación es muy sencilla: vos misma, recuerdo que hace poco lo +decíais, vos misma habéis confesado que no habéis amado nunca. + +--¿Y lo creéis? + +--Lo creo. + +--¿Y no teméis engañaros? + +--No. + +--¿Pero qué razones, qué pruebas tenéis?... + +--Voy á hablaros con el alma, sin embozar mis palabras: cuando yo os vi, +me mirásteis como miran las cortesanas... + +--¡Ah! + +--Pero apenas me vísteis, bajásteis los ojos como una niña que recibe la +primera revelación de amor en la mirada de un hombre; os pusisteis seria +y grave. + +--¡Ah, ah! ¿y creéis--dijo con acento ardiente Dorotea--, creéis que os +habéis entrado en mi alma en el momento en que os he visto? + +A aquella pregunta de Dorotea, pregunta hecha con sinceridad, con +candor, con anhelo, Montiño sintió una especie de vértigo. Dorotea se +había transfigurado; su alma, un alma entusiasta, enamorada, noble, se +exhalaba de su mirada, de la expresión de su semblante, de su boca +trémula, de su acento cobarde, ardiente, opaco. + +Pero Montiño estaba prevenido; el involuntario poder de fascinación de +la comedianta, luchaba con el amor intenso, voluntarioso, tenaz, que +Montiño sentía por doña Clara, y el joven vaciló un momento, pero se +rehizo y se mantuvo firme, como un buen justador después de un tremendo +bote de lanza recibido en el escudo. + +--Yo no me atrevería á decir--contestó Montiño--si yo me he entrado en +vuestra alma ó no, señora; pero os puedo asegurar que vos os habéis +entrado en la mía. + +--Pero esto es una locura--dijo la Dorotea como quien pretende despertar +de un sueño--; una locura á que no debemos dar vuelo: vamos, esto no +puede ser. + +--¿Que no puede ser? ¿y por qué? ¿tanto amáis á don Rodrigo? ¿tanto os +importa Lerma? + +--Mirad--dijo Dorotea inclinándose hacia Montiño y fijando en él sus +grandes ojos--; el duque me importa lo mismo que esto--y tomó un pedazo +de pan y le desmigajó de una manera nerviosa--. Cuando tenía hambre... +deseé brillar por mi aparato, por mis trajes, por mis alhajas, le acepté +con hambre... hoy... hoy me importa muy poco el duque. + +--¡No le necesitáis ya! + +--No necesito alhajas ni brocados. + +--¿Los tenéis? + +--Jamás se tienen, porque hoy se lleva uno y mañana otro. No es eso... + +--¿Pues qué es?... + +--Dejadme hablar; me habéis nombrado á don Rodrigo... don Rodrigo me da +hastío, como eso. + +Y señaló una copa que estaba llena de vino. + +--Y sin embargo, si digo que esta desdichada conversación de amores en +que sin saber cómo nos hemos metido es una locura, no es por el duque ni +por don Rodrigo, sino por vos. + +--¿Por mí?... + +--He dicho mal; he debido decir por mi suerte. + +--Explicáos, porque no os entiendo bien. + +--Yo no puedo ya amar. + +--El amor viene sin que le llamen, y no se va aunque le echen. + +--¡Oh! no me digáis eso... porque sería muy desdichada... dejemos, +dejemos más bien este asunto... soy franca con vos; estoy aturdida; +¿queréis que os cante la canción que he estudiado para esta tarde? +seréis el primero que la oiga... lo que no es poco favor--añadió +sonriéndose--; así nos distraeremos los dos... vaya... ¡si esto parece +una brujería! + +Y Dorotea se levantó, tomó un arquilaúd que estaba sobre un sillón, se +sentó junto á la ventana, templó el instrumento, preludió con maestría +algunos instantes, y luego cantó con una voz fresquísima y de un timbre +admirable, la siguiente seguidilla: + + Como el amor es ciego + por tener ojos, + en los tuyos se esconde + dulces y hermosos: + y al esconderse, + el traidor con tus ojos + me da la muerte. + +--Cantáis... no sé cómo deciros...--exclamó Montiño--como un ruiseñor es +poco, y como un ángel... lo ha dicho todo el mundo. + +--¡Gracias! ¿Creéis que gustaré esta tarde? + +--Si los del patio sienten lo que yo he sentido... + +-¡Ah! + +--Habéis cantado como el amor... y esos ojos que cantáis, son vuestros +ojos. + +--¿Sabéis que tarda demasiado don Francisco? + +--Mejor; de ese modo no estorba. + +--Haréis que me enoje... Sois muy poco generoso. + +--¡Señora! + +--¿Pero no comprendéis que os estoy pidiendo treguas? + +--Pues bien, señora mía; yo sólo puedo concederos una cosa. + +--¡Ah, ya me dictáis condiciones! + +--¡No por cierto!... Pero quiero que me tranquilicéis el alma. + +--¿Teméis? + +--Caer del cielo. + +--¡Pero, señor, esto es terrible! Es la primera vez que me sucede... No +me conozco... + +--Porque me amáis, ¿no es verdad, y no comprendéis que se pueda amar tan +pronto? + +--Yo creo que tenéis más experiencia que yo. + +--Os engañáis; no he amado hasta ahora, pero por lo que siento, no +extraño que vos améis lo mismo que yo. + +--Pero, ¿qué deseáis de mí? + +--¿Qué deseo? Vuestro cuerpo y vuestra alma; vuestro recuerdo +continuo... Quiero ser para vos el aire que respiréis. + +--¡Me estáis engañando! + +--¡Yo! + +--¡Os ha traído don Francisco!... + +--No creí yo que alguna vez fuese para mí una desgracia mi amistad con +Quevedo. + +--¡Ah! Quevedo es tal que no sólo no puede confiarse en él, sino que +tampoco de una persona con quien él haya hablado tan sólo dos veces. + +Montiño estuvo á punto de decir á la comedianta que Quevedo tampoco se +fiaba de ella. + +Pero se contuvo á tiempo, y siguió aquel papel de enamorado que no le +era difícil representar, porque además de ser hermosa Dorotea, estaba +embellecida por una sobreexcitación profunda, dominada por el no sé qué +misterioso que emanaba para ella de Juan Montiño. + +Podía decirse que Dorotea estaba enamorada, sorprendida en eso que se +llama _cuarto de hora de la mujer_, por el joven, dominada por él. + +Montiño tenía fijas en la memoria las palabras de Quevedo: «De estas +mujeres se triunfa á primera vista ó nunca». Y aquellas otras: «Interesa +á la reina que enamoréis á esta mujer». + +Juan Montiño desempeñaba con gusto su farsa, porque, aunque estaba +locamente enamorado de doña Clara, la comedianta tenía para él, en la +situación en que se encontraba, un encanto irresistible. + +Montiño la veía luchar con una fascinación amorosa. + +La veía sufrir. + +Los ojos de Dorotea se bajaban y volvían á levantarse para mirar á Juan +Montiño con más insistencia de una manera más elocuente. + +La despechaba el no poder encubrir la impresión que la causaba el joven, +y su semblante se encendía en rubor. + +Acaso hasta entonces no se había ruborizado Dorotea. + +Acaso hasta que había sentido la primera impresión de ese amor del alma +que tan superior es al deseo de los sentidos, á esa otra sensación que +generalmente se llama amor, no la había pesado en su vida anterior. + +Acaso nunca hasta entonces se había avergonzado de ella. + +Juan Montiño comprendía la lucha que agitaba el alma de Dorotea, y no la +dejaba tiempo para descansar, para reponerse. + +Se había levantado de junto á la mesa. + +Había permanecido algún tiempo de pie. + +Luego se había sentado en el taburete donde apoyaba sus pies Dorotea. + +Por último, había abrazado la cintura de la joven. + +Al sentir el brazo de Juan Montiño, se alzó como se hubiera alzado la +mujer más pura. + +--Me estáis tratando mal--dijo,--me estáis haciendo daño... daño en el +alma. ¿Trataríais de este modo á la mujer á quien quisiérais para +vuestra esposa? + +--¡Ah!--exclamó Juan Montiño sorprendido. + +--No, no he querido decir que yo os ponga por condición para amaros que +seáis mi esposo: sé demasiado que yo no puedo aspirar á ser la esposa de +un hombre honrado... pero os quisiera ver tímido, respetuoso, dominado +por mí como yo lo estoy por vos... Os quisiera ver sorprendido por un +afecto nuevo como yo lo estoy... quisiera... yo no sé lo que quisiera... +que os bastara con amarme. ¡Oh, Dios mío; pero yo estoy diciendo +locuras! + +Y se volvió á sentar, y el joven volvió á rodear su cintura. + +Por aquella vez Dorotea se puso pálida, se estremeció, pero no se +atrevió á desasirse de los brazos de Montiño. + +--Tengo sed--dijo el joven. + +--¡Sed!--dijo la Dorotea bajando hacia él sus grandes ojos medio velados +por la sombra de sus largas pestañas y dejando caer una larga mirada en +los ojos de Montiño. + +--¡Sí, sed de vuestra boca! + +--¡Oh! exclamó Dorotea. + +Y de repente rechazó al joven. + +--Alguien se acerca--dijo--; alzáos, alzáos. + +En efecto, Juan Montiño oyó abrir una puerta inmediata y se levantó y +fué á tomar su sombrero. + +--No os vayáis--dijo Dorotea--, quedáos; sea quien fuere, ¿qué importa? + +Abrióse la puerta y apareció un hombre con traje de soldado. + +Llevaba calado el sombrero, y su mirada era insolente y provocadora. + +Al ver á Juan Montiño le miró de alto abajo, y su mirada se apagó en la +mirada fija del joven. + +Entonces se quitó el sombrero y saludó de una manera tiesa. + +Montiño no se levantó de la silla donde se había sentado antes de que +llegara aquel hombre. + +Dorotea le miró con una de esas miradas que quieren decir: + +--Habéis llegado á mal tiempo: ¿Qué queréis? + +Y como si el recién llegado hubiese comprendido aquella pregunta en +aquella mirada, dijo: + +--Don Rodrigo está gravemente herido, casa del duque de Lerma. + +Montiño se puso levemente pálido, y fijó con ansiedad los ojos en +Dorotea. + +--¿Y bien?--dijo ésta--¿porqué me dais esa noticia como si se tratase de +una persona muy allegada á mí? + +--¡Cómo!--dijo con insolencia aquel hombre--yo creía que os importaba +algo. + +--Pues os habéis equivocado, Guzmán. + +En efecto, aquel hombre era el sargento mayor don Juan de Guzmán, el +mismo á quien la noche antes hemos visto al lado de la mujer del +cocinero mayor. + +--Es singular lo que está sucediendo á don Rodrigo--dijo Guzmán--. Todos +le abandonan. El duque de Lerma, sabe quiénes son los agresores, y no +manda proceder contra ellos. Vos recibís la noticia como si... + +--Nada me interesase, ¿no es verdad? + +--Lo que no deja de ser muy extraño. + +--Extrañad todo lo que queráis; podéis decir á don Rodrigo cómo he +recibido esta noticia. Y podéis decir más: me retiro del teatro: y tal +vez me vuelva al convento. + +--¡Ah! yo creí que fuese otra la causa--dijo Guzmán mirando con +insolencia al joven. + +--Sea cual fuese la causa, nada os importa. Además, que cuando tal le ha +acontecido á don Rodrigo, él lo habrá buscado. + +--Acaso tengáis vos la culpa. + +--¿Yo? ¿le ha sucedido por mí esa desdicha? + +--Si por cierto; mediaban ciertas cartas. + +--¿Cartas?... + +--De una noble dama... Vos habéis sido imprudente... El cocinero mayor +ha llegado á saber lo de las cartas... y un sobrino del cocinero +mayor... + +--¡Qué decís! + +--Que un tal Juan Montiño, que acababa de llegar á la corte, ha sido el +que ayudado de don Francisco de Quevedo... + +--Os engañáis, señor mío--dijo el joven--; Juan Montiño, no ha +necesitado de nadie para castigar á don Rodrigo Calderón, como de nadie +necesitaría para castigaros á vos á la menor palabra ofensiva que os +atreviéseis á pronunciar contra esta señora, ó contra su tío, ó contra +él. + +--¡Ah! ¿sois vos, acaso?... + +--Sí, señor, yo soy. + +--¡Ah! pues comprendo, y como nada tengo que hacer aquí, me voy. +Guárdeos Dios, señora. Hidalgo, hasta la vista. + +Ni Dorotea ni Juan Montiño contestaron al sargento mayor, que salió. + +Durante algún tiempo, Dorotea miró frente á frente y ceñuda á Juan +Montiño. + +--Yo creí que me engañábais--dijo con acento concentrado. + +--¡Que os engañaba! + +--¡Y don Francisco! ¡ah! ¡don Francisco! + +--¡Pero explicáos por Dios, Dorotea! + +--Quevedo no os ha llamado á mi casa para veros, sino para que yo os +viese. + +--No os entiendo. + +--¡Quevedo, Quevedo! ¡Ah! ¡Maldito sea! + +--¡Pero explicáos, Dorotea, explicáos por Dios, que no os entiendo! + +--Ese hombre, ese Quevedo... parece que lee en mi alma, lo que en el +alma está oculto; parece que adivina. + +--Os suplico que os expliquéis. + +--¡Que me explique! Quevedo es amigo de la reina, de esa mujer á quien +todos creen una santa, que á todos engaña. + +--Por Dios, Dorotea, ved lo que decís; no comprendo por qué os irritáis. + +--¿Por qué? me habéis sorprendido entre los dos... me habéis +engañado... Ya se ve... es hermoso, parece tan noble, tan bueno... ella +está sedienta de amor... ella no ha amado... el duque de Lerma es su +esclavo... utilicemos esta mujer... ¡y el señor estudiante...! ¡Ah, don +Francisco...! ¡don Francisco! + +--Decid que os ha llenado de dolor la desgracia de ese hombre--dijo con +impaciencia Montiño. + +--¿Y qué me importa ese hombre? ayer acaso... hoy... hoy quien me +importa sois vos... no sé por qué... pero me habéis empeñado... y nos +veremos, caballero, nos veremos. + +Y tras estas palabras se dirigió á la puerta de sala. + +--¡Casilda!--gritó--¡Casilda! mi manto de terciopelo; que ponga Pedro la +litera al momento. + +La negra trajo á Dorotea un magnífico manto de terciopelo; la joven se +puso algunas joyas, se arregló un tanto los cabellos, y salió. + +Montiño se quedó solo en la sala sin saber lo que le acontecía. + +Poco después asomó Quevedo á la puerta. + +--De seguro--dijo--habéis cometido alguna torpeza, amigo Juan. + +--No por cierto; creo que la torpeza, aunque parezca extraño, viene de +vos. + +--¡Eh! acertádolo habéis; tenéis razón... he sido torpe, porque no he +podido prever que la tal ninfa se enamorase de tal modo de vos. +¡Milagro! apuesto á que hacéis de ella una Magdalena; aunque os lo +repito, estoy seguro de que habéis cometido una torpeza... seréis capaz +de haberla dicho que herísteis á don Rodrigo. + +--Pues os habéis equivocado de medio á medio. + +--¿Pues quién ha sido? + +--Una especie de Rolando de comedia, á quien creo que ella ha llamado +Guzmán. + +--¡Ah! ¡Don Juan de Guzmán ha estado por aquí...! pues bien, no +importa... la verdad del caso es que la Dorotea está loca por vos... +¿qué habéis hecho en tan poco tiempo? Debe existir en el espíritu humano +algo terrible, algo misterioso... ¡estas influencias rápidas...! ¡este +unirse un alma á otra...! ¡oh! ¿quién sabe, quién sabe lo que somos? + +Quevedo pronunció estas palabras como hablando consigo mismo. + +--¿Queréis hacer lo que yo os diga?--exclamó de repente Quevedo. + +--¿Y qué hemos de hacer? + +--¡Qué! buscar postas y marcharnos á Barcelona; embarcarnos allí y +plantarnos en Nápoles. + +--¿Tenéis miedo? + +--Os confieso que estoy asustado. + +--¿Por lo de don Rodrigo...? + +--No, por lo de la corte... cosas se están preparando... cosas +inevitables... sería necesario ser un Dios. + +--Pues yo no me voy, á no ser que se viniera conmigo doña Clara. + +--¡Ah! maldiga Dios las mujeres... pero como estoy seguro que ni frailes +capuchinos son capaces de convencer á un enamorado como vos... + +--¿Y la reina...? + +--Dios guarde á su majestad. + +--Seamos nosotros la mano de Dios. + +--Decís bien... quedémonos... pero como yo ahora no puedo acompañaros, +ni vos tenéis á dónde ir, quedáos aquí... tomad posesión de la casa que, +os lo aseguro, es vuestra, y empezad á ser el déspota de Dorotea. Os +digo que está enamorada de vos, que resiste y que la resistencia acabará +por hacerla vuestra esclava. No olvidéis que es nuestro instrumento... y +adiós. + +--¿Pero qué he de hacer yo aquí? + +--Primero quitaros la capa, la daga y la espada como si estuviérais en +vuestra casa, mandar, hacer y deshacer, y que cuando venga Dorotea os +encuentre apoderado de vuestro lugar de dueño. + +--Pero esto me repugna... + +--Seguid mi consejo... por veinticuatro horas. + +--Pero si lo sabe doña Clara. + +--Yo me encargo de eso. Pero adiós. Me están esperando en las Descalzas +Reales. + +Y Quevedo salió. + +Juan Montiño permaneció algún tiempo perplejo, y después siguió el +consejo de Quevedo. + +Se quitó la capa y el talabarte, acercó un sillón al brasero de plata +que templaba la sala y poco después dijo: + +--¡Casilda! + +Presentóse la negra y miró con asombro á Juan, apoderado de la casa de +su ama. + +--¿Qué me manda vuesa merced, señor?--dijo. + +--Tráeme un vaso de sangría. + +La esclava salió y poco después entró con un vaso lleno de un líquido +rojo en que flotaba una rueda de limón y puesto sobre una salvilla de +plata. + +Montiño se quedó solo, pensando alternativamente en las cosas +siguientes: + +Primero en doña Clara. + +Después en la reina. + +Luego en su banda de capitán. + +Por último, en Dorotea. + +Al fin, pensando en ella y bajo la influencia de la sangría, del calor +del brasero y de la soledad, se quedó dormido. + + + + +CAPÍTULO XVIII + +DE CÓMO ENTRE UNOS Y OTROS NO DEJARON PARAR EN TODA LA MAÑANA AL +COCINERO DE SU MAJESTAD + + +Dejamos á Francisco Martínez Montiño en casa de la señora María. + +Cuando la vieja se encontró sola con él, volvió toda su cólera contra la +única víctima que le quedaba. + +--Os habéis perdido y perderéis á vuestro sobrino--le dijo--; y todo por +vuestra avaricia. + +--Tengamos la fiesta en paz, señora María; ni yo me he perdido ni trato +de perder á nadie, y con esto quedad con Dios, que yo sólo venía por mi +sobrino, y no habiéndomelo llevado me voy á la cocina. + +--Bien haréis en estar en ella, y en no perder de vista las cacerolas, y +en ver quién anda con ellas. + +--¿Qué queréis decir? + +--Nada, señor Francisco, nada... yo me entiendo, y sé lo que me digo... + +--Pues maldito si os entiendo, ni quiero entenderos. Quedáos con Dios, y +si vuelve mi sobrino, tratadle bien, y no seáis con él parlanchina ni +imprudente... ved que mi sobrino es mucho hombre y os pudiera pesar. + +--¿Porqué no casáis á vuestro sobrino con vuestra hija?... aunque os lo +están acostumbrando mal: ¡habérsele llevado el tío Manolillo á casa de +la Dorotea!... + +--Quedad, quedad con Dios, que vos por hablar os olvidáis de todo, y yo +no puedo olvidarme de nada. Conque hasta más ver: muchas cosas al señor +Melchor. + +--Id con Dios y abrid los ojos. + +--¡Oh! ¡maldiga Dios las malas lenguas!--murmuró Montiño saliendo de la +casa de la señora María Suárez. + +Y se alejó la calle adelante. + +--¡Que le case con mi hija!--pensaba el cocinero mayor--; indudablemente +que éste sería un buen negocio. ¿Pero lo tomaría á bien su padre?... el +duque de Osuna es un señor terrible... ¡y aquel cofre!.., ¿qué habrá en +aquel cofre?... ¿para qué se habrá llevado el tío Manolillo á Juan á +casa de la Dorotea?... ¿y cómo, señor? ¿cómo se anda Juan por esas +calles de Dios al descubierto, después de haber dado de estocadas á don +Rodrigo? + +Todos estos pensamientos incoherentes, revueltos, se agitaban de tal +modo en la cabeza del cocinero mayor, que andaba maquinalmente sin ver +por dónde iba. + +Cuando entró en palacio por la puerta de las Meninas, sintió que le +tocaban en un hombro. + +Volvióse y se encontró delante de un viejo apergaminado. + +--¡Ah! ¡el rodrigón de doña Clara Soldevilla!--exclamó. + +--Vuestro humilde criado, señor Francisco--dijo el vejete. + +--¿Sois vos el que me ha tocado? + +--Sí, señor, yo, que buscaba á vuesa merced. He estado en las cocinas, y +no hallándole allí, fuí á Santo Domingo el Real por ver si allí le +encontraba. + +--¿Y qué me queréis? + +--Mi señora os llama. + +--¿Ahora mismo? + +--Ahora mismo. + +--Decid á vuestra señora que me es imposible; que falté ayer de la +cocina, por asistir, de orden del rey, á la de su excelencia el duque de +Lerma, y que de seguro tendré mucho que arreglar; si yo faltara hoy +también, sabe Dios lo que sucedería. + +--Mi señora me ha dicho, que si os negábais á acudir, os dijese que lo +mandaba la reina. + +--Pero señor--exclamó Montiño--, ¿quieren matarme?... + +--Señor Francisco, yo digo lo que me dicen. + +--Pues vamos allá--exclamó Montiño con una resolución heroica. + +Subieron por la escalerilla de las Meninas, atravesaron parte del +alcázar, y al fin el rodrigón abrió una puerta, hizo atravesar á +Francisco Montiño una antesala y le introdujo en una sala. + +En ella, sentada junto á la vidriera de un balcón, estaba la hermosa +doña Clara. + +Su semblante aparecía pálido y triste; pero se animó cuando vió al +cocinero mayor. + +--Bésoos los pies, señora--dijo éste inclinándose delante de la joven. + +--Dios os guarde, Montiño--dijo doña Clara--; ¡con cuánta impaciencia os +he esperado! Sentáos. + +--¿Y á causa de qué ha sido esa impaciencia, señora?--dijo Montiño +sentándose. + +--Anoche han pasado cosas muy graves. + +--No sé... ignoro...--contestó Montiño--; indudablemente en mi familia +han pasado graves cosas: como que ha muerto mi hermano mayor... + +--¡Qué desgracia! ¡Vaya por Dios! + +--Ya era anciano... Pero tuve que ir allá... á Navalcarnero. + +--Sí, sí; ya sé que habéis estado anoche fuera de vuestra casa... No +debéis dejar vuestra casa sola, especialmente de noche, señor Montiño... +¡dos mujeres solas! + +--¿Esta también?--dijo para sí Montiño--. Pero, señor, ¿qué pasará en mi +casa? + +--Os esperaba con impaciencia para haceros algunas graves preguntas. + +--¿Puedo yo contestar á ellas? + +--Indudablemente. + +--Pues bien, escucho. + +--¿Tenéis un sobrino? + +--Sí, señora. + +--¿Se llama Juan Martínez Montiño? + +--Sí, señora. + +--¿A qué ha venido ese joven á la corte? + +--Ha venido... pues... ha venido á avisarme de que mi hermano se moría. + +--¿Nada más?... + +--Nada más. + +--Y decidme: ¿quién os dijo que don Rodrigo Calderón tenía ciertas +cartas? + +--¿Qué cartas?... + +--Cartas que comprometían... + +--No os entiendo, señora. + +--¡Montiño, estáis comiendo el pan de su majestad!... + +--Eso es muy cierto, señora... pero... suceden tales cosas, que no sé +qué hacer... no sé qué decir... + +--Pues es necesario que sepamos á qué atenernos... + +--Mi sobrino es muy afortunado, ¿no es verdad? + +A aquella pregunta imprevista, doña Clara se puso encendida como una +guinda. + +Montiño se equivocó al interpretar aquel rubor. + +--En palacio, señora--dijo--, nos vemos obligados á hacer cosas que nos +repugnan. + +--¿Qué queréis decir? + +--Seamos francos y no nos ocultemos nada. + +--¡Que no nos ocultemos!... + +--Yo sé que Juan tiene amores en palacio. + +--¿Que sabéis...? ¿Os ha dicho ese joven...? + +--No, por cierto; es callado y firme como una piedra; pero yo he +adivinado... es más, tengo pruebas... es un secreto terrible... y si +para ello me llamáis... entendámonos completamente. + +--Explicáos con claridad--dijo doña Clara con la mayor reserva. + +--Su majestad tiene disculpa... ¿Nos puede escuchar alguien? + +--Nadie, Montiño, nadie--dijo doña Clara, que estaba cada vez más +encendida. + +--Pues el rey es el rey... siempre rezando y siempre cazando... Pero +sacadme de una duda: ¿dónde ha visto su majestad á mi sobrino? Digo á mi +sobrino por costumbre. + +--¡Cómo! ¿No es vuestro sobrino? + +--Doña Clara, os voy á confesar un gran secreto... Juan no es Montiño, +sino Girón. + +--¡Dios mio!--exclamó doña Clara. + +Y de encendida que estaba, se puso pálida como una difunta. + +--Sí, sí, señora; es hijo natural del gran duque de Osuna. + +--¡Ah! Ahora comprendo... + +--¿Qué, doña Clara?... + +--Nada, nada; pero había encontrado algo de singular en la mirada de ese +joven. + +--¡Ya lo creo!... Cuando se entusiasma, cuando se embravece, se asemeja +á su padre. + +--¿Pero estáis seguro, Montiño? ¿no os engañáis? + +--Mirad, señora, y juzgad--dijo Montiño sacando de su ropilla la carta +que le había traído la noche antes Juan--: os revelo un secreto de +familia; pero vos le guardaréis. + +--Sí, sí, pero dadme. + +Montiño entregó la carta á doña Clara, que la leyó con un profundo +interés. + +--Aquí consta--dijo--, que ese joven es hijo de un gran señor y de una +noble dama; pero el nombre... el nombre de su padre no está... + +--Ya veis que mi hermano no se atrevió á confiarlo á un papel que puede +perderse, pero cuando llegué me lo reveló. + +--¿Y era... el duque de Osuna? + +--Sí; sí, señora... + +--¿Y su madre?... + +--Faltó el habla á mi hermano para revelármelo... murió poco después de +haber llegado yo. + +--¡Qué desgracia! un secreto á medias... ¿y sabe él ese secreto? + +--No; no, señora: y si os lo revelo á vos, es porque su majestad la +reina... + +--¡La reina!... + +--Ya que se ha dignado favorecer á mi sobrino... á don Juan Girón, +quiero decir... debe satisfacerla que alienta en sus venas la generosa +sangre de los Girones. + +--¿Pero qué la importa á su majestad?...--dijo severamente doña Clara--: +don Juan la ha hecho un eminente servicio... la reina se lo agradece... +y nada más... ¿qué enredos son éstos?... ¿qué fatalidad puede haber para +que se tome el nombre de su majestad de una manera ambigua? + +--Perdonad, señora; pero yo no he querido decir... + +--Cuando se habla de la reina, las palabras deben ser muy claras. + +--Vamos--dijo para sí Montiño--, he cometido una torpeza: doña Clara +quiere todo el secreto y todo el provecho para sí. + +--Os he llamado--dijo doña Clara--, para saber cuántas personas conocen +ese funesto secreto de haber tenido don Rodrigo Calderón cartas de la +reina... cartas inocentes... cartas que nada tienen de vergonzosas, pero +que debían ser destruídas, y que lo han sido por el valor de ese +caballero... pero no basta... es necesario que no quede ni la más leve +nube delante del nombre de su majestad. ¿Quién os dijo que don Rodrigo +tenía esas cartas? + +--Un tal Gabriel Cornejo--dijo Montiño dominado por doña Clara. + +--¿Y quién es ese hombre?--dijo doña Clara poseída de un terror +instintivo. + +Montiño se arrepintió de haber pronunciado aquel nombre, y no se atrevió +á contestar. + +--¿Quién es ese hombre?--repitió con energía doña Clara. + +--Es... un pobre diablo... un prendero del Rastro...--contestó +tartamudeando Montiño. + +--¡Un prendero del Rastro!... ¿y á tales gentes ha ido á parar un +secreto de su majestad? + +--¿Qué queréis, señora? don Rodrigo... + +--Es un miserable, ya lo sé... ¿y ha sido don Rodrigo?... + +--Don Rodrigo trata con una comedianta... + +--¡Ah! + +--Y esta comedianta, que le ama... + +--Le ha arrancado el secreto... + +--¿Ha visto las cartas de su majestad? + +--¡Ah! pues no comprendo bien... + +--La comedianta fué á ver al Cornejo para pedirle un bebedizo, y le +reveló el secreto de las cartas. + +--Más claro... más adelante... concluid... ¿cómo ha llegado á vos ese +secreto? + +Montiño sudaba. + +Doña Clara, inflexible, con una fuerza de voluntad incontrastable, +dominaba al cocinero mayor. + +--¿Quién me habrá metido á mí en estos enredos?--decía para sí el +cocinero. + +--¿Cómo sabéis vos lo de las cartas?--repitió doña Clara. + +--Yo, señora... como tengo mujer... como tengo una hija... + +--¿Pero qué tienen que ver en esto vuestra mujer y vuestra hija? + +--Tienen... porque me obligan á pensar en ser rico... + +--¿Pero no me comprendéis? ¡no os pregunto eso! ¡nada me importa eso! + +--Es que, señora, como quiero ser rico, trato con ese Gabriel Cornejo. + +--Me estáis haciendo perder la paciencia. + +--Estoy turbado, señora... no sé lo que me sucede... no sé lo que pasa á +mi alrededor. + +--Pues bien, procurad tranquilizaros, y vamos en derechura al asunto. + +--Prometedme, señora, que alma viviente no sabrá lo que voy á deciros. + +--Estad seguro de ello. + +Llevo toda mi vida trabajando, primero en la cocina de la señora +infanta de Portugal, doña Juana; después en la del señor rey don Felipe +II, luego... + +--¡Pero por Dios, Montiño! + +--Allá voy, allá voy... pues bien; á pesar de todo, he llegado casi á +ser viejo sin ser rico... tenía, en verdad, algunos ahorrillos... pero +esto no era bastante... propúseme aumentar mis ahorros poniendo dinero á +ganancia... pero esto no es decente en un hidalgo... y si no hubiera +tenido mujer é hija... + +--Adelante, adelante. + +--Pues como no era decente que yo me mezclase en cierta clase de +asuntos, porque vengo de buen linaje... me valí de ese Gabriel +Cornejo... + +--¿Y por causa de esas relaciones--dijo con impaciencia doña +Clara--habéis llegado á saber...? + +--Sí; sí, señora... anoche se me presentó el tal Gabriel y me dijo que +una dama encubierta, con trazas de muy principal, había ido á casa de +una tal María Suárez, mujer de un escudero llamado Melchor, y sin +descubrirse pidió mil y quinientos doblones, por los cuales se darían +tres mil pasando un mes, mediando un recibo de la reina. + +--¡Ah! + +--Aquella misma tarde el tío Manolillo, el bufón, había ido á preguntar +al tío Cornejo cuánto quería por matar á un hombre principal; y como el +tío Manolillo es pariente, ó amante, ó no se sabe qué de la comedianta, +y como la comedianta tiene celos de la reina, y como don Rodrigo +Calderón es un hombre principal... + +--¡He aquí que ese Cornejo, que ese miserable, ha deducido!... y bien, +no importa... eso nada importa, afortunadamente... ¿el nombre de esa +comedianta?--dijo doña Clara yendo á una mesa, buscando un papel, y +tomando una pluma. + +--Dorotea--dijo Montiño enteramente atortolado. + +--Dorotea, ¿de qué? + +--No tiene apellido. + +--¿Es amante de don Rodrigo Calderón? + +--Sí, señora... pero ocultamente... + +--Esas mujeres--dijo con repugnancia doña Clara--tienen muy mala vida; +si es secretamente... querida de don Rodrigo Calderón... tendrá de +seguro otro amante público. + +--Sí; sí, señora: el duque de Lerma. + +Doña Clara escribió. + +--Bien, muy bien; ¿dónde vive esa mujer? + +--En la calle Ancha de San Bernardo. + +--Pasemos á la otra persona. ¿Qué antecedentes son los de este tío +Cornejo? + +--No sé, no sé--dijo verdaderamente asustado Montiño. + +--Tratándose de la honra de su majestad--dijo severamente doña Clara--, +ya comprendéis, Montiño, que es necesario obrar de una manera enérgica; +creo que os será preferible confesar ante mí que ante otra persona... + +--Por último, señora--dijo Montiño sobreponiéndose á la situación--, +este es un asunto que no puede llevarse ante la justicia, porque su +majestad media; yo me he encontrado metido en él sin saber cómo, de +buena fe... + +--¡Pero si yo no os acuso! sólo quiero saber... + +--Pues bien, señora, acerca del tal Cornejo no sé nada. + +--Os advierto una cosa. Es cierto que este asunto no puede llevarse á +una audiencia; pero en España hay un tribunal que, con el mayor secreto, +por medio de sacerdotes, averigua todo cuanto necesita averiguar. + +--¡La Inquisición!--exclamó con terror Montiño. + +--Hay un hombre, un santo, que defiende en esta corte tan corrompida, +tan odiosa, la inocencia y la justicia; ese hombre es el confesor del +rey; ya sabéis que fray Luis de Aliaga es del partido de la reina, +porque de parte de la reina están la razón y la justicia. Fray Luis de +Aliaga ha sido recientemente nombrado inquisidor general. + +--Os juro, señora, que yo no he tenido la menor parte... que cuando +Cornejo se atrevió á indicarme que su majestad había escrito cartas de +amores á don Rodrigo... le desmentí... le desmentí con toda mi alma, +porque yo sé que su majestad es una santa... + +--Y, sin embargo, engañado por las apariencias, habéis creído que su +majestad amaba á... ese don Juan... á ese vuestro sobrino postizo... + +--Yo no tengo la culpa de que se me haya mandado le enviase á palacio... +hice lo que debía hacer; reprendí á Cornejo... le aterré... y sabiendo +que don Rodrigo Calderón llevaba sobre sí las cartas que comprometían á +su majestad... llevé á mi sobrino, quiero decir, á don Juan Girón, á un +lugar donde podría encontrar á don Rodrigo, y le dije:--Mátale, hijo, +quítale las cartas de su majestad y llévalas á palacio, donde te llaman. +Mi sobrino... perdonad, la costumbre hace equivocarme. + +--Equivocáos siempre; llamad siempre á ese joven vuestro sobrino. + +--Pues bien, mi sobrino ha obrado como un valiente, y yo como bueno y +leal. + +--No lo dudo... y por lo mismo debéis manteneros en vuestra honrosa +lealtad, diciéndome cuanto sepáis de ese Cornejo. + +--Por el amor de Dios, señora, que no pronunciéis después de esto mi +nombre para nada. Ya sabéis que yo soy inocente. + +--Podéis estar seguro de ello; pero hablad. + +--Gabriel Cornejo, ha estado en galeras por robos y homicidios. + +--¡Ah! + +--Es galeote huído. + +--Más, más que eso; con eso sólo tiene que ver la justicia ordinaria, y +de la justicia ordinaria no podemos valernos. ¿No decís que esa +comedianta pidió un bebedizo á ese hombre? + +--Sí, señora. + +--Ese hombre tendrá, pues, algo de ensalmador, y otro tanto de brujo... + +--Sí; sí, señora; no tiene por donde el diablo le deseche. + +--Bien; ¿y creéis que puedan encontrarse pruebas en su casa? + +--Es probable... dientes de ahorcado, vasijas, untos... yo no lo he +visto, pero lo supongo... + +--¡Y vos, tan cristiano, vos, criado del rey Católico, os tratáis con +esa clase de gentes!... + +--¡Ah, señora! ¡si yo no tuviera mujer... si yo no tuviera hija!... ¡si +no estuviese á punto de tener otro hijo!... + +--Por la familia debe un hombre arriesgar la vida; pero debe conservar +la honra... y sobre todo... ¡el alma!--exclamó con repugnancia, y aun +podremos decir con horror, doña Clara. + +--Estoy arrepentido... + +--Bien, bien--dijo doña Clara, consultando el papel en que había +escrito--: Dorotea vive en la calle Ancha de San Bernardo; está +enlazada, no se sabe cómo, con el bufón del rey; es manceba secreta de +don Rodrigo Calderón, y pública del duque de Lerma. Gabriel Cornejo es +usurero, galeote huído y brujo; ¿dónde vive ese hombre? + +--Tiene una ropavejería en el Rastro. + +--Además se trata con una María Suárez... ¿dónde vive esa mujer?... + +--Creo, señora, que sabéis demasiado dónde vive, y quién es la señora +María. + +--¡Yo! + +--Creo que vos sois la dama principal que estuvo anoche en casa de la +señora María. + +--¡Yo! tenéis la mala cualidad de suponer absurdos. ¿Qué tenía yo que +hacer en casa de tales gentes? + +--Esa mujer--dijo desalentado Montiño--vive en la calle de la Priora. + +--Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... ¿dónde para? + +--Preguntádselo al tío Manolillo. + +--¡Al tío Manolillo!... ¿pues qué, el tío Manolillo le conoce? + +--El tío Manolillo conoce á don Francisco de Quevedo, y don Francisco de +Quevedo es amigo... de mi sobrino. + +--Habéis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montiño--dijo +doña Clara ya con semblante más benévolo--, y nada tenéis que temer: +seguid ayudándonos y nada temáis. + +--¿Que os ayude yo, señora?... ¡yo, inútil, enteramente inútil! + +--Ya sabemos lo que sois, y lo que podéis, y contamos con vos. Pero +estáis inquieto, impaciente... + +--Como que no he ido todavía á las cocinas, y ya debe de estar +almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algún plato mal +servido... + +--Id, id, Montiño; tranquilizáos, nada temáis. Id, que os guarde Dios. + +Al llegar á la puerta exterior de las habitaciones de doña Clara, oyó la +fresca y sonora voz de la joven, que dijo: + +--Que me vayan á buscar al bufón del rey. + +--¿Para qué querrá doña Clara al bufón del rey?--dijo Montiño alejándose +rápidamente á lo largo de una galería, en dirección á unas escaleras que +conducían á las cocinas--. Sería chistoso que fuese doña Clara la dama +de quien está enamorado mi... sobrino (es necesario que yo crea que es +mi sobrino, á fin de que ni por descuido pueda írseme una palabra en +contrario). ¿Si será, repito, esta doña Clara la mujer de quien mi +sobrino está enamorado? ¿si será doña Clara la confidenta de sus amores +con?... pero señor, ¿por dónde ha venido este enredo? ¿y ese afán de +todos de hablarme de mi casa y de mi mujer?... vamos, es necesario no +pensar en esto: ¿pero, y lo otro? las cartas, don Rodrigo herido, la +Dorotea, Cornejo, y la Inquisición á punto de tomar cartas en el +negocio. Con esto y con que me hayan echado á perder la vianda de su +majestad, no nos falta más. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! y quién me ha +metido á mi en estas cosas. ¿Para qué diablos ha venido mi sobrino á +Madrid? + +Y Montiño subía de dos en dos los peldaños de la estrecha escalera de +caracol. + +Cuando llegó jadeando á lo alto, atravesó, á la carrera casi, una +crujía, se entró en la cocina, y sin hablar una palabra se precipitó á +las hornillas, y levantó la tapa de una cacerola de una manera nerviosa. + +Los ojos de Montiño brillaron de una manera particular. + +--¿Quién ha rellenado este capón?--dijo con voz estentórea y +amenazadora. + +A aquella pregunta, todos detuvieron sus faenas, y todos callaron; pero +las miradas de todos se fijaron en un mozangón que miraba entre turbado +é insolente á Montiño. + +--¿Has sido tú, Aldaba del infierno, has sido tú?--exclamó Montiño +arrojando con cólera la tapadera, y echando mano á la espada que +desenvainó. + +Cosme Aldaba, que era el delincuente, cayó de rodillas en la situación +más cómicamente melodramática que puede verse. + +--¿Quién te ha dicho, infame--exclamó todo irritado el cocinero--que á +un capón relleno se le dejan el pescuezo y las patas? ¿No te he dicho +cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se +les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les +pone á cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven acá, hereje y mal +nacido; ven acá y huele, y dime si esto huele á capón relleno. + +Y asió á Cosme Aldaba del cogote, le llevó á la hornilla y le hizo meter +casi las narices en la cacerola. + +Después le arrojó de sí y le plantó cuatro ó cinco cintarazos. + +Aldaba huyó dando gritos. + +--¿Y quién ha sido--añadió Montiño, cuyos ojos parecían próximos á +saltar de sus órbitas--, quién ha sido el que ha dejado que un galopín +haga un plato que es difícil para más de un oficial? + +Todos se callaron. + +--Es que el señor Gil Pérez tenía que ir á ver á su coima, y me dijo +que hiciera ese capón--exclamó desde la puerta con voz quejumbrosa el +galopín Aldaba. + +--¡Ah! ¿conque es decir que las coimas son aquí primero que las viandas +de su majestad? A la calle, Cosme, á la calle, y no me vuelvas á parecer +por la cocina, ni en seis leguas á la redonda, y el señor Gil Pérez, que +busque otro acomodo; así escarmentarán los otros oficiales y no dejarán +sus cuidados á los galopines. ¿Pero qué es esto? aquella empanada de +pollos ensapados se abrasa... ¡ya se ve! ¡si os estáis todos parados, +ahí mirándome como á una cosa del otro mundo!... ¿Apostamos á que hoy no +tendremos un solo plato á punto que poner en la mesa de su majestad? + +--Del señor duque de Lerma--dijo una voz detrás de Montiño. + +Volvióse el cocinero mayor, y vió á un lacayo que le entregaba una +carta. + +Tomóla con la mano temblorosa aún por cólera, la abrió y vió que decía: + +«Señor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.--_El duque de +Lerma_. + +--Decid á su excelencia que no puedo separarme en este momento de la +cocina--dijo al lacayo. + +--Tengo orden de no irme sin vos. + +--Pues no quiero ir. + +--Tengo orden de presentaros, si os negáis, esta otra carta. + +El cocinero la tomó y la abrió. + +«De orden del rey--decía--y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de +traición, seguiréis al portador.--_El duque de Lerma_.» + +--Vamos--dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada, +arreglándose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una +mirada desesperada á la hornilla. + +Poco después seguía por las calles al lacayo del duque de Lerma. + + + + +CAPÍTULO XIX + +EL TÍO MANOLILLO + + +Llena estaba la antecámara de audiencias de palacio de pretendientes, +cuando el tío Manolillo llegó al alcázar. + +Su semblante, que hasta allí había ido sombrío, pálido, contraído, se +dilató; su boca estereotipó su maliciosa é insolente sonrisa de bufón, +sus ojos bizcos empezaron á moverse y á lanzar miradas picarescas, y su +andar, sus ademanés, todo se trocó. + +Sacó del bolsillo un cinturón de cascabeles y se le ciñó. + +Luego atravesó dando cabriolas las galerías de palacio. + +El pobre cómico había relegado su corazón á lo profundo de su pecho, y +había empezado á desempeñar su eterno papel de loco á sueldo. + +Cuando llegó á la antecámara de audiencias, cesó en sus cabriolas, se +detuvo un momento en la puerta sonando sus cascabeles, como para llamar +la atención de todo el mundo, y luego, con la mano en la cadera, la +cabeza alta y la mirada desdeñosa, que parecía no querer ver á nadie, +atravesó con paso lento, marcado y pretencioso, la antecámara. + +Todos los que le conocían en la corte se echaron á reir. + +El tío Manolillo remedaba perfectamente la prosopopeya del duque de +Lerma, que poco antes acababa de salir con el mismo continente y la +misma altivez de la cámara del rey. + +Al llegar á la cortina, un sumiller le detuvo. + +--No se puede pasar--le dijo. + +--¡Eh! ¿Qué sabéis vos?--dijo el tío Manolillo--; yo no paso, me quedo. + +--El rey... + +--¿Y quién hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se +dice... déjame entrar ó te entro. + +Y como el sumiller se opusiese, el tío Manolillo le asió por la pretina +y se entró con él en la cámara real. + +--Hermano Felipe--dijo al rey--, aquí te traigo á éste para que le +castigues... Se ha atrevido á faltarme al respeto... ¡pretender que la +locura no entre en la cámara del rey! + +--Idos, Bustamente--dijo el rey al sumiller--. Ven acá, Manolillo. El +señor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas. + +Y el rey señaló al padre Aliaga, que estaba sentado en un sillón frente +á la mesa donde almorzaba el rey. + +--Dame primero de almorzar, porque así como tú, por haber pasado una +buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me +perezco de hambre. + +Él rey empujó un plato hacia el bufón. + +Este le tomó, se sentó sobre la alfombra y se puso, sin cumplimiento, á +comer. + +--Están buenas estas lampreas--dijo--, se conoce que no ha estado hoy en +la cocina tu buen cocinero mayor. + +--Calumnias al pobre Montiño. Es el cocinero más famoso de estos +tiempos. + +--Lo era antes de tener mujer, pero su mujer le ha cambiado. + +--¿Y vos, no sois casado, amigo Manolillo?--dijo el padre Aliaga. + +--No, señor; la mujer con quien pude casarme no tenía alma, y yo quiero +las cosas completas. Por eso no me gusta la corona de España. + +--¡Oh! ¡oh!--dijo el rey. + +--Sí, sí por cierto, porque la corona de España no tiene cabeza. + +--Parece que os ha escuchado la conversación, padre--dijo el rey. + +--Todo consiste en que el padre Aliaga es tan loco como yo. + +--¿Me queréis explicar eso, tío Manolillo?--dijo el fraile. + +--Con mil amores, pero dame otro plato, Felipe; nunca hablo mejor que +cuando tengo la boca llena. + +El rey empujó otro plato hacia el bufón. + +Este le tomó y dijo: + +--Pues es necesario agradecerte el sacrificio que haces por mí, hermano, +porque los embuchados te gustan mucho, razón porque te los sirven todos +los días tus dos cocineros Montiño y Lerma. + +--¡Ah!¡ah!--¡acometedor vienes hoy!--dijo el rey riendo--algo sucede, de +seguro. + +--Sucede, que no sucede nada. + +--Pero decidme, ya que tenéis la boca llena, tío--dijo el padre +Aliaga--: ¿por qué soy yo tan loco como vos? + +--Porque vos, como yo, os habéis empeñado en que un loco tenga juicio. + +Y miró de una manera sesgada y maliciosa al rey. + +--Como veis--dijo el padre Aliaga--, su majestad almuerza sin +gentileshombres y sin maestresalas; está solo conmigo. + +--Lo que demuestra que estáis haciendo el oficio de loquero. + +--Os ruego, señor--dijo el padre Aliaga--, que mandéis al tío Manolillo +avise al sumiller que no deje pasar á nadie, absolutamente á nadie, ni +aun al mismo duque de Lerma. + +--Ya lo oyes, obedece--dijo el rey. + +--¿Qué será esto?--dijo el tío Manolillo yendo hacia la +puerta--¡apoderado de ese imbécil el padre Aliaga, y en consejo +conmigo!--¿qué querrán? ¿sabrán algo? ¡veremos! + +Y dió las órdenes al sumiller, cerró además la puerta de la cámara, y +volvió á sentarse sobre la alfombra y á comer sus embuchados. + +--Os ruego--dijo el padre Aliaga--que por estos momentos dejéis vuestro +oficio de bufón y me respondáis bien, lisa y llanamente. + +--Entonces reclamo mi sueldo de consejero. + +El rey sacó de su portabolsa una bolsa, y la arrojó al bufón. + +--¡Escudos de plata! ¡el rey no se conoce por su moneda de oro!... +¡pobre Felipe!...--exclamó el bufón. + +--Os pregunté--dijo el padre Aliaga--si habíais sido casado, y me +respondísteis: + +--Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tenía alma, por lo +que no quise casarme con ella. + +--Más claro, tío Manolillo: ¿vos no sois padre legítimo de Dorotea? + +¡Ah!--exclamó el bufón como sorprendido, y dejando de comer--¡Dorotea! +¿qué tenéis vos que ver con Dorotea, padre? + +Y los hoscos ojos del bufón dejaron ver un relámpago de amenaza. + +--Deseo saber, ya que no podéis ser su padre legítimo, lo que sois de +esa mujer. + +--Soy su perro. + +--Os he suplicado que me contestéis con lisura. + +--Os he respondido la verdad: me tiendo á sus pies, lamo su mano, y velo +por ella, siempre dispuesto á defenderla. + +--¿Pero no es vuestra hija? + +--No--contestó con voz ronca el bufón--. ¡Oh! ¡si fuera mi hija! + +--¿Ni vuestra... querida? + +--¡Oh! ¡si fuera mi querida! + +--¿Pero la amáis? + +--Ya os he dicho que soy su perro. + +--Más claro. + +--Soy su protector. Ella dice: amo á este hombre, y yo la digo: ámale; +ella me pregunta: ¿me vengaréis si me ultrajaren? yo contesto: el que te +ultraje, muere. + +--¿Habéis querido matar por tanto á don Rodrigo Calderón? + +--Sí. + +El rey miraba con espanto al tío Manolillo. + +--No te conozco--le dijo. + +--Tienes razón, hermano Felipe--dijo el bufón--, porque ahora estoy +loco. + +--Decidme--dijo el padre Aliaga--, ¿de quién es hija esa desgraciada? + +--Un día--dijo el tío Manolillo--, por mejor decir, una noche... estaba +yo en una casa de vecindad... tenía en ella un entretenimiento: una +doncella asturiana que me ayudaba á comer mi ración; era ya tarde; de +repente, en el cuarto de al lado, oí gritos, gritos desesperados, +arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompañados de +invocaciones á la Madre de Dios. + +El rey había dejado de comer y escuchaba con atención. + +El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente +al tío Manolillo. + +El bufón estaba pálido y conmovido. + +--Aquellos gritos--continuó el bufón--cesaron, y tras ellos oí el llanto +de una criatura recién nacida. + +--¿Era ella? ¿Era esa Dorotea, Manolillo?--dijo el rey. + +--Sí, era ella, señor--dijo el bufón tratando por la primera vez al rey +con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial á lo solemne +de aquel recuerdo--; era ella, que nació, la desventurada, en las +primeras horas del día de santa Dorotea. + +El bufón inclinó la cabeza y se detuvo un momento. + +Luego la alzó y continuó: + +--A poco de haber nacido esa infeliz, oí dos voces: una débil dolorida, +llorosa; otra, áspera, imperativa, brutal. + +--Es una niña--dijo el hombre. + +--¡Oh!--exclamó la mujer llorando--, ¿y no tener quien me ayude? ¡no +tener un mal trapo en que envolver á este ángel! + +--¿Y para qué?--dijo el hombre--; voy á envolverla en mi capa y á +llevarla á la puerta de un convento. + +--¡Oh! ¡no! ¡es mi hija! ¡no me robes mi hija, ya que me has robado mis +padres!--dijo la mujer sollozando. + +Tras estas palabras oí una lucha corta pero breve, acompañada del llanto +de una criatura; la lucha de un fuerte y de un débil; luego la voz de la +mujer que gritaba: + +--¡Mi hija, la hija de mis entrañas! ¡dame mi hija! + +Y sentí pasos que se alejaban y una puerta que se abría y se cerraba de +golpe, y la voz de la mujer que gritaba: + +--¡Maldito! ¡maldito! ¡maldito seas! + +Después un golpe, sordo como de un cuerpo que caía en tierra, y luego +nada. + +Yo así á mi manceba por la mano (ella lo había oído todo como yo; era +una buena muchacha y estaba horrorizada), la saqué de la habitación al +corredor, abrí la puerta de la habitación vecina.--Socorre á esa +infeliz--la dije, empujándola dentro, y yo me lancé á la calle, y seguí +á un bulto que se alejaba. + +Una criatura recién nacida que lloraba bajo su capa, me indicó que era +él. + +De tres saltos me puse junto á su lado. + +--Una madre te ha maldecido, y yo soy la mano de Dios--exclamé. + +Y le di de puñaladas. + +--¡De puñaladas!--dijo el rey. + +--Sí, sí por cierto, de puñaladas; el hombre que roba á una madre su +hija, el hombre á quien una madre desventurada maldice, debe morir. + +--¿Y confiesas el delito delante del rey?--dijo severamente Felipe III. + +--En primer lugar no fué delito; en segundo lugar ya lo confesé, y he +cumplido la penitencia. ¿Y luego no velo yo por Dorotea? ¿no me +sacrifico por ella? ¿no sufro un infierno por ella? + +--¿Pero aquel hombre murió?--dijo profundamente el padre Aliaga. + +--No lo sé--contestó el bufón--; yo no me detuve más que á recoger la +criatura, la envolvi en mi capa y me volví á la casa de vecindad. + +Cuando entré en el cuarto (no lo olvidaré jamás) no había más muebles +que un banco de madera, una mesa y un jergón casi deshecho; vi que la +infeliz, que estaba aún desmayada, ensangrentada entre los brazos de +Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte años, rubia, muy flaca, +pero muy hermosa. ¿Conocéis á Dorotea, padre? + +--No. + +--¿Pues por qué me preguntáis por ella? + +--Continuad. + +--Cuando conozcáis á Dorotea, sabréis cuán hermosa era Margarita. + +--¡Margarita!--exclamó el padre Aliaga, poniéndose letalmente pálido. + +--¡Se llamaba Margarita!--observó maquinalmente el rey. + +--Sí, se llamaba Margarita; según me dijo después en algunos intervalos +de razón aquella desgraciada, porque se había vuelto loca, había salido +de su casa con un soldado, había corrido con él algunas tierras, y al +fin habían venido á parar á Madrid, donde el amante vivía de las +estocadas á obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por último, +la había exigido que se prostituyese para ayudarle á vivir. + +El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada. + +--Algunas veces--continuó el bufón--, cuando yo la preguntaba el nombre +de sus padres, me decía: + +--No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me +vió huir, se lo habrá dicho á mis padres y me habrán maldecido. + +--¿Y quién es Luis?--le preguntaba yo. + +--¡Luis! Luis era mi hermano--me contestaba la infeliz con dulzura--; él +me amaba y yo... yo amé á otro; ¡pobre Luis! + +--¿Y qué ha sido de esa desdichada?--dijo el padre Aliaga, cubriéndose +los ojos con la mano para ocultar sus lágrimas y procurando contener la +revelación de aquel llanto que aparecía en su voz. + +--Murió: murió entre mis brazos loca, desgarrándome el alma al morir, +porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y continúo amándola en su +hija. Ahora bien; ¿créeis que yo pequé? ¿qué cometí un delito matando al +infame asesino de Margarita? + +--¡No! ¡no!--dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga. + +--Yo te indulto de esa muerte, Manuel--dijo el rey--; yo Felipe de +Austria, rey de las Españas. + +--¡Y yo--dijo el padre Aliaga, levantándose y extendiendo sus manos +sobre el bufón, que al levantarse, al ver la acción del fraile, había +quedado de rodillas--: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte +en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu-Santo! + +--¡Amén!--dijo con una profunda unción religiosa Felipe III. + +[imagen:...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.] + +--¡Ah!--dijo el bufón cambiando de aspecto de una manera singular--: +vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaréis á mártir, y tú, hermano +Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague á los dos: á +ti, por tu indulto, hermano rey, y á vos, por vuestra absolución, padre +Aliaga. + +Hubo un momento de silencio. + +El tío Manolillo se había levantado y llenaba lentamente de vino una +copa. + +El padre Aliaga estaba profundamente pensativo. + +El rey oraba. + +El bufón se bebió de un trago la copa. + +--Ahora bien--dijo--, y ya que sabéis que Dorotea no es ni mi hija, ni +mi amante, ¿qué queréis de ella? ¿por qué me habéis preguntado por ella? + +--Basta, basta--dijo el padre Aliaga--; me siento malo, y con la venia +de vuestra majestad me retiro. + +--Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios--dijo el rey. + +--Os espero esta tarde en el convento de Atocha--dijo el padre Aliaga al +bufón. + +--Iré--dijo el tío Manolillo. + +El padre Aliaga hincó una rodilla en tierra y besó la mano al rey. + +Después salió. + +--¡Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!--dijo el +rey. + +--Tan singular, que me ha hecho daño el contarla y me ahogo en la +cámara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aquí calor. No sé cómo +puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar +tuyo ya tendría consumida la sangre. Tú no quieres creerme. Echa de tu +lado á Lerma, y á Olivares, y á Uceda, que son otros tantos braseros en +que se abrasa la sangre de España, y que acabarán por sofocarte. + +--¿Sabes, Manolillo, que después de lo que me has contado, me pareces +otro hombre?--dijo el rey. + +--¡Bah! tú que has nacido para ser víctima, no conoces la venganza. +¡Peor para ti! + +--Un cristiano no puede, no suele ser vengativo. + +--¡Pobre rey! mañana te herirán en el corazón... digo, si es que tú +tienes corazón. + +--¡Que me herirán en el corazón! + +--¡Si mañana te matasen á tu buena esposa!... + +--¡Oh! ¡si un traidor se atreviese á la reina, moriría!--exclamó el rey +con una llamarada de firmeza. + +--¡No, no querrá Dios!-dijo de una manera profunda el tío Manolillo--; +no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que +te metas con mi Dorotea, porque... + +--¿Por qué? + +--Porque me volveré loco, tendrás que hacer de Lerma tu bufón, y su +excelencia te divertiría muy poco: adiós. + +Y el tío Manolillo salió, dejando sólo en su cámara á Felipe III. + + + + +CAPÍTULO XX + +DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO HIZO QUE DOÑA CLARA SOLDEVILLA PENSASE MUCHO Y +ACABASE POR TENER CELOS + + +Al salir por una puerta de servicio, el tío Manolillo se vió detenido +por el rodrigón de doña Clara Soldevilla. + +--Os buscaba, maese--le dijo--, y me habéis tenido cerca de una hora +esperándoos en la antecámara de audiencia. Conque daos prisa y venid, +que os espera la dama más hermosa que se tapa con guardainfante. + +--¡Ah, mal engendro! ¡injerto de dueña en cuerpo de sapo!... ¿qué me +querrás tú que bueno sea?... Mas ahora recuerdo... en efecto... doña +Clara Soldevilla tiene el malísimo gusto de hacerse servir por ti: si es +ella quien me llama, huélgome, porque si ella no me llamara iría yo á +buscarla. + +--Pues ved ahí, que mi señora es quien os ruega que vayáis á su +aposento. + +--Pues tirad adelante, don rodrigón, consuelo de contrahechos. + +--¡Bah! tengamos la fiesta en paz, tío, que no sois vos ciertamente +quien puede hablar de corcovas; y vamos adelante, que mi señora espera. + +--Pues adelantemos. + +Y el rodrigón tiró delante del tío Manolillo y le introdujo al fin en la +misma habitación donde había introducido antes al cocinero mayor. + +El bufón quedó solo con doña Clara, que le salió al encuentro. + +--¿Conque al fin?--dijo el bufón, mirando de una manera fija y burlona á +doña Clara. + +--¿Qué queréis decir?--contestó la joven. + +--Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una +piedra durísima todo el invierno. + +--Venís tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecería que me +habláseis con formalidad. + +--Tan formal vengo, que vengo á hablaros de lo más formal del mundo. + +-¡Cómo! yo creía que veníais porque os llamaba. + +--En efecto; pero como yo he pensado buscaros á vos, antes que vos +pensárais en buscarme á mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y +empiezo... pidiéndoos la mano, que el corazón no, para un amigo mío. + +--Si volvéis con ese enojoso asunto...--dijo severamente doña Clara. + +--Es verdad--repuso el bufón interrumpiéndola--que, olvidándome de quien +soy y lo que á mi mismo me debo, vine un día á traeros de parte del rey +mi señor, una gargantilla y un billete. + +--Por lo mal parado que entonces salísteis... + +--Entonces érais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos... + +--¿Venís decidido á no dejarme hablar del asunto para que os he llamado? + +--Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae á +buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano. + +--Acabaréis por impacientarme, Manuel. + +--Yo creo que estáis ya bastante impacientada. + +--Será al fin necesario oíros, para que acabéis pronto. + +--Os aseguro que por interesante que sea para vos, señora, la más +hermosa y más dura que conozco, lo que tenéis que decirme, os interesa +más lo que yo voy á deciros. Como que se trata de vuestros amores. + +Púsose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria. + +--Antes, si érais fría como la nieve, teníais el alma blanca y pura como +cuando érais piedra. No hay, pues, por qué avergonzarnos, porque yo amo, +tú amas, aquél ama y todos, en fin, amamos. + +--¿Pero qué estáis diciendo, Manuel? + +--Digo que sois la mujer más dichosa y más desdichada que conozco. + +--No os entiendo. + +--Dichosa, porque os ama un hombre que... perdonad... no os enojéis, no +voy á hablaros de mi hermano Felipe, sino de mi amigo Juan Girón y +Velasco, que os adora... con toda su alma, como un loco. + +--¡Juan Girón y Velasco, habéis dicho!--exclamó doña Clara, á quien +había hecho conmoverse de una manera profunda aquel segundo apellido, +añadido al nombre del joven. + +--Ya se ve; vos creéis que vuestro amante, el hombre con quien anoche +anduvísteis de aventuras por esas calles de Dios, y á quien metísteis +después en vuestro aposento... + +--¡Tío Manolillo!--exclamó con indignación doña Clara. + +--Sí, lo vi yo... como he visto otras muchas cosas, y porque he visto +mucho, sé que el tal enamorado no es ni por pienso sobrino del cocinero +mayor, sino hijo de duques. + +--Nada me importa. + +--Y os está el corazón reventando por saber... + +--Si no dejamos esta conversación... + +--Si la dejáramos, ¿cómo habíais de saber que ese mancebo, tan hermoso, +tan honrado, tan franco, tan bueno, tan valiente, es hijo del duque de +Osuna y de la duquesa de Gandía? + +Doña Clara se puso muy pálida, pero se dominó. Manolillo la veía sufrir +con cierta feroz complacencia. + +--Pero si yo no os pregunto nada de eso; si no quiero saber nada de +eso--dijo doña Clara. + +--Sabéis que os he visto así, doña Clara, tamañita, cuando érais de la +cámara de la infanta doña Catalina. Que os he seguido paso á paso, +cuando os hicísteis mozuela, y después cuando fuísteis moza, hasta ahora +que sois la dama de las damas. A propósito, se murmura que os nombran +dama de honor. + +--Pero por Dios, Manuel: yo os he llamado para un asunto importante. + +--Lo sé todo; sé que lo más importante para vos es mi amigo Juan Girón y +Velasco. + +--Si os envía ese caballero--y os digo esto para concluir--, decidle que +le he dicho ya cuanto tenía que decirle, y que más allá de lo que le he +dicho no daré un paso. + +-Sin embargo, le diré también que vos, que sois la dama de alma más +tranquila que conozco, que dormís bien, que coméis bien, estáis un tanto +ojerosa y pálida, y aun me parece que no tan gorda como ayer: habéis +adelgazado algo, y si seguís así tragándoos vuestro amor... + +--¡Qué pesadez y qué insolencia!--exclamó irritada doña Clara--. ¿Será +cosa de que os mande echar? + +--Si continuáis así, señora, os vais á poner flaca y fea. + +--¿Os he hecho yo algún daño, Manuel?--dijo la joven, á quien no se +ocultaba lo que había de agresivo é intencionado en las palabras del +bufón. + +--¡Daño! ¡á mí! yo no me enamoro, y vos no sois mala: si alguna vez me +hiciérais daño me vengaría. + +--¿Y á qué ese empeño de hacerme oír lo que no me agrada? + +--Cumplo con un encargo. + +--¿Con un encargo de don Juan...? + +--Sí, ciertamente. + +--¿Y un encargo para mí? + +--Como que sois para él toda una ambición. + +--Yo creí más noble y más reservado á ese hombre. + +--¿Qué queréis, señora? es joven, recién venido á la corte: conoce que +vos le amáis... + +--¿Qué lo conoce...? + +--Y como os ha hecho un gran servicio... + +--¿A mí? + +--Lo mismo da, puesto que lo ha hecho á la reina... + +--¿A la reina...? + +--Por supuesto... las cartas de don Rodrigo... + +--Ese hombre es un miserable, un calumniador... + +--Es joven, é inexperto. + +--Pues decidle... decídselo, que si me ha podido interesar... algo... +por circunstancias especiales, ahora por circunstancias especiales le +desprecio. + +--Pero le vais á matar... + +--Quien es hablador, embustero, mal nacido, no puede amar. + +--Pero ved que lloráis. + +--De rabia. + +--¡Ah! ¡ah! y ello al cabo, á nadie lo ha dicho más que á mí. + +--Que sois el escándalo del alcázar. + +--Estimo vuestro favor: no creía yo ciertamente que cuando venía á +hablaros del único hombre que ha podido conmoveros... + +--No hablemos más de ese hombre. + +--Como gustéis, porque os veo muy irritada. + +--Vengamos al asunto que me ha obligado á llamaros. + +--Vengamos en buen hora. + +--¿Qué sois de esa comedianta que se llama Dorotea: padre, amigo, +amante, marido?... + +--Esa misma pregunta me han hecho hace poco, y he contestado: soy su +perro, su perro valiente, que por lo mismo que Dorotea es desgraciada, +la guarda; capaz de despedazar la mano del rey si toca á esa mujer. + +--¡Sois, pues, su padre! + +--No, pero es lo mismo. + +--¡Esa mujer es amante del duque de Lerma! + +--Sí; sí, señora. + +--¿Y de don Rodrigo Calderón?... + +--Lo fué; ahora creo que lo sea de otro. + +--¿Y quién es esa mujer? + +--Una huérfana. + +--Esa mujer se ha atrevido á sospechar de su majestad. + +--Ha tenido celos, como vos podéis tenerlos. + +--Resulta, pues--dijo doña Clara terriblemente contrariada--, que os he +llamado en balde. + +--Creo que no. + +--Os veo tan decidido por esa mujer... + +--Yo os veo más por un hombre. + +--Debéis tener mucha confianza en que vuestro oficio de bufón os saque á +salvo de todo--dijo con una cólera mal reprimida doña Clara. + +--Me habéis tomado ojeriza sin razón. + +--No tengo más que una cosa que deciros: mirad cómo tomáis mi nombre en +vuestros labios. + +--No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estáis +enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de +que no debéis avergonzaros; conque ¿qué diré á don Juan Girón y Velasco? + +--¿Qué le habéis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios. + +--Quedad con Dios, señora. + +Y el bufón salió después de pronunciar con un retintín insolente sus +últimas palabras. + +--¿Por qué me trata así ese miserable?--se quedó murmurando doña Clara. + +Entre tanto decía el bufón saliendo de la sala: + +--Dorotea ama al señor Juan Montiño; no tengo duda de ello; la conozco +demasiado, le ama con la virginidad de su amor. ¡Qué dichosos son +algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido +por emponzoñar los amores de doña Clara con él; ¿sabrá doña Clara que +ese don Juan ha ido casa de Dorotea, ó indican un peligro mayor las +preguntas de doña Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. ¡oh, +oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo más amor ni más vida +que Dorotea. + +La intención del tío Manolillo, sin embargo, no había producido el +efecto que se había propuesto. Doña Clara era una joven de razón fría. + +Lo primero que la aconteció, fué sentirse herida en el corazón. + +Porque amaba á Juan. + +Las circunstancias en que le había conocido y las cualidades del joven, +justificaban aquel amor, naciente, es cierto, pero arraigado ya en el +alma. + +Todo la había agradado en el joven. + +Su figura, su entusiasmo, su franqueza, su valor, su discreción, el +mismo efecto violento que su hermosura había causado en él... + +Doña Clara, dentro de su pensamiento había acariciado á aquel amor. + +Se había encariñado con él, es decir, se había sentido halagada, +enlanguidecida, llena por su influencia, y amaba á su amor. + +Era uno de esos amores que pocas mujeres consiguen. + +Un amor completo. + +Un amor hermoso. + +Una sola cosa podía haber contrariado á doña Clara, y entonces no la +contrariaba aún. + +La dificultad de su enlace con Juan Montiño. + +Pero el amor de doña Clara era su primer amor. + +Ese amor casto, tranquilo, que no lleva consigo, que no se funda en el +deseo de la posesión material del ser amado. + +Doña Clara no había pensado todavía que podía pertenecer á un hombre. + +Su alma dormía envuelta en un velo de pureza. + +Por lo mismo, no la había contrariado en gran manera la dificultad de su +enlace con Juan Montiño. + +Y sin embargo, á pesar de la pureza de su amor, no había dormido aquella +noche, había sentido un malestar amargo, una inquietud ardorosa. + +Su alma, concentrada en el recuerdo del joven, había bebido en sus ojos, +en su semblante, en su expresión, en su alma, no sabemos qué lascivia +interna, misteriosa, incomprensible para doña Clara, pero ardiente, +profunda, llena de voluptuosidad. + +Y es que no se pasa en la naturaleza bruscamente de un estado á otro, de +una forma á otra; es que todas las modificaciones, todas las +transformaciones necesitan nacer, desarrollarse, hacerse, en una +palabra. + +Doña Clara, mujer en la razón, niña en el alma, para ser una mujer +completa, necesitaba pasar por una gradación necesaria, más ó menos +rápida, más ó menos violenta, según fuese la fuerza de impulsión que +presidiese á aquella gradación. + +En una palabra, doña Clara estaba enamorada de Juan Montiño, todo lo que +podía y de la manera que debía estarlo. + +Porque nada sucede ni deja de suceder, que no pueda y no deba ser ó no +ser. + +Doña Clara había considerado á Juan Montiño á primera vista y casi por +intuición tal cual debía considerarle. + +Le halló profundamente simpático, y su alma se extendió hacia él. + +Renunciar á su juicio, lastimarse el corazón renunciando á él, era cosa +que doña Clara no podía hacer sin discutir su resolución consigo misma. + +Así es que si al principio se irritó con las confidencias del bufón, que +suponía á Montiño un mozalbete lenguaraz y villano, como muchos de los +que abundan en la corte, después, más serena, se dijo: + +--Cuando una persona se refiere á otra debemos, antes de decidir, ver si +hay en la persona que refiere algún interés en favor ó en contra de +quien se ocupa. Ahora bien; que el tío Manolillo ama á esa comedianta es +indudable. Que su amor sea capaz de todos los sacrificios, hasta el +punto de amar los caprichos y las faltas de esa mujer, es posible. Ahora +bien; esa miserable tenía celos de la reina... celos de Calderón... el +tío Manolillo quiso matar á don Rodrigo, y para ello pidió á la reina +los mil y quinientos doblones; cierto es que prometió rescatar las +cartas, pero acaso si hubiera muerto ó herido á don Rodrigo, hubiera ido +á llevar esas cartas á la Dorotea en vez de llevarlas á la reina. Se +cruzó ese joven de una manera providencial, rescató las cartas... esto +puede ser un motivo de odio que determine una calumnia del bufón. +Además, lo que me ha dicho podía saberlo, y lo sabía sin duda, sin +necesidad de que ese joven se lo dijese. Es necesario no obrar de +ligero... ¿Pero y si ese empeño de que yo desprecie á don Juan, fuese +porque le haya visto la Dorotea y le ame? + +Esta era la verdad, y al suponerla doña Clara, sintio lo que nunca había +sentido: la dolorosa é insoportable sensación de los celos. + +Y como los celos nunca son hidalgos, ni se detienen ante nada, tomó una +pluma y escribió una larga carta en que acusaba ante el inquisidor +general á Dorotea y á Gabriel Cornejo. + +Poco después aquella carta entraba en la celda del padre Aliaga. + + + + +CAPÍTULO XXI + +EN QUE CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR + + +--¿Me da vuecencia venia para entrar?--decía una voz poco firme y +contrariada á la puerta de la cámara del duque de Lerma. + +--Dejad ese despacho, Santos--dijo el duque de Lerma á un secretario que +trabajaba con él--y enviad á buscar á mi sobrino el conde de Olivares. + +Levantóse el secretario, arregló los papeles, los puso en una carpeta y +luego aquella carpeta en un armario. + +Después salió. + +Entonces el ministro-duque se volvió con afectación á la puerta por +donde había entrado la voz que pidió permiso, y dijo con cierta hueca +benevolencia: + +--Entrad, Montiño, entrad. + +Entró el cocinero mayor del rey, se inclinó profundamente tres veces, y +luego, haciendo una mueca que parecía una sonrisa, dijo: + +--¿Quedó vuecencia contento del banquete de ayer, señor? + +--Por el dinero que os dará mi mayordomo, podréis sacar la consecuencia, +buen Montiño. + +--¡Ah señor, excelentísimo señor!--dijo Montiño poniéndose en arco y +haciendo otra mueca--no lo decía por tanto. + +--Sí, sí; ya sé que mil ducados más ó menos son para vos muy poco. + +--No tanto, no tanto como eso, señor. + +--Sin embargo, hacéis muy buenos negocios; debéis estar rico, Montiño; +además de que la vianda de su majestad debe dejaros buenas ganancias, +siempre me estáis pidiendo oficios. + +--Y yo os agradezco á vuecencia... + +--No hago más que pagaros vuestros servicios; sois inteligente y activo; +y luego... vos me servís bien... es decir, servís bien á su majestad. + +Volvió á inclinarse Montiño. + +--¿Cómo anda el cuarto del príncipe? + +--Don Baltasar de Zúñiga no perdona medio de captarse la voluntad de su +alteza; como que dicen que hace versos con él. + +--Y aun poesías eróticas... + +--No comprendo bien, señor. + +--Composiciones amorosas. + +--No; no, señor; eso se queda para el duque de... + +Montiño se detuvo afectando la confusión de quien ha pronunciado una +palabra inconveniente y peligrosa. + +--¿El duque de qué?--dijo Lerma--; vamos, concluyamos: ¿queréis sin duda +decir mi hijo el duque de Uceda? + +--Efectivamente, señor; yo creía haber sido indiscreto... + +--No, no, de ningún modo; cuando se trata del servicio de su majestad, +yo no tengo hijo; y á propósito de hijos... recordadme más adelante que +tengo que encargaros algo acerca de la condesa de Lemos. + +--Muy bien, señor. + +--Decíamos, que de las composiciones amorosas del príncipe está +encargado el duque de Uceda. + +--Sí, señor; eso dicen los de la cámara de su alteza. + +--¿Y quién es la persona destinada á juzgar del mérito de esas +composiciones? + +--Una dama muy matronaza, muy hermosaza, á quien suele ver su alteza en +la comedia y en el Buen Retiro; que recoge á su alteza entero en la +mirada de sus grandes ojazos negros. + +--¿Y quién es esa mujer? + +--No se sabe. Ha aparecido de repente en la corte; vive en la calle de +Amaniel con una dueña y un escudero, y la visita mucho el duque de +Uceda. + +--¿Y no la visita nadie más? + +--Dicen que tarde, de noche, suele entrar en la casa un hombre. + +--¿Y quién es ese hombre? Me hacéis preguntar demasiado, Montiño; si no +bastan los maravedises que os doy para que estéis bien servido, pedidme +más. No importa lo que se gaste; necesito, para servir bien á su +majestad, saber todo lo que sucede en palacio, y lo que sucediendo fuera +de palacio pueda también convenir. + +--Ese hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmán. + +--¡Don Juan de Guzmán! Don Rodrigo Calderón me habló por él; me ponderó +lo útiles que podían ser servicios, y en dos años le hemos hecho +capitán, y después sargento mayor. Don Rodrigo me le ha mostrado varias +veces, y... veamos si le reconozco: es un hombre soldadote, buen mozo, +ya maduro... + +--Sí; sí, señor; es un hombre de cuarenta y cuatro á cuarenta y seis +años, aunque demuestra diez menos; ya en otra ocasión me mandó vuecencia +que me informara, y yo acudí á mi compadre Diego de Auñón, que es un +escribano real, que corta un cabello en el aire. A las veinticuatro +horas me dijo: + +--El tal por quien me preguntáis, ha vivido honradamente matando á +obscuras por poco precio. Hanle puesto á la sombra más de tres veces; +pero se da ó se daba tal maña para su oficio, que nada se le ha podido +probar, y por no mantenerle y por hacer falta muchas veces desocupar la +cárcel un tanto para que cupiesen otros presos, se le ha soltado. Ahora +vive honradamente de su sueldo, y nada hay que decir de él. + +--¡De modo que si esa dama con quien entretienen al príncipe don Felipe +tiene tales conocimientos secretos, debe ser una bribona! + +--No sé, no sé, excelentísimo señor; porque también hay damas y muy +damas que se pierden por estos tunos. + +--Tomad--dijo el duque abriendo un cajón y sacando de él un estuche. + +--¿Y qué es esto, señor? + +--Una gargantilla. + +--¡Ah! ¿Debo visitar á esa dama? + +--Sí. + +--¿Y qué la he de decir? + +--Que un personaje, un altísimo personaje, la conoce y la ama. + +--Puede creer que ese personaje es su majestad. + +--No importa: si ella lo supusiese... + +--Niego... + +--No, no negáis... Será bien que vayáis vos en persona: en vez de negar, +afectaréis como que la hacéis una gran confianza, y la diréis: su +majestad es muy grave, muy cuidadoso de su decoro; su majestad no quiere +que nadie, ni vos misma, sepáis que os ama... que os visita... Su +majestad vendrá á veros, y le recibiréis sin luz: debéis ser muy +prudente, y en las visitas que su majestad os haga, no indicar ni por +asomo que le conocéis. + +--¿Pero y si esa dama se negase á recibirme? + +--¿No decís que tiene dueña? + +--Sí, señor. + +--Pues bien; tomad para la dueña. + +El duque abrió otro cajón, sacó de él algunas monedas de oro, y las puso +formando una columna bastante respetable en el borde de la mesa del lado +de Montiño. + +El cocinero miró con codicia el oro; pero no le tocó. + +--Guardad eso--le dijo el duque--, y además... me olvidaba... tomad. + +Y el duque sacó una cajita de terciopelo, la abrió, y dejó ver dentro +una cruz de Santiago, esmaltada en una placa de oro. + +--¡Ah, señor!--exclamó trémulo de alegría el cocinero--; ¿me da +vuecencia el hábito de Santiago? + +--¿Y para qué le queréis vos? ¿para que no os atreváis á entrar en la +cocina, por temor de que se os manche la cruz? + +Cayó dolorosamente despeñado de lo alto de su vanidad Montiño. + +--¿Pues para quién, señor, es ese hábito?--dijo con un sarcasmo mal +encubierto--; ¿acaso para la aventurera con quien entretiene al príncipe +el duque de Uceda? + +--Para esa el collar de perlas, y más que fuere menester; esta cruz es +para otra persona. ¿No conocéis á alguien que se haya hecho +recientemente merecedor del hábito? + +--Confieso á vuecencia que no. + +--Si el servicio que pienso recompensar pudiera hacerse público, no le +pagaría tan barato; sería cosa de titular á quien le ha hecho: ha +salvado á su majestad. + +--Pues qué, ¿su majestad ha estado en peligro? + +--Su majestad la reina ha estado á punto de ser deshonrada--contestó el +duque. + +Montiño supo contenerse en el momento en que vió claro que se trataba de +su sobrino postizo. + +--Pues confieso á vuecencia, que no sabía yo que su majestad la reina... + +--Vamos, señor Francisco. ¿A dónde llevásteis anoche á un vuestro +sobrino? + +--¿Yo?... á ninguna parte--dijo Montiño temiendo que lo de la cruz fuera +un lazo. + +--Será necesario probaros que obro de buena fe--dijo el duque--y por lo +tanto insisto; tomad esta cruz, llevádsela á vuestro sobrino Juan +Montiño, y decidle que venga mañana á recibir la real cédula de mi mano. + +--Muchas mercedes, señor--dijo Montiño tomando la cruz. + +--Pero esto no basta; vuestro sobrino será pobre. + +--Lo es en efecto, señor. + +--¿Y qué puede hacérsele? + +--Es valiente... + +--¿No más que valiente?... + +--Es licenciado. + +--¿En qué? + +--En teología y en derecho. + +--¿Está ordenado? + +--No, señor. + +--No conviene que sea clérigo; un mozo que da tan buenas estocadas, no +debe llevar un roquete; le está mejor un oficio de alcalde; los alcaldes +bravos, que tienen letras y puños, valen más que los que sólo tienen +letras; le haremos alcalde de casa y corte. + +Montiño estaba espantado con lo que veía, y sobre todo de la buena +suerte de su sobrino. + +--Conque--dijo Lerma--, ¿sabéis todo lo que debéis hacer? + +--Sí, señor. Seguir averiguando cuanto pudiere. + +--Eso es. + +--Procurar introducirme en la casa de esa dama. + +--Eso es. + +--Dar á mi sobrino esta cruz, y mandarle que venga á dar á vuecencia las +gracias. + +--Eso es. + +--Además, vuecencia me dijo le recordase que tenía que decirme algo +acerca de la señora condesa de Lemos. + +--En efecto, me importa saber uno por uno los pasos que da doña +Catalina. + +--Puedo deciros, señor, que cuando yo venía para acá, entraba vuestra +hija en las Descalzas Reales. + +--Nada tiene eso de extraño. + +--Y ya que vuecencia quiere que se le diga todo, bueno será también que +vuecencia sepa, que poco después entraba en el convento don Francisco de +Quevedo. + +--¡Ah! ¡ah! ¿y en el convento, no en la iglesia? + +--La señora condesa entró por la puerta de los locutorios, y por aquella +misma puerta poco después don Francisco. + +El duque de Lerma escribió rápidamente una carta, la cerró, y escribió +sobre la nema. + +«A la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas reales--. Del duque +de Lerma--. En propia mano.» + +--Id, id, Montiño--dijo el duque--; id, llevad esa carta al momento á su +destino, y traedme la contestación. + +Montiño salió casi sin despedirse del duque por obedecerle mejor, y su +excelencia se quedó murmurando: + +--¿Qué habrán ido á hacer mi hija y Quevedo á las Descalzas reales? + + + + +CAPÍTULO XXII + +DE CÓMO EN TIEMPO DE FELIPE III SE CONSPIRABA HASTA EN LOS CONVENTOS DE +MONJAS + + +La madre Misericordia, á pesar de ser abadesa de las Descalzas Reales, +no era una vieja. + +Esto no tenía nada de extraño, porque á falta de edad tenía caudal. + +Gastaba generosamente gran parte de él en regalos á las monjas. + +Y hemos dicho mal al decir que generosamente, porque aquellos regalos +habían tenido su objeto antes de ser abadesa la madre Misericordia. + +Serlo. + +Después de ser abadesa, los regalos servían para que todas las monjas la +llevasen á su celda y misteriosamente los chismes del convento. + +En el convento de las Descalzas Reales se conspiraba. + +Estas conspiraciones eran hijas de la rivalidad de las monjas. + +La comunidad, como toda sociedad, estaba dividida en bandos. + +Cada uno de estos bandos quería influir en el ánimo de la abadesa, en +aquella especie de presidenta de república. + +Porque un convento de monjas es una república en que todos los cargos se +obtienen por elección. + +Y una república más difícil de gobernar que lo que á primera vista +parece. + +A más de la lucha de influencia, había otras luchas secundarias que +acababan de envenenar á la comunidad. + +Llegaba un día clásico. + +Era necesario un sermón. + +Seis meses antes empezaba una lucha sorda en el convento. + +Cada madre quería que su confesor fuese el encargado de la oración +sagrada. + +Y como había muchas madres y muchos confesores, de aquí la lucha. + +Cada confesor influía sobre su monja. + +Y decimos sobre su monja, porque cada confesor no tenía ni podía tener +más que una hija de confesión en el convento, y aun en los conventos de +la población en que se encontraba. + +¿Saben nuestros lectores lo que hubiera sucedido si un fraile ó un +clérigo se hubiese atrevido á tener á su cargo más de una conciencia en +la comunidad? + +Esto hubiera sido una especie de adulterio _sui generis_. + +No ha existido, ni existe, ni existirá, monja que pueda tolerar tal +cosa. + +Lo más, lo más que sucede es lo siguiente: + +Se pone malo un confesor, y en un día de confesión se encuentra huérfana +una monja. + +Entonces otra, por gran favor, por una gracia especial, especialísima, +cede su confesor á la monja huérfana. + +Y la rivalidad llega hasta á los regalos que las buenas madres hacen á +sus confesores. + +Que sor Fulana envió el día de su santo una bizcochada magnífica á su +director espiritual. + +Que sor Fulana pretende sobreponerse, y envía al jefe de su conciencia +otra bizcochada mejor. + +Las dos madres se pican: la una, porque la otra ha hecho más: la otra, +porque la primera ha murmurado de ella. + +Entonces tercian chismes más peligrosos. + +Si sor Fulana estuvo asomada á la celosía y dejó caer un billete, y si +recogió el billete un estudiante. + +Si sor Fulana soltó por su celosía un rosario bendito, que fué á caer en +la halda de la capa de un soldado. + +Porque en aquellos tiempos había enamorados y galanes de monjas. + +Quevedo lo dice, y hace su aserción verdadera el que la Inquisición +revisó los libros de Quevedo, como los revisaba todos, y no se opuso á +lo que decía respecto á los enamorados de las monjas, ni lo tachó ni lo +encontró inmoral. + +Esto estaba en las costumbres de entonces; lo sabía todo el mundo, y no +había por qué prohibir un libro que no decía más que lo que todo el +mundo sabía. + +Además, que estos eran unos amores simples. + +Hoy es otra cosa. + +De modo que la que en aquellos tiempos se metía en un convento para huir +del mundo y de las tentaciones del demonio, se metía en otro mundo más +agitado, en donde encontraba otras peores tentaciones. + +Y no era solo esto lo que constituía el carácter, el modo de ver y de +obrar de los conventos de monjas del siglo XVII. + +El clero los utilizaba para otros negocios. + +Las monjas venían á ser los intermediarios de otras conspiraciones de +carácter más trascendental, puesto que tenían relación con el Estado. + +¿Quién había de creer que en una carta dirigida á la abadesa de un +convento, iba otra que debía entregarse por la abadesa á tal ó cual alta +persona? + +¿Quién podía sospechar que en aquellas cartas se agitasen las +parcialidades de la corte? + +En aquellos tiempos y aun en otros, los conventos de monjas venían á ser +para los conspiradores lo que un arroyo ó un río para el que quiere +hacer perder las huellas de su paso á quien le sigue. + +De modo que una abadesa de monjas en el siglo XVII, solia ser un +personaje importantísimo. + +Eralo la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa +y corte de Madrid. + +Primero, porque su convento era el más aristocrático. + +Había sido fundado en 1550 por la señora infanta de Portugal, doña +Juana. + +Le protegían directamente sus majestades. + +Le visitaban mucho é iban con suma frecuencia á comer en él conservas. + +Las monjas eran todas señoras pertenecientes á la alta nobleza. + +Por lo importante de su categoría, que hacía importante su influencia, +llovían sobre el convento magníficos donativos. + +En el siglo XVII hubo un verdadero furor por las fundaciones religiosas +y piadosas. + +Solamente en Madrid, durante aquel siglo, se fundaron diez y seis +conventos de frailes, diez y siete de monjas, nueve iglesias, seis +hospitales y seis colegios; es decir, que se fundaron cincuenta y cuatro +establecimientos piadosos, de los cuales sólo eran de beneficencia doce. + +Esto sin contar un número igual de fundaciones anteriores. + +De modo que en Madrid no podía darse un paso sin tropezar con una +iglesia ó un oratorio. + +Un número inmenso de los habitantes de la población pertenecía á la +clase monástica. + +Solamente el duque de Lerma fundó dos conventos de frailes y uno de +monjas. + +Esta manía de las fundaciones religiosas, á más de la piedad, tenía un +objeto más egoísta: el de hacerse una ostentosa sepultura para sí y para +su familia en una fundación. + +Todo el que era bastante rico para ello fundaba un convento; el que no +podía tanto, una iglesia; el que podía menos, una ermita; por último, el +que no podía fundar nada, hacía donaciones á los conventos y á las +iglesias, á fin de asegurar á su alma sufragios perpetuos. + +De ahí la gran masa de bienes muertos en poder de las comunidades. + +De ahí esa costra de frailes y de monjas que se extendió sobre España, +cuya influencia fué incontrastable, que hizo decir á los extranjeros que +España era un monasterio, y que no hemos podido quitarnos aún +completamente de encima. + +En la Edad Media España era un castillo. + +Cuando los nobles no pudieron construir fortalezas, construyeron +conventos. + +No pudiendo tener bandera ni hombres de armas, tuvieron frailes y monjas +con su guión y su cruz. + +Con los hombres de armas se rebelaban contra el rey, y oprimían al +pueblo en la Edad Media. + +En el siglo XVII sofocaban al trono rodeándole de frailes, y con esos +mismos frailes embrutecían al pueblo. + +Duraba el privilegio, crecía, se desbordaba. + +La clase monástica, pues, pesaba en la balanza de los negocios públicos +de una manera incontrastable. + +Tenía también una espada, una terrible espada cuyo poder aterraba. + +Esta espada era el Santo Oficio de la general Inquisición. + +El Santo Oficio tuvo poder bastante para traer á España los vergonzosos +tiempos de Carlos II. + +En una época tal, el convento de las Descalzas Reales tenía una gran +influencia. + +La abadesa era un gran personaje. + +Era sobrina, aunque lejana, del duque de Lerma, noble y rica. + +Había aportado un rico patrimonio procedente del dote y de las +gananciales de su madre, y del tercio y quinto de su padre al convento. + +En el mundo se había llamado doña Angela de Rojas. + +Era rica. + +Pudo haberse casado, porque todas las mujeres ricas se casan. + +Pero se había enamorado de un hombre que estaba enamorado de otra tan +rica como ella y además hermosa y señora de título, con la que se casó +al cabo. + +Doña Angela, no encontrando otro medio mejor para desahogar su cólera, +se metió en las Descalzas Reales. + +Duróle la rabia un año, y tuvo tiempo de profesar. + +No sabemos si después de haber profesado se la pasó el despecho, y se +arrepintió de haberse apartado de un mundo, para encerrarse en otro. + +Ella no lo dijo á nadie. + +Al profesar, por una antítesis violenta con su carácter, tomó el nombre +de María de la Misericordia. + +Desde que fué monja, empezó á conspirar por su cuenta y á sostener sus +conspiraciones con su dinero. + +A los seis años de su profesión, sor Misericordia se llamaba la madre +abadesa. + +Su competidora vencida enfermó de rabia, y murió desesperada bajo la +presión de su vencedora. + +Hay entre las armas antiguas una que se llama puñal de misericordia. + +Con este puñal remataban los vencedores á los vencidos. + +A esta madre, en fin, fué á visitar la joven y hermosa doña Catalina de +Sandoval, condesa de Lemos. + +A más de ser abadesa de las Descalzas Reales, en cuya comunidad tenía la +condesa mucha familia, era parienta suya. + +Cuando la condesa llegó al locutorio, la dijo la tornera: + +--Será necesario que vuecencia espere; la madre abadesa está confesando +en estos momentos. + +La condesa se mordió los labios, porque aquella detención la +contrariaba. + +--¿Quién es el confesor de mi prima, madre Ignacia?--dijo á la tornera. + +--¡Oh! es un justo varón, un padre grave y docto de la orden del +seráfico San Francisco: fray José de la Visitación. + +--¡Ah! ¡Fray José de la Visitación! le conozco mucho y ha sido mi +confesor algún tiempo; tomé otro porque nunca acababa de confesarme; era +eternizarse aquello. + +--Es confesor muy celoso. + +--Demasiado; ¿y hace mucho tiempo que mi prima está confesando? + +--Ya hace más de una hora. + +--¡Ah! pues tenemos para otra hora larga. + +--Tal vez--dijo la tornera. + +--Decidme, madre Ignacia--preguntó la condesa--, ¿está vacía la celda +aquella tan hermosa que está sobre el huerto? + +--Sí, sí, señora condesa; está vacía porque las tapias son bajas, y una +educanda que vivió en ella se escapó descolgándose por el balcón y +saltando las tapias. Esto fué un escándalo que nadie sabe, que hemos +guardado todas... pero yo lo digo á vuecencia en confianza. + +--Gracias, amiga mía. ¿Conque las tapias son bajas y el balcón bajo? + +--Sí, señora; era necesario tener una gran confianza en la persona que +viviese en aquella celda. + +--Y... ¿no hay otra desocupada? + +--No; no, señora: apenas tenemos convento: será necesario ensancharlo: +no cabemos. + +--¡Bendito sea Dios! + +--¿Piensa vuecencia traernos alguna novicia ó alguna educanda? + +--No, no por cierto. + +La condesa, que estaba profundamente preocupada, calló. + +La tornera calló también por respeto. + +--Madre Ignacia--dijo doña Catalina--, no me hagáis visita; de seguro +estáis haciendo falta fuera. + +--En verdad, señora, que ese torno no para en todo el día; pero no +importa: allí he dejado á sor Asunción. + +--Id, id, y por mí no faltéis á vuestra obligación, ni molestéis á +nadie. Tengo además mucho en qué pensar, y no me pesaría estar sola. + +La tornera se inclinó profundamente y salió. + +Doña Catalina quedó sola. + +Su bello semblante moreno estaba pálido; por bajo de sus ojos se veía +una señal levemente morada como de quien no ha dormido; su mirada estaba +fija, impregnada de no sabemos qué expresión vaga, incomprensible. + +Había en su semblante un tinte de tristeza, una expresión de malestar +interior. + +Golpeaba impaciente con su lindo pie el pavimento. + +Parecía, en fin, contrariada, por la tardanza de su prima la noble +abadesa. + +De repente la distrajo el rechinar de la puerta del locutorio. + +Se volvió y vió á Quevedo. + +Doña Catalina se puso de pie. + +--¿Conque hasta aquí?--dijo. + +--Hasta donde vos vayáis, mi cielo. No quiero quedarme á obscuras, y +como sois mi sol, os sigo. + +--¡Ah, don Francisco... don Francisco!..., ¿no me prometísteis anoche +que me dejaríais venir á encastillarme contra vos? + +--Sí, es cierto; pero no lo prometí yo. + +--¿Pues quién fué? + +--Mi amor impaciente. + +--¿Pero en tan poco me estimáis, que viendo que huyo de vos queréis aún +comprometerme? + +--Recuerdo que en la galería obscura me ofrecísteis vuestra casa. + +--Tenía á obscuras la razón; no sabía lo que me acontecía. + +--¿Pero no me amáis? + +--¡Ay!... ¡sí!...--exclamó doña Catalina tendiendo lánguidamente su mano +y de una manera instintiva á Quevedo. + +--¡Ah!--exclamó Quevedo, apoderándose de aquella mano--; ¡y cómo me da +la vida vuestro amor! + +--Soltad, que estas monjas son muy curiosas, y siempre están en acecho. + +--Decís bien; siempre andan alrededor de los del mundo, que se les +acercan como el gato alrededor de las sardinas. + +--Por lo mismo, mirando el lugar en que nos encontramos, y sobre todo mi +decoro, sed respetuoso conmigo. + +--¿Y cuando, señora, no os he respetado? + +--Dadme una prueba saliendo de aquí. + +--Prometedme que vos no pasaréis más adelante. + +--Aseguradme que seréis dócil á lo que yo quiera. + +--Os lo juro, siempre que no me pidáis lo que no puedo concederos. + +--Pues bien, no entraré. + +--¿Y podré yo entrar hasta vos? + +--¡Qué adelantáis, don Francisco, con sacrificar una mujer más! + +--Seríais vos la primera. + +--Ved por qué no puedo fiarme de vos; negáis lo que todo el mundo sabe: +vuestros ruidosos galanteos. + +--Helos tenido con muchas hembras, pero tratándose de mujeres vos sois +mi primera mujer. + +--Tal vez os engañáis... tal vez yo no sea más que... como vos decís, +una hembra, y harto débil y desdichada. + +--Pues yo os creo demasiado fuerte, y en cuanto á lo desdichada, estando +ausente de vos mi señor el duque de Lemos, no os podéis quejar. + +--Quéjome de que siempre no haya estado lejos. + +--¡Oh! ¡si no hubiérais sido hija de Lerma! + +--Ni aun delante de mí, perdonáis á mi padre. + +--Eso os probará que para vos, mi lengua es lengua de Dios. + +--No os entiendo. + +--Quiero decir, que para con vos mi lengua es lengua de verdad: para +mejor probároslo, no sólo aborrezco, sino que desprecio á vuestro padre. + +--¡Ah! ¡qué desgraciada soy! + +--Sóislo en efecto; pero vuestra desgracia no os trae vergüenza: no se +eligen padres. + +--Si yo fuese una cualquiera no me hubiérais amado. + +--Soy hombre que visto negro y liso. + +--¡Cómo! + +--Quiero decir, que no me paro en bordaduras, ni en apariencias, ni en +riqueza; siendo vos lo que sois, además de ser hija de un duque y mujer +de un conde, para que yo no os hubiese amado, era necesario que no os +hubiera conocido. + +--De modo que si yo hubiese sido la hija de un mendigo... + +--Hubiera quitado las conchas y hubiera tomado las perlas. + +--Desconfío todavía de vos. + +--¿Todavía?... + +--Sois un abismo. Acaso no me enamoráis sino porque soy hija del +favorito del rey. + +--Mal haya la fama, que más que bienes da males. + +--Sois gran conspirador. + +--¿Conspirador habéis dicho? pues conspiremos. + +--¿Y contra quién? + +--Contra la abadesa vuestra prima. + +--Conspirar, ¿y para qué? + +--Para salir del atolladero. + +--¿De qué atolladero? + +--De haberos metido vos aquí, y de haberme metido yo tras vos. + +--Con que vos os vayáis hemos salido del paso. + +--Os engañáis, porque ya me han visto. + +--¿Y por qué habéis dado lugar á que os vean? + +--Se me os escapábais. + +--No creo que puedan suponer... + +--Las monjas no suponen nada bueno... + +--Pero mi prima sabe... + +--Que sois hermosa; lo que basta para que os mire mal. + +--Es virtuosa... + +--Con la virtud de las feas. + +--¡Pero Dios mío, vos no perdonáis á nadie! + +--A nadie sentencio que él mismo no se haya ya sentenciado. + +--Y ya que decís que estamos en un atolladero, ¿cómo os parece que +podamos salir de él? + +--Conspirando. + +--¿Pero contra quién? + +--¿Contra quién?... contra cualquiera... la abadesa, á trueque de +conspirar, creerá todo lo que queramos que crea. ¿Quién es el confesor +de nuestra noble prima?... + +--¿De nuestra prima?... + +--He dicho de nuestra prima, porque hasta cierto punto vuestros +parientes son mis parientes. + +--¿Os habéis propuesto mortificarme? + +--No quisiera. Pero volvamos á nuestra conspiración. ¿Quién es el +confesor de nuestra prima? + +--Esperad; no sé por qué se me ocurrió preguntar eso mismo á la +tornera, y me dijo que un fraile grave de San Francisco... fray José de +la Visitación. + +--¿Aquel que se atrevió á decirnos un día que el infierno era negro como +vuestros ojos, y que vuestros ojos quemaban sin llama como el infierno? +Pues si es ese santo varón, ya sé contra quién tenemos que conspirar. + +--¿Contra quién? + +--Contra el conde de Olivares. + +--¡Ah! el pobre conde nos va á servir de mucho. + +--Pienso valerme de él para otras muchas cosas. + +--¡Ah! ya no tenemos tiempo de prevenirnos. Me parece que oigo la voz de +mi prima. + +--¡Oh! pues dejadme hacer, fingíos muy turbada. + +Quevedo no pudo decir más. + +Acababa de entrar en el locutorio una monja como de veintiseis á +veintiocho años muy morena, con un moreno impuro; casi sin cejas, con +los ojos pequeños, redondos y grises, desmesuradamente larga la boca, +los pómulos salientes y todas estas partes componiendo un semblante +cuadrado, un conjunto desapacible, hostil, antipático; añádase á esto el +hábito, la toca cerrada, el velo y la expresión monjuna, bajo la cual se +encubría mal la soberbia, y se comprenderá que la madre Misericordia +tenía un nombre enteramente contrario á su aspecto, eminentemente +antitético con ella misma. + +Sin embargo, se comprendía lo elevado de su cuna en la distinción de sus +maneras. + +Adelantó gravemente hasta el centro de la parte del locutorio, situado +del lado allá de la doble reja, y comprendió en una reverencia su saludo +para doña Catalina y Quevedo. + +--Ya nos une esa víbora--dijo para sí don Francisco--, yo haré que nos +desuna. + +Y contestando con otra no menor reverencia á la abadesa, mientras la de +Lemos callaba verdaderamente turbada por la situación, dijo: + +--¡Mi señora doña Angela!... + +--Hace mucho tiempo que sólo me llamo sor Misericordia, caballero--, +dijo la religiosa con acento severo y agresivo. + +--Perdonad, pero yo busco en vos la dama, cuando voy á hablaros del +mundo, cuando voy á sacar vuestro pensamiento del claustro. + +--En primer lugar, caballero, yo no os conozco; en segundo lugar, no +comprendo cómo acompañáis á mi parienta doña Catalina. + +--Sentémonos--dijo Quevedo con gran calma. + +Doña Catalina se sentó más turbada que nunca, y la abadesa +extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fría y la audacia +de Quevedo. + +--Vos no me conocéis--dijo--, no lo extraño; vos habéis vivido siempre +muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en +él, aun cuando he estado preso. + +Al oír la palabra preso, la abadesa dejó ver una altiva expresión de +disgusto y de contrariedad. + +--Y digo preso--continuó Quevedo como contestando á aquella expresión--, +porque los que en España nos encontramos entre cierta gente, cuando no +somos prendedores somos prendidos. En fin, señora, yo me llamo, después +de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de no sé +qué torre, y autor de no sé qué libros. + +--¡Ah!--exclamó cambiando enteramente de expresión la abadesa--: ¿y para +qué me buscáis, caballero? + +--Primero he buscado á vuestra noble prima. + +--¿Y para qué? + +--Para asuntos que me tocan al alma... porque á mí me toca al alma todo +lo que directa ó indirectamente atañe al servicio de su majestad. + +-¡Ah! + +--Pues he buscado á doña Catalina, cuya bondad conozco, á fin de que me +sirviese para con vos de recomendación y ayuda. + +--Bastaba vuestro nombre. + +--No había necesidad de que nadie supiese que yo os buscaba; conócese mi +nombre más que mi persona... y cuando se trata de conspiraciones... + +--¡De conspiraciones! + +--¡Se conspira! + +--¿Pero contra quién, caballero? + +--¿Contra quién se ha de conspirar, sino contra quien manda? Por todas +partes hay conspiradores: salen de debajo de las piedras, duermen con +uno debajo de la almohada. Es imposible gobernar. + +--¡Contra quien manda! Pero quien manda es el rey, y no sé que haya +nadie que conspire en España contra su majestad. + +--Sí; sí, señora; conspiran contra su majestad, los que conspiran contra +el duque de Lerma. + +--Dicen que el duque de Lerma, de quien tan justa y honrosamente +habláis, os ha tenido preso. + +--Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su +excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no sé... no sé cómo +agradecérselo. Eso mismo lo he dicho á su hija, á la señora condesa de +Lemos. + +--Es verdad--dijo doña Catalina ya más repuesta. + +--Y se lo he dicho en la misma antecámara de su majestad la reina, donde +estaba de servicio, donde nadie nos oía, donde no nos veía nadie, donde +doña Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad +de mis palabras. ¿No es verdad, señora? + +--Sí, sí, don Francisco, es verdad--dijo la de Lemos, poniéndose +ligeramente encarnada. + +--¿No es verdad, señora, que á pesar de las malas ideas que teníais +respecto de mi, me habéis creído enteramente, habéis confiado, y que +después, en razón de vuestra confianza, habéis variado vuestro propósito +hacia mí y habéis consentido en que hablemos juntos á vuestra noble +prima? + +--No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certísimo. + +--Ya veis, señora, que cuando doña Catalina, hija de quien es, confía en +mí, vos también debéis confiar. + +--¿Pero por qué no habéis ido directamente á mi tío, caballero?--dijo la +abadesa. + +--El duque de Lerma acaba de darme la libertad; podía creer que yo... yo +no puedo, no debo cambiar así, delante de las gentes, delante del mismo +duque. Anoche doña Catalina me dió una carta de la duquesa de Gandía +para su padre, y su excelencia quiso atraerme á su partido creyéndome su +enemigo. + +--Se os presentó, pues, una buena ocasión de ceder. + +--Si hubiera cedido, el duque hubiera desconfiado de mí. + +--Vuestros hechos le hubieran convencido. + +--Pues ved ahí, señora: de tal modo hablé con el duque, que hoy me cree +más enemigo suyo que ayer. + +--¿Y para qué eso? + +--Créame el duque su enemigo en buen hora. Yo nunca he cedido... me +equivoco porque soy hombre, pero jamás lo confieso... al menos á la +persona respecto á la cual he caído en error. Pero tratándose de vos, +señora, de la señora condesa de Lemos, seguro como estoy de vuestra +discreción, es distinto; á vosotras vengo para ayudar á ese grande +hombre en cuyas manos está la gobernación del reino. Vosotras seréis el +medio por donde llegarán á él los beneficios de mi leal y oculta +amistad. + +--¡Ah! caballero... cuánto os agradezco... ¿y sabéis? ¿habéis +descubierto...? + +--Una conspiración horrible. + +--¿Pero cómo...? + +--Anoche un amigo mío, un noble joven que acababa de llegar á la corte, +tuvo un desagradable encuentro á causa de una dama, con don Rodrigo +Calderón. + +--Don Rodrigo, según me ha dicho mi confesor, está herido, y esto es una +desgracia. + +--No, no señora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor. + +--Don Rodrigo es un miserable--dijo doña Catalina, que se acordaba de la +insolente carta que don Rodrigo la había enviado el día anterior y de la +que hablamos al principio de este libro. + +--Mi tío confiaba ciegamente en él. + +--El duque de Lerma es muy confiado. + +--Es, sin embargo, muy prudente. + +--Pero don Rodrigo más falso. + +--¿Qué decís? + +--Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna. + +--¿Pero de quién se ayudaba ese hombre? + +--¿De quién? del conde de Olivares. + +--¡Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmán no tiene perdón de Dios; +todo lo debe á mi tío, y, sin embargo, pretende apoderarse del ánimo del +rey. + +--Es peor que eso: pretende apoderarse del ánimo del príncipe. + +--¿Qué queréis decir con eso? + +--Nadie pretende la privanza de un príncipe, sino cuando cree que está +próximo á ser rey. + +Palideció la abadesa. + +--¿Y serían capaces...?--dijo. + +--Yo no he dicho tanto. + +--Pero tendréis algunas pruebas... + +--No las tengo, pero las he visto. + +--Seguid, don Francisco; pero explicadme. + +--Ya os he dicho que mi amigo es enemigo, á causa de una dama, de don +Rodrigo Calderón. Pues bien, anoche mi amigo tuvo ocasión de dar de +estocadas á don Rodrigo... luego, deseando saber mi amigo si el herido +tenía sobre sí alguna prueba de amores, le encontró... + +--¿Y qué encontró? + +--Unas cartas... la prueba de la conspiración más pérfida... + +--¿Cartas de quién? + +--De varias personas... + +--¿Había alguna del conde de Olivares? + +--Sí... ciertamente--contestó Quevedo á bulto. + +--¿Pero qué se han hecho esas cartas? + +--Llevólas á palacio mi amigo. + +--A palacio... ¿y para qué? + +--¿Para qué? para entregarlas al rey. + +--No habrá podido... esas cartas estarán en poder de vuestro amigo: es +necesario rescatarlas... + +--Las tiene... + +--¿Quién? + +--La reina. + +--¡La reina! + +--Que durmió anoche con el rey. + +--¿Qué decís, caballero? + +--El duque lo sabe... el duque, que estuvo anoche en palacio gran parte +de la noche. + +--¿Pero cómo pudo vuestro amigo entregar... anoche esas cartas á la +reina? + +--Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de +la reina. + +--Me habéis maravillado, don Francisco... yo creía que lo sabíamos +todo... + +--Pues ya habréis visto que hay muchas cosas que ignoráis. + +--Madre abadesa--dijo en aquellos momentos á la puerta del locutorio una +monja--, aquí han traído una carta para vos. + +--Dadme, dadme. + +La monja adelantó y dió una carta á la madre Misericordia. + +Luego salió. + +--Permitidme, prima mía; permitidme, caballero--dijo la abadesa. + +Doña Catalina y Quevedo se inclinaron. + +La abadesa abrió con precipitación la carta. + +--¿De quién será?--dijo para sí Quevedo. + +La abadesa leyó la carta, la dobló, la guardó y, dirigiéndose á +Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial: + +--Os agradezco las revelaciones que me habéis hecho, don Francisco, y +estoy segura de que mi tío el duque de Lerma os las agradecerá. + +--¡Oh! Pero os habéis olvidado, señora--dijo con suma precipitación +Quevedo--. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa, +no pueda sospechar siquiera la situación en que me encuentro respecto á +él. + +--¡Ah! ¡Sí, es verdad, caballero! Y puesto que así lo deseáis, respetaré +vuestro deseo. + +--Me haréis en ello gran merced; y como supongo que necesitaréis de +vuestro tiempo, me pongo á vuestros pies y os pido licencia para +retirarme. + +--Supongo que nos volveremos á ver. + +--Nos volveremos á ver... ¡de seguro! + +--Pues adiós, don Francisco. + +--Que os guarde Dios, señora. + +Y tomando una mano á la de Lemos y besándola cortésmente, y lanzándola +rápidamente una mirada en que había todo un discurso, salió. + +--¿Qué significa este conocimiento que tenéis con don Francisco de +Quevedo, prima?--dijo severamente la abadesa. + +--Le conozco desde que era muy joven--contestó con desdén doña Catalina. + +--Pero no creo que le conozcáis lo bastante para acompañaros con él. + +--Si don Francisco y yo tuviéramos un interés cualquiera en vernos, en +andar juntos, no elegiríamos por cierto el locutorio de las Descalzas +Reales para lugar de nuestras citas, ni á vos por testigo. + +--En lo cual haríais muy bien. + +--Y mucho más por la parte que me concierne, porque me excusaría de que +pensárais mal de mí. + +--Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qué habéis venido al +convento. + +--Unicamente para presentaros á ese caballero; pero la culpa la tengo +yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se +interesan por mí. + +--Si yo no me interesase por vos, no me importaría que diéseis pasos +peligrosos. + +--¡Pasos peligrosos!... + +--¡Quien os haya visto acompañada por Quevedo... por ese hombre de tan +mala fama! + +--Pero es que nadie me ha visto ni ha podido verme. + +--Tanto os han visto, que ya lo sabe vuestro padre. + +--¿Y qué es lo que sabe? + +--Leed, prima. + +Y la abadesa puso en el torno que tienen todos los locutorios la carta +que acababa de recibir, y dió la vuelta al torno. + +La de Lemos tomó la carta y leyó. + +Era de su padre. + +En ella decía á la abadesa que habían visto meterse en el convento y en +uno de los locutorios á su hija, y tras ella á Quevedo. Que procurase +comprender lo que pudiese haber en aquello, y que le avisase. + +--Es necesario confesar--dijo la de Lemos, poniendo otra vez la carta en +el torno y dándole vuelta--que á veces mi padre está bien servido. + +--¿Seréis franca conmigo, prima?--dijo la abadesa después de haber +tomado la carta y de haberla guardado. + +--¿Y por qué no he de serlo? ¿Creéis acaso que yo tenga algún secreto? + +--¡Creo que amáis á don Francisco! + +--¡Y qué!--dijo fríamente la de Lemos, que era violenta. + +--¡Lo confesáis! + +--Ahorro una disputa vergonzosa. + +--¿De modo que el amor...? + +--¿Y qué entendéis vos de amor?--dijo con desprecio la de Lemos. + +La abadesa se mordió los labios. + +--Yo creía que os justificaríais. + +--Yo no me justificaré jamás de acusaciones tan absurdas--dijo +levantándose con indignación la de Lemos y volviendo la espalda á la +abadesa. + +--Pero escuchad, mi querida Catalina--dijo la abadesa. + +--¡Adiós!--exclamó la de Lemos, y salió dando un portazo. + +--Creo que he obrado de ligero, y que mi tío recela más de lo +justo...--murmuró la abadesa--. Y dice bien ella... si se amaran, ¿á qué +habían de haber venido aquí? Lo más que puede suceder es que Quevedo ame +á mi prima y quiera obligarla mostrándose amigo de mi tío; pero el padre +José me ha revelado cosas que están muy en relación con lo que me ha +revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo, +tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el +cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de +estocadas á don Rodrigo Calderón, busca en él algunas pruebas, y +encuentra cartas de Olivares á Calderón... cartas en que se hace +traición á mi tío... Hay aquí algo que se toca... Alonso del Camino, +montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento +de Atocha, según me ha dicho el padre José, y el confesor del rey, á +pesar de que es enemigo declarado de mi tío, ha sido nombrado inquisidor +general. En la revelación de Quevedo hay algo de cierto. ¡Las cosas han +variado... pues bien... nuestra obligación es ayudar á Lerma... si +Quevedo le sirviese de buena fe!... ¡oh! ¡don Francisco vale mucho! +¡pues bien! avisemos á mi tío, y él en su prudencia, en su sabiduría, +sabrá lo que debe hacer. + +La abadesa salió del locutorio. + +--¿Quién ha traído esta carta?--dijo á la tornera. + +--El señor Francisco Martínez Montiño. + +--¡Ah! ¡el cocinero del rey! ¿y espera? + +--Sí, señora, espera la contestación. + +--Hacedle entrar, madre Ignacia. + +Y la abadesa se volvió al locutorio, se sentó junto á una mesa que había +en él y se puso á escribir. + +Entre tanto Quevedo, que había bajado á la portería, notó que un bulto +se metía rápidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto. + +Quevedo se fué derecho á la puerta y miró detrás de ella. + +Encontróse en un ángulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado. + +--Quien huye, teme--dijo Quevedo. + +--Pues no, no sé--dijo saliendo Montiño--por qué deba yo temeros. + +--Vos debéis haber venido aquí para algo malo. + +--¿Yo? + +--Sí por cierto, y ya sé á lo malo que habéis venido. A traer una carta +del duque de Lerma á la abadesa. + +--¡Cómo! ¡qué! + +--¡Una carta en que se habla mal de mí! + +--¡Pero don Francisco! + +--Me la ha leído la abadesa y sé que andáis en cuentas con ese bribón de +Lerma. + +--Os juro que... yo... no sé ciertamente... el duque me ha llamado... + +--Vos acabaréis muy mal, señor Montiño. + +--Mi sobrino tiene la culpa. + +--¿Vuestro sobrino?... + +--Por él me están aconteciendo desde ayer desgracias. Para él es todo lo +bueno, para mí todo lo malo. + +--Y será peor si no os confiáis completamente á mí. + +--Pero don Francisco... + +--¡Se conspira! + +--¿Que se conspira? + +--Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores. + +--Mi sobrino... + +--¡Escondéos! + +--¡Cómo! + +Quevedo empujó á Montiño detrás de la puerta. + +Había oído en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta +de seda; poco después la condesa de Lemos atravesó la portería. + +--Habéis mentido en vano--dijo la condesa--; mi prima lo ha adivinado +todo. + +--¡Todo! pues mejor. + +--Mejor, sí... porque he acabado de resolverme... ¿y qué me importa? +cuando se ama á un hombre que se llama Quevedo, no hay por qué +avergonzarse de amarle. + +--Dios bendiga vuestra boca. + +--Os espero. + +--¿Cuándo? + +--Esta noche. + +--¿Por dónde? + +--Por el huerto. + +--Larguísimo va á ser para mí el día. + +--Y para mí insoportable; tenemos que hablar mucho. + +--Ahora las noches son largas. + +--Pues hasta la noche; ¿á qué hora? + +--A las ánimas. + +--Pues hasta las ánimas. + +--¡Hola!--dijo la condesa á uno de sus lacayos que estaba á la puerta--; +que acerquen la litera. + +La condesa de Lemos entró en ella, y la litera se puso en marcha. + +Quevedo estaba incómodo. + +No se había atrevido á cortar la palabra á la condesa, y temía que +Montiño lo hubiese escuchado todo, á pesar de que doña Catalina había +hablado bajo. + +--Salid--dijo á Montiño. + +Montiño salió. + +--Venid conmigo. + +Y Quevedo asió del brazo al cocinero mayor. + +--Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer. + +--Señor Francisco Montiño--dijo la madre Ignacia desde detrás del torno. + +--¿Lo veis, don Francisco? ¿Lo veis? me llaman. Allá voy, allá voy, +señora mía. + +Y se acercó al torno. + +--La señora abadesa os ruega que subáis al locutorio. + +--Allá voy, allá voy, madre tornera; ya lo oís, don Francisco. + +Y Montiño tomó por las escaleras como quien escapa. + +--Andad, que aquí os ospero--dijo Quevedo. + +Detúvose un momento Montiño como acometido por un accidente nervioso, y +después siguió subiendo, aunque no tan deprisa. + +Quevedo esperó con suma paciencia durante una hora. + +Al fin de ella, sintió unos pasos precipitados en la escalera. + +Poco después, Montiño, con la gorra aún en la mano, espeluznados los +escasos cabellos, la boca entreabierta, pálido, desencajados los ojos, +crispado todo, pasó por delante de Quevedo exclamando: + +--¡Como la otra! + +Y se lanzó en la calle. + +Quevedo partió tras él y le asió por la capa. + +--¡Ea, dejadme!--exclamó el cocinero mayor. + +--¿Os olvidáis de que yo os esperaba? + +--¡Como la otra!--repitió en acento ronco y cada vez más desencajado +Montiño. + +--¿Pero estáis loco, señor Francisco? cubríos, que el aire hiela; +embozáos y componéos, y venid conmigo. + +Montiño se encasquetó la gorra de una manera maquinal, y repitió su +extraño estribillo: + +--¡Como la otra! + +--¿Pero qué otra ni qué diablo es ese? ¡Ea, venid conmigo, que recuerdo +que aquí, en la calle del Arenal, hay una hostería! + +Montiño se dejó conducir. + +_Hostería del Ciervo Azul_, leyó Quevedo en una muestra sobre una +puerta. + +--Pues señor, aquí es; yo no he almorzado más que un tantico de pichón, +y no me vendrá mal una empanada de perdiz. + +Y empujó adentro á Montiño. + +Entraron en un gran salón irregular, pintado de amarillo, color con el +que se había combinado el humo de las candilejas de hoja de lata +clavadas de trecho en trecho en la pared. + +Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epígrafe de este +capítulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente. + + + + +CAPÍTULO XXIII + +EN LA HOSTERÍA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE + + +Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio día, estaban +encendidas. + +Tan lóbrego era el salón donde habían entrado Quevedo y Montiño. + +Quevedo había pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino. + +Montiño había guardado un profundo silencio. + +Quevedo se había ocupado en estudiar la fisonomía de Montiño. + +Había acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor +no estaba en el completo uso de sus facultades. + +--¡Había de haber sido una monja!--dijo Quevedo cuando se certificó del +estado mental de Francisco Montiño. + +Un mozo entretanto trajo la empanada. + +Quevedo sirvió la mitad de ella á Montiño. + +Este cortó maquinalmente un pedazo de masa, y lo llevó á la boca. + +Bastó esto para que volviese de su fascinación. + +--¿Qué es esto?--dijo--. ¿Quién es el hereje que ha hecho este pastel? + +Y escupió el bocado. + +--¡Ah, ah!--dijo Quevedo--, me había olvidado de que sois el rey de los +cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el +apetito que yo tengo para tragar este engrudo. + +--¿Dónde me habéis traído? + +--A la Hostería del Ciervo Azul. + +--¡A la hostería del Ciervo!--exclamó con espanto Montiño--. ¿Qué habéis +querido darme á entender con eso? + +--¡Yo! + +--Sí, señor, vos... vos me habéis dicho no sé qué acerca de mi mujer... + +-¡Yo! + +--Sí, señor. El tío Manolillo me ha dicho también algo de eso. + +--¡También el tío Manolillo! + +--Y el duque de Lerma. + +--¡Cómo! + +--Y doña Clara Soldevilla. + +--¡Ah! + +--Y, por último, esa mujer á quien Dios confunda... ¡Oh! ¡Dios mío! +¡como la otra! ¡como la otra! + +--¿Como qué otra? + +--Como Verónica: ¿no os acordáis de mi primera mujer? + +--¡Ah! + +--Entonces érais paje del rey, y no había paje que no conociese á +Verónica. + +--¿Pero estáis loco, Montiño? + +--Ahora no se trata de pajes: es más... algo... más gordo. + +--Ved allí por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmán--dijo +Quevedo. + +--¡Oh! pues vámonos de aquí, porque si no no respondo de mí mismo. + +Y el cocinero se levantó. + +--Sentáos--dijo Quevedo con voz vibrante--; sentáos y no espantéis la +caza: yo os vengaré. + +--¿Pero es cierto?--dijo con angustia Montiño, que se sentó. + +--Certísimo; pero no habléis con ese tono compungido. Vos no sabéis +nada; estáis almorzando alegremente. Comed. + +--¡Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogaría ese pastel... + +--¡Mozo! ¡un real de olla podrida!--dijo una voz estentórea al fondo del +salón. + +--Ya veis, ese hombre se ha ido allá muy lejos, y sin duda no os ha +visto, estáis de espaldas á él; á mí sí me ve de frente, pero nada +importa; si se atreve á mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque +aquí mismo os vengo. + +--¿Pero estáis seguro de que es verdad, don Francisco? + +--Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor +don Juan de Guzmán, y aun sospecho que lo que lleva en sí la Luisa, sea +cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita, á la +que llamáis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo. +Os aconsejo que dotéis bien á la Inesita, porque es hija de buen padre. + +--Pues mirad, ya lo había yo sospechado. Había olvidado con desprecio á +aquella detestable Verónica... ¡pero Luisa!... ¡una muchacha que era +moza de retrete, y á la que he hecho casi una dama! + +--Pero no la habéis dado marido, y ella se ha provisto de galán. + +--¡Pero qué galán! + +--Cosas de las mujeres. + +--¿Y qué debo hacer? + +Quevedo, que había aprovechado aquella ocasión y había sido cruel con +Montiño solamente por apartar un peligro de la reina, contestó: + +--¿Qué debéis hacer? separaros de Luisa. + +--Decís bien. + +--No os faltarán mujeres. + +--Decís bien. + +Pero de repente, en una reacción del sentimiento, exclamó: + +--¡Y lo que nazca! + +--Podéis contar que no es vuestro. + +--La separaré de mí. + +--Haréis bien. + +--La enviaré á Navalcarnero. + +--Haréis mal; es demasiado cerca, enviadla á su país. + +--¿A Asturias? + +--Eso es. + +--No hablemos más de esto. + +--Hablemos de lo otro. ¿Qué os ha dicho la madre abadesa? + +--¡Oh! ¡oh! me ha preguntado quién es la dama á quien ama en palacio mi +sobrino. + +--¿Y vos qué le habéis dicho? + +--Yo... nada. + +--¿Y qué ha replicado la abadesa? + +--Me ha llamado ciego. + +--¿Y qué más? + +--Para probármelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado +con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmán. ¡Como si uno pudiera +saber lo que pasa en su casa estando á cinco leguas de distancia! + +--Pero supongo que habréis tenido prudencia. + +--Prudencia ¿acerca de qué?... + +--Acerca de lo que sabéis relativamente á vuestro sobrino. + +--Para prudencia estaba yo. + +--¿Pero qué habéis hecho? + +--Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio á mi mujer, la dije: +pues dama hay en palacio mucho más alta... + +--¡Diablo! + +--Sí, señor, mucho más alta, que no es mejor que mi mujer... + +--La abadesa os preguntaría quién era esa dama. + +--Cierto que sí. + +--¿Y vos? + +--Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de +decir las verdades. + +--Diríais que doña Clara Soldevilla... + +--¿Qué tengo yo que ver con doña Clara Soldevilla? dije que la reina... + +--¡Desdichado! + +--Era querida de mi sobrino. + +--Pues habéis mentido como un bellaco--exclamó Quevedo--; y ya que no +tiene remedio lo que habéis dicho á la abadesa, guardáos, guardáos de +volver á pronunciar esa calumnia. + +--¡Ah, don Francisco!--exclamó Montiño, cuya alma se encogió de miedo, +bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo. + +--De seguro la abadesa os ha dado una carta. + +--Es verdad. + +--Una carta para el duque de Lerma. + +--Es verdad. + +--Dadme esa carta. + +--Pero tengo que llevarla á su excelencia. + +--Dadme esa carta. + +Montiño la sacó del bolsillo interior de su ropilla, y la dió á +Quevedo. + +Quevedo rompió la nema. + +--¿Pero qué hacéis?--dijo Montiño. + +--Esta carta, puesto que está en mi mano, es para mí. + +Y la leyó. + +--Ya lo sabía yo--dijo. + +Y llamó á grandes golpes sobre la mesa. + +Cuando acudió el mozo arrojó un ducado, y salió dejando solo á Montiño. + +Apenas había salido de la hostería Quevedo, cuando vió venir por la +parte de palacio una tapada ancha y magnífica, que se levantaba el manto +para no coger lodos, y dejaba ver una magnífica pierna y un pequeño pie, +calzado con un chapín dorado. + +--Confúndame Dios--dijo Quevedo--si yo no conozco á esa. Detengámonos, +que de seguro al pasar junto á mí la saco por el olor. + +Detúvose, y al emparejar con él la tapada, se detuvo delante de él, y se +asió á su brazo. + +--¿Tendremos buscona?--dijo para sí Quevedo. + +--Vamos, seguid, y no os hagáis de rogar, don Francisco--dijo una voz +irritada y breve, á pesar de lo cual Quevedo conoció por aquella voz á +la Dorotea. + +--¡Ah, reina mía! ¿y á dónde bueno por aquí? + +--No lo sé. + +--¿Que no lo sabéis? + +--No. Llevo la cabeza hecha un horno. + +--Más bien creo la lleváis hecha una olla de grillos. + +--He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me moría. + +--¿Pero qué os ha sucedido? + +--Se me ha subido el almuerzo á la cabeza. + +--¡Ah! diablos; ¿y os habéis salido á tomar por estas calles un baño de +pies? + +--No; no, señor: me he ido al alcázar. + +--¿Y qué teníais vos que hacer en el alcázar? + +--¡Qué! ¿qué se yo? buscaba al cocinero de su majestad. + +--¿Y le habéis habido? + +--Sólo he habido á su mujer. El cocinero se ha perdido. + +--Pobre Montiño: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza. + +--¡El sobrino del cocinero mayor! ¡el señor estudiante! ¡el señor +capitán! ¡el embustero! ¡el mal nacido! + +--¿Pero qué granizada es esa, amiga mía? + +--Debéis saberlo vos. Vos, que habéis formado la tormenta. ¡Pero yo me +tengo la culpa! ¡Yo no debí recibiros! ¡yo debí conoceros! el que se +atrevió á enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja... + +--No me recordéis eso... No me abráis la llaga,.. ¡Qué hermosa estábais, +Dorotea! + +--¿Qué, ahora lo estoy menos?--dijo con acento singular la comedianta. + +--No, no por cierto. Ahora estáis más hermosa, pero sois también más +mujer. + +--Entrémonos aquí--dijo la Dorotea--; empieza á llover. + +Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se veía un fondo largo y +negro. + +--Pero ved, hija mía, que esto es una taberna. + +--¿Y qué se me da? + +--¡Ah! pues si á vos no os da, á mí menos. Entremos. Se van á maravillar +cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de +Santiago. Nos echamos á rodar. + +--Hace mucho tiempo que entrambos rodamos. + +--Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. ¿Se puede +entrar en este aposento?--añadió Quevedo, parándose en el fondo de la +taberna delante de una puerta cerrada, y dirigiéndose á un hombre que +desde el primer recinto de la taberna les había seguido admirado. + +--Sí; sí, señor, con mil amores--dijo aquel hombre--. ¡Nicolasa! ¡la +llave del cuarto obscuro! ¡tráete una luz! Esperen un momento vuesas +mercedes. + +--¿Qué hora es?--dijo Dorotea. + +--Acaban de dar las doce en Santo Tomás. Pronto, Nicolasa, pronto, que +estos señores esperan. + +Acudió una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo +puesta en una palmatoria de barro cocido. + +Abrió la puerta, entró y puso la palmatoria sobre una mesa. + +--Dos sillas, Nicolasa--dijo aquel hombre. + +La Maritornes entró toda apresurada y solícita con dos sillas de pino. + +--¿Qué quieren vuesas mercedes?--dijo el hombre, que se había quitado la +gorra. + +--Vino, mucho vino--dijo la Dorotea. + +--Sólo tengo blanquillo de Yepes. + +--Sea el que quiera. + +El hombre salió. + +--No os conozco, Dorotea--dijo Quevedo. + +--Tampoco yo me conozco á mí misma. + +--Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador. + +--No importa. + +--Que tenéis que ser esta tarde estrella. + +--Me nublo. + +--El autor de la compañía os obligará. + +--No puede. + +--Estáis anunciada, y el corregidor os meterá en la cárcel. + +--Si me encuentra. + +--¡Ah! ¡os perdéis! + +--Me he perdido ya. + +--¡Mirad no perdáis á alguien! + +--Una vez perdida yo, que se pierda el universo. + +--Traigo un azumbre--dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme +jarro vidriado y dos vasos. + +--¡Fuego de Dios!--exclamó Quevedo. + +--Idos--dijo con impaciencia Dorotea. + +El tabernero se encaminó á la puerta. + +--Volved lo de afuera adentro--dijo Quevedo. + +El tabernero le comprendió, puesto que quitó la llave del lado de afuera +y la puso por el lado de adentro. + +Quevedo se levantó y echó la llave. + +Luego colgó de ella su ferreruelo, á fin de que no pudiera verse nada +desde afuera, y miró si había alguna rendija. + +La puerta era nueva y encajaba bien. + +--Henos aquí metidos en un paréntesis--dijo don Francisco. + +--Lo que es yo, me encuentro en un paréntesis de mi vida. + +--Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos; +pero dadme el manto, que es muy rico y será gran lástima que se manche. + +Dorotea se desprendió la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se +le quitó con un hechicero descuido y le entregó á Quevedo. + +Quedó admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su +incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeño +relicario cubierto de brillantes. + +--Deslumbráis, Dorotea--dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y +poniéndole sobre su ferreruelo en la llave--. Se me os vais subiendo á +la cabeza. + +--Sentáos y ponedme vino. + +--No seáis loca. No os parezcáis á los tontos, que cuando les viene mal +un negocio se emborrachan. + +--Ponedme vino. + +--Beberéis vos sola. + +--¡Queréis tener sobre mí ventaja! + +--Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos. + +--Decís bien... pero yo necesito hacer algo. + +--¿Y os embriagáis? + +--Dicen que un clavo saca á otro clavo; quiero ver si una embriaguez me +quita otra. + +Y levantó el vaso. + +Quevedo se lo arrancó y tiró su contenido. + +Luego tomó el jarro y lo arrojó: + +--Soy vuestra madre--dijo--; dejémonos de locuras, y ya que os tengo +aquí sola y encerrada, ya que me tenéis á mi, hablemos juiciosamente, +hija mía. ¿Creéis que yo soy malo? + +--¿Quién sabe lo que vos sois? + +--Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra. + +--¡Vos venís á buscar aire de vida á la corte! + +--No vengo por mi gusto. + +--Decid, don Francisco, ¿no sois secretario del duque de Osuna? + +--Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte. + +--¡Malhayan los tales secretos! + +--¿Por qué decís eso? + +--Porque creo que me habéis sacrificado á ellos. + +--Pues mirad, ignoraba que pudiérais ser víctima. ¿Y á qué dios creéis +que os sacrifico? + +--No es dios, es diosa. + +--¿Diosa? + +--Sí, la diosa ambición. + +--Conócese que tratáis con el duque de Lerma. + +--Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello, +de este año y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois +secretario del duque de Osuna. + +--Confiésome torpe; no os entiendo. + +--Llevadme con vos á Nápoles; recomendádme al duque y que su excelencia +me abra las puertas de un convento. + +--¿Magdalena os tenemos? + +--Si me dais medios de que lo sea, os perdono. + +--Rechazo vuestro perdón, y me asombro de que me lo ofrezcáis; ¿pues en +qué os he ofendido yo? + +--¡Ay, triste de mí! ¡Qué desgraciada soy! + +Inclinó la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levantó en un +movimiento sublime. + +Su mirada resplandecía. + +Quevedo la miraba con asombro. + +--No, no soy desgraciada--dijo la Dorotea--, sino muy feliz, felicísima. +Y tenéis razón, don Francisco; no merecéis mi perdón, sino mi +agradecimiento. + +--¡Qué lástima!--dijo Quevedo. + +--¿Y de qué? + +--¿Pues no queréis que me lastime, si os veo loca? + +--¡Loca! ¿creéis en los hechizos? ¿es verdad que se puede hacer mal de +ojo? + +--Desembozáos, hija, á fin de que yo pueda veros. Porque me estáis +maravillando, vais creciendo, creciendo delante de mí, y ya no encuentro +en vos á la educanda de las Descalzas Reales, ni á la comedianta de esta +mañana. + +--Seguid, seguid; veamos cómo me vísteis en el convento, cómo me habéis +visto esta mañana y cómo me véis ahora. + +--Son las doce--dijo Quevedo--; á las dos empieza la comedia y +necesitáis media hora para vestiros. ¿Tenéis la ropa en el coliseo? + +--Sí; ¿pero eso qué importa? + +--Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachéis, y conseguiré del +mismo modo que no hagáis una locura. ¡Diablo! y debéis valer mucho, +porque yo, que por nadie me intereso, empiezo á interesarme por vos. + +--Creo que empezáis á engañarme. + +--Suponed que no me llamo Quevedo. + +--Eso no es posible. + +--Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca +y que deseo curarla. + +--Dudo que lo consigáis. Pero vamos al asunto; contestadme á lo que os +he preguntado: decid lo que habéis pensado de mí en las tres distintas +situaciones en que os he visto. + +--Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego ó palacismo, ó +hijo de palacio, como mejor queráis. + +--Bien, bien, ¿pero qué tiene que ver eso? + +--Las cosas deben tomarse en su origen. Vóime, pues, al punto, desde +donde llegué á conoceros. Os conocí por medio del tío Manolillo. + +--¡Ah! ¡el misterioso tío Manolillo! + +--Tenéis razón. No sé si es pícaro ó tonto, si cuerdo ó loco. Lo que sé +es que os ama con toda su alma, pero no sé cómo. ¿Lo sabéis vos? + +--No por cierto: á veces me mira como un amante, á veces como un padre; +á veces hay cólera en sus ojos, á veces odio. + +--¡Misterios siempre! Un día, hace tres años, me encontré al tío +Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra huído y receloso, y +hambriento en desván ajeno, en una galería obscura de palacio. El tío +Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una +guerra de chistes. No sé lo que le dije ni recuerdo qué me contestó; +pero es el caso que nuestra conversación se hizo formal. + +--Yo no gasto, como vos, antiparras--me dijo--; pero es el caso, hermano +don Francisco, que veis más claro que yo. ¿Queréis mirar una cosa que yo +os muestre, y decirme qué habéis visto en ella? + +--¿Y de qué cosa se trata, tío?--le pregunté. + +--De una mujer. + +--Pues si vos, tratándose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me +quedo á obscuras. + +--No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo á esa mujer y tengo, +naturalmente, una venda sobre los ojos. + +--¡Os dijo... que me amaba el tío Manolillo!--exclamó Dorotea. + +--Pero no me dijo de qué modo; ¡no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido +adivinarlo; pero continuemos. El tío me llevó al convento de las +Descalzas Reales, tocó al torno, y dijo: + +--Madre tornera, tened la bondad de decir á Dorotea que aquí estoy yo +con otro caballero. + +Entramos en el locutorio. + +Vos tardásteis. + +Entonces me dije, yo no sé si con fundamento: + +--Esa mujer se está componiendo para parecer mejor. + +--¡Ah, y qué mal pensador sois!--dijo la Dorotea. + +--En efecto, cuando os presentásteis veníais tan compuesta, como podíais +estarlo en el convento. + +--Había en aquel sencillo hábito, en aquella toquilla, en aquel +escapulario azul, en aquella cruz de oro que pendía de vuestro cuello, +una cosa que decía: «Ved que con lana y lino puede parecer una mujer +mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados.» + +Era, además, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra, +sonora; vuestro discurso, apasionado. + +Yo me enamoré de vos. + +Cuando salí del convento, dije al tío Manolillo: + +--Esa paloma volará en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no +me pesará que esa mano sea la mía. + +--Si ella os ama--dijo el tío Manolillo--, por mi parte nada tengo que +oponer. Me he propuesto darla gusto en todo. + +--Pero, ¿qué es vuestra Dorotea?--le pregunté. + +--Es una historia--me dijo. + +Comprendí que el bufón del rey no me diría una palabra más acerca de +vos, y no volví á preguntarle. + +Pero me habíais llenado, el alma no, ni el corazón, sino los sentidos; +ardía por vos, Dorotea. + +--Por lo mismo que sabía que yo no podía contar con vos, que vos no +podíais ser para mí más que el primer amante... + +--¡Oh!--exclamó Quevedo. + +--Me reí de vos. + +--Y á mí, que no me gusta divertir de balde, me bastó con que vos os +riérais. + +--Ya sé que sois altivo. + +--No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo. + +Aconteció, además, que un día en que por costumbre, no curado aún bien +de la locura que me habíais pegado, estaba yo en la iglesia de las +Descalzas Reales... sólo por oír vuestra voz, que la teníais excelente y +me enamoraba, un mal nacido ofendió á una dama. Volví por ella, mediaron +palabras y aun más; salimos á la calle, y maté á aquel hombre. Como las +pragmáticas en esto de duelo son rigurosas, y como á mí me querían mal +en la corte, creí prudente huir, y me amparé en Navalcarnero. Allí +conocí á Juan Montiño... excelente muchacho... corazón de perlas, alma +de ángel en cuerpo de hombre. + +--Pero tan burlador como vos. + +--¡Bah! Después hablaremos de eso. Estuve algún tiempo en Navalcarnero, +se arregló lo de la muerte, volví á la corte. Poco después se le +indigestó un romance mío con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me +cogió, y me enjauló en San Marcos. Allí he estado dos años; allí os he +recordado más de una vez... + +--En resumen, lo que vos pensásteis de mí en aquel tiempo... + +--Fué que érais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los +placeres, de los amores galantes; una hermosísima criatura, poca alma y +muchos sentidos; poco corazón, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi +encierro escribí por vos... dijéronme que habíais huído del convento. + +--Vióme un comediante en ocasión de ensayar una farsa á las monjas. + +--¿Comediante fué? + +--Galán. + +--¿Se llama? + +--Gutiérrez. + +--¡Ah! La presunción con ropilla; la vanidad ambulante... + +--Me miró, le miré. Elogió mi ingenio y mi voz, y me engreí. Me escribió +proponiéndome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi +celda daba á un huerto que tenía las tapias muy bajas, los balcones eran +muy bajos... me escapé... caí loca en los brazos de aquel hombre... +perdí la virginidad de mi cuerpo, pero conservé la virginidad de mi +alma. Gutiérrez no había sabido despertarla... Gutiérrez no me había +dado la ardiente vida que yo necesitaba... El público entretanto me +aplaudía... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus... +sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del +teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazón. ¡A! ¡no! +en él resonaban huecos los aplausos; le aturdían, pero no le conmovían. +Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando á partido ganaba poco; me +veía obligada á alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces +viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran +queridas de algún gran señor. Gutiérrez no podía darme nada de esto. Los +galanes que me enamoraban no podían dármelo tampoco. Yo sufría, yo +estaba humillada: yo soñaba en el gran señor que debía cubrirme de oro. +Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y +generoso. Yo necesitaba humillar á mis compañeras. Una tarde vi en un +aposento á un señor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrás +de él había un hidalgo, altivo también, joven y buen mozo. Los dos me +miraban, los dos me aplaudían... yo me enamoré de los dos. Del uno por +vanidad, del otro... por amor, no... yo creía que era por amor... pero +hoy me he desengañado. + +--¡Eran Lerma y Calderón! ¡El amo y el perro! + +--Ellos eran. Después de la función, encontré en mi casa, esperándome, á +uno de ellos. Se había entrado por fuero propio, pagando á mi doncella. +Era don Rodrigo Calderón. Me traía un mensaje y un regalo del duque de +Lerma. Yo acepté. Después de haberme hablado por el duque, don Rodrigo +me habló por sí mismo. + +--Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran señor goza antes que +él, y es muy justo--dijo Quevedo--; el agua moja antes el cauce que el +pilón. Vuestra historia es muy conocida. + +--He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo. + +--Os leí, pues, en el convento. + +--¿Y qué habéis leído hoy en mí? + +--Vamos á vuestra segunda época. Salía yo esta mañana de palacio y +andaba por esas calles de Dios, pensando en dónde encontraría posada, +cuando al buscar en un balcón una cédula, os vi á vos tras de la +vidriera. He aquí mi posada, me dije, y me entré. + +--Y como éramos antiguos conocidos... + +--Tomé posesión de vuestra casa, y os leí en una mirada. Erais la +buscona más perfecta en su época peligrosa. + +--¡La buscona! + +--Ese es el nombre. + +--Es decir, la mujer... + +--Que ahorra sangrador, y deja á un prójimo de tal modo, que no puede +valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes, +envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada á la vida +alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y +pregonándose á voces. + +--¡Oh! ¡es verdad! ¡qué vergüenza! + +--Pasando á vuestro tercer estado, al en que os encontráis en este +momento, os confieso que no os conozco: que os habéis transformado; que +os ha sido vergüenza, y habéis criado pudor; cuando érais virgen os vi +cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen. + +Dorotea bajó la cabeza avergonzada por única contestación. + +--¡Vos amáis! ¡amáis por la primera vez!--dijo Quevedo con acento +sonoro, seco, vibrante, solemne. + +--¡Oh! ¡sí! ¡yo creo que sí! ¡yo estoy loca!--exclamó Dorotea. + +--¡Misterios del espíritu!--murmuró Quevedo--; ¡no nos comprendemos! ¡la +ciencia escrita! ¡mentira! ¡la ciencia permanece oculta! ¡yo adivino, yo +presiento... porque veo... observo... y me asombro! + +--¿De qué os asombráis? + +--De mí mismo. + +--Sois un pozo obscuro. + +--Porque me hundo en mi alma. + +--¡Ah! ¿no es verdad, don Francisco, que esto es terrible? + +--¿Y qué es lo terrible? + +--Yo no lo he visto nunca: cuando le vi á él... ya sabéis quién es él... + +--Sí, sí; mi amigo Juan. + +--Cuando lo vi... cuando me miró, parecióme que mi alma descorría un +velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba, +que la besaba, que la acariciaba, que la encendía... sentí... un placer +doloroso... debí ponerme pálida. + +--Y seria como una difunta. + +--Yo creo que él también vaciló. + +--Pues ya lo creo. + +--¡Ah! ¡don Francisco! ¿por qué habéis llevado á ese hombre á mi casa? +yo creo que iba provisto de un hechizo. + +--Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le +llamé porque estaba cuidadoso por él... como que había dado de estocadas +á Calderón y le había quitado unas cartas de la reina. + +--¡De la reina! ¡las cartas de la reina! ¡que le habrá pagado poniéndole +en el lugar de Calderón! + +--¿Qué estáis diciendo? + +--He tenido celos de una mujer cuando creí amar á don Rodrigo... +ahora... ¡ahora le aborrezco! + +--Hacéis mal. + +--¿Que hago mal? + +--¿Sabéis para qué llamaba la reina á Calderón en aquellas cartas? + +Quevedo hablaba á bulto, porque como saben nuestros lectores, no las +conocía. + +--¿Para qué llama una mujer á un hombre? + +--Margarita de Austria, más que mujer es reina. + +--Las reinas tienen corazón y caprichos. + +--La reina llamaba á don Rodrigo para conspirar. + +--¡Para conspirar! + +--Sí, contra el duque de Lerma. + +--¡Ah!--exclamó Dorotea como quien recibe una revelación--. Acaso... +aquellas cartas no contenían ni una sola palabra de amor... ¿es verdad? + +--Eran, sin embargo, ambiguas--dijo Quevedo, que seguía hablando á +bulto. + +--Sí, sí... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un +miserable. + +--¿Y qué otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro? +Vos érais un instrumento de don Rodrigo Calderón. Estáis, pues, en el +caso de volver en vos. + +--¿Me juráis, don Francisco, que no me habéis tomado por instrumento? + +--No, no os lo juro, porque quiero que me sirváis. + +--¿Y por eso me habéis presentado á ese joven para que me enamore? + +--No he tenido esa intención; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado, +me alegro. + +--No os alegréis mucho, porque me ha empeñado. + +--Mi amigo Juan os ama. + +--¡Jurádmelo! + +--Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. ¡Si cuando +me quedé solo con él no hablamos de otra cosa que de vos! + +--Pues mirad, yo me había irritado con vos y con él... en el momento que +supe que habíais herido á don Rodrigo. + +--¿Por amor á don Rodrigo? + +--No, porque vi... porque adiviné la verdad. Que don Rodrigo había caído +á causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces +quise vengarme, y para vengarme salí, y me fuí á casa del cocinero del +rey, cargada de joyas; Montiño es avaro, y estaba segura de averiguar... + +--Bueno es saberlo--dijo para sí Quevedo. + +--Pero no le encontré y me abrasaba en el tabuco donde vive... me +ahogaba allí, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces salí, +bajé, y seguí á pie. + +--¿Y á dónde íbais cuando os encontré? + +--A la ventura, á tomar el aire. + +--Habéis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado--dijo +Quevedo. + +--Aún no del todo. + +--Mi amigo os espera en vuestra casa. + +--¡Ah! ¡pero vuestro amigo me da miedo...! ¡no os digo que estoy +asombrada!... ¡yo, que me he burlado del amor! + +--El amor se venga. + +--Ya se ve; ¡es tan hermoso...! ¡más que hermoso...! ¡tiene para mí tal +paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazón de un modo +tal... he hecho una promesa á la virgen de la Almudena... como mañana me +despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy +buenas. + +--Si vos no amárais mañana á mi amigo, le mataríais. + +--¡Oh! no lo creo--dijo Dorotea con una anhelante candidez. + +--¡Si habéis causado en él una impresión terrible! Qué hermosa es esa +joven, me decía mientras vos estábais fuera; no puedo mirarla sin +enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer... +esa diosa, no viva más que para mí. + +--Os lo repito, don Francisco. Vámonos á Napóles... ó si no queréis +venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entraré en un convento... +vuestro amigo me ha hecho mucho daño... me ha hecho insoportable el +duque de Lerma, odioso Calderón. + +--Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderéis más que nunca +del ánimo de Lerma. + +--¡Cómo! + +--¿Creéis que Lerma dejará sin castigo á quien le ha estropeado á su +favorito? no os hablo de mí, que importa poco... pero él... él, que ha +alcanzado gracia á vuestros ojos. + +--Me pedís un martirio. + +--Sed mártir, si queréis la gloria. + +--¡Me pedís que, amando á un hombre, sea querida de otro!--exclamó +profundamente la Dorotea. + +--Necesitáis reparar el daño que habéis hecho. + +--¡Yo! + +--Sí, vos; habéis calumniado á una santa... + +--¿Creéis que la reina?... + +--Es digna de que una mujer de corazón como vos, la ame en vez de +odiarla. + +--¿Y qué puedo yo hacer? + +--Sed más que la querida pagada de Lerma. + +--¡Ah! + +--Enloquecedle; hacedle creer que le amáis. + +--Eso no es fácil; don Juan de Guzmán ha visto en mi casa á vuestro +amigo. + +--¿Y qué importa? + +--Lo sabrá Calderón... lo sabrá Lerma. + +--Bien: decid á Lerma que mi amigo quiere casarse con vos... + +--¡Deshonrarle yo!... + +--Cuando median altos intereses, por todo se atropella. + +--¿Puedo fiarme de vos, don Francisco? + +--¡Fuego de Dios! ¿y para qué había yo de engañaros? + +--A vos me entrego. + +--¿Veis como he hecho muy bien en que no trabáseis conocimiento con el +blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habéis enlodado; id á +mudaros á vuestra casa. Allí encontraréis á Juan Montiño... id con él +acompañada á la comedia. + +--¡A la comedia! ¡Trabajar, fingir, con el corazón lleno de lágrimas! ¡y +mostrarme serena y reir! + +--Esa es la vida: sed una vez cómica... aprended á serlo, qué os +importa. Este es vuestro manto... cubríos bien, hija. Este mi +ferreruelo. ¿Os habéis cubierto? + +--Sí. + +--¡Ah de casa!--dijo Quevedo abriendo la puerta. + +Cuando acudió el tabernero, le dió un ducado. + +--Cobrad y guardáos lo que os sobre--dijo. + +Y salió con Dorotea. + +--Ahora--añadió cuando estuvieron en la calle--idos sola. Todo el mundo +me conoce; á vos podrían conoceros, y no conviene que nos vean juntos. +Conque adiós; voy á dormir, que ya es hora. + +--¿Y hasta cuándo? + +--Yo pareceré. + +--Adiós, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el +alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adiós. + +Dorotea se separó de Quevedo y se alejó á buen paso. + +Llovía, y más de un transeunte se detuvo á mirar con asombro á aquella +dama que parecía tan principal, y que en tal día andaba sin litera, +pisando lodos. + +Dorotea llegó al fin á su casa y se detuvo á la puerta, dominada por un +vago temor. + +Sabía que en su casa estaba Juan Montiño. + +Su irresolución duró un momento. + +Llamó, la abrieron y entró. + +--¡Señora!--la dijo Casilda--; ¡ah, señora! ¡no sabéis lo que sucede! + +--¿Qué? + +--Aquel caballero que almorzó con vos... + +--¿Qué ha sucedido á ese caballero...--dijo con cuidado Dorotea. + +--¡Nada! ¡nada! se quedó aquí... + +--Y bien... + +--Me pidió sangría... + +--¿Y qué? + +--Se la serví... y luego... como no le conocía, como nada sé... por ver +lo que hacía, volví quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en +vuestro sillón. + +--¿Y qué hay de malo en eso?... + +--Nada, pero... cuando volví otra vez... ya no estaba en la sala. + +--¿Que no estaba? + +--No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo. + +--¡Ah! ¡Dios mío!--dijo para sí Dorotea, entrando precipitadamente en la +sala, y llegando á la alcoba--; ¡conoce que le amo... y se apodera de +mí! + +Montiño dormía á pierna suelta. + +Dorotea levantaba el pabellón del lecho. + +--¡Qué hermoso es! ¡y qué alma tan noble asoma á su semblante dormido! +¡Oh Dios mío! ¡y es ya la una y media!--dijo oyendo á lo lejos un reloj. + +Dejó caer la cortina y salió á la sala. + +--Vísteme--dijo á Casilda--: tráeme ropa blanca; me he puesto perdida. + +--¿Y le dejáis así?--dijo Casilda señalando á la alcoba. + +--Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche. + +--Pero señora... + +--Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mío--dijo Dorotea. + +La negra se calló y vistió á su señora. + +Esta eligió un magnífico traje de brocado, alto, cerrado como los de las +damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llenó las manos +de anillos y derramó sobre sí agua de olor. + +--Vete, y que Pedro ponga la litera--dijo cuando estuvo vestida. + +Casilda salió, y Dorotea entró de nuevo en la alcoba, y levantó la +cortina. + +--Siento despertarle--dijo--; ¡duerme tan bien, y está tan hermoso +durmiendo! ¡oh! ¡si no me esperara el público! ¡esta es una esclavitud +insoportable! + +Estuvo un momento contemplando al joven. + +Al fin se resolvió. + +--¡Caballero!--dijo dulcemente--¡caballero! + +Montiño abrió los ojos. + +--¡Ah! ¡dichoso el que despierta y se encuentra con un ángel!--dijo +después de haber lanzado de sí la última influencia del sueño. + +--¿Y no se os ocurre disculparos? + +--¿De qué?... ¡ah! ¡me ha traído aquí mi corazón!... ¡soy digno de +lástima!... no os enojéis, pues. + +--¿Estáis muy cansado? + +--¡Ah! ¡no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve huído y +no dormí; pero... he descansado ya... os fuísteis irritada, y yo no me +resignaba á no volveros á ver si no me volvíais á vuestra gracia. Me dió +sueño; en el sillón dormía mal... como ya Quevedo había dormido aquí, me +dije--: ¿Qué importa que yo duerma también? pero he sido más respetuoso +que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy +corriente. + +--¿Y os vais? + +--Sí, pero contando con que vos... + +--¿Qué?... + +--¿Me volveréis á recibir? + +--¿Pero no estáis ya recibido?--dijo la Dorotea. + +--¡Cómo, señora! + +--Sí; ¿no estáis en vuestra casa? + +--¡En mi casa! + +--Vais á juzgar. ¡Casilda! + +Apareció la negra. + +--¿Qué te he dicho hace un momento acerca de este caballero? + +--Que era vuestro... + +--Dí lo que yo te dije. + +--Que era vuestro amo y el mío. + +--Vete. + +--¡Ah, señora!--dijo Montiño, turbado á su pesar por la expresión y el +acento de Dorotea. + +--Yo no os conozco--dijo la joven--, pero me siento unida á vos por un +poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompería; +no he amado nunca; vos sois el primer hombre á quien amo: ¿queréis mi +amor? + +--¡Vuestro amor!--exclamó asustado Montiño. + +--¡Qué! ¿le desprecias? + +--¡Ah! ¡señora! vuestro amor es la gloria. + +Dorotea se arrojó en los brazos de Montiño. + +--¡Oh! ¡qué delirio! ¡qué sueño!--exclamó después de algún tiempo--. +¡Que no despierte yo nunca, amor mío! porque si no me amases... me +vengaría... y mi venganza... ¡oh! no hablemos de esto... ¡las dos! ¡ya +es tarde, Dios mío! ¡y el coliseo!... ¡malditas sean las comedias! ¡pero +es preciso! ¡vamos, acompáñame! + +--¿Así, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y tú tan +resplandeciente, reina de mi vida? + +--¡Y qué importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van +á tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven. + +Y Dorotea se llevó de su casa á Juan Montiño como robado. + + + + +CAPÍTULO XXIV + +DE LO QUE QUISO HACER EL COCINERO DE SU MAJESTAD, DE LO QUE NO HIZO Y DE +LO QUE HIZO AL FIN + + +Montiño se había quedado aturdido en la hostería de Ciervo Azul, después +de la salida de Quevedo. + +Tenía tanto en que pensar el triste del cocinero mayor, que su cabeza +estaba hecha una devanadera. + +Iba y venía con sus cavilaciones, y de todas ellas no sacaba más que una +cosa en claro: lo referente á los amores de su mujer con el sargento +mayor don Juan de Guzmán. + +Este pensamiento se formulaba en la frase que Francisco Montiño +pronunciaba con los nervios crispados: + +--¡Como la otra! + +Montiño era, pues, un hombre predestinado. + +Pero como todos los predestinados, dudaba de su predestinación. + +Y luego decía--: aunque todos lo dicen, es muy posible que todos se +hayan engañado. Mi mujer puede haber cometido inocentemente alguna +imprudencia... ¡y ese sargento mayor ó ese demonio, está allí detrás de +mí, en el fondo de la sala! le oigo coscurrear entre sus mandíbulas de +lobo las cortezas de pan, ¡si yo me atreviera!... si yo me presentara á +él de improviso... ¡si le preguntara!... + +Pero acordábase Montiño del semblante de bandido del sargento mayor, de +su mirada sesgada, de sus largos mostachos y de su inconmensurable +tizona, se desplomaba y renunciaba á su resolución. + +Y era el caso que tampoco se atrevía á levantarse y á salir, por temor +de ser visto por don Juan de Guzmán. + +Permanecía, pues, acurrucado en su silla, vuelto de espaldas al sargento +mayor, y haciendo como que comía; pero en realidad, aterrado, reducido á +la menor expresión, anonadado. + +Pero de repente, sacóle de su anonadamiento una voz que conocía +demasiado. + +Aquella voz había saludado al sargento mayor. + +Aquella voz era la del galopín Cosme Aldaba. + +--¡Maldígate Dios, racimo de horca!--dijo el sargento mayor á Aldaba--; +hace una hora que me tienes esperando. + +--Vuesa merced sabe que hay cosas que no se hacen por el aire; después +que vi á vuesa merced y me dió el recado, he tenido que comprar el +pañuelo. Por cierto que he tenido que poner algunos maravedises. + +--No hay que hablar de ello. ¿Y le has hallado como convenía? + +--Ya lo creo: encarnado, encarnado, sin pinta de otro color. + +--¿Y lo has llevado á la señora Luisa? + +Volvióse todo oídos el cocinero. + +--He tenido que esperar á que saliera el señor Montiño, porque si +después de haberme despedido me hubiera encontrado, no sé lo que hubiera +sido de mí. + +--¡Buen temor el tuyo! si no fuera porque Luisa no quiere escándalos, ya +le hubiera yo acostumbrado á que se saliese humildemente de su casa +cuando yo entrase, sólo con haberle hecho huir á puntapiés la primera +vez. ¿Pero qué te ha dicho la señora Luisa? + +--Nada; ha tomado el pañuelo, se ha puesto muy pálida y ha exclamado: +¡me quiere perder! + +--Si fuera viuda, no temblaría así. + +Estremecióse Montiño. + +--¡Viuda!--dijo Aldaba--; el cocinero mayor está tan apergaminado y +enjuto, que me parece que tiene vida para muchos años. + +--El día menos pensado... es rico, ¿no es verdad? + +--¡Vaya!... ¡si dicen que revende empleos! + +--Luisa dice que en un cuarto obscuro tiene un arcón que debe estar +lleno de talegos. + +--Es muy avaro. + +--Y muy ciego: dicen que su primera mujer era peor que ésta. + +--Ya se ve; y que le gustaban los pajes. + +--Y que Inés no es su hija. + +--No, pues la Inés, que es un pimpollo, ha sacado las mismas aficiones +que la madre; ya ha tenido tres novios pajes de su majestad. + +--¿Y cuál es el paje de ahora? + +--Un muchachote rubio, paje de la reina; un chico rubicundo, que la echa +de valiente, y á quien tengo ojeriza. + +--¿Y cómo se llama ese paje? + +--Valentín Pedraja. + +--¡Ah, ah, el hijo del palafrenero mayor! + +--Eso es. + +--Pues mira, Aldaba, no te metas con ese paje, le protejo yo. + +--Si la Inés me quisiera, sería bastante; pero no queriéndome, á qué +buscar ruidos. + +--Haces bien; toma un ducado por lo que has hecho, y puesto que el +cocinero mayor te ha despedido, te tomo por mi criado; tú me guisarás, y +me excusaré de venir á este figón del infierno. Conque, vámonos, hijo, y +te enseñaré mi casa, que tengo mucho que hacer. + +El sargento mayor pagó y salió con Aldaba sin reparar en Montiño. + +--¿Conque es decir--exclamó Montiño levantándose con la fuerza de un +muelle--, que mi honra anda ya por los figones, y no solamente por un +lado sino por los dos? ¡mi mujer y mi hija! ¡y que no sepa yo lo que +pasa en mi casa! ¡y que temiera yo llevar á ella á mi sobrino! ¡mi +sobrino! ¡será necesario decírselo todo! ¡mi sobrino que es tan +valiente! ¿pero cómo decirle: tu tía y tu prima son dos mujeres +perdidas? ¡y yo que había pensado en ver el medio de casarle con mi +hija! + +El cocinero mayor estaba tan desencajado que daba miedo verle. + +[imagen: Permanecía, pues, acurrucado en su silla.] + +Y póngase cualquiera en su situación, en aquella situación anormal, +aflictiva, deshonrosa, interesados el corazón y la vanidad, todo herido, +todo magullado en su alma; encontrábase de repente solo en el mundo, +porque todo lo que constituía su familia era ficticio: su mujer no era +su mujer, su hija no era su hija, su sobrino no era su sobrino. + +Hacía casi veinticuatro horas que estaba sonando para él la trompeta del +juicio final. + +Su hermano muerto, su corazón amargado; su cocina, que constituía para +él la mitad de su alma, abandonada. + +Y además de esto, metido en enredos trascendentales, de los cuales no +sabía cómo salir; amenazado casi con la Inquisición... + +La cabeza de Francisco Martínez Montiño era un hervidero. + +Y en este hervidero se le olvidó una cosa importantísima: esto es, la +carta que la madre Misericordia le había dado para el duque de Lerma, y +que se había llevado Quevedo. + +Pero necesariamente, ó permanecía de una manera indefinida en la +hostería del Ciervo Azul, ó tomaba un partido. + +Montiño tomó el de acudir á donde le llamaba su pensamiento dominante. + +A su casa. + +Por el camino fué pensando que lo que debía hacer era encerrarse con su +mujer, hablarla decididamente como hombre que lo sabía todo, presentarla +como prueba lo del pañuelo encarnado, y después hacerla abrir los +cofres, apoderarse del pañuelo, apoyarse en él como en una prueba +concluyente, y después de esto, confesado el crimen, como no podía menos +de suceder, por su mujer, montarla en un macho de los de palacio, y con +un mozo de mulas enviarla á su país natal. + +Luego metería á su hija en un convento. + +Una vez libre, haría dejación de la cocina del rey, se retiraría de +intrigas y de enredos, y se iría pacíficamente á comerse sus doblones á +Navalcarnero, llevándose consigo la misteriosa arca, donde se encerraba +indudablemente el destino del bastardo de Osuna. + +Hay proyectos que se piensan, se redondean, se concluyen, que parecen ya +conseguidos, pero que al quererlos poner en práctica se desvanecen como +humo. + +Habíase atravesado además una circunstancia puramente casual, un suceso +que debía embrollar más al cocinero mayor. + +Poco después de la desaparición de Montiño, una litera llevada por dos +ganapanes, y seguida á paso lento por un criado, se detuvo á poca +distancia del alcázar, se abrió la portezuela y salió de una manera +violenta una mujer. + +Era Dorotea. + +Hemos retrocedido algún tiempo. + +Al punto en que Dorotea, antes de encontrar á Quevedo, había ido al +alcázar en busca del cocinero mayor. + +Cuando estuvo fuera de la litera, dijo al criado: + +--Vete. + +--¿Con la litera, señora? + +--Sí, con la litera. + +--Pero llueve y hace lodos. + +--No importa; me mareo, me muero dentro de ese armatoste. Vuélvete con +la litera á casa. + +Y se entró violentamente en el alcázar. + +--Llevadme al cuarto del cocinero mayor--dijo á un lacayo de palacio +dándole un ducado. + +El lacayo tiró el patio adelante y llevó á la comedianta á las altas +regiones donde vivía el cocinero mayor. + +--Allí es, señora--dijo señalando una puerta á Dorotea. + +--Bien, idos; gracias. + +El lacayo se fué. + +Dorotea se quedó sola en una galería estrecha, larga y tortuosa y +delante de una puerta. + +Llamó á ella con impaciencia. + +Abrióla una mujer joven y bella. + +Era Luisa. + +--¿Sois la hija del cocinero mayor?--dijo Dorotea. + +--Soy su mujer--contestó con cierta mortificación Luisa--. ¿Para qué +queréis á mi marido? + +--Para hablarle. + +--Acaba de salir. + +--No importa--dijo Dorotea entrándose en el cuarto--. Le esperaré. + +--Pero yo, señora, no os conozco. + +--No le hace; vengo á preguntarle una cosa importante. + +--Pero es muy natural que una mujer honrada, cuando ve que otra busca en +su misma casa á su marido... piense... + +--Pensad lo que queráis. + +Y Dorotea se sentó sin ceremonia. + +--Y bien, mejor...--dijo Luisa sentándose á coser--ya sé lo que debo +decir á mi marido cuando tenga un nuevo disgusto con él. + +Ninguna de las dos mujeres habló más. + +Al cabo de cierto tiempo Dorotea hizo un movimiento de impaciencia. + +--¿Dónde estará ese hombre?--exclamó. + +--Si lo deseáis--dijo Luisa--le enviaré á buscar. + +--¡Para largas esperas estoy yo!...--dijo la Dorotea--. Me ahogo aquí en +este chiribitil... y me voy... decid cuando venga á vuestro marido que +le espera en su casa la querida del duque de Lerma. + +--¡Ah! + +--Sí, del duque de Lerma, á quien sirve de correo vuestro buen marido, +como le sirve de otras muchas cosas. Conque adiós. + +Y la Dorotea salió primero del cuarto de Montiño y luego del alcázar, +tomó por la calle del Arenal, y en ella fué donde encontró á Quevedo. + +Cuando llegó Montiño á su casa, se encontró á su mujer y su hija +cantando y cosiendo. + +--Están juntas--se dijo--, y esto me contraría. + +Montiño debía haber supuesto que las encontraría de aquel modo, porque +siempre las había encontrado así. + +Dió dos ó tres vueltas por la sala. + +Vió dos ó tres veces á su mujer. + +Cada vez le pareció más hermosa y más inocente. + +--Pero, señor, ¿y lo que yo mismo he oído?--se dijo. + +Y volvió á dar otras dos ó tres vueltas. + +--¡Luisa!--dijo al fin. + +--¿Qué queréis?--respondió tranquilamente su mujer. + +--¿Ha estado alguien aquí? + +--Ha estado Cosme Aldaba. + +--¡Ah! ha estado ese bribón de Aldaba. ¿Y qué quería? + +--Quería hablarme á solas. + +--¿Y le hablaste? + +--Sí. + +--¿Y qué te dijo? + +--Que le habías despedido. + +--Me ha echado á perder un capón relleno. Es un infame. + +--En tratándose de la cocina, ciegas. + +--No ciego mucho cuando no he hecho ya una atrocidad. + +--La muerte de tu hermano te tiene de muy mal humor. + +--Sí, sí, la muerte de mi hermano, eso es. ¿Y no te dijo más Aldaba? + +--Sí, que me empeñase por él contigo. + +--¡Pues hombre, no faltaba más! ¡habrá insolencia! + +--Yo le he dicho... + +--¡Qué! + +--Que ya se te pasará; que tú al principio, tomas las cosas muy á lo +vivo y por donde queman; pero que eres muy buen hombre, y todo al fin se +te pasa. + +--¡Conque soy yo muy buen hombre! + +--Ya lo creo. + +--¡Pues no señor! ¡soy un hombre muy malo! + +--Como quieras, Francisco; cuando estás así, es necesario dejarte en paz +y luego tienes razón. + +--¡Que si la tengo! ¡que si tengo razón! ¡tanta tengo, que se me sale +por la tapa de los sesos! + +--Pues mira, primero eres tú. + +--Ya lo creo que primero soy yo. + +--Ello pasará; los primeros momentos son crueles; pero cuando te +acostumbres... + +--¿Y á qué me he de acostumbrar? + +--A pasarte sin tu hermano... + +--Pues qué, ¿no me pasaba sin él? + +--Sí, pero no es lo mismo decir tenía un hermano, á decir ya no le +tengo. + +--Tienes razón, es muy doloroso perder una cosa que se ama. + +Montiño se calló, y Luisa, por no irritarle más, se calló también. + +--Está delante Inesita--dijo para sí Montiño--, y no me atrevo... será +necesario quedarme solo con ella. + +Y siguió paseándose en silencio durante ocho ó diez minutos. + +Su mujer y su hija no cantaban, pero cosían. + +--Pues señor--dijo para sí el cocinero mayor, deteniéndose de repente--, +ello es preciso. + +Y luego dijo alto: + +--¡Luisa! + +--¿Qué quieres?--contestó la joven. + +--Tengo que hablarte á solas de un asunto muy importante. + +Púsose levemente pálida Luisa. + +--Vete Inés, hija mía--dijo á la niña. + +Inesita se levantó, miró con cuidado á su padre, y dijo para sí +saliendo: + +--Me quedaré tras de la puerta, y escucharé lo que hablen. + +Montiño fué á sentarse en la silla que había dejado desocupada su hija. + +--Vamos, Francisco--dijo Luisa, viendo que su marido guardaba +silencio--, ya estamos solos. + +--¡Es que!... ¡sí!... ¡yo!... ¡tú!--tartamudeó Montiño, á quien faltó de +todo punto el valor. + +Estaba viendo por completo sin gorguera el cuello blanco y redondito de +su mujer. + +--¿Pero qué es ello?--dijo Luisa. + +--Me encuentro en un gran compromiso--dijo Montiño renunciando de todo +punto á hacer cargos á su mujer, y rompiendo para salir de la situación +por donde primero se le ocurrió. + +--¡Un compromiso! + +--Sí, por cierto, tengo un sobrino. + +--Pues no comprendo... + +--Ese sobrino ha venido á Madrid. + +--¿Y bien? + +--Necesito traerle á vivir aquí. + +--¡Aquí, como quieras! + +--Pero hay un obstáculo. + +--¿Cuál? + +--Inesita. + +--¡Ah! + +--Sí, Inesita está ya alta y hermosa, y mi sobrino... + +--Es su primo. + +--No, no; no estaría bien. Es necesario que Inés salga de casa--replicó +Montiño. + +--¿Y á dónde ha de ir esa pobre niña? + +--¿Dónde? A un convento. + +--¡A un convento! ¡Pero si ella no tiene vocación de monja! + +--A un convento mientras esté aquí su primo. + +--De modo que si lo haces porque Inés es joven, yo soy también joven, +pocos años mayor que ella. + +--También he pensado en eso. + +--¡Cómo! ¿Quieres echarme de casa por causa de tu sobrino? + +--Escucha, Luisa, hija mía; tu embarazo está muy adelantado, las +montañas de Asturias son muy sanas... + +--Declaro que no me muevo de aquí--dijo Luisa levantándose y arrojando +su costura--. Yo no te dejo solo. Tú quieres echarnos de la casa, no +para meter á tu sobrino, sino á una perdida. + +--¡Cómo á una perdida!--exclamó Montiño, que se estremeció, porque veía +una nueva complicación. + +--Sí... yo no había querido decirte nada, pero además del galopín Cosme +Aldaba ha estado aquí una mujer. + +--¡Una mujer! + +--¡Buscándote! + +--¡Eso es mentira! + +--¡La querida del duque de Lerma! + +Montiño puso asustado su mano sobre la boca de su mujer. + +--Yo me he callado--dijo Luisa...--y tú te alborotas, yo tengo +evidencias y sufro... y me resigno... ¡Qué desgraciada soy! + +--Yo no quiero ir á un convento, padre--exclamó Inesita entrándose de +repente y colgándose al cuello de Montiño. + +--Yo me moriré si me encuentro en este trance cruel lejos de mi esposo y +señor... + +--Yo no puedo vivir sino al lado de mi buen padre. + +Y las dos jóvenes lloraban desconsoladas, y se comían á besos al pobre +hombre. + +A Montiño se le partía el corazón. + +--¡Pues señor!--exclamó--¡no puedo! ¡yo me acostumbraré! + +--Yo no me voy sino hecha pedazos--dijo Luisa. + +--Ni yo saldré si no me llevan atada--exclamó Inés. + +--Bien, bien--dijo el cocinero mayor rindiéndose á discreción--; mi +sobrino no vendrá aquí, le buscaré una posada... esto me costará el +dinero... + +--Dinero os hubiera costado, padre, el tenerme en el convento--dijo +Inés. + +--Dinero te hubiera costado, Francisco mío, el enviarme á Asturias y el +mantenerme allí--dijo Luisa. + +A estas palabras, dictadas por una lógica rigurosa, no había nada que +contestar. + +Además, las dos jóvenes lloraban que era un desconsuelo. + +Sucedióle á Montiño lo que á muchos que se creen invencibles antes del +combate: huyó á la vista del enemigo. + +Y huyó, literalmente hablando. + +Luisa, al verle huir, sintió una especie de perverso consuelo. + +Había adivinado algo aterrador en Montiño. + +Se había visto descubierta. + +Había temblado. + +Pero al huir Montiño se tranquilizó. + +Había comprendido, con la perspicacia peculiar á todas las mujeres, que +su marido estaba domesticado. + +Pero si Luisa hubiera podido leer por completo en el alma de su marido, +no se hubiera tranquilizado tan completamente. + +Montiño era uno de esos hombres cobardes para obrar por sí mismos, pero +capaces de todo de una manera indirecta. + +No podía tener duda de que su mujer le engañaba. + +De que amaba á otro. + +No tenía duda tampoco, puesto que acababa de experimentarlo, de que +jamás se atrevería á hacer nada contra su mujer. + +Pero no se encontraba en las mismas disposiciones de debilidad respecto +al amante de su mujer. + +Esto ya era distinto. + +Montiño necesitaba vengarse de aquel hombre. + +Cierto es que el cocinero mayor carecía de todo punto del valor +suficiente para ponerse delante de Guzmán y decirle: + +--Os voy á matar porque me habéis herido el alma. + +Montiño se estremecía de miedo al pensar solamente que podía verse en un +lance singular con el sargento mayor. + +Pero Montiño tenía medios indirectos. + +El primer medio que se le ocurrió, fué el señor Gabriel Cornejo. + +Esto es, una puñalada dada por detrás. + +Pero aquella puñalada debía costarle dinero. + +Además, podía envolverle en un proceso. + +Montiño desechó aquella idea, dos veces peligrosa. + +Ocurriósele valerse de su sobrino. + +Valiente, audaz, generoso, no vacilaría ni un punto en ponerse delante +del sargento mayor, tirar de la espada y despacharle en regla. + +--¿Pero cómo decir á su sobrino que su tía?... + +Montiño desechó este pensamiento como había desechado el anterior. + +Pero se puso en busca de otro medio de vengarse. + +Quevedo se presentó á su imaginación; Quevedo, capaz de plantar una +estocada al mismo diablo; Quevedo, enemigo de Lerma, y de Calderón no +muy amigo, según las palabras que el mismo Montiño recordaba haberle +oído en la hostería del Ciervo Azul, del sargento mayor, don Juan de +Guzmán. + +Pero al acordarse de Quevedo, se acordó del duque de Lerma; al acordarse +del duque de Lerma, recordó que para él le había dado una carta la +abadesa de las Descalzas Reales, y que se la había dado de una manera +urgente. + +Entonces hizo un paréntesis en sus imaginaciones, y dijo suspirando: + +--Puesto que necesitamos vengarnos, es necesario servir á quien +vengarnos puede. Vamos á llevar esta carta á su excelencia. + +Y la buscó en el bolsillo interior de su ropilla. + +Sólo encontró dos estuches. + +Aquellos dos estuches le recordaron que debía entregar á su sobrino, de +parte del duque de Lerma, una cruz de Santiago, y que para servir al +duque, debía entregar una gargantilla á la dama con quien pretendía +entretener al príncipe de Asturias el duque de Uceda, y que se +entretenía particularmente con don Juan de Guzmán. + +El amante de su mujer se le ponía otra vez delante. + +--¡Dios mío!--exclamó el desdichado--¡me van á matar! ¡Pero señor! ¡la +carta que me dió la abadesa de las Descalzas Reales! ¿qué he hecho yo de +esa carta?... ¡tengo la cabeza hecha una grillera! ¡todo me anda +alrededor! ¡todo me zumba, todo me chilla, todo me ruge! ¡pero esta +carta!... ¡esta carta! + +Y se registraba de una manera temblorosa los bolsillos, los gregüescos, +hasta la gorra. + +Y la carta no parecía. + +Empezó á sentir ese escalofrío, ese entorpecimiento que acompaña al +pánico. + +Aquello era muy grave. + +Porque sin duda la madre Misericordia decía cosas gravísimas en su carta +al duque de Lerma. + +¿Y cómo decir al duque que he perdido esa carta? ¿Cómo atreverse ni +siquiera á presentarse sin ella ante él? + +Y volvió á la rebusca; se palpó, y volvió á buscar. + +Y la carta no parecía, y su terror crecía. + +Por la primera vez de su vida blasfemó. + +Por la primera vez de su vida se creyó el más desgraciado de los +hombres. + +Y por la primera vez se olvidó de su cocina. + +Esto era lo más grave que podía acontecer á un hombre como el cocinero +mayor. + +Volvió de nuevo á su inútil pesquisa. + +Y todo esto le acontecía parado, siendo objeto de la curiosidad de los +que pasaban y cruzaban, que no podían menos de decirse: + +--¿Qué acontecerá al cocinero mayor? + +Y Montiño no se acordaba de que había dado á Quevedo la carta y de que +Quevedo no se la había devuelto. + +Entonces, aturdido enteramente, vacilante, asustado, semimuerto, salió +del patio del alcázar, en donde se encontraba, y escapando por la puerta +de las Meninas, tiró hacia el laberinto de callejas del cuartel situado +frente al alcázar, y se perdió en él. + + + + +CAPÍTULO XXV + +DE CÓMO LOS SUCESOS SE IBAN ENREDANDO, HASTA EL PUNTO DE ATURDIR AL +INQUISIDOR GENERAL + + +Por aquel mismo tiempo el padre Aliaga se paseaba en su celda. + +A juzgar por el semblante sombrío, pálido, inmóvil del confesor del rey, +debía suponerse que gravísimos pensamientos le ocupaban. + +De tiempo en tiempo se detenía, leía una carta arrugada que tenía en la +mano, crecía su palidez al leerla, temblaba, y volvía á arrugar la carta +en un movimiento de despecho. + +Aquella carta era la que le había escrito doña Clara Soldevilla, +acusando ante la Inquisición á Dorotea y á Gabriel Cornejo. + +Aquella acusación era gravísima. + +La carta contenía lo siguiente: + +«Respetable padre y señor fray Luis de Aliaga: El celo por la religión +de Jesucristo, y mi amor á la reina nuestra señora, me obligan á +revelaros lo que por fortuna he podido averiguar y que interesa al +servicio de Dios y al de su majestad. Se trata de dos miserables, de un +hombre y una mujer: el hombre es un galeote huído, un hereje hechicero +que vende untos, y hace ensalmos y presta á usura. Se llama Gabriel +Cornejo y tiene una ropavejería en el Rastro. La mujer es comedianta, +hermosa y joven, y se llama Dorotea. Vive en la calle Ancha de San +Bernardo. Es mujer de mala vida, y de malas costumbres, y de malos +hechos, y tiene entretenidos á un tiempo al duque de Lerma y á don +Rodrigo Calderón. Es hija de padres desconocidos, según he podido +averiguar, y para asegurarse del amor de esos dos hombres, se vale de +bebedizos y otras artes reprobadas. He sabido esto procurando aclarar un +misterio que interesa sobre manera á la honra y acaso á la vida de su +majestad la reina. Yo sé cuánto os interesáis por su majestad, fray +Luis; lo sé tanto, que no dudo que siendo vos inquisidor general, y aun +cuando no lo fuérais, haríais cuanto fuese necesario hacer para sellar +los labios de esos dos miserables, que, os lo repito, pueden comprometer +gravemente á su majestad. Si queréis informaros mejor, decidme dónde +podremos vernos, pero entre tanto asegurad, os lo ruego, á esas dos +personas, y haced de modo que no puedan hablar con nadie. Es cuanto +tengo que deciros. Vuestra humilde servidora, _doña Clara Soldevilla_.» + +Esta carta había sido dictada á doña Clara, por su lealtad, por su amor +á Margarita de Austria, que más que su señora era su amiga; pero además +de esto, había en doña Clara otro empeño íntimo de que no podía darse +cuenta, pero que la impulsaba á hablar de una manera hostil contra +Dorotea: su sospecha de que la comedianta hubiese visto al joven, de que +le amase, de que el bufón tuviese empeño de favorecer los amores de +Dorotea. + +Doña Clara, en fin, no había escrito aquella carta sin un secreto +placer, el placer de la venganza; porque una intuición misteriosa, una +conciencia íntima, la decía que Dorotea amaba á aquel joven que era tan +hermoso, tan leal, tan noble, tan valiente. + +La carta de doña Clara había aturdido al padre Aliaga. + +Aquella carta era para él gravísima. + +En el momento que la leyó, la arrugó con cólera entre sus manos. + +Porque cuando el padre Aliaga estaba solo, era un hombre distinto del +que conocían las gentes. + +Entonces no era humilde, ni su semblante conservaba la inmovilidad +glacial que el mundo veía en él. + +Por el contrario, su frente se levantaba con altivez, ceñuda, pálida, +como cargada de tempestades. + +Sus negros ojos brillaban, relucían, chispeaban, parecía que llevaban en +sí una expresión de reto continua, persistente, indomable. + +Su paso no era lento, grave y acompasado, sino vago, indecisivo, +maquinal, nervioso, por decirlo así. + +Estaba abandonado á sí mismo, y se reflejaban en su semblante, en su +ademán, en sus movimientos, pasiones enérgicas, tanto más violentas +cuanto estaban de continuo más dominadas, más subordinadas á la +conveniencia delante del mundo. + +--¿Conque comprenden--decía con voz ronca, consultando un pasaje de la +carta--, _cuánto me intereso por su majestad la reina_? ¿Conque es +decir, que en vano he pasado días y noches de afán y de delirio, +luchando conmigo mismo? ¿veinticuatro años de esfuerzos inútiles, puesto +que esa mujer comprende?... sí, sí; lo dice con seguridad, lo afirma: +con esas palabras se dirige á mi conciencia. ¿Lo habrá notado también la +reina? No; su orgullo la defiende, la ciega. ¿La habrá dicho doña +Clara?... ¿La habrá avisado? No, no; esa mujer no se habrá atrevido... +Yo lo sabré, yo lo comprenderé, y doña Clara no volverá á leer en mi +alma, porque me ha avisado. ¡Y Dorotea!... ¡Dorotea! ¡la hija de aquella +otra Margarita, infeliz!... ¡la acusan aquí!... ¡en esta carta! ¡ella y +ese Gabriel Cornejo pueden comprometer á la reina!... ¡Dios mío! ¡Dios +mío! + +Y esta última exclamación del inquisidor general, más que una humilde +invocación á Dios, era la impaciente queja de un alma exasperada por el +sufrimiento, saturada de dolor, violentada, enferma, desesperada. + +Los ojos del padre Aliaga resplandecían con un fuego febril. + +Su cuerpo temblaba de una manera poderosa. + +--¡El mundo! ¡la tentación! ¡siempre combatiéndome, siempre poniéndome á +punto de ser vencido!--exclamó con acento desesperado--; ¡siempre fijo +en mí el recuerdo doloroso de la una, la aspiración desesperada, oculta, +comprimida, hacia la otra! Dos imposibles, porque sólo Dios podría +levantar de la tumba á la Margarita humilde; sólo Dios podría llenar el +abismo que me separa de la Margarita altiva; ¡y esa coincidencia en el +nombre!... y luego... la hija de la una, enemiga, ó yo no sé qué de la +otra! ¡Dios mío! ¡Dios mío! + +Y esta segunda invocación del padre Aliaga fué más rugiente, más +desesperada, en una palabra, más blasfema que la primera. + +Y volvió á leer la carta palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra +por letra; la devoró con una mirada hambrienta, como pretendiendo +traslucir el misterio que bajo aquellas letras se revolvía, grave, +misterioso, aterrador, y volvió á arrugar con cólera la carta entre sus +manos. + +De tiempo en tiempo consultaba con impaciencia la muestra de un enorme +reloj de pared. + +--Ya es la tarde--dijo--; el bufón vendrá... vendrá... de seguro... no +puede tardar... el tío Manolillo tiene un gran interés por Dorotea; +acaso la ama... acaso es por ella tan desgraciado como yo... por él... +él puede mostrar al mundo su desesperación; él no está adherido al +claustro; él no está ligado por ningún voto, por ningún juramento; él +puede decir sin temor al mundo: yo soy hombre; ¡yo!... yo me veo +obligado á hacer creer que soy un cadáver vivo, un cuerpo sin corazón, +un alma sin pasiones... ¡Mentira! ¡mentira repugnante!... Hay momentos +en que lo intenso de nuestra desesperación, que se concentra en un ser +que no pertenece al mundo, nos hace mirar con desprecio todo lo que al +mundo pertenece; hay momentos en que creemos que nuestro corazón ha +muerto, que no existe nada que pueda hacerle latir; necesitamos la +soledad y el silencio y las tinieblas, todo aquello en que hay menos +vida, todo aquello que habla más al alma, entonces nos arrojamos al pie +de un altar, pronunciamos un voto; después... ¡oh! después, cuando el +tiempo, que si todo no lo cura, lo gasta todo, ha cubierto con una capa +más ó menos densa de olvido, de ese polvo que cae sobre el alma, +nuestros dolores... ¡oh! entonces... entonces... podemos ver otro ser... +una mujer, por ejemplo... y entonces volvemos con desesperación los ojos +en derredor de la prisión que encierra, no nuestro cuerpo, sino nuestra +alma... de ese claustro que nos dice con su silencio: soy tu sepulcro ó +tu infierno. + +El padre Aliaga calló y siguió paseándose lento y solemne por la celda +con la carta de doña Clara arrugada entre las manos... + +Pasó algún tiempo. + +Oyéronse al fin pasos en el corredor. + +Pasos tardos y acompasados. + +Se abrió la puerta de la celda y apareció el hermano Pedro. + +Aquel lego en quien el padre Aliaga tenía tanta confianza. + +Sin embargo, al sentir sus pasos, el padre Aliaga se había dirigido á +uno de los balcones y permanecido de espaldas á la puerta como si se +ocupase en mirar algo en la huerta del convento. + +El lego no podía ver su semblante. + +--Nuestro padre--dijo--, un hombre pide hablaros con urgencia. + +--¡Que entre, que entre!--dijo el padre Aliaga suponiendo que aquel +hombre era el tío Manolillo. + +Poco después el padre Aliaga sintió pasos en la celda. + +Aún estaba de espaldas; aún no estaba seguro de que hubiesen +desaparecido de su semblante las huellas de la lucha anterior, y quería +evitar que nadie lo adivinase. + +El hombre que había entrado se había detenido y no hablaba. + +El confesor del rey se volvió. Su semblante estaba completamente sereno. +Al volverse vió que quien había entrado en su celda no era el bufón, +sino el cocinero del rey. + +Francisco Martínez Montiño venía mojado completamente. + +Su capa goteaba, ó por mejor decir, chorreaba la lluvia que había +empapado sobre la estera de la celda. + +Era una de esas tardes lóbregas, en que parece que la Naturaleza, +sobrecogida por un dolor silencioso, se cubre con un velo y llora. + +Una tarde de luz fría y débil, melancólica y opaca, en que al gotear +continuo y múltiple de la lluvia se unía de tiempo en tiempo el silbido +seco y sonoro del viento del Norte. + +Nada, pues, tenía de extraño el estado en que se encontraban la gorra, +la capa y los zapatos de Francisco Martínez Montiño. + +Pero lo que era verdaderamente alarmante era el estado moral en que, á +juzgar por el estado de su fisonomía, se encontraba el cocinero mayor. + +Había algo de insensatez en su mirada, en la contracción de su boca, en +la actitud de su cabeza, y la chispa de razón que en aquel semblante se +revelaba aún era una razón desesperada. + +Temblaba además el mísero, y de una manera tal, que se comprendía harto +claro que no era el frío lo que le hacía temblar. + +--¿Para qué me querrá este hombre y en este estado?--dijo para sí el +padre Aliaga al ver á Montiño. + +A pesar de ser el dominico un padre muy respetado en Atocha, confesor +del rey, y además recientemente inquisidor general, era un hombre de +costumbres sencillas, humildes, hasta el cual todo el mundo tenía +acceso. + +En cuanto se comunicó á la Inquisición su nombramiento, el Consejo de la +Suprema le invitó á que ocupase la casa, casi palacio, que el inquisidor +general tenía en Madrid. + +El padre Aliaga lo agradeció mucho; pero á pretexto de que tenía amor á +su celda, declaró que permanecería en ella. + +Enviáronle pajes, familiares y servidores, y como el padre Aliaga no +quería ser espiado, y temía que para sólo eso se le hubiese nombrado +inquisidor general, despidió aquella servidumbre. + +Enviaron algunos alguaciles, para que sin pasar de la portería del +convento estuvieran á la disposición de su señoría el señor inquisidor +general, y se deshizo también de los alguaciles. + +Mandáronle una magnífica carroza, y el padre Aliaga lo agradeció mucho, +y dijo que le bastaba con su silla de manos de baqueta negra. + +Pusiéronle por delante el decoro inquisitorial, y contestó que cuando +con la Inquisición fuese á alguna ceremonia, iría como al decoro de la +Inquisición conviniera. + +Todas estas contestaciones pasaron en dos horas después de que el padre +Aliaga volvió aquella mañana de palacio. + +El Consejo de la Suprema le dejó en paz esperando á ver por dónde +saldría el fraile dominico, á quien todos, exceptuándose muy pocos, +creían un pobre hombre. + +Así es que á Montiño no le costó el ver á aquel personaje, terrible por +su posición, más trabajo que el de ir al convento de Atocha. + +El padre Aliaga le conocía personalmente y le habló con suma afabilidad. + +--Sentáos, sentáos, señor Francisco Montiño--le dijo--y sobre todo +quitáos esa capa que debe helaros. + +--¡Ah, señor! no es la capa la que me hiela--dijo el cocinero mayor. + +--Pues hace frío--repuso con su impasibilidad delante de las gentes el +padre Aliaga--; el invierno es muy crudo... + +Y avivaba los tizones de la chimenea. + +--Pero más cruda mi fortuna--dijo Montiño. + +--¿Pues qué desgracia os ha sucedido?--dijo el confesor del rey, dejando +de ocuparse de los tizones y mirando de hito en hito á Montiño. + +--¡Oh! ¡si sólo fuese una desgracia! + +--¡Qué! ¿es más que una desgracia? + +--Sí; sí, señor, porque son muchas desgracias. + +--¡Válgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; la vida es una prueba... + +--Sí; sí, señor, una prueba muy amarga. + +--Pedid fuerzas á Dios, y Dios os las dará. + +--¡Dios me castiga!--exclamó Montiño en una tremenda salida de tono, +chillona, desesperada y rompiendo al mismo tiempo á llorar. + +--¡Vamos!--dijo el padre Aliaga--; confiad en que Dios es infinitamente +misericordioso, y que si os castiga hoy os perdonará mañana. + +--Soy muy pecador... y lo que á mí me sucede... + +--Me parecéis muy desesperado... + +--¡Sí; sí, señor! ¡terriblemente desesperado! + +Montiño se calló esperando á que el padre Aliaga le preguntase, pero el +padre Aliaga se redujo á dejarle oír una de esas frases generales de +consuelo, que toda persona buena dirige á un semejante suyo á quien ve +atribulado. + +Después el padre Aliaga se calló también. + +Hubo algunos momentos de silencio. + +--¡Perdonadme, señor!--dijo tartamudeando Montiño. + +--¿Y de qué os he de perdonar?--contestó con dulzura el padre Aliaga. + +--Vos, señor, sois un gran personaje. + +--No lo creáis; yo soy un siervo de Dios, aunque indigno, y vuestro +hermano. + +--Sois confesor del rey. + +--Lo que no me hace ni más ni menos sacerdote que otro. + +--Sois inquisidor general... + +--El rey me lo manda. + +--Y yo soy un cocinero, no más que un cocinero, que aunque lo es del +rey... + +--No dejáis por eso de ser cristiano y hermano mío. + +--¡Ah, señor! ¡qué bondadoso sois! + +--No tal; pero dejáos de señorías y llamadme padre. + +--Pues bien, padre Aliaga, ya que me dais valor, voy á deciros... me +atrevo á deciros... + +Montiño se detuvo. + +Fray Luis siguió arreglando sus tizones. + +--Pues... me atrevo á deciros, aunque os parezca impertinencia, que +vengo á confesarme con vos. + +--Vos no sois impertinente por eso; todos los días abro el tribunal de +la penitencia á desdichados que son tan pobres que me veo obligado á +recomendarlos al limosnero de su majestad. + +--Nadie hay tan pobre como yo...--dijo Montiño saliéndose de nuevo de +tono. + +--¿Venís preparado?--dijo el padre Aliaga. + +--¿Preparado para qué...?--dijo el cocinero, que se alarmaba por todo. + +--Para hacer una buena confesión--repuso el padre Aliaga--; he querido +preguntaros si habéis hecho examen de conciencia. + +--Os diré, padre Aliaga: yo no había pensado hasta hace algunos momentos +en hacer confesión general. + +--Resulta, pues, que no venís preparado y no puedo confesaros hoy. + +El padre Aliaga esperaba con impaciencia al tío Manolillo, y quería +quitarse de encima de la mejor manera posible al cocinero mayor. + +--Tenéis razón, señor--dijo Montiño--, pero como se trata de hacer una +confesión general, yo me atrevería á suplicaros... + +Montiño se detuvo; fray Luis no dijo una sola palabra. + +--Pues... yo me atrevería á suplicaros... que... me dirigiéseis... me +ayudáseis en mi examen de conciencia... y como se trata de una confesión +general... y ¡como yo he sido muy malo! + +Y para pronunciar esta última frase, salió de nuevo de tono y más +ruidosamente que las veces anteriores, el cocinero mayor. + +El padre Aliaga sintió un poderoso impulso de impaciencia, casi de +despecho. + +Su pensamiento estaba fijo en el bufón del rey, que según él, debía +llegar de un momento á otro. + +Montiño había llegado á ponerse en la situación de uno de esos grandes +estorbos que contrarían al más paciente. + +Sin embargo, el impenetrable semblante del padre Aliaga no se alteró. + +Montiño se le había venido encima con una petición á que no podía +negarse como sacerdote. + +Además, no quiso alegar ninguna ocupación. + +Y, por último, á pesar de la contrariedad que le causaba aquel +incidente, tenía un interés vago en conocer la conciencia del cocinero +mayor, que por su estado febril, por lo exagerado de su expresión, por +otros mil indicios patentes, daba á conocer claro que se hallaba en una +situación grave. + +Y todo el mundo sabía, y en particular el padre Aliaga, que Francisco +Martínez Montiño era en la corte algo más que cocinero del rey. + +--¡Tratáis de hacer una confesión general!--dijo el padre Aliaga--; esto +es grave. + +--¡Oh! sí; lo que me sucede es muy grave--dijo Montiño--; desde ayer han +pasado por mí tantas desdichas que con ellas se puede llenar un libro, y +por grande que fuese no sobraría mucho. ¡Ayer era yo tan feliz! + +--¡Erais feliz y os confesáis malo! + +--¡Ah, padre! todo me venía bien y tenía dormida la conciencia. + +--El que aduerme su conciencia puede despertar condenado. + +--Cuando la desgracia me ha herido, he dicho para mí: esto es que Dios +me avisa. Había salido del alcázar loco y desesperado sin saber qué +hacer, sin saber dónde ir, y me acordé de vos, padre. + +--Hicísteis bien, pero nos vamos olvidando del asunto principal. + +--Sí, ciertamente; de mi examen de conciencia. + +--Veamos: recorramos el decálogo. ¿Habéis amado á Dios sobre todas las +cosas? + +Quedóse Montiño mirando de una manera perpleja á fray Luis. + +Luego suspiró profundamente y dijo: + +--Lo que yo he amado más sobre todas las cosas ha sido... + +Y se detuvo. + +--Ved que estáis hablando con vuestra conciencia--observó el padre +Aliaga. + +Montiño hizo un poderoso esfuerzo y contestó: + +--Lo que yo he amado sobre todas las cosas ha sido... el dinero. + +--Me dais cuidado por vuestra alma, Montiño--dijo fray Luis--; el amor +al dinero trae consigo muchos y grandes pecados. + +--En efecto, he pecado mucho. + +--¿Y os habéis hecho rico...? + +Vaciló Montiño entre su codicia, que le impulsaba á ocultar su riqueza, +y su temor á un terrible castigo de Dios, que creía ya empezado en las +desgracias que una tras otra se le habían venido encima y seguían +viniéndosele desde la noche anterior. + +Al fin triunfó el miedo. + +--Sí; sí, señor--dijo--soy... muy rico. + +--¿Qué medios habéis empleado para adquirir esa riqueza? + +Púsose notablemente encarnado Francisco Montiño y guardó silencio. + +--¿A qué queréis, pues, que yo os auxilie para prepararos dignamente á +una confesión general?--dijo con dulzura el padre Aliaga. + +--A los quince años me huí de la casa de mis padres, robándolos. + +--¿Considerablemente? + +--Les hurté veinticinco ducados y una mula, que vendí en llegando á +Madrid en otros diez ducados. Con aquel dinero viví ocioso algún tiempo. +Cuando se me acabó el dinero, cuando sentí el hambre, quise buscarme la +vida, y logré entrar de galopín en la cocina de la señora infanta doña +Juana. Allí me apliqué al oficio... + +--En el que habéis adelantado. Sois un cocinero famoso... según dicen. + +--Cuando me tranquilice, yo mismo, por mi misma mano, os haré una +merienda que os convencerá de que sé cumplir con mi obligación. + +--Gracias, seguid; hablábamos de vuestros pecados por el desordenado +amor que tenéis al dinero. + +--Padre fray Luis, yo creía que con el dinero se conseguía todo. + +--Sí, en la tierra; pero no en el cielo. + +--Ni en el cielo ni en la tierra. Por rico que sea un hombre no puede +librarse de que se la pegue su mujer... y á mí me han engañado dos. Soy +muy desgraciado. + +--Acaso seáis, más que desgraciado, mal pensador. + +--¡Tan buena la una como la otra! + +--Ya llegaremos á eso, ya llegaremos. Estamos en que entrásteis de +galopín en la cocina de la infanta doña Juana. + +--Sí; sí, señor; y como el salario era corto, hurté. + +--¡Hurtásteis! + +--Cuanto pude; hasta las especias. + +--Hicísteis muy mal. + +--¡El amor al dinero!... + +El padre Aliaga iba ya fastidiándose. + +--Reduzcámonos, reduzcámonos, porque no es necesario que me contéis +vuestra vida. ¿De cuántas maneras habéis pecado por el dinero? + +--Hurtando sagazmente, y procurando que la culpa de mis hurtos no cayese +sobre mí. + +--Eso es ya un grave delito. ¿Y de qué otro modo más? + +--Cuando fuí cocinero mayor del rey, poniendo en las cuentas otro tanto +del gasto. + +--¿Y de qué otro modo? + +--¡Ah, sirviendo á todo el que me ha pagado bien! + +--Entendámonos; más claro: ¿qué clases de servicios han sido esos? + +--Siendo espía de los unos y de los otros. + +--¿De qué unos y de qué otros? + +--Del padre y del hijo, del tío y del sobrino. + +--Más claro. + +--Se comprende fácilmente: el padre es el duque de Lerma; el hijo, el de +Uceda; el otro, don Baltasar de Zúñiga, y el sobrino, el conde de +Olivares, esto sin contar el de Lemos y otros... + +--¿De modo que habéis vivido engañando á todo el mundo? + +--El amor al dinero... Porque sin el dinero... + +--¿Habéis llegado al punto de matar por el dinero? + +--¡Ah, no, señor; no, señor!--exclamó todo horrorizado Montiño. + +--¿Y si os pagaran por envenenar á una persona que hubiese de comer de +vuestros manjares? + +--He sido y soy codicioso--exclamó, levantándose el cocinero mayor--, lo +confieso; pero matar... ¡eso no, no, no! + +Y había verdadero horror, verdadera repugnancia en el aspecto, en la +mirada, en el acento de Montiño. + +El padre Aliaga se tranquilizó. + +No podía dudarse de aquella situación del cocinero mayor. + +Sin embargo, dijo: + +--Es pública voz y fama que se han dado bebedizos al rey. + +--Mientras se hace la comida de su majestad, nadie levanta una cobertera +que yo no lo vea, nadie echa una especia que yo no examine; tengo hasta +la sal guardada bajo llave. Pero su majestad come y bebe con mucha +frecuencia en las Descalzas Reales. + +--¡Religiosas! + +--Religiosas, sí; pero la madre Misericordia es sobrina del duque de +Lerma. + +--¿Y bien?... + +--¡Si yo tuviera una carta que me dió para el duque la madre +Misericordia! Es verdad que si yo no hubiera perdido esa carta, no me +hubiera desesperado hasta el punto de pensar en hacer confesión general. + +--Pero ¿tan importante creéis que era esa carta? + +--¿Y qué sé yo? + +--¿Y no recordáis cómo la habéis perdido? + +--¡Que si lo recuerdo!... Cuando la eché de menos no lo recordaba... +pero cuando salí de palacio... el frío, la lluvia me refrescaron de tal +modo, que me acordé de que se me ha quedado con esa carta don Francisco +de Quevedo. + +--Veo con disgusto que andáis en muy malos pasos, señor Francisco. + +--Sí; sí, señor; el amor al dinero. + +--Veo, además, que habéis pecado tanto por el dinero, que desde ahora, +sin que os confeséis, puedo deciros... + +--¡Qué! ¡señor! + +--Que si no reparáis el mal que habéis hecho, os condenáis. + +Estremecióse todo Montiño. + +--¡Que me condeno!--exclamó. + +--Irremisiblemente. + +--¿Y qué he de hacer, qué he de hacer, padre? + +Fray Luis miró profundamente al cocinero mayor. + +Había creído que le echaban aquel hombre para explorarle, y le había +tratado con la mayor reserva. Pero muy pronto se convenció de que el +cocinero obraba de buena fe, que estaba desesperado, que tenía miedo. + +Comprendió, además, que siendo como era avaro y de una manera exagerada +Montiño, no había que pensar en imponerle reparaciones respecto á su +dinero. + +Consideró también que por esa misma avaricia, además de darle buenos +consejos, se le debía dar dinero para que sirviese mejor. + +En una palabra, el padre Aliaga determinó utilizar al cocinero mayor. + +--La manera de reparar en cierto modo el mal que habéis hecho--le +dijo--, es decidiros á servir fielmente á una sola persona. + +--¿A quién, señor? + +--Al rey. + +--¡Al rey! ¿pues qué, acaso no le sirvo? + +--No por cierto: servís á sus enemigos. + +--Yo creía que esos caballeros podían muy bien ser enemigos entre sí, +pero al mismo tiempo leales servidores del rey. + +--Os engañáis; todos los que hoy se agitan alrededor del rey, piensan +antes en su provecho que en lo que conviene á su majestad. Y ciertamente +que no podéis decir vos que no sabéis las traiciones de esos hombres, +cuando anoche un vuestro sobrino tuvo ocasión de prestar un eminente +servicio á la reina. + +--He ahí un muchacho que tiene muy buena suerte--dijo Montiño con +envidia--; todos me hablan bien de él, todos le protejen: hasta el duque +de Lerma. + +--¡El duque de Lerma! + +--¿Qué creéis que me ha dado para él el duque de Lerma? + +--¡Oro! + +--No por cierto: una encomienda. Mirad, padre. + +Y Montiño sacó un estuche y le abrió. + +--Pero eso es un collar de perlas--dijo el padre Aliaga. + +Montiño, que no se había repuesto de su turbación, había tomado un +estuche por otro, y había mostrado al fraile la alhaja que el duque de +Lerma le había dado para seducir á la aventurera con quien se pensaba +entretener al príncipe don Felipe. + +--Esto es otra cosa--dijo precipitadamente Montiño. + +El padre Aliaga no contestó. + +Montiño se encontraba terriblemente predispuesto á la confesión y +continuó: + +--Esta alhaja me la ha dado el duque para una dama. + +Hizo un gesto de repugnancia el padre Aliaga. + +--Se trata de una dama á quien conoce el duque de Uceda. + +--¡Qué vergüenza! ¡qué corrupción! ¡qué escándalos!--exclamó el padre +Aliaga. + +--Es una dama muy hermosa, de quien pretenden se aficionó el príncipe de +Asturias. + +--¡Ah! + +--Una perdida, aunque no lo parece. + +--Importa al servicio del rey que averigüéis quién es esa mujer. + +--Esa mujer se ha presentado en la corte hace un año. + +--¿De dónde ha venido? + +--No sé más. + +--¿Cómo se llama? + +--Doña Ana. + +--¿Doña Ana de qué? + +--Doña Ana de Acuña. + +--El apellido es noble. + +--Ciertamente: se llama viuda de un caballero de la montaña. + +--¡Ah! todas estas son viudas ó tienen su marido ausente. + +--Y presente el amante. + +--¿Y quién es el amante de esa mujer? + +--El amante de esa dama es el amante de mi mujer. + +--¡El amante... de vuestra mujer!... + +--Sí, señor; he sido muy desgraciado en el matrimonio; me he casado dos +veces: mi primera mujer era muy aficionada á los pajes; llevósela Dios y +quedéme en la gloria; pero como me había quedado una hija, necesité +casarme de nuevo; mi segunda mujer ha salido muy aficionada á los +soldados, y como es soldado el amante de doña Ana de Acuña... + +--Mirad, no levantéis un falso testimonio á vuestra esposa. + +--¡Un falso testimonio! si yo no supiera de seguro que mi mujer es +amante del sargento mayor don Juan de Guzmán ¿por qué había de estar +desesperado? + +--¡Don Juan de Guzmán!--exclamó el padre Aliaga, poniéndose pálido--; yo +conocí á un Juan de Guzmán, soldado de á caballo; ¿qué edad tiene ese +hombre? + +--Más de cuarenta años, pero aparenta menos. + +Quedóse profundamente abismado en su pensamiento el padre Aliaga. + +Guardó por un largo espacio silencio. + +--¡Juan de Guzmán--dijo al fin--, es amante de una aventurera de quien +se valen ellos! ¡y además es amante de vuestra mujer! + +--Sí, señor. + +--¿Habéis dado algún escándalo en vuestra casa? + +--¡No; no, señor! intenciones de más que eso he tenido... ¡pero quiero +tanto á mi mujer!... á la pobre han debido darla algún bebedizo. + +--¿Ha podido sospechar vuestra mujer que conocéis su falta? + +--No; no, señor. + +--Pues bien, seguid obrando en vuestra casa como si nada supiérais. + +--Sí; sí, señor. + +--¿Qué pretende el duque de Lerma de esa doña Ana? + +Montiño contó al padre Aliaga lo que respecto á aquella mujer le había +encargado el duque de Lerma. + +--Es hasta donde puede llegar la degradación--dijo el inquisidor +general--; de todo se echa mano. Oíd, Montiño: estáis hablando al mismo +tiempo que con el sacerdote, con el confesor del rey y con el inquisidor +general. + +Estremecióse Montiño. + +El padre Aliaga había cambiado de expresión y de acento. + +--Yo, señor--dijo balbuceando--, he venido á buscar en vos amparo y +consuelo. + +--Y yo no os lo niego; pero habéis pecado mucho, y es necesario que +reparéis el mal que habéis hecho sirviendo de medio para que el crimen +no triunfe de la virtud. + +--Os serviré, señor. + +--Hablábamos de vuestro sobrino. ¿Quién es ese joven? + +--Ese joven, señor, no es mi sobrino--dijo Montiño, que temblaba como un +azogado. + +--¿Que no es vuestro sobrino? + +--No, señor. + +--¿Pues por qué se nombra vuestro sobrino? + +--El cree que lo es. + +--Decidme lo que sabéis acerca de ese joven. + +--Os voy á confesar un terrible secreto de familia--dijo Montiño sacando +con miedo la carta de su hermano Pedro, que había traído para él la +noche anterior el joven. + +--Yo guardaré ese secreto bajo confesión--dijo el fraile. + +Montiño entregó la carta al padre Aliaga, que se levantó y fué á leerla +junto á la vidriera de un balcón. + +El padre Aliaga leyó y releyó aquella carta. + +Luego volvió junto al cocinero mayor. + +--¿Sabe esto alguien?--dijo guardando la carta del difunto Pedro +Montiño, con gran cuidado el cocinero. + +--Sí, señor--exclamó Montiño--; lo sabe una mujer. + +--¿Qué mujer es esa? + +--Doña Clara Soldevilla. + +--¿Ha estado alguna otra vez ese joven en la corte? + +--No, señor. + +--¿Y entonces cómo conoce á doña Clara? + +--Yo no lo sé, pero en palacio le conocen y mucho. + +--Hablad, hablad. + +--Yo creo, señor, y casi tengo pruebas, que doña Clara sólo es la +cortina de ciertos amores. + +--Explicáos. + +--La reina... + +--¡Qué decís de la reina!... + +--La reina ama á mi sobrino. + +Pasó algo siniestro por el semblante del fraile. + +--¿Decís--exclamó--que su majestad ama á ese joven? + +--Estoy casi cierto de ello. + +--¡La prueba! ¡la prueba! + +--No puedo dárosla ahora, pero os la daré. + +--Si me la dais, os hago doblemente rico. + +Montiño miró de una manera extraviada al fraile. Su corazón se embrolló +más y más, los grandes ojos negros del padre Aliaga le devoraban; no era +ya la mirada indiferente y tranquila de antes la suya; había en ella +inquietud, ansiedad, cólera... un mundo entero de pasiones. + +--¡Habéis dicho--exclamó roncamente--que la reina ama á ese caballero! + +--Sí; sí, señor, y creo... creo tener pruebas... en fin... yo... +averiguaré... + +--Sí... sí... averiguad... pero esto es imposible, imposible de todo +punto--añadió como hablando consigo mismo el confesor del rey--; y sin +embargo, las mujeres... + +--Son muy caprichosas, señor; ya veis, mi mujer... + +--¡Vuestra mujer!... ¡vuestra mujer!... ¿decís que es querida del +sargento mayor don Juan de Guzmán? + +--¡Sí, señor! + +--¿Cómo ha llegado ese hombre al empleo que tiene? + +--Le favorece don Rodrigo Calderón. + +--¿Y favoreciéndole don Rodrigo Calderón, ese hombre ha enamorado á +vuestra mujer?... + +--¿Qué pensáis de eso? + +--Vigilad á vuestra mujer. + +--¿Y no sería mejor que vos, señor, que sois inquisidor general, +encerráseis á ese hombre?... + +--Haced lo que os mando. + +--Lo haré, señor. + +--Además, en esta carta de vuestro difunto hermano que me habéis dado, +se dice que existe un cofre sellado. + +--Sí; sí, señor. + +--¿Dónde está ese cofre? + +--Le tengo yo. + +--Traedme ese cofre esta misma noche. + +--¡Ese cofre, señor! ¿pero no sabéis que es un secreto? + +--Para la Inquisición no hay secretos. + +--¡La Inquisición!--exclamó aterrado Montiño. + +--Lo que me habéis revelado es muy grave, para que la Inquisición deje +de ocuparse de ello. + +--Pero yo os lo he revelado en confesión. + +--No importa. Si no queréis exponeros vos mismo, obedeced. + +--Obedeceré, señor. + +--Esta noche, tarde... á las doce, por ejemplo... + +--El cofre es muy pesado, señor. + +--Emplead para traerle cuantos hombres fuesen necesarios. + +--¡Ah! + +--Ahora oíd. No escandalicéis en vuestra casa. + +--¡Si no me atrevo á ello, señor! + +--¿Habéis dado ocasión para que vuestra mujer vea en vos desconfianza? + +--No; no, señor. + +--Pues bien, no la deis. Seguid tratando á vuestra mujer como de +costumbre. + +--Es, señor... que... no sé en lo que consiste, pero ahora la quiero más +que antes. + +--Seguid, seguid sin novedad alguna. + +--Muy bien, señor. + +--Respecto al duque de Lerma, seguid sirviéndole de la misma manera que +le habéis servido hasta aquí. + +--¿Pero no me habéis dicho que peco sirviéndole de ese modo? + +--Si antes pecásteis obrando así, ahora que persistiendo en esas obras +serviréis al rey, hacéis una obra meritoria. + +--¡Ah! + +--Para que lo entendáis más claro: antes obrábais por codicia, por +interés vuestro; ahora sois en cuerpo y en alma un hombre que sirve al +Santo Oficio, para servir al rey. + +--¡Ah! ¡es decir, yo!... + +--Vos me daréis parte de cuanto sepáis, de cuanto veáis, de cuanto +oigáis... + +--Pero yo acaso no sirva para eso. + +--Servís demasiado para servir al duque de Lerma. + +--¿Y es preciso absolutamente que yo?... + +--Si os negáis á ello, será prudente prenderos: sabéis secretos +demasiado graves. + +--Contad enteramente conmigo, señor. + +--No, no soy yo quien cuento con vos, sino la Inquisición, siempre +justa, siempre previsora. Por ejemplo: habéis descubierto que su +majestad la reina ama á... vuestro sobrino postizo... observad... +observad... vos por vuestro empleo en palacio, podéis... + +--No sé si puedo mucho. + +--Procuradlo... y no dejéis de avisarme... de lo más mínimo que +descubráis acerca de esos amores. + +--¡Oh, Dios mio! + +--¡Quién pudiera creerlo!... ¡quién pudiera siquiera sospecharlo!... ¡la +reina!... + +--Es en verdad muy extraño... pero ello en fin... y yo he podido +equivocarme. + +--¡Oh! ¡si os hubiérais equivocado! + +Montiño no pudo comprender el verdadero sentido de la exclamación del +padre Aliaga: si era una amenaza para él, ó un deseo íntimo del fraile. + +--¿Conque decís--dijo al fin--que yo debo seguir en mi oficio de espía y +de corredor para ciertos asuntos del duque de Lerma? + +--Sí. + +--¿Debo, pues, llevar este collar á doña Ana de Acuña? + +--Indudablemente. + +--¿Y después debo deciros lo que me haya dicho esa dama? + +--Sí. + +--Una cosa hay, sin embargo, que yo no puedo hacer. + +--¿Cuál? + +--Llevar al duque de Lerma la carta que me ha dado para su excelencia la +abadesa de las Descalzas Reales... porque... ¡como don Francisco de +Quevedo me ha quitado esa carta! + +--No se la llevéis. + +--Es que todo está entonces echado á perder... porque... de seguro... al +no recibir contestación de su excelencia la madre abadesa... le +escribirá de nuevo... se descubrirá... ó se creerá descubrir que yo he +hecho mal uso de su carta... desconfiará de mí el duque... + +--Esperad--dijo el padre Aliaga. + +Y se fué á la mesa, se sentó y escribió lentamente una carta que cerró y +selló, con el sello del uso privado del inquisidor general, sobre una +especie de lacre verde. + +--Tomad--dijo--: llevad esta carta á la madre Misericordia y os dará +otra, que llevaréis al duque de Lerma. + +--¡Ah! Dios os lo pague, señor; porque la pérdida de esa carta era una +de las cosas que me tenían desesperado--exclamó con alegría el cocinero +mayor. + +--Ahora, idos--dijo el padre Aliaga--, y no os olvidéis de volver esta +noche á la hora que os he dicho, con ese cofre y con las noticias que +hayáis podido adquirir. + +Francisco Martínez Montiño saludó profundamente al inquisidor general, +salió de la celda, y se alejó aturdido, con el pensamiento embrollado y +en paso vacilante como el de un ebrio. + +En tanto el padre Aliaga había quedado inmóvil, pálido, sombrío, con los +brazos fuertemente apoyados en la mesa. + +--¡Dios me castiga!--exclamó--; no he sabido dominar mis pasiones: mi +cuerpo está en el claustro, pero mi alma en el mundo; soy un miserable +hipócrita. Amo... á una mujer casada... á la esposa de mi rey... de mi +hijo... porque yo soy su confesor... Yo que le reprendo sus malos +deseos, sus debilidades, no sé acallar el grito de los míos, no sé ser +fuerte... y al saber... al oír que ella ama á otro, por más que esto +pueda ser una equivocación, una calumnia, me estremezco de celos, y +siento odio... un odio terrible á ese hombre... que dicen ama ella... y +le haría pedazos entre mis manos... + +El padre Aliaga echó violentamente hacia atrás su pesado sillón, se +levantó y se puso á pasear irritado á lo largo de su celda. + +--¿Y si no es una calumnia?--dijo con voz cavernosa, después de algunos +minutos de meditación--¿si en efecto ella... olvidada de todo, le +amase?... ella me escribió anoche... él trajo su carta... anduvo muy +reservado en sus contestaciones... y es joven y hermoso... tiene esa +figura, esa expresión... ese conjunto... esa alma... ese todo que tanto +agrada á las mujeres... y la carta de la reina... me le recomendaba +eficazmente... veamos otra vez esa carta... + +Y se fué á su mesa, abrió los cajones y los revolvió inútilmente. + +La carta no parecía. + +--¡Oh!--exclamó recordando--; ¡la quemé!... pero... yo la recordaré +entera... la recordaré porque quiero recordarla... la memoria obedece á +la voluntad. + +Y con toda su voluntad, con todo su deseo, el padre Aliaga procuró +recordar el contenido de la carta de la reina. + +Y le recordó, pero de una manera truncada, á trozos. + +--¡Oh!--dijo--; la reina me decía que importaba mucho que ese joven +estuviese en palacio... en la guardia española... me mandaba comprarle +una provisión de capitán... y me hablaba con calor de él... + +El alma del padre Aliaga se ennegreció más. + +--¡Oh!--exclamó--; ¡la gratitud de las mujeres! las mujeres no saben +tener por un hombre un afecto profundo, sin que aquel afecto las lleve +al amor... ¡si al verse salvada de un peligro por ese joven!... pero en +todo caso... si nunca ha estado ese joven en Madrid... si anoche le vió +ella por primera vez, no puedo suponerla tan liviana que... aún hay +tiempo... indudablemente... obrando con sagacidad y energía podrá +evitarse... pero si todo esto no fuese más que una locura de Montiño... +una exageración de mi recelo... + +El padre Aliaga detuvo su paseo y miró á las vidrieras. + +--Ya obscurece--dijo--y el bufón no ha venido... ¡el tío Manolillo! +acaso el tío Manolillo pudiera darme alguna luz. + +--¿Se puede hablar con vuestra señoría?--dijo á la puerta el bufón, como +si le hubiera evocado el pensamiento del padre Aliaga. + +--Entrad, entrad--dijo con mal encubierta ansiedad el padre Aliaga--; +¡cuánto habéis tardado! + +--Decid más bien, que habéis estado muy entretenido. Pero cerrad bien la +puerta, padre Aliaga, cerradla bien, que tenemos que hablar cosas que no +conviene que las oiga nadie. + +--Dejad, antes es necesario que nos traigan luz; ya ha obscurecido. + +--Y decidme, ¿hay por aquí algún lugar donde yo me obscurezca, de modo +que no me vea el que traiga la luz? + +--¿Y qué os importa que os vean ó no? + +--Tanto me importa, como que esperando á que concluyéseis vuestra larga +audiencia con el cocinero mayor, me he estado en el claustro bajo +mirando los cuadros uno detrás de otro, y volviéndolos á mirar esperando +á que saliese el bueno de Montiño, y luego me he paseado otro gran rato +en el claustro alto, á fin de encontrar un momento en que nadie me viese +para colarme en vuestra celda. + +--No comprendo la razón de este recelo; pero puesto que no queréis ser +visto, escondéos aquí, en mi alcoba. + +Escondióse el bufón, y el padre Aliaga pidió luz. + +Cuando se la hubieron traído y se quedó de nuevo solo, cerró la puerta. + +Entonces el bufón salió de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la +llave, su capotillo. + +--¿A qué es eso?--dijo el padre Aliaga. + +--A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo, á fin de que no puedan +reconocerme por la voz. + +--Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda. + +--¿Olvidáis que la Inquisición quiere teneros tan cerca que os tiene á +su cabeza? + +--¡La Inquisición! ¡la Inquisición es mía! + +--¿Y no teméis que sea más bien del duque de Lerma? + +--Tío Manolillo--dijo con reserva el padre Aliaga--, nada tengo que +temer; sirvo á Dios y al rey... + +--Pero no servís, sino que más bien estorbáis á algunos hombres. + +--Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de él +sino para mi cátedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sacó +de mi celda para traerme á la corte; muy alejado de toda codicia, cuando +me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en +Portugal, y muy ajeno de que más adelante me nombrasen archimandrita del +reino de Sicilia. + +--Y consejero de Estado... y á más, á más inquisidor general. + +--No sé por qué se han empeñado en engrandecerme. + +--Porque á un mismo tiempo os temen y os necesitan. + +--Vano temor: yo me limito á dirigir la conciencia del rey. + +--Vos conspiráis, padre. + +--¡Cómo! + +--Como conspiro yo y como conspiramos todos: ¿acaso no conspira también +el cocinero de su majestad? + +Movióse impaciente en su silla el padre Aliaga. + +--Henos aquí juntos--dijo el bufón--: vos fuerte en la apariencia, y yo +en la apariencia débil; ¡sabe Dios cuál de entrambos es el fuerte! + +--Tío Manolillo, no os entiendo--dijo con gran indiferencia el padre +Aliaga--. ¿Qué habláis de fuertes ni de débiles? Si no recuerdo mal, yo +os he llamado. + +--Es verdad; esta mañana en la recámara del rey, me dijísteis: os espero +esta tarde en el convento de Atocha. + +--Necesitaba preguntaros... + +--Sí, por una mujer... y por esa mujer he venido yo. Y á propósito de +esa mujer, ¿tendréis que hablarme también de algún hombre? + +--Y de algunos. + +--Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina. + +Coloróse levemente el semblante del padre Aliaga. + +--En efecto--dijo--; Margarita... + +--Ha sido siempre vuestra desesperación. Debe de ser para vos fatal ese +nombre. + +--¡Para mí! + +--¡Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que +amáis!... + +--¡Que yo amo! + +--¡Bah! ¡ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el +corazón. + +--Creo que os atrevéis á hacer suposiciones muy arriesgadas. + +--Pero las hago en voz muy baja. Estamos solos. Vos tenéis el corazón +hecho pedazos, yo también; vos amáis, yo también amo; pero amo con más +heroísmo que vos, y lo sacrifico todo á mi amor... todo... hasta los +celos. + +--Venís muy donosamente loco, tío; yo creí que os habríais dejado á la +puerta de mi celda vuestros cascabeles de bufón. + +--En efecto, ni aun en los bolsillos los traigo. Soy ni más ni menos un +pobre enfermo del corazón que viene á buscar á otro enfermo y á decirle: +busquemos juntos nuestro remedio. En este momento, ni vos sois el padre +grave de la Orden de Predicadores, maestro, provincial, visitador, +confesor del rey, inquisidor general, y qué sé yo qué más, ni yo soy el +loco, el simple, el cura fastidios del rey. Somos dos hombres. Si vos os +empeñáis en manteneros puesta la carátula, nada tengo que hacer aquí... +me habéis llamado en vano. Adiós. + +Y el tío Manolillo se levantó y se dirigió á la puerta. + +--Esperad--dijo el padre Aliaga. + +El bufón volvió atrás, se sentó de nuevo y miró audazmente al padre +Aliaga. + +--¿Nos quitamos al fin el antifaz?--dijo. + +El padre Aliaga no contestó directamente á esta pregunta. + +--Esta mañana--dijo--me contásteis una historia muy triste. + +--Margarita, cuando estaba más loca, llamaba á su hermano Luis... vos os +llamáis Luis, padre Aliaga; hace muchos años que pasó esto, y entonces +debíais ser muy joven; ¿sois vos, acaso, el Luis que recordaba +Margarita? + +--Me habéis dicho que la hija de esa desdichada se parece mucho á su +madre; cuando la vea podré deciros... + +--¿Queréis verla? + +--¿Y cómo puede ser eso? + +--De una manera muy sencilla; id ahora mismo á palacio. + +--¡A palacio! + +--Sí por cierto. Nadie extrañará que el confesor del rey entre á estas +horas en palacio. Yo estaré esperándoos en la escalerilla por donde se +sube al cuarto del rey. + +--Lo que no alcanzo es cómo pueda ir á palacio esa comedianta. + +--La llevaré yo. + +--En verdad, en verdad, tengo una obligación grave de averiguar quién es +esa mujer. ¿No se llama Dorotea? + +--¿Quién os ha dicho que la hija de Margarita se llama Dorotea?--exclamó +con acento amenazador el bufón. + +--Cuando se trata de esa mujer--dijo sonriendo tristemente el padre +Aliaga--, todo os espanta. + +--Como os espanta á vos todo, cuando se trata de la otra. + +El padre Aliaga pareció no haber oído la contestación del tío Manolillo. + +--Sólo quiero ver á esa joven--dijo--para salir de una duda; y puesto +que vos podéis mostrármela en palacio, á palacio voy. + +Y el padre Aliaga se levantó. + +En aquel momento sonaron pasos en el corredor. + +Al oírlos el bufón se levantó, y escuchó con atención. + +Luego se escondió precipitadamente y sin ruido en la alcoba del padre +Aliaga. + + + + +CAPÍTULO XXVI + +DE LO QUE OYÓ EL TÍO MANOLILLO, SIN QUE PUDIERA EVITARLO EL CONFESOR DEL +REY + + +Abrióse la puerta y asomó el hermano Pedro. + +--Nuestro padre--dijo--; tras mí viene el señor Alonso del Camino. + +--¡A qué hora!--murmuró para sí el padre Aliaga. + +Y fué á la puerta con la visible intención de salir de la celda, pero +Alonso del Camino no le dió tiempo. + +Se entró de rondón en la celda. + +--Aquí tenéis--dijo como quien se apresura á dar una noticia +agradable--la provisión de capitán para el señor Juan Montiño. + +No era ya tiempo de tapar la boca al montero de Espinosa, y por otra +parte, el padre Aliaga no se atrevía á dar ninguna señal de desconfianza +al bufón del rey, que estaba en posición de verlo y oír todo desde +detrás de la cortina de la alcoba. + +Tomó la provisión y la miró. + +Aquella provisión había sido vendida á un soldado viejo llamado Juan +Fernández, y éste la había revendido al señor Juan Montiño. + +--Ya veis si he sido eficaz; esta mañana cobré los ochocientos ducados +de la casa del señor Pedro Caballero, y en seguida me fuí á buscar á un +tal Santiago Santos, secretario de Lerma, en su misma casa. Le hablé, +tratamos el precio, dile trescientos ducados, fuése él á casa del duque, +y al medio día me dió la provisión firmada por su majestad. He invertido +lo que me ha quedado de tiempo hasta ahora en comprar armas y caballo +para el dicho capitán, y la reina queda completamente servida. + +--¡La reina!--murmuró profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada +recelosa á la cortina, tras la cual se ocultaba el bufón. + +--¡La reina!--dijo con extrañeza el tío Manolillo, detrás de aquella +cortina. + +--Además, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la +antecámara del rey á que saliese el duque de Lerma, á quien esperaba +también el secretario Santos para recoger la provisión firmada por el +rey, he visto algo bueno. + +El padre Aliaga no preguntó qué era lo bueno que había visto, á pesar de +que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta. + +El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los +tizones y pidiendo á Dios que el montero de Espinosa callase, porque no +se atrevía á imponerle silencio ni con una seña. + +Sin saber por qué, no quería dar una muestra de desconfianza al bufón. + +Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva. + +Alonso del Camino continuó: + +--Se murmuraban en la antecámara muchas cosas. + +--Allí siempre se murmura. + +--Decían que don Francisco de Quevedo había venido á la corte y que +había dado de estocadas á don Rodrigo Calderón. + +--¡Bah! siempre persiguen al bueno de don Francisco las acusaciones... +ya sabéis que no ha sido Quevedo... ¿pero está en efecto en Madrid? + +--Todos lo aseguran; y como todos le desean por su ingenio festivo, +todos se preguntan: ¿quién le ha visto? ¿quién le ha hablado? + +--¿Y hay alguien que le haya hablado ó visto? + +--No; no, señor; es uno de esos rumores que suenan, y cunden y se saben +en un momento en toda una ciudad. + +--Estaba preso. + +--Pues porque estaba preso, y por saber que le han soltado y que al +verse suelto se ha venido á la corte, son hablillas y la admiración de +todos. + +--¡Bah!--dijo el padre Aliaga. + +--Se asegura que va á haber variación en el consejo y en la alta +servidumbre. + +--¿Porque ha venido don Francisco? + +--Dicen que anoche estuvo don Francisco en palacio. + +--Bien, ¿y qué? + +--Añaden que la duquesa de Gandía se fué á su casa mala, porque el rey +pasó la noche en el cuarto de la reina. + +--¡Que pasó el rey la noche en el cuarto de la reina!--dijo con la voz +ligeramente afectada el padre Aliaga--. No me ha dicho nada su majestad. + +--Pues preguntádselo al duque de Lerma, que dicen pasó la noche rabiando +en el despacho del rey--dijo alegremente Alonso del Camino. + +--Tened en cuenta, amigo mío, que en palacio se miente mucho. + +--Don Baltasar de Zúñiga va de embajador á Inglaterra. + +--Nada tiene de extraño; don Baltasar ha nacido para embajador. + +--Y entra en su lugar en el cuarto del príncipe el obispo de Osma. + +--Así aprenderá su alteza mucho latín. + +--No parece sino que nos escuchan--dijo bruscamente Alonso del Camino--, +según andáis de reservado. + +--Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro á escuchar siempre con +indiferencia las hablillas de antecámara. + +--Podrán ser hablillas, pero á la verdad, lo que yo he visto... + +--¡Ah! vos habéis visto... + +--Sí por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto +que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse +desde la puerta de la cámara del rey, porque el ujier no le ha dejado +pasar. + +--Pero eso no prueba nada. + +--Tenéis razón; eso no probaría nada si, después de no haber podido +entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda, á pesar de su +oficio de gentileshombres de la cámara del rey, no hubiese salido el +duque de Lerma tan risueño y alegre que parecía decir á todo el mundo: +ya no tengo enemigos... Dióme lástima, porque en sí mismo tiene el mayor +enemigo Lerma. + +--Nada de lo que habéis dicho prueba nada. + +--Se dice... + +--¿Se dice más? + +--Sí por cierto, que se arma un ejército contra la Liga. + +--Ejército que será vencido. + +--Pero todo eso prueba que el duque de Lerma tiene miedo y quiere +contentar de algún modo á España; para eso... ya sé lo que vais á +decirme, lo mejor era que empezase por irse á una de sus villas y dejar +el gobierno. + +--Perdonadme, señor Alonso, si no os he escuchado como debiera--dijo el +padre Aliaga que se impacientaba--, pero estoy enfermo. + +--¡Enfermo! + +--Sí; sí por cierto, tengo vaguedad en la cabeza, frío en los pies... la +celda me anda alrededor. + +--¡Ah! perdonad... yo no sabía... llamaré... + +--No, no... me voy á acostar... con vuestra licencia... + +--¡Oh! lo siento mucho, no os descuidéis... + +--Esto pasará. + +--Ahí se quedan los cien ducados que han sobrado. + +--Bien. + +--Perdonad... pero... mañana vendré á informarme... + +--Muchas gracias... esto pasará... + +--Quiera Dios aliviaros, y quedad con El. + +--Id con Dios, y que Él os pague vuestra buena voluntad, señor Alonso. + +El montero de Espinosa salió, y al atravesar el corredor que conducía al +claustro, dijo: + +--¡Es extraño! ¡ponerse malo de repente! ¡y á mí me parece que está muy +bueno! ¿qué habrá aquí? + +Apenas había salido Alonso del Camino de la celda, cuando salió de la +alcoba el tío Manolillo. + +--¿Por qué os tratáis con gente tan habladora?--dijo--; pero nada +importa que yo lo haya oído, porque ya sabía yo que conspirábais: +ignoraba, en verdad, que tuviéseis vuestros espías tan cerca del rey. Y +es un buen hombre ese Alonso del Camino. + +--Me habéis dicho--contestó el padre Aliaga, como si nada le hubiese +hablado el bufón--que si voy á palacio me mostraríais á esa Dorotea. + +--Indudablemente; pero es necesario que os detengáis en ir lo menos una +hora. + +--¿Y por qué? + +--Porque necesito ese tiempo para llevar á la Dorotea á palacio. Ya debe +de haber salido de la función del corral del Príncipe; pero como ha ido +acompañada muy á su gusto, podrá suceder que después de la función se +haya metido con su compañía en alguna hostería apartada. Ya veis, el +hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han +hablado y cantado amores y se está enamorado... + +--¿Y de quién está enamorada Dorotea?--dijo con interés el padre Aliaga. + +--De una persona á quien vos conocéis. + +--¿Que yo conozco? + +--Sí, ciertamente, y de la cual tenéis celos. + +--¡Celos! + +--Sí por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queréis ocultaros +á vos mismo. + +--¡Os equivocáis!--exclamó con precipitación el padre Aliaga--, yo no +puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el +mundo. + +--¡Bah! allá lo veremos. + +--Os he preguntado de quién está enamorada esa comedianta. + +--¿No lo adivináis por lo que os he dicho? + +--No ciertamente. + +--Llegará un día en que me habléis con lisura: la Dorotea está enamorada +con locura... + +El bufón se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad +del padre Aliaga. + +--¿De quién?--dijo el fraile con impaciencia. + +--De cierto mancebo á quien ha hecho capitán la reina con vuestro +dinero. + +El padre Aliaga sintió el golpe en medio del corazón; se estremeció. + +--¿Y ama el señor Juan Montiño á Dorotea? + +--Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaña, peor +para él. + +Repúsose el padre Aliaga. + +--¿Conque... vais á buscar á esos dos amantes?--dijo. + +--No por cierto, voy á esperarlos á su casa... y como pueden tardar... + +--Esperad, cuando la hayáis encontrado, en la galería de los Infantes. + +--Esperaré... + +--Cuando yo llegue, os avisarán. + +--Muy bien. + +--Y para que los encontréis más pronto, id al momento. + +--Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego. + +El bufón salió. + +Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llamó y +se presentó el lego Pedro. + +--Que pongan al instante la silla de manos. + +Algunos minutos después, dos asturianos conducían á palacio al padre +Aliaga. + +Había cerrado la noche y seguía lloviendo. + + + + +CAPÍTULO XXVII + +EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABÍA ACABADO AÚN SU FAENA AQUEL +DÍA + + +En el mismo punto en que el confesor del rey salía del monasterio de +Atocha, salía del de las Descalzas el cocinero mayor. + +[imagen: El padre Aliaga.] + +Todo aquel tiempo, es decir, el que había transcurrido desde la ida de +Francisco Montiño de un convento á otro, lo había pasado Montiño bajo la +presión despótica de la madre Misericordia. + +El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, había +procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio. + +Porque cada minuto que transcurría para él fuera de su casa, era un +tormento para el cocinero mayor. + +Aturdido, no había meditado que necesitaba dar una disculpa á la madre +abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montiño no +sabía lo que aquella carta decía; iba á obscuras. + +Esto le confundía, le asustaba, le hacía sudar. + +Si decía que Quevedo le había quitado la carta, se comprometía. + +Si decía que la había perdido... la carta podía parecer y era un nuevo +compromiso. + +Si rompía por todo y no llevaba aquella carta á la abadesa, ni volvía á +ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid... + +Esto no podía ser. + +Estaba comprometido con el duque. + +Estaba comprometido con la Inquisición. + +Montiño se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un +círculo de fuego. + +Por cualquier lado que pretendía salir de su apuro, se quemaba. + +Decidióse al fin por el poder más terrible de los que le tenían cogido: +por la Inquisición. + +Y una vez decidido, se entró de rondón en la portería de las Descalzas +Reales, á cuya puerta se había parado, tocó al torno y, en nombre de la +Inquisición, pidió hablar con la abadesa. + +Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio. + +Al entrar en él, Montiño se encontró á obscuras; declinaba la tarde y el +locutorio era muy lóbrego. + +Detrás de la reja no se veían más que tinieblas. + +Poco después de entrar en el locutorio, Montiño sintió abrirse una +puerta y los pasos de una mujer. + +No traía luz. + +Luego oyó la voz de la madre Misericordia. + +El triste del cocinero mayor se estremeció. + +--¿Quién sois, y qué me queréis de parte del Santo Oficio?--había dicho +la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde. + +--Yo, señora, soy vuestro humildísimo servidor que besa vuestros pies, +Francisco Martínez Montiño. + +--¡Ah! ¿sois el cocinero mayor de su majestad? + +--Sí; sí, señora. + +--Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qué os envía +el Santo Oficio de la general Inquisición. + +--Ni yo lo entiendo tampoco, señora. + +--¿Pero á qué os envían? + +--Perdonad... pero quiero antes deciros cómo he trabado conocimiento con +el inquisidor general. + +--¿Es el inquisidor general quien os envía? + +--Sí, señora. + +--¿Pero sois ó érais de la Inquisición? + +--No sé si lo soy, señora, como ayer no sabía otras cosas; pero hoy como +sé esas otras cosas, sé también que soy en cuerpo y alma de la +Inquisición; pero á la fuerza, señora, á la fuerza, porque todo lo que +me está sucediendo de anoche acá me sucede á la fuerza. + +--Pero explicáos. + +--Voy á explicarme: salía yo de aquí esta mañana con la carta que me +habíais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi señor, cuando he +aquí que me tropiezo... + +--¿Con quién? + +--Con un espíritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en +la hostería del... Ciervo Azul; y una vez allí me quita la carta que vos +me habíais dado para don Francisco de Quevedo. + +--Yo no os he dado carta alguna para don Francisco. + +--Tenéis razón; es que sueño con ese hombre. Quise decir la carta que me +habíais dado para el señor duque de Lerma. + +--¿Qué, os la quitó?... + +--Me la sacó... sí, señora... no sé cómo... pero me la sacó... y se +quedó con ella. + +--¡Que se quedó con ella!... ¿y por qué os dejastéis quitar esa +carta?--exclamó con cólera la abadesa. + +--Ya os he dicho que me la ha quitado... + +--¿Pero quién era ese hombre que os la quitó? + +Sudó Montiño, se le puso la boca amarga, se estremeció todo, porque +había llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa. + +--El hombre que... me quitó vuestra carta, señora--dijo con acento +misterioso--, era... era... un alguacil del Santo Oficio. + +--¡Un alguacil! + +--Sí, señora. Un alguacil que me había esperado á la salida de la +portería. + +--¿Os vigilaba el Santo Oficio?... ¿es decir, que el Santo Oficio vigila +la casa de mi tío? + +--Yo no lo sé, señora--dijo Montiño asustado por las proporciones que +iba tomando su mentira--. Yo sólo sé que el alguacil me +dijo:--Seguidme.--Y le seguí. + +--¿Y á dónde os llevó? + +--Al convento de Atocha, á la celda del inquisidor general. + +--¿Y qué os dijo fray Luis de Aliaga? + +--Nada. + +--¿Nada? + +--Sí; sí, señora, me dijo algo:--Desde ahora servís al Santo Oficio. +Volved esta tarde.--Como con el Santo Oficio no hay más que callar y +obedecer, me fuí y volví esta tarde. El inquisidor general me dió una +carta y me dijo:--Llevadla al momento á la abadesa de las Descalzas +Reales. + +--¡Ah! ¿traéis una carta para mí... del inquisidor general? ¿Dónde está? + +--Aquí, señora. + +--Dádmela. + +--No veo... no veo dónde está, señora. + +La abadesa se levantó y pidió una luz, que fué traída al momento. + +Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja, +había quedado de pie, escueta, inmóvil, la negra figura de la abadesa, +semejante á un fantasma siniestro. + +No se la veía el rostro á causa de su posición, que la envolvía por +delante en una sombra densa. + +Tampoco se podía ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la +parte interior del locutorio. + +El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy débil. + +Esto convenía á Montiño, porque si la abadesa hubiera podido verle el +semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba pálido, +desencajado, trémulo. + +--Dadme esa carta--repitió la abadesa. + +Montiño metió la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y +dió á la madre Misericordia la carta. + +La abadesa se fué á leerla á la luz. + +Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el +duque de Lerma escribió aquella mañana para la abadesa, y después la +contestación de éste. + +La carta del duque decía: + +«Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de +decirme que han visto entrar á mi hija doña Catalina en vuestro convento +y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio, á don +Francisco de Quevedo. Esto no tendría nada de particular, si no hubiese +ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la +había galanteado don Francisco, y ella, á la verdad, no se había +mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de +sumo interés, me vi obligado á prender á don Francisco de Quevedo y +enviarle á San Marcos de León. Púsele al cabo de dos años en libertad, y +anoche se me presentó trayéndome una carta de la duquesa de Gandía, que +le había entregado doña Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de +la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia: +primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que está en +inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de +la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenéis á mi hija y á +Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que +descubrís en cuanto á la amistad más ó menos estrecha en que puedan +estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto más, cuanto peor +marido para doña Catalina, y peor hombre para mí, se ha mostrado el +conde de Lemos. Avisadme con lo que averiguáreis ó conociéreis, dando la +contestación al cocinero del rey, que os lleva ésta. Que os guarde +Dios.--_El duque de Lerma._» + +La carta que en contestación á ésta escribió la abadesa, y que entregó á +Montiño y que quitó al cocinero mayor Quevedo, contenía lo siguiente: + +«Mi respetable tío y señor: He recibido la carta de vuecencia tan á +tiempo, como que, cuando la recibí, estaba en visita con mi buena prima +y con don Francisco de Quevedo. Doña Catalina me había dicho que su +único objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y +éste me había hablado tan en favor de vuecencia, que me tenía encantada, +y me había hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo, +me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para mí que doña Catalina y don +Francisco se aman, no dentro de los límites de un galanteo, que siempre +fuera malo, sino de una manera más estrecha. He comprendido que don +Francisco quería engañarme para inspirarme confianza, y que no ha sido +el amor el que le ha llevado á hacer faltar á sus deberes á doña +Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo á doña Catalina, posee en +la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y +por medio de la cual puede dar á vuecencia mucha guerra, y tanto más, +cuanto más vuecencia confíe en él. Mi humilde opinión, respetando +siempre la que estime por mejor la sabiduría de vuecencia, es que debe +desterrarse de la corte á don Francisco, ya que no se le ponga otra vez +preso; lo que sería más acertado, en lo cual ganaría mucho la honra de +nuestra familia, impidiendo á doña Catalina que continuase en sus +locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es +un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir á vuecencia, +quedo rogando á Dios guarde su preciosa vida.--_Misericordia, abadesa de +las Descalzas Reales._» + +Ahora comprenderán nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en +la hostería del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase +atónito y trastornado al cocinero mayor. + +Veamos ahora la carta que el padre Aliaga había escrito á la abadesa, y +que ésta leía á la sazón: + +«Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento +de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto +que, olvidándoos de que habéis muerto para el mundo el día que +entrásteis en el claustro, seguís en el mundo con vuestro pensamiento y +vuestras obras. Velar por el rebaño que Dios os ha confiado debéis, y no +entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y +luchas políticas, que eso, que nunca está bien en una mujer, no puede +verse sin escándalo en una monja, y en monja que tiene el más alto cargo +á que puede llegar, y por él obligaciones que por nada debe desatender. +Escrito habéis una carta á vuestro tío el duque de Lerma, y entregádola +á Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, á fin de que al +duque la lleve. El señor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente +por cierto, no puede llevar esa carta al duque, é importa que el duque +no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero +que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga daño á +nadie. Recibid mi bendición--_El inquisidor general._» + +Sintió la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de +cólera, luego un escalofrío de miedo. Porque si bien su tío, como +ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en España, la +Inquisición no lo era menos, y cuando Lerma había nombrado inquisidor +general al padre Aliaga, ó le necesitaba ó le temía. + +La madre Misericordia, pues, tuvo miedo. + +Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino también al cocinero +mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja. + +Era aquella una de esas situaciones cómicas que tienen lugar con +frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el +recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni +pueden saber á qué atenerse. + +Por esto estaban en una situación casi idéntica la abadesa de las +Descalzas Reales y el cocinero del rey. + +Pero era necesario tomar una determinación, y la madre Misericordia +abrió el cajón de la mesa en que se apoyaba, y sacó un papel, le +extendió, le pasó la mano por encima, permaneció durante algunos +segundos irresoluta, y luego tomó una pluma. + +Pasó un nuevo intervalo de vacilación. + +--¿Y qué digo yo á mi tío--exclamó con despecho--que le satisfaga y no +le obligue á recelar de mí? ¿Cómo contestar á su carta sin incurrir en +el enojo del Inquisidor general? + +La abadesa empezó á dar vueltas á su imaginación buscando una manera, un +recurso. + +Montiño veía con una profunda ansiedad á la abadesa, pluma en mano, +meditando sobre el papel. + +--¿Qué iría á decir la abadesa al duque?--murmuraba el asendereado +Montiño--. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡y quién me hubiera dicho ayer que esto +iba á pasar por mí! + +Al fin se oyó rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre +Misericordia. + +He aquí lo que la abadesa escribió debajo de una cruz, y de las tres +iniciales de Jesús, María y José: + +«Mi venerado y respetado tío y señor: He recibido vuestra carta en el +momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y +con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual +de ellos había venido por su intención, primero doña Catalina, y +después don Francisco. Doña Catalina, muy al contrario de lo que +vuecencia ha sospechado, venía con la pretensión de apartarse de la +corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de +su marido. Yo procuré disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha +renunciado á su propósito. En cuanto á don Francisco, ya sabe vuecencia, +porque lo sabe todo el mundo, que mató á un hombre que en la iglesia de +este mismo convento se había atrevido á insultar á una dama. Don +Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, venía á darme una +cantidad de ducados, á fin de que mandase decir misa por el alma del +difunto, y celebrar una solemne función de desagravios á su Divina +Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto +es cuanto ha acontecido. De lo demás que vuecencia dice en su carta, no +sé nada, ni me parece que haya nada, porque aunque después de leer la +carta de vuecencia observé cuidadosamente á entrambos, sólo vi que se +trataban como conocidos, sin interés alguno. Doy á vuecencia las gracias +por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando á +Dios por su vida.--_Misericordia_, abadesa de las Descalzas Reales de la +villa de Madrid.» + +--¡Perdóneme Dios, por lo que en esta carta miento!--dijo la monja +cerrándola--; la Inquisición tiene la culpa; para que no me cojan el +embuste será necesario avisar á mi prima y á don Francisco, y gastar +algunos doblones en la función de desagravios. ¿Quién había de pensar +que el cocinero del rey era alguacil, ó familiar, ó espía de la +Inquisición? + +Después que la cerró, se levantó, pero se detuvo y volvió á sentarse y +sacó otro papel y escribió otra carta. + +Aquella carta era para el padre Aliaga. + +Decía así, después de la indispensable cruz y de las iniciales de la +sacra familia: + +«Ilustrísimo y excelentísimo señor inquisidor general: He recibido la +carta en que vuestra excelencia ilustrísima tiene la bondad de +reprenderme. Yo, desde que abominé del mundo y busqué la paz de Dios en +el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplación de +las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia +ilustrísima conoce, escrita por mí á mi tío el señor duque de Lerma, hay +mucho de mundano, consiste en que mi tío me ha pedido informes acerca +de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos. +Faltaría yo á lo que debo á Dios y mi conciencia, si en lo que digo en +la tal carta mintiera. Doña Catalina y don Francisco, á no dudarlo, +cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo +que toca á los consejos que daba á mi tío, los creo lícitos y buenos, +porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado +escribiendo más, sin intención ha sido, pero sin embargo, espero la +penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrísima se digne imponerme +como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta +para mi tío que vuecencia ilustrísima me manda escribir en la suya, y en +la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi tío acerca de los +deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Además, para que +vuecencia ilustrísima vea cuán sin culpa estoy, inclusa va la que me +escribió el señor duque de Lerma.» + +Detúvose al llegar aquí la abadesa. + +--Para que el padre Aliaga desconfie menos de mí--murmuró--debo enviarle +copia de la carta que escribo á mi tío... Es necesario andar con pies de +plomo... Hago, es verdad, traición al duque... ¡pero la Inquisición!... + +La madre Misericordia se acordó con horror de que el Santo Oficio había +quemado viva á más de una monja. + +Este recuerdo la decidió; copió la carta que había escrito para Lerma y +continuó la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta +manera: + +«Además, incluyo la que á mi tío escribo, y creo que vuecencia +ilustrísima quedará completamente satisfecho de mí. Recibo de rodillas +su bendición y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia +ilustrísima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia +ilustrísima.--_Misericordia_, abadesa de la comunidad de las Descalzas +Reales de la villa y corte de Madrid.» + +Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos +copias adjuntas á ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entregó +á Montiño. + +--Dadle un pliego--le dijo--al señor duque de Lerma, y el otro al señor +inquisidor general. + +--¡Al inquisidor general! ¿Y cuándo? + +--Al momento. + +--¿Y si me detuviere el duque de Lerma? + +--En cuanto os veáis libre. + +--¿Tenéis algo que mandarme, señora? + +--Nada más. Id, buen Montiño, id, que urge, y que os guarde Dios. + +--Que Dios os guarde, señora. + +El cocinero mayor salió murmurando: + +--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios quiera que estas cartas no me metan en un +nuevo atolladero! + +Entre tanto, la madre Misericordia, que se había quedado abstraída é +inmóvil en medio del locutorio, se dirigió de repente á la salida en un +exabrupto nervioso, y dijo, saliendo á un espacio cuadrado donde estaba +el torno, á una monja que dormitaba junto á él: + +--Sor Ignacia, que vayan á buscar al momento á mi confesor. + + + + +CAPÍTULO XXVIII + +DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIÑO, ACOMPAÑANDO Á LA DOROTEA + + +Debemos retroceder hasta el final del capítulo XXII. + +Esto es, al punto en que Dorotea salió de su casa con Juan Montiño. + +La litera era, en efecto, grande; la conducían dos mulas, una detrás y +otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la +comedianta, en razón de su oficio, que estaba declarado infame por una +ley de partida, no podía llevar á sus criados con librea, llevaba del +diestro la parte delantera. + +Arrellanóse el joven en un blandísimo cojín, y sintió á sus espaldas y á +su costado derecho otro no menos blando y rehenchido. + +Aunque Juan Montiño no se admiraba de nada, causóle impresión aquel +lujo, no por sí mismo, sino porque le usase Dorotea. + +La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanería de galón de +oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los +cristales y una rica piel de oso en el fondo. + +Podía asegurarse que muchas damas principales y ricas no poseían un tan +lujoso vehículo. + +Es verdad que antes y ahora muchas señoras de título no podían ni pueden +tener los trenes que usaban las comediantas. + +Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, está +explicado todo. + +Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y +extraño diálogo anterior á su salida de la casa, no había podido hacerse +cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven. + +Al entrar en la litera, Dorotea se había echado atrás el manto, dejando +descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro +sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de +las mangas de oro á martillo, que no parecían sino verdaderas bordaduras +hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo +terso, lo dulce, por decirlo así, de su cutis; un largo collar de +gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de +diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnición +de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso +cordón de oro con rubíes y esmeraldas ciñendo su cintura y cayendo doble +y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnífica +falda, hasta los pies. + +Uno de estos pies, pequeño, deliciosamente encorvado, asomaba como al +descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de +Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura. + +Con decir que bajo los puños rizados de encaje, sobre las manos +preciosas por sí mismas y riquísimas por sus sortijas, se veían dos +pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que también diamantes y +perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, está hecha la +descripción de su atavío. + +Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo +también del duque de Lerma. + +Esto no quería decir que Lerma amase demasiado á la comedianta, sino que +era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo +que bastaba para que la ostentación de Lerma la hubiese deseado para +querida pública; y siéndolo, no podía buenamente presentarse al público +de otro modo sin desdoro del duque. + +Además, este lujo escandaloso de la Dorotea, servía al duque de +prospecto para con otras mujeres. Sólo que la mayor parte de las que se +suscribían á las obras del duque, se encontraban con que las obras no +correspondían, ni con mucho, al lujo del prospecto. + +Pero á Juan Montiño que, á pesar de todo, conservaba un fondo de candor +y virginidad en el alma, le maravilló todo aquello. + +No se dió razón de la razón de aquel lujo, aturdido por él. + +Dorotea, como mujer y como atavío, se le había subido á la cabeza; le +había embriagado. + +Y era muy difícil defenderse de la embriaguez causada por aquella +portentosa armonía de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color, +de atractivos; por aquella mirada dulcísima y ardiente que le sonreía, +le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo así; por aquella +nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso. + +Encanta una mujer hermosa vestida de blanco ó de negro. + +Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedrerías, +y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga. + +Por eso estaba embriagado don Juan Montiño. + +Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueños de +nuestra razón y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y +en aquella situación, se había olvidado completamente de doña Clara +Soldevilla. + +En verdad que la embriaguez pasa, y que después de haber pasado, quien +tiene dignidad en el alma, se avergüenza de su pasada embriaguez. + +Brillaba, relucía la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante +tenía esa dulce seriedad del sentimiento que sólo modifica á veces una +indicación de sonrisa, sensual, característica, que parece decir á una +mujer ó á un hombre: no vivo, no siento más que para ti. + +A más que por la expresión de su semblante, el estado físico y moral del +joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que +estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su +cuerpo. + +Dorotea era entonces feliz. + +Durante algún tiempo, sólo se hablaron con la mirada lúcida y fija, y +con la involuntaria y expresiva presión de las manos. + +Hubo un momento en que Juan Montiño acercó demasiado su semblante al de +Dorotea. + +Dorotea retiró el suyo, y dejó ver en él una dolorosa seriedad. + +--Perdonad--dijo Juan Montiño--, estoy loco. + +--Perdonad vos más bien--dijo Dorotea--, pero por vos y para vos soy una +mujer nueva. + +No hablaron más durante algunos segundos. + +La seriedad de la joven pasó, como pasa un nubladillo por delante del +sol. + +--Estoy pensando una cosa, Juan. ¿No os llamáis Juan? + +--Sí; sí, señora, Juan me llamo; ¿en qué pensábais? + +--En que me expongo llevándoos al teatro. + +--¡Que os exponéis! + +--Sí por cierto; allí veréis á mis compañeras. + +--¡Bah!--dijo con desprecio el joven. + +--No seáis fanfarrón; no despreciéis al enemigo antes de conocerle. + +--Me habéis puesto fuera de combate; me habéis hechizado. + +--Quiéralo Dios--dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las +manos de Juan Montiño. + +--Pues mirad--repuso el joven--, yo pensaba en otra cosa. + +--¿En qué? + +--En que antes de salir de vuestra casa... + +--De nuestra casa, caballero... + +--Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de tú. + +--Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuráos que +yo soy la mujer más honrada y más respetable del mundo. + +--Y qué, ¿no lo sois para mí? + +--Y tanto como lo soy; ya veréis. + +--¿Os habéis propuesto desesperarme? + +--Me he propuesto que me améis. + +--¡Qué! ¿no os amo ya? + +--No, ni yo os amo tampoco. + +--¡Cómo!--exclamó con acento severo el joven, creyéndose objeto de la +burla de una cortesana. + +Dorotea comprendió su intención por su acento, y se apresuró á decir: + +--Antes de pensar mal de mí, escuchadme. + +--Habéis dicho una herejía. + +--No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos +separásemos... hoy; que no nos volviésemos á ver... + +--Pero eso no puede ser. + +--Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid +y no pudiéseis escribirme... ó bien, si á mí me prendiese... la +Inquisición, por ejemplo, y me empozase y no volviéseis á saber de mí; +ni siquiera que estaba presa. + +--¡Ah, no digáis eso! + +--Es una suposición. Pues bien, ¿sabéis lo que sucedería, caballero? Me +buscaríais y yo os buscaría, á medida que pasara el tiempo nos +buscaríamos el uno al otro con menos interés; al fin sólo nos quedaría +el uno al otro, ó tal vez á los dos, esa impresión vagamente dolorosa de +una esperanza desvanecida; sí, de una esperanza; porque lo que somos el +uno respecto al otro... ó para hablar con más seguridad: lo que vos sois +para mí, no es más que una bella esperanza, una esperanza que yo no +había alentado, porque no había comprendido que el amor es la vida de la +mujer; que el amor es lo único que puede hacerla buena, casi santa... el +amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no había +amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que +creo existe entre vuestra alma y la mía. + +--¡Ah! ¡señora! ¿creéis que mi alma?... + +--No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no desearía vuestro +amor... pero me parece que sólo os inspiro deseo. + +--Yo no sé lo que me inspiráis, señora. + +--Puede ser que algún día sintáis amor por mí... pero eso sólo puede +hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amaré +más cada día. + +--¿Pero es cierto que no me amáis aún, señora? + +--No quiero engañaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha +mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que +soy otra mujer... cuando os vi, sentí... voy á probar si puedo haceros +conocer lo que sentí... sentí que un no sé qué desconocido, dulce, +inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la +iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila, +sin deseos... como no he sentido por ningún otro hombre. + +--Y sin embargo, ¿no queréis ser mía por completo?--dijo con acento de +queja Juan Montiño. + +--No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo +llevaros al teatro. Vos sois como todos; más materia que alma... al +menos para mí... en el teatro veréis á la Angela, á la Andrea, á la Mari +Díaz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas +manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los +ojos más graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan +hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en +campaña, y empieza á disparar contra vos... mejor dicho, contra mí, toda +su batería de miradas y de suspiros enamorados. ¡Oh! tengo miedo... y +sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacéis traición, +mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que +puede acabar por romperme el corazón; si os mantenéis firme... ¡oh! eso +sería una felicidad... porque me probaría que vos sois para mí lo mismo +que yo soy para vos. + +--¿Y podéis dudarlo? + +--Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza; +puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... ¡bah! cuando yo veía +en una comedia de Lope unos amores repentinos, me decía siempre riéndome +del autor: eso es escribir como querer, y nada más. El amor no es obra +de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y +apasionado... lo demás... si yo no sintiese por vos más que una +impresión causada á primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera +caído en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho +que os amaba. Pero me hubiera engañado, como me he engañado respecto á +otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado. + +--Confieso que no os comprendo, señora. + +--No importa, ya me comprenderéis. Pero ya estamos cerca del teatro, +oíd: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os trataré +de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para +exigirme igual conducta cuando estemos solos. + +--¿Y eso por qué? + +--Si yo no os tratase delante de esas gentes como á un amante +favorecido, creerían que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda +creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga +en ridículo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... ¡oh! dejadme +que sea á vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer +perdida, realice para vos ese hermoso sueño de la mujer virgen y +honrada... dejadme soñar, ya que soy tan infeliz que la realidad me +mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido. + +En aquel momento la litera se paró en la calle del Lobo, delante de un +portalón feo que se veía en una fachada irregular. + +Llovía, y el criado que hasta allí había conducido la litera, abrió un +enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea salió, y cubierta con el +paraguas, salvó de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha +falda recogida con suma coquetería, el espacio enlodado de la entrada, y +ganó la parte seca del interior. + +--¡Oh, reina de las reinas!--dijo al verla un joven de aspecto +aristocrático por sus maneras y por su traje--; dignáos tomar mi brazo +para subir esas endiabladas escaleras del vestuario. + +--Gracias, don Bernardino--dijo la Dorotea sonriendo--; pero viene +conmigo persona tal, que no cambiaría su brazo por el del rey. + +Al mismo tiempo Juan Montiño salía de la litera, y Dorotea se asió á su +brazo. + +--¡Ah, perdonad, señora!...--dijo don Bernardino siguiendo á los +jóvenes, que se encaminaban á unas estrechas, negras y horribles +escaleras--; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Calderón... + +--Está herido y medio muriéndose, ¿no es verdad?--dijo Dorotea. + +Subían por las escaleras. + +--Me espanta la serenidad con que habláis y las galas que vestís. + +--Como que estoy de boda. + +--¿Os casáis? + +--Con Sancho Ortiz de Rodas. + +Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho +Ortiz era el amante ó novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se +representaba aquella tarde, y en la que desempeñaba la parte de +protagonista Dorotea. + +--¡Ah, sí, es verdad! ¡venís vestida desde vuestra casa! + +--Sí, por cierto. + +--Habéis hecho bien, porque la función se ha empezado; la loa está casi +á la mitad, y han empezado á correr por el patio unas noticias que +tienen disgustado al público. + +Seguían á la sazón por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, á +cuyos dos costados había puertas. + +--¿Y qué noticias eran esas?--dijo la Dorotea avanzando por el corredor +delante de Juan Montiño. + +Detrás de los dos iba Don Bernardino. + +--Esas noticias eran que vos, á consecuencia de la herida de don +Rodrigo, estábais desesperada y no representábais. + +--Ya veis que no. + +--Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van á vitorear con frenesí. El +público está enamorado de vos. + +--Pues no se conoce, porque me paga poco. + +--Eso consiste en que Gutiérrez es un judío. Tiene en vos una mina de +oro. + +--¿No queréis entrar?--dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del +corredor, y entrando en un pequeño aposento. + +A pesar de que como había sido pronunciado aquel _¿no queréis entrar?_ +suponía lo mismo que esta otra frase: _haréis bien en iros, porque +estorbáis_, don Bernardino se hizo el desentendido y entró. + +El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y +alfombrado, tenía un ancho canapé ó sofá con almohadones de damasco y +sillones de gran lujo, y al fondo había una puerta con cortinaje de +seda. + +En medio se veía un brasero de plata con fuego. + +--Petra--dijo Dorotea á una doncella que estaba esperándola en su +cuarto--, ve y di al autor que por mí no tiene necesidad de detener la +función. + +La doncella, después de tomar el manto de su señora, salió á cumplir su +encargo. + +Juan Montiño, á una indicación de Dorotea, que se había sentado en el +canapé, se sentó en un sillón y se descubrió. + +Don Bernardino se descubrió también, aunque con suma impertinencia; se +sentó en otro sillón con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo +sobre el respaldo del sillón y cruzó una pierna sobre la otra. + +Juan Montiño, que no había hablado una sola palabra, empezaba á +amostazarse. + +Era don Bernardino uno de estos jóvenes fatuos, que han frecuentado +siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de +una bailarina, sin encontrarlo jamás, y que acaban por creerse adorados +de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como +si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y +valientes, y junto á los cuales no se puede estar un minuto sin sentir +desprecio ó cólera. + +Don Bernardino de Cáceres era un segundón de una familia principal de +Córdoba; gastaba más vanidad que doblones, y por razón de su vanidad +andaba siempre perdonando vidas. + +Hacíalo con tal aplomo y se creía tan de buena fe valiente, que los +demás acabaron por creerlo y por respetarle. + +Esto había acabado de hacer insoportable á don Bernardino. + +--¿Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?--dijo cuando se hubo +sentado, y con cierto espíritu de protección. + +--Algo más que pariente--dijo con descaro la Dorotea--; es... mi amigo, +y el amigo á quien más quiero. + +Miró de alto á bajo don Bernardino á Juan Montiño, como buscando la +razón, el por qué del cariño de Dorotea hacia aquel hombre. + +--Debéis ser forastero--dijo don Bernardino. + +Juan Montiño hizo una señal afirmativa con la cabeza. + +--¿Es paisano vuestro, Dorotea? + +--No lo sé, porque yo no sé de dónde soy. + +--¡Ah! vos sois del cielo. + +--Pues entonces no somos paisanos--dijo Juan Montiño con mal talante--, +porque yo soy de la tierra. + +--¿Habéis estado alguna vez en la corte? + +--Ayer vine por vez primera. + +--Y como en la corte no conoce á nadie, ha venido á parar á mi casa. + +--Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada--dijo don +Bernardino--, y estimando yo como estimo á vuestra... amiga, no puedo +menos de ofreceros mi amistad. + +Y tendió la mano á Juan Montiño, que se la estrechó fríamente. + +En aquel momento se oyó una voz de hombre que decía en el corredor: + +--¡Dorotea! + +--La escena me llama, señores--dijo la joven--; venid, venid conmigo, +Juan, y me veréis trabajar desde adentro. + +Montiño siguió á Dorotea; don Bernardino siguió á Montiño. + +Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se +encontraron en la parte interior del escenario. + +En los tiempos de Felipe III empezaban á usarse ya los bastidores, en +vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena. + +El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente, +toda alegre y toda _non sancta_: comediantes y comediantas, poetas, +galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se mentía; y +al pasar Dorotea junto á un grupo de hombres, en medio del cual había +una joven sumamente hermosa, dijo á uno de los del corro, haciéndole +reparar con una indicación en Juan Montiño: + +--Dejad estar entre bastidores á este caballero, que es cosa mía. + +Después se dirigió á un bastidor, para esperar su salida. + +El escándalo estaba dado. + +Y decimos el escándalo, porque en la manera de presentar Dorotea á Juan +Montiño, había dicho á todos: + +--Ese joven es mi amante. + +Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corría por la +corte la nueva de que don Rodrigo Calderón estaba herido, era un +verdadero escándalo. + +--¿Qué decís á esto, Mari Díaz?--dijo un comediante rechoncho á la +joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo. + +--Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo, +cuando la Dorotea se atreve á tanto. + +--¿Qué es eso?--dijo otro de los del corro--. ¿A quién aplauden de ese +modo? + +--¿A quién ha de ser sino á Dorotea?--dijo encubriendo mal su despecho +la Mari Díaz--; ¿pues no sabéis que en los locos gastos del duque de +Lerma por ella, entra una compañía de mosqueteros que hacen salva en +cuanto abre los labios ó se mueve la _señora duquesa_? La Dorotea tiene +mucha suerte. + +Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontáneos, persistentes. + +--No, pues esos no son los mosqueteros--dijo un poeta--; ó si lo son, es +mosquetero todo el público. + +--¿Qué sabéis vos?--repuso Mari Díaz--; hay tardes en que están de +humor, y en sonando una palmada, allá se van todos detrás, como +borregos. + +--Pues yo voy á ver qué maravillas está haciendo Dorotea--dijo don +Bernardino de Cáceres. + +--Soberbio modrego--dijo la Mari Díaz apenas había vuelto la espalda el +presuntuoso hidalgo--; si tuviera tantos doblones como vanidad, no +andaría la Dorotea tan desdeñosa con él. + +--Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante--dijo otro. + +--Pero es muy hermoso--replicó la Mari Díaz. + +--¿Os habéis ya enamorado de él? + +--¡Yo!... + +--Dicen que sois muy enamoradiza. + +--Por eso los llevo detrás haciendo cola. + +--Es que dicen que los lleváis delante. + +--Pues mienten. Sólo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no +quiera tener más. Pero volvamos al asunto del día: ¿conocéis á ese nuevo +amante de la Dorotea? + +--Yo no le he visto nunca, y eso que voy á todas partes--dijo un +comediante. + +--Ni yo--repuso otro. + +--Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo +que está en la corte--dijo la Mari Díaz. + +--¡Bah! ¡pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si +arrastrase un manto ducal! ¡como vos cuando hacéis de reina, reina +mía!--dijo un poeta. + +--Eso quiere decir que no es un cualquiera--recargó la comedianta. + +--¿De qué se trata?--dijo un alférez de la guardia española que se había +acercado al grupo. + +--¿De qué se ha de tratar, señor Ginés Saltillo, sino de un +acontecimiento extraordinario?--contestó un comediante. + +--¡De un escándalo!--añadió un poeta. + +--¡De una enormidad!--recargó un tercero. + +--¿Pero qué milagro, qué escándalo y qué enormidad son esas? + +--Ya sabréis, porque lo sabe todo el mundo--dijo la Mari Díaz--que don +Rodrigo Calderón tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quién. + +--Pero eso no es un milagro. + +--Escuchad: sabréis además que está muy mal herido. + +--Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don +Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su +zapato... conque vamos al negocio y veamos en qué consisten el milagro, +el escándalo y la enormidad. + +--El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un +pobre--dijo la Mari Díaz. + +--¡Ah! eso ya es distinto; comprendo que estéis asombrados: vamos al +escándalo. + +--El escándalo consiste en que se haya presentado al público con sus +mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo. + +--En efecto, esto tiene algo de escandaloso--dijo el alférez--. Pero la +enormidad... veamos la enormidad. + +--¡La enormidad! ¿no os parece una enormidad el que nos haya presentado +á todos su nuevo amante? + +--Efectivamente; esa muchacha se va echando á perder más de lo justo. Y +es lástima, cuando se trata de la mujer más hermosa del ejercicio... +perdonad, Mari Díaz, la más hermosa después de vos. + +--Afortunadamente estoy aquí para daros las gracias, señor Ginés +Saltillo--dijo la comedianta sin poder dominar completamente su +mortificación. + +--¿Y quién es él? + +--No le conoce nadie. + +--¿Es forastero? + +--Y altivo. + +--¡Aunque pobre! + +--Pobre soy yo--dijo el alférez--, y en punto á orgullo no me trueco por +un portugués. ¿Y qué tal? ¿es buen mozo? + +--No tanto como vos--dijo la Mari Díaz--, pero aun así puede presentarse +sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, después de vos. + +--Muchas gracias por la fineza, prenda mía; aunque no me satisface mucho +vuestra opinión. + +--¿Y por qué no? + +--Jamás os he visto acompañada de un hombre que valga seis maravedises. +Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por +vos, os siguen y os persiguen más de cuatro gentileshombres. Por eso, +porque en vuestro gusto particular no confío, y porgue no es cosa de +preguntar á estos señores, que por envidia podrán informarme mal, +quisiera conocer á ese portento. + +--Pues allí está, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cáceres +que, como sabéis, es el perro de la Dorotea. + +--Voy, voy á verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con +otras no menores. + +--¡Qué! ¿Qué sucede?--exclamaron todos. + +El alférez se metió más al centro y dijo en voz baja y con sumo +misterio: + +--¡Hay novedades! + +--Novedades, ¿y en dónde? + +--Novedades en palacio. + +-¡Ah! + +-¡Oh! + +--¡Eh!--exclamaron todos. + +--Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no +se puede uno fiar de su camisa. + +--Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto á don Rodrigo, tiene +su intríngulis. + +--¿Su qué?... + +--Su misterio, señores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido +de lo alto. + +--¿De que alto? + +--De palacio. + +-¡Ah! + +--Parece que Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna. + +--Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado. + +--Y que tal zancadilla tenía armada al duque, que éste ha echado por el +camino más corto para no perder tiempo. + +--¿Conque acusan á su excelencia...? + +--Sí; pero hablad más bajo, vida mía, si no queréis dormir esta noche +sin más compañía que las ratas. + +--Seguid, señor Ginés, seguid; vos, Mari Díaz, no interrumpáis--dijo +uno. + +Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia +el noticiero, todos los oídos atentos, porque han de saber nuestros +lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se +han tomado gran interés por los negocios públicos. + +--Se dice--añadió el narrador--, que el duque... pues... su +excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al +herido. + +--¡En su casa! + +--Como que le hirieron junto al postigo de su casa. + +--¿Y no se sabe quién le hirió? + +--Todavía no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que... +¿qué más prueba queréis de que estas estocadas han venido de lo alto? + +--Esto es grave--dijo uno. + +--Gravísimo--añadió otro. + +--Y á mí me parece lo más fastidioso del mundo--dijo Mari Díaz--; ¿qué +nos importa todo eso? Por mi parte me voy. + +--Id con Dios, princesa, id con Dios--dijo el alférez--; si no fuera por +dejar con su curiosidad á estos señores, os acompañaría. + +--Muchas gracias--dijo la Mari Díaz alejándose. + +--Allá va al primer bastidor--dijo uno. + +--A ponerse en guerra con la Dorotea. + +--Esas chicas acabarán por arañarse. + +--No, porque la Dorotea es magnánima; ¡como siempre vence! + +--Dejémonos de mujeres, señores, y vamos á lo que importa--dijo el +alférez, que reventaba por soltar sus noticias. + +--Sí, sí; seguid. + +--Decíamos que las tales estocadas habían venido de lo alto, según todos +los indicios. Pues bien, hay más. Ha entrado el rasero, señores. + +--¡El rasero!... + +--Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor á don Baltasar +de Zúñiga, que va de embajador á Inglaterra. + +--¡Pero si don Baltasar no se mete en nada! + +--¿Cómo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del +príncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, señor; don +Baltasar conspiraba... Y si no, ¿por qué andaban hoy en palacio tan +graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda +sin poder entrar en la cámara del rey? ¿Y por qué estaba tan alegre el +duque? + +--Verdaderamente todo esto es grave--dijo uno de los del grupo, que +tenía el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad. + +--¡Gravísimo!--dijo el alférez--. ¡Pues ya lo creo! Pero hay una cosa +más grave aún. + +-¿Qué? + +-¿Qué? + +--No se ha dejado salir de su cuarto al príncipe don Felipe de orden del +rey. + +--¡Ah! Pues esto es tres veces grave. + +--Se cree--dijo el alférez--que Lerma se haya puesto del lado de la +reina. + +--¡Bah! eso no puede ser--dijo uno. + +--La reina odia al duque--añadió otro. + +--Creo más fácil que la Mari Díaz deje de ser envidiosa--dijo un +tercero. + +--Prueba al canto--contestó el alférez. + +--Veamos. + +--El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es á todas luces del partido +de la reina. + +--Indudablemente. + +--Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general. + +--¡Inquisidor general! ¿Pues y cómo ha quitado esta dignidad á su tío +don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma? + +--Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y +tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto á enojar á su +tío, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le +importará mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable... +indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina. + +--¿Pero cuándo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga? + +--El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extraño que no lo sepáis; +lo saben muy pocos. ¡Cuando os exageraba que había novedades...! + +--¿Pero qué interés tiene el duque...? + +--¡Oh! la zancadilla que se le había preparado era feroz. Se le iba á +acusar de traición, de estar vendido á la Liga. + +--¡Oh! + +--Y uno de los que más han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda. + +--¡Su hijo! + +--Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda +llegar á la privanza y no perdona medio. + +--Todo esto es grave, gravísimo--dijo el que todo lo veía por el lado +serio. + +--Pues hay además algo que aumenta la gravedad de estos sucesos. + +--¡Qué! + +--¡Qué! + +--Se cree...--dijo el alférez, bajando más la voz y con doble misterio. + +--¡Pero traéis un saco de noticias, alférez! + +--Que doy de balde. Pero oíd lo que se dice en palacio, por los +rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque +de Osuna. + +--Se tiene la manía de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin +duda, para huir de estos enredos, se ha ido á ser virrey de +Napóles--dijo un autor de entremeses. + +--Aunque el duque de Osuna esté en Nápoles, vieron anoche en Madrid á su +secretario don Francisco de Quevedo y Villegas. + +--¡Que está don Francisco en Madrid!--exclamó el autor de la compañía, ó +como diríamos en nuestros tiempos, el representante de la compañía--; +¡bah! eso es mentira. Hubiera venido por aquí y yo le hubiera encargado +un entremés. + +--En cuanto á lo de venir, quizá no pueda porque está escondido--dijo el +alférez. + +--Pues si está escondido, ¿quién le ha visto? + +--Le vieron anoche en palacio. + +--Creerían verle. + +--Allá lo veremos; ¿pero qué esto? + +Lo que había motivado la pregunta del alférez, era un ruido particular, +un alboroto que provenía del primer bastidor de la derecha del +escenario. + +Todos corrieron allá. + +Lo que había sucedido, lo verán nuestros lectores en el capítulo +siguiente. + + + + +CAPÍTULO XXIX + +DE CÓMO JUAN MONTIÑO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DIÓ Á CONOCER +ENTRE LOS CÓMICOS. + + +La Mari Díaz, dejando en su chismografía política al alférez, á los +comediantes, á los poetas _é tutti cuanti_, se fué decididamente, pero +como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del +escenario. + +En él estaban solas dos personas: Juan Montiño y el finchado hidalgo don +Bernardino de Cáceres. + +--¿Me permitís, caballero?--dijo la Mari Díaz tocando Suavemente en un +hombro á Juan Montiño, y con la voz más dulce del mundo. + +El joven se volvió y vió á la comedianta que le saludó Con una graciosa +inclinación de cabeza y una sonrisa. + +--Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea--dijo el joven para +sí--. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada... + +Y se volvió á mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea. + +Don Bernardino se encontraba relegado á un último lugar: la comedianta +delante, detrás Juan Montiño, y él á sus espaldas. + +--Permitidme, caballero--dijo don Bernardino. + +Juan Montiño no se movió. + +Don Bernardino guardó silencio. + +Pasó así algún tiempo. + +Mari Díaz seguía arrojando sobre Juan Montiño mirada tras de mirada, +sonrisa tras de sonrisa, á vuelta de algunas frases de elogio á la +Dorotea. + +Juan Montiño contestaba con otra frase, pero era tan económico y tan +liso en sus contestaciones, que Mari Díaz se impacientaba. + +--¿Hace mucho tiempo que conocéis á mi amiga?--dijo la comedianta +entablando ya decididamente una conversación. + +--Es un conocimiento nuevo--dijo don Bernardino, que tenía el vicio de +introducirse en todas las conversaciones, por más que nada le +importasen. + +--Este caballero--dijo secamente Juan Montiño--, se ha tomado el trabajo +de responder por mí. + +--Pero es que yo os he preguntado á vos. + +--Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad. + +--¡Oh! yo sé siempre lo que me digo--contestó con fatuidad don +Bernardino, atusándose el bigote izquierdo. + +--Menos cuando no--dijo la comedianta. + +--Mejor será que callemos, prenda, que os estará bien. + +En mal hora se metió don Bernardino con la comedianta. + +Esta, que quería tener un motivo sólido de entablar conocimiento con +Juan Montiño, forzó la situación. + +--¿Y por qué hemos de callar? veamos: ¿qué tenéis vos que echarme en +cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente? + +--Si como sois de desvergonzada, fuérais de hermosa y discreta, seríais +un prodigio. + +--Como vos, si no fuérais grosero y mal nacido. + +--¡Vive Dios, doña perdida--exclamó don Bernardino todo fuera de sí--, +que me la habéis de pagar! + +--¿Me hacéis el favor de iros á cien leguas de aquí?--dijo Juan Montiño +volviéndose y encarándose en don Bernardino, á tiempo que levantando +éste la mano sobre la Mari Díaz, la hacia ampararse de Juan Montiño, y +decirle: + +--¡Defendedme de este hombre, caballero! ¡es un infame! + +--Idos--repitió Juan Montiño con una calma inalterable. + +--¡Que me vaya!--exclamó todo cólera don Bernardino. + +--Me estáis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya más +peso. ¡Idos, ó vive Dios! + +--Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas--exclamó el +hidalgo, que echaba fuego por los ojos. + +--¡A mí! ¡echarme vos á mí!...--exclamó Montiño poniéndose pálido. + +Y en seguida sonó una bofetada, y luego un hombre cayó, como lanzado por +una máquina, del lado de adentro de los bastidores. + +Juan Montiño había dado aquella bofetada. + +Don Bernardino la había recibido. + +Juan Montiño era el que había arrojado. + +Don Bernardino el que había caído. + +Este era el estruendo que había distraído de su chismografía política al +alférez de la guardia española Ginés Saltillo y á sus oyentes. + +Montiño se había vuelto con suma tranquilidad á su bastidor. + +Mari Díaz estaba temblando ó haciendo que temblaba junto á él. + +Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se +había levantado trémulo de cólera, había desenvainado la espada, y se +había ido hacia Juan Montiño. + +El alférez y sus acompañantes se interpusieron. + +--Dejad que mate á ese hombre que me ha afrentado--dijo don Bernardino. + +Y como no le dejasen acercarse á Juan Montiño, empezó á llenarle de +improperios. + +--Si no queréis que os tengamos por mujer, calláos--dijo Juan Montiño +acercándose al grupo--; y si queréis tomar satisfacción de esa afrenta, +decidme dónde y cuándo podremos vernos, á fin de que yo os pruebe que no +están fácil desagraviarse de mí. + +--Ahora mismo... fuera... + +--No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra. + +[imagen:...cayó, como lanzado por una máquina.] + +--Dice bien ese caballero--dijo el alférez, que se perecía por este +género de lances--; además, que las pragmáticas son rigurosas, y en esto +de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martín hay +unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y +allí... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... á las +doce de la noche... + +--Acepto por mi parte--dijo Juan Montiño--, y como soy nuevo en Madrid y +no conozco sus calles, desearía que uno de vosotros me acompañara, +señores. + +--Yo--dijo el alférez. + +--Y yo acompañaré á don Bernardino--dijo un poeta. + +--En hora buena. A las doce estaré en las casas derribadas de San +Martín--dijo don Bernardino, y salió. + +--¿Y dónde nos veremos nosotros, señor alférez?--dijo Juan Montiño á +Ginés Saltillo. + +--¿Sabéis á las gradas de San Felipe? + +-Sí. + +--Pues á las once y media, en las gradas de San Felipe. + +Montiño saludó y se volvió al bastidor. + +Todavía estaba allí la señora Mari Díaz. + +--Gracias, caballero, gracias--le dijo--; os estoy tan agradecida, que +no sabré cómo demostraros... + +--No hay por qué, señora--contestó brevemente Montiño. + +--Vivo en la calle Mayor. + +--Muchas gracias. + +--Número sesenta... + +--Gracias, señora. + +--Me encontraréis allí todo el día... + +En aquel momento la Dorotea salía de la escena, y oyó las últimas +palabras de la Mari Díaz. + +La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la +estremecieron aquellas palabras que había cogido al paso, no dió el más +leve indicio de haberlas escuchado. + +Devoró sus celos, se mantuvo serena y miró á Juan Montiño. + +Entonces se aterró. + +El semblante del joven estaba demudado aún de cólera. + +--¿Qué ha sucedido?--exclamó--; ¿qué tenéis, Juan? ¿Os habéis visto +obligado acaso?... + +--Se ha quitado una mosca de encima--dijo el alférez Saltillo... y de +una manera brava... estos señores pueden testificar. + +--Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero--dijo un poeta. + +--Eneas haciendo rodar á Aquiles--añadió otro. + +--Un lance por una... hermosa--dijo otro. + +--De cuyo lance resultarán estocadas. + +--¿Queréis hacerme un favor, señores?--dijo Juan Montiño. + +Miraron todos con atención al joven. + +--No hablemos más de esto--dijo. + +--¡Pero!...--exclamó Dorotea... + +--En resumidas cuentas...--dijo un comediante--como don Bernardino de +Cáceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor... + +--¡Ah! + +--Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo--dijo el +alférez--, y que una vez sucedidas, no tienen más que un remedio... este +caballero lo sabe, y yo lo sé, y todos lo sabemos... conque no hay que +hablar más de ello. + +Dorotea se asió del brazo de Juan Montiño, y se lo llevó entre los +telones, en donde estuvo paseando con él, dando lugar á las +murmuraciones del corro, que crecieron. + +--¿Por quién habéis pegado á don Bernardino?--dijo Dorotea--; ¿por mí ó +por Mari Díaz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digáis la +verdad... cuando yo salía, la Mari Díaz os citaba. + +--He pegado á ese hombre, por él mismo; y en cuanto á esa mujer, no +tenéis motivos para enojaros conmigo. + +--¿Y qué pensáis hacer? + +--¿Que he de hacer más que matar á ese hombre, y dejar ir por su camino +á esa mujer? + +--¡Ah! ¡Dios mío! ¿pero sabéis quién es don Bernardino? + +--Un impertinente. + +--Todos le temen. + +--Hacen muy mal. + +--Os matará ú os estropeará. + +--Creo que ese hombre tiene la espada más virgen del mundo--dijo con +desprecio Montiño. + +--¡Ah! ¡no lo creáis! cuando él habla todos callan. + +--Razón más para dudar de su valentía. Cuando todos temen á un hombre es +cuando menos debe temérsele. + +--Vos no iréis. + +--¡Cómo! ¿me pedís vos que me deshonre? ¿Consentiríais vos á vuestro +lado á un hombre que hubiese perdido la vergüenza? + +--Os quiero vivo. + +--Y vivo me tendréis. + +--Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciéseis á don +Bernardino... + +--Anoche vencí dos veces á Calderón. + +--¡Ah! ¡es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me +había olvidado... pero ¡Dios mío! aunque eso sea, de todos modos os +pierdo: si le matáis tendréis que huir. + +--No le mataré. + +--¡Oh! gracias... ¿no iréis, no es verdad? esperaréis á que se acabe la +función y os vendréis conmigo... yo haré... yo diré al duque de Lerma +que destierren á ese hombre. + +--¿Qué estáis diciendo?... Iré á encontrar á don Bernardino al lugar +donde me ha citado... y no le mataré, pero le escarmentaré... +¡Miserable! ¡Vive Dios que ningún hombre se ha atrevido como él á +probarme la paciencia! + +--¡Malhaya la hora en que os traje al teatro! + +--¿Y por qué? Nada temáis; yo haré de modo que me conozcan esos señores, +y cuando me conozcan, me respetarán, os lo juro. + +--¡Dorotea! ¡Dorotea!--dijo una voz cerca de ellos. + +--¡Otra vez á la escena!--exclamó la joven--; ¡oh, malditas sean las +comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayáis. + +--Y desasiéndose del brazo de Juan Montiño, atravesó rápidamente el +espacio comprendido entre los telones, y salió á la escena. + +Poco después se oyeron fuera estrepitosos aplausos. + +--Es mucha, mucha mujer esa--dijo una voz junto á Juan Montiño--, y no +me extraña que la améis. + +Volvióse el joven, y vió junto á sí á Ginés Saltillo. + +--¿Quién os ha dicho que yo amo ó dejo de amar á esa señora? Y, sobre +todo, ¿os importa á vos?--dijo el joven, que estaba resuelto á sostener +la cuerda tirante hasta que saltase. + +--Tenéis una manera de contestar...--dijo contrariado el alférez. + +--Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenéis en meteros en lo +que no os va ni os viene. + +--Perdonad, yo creí que un hombre que se ha ofrecido á serviros de +testigo... + +--¿Y qué falta me hacen á mí testigos para mis asuntos? + +--¡Ah! Pues os digo que si lo tomáis así, vais á tener mil camorras +todos los días, si no es que á la primera os escarmientan. + +--Os suplico que me dejéis en paz. + +--Señor mío--dijo el alférez, retorciéndose su mostacho--, yo soy un +hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la +espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las +palabras de otro hombre, procuro conocer en qué estado se halla al +decirlas. Vos estáis irritado, no sé si con razón ó sin ella. Habéis +abofeteado á un hombre, ignoro con qué motivo: ese hombre os ha pedido +que le desagraviéis riñendo con él, y vos habéis aceptado; yo era el +único hombre de espada que estaba presente, y me ofrecí... + +--Y yo he aceptado... gracias--dijo seca y brevemente Juan Montiño. + +--Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un +amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os +he dicho acerca de Dorotea, y tanto más cuanto me había quedado solo, +porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...--y el alférez se +retorció el otro mostacho y dió una entonación singular á su voz--si +encontráis en mí impertinencia... es distinto, caballero... decídmelo +para que yo sepa á lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba. + +--Perdonad--dijo Juan Montiño--; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he +confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por +equivocación os he ofendido... Perdonad, yo no os conocía, no os había +visto hasta hoy. + +Y tendió su mano al alférez. + +--Hubiera sentido reñir con vos--dijo éste apretando con fuerza la mano +del joven--; tenéis para mí un no sé qué... algo que me habla en vuestro +favor. ¿Sois soldado? + +--Puede ser que á estas horas lo sea de la guardia española. + +--¡Ah, vive Dios! ¡Pues si sois de la guardia española, y de la tercera +compañía, de la que soy alférez, seremos camaradas! Y ya que eso puede +ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino. + +--¿Por qué? + +--A todo el que entra en la guardia española, se le piden pruebas de +valiente: conque hayáis reñido bien con don Bernardino de Cáceres, las +lleváis hechas. + +--Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo--dijo con desprecio Juan +Montiño. + +--¡Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno. +Con que salgáis de un lance con él sin que os mate, no hay más; habéis +quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y +buena espada. + +--¿Sabéis á cuántos ha matado don Bernardino? + +--Saber por mí mismo... no... pero se dice de él... + +--¡Eh! Del dicho al hecho... + +--Pues bien; alégrome de que estéis tan bien alentado... Pero por allí +pasa la Dorotea, y os hace señas... id... que aquí os espero. + +--Mas bien; cuando se acabe la función, y yo haya dejado á Dorotea en su +casa, esperadme en las gradas de San Felipe. + +--Pues hasta la noche. + +--Hasta la noche. + +Montiño siguió á la Dorotea, y el alférez, harto pensativo por lo que +había mostrado de sí Juan Montiño, salió del vestuario. + + + + +CAPÍTULO XXX + +DE CÓMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIÑO + + +Eran las doce de la noche. + +Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San +Martín. + +Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no podía conocerse á +aquellos bultos. + +Encamináronse á San Martín, llegaron, tomaron á la izquierda por la +estrecha calleja del postigo, revolvieron á la derecha, y se entraron +por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento. + +Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y á poco les detuvo +una voz que les dijo: + +--¿Quién va? + +--El alférez Saltillo--dijo uno de los que llegaban. + +--¿Viene con vos el difunto?--dijo otro. + +--No sé por qué decís eso, amigo Velludo, si no es porque aquí hay un +olor á muerto que vuelca. + +--Yo creo que traéis ese olor metido en las narices, amigo Saltillo. + +--Pronto hemos de ver si está ese olor aquí, ó si le traemos nosotros. +¿Está don Bernardino? + +--Impaciente. + +--Pues aún no han dado las doce. + +--Es que el reloj de la honra adelanta siempre. + +--Pues adelante. + +--Adelante. + +--Me habéis prometido no desenvainar la espada, señor alférez--dijo Juan +Montiño. + +--Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los +padrinos siempre riñen. + +--Lugar tendréis de reñir si me matan; pero entremos bajo techado, +porque llueve muy bien. + +--Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en +pie. ¿Estáis ahí, amigo Velludo? + +--Aquí estoy. + +--¿Habéis traído linterna? + +--Sí. ¿Y vos? + +--También. + +--Pues hagamos luz. + +En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los +padrinos. + +A su luz turbia y escasa, se vió una habitación destartalada, +ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en +los vanos de las puertas y ventanas, que se habían convertido en +boquerones. + +Al fondo de la habitación había dos hombres. + +Don Bernardino de Cáceres y su padrino. + +--Creo que podemos empezar cuanto antes--dijo don Bernardino desnudando +la espada y tomando la linterna de mano de su padrino. + +--Por nosotros no hay inconveniente--dijo el alférez, dando su linterna +á Juan Montiño--. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo +Velludo. + +--¿Qué? + +--Nosotros no reñiremos. + +--La costumbre es que los padrinos riñan. + +--Cierto; pero yo no soy padrino del señor Juan Montiño, sino su amigo, +que viene á ver lo que va á pasar aquí para contarlo después á todo el +mundo, si es que este hidalgo lleva á cabo lo que se ha propuesto. + +--¿Y qué se ha propuesto este hidalgo?--dijo con desprecio don +Bernardino. + +--Se ha propuesto--dijo el alférez--daros á los dos una vuelta. + +--¡Una vuelta! ¡vive Dios--exclamó don Bernardino--, que este hidalgo +debe de ser de Andalucía! + +--Una vuelta de cintarazos--añadió el alférez. + +--Pues á verlo--exclamó don Bernardino avanzando ciego de furor hacia +Juan Montiño. + +Al primer testarazo de éste--y decimos testarazo, porque no encontramos +otra frase mejor--, la linterna de don Bernardino cayó al suelo, se +rompió y se apagó. + +Montiño y Saltillo se echaron á reir. + +--¿No decía yo que os íbais á divertir, alférez?--dijo Montiño, parando +un tajo de don Bernardino--; pues ya os habéis reído, y ahora veréis. +¿Qué hacéis ahí, don murciélago, puesto á la sombra?--añadió, +dirigiéndose al que el alférez había llamado Velludo. + +Y tras estas palabras le metió un cintarazo. + +Velludo dió un rugido, desnudó su espada, y se fué á Montiño. + +El joven tenía delante dos enemigos que le acometían ciegos de furor; +pero alcanzaba con su espada á uno y otro lado de la habitación, y no +les dejaba avanzar. + +El alférez, con la espada envainada, estaba detrás del joven. + +Juan Montiño volvía la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como +sobre el otro de sus enemigos. + +De tiempo en tiempo les metía un furioso cintarazo. + +El alférez soltaba una carcajada. + +Otra carcajada de Juan Montiño contestaba á la del alférez. + +Los aporreados blasfemaban y apretaban los puños. + +Pero Juan Montiño los había acorralado en un rincón, y dominados ya, les +sacudía que era una compasión. + +Aquello había pasado á ser una burla feroz. + +Era el desprecio mayor que podía hacerse de dos hombres. + +Juan Montiño demostraba, no sólo que era valiente y bravo, sino que su +destreza era maravillosa. + +El alférez se tendía de risa, y cuando Montiño, tras una doble parada +difícil, sacudía dos cintarazos, aplaudía. + +De repente vió un resplandor vivo, y sonó una detonación. + +Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado, +fuera de sí de cólera, había desenganchado un pistolete de su cinturón y +había hecho fuego. + +Pero, por fortuna para Juan Montiño, éste vió el pistolete, y tocó con +el único tajo que había tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fué +al suelo; don Bernardino, que había cambiado la espada á la mano +izquierda para apelar á aquel recurso villano, estaba fuera de combate; +no podía valerse del brazo derecho. + +Velludo estaba acobardado, y había bajado la espada. + +--Basta de lección--dijo Juan Montiño--; idos, don Bernardino, á curar, +y vos, estiráos, don encogido, y largáos más que á paso. Y en adelante, +mirad con quién os metéis, que no todos los caminos son andaderos. + +--Lo que habéis hecho es una iniquidad--dijo don Bernardino. + +--¡Cómo! ¡he reñido contra dos y llamáis esto inicuo!--exclamó Juan +Montiño--; ¡vos, que habéis tenido la cobardía de disparar contra un +hombre con quien reñíais con ventaja! + +--Mirad, don Bernardino--dijo Saltillo--; os aconsejo que os vayáis de +Madrid. + +--¡Me vengaré!... + +--Dejáos de simplezas... lo mejor es que os vayáis, porque cuando se +sepa lo que aquí ha pasado, os van á tirar tomates los muchachos por la +calle. + +--Os prevaléis de que tengo herido un brazo. + +--Yo no creía que érais tan cobarde y tan torpe--dijo el alférez--. Ea, +idos, si no queréis que os eche á puntapiés... + +--Nos veremos, señor alférez--dijo don Bernardino, y salió. + +Velludo se iba á escurrir tras él, pero le detuvo el alférez. + +--¡Eh! ¿á dónde vais vos, señor Diego? + +--Me voy avergonzado. + +--No lo extraño, porque sois valiente. + +--Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche... + +--Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido, +amigo--dijo Juan Montiño--; yo lo he hecho sin intención. + +--Pero esto es un milagro... ¿Quién os ha enseñado á esgrimir? + +--¡Bah! ya lo creo--dijo el alférez cruzando con su palabra la +contestación de Juan Montiño--, es verdaderamente maravilloso; ya sabéis +que yo meneo bien los hierros. + +--Sí por cierto. + +--Pues bien, antes de venir aquí, supliqué á ese caballero tuviese la +bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabéis que don Bernardino +es diestro. Yo no quería ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa +del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con él. Le ha plantado +en un santiamén cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el +maestro Tirante: + +--Aunque riña solo contra dos, dejadle, señor Saltillo, que no se le +acercarán. + +--Gracias á mi pobre tío--dijo Juan Montiño. + +--Gracias á vuestra ligereza, á vuestros puños, á vuestra vista, á +vuestra serenidad... pero vamos á otra cosa: ¿vos, señor Velludo, +sentiríais mucho que esto se supiera? + +--Yo me voy de Madrid. + +--No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habéis de contar la +villanía obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha +dado. + +--Pero don Bernardino se irá. + +--Don Bernardino dirá que hemos venido dos contra él. + +--Pues no, eso no--dijo Velludo--; lo que ha pasado lo sabrá todo el +mundo. + +--No hay necesidad de hablar de esto una palabra--dijo Juan Montiño--; +si ese hombre sigue haciéndose molesto, yo le daré una nueva lección +delante de todo el mundo, ó vosotros, señores, si se os viene rodado. +Por ahora me parece mejor otra cosa. + +--¿Qué? + +--Que nos vayamos á una hostería. + +--¿Y Dorotea, que estará con cuidado? + +--Se la avisará. + +--Pues á la hostería. + +--¿Y á dónde que no nos molesten?--dijo Juan Montiño. + +--A la Cava Baja de San Miguel. Allí hay truchas y perdices frescas. + +--Pues á la Cava Baja. + +Los tres jóvenes se pusieron en marcha. + +El aporreado parecía haber olvidado su aporreo, y charlaba como los +otros dos. + +Los tres se burlaban de don Bernardino. + +Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel, +delante de una puerta. + +--Ante todo, señores, nadie paga más que yo--dijo Montiño. + +--Concedido--dijo el alférez. + +--Muy bien--añadió Velludo--, pero á condición que yo he de pagar otra +vez. + +--Bueno; pero esta noche, esta noche es mía. + +--Enhorabuena. + +Y acercándose el alférez á la puerta, llamó. + +Nadie contestó de adentro. + +--No nos abrirán--dijo Velludo--; ha pasado hace mucho tiempo la hora +fijada de las ordenanzas. + +--Va veréis--dijo el alférez tocando de nuevo á la puerta--: ¡abrid al +alférez Saltillo! + +Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abrió. + +--Entrad--dijo una voz recatada--y no arméis ruido, no os oigan los +vecinos y den parte á una ronda. + +--¡Vaya unos vecinos! + +--Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al +acusador; y están los tiempos tan malos... las gentes dan en la +tentación... ¡si se llevaran quince millones de demonios al duque de +Lerma!... + +Cuando el hostelero se atrevió á decir estas palabras, había ya cerrado +la puerta y estaba bien adentro de su casa. + +--Mira--le dijo el alférez--, llévanos arriba, á aquella sala azul +pequeña que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los +ojos verdes; aquella Inés... + +--Está durmiendo... + +--Que despierte. + +--Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aquí--dijo +Juan Montiño poniendo en las manos del hostelero un doblón de á ocho. + +Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven. + +El alférez y Velludo se miraron con asombro. + +Juan Montiño había crecido para ellos dos palmos. + +En cuanto al hostelero, se había avanzado á un corredor exclamando: + +--Inesilla, hija, despierta y vístete y ponte maja, que tres +gentileshombres te favorecen queriendo que tú los sirvas. Al momento +viene, señores. Vamos á la sala azul. Luego yo bajaré á disponer los +manjares y á sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala +azul. Es muy buena, en ella sólo comen personas principales; he comprado +esta docena de sillones y estos espejos á un indiano que se volvía á las +Indias. Vais á estar como príncipes; os traerán brasero, que hace +frío... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya +veréis, caballeros, ya veréis. + +El hostelero salió, y los jóvenes acababan de sentarse cuando se oyó en +la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba: + +¡Ladrones! ¡Ladrones! + +La voz se apagó instantáneamente, pero los tres jóvenes estaban ya de +pie y se habían dirigido instintivamente á la salida con las manos +puestas en las espadas. + +--Juraría--dijo Juan Montiño saliendo y precipitándose por las +escaleras--que esa era la voz de mi tío. + +--¡De vuestro tío! + +--Sí; abrid, abrid la puerta--gritó Montiño al hostelero. + +--¿Y quién es vuestro tío?--dijo el alférez, que le seguía. + +--Francisco Montiño, cocinero mayor del rey. + +--Os aconsejo que no salgáis dijo el hostelero--; nadie se mueve de +noche aunque oiga lo que oiga. + +--¡Abrid, vive Dios!--exclamó Juan Montiño--, ú os abro la cabeza. + +El hostelero abrió sin replicar. + +Los tres jóvenes se lanzaron en la calle. + +Un hombre estaba rodeado de otros cuatro. + +Otros dos hombres se llevaban un bulto. + +--Seguid á aquellos y detenedlos--dijo Juan Montiño--, yo me quedo con +éstos. + +Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes, +que empezarán en el capítulo que sigue. + + + + +CAPÍTULO XXXI + +DE CÓMO ENGAÑÓ Á DOROTEA PARA LLEVARLA Á PALACIO EL TÍO MANOLILLO + + +Dorotea se había quedado sola en su casa, hasta la cual la había +acompañado Juan Montiño, después de la salida del teatro. + +Eran ya bien las ocho de la noche. + +La joven estaba triste, porque Juan Montiño se había separado de ella +para acudir á un lance desagradable y acaso peligroso. + +--¿Qué necesidad tenía yo--dijo--de haberle llevado al teatro? + +Ninguna. + +Ha visto á Mari Díaz y ha tropezado con don Bernardino. + +Bien empleado me está. + +He querido lucirle. + +Vamos: si sucede algo malo á Juan, no sabré de qué manera castigarme. + +--¡Casilda! + +--Señora. + +--Si viene el duque de Lerma, que estoy mala. + +--Muy bien. + +--Si se empeña en entrar, que el médico ha dicho que no puede +hablárseme. + +--Muy bien; ¿y si viene el señor Juan Montiño? + +--Viene á su casa. ¡Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de +tapicería. + +--Muy bien. + +--Y cuanto se necesite; un aposento bien servido. + +--Muy bien. ¿No os desnudáis? + +--No... mira... si viene el tío Manolillo... + +--¿Le digo que no puede entrar? + +--De ningún modo... si viene... + +--Ha venido ya, y dijo que volvería. + +--Pues cuando vuelva, que entre. + +--Me parece que es ese que llama á la puerta. + +--Pues ábrele... ábrele. + +Casilda salió. + +Dorotea se quedó esperando con impaciencia. + +Poco después entró el tío Manolillo, que arrojó al suelo la capa y la +gorra, que venían empapadas de agua. + +Luego adelantó, se sentó junto al brasero, y se puso á mirar de hito en +hito á Dorotea. + +--¡Qué hermosa y qué engalanada estás, hija mía!--la dijo--; de seguro +no esperas al duque de Lerma. Para él no te atavías tanto. + +--Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo +he quitado todavía. + +--No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro. + +--¡Ah! puede ser. + +--¿Estás enamorada, Dorotea? + +--No lo sé. + +--Esa contestación me asusta. + +--Y ¿por qué? + +--Cuando una mujer no ve claro en su corazón... + +--Prueba que está ni dentro ni fuera. + +--Te creo demasiado dentro. + +--Puede ser. + +--¿Me hablarás la verdad si te pregunto? + +--Nunca os he engañado, me servís de padre. + +--Padre que ahora hace bien poco por ti. + +--Vos habéis hecho cuanto podíais por mí. Habéis pasado miserias y +trabajos durante muchos años, para poder pagar mis alimentos en las +Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata... + +--No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio. + +--Sí que le tiene, y en eso estaba pensando. + +--¿En eso? + +--Sí, en el remedio. Pienso despedirme del teatro. + +--¡Ah! + +--Y dar ocasión al duque para que se despida de mí... + +--¡Ah! ¿Y con quién piensas quedarte? + +--Con él, si me ama. + +--¿Con el señor Juan Montiño? + +--Sí. + +--Yo te daría un consejo. + +--¿Cuál? + +--Que olvidaras á ese joven. + +--No puedo. + +--¿Tan enamorada estás da él? + +--Si no estoy enamorada, estoy empeñada. + +--Puede ser que mañana sea demasiado alto para ti. + +--¡Pero si yo no quiero que se case conmigo! + +--Puede suceder que él se case con otra mujer. + +--¿Qué habéis dicho?--exclamó levantándose Dorotea. + +--¡Oh! ¡le ama!--exclamó el bufón. + +--¡Que se case con otra!... sí, sí, todo puede suceder... pero por +ahora... + +--Puede ser que ame á otra. + +--¡Que ame! ¡es que me avisáis!--dijo Dorotea conteniéndose pero +temblando--; ¿es verdad que ama á otra mujer? ¿será verdad lo de la +reina? + +--No; lo de la reina, no; pero el señor Juan Montiño tiene amores en +palacio. + +--¿Y con quién? + +--Con doña Clara Soldevilla. + +--¡Doña Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperación de +los hombres... + +--Sí... sí... es cierto, la llaman la menina de nieve. + +--Y aunque él la ame... + +--Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido. + +--¿Pero cuándo ha visto doña Clara á Juan? + +--Anoche... en la calle. + +--¡Oh! ¿y se ha enamorado de él? + +--Como tú. + +--Pero él... él no la ama. + +--Doña Clara es muy hermosa. + +Plegó el bellísimo entrecejo Dorotea, y adelantó el labio inferior en un +mohín desdeñoso. + +--Aunque tú seas tan hermosa ó más hermosa que doña Clara, hija, te +falta una cosa que á ella le sobra. + +--¿Y qué es lo que me falta? + +--Ser fruto prohibido. + +Conmovióse profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de +lágrimas; al tío Manolillo se le desgarró el corazón. + +--¡Oh! ¡sí, es verdad!--dijo dolorosamente la Dorotea--ella es una noble +dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo +soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy +comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de +seguro ella no es capaz de hacer por él lo que yo haré... ella... ¡ah! +¡ella es altiva! está enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y él +es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro +de ello, no le confesará su amor... mientras que yo le he abierto mi +alma entera. + +--¡Ah! ¡estás loca por él, hija mía! + +--Yo no sé... yo no sé... pero me parece que le he conocido toda mi +vida; que Dios me ha criado para él... me parece el más hermoso del +mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado +mejor que nunca... y es que... hasta hoy no había comprendido el amor... +hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el público +me ha aplaudido con frenesí... y escuchad: nunca los aplausos me han +satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegría... nunca me han +enorgullecido de tal modo... porque estaba él allí... me veía... me +oía... escuchaba aquellos aplausos... ¡oh! si ese hombre no es de piedra +me amará... me amará... porque yo quiero que me ame... lo quiero y +será. + +--¡Estás loca!--repitió tristemente el tío Manolillo. + +--Pero decidme... decidme... ¿cómo sabéis vos que esa mujer... doña +Clara... ama á Juan? + +--¿Quieres tú saberlo también? + +--¿Que si quiero? ¡Sí! + +--Pues bien, ven conmigo. + +--¿A dónde? + +--A palacio. + +--¡A palacio! ¿y qué tengo yo que hacer en palacio?--dijo con desdén la +Dorotea. + +--Verás lo que yo he visto, verás entrar á Juan en el aposento de doña +Clara. + +--Esta noche no irá Juan á palacio--dijo con acento profundamente triste +la joven. + +--¿Y por qué? + +--Porque tiene que hacer en otra parte. + +--¿A qué hora? + +--Es verdad; yo no sé... no sé si antes tendrá tiempo... y si la ama... +irá antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va +á ver á la mujer de su amor. + +--¡Morir!--exclamó el bufón. + +--Sí; le he llevado por mi desdicha al teatro; allí ha tropezado con ese +impertinente de don Bernardino de Cáceres, que le ha provocado; que le +ha metido en un lance. + +--¡Bah! pues don Bernardino no le matará--exclamó con gran confianza el +tío Manolillo. + +--¿Y decís que irá al alcázar Juan? + +--De seguro. + +--¡Oh! ¿y podéis ponerme en sitio desde donde le vea?...--añadió con +ansiedad la joven. + +--Desde donde veas y oigas. + +--¡Casilda, mi manto y mi litera!--gritó la Dorotea poniéndose +violentamente de pie. + +--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!--murmuró para sí el bufón--¡si al menos ella +no fuera tan desgraciada! ¡Si ya que de tal modo ama á ese hombre, él la +amase!... + +Entre tanto, Dorotea se ponía apresuradamente el manto; cuando le tuvo +prendido, se volvió impaciente al bufón, y le dijo con la voz +temblorosa: + +--Vamos, llevadme al alcázar. + +--Una palabra no más: ¿serás prudente? + +--Sí. + +--¿Me obedecerás? + +--Sí. + +--¿Vieres lo que vieres? + +--Sí. + +--Pues bien, hija mía, vamos. + +El bufón y Dorotea salieron de la sala; poco después, una litera cerrada +se encaminaba á palacio. + + + + +CAPÍTULO XXXII + +CONTINÚAN LOS ANTECEDENTES + + +El padre Aliaga había entrado en el alcázar por la puerta de las +meninas. + +No había ido á él con el solo objeto de conocer á Dorotea. + +Nuestros lectores recordarán que en la carta que había escrito al padre +Aliaga doña Clara Soldevilla, acusando á Dorotea y á Gabriel Cornejo, le +había expresado el deseo de hablar con él para explicarle enteramente el +contenido de la carta. + +Este era otro de los objetos que llevaban á palacio al padre Aliaga: +hablar con doña Clara. + +Sentía, además, un deseo punzante de hablar á la reina; y doña Clara, +que era la favorita de la reina, podía satisfacer este deseo. + +Le importaba también no poco sentir por sí mismo qué aire corría en +palacio. + +De modo que eran muchos los objetos que llevaban á palacio al confesor +del rey, objetos todos enlazados, que reconocían una misma causa: su +amor á la reina. + +Porque nuestros lectores lo habrán comprendido: el padre Aliaga amaba á +Margarita de Austria. + +Alma vacía de felicidad, llena de dolor; pensamiento enérgico, corazón +ardiente, fray Luis de Aliaga había abrazado por desesperación la vida +del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor +por la pérdida de la primera mujer que había amado, creyó que todo lo +que podía ligarle en el mundo había concluído. + +El padre Aliaga, joven entonces é inexperto, no había comprendido que el +hombre vive para sí mismo, por más que se haga la hermosa, la noble +ilusión de que vive para los demás, que el corazón tiene una tendencia +invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un +sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que +le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura +que es su alimento, por decirlo así, de vida; no había comprendido que +el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontró demasiado +vivo, cuando se creía muerto; vigoroso, cuando se creía gastado; +necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de +vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se había refugiado en el +claustro. + +Pero fray Luis de Aliaga tenía el sentimiento de la virtud, la amaba y +la practicaba. + +Comprendió que su suerte estaba decidida y la aceptó. + +No dió el escándalo de rebelarse contra ella. + +Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de +su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen +siquiera á su semblante, ni á sus palabras. + +Se mortificó, oró, luchó, pero si consiguió la paz en su aspecto, no +consiguió la paz de su espíritu. + +Se dedicó al estudio, arrojó sobre sí los penosos trabajos del púlpito y +del confesonario, y llegó á ser catedrático de la Universidad de +Zaragoza, y logró que le mirase todo el mundo con afecto. + +Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre +su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hábito, +atravesar tristemente las calles de Zaragoza en dirección á la +Universidad, acompañado de un lego, todos decían: + +--¡Oh, qué buen sacerdote y qué santo varón es el padre Aliaga! + +Y sus compañeros, los padres graves del convento, al ver su leve y +triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tímida y escasa, y lo +dulce de sus sermones, y la paciencia con que asistía un día y otro al +confesonario, habían acabado por creerle pobre de espíritu, le trataban +con cierta superioridad impertinente, y decían de él que era un _buen +hombre_. + +Su fama de buen hombre trajo sobre él, no sin envidia de sus compañeros, +el nombramiento del confesor del rey. + +Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido +ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga. + +Este siguió en la corte su inalterable línea de conducta. El rey, que +era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con +él largas horas hablando de cosas místicas, y con un misticismo tal, que +aventajaba al del rey. + +Porque el alma del padre Aliaga estaba huérfana, sola y desterrada, y +buscaba consuelos en la dulzura de la religión de Jesús. + +Encantaba además al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jamás +en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposición +con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, sentía +hacia ellos una repugnancia invencible. + +A poco tiempo de llegar fray Luis á la corte, conoció á la reina. + +Al verla el religioso se inclinó y permaneció con los ojos bajos. + +Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extraño en ellos. + +Al ver á Margarita de Austria, el padre Aliaga había experimentado esa +violenta expresión que produce sobre ciertos hombres la vista repentina +de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los +sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpatía, en el alma. + +Fray Luis, acostumbrado á la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder +para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento +de sus músculos; se había puesto la careta, y al través de ella miró ya, +sin temor de que su alma fuese sorprendida, á la reina. + +Y al verla con más reflexión, dominado, sereno, fray Luis se estremeció. +Vió que la reina era una víctima que luchaba, que estaba sola en la +lucha, que era infeliz; comprendió que la reina era valiente, que había +luchado, luchaba y lucharía, y que la lucha debía haberla procurado +enemigos; vió en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva +tristeza de la dignidad hollada; comprendió cuánto debía sufrir aquella +mártir coronada, unida á un rey casi nulo, sobre el que tenían una +decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos, +miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era +el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapiñas; fray Luis, por +amor á la reina, fué enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo +el grave compromiso de defender á la reina, de ayudarla, combatiendo á +sus enemigos; y sin embargo, nada dijo á la reina, jamás una mirada +suya torpe ó descuidada, pudo revelarla lo que por ella sentía el padre +Aliaga. + +Y eso que el desdichado estaba cada día más enfermo del alma, más +desesperado, más reñido con su terrible posición. + +Uno solo, el bufón, el tío Manolillo, había adivinado el secreto del +confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas señales, cuando los celos +devoraban al religioso, al oír decir al rey: + +--Fray Luis, rogad á Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su +majestad me ha revelado que está encinta. + +Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fué en presencia del tío +Manolillo. + +Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de +imaginación vivísima, había reparado en lo que el rey no había podido +reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia +imprevista, había pasado por la mirada del fraile algo extraño; que se +había revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos; +que se había puesto pálido, y que una ligera, pero violenta contracción, +había pasado con la rapidez de un relámpago por su semblante. + +El tío Manolillo, á la luz de aquel relámpago, había visto hasta el +fondo tenebroso del alma del padre Aliaga. + +Importábale mucho al bufón poseer un secreto del padre Aliaga, y un +secreto importante. + +Le importaba por Dorotea. + +Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufón lo que la reina +para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufón su amor, le +comprimía, le devoraba, le contenía, aunque por distinta causa. + +El padre Aliaga obedecía á sus deberes. + +Sacerdote, debía combatir aquella tentación impura. + +Cristiano, debía huir del solo pensamiento de unos amores adúlteros. + +El tío Manolillo debía respetar, respecto á Dorotea, otra razón +gravísima para todo corazón de sentimientos elevados. + +Dorotea no podía amarle. + +Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos +los días desde su infancia, por la protección especial que la +dispensaba, Dorotea no podía ver otra cosa en él, que un padre +providencial, que había reemplazado á su padre natural. Otros amores en +Dorotea respecto al bufón, hubieran sido repugnantes. + +Más que repugnantes, monstruosos. + +El tío Manolillo lo comprendió, y dominó su amor. + +El padre Aliaga y el bufón, aunque por causas enteramente distintas, +estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto á las dos mujeres +que amaban. + +Entrambos tenían el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo +impuro. + +Idealizaron su amor. + +Pero al idealizarle le hicieron más grande. + +Por amor á la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procuró +hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin +dar la cara en cuanto le fuese posible. Procuró atraerse, y se los +atrajo, á los enemigos de los enemigos de la reina, y sólo se descubrió +en la parte que le fué imposible cubrirse: esto es, respecto al rey. + +Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda. + +Hemos indicado también que había sabido hacerse necesario á Felipe III +de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en +vista de repetidas é inútiles tentativas, había acabado por procurar +atraérselo á fuerza de honores y distinciones. + +El padre Aliaga recibía las distinciones y los cargos que por sí mismos +le daban más fuerzas, más influencia, y respecto á Lerma, se mantenía +firme como una roca. + +El padre Aliaga se había constituído en escudo de la reina. El tío +Manolillo había presentido que, á causa del carácter casquivano de +Dorotea, podía suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa +influencia para sacarla de un terrible compromiso. + +Dorotea era violenta; tenía, como la mayor parte de las gentes poco +instruídas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por +alguno de sus amantes, la había visto el bufón recurrir á los medios +reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechicerías; si la +superstición de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difícil, de +querer adquirir la mentida ciencia de la adivinación y de los +sortilegios, podía suceder que la Inquisición, implacable con todo lo +que tendía á empañar la fe de la religión, se apoderase de ella. + +El tío Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se +alegró: porque tener en sus manos á un religioso de la orden de +Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el +caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta á un juicio por la +Inquisición. + +Ya hemos visto en la carta de doña Clara Soldevilla al padre Aliaga, que +los presentimientos del bufón no habían sido exagerados. + +Le hemos visto también conmoverse al oír en los labios del padre Aliaga +el nombre de Dorotea. + +El bufón quería acercar á la joven al padre Aliaga, y explotar en su +provecho el amor que el padre Aliaga había sentido en su juventud hacia +su madre. + +Por eso había sacado de su casa á Dorotea para llevarla á palacio. + +El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer á la +Dorotea, y por las demás razones que hemos indicado, había ido á palacio +también. + +El confesor del rey entró, llevado en su silla de manos, por la puerta +de las Meninas, y se hizo conducir á un rincón del patio, bajo las +galerías. Una vez allí, salió, despidió la silla de manos, y llamó á una +puerta. + +Al primer llamamiento nadie contestó. + +Al segundo se sintió cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos +dentro, y al fin se oyó una voz tras la puerta, que dijo: + +--¿Quién llama por aquí á estas horas? + +--Muy temprano os recogéis, señor Ruy Soto--dijo el padre Aliaga. + +--¡Ah!--contestó el de dentro con el acento de quien reconoce á una +persona respetable--; voy, voy á abrir al instante. + +En efecto, la puerta se abrió. + +--Perdóneme vuestra señoría--dijo la misma voz dentro--si no tengo luz: +estaba en acecho. + +Y se cerró la puerta. + +--¡En acecho!--dijo el padre Aliaga--; ¿en acecho de qué? + +--De ciertos prójimos que andan rondando desde el obscurecer por las +galerías bajas del patio: yo no sé por qué en siendo de noche dejan +pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy á +cerrar la ventana, y luego á traer luz. + +Oyóse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego +los pasos de un hombre que poco después volvió con un velón encendido. + +Tenía la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su +aspecto y por un no sé qué característico, se conocía que era uno de los +jefes de la baja servidumbre. + +En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del +alcázar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de +otra con las galerías superiores ocupadas por la servidumbre. + +--¿Quiere vuestra señoría que avise al ujier de cámara de su +majestad?--dijo Ruy Soto. + +--Esperad un momento; decíais que estábais acechando... + +--Sí; sí, señor, á dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse +desde el obscurecer y en silencio, por la galería de la derecha. + +--¿Y qué trazas tienen esos hombres? + +--Malas, señor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con +que se pasean... + +--Habéis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero. + +Ruy Soto sirvió al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que +escribió rápidamente una carta y la cerró. + +En el sobre se leía: + +«Al tribunal de la Santa inquisición». + +--Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre--dijo el padre +Aliaga--; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que +lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haréis seguir por el lacayo +de palacio que creáis más á propósito. + +--Muy bien, señor. + +--Ahora, enviad recado á la señora doña Clara de Soldevilla, menina de +su majestad, de que yo la pido licencia para verla. + +--Venga vuestra señoría conmigo; cabalmente doña Clara, según me ha +dicho su dueña, no está de servicio. + +--Vamos, pues--dijo el padre Aliaga. + +Ruy Soto encendió una lámpara de mano, abrió una puertecilla y subió por +una escalera de caracol. + +El padre Aliaga le siguió. + +Poco después Ruy Soto llamaba á la puerta del cuarto de doña Clara, y +daba el recado del padre Aliaga. + +El confesor del rey fué introducido en el elegante gabinete de doña +Clara. + +La joven estaba pálida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban +su hermosura. + +--¡Oh! ¡bendito sea Dios, que os veo!--dijo levantándose y poniendo un +sillón junto al brasero al padre Aliaga. + +--Me habéis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado--dijo fray +Luis. + +--En efecto; me he visto obligada á escribiros, y no me he atrevido á +confiarlo todo al papel; si no hubiérais vivido en un convento, yo misma +hubiera ido á veros. + +--¿Tan importante es el asunto? + +--¡Oh! sí; importantísimo. + +--Ya he visto por el contenido de vuestra carta... + +--Que su majestad está amenazada. + +--¡Ah! ¡ah! ¡esto es muy grave! + +--La traición nos rodea por todas partes. + +--Habéis acusado á dos personas. + +--¿Y no las habéis preso? + +--No; no tenía bastantes razones. + +--Sois otro misterio para mí, fray Luis. + +--¿Otro misterio?... + +--Sí por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder +formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vaciláis. + +--Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doña Clara--dijo el +padre Aliaga--; y os engañáis, no vacilo; soy prudente y nada más; +¿creéis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una +comedianta? + +--Ellos pueden difamar á su majestad. + +--Si esos miserables pueden, de seguro hay personas más altas que pueden +más que ellos, y con prender á esos ruines, no haremos más que dar un +aviso á gentes á quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas. + +--No soy de la misma opinión que vos; cuando hay un incendio, antes de +todo, se corta para que no se propague. + +--¿Y sabéis, doña Clara, si tenemos fuerzas bastantes? + +--Dios, de seguro, nos ayudará. + +--Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes--dijo +profundamente el padre Aliaga--; somos muy pocos los leales; muy pocos +los que servimos como Dios manda á nuestros reyes... luchamos y +lucharemos... si caemos en la lucha, habremos caído cumpliendo con +nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, señora; ¿qué pasa en +palacio? Cuando yo vine esta mañana, encontré grandes novedades; el rey +y la reina se habían reconciliado; su majestad estaba contenta... + +--Y el tío Manolillo más provocativo que nunca. + +--¡Oh! ¡no comprendo á ese hombre! + +--¡Oh! ¡juro á Dios--dijo doña Clara, que no había olvidado la +entrevista de aquella mañana con el bufón--que yo conoceré á ese hombre! + +--Paréceme, sin embargo, que tiene un buen fondo. + +--¿Y quién sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre? + +--Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas +comunicaciones secretas... + +--En efecto; el tío Manolillo conocía el secreto de esas comunicaciones. + +--Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la +reina haya influído sobre el rey. + +--En esto han andado otras dos personas. + +--Sí; un hidalgo que ha llegado á Madrid, á quien conoce su majestad la +reina--dijo el padre Aliaga con el acento más reposado del mundo, aunque +sentía una ansiedad cruel por oír la contestación de doña Clara. + +--La reina no conoce á ese caballero--dijo la joven. + +--¿Que no le conoce?... + +--No; ni siquiera le ha visto. + +--Me ha escrito, sin embargo, su majestad, en su favor. + +--Es lo más natural del mundo; ha hecho un gran servicio á su majestad, +rescatando ciertas cartas, que escritas por su majestad á don Rodrigo +Calderón, con sobrada confianza en su lealtad, la comprometían. Es muy +natural, que cuando se ha encontrado, como quien dice, en medio de la +calle un corazón y una espada tales, se les aproveche; no sobran hoy los +amigos... á propósito, ¿habéis conseguido ya la compañía para ese +caballero? + +--Sí, sí por cierto--dijo el padre Aliaga, metiendo una de sus manos en +el interior de su hábito, y sacando un papel doblado--: he aquí su +provisión de capitán de la tercera compañía de la guardia española, al +servicio de su majestad... tomad. + +--¿Y para qué quiero yo eso? + +--Me han dicho que ese joven os ama. + +Púsose vivamente encarnada doña Clara. + +--¿Y quién dice eso?--exclamó con precipitación. + +--El tío Manolillo, y aún añade más: dice que vos le amáis... + +--¡Yo! ¡á un hombre que he visto dos veces! + +--Pero es un hombre hasta cierto punto extraordinario... ¿qué digo? +hasta cierto punto grandemente extraordinario. + +--Lo extraordinario de ese joven...--dijo tartamudeando doña Clara. + +--Consiste en todo: en su nacimiento, en su hermosura, en su corazón, en +su vida, en su suerte, que le ha procurado una ocasión envidiable de +darse á conocer apenas llegado á Madrid. + +--¿No hay ninguna intención debajo de vuestras palabras, padre +Aliaga?--dijo la joven mirando de hito en hito al confesor del rey. + +--¿Y qué intención puede haber? + +--¿No habéis temido que no fuera yo, sino otra persona quien amase á ese +joven? + +A su despecho, el padre Aliaga se conmovió ligeramente. + +--¿Qué motivos tengo yo--dijo--para sospechar nada de ese caballero? + +--Habéis hablado con el tío Manolillo, que os ha dicho sin duda lo mismo +que á mí. + +--El tío Manolillo sólo me ha hablado de vuestros mutuos amores... + +--¿Y del nacimiento de ese joven? + +--No por cierto; lo que sé acerca de ese joven, lo he encontrado en esta +carta que me ha dado el cocinero mayor del rey--dijo el padre Aliaga, +sacando de debajo de su hábito la carta de Pedro Martínez Montiño. + +--También el cocinero mayor me ha dado á leer esa carta--dijo doña +Clara. + +--Sabéis, pues, entonces--dijo el padre Aliaga guardándola de nuevo--que +ese caballero... + +--Es hijo bastardo del duque de Osuna, y de la duquesa de Gandía. + +--¡Cómo!--exclamó el padre Aliaga--; ¡el duque de Osuna y la duquesa!... +esta carta no dice nada de eso... cuenta sólo, que ese joven es hijo +ilegítimo de padres nobles... + +--¡Ah! ¡no sabíais los nombres de los padres de ese caballero! + +--No... pero vos, ¿cómo lo sabéis? + +--El del padre me le ha revelado el cocinero mayor; el de la madre el +bufón del rey. + +--¿Y no tenéis más pruebas que el dicho de esos dos hombres? + +--No. Las circunstancias especiales en que me hallo respecto á ese +joven, me impidieron preguntar, informarme acerca de él. + +--¿Las circunstancias especiales en que os halláis, os han impedido? + +--De todo punto... hubiera sido inconveniente. + +--Yo lo sabré, y creo que con pruebas indudables; cuando conozca ese +secreto, os lo revelaré. + +--¿Y para qué revelármelo?--dijo con un acento singular doña Clara. + +--Decís que os encontráis en circunstancias especiales respecto á ese +joven; mostráis repugnancia en entregarle vos misma esa provisión de +capitán de infantería... ¿qué media entre vos y ese caballero?... +¿creéis que yo puedo tener derecho para haceros esta pregunta? + +--Más que derecho, tenéis un gran interés en saber á qué ateneros +respecto á ese caballero. + +--Conozco á vuestro padre, le aprecio mucho, os aprecio mucho á vos, y +me intereso como me interesaría por mi hermano y por mi hija. + +--No lo dudo; pero creo que hay en vos otro móvil. Francisco Montiño, +pero no sé qué singular error, ha creído que la reina ama á ese joven... +me lo ha dicho á mí... Francisco Montiño es un ente muy singular, y +puede haberos dicho lo mismo; esto es, que su majestad y ese caballero +se aman; esto es absurdo, esto es monstruoso, esto no puede ser, +tratándose de una señora tal como la reina doña Margarita de Austria, +que por su nacimiento, por su virtud, y digámoslo todo, por su orgullo, +está muy lejos hasta del pensamiento de una acción vergonzosa. El que se +haya atrevido á levantar sus miradas hasta su majestad, ó es muy loco ó +tiene formando de la dignidad y de la virtud de la mujer, una idea muy +desfavorable; su majestad no podría apercibirse de los deseos de un +insensato tal, porque no los comprende, porque mira desde muy alto; +sería necesario que, olvidado de todo, el que amara á la reina, se +atreviese á declararlo, para que su majestad lo comprendiera, y aun así +creería que estaba soñando: solamente el cocinero del rey podía concebir +tal sospecha... y vos... por vuestro exagerado celo por la dignidad de +la reina. + +--¡Yo!...--dijo confundido y descompuesto á pesar de su serenidad el +padre Aliaga. + +--Vuestro celo os ha engañado, fray Luis--repitió la joven con su acento +siempre igual, siempre reposado; pero siempre frío y hasta cierto punto +severo. + +--Yo no he dudado jamás de su majestad--dijo el padre Aliaga, puesto +por doña Clara hasta cierto punto en el banquillo de los acusados--, +pero he temido que ese caballero... + +--Sí, ese hombre--dijo doña Clara--ha tenido la avilantez de decir, de +indicar, aunque de la manera más envuelta, que su majestad ha sentido +por él lo que es imposible que sienta, imposible de todo punto, por +él... ni por ninguno... ha mentido como un villano. + +--No... no... ese joven, al darme anoche la carta de su majestad, de que +era portador, ha estado lo más prudente... + +--¡Que ha estado prudente! + +--Reservado... mudo... hasta el punto de no permitir decir qué clase de +servicio había prestado á su majestad, á pesar de que yo lo sabía, +porque la reina me había hablado acerca de las cartas que tenía suyas +don Rodrigo Calderón y pedídome consejo... no... ese caballero, valiente +para librar á su majestad de un compromiso, ha sido discreto, reservado, +noble; ha dado harto claro á conocer en su conducta la influencia de la +generosa sangre que corre por sus venas. + +--Entonces, si ese caballero no ha dado motivo para que sospechéis... +para que temáis en la reina un escándalo, un increíble olvido de sí +misma, el hablador, el menguado cocinero del rey ha sido sin duda +quien... + +--Sí, él ha sido... dice que... su sobrino... él llama su sobrino á ese +joven... entró anoche en el cuarto de su majestad. + +--Es cierto, entró; pero no pasó de la saleta que corresponde á la +galería; allí estaba yo, su majestad le vió, pero desde detrás del tapiz +de la puerta de la cámara; ese caballero no conoce á su majestad; yo +misma le dí la carta que os llevó, yo misma le eché fuera de palacio; +ese caballero no ha vuelto á pisar á palacio desde anoche; dicen que +anda mal entretenido... lo que importa poco...--añadió disimulando mal +su despecho doña Clara. + +--Confieso que me he engañado torpemente--dijo el padre Aliaga--; es +cierto que no había creído llegasen á un extremo criminal los favores de +su majestad á ese joven; pero temía que él hubiese interpretado mal +algún favor de la reina. + +--Para que acabéis de tranquilizaros, fray Luis, sabed que á quien ese +caballero enamoró fué á mí. Y me enamoró de un modo que... llegó á +engañarme, creí que no mentía. + +--Valéis mucho, doña Clara; la hermosura y la virtud resplandecen en +vuestro semblante, y nada tiene de extraño... + +--No hablemos más de esto. + +--Quisiera veros más propicia á un casamiento con ese mancebo. + +--No puede ser. + +--¿Por su bastardía? ¿Ignoráis que el nombre de Girón es tal que hace +ilustres hasta los bastardos? Vuestro padre no tendrá reparo... + +--Es que yo no quiero, y mi padre no me violentará. + +--¿Queréis ser franca conmigo, hija mía? + +--No pretendo ocultaros nada, padre Aliaga. + +--¿Merezco yo vuestra confianza? + +--¡Oh, sí!--dijo doña Clara cambiando de tono y haciéndole sumamente +dulce y afectuoso. + +--Pues bien; no me ocultéis nada. Vos amáis á ese caballero... + +--¡Yo! ¡no lo quiera Dios!--exclamó con un verdadero terror doña Clara. + +--¿No os habéis sentido interesada por él?... + +--Sí... + +--¿No lo recordáis? + +--Sí... + +--¿No sufrís por él?... + +--Sufro, sí... sufro una humillación que no he buscado, á la que no le +he dado lugar, porque no le he dado esperanzas de ningún género. + +--Os sentís humillada... luego amáis. + +--Y bien... sí, le amo... le he visto galán, apasionado, respetuoso, +valiente; me ha acompañado anoche por calles obscuras, lloviendo, +teniéndome en su poder, y ha sido un modelo de caballeros... me ha +obedecido... después, cuando ha venido á palacio á traer esas cartas que +había arrancado á don Rodrigo... cuando le vi... cuando en su semblante +conmovido adiviné un parecido vago con una ilustre persona... de que no +podía darme cuenta... en fin, padre Aliaga... no sé... yo me he visto +asediada, acaso más que por otra cosa, por mi fama de esquiva, por lo +más ilustre, por lo más noble, por lo más hermoso de la corte... el +mismo rey... os lo digo, porque lo sabéis... me ha solicitado... ni á +los grandes que me han querido para esposa, ni al rey que me ha ofendido +pretendiendo hacerme su entretenimiento, he dado ni el más ligero motivo +de esperanza; y no me ha costado trabajo, no: porque yo no he amado... +hasta ahora... porque yo, para disponer de mí, no miraré jamás mi +conveniencia, sino mi voluntad, mi corazón. Pero él... ¡Dios mío! lo +digo al sacerdote y al desgraciado... él, fray Luis, me ha hecho +espantarme de mí misma... porque... anoche... no dormí... su recuerdo +tenaz, continuo, embriagador... acompañado de no sé qué esperanzas, de +no sé qué temores, me desvelaba... todavía no he dormido... me pesa la +cabeza, me duelen los ojos... no sé, no sé por qué le amo tanto... +porque le amo, no os lo quiero negar. + +--Pues bien, seréis su esposa, doña Clara. + +--No... imposible... de ningún modo... ¿no os digo que me ha humillado? + +--No os comprendo. + +--¿No creéis que es una humillación para mi, que yo tan altiva, tan +severa, tan desdeñosa con todos, hasta el punto de que creyéndome +incapaz de amar, me hayan llamado la menina de nieve, caiga de repente +de mi indiferencia, de mi frialdad, en el extremo opuesto, y que el +hombre por quien tanto he variado en pocas horas, apenas separado de mí +se enamore de una mujer perdida, y se vaya á vivir con ella y la +acompañe al teatro? + +--¿Pero quién os ha dicho eso? + +--El bufón del rey, padre ó amante, ó qué sé yo, según dicen, de esa +Dorotea, de esa dama de comedias, que es amante pública del duque de +Lerma; ¡esa miserable! + +--Tal vez desgraciada. + +--Nunca he creído desgraciada, sino infame, á una mujer tal; ¿una +perdida que se ha atrevido á poner la lengua impura en la honra de la +reina? + +--Estáis irritada... irritada acaso sin razón. El tío Manolillo puede +ser que, por un interés que aún no podemos conocer, haya querido haceros +creer que ese caballero ama á esa comedianta. No es posible habiéndoos +visto á vos. A no ser que de tal modo le hayáis descorazonado... + +--Yo no podía obrar de otro modo... y no me pesa, porque yo dominaré +este amor que se me ha metido por el alma; le dominaré, os lo juro. + +--Si tuviérais necesidad de dominarle, le dominaríais. Pero no será +necesario. Yo desenredaré todo esto; yo pondré á cada uno en su lugar. +¿Conque queréis encargaros de dar vos misma esta provisión de capitán al +señor Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor del rey, y vuestro +enamorado? + +--Se la daré y aprovecharé la ocasión para darle un desengaño--dijo doña +Clara, como obedeciendo á un pensamiento repentino. + +--Pues bien, tomad; guardadlo y hablemos de otra cosa. Del cambio que me +han dicho se ha efectuado en palacio. + +--Ha pasado tanto en mis asuntos propios--dijo doña Clara--, he estado +tan poco desocupada en todo el día, que no he tenido tiempo para pensar +en nada... + +--¿En nada más que en escribirme que prendiese á esa comedianta? + +--Os juro por la sangre de nuestro Divino Redentor--dijo doña Clara con +vehemencia--, que al aconsejaros que prendiéseis á esa mujer, no he +pensado en mí misma, sino en lo que convenía á su majestad. + +--Os creo, pero muchas veces causamos el mal sin darnos cuenta de ello; +hay veces en que nuestra alma obra por sí misma, sin participación de la +razón. Afortunadamente yo soy hombre acostumbrado á mirar las cosas á +sangre fría, y no me he apresurado. Y no dejará por eso de hacerse todo +cuanto se deba y se pueda hacer. ¿Conque no me podéis dar noticias +acerca de lo que sucede en palacio? A mí sólo me han llegado noticias +vagas... y venía ansioso. + +--Os repito que me he ocupado hoy muy poco de los asuntos ajenos, +asustada de los míos propios. Pero seguidme, padre Aliaga; os voy á +llevar donde os informen de una manera completa: á la cámara de su +majestad la reina. + +--¿Creéis que su majestad no se enojará...? + +--La reina sabe con cuánto celo la servís, cuánto os interesáis por +ella, os tiene en opinión de santo y se alegra siempre de veros. Podrá +suceder que también veáis á su majestad el rey, porque lo único que +puedo deciros es que ya el rey no encuentra dificultad alguna en pasar +al cuarto de la reina; como que de cierto sobresalto recibido anoche +anda enferma la duquesa de Gandía. Conque seguidme, padre Aliaga. + +Doña Clara se levantó y tomó una bujía. + +El padre Aliaga se levantó también y siguió á doña Clara, que se dirigió +á una puerta, la abrió y atravesó algunas habitaciones. + +Al fin abrió una puerta de servicio y dijo al padre Aliaga:--Esperad. + +Y entró. + +Poco después volvió, y dijo al fraile: + +--Su majestad os espera. + +El padre Aliaga hizo una poderosa reacción sobre sí mismo, se preparó, +como siempre que la reina le recibía en audiencia, y entró. + +Doña Clara cerró la puerta y desandó el mismo camino que había traído, +murmurando: + +--¡Infeliz! ¡Cuánto debe sufrir! ¡Yo no sabía lo que hacen padecer los +celos! + + + + +CAPÍTULO XXXIII + +EL SUPLICIO DE TÁNTALO + + +Entró el padre Aliaga en una extensa y magnífica cámara, en la misma en +que presentamos al principio de este libro á la duquesa de Gandía. + +Llevaba el confesor del rey la cabeza inclinada, las manos cruzadas y el +corazón de tal modo agitado, que quien hubiera estado cerca de él +hubiera podido escuchar sus latidos. + +Margarita de Austria estaba sentada junto á la misma mesa donde su +camarera mayor leía la noche anterior los _Miedos y tentaciones de San +Antón_. + +Un candelabro de plata, cargado de bujías perfumadas, iluminaba de lleno +el bello y pálido semblante de Margarita de Austria. + +Vestía la reina un magnífico traje de brocado de oro sobre azul, tenía +cubierto el pecho de joyas, y en los cabellos, rubios como el oro, un +prendido de plumas y diamantes. + +--Espera al rey--dijo para sí el padre Aliaga. + +Y adelantó hacia la reina. + +Margarita de Austria dejó sobre la mesa un devocionario ricamente +encuadernado que tenía en la mano á la llegada del padre Aliaga. + +Este, cuando estuvo cerca de la reina, se arrodilló. + +--¿Qué hacéis, padre mío?--dijo dulcemente Margarita--. ¡Un sacerdote, +tal como vos, arrodillarse ante una pecadora tal como yo! + +--¡Oh! si todos pecasen en este mundo como vuestra majestad...--dijo el +padre Aliaga levantándose. + +--Pues mirad, padre, lo que peco me espanta. Tengo muy poca paciencia... + +--Vuestra majestad es una mártir. + +--No, porque no acepto mi martirio. Además, hay momentos en que me +bañaría en sangre. + +--En sangre de traidores. + +--Indudablemente... ¡pero soy tan desgraciada!... + +--Demasiado, señora. + +--Hoy no... hoy soy casi feliz. + +--Quiera Dios, señora, completar esa felicidad y aumentarla. + +--Sentáos, fray Luis, sentáos, quiero hablaros mucho y no quiero +fatigaros. + +--Las bondades de vuestra majestad no tienen límite para conmigo--dijo +el padre Aliaga, tomando un sillón y sentándose á una respetuosa +distancia. + +--¡Mis bondades! No ciertamente, padre Aliaga--dijo con acento dulce +reina--, os debo mucho; después de Dios, sois la protección que tengo +sobre la tierra. + +--La protección mía, señora, es muy débil. + +--¿Y vuestros consejos? ¿A quién debo la resignación con que sufro mis +desventuras de mujer y de reina, más que á vos? + +--Lo debe principalmente vuestra majestad á su gran corazón. + +--Ha habido momentos en que me he desalentado, en que he creído inútil +la resistencia, en que he estado á punto de abandonarlo todo, de +rendirme á mi desdicha. Y entonces vos me habéis aconsejado valor y +fortaleza; habéis robustecido mi alma con vuestra palabra; me habéis +salvado. Y á esa lucha sostenida por vos, debo el haber llegado á un +gran día, á un día de triunfo. + +--¡Un día de triunfo!--dijo tristemente el padre Aliaga. + +-Creo que no habéis reparado en mí, padre mío; miradme bien. + +El padre Aliaga levantó la vista de sobre la alfombra y la fijó en la +reina. + +Margarita de Austria sonreía; su sonrisa era la expresión de un contento +íntimo, y aumentaba su dulce belleza. + +La mirada que el padre Aliaga fijó en la reina, era la perpetua mirada +que el mundo conocía en él: reposada, tranquila, y aun nos atrevemos á +decirlo: ascética. + +Pero las manos, que fray Luis tenía escondidas en las mangas de su +hábito, estaban crispadas, y sus uñas se ensangrentaban en sus brazos. + +Y no contestó á la reina, porque estaba retando con su espíritu; porque +estaba pidiendo á Dios alejase de él la tentación. + +--Ya podéis ver--dijo la reina después de que el inquisidor general la +estuvo mirando frente á frente algunos segundos, que ni por mi traje, ni +por mi semblante, soy la pobre esposa medio viuda, la reina reclusa y +humillada; soy la desposada que se viste de fiesta para esperar á su +esposo... porque espero á su majestad; ya no hay traidores que impidan +al rey llegar hasta la reina... las puertas de mi cámara están francas +para su majestad; anoche empezó ese milagro; anoche el rey fué mi +esposo. + +Fray Luis contuvo una violenta conmoción y se puso de nuevo á rezar +apresuradamente. + +La reina continuó: + +--Y he descubierto una cosa que me ha llenado de alegría, que ha abierto +mi alma á la esperanza y á la felicidad: el rey me ama. ¡Oh, sí, me ama +con toda su alma! y yo... ¡oh, Dios mío! para vos, padre Aliaga, que +tenéis las virtudes y la pureza de un santo, he tenido abierta por +completo mi conciencia, mi alma de mi mujer; vos no sois mi confesor, +pero sois más que mi confesor, mi padre; yo os había dicho que no amaba +al rey, á mi Felipe, al padre de mis hijos... ¡oh! y os lo decía como lo +sentía... yo estaba irritada, humillada, abandonada; habían pasado días +y semanas y meses sin que yo viera á su majestad más que en los días de +ceremonia, delante de la corte, rodeada de personas pagadas para +escuchar mis palabras; yo no era allí más que la mitad de la monarquía; +la reina cubierta de brocados, con el manto real prendido á los hombros, +con la corona en la cabeza; una mujer vestida de máscara presentada á la +burla de la corte; después de la ceremonia, el rey se iba por un lado +con su servidumbre, y la mía me traía como presa á mi cuarto... esto me +irritaba.. me indisponía con todo... hasta conmigo misma...; pero +anoche... cuando vi al rey delante de mí... ¡oh Dios mío! comprendí que +le amaba más que nunca, que mi amor no se había borrado, sino que había +dormido, que había estado cubierto por mi despecho. Y sin embargo de que +el rey no quiso oírme una sola palabra de política, á pesar de que esto +me entristeció, porque ya sabéis cuánta falta nos hace el que su +majestad tome sobre sí el peso del gobierno, fuí feliz, concebí +esperanzas; el rey se mostró transformado... + +--Su majestad medita demasiado las cosas... + +--Por el contrario--dijo con arranque la reina--, el rey no medita nada. + +--Quiero decir--dijo el padre Aliaga--que el rey en ciertos negocios +anda con pies de plomo. + +--Decid más bien que cuando se trata del duque de Lerma no se mueve. + +--Su majestad cree que no encontrará otro mejor que el duque; le fatiga +la lucha, ama la paz, su alma es excesivamente piadosa... + +--¡Pero si el rey continúa así, la monarquía queda reducida á una sombra +que sólo sirve para autorizar á magnates miserables capaces de +todo!--dijo la reina con violencia. + +--¿Vuestra majestad dice que las cosas han variado? + +--Sí, fray Luis, sí--dijo la reina inclinándose hacia el padre Aliaga, +con las muestras de la mayor confianza--; escuchad: yo no sé cómo, pero +la variación es completa; ya sabéis... aquellas cartas tan +imprudentemente escritas por mí á ese vil Calderón, cartas que me tenían +reducida á mi, á Margarita de Austria, á una posición de esclava, que +han estado á punto de hacerme cometer un crimen, porque un asesinato, +aunque la causa sea justa, siempre es un crimen... + +--Sólo Dios puede juzgar las acciones de los reyes. + +--Y algo que está más bajo que Dios, fray Luis; su conciencia, la +conciencia de sus vasallos, y después la historia... pero Dios, á quien +adoro y bendigo, me ha librado de cometer un crimen; me ha procurado una +buena y valiente espada y un corazón de oro... á propósito... ¿cómo +estamos, en cuanto á la recompensa de ese valiente joven? + +--Ya he dado la provisión de capitán de la tercera compañía de la guarda +española á doña Clara de Soldevilla para que se la entregue. + +--¡Oh! y habéis hecho muy bien, porque... se aman: él á ella como un +loco: ella á él... no sé cuánto, pero esta mañana tenía señales en los +ojos de no haber dormido... + +--Pero según creo, no se habían visto hasta anoche. + +--No importa; se aman, yo os lo aseguro, padre Aliaga; él la hablaba con +el corazón... ella le escuchaba con el alma, aunque no lo demostraba, +porque doña Clara es muy reservada y muy firme... tan firme como +hermosa, noble y honrada; ese joven es un tesoro... si no hubiese sido +por ella... ella me procuró á ese valiente defensor, á quien yo +ennobleceré de tal modo, á quien levantaré tan alto, que el orgulloso +Ignacio Soldevilla no se atreverá á negar á la reina la mano de su hija +para ese hidalgo. + +Hablaba con tal entusiasmo la reina de Juan Montiño, que el padre Aliaga +volvió á sentir en su alma la amarga desesperación que le había causado +la sola sospecha de que Margarita de Austria amase al joven. + +Y la reina hablaba de tal modo por agradecimiento, porque Juan Montiño +la había salvado de un compromiso horrible. + +--Y no es extraño--continuó la reina--que doña Clara le ame de ese modo; +se amparó de él en la calle, á bulto, como se hubiera amparado de otro +cualquiera hidalgo, porque la seguía de cerca don Rodrigo; estuvieron +largo rato juntos; nuestro joven la enamoró, la salvó, en fin, de don +Rodrigo; fué una aventura completa; después, cuando le presentó las +cartas que yo buscaba á costa de cualquier sacrificio, manchadas con la +sangre de don Rodrigo... doña Clara me ama... como la amo yo, y ama á mi +salvador... y si á esto se añade que ese joven, considerado como hombre, +es casi tan hermoso como doña Clara, que es la mujer más hermosa que +conozco, hay que convenir en que es necesario casarlos. Yo los casaré. +¿Por lo pronto, le tenemos ya dentro de palacio? + +Fray Luis ahogó en su garganta un rugido que se revolvió sordo, poderoso +en su pecho. + +La última pregunta de la reina le había aterrado. + +Sin embargo, conservó su aspecto sereno, su semblante impasible é +inalterable su acento, cuando respondió á la reina: + +--Sólo falta que doña Clara le entregue su provisión de capitán de la +guardia española. + +--Se le entregará... mañana... Ahora bien: ¿cuánto ha costado esa +provisión, porque supongo que Lerma la habrá vendido? + +--Vuestra majestad no tiene que ocuparse de esa pequeñez--dijo fray +Luis--. Vuestra majestad ha querido que ese caballero tenga un medio +honroso de vivir y ya le tiene. Lo demás importa muy poco. + +--No, no; cuando os escribí no era reina, y necesitaba de vuestros +buenos oficios por completo; hoy ya es distinto; he vuelto á ser reina; +Lerma ha dispuesto que se me pague lo que se me debe, y... soy rica; os +mando, pues, que me digáis cuánto ha costado esa provisión. Os lo +mando, ¿lo entendéis? + +--Ha costado trescientos ducados. + +--¿Y los demás gastos?... + +--No lo sé á punto fijo, señora. + +--Pues haced la cuenta, y decidme la cantidad redonda. Casi casi voy +haciéndome partidaria de Lerma. ¿Si habrá tocado Dios el corazón de ese +hombre? + +--El duque ha tenido miedo. + +--Y le ha tenido con razón--dijo con acento lleno y majestuoso la +reina--; le ha tenido y debe tenerlo; se ha atrevido á sus reyes y se +atreve; Lerma caerá... caerá... y yo pisaré su soberbia, yo que me he +visto indignamente pisada por él. ¿Y sabéis, sabéis á quién se debe todo +este cambio?... + +--¡A Dios!--dijo con una profunda fe el padre Aliaga. + +--Sí, indudablemente á Dios; pero Dios, para obrar respecto á nosotros, +se vale de medios naturales. El medio de que Dios se ha valido, ha sido +de ese joven... del sobrino del cocinero del rey. + +--Creo que vuestra majestad, en su bondad, abulta los méritos de ese +mancebo--dijo el padre Aliaga, cuya alma había acabado de ennegrecerse. + +--Hiriendo á don Rodrigo Calderón, ese joven ha producido todo ese +cambio. + +--Lo dudo. + +--El duque, al verse solo, privado de la ayuda de Calderón, que es su +pensamiento, no se ha atrevido á seguir en una senda en que Calderón le +ha sostenido... esto lo sospecho yo... puede ser que Calderón, al verse +herido de sumo peligro, haya sentido remordimientos, y haya revelado al +duque lo que se tramaba contra él... y esto es lo más probable, por la +conducta del duque. ¿Sabéis lo que ha dicho su hijo el duque de Uceda al +verse arrojado del cuarto de mi hijo don Felipe á todo el que ha querido +oírle?--Mi señor padre teme que haya quien tire de la cortina, y deje +ver sus tratos con la Liga y sus inteligencias con Inglaterra.--El duque +de Uceda no ha debido decir esto de una manera muy secreta, porque lo ha +sabido su padre, y sin perder tiempo ha propuesto al rey la guerra +contra la Liga, y ha enviado de embajador á Inglaterra á don Baltasar de +Zúñiga. Y no es esto solo; ha desterrado y preso y asustado á los mismos +á quienes ayer llamaba sus amigos, y ha honrado y favorecido á otros á +quienes miraba como enemigos. Sin ir más lejos ¿no os ha nombrado á vos +inquisidor general? + +--Lo que me ha hecho tener más cuidado ahora que nunca, señora; cuando +el lobo lame la mano que odia... + +--¡Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendrá tiempo de revolver +sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto. + +--¡Ah! ¿hablábais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy +amada esposa, mi respetable confesor?--dijo Felipe III, que había +entrado poco antes en la cámara, y adelantado en silencio. + +La reina y el padre Aliaga se levantaron á un tiempo. + +--Sentáos, sentáos--dijo el rey--; vos sois mi buena, mi hermosa, mi +amada Margarita--dijo el rey tomando á la reina una mano, y +besándosela--; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabéis +cuánto he defendido yo el que os aparten de mi lado, á pesar de que +Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; más que +apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando +esta mañana el duque de Lerma me ha dado á firmar vuestro nombramiento +de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de +embajador para don Baltasar de Zúñiga, y el de gentilhombre de mi cámara +para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del príncipe don +Felipe. Sentáos, sentáos, pues, señora; y vos también, padre Aliaga; +nadie nos ve; yo entro y salgo, merced á ciertos pasadizos, sin que +nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta. + +Todos se sentaron. + +El rey, que era muy sensible al frío, removió el brasero. + +--¡Qué invierno tan crudo!--dijo--; aseguran que hay miseria en los +pueblos; ¡pobres gentes! + +Y volvió á revolver con delicia el brasero. + +--Cuando llegué conspirábais--dijo el rey. + +--Es verdad--contestó la reina--; conspirábamos contra Lerma, y es +necesario que vuestra majestad conspire también. + +--Yo no necesito conspirar--dijo el rey--; el día que quiera, Lerma +caerá; pero Lerma me sirve bien. Os tenía quejosa, señora, pero el duque +me ha hablado largamente. Le tenía engañado don Rodrigo Calderón. + +--¿Y cómo ha sabido el duque que don Rodrigo Calderón le engañaba? + +--Le han avisado... no sabe quién... pero tiene pruebas; al conocer su +engaño, Lerma se ha apresurado á repararlo. Debéis, pues, perdonarle; +señora, perdón merece quien confiesa su error, y perdonar también á la +buena duquesa de Gandía, que es una pobre mujer, cuyo único delito es +ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos +una nueva era... enviaremos un respetable ejército á Flandes contra la +Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos +respetar. + +El rey repetía palabra por palabra lo que le había dicho Lerma. + +La reina y el padre Aliaga callaron, porque sabían que en ciertas +ocasiones era de todo punto inútil, y sobre inútil, perjudicial, el +contrariar á Felipe III. + +En aquellos momentos, éste se estaba haciendo la ilusión de que era un +gran rey. + +--No sé, no sé qué os he oído hablar de cierto hidalgo á quien decíais +vos, señora, que debíamos mucho: lo oí al abrir la puerta, pero me +pareció sentir pasos en el corredor secreto y me volví... debió ser +ilusión mía, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volví de +nuevo hacia vosotros, ya no hablábais del tal hidalgo. + +--Hablábamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad. + +--¡Ah! ¿del buen Montiño? ¿y ese mozo, es tan buen cocinero como su tío? + +--Sabe á lo menos manejar la espada tan bien como su tío las +cacerolas--, contestó la reina procurando serenarse, porque la había +turbado la imprevista pregunta del rey. + +--¡Ah! ¡ah! ¿es buen espada? + +--Tan bueno, como que es quien ha herido á don Rodrigo Calderón. + +--¿El que ha herido á don Rodrigo? + +--Sí por cierto. + +--¿Y por qué le ha herido? + +--Defendiendo la honra de una mujer. + +--¡Ah! ¡ah! y... ¿quién es ella? + +--Una dama á quien vuestra majestad y yo apreciamos mucho. + +--Pues no... no acierto. + +--Doña Clara... + +--¡Ah! ¡sí! ¡vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor... +porque ya recordaréis que hemos convenido en que es ya muy crecida para +menina... la bella y honradísima doña Clara Soldevilla. + +--Y además, está ya en buena edad para casarse--dijo la reina. + +--Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo sé de muchos que +la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha +querido á ninguno. + +--Yo aseguro á vuestra majestad, que con quien yo querría casarla es muy +del agrado de doña Clara. + +--¿Y quién? ¿quién es él? + +--El vencedor de don Rodrigo Calderón. + +--¡El sobrino de mi cocinero!--exclamó con desprecio el rey--. Esa es +una alianza indigna de doña Clara; mi valiente coronel Ignacio +Soldevilla, tendría mucha razón de enojarse conmigo, si yo introdujera +en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no +será... + +--Los reyes ennoblecen--dijo contrariada la reina. + +El padre Aliaga acudió en socorro de Margarita de Austria. + +--Ese joven--dijo--, no es sobrino del cocinero mayor. + +--¿Pero en qué quedamos? ¿qué es ese mancebo? + +--El se cree hijo de Jerónimo Martínez Montiño, hermano de Francisco +Martínez Montiño, cocinero de vuestra majestad; pero no es así... es... +hijo de padres muy nobles, como lo reza esta carta--dijo el padre +Aliaga, presentando al rey la tan traída y llevada carta de Pedro +Martínez Montiño á su hermano. + +--Leedme, leedme esa carta, padre Aliaga, y veamos esa historia. + +El padre Aliaga leyó la carta de la cruz á la fecha. + +--Esa carta es una buena historia--dijo el rey--; pero en esa historia +faltan los nombres de los padres; nada hacemos con eso. + +--Los padres, señor, son, según dice Francisco Montiño, el duque de +Osuna. + +--¡Oh! ¡mi altivo Girón! ¿y ella? + +--Ella, según dice el tío Manolillo, es la duquesa de Gandía. + +--¡Ah! ¡la duquesa de Gandía! ¡ah! ¡ah! ¡el duque de Osuna... y la +duquesa de Gandía!... ¡por San Lorenzo nuestro patrón! eso es ya +distinto... ¿y lo sabe eso doña Clara? + +--Lo ignoro, señor. + +--Si no recuerdo mal--dijo el rey--en esta carta que acabáis de leerme, +padre Aliaga, dice que ese mancebo no ha estado nunca en la corte; si +llegó anoche, ¿cómo conoció á doña Clara? y aun dada la ocasión de +conocerla, ¿cómo se enamoró ella de él? Esto es extraordinario; esto no +puede creerse; por otra dama debió reñir con don Rodrigo ese Joven... +precisamente, ó yo no lo entiendo. + +Afortunadamente el rey se había extendido en sus consideraciones, y +había dado tiempo á la reina de improvisar una respuesta. + +--Fué una casualidad--dijo Margarita de Austria--; al venir nuestro +joven á Madrid con esa triste carta de su tío, que acaba de leernos el +padre Aliaga, vino naturalmente al alcázar á buscar á su otro tío; por +un descuido de los maestresalas, perdido en el alcázar, se encontró en +la galería obscura á donde corresponde la puerta del cuarto de doña +Clara, y oyó voces de dos personas. + +--¡ Ah! ¡una aventura como las de las comedias de Lope de Vega!--dijo el +rey--. ¿Y esas dos voces eran de una dama y de un galán? + +--Eran las de don Rodrigo Calderón y doña Clara Soldevilla. + +--¡Ah! ¿conque al fin la rigurosísima doña Clara...? + +--Nada de eso; como don Rodrigo es tan audaz, tan miserable, tan +malvado, había corrompido á una criada de doña Clara, y ésta había +robado á su señora una prenda muy conocida y la había entregado á +Calderón. Este, prevalido de la prenda con que había querido obligar á +doña Clara, se había introducido en su aposento. + +--¡Ah! ¡ah! esto es grave, gravísimo...--dijo el rey--ese don Rodrigo es +demasiado voluntarioso y bien poco mirado... ¡atreverse á una dama tal +como doña Clara, á quien sabe que tienen sus reyes en gran estimación y +poco menos que como á una hija! ¡Una dama á quien ha dejado en nuestra +servidumbre un buen caballero, que derrama su sangre en nuestro +servicio, seguro de que la reina será para ella una madre... seguro de +que bajo el amparo de la reina estará á cubierto de asechanzas! + +La voz del rey, al decir esto, temblaba de un modo particular. + +--A pesar de mi protección, señor--dijo sonriendo la reina--, se han +puesto grandes tentaciones delante de doña Clara, y á no ser ella tan +honrada, tales han sido algunas, que todo mi poder no habría podido +salvarla... + +--Sí, sí dijo el rey, á quien parecían atragantársele las palabras, +según se le enredaban las letras y aun las sílabas--; doña Clara, en +efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan +tenido... puede ser que... hayan caído en una tentación disculpable... +porque... puede... sí... pero en fin... ¿y qué prenda era la que don +Rodrigo suponía haber recibido de doña Clara?--añadió el rey, saliendo +bruscamente del discurso en que se había embrollado, porque le acusaba +la conciencia. + +--Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no +recuerdo...--dijo la reina poniéndose un rosado dedo en los labios, como +quien medita...--¡ah! ¡sí!... con un pequeño lazo de diamantes... en el +cual estaban esmaltadas nuestras armas. + +--¡Nuestras armas! + +--Sí por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de +sobreherretes, me había regalado vuestra majestad. + +--¡Ah! ¡sí! recuerdo ese regalo. + +--Yo había dado uno de esos lazos á doña Clara. + +--Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doña Clara--dijo el +rey--, cuando así los da á sus enamorados. + +--¡Pues si doña Clara no le ha dado á don Rodrigo! + +--¿Pero cómo le tenía don Rodrigo? + +La criada, á quien había sobornado don Rodrigo, había robado, por +insinuación de éste, á su señora. + +--Pero, ¿cómo sabía don Rodrigo que doña Clara tenía el tal lazo?... + +El padre Aliaga, que escuchaba en silencio y con la cabeza baja este +diálogo, oraba en el fondo de su alma porque la reina saliese bien del +atolladero en que se había metido; la reina, sin embargo, no demostraba +la menor turbación. + +--Don Rodrigo--dijo--sabía que doña Clara poseía aquel lazo, porque le +ha llevado muchas veces sobre el pecho delante de la corte; porque han +hablado mucho del tal regalo las damas; porque es una prenda muy +conocida de doña Clara; si no hubiese sido conocida aquella prenda, +¿para qué la quería don Rodrigo? + +--Me parece, señora--dijo el rey--, que creéis demasiado á doña Clara, +que doña Clara no es tan esquiva como cuenta la fama, y que acaso don +Rodrigo... + +--¡Oh, no; estoy segura de ella! + +--¿Pero creéis fácil que se corten cabellos á una mujer sin que lo +sienta? ¿Os habéis olvidado de ese hermoso rizo, sujeto por hermoso +lazo? + +--Siempre que se peina una mujer que tiene tan largos, tan hermosos, tan +abundantes cabellos como doña Clara, queda una maraña; con pocas marañas +como las que produce cada peinado de doña Clara, basta para hacer un +hermoso rizo. + +--¡Ah! efectivamente, no había pensado en ello...--dijo el rey--pero me +agradaría ver ese rizo... si fuera posible..... + +--No sé si doña Clara le habrá destruído--dijo con la mayor serenidad la +reina, mientras el padre Aliaga se estremecía, porque veía llegado de +una manera fatal el momento de las pruebas. + +--¿Cómo recobró doña Clara ese rizo?--dijo el rey. + +--Casualmente ese es el gran servicio que ha prestado el joven de quien +hablamos á doña Clara. + +--¿Pero cómo supo ese mancebo?... + +--De una manera muy sencilla: decía, señor, que por descuido de los +maestresalas, sin duda, ese joven, habiéndose perdido en el alcázar, +como quien nunca había por él andado, había venido á parar, entrando por +la portería de Damas, á la galería obscura á donde corresponde la puerta +del aposento de doña Clara. Al entrar en la galería, según dijo después +á doña Clara ese hidalgo, oyó las voces de un hombre y de una mujer. El +hombre, sin pasar de la puerta, se negaba á devolver una prenda á la +mujer, y la mujer decía: «No faltará quien os arranque esa prenda que me +habéis robado con el corazón». + +--Desengañáos, doña Clara--contestó el hombre--; vuestro padre, el buen +Ignacio Soldevilla, está muy lejos, y aunque le llaméis, y aun cuando +venga, vendrá tarde; toda la corte sabrá ya que la ingrata hermosura á +quien llaman la menina de nieve no ha sido esquiva para mí. + +--¡Ah!--dijo el rey, dándose una palmada en la frente--; pues ya lo +comprendo todo; el tal afortunado hidalgo quitó á estocadas á don +Rodrigo la prenda, y como sabía, por haberlo oído, el nombre y el empleo +en palacio de la dama, vino ó presentarla la prenda... se vieron y se +enamoraron el uno del otro ¡ah, ah, véase lo que son los acasos!... y +si... si... ¡por mi ánima que quisiera ver!... ¿Habrá algún +inconveniente en pedir á doña Clara esa prenda? + +[imagen: Felipe III.] + +La reina se estremeció. + +El padre Aliaga se cubrió de sudor frío. + +Pero la reina no se detuvo; dió dos palmadas, y se abrió la puerta de la +cámara. + +Apareció la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de +Gandía, desempeñaba accidentalmente las funciones de camarera mayor, +como primera dama de honor. + +--Id y decid á doña Clara Soldevilla, mi menina, que venga--dijo la +reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su +semblante la agonía de su alma. + +El padre Aliaga se puso literalmente malo. + +La condesa de Lemos dejó caer el tapiz de la puerta de la cámara. + +Sólo una casualidad podía salvar á la reina de ser cogida de una grave +mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena. + +--Es extraño... es extraño todo esto--dijo el rey--; y, sin embargo, +siendo así, no extraño que doña Clara, agradecida... ella tiene unas +ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los +casaremos... ennobleceremos á ese hidalgo cuanto sea necesario, +pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco, á fin de que +Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonará esta mentira. + +--Yo creo--dijo la reina con intención--que cuando se miente para salvar +grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que está presente, y que +es muy teólogo, puede decirnos... + +--Señora--se apresuró á decir el padre Aliaga--, hay ocasiones en que el +no mentir sería un crimen. + +--¿De suerte que--dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy +escrupuloso--la mentira puede, y aun debe usarse, según las +circunstancias? + +--Indudablemente--dijo el padre Aliaga--; veamos el caso actual; hay que +engañar á un hombre... á Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males. +Debe engañársele, el fin es bueno; el tósigo se emplea comúnmente como +medicina. + +--Pero, ¿qué grandes males amenazan? + +--Supongamos que doña Clara ame... como suelen amar al cabo las que han +llegado á cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no +pudiendo lograr su amor por buenos medios... + +--Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligación +mentir en ciertas ocasiones. + +--Además--dijo la reina--de que para honrar á ese joven no es necesario +mentir. + +--¿Nos ha prestado algún servicio?--dijo el rey. + +--¡Oh, importantísimo! ¿recordáis, señor, las dos cartas escritas por el +conde de Olivares y el duque de Uceda á don Rodrigo Calderón, que os di +á leer anoche? + +--¡Oh, sí! cartas que yo he dado á leer al duque de Lerma. + +--Y que han causado la variación que se nota en el duque. + +--Indudablemente. + +--Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga á buscar la +fuerza en el rey. + +--Sí; sí, todo eso es cierto. + +--¿Y creéis, señor, que quien ha hecho este servicio, es decir, quien ha +sido causa de que esto suceda, no merece una gran recompensa? + +--Si por cierto; merece un título y una renta. + +--Pues bien, ese caballero, ese noble bastardo de Osuna, ha prestado á +vuestra majestad ese servicio. + +--¡Cómo! + +--Al quitar á don Rodrigo Calderón, después de haberle vencido, el rizo +y el lazo que había robado Calderón á doña Clara, le quitó también esas +dos cartas que Calderón, por ser tan importantes, llevaba sobre sí, y +entregó con la prenda las cartas á doña Clara. + +--Pues ya no extraño que doña Clara ame á un tal hombre; doña Clara +aborrece á Lerma... Tengo pruebas de ello; porque doña Clara es vuestro +consejo, y al ver á Lerma comprometido... en efecto, esas cartas han +producido un resultado saludable... los casaremos; se hará cuanto haya +que hacer con el coronel Soldevilla... pero siento pasos en la +antecámara, acaso sea doña Clara. + +La reina se estremeció; el padre Aliaga se heló; se levantó el tapiz, y +la condesa de Lemos dijo desde él: + +--Señora: doña Clara está enferma, pero me ha dicho que si vuestra +majestad lo desea, se hará conducir. + +La reina respiró; al padre Aliaga se le quitó de sobre el corazón una +montaña. + +--No... no...--se apresuró á decir el rey--de ningún modo. ¿Y está... en +mucho peligro nuestra buena doña Clara? + +--Está recogida al lecho, señor--contestó la de Lemos--. Además, +permítame vuestra majestad que le dé un mensaje importante. + +--Pero pasad, pasad, doña Catalina--dijo el rey--; vos sois algo más que +un ujier. + +--Gracias, señor--dijo la de Lemos entrando, deteniéndose á una +respetuosa distancia y haciendo una reverencia á los reyes. + +--¿Y qué mensaje... tan importante es ese?--dijo el rey. + +--Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de +la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Nápoles, solicita +urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad. + +--No me dejarán parar--dijo el rey con disgusto--. ¿Y quién ha dicho á +don Francisco que yo estoy aquí? + +--Le he visto tan afanado buscando medio de hablar á vuestra majestad; +me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve á +pedir una audiencia inmediata á vuestra majestad, que siendo quien es +don Francisco, he creído de mi obligación... + +--Pues bien, doña Catalina, decid á don Francisco que se presente á los +de mi cámara; yo daré orden... le recibiré... + +La condesa de Lemos se inclinó y salió. + +--Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo--dijo +don Felipe--; pero os dejo en buena compañía; adiós, tengo cierta +impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... están +pasando por cierto cosas extraordinarias... Adiós... adiós... + +Y el rey se levantó y saltó por la puerta secreta. + +--¡Oh, qué Angel de la Guarda nos ha salvado!--exclamó la reina. + +--Un milagro de Dios, señora--dijo el padre Aliaga. + +--Sí; sí, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis, +tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid á la condesa de +Lemos que entre. + +El padre Aliaga se levantó, besó la mano que le tendió Margarita, sin +atreverse á posar demasiado los labios sobre ella, y salió. + +El infeliz había sufrido toda una eternidad de tormentos durante el +tiempo que había pasado en la cámara de la reina. + + +FIN DEL TOMO PRIMERO + + +[imagen] + + * * * * * + + + + +EL COCINERO +DE +SU MAJESTAD + +(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III) + +POR +D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ + +TOMO SEGUNDO + + + + +CAPÍTULO XXXIV + +EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ +CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN +MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES + + +Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando +entró la condesa de Lemos. + +--¿Qué enfermedad padece doña Clara?--dijo la reina. + +--Ninguna, señora--contestó doña Catalina--; doña Clara está sana y +buena esperando en la saleta. + +--¿Qué significa, pues, vuestra mentira? + +--He creído que debía mentir. + +--¿Por qué? + +--Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la +antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña +Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho +terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y +fuí. + +--Es cierto... una distracción mía, doña Catalina. + +--Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre +honrándome--contestó inclinándose la de Lemos. + +Y luego continuó: + +--Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de +repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.--Decid á doña Clara +Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su +majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que +os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el +rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla; +para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido +audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me +anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su +majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo +tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.--Tengo yo +tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me +ha dicho. + +--Habéis hecho bien--dijo Margarita de Austria--, y pues lo que está ahí +doña Clara, que entre al momento. + +Salió doña Catalina y doña Clara entró. + +La hermosa joven se acercó anhelante á la reina. + +--¿Qué sucede, señora--dijo--, que la condesa de Lemos me trae consigo á +pesar de decir al rey que estoy enferma? + +--¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios +mío! + +--¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha +aparecido alguna más? + +--No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca +uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo... +tráete también unas tijeras. + +Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde +había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo +nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo. + +--¡Dame!--dijo la reina con ansia--; dame las tijeras y siéntate á mis +pies. + +La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un +taburete de terciopelo. + +--¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!--dijo Margarita de Austria--; tus +cabellos me van á salvar, Clara. + +Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña +Clara. + +--¡Oh! Afortunadamente--dijo--, por mucho que te corte no se te conocerá +la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso +de un dedo del centro. + +--Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo... + +--Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es +necesario... necesario de todo punto! Ya está. + +Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron +con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara. + +--¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal +de marañas; el pelo de maraña es más corto. + +--¿Pero qué maraña es esa, señora? + +--Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar. + +--¡Yo! + +--Tú, sí, y de una manera muy dulce. + +--No comprendo á vuestra majestad. + +--Casándote con tu caballero de anoche. + +--¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle. + +--Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para +hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado? + +--¿Un rizo, señora? + +--Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado. + +--¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme... +de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido. + +--Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar +este rizo. + +--Permítame vuestra majestad--dijo con seriedad doña Clara--; vuestra +majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo +no haré eso. + +--Hagamos, hagamos primero ese rizo--dijo la reina--; tú le guardarás y +no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle. + +Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una +ancha sortija, y la presentó á la reina. + +--Bien--dijo Margarita de Austria--; ahora sujétale con este lazo. + +Doña Clara obedeció. + +He aquí una verdadera joya--dijo la reina--. Ahora, siéntate y escucha, +y recógete el cabello entre tanto. + +Doña Clara se sentó. + +La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había +acontecido con el rey. + +Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa +ni una súplica. + +Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos, +permaneció largo tiempo en silencio. + +La reina estaba llena de ansiedad. + +--Me casaré con ese hombre--dijo al fin doña Clara. + +--¡Ah! ¡hermana mía!--exclamó la reina arrojándose al cuello de doña +Clara y besándola en la boca. + +--Yo le amo...--dijo doña Clara con voz conmovida--, pero no sé si es +digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo. + +--El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey, +procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz. + +--¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta! +¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no +afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida! + +--¿Pero quién te ha dicho eso? + +--El bufón del rey. + +--¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le +has desesperado acaso, Clara? + +--Sí, señora. + +--Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la +comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa... + +--Su esposa... lo seré y pronto. + +--¡Ah, Clara mía! + +--En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso +imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es +necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es +necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á +escribirle. + +--Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?--dijo la reina +asustada por la violenta salida de doña Clara. + +--El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós, +necesito prepararme. + +Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina. + +--Señora condesa--dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose +delante de la de Lemos--, hacedme la merced de que sepa don Francisco de +Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi +aposento. ¿Me lo prometéis? + +--Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá. + +--Gracias, doña Catalina, gracias y adiós. + +--¿Para qué querrá doña Clara á Quevedo?--dijo para sí sumamente +pensativa y contrariada doña Catalina--; pero ¡bah!--añadió--; él me +ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no +comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasará precisamente +por la galería. Voy á esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho +con su majestad. + +Y doña Catalina salió de la antecámara de la reina, y se metió por una +galería obscura. + + + + +CAPÍTULO XXXV + +DE CÓMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABÍA DICHO +MUCHO + + +Felipe III atravesó con impaciencia el pasadizo secreto que ponía en +comunicación su cuarto con el de la reina. + +Halagaba al rey el hacer alguna cosa por sí propio; tan acostumbrado +estaba á la tutela de Lerma desde muy joven. + +El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su +ministro-duque, á un hombre tan _peligroso_ como Quevedo, parecíale un +acto de verdadera soberanía, una emancipación monstruosa. + +Y todo esto lo pensaba la conciencia íntima del rey; esa voz misteriosa +que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaña, y que sería +nuestro mejor guía si oyésemos su voz, en vez de oír la de nuestra +conciencia artificial, producto de nuestra posición, de nuestras +costumbres y de nuestras inclinaciones. + +Con arreglo á esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado +atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se había +creído siempre rey, rey en el uso expedito de su soberanía, por más que +su conciencia íntima le dijese: tú eres un instrumento de tu favorito; +tú eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad. + +Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del +cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto. + +Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y +se encaminó con paso majestuoso á su cámara. + +Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del +hábito de Santiago, etc., le introdujeran. + +En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones. + +No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara: + +--Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, +señor de la Torre de Juan Abad. + +--Y pobre--dijo entrando en la real cámara Quevedo. + +Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó. + +El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo. + +Este llegó junto al rey, y se arrodilló. + +--Sacra, católica, majestad--dijo con voz hueca y vibrante. + +Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó +la mano. + +Quevedo la besó respetuosamente. + +--Alzad, don Francisco--dijo el rey. + +Quevedo se puso de pie. + +El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é +inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey. + +El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras. + +--¿En qué pensáis, don Francisco?--dijo el rey por decir algo. + +--Estoy contemplando á la monarquía, señor--contestó Quevedo--; +contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en +ropilla. + +Frunció el rey el entrecejo. + +--¿Y era todo eso lo que teníais que decirme con tanto empeño? + +--Sí, señor. + +--Pues si ya me lo habéis dicho, idos--dijo un tanto contrariado el rey. + +--Si vuestra majestad me lo permite, le diré más. + +--Decid. + +--Digo, que me espanta el que pueda decir á vuestra majestad algo. + +--¡Ah!--dijo el rey--¿y por qué os espanta eso? + +--Porque á la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso. + +--¡Oh!--repitió el rey. + +--Y espántame que yo me vea comprometido á hablar con vuestra +majestad... + +--Explicáos... + +--He estado preso en San Marcos. + +--¡Ah! ¿habéis estado preso? + +--Sí, señor. + +--¿Qué delito cometísteis? + +--El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las +narices. + +--Dicen que sois hombre de ingenio. + +--Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy +hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve +ingenio me lo han robado. + +--Dijéronme que os era urgentísimo hablarme. + +--Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la +urgencia. + +--Pues os digo que no os entiendo. + +--No es fácil, porque yo no me entiendo tampoco. + +--Paréceme que habéis venido para algo. + +--Indudablemente, señor, he venido para irme. + +--Pero... ¿por qué habéis venido? + +--Por venirme á cuento. + +--¿Pero qué cuento es el vuestro? + +--Es, señor, un cuento de cuentos. + +--Pues empezad. + +--Ya he concluído. + +--¡Pero si no me habéis contado nada! + +--Si vuestra majestad quiere contaré las palabras. + +--¡Don Francisco!--exclamó con irritación el rey. + +--¡Señor!--contestó Quevedo inclinándose profundamente. + +--¿No tenéis nada de qué quejaros? + +--Quéjome de mi fortuna. + +--¿Ni nada tenéis que pedir? + +--Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia. + +El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario. + +Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y +la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada. + +Esta situación duró algún tiempo. + +--Permita Dios que se duerma--dijo Quevedo para sí--, no sé ya qué decir +á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni +en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos +de lo que yo estoy haciendo azotan á otros. + +--¡Aún estáis ahí!--dijo el rey levantando del libro los ojos. + +--Esperaba, señor, que me mandárais irme. + +--Pues idos enhoramala--dijo el rey, y volvió á su lectura. + +--Aún es pronto--dijo Quevedo--; todo se reduce á que este imbécil se +acuerde de que es rey y me encierre. Espérome. + +Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil +delante de él. + +Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo. + +Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó: + +--¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais? + +--Ocurrióseme, señor, pediros que me perdonáseis por haber malgastado el +precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad había +vuelto á sus devociones... + +--Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y +vuelto á perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el +volver á pedirme audiencia. + +--Beso las reales manos de vuestra majestad--contestó Quevedo, y salió. + +--¿Qué habrá querido decirme don Francisco?--dijo el rey cuando se quedó +solo--; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso +que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. ¿Pero +qué habrá querido decirme? quitando lo de la monarquía en ropilla, que +creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he +entendido más. Y de seguro... me ha dicho algo... ¡pero ese algo!... +¡ese algo!... + +El rey se quedó hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena +fe que Quevedo le había dicho grandes cosas, que él no había podido +entender. + +Entre tanto Quevedo iba soplándose los dedos por las crujías del +alcázar. + +--Bendito mi amor sea--exclamaba--, que me obligó á pedir al tío +Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola +conmigo mismo á mi doña Catalina, me ha traído á saber el grande apuro +en que se halla la pobre mártir, la infeliz Margarita de Austria. +Enredo, enredo y siempre enredo. + +Y el buen _ingenio_ seguía adelante. + +--Y ¡vive Dios, que ya sudaba!... no sabía cómo seguir diciendo al rey +palabras y no más que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido, +¡bah! la caridad es más difícil á veces de lo que parece. ¡Pero qué +rey... señor! ¡qué rey! + +De repente Quevedo se detuvo y escuchó con atención. + +Había oído un _siseo_. + +El _siseo_ volvió á repetirse. + +--De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues: +acudo. ¿Es á mí? + +--Sí por cierto--contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja. + +--¡Ah, lucero de mi obscura noche!--exclamó Quevedo--; creo que mi +pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de +encontraros. + +--No podíais pasar por otra parte. + +--¿Me esperábais? + +--Con ansias del corazón. + +--No digáis eso, si no queréis verme loco. + +--Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis +ansias, que de él estoy segura, sino por ella. + +--¿Por la ella del enredo? + +--Sí; ¿cómo os ha ido con el rey? Me dejásteis temblando. + +--Y allá se queda él confuso. + +--¿Tanto le habéis dicho? + +--Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, ¿por qué ansiais? + +--Porque vayáis á ver al momento á doña Clara de Soldevilla. + +--¿A tan hermosa dama me enviáis? + +--Vos podéis ir á ella sin que yo os envíe. + +--Me estoy bien donde me quedo... ¿Llámame doña Clara? + +--Sí. + +--Correo soy de seguro. + +--Para correo habéis nacido. + +--Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena +voluntad se perdonen. + +--Sois hombre afortunado. + +--Decidme, ¿dónde está mi fortuna, ya que habéis dado con ella? + +--¿Pues qué, no os amo yo? + +--¡Si se muriera uno! + +--Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa más +de lo que pensamos. + +--Adiós, pues, señora mía. Con que me digáis dónde vive doña Clara, me +dejo con vos el alma y allá me emboco. + +--Más allá de la galería de los Infantes, en aquella galería obscura. + +--¿En la de anoche?... + +--Sí, frente á aquellas escaleras. + +--¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales +señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos +se queda. + +--¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós. + +La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la +besó suspirando. + +--Adiós--dijo, y se alejó. + +La reja se cerró silenciosamente. + +Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara. + +Aquella puerta se abrió al momento. + +Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada +vaga, con todas las señales de una inquietud cruel. + +--Vos lo sabéis todo, don Francisco--dijo la joven con anhelo. + +--Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello. + +--No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza; +me estoy muriendo; sobre mí vienen... + +--Las culpas ajenas os premian. + +--¿Qué decís? + +--¡Si le amáis! + +--¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición... + +--¿Y á qué vencerla? + +--¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo? + +--¿A Juan? + +--Sí--contestó con esfuerzo doña Clara. + +--Lo veré, si vos queréis. + +--¿Sabéis dónde está? + +--Está donde le han arrojado vuestros desdenes. + +--¿Y le sacarán de allí mis favores? + +--¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio. + +--Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad. + +--O no os conocéis, ó no me conocéis, señora--dijo gravemente Quevedo. + +--No os entiendo, don Francisco. + +--Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora, +sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda +caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de +mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre; +Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro. + +--Me veo obligada á casarme con vuestro amigo por salvar á su majestad +de unas apariencias que podían perderla; cierto es que vuestro amigo me +ha interesado el corazón, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso +que voy á dar es decisivo; ¿le conocéis vos, don Francisco? ¿estáis +seguro de que su galanteo con esa comedianta pasará en el momento en que +le abra mi corazón? ¡decidme, por Dios, cuánto pierdo ó cuánto gano en +mi sacrificio! + +--Juan es un rey sin corona, doña Clara: para Juan sois sola; Juan es +sólo para vos. + +--Explicadme mejor... + +--Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una +mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitáis un +hombre como Juan. Que, en fin, habéis nacido el uno para el otro. Por +eso os habéis amado en el punto en que os habéis visto; por eso Dios ha +querido que sea inevitable vuestro casamiento. + +--Pero mi padre... + +--Vuestro padre ¡vive Dios! se dará por muy contento con que os caséis +de tal modo, y tales andan las cosas, que más servís para envidiada que +para envidiosa. + +--¡Ah, os creo! ¡os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me +engañáis! os creo, y creyéndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad; +esta carta es para vuestro amigo. + +--Ya sabía yo que había de ser correo; pero no importa. Sólo siento una +cosa. + +--¡Qué! + +--Que acaso no podréis ver á mi amigo tan pronto como quisiérais. + +--¿Y por qué? + +--Acaso no podáis verle hasta después de la media noche. + +--En ese caso se dará orden para que le abran el postigo de los Infantes +á cualquier hora que llegue. + +--La señal. + +--El capitán Juan Montiño. + +--¡El capitán! + +--Tengo para él una provisión de capitán de la guardia española. + +--¡Ah! ¡pues me pesa! ¡se necesita para que os caséis con él, de la +licencia del rey! + +--No paséis pena por eso. + +--El rey os ama. + +--El rey está ya bien curado. + +--¿Y... cuándo pensáis casaros con mi amigo? + +--Si él consiente... pronto... muy pronto. + +--¿Será cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto? + +--¡Oh! no, no tanto. Y os agradecería que me hiciéseis un favor. + +--¿Cuál? + +--¿Me dais vuestra palabra de que me lo concederéis? + +--Dóiosla y ciento, mil. + +--No digáis una sola palabra de lo que hemos hablado de él á vuestro +amigo. + +--Otorgo. + +--Y quisiera que... + +--Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes. + +--No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo. + +--Vendré; y adiós, señora. + +--Adiós. + +Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando: + +--¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón! + +Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina +y dijo á la condesa de Lemos: + +--Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla +al momento. + + + + +CAPÍTULO XXXVI + +DE CÓMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZÓN Y SU VIRTUD Á PRUEBA + + +Cuando el confesor del rey salió de la cámara de la reina, al verse en +las galerías del alcázar medio alumbradas, y por consecuencia medio á +obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado +se deshizo; vaciló, y se apoyó en una pared. + +Y allí, anonadado, trémulo, lloró... lloró como un niño que se encuentra +huérfano y desesperado en el mundo. + +Y lloró en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la +resignación sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadáver +animado que en aquel punto sólo tenía vida para llorar. + +Pero esto pasó; pasó rápidamente, y se rehizo, buscó fuerzas en el fondo +de su flaqueza, y las encontró. + +--Sigamos hacia nuestro calvario--dijo--, sigamos con valor; apuremos la +copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazón rebelde... que +obedezca á su deber ó muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado +de combatir un solo momento. + +Se irguió, serenó su semblante, y se encaminó al lugar donde le esperaba +el tío Manolillo. + +El bufón le salió al encuentro. + +--¿Ha venido?--dijo el padre Aliaga. + +--He tenido que engañarla; ahora mismo la estoy engañando. + +--¡Engañando! + +--Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de +lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años. + +--¿Y por qué la engañáis? + +--Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de +que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla. + +--¡Su amante! ¿y quién es su amante? + +--El señor capitán don Juan Girón y Velasco. + +--¡Ah, ese joven!--exclamó con un acento singular el religioso. + +--Aquí hay una escalera--dijo el bufón--, y no hubiera querido traeros +por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla... +asíos á las faldas de mi ropilla. + +Empezaron á subir. + +--¿Sabéis--dijo el bufón--que hay esta noche gente sospechosa en +palacio? + +--Lo sé, y la Inquisición vigila. + +--¿Dónde creéis que estén esas gentes? + +--En el patio. + +--Algo más adentro; mucho me engaño, si por los altos corredores de mi +vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmán... + +--¡Ese miserable! + +--Y si no le acompaña el galopín Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos +oído hablar en voz baja á lo último del corredor. + +-¿Y qué pensáis de eso? + +--Temo mucho malo. + +--¿Contra quién? + +--Contra la reina. + +--¡Ah! + +--No os asustéis, yo estoy alerta. + +--Será preciso prender á esos miserables. + +--Dejémoslos obrar, no sea que prendiéndolos perdamos el hilo. Por lo +mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo á +obscuras; por la misma razón, ya que estamos cerca de lo alto de las +escaleras, callemos. + +Siguió á la advertencia del bufón un profundo silencio. + +Sólo se oían sobre los peldaños de piedra los recatados pasos del +religioso y del tío Manolillo. + +En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de +corredor, y el bufón se detuvo y llamó quedito á una puerta. + +Oyéronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorrió un cerrojo. + +La puerta se abrió. + +El padre Aliaga sólo pudo ver el bulto confuso de la persona que había +abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oyó una anhelante y +dulce voz de mujer que dijo: + +--¿Ha venido ya? + +--No, hija mía--dijo el bufón--, y según noticias mías, no vendrá esta +noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos +estar á obscuras á la grave persona que viene conmigo. + +--¿Quién viene con vos, tío? + +--El confesor de su majestad el rey. + +--¡Ah! ¡El buen padre Aliaga! + +--¿Me conocéis?--dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en +otra ocasión entró Quevedo con el tío Manolillo. + +--Os conozco de oídas; delante de mí han hablado mucho de vos el duque +de Lerma y don Rodrigo Calderón. + +Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga miró con ansia á la +comedianta; al verla, dió un grito. + +--¡Ah!--exclamó--; ¡es ella! ¡Margarita! + +--Os habéis engañado, señor--dijo la Dorotea--; yo no me llamo +Margarita. + +--Es verdad--dijo el padre Aliaga--; vos no os llamáis Margarita, pero +ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma +cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan +extraordinaria! + +--Miren qué casualidad--dijo el bufón--, que tú, hija mía, hayas querido +venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido +venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta +semejanza con otra persona. + +La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga. + +--¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!--dijo la +Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de +espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto. + +El bufón se anticipó al padre Aliaga. + +--No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de +nombre. + +--Me estáis engañando--dijo de una manera sumamente seria la Dorotea. + +--No, hija mía, no--dijo el padre Aliaga--; pero me extraña ver en el +aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos. + +La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto +expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis. + +--¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel? + +--Os diré, fray Luis: sí y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy, +porque ni siquiera he conocido á su madre, y lo soy, porque no tiene en +la tierra quien haga para ella oficio de padre más que yo. + +--¿Y vos habéis conocido á vuestros padres, hija mía? + +--No, señor--dijo la Dorotea--; me he criado en el convento de las +Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy niña, iba todos los días á +visitarme el tío Manolillo; yo lo creía mi padre; pero cuando estuve en +estado de conocer mi desdicha, me dijo el tío Manolillo: «Yo no soy tu +padre; te encontré pequeñuela y abandonada...» + +--¡Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontré--dijo el +bufón. + +--¡Válgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; ¿pero en qué os ejercitáis, +que baste á costear honradamente esas galas y esas joyas? + +--¿Quién habla aquí de honra?--dijo la Dorotea, cuyo semblante se había +nublado completamente--. ¿A qué este engaño? ¿A qué ha subido á este +desván? Demasiado sabéis, padre, que soy comedianta, y menos que +comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos más de ello... Pero +sepamos... sepamos á qué he venido yo aquí y á qué habéis venido vos. + +--¡Oh, Dios mío!--exclamó el padre Aliaga, levantando las manos y el +rostro al cielo, dejando caer instantáneamente el rostro sobre sus +manos. + +Pero esto duró un solo momento. + +El religioso volvió á levantar su semblante pálido, melancólico y +sereno. + +--¡Vos me conocéis!...--exclamó la Dorotea--más que eso... Vos conocéis +á mis padres... ó los habéis conocido... Mi madre se llamaba Margarita. + +--Es verdad. + +--¿Y dónde está mi madre?--preguntó juntando sus manos y con voz +anhelante Dorotea. + +--¡En el cielo!--contestó con voz ronca el bufón. + +--¡Ah!--exclamó la Dorotea. + +Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio. + +Luego dijo con doble anhelo: + +--¡Pero mi padre!... + +--¡Tu padre!...--dijo el bufón--¿quién sabe lo que ha sido de tu padre? + +--Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme--dijo el padre Aliaga. + +Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el +padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros +tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II. + +--No os habéis equivocado, hija mía--dijo el confesor de Felipe III--; +se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba +entrar en vuestra casa. + +--El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido... +pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho. + +--Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros, +debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general. + +--¡Dios mío!--exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada. + +--Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni +ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más +que el hermano adoptivo de vuestra madre. + +--¡Dios mío!--repitió Dorotea juntando las manos. + +--Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó +un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que +escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy +viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta. + +--Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte. + +--De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición. + +--¡Acusada á la Inquisición!--exclamó el tío Manolillo poniéndose +delante de la joven como para defenderla--; ¡acusada á la Inquisición! +¿y por qué? + +El padre Aliaga no quiso comprometer á doña Clara Soldevilla, arrojar +sobre su cabeza el odio del bufón, y contestó: + +--Por las inteligencias con un hombre, en el cual, según me he +informado, está puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con +un tal Gabriel Cornejo... + +--¡Con ese miserable!--exclamó el bufón--; ¿tienes tú conocimiento con +ese miserable, Dorotea? + +--Sí--contestó la joven--; le he buscado... porque creía amar á un +hombre... desconfiaba de él... necesitaba un bebedizo... pero yo soy +cristiana, señor, yo creo en Dios, yo le adoro--exclamó llorando la +Dorotea. + +--Os he asegurado que nada tenéis que temer--dijo el padre Aliaga--; +pero es necesario que cambiéis de vida; que dejéis el teatro, y no sólo +el teatro, sino el mundo. + +--El teatro, sí--dijo la Dorotea--; sin que vos me lo aconsejárais +estaba resuelta á ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo... +fuera del claustro está mi felicidad; está él, y él me ama... + +--Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede +amaros. + +--¡Ah! ¡le conocéis...! ¡os ha enviado él...! ¡ama á la otra...! ¡ama á +doña Clara...! ¡y se casará con ella...! ¡oh! ¡no! ¡no se casará! ¡será +necesario para ello que me haga pedazos la Inquisición! + +--¡Oh, Dios mío!--exclamó á su vez el padre Aliaga. + +--¿Pero qué te ha dado ese hombre?--exclamó con irritación el tío +Manolillo--; ¿qué te ha dado que te ha vuelto loca? + +--Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo +que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le +he oído. + +--¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!--dijo el bufón. + +--No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida. + +--¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores +ilícitos?--dijo el padre Aliaga--; ¿por qué ligar á vos á un joven noble +y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...? + +--Me estáis desgarrando el corazón--exclamó con una angustia infinita la +Dorotea--; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia. + +El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido +poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido. + +--Es verdad--dijo con la voz opaca y convulsiva--; decid á una pobre +niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu +vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre +honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega, +cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á +vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú +amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta +con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón. + +--¡Manuel! ¡estáis loco!--exclamó el padre Aliaga. + +--No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él; +no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván +de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también +poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo +decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y +oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y +como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de +comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa, +observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no +vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un +amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego. + +--¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!--dijo la Dorotea, +pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del +religioso. + +--Yo... ¡Dios mío! ¡yo, que amo á su majestad! + +--Y si ocultáis vuestro amor, si le devoráis... porque al fin ella es +una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenéis la virtud de sufrir en +silencio vuestro infierno; si sabéis cuánto ofendéis á Dios, porque os +está prohibido amar á otro que á Dios y amáis á vuestra reina... si +sabéis que puede llegar un día en que blasfeméis, y en que la blasfemia +os condene... ¿por qué queréis que una mujer libre engañe á Dios y se +encierre en un claustro, y dentro de él sufra un infierno de amor, y +blasfeme, y se condene también? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi +alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender á Dios, +porque no soy esposa de Dios. Y haced de mí lo que queráis: prendedme, +matadme, llevadme á la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que +le adoro, que creo en Él. Dios dará su gloria á quien ha sufrido tres +veces el martirio. + +--La Inquisición no te tocará, no te acusará á ti. ¿No es verdad, padre, +que la Inquisición no se atreverá á ella? + +Las últimas palabras del tío Manolillo eran un rugido amenazador. + +--¡Dejadme!--exclamó el padre Aliaga--¡dejadme, y que Dios tenga piedad +de los tres! + +Y salió desalentado. + +--Esperad, voy á alumbraros y á guiaros, fray Luis; ¡bah! eso pasará, +nos entenderemos y seremos los más grandes amigos del mundo. ¡Ah, ah! tú +te quedas aquí, hija mía. No llores, que no hay para qué. Vamos, padre +Aliaga. + +El bufón salió y cerró la puerta exterior. + +Después de cerrarla se detuvo. + +--Juraría--dijo--que al llegar á la puerta por la parte de adentro, he +sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No +importa, yo volveré y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para +que os guíe, fray Luis. + +El padre Aliaga dió á tientas la mano al bufón. + +--Estáis muriendo, padre; vuestra mano está fría como la de un +muerto--dijo el bufón al sentir el contacto de aquella mano. + +El padre Aliaga no contestó. + +El bufón le llevó por donde le había traído. + +Al llegar á la galería de los Infantes, le soltó. + +--Desde aquí--dijo--sabéis salir del alcázar. Pero una palabra antes de +que nos separemos: tened compasión de ella, tened compasión de vos +mismo, tenedla, por Dios, de mí. + +El padre Aliaga se alejó en silencio y con la cabeza baja. + +--Acaso he sido imprudente--dijo el bufón estremeciéndose--, acaso he +sido injusto; ¡Dios mío! cuando se trata de ella me vuelvo loco. + +El tío Manolillo volvió á tomar en silencio el camino de su mechinal. + +Antes de llegar á su puerta se detuvo. + +--Es necesario que yo vea--dijo--qué gentes andan por aquí esta noche. + +Y abrió la puerta, entró, encendió una lámpara y salió á los corredores +sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincón. + +El tío Manolillo recorrió y examinó minuciosamente la parte alta de +aquel departamento. + +A nadie encontró por más que registró todos los escondrijos. + +--Vamos--dijo--, sería el viento. + +Y siguió adelante hacia su vivienda. + +Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se +detuvo; había oído la voz de Francisco Martínez Montiño, que decía: + +--Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se +conozca que es un cofre; vosotros dos no os separéis de mí; las manos en +las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de +buenos mozos de la guardia española. + +--Descuide vuesa merced, señor Francisco--dijo una voz franca y +ligera--, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de +robar. + +A seguida el bufón oyó el ruido de una llave en la cerradura, y apagó la +luz y se retiró precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se +embebió en él cuanto pudo y escuchó con profunda atención. + +Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que +conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego +dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus +coletos rojos. + +El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta. + +Él y los cuatro hombres se alejaron. + +Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca +distancia. + +Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal. + +--Cosme, hijo, síguelos--dijo una voz muy conocida del tío Manolillo--; +yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que +lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los +coletos encarnados. + +Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos +corredores. + +--¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!--dijo el tío Manolillo--. Van +por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera; +para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues +bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo +volveré. + +Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón. + +Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á +pasar por la puerta de su aposento. + +Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de +él. + +Aquel bulto era el sargento mayor. + +Escuchaba. + +--Está sola y llora--dijo--; ¿dónde estará el bufón? + +Y volvió á escuchar. + +--Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es también que el +tío Manolillo puede volver; no sé por qué me causa miedo ese hombre; +pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo +muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba +ver á Luisa; pero después de lo que he oído, me interesa más verla á +ella. Ea, adelante. + +Sonó un hierro en la cerradura, que resistió un momento; luego se sintió +correrse el fiador. + +La puerta se abrió. + +Cerróla de nuevo el sargento mayor, y entró en el aposento donde se +encontraba Dorotea. + + + + +CAPÍTULO XXXVII + +DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS + + +La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío +Manolillo, y continuaba llorando. + +--¿Quién había de decirme--murmuró roncamente el sargento mayor--, la +noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había +de llegar un momento en que nos sirviese de mucho? + +Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á +la joven, y al cabo dijo: + +--Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del +primero que llega? + +Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con +desprecio: + +--¿Quién os ha llamado? Idos. + +--No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día, +deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado +sola, sino que habéis servido de estorbo. + +Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea. + +--¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo? + +--Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan +hacerla. + +--¿Y cómo he podido yo estorbar?... + +--Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis +descosido del ajusticiado. + +--¡Ah! ¿se trata?... + +--Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo +Calderón, sino también á vos. + +--Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero. + +--Ese caballero se ha burlado de vos. + +--¿De mi? + +--Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado. + +--¿De quién?--exclamó todo afán Dorotea. + +--De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por +las calles de Madrid y á quien prometió entregarle las cartas que tenía +de la reina don Rodrigo. + +--¿El nombre de esa dama? + +--No hace mucho que se pronunció en este mismo aposento: os escuchaba... +desde esa ventana; os oía á vos, al padre Aliaga, al tío Manolillo. + +--¿Doña Clara? + +--Eso es... doña Clara Soldevilla. + +--¿Pero es cierto que él la ama? + +--Podréis juzgar de ello dentro de poco. + +--¡Cómo! ¿vos podéis procurarme?... + +--Para que no os extrañe lo que voy á deciros, es bueno que sepáis que +yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y +parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando +quiero, y ando á caza de secretos... por las galerías... que algunos se +cogen en ellas de noche. Fuí á ver esta mañana á don Rodrigo, y bueno +será que lo sepáis... le encontré muy malo con un dagazo en los pechos, +lo que debéis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayáis dejado +por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien. +Díjome el nombre de quien le había herido, que le había quitado las +cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de +si entraba ó salía en palacio. Pero como don Rodrigo no le conocía, no +pudo darme las señas, sin las cuales me hubiera costado maña y trabajo +averiguar. Pero afortunadamente le encontré en vuestra casa y vos me le +dísteis á conocer. Se os ha seguido, se sabe dónde ha ido ese hidalgo... +lo que ha hecho... + +--Tenía un duelo concertado... + +--Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto á mí, tengo +seguridad de que esta noche vendrá á palacio, y á la salida... cuando +salga solo... + +--¿Y qué seguridad tenéis de que ese caballero vendrá á palacio? + +--Desde el obscurecer estábamos en palacio cuatro de los míos y yo; dos +fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y +yo en el interior. Vagaba yo por las galerías, y sin saber cómo no podía +separarme de la habitación de doña Clara Soldevilla, cuando he aquí que +un hombre llama y le abren. A la luz de quien le había abierto, reconocí +á don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo +del señor Juan Montiño, me dije: esperemos; por algo viene aquí don +Francisco, que no acostumbra á perder el tiempo. Salió don Francisco y +yo le seguí. Don Francisco se fué derecho á vuestra casa y llamó. +Abriéronle y preguntó por vos. Dijéronle que habíais salido. Cerróse la +puerta, y don Francisco se sentó en el dintel. Indudablemente, don +Francisco había salido del cuarto de doña Clara Soldevilla en busca de +Juan Montiño. + +--¿Y decís que él vendrá? + +--Ha concluído ya su lance con don Bernardino, según me han dicho, y no +debe tardar en ir á vuestra casa... porque también sé que vive en +vuestra casa; tropezará con don Francisco, que le está esperando, y +vendrá. Entrará, sí, pero Dios le asista á la salida... + +--¿Y si no sale? + +--Esperaremos á otro día para vengaros á vos, para vengar á don Rodrigo. + +--Si veo entrar en el aposento de doña Clara esta noche á ese caballero, +contad conmigo. + +--Le veréis, os lo aseguro... pero es necesario que me sigáis. + +--Al fin del mundo os seguiré. + +--Pues venid. + +--Juradme que esto no es un lazo que me tendéis. + +--¿No os tengo aquí sola? + +--Es verdad. + +--Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la +herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre +sin que le veamos. + +--¿Y le podré ver sin ser vista? + +--En esta parte, decuidad. + +Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán. + +Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de +cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la +puerta del aposento de doña Clara. + +--Aquí es--dijo el sargento mayor. + +--¿Y la puerta por donde ha de entrar? + +--Esta. + +--No se oye nada. + +--Esperan, sin duda. + +--¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar? + +--Pero ¿estáis loca? + +--Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo. + +--Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos +bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea. + +Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras +donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para +que no la vieran los tudescos. + + + + +CAPÍTULO XXXVIII + +DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE +SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR + + +Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba +reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo. + +Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al +cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los +dos soldados de la guardia española que le escoltaban. + +El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al +último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido. + +Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la +lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles. + +Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que +los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en +atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo +Madrid para un remedio. + +El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón, +recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la +Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia +Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una +imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y +partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un +momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de +espadas. + +El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la +Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado, +y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz +trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía: + +--¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos +mismo! + +--¿Qué dice ese imbécil?--exclamó el bufón--; indudablemente los buenos +mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero +escuchemos. + +--¿Qué habláis de señor, mi querido tío?--dijo Juan Montiño riendo--; el +miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis. + +--Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado--, dijo Francisco +Montiño--; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda +recobrarme y revelaros un secreto. + +--¡Ta! ¡ta! ¡ta!--dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez +Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto +y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de +donde habían salido los tres jóvenes--; mucho será que el misterio de +ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y +Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién +es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay +criaturas que nacen maldecidas! + +Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta +calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una +puerta y frente á ella esperó. + +Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados +á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos +lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de +la guardia española. + +--¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que +tengo los brazos dormidos?--dijo un lacayo al otro. + +--Debe estar lleno de oro para pesar tanto--contestó el otro lacayo. + +--Indudablemente--dijo un soldado--, mucho debía valer cuando querían +aliviaros del peso. + +--Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería--dijo el +otro soldado--, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de +veinte los que nos acometían. + +--No eran sino seis--dijo el otro soldado--; el miedo te ha hecho la +vista de aumento, Dieguillo. + +--¡Qué miedo ni qué berenjenas!--dijo el otro picado--; consistirá en +que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver +estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja +como una zanahoria, y me ha levantado un chichón--, dijo el soldado +quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza. + +--Pues no--repuso el otro soldado--; el hidalgo á quien después del +lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de +provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba +delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco; +¿qué será eso? + +--Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á +beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del +cintarazo--dijo el otro soldado. + +--Vamos, buenos mozos--dijo uno de la hostería que traía sobre las dos +manos una enorme cazuela--; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con +sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior, +ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras. + +--¿Con vinagre son los conejos?--dijo un soldado--, pues gracias á que +nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del +vinagre no entre en parte con el vino. + +Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno +el papa. + +--Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte. + +Pero pasemos adelante. + +En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo. + +Inesilla les servía. + +El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los +ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que +otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose. + +--¿Y qué decís de esto?--dijo entre un bocado, un guiño y una galantería +soldadesca á la muchacha el alférez. + +--¿De qué queréis que diga?--contestó Velludo--; ¿de esta buena moza, de +estas perdices, ó de vos? + +--No por cierto; de lo que acaba de suceder. + +--Ello dirá. + +--Por lo pronto--exclamó el alférez--, ha acabado de maravillarme +nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las +viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas +partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas, +vive Dios! ¡paradas de valiente! + +--Es mucho mozo. + +--Pero esta chica es mejor moza. + +--¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados. + +La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un +cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto +género. + +Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos. + +--¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis? + +--Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte--dijo el +alférez--; ¿cuál de nosotros dos te gusta más? + +--Ninguno--dijo la muchacha. + +--¡Ah! pues entonces jugaremos. + +--¿Y qué vamos á jugar? + +--El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se +ablande. + +--Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos--dijo la muchacha +poniéndose encendida como una amapola. + +--¡Ah!--dijo el alférez--, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando +sirviendo en esta casa y siendo tan bonita. + +--¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva? + +--Nada más. + +--Pues que Dios guarde á vuesas mercedes. + +Y la muchacha salió. + +--Amigo Velludo, no juguemos--dijo el alférez. + +--¿Por qué? + +--Esta muchacha es honrada y quería bendiciones. + +--Bendígala Dios, y paso. + +--Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos. + +Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones. + +En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un +lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados +en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío. + +--Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como +de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho. + +A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo +á hilo. + +Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso. + +Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado. + +Temía que Montiño se hubiese vuelto loco. + +--¿Pero qué os sucede, tío? + +--En primer lugar--dijo el cocinero mayor--, no me llaméis tío: yo no lo +puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la +resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no +soy vuestro tío. + +--¿Qué estáis diciendo? + +--La verdad. + +--Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre. + +--Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese! + +--Pero entonces vos no sois Montiño. + +--Al contrario, vos sois el que no lo sois. + +--¿Yo? + +--Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es, +después del rey, el más grande de España. + +Miró profundamente el joven al cocinero, temeroso de si éste tenía ó no +cabal el juicio, y dijo: + +--¿Y quién es esa noble persona? + +--Aquí en este cofre debe decirlo. + +--¿Pero vos no lo sabéis? + +--El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza: +vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque +todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo +más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el +caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos. + +Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la +cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente: + +«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy +fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió +cerrado y sellado como se encuentra este cofre.» + +Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del +escribano. + +--Pero no podemos abrir este cofre--dijo el joven. + +--Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición. + +--¡Ah! + +Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una +manera nerviosa el papel. + +Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave. + +--¡Ah! todo estaba previsto--dijo el cocinero del rey--. Abramos. + +--A vos dejo la responsabilidad de este hecho--dijo Juan. + +El cocinero abrió con mano trémula el cofre. + +Apareció primero un paño de seda azul. + +Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles. + +Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados. + +Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones +de á ocho. + +Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta. + +Contados los rollos, eran cuarenta. + +Es decir, que la caja contenía dos mil doblones. + +Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul. + +Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo. + +Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de +perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el +sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las +cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa +de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras +para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor. + +A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le +acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer. + +--¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!--exclamó olvidado de que le escuchaba el +joven. + +Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente +excitado. + +Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia +la causa de aquel interés. + +--Veamos esos papeles--dijo Juan--ya que habéis abierto ese cofre, á fin +de que sepamos á quién pertenece esto. + +--Sí, veámoslo, señor, veámoslo--dijo maquinalmente el cocinero mayor. + +Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la +mesa. + +Tomó uno á la ventura y leyó: + +Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y +testimoniada por el escribano Gabriel Pérez. + +La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del +excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo +nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma +dama. + +Juan apartó aquel papel y tomó otro. + +En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo +suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería +española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan +Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos +que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como +testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara +del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de +estas firmas. + +Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de +bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con +una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su +hijo don Juan Girón. + +Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su +nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del +duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia +podía gozar desde su nacimiento. + +El último papel era una carta del duque para su hijo. + +El contexto de aquella carta era solemne. + +Decía así: + +«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez +Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo +natural, don Juan Girón. + +»Hijo mío: + +»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos +los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis +llevar sin mancharle mi apellido. + +»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble +madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de +vuestro nacimiento. + +»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro +padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso +secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un +magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra +esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á +conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie, +ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto. +Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá +reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión +en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo, +si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis. + +»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en +la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios, +con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no +puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido +ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los +ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á +mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal +criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en +la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y +leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el +hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en +Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para +abrazaros. + +»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han +encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera, +sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis +desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin +perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme. + +»Creo que baste con lo que os digo. + +»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y +leal y recibid la bendición de vuestro padre, + + »EL DUQUE DE OSUNA, CONDE DE UREÑA.» + +--¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?--dijo todo trémulo +Francisco Martínez Montiño. + +Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó. + +En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la +cólera bajo su semblante. + +Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su +ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre. + +Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor: + +--Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos +tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia. + +--¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un +príncipe! + +--Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de +llevároslo. + +--¿Y si me lo roban, señor? + +--¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós! + +--Pero... + +--Adiós, ya os veré. + +Y don Juan salió. + +--¡Pero está loco, Dios mío!--dijo el cocinero mayor guardando todo +aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las +paredes--. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que +me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles +apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al +fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes, +porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome +su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor +general. + +Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le +había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo. + +--¡Eh, hostelero!--dijo llamando; y cuando apareció éste añadió--: decid +á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban. + +Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos +con el cofre y salió. + +Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano: + +--¿Y el gasto, señor? + +--¡Cómo! ¿No han pagado?--dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto. + +--Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba +quedábais vos... + +--¿Y cuánto es la cuenta?--dijo todo turbado el señor Francisco. + +--Quince ducados, señor. + +--¡Quince ducados!--exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo +que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del +miserabilísimo carácter del cocinero--; ¿pues cuántas gentes han comido +y bebido? + +--Dos hidalgos, señor, cuatro criados... + +--Basta... basta--dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un +bolsillo de los gregüescos--; tomad y adiós. Con muchas cuentas como +ésta os ponéis rico. + +--Vaya en paz vuesa merced--dijo socarronamente al cocinero mayor. + +--¡A palacio!--dijo Montiño á los suyos. + +Y se puso en marcha delante de ellos. + + + + +CAPÍTULO XXXIX + +DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE +ESPERA DESESPERA + + +Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos, +se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y +alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró +á mano. + +El joven estaba aturdido. + +No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento. + +El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres +legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la +circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate, +á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña. + +Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre; +sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y +aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban. + +Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época +en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel +tiempo eran otras las costumbres. + +Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos +apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen +judíos convertidos, apadrinados por algún grande. + +Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de +virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de +otro modo. + +No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre. + +Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque, +estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su +hijo. + +Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no +era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía +dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla. + +Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como +una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras +doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en +una palabra, su cuerpo y su alma. + +Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres: +á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad. + +Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del +poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no +podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor +violento que el joven había concebido por doña Clara. + +Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo +que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de +alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por +ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se +había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones +habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de +amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en +doña Clara, sufría recordando á la Dorotea. + +Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos +grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en +condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de +mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en +silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos +hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con +lenguaje tentador, elocuente, al joven. + +Don Juan, pues, tenía fiebre. + +Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las +contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió +de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo +para sí: + +--El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara, +será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana. + +Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría: + +--Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las +dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi +mujer, la otra será mi querida. + +Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar, +porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios +posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á +realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia. + +Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle +Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y +á la casa de la Dorotea. + +Al llegar á la puerta retrocedió. + +Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él. + +--¡Quién va!--dijo don Juan poniendo mano á su espada. + +--Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién +se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un +trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos +de la mañana! + +--¡Don Francisco!--exclamó admirado el joven--; ¿qué hacéis aquí? + +--Esperar para deshacer. + +--¿Para deshacer qué? + +--Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que +viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais +de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos +estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma. + +--¡Vos! + +--Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin +alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares +y no sabiendo dónde pararse. + +--¡Ah, esperábais! + +--Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño. + +--No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese +apellido me hace daño. + +--¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?--dijo Quevedo con +intención. + +--El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos +con un cofre, y en ese cofre... + +--Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin, +¿qué es lo que sabéis? + +--Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el +duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre. + +--Pero, ¿quién es vuestro padre? + +--El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués +de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los +ejércitos de su majestad--dijo con amargura el joven. + +--¿Y os pesa de ello, don Juan?--dijo Quevedo cambiando de tono. + +--Pésame por mi madre. + +--¿Sabéis quién es vuestra madre? + +--No; ¿y vos? + +--Tampoco--contestó prudentemente Quevedo. + +--Pero, ¿sabíais que el señor duque?... + +--Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la +carátula. + +--¿Y qué hacer? + +--Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez +Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra +cosa: recibir esta carta que vos no esperábais. + +--¿Acaso una carta de mi padre? + +--De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser +vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece. + +--Pero, ¿de quién es? + +--Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para +vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer. + +--¡De doña Clara!--exclamó alentando apenas el joven. + +--¡Ah, pobre Dorotea!--dijo Quevedo--; su hermosura y su amor, á pesar +de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina. +Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos. + +--¡Celos! + +--Como que ama. + +--¿Y os ha dado esta carta para mí? + +--Mirad á lo que por vos me reduzco. + +--¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero +agonizo de impaciencia. + +--¿Por leer? Pues leamos. + +--¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche! + +--Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la +esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de +ansias. + +Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que +Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás. + +--De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de +Eva--dijo--no conozco otra como la mujer. + +Y siguió á paso lento. + +Entretanto don Juan había doblado la esquina. + +Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los +Dolores embutida en su nicho, había un farol. + +Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que +sigue en la carta de doña Clara: + +«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he +ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto +recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco +de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al +postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y +una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y +venid, venid que os espero ansiosa.--_Doña Clara Soldevilla._» + +El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor +de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas +agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una +revolución poderosa en quien las experimenta. + +Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la +repisa de piedra del nicho de la imagen. + +Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven. + +--¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!--dijo--. ¡Como su padre! +¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y +hace frío y llueve. ¡Don Juan! + +El joven se levantó de sobre la repisa aturdido. + +--Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no +debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas. + +--Vamos--dijo el joven. + +Y tiró adelante. + +--No es por ahí--dijo Quevedo. + +--Pues guiadme vos. + +--Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa. + +Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque +el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para +andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar. + +Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al +postigo de los Infantes y llamó. + +Al primer llamamiento nadie contestó. + +--¿Qué es esto?--dijo don Juan--, ¿nos habremos equivocado de puerta ó +se habrá arrepentido doña Clara? + +--No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde! + +Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez. + +--¿Quién llama?--dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer. + +--¿No os lo dije? dormían--contestó Quevedo--; ¿pero qué hacéis que no +contestáis? + +--¿Quién es?--dijo la voz de adentro más despierta. + +--El capitán Juan Montiño--contestó don Juan. + +Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias. + +--Entrad--dijo la mujer. + +Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse. + +--Esperad--dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo--; aún queda +uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría. + +--¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas? + +--Créolo así. + +--Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer--dijo la joven, +que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta +quedando los tres en un espacio obscuro. + +--¿Os han dado algún mandato para mí?--dijo Quevedo. + +--Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á +su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre. + +--De las dos majestades, ¿cuál me espera? + +--Su majestad el rey. + +--¡Ah! pues corro--dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición +de ligereza. + +--¿Sabéis el camino? + +--Aprendíle ha rato. + +--Pues id con Dios. + +--Guárdeos él y á vos, amigo don Juan. + +--¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar. + +--No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra +guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la +derecha. + +--Y vos debéis iros por la izquierda--dijo la mujer. + +--Bien me lo sé. + +--Adiós. + +--Adiós. + +Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba. + +--¿Dónde estáis, caballero?--dijo la joven que había abierto el postigo. + +--Junto á vos, á lo que parece--contestó don Juan. + +--Dadme la mano que os guíe. + +Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se +trataba de una medio criada, medio doncella. + +Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se +detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al +fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la +sirviente dijo al joven: + +--Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora. + +Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la +impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un +objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la +luz. + + + + +CAPÍTULO XL. + +DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO + + +De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con +la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un +velón de cuatro mecheros. + +Don Juan no pasó de la puerta. + +Al verla se quedó tan inmóvil como ella. + +Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra. + +Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan. + +Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se +desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella. + +Estaba maravillosamente vestida. + +Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y +cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las +formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña +Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura. + +Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de +oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de +plata y seda. + +Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y +ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente +hermoso. + +--Acercáos--dijo con acento dulce doña Clara. + +--¿Para qué me habéis llamado?--exclamó el joven con afán acercándose. + +--Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he +enviado con don Francisco. + +--He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido. +¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo? + +--Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita? + +--Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi +vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de +hallaros en un grande compromiso. + +--Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso. + +--¡Que os casáis! + +--Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso. + +Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta. + +Doña Clara, entre tanto, había tomado de sobre la mesa un objeto +envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente. + +El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos +magnífico lazo de brillantes. + +--He aquí lo que me casa con vos--dijo doña Clara con la voz firme y +lenta, aunque grave. + +--¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!--exclamó el joven con una explosión de +alegría--; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma, +de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño! + +Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se +dejó caer. + +Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á +doña Clara. + +De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su +corazón y exclamó: + +--Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco. + +--Cuando seáis mi esposo. + +--Pero eso será pronto... + +--¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas +que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á +propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y +llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso +obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á +abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos +de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre +prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la +reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus +majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace +tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo. + +--Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado +vuestros desdenes de anoche. + +--Los ha cambiado este rizo. + +--Pero ese rizo... + +--Es mío. + +--¿Y no me diréis más? + +--Luego; después de las bendiciones, á solas con vos. + +--Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que +vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé +qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo? + +--Sí por cierto, me obliga mi corazón. + +--¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que +me espantan; no, vos no me amáis... + +--¿Quién sabe? + +--Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura... +¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á +vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar. + +--¿Y qué no asoma? + +--Despechada y amarga, que enamorada y contenta no. + +--¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo? + +--He querido y quiero... pero según os veo... me niego... + +--¡Ah, os negáis! + +--No quiero ayudar á que os sacrifiquen. + +--¡Don Juan!... + +--¿Por qué me llamáis don Juan? + +--Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa? + +--Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey... + +--Eso no importa nada... + +--¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?... + +--¡Cómo! ¿sabéis?... + +--¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?... + +--Del gran duque de Osuna, y... + +--¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis +el de mi padre? + +--¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?... + +--No, ¿y vos? + +--Tampoco... + +--Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais. + +--Lo he sabido por una casualidad esta noche... + +--Yo lo supe ayer... + +--¿Quién os lo dijo?... + +--Vuestro supuesto tío... + +--¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué +propósito?... + +--Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus +majestades. + +--Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo. + +Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á +doña Clara. + +Esta la leyó. + +--Me caso con vos--dijo, devolviéndosela. + +--Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta. + +--¿No me amáis?...--dijo con impaciencia doña Clara...--pues si me amáis +¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra, +á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos? + +--Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo... +arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y +cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio... +¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra? + +--Son las tres de la mañana--dijo doña Clara--y sus majestades esperan; +concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme. + +--Esperad; puesto que vais á ser mi esposa... + +--¿Qué?... + +--En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre; +aceptadlas como vuestro dote, señora... + +Y el joven se metió la mano en el bolsillo. + +--Después, muy después--dijo doña Clara--; ahora, puesto que entrambos +queremos unirnos, venid. + +Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba +la excitación de que estaba poseída. + +Don Juan la siguió. + +Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por +lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente +vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino +enlodadas hasta las corvas. + +Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo. + +[imagen: Doña Clara Soldevilla.] + + + + +CAPÍTULO XLI + +DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY + + +--Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don +Francisco--decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja +del palacio al cuarto de Felipe III--. Y eso--añadía--que tenéis una +perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro +hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de +él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á +su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se +agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común +apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que +ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la +mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que +un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y +prosigo hacia el cuarto de su majestad. + +Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación. + +--¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará--dijo al fin, cansado +de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta +de la primera antecámara del cuarto del rey. + +Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á +quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á +dormirse. + +Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente +rebujado. + +El ayuda de cámara despertó á su majestad. + +--Pronto amanece hoy--dijo el rey. + +--Son las tres de la mañana, señor--dijo el ayuda de cámara. + +--¡Ah! ¡son las tres de la mañana!--dijo el rey bostezando y poniéndose +la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese +la luz de la lámpara--; ¿quién es ese?--añadió después de haber +bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á +Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real. + +--Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor--dijo el ayuda de +cámara. + +--¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don +Francisco. + +--Perdóneme vuestra majestad, señor--dijo Quevedo con voz campanuda y +vibrante--; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo +en todos los años de mi vida por vuestra cámara. + +--¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os +he llamado... os necesitaba para algo. + +Quevedo no contestó. + +--¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?--dijo el rey. + +--Andan los tiempos muy crudos, señor--contestó Quevedo. + +--Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos, +que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar? + +--No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho +tiempo que el alcázar no es cacerola mía. + +--¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y +hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de +llamar. + +Quevedo fué á una puerta y dijo: + +--Su majestad llama. + +--Oye, Sarmiento--dijo el rey--; ponme detrás dos almohadones, á fin de +que pueda recostarme, y el gabán de pieles. + +Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió. + +Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones +y envuelto en el gabán. + +--Os aseguro, don Francisco--dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo +la señal de la cruz sobre el bostezo--, que estoy pasando una mala +noche. + +--No la paso yo mejor--dijo Quevedo. + +--Vos os divertís; yo me fastidio. + +--Pues os doy la diversión por dos blancas. + +--Os juro que no puedo dormir. + +--Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme. + +--Yo os había llamado para algo. + +--Yo creía que para algo era venido. + +--Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?... + +--¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un +rey tan grande como vuestra majestad--dijo Quevedo inclinándose +profundamente. + +--Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme +mi voluntad. + +--Y yo con mucha frecuencia las palabras. + +--¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo? + +--Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad +necesidad de mí. + +--¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No +tenéis nada que decirme? + +--Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos. + +--Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco. + +--¿Y á qué, señor?... + +--A que saquemos en claro para qué os he llamado yo. + +--¿Apostamos--dijo para sí Quevedo--á que el rey se está vengando de mí +por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor--dijo en voz alta--, +que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis +como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere +vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un +cuento. + +--No tal, ni por pienso--dijo el rey--, porque vuestros cuentos no los +entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de +Osuna? + +--Que no es mío. + +--¡Ah! pues por vuestro os le dan. + +--Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen +regalo. + +--¿Está contento con su virreinato de Nápoles? + +--Nada debe de dolerle, porque no se queja. + +--¿Y vos, estáis contento aquí? + +--Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo, +no enflaquezco. + +--Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué +decíamos, don Francisco? + +--Yo no decía nada. + +--Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de +cierto hijo. + +--No entiendo á vuestra majestad. + +--Pues hablemos de un sobrino. + +--Lo entiendo menos. + +--De un rizo... + +--Continúo á obscuras... + +--De unas estocadas... + +--Ni aun con la lengua las doy hace un siglo. + +--Pues señor--dijo el rey--, ahora veo que no os he llamado para nada. + +--Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga. + +--Y siendo venido para que os vayáis. + +Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las +almohadas y se rebujó. + +--Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches--dijo Quevedo. + +El rey no le contestó: se había dormido. + +Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado. + +--¿Y qué debo yo hacer ahora?--dijo cuando se vió en la galería--. ¿Irme +ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme +el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los +entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de +Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para +catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo +pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo +que fuere, sonará. + +Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va. + +--¡Eh, caballero!--le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta. + +--Hábito llevo--dijo don Francisco--; conque bien puedo responder aunque +á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora? + +--Mi señora os llama. + +--¿Y quién es vuestra señora? + +--La señora condesa de Lemos. + +--¡Ah! pues sed mi estrella. + +--¡Qué! + +--Que me guiéis. + +--Seguidme. + +La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la +antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de +Sandoval. + +--Gracias á Dios que el rey os ha soltado--dijo. + +--¿Y por qué esas gracias? + +--Os esperan. + +--¿Dónde? + +--En el oratorio de la reina. + +--Pues no adivino. + +--¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de +una boda?... + +--¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos +que de eso me ha hablado el rey. + +--No importa, yo represento como madrina á la reina. + +--¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para +representar un matrimonio! ¿Y los testigos? + +--Son de la casa. + +--¿Se trata de un casamiento secreto? + +--No, señor; sino de un matrimonio de conciencia. + +--Pues entonces no es la boda que yo creía. + +--Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan +Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña +Clara Soldevilla. + +--¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!... +aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que +la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!... + +--No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto +para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo +proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara. + +--¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía! + +--¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?... + +--El rey no ve más que á dos dedos de sus narices... + +--Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven +sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la +reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en +antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su +marido. + +--Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un +pretexto. + +--Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración +la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el +padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada, +loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con +Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería +que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como +se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es +tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de +que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está +enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha +dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir. + +--¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella! + +--La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que +doña Clara se sacrifica por ella. + +--¡Mentira, mentira y más mentira! + +--Y allá están ambos novios con el padre Aliaga y los testigos, +esperando únicamente por vos. + +--¿Y quiénes son los testigos? + +--Pedro Sarmiento, ayuda de cámara del rey, y Juan de Urdiales, maestro +de ceremonias, los que se han encontrado más á mano. + +--Vamos, pues; allá, y no retardemos la felicidad de los enamorados. ¡Y +llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje! + +--Ya dormiréis bien esta noche... + +Y la condesa asió á Quevedo de una mano, y guiándole desapareció con él +por una puerta. + + + + +CAPÍTULO XLII + +DE CÓMO DON JUAN TÉLLEZ GIRÓN SE ENCONTRÓ MÁS VIVO QUE NUNCA CUANDO +PENSABA EN MORIR + + +Una hora después de haber salido de la estancia de doña Clara con el +joven, volvieron. + +Pero volvieron casados. + +Don Juan miraba de una manera avara á la joven. + +La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante. + +Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular +que era feliz. + +Y sin embargo, no miraba al joven. + +Y sin embargo, se mantenía duramente reservada. + +Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como +pretendiese pasar don Juan, le dijo: + +--Esperad un momento, señor. + +El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo. + +La puerta se cerró. + +Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó +sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero, +como pudiera haberlo hecho en su casa. + +Y esto era lógico. + +El cuarto de su mujer, era su cuarto. + +¡Su mujer doña Clara! ¡aquella dama cuyo semblante apenas visto le había +deslumbrado! ¡aquella divina y magnífica hermosura, que encubierta había +asido á su brazo! ¡aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le +había llamado para recoger una prenda de la reina y que había acabado de +enamorarle! ¡aquel dulce imposible estaba vencido! + +Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adormía en las ardientes +ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor +afortunado. + +¡Suya doña Clara! + +¡Su mujer doña Clara! + +¡Doña Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su +compañera de por vida! + +Don Juan se creía soñando, y cuando se convencía de que no soñaba, moría +de impaciencia. + +Al fin apareció doña Clara, sencillamente vestida de casa, pero +elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los +cabellos. + +--¡Oh! ¡felicidad mía!--exclamó el joven levantándose con tal rapidez, +que no pudo evitar doña Clara que la abrazase y la besase en la boca. + +La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo. + +Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza, +y lloraba. + +--Apartad, señor, apartad--dijo doña Clara con voz dulce--; vuestra +esposa os lo suplica. + +Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula. + +--¿Es verdad que me amáis tanto?...--exclamó la joven, mirando con toda +la fuerza de sus ojos negros á don Juan. + +--Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera +casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el +misterio de tal casamiento? + +--Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me +hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer. + +--Pero... + +--Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra +voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os +pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más +que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis? + +--Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros. + +--No os pediré eso jamás, porque vuestro amor para mí lo es todo siendo +como soy vuestra mujer. + +--¿Me decís al fin que me amáis? + +--Os amo como debe amar una mujer casada á su marido... más claro: por +el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas... + +--¿Pero no sois para mí la mujer enamorada? + +--No quitéis al tiempo lo que es suyo. ¡Yo no os conozco! + +--Y sin embargo, os habéis casado conmigo. + +--Os confieso que en la situación en que me he casado con vos, y por la +razón que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera +podido buenamente ser esposa. + +--¿Sin amor? + +--Sin amor. + +--¿Pero qué misterio, qué razones son esas? + +--Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo. + +--¡Este rizo vuestro!--exclamó el joven besándole con locura--. Pero +esta joya... + +--Es necesario que la dejéis en el rizo. + +--La dejaré... pero tomad vos las de mi madre... + +--Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme? + +--Seguid, señora. + +--Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo +Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase +por un acaso... + +--No pienso que tenga ocasión de hablarme. + +--Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia. + +--¿Como esposo vuestro? + +--Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia +española. + +--¡Ah! ¡conque yo soy capitán! + +--Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado: + +--Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey. + +--Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de +daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á +dárosla. + +Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á +don Juan. + +--Esta provisión ha sido vendida y revendida--dijo el joven. + +--Se ha comprado para vos. + +--¿Y quién la ha comprado? + +--La reina. + +--¡Me paga el servicio casual que la he hecho! + +--No, no por cierto: el servicio que habéis hecho á su majestad no hay +con qué pagarlo. + +--Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido á su +majestad, y por servirla sois mía. Nada hay en el mundo que valga lo que +este premio. Por lo tanto, esta provisión está demás... si la acepto, la +pagaré. + +--No llevéis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de +ofender á su majestad: aceptad tal como se os da esa compañía, y estad +seguro de que ya tendréis más de una grave ocasión de servir á la reina. + +--Sea lo que vos queráis--dijo el joven guardando la provisión. + +--Sea lo que debe ser--dijo doña Clara--; continuemos: como capitán de +la guardia del rey, cuando estéis de servicio, recibiréis en muchas +ocasiones las órdenes directamente de su majestad, en particular en las +partidas de caza, donde por vuestro oficio estaréis junto al rey. En una +palabra: estáis al servicio inmediato de su majestad. Si un día, mañana +acaso, el rey os preguntase acerca de mí... decidle... hacedle entender +que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por +deber y por conciencia estábais obligado á casaros conmigo. + +--Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tiñe +vuestro semblante, dice bien claro que os ofendería. + +--Don Juan, la reina es mi hermana--dijo profundamente doña Clara--: +ella en su alta posición y yo en la mía, al conoceros... oíd desde el +principio, don Juan. Yo tenía una madre buena, amante, hermosa... +venid... vais á conocer á mi madre. + +Doña Clara se levantó, tomó una bujía y precedió al joven. + +Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio. + +En él había un pequeño lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos +muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro. + +Doña Clara corrió aquel velo, y quedó á la vista de don Juan una dama de +cuarenta años, pálida, excesivamente hermosa, y á juzgar por su traje y +por su expresión, muy principal dama. + +--Esa era mi madre--dijo doña Clara con acento vivamente conmovido. + +--¡Ah! ¡digna madre de tal hija!--dijo el joven no menos conmovido. + +--¿No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre? + +--Como debéis estarlo de vos misma. + +--No hablemos de mí--dijo doña Clara corriendo de nuevo el velo--. Yo os +he dado á conocer á mi madre de la única manera que me ha sido posible. +Volvámonos á donde estábamos. + +Don Juan salió suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro, +pero enorgullecido por su mujer, porque la atmósfera de aquel dormitorio +había venido á ser para don Juan un testimonio de la valía de doña +Clara. + +Sentáronse entrambos jóvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro +extremo el otro, de la ancha tarima del brasero. + +--Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabáis de entrar, se +componía hace cuatro años: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de +infantería española, encanecido en los combates, de mi madre doña +Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaña, y de mí. +Cuando conozcáis á mi padre, que espero sea pronto, él os relatará +nuestro abolengo, él os dirá muchas de esas cosas que una mujer no debe +decir á su marido. Yo sólo os hablaré de mis padres. Mi madre, criada +con el recogimiento de una casa de solar de la montaña, no tuvo más +amores que los de mi padre; le amó como yo os amaré: después de casada. + +--¡Ah! ¡ni vuestra madre amó á su esposo, sino después de casada, ni vos +me amáis aún! + +--Continuemos. Pasaba mi padre, hace más de diez y ocho años, con su +compañía hacia Navarra, é hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde +fué aposentado. Vió á mi madre... durante la cena... y no pudo dormir. + +--Como yo... + +--Mi padre lo ha recordado muchas veces á mi madre delante de mí, y mi +buena madre le contestaba sonriendo: yo, señor, no dormí tampoco. + +--¿Pero creo que vos habéis dormido esta noche pasada?--dijo don Juan. + +Doña clara continuó, sin contestar á la pregunta del joven: + +--Al día siguiente, mi padre, á pesar de que debía marchar, detuvo con +un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, buscó á mi +abuelo, y le suplicó que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar +un paseo con él por el campo. Accedió mi abuelo, y apenas se vieron +fuera de la población, mi padre le dijo quién era, cuánto poseía, que +estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quería casarse sobre la +marcha con ella. Mi abuelo le contestó que partiese con su compañía, por +lo pronto, que él se informaría acerca de mi padre, y que con lo que +hubiese resuelto le contestaría. Mi padre partió sin ver á mi madre, y +al mes recibió en Navarra una carta de mi abuelo, en que le decía que, +habiéndose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble, +honrado y valiente, y no oponiéndose á ello su hija, podía, si persistía +en su pensamiento, volver á recibir las bendiciones. Mi padre no vió por +segunda vez á mi madre, sino á los pies del altar. + +--Pero de seguro, y á pesar de no conocer bastantemente á vuestro padre, +vuestra madre no le desesperó--dijo el joven, que no desaprovechaba +ocasión. + +Doña Clara no contestó tampoco á esta indirecta. + +--Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado +por todos, respetada mi madre como merecían su virtud y su nobleza. Yo +nací en el término preciso después de su matrimonio. Yo he sido su hija +única. Crecí al lado de mi madre; lo que sé lo aprendí de ella: durante +las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba +cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra única compañía. Yo era +feliz. Mi madre lo parecía también. Hace cuatro años, mi madre murió. + +Doña Clara se detuvo, inclinó la cabeza durante un momento, y luego la +alzó. + +En sus hermosos ojos brillaba una lágrima. + +Don Juan la contemplaba extasiado: creía á cada momento que su amor no +podía crecer, y sin embargo, á medida que se iba revelando el alma de +doña Clara, su amor crecía. + +La joven continuó: + +--La muerte de mi madre fué mi primer dolor. Hasta entonces no había +comprendido que podía yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre +murió, cuando no la vi á mi lado durante el día, al acostarme, llamando +sobre mí los buenos sueños con un dulce beso, al levantarme abriéndome +con otro nuevo beso otro hermoso día, ¡ay! hasta que todo esto me faltó, +no comprendí el horrible vacío á que puede verse condenada una mujer, +porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es +siempre una niña. Mi pobre madre murió de tristeza, murió de amor. + +--¡De tristeza! ¡de amor!--exclamó don Juan. + +--Del año, los nueve meses los pasaba mi padre en campaña, y aun había +años en que no venía. + +--¡Ah!--exclamó el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la +voz de doña Clara al pronunciar aquellas palabras. + +--Mi madre no se quejaba á mi padre: si se hubiera quejado, mi padre +hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su +propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidió por +sacrificarse. Y se sacrificó por completo. Cuando mi padre volvía, y +contaba á mi madre los peligros que había arrostrado, mi madre le +escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despedía para una nueva campaña, +le abrazaba sonriendo también; cuando nos quedábamos solas, mi madre se +me mostraba alegre, tranquila. No quería ennegrecer mi alma de niña con +su tristeza. Pero llegó un día... ya hacía tiempo que mi madre estaba +enferma... un día de muerte me lo reveló todo, pero me hizo jurar que +nada sabría mi padre. Entonces me hizo comprender cuán terrible es amar +y saber que el hombre amado está en un continuo peligro. Recibir cada +día noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor +de la nobleza española, y decir á cada noticia, recibida en carta de mi +padre: ¡De esta ha salido salvo!... pero ¡y de la siguiente! Esto es +horrible, es una carcoma lenta que mata, ó la mujer que no muera en tal +situación, no merece ser amada. + +--¡Oh! ¡no seré soldado!--exclamó don Juan--. Mi rey, mi orgullo, sois +vos. + +--Sí, sí, seréis soldado mientras sea necesario que lo seais; pero +después no: ¡no quiero morir como mi madre! + +--¡Oh, Clara de mi alma!--exclamó el joven, recibiendo el puro, el +glorioso relámpago de amor que destelló de los ojos de doña Clara al +pronunciar sus últimas palabras--; ¡vos me amáis! + +--Os amaré si merecéis que os ame--dijo doña Clara volviendo á apagarse, +por decirlo así. + +Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por +la firmeza de carácter de su mujer, ésta continuó: + +--Llegó por acaso mi padre á tiempo de recibir la última mirada, la +última sonrisa de mi madre. Cuando la vió muerta, su dolor me espantó, +me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de +mi padre. ¡Creí que se había vuelto loco! Y cuando pasó el primer +acceso, me dijo: + +--«¡Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa! ¡está maldecida +para mí! ¡no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecerás +aquí tampoco: ¡la reina! ¡yo he derramado mi sangre por el rey! ¡mi +lealtad ha costado la vida á ese ángel! Mi padre había adivinado la +causa de la muerte de mi madre. ¡El rey no me negará la gracia de que +entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... ó no hay Dios en +los cielos!» + +Y me trajo consigo á palacio; habló al rey, que le oyó benévolamente; y +le envió á la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovió de tal +modo al ver tanto dolor, que me abrazó, me besó en la frente, y me +recibió como menina en su servidumbre. Mi padre levantó la casa; me +entregó las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje á nuestros +antiguos y leales criados que aún me sirven, y que os recomiendo, señor, +porque desde hoy lo son vuestros. + +--Amarélos yo porque vos los apreciáis--dijo don Juan. + +--Muy pronto no fué ya amistad lo que me dispensó la reina, sino cariño; +cariño que creció de día en día y que hoy--vos lo debéis saber, señor, +porque debéis saber todo lo que tiene relación conmigo--ha llegado á ser +amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este +amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre á su majestad, +que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de +noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa. + +--¡Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!--exclamó el joven--, +porque anoche os vi durante un momento en el alcázar; si no hubiérais +salido no me hubiérais encontrado, no os hubiérais amparado de mí, no +hubieran empezado estos amores que para mí tan glorioso fin han tenido. + +--Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de +las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina? + +--Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma. + +--Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara +Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas +cartas, señor? + +--Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la +reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque +yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de +que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo +tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí +aquellas cartas. + +--¿Y qué habéis pensado de la reina? + +--Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don +Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su +majestad bien. + +--Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal. + +--Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos... + +--Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...--dijo doña +Clara con amargura. + +--Hacíais un sacrificio por su majestad. + +--Es verdad; mi padre me dijo hace un año, al ver cómo me trataba la +reina: «Clara, hija mía, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y +si es necesario, sacrifícaselo todo... todo menos el honor». Pero, +volviendo á esas malhadadas cartas, es necesario que conozcáis ese +secreto. + +A seguida, doña Clara contó punto por punto á don Juan el estado en que +la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en +fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio +de aquella noche había obligado á mentir á la reina; la historia del +rizo, por último. + +--En tal situación--prosiguió doña Clara--, habiendo tomado la reina en +su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os +llamase y os preguntase, la reina, con las lágrimas en los ojos, me +suplicó que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase á +solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase +toda una sucesión de misterios... yo creía que todo aquello era +necesario para salvar á su majestad, y... me sacrifiqué; me dije: «él se +me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondré que se case +conmigo... Si acepta, al momento, al momento...», y se preparó todo... +Me vestí de boda y os esperé anhelante... anhelante por consumar el +sacrificio. + +--Hay un medio, señora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos. + +--¡El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos! + +--Si no sois más que mi amiga ó mi hermana, podíais ver mañana á un +hombre... amarle... + +--¡No he amado cuando era libre!... ¡y me han importunado! + +--Sufriríais vuestro amor, le callaríais, porque además de vuestra +honra, tenéis que guardar la mía... lo sé bien, señora; sé que mi honor +está seguro en vos: pero os sacrificaríais, moriríais. Yo os libraré de +ese sacrificio. + +El acento de don Juan era lúgubre. + +Cuando acabó de pronunciar estas palabras se levantó. + +--¡Sentáos!--dijo con acento lleno y grave doña Clara. + +El joven se sentó. + +--¿De qué manera pretendéis libertarme de éste que yo llamo mi +sacrificio?--dijo con acento singular doña Clara. + +--¿De qué manera? ¿De qué manera decís?--exclamó el joven, con la mirada +extraviada y la voz sombría--. ¡Muriendo! ¡Dejándoos viuda! + +--¡Dios mío!--exclamó doña Clara, levantándose de una manera violenta y +asiendo una mano de don Juan--. ¿Qué habláis de morir? + +--Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscaré, los +provocaré y me dejaré matar. + +--¡No!--contestó con la voz opaca doña Clara, fijando en don Juan una +mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asía +temblaba de una manera violenta. + +--Si no encontrare enemigos míos, buscaré los del rey, los de España y +me matarán. + +--¡No!--repitió de una manera profunda doña Clara. + +--¿Y para qué quiero yo vivir--dijo el joven con profundísima +amargura--, si vos no me amáis? ¿si al casaros conmigo habéis hecho un +doloroso sacrificio por su majestad? + +--¡Y esa comedianta!--exclamó doña Clara con acento seco y rápido, +acercándose más al joven. + +--¡Dorotea! + +--Sí, esa hermosísima Dorotea, con quien habéis pasado el día. + +--¿Si yo os pruebo que no amo á esa mujer...? + +--Si me lo probáis... pero no me lo podéis probar, no; ¿por qué me +habéis dicho que os mataréis...? ¿por qué me habéis aterrado...? + +--¡Dios mío! + +--Tengo no sé por qué, de una manera que me espanta, el alma desgarrada, +ensangrentada, por lo que nunca había sentido: por los celos. + +--¡Celos vos de mí! + +--Venid conmigo--dijo doña Clara tomando una bujía y encaminándose de +nuevo á su dormitorio. + +Y cuando estuvieron en él, descorrió de una manera nerviosa el velo que +cubría el retrato de su madre. + +--Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra +madre, por vuestra honra y por la mía, que á nadie amáis más que á mí. + +--Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo +Sacramentado. + +--Yo os amo con toda mi alma--exclamó doña Clara--, os amo desde que +anoche salísteis de mi aposento; os amo no sé cómo; como... al recuerdo +de mi madre... no sé por qué... pero yo os amo, señor; si la casualidad +no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo +no me hubiera casado con vos... sino me hubiérais aterrado... ¡Oh Dios +mío...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza +cobarde... os he creído ver muerto... ¡Por la sangre de Jesucristo, +señor! yo no sé lo que me habéis dado que me habéis vuelto loca... y soy +vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y +solamente vuestra, sin que tengáis que temer que yo haya amado á otro +hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con +toda la alegría de mi alma... no sé con cuánto amor... pero no moriréis, +¿no es verdad, que no moriréis ya...? porque mi amor es vuestra vida y +yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol. + +El joven miró á doña Clara pálido, temblando, extendió hacia ella los +brazos, cayó de rodillas y lloró. + + + + +CAPÍTULO XLIII + +CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR + + +Al amanecer se abrió la puerta del aposento de doña Clara. + +En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y +fríos. + +Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cuánto sufriría la +Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente á +la puerta del aposento de doña Clara, al lado del sargento mayor don +Juan de Guzmán, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la +Dorotea no le oyese. + +Cuando se abrió la puerta del aposento de doña Clara, Dorotea, al +reflejo de una luz que tenía en la mano una mujer, vió que aquella mujer +era doña Clara y que la acompañaba un hombre. + +Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón. + +Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la +palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión +de felicidad. + +Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con +delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse +se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el +siguiente diálogo: + +--A las once volveré y me presentaré al rey contigo--dijo don Juan. + +--Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré +las joyas de tu madre. + +--¡Adiós, mi cielo! + +--Adiós, mi señor. + +Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso. + +Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró +la puerta. + +Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba +que penetraba por una claraboya. + +Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea. + +Siguióla don Juan de Guzmán. + +El semblante de la Dorotea espantaba. + +Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la +sorpresa. + +--¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!--exclamó con voz +ronca--; ¡luego se han casado! + +--Una dama tal como doña Clara Soldevilla--dijo el sargento mayor--, no +podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya +sabía yo que ese buen mozo os engañaba. + +--¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien... +acepto lo que me habéis propuesto y os sigo. + +--Ya sabía yo que habíamos de ser amigos. + +--Pero salgamos pronto de aquí. + +--Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto +á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre; +procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que +aún no se ve bien claro. + +--Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme. + +Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento +mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una +de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que +dijese el portero: + +--Muy temprano van de aventuras las damas de la reina. + +Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es, +que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al +través de la cual pasaba la lluvia. + +--La niebla nos favorece--dijo el sargento mayor--; pero andemos de +prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del +alcázar. + +Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea. + +Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les +favorecía. + +Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta +por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su +seguimiento. + +Era el bufón. + +Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el +cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y +de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio. + +Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto +sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados +de la guardia española. + +Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no +habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un +encontrón formidable. + +--¡Por mis desdichas!--exclamó al sentir el choque el cocinero mayor. + +--¡Cien legiones de demonios!--exclamó el bufón. + +--¡Tío Manolillo!--exclamó el cocinero acercándose á él con ansia--; +Dios os envía. + +--Y á vos el diablo, para que me detengáis. + +--Soy el hombre más desdichado del mundo--añadió el cocinero. + +--Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y +soltad, y adiós. + +Y escapó. + +--Hijo Marchante--dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los +soldados--, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo +como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo. + +--Muy bien, señor Francisco--dijo el soldado. + +Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la +Dorotea y el sargento mayor. + +Asióse al fin á su brazo. + +--¿Qué me queréis? ¡por mi vida!--exclamó el bufón sin cesar de correr. + +--Pediros consejo. + +--Dádmelo y lo agradeceré. + +--Me están sucediendo cosas crueles. + +--A mí me pasan cruelísimas. + +--Nos aconsejaremos mutuamente. + +--No necesito consejos. + +--Yo sí, los vuestros. + +--Pues ya que no os despego de mí, callad, que no puede ser hablar y +correr. + +Y el bufón siguió á gran paso, porque á gran paso iban el sargento mayor +y la Dorotea. + +El sargento mayor había tomado por las callejuelas de la parte de arriba +del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de +Amaniel, se había parado delante de una casa que estaba herméticamente +cerrada, y había dado sobre su puerta tres golpes fuertes. + +--¿Quién vivirá en esa casa?--dijo el tío Manolillo parándose, cuando +vió que en aquella casa habían entrado el sargento mayor y la Dorotea, y +había vuelto á cerrarse la puerta. + +--¿Os interesa mucho el saber quién vive en esa casa?--dijo el cocinero +mayor. + +--Lo averiguaré--dijo el bufón como contestándose á sí mismo á la +pregunta que á sí mismo se había hecho poco antes. + +--Pero en averiguarlo tardaréis algún tiempo; hay ciertos negocios que +se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo... + +--¿Qué me podéis decir vos?... + +--Sí; sí, señor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del +sargento mayor don Juan de Guzmán. + +--¿Y nadie más? + +--Nadie más que una dueña y un escudero. + +--¿Y quién es esa mujer? + +--Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres +noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto. + +--¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa? + +--Cabalmente frente á ella hay una taberna. + +--¡Una taberna! yo tengo hambre y sed. + +--Y yo también; vamos, que yo pago. + +--Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca. + +--Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están +hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte! + +Y se encaminaron á la taberna. + +Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón +obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían +entrado el sargento mayor y la Dorotea. + +Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente, +sin dejar por ello de hablar. + +--Según lo que yo he entendido--dijo el bufón--, vos tenéis la culpa de +todo, señor Francisco Montiño. + +--¿De qué tengo yo la culpa? + +--De lo que á entrambos nos está sucediendo. + +--A mí me suceden muchas cosas malas. + +--A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras. + +--¡Peores! yo no tengo mujer. + +--No la habéis tenido nunca. + +--Yo no tengo hija. + +--Vuestra difunta fué muy dada á criar pajes. + +--¡Ah! y por último, yo no tengo sobrino. + +--Vuestro sobrino... he ahí, he ahí la causa de todo; malhaya amén +vuestro sobrino... Si vos no tuviérais ese sobrino... + +--Es que no le tengo. + +--Le habéis tenido; y vos... vos tenéis la culpa... si hubiérais estado +en el alcázar antes de anoche. + +--Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrúpedo, un jaco +endiablado que invirtió todo el día en traer desde Navalcarnero aquí á +mi sobrino postizo; ¡caballo infernal! ¡haber echado para cinco leguas +desde el amanecer hasta el anochecer! ¡si ese jaco hubiera andado más de +prisa!... ¡si hubiera llegado al medio día!... + +--Lo de vuestra mujer había sucedido antes. + +--Pero probablemente yo no lo hubiera sabido. + +--Señor Francisco, no hablemos de cosas pasadas. + +--Es que las cosas pasadas traen las presentes... ¡qué suerte la mía! yo +me voy á morir, tío Manolillo. + +--¡Calla! ¿quién es ese que llama á la puerta de esta casa y que viene +cargado con un cestón? + +--¿No veis que tiene librea? + +--Sí por cierto. + +--¿Amarilla y encarnada? + +--Sí... ya sé, del duque de Uceda. ¿Pero cómo el duque de Uceda...? + +--El duque, viste, calza, da joyas y dinero; á más envía todas las +mañanas á uno de sus criados con un cestón lleno de lo mejor que se +vende en los mercados, para doña Ana de Acuña. + +--¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Doña Ana de Acuña se llama la que vive en esa casa? + +--Sí por cierto. + +--¿Y es querida del duque de Uceda? + +--No por cierto; pero está haciendo al príncipe de Asturias aficionarse +á las mujeres. + +--¡Ah! ¡sí! hasta de los niños se echa mano--dijo el bufón. + +--Y de las mujeres y de los viejos--añadió el cocinero. + +--¿Pero no tiene algún otro amante rico esa mujer? + +--Anda en vísperas de gastar de las rentas reales--dijo el cocinero +mayor. + +--Explicáos... + +--Puede ser que una de estas noches reciba á su majestad. + +--¿Habéis andado vos en ello? + +--Sí por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque +sin nombrar la persona, á esa mujer. + +--¿Pero quién es el que, contrario al duque de Uceda, que pone ó quiere +poner al príncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro, +enredándola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma. + +--Acertádolo habéis. + +--Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza á su padre, +ó que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... allá se las +hayan... necesitaba únicamente saber en qué casa había entrado Dorotea, +y ya lo sé; con que pagad y vámonos. + +--Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo--dijo +Montiño sacando la bolsa con ese trabajo peculiar á los miserables, y +escurriendo de ella un escudo. ¡Hola, tabernero, cobráos! + +--Falta aquí; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne--dijo +el tabernero. + +--Y aunque eso sea, ¿á cómo va la carne en el mercado? + +--Falta, señor, falta... + +--Conciencia á vos y á mí paciencia para tanto robo; ¿qué falta de más +de eso? + +--Un real. + +--Tomadle. + +--Dios guarde á vuestra merced muchos años. + +--De pícaros como vos. ¿Pero qué es eso?--dijo el cocinero mayor viendo +que el bufón se ponía de pie. + +--Que nos vamos. + +--¿Y no me dais los consejos que os he pedido? + +--Voy á dároslos: montad á vuestra mujer en un macho y enviadla á +Asturias; meted á vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio. + +--¡No puedo! + +--Pues entonces, adiós, porque no tengo más que deciros. + +Y el bufón salió de la taberna y se fué derecho á la puerta de enfrente, +á la que llamó. + +El cocinero mayor, desesperado, salió de la taberna y se fué paso á paso +hacia el alcázar; pero al llegar á él se encontró con un alguacil del +Santo Oficio, que le dijo: + +--¿Es vuesa merced el señor Francisco Martínez Montiño?... + +--Yo soy--contestó todo trémulo el cocinero al ver que se las había con +un alguacil del Santo Oficio. + +--Veníos conmigo. + +--Os lo agradezco--dijo Montiño haciéndose el sueco--, pero es la hora +de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabéis, +amigo, soy cocinero mayor del rey. + +--Ya lo sabía, y, por lo tanto, aunque faltéis á vuestra cocina, conmigo +os vendréis mal que os pese. + +--¿Y si no quiero ir? + +--Pediré favor á la Inquisición y os llevaré atado. + +--¡Atado! ¡un hidalgo! vos os habéis equivocado. + +--Mirad esta orden de su señoría ilustrísima el inquisidor general. + +--¡Ah! ¡el inquisidor general! + +--Sí, por cierto. + +--¡Y no hay remedio! + +--No, señor. + +--¿Y si yo os diera diez doblones? + +--No puedo. + +--¿Y si os diera veinte? + +--Ya veis que yo los tomaría de buena gana, y que si no los tomo es +porque no puedo. + +--Decid que no me habéis encontrado. + +--Eso sería muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos. + +--¿Y qué saben? + +--Saben que vengo á prenderos. + +--¿Que lo sabe todo el mundo? + +--Mirad á aquella esquina--. Montiño miró de una manera nerviosa. + +--¿No veis allí una silla de mano? + +--Sí; sí, señor. + +--Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor +ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que +vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero. + +--Pero... un momento... un momento... + +--Ni un instante. + +--Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y +entrar en mi casa. + +Meditó un momento el alguacil. + +--Se entiende que yo iré con vos. + +--Venid--dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto. + +--Vamos, pues--dijo el corchete. + +Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía +ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero: + +--De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar. + +--¡Asesino!--murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió +al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su +corazón. + +--Esto es poco--dijo el tremendo alguacil. + +--No tengo más. + +--Tendréis en vuestra casa. + +--Puede ser. + +--Pues vamos. + +Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al +soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y +con la cabeza sobre el cofre. + +--¡Eh! ¡holgazán! ¡despierta!--dijo el cocinero mayor dándole con el +pie--; señor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven +eso á mi aposento. + +--Pero ¿dónde vais con ese ministro?--dijo el portero. + +Montiño creyó que debía ser prudente y contestó sin vacilar: + +--Es un amigo á quien convido. + +--¡Ah!--dijo el portero--creía... + +--Venid, señor ministro, venid; vamos á las cocinas... + +Y subieron por unas escaleras. + +--No hay como ser cocinero de su majestad para convidar á los amigos sin +disminuir los ahorros--se quedó murmurando el portero. + +Entre tanto, Montiño y el alguacil subieron á las cocinas. + +Lo primero que encontró Francisco Montiño, y lo encontró con espanto, +fué al galopín Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas. + +Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni +asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó: + +--Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos +de vuestra caridad. + +--¿De qué me da las gracias este tunante?--dijo el cocinero mayor todo +hosco y espeluznado de indignación--; ¿quién ha permitido á este +lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina? + +--La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que +vuesa merced le perdonaba. + +--¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste! + +El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en +la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente +más maleante del mundo. + +--Mi mujer tiene las entrañas muy blandas--dijo tragando la saliva más +amarga que la hiel--; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en +fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea, +quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo. + +--Muchas gracias, señor Francisco--dijo Cosme Aldaba, porque las últimas +palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor. + +A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se +enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el +almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de +la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no +viéndole tampoco el corchete le veía. + +Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño. + +Al llegar á la puerta de su aposento, el corchete adelantó y le asió por +un brazo. + +--Pero señor--dijo Montiño--, ¿creíais que me iba á escapar? + +--No; no, señor--dijo el alguacil--, pero podríais olvidaros de mí, +entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os podía ocurrir +que lo mismo puede salirse del alcázar por los tejados y escondrijos que +por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cuánto tiempo á que +volviérais de vuestro paseo. + +--¡Asesino! ¡asesino!--murmuró Francisco Montiño, viendo frustrado su +proyecto de escapatoria. + +Y llamó á la puerta. + +Le abrió su mujer en persona. + +Estaba pálida y ojerosa. + +Montiño sintió un estremecimiento cruel; pero parecióle Luisa más bonita +que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevió á ponerla mala +cara. + +--Buena hora es de venir á su casa un hombre casado--dijo con mal +talante Luisa--; donde habéis pasado la noche pasad el día; ¿y venís +acompañado para volveros á ir sin duda? aquí han traído no sé qué, y os +esperan. + +--Eso es, ríñeme.--Entrad, amigo, entrad; vos sabéis si altas personas +me tienen ocupado. + +--Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general. + +Palideció levemente Luisa. + +--¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general? + +--Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no +son para comunicados á mujeres. + +--No, no; ni yo pretendo saberlos--dijo Luisa--; yo había creído... + +--Has creído mal. + +--Has pasado dos noches fuera de casa. + +--La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo +á su majestad. + +--No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de +bien. + +Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su +mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos +domésticos, y estaba delante del alguacil. + +--¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?--dijo el +cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su +autoridad doméstica. + +--Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando... + +--Bien, bien--dijo Montiño--; todo está muy bien: tú haces lo que +quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos? + +--En el cuarto de adentro. + +Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él. + +El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa +real y al soldado. + +Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento +empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él. + +--Meted eso aquí--dijo con voz ronca. + +Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro +de la puerta. + +--Idos--dijo Montiño á los mozos y al soldado. + +--¿Y no nos dais para beber?--dijo este último--; mis camaradas se han +ido rendidos. + +Dió un escalofrío al cocinero mayor, que dió, con un violento esfuerzo, +cuatro escudos al soldado y un ducado á los mozos. + +Al fin se encontró solo con el alguacil, que había penetrado en aquella +especie de _sancta sanctorum_ del cocinero mayor. + +Este cerró la puerta. + +--Ya estamos solos--dijo al corchete--; ahora bien, ¿cuánto queréis y me +dejáis libre? + +--Nada. + +--Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia +hace más falta, más de lo que pensáis, en mi casa... + +--Señor Francisco, guardad todo eso para el señor inquisidor general. + +Montiño tuvo en los labios la palabra _os haré rico_; pero meditó que +acaso no era tan grave el motivo de su prisión, que fuese necesario +herirse mortalmente para librarse de ella, y se calló, dió otro doblón +al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta allí; salió, +cerró cuidadosamente y, despidiéndose de su mujer, asegurándola que no +tardaría, salió del alcázar con el corchete. + +Apenas había dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopín +Cosme Aldaba se quitó el mandil y el gorro, y bajó á las galerías del +alcázar, dirigiéndose á la antecámara de pajes del cuarto de la reina, á +cuya puerta se paró. + +A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió. + +Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje: + +--Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo: +hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú +las perdices asadas con aceite. + +--Sí, hombre, sí. + +--No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite? + +--Un color así, dorado blanquizco. + +--Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la +perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el +pico. + +--No se me escapará. + +--Veremos si eres hombre de ingenio. + +--Descuida. + +--Procura que sea de los primeros platos. + +--Ya... + +--Después... Inesilla te quiero mucho, y la señora Luisa quiere mucho +también á don Juan de Guzmán... el viejo es rico y puede morir... + +--Descuida, hombre, descuida. + +--Y avísame, para que yo avise á la señora Luisa. + +--Te avisaré. + +--Adiós. + +--Adiós. + +Y el paje se volvió á la antecámara, y el galopín á las cocinas. + + + + +CAPÍTULO XLIV + +LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO + + +Don Juan Téllez Girón había salido feliz, enloquecido de amor del +alcázar, transformado, gozando de una nueva vida. + +Pero después de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante +del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el día +anterior no se había atrevido á soñar, cruzaba una nubecilla negra. + +Aquella nube era Dorotea. + +Don Juan no la podía apartar de su memoria. Sentía hacia ella ó creía +sentir un impulso de ardiente caridad. + +Y además de la caridad, no sé qué más íntimo, más humano, más sensual. + +Comprendía que quedaba algún licor en la copa de su deseo. + +Era joven, había crecido entre privaciones, tenía el corazón virgen, y +le había consagrado sin saberlo á dos mujeres. + +Don Juan había salido á la ventura. + +No sabía dónde ir. + +No tenía en Madrid casa propia, aunque había tomado posesión de dos: de +la de Dorotea primero; después y de una manera más completa, de la de su +mujer. + +Don Juan había salido para procurarse un traje conveniente. + +¿Pero dónde buscar aquel traje? + +Y luego, ¿con qué dinero? + +No tenía en el bolsillo más que algunos de los doblones que le había +dado su supuesto tío. + +Y esto no bastaba para un equipo de caballero. + +Pesóle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de +hierro; pero al acordarse del cofre, se acordó de que llevaba un tesoro +de pedrería en los bolsillos. + +--Empeñaré una de estas alhajas--se dijo--y punto concluído... pero ¿y +dónde?... no sé como hacer para hallar á Quevedo, y no conozco á nadie +en Madrid más que á mi tío postizo; y no me vuelvo atrás ni le pido mi +dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes. + +Y cuando daba vueltas á su imaginación, se acordó de la señora María +Suárez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote. + +--¡Ah!--dijo el joven--la casa donde dormí anteanoche... paréceme +aquella mujer á propósito para cualquier cosa. ¿Pero podré yo dar con la +casa?... + +Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protegía, pudo reconocer +la calle y la casa á las pocas vueltas. + +Antes de entrar en ella, sacó á bulto de uno de los anchos bolsillos de +sus gregüescos uno de los estuches más pequeños, y le abrió. + +Contenía una gruesa sortija de oro con un grueso diamante. + +--Puede que valga esta joya... pediré mil doblones, y ya veremos. + +Entróse, y encontró á la señora María entregada á sus faenas domésticas, +y al señor Melchor Argote sentado junto á un fuego mezquino almorzando +pan y queso. + +--Dios os guarde, señora--dijo don Juan entrando. + +Miróle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo: + +--¡Jesús, buen mozo! ¡yo os daba por perdido! ¿y de dónde venís, hijo? + +--Vengo á veros para que me saquéis de un apuro--dijo don Juan. + +Tomó el rostro de la vieja la expresión de una innoble reserva, y +contestó con voz compungida: + +--¡Jesús, señor! ¡apuros tenéis apenas entrado en Madrid! ¡y venís á que +yo os saque de ellos! ¡si yo supiera quién quería sacarme de los míos! + +--Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no sé dónde +podré empeñar una rica alhaja. + +--¡Ah!--dijo tranquilizándose la vieja--; ¡alegróme de que ese sea +vuestro apuro! ¡conque ya os regalan! ¡preciso! ¡hidalgos como vos!... + +--Gastan de lo que han heredado de su padre--contestó severamente don +Juan. + +--¡Ah! perdonad, perdonad, señor: ¿y es de mucho valor la alhaja? + +--No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones. + +--Rica debe ser, pero mostrad. + +Sacó el joven el estuche, y del estuche la sortija. + +Entonces pasó por la vieja una cosa extraña. + +Se estremeció, tembló, y su pequeño ojo bizco y colorado, se puso á +bailar mirando la sortija. + +--Rica es, en efecto; pero me parece que pedís mucho: en fin, lo que yo +puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompañará. Melchor, +lleva á ese caballero á casa del señor Gabriel Cornejo. + +Levantóse renegando Melchor, acabó de tragarse los dos últimos bocados +de pan y queso, bebió agua, se limpió la boca con el revés de la mano, +tomó su capa y su sombrero, y dijo á su mujer. + +--¿Conque á casa del señor Gabriel Cornejo? + +--Sí; él os dirá, señor, cuánto puede dárseos por esta alhaja. + +--Muchas gracias, señora, y adiós, y quedad en paz, que estoy de prisa. + +Melchor y don Juan salieron. + +Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo: + +--Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribón, y que si queréis que +os dé lo que vale la joya, será bueno que la tase un platero. + +--Os agradezco el aviso. ¿Y conocéis á alguno? + +--Háilos aquí á montones, en Santa Cruz. + +--Pues llevadme á uno. + +--¿Veis aquella tienda obscura de los portales? + +--Sí que la veo. + +--Allí vive el señor Longinos, platero viejo, que desde que era mozo +anda surtiendo de alhajas á la grandeza de España. Pasa por ser un +hombre muy honrado. + +--Pues vamos allá. + +Encamináronse á aquella especie de sótano y entraron. + +Un hombre como de setenta años, tembloroso y excesivamente flaco y +encogido, se levantó con cuidado de detrás de un mugriento mostrador. + +Nada había en la tienda que demostrase riqueza. + +Las paredes blancas estaban desprovistas de muebles, y sólo se veía á un +lado un fuerte armario de hierro. + +--¿Qué se les ofrece á vuesas mercedes?--dijo el platero mirando con +recelo á don Juan y á su guía, porque sus trajes no le inspiraban la +mayor confianza. + +--Se trata de que taséis esta alhaja--dijo don Juan dándole el estuche. + +Abrióle el señor Longinos, y miró y remiró la sortija. + +--Muy rico es quien ha mandado montar este diamante--dijo con una +entonación particular el platero. + +--En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de +esa joya, ¿á cuánto ascenderá? + +--¿Queréis venderla? + +--Os pregunto que cuánto vale esa joya. + +--¡Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que está muy +bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones. + +--No haríais mal negocio. + +--No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor, +tardaría mucho tiempo en venderla: acaso años. + +--En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empeñarla, y +empeñarla por horas. + +--Pues bien; yo os daré por su empeño tres mil doblones... + +--Es que no se va á quedar empeñada aquí--dijo el señor Melchor, que +temía las iras de su mujer si el negocio se hacía con otro que con el +señor Gabriel Cornejo. + +--¡Dios de misericordia!--exclamó el platero--. ¿Y dónde irá este señor +que pueda dejar con seguridad esta alhaja?--dijo con acento insinuante +Longinos--. Os advierto, caballero, que os vayáis con tiento. En primer +lugar, que un usurero no os daría lo que yo... en segundo lugar, que yo +os daré un recibo en regla de esta joya, y yo tengo responsabilidad... +todos los vecinos de alrededor, de casa abierta, me fiarán... + +--La verdad del caso es que me ahorro de andar más--dijo don Juan--; +acepto vuestros tres mil doblones; dadme un recibo de esta alhaja, y yo +os daré un recibo de vuestro dinero. + +--Un recibo de tres mil y doscientos doblones, por los tres mil. + +--En buen hora. + +--Pero...--dijo el señor Melchor, que temblaba presintiendo las iras de +su cónyuge. + +--¿Qué tenéis vos que ver en esto?--dijo don Juan--; asunto concluído: +extendamos los recibos. + +El señor Melchor se calló. + +El señor Longinos puso sobre el mostrador papel y tintero, y los +respectivos recibos se extendieron dictándolos el platero. + +Poco después hizo entrar en la trastienda á don Juan, guardó +cuidadosamente el estuche con la sortija en un armario, y del mismo +armario sacó un talego, le puso sobre una mesa, contó, y un montón de +oro, representando los tres mil doblones, apareció sobre la mesa. + +El señor Melchor, que se había quedado fuera del mostrador como una cosa +olvidada, oía, estremeciéndose, el sonido excitador del oro que contaba +maese Longinos. + +--¡Me he perdido!--exclamaba--; mi hombría de bien me ha puesto en el +caso de no poder aguantar á mi mujer lo menos en tres meses; esta +aventura me va á costar una enfermedad. + +En aquel momento apareció don Juan, y dió diez doblones al señor +Melchor. + +--¿Y qué es esto?-dijo todo turbado el pobre diablo, que en su vida +había visto tanto oro junto, por más que fuese poco. + +--Eso es vuestro trabajo. + +--¡Mi trabajo, señor! + +--Debo agradeceros el que no me hayan engañado. + +--Muchas gracias, señor. + +--Y como ya no os necesito, podéis iros. + +--Que Dios os guarde, señor. + +Y el escudero salió de la tienda, riendo con un ojo y llorando con otro. + +Don Juan entró de nuevo en la trastienda. + +El señor Longinos se ocupaba en alinear de una manera simétrica las +columnas de oro, con esa sensualidad característica de los avaros. + +--Me parecéis bastante hombre de bien--dijo don Juan--y quiero valerme +de vos. Yo soy capitán de la guardia española del rey. + +--Por muchos años, señor. + +--Me casé anoche con una dama principal. + +--Dios os haga muy felices, mis señores. + +--Pero como veis, este vestidillo de viaje no es á propósito para que yo +me presente al rey en medio de la corte con mi esposa. + +--De ningún modo, señor. + +--Ahora bien: ¿qué ropas, qué galas, en una palabra, dignas de un +caballero del hábito de Santiago, puedo yo procurarme con ese dinero? + +--¿Piensa vuesa merced gastar esos tres mil doblones? + +--Y más que sea necesario. + +--¿Y para cuándo necesita vuesa merced presentarse á su majestad con su +señora esposa? + +--Hoy á las once. + +Rascóse una oreja con su trémula mano maese Longinos. + +--Y son cerca de las nueve de la mañana. Es decir, que solo tenemos dos +horas. + +--Aprovechémoslas. + +En primer lugar, necesita vuesa merced ropas blancas de Cambray: esto es +lo menos, hailas hechas dos puertas más abajo. ¡Antonio! + +Apareció un joven con un mandil de cuero, á todas luces oficial de +platería. + +--Vete al momento á casa del señor Justo--le dijo Longinos--, y que +envíe ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no +haya más que ponérsela; luego pásate por casa del señor Diego Soto, y +que envíe unas calzas de grana de lo más rico, pero al punto, al punto. + +El mancebo, con mandil y todo, se lanzó en la calle. + +Faltan jubón, gregüescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser +de terciopelo, el jubón de brocado, los gregüescos de lo mismo que el +ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo +sé quién las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona así de +vuestras carnes, que os vendrá pintada su ropa, y que si se le paga +bien y secretamente, no tendrá reparo, y que á más se halla +necesitadillo de dinero... + +--Pues al momento. + +--Poco á poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos +de oro á martillo; el jubón necesita herretes; las cuchilladas piedras ó +perlas, y luego espada. + +--Todo eso lo tengo--dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y +abriendo los estuches. + +--¡Misericordia de Dios! ¿sabéis lo que tenéis aquí, señor? + +--Pienso que es mucho. + +--Esta pedrería vale lo menos dos millones de ducados. + +--Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la +corte como conviene. + +--Indudablemente, señor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy á +escribir á algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque +la corte traga mucho: voy á procuraros hasta carroza; en cuanto á +lacayos y cochero, yo haré que vengan buenos; las libreas se comprarán +hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aquí una buena +espada de corte, pero no vale ni la centésima parte que esa empuñadura y +esas conteras; se montará al momento... + +--No, montad esta buena hoja--dijo don Juan desnudando su espada. + +--¿Sabéis, señor, que tenéis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo, +ven acá... + +Apareció otro oficial. + +--Déjalo todo; monta esta hoja en esta empuñadura, y esta contera en una +vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar +corriente: entretanto, señor, mis nietas coserán los herretes, la toca y +las perlas y las chapas del talabarte... + +--Y entretanto yo... me daréis de almorzar... me lavaré después... + +--Sí; sí, señor; entrad... y ya veréis... ya veréis. + +Y precedió al joven por unas obscuras escaleras murmurando: + +--¡Y que por estos quehaceres no pueda yo oír como todos los días la +misa del licenciado Barquillos! ¡Válgame Dios! + + + + +CAPÍTULO XLV + +EN QUE EL AUTOR PRESENTA, PORQUE NO HA PODIDO PRESENTARLE ANTES, UN +NUEVO PERSONAJE + + +En una habitación magníficamente amueblada, extensa, iluminada +blandamente por una lámpara de noche, al través de un cortinaje de +damasco, en una ancha alcoba y en un no menos extenso lecho, dormía una +mujer sumamente bella. + +Debía ser sombrío su sueño, porque su entrecejo estaba fruncido, corría +abundante sudor por su frente morena, y su boca sonrosada y de formas +voluptuosas, levemente entreabierta, dejaba salir un sobrealiento +poderoso y ronco. + +Las anchas trenzas de sus cabellos caían abundantes y desordenados sobre +su garganta y sobre sus hombros, y fuera del abrigo que la cubría se +dejaba ver un brazo de formas admirables, cerca de cuya mano se vela una +pulsera de pelo, cerrada por un broche de diamantes. + +Había algo de terrible en el aspecto de aquella hermosa mujer dormida. + +Y dormía profundamente. + +Abrióse de improviso una puerta en el fondo de la cámara y apareció una +mujer joven. + +Abrió un balcón y penetró en la alcoba la luz fría de aquella mañana +nublada y lluviosa. + +La mujer despertó. + +Se incorporó en el lecho y miró con disgusto á la puerta de la alcoba á +donde había llegado la joven. + +--¡Está amaneciendo!--exclamó con acento duro--. ¿Qué sucede, Casilda? +anoche me acosté demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy +servida detestablemente. + +--Son las ocho y media, señora--dijo temblando la doncella. + +--Te dije que no me llamaras hasta las doce. + +--Es que está ahí don Juan. + +--¡Don Juan! ¡y de día! ¡y acaso por la puerta principal! + +--Sí; sí, señora. + +--¡Qué imprudencia! + +--Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido +todavía. + +Este excelencia era el duque de Uceda. + +--El duque se fué anoche muy tarde; cuando yo te avisé aún no se había +ido; tú te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... podía +estar el duque todavía aquí. Te tengo dicho que cuando don Juan venga á +una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le +despidas. Esto está convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una +torpe. + +--Perdonad, señora. + +--Pero en fin, ¿don Juan está ahí? + +--Sí, señora; ha venido con una mujer. + +--¡Con una mujer! ¿y qué trazas tiene esa mujer? + +--Es joven, hermosa, viene ricamente vestida, y parece, según está de +pálida y ojerosa, que ha pasado muy mala noche. + +--¿Dónde están? + +--En el camarín. + +--Vísteme. + +Y la dama saltó del lecho, y se vistió apresuradamente ayudada de la +doncella, se arregló ligeramente los cabellos, se puso sobre ellos una +toquilla, y se dirigió rápidamente á una puerta de escape. + +Pero al llegar á ella se detuvo, y dijo á la joven: + +--Dile á don Juan que entre solo. + +Y se sentó en un sillón, se arropó en un abrigo de pieles que se había +puesto y esperó que la doncella cumpliese sus órdenes. + +Poco después se abrió aquella misma puerta, y entró el sargento mayor +don Juan de Guzmán, que, sin quitarse el sombrero, adelantó hasta cerca +de la dama, y deteniéndose á poca distancia de ella y permaneciendo de +pie, la dijo: + +--Nos sucede mejor de lo que queríamos, Ana. + +--¡Ah! ¿estamos de plácemes? + +--Sí por cierto; el asunto de la reina está á punto de concluirse; una +vez quitado de en medio ese estorbo, es distinto, nos quedamos solos con +el padre y con el hijo. + +--¿Pero y don Rodrigo...? + +--Don Rodrigo... afortunadamente la herida, según dicen los médicos, es +limpia y no ha tocado á ninguna parte peligrosa; un dedo más acá ó más +allá y no tenemos hombre; pero ha faltado un dedo... y don Rodrigo +vivirá. Ayer estuvo hablando conmigo largamente, preguntándome y dándome +órdenes y consejos. Dentro de algunos días don Rodrigo dejará el lecho, +y todo irá bien. + +--¿Y el duque de Lerma? + +--Cariñoso y solícito con don Rodrigo... por el duque no hay que temer; +es ciego. + +--Sin embargo, ha enviado á don Baltasar de Zúñiga de embajador á +Inglaterra, ha sacado del cuarto del príncipe al duque de Uceda, y su +excelencia está dado á los diablos con su padre. Creo que hay un diablo +familiar que le aconseja. Anoche estuvo aquí hasta las tantas y me +dijo:--Por ahora es necesario echar la red por otra parte; el señor +duque de Lerma, mi augusto padre, nos ha conocido la intención; +paciencia: en cuanto á vos (se refería á mí), ya que no podéis ser la +maestra del señor príncipe, sed mi consuelo. + +--¿Eso te dijo el duque? + +--Vaya, y que hacía mucho tiempo que no podía olvidar mis ojos. + +--¿Y tú qué le dijiste? + +--Que procurase hacer que mis ojos le pareciesen feos. + +--Es decir... + +--Que no quiero galanteos con el duque de Uceda. + +--Has hecho mal, muy mal. Tus amores con el duque valen más que tus +lecciones al príncipe don Felipe. Nos conviene saber lo que hace, lo que +no hace, lo que piense ó deje de pensar esa gente. Has hecho mal, muy +mal. + +--¡Bah!--dijo doña Ana--; yo sé que he hecho muy bien, como sé que haré +muy bien en decirte que por algún tiempo no vengas á verme hasta que yo +te avise. + +Pronunció de tal manera, con tal frialdad, con tal descaro doña Ana +estas palabras, que el rostro del sargento mayor se cubrió de una +palidez colérica. + +--¿Qué viene á ser eso?--dijo con acento amenazador. + +--Ya te irritas, querido mío--dijo doña Ana--. ¿Dudas acaso de que te +amo? + +--Me parece que quieres engañarme. + +--¿Y para qué te había de engañar? además de que te amo me sirves de +mucho, hijo, para que yo piense no enajenarme de ti. Pero... + +--¿Pero qué? + +--Espera. + +Doña Ana se levantó, entró en el dormitorio, abrió un cofre, y del cofre +sacó una cajita, volvió, se sentó y abriendo la caja mostró su contenido +al sargento mayor. + +--Mira el por qué de no haber querido yo por galán al duque de Uceda y +de pensar en que por algún tiempo no nos veamos. + +--¿Quién te ha dado esta gargantilla?--dijo con acento ronco Guzmán. + +--Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey. + +--¡Ah! en verdad que ese hombre es muy rico--dijo el sargento mayor--; +pero según pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podrá +hacerte tales regalos. + +--Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos--dijo doña Ana--; el +cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre +de más alta persona. + +--¡Del duque de Lerma! + +--¡Más alto! + +--¡Del rey! + +--¡Del rey! + +--¡Imposible! ¡de todo punto imposible! el rey no piensa más que en +cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al +lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que +tiene que hacer para ser rey... pero á don Felipe III no se le conocen +galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sería, y +estaríame yo sin venir á verte á tu casa, que ya nos veríamos fuera de +ella, aunque fuese de año á año... ¡pero vamos! ¡es imposible! + +--Estos hombres creen que las gentes no son más que lo que parecen--dijo +con desdén doña Ana. + +--No tal, no; yo no creo eso, porque sé muy bien que tú y yo somos una +cosa y parecemos otra. Pero tratándose del rey... ¡cuando te digo que no +puede ser! + +--¿Y de dónde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja? + +--Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes +vidrio blanco. + +--Ya está visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones. + +--¡Mil doblones! + +--No podía ser menos un regalo de rey. + +--¿Pero dónde te ha visto su majestad? + +--Eso mismo pregunté yo á Montiño: ¿dónde me ha visto su majestad? + +--¿Y qué te respondió? + +--Que no lo sabía. + +--¡Que no lo sabía! pero cuéntame desde el principio. + +--Anoche, ya tarde, llamaron á la puerta. Yo creí que sería el duque de +Uceda, y mandé á Casilda que abriese. Poco después oí abajo un +altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que á todo trance +quería entrar, que decía tenerme que decir cosas graves, y que al fin +dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos están ahora +por las cocinas, sentí yo no sé qué terror, yo no sé qué cuidado, y +mandé á Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo +no le conocía) me espanté. Venía pálido, desencajado, desgreñados los +escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fué: + +--Desde hace veinticuatro horas, no me suceden más que desgracias. + +Estas palabras no eran las más á propósito para tranquilizarme, y le +rogué que se sentara y se explicase. + +--Tras las desgracias que me suceden--me dijo--, hubiera sido la última +la de no poder veros. + +--Tranquilizáos, y decidme después por qué hubiera sido una desgracia +para vos el no haberme visto. + +--Porque una persona muy principal á quien temo mucho, me ha encargado +que os vea. + +--¿A mí? ¿para qué? + +--Para que os dé de su parte, en prenda de la mucha estima en que os +tiene, esta alhaja. + +Y me dió esa gargantilla. + +--Yo no puedo aceptar un regalo--le dije--de una persona á quien no +conozco. + +--Podéis estar segura de que es muy principal. + +--Pues siendo tan principal, y teniendo por mí tanto interés que me +regala--le dije--, ¿qué interés puede tener en que yo no sepa su nombre? + +--Tanto interés tiene--me replicó--en que vos no sepáis quién es, que +desea veros misteriosamente. + +--Explicáos. + +--La alta persona que me envía--dijo el cocinero dando vueltas á su +gorra, porque sin duda hallaba gran dificultad en cumplir con su +mensaje--, quiere... pues... quiere que le recibáis sin luz. + +--¿Por quién me tenéis?--dije al cocinero mayor fingiéndome gravemente +ofendida, á pesar de que tenía una viva curiosidad por saber quién era +aquella persona--; ¡ea! añadí: idos de mi casa, si no queréis que os +haga echar á palos. + +--Perdonad, señora--me dijo--; pero temo más las consecuencias de no +llevar una contestación vuestra á la persona... ¿qué digo? al ilustre +personaje que me envía, que la riña que pudiera tener con vuestros +criados. + +--Ya lleváis contestación á esa persona. + +--A la persona que me envía, no se la puede contestar de ese modo--me +dijo--, porque esta persona... + +--¡Me ultraja! + +--Será necesario deciros quién es, para que veáis que no hay ultraje. + +--Sólo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun +para mí pudiera pasar por galanteador. + +--¿Habéis adivinado? + +--No, no he adivinado; he dicho únicamente que sólo hay una persona que +pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera. + +--Pues bien; decidme el nombre de esa persona... + +--Esa persona no podía ser otra que el rey. + +Miróme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos +espantados. + +--¿No me comprometeréis--me dijo--, si os declaro la verdad? + +--Os lo prometo. + +--¿Seréis prudente? + +--Sí. + +--Pues bien, señora; la persona que os solicita, que está ciegamente +enamorado de vos, es... ¡el rey! + +--¡El rey!--dije sin poder contener mi asombro--; ¡su majestad enamorado +de mí! + +--Esa rica gargantilla es una señal de ello--me contesto. + +--¿Y dónde me ha visto su majestad?--le dije. + +--No lo sé. El rey me ha llamado y con gran secreto me ha dicho: +Montiño, mi buen cocinero, yo, aunque soy rey, también soy hombre, y +como hombre tengo debilidades; amo á una dama, y no puedo contener mi +amor; toma, llévala esa joya y dila que te indique cuándo puedo yo ir á +visitarla; pero ha de ser de modo que las luces estén muertas cuando yo +entre y no pueda conocerme. Ofrécela cuanto quiera y más que quiera, y +toma las señas de la casa donde vive y su nombre. + +Yo--añadió el cocinero--, no me atreví á negarme; he venido, y temeroso +de llevar á su majestad vuestra contestación, he preferido, confiado en +vos, deciros lo que os he dicho; pero, por Dios, no pronunciéis ni una +sola palabra imprudente, porque su majestad es muy mirado y nos +perderíamos los dos. + +Yo le juré guardar el más profundo secreto, acepté la gargantilla, y el +cocinero se fué prometiéndome volver para decirme qué noche y á qué hora +debe venir su majestad. + +--En esto debe de haber andado el duque de Lerma... estoy casi +seguro--dijo el sargento mayor--; porque ¿á quién interesa más que al +duque el tener bien cogido al rey? Además de eso, ¿no han desterrado al +conde de Lemos porque había llevado una noche al príncipe de Asturias á +casa de una de las queridas de don Rodrigo Calderón? ¿No han apartado de +la crianza del príncipe á don Baltasar de Zúñiga, porque daba demasiado +gusto á su alteza, y no han sacado también al duque de Uceda del cuarto +del príncipe, sin duda porque han sabido que le traía aquí para que +desde bien temprano se acostumbrase á las favoritas? Acaso ha sabido el +duque de Lerma que su hijo se valía de ti para educar al niño príncipe, +como, siendo aún más pequeño, se valió para ello de la Angélica el conde +de Lemos, su sobrino, y habrá dicho: puesto que esa hermosa doña Ana +servía para hacer adquirir al joven príncipe malas costumbres, puede +servir también para corromper las del rey y extraviarle. + +--Acaso, acaso--dijo doña Ana. + +--Pues estamos de doble enhorabuena: confío en que sabrás manejar al +rey. + +--¡Oh, ya lo veremos! + +--No me ocultes nada. + +--¿Y cómo? ¿Qué soy yo sin ti? + +--Don Rodrigo es lo que más nos conviene. + +--Serviré á don Rodrigo. Creo que este asunto esté concluído; y ahora +recuerdo que me han dicho que contigo venía una mujer joven, hermosa, +ricamente vestida. + +--Sí, muy hermosa y muy joven--dijo el sargento mayor apretando el gesto +y retorciéndose los mostachos. + +--¿Y á qué traes tú esa mujer á mi casa? + +--¿Qué? ¿tendrás celos? + +--Pudiera tenerlos. + +--Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija. + +--¡Tu hija! + +--Sí; la hija de aquella Margarita que yo robé de su casa; la hija que +me quitó un hombre una noche cuando iba á dejarla en la puerta de un +convento, dejándome tres puñaladas, de las cuales estuve á la muerte; la +hija de quien no volví á saber, hasta que la conocí siendo á la vez +querida secreta de don Rodrigo Calderón y pública del duque de Lerma. +En una palabra: la comedianta Dorotea. + +--¿Pero estás seguro de que no te has engañado? + +--¡Si tú hubieras conocido á su madre! + +--Sí; sí, ya me has dicho... + +--Verla á ella, es ver á Margarita; además, yo le había hecho una +señal... + +--¡Una señal! + +--Sí; antes de salir de la casa, para, llevarla á exponer en el cajón de +San Martín, sin saber por qué, pensando no sé en qué, la señalé. + +--¡Que la señalaste! + +--Le arranqué un pequeño bocado de un brazo. + +--¡Ah!--exclamó con disgusto doña Ana. + +--Fué la manera más pronta que se me ocurrió de señalarla. + +--¿Pero has visto tú esa señal? + +--No; pero un día, don Rodrigo, que quiere más de lo que parece á la +Dorotea, me dijo: + +--Juan, yo te he hecho hombre. + +--Indudablemente, señor--le contesté. + +--Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas. + +--¿Qué hay que averiguar? + +--Tú sabes cuánto quiero á la Dorotea. + +--Sí, señor. + +--Hace mucho tiempo que estoy viendo en su hombro derecho una señal; +pero nunca hasta ahora la he preguntado; es una cicatriz como la de una +mordedura; ella ha dicho que recuerda haber tenido siempre esa señal; he +preguntado al tío Manolillo, y me ha dicho que la encontró abandonada en +la calle, y que efectivamente, cuando la llevó á su estancia en el +alcázar, notó que las pobres ropas en que iba envuelta estaban manchadas +de sangre; que la descubrió y vió una mordedura reciente, de la que +costó trabajo curar á la niña. Ahora bien, la Dorotea sufre porque no +conoce á sus padres; yo la quiero bien, y te recompensaría grandemente +si encontrases esos padres perdidos. + +Pude en el momento decirle: + +--Su padre soy yo; su madre era una muchacha tan hermosa como ella, á la +que conocí en su casa, donde estuve aposentado algunos días, y á la que +me llevé conmigo. No sé si su madre vive ó ha muerto... + +--¡Conque esa hermosa mujer, esa famosa Dorotea, la querida de Lerma y +de Calderón, es tu hija! ¡y ella no lo sabe! + +--No. + +--¿Y para qué la traes aquí? + +--Es como su madre, apasionada y violenta; de la misma manera que su +madre se enamoró de mí á primera vista, ella se ha enamorado de un +hombre; ese hombre es el que ha herido á don Rodrigo; ese hombre, que es +sobrino del cocinero mayor de su majestad, ha hecho suerte en +veinticuatro horas; anteayer por la noche entró en Madrid, y hoy se +encuentra metido en palacio, protegido y casado con la dama más hermosa +y más difícil de la corte: con doña Clara Soldevilla. + +--¡Y esa mujer, que es querida del duque de Lerma, está celosa de una +dama que es la favorita de la reina! + +--La reina importa ya poco... tal vez á estas horas... pero conviene, á +pesar de esto, que esa muchacha siga enloqueciendo á Lerma; ella quería +hacer un disparate, pero yo la he prometido que la vengaría si ella me +ayudaba, y ha consentido en seguirme. Te la he traído y te la entrego... +tú sabes envenenar el alma, Ana; envenena la de esa muchacha y haz de +modo que nos sirva bien. Voy por ella. + +Y se dirigió á la puerta por donde había entrado. + +Pero al abrirla, se vió tras ella un hombre y se oyó una ronca voz que +dijo temblorosa, colérica, rugiente, amenazadora: + +--¡Atrás! ¡atrás, sargento mayor! ¡tú no saldrás de aquí! + +El hombre que había pronunciado estas palabras, que había adelantado +sombrío y letal y que había cerrado por dentro la puerta, era el bufón +del rey. + +El sargento mayor retrocedió sorprendido. + +En su semblante apareció la expresión del espanto. + +Doña Ana miró con terror al bufón. + +Y el bufón adelantó pálido hacia el sargento mayor, que retrocedía. + + + + +CAPÍTULO XLVI + +DE CÓMO LA PROVIDENCIA EMPEZABA Á CASTIGAR Á LOS BRIBONES + + +Necesitamos decir cómo el tío Manolillo había podido aparecer tan +dramáticamente en medio de aquel bandido y de aquella ramera. + +Sabemos que al salir de la taberna donde había estado con el cocinero +del rey, se había ido derecho á llamar á la puerta de doña Ana. + +Abriéronle, porque hay maneras de llamar que mandan, que se hacen +obedecer, y el tío Manolillo había llamado de una de aquellas maneras. + +Es decir, de una manera rotunda, decidida, nerviosa, fuerte, retumbante. + +Quien llama así en una casa debe tener derecho para entrar ó fuerza, lo +que no es lo mismo, ó las dos cosas á la vez. + +Hemos dicho que le abrieron; ahora debemos decir que, apenas encontró +franca la puerta, el bufón se lanzó sobre el criado que le había +abierto, que era un escudero viejo. + +Se arrojó sobre él como un tigre; le derribó, le sofocó y le tapó la +boca con un pañuelo, al que hizo un nudo, que introdujo en la boca de la +víctima. + +Esta manera de enmudecer, que se conserva aún hoy y se usa por los +ladrones, se llama la _tragantona_. + +Hasta el crimen tiene sus tradiciones. + +Después quitó al escudero la correa que sujetaba sus gregüescos á la +cintura y le ató atrás las muñecas, y con el extremo sobrante ató un pie +de la víctima y le dejó tendido en el portal; el escudero no podía +gritar, ni aun rugir, ni moverse. + +El tío Manolillo se acurrucó en un rincón del zaguán y esperó. + +Poco después bajó una dueña, á quien había llamado la atención el que el +escudero hubiese bajado á abrir y no hubiese subido. + +El bufón la acometió por detrás, la hizo otra tragantona con la toca y +la ató de igual modo que al escudero, valiéndose de la correa del hábito +de la dueña. + +--Aún me faltan la cocinera y la doncella--dijo--; doña Ana, esa +bribona, no tiene más criados; el olor de la cocina me llevará. + +El tío Manolillo adelantó. + +No era entonces un hombre, sino una fiera astuta que adelantaba +recelosamente sin producir ruido hacia su presa. + +Un momento después la cocinera y la doncella estaban enmudecidas y +atadas. + +El tío Manolillo había arrostrado por todo y había tenido la suerte de +que no surgiese ninguno de esos incidentes que frustran las sorpresas +mejor meditadas. + +Ya seguro de los criados, el tío Manolillo adelantó por las habitaciones +principales. + +Al ir á levantar un tapiz vió de repente á la Dorotea. + +La pobre joven estaba sentada en una silla, replegada, sombría, inmóvil, +con la mirada fija, sufriendo de una manera visible, aterradora. + +Hubiera podido ver al bufón á no estar tan abstraída, pero no le vió. + +El bufón se retiró sin ruido, la miró un momento al través de la +abertura del tapiz con una mirada profunda, en que había tanta ternura +hacia ella, como amenaza, como cólera hacia los que causaban el doloroso +estado de la joven. + +--Está sola--dijo--y entró con él; él debe estar con la otra; busquemos +otro camino; es necesario saber de lo que tratan esos miserables. + +Y tomó por una puerta y se encontró en un corredor obscuro. + +Y adelantó sin hacer ruido como una sombra. + +A medida que se acercaba á una puerta oía dos voces. + +La de un hombre y la de una mujer. + +Adelantó hasta la puerta, llegó y se puso á escuchar. + +Por esta razón, cuando el sargento mayor fué á entrar por aquella +puerta, se encontró con el bufón. + +--¡Ah! Ya sabía yo que habías de buscar á la Dorotea--dijo el sargento +mayor--; peor para ti. + +Doña Ana miraba aquella escena imprevista con asombro; más que con +asombro, con un terror instintivo. + +--¿Conque tú eres su padre?--dijo el tío Manolillo--. ¿Conque eres el +padre de Dorotea? ¿Conque aún no contento con haber asesinado á la +madre, quieres asesinar á la hija? + +Y la voz del tío Manolillo era ronca, amenazadora, sombría; sus ojos +bizcos se revolvían de una manera espantosa, estaban inyectados de +sangre y su barba temblaba. + +Don Juan de Guzmán se sentía dominado; doña Ana estaba coartada por el +miedo. + +La actitud del bufón, de aquel hombre pequeño, cuadrado, robusto, +encogido como para arrojarse sobre una presa, y en el cual se adivinaban +el valor, la fuerza y la agilidad del tigre, parecían indicar que iba á +suceder allí algo terrible. + +--Si queréis llevaros á esa muchacha, lleváosla--dijo el sargento mayor, +que tenía miedo--; preguntadla si yo la he violentado. + +--¿La habéis dicho que sois su padre?--dijo el bufón. + +--No. + +--Pues mejor. + +--No he tenido necesidad de decírselo. + +--Y has hecho bien: porque tú no eres su padre, sino una especie de +animal monstruoso, que has sido la causa de su existencia. Pero no tengo +tiempo que gastar contigo... estoy de prisa...--añadió el bufón con una +sonrisa horrible, con la sonrisa de un loco--; ¿te acuerdas de que una +noche llevabas á esa niña recién nacida en los brazos?... ¡Oh! era una +noche muy obscura: de repente un hombre se arrojó á ti y te dió tres +puñaladas. + +Y al decir esto el bufón saltó, se aferró al sargento mayor y le dió una +puñalada en el pecho. + +Don Juan de Guzmán dió un grito, vaciló y cayó. + +Luego el bufón vió que doña Ana corría á una puerta, y la asió de una +mano. + +Doña Ana cayó de rodillas creyendo llegada su última hora. + +El tío Manolillo, sin soltar á doña Ana, dirigió su terrible palabra á +don Juan de Guzmán, empuñando aún la daga con que le había herido: + +--Entonces fueron tres, y ahora ha bastado una... es que ahora tengo la +mano más segura... ¡asesino de mi hermana Margarita! ¡envenenador de la +reina Margarita! ¡verdugo de tu hija! ya no cometerás más crímenes. + +En efecto, don Juan de Guzmán estaba muerto. + +--Y tú, Aniquilla, que te llamas doña Ana; tú, que hace veinte años +andabas por las playas de Gijón descalza, cogiendo ostras y buscando á +los marineros; tú, aventurera ennoblecida por tu hermosura; tú, +miserable, ase de los pies de ese cadáver y pronto, porque no tengo +tiempo que perder. + +--¿Pero qué va á ser de mí?--exclamó desesperada la hermosa doña Ana. + +--Sea lo que el diablo quiera. Tú tendrás en tu casa algún escondrijo... + +--¡Los sótanos!--exclamó doña Ana. + +--Pues á los sótanos; agarra pronto, si no quieres perderte... +concluyamos por el momento, que yo volveré. + +--Esperad... esperad... voy á abrir las puertas--dijo con angustia doña +Ana--para que nada nos entretenga--y salió y volvió poco después. + +Entonces la ramera y el bufón asieron del bandido, y le llevaron. + +Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre. + +Al fin bajaron al piso bajo, y el bufón señaló un rincón oscuro en una +sala lóbrega. + +--Dejémosle aquí--dijo. + +--Por el amor de Dios--dijo doña Ana--; que no sé cómo vos me conocéis; +vos, que cuando no me habéis muerto también, no me aborrecéis, ayudadme +á borrar las señales de esta muerte... yo diré á los míos que ese hombre +ha salido por el postigo... + +--En lo que harás muy bien--dijo el tío Manolillo--será en soltarlos de +las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos á pretexto de +que se han dejado sorprender: ¡quédate sola, que yo volveré y le +enterraremos!... por ahora, adiós! ¡Adiós, que mi conciencia me llama á +otra parte! + +Y subió de dos en dos los peldaños de una escalera, atravesó algunas +habitaciones, y entró en la que Dorotea se encontraba todavía inmóvil y +dominada por su mudo dolor. + +--Ven conmigo--la dijo el bufón asiéndola de una mano. + +--¡Ah! ¿sois vos? + +--Ven conmigo... yo te salvaré... yo te consolaré... pero ven, ven... no +perdamos un momento. + +Y arrastró consigo á la Dorotea, que se dejó conducir maquinalmente, +bajó por la escalera principal, pasó por junto al escudero y la dueña +que permanecían atados, abrió la puerta, salió y la tornó á cerrar. + +Cuando estuvieron en la calle, el bufón dijo á la Dorotea: + +--Vuélvete á tu casa, y espérame: yo no te puedo acompañar. + +--Pero... + +--Ve, ve... hija mía... acabo de salvarte de un peligro... yo te salvaré +de todos; adiós. + +Y partió hacia el alcázar. + +La Dorotea, atónita, asombrada, sin comprender lo que la sucedía, le vió +desaparecer, se envolvió en el manto, y á paso lento, con la cabeza +inclinada, pisando lodo, se encaminó á la calle Ancha de San Bernardo. + + + + +CAPÍTULO XLVII + +DE LO PERJUDICIAL QUE PUEDE SER LA ETIQUETA DE PALACIO EN ALGUNAS +OCASIONES + + +El tío Manolillo corría como alma que lleva el diablo. + +Tropezaba acá y allá con las gentes, como un caballo desbocado, las +lanzaba un gran trecho ó las dejaba caer y seguía corriendo. + +En pocos momentos llegó al alcázar. + +Antes de llegar á él vió á Luisa y á Inés que iban envueltas en sus +mantos. + +Pararon un momento. + +--¿A dónde vais?--las dijo con acento amenazador. + +--¡A misa...!--contestó temblando Luisa. + +--¡A misa! ¿en día de trabajo?... + +Pero el bufón recordó que tenía mucha prisa, y tomó de repente el camino +de la puerta de las Meninas del alcázar. + +Al entrar, salían algunos hombres, y el tío Manolillo tropezó rudamente +con uno de ellos. + +--¡Qué brutalidad!--dijo el tropezado recogiendo un pesado talego que +había caído al suelo, produciendo un sonido sonoro. + +--¡Ah! ¡el alguacil Agustín de Avila!--exclamó el bufón, y pasó por sus +ojos un relámpago de muerte. + +Pero de repente apretó de nuevo á correr, exclamando: + +--Lo otro es primero... la reina... ¡Dios mío! + +Y entró en el patio del alcázar. + +Allí, de una manera involuntaria, superior á su resistencia, se detuvo +de nuevo, y miró á una torre almenada que se veía por cima de las +galerías en un ángulo del patio. + +Sobre aquellas almenas había un cuerpo de edificio coronado por una +montera de pizarras; en aquel cuerpo de edificio, había una ventana: en +aquella ventana el viento ondeaba un pañuelo encarnado. + +--¡Oh! ¡la señal de muerte!--exclamó el bufón. + +Y siguió corriendo, subió, no como un hombre sino como una araña que +huye, unas escaleras, atravesó como un frenético la galería, y +atropellando casi la guardia de corps que daba la centinela de la puerta +exterior del cuarto de la reina, se lanzó dentro. + +Dióse un tremendo pechugón con una persona á la que no arrojó. + +Por el contrario le asió, y le detuvo. + +--¡Cuerpo de Baco!--exclamó aquel hombre--, ¿venís ú os disparan, tío? + +Aquel hombre era don Francisco de Quevedo. + +El bufón no le contestó: por cima del hombro de Quevedo había visto un +paje talludo, rubicundo, que llevaba sobre las palmas de las manos una +vianda adornada con yerbas verdes. + +--¡Allí tal vez!... ¡en aquel plato!...--dijo el bufón--¡soltad, vive +Dios, ú os mato!... + +--¿Pero estáis loco?... tengo que deciros graves cosas... ¿no me +conocéis, tío? + +--¡La reina!... ¡la reina!... ¡dejadme, don Francisco!... ¡aquel +paje!... ¡es el amante de la Inés!... ¡el pañuelo encarnado está en la +ventana!... + +--¡Ah!--exclamó Quevedo con una expresión terrible por su horror--¡un +paje!... ¡un plato!... ¡el pañuelo!... + +Y soltó al bufón, que se lanzó á la puerta de la antecámara. + +Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas. + +--¡Ah! ¡no me dejáis pasar!...--exclamó el bufón, y asió las alabardas +con la fuerza de la zarpa de un león. + +Se entabló una lucha. + +Quevedo no podía llegar pronto, pero desde donde estaba gritó con la +autoridad que sabía dar á su voz en las ocasiones solemnes: + +--¡Dejadle pasar! ¡dejadle pasar, de orden del rey! + +Al sonido de aquella voz poderosa, á la vista del hábito de Santiago, +del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufón. + +Quevedo, á pesar de la deformidad de sus pies, que le impedía andar de +prisa, corrió. + +En la puerta de la cámara de la reina, se entabló otra lucha con los +ujieres. + +La autoridad de Quevedo fué allí inútil. + +El bufón apeló á la fuerza. + +Tiró á un ujier á un lado, y á otro á otro, y entró también. + +Pero entre la inocente detención causada por Quevedo, la de los tudescos +y la de los ujieres, había pasado mucho tiempo. + +El paje había desaparecido. + +Cuando el bufón entró, se precipitó á la mesa y se arrojó sobre ella. + +La reina dió un grito. + +El padre Aliaga, que almorzaba con la reina, se puso de pie. + +El tío Manolillo buscó con ansia un plato entre los que cubrían la mesa +de la reina, y vió uno solo puesto delante del plato de Margarita de +Austria. + +Aquel plato estaba adornado con berros. + +Era una perdiz que tenía todas las patas. + +El bufón le agarró, y al apoderarse de él dijo con una admirable fuerza +de espíritu, soltando su hueca carcajada de bufón: + +--¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡he ganado! ¡he ganado! ¡para mí! ¡para mí! + +Y haciendo como que devoraba al paso la perdiz, dió á correr exclamando: + +--¡Para la reina no! ¡para mí! + +Y soltó una larga y estridente carcajada que hizo temblar á todos los +que la oyeron, y escapó. + +--¡Oh! ¡esto es ya demasiado!--dijo la reina. + +--Perdonad, señora...--dijo Quevedo--yo no le he podido contener; ¡el +tío Manolillo está loco! + +Y Quevedo, saludando profundamente á la reina y antes de que ésta, +reponiéndose de su sorpresa, le pudiera contestar, salió. + +Quevedo buscó inútilmente en la parte baja del alcázar al tío Manolillo, +y subió á su aposento, á cuya puerta llamó inútilmente repetidas veces. + +Al fin Quevedo gritó: + +--Si estáis ahí, tío Manolillo, abrid, hermano, abrid á Quevedo. + +Oyéronse violentos pasos y se abrió la puerta. + +Apareció el bufón pálido y desencajado. + +--¡Entrad! ¡entrad!--exclamó--; entrad y pensemos en la venganza... hoy +ha amanecido un día de muerte... + +--¡Tenéis sangre en las manos!--exclamó Quevedo... + +--¡Es poca!--exclamó el bufón--¡es poca! ¡venid! + +Y tiró de Quevedo, le llevó á lo último de su aposento, y le mostró una +fuente de plata puesta sobre una mesa. + +--Mirad ésto; faltan las pechugas... mirad aquéllo, y señaló en un +rincón un pedazo de perdiz, junto á la cual estaba echado, impasible, un +gatazo rodado. + +[imagen:...¡para mí! ¡para mí!] + +--El _Chato_ devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha +querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. ¡Que Dios +tenga piedad de la reina! + +--¿Y qué hacer? + +--¿Qué hacer?... yo no sé... ¿quién dice?... ¿quién declara?... ¡Oh! +¡no! ¡sentenciarnos á ser tenidos por cómplices, á morir deshonrados!... +¡hemos hecho cuanto podíamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos +engañado!... pero no... no... el _Chato_ no ha comido... ¡Dios mío!... + +--Sois cobarde...--exclamó Quevedo--; suceda lo que quiera, yo voy á +buscar al médico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre +todo, quitadla de esa fuente, que es de plata... + +El bufón quitó los restos de la perdiz de la fuente, los echó en una +escudilla, y con ellos el pedazo que había arrojado al gato. + +Entre tanto, Quevedo había desaparecido. + +Un paje de la reina se presentó poco después. + +--Tío Manolillo--dijo--, os aconsejo que os escondáis por algún tiempo. + +--Pues ¿qué pasa, hijo?--contestó dominándose el bufón. + +--Que habéis dado un susto á su majestad, y no ha acabado de almorzar; +se ha dejado casi todo lo que tenía en el plato cuando entrásteis vos. + +--¿Pechugas de perdiz?... + +--Eso es... ¡una perdiz que olía tan bien!... me la he comido, tío. + +--¿Cómo te llamas, hijo? + +--Gonzalo. + +--¿Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina? + +--Sí... al salir... no me veían... + +--¿Y quedaba mucho?... + +--Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... ¡comí tan de +prisa, porque no me vieran! + +El paje, en efecto, empezaba á ponerse pálido. + +--¿Y por qué vienes, hijo?--exclamó el tío Manolillo, haciendo un +violento esfuerzo para dominar su horror. + +--Por la fuente de plata que os habéis traído. + +--¿Y comió mucho la reina? + +--¡Quia! no... ni el padre Aliaga... + +--¿Y te has comido las dos?... + +--Sí. + +--Ven, hijo mío, ven... ven á las cocinas... voy á darte aceite, que es +bueno para que arrojes... ¡Oh! ¡Dios mío!... + +--Tengo ansias, tío... + +El bufón asió al mozo y le arrastró consigo. + +Pero al llegar á las escaleras, el paje dió un grito, avanzó, cayó +rodando por las escaleras, y con él la fuente de plata. + +El bufón se retiró precipitadamente, fué á su aposento y se puso á rezar +por el alma del paje. + + + + +CAPÍTULO XLVIII + +DE CÓMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS +VESTIGIOS SEAN PATENTES + + +Pasó mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el +paje había caído. + +Al fin subió una moza de retrete. + +La escalera era obscura. + +La moza tropezó en la bandeja, que sonó. + +Recogióla la moza. + +--¡Calla!--dijo--¡una bandeja de plata! ¡y sucia!... ¡llena de grasa! +¿cómo está aquí? La llevaré á la repostería. + +Y siguió subiendo, y tropezó de nuevo. + +Pero tropezó en un cuerpo humano. + +Aquel cuerpo estaba frío. + +La moza empezó á dar gritos. + +A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre. + +Muy pronto corrió la voz de que se había encontrado muerto un paje de la +reina en las escaleras de las cocinas. + +Y junto á ésta, corrió otra voz no menos escandalosa. + +El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas +algunas puertas, roto un gran cofre y vacío. + +La mujer y la hija del cocinero mayor habían desaparecido. + +El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se +habían presentado en los lugares de estas dos catástrofes. + +A nadie se le ocurrió que entre la muerte del paje y la desaparición de +la familia y el robo del cocinero mayor, podía haber una relación +íntima. + +A nadie se le ocurrió tomar acta de haberse encontrado junto al paje +muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina. + +Los médicos declararon que, según los vestigios que quedaban en el +cadáver, el paje había muerto de repente á consecuencia de un ataque +cerebral. + +Y tenían razón: porque el veneno que Guzmán había dado á Luisa, y Luisa +al galopín Aldaba, y el galopín Aldaba al paje rubio, y éste á la mesa +de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, había obrado sobre el cerebro de +este último produciéndole una violenta congestión. + +El paje fué conducido al depósito de muertos de la parroquia de Santa +María. + +La fuente de plata entregada en la repostería y lavada. + +Los únicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en +el cuarto del bufón. + +Y el bufón, vuelto al fin en sí de tan violentas impresiones, se lavaba +las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se +lavaba en la repostería. + +Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey, á quien +se había dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor, +hacían extender testimonio á un escribano de cómo: + +«El día 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aquí el largo fárrago +curial), yo el infrascrito, entré con su excelencia el señor mayordomo +mayor del rey y con su señoría el señor alcaide de palacio y con los +señores Lope Ríos y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que +en palacio habita el señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de +su majestad el rey nuestro señor, que Dios guarde, y los expresados y el +infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no +estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitación +hallamos, á más de los muebles conocidos del uso de dicho Montiño y su +familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se veían +señales de haberle querido forzar, el cual cofre fué entregado en +depósito al excelentísimo señor mayordomo mayor. Y entrados en el +siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de +ropas esparcidas, con más un ejemplar impreso del arte de cocina, +pastelería, bizcochería y conservería que ha compuesto el dicho cocinero +mayor; y pasando á las otras habitaciones, las hallamos en el mismo +desorden, y á la ventana de una de ellas, atado un pañuelo encarnado de +algodón; y en otra habitación más interior hallamos un gran cofre +descerrajado á viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vacío y +sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto á ganancia; y +otrosí: halláronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aquéllas y +éste, hallóse ser de la marca que mandan las pragmáticas; y otrosí: acá +y allá esparcidos halláronse seis doblones de á ocho y cuatro escudos de +cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y +efectos se hizo el inventario adjunto y quedó entregado de todo el dicho +excelentísimo señor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relación +presente de que doy fe. En testimonio de verdad.--_Pero Ponce Lucas._» + +Libróse asimismo testimonio de haber desaparecido: + +Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Inés +Martínez. + +De las cocinas, el galopín Cosme Aldaba. + +De la servidumbre de la reina, el paje Cristóbal Cuero. + +Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averiguó que la +cocinera tenía un amante, que se llamaba Juan de Guzmán. + +Que el paje Cristóbal Cuero era el amante de la Inés Martínez. + +Que el galopín Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con +los otros, que había sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer +le había enviado á las cocinas. + +En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello +conocimiento el rey, mandó su majestad que esta sumaria pasase á un +alcalde, el cual alcalde mandó que fuesen presos donde fuesen habidos +los expresados don Juan de Guzmán, Luisa Robles, Inés Martínez, Cosme +Aldaba y Cristóbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra +la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del +cocinero mayor de su majestad. + +Pero en cuanto á la entrada exabrupta del tío Manolillo en la cámara de +la reina, tomóse á gracia y la misma Margarita de Austria cambió su +enojo en risa. + +Y en cuanto á lo del paje, creyóse en lo de la muerte casual y violenta +y se le enterró; diéronse á su madre de orden del rey ciertos +maravedises para lutos; diéronse otros á un capellán para que dijera +misas por el alma del difunto y no se habló más de ello, ni á nadie se +le ocurrió pensar en venenos ni asesinatos. + +Sabían el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufón y +Dios, que lo sabe todo. + + + + +CAPÍTULO XLIX + +DE CÓMO LA DUQUESA DE GANDÍA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABÍAN +DADO «LOS MIEDOS DE SAN ANTÓN» + + +Doña Clara Soldevilla era feliz. + +Feliz de una manera suprema. + +Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad. + +Apenas si había hecho, desde que había salido aquella mañana de su +aposento su marido, más que pensar en él, sentada en un sillón junto al +brasero. + +Ya bien entrado el día creyó que era un deber suyo dar parte á su padre +de lo que le acontecía, y tomó la pluma para escribir una larga carta. + +Pero una vez puesta á ello sólo pudo escribir lo siguiente: + +«Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado á casarme; pero +al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don +Juan Téllez Girón. No puedo escribiros más, mi buen padre. Estoy +aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendición, señor, á +vuestra hija que os ama y queda rogando á Dios por vuestra +vida.--_Clara_.» + +Cerró esta carta y llamó. + +--Que venga al momento Anselmo--dijo. + +Presentóse poco después un escudero como de cincuenta años. + +--Monta al momento á caballo, mi buen Anselmo--dijo Clara--, y ve á +llevar á mi padre esta carta. + +--¿Pues qué sucede, señora?--dijo Anselmo cuidadoso, porque era un +antiguo criado de la casa. + +--Sucede que doy á mi padre la noticia de mi casamiento. + +--¡Cómo! ¿La señora se casa? + +--Me he casado ya. + +--¿De secreto? + +--No, por cierto; me casé anoche delante de testigos en la capilla real. + +El escudero se puso pálido y no se atrevió á preguntar más. + +--Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y él no +ha venido. + +En aquel momento entró en el cuarto una dama de la reina que venía de +ceremonia. + +--¡Ah, doña María!--exclamó la joven. + +--Vengo, doña Clara, primero á daros la enhorabuena... una triple +enhorabuena... qué sé yo cuántas enhorabuenas... + +--¡Oh! ¡Muchas gracias, señora! Anselmo, vete fuera. Sentáos, doña +María. + +--No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me envía. +Di á doña Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se +vista como conviene á una recién casada que va á ser presentada con su +marido á la corte y á tomar la almohada de dama de honor, mientras que +su marido toma el mando de la tercera compañía de guardias españolas. He +venido, pues, doña Clara, contenta porque vos debíais estarlo mucho. + +--¡Oh, sí! ¡gracias á Dios! + +--¿Conque casada? + +--Anoche... + +--¡Y no haber conocido al novio!... ¡Reservada siempre! + +--En cambio, señora, conoceréis al marido. + +--Pues vestíos, vestíos, doña Clara; dentro de poco vendrán por vos y +por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la +duquesa de Gandía representando á la reina, como que son vuestros +padrinos. Además, permitidme un momento--y doña María salió y volvió á +entrar trayendo un cofrecillo en las manos--, la reina me encarga que os +prendáis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy +bello... su majestad os ama mucho. + +--No sé cómo pagar á su majestad... y siento, siento mucho no poder +complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo. + +--¡Ah! ¿Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. ¿Y seréis tan +reservada respecto á vuestras galas de novia, como respecto á vuestros +amores? + +--¡Ay, Dios mío, no! Si queréis ver antes que nadie esas joyas, os daré +gusto. Isabel. + +Apareció una doncella. + +--Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sándalo donde +yo guardo mis alhajas. ¿Y decís--continuó doña Clara--que la duquesa de +Gandía vendrá por nosotros como madrina en nombre de la reina? + +--Así me lo ha dicho su majestad. + +--Ved el aderezo de que os he hablado--dijo doña Clara, abriendo el +cofre. + +Doña María, que había sabido con envidia el casamiento de doña Clara con +un joven capitán de la guardia española, y con disgusto su nombramiento +de dama de honor, que las igualaba á entrambas, vió con despecho las +ricas alhajas que la mostró doña Clara con la mayor lisura, sin alegría +y sin orgullo. + +--Sois completamente afortunada--dijo--, y os repito mis enhorabuenas. +Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traía, y me espera su +majestad--y salió. + +Apenas había salido doña María, cuando entró una doncella. + +--Señora--dijo--, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no +acostumbrábais á recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que +estaba seguro que vos le recibiríais. + +--¿Cómo se llama ese caballero? + +--Se llama don Juan... don Juan... + +--¿Téllez Girón? + +--Eso es. + +--Pues que entre al momento. + +--¿Llamo á vuestra dueña? + +--No. + +La doncella salió escandalizada; doña Clara jamás había recibido visitas +de hombre. + +Introdujo, sin embargo, á don Juan, y salió. + +Pero se quedó mirando por el quicio de la puerta y su escándalo creció +cuando vió que su señora y el joven caballero se asían tiernamente de +las manos, y que el caballero se atrevía á dar un beso á su señora. + +--¡Oh, qué hermoso y qué gentil vienes, mi don Juan!--dijo doña Clara, +mirando arrobada al joven--. Y cómo se conoce la ilustre sangre que te +alienta. Yo también voy á engalanarme, á prenderme las hermosas joyas +que me has regalado. + +La doncella, escandalizada, se fué á decir á los demás criados, al +rodrigón, á la dueña y al escudero, que su dama había recibido á solas á +un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas. + +Pero cuando estaba en lo más ardiente de su acusación fiscal, entró la +dueña cojitranqueando, y dijo: + +--Todo el mundo al cuarto de la señora. + +El mundo todo aquel á que se refería la dueña, eran un rodrigón que ya +conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje. + +Todo el mundo entró con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la +joven. + +Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el +sombrero puesto. + +Como el señor en su casa. + +Los criados miraban á don Juan con asombro. + +--Amigos míos--dijo doña Clara--, anoche, mientras vosotros dormíais, +apadrinada por sus majestades, me casé con este caballero... con don +Juan Téllez Girón, que siendo mi esposo y mi señor, es vuestro amo. + +--Sea por muchos años--exclamó el rodrigón, que era el más viejo y el +más autorizado--; que Dios haga muy felices á sus mercedes... este es el +segundo casamiento que veo en la casa... cuando la señora madre de vuesa +merced se casó... + +--Os dió muestras del aprecio en que os tenía; yo os las daré también; +ahora idos; quedáos vosotras--añadió, dirigiéndose á las doncellas--; +necesito vestirme. + +Los criados salieron por una puerta, y doña Clara y las doncellas por +otra. + +Quedóse solo el joven. + +Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en él, había acabado por +ser la expresión de su semblante. + +La fortuna le sonreía; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre +las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que había +desesperado á los más peligrosos galanes de la corte; la poseía por +completo; doña Clara le había dejado ver todo el tesoro de ternura y de +amor de su alma, y le había dicho embriagada de no sabemos qué deleite: + +--Vos habéis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os +habéis presentado en tan poco tiempo delante de mí, tan hermoso primero, +tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble después, que yo +tengo para mí que habéis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro +no hubiera ganado tal vez en años. + +Y cuando don Juan la replicaba: + +--¿Y si la suerte nos hubiese separado? + +--No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al +recordaros. + +Y don Juan asía la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la +besaba y exclamaba entre aquel beso: + +--¡Oh, bendita seas! + +No podía ser más feliz don Juan. + +Y esta felicidad le había hecho grave. + +Contribuían, además, á esta gravedad, un remordimiento y una aspiración. + +Aquella aspiración y aquel remordimiento estaban representadas por dos +mujeres. + +La aspiración era por su madre. + +Don Juan sabía que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven +hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre. + +El remordimiento estaba representado por Dorotea. + +Doña Clara, después de haber asegurado, jurado el joven, que á nadie +amaba más que á ella, no le había vuelto á hablar de la Dorotea. + +La Dorotea era una cosa pasada, olvidada. + +Su deber le prohibía volver á los amores de la comedianta. + +Y, sin embargo, don Juan sabía que la Dorotea le amaba; que le amaba con +toda su alma, que él había sido para ella una especie de regeneración; +que, en una palabra, en la Dorotea se había abierto para él un alma tan +virgen como la de doña Clara. + +La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnífica, el +tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tenía en +su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego... +digámoslo de una vez, ¡era tan hermosa la Dorotea!... ¡amaba de una +manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!... + +Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no podía +dominarle, no podía recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea +pasaba al misterio de su madre... + +Don Juan estaba muy de mal humor. + +Y cuando se hallaba en uno de sus momentos más tétricos se abrió la +puerta, y uno de los pajes dijo: + +--Señor, la duquesa de Gandía. + +Don Juan se quitó el sombrero, lo arrojó precipitadamente sobre la mesa, +y salió al encuentro de la duquesa. + +Doña Juana de Velasco entró vestida, por decirlo así, de pontifical, y +contrariada, sumamente contrariada. + +Su orgullo estaba lastimado. + +Un mandato expreso de la reina, la obligaba á presentarse como madrina +en el cuarto de una joven dama de honor, á quien, como sabemos, tenía +ojeriza, á quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma. + +Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer. + +Lo que por otra parte contrariaba grandemente á la duquesa, era que el +encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de +Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma. + +Así es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto. + +Don Juan la saludó profundamente. + +--¿Sois vos el novio, no es esto?--dijo sentándose en un sillón y +mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado á +un ayuda de cámara. + +--Sí, señora; yo soy--dijo don Juan, templando su acento al tono del de +la duquesa, porque en orgullo no cedía á nadie--; yo soy el marido de +doña Clara. + +--No os conozco--dijo la duquesa--y, sin embargo, vestís como noble y +lleváis hábito, lo que nada prueba, porque hoy se da á todo el mundo una +encomienda. + +--Me llamo don Juan Téllez Girón, señora. + +--¿Sois pariente de don Pedro? + +--Soy su hijo... + +--¡Su hijo!... No conozco ningún hijo del duque que se llame Juan. + +--Soy su hijo bastardo... + +--¡Ah! ya decía yo... + +--Pero es un bravo mozo, está reconocido por su padre--, digo, según me +han dicho--, y ha hecho grandes servicios á su majestad--dijo un +caballero que acababa de entrar. + +--¡Ah! ¿sois vos, don Gaspar?--dijo la duquesa con sobreceño. + +--Pésame mucho, mi señora doña Juana--dijo el llamado don Gaspar--, de +que su majestad se haya acordado de mí para representarle en este +padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el +mismo objeto. Ya sé que no me queréis bien, y lo siento, porque yo os +estimo. + +La duquesa se mordió los labios y no contestó. + +--¿Y esa hermosa señora?--dijo el conde de Olivares dirigiéndose al +joven, y le dió la mano. + +[imagen: El Conde de Olivares.] + +--Se viste en este momento, señor conde--dijo don Juan. + +--¡Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecerá un cielo. Os doy la +enhorabuena, amigo, y veo que no me habéis olvidado. Hace tres días +ignorábais... creo que ignorábais... + +--Ciertamente, señor conde. + +--Pero no os habéis olvidado de mí... me alegro... soy vuestro amigo... +nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos á su +majestad. ¿Y... vuestro tío?--añadió sonriendo el conde--. ¡Pobre +Francisco Montiño! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debéis +olvidar eso y tender las alas, que las tenéis poderosas. Aprovecho esta +ocasión para ofrecerme todo entero á vos; después que con vuestra esposa +hayáis sido presentado á la corte, el capitán general de la guardia +española y yo os presentaremos á vuestra brava compañía de arcabuceros. + +--Gracias, señor conde. + +--Pero me parece que vuestra esposa se acerca. + +En efecto; se levantó un tapiz y apareció doña Clara, radiante de galas +y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble +falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los +cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura, +llevaba un magnífico aderezo completo. + +--¡Señora duquesa! ¡señor conde!--exclamó la joven dirigiéndose á +ellos--¡cuánto siento haberos hecho esperar! + +Pero de repente doña Clara se detuvo. + +Los ojos de la duquesa de Gandía estaban fijos con espanto en ella. + +Doña Juana de Velasco estaba pálida y temblaba. + +--¡Qué joyas tan hermosas!--dijo--; sobre todo... ese collar de +perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese +relicario... + +La joven se acercó á la duquesa. + +Doña Juana volvió el relicario. + +Su mano temblaba. + +--¿Quién os dado esas joyas?--dijo en voz baja y rápida á doña Clara. + +--Mi marido, señora--contestó en voz muy baja y profundamente conmovida +doña Clara. + +--¿Y sabe vuestro marido?... ¿sabéis vos?... + +--Sí; sabemos que por estas joyas puede conocer á su madre. + +--¡Ah!--exclamó la duquesa dando un grito, y retirándose bruscamente de +doña Clara. + +--¿Qué es eso, mi buena duquesa?--dijo con gran interés el conde de +Olivares. + +--Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero--añadió +dirigiéndose á Juan--, ¿queréis darme vuestro brazo?... apenas puedo +sostenerme... y sus majestades esperan. + +--¡Ah! señora--contestó don Juan turbado y conmovido, porque el acento +de la duquesa había cambiado enteramente para él. + +Y la dió el brazo. + +Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Gandía. + +Doña Clara tenía los ojos llenos de lágrimas. + +--¿Qué sucede aquí?--murmuró don Gaspar de Guzmán dando el brazo á doña +Clara. + +Y siguió hacia una puerta por donde se había llevado la duquesa de +Gandía á don Juan. + +Se dirigían por el interior de las habitaciones á la cámara pública de +audiencia. + +La duquesa iba de prisa. + +Al pasar por una galería obscura, la duquesa, que iba muy delante del +conde de Olivares y de doña Clara, dijo con acento cortado: + +--Por piedad, caballero, no me engañéis; ¿por qué habéis querido que +vuestra esposa se ponga esas joyas hoy? + +--Porque... va á ser presentada á la corte, y en la corte puede estar mi +madre--dijo balbuceando el joven. + +--¿Y amáis mucho á vuestra madre?--dijo llorando la duquesa. + +--¡Por Dios, señora! ¡por vuestro honor!... vamos á salir á los salones. + +--¡Ah!--exclamó la duquesa. + +Y deteniéndose de repente, asió la cabeza de don Juan y le besó en la +boca. + +Después apresuró el paso. + +Cuando salió á los salones, se mostraba serena; pero severa, sombría. + +Poco después los novios y los que representaban como padrinos á los +reyes, fueron presentados á éstos. + +Después doña Clara tomó la almohada de dama de honor. + +Cuando el conde de Olivares se llevaba á don Juan para presentarle á su +compañía de arcabuceros de la guardia española, la duquesa le dijo: + +--Espero que iréis, en cuanto estéis libre, con vuestra esposa á mi +casa. + +--Iré, señora, iré. + +Y el joven salió. + + + + +CAPÍTULO L + +DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO Á UNO DE SUS ASUNTOS + + +Cumpliendo lo que había prometido á la duquesa, don Juan y doña Clara +salieron una hora después del alcázar en una litera. + +Era la litera enorme. + +Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban +vacíos. + +Entrambos iban silenciosos y pensativos. + +De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba á la mula +delantera: + +--¡Eh, conductor de venturas! ¡para, para, que la desdicha te lo manda! + +El lacayo paró. + +Una cabeza asomó á la portezuela, y una mano tocó á los cristales. + +Don Juan abrió la portezuela. + +--¿Es decir, que quepo?--dijo don Francisco de Quevedo. + +--Donde quiera que estemos nosotros, cabéis vos; pero entrad, que +llueve. + +--Desde que llegué á Madrid, que fué el mismo día que llegásteis +vos--dijo Quevedo entrando--, no ha cesado ni un punto de llover; hambre +tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando, +y espantado y sin sueño aunque no duermo. ¿A dónde vais? + +--Casa de la duquesa de Gandía. + +--¿Vais casa... de la duquesa?...--dijo Quevedo con acento hueco á doña +Clara. + +--Yo no he tenido la culpa--dijo la joven. + +--¡Cómo! ¿de qué no has tenido tú la culpa, Clara mía?--dijo don Juan. + +--Don Francisco lo sabe todo. + +--¡Cómo! ¡sabéis!... + +--Sí por cierto, sé... + +Y Quevedo se detuvo. + +--Sí, sabe que la duquesa de Gandía es... tu madre... + +--¿Os ha dicho acaso mi padre?... + +--Sí, sí... vuestro padre... eso es...--dijo Quevedo, que no quería que +don Juan supiese que el tío Manolillo conocía aquel secreto. + +--Mi padre ha hecho mal...--dijo don Juan. + +--¡Joven!--exclamó severamente Quevedo--; secretos hay entre vuestro +padre y yo que importan tanto, como que él es el duque de Osuna, el +grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo +no fuera secretario de secretos, no secretearía, y si el duque no +tuviera secretos, no me tendría por secretario, y, por último, tan duque +soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dirá y ya veremos, y pasemos á +otra cosa. ¿Cómo está su majestad la reina? + +--Buena y contenta--contestó doña Clara. + +--¿Y no está pálida? + +--Nunca ha tenido más hermosos colores. + +--Pues que paren la litera. + +--Pero yo no os entiendo--dijo don Juan. + +--Entiéndome yo; vóime donde iba, y adiós. + +Y abrió la portezuela. + +--Para--dijo al lacayo. + +La litera paró, salió Quevedo, se embozó en su capa y echó á andar. + +Cerró don Juan la portezuela, y la litera siguió. + +Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en +una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró. + +Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos: + +--¡Don Francisco de Quevedo! + +--Haced, señora, que me den tintero y papel--dijo Quevedo entrando. + +--Os lo daré yo--dijo la condesa--. ¿Pero qué es esto, amigo mío?--dijo +cuando quedaron solos. + +--Esto es, que como no tengo más casa que la vuestra, ni más alma que +vuestra alma, aquí me vengo á hacer mis cosas; por delante, es decir, +por el zaguán, cuando es de día; por detrás, cuando es de noche. Vos me +fortificáis y me consoláis... y yo me convierto en niño para vos; pero +dejadme que sea por algún tiempo hombre y cumpla con mi obligación; que +escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me +espere. + +--¡Cómo! ¿os vais, don Francisco? + +--Y me alegro. + +--No digáis eso, porque creeré... + +--Debéis creer que os amo mucho. + +--Tenéisme vuestra.... + +--Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo mía, os lo digo: que +si yo no os amara... Oíd: el alma... lo que se llama alma, tiene más de +una corcova. + +--No os entiendo. + +--Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es +enderezar su alma. + +--¡Ah! + +--Si vos no fuérais quien sois... + +--Don Francisco--dijo la condesa--, mirarlo debísteis antes; vos me +caísteis como llovido. + +--En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. Así estoy yo de +calado; el agua me llega ya á las narices, y á poco más me ahogo. Pero +dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene +trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este +diluvio, dejadme que fabrique mi barca. + +--Y esa barca... + +--Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y +habéos de salvar por mi huída, y á más han de salvarse ciertos recién +casados, que no andan muy seguros... + +--¿Conque es cosa decidida?...--dijo de mal talante la condesa. + +--Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algún loco ha de +haber con barruntos de juicio. Si sólo se tratara del conde mi señor... +merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doña +Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie; +búscanse, se juntan, se acarician, por más que los cuerpos que las +aprisionan anden lejos... y la memoria... ¡bendiga Dios la memoria, +consuelo de desterrados!... + +--Tormento de mal nacidos... + +--¿Por mal nacida os tenéis? + +--Mal nace quien nace para penar. + +--Penárais más á mi lado; escorpión nací... hortiga crezco... hiel +lloro... ponzoña respiro. Maldición debo de tener encima, que si +escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera á Dios +razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya +no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para mí +que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por +el olor á poco que se me trate. Tomad á sueño lo que ha pasado, señora, +como yo lo tomo á locura y maldición mía, y entendedme y no me digáis +que no os amo, que al revés de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me +aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta +arrecía y el puerto está lejos, y no por mí, sino por otros, á piloto me +meto. Dadme, pues, papel, no lloréis, que tragos de hiel son para mí +vuestras lágrimas, y si me provocáis á beberlas, matáranme, porque +olvidaré mi propósito y todo se llevará el diablo y no hay para qué +tanto. + +--¡Pluguiera á Dios que nunca hubiérais venido!--dijo la de Lemos +levantándose y sacando papel de un cajón. + +--Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no +bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y +Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba. + +La condesa no contestó; fuése al hueco del un balcón y se puso á llorar +de espaldas á Quevedo. + +Quevedo escribía entre tanto al duque de Osuna lo siguiente: + +«Señor: + +»Con ansias os escribo, y bien podéis creerlo cuando yo lo afirmo, que +ya sabéis que en lo de _garlar_ soy duro, y no se me pone tan fácilmente +en el _ansia_. Pero tal se ensaña conmigo mi suerte pecadora, que tengo +para mí que tendré que irme á un desierto, y aun allí, ya que no haga +daño á las gentes, se lo haré á las piedras. Víneme á Madrid desde San +Marcos, no sin algún escrúpulo é inapetencia, porque no ha habido vez en +que yo haya vuelto á Madrid desde que salí de él á aventuras, que no me +haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topéme con vuestro hijo, y +halléle ya tan enredado y tan en palacio metido y á tanto puesto, que me +entró miedo de si podría desatollarlo, y esta es la hora, en que no sólo +desatollarlo no he podido, sino que con él atollado me veo, y eso que +aún no hace tres días cabales que entrambos estamos en la corte; tal +turbión de enredos ha caído sobre nosotros, que estoy enredado y aun con +telarañas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por más que +restrego no aprovecha. Punzó el mozo, y de tal manera, que de la +punzadura anda Calderón en un grito, boca arriba en el lecho, con un +ojal en el costado que por poco es de pasión, lo que dudo mucho que +llegue á ser de escarmiento. Salvóse por la caía la reina, que no menos +que la reina anda en el lance, pero fué salvación de comedia de sustos, +que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado +cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha +encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y +cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quién es su padre y +sábelo la corte, y sábelo todo el mundo, y lo único que ha sucedido á +derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con +buena ventura, anoche le casó la reina con la hija del coronel Ignacio +Soldevilla, que por ahí anda á las órdenes de vuecencia en los tercios +de Nápoles. Y lo que más de espantar es, que siendo ella una dama de +acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero +decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo +hubiera nacido para amarle, y está loca y encariñada con él, y él no +acertando á mirar ni á ver más que á su doña Clara. ¡Vive Dios que los +chicos me dan envidia, y que será gran lástima que tanta miel se +acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, será el apartar de la +corte al recién casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos +marchemos de aquí todos; que vos, señor, lo conseguiréis con escribirle, +y él se apresurará á obedeceros, que en cuanto á mí, he hecho cuanto he +podido, metiéndome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera +metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo +más, y á vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes +logre yo poder decir á vuecencia lo que no es para escrito, sino para +relatado, y aun así en voz baja y á puerta cerrada. Réstame por deciros, +que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honraría, y +que es gran pena, que en vez de ser hijo á trasmano, no lo fuese de mi +señora la duquesa doña Catalina. Y como me tarda que ésta llegue á manos +de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.--Guarde Dios á +vuecencia. + + DON FRANCISCO DE QUEVEDO.» + +Plegó esta carta, la cerró, y se fué hacia doña Catalina. + +--¿Lloráis?--la dijo. + +--¿No os basta que os esconda mis lágrimas--dijo la condesa--, sino que +venís á buscarlas? + +--Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, á +quien no llorará nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan +de mi pecho las lágrimas que me hinchan. + +--¿Pero no volveréis? + +--No. + +--Pues... adiós... + +--Adiós... + +La condesa se quedó llorando; Quevedo salió atusándose el bigote +distraído. + +--Si me ama--dijo--es feliz y no hay por qué dolerse... si no me ama, +otro vendrá y le enjugará los ojos. + +Y haciendo un nuevo ademán que podía traducirse por la frase: +_adelante_, enérgicamente pronunciada, salió á paso lento de la casa. + +Quevedo había tomado su resolución, y dejaba abandonado á tiempo un +instrumento que ya no le servía. + + + + +CAPÍTULO LI + +EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HÉROE DE NUESTRO CUENTO + + +El padre Aliaga salió del alcázar inmediatamente después de haberse +turbado de una manera tan extraña, por el tío Manolillo, el almuerzo de +la reina. + +El confesor del rey estaba aturdido con lo que le acontecía. + +El bufón había llegado á hacerse para él un gigante. + +Aquel hombre había leído en su alma. + +Aquel hombre había visto su fondo tenebroso. + +Además, el hombre que se había creído amado por la reina, don Juan +Téllez Girón, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que +se había casado con doña Clara Soldevilla para cubrir acaso á Margarita +de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roía el alma del padre Aliaga. + +Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso. + +Y los celosos desconfían de todo, y aun en el mismo sol ven sombras. + +El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor. + +Porque tenía celos. + +De modo que, el mísero de Francisco Martínez Montiño, estaba +constantemente pagando pecados de otros. + +El alguacil del Santo Oficio le había llevado en derechura al convento +de Atocha, le había metido en la celda, y se había quedado guardándole +por fuera. + +Cuando se vió allí Montiño, respiró un tanto. + +--Vamos--dijo--, estos son asuntos del inquisidor general. ¿Pero y mis +asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y había en mi casa +un no sé qué... yo estoy en ascuas... ¡y cuánto tarda el padre Aliaga! +¡Dios mío! + +Y el pobre Montiño tuvo que esperar más de tres horas, esto es, desde +las ocho hasta las once, sin atreverse á moverse del rincón de una de +las vidrieras de los balcones de la celda donde se había pegado, viendo +cómo caía el agua continua sobre la tierra de la huerta. + +El ver llover da tristeza. + +El cocinero mayor, que tenía más de un motivo para estar triste, se puso +más triste aún. + +Sus monólogos fueron tomando un no sé qué de insensato. + +Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazón del cielo, +como si ella hubiera tenido una relación directa con el nublado que +envolvía su alma. + +Acabó por adormilarse, que no eran para menos la inacción en que se +encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y +su cocina, y el lento, contínuo, incesante rumor de la lluvia. + +De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoyó +fuertemente en su hombro. + +Encontró delante de sí al padre Aliaga. + +Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino á un varón +pálido, ceñudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenían +allá en su fondo algo que hizo temblar á Montiño. + +--¿Por qué no me trajísteis anoche el cofre de que hablamos?--le dijo. + +--¡Porque me lo robaron!--exclamó todo lagrimoso, asustado y +empequeñecido el cocinero mayor. + +--¡Que os lo robaron! + +--Sí, señor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo +robaron... es decir, sí me lo robaron... + +--Tranquilizáos, Montiño, porque estáis diciendo disparates. + +--Es que vuestra señoría me está mirando con unos ojos... + +El padre Aliaga comprendió que el cocinero mayor estaba bastante +asustado para que fuese necesario asustarle más, y que seguir +asustándole sería dar motivo á que no dijese una palabra con concierto. + +--Vamos, vamos; no os he hecho venir... + +--Perdone vuestra señoría; me han traído preso. + +--Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para +que viniérais. No pretendo haceros mal alguno. + +--Así fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres días todos me +están haciendo daño. + +--Tranquilizáos, que yo os protegeré contra todos. + +--¿Y mi mujer y mi hija? ¿Y el galopín Cosme Aldaba? ¿Y don Juan de +Guzmán?--dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo. + +--Ya hablaremos de eso. Sentáos aquí, junto al fuego, que hace frío, y +si tenéis apetito pediré de almorzar. + +--No; no, señor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si +no me encuentro al tío Manolillo que me animó... + +--¡Ah! ¿habéis almorzado con el tío Manolillo? + +--Sí; sí, señor... el tío Manolillo iba que centelleaba tras la +comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de +Guzmán y se metió con ella en casa de doña Ana de Acuña. + +El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese +por cálculo, vomitaba todo lo que sabía. + +--¡Ah!--dijo el padre Aliaga, cuya fisonomía había vuelto á ser +impenetrable y benévola--¿conque esa comedianta entró con el sargento +mayor en casa de doña Ana? + +--Sí, señor. + +-¿Y el tío Manolillo? + +--Se entró conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos. + +--¿Y luego? + +--Luego, el tío Manolillo se fué á la casa de doña Ana, llamó... + +--¿Luego conoce?... + +--Debe conocer, porque le abrieron. + +--¿Y vos?... + +--Yo me fuí al alcázar: llegaba á él, cuando me prendieron. + +--Os trajeron... Montiño. + +--Yo digo que me prendieron, y aunque alegué que tenía que estar á la +mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el +alguacil que me prendió, sólo me dejó dar una vuelta por las cocinas, y +llevar á mi casa el cofre, el famoso cofre, que había dejado en una +portería por irme con el tío Manolillo. + +--¿Pues no decíais que os habían robado el tal cofre? + +--Sí; sí, señor; me lo robaron. + +--¿Y cómo le recobrásteis? + +--No le recobré yo. + +--¿Pues quién fué? + +--Ese caballero, que no sé por qué razón acertó á venir con dos amigos +por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre. + +--¡Don Juan Téllez Girón! + +--¡Ah! ¿sabéis ya cómo se llama? + +--Anoche le casé. + +--¡Que le casásteis! + +--Sí, con doña Clara Soldevilla. + +--Pero, señor, ese mancebo ha caído de pies en la corte, todas le aman. + +--Sigamos, sigamos--dijo el confesor del rey con voz ronca--. Le casé, y +al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Téllez Girón. + +--Como que lo sabía... como que abrió el cofre y dentro encontró +papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y +un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda +únicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llevó. + +--¿Y por qué no vinísteis? + +--Tenía miedo. + +--¿Qué hicísteis, pues? + +--Me volví á palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi +obligado á meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me +entraron, en una muy mala casa, señor, donde me dieron un jergón muy +malo, y pasé una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen +precio... desdichas y más desdichas... y cuando creía que iba á +descansar, he aquí que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me +asusté, señor, porque sin que os ofendáis, el nombre del Santo Oficio +mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda. + +--De aquí saldréis libre y favorecido: pero me habéis de hablar con +verdad. + +--Os diré cuanto sepa y más que supiere á trueque de que me amparéis, +que bien he menester de amparo. + +--Antes de ir por el cofre consabido para traerle, ¿dónde estuvísteis? + +--En el convento, por la carta de la madre Misericordia. + +--¿Y luego? + +--Fuí á casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa. + +--¿De modo, que?... + +--Tengo todavía en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el +duque, y otra carta de la misma madre para vos. + +--Dadme, dadme. + +--Tomad, señor. + +El padre Aliaga abrió la carta dirigida á él, y encontró todo el fárrago +que nuestros lectores conocen. + +--¡Ah! ¡ah!--dijo el padre Aliaga para sí--; ¿conque la de Lemos y +Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? ¡se aman! +¡Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de +la reina! + +El padre Aliaga se quedó profundamente pensativo y guardó la carta de la +abadesa. + +--Llevaréis esta otra al duque de Lerma--dijo el padre Aliaga +devolviendo á Montiño la carta que la noche antes había escrito la madre +Misericordia para su tío, bajo la presión del temor causado en ella por +el Santo Oficio. + +El cocinero se levantó súbitamente, porque le tardaba en verse en +libertad. + +--Esperad, esperad todavía. + +Montiño volvió á sentarse con pena. + +--Cualquier cosa que os suceda, la remediaré yo, y si no puedo +remediarla, procuraré satisfaceros lo mejor posible. + +--¡Ah! ¡señor! ¡Dios se lo pague á vuestra señoría! + +--¿Para cuándo ha citado doña Ana de Acuña al duque de Lerma? + +--Al duque de Lerma, no--dijo en una suave advertencia el cocinero. + +--Al rey... eso es... es lo mismo... ¿cuándo debe ir el duque de Lerma á +hacer el papel del rey en casa de esa mujer? + +--Tengo que avisarla. + +--Id á llevar esta carta al duque. + +Montiño se levantó de nuevo. + +--Si el duque os envía á casa de doña Ana, avisadme. + +--Avisaré á vuestra señoría de todo. + +--Y como vivís en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese +posible de cuanto haga ese don Juan. + +--Serviré fielmente á vuestra señoría. + +--Y como os quejáis de haber hecho gastos... + +--Yo no me he quejado, aunque los he hecho... + +--Tomad. + +El padre Aliaga abrió un cajón y sacó un centenar de escudos que dió al +cocinero. + +--¡Ah! ¡señor!--dijo Montiño--; yo no tomaría esto, si no fuera porque +estoy pobre. + +Y en aquellos momentos el cocinero mayor decía la verdad sin saberlo. + +--Id, id, que el día avanza, y tal vez os busquen. + +--No lo quiera Dios: y puesto que vuestra señoría no me necesita, voy... +voy á dar una vuelta por mi casa... + +--Id con Dios. + +Montiño salió desolado. + +A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llovía, de que el +terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el +convento de Atocha á palacio, Montiño recorrió aquella distancia en +pocos minutos. + +Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanzó por las escaleras +más próximas y subió á saltos los peldaños. + +Cuando llegó á su puerta, llamó. + +Nadie le contestó. + +Volvió á llamar y sucedió el mismo silencio. + +Entonces vió lo que en su apresuramiento, en la turbación, no había +visto. + +Un papel pegado sobre la cerradura, en que se leía en letras gordas, lo +siguiente: + + NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEÑOR + +Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en él tan +terrible efecto como le causó la vista de aquel papel. + +Pero de repente se serenó y soltó una carcajada insensata. + +--¡Vamos, señor!--dijo--he perdido el tino; en vez de venirme á mi casa, +me he venido á otra puerta. + +Y siguió el corredor adelante. + +Pero á medida que adelantaba se convencía de que estaba en el corredor +de su vivienda. + +Entonces volvió á sobrecogerle el terror, y se volvió atrás, y volvió á +llamar, pero de una manera desesperada. + +--¡Sí, sí!--exclamó--; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie +en él, y luego este papel sellado; ¡Dios mío! + +El cocinero mayor se agarró con entrambas manos la cabeza, como +pretendiendo que no se le escapara, y de repente dió á correr y se entró +en la cocina. + +Oficiales, galopines y pícaros, hablaban en corros. + +De repente, una voz desesperada, horrible, llamó la atención de todos. + +Aquella voz había gritado con una entonación que partía el alma: + +--¿Dónde está mi mujer? ¿dónde está mi hija? + +Por el momento nadie le contestó. + +Al fin, uno de los oficiales de más edad adelantó y le dijo: + +--Señor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor. + +--¿Pero qué ha pasado?--gritó con más desesperación, con más miedo, con +más horror Montiño. + +--Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y +robado. + +--¡Robado! + +Y aquel robado, no fué un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco, +porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el +terror, la muerte, el fin de todo, la agonía, cuanto puede sentir y +sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor. + +Luego dejó caer los brazos y la cabeza, y repitió aquel _¡robado!_, pero +de una manera ronca, grave, semejante á la preparación del rugido del +león. + +Y luego, llorando como un muchacho á quien han roto su botijo, y teme la +cólera de su madre, repitió la frase ¡robado! y dió á correr sin saber á +dónde, como un gato espantado, tropezando en todo, dándose en las +paredes. + +De repente se sintió asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado +dentro de un aposento. + +Luego se oyó la llave de una puerta, y le arrastraron á otro aposento. + +Y al fin Montiño se vió delante del tío Manolillo, que con los ojos como +brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la +cual había algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el +caparazón de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba. + +--¡Rezad á Dios por el alma de un difunto!--exclamó con voz concentrada +el bufón--¡rogad á Dios! cocinero de su majestad. + +--¡Cosme Aldaba!--exclamó Montiño, y cayó de rodillas y con las manos +juntas á los pies del bufón. + + + + +CAPÍTULO LII + +DE CÓMO EMPEZÓ Á SER OTRO EL COCINERO MAYOR + + +«Un clavo saca otro clavo», se dice vulgarmente. + +Un nuevo terror disipó el anterior terror de Montiño. + +Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del tío +Manolillo, le devoraba, le mordía, le magullaba el alma, por decirlo +así. + +Pálido, contraído, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos, +desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos, +erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que +sentía; detrás de aquella perdiz verde veía un cadáver... el cadáver de +la reina, y detrás del cadáver de la reina, los dos palos escuetos y +rojos de la horca. + +--¡Infame Cosme Aldaba!--exclamaba con un acento indefinible--. ¡Infame +Cosme Aldaba!... ¡él ha sido!... ¡yo no!... ¡yo no!... ¡no he parecido +por las cocinas en dos días! + +--¡Pero habéis sido ciego... miserablemente ciego!...--exclamó con +acento de desprecio y de cólera el bufón--habéis sido ciego, y por +vuestra ceguera ese infame Guzmán ha podido volver loca á vuestra +esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por +vos... por haber sido tonto. + +--¡Oh Dios mío! pero su majestad... + +--Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina--dijo el bufón. + +--¿Pero ese difunto... ese difunto de que hablábais?...--dijo Montiño +levantándose. + +--Ha sido un paje. + +--¡Ah!--exclamó el cocinero--¡un paje!... + +--Sí, un paje que se ha comido las pechugas que habían quedado en los +platos de la reina y del padre Aliaga. + +--El padre Aliaga está perfectamente bueno--exclamó con alegría el +cocinero mayor. + +--¿Que está bueno el padre Aliaga?... + +--¡Sí, acabo de hablar con él! + +--¿Y la reina?... yo no me he atrevido á preguntar... no me he atrevido +á hablar... pero el alcázar está tranquilo... ¡oh! ¡si hubiese querido +Dios que el golpe se hubiese frustrado!... + +--¡Sí, sí, Dios lo habrá querido!...--exclamó el cocinero--¡porque Dios +no querrá que nos ahorquen inocentes! + +La horca era el pensamiento fijo de Montiño. + +--¡Que nos ahorquen! ¡No, no puede ser! se ha perdido el rastro. + +--¡Que se ha perdido el rastro, y tenéis ahí en esa escudilla los restos +envenenados de la perdiz! + +--Tenéis razón, tenéis razón, Montiño--dijo el bufón-; pero esto +desaparecerá, desaparecerá, yo os lo juro. + +Y yendo á un negro fogón que le servía para condimentar su pobre comida, +el tío Manolillo hizo fuego, y puso sobre él la escudilla de madera con +los restos de la perdiz. + +--¿Y no queda más señal que esa?--dijo el cocinero viendo arder con +ansiedad la escudilla. + +--No... el veneno sólo queda ahí... y en las entrañas del paje muerto... +Pero, según he oído, se han llevado el paje á la parroquia sin que nadie +sospeche; cuando le hayan enterrado.... + +--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pero mi mujer! ¡Mi hija! + +--¿Aún amáis á vuestra mujer?... + +--No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La +miserable... la desagradecida... yo que la había sacado de la miseria... +y luego el hijo que lleva en el seno... + +--Vos nunca habéis tenido hijos. + +--¡Cómo! ¿No es hija mía Inés? + +--Vuestra primera mujer os engañó, como os ha engañado la segunda. + +--¡Dios mío! ¡Dios mío! + +--De modo que debéis alegraros de que se os haya escapado. + +--¡Pero se ha escapado robándome!...--exclamó en una de sus +acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor. + +--¡Bah! consoláos; ya tendréis algún dinero empleado por ahí. + +--No tengo ni un sólo maravedí... había pensado retirarme. + +--Según me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontró en +vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de +hierro, y que no se atrevieron á llevarse por su tamaño, en poder del +mayordomo mayor. + +--¡En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!--exclamó con +una rabia angustiosa el cocinero mayor--; me roban á mí, encuentran su +dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle á él. ¡Dios +mío, Dios mío! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo. + +--En primer lugar, don Juan Téllez Girón, vuestro sobrino postizo, os +debe todo lo que es. Vos habéis sido la causa de las casualidades que le +han hecho esposo de doña Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qué +sé yo qué más cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que +contenía, ya no queda rastro por aquí del veneno... el alcázar se me cae +encima; salgamos... salgamos de aquí, Montiño. + +--Llueve que es una maldición. Llovía cuando llegó á Madrid mi +sobrino... quiero decir, don Juan Girón; y yo tengo para mí que mientras +llueva no cesarán las desdichas. + +--Ya veremos dónde nos metemos. Arregláos los cabellos y el vestido, que +los tenéis desordenados, ponéos la capa y el sombrero, y vamos. + +Púsose el bufón una caperuza, envolvióse en una capilla, salió de su +aposento con Montiño y cerró la puerta con llave, murmurando: + +--Ahí te quedas, terrible secreto; tú, aposento miserable del bufón, no +hablarás, como tampoco hablará la tumba del paje. Vamos, Montiño, vamos; +¿pero á dónde vais? + +--A las cocinas. ¿Queréis que cuando me veo arruinado, abandone el único +recurso que me queda? + +--¡Dios ayude al bolsillo de su majestad! + +--¡Otros diez años de cocinero, solo, triste, viejo!... ¡Otros diez años +para reunir la décima parte de lo que me han robado!--exclamó Montiño +con desesperación. + +Y no habló una palabra más hasta llegar á las cocinas. + +Ni allí habló otras palabras, que las referentes al servicio. + +Lo miró todo, lo inspeccionó todo, dió órdenes, y todos le escucharon +con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque á pesar de +que el desdichado no decía una sola palabra de su desgracia, ni nadie +se atrevía á recordársela, su rostro estaba espantoso. + +Se pintaba en él no sólo una desesperación profunda, sino el principio +de una insensatez horrible. + +Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas habían +como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habíase afilado su +nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repetía una misma +orden, é iba de acá para allá, volviendo siempre á un mismo punto. + +Hasta su voz se había alterado. + +Cuando salió, el oficial mayor dijo en medio del silencio general: + +--¡Pobre señor Francisco! ¡está loco! + +Y aquella palabra _loco_ retumbó fatídicamente en las cocinas, repetida +por todos. + +Entre tanto, Montiño decía, asiéndose al brazo del bufón: + +--Vamos á donde vos queráis--le dijo--; afortunadamente entre tanta +desgracia la vianda del rey está lista, no falta nada y... no me +despedirán... tendrán lástima de mí... + +--¡Infeliz!--murmuró enteramente desarmado el tío Manolillo. + +Y entrambos, en silencio, se encaminaron á la salida del alcázar. + + + + +CAPÍTULO LIII + +EN QUE SE DEJA VER CLARO EL BUFÓN DEL REY + + +El tío Manolillo había aceptado la situación. + +Había comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse á sí +mismo, y se había dominado. + +Para dominarse había hecho el siguiente raciocinio: + +--Según todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la +reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni +mata ni daña... podrá suceder que á la reina... pero en fin... ¿y qué me +importa á mí la reina? ¿qué favores la debo? he cumplido con lo que Dios +me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo +ha sido por excusarme de un proceso... de una prisión... de un tiempo +perdido durante el cual no podría velar por Dorotea... por ella, que es +todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi +pensamiento único... á la que me he sacrificado, que es desgraciada... +no, no; yo he debido conservar mi libertad á todo trance... he hecho +bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca... +Guzmán, el incitador de este crimen, está muerto... no puede +traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero á Dorotea. Francisco +Montiño podrá darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo... +es necesario que yo utilice á este nombre... que le ayude... para todo +esto debo estar muy sobre mí... pues sobrepongámonos á todo. + +Después de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufón tomó +su aspecto vulgar, su aspecto de todos los días, como podríamos decir. + +Pero no aconteció lo mismo á Montiño. + +Continuaba desencajado, contraído, fuera de sí. + +Bastaba ver su semblante para comprender su situación. + +--¡Mi dinero! ¡mi mujer! + +Esta era la exclamación que de tiempo en tiempo se escapaba de sus +labios. + +Hécuba, la desventurada esposa de Príamo, la madre sin hijos, la reina +esclava, no tuvo nunca el corazón tan desgarrado como lo tenía en +aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe +III. + +Cuando salieron del alcázar, continuaba lloviendo ni más ni menos que +como tres días antes de entrar don Juan Girón en Madrid. + +Montiño no sintió la lluvia. + +Pero el bufón, que tenía sobre sí un dominio inmenso, apresuró el paso +para ponerse cuanto antes á cubierto de ella. + +El cocinero mayor se quedó atrás. + +--¡Eh! ¡señor Francisco!--dijo el bufón--; ¿en qué pensáis? andad de +prisa, amigo mío, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el +tiempo... y sobre todo... si queréis que se os haga justicia... + +--¡Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo; ¡á Dios la +pido! ¡á Dios clamo por ella!... y estaré clamando hasta que la +consiga... + +--Pues aligerad. + +--¿A dónde me lleváis? + +--A casa de otra alma desconsolada. + +--No hay alma más desconsolada que la mía. + +--¡Quién sabe, Montiño! ¡quién sabe! pero andad, andad. + +--¿Y quién es esa otra alma desconsolada? + +--Una mujer que está enamorada de vuestro sobrino. + +--¡Ah! ¿y quién es? + +--La Dorotea. + +--¡La querida del duque de Lerma! + +--Eso es. + +--¡Y esa mujer...! + +--Está loca por don Juan. + +--¿Y esa mujer puede...? + +--Ya lo creo... pero si os ayuda, será necesario que vos la ayudéis. + +Y el rostro del bufón, al decir estas palabras, tenía algo de terrible. + +--Vamos, pues, vamos--dijo Montiño alentando una esperanza--; ¿y está +muy lejos la casa de esa comedianta? + +--No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo. + +--Pues he aquí que estamos en la plazuela de Santo Domingo. + +--Y dentro de poco estaremos á su puerta. + +En efecto, poco después el bufón llamaba á la puerta de la Dorotea. + +Salió á abrir Casilda. + +--¡Oh! ¡bien venido seáis, tío Manolillo!--dijo la joven--; no sabíamos +qué hacer con la señora; está terrible. Entrad, entrad. Pero ¿quién es +ese que viene con vos? + +--Es un amigo. + +--No creo que esté la señora en disposición de que nadie extraño la vea. + +--¡No importa! ¡no importa! entrad, señor Francisco, entrad--dijo el +bufón viendo que Montiño se había detenido al escuchar la observación de +la criada. + +--Vamos á juntarnos dos locos, por lo que veo--dijo entrando Montiño. + +Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de +cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las +mesas. + +Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos +colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnífico equipaje +de comedianta pagado por un gran señor. + +--¡Ah!--dijo Montiño--, bien se conoce que aquí no ha habido ladrones. + +La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de acá +para allá pálida, sombría, llorosa, sin acuerdo de lo que hacía, obrando +maquinalmente, irritada, poseída por una pasión tremenda. + +No vió ni al tío Manolillo ni á Montiño. + +El bufón adelantó, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie, +inmóvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con +el otro brazo abandonado á lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de +una estatua pagana, representando á una mujer maldecida por los dioses y +meditando de una manera terrible, blasfema é impía, sobre la causa de su +desgracia. + +El bufón se acercó á ella. + +--¿En qué piensas, hija mía?--la dijo. + +--¡Yo no sé!--contestó con acento de desesperación Dorotea. + +--¡Pero estos cofres, estas ropas! + +--Es necesario huir de aquí... + +--¡Huir! ¿y á dónde?... + +--¿A dónde? ¡No lo sé! ¡no he pensado en ello! + +Guardó un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolución +terrible: + +--¡Sí; sí, sé á dónde! ¡á un lugar donde pueda ocultarme!... ¡donde +nadie sepa que estoy!... ¡pero cerca de él! ¡cerca de ella! ¡á un lugar +desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa, +envuelta en mi manto... sola con mi venganza! ¡No sé dónde! ¡pero no +importa! ¡cuando haya vendido todo esto!... ¡lo estoy sacando de los +cofres para venderlo!... ¡cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis +diamantes, estén reducidos á dinero!... ¡porque para vengarme es +menester dinero!... ¡entonces!... ¡entonces!... ¡saldré de esta casa... +y encontraré donde ocultarme! ¡oh! ¡sí! ¡villano! ¡infame! ¡hacerme +conocer el amor y abandonarme! + +--¡Pero no os ha robado!--dijo el cocinero mayor, que tenía el amor +propio de creer que era la suya la desgracia mayor que podía acontecer á +un mortal. + +--¿Que no me ha robado?--gritó Dorotea clavando en Montiño una mirada +resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor--, ¿que +no me ha robado? ¿y mi alma? ¿y mi corazón? + +--Os queda á lo menos dinero para vengaros. + +--Vamos, vamos--dijo el bufón--; esto es una locura, Dorotea... tú no +has pensado, tú no has meditado. + +--Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha +casado con otra... + +--Debes, pues, despreciarle. + +--No se desprecia lo que se ama. + +--Lo mismo digo yo--exclamó Montiño. + +--Vos estáis sentenciado á no decir nunca más que necedades. ¿Qué tiene +que ver lo que á vos os sucede?... + +--¡Pues podía sucederme más!... mi mujer, mi hija... + +--¡Cómo!--exclamó Dorotea--; ¿vos también, pobre señor, habéis sido +ultrajado... abandonado... insultado?... + +--¡Oh! sí; sí, señora--dijo plañideramente Montiño--; abandonado... +ultrajado y robado. + +--¡Vengáos!--exclamó roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y +continuando en su exhibición de trajes de los cofres á las sillas. + +--No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero... + +--¿Quién es ese?--dijo la Dorotea escandalizándose de que un hombre en +tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y +perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor. + +--Es Francisco Martínez Montiño--dijo el bufón. + +--¡Cómo! ¡su tío! + +--¿Tío de quién?--exclamó el cocinero... + +--De Juan Montiño. + +--De don Juan Téllez Girón, querréis decir, señora--dijo el cocinero +mayor. + +--De Juan Montiño digo--repitió con impaciencia la Dorotea. + +--Juan Montiño, hija mía--dijo dolorosamente el tío Manolillo--, es don +Juan Téllez Girón. + +Una palidez biliosa, lívida, terrible, cubrió las mejillas de la +comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembló toda, y +exclamó con acento opaco: + +--¡Conque me ha engañado!... ¡conque me ha mentido!... ¡ya lo sospeché +yo!... Quevedo le trajo ayer á mi casa... sí, sí, veo claro... muy +claro... ¡ya se ve!... ¡como yo soy... ó era la querida del duque de +Lerma!... ¡oh! ¡han querido tener en mí un instrumento!... ¡ese maldito +don Francisco, que lee en el alma... que adivinó que yo me enamoraría de +él... que me volvería loca por él!... ¡oh! ¿quién había de creer que +Quevedo fuese tan villano? ¡oh! ¿quién había de pensar que un joven de +mirada tan franca y tan noble, sucumbiría á tal bajeza... á tal +crimen?... ¡enamorar á una pobre mujer que vive tranquila, resignada con +su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente... +matarla el alma!... ¡oh! ¡qué crimen, qué crimen... y qué infamia! ¡Es +necesario que aunque yo me pierda se acuerde de mí! ¡Es necesario que yo +me vengue!... + +--Sí, es necesario que te vengues--dijo el bufón, que enloquecía por +Dorotea--; si no es necesario que me vengue yo... + +--¡Vos!--exclamó la joven--; ¡os ha hecho también desgraciado ese +hombre! + +--¡Oh! sí, ¡muy desgraciado! + +--Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la +mía--dijo Dorotea, que tenía el doloroso egoísmo de creer que su +desgracia era la mayor de las desgracias posibles. + +--¡Oye!--exclamó el bufón, asiendo de una mano á Dorotea--; oye... y oye +tú sola--añadió llevándosela al hueco de un balcón, mientras Montiño, +desvanecido por lo que sucedía, se dejaba caer sin fuerzas sobre un +cofre cerrado aún--: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo, +viento, nada, comparadas con las mías. + +Y la mano del bufón estrechaba ardiente y calenturienta la mano de +Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en +ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que salía +una respiración ronca, asomaba ligera espuma blanca. + +La joven se aterró al ver el aspecto del bufón, y quiso desasirse. + +--No, no; escucha--dijo el bufón--; es necesario que escuches: es +necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario +que lo conozcas para que comprendas que, á pesar de lo que acontece, de +lo que te desespera, de lo que te hace creerte la más desventurada de +las criaturas, tu infierno, comparado con el mío, es la gloria; tu +amargura, comparada con la mía, es miel; tu desgracia, comparada con la +mía, es una ventura envidiable. + +Y la voz del bufón al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi +imperceptible, y á pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las +entonaciones, todas las gradaciones de la pasión. + +Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasión viva. + +--Oye, la dijo el bufón--: yo amo. + +Y pronunció de tal manera estas palabras, miró de tal manera al +pronunciar estas palabras á la joven, que ésta no pudo dudar que era +ella á quien de una manera tan terrible amaba el bufón. + +Y ahogó un grito de espanto, y quiso desasirse. + +Pero el tío Manolillo la detuvo. + +--Yo amo--repitió con acento más concentrado--; amo con toda la +desesperación de Satanás; mi amor es más ardiente, más terrible, más +atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las +entrañas, es un tósigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado +que no puedo arrancarme. + +El bufón se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto había +enronquecido. + +--Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la +arrebaté de los brazos de su infame padre. + +--¡Mi padre!--exclamó Dorotea. + +--El padre de aquella niña era un monstruo: la llevaba consigo para +abandonarla; aquella niña sin mí hubiera ido al hospicio... + +--¡Ah! + +--Yo fuí para la desdichada madre de aquella niña un hermano: comí pan +seco y duro, dormí sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viví +en una calurosa buharda en el verano, llevé mi ración entera, y mi +soldada entera de bufón, á aquella pobre madre abandonada, y cuando poco +después murió, empeñé mi soldada por muchos meses para comprarla un +nicho en el panteón de la parroquia, donde durmiese tranquila. + +--¡Ah!--exclamó Dorotea. + +--La misma noche en que enterraron á Margarita... oye... oye bien, +Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas á oír una cosa horrible--y +el rostro del bufón tomó toda la terrible expresión de un condenado--: +cuando tu madre... + +--¡Oh! ¡no me había engañado!--exclamó la joven. + +--Sí... sí... tu madre... pero más bajo, más bajo... ¿no ves que yo +devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugiría?... cuando tu madre +estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincón, +en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido +aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecióme que me quedaba solo +en el mundo... no había amado nunca... + +--¡Amásteis á mi madre! + +--La amé... ¡oh! sí, como yo podía amar á una mujer que había conocido +amando á otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad, +digo con todo mi corazón; la amé... ¡oh! sí, mucho, mucho... pero era un +amor que no me inquietaba... porque nada quería... más que proteger á tu +madre... consolarla, y protegiéndola y consolándola, y viéndola vuelta +hacia mí como su único consuelo... mi amor recibía toda la recompensa +que podía recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo... +aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con +la vida... cuando perdí á tu madre, me encontré solo... salí del panteón +con el corazón oprimido... por el momento no pensé en nada... pero +luego... el frío de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la +sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma +y la razón sobreviene... pensé y vi que no estaba solo en el mundo... +que vivías tú... que te habías quedado sola en tu cuna... tenía una +hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tenía dinero... +no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque había empeñado mi soldada +por mucho tiempo... para enterrar á tu madre. + +--¡Oh, Dios mío!--exclamó Dorotea. + +--¡Qué debía yo hacer!--exclamó con acento roncó el bufón--ampararte, +criarte, velar por ti... y no tenía dinero... ¡el diablo á veces acude +al auxilio de los desesperados y acudió al mío! + +Y el bufón soltó una carcajada opaca, silenciosa, horrible. + +Dorotea se sentía estremecida por un terror inexplicable. + +--Sí, sí--añadió el bufón--; el diablo acudió en mi socorro; al pasar +por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sentí contar +dinero... mucho dinero... + +--¡Ah!--exclamó Dorotea, que empezó á adivinar la horrible verdad. + +--Escucha, escucha--prosiguió el bufón--; no es eso sólo... no es +solamente lo que tú has sospechado... es más horrible... y todo por +ti... por ti... + +--¡Oh! ¡más horrible aún!--exclamó Dorotea. + +--Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastornó, me +atrajo... y... me quedé inmóvil, pegado á la pared... cerca de aquella +puerta... yo no sentía, no oía otra cosa que el ruido del dinero... y +tras él me parecía escuchar tu llanto desconsolado... me parecía verte +extendiendo tus bracitos... llamando á tu madre... ¡oh! ¡Dios mío!... yo +no sé cuánto tiempo pasé de aquel modo... al fin aquella puerta... la +puerta de la tienda se abrió y salió un hombre... la puerta se cerró y +el hombre que había salido se alejó solo; yo le seguí... le seguí +recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no podía oírme... +era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera +podido verme... y una fascinación terrible, involuntaria, me acercaba +más á aquel hombre... de repente aquel hombre dió un grito y cayó de +boca contra el suelo... al caer se oyó un ruido metálico... el de un +saco de dinero... luego se oyó crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre +dió á correr... el que había caído no volvió á levantarse... el otro no +volvió á pasar jamás por aquella calle... tres días después estabas tú +en las Descalzas Reales... porque yo... yo tenía oro... mucho oro... yo +era rico... y podía criar bien á mi hija. + +--¡Matásteis por mí un hombre!...--exclamó Dorotea--¡algún desdichado +padre de familia! + +--No sé quién era... ni aun oí hablar á nadie de aquella muerte... el +tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre está cada día +más negra é indeleble en mi conciencia. ¡Dicen que estoy loco! es +verdad... ¡loco! y es muy razonable que yo esté loco... porque he +sufrido mucho... mucho... + +El bufón se detuvo fatigado. + +Dorotea temblaba. + +--Oye... oye aún...--continuó el bufón--. Durante los primeros años de +tu vida, te amé como á mí propio... más que como á mí propio... yo lo +empleaba todo en ti... el oro que había robado... mi soldada... tú eras +una pequeña dama... estabas mejor vestida, tenías más juguetes y más +ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el +convento... yo enloquecía por ti... porque tú eras para mí más que mi +amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo veía sobre tu pura y +hermosa frente de ángel una mancha roja... + +--¡Dios mío!--exclamó Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando +con terror al bufón--¡vos me habéis criado á precio de sangre humana, y +vuestra maldición ha caído sobre mí! + +Y como Dorotea quisiese huir, el bufón la retuvo. + +--Espera, espera--la dijo--; aún no he concluído; llegó un día en que ya +no fuiste una niña, sino una mujer, y una mujer hermosísima... entonces, +sin poderlo evitar te amé... + +La Dorotea miró con espanto al bufón. + +--Te amé--continuó el tío Manolillo--como nunca he amado; ninguna mujer +me parecía ni me parece tan hermosa como tú... y te he amado con ese +terrible amor que no espera satisfacerse; con ese amor resignado al +silencio, resignado al martirio; te amé y te amo de ese modo; he +transmitido mi vida á ti y gozo cuando gozas, sufro cuando sufres. Tú +sufres ahora y yo sufro también. Tú estás celosa de esa mujer, de esa +doña Clara Soldevilla; yo también estoy celoso; tú amas á ese don Juan y +ese don Juan no te ama... es necesario que ese don Juan sufra las mismas +penas que nosotros sufrimos; es necesario que ese don Juan se desespere. + +--¡Ah!--exclamó Dorotea estremeciéndose--, ¡y qué terrible situación la +nuestra! + +--¡Sí! ¡terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la +sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos +venguemos. + +--¡Y cómo! ¡cómo!--exclamó Dorotea. + +--Primero, oye... don Juan vendrá á verte. + +--¡A verme!--exclamó la joven poniéndose densamente pálida. + +--¿Ha obtenido algo de ti? + +--No. + +--Don Juan vendrá á verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva; +don Juan sabe que le amas... y querrá hacerte su querida. + +--¡Oh!--exclamó Dorotea. + +--A nadie le desagrada el que le amen dos hermosísimas mujeres. Don Juan +vendrá, pretenderá engañarte... + +--Le despreciaré. + +--No, no le desprecies; desespérale. + +--¡Desesperarle! ¿y cómo? + +--¿De qué te servirá ser cómica, si no sabes ser cómica más que en el +teatro? Cuando venga recíbele bien. + +--¿Recibir yo bien á ese traidor?... + +--La sonrisa en los labios y el odio en el corazón; porque tú debes +odiarle, como odiarías á un ladrón, á un asesino, porque él te ha robado +tu paz, él te ha matado el alma. + +--Yo no puedo aborrecerle; ¡yo le amo, yo le amaré siempre!--exclamó +llorando Dorotea. + +--Más bajo, más bajo, que no nos oigan. + +--¡Oh! ¡Dios mío! ¿y qué me importa todo? + +--Ese nombre que está ahí doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo, +como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu puñal. + +--¡Mi puñal! + +--¿No aborreces á doña Clara? + +--¡Oh! ¡sí! + +--¿No deseas que don Juan sufra como tú? + +--Sí, sí. + +--Pues bien, ese hombre que está ahí reducido á la nada, aniquilado, ese +hombre es el cocinero de su majestad. + +--No os comprendo. + +--Doña Clara vive en palacio. + +--¿Y qué?... + +--Un plato de las cocinas del rey, puede bajar al aposento de doña +Clara. + +--¡Oh! ¡sí! ¡es verdad! ¡yo me vengaré del desamor de don Juan! + +Y en los ojos de la Dorotea, apareció una mirada valiente, enérgica, en +la cual, cosa extraña en aquella situación, había mucho de generoso y de +sublime. + +--¡Oh! ¡y qué grato será hacerle llorar!--dijo el bufón. + +--¡Oh! sí, sí, es el último recurso, el último consuelo que queda á mi +alma; hacer llorar á don Juan. + +--Pero para eso es necesario que le engañes. + +--Le engañaré. + +--Que le desesperes. + +--Le desesperaré. + +--Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color á tus +mejillas, la risa á tus labios; que continúes siendo la querida de Lerma +y la amante de Calderón; que representes como siempre... que vuelvas á +ser la cómica. + +--Lo haré, lo haré; descuidad. + +--Empieza, pues, por secarte las lágrimas, como yo, mira; yo me las +trago... yo me río... ¡ah! ¡ah! ¡qué buen chasco les vamos á dar!--dijo +el tío Manolillo, saliendo del hueco del balcón y dirigiéndose al +cocinero mayor: + +--¡Chasco! ¡chasco! ¿qué más chasco que lo que á mí me sucede?--exclamó +Montiño llorando. + +--Pues de eso hemos estado tratando la Dorotea y yo; del chasco que +vamos á dar á vuestra mujer, á vuestra hija... á los que os han robado. + +--¡De veras! + +--Dorotea... ya lo sabéis... es mucha cosa del duque de Lerma. + +--Y tanto--dijo la Dorotea que empezaba á representar su papel, que el +duque hace cuanto yo quiero. + +--¿Y vos os interesaréis por mí? + +--Ya me intereso. + +--¿Y lograréis que mi mujer y mi hija sean castigadas, y que yo recobre +mi dinero? + +--Haré cuanto pueda; tened por cierto que antes de mucho, una nube de +ministros de justicia estarán buscando á los criminales. + +--¡Ah! ¡señora! + +--Debes escribir al duque--dijo el bufón. + +--En efecto, hace tres días que no le veo--dijo la Dorotea--; esperad, +esperad un momento, voy á escribirle. + +Y se sentó junto á una mesa, tomó papel y pluma y escribió lo siguiente: + +«Señor mío: Hace tres días que no me honráis; ¿habré caído en vuestra +desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo +como me quejaría en otra ocasión, porque sé que andáis muy seriamente +ocupado y más de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo +don Rodrigo Calderón. Pero, según entiendo, habéis salido bien de +vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debéis, +pues, venir, dedicar algún tiempo á la que os ama tanto, señor, que no +es dichosa sin veros.--Vuestra _Dorotea_.» + +Plegó y cerró esta carta la joven y la dió á Montiño. + +--Llevadla ahora mismo--le dijo--al duque de Lerma; le digo en ella que +quiero verle, y cuanto más pronto le vea más pronto podré hablarle de +vuestros negocios. + +--¡Oh, señora! ¡Cuánto os deberé si consigo recobrar mi dinero!--exclamó +Francisco Montiño. + +--Pues id, id, amigo mío. + +--De todos modos, yo tenía también que ir á ver á su excelencia. + +--Pues adiós. + +--Adiós. Adiós vos también, tío Manolillo. + +--¡Ah! Id, id con Dios, señor Francisco, id con Dios, y hasta más ver. + +El cocinero mayor salió tambaleándose como un ebrio. + +Dorotea empezó á recoger en silencio sus joyas y sus trajes y á +guardarlos en los cofres. + +Durante esta operación no habló una sola palabra. + +El tío Manolillo, sentado en un sillón, la miraba con ansiedad. + +Dorotea estaba serena; sus lágrimas se habían secado; sólo quedaba en su +semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad. + +El bufón guardaba también silencio. + +Casilda y Pedro llevaron los cofres á su lugar y pusieron en orden el +mueblaje. + +Dorotea entre tanto había cambiado de vestido y se había puesto en el +hueco de un balcón á estudiar su papel de la comedia antigua, titulada +_Reina Moraima_. + +--¡Oh! Tu calma me espanta, hija mía--dijo el bufón. + +--¿No me habéis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para +vengarme mejor?--dijo la Dorotea--; yo he creído bueno vuestro consejo y +empiezo á representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy +tranquila porque estoy resuelta. Ya sé lo que puedo esperar, y para +representar mi papel es necesario que continúe en mi vida de costumbre. +Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su +papel. Estudio, ya lo veis; no podéis pedirme más. + +El bufón miró dolorosamente á la joven. + +En aquel momento entró Casilda. + +--Señora--dijo--, aquel caballero joven que estuvo aquí ayer acaba de +bajar de una carroza y pide veros. + +--¡Ah! Ya sabía yo que vendría--dijo el bufón--; adiós, Dorotea, adiós, +y mira lo que haces. + +--Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta. + +--¡Adiós!--repitió el tío Manolillo, y salió por la puerta de la alcoba. + +--Que entre ese caballero--dijo Dorotea. + +Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la +hubiera acontecido. + +Sólo la quedaban como vestigio de la tormenta dos círculos ligeramente +morados alrededor de los ojos. + +Toda su fuerza de voluntad no había podido borrar aquellas dos señales +de las lágrimas y del insomnio. + +Pero Dorotea sabía que tenía aquellas señales y estaba tranquila. + + + + +CAPÍTULO LIV + +CÓMO SABEN MENTIR LAS MUJERES + + +Don Juan entró con recelo; esperaba un recibimiento terrible. + +Pero se sorprendió al ver que Dorotea se levantaba solícita, salía á su +encuentro y le abrazaba. + +--¡Oh y cuánto me habéis hecho padecer! ¡Cuánto me habéis hecho llorar, +señor mío!--le dijo con toda la ardiente expresión de su alma--; venid, +venid que os vea; ya sé, ya sé que no os han herido... pero vuestro +lance con don Bernardino... ¡No haber vos venido anoche! ¡Y luego como +yo no sé dónde vivís!... + +--Vivo en palacio--dijo con turbación don Juan. + +--¡Ah! ¿Vivís en palacio... con vuestro tío?... Me alegro... Y por lo +visto vuestro tío es un buen tío; me ha dicho Casilda que habéis venido +en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, ¡oh, y qué hermoso y +qué gentil y qué galán venís!... Cada día os amo más... y me alegro, me +alegro de que vuestro riquísimo tío emplee sus doblones en vos con tanta +magnificencia... prefiero que no me debáis nada... porque así sabré que +me amáis por mí misma... no podré ofenderos en nada ni aun desconfiar de +vos. + +Miró don Juan de una manera franca y valiente á Dorotea. + +Aquella mirada estuvo á punto de hacer llorar á la joven. + +--¡Ah, no; vos no podéis engañarme!--dijo ésta--, ya lo sé, y por eso +confío en vos. + +--Escuchadme, señora, y suceda lo que quiera; sabed todo lo que debéis +saber: yo no soy sobrino de Francisco Martínez Montiño. + +--¡Ah! ¿No sois sobrino... del cocinero mayor de su majestad? + +--No; soy hijo bastardo del duque de Osuna. + +--¡Oh, me alegro, me alegro!--exclamó fingiendo la alegría más verdadera +la Dorotea; vos no debíais ser hijo más que de un gran señor. + +--Pues me pesa, señora, de no ser verdaderamente hijo del honrado +hidalgo á quien he tenido por padre hasta anoche. + +--¡Ah!--exclamó la comedianta--; ¿conque es decir que cuando me +dijísteis que érais sobrino del cocinero mayor del rey me dijísteis la +verdad? + +--Nunca he pretendido engañaros; anoche, por un acaso, el mismo +Francisco Montiño me dió ocasión de conocer mi nacimiento. + +--¿Y dónde pasásteis la noche, señor mío? Yo os estaba esperando. + +--Es necesario que yo os lo diga todo. + +--¿Tenéis más que decirme? + +--Ciertamente; vuestra hermosura, y un no sé qué inexplicable que existe +en vos, que me obligó á amaros desde el momento en que os vi, tuvo la +culpa de que yo, no conociéndoos bien, os haya engañado. + +--¡Ah, me habéis engañado!... + +--Y de una manera grave. + +--¿Pero en qué? ¿Cómo? + +--Soy casado. + +--¿Y eso qué importa?--dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alteró. + +--¡Cómo! ¿No os importa nada que yo sea casado?--dijo don Juan, que +sintió un vivo impulso de despecho. + +--No, porque no había de haberme casado con vos. + +--Sin embargo... + +--Porque nunca hubiera sido vuestra querida. + +--¡Ah! ¿Es eso cierto? + +--Certísimo. + +--¿Es decir, que os soy indiferente? + +Y el joven pronunció estas palabras con un acento tal y tan doloroso, +que Dorotea sintió que su amor crecía; se sintió amada; sin embargo, +conservó su severidad. + +--No; vos no me sois indiferente; no, ¡Dios mío! Por el contrario, sois +el único hombre á quien he amado, el que ha encontrado mi corazón +virgen... pero por lo mismo, porque sólo mi corazón estaba puro, os amo +con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don +Rodrigo Calderón, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango +donde está mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada más; ¿qué me +importa que seáis casado? ¿Qué me importa que no me améis si yo os amo? + +--¡Dorotea! + +--¿Os ama tanto como yo vuestra mujer? + +--¡Oh, qué pregunta! + +[imagen: Don Juan Girón.] + +--Es que yo quiero, es que yo deseo que os ame, no más que yo, porque +eso es imposible, sino tanto; yo sé bien que siendo vuestra esposa, será +digna de serlo... + +--¡Oh, sí! + +--¿Y quién es? ¿La conozco yo? Decidme su nombre. + +Fué la primera situación difícil en que se encontró después de casado +don Juan; creía profanar el nombre de su esposa y tartamudeó algunas +palabras en una torpe excusa; Dorotea vió lo que pasaba en el alma de +don Juan. + +--Pronunciad, pronunciad sin temor el nombre de esa señora--dijo +Dorotea--; no es la comedianta, no es la mujer perdida quien os lo +pregunta, no es tampoco la mujer celosa; es vuestra hermana, vuestra +buena hermana, que porque os ama, ama á la mujer que os ama y es también +hermana suya; decidme su nombre. + +--Doña Clara Soldevilla--contestó don Juan con acento opaco. + +--¡Ah, la famosa menina de la reina! Famosa por su virtud y por su +hermosura... pero no se decía que esa señora fuese casada... no os +extrañe que yo la conozca; yo trato á la gente más principal de España; +mi retrete en el teatro y mi casa, están frecuentados por lo más rico, +por lo más noble; como delante de mí se habla sin empacho, he oído +hablar mucho de doña Clara, ponderan su hermosura, y al mismo tiempo su +desdén para con todo el mundo. Dicen que el rey--Dorotea bajó la +voz--dicen que el rey ha amado á doña Clara; que ha tenido empeño; que +ha enviado á Nápoles al coronel Ignacio Soldevilla, para dejarla más +aislada; pero que, á pesar de esto, el rey se ha llevado chasco. A tal +altura ha llegado la virtud de vuestra esposa, que la llamaron la +_menina de nieve_; ¡oh, me alegro mucho!... Cuando esa señora se ha +casado con vos debe amaros mucho, muchísimo, con toda su alma, con todo +su corazón, con todo su deseo. Debéis haberla vuelto loca, don Juan; es +la única mujer que conozco digna de vos, y me alegro... ¡oh, sí, me +alegro!... Y la amo porque os ama y me alegraré de tener una ocasión en +que demostrarla dignamente mi amor. + +--¡Oh! No os comprendo Dorotea... yo creía... + +--Habéis creído mal... yo no podía casarme con vos; yo no podía daros +esa suma de encantos, de nobleza, de dignidad que os ha dado vuestra +esposa; yo era, yo soy una mujer perdida para el amor; lo he conocido al +conoceros... al amaros he comprendido que no debía ser para vos lo que +he sido para otros... quería ser más... quería ser... vuestra hermana... +vuestra hermana del corazón... oíd... no vendréis á mi casa... no... eso +se sabría... creerían que yo era vuestra querida... lo sabría vuestra +esposa, porque conoce á muchas gentes, y entre esas gentes, que son como +todas, las hay sin duda que se gozan en la desgracia ajena... esto es +odioso, pero es verdad; por recatadamente que viniérais á verme, alguien +os vería... ya lo creo... os sentirían mis criados... y mis criados... +lo dirían, porque los criados lo dicen todo... no, no debéis, no podéis +venir á mi casa, porque no podéis, no debéis herir el corazón de vuestra +esposa. + +--¿Qué hay en vuestras palabras, Dorotea, que las hace para mí agudas y +afiladas como un puñal? + +--Hay, que no me conocéis bien: hay vuestro recelo... ¡creéis que yo +estoy ofendida de vos! + +--Debéis estarlo. + +--Lo estaría si os hubiéseis casado con otra mujer. + +--Una mujer que ama no cede á ninguna su amor. + +--No, su amor no; pero si ama de veras, si ella no puede hacer la +felicidad del hombre amado, se alegra de que otra mujer la haga; la ama +porque ella es la paz del corazón del hombre á quien ama. + +--Tenéis mucho ingenio. + +--Si le tengo está en mi corazón. + +--Entre tanto me prohibís que venga á vuestra casa. + +--¿Y para qué queréis venir? + +--¡Dorotea! yo no sé lo que pasa por mí; yo estoy loco. + +--¡Loco! sí... debéis estarlo... loco de felicidad. + +--No, no; loco de desesperación. + +--¿Y por qué? ¿no sois afortunado? la mujer más pura y más hermosa y más +codiciada de la corte os ama. La comedianta que á todos enamora, que á +todos desespera, y que tiene buen corazón, es... vuestra hermana. Ella +os da en su hermosura, más de lo que puede soñar el enamorado más loco; +en su amor un cielo; yo os doy mi alma dolorida y triste, mi pobre alma +desterrada y sedienta; os amo con toda esa alma desventurada, y sólo +tengo ojos y corazón y oídos para vos. ¿Qué más queréis? + +--¡Yo no os conocía! vos habéis amargado mi felicidad. + +--¡Que he amargado yo...! ¡que puedo yo amargar vuestra vida! ¡oh! ¡no +me lo digáis, no! ¡eso me desesperaría! ¡eso no puede ser! ¡eso no es! + +--Yo no podía comprender... no, no podía comprender que de repente, á +primera vista, pudiese el corazón interesarse de tal modo... + +--¡Ah! decidme... me interesa conocer vuestro corazón. ¿Vais á ser +franco y leal conmigo? + +--Os lo prometo. + +--Decidme: ¿qué efecto os causó doña Clara Soldevilla la primera vez que +la vísteis? + +--No lo sé. + +--¡Pero experimentaríais algo al verla! + +--Un deslumbramiento, una ofuscación, un no sé qué... luego... luego la +casualidad me puso junto á ella... y mi alma entera fué suya... no, mi +alma entera, no... ha quedado en ella un lugar para vos... + +--No, no sois franco... ¿os inspiró deseo doña Clara? + +--No. + +--¡Ah! no os inspiró deseo; ¿y deseásteis volver á verla? + +--Deseé... deseé tenerla siempre á mi lado, vivir en su vida. + +--Y no sobrevino el deseo... + +--No. + +--¿Y os habéis casado...? + +--Con el alma llena de felicidad. + +--¿Y la habéis hecho vuestra, con transporte, enloquecido? + +--No, con miedo... + +--¡Con miedo! + +--Sí, con miedo por vos. + +--¡Ah! ¡yo! ¡siempre yo! + +--La posesión de doña Clara no podía hacer que yo olvidara, que yo +arrojara de mí esta fascinación poderosa que me causáis... + +--Ya que hemos llegado á mí, decidme, decidme, ¿qué impresión causé en +vos? + +--La impresión ardiente de una hermosura divina; yo no había visto unos +ojos que tuviesen la hermosura, el poder, el dulce fuego que hay en +vuestros ojos... y luego vuestros ojos, al arrojar sobre mí su primera +mirada, exhalaron instantáneamente una mirada de sorpresa, y luego una +mirada de atención, y luego una mirada que me dijo claro, claro, como me +lo podrían decir vuestros labios: soy tuya, tuya, cuando quieras, tuya +toda, cuerpo y alma, corazón y vida... pude engañarme; pero yo leí eso +sin quererlo en vuestros ojos, lo leyó mi alma, y mis ojos debieron +deciros lo mismo... + +--Sí, sí; ¿y no os han dicho lo mismo los ojos de doña Clara? + +--¡Ah, sí, sí!, pero al decirme sus ojos soy tuya, había en ellos +alegría, confianza. + +--¡Pureza! ¡decidlo de una vez! ¡y en los míos debió de haber dolor, +vergüenza! + +--¡Dorotea! ¿por qué os he visto? + +--¡Por qué! porque Dios es bondadoso y justo, porque Dios sabía que mi +alma estaba sedienta de amor y en vos me lo ha dado. + +--Y á mí me ha dado en vos un remordimiento. + +--No, no lo creáis; escuchad: doña Clara me hace un gran bien; doña +Clara hace imposible el que yo me arroje en vuestros brazos; de la única +manera que puedo ser feliz es sufriendo por vos, teniendo celos... +viendo que vos los tenéis. + +--¿Qué decís?.. + +--Oíd... mi primera mirada de amor para vos, fué una mirada impura, +¿sabéis por qué?... por que vi en vuestros ojos el alma que yo anhelaba +encontrar; porque vi en vos una hermosura que me enlanguidecía, que +absorbía mis sentidos, que llenaba mi corazón; sentí un dolor agudo, +porque, como doña Clara, no podía deciros: eres mi primero y último +amante... ya lo sabéis.. yo, que hubiera sido vuestra cuando vos +hubiérais querido, no lo seré nunca... + +--¿Y si no me hubiese casado?... + +--Si no os hubiérais casado... sí, vuestra... vuestra; por lo mismo me +alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre +los dos. + +--Pero sois desgraciada... ó no me amáis como decís... + +--Os amo más... mucho más... ¿no notáis que cuando estoy á vuestro lado +soy feliz? + +--¡Asoman las lágrimas á vuestros ojos! + +--Puede ser... puede ser... sí, es verdad; que queréis... ¡soy tan +infeliz!--Y la pobre Dorotea se desplomó, lloró y se cubrió el rostro +con las manos. + +--¿Y queréis que no tenga remordimientos? + +--No los tengáis. + +--¡Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!... + +--¿La amábais?... + +--Debéis aborrecerla... y ella... + +--¡Ella! ¿sabéis lo que ella haría conmigo? si os ama como yo creo, como +indudablemente os ama, me mataría... + +--Como vos la mataríais á ella... + +--Yo... yo... ¡Dios mío! yo no... no... porque sería mataros á vos... +sí, mataros... estáis loco por ella... y yo no quiero mataros... no... +de ningún modo... no quiero que sufráis... + +--Nos encontramos en una situación muy difícil... muy grave. + +--No... suframos cada cual... pero no sufráis más de lo que +inevitablemente debáis sufrir, porque ya no tiene remedio... no agravéis +el mal, llevándole á vuestra casa... no vengáis á la mía. + +--No habéis podido sostener vuestra serenidad; habéis llorado; el +castillo de vuestra firmeza se ha venido á tierra... el verme unido á +otra os mata... y eso... eso me rompe el corazón. + +--Eso ya no tiene remedio; doña Clara os ha inspirado ese amor puro, +noble, intenso, ese amor del alma del que yo hubiera querido ser digna; +doña Clara es para vos vuestra hermana, más que vuestra hermana, porque +es vuestra amante. Yo soy para vos ese demonio tentador que embriaga, +que no se puede apartar de la memoria, que no merece ser amado y que no +se ama, pero que se desea, que se desea con una sed insoportable, que +hace arder nuestra cabeza en una fiebre dolorosa, y gemir nuestro pecho +que respira mal, que está dolorido... y al mismo tiempo soy para vos la +pobre mujer que ningún mal os ha hecho, á quien veis sufrir de una +manera desesperada, cuyas lágrimas no podéis secar, cuyo corazón no +podéis dilatar, cuya agonía no podéis curar; un deseo vehemente... una +compasión profunda... eso es lo que yo inspiro... ¡amo! ¡amor! ¡oh! + +--¡Me estáis desgarrando el alma, Dorotea!--exclamó dolorosamente don +Juan. + +--Lo siento, y esto me hace más desgraciada; daría yo porque me +olvidárais mi eternidad. + +--Escuchadme--dijo don Juan tomando á Dorotea una mano que ardía y que +al sentir la mano del joven tembló. + +--Decid. + +--Cerremos los ojos á todo. Lo sucedido no tiene remedio. Olvidáos de +que me he unido á doña Clara. + +--No puedo olvidarme... por ella misma... por vos. + +--No os entiendo. + +--No debéis venir á mi casa, os lo repito. + +--¡Ah! ¡vos os vengáis! + +--Justo sería; pero no me vengo, no me puedo vengar. Me domináis, no me +pertenezco, porque os pertenezco entera, porque soy lo que vos queréis +que sea. + +--¡Dorotea! ¿conque pretendíais engañarme? + +--Mentía al hablaros de... de qué sé yo... porque no me acuerdo de lo +que os he dicho que no sea mi amor, y mi humildad á vos, que sois dueño +de mi alma y de mi voluntad... pero esto no impide el que comprenda que +vos olvidáis, arrastrado por mí... lo que no debéis olvidar... yo no +puedo olvidarme de vuestra felicidad... yo que os amo, no puedo +exponerla... por eso os digo que no vengáis á mi casa... es necesario +que vuestra esposa no lo sepa... no por mí... sino por ella misma... por +vos... si viniérais... lo sabría... si lo supiera... ¡Oh, si se viese +engañada!... ¡Si los celos la extraviaran... si en un momento de +despecho quiere vengarse dándoos celos por celos... infamia por +infamia!... + +Don Juan se levantó como herido por una punta envenenada. + +--Es necesario evitar que eso suceda; pero nos volveremos á ver... sí, +nos volveremos á ver... siempre que podamos, sin causar sospechas; en +lugar retirado, donde nadie nos vea, donde nadie nos conozca; yo... +guardaré vuestro secreto... no os hablaré jamás de ella... no me +hablaréis de ella vos... nos veremos mientras vos queráis que nos +veamos... después... después... si me abandonáis... yo os veré... iré +cubierta con mi manto á la iglesia donde vos vayáis... cuando +represente, si estáis en el teatro, yo os haré conocer sin que nadie lo +conozca, que represento para vos; mi pensamiento será siempre vuestro... +os lo juro... pero ahora idos. Habéis estado demasiado tiempo. Una +recién casada encuentra siempre largas las horas que está separada de su +marido. + +--¡Ah! + +--¿Queréis que sea menos desgraciada, don Juan? + +--¡Que si quiero! ¿y me lo preguntáis? + +--Pues bien; sed feliz... + +--No os comprendo. + +--En doña Clara tenéis el alma, tenéis esa dulce y casta compañera, el +ángel del hogar; no llevéis á vuestra casa la tristeza; en mí tenéis la +mujer que enloquece, la mujer que embriaga; no traigáis á mis brazos el +remordimiento; resignémonos á nuestra suerte. No sufráis por mí, porque +cuando yo conozca que no sufrís, que sois completamente feliz, yo seré +menos desgraciada. + +--No sé qué contestaros; no sé qué deciros... + +--Yo sí, yo sé lo que os tengo que decir... ¡os amo! ¡os amo! más que +ayer, más á cada momento; ¡os amo! ¡muero por vos! ¡pero idos! volved +tranquilo á vuestra casa... yo os avisaré... y nos veremos. + +Don Juan hizo un esfuerzo y salió. + +Dorotea se quedó mirando de una manera imposible de hacer apreciar á la +puerta por donde había salido el joven, y no reparó en que apenas aquél +había desaparecido, el bufón había abierto las vidrieras de la alcoba, +había adelantado en silencio, y se había sentado en la alfombra á los +pies de Dorotea. + +No había querido salir por la puerta de escape, y lo había oído todo. + +--¡Eres mujer perdida!--dijo con voz ronca. + +Al sonido de la voz del tío Manolillo, Dorotea dejó de mirar á la +puerta, y miró al bufón. + +La ansiosa, la profunda mirada de éste, la estremeció. + +--Sí, soy una mujer despreciable--dijo contestando á las palabras del +bufón. + +--No; no he querido decir eso--dijo el tío Manolillo--. Quiero decir que +te has perdido. No has sabido empezar á vengarte... á vengarte de una +manera horrible. + +--¿Qué hubierais hecho vos en mi lugar? + +--¿Qué hubiera yo hecho?--exclamó el bufón sonriendo de una manera +espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba. + +¿Qué hubiera hecho yo? + +Y se encogió, se dilató su pecho, y lanzó un aliento que rugía, +poderoso, ardiente, indicio de la horrible lucha que conmovía su alma +destrozada. + +--Sí, sí--dijo impaciente Dorotea. + +--¿Yo? ¿qué hubiera hecho yo? ¡dar mal por mal y con creces, con +horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurrió matar... +cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero después... +la reflexión, la calma,.. ¡matar! ¡hacer morir! ¡es decir, exterminar! +¡no, no! ¡es poco! yo creía que tenías más alma... y tienes el alma +débil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para +sacrificarla á ella... + +--¡Oh! ¡ella! ¡ella! pensar que ella le posee por completo, delante del +mundo, con la frente alta, siendo su orgullo... + +--Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco. + +--¿Pero qué hubiérais vos hecho? + +--Le he estado observando desde allí, temblaba, temblaba estremecido de +deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu +seno... sufría... está loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y +nada más. + +--¡Eso es mentira! + +--¡Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree +que él... ¡él! lo más puro que él siente por ti, es lástima... y eso es +humillante... + +--¿Pero qué queríais que hubiera hecho? + +--¡Qué! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que +te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo +estaba diciendo allí, detrás de los cristales... ¡qué buena cómica es mi +hija!... ¡qué pobre hombre es ese don Juan! ¡pero luego lo has echado +todo á perder, le has dejado ver tu desesperación, y se gozaba en ella +sin saberlo! ¡oh! ¡qué felicidad tan incomprendida es para algunos +hombres, magullar á una pobre mujer como el gato que magulla á un ratón! +¡Oh! ¡cuán felices, cuán felices son algunos hombres, y qué poco merecen +su felicidad! + +La excitación febril del tío Manolillo asustó á Dorotea, la asustó por +don Juan; comprendió que debía engañar al bufón. + +--Veamos qué hubiérais vos hecho mejor, qué he debido yo hacer. + +--Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el +que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le +ofrece un pedazo de pan. + +--Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engañado. + +--Tú irás misteriosamente á ver á ese hombre. Debes ir. Yo te buscaré el +lugar. + +--¡Ah! no, no--dijo Dorotea. + +--Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones... +bien, mejor... buscarás un lugar retirado: lo embellecerás, lo +perfumarás, enloquecerás en él con tu don Juan; te resignarás á todo, lo +olvidarás todo, porque le amas con el amor más humilde del mundo; tu don +Juan, esperará impaciente los primeros días la hora de verte; le será +muy cómodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda +tener celos su doña Clara; después, á medida que vaya pasando el tiempo, +le parecerás menos hermosa, y esperará con menos impaciencia la hora de +verte; luego irá por ir, por lástima, te hará esperar, después le +esperarás en vano algunos días, y te volverás á tu casa, humillada, +desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonará, hastiado de ti... + +--¡Oh! + +--Matarás á doña Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que +tú necesitas... + +--Seguid--dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo así--. Decidme, +¿de qué otro modo más horrible me puedo vengar? + +--¿De qué otro modo? Oye: procura buscar un retiro á propósito; el lujo, +las pinturas, los perfumes, todo esto favorece á una mujer y la hace más +hermosa, cuando es tan hermosa como tú; vístete, además, como te vistes +cuando quieres que el público te aplauda sólo al verte: los hombros +desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los +brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que +puede llevar una mujer hermosa; allí, en aquel hermoso gabinete, más +hermosa tú por tu atavío, una cena exquisita; vinos... pero tú no +bebas... no bebas... conténtate con arrojar sobre él la doble embriaguez +de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desespérale, +irrítale, háblale continuamente de su mujer... llámale tu hermano... +llegará un día en que no podrá sufrir más, un día en que, loco, no podrá +negarte nada... en que podrás dictarle condiciones. + +--¡Y esas condiciones! + +--¡Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo. + +--¿Y cómo? + +--¡Cómo! abandonando á su mujer... siendo tu amante delante de todo el +mundo... llevándote á todas partes... + +--¡Oh! + +--Entonces habrás matado su felicidad; doña Clara Soldevilla, la conozco +bien... te obligará á huir... pero él... él... te seguirá... ella... +ella... puede ser que no sea tan honrada... si llegas á herirlos en el +alma... porque se aman... ¡se aman! no necesitas más venganza... te +habrás vengado horriblemente. + +--¡Pero si él quería seguir viniendo á mi casa!--exclamó la Dorotea. + +--Y tú has cometido la imprudencia de decirle que el venir á tu casa +podía robarle la paz de la suya... tú no quieres vengarte. + +--Os juro que me vengaré; que me vengaré de una manera cruel. + +El bufón movió la cabeza en un ademán de duda, de incredulidad. + +--Sí, me vengaré--insistió ella. + +--¿Y cómo? + +--Ya lo veréis. + +--No... adivino. + +--Yo haré de modo que en su vida me olvidará. + +--¡Don Francisco de Quevedo!--dijo á la puerta anunciando Casilda. + +--¡Ah! ¡ese hombre! ¡ese hombre!--exclamó el bufón. + +--Dejadme sola con él--dijo Dorotea. + +El bufón salió por la alcoba. + +Dorotea le siguió. + +--¡Ah! no quieres que te escuche--dijo dolorosamente el bufón--; pues +bien, adiós. + +Y salió por la puerta de escape de la alcoba. + +Después volvió á la sala. + +Ya estaba en ella Quevedo. + + + + +CAPÍTULO LV + +QUEVEDO, VISTO POR UNO DE SUS LADOS + + +El buen _ingenio_ llevaba sobre sí las señales de la ruda actividad á +que se había visto sentenciado desde su llegada á Madrid. + +Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz parecía más afilada; la +blanca golilla de su cuello estaba más de un tanto ajada, su traje +descuidado y todo él descuadernado y lánguido que no había más que +pedir. + +Había movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos. + +Cuando apareció Dorotea, don Francisco la miró con suma gravedad. + +La comedianta adelantó, se detuvo junto á Quevedo y le miró +intensamente. + +--_Mea culpa_--dijo don Francisco. + +--Lo que quiere decir en castellano, que vos tenéis la culpa de todo lo +que me sucede. + +--Trasladáis el latín al romance con grande licencia. Yo no tengo la +culpa de lo que os pasa. + +--¿Pues quién trajo aquí á ese hombre? + +--¿Y tengo yo la culpa de que os hayáis derretido como cera? Allá os las +compongáis. + +--¿Os acordáis de lo que me dijísteis ayer en aquella taberna? + +--Os confieso que estoy tan manoseado, tan traído, tan cansado, tan sin +sueño y tan con hambre, tan calado y tan frío, tan asendereado y +lastimoso, que no tengo memoria, ni siento más que los huesos que me +duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estómago +que pide más que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin +contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes +viviese, juro á Dios, que al ver lo que me pasa, había de escribir un +libro intitulado «Trabajos de don Francisco», que le había de dar más +fama que el _Ingenioso Hidalgo_. + +--Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua. + +--¡Ah, lengua mía! quemarála yo, si no me doliera, para que no tuviese +que hacerme arrepentir. + +--¡Ah! conocéis que habéis hablado mal--dijo la Dorotea sentándose--, y +que vuestras malas palabras han hecho mucho daño. + +--¿Y quién había de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna +insolente? ¿Quién había de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo +que estoy atónito, y espantado y medroso, y que de mí mismo recelo, y +que ya no sé qué decir, ni qué pensar, ni por dónde salir... + +--Menos lo sé yo. + +--¿Sabéis las novedades que han ocurrido? + +--Sé que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado. + +--¿Quién os lo ha dicho? + +--¡El mismo! + +--¡Ha estado aquí! No me espanta, esperado me lo había... ¡horror! +recién casado y... + +--¿No es verdad que eso es terrible...? + +--Lo peor será que vos seáis tan loca como él. + +--No puedo remediarlo. La última desgracia que podría sucederme sería no +verle. + +--¡Pobre Dorotea! debéis haber pecado mucho. + +--¡Yo! ¡bah! yo no he hecho tanto como debería haber hecho; yo no he +hecho mal á nadie. + +--¿Amáis mucho á don Juan? + +--No debía amarle. + +--No acabaremos nunca. Os pregunto... + +--Y bien, le amo. + +--¿Y pensáis disputársele á su mujer? + +--No. + +--Hacéis bien; lo demás sería indigno de vos. + +--Vos habéis venido para algo, don Francisco. + +--Ciertamente, he venido á que me deis de almorzar. + +--¡Casilda! un almuerzo abundante--dijo Dorotea en el momento en que se +presentó la doncella. + +--Sois un ángel, á quien es lástima hayan cortado las alas, pero me +tenéis cuidadoso. + +--¡Cuidadoso! + +--Estáis demasiado tranquila después de lo que os ha sucedido. + +--¿Y qué queréis que haga? + +--Que no hagáis nada. + +--¿Y qué hago con esta aflicción que se me ha metido en el alma? + +--Gozarla. + +--¡Gozarla! decís--¡gozar los celos, la desesperación, la rabia! + +--¡Ah! ¡todavía no sois bastante desdichada! + +--¿No? + +--No, porque no gozáis en la desdicha. + +--¡Decís unas cosas, don Francisco! + +--La desgracia es no sentir, tener el corazón de corcho, y la cabeza de +hielo; vivir por necesidad, por aquello de que por cien mil y más +razones es necesario vivir. ¡Ah! cuando nada os interese en el mundo, +cuando nada hostigue vuestro pensamiento, cuando todo os importe nada, +cuando no penséis en nada, cuando comáis por no morir y durmáis por que +se cierren vuestros ojos; cuando os hayáis convertido en un pedazo de +carne insensible á todo, que obra como una máquina; cuando el amor y las +locuras de los otros os den hastío, cuando no os encontréis bien en +ninguna parte, cuando vuestra alma haya muerto, entonces, entonces si +que podéis llamaros desgraciada. No sentir es no ver, no ver es no +vivir, no vivir es el sufrimiento mayor. Pero ahora que os abrasa la +vida, ahora que soñáis, que lucháis, que esperáis, que lloráis, que os +agitáis, ahora más que nunca vivís; hay algo en el mundo que os +deslumbra, que os atrae, que os hace gozar el gran placer del +sufrimiento. ¡Vos sois muy feliz! + +--¡Oh! ¡y qué felicidad tan horrible! + +--Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer. + +--¿Cómo, no padecéis? + +--Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo á vuestros +criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. ¿No habéis +almorzado vos? + +--No por cierto. + +--Habéis hecho mal; con el estómago frío, la cabeza está débil y vaga y +se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y después de almorzar ya veréis +cómo pensáis de otro modo. + +--Sí, sí, es preciso--dijo Dorotea--y aunque sólo fuera por probar... + +--Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos más vino, una +botella es poco. + +--Traed, traed más vino; cuatro botellas...--dijo Dorotea. + +--¿De qué?--repuso Casilda. + +--Puesto que tenéis bodega, que venga, si hay, Jerez--dijo Quevedo. + +--Háilo y muy rico--dijo Casilda. + +--Pues cuatro botellas, virtud sirviente; búscalas de las que estén más +empolvadas, y si tienen telarañas, mejor. ¿Y qué haces tú ahí?--añadió +don Francisco dirigiéndose á Pedro, que estaba detrás de la mesa con una +servilleta en el brazo.--La señora y yo necesitamos estar solos. + +Pedro salió. + +--Os voy á hacer el plato--dijo Quevedo dirigiéndose á Dorotea--; este +jamón de Granada es sumamente confortante; se ceba con víboras, es un +plato que yo, que sólo gozo cuando como, le prefiero á todos; voy á +haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto; +refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloréis ¡vive +Dios! que me lastimáis. + +--Os hago feliz puesto que os hago sentir--dijo Dorotea enjugándose los +ojos y apurando de un trago la copa, después de lo cual tomó un pedazo +de jamón y se lo llevó á la boca. + +Quevedo la miraba profundamente. + +Dorotea arrojó el bocado sobre el plato. + +--¡Oh! no puedo, no puedo; me mataría como si fuera un veneno. + +--Tan llena está de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario +andar con cuidado con esta loca. Bebed más--añadió alto--, el beber os +dará apetito. + +Y la llenó de nuevo la copa. + +Dorotea apuró la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoyó la +cabeza entre sus manos y quedó profundamente pensativa. + +Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamón que se había +servido, y mientras comía pensaba. + +Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retiró. + +--¿Sabéis, Dorotea--dijo de repente Quevedo--, que es necesario que +toméis una determinación? Estáis muy enferma, hija. + +--Tengo ya mi determinación tomada--dijo Dorotea. + +--¡Veamos si en medio de vuestra locura tenéis juicio! + +--Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos. + +--¡De mí! ¿y qué culpa tengo yo? + +--Porque lo trajísteis á mi casa... + +--¿Quién había de pensar?... + +--Vos adivinásteis que me había yo de enamorar de él... y no os +engañásteis, porque no os engañáis nunca. + +--Eso no es verdad, porque me he engañado con vos. + +--¿Me creíais más perdida de lo que estoy? + +--No os creía tan corazón y tan alma y tan voluntad... + +--¡De modo que vos creísteis que mis amoríos con don Juan!... + +--Serían sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo +día y creí que con teneros asida de cualquier modo de sol á sol... + +--¡Ah! ¿hicísteis venir á propósito, con mala intención, á don Juan á mi +casa? + +--Vamos claro: ¿os pesa de amar á don Juan? + +--Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de él. + +--Bien, muy bien; respondéis á mis preguntas como un instrumento +perfectamente templado á la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y +acabaremos por ser los dos más grandes amigos del mundo. Pero bebed, +hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero néctar de los dioses, se +conoce que se lo han regalado al duque de Lerma. + +--¿A qué pronunciar ahora su nombre? + +--Es que como todo tiene una causa en este mundo, el estado en que os +encontráis la tiene, y esta causa es el duque de Lerma. + +--¿El duque de Lerma tiene la culpa de que yo me haya enamorado de él? + +--Sí por cierto, porque yo... que he tenido gran parte en el estado en +que se encuentra don Rodrigo Calderón; yo, que he venido á la corte para +mucho, necesitaba tener asido á su excelencia; ningún asidero mejor que +vos... + +--Muchas gracias--dijo dolorosamente Dorotea. + +--Perdonad, que si yo hubiera sabido lo que iba á resultar... hubiera +hecho más para que os hubiérais empeñado por mi amigo. + +--Gracias otra vez, don Francisco. + +--Ya me habéis dicho que por nada del mundo os pesará el haberle +conocido; cuando no os pesa es que os alegra; cuando os alegra es que os +hace bien; cuando os hace bien... debéis estar agradecida á quien ese +bien os ha hecho: he sido yo... recibo vuestras gracias y me saboreo con +ellas... y tengo razón. + +--Indudablemente--dijo la Dorotea mirando con una expresión de doloroso +candor á Quevedo--, creo que en parte tenéis razón cuando decís que vale +más sufrir que hastiarse. + +--¡Ah! ¿Y quién duda acerca de eso? Para dudar de ello es necesario ser +tonto, y vos no lo sois; todo, hasta la salud, cansa; vos vivíais sin +rivales en la escena, sin rivales en la hermosura; poseíais una hermosa +casa, una buena mesa; os galanteaba en vano toda la corte; el duque de +Lerma es un amante muy cómodo, que se contenta con que todo el mundo +sepa que paga á la mujer codiciada por todos, que os visita poco, y +cuando os visita os habla de la última comedia de Lope, ó del tiempo, y +se va saludándoos gravemente, sin haber mortificado más que al sillón +donde su hinchada vanidad se ha sentado. Don Francisco de Rojas y +Sandoval, no os desea, ni os ha deseado nunca, ni nunca ha pasado de +vuestro recibimiento, ni se ha acercado á vos, ni conmovídose delante de +vos; os tiene como á su papagayo y á su negro y otras muchas cosas que +el buen señor tiene sólo por tener lo que cuesta caro. + +--Pero ¿quién os ha dicho eso? + +--Conozco demasiado á su excelencia. + +--Aunque no hayáis acertado por completo, aunque siempre no haya sido +tan feliz como suponéis con la indiferencia del duque, es cierto que +para mí es más bien un gran señor que compra el derecho de entrar en mi +casa cuando quiere, que un amante. Vuestros ojos penetran en lo más +escondido. + +--Y mis narices, que por algo son largas, huelen donde no huele. +Resulta, pues, que vos para don Francisco sois más la vanidad que el +deseo. + +--Es verdad. + +--Si vos dijérais al duque de Lerma: no volváis más á poner los pies en +mi casa, el duque, herido en su vanidad, sería capaz de hacer cualquier +desatino. + +--¡Oh! el duque haría cuanto yo quisiera, sólo porque no pudiera nadie +decir: la Dorotea le ha despedido. + +--Pues bien; ved ahí por qué he venido yo á veros. + +--¿Para utilizarme? + +--Para valerme de vos. + +--¡Ah! ¿Me necesitáis? + +--¡Dios me perdone si no me han seguido hasta vuestra casa cuatro +corchetes! + +--¡Ah! ¡os quieren prender! + +--Mucho me lo temo, y aunque estoy ya muy acostumbrado á encierros, os +afirmo que ahora sentaríame muy mal el ser guardado. + +--Pues yo me alegraría... me alegro... os tendré preso algún tiempo sólo +por haceros rabiar, en cambio de lo que vos me hacéis sufrir. + +--¡Ingratitud inaudita! os saco de vuestra cansada vida, os hago mujer, +os desentierro, os hago probar el divino fuego del amor y me aborrecéis. +No os creía yo mala. + +--No os aborrezco--dijo seriamente la joven--, porque yo no he nacido +para aborrecer; no os estremecéis vos del daño que me habéis causado por +vuestro interés propio, porque... no veis mi alma, porque no sabéis qué +horribles pensamientos pasan por ella, ó porque, si lo comprendéis, no +tenéis corazón. ¿Qué os importa á vos, poeta que de lo más santo se +burla, que á lo más respetable zahiere, que arroja su chiste mordaz +sobre todo y todo lo calumnia; cortesano enredador que sobre todo pasa, +cuando encuentra un obstáculo en el tenebroso camino que sigue; sabio +que no ha sabido conservar la ternura, la caridad de su alma si alguna +vez la ha tenido; qué os importa, digo, que una pobre mujer, que si no +era feliz, no era desgraciada, se retuerza como una sabandija en el +fuego por vuestra causa, porque la habéis necesitado para vuestros +proyectos, y que caiga ante vos ensangrentada, palpitante, aniquilada? +¿qué importa? ¿qué importa? Adelante, don Francisco, adelante; vuestros +semejantes son para vos figuras que se mueven, que andan; despreciables +criaturas sobre las cuales, porque os humilla el estar confundido con +ellas, necesitáis levantar la frente maldita, pisarlas, destrozarlas +bajo el lento y pesado paso de vuestros pies; ¿qué os importa á vos, +alma fría, que yo sufra, que yo grite, que yo blasfeme, si os he servido +para algo? Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que +habéis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no +podéis hacerme más daño que el que ya me habéis hecho; yo no me vengaré +de vos, porque quiero ser más grande que vos; quiero heriros en vuestro +orgullo; quiero que tengáis el recuerdo de una víctima que ha caído +mirándoos frente á frente á vos, hombre funesto, mientras sus ojos han +podido mirar. + +--¡Pobre loca!--exclamó profundamente Quevedo, separando de sus labios +una copa que llevaba á ellos--; ¡pobre niña, digna de cuanto una mujer +puede alcanzar de menos malo en este mundo, donde todo es locura ó lodo! +¡pobre ciega, que deslumbrada por su desgracia no ve, no sabe distinguir +el oro del barro! + +Y Quevedo se levantó y cerró las puertas. + +Luego vino, se sentó frente á Dorotea que estaba doblegada. + +--He cerrado las puertas, porque vais á oír lo que nadie ha oído; porque +vais á ver lo que nadie ha visto; vais á oír al hombre; vais á ver al +hombre en este pobre Quevedo, en quien todos ven lo que él quiere que +vean. Os confieso que sólo conozco cuatro personas dignas de que yo les +tienda la mano, de que yo las hable palabras de verdad, de que yo las +ame, de que yo me sacrifique por ellas. Tenéis razón; yo no veo en el +mundo, alrededor mío, aturdiéndome siempre con su charla insoportable, +dándome náuseas con su vanidad estúpida, repugnándome con sus +vergonzosos vicios, más que miserables divididos en dos mitades: los +comidos y los que comen; tenéis razón, yo no tengo alma ni corazón ni +más que indiferencia, ó hastío ó mala intención, para el mundo; pero yo, +en medio de ese mundo, tengo un pequeño mundo mío, que me consuela del +otro, por el que lucho, por el que vivo, para el que tengo alma, +corazón, amor, lágrimas; el uno, el primero de esos cuatro seres, es el +duque de Osuna, alma grande, noble y generosa, cuyo pensamiento +comprende el mío, cuyo corazón no late sino por lo grande, por lo +verdaderamente grande, y que tan grande es, que los que no le comprenden +le llaman extravagante; el duque y yo nos fuimos aproximando el uno al +otro insensiblemente, porque debíamos estrechar la distancia que nos +separaba; nos unimos al fin, porque era necesario que nos uniéramos, y +al cabo nos confundimos de tal modo, que el duque se reflejó en mí, y yo +me reflejo en el duque; que yo sin Osuna sería un filósofo arrinconado, +y Osuna sin mí un águila sin alas. No somos dos, sino uno; la desgracia +que suceda al duque debe necesariamente hacerse sentir en mí, como en el +duque la desgracia que á mí me suceda. Sabe Dios á dónde iremos á parar +don Pedro Téllez Girón y yo, pero nuestra suerte será igual: él me +comprende y yo le comprendo, él me ama como amaría á su cabeza, y yo le +amo á él como á mi brazo. Dióle Dios riqueza y poder, y cuna ilustre, y +á mí me dió ingenio y dominio sobre los demás, y ojos que saben mirar, y +oídos que sin escuchar oyen; somos, pues, uno solo. + +--¿Y qué me importa á mí de todo eso?--dijo la Dorotea. + +--Oíd, oíd, y esperad al fin. Como el duque no tiene para mí secretos, +sabía yo que tenía un hijo bastardo: llegó el tiempo de que su hijo +cumpliese sus veinticuatro años, y como quiera que por uno y otro +informe se sabía que era digno de su padre, cuando salí de mi última +prisión, recientemente, me encargó don Pedro que buscase á su hijo, que +le revelase el secreto de su nacimiento, y que me lo llevase á Nápoles. +Sin el señor Juan Montiño, que así se llamaba falsamente el hijo de don +Pedro, yo no hubiera venido á Madrid. Hubiera tomado postas para +Barcelona, y allí un barco para Nápoles. Pero vine, y encontréme á +nuestro hombre metido en enredos que me dieron susto. Estos enredos +produjeron las heridas de don Rodrigo Calderón, y los amores de don Juan +con su esposa. + +--¡Ah!--exclamó Dorotea. + +--De todo ello han tenido la culpa dos animales. + +--¡Dos animales! + +--Sí por cierto: un caballo viejo y cojo, á quien juro Dios se ha de +cuidar como á un rey hasta que se muera de viejo, y el cocinero de su +majestad. + +--No os comprendo. + +--El caballo que debía haber llegado á Madrid con su jinete, es decir, +con el venturoso que de tal modo os hace desventurada, antes del medio +día, llegó á la noche; Francisco Martínez Montiño, que debió haber +estado en su casa, y recibido á su sobrino postizo á la hora de la cena +del rey, estaba dando un banquete de Estado al duque de Lerma. Las +circunstancias eran además gravísimas. La reina se encontraba +grandemente comprometida por una endiablada intriga de don Rodrigo, y +doña Clara Soldevilla había salido sola á la calle por el compromiso de +la reina, y seguida por don Rodrigo Calderón, al primero á quien +encontró, de quien se amparó, como se hubiera amparado de otro +cualquiera, fué de don Juan. Solos de noche, por esas calles de Dios; +generoso y valiente él, generosa y ansiosa de amor ella, protegida por +don Juan, puesta en contacto íntimo con él, que es impetuoso, y noble, y +valiente como su padre, apasionado como vos, y como vos hermoso, +aconteció lo que no podía menos de suceder: se enamoró ella de él con +tanta más fuerza y más pronto, cuanto ella estaba ansiosa de un amor que +no había podido encontrar en la corte, de un amor digno de ella. El +enredo se había hecho terrible cuando yo encontré en el zaguán de la +casa del duque de Lerma á don Juan, que como yo había ido allí en busca +del cocinero de su majestad, y se agravó hasta hacerse negro, lúgubre, +al caer don Rodrigo bajo la espada de don Juan. Entonces lo temí todo, +todo: empecé á buscar una ayuda para salir del atolladero, y en cierta +casa donde me refugié por el momento, supe que vos érais la mujer +codiciada, la mujer envidiada por todos al duque de Lerma, á quien +engañáis siendo amante de Calderón. Entonces dije: de seguro la Dorotea, +aquella hermosa niña á quien yo conocí en el convento de las Descalzas, +tiene gran poder ó puede tenerle para con don Francisco de Rojas; y en +cuanto á Calderón, yo que le conozco, mucho me engaño si no es para +Dorotea uno de esos hombres á quienes una mujer ama mientras no se le +presenta otro mejor. Nuestro don Juan está terriblemente atollado; pues +bien, procuremos que él mismo se desatolle enamorando á la Dorotea, y +entonces me vine aquí y llamé á don Juan, y sucedió más de lo que yo +creía: que vos os enamorásteis de él, y él se deslumbró al veros. Los +sucesos han hecho que don Juan sea esposo de doña Clara, y que vos os +encontréis con el alma negra, deshecha, desesperada. Yo no creí que +ninguno de los tres valiéseis lo que valéis: mi mundo, el mundo de mi +corazón y de mi amor, que se reducía á una persona, se ha aumentado con +otras tres: y la que más amo, porque es la más débil, sois vos, hija +mía, vos que me habéis sorprendido, que me habéis enamorado con el +corazón que me habéis dejado ver. De modo que no me pesa de lo que ha +sucedido, no; pero estoy aterrado, aterrado por vos. + +--¡Aterrado por mí! + +--¡Ah! si vos creéis que yo tengo el alma helada, os engañáis; que la +tengo muerta, que sólo ha sobrevivido en mí lo malo, os engañáis, +Dorotea, os engañáis; mi vida es una vida poderosa, insoportable, +insaciable, una calentura continua; mi vida necesita espacio donde +extenderse, y no le halla; mi vida está comprimida, encerrada como en +una caja de hierro: cada corazón digno de mí que encuentro, es un poco +de espacio que se dilata en esa caja terrible, en esa prisión que no +puedo romper por más que hago; y al mismo tiempo es una amargura más, +una amargura infinita; habéis dicho que yo os sacrifico á sangre fría, y +al veros sufrir, al veros de tal modo desesperada, tengo el corazón +apretado, siento ansias, y me pregunto qué razón desconocida hay para +que el hombre se alimente del hombre el alma del alma, la alegría del +dolor, la vida de la muerte, me digo y me espanto al decirlo: ¿por qué +Dios no nos ha dado otros sentimientos más fáciles de satisfacer? ¿por +qué esta continua carnicería? ¿por qué esta durísima é interminable +batalla? Os habéis engañado respecto á mí; insensible, duro, cruel, si +se quiere, para todos, pero no para vos, no para vos que, como os he +dicho, sois mi aire de vida. Yo haré con vos todo lo que pueda hacer: os +haré menos infeliz. + +--Menos infeliz ¡y cómo! + +--Procuraré prestaros parte de mi fortaleza; emplearé con vos todo el +tesoro de consuelos de que mi alma está llena; os enseñaré á encontrar +la alegría en la tristeza, el placer en el dolor; haré que, +reconcentrada vuestra alma, busquéis la vida en vos misma; os daré el +filtro que hace soñar, levantando vuestra alma; seréis mi hija, y yo +seré vuestro padre; os retiraréis del teatro, y no entraréis en un +convento, viviréis en el mundo, dominándole, despreciándole, +engrandeciéndoos á vuestros propios ojos, con la comparación interna de +lo que vos valéis, y lo que el mundo vale. Llegará un día en que vos no +seréis la amante de don Juan, sino su hermana, en que pondréis á sus +hijos sobre vuestras rodillas, y los amaréis como si fueran vuestros; en +que purificada por el martirio, levantaréis á Dios la frente lavada, +blanca y resplandeciente por el Jordán del sufrimiento. ¡Oh! ¡Dorotea! +¡Dorotea! ¡hija mía! si viérais mi corazón, si apreciárais su amargura y +su despecho, si supiérais cuánto esta insoportable amargura y este +despecho frío están dominados, puestos en silencio... si viérais cuántas +terribles ambiciones, cuántos proyectos inconcebibles se agitan, rugen +en mi cabeza, y al mismo tiempo me viérais estudiar, buscar ansioso la +ciencia, que siempre me parece poca, reir, y hacer reir á los demás, +convertir las lágrimas en burlas... ¡oh! yo os aseguro que os +compadeceríais de mí, que encontraríais injusta la maldición que sobre +mí pesa, y poco todo el aire de la creación para dar á mi pecho el +aliento que necesita. + +--Conque, ¿sólo me hicísteis conocer á don Juan para salvarle?--dijo +Dorotea, que no podía apartarse de su pensamiento dominante, de su +pensamiento desesperado. + +--Sí, ¡por Dios vivo!--contestó Quevedo. + +--Pues habéis hecho bien, muy bien, y os pido perdón por el odio que os +he tenido, por las injurias que me habéis escuchado. + +--¡Bah! no podéis injuriarme. + +--Y decidme: ¿habéis venido también á que yo siga salvando á don Juan? + +--Sí. + +--¿Y de qué modo puede ser eso? + +--Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin +consejo, sin ayuda. + +--No os prenderán ó he de poder poco. + +--Se necesita además... + +--¡Qué!... + +--Que engañéis á vuestro... ¿qué sé yo lo que es vuestro el tío +Manolillo? + +--¡Ah! ¡infeliz! + +--Es necesario que le digáis, que le hagáis creer que nada os importa ya +don Juan. + +--Os comprendo, os comprendo, descuidad. + +En aquel momento sonó el ruido de una carroza y Casilda entró azorada. + +--¡El duque de Lerma!--exclamó. + +--El duque... lleváos al momento esta mesa... y vos... vos don +Francisco, escondéos aquí. + +--¡Cómo! ¿en vuestro dormitorio? + +--Sí, sí, desde ahí podréis oír y ver. Desde ahí podréis juzgar si soy +digna de que me apreciéis. + +Don Francisco entró. + +Poco después, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un +balcón, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entró el duque de +Lerma. + + + + +CAPÍTULO LVI + +EN QUE EL AUTOR RETROCEDE PARA CONTAR LO QUE NO HA CONTADO ANTES + + +Cuando entró en su casa doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, de +vuelta de palacio, se encerró diciendo á su dama de confianza: + +--Cuando vengan don Juan Téllez Girón y su esposa doña Clara Soldevilla, +introducidlos y avisadme. + +A seguida se sentó en un sillón, y quedó inmóvil, pálida, aterrada, muda +como una estatua. + +Nada tenía esto de extraño; la caía de repente encima el hijo +involuntario que le había procurado una fatal casualidad, una fatal +sorpresa, un sobrecogimiento funesto, una inaudita audacia de las +mocedades del duque de Osuna. + +Nunca una mujer se había visto en tales y tan originalísimas +circunstancias. + +Es el caso que la duquesa, si tenía mucho por qué desesperarse, no tenía +nada por qué acusarse, por qué avergonzarse. + +Ella no tenía la culpa absolutamente de aquello; ella no la había +autorizado; es más, ella, hasta que vió el aderezo funesto sobre doña +Clara y supo que el esposo de doña Clara era un Girón, no sabía, no +podía imaginarse quién era el padre de aquel hijo completamente +fortuito. + +Entonces comprendió doña Juana la razón de ciertas sonrisas +intencionadas que el duque de Osuna se había permitido hablando en la +corte con ella, después de la aventura de que había sido oculto testigo +en El Escorial el tío Manolillo. Ella, irritada por el recuerdo de +aquella enormidad, sin atreverse á mirar á nadie frente á frente, +temerosa de que el hombre á quien mirase fuese el autor de su vergüenza, +con el duque de Osuna había sido con el único que había hablado sin +empacho. + +En verdad que el duque de Osuna se había permitido enamorarla aun antes +de ser viuda del duque de Gandía; pero el noble don Pedro, á pesar de +que era joven é impetuoso, sabía enamorar á doña Juana sin que ésta se +ofendiese, de la manera más delicada, más discreta, más respetuosa, más +peligrosa, sin embargo, para la mujer objeto de aquellos amores que +nadie conocía, más que el duque que los alentaba, y doña Juana causa de +ellos. + +Y luego estos amores tenían disculpa. + +El duque de Osuna no había conocido á doña Juana hasta que después de +casado la presentó en la corte su marido, y parte de esto, doña Juana +era una mujer sumamente peligrosa. + +A una hermosura delicada, espiritual, resultado de una maravillosa +combinación de encantos, unía un candor y una pureza de ángel; se había +casado crecida, más que crecida, á los treinta años, veinticuatro de los +cuales los había pasado en un convento, y era, sin embargo, una niña, y +tenía en su mirada, en su sonrisa, en su expresión una fuerza +imponderable de sentimiento; dormía bajo su inexperiencia, bajo su +timidez, una alma vivamente impresionable, ardiente, apasionada, por lo +dulce y por lo bello, pero sin aspiraciones, sin comprender su deseo, +sin irritarle. + +El duque de Gandía, su esposo, era un señor antiguo, provecto, que se +acordaba del emperador continuamente, que no sabía hablar más que del +emperador, y que miraba con desprecio á los que no habían nacido en +aquella generación de gigantes, en aquella época de gloria, en aquel +período de embriaguez de las Españas. + +Soltero siempre, porque no había sentido nunca el amor, porque su alma +de plomo, por decirlo así, no podía sentirle, se casó cuando era viejo +con el único objeto de tener un hijo á quien transmitir su nombre, un +hijo que impidiese que sus Estados pasaran á sus parientes bilaterales, +á quienes aborrecía lo más cordialmente posible; entonces se encaminó á +la casa del conde de Haro, condestable de Castilla, hombre viejo, tan +duro y tan excéntrico como él, y que por una casualidad se había casado +joven, y le dijo: + +--Amigo don Iñigo: los médicos me dicen que cuando más, cuando más, +puedo prometerme cuatro años de vida. + +--Los médicos quieren robaros, amigo don Francisco--contestó el conde. + +--Podrá ser; pero sucede endiabladamente que yo pienso lo mismo que +ellos; me siento mal, muy mal; me pesa cada pie un quintal, y cuando +quiero andar derecho como _in illo tempore_, me da un crujido el +espinazo, y el dolor me hace volver á encorvarme un tanto; el peso del +arnés y del yelmo son malos, muy malos, amigo mío, bien lo sabéis, +porque vos, como yo, los habéis llevado mucho tiempo; además, este +respirar dificultoso, este hervor en el pecho; yo estoy muy malo y voy á +hacer cuanto antes el testamento. + +--¿Y venís á preguntarme sin duda, á cuál de vuestros parientes?... + +--¿Qué? Ni por pienso; si me heredan será porque yo no puedo hacer otra +cosa. + +--Pues no veo el medio de evitar... ¿Tenéis algún hijo incógnito?... + +--¡Quia! no; yo no he amado nunca; no comprendo para qué se quiere una +mujer, como no sea para hacerla mujer madre; como una cosa; para un +objeto de utilidad; por eso nunca me he acercado á una mujer, como no +haya sido á las reinas que he conocido, y eso en los días de corte para +besarlas la mano. + +--Pues por más que hago, no adivino la razón de que hayáis venido á +hablarme de vuestro testamento. + +--Para hacer testamento á mi gusto, necesito tener un hijo, y vengo á +que vos me deis ese hijo. + +Púsose en pie de un salto el conde de Haro. + +El duque de Gandía no se movió del sillón en que estaba sentado. + +--Sí, sí señor, vengo á que me deis un hijo por medio de una de vuestras +hijas. + +--¡Ah!--exclamó sentándose de nuevo el conde de Haro--; eso es distinto; +ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, ¿estáis seguro, +es decir, tenéis probabilidades de obtener hijos? + +--Al menos los médicos me lo han asegurado. + +--Bien; ¿y cuál de mis hijas queréis? + +--La más hermosa. + +--La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todavía no ha +salido de ella; no quiero violentarla. + +--¿Pero tiene hecho algún voto? + +--No. + +--¿Sabe ella vuestra voluntad? + +--No, porque yo quiero que haga la suya. + +--¿Habéis hecho alguna promesa á Dios? + +--Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho +más cuando ese otro es hija mía. + +--¿De suerte, que sólo tenéis un ligero deseo de que sea monja? + +--Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doña Juana... + +--Pues mejor, mucho mejor; yo sólo sabía, porque lo había oído á muchas +personas, tratándose de vuestra familia, que teníais una hija que era un +portento... Como para mí la mujer es completamente inútil, sino para +madrear, ni reparé en ello, ni sentí absolutamente deseo por conocer á +ese portento de vuestra hija; pero cuando empecé á pensar en que yo +debía tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber +cómo, se me vinieron á la memoria los elogios que acerca de una de +vuestras hijas había oído. + +--Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si sólo os +casáis mecánicamente--dijo el conde de Haro, que era un tanto +socarrón--, casáos con la menor de mis hijas; tiene veinte años, es fea, +fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y á propósito, +decididamente á propósito para la maternidad. Me quitaríais de encima un +cuidado, porque aunque la he dotado mejorándola, para contrapesar con +dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con +ella; vos es distinto; á vos, para quien no existen los encantos de la +mujer, ¿qué más os da? + +--Amigo don Iñigo, yo he sido muy buen mozo. + +--Ya lo sé. + +--Y quiero que mi hijo ó mi hija lo sean. + +--Es muy justo. + +--Porque á más de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la +nobleza natural de la hermosura. + +--Sin duda. + +--Ahora bien; un chiquillo se parece á su padre ó á su madre, ó á los +dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra á mí cuando tenía +treinta años, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse á su +madre... Es necesario que sea hermosa. + +--Esto se parece á la manera cómo se hacen los caballos de la cartuja de +Jerez--dijo el conde de Haro, á quien convenía una alianza con el duque +de Gandía, y á quien la tiesa extravagancia de éste hacía feliz. + +--En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido +esa hermosísima hija que tenéis... que se quedará viuda pronto con un +título ilustre y con cien mil ducados de renta. + +--No hablemos de eso--dijo poniéndose serio el conde de Haro--; mi hija +llevará á vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de +hembra que posee, cuya renta sube á trescientos mil ducados. + +--No hablemos de eso--dijo el duque de Gandía--; yo no necesito más que +la hermosura y la nobleza de vuestra hija. + +--Tiene treinta años. + +--Mejor. + +--Pues entonces... ¡Sanjurjo! ¡Sanjurjo! + +El llamado era el secretario del conde de Haro. + +--Poned una carta para la abadesa de las Descalzas Reales, en que la +diréis que entregue mi hija la señora doña Juana, al aya doña Guiomar; +al momento, al momento, y que me perdone si no voy yo en persona porque +el catarro no me deja. + +Escribió Sanjurjo, firmó el conde y partió la carta, y los dos grandes +quedaron departiendo y arreglando aquella alianza improvisada. + +Porque es de advertir que los dos eran hombres de fibra y aficionados á +ver realizados cuanto antes sus deseos. + +Dos horas después, entró de repente en la cámara una joven, una +divinidad, vestida con un hábito, un velo y una toquilla de educanda y +se detuvo al ir á arrojarse en los brazos del conde de Haro, al ver que +había con él otro respetable señor, que la miraba ni más ni menos que +como hubiese podido mirar á una yegua de raza, sin mover una pestaña. + +Doña Juana se puso encarnada, hizo una profunda reverencia al duque de +Gandía, y adelantó con menos apresuramiento hasta su padre, y se +arrodilló y le besó la mano. + +--¿Te han dicho que no volverás al convento, hija?--la preguntó el +conde. + +--Sí, señor. + +--¿Y te pesa? + +--No, señor. + +--Dilo sin reserva, sin temor. + +--Yo no tengo más voluntad que la de mi buen padre. + +--Se trata de que cambies de estado. + +--Muy bien, señor. + +El conde besó á su hija en la frente, la levantó y la sentó junto á sí. + +Doña Juana permaneció con los ojos bajos. + +--Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco +de Borja, duque de Gandía, de quien me has oído hablar tantas veces con +nuestra parienta la abadesa de las Descalzas. + +Doña Juana levantó la cabeza, miró de una manera serena á don Francisco, +que no había cesado de examinarla, y le saludó de nuevo. + +--Este caballero--añadió el conde--, te pide por esposa. + +Pasó por los ojos de doña Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan +fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron. + +Pero no pudieron dejar de notar el vivísimo color que cubrió las +hermosas mejillas de la joven. + +--¿Qué respondéis á eso?--dijo el conde. + +--Que vuestra voluntad es la mía, padre y señor--contestó doña Juana. + +No se habló más del asunto, porque no era necesario hablar más. + +Dióse parte á deudos y amigos de estas bodas, encargáronse galas á +Venecia, se renovaron muebles y se aumentó la servidumbre de la casa del +duque de Gandía, con lo que hacía muchísimos años, desde la muerte de su +madre, no había tenido, esto es: con dueñas y doncellas, y dos meses +después de la petición, doña Juana de Velasco fué duquesa de Gandía. + +Entonces, y sólo entonces, la conoció don Pedro Girón. + +Conocerla y codiciarla, fué cosa de un momento. + +Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fué subsiguiente. + +Pero el terrible duque de Osuna encontró una barrera insuperable á sus +deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doña Juana. + +Cuando el duque, aprovechando una ocasión, la decía amores, doña Juana +se callaba, se ponía encendida y buscaba en la conversación general una +defensa contra las solicitudes del duque. + +Si éste la encontraba sola en su casa, doña Juana llamaba inmediatamente +á sus doncellas. + +Si el duque la seguía á la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de +su libro de devociones. + +Llegó á contraer un empeño formidable el duque de Osuna. + +Y lo que era peor, un amor intenso. + +Porque doña Juana de Velasco lo merecía todo. + +Irritábale aquella resistencia, porque él estaba acostumbrado á llegar, +ver y vencer, como César. + +La conducta fría, tiesa, sostenida de doña Juana, le sacaba de quicio. + +Y, sin embargo, doña Juana le amaba con toda su alma; desde el momento +en que le vió guardó su recuerdo, reposó en él, acabó en fin, por +enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada á las rígidas prácticas +del convento, guardó su amor dentro de su alma, le combatió, le dominó +si no le venció, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de él, ni +aun el confesor tuvo noticia alguna. + +Porque decía doña Juana: + +--La honra de un esposo es un depósito tan sagrado, que no debe +menoscabarse ni aun delante del confesor. + +La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le pedía fuerzas para +resistir al duque, que no cesaba en su porfía. + +Y Dios se las daba. + +Y cuenta que junto á doña Juana no había nada extraño que concurriese á +defenderla. + +El duque de Gandía, rara vez, y aun así por pocos momentos y tratándola +ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones. + +No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo. + +Doña Juana para el duque de Gandía, no era más que un medio. + +Y como aquel medio había respondido admirablemente á su intento, puesto +que al poco tiempo de casada, los médicos declararon que la duquesa se +encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fué á sus posesiones +de Andalucía á pasar el invierno, y dejó en completa libertad y en +absoluta posesión de su casa á su esposa. + +Esto tenía sus peligros, que no se ocultaban á la duquesa. + +Don Pedro Téllez Girón no era un amante vulgar. + +Irritado como se encontraba por la resistencia de doña Juana, debía +poner en juego todos sus recursos. + +Doña Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no +cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entró un día sola en +el aposento del duque su esposo, tomó un pistolete y lo llevó á su +aposento, después de cerciorarse de que estaba cargado. + +Doña Juana se había puesto en lo peor. + +Y como todo el que se pone en lo peor, había acertado. + +El duque, no encontrando ya persuasión ni insistencia que bastasen para +ablandar á aquella roca, apeló al oro, y corrompió, enriqueciéndola, á +la servidumbre particular de la duquesa. + +Esta oyó una noche rechinar levemente una puerta. + +Cuando el duque, que era el que había hecho rechinar aquella puerta, +entró en el aposento de doña Juana, se encontró á esta vestida de blanco +de los pies á la cabeza, más hermosa que nunca, pero terrible. + +Doña Juana tenía un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con él +al pecho del duque, á dos pasos de distancia. + +--¡Bravo recibimiento me hacéis!--dijo el duque, á quien de antiguo no +imponía espanto el peligro--; contaba con resistencia, porque os conozco +bien; pero no creía que me presentáseis batalla. + +--Si no os vais, os mato--dijo la duquesa con la voz más serena y más +sonora del mundo. + +--Habéis de ser mía--dijo el duque, y se fué. + +La duquesa desarmó el pistolete, y se acostó como si tal cosa. + +Al día siguiente, las dueñas y las doncellas del cuarto de la duquesa +fueron despedidas por el mayordomo. + +--Pero, ¿por qué se nos despide?--dijo una doncella que había sido +envuelta sin culpa en el naufragio universal. + +--No lo sé, señoras mías--dijo el mayordomo--; no sé más, sino que su +excelencia acaba de decirme que despida á sus dueñas y á sus doncellas. + +Y el mayordomo decía la verdad. + +No sabía absolutamente nada. + +El duque se dió á los diablos, y tomó el prudente partido de esperar. + +Mientras esperaba, la duquesa dió á luz un hijo varón. + +El duque de Gandía no pudo saber si su heredero, para el cual había +escogido con tanto cuidado una hermosa madre, era feo ó hermoso. + +Con tanta precipitación quiso hacer su viaje el duque de Gandía, que le +dió un causón en el camino, y se murió en una venta sin otro consuelo +sino que también en un mesón se murió el gran rey don Fernando el +Católico. + +Trajéronle difunto á su panteón de Madrid, y doña Juana se puso el luto +sin alegría, pero sin sentimiento. + +El que se alegró poco cristianamente, fué el duque de Osuna. + +Muerto el obstáculo más grave, el duque creyó que los demás obstáculos +serían fáciles de vencer. + +Dejó pasar algún tiempo, y un día, al fin, completamente vestido de +negro, y de la manera más sencilla, se hizo anunciar á la duquesa. + +Doña Juana le recibió en audiencia particular; sólo que tenía vestido de +negro también, sobre sus rodillas, á su hijo. + +Con el luto estaba la duquesa encantadora. + +Don Pedro Girón, que era violento, se sentó temblando de pasión y de +deseo junto á ella. + +--Os amo--dijo el duque de Osuna--, y os declaro que soy tan vuestro, +que no soy mío. Acoged propicia mi amor, que os juro que es tal, que si +se ve despreciado, dará lugar á alguna desgracia. + +--Señor duque--dijo tranquilamente doña Juana--, mirad que os oye el +duque de Gandía. + +Y señaló á su pequeño hijo. + +--Pero sois libre... + +--No por cierto, porque aún vive mi honor. + +--¿No confiáis en el mío? + +--El vuestro está tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le +curáis á tiempo. + +--¿Qué decís, señora? + +--Que si yo soy libre, vos no lo sois. + +--¡Ah! + +--Sí; doña Catalina, vuestra esposa, tiene en mí una buena guardadora +por lo que toca á sus derechos. + +--¿De modo que si yo fuera libre?... + +--Me esclavizaría con vos. + +--¿Me amáis?... + +--Me casé sin amor, y con vos, si pudiera ser, me casaría por tener un +noble apoyo. Pero como esto no puede ser, adiós, señor duque, y +perdonadme si no estoy más tiempo aquí. + +Y la duquesa se levantó, saludó profundamente á don Pedro, y salió con +su hijo en los brazos. + +El duque estuvo á punto de hacer un desacierto; pero como un desacierto +hubiera producido un escándalo, y el duque de Osuna era demasiado +principal caballero para atreverse á un escándalo, se contuvo, salió de +la casa, y después de haber dado vueltas á cien proyectos, y de haberlos +abandonado por inaceptables, se redujo al último recurso de todo el que +desea un casi imposible: á esperar. + +Y no sabemos cuánto tiempo hubiera esperado, si el mar, los vientos y +los ingleses, no hubieran vencido á la _Invencible_; si por esto, doña +Juana, que era del cuarto de la infanta doña Catalina, no hubiera ido á +dar á su señora la nueva del fracaso, y no se hubiera encontrado sola en +una galería obscura, con un hombre que tuvo buen cuidado de matar la luz +antes de que pudiera reconocerle. + +[imagen:--¡Bravo recibimiento me hacéis!--dijo el duque.] + +Puede fácilmente suponerse el terrible efecto, la honda impresión, la +desesperación que causaría en la duquesa aquel lance tan serio, tan +grave, de tan terrible trascendencia. + +¡Y luego no saber el autor de aquel desacato! + +Doña Juana estuvo, como ya hemos dicho, muchos días avergonzada, sin +atreverse á mirar frente á frente á ningún hombre de los de la +servidumbre interior que habían estado de servicio la noche de su mala +ventura; doña Juana se había informado de quiénes eran aquellos nombres, +con gran reserva, se entiende; pero el duque de Osuna no había estado +aquella noche de servicio, ni en El Escorial por aquel tiempo. + +Esto consistía en que el duque acababa de llegar á la ligera desde +Madrid al Escorial, cuando se tropezó en la galería obscura con la +duquesa, y después de su crimen, para no dar sospechas, se había vuelto +á Madrid sin ver al rey. + +De modo que la duquesa no podía sospechar siquiera que el duque de Osuna +hubiese sido el reo de aquella enormidad. + +Por lo tanto, era el único delante el cual se presentaba serena, y el +duque era el único que se sonreía dolorosamente delante de la duquesa. + +Pasó algún tiempo y la duquesa se heló de espanto; conoció que era +madre. ¡Madre de un bastardo, sin culpa, sin más culpa que la de un +aturdimiento hijo de su misma pureza! ¡madre y viuda! + +¡Y sin conocer al padre de su hijo! + +Confesamos que la situación de doña Juana era excéntrica, excepcional, +terrible. + +Llegó un momento en que la duquesa tuvo miedo de que conociesen su +estado, y se retiró de la corte, se encerró en su casa. + +El duque de Osuna, al no ver en la corte á la luz de los ojos, quiso +verla en el hogar doméstico. + +Pero encontró cerrada la puerta del hogar de doña Juana. + +Esperó, pero pasó algún tiempo, y doña Juana no se dió á luz. + +Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doña Juana +tendría por objeto ocultar un estado embarazoso. + +Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerró en su +camarín más reservado, tomó unas tijeras y en un libro, y provisto de +una escudilla de plata con engrudo, se puso á cortar, á aislar, á +descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegándolas con +el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta: + +«Juana de mi alma, corazón mío: Yo soy el dichoso y el desdichado que te +encontró en una galería de El Escorial una noche de que es imposible que +te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado, +temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te +amenaza confía en mí: yo te salvaré. Pero contéstame. Mañana á la noche +estaré, después de las doce, á los pies de tus ventanas que dan á la +calle excusada. + +Tanto tardó el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando +concluyó. + +Vistióse de negro, envolvióse en una capa parda, cubrióse con un ancho +sombrero, y se fué en derechura con su carta cerrada á casa de la +duquesa de Gandía, ó más bien á la calle donde la casa estaba situada. + +Esperó en un zaguán, y cuando salió un lacayo le siguió y le dijo, +fingiendo la voz de tal modo que no podía ser reconocido: + +--Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho daño si te niegas á +servirme, y rico si me sirves bien. + +Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de á +ocho. + +--¿Y qué puedo hacer, señor?--dijo el lacayo vencido completamente. + +--Dime: Esperanza, la doncella de la duquesa, ¿tiene amante? + +--Sí, señor--dijo el lacayo--, y está para casarse. + +--¡Malo!--dijo para sí el duque--; ¿y con quién se casa Esperanza? + +--¿Con quién ha de ser, sino con el señor Cosme Prieto?... + +--¿Quién es ese Prieto? + +--El ayuda de cámara del duque difunto. + +--¡Ah! ¿un vejete?... + +--Sí, señor. + +--¿Y con ese se casa doña Esperanza? + +--¿Qué queréis? tanto robó á su excelencia, que es muy rico. + +--¡Ya! pues mira: vas á buscar ahora mismo á Esperanza. + +--Muy bien. + +--La darás esta sortija y la dirás: el caballero que os envía como +señal esta sortija, espera hablaros un momento por una de las ventanas +que dan á la callejuela excusada. + +--Muy bien, señor. + +--Pero al instante, al instante. + +--En el momento en que vuelva de avisar al médico de la señora duquesa. + +Dióle un vuelco el corazón al duque, pero temeroso de comprometer á doña +Juana, no preguntó ni una sola palabra más al lacayo, y recomendándole +que concluyera pronto, se fué á esperar á la calleja. + +Pasó más de una hora. + +Al fin el duque sintió abrir una de las maderas de una reja y luego un +ligero _siseo_ de mujer. + +El duque se acercó á la reja, y con la voz siempre fingida dijo: + +--¿Sois vos Esperanza? + +--Yo soy, caballero--contestó de adentro una voz de mujer que, aunque +fresca y sonora, no tenía nada de tímida--; ¿y vos sois quien me ha +enviado un recado con el lacayo Rodríguez? + +--Sí; sí, señora. + +--¿Y qué me habéis enviado? + +--Un diamante que vale cien doblones. + +--¿Eso habrá sido por algo? + +--Indudablemente. + +--¿Me conocéis? + +--Sí, sé que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de +Asturias. + +--Muchas gracias, caballero: ¿y vos quién sois? + +--¡Yo!... ¿qué os importa? + +--¡Vaya! + +--Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el +aliento. + +--¿Y por qué fingís la voz? + +--Porque no quiero que me conozcáis. + +--¿Os conozco yo? + +--No; pero no quiero que me podáis conocer mañana. + +--¿Pero?... + +--Os amo. + +--¿Que me amáis? Si sois un caballero principal, no querréis más que +burlaros de mí. + +--Vamos claros. Tú te casas con repugnancia con el viejo Cosme Prieto. + +--¡Ah! sí, señor; con mucha repugnancia. + +--Tú eres muy joven y puedes esperar. + +--Como que no tengo más que diez y ocho años. + +--Pero apuesto cualquier cosa á que si Prieto se casa contigo, es porque +no ha podido ser tu amante. + +--¡Bah! bien lo ha querido y me ha ofrecido dinero. + +--Pero poco; ¿no es verdad? + +--Es muy mísero. + +--Vamos, yo soy muy rico y muy generoso: ¿quieres ser mi querida? + +--¡Señor! + +--No tendrás que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese +escuerzo de Cosme Prieto. + +--¿Pero qué dirán mis padres? + +--Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro. + +--¡Señor! + +--¿No la quieres? + +--Sí; sí, señor. + +--Pues entonces tómala. + +Salió una mano por la reja, y tomó la bolsa. + +--Ahora, ábreme--dijo don Pedro. + +--¡Ah, no! ¡no, señor!--exclamó vivamente Esperanza. + +--¡Ya, ya te entiendo! ¿Te parece poco el diamante y el bolso, ó temes +que pueden ser falsos? + +--No; no, señor, es que soy una doncella honrada. + +--Oye, acaban de dar las ánimas; desde aquí á las doce de la noche van +cuatro horas; ¿puedes tú bajar á las doce á esta reja? + +--¡Por esta reja! ahora su excelencia está en el oratorio, y he podido +bajar; pero á las doce su excelencia estará en su dormitorio, y el +dormitorio de su excelencia da á un corredor, y este corredor á unas +escaleras que están aquí orilla. + +--¡Ah! ¿conque tu señora se ha venido á lo último de su casa? + +--Vive muy retirada. + +--¿Y no te atreves á venir por esta reja? + +--No, señor. + +--¿Pues por cuál? + +--Por la última, seis rejas más allá. + +--Pues vendré á las doce. + +--Venid; pero no os abriré el postigo; bajaré á hablar. + +--Bien, muy bien; me basta. + +--Pues quedáos con Dios, que temo que mi señora me llame. + +--Ve con Dios, y no te olvides de mi cita. + +--No lo olvidaré; á las doce, por la última reja del lado de allá; ésta +es la primera. + +--Hasta luego. + +--Hasta luego. + +La reja se cerró. + +--¡Conque junto á esta reja hay una escalera que da á un corredor al que +sale una puerta del aposento de mi ingrata amante! es necesario pensar +en ello... es necesario que ya que por una locura, por una pasión +violenta la he comprometido, la salve; y que la salve sin que nadie +medie, con mi ingenio, con mi dinero y con la ayuda de Dios... sí, sí; +la honra de doña Juana ha de quedar intacta. Pero observemos bien esta +reja, que no se me despinte; encima hay otra con celosías. Otra reja +volada; no se me confundirá. Además es la primera. + +Y el duque se separó de la reja, tomó el camino de su casa y se entró en +ella por un postigo sin ser sentido de nadie. + +Abrió un pequeño guardajoyas que tenía en su aposento para su uso +diario, y tomó una rica cadena de diamantes y la guardó en su escarcela. + +Entonces se puso á trabajar de nuevo, esto es, á componer con letras +pegadas, bajo lo que había compuesto antes en la carta que había llevado +consigo lo siguiente: + +«Me he procurado un medio de penetrar hasta la puerta de vuestro +dormitorio, sin que nadie sepa que por vos he entrado en la casa; mañana +habrá desaparecido de vuestra servidumbre la doncella Esperanza; no la +busquéis porque no la encontraréis; no temáis nada por vuestra honra, +porque esa Esperanza cree que estoy enamorado de ella y que sólo por +ella voy. Sed prudente por vos misma, que ya podremos comunicarnos sin +que os comprometáis.» + +Eran cerca de las doce cuando el duque de Osuna acabó de componer las +anteriores líneas. Volvió á salir secretamente por el postigo, llegó á +la calle á donde daban las rejas posteriores de la casa de la duquesa, +reconoció aquélla por donde había hablado Esperanza cuatro horas antes, +la dejó atrás y se detuvo junto á la última y esperó. + +Al dar las doce el duque sintió pasos indecisos de una mujer en el +interior; acercarse aquella mujer á la reja, detenerse un momento como +irresoluta, y abrir por fin las maderas. + +--¿Sois vos?--dijo con voz trémula Esperanza. + +--Yo soy--contestó con la voz siempre desfigurada el duque. + +--Pero ¿por qué si me queréis os ocultáis? + +--Ya me conocerás. Entre tanto toma esta cadena. + +--¡Una cadena! + +--Que vale trescientos doblones. + +--¡Ah! ¡trescientos doblones!--dijo Esperanza tomando con ansia la +cadena. + +--Ya conocerás que quien tanto te da debe amarte mucho. + +--¡Oh! ¡y qué buena suerte la mía, señor! + +--No es la mía tan buena. + +--¿Por qué? yo... os quiero ya... os quiero bien. + +--No lo dudo. Pero me parece que no me querrás tanto que me recibas esta +noche. + +--¡Ah, señor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo. + +--¿Pero la tendrás mañana? + +--Sí; sí, señor. + +--Y dime, ¿nos podrán sorprender por esta parte? + +--No; no, señor; por aquí no viene nadie; ese postigo no se abre nunca; +por lo mismo, es necesario buscar la llave. + +--Cuento con que mañana... + +--¡Oh! sí; sí, señor. + +--Pues entonces, hasta mañana después de las doce. + +--Hasta mañana. + +El duque se fué, y la doncella se subió á su aposento con el corazón +latiéndole con impaciencia por el regalo que la había dado su extraño +amante. + +Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, miró estremecida la cadena y ahogó +un grito de asombro. + +--¡Dice que vale trescientos doblones!--exclamó--y bien lo creo; esto es +muy bueno, muy hermoso, ¿pero por qué me da tanto ese caballero? ¿si +serán falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no +mentía), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando á una le dan para vivir +toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo +le veía los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le +quiero... pero si fueran falsas estas piedras... + +Esperanza no durmió en toda la noche; al día siguiente se levantó muy +temprano, y se fué á una platería. + +--Un caballero que me solicita--dijo al platero--me ha dado estas joyas: +yo he temido que sean falsas. + +--¿Falsas? ¡eh, señora! si queréis ahora mismo por ellas doscientos +doblones... + +--¿De veras? + +--Tan de veras como que os los doy. + +--No, no las vendo; quedáos con Dios. + +Y Esperanza volvió loca de alegría á su casa. + +Entretanto, el duque de Osuna decía á su mayordomo: + +--Oye: ¿no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada? + +--Sí; sí, señor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una. + +--Hazla amueblar, y luego tráeme la llave y las señas de la casa. + +--Muy bien, señor. + +A la noche, á las doce en punto, el duque de Osuna llegó á la calleja á +donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Gandía. + +Reconoció la primera reja por donde había hablado la noche anterior con +Esperanza; vió sobre ella el mirador con celosías, y arrancándose una +cinta del traje, la ató en un hierro; después, llegó á la última reja, y +esperó. + +Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba, +abrió al momento el postigo de la reja. + +--¡Ah! ¡buenas noches!--dijo la joven--; os esperaba con impaciencia. + +--¿Y me esperabas decidida á todo, luz de mi vida?--dijo el duque +fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar á la +doncella. + +--Sí; sí, señor; pero vos no pensaréis mal de mí--dijo con cierto +embarazo Esperanza. + +--No, de ningún modo--dijo con impaciencia el duque--; ¿tienes la llave? + +--Sí, señor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje... +pero ya está aquí. + +--Concluyamos entonces... + +--¡Ah, señor!... si os sintiese... + +--¿Decididamente consientes ó no en abrirme? + +--¡Ah, sí, señor!... pero si me engañáseis... + +--Mejor suerte has de tener que la que esperas... + +--Pues bien... sí... sí, señor; id por el postigo. ¡Dios mío! + +El duque de Osuna se acercó al postigo, latiéndole el corazón. + +Esperanza abrió. + +Cuando hubo abierto, el duque la asió una mano y tiró de ella. + +--¿Qué hacéis?--dijo asustada Esperanza. + +--Yo no me atrevo á entrar--dijo el duque. + +--Y entonces, ¿para qué queríais que abriese? + +--Para que salieras tú... + +--¡Pero Dios mío!... yo no os conozco. + +--¿Y qué te importa?... + +--Sí, sí--dijo con energía Esperanza--; venís encubierto, podéis ser un +ladrón, haberme dado esas joyas y ese dinero para engañarme. + +--Y tiene razón la muchacha--dijo para sí el duque de Osuna, pero sin +soltarla. + +Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por +desasirse del duque. + +--Si no me soltáis, grito. + +El duque se decidió á darse á conocer. + +--Y si gritas y vienen y yo no te suelto, te encontrarán con el duque de +Osuna. + +--¡El duque de Osuna! ¡Dios mío! ¡pero esto no puede ser! ¡no, no, +señor, vos me engañáis! ¡el duque de Osuna, cómo había de reparar en mí! + +--¿Conoces tú al duque de Osuna? + +--Le he visto entrar muchas veces en casa. + +--Y yo te he visto á ti muchas veces, y me he enamorado de ti. + +--¡Oh Dios mío! + +--Entra un tanto, que me voy á dar á conocer de ti. + +Entró Esperanza, el duque con ella, cerró el postigo, hizo luz con la +linterna que llevaba bajo la capa, se quitó el antifaz y dejó ver su +semblante á Esperanza. + +La muchacha se estremeció y cayó de rodillas. + +--¡Ah, señor! ¡perdonadme, perdonadme por haber dudado de +vuecencia!--exclamó. + +--No me conocías--dijo el duque--, y nada tiene de extraño. Pero +abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aquí cuanto antes. +¿Te negarás ahora á seguirme? + +--No, no, señor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi +aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me dió... + +--Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto á las joyas no +importa... vamos. + +--¡Ah, señor...! ¡voy á seguiros...! ¡no sé lo que me sucede! ¡pero no +me perdáis...! + +El duque tiró de ella, llegó al postigo, tomó la llave de la parte de +adentro, la puso por la parte de afuera, cerró, guardó la llave y se +alejó con Esperanza. + +A la revuelta de la primera calle, el duque dió una palmada. + +Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en +ella. + +La silla se puso inmediatamente en movimiento. + +Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba. + +--Es necesario, necesario de todo punto--pensaba el duque--, que yo sea +por algún tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar +nada, para que crea que todo esto lo hago por ella. + +Y acercándose á Esperanza la abrazó. + +Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luchó por desasirse del +duque; pero luego se estuvo quieta. + +--¡Diablo!--dijo don Pedro--, del mal el menos; es buena moza cuanto +puede pedirse, y parece honrada y buena... ¿qué diablos de +complicaciones...? una querida más... y una pensión más... porque si no +es mi querida, sospechará... podrá presumir, y es necesario que no +presuma. + +Y tras este pensamiento, el duque enamoró de tal modo á Esperanza, que +ésta dijo al fin para sus adentros: + +--Le parezco hermosa, y como estos señores son tan ricos y tan +orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durará +poco... y me dejará enamorada. ¡Dios mío! ¡y qué hermoso, y qué galán +es! + +Y la muchacha suspiró. + +--¿Por qué suspiras?--la dijo el duque. + +--Porque os amo--dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro +del duque. + +--Ya no me llamas excelencia, ni señor--dijo don Pedro--, y esto me +agrada. + +--Por lo mismo lo hago, porque creo que estáis enamorado de mí. + +--Pero aún queda ese enojoso vos. + +--¡Hablaros yo de tú, como á Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como +otras que vienen á servir de mi tierra. Yo soy noble. + +--¡Hola! + +--Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaña, nuestro solar es +muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa. + +--¡Ah! ¿Eso es cierto? + +--Ya lo sabréis... + +--¿Y servías...? + +--Como doncella, á una grande de España; hay muchas damas sirviendo en +la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se debía... ¡la +necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre +anciana... + +--¡Ah! ¡ah! pues mejor, mejor... yo enriqueceré á tus padres... yo no te +abandonaré. + +--¡Una sola palabra! + +--¡Qué! + +--¡Me amáis de veras! + +--¡Sí!--dijo el duque. + +--Pues bien; el amor iguala... yo no sé por qué te amo también, duque +mío. + +--¡Diablo!--exclamó para sí el duque--; esta muchacha es más hechicera y +tiene más talento de lo que yo creía. Me va interesando ya... como puede +interesarme una mujer que no es la duquesa de Gandía. + +Abrióse en aquel momento la puerta de una casa, y entró la silla de +manos. + +Se detuvo, y los hombres que la conducían se alejaron, y volvió á +cerrarse la puerta. + +El duque abrió entonces la portezuela, salió, hizo luz con la linterna, +y dió la mano á Esperanza. + +--Estamos enteramente solos--dijo el duque--: los que nos han traído no +saben quién eres, ni de dónde sales. + +Y esta era la verdad. + +--¡Oh Dios mío, y qué locura!--dijo Esperanza asiéndose encendida y +trémula, al brazo que el duque la ofrecía. + +Subieron unas escaleras. + +Dos horas después el duque bajó por aquellas mismas escaleras, pálido y +pensativo. + +--Una mujer da otra mujer: el corazón, por lleno que esté, siempre tiene +un hueco para la hermosura y para el corazón de otra mujer... ¡diablo! +¡diablo! me parece que me hace pensar demasiado seriamente esta +muchacha... será necesario enviarla cuanto antes y bien dotada á sus +nobles padres, antes de que tengamos una historia, y acaso un +remordimiento. + +Y el noble don Pedro abrió la puerta y salió. + +Eran las tres de la mañana. + +Dirigióse rápidamente á la callejuela á donde le llamaba su amor, su +verdadero amor, la pasión de su alma, que no podían apagar las pasajeras +lluvias de amorcillos que caían á cada paso, á causa de su carácter y de +sus riquezas, sobre el duque. + +Llegó, y antes de poner aquella llave que tan cara, y al mismo tiempo +tan dulcemente había comprado, se estremeció, dudó, retrocedió: temía +que un accidente cualquiera denunciase, descubriese aquella su entrada +subrepticia casa de la duquesa: pero el duque de Osuna, don Pedro, no +retrocedía tan fácilmente; antes que dejar abandonada á sí misma á la +duquesa, arrostró por todo: confiaba en su nombre, en su fama; ya en su +juventud, don Pedro Téllez Girón era un magnífico grande, á quien se +respetaba poco menos que al rey. + +Una vez dentro, recorrió algunas habitaciones desamuebladas, húmedas, á +lo largo del muro de la calle, y fué reconociendo las rejas, ocultando +la luz de la linterna cada vez que abría una. + +Al fin dió con aquella, en uno de cuyos hierros había puesto como seña +una cinta: quitóla, cerró, dió luz de nuevo, y buscó la subida de la +escalera; por la cual, según le había dicho Esperanza, se subía al +corredor donde correspondía una puerta de escape del dormitorio de la +duquesa. + +Aquel corredor tenía dos puertas: una á cada extremo. + +El duque en esta perplejidad se dirigió á la de la derecha, con paso +silencioso como el de un ladrón, oculta la luz de la linterna, con las +manos por delante. + + * * * * * + +En un ancho y magnífico dormitorio, en un no menos ancho y magnífico +lecho, dormía, mejor dicho, estaba acostada la hermosa duquesa de +Gandía. + +Desvelábala el cuidado. + +La espantaba el día en que, no pudiendo ocultar más su estado, la fuese +de todo punto indispensable confiar á alguien su secreto. + +¿Y cómo hacer creer á nadie la singular manera como había acontecido +aquel terrible compromiso? + +Doña Juana, que era virtuosa y honrada, no podía menos de afligirse +amargamente, y de llorar al verse sometida á aquella inaudita desgracia. + +Pidió á Dios que hiciese un milagro para librarla de la deshonra, de una +deshonra á que ella no había dado lugar, sino siendo mujer, cuando oyó +dos golpes recatados en la puerta de escape de la habitación inmediata. + +Doña Juana detuvo el aliento y escuchó de nuevo. + +Pasó algún tiempo y los dos golpes se repitieron. + +Por aquella puerta, condenada hacía mucho tiempo, y demasiado fuerte y +bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no podía llegar +nadie como no fuese alguno de su servidumbre íntima, que tuviese interés +en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde +dormían la dueña y las doncellas de servicio. + +Doña Juana se levantó, se echó por sí misma un traje y se acercó á la +puerta, á la que llamaban por tercera vez. + +--¿Quién llama?--dijo en voz baja. + +--Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazón y mi +alma, hermosa señora--dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no +pudo reconocer. + +Al mismo tiempo sintió el roce de un papel por debajo de la puerta. + +Bajóse la duquesa y tomó el papel. + +Era la carta que había compuesto para ella el duque de Osuna. + +Se fué, latiéndola el corazón, á la luz, y leyó el doble contenido que +ya conocen nuestros lectores. + +Apenas la leyó rápidamente, cuando corrió á la puerta. + +Necesitaba conocer al hombre audaz, causa del compromiso horrible en que +se encontraba. + +Pero aquella puerta estaba condenada, no tenía la llave, y la duquesa se +vió reducida á tocar á ella, á llamar levemente la atención de la +persona que suponía al otro lado. + +Pero nadie la contestó. + +Volvió á llamar, y obtuvo por repuesta el mismo silencio. + +Poco después oyó allá, desde el fondo de la calle, una voz intensa, +dolorosa, que exclamó: + +--¡Adiós! + +Doña Juana se precipitó á la reja, la abrió, miró á la calle, y vió á lo +lejos, en uno de sus extremos, entre lo obscuro, un bulto que +desaparecía. + +Doña Juana permaneció un momento en la reja mirando de una manera +ansiosa al lugar por donde el bulto había desaparecido, como si hubiera +querido atraerle, y luego se retiró, cerró lentamente las maderas, y se +fué á la mesa, tomó su libro de devociones, cortó algunas hojas, y luego +buscó unas tijeras y se puso á cortar letra por letra. + +Cuando tuvo una gran cantidad, las fué clasificando en montoncitos por +orden alfabético: como podría decir un cajista, distribuyéndolas, y +cuando las tuvo distribuídas, reparó en que no tenía con qué pegarlas +sobre el papel. + +--No importa--dijo--, aprovecharé el tiempo: escribiré lo que he de +copiar con esas letras. + +La duquesa de Gandía se puso á escribir su original, es decir lo que +debía después componer. + +Y al escribirlo la infeliz lloraba. + +Cuando estuvo concluida la carta, que no fué sino mucho después del +amanecer, porque la duquesa había pensado mucho, había rayado muchas +palabras, que por la delicadísima índole del asunto, la habían parecido +inconvenientes, resultó lo que sigue: + +«Señor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad +desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero +creer que sois noble y generoso, y que será verdad que no me habréis +comprometido valiéndoos, para hacer llegar á mis manos la carta vuestra +que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas, á quien yo creía +por cierto más honrada. Quiero creer, que ni me culpáis por lo sucedido, +ni habréis revelado ni revelaréis á nadie, ni aun á vuestro confesor, lo +que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, señor: lo que +teméis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, señor, +ya que lo sucedido no tiene remedio, á vuestro honor me entrego; de vos, +que sois la causa de mis desdichas, espero la salvación, y si me +salváis, si nadie en el mundo más que vos puede saber lo que me sucede, +si queda secreto, yo os perdonaré. Entre tanto, señor, seáis quien +fuéreis, noble ó plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito +conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan +conocen mi desdicha. Cuando recibáis esta noche á las doce mi carta, +entrad, entrad como habéis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta +de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir. +Adiós, señor, la desdichada á quien conocéis y que no os maldice, porque +no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar.» + +Después de escrita esta carta, la duquesa la guardó cuidadosamente, +envolvió cada suerte de letras de las que había cortado en su papel +correspondiente y las guardó, cerró asimismo el libro de devociones, y +se acostó. + +Algunas horas después, ya muy entrado el día, cuando la despertaron, la +dueña más antigua la dijo toda azorada: + +--¡Señora! ¡Esperanza de Figueroa ha desaparecido! + +--¡Que ha desaparecido Esperanza!--exclamó la duquesa con tal asombro, +tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera +noticia. + +--Sí; sí, señora: desaparecido completamente. + +--Habrá salido... + +--Sí, señora: pero es el caso que se ha dejado su manto. + +--Esperad, que ya volverá: cuando vuelva la decís que la despido, y que +Bustillos corra con lo necesario para enviársela á su padre, con una +carta en que se diga por qué la vuelvo. + +--Muy bien, señora. + +--Haced que me traigan algo que sirva para pegar papel. + +Trajeron á la duquesa almidón cocido. + +--Retiráos--dijo la duquesa--; cerrad la puerta, y que nadie entre bajo +ningún pretexto sin que yo le llame. + +--¿No almuerza la señora? + +--No. + +La dueña salió admirada. + +La pobre duquesa empleó todo el día en componer su carta con las letras +cortadas, pegándolas como había hecho el duque de Osuna sobre un papel. + +--Guardó cuidadosamente lo que podía indicar su trabajo, quemó la carta +del duque de Osuna y el original de la suya, llamó y comió algo. + +--¿Ha venido Esperanza? doña Agueda--dijo mientras comía la duquesa á la +dueña que la había dado la primera noticia de la desaparición de la +joven. + +--No; no, señora--dijo la dueña--; ni parece á pesar de que se han +enviado algunos lacayos á buscarla. Parece que se la ha tragado la +tierra. Será necesario dar parte á la justicia. + +--No, no: respetemos á su pobre padre... ocultémosle su desgracia--dijo +la duquesa--; que nadie hable de ello... ya veremos lo que tenemos que +hacer. + +--Muy bien, señora. + +--¿Ha dejado su cofre? + +--Lo ha dejado todo. + +--Pues bien: sacad ese cofre, que lo descerrajen delante de vos, y que +me lo traigan. Yo sola he de verlo. + +--Muy bien, señora. + +Poco después la duquesa tenía en su habitación el pequeño cofre de +Esperanza, descerrajado. + +Quedóse sola, y fué sacando la pequeña hacienda de la joven. + +Consistía en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas. + +Pero en un rincón del cofre, la duquesa encontró un pequeño envoltorio; +un envoltorio pesado. + +Le abrió, y encontró quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija +y una cadena de diamantes. + +La duquesa lo adivinó todo. + +--¡Oh!--dijo profundamente--; la ha deslumbrado, la ha engañado, se la +ha llevado consigo para que no hable: ¿quién será este hombre que tan +villanamente obró conmigo aquella noche funesta, y que con tanta +hidalguía cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de mí? ¡Oh, +Dios mío! ¡Dios mío! ¡si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado á +las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recataría tanto... no, +no... ¿quién será, Dios mío? ¿quién será? + +Y ni por sueños pasó por la imaginación de la duquesa, que aquel hombre +pudiera ser don Pedro Téllez Girón. + +Tan imprudente le creía doña Juana, que á habérsela ocurrido aquel +pensamiento, le hubiera desechado como absurdo. + +Y eso que siempre tenía en la memoria al duque de Osuna, porque le +amaba. + +Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma. + +La duquesa guardó el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre +lo que de él había sacado, y mandó que lo pusiesen entre sus cofres de +uso diario. + +Luego esperó con impaciencia á que diesen las doce de la noche. + +Poco antes ocultó la luz, se asomó á la reja y esperó. + +Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareció un bulto, y se +detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa. + +Esta, temblando, dejó caer la carta. + +El bulto la recogió, y la dijo con voz desfigurada: + +--Mañana te contestaré, adorada mía; á las doce echa un cordón donde yo +pueda poner mi carta. + +Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba á contestar, el bulto +desapareció. + +Doña Juana se entró despechada en su dormitorio, se acostó, pero no +durmió. + +A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna +en la calle, al pararse bajo la reja, sintió abrir la del piso bajo. + +--Caballero, quien quiera que seáis--exclamó la duquesa de Gandía, que +ella era--, escuchadme en nombre de vuestro honor. + +El duque, sobresaltado, guardó silencio por algunos segundos. + +Luego, desfigurando completamente la voz, contestó: + +--¡Oh! ¡y qué imprudente eres, y á qué terrible prueba me sujetas! + +--Habladme como queráis--dijo la duquesa--; yo no puedo evitarlo; soy +vuestra esclava. + +--Perdonad, ¡ah! perdonad, señora--dijo el duque--, pero os amo tanto... + +--¿Y por qué siendo yo viuda, antes de llegar al punto á que habéis +llegado...? + +--¿No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, señora, +tan insensible... + +--Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: ¿quién sois vos? + +--Un hombre que os ama. + +--¿Os conozco yo? + +--No. + +--¿Ni acudís á lugares donde yo pueda hablaros? + +--No. + +--¿Sois sin embargo, rico?... + +--Y noble: pero el ser rico y noble no supone que haya uno de entrar en +los salones del rey. + +--¡Ah! si sois rico y noble, ¿por qué no os casáis conmigo? + +--Porque no puedo. + +--¿Sois casado? + +--No. + +--¿Pues si no sois casado?... + +--Mi cabeza está sentenciada... + +--¡Sentenciada! ¿Por qué delito?... + +--Por haber puesto mano á la espada contra el rey. + +--¡Ah! ¿y sois noble? + +--Porque soy noble; la misma noche en que fuísteis mía... + +--¡Callad!... pero si es cierto... yo preguntaré... + +--Nada sabréis, porque el rey y yo estábamos solos. + +--¿Y no puede el rey perdonaros?... + +--El rey me hará ahorcar el día que me coja... + +--Sois cruel; sois miserable... habéis cometido conmigo un crimen +inaudito y no lo queréis reparar. + +--No puedo... pero nadie conocerá... + +--Eso es imposible. + +--Os juro que el secreto quedará únicamente entre los dos. + +--¿Por qué no me habláis con vuestro acento natural? + +--Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido. + +--¿No cederéis? + +--No. + +--¡Que os castigue Dios! + +--Bastante castigado estoy, señora. + +--¡Oh! ¡qué situación tan horrible la mía!--exclamó la duquesa. + +--Horrible, sí, muy horrible--exclamó el duque--; horrible para los dos. + +--Porque... porque vos habéis sido un infame--dijo la duquesa, que no +pudo contenerse más, llorando. + +--Culpad á Dios, que os ha hecho tan hermosa. + +--Concluyamos, caballero, concluyamos--dijo la duquesa--; os habéis +burlado de mí... ya no tiene remedio; yo no me vengaré, yo no os +maldeciré... pero Dios os castigará. + +--Ya os he dicho que estoy harto castigado. + +--¿Pero no os dais á conocer? Os juro que no me quejaré, que me +resignaré... pero vuestro nombre... + +--No puedo... no debo... no lo diré... + +--Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fingís la voz. + +--No, no me conocéis. Pero veamos, señora, lo que hemos de hacer; lo que +importa es salvar vuestro honor. + +--¡Ah, Dios mío! ¿y cómo? + +--Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue +á vuestras manos ha sido preciso que yo engañe á una de vuestras +doncellas. + +--¡Esperanza! la habéis seducido, la habéis comprado... + +--¡Cómo sabéis!.. + +--Sí, sí por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la +dísteis. + +--Yo guardaré como preciosísimas estas alhajas y estas monedas que han +estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor--dijo don Pedro, +tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso +una de sus manos, que la duquesa retiró vivamente. + +--¡Ah!--exclamó con indignación--¡no os basta el haberme perdido, sino +que aún me seguís insultando! + +--¡Perdonad, señora, pero os amo tanto! + +--¿Y desde cuándo me amáis?... + +--Desde la noche en que... + +--De modo que cuando me encontrásteis, por mi mala ventura... + +--Me deslumbrásteis, señora; yo no os conocía... os vi... y... + +--Fuísteis un infame. + +--Tenéis razón; pero no fuí yo... fué un impulso superior á mis +fuerzas... no hablemos más de eso... + +--Pero en la situación en que me encuentro... + +--Os salvaré de ella... + +--Alguien habrá de saber... + +--Dios, que lo sabe todo, vos y yo. + +--¿Y qué pensáis hacer? decidme. + +--Por el momento, alejar á Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme +con ella, estar á su lado algún tiempo. + +--¡Ah! + +--Un mes á lo menos. Hoy estamos á primeros de Abril; el primero de Mayo +á las doce de la noche en punto, estaré en esta reja. Adiós. + +--¿Os vais? + +--Sí... + +--Y si os dijese que... que os amo...--dijo con gran dificultad la +duquesa. + +--Yo sé que no me amáis; yo sé que mentís... perdonadme, pero esta es la +verdad; que mentís para arrancarme mi nombre; vos no me amáis. + +--No... no miento--exclamó toda turbada la duquesa. + +--Pues bien, señora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que +me amáis, permitidme que llegue hasta vos. + +--¡Ah! ¡no! ¡no! ¡imposible! si queréis que yo sea vuestra, hablad, +descubríos el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa. + +--¡Ah! ¡si eso pudiera ser! Pero adiós, señora, adiós. + +--¿Volveréis? + +--Volveré... dentro de un mes; el primero de Mayo á esta misma hora, por +esta misma reja. Adiós. + +--Adiós. + +El duque de Osuna notó que doña Juana se quedaba en la reja. + +Tuvo intenciones de volver. + +De decirla: soy yo; yo el hombre que os ama; el hombre á quien amáis. + +Porque el duque de Osuna había llegado á comprender que doña Juana le +amaba. + +Pero había comprendido también que doña Juana tenía fuerza sobrada para +contener su amor. + +Que era capaz de morir antes que deshonrarse. + +El duque, pues, no se había atrevido á darse á conocer. + +El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se +hubiera convertido en odio al saber ésta que él era el causador de su +situación horrible; doña Juana se hubiera negado á verle, y don Pedro no +se atrevió á romper el incógnito. + +Trasladóse á la calle de la Palma Alta, á la casa donde tenía á +Esperanza. + +La joven dormía profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueño, +lucia una sonrisa de deleite. + +--Dejémosla dormir--dijo el duque de Osuna--, y entretanto dispongámoslo +todo para apartarla de aquí. + +Y bajó, abrió una reja y dió una palmada. + +Acudió un hombre. + +--¿Eres tú, Díaz?--dijo el duque. + +--Sí, excelentísimo señor. + +--¿Sabe alguien quién es la dama que está conmigo en esta casa? + +--Yo mismo no lo sé; vuecencia tenía la silla de manos dispuesta en una +encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera +querido... + +--Muy bien; ahora mismo buscarás un coche de camino. + +--Muy bien, señor. + +--Que el mayoral y los mozos sean extraños, que no me conozcan. + +--Muy bien, señor. + +--Necesito ese coche dentro de una hora. + +--¿Y el equipaje del señor? + +--No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recámara, y abre el +armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeño muy pesado, +tráetelo. + +--¡Oh, y sin perder un minuto, traeré también á vuecencia equipaje! + +--Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin +descansar me plante en París. + +--¿Y va á ir vuecencia solo? + +--Enteramente solo; pero ve, mi buen Díaz, ve que estamos perdiendo el +tiempo. + +El criado del duque partió á la carrera. + +Don Pedro volvió á subir al aposento donde dormía Esperanza, se acercó á +la luz y miró la muestra de un enorme reloj de oro. + +--Las tres y media--dijo--; á las cuatro y media está aquí el coche; aún +no es de día ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha +se vista. + +Y entrando en la alcoba la despertó. + +--¡Ah, sois vos, señor!--dijo Esperanza--; apenas puedo ver claro. + +--Sí, yo soy; levántate y vístete; nos marchamos. + +--¿Que nos marchamos? ¿Y á dónde? + +--Donde pueda vivir libremente á tu lado, Esperanza mía--contestó con +ternura el duque. + +--Oh, cuánto te amo--dijo Esperanza, colgándose del cuello del duque. + +--Sí, sí; pero aprovechemos el tiempo. + +--¿Y á dónde vamos, señor?--dijo Esperanza, saltando casi vestida de la +cama. + +--A París. + +--¡A París! + +--Sí, á una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo +más que Madrid. + +--¿Y allí no os conocen? + +--Sí, por cierto; pero en París es difícil encontrarse con los +conocidos. + +--¿Pero vos no podéis estar siempre en París? + +--No; pero iré á verte largas temporadas. Tú puedes llevar á tu familia, +vivir en un palacio. + +--¡Oh, Dios mío! + +--Quiero que pases por una dama principal. + +--¡Oh, descuidad!... no os avergonzaré, no diré á nadie que he estado +sirviendo. + +--Lo quiero... no por mí, que eres tú harto hermosa para que pueda +disculparme, sino por ti. + +--Sí, por ti y por mí. ¡Oh, Dios mío y qué feliz soy! ¡Cuando pienso que +he estado á punto de casarme con Cosme Prieto! + +--Eso hubiera sido una atrocidad. + +--¡Bendita sea lo hora en que el gran duque de Osuna me vió! + +--El amor iguala á los bajos con los altos, y si no fuera yo casado... + +--¿Te casarías conmigo? + +--No; pero no me casaría con otra. + +--Yo os quiero así, mi señor... yo me muero por vos, y aunque no fuéseis +rico ni duque, os amaría del mismo modo. + +--Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy á ver +si falta aún algo. + +El duque bajó á obscuras y abrió la puerta. + +Entre la sombra vió un enorme coche de camino, y detrás un carro. + +La zaga del coche era un promontorio. + +--¿Qué es esto, Díaz?--dijo. + +--He concluído en menos de una hora. Como las ventas de España son tan +malas, he cargado un carro de comestibles y vino; además he buscado un +cocinero, y cuatro lacayos. + +--¿Y todo eso en media hora? + +--Como que hemos sido diez trabajando á un tiempo. + +--¿Y sabe esa gente que me acompañará quién soy yo? + +--No, señor. + +--¿Y qué es eso que abulta en la zaga? + +--Es un equipaje completo; el cofre pesado que estaba en el armario está +en el cajón del coche, y ésta es la llave; he puesto además un talego +lleno de ducados y otro de doblones de á ocho en el mismo cajón. + +--Bien, bien, Díaz; que esté todo dispuesto para marchar. Cuando salga +yo con esa dama, cierra esta casa y vete; si pregunta alguien dónde +estoy, responded que me he ido á caza. + +--Muy bien, señor; ¿y si la señora duquesa?... + +--Dí á Alvarado, mi secretario, que la diga que no he podido despedirme +de ella porque he partido en posta con un encargo secreto del rey para +la corte de Francia. Adiós. + +--Que vuecencia lleve buen viaje. + +Poco después salió Esperanza cubierta con la capa del duque, y asida á +su brazo entró en el coche. + +Las mulas se pusieron en movimiento, sonaron las campanillas, rechinaron +las ruedas y el pequeño convoy, compuesto del coche y del carro, salió +de Madrid. + +Quince días después entraba en París. + +El duque tomó una hermosa casa en la calle de San Dionisio. + +Es decir, la compró. + +La hizo amueblar magníficamente en dos horas. + +Llamó modistas y vistió á Esperanza de un manera regia. + +Después la mostró un cofre lleno de alhajas y de doblones de oro. + +--Esto--la dijo--es para ti; llama á tus padres y vive con ellos; no +digas á nadie que el duque de Osuna te ha traído, ni que has sido +doncella de servir; no te conviene. Yo además te enviaré ó haré que te +envíen todos los meses, mientras vivas, trescientos ducados. + +--¿Cómo, señor, os vais? + +--Necesito estar en Madrid á fin de mes. + +--¿Y no volveréis? + +--No lo sé. + +El duque se puso aquel mismo día en camino. + +Como no hemos de volver á encontrar á Esperanza, diremos cuál fué su +suerte. + +Esperó durante algún tiempo al duque de Osuna siéndole fiel. + +Pero como el duque no fué, acogió los amores de un par de Francia, no +tan rico, ni tan joven, ni tan hermoso como su primer amante grande de +España. + +Arruinó al par, y después á un consejero del Parlamento, y luego á un +caballero de San Luis, y después á un tendero de la calle de San +Honorato, explotó cuanto pudo su hermosura hasta los veinticinco años, +en que rica y célebre, se casó con un hermoso oficial de mosqueteros que +encontró inoportuno pedir honra á una dama tan hermosa, tan rica y tan +pretendida. + +El duque había logrado su objeto. + +Esperanza se guardó muy bien de decir á nadie que había servido á la +duquesa de Gandía ni que había salido de su casa con el duque de Osuna. + +El guardar el decoro de la duquesa había costado á don Pedro un tesoro. + +Este volvió á Madrid de su expedición á París el mismo día en que lo +había prometido á la duquesa. + +A las doce de la noche estaba en la reja. + +Al llegar, la madera de la reja se abrió. + +La duquesa de Gandía estaba esperando al duque. + +--¡Oh vos, quien quiera que seais...!--exclamó la duquesa--es necesario +que me salvéis... vos que me habéis perdido... temo la mirada de +todos... mi mejillas empalidecen; ¡oh Dios mio! creo que todos conocen +mi deshonra. + +--¡Oh! descuidad, señora--exclamó conmovido el duque, aunque siempre +desfigurando la voz... pero es necesario que pongáis de vuestra parte. + +--¿Y cómo? + +--He encontrado un medio... + +--¿Cuál? + +--Decid á vuestro confesor que habéis tenido una revelación. + +--No os comprendo. + +--Sí; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso. + +--¡Oh! ¡Dios mío! + +--Decid, pues, á vuestro confesor, que el santo de vuestra devoción se +os ha aparecido... + +--¡Una mentira sacrílega! + +--¡Para salvar el honor de una ilustre familia! ¡para salvar vuestro +perdido honor! + +--Seguid, seguid. + +--Diréis que el santo os ha revelado que vuestro esposo está en el +purgatorio. + +--¡Ah! + +--Que para salir de él, necesita que vos hagáis un año de penitencia... + +--No os comprendo aún. + +--Un año privada de la vista de todo el mundo. + +--¡Dios mío! + +--Os juro, señora, que no me perdonaré nunca el sacrificio á que os +obliga mi locura... + +--No, no; merezco bien esa penitencia. + +--¡Vos! + +--Sí, yo; yo, al sentirme deshonrada, debí darme la muerte... y si no +fuera por el hijo que siento en mis entrañas... + +--Pues bien, señora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso á ese +hijo... + +--¡Ah, señor! ¿seréis acaso el rey? + +--¡El rey! guardáos muy bien, señora, de indicar nada á su majestad; os +juro por la salvación de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que +el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo... +el causador de ella. + +--¡Sin embargo, podéis hacer grande al desdichado fruto de vuestro +delito! + +--Sí; sí, señora; grande entre los grandes. + +--Pero continuad, continuad; ¿cómo he de hacer yo para que nadie me vea? + +--Oíd: tendréis dos habitaciones enteramente provistas de cuanto +necesitéis; cuando queráis algo, lo pediréis por escrito; llamaréis y os +ocultaréis antes que puedan llegar. + +--Y... os comprendo... no sospecharán... + +--Vos sois piadosa, os habéis criado en un convento de monjas... + +--¿Y si sobreviene alguna enfermedad? + +--Dios no querrá, y si eso sucede, ya encontraré otro medio. + +El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan. + +Al día siguiente doña Juana llamó á su confesor, y le dió parte de que +había tenido una revelación, que para salvar del purgatorio á su esposo, +se la había mandado recluirse durante un año, de tal manera, que no la +viese persona viviente; que había prometido hacerlo y que estaba +resuelta á cumplir su promesa. + +El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crédulo, +aprobó la conducta de la duquesa, y no sólo la aprobó, sino que la +excitó á que la cumpliese cuanto antes. + +Preparáronse dos habitaciones y empezó el encierro. + +Cuando la duquesa se levantaba, llamaba. + +Entonces la preparaban el almuerzo y la ropa blanca y lo que había +menester en otra habitación y cuando todo el mundo había desaparecido, +hacían señal con una campanilla. + +La duquesa pasaba á la otra habitación, que estaba completamente á +obscuras, para evitar cualquier curiosidad reprensible; la duquesa +cerraba por una parte y otra dos puertas, y sólo cuando era imposible +que nadie la viese, abría las ventanas que estaban cubiertas por +cortinas. + +El paso de una á otra habitación se hacía siempre así. + +Era imposible que nadie comprendiese su estado. + +Todo estaba previsto; hasta los menores detalles se llenaban. + +Súpolo el rey y no lo extrañó, porque conocía la piedad de la duquesa; +celebrólo más bien. + +Súpolo la corte y nadie sospechó, porque no podía sospecharse nada de +doña Juana. + +Todos, en aquellos tiempos en que la religión estaba sostenida por una +fe ardiente, encontraron muy natural el sacrificio de la duquesa, y la +tuvieron por una santa. + +¡Y cuánto luchó la desgraciada en aquel largo encierro! ¡cuánto sufrió! +¡cuánto gozó en su sufrimiento! + +Había perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba +generoso, y sentía una viva ansia por conocerle. + +Pero el duque de Osuna, que iba recatadísimamente á verla por la reja +algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba +rigurosísimamente su incógnito. + +En vano doña Juana pretendía desvanecer la sombra de aquel bulto negro +que se acercaba á la reja. + +En vano pretendía recordar una voz conocida en aquella voz afectada. + +El causador de su desdicha seguía siendo para ella un misterio, un +imposible, un pensamiento fijo. + +Y por intuición, como por instinto, al sentir á su hijo en su seno, la +pobre madre pensaba involuntariamente con el corazón abrasado de amor en +el duque de Osuna, en aquel hombre á quien no podía pertenecer, que no +debía conocer jamás su amor. + +Y nunca sospechó que aquel encubierto de la reja fuese el duque de +Osuna. + +Pasáronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa. + +Hacía ya algunos días que el duque ocupaba una casa frente por frente de +las rejas de la duquesa, desde donde á una señal debía acudir á todo +trance. + +El duque conservaba aún la llave del postigo. + +Desde hacía algunos días, el duque lo tenía preparado todo; la casa de +don Jerónimo Martínez Montiño, en Navalcarnero, una litera y mozos en la +casa vecina á la de la duquesa; cuanto era necesario. + +Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lóbrega, +el duque acudió á la reja. + +Abrióse ésta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclamó: + +--Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero. + +El duque entró, y encontró á doña Juana desmayada. + +Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sacó á doña Juana +en sus brazos, la metió en la litera, cerró el postigo, y partió hacia +Navalcarnero. + +Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el tío +Manolillo, y lo viese todo, y siguiese á la litera. + +Antes del amanecer, doña Juana volvió á su casa. + +Había dejado á su hijo en Navalcarnero. + +Doña Juana, exponiéndose á morir, no alteró la costumbre que desde el +primer día de su encierro había establecido. + +Nadie pudo saber nada. + +El tío Manolillo, que había cogido el secreto dos veces, su principio en +el Escorial, su fin en Navalcarnero, calló, porque el tío Manolillo +sabía que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse. + +Durante algunas noches, el duque de Osuna entró por el postigo. + +Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras, +le habló por la reja. + +--Os doy las gracias--le dijo--, por lo honrado que habéis sido; me +habéis salvado, después de haberme perdido, y os perdono enteramente. +Existiendo lo que entre los dos existe, ¿no podré saber quién sois? + +--No--contestó con voz ronca el duque. + +--No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo. + +--El será grande y noble. + +--Oíd; yo quiero alguna vez conocerle. + +--No es prudente. + +--Cuando ya sea hombre á lo menos. + +--Hablad, señora. + +--¿Cuando sea hombre ocupará un lugar distinguido en la corte? + +--Sí, señora. + +--Se casará, le casaréis con una dama. + +--Sí; sí, señora. + +--Pues bien, esperad. + +La duquesa subió, y bajó á poco. + +--Tomad. + +--¿Y qué es esto, señora? + +--La herencia que doy á mi hijo; el aderezo que llevé puesto el día en +que me velaron con el duque de Gandía. + +--¿Y bien?... + +--Si se casa mi hijo... nuestro hijo, con una dama, y esa dama concurre +á la corte, que lleve algunos días puesto este aderezo, y un medallón en +que hay un rizo de mis cabellos. + +--Bien, muy bien, señora. + +--Ahora, caballero, ahora que todo ha concluído entre nosotros, no +volváis á verme, sino para algo demasiado grave, para decirme, por +ejemplo, si soy tan desgraciada... nuestro hijo ha muerto. + +--¡Ah! ¡no quiera Dios, señora, que muera el hijo de nuestro amor! + +Después de algunos momentos de conversación, duque y duquesa se +separaron. + +Y no volvieron á verse por la reja. + +Pero cuando doña Juana acabó de cumplir su voto aparente, y se presentó +en la corte, el duque de Osuna se presentó á ella, galán y hermoso. + +La duquesa palideció. + +--¡Oh! ¡cuánto os amo!--dijo el duque con un acento salido del +corazón--; yo sabía que érais hermosa y pura; pero no sabía que érais +una santa... ¡y un año mortal sin veros!... y á fe á fe que me parecéis +más hermosa. + +La duquesa se vió obligada á imponer silencio al duque, pero no sospechó +que él fuese el encubierto de la reja; nunca lo sospechó. + +El duque creyó, por su parte, que nadie sabía el secreto de la duquesa. + +Ignoraba que el bufón del rey lo sabía por completo, por dos extrañas +casualidades. + +Ignoraba también que cuando dejó de socorrer á su hijo, con la intención +de que se acostumbrase á la lucha y á la pobreza, Jerónimo Martínez +Montiño, que amaba al bastardo como si fuera su propio hijo, fué traidor +al secreto por amor á don Juan. + +Un día llamó al escribano Gabriel Pérez, que ya estaba viejo, y le +sedujo para abrir el cofre que le había dejado en depósito el duque. + +El escribano, como que podía poner un nuevo testimonio, cedió por +curiosidad y por algunos ducados. + +Abrióse el cofre, y encontraron la carta en que don Pedro revelaba á su +hijo que conociera á su madre por medio del aderezo de brillantes. + +Pero como no constaba el nombre de la madre y sólo el amor que decía +haberla tenido el duque, Jerónimo Martínez Montiño, empeñado en saber +quién era la madre de don Juan, se trasladó á Madrid, y tanto preguntó á +amigos, á conocidos, acerca de una dama á quien hubiese amado mucho el +duque de Osuna en cierta época, que hubo de saber que el duque había +andado enamorado de la duquesa viuda de Gandía, pero sin obtener nada. + +Entonces Jerónimo quiso conocer á la duquesa, y la conoció. + +Vió que los cabellos de la duquesa eran rubios, del mismo color que el +rizo que estaba encerrado en el medallón. + +Después preguntó quién era ó había sido el joyero del duque de Gandía. + +Dijéronselo, y le buscó, y en secreto le preguntó, presentándole un +brazalete, si lo había él fabricado. + +--En efecto--dijo el platero--, este brazalete es una de las alhajas del +aderezo completo que hice para el casamiento de la señora duquesa de +Gandía. + +--Pues devolved estos dos brazaletes á la duquesa--dijo Jerónimo, que +comprendió que era el mejor medio de escapar, y dejando las dos joyas, +salió de la tienda y se perdió. + +El platero llevó al momento las joyas á la duquesa. + +Al verlas doña Juana, tembló, palideció. + +--¿Quién os ha dado esto?--le dijo. + +--Un hombre á quien no conozco, que me ha encargado de hacer devolución +de ello á vuecencia. + +--Pero su nombre... + +--No le conozco, señora. + +--Os haré prender. + +--¡Ah, señora! eso sería muy injusto. + +--Id, id con Dios--dijo la duquesa meditando que si se empeñaba en +averiguar por dónde habían venido aquellas joyas, podía descubrir su +secreto. + +Pero doña Juana quedo en una ansiedad mortal. + +¿Habría muerto su hijo, aquel hijo á quien amaba tanto? + +Doña Juana, pues, no era feliz. + +Y de repente se le habían revelado dos grandes misterios, por medio del +aderezo usado por doña Clara Soldevilla. + +Había conocido á su hijo. + +Era un mancebo hermosísimo, capaz de enloquecer á una madre; noble, +generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por más que +no fuese muy de la devoción de la duquesa, por ser amiga doña Clara de +la reina y conspirar contra el duque de Lerma. + +¿Y aquel mancebo era hijo del duque de Osuna? + +Nada tiene de extraño, pues, que doña Juana de Velasco se sintiese mala +al ver su aderezo sobre doña Clara; nada, pues, que esperase con tanta +impaciencia á los dos jóvenes. + +Tenía, á pesar de su prevención hacía ella como conspiradora, gran +confianza en doña Clara; sabía cuánto era noble y pura, y en cuanto á +hermosa... + +Como madre, tenía lleno el corazón doña Juana con la esposa de su hijo. + +Pero... se veía obligada á defenderse delante de ellos; había llegado el +momento de la defensa y temblaba. + +Al fin se abrió una puerta, y un maestresala dijo: + +--El señor don Juan Téllez Girón y su señora esposa están en la cámara +de vuecencia. + + + + +CAPÍTULO LVII + +AMOR DE MADRE + + +Doña Juana fué allá desolada. + +Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta +exterior. + +Vió á don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y á +doña Clara que los miraba también hechiceramente apoyada en el hombro de +su marido con el más delicioso abandono. + +--¡Oh Dios mío!--dijo la duquesa--¡y es preciso, preciso de todo punto! + +Y adelantó. + +Los dos jóvenes se volvieron. + +La duquesa miró á don Juan, hizo un ademán de arrojarse en sus brazos; +pero se arrojó de repente en los de doña Clara. + +La joven la estrechó entre ellos, la besó en la frente con ternura y la +dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que sólo la duquesa +pudo oír: + +--¡Oh! ¡madre mía! + +La duquesa se levantó de entre los brazos de doña Clara, y la miró al +través de sus lágrimas. + +La joven había tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas, +aquel terrible aderezo. + +Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre. + +--Sí, sí; ¡mis hijos!--exclamó la duquesa--; pero hablad bajo... muy +bajo... vos...--añadió dirigiéndose á don Juan--hacedme el favor de +cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo á mi +recámara, donde nadie pueda escucharnos. + +Los dos jóvenes siguieron á la duquesa. + +Esta llevaba asida de la mano á doña Clara. + +Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellísimo gabinete, la duquesa +no pudo contenerse; se arrojó entre los brazos de don Juan, le besó, +lloró, rió y por último cayó desvanecida sobre el estrado. + +--¡Agua! ¡agua! ¡Clara mía!--exclamó don Juan--¡mi pobre madre!... + +Doña Clara buscó agua, y no encontrándola, sacó de su seno un pomito de +agua de olor y la esparció sobre el rostro de la duquesa. + +Al poco tiempo, como el desvanecimiento había sido ligero, doña Juana +volvió en sí. + +Vió á los jóvenes y se ruborizó. + +Ellos conocían su secreto. + +La duquesa se había visto obligada á llamarlos. + +Su honor exigía una explicación, una revelación. + +Y en medio de la situación difícil en que se encontraba, gozaba un +placer infinito, una alegría inmensa, inefable, como nunca había +experimentado. + +Al fin era madre y tenía delante á su hijo. + +Y su hijo era hermoso. + +En su ancha y noble frente se reflejaba la grandeza de su raza: en sus +ojos brillaban la generosidad, el valor, cien nobles pasiones. + +Y aquellos ojos, fijos dulcemente en ella, inundaban de un placer +desconocido el alma de la duquesa, la inflamaban en un amor infinito. + +Era el purísimo amor de una buena madre, que había llorado veinticuatro +años por su hijo á quien no conocía, y que le era tanto más querido, +cuantos más sacrificios de todo género le había costado. + +Junto á sí, y esposa de su hijo, tenía á aquella admirable mujer, +modelo de la dama española, tipo por desgracia perdido, con su belleza +espiritual, con su noble aspecto, con la delicada atmósfera de +distinción que vemos aún en los retratos contemporáneos de Pantoja, de +Velázquez y de otros tantos. + +Doña Juana, pues, sufría y gozaba; lloraba y sonreía, se avergonzaba, y +sin embargo su alma se dilataba, reposaba en una dulce confianza. + +Doña Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la +tierra. + +Asió las manos de los dos jóvenes, los atrajo á sí, los estrechó á un +tiempo contra su pecho, y partió con los dos sus besos y sus lágrimas. + +Después, separándolos dulcemente de sí, les dijo: + +--Necesito justificarme ante vosotros. + +--¡Madre y señora!--exclamó don Juan. + +--¡Justificaros vos! ¿y de qué?--dijo doña Clara. + +--Vos, don Juan, sois noble y á más de noble, hombre de honor; no +desmentís la ilustre sangre que por vuestro padre y por mí corre en +vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser +mi hijo. + +--¡Ah! ¡no! ¡no!--exclamó don Juan. + +--Y vos, doña Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como +el sol; vos, hija mía, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os +iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos +pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos, +vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenéis que decírmelo... +la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma +de vuestro esposo, sin duda seríais más feliz si vuestro esposo no fuera +mi hijo. + +--Os juro, mi buena, mi amada madre, que no. + +--Y sin embargo, hemos sido enemigas. + +--¡Enemigas!--dijo don Juan. + +--Si no enemigas, yo no la he querido bien, y ella me ha querido mal. + +--No; no, señora: todo consiste en que vos sois amiga de Lerma, y yo +amiga de la reina... pero eso nada importa; vos habéis querido separarme +de la reina... esto era natural. La reina tenía y tiene en mí un apoyo +muy fuerte; porque es fuerte todo aquel que lleva su amistad, su amor +hasta el punto de sacrificarlo todo por la persona á quien ama, y una +prueba de ello ha sido mi casamiento. + +--¡Ah!--exclamó la duquesa. + +Don Juan se sonrió, y miró de una manera elocuentísima á su mujer. + +--Digo, señora, que una prueba de mi amor á su majestad, ha sido la +causa de mi casamiento con mi don Juan; yo me hubiera casado con +cualquiera en las circunstancias en que su majestad se encontraba... + +--No os comprendo... + +--Tiempo tendré de explicarme. Digo que en las circunstancias en que se +encontraba la reina, con cualquiera me hubiera casado; pero al casarme +por obligación con don Juan... + +--¡Por obligación...! + +--Antes he sido su esposa ante Dios y los hombres, que su mujer. + +--¡Ah! perdonad; pero suceden, aun á la mujer más pura, cosas tan +extraordinarias... y él, un Girón... audaz y apasionado como su padre... +os repito que no os comprendo. + +--Sin tener comprometido mi honor, me he visto obligada, por salvar á su +majestad, á casarme con vuestro hijo. Pero he sido tan afortunada, que +ansiaba ese casamiento, que ardía en amores por él... que al darle mi +voluntad, mi libertad, mi vida, delante de Dios, no era yo quien daba, +sino quien tomaba; no era yo quien hacía feliz, sino quien se hacía á si +misma dichosa. + +--¡Cómo!--exclamó don Juan. + +--Hace ya algunas horas que somos uno en dos: marido y mujer; don Juan, +estoy delante de vuestra madre, que siéndolo vuestra lo es mía; nadie +nos oye más que nuestros corazones. Ya os lo puedo decir, os lo debo +decir: cuando os vi por primera vez... cuando vuestra torpeza os hizo +perderos hace tres noches en palacio... + +--¡Cómo! ¿no os conocíais hasta hace tres noches...?--exclamó la +duquesa. + +--No, madre mía, no--dijo don Juan. + +--Si no hubiera sido torpe... no nos hubiéramos visto. + +--Si mi tío fingido hubiera estado en palacio, no nos hubiéramos +conocido. + +--Y si no nos hubiéramos conocido, no seríamos tan dichosos, tan +completa, tan inmensamente dichosos. Perdonad, señora--añadió doña +Clara--, pero yo no le debo ocultar nada; me parece ahora, ahora que le +veo delante de mí, que es mío... mirad, madre, me parece que estoy +entregada á un sueño dulce, y mi vida se llena de no sé qué delicia, +que me embriaga, ¡y soy tan feliz! ¡Dios mío! ¡tan feliz! ¡tan feliz! + +Doña Clara se puso vivamente encendida, y ocultó su rostro embellecido +por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa. + +--Sois un tesoro, doña Clara--dijo la duquesa, levantando entre sus +manos la hermosa cabeza de doña Clara y besándola en la boca. + +Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoyó un brazo en el +sillón, y en su mano la cabeza. + +--Como debo decírselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que +sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... ¿por qué no he +de decirlo...? que al abrir la mampara de la cámara de la reina, al +verle delante de mí, me sentí herida, no sé cómo, de una manera +dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le amé... que le amé cuanto se +puede amar... y después... después... cuando amparada de él corrí á +obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde +que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja... +¿cómo queréis que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha +dado el ser para que haga mi ventura? + +--Y aunque no os pese, hijos míos... ¿qué pensaréis de vuestra madre? + +Los jóvenes bajaron la cabeza.. + +--Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de +vuestro esposo, doña Clara, es tan pura como vos... una violencia.... +una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de +todo. Yo no sabía, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que +os presentásteis á la corte, hija mía, que era el duque de Osuna el que +tan cruelmente abusó del terror, de la debilidad, del aturdimiento de +una mujer en una ocasión funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre, +don Juan, yo no tengo de común con él nada más que vos, que sois nuestro +hijo y os he reconocido... porque mi corazón de madre no ha podido +contenerse... os he llamado después para abrazaros, para veros junto á +mi á solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entrañas, con mi +alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sentí alentar en +mi seno; os amo más que á mi hijo don Carlos, más, mucho más, porque me +habéis sido más costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de +ser vuestra madre... y yo os veré, os veré todos los días... ¿no es +verdad que os veré? + +--¡Oh! ¡sí! + +--Y oíd... cuando vos os apartéis de vuestra esposa... + +--¡Apartarse...!--exclamó con profunda energía doña Clara. + +Todos sus abuelos han servido al rey. + +--¡Ah, no, no! bastantes aventureros tiene España que vayan á matarse en +la guerra, en Flandes, en Italia y en Francia; don Juan es valiente... +don Juan es capitán de la guardia española junto al rey, y no saldrá de +Madrid, no saldrá de la corte; vos sois camarera mayor de la reina y yo +dama de honor; los tres unidos, viviremos muy felices, y luego... lo +dominaremos todo... ganará la reina y perderá Lerma. + +Frunció el bello y pálido entrecejo doña Juana. + +--Lerma abusa de vos, madre mía, de vuestra buena fe--dijo don Juan--. +Lerma es un ladrón duque, un miserable. Yo os convenceré, vos no debéis +servir á Lerma... y, además, si no os conociesen tanto en la corte, como +aún sois hermosa y joven... + +--Cincuenta y seis años--dijo la duquesa. + +--Sin embargo, podrían creer... + +--¡Qué! + +--Podrían creer que amábais. + +--No... no pueden creer eso... eso no es verdad... yo no he amado á +nadie... más que á vuestro padre... y nunca lo ha sabido... no lo sabrá +jamás... porque vosotros, á quiénes debe interesar el honor mío, no se +lo diréis... ¿no es verdad? + +--No; no, señora. + +--No le digáis nunca... os lo pido con el corazón abierto, por Jesús +sacramentado, no le digáis nunca que doña Clara se ha puesto aquel +aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digáis nunca lo que +está sucediendo entre nosotros... lo que sucederá... jurádmelo, hijos +míos, jurádmelo. + +--Señora--exclamó don Juan--: os lo juro por el nombre de mi padre, que +conservaré sin mancha; por vuestro amor, que guardaré en lo más profundo +de mi alma. + +--Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre mía. + +--¡Oh! ¡pues entonces, soy la mujer más feliz del mundo!--exclamó, dando +un grito ahogado por las lágrimas, la duquesa. + +Pero de repente palideció y tembló. + +--¿Qué tenéis, madre mía?--exclamó don Juan. + +--¡Oh! hay alguien que conoce no sé cómo este secreto--dijo la duquesa. + +--¡Alguien! ¿y quién es?--dijo don Juan. + +--No lo sé... no lo sé... antes de anoche... antes de anoche no +encontraba yo á su majestad en su cámara... la buscaba... de repente me +dejan caer el candelero de la mano, y oí una voz ronca, una voz que no +pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he +podido olvidarlas: _si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble +duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y +oído esta noche_. + +--¿Y no habéis podido averiguar quién era ese hombre? + +--No. + +--Sin duda se referían á vuestras inteligencias con el duque de +Lerma--dijo doña Clara. + +--¿Creéis vos que fuese eso? + +--¿Y cómo podría ser otra cosa?--dijo don Juan--. Mi padre ha guardado +un profundo secreto: solamente yo he sabido por esta carta... + +Y dió á la duquesa la carta del duque de Osuna que había encontrado en +el cofre. + +--Pero aquí vuestro padre no me nombra; os dice sólo, que por medio de +un aderezo podréis reconocerme si yo quiero darme á conocer de vos. + +--Ya veis, madre mía, que mi padre no ha podido ser más hidalgo. + +--Sí, pero... + +--No es posible que ese secreto... + +--Sin embargo... ¿quién os ha dado esa carta? + +--El cocinero mayor del rey. + +--¡El cocinero mayor! + +--Sí, Francisco Martínez Montiño. + +--¡De modo que ese hombre--dijo doña Clara--os ha dado padres y esposa! + +--Sin quererlo y sin saberlo. + +--¡Cómo!--dijo la duquesa--. ¿Montiño no conoce esta carta? + +--No, señora. + +--¿Pues no os la dió? + +--Sí; sí, señora, pero dentro de un cofre cerrado. + +--¿Y no pudo haber abierto ese cofre? + +--No, madre mía, porque la cerradura estaba cubierta con un papel +sellado, y en aquel papel había un testimonio de escribano con la fecha +de veinticuatro años ha. + +--Es necesario, necesario que me expliquéis todo eso... pero otro día... +hoy estoy muy conmovida. + +--Y yo... yo necesito ir á palacio, mi buena madre--dijo doña Clara. + +--¡Esperad! ¡esperad un momento! + +La duquesa se levantó y salió. + +--¡Juan! ¡Juan de mi alma! el secreto de tu madre está vendido...--dijo +doña Clara. + +--¡Vendido!... + +--Sí... vendido... el hombre que dijo aquellas palabras á tu madre á +obscuras, en la cámara de la reina, era... ¡el tío Manolillo! ¡el bufón +del rey! + +--¿Y qué interés tiene el tío Manolillo?... + +--El tío Manolillo... perdóname, Juan de mi alma, perdóname... no creas +que tengo celos al decirte... al nombrarte á esa comedianta. + +--¡Dorotea!--dijo don Juan, y se puso pálido. + +Helóse el alma á doña Clara al notar la palidez de don Juan, pero no dió +indicio alguno de ello. + +--Sí, Dorotea; esa mujer te ama. + +--¡Oh! ¿y qué importa?--dijo don Juan ya completamente rehecho de su +turbación. + +--Importa mucho, muchísimo--dijo gravemente doña Clara. + +--¿Crees que yo?... + +--¡Oh! ¡no! ¡no! yo sé que tu corazón, tu alma, tu pensamiento, todo tú +eres mío; pero el bufón del rey es padre ó pariente ó amante de esa +perdida... el tío Manolillo es terrible... ella te ama... tú te has +casado conmigo... si por vengarse ese hombre... + +--¡Oh! te juro... te juro que el bufón no hablará; pero para eso es +necesario... + +--¡Qué! + +--Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar +seguro en la corte. + +--¡Cómo! + +--El duque de Lerma... + +--¡Oh! descuida... pero tu madre se acerca. + +En efecto, la duquesa venía cargada con una multitud de estuches. + +--¿Qué es eso, señora?--dijo don Juan. + +--Este es el dote de tu esposa que yo la doy. + +--¡Ah! ¡no! ¡no! señora; yo estoy convenientemente dotada por mi padre. + +--Tu padre... es rico... lo que se llama rico entre simples caballeros, +que no se ven obligados á sostener gran casa, gran servidumbre; pero tú +eres esposa de mi hijo... + +--Me basta con eso. + +--Y mi hijo mañana será muy alto, muy grande... + +--Mi padre, madre mía, me ha dado ya una renta--dijo don Juan. + +--Si has recibido de tu padre, ¿por qué no recibes de tu madre? + +--¡Ah! + +--Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo +no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera +riquísima en los días de corte... toma, toma, llévatelas, hijo mío... +redúcelas á dinero... compra haciendas y dalas en dote á mi buena, á mi +hermosa hija... á mi pequeña enemiga. + +--Meditad... + +--¡Oh! ¡no me amas!... ¡me engañas!... + +--Ya tenemos el magnífico aderezo...--dijo doña Clara. + +--Y aquí van otros diez... más ricos que aquel... + +--¿No creeréis que nuestro amor es interesado si aceptamos? + +--Creeré que no me amáis si no recibís lo que os doy... lo que es tuyo +porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo +dártelo de otro modo. + +--Acepto, pues, madre mía. + +--Además--dijo doña Juana acercándose á la joven, tomándola una mano, y +poniendo en uno de sus dedos una sortija--, quiero que tengas esto mío. + +--¡Ah! ¿una sortija? + +--Mi anillo nupcial. + +--¿Y este blasón? + +--El blasón de los Velasco, condes de Haro. + +--¿Pero por este blasón?... + +--Sabrán que la duquesa de Gandía ha hecho un regalo á su buena amiga +doña Clara Soldevilla: sólo vosotros sabréis que ese anillo dado por mi, +mi anillo nupcial, representa la bendición de vuestra madre. Ahora, +hijos míos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar á solas... +llorar de alegría. + +--Una palabra, una sola palabra, madre mía--dijo don Juan. + +-¿Cuál? + +--Tengo que haceros un encargo muy importante. + +--Un encargo importante... + +--Don Francisco de Quevedo... + +--¡Don Francisco!... ¡ese hombre!... ¡enemigo del rey!... + +--Os engañáis, madre mía. + +--Secretario del duque de Osuna... + +--Secretario de mi padre. + +--¡Ah! aún me parece un sueño que el duque de Osuna... pero y bien, ¿qué +hay que hacer por don Francisco? + +--Antes de anoche... madre mía... herí malamente á don Rodrigo Calderón. + +--¡Tú! + +--Y me ayudó don Francisco. + +--¡Cómo! ¡dos hombres contra uno! + +--No; no, señora; dos contra dos. + +--¡Ah! + +--No podía ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y +yo estamos amenazados. + +--¡Amenazado tú! + +--Sabe Dios de qué, porque sabe Dios si morirá don Rodrigo. + +--Pero, ¿por qué le heriste? + +--Por miserable. + +--¡Por miserable! + +--Había comprometido la honra de... + +--Mi honra--dijo doña Clara. + +--No, tu honra no--exclamó con extremada energía don Juan--; la honra de +la reina. + +--¡Cómo! + +--Siendo traidor á Lerma, fué traidor á la reina... tenía en su poder +unas cartas de su majestad... + +--Hiciste bien en matarle... + +--No lo he conseguido por desgracia. + +--Tú no tienes nada que temer. + +--Para salvarme á mí, es necesario salvar á don Francisco. + +--Le salvaré. ¡Hola, doña Violante! ¡Doña Violante! + +Acudió una doncella. + +--Mi manto, al momento; que pongan una carroza. + +La doncella salió. + +--¡Cómo, madre mía, vos!... ¿Vais á ir?... + +--Sí; sí, yo en persona casa del duque de Lerma. + +--¿Pero no sería mejor que él viniese?... + +--No; no... quiero verle al momento... iré. Pero, toma esas joyas... y +la carroza tarda... + +--La nuestra... + +--¡Ah! ¿tenéis carroza?... + +--Y muy bella. + +--¡Oh! bien, muy bien... haz poner en esa carroza el escudo de los +Girones, hijo mío; es un noble escudo, ¡ay! ¡si pudiera ser unir á sus +cuarteles los del escudo de Velasco! + +La última exclamación de la duquesa representaba para los jóvenes el +corazón de una madre. + +Para nosotros y para nuestros lectores y para la duquesa, aquella +exclamación salía del corazón de la madre y de la amante. + +Porque doña Juana, enemiga política del duque de Osuna, le amaba; +continuaba amándole en secreto; el duque de Osuna era la pasión de toda +su vida. + +Los recién casados dejaron á la duquesa de Gandía casa del duque de +Lerma; después don Juan dejó en palacio á doña Clara, y con el pretexto +de ir á esperar á su madre para llevarla á su casa, fué á casa de +Dorotea y marchó la carroza á las órdenes de la duquesa de Gandía á la +puerta del duque de Lerma. + + + + +CAPÍTULO LVIII + +LAS AUDIENCIAS PARTICULARES DEL DUQUE DE LERMA + + +Acababa el duque de Lerma de apurar un almuerzo suculento, y se ocupaba +de hacer la digestión cómodamente arrellanado en su ancha y magnífica +poltrona, cuando entró su secretario Santos. + +--¿Qué ocurre, amigo Pelerín--le dijo el duque--, que vienes tan serio y +cuando acabo de almorzar? ¿Tendremos algo extraordinario? + +--Lo ignoro, señor; pero su excelencia la señora condesa de Lemos, +vuestra hija, pregunta por vuecencia y viene tras de mí y vestida de +casa. + +--¡Vestida de casa! + +--Sí, señor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar +que se acerca su excelencia. + +--¡Oh! sí; mi hija es muy buena moza, ¿no es verdad? + +--¡Señor, yo no he querido decir!... + +--Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya está +ahí... vete... por ahí... + +Y le señaló á Santos una puerta de escape. + +La condesa entró en el despacho del duque, cerró la puerta, y asiendo un +sillón, le acercó al del duque y se echó el manto atrás. + +--¿Qué es esto, Catalina? ¿qué es esto? ¡Pálida, llorosa, con los ojos +encendidos! ¿Qué tienes, condesa?... + +--No me llaméis condesa, padre: malhaya la hora en que me casásteis con +el conde de Lemos. + +--¡Ah!... + +--Soy la mujer más desdichada de la tierra. + +--¿Y por qué? + +--Porque amo á un hombre. + +--¡Catalina! + +--Será todo lo escandaloso que queráis el que yo os diga esto... pero +vos, padre y señor, me habéis sacrificado. + +--El hombre á quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergüenza, +que no se hubiera casado contigo por nada del mundo. + +--¿Pero quién es el hombre á quien yo amo? + +--Yo no extraño que le ames, porque yo también le amo; es decir, le amo +porque para el rey, para España, y por consecuencia para mí, sería +precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna. + +--¡Ah! ¡creéis que!... + +--Sí... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando á tu +esposo, confundiéndote con esas despreciables mujeres... + +--¡El nombre, el nombre de quien amo! + +--Don Francisco de Quevedo. + +--Pues bien, sí, es verdad; le amo... más que eso; soy su amante. + +--Irás de aquí á un convento--exclamó irritado el duque. + +--No iré. + +--¿Que no irás...? + +--No, porque me necesitáis... no... porque sin mí no sabríais muchas +cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenéis derecho para +reprenderme... me habéis perdido. + +--¡Estás loca!--exclamó el duque levantándose irritado. + +--Loca, sí; fuera de mí... desesperada... ¿qué me importa todo...? se +va... me deja... me abandona... y no ha de irse. + +Volvióse á sentar el duque. + +--Afortunadamente están cerradas todas las puertas... pero eres +demasiado violenta, Catalina, y gritas... no grites... ya que te has +atrevido, ya que te atreves á presentarte sin pudor á tu padre... + +--¡Sin pudor! ¿creéis que porque yo amo á Quevedo he perdido el pudor? +¿y me decís eso cuando me habéis casado con don Fernando de Castro? + +--Es un igual tuyo... + +--Ni igual mío ni igual vuestro, padre; el conde de Lemos ha llegado á +ser mi esposo sirviéndoos de una manera harto miserable; os convenían +sus servicios y me casásteis... cuando yo era una inocente... cuando no +sabía quién era el marido que me dábais... después, él mismo se ha +encargado de que yo conozca el mundo al conocerle á él; me encontré +viuda, viuda del corazón, y Quevedo... el gran Quevedo... + +--Nadie niega su grandeza; tu pasión es disculpable; pero no lo es el +que me la vengas á arrojar á la cara. + +--¿Y qué os importa á vos que se deshonre vuestra hija, cuando vos mismo +habéis deshonrado á su esposo? + +--¡Yo! + +--¿Por qué llevó el conde, desempeñando un ruin oficio, al niño príncipe +de Asturias á donde no debía llevarle?... + +--Vamos, vamos, Catalina, tú estás loca. + +--Pues bien, en mi locura seré capaz de todo. Vos no me habéis de matar, +y si me matáis, ya tendré medios para haceros entender que os conviene +el que yo sea vuestra amiga. + +--Indudablemente... indudablemente deben de haberte dado algún bebedizo. + +--¿Qué más bebedizo que el amor? + +--Pero... prescindiendo de todo: ese amor debe humillarte. + +--Lo que me humilla es que don Francisco no me ame. + +--¡Hum!--exclamó el duque de Lerma--; nunca hubiera creído posible que +este caso llegase para mí. + +--Vos tenéis la culpa. + +--¡Yo! + +--Vos me habéis dejado conocer tales cosas, que me habéis curado de +espanto. + +--¿Y qué cosas son esas? + +--¿No se ponen en práctica los medios más repugnantes por todos, para +conservar el favor del rey?... Vos mismo, ¿no habéis ennoblecido á ese +don Rodrigo Calderón, que al cabo se ha vuelto contra vos... como que +no puede obrar sino miserablemente el que por miserables medios se ha +engrandecido? ¿no lo he visto yo aprovechando todo? ¿qué hay que +extrañar en que yo, cansada de sufrir, haya querido ser feliz de la +única manera que podía serlo, y haya abierto mi alma á Quevedo? + +--Es necesario que olvides eso, Catalina; don Francisco es un hombre +funesto; lleva consigo la desgracia. + +--¡Ah! harto lo sé; pero no lo puedo olvidar; figuráos, padre, que le +amaba sin saberlo, antes de casarme, y que me hubiera casado con él con +toda mi voluntad, con todo mi afecto. Pero estamos perdiendo el tiempo; +decid de mí lo que queráis... pero es necesario que don Francisco no +salga de Madrid. + +--¡Cómo! ¿quiere irse? + +--A Nápoles. + +--¡A Nápoles! + +--En Nápoles, al lado del duque de Osuna, puede haceros mucho daño. + +--Pues no sé... + +--Prendedle. + +--¡Que le prenda! + +--Sí por cierto. + +--¿Para que tú... esto es... para que tú tengas ocasión de obligarle á +ser agradecido? + +--Sea para lo que fuere... ¿créeis que yo puedo serviros de mucho, padre +y señor? + +--Indudablemente. + +--¿Sabéis, padre y señor, que vuestra privanza está muy en peligro? + +--¡Bah! eso dicen siempre; hace mucho tiempo que lo dicen, y sin +embargo... + +--Si os vais privando de la ayuda de todos los que os sirven, acabáreis +por no ver nada... yo os he servido bien. + +--Esto en resumen es dictarme condiciones, y de una manera indigna. + +--Estoy desesperada. + +--¿Y si prendo á don Francisco? + +--Sabréis todo lo que suceda en el cuarto de la reina. + +Meditó un momento el duque. + +--Le prenderé--dijo al fin. + +--¿Al momento? + +--Al momento. + +--Y yo, señor, os serviré con el alma. Empiezo á serviros: guardáos de +mi hermano. + +--¡Ah! ¡esto es terrible! + +--El duque de Uceda tiene el pecado de la soberbia y de la ambición. + +--Y vos, hija, manchando así un nombre... + +--No lo sabe nadie. + +--Lo sabe el que lo mancha. + +--No lo puedo remediar... y vos, padre, debéis comprender cuán resuelta +á todo estaré cuando me he atrevido á dar este paso. + +--Y además mi hijo... pero ¿con qué pretexto?... + +--Las ciudades se quejan de los tributos, del abuso de los empleos; +piensan acusarnos de inteligencias con los ingleses... y la reina... + +--¡La reina! + +--Se ha propuesto dar con vos en tierra. + +--Sin embargo, yo... he cedido. + +--Habéis cedido tarde... después de haberla insultado. + +--Yo volveré á reducir á su majestad al estado á que estaba reducida. + +--Y yo os ayudaré... yo diré al rey... + +--¿Qué puedes tú decir al rey?... + +--Mucho. + +--Y... ¿qué le puedes decir?... + +--Despacio... quiero tener armas reservadas... + +--¿Tú también te vuelves contra mí? + +--¿Porque procuro ser fuerte? No; no, señor. Yo os he dicho... como si +no fuera vuestra hija: amo á un hombre, tengo empeño por él, ese hombre +huye... detenedle, servidme... en cambio yo os serviré. + +--Pues bien; detendré á ese hombre... detened vos, evitad, avisadme de +lo que pueda hacerme daño. + +--¿Cuándo prendéis á Quevedo? + +--Al momento. + +--Pues desde el momento empiezo yo á serviros. Adiós, señor. + +--Id, id en paz, doña Catalina, y que Dios os perdone. + +La condesa salió. + +La escena que acaba de tener lugar entre el padre y la hija no podía ser +más repugnante. + +El duque de Lerma lo posponía todo á su ambición, hasta su dignidad de +padre. + +Llamó á su secretario Santos, y le mandó extender y llevar para su +cumplimiento á un alcalde, una orden de prisión á Quevedo. + +No se sabía por qué se prendía á Quevedo. + +Pero era necesario prenderle y se le mandaba prender. + +El duque quedó profundamente agitado. + +Había pasado poco tiempo desde que doña Catalina había salido de la casa +de su padre, hasta que un criado anunció á su excelencia la duquesa de +Gandía. + +Maravilló esto al duque, porque doña Juana jamás había ido á su casa. + +Cambió precipitadamente de traje y fué á su cámara á recibir á la +duquesa. + +Doña Juana estaba conmovida, pálida, ojerosa. + +--¿Qué sucede, mi buena amiga--la dijo el duque después de los +saludos--, que así me alegráis y asustáis al mismo tiempo, viniendo á mi +casa? + +--Sucede... sucede mucho...--dijo la duquesa--muchísimo. + +--Adverso debe ser, porque tenéis señales de haber sufrido. + +--Me he reconciliado con doña Clara Soldevilla. + +--¡Cómo! ¿con nuestra eterna enemiga? + +--Desde hoy, duque, doña Clara es mi mejor amiga: es mi hija. + +--¡Duquesa! + +--No os quiero engañar... desde hoy... + +--¿Qué...? + +--Dejo de ser camarera mayor. + +--Meditad lo que hacéis--dijo el duque alarmado...--fuera vos de +palacio, no podéis ayudarme á hacer el bien del reino. + +--Estoy cansada, don Francisco... sufro mucho... lo que pasó anoche en +palacio... + +--¿Pero qué pasó anoche? + +--Anoche... ¡pasaron tantas cosas...! el padre Aliaga estuvo en +audiencia particular con sus majestades... don Francisco de Quevedo +anduvo enredando por el alcázar... + +--¡Ah! no enredará más. He dado orden de prenderle y en cuanto me avisen +de haberle preso, le envío bien asegurado al alcázar de Segovia. + +--Haríais muy mal--dijo alarmada la duquesa, que no se olvidaba un +momento de que importaba á su hijo la libertad de Quevedo. + +--¿Que haré mal en prender á un tan encarnizado enemigo mío? ¿Ignoráis +lo que ha hecho don Francisco? + +--De ningún modo. + +--Nos ha hecho mucho daño. + +--No importa, es preciso que don Francisco esté seguro en Madrid. + +--¡Para que nos haga libremente la guerra...! + +--Os lo pido yo. + +--Pues os digo que no os entiendo. + +--Ni yo me entiendo tampoco. + +--Os quejáis de lo que ha pasado anoche en palacio, y entre las cosas de +que os quejáis, es una de ellas el que Quevedo ha andado enredando. + +--Es que ha sucedido mucho más. + +--¿Mucho más? + +--Don Juan Téllez Girón, se ha casado con doña Clara Soldevilla. + +--¿Don Juan Téllez Girón? ¿pariente del duque de Osuna? + +--Su hijo... + +--¿Hijo suyo...? + +--Bastardo, pero reconocido... + +--¿Y qué tiene que ver con nosotros...? + +--Y tanto como tiene que ver. ¿Ignoráis que ese don Juan Téllez Girón es +el que ha herido á vuestro secretario don Rodrigo? + +--¡Cómo! ¡si quien hirió á don Rodrigo, ayudado por Quevedo, fué un tal +Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor de su majestad! + +--Es que ese Juan Montiño es don Juan Girón. + +--Me estáis maravillando. + +--Lo que debe maravillaros, es que siendo vos secretario de Estado +universal, no sepáis cosas que han pasado en palacio delante de todo el +mundo. No tenéis un sólo amigo junto al rey; entre tanto yo me he visto +obligada á ser madrina en nombre de su majestad la reina de los recién +casados, cuando era padrino á nombre de su majestad el rey, el conde de +Olivares. + +--¿Y este matrimonio lo ha hecho don Francisco de Quevedo? + +--Sin él no se hubiera efectuado. + +--¿Y queréis que á un hombre que así me sorprende y que así de mí se +burla, no le prenda y le sujete? Preso he de tenerle todos los días de +su vida. + +--¿Aunque yo os ruegue que no le prendáis? + +--Vos no debéis rogármelo. + +--Os lo suplico. + +--Pero yo no entiendo ni una palabra de esto. Creo que todo se vuelve en +contra mía: mis hijos, mis amigos... vos... en quien yo confiaba +ciegamente. + +--¡Yo...! + +--Sí, vos; me habéis dicho que os retiráis de la servidumbre de la +reina... y vos me hacéis mucha falta al lado de la reina... no contenta +aún, os hacéis amiga de nuestra enemiga doña Clara, y amparáis á mi +enemigo don Francisco. + +--¿Queréis que yo continúe desempeñando el cargo de camarera mayor? + +--¿Que si quiero? os lo suplicaría de rodillas. + +--Pues bien, continuaré siéndolo. + +--¡Ah! ya sabía yo que no me abandonaríais. + +--Pero con una condición. + +--Hablad. + +--Don Juan Téllez Girón no será molestado por la estocada que tiene en +el lecho á don Rodrigo. + +--Os lo juro. + +--Don Francisco de Quevedo no será preso. + +--¿Pero qué causa hay que os obligue á proteger á esas gentes? + +--No me preguntéis la causa, porque no os la diré. + +--¿Y estáis empeñada? + +--Empeñada de todo punto. + +--¿Y si prenden á don Francisco?... + +--No sólo dejo de ser camarera mayor, sino que ofendida de vos... + +--¿Ofendida de mí?... + +--Sí por cierto; porque habréis desatendido mi recomendación... ofendida +por vos, dejaré de ser vuestra amiga. + +--No se prenderá á don Francisco--dijo trasudando Lerma, porque al +decirlo, recordó el irritado empeño con que su hija pretendía que se le +prendiese. + +--Gracias, muchas gracias--dijo la duquesa levantándose--; no esperaba +menos de vos. Y ya que me habéis complacido, me vuelvo á mi casa. + +--¿Pero seguiréis en palacio? + +--Sí. + +--¿Y me ayudaréis? + +--Os ayudaré... y en prueba de ello, desconfiad del duque de Uceda y de +la condesa de Lemos. Vuestros hijos son vuestros mayores enemigos. + +--Será necesario destruirlos. + +--Obrad con energía. + +--Obraré, pero decidme: ¿qué os ha dado don Francisco de Quevedo que así +os ha vuelto en su favor? + +--Nada, no me preguntéis nada. Pero tened en cuenta que amo mucho á doña +Clara Soldevilla, y que llevo vuestra palabra de que Quevedo no será +preso. + +Y saludando al duque salió. + +El duque salió acompañándola y murmurando: + +--Ese Quevedo debe de ser brujo. + +Apenas el duque se volvió de haber acompañado á la duquesa hasta las +escaleras, cuando un criado le dijo: + +--Señor, Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, +solicita hablar á vuecencia. + +Lerma mandó que le introdujesen, y le recibió en su despacho. + +Volvemos á tener en escena al mísero cocinero mayor. + +Parecía haber enflaquecido desde la víspera, y sus cabellos, antes +entrecanos, estaban completamente blancos. + +Alrededor de sus ojos hundidos y excitados por una fiebre ardiente, +había un círculo rojo. + +Francisco Martínez Montiño había llorado mucho. + +Primero por su dinero: después por su mujer y por su hija. + +--Os he esperado con impaciencia, Montiño--le dijo con severidad el +duque. + +--Señor, excelentísimo señor, poderoso señor...--dijo todo compungido y +trémulo el cocinero mayor. + +--¿Qué os mandé ayer? ¿qué me prometísteis ayer? + +--¿Qué me mandó vuecencia?--dijo espantado Montiño--¿qué prometí á +vuecencia? + +Se detuvo asustado, como quien no encuentra una contestación +satisfactoria á una pregunta importante. + +Y luego rompió á llorar, y dijo en una de sus tremendas salidas de tono: + +--Haga vuecencia de mí lo que quiera; pero yo no me acuerdo de nada. + +--¿Que no os acordáis? ¿habéis perdido la memoria? + +--Lo he perdido todo, señor: mi dinero... mi mujer... mi hija... + +Y entre otra nueva y más violenta salida de tono, añadió: + +--¡Me han robado! ¡Me han perdido! + +--¡Que os han perdido! + +--¡Qué, señor! ¿quién ha dicho que me han perdido?... ¡mienten! +¡mienten! ¡bah! ¡la reina está sana y buena! + +--¡Montiño! ¡qué decís de la reina! + +--¡Yo! ¡bah! ¡yo no digo nada de la reina! + +--Sí, sí... hay algo en vos que me aterra, no sé por qué... vuestros +ojos... vuestra voz... + +Y el duque se levantó, salió, cerró todas las puertas de modo que de +nadie pudiesen ser oídos, y se volvió al lado del cocinero mayor, á +quien asió violentamente de un brazo. + +Había recordado aquellas palabras que le había dicho poco antes la +duquesa de Gandía: «_sucede... sucede mucho... lo que pasó anoche en +palacio..._» y una relación misteriosa, terrible, se había establecido +en la imaginación del duque, entre aquellas palabras de la duquesa, y +las que acababa de oír, vagas, reticentes, respecto á la reina, al +cocinero de su majestad. + +--Oye...--le dijo el duque--, estamos solos: yo soy omnipotente en +España. + +--Lo sé, señor, lo sé...--dijo Montiño. + +--Puedo... ¿qué sé yo lo que puedo hacer contigo?... puedo, por un lado +destruirte... por otro, enriquecerte. + +--¡Señor!... ¡señor!... ¡que me lastimáis! + +--Y si no me respondes á lo que te pregunto, claro, muy claro... mira: +mando que traigan aquí mismo una silla de manos, que te metan en ella, y +que te lleven á la Inquisición... + +--¡A la Inquisición!...--exclamó trémulo, acongojado, el cocinero mayor. + +--Y allí, encerrado yo contigo, á quien mandaré poner en el potro, te +haré pedazos si no me contestas... + +--¡Ah, señor, señor!--exclamó Montiño, cayendo de rodillas á los pies +del duque--. ¡Esto sólo me faltaba! + +--Y oye--añadió el duque soltando á Montiño y yendo á la mesa y +escribiendo y trayendo después el papel escrito á Montiño--, si me +respondes con verdad y lo que me dices vale la pena, te doy este vale +para que al presentárselo te pague mi tesorero mil ducados. + +--¡Mil ducados, ó la Inquisición y el tormento! + +--Elige. + +--Sí... sí... señor... pues... elijo... ¡los mil ducados! + +Y tendió las manos al vale. + +--Despacio, despacio, señor Francisco Montiño--dijo el duque sentándose +en el sillón--; antes es necesario que me respondáis á lo que voy á +preguntaros. + +--Si puedo responderos, señor, lo haré con toda mi alma. + +--Decidme: ¿por qué habéis dicho con terror que la reina, que su +majestad, está sana y buena? + +--¡Yo!... ¿he dicho yo eso?... Sí, señor... la reina está muy buena... +su majestad goza de muy excelente salud. + +--Montiño, estáis pálido, aterrado cuando me decís eso; hablad, hablad, +por Dios; os lo mando, os lo suplico. Tengo antecedentes... + +--¡Cómo! ¡sabéis, señor!... + +--Sí... sí... sé que en palacio han mediado cosas graves. + +--Pero sabréis también, señor, y si no lo sabe vuecencia yo lo puedo +probar, que en tres días no he parecido por las cocinas, y que soy +inocente. + +--¡Inocente! ¿Luego era verdad? ¿Luego se ha cometido un crimen? + +--Señor... ¡yo no he dicho eso! + +--Será preciso para que habléis que yo me encierre con vos en la +inquisición. + +Y el duque se levantó. + +--¡Ah, no! ¡no, señor!--exclamó el cocinero agonizando de terror, +sudando, estremeciéndose--; yo lo diré todo. + +--Hablad, pues. + +--Habéis de saber, señor, que mi mujer... + +--Pero si no se trata de vuestra mujer--exclamó con impaciencia el +duque. + +--Sí, sí; ya sé, señor, que no se trata de mi mujer; pero es necesario +empezar por mi mujer. + +--Veamos, veamos; seguid. + +--Pues... mi mujer ha sido seducida por el sargento mayor don Juan de +Guzmán. + +--¡Oh! ¡Don Juan de Guzmán enamora á vuestra mujer!... Seguid, seguid. + +--Y mi mujer se ha dejado enamorar de don Juan de Guzmán. + +--¿Y qué tiene que ver eso...? + +--Tiene que ver mucho. Don Juan de Guzmán es ó era servidor de don +Rodrigo Calderón. + +--¡Ah! + +--Y como don Rodrigo Calderón ayudaba á los unos y á los otros, á +vuecencia contra la reina... + +--¡Montiño! + +--Vuecencia me ha mandado decir la verdad. + +--Seguid. + +--Pues... ayudaba á vuecencia contra la reina, y al conde de Olivares +contra el duque de Uceda y contra vos, y al duque de Uceda contra vos y +contra el conde de Olivares, y traía enredado á todo el mundo, de cuyo +enredo ha resultado el lance que le tiene en el lecho mal herido, y un +delito horrible. + +--¡Un delito!... + +--Oigame vuecencia y llegaremos á ese delito. + +--Seguid, seguid. + +--Seducida mi mujer por don Juan de Guzmán, ella sedujo á uno de los +galopines de cocina... estoy seguro de ello... á Cosme Aldaba... y á un +paje de la reina... amante de mi hija, como don Juan de Guzmán era +amante de mi mujer. + +--Acabad de una vez. + +--Llegamos al crimen. Hoy por la mañana, apenas me vi libre de negocios, +me fuí á las cocinas... á cumplir con mi obligación... y me encontré en +ellas á ese infame Cosme Aldaba... + +--No os entiendo bien... Al resultado... al resultado. + +--El resultado ha sido que se ha servido en el almuerzo de su majestad +la reina una perdiz envenenada. + +El tío Manolillo, revelando aquel crimen al cocinero mayor, había +cometido una imprudencia gravísima; Francisco Montiño, que en otra +ocasión, por interés propio, hubiera guardado la más profunda reserva, +enloquecido, aterrado, fuera de sí, había roto el secreto. + +El duque de Lerma, pálido y desencajado, estuvo algunos momentos sin +hablar después de haber oído la frase una perdiz envenenada. + +Se levantó y se puso á pasear á lo largo del despacho. + +Temblaba; estaba aterrado. + +--Pero no, no es esto lo que me indicó la duquesa de Gandía; no, no +puede ser--decía paseándose--; y luego... no me han llamado á palacio... +este hombre está fuera de sí... se engaña sin duda... veamos... +dominémonos. + +Y se detuvo delante de Montiño. + +El cocinero mayor le miró de una manera que quería decir: + +--Yo no he tenido parte en ese crimen. + +--¿Y decís... que su majestad está buena?--preguntó al cocinero mayor. + +--Sí; sí, señor--contestó Montiño--; y el padre Aliaga también... acabo +de hablar con él... y está bueno, y tiene buen color... y eso que el +padre Aliaga almorzaba con su majestad la reina. + +--¿Es decir, que no han comido de la perdiz?... + +--No; no, señor... yo creo que no... pero quien puede deciros eso... +es... el tío Manolillo... el bufón del rey, que fué quien me lo dijo á +mí. + +--¿Pero cómo se sabe que esa perdiz estaba envenenada? + +--Porque ha muerto un paje que se comió lo que había quedado en los +platos de la reina y del padre Aliaga. + +--Pero si quedó en los platos, debieron comer... + +--No, porque el tío Manolillo asustó á la reina... + +--Yo creo que estáis loco, Montiño; que lo que os sucede os ha +trastornado el seso. + +--Puede ser, puede ser, señor. + +--No habléis de eso á nadie, porque si de eso habláis con otras +personas, podéis dar en la horca... yo me informaré... aunque de seguro +estáis equivocado. + +--¿Y por qué ha huído mi mujer con mi hija y con el sargento mayor don +Juan de Guzmán, y con Cosme Aldaba, pinche de la cocina, y con +Cristóbal, paje de la reina... robándome?... + +--Yo me informaré, me informaré... y veremos. Si se ha intentado el +crimen, por lo que sucede... es decir... por lo que no sucede, es casi +seguro que ese crimen se ha frustrado... si ha habido crimen, estoy +seguro que estáis inocente de él... se os conoce... y á más... yo os +conozco hace mucho tiempo; por dinero sois capaz de engañarme y de +engañar á todos los que os paguen; de servir á personas enemigas, las +unas contra las otras, á un mismo tiempo... pero no cometeríais un +asesinato por dinero... estoy seguro de ello... callad, pues, acerca de +este atentado; yo lo averiguaré todo, sabré lo que hay de cierto y +castigaré á quien deba castigar. + +--¿Y no correré yo ningún riesgo? + +--No, si sois inocente como creo. + +--¿Y mandaréis buscar, señor, á mi mujer y á mi hija, y al dinero que me +han robado? + +--Sí; sí... pero volvamos al principio. ¿Recordáis lo que os +mandé?--dijo el duque cambiando la conversación. + +--Me han sucedido tantas desdichas, señor... que estoy aturdido. + +--Pues yo recuerdo perfectamente lo que os mandé. En primer lugar, os +dije que fuéseis á visitar á cierta dama de quien se vale el duque Uceda +para pervertir, á pesar de sus pocos años, al príncipe don Felipe. + +--Sí; sí, señor, doña Ana de Acuña. + +--Os dí una gargantilla de perlas para ella. + +--Sí, señor, y la gargantilla está en poder de esa dama. + +--¡Ah! ¿la habéis visto? + +--Sí, señor. + +--¿Y cuándo la vísteis? + +--Con gran trabajo, porque se negaba á recibirme, anoche, ya tarde. + +--¿Y qué pasó en vuestra visita? + +--Díjela que un altísimo personaje me enviaba á ella, y en prueba de su +estimación me mandaba entregarla una alhaja de gran precio. Entonces la +dí la gargantilla. Alegráronsela los ojos; pero puso dificultades... me +dijo que no conociendo á quien aquél regalo la hacía, no debía +recibirle... + +--Pero al fin... + +--Díjela yo que quien la deseaba era tan alto personaje, que sería +necesario, para que no le conociese, que le recibiese sin luz. + +--¿Y qué dijo á eso? + +--Quiso echarme rudamente de su casa... hizo como que se irritaba... +pero no me echó... al fin de muchas réplicas me dijo: no hay persona que +no pudiera ofenderme con una solicitud tan extraña sino el rey. + +--¿Eso dijo?--exclamó el duque. + +--Eso dijo. + +--¿Y vos?... + +--La dejé en su creencia. + +--Habéis hecho bien; ¿y en qué habéis quedado? + +--Doña Ana aceptó... y cuando vuecencia quiera, yo la avisaré que... el +rey... irá á verla, y la hora en que irá. + +--Pues bien; avisadla que iré á verla esta noche. Después vendréis y me +diréis á qué hora y qué seña... y me acompañaréis... + +--Muy bien, señor. + +--Estoy satisfecho de vos por lo tocante á esa dama: pero os mandé +además que diéseis una encomienda de Santiago á vuestro sobrino... + +--Es que mi sobrino, no es mi sobrino... + +--Sí, sí; ya sé que es hijo bastardo del duque de Osuna; pero esto no +impide que le hayáis dado de mi parte la encomienda que os dí para él. + +--Os diré, señor; estaba tan turbado con lo que me sucedía, que se me +olvidó; aquí está la encomienda (y sacó del bolsillo el estuche que le +había dado el duque de Lerma, conteniendo una placa con la cruz de +Santiago), y además, señor, hubiera sido inútil. + +--¡Inútil! ¿por qué? ¿hubiera despreciado don Juan un favor del rey +hecho por mi medio? + +--No digo yo eso... pero don Juan es caballero del hábito de Santiago +desde que nació por merced del señor don Felipe II. + +--¡Ah!--dijo el duque con asombro--; sin embargo, no hubiera estado de +más que don Juan hubiera sabido que tenía en mí un amigo. + +--Perdonad mi olvido, señor; ¡pero me sucedían cosas tan terribles!... + +--Guardad... guardad de nuevo esa cruz; llevadla de mi parte á don Juan, +y decidle que venga á verme para recibir la cédula real. En este negocio +habéis andado torpe... + +--¡Señor! ¡me sucedían tales cosas! + +--Veamos si habéis hecho otro encargo mío. Os dí una carta para la madre +Misericordia... + +--Y la contestación está aquí...--dijo con suma viveza Montiño--, la +tengo en el bolsillo desde ayer. + +El duque leyó aquella carta. + +En ella, por instigación del padre Aliaga, como dijimos en su lugar, la +madre Misericordia desvanecía todas las sospechas del duque acerca del +género del conocimiento que podía existir entre su hija y Quevedo. + +Pero como el duque sabía ya por su misma hija que era amante del +tremendo poeta, no pudo menos de fruncir el gesto. + +--¡Conque es decir que también mi sobrina la abadesa de las Descalzas +Reales me engaña!--dijo para sí--; ¡conque es decir que todos me +abandonan, y que ahora sé menos que nunca en dónde estoy! Es necesario +atraernos decididamente á Quevedo, y si nos pone por condición perder á +don Rodrigo, hacer una de _pópulo bárbaro_, la haremos... aprovecharemos +después la primera ocasión para dar al traste con Quevedo... ó cuando +menos... sirviéndole, conservaremos nuestra dignidad exterior... Esto es +preciso, preciso de todo punto. + +Y luego añadió alto, tomando el vale de los mil ducados, y dándoselo al +cocinero: + +--Hasta cierto punto me habéis servido bien; seguidme sirviendo y os +haré rico. + +--¡Ah! bastante falta me hace, señor, porque la infame de mi mujer me ha +dejado arruinado--exclamó Montiño volviendo de una manera tremenda á su +pensamiento dominante. + +--Yo haré que prendan á vuestra mujer. Dejadme su nombre, sus señas, las +de vuestra hija y las de esos otros. + +El cocinero escribió con cierto sabroso placer, y entregó el papel que +había escrito al duque. + +--En cuanto á lo que sospecháis respecto á ese crimen que decís +intentado contra su majestad, guardad por vos mismo el más profundo +secreto. + +--¡Oh! no temáis, señor; yo no sé cómo lo he dicho á vuecencia; ¡estaba +loco!.., pero ahora, con el amparo de vuecencia, es distinto... distinto +de todo punto... empiezo á vivir de nuevo. + +--Id, pues, á ver á doña Ana, y convenid con ella á qué hora podré verla +esta noche. + +--Iré, señor. + +--Y volved á avisarme. + +--Volveré. + +--Buscad á don Juan Téllez Girón, y dadle de mi parte esa cruz. + +--Le buscaré. + +--Podéis iros, Montiño, confiando en mí. + +--Perdonad, señor; pero antes tengo que deciros algo. + +--¡Qué! + +--¡La Dorotea!... + +--¡Dorotea! + +--Sí; sí, señor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta +carta. + +El duque la leyó. + +--¡Dorotea!--exclamó para sí el duque--; Dorotea es... yo no sé lo que +Dorotea es del bufón del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro... +pues bien... me conviene ir á verla... Tranquilizáos é id en paz--dijo +en voz alta dirigiéndose á Montiño. + +--Beso las manos á vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como +me hace. + +--Id, id con Dios, buen Montiño--dijo el duque abriendo una puerta para +que el cocinero saliera--, y confiad en mí. + +Montiño salió haciendo reverencias al duque. + +Cuando el duque quedó solo, mandó poner una litera, y cuando ésta estuvo +corriente, salió de su casa, sin acordarse de revocar la orden de +prisión que á instancias de su hija había dado contra Quevedo. + +Lerma estaba tan trastornado con lo que le acontecía, como con sus +asuntos el cocinero mayor. + +La duquesa de Gandía, por el momento había interpuesto en balde, +respecto á Quevedo, su influencia para con el duque. + +Este se hizo conducir en derechura á casa de la Dorotea. + + + + +CAPÍTULO LIX + +DE CÓMO DOROTEA ERA MÁS PARA CON EL DUQUE, QUE EL DUQUE PARA CON EL REY + + +Dijimos al final del capítulo LV, que cuando Casilda, la doncella de +Dorotea, anunció á su señora la llegada del duque de Lerma, la Dorotea +escondió á Quevedo en su dormitorio, á fin de que pudiese oír su +conversación con el duque de Lerma, y que luego, quitado de en medio +cuanto podía parecer extraño al duque, se sentó en el hueco de un +balcón, y se puso á estudiar su papel de reina Moraima. + +El duque entró al fin, grave, espetado y con el sombrero puesto como +tenía de costumbre. + +Al verle la Dorotea se levantó, arrojó el papel sobre una silla y se +inclinó ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado +amante. + +--Mil gracias, señor--le dijo--, pues al fin os dejáis ver de esta pobre +mártir. + +Y puso un sillón al duque. + +--¿Cómo os va, Dorotea?--dijo éste sentándose y extendiendo hacia la +joven una mano, que ésta estrechó con respeto. + +--Me va muy mal--dijo la Dorotea sentándose bruscamente en un taburete á +los pies del duque--, y esto no puede continuar así. + +--¿Qué decís, señora? + +--No me llaméis señora--dijo la Dorotea--; yo no soy señora, soy una +comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pájaros, +cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar... +para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate +con esos insoportables miramientos con que vos me tratáis... que no se +pase los días sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea +obligada á llamarle señor, más que de su alma... y esto dulcemente... en +fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie. + +--Indudablemente estáis de muy mal humor, Dorotea. + +--Tenéis razón, estoy de un humor endiablado. + +--¿Y qué queréis?... + +--Que acabemos de una vez; yo no sé aún lo que soy para vos. + +--¿Que no lo sabéis? + +--Quiero no saberlo, aunque vos me lo decís claramente con vuestra +conducta. + +--Pero en fin... ¿qué creéis vos? + +--Creo que yo para... vuecencia... soy... así, como una cosa que se +tiene por vanidad... porque cuesta muy cara. + +--¡Oh! ¡oh! + +--Ni más ni menos; vos supísteis que había en la corte una mujer que +había despreciado las ofertas, los regalos, las súplicas de los señores +más principales, y os dijísteis... por vanidad, por pura vanidad: es +necesario que esa mujer sea mía, cueste lo que cueste, valga lo que +valga; es necesario que, como soy el dueño de la primera persona del +reino, lo sea también de esa dificultad viviente. Es necesario que yo +humille la vanidad de los demás. + +--¿Y me habéis llamado para esto? + +--Cierto que sí; para deciros que de vanidad á vanidad, la mía es mayor +que la vuestra. + +--¡Ah! ¡vuestra vanidad! + +--Ciertamente; ¿habíais creído que yo os amaba? + +A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto +imposible de describir, en que lo que más se determinaba era una +contrariedad terrible. + +La Dorotea soltó una larga carcajada. + +--Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar--dijo +inmediatamente después de la carcajada. + +--¡Señora!--dijo el duque pálido de cólera. + +--No me llaméis señora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os +irritéis tampoco; debéis apreciar el que yo os diga la verdad. Y +además, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo +merecéis. + +--¡Que no lo merezco! + +--No, porque no me amáis. El corazón se rinde al amor, y el amor es tan +libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; ¿cómo +he de amaros yo, si desde que os conocí estoy quejosa de vos? + +--¡Quejosa! ¿Qué habéis querido que no lo hayáis tenido? + +--¡Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan +falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra +vanidad hace por mí. + +--¡Sacrificios! ¿creéis que me he visto obligado á hacer sacrificios +para complaceros? + +--Sí. + +--Os equivocáis. + +--Cuando se me ocurrió tener una casa mía, amueblada á mi gusto, +ostentosamente, como la de un grande de España, con bodega y despensa +provistas de los mejores vinos y de los mejores manjares del mundo, os +vísteis apurado. + +--Os juro que no. + +--No me dijísteis ni una palabra en contra, ni hicísteis nada, ni +siquiera un gesto que pudiera indicar que mi petición os disgustaba; por +nada del mundo hubiérais pronunciado la palabra _no quiero_. Yo lo +sabía, pero quería que la vanidad de decir, de que supiese todo el mundo +que yo era vuestra querida, os costara muy caro; y no me contenté con la +casa, y con los muebles, y con la cocina, y con los criados, y con la +carroza, y con el camarín forrado de raso en el coliseo; no, no, señor: +os pedí diamantes, y perlas, y brocados, y sedas, y plumas, y encajes... +habéis gastado conmigo un tesoro, sólo por hacer rabiar á los otros +grandes y decirles: yo soy más que vosotros, mucho más que vosotros; yo +tengo todo lo que vosotros no podéis tener, desde el rey hasta la +cómica... y ellos rabian... y como lo que me habéis dado es el precio de +la rabia que hacéis tener por mí á más de tres, no os agradezco lo que +me habéis dado, y lo doy á mi vez á quien quiero. + +--Si sé para lo que me llamábais, no vengo. + +--Y yo creo que vos no habéis venido porque os he llamado; que os he +llamado otras veces, y no os ha faltado pretexto para no venir: creo que +habéis venido para algo que os conviene... sobre todo de día y viéndoos +las gentes... + +--Dejemos esta conversación, Dorotea. + +--Por el contrario, sigámosla para que lleguemos á donde debemos llegar. + +--¿Pues qué, tenemos que llegar aún á alguna parte? + +--¡Vaya...! pero continuemos. A mi no me hacía falta, absolutamente +falta nada de lo que me habéis dado; me trataba muy bien antes de +conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo +eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos +de quedar. + +--¡Qué decís! + +--Digo... que... si no sois enteramente mío como el rey lo es vuestro, +tomo ahora mismo por amante... ¿á quién diré yo...? á un aposentador muy +rico que anda enamorado de mí, y á quien puedo arruinar en tres días. + +--¿Pero estáis loca? + +--Y todo el mundo dirá, conociéndoos, al ver que os dejo: mal debe de +andar el duque de Lerma; su querida, que es una cómica interesada donde +las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos; +ved de qué modo una cómica puede poner á vuecencia, secretario de Estado +universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de +un aposentador. + +--¿Y seríais capaz...? ¿habláis seriamente? + +--Tan seriamente, que voy á empezar á deciros lo que quiero. + +--Veamos, veamos lo que queréis. + +--Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde. + +--¿Pues qué, no le ocupáis? + +--No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son ó deben ser +más que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad, +deben ser omnipotentes. ¿Qué importa que la querida sea una cómica? al +elegirla, el grande hombre la ha igualado á sí; esto no admite réplica, +porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no +lo es, algo hay de vano en el hombre á quien todos tienen por grande. + +--Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura... + +--No me extraviéis, no me respondáis. No será muy grande su hermosura, +si no enloquece al grande hombre. + +--Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas +de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las +sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para +los hombres. + +--Decís bien, cuando los hombres no son torpes. + +--¡Cuando los hombres no son torpes! explicáos mejor; ¿me tenéis por +torpe, Dorotea? + +--Por torpísimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me +mortifica que mi poderoso amante sea burlado. + +--¡Burlado! + +--Como que no sabéis dónde estáis de pie. + +--¡Vos también! ¡vos también os habéis convertido en esa voz que por +todas partes me avisa! + +--¡Sí... sí por cierto: yo os aviso con más interés que nadie! + +--¿Pero de qué me avisáis? + +--Os aviso de que... debéis mudar de amigos. + +--¡De amigos! + +--Porque los que os fingen amistad, os venden. + +--Hablad más claro. + +--Don Rodrigo... + +--¡Herido!... ¡medio muerto!... + +--A causa de sus traidores enredos. + +--Creo que érais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo más que amiga. + +--Pues ahí veréis: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don +Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendió robaros la +querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor +de su majestad. + +--Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepáis. + +--Para abreviar, sólo os diré que desconfiéis de todos los que hasta +ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquéis para ayudaros, +porque no hay hombre sin hombre, á alguno que os haya dicho frente á +frente que es vuestro enemigo. + +--¿Habéis querido que os pregunte quién es ese hombre? + +--Puede ser. + +--Pues bien, decidme cómo se llama. + +--¿No conocéis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que +no pueda confundirse con ninguno otro? + +--¿El duque de Osuna? + +--Sí, pero no os hablo de él; aunque el que yo digo anda cerca de él. + +--¡Quevedo! ¡Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo! + +--Mereced su amistad. + +--¡Merecer su amistad!--dijo con orgullo el duque. + +--Sí por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se +merezca su ayuda. + +--¿Conocéis también á ese hombre? + +--Sí por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos +podréis debérselos también, si conseguís que os trate con la buena +amistad que á mí me trata. + +--Ese hombre es tenebroso. + +--Para los que no tienen ojos para mirarle. + +--Le temo. + +--Hacéis mal en temerle, porque es el único hombre que os puede salvar. + +--Pero, señor, ¿qué ha dado don Francisco á todo el mundo, que así todo +el mundo me habla de él, y las personas que más estimo, que más quiero, +se ponen de su parte? + +--Eso consiste en que tenéis personas que os aman, que saben que vuestro +favor con el rey está amenazado, que quieren salvaros y que no +encuentran otro mejor medio de salvación que don Francisco de Quevedo. + +--¿Dónde vive don Francisco?--dijo Lerma profundamente pensativo. + +--En mi casa. + +--¡En vuestra casa! + +--Sí por cierto; aquí le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda +en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha +á Nápoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuréis á atraérosle. + +--¿Y está por acaso en casa? + +--No por cierto. + +--¿Pero vendrá? + +--Vendrá indudablemente á la tarde. + +--A la tarde vendré yo. Entre tanto, y ya que en tal asunto nos hemos +entremetido, Dorotea, voy á deciros francamente la razón de haber yo +venido á veros. + +--¡Ah! ¡ya sabía yo que no veníais porque yo os había llamado! + +--Hubiera venido más tarde, á la noche. + +--Veamos á qué habéis venido. + +--¿Qué es vuestro el bufón del rey? + +--¿El tío Manolillo? Es mi padre. + +--¡Vuestro padre! + +--Es decir, padre en toda la extensión de la palabra, no; pero ¿qué +nombre queréis que dé al que me ha criado á costa de privaciones de todo +género, al que vela por mi, al que me ama como ninguno es capaz de +amarme? + +--Tenéis razón; y decidme: ¿cómo haré yo para atraerme ese hombre? + +--Siendo desde ahora todo mío; haciéndole creer que me hacéis feliz. + +--Lo creerá. Decidle que vaya esta noche á verme encubierto á mi casa, +al obscurecer. + +--No le dejarán entrar. + +--Que presente esta sortija en mi casa--dijo el duque, quitándose una +del dedo y entregándola á Dorotea. + +La joven conoció á primera vista que aquella sortija era de gran valor. + +--Procuraré dejaros tan satisfecho de mí--dijo el duque levantándose--, +que no queráis poner en mi lugar á ese aposentador. + +--Lo veremos...¿Pero os vais? + +--Sí, es ya tarde y voy á palacio. + +--No quiero deteneros, señor; ¿pero volveréis? + +--Sí, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco, +cuento con que me le tendréis entretenido. + +--Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os trataré bien, y sobre +todo, Quevedo comerá con nosotros. + +--Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adiós. + +--Id con Dios, señor duque. + +Lerma salió, y Dorotea le acompañó hasta la puerta. Cuando oyó el ruido +del carruaje del duque, volvió á la sala. + +En ella estaba ya Quevedo. + +--Confieso que merecéis mucho, hija Dorotea--exclamó--; habéis evitado +que me prendan, del modo que más me convenía á mí, y que menos os +compromete á vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que +se os ha metido por el alma, que es lo que más necesitáis y lo mejor que +se puede hacer por vos. + +--¡Ay, don Francisco, que creo que este amor me va á costar la vida! + +--El amor no mata más que en las comedias de autor tonto; no se despega +á tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay +que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de +que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos +de comer juntos, el duque, vos y yo. + +Y Quevedo salió. + +--Casilda--dijo Dorotea cuando se quedó sola--, que vaya Pedro al +coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy +enferma. + + + + +CAPÍTULO LX + +LO QUE HACE POR SU AMOR UNA MUJER + + +Con tanto accidente habíasele olvidado al duque de Lerma revocar la +orden que había dado á Santos, su secretario, para que prendiesen á +Quevedo. + +Y esto no tenía nada de extraño. + +El pobre duque estaba tan acosado por todas partes de recelos, tan +asustado por avisos; y era tan grave lo que acerca de la reina le había +dicho Francisco Martínez Montiño, que su cabeza se había convertido, +como decimos los españoles, en una olla de grillos. + +El único, el exclusivo pensamiento de Lerma cuando salió de casa de la +Dorotea, fué encaminarse á palacio en busca de algo exacto, de algo que +ver por sí mismo. + +El duque de Lerma no había visto nunca nada, por más que había procurado +ver, y sin embargo, reincidía en poner á prueba su mala vista. + +Pero si el duque de Lerma se había embrollado, no aconteció lo mismo á +su hija doña Catalina. + +Ella tenía muy buena vista, y además, tenía concentrada toda su +atención, todo su cuidado en un objeto: en que no se le escapara +Quevedo. + +Y como no confiaba demasiado en su padre, no dejó abandonado á su padre +el negocio, ni se fió de otra persona que de sí misma. + +Doña Catalina estaba enamorada, y á más de enamorada, irritada. + +Temía haber sido burlada por Quevedo, y esto la hacía temblar de +indignación. + +Le había abierto su alma y sus brazos, y la condesa de Lemos era +demasiado altiva, demasiado honrada, demasiado pura, para permitir que +el único hombre por quien se había olvidado de todo, se desprendiese de +sus brazos riendo. + +Así, pues, cuando salió de casa de su padre y se metió en su silla de +manos, se hizo llevar á una tienda inmediata, donde tomó una silla y se +ocultó tras de la puerta. + +--Rivera--dijo á un hombre embozado que acompañaba á la silla de mano--; +id, entrad casa del duque, buscad á su secretario Santos, y decidle de +mi parte que venga. + +Rivera, criado de confianza de la condesa, fué á cumplir las órdenes de +su señora; poco después entró en la tienda con Santos. + +La condesa se dirigió entonces á la tendera, que estaba admirada y aun +enorgullecida por tener á una tan gran señora y tan hermosa en su casa: + +--Necesito--la dijo--un lugar donde hablar á solas con este hidalgo. + +La tendera abrió la compuerta del mostrador, y manifestando +servicialmente á la condesa que su casa, ella y su familia estaban á su +disposición, la llevó á la trastienda. + +Siguió Santos á la condesa, y cuando quedaron solos entre sacos de +garbanzos, castañas y judías, la condesa dijo al secretario del duque: + +--¿Os ha dado mi padre alguna orden? + +--Su excelencia me da muchas todos los días, señora--contestó +respetuosamente Santos. + +--Una orden de... prisión. + +--Efectivamente, señora: su excelencia me ha dado orden de que mande en +su nombre á un alcalde de casa y corte, que prenda á... + +--¿Don Francisco de Quevedo? + +--Sí, señora. + +--Don Francisco es caballero del hábito de Santiago y no puede ir á la +cárcel--dijo doña Catalina. + +--Se le prenderá en su casa. + +--Don Francisco no tiene casa en Madrid... por ahora. + +--Se le llevará á una torre del alcázar. + +--Estaría demasiado cerca del rey. + +--La torre de los Lujanes... + +--Es demasiado honor para un simple caballero que le encierren donde ha +estado encerrado un rey de Francia. + +--Le llevaremos á un convento. + +--Quevedo se serviría de los frailes. + +--Consultaré, pues, á su excelencia. + +--¿El duque no os ha indicado el lugar de la prisión de Quevedo? + +--No, señora. + +--Ha sido un olvido. Mandad al alcalde que le envíe resguardado por una +guardia de cuatro hombres al alcázar de Segovia. + +--Su excelencia no me ha dicho eso. + +--Mejor... mucho mejor. + +--No comprendo á vuecencia. + +--¿Creéis que merece la pena el servirme á mí? + +--¡Oh, señora! vuecencia puede disponer de mí como de un esclavo. + +--Gracias, Santos, gracias: de mi cuenta corren vuestros +adelantamientos: por lo pronto guardad esto en memoria mía. + +La condesa se sacó del seno un relicario de oro guarnecido de perlas y +diamantes y del hermoso cuello la cadena de que pendía. + +Había algo de tentación en dar á un hombre una prenda tan íntima, cuando +podía haberle dado una de las ricas sortijas que llevaba en las manos. + +Aquello podía tomarse por un favor. + +Santos era joven, buen mozo é hidalgo, y las mujeres, aun las de más +alto coturno, han dado en todos tiempos tales ejemplos... + +Santos, á quien doña Catalina parecía deliciosa como lo parecía á todo +el mundo, porque en efecto lo era, y mucho más cuando ella tenía interés +en parecerlo de una manera enérgica, se turbó, se puso pálido, guardó el +relicario en lo interior de su justillo por la parte del corazón, y +tartamudeó algunas palabras. + +Doña Catalina le había dado un golpe rudo. + +Y para hacer más terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doña +Catalina, medio velados por sus sedosas pestañas negras, arrojaban sobre +él fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su +alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera más +clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotísimamente, algo. + +Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible. + +--¿Estáis enterado de lo que debéis hacer? dijo doña Catalina cuando vió +que tenía á Santos rendido á discreción. + +--Sí; sí, señora--contestó Santos reponiéndose--; pero suplicaría á +vuecencia me dijese claramente punto por punto... + +--Oíd: iréis á buscar al alcalde de casa y corte más duro, más valiente, +más á propósito para no dejarse engañar por Quevedo. + +--Ruy Pérez Sarmiento, es que ni pintado. + +--Bien: diréis á ese señor... le mandaréis que sin perder un momento, +suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don +Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos +por si Quevedo arrastra de espadas. + +--Es decir, que le prendan muerto ó vivo. + +--¿Quién ha dicho eso?--exclamó la condesa con impaciencia y cólera--que +le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden +apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle. + +--¡Ah! muy bien, señora. + +--En seguida... si es de día, que le metan en una litera y le lleven á +una de mis casas desalquiladas... mi criado Rivera os llevará á ella... + +--Muy bien, señora. + +--Luego... cuando sea de noche y en la misma litera, que le saquen +resguardado por cuatro alguaciles á caballo, para Segovia. + +--¿Cuatro alguaciles no más? ¿y si se escapa? + +--Que sean buenos los cuatro. + +--Ahora bien; vuecencia comprenderá que sobre mí carga la +responsabilidad del envío á Segovia de don Francisco. + +--No importa: si el duque de Lerma os hace cargo, decidle que habíais +entendido la orden de llevarle á Segovia. + +--Su excelencia tiene muy buena memoria. + +--Y bien: todo puede reducirse á que os despida, y á que si ahora sois +secretario de mi padre, lo seáis después mío. + +--¡Oh, noble condesa! + +--Conque ¿habéis comprendido bien lo que os he dicho? + +--Sí; sí, señora; prender á don Francisco sin herirle ni maltratarle, +aunque resista; llevarle á donde Rivera me diga, y á la noche enviarle +en una litera, cerrada, con una guarda de cuatro alguaciles á caballo, +al alcázar de Segovia. + +--Al punto de obscurecer. + +--Muy bien, señora. + +--Recordad que esto es lo primero que os mando. + +--Soy enteramente vuestro, señora. + +--Pues no perdáis tiempo. + +--Guarde Dios á vuecencia. + +--Adiós. + +Santos salió embriagado, fascinado, loco, porque la condesa, sin +concederle nada, sin dar lugar á ninguna suposición de parte de Santos, +había sido con él una gran coqueta. + +Después salió de la trastienda doña Catalina, dió algunas monedas de +plata á la tendera, se metió en la silla de manos y mandó que la +llevasen á su casa. + +Cuando entró en ella, se encerró en su recámara con Rivera. + +--Voy á encargaros--le dijo--de una comisión muy reservada, y tanto, que +si cumplís bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos años +os hago capitán de infantería. + +--Sin eso, señora, podéis mandar. + +--¿Qué casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid? + +--Vuecencia tiene una á la malicia en la calle de la Redondilla. + +--Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos á acompañar, encubierto, +á Pelegrín Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que él os +mande. + +--Muy bien, señora. + +--En seguida, buscad un hombre bravo y de puños, que tenga conocimiento +con algunos como él, y avisadme cuando le tuviéreis. + +--Muy bien, señora. + +--Idos, pedid las llaves de esa casa y buscad en seguida, con ellas, á +Pelegrín Santos. + +Rivera se inclinó y salió. + +La condesa de Lemos, sobreexcitada, trémula, enamorada, se quedó +profundamente pensativa y devorada por la impaciencia, paseándose á lo +largo de su recámara. + + + + +CAPÍTULO LXI + +DE CÓMO LE SALIÓ Á QUEVEDO AL REVÉS DE LO QUE PENSABA + + +Entre tanto, el buen ingenio había salido de la casa de la Dorotea, +pensando para sus adentros, mientras atravesaba las calles en derechura +del alcázar, bajo la tenaz lluvia que no había cesado hacia tres días: + +--Esa pobre chica me da compasión y me siento además agradecido; +confiésola una gran mujer; deberémosla, por los buenos oficios que nos +hace, el salir de este atolladero, sin sacar de él más que el lodo; pero +con arrojar en Nápoles las botas, hemos concluído; paréceme que +resurrezco, que por envuelto me he dado y á pique de desconfiar de mí +mismo: el médico de su majestad dice que no hay que tener cuidado +alguno; que Margarita se encuentra en muy cabal salud... por aquí la +divina Providencia ha evitado un crimen... un crimen horrible; Lerma +está confiado y sigue durmiendo; Dorotea, aleccionada por mí le engañará +de tal modo, que tendré tiempo para llevarme á los recién casados; +después... si mi doña Catalina me ama... vamos, no hay que pensar en +ello... llevármela sería tocar á badajo perdido la campana del +escándalo... será necesario que se cure, y yo también necesito +curarme... el tiempo y la paciencia y la conformidad... bendito sea +Dios, que nos ha criado para pelota, en manos de chicos... vamos +adelante, vamos... yo haré que la Dorotea se cure... y olvide... doña +Catalina olvidará... y yo... yo... ¡bah! ¿qué importo yo? Seguiré +vengándome de lo que el mundo me hace sufrir, obligando al mundo á que +se ría, como un necio, de sí mismo. + +Llegaba entonces al alcázar y entróse resueltamente en él, con la frente +descubierta y alta, como quien no tiene por qué temer. + +Sin embargo, reparó en que en el zaguán de la puerta de las Meninas, por +donde se había metido en el alcázar, había dos alguaciles de corte. + +--¿Cuervos tenemos?--exclamó--; cerca anda carne muerta... tormenta está +aparejada para alguno. Dios le ayude. + +Y se encaminó con su forzada lentitud á la primera escalerilla. + +No sabía Quevedo, no podía pensarlo, después de lo que había oído en la +casa de la comedianta, entre ésta y el duque de Lerma, que la tormenta +se preparaba para él; que él era la carne muerta; esto es, el hombre +preso á cuyo olor iban aquellas aves de rapiña. + +Apenas se perdió Quevedo por las escalerillas, cuando uno de los +alguaciles se echó fuera del alcázar más ligero que un rehilete. + +Entre tanto Quevedo, atravesando callejones y galerías, se entró en el +aposento de doña Clara Soldevilla. + +Don Juan se calentaba al brasero y doña Clara escribía. + +--Consuela este olor--dijo Quevedo entrando. + +--¡Ah, mi buen amigo!--dijo don Juan. + +--¡Ah, don Francisco!--exclamó doña Clara--: ¿de qué olor habláis? + +--Huele aquí á contento, á paz, á alegría, á amor... Dios os bendiga, +mis amigos, que tenéis sol claro en día de lluvia, y que vivís mientras +otros se aperrean. ¿Y qué bueno hacéis, diosa? + +--Escribo á mi padre largamente: antes habíale escrito una brevísima +carta, pero no me basta. Estoy impaciente porque mi padre sepa punto por +punto... + +--¿Es decir que os habéis metido á letrado? + +--No os entiendo. + +--Explicaréme: la historia de vuestro casamiento, mis buenos amigos, es +un proceso. Largo habréis de escribir si de todo habéis de dar cuenta, y +es grande lástima que la tinta ponga negros unos dedos tan rosados. +Dejadlo eso para mí, señora, que todo lo tengo negro, hasta la +esperanza, y veníos aquí al amor de la lumbre y escuchadme, que tenemos +harto que hablar. + +Dejó doña Clara la pluma y luego la mesa, y fué á sentarse junto al +brasero entre su marido y Quevedo. + +--¡Vive Dios!--exclamó Quevedo--, que estoy viendo en vos una +experiencia, doña Clara. + +--¡Una experiencia! + +--¡Sí pardiez! los ojos y la razón engañan. + +--Explicáos. + +--¡Si sois más doncella hoy que ayer!--dijo Quevedo mirando de una +manera profunda á doña Clara. + +Púsose la joven vivísimamente encendida. + +--Con las mujeres me reconciliáis, señora; yo las tendría á todas por +partículas del diablo, y confiéseme engañado: si queréis ser más feliz, +don Juan, sois usurero, y no merecéis respeto, que en vuestra mujer +tenéis un cielo. + +--¿Sabéis que venís muy adulador, don Francisco? + +--Adulado me vea yo, que es el mayor desabrimiento que puede probar el +que no ha nacido tonto, si no son borbotones del corazón mis palabras, y +fálteme aire si no es verdad que el corazón no me cabe en el pecho. ¡Ah, +manos de marfíl vivo!--exclamó tomando entre las dos suyas una de las +hermosas manos de doña Clara--; y qué corona de gloria habéis puesto +sobre la frente de mi amigo! + +--Pues no soy completamente feliz--dijo don Juan. + +--Alumbradme ese concepto á fin de que yo le vea, que tenebroso es y +encrucijado y capaz de hacer perderse en un laberinto al más diestro. +¿Mayor felicidad pedís que una mujer toda alma, tan delicada como el +alma el cuerpo, y tan hermosa como el cuerpo el alma? ¿qué más blancura +que la de la nieve que nadie ha pisado? ¿qué calor más dulce que el de +este sol de primavera al que no empañan nubes?... + +--Muy poeta andáis, don Francisco, amigo mío--dijo doña Clara--: ¿me +hacéis la merced de que hablemos de otra cosa? + +--Poeta de verdades soy cuando os admiro, hija mía, y dígoos hija, +porque aunque casi soy mozo en años y negros tengo los cabellos, péinome +hace mucho tiempo canas en el alma, y desengaños padezco y experiencias +lloro. Ni he tenido yo como don Juan la fortuna de encontrarme dentro de +un jardín tal como vos, que si encontrádome hubiera, echado me habría á +su sombra sin que cosa en el mundo fuera bastante á despertarme del +sueño. Espántame, pues, y razón tengo, de que don Juan pida más +felicidad teniéndoos á vos, y conjúrole á que su concepto me explique, +porque tanto le quiero que me dolería haberle de tener de aquí en +adelante por tonto ó por malo. + +--No soy completamente feliz--dijo don Juan--, porque me creo de poco +valor comparado con mi doña Clara. + +--¡Ah!--dijo la joven. + +Y aquella exclamación era protesta dolorosa. + +--Perdonarse deben las necedades á los que aman, porque el amor ciega; +escrupuloso andáis más que monja, y os metéis á apreciar lo que á vos no +toca. Bien me sé yo que doña Clara no piensa otro tanto. + +--¡Oh! ¡no!... pero os ruego, don Francisco... + +Sí, sí por cierto... vamos á lo que importa: es el caso que yo tengo +mucho sueño. + +--¡Oh! ¡tenéis sueño, amigo mío!... pues bien, en vuestra casa estáis; +voy... + +--Estáos queda... tengo mucho, muchísimo sueño: necesito urgentemente +dormir, y en Madrid no duermo... es decir, no paso en Madrid esta noche, +á lo menos por voluntad mía. + +--¿Cómo? ¿nos dejáis? + +--¡Dejaros! ¡dejárame yo primero las antiparras, sin las cuales soy +hombre muerto! ¡buena cuenta daría yo al duque de Osuna! llévoos +conmigo, y por lo tanto, os dije que cartas eran vanas; que la mejor +carta para el duque, lo serán sus hijos: asunto es no más que de algunos +cientos de ducados y de camisas limpias. Dejemos á Madrid á obscuras, +amanezcamos muy lejos, y veamos á Neptuno dentro de ocho días, +embarcados con rumbo á Nápoles: que os afirmo que mientras aquí estemos, +ni duermo, ni descanso, ni vivo: cerrado está el cielo, de llover no +cesa, y temo que esto pare en diluvio que nos ahogue. Conque sus, y en +vez de hacer procesos, señora, haced cofres, y mientras se pide licencia +á sus majestades, el coche se apareje y huyamos, antes de que llegue el +caso de que cuando queramos huir, no sea tiempo, y creedme y no +disputemos, que allí tenéis entrambos los padres, y si vos dejáis de ser +dama de la reina, doña Clara, seréis señora en vuestra casa; y á falta +de la tercera compañía de la guardia española, tendréis vos allí, don +Juan, los no menos bravos alabarderos de la guarda del virrey. + +Quedáronse atónitos los dos jóvenes á estas palabras de Quevedo, y +guardaron por algún tiempo silencio. + +--¡Tan pronto! ¡tan de repente!--dijo al fin doña Clara--. ¿Qué motivo +puede haber?... + +--Motivo y aun motivos. Es el primero, que yo no estoy muy seguro, y +tanto, que si no estoy preso, en engaños consiste que no pueden durar +mucho tiempo. + +--¿Pero esos motivos? + +--¿Olvidáis que don Rodrigo Calderón está malamente herido, y que es +vuestro esposo quien así le ha maltratado?--dijo Quevedo de una manera +profunda. + +--Pero hasta ahora...--dijo don Juan. + +--Sí, hasta ahora... y gracias á que el duque de Lerma está mareado, +nadie nos ha dicho una palabra; pero en la corte, los mareos salen por +donde entran; se amaña en minutos lo que parecía imposible, y el viento +cambia de tal modo, que el que era céfiro blando para alguno, se le +convierte de repente en huracán que le echa por tierra; particularmente +yo, si paro algunas horas más en Madrid, dóime por embargado, y por +algún tiempo, porque yo no he de hacer ni puedo hacer lo que sería +necesario hacer para no ser encerrado. Y si me encierran, yo no respondo +de nada; porque enemigos crueles tenéis vos, doña Clara; y vos, don +Juan, aunque sólo hace tres días que estáis en la corte, no los tenéis +menos. Creedme, que yo nunca hablo en balde, y pienso mucho en lo que +digo antes de decirlo, y cuando pienso mucho, no me engaño. No +disputemos, por Dios uno y trino; improvisemos nuestro viaje salvador, y +no nos chanceemos con la fortuna, que como mujer es mudable, y suele +dar sinsabores tales como ha dado dulzuras. + +--¡Pero dejar abandonada á su majestad!...--dijo doña Clara. + +--Dios vela por los reyes... ¿creéis vos que la reina tiene en vos un +escudo? + +--Tengo valor, y mi vida es de su majestad. + +--Pues bien; mientras vos estábais entregada á vuestra felicidad, Dios +ha salvado de una manera extraordinaria á Margarita de Austria. + +--¡Salvado! + +--Sin la misericordia de Dios, su majestad hubiera sido villanamente +asesinada. + +--¡Asesinada! + +Quevedo contó punto por punto á los dos esposos la tentativa de +asesinato contra la reina, y el modo extraño y providencial de su +salvación. + +--¡Oh!--exclamó doña Clara--, ahora menos que nunca me separo de su +majestad. + +--Dejad, dejad á Dios que la proteja; tened fe en la misericordia +divina, y además, por salvar á la reina, no expongáis á perecer á +vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya á ser de vuestras +entrañas; que sin duda vive ya, porque os amáis demasiado, y sois harto +buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor. + +--¡Ah! ¡me hacéis temblar, don Francisco!--dijo doña Clara. + +--Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea huérfano. + +--¡Dios mío! + +--Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre, +están siempre expuestos á morir sin gloria y sin combate, asesinados +entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vaciléis más. + +--Partiremos--dijo doña Clara. + +--Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la +licencia á sus majestades, y adiós, que yo voy á otro lugar que me +interesa. + +Y Quevedo, seguro de que había asustado lo bastante á doña Clara, para +que no se dilatase por su parte el viaje, salió. + +Iba contento atravesando las calles. + +--¿Qué puede suceder--decía--en tan poco tiempo? Iré á comer esta tarde +á casa de la Dorotea, y de tal manera me mostraré amigo del duque, que +acabará de creerme y me dará tiempo suficiente para dejarle burlado. +Ahora volvamos junto á la pobre loca Dorotea, y concluyamos por aquel +lado con lo que debemos á nuestro corazón. + +Pero al entrar en la calle Ancha de San Bernardo, Quevedo vió venir +hacia él un alcalde de casa y corte con sus alguaciles. + +--¡Otra bandada de cangrejos!--exclamó--; está de Dios que nunca hayan +de dejarme los tales. Y es el bueno Ruy Pérez Sarmiento, asno injerto en +lobo, y alcalde de casa y corte por la gracia de Lerma; ¿y qué me querrá +éste? paréceme que se arroja á hablarme. + +En efecto, un alcalde de casa y corte avanzaba, vara enhiesta, hacia +Quevedo. A poca distancia le seguían sus alguaciles, y venía detrás una +silla de manos. + +--Guárdeos Dios--dijo el alcalde á Quevedo parándose delante de él--, +¿me conocéis? + +--Hace mucho tiempo, por el servidor más ciego de la justicia. + +--¿Creéis que un alcalde de casa y corte puede prender á toda persona +viviente en los reinos de su majestad y por su real mandato? + +--Artículo de fe es ese de que no he dudado nunca--dijo Quevedo, al que +pasó por los ojos tal cosa, que dió ocasión á que le rodeasen y asiesen +de él de improviso los alguaciles. + +--¡Eh! ¿qué es esto? ¿habréme convertido en doblón cuando con tal ansia +me echáis mano?--dijo Quevedo. + +--Os habéis convertido en hombre preso por el rey. + +--Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco. + +--Metedle en la silla de manos. + +--Meteréme yo, que aún no estoy impedido; que si yo rey no respetara... + +--¿Qué decís?... + +--Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey, +que no hay para qué menos. + +Y Quevedo se entró en la silla de manos. + +Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tenía celosías ni +vidrieras, Quevedo se quedó á obscuras. + +--Al menos es blanda--dijo sintiendo el almohadón mullido de la silla--, +y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y á +obscuras nos dejan, durmamos. + +La litera echó á andar en aquellos momentos. + +Poco después Quevedo, consecuente á su propósito y cansado y +trasnochado, roncaba. + + + + +CAPÍTULO LXII + +DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA SE ENCONTRÓ MÁS DESORIENTADO QUE NUNCA + + +Don Francisco de Sandoval y Rojas atravesó las antecámaras de palacio en +medio de los más profundos saludos y de las reverencias más profundas de +los cortesanos. + +Hasta allí todo iba bien: se le consideraba por los pretendientes, que +son un barómetro, como señor omnipotente, en el pleno goce del favor del +rey. + +Los ujieres se mostraron con él, y del mismo modo, profundamente +respetuosos. + +Los gentileshombres le saludaron con sumo respeto. + +Pero cuando entró en la cámara real, la encontró desierta. + +El rey acostumbraba á estar siempre en la cámara cuando llegaba Lerma. + +Lerma se alarmó al no encontrar al rey en su cámara. + +Porque en las raras ocasiones en que se había entibiado para él el favor +de su majestad, si bien es cierto que nunca el rey le había hecho hacer +antesala ó antecámara, le había hecho hacer cámara. + +Tomólo primero su orgullo á casualidad: pero pasó un cuarto de hora, y +esto era ya mucho; pasó media hora, y esto era ya demasiado. + +Lerma, á quien la cólera hacía audaz, se acercó á la mesa real, tomó la +campanilla de oro, y la agitó como si hubiera estado en su casa. + +Se presentó un gentilhombre. + +--¿Qué manda vuestra majestad?--dijo sin reparar, en su servil +apresuramiento, que el rey no estaba en la cámara. + +--No, no es su majestad quien llama--dijo Lerma mordiéndose los +labios--. Soy yo. + +--¡Ah! ¡perdone vuecencia! ¿qué desea vuecencia? + +--¿Habéis avisado al rey de mi llegada? + +--Sí; sí, señor: en el momento en que llegó vuecencia. + +--¿Dónde está el rey? + +--En su recámara. + +--¿Con quién? + +--Con el duque de Uceda. + +--¡Con mi hijo! + +--Sí, señor. + +--Gracias, caballero, gracias. + +El gentilhombre salió. + +--¿Conque se me hace esperar en la cámara por Uceda, que está en la +recámara?--dijo el duque--; ¿con que el rey se olvida al fin de lo mucho +que me debe? y... mi hijo... ¿qué hubiera sido de mi hijo sin mí? ¡Esto +es infame! Vendido ó abandonado por todos... ¿y qué hacer? ¿qué hacer? +Esto de que me lancen del favor del rey, que me reduzcan á una vida +obscura... esto no puede ser, y no será... Quevedo... Quevedo tiene +ingenio bastante para dar al traste con toda esta falange de cortesanos +hambrientos y miserables... Quevedo me impondrá duras, durísimas +condiciones... pero no importa... más vale ceder en secreto ante un solo +hombre, que no caer en público combatido por tantos. ¡Oh! creo que debo +dar una lección al rey, que debo retirarme... mostrarme enojado; si yo +hubiera hablado ya con Quevedo, vería si podía atreverme á presentar al +rey mi renuncia del empleo de secretario de Estado universal; pero sin +contar con don Francisco, sería una locura. Lo que debo hacer +indudablemente es irme de aquí. Esto será decir sin palabras al rey que +no debe hacer esperar hasta tal punto al duque de Lerma. + +Iba Lerma á poner en práctica su propósito, esto es, á irse, cuando se +levantó un tapiz, asomó tras él una persona, y sonó una voz que dijo: + +--¿A dónde vais, mi buen duque? + +Lerma se volvió, adelantó rápidamente, dobló una rodilla ante el hombre +que le había hablado, y le besó una mano. + +Aquel hombre era su majestad católica, don Felipe III de Austria. + +Había cierta quijotesca tiesura en el semblante del rey. + +--¿A dónde íbais, pues, duque?--repuso Felipe III. + +--Iba... como vuestra majestad estaba tan ocupado... + +--Y tardaba, ¿eh? + +--¡Señor! + +--Hace un siglo que yo estoy esperando--dijo el rey--y no me impaciento; +y vos, porque graves negocios me impiden venir cuando me avisan que +estáis aquí, ¿os impacientáis? + +--¿Y por qué tenéis vos que impacientaros, señor?--dijo Lerma +levantándose y permaneciendo de pie junto al rey, que se había sentado +en su sillón--; ¿no es ley vuestra voluntad? ¿No os obedecen todos +vuestros vasallos? + +--No, duque, no, y esa es mi impaciencia; en vano pido á mis vasallos +que se avengan, que no luchen, que no se despedacen, porque yo deseo la +paz, la concordia; en vano los odios crecen, las enemistades se +aumentan, las quejas zumban alrededor mío, y me trastornan. ¿Sabéis que +he estado hablando con vuestro hijo el duque de Uceda más de una hora? + +--Me lo habían dicho, señor. + +--Es verdad, vos lo sabéis todo. + +--Señor... + +--¿Pero á que no acertáis cuál era la extraña pretensión del duque? + +Tembló interiormente Lerma, porque el rey usaba cierto tonillo acre que +no acostumbraba mucho á usar. + +--Lo ignoro, señor. + +--Ya sabía yo que lo ignoraríais. Vuestro hijo se me quejaba de +injusticias. + +--¿Y por qué el señor duque de Uceda no ha venido á mí, secretario +universal del despacho?--dijo ya con alguna irritación Lerma. + +--Vuestro hijo sabe que yo no hago nada sin consultarlo con vos, y +encaminarse á mí, es punto menos que si á vos se hubiera encaminado. + +--¿Pero de qué se queja el duque de Uceda? + +--De que se le haya separado del cuarto del príncipe don Felipe. + +--¡Ya! su excelencia quiere sin duda privar desde temprano con su +alteza, y esto es ya un principio de rebeldía. + +--Pues ved ahí lo que dice el duque de Uceda: que al separarle del +príncipe se ha dudado de sus intenciones, que se ha supuesto lo que él +en su lealtad, no ha pensado; que las gentes creen ver en su separación +motivos ocultos y por lo tanto pretende... lo más extraño que puede +decirse, duque, es casi una rebeldía lo que vuestro hijo pretende. + +--¿Y qué pretende, señor?--dijo Lerma, á quien pinchaban las palabras +del rey. + +--Pretende que se le haga proceso, que en el tal proceso se demuestren +las causas por que se le ha quitado su oficio de ayuda de cámara del +príncipe... en fin, el duque dice que se va á presentar preso y á pedir +el proceso, si no se lo concedemos, al consejo de Castilla. + +--El duque está loco, señor--dijo Lerma--, y como á tal no podéis +tenerle al lado del príncipe. Su petición demuestra su locura. ¿Pues +qué, vuestra majestad tiene necesidad de decir á un vasallo, por muy +alto que éste sea, ni debe decirle las razones que ha tenido para +quitarle un oficio que le había dado? Este es un crimen de lesa +majestad, señor, que debéis castigar con energía. + +--Es que el duque de Uceda protesta hacia mí el más profundo respeto, y +dice... dice que sois vos su enemigo. + +--Es decir, que el que comete un delito de lesa majestad contra su rey, +suponiéndole injusto, comete y debe necesariamente cometer otro no menor +delito: el de lesa naturaleza rebelándose contra su padre. + +--Pues ved ahí: Uceda dice que no le miráis como hijo. + +--Desgracia y grande ha sido para mí, que tal hombre sea hijo mío. + +--Y añade, que quiere ese proceso para demostrar las razones que vos +habéis tenido para proponerme su separación del cuarto del príncipe. + +--¡Razones contra mí! + +--Sí; habla de pruebas... + +--¿De pruebas de qué? + +--Lo mismo pregunté á Uceda; pero pidiéndome perdón por no revelarme lo +que yo quería saber, me dijo que sólo presentaría las tales pruebas al +juez ó á los jueces que hiciesen el proceso. + +--¿Es decir, que el duque de Uceda supone?... + +--Que no me servís bien. + +--Que presente, pues, las pruebas; que las presente--dijo conteniendo +mal su cólera por respeto al rey, Lerma--; entre tanto, señor, yo me +retiro á mi hogar, y dejo el honroso puesto que vuestra majestad me ha +dado. + +--Ved, ved ahí por qué digo yo que hace un siglo estoy teniendo +paciencia; en vano me esfuerzo porque haya paz entre los míos; yo bien +sé que vos y vuestro hijo y todos los que me rodean, me quieren, son +leales, capaces de perder por mí la vida; pero todos reñís, todos os +mordéis, todos procuráis parecer los más leales, á costa de los otros; y +esto es un zumbar eterno que ya me atolondra, que me cansa, que me hace +infeliz. + +--Por lo mismo, señor, admita vuestra majestad mi renuncia. + +--No hay necesidad; yo no he desconfiado de vos. + +--Sin embargo, señor... esas graves acusaciones exigen: ó que yo sea +juzgado, ó que lo sea mi hijo. + +--¿Qué estáis diciendo, duque? ¿qué estáis diciendo?... ¿meterme queréis +en esos cuidados? yo os mando que sigáis ayudándome en el gobierno de +mis reinos. + +--Y yo, señor, obedezco á vuestra majestad. Pero... + +--¿Pero qué? + +--Es necesario, para que tengamos paz, apartar de la corte á muchas +personas. + +--La primera á don Francisco de Quevedo. + +--¡Cómo, señor! + +--Es muy aficionado á contar cuentos que nadie entiende. + +--Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos más leales de vuestra +majestad. + +--Paréceme, sin embargo, que le hemos tenido preso. + +--Dos años. Es un tanto turbulento... + +--Por lo mismo, dejémosle que se vaya con su duque de Osuna. + +--Por el contrario, yo le guardaría... + +--Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No sé qué he oído +de unas estocadas... ¡ah! ¡sí! don Rodrigo Calderón... + +--En efecto, mi secretario Calderón, hace tres noches fué muy mal herido +y está en mi casa. + +--Hirióle... ese bastardo de Osuna, ese don Juan, á quien yo no sé quién +ha hecho capitán de la tercera compañía de mi guardia española. + +--Lo ha hecho, señor, la reina, por amor á su favorita doña Clara +Soldevilla. + +--Esposa recientemente de ese don Juan... y á quien creo que ama +mucho... pues bien, prendamos á ese don Juan para poder prender á +Quevedo. + +--¡Cómo! + +--Como que dicen que Quevedo ayudó á don Juan á herir á don Rodrigo. + +--Es necesario andar muy despacio en eso, señor; tales negocios pueden +salir al aire si se prende á don Francisco... + +--¡Cómo! ¿también por ahí? + +--Sí; sí, señor; don Juan, hiriendo á don Rodrigo, ha obrado como bueno +y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudándole... esto es... +midiéndose con otro hombre que favorecía á don Rodrigo. + +--Pues mirad: podré engañarme, pero ese don Juan no me gusta. + +--¡Y yo que traía á vuestra majestad para que la firmase una real cédula +de merced, para ese don Juan, del hábito de Santiago! + +--Pues no; no hay que pensar en ello; ¿con que es decir que se nos lleva +la dama más hermosa de palacio, que se nos pone á la cabeza de la +compañía más brava de nuestros ejércitos, que nos hacemos los ciegos +ante un homicidio intentado por él y todavía queréis que le demos el +hábito de Santiago? + +--No haríais más que doblárselo, señor, pues lo tiene ya. + +--¡Cómo! ¿pues quién se lo ha dado? + +--El gran don Felipe II, padre de vuestra majestad, lo concedió al duque +de Osuna para su hijo bastardo cuando aún no le había dado su madre á +luz. + +--¿Y para qué dos mantos á un mismo hombre? eso es decirle que tiene +mucho frío y que queremos abrigarle. + +--Eso quiere decir que vuestra majestad le cree digno del hábito por sus +hechos, como el gran don Felipe II le creyó digno de él por ser hijo de +quien era. + +--Pero esto no estorba para que le prendamos. + +--No; pero vuestra majestad no le debe prender. + +--Dad, dad acá esa cédula--dijo el rey. + +Lerma sacó un papel arrollado y le extendió delante del rey. + +--Ahora--dijo Felipe III--necesito firmar otros dos papeles. + +--¿Cuáles, señor? + +--Dos órdenes de prisión. + +--Creo que sean necesarias más. + +--Pues bien, Lerma; decidme vos los que queréis que sean presos, y yo os +diré los que quiero tener encerrados y no disputemos más. + +--Señor, yo no disputo con vuestra majestad. + +--¿Pues qué estamos haciendo hace ya más de media hora? Disputar y no +más que disputar. Con que sepamos: ¿á quiénes queréis vos prender? + +--Al duque de Uceda. + +--Bien, prendámosle en el cuarto del príncipe. + +--¡Señor!--exclamó completamente desconcertado por aquella salida del +rey, Lerma. + +--Sí, sí, volvámosle su oficio al ayuda de cámara del príncipe don +Felipe. + +--Pues cabalmente eso es lo que el duque desea. + +--Pues porque lo desea, y para que nos deje en paz, concedámoselo; +mandad extender la provisión y traédmela al momento al despacho. + +Lerma desconocía al rey. + +El rey mandaba. + +Lerma no estaba acostumbrado á aquello. + +--Señor--dijo--, yo no puedo seguir siendo secretario de vuestra +majestad. + +--Os lo mando yo--dijo el rey. + +--Obedezco, señor. + +--A fray Luis de Aliaga, le nombramos confesor de la reina--dijo el rey. + +Estremecióse Lerma. + +--Traednos el nombramiento. Al conde de Olivares le reponemos en su +oficio de caballerizo mayor. + +--¡Ah, señor! ¡Dios quiera que no os pese! + +--Al conde de Lemos, vuestro sobrino, levantamos su destierro. + +--Todos son enemigos míos, señor. + +--¿Y qué os importa, si es vuestro amigo el rey? + +--Sea lo que vuestra majestad quiera. + +--Envíense correos á don Baltasar de Zúñiga para que se vuelva á su +oficio de ayo del príncipe don Felipe. + +Lerma, aterrado, se resignó. + +Aquel era un golpe mortal. + +Sus enemigos triunfaban. + +¿Pero de qué medios se habían valido? + +Ignorábalo el duque, y esta ignorancia le aterraba. + +--Además--dijo el rey--, orden de prisión contra don Francisco de +Quevedo y don Juan Téllez Girón. Los enviaréis á Segovia. + +Lerma no se atrevió á replicar. + +--Id, id; extended todas esas órdenes y traérmelas al momento para que +las firme. + +Y el rey se levantó y escapó por una puerta de servicio. + +El duque quedó aterrado en medio de la cámara. + +--¿Qué tal, eh?--dijo una voz detrás de un tapiz. + +Miró Lerma al lugar de donde salía la voz, y vió que el tapiz se +levantaba y que de detrás de él salía un hombrecillo. + +Aquel hombrecillo era el bufón del rey. + + + + +CAPÍTULO LXIII + +DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA VIÓ AL BUFÓN DE SU MAJESTAD EXTENDERSE, CREAR, +TOCAR LAS NUBES... ETC. + + +Estuvieron mirándose durante algunos segundos el ministro y el bufón. + +Los ojos del tío Manolillo relumbraban como brasas. + +Sus mejillas no estaban pálidas, sino verdinegras. + +Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se +irritó. + +--¿Qué me queréis?--dijo Lerma con acento duro. + +--¡Eh! ¿Qué os quiero yo? nada; vos sois quien me queréis á mí. + +--¡Yo! + +--Sí, vos me necesitáis. + +--¿Que os necesito yo? + +--Sí por cierto. ¿No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en +cuando ocurrencias insufribles? + +--¡Cómo! ¿Sabéis...? + +--Vaya si lo sé; como que estaba allí, detrás de aquel tapiz, y no he +perdido uno de los gestos, una sola de las convulsiones que os ha +causado el ver al rey hecho por un momento rey. Y el bueno de Felipe, +traía su lección bien aprendida; no ha olvidado nada; y es que los +tontos tienen muy buena memoria. + +--¡Ah! ¿Han hecho aprender á su majestad una relación de memoria? + +--Sí, excelentísimo señor. + +--¿Y quién le ha enseñado esa lección? + +--Excelentísimo señor, yo. + +--¡Vos! ¿Pero á quién servís? + +--Me sirvo á mí mismo. + +--Pero si el rey dice que ha hablado con el duque de Uceda... + +--Y tiene razón; como que yo le he metido al duque de Uceda en su +recámara. + +--Venid, venid conmigo, bufón, y hablemos donde de nadie podamos ser +escuchados. + +--Eso quiero yo. + +--Seguidme. + +--No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cámara del rey. +Sois muy torpe, excelentísimo señor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa +ni lo entienda, en vuestro camarín de la secretaría de Estado. Hasta +dentro de un momento. Adiós. + +Y el bufón levantó el mismo tapiz por el que había aparecido, y +desapareció tras él. + +--¿Qué sucede en palacio, señor? ¿Qué hay aquí--exclamó el duque--, que +me veo obligado á tratar con ese miserable? + +El duque hizo un violento esfuerzo, salió de la cámara real, bajó á la +planta baja del alcázar, y se entró en la secretaría de Estado. + +--¡Ledesma!--dijo á uno de los oficiales que trabajaba en la primera +sala--; cuidad de que nadie vaya á interrumpirme, y estad dispuesto para +cuando yo os llame. + +Ledesma, que se había levantado como todos á presencia del duque, se +inclinó profundamente. + +Lerma atravesó otras dos salas, en las cuales los oficiales se +levantaron con el mismo respeto que los de la primera, llegó á una +puertecilla, sacó una llave, abrió la puerta, entró y cerró. + +Atravesó después un largo corredor, abrió otras dos puertas, y se +encontró al fin en un pequeño aposento, en el cual había únicamente una +gran mesa cubierta de papeles y legajos en el testero de la mesa, un +sillón de terciopelo carmesí, con las armas del duque bordadas; detrás, +en la pared, un retrato de cuerpo entero del rey; á los dos lados, +contra la pared, dos secreteres de ébano incrustados de plata, nácar y +concha, y delante de la mesa, un sillón más modesto, destinado sin duda +á un secretario; una magnífica alfombra y algunos excelentes cuadros, +completaban el aspecto de aquel aposento, que era el camarín reservado +de despacho del secretario universal del rey. + +Al abrir el duque la puerta del camarín, retrocedió y tembló. + +Sintió pavor á impulsos de una impresión supersticiosa. + +Sentado en el sillón del duque, arreglando unos papeles, estaba el tío +Manolillo. + +El camarín no tenía más entrada que aquella por donde había ido el +duque: una reja le daba luz, y aquella reja tenía vidrieras de colores. + +Los hierros de la reja eran demasiado espesos para que pudiese haber +entrado por ella el bufón, y las vidrieras estaban cerradas. + +--Cierra y siéntate--dijo el tío Manolillo al duque de Lerma--. Aquí no +puede oírnos ni vernos nadie. Eres mi secretario, duque. + +--¿Qué significa esto?--exclamó Lerma--; ¿en qué poder confiáis para +atreveros á tanto? + +--Es singular, singularísimo tu orgullo, duque. Cualquiera al +escucharte, no viéndote, creería que no tenías miedo. Y estás temblando, +Lerma. Temblando como un ratón delante del gato. Sin duda me crees +brujo, ¿no es verdad? porque tú guardas como un tesoro las llaves de +este camarín, donde escondes todos tus secretos en los secretos de esos +secreteres, y sabes que nadie puede entrar aquí si no le das tú las +llaves de esas tres puertas; y esas tres llaves no se separan de ti +desde hace trece años: desde que eres favorito del rey más desfavorecido +de ingenio que ha criado Dios para ejemplo de reyes imbéciles y torpes. + +--No comprendo... no comprendo cómo... + +--¿Cómo estoy aquí? Yo soy brujo, duque. + +Desconcertóse de una manera tal Lerma, que el tío Manolillo soltó una +carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresión tal, que se +le crisparon los nervios al duque. + +--Estoy aquí--dijo el bufón--, porque estoy: te tengo en mis manos, +porque eres un traidor, un villano. + +El duque se creía delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse; +le faltaba completamente el valor. + +Adelantó vacilante, y se apoyó en el sillón destinado al secretario. + +--Siéntate, siéntate y no tiembles--dijo el bufón dulcificando su voz--; +nada te sucederá si tú no quieres que te suceda. + +El duque se sentó maquinalmente. + +--Yo sé todos los secretos de palacio--dijo el bufón--; como que no hago +otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey +vuelva á llamar á su alrededor á tus enemigos, puedo hacer que el rey +los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte +al patíbulo. + +--¡Al patíbulo! + +--Sí, por traidor al rey y por ladrón. + +--¡Ah! ¡ah! ¿y qué pruebas...? + +--Oye, tengo preparadas las pruebas; están aquí. Primera: carta de +milord, duque de Bukingam, al excelentísimo señor duque de Lerma. + +--¡Ah! esa carta... + +--¡La España vendida á los ingleses, duque! + +--Pero esa no es una carta. + +--Es una copia de la carta. + +--Pero la carta... + +--Está con otras tres de Bukingam y cuatro de milord conde de Seymur y +otras varias, que prueban cumplidamente que tú, más que secretario del +rey de España, eres secretario del de Inglaterra; estas cartas están tan +bien guardadas que no las encontrarás á tres tirones. Se trata, en esta +que he traído de muestra, del casamiento de la infanta doña Ana, de +ciertos tratos vergonzosos entre Bukingam y tú, de condiciones +recíprocas, de infamias... ¿quieres que te la lea, don Francisco de +Sandoval y Rojas? + +--No, no; pero eso es imposible--dijo el duque abalanzándose al secreter +de la derecha y abriéndole. + +--Sí, busca, busca; encontrarás ahí alhajas que yo no he querido tomar, +á pesar de que soy muy pobre, porque no soy ladrón, pero las cartas de +que te hablo y otros importantísimos papeles, no están ahí; los tengo +yo: auténticos, con tu firma, porque en todos ellos, ó en todas ellas, +porque son cartas, has cometido la torpeza de escribir: «_Contestada en +tal fecha.--Lerma._» El rey podrá encontrar en esos papeles el secreto +de la expulsión de los moriscos, las causas de su desavenencia con +Francia, el por qué de los reveses que sufre en todas partes donde hace +la guerra España; el rey sabrá que de los tributos que saca á sus +vasallos la tercera parte es para el rey, otra tercera parte para los +corregidores, alcaldes mayores y demás exactores, y la otra tercera +parte para el nobilísimo, el excelente señor don Francisco de Sandoval y +Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, del consejo de Estado, su +protonotario en Indias, su secretario universal, su favorito, su todo; +sabrá el rey... aunque me mates, porque los papeles se presentarán solos +al rey, que ha criado en ti un cuervo, que ha levantado á su enemigo, y +como el rey, aunque es débil, no es malo y no le gustan los bribones, y +como el rey, aunque no es rey, tiene grandes humos de rey y de rey +poderoso; y como el rey es del último que llega, nada tendrá de extraño +que su majestad retire de ti su protección y te arroje al verdugo; +porque tú has hecho lo bastante, mi buen duque, para ser primero +degradado y después ahorcado. + +--Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas +para mucho, cuando así me hablas; ¿qué quieres? + +--Creo que nos entendemos. Ahora voy á decirte lo que quiero. + +--Si puedo, si está en mi mano... + +--Oye; tú conoces á una mujer á quien yo conozco también. Yo quiero que +esa mujer sea feliz. + +--¡La reina! + +--¿Qué me importa la reina? ya la he salvado hoy. + +--¿Conque era verdad? + +--Verdad, verdad; quisieron envenenarla. + +--¡Envenenarla! ¿Pero quién ha querido cometer ese atentado? + +--Tu buen secretario don Rodrigo Calderón. + +--¡Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo está en el +lecho mal herido! + +--Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmán, que ha +estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de +Guzmán era amante de Luisa, la mujer del imbécil cocinero de su +majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo +hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de +su majestad. Quevedo y yo, que éramos muy amigos, nos hemos visto negros +para salvar á Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un +pobre paje á quien se le apeteció lo que había quedado sobrante en los +platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos. + +--¡Horrible! ¡horrible!--exclamó el duque. + +--Yo no sé si tú has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato, +ó si ha sido únicamente cosa de don Rodrigo Calderón. + +--¡Yo! ¿me creéis capaz de esa infamia? + +--Te creo, por tu vanidad y por tu ambición, capaz de todo. + +--¡Oh! ¡oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto. + +--La reina te estorba tanto como á don Rodrigo; la reina conspira contra +ti, y la temes. + +--Pero jamás llegaría á ese punto, jamás; me calumniáis. + +--Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrón, no +has sido asesino. + +--En muestra de ello, quiero las pruebas, las pruebas del crimen de +Calderón; las pruebas para enviarle al cadalso. + +--No hay pruebas. + +--Vive la mujer del cocinero mayor, y aunque prófuga, se la buscará, se +la encontrará, se la sujetará á la prueba del tormento. + +--Y declarará que don Juan de Guzmán era su amante, que la dió unos +polvos, que ella los dió al galopín Cosme Aldaba, que, en ausencia de su +marido, le introdujo en la cocina. Siguiendo el hilo, prendiendo á Cosme +Aldaba, atormentándole, se sabrá que el tal Cosme envenenó en las +cocinas una perdiz destinada al almuerzo de la reina, que la entregó +para que la sirviera el paje Cristóbal Cuero, y el paje, preso y sujeto +al tormento, declarará que puso en la mesa de su majestad la perdiz +envenenada; pero todas las pruebas recaerán en el sargento mayor don +Juan de Guzmán. + +--Se le prenderá, se le hará pedazos para que declare. + +--Eso es imposible. + +--¡Imposible! + +--Sí; ¿no has reparado en que cuando me he referido al sargento mayor, +he dicho: ¿_era_, no _es_? El sargento mayor ha muerto. + +--¡Muerto! + +--A mis manos, á puñaladas. + +El bufón, que había crecido de una manera imponderable á los ojos del +duque, aumentó otro tanto en tamaño. + +Se había convertido para Lerma en un gigante. + +--Por lo que toca á la reina--continuó el bufón--, el negocio está +perfectamente concluído; un paje ha muerto y se le ha enterrado... nadie +ha sospechado... no asustemos á su majestad; sírvate esto para conocer á +don Rodrigo Calderón y guardarte de él. La mujer, pues, á quien ambos +conocemos y por la que he procurado tenerte en mis manos, por la que he +penetrado aquí, en este lugar que tú creías tan seguro, y he abierto +valiéndome de mis artes, artes acaso del diablo, esos secreteres, y me +he apoderado de esas cartas, obteniendo con ellas armas bastante fuertes +para rendirte, para hacerte mi esclavo; la mujer, pues, que á tal punto +nos ha traído á los dos, no es la reina, aunque muchas veces represente +reinas. + +--¡Dorotea! + +--Cabalmente, Dorotea; esa pobre niña que es tu querida públicamente, y +mi corazón, mi alma en secreto. + +--¿Qué sois vos de esa mujer? + +--¡Qué soy yo! ¡su padre! ¡su hermano! ¡su mártir! + +--¡Ah! + +--La amo... más que á mí mismo: la deseo con todo mi deseo, con toda mi +sed de gozar, y sin embargo, devoro y comprimo mi deseo. Vivo de su +felicidad, y sus lágrimas me despedazan el alma. Dorotea sufre; Dorotea +es infeliz. Se han valido de ella como de un instrumento, la han +despedazado el alma... ama á un hombre y le roban ese hombre. + +--¿Y qué hombre es ese? + +--Don Juan Téllez Girón. + +--¡Siempre ese hombre!--exclamó con desesperación el duque. + +--Sin embargo--dijo el tío Manolillo--, á ese hombre debes el empezar á +ser algo. + +--¡Cómo! + +--Sí, sí ciertamente. Si ese hombre no hubiera venido á Madrid, no +hubiera conocido á doña Clara Soldevilla, y no hubiera podido ayudarla, +cuando esa mujer servía á la reina con su vida, con su honra; no hubiera +encontrado á Quevedo, y sin Quevedo, no hubiera herido á tu buen +secretario don Rodrigo Calderón; si no hubiera herido á don Rodrigo, si +no le hubiera arrebatado las cartas que tenía de la reina... + +--¡Cómo! ¿ese caballero ha quitado á Calderón las cartas?... + +--Sí, las cartas que yo acaso no hubiera podido arrancarle. Y don +Rodrigo, armado con aquellas cartas, obrando por cuenta propia, era +omnipotente: hubiera dictado condiciones á Margarita de Austria, te +hubiera vencido, hubiera ocupado acaso ya tu lugar, un lugar que, si no +le pones fuera de combate, ocupará algún día; ¿comprendes ahora todo lo +que debes á ese afortunado joven? + +--¡Oh! ¡oh! ¡y yo ciego!... + +--Tú, torpe y confiado, creyéndote en tu vanidad asegurado en el favor +del rey y superior á todo... pero continuemos y te convencerás de cuánto +es lo que debes al bastardo de Osuna, sin que él, que porque es amigo de +Quevedo te aborrece, sepa, ni por pienso, que te ha hecho el más leve +servicio. Por otra parte, don Juan Téllez Girón, hiriendo á don Rodrigo, +te ha hecho otro inmenso servicio: don Francisco de Quevedo, que conoce +la corte, tuvo miedo al ver herido, sin saber si era muerto ó vivo, á +don Rodrigo, y como sólo había venido á Madrid por encargo del duque de +Osuna para buscar á ese don Juan, y con el sólo objeto de llevársele +consigo á Nápoles, quiso ponerle á cubierto de toda eventualidad, y +acordándose de Dorotea concibió un terrible pensamiento. + +--¡Dorotea! + +--Sí por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que +deslumbra á las mujeres... + +--No le conozco. + +--¡Oh! pues es un mancebo hermosísimo; ya ves: cuando en tres días ha +llegado á ser marido de doña Clara Soldevilla, á quien todos, menos yo, +creían de nieve, y ha enamorado á Dorotea, que no había amado nunca... + +--¡Pero Dorotea le ama!--exclamó con cierta celosa impaciencia Lerma. + +--Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde +muere. + +--¿Pero qué se proponía Quevedo al hacer conocer á Dorotea ese hombre? + +--Que se enamorase de él, y lo consiguió. + +--Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se +enamorase de ese hombre. + +--Estás cada día más torpe, duque. + +--No tenéis razón para llamarme torpe, porque es incomprensible el +objeto de Quevedo. + +--Lo que á ti te falta de ingenio, le sobra á Quevedo, Lerma. + +--Pero en esta ocasión... + +--Dime: ¿no es tu querida Dorotea? + +--Sí. + +--Aún no me comprendes. Será necesario llegar al fin. Dime: ¿no harás tú +cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidiéndote? + +--Según, según. + +--No hay según. Tú eres todo soberbia. Tú hubieras hecho lo que hubiera +querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, debía +procurar que no le prendiesen por sus heridas á don Rodrigo... + +--¡Ah! + +--Has comprendido al fin, gracias á Dios y á mi paciencia. Pues bien, +Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca á don Juan, le ama +más que á sí misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto, +porque tiene celos. + +--¡Celos! + +--¡Oh! ¡si Dorotea no tuviese celos! ¡si la amase don Juan, el primer +hombre á quien ha amado, como ella le ama! Entonces yo le amaría +también, porque haría feliz á mi Dorotea, y amaría á Quevedo que los +había puesto en el caso de amarse, y procuraría que, como don Juan te ha +robado el corazón de Dorotea, te robase el corazón del rey. ¡Pero ya se +ve! don Juan había visto antes que á Dorotea á doña Clara: habían andado +de aventura por esas calles de Dios... y doña Clara es tan hermosa... no +es más hermosa que Dorotea, no; pero no es cómica, ni tu querida, ni lo +ha sido de nadie: doña Clara... yo he visto á todos, altos y bajos, +mirarla con codicia... y el mismo rey... + +--¡El rey! + +--Sí, el rey ama á doña Clara: tibiamente, eso sí; pero la ama cuanto +puede amar, como no ha amado á ninguna mujer... ya ves: cuando siendo +tan devoto y tan temeroso de Dios se ha atrevido á arrojarse á +pretensiones... la mujer que ha sido capaz de sacar de quicio á su +majestad, tiene no sé qué poder, que Dorotea no tiene... Dorotea, pues, +amando al marido de doña Clara es una mártir, y ya que no puedo evitar +su martirio, quiero vengarla, y la vengaré. + +--¿Que la vengarás? ¿y cómo? + +--Valiéndome de ti. + +--¡Ah! creo que también te vales de otra persona. + +--¿Del rey? cierto que sí. Su majestad no puede ver á don Juan desde que +sabe que le ama doña Clara. Y anoche, que fueron las bodas, no durmió. +Sabe además su majestad que Quevedo ha tenido gran parte en ese +casamiento, y no puede ver á Quevedo. + +--¡Por eso me ha mandado prenderlos! + +--Ya lo creo, como que se lo he aconsejado yo. + +--Y si teníais interesado al rey, ¿á qué imponerme condiciones á mí? + +--Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro señor, no es más firme +que una caña; le mueve hacia un lado el más ligero vientecillo, y otro +vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender á +don Juan y á Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos serán, porque +el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario +obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doña Clara, +sobrevendrá, se arrojará á los pies del rey, llorará, le besará las +manos... y el rey se derretirá y revocará la orden de prisión, y será +capaz de honrar á don Juan y á Quevedo por añadidura. Es necesario que +el rey no pueda hacer nada. + +--¿Y cómo? + +--¿Cómo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia +ofendida. + +--Es decir, ¿formando proceso á don Juan por la herida de Calderón? + +--Y por añadidura, á don Francisco de Quevedo. + +--Y si todo eso sucede, ¿me devolveréis esas cartas que me habéis +robado? + +--Cuando Dorotea posea completamente á don Juan, ó cuando yo la haya +vengado de él. + +--¿Pero no consideráis que si la Dorotea sabe que su amante está preso, +interpondrá todo su influjo para salvarle? + +--Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasión de demostrar á don Juan hasta +qué punto le ama. + +--¡De modo que me veo reducido á coaligarme con vos! + +--Sí, sí por cierto, noble y poderoso señor duque de Lerma; conmigo el +bufón, el loco, el miserable, el despreciable. Conmigo, que he sabido +levantarme á vuestros ojos fuerte como un león. Conmigo, comadreja del +alcázar, que puedo perderos. + +--El duque no estaba en estado de regatear, ni aun podía defenderse; lo +que le sucedía, le tenía aterrado; y lo que más le humillaba era verse +obligado á ayudar los amores de su querida. + +--Haré, haré lo que pueda--dijo al fin. + +--Tú harás lo que yo quiera; prenderás á don Francisco de Quevedo. + +--En verdad, en verdad que ya he dado la orden de prisión, y á pesar de +que una persona, á quien no puedo negar nada, me había comprometido á +que no le prendiese, me he olvidado de revocar la orden. + +--Adivino cuáles son las dos mujeres que te han pedido la una la prisión +y la otra la seguridad de don Francisco. + +--Si sabéis eso, es necesario concederos mucho poder. + +--Con saber á quien interesa que sea preso y que no sea preso don +Francisco, se sabe quién es quien ha obrado en su favor y quién en su +contra. Voy á decirte los nombres: La condesa de Lemos, tu hija, te ha +obligado sin duda á que prendas á Quevedo, y la duquesa de Gandía, la +buena, la inocente doña Juana de Velasco, ha sido, sin duda, quien te ha +exigido la promesa formal de no meterte en prenderle. + +En vano el duque quiso ocultar su turbación, producida por la sagacidad +del tío Manolillo; sin embargo, se dominó y dijo riendo: + +--¡Bah! ¿y qué les importa ni á la condesa de Lemos, ni á la duquesa de +Gandía que Quevedo sea preso ó no? + +--¿Qué si les importa? Voy á revelarte dos secretos. + +--¿Dos secretos más? + +--¿No te he dicho que soy la comadreja del alcázar, que velo mientras +los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razón +sé que tu hija es querida... + +--¡Querida!--exclamó el duque afectando una explosión de dignidad +ofendida. + +--Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don +Francisco de Quevedo. + +--¡Mentira! + +--Vamos: lo sabías--dijo el bufón--; debe de habértelo dicho tu misma +hija. + +--¡Que yo sé esa deshonra! + +--¡Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto +ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es +grande, me prueba que la conocías. + +--¡Oh! ¡oh! ¡yo te juro que esa es una calumnia! + +--No disputemos. Debe herirte demasiado lo que hago contigo, y yo, que +adoro la venganza, reconozco el derecho y la necesidad que tienes de +vengarte de mí. Cuando puedas, mátame, hazme pedazos; pero entre tanto, +sírveme. + +El duque no contestó; estaba lívido de cólera, se le saltaban los ojos +de las órbitas. + +El bufón continuó: + +--Como doña Catalina es una dama muy discreta y tiene mucho ingenio, y +es intrigante y enredadora y sagaz donde los hay, nada tiene de extraño +que haya averiguado que Quevedo sólo ha venido á Madrid á buscar al hijo +del duque de Osuna para llevárselo á Napóles. Y como doña Catalina ama +mucho á Quevedo, con toda su alma ardiente, á la que tan mal dueño has +dado en tu sobrino el conde de Lemos, naturalmente, para no perder sus +amores, te ha obligado, Lerma, porque tu hija puede obligarte, á que +prendas á Quevedo. + +El duque se movió violentamente en el sillón. + +--Por lo que sufres, conozco que he acertado en todo; voy ahora á +decirte las razones que tengo para creer que la duquesa de Gandía te ha +obligado á que no prendas á Quevedo. La duquesa de Gandía es madre +natural de don Juan Téllez Girón. + +Dió un salto sobre el sillón Lerma y volvió á caer desplomado. + +Aquella noticia le espantó. + +Tal concepto tenía formado de la duquesa de Gandía, que le pareció un +sacrilegio la revelación del tío Manolillo. + +--Eso es imposible; imposible de todo punto; tu lengua ponzoñosa nada +respeta; es una calumnia infame. La duquesa de Gandía es una santa. + +--Pero cuando una santa se encuentra á obscuras en una galería apartada +con un hombre, tal como el duque de Osuna, por lo mismo que es una +santa, se encuentra sin saber cómo en la situación en que se halla la +duquesa de Gandía. Pregunta á tu hija, que sin ser una santa, es y lo +será siempre una mujer honrada, á pesar de ser querida de Quevedo, lo +que son tales encuentros: ¡bah!, Lerma, tú te estremeces porque estás en +la misma situación que un hombre atado por cada uno de sus remos á +cuatro caballos. No te asustes; al pedirte yo lo que te pido, he +pensado, primero, en procurarte los medios de hacerlo, porque yo no soy +tan insensato que pida imposibles. Por eso he abierto camino al duque de +Uceda hasta el rey. Por eso he procurado que tus enemigos, sin vencerte, +se crean de nuevo en posición de hacerte la guerra. Para que volviese á +la corte el conde de Lemos, era necesario hacer todo eso. Y yo necesito +que el conde de Lemos vuelva. Entonces doña Catalina estará más +contenida, porque un marido al fin es un marido, y, si pretende hacer +algo, yo la haré callar. Del mismo modo haré que la duquesa de Gandía te +sirva de cabeza. Conque ayudémonos resueltamente, duque, y no disputemos +más. A cambio de tu favor con el rey, la prisión de don Francisco de +Quevedo y don Juan Téllez Girón ante la justicia, como homicidas de don +Rodrigo Calderón. + +--Lo haré...--dijo el duque--¿pero esas cartas, esos secretos?... + +--Las unas y los otros los guardo yo como armas preciosas. + +--Escucha--dijo el duque--; yo puedo enriquecer á Dorotea, enriquecerte +á ti... + +--¿Y el oro da la felicidad? la da á los imbéciles, que creen verdades +las adulaciones de los miserables; pero la sed del corazón no la calma +el oro. Ni un maravedí quiero tuyo. Y escucha: como dentro de un +momento no esté preso don Juan Téllez Girón, que está en el alcázar y en +el cuarto de su esposa, y ese Quevedo no duerma preso esta noche, obro, +duque, obro y ¡ay de ti en el momento que yo obre! + +--¡Y no hay medio en lo humano! + +--Ninguno. + +--Bien; será lo que quieras. + +--¡Presos don Francisco y don Juan! + +--¡Presos! + +--¡Al momento! + +--¡Al momento! + +--Pues vete y manda extender las órdenes. + +--¿Y te quedas aquí? + +--Sí, no quiero asustarte desapareciendo delante de ti. + +--Debe haber aquí alguna puerta secreta. + +--Pues bien; ¿qué importa? bastante seguro te tengo. Mira. + +El bufón se levantó, llegó al secreter de la derecha, oprimió un resorte +y el secreter giró dejando descubierta una obscura entrada. + +--Adiós, duque, adiós--dijo el bufón desapareciendo por ella--, y no te +atrevas á desobedecerme. + +El secreter volvió á girar. + +El duque quedó aterrado. + +Parecíale, ó mejor dicho, quería que le pareciese aquello un sueño. + +Pasóse la mano por la frente, hizo un violento esfuerzo, se resignó y +salió y abrió la primera puerta. + +--Que entre Ledesma--dijo á uno de los oficiales. + +Y se volvió al camarín y se puso á papelear para disimular su turbación. + +Entró Ledesma. + +--Sentáos--le dijo el duque--y tomad nota. + +Ledesma se sentó. + +--Levantamiento del destierro del conde de Lemos--dictó el duque; +reposición en su oficio de ayo del príncipe de Asturias á don Baltasar +de Zúñiga; reposición en su oficio de caballerizo mayor al conde de +Olivares; nombramiento de confesor de su majestad la reina al reverendo +padre fray Luis de Aliaga, y por último, reposición en su oficio de +ayuda de cámara de su alteza el príncipe don Felipe, al duque de Uceda. + +--Ya está, señor--dijo Ledesma. + +--Ahora aparte: comuníquese urgentemente orden al alcalde mayor, para +que luego haga prender, donde los halle, á don Francisco de Quevedo y +Villegas y á don Juan Téllez Girón, como causantes de la herida de don +Rodrigo Calderón, y pase de oficio para que sin levantar mano se empiece +á formar el proceso; que cada oficial extienda una de esas minutas y +traédmelas para el despacho de su majestad. + +Ledesma salió asombrado, comprendiendo la razón de la malísima cara que +tenía el duque. + +Poco después, en vista de las minutas que se estaban extendiendo, se +daba por segura en las secretarías de Estado la caída del ministro +universal duque de Lerma. + +Lerma entre tanto, encerrado de nuevo, buscaba en vano el resorte del +secreter que cubría el pasadizo por donde había desaparecido el bufón. + + + + +CAPÍTULO LXIV + +DE CÓMO QUEVEDO BUSCÓ EN VANO LA CAUSA DE SU PRISIÓN, Y DE CÓMO CUANDO +SE LO DIJERON SE CREYÓ MÁS PRESO QUE NUNCA + + +Antes de entrar en la materia de este capítulo, debemos dar algunas +noticias á nuestros lectores á la manera de sueltos de periódico: + +--Don Juan Téllez Girón fué preso aquel mismo día, en el aposento de su +esposa doña Clara de Soldevilla, como acusado del estado en que se +encontraba don Rodrigo Calderón, y en el momento en que preparaba un +viaje, circunstancia agravante que el alcalde encargado de su prisión +hizo constase en la diligencia del escribano que le acompañaba. + +--Doña Clara Soldevilla solicitó una audiencia del rey y no pudo +conseguirla. + +--Dorotea esperó en vano toda la tarde al duque de Lerma y á don +Francisco de Quevedo, con la mesa puesta, y ya cerca de la noche se puso +verdaderamente mala y se metió en el lecho. + +--El cocinero de su majestad fué á avisar al excelentísimo señor duque +de Lerma, que doña Ana de Acuña recibiría á obscuras al rey á las doce +de aquella noche. + +Al salir Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, de +casa del excelentísimo señor duque de Lerma, se encontró manos á boca +con el tío Manolillo, bufón del rey, que le asió por un brazo y le metió +en una taberna, donde se encerró con él en un aposento. + +El tío Manolillo hizo vomitar al cocinero de su majestad cuanto sabía +acerca de la cita que el duque tenía aquella noche con doña Ana de +Acuña. + +Al salir de la taberna, separáronse el cocinero mayor y el bufón, y este +último se fué en busca de un alcalde de casa y corte. + +Conocidas de nuestros lectores estas noticias, entraremos de lleno en el +asunto del presente capítulo. + +La silla de manos en que había sido metido Quevedo, y en que Quevedo se +había dormido, anduvo hasta parar en un lugar de que no podía darse +cuenta Quevedo; primero, porque con su cansancio, su largo desvelo y su +admirable fuerza de ánimo, dormía profundamente; y segundo, porque +aunque hubiera estado despierto, la silla de manos estaba herméticamente +cerrada y á obscuras. + +Pero de repente Quevedo hubo de despertar al contacto de una mano que le +movía. + +Abrió los ojos, se los restregó, se desperezó, y... se encontró todavía +á obscuras. + +--Salid, don Francisco--dijo la voz del alcalde Sarmiento. + +--¡Ah! ¡conque hemos llegado! ¡pues me alegro! quitáos de delante no +tropiece con vos, licenciado Sarmiento, que lo sentiría por lo que de mí +se os pudiese pegar, y dígame vuesa merced, si no le enoja: ¿se han +acordado de poner cama? + +--Aquí os quedaréis--dijo el alcalde. + +--Sea por minutos, amigo. Y como no me contestáis y os despedís, id con +Dios. + +--Que Dios os guarde. + +Sintió Quevedo el ruido de las pisadas de algunos hombres, y luego +cerrarse una puerta. + +--¿De donde vendrá ese chubasco?--dijo para sí, palpando en torno +suyo--; no lo sé... no adivino; una silla... pues señor, estoy en mi +casa... una cama mullida... afírmome en lo dicho... y á obscuras... me +afirmo más; calabozo tenemos, guardados estamos, y... sueño tengo; +dejémonos de suposiciones inútiles, y acostémonos, y continuemos el +sueño interrumpido. + +Y Quevedo se acostó, no así como quiera, sino desnudándose como si +hubiera estado en su casa. + +Pero por esta vez no se durmió. + +Había descabezado, como suele decirse, el sueño en la silla de manos; la +situación en que se encontraba era grave por más de un concepto, y su +poderosa imaginación empezó á dar vueltas. + +Pero las vueltas de su imaginación se agitaban en un laberinto obscuro, +en el que se perdía más y más cuanto más pugnaba por encontrar la +salida. + +Y como la imaginación es tan libre que se agita más cuanto más +pretendemos sujetarla, la cabeza de Quevedo llegó á convertirse en una +devanadera. + +Pasáronsele muy bien dos horas sin que pudiese atinar con la causa de su +prisión, porque para él era indudable que el prenderle no convenía al +duque de Lerma, y que siendo el duque tan apegado á su conveniencia, no +era ni aun razonable creer que su prisión proviniera de él. + +Ocurriósele, y acertó, que doña Catalina podía ser la causante, pero +Quevedo tenía, como todos los hombres, dentro del cuerpo, el enemigo +mayor del género humano: el amor propio. + +Y su amor propio decía á Quevedo que doña Catalina estaba rendida á su +voluntad, que lloraría mucho, que buscaría todos los medios imaginables +para retenerle á su lado, pero que jamás obraría en contra suya. + +Su amor propio, como ven nuestros lectores, engañaba á Quevedo, +sobreponiéndose á su sagacidad y á su prudencia, que de una manera +instintiva le decía, y le había dicho, que todo debía temerlo de la +rabia y el despecho de la condesa de Lemos. + +Ni asaltó el pensamiento á don Francisco que el bufón podría tener +interés alguno en que le hiciesen preso, ni pudo, por consiguiente, +encontrar una solución satisfactoria que justificase su prendimiento. + +--Hanme preso--decía--por recelos muchas veces; hánme traído de acá para +allá; pero en esas ocasiones, si no he mordido, he conspirado, y si no +he conspirado he pensado en conspirar. Ahora no tengo contra mí nada, +absolutamente nada, porque, según el viento que corre, lo de la herida +de Calderón no hay que tomarlo en cuenta. Temí por don Juan, pero puse +en planta lo que sobra para tener descuido, y ó yo me he vuelto tonto, ó +mi prisión no entiendo, ó anda por la corte algo que yo no veo. Por +fortuna, no hay bien ni mal que cien años dure; alguno ha de hablar +conmigo, que no han de tenerme emparedado, y entonces ya sabré yo lo que +me pasa, más por lo que no me digan que por lo que me quieran decir. + +Interrumpió á Quevedo el ruido de una llave en una cerradura, sintió +pasos y una voz desconocida que le dijo: + +--Sígame vuesa merced, señor don Francisco de Quevedo y Villegas. + +--Del hábito de Santiago, señor de Juan Abad y poeta--contestó Quevedo. + +--Espera á vuesa merced quien le ha de llevar á otra parte. + +--Pues espérese el que ha de llevarme á que me vista, que yo me creía en +casa y habíame desnudado; y si quieren que despache pronto, tráiganme +luz, que no se ponen bien las agujetas á obscuras. + +--A obscuras habéis de vestiros como á obscuras os habéis desnudado, y á +obscuras habéis de ir como habéis entrado á obscuras. + +--Obscuridad cerrada tenemos, en el caos andamos; alguna creación anda +cerca; y ¿á dónde habéisme de llevar, señor mío? + +--No lo sé yo eso; que no traigo orden más que de sacaros de aquí, y +hágame vuesa merced la gracia de no preguntarme más, porque tendré el +dolor de no poderle responder. + +--¿Adolecedor sois? Pues con alguacil no trato; hombre de bien tengo al +canto; hidalgo barrunto; huélgome de ello, que siempre es bueno, aun en +lo más malo, al dar con gente bien criada. + +--Pero vuesa merced se vale de eso para vestirse con gran espacio, y yo +rogaría á vuesa merced que abreviara, que la jornada es larga, la noche +mala, y los caminos con tanto llover de los diablos. + +--¿Es decir que Madrid se me escapa? + +--Fuera de Madrid va vuesa merced. + +--Pues quien de Madrid me saca debe ser persona que puede. + +--Gran secreto se tiene con vuestra prisión--dijo el hombre misterioso, +acercándose más á Quevedo--; interés hay en que vuesa merced se +pierda... + +--Pues no es eso fácil, que no nací yo para perdido. + +--Traspapelar quieren á vuesa merced; pero yo, que soy algo dado á +papeles, y por algo letrado me tengo, y me he regocijado mucho con los +versos de vuesa merced, y aprendido muy mucho más con los discursos de +vuesa merced, no soy mío por más que me hayan mandado que calle, y +quiero advertir á vuesa merced. + +Púsose en guardia Quevedo, á quien parecía un tanto sospechosa aquella +facilidad en soltarse de lengua, en quien tan severo había empezado, y +dijo: + +--Páguele Dios, hermano, la buena voluntad que me tiene, si es que yo no +puedo pagársela, que sí podré, que estas son tormentas que pasan, y +dígame lo que quiera, que aprovechará. + +--Breve tiene que ser, porque esperan y pudieran sospechar. + +--Con media palabra entiendo yo. ¿Por quién soy preso? + +--Por el rey. + +--Eso ya me lo sabía, que á nadie se prende sino á nombre de su +majestad; que el nombre de su majestad hace ya mucho tiempo que sirve +para embozar cosas malas. + +--Os han preso con justicia. + +--Cierto es que con alguaciles me prendieron. + +--Con razón. + +--Tenéis razón, que razón es que los tales prendan, que si no +prendieran, no serían corchetes. + +--Quiero decir, que vos tenéis la culpa de haber sido preso. + +--También decís verdad, que por dejar yo la espada presa, he dado en +prisiones. + +--No es eso, don Francisco; habéis cometido un delito. + +--Estáis echando un río de verdades. Gran delito es, en efecto, el venir +en estos tiempos á la corte. + +--Habéis malherido á don Rodrigo Calderón. + +--No fuí yo... pero quiero tomar mi parte en esa buena acción, porque al +fin ayudé á ella. ¿Y por haber sangrado á un pícaro me prenden? ¿Y á +esto llaman delito? + +--Las cosas han variado. + +--¿Priva de nuevo Calderón? + +--El alcázar se ha vuelto de arriba abajo. + +--Gran suceso y grande espectáculo. ¿Echádose ha el alcázar á +volatinero? + +--Más de lo que pensáis. En fin, y para abreviar, que ya nos detenemos +demasiado, habéis sido acusado por el duque de Lerma, juntamente con +don Juan Téllez Girón, de homicidio contra don Rodrigo; y como don +Rodrigo se va por la posta... + +Pues si se va me alegro, que nosotros por aquí nos quedamos, y á fe mía, +que no ha de faltar quien pague las costas. Gran servicio habremos hecho +con la ida de tal, al rey y á la patria. + +--Pues piden vuestra cabeza. + +--Menores cosas he pedido yo, y heme quedado sin ellas; que si á todo el +que pide le dieran, pronto se echarían todos á pedir y no quedaría quien +pudiera dar. ¿Y á dónde me llevan? + +--A Segovia. + +--Honrosa cárcel me dan. Y con esto y no tener ya nada que ponerme salvo +la daga y la espada que me han quitado, recibid mi agradecimiento, +alguacil desalguacilado, y vamos, que el moverme me hará provecho. + +--Acercad y asíos de mi capa. + +--Téngoos ya. + +--Pues marchemos, y silencio. + +--Silencio y marchemos. + +Tiró para adelante el hombre, á cuya capa iba asido Quevedo, y siguióle +éste pensando para sus adentros: + +--Póneme más en cuidado que nunca la amistad de éste; paréceme que se +han propuesto asustarme... ¡y vive Dios! que lo han conseguido... por +mí, acostumbrado estoy á estas aventuras... pero don Juan... preso +también... ¡pueden salir de aquí tantas cosas!... + +--Señor alcalde--dijo en aquel punto el hombre que guiaba á Quevedo--: +aquí tiene vuestra merced al preso. + +--¿Sois vos don Francisco?--dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo así, +del licenciado Sarmiento. + +--Yo soy, á menos que no me equivoque, amigo. + +--Entrad en esa litera. + +--Pónganme junto á ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y +buen viaje. + +--¡Si sois vos el que os vais! + +--No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de mí... y me +alegro. Guardéos Dios. + +Estaba ya dentro Quevedo y se cerró la puerta de la litera. + +Esta se puso en movimiento. + +Durante algún espacio, Quevedo oyó el ruido de las gentes que pasaban, +y el viento que zumbaba en los aleros de las calles. + +Después, aquel ruido cesó: oíase el zumbar del viento, largo, extendido, +como en el campo, y sólo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y +los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto á ella. + + + + +CAPÍTULO LXV + +DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO NO HABÍA DADO SU OBRA POR CONCLUÍDA + + +A penas el licenciado Sarmiento había entregado á cuatro alguaciles de á +caballo la guarda de Quevedo, con la orden verbal de que le recibiese +preso el alcaide del alcázar de Segovia, y se había alejado de la casa +con su ronda de alguaciles, cuando se le plantó delante de la luz de la +linterna (porque era ya de noche) un hombre pequeño, cubierto con un +sombrero gacho, y envuelto en una capa negra. + +--¿Qué me queréis?--dijo secamente el licenciado. + +--¿Es vuesa merced, como lo parece, alcalde de casa y corte?--dijo aquel +hombre, cuyo acento era indudablemente afectado. + +--Tal soy--dijo el licenciado. + +--Pues tomad este pliego y enteráos de él en servicio del rey y de la +justicia. + +Tomó el alcalde el pliego, y apenas le hubo tomado, cuando el +desconocido, volviéndole rápidamente la espalda, dió á correr con una +velocidad maravillosa. + +--¡Síganle y agárrenle!--gritó el alcalde. + +Siguiéronle algunos alguaciles, pero volvieron á poco diciéndole que +aquel hombre se les había perdido. + +Puso preso el alcalde á aquellos alguaciles, por el delito de no haber +tenido tan buenas piernas como el huído, y después de esto fuese á su +casa, encerróse en su despacho, sentóse delante de una mesa cargada de +procesos, y sacando el pliego que el hombre misterioso le había dado, +leyó en él lo siguiente: + +--«Señor alcalde: Un hombre ha sido asesinado...» + +Al leer esto el licenciado Sarmiento, le bailaron los ojos de alegría. + +Porque el licenciado Sarmiento era alcalde en cuerpo y en alma, y se +alegraba de los delitos, como los médicos se alegran de las +enfermedades, los clérigos de los entierros, y los sepultureros de los +muertos. + +La alegría le hizo detenerse un momento, y luego prosiguió: + +«Un hombre ha sido asesinado á traición. Este hombre es el sargento +mayor don Juan de Guzmán. El causante de este asesinato, ó los +causantes, han sido don Francisco de Quevedo y Villegas...» + +La alegría nubló de nuevo los ojos del licenciado, porque, como todos +los tontos á los hombres de ingenio, tenía suma ojeriza á Quevedo. + +Después, prosiguió: + +«Los causantes han sido, don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito +de Santiago, y don Juan Téllez Girón, homicidas, al menos por intento, +de don Rodrigo Calderón. El medio del asesinato ha sido Francisco +Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, por instigación de los +tales don Francisco y don Juan, y el lugar del asesinato donde, si se +busca bien, se encontrará el cadáver del dicho sargento mayor, la casa +de doña Ana de Acuña, aventurera y manceba á un tiempo del duque de +Uceda y del difunto, en la calle de Amaniel. Esté vuesa merced atento, y +verá cómo á la media noche entran algunos en su casa por el postigo. +Guarde Dios á vuesa merced.» + +--¡Oh! ¡oh! ¡oh!--exclamó el alcalde--; ¡asesinato de hombre casa de la +querida del duque de Uceda, y á manos del cocinero mayor de su majestad! +Este tal cocinero es muy rico, y el duque podrá ser que se interese +harto por su manceba. ¡Oh! ¡oh! ¡oh! + +Y el licenciado se quedó gratamente abismado en la contemplación del +resultado futuro de un negocio en que podrían cruzarse sendos doblones. + +Pero como todo lo que tenía de salvaje en la acepción completa de la +frase el licenciado, lo tenía de activo, hizo llamar á aquella hora, que +ya era bien entrada la noche, á un escribano, empezó por encabezar el +proceso con la declaración testimoniada de lo que le había acontecido +con el hombre de la capa, sin olvidarse de unir la denuncia original, é +_incontinenti_ con el mismo escribano y diez alguaciles, fuese á la +calle de Amaniel, y con las linternas cerradas y la mayor cautela, +escondiéronse él y sus gentes, de tal modo, que nadie, como no hubiera +tenido la cualidad de oler á la justicia, hubiérala creído en aquellos +lugares. + +Entre tanto, la hermosa doña Ana, sola, porque siguiendo los consejos +del bufón, había despedido á sus criados; aterrada, porque la situación +en que se encontraba, teniendo en las habitaciones inferiores el +cadáver, cosido á puñaladas, del sargento mayor, no era para menos; +halagando la sola esperanza de que el rey, á quien esperaba por anuncio +de Montiño, enamorada de él, la salvaría, ocupábase en acabar de +ataviarse de una manera magnífica, porque, aunque según lo convenido, +debía recibir al rey á obscuras, por el tacto, lo mismo que por la +vista, se aprecian las buenas telas y las ricas alhajas, y en echar +esencias en sus cabellos y en procurarse por todos los medios parecer +hermosa sin luz. + +La situación de aquella desdichada no podía ser más espantosa, más +dramática; basta anunciarla para que se comprenda. Un terror profundo y +una ansiedad mortal... y sin haber comido, privada de sus criados; y sin +haber visto un sólo resquicio de salvación, entre las tinieblas de +horrores que la rodeaban. + +Cada vez que resonaba un reloj á lo lejos, el corazón de doña Ana cesaba +de latir; cada vez que resonaban pasos en la calleja á donde daba el +postigo de su casa, una ansiedad mortal la devoraba. Los pasos se +acercaban, llegaban, se alejaban. No era el rey. + +Al fin, dieron á lo lejos las doce de la noche. + +La sangre de doña Ana circuló con fuerza, ardió, la dieron fuertes +latidos las sienes y el corazón; se nublaron sus ojos... Era la hora de +la cita; resonaron inmediatamente pasos en la calleja; doña Ana escuchó +con toda su vida apoyada en el alféizar de la ventana que daba sobre el +postigo; luego resonó una llave en aquel postigo; la alegría dió fuerzas +á doña Ana; la esperanza valor; se retiró precipitadamente de la +ventana; tomó la luz que había en la habitación, y entró en otra que era +su dormitorio; de allí pasó á otra que era su cámara; allí encendió una +linterna de resorte que tenía preparada, la cerró, la puso sobre una +mesa, apagó la bujía y se quedó á obscuras esperando impaciente en medio +de la cámara. + +Resonaron al fin pasos en el dormitorio, crujieron las vidrieras al +tropezar en ellas una persona, y la voz cobarde, trémula del cocinero +mayor, dijo desde en medio de la obscuridad: + +--¿Estáis ahí, señora? + +Doña Ana hizo un violento esfuerzo sobre sí misma para que su voz no +temblase y contestó con acento dulce: + +--Sí, sí, señor Francisco Montiño. ¿Viene con vos ese caballero? + +--Tenéisme aquí impaciente, hermosa señora--dijo el duque de Lerma. + +Debemos advertir que doña Ana no había oído nunca hablar ni al rey ni al +duque de Lerma; y que la voz del duque, por la soberbia de éste, y su +gran aprecio de si mismo, tenía un timbre particular, hueco, campanudo, +grave, que daba á conocer al gran señor que habla siempre mandando, +imponiendo, obteniendo inmediatamente una respetuosa obediencia. + +--Retiráos abajo, Montiño--añadió el duque. + +Y luego dijo: + +--¿Dónde estáis, señora? + +--Aquí, mi señor; venid, adelantad, tomad mi mano; yo os guiaré. + +El duque, guiado por el sonido, buscó entre la obscuridad y tropezó +primero con un traje de brocado; luego con un hombro redondo que se +retiró de una manera nerviosa, y al fin, con un brazo desnudo de una +morbidez y una suavidad exquisitas, yendo á parar, por último, á una +mano incomparable por su forma, pequeña, gruesecita, cuajada en los +dedos de gruesos cintillos, que temblaba y estaba fría. + +--¿Qué os espanta, señora?--dijo el duque mientras doña Ana le conducía +á tientas hacia un lado de la cámara. + +--Me espanta--dijo doña Ana con su sonora y dulce voz de mujer +hermosa--, me espanta la situación en que me encuentro, que es horrible. + +--¡Horrible! No alcanzo á comprenderos; ¿horrible porque yo estoy aquí? + +--Sí; sí, señor, porque si mi situación no fuese horrible, no estaríais +vos aquí. + +--¡Explicadme, explicadme, señora!--dijo el duque con cierta magnífica +majestad, porque suponía que todo aquello no era más que un prefacio de +costumbre. + +--Si yo no hubiera necesitado de la protección de una alta persona, +cuando Montiño me trajo de vuestra parte el regalo que tengo al +cuello... + +--¡Ah, señora! + +--Podéis creer que el haber yo consentido ha sido por ese regalo; pero +os engañáis si creéis eso, señor; lo he aceptado porque me encontréis +humilde, porque queráis mejor ampararme. + +--¿Pero qué os sucede? + +--Estoy sola en el mundo; sola y amenazada de mil peligros. Cuando +Montiño me dijo que una altísima persona me amaba... + +--Otros hay más altos que yo, señora. + +--¡Oh, no, sólo Dios! + +--¿Quién os ha dicho eso?--dijo con una gravedad eminentemente cómica el +duque, que quería pasar por rey... + +--Nadie... pero... mi corazón... + +--¡Vuestro corazón! + +--Yo había ido muchas veces á la corte, señor; las mujeres somos locas, +insensatas; nos gusta, nos enamora lo grande, lo que deslumbra... + +--¡Y os he deslumbrado yo! + +--¡Ah, señor!, vos sois el sol de las Españas. + +--¡El sol yo! ¡pero no veis que estamos á obscuras! + +--Yo os veo claro, como si fuera de día... como si... estuviérais... + +--¿Como si estuviera dónde? + +--No me atrevo, señor, ¡habéis mostrado tal empeño en no ser +conocido!... + +--Sin embargo, vos lo mostráis también en hacerme entender que me +conocéis. + +--Porque en ello me va mi honra. + +--¡Vuestra honra! + +--Sí, sí por cierto; yo no podía ser esclava de otro que de vos. + +--¡Ah! ¿pero quién créeis que soy yo? + +--No me atrevo á decíroslo. + +--Hablad, hablad sin temor, señora. + +--¿Me dais vuestra noble palabra de no enojaros? + +--Os la doy. + +--Pues bien--dijo doña Ana arrodillándose de repente á los pies del +duque de Lerma--; yo soy vuestra, señor, en cuerpo y en alma.., porque +hace mucho tiempo que, loca, fuera de mí, amo á vuestra majestad. + +--¡Mi majestad!--dijo el duque fingiendo el más profundo asombro--; +¡cómo, señora! ¿habéis creído que yo soy el rey? + +--¡Ah, señor, señor!--exclamó doña Ana cubriendo de trémulos besos las +manos del duque; vuestra majestad me ha dado su real palabra de no +ofenderse. + +--Y no me ofende más que el dolor de no ser rey, puesto que al rey amáis +vos; pero levantáos, señora, no sois vos la que debéis estar á mis pies. + +--¿Es decir que tenéis empeño formal en que yo no os reconozca? + +--Creed que hay en mí grandes razones para no querer ser conocido de +vos. + +--Respeto esas razones, señor, las respeto, y me someto á vuestra +voluntad. + +--¿Quedamos, pues, en que yo no soy el rey? + +--Sí; sí, señor. + +--Gracias, señora, gracias. Ahora decidme: ¿cuál es la situación +horrible en que os encontráis? Hablad, que aunque yo no sea el rey, +tengo poder bastante para salvaros. + +--Juradme por vuestra alma que me salvaréis y que no desconfiaréis de +mí. + +--Os lo juro. + +--Voy á ser muy franca con vos. + +--Os lo agradeceré. + +--Yo, señor, no soy noble. + +--Tenéis la nobleza de la hermosura. + +--Nací en las playas de Galicia, señor, y Dios, sin duda para probarme, +me dió esta funesta hermosura. + +--¡Vuestros padres fueron pobres! + +--Pescadores, sin más bienes que una barca y una cabaña en la playa; yo +crecí allí libre, al sol y al aire, delante del mar, tan ancho, tan +azul, tan hermoso, guardada por las espaldas por las verdes montañas de +mi hermosa Galicia. ¿No es verdad, señor, que nadie al verme, al +escucharme, puede creer que yo he sido una pobre muchacha que se llamaba +Aniquilla, que corría descalza por las rocas buscando mariscos cuando +era niña, y que más tarde?... ¡oh, Dios mío! + +--No, no, nadie lo creería, porque Dios os ha dado la nobleza, como ya +os lo he dicho, de una grande hermosura, y con esa maravillosa hermosura +una discreción adorable y un claro ingenio. Vos sois una dama completa. + +--¡Pluguiera á Dios que no lo fuese! + +--¿Pero qué misterio hay en vuestra vida? + +--Sería un crimen el engañaros, señor. + +--Os escucho con afán. + +--Apenas dejé de ser niña, cuando dejé de ser pura. + +--¡Ah, la inocencia! + +--La libertad... y luego mi anhelo de salir de aquella cabaña... las +solicitudes de los marineros... todos me prometían sacarme de allí... yo +ansiaba ser más... los creía... y todos me dejaban. + +--¡Oh! + +--Un día, señor, fondeó en la caleta, que estaba delante de la choza de +mis padres, un barco de rey. Yo estaba sentada en la punta de una roca, +triste y desesperada, porque mi último amante acababa de hacerse á la +mar. La blanca vela de su bergantín se veía allá á lo lejos, como una +motita próxima á desaparecer en la inmensidad de los mares. Sacóme de mi +distracción el ruido acompasado de muchos remos; miré y vi que era una +barca que entraba en la caleta llena de hombres que llevaban plumas y +corazas relucientes, y bandas sobre las corazas los unos, y los otros +largas lanzas en las manos. Eran gente de guerra que había venido en el +barco del rey. Yo era la persona primera que vieron. Todos aquellos +hombres, al saltar en tierra, me miraron. Particularmente uno, joven y +buen mozo, que llevaba banda de seda sobre la coraza, me miró con más +fijeza que los otros, y se detuvo. Los restantes se encaminaron á la +aldea, y los marineros se pusieron á llenar de agua unos barriles que +traían en la lancha, en una fuente que había en la playa. + +--Rapaza--me dijo el hombre que se había detenido junto á mí--, ¿cómo +tan sola, siendo tan hermosa? ¿Esperas á tu amante? + +Yo no le contesté; pero mis ojos se llenaron de lágrimas. + +--¿Por qué lloras?--me preguntó. + +--Porque mi amante se ido para no volver--le contesté arrojando una +mirada al mar, en cuyo horizonte se veía ya imperceptiblemente como un +punto blanco próximo á desaparecer, el bergantín que conducía á mi +último amante, que acaso no se acordaba ya de mí. + +--¡Bah, muchacha!--me dijo el soldado--; á rey muerto, otro al puesto; +por mucho que le quieras, pronto le olvidarás, si pones otro en su +lugar. + +--El, como todos, me había dicho que me llevaría consigo... y como los +otros me ha dejado aquí. + +Miróme profundamente el capitán, y dijo como hablando consigo mismo: + +--Pedirla más hermosa sería avaricia, y parece inocente +Muchacha--añadió dirigiéndose á mí--, ¿quieres ser la prenda de un mozo +de rumbo? + +--No os entiendo--le contesté. + +--¿Quieres ser mi moza, digo? Yo te pondré en el cuello corales y +encajes, y te meteré la cintura en sedas, y te calzaré los pies con +chapines, y si ahora pareces un lucero, después parecerás un sol. + +--¿Es de veras?--le pregunté olvidada ya del otro que iba en el +bergantín, que había desaparecido por completo en alta mar. + +--Tan de veras, que si estás aquí en este mismo sitio á la noche, vendré +por ti. + +--Estaré. + +--¿Palabra de buena muchacha? + +--Os lo prometo. + +--Pues veremos quién falta á lo prometido--dijo el capitán. + +Y me estrechó la mano, y se fué á la aldea donde habían entrado los +soldados. + +--¿Y fuísteis?--dijo el duque de Lerma. + +--Sí; sí, señor; fuí, puesto que estoy hablando con vos; fuí por mi +desgracia; ó mejor dicho, no me moví de la roca... no me despedí de mis +padres, ni entré siquiera en la cabaña. + +Cuando me habló el capitán se ponía el sol. + +La noche, por lo tanto, no tardó en llegar. + +Pasó algún tiempo desde que cerró la noche, y por cierto bien obscura. + +Yo esperaba con impaciencia. + +Toda mi ambición era salir de aquel estrecho valle, encerrado entre el +mar y las montañas. + +¡El mar sin límites, que recibió mis primeras miradas! ¡las verdes +montañas de mi hermosa Galicia, de entre las cuales pluguiera á Dios no +hubiera salido nunca! + +Como os decía, la impaciencia me devoraba. + +Sólo veía delante de mí, porque la noche era muy obscura, una línea algo +más clara, una línea movible. + +Era el mar que venía á romper sus olas en las rocas. + +Sólo escuchaba su quejido incesante, y el ligero zumbar del viento. + +--¡Bah!--dije llorando--; el hermoso soldado se ha olvidado como los +otros de sus promesas; pero éste, al fin, no ha sido infame, porque no +ha sido mi amante. + +Y me levanté de la roca, y con el corazón amargo me volví para +encaminarme á la choza de mis padres, por cuya puerta se veía relucir á +lo lejos la llama, la alegre y dichosa llama del hogar. + +Pero de repente, un ruido que sentí á mis espaldas me detuvo. + +Era ruido de remos. + +Mi corazón se ensanchó y me volví de nuevo á la roca. + +Abordó una barca y de ella saltó un hombre. + +--¿Estás ahí, muchacha?--dijo. + +En aquella voz reconocí la del capitán. + +--Sí, aquí estoy esperándoos--le dije. + +--Pues ven conmigo y no te detengas, que el viento es favorable y vamos +á zarpar. + +Acerquéme á él, y él me asió de una mano y me llevó hasta la barca. + +Su mano temblaba. + +Luego me asió de la cintura para meterme en la barca. + +Sus brazos temblaban también, y su corazón latía con fuerza. + +Me dió un silencioso beso en el cuello, y sus labios abrasaban. + +Yo empecé á sentir no sé qué por aquel hombre. + +Me parecía hermoso, y luego... me trataba como no me había tratado +ninguno. + +Los otros me habían tratado con desprecio. + +El me trataba como á una señora; se estremecía á mi lado, se ponía +pálido. + +Me retuvo en sus brazos en la barca; y luego, siempre en sus brazos, me +subió á la galera. + +Noté que nadie se reía de mí; que nadie me miraba, que todos, cuando +pasaba junto á ellos el capitán, que me llevaba de la mano, se +descubrían. + +Era él el capitán de la galera, y además muy rico y muy principal. + +Por eso me respetaban todos. + +Y yo iba mal vestida, despeinada, descalza. + +Y, sin embargo, don Hugo de Alvarado, que así se llamaba mi esposo... + +--¡Vuestro esposo!...--exclamó con asombro el duque de Lerma. + +--Sí; yo soy viuda de un capitán de mar de su majestad, señor. + +--Contadme, contadme cómo fué eso. + +--Cuando llegamos al puerto del Ferrol, don Hugo, que no se había tomado +conmigo la menor libertad, á pesar de que yo estaba enteramente sometida +á él, hizo venir de tierra unas sastras.. + +Aquellas mujeres me tomaron medidas, y tres días después me llevaron +ricos vestidos y muchos trajes de dama, y de dama principal; por otra +parte, don Hugo me llevó joyas. + +Cuando me vistieron, cuando me engalanaron, don Hugo exclamó enamorado: + +--¡Es un sol! + +Yo estaba aturdida, me miraba en un espejo, y no me conocía; me parecía +que mi hermosura había crecido. + +La felicidad me hacía sufrir. + +Había visto otras playas; veía otras montañas; tenía á mis pies un +amante joven, hermoso, que me trataba con el mayor respeto. + +Mis vestidos eran ricos; sentía perlas en mi cuello, y cuando me miraba +en el espejo, veía que mi cuello era más nacarado que las perlas. + +Y no me acordaba de mis padres. + +Amaba la vida en que entraba, y me moriría por don Hugo. + +--¡Le amábais!--dijo el duque de Lerma. + +--Como no había amado nunca; como no he vuelto á amar hasta que os he +conocido á vos, señor. + +El duque de Lerma iba olvidándose rápidamente del objeto que le había +llevado á aquella casa, esto es: el hacer la guerra por uno de sus +flancos á su hijo el duque de Uceda, que se valía de aquella mujer para +excitar las precoces pasiones del príncipe, que se llamó después Felipe +IV, y de cuyas escandalosas aventuras amorosas están llenas la historia +y la tradición. + +El duque de Lerma, aunque circunspecto, porque la gravedad era su vicio, +hombre al fin, empezaba á sentirse excitado por la galante historia de +doña Ana. + +Y luego hay que convenir en que doña Ana tenía una gran práctica de +cortesana, que conocía el secreto de inspirar la voluptuosidad, y en +que, tales eran las manos que tenía abandonadas dulcemente entre las del +duque, que por su forma y su tersura, venían á ser el prólogo de +bellezas incomparables. + +Si el duque no hubiera llevado allí, según su sentido político, un alto +objeto, hubiera roto por todo y hubiera pedido á doña Ana luz. Pero +aquella mujer le parecía muy importante, y necesario y conveniente de +todo punto seguir representando á obscuras un papel de rey enamorado y +celoso de su dignidad. + +El duque de Lerma incurría en su millonésima equivocación. + +Estaba allí representando por la millonésima vez su papel de simple. + +--¡Ah! ¿con que amáis á su majestad, cuanto habéis amado al que habéis +amado más?--dijo el duque. + +--Os ruego, señor, que no volvamos á la pasada disputa; yo no me atrevo +á disputar con vos. Respeto vuestros deseos y callo. + +--Continuad; señora, continuad--dijo el duque halagado por las palabras +de doña Ana, porque tal era su vanidad, que se hinchaba con el placer de +representar al rey de una manera indirecta, aunque esto no fuese sino +como podía ser, á obscuras y ante una persona que nunca hubiese oído la +voz del rey. + +Doña Ana continuó: + +--Amaba yo á don Hugo por cuantas razones puede amar á un hombre una +mujer; me enamoraba y me enorgullecía. Pero fuí muy desgraciada en mis +amores. No los logré. + +--¡Cómo! ¿Pues no sois su viuda? + +--Oíd, señor, oíd: cuando estuve ataviada como una dama, don Hugo zarpó +de nuevo y tomó rumbo para Barcelona; durante la travesía me trató con +el mayor respeto. Yo no comprendía por qué don Hugo me respetaba; +después lo he comprendido; don Hugo respetaba en mí su amor, un amor tan +extrañamente concebido por una pobre muchacha deshonrada. Pero contra el +amor no hay razones; se ama porque se ama, y nada más. + +En Barcelona saltamos en tierra, y don Hugo me llevó á casa de una +anciana tía suya. Habíamos convenido, para que nada pudiese decir la +tía, en decirla que don Hugo me había rescatado de unos piratas +berberiscos que me habían apresado algunos años antes, matando á mis +padres. + +La buena vieja era muy crédula, y creyó todo lo que su sobrino quiso que +creyese. + +Don Hugo estuvo algunos días en Barcelona y partió al fin, dejando +encomendado á su tía que hiciese de mí una dama. + +Yo quedé con un agudo dolor. + +Don Hugo me escribió al poco tiempo una carta muy tierna que aumentó mi +amor hacia él. Con el afán de poder leer sus cartas, de poder +escribirle, aprendí en muy poco tiempo á leer y á escribir. + +Al año pude contestar, aunque mal, por mí misma á aquel amante que se me +había entrado en el alma, y á quien debía el verme cambiada en otra. + +Porque ya no era yo la pobre muchacha ignorante que andaba descalza por +la playa, entregada al primero que encontraba al paso, abandonada á sí +misma; había formado otra concepto del mundo; estaba en una casa rica; +proveían mis deseos numerosos criados; vestía ostentosamente; iba á +todas partes y á todas partes en litera ó carroza; la buena doña María +me amaba y no había sospechado nunca de la verdad de la historia que la +habíamos contado su sobrino y yo. Por otra parte, yo, que en realidad me +llamaba Ana Pereira, me llamé doña Ana de Acuña, como ahora. + +--¿Y cómo pudo ser eso?--dijo admirado el duque de Lerma. + +--No lo sé, porque don Hugo no me lo dijo por escrito ni pudo decírmelo +de presente. + +--¡Cómo! + +--¡Don Hugo y yo no nos volvimos á ver! + +--¡Y sois su viuda! + +--Seguid escuchando. Un día recibí una ejecutoria, que aún conservo, y +unos papeles que acreditaban que yo era, en efecto, doña Ana de Acuña, +única descendiente de una familia ilustre, pero pobre. + +--¿Era rico don Hugo?--preguntó el duque de Lerma. + +--Riquísimo. + +--Pues entonces comprendo perfectamente cómo os ennobleció... Compraría +su apellido y su ejecutoria á una familia pobre... + +--Eso debió ser. + +--Continuad, señora. + +--Pasaron dos años, y al cabo de ellos, cuando yo estaba completamente +transformada, cuando acababa de cumplir los diez y nueve años, doña +María adoleció de su última enfermedad. Escribí á don Hugo que me veía +expuesta á quedarme sola en el mundo, y don Hugo me contestó, enviándome +los papeles necesarios por medio de un amigo suyo para que pudiera +casarme con él por poder, que para este efecto había dado á su amigo. + +En efecto, una noche en que la dolencia de doña María se había agravado +de una manera tal que los médicos no la daban más que algunas horas de +vida, me casé, junto á su lecho, con don Hugo, representándole el amigo +que para ello había enviado. + +Acabada la ceremonia, el amigo de don Hugo y los testigos se retiraron, +y yo, triste y temerosa por aquellas bodas que se habían hecho junto á +una moribunda, me quedé velando su agonía. + +Al amanecer murió. + +Aquel día un escribano vino á abrir el testamento. + +La buena doña María había dejado todos sus bienes, que eran muchos, á la +esposa de su sobrino. + +Yo era ya rica. + +No sé si por esto, yo que había olvidado completamente á mis pobres +padres, lloré por aquella mujer. + +Quedéme en la casa como dueña. + +Escribí á mi esposo participándole la muerte de su tía, y al poco tiempo +recibí una carta enlutada. + +La abrí con el corazón helado y recibí un golpe cruel. + +Don Hugo había muerto en Flandes como bravo, peleando por el rey, pero +había tenido tiempo para darme la última prueba de aquel extraño amor +que había sentido por mí. + +En su testamento aparecía yo su heredera universal. + +Encontréme viuda, joven, hermosa y dos veces rica. + +Lloré mucho por don Hugo, pero todo pasa, todo muere y muere también y +pasa el dolor. + +¡Oh! ¡si yo entonces me hubiera acordado de mis pobres padres y hubiera +ido á sacarlos de su miserable cabaña! + +¡Dios acaso, entonces, me hubiera amparado! + +Pero me olvidé de todo y acabé por olvidarme de don Hugo, del único +hombre á quien había amado. + +Rica, joven y hermosa, me propuse apagar mi sed de placeres, mi sed de +vanidad. + +Y aunque muchos quisieron casarse conmigo, yo no quise. + +Quería volar libre, suelta, poderosa; devorar cuanto el mundo tiene de +incitante y bello. + +Y lo gocé. + +Pero lentamente mi caudal disminuía. + +Vivía en la corte, y gastaba, gastaba sin reflexión el caudal que me +habían dejado una santa y un hombre de corazón. + +Gasté su caudal y su nombre, porque fuí una mujer galante, una +aventurera; porque en mi sed de gozar me olvidaba de mi honra, como me +había olvidado de mis padres, como me había olvidado de mi esposo. + +--¡Oh! ¡oh! vos sin duda exageráis, señora. + +--Os digo la verdad; no he querido engañaros. Soy una mujer perdida, y +no comprendo cómo vos, señor, podéis haberos enamorado de mí, como no he +podido comprender nunca por qué de mí se enamoró don Hugo. + +--Tenéis una hermosura maravillosa, doña Ana. + +--Gracias, muchas gracias, señor, pero escuchadme todavía, que aún no he +concluído. + +--Os escucho. + +--Muy pronto estuvo enteramente perdido lo que había heredado; empecé á +contraer deudas, y no sé lo que hubiera sido de mí, si un día no me +hubiese visto en el coliseo del Príncipe, el príncipe don Felipe. + +--¡Ah! + +--Aunque es muy niño, clavó en mi sus ojos y no los apartó en toda la +función. El duque de Uceda estaba en el aposento del príncipe. + +--¡Oh! ¡oh!--exclamó el duque de Lerma con un acento que engañó á doña +Ana. + +--Yo no debería deciros esto, señor--dijo ella--; pero no debo +engañaros; no debo excusaros ni la parte más leve de la verdad. Además +que su alteza es muy niño... + +--¡Y sin embargo, quiere pervertirle el buen duque de Uceda!... + +--El duque de Uceda es muy ambicioso, y hace la guerra á su padre el +duque de Lerma de la manera que puede. El duque de Uceda es tan mal hijo +como lo he sido yo. Dios le castigará como me ha castigado á mí. En +cuanto al príncipe... + +--Decid, decid... + +--El duque le trae algunas noches. Su alteza se alegra cuando me ve y me +abraza y me besa, y me dice que cuando sea rey yo seré lo que quiera +ser. + +--¿Pero el príncipe está ya pervertido? + +--No; no, señor, pero si... su majestad el rey no pone remedio, el +príncipe será un rey débil capaz de todo, si para lograr sus intentos le +pone un ambicioso delante una mujer hermosa. + +--Gracias, señora, gracias en nombre del rey. + +--¡Oh! el rey pude contar con mi corazón, con mi alma. Pero el rey +tendrá compasión de mí y me salvará; ¿no es verdad, señor? + +--¿Pero de qué tiene que salvaros el rey? + +--¡Ah, señor! ¡yo no os lo he dicho todo! Pero antes de que concluya la +triste confesión de mis desdichas, dadme, señor, vuestra palabra de que +me protegeréis. + +--Os protegeré, no lo dudéis. Pero alzad, alzad, señora, y no tembléis +de ese modo. + +Doña Ana se había arrojado de nuevo á los pies del duque de Lerma, y +besaba llorando sus manos. + +El duque creyó que quien causaba el miedo de doña Ana, era el duque de +Uceda. + +Doña Ana se levantó. + +--Continuad, señora--dijo el duque. + +--Yo tenía un amante, más por miedo que por amor. + +--¡Un amante! + +--Sí, señor; el sargento mayor... + +--¿Don Juan de Guzmán? + +--¡Cómo! ¿lo sabíais, señor? + +--Sí, me lo habían dicho. + +--Y á pesar de eso, señor, ¡me habéis solicitado! + +--Sé que ese hombre ha muerto. + +--¿Lo sabéis? + +--¡A puñaladas! + +--¿Pero sabéis quien le ha matado? + +--¡Sí! + +--¿Lo sabéis? + +--Permitidme que no lo diga; su nombre... + +--Os lo diré yo, porque ninguna parte tengo en su muerte. + +--¿Qué decís? + +--Que le ha matado el tío Manolillo, el bufón de... el rey. + +--¿Lo sabíais? + +--Pero yo creía que le había matado por distinta causa. + +--¡Cómo! señora, ¿creéis que yo he mandado la muerte de ese hombre? + +Y en el acento de temor y de sorpresa del duque, que era siempre +hinchado, doña Ana creyó oír el acento de un rey ofendido. + +--¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor!--exclamó--no crea vuestra majestad... + +Era tan grave lo que sucedía, que el duque de Lerma perdió la serenidad +y exclamó: + +--¿Cómo os he de decir que yo no soy el rey? + +--¿Pues quién sois entonces?--exclamó con espanto doña Ana, á quien +parecieron enérgicamente verdaderas las palabras del duque. + +--Yo--dijo Lerma reponiéndose, pero torpemente--soy... un caballero que +os ama. + +--¡Ah!--exclamó con acento rugiente doña Ana--¡me ha engañado ese +miserable Montiño! Pero yo sabré quién sois. + +Y corrió al rincón donde, como dijimos, había dejado la linterna sorda, +vino hacia donde estaba el duque, y abriendo la linterna, inundó de luz +su semblante. + +--¡El duque de Lerma!--exclamó. + +--¡El duque de Lerma!--exclamó un hombre que abría al mismo tiempo una +puerta. + +Lerma arrancó la linterna de las manos de doña Ana, y miró á aquel +hombre y retrocedió. + +--¡Mi hijo!--exclamó con espanto. + +--Sí; sí, señor, vuestro hijo--contestó el duque de Uceda. + +Y el padre y el hijo delante de doña Ana, aterrada, quedaron mirándose +frente á frente. + + + + +CAPÍTULO LXVI + +EL PADRE Y EL HIJO + + +Entrambos se encontraban contrariados. + +Ni el padre ni el hijo habían esperado verse allí de una manera tan +ambigua. + +El duque de Lerma, que había tenido aquella mañana una entrevista +escandalosa con su hija la condesa de Lemos, debía tener aquella noche +otra con su hijo el duque de Uceda. + +Condiciones eran de su posición. + +Había asaltado el poder por medio de intrigas y de bajezas, y la bajeza +y la intriga debían acometerle á su vez. + +Y como su hijo era bajo é intrigante, he aquí que en la maraña en que +ambos estaban enredados, debían encontrarse y se encontraron en aquella +situación absurda, casa de una cortesana, y rivales en todo hasta +respecto á la mujer que los miraba aterrada sin saber qué la sucedía. + +Doña Ana, con el terrible acontecimiento de aquella mañana, lo había +olvidado todo, y cuando dió la cita al cocinero mayor para el duque de +Lerma, creyendo que se la daba para el rey, se olvidó de que el duque de +Uceda tenía una llave de la puerta principal de la casa, por medio de la +cual podía entrar á cualquier hora. + +Si doña Ana se hubiera acordado, con haber corrido los cerrojos de la +puerta, punto concluído. + +Pero se había olvidado de ello, y como un descuido basta á veces para +producir consecuencias inmensas, he aquí que el duque de Uceda, á quien +enamoraba doña Ana de una manera doble, como mujer y como instrumento, +llegó, abrió, subió y entró en la cámara de la cortesana á tiempo que +ésta reconocía al duque de Lerma. + +Ya hemos dicho que doña Ana estaba aturdida. + +Ni aun se la ocurrió desmayarse. + +Un silencio de estupor enmudecía á los tres personajes. + +El primero que le rompió fué el duque de Uceda. + +--Encended las bujías, doña Ana--dijo--, venid después acá, y decidnos: +¿por qué razón, de una manera tan imprevista y tan enojosa nos +encontramos aquí mi señor padre y yo? + +--Yo he venido á deshacer vuestras rebeldías, señor duque de Uceda--dijo +el duque de Lerma, mientras doña Ana, aturdida, encendía las bujías. + +--¿Mis rebeldías, excelentísimo señor?--dijo el duque con calma--¿pues +acaso hago yo otra cosa que defenderme? + +--Defenderos, ¿de qué? + +--De los agravios que vuecencia me ha estado continuamente haciendo por +celos. Sí; vuecencia cree que nadie puede acercarse al rey sino para +hablarle mal de vos. + +--Vos habéis conspirado constantemente contra mí. + +--Es cierto: por vuestro nombre y por el mío. + +--¿Por vuestro nombre? + +--Cierto; soy vuestro hijo y no puedo tolerar á sangre fría que, cegado +por viles favoritos, aconsejéis constantemente al rey lo que deslustra +vuestro nombre. + +--¿Sabéis que á más de ser vuestro superior por mi estado, lo soy +también por ser vuestro padre? + +--Padre y señor, hace mucho tiempo que no somos padre é hijo. + +--Tan seguro tenéis, porque os ha repuesto el rey en vuestro oficio de +ayuda de cámara del príncipe, que soy hombre al agua, que ya se me os +atrevéis. + +--Os encuentro casa de mi querida. + +--¡Casa de vuestra querida! ¡yo creía que esa mujer era la primera +querida de su alteza, querida que vos le habíais procurado! + +--Venid acá, perdida--dijo el duque de Uceda asiendo violentamente de +una mano á doña Ana--; ¿así se juega con gentes principales? ¿para esto +te doy yo los brocados que vistes y las joyas que gastas? + +Doña Ana se echó á llorar, y para que llegase hasta lo último lo +escandaloso de aquella escena, el duque de Uceda dió una bofetada á doña +Ana, como podía haberlo hecho el último de los rufianes. + +--¡No os conozco!--exclamó el duque de Lerma escandalizado, avergonzado, +porque nunca el duque de Lerma había prescindido de las formas--; vos no +debéis ser mi hijo, no; si fuérais mi hijo no hubiérais hecho, y delante +de vuestro padre, lo que acabáis de hacer. + +Doña Ana lloraba; el duque de Lerma se dirigió á la puerta. + +--Esperad, esperad, señor--dijo el duque de Uceda interceptando á su +padre la puerta. + +--En nombre de la ley divina y de la humana, apartáos, duque de +Uceda--exclamó Lerma con la dignidad que siempre tiene un padre respecto +á su hijo. + +--Esperad, os lo suplico, señor, no somos, os lo repito, el padre y el +hijo, somos dos enemigos; vuestra es la culpa de esta enemistad; me +habéis provocado. + +El duque, ciego de cólera, puso la mano en la empuñadura de su espada: +el duque de Uceda permaneció inmóvil. + +--Ved de escucharme á sangre fría--dijo--; reparad en que causaría gran +escándalo que vos me maltratáseis aquí en las altas horas de la noche, +casa de esa mujer. + +Y señaló á doña Ana, que continuaba llorando arrojada en un sillón. + +--Dirían las gentes, si dejándoos llevar de vuestra violencia pusiéseis +en mí las manos, que no bastando los odios políticos que nos separan, +habíamos reñido por una querida. + +--Yo diría á las gentes, si os castigase, como debo castigaros, que vos +os habéis olvidado de todo; que para corregir vuestros excesos, me he +visto obligado á recurrir á este caso, á sorprender á esta mujer, de +quien os valéis para pervertir á su alteza el príncipe de Asturias. + +--¡Ah! ¡vuecencia diría eso! pues bien; yo puedo decir, yo puedo probar +para acreditar de falsa vuestra acusación, que vos vendéis al rey y al +reino. + +--¡Yo! + +--Sí, vos. Y lo declararían sin saberlo los duques de Bukingam y de +Seimur; lo declararían sin saberlo vuestros satélites, delegados por vos +para sangrar al reino, por medio de cartas que puedan presentarse al +rey. + +--¡Mentís!--exclamó el duque, que delante de doña Ana no quería +rendirse, por decirlo así, á lo tremendo de su situación; no quería +confesarla. + +Su hijo lo adivinó. + +--¿Qué haces tú ahí?--dijo á doña Ana--; ¿no ves que su excelencia y yo +tenemos que entendernos? Vete. + +Doña Ana se levantó y salió doblegada, cabizbaja, llorando. + +El duque de Uceda cerró las puertas. + +--Ya estamos solos, padre y señor--dijo--; sé á qué habéis venido aquí; +sé que por el afán de guardar para vos solo el favor de su majestad, +habéis llegado hasta el caso de traición, de tomar el nombre de su +majestad, de querer pasar ante esa mujer por su majestad, para deshacer +uno de los medios que suponéis de mi privanza con el príncipe. + +--¿Pero quién os ha dicho eso? + +--El bufón del rey. + +--¡Ese hombre lo sabe todo! + +--Ese hombre trabaja por su cuenta, es astuto, tenaz, y sabe +aprovecharse de las debilidades, de los vicios, y aun de los crímenes de +las personas que necesita. + +--¿Pero cómo sabe el bufón del rey?... + +--¿Que doña Ana os esperaba creyendo esperar al rey? Se lo ha dicho el +cocinero de su majestad. + +--Es necesario cerrar las bocas de esos dos hombres. + +--Sí, es necesario que la lucha quede entre nosotros dos, es necesario +destruir esas bajas personas intermedias, y ya que de nuestros rostros +han caído los antifaces, entendámonos directamente, padre; solapemos esa +lucha, que por vuestra imprudencia va haciéndose escandalosa, y +convengámonos. + +--¿Pero qué es lo que vos queréis? + +--Padre y señor, yo quiero heredaros cuando sea tiempo. + +--¿Y cuándo creéis que será tiempo? + +--Cuando muera el rey. + +--Su majestad es joven, y goza de muy buena salud. + +--Podrá ser larga la espera, ya lo veo; pero vos me ayudaréis á esperar. + +--Explicáos. + +--Vos, antes de que muriese Felipe II, mucho tiempo antes, érais el +favorito, los andadores del príncipe de Asturias; cuando Felipe II +murió, vos fuísteis lo que sois ahora, secretario de Estado universal de +Felipe III. Vuestra privanza con el rey cuando era príncipe, os costó +poco; era, como lo es, vanidoso y grave, y vos adulásteis su vanidad y +su tiesura; era, como lo es, devoto, y vos supísteis haceros más devoto +que él. + +--Felipe III tenía un padre muy prudente... y cuando me dejó al lado de +su hijo... + +--Demostró que no era tan prudente ni tan sagaz como dicen, cuando no +conociendo que vos representábais vuestro papel de Estado, os hacíais +señor del príncipe su hijo, os lo repito; vos tuvísteis la fortuna de +dar con un príncipe imbécil, y yo... el actual príncipe de Asturias, +está viciado precozmente por la pasión á la mujer, que hará de él un rey +á quien será imposible servir, contentar sin humillarse, sin manchar la +dignidad. ¿Creéis que yo he traído al niño príncipe al regazo de esa +mujer? Os engañáis: él me ha obligado á traerle; si no le hubiera +traído... es un niño muy adelantado á su edad. Lope de Vega escribió su +primera comedia á los doce años; el príncipe don Felipe, ha tenido su +primera querida á los siete.... Vió á doña Ana en un coliseo, y concibió +por ella una verdadera pasión; pasión de niño, pero que tiene ya la +impureza del hombre.--Quiero mucho á aquella dama--me dijo--; quiero ir +á casa de aquella dama... y yo resistí, porque aunque yo no era +asustadizo, me asusté... me asusté porque vi á dónde me llevaría la +necesidad de halagar á su alteza para no perder su favor... y me vi +obligado á ceder... hizo el diablo que el príncipe viese otras dos veces +en el mismo coliseo á doña Ana, y ya fué imposible resistir á su +voluntad... me hubiera arrojado de sí, si me hubiese negado. Busqué á +esa mujer... afortunadamente es una cortesana, y la compré... el +príncipe vino, y desde entonces soy para él la vida, el alma... porque +yo soy quien le puede traer junto á esa mujer. Me cuesta, pues, mucho +más el afecto del príncipe, que lo que os costó á vos el de su padre. +Dejadme, pues, seguir libremente mi camino, no me pongáis embarazos, +porque como vos sois el privado de Felipe III, quiero yo serlo de Felipe +IV. + +--Yo no puedo tomar parte en esa indignidad, yo no puedo permitirla; por +el contrario, he venido aquí para cerciorarme en ella y evitarla. + +--Vos podéis perderme, señor duque de Lerma, mi buen padre; vos podéis +hacer con una sola palabra, que el rey me encierre en un castillo; pero +desde el fondo de mi calabozo, yo puedo hacer que caigáis desde tan +alto, que no podáis sobrevivir á vuestra caída. + +--Horrorizaros debía lo que estáis haciendo--dijo el duque á falta de +otra contestación mejor. + +--¿Y por qué? ¿Acaso vos, señor, no habéis querido perderme? + +--Debí separaros de la servidumbre del príncipe y os separé; pero no os +prendí como pudiera haberlo hecho; ni os desterré, ni aun siquiera os +envié á nuestro ejército de Italia. + +--Y habéis hecho muy bien, porque os conviene tenerme por amigo. + +--¿Que me conviene? + +--Solo vos, no podríais defenderos de la multitud de hombres de valía +que acechan el favor de su majestad; con vos yo, falta á esos hombres un +aliado, y vos tenéis en mí unos ojos que todo lo ven, unos oídos que +todo lo oyen. Puesto que os tengo cogido... + +--¡Cogido!... + +--Preso, y de tal modo, que no os podéis mover; voy á deciros las +condiciones... + +--¡Vos, condiciones á mí! + +--Aquí no hay padre ni hijo; sólo hay el duque de Lerma, favorito del +rey, y el duque de Uceda, favorito del príncipe de Asturias. Oíd, pues, +las condiciones de avenimiento entre el duque de Lerma y el duque de +Uceda. + +--¡Oigamos!--dijo con sarcasmo Lerma. + +--Me daréis una parte de lo que os produce el favor del rey. + +--Disgustos, compromisos. + +--Una parte del oro que os dan los ingleses y del que os procura tanta y +tanta cosa como tenéis en las manos, secretario de Estado universal de +su majestad. Quiero, además, un puesto en el Consejo real. Quiero +participación, aunque secreta, en el gobierno con vos. Quiero una parte +en los empleos y en las encomiendas que se dan para venderse... + +--Pues no queréis poco, señor duque. + +--Mi privanza con el príncipe, en vez de producirme ganancias, me +produce gastos exorbitantes. Bien es verdad, que es dinero que se +siembra para cogerlo dentro de diez, dentro acaso de veinte años, y esto +de una manera dudosa. Estoy empeñado; los acreedores me asedian, y para +pagarles me veo obligado á conspirar. + +--¿A conspirar contra mi? + +--Contra todo el mundo. + +--¿Conque es decir, que me proponéis una alianza?--dijo el duque, cuya +voz temblaba de cólera. + +--Sí, señor. + +--¡Ah! ¡pedís por esa alianza la mitad de mi poder! + +--No, señor; os pido... que vos calléis respecto á mi lo del príncipe, á +cambio de mi silencio respecto á vos por lo de Inglaterra. + +--¡Ah! ¡son mutuas concesiones! + +--Por supuesto. + +--Pero á cambio del tesoro que queréis que yo os dé, ¿qué me daréis vos? + +--Os daré... la traición que haré por vos á mis amigos. + +--¿Es decir?... + +--Que sabréis cuanto piensan Olivares, Zúñiga, Sástago, Mendoza, cuantos +están contra vos, y de los cuales seguiré fingiéndome amigo. + +--Aceptado--dijo Lerma, tendiendo la mano crispada á su hijo--; +aceptado, señor duque de Uceda. Pero se me ocurre una cosa. + +--¿Qué? + +--Conocen nuestros secretos dos hombres. + +--Se da de través con ellos. ¿Quiénes son? + +--El tío Manolillo y Francisco Martínez Montiño. + +--Esperad: ¿no es vuestra amante la Dorotea, la hermosa comedianta? + +--Sí. + +--Pues por ahí tenéis cogido al bufón del rey. + +--Aún queda el cocinero mayor, y éste es el tal, por lo que veo, que un +secreto se le va con la misma facilidad que se escapa el agua de una +cesta. + +--Francisco Martínez Montiño es harto débil para que no le rompamos +cuando sea menester. + +--Aún todavía quedan otros enemigos, enemigos terribles que no son +vuestros enemigos... + +--¿Quiénes? + +--El primero, la reina. + +--¡Ah! ¡la reina! la tenemos segura... hay ciertas cartas que Calderón +nos venderá... + +--Os engañáis, esas cartas han desaparecido. + +--¡Cómo! + +--¿No sabéis que don Rodrigo ha sido gravemente herido? + +--Sí, pardiez: por ese bravo bastardo de Osuna que se nos presentó hace +tres días, sobre un cuartago viejo, á Olivares y á mí. + +--Pues el jinete de ese viejo cuartago, don Juan Téllez Girón, el marido +de doña Clara Soldevilla, el maltratador de don Rodrigo, el salvador de +la reina, ha estado á punto de dar con vosotros al traste, señores +conspiradores de palacio: á él debéis el haber estado dos días separados +de vuestros oficios, aturdidos sin saber de dónde venía el golpe. + +--¡A él! + +--Mejor dicho, me lo debéis á mí. + +--Explicáos. + +--Si yo no hubiera tenido ocupado á Francisco Martínez Montiño en el +banquete de Estado que os dí hace tres días, el cocinero mayor hubiera +estado en palacio, le hubiera encontrado su sobrino, y habiéndole +encontrado no se hubiera perdido en palacio, no hubiera visto á doña +Clara... + +--¿El sobrino del cocinero del rey ha tenido también aventuras con esa +castísima señora? + +--Como que es su marido. + +--¿Pues cuántos maridos tiene doña Clara? + +--Uno: el sobrino del cocinero del rey, que es lo mismo que don Juan +Téllez Girón. + +--¡Ah! ¡es cierto! me había olvidado. Pero estamos perdiendo el tiempo. +Debemos concluir por el momento. Tenemos prendas recíprocas... es decir, +estamos unidos por la necesidad. Sepamos cómo quedamos. + +--¿Pues cómo hemos de quedar? Unidos como hemos debido estarlo siempre. + +--Lo estaremos desde hoy en adelante. Para concluir, os voy á decir lo +último en que debemos quedar convenidos, y eso porque es urgentísimo. + +--Sepamos. + +--Destierro del padre Aliaga. + +--¡Hum! ¡eso es algo difícil! + +--¡Destierro del padre Aliaga!--dijo Uceda, como quien repite una orden +que no admite réplica. + +--Haré cuanto me sea posible. + +--Separación del lado del rey y de la reina. + +--Bien. + +--Destierro de doña Clara Soldevilla. + +--¡Otra dificultad! ¡la ama el rey! + +--¡Destierro de doña Clara Soldevilla! + +--Se procurará. + +--Prisión y proceso á don Juan Téllez Girón y don Francisco de Quevedo. + +--Eso ya está hecho. Don Francisco de Quevedo va camino de Segovia, y +don Juan está preso en la torre de los Lujanes. + +--En cuanto al bufón y al cocinero, dejadme obrar. + +--Bien, muy bien. Pero aún tenemos algo que decir. ¿Y esa mujer? + +--¿Doña Ana de Acuña? + +--Sí, ¿os interesa esa mujer? + +--Yo no he dicho eso. + +--Esa mujer, tenedlo entendido, no es mi querida; pensaba que lo fuese +por cálculo; pero os la cedo. + +--Yo no he dicho... + +--Pues bien, padre y señor, no disputemos acerca de esto. Vine á +interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aquí con vos esa hermosa +señora, y justo es que con vos la deje. + +El duque de Uceda salió por la puerta por donde antes había salido doña +Ana, y volvió con ella de la mano. + +--Mañana nos veremos en palacio, padre y señor--dijo el duque de +Uceda--. Hasta mañana. + +Y salió por la misma puerta por donde había aparecido. + +Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la +cortesana. + +El escándalo había crecido. La escena tenida por el duque con su hija la +condesa de Lemos aquella mañana, era nada, una cosa inocente y casi +digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de +Uceda. + +Lerma no sabía ya dónde se encontraba. + +Era un buque sin timón, sin velas, sin jarcias, entregado á merced del +mar é impulsado por todos los vientos. + +El duque no veía. + +Sin embargo, veía delante de sí á doña Ana, pálida, llorosa, aterrada. + +El duque necesitaba decirla algo. + +Vaciló algún tiempo, y al fin la dijo: + +--No soy el rey, pero soy sobre poco más ó menos lo mismo que el rey; +¿queréis servirme? + +--Sí--dijo doña Ana--; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salváis y +me vengáis. + +--¡Vengaros! ¿y de quién? + +--Del duque de Uceda. Aún siento su mano sobre mi rostro; aún abrasa mi +mejilla. El que ha sido villano con una mujer, debía ser infame con su +padre. De ese hombre quiero que me venguéis. + +--Pues bien, ayudadme. + +--Os ayudaré; pero para que os ayude es necesario que me salvéis. + +--Sí, sí, os salvaré. + +--Pero de un peligro inmediato. + +--¿Cuál? + +--¿No os dije que el tío Manolillo había matado á puñaladas al sargento +mayor...? + +--Sí. + +--Pues bien; el cadáver de ese hombre está aquí: está en mi casa. + +--¡En vuestra casa!--exclamó aterrado el duque. + +En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una +voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle: + +--¡Abrid á la justicia del rey! + +Quedóse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo: + +--Mandad á vuestros criados que abran, señora. + +--¡Criados! ¡no los tengo! ¡si los he despedido para que no se +enterasen! + +--¡Abrid á la justicia del rey!--repitió el alcalde golpeando con furia +la puerta. + +--Id, id á abrir, señora--dijo el duque. + +--¡Yo! ¡sola! + +--Sí; sí, decís bien: iremos los dos. + +Y doña Ana y el duque bajaron á abrir á la justicia. + + + + +CAPÍTULO LXVII + +DE CÓMO EL LICENCIADO SARMIENTO HIZO BUENO UNA VEZ MÁS AL PROVERBIO QUE +DICE: QUE NO ES TAN FIERO EL LEÓN COMO LE PINTAN, Y DE CÓMO TODAS LAS +PULGAS SE VAN AL PERRO FLACO. + + +Apenas el duque de Uceda había salido de casa de doña Ana y aventurádose +en la calle de Amaniel, que estaba obscura como boca de lobo, +sirviéndole de guía entre las tinieblas su linterna, cuando se sintió +fuertemente sujeto por detrás y oyó una voz áspera que le dijo: + +--¡Sois preso por el rey! + +--¡Preso yo! ¿y por quién? + +--Por quien puede y debe. + +--¿Sabéis que soy grande de España? + +--¡Ah! ¿vuecencia es grande de España? + +--¡El duque de Uceda! + +--¡Ah! ¡ah! ¡una linterna! ¡una linterna pronto!--exclamó la misma voz, +que no era otra que la del licenciado Sarmiento. + +Hizo luz uno de los alguaciles, es decir, abrió su linterna que entregó +al alcalde, y éste vió con la luz de la linterna el rostro al duque de +Uceda. + +--¡Ah! ¡perdonad! ¡perdonad! excelentísimo señor; ha sido una +equivocación--dijo Sarmiento todo trémulo, porque su vara se rompía al +tocar á personas tan encumbradas, como una caña, fuerte para matar un +ratón, pero extremadamente inútil para un león--. Perdone vuecencia, nos +hemos equivocado; creímos que vuecencia salía de una casa donde +perseguimos un delito; vuecencia perdone otra vez y no se enoje, que la +noche y las tinieblas me disculpan. + +--Venid, venid acá á un lado, alcalde--dijo el duque de Uceda. + +El alcalde se apartó con él todo cuidadoso. + +--Es necesario--dijo el duque--que nadie sepa que me habéis encontrado +por estos sitios. + +--Descuide vuecencia, que nadie lo sabrá--dijo todo humilde y +reverencioso el alcalde. + +--Y para que esto no se os vaya de la memoria, tomad. + +Y dió al alcalde una sortija. + +--¡Ah, excelentísimo señor!--exclamó el alcalde inclinándose hasta el +suelo y apreciando al mismo tiempo, por el tacto, que la sortija tenía +una gruesa piedra. + +--Si alguien tiene noticia de que me habéis encontrado, os pesará. + +--Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabrá nadie. + +--Quedad, alcalde, con Dios. + +--Dios vaya con vuecencia. + +El duque se alejó y el alcalde permaneció por algunos segundos inmóvil. + +Después dijo con la voz no tan tonante como otras veces: + +--¡Hola! ¡á mí! + +Rodeáronle inmediatamente todos los alguaciles. + +--El que no quiera ir á galeras--dijo el alcalde--que calle mucho. + +--¿Y qué hemos de callar, señor alcalde?--dijo el más audaz de los +alguaciles. + +--Que hemos encontrado á ese caballero. + +--Callaremos--dijeron todos. + +--Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no +ha salido de la casa que creímos. + +--Sí; sí, señor; nos hemos equivocado. + +--Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar más +diligencias en esa casa, venid conmigo. + +Entonces fué cuando el alcalde se acercó á la puerta y llamó. + +Al tercer llamamiento se abrió la puerta. + +Lo primero que vió el alcalde fué delante de sí un hombre embozado; pero +con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entró miedo. + +--¿Tendremos otro grande de España?--dijo. + +--Entrad solo, señor alcalde--dijo gravemente el duque de Lerma. + +El licenciado Sarmiento entró. + +--¿Sois alcalde de casa y corte, según creo?--dijo el duque. + +--Sí; sí, señor. + +--¿Os vendría bien ir de oidor á las Indias? + +--¡Oh! ¡excelentísimo señor! + +--No os equivocáis; soy... el duque de Lerma. + +--¡Ah!--exclamó el alcalde--; perdonad, señor, pero me habían dicho que +en esta casa se había cometido un asesinato á instigación de... + +--¿De quién? + +--¿Me exige vuecencia que rompa el sigilo del proceso? + +--Os lo mando. + +--Pues bien: el acusado es Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor +del rey, por instigación de don Francisco de Quevedo y Villegas y de don +Juan Téllez Girón. + +--Pero eso no es verdad--dijo doña Ana que estaba detrás del duque. + +--Callad, señora, callad--dijo Lerma--. ¿Conque el acusado de ese +asesinato es el cocinero de su majestad? + +--Sí, señor. + +--¿Y sus cómplices Quevedo y Girón? + +--Sí, señor. + +--Venid--dijo el duque de Lerma después de haber meditado un tanto. + +El alcalde siguió al duque. + +--Decid, señora--dijo Lerma á doña Ana--, ¿dónde está el difunto? + +Doña Ana se estremeció. + +--Nada temáis--dijo el duque--; voy á salvaros. + +--El sargento mayor--dijo doña Ana--está en un patinillo, junto al +postigo que da á la calle de San Bernardino. + +--Guiad, pues, señora; alcalde, venid. + +Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin +doña Ana se detuvo en un patinillo lóbrego. + +Llovía con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del +patinillo el cadáver del sargento mayor. + +Doña Ana le señaló con terror. + +--¿Veníais en busca de ese cadáver?--dijo el duque. + +--Sí; sí, señor--contestó el alcalde. + +--Pues es necesario que le encontréis, pero que no sea aquí. + +--¡Cómo, señor! + +--Vais á sacar este cadáver por el postigo á la calle. + +--¡Señor! + +--Sé que os pido mucho; ¿pero sabéis lo que yo puedo hacer por vos? + +--¡Oh, excelentísimo señor! ¿Pero cómo he de hacerlo? + +--Quitad esas luces de en medio--dijo el duque. + +Doña Ana tomó la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una +habitación inmediata. + +El patinillo quedó á obscuras. + +Cuando volvió doña Ana, el duque la dijo: + +--Abrid el postigo, señora. + +--Pero abridle silenciosamente--dijo el alcalde. + +Doña Ana abrió en silencio el postigo. + +--Ahora, alcalde, sacad ese cadáver á la calle. + +El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma, +hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazón, asió á tientas el +cadáver por los pies, le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera. + +Luego entró. + +--¿Habéis concluído ya?--dijo el duque. + +--Sí, excelentísimo señor. + +[imagen: ...le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.] + +--Cerrad el postigo, señora, y después traed las luces. + +Poco después volvía con las linternas, y el duque y el alcalde +examinaban el patinillo. + +--No queda rastro de sangre--dijo el duque--; la lluvia la ha lavado. + +--Pero queda la mancha en la alfombra de la habitación, donde sin culpa +mía, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fué herido, y los rastros en +los lugares por donde ha pasado hasta aquí. + +--Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, señora; algo +habéis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais á salir de +esta casa. En ella no habéis encontrado nada. En premio de vuestros +servicios, miráos ya presidente de los oidores de la real audiencia de +Méjico, con tres mil ducados para costas de viaje. + +--¡Ah! ¡señor! ¡excelentísimo señor! + +--No es esto todo lo que tenéis que hacer. + +--Mande vuecencia. + +--Cuando salgáis de aquí, iréis con vuestra ronda á la calle de San +Bernardino, á donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de +su majestad saldrá por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle +cargo del delito. + +--Muy bien, señor. + +--Vamos, señora, guiad á la puerta principal. + +Cuando estuvieron en el zaguán, el duque se embozó, se cubrió, y abrió +la puerta. + +El alcalde salió. + +La puerta volvió á cerrarse. + +Los alguaciles no habían visto más que el hombre encubierto que había +franqueado por dos veces la puerta; una para que el alcalde entrase, +otra para que saliese. + +--He registrado toda la casa, hijos--decía el alcalde á los +alguaciles--y no he encontrado nada de lo que buscaba; es una nobilísima +familia, á quien conozco, y que me merece la mayor confianza. Vámonos, +pues, pero ya que estamos de faena, rondemos un poco por estos barrios, +que no son muy seguros. + +Y tiró adelante á la cabeza de la ronda, diciendo para su embozo: + +--Si esa dama no fuera tan maravillosamente hermosa, nadie la hubiera +librado de la horca; es verdad que sin la hermosura de esa dama, no +sería yo presidente de la real audiencia de Méjico. Adelante, adelante, +pues, y acabemos con lo que nos ha dado que hacer esta noche, para mí +tan venturosa. + +Y diciendo esto, dobló con ansia la esquina de la calle de San +Bernardino, donde él mismo había puesto el cadáver del sargento mayor. + + + + +CAPÍTULO LXVIII + +DE CÓMO SE AGRAVÓ LA DEMENCIA DEL COCINERO MAYOR, Y ACABÓ POR CREERSE +ASESINO DEL SARGENTO MAYOR. + + +Apenas salió el duque de Lerma por la puerta principal, cuando doña Ana, +aterrada aún, se fué á buscar al cocinero mayor, que se había quedado +dentro de la casa. + +Encontróle más allá de su dormitorio, en un pasadizo, rebujado en el +capotillo, temblando de miedo y de frío, y murmurando entre dientes +palabras ininteligibles. + +--¡Oh! ¡oh! ¿quién es?--dijo retirándose de una manera nerviosa al ver á +doña Ana. + +--Nada temáis, señor Montiño--dijo doña Ana--; soy yo, que de orden del +duque de Lerma, voy á echaros fuera para que os vayáis á descansar. + +--¡A descansar! ¡á descansar! ¿Conque sabéis al fin que es el duque de +Lerma? ¿Conque os habéis arreglado? Todos se arreglan menos yo. + +--Vamos, amigo mío, que es ya tarde. + +--¡Que es ya tarde!--dijo Montiño siguiendo á doña Ana que se encaminaba +á unas escaleras--; decídmelo á mi, que he estado dos horas arrinconado +en el pasadizo, y temblando, más encogido que un orejón. + +--Por lo mismo, es conveniente y justo que os volváis á vuestra casa. + +--¡A mi casa! ¡á mi casa! ¿Y dónde está mi casa? + +Habían bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo. + +Doña Ana llegó al postigo y le abrió. + +--Id con Dios, señor Montiño--dijo. + +--Quedad con Dios, señora--dijo el cocinero rebujándose--; pero esperad +un momento... Como veréis á su excelencia... cuando nada importante +tengáis que hablar, recordadle la situación en que me hallo; ya lo sabe +su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo. + +--Sí, sí, se lo diré--contestó doña Ana con suma impaciencia. + +--Perdonad, perdonad, señora--dijo Montiño, notando el disgusto de doña +Ana--; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer más que +pensar en ellos. Adiós, señora, adiós... y recibid mil plácemes por +vuestra buena fortuna. + +--Adiós, señor Francisco, adiós. + +El cocinero salió y doña Ana cerró con precipitación el postigo. + +--Pues señor--dijo el cocinero mayor, rebujándose de nuevo en su +capotillo--, sigue lloviendo, y la noche no es más clara que un tizón; +¿y á donde voy yo ahora? El alcázar estará cerrado á piedra y lodo; y +aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo á mi casa á +despedazarme el alma con aquel doloroso espectáculo; ¡mi dinero!, ¡mi +mujer!, ¡mi hija! Vamos, me voy á casa del señor Gabriel Cornejo; no es +muy buena casa, pero mejor estaré allí que en la calle, y sin +linterna... y con esta noche... pues señor, por lo que pueda suceder +desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes. + +Y el cocinero arrancó. + +Pero á los pocos pasos tropezó y cayó. + +Al caer sintió bajo de si un cuerpo humano. + +Una de sus manos se apoyaba en su semblante. + +Aquel semblante estaba frío y rígido. + +--¡Dios mío! ¡Poderoso señor! ¡un difunto!--exclamó todo erizado el +cocinero mayor. + +Y para acabar de probar un terror, como después de él no ha probado +ninguno, se oyeron algunas voces cercanas que dijeron: + +--¡Téngase á la justicia! + +--¡La justicia! ¡y sobre un muerto yo!--exclamó el mismo Montiño--; ¡el +infierno llueve sobre mí desventuras! + +A este tiempo le habían asido dos alguaciles, y el licenciado Sarmiento +inundaba con la luz de su linterna el semblante de Montiño, que estaba +lívido, descompuesto, desencajado; el triste temblaba, gemía, no podía +tenerse de pie, y si no se caía era por los dos alguaciles. + +--¡Me van á matar!--dijo con el acento de angustia más épico, más +terrible que ha oído nunca un alcalde de casa y corte. + +--¿Pues qué queréis que hagamos con vos, señor asesino, á quien +encontramos cebándoos en vuestra víctima y con el homicida arma aún en +la mano? + +--¡La daga que había desnudado para defenderme y que me pierde!--exclamó +el desdichado. + +--Amarradle y con él á la cárcel--dijo el bribón del licenciado +Sarmiento. + +Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregüescos y ataron codo con codo +á Montiño. + +--¿Pero qué vais á hacer conmigo?--exclamaba el infeliz llorando. + +--Brinco más ó menos, bailarás, hijo, y bailarás en el aire--dijo un +alguacil. + +--¡Que bailaré! ¡Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar--dijo +Montiño. + +--Que quieras que no quieras, á la fuerza ahorcan--repuso otro de los +alguaciles. + +--¡Ahorcan! ¡Que me ahorcarán! ¡Conque después de haber sido robado en +cuerpo y alma, he de ser ahorcado! + +--Si probáis que el hombre que habéis muerto era un ladrón...--dijo el +alcalde. + +--Pero si yo, señor, no he muerto á ningún hombre--dijo Montiño--; ¡si +yo no he matado jamás otra cosa que pavos, capones y conejos! + +--Si probáis que el hombre á quien habéis muerto era un ladrón, y que le +habéis muerto en defensa propia, seréis absuelto... no lo dudéis... pero +si no, seréis ahorcado como asesino. Veamos, pues, qué tales trazas +tiene el difunto. + +--Es un sargento mayor--dijo un alguacil. + +--¡Un sargento mayor!...--exclamó Montiño. + +Y de una manera instintiva arrojó una mirada cobarde al cadáver, cuyo +semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil. + +--¡Don Juan de Guzmán!--exclamó Montiño reconociéndole--¡el infame que +me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija! + +--¡Ah, ah! ¿Le conocéis?--dijo el licenciado Sarmiento--¿y además decís +que ese hombre os ha causado perjuicios? + +--¡Perjuicios! ¡Dios sólo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo! + +--Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadáver y con la daga en +la mano, y á tales horas y en tal noche, las palabras que acabáis de +decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para +llevaros á la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con él, á la +cárcel, hijos; uno de vosotros avisad á la parroquia y que vengan por el +muerto. + +El licenciado Sarmiento echó á andar hacia la cárcel de corte, y los +alguaciles empujaron á Montiño, que se resistía instintivamente á ir +preso. + +Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte á las súplicas y á las +declamaciones, Montiño fué, ó mejor dicho, fué llevado por los +alguaciles á la cárcel, donde le arrojaron en un calabozo en que había +otros presos. + +Cuando Montiño oyó crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la +puerta, se desmayó. + + + + +CAPÍTULO LXIX + +EN QUE CONTINÚAN LAS DESVENTURAS DEL COCINERO MAYOR, Y SE VE QUE LA +FATALIDAD LE HABÍA TOMADO POR SU INSTRUMENTO + + +Un farol de hierro con un vidrio empañado, clavado á grande altura en la +pared, arrojaba una luz turbia sobre el calabozo destartalado, negro, +húmedo, un verdadero antro, alrededor del cual había un poyo de piedra. + +Francisco Martínez Montiño no pudo ver nada de esto, porque tal iba +cuando entró, ó cuando le entraron en el calabozo, que no veía: ni los +que estaban allí pudieron verle el rostro, porque los alguaciles le +dejaron en la sombra negra proyectada por el farol. + +Eran los que allí estaban dos hombres y dos mujeres. + +No podía verse el semblante de ninguno de ellos, porque estaban +replegados en sí mismos, en un ángulo los dos hombres, silenciosos y +sombríos, y en otro, las dos mujeres abrazadas, una de las cuales +lloraba silenciosamente. + +Pasó como media hora, y con el frío del calabozo, que era mayor que el +que hacía al aire libre, y con la inmovilidad, pasó el vértigo que +dominaba al cocinero mayor. Levantó primero la cabeza, y miró con la +expresión más miserable del mundo en torno suyo; luego desenvolvió unos +tras otros las piernas y los brazos, y al fin se puso de pie. + +Entonces notó que le faltaban la espada y la daga. + +Esto era natural, porque á un preso no se le dejan armas. + +Pero lo que no era natural y lo que le asustó, fué el reparar que su +bolsillo no pesaba. Se registró y halló que no hallaba el dinero que en +los bolsillos había tenido. + +Buscó la placa de oro con la cruz de Santiago esmaltada, que le había +dado para su ex sobrino don Juan Téllez Girón, el duque de Lerma, y +halló que no parecía; vivamente asustado, buscó con ansia el vale que le +había dado el duque de Lerma por valor de mil ducados, y halló que +tampoco parecía; un enorme reloj de plata, que Montiño usaba para acudir +con regularidad á las funciones de su oficio, había también +desaparecido; y, por último, hasta le habían despojado del lienzo de +narices. + +Entonces la amargura de Montiño no conoció límites. + +Job en padecimientos y Jeremías en lamentaciones, se quedaban muy por +bajo de él. + +Tenía sino de ser robado y hasta la justicia le robaba. + +Los alguaciles le habían despojado completamente. + +Al primer grito herido de Montiño, una de las dos mujeres levantó la +cabeza, y la otra se estrechó más contra su compañera; en el momento en +que una de las mujeres le miró, la luz del farol hería de lleno la calva +frente de Montiño, levantada al cielo en una actitud más épica y más +impía que la que puede suponerse en Ayax amenazando á los dioses; verle +aquella mujer, y esconder otra vez, temblando, su cabeza, entre el seno +y el hombro de su compañera, fué todo cosa de un momento, y uno de los +dos hombres que estaban en un ángulo, y que no le veían el rostro por la +razón capital de que le veían las espaldas, le dijo con acento áspero é +insolente: + +--Háganos el menguado la merced de callar, que aquí, al que más y al que +menos le huele el pescuezo á cáñamo, y no alborote de ese modo. + +Desde la primera palabra que aquel hombre dijo, tomó el semblante del +cocinero una expresión espantosa de sorpresa y de rabia, que fué +aumentando á medida que el otro pronunciaba su poco cortés, aunque breve +razonamiento, y habían ya acabado, y aún duraba el mutismo colérico de +Montiño y su temblor horrible. + +Al fin dijo con voz cavernosa: + +--¡Ah! ¿estás tú ahí, miserable, engendro del diablo, infame Cosme +Aldaba, galopín maldito, envenenador protervo? pues espera, espera, que +al fin te tengo en mis manos y frailes franciscos que vengan no te han +de valer. + +Y se arrojó furioso sobre los dos hombres. + +Pero uno de ellos se levantó y adelantó hasta Montiño, sujetándole por +los brazos con unas fuerzas hercúleas. + +--¡Eh! ¿qué vais á hacer con este pobre muchacho, señor Francisco +Montiño?--dijo con acento socarrón--¿es de personas hidalgas querer +maltratar á los amigos que se encuentran cuando se creían perdidos? + +--Amigos ¿eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con él mi +mujer y mi hija. + +--¿Quién os las quita? ahí las tenéis en aquel lado, que no se atreven á +hablaros las pobres porque temen que las maltratéis. + +--¡Mi Luisa! ¡mi Inés!--dijo el imbécil Montiño olvidándolo todo por su +amor de padre y de marido. + +--Sí, sí; tú Inés y tú Luisa--dijo alentada por aquel reblandecimiento +del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto. + +En vano quiso Montiño recobrarse; Luisa se había abalanzado á su cuello +por una parte y por otra Inés, alentada por el ejemplo de su madrastra; +veía por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera +tentadora, y por otro la dulce é infantil cabeza de Inés que le miraba +suplicante. + +Fuera ó no criminal su familia, Montiño la había llorado, y al +encontrarla de nuevo junto á sí, de una manera orgánica, por razón de +temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba. + +Aquella era una nueva desgracia que sucedía al cocinero mayor. + +No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la +debilidad de su marido la salvaría del apuradísimo trance en que se +encontraba. + +Porque no se les había dicho por qué se les había preso, y la prisión no +podía ser resultado sino del envenenamiento de la reina ó del robo hecho +á Montiño. + +Si se les hubiera preso por lo primero, les hubieran cargado de cadenas, +les hubieran maltratado, les hubieran tomado inmediatamente alguna +declaración; por alguna palabra al menos, hubieran comprendido la causa +de su prisión; nada de esto había sucedido; luego no estaban presos por +el envenenamiento de la reina, sino por su fuga y por el robo. + +Esto, sin embargo, no estaba claro, y Luisa quería ponerlo como la luz +del sol; porque tratándose de asuntos de su marido, Luisa estaba segura +de domesticarle. + +--¿Y os atrevéis á abrazarme después de lo que habéis hecho, +miserables?--dijo al fin el cocinero mayor, que quería conservar su +entereza. + +--¿Y qué hemos hecho, señor, más que lo que debíamos?--dijo con la mayor +audacia Cristóbal Cuero, el paje rubio amante de la Inesilla. + +--¿Cómo que lo que debíais? ¿Pues no habéis intentado envenenar á su +majestad? + +--¿Quién os ha dicho eso, señor Montiño?--dijo Cristóbal. + +--¿Quién ha de habérmelo dicho? ¡Los funestos, los terribles resultados! + +--¡Cómo! ¿pues qué ha sucedido?--dijo Luisa, á quien se la puso un nudo +en la garganta. + +--El paje Gonzalo ha muerto de repente. + +--¿Y qué tenemos que ver con la muerte de Gonzalo? + +--¡Cómo! ¡infames! ¿qué tenéis que ver? ¿Sabéis por qué ha muerto el +paje? + +--Por lo que se muere todo el que entierran--dijo Cosme Aldaba--, porque +se le ha acabado la mecha. + +--¡Vil ratón de cocina! ¡asesino! ¡infame!--exclamó el cocinero mayor--; +ha muerto por haber comido una perdiz que se sirvió en la mesa de su +majestad. + +Todos se pusieron pálidos; pero Cristóbal Cuero conservó toda su +serenidad. + +--¿Y ha comido la reina?--dijo. + +--La providencia de Dios ha salvado por fortuna á su majestad. + +--Pues yo digo--contestó con una serenidad irritante Cristóbal Cuero--, +que es lástima que su majestad no haya comido. + +--¡Cómo! ¡monstruo! ¡cuando debías dar gracias á Dios de que tu crimen +no haya producido todo el terrible resultado que esperabas, infame, +deploras que ese gran crimen se haya frustrado! + +--Señor Francisco--dijo con una gran serenidad el paje--, os han +informado mal. + +--¿Que me han informado mal? + +--Sí por cierto: ¿sabéis lo que eran los polvos con que se avió la +perdiz que se puso en la mesa de su majestad? + +--Un veneno tal, que el paje Gonzalo que comió las pechugas de la +perdiz, reventó á los cuatro minutos, y que hizo que el gato del tío +Manolillo, que siempre está hambriento, no quisiera comer los pocos +restos que quedaron de la perdiz. + +--Pues, bien, señor Francisco Martínez Montiño: los polvos de que +hablamos (aquí tengo todavía parte en este papel), no son un veneno, +sino un hechizo. + +--¡Un hechizo!--dijo el cocinero tomando el papel. + +--Sí; sí, señor; un hechizo que no puede matar á la persona que se la da +porque está hecho para ella, y se tiene en cuenta si es mujer ú hombre y +el día de su nacimiento, y su estado, y otras muchas cosas. Ahora, si le +toma una persona distinta de aquella para quien se ha hecho, aquella +persona muere. + +Dijo con tal soltura y con tal aplomo estas palabras Cristóbal Cuero, +que Montiño se desconcertó, dudó, vaciló y empezó á ver las cosas de +distinto color. + +--¿Pero para qué se daban esos hechizos á su majestad? + +--Oíd, señor Francisco: la mujer que tales hechizos toma, se vuelve lo +más obediente del mundo para su marido. + +--¡Oh, oh!--exclamó Montiño--, á quien empezaban á parecer bien aquellos +polvos; ¿y para qué querían que la reina fuese obediente al rey? ¿y +quién lo quería? + +--Os diré, señor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey; +pero en realidad conspira. + +--¡Ah, ah! eso es cierto. + +--Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar. + +--¡Ah, ya! + +--Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad +en los reinos de su majestad... + +--¡Ah, ya! + +--He aquí que un día encargó á don Rodrigo Calderón que buscara un medio +para que la reina no conspirara; y don Rodrigo buscó al sargento mayor +don Juan de Guzmán para que viese de qué modo podía hacer el que la +reina no conspirase. + +--No se lo volverá á encargar más--dijo con acento lúgubre Montiño. + +--¿Y por qué, esposo y señor?--dijo suavemente Luisa. + +--Porque nadie encarga nada á los muertos--contestó con acento +doblemente lúgubre el cocinero. + +--¡Que ha muerto!--preguntó con la misma suavidad y la misma +indiferencia Luisa. + +--¿Pues por qué estoy yo aquí?--exclamó en una de sus chillonas salidas +de tono Montiño. + +--¡Cómo, marido mío! vos que sois tan humano y tan compasivo, ¿habéis +matado á un hombre?--dijo Luisa. + +--Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello, +señora--exclamó con acento amenazador Montiño. + +--¡Razones! + +--¡Sí; sí, señora! ¿pues no érais vos amante de ese hombre? + +--¿Yo?... ¡que yo era amante de!... ¡de ese hombre!... ¡Dios mío!... ¡y +sois vos!... ¡vos, mi marido!... ¡quien me dice!... ¡esa calumnia +horrible!... ¡yo, la mujer más honrada que ha nacido de madre! + +--¡Conque vos sois honrada!... ¡y habéis salido de mi casa!... ¡y me +habéis pervertido mi hija!... ¡y me habéis robado!... + +--¡Ta, ta, ta!--dijo con el aplomo más admirable Cristóbal Cuero; ¡que +vuestra mujer, que esta santa os ha robado! ¡lo que ha hecho es lo que +no hubiera hecho ninguna mujer! + +--Créolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra mí tan negra +infamia. + +--¿Llamáis infamia poner á salvo vuestro dinero? + +--¡Cómo! ¡que mi dinero está en salvo! ¿y dónde? + +--Casa del señor Gabriel Cornejo. + +--¿Que están allí mis sesenta mil ducados? + +--Sí; sí, señor. + +--¡Dios mío!--exclamó Montiño--. Pero eso no puede ser... sería +demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes... +perderlo... llorarlo... volverlo á encontrar. + +--Sí; sí... encontrado lo tenéis y no lo tenéis... + +--¡Cómo, pues qué! ¿hay alguna duda?--exclamó alentando apenas el +cocinero mayor. + +--Yo he entregado ese dinero al señor Gabriel Cornejo--dijo Cristóbal--, +á mi es á quien el señor Gabriel lo entregará únicamente. + +--Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo +duda alguna. + +--Es que yo, señor Francisco, no pediré al señor Gabriel Cornejo ese +dinero, sino yendo á su casa á pedírselo; es decir, estando en libertad. + +--¿Y cómo puede ser eso? ¡pecador de mí!--dijo lleno de angustia +Montiño. + +--En vos consiste. + +--¡En mí! + +--Sí, señor Francisco; en vos y sólo en vos, porque sólo por vos estamos +presos. + +--¿Por mí? + +--Sí por cierto; ¿no decís que la reina no ha comido de la perdiz? + +--Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje. + +--Sí, sí, tenéis razón... hubiera muerto--dijo Cosme Aldaba. + +--¡Cómo! ¿pues no decía Cristóbal que los polvos con que estaba +aderezada la perdiz eran un hechizo? + +--¡Bah! Cristóbal y vuestra mujer creen eso, pero yo no lo creí nunca. + +--¡Ah, Judas traidor! ¿conque tú sabías que era veneno? + +--Como vos sabéis que os llamáis Francisco; me lo había dicho don Juan +de Guzmán, y... me había ofrecido tanto dinero... + +--¡Oh! ¡infame! + +--Para ganarlo necesitaba yo estar en las cocinas... vos me habíais +despedido... era urgente el negocio... entonces fuí á ver á vuestra +mujer, y la rogué, la supliqué... si vos hubiérais estado... os hubiera +rogado también. + +--¡Infame! + +--Ello es que ya no tiene remedio lo hecho... busquemos la salida. +Vuestra esposa me llevó inocentemente á las cocinas... yo aderecé la +perdiz... pero en el momento que estuvo servida, me fuí á vuestro +aposento y dije á vuestra mujer... «salváos...»; la dije que podíais ser +preso... y en esto fuí hombre de bien, porque pudiendo salvarme solo, +quise salvaros también. + +--Después de haberme perdido... ¡Dios mío! yo no sé cómo puedo mirarte á +la cara, ¡miserable! ¡conque es decir que si su majestad come de la +perdiz...! + +--¡Os ahorcan! y por eso yo avisé á vuestra mujer; como no estábais en +la casa, vuestra mujer procuró salvarse, y salvar vuestro caudal... +dejamos encargado á cierta persona que os avisara, pero sin duda no ha +dado con vos. + +--¡Bueno he andado yo todo el día! + +--No culpéis, pues, ni á vuestra esposa, ni á vuestra hija, ni á su +novio. Yo tengo la culpa de todo, señor Francisco, y yo os prometo que +en saliendo de aquí no me veréis más, porque iré á meterme fraile. + +--¿Y crees tú que yo dejaré que tu crimen quede impune por mi parte? + +--¡Ah! ¡queréis dar parte á la justicia! + +--Es mi obligación; me lo manda mi conciencia. + +--Pues bueno; iremos juntos á la horca... todos á la horca... sin +escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija. + +Montiño lanzó un rugido de rabia, de dolor, de miedo. + +--Conque, ¿qué os parece? + +--¿Qué ha de parecerme--dijo Montiño después de algunos momentos de un +silencio enérgicamente expresivo--, ¿qué ha de parecerme sino que estoy +en poder de Satanás? + +--Pues bien; sí, es verdad--dijo Cristóbal Cuero--, pero Satanás os +tiene tan bien agarrado, que no os soltará á tres tirones. En vos +consiste recoger vuestro caudal, tener á vuestra mujer y á vuestra hija, +ó que nos ahorquen á todos. Escoged. + +--¿Pero cómo puedo yo hacer...?--dijo Montiño en el colmo de la +desesperación. + +--Decid que no tenéis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni +de nosotros. + +--Eso no puede ser. + +--Tened toda la queja que queráis, pero no lo digáis á nadie--dijo Cosme +Aldaba. + +--¿Y os soltarán...?--dijo Montiño. + +--Indudablemente. + +--Pero yo me quedaré aquí. + +--¡Vos, marido mío! + +--Sí, sí por cierto; como que me acusan de haber dado muerte á vuestro +amante. + +--Decid al sargento mayor don Juan de Guzmán, pero no digáis á mi +amante--exclamó con altanería Luisa--; sobre todo, no deis mal ejemplo á +vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas. + +--¡Mi hija...! ¡tan perdida como vos! + +--¡Padre!--exclamó con su dulce voz la Inesilla--; es verdad que quiero +á Cristóbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, señor, que mi +madre es una mujer honrada. + +--¡Hum!--dijo el cocinero mayor--. Pero eso no quita el que yo tenga +encima un proceso. + +--¿Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?--dijo Luisa, +cuya voz estaba perfectamente serena. + +--Os diré... no lo puedo asegurar... no sé de fijo si le he matado ó +no. + +--¿Que no lo sabéis? pues entonces ¿quién lo sabe? + +--¡Dios! + +--Pero explicáos. + +--Salía yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lóbrega y +el barrio apartado, desnudé la daga... me previne... á los pocos pasos +tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la +justicia encima, que viéndome con la daga desnuda y sobre un difunto, me +toma por un homicida, y me prende. + +--Decidme, señor Francisco--preguntó Cosme Aldaba--, ¿llevábais vos la +daga de punta? + +--No me acuerdo--contestó con angustia Montiño. + +--Pero es muy posible que la lleváseis con la punta al frente. + +--Sí, que es muy posible. + +--Pudo ser muy bien, que entre lo obscuro tropezáseis con don Juan de +Guzmán. + +--No me acuerdo, pero pudo ser. + +--Cayó don Juan, y vos sobre él... eso ha sido... un homicidio +involuntario... + +--Dios que le llevaba á aquellas horas para su castigo, al infame; ¡pero +Dios mío! ¡haberlo yo matado sin saberlo!... + +--Si os quejáis de vuestra mujer--dijo gravemente Cristóbal +Cuero--tenéis que fundar la razón de vuestra queja; si la acusáis de +amores con don Juan de Guzmán, os acusáis del homicidio. + +--¡Y es verdad!--exclamó en una nueva salida de tono Montiño. + +--Cuando por el contrario, si decís que vuestra mujer es honrada y +buena, y que os satisfacen las razones por qué se salió de vuestra casa +con vuestra hija y con vuestro dinero, nos salvamos todos. + +--¿Yo?... ¿cómo me salvo yo? + +--Recobrando vuestro dinero, que de otra manera no recobraríais, y +entorpeciendo con él las ruedas del carro de la justicia, á fin de que +eche por otro camino. + +--Pero... sepamos, sepámoslo todo: ¿cómo y dónde os han preso? + +--En el camino de las Pozas, cuando íbamos sobre cuatro jumentos en +busca de un caserío donde pasar la noche. + +--Ibamos á Navalcarnero, esposo--dijo Luisa. + +--¿Y no os han dicho nada? + +--Nada más, sino que la justicia nos prendía. + +--Pues bien; el duque de Lerma os prendió, porque yo se lo pedí al duque +de Lerma, y el duque os soltará, porque yo le pediré que os suelte. A +seguida, tú, Cristóbal, irás á casa del señor Gabriel y me devolverás mi +dinero. + +--En seguida. + +--¡Oh! ¡qué alegría, madre!--exclamó la Inesilla--; ¿ya no os harán +nada? + +--Nada, hija mía. + +--¡Ni nos ahorcarán! + +--¿Quién piensa en la horca? + +--¡Eh! ¡callad! ¡callad por Dios!--dijo el cocinero--, que parece que se +acerca gente. + +--En efecto, se oían pasos fuera del calabozo y en dirección á él. + +Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio. + +Después de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del +calabozo se abrió, y un carcelero dijo desde ella: + +--Señor Francisco Martínez Montiño: salid. + +Confuso, sin atreverse á alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el +cocinero mayor salió y siguió al carcelero. + +Se cerró de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres +llaves. + + + + +CAPÍTULO LXX + +EN QUE SE ENNEGRECE GRAVEMENTE EL CARÁCTER DEL TÍO MANOLILLO + + +Cuando el duque de Lerma, de vuelta de la casa de doña Ana, llegó al +postigo de la suya, se le atravesó un bulto embozado. + +--¡Hola!--le dijo aquel bulto--; detente y escucha. + +--¡Ah! ¡eres tú, bufón!--dijo el duque contrariado. + +--Soy tu amo--contestó el tío Manolillo. + +--¿Qué quieres? + +--Muy poca cosa: una orden tuya al alcaide de la cárcel de Villa, para +que me deje hablar á solas, cuando yo quiera, con el cocinero mayor del +rey. + +--¡Cómo? ¿Montiño está preso? ¿y por qué? + +--Por un homicidio. + +--¿Pero á quién ha muerto? + +--Al amante de su mujer. + +--¡Cómo! ¿no lo habías matado tú? + +--¡Ah! es verdad que sabes que yo he matado á ese infame. Pues bien, +tengo suerte; la justicia, no sé por qué ni cómo, ha encontrado daga en +mano y sobre el cadáver de Guzmán á Montiño; me quito un muerto de +encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su +majestad. Conque la orden. + +--Entra--dijo el duque, á quien como sabemos tenía sujeto el bufón. + +--No, te espero aquí; no quiero subir escaleras: bájame tú mismo la +orden. + +Como ven nuestros lectores, para lo que habían sacado á Montiño del +calabozo era para que hablase con el bufón. + +Paseábase éste en una de las habitaciones de la alcaidía. + +Había dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y así, +con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el +pecho, tenía algo de terrible. + +El carcelero introdujo en la habitación á Montiño, y con arreglo á las +órdenes que tenía, salió y cerró la puerta. + +--Venid acá, tío Francisco, venid acá--le dijo el bufón--; tenemos que +hablar mucho y grave. + +--¡Ah, tío Manolillo! mucho y grave es lo que á mí me sucede--dijo +compungido el cocinero mayor. + +--Sois el rigor de las desdichas, Montiño, y por vuestra torpeza y +vuestra cobardía hacéis esas desdichas mayores; y esa horrible +codicia... + +--Yo creía que veníais á otra cosa, tío Manolillo--dijo el cocinero--, y +no á reñirme por desgracias que yo no he podido evitar. + +--En efecto--contestó el bufón--, vengo á sacaros de aquí. + +--¡A sacarme! ¡Ah! ¡Dios os bendiga, tío Manolillo! no esperaba tanto... +pero vos sabéis que yo soy un hombre de bien, muy desgraciado, eso sí, +pero que no he hecho mal á nadie. + +--¿Que no habéis hecho mal á nadie? Vos tenéis la culpa de lo que está +sucediendo desde hace cuatro días: vos, torpe y miserable, vendido á +todos, volviéndose á todos los vientos... vos, por quien ha venido á +Madrid ese hombre fatal. + +--¿Qué hombre? + +--Don Juan Téllez Girón. + +--Pero yo no tengo la culpa; me le envió mi hermano Pedro... + +--¿Y por qué no le admitísteis en vuestra casa?... + +--¿En mi casa?... + +--Sí; si vuestro sobrino, es decir, si don Juan cuando os buscó os +hubiera encontrado... + +--¿Pero tengo yo la culpa de no haber estado en mi casa cuando llegó á +Madrid ese caballero? + +--Pero cuando os encontró, ¿por qué le dejásteis?... + +--¿Cómo llevarle, joven y buen mozo en compañía de mi mujer y de mi +hija? + +--Que os han robado, y os han abandonado, y os han deshonrado... + +--No; no, señor; eso creía yo... pero mi mujer me ama, mi mujer es +honrada, y mi hija... + +--Y si vuestra mujer es honrada, ¿por qué habéis matado al sargento +mayor? + +--¡Yo! ¡que he matado yo á don Juan de Guzmán! + +--Pues si no le habéis matado, ¿por qué estáis preso? + +--Si le he matado--dijo el cocinero en una de sus frecuentes salidas de +tono--, ha sido sin querer... os lo juro... llevaba yo la daga por +delante... la noche era muy obscura... + +--¡Mentís!--dijo el bufón mirando profundamente al cocinero, cuyo +semblante estaba desencajado--; ¡mentís tan descaradamente, como +villanamente habéis muerto al sargento mayor! + +--Os lo juro que yo, ni aun siquiera sabía que podía encontrármele. + +--¡Mentís! vos sabíais demasiado que don Juan de Guzmán, á más de ser +amante de vuestra mujer... + +--¡Ah! no, no, tío Manolillo; eso ha sido una equivocación. + +--Sabíais--insistió el bufón--, que á más de ser amante de vuestra +mujer, lo era también de cierta dama buscona: de doña Ana de Acuña... + +--¡Ah! ¡no! ¡no! + +--Se os puede probar. + +--¿Que se me puede probar? + +--Sí, con el testimonio del duque de Lerma, y con el mío. + +--Y bien, aunque se me pruebe que yo sabía eso... + +--Habéis matado á don Juan de Guzmán junto al postigo de la casa de +doña Ana; allí, junto al cadáver, hierro en mano, os ha encontrado la +justicia. ¿A qué íbais por allí, señor Francisco Martínez Montiño? + +Pronunció de una manera tan fatídica estas palabras, que Montiño se +aterró; aturdido, embrollado su pensamiento, llegó á creer lo que no +había visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad, +hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que llegó á +Madrid su sobrino postizo, había matado sin quererlo, sin sospecharlo +siquiera, al amante de su mujer. Vió que todas las apariencias estaban +en contra suya, y se echó á llorar. + +--Ha sido un asesinato meditado, llevado á cabo con una frialdad +horrible--dijo el bufón--: á un asesino tal, se le ahorca... + +--¡Que me ahorcarán!... ¡Dios mío! ¡y no hay remedio! + +--La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso +estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Pérez +Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por +bueno y por compasivo que fuese, os entregaría al verdugo. + +--¿Y habéis venido á decirme eso, cuando yo, ¡triste de mí! creía que +veníais á salvarme? + +--Sois mezquino y cobarde, que si no lo fuérais, yo os salvaría. + +--¡Vos! + +--¡Yo! + +--¿Y podéis? + +--Puedo. + +--Os daré mi caudal. + +--Yo no quiero vuestro oro. + +--Pues ¿qué queréis? Vos queréis algo. + +--Quiero vuestra conciencia. + +--¡Mi conciencia! + +--Sí, quiero que matéis á la persona que una persona que yo os diré, os +nombre. + +--¡Matar! yo no tengo valor para matar... yo no he matado á nadie. + +--Habéis matado hace dos horas... + +--Sin saberlo, sin quererlo, ¡Dios mío! + +--Lo que no impedirá que vayáis al patíbulo. + +--¡Dios mío! ¡Dios mío! + +--Ya que habéis matado un hombre, matad una mujer, y nada os +acontecerá. + +--Pero ya os he dicho que no me atreveré nunca... ¡oh! ¡no! no tengo +valor. + +--No será necesario que la hiráis. + +--No os entiendo. + +--Un cocinero puede matar... + +--¡Ah! + +--Con un guiso hecho por su propia mano... + +--¡Ah! pero... el veneno... yo no he pensado jamás en eso... + +--Buscad el veneno. + +Montiño se acordó entonces de que tenía en el bolsillo los polvos que le +había dado envueltos en un papel el paje Cristóbal Cuero. + +--¡El veneno!--exclamó--¡un veneno que mata en cinco minutos! ¡como +murió ayer el paje Gonzalo!... + +--Eso es... + +--No... y cien veces no... + +--Pues á la horca por asesino. + +--¡Dios mío! pero dejadme pensarlo. + +--Ni un momento. + +--Pues bien--dijo Montiño--, sobre vuestra conciencia caerá ese +asesinato... no seré yo quien mate, sino vos... que me dáis á elegir +entre mi muerte... una muerte horrible, y la muerte de otro. + +--En buen hora; yo cargo sobre mi conciencia con ese crimen. + +--Y si sabéis que es un crimen, ¿por qué le cometéis? + +--Señor Francisco, no hablemos más de esto; dentro de dos horas estaréis +en libertad. + +--¿Absuelto de la acusación?... es muy justo. + +--No, absuelto no; se os pondrá en libertad bajo fianza, pero tendréis á +Madrid por cárcel, y os guardaré yo; os juro que en el momento que +queráis huir, os prendo. + +--¿Es decir, que me tenéis sujeto?... + +--Cuando me hayáis servido, el proceso se rasgará. + +--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--exclamó trémulo, anonadado, el cocinero +mayor--. ¡Tened compasión de mí! + +--Hasta mañana, que iré á veros á vuestra casa--dijo el bufón llamando á +la puerta de la habitación en que se encontraban. + +Abrió el que hasta allí había llevado al cocinero mayor, y el bufón le +dijo: + +--Dejad aquí á ese hombre; no le bajéis al encierro; dentro de poco +saldrá de la cárcel con fianza. Adiós. + +El bufón desapareció. + +El carcelero cerró la puerta. + +Montiño, inmóvil, con los escasos cabellos erizados de horror, se quedó +en el sitio donde le había dejado el bufón, murmurando: + +--¡Desdichado de mí! para librarme del castigo de ese crimen que no he +cometido, me veo obligado á cometer un crimen horroroso. ¿Y quién será +esa persona que quieren que mate yo? + + + + +CAPÍTULO LXXI + +DE CÓMO QUEVEDO DEJÓ DE SER PRESO POR LA JUSTICIA PARA SER PRESO POR EL +AMOR + + +Iba Quevedo en la litera y á obscuras, aunque sin ir en la litera á +obscuras hubiera también ido por lo tenebroso de la noche, y luchando +con un millón de conjeturas, á ninguna de las cuales encontraba una +explicación razonable. + +Esto sucedía al principio de la noche. + +La litera, según podía juzgar Quevedo por el silencio que le rodeaba, +sólo interrumpido de tiempo en tiempo por lejanos ladridos de perros +campestres y por lo sordo de los pasos de las cabalgaduras de sus +guardianes, adelantaba por un camino. + +Oíase además el lento, monótono y acompasado rumor de aquella lluvia +tenaz que no había cesado durante cuatro días. + +La soledad y el silencio, turbado sólo por estos ruidos melancólicos, +influyen de una manera poderosa sobre el pensamiento, le concentran, le +entristecen, le dan un giro especial en armonía con las impresiones +externas. + +Quevedo meditaba lentamente. + +Sentía en su cerebro el embrión de algo cuyas formas no podía +determinar, embrión que con su misterio le traía cuidadoso, y más que +cuidadoso, cobarde. + +Pasó muy bien una hora sin que sobreviniese ningún incidente, pero de +improviso sonó muy cerca un arcabuzazo, y tras éste un grito de dolor, y +tras el grito un golpe sordo como el de un cuerpo humano que hubiese +caído desplomado desde un caballo á tierra. + +La litera se detuvo. + +Sonaron otros dos tiros, y otros dos gritos, y otras dos caídas y +algunas voces confusas. + +--Pues esto es peor, mucho peor--dijo Quevedo--; paréceme que en esto +andan mis enemigos y que perderme quieren; achacaránme resistencia á la +justicia, embrollaránme el proceso y bien podrá ser que algo más que +negro me sobrevenga. España está en manos de bandidos; en nada se +repara; artes del diablo se ponen en uso y lo mismo se derrama la sangre +de los hombres para cualquier enredo villano, que agua de lavadero. +Malhayan de Dios los reyes tontos, que dan ocasión á la soberbia y á la +codicia de los pícaros. ¿Pero quiénes serán éstos? Paréceme que andan en +litera. + +En efecto, sonaba una llave en la portezuela. + +Esta se abrió. + +La luz de una linterna penetró en el interior. + +Quevedo miró profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tenía +la linterna. + +Pero nada vió más que el bulto. + +--¡Ah! ¡vive Dios!--exclamó una voz ronca--. Por bien empleado doy el +trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de +esos alguaciles, á quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en +la mejor cámara del infierno. + +--¡Ah! ¡voto á!... ¿eres tú, Juan de Francisco?--dijo Quevedo +reconociéndole por la voz. + +--Humilde criado de vuesa merced--contestó el matón. + +--Pues si mi criado te confiesas, mándote que te entres, que lugar hay +en este calabozo andante, y que me expliques... + +--Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy á dar á mis bravos +muchachos la orden de que nos volvamos á Madrid. + +--¿Conque á Madrid nos volvemos? + +--De orden superior. + +--Como quien dice, de orden de su majestad el dinero. + +--¿Pues á quien otro obedezco yo? + +--Despacha, hijo, y ven y entendámonos. + +Francisco de Juara se separó de la litera y dió algunas órdenes en voz +baja y rápida. + +Luego, á obscuras, entró en la litera, se sentó á tientas al lado de +Quevedo, cerró la portezuela é inmediatamente ésta se puso en marcha. + +--¿Quién ha armado todo esto?--dijo Quevedo. + +--Una mujer que os ama. + +--¡Ah! por mis pecados, condesa de Lemos--dijo Quevedo--, que no sabía +yo que tan valiente érais. + +--Las mujeres son diablos, don Francisco--repuso Juara. + +--Y aun archidiablos; una perdió al mundo y sus nietas siguen +perdiéndole; aconsejadas siguen por el diablo. ¡Audacia como ella! Pero +cuenta, hijo, cuenta; así entretendremos el tiempo. ¿Cómo te me he +venido yo á las manos? ¡Lance más donoso! + +--Esta mañana--dijo Juara--, en la hora en que fuí á comer mi olla, +encontréme con un criado de la condesa de Lemos, antiguo amigo y +compañero mío. Este tal me dijo sin rodeos: traigo para ti treinta +doblones. + +--Pues quiera Dios que yo los pueda tomar, que harto bien me +vienen--repliqué--, y los doblones no llueven así como se quiera; ¿de +qué se trata? + +--De un empeño bravo--me contestó mi amigo--; esta noche al obscurecer, +irás á ponerte en el lugar que mejor te parezca del camino de Segovia; +no tardará mucho en pasar una litera resguardada por cuatro alguaciles á +caballo: quitas á esos alguaciles el preso que irá en la litera, y vente +con él por el portillo de la Campanilla. + +Como vuesa merced conoce, don Francisco, todo era negocio de ir á +galeras; yo las conozco ya y ellas me conocen, y no era cosa, por temor +de volver á _gurapas_, de despreciar treinta buenos de los de á ocho, de +presente, y otros treinta de añadidura, una vez cumplido el empeño. + +--¿Por supuesto, que tu compadre te daría alguna luz?--dijo Quevedo. + +--Diómela sin quererlo, haciéndome él el encargo; porque habéis de +saber, don Francisco, que como os he dicho, yo sabía que es criado de la +condesa de Lemos. + +--¡Ta! ¡ta! ¿y qué sabías tú?... + +--Olía de una legua el encargo á faldas... yo soy muy práctico en estos +negocios... lo que no pude adivinar, fué que vos fuéseis el galán que +había de robar á la justicia. ¡Suerte tenéis!... + +--¡Como mía! + +--¿Os quejáis aún? preso os llevan, y una mujer os salva, tan hermosa +como la condesa. Otro en vuestro lugar, vería el cielo abierto. + +--Veríale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y +perderme; que si tal hicieras, doble habías de ganar de lo que has +ganado. + +--No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese +modo... temo á la condesa más que á una daga huída, y por nada del mundo +me atrevería á ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don +Francisco, y en dejándoos yo en poder de quien me paga, os serviré de +balde. + +--¿Y de qué modo? + +--Haciendo que la condesa os suelte. + +--Antes soltará un ala de las entrañas; empeñada y resentida anda +conmigo, y mucho será que no tengamos encierro, duende y comedia para +rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anímate, hijo, y +cuenta por tuya una razonable cantidad de los de á ocho y una bandera en +los tercios de Italia. + +--Os cojo la palabra. + +--Entonces, si quieres cogerme, suéltame. + +--Os soltaré, ¡vive Dios! + +--Pues avisa que paren en llegando á las tapias de la villa. + +--No me habéis entendido... yo por mí no puedo soltaros; pero haré que +otros os suelten. + +--El siglo que viene. + +--Quizá dentro de pocas horas. + +--Explícate. + +--Suceden en la corte cosas, que el diablo que las entienda; entre +ellas, me lo ha dicho el criado de la condesa, sucede que el duque de +Lerma ha hecho al rey que levante el destierro al conde de Lemos. + +--¿Es decir, que tendremos aquí á don Fernando de Castro dentro de un +mes? + +--¡Quia! el conde de Lemos estaba en Alcalá; por la mañana, antes del +alba, salía de allí, y por trochas y sendas llegaba hasta mediar el +camino de Madrid; yo he ido á llevarle muchas veces cartas de don +Baltasar de Zúñiga y del secretario Céspedes, y de otros varios; el +conde esperaba que de un momento á otro le levantasen el destierro; por +la tarde se volvía, y ya de noche entraba otra vez en Alcalá. Hace un +mes que está sucediendo esto. Por lo mismo, apostaría cualquier hacienda +á que el conde está en Madrid y en su casa á estas horas. + +--Pues eso es peor, mucho peor. Guardaráme más profundo la condesa. + +--Ya encontraremos hurón que llegue hasta lo último de la madriguera. + +--Paréceme que me engañas, Juara. + +--No por cierto, don Francisco, porque os temo; aún tengo sobre mí los +cardenales de los cintarazos que me apretásteis la noche pasada, y sé +que conviene estar bien con vos, porque yo tengo para mí que aunque os +metieran en una botella y taparan con pez encima, habíais de escaparos. +Os serviré, pues, de miedo; pero como me parece que marchamos ya sobre +el puente de Segovia, que empedrado suena bajo el peso de las +cabalgaduras, dejadme salir, don Francisco, y confiad en mí, y haced lo +que podáis, que yo no he de dejar de ayudaros. + +El matón hizo parar la litera, salió de ella, y cerró de nuevo con +llave. + +--Paréceme--dijo Quevedo--, que este tunante quiere vengarse de la +paliza que le apliqué hace cuatro noches; pues días pasan y días vienen, +y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. ¡Y +pensar que don Juan está abandonado á sí mismo y acaso preso! ¡Válgame +Dios! ¿y con qué cara me presento yo, si acontece al muchacho una +desgracia, á don Pedro Girón? + +--¡Alto allá!--dijo de repente una voz robusta en el camino. + +Dejó Quevedo de pensar para poner su atención en lo que pasaba fuera, y +oyó que algunos hombres hablaban amigablemente. + +--Ha llegado, por lo que veo--dijo Quevedo--, la hora de la entrega, y +pronto llegará la de la presentación. Si ese Juara no me engañase... si +ese Juara me sirviese... y estoy más indefenso que un ratón cogido en +trampa. + +Abrióse la litera. + +Un bulto se acercó á ella. + +--Salid, caballero--dijo á Quevedo. + +Este no conoció la voz del que le había hablado, pero salió. + +--Asíos de mi brazo, que la noche está lóbrega--dijo aquel hombre--y +sois torpe de pies. + +--Y de cabeza, lo que no creía, y me ha hecho creer el verme perdido en +estos enredos--dijo don Francisco asiéndose al brazo de quien le había +hablado--; ¿y á dónde vamos, amigo? Alegraríame que fuese cerca, porque +llueve que cala y ciegos andamos. + +--¿No oís? + +--Campanillas. + +--De mulas de coche. + +--Muy ruidoso me hacéis. + +--No hay por qué taparse. + +--Alégrome. + +--Pero ya llegamos. ¡Eh, Andresillo, la meseta á este caballero para que +suba! + +--No veo--dijo Quevedo. + +--Guiaréos yo; delante tenéis la meseta. + +Quevedo levantó el pie y le puso sobre una pequeña mesa, que entonces y +mucho después servía de estribo á los empinadísimos coches de nuestros +abuelos. + +Al ir á entrar Quevedo por la portezuela se sintió asido, y escuchó un +suspiro, y al mismo tiempo aspiró un delicado olor á dama (porque en +todos los tiempos las damas se han dejado conocer á obscuras), lo que +hizo pensar á Quevedo lo siguiente: + +--La tragicomedia empieza... ella es... por el olor la saco; veamos de +qué modo puedo engañarla, aunque no me parece fácil; ello dirá. + +Y se entró en el coche. + +--Pues no, este coche no es suyo--dijo Quevedo palpando la badana usada +de los asientos--. Cállome y veamos. + +Pero la mujer que en el coche estaba no habló. + +El coche se puso en movimiento; sonaron las campanillas de las mulas, +rechinaron los ejes y empezó á crujir toda aquella vieja armazón. + +Quevedo adelantó las manos y tropezó con la mujer. + +Esta le rechazó. + +--Tormenta se prepara--dijo Quevedo para sí--, pues retirémonos y +estémonos quedos para que más pronto descargue. + +La dama continuó callando. + +Sólo de tiempo en tiempo dejaba oír un suspiro mal contenido. + +--Esos son los relámpagos--continuó diciendo para sí Quevedo. + +Al cabo de algún tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia. + +--Encima lo tenemos--murmuró Quevedo. + +--¿Sabéis, caballero--dijo al fin la dama--, que sois el traidor peor +nacido que conozco? + +--Ya lo sabía yo--dijo Quevedo. + +--Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado +por vos de lo que soy--dijo la condesa de Lemos. + +--He dicho que ya sabía yo que no habíais de estaros callada mucho +tiempo, doña Catalina. + +--¿Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en +cara? + +--Más valiera que á la cara no me hubiérais echado vuestra hermosura y +al alma vuestro amor, que tan caros me han salido. + +--¡Qué mentir tan villano! ¿Hermosa llamáis á quien habéis despreciado? +¿Llamáis amor á una burla infame? ¡Y después de haberme ofendido de una +manera tan odiosa, os burláis aún! ¡He hecho bien en castigaros! + +--Ved que castigándome os castigáis. + +--¡Yo! + +--Si no me amárais, ¿hubiérais hecho lo que hacéis? + +--¡Qué necios y qué vanos son los hombres! Porque han tenido á una mujer +rendida creen que esta mujer no puede recobrar su dignidad al +conocerlos, aborrecerlos, procurar vengarse de ellos... + +--¡Ay, Catalina de mis ojos! ¡Suspiras muy profundo para que yo te crea! + +--Respetadme, caballero--dijo la condesa--, y no veáis en mí más que una +mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os +castiga. + +--Si culpa hay entre nosotros, no sé quién está más castigado: si tú, +Catalina mía, viéndote obligada á prenderme por amor, ó yo, por amor, +viéndome obligado á huir de ti. + +--Os aseguro que no huiréis. + +--Entonces seremos los dos felices. + +--No os entiendo. + +--Si me prendes serás mi carcelera, porque no te fiarás de nadie; y si +eres mi carcelera, teniéndote al lado tengo contigo un cielo. ¡Que no se +muriera el conde de Lemos! + +--Me estáis destrozando el corazón. + +--Ya sabía yo que la tormenta acabaría en lluvia--dijo para sí +Quevedo--. ¿Lloras, alma mía? + +--¡Lloro mi desdicha, mi desesperación! ¡Me pesa de haber nacido! + +--¡Catalina de mi alma! + +--¡Oh, cuánto, cuánto os amo aunque no lo merecéis!--dijo la condesa. + +--No os amo yo menos. + +--Eso es mentira. + +--Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazón, has sido tú; +que si en algún vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu +boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus +ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el +desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento, +Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... ¡Dios lo +sabe! + +Y Quevedo no mentía. + +Amaba con toda su alma á la condesa. + +--Pero amaba más á su ambición. + +Su ambición estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo servía +al duque en cuerpo y alma. + +Importaba, por lo tanto, demasiado á Quevedo, salvar de los peligros que +le amenazaban á aquel hijo natural del duque, por el que únicamente +había ido á la corte. + +Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, había sido audaz con +la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirtió para él +en un inconveniente, la abandonó, abandonando su amor; la lastimó +lastimándose á sí mismo. + +Se veía cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no sabía +cómo escapar de sus manos. + +Apeló, pues, á la fascinación del amor. + +Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le creía, y el asunto iba +haciéndose negro para Quevedo. + +Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa. + +--Sí, sí, mentid cuanto queráis--le dijo doña Catalina--; pero esta vez +me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme, +haceros sufrir tanto como vos me habéis hecho sufrir á mí; al menos +tendré el consuelo de que no me hayáis burlado de balde, vos que estáis +acostumbrado á burlaros á mansalva de todo el mundo. + +--Porque zaherí á vuestro padre en un romance, escrito por mi +desesperación y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de +Castro, hanme tenido dos años preso entre frailes; porque recobro la +razón y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando +en ellos mi vida y mi ventura, me prendéis vos. No de balde me burlo, +sino que bien de veras pago el no tener el corazón de corcho, que si yo +no os amara tanto, no me acontecería esto. + +--Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad; +vos, en verme, cuando no quisiérais, á vuestro lado. Y como hemos +hablado todo lo que teníamos que hablar, y como yo estoy contenta todo +cuanto puedo porque os castigo, no hablemos más, que si más hablamos no +haremos más que ofendernos. + +--Os voy á dar un consejo. + +--¿Cuál? + +--Que dejéis para más tarde vuestra venganza, ó que os venguéis de otro. + +--No os comprendo. + +--Han levantado el destierro á vuestro marido. + +Guardó la condesa un silencio de espanto. + +--¡Cómo!--dijo--; ¿el conde de Lemos vuelve á la corte? ¡pues bien, me +alegro, vuelve á tiempo, como que sólo hace cuatro días que vos habéis +venido! + +--Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstináis en +retenerme, acabará por saber que yo... y que vos... que estoy en +vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no +aman á nadie más que á sí mismos, tiene orgullo; y como el que seáis vos +mi amante sólo le da deshonra á secas, es natural que la tome por alto; +por embargarme os habéis valido de gentes en las cuales un secreto no +está más seguro que un doblón en medio de la calle... Sabrán... + +--Que se sepa. + +--¿Pero estáis loca? + +--Si lo estoy, mi locura no tiene remedio. + +--Oíd, prenda de mi alma. Ya que os decidís á todo, unámonos. Me importa +poco si á vos os importa menos; podrá ser cuando más asunto de +estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y +encierros, entraréme yo á la luz del sol en vuestra casa... y así os +habréis vengado de don Fernando de Castro, que os ofendió casándose con +vos. + +--Eso quería yo hacer, y vos no quisísteis. + +--Temí por vos. + +--Y hoy por vos tenéis miedo. + +--Os ruego que lo penséis. + +--Lo tengo pensado. + +--¿Conque soy vuestro prisionero? + +--Prisionero por amor. + +--Sois, pues, mi Carlos V. + +--Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no +sea que vos me engañéis, como Francisco I engañó á Carlos V. + +--¡Entendida sois en historia! + +--Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo. + +--Me dais miedo. + +--¡Ah! ¡por fin! + +--Mientras una mujer injuria ó llora ó se desespera, aún hay esperanzas +de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar á sangre fría, y +casi ríe... + +--Entonces está resuelta... decís bien: y mi resolución es invariable. + +--Pues bien, doña Catalina, os juro que os salvaré de vuestra propia +locura, antes de algunas horas. + +--¿Y cómo? + +--Escapándome. + +--Os juro que no os escaparéis. + +--Lo veremos. + +--¿Y cómo haréis para escaparos? yo os guardaré por mí misma; viviré con +vos, comeré con vos... ni de día ni de noche me separaré de vos. + +--Me escaparé. + +--Queréis asustarme, pero no lo conseguís. Si vos sois valiente y +resuelto, yo no lo soy menos. + +--Ello dirá. + +--Pues va á decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado. + +--¿Y á dónde hemos llegado? + +--No quiero ocultároslo. A mi casa de campo del río. + +--Creo que esta casa es del conde mi señor, y que la pintó y la amuebló +para vuestras bodas. + +--Así es. + +--¿Y aquí queréis tenerme? + +--¿Y por qué no? + +--Ocurrencia del diablo es. + +--Dejadme bajar, que abren la portezuela. + +--¿En galán os tornáis, y en dama me convertís?--dijo Quevedo. + +--Sí por cierto; dadme la mano para bajar. + +--Os la diera mejor para subir. + +--Ya subiremos. + +--Y aún llueve--dijo Quevedo. + +--Y hace obscuro; por lo mismo os guío. + +--¿Y las gentes que os acompañan? + +--Se han ido. + +--Misteriosa aventura. + +--Y más misteriosa la felicidad que más allá de esta puerta me aguarda. + +--Y la condesa abrió con llave el postigo de una cerca. + +--Entrad--dijo. + +Quevedo entró. + +La condesa sintió que otra persona cerraba el postigo. + +--Pero doña Catalina, corazón mío, ¿estáis en vos? Enterado habéis de +este lance á medio mundo. + +--¿Y qué se me da? No soy yo mujer á quien mate su marido, ni el conde +de Lemos, un marido que mate á una mujer tal como yo; ni aun se +divorciará, porque divorciándose perderá la administración de mis +bienes. Por lo demás, me importa todo un bledo. Dirán: la condesa de +Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habéis enseñado á despreciar +al mundo. + +--Ya no llueve--dijo Quevedo. + +--Como que estamos bajo techado--contestó doña Catalina--; ahora vamos á +subir... y yo os doy la mano. + +--No hablaba yo de esta subida. + +--Pues mirad, yo estoy muy contenta. + +--No veo el motivo. + +--Os tengo. + +--¡Pero si decís que no os amo! + +--No me amáis todo lo que yo quisiera... pero me amáis... sí; me +amáis... y yo os haré tanto... yo seré para vos tanto... + +--¿Qué seréis para mí? + +--El camino de los honores, del mando, del trono. + +--¡Eh! ¿qué decís del trono, señora?--dijo Quevedo con un acento tan +singular como nadie hasta entonces había oído en él. + +--Digo, que sin haceros rey, os pondré sobre el rey, y como el rey está +en el trono... + +--¿Sabéis que esta escalera se parece á la subida de la montaña aquella +á cuya cumbre llevó el diablo á Cristo?--dijo con un doloroso sarcasmo +Quevedo. + +--Muchas gracias, señor mío, por la galantería. Pero estáis irritado, y +con razón, y es menester perdonároslo todo. Entrad. + +Y tiró de Quevedo, que se encontró de repente en un magnífico salón +completamente iluminado, y con una mesa servida. + +Doña Catalina cerró la puerta por donde habían entrado, se aseguró por +sí misma de que las otras puertas estaban cerradas también, y luego +arrojó el manto, y apareció deslumbrantemente vestida. + +--He aquí--dijo Quevedo--, que el sol sale á la media noche. + +--Os he traído á mi cámara de bodas, y para ello me he vestido el mismo +traje de mis bodas. + +Y luego, sentándose en un sillón y señalando otro á Quevedo, le dijo con +la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos: + +--¡Cenemos! + +--¡Oh! ¡qué feliz podía yo ser!--murmuró Quevedo. + +Y luego, sentándose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su +sarcasmo, por su desesperación, por su amargura, y con la mirada +ardiente y fija en los ojos de doña Catalina: + +--Cenemos. + + + + +CAPÍTULO LXXII + +DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA ENCONTRÓ Á TIEMPO UN AMIGO + + +Amaneció el día siguiente. + +Y seguía lloviendo, y nublado y sin señales de mejor tiempo. Estaba en +su despacho el duque de Lerma, y su secretario Santos escribía á más y +mejor lo que el duque le dictaba. + +Se notaban en el semblante del duque señales de insomnio. + +Lo que demostraba que había pasado muy mala noche. + +Como que volvían á la corte todos sus enemigos, y podían hacerle la +guerra y derrocarle, sin que él pudiera defenderse, atado como estaba +por los terribles secretos suyos que poseía el bufón. + +En lo que se ocupaba el duque, era en escribir á sus parciales de las +provincias, á fin de que le hiciesen un partido entre la gente que +alborota y que ha existido en todos tiempos bajo todas las formas de +gobierno, á fin de que escribieran cartas honrosas para él, esto es, una +especie de opinión pública ficticia, que debía figurar ante los ojos +del rey como la opinión pública del reino. + +Para esto se ofrecía á comunidades de frailes, cosas que el duque había +resistido; á los ayuntamientos, arbitrios; á los labradores, tolerancia +en el pago de los tributos; á las corporaciones de todo género, nuevos +privilegios; á éste y al otro señor, amenazado por desafueros, hacer la +vista gorda, como suele decirse, y á las audiencias, desestimar las +numerosas quejas de injusticias, cohechos y violencias que pendían por +ante el rey. + +Claro es que todo esto venía á gravar en último punto sobre la gran masa +del reino, sobre el pobre, sobre el débil, sobre el querelloso; pero +importaba poco: era necesario que el rey recibiese de todas partes +plácemes por el buen gobierno del duque de Lerma. + +Desde el amanecer estaban trabajando en esto el duque y su secretario. + +Santos, á pesar de que hacía frío, sudaba la gota gorda. + +El duque estaba fatigado. + +--No puedo más, señor--dijo Santos--; de tanto escribir, se me ha puesto +el brazo tan frío y tan pesado como si fuera de plomo. + +--Urge, urge, Pelegrín; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo, +y que ya está en Madrid; viene irritado contra mí y no perdonará medio; +además, se encontrará al duque de Uceda apoderado del príncipe de +Asturias, y empezará de nuevo entre ellos la guerra, que vendrá á +herirme de rechazo. + +--Yo aconsejaría á vuecencia que tomase un partido mucho más prudente, +que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que +vienen de todas partes--dijo Santos estirándose el brazo derecho y +frotándoselo con la mano izquierda. + +--¿Y qué partido es ese, Pelegrín? + +--¡Hum! vuecencia está muy comprometido. + +--Sí, es cierto; pero todo lo que puede suceder será perder la gracia +del rey. + +--Perdonad, señor, de antemano, lo que voy á decir á vuecencia, porque +mi lealtad no me permite guardar por más tiempo silencio. + +--¡Crees tú!... + +--Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey. + +--¿Peor? + +--Podéis ser procesado. + +--¡Procesado!--exclamó con orgullo el duque. + +--Porque podéis ser calumniado; esta gente enemiga vuestra, os teme, +sabe que el rey está acostumbrado á vos, y como en el rey no hay nada +más poderoso que la costumbre, como es indolente y enemigo de luchas y +de mudanzas y sobre todo irresoluto y débil, usarán contra vuecencia de +armas infames; se han cometido en la corte grandes desaciertos; vuestro +secretario don Rodrigo Calderón ha usado y abusado de vuestro nombre y +no se ha detenido en nada; se ha pretendido primero deshonrar á la +reina, después envenenarla... + +--¡Cómo! + +--Hay quien lo sabe, y quien lo murmura... lo que hoy es un rumor sordo, +será mañana un estruendo, y un estruendo tal, que no podrá menos de +oírlo el rey... ¡si para entonces estáis desprevenido!... + +--Pero yo no he pensado... yo no he hecho... + +--En la corte es muy fácil hacer caer sobre una persona los delitos de +otra; Calderón ha sido vuestro favorito y aún lo es, al menos para todo +el mundo, que ve que en vuestra casa le tenéis, que en vuestra casa le +curáis. Calderón es presuntuoso, soberbio, tiene mucho ingenio, vale +mucho, conoce la corte, y en cuanto pueda se abrirá paso, obligándoos á +que vos le facilitéis el camino, porque os tiene sujeto... + +--¡Pelegrín! + +--Enojáos cuanto queráis conmigo, señor; pero no oiga vuecencia á +Pelegrín Santos, pobre hidalgo que os debe cuanto es, sino á la voz +severa de la verdad; sucédame cuanto quiera, aunque vuecencia irritado +conmigo me haga pagar cara mi lealtad, no puedo callar por más tiempo. +Porque se hace necesario prevenir el mal, necesario de todo punto; no se +puede perder un minuto. + +--Sigue, sigue, Pelegrín. + +--Como os decía, aunque sabéis que don Rodrigo os ha hecho traición, no +podéis deshaceros de él; como no podéis deshaceros ahora de Uceda, de +Lemos, de Olivares, de Sástago, de tantos y tantos á quien vuecencia +estorba; os veréis obligado á servir de escala á Calderón, que partirá +con vos la ganancia, porque os necesitará siempre, pero que os +comprometerá; porque Calderón, soberbio y ciego y codicioso, hará tales +cosas, que él mismo se hundirá... y al hundirse, os hundirá con él. + +--¿Pero qué puede suceder?... + +--Yo veo á Calderón marchar de frente hacia el cadalso, sin verle, +confundiéndole con el trono. + +--¡Ah! + +--Dejad que suba solo al cadalso... cubríos... + +--¡Cómo! ¡Pelegrín! ¡crees...! + +--Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os diría: retiráos de la +corte... pero ya no es tiempo, señor; estáis en el mismo caso que aquel +que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene +más remedio que seguir subiendo, ó caer desde una inmensa altura á una +muerte cierta; no podéis retroceder. + +--Y entonces... ¿qué hago? + +--Roma insiste sobre el asunto de las preces... + +--Pero no puedo complacer á Roma sin rebajar la dignidad del rey. + +--Es un recurso desesperado. Complaced al papa, á cambio de otra +complacencia del papa. + +--Explícate mejor. + +--Pedid á Roma el capelo. + +--¡Ah!--exclamó el duque de Lerma, abandonando su sillón y yendo á +abrazar á Santos--; sí, sí, tú eres mi amigo; tú eres la única persona +leal con que cuento; ¡el capelo! ¡y no se me había ocurrido! ¡y sin +embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme +envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean! +¡el capelo! ¡gracias, Pelegrín, gracias! El duque de Lerma puede ser +juzgado y condenado por el rey. ¡El cardenal, duque de Lerma, sólo puede +ser juzgado y sentenciado por Roma! ¡Roma! yo haré que Roma esté tan +contenta de mí, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe, +Santos... + +--¿A Roma? + +--¡A Roma! + +--No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda +la confianza de vuecencia. + +--¡Y quién mejor que tú! ¡tú que acabas de darme una prueba inapreciable +de tu amor y de tu lealtad hacia mí! + +--¡Partiré! + +--Al momento. + +--Esperemos... + +--¿Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?... + +--Esperemos á mañana. + +--Preconíceme Roma y nada temo. + +--Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado +por el papa, podáis vestiros la púrpura; sed en buen hora cardenal, pero +no lo digáis á nadie... no mostréis miedo... + +--¡Ah! ¡Pelegrín! ¡yo no te conocía! + +--Como no habéis conocido á los traidores hasta que ha sido de todo +punto imposible que no los conozcáis, no habéis conocido á los leales +hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro á darse á +conocer. + +--¡El capelo! ¡el capelo!--exclamaba el duque de Lerma paseándose á +largos pasos por su despacho--. ¡Y que no se me haya ocurrido! ¡el +capelo! ¡hijo de Roma! ¡la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo! +¡qué quieres, Pelegrín! + +--Seguir siendo vuestro secretario. + +--¿Y nada más? + +--Nada más. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario +que no me deis muchos días como hoy. + +--Vete, vete á descansar, y... está dispuesto. + +Santos se inclinó y salió. + +El duque de Lerma estaba contento; había encontrado al fin la difícil +solución de un problema obscuro que le tenía vivamente inquieto. Cubrir +su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con +el manto de la Iglesia, era cosa que jamás se hubiera ocurrido al duque +de Lerma. + +Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cámara abrió la puerta +y dijo respetuosamente: + +--Señor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia. + +Lerma mandó entrar á Montiño. + +Presentóse éste, pálido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo +y traje; miró al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande +misterio: + +--¿Podrá escuchar alguien lo que voy á decir á vuecencia? + +--Nadie, Montiño, nadie--contestó el duque--. ¿Pero qué sucede? + +--Sucede, señor... En primer lugar, la Dorotea me envía. + +--¿Y qué quiere la Dorotea?--preguntó el duque estremeciéndose, porque +veía de nuevo asomar la fatídica figura del bufón, que había llegado á +convertirse para él en un espectro. + +--La Dorotea... quiere ver á vuecencia... al momento; me ha mandado +llamar para eso solo... está enferma... muy enferma... + +--Iré, iré... Id á decírselo. + +--Un momento, señor; tengo que hablar á vuecencia de asuntos míos. + +--¿De asuntos vuestros? + +--Creo, señor--dijo Montiño, á quien la desesperación daba +atrevimiento--, que en mí tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por +vuecencia... + +--Lo bastante para que os ampare; lo sé. + +--¡Ah, señor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir +anoche á vuecencia al salir de aquella casa, me aconteció una negra +aventura. + +--¿Y qué fué ello? + +--El diablo me echó delante al sargento mayor don Juan de Guzmán. + +--¡Que os encontrásteis anoche á don Juan de Guzmán!--dijo con asombro +el duque--. ¡Bah! ¡imposible! ¡no puede ser! ¡vísteis visiones! + +--No vi, tropecé; y como llevaba la daga de punta, porque eran malos +sitios, mala hora y mala noche, sin quererlo, sin pensarlo, le maté. + +--¡Ah!, ¡matásteis... al sargento mayor!... + +--Y me encontró sobre él la justicia. + +--¡Ah!--dijo el duque de Lerma comprendiéndolo todo, porque como saben +nuestros lectores estaba en el secreto--; ¿y os prendió el alcalde de +casa y corte Ruy Pérez Sarmiento? + +--¡Cómo, señor, sabéis!... + +--Sí, el licenciado Sarmiento me ha hablado de una prisión. Pero si os +prendieron, ¿cómo estáis en libertad? + +--Bajo fianza de un tal Gabriel Cornejo... + +--¿Y qué queréis? + +--¡Señor! ¡señor!--exclamó Montiño arrojándose á los pies del duque y +con los brazos abiertos--; puesto que lo sois todo en España, y que yo +soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, señor, +salvadme. + +--Levantáos, levantáos, Montiño, y nada temáis; se le echará tierra al +muerto, se romperá el proceso... + +--¡Ah señor! ¡piadoso señor! ¡Mi vida!... + +--Merecéis que se os ampare. + +--Después de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo á pedirle +otra gracia. + +--Hablad, hablad. + +--Muchas gracias, señor, muchas gracias, no sé cómo pagar á vuecencia. + +--Acabando pronto, Montiño. + +--Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopín Cosme Aldaba, y el +paje Cristóbal Cuero están presos. + +--Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedísteis. + +--Muchas gracias, señor; pero ahora pido á vuecencia que se deshaga lo +hecho. + +--¡Cómo! + +--Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos, +suelten á mi mujer, á mi hija, al galopín y al paje. + +--¿Pero estáis loco, Montiño? ¿No os ha deshonrado vuestra mujer? + +--¡No señor! + +--¿No os ha robado? + +--¡No, señor! y ruego encarecidamente á vuecencia... + +--Sentáos y escribid vos mismo. + +El cocinero se sentó. + +El duque le dictó una orden de soltura para el alcaide de la cárcel de +villa, y otra para el alcalde de casa y corte, para que diese por nulo y +destruyese todo lo que se había escrito é intentado contra los presos. + +Después de esto y de haber saludado humilde y profundamente al duque, el +cocinero salió. + +Poco después, Montiño entraba triunfante en palacio con su mujer y su +hija. + +Al mismo tiempo, el duque de Lerma entraba en casa de Dorotea. + + + + +CAPÍTULO LXXIII + +EN QUE EL DUQUE DE LERMA CONTINÚA REPRESENTANDO SU PAPEL DE ESCLAVO + + +Encontró el duque á la joven en el lecho. + +Pero no la encontró sola. + +A su lado estaba el tío Manolillo. + +El duque se estremeció como si en el bufón hubiese visto personificada +su conciencia. + +--Gracias, muchas gracias, señor, porque habéis venido--dijo la joven +sacando un magnífico brazo de debajo de las ropas y estrechando una mano +del duque--. Tengo que hablaros gravemente. Manuel, amigo mío; hacedme +el favor del dejarme sola con su excelencia. + +El bufón se levantó y salió en silencio, pero no sin haber dicho antes +con una profunda mirada al duque: + +--Os mando hacer todo lo que ella quiera. + +El duque se sentó en un sillón junto al lecho, y por la primera vez se +descubrió delante de Dorotea. + +--Cubríos, cubríos, don Francisco--dijo la joven--; yo os lo ruego. Os +habla una pobre mujer, y esa mujer os suplica. Cubríos, si no queréis +lastimarme. + +El duque se puso la gorra. + +--¿Qué queréis, pues? + +--Don Juan Téllez Girón ha sido preso; preso como causante de la herida +de don Rodrigo. + +--Es cierto; todas las pruebas están contra él. + +--Pues bien: yo quiero que se destruyan esas pruebas. + +--No es eso fácil. + +--Ya lo sé: sé que doña Clara Soldevilla, su esposa, se ha arrojado á +los pies de su majestad el rey; sé que su majestad la reina ha +intercedido por la petición de su amiga, porque doña Clara, más que +dama, es amiga de la reina, y sé que el rey se ha mantenido severo; que +ha respondido á la reina y á doña Clara, que no puede hacer nada estando +de por medio la justicia. + +--Ya veis, Dorotea, que cuando el rey... + +--Pero vos podéis más que el rey. + +--¡Yo! + +--Sí, vos; basta una palabra vuestra para que la justicia calle, para +que la puerta de la prisión se abra, y yo quiero que don Juan salga +libre y seguro... porque le amo, ¿lo entendéis?... porque es mi vida, y +el mal que le sucede me vuelve loca, me asesina. Quiero ir yo... yo +misma á abrirle su prisión; quiero ser para él la libertad, la vida; +quiero ser su recuerdo continuo... quiero que no pueda olvidarme +nunca... y tanto haré, que no me olvidará... ¡Oh, no! y con eso sólo +seré feliz. + +--¡Pardiez, y lo que amáis á ese mozo!--dijo contrariado el duque. + +--No os enfadéis señor, vos me tenéis por lujo... ya os lo he dicho... +pues bien: vuestra querida pública seré, ya que esto os halaga, hasta la +muerte, hasta la muerte, señor; pero... tened compasión de mí; +concededme lo que os pido. + +El duque miró á la cortina de la puerta tras la cual había desaparecido +el bufón. + +Aquella cortina estaba inmóvil. + +Aquella cortina era en aquellos momentos para el duque el velo +impenetrable de la fatalidad. + +--No puedo...--dijo al fin. + +--Sí, sí podéis--dijo Dorotea--, vos lo podéis todo. + +--No me atrevo--dijo el duque, que no quitaba ojo de la cortina. + +--Necesito la libertad y la seguridad de don Juan--dijo con acento +voluntarioso Dorotea. + +--Yo no puedo sobreponerme á las leyes. + +--Sobreponéos--dijo la voz ronca del bufón detrás de la cortina. + +Tembló el duque al sonido terrible, fatídico de aquella voz. + +--Es el caso que... yo... mi poder... no alcanza á veces... + +--¿No os he dicho ya, duque de Lerma, que hagáis cuanto ella quiera? ¿ó +es que sois tan torpe que no comprendéis lo que se os manda?--dijo el +bufón abriendo la cortina y apareciendo. + +Sonrojóse vivamente el duque al verse tratado de tal modo por el bufón +en presencia de una tercera persona, y balbuceó algunas palabras. + +El bufón adelantó lento y sombrío. + +--No te agites, Dorotea--dijo--; no llores; no supliques: el señor duque +hará lo que sea necesario hacer; el señor duque no puede negarte nada: +excelentísimo señor, afuera, en la sala, hay recado de escribir; yo sé +dónde vive el licenciado Sarmiento; escribidle una carta y concluyamos, +que Dorotea está impaciente. + +--Esto es ya demasiado--dijo el duque colérico. + +--Ya lo creo que es demasiada obstinación la vuestra. + +--No os irritéis, señor--dijo Dorotea--; yo os lo ruego, yo os lo +suplico. + +--No hay que suplicar; tú no tienes que suplicar á nadie, hija mía; yo +soy tu esclavo, y el duque de Lerma es esclavo mío. Ayer quisiste la +prisión de don Juan, y fué preso; hoy quieres su libertad y hoy se verá +libre, porque su excelencia y yo... nos entendemos. + +--¿No teméis que llegue un día en que os pese de lo que hacéis? + +--Algunas cosas horribles tengo hechas por ella, y todavía no me ha +pesado; servidnos ahora, y después, cuando podáis, no tengáis compasión +de mí... pero ahora... haced lo que ella quiere. + +Y señaló á Lerma con toda la autoridad y la arrogancia de un señor +despótico, la puerta que conducía á la sala. + +El duque se levantó maquinalmente y salió de la alcoba. + +Maquinalmente se encaminó á una mesa donde había recado de escribir y +escribió. + +Luego cerró la carta y la entregó al bufón. + +Aquella carta estaba concebida en estos términos: + +«Mi buen Ruy Pérez Sarmiento: En el punto en que recibáis ésta, rasgad +todas las diligencias que hayáis practicado en averiguación del delito +cometido en la persona de don Rodrigo Calderón; proveed auto de libertad +en favor de don Juan Téllez Girón y de don Francisco de Quevedo +Villegas, y guardad esta carta para cambiarla por una provisión de oidor +en la Real Audiencia de México. A cualquier hora, mañana, me +encontraréis en la secretaría de Estado ó en mi casa. Guárdeos +Dios.--_El duque de Lerma._» + +Apenas entregada esta carta, el duque salió de casa de Dorotea, sin +despedirse de ella, trémulo, irritado. + +El bufón salió también, llevando consigo la carta del duque de Lerma. + +Dorotea quedó en un estado horrible de ansiedad. + +Una hora después, el tío Manolillo volvió con unos pliegos en la mano. + +--¿Tenéis ya la orden de libertad?--dijo la joven con anhelo. + +--Sí--respondió con voz ronca el bufón--. Este pliego es el auto de +libertad de tu amadísimo don Juan; este otro, el auto de libertad de don +Francisco de Quevedo, que yo me guardo, porque importa que esté preso; y +este otro pliego, es una orden para que tú puedas entrar en la torre de +los Lujanes, donde está encerrado don Juan. + +Dorotea, á pesar de la fiebre que la devoraba, llamó á Casilda, saltó de +la cama, se hizo vestir, pidió una litera, y salió de su casa. + + + + +CAPÍTULO LXXIV + +LO QUE HIZO DOROTEA POR DON JUAN + + +Irritado, contrariado, impaciente, cuidadoso, se encontraba don Juan +encerrado en un aposento alto de la torre de los Lujanes. + +La opaca luz de aquel día nublado y lluvioso, penetrando en el encierro +por dos estrechísimas saeteras, apenas bastaba para determinar los +objetos que en el aposento había. + +Podía juzgarse, sin embargo, que no se había tratado mal á don Juan; +algunos muebles, aunque no de lujo, decentes; una cama limpia, una +alfombra usada, pero aceptable aún, y un brasero con fuego, hacían +cómodo aquella especie de calabozo, si es que un calabozo puede ser +cómodo para un preso. + +Comprendíase claro que aquel encierro estaba destinado á personas á +quienes, por su clase, era necesario tratar bien. + +Don Juan no sabía por qué estaba preso, pero se lo figuraba; no podía +ser por otra cosa que por el asunto de don Rodrigo Calderón. + +Lo que más inquietaba al joven era que suponía que Quevedo habría sido +también preso, porque ¿cómo explicarse que estando libre Quevedo no +hubiese hecho en su favor maravillas? + +Y dolíale, además, el estado aflictivo que suponía en doña Clara +Soldevilla. + +Cuando le prendieron en su aposento, la joven se puso pálida y se +desmayó. + +Don Juan no vivía, agonizaba en aquel calabozo, había pasado una noche +horrible, de cavilaciones, de temores; se había acordado de todo, había +dado vueltas á todo, y sin embargo, no se había acordado de Dorotea. + +Cuando el carcelero la noche antes le entró la luz, don Juan le dió +dinero y le preguntó por la causa de su prisión. + +El carcelero le respondió con sumo respeto, pero encogiéndose de +hombros, que nada sabía. + +Encargóle don Juan que procurara informarse, que avisase á su esposa +del lugar donde se encontraba, y que procurase ver á don Francisco de +Quevedo ó saber de él. + +El carcelero volvió á la hora de la cena, trayendo una escogida y +abundante. + +Pero lo que le dijo el carcelero le puso en mayor ansiedad. + +Empezó por asegurarle que, por más que había hecho, no había podido +averiguar la causa de su prisión; pero que él creía que cuando lo habían +traído á la torre de los Lujanes, y con tal misterio, debía tratarse de +un grave asunto de Estado. + +Añadió que había ido al alcázar y que no había podido hablar á Doña +Clara, porque estaba en audiencia con el rey, y que en cuanto á don +Francisco de Quevedo, ninguna de las personas á quienes por él había +preguntado le habían dado razón de tal persona. + +Se empeoraba el negocio á la vista de don Juan, y como hemos dicho, no +pudo dormir en toda la noche. + +Al día siguiente, cuando volvió el carcelero con el almuerzo, cuando don +Juan le habló, el carcelero le respondió con gran respeto: + +--Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola +palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan. +No me pregunte vuesa merced más, porque no le contestaré. + +Después de esto el carcelero salió, y don Juan quedó más cuidadoso que +antes. + +Adelantó el día y con él la desesperación y la impaciencia de don Juan. + +Nadie parecía á tomarle declaración ni darle noticia alguna. + +Al fin, al medio día se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido +de los candados y cerrojos de la puerta. + +Entró el carcelero. + +No traía la comida. + +Esto dió alguna esperanza á don Juan. + +--¿A qué venís?--dijo al carcelero. + +--Vengo á pediros licencia, en nombre de una dama que quiere +hablaros--contestó aquél. + +--¿De una dama? ¿qué señas tiene? + +--Está completamente encubierta por un manto; pero parece principal y +hermosa. + +--¡Ah, es ella!--dijo don Juan pensando en doña Clara y sin acordarse, +ni remotamente, como hasta entonces no se había acordado, de Dorotea. + +--Trae una orden terminante para que se la permita hablaros á solas, del +señor alcalde de casa corte, Ruy Pérez Sarmiento, de quien pende vuestro +proceso. + +--¡Oh, pues que entre! ¡que entre!--exclamó con afán el joven. + +--Entrad, señora--dijo el carcelero llegando á la puerta. + +Entró una mujer completamente envuelta en un manto, y mandó con un +ademán enérgico al carcelero que saliese. + +La puerta se cerró. + +Entonces la mujer se echó atrás el manto, adelantó hacia don Juan, le +asió de las manos y le miró exhalando toda su alma, y su alma enamorada +por sus ojos. + +--¡Ah! ¡Dorotea!--exclamó con una sorpresa dolorosa don Juan. + +--¿La esperábais á ella?--dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre +un dolor agudo. + +--Os confieso que... señora... me sorprende...--dijo trastornado don +Juan. + +--¿Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este +horrible encierro? ¡No sabíais, no habíais podido saber cuánto yo os +amaba! ¡cuánto era capaz de hacer por vos! ¡pues sabedlo, os traigo +vuestra libertad! + +--¡Mi libertad! ¡vos!--exclamó dejando ver la expresión de una profunda +sorpresa don Juan. + +--Sí, yo... aquí está--dijo Dorotea mostrando al joven un pliego +cerrado. + +--¿De modo que ya puedo salir de aquí? + +--Aún no--contestó dolorosamente Dorotea. + +Esta respuesta de la joven irritó á don Juan. + +--¡Ah! ¡venís á imponerme condiciones! + +--¡Condiciones! ¡condiciones yo á vos! ¡qué condiciones puede dictar el +esclavo á su señor! ¡cuán poco me conocéis, por mi desdicha! + +--Entonces, ¿por qué no me dais esa orden? + +--¡Hay en el mundo otra mujer que os ama, que puede y debe confesar el +amor que os tiene ante Dios y los hombres! ¡una mujer que por vos sufre, +que por vos está enferma, que por vos muere! ¡una mujer que por vos se +ha arrojado á las plantas del rey, y que no ha podido conseguir nada, ni +aun saber el lugar donde estáis preso! ¡Vuestra esposa! ¡Doña Clara +Soldevilla, que es vuestra vida! + +--¡Ah!--exclamó don Juan. + +--Y esa mujer venturosa, porque tiene vuestro amor; esa mujer á quien +únicamente debéis amar, esa será la que reciba, sin saber de quién lo +recibe, este pliego cerrado; esa mujer será la que venga á abriros la +puerta de vuestra prisión; esa mujer será, porque debe serlo, quien goce +toda la alegría de recobraros, cuando os creía perdido, cuando se creía +casi viuda. + +--¡Viuda! + +--¿Pues no sabéis de lo que os acusan? + +--No. + +--De homicidio premeditado y con ventaja, intentado contra don Rodrigo +Calderón. + +--Mentira: como hidalgo y frente á frente, reñí con él por un grave +asunto, y sirviendo á la reina: vos lo sabéis. + +--Pero vos no podéis, por lo mismo que sois hidalgo y leal, sacar á +juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciarían cometiendo una +injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden á nadie en +España. Me debéis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepáis; para +que no podáis olvidarme. + +--Me estáis desgarrando el alma, Dorotea. + +--¿Y qué importo yo... pobre cómica... querida miserable del duque de +Lerma? pero dad gracias á Dios de que yo sea querida del duque, y de que +el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un +hombre terrible, que es á su vez esclavo mío. + +--¿Y quién es ese hombre? + +--El tío Manolillo, el bufón del rey. Él, porque sabe que os amo, y que +vos íbais á salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. Él, porque +yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y +poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia, +ese hombre me insulta, quiero vengarme de él y de ella, mátale; +hubiérais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo, á quien +Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepáis para que no podáis olvidarme +jamás; os lo repito. ¿Qué me importa que os apartéis de mí, que no os +vuelva á ver más, si estoy segura de que vos no olvidaréis nunca mi +memoria? + +Don Juan inclinó la cabeza y no supo qué responder. + +Estaba seguro de que no podía engañar á Dorotea, porque ésta sabía +demasiado que él amaba, que él no podía dejar de amar á doña Clara. + +Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la +comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si +hubiera podido, sin dejar de amar á doña Clara y de ser feliz con ella, +hubiera sido amante de Dorotea. + +Pero esto era imposible: Dorotea tenía demasiado corazón. + +Dorotea no podía partir el amor de su alma con otra, por más que aquella +otra fuese la esposa del hombre de su amor. + +La situación de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera +enloquecedora, dándole la libertad y con la libertad la vida, +sacrificándoselo todo, con la abnegación sublime de que sólo es capaz +una mujer que ama, la situación de don Juan era horrible. + +--¿Cómo podré yo hacer--dijo al fin--, que vos me perdonéis la desgracia +de no haberos conocido antes? + +--No blasfeméis de vuestra fortuna--dijo gravemente Dorotea--; Dios os +ha dado en doña Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla, +alegráos como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En +cuanto á mí, con que vos me apreciéis, con que me recordéis, con que os +cause compasión mi desdicha, estoy satisfecha, seré feliz. + +Y Dorotea, á quien hasta entonces había sostenido la excitación febril +de la alegría que la causaba el llevar la libertad á don Juan, se sentó +y se puso sumamente pálida. + +--Estáis mala, Dorotea--dijo el joven acercándose rápidamente á ella--. +¿Qué tenéis? + +--¡Me muero! + +--Disponed de mí: yo soy vuestro... yo os amo--dijo don Juan embriagado. + +Y en aquel momento, olvidándolo todo, asió con sus dos manos la hermosa +cabeza de Dorotea y la besó en la boca. + +--¡Oh! ¡qué horror!--exclamó la joven poniéndose en pie de un salto--; +¡qué crueldad! ¡qué daño me habéis hecho tan terrible! + +Y arreglándose el manto, se dirigió á la puerta y llamó. + +--¿A dónde vais, Dorotea?--dijo don Juan. + +--Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa. + +Sonaron entonces las llaves del carcelero. + +--Esperad un momento--dijo don Juan asiendo por el manto á Dorotea, que +estaba vuelta hacia la puerta. + +--¿Qué más queréis de mí?--contestó la joven. + +--Quiero... quiero volveros á ver. + +--¡Que queréis volverme á ver!... ¡sí, yo también quiero! pues bien: +estad esta noche, á las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros. + +--Estaré. + +En aquel momento se abrió la puerta. + +--Adiós--dijo Dorotea, y salió precipitadamente. + +--Adiós--dijo don Juan, y se dejó caer aniquilado sobre una silla. + +El carcelero cerró la puerta. + +--No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma--murmuraba la +comedianta bajando precipitadamente las escaleras--. ¡Yo estoy loca! ¡yo +me muero! ¡Dios mío! ¡irá! ¡irá! ¡le parezco hermosa! ¡le embriago!... +¡sí, irá! pues bien... ¡me vengaré de él y de ella! ¡él me obliga! +¡aquel horrible beso!... ¡Oh, Dios mío! + +Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaidía sin reparar +en nadie, salió. + +En la puerta de la torre había una litera. + +Al aparecer Dorotea, un criado abrió la portezuela. + +Dentro de la litera había un hombre. + +Era el tío Manolillo. + +Estaba más pálido, más cadavérico que Dorotea. + +Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperación de la joven, una +chispa de alegría involuntaria pasó por los ojos del bufón. + +--Ese miserable no te comprende--dijo. + +--Os engañáis, Manuel; le enamoro, haría de él cuanto quisiera, menos +que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la cólera y la +desesperación me matan. Quiero vengarme, y empiezo. ¡Pedro! ¡al alcázar! + +La litera se puso en movimiento. + +--¿A qué vas al alcázar, hija mía? + +--No voy yo, sino vos. Tomad. + +--¡Ah! ¡la orden de libertad de don Juan! ¡no se la has dado! ¡quieres +que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! ¡haces bien! +¡ese no es digno de nuestra protección! ¡no amarte á ti que tanto le +amas! ¡que tanto haces por él! ¡véngate! ¡ya que no sea tuyo, que no sea +de la otra! + +--Vais á entrar en el alcázar y á hacer de modo que doña Clara +Soldevilla reciba esta orden sin que pueda saber de dónde viene. + +--¡Cómo! + +--¡Lo quiero! + +--Haces mal. + +--Lo quiero. ¡Y cuenta con que doña Clara pueda ni aun por indicios +sospechar! + +--¡Haces mal!--repitió el bufón, y tomó la orden y la guardó suspirando. + +Ni Dorotea ni el bufón hablaron una palabra hasta que la litera llegó á +las puertas del alcázar. + +--Entrad--dijo Dorotea al bufón--; haced que esa orden llegue, como os +he dicho, á las manos de doña Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y +hacedle que vaya á verme. + +El bufón salió de la litera. + +--¡A casa!--dijo la Dorotea. + +La litera se puso de nuevo en marcha. + +--El bufón, después de meditar un momento en el vestíbulo, se entró +resueltamente en la secretaría de Estado. + +--Decid á su excelencia--dijo--que yo, mi majestad el bufón, le mando +que me reciba y me oiga. + +Riéronse todos de la manera cómica con que el tío Manolillo dijo estas +palabras, y uno de los oficiales contestó: + +--No está su excelencia de humor para recibiros, tío. + +--¡Quién le mete al menguado en lo que no le importa!--repuso gravemente +el bufón--; diga al duque que Felipito mi amigo me envía. + +--¡Ah! ¡si traéis orden del rey!... + +--¡Qué pesado! ¿Te pagan para que repliques, ó para que hagas lo que se +te mande? + +--Vamos, no os incomodéis, tío--dijo el oficial--; decid á su +excelencia, Lasala, que el bufón de su majestad quiere verle. + +El enviado entró. + +--Ya veréis cómo Lerma no me hace esperar tanto--dijo el bufón +paseándose con gran prosopopeya por la secretaría. + +En efecto, un momento después de haber entrado, Lasala abrió una mampara +y dijo: + +--Su excelencia espera al bufón de su majestad. + +Cinco minutos después de haber entrado el tío Manolillo en el despacho +del duque, éste subía por una escalera de servicio á la cámara del rey. + +Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnífica +escopeta de dos cañones que acababa de regalarle respetuosamente la muy +noble y leal villa de Eibar. + +--¡Eh! vienes á tiempo--dijo el rey al ver al duque--; tú que eres +aficionado, ¿qué te parece este arcabuz de caza? Mira qué llaves, Lerma: +una invención, una verdadera invención. + +--En efecto, señor--dijo el duque--, los vizcaínos son muy hábiles y muy +industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con +licencia de vuestra majestad, vengo á hablarle de un negocio muy +importante. + +--¿Tan importante que no admite demora? + +--De ningún modo, señor. + +--No me dejarán reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma, +vamos: y tú espera aquí--dijo el rey al montero mayor. + +Felipe III y su secretario universal se encerraron. + +--Veamos de qué se trata--dijo el rey con el empacho que le causaban +todos los negocios. + +--Del asunto de doña Clara Soldevilla. + +--¡Ah! pues mira, ese asunto me trae disgustado; la buena doña Clara me +pidió ayer una audiencia, se la dí, me rogó por su esposo, se arrojó á +los pies, lloró... y como tú me habías dicho que se trataba de un +negocio grave, me mantuve inflexible, hasta tal punto, que se me desmayó +doña Clara, y la llevaron á su cuarto sin sentido. Después he tenido una +verdadera batalla con la reina. Me ha amenazado... me ha dicho que no la +obligase á hablar... y yo no sé qué tenga que hablar la reina en este +asunto. En fin... me ha dicho la reina que yo y ella debemos grandes, +eminentes servicios á ese don Juan, que ha hecho muy bien hiriendo á don +Rodrigo, y que mejor hubiese sido que le hubiera matado. ¿Qué dices tú á +eso? + +--Digo, señor, que su majestad la reina tiene mucha razón. + +--¿Pues no me dijiste ayer que era necesario castigar con mano fuerte á +ese don Juan y á don Francisco de Quevedo, su cómplice? + +--Ayer estaba mal informado, señor; por las primeras diligencias del +proceso resulta que no fueron dos contra uno, sino que por el contrario, +don Rodrigo llevaba otro hombre contra don Juan. Que Quevedo no hizo más +que ayudar como hidalgo á su amigo, y que don Juan se vió en la +necesidad de defenderse. Ni siquiera ha sido un duelo. + +--Pues entonces es necesario formar proceso á Calderón. + +--Aconsejo á vuestra majestad que me permita echar tierra á este +negocio. + +--Pues bien, échasela; pon en libertad á don Juan y á Quevedo y que se +vayan benditos de Dios á Napóles. + +--Ya, contando con el beneplácito de vuestra majestad, he mandado al +alcalde Ruy Pérez Sarmiento que destruya la causa y libre auto de +libertad para Quevedo y Girón; el auto de libertad de don Juan está +aquí, señor. + +--¡Ah! ¿Conque está todo hecho? + +--Aún falta algo que hacer. + +--¿Y qué hace falta? + +--Tan activo ha andado el alcalde Ruy Pérez en este proceso y tan leal, +que merece un premio. + +--¡Ah, merece un premio! Pues dásele. + +--Aquí está extendida ya la provisión para él, de oidor de la real +audiencia de Méjico, con las costas del viaje, y sólo falta la firma de +vuestra majestad. + +El rey firmó la provisión, y la recogió el duque. + +--Por aquí--dijo para sí Lerma, guardando la provisión del licenciado +Sarmiento--, hemos salido de un testigo enojoso. + +--¿Queda algo más que hacer?--dijo el rey, que en su marcada antipatía +por los negocios deseaba verse libre. + +--Sí, señor; yo creo que vuestra majestad debe aprovechar esta ocasión +de complacer á su majestad la reina. + +--¿Y cómo? + +--Dándola este auto, que pone á cubierto de todo proceso al marido de su +dama favorita. + +--Tienes razón, Lerma, tienes razón; y ahora más que nunca conozco el +grande afecto que me tienes; no me gusta estar reñido con la reina. +Voy... voy... adiós, Lerma, adiós. + +Y el rey abrió una puerta, atravesó un largo corredor, abrió otra puerta +y se encontró en la recámara de Margarita de Austria. + +La reina leía. + +Al ruido de los pasos del rey volvió la cabeza. + +Al verle, dejó el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y miró al rey +con severidad. + +--Veo que aún estás enojada, Margarita--dijo el rey. + +--En efecto, señor--contestó la reina--; tengo un profundo disgusto. + +--¡Por tu queridísima doña Clara! + +--Me he propuesto no volver á hablar más á vuestra majestad de este +asunto. + +--¡Mi majestad!... ¡Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos! +¡Siéntate aquí al lado mío! Vengo á que hagamos las paces. + +La reina se sentó al lado del rey, pero con tiesura, con el semblante +nublado y sin mirar á Felipe III. + +--¡Lo que yo digo! ¡eso, eso es!--exclamó con impaciencia el rey--; ¡yo +soy lo último de todo! + +--¡Señor!--dijo la reina con dignidad. + +--Se me respeta, pero no se me ama; basta el más ligero motivo para que +no se me oculte el desvío que causo. ¡Como ha de ser! ¡Y yo, á pesar de +todo, me afano por complacerte, Margarita! + +La reina comprendió que debía bajar del empinado lugar á que se había +subido; que debía ser mujer, y combatir al hombre, no al rey. + +--Sí--dijo, hiriendo con su pequeño pie la alfombra y mordiéndose +impaciente su grueso labio austriaco--; sí se conoce que mi esposo... me +ama locamente, que adivina mis deseos, que se anticipa á ellos; +ciertamente que soy una insensata, cuando me quejo; ¿qué puedo yo +desear? ¿Qué reina ha tenido más influencia sobre su esposo? + +--Puedo hacerte que llores de alegría, y que me abraces como una loca, +Margarita--dijo el rey. + +--¿De veras?--preguntó disimulando mal su ansiedad la reina, porque en +las palabras y el aspecto del rey conoció que podía prometerse algo +satisfactorio. + +--Tan de veras, como que te traigo una medicina que pondrá buena de +repente á tu amiga doña Clara, que creo que anda enferma. + +--¿Cómo queréis que esté una recién casada que adora á su marido, y que +ni aun sabe dónde para? + +--¡Es verdad! ¡es verdad! pues bien; toma, Margarita, toma; he mandado +romper el proceso de don Juan Téllez Girón, y aquí está la orden de +libertad. + +El rey dió á Margarita de Austria el pliego cerrado que contenía el +auto. + +Pasó una alegría infinita por los ojos de la reina. + +Rompió el sobre y leyó ávidamente la orden de soltura. + +--¡En la torre de los Lujanes! ¡y allí está mi libertador preso, +dudando, temiendo...! + +--¡Tu libertador!--dijo el rey con asombro. + +--¡Sí, mi generoso y valiente libertador! + +--No te comprendo. + +--¿Por qué he de callar más? Yo estaba resuelta á revelároslo todo, +cuando no me quedase otro medio de salvar á ese caballero. ¿Por qué no +he de ser franca y leal con vos, cuando está salvado? + +--¡Qué! ¿tú me ocultabas algo, Margarita? + +--¡Oh! ¡sí, señor! ¡no sé por qué he tenido miedo! vos no podéis dudar +de mí, ¿no es verdad? + +--¡Dudar yo de la reina! ¡de mi esposa!--dijo el rey en uno de los +arranques de verdadera dignidad que á veces dejaba conocer--. ¡Cómo! +¿por qué había yo de dudar de vos, señora? + +--Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi +vida he obrado con ligereza. + +--Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada--dijo el rey +volviendo á su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en +explicaciones que le asustaban, porque á primera vista parecían graves. + +--No, no; me habéis de oír: os lo suplico--dijo la reina--, necesito +librar mi conciencia de este peso. + +Al oír la palabra conciencia, el rey, que tenía algo de lo asustadizo de +su padre, aunque no su firmeza ni su sombrío recelo, se alarmó. + +--¡Tú conciencia, dices! + +--Sí, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no +debía haberos callado. + +--¿Tendremos alguna otra conspiración?--dijo todo asustado el rey. + +--Sí; sí, señor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que +ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron. + +--¿Conspiraciones vuestras? + +--Por recobrar vuestra dignidad y la mía. + +--Pues lo de siempre. ¿Y quién os ayudaba á conspirar? porque nadie +conspira solo. + +--Don Rodrigo Calderón. + +--¡Ah! ¡ah! + +--Se me mostró leal... cuando era traidor; le concedí algunas audiencias +secretas. + +--¿Contra el duque de Lerma? + +--Contra el duque de Lerma. + +--¡Ah! ¡don Rodrigo conspiraba contra su bienhechor, contra el hombre á +quien todo lo debe! ¡No sabía yo que ese tal era tan malvado! + +--Lo es más aún: ese hombre se ha atrevido á dictarme condiciones. + +--¡Condiciones á la reina! ¡un vasallo! ¿pero cómo podía ese miserable +atreverse á dictarte condiciones? + +--Fuí imprudente; creyéndole un vasallo leal, le escribí algunas cartas +de mi puño y letra, avisándole de la hora que podía entrar en palacio y +verme. + +--¡Y esas cartas! ¡esas cartas! + +--Las he quemado yo por mi propia mano, gracias á don Juan Téllez Girón, +que se las arrancó á estocadas. + +--¡Ah!--dijo respirando el rey--; ¿y de resultas de esas estocadas está +herido don Rodrigo? + +--Sí, señor. + +--¿Pero don Juan sabrá...? + +--Don Juan entregó aquellas cartas sin leerlas á doña Clara. + +--¡Ah! ya; sí... esas cartas acompañaban sin duda al rizo de cabellos +aquel de doña Clara, y don Juan habrá creído que de doña Clara eran las +cartas... + +--Sí; sí, señor--dijo la reina, que no se atrevió á ser más explícita. + +--Pues es necesario premiar á ese caballero. + +--Harto premiado está ya con ser esposo de doña Clara; sólo os pido una +cosa, señor. + +--¡Qué! + +--Que me perdonéis si por amor á vos, por la dignidad de la monarquía, +pude ser una vez imprudente. + +Y la reina se arrojó á los pies del rey. + +--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡en mis brazos, que tan ansiosos están de ti! ¡en mis +brazos, Margarita mía! ¡oh, qué hermosa eres! + +Y besó á la reina en la frente. + +--¡Oh! ¡cuánto te amo, Felipe mío!--dijo la reina llorando de placer y +estrechando al rey entre sus brazos. + +--No me dices eso siempre--contestó el rey con el acento y la expresión +de un niño voluntarioso. + +--Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno, +Felipe; has vuelto su esposo á mi buena doña Clara, y á pesar de lo que +te he revelado, no has dudado de mí. ¡Te amo! ¡te amo! + +--¡Oh, Dios mío!--dijo el rey--¡si esto durara mucho!... + +--Durará... todo lo que tú quieras que dure, Felipe... ¡oh! ¡y qué feliz +soy! pero hay alguien á quien debemos mucho, que llora por nosotros, y +cuyas lágrimas es necesario enjugar. + +--¡Doña Clara! + +--Doña Clara... y voy... sin perder un momento. + +--¡Ir tú!... ¡la reina!...--dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la +ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria. + +--Iré... por las comunicaciones interiores... nadie me verá... enviaré +delante á la duquesa de Gandía, para que doña Clara, cuando llegue yo, +esté sola. Y adiós, adiós; es necesario no olvidarnos de que para el que +sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adiós. + +Y la reina escapó. + +--¡Ah!--dijo el rey--; cuando se hace una buena acción se le queda á uno +el alma tan llena de no sé qué... Vamos, Dios quiera que por estos +momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva +á ponernos tristes. + +Y el rey, por el mismo sitio por donde había ido á la recámara de la +reina, se volvió á la suya y al examen de la escopeta vizcaína que tenía +aún entre las manos su montero mayor. + + + + +CAPÍTULO LXXV + +EL SOL TRAS LA TORMENTA + + +Vestida, arrojada sobre un lecho, con el rostro vuelto contra la +almohada, en una bellísima alcoba, había una mujer. + +Aquella mujer lloraba silenciosamente; de tiempo en tiempo un sollozo +desesperado hacía desgarrador su llanto. + +En la alcoba, sobre un reclinatorio delante de una virgen de los +Dolores, había una lamparilla encendida. + +Fuera de la alcoba, junto á la puerta, estaban sentadas dos dueñas +silenciosas é inmóviles. + +Pasó algún tiempo así. + +Abrióse al cabo una puerta, y asomó por ella la cabeza de una doncella. + +--La camarera mayor de la reina quiere ver á la señora--dijo la joven en +voz baja. + +--¿Qué hacemos, doña Inés?--dijo también en voz baja la una dueña á la +otra. + +--¿Qué os parece que hagamos, doña María?--preguntó la preguntada. + +--La señora no duerme, que solloza--dijo doña María. + +--Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doña Inés. + +--Pues, avisémosla. + +--Avisémosla. + +--Id vos. + +--No, vos. + +--Cualquiera. + +Y doña Inés se levantó, abrió las vidrieras, y de puntillas se acercó al +lecho, y dijo casi al oído de su señora: + +--La escelentísima señora camarera mayor de su majestad, quiere veros, +señora. + +--¡Oh! ¡que entre! ¡que entre al momento!--dijo doña Clara, apartándose +de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; ¿por qué +la habéis detenido? + +La dueña salió como un relámpago. + +Cuando doña Clara abrió las vidrieras y salió á la cámara, ya estaba en +ella la duquesa de Gandía. + +--¿Qué noticias me traéis, señora? exclamó anhelante la joven +arrojándose al cuello de doña Juana de Velasco. + +La duquesa miró en torno suyo, y al ver que habían quedado solas, +exclamó llorando: + +--¡Ah! no sé nada; ¡desdichado hijo mío! + +--Me habíais hecho concebir una esperanza,--dijo con desaliento doña +Clara. + +--Su majestad está en la saleta azul,--dijo la duquesa enjugándose las +lágrimas--; me ha enviado delante, para que apartéis de aquí las +personas que pudieran verla. Su majestad os creía muy enferma. + +--¡Ah! sí, del corazón, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan +débil que no pueda ir á ver á su majestad. Vendrá á consolarme. + +La reina viene alegre, impaciente. + +--¡Oh! ¡Dios mío! exclamó doña Clara. + +Y apartándose de la duquesa dió á correr, loca, anhelante, atravesó +algunas habitaciones, y en una cayó entre los brazos de la reina que la +había salido al encuentro. + +--Oye, Clara,--la dijo Margarita--; consuélate, enjuga tus lágrimas; te +traigo buenas noticias. + +--¿Dónde está, señora? + +--En la torre de los Lujanes. + +--¿Y puedo verle? + +--Sí. + +--¡Ah! señora, perdonad... pero... permítame vuestra majestad que vaya +al momento... le he creído perdido... son esos hombres tan infames... +y... ¡le amo tanto! + +--Espera, espera... serénate, tranquilízate, Clara, amiga mía: no ves +que yo me sonrío, que estoy contenta. ¿Cómo podía estarlo si te +amenazase una desgracia? + +--¡No corre peligro su vida! + +--No, ni mucho menos... + +--Y entonces, ¿qué hay que temer? + +--Nada. + +--¡Nada! pues si no hay nada que temer, ¿por qué continúa preso? + +--Tú eres valiente, Clara. Domínate, prepárate... + +--¿Para qué? + +--Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir +la noticia inesperada de una dicha. + +--¡Ah! ¡señora! tendré valor, le tengo. + +--Pues bien: toma, Clara mía, toma, y ve tú misma á sacarle de su +prisión. + +Y la reina dió á doña Clara el auto de libertad. + +La joven le leyó, se dominó, se puso pálida, y miró con una elocuente +ansiedad á la reina. + +--Sí, sí; ve amiga mía--dijo la reina--; pero no te olvides de decir á +doña Juana que la espero para volverme á mi cámara. + +Doña Clara se arrojó á los pies de la reina, y la cubrió las manos de +besos y lágrimas. + +Luego se levantó y dió á correr, como una loca, hacia sus habitaciones. + +--¡Libre! ¡libre, madre mía!--exclamó arrojándose en los brazos de la +duquesa y riendo y llorando á un tiempo--¡libre! y ¡libre de todo cargo! + +--¡Ah! ¡gracias á Dios! + +--Y no podía eso ser de otro modo, porque Dios no podía querer mi +desesperación; pero la reina os espera. Y voy por él. ¡Un manto! ¡una +litera!--añadió dirigiéndose á una puerta--. Después, venid, madre mía; +él estará ya aquí. ¡No oís! ¡dueñas! ¡lacayos! + +--Adiós, hija mía, adiós--dijo la duquesa viendo que se acercaba gente, +y salió. + +--Pronto, doña Inés, mi manto; que pongan una litera al momento--repitió +con impaciencia doña Clara. + +Y cinco minutos después, dentro de una litera salía del alcázar la +joven. + +Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban +la litera iban de prisa, muy pronto la litera paró á la puerta de la +torre, salió de ella doña Clara, y presentó la orden de soltura al +alcaide. + +--Y van dos, las dos principales y hermosas--dijo entre dientes el +alcaide leyendo la orden. + +Afortunadamente no le oyó doña Clara. + +--No hay que oponer nada á esto--dijo el alcaide dando vueltas á la +orden--; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los +muebles... + +--Bien, bien, pero llevadme á donde está--dijo doña Clara. + +--¿Y quién le diré que le busca? + +--Su esposa. + +--¡Ah! perdonad, señora--dijo el carcelero quitándose su caperuza, que +hasta entonces había tenido encasquetada--; como vuestro esposo es joven +y gentilhombre, á estos tales señores suelen buscarlos... + +--¿Pero hay algún inconveniente para que yo vea al momento á mi marido? + +--Ninguno, señora. ¿Qué ha de haber? yo mismo voy á llevaros. Molinete, +dame las llaves del encierro alto. Vamos, señora, vamos. + +El alcaide se metió por una estrecha puerta y por una escalera obscura. + +Doña Clara le seguía sin pensar en donde ponía los pies, acertando con +los escalones y con las revueltas por instinto. + +Al fin se vió alguna luz en las escaleras, y al acabar de subirlas se +encontraron en un corredor estrecho alumbrado por claraboyas, á cuyo fin +había una puerta de hierro con tres cerrojos y tres candados. + +Doña Clara no tuvo paciencia para que el alcaide acabase de abrir. + +Golpeó con su pequeña mano la puerta, y dijo con toda la fuerza de sus +pulmones y toda la alegría de su alma: + +--¡Juan! ¡Juan! + +--¡Clara de mi alma!--gritó desde adentro el joven. + +--Sin duda ninguna son marido y mujer, cuando se tratan así delante de +gentes--dijo el alcaide acabando de abrir. + +Y cuando la puerta estuvo franca, como nada había ya que guardar allí, +se volvió dejando la puerta abierta y murmurando por las escaleras: + +--¡Ya lo creo! con una mujer como esa ya puede uno hacer lo que le dé +la gana. ¡Dios de Dios! en mi vida he visto otra tan hermosa. + +Entre tanto doña Clara y don Juan estaban estrechamente abrazados, +mudos, en el primer momento de alegría. Parecíales á entrambos que +habían resucitado el uno para el otro. + +Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vió en los ojos de su mujer +lo que jamás había visto, lo que ni aun había sospechado, lo que no +sabía que existiese: un amor sobrenatural, una vida que vivía en su +vida; una alegría que era su alegría; un alma que absorbía la suya, la +envolvía, la acariciaba y la defendía; una fuerza infinita de absorción +que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doña +Clara. + +Habíale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareció que la +hermosura de su mujer no pertenecía á la vida, que tenía algo de +fantástico, de divino. + +--¡Juan de mi alma!--le dijo doña Clara--; vámonos de aquí: me parece +que me van á arrancar de tus brazos, que se va á cerrar de nuevo esa +puerta, que no te voy á volver á ver. Vámonos, vámonos; estás libre; he +traído la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie, +como no sea Dios, me volverá á separar de ti. + +--¿Quién te ha dado esa orden, Clara mía?--dijo don Juan acordándose á +pesar de todo de la pobre Dorotea. + +--¡La reina!--contestó doña Clara--; no sé por qué medio: anoche yo me +arrojé en balde á los pies de su majestad: en balde la reina suplicó al +rey. Ni aun pudimos saber dónde estabas preso. + +--¡La reina te ha dado esa orden!--dijo profundamente pensativo don +Juan, que no acertaba á comprender cómo aquella orden había pasado de +las manos de Dorotea á las de la reina. + +--Sí, sí--repuso impaciente doña Clara--; ¿pero qué importa eso? Lo que +importa es salir de aquí. + +Y tiró de su marido, que se dejó conducir. + +Al pasar por la alcaidía, el alcaide les salió al encuentro +respetuosamente y gorra en mano. + +En la otra mano tenía una daga y una espada, sencillas pero hermosas y +fuertemente bruñidas las empuñaduras de acero. + +--El señor alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, acaba de +enviarme para vuesa merced, estas armas, que le ocupó cuando le +prendió--dijo el alcaide. + +El joven se puso la daga y la espada en el talabarte, y dió las gracias +al alcaide. + +--Perdonad, caballero--dijo el alcaide al ver que los dos esposos +seguían hacia la puerta--; pero quisiera que antes de salir miráseis +esta cuentecita. + +Y presentó un papel á don Juan. + +Aquel papel decía: + +«Cuenta de lo que ha adeudado don Juan Téllez Girón, en las veinte y +cuatro horas que ha estado preso en la torre de los Lujanes. + +»Por alquiler de la habitación alta donde estuvo preso en otro tiempo el +rey Francisco, y donde sólo se encierran personas principales, diez +ducados. + +»Por el alquiler de una cama con colchones de pluma, sábanas de holanda +y repostero de damasco, mantas y demás, cinco ducados. + +»Por ídem de doce sillas, un sillón, una mesa, un candelero de plata y +una alfombra, seis ducados. + +»Por una comida traída de la hostería de los Tudescos, ocho ducados. + +»Por una cena de ídem, cuatro ducados. + +»Por un almuerzo de ídem, cuatro ducados. + +»Por una vela de cera, cuatro reales de vellón. + +»Por asistencia, dos ducados. + +»Por derechos de carcelaje, ocho ducados. + +»Todo lo cual monta la suma de cuarenta y siete ducados y cuatro reales +de vellón.--_Ginés Piedrahita._» + +Debemos advertir, que de esta cuenta sólo leyó don Juan la suma total. + +--¿Traes contigo dinero, Clara?--dijo don Juan. + +--Sí, por acaso; ¿qué se necesita? + +--Da á este hombre, dos doblones de á ocho. + +Doña Clara sacó un precioso bolsillo, y de él dos doblones. + +--Aquí sobra dinero, señor--dijo con un acento particular el alcaide, al +recibir las dos monedas de oro. + +--Guardadlo--dijo don Juan. + +--Viváis mil años, señor--dijo el alcaide apresurándose á abrir la +puerta. + +Doña Clara, llevando á don Juan de la mano, salió de la torre con la +precipitación y alegría con que sale un pájaro á quien abren la jaula, y +se metió con su marido en la litera. + +--¡Ah!--dijo, cuando se vió caminando hacia el alcázar--, ¡gracias á +Dios que ha pasado esta horrible pesadilla! + +Y estrechó de una manera ardiente las manos de su marido que tenía entre +las suyas. + +Don Juan, sin embargo, se mostraba sombrío, pensativo y cabizbajo. + +Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tenía aquella noche +con ella en Puerta de Moros. + + + + +CAPÍTULO LXXVI + +DE CÓMO EL COCINERO MAYOR CONOCIÓ CON DESPECHO QUE NO HABÍAN ACABADO +PARA ÉL LAS ANGUSTIAS + + +Encerrado en aquel aposento reservado que, como sabemos, tenía en su +casa Francisco Martínez Montiño, se ocupaba en contar una gran cantidad +de dinero que tenía sobre la mesa. + +Con un placer sin igual, apilaba los relucientes doblones de oro, y á +otro lado los escudos y los ducados de plata. + +--Cabal, cabal--decía--, nada he perdido; ni un maravedí; mi mujer no me +ha engañado; había puesto á cubierto mi dinero, y el señor Gabriel +Cornejo es un hombre de bien. Mis treinta mil ducados están aquí... +completos, justos. Sólo he perdido el dinero que llevaba en el bolsillo +y que me quitaron los alguaciles. Pero lo doy por bien empleado y más +que hubiera sido. El arca de hierro donde está el dinero de don Juan la +tiene el mayordomo mayor del rey, y me será entregada, según me han +dicho, para que yo responda de ella á su dueño. Además, ese bribón de +sargento mayor que había llegado á inquietarme, ha muerto. Casaré á mi +hija con ese Cristóbal Cuero, y allá se arreglen; haré lo posible para +que el duque de Lerma dé un empleo al galopín Cosme Aldaba, y cuando +todo esté hecho, me iré con Luisa y con lo que haya nacido á Asturias, +compraré una tierra y viviré en paz. + +El cocinero empezó á poner en sacos su dinero, y á colocar aquellos +sacos en una arca. + +--Sólo me inquieta una cosa--decía entre dientes y compungido...--la +muerte de ese pobre paje Gonzalo... esa muerte cuyo autor conozco, y á +quien no me atrevo á delatar porque sería necesario delatar á mi +mujer... Vamos, es necesario olvidar esto, olvidarlo de todo punto... yo +no he tenido la culpa; y luego, ¿quién sabe si aquellos polvos que me +dió en la cárcel Cristóbal son un hechizo ó un veneno? los tengo aquí; +me los metí sin reparar en ello en el bolsillo. Yo los llevaré al señor +Gabriel Cornejo que entiende de esto y él me lo dirá. Vamos... por +último... yo soy inocente; yo no tengo la culpa de nada de lo que ha +sucedido. + +Acabó de colocar su dinero en el arca, y saliendo del cuarto y +cerrándole cuidadosamente, se fué á una habitación donde su mujer y su +hija estaban ocupadas en ponerlo todo en orden. + +--¡Eh! ¿qué tal? ¿se te ha pasado ya el susto, mujercita mía?--dijo +Montiño, en quien la debilidad era un defecto incurable. + +--No ha sido tan pequeño que pase tan pronto, marido mío; si vos +hubiérais sido mejor de lo que sois y no hubiérais pensado mal de +vuestra mujer, y no la hubiérais hecho meter en la cárcel, estaríamos +mejor; yo no puedo olvidarme tan pronto de lo mucho malo que habéis +hecho contra mí; yo no puedo perdonaros tan fácilmente. + +Esto lo decía Luisa, subida en una silla, de espaldas á Montiño, +clavando clavos en la pared y dejándole ver el pie más pequeño y el +principio de unas piernas lo más bonito que podía darse. + +--Vamos, no hablemos más de esto, mujercita mía; yo he estado loco y á +los locos se les perdona todo; yo te compraré un justillo y una saya de +terciopelo tomados de oro y collar y arracadas de corales, y te daré +aquellos cintillos de diamantes que te gustan tanto. + +--Ya sois bueno--dijo Luisa--, conocéis que habéis sido malvado, y +queréis contentarme con regalos, como si con los regalos pudiera curarse +el alma. + +Y Luisa se echó á llorar desconsoladamente; aquel llanto era por la +muerte del sargento mayor á quien amaba, y con quien había pensado gozar +fuera de España el dinero robado á su marido. + +Pero Montiño era de esos ciegos que no ven ó no quieren ver, y exclamó: + +--¡Válgame Dios y qué llanto tan inútil! ya no tienes nada que temer, y +yo te amo más que nunca. + +--No queréis que llore, ¡y me habéis llamado adúltera y miserable!--dijo +Luisa buscando un pretexto á su llanto. + +--Vamos, mujer, por Dios, olvidemos eso; ya te he dicho que yo estaba +loco. ¿No estás bastante vengada de mí? + +--No, no y no; necesito vengarme más. + +--Pues bien, haz de mí lo que quieras, pero no me atormentes más con tus +lágrimas. Tendrás todo lo que quieras: ricos trajes, hermosas alhajas... + +--¡Ah!--exclamó desconsoladamente Luisa. + +--Y á mí, padre, ¿qué me daréis á mí?--dijo la Inesilla. + +--A ti, hija mía, te daré un hermoso ajuar, un buen dote y te casaré con +Cristóbal. + +--¡Ay, padre! y ¡qué bueno es vuesa merced! + +--No lo cree así tu madre, que dice que se ha de vengar de mí. + +--¡Bah! madre Luisa está irritadilla... pero eso se le pasará: ¿no es +verdad, madre? + +--¡Eh! ¡no!--dijo Luisa. + +--¡Todo sea por Dios!--dijo Montiño--; voy á las cocinas, que ya es +tiempo de que yo vuelva de nuevo á mi obligación; quiera Dios que cuando +vuelva te encuentre de mejor humor, mujer. + +Y Montiño salió y se trasladó á las cocinas. + +--Señor Gómez Puente--dijo al oficial mayor, que adelantó cuchilla y +tenedor en mano--, ¿qué hacéis? + +--Salpimento unos lechones, señor Francisco--contestó el oficial mayor. + +--Muchas gracias, señor Gómez--dijo Montiño. + +--¿De qué, señor Francisco?--dijo el oficial mayor. + +--Todo está en orden, todo limpio, todo á punto; parece que no he +faltado yo de las cocinas. + +--Vos nos tenéis acostumbrados á trabajar bien. + +--Veamos qué vianda habéis preparado á su majestad. + +--Aquí está la lista--dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un +mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil. + +Montiño desdobló con gran interés aquel papel y le recorrió. + +--Bien, muy bien--dijo--; diez principios con perniles, diez platos de +volatería, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido +completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos, +seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estación y +abundancia de conservas y dulces de repostería; bien, muy bien, señor +Gómez; ya veo que no hago aquí gran falta. ¿Y la cena, señor Gómez? + +--Hela aquí--dijo el oficial sacando otra lista. + +Recorrióla con suma avidez Montiño y con cierto disgusto, porque no +halló nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofendía su amor +propio. + +--Está visto que yo aquí no hago absolutamente falta--repitió--. Todo +esto está muy bien. + +--Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas--dijo Gómez--; hemos +podido salir adelante dos días; pero si vuesa merced faltara un día más, +no sabríamos cómo componernos. Así como así, faltan en estas dos listas +algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan +delicados, que sólo vuesa merced los sabe preparar. + +--En efecto, y quiero hacer dos platillos de los míos reservados, para +que el rey conozca que no me he muerto todavía. ¡Hola! Lamprea, hijo: +prepárame unos filetes de ternera. + +--Buenos días, ó más bien, buenos medios días, señor Francisco--dijo una +voz áspera, en aquel punto, á las espaldas del cocinero, al mismo tiempo +que una mano pesada se apoyaba en su hombro. + +Volvióse de una manera nerviosa Montiño, y vió detrás al tío Manolillo +que le presentaba una escudilla de madera. + +Estremecióse el triste del cocinero. + +El bufón le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresión +que era un misterio para el cocinero mayor. + +--¿Qué queréis?--dijo Montiño con la voz temblorosa de miedo. + +--Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no +puede esperar mi estómago á la mesa de mi hermano don Felipe; paréceme +que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son +de águilas; apropiadme una. + +Montiño puso por sí mismo una hermosa empanada en la escudilla del +bufón. + +--Ahí veo formadas en batalla algunas botellas con telarañas; la masa, +señor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella. + +El cocinero dió al bufón una botella, que éste se puso debajo del brazo. + +--Ahora, echadme aquí--dijo quitándose la caperuza--algunos pastelillos +y confituras con que acabar mi almuerzo. + +Montiño le llenó la caperuza. + +--Muchas gracias, hermano--dijo el bufón. + +--¿Y qué más queréis?--dijo con voz chillona, con impaciencia Montiño, +viendo que el bufón con la botella bajo un brazo, la escudilla en una +mano y la caperuza en otra, no se movía. + +--Quiero que me acompañéis. + +--Yo he almorzado ya. + +--Que me acompañéis mientras almuerzo yo. + +--No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera +sobreasados por mi propia mano... + +--Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado +yo y que quiero que hagáis--dijo con voz ronca el bufón. + +--¡Ah! ¡habéis inventado un manjar!...--dijo el cocinero, que tenía +graves motivos para no atreverse á desobedecer al bufón--. Pues esto es +distinto. Vamos, tío Manolillo, y veamos vuestra invención. + +Y salió con el tío Manolillo. + +--¡Pobre señor Francisco!--dijo el oficial mayor--. Cada día me convenzo +más de que está loco. + +--Tiene los ojos que le echan fuego--dijo otro de los oficiales. + +--Y se sonríe de una manera que mete miedo--observó otro. + +--¡Pobre señor Francisco!--dijeron todos. + +Entretanto el bufón había llevado al cocinero á su aposento y se había +encerrado con él. + +Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empezó á comer +con ansia. + +--Es necesario alimentarse para tener fuerzas--dijo--, y sobre todo +cuando hay que obrar. + +--Decidme, tío Manolillo, ¿para qué me habéis traído aquí? + +--Para deciros que Dorotea tiene que haceros un encargo y os espera al +momento. + +--Yo no puedo ir... y no iré...--dijo el cocinero. + +--¿Cómo que no iréis? ¿Ignoráis que sobre vuestra cabeza pende un +proceso de asesinato? + +--El duque de Lerma ha mandado romper ese proceso. + +--¡Ah, el duque de Lerma!... Pues bien, el duque de Lerma os mandará +prender de nuevo cuando se lo mande yo. + +--¡En cuanto vos se lo mandéis! ¡Bah! vos sois algo fanfarrón, tío +Manolillo. + +--Oye, Montiño: si te vuelves á permitir burlas conmigo, te doy una +paliza, ¿me entiendes? + +El cocinero mayor se acobardó. + +--Y si te niegas á servir á Dorotea te llevo á la horca. + +Entróle pavor á Montiño. + +--¿Pero en qué hay que servir á Dorotea? + +--Puede suceder que Dorotea quiera matar á alguien. + +--¿Y se valdrá de mí? + +--Ya lo creo; en tu casa no es ya nuevo el veneno. + +--Os digo que no, que no y que no--exclamó Montiño poniéndose lívido de +miedo--; si vos sois un infame, yo no quiero serlo y no lo seré. + +--Urge aprovechar el tiempo, el asunto es importante y te voy á revelar +lo que sólo sabemos Lerma y yo; voy á convencerte de que Lerma es mi +esclavo. Mira. + +El bufón sacó de su pecho un legajo de papeles, le desató y, desdoblando +uno de aquellos papeles, le dijo: + +--Lee. + +--¡Dios mío!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella carta. + +--Es una prueba de traición á favor de la Inglaterra contra el duque. +¿No es verdad? Pues lee estotra. + +--¡Señor, señor!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella +segunda carta. + +--Aquí se prueba que Lerma roba al rey, ¿no es verdad? + +--Sí, sí. + +--¿Y crees tú que quien tiene éstas y otras terribles pruebas contra +Lerma no te tiene en sus manos? + +--¡Dios mío!--exclamó medio muerto de terror el cocinero. + +--¿Y crees tú que si yo digo á Lerma: «la vida de Francisco Martínez +Montiño por estas cartas», no te llevará Lerma al cadalso? + +--Tened compasión de mí, Manuel; tened lástima de un hombre de bien que +ningún mal os ha hecho. + +--Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. Tú eres mío y yo +uso de ti. ¿Qué importa una muerte más? ¿No mataste anoche al amante de +tu mujer? + +--¡Le mató Dios, le mató Dios! ¡Yo solo fuí la mano de Dios! + +--Pues bien, seguirás siendo la mano de Dios, porque haciendo lo que +Dorotea te mandará, habrás matado á ese infame. + +--Pensadlo bien, Manuel, pensadlo bien. + +--Lo tengo pensado. + +--¿Y decís que...? + +--Que si no obedeces á Dorotea vas á la horca. + +--Dejadme tiempo para pensar. + +--Si no te decides te dejo encerrado aquí, voy á ver á Lerma, le arranco +la orden de prenderte como asesino y vengo con la justicia. + +--Bien--dijo el cocinero sudando de angustia--, iré á casa de Dorotea. + +--Vendrás conmigo; ya he acabado mi almuerzo y me siento con más fuerzas +que nunca. Vamos. + +Y llevándose tras sí á Montiño, que estaba adherido á él por el terror, +salió de su aposento y poco después del alcázar. + +Encamináronse á casa de la Dorotea. + +Cuando llegaron á la puerta, el bufón dijo al cocinero: + +--Llamad y entrad, aquí os aguardo. + +Montiño llamó temblando. + +Abrióse la puerta y apareció Pedro. + +--Decid á vuestra señora--dijo Montiño con voz apenas inteligible--que +aquí está el cocinero mayor del rey. + +--No es necesario avisarla--dijo Pedro--; os espera y me ha dicho que en +cuanto vengáis, entréis. + +El cocinero entró, y poco después estaba á solas con Dorotea. + + + + +CAPÍTULO LXXVII + +EN QUE SE ENNEGRECE Á SU VEZ EL CARÁCTER DE DOROTEA + + +La joven cerró las puertas en cuanto entró en la sala Montiño. + +A pesar de su turbación, Montiño notó que Dorotea estaba llorosa, muy +pálida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa había mucho dinero en +oro. + +--Tomad de aquí lo que necesitéis para una buena merienda para dos +personas--dijo Dorotea. + +Montiño, que iba resignado, contestó: + +--¿Cómo queréis que sea esa merienda, señora? + +--Como pudiera serlo para el rey. + +--¿Con vinos y licores? + +--Sí... sí... con vinos y licores. + +--Pues bien, tomo diez doblones. + +--Tomad lo que queráis. + +--¿Y para cuando ha de estar dispuesta esa merienda? + +--Para esta noche á las ocho. + +--Es muy pronto. + +--Tomad por vuestro trabajo lo que queráis. + +--No, no es eso. Lo que importa es tener cocina y utensilios. + +--Cocina tendréis; utensilios, compradlos. + +--Entonces se necesitan otros cuatro doblones. + +--Gastad, gastad, y si no basta con el dinero que ahí está, os daré más. + +--¡Dios mio! con ese dinero basta para dar un convite de Estado en +palacio. + +--Pues bien, el oro hace milagros. Gastad sin miedo, y que la merienda +esté dispuesta para las ocho de la noche. + +--Lo estará. + +--El tío Manolillo os llevará á la casa donde habéis de guisar y servir +esa merienda. + +--¿Será necesario buscar vajilla? + +--No, se llevará de casa. Pero es indispensable buscar otra cosa, para +lo cual no dudo que necesitáreis mucho dinero. + +--¿Qué cosa, señora? + +--Un veneno que mate como un rayo. + +Y al decir estas palabras Dorotea, se cubrió el rostro con las manos y +rompio á llorar. + +--¡Un veneno, señora!--exclamó aterrado el cocinero--; ¡un veneno! ¿y +para qué le queréis? + +--Buscad un veneno; cuando habéis venido aquí, ¿no habéis venido +resuelto á obedecerme? + +--Sí. + +--Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad más si es necesario. Ahí deben +quedar sesenta doblones. ¿Habrá bastante? + +--Sí; sí, señora. + +--Pues tomadlos. + +El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guardó. + +--Oíd: el veneno le pondréis en una sola confitura, pero en gran +cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaréis que no haya otra; á esa +pera la pondréis un lazo rojo y negro. + +--¡Señora! ¡señora! + +--Estáis demasiado turbado; voy á escribiros lo que debéis envenenar, +con la señal que debéis ponerle, para que no podáis equivocaros. + +Y la joven se puso á escribir con mano segura, pero llorando sobre el +papel. + +Cuando hubo acabado de escribir, entregó el papel á Montiño. + +--Tomad, idos--le dijo--; á las ocho todo ha de estar dispuesto. ¿Lo +entendéis? + +--¡Adiós, señora, adiós!--dijo Montiño, y salió apresurado, porque le +parecía que saliendo de allí, se libertaba del horrible compromiso en +que se veía metido. + +Pero al abrir la puerta se encontró delante al tío Manolillo. + +Entre él y el bufón creyó el cocinero ver levantarse los dos palos rojos +de la horca, y se decidió á hacer todo lo que quisiese con tal de no +verse colgado de aquel patíbulo horrible. + +La fatalidad arrastraba á Montiño. + +--¿Estáis dispuesto?--le dijo el bufón. + +--Sí; sí, señor; estoy dispuesto á todo. + +--Pues vamos á donde sea necesario ir. + +--Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para +preparar la vianda que quiere Dorotea. + +--Vamos, pues. + +No había pasado una hora, cuando Montiño, ayudado por el bufón, guisaba +sin mandil y sin gorro, sin más oficial ni galopín que el tío Manolillo, +en la cocina de una casa deshabitada. + +Eran las dos de la tarde. + +A cada momento llegaban mozos cargados de muebles, de alfombras, de +cuadros, y un tapicero se ocupaba en adornar á toda prisa un inmenso +salón en aquella misma casa. + + + + +CAPÍTULO LXXVIII + +EN QUE SE SIGUEN RELATANDO LOS ESTUPENDOS ACONTECIMIENTOS DE ESTA +VERÍDICA HISTORIA + + +Era ya cerca del obscurecer. + +En dos bufetes (así se llamaban en aquellos tiempos una especie de mesas +aparadoras) se veían puestos en tres filas como hasta dos docenas de +platos, conteniendo una riquísima variedad de manjares. + +Sentado á un lado de la cocina, limpiándose el sudor que corría en +abundancia por su frente, y mirando con cierta vanidad inevitable á +pesar de la situación, su magnífica merienda, perfectamente arreglada, +estaba el cocinero mayor. + +Al otro lado, arreglando sobre otros dos bufetes una magnífica vajilla +de plata, y un no menos rico y bello juego de cristal, estaba el tío +Manolillo, ceñudo y taciturno. + +Ninguno de los dos hablaba una palabra. + +Pero como obscureció hasta el punto de que ya no se veía en la cocina, +el bufón dijo al cocinero como pudiera haberlo dicho á un criado: + +--Encended una luz. + +--Dejad, dejad que descanse un tanto, tío Manolillo--contestó +humildemente el cocinero--; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he +trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las +empanadas se han traído de fuera, pero así y todo, he hecho más de doce +platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun +siquiera galopines. Sólo yo podría hacer otro tanto; ¡qué día! ¡qué día, +Señor! + +--Después descansaréis--dijo el bufón--; pero antes, concluyamos; +encended, encended la luz. + +--¿Pues qué? ¿no hemos concluído?--dijo el cocinero levantándose. + +--Yo creo que no. + +--Pues yo creo que sí--dijo el cocinero mientras encendía una tras otra +seis bujías que puso sobre los bufetes. + +--¿No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir á la mesa, +señalada con un lazo de seda negro y rojo? + +Montiño se estremeció todo; sus ojos erraron vagos, atónitos, +espantados, sin fijarse en ningún objeto. + +--El lazo está aquí--dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el +tío Manolillo--, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres +reales, á pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montiño; ¿no es +verdad que es muy bello? + +Y desenvolvió el papel y mostró al cocinero un precioso lazo de seda. + +Montiño miró y apartó instintivamente los ojos del terrible lazo. + +--Además--dijo el tío Manolillo tomando otro papel más abultado--, aquí +hay una porción de lazos: blancos, verdes, azules, dorados; adornad ese +plato de confituras, Montiño, que esté vistoso; vamos, que se pasa el +tiempo. + +Montiño se acercó á uno de los bufetes, tomó un plato de frutas +confitadas, y lentamente, pálido, convulso, fué poniendo á cada dulce un +lazo, un adorno, una flor, que también las había. + +Quedaba únicamente por poner el lazo negro y rojo. + +Montiño le tomó con la extremidad de los dedos, con el mismo horror que +si hubiera sido un reptil ponzoñoso. + +--Esperad, esperad--dijo el tío Manolillo--; voy á daros la confitura +que debéis adornar con ese lazo; es una pera bergamota, una hermosa +pera; tomad. + +Y desenvolvió de un papel que tomó de sobre una mesa una magnífica pera +confitada. + +Montiño tomó la pera con la misma repugnancia que había tomado el lazo, +y fué á adornarla con él. + +--Esperad, esperad, Montiño--dijo el tío Manolillo--; aún falta algo á +esa pera. + +--¡Por Dios! ¡Por su Santísima Madre! ¡Por todos los santos y santas del +cielo! ¡No me obliguéis á ser asesino!--exclamó el cocinero juntando las +manos y llorando. + +--Bien, no lo hagáis; todo se reduce á que desde aquí mismo os lleve yo +á la cárcel. + +--Pues bien--dijo Montiño desesperado--, no soy yo el asesino, sino vos, +vos que me obligáis á elegir entre mi vida y la de otro; yo juro á +Dios... + +--Acabad, que lugar tendréis de jurar después. + +--Pues bien, sea--dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una +manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregüescos--: +que Dios tenga piedad de la criatura que va á morir. + +Y sacó un papel ajado y le desenvolvió. + +--¡Cuidado! ¡cuidado con lo que hacéis! no vaya á caer el tósigo en +algún otro plato--dijo el bufón dando la confitura al cocinero y +apartándole del bufete donde los otros platos estaban servidos--. +Hacedlo aquí. + +--Ni veo, ni sé lo que me hago--dijo el cocinero mirando con terror los +polvos rojizos que contenía el papel. + +--Pues ved de ver--dijo el bufón. + +--¿Y cómo pongo yo esto en la pera?--dijo Montiño, cuya voz aterrada por +el miedo, apenas se oía. + +--Introducid el veneno con la punta de un cuchillo. + +Montiño se dominó, tomó la pera, y con un cuchillo la hizo una +hendedura. Luego, con una agonía infinita, llorando, rezando, +estremeciéndose todo, tomó de aquellos polvos con la punta del +cuchillo, é introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufón le +hizo repetir esta operación tres veces consecutivas. + +Una gran cantidad de los polvos había sido introducida en la pera. + +--Ahora podéis ponerla ese lazo--dijo el tío Manolillo. + +Montiño puso en la pera el lazo rojo y negro. + +Tomó la pera el bufón, y colocándola sobre una hoja de parra +contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras. + +--Ahora podéis descansar cuanto queráis--dijo el bufón. + +--No; no, señor--dijo el cocinero mayor--; lo que yo quiero es irme de +aquí; irme muy lejos de aquí, porque aquí tengo mucho miedo, porque me +muero aquí; porque creo que se me va á caer encima esta maldita casa. +¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío! + +Y se echó estrepitosamente á llorar. + +El tío Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de +arreglar la vajilla, una canción picaresca. + +Pero había algo de horrible en el acento y en el canto del bufón. + +--¿Dónde están mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?--dijo Montiño, +que buscaba por todos los rincones. + +--¿Cómo, os empeñáis en iros? + +--Os juro que no me quedo aquí si no me matáis. + +--Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa +abandonada. + +--Es que si he de quedarme solo, no me quedo. + +--Y bien mirado--dijo el tío Manolillo, como hablando consigo mismo--, +¿para qué quiero yo á éste aquí? ¿para que cometa alguna imprudencia? +Vamos, vamos, Montiño, saldremos juntos. Afuera están vuestras prendas. + +Y tomando una bujía salió de la cocina. + +En la pieza inmediata encontró el cocinero mayor su capa, su sombrero y +sus armas. + +Púsoselos como pudo, y siguió al tío Manolillo, que no se había +detenido. + +Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufón dejó la bujía en el patio, +entró en el obscuro zaguán y abrió la puerta. + +Montiño escapó con la misma rapidez y el mismo sobresalto con que escapa +un pájaro á quien abren la jaula. + +Y sin detenerse, sin volver la cara atrás, temeroso de ser cogido de +nuevo, no paró de correr hasta que dobló tres esquinas. + +Entonces se detuvo y escuchó con atención. + +Nada se oía más que el rumor monótono y sostenido de la lluvia, porque +seguía lloviendo, y el zumbar del viento pesado y fuerte á lo largo de +las estrechas calles. + +Miró y tampoco vió nada, porque la noche era obscura. + +Montiño no podía apreciar en dónde estaba precisamente, porque había +salido de la casa tan azorado, que no sabía si había tomado hacia la +derecha ó hacia la izquierda. + +Y tal era el miedo, tal la preocupación del menguado cocinero, que no se +le ocurrió orientarse, ni otra cosa más que seguir adelante, y aun esto +no se le ocurrió, sino que lo hizo maquinalmente. + +Y siguió, siguió torciendo esquinas á la ventura, empapándose en agua, +tropezando aquí, resbalando allá, sin encontrar ningún transeunte, sino +de tiempo en tiempo y aun así sin reparar en él. + +No se había atrevido á desenvainar la daga, porque temía no le +aconteciese otra negra aventura como la que creía haberle acontecido la +noche anterior; esto es: matar á un hombre entre lo obscuro, sin +voluntad alguna de matarle. + +Y siguió, siguió andando con paso tan rápido, que se cansó al fin y se +sentó en el escalón de una puerta. + +Y allí, encogido, temblando á un mismo tiempo de frío y de miedo, se +puso á llorar sin saber por qué lloraba, porque el pobre cocinero mayor +en aquellos momentos había perdido la conciencia de todo. + +Pero pasó algún tiempo, y con el frío de la noche, con la lluvia, con el +viento, afectado de una manera externa, fué volviendo al uso de sus +facultades, recordando, apreciando su situación. + +Entonces, no estando sujeto á la influencia próxima del tío Manolillo, +la conciencia del cocinero se rebeló contra lo que había hecho, operóse +en su alma una reacción poderosa, y se levantó como al impulso de un +sacudimiento galvánico. + +--¡Ah, Dios mío, Dios mío!--exclamó--; ¡no ha sido un sueño, no! ¡no ha +sido una pesadilla, ha sido una verdad horrible! yo he cedido de miedo; +de miedo por aquellos terribles secretos del duque de Lerma, que posee +ese miserable, ¡ese infame Manolillo! ¡y por mi miedo va á morir una +criatura humana y yo me condenaré! No, no; es necesario evitar... es +necesario correr... avisar... ¿y á quién? á la justicia... porqué... +¿qué sé yo á quién quieren matar?... + +El cocinero adelantó algunos pasos. + +--Pero Dios mío--dijo al fin--, ¿dónde estoy yo? he venido hasta aquí +sin saber por dónde he venido, y no pasa nadie, y la noche está obscura +como boca de lobo. + +En aquel momento y como contestando á la pregunta del cocinero, traído +por el viento, llegó hasta él el sonido de un reloj cercano. + +--¡Dios mío!--exclamó Montiño--; es el reloj de Nuestra Señora de +Atocha. Me he perdido; estoy de extremo á extremo de palacio y son las +nueve de la noche. Cuando yo salí de aquella maldita casa debían ser, +cuando más, las siete. En dos horas ha habido tiempo para que se cometa +el crimen. Pero ¡ah! Dios sin duda me ha traído aquí cerca del padre +Aliaga, que puede impedir el crimen, que yo le revelaré bajo secreto de +confesión, y que tiene mucho ingenio y sabrá sacarme del paso sin +comprometerme; y no hay que perder tiempo: ¡no, Dios mío, no! + +Y siguió adelante, guiado ya por la pendiente de la calle de Atocha y +casi á la carrera. + +Cinco minutos después tiraba de la cuerda de la campana de la puerta del +convento y pedía al portero ver al padre Aliaga de orden del rey. + +Inmediatamente fué introducido. + +El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceñudo y sombrío, pensaba +más que leía sobre un libro. + +Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levantó la cabeza. + +Al ver el aspecto de Montiño, su palidez singular, su temblor, y sobre +todo, la extraña é insensata mirada de sus ojos, se estremeció +instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, había creído ver +el presagio de una desgracia. + +--¿Qué sucede?--dijo cerrando el libro y levantándose. + +--Sucede, que va á suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya. + +--¿Un crimen? ¿Y por qué no habéis ido á la justicia en vez de venir á +mi? + +--Porque... porque... yo no revelaré ese crimen sino bajo sigilo de +confesión. + +--¿Pero no decís que va á cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el +impedirlo. + +--Por lo mismo, seguidme, señor, seguidme, y por el camino os haré mi +confesión. + +--Vamos--dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo +sin avisar á nadie, de su celda con Montiño. + +Cuando el portero vió salir no menos que á su señoría ilustrísima el +inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche, á tal hora y con tal +prisa, y á pie con un hombre que había entrado en el convento trayendo +órdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque +aquello era verdaderamente extraordinario. + +--Empezad, empezad, pues--dijo el padre Aliaga--, y sobre todo, sepamos +á dónde me lleváis. + +--A la calle de Don Pedro. + +--Nos perderemos; está la noche muy obscura y nos hemos olvidado de +tomar una linterna: esta calle está lejos. Volvamos al convento, y +proveámonos de luz. + +--No podemos perder un instante, señor; acaso ya no sea tiempo de +impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asíos á mi brazo, que +seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba, á la calle +de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la +plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; iría con los ojos vendados. + +--Pues bien, vamos y apresurémonos--dijo el padre Aliaga recogiéndose +con una mano los hábitos y asiéndose con otra del brazo de Montiño--; +empezad, pues, os escucho--añadió el religioso. + +--Advierto á vueseñoría que no le revelo nada sino bajo sigilo de +confesión. + +--Os prometo el sigilo por lo que respecta á vuestra persona, _in verbo +sacerdotis_. + +--¡Cómo! + +--Bajo palabra de sacerdote. + +Entonces, y con esta seguridad, Montiño se persignó y rezó +apresuradamente la confesión general. + +Después dijo: + +--Hace dos horas envenené una confitura que ha de servir en una +merienda. + +Y apenas pronunciadas estas palabras, Montiño rompió á llorar. + +El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montiño, +hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtiéndose +de fraile en hombre, y en hombre enérgico y terrible, exclamó +sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa: + +--¡Miserable! ¡habéis envenenado un manjar que debe comer una criatura +de Dios! + +Montiño tembló de los pies á la cabeza, vaciló y cayó de rodillas sobre +el suelo encharcado, murmurando: + +--¡Ah! ¡Perdón! ¡perdón, señor!--exclamó--; me aterraron... el tío +Manolillo... + +--¡El tío Manolillo!... ¡el bufón del rey!--exclamó aumentando en +severidad el padre Aliaga--. ¡Pero levantáos y seguid! ¡Sigamos, +corriendo, volando, si pudiéramos! ¡Llevadme al lugar donde esa criatura +va á morir, donde está muriendo acaso! + +El cocinero, que hacía ya mucho tiempo no era otra cosa que una máquina +que se movía á voluntad de la potencia que tenía al lado, se levantó y +dió á correr, temblando, llorando y rezando, todo á un tiempo. + +El padre Aliaga, levantándose los hábitos, asido del brazo de Montiño, +corría también. + +--¿Y quién es la persona á quien mata el tío Manolillo?--dijo el padre +Aliaga. + +--¡No lo sé, no lo sé!--contestó todo gemibundo y miedoso Montiño. + +--¡Cómo! ¿No os ha dicho el tío Manolillo?... + +--No, ni la Dorotea tampoco. + +--¿Qué decís de la Dorotea? + +--La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar +una merienda. + +--¡La Dorotea!... ¡Dios mío! ¡Corred, corred, que la Dorotea quiere +envenenar á una persona!... ¡Y no os ha dicho el nombre de esa +persona!... + +--No; no, señor. + +--Si fuera por acaso don Juan Téllez Girón... + +--¿Mi supuesto sobrino? + +--Sí, sí; él ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le +ama... le ama con toda su alma... + +--Sí; sí, señor. + +--Y pudiera suceder también que no sea á don Juan á quien se quiera +matar... sino á su mujer... doña Clara de Soldevilla... + +--¡Dios mío! + +--¡Corramos! ¡Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y +retrasan nuestra marcha. + +Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse más que de tiempo en +tiempo alguna exclamación angustiosa del cocinero. + +Y así, sin encontrar á nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento, +llegaron en muy poco tiempo á la calle de Don Pedro. + +Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que +se chocaban, y á poco un grito de agonía, tras el cual no se volvió á +oír el choque del acero. + +Montiño se detuvo, pero el padre Aliaga tiró violentamente de él y le +arrastró hacia un lugar donde resonaban grandes golpes á la puerta de +una casa. + + + + +CAPÍTULO LXXIX + +DEL MEDIO EXTRAÑO DE QUE SE VALIÓ QUEVEDO PARA SOLTARSE DE LA PRISIÓN EN +QUE LE HABÍA PUESTO EL AMOR DE LA CONDESA DE LEMOS + + +Dejamos al final del capítulo LXXI á Quevedo y á la condesa de Lemos en +un magnífico salón de una quinta, y sentados á una mesa admirablemente +servida. + +El moreno y hermosísimo semblante de la condesa estaba embellecido por +el color febril de una excitación extraña; el amor, pero un amor +lastimado, ofendido, receloso, entumecía sus ojos fijos en Quevedo. + +Su mórbida garganta se hinchaba hasta el punto de que parecía no poderla +contener la gargantilla de gruesas perlas, con broche de diamantes, qué +la ceñía, y la magnífica cruz que pendía de esta gargantilla, se +levantaba y descendía á impulsos de la continua dilatación y compresión +del casi desnudo seno de doña Catalina; sus hermosas manos cuajadas de +cintillos, y sus brazos que dejaban descubiertos hasta la mitad, entre +encajes de Flandes, las anchas mangas de su rico traje de brocado +blanco, temblaban al hacer el plato á Quevedo. + +Este, por su parte, tenía fija una mirada atónita, ardiente, asombrada +en la condesa. + +Nunca la había visto, ni aun la había soñado tan hermosa. + +Y era porque todo se combinaba aquella noche en la condesa para aumentar +su hermosura. + +El estado de su alma; su voluntarioso amor por Quevedo; la manera cómo +pensando en seducirle, en deslumbrarle, se había ataviado, todo lo cual +la hacía resplandeciente, y luego el carácter particular de aquella +aventura, en que una mujer enamorada lo arrostraba todo, la deshonra, y +acaso la muerte, por el amor de un hombre, daban á la condesa un poderío +terrible, tratándose de un hombre tan sensual y tan espiritual á un +tiempo como Quevedo, que se sentía halagado por completo en los +sentidos, en el alma y en el orgullo por aquella mujer, toda hermosura, +toda alma, toda voluptuosidad, toda deseo, para él y sólo por él. + +Y además, hasta la vanidad de Quevedo, que también tenía vanidad, estaba +halagada, y su buen gusto, que le tenía exquisito, estaba satisfecho. + +Todo lo que le rodeaba era magnífico, rico y bello; desde el techo, de +madera ensamblada, pintada y dorada, hasta el pavimento, cubierto de una +alfombra de terciopelo, las tapicerías, los cuadros, los cortinajes, los +muebles, las arañas de cristal de Venecia, los espejos con marcos de +plata cincelada, las mesas cargadas de bujerías preciosas, aquella otra +mesa con riquísimos manjares servidos en vajilla de oro, y lo que +alegraba la malicia de Quevedo, con el escudo de arma cincelado de la +casa de Lemos, las viandas exquisitas, los transparentes y límpidos +vinos generosos en costosas y raras cristalerías; el fausto, el brillo, +la nobleza por todas partes, y en medio de esto, viviendo para él solo, +hermosa para él solo, enamorada para él solo, una mujer engalanada con +un tesoro de joyas y del alhajas, semejante á un sueño, noble por su +cuna, distinguida por su talento, envidiada por hermosa y esquiva, +sensible, poética, valiente, obstinada, en lucha con él, todo esto +mareaba á Quevedo, le aturdía, le adormecía, le fascinaba. + +Y la mirada de la condesa, que continuamente pasaba de los ojos de +Quevedo á un bello pórtico dorado y misterioso, á cuyo interior servía +de telón una cortina de encajes... Quevedo tuvo necesidad de afirmarse, +por decirlo así, en los estribos y acordarse de su porvenir; +sobreponerlo en grandeza, en goces, en belleza, á aquel su bellísimo +presente, para poder luchar con alguna esperanza de triunfo con la +condesa. + +Se encontraba en el alcázar mágico de una encantadora. + +--Cuando hayamos dado un enorme escándalo--dijo la condesa sirviendo un +plato á Quevedo y haciéndole la copa--; cuando sin temor á nadie ni á +nada, seamos yo tuya y tú mío; cuando nuestro nido de amor sea más +hermoso y más rico que éste; cuando nos rodee una familia tuya y mía... + +--Dios me libre de bastardos..--dijo Quevedo mascando á dos carrillos y +tomando una copa de oro rebosando de vino--. Un bastardo tiene la culpa +de que nos suceda lo que no debía sucedernos. + +--¡Qué! ¿te pesa... don Francisco?... + +--Pesaríame por ti... ¿pero qué digo, pesarme?... bebe, Catalina, luz de +mis ojos, bebe... embriaguémonos... olvidémonos de todo... pidamos á +Dios que disponga como nos conviene de mi señor el conde de Lemos. + +--¡Qué! ¿serías tú capaz?... + +--Yo... ¡eh! ¡de qué he de ser yo capaz!... abriría yo de buena gana, +que bien lo merece, el alma torcida del conde, puerta bastante para que +se escapase del cuerpo, si no hubiera de perderte... + +--¡Ah! sí... sí... yo estoy loca... tan desesperada estoy, que si tú +fueras otro hombre, no sé á dónde me llevaría mi locura; pero si tú +fueras capaz de una infamia... yo no te amaría... + +--Dios nos libre de espectros como de bastardos... los unos y los otros +acaban por pesar mucho... no pensemos en echar peso sobre nuestra +conciencia. Pero... ¡no bebes, luz de mis ojos! + +--No... me basta con la embriaguez de mi amor, ya que he perdido el +corazón no quiero perder la cabeza. Resígnate á ser mío, y no esperes +escapar por ningún medio; te tengo, y no te he de soltar tan pronto. + +--Hablemos con juicio, Catalina mía. + +--¡Juicio! no sé si lo he tenido alguna vez; pero ahora sólo tengo amor +y miedo de que te me vayas. + +--No puedo irme; aunque estuviésemos separados, aunque tú, lo que Dios +no permita, murieses, yo no me vería libre; tu memoria... la memoria de +mi felicidad perdida, de mi corazón muerto... + +--¡Ah! ¡don Francisco! ¡por qué antes no nos comprendimos! + +--El hombre es necio é insensato; necesita ver lo suyo en manos de otro +para conocer que era suyo lo que le han robado... ¡oh! ¡si yo hubiera +sido menos necio! ¡si no hubiera mirado en ti á tu padre!... porque en +fin, ¿qué tiene que ver tu padre contigo? ni tu hermosura, ni tu alma, +la has heredado de él; te las ha dado Dios... yo... desde mis primeros +años he vivido soñando, y aún sueño... aún sueño... + +Las dos últimas palabras de Quevedo fueron sombrías. + +Después de pronunciarlas, inclinó la cabeza sobre el pecho, é +instantáneamente la levantó, dejando ver en sus enormes y poderosos ojos +negros una expresión de soberbia y de blasfemia tales que aterraron á +doña Catalina. + +--¡Oh! ¡qué soy yo para ti!--dijo la joven comprendiendo la mirada de +Quevedo. + +--Tú... ¿qué puedes ser tú, Catalina? Tú puedes ser y eres mi diablo +amor. + +--¡Oh! ¡y qué palabras! + +--Creo que he nacido maldito, Catalina--continuó Quevedo. + +--Tú quieres asustarme. + +--No...--respondió Quevedo con voz vibrante--; las palabras que te digo, +se me salen á borbotones del corazón. Escúchame, Catalina: tú eres la +única mujer nacida para mí; tú... tú tienes todo lo que yo he soñado en +la mujer... ya lo ves, te estoy hablando frío y desnudo como si hablara +conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo, +porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos á ti, que eres mi +mujer como yo tu hombre... ¿entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo +de Satanás... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista +fija en un punto, la cabeza firme en un propósito... ¿por qué te me +pones delante de ese propósito? ¿por qué me has obligado á huir, á +ofenderte? + +Quevedo miraba de hito en hito á doña Catalina, que de hito en hito le +miraba también. + +Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias. + +El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el +mismo hombre que doña Catalina conocía; hasta su lenguaje, aquel +lenguaje artificial, tan usado por él, había desaparecido. + +Y era que doña Catalina, verdad para él, le arrastraba con su +influencia, le llevaba por el camino de la verdad. + +--Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco--dijo la condesa +dejando su asiento, dando vuelta á la mesa, rodeando con un brazo el +cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos. + +--Ahora de mucho, de todo, Catalina mía--dijo Quevedo, rodeando la +cintura de la condesa, que se estremeció. + +--Cuenta conmigo. + +--Cuidado con lo que ofreces--dijo Quevedo. + +--Todo cuanto yo pueda es tuyo. + +--¿La ambición de tu padre?... + +--Sí... + +--¿La vida de tu esposo?... + +--Sí, y cien veces sí. + +Pasó algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es, +por sus ojos. + +La condesa no vió aquella mirada breve y rápida, pero sombría, que pasó +como un relámpago. + +Si la hubiera visto se hubiera asustado. + +Quevedo empezaba á cobrar miedo á la condesa. + +Era demasiado enérgica, demasiado terrible. + +Quevedo vió de un golpe que doña Catalina podía ser el obstáculo perenne +de su vida. + +Tanto amor y tan ciego, y en una mujer tan ardiente y con tanto ingenio +como doña Catalina, era respetable; más que respetable, terrible. + +Quevedo llegó á temer si había más que amor en doña Catalina hacia él. + +Si la ambición la impulsaba á recurrir á él por una poderosa simpatía. + +Serenó su semblante, y atrayendo á sí con ambas manos la cabeza de la +joven, la dijo: + +--¡Oh, y cuan bien que brillaría sobre esta serena y noble frente una +corona! + +--Sí, una corona de mirto y rosas purpúreas--dijo doña Catalina +sonriendo--; una corona de amor. + +Desconcertóse Quevedo; doña Catalina no tenía más ambición que su amor. + +Si la ambición de doña Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera +tenido esperanzas de dominarla. + +Para con doña Catalina no había otro dominio que el amor, y estaba +escarmentada, recelosa. + +--Dime, don Francisco--dijo doña Catalina sentándose sobre sus +rodillas--: ¿es cierto que tú sueñas grandezas?... + +--¿Yo?... + +--¿Que, porque las sueñas, te sirves de la soberbia y de la locura del +duque Osuna? + +--El duque de Osuna es mi amigo. + +--No; es tu criado. + +--¡Catalina! + +--¿No has pensado nunca en el reino de Nápoles? + +Quevedo miró profundamente á la joven. + +La joven sonreía de una manera singular. + +--¡Rey!--dijo con acento hueco Quevedo--. ¿Y qué es ser rey? + +--Ser esclavo de un favorito--dijo la condesa--; de modo que si el duque +de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Nápoles, lo que +no sería otra cosa que un reino más perdido para el rey de España, el +secretario del virrey sería secretario del rey... ¿y quién sabe?... + +--El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada más que para +equivocarse. + +--¿Y qué tiene que ver mi padre?... + +--Tú... no has sido tú quien ha pensado ese desvarío que me supones... +lo has oído al duque de Lerma. + +--Es que te he adivinado, don Francisco. + +--¡Y bien, qué! ¿Si eso fuera cierto?... + +--Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de España, +que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te +amase... sería tus pies y tu cabeza; podrías obrar aquí y allá... +aprovechar las ocasiones propicias... ¿Crees tú que yo puedo ser esa +mujer? + +--Sí. + +--¿Crees tú que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti? + +--Lo creo. + +-¿Crees tú que sería capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser +dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase á ser reina? + +--Sí. + +--Y entonces, ¿por qué quieres destrozarme el corazón, abandonándome? + +--Es que yo no te abandono, me ausento. + +--Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. ¡Dicen que son tan hermosas +las napolitanas! ¿No has dejado allí ningún amor, don Francisco? + +--No he amado á nadie más que á ti; virgen del alma, me has tenido y no +me has dejado alma para otra mujer. + +--Pues bien; no nos separaremos. + +--Es urgente, necesario, que yo salga de aquí esta noche. No sé lo que +ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna. + +--Yo lo sabré. + +--Lo que yo puedo hacer por él no puede hacerlo nadie. + +--¿Es decir, que tienes empeño en salir de aquí? + +--Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al +auxilio de don Juan. + +--Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrás. + +--Te aborreceré. + +--Aunque me aborrezcas; ¿qué me importa, si insistiendo en huir de aquí +me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la +mujer de su amor. + +Y doña Catalina se levantó irritada de sobre las rodillas de Quevedo. + +--¿Conque somos decididamente enemigos?--dijo don Francisco. + +--Aún hay un medio de entendernos. + +--¿Cuál? + +--Entre mis bienes dotales, tengo yo hacienda cerca de Nápoles. + +--¡Oh! pues entonces... + +--Si me pruebas que me amas, abandono á España, y con el pretexto de la +salud, de mudar de aires, del deseo de ver aquellas posesiones mías, me +voy contigo. + +--No puedes dudar de mi amor. + +--Necesito una prueba. + +--¿Cuál? + +--Permanece aquí, deja á mi cuidado el salvar á ese don Juan, y cuando +esté en salvo, partiremos juntos. + +--A don Juan no puede salvarle nadie más que yo. + +La condesa se irritó. + +--Y bien--dijo--, tú me desprecias; á nada te avienes; quieres verte +libre de mí... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; piérdete +tú y piérdame yo en buen hora... todo me importa nada. + +--Malhaya, amén, la primera mujer que vino al mundo para producir +mujeres--exclamó perdida ya la paciencia Quevedo. + +--Malditas sean--dijo la condesa--, si han nacido para ser tan +desventuradas. + +--Ello es necesario, señora, que yo salga de aquí--dijo Quevedo, +acabando de perder completamente la paciencia. + +--Por lo mismo que tú quieres salir, yo no quiero que salgas, y no +saldrás. + +--No me obliguéis á cometer una villanía. + +--Será necesario que me mates, y nada me importa morir; ¿no te he dicho +que estoy desesperada? + +--Hasta en amor me persigue la desventura--dijo Quevedo. + +--Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar. + +Quevedo se puso á pasear á lo largo de la cámara; la condesa se sentó en +un sillón silenciosa y sombría, y quedó profundamente pensativa. + +Pasó algún tiempo, durante el que ni ella ni él hablaron una sola +palabra. + +De improviso se detuvo Quevedo. + +--Paréceme que se acerca alguien--dijo. + +La condesa se puso sobresaltada de pie. + +--Y bien, ¿qué me importa?--dijo dominándose y sentándose de nuevo--; +sea quien quiera, nada me importa. + +--Pues no--dijo Quevedo--; oye, se acercan... llaman. + +La condesa volvió á ponerse de pie. + +Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oyó una voz de +mujer que dijo recatadamente detrás de la puerta: + +--¡Señora! ¡señora! ¡por amor de Dios! ¡oíd, si no queréis que suceda +una desdicha! + +La condesa se acercó á la puerta. + +--¿Qué sucede, Josefina?--dijo. + +--El señor conde de Lemos acaba de llegar á la quinta y pregunta por +vuecencia. + +--¡Ah! ¡mi marido!--dijo la condesa. + +--¡Tu marido! ve, Catalina, evítame un desastre; el conde es orgulloso y +yo estoy desarmado. + +--¡Desarmado! ¡desarmado no! en aquel retrete hay armas de todas clases, +blancas, de fuego... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Espera, Josefina, +espera... y tú espera también... Yo te juro que, á pesar de todos los +condes y de todos los maridos del mundo, no te me escaparás, no huirás +de mi. + +Doña Catalina abrió violentamente la puerta y salió. + +Quevedo la oyó cruzar por fuera una barra y echar llaves. + +--Pues no--dijo Quevedo--, ella es muy capaz de engañar á ese imbécil de +don Fernando de Castro, ó lo que es peor, de hacerle consentir en un +convenio vergonzoso, como si lo viera; después de una hora de +conversación con su marido, volverá para tenerme al lado y no separarse +de mí en una eternidad; si no aprovecho esta coyuntura, largo cautiverio +me espera, y don Juan... y mi proyecto... perder por una mujer... ¡ah! +¡no! ¡Quevedo! ¡muy poco valdrás y merecerás todo cuanto te suceda si no +logras escaparte! Lo primero es prevenirse; me ha dicho que en aquel +retrete hay armas, armémonos. + +Quevedo tomó una bujía de sobre la mesa y se dirigió á una puerta +situada á un extremo de la cámara, la abrió y entró. + +En los ángulos había algunos hermosos arcabuces; en las paredes, en una +especie de espeteras de madera rica y tallada, gran número de espadas y +dagas; algunos preciosos pistoletes se veían acá y allá. + +Quevedo tomó una espada, una daga y dos pistoletes, después de +cerciorarse que estaban cargados, y se los puso en el talabarte; á +seguida salió de la cámara y abrió una de las puertas que suponía de +balcón; pero se había engañado, aquella puerta tenía detrás una fuerte +reja. + +Quevedo era un hombre de imaginación pronta; recordó que en el estante, +entre las armas de caza, había algunos frascos de pólvora, y entró, se +apoderó de aquellos frascos y los puso junto á la reja; luego, con la +daga, abrió algunos huecos entre el marco de la reja y la pared, rellenó +de pólvora aquellos huecos, puso en comunicación con ellos un reguero +que llevó hasta un lugar desde donde podía ponerle fuego á cubierto de +la explosión de las cargas de pólvora de la reja, y á continuación se +puso á apilar las mesas, las sillas y los muebles junto á la puerta de +entrada. + +Luego se dirigió á aquel misterioso apartamiento, cubierto por una +cortina, en el que tantas veces se había fijado la vista de la condesa, +y se encontró en un precioso dormitorio. Quevedo suspiró, pero +suspirando cargó con un colchón y le llevó á la cámara; volvió y cargó +con otro, y así sucesivamente, colchones, ropas, muebles aumentaron el +montón que cubría la puerta de entrada de la cámara; y cortinas, +tapices, cuadros, ropas, todo fué á parar allí, y todo esto en pocos +momentos. + +Entonces Quevedo aplicó la luz de una bujía á aquella especie de pira +que casi tocaba al techo, y luego otra bujía y luego otra; una llama +viva y brillante apareció á los pocos momentos, y un humo denso y +blanco inundó la cámara. + +Era inevitable un incendio. + +La cámara debía convertirse en pocos minutos en una hoguera. + +Quevedo aprovecho el tiempo, se fué al ángulo donde empezaba el reguero +de pólvora que iba á terminar en los depósitos de pólvora de la reja y +le puso fuego; instantáneamente retumbó una detonación y á seguida un +golpe, como de un objeto desprendido y que había parado á poca +profundidad. + +Quevedo, cuanto de prisa se lo permitieron sus mal configurados pies, +corrió al vano cubierto antes por la reja, y la encontró franca. + +Como había previsto Quevedo, la pólvora había hecho volar la reja. + +Y sin pararse á meditar si la altura era ó no tal que pudiese arrojarse +á tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dejó caer. + +Pero Quevedo no había contado con el reblandecimiento de la tierra por +una lluvia que había sido constante durante cuatro días, y sucedió lo +que no podía menos de suceder: que al llegar al suelo se clavó hasta las +rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa +imposibilidad de salir por sí solo. + +Dejémosle allí para concluir este capítulo y sigamos á la condesa de +Lemos. + +Su primer cuidado fué cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no +se hiciese sospechoso á su marido. + +Por poco que quiso tardar, tardó lo bastante para que, cuando fué á +encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cámara principal de la +quinta, éste la recibiese de una manera duramente excepcional. + +Ni uno ni otro dieron señales de alegría al verse, como convenía á +esposos que habían estado separados largo tiempo. + +La condesa hizo una reverencia á su marido, y don Fernando de Castro +bajó levemente la cabeza en contestación al saludo de doña Catalina. + +--Paréceme, señora--dijo el conde--, que habíais tomado la resolución de +haceros ermitaña. + +--Si lo sabíais no debíais haber dado ocasión á disgustarme, respetando +mi voluntad. + +--Siempre nos hemos llevado mal, señora, desde el momento en que nos +casamos, y en que tuvísteis la franqueza de decirme que, casada conmigo +contra vuestra voluntad, nada podía esperar de vos, sino vuestra +sumisión á vuestra suerte; yo no he abusado de vuestra sumisión; yo no +he intervenido en vuestra vida, pero ha sido mientras habéis respetado +mi honor. + +--Bien; concluid. + +--¡Tenéis un amante! + +--Fuerza era que yo amara á alguien. + +--¡Lo confesáis! + +--Había pretendido que no lo supiérais; había tomado mis medidas para +ocultároslo; pero como vuestro acento me amenaza, y ningún derecho +tenéis sobre mí, sino delante del mundo, y aquí estamos solos, os lo +confieso: amo á un hombre y soy suya... es más... lo seré. + +--¿Y quién es ese hombre? + +--Don Francisco de Quevedo. + +--¿Y está aquí? + +--Aquí está. + +--Bien: esto me da ocasión para encerraros en un convento y matar á ese +hombre. + +--Al separaros de mí... ruidosamente, perderéis la administración de mis +bienes. + +Púsose pálido el conde. + +--Si me servís--continuó la condesa--os pagaré bien. + +--¿Meditáis bien lo que decís?--dijo aturdido el conde, porque la +amenaza de perder la administración de los bienes de su mujer le había +aterrado. + +--Estamos solos, don Fernando, y podemos hablar libremente: yo había +querido retardar estas explicaciones porque me repugnan; yo hubiera +querido más bien que hubiérais meditado mejor lo que os convenía y que +nos hubiéramos entendido tácitamente. Pero ya que me habéis amenazado, +yo, que si estoy obligada á ser vuestra ante los hombres, no lo he +estado ni lo estoy ante Dios ni ante vuestra conciencia, os declaro que +tengo un esposo del corazón; que digna y honrada he sido de ese esposo, +por más que yo no se lo haya confesado; que suya seré únicamente, y no +vuestra ni de ningún otro. En cambio de vuestro silencio y de vuestro +nombre, que podrá suceder se necesite, tomad de mí lo que queráis y +contad con mi apoyo en la corte. + +--Lo que me decís--dijo balbuceando el conde--es horrible. + +--Haced lo que mejor os plazca; en ocasión estáis de consentir ó de +rehusar. + +--Pero el escándalo... + +--Evitaréle yo por mí misma. + +--Lo pensaré. + +--Pensadlo en buen hora. + +En aquel momento sonó una detonación, y poco después se oyeron las voces +de los criados que gritaban: + +--¡Fuego! ¡fuego en la cámara de su excelencia la señora condesa! + +--¡Eso es que Quevedo se me escapa!--exclamó doña Catalina. + +Y corrió desolada al lugar del incendio. + +Entre tanto el conde sacó del bolsillo una carta, la retorció y la puso +á la luz. + +Aquella carta ardió. + +Aquella carta antes de quemarse decía: + +«Excelentísimo señor conde de Lemos: Vuestra esposa, ignorando que +habéis sido perdonado de vuestro destierro con el rey, pone en vuestro +lugar un amante, y se solaza con él en vuestra hacienda del río.» + +Esta carta no tenía fecha y era anónima. + + + + +CAPÍTULO LXXX + +DE CÓMO EL INTERÉS AJENO INFLUYÓ EN LA SITUACIÓN DE QUEVEDO + + +No sabemos cuánto tiempo hubiera estado nuestro buen ingenio preso por +los pies en el lodo pegajoso, y maldiciendo de su suerte, y del amor, y +de las mujeres, y de los hijos bastardos y del mundo entero, y si acaso +hubiera perecido, á no ser por un incidente imprevisto para él. + +Y decimos _si acaso hubiera perecido_, porque el incendio había +progresado con una voracidad tal, que las llamas salían en turbiones +rugidores por las rejas de la cámara de la condesa de Lemos, al poco +tiempo de estar enclavado Quevedo en el fango y los escombros, que no +debían tardar en caer, debían caer sobre él inflamados. + +Al resplandor de estas llamas, Quevedo vió un hombre embozado que se +deslizaba junto al muro del edificio, sobre un terreno que no habían +podido reblandecer las lluvias por estar cubierto por los anchos aleros. + +--¿Quién será éste--dijo Quevedo--que adelanta y me mira? ¿estaría +cercada la casa? pues si es así, á lo menos con éste me quedo. + +Y sacando de su cinto uno de los pistoletes, le armó y apuntó. + +--¡Eh! ¡vive Dios! ¡don Francisco!--dijo deteniéndose de repente el +embozado que adelantaba--; ¿así queréis tratar á quien viene á salvaros? + +--¡Ah! ¡por mis pecados! ¿conque eres tú, Francisco de Juara?--dijo todo +admirado Quevedo--. ¡Milagro patente que tú hagas una buena acción! + +--Me conviene. Os tengo cogida una palabra. + +--Cógeme primero á mí, y sácame de este atollo. + +--A eso vengo, y por vos esperaba. Allá va la punta de mi capa, que si +yo me meto me atollo también y somos dos pájaros en vez de uno. + +--Paréceme bien la idea y agárrome á ella--dijo Quevedo agarrándose á la +punta de la capa que le había echado el matón. + +Tiró éste, y crujiendo costuras, abriéndose telas, y con gran trabajo, +logró verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en +cada pierna y perdidos los zapatos. + +--Descalzádome has, condesa--dijo Quevedo--, pero fuego te dejo; +agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo +y de ti me escapo; no creía tanto; pero días pasan y días vienen, y tal +vez llegue alguno en que vuelva á pedirte lo que de mí contigo se queda. +¿Y á dónde vamos en esta guisa?--añadió Quevedo. + +--Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un +caballo. + +--¿Está muy lejos ese ventorrillo? + +--Como un tiro de arcabuz. + +--¿Sabes que, sin ofensa, no me fío de ti, Juara? + +--Hacéis bien en no fiaros, porque no soy hombre de fiar; pero hoy me +confieso vuestro. + +--Pues echa delante, que mejor quiero ver si eres gallardo, que no que +tú me veas las espaldas. + +--No me quejo, y delante echo. + +--Vóime fiando de ti, porque te tengo fiado. + +--Dentro de poco fiaréis más. + +--Paréceme que suena gritería en la quinta. + +--Sin duda vienen á apagar el fuego. + +--Pues andemos de prisa, si es que yo puedo. + +--Ya no dan con nosotros; está muy lejos y por aquí hace obscuro. + +--Pues silencio, no nos sientan. + +Siguieron caminando en silencio. + +Poco después estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un +ventorrillo. + +--Ahora--dijo Juan--, lo que importa es que vuesa merced se mude de +medias y se ponga zapatos. + +--¿Y con qué, voto á Baco?--dijo Quevedo. + +--Con mis zapatos y con mis medias. + +--Paréceme bien--dijo Quevedo echándose fuera las calzas enlodadas--, +pues digo que el enclavamiento fué donoso. + +--A él debéis la vida, que si la tierra no está blanda, os estrelláis. + +--¿Y tú qué vas á ponerte? + +--Las medias y los zapatos del ventero. + +--¡Ah! pues... sí... bien... y á Madrid á escape. + +--Como gustéis. + +--Pues en marcha--dijo Quevedo--, ya estoy listo. + +--Esperad, esperad un momento á que yo esté listo también. Quiero daros +resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede +acontecer de aquí á Madrid, que hay media legua larga. + +Y Juara entre tanto se ponía apresuradamente unas medias y unos zapatos +que le había dado el ventero. + +--Saca los caballos--dijo á este último Juara--, y toma un ducado. + +El ventero tomó la moneda y sacó dos caballos. + +Quevedo y Juara montaron y se encaminaron á Madrid. + +--¡Oh! ¡y cómo arde la quinta!--dijo Juara--no entráis en parte donde no +hagáis daño. + +En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera. + +--Oblíganme--dijo Quevedo--, malo me hacen culpas ajenas; la maldición +me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar á Madrid cuanto +antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos +trae el viento. + +--¡Las nueve!--dijo Juara. + +--Pues pica largo, y gracias que aún están abiertas las puertas; +enderecemos á la de Segovia. + +--Me place; que así podremos dejar en el mesón del Bizco los caballos. + +--A caballo iré yo hasta el alcázar, que así llegaré más pronto. + +--Como queráis. + +--Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenías +cogida una palabra. + +--Sí por cierto: á prima noche, cuando os libré de los alguaciles que os +llevaban á Segovia, para entregaros á cierta dama, me ofrecísteis si os +soltaba dinero y una compañía en los tercios de Nápoles. Yo dije para +mí: ahora no puedo soltar á don Francisco, porque la condesa de Lemos no +me lo perdonaría nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no +la tema; pero después que yo haya entregado á don Francisco, es +distinto. En efecto, apenas entrásteis en el coche, dije á aquel criado +de la condesa, amigo mío, si sabía á dónde os llevaban y aun tuve que +darle algún dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no sé á dónde +irá la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he oído +allá en la casa que se había mandado arreglar la cámara de la señora en +la quinta que tiene el señor junto al río. + +--Bueno--dije para mí--; ya sabemos algo; y despidiéndome de mi +compadre, me metí en Madrid y me fuí en derechura á casa del conde de +Lemos. Yo esperaba que habiéndole sido levantado el destierro á su +excelencia, y estando cerca, hubiese llegado á Madrid, y no me engañé. +El conde de Lemos había llegado al obscurecer, y no encontrando á la +condesa en su casa, se había ido á la del duque de Lerma; entonces, me +metí en la primera taberna que encontré, escribí una carta al conde +avisándole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un +galán en la quinta del río, llevé la carta á casa del duque de Lerma, la +entregué con un doblón á un criado para tener seguridad de que la carta +había llegado á manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era +para esperada, fuíme de allí al mesón del Bizco, alquilé dos caballos, y +por lo que pudiera tronar me fuí á rondar la quinta.--Ya veis que si no +es por mí no escapáis, y que he ganado bien todo el dinero que queráis +darme, y á más mi compañía de los tercios de Nápoles. + +--Rico serás y capitán, Juara, y perdónenme los soldados á quienes en ti +tal capitán he de darles. + +--Tendrán en mí una cabeza valiente. + +--No lo dudo; ni tampoco de que les darás buen ejemplo; pero llegamos á +la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alcázar. + +Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco después Quevedo, +echando pie á tierra en la puerta de las Meninas, dijo á Juara dándole +las bridas: + +--Desde ahora estás á mi servicio. + +--Muy bien, don Francisco, y me alegro. + +--Despídete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta +misma noche marchamos á Nápoles. + +--Todos los cuidados los llevo conmigo. + +--Bien; busca un buen coche de camino, ajústalo para Barcelona y llévalo +al mesón del Bizco. + +--Muy bien. + +--Después busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados á la +jineta y con arcabuces, que no están los caminos muy buenos para ir +desprevenidos. + +--¿Y dinero para todo eso? + +--Ya se te dará. + +--¿Y para cuándo ha de estar todo preparado? + +--Para las doce de la noche. + +--Estará. + +--Pues adiós, que me importa no perder tiempo. + +--Quede vuesa merced con Dios. + +Juara se alejó, y Quevedo se metió en el alcázar y se encaminó en +derechura á la habitación de doña Clara Soldevilla. + + + + +CAPÍTULO LXXXI + +DE CÓMO QUEVEDO SE ASUSTA MÁS DE SABER QUE DON JUAN ESTÁ EN LIBERTAD, +QUE SI HUBIERA SABIDO QUE ESTABA PRESO + + +Doña Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entró en su cuarto +Quevedo. + +La joven le recibió con alegría. + +--Pláceme--la dijo Quevedo--, encontraros tan bien entretenida... + +--Sí; he llegado á cobrar miedo á la corte. + +--Y habéis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacén de +peligros; ¿conque nos vamos? + +--Sí por cierto; sólo necesitábamos saber de vos para marchar, pero +esperábamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os +ha buscado. + +--Tened á milagro el verme, porque á punto he estado de perdido. + +--¿Qué os ha pasado? + +--Cosas que solo por mí pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo. + +--Don Juan también ha estado preso. + +--Lo esperaba, lo temía; pero vos le habréis soltado. + +--No por cierto; el rey no quiso oírme, ni la reina ha conseguido nada; +pero al fin, cuando menos lo esperábamos, el rey ha llamado á su +majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo. + +--¡El rey, que se había negado á oíros, y que había desoído á la reina, +os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan! + +--Sí; él y vos habéis sido declarados libres. + +--¡El y yo! ¿y no adivináis quién ha podido alcanzar esa gracia del rey? + +--Indudablemente ha sido el duque de Lerma. + +--¡El duque de Lerma!--dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y poniéndose +pálido--; el duque de Lerma no hace nada de balde. + +Pero recobrando su expresión impenetrable, añadió: + +--Sin duda el duque de Lerma, después de haber meditado, ha conocido que +le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague á su +excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan, +¿dónde anda que junto á vos no le veo? + +--Ha salido--dijo doña Clara fijando su mirada tranquila y profunda en +Quevedo--; ha salido á las ocho sin decirme á dónde iba... + +--¿Y no le habéis preguntado? + +--Yo jamás pediré cuentas de nada á mi marido. + +--Sois la perla de las mujeres. ¿Pero no ha indicado al menos?... + +--Nada, y estoy con sumo cuidado: salió á las ocho, son las nueve y +media, él no conoce á nadie en Madrid... como no sea á esa comedianta +con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero +pensar en ello. + +--Ni hay para qué--dijo Quevedo--; amores de un día han sido, ó por +mejor decir, conocimiento de un día, y aun así conocimiento simple. + +--Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no está en su casa. + +--¡Cómo! ¿os habéis metido en averiguar?... + +--Sí, don Francisco, sí... he tenido celos... los tengo... no hace ni +más ni menos tiempo que me conoce á mí don Juan, que el que hace que +conoce á esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; ¿tendrá +algo de extraño que esa mujer, que le ama también, sea su amante? + +--¡Blasfemia! ¡suposición negra que sólo puede engendrar los celos, que +con llamarse celos está dicho que son locos! vos no debíais haber +llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa +mujer. + +--Tengo el presentimiento de que mi marido está con ella. + +--¿Pero no sabéis nada de cierto? + +--No; Juana, mi doncella, fué á buscar á la comedianta con un pretexto: +con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa +mujer no estaba en casa... es decir, no recibía á nadie. + +--Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, señora, que hemos de marchar +esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de +media hora á don Juan. + +Y Quevedo, saludando á doña Clara y evitando prolongar la conversación, +salió, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio. + +--Y es muy posible--decía encaminándose hacia la casa de la Dorotea, +bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento--; es muy posible que los +celos de doña Clara sean verdades; se prende á don Juan, no bastan las +lágrimas de una mujer como doña Clara para que le suelten, ni aprovechan +para nada las súplicas de la reina. Después y de _motu proprio_, el rey +nos pone en libertad. Veo detrás del rey á Lerma, detrás de Lerma al +bufón, y detrás del bufón á la Dorotea. ¿Quién había de haber creído que +esa muchacha era capaz de un amor tal? ¡pecador de mí! de modo que si le +sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice +trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doña +Clara, yo tengo también un presentimiento. ¡Dios quiera que quede en +imaginación y en miedo, que tal podría suceder, que no lo olvidásemos en +mucho tiempo! + +Y don Francisco apretó cuanto pudo el paso, y llegó al fin casa de la +Dorotea. + +Llamó con la misma desenvoltura que si á la puerta de su casa hubiera +llamado. + +Pedro contestó desde arriba. + +Quevedo intimó que le abriesen. + +Pedro replicó que su señora no estaba en casa. + +Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama +dispensaba á Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir. + +--Entrad y os convenceréis--le dijo--: si queréis esperar á la señora, +esperadla. + +--Dejadme, sin embargo, subir, hija. + +--Subid enhorabuena. + +Quevedo subió, y con su audacia acostumbrada, lo registró todo, hasta la +alcoba. + +--Pues es verdad--dijo. + +--¡Qué! ¿había creído vuesa merced que le engañábamos?--dijo Casilda. + +--Todo pudiera ser. Pero veamos si me decís también ahora la verdad. + +--Veamos--dijo Casilda. + +--¿Dónde está tu señora? + +--No lo sé. + +--¿Cómo que no lo sabes? + +--Ha venido por ella el bufón del rey y se la ha llevado en una silla de +manos. + +--Tú sabes dónde está tu señora--dijo Quevedo encarándose de repente á +Pedro. + +--¡Yo! + +--Sí, tú: te estás rascando una oreja. + +--Porque me pica. + +--No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podría decir dónde está +mi señora. + +--No; no, señor, yo no lo sé. + +--¿A dónde has ido con un recado de tu señora?--dijo á bulto Quevedo, +pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan +dominadora, que Pedro se turbó. + +--¡Pero don Francisco!...--dijo Casilda. + +Quevedo no la dejó continuar. + +--Vendrá la justicia, y se sabrá todo--dijo--, y os llevarán á la cárcel +y... lo pasaréis mal... porque no sabéis de lo que se trata. + +--¿Pues de qué se trata? + +--¿Por qué nos han de llevar á la cárcel?--dijeron á un mismo tiempo los +dos domésticos. + +--Por encubridores. + +--Nosotros no encubrimos nada--dijo Casilda. + +--Yo no sé nada--añadió Pedro. + +--Sabéis demasiado: peor para vosotros si no queréis declarar, porque +todavía sería tiempo de impedir un gran crimen. + +Quevedo, sin saberlo, decía la verdad. + +Los criados de Dorotea se aterraron. + +--Yo sólo sé que la señora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes +de obscurecer se ha vestido como una diosa--dijo Casilda. + +--Yo sólo he ido á llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal +á una casa de la calle de Don Pedro. + +--¡Vajilla! ¡copas! ¡botellas! ¿y dónde?... ¿hacia dónde de la calle de +Don Pedro está esa casa? + +--Hace esquina á la calle de la Flor. + +Quevedo no esperó á saber más. + +Una intuición poderosa le decía que habiendo salido Dorotea en silla de +manos, vestida como una diosa, según el dicho de Casilda, no podía haber +ido á otra parte que á aquella casa á donde Pedro había llevado vajillas +de plata y de cristal. + +Allí donde estuviese Dorotea, allí debía estar don Juan. + +Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre ésta y el +bastardo de Osuna, en que intervenía el tío Manolillo, asustaba á +Quevedo. + +Por la primera vez de su vida procuró correr. + +No pudo; pero por la primera vez de su vida, á pesar de la defectuosa +configuración de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa. + +La calle á donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid. + + + + +CAPÍTULO LXXXII + +EN QUE EL TÍO MANOLILLO SIGUE SIRVIENDO DE UNA NEGRA MANERA Á DOROTEA + + +Apenas había salido Quevedo del cuarto de doña Clara Soldevilla, cuando +uno de sus criados la anunció que el bufón del rey quería hablarla. + +En otras circunstancias doña Clara se hubiera negado á recibir al tío +Manolillo; pero el tío Manolillo era una persona allegada á la +comedianta Dorotea, á aquella mujer que la hacía probar la amargura +mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su +orgullo, en su dignidad; doña Clara, pues, mandó que introdujesen al tío +Manolillo. + +Entró lentamente el bufón, abarcando en una mirada sombría el aposento. + +Sus ojos estaban encarnados, parecían arrojar el fuego de una calentura +horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprimía á impulsos de +una respiración poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y +seca, produciendo un silbido ronco y débil, á veces un ruido semejante +al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, á lo largo de los cortos +miembros del tío Manolillo, corría una convulsión rápida, fuerte, +instantánea. + +Detúvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral, +terrible, que estremeció á doña Clara: + +--¡Estáis preparando vuestra marcha! ¡quedáos! ¡pensáis iros!... +¡iros... y con él! ¿para qué queréis partir ya, si él se quedará aquí? + +Doña Clara no palideció ni tembló; pero sus ojos inmóviles, +incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del +bufón, con toda la expresión funesta de odio, de desesperación, de +horrible alegría. + +--¿Qué decís?--dijo marcando fuertemente su pregunta doña Clara. + +--Digo que sois viuda. + +--¡Viuda!--gritó doña Clara, salvando de un salto la distancia que le +separaba del bufón y asiéndole con violencia: ¡viuda habéis dicho! + +--Sí, viuda--contestó el bufón desasiéndose de doña Clara con un ligero +sacudimiento--; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podéis +daros por viuda porque os lo roban. + +--¡Que me le roban! + +--¡Sí, no volverá! + +--Explicáos, ó por mi alma, llamo... + +--Y si me prenden, ¿quién llevará á la hermosa doña Clara á que vea por +última vez á su hermoso don Juan? + +--¡Está con ella! + +--Sí, con Dorotea. + +--¡Mentira! + +--Aún tendréis un manto fuera de esos baúles; aún os quedará valor; ese +valor que hace pocas noches demostrásteis para salvar á la reina, para +venir á salvaros á vos misma; yo os guiaré. + +--¿Dónde están ellos? + +--Sí; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el +mundo más hombre que él, ni más mujer que ella; ¡oh! tembláis de cólera +y de celos; yo también tiemblo de celos y de desesperación; mirad, mis +ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la +amo... la amo... y quiero... quiero venganza. + +Doña Clara no le escuchaba. + +Buscaba apresuradamente un objeto. + +Al fin levantó de entre sus ropas un manto y se envolvió rápidamente en +él. + +--¿Decís, Manuel--exclamó con voz concentrada y breve--, que sabéis +dónde están juntos ese hombre y esa mujer? + +--Sí--dijo el bufón. + +--Venid. + +Doña Clara abrió con un llavín una puerta de servicio, y seguida por el +tío Manolillo, atravesó un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar, +como quien conocía perfectamente el sitio, y á obscuras siempre se +oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rápidamente por una escalera de +caracol. + +El bufón, sin vacilar, sin dudar, como ella, la seguía. + +Escuchábase sobre el pavimento de mármol el fuerte ruido de sus zapatos +guarnecidos de clavos. + +Al fin de la escalera se oyó el ruido de una llave en una cerradura; +salieron doña Clara y el tío Manolillo, y volvió á cerrarse la puerta. + +A la luz de un turbio farol que ardía en aquel lugar, que era el zaguán +de la puerta de las Meninas, se vió á doña Clara envolverse +completamente en su manto, y al bufón rebujarse en su capilla. + +El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zaguán, se detuvo un +momento, y al desaparecer, lanzándose en la calle, doña Clara y el bufón +volvió á su paseo. + +--Llevadme donde están--dijo doña Clara. + +--Seguidme--contestó el bufón. + +Y tiró adelante. + +Doña Clara le seguía con esa rapidez incomprensible de las mujeres +cuando andan de prisa. + +Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua +lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y +levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la +joven, la ponía al otro lado del arroyo. + +Luego él y ella seguían su rápida marcha. + +En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo +las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas +de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro. + +De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de +amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío +Manolillo y doña Clara: + +--¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos. + +El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió. + +--¡Quevedo!--exclamó doña Clara. + +Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del +cual al parecer había salido la voz. + +--¡Doña Clara!--exclamó Quevedo--, ¿con quién venís? + +--Con el tío Manolillo. + +--A mis espaldas, á mis espaldas, señora--exclamó Quevedo poniéndose +rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al +mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada. + +--¡Ah! ¡ah!--dijo soltando una horrible carcajada el bufón--; ¿conque +habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por +medio? + +Y acometió hierro en mano á Quevedo. + +--Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara--dijo Quevedo parando los +primeros golpes del tío Manolillo--; las habemos con un gato garduño, +tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora +no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya +veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le +sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me +fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate. + +El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo +en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos +abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza +de su rabia. + +--Ved que me canso, tío--repitió Quevedo. + +El tío Manolillo redobló su ataque. + +--¡Ah!--dijo Quevedo--; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor, +descansemos. + +Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas +recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de +debajo de los pies. + +Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo, +apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero +reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir +los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba +jadeante. + +Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y +se preparó. + +Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á +la carrera. + +--¿Quién va?--dijo Quevedo. + +--El cocinero de su majestad--contestó una voz angustiosa. + +--¿Y quién más?--repitió Quevedo. + +--Fray Luis de Aliaga--contestó otra voz. + +--¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía +amigos. + +Pero doña Clara no contestó. + +Helósele la sangre á Quevedo. + +Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo +inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque +de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón. + +--¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo--. ¿No traéis con vosotros una luz +para ver lo que ha acontecido á doña Clara? + +--¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?--dijo el padre Aliaga. + +--La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he +tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara. + +--¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!--exclamó el padre Aliaga--. +Pero socorrámosla; ¿dónde está? + +--Vamos--dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña +Clara--; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil +maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos. + +--¿A dónde vais? + +--A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos, +Montiño. + +--Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie. + +--Os ayudaremos los dos y es más breve--dijo el padre Aliaga. + +Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido. + +Después de algunos minutos doña Clara estaba recibida en una casa que se +abrió al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre +Aliaga. + +A aquel nombre no había puerta que no se abriera en aquellos tiempos en +España. + +Y ninguna persona más competente para usar de él que el inquisidor +general. + +Nadie vió á doña Clara, que fué introducida envuelta en su manto. + +En efecto, sólo estaba desmayada. + +Aquel rudo combate la había aterrado, porque si bien doña Clara era +valiente, su valor era el valor de la mujer. + +El cocinero mayor se quedó encerrado con ella. + +Pero antes dijo á Quevedo: + +--Si habéis matado al tío Manolillo, importa que le quitéis unos papeles +que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuráos y entrad +cuanto antes en la casa á cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa +casa están de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato +envenenado. + +--¡Ah!--exclamó Quevedo, y escapó. + +Y llegó al lugar donde estaba el bufón y le registró. + +Quitóle unos papeles que encontró bajo su ropilla y una llave. + +El bufón no se movía. + +Quevedo guardó los papeles, se alzó, se volvió á la puerta que estaba +tras él, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le +había seguido: + +--Entremos, fray Luis, entremos. + +Poco después el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta +volvió á cerrarse. + + + + +CAPÍTULO LXXXIII + +EN QUE SE VE QUE EL BUFÓN Y DOROTEA HABÍAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO + + +Hora y media antes de los últimos sucesos podía verse en la casa donde +acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso salón +magníficamente engalanado. + +Tapices de Flandes cubrían las paredes, una gruesa alfombra el +pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos +de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos +casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y +caprichos admirables, pendía una araña de cristal cargada de bujías de +cera encendidas. + +Debajo de esta araña había una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre +el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de +plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de +la estación, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado +por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y +adornada con un lazo rojo y negro. + +A los dos extremos de la mesa había un bosque, por decirlo así, de +botellas de riquísimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas. + +A la derecha y á la izquierda de esta mesa había otras dos cubiertas de +otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro +en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente +contrahechas, salían las bujías. + +Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa; +una hilera de sillones dorados alrededor del salón junto á los tapices, +y espejos y cuadros cubriéndolos á éstos. + +Ultimamente, delante de la mesa había un brasero de plata con fuego. + +Gran parte de aquellos efectos habían sido llevados de la casa de la +Dorotea; el resto comprado acá y allá, donde se había encontrado y por +lo que habían pedido. + +Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de +ducados. + +¿Pero qué importaba esto? quería presentarse hermosa y grande ante su +amante en una habitación rica y bella. + +Como á las ocho de la noche se levantó un tapiz y entró una mujer +envuelta en un manto. + +Tras ella entró un hombre pequeño y ancho, embozado en una capa. + +La mujer se desprendió el manto y le arrojó al hombre, que había echado +abajo su embozo. + +Eran Dorotea y el bufón. + +Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta +que por orgullo enriquecía el duque de Lerma, la niña de los grandes +ojos azules y del seno de nácar, que enloquecía á los galanes de Madrid; +la reina de las entretenidas, como diría un francés de nuestros días; la +tentación viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella á quien +si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el público, +aplaudía con frenesí, por inimitable comedianta y por incomparable en +hermosura. + +La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo. + +Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la +horrible decisión que á aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la +lucidez de su mirada, un no sé qué portentoso que emanaba de la dolorosa +contracción de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada +febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mórbidos, en que la vista +parecía tocar una suavidad dulcísima; de aquel seno cuya parte superior +no cubría el escote, agitado por una respiración poderosa, por un +aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de +una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se +hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin, +emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea parecía divinizada, +sobrenatural, hija de la imaginación, no real y efectiva; una de esas +bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no +ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como +una sombra al ser tocadas. + +Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos +rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos; +estos rizos, de un tono obscuro, ceñidos en la frente por una corona de +rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea, +contrastando con su blancura, que la palidez había llevado hasta el +último punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado +por las múltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son +el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetón +de brillantes y encendidos rubíes. + +Los brazaletes eran del mismo género: perlas y rubíes, y del mismo +género también los herretes y el ceñidor de su magnífico traje de raso +blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba +desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho, +flotante, maravilloso, que aún no había estrenado Dorotea, que aún no +había visto nadie. + +Jamás se había presentado de tal modo al público, por más que fuesen +famosos por su lujo sus trajes y sus joyas é hiciesen que muchos +tuviesen lástima del duque de Lerma y la mayor parte envidia. + +Aquello lo pagaba España, como ha pagado tantas otras cosas. + +Pálida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelantó hasta +la mesa; la examinó y luego miró en torno suyo. + +--Gracias, Manuel--dijo dirigiendo la palabra de una manera fría al +bufón--; habéis hecho más de lo que yo quería; esto es magnífico. + +--Ha costado mucho y se ha trabajado bien--dijo el tío Manolillo con la +voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea. + +--¿Qué hora es?--dijo la joven. + +--Ya es hora de ir en su busca. + +--Pues id; tengo grandes deseos de acabar. + +--¡De acabar! ¡de acabar! ¿y qué ha de acabar? + +--Esta agonía que me devora, esta muerte en vida. + +--Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer. + +--¿Qué?--dijo Dorotea sonriendo tristemente--¡vengarme! + +--¡No, tú no le matarás!--dijo el bufón--; ¡le amas demasiado! ¡no te +atreverás! + +--¿Dónde está el dulce envenenado, Manuel?--dijo Dorotea sin contestar á +la observación del tío Manolillo. + +--Aquí, en este plato del centro--dijo el bufón estremeciéndose--; esa +pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero ¿para qué quieres ese veneno? + +--Para un último caso. + +--¿Pero qué último caso es ese? + +--Que don Juan no quiera seguirme. + +--Mientes; no hay nada preparado para una marcha. + +--Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se hará. + +--Me espantas, Dorotea, yo no sé por qué tiemblo, yo, que no tiemblo por +nada; yo que no me aterro; tú no eres franca conmigo, Dorotea; y debías +serlo... porque yo soy... tu padre... á mí me debes la vida. + +--Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temáis; no sucederá +nada; don Juan me debe la vida también. + +--Don Juan no te ama. + +--Peor para él. + +--Doña Clara le tiene loco. + +--¡Oh! ¡doña Clara! aborrezco á mi pesar á esa mujer; porque ella, ella +no tiene la culpa de que él la haya amado; hay momentos en que mataría á +esa mujer. + +--Y eso, eso es lo que debía hacerse; pero no tú... tú no debías +matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye, +Dorotea: voy á quitar de ahí esa pera... + +Y el bufón tendió su mano hacia el plato. + +--Dejadla, dejadla ahí--dijo Dorotea--; en cuanto á doña Clara, mirad, +Manuel: yo quisiera que doña Clara me viera junto á él aquí... + +--¡Oh!--dijo con alegría el bufón--, la traeré. + +--Sí; que vea cómo su marido cae á mis pies... porque caerá, Manuel, +caerá; no me ama, pero me desea... cuando esté á mi lado algún tiempo, +se embriagará en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero... +quiero que doña Clara vea que desprecio á ese hombre á quien ama ella... +quiero... + +--¡Oh! tú no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me +espanta... ¿para qué te has engalanado de ese modo? ¿para qué te has +puesto tan hermosa como un ángel?... ¡pobre niña! tu alma, tu corazón, +tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo +hombre á quien has amado; ¡terrible Dios, que has dado al hombre amor y +caridad, sangre y lágrimas, y no le has dado poder!... ¡mañana me +pedirás cuenta de lo que yo haya destruído, arrastrado por mi +desesperación, y no tendrás en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi +rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada, +muerta, apurando la hiel más amarga que tú has destinado para probar á +las criaturas! ¡oh! ¡yo estoy loco! ¡mi cabeza se rompe! ¡mi corazón +revienta! ¡Maldito sea ese hombre! ¡maldito! ¡maldito! + +Y el tío Manolillo se paseaba iracundo, terrible, á lo largo de la +estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del león enjaulado. + +Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la +barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo +rojo y negro. + +Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos. + +Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse +un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la +mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal. + +--Don Juan estará esperando--dijo al bufón. + +--¡Oh! ¡no piensas más que en él!--dijo el tío Manolillo sin detenerse +en su paseo. + +--Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por +él. + +--¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo. + +--Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no +pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para +él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego, +Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis? + +--Nadie te escuchará, hija mía--dijo dolorosamente el bufón. + +--Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa, +dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis. + +--¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído? + +--El. + +--¡El! + +--Sí, él. + +--¡Pero entonces ese veneno! + +--No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho. + +--Lo haré; pero no te comprendo. + +--Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más. + +--Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara? + +--No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad +á doña Clara en paz. + +--¿Pero no habías pensado vengarte?... + +--Me vengaré, Manuel, pero noblemente. Aborrezco á esa mujer, pero sólo +como á una cosa que me hace daño... no quiero ser infame... que nada +sepa doña Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa él. + +--¿Pero qué es lo que ha de saber él?--exclamó el tenaz bufón. + +Dorotea hizo un movimiento de colérica impaciencia. + +--¿Sois mi señor ó mi amigo?--exclamó--¿pretenderéis que os diga lo que +cuando no os he dicho ya, debíais comprender que no quiero, ó que no +puedo deciros? + +--Estás loca y es necesario perdonártelo todo, Dorotea. Pero tienes +razón; no soy tu señor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu +esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti. + +Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia. + +--Sí, sí, voy... perdóname, porque no sé ni lo que digo ni lo que hago. +Voy por don Juan. + +Y el bufón salió. + +Aquel hombre singular, que sólo vivía por Dorotea, que por Dorotea era +capaz de todos los crímenes y de todas las grandezas; de matar y de +morir, lloró cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la +obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de +Moros. + +Cuando llegó vió paseándose delante de la cruz á un hombre. + +Se acercó á él y le dijo: + +--¿Esperáis á una persona? + +--Sí. + +--¿Os llamáis don Juan? + +--Sí. + +--Seguidme, os esperan. + +--Guiad. + +El bufón tiró adelante; no quería hablar ni una sola palabra más con +aquel hombre que hacía tan infeliz á Dorotea, con aquel hombre á quien +aborrecía, porque no amaba á la comedianta. + +Y así, el tío Manolillo delante y don Juan detrás, llegaron en muy poco +espacio á la calle de Don Pedro. + +Abrió el bufón la puerta de la casa y se dejó ver un fondo tenebroso. + +--No receléis en entrar--dijo el tío Manolillo procurando dar á su +acento el tono más amistoso posible--; venturas os esperan, que no +desgracias; el amor os llama, no la traición. + +--Adelante--dijo don Juan. + +--Seguid mis pasos--dijo el bufón entrando y cerrando la puerta--; +cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora á la izquierda, ahora +á la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien--dijo el bufón +deteniéndose--, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan. +Adiós. + +El bufón se volvió. + +Don Juan entró. + +Cuando don Juan hubo entrado, el bufón se detuvo. + +--No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre--dijo--; ella está fuera +de sí; yo no sé lo que intenta; es necesario que yo observe; observaré, +comprimiré mis celos... seré capaz de ser testigo de su alegría si se +comprenden... y seré capaz de alegrarme. ¡Oh, Dios mío! ¿por qué no soy +yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? ¿ó por qué don +Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo? + +Y quitándose los zapatos, se acercó silenciosamente al tapiz y se puso +en acecho. + + + + +CAPÍTULO LXXXIV + +EN LO QUE VINIERON Á PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN + + +Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea. + +Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente +bello y fuertemente voluptuoso. + +Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en +la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume. + +Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que +había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión. + +A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que +poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor. + +Don Juan no veía entonces más que á Dorotea. + +Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa, +tembló, se deslumbró. + +Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano. + +De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia +poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad +concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano +de Dorotea y quiso llevarla á sus labios. + +Pero Dorotea la retiró. + +--Perdonad, señor mío--le dijo sonriendo--; pero me hacéis mucho daño, y +no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor +horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con +caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para +no volverse á ver. + +--¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo? + +--Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos. + +Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de +Dorotea, y se sentó. + +Dorotea retiró su sillón. + +Don Juan dijo para sí: + +--Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara. + +Entrambos guardaron por un momento silencio. + +Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le +transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores +sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le +transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se +espiritualizaba más y más, se hacía irresistible. + +-¿Cuándo os vais?--le dijo Dorotea. + +--Nunca--respondió el joven--; me quedo con vos. + +--¡Conmigo! ¿sabéis si yo quiero que os quedéis? + +--¡Oh, vos me amáis! + +--Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra. + +--¿No más que el alma? + +--No más. + +--¿Es decir, que pretenderéis que apuremos una vida desesperada? + +--¡Desesperada! ¿y por qué? + +--Un deseo voraz que crecerá con el tiempo; un deseo contrariado; un +volcán comprimido... + +--¿Y qué queréis? no somos libres: no nos pertenecemos. + +--Tratándose de vos, yo soy enteramente libre. + +--Pertenecéis á doña Clara. + +--Decidme... apartáos de ella... no es necesario que me lo digáis... + +--Yo no os diré eso jamás. + +--Harélo yo... os seguiré. + +--No me seguiréis... os lo juro. + +--¿Y por qué? + +--Porque no debéis seguirme. + +--No me habléis de deber, cuando se trata de amaros... ¿no os debo la +vida? + +--Me debéis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no añade +ni un quilate más á la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha +tenido doña Clara. + +--Vos sois más hermosa... vuestro amor más ardiente. + +--Ya que os amo, don Juan, no procuréis perder mi aprecio. + +--¡Vuestro aprecio! + +--Sí por cierto. No me demostréis que el amor en vos es un devaneo; que +al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidáis de otra +mujer que es más hermosa que yo, y que si no os ama más que yo, os da á +lo menos un amor más puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y +desengañáos; si yo aceptase esa promesa que me habéis hecho en un +momento de embriaguez, seríais mío durante ocho días; pero á los ocho +días veríais á doña Clara, porque doña Clara os buscaría, os +embriagaría, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os +iríais con ella; pero habiéndola lastimado, habiendo turbado su alma con +un recuerdo que no perdería nunca. No hagamos infeliz á esa señora, ya +que nosotros no podamos ser felices. + +--Será esta una lucha que durará mientras vivamos; hay en vos, Dorotea, +una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es +un amor tal que me enloquece; os miro, y paréceme que no sois una +criatura mortal; para una fría despedida yo no hubiera venido, os lo +aseguro, y os aseguro también, que si no alcanzo completamente vuestro +amor, vuestra confianza, vuestra alegría, vuestra posesión... mirad, +Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperéis hasta el punto de que +ponga á prueba vuestro amor. + +--¿Y cómo le pondríais á prueba? + +--Perdonad; pero al sólo pensamiento de perderos, pasan por mí horribles +tentaciones. + +--No... no moriréis...--dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano +y dejándosela besar. + +Dorotea sufrió sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de +que don Juan cubrió su mano. + +--Basta de locuras, don Juan--dijo Dorotea--; os he llamado para cenar +con vos antes de separarnos para siempre. + +--¡Separarnos! pero eso no puede ser. + +--¿No veis que estoy vestida de una manera particular? + +--Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más +blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes, +que vuestra hermosura domina á todas las riquezas. + +--No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda. + +--¡Ah! ¡para casaros conmigo! + +--No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente +mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión; +nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún +pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión. + +--¿Es decir, que me olvidaréis? + +--Sí. + +--No os creo. + +--Cuando sepáis con quien me caso, lo creeréis. + +--¿Habláis formalmente, Dorotea? + +--¡Oh! ¡sí! + +--¿Y quién es ese afortunado esposo? Me estáis atormentando, Dorotea. + +--Os juro que no tendréis celos del esposo que he elegido. + +--¿Vais á meteros á monja? + +--¡Llevar yo á Dios un corazón lleno del amor impuro de un hombre! ¡No, +don Juan! no soy tan impía. Podrá faltarme valor para el martirio, podré +ser criminal, podré llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de +Dios sobre mi cabeza; pero no cometeré un sacrilegio, ¡no, no tomaré á +Dios por esposo, amando á un hombre! ¡otro es el esposo que he elegido, +don Juan! + +--No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos, +en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me +espanta. Encuentro en vos no sé qué calma fría, horrible. + +--Sí, el resultado de una decisión irrevocable. + +--Pero explicáos. ¿No os inspiro yo confianza? + +--Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no +quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga +insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos. + +--Si vos cenáis--dijo sonriendo don Juan--, cenaré yo. + +--Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca, +que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma, +el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada +respiro más que el amor que siento por vos. + +--¿Y á qué entonces esa extraña mentira? + +--¿Qué mentira? + +--La de vuestro casamiento. + +--Quisiera que no fuese una horrible verdad. + +--Os repito que no os comprendo. + +--Dentro de poco me comprenderéis. + +--¿Y me amáis? + +--Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego. +Suponed, don Juan, un pobre náufrago que flota sobre una débil barca, +sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la +esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorífera, que le llama, que le +convida; suponed que el náufrago ha tocado á esa ribera, que se ha +creído salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha +apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El +náufrago, acostumbrado antes á la tempestad, sostenido por su débil +esquife, se adormía al bramar de las olas, le era indiferente que éstas +le llevasen acá ó allá, estaba seguro de que un día le tragaría el mar, +y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese náufrago; el mundo, el +mar tempestuoso en que flotaba á la ventura el esquife, que me sostenía, +mi ingenio como cómica, mi belleza como mujer; el día en que una +enfermedad me imposibilitase para la escena, ó los años destruyesen mi +hermosura, estaba previsto por mí; un hospital era mi destino, sin +parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no +había amado nunca; no creía en el amor: pero os vi; vos habéis sido para +mí la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir, +acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos... +bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la +locura, y yo estoy loca. + +Dorotea se levantó y llenó dos copas. + +Luego vino con una salvilla, y sirvió una copa á don Juan. + +--Por mi amor--dijo don Juan bebiendo. + +--Por mi vida--dijo bebiendo también Dorotea. + +Y dejó la salvilla con las dos copas vacías sobre la mesa, y volvió á +sentarse en el sillón. + +Don Juan acercó el suyo. + +Por aquella vez Dorotea no se retiró. + +Don Juan rodeó la cintura de Dorotea. + +Dorotea se alzó radiante de dignidad. + +--La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que +vendía sus favores--dijo--; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más +noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma. + +Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado. + +Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio. + +--Dorotea--dijo al fin don Juan--, ¿queréis que hablemos seriamente? + +--¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo? + +--Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en +que estamos colocados. + +--Hablemos. + +--¿No hay un medio de unirnos? + +--Ninguno. + +--¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos? + +--Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que +puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo. + +--Vivamos como amantes. + +--¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid? + +--Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos. + +--Y bien; suponiendo que yo consienta... + +Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan. + +--Escucha, alma de mi alma--la dijo don Juan--; una casita bella, +apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde +sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor +eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en +quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos... + +--¡Sin celos!... + +--¡Qué amante puede tenerlos de una esposa! + +--¡Ay de mí!--exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho. + +--¡Bebamos, luz de mi alma!--dijo don Juan, y se levantó y llenó las +copas y las trajo en la salvilla, y se arrodilló sonriendo para que +Dorotea tomase la suya. + +Dorotea se inclinó para levantar á don Juan. + +Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus +ojos se sintieron atraídos por la mirada dulce, apasionada, saturada de +amor y de deseo del joven. + +Aquellos dos semblantes se unieron y resonó el estallido de un doble +beso. + +Y entonces el bufón se separó del tapiz, se alejó y dijo bajando las +escaleras: + +--¡Oh! ¡gracias á Dios! el veneno es inútil: el veneno no matará á +nadie. Pero es preciso... sí... sí... es preciso que doña Clara se +separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y sólo de +Dorotea; es preciso que doña Clara los vea aquí juntos, enamorándose, +acariciándose, embriagados de amor. + +Y el bufón bajó silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos, +abrió la puerta, salió, cerró y se encaminó al alcázar en busca de doña +Clara. + +Don Juan y Dorotea, sin embargo, no habían cambiado de situación: tras +aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo así, Dorotea se había rehecho +de nuevo. + +--Sentáos, don Juan--le dijo--, y hablemos por último con seriedad; +hemos vuelto á caer en las locuras. Tenéis sobre mí un poder +maravilloso: ya lo sabía yo, y me he prevenido; lo que me habéis +propuesto es imposible. + +--¡Imposible! + +--Sí; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros +tampoco, y no os diré: abandonad á vuestra esposa; os debéis al gran +nombre que lleváis, y no podéis deshonrarle; aunque queráis yo no +permitiré que le deshonréis por mí. Veámonos por la última vez.. y tened +mucho valor si me amáis. + +--¿Qué queréis decirme con esas palabras? + +--Que cuando salgáis de aquí llevaréis de mí tal recuerdo, que no me +olvidaréis jamás. + +--¿Qué misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos, +que os defiende de mí, que me desespera, que me mata?... + +--Mi amor. + +--Extraño amor que se complace en despedazarme. + +--Amor desdichado, muerto apenas nacido. + +--Dorotea, no me obliguéis á ser villano. + +--Conmigo no podéis ser más que lo que sois. + +--Un hombre burlado, por no sé qué intención que no comprendo. + +--¡Ah! no hay ningún hombre que merezca el amor de una mujer; no hay +ninguno que comprenda el alma de una mujer. + +Don Juan calló confundido. + +--Oye, don Juan--dijo Dorotea asiéndole las manos con acento triste y +con los ojos arrasados de lágrimas--: yo no comprendo el amor como tú le +comprendes; para mí el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni +la embriaguez, ni el entretenimiento; para mí el amor es más, mucho más; +tiene algo de divino; para mí el amor es ser el pensamiento entero de un +hombre, el espíritu poderoso que le engrandezca, que le impulse á las +grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada, +cuando se trata de un hombre como tú, que se llama Girón, que es hijo +del gran duque de Osuna, que debe su espada á sus abuelos y á su patria, +y el corazón á una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu +esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no +puedo ser para ti más que la amante oculta y misteriosa, que te sonría +apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre, +porque... tu nombre pertenece entero á los hijos de la mujer con quien +te has unido: yo sólo puedo ser para ti un sueño embriagador durante +algún tiempo; después... después, cuando hasta el misterio hubiera +perdido para ti su encanto, yo sería una carga para ti.. + +--¡Una carga! + +--Sí, una carga enojosa. + +--¿Crees tú que yo reparé jamás en...? + +Don Juan se detuvo, porque lo que iba á decir era inconveniente. + +Pero Dorotea oyó con el alma las palabras que don Juan no había +pronunciado; las oyó dentro de su corazón. + +--No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender á las +necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso; +el dinero hace daño al amor; yo cómica, yo cortesana, no he pertenecido +á un amante sino á trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazón +sino por otro corazón; de otra carga más pesada he querido hablarte: de +la carga que consiste en tener que sacrificar algún tiempo todos los +días á una mujer á quien no se ama, á quien nunca se ha amado, por quien +sólo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y á la +que se sigue fingiendo amor por compasión; carga que acaba por hacerse +insoportable, porque el sacrificio más pequeño se hace insoportable +cuando es continuo; yo sería dentro de poco una carga para ti y después +un remordimiento, porque me abandonaríais... + +--Te he dejado seguir porque quería saber á dónde ibas á parar. ¡Que yo +no te amo! + +--Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo estás; estás +loco... + +--No vivo más que para ti. + +--Es necesario que vivas para los demás; no eres dueño de ti mismo. + +--¿De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver á mi +libertadora, me encuentro con una especie de hermosísimo fraile que me +predica un sermón de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como +dices, con el deseo antes de hoy: te amé de ese modo desde el punto en +que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede +confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado á amarte; tú me has +procurado la libertad, y con la libertad la vida, no sé á precio de qué +sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo á mi +mujer: «tú, su esposa; tú, la dama hermosísima, noble, rica, favorita de +la reina, no has podido salvarle; y yo, la cómica, yo, su querida, le he +salvado»; y tú no has hecho eso, Dorotea; tú has sufrido tu despecho, tu +desesperación, y has hecho llegar por las manos del rey á mi mujer la +orden que me ponía en libertad; tú sabías que yo libre había de partir +de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; ¿cómo quieres que no +te ame, á no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable, +¿por qué me amas? + +--¡Don Juan!--exclamó Dorotea con la voz trémula, ardiente, opaca, y la +mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven--; ¡don Juan! +¡mira no mientas involuntariamente! + +--No, no; te amo--dijo don Juan estrechándola contra su seno. + +Dorotea pugnó por desasirse. + +--Sólo á ti amo--murmuró el joven en su oído. + +Dorotea rompió á llorar. + +--Por ti y para ti viviré--continuó el joven--, y escucha: mi vida es +tuya; ¿para qué quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio á ese +nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldré de Madrid, +pero saldré contigo, todo por ti y para ti. + +--¡Separarte de doña Clara!--dijo Dorotea levantando de sobre el hombro +de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se +habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa--. ¡Ser mío, +únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta, +contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo +que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso! + +--¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo! + +--¿Y partiremos? + +--Sí. + +--¿Desde esta casa? + +--Sí. + +--¿Y no volverás á ver á doña Clara? + +--No amo á nadie más que á ti. + +Y don Juan la atrajo á sus brazos. + +Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma, +que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube +al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea. + +En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad, +alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una +mujer vivamente deseada. + +Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un +violento esfuerzo para desasirse de ellos. + +Su palidez había crecido. + +Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á +imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante. + +Luego volvió á sonreir. + +Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía +completa. + +--La hora de la partida se acerca--dijo apoyándose dulcemente en el +hombro de don Juan. + +--Partamos--dijo don Juan levantándose. + +--Espera, espera un momento--dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre +los hombros de don Juan y mirándole frente á frente. + +Don Juan exhaló una exclamación de asombro. + +Nunca había visto á Dorotea tan hermosa. + +Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta. + +--Siempre, siempre tu sed--dijo Dorotea--; nunca tu amor. + +--¡Cómo! ¿aún dudas? + +--No, no dudo ya--dijo la joven. + +Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa. + +--¿Qué haces?--dijo don Juan. + +--¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!--contestó Dorotea fijando una +mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se +veía en medio de la mesa. + +Y tomó una botella y llenó de vino una copa. + +--Yo también tengo sed--dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como +cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo. + +Dorotea llenó otra copa. + +Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro +y rojo. + +Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus +mejillas. + +Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un +frío agudo. + +--Estos confites son muy buenos--dijo--; probémoslos antes de beber. + +Y tomó la pera envenenada. + +Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible. + +--Toma--le dijo, y le mostró la confitura. + +Don Juan extendió la mano. + +Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió +exclamando: + +--No, no; esta es para mí, para mí sola. + +Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de +aquel confite mortal, le devoró. + +A seguida cayó de rodillas. + +--¿Qué haces, Dorotea?--dijo don Juan. + +--¡Dejadme! ¡dejadme orar!--exclamó la joven. + +--¡Orar!--exclamó asombrado don Juan. + +--Sí; orar por mi alma--respondió Dorotea. + +Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho. + +En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de +espadas. + +Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en +sus brazos. + +La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera +embriagadora. + +--¡Oh! ¡no me olvidarás!--exclamó. + +--¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía! + +Y don Juan, embriagado, la besó en la boca. + +--¡Adiós!--exclamó Dorotea entre un beso ardiente. + +--¿Por qué me dices adiós, alma mía? + +--Me llama mi esposo--dijo sonriendo siempre Dorotea. + +--¡Tu esposo! + +--Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo +eternamente con él. + +--Sí, sí--exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea--; no +nos separaremos jamás. + +--Sí--dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan--; +vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he +desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme. + +--¡Con la muerte!--gritó don Juan. + +--Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado. + +--¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!--gritó don Juan, +llamando. + +--¡No hay nadie! ¡estamos solos!--exclamó Dorotea. + +Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante. + +--¡Oh! ¡esto es horrible! ¡esto no puede ser verdad!--exclamó don Juan +reteniendo entre sus brazos á Dorotea. + +Otra contracción más violenta, indicó á don Juan que Dorotea sentía un +dolor más agudo. + +Al mismo tiempo su cuerpo se hizo más pesado. + +Don Juan se vió en la necesidad de doblar una rodilla para sostener á +Dorotea. + +--¡No me abandones! ¡no me dejes!--exclamó--; quiero morir en tus +brazos! toma... porque apenas puedo hablar... había escrito este +papel... que es mi última palabra para ti... y mi última voluntad... ¡Oh +Dios mío! + +Y sacó del seno un papel doblado, que se desprendió de sus manos y cayó +sobre la alfombra. + +Don Juan estaba inmóvil, mudo, dominado por el terror. + +Dorotea hizo aún un nuevo esfuerzo, aún tuvo una sonrisa para don Juan; +luego lanzó algunos gritos agudos, horribles; se retorció de una manera +violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; dió dos +pasos desatentados, y cayó desplomada. + +Don Juan corrió á ella, la volvió, miró su semblante y dió un grito de +horror. + +Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan +lleno de vida, estaba afeado por una contracción horrible. + +Hay en la vida algunos momentos comparables á la muerte. + +Momentos de atonía en que los músculos se petrifican y el corazón se +hiela. + +Momentos á los cuales sucede una reacción horrible. + +Don Juan probó unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de +una pesadilla horrorosa, gritó con un acento imposible de hacer +comprender: + +--¡Muerta! ¡muerta! ¡y muerta por mí! + +Y seguidamente se arrojó sobre el cadáver y unió su boca á la boca +helada de Dorotea. + +Y en otra nueva y más terrible reacción, se alzó, y desnudando +violentamente su daga, exclamó: + +--¡Muerta por mí!... ¡y yo, miserable, vivo! + +Y volvió la punta de su daga al pecho. + +Pero en aquel momento, se sintió sujeto por detrás, asidos los brazos, +retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena +de hierro. + +--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡mientras yo esté á vuestro lado!--dijo una voz. + +Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en +lágrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo. + +Este y el padre Aliaga, habían entrado sin que á causa de lo horrible de +la situación los sintiera don Juan. + +--¡Desarmadle, fray Luis! ¡vive Dios! ¡que tiene las fuerzas de un toro +y se me escapa!--gritó Quevedo luchando con don Juan. + +El inquisidor general, arrancó la daga al joven, y le quitó la espada. + +--Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes á la cintura--dijo +Quevedo. + +El padre Aliaga, en silencio como hasta allí, registró la cintura de don +Juan y le quitó dos pistoletes. + +--¡Ah, ya era tiempo! ¡ya no podía resistir más!--dijo Quevedo soltando +al joven. + +Este se levantó, dió tres pasos vacilantes, y luego se dejó caer sobre +un sillón, y se cubrió el rostro con las manos. + +--Vamos--dijo Quevedo--, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos +salvar á esta infeliz. + +--¡Muerta!--dijo el padre Aliaga roncamente. + +Y se arrodilló junto al cadáver y oró. + +Entre tanto Quevedo había levantado el papel que se había caído de la +mano de Dorotea y que ésta había sacado de su seno. + +Quevedo, que tenía siempre valor para dominar las situaciones más +difíciles, que no desatendía jamás ninguna circunstancia por ligera que +fuese, se acercó á la mesa, desdobló el papel y le leyó: + +«Don Juan--decía--: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me +améis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me +habéis hecho demasiado daño para que yo quiera vengarme de vos; me he +vestido de boda para acudir á vuestra cita; de esa cita saldré envuelta +en una mortaja; sois noble y generoso, y el único medio que tengo para +que no me olvidéis jamás, es morir en vuestros brazos; cuando leáis este +papel, habré muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo +pierdo; hasta mi alma; sé que no me olvidaréis nunca, mientras viváis, y +quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo +lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os +haga infeliz; amad... amad mucho á vuestra esposa, porque si os ama como +yo os amo, y un día se ve desdeñada por vos como yo me he visto, morirá +como yo muero. Adiós, recibid mi alma.--_Dorotea._» + +Y por bajo se leía: + +«Decid á don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajón de la +mesa de la sala, está mi testamento; que lo haga cumplir.» + +Dos lágrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel. + +[imagen:...arrancó la daga al joven y le quitó la espada.] + +Luego le dobló en silencio, y le guardó. + +--Padre Aliaga--dijo dirigiéndose al religioso que oraba en silencio--, +vos os quedaréis, ¿no es verdad? + +--Debo orar junto á esta desgraciada, y tanto más, cuanto que es hija de +otra infeliz, á quien he amado mucho, antes de dejar el mundo. + +--Y yo necesito apartar de aquí á don Juan. + +--Sí, sí; lleváoslo. + +--Esperad, esperad--dijo don Juan levantándose y dando algunos pasos +hacia Dorotea. + +--¡Que hacéis!--dijo dulcemente el padre Aliaga. + +--¡Dejadme, por Dios, que la vea la última vez! + +--Apartad, caballero, apartad, y no profáneis ese cadáver--dijo el padre +Aliaga, poniéndose delante de Dorotea. + +--¡Oh! ¡para qué quiero vivir! + +--¡Para doña Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!--dijo severamente +Quevedo--; ¡ya que esa desgracia es irremediable, no causéis otra +desgracia mayor! + +--¡Clara! ¡mi esposa!--exclamó don Juan. + +Y se dulcificó la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y +lloró. + +--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--dijo--; la vida es un sueño de Satanás! + +--¡Sí, sí, un sueño horrible! ¡pero, seguidme! tomad vuestras armas, que +ya no hay peligro en que las toméis, y vamos. + +Don Juan tomó sus armas, su sombrero, su capa, y siguió á Quevedo; pero +antes de salir se volvió hacia Dorotea. + +--¡Doña Clara os espera!--dijo Quevedo. + +Don Juan siguió á su amigo, y entrambos salieron de la casa. + +El padre Aliaga se quedó orando al lado del cadáver de Dorotea. + + + + +CAPÍTULO LXXXV + +EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUÍDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO +QUEDEN SUELTOS + + +El cocinero de su majestad supo al día siguiente, al ir á oír misa á +Santo Domingo el Real, una noticia horrible. + +Al pasar junto á dos comadres que charlaban en una esquina, oyó las +siguientes palabras: + +--Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la +tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; está +que da compasión verla: los ojos hundidos, que le cabe un puño en cada +uno; la boca torcida... ¡ella, que era tan hermosa!... dicen que ha +muerto de repente. + +Helósele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor. + +Y tal comezón le dió en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de +tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse á +Dios ni al diablo, se acercó á las dos viejas y las dijo: + +--Perdonen voacedes, pero he oído no sé qué de una muerte que me ha +trastornado. + +--¡Qué! ¡si todo Madrid está que lo ahogan con un cabello, y aquella +casa parece un jubileo!--dijo una de las viejas--; yo he sudado y me he +estropeado para poder entrar donde está la difunta, y me han roto la +saya; ¡si aquello es mucho! ¡y qué lujo! y allí están todos los cómicos +del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Príncipe, y los del +coliseo de la Cruz, y muchos señores, y muchos grandes, y cuatro +lacayotes con hachas, que diz que son del señor duque de Lerma, que diz +era querido de la comedianta; y allí está también el inquisidor general +y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de +luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y +todos llorosos; y están dando limosna á más y mejor en la puerta á todos +los pobres que llegan. ¡Si parece que se ha muerto una persona real! +Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con +moquillo, nos agarrarán de un zancajo y nos echarán á un estercolero. +¡Pues ya se ve! ¡como era tan hermosa!... y como era querida de un +señor... ¡he ahí! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, tía Brígida, +vamos, que ya es tarde. + +El cocinero mayor no oyó ni la mitad de la relación de la vieja; la +noticia de que la Dorotea había muerto de repente, le había encogido, le +había helado, le había dejado inmóvil, presa de uno de esos pavores que +no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros. + +Él, aunque se había quedado con doña Clara Soldevilla en la casa, donde +había entrado con aquella señora al nombre de la Inquisición, +pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo habían ido á +buscar á doña Clara, Montiño no sabía nada acerca de la muerte de +Dorotea, porque Quevedo le había echado con cajas destempladas, sin +darle explicación alguna, para quedarse solo cuanto antes con doña Clara +y don Juan. + +En el mismo punto se fué al alcázar, evitando pasar por el sitio donde +se suponía muerto al bufón; se había metido entre sábanas, y había +pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre. + +Por la mañana se durmió y despertó á las diez. + +Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio... + +(Entre paréntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas después +de la muerte de Dorotea, á doña Clara y á don Juan, en un coche, que +tenía prevenido Francisco de Juara en el mesón del Bizco, cesó de +repente la lluvia; lentamente se despejó el cielo; luego amaneció claro, +y un sol brillante inundó de una luz dorada el espacio; parecía que al +despejarse completamente la situación de nuestros personajes, se había +creído el cielo obligado á despejarse también; esto pudo ser una +casualidad, pero una casualidad reparable.) + +Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio, +decíamos, el cocinero mayor saltó del lecho, se vistió apresuradamente, +y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fué ir á +arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le +había sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la +noticia de la muerte de su víctima. + +Porque Montiño no tenía duda, no se atrevía á tenerla; Dorotea le había +mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea había muerto +de repente, luego Dorotea se había envenenado. + +Nada tiene, pues, de extraño, la parálisis total que acometió al +cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea. + +Hacía un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las +dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todavía estaba Montiño +hecho un garabito en el mismo lugar donde se había parado para +informarse. + +Pero de repente se enderezó, se volvió y dió á correr como un insensato +en dirección á la calle Ancha de San Bernardo, atraído por ese +magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino. + +Cuando llegó hubo de detenerse; la afluencia de gentes le había cortado +el paso. + +La calle estaba llena. + +Y nada tenía esto de extraño. + +La Dorotea era muy conocida, y á más de esto, se daba una abundante +limosna á la puerta de su casa. + +Montiño codeaba á derecha é izquierda, pero no podía pasar. + +Entonces, y como la atracción que le impulsaba hacia el cadáver era más +poderosa á medida que se acercaba á él viendo que por codos no podía +abrirse paso, dió á gritar de una manera desentonada: + +--¡Dejadme, dejadme pasar, por Dios! ¡quiero verla! ¿no oís que quiero +verla antes de que se la lleven? ¡Dejadme pasar! + +Y redoblaba sus gritos. + +Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron +paso. + +Y así gritando y codeando, logró llegar á la puerta de la casa. + +En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la +mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando á +los pobres que se presentaban. + +Dos alguaciles, delante de él, impedían que fuese atropellado por los +mendigos, y que entrase gente en la casa, á pesar de lo cual, más de uno +se colaba. + +Colábase también Montiño. + +--¡Eh! ¿á dónde vais?--le dijo uno de los alguaciles cogiéndole del +brazo. + +--¿Que á dónde voy?--dijo Montiño volviendo su mirada escandencida é +insensata al alguacil--. ¿A dónde he de ir sino á verla antes de que se +la lleven? + +A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvió +la cabeza y le reconoció. + +--¡Ah! ¿sois vos, señor Montiño?--dijo también lloroso Pedro--. ¡Oh, qué +desgracia! ¡qué desgracia tan grande y tan impensada! ¡No la olvidaremos +jamás! + +--¡Ni yo! ¡ni yo! ¡yo no puedo olvidarla nunca!--exclamó Montiño--; +pero, ¿cómo ha sucedido eso? ¿cuándo? + +--Casilda, que está adentro, en la cocina, os dará razón, señor Montiño. +Yo no puedo marcharme de aquí. Como veis, estoy dando limosna por su +alma. Dejad pasar á ese hidalgo, señor Casimiro Trompeta; es de la +casa--dijo Pedro al alguacil que aún tenía asido á Montiño. + +El corchete soltó al cocinero, que se despidió, subió las escaleras, +atravesó un pasillo, y se entró de rondón en la cocina, donde, envuelta +en un pañolón negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas +comadres de la vecindad y algunas doncellas de cómicas que estaban en la +casa, y componían aquella especie de duelo criaderil. + +--¿Pero qué es lo que aquí ha sucedido?--dijo Montiño dirigiendo +bruscamente la palabra á la doncella de Dorotea. + +--¿Qué ha de haber sucedido? ¡desdichada que yo soy, sino que mi señora +se ha muerto! ¡Y tan hermosa! ¡tan joven! ¡tan buena! + +Y siguieron las lágrimas y los sollozos. + +--¿Pero cómo se ha muerto la señora?--dijo Montiño, cuya voz tenía á +cada momento una acentuación más extraña y más punzante. + +--¿Y qué se yo?--dijo Casilda--; yo no la he visto morir. + +--¿Pero no ha muerto en la casa? + +--Sí; sí, señor, según dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray +Luis de Aliaga, que la trajeron allá muy tarde. + +--¿Que la trajeron? + +--Sí, señor; la trajeron al obscurecer; la señora había salido muy +engalanada con el tío Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado +al tío Manolillo. + +--Eso dicen, eso dicen--exclamó el cocinero mayor--; pero seguid, +seguid; decíais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron +á la señora. + +--Sí; sí, señor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando; +luego se encerraron con ella, y después salió don Francisco de Quevedo; +á poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un +escribano; entonces supe que mi señora había muerto; pero había tenido +tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que +la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor +general, ni escribano que autorizase su última voluntad. + +--¿Y no vino ningún médico? + +--Sí; sí, señor, el doctor Campillos, que era el médico del coliseo; +allá dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el +duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de +Quevedo. + +--¿Y no dijo de qué había muerto? + +--Sí; sí, señor: de repente, de enfermedad natural. + +--¡Eso dijo! + +--Sí; sí, señor, eso dijo. + +--¿Y eso ha escrito la justicia? + +--Sí, señor; eso ha escrito. + +Al través de su locura un rayo de razón penetró en el pensamiento de +Montiño, ó más bien un instinto de conservación. + +Aguantóse, dejó las cosas como los hombres y la justicia de los hombres +las habían puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, más +poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte. + +Y la fascinación que le había llevado hasta allí, poderosa, terrible, le +arrastró todavía. + +Se despidió de Casilda, y se entró en la sala. + +Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo +cubiertos con paños de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo +cubierto con un paño negro. + +En medio de la sala, sobre un magnífico lecho rodeado de gigantescos +candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadáver, +humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San +Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca. + +A los cuatro ángulos del lecho había cuatro lacayos de gran librea, +inmóviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos. + +Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma. + +Detrás del lecho se veía la manguilla negra de terciopelo bordado de +oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martín. + +El cura y los clérigos de la parroquia, y en medio de ellos el +inquisidor general con sus hábitos negros y blancos de dominico, +rezaban. + +Detrás de los sacerdotes, arrodillados, rezando también, había una +multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto. + +Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cómicos de los coliseos de +Madrid. + +Al fondo de la sala, junto á la puerta de entrada, silenciosos y graves, +había algunos hidalgos. + +Al verse allí, el cocinero mayor sintió un vértigo horrible, parecióle +que las luces se agrandaban, que se iban hacia él, que le rodeaban, que +giraban, que subían, que bajaban, que se revolvían en un torbellino de +fuego. + +Parecióle ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro +y flameante, levantarse el cadáver de Dorotea, adelantar, asirle, +estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo. + +Y presa de este vértigo infernal, Montiño adelantó con paso nervioso, +lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente +dilatados, con la boca contraída, temblorosa, con el semblante lívido, +estremeciéndose todo, hacia el cadáver, junto al cual llegó y le +contempló de una manera horrorosa en el momento que la clerecía empezaba +á entonar el terrible salmo: _Dies iræ, dies illæ_. + +Montiño no pudo resistir más; su cabeza se partía, su pecho se abrasaba, +y antes de que pudiese separarse de allí, su locura estalló, y gritó con +un acento espantoso: + +--¡Perdón! ¡perdón! ¡yo pasaré todos los días de mi vida en la +penitencia! ¡pero! ¡suéltame! ¡suéltame! ¡no me arrastres contigo! ¡yo +pasaré mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti! + +Y tras esto, en medio del escándalo de los que en la sala estaban, dió +con su cuerpo en tierra. + +--Este hombre está loco--dijo el padre Aliaga, mandando sacar de allí al +cocinero mayor, y llevarle á un cuarto, en donde se encerró con él. + +Pero había causado tal impresión la muerte de la Dorotea, habían dicho +tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se +había murmurado tanto, que se sospechó por todos, y aun se dió por +seguro, que allí había _gato encerrado_. + +El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento, á quien ya +conocemos, había sido llamado entre doce y una de la noche anterior por +el duque de Lerma. + +El duque de Lerma había llamado al alcalde de casa y corte, porque entre +diez y once de la noche había estado encerrado un largo espacio con él +don Francisco de Quevedo. + +Quevedo había hecho llegar, valiéndose de frases hinchadas y misteriosas +para obligar á los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que +sólo contenía estos tres renglones: + +«Excelentísimo señor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros +la cabeza; pero yo os daré este cuchillo si me dais licencia para +hablaros.--_Francisco de Quevedo._» + +Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente á Quevedo, fué todo uno. + +Quevedo entró con unos papeles en la mano. + +Y por cierto que aquellos papeles estaban teñidos de sangre. + +Pero digamos antes de dónde venía Quevedo. + +Cuando salió con el corazón desgarrado de la casa donde había visto +muerta á Dorotea, llevando consigo á don Juan, hizo dar á éste algunas +vueltas por las tenebrosas calles. + +Aún no había dejado de llover, y Quevedo, que como tenía de todo, era +algo médico, esperó que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan. + +Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en +los nervios. + +No se engañó don Francisco. + +La excitación nerviosa del joven se modificó. + +Anduvo por algún tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo. + +Luego exclamó: + +--¡Qué sueño tan horrible! + +--Ya que de sueños habláis--dijo Quevedo--, tomad lo pasado como sueño y +escarmiento. No juguéis más con el alma de la mujer, porque las mujeres +son terribles. Olvidad. + +--No puedo. + +--Domináos. + +--Tengo el corazón despedazado. + +--Por lo mismo, y porque estáis experimentando lo que es tener el +corazón amargo y sangriento, no queráis que le tenga también vuestra +esposa. + +--¡Clara! + +--¡Si supiérais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloráis! + +--¡Dorotea! + +--Sí; vos veis en ella un ángel perdido, y era un demonio. + +Quevedo era un médico terrible; ponía á sangre fría los dedos sobre la +llaga y la estrujaba. + +La muerta nada tenía ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo +quería salvar á los que, vivos aún, tenían que perder y que esperar. + +Calumniaba á Dorotea. + +--¿Qué decís, don Francisco?--exclamó el joven. + +--Digo que Dorotea era una aventurera que quería perderos. + +--¿Perderme y ha muerto por mí? + +--Vos no comprendéis á ese animal que se llama hombre, á quien aventaja +en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. ¿Hubiérais vos creído +que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte? + +--No... eso es inconcebible. + +--Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por +amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre ó de la +mujer que le ha desdeñado. + +--¡Oh, no! ¡no puede ser! + +--Y sin embargo, es. + +--Yo... me había entregado enteramente á Dorotea. + +--Dorotea sabía que mientras existiese doña Clara, ella no podía ser +para vos más que un entretenimiento. + +Quevedo estaba en la situación, y sus últimas palabras influyeron +terriblemente en el ánimo del joven, porque había oído aquellas mismas +palabras á Dorotea. + +--¿Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?--dijo. + +--No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la más terrible de las +rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era +impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera +satisfecho su deseo por vos, y á los quince días os hubiera burlado. + +Don Juan no contestó. + +Cada una de las palabras de Quevedo, le hacían experimentar el frío de +la hoja de un puñal. + +El implacable Quevedo continuó: + +--Y dad gracias á Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me +haya traído á tiempo de impedir el gran crimen que había meditado +Dorotea, y su contrahecho amante el bufón del rey. + +--¡Cómo! ¿aquel hombre era...? + +--Sí; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era +su puñal. + +--Me estáis revelando cosas horribles. + +--Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en +que se la quita la camisa. + +--¿Y qué era lo que habían meditado ese hombre y esa mujer? + +Quevedo notó con alegría, con una alegría _sui generis_, que don Juan +llamaba _esa mujer_ á la desdichada Dorotea. + +--Habían querido matar á un ángel. + +--¿A Clara? + +--Sí por cierto; en el momento en que vos estuvísteis encerrado con +Dorotea, el tío Manolillo fué al alcázar, dijo á doña Clara que vos os +olvidábais de ella con otra, y doña Clara le siguió loca de celos, +porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro á +la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al tío Manolillo +que con doña Clara venía, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa, +os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera +matado segura de que os dejaba á entrambos muertos. + +--¡Oh! ¡ved no os engañéis, don Francisco! + +--El bufón, que está allá en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le +he sacado por la cabeza del tajo más lleno y más derecho que he dado en +toda mi vida, es un testimonio, y doña Clara, que está en una casa de la +misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la +aflige, es otro. + +--¡Cómo! ¡Clara, mi adorada Clara me espera! + +--Y sufre y llora. + +--Pues vamos, vamos al momento; ¿qué tardamos? + +--¿Estáis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno después +de lo que habéis sufrido? + +--Ha sido un sueño, un horrible sueño que ha pasado. + +--Cuenta con que el sueño no se conozca en los ojos. + +--Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habéis revelado me ha +cerciorado. + +--Ved que doña Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa +fácil hacerla ver lo negro blanco. + +--No necesito engañarla; verla será para mí la vida, la entrada en el +cielo después de haber salido del infierno. + +--Es necesario que la mintáis. + +--La diré que he ido á ver á mi madre. + +--No; decidla más bien que habéis ido á ver al duque de Lerma. + +--¿Y para qué? + +--¿No habéis sido puesto en libertad? ¿No necesitáis licencia del rey +para partiros esta misma noche de Madrid? + +--¡Ah, sí! ¡Es cierto! + +--Pues vamos. + +--Vamos. + +--Esperad, esperad; allá, en aquella esquina, medio agoniza un farol +delante de una imagen; vamos allí, don Juan, quiero veros el rostro. + +Esta fué una intimación indirecta al joven para que se dominase, para +que compusiese su semblante. + +Llegaron á la esquina y Quevedo le quitó el sombrero para verle mejor el +rostro. + +--No importa que os mojéis la cabeza--dijo--; cuanto más agua cae sobre +el fuego, mejor. + +--Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre--dijo don Juan sonriendo de +una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedió espantado. + +--Esperad; os he enseñado mi corazón, ahora voy á mostraros mi valor. + +Y don Juan se sonrió de una manera franca, abierta, natural, tranquila. + +--¡Oh! ¡Sí, sí, hijo mío!--dijo Quevedo conmovido--; tenéis un hermoso +corazón y un valor como hay pocos; ello pasará, ello pasará; vuestro +corazón es todo entero de doña Clara, y ella será el ángel glorioso que +os cure de ese otro ángel condenado. Vamos, hijo mío, vamos; seguid +siendo valiente y acordáos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra +paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la +inapreciable compañera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras +fuerzas, preparáos y no hablemos más. + +Y tiró de don Juan. Algunas calles más allá se encontraron en la de Don +Pedro. Quevedo llamó á la puerta de la casa donde estaba doña Clara +Soldevilla. + +Cuando entró en el aposento donde estaba ésta con don Juan, la joven se +levantó de una silla y corrió á su marido, le asió las manos temblorosa +y le miró con ansiedad. + +Quevedo despidió al cocinero mayor, que todavía estaba allí. Don Juan +sonrió enamorado, transportado de alegría, á doña Clara. Y esta alegría +no era fingida. + +Quevedo había operado con su cruel tratamiento una reacción en el ánimo +del joven; le había ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le había hecho +temblar por doña Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella, +estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la +agonía del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y +enamorados, en contacto con aquella vigorosa organización que se +estremecía aterrada. + +Don Juan lo olvidó todo; no vió más que á doña Clara. + +Su vista fué para él lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que +la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de +placer, y de amor, y de alegría, y de esperanza, abrazó á doña Clara y +la besó en la boca. + +Quevedo miraba aquello con una triste gravedad. + +--¡El alma de los jóvenes!--dijo--; ¡humo que agita el viento en el +cielo de la esperanza! Helos curados á los dos. + +--¿Dónde has estado?--dijo doña Clara. + +--Casa del duque de Lerma. + +--¡Oh! sí--dijo doña Clara con toda la fe de su alma--, no podía ser +otra cosa; me habían engañado horriblemente. + +Quevedo dejó á los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de +los vecinos de la casa envió á pedir dos sillas de manos. + +Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doña Clara y don Juan +entraron y se dirigieron al alcázar. + +Luego, con la otra silla de manos se fué á la casa donde estaba el padre +Aliaga, con lo que había sido Dorotea, abrió, hizo que los ganapanes que +conducían la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera. + +Poco después Quevedo abrió é hizo que los conductores llevasen la silla, +cerró la puerta, y á pie y lentamente escoltó la silla de manos. + +Dentro de la silla iban el cadáver y el padre Aliaga. + +Más allá de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el +cadáver del tío Manolillo. + +Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto +pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se +encerraron con ella, Quevedo se fué sin vacilar al cajón de la mesa +donde, según la postdata de la carta póstuma de Dorotea á don Juan, +estaba el testamento de la comedianta. + +Abrióle, y le encontró fechado y autorizado con muchos días de +anterioridad, á pesar de que con arreglo á todos los indicios, había +sido otorgado aquel mismo día. + +Dorotea dejaba su hacienda al bufón, al cocinero mayor, á sus dos +criados Pedro y Casilda, á los pobres y á su alma. + +Al bufón, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al +cocinero mayor, _por un gran beneficio que le había hecho_, mil +doblones; á Pedro y Casilda, mil ducados á cada uno; cuatro mil ducados +para los pobres, que debían darse de limosna para su alma, y diez mil +ducados á la parroquia de San Martín por una sepultura en tierra, sin +losa ni letrero, y para sufragios por su alma. + +Esta cantidad debía encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto +debía completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles. + +Quevedo leyó conmovido este testamento, y sobre todo una cláusula en que +Dorotea le constituía su albacea único y le suplicaba tomase en amor +suyo, en memoria suya, la prenda que más quisiese de lo que dejaba. + +Quevedo se enjugó las lágrimas con el envés de la mano, y luego escribió +con mano firme al fin del testamento: + +«No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las +facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrísimo señor +Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de +Nápoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro +señor, que conmigo firma aceptando.--_Don Francisco de Quevedo y +Villegas_, del hábito de Santiago.» + +Esto escrito, Quevedo apartó del cádaver al padre Aliaga, y le leyó el +testamento. + +Oyólo en silencio el confesor del rey. + +Pero cuando Quevedo leyó la nota adicional escrita por él, exclamó: + +--¡Qué! ¿Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros? + +--Antes de irme yo os abriré camino fray Luis. + +--¿Y por qué no os quedáis? ¿por qué no nos ayudáis con vuestras grandes +fuerzas á soportar el enorme peso de aconsejar á su majestad en la +gobernación del reino? + +--Líbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo +cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos serían para seguidos; +y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir á donde +mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queráis aquí; que en cuatro +días que hace que en esta última vez en la corte ando, han sucedido +cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que á donde yo voy +va la desdicha, y el bien que hago sangre y lágrimas me cuesta. + +--Os debemos, sin embargo, demasiado. + +--Quédanse las cosas como se estaban, y no podía suceder de otro modo; +que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja á quien se la va +el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me +mandáis para Nápoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera +de Madrid antes de que acabe la noche. + +--Sacadme antes de iros, si podéis, de este pantano en que me encuentro. + +--A ver voy á Lerma y os le enviaré, y él hará lo que sea menester, que +él lo puede todo. + +--¿Y no volveremos á veros por aquí? + +--Acaso. + +--Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribiéndonos, no +nos olvidaréis. + +--Así haré, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy +diligente. Y adiós, fray Luis, y no me detengáis más, que estoy decidido +y aún me queda que hacer, y ansia tengo por acabar. + +--¿Y no os despedís de esa desdichada? + +Quevedo se volvió en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entró en +ella, se acercó al lecho, asió una helada mano del cadáver y se +descubrió. + +Su ancha frente, nublada, sombría, transparentando un pensamiento +desesperado, parecía absorber el amarillo reflejo de una lámpara que +estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de +una virgen de los Dolores. + +La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadáver afeado por la muerte, de +que quedaban aún los hombros desnudos, redondos y mórbidos, y las +maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tenía algo de espantoso. + +--Te he calumniado--dijo--en el corazón del hombre por quien has muerto; +pero tú ya estás donde la verdad resplandece, pobre niña; tú verás que +de los que aquí quedan, sólo queda en uno la amarga memoria tuya; yo +haré que en los templos de Nápoles se eleven preces por tu alma y por tu +descanso; yo rogaré á Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que +una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo serán lo único que de +ti quede algún tiempo sobre la tierra. + +Y Quevedo desnudó su daga, cogió uno de los sedosos y pesados rizos de +Dorotea, le cortó, le anudó, le guardó en el seno y salió de la alcoba. + +--Adiós, fray Luis, adiós--dijo abrazándole--. Hasta que la desdicha nos +vuelva á juntar. + +--Adiós, don Francisco, adiós, y que Él os de fuerzas para sufrir +vuestras amarguras. + +Quevedo salió y se encaminó á casa del duque de Lerma, en cuya portería +escribió la carta en tres renglones que le abrió paso hasta el despacho +del duque. + +Recibióle Lerma afablemente y le mostró la carta que acababa de leer. + +--Explicadme esto, don Francisco--le dijo. + +--La explicación está en estos sangrientos papeles--dijo Quevedo +entregando al duque los que llevaba en la mano. + +El duque los examinó rápidamente. + +Eran los papeles que le había robado el tío Manolillo, y que le tenían +sujeto. + +--¿Qué precio queréis por estos papeles, don Francisco? + +--Yo no vendo seguridades ni en ser soplón he pensado nunca. Lo que +quería ya lo tengo, una audiencia vuestra. + +El duque se acercó á una bujía y quemó uno por uno aquellos papeles. + +--Nada habéis hecho--dijo Quevedo--, si no quemáis también vuestra +ambición y vuestra soberbia. + +--¡Siempre cruelísimo conmigo! ¿por qué no me ayudáis? + +--Porque no quiero. + +--¡Breve estáis! + +--Tengo prisa. + +--¿Y á qué habéis venido? + +--A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podrían enmarañarnos. + +--Veamos. + +--Recordad que sangre tenían los papeles que habéis quemado. + +--¿Habéis muerto ó herido?... + +--He sacado de penas al bufón del rey. Desdichado era y por mí descansa. +Allá está en la calle de Don Pedro. + +--Bien; no se harán informaciones acerca de esa muerte. + +--Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido +justa. + +--Bien, bien; el secreto se enterrará con el muerto. + +--Hay además en la calle de Don Pedro, esquina á la de la Flor, una casa +deshabitada, de cuya puerta es esta llave. + +Y Quevedo dió al duque una llave que el duque puso sobre la mesa. + +--En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente +servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando +mandéis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que +nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podría acontecerle lo que +á Dorotea. + +--¡Cómo! ¡pues qué ha sido de Dorotea! + +--Debéis alegraros por lo que toca á vuestra hacienda, aunque la lloréis +como cristiano; la Dorotea os tenía apurado; dándose muerte desesperada, +os ha librado de apuros y de gastos. + +Púsose densamente pálido el duque de Lerma. + +--¿Pero quién ha asesinado á... Dorotea? + +--Su despecho. + +--Su muerte va á causar un alboroto, un escándalo; era muy querida del +público. + +--Pues ved ahí lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento +en el escándalo que iba á dar matándose. + +--Pero explicadme... + +--Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir +pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre +con la infeliz, como el otro con el bufón. + +--Se enterrará, se enterrará. ¿Pero dónde está Dorotea? + +--En su casa, en su cama, y orando junto á su cama el bueno del +inquisidor general. + +--¿Y qué más queréis, don Francisco? + +--Quiero real licencia para que partan cuando quieran á Napóles don Juan +Téllez Girón, capitán de la guardia española del rey, con su esposa doña +Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina. + +--Pediré la licencia á su majestad. + +--Dádmela vos por traslado, que otras más graves reales órdenes se han +dado sin que lo sepa su majestad. + +El duque, dominado por Quevedo y por la situación, se sentó en la mesa, +escribió, firmó, leyó lo que había escrito á Quevedo y luego dobló el +papel, le puso un sobre y le selló y le sobrescribió. + +--Beso á vuecencia las manos y le doy las gracias--dijo Quevedo tomando +el pliego. + +Y se encaminó á la puerta. + +--No me atrevo á deciros más--dijo el duque--, porque estoy seguro de no +reteneros. + +--Adiós, don Francisco de Sandoval y Rojas--dijo con un acento singular +Quevedo--; plegue á Dios que no paguéis, como me temo, el favor de su +majestad. + +Y Quevedo salió. + +Poco después fué cuando el duque llamó al alcalde de casa y corte, Ruy +Pérez Sarmiento. + +--Tomad--dijo el duque dándole una orden firmada por el rey--; +presidente sois desde ahora de la real audiencia de Méjico. + +--¡Oh! ¡señor! ¡señor excelentísimo!--dijo doblegándose todo el alcalde. + +--Anteanoche me servísteis bien; pero aún os queda que hacerme un último +servicio. + +--Mandad, señor. + +--En la calle de Don Pedro encontraréis un hombre muerto á hierro. + +--¿Y quiere vuecencia que se descubra?... + +--Por el contrario, quiero que hagáis el proceso de manera que no pueda, +ni aun por barruntos, sospecharse quién es el homicida. + +--Lo haré, señor. + +--Pues id al momento, no dé con el difunto una ronda. + +--A tal hora y lloviendo, juraría que no hay un alcalde fuera de su +lecho, ni más alguaciles de pie que los que yo traigo. + +--Pues id, alcalde, despacháos, depositad el difunto y volved, porque os +necesitaré aún. + +Cuando el duque se encontró solo, una expresión de contento animó su +semblante. + +Esto consistía en que se le había quitado una montaña de sobre el +corazón, en el momento en que destruyó las pruebas de traición que en +poder del tío Manolillo eran su inquietud mortal. + +En cuanto á Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte. + +Pero el corazón humano es un abismo. + +Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro. + +Le sacrificaba. + +Viva Dorotea, no era posible dejarla. ¿Qué se hubiera dicho de la +magnificencia del duque de Lerma? + +No dejándola, era preciso satisfacer sus gastos. + +Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro. + +Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto. + +Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la +pérdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma +salía bien heredado, estaba en unas magníficas disposiciones de +consuelo. + +Todo se arregló á las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era +hombre que lo entendía. + +El tío Manolillo pasó por asesinado por una mano oculta, y con su +entierro se terminó el proceso. + +Dorotea pasó por muerta de repente en su casa, en su cama; se la +hicieron, costeándolos el duque de Lerma, que no podía dispensarse de +aquel último gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterró según su +voluntad, en la iglesia de San Martín, en una sepultura en el suelo, sin +piedra ni letrero. + +Había cesado de llover y hacía sol. + +Un mes después, la duquesa de Gandía recibió por un correo expreso una +larga carta del duque de Osuna. + +El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su +esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices. + +A la carta de Osuna acompañaban una de don Juan y otra de doña Clara. + +Aquellas cartas respiraban felicidad. + +El autor debe decir, que tal maña se dió Quevedo, que curó á los dos +esposos completamente, á él del recuerdo de Dorotea, á ella de sus +celos. + +Atemos los últimos cabos. + +Don Rodrigo Calderón sanó al fin de su herida, y como era necesario al +duque de Lerma, éste se guardó muy bien de mostrarse enojado con don +Rodrigo. + +El incendio de la quinta del conde de Lemos se apagó, pero no se apagó +del mismo modo el incendio del corazón de la condesa. + +En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fué á visitar sus +posesiones de Nápoles. + +En resumen, ¿cuál de nuestros personajes era la víctima de los sucesos +que acabamos de relatar? + +La situación de la corte había quedado en el mismo estado que antes; las +intrigas seguían, los que antes eran enemigos, seguían profesándose un +razonable odio. + +Doña Clara tenía á su don Juan. + +La condesa de Lemos á su don Francisco. + +Dorotea y el bufón habían dejado de sufrir, porque los muertos no +sufren. + +Doña Ana seguía siendo la maestra de amor del príncipe de Asturias. + +El padre Aliaga quedóse más desesperado que lo estaba cuatro días antes. + +Unos personajes habían ganado. + +Otros se habían quedado como estaban. + +¡Pobre Francisco Martínez Montiño! Tú solo, parte paciente de esta +historia; tú, pagador constante de pecados ajenos, tú solo fuiste la +víctima superviviente á estas aventuras de cuatro días lluviosos. + +Su locura se había determinado. + +Perdió, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya pérdida no se le +indemnizó sino con dejarle un mechinal donde vivía en palacio y una +mezquina pensión nominal, porque no se le pagaba. + +No le encerraron porque su locura era tranquila. + +Consistía ésta en la manía de querer hacer creer á todo el mundo, que +detrás de él, siguiéndole, persiguiéndole, engalanada con sedas y joyas, +iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba, +Dorotea se sentaba á la cabecera de su cama. + +Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de +palacio, era una verdad para el infeliz. + +Veía por todas partes á Dorotea, engalanada, pero lívida, horrible. Huía +de sí mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba +consigo, porque su locura había dado una forma real á sus +remordimientos. + +El infeliz se había quedado solo. + +Su mujer se había fugado con un nuevo amante, robándole su dinero +ahorrado en tantos años, los dos mil doblones que había contenido el +cofre de hierro que había traído de Navalcarnero Francisco Martínez +Montiño, donde había hallado las pruebas de su nacimiento don Juan +Téllez Girón, que éste le había cedido generosamente, y los dos mil +ducados que le había legado Dorotea, como precio horrible de su +envenenamiento. + +Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas, +comiendo de la caridad de los que en otro tiempo habían sido sus +oficiales, fué necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria, +le señalase una pensión decente, le diese aposento cómodo en uno de sus +palacios de Madrid, y destinase una persona á su servicio que sólo tenía +esta obligación, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien +no hemos vuelto á ocuparnos desde el primer capítulo de este libro, de +_Cascabel_, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual había entrado +el señor Juan Montiño en Madrid. + +Así pasaron algunos años. + +El excocinero hablando siempre de Dorotea y viéndola siempre, pero sin +nombrar jamás la palabra envenenamiento. + +_Cascabel_, rumiando su pienso cernido en un rincón de las caballerizas +del duque de Osuna. + +Un día encontraron á _Cascabel_ muerto. + +Pocos días después, al entrar por la mañana en el aposento de Francisco +Montiño el hombre que le asistía, le encontró sentado sobre la cama, +mirando con extrañeza cuanto le rodeaba. + +--¡Dónde estoy!--dijo--; ¡y mi mujer! ¡dónde está mi mujer! ¡dónde está +mi hija! ¡y tan tarde, y sin haber acudido á las cocinas! + +El asistente le creyó más loco que nunca. + +Y sin embargo, Montiño había recobrado la razón, pero para morir. + +Cuando le dijeron cómo había vivido seis años; que su mujer le había +robado y abandonado; que su hija había desaparecido con el paje +Cristóbal Cuero; que vivía de la caridad del duque de Osuna, Montiño fué +lentamente desplomándose; cuando, por último, le contaron que nombraba +continuamente á Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible salió +del pecho del desdichado, y cayó sobre el lecho acometido de un vértigo +mortal. + +Llamóse al padre Aliaga, que no se separó de él, y tanto se esforzaron +que le creyeron salvado. + +Había dejado el lecho. + +Pero el mismo día en que le dejó, en que salió á la calle, le esperaron +en vano. + +Llegó la noche y tampoco vino. + +Al día siguiente se supo que le habían hallado muerto sobre la sepultura +de Dorotea. + +Aquella sepultura no tenía losa ni nombre. + +Montiño no había preguntado á nadie por el lugar de la sepultura de +Dorotea. + +¿Quién le había llevado á morir sobre la tumba de su víctima? + +--¿Quién sabe? una casualidad tal vez. + +Tal vez la mano de Dios. + +Madrid, 1.º de Mayo de 1858. + + +FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD + +[imagen] + + + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by +Manuel Fernández Y González + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL COCINERO DE SU MAJESTAD *** + +***** This file should be named 33275-8.txt or 33275-8.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/3/2/7/33275/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was +produced from scanned images of public domain material +from the Google Print project.) + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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