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+The Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by
+Manuel Fernández Y González
+
+This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with
+almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or
+re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included
+with this eBook or online at www.gutenberg.org
+
+
+Title: El cocinero de su majestad
+ Memorias del tiempo de Felipe III
+
+Author: Manuel Fernández Y González
+
+Release Date: July 27, 2010 [EBook #33275]
+
+Language: Spanish
+
+Character set encoding: ISO-8859-1
+
+*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL COCINERO DE SU MAJESTAD ***
+
+
+
+
+Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
+Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This book was
+produced from scanned images of public domain material
+from the Google Print project.)
+
+
+
+
+
+
+
+
+
+EL COCINERO
+
+DE
+
+SU MAJESTAD
+
+(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)
+
+POR
+
+D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ
+
+EDICIÓN ILUSTRADA CON GRABADOS
+
+[imagen]
+
+MADRID
+
+LIBRERÍA DE F. FE
+
+PUERTA DEL SOL, 15
+1907
+
+[La ortografía del original no fue corregida ni actualizada.
+(Nota del transcriptor.)]
+
+ES PROPIEDAD.
+
+Imp. de A. Marzo, San Hermenegildo, 32 dupdo.--Teléfono 1.977.
+
+[imagen]
+
+
+
+
+INDICE
+
+
+TOMO PRIMERO
+
+
+I De lo que aconteció á un sobrino por no encontrar á tiempo á su tío
+
+II Interioridades reales
+
+III En que se demuestra lo perjudiciales que son los lugares obscuros en
+los palacios reales
+
+IV Enredo sobre maraña
+
+V ¡Sin dinero y sin camisas!
+
+VI Por qué el tío daba de comer de aquella manera al sobrino
+
+VII Los negocios del cocinero del rey.--De cómo la condesa de Lemos
+había acertado hasta cierto punto al calumniar á la reina
+
+VIII De cómo al señor Francisco le pareció su sobrino un gigante
+
+IX Lo que hablaron Lerma y Quevedo
+
+X De cómo don Francisco de Quevedo encontró en una nueva aventura, el
+hilo de un enredo endiablado
+
+XI En que se sabe quién era la dama misteriosa
+
+XII Lo que hablaron la reina y su menina favorita
+
+XIII El rey y la reina
+
+VIX Del encuentro que tuvo en el alcázar don Francisco de Quevedo, y de
+lo que averiguó por este encuentro acerca de las cosas de palacio, con
+otros particulares
+
+XV De lo que vieron y oyeron desde su acechadero Quevedo y el bufón del
+rey
+
+XVI El confesor del rey
+
+XVII En que empieza el segundo acto de nuestro drama
+
+XVIII De cómo entre unos y otros no dejaron parar en toda la mañana al
+cocinero de su majestad
+
+XIX El tío Manolillo
+
+XX De cómo el tío Manolillo hizo que doña Clara Soldevilla pensase mucho
+y acabase por tener celos
+
+XXI En que continúan los trabajos del cocinero mayor
+
+XXII De cómo en tiempo de Felipe III se conspiraba hasta en los
+conventos de monjas
+
+XXIII En la hostería del Ciervo Azul, y luego en la calle
+
+XXIV De lo que quiso hacer el cocinero de su majestad, de lo que no hizo
+y de lo que hizo al fin
+
+XXV De cómo los sucesos se iban enredando hasta el punto de aturdir al
+inquisidor general
+
+XXVI De lo que oyó el tío Manolillo sin que pudiera evitarlo el confesor
+del rey
+
+XXVII En que se ve que el cocinero mayor no había acabado aún su faena
+en aquel día
+
+XXVIII De los conocimientos que hizo Juan Montiño, acompañando á la
+Dorotea
+
+XXIX De cómo Juan Montiño, con mucho susto de la Dorotea, se dió á
+conocer entre los cómicos
+
+XXX De cómo hizo sus pruebas de valiente por ante la gente brava, Juan
+Montiño
+
+XXXI De cómo engañó á Dorotea para llevarla á palacio el tío Manolillo
+
+XXXII Continúan los antecedentes
+
+XXXIII El suplicio de Tántalo
+
+
+TOMO SEGUNDO
+
+
+XXXIV En que se explicará algo de lo obscuro del capítulo anterior, y se
+verá cómo doña Clara encontró un pretexto para favorecer el amor de Juan
+Montiño, á pesar de todos los pesares
+
+XXXV De cómo Quevedo, sin decir nada al rey, le hizo creer que le había
+dicho mucho
+
+XXXVI De cómo el padre Aliaga puso de nuevo su corazón y la virtud á
+prueba
+
+XXXVII De cómo el diablo iba enredando cada vez más los sucesos
+
+XXXVIII De lo que vió y de lo que no vió el tío Manolillo siguiendo á
+los que seguían al cocinero mayor
+
+XXXIX De cómo Quevedo conoció prácticamente la verdad del refrán: el que
+espera desespera
+
+XL De cómo el noble bastardo se creyó presa de un sueño
+
+XLI De cómo Quevedo se quedó á su vez sin entender al rey
+
+XLII De cómo don Juan Téllez Girón se encontró más vivo que nunca cuando
+más pensaba en morir
+
+XLIII Continúan los trabajos del cocinero mayor
+
+XLIV Lo que se puede hacer en dos horas con mucho dinero
+
+XLV En que el autor presenta, porque no ha podido presentarle antes, un
+nuevo personaje
+
+XLVI De cómo la Providencia empezaba á castigar á los bribones
+
+XLVII De lo perjudicial que puede ser la etiqueta de palacio en algunas
+ocasiones
+
+XLVIII De cómo muchas veces los hombres no reparan en el crimen aunque
+sus vestigios sean patentes
+
+XLIX De cómo la duquesa de Gandía tuvo un susto mucho mayor del que le
+habían dado Los miedos de San Antón
+
+L De cómo don Francisco de Quevedo quiso dar punto á uno de sus asuntos
+
+LI En que encontramos de nuevo al héroe de nuestro cuento
+
+LII De cómo empezó á ser otro el cocinero mayor
+
+LIII En que se deja ver en claro el bufón del rey
+
+LIV Cómo saben mentir las mujeres
+
+LV Quevedo visto por uno de sus lados
+
+LVI En que el autor retrocede para contar lo que no ha contado antes
+
+LVII Amor de madre
+
+LVIII Las audiencias particulares del duque de Lerma
+
+LIX De cómo Dorotea era más para con el duque, que el duque para con el
+rey
+
+LX Lo que hace por su amor una mujer
+
+LXI De cómo le salió á Quevedo al revés de lo que pensaba
+
+LXII De cómo el duque de Lerma se encontró más desorientado que nunca
+
+LXIII De cómo el duque de Lerma vió al bufón de su majestad extenderse,
+crear, tocar las nubes, etc.
+
+LXIV De cómo Quevedo buscó en vano la causa de su prisión, y de cómo
+cuando se lo dijeron se creyó más preso que nunca
+
+LXV De cómo el tío Manolillo no había dado su obra por concluida
+
+LXVI El padre y el hijo
+
+LXVII De cómo el licenciado Sarmiento hizo bueno una vez más el
+proverbio que dice: no es tan fiero el león como la pintan, y de cómo
+todas las pulgas se van al perro flaco,
+
+LXVIII De cómo se agravó la demencia del cocinero mayor, y acabó por
+creerse asesino del sargento mayor
+
+LXIX En que continúan las desventuras del cocinero mayor, y se ve que la
+fatalidad le había tomado por su instrumento
+
+LXX En que se ennegrece gravemente al carácter del tío Manolillo
+
+LXXI De cómo Quevedo dejó de ser preso por la justicia para ser preso
+por el amor
+
+LXXII De cómo el duque de Lerma encontró á tiempo un amigo
+
+LXXIII En que el duque de Lerma continúa representando su papel de
+esclavo
+
+LXXIV Lo que hizo Dorotea por don Juan
+
+LXXV El sol tras la tormenta
+
+LXXVI De cómo el cocinero mayor conoció con despecho que no se habían
+acabado para él las angustias
+
+LXXVII En que se ennegrece á su vez el carácter de Dorotea
+
+LXXVIII En que se siguen relatando los estupendos acontecimientos de
+esta verídica historia
+
+LXXIX Del medio extraño de que se valió Quevedo para soltarse de la
+prisión en que la había puesto el amor de la condesa de Lemos
+
+LXXX De cómo el interés ajeno influyó en la situación de Quevedo
+
+LXXXI De cómo Quevedo se asusta más de saber que don Juan está en
+libertad, que si hubiera sabido que estaba preso
+
+LXXXII En que el tío Manolillo sigue sirviendo de una negra manera á
+Dorotea
+
+LXXXIII En que se ve que el bufón y Dorotea habían acabado de perder el
+juicio
+
+LXXXIV En lo que vinieron á parar los amores de Dorotea y de don Juan
+
+LXXXV El autor declara que ha concluído, y ata algunos cabos para que no
+queden sueltos
+
+
+
+
+CAPÍTULO PRIMERO
+
+DE LO QUE ACONTECIÓ Á UN SOBRINO POR NO ENCONTRAR Á TIEMPO Á SU TÍO
+
+
+A punto que el sol transponía en una nublada y lluviosa tarde de
+invierno, atravesaba la famosa puente Segoviana, en dirección al ya
+próximo Madrid, un cuartago enorme que llevaba sobre su afilado lomo una
+silla de monstruosas dimensiones, y sobre la silla, un jinete en cuyo
+bulto sólo se veían un sombrero gacho de color gris, calado hasta las
+cejas, una capa parda rebozada hasta el sombrero, y dos robustas piernas
+cubiertas por unas botas de gamuza de su color, además del extremo de
+una larga espada, que asomaba al costado izquierdo bajo la plegadura de
+la capa.
+
+El caballo llevaba la cabeza baja y las orejas caídas, y el jinete
+encorvado el cuerpo, como replegado en sí mismo, y la ancha ala del
+sombrero doblegada y empapada por la lluvia que venía de través
+impulsada por un fuerte viento Norte.
+
+Afortunadamente para el amor propio del jinete, nadie había en el puente
+que pudiera reparar en la extraña catadura de su caballo, ni en su paso
+lento y trabajoso, ni en su acompasado cojear de la mano derecha: la
+lluvia y el frío habían alejado los vagos y los pillastres, concurrentes
+asiduos en otras ocasiones á los juegos de bolos y á las palestrillas de
+la Tela; las lavanderas habían abandonado el río, que, dejando de ser
+por un momento el humilde y lloroso Manzanares de ordinario, arrastraba
+con estruendo las turbias olas de su crecida, y en razón á la soledad,
+estaban cerradas las puertas de las tabernillas y figones situados á la
+entrada y á la salida del puente.
+
+Nuestro jinete, pues, atravesaba á salvo, protegido por el temporal, una
+de las entradas más concurridas de la corte en otras ocasiones, y
+decimos á salvo, porque el aspecto de su caballo hubiera arrancado más
+de una y más de tres desvergonzadas pullas á la gente _non sancta_,
+concurrente cotidiana de aquellos lugares.
+
+Era el tal bicho (no podemos resistir á la tentación de describirle),
+una especie de colosal armazón de huesos que se dejaban apreciar y
+contar bajo una piel raída en partes, encallecida en otras, de color
+indefinible entre negro y gris, desprovista de cola y de crines, peladas
+las orejas, torcidas las patas, largo y estrecho el cuerpo, y larguísimo
+y árido el cuello, á cuyo extremo se balanceaba una cabeza afilada de
+figura de martillo, y en la que se descubría á tiro de ballesta la
+expresión dolorosa de la vejez resignada al infortunio.
+
+Representaos seis cañas viejas casi de igual longitud, componiendo un
+pescuezo, un cuerpo y cuatro patas, y tendréis una idea muy aproximada
+de nuestro bucéfalo que allá en sus tiempos, veinte años antes, debió
+ser un excelente bicho, atendidas su descomunal alzada y otras
+cualidades fisiológicas que á duras penas podían deducirse por lo que
+quedaba á aquella ruina viviente, á aquella especie de espectro, á
+aquella víctima de la tiranía humana que así explota la existencia y los
+elementos productores de los seres á quienes domina.
+
+[imagen: Desesperábase el jinete con la lenta marcha...]
+
+Desesperábase el jinete con la lenta marcha de su cabalgadura, con su
+cojear y con su abatimiento, y de vez en cuando pronunciaba una palabra
+impaciente, y arrimaba un inhumano espolazo al jaco, que, al sentir la
+punta, se paraba, se estremecía, lanzaba como protesta un gemido
+lastimero, y luego, como sacando fuerzas de flaqueza, emprendía una
+especie de trotecillo, verdadero atrevimiento de la vejez, que duraba
+algunos pasos, viniendo á parar en la marcha lenta y difícil de antes, y
+en el acompasado y marcadísimo cojeo.
+
+No sabemos á quién debía tenerse más lástima: si al caballo que llevaba
+aquel jinete ó al jinete que era llevado por tal caballo.
+
+El aspecto que presentaba entonces Madrid desde el puente de Segovia,
+poco más ó menos, semejante al que presenta hoy, no era lo más á
+propósito para dar una idea de la extensión y de la importancia de la
+corte de las Españas; veíanse únicamente dos colinas orladas por unos
+viejos muros, con algunas torres chatas, y sobre estas torres y estos
+muros, á la derecha el convento y las Vistillas de San Francisco; á la
+izquierda el alcázar y el cubo de la Almudena, y entre estas dos colinas
+el arrabal y la calle y puerta de Segovia, viéndose además hacia la
+izquierda y debajo del alcázar el portillo y la puerta de la Vega.
+
+Añádase á esta vista pobre y árida, lo escabroso y desigual del espacio
+comprendido entre el puente de Segovia y los muros; los muladares, las
+zanjas y las hondonadas de aquel terreno formado por escombros; la luz
+triste que se desplomaba de un celaje de color de plomo sobre todo
+aquello, y se tendrá una idea de la impresión triste y desfavorable que
+debió causar la vista de Madrid en el viajero, que á todas luces iba por
+primera vez á la corte, en vista de la irresolución de que dió marcadas
+muestras acerca de la dirección que debía seguir para entrar en la
+villa, cuando ya fuera del puente, se encontró cerca de los muros.
+
+Fijóse, al fin, decididamente su vista en el alcázar y luego en la
+puerta de la Vega, revolvió su caballo hacia la izquierda, y acometió la
+ardua empresa de salvar las escabrosidades y la pendiente de la agria
+cuesta.
+
+Al fin, aquí tropiezo, allá me paro, acullá vacilo, el anciano jaco
+logró pasar la puerta de la Vega; enderezóse un tanto, animado, sin
+duda, por el olor de las cercanas caballerizas reales, y acaso por
+resultado de ese amor propio de que continuamente dan claras muestras de
+no estar desprovistos los animales, disimuló cuanto pudo su cojera, y
+siguió sosteniendo un laudable esfuerzo en un mediano paso, adelantando
+por la plazuela del Postigo y la calle de Pomar, hasta un arco que daba
+entrada á las caballerizas del rey, y donde, mal de su grado, hubo de
+detenerse el forastero, á la voz de un centinela tudesco que le atajó el
+paso.
+
+--Y dígame ucé, señor soldado--dijo con impaciencia el jinete--, ¿por
+qué no puedo seguir adelante?
+
+--Ser estas las capayerisas de su majestad--contestó el centinela.
+
+--Y dígame ucé, ¿no puedo ir por otra parte al alcázar?
+
+--Foste ir bor donde quierra, mas yo non dejar basar bor aquí ese
+cabayo.
+
+--¿Me impedirán de igual modo que este caballo pase por las otras
+entradas del alcázar?
+
+--Mi non saperr eso.
+
+Y el centinela se puso á pasear á lo largo del arco.
+
+--¡Y á dónde diablos voy yo!--dijo hablando consigo mismo el jinete--:
+mi tío vive en el alcázar, necesito verle al momento... y ¿dónde dejo á
+este pobre viejo? Indudablemente, lo que sobrará en Madrid serán
+mesones; ¿pero quién se atreve? Con la jornada que trae en el cuerpo el
+pobre _Cascabel_, sería cosa de no concluir á las ánimas y luego sin
+dinero: ¡eh! ¡señor soldado! ¡señor soldado!
+
+Volvióse flemáticamente el tudesco mientras el jinete echaba pie á
+tierra.
+
+--¿Queréis hacerme la merced de cuidar de que nadie quite este caballo
+de esta reja á donde voy á atarle mientras yo vuelvo?
+
+--Mi non entender de eso--contestó el soldado--, volviendo á su paseo.
+
+--Como no sea que le roben para hacer botones de los huesos--dijo una
+voz chillona á espaldas del jinete, no sé quién quiera exponerse á ir á
+galeras por semejante cosa... ni la piel aprovecha: ¿le traéis para las
+yeguas del rey, amigo?
+
+Volvióse el forastero con cólera al sitio donde habían sido pronunciadas
+estas palabras con una marcada insolencia, y vió ante sí un hombrecillo,
+con la librea de palafrenero del rey.
+
+--Si lo que tenéis de desvergonzado, lo tuviérais de cuerpo,
+bergante--dijo todo hosco el forastero echando pie á tierra--, me
+alegraría mucho.
+
+--¿Y por qué os alegraríais, amigo?
+
+--¿Por qué? Porque habría donde sentaros la mano.
+
+--Paréceme que servís vos tanto para zurrarme á mí como vuestro caballo
+para correr liebres--dijo el palafrenero con ese descaro peculiar de la
+canalla palaciega.
+
+--Si mi caballo no sirve para correr liebres, sírvolo yo para haceros
+dar una carrera en pelo--contestó el incógnito, que aún permanecía
+embozado--, y sin decir una palabra más se fué para el palafrenero con
+tal talante, que éste retrocedió asustado hacia una puerta inmediata, á
+tiempo que salían de ella dos hombres al parecer principales, contra uno
+de los que tropezó violentamente el que huía.
+
+El tropezado empujó vigorosamente al palafrenero, que fué á dar en medio
+del arroyo, y apenas se rehizo se quitó el sombrero y se quedó temblando
+é inmóvil, entre los caballeros que salían y el forastero.
+
+Miró el caballero tropezado alternativamente al palafrenero, al
+incógnito y á su caballo; comprendió por lo amenazador de la actitud del
+jinete que se trataba de alguna pendencia cortada, ó por mejor decir,
+suspendida por su aparición, y dijo con acento severo y lleno de
+autoridad:
+
+--¿Que significa esto?
+
+--Señor, este mal hombre quería pegarme porque me he reído de su
+caballo--contestó el palafrenero.
+
+--Yo no extraño que se rían de este animal--dijo el embozado--; lo que
+extraño es que se atrevan á insultarme, á mí, que ni soy manco ni viejo.
+
+--En cuanto á lo de viejo, no puedo hablar porque no se os ve el
+rostro--dijo el al parecer caballero--; en cuanto á si sois ó no manco,
+paréceme que si tenéis buenas las manos, tenéis manca la cortesía.
+
+--¡Eh! ¿qué decís?
+
+--Digo, que para tener de tal modo calado el sombrero y subido el embozo
+cuando yo os hablo, debéis ser mucha persona.
+
+--De hidalgo á hidalgo, sólo al rey cedo.
+
+--Os habla el conde de Olivares, caballerizo mayor del rey--dijo el otro
+caballero que hasta entonces no había hablado.
+
+--¡Ah! Perdone vuecencia, señor--dijo el incógnito desembozándose y
+descubriéndose--, es la primera vez que vengo á la corte.
+
+Al descubrirse el jinete dejó ver que era un joven como de veinticuatro
+años, blanco, rubio, buen mozo y de fisonomía franca y noble, á que
+daban realce dos hermosos y expresivos ojos negros.
+
+--¡Ah! ¿Acabáis de venir?--dijo el conde de Olivares prevenido en favor
+del joven--. ¿Y á qué diablos os venís á entrar con ese caballo por las
+caballerizas del alcázar? En sus tiempos debe de haber sido mucho...
+
+--Cosas ha hecho este caballo y en peligros se ha visto que honrarían á
+cualquiera, y si porque es viejo lo desprecian los demás, yo, que le
+aprecio porque le apreciaba mi padre...
+
+--¿Y quién es vuestro padre?
+
+--Mi padre era...
+
+--Bien; pero su nombre...
+
+--Jerónimo Martínez Montiño, capitán de los ejércitos de su majestad.
+
+--Yo conozco ese apellido y creo que le estoy oyendo nombrar todos los
+días; ¿no recordáis vos, Uceda?
+
+--¡Bah! Ese apellido es el del cocinero mayor de su majestad.
+
+--El cocinero de su majestad es mi tío.
+
+--¡Ah! Pues entonces sois de la casa--dijo el conde--; cubríos, mozo,
+cubríos, que corre un mal Norte, y seguid hacia el alcázar; y tú,
+bergante--añadió dirigiéndose al palafrenero--, toma el caballo, llévale
+á las caballerizas y cuídale como si fuera un bicho de punta; y debe de
+haberlo sido. ¡Diablo, lo que son los años!
+
+Y el conde de Olivares y el duque de Uceda se alejaron hacia los
+Consejos, mientras el joven pasaba el arco en dirección al alcázar,
+murmurando:
+
+--¡El conde de Olivares y el duque de Uceda! Paréceme de buen agüero
+este encuentro... Ello dirá... Lo que únicamente me inquieta es el haber
+dejado á _Cascabel_ entregado á aquel bergante... Pero mi tío arreglará
+esto y lo otro. Vamos en busca de mi tío.
+
+El joven atravesó la plaza de Armas y se encaminó en derechura al
+pórtico del alcázar sin detenerse un punto á mirarle, á pesar de que
+pertenecía al gusto del renacimiento y era harto bello y rico para no
+llamar la atención á un forastero; pero fuese que nuestro joven no se
+admirase por nada, fuese que le preocupase algún grave pensamiento,
+fuese, en fin, que comprendiese que es más fácil hacerse paso cuando se
+camina de una manera desembarazada, altiva y como por terreno propio,
+la verdad del caso fué que se entró por las puertas del alcázar como si
+en su casa entrara, alta la frente, la mano en la cadera y haciendo
+resonar sus espuelas de una manera marcial sobre el mármol del
+pavimento.
+
+Ni él miró á nadie ni nadie le miró; atravesó un vestíbulo sostenido por
+arcadas, siguió una galería adelante y se encontró en el patio.
+
+Al ver ante sí la multitud de puertas que abrían paso á otras tantas
+comunicaciones del alcázar, hubo forzosamente de detenerse y de buscar
+entre los que entraban y salían á alguno de la servidumbre interior que
+le guiase hasta las regiones de la cocina, y al fin se dirigió á un
+enorme lacayo que le deparó su buena suerte.
+
+--¿Por dónde voy bien á la cocina, amigo?--preguntó nuestro joven.
+
+Miróle de alto abajo el lacayo, extrañando, sin duda, que por tal
+dependencia le preguntase un mancebo, buen mozo, que transcendía á la
+legua á hidalgo y á valiente, y que llevaba con suma gracia su traje de
+camino.
+
+--No os dejarán llegar á la cocina de su majestad--contestó el lacayo
+después de un momento de importuna observación--si no decís á quién
+buscáis.
+
+--Busco--dijo el joven--al cocinero mayor.
+
+--¡Ah! Pues si buscáis al señor Francisco Montiño, os aconsejo que le
+esperéis mañana, á las ocho, en la puerta de las Meninas; todos los días
+va á esa hora á oír misa á Santo Domingo el Real.
+
+Y el lacayo, creyendo haber dado al joven bastantes informes, se
+marchaba.
+
+--Esperad, amigo, y decidme si no vais de prisa: ¿por qué razón he de
+esperar á mañana y esperar fuera del alcázar?
+
+--Porque el cocinero mayor, aunque vive en el alcázar, no recibe en él á
+persona viviente.
+
+--¡Cómo!
+
+--No recibe en su casa por dos muy buenas razones.
+
+--¿Y cuáles son esas buenas razones?
+
+--La una es su mujer y la otra su hija; desde que su hija cumplió los
+catorce años nadie entra en su cuarto; y desde que se casó en segundas
+nupcias ha clavado las ventanas que dan á las galerías.
+
+--¡Bah! Pero recibirá en la cocina.
+
+--Menos que en su casa. Allí no recibiría ni al mismo rey.
+
+--No importa. Yo sé que me recibirá.
+
+--Mucha persona debéis ser para él.
+
+--Soy su sobrino.
+
+Cambió de aspecto el lacayo al oír esta revelación; dejó su aspecto
+altanero y un si es no es insolente; pintóse en su semblante una
+expresión servicial y cambió de tono; lo que demostraba que el cocinero
+mayor tenía en palacio una gran influencia, que se le respetaba, y que
+este respeto se transmitía á las personas enlazadas con él por cualquier
+concepto.
+
+--¡Ah! ¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco
+Montiño?--dijo acompañando sus palabras con una sonrisa suntuosa--; eso
+es distinto, vamos, y llevaré á vuesa merced hasta donde sin tropezar y
+en derechura pueda encaminarse á la cocina.
+
+Y, volviendo atrás, se entró por una puertecilla situada en un ángulo,
+subió por una escalera de caracol y salió á una larga galería.
+
+El joven siguió tras él y así atravesaron algunas puertas, en todas las
+cuales había centinelas; pero muy pronto empezaron á recorrer enormes
+salones desamueblados en la parte íntima, por decirlo así, del alcázar.
+
+Subieron otras escaleras, y en lo alto de ellas se detuvo el lacayo.
+
+--Desde aquí--dijo--nadie atajará á vuesa merced, porque sólo las gentes
+de la casa andan por esta parte; siga vuesa merced adelante hasta el
+cabo de la crujía, y el olor le guiará.
+
+Y después de un respetuoso saludo, dejó solo al sobrino de su tío.
+
+En efecto, cuando el joven estuvo al fin de la crujía le dió en las
+narices un olor indefinible, suculento, emanación de cien guisos, aroma
+especial que sólo analiza un cocinero; guiado por aquel rastro, el joven
+siguió adelante, y muy pronto atravesó una gran puerta y se encontró en
+la cocina de su majestad.
+
+Llenaba aquel espacio, pulcramente blanqueado, una atmósfera que
+alimentaba; aspirábase allí una temperatura sofocante; cantaban,
+chirriaban, chillaban en coro una multitud de ollas y cacerolas; veíanse
+en medio de una niebla _sui generis_ una multitud de hombres y de
+muchachos, oficiales los unos, pinches los otros, galopines los más y
+pícaros de cocina; aquel era un taller en forma, en que se iba, se
+venía, se picaba, se espumaba, se soplaba, se veían acá y allá limpios
+utensilios, brillaba el fuego y, últimamente, en una larga percha se
+veían capas de todos colores y espadas y dagas de todas dimensiones.
+
+Por el momento nadie reparó en el joven; pero él se encargó de que
+reparasen en él dirigiéndose á un oficial que traía asida por las dos
+manos una descomunal cuajadera.
+
+--¿Queréis decirme--le preguntó--dónde está el cocinero mayor?
+
+Dejó el oficial la cuajadera sobre una mesa y se volvió al joven,
+limpiándose las manos en su mandil.
+
+--¡Ta, ta! ¡El cocinero mayor!--dijo con acento zumbón--. Si por ventura
+venís á buscar trabajo, echadle un memorial.
+
+--No busco trabajo, le busco á él.
+
+--No está.
+
+--Ya sé que no recibe en la cocina; pero si está, decidle que le busca
+su sobrino, que acaba de llegar de su pueblo y que le trae una carta de
+su hermano el arcipreste.
+
+Operóse en la actitud, en el semblante y en las palabras del oficial la
+misma transformación que se había operado en el lacayo, pero de una
+manera tan marcada, que el joven no pudo menos de comprender que si su
+tío era una influencia poderosa en el alcázar, en la cocina era una
+omnipotencia.
+
+--¿Conque vuesa merced es sobrino del señor Francisco Montiño?-dijo el
+oficial completamente transformado--. ¡Qué diablo! Su merced no está.
+
+Habían rodeado á la sazón al joven una turba de galopines que le miraban
+con las manos á las espaldas, ojos que se reían y bocas que rebosaban
+malicia.
+
+Como que se trataba de un profano.
+
+--¿Y dónde encontraré á mi tío?.. Me urge... me urge de todo punto--dijo
+el joven con acento impaciente.
+
+--Yo diré á vuesa merced dónde está su tío--dijo un galopín--: el señor
+Francisco Montiño está prestado.
+
+--¡Cómo prestado!--dijo el oficial.
+
+--Prestado al señor duque de Lerma--dijo otro pinche.
+
+--Como que está malo de un atracón de setas el cocinero del duque.
+
+--Y el duque tiene convidados.
+
+--Por último, ¿mi tío no volverá probablemente?--dijo el joven.
+
+--No volverá, caballero--dijo otro de los oficiales--, porque me han
+encargado que sirva la cena de su majestad.
+
+--¿Y dónde vive el duque de Lerma?
+
+--¡Toma!--exclamó un pinche como escandalizado--. En su casa; es
+menester venir de las Indias para no saber dónde vive el duque.
+
+--Calle de San Pedro, caballero--dijo el oficial encargado
+accidentalmente de la cocina--; cualquier mozo de cuerda á quien vuesa
+merced pregunte le dará razón.
+
+Tomó el joven las señas que le dieron, las fijó en la memoria, como que
+tanto le importaban, y despidiéndose de aquella turba, salió y tomó la
+crujía adelante; pero fué el caso que, como el alcázar era un laberinto
+para él desconocido, en vez de volver por el mismo camino de antes, tomó
+la dirección opuesta, bajó unas escaleras, y se encontró en habitaciones
+amuebladas, entapizadas, alfombradas é iluminadas, porque ya era casi de
+noche, y en las que había algunos lacayos.
+
+Pero marchaba el joven de una manera tan decidida, absorto en sus
+pensamientos y sin reparar en nada, que, sin duda porque por aquella
+parte habían quedado atrás las entradas difíciles, y no circulaban más
+que los que estaban autorizados para ello, nadie le preguntó, ni le puso
+obstáculos, ni le dijo una palabra.
+
+Y así continuó hasta un estrecho pasadizo, medio alumbrado por un farol
+clavado en la pared, y enteramente desierto, donde hubo de sacarle de su
+distracción una voz de mujer, grave, sonora, que hablaba sin duda con
+otra detrás de una mampara próxima, y que le dejó oír involuntariamente
+las siguientes palabras:
+
+--Me va en ello más que piensas... es preciso; preciso de todo punto...
+¡oh, Dios mío!
+
+Nuestro joven hizo entonces lo que en igual situación hubiera hecho el
+más hidalgo: comprendió que una casualidad le había llevado á un lugar
+donde dos mujeres se creían solas, que las graves palabras que había
+oído pertenecían sin duda á un secreto que él no debía sorprender, y se
+hizo atrás dirigiéndose á la puerta inmediata; pero aquella puerta
+estaba cerrada.
+
+Dirigióse á la ventura á otra, pero al llegar á ella se abrió y salió
+una dama.
+
+El joven dió un paso atrás, y se quitó el sombrero. La dama que salía
+dió un ligero grito de sorpresa, y quedó inmóvil.
+
+--¿Qué hace este hombre aquí?--dijo con la voz notablemente alterada.
+
+--Perdonad, señora, pero...
+
+--¿Pero qué?--exclamó con impaciencia la dama.
+
+--Soy forastero: He venido al alcázar á ver á mi tío, y al salir me he
+perdido.
+
+--¿Y quién es vuestro tío?
+
+--El cocinero mayor del rey.
+
+--¡Ah!¿sois sobrino del cocinero mayor?--repuso la dama, cuya voz estaba
+alterada por una conmoción profunda--; comprendo: venís de las cocinas.
+
+--Así es, señora--contestó el joven--, que contrariado y confuso por su
+torpeza, tenía la vista fija en el suelo.
+
+--Habéis bajado por las escaleras por donde se sirve la vianda á su
+majestad; habéis cruzado la galería de los Infantes, y os habéis metido
+en la portería de damas... ¡y esos maestresalas!... ¡estarán durmiendo!
+
+--Yo siento, señora... yo quisiera...
+
+--¿Cuánto tiempo hace que estáis en esta galería?
+
+--Hace un momento, señora; como que al abrir esta puerta, buscaba una
+salida.
+
+--¿Y no habéis oído hablar á nadie?
+
+--No, señora.
+
+Y entonces el joven alzó los ojos, miró á la dama y se puso pálido.
+
+Lo que había causado la palidez del joven, era la hermosura de la dama y
+la expresión de sus grandes ojos, fijos en él, de una manera particular.
+
+--La casualidad que os ha traído aquí--dijo la dama--, os pudiera costar
+cara.
+
+--Sucédame lo que quiera, me pasará indudablemente menos de ello que de
+haberos disgustado.
+
+--Venid--dijo la dama--, cuya voz tenía todavía el acento irritado,
+trémulo, conmovido.
+
+Y en paso rápido, fuerte, enérgico, tiró la crujía adelante, llegó á una
+puerta, abrió su pestillo con un llavín dorado, la pasó y repitió con
+impaciencia:
+
+--¡Seguid! ¡Seguid!
+
+Se encontró el joven en otra galería menos alumbrada; por último, la
+dama tomó por una escalera obscura.
+
+El joven la siguió á tientas; nada veía: sólo percibía el ardiente
+hálito de la dama, el crujir de su traje de seda, la fuerte huella de su
+paso.
+
+Al fin de la escalera sintió abrir una puerta, y la voz de la dama que
+le dijo:
+
+--Salid: id con Dios.
+
+Fué tal el acento de la dama al despedirle, que el joven no se atrevió á
+contestar: salió, sintió que cerraban la puerta, y se encontró en un
+ámbito tenebroso, del cual no podía apreciar otra cosa sino que estaba
+embaldosado de mármol, por el ruido que producían sobre el pavimento sus
+pisadas.
+
+Con las manos delante, á tientas, siguió á lo largo de una pared;
+torció, revolvió, anduvo perdido un gran espacio, y al fin, guiado por
+el resplandor de una luz que se veía tras una puerta, se dirigió á ella,
+se encontró en una galería baja y luego en el patio.
+
+Acontecióle entonces lo que nos acontece cuando despertamos de una
+molesta pesadilla: su corazón se espació y aspiró con placer el aire
+frío que, zumbando en las cornisas, penetraba en remolino hasta el fondo
+del patio.
+
+Pero la impresión de toda pesadilla, continúa aun después de despertar;
+el joven guardaba una fuerte impresión de su aventura, pero
+indeterminada, vaga, como un sueño; aquella impresión partía de la dama
+que había visto un momento; recordaba, con no sabemos qué agitación, que
+era una mujer tan hermosa como no había visto otra; pero no recordaba
+los rasgos de su semblante, ni el color de sus ojos, ni el de sus
+cabellos, ni su apostura, ni su traje; habíale acontecido lo que al que
+mira de frente al sol, que solo ve luz, una luz que le deslumbra, que
+sigue lastimando sus ojos después de haberlos cegado; estaba seguro de
+no conocerla si por acaso la veía otra vez, y esto le desesperaba; no se
+daba razón del sentimiento que aquella impresión le hacía experimentar;
+no pensó en que podía estar enamorado, como al recibir una estocada
+nadie por el momento se cree herido de muerte.
+
+El amor es hijo de la imaginación; la imaginación del joven no había
+tenido tiempo ni aun para formar el embrión de ese fantasma ardiente á
+quien damos la forma de la mujer que ha hablado fuertemente á nuestros
+sentidos; estaba aturdido y nada más.
+
+Así es que, profundamente preocupado, se dirigió por un instinto á una
+salida, y por efecto de su preocupación, ni vió dos hombres embozados,
+que estaban parados en la puerta de las Meninas, ni oyó este breve
+diálogo, que pronunciaron al pasar el joven junto á ellos:
+
+--¿Ha salido?
+
+--Sí.
+
+--¿Cuándo?
+
+--Hace algunos minutos.
+
+--¿En litera?
+
+--En litera.
+
+El joven pasó y maquinalmente tomó por la embocadura de una calle
+inmediata.
+
+La noche cerraba á más andar: el temporal seguía; la lluvia lenta,
+sorda, pesada, espesa, producía un arroyo en el centro de la calle, y
+las gentes, rebujadas en sus capas ó en sus mantos, pasaban de prisa.
+
+Era esa hora melancólica del crepúsculo vespertino, anticipada por el
+estado de la atmósfera, y por la niebla que empezaba á tenderse sobre la
+tierra. En aquel tiempo las calles de Madrid no estaban alumbradas, ni
+empedradas, ni abundaban las tiendas, y las pocas que existían, se
+cerraban al obscurecer; andaba poca gente por las calles, porque
+entonces Madrid, teniendo una periferia casi tan extensa como ahora,
+tenía mucha menos población; las casas, construídas en su mayor parte _á
+la malicia_, como se decía entonces, ó para que lo entiendan nuestros
+lectores, con un solo piso, para librarse de la carga de aposento con
+que estaban gravadas las que se elevaban más, eran bajas, de pobre
+aspecto, y muchas de ellas de madera; las calles eran irregulares,
+tortuosas, estrechas, con entrantes y salientes, y singularmente por la
+parte contigua al alcázar, por donde marchaba nuestro joven, eran un
+verdadero laberinto, habiendo trozos en que no se veía una sola puerta,
+á causa de formarlos las tapias de los huertos de los cuatro ó cinco
+conventos que había en aquel barrio.
+
+En uno de estos callejones escuetos y solitarios se detuvo de repente
+nuestro joven, que había llegado hasta allí maquinalmente, para
+orientarse del lugar en que se encontraba.
+
+El frío y la lluvia le habían vuelto al mundo real; miró en torno suyo
+en busca de una persona á quien preguntar, y se encontró solo; pero de
+repente, sin que antes hubiese sentido pisadas, sintió que se asían á su
+capa, y oyó una voz de mujer que le decía con precipitación:
+
+--¡Dadme vuestro brazo, y seguid adelante, seguid!
+
+Volvióse el joven, y vió junto á él una mujer de buena estatura, de buen
+talante, de buen olor, completamente envuelta en un manto negro.
+
+--¡Seguid, seguid adelante!--dijo la dama con doble impaciencia--; y no
+hagáis extrañeza ninguna, que me importa. Yo os explicaré... ¡pero
+seguid!
+
+Y la tapada levantó por sí misma la halda de la capa del joven, y se
+asió á su brazo y tiró de él.
+
+--¡Yo os digo que sigáis adelante!--exclamó la incógnita con
+irritación--; ¡ó es que sois tan poco hidalgo, que no queréis favorecer
+á una dama!
+
+No permitiendo la sorpresa contestar al joven, se limitó á dejarse
+conducir por la tapada.
+
+--Pero, ¡yo os arrastro! ¡yo os llevo!--dijo ésta con acento en que
+brotaba un tanto de irritación--; ¡y lo notará quien nos vea! ¿Cómo
+llevaríais á vuestra amante, caballero?
+
+--¡Ah! ¡según!--dijo el joven--... si íbamos huyendo de un marido, de un
+padre, ó un hermano...
+
+--No, no tanto como eso: marchemos naturalmente, como dos enamorados á
+quienes importan poco el frío, la lluvia y el viento.
+
+--Sea como vos queráis--dijo el joven--; y paréceme que si yo os
+conociera, sería muy posible, casi seguro, mi enamoramiento.
+
+--¿De dónde sois, caballero?--dijo la tapada, marchando ni más ni menos
+que si no hubiera llovido, y se hubiese encontrado junto al hombre de su
+elección.
+
+--Soy... pero dispensad, señora; ni comprendo lo que me sucede, ni puedo
+adivinar el objeto de vuestra pregunta.
+
+--Os pregunto que de dónde sois, porque me parecéis un tanto cortesano:
+me estáis enamorando á la ventura sin soltar prenda.
+
+--Pues os engañáis, señora; no soy cortesano sino desde esta tarde.
+
+--¡Cómo! ¿no habéis venido hasta ahora á la corte?
+
+--No; y sin embargo, aunque no llega á una hora el tiempo que hace que
+estoy en ella, me han sucedido tales aventuras...
+
+--¿Aventuras y en una hora?
+
+--Sí por cierto: he reñido con un palafrenero del rey; he conocido á dos
+grandes señores; me he perdido en el alcázar...
+
+--¡Ah! ¡os habéis perdido... en el alcázar...! ¿y qué aventura os ha
+sucedido al perderos?
+
+--¡Perderme!--exclamó el joven, y suspiró porque se acordó de la
+hermosura de la dama de la galería.
+
+--En palacio es el perderse muy fácil--dijo la dama--, y os aconsejo que
+si alguna vez entráis en él, os andéis con pies de plomo; ¿y no os ha
+acontecido más aventura después de haberos... perdido en el alcázar?
+
+--Sí, sí por cierto: ¿no os parece una muy singular aventura esta en que
+me encuentro con vos, á quien no conozco, que se me os habéis venido sin
+saber de dónde y que...?
+
+--¿Y qué...?
+
+--Podéis acabar de perderme.
+
+--¡Yo!
+
+--Sí, vos: debéis ser muy hermosa, señora, y muy principal, y hallaros
+metida en un gran empeño.
+
+--Explicadme...
+
+--Os siento apoyada en mi brazo, y ¡Dios me perdone!, pero quien tiene
+tan hermoso brazo, debe tenerlo todo hermoso.
+
+--En la tierra de donde venís, ¿se acostumbra á abusar de las mujeres,
+caballero?
+
+--¡Ah!, perdonad: yo no creía...
+
+--Vos lo habéis dicho: soy una dama principal: más de lo que podéis
+creer, y, como habéis supuesto, me encuentro en un gran conflicto.
+
+--Vuestra voz, aunque quisistéis disimularlo, era un tanto trémula
+cuando me hablásteis: vuestro brazo, al asirse al mío, temblaba.
+
+--Acortad el paso y bajad más la voz--dijo la dama--; nos siguen.
+
+--Y vos, cuando os siguen, ¿os detenéis?
+
+--Cuando sé que quien me sigue tiene dudas de si soy yo ó no soy,
+procuro no desvanecerlas huyendo: quien huye teme.
+
+--¿Y vos no teméis?
+
+--Sí por cierto, y porque temo mucho, procuro que quien me sigue dude;
+dude hasta tal punto, que siga su camino creyendo que pierde el tiempo
+en seguirme.
+
+--¿No es vuestro esposo quien os sigue?
+
+--Yo no soy casada.
+
+--¿Ni vuestro padre?
+
+--Está sirviendo al rey fuera de España.
+
+--¿Ni vuestro hermano?
+
+--No le tengo.
+
+--¿Ni vuestro amante?
+
+--Nunca le he tenido.
+
+--¡Ah!
+
+--¿Qué os sucede?
+
+--Quisiera saber quién os sigue.
+
+--No volváis la cara, que sin que la volváis os sobrará acaso tiempo de
+saberlo.
+
+--Pero si no es asunto vuestro...
+
+--¿Sabéis que sois muy curioso, caballero?
+
+--¡Ah!, perdonad: me callaré.
+
+--No, hablad; hablad.
+
+--Pero si mis palabras os ofenden...
+
+--Habladme de lo que queráis.
+
+--¡Ah! ¿de lo que yo quiera? Yo quisiera conoceros.
+
+--¿Y para qué?
+
+--Os repito que debéis ser muy hermosa.
+
+--Mirad no os engañe vuestro deseo.
+
+--Descubrid el rostro.
+
+--Mostraros el rostro ahora sería comprometer acaso un secreto que no es
+mío.
+
+--¡Cómo!
+
+--Si pudiérais dar señas de la mujer á quien vais acompañando...
+
+--Soy noble y honrado.
+
+--No os conozco.
+
+--Y sin embargo, os habéis amparado de mí.
+
+--A la ventura, á la desesperada.
+
+--¿Y no os inspira confianza la manera respetuosa con que os trato?
+
+--Respetuosa y reservada, por ejemplo, no me habéis dicho quiénes eran
+los dos grandes señores que habéis conocido.
+
+--¿Y por qué no? Eran el conde de Olivares y el duque de Uceda.
+
+--¿Y cómo? ¿por qué habéis conocido á esos caballeros?
+
+--Terciaron en mi disputa con el palafrenero.
+
+--¡Ah!, y decidme: ¿de dónde salían?
+
+--De las caballerizas del rey.
+
+--¡Ah!, ¡es extraño!--dijo la dama--; ¡juntos y en público Olivares y
+Uceda!
+
+Y la dama guardó silencio por algunos segundos.
+
+Seguían andando lentamente; por fortuna la lluvia no arreciaba; y los
+anchos y bajos aleros de las casas los protegían.
+
+El forastero iba fuertemente impresionado. La tapada apoyaba con
+indolencia su brazo, un brazo mórbido y magnífico, á juzgar por el
+tacto; su andar era reposado, grave, indolente; el movimiento de su
+cabeza lleno de gracia, de atractivo; su voz sonora, dulce,
+extremadamente simpática, y se exhalaba de ella una leve atmósfera
+perfumada. Además, una preciosa mano cuajada de anillos y extremadamente
+blanca y mórbida, sujetaba su manto cerrado sobre su rostro, sin dejar
+abierto más que un candil, una especie de pliegue demasiado saliente,
+para que pudiera vérsela ni un ojo.
+
+La noche empezaba á cerrar densamente obscura.
+
+El joven empezaba á aturdirse con lo que le acontecía.
+
+--¿Y qué aventura os sobrevino en el alcázar cuando os perdísteis?
+
+--Os lo repito: mi aventura en el alcázar ha sido perderme.
+
+--Pero esa es una palabra que puede entenderse de muchos modos.
+
+--¡Ah, señora...! ¡tengo una sospecha...!
+
+--¿Qué?--dijo con cuidado mal encubierto la dama.
+
+--Que acaso vos seáis la causa de que yo me haya perdido.
+
+--¡Yo! ¡y no me conocéis!
+
+--Esa es mi desesperación: que no os conozco, y os recuerdo.
+
+--¿Sabéis que ya es obra el entenderos? Si no me conocéis, ¿como podéis
+recordarme?
+
+--Pues ese es el caso: yo os he visto un momento, un momento nada más, y
+os he visto tan hermosa que me habéis cegado...
+
+--¿Que me habéis visto? ¿Y dónde?
+
+--Cuando os asísteis á mí, teníais abierto el manto.
+
+--¡Oh! ¡no! no recuerdo haberme descuidado. Y si no, ¿de qué color son
+mis ojos?
+
+--Es que vuestra hermosura me ha deslumbrado, señora, y cuando he vuelto
+á abrir los ojos me he encontrado á obscuras.
+
+--Nos siguen más de cerca--dijo la dama--, y mucho será de que quien nos
+sigue, á pesar de todo, no me conozca.
+
+--La noche está obscura, señora; hace tiempo que vamos por calles
+desiertas: al que estorba se le mata.
+
+--¡Ah!--exclamó la dama y estrechó el brazo del joven.
+
+--Decidme: detened á ese hombre, y no da un paso más.
+
+--¿Y mataríais por mí á quien no conocéis? ¿á un hombre que ningún mal
+os ha hecho?
+
+--Sí.
+
+--¿Y si no fuera yo quien creéis?
+
+--¿Quién otra pudiera ser?
+
+--La dama de palacio.
+
+--Es que yo no he visto en palacio ninguna dama.
+
+--¿La habéis prometido callar?
+
+--Os juro que á ninguna dama he visto.
+
+--Decidme... pero rodeemos por esta calle: ¿á qué habéis venido á
+Madrid?
+
+--A buscar á mi tío, que es el cocinero mayor del rey.
+
+--¡Ah! ¿y al arrimo de vuestro tío, venís á pretender algún oficio á la
+corte?
+
+--Yo, señora, no pretendo nada.
+
+--¿Sois rico?
+
+--Soy pobre. Pero para servir bajo las banderas del rey como soldado, no
+son necesarios empeños.
+
+--¿De modo que...?
+
+--Vengo á traer á mi tío el cocinero una carta de mi tío el arcipreste.
+
+--¡Ah! ¿y de dónde venís...!
+
+--De Navalcarnero.
+
+--¿Y nunca habéis salido de esa villa?
+
+--Sí, por cierto, señora. He cursado en la Universidad de Alcalá.
+
+--¡Ah! ¡ya decía yo!
+
+--¿Y qué decíais vos?
+
+--Que no érais novicio. ¡Estudiante! ¡ya!
+
+--Y estudiante de teología.
+
+--¿Y ordenado?
+
+--No por cierto. Me gusta más el coselete que la sotana, y luego el
+amor... ¡poder amar sin ofender á Dios ni al mundo!
+
+--No sabéis hablar más que de amor.
+
+--Pues mirad; hasta ahora no he amado.
+
+--¿Amáis á la dama del juramento?
+
+--Os juro, señora...
+
+--Si yo fuese la dama de la galería...
+
+--¡Ah!
+
+--Si yo fuese la que de tan mal talante os echó por una escalera
+excusada...
+
+--¿Vos me libertáis de mi promesa?
+
+--Y porque habéis cumplido bien, espero que me contestéis en verdad: ¿es
+cierto que os he causado tal impresión, que no recordáis mi semblante?
+
+--Os lo juro por mi honra.
+
+--Pues bien; olvidad de todo punto vuestro amor que empieza; es tiempo
+aún: cuidad que no me volveréis á ver, cuidad que es un sueño lo que os
+sucede, y seguid callando como callábais.
+
+--¡Oh! ¡sí! ¡callaré! pero amaré... os amaré... aunque no os conozca...
+¡os amaré siempre!... ¡sin esperanza...!
+
+--Olvidemos locuras y hablemos de lo que importa, porque vamos á
+separarnos. Parémonos en esta esquina. Respondedme, si es verdad que he
+causado en vos la impresión que decís. ¿Oísteis hablar á alguien en la
+galería?
+
+--Sí.
+
+--¿Qué oísteis...?
+
+--Estas ó semejantes palabras: «me va en ello la vida ó la honra...»
+ello era gravísimo. ¿Y queréis que sea franco con vos? He creído que
+quien pronunciaba aquellas palabras era...
+
+La tapada puso su pequeña mano sobre la boca del joven, y éste,
+aprovechando la ocasión, la retuvo, la besó; la dama dió un ligero
+grito, y desasió con fuerza su brazo de la mano del joven; en ésta quedó
+un brazalete, que el joven guardó rápidamente, y aprovechando el haberse
+descompuesto el manto de la dama, la miró:
+
+--¡Ah!--exclamó con desesperación.
+
+--Está la noche muy obscura--dijo la dama cubriéndose de nuevo.
+
+--¿Y no tendréis compasión de mí...?
+
+--Escuchadme y servidme.
+
+--Os serviré.
+
+--Desde aquí voy á seguir sola.
+
+--¡Sola!
+
+--Sí. Allí, junto aquella puerta, hay un hombre parado. Es necesario que
+ese hombre no pueda seguirme.
+
+--No os seguirá.
+
+--Evitad matarle, si podéis. Con que le entretengáis un breve espacio
+estaré en salvo.
+
+--¿Pero nada me decís? ¿Ninguna señal vuestra me dais?
+
+--¡Ah! ¿queréis una señal? Tomad.
+
+--¿Y qué es esto...?
+
+--Tomadlo.
+
+--¡Una joya!
+
+--No, una señal. Y oíd: seguid guardando un profundo secreto acerca de
+vuestras dos aventuras conmigo. Vos no habéis estado en la portería de
+damas, vos no habéis oído nada. Sobre todo no sospechéis, no os atreváis
+á adivinar que quien ha pronunciado aquellas graves palabras, ha sido...
+
+--¡La reina!
+
+--Sí--dijo la tapada inclinándose al oído del joven y con voz ardiente y
+entrecortada--: era la infeliz Margarita de Austria. Ya veis si confío
+en vos. Deteniendo á ese hombre que me sigue, servís á su majestad. Sed
+caballero y leal, y tened por seguro que aunque no volváis á verme
+vuestra fortuna ha de dar envidia á muchos.
+
+--¡Oh! ¡esperad! ¡esperad, señora!
+
+--¿No os he dejado una prenda?
+
+--Pero...
+
+--No puedo detenerme más. Adiós; impedid que ese hombre me siga. Adiós.
+
+Y la tapada tiró una calleja adelante.
+
+El bulto que estaba parado á alguna distancia, adelantó á buen paso.
+
+--¡Eh! ¡atrás! ¡no se pasa!--dijo nuestro forastero, echando al aire la
+daga y la espada.
+
+El que venía hizo un movimiento igual, y sin decir una palabra, embistió
+al joven.
+
+--Os aconsejo que os vayáis--dijo éste, acudiendo al reparo de los
+golpes que le tiraba el embozado--, porque si no os vais, os va á
+suceder algo desagradable. ¡Hola! ¿se me os venís con estocadas?
+¡perfectamente! pero es el caso que yo no quiero mataros, amigo mío.
+
+Echó fuera dos ó tres estocadas bajas, y aprovechando un descuido del
+contrario, le dió un cintarazo encima del sombrero.
+
+--Eso ha podido ser un tajo que se os hubiese entrado hasta los
+dientes--dijo el joven pronunciando esta nota con una calma admirable.
+
+El otro redobló su ataque.
+
+--Es el caso que yo no quiero mataros--dijo el sobrino de su tío--; no
+por cierto: sería bautizar mi entrada en Madrid con sangre. ¡Ah! ¿os
+empeñáis? pues... allá voy, camarada...
+
+Y se cerró en estocadas estrechas, obligando al contrario á repararse
+con cuidado.
+
+--¡Ah! ¡ah!--murmuró el joven--; en la corte no saben más que _echar
+plantas_; paréceme que ya le tengo para el desarme de mi tío el
+arcipreste. ¡Veamos! ¡Pobre hombre! ¡Bah! ¡estáis preso! ¡Sois mío!
+
+El forastero había cogido á su contrario en el momento en que tenía
+puesta su daga sobre la espada, cerca de su empuñadura; había metido una
+estocada baja y diagonal por el ángulo estrecho formado por la daga y
+por la espada del incógnito y había hecho una especie de trenza con los
+tres hierros, sujetándolos contra el muslo izquierdo de su contrario.
+
+Era un desarme completo; el enemigo no podía valerse de sus armas; entre
+tanto, al forastero le quedaba franca la daga para herir, pero no hirió.
+
+--Idos--dijo al otro--; puedo mataros, pero no quiero asustar á mi buena
+suerte tiñéndola de sangre la primera noche que entro en Madrid;
+envainad vuestros hierros y volvéos por donde habéis venido.
+
+Y diciendo esto sacó su espada del desarme, se retiró dos pasos del
+otro, que había quedado inmóvil, y luego se embozó y tiró la calle
+adelante por donde había desaparecido la tapada.
+
+El vencido quedó solo, inmóvil; un momento después de haberse alejado su
+generoso vencedor, relumbraron luces en una calleja y adelantó un
+hombre, á quien seguían otros cuatro.
+
+Aquellos hombres eran alguaciles y traían linternas.
+
+
+
+
+CAPÍTULO II
+
+INTERIORIDADES REALES
+
+
+Doña Juana de Velasco, duquesa viuda de Gandía, era camarera mayor de la
+reina.
+
+La viudez ú otras causas que no son de este lugar, habían empalidecido
+su rostro y poblado, aunque ligeramente, de canas sus cabellos.
+
+Pero, á pesar de esto, el rostro de doña Juana era bastante bello,
+dulcemente melancólico, y sobre todo expresaba de una manera marcada la
+conciencia que la buena señora tenía de su nobleza, que, según los
+doctores del blasón, se remontaba nada menos que á los tiempos de la
+dominación romana.
+
+Satisfecha con su cuna, con la posición que ocupaba en la corte y con
+sus rentas, que la bastaban y aun la sobraban para destinar parte de
+ellas á la caridad, doña Juana de Velasco, ó sea la duquesa de Gandía,
+era feliz, salvo algunos importunos recuerdos de su juventud.
+
+No se crea por esto que la camarera mayor de la reina gozaba de una
+manera pasiva de su buena posición, ni que de tiempo en tiempo no la
+molestase algún grave disgusto.
+
+Si la duquesa de Gandía no hubiese funcionado como una rueda, más ó
+menos importante, en la máquina de intrigas obscuras que estaba
+continuamente trabajando alrededor de Felipe III, no hubiera sido
+camarera mayor de la reina.
+
+La duquesa de Gandía era acérrima partidaria de don Francisco de
+Sandoval y Rojas, duque de Lerma, marqués de Denia y secretario de
+Estado y del despacho.
+
+Tenía para ello muy buenas razones, porque sólo apoyándose en buenas
+razones, podía ser amiga del duque la virtuosa duquesa.
+
+Dotada de cierta penetración, de cierta perspicacia, comprendía la
+duquesa que Felipe III, si bien era rey por un derecho legítimo, que
+nadie podía disputarle, era un rey que no era rey más que en el nombre.
+
+Sabía perfectamente la duquesa, sin que la quedase la menor duda, que
+Felipe III era miope de inteligencia; que sólo había heredado de su
+abuelo Carlos V ciertos rasgos degradados de la fisonomía; que el cetro
+se convertía en sus manos en rosario; que era débil é irresoluto,
+accesible á cualquiera audacia, á cualquiera ambición que quisiera
+volverle en su provecho, y lo menos á propósito, en fin, para regir con
+gloria los dilatadísimos dominios que había heredado de su padre.
+
+La duquesa para decirlo de una vez, estaba plenamente convencida de que
+el rey necesitaba andadores.
+
+La duquesa estaba también completamente convencida de que el duque de
+Lerma venía á ser los andadores de Felipe III.
+
+El carácter tétrico del rey; su indolencia; su repugnancia, mal
+encubierta, á la gestión de los negocios públicos; su falta de
+instrucción y de ingenio, hacían de él un rey vulgarísimo, en el cual
+ningún ministro podía apoyarse confiadamente, puesto que cualquiera
+intriga mal urdida bastaba para dar al traste con el favorito y para
+establecer esa sucesión ruinosa de gobernantes egoístas é interesados
+que, desprovistos de todo pensamiento noble y fecundo, alentados sólo
+por una ambición repugnante, dan el miserable espectáculo de una lucha
+mezquina, que acaba por empequeñecer, por degradar á la nación que sufre
+con paciencia esta vergonzosa guerra palaciega.
+
+El duque de Lerma, que después de una larga vida de cortesano, que le
+había hecho práctico en la intriga, llegó á ser árbitro de los destinos
+de España como ministro universal al advenimiento al trono de Felipe
+III, se había visto obligado, desde el principio de su privanza, á
+rodear al rey de hechuras suyas, á intervenir hasta en las
+interioridades domésticas de la familia real, y, lo que era más fatigoso
+y difícil, á contrabalancear la influencia de Margarita de Austria que,
+menos nula que el rey, quería ser reina.
+
+Esto era muy natural; pero por más que lo fuese no convenía al duque de
+Lerma, que quería gobernar sin obstáculos de ningún género.
+
+La duquesa de Gandía, pues, con muy buena intención, y creyendo servir á
+Dios y al rey, era el centinela de vista puesto por el duque junto á la
+reina.
+
+Servía la duquesa á Lerma tan de buena voluntad, con tan buena
+intención, ya lo hemos dicho, como que creía que todo lo que faltaba á
+Felipe III para ser un mediano rey, sobraba á Lerma para ser un buen
+ministro.
+
+Militaban además en el ánimo de la duquesa en pro del favorito, razones
+particulares de agradecimiento.
+
+La duquesa era madre.
+
+Lerma favorecía abiertamente á su hijo, el joven duque de Gandía,
+confiriéndole encargos altamente honoríficos.
+
+Por rico y por noble que sea un hombre, hay ciertos cargos que enaltecen
+su posición, que aumentan su brillo.
+
+La duquesa de Gandía estaba con justa causa agradecida al duque de
+Lerma.
+
+Y como los bien nacidos no excusan nunca obligaciones á su
+agradecimiento, la duquesa servía á Lerma por convicción y por deber.
+
+Pero era el caso que Lerma tenía más vanidad que perspicacia, y solía
+suceder que construyese sus más soberbios edificios sobre arena.
+
+Así es que con frecuencia se equivocaba en la elección de sus
+instrumentos, tomando lastimosamente la adulación por afecto y el
+servilismo por solicitud.
+
+El duque de Lerma se había creado sus enemigos en sus mismos
+instrumentos, y debía conservar el poder hasta el momento en que,
+robustecidos por él sus adversarios, se encontrasen bastante fuertes
+para derrocarle.
+
+Respecto á la duquesa de Gandía, la equivocación de Lerma había sido de
+distinto género: ella le servía de buena fe, pero la duquesa no servía
+para el objeto á que la había destinado el duque.
+
+Porque la reina era más perspicaz, y sin ser un prodigio, porque en los
+tiempos de Felipe III, los prodigios personificados habían dejado
+completamente de manifestarse en España; sin ser un prodigio la reina,
+tenía un claro talento, y maravillosamente desarrollada esa cualidad que
+se llama astucia femenil.
+
+Desde el principio comprendió Margarita de Austria que su camarera mayor
+era un instrumento de Lerma, y no le rompió porque prefería un enemigo
+de quien podía burlarse, á arrostrar el peligro de que, más precavido el
+duque, ó más atinado en una segunda elección, la pusiese al lado una
+influencia más temible.
+
+La reina, pues, procuró neutralizar el poder de Lerma respecto al
+insuficiente espía que la había puesto al lado, colmando de favores y
+distinciones á la duquesa y demostrándola un cariño de amiga, más que de
+soberana.
+
+La duquesa tragó el anzuelo, y no vió de la reina más que lo que la
+reina quiso que viese.
+
+Lerma no logró, pues, nunca saber á lo que debía atenerse á ciencia
+cierta respecto á la reina.
+
+La duquesa creía verlo todo, y halagada de una parte por los favores del
+favorito, y de otra por el cariño traidor de la reina, vivía tranquila y
+feliz, salvo algunos disgustos inherentes á su posición, inevitables.
+
+Como mujer de Estado, tenía satisfecha su vanidad, creyéndose uno de los
+primeros y más importantes resortes del gobierno.
+
+Como mujer particular, había pasado de la edad de las pasiones, gozaba
+del respeto y de la consideración de todo el mundo, y pasaba la parte de
+vida que la dejaban libre los delicados deberes de su alto cargo,
+rezando, leyendo vidas de santos ó durmiendo.
+
+De lo expuesto se deduce que la duquesa de Gandía vivía soñando.
+
+Y como la vida es sueño, vivía.
+
+Para algo hemos presentado á nuestros lectores esta señora.
+
+Ella va á servirnos de medio para empezar á conocer de una manera
+gráfica, por decirlo así, á uno de los más importantes personajes de
+nuestro drama.
+
+Aquella misma noche en que acontecieron al sobrino de su tío las
+extraordinarias aventuras que dejamos relatadas en el capítulo anterior,
+y cabalmente en los momentos en que el joven sostenía su extraño diálogo
+con la dama encubierta, doña Juana de Velasco estaba sentada en un ancho
+sillón forrado de terciopelo, al lado de una mesa, leyendo á la luz de
+los dobles mecheros de un enorme velón de plata, un no menos enorme
+libro á dos columnas, mal impreso y cuyo papel era fuertemente moreno.
+
+Aquel libro tenía por título: _Miedos y tentaciones de San Antonio
+Abad_.
+
+La habitación en que la duquesa se encontraba era una extensa cámara del
+alcázar, cuyas paredes estaban cubiertas de damasco rojo, y adornadas
+con enormes cuadros del Tiziano, de Rafael y de Pantoja de la Cruz.
+
+El techo, obscuro, de pino, tallado profundamente, según el gusto del
+Renacimiento, estaba, á causa de su altura, casi perdido en la sombra,
+que no alcanzaba á disipar la insuficiente luz del velón; acontecía lo
+mismo respecto á las paredes que, veladas por una penumbra opaca, hacían
+aparecer de una manera extraña y descompuesta las figuras de los
+cuadros; y el fuego brillante de un brasero colocado á cierta distancia,
+en la sombra, contribuía á dar cierto aspecto fantástico y siniestro á
+aquella silenciosa cámara, en la cual no se veía de una manera
+determinada más que el plano de la mesa en que estaba el velón, parte de
+la pared, en que proyectaba una sombra fuerte la pantalla, y medio
+cuerpo de la duquesa, con su toca blanca y su vestido negro, leyendo en
+silencio y con una atención gravísima.
+
+No se oía ruido alguno, á excepción del zumbar del viento, y el
+chasquido de una ventana que el viento cerraba de tiempo en tiempo,
+produciendo un golpe seco y desagradable.
+
+La duquesa seguía engolfada en su lectura.
+
+De repente se estremeció y palideció.
+
+Había llegado á un pasaje en que el demonio estaba retratado tan de mano
+maestra, que la duquesa tuvo miedo, y cerró el libro santiguándose.
+
+Un segundo estremecimiento más profundo, más persistente, se dejó notar
+en doña Juana, que exhaló un grito y se puso de pie aterrada.
+
+No podía ser el libro lo que había causado este nuevo terror.
+
+En efecto, había sido distinta la causa.
+
+La duquesa había visto abrirse una de las paredes de la cámara, y salir
+por la abertura una sombra negra.
+
+Su sobresalto, pues, era muy natural.
+
+Pero sobre los hombros de la figura negra, había una cabeza blanca con
+sus correspondientes cabellos rubios.
+
+Era, pues, un hombre lo que la duquesa había tomado por una aparición
+del otro mundo.
+
+--¡Chists! ¡no gritéis, mi buena doña Juana!--dijo aquel hombre
+poniéndose un dedo sobre los labios--; ¿no veis que vengo solo y de una
+manera misteriosa?
+
+--En efecto, señor, y me habéis dado un buen susto--dijo la duquesa.
+
+--Vos no sabíais que en las habitaciones de la reina había puertas
+ocultas, ¿eh? pues ni yo tampoco.
+
+--Pero vuestra majestad... si saben...
+
+--Os diré: nadie puede saber nada, porque he venido emparedado.
+
+--Dejad, dejad que vuelva de mi susto, señor; ¿conque es decir que si no
+hubiera sido vuestra majestad...?
+
+--Eso digo yo: en nuestro alcázar tenemos entradas y salidas que no
+conocemos; de modo que si algún miserable como Ravaillac conoce estos
+pasadizos, estamos expuestos á morir de la muerte del rey de Francia.
+
+--En España no hay regicidas, señor: además, vuestra majestad es un rey
+justo y bueno y no tiene enemigos.
+
+--Dicen que Enrique IV era un buen rey.
+
+--Pero hereje...
+
+--¡Ah! por la misericordia de Dios, somos buenos hijos de Roma. Sin
+embargo, ¡si supiérais, doña Juana, de qué manera he sabido que se puede
+venir de mi cámara á la de la reina sin que nadie lo sepa!
+
+--¿Pues cómo? ¿no conoce vuestra majestad á quien se lo ha revelado?
+
+--Cerrad las puertas, doña Juana, cerradlas, que no quiero que nadie nos
+vea, y venid á sentaros después conmigo junto al brasero. Hace frío, sí,
+sí por cierto, mucho frío. Tenemos que hablar largamente.
+
+Mientras que la duquesa de Gandía cierra las puertas, toda admirada y
+toda cuidadosa, examinemos al rey, que se había sentado junto al
+brasero y removía el fuego aspirando su calor con un placer marcado.
+
+Felipe III sólo tenía entonces treinta y tres años, pero su palidez
+enfermiza y la casi demacración de su semblante le hacían parecer de más
+edad; su frente era estrecha, sus ojos azules no tenían brillo, ni el
+conjunto de sus facciones energía; el sello de la raza austriaca,
+ennoblecido por el emperador Don Carlos, estaba como borrado, como
+enlanguidecido, como degradado en Felipe III; aquella fisonomía no
+expresaba ni inteligencia, ni audacia, sino cuando más la tenacidad de
+un ser débil y caprichoso; el labio inferior, grueso, saliente, signo
+característico de su familia, no expresaba ya en él el orgullo y la
+firmeza: había quedado, sí, pero un tanto colgante, expresando de una
+manera marcada la debilidad y la cobardía del alma; aquel labio en
+Carlos V había representado la majestad altiva y orgullosa: en Felipe
+II, el despotismo soberbio; en Felipe III, nada de esto representaba: ni
+el dominador, ni el déspota se había vulgarizado, se había degradado; no
+era un rasgo, sino un defecto.
+
+Añádase á esto un cuerpo delgado y pequeño, caracterizado con el aspecto
+fatigoso de un cansancio habitual, y este cuerpo embutido dentro de un
+traje de terciopelo negro; añádase un cordón de seda del que cuelga
+sobre el pecho el toisón de oro; un pequeño puñal de corte, pendiente de
+un cinturón tachonado de pequeños clavos de plata, y al otro lado un
+largo rosario negro sujeto al mismo cinturón, y se tendrá una idea de
+Felipe III, tal cual se presentó á la duquesa de Gandía.
+
+--¿Habéis cerrado ya, doña Juana?--dijo el rey, después que hubo
+removido á su placer el brasero y colocádose en la posición más cómoda
+que pudo.
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Es decir, que no puede escucharnos nadie?
+
+--Nadie, señor.
+
+--Sentáos.
+
+Sentóse la duquesa, pero en una actitud respetuosa y á corta distancia
+del rey.
+
+--Acercáos, acercáos, doña Juana; hace frío... y sobre todo, tenemos que
+hablar largamente y á corta distancia, á fin de que podamos hablar muy
+bajo: vengo á buscaros como un amigo; como un amigo que se confiesa
+necesitado de vos, no como rey.
+
+--Vuestra majestad puede mandarme siempre.
+
+--No tanto, no tanto, doña Juana; ya sé yo que servís con el alma y la
+vida...
+
+--A vuestra majestad.
+
+--Ciertamente; sirviendo á Lerma, me servís, porque el duque es mi más
+leal vasallo.
+
+--Lo podéis afirmar, señor... el duque de Lerma...
+
+--El duque de Lerma me sirve bien; pero aquí, entre los dos, doña Juana,
+me tiraniza un tanto; á pretexto de que la reina es enemiga suya, me
+tiene casi divorciado; y la reina... está ofendida conmigo... ya lo
+sabéis.
+
+La duquesa se encontraba en ascuas: lo que la sucedía era un verdadero
+compromiso, porque, al fin, el rey era el rey.
+
+La rígida etiqueta de la casa de Austria, con arreglo á la cual raras
+veces se encontraba el rey libre de una numerosa servidumbre, había
+impedido hasta entonces que Felipe III la abordase con libertad, en su
+cualidad de cancerbera de la reina; pero aquella desconocida
+comunicación secreta, la había entregado sin armas y, lo que era peor,
+desprevenida, á una entrevista particular con el rey.
+
+La duquesa se calló, no encontrando por el pronto otra contestación
+mejor que el silencio.
+
+Alentado con este silencio, el rey añadió:
+
+--Vos misma conocéis la razón con que me quejo. Lerma es demasiado
+receloso, demasiado, y no sé qué motivo pueda tener para desconfiar de
+la reina, para impedirme mi libre trato con ella.
+
+--Nunca, que yo sepa, se ha cerrado á vuestra majestad la puerta de la
+cámara de su majestad, ni yo, como camarera mayor, lo hubiera permitido.
+
+--Sí; pero yo creo que las paredes de la cámara de la reina oyen.
+
+--Podrá suceder--respondió la duquesa con intención--, si las paredes de
+la cámara de su majestad tienen pasadizos como ese.
+
+Y la duquesa señaló la puerta secreta que había quedado abierta.
+
+Sea como fuere--dijo el rey--, cuando Lerma sabe que yo voy á ver á la
+reina, sabe todo lo que la reina y yo hablamos.
+
+--Protesto á vuestra majestad que ninguna parte tengo...
+
+--No, no digo yo eso, ni lo pienso, doña Juana; pero cuando la expulsión
+de los moriscos... la reina creía que el edicto era demasiado
+riguroso... pretendía que los reinos de Granada y Valencia iban á quedar
+despoblados... me indicó otros medios... estábamos solos la reina y
+yo... al día siguiente en el despacho, estuvo Lerma taciturno y serio y
+me hizo comprender con buenas palabras que lo sabía todo... es más:
+extremó los rigores, sin duda saludables, de la ejecución del edicto, y
+yo tuve después con la reina un serio disgusto; ahora, con la expedición
+de Inglaterra, la reina pretende que es aventurada, ruinosa, ineficaz...
+Lerma ha enviado allá á don Juan de Aguilar y la reina se ha negado á
+recibirme de todo punto.
+
+Detúvose el rey esperando una respuesta, pero la duquesa no contestó.
+
+--¿Pero no se os ocurre nada que decirme, doña Juana?--dijo el rey, en
+el cual se iba haciendo cada vez más visible la impaciencia--; estáis
+como asustada...
+
+--En efecto, señor, vuestra majestad acaba de decirlo: estoy asustada, y
+suplico á vuestra majestad que... señor... perdonadme, pero no se me
+ocurre nada...
+
+--Pues ello es necesario que se os ocurra, señora mía--insistió el rey
+con un tanto de aspereza--; preciso... yo no contaba con encontrar á
+nadie, porque el papel que me han dejado decía...
+
+--¡Ah! ¡el papel que han dejado á vuestra majestad...!
+
+--¡Qué! ¿no os he contado...?
+
+--Vuestra majestad me ha dicho...
+
+--Que no sabía nada acerca de estos pasadizos, y eso es muy cierto.
+Pero... os exijo el más profundo secreto--exclamó interrumpiéndose y con
+una gravedad, verdaderamente regia, el rey.
+
+--¡Señor! ¡señor! ¡mi lealtad!
+
+--¡Sí! ¡sí! ya sé que la lealtad á sus reyes, es una virtud muy antigua
+en la noble familia de los Velascos. Y hace frío...
+
+La duquesa removió de nuevo el brasero.
+
+--Del mismo modo os exijo secreto, un secreto absoluto, acerca de lo que
+está sucediendo.
+
+--¿Pero qué está sucediendo, señor?
+
+--Sucede que yo estoy hablando mano á mano y á solas con vos.
+
+--Lo que me honra mucho.
+
+--Pues bien; que nadie sepa, doña Juana, que habéis sido honrada de este
+modo... vos no me habéis visto.
+
+--Crea vuestra majestad, señor...
+
+--Sí, sí, creo que después de lo que os he dicho, seréis discreta. Pero
+estamos pasando lastimosamente el tiempo.
+
+Y el rey fijó una mirada vaga en la puerta que correspondía á la
+recámara de la reina.
+
+Aquella mirada hizo sudar á la duquesa.
+
+--Sabed--dijo el rey, acercándose más á doña Juana y en voz sumamente
+baja--que mi confesor ha estado encerrado gran parte de la tarde
+conmigo.
+
+Detúvose el rey, y la duquesa sólo contestó abriendo mucho los ojos,
+porque no sabía á dónde iba el rey á parar.
+
+--Fray Luis de Aliaga, me habló de muchas cosas graves que no vienen á
+cuento... pero tened presente que mi buen confesor estaba solo conmigo.
+
+Interrumpióse el rey, y la duquesa, por toda contestación, volvió á
+abrir desmesuradamente los ojos.
+
+--Estaba solo conmigo y encerrado--continuó el rey--, ¿entendéis bien,
+duquesa? solo conmigo y encerrado...
+
+--Sí, sí, señor, entiendo á vuestra majestad.
+
+--Pues bien--dijo el rey soslayándose en el sillón y buscando en uno de
+los bolsillos de sus calzas--, cuando el padre Aliaga salió, me encontré
+sobre mi mesa esta carta cerrada, puesta á la vista y que, como veis,
+dice en su sobrescrito: «A su majestad el rey de España».
+
+La duquesa miró el sobrescrito y continuó callando.
+
+--Escuchad ahora lo que contiene esta carta, que por cierto no es muy
+larga, pero que, á pesar de su brevedad, es grave, gravísima: sí;
+ciertamente, muy grave.
+
+Fijó el rey su mirada en la duquesa, que persistió en su silencio.
+
+--Acercad la luz, doña Juana--dijo el rey.
+
+Levantóse la duquesa, tomó el velón y continuó de pie junto á Felipe
+III, alumbrándole.
+
+--Oíd, pues: oíd, y ved á cuánto os obliga mi confianza.
+
+--Vuestra majestad no puede obligar más, á quien está tan obligada,
+señor.
+
+--No importa, oíd.
+
+Y el rey se puso á leer:
+
+«Sacra católica majestad: Los traidores que os rodean...»
+
+Dejó el rey de leer, levantó los ojos y miró á la duquesa, que estaba
+verdaderamente asustada.
+
+--¡Los traidores que me rodean!--dijo el rey--¿qué decís á esto?
+
+--Digo, señor, que no lo entiendo--contestó la duquesa.
+
+--Ni yo tampoco--repuso el rey--; yo creo que estoy rodeado de vasallos
+leales.
+
+--Alguna miserable intriga...
+
+--Oíd: «los traidores que os rodean, os tienen separado de su majestad
+la reina...»
+
+Interrumpióse de nuevo el rey.
+
+--En esto de tenerme separado de la reina, tienen mucha razón, y no
+tenéis en ello poca parte, doña Juana.
+
+--¡Jesús, señor!--exclamó la duquesa, que á cada momento estaba más
+inquieta.
+
+--Como que sois muy grande amiga de Lerma.
+
+--Yo... señor...--contestó con precipitación la camarera mayor--cuando
+se trata del servicio de mis reyes...
+
+--Seguid oyendo... «os tienen separado de la reina: es necesario que
+este estado de cosas concluya...»
+
+Dejó el rey de leer.
+
+--Y yo también lo creo así--dijo--; en cuanto á lo de no ver libremente
+á mi esposa... en esta parte piensa como yo el autor incógnito; pero
+prosigamos.
+
+Y el rey inclinó de nuevo la vista sobre la carta:
+
+--«...es necesario que este estado concluya, pero ni lo conseguirá
+vuestra majestad de Lerma, ni tendrá bastante valor... ¡para hacerse
+respetar!»
+
+--Eso es una insolencia, señor--dijo la duquesa--: quien escribe esto á
+su rey, no puede ser más que un traidor.
+
+--Eso dije yo... pero más abajo hay algo en que este traidor me sirve
+mejor que me sirven mis más leales vasallos, inclusa vos, doña Juana.
+
+--¡Señor!--exclamó toda turbada la duquesa.
+
+--Vais á juzgar--dijo el rey continuando la lectura--: «pero lo que no
+conseguiríais del duque de Lerma ni de _la camarera mayor_...»
+
+--¡Oh, Dios mío!--exclamó la duquesa--: perdóneme vuestra majestad si le
+interrumpo, pero... me parece que el que ha escrito esta carta me cuenta
+entre el número de los traidores.
+
+--¿Quién dice eso? y aunque lo dijesen, ¿creéis que yo me dejaría llevar
+de carteles misteriosos? Si he dado importancia á éste es porque dice
+algunas verdades, y, sobre todo, porque ha producido un hecho.
+
+--¡Un hecho!
+
+--Ciertamente: que yo conozca estos pasadizos. Pero continuemos, que se
+pasa el tiempo y esta cámara es tan fría...
+
+Inclinóse un tanto la duquesa, y sin dejar de alumbrar al rey, removió
+de nuevo el brasero.
+
+El rey leyó:
+
+--«...pero lo que no conseguiríais del duque de Lerma ni de la camarera
+mayor, esto es, hablar con su majestad la reina en su misma cámara, sin
+temor de ser escuchados por nadie, va á procurároslo quien, no
+sirviéndoos por interés alguno, sino por su lealtad, os oculta su
+nombre. Buscad debajo de las almohadas de vuestro lecho: encontraréis un
+llavín de punta cuadrada; id luego al armario donde tenéis vuestros
+libros de devoción, y junto á la pared, por la parte que mira á vuestro
+lecho, encontraréis un agujero cuadrado también; meted en él el llavín,
+dad vuelta, y el armario se abrirá, dejándoos franco un pasadizo;
+seguidle en línea recta: á su fin encontraréis una puerta que abriréis
+con el mismo llavín, y os encontraréis en las habitaciones de... vuestra
+esposa.»
+
+El rey dobló la carta lentamente, se soslayó de nuevo, y la guardó en su
+bolsillo.
+
+--¿Qué decís á esto, doña Juana?--la preguntó el rey.
+
+La duquesa se había quedado con el velón en posición de alumbrar al rey
+y hecha una estatua.
+
+--Dejad, dejad el velón, y venid á sentaros frente á mi. Dios me
+perdone, pero juraría que estábais temblando.
+
+--¡Ah, señor!--dijo la duquesa, que había dejado el velón, volviendo y
+juntando las manos--; ¡cuando pienso que un traidor puede llegar hasta
+aquí impunemente!
+
+--Hasta ahora sólo ha entrado el rey; pero sentáos, sentáos y escuchadme
+bien: exceptuando lo mal que os trata á Lerma y á vos, yo no sabría con
+qué pagar á quien me ha procurado los medios de llegar hasta aquí... de
+poder entenderme buenamente con vos: yo hubiera preferido que esa puerta
+hubiese dado inmediatamente al dormitorio de la reina.
+
+--¡Cómo, señor! ¿pesa á vuestra majestad haberme encontrado?
+
+--No me pesaría si no fuéseis tan amiga de Lerma, ó si Lerma no creyera
+que la reina le quiere mal, aunque en ese caso, para nada necesitaba yo
+de pasadizos.
+
+--Pero, señor, para mí, vuestra majestad, después de Dios, es lo
+primero.
+
+--Sí, sí, lo creo... pero... estoy seguro de que... me opondréis
+dificultades.
+
+--¡Dificultades! ¡á qué!
+
+--Mirad, doña Juana, yo amo á la reina.
+
+--Digna de ser amada y respetada es su majestad, por hermosa y por
+discreta.
+
+--La amo más de lo que podéis creer, y vos y Lerma me separáis de ella.
+
+--¡Yo, señor!...
+
+--Siempre que he pretendido atraeros á mi bando, á mi pacífico bando, os
+habéis disculpado con las obligaciones de vuestro cargo, con que
+necesitábais llenar las fórmulas, con que la etiqueta no permite al rey
+ver á su consorte, como otro cualquier hombre... y yo quiero verla con
+la libertad que cualquiera de mis vasallos ve á su mujer... ¿lo
+entendéis?
+
+--Sí; sí, señor, pero...
+
+--Os prometo que nadie lo sabrá: que ese pasadizo permanecerá
+desconocido para todo el mundo; que aunque la reina quiera hablarme de
+asuntos de Estado...
+
+--¿Vuestra majestad me manda, señor, que le anuncie á su majestad la
+reina?--dijo la duquesa levantándose.
+
+--No, no es eso... no me habéis entendido, doña Juana; yo no os mando,
+os suplico...
+
+--Señor--dijo la duquesa inclinándose profundamente.
+
+--Sí, sí, os suplico; quiero que reservada, que secretamente, me
+procuréis la felicidad que tiene el último de mis vasallos: la de poder
+amar sin obstáculo á su familia; mirad, hablaremos muy bajo la reina y
+yo... no os comprometeremos...
+
+--Vuestra majestad no puede comprometer á nadie, porque vuestra majestad
+en sus reinos es el único señor, el único árbitro á quien todos sus
+vasallos tienen obligación de obedecer y de respetar.
+
+--Pero si no se trata de obediencias, ni de respeto, ni de que toméis
+ese tono tan grave; lo veo: estáis entregada en cuerpo y alma á Lerma,
+le teméis; le teméis más que á mí; ¿será cierto lo que dicen acerca de
+que don Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma,
+por nuestra gracia, es más rey que el rey en los reinos de España?
+
+Estremecióse doña Juana, porque Felipe III se había levantado de su
+indolencia y de su nulidad habituales, en uno de sus rasgos en que, como
+en lúcidos intervalos, dejaba adivinar la raza de donde provenía.
+
+Tanto se turbó la duquesa, de tal modo tartamudeó, que Felipe III se
+vió obligado á apearse de su pasajera majestad.
+
+--Os suplico, bella duquesa--la dijo asiéndola una mano y besándosela,
+como hubiera podido hacerlo un caballero particular--que seáis mi amiga.
+
+--¿Vuestra majestad desea ver á la reina?--dijo toda azorada doña Juana.
+
+--Deseo más.
+
+--¿Y qué más desea vuestra majestad?
+
+--Deseo... que... que esto se quede entre nosotros.
+
+--Yo jamás faltaré á lo que debo á mi lealtad, señor.
+
+--Bien, bien; pues ya que soy tan feliz que logro reduciros, id y decid
+á mi esposa... á la reina... que yo...
+
+--Voy á anunciar á su majestad, la venida de vuestra majestad.
+
+El rey se quedó removiendo el brasero y murmurando:
+
+--Creo, Dios me perdone, que la duquesa me teme: bien haya el que me ha
+mostrado el camino; pero ¿quién será?¿El padre Aliaga?¡Bah! el padre
+Aliaga no se anda conmigo con misterios... ¿quién será?¿Quién será?
+
+Abrióse la puerta por donde había entrado poco antes la duquesa, y el
+rey se calló.
+
+Adelantó doña Juana, pero pálida y convulsa.
+
+--¿Qué tenéis, duquesa?--dijo el rey, que no pudo menos de notar la
+turbación de la camarera mayor.
+
+--Tengo... señor... que vuestra majestad va á creer que no quiero
+obedecerle.
+
+--¡Cómo!
+
+--Me es imposible anunciar á vuestra majestad.
+
+--¡Imposible!
+
+--Sí; sí, señor, imposible de todo punto.
+
+--Pero y ¿por qué?...
+
+--Porque... porque su majestad no está sola.
+
+--¿Que no está sola la reina? ¡Otra desgracia!... ¿Pero quién está con
+la reina?
+
+--Está... esa doña Clara Soldevilla; esa menina á quien tanto quiere, á
+quien tanto favorece, de la cual apenas se separa la reina mi señora...
+esa mujer á quien no ha sido posible arrancar del lado de su majestad.
+
+--¡Doña Clara Soldevilla!--dijo el rey palideciendo más de lo que
+estaba--; ¿será necesario...?
+
+--Sí; sí, señor; será necesario expulsarla á todo trance de palacio...
+es... perdone vuestra majestad... una intriganta... una enemiga á
+muerte del duque de Lerma, de ese grande hombre, del mejor vasallo de
+vuestra majestad.
+
+--Pero en resumen... ¿el estar la reina con esa mujer impide...? ¿No es
+éste un refugio vuestro, doña Juana?
+
+--Juro á vuestra majestad por mi honor y por el honor de mis hijos, que
+me es imposible, imposible de todo punto anunciar á vuestra majestad...
+á no ser que vuestra majestad quiera que lo sepa doña Clara...
+
+--¡Ciertamente que soy muy desgraciado!...
+
+--Juro á vuestra majestad, que en el momento en que la reina mi señora
+quede sola... yo misma... por ese pasadizo, iré á avisar á vuestra
+majestad...
+
+--¡Cuando haya vuelto Lerma...! ¡Cuando...! no, no, doña Juana, yo
+volveré; yo volveré... esta noche á la media noche... esperadme... y yo,
+yo, Felipe de Austria, no el rey, os lo agradecerá.
+
+Y Felipe III, como quien escapa, se dirigió á la puerta secreta,
+desapareció por ella y cerró.
+
+La duquesa viuda de Gandía volvió á quedarse sola.
+
+Durante algunos segundos permaneció de pie, inmóvil, anonadada, trémula.
+
+--¡Pero Dios mío! ¿Qué es esto?--exclamó con la voz temblorosa--. ¿Dónde
+está la reina? ¿Dónde está su majestad?
+
+Y saliendo de su inacción, se precipitó de nuevo en la recámara de la
+reina.
+
+Ni en ésta, ni en el dormitorio, ni el oratorio había nadie.
+
+La reina, á juzgar por las apariencias, no estaba en el alcázar; al
+menos no estaba en las únicas habitaciones donde podía estar, porque
+suponer que la reina hubiese salido por las puertas de servicio, era un
+absurdo; ¿pero no podía haber salido la reina por algún pasadizo
+semejante á aquel por donde había aparecido el rey?
+
+--La reina estaba sola: me despidió á pretexto de sus devociones y se
+encerró en el oratorio--dijo la duquesa--; nadie ha entrado, y la
+reina... su majestad... no parece; ¡oh! ¿qué es esto, Dios mío?
+
+Encontrábase entonces la camarera mayor en el dormitorio de la reina,
+buscando con una bujía que había tomado del oratorio, por todas partes;
+su vista estaba maquinalmente fija en el voluminoso lecho, y una idea
+siniestra, una tradición obscura, que reposaba como otras tantas en el
+seno del alcázar, vino á herir su imaginación.
+
+--Aquí, en esta misma cámara--murmuró con miedo--, murió la reina doña
+Isabel de Valois.
+
+La duquesa se detuvo.
+
+--Dicen--continuó--que la envenenó, por celos de su hijo, el rey Felipe
+II.
+
+La camarera mayor, que hemos dicho era supersticiosa, empezó á
+encontrarse mal, á tener miedo en el dormitorio.
+
+--¿Servirían estos pasadizos--dijo--para que el rey observase á su
+esposa?
+
+Detúvose de nuevo la duquesa.
+
+--Dicen que de tiempo en tiempo suceden en esta cámara cosas
+extraordinarias... que el alma de la reina doña Isabel...
+
+En aquel momento la puerta que conducía al oratorio de la reina, dió un
+violento portazo. Sobresaltada, sobrecogida la duquesa, dejó caer la
+palmatoria que tenía en la mano y se quedó á obscuras.
+
+Entonces sintió junto á sí los pasos de alguien que andaba por el
+dormitorio; sintió que aquellos pasos se acercaban á ella; sobrecogióla
+un pavor mortal; ni tuvo voz para gritar, ni para moverse; pero á pesar
+de aquel terror, oyó clara y distintamente una voz alterada, de
+entonación fingida, que dijo muy cerca de ella:
+
+--Si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble duquesa, guardad
+vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y oído esta noche.
+
+La voz calló, los pasos se alejaron, rechinó la puerta, y luego todo
+volvió al silencio anterior.
+
+Instantáneamente la duquesa se lanzó fuera del dormitorio y de la
+recámara de la reina, entró en la cámara donde poco antes había estado
+hablando con el rey y corrió á una campanilla y la agitó con violencia.
+
+Entró una de las doncellas de la servidumbre.
+
+--No, vos no--dijo alentando apenas la duquesa--; decid á la señora
+condesa de Lemos que entre.
+
+Poco después entró una joven como de veinticuatro años, hermosa, viva,
+morena, ricamente vestida, y sobremanera esbelta y gentil.
+
+A la primera mirada comprendió que sucedía algo terrible á la duquesa.
+
+--¿Qué es esto, señora?--la dijo--; estáis pálida, mortal, tembláis...
+¿qué os ha sucedido?
+
+--Una pesadilla... amiga mía: me había dormido al amor del brasero, y...
+hacedme la merced de mandar que me traigan agua y vinagre... pero no os
+vayáis... no... será una manía--añadió sonriendo penosamente--, pero no
+quiero estar sola.
+
+La joven condesa de Lemos fué á pedir el agua, murmurando para sí
+mientras llegaba á la puerta de la cámara:
+
+--¡Una pesadilla que la ha puesto azul de miedo! ¡quién será el duende
+de esta pesadilla!
+
+Al poco tiempo y después de haber bebido un enorme vaso de agua con
+vinagre, después de haber logrado con grandes esfuerzos obtener una
+serenidad aparente, la duquesa dijo á la joven dama de honor:
+
+--¡Ya se ve! ¡es tan tétrica esta cámara! luego, esas ventanas que
+golpean... el ruido de la lluvia... y además... antes de dormirme leía
+_Los miedos y tentaciones de San Antonio Abad_.
+
+--¡De tentaciones os ocupábais!--dijo la de Lemos--; pues mirad, señora,
+la noche está de tentaciones.
+
+--¿Vos también leíais?
+
+--No, señora, pensaba.
+
+--¿Y pensando teníais... tentaciones?...
+
+--Y muy fuertes, señora.
+
+--¿Pero de qué? ¿qué diablo os tentaba?
+
+--El diablo de la venganza.
+
+--¡Oiga!--exclamó la duquesa afectando una risa ligera, como para
+demostrar que había pasado enteramente su terror--: ¿conque queréis
+vengaros?
+
+--Me han ofendido.
+
+-¿Quién?
+
+--Mucha gente...
+
+--Pero explicáos, si es que... podemos saber el motivo de vuestra
+venganza.
+
+--¡Ay, Dios mío! sí, señora.
+
+--Y ¿quién os ha ofendido?
+
+--Primero el conde de Lemos.
+
+--¡Vuestro esposo!
+
+--Mi esposo... y me ha ofendido gravemente.
+
+--¿Pero y en qué?
+
+--En dar motivo para que le destierren de esta corte; ¡y qué motivo!, un
+motivo por el cual se ha puesto á nivel de ese rufián, de ese mal
+nacido, de ese Gil Blas de Santillana.
+
+--¡Ah, ah!
+
+--Descender hasta...
+
+--Pero eso debe ser una calumnia.
+
+--No, señora; el conde de Lemos ha cedido á una tentación, y cediendo á
+ella me ha ofendido á mí... como que hay quien dice...
+
+--¡Calumnias!
+
+--Hay quien dice que hubiera sido capaz de llevarme de la mano y de
+noche, á obscuras, al cuarto del príncipe don Felipe, solo por heredar á
+mi padre en el favor del rey, como ha sido capaz de llevar al príncipe
+don Felipe á los brazos de una aventurera.
+
+El padre de la condesa de Lemos era el duque de Lerma.
+
+--¿Pero quién se atreve á decir eso?
+
+--Quien se atreve á todo; quien, arrastrándose delante de todo el que
+puede darle algo, practica los más bajos oficios; quien no se detiene ni
+ante lo más alto, ni ante lo más grande; quien se atreve hasta á su
+majestad la reina, no contándome á mí, que soy su dama de honor, y
+simplemente condesa de Lemos. En una palabra: don Rodrigo Calderón, á
+quien tan torpemente concede mi padre toda su confianza.
+
+--¿Pero estáis loca, doña Catalina? Estáis loca; ¿qué cólera y qué malas
+tentaciones son esas?
+
+--Acabo de recibir esta carta.
+
+La joven sacó de su seno un pequeño billete. La duquesa se estremeció
+involuntariamente, porque recordó la carta del rey.
+
+--Leed, leed, doña Juana, porque yo no me atrevo á leer esa carta dos
+veces.
+
+La duquesa tomó la carta, se acercó á la luz, buscó sus antiparras, se
+las caló y leyó lo siguiente:
+
+«Ayer fuí á vuestra casa y estábais enferma; yo sé que gozáis de muy
+buena salud: ayer tarde pasé por debajo de vuestros miradores, y al
+verme, os metísteis dentro con un ademán de desprecio; anoche hicísteis
+arrojar agua sucia sobre los que tañían los instrumentos de la música
+que os daba; esta mañana no contestásteis á mi saludo en la portería de
+damas y me volvísteis la espalda delante de todo el mundo; todo porque
+no he podido ser indiferente á vuestra hermosura y os amo infinitamente
+más que un esposo que os ha ofendido, degradándose. Me habéis declarado
+la guerra y yo la acepto. Empiezo á bloquearos, procurando que el conde
+de Lemos no vuelva en mucho tiempo á la corte. Tras esto irán otras
+cosas. Vos lo queréis. Sea. Por lo demás, contad siempre, señora, con el
+amor de quien únicamente ha sabido apreciaros.»
+
+La duquesa, después de leer esta carta, se quedó muda de sorpresa.
+
+--Esta carta--dijo al fin--merece...
+
+--Merece una estocada--dijo la joven.
+
+--No por cierto: esta carta merece una paliza.
+
+--¿Pero de quién me valgo yo? ¿á quién confío yo...?
+
+--Mostrad esa carta á vuestro padre.
+
+--Mi padre necesita á ese infame: además, ésta no es la letra de don
+Rodrigo; se disculpará, dirá que se le calumnia.
+
+--¡Esperad!
+
+--¿Que espere?... ¡bah!, no señor; yo he de vengarme, y he aquí mis
+tentaciones.
+
+--Pero ¿qué tentaciones han sido esas?
+
+--Primero, irme en derechura al cuarto de su majestad.
+
+--¡Cómo!
+
+--Decirle sin rodeos que estoy enamorada del príncipe.
+
+--¡Doña Catalina!
+
+--Que valgo infinitamente más que otra cualquiera para querida de su
+alteza.
+
+--¿Y seríais capaz?...
+
+--¿De vengarme?... ya lo creo.
+
+--¿De vengaros deshonrándoos?
+
+--Un esposo como el mío, que se confunde con la plebe, merece que se le
+iguale con la generalidad de los maridos.
+
+--Vos meditaréis.
+
+--Ya lo creo... y porque medito me vengaré del rey, que no ha sabido
+tener personas dignas al lado de su hijo, mortificándole; del príncipe,
+enamorándole y burlándole...
+
+--¡Ah! burlándole... es decir...
+
+--¡Pues qué! ¿había yo de sacrificarme hasta el punto de deshonrarme
+ante mis propios ojos?... no... que el mundo me crea deshonrada, me
+importa poco: ya lo estoy bastante sólo con estar casada con el conde de
+Lemos; un marido que de tal modo calumnia, solo merece el desprecio.
+
+--¡Cómo se conoce, doña Catalina, que sólo tenéis veinticuatro años y
+que no habéis sufrido contrariedades!
+
+--¡Ah, sí!--dijo suspirando la condesa.
+
+--¿Pero supongo que no cederéis á la tentación?
+
+--Necesario es que yo me acuerde de lo que soy y de donde vengo, para no
+echarlo todo á rodar: ¡escribirme á mí esta carta!
+
+Y la condesa estrujó entre sus pequeñas manos la carta que la había
+devuelto la camarera mayor.
+
+--¡Y si este hombre estuviese enamorado de mí, sería disculpable! pero
+lo hace por venganza.
+
+--¡Por venganza!
+
+--Contra mi marido, porque al procurar un entretenimiento al príncipe,
+no ha tenido á mano otra cosa que la querida de don Rodrigo Calderón.
+
+--Tal vez os ame... y aunque esto no es disculpa...
+
+--Don Rodrigo no me ama... porque...
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque no se ama más que á una mujer, y don Rodrigo está enamorado
+de...
+
+--¿De quién?--exclamó la duquesa, cuya curiosidad estaba sobreexcitada.
+
+La de Lemos se acercó á la camarera mayor hasta casi tocar con los
+labios sus oídos, y la dijo en voz muy baja:
+
+--Don Rodrigo está enamorado de su majestad.
+
+--¡Explicáos, explicáos bien, doña Catalina!
+
+--Ya sé, ya sé que un ambicioso puede estar enamorado de un rey, mirando
+en su favor el logro de su ambición; pero no he querido jugar del
+vocablo; no: don Rodrigo está enamorado de su majestad... la reina.
+
+--¡Ved lo que decís!... ¡ved lo que decís, doña Carolina!--exclamó la
+camarera mayor anonadada por aquella imprudente revelación, y creyendo
+encontrar en la misma una causa hipotética de la desaparición de la
+reina de sus habitaciones.
+
+--A nadie lo diría más que á vos, señora--dijo con una profunda seriedad
+la joven ni os lo diría á vos, si hasta cierto punto no tuviese pruebas.
+
+--¡Pruebas!
+
+--Oíd: hace dos años, cuando estuvimos en Balsaín, solía yo bajar de
+noche, sola, á los jardines.
+
+--¡Sola!
+
+--En el palacio hacía demasiado calor. Acontecía además, para obligarme
+á bajar al jardín, que... en las tapias había una reja.
+
+--¡Ah!
+
+--Una reja bastante alta, para que pueda confesar sin temor que por
+aquella reja hablaba con un caballero, más discreto por cierto, más
+agudo, y más valiente y honrado que el conde de Lemos.
+
+--Sin embargo, creo que hace dos años ya estábais casada.
+
+--¿Y qué importa? yo no amaba á aquel caballero, ni aquel caballero me
+amaba á mí.
+
+--Os creo, pero no comprendo...
+
+--Pero comprenderéis que cuando os confieso esto, os lo confesaría todo.
+
+--¿Pero cómo podías bajar á los jardines?
+
+--Por un pasadizo que empezaba en la recámara de la reina, y terminaba
+en una escalera que iba á dar en los jardines.
+
+--¡Ah! ¡también hay pasadizos en el palacio de Balsaín!
+
+--Un pasadizo de servicio, que todo el mundo conoce.
+
+--¡Ah! ¡sí! ¡es verdad!
+
+--Pues bien: la noche que me tocaba de guardia en la recámara de la
+reina, cuando su majestad se había acostado; abría silenciosamente la
+puerta de aquel pasadizo y me iba... á la reja.
+
+--Hacíais mal, muy mal.
+
+--No se trata de si hacía mal ó bien, sino de que sepáis de qué modo he
+podido tener pruebas... de los amores ó al menos de la intimidad de don
+Rodrigo Calderón con la reina.
+
+--¡Amores ó intimidad!...--murmuró la duquesa--¡Dios mío! ¿pero estáis
+segura?
+
+--¿Que sí lo estoy? Una noche, cuando yo me volvía de hablar con mi
+amigo secreto, al pasar por detrás de unos árboles oí dos voces que
+hablaban, la de un hombre y la de una mujer.
+
+--Y eran...
+
+--Cuando arrastrada por mi curiosidad me acerqué cuanto pude de
+puntillas, conocí... que la mujer era la reina, que el hombre era don
+Rodrigo Calderón.
+
+--¡Y hablaban de amores!
+
+--Al principio... es decir, cuando yo llegué, no; conspiraban.
+
+--¡Que conspiraban!
+
+--Contra mi padre.
+
+--¡Ah!--exclamó la duquesa.
+
+--Recuerdo que su majestad estaba vestida de blanco, y que don Rodrigo
+tenía un bello jubón de brocado; el traje de la reina me extrañó, porque
+recordé que cuando entramos á desnudarla tenía un vestido negro.
+
+--Pero... ¿cómo... á propósito de qué conspiran... la reina y don
+Rodrigo contra el duque Lerma?
+
+--La reina se quejaba de que mi padre dominaba al rey; y que no se
+hacía más que lo que mi padre quería; que las rentas reales se iban
+empeñando más de día en día; que la reina estaba humillada; que nuestras
+armas sufrían continuos reveses; que, en fin, era necesario hacer caer á
+mi padre de la privanza del rey, para lo cual debían unir sus esfuerzos
+la reina y don Rodrigo.
+
+--¡Ah! ¡ah! por el amor... ¿hablaron de amor?...
+
+--Don Rodrigo pidió una recompensa por sus sacrificios á la reina.
+
+--Y la reina...
+
+--La reina le dijo: ¡esperad!
+
+--¡Pero una esperanza!...
+
+--Mi buena amiga: cuando una mujer pronuncia la palabra ¡esperad! como
+la pronunció la reina, es lo mismo que si dijese: hoy no, mañana.
+
+--Sin embargo, la reina, por odio al duque de Lerma, ha podido bajar
+hasta decir á un hombre que pudiese servirla contra el duque: ¡esperad!
+¡pero bajar más abajo!
+
+--La reina tiene corazón.
+
+--Es casada.
+
+--Está ofendida.
+
+--El rey la ama.
+
+--El rey ama á cualquiera antes que á su mujer.
+
+--Tengo pruebas del amor del rey hacia la reina; pruebas recientes.
+
+--Lo que inspira la reina al rey no es amor, sino temor, y procura
+engañarla sin conseguirlo. El rey quiere á todo trance que le dejen
+rezar y cazar en paz, y la lucha entre la reina y mi padre le desespera.
+
+Quedóse profundamente pensativa la duquesa.
+
+--Os repito--dijo recayendo de nuevo en su porfía--que no tengo la más
+pequeña duda de que la reina inspira á su majestad un profundo amor.
+
+--Ya os he dicho y os lo repito: no se ama á un tiempo á dos personas.
+
+--¿Y el rey?...
+
+--El rey ama á una mujer que... preciso es confesarlo, por hermosa, por
+discreta, por honrada, merece el amor de un emperador. ¡Pero vos estáis
+ciega, doña Juana! ¿no habéis comprendido que el rey está enamorado
+hasta la locura de doña Clara Soldevilla, verdadero sol de la villa y
+corte, y que vale tanto más, cuanto más desdeña los amores del rey?
+
+--¡Pero si doña Clara es la favorita de la reina! ¿Queréis que la reina
+esté ciega también?
+
+--La reina sabe que si el rey ama á doña Clara, doña Clara jamás
+concederá ni una sombra de favor al rey, y la reina, con el desvío de
+doña Clara á su majestad, se venga del desamor con que siempre su
+majestad la ha mirado.
+
+--Vamos: no, no puede ser; vos os equivocáis... tenéis la imaginación
+demasiado viva, doña Catalina.
+
+--Quien tiene la culpa de todo esto, es mi padre.
+
+A esta brusca salida de asunto, ó como diría un músico, de tono, la
+duquesa no pudo reprimir un movimiento de sorpresa.
+
+--¡Qué decís!-exclamó.
+
+--Mi padre, con la manía de rodearse de gentes que le ayuden, se fía
+demasiado de las apariencias y comete... perdonadme, doña Juana, porque
+yo sé que sois muy amiga y muy antigua amiga de mi padre, pero su
+excelencia comete torpezas imperdonables.
+
+--¡Dudáis también de la penetración, de la sabiduría y de la experiencia
+de vuestro padre! Yo creo que si seguimos hablando mucho tiempo
+acabaréis por confesar que dudáis de Dios.
+
+--Creo en Dios y en mi padre.
+
+--Se conoce--dijo la duquesa no pudiendo ya disimular su
+impaciencia--que os galanteaba con una audacia infinita, antes de que os
+casárais, don Francisco de Quevedo.
+
+Coloreáronse fugitivamente las mejillas de la joven.
+
+--¿Y en qué se conoce eso?
+
+--En que os habéis hecho... muy sentenciosa.
+
+--Achaques son del tiempo; hoy todo el mundo sentencia, hasta el bufón
+del rey; ¡y qué sentencias dice á veces el bueno del tío Manolillo! El
+otro día decía muy gravemente hablando con el cocinero mayor del rey:
+«Hoy en España se come lo que no se debe guisar»; y como el buen Montiño
+no le entendiese, replicó sin detenerse un punto: «por ejemplo, allá va
+un maestresala que lleva respetuosamente sobre las palmas de las manos
+un platillo de cuernos de venado para la mesa de su majestad.»[A]
+
+ [A] El autor se ve obligado, para que sus lectores
+ comprendan que los cuernos de venado pueden comerse, á transcribir
+ la siguiente manera con que dice se tienen de condimentar:
+ Francisco Martínez Montiño, en la décimosexta impresión de su _Arte
+ de Cocina_, á la pág. 163, dice así: _Platillo de las puntas de los
+ cuernos de venado_. Los cuernos del venado ó gamo, cuando están
+ cubiertos de pelo, tienen las puntas muy tiernas. Estas se han de
+ cortar de manera que quede hacia la punta todo lo tierno y pelarlos
+ en agua caliente, y quedarán muy blancos y hanse de aderezar con la
+ tripa del venado, salvo que no se han de tostar, sino cocerlos con
+ un poco caldo, y sazonar con pimienta y jengibre, y échesele un
+ poquito de manteca de vacas fresca, y con esto cuezan cosa de una
+ hora; y no se ha de cuajar con huevos, ni se ha de echar género de
+ verdura. Es muy buen platillo; sólo el nombre tiene malo.
+
+ Por lo que se ve, el cocinero de su majestad llamaba cuernos á los
+ que en realidad sólo eran cuernos en leche; como si dijéramos,
+ cuernos _inferi_ por nacer ó no acabados de nacer.
+
+A esta salida de la condesa, la camarera mayor no pudo contener un
+marcado movimiento de disgusto; reprimióse, sin embargo, y dijo
+procurando dar á su voz un acento conveniente:
+
+--Vamos, se conoce que la insolencia de don Rodrigo os ha llegado al
+alma, porque estáis terrible, amiga mía; nada perdonáis, ni aun á
+vuestro padre, y voy convenciéndome de que por vengaros de ese hombre,
+seréis capaz de todo.
+
+--¿Pues no? ¿Os parece que una dama puede sufrir, sin desesperarse,
+insultos tan groseros?
+
+--Confieso que tenéis razón y que en vuestro lugar...
+
+--Vos en mi lugar, ¿qué haríais?
+
+--Pediría consejo.
+
+--Pues cabalmente yo no he hecho más que pedíroslo.
+
+--¡Ah! yo creía que sólo me habéis dado á conocer vuestras tentaciones.
+
+--Pues de ese modo os he pedido que me aconsejéis.
+
+Meditó de nuevo profundamente la duquesa.
+
+--Pues bien--dijo después de algunos segundos--, voy á hacer más que
+aconsejaros: voy á vengaros.
+
+--¿A vengarme, señora?
+
+--Voy á hacer que por lo menos destierren de la corte á don Rodrigo
+Calderón, y que levanten su destierro al conde de Lemos.
+
+--Procurad lo primero y aun más si podéis--dijo con vivacidad la
+condesa--; pero en cuanto al conde de Lemos, dejadle por allá: me
+encuentro muy bien sin él.
+
+--Sea como queráis; y á propósito de ello, voy á escribir ahora mismo á
+vuestro padre.
+
+--¡Ah, señora! no sabré negaros nada si me desagraviáis.
+
+--Permitidme un momento, amiga mía; concluyo al instante.
+
+La camarera mayor se acercó á la mesa, se sentó delante de ella, abrió
+un cajón, sacó papel, se caló las antiparras y se puso á escribir,
+lenta, muy lentamente.
+
+La lentitud de la duquesa consistía, no en que la fuese difícil
+escribir, sino en que pensaba más que escribía.
+
+Ni un sólo momento durante la conversación con la condesa de Lemos,
+había olvidado la posición difícil en que se encontraba, esto es: su
+posición de camarera mayor de una reina que se había perdido en su
+recámara, mientras ella hacía su servicio en la cámara.
+
+La conversación con la condesa de Lemos había agravado, á su juicio,
+aquella situación; había descubierto grandes cosas; esto es: que la
+reina alentaba á don Rodrigo Calderón, confidente y secretario íntimo
+del duque de Lerma, á quien lo debía todo, y que don Rodrigo, alentado
+por la reina, hacía una completa traición al duque.
+
+Entonces sospechaba si sería don Rodrigo el que había procurado al rey
+el conocimiento de aquellos pasadizos, y si sería también él quien, en
+medio de las tinieblas, la había amenazado con publicar sus secretos, si
+no guardaba un profundo silencio acerca de los singulares sucesos de
+aquella noche.
+
+La duquesa, desde el momento, había comprendido la necesidad de avisar
+al duque de la aparición inesperada del rey y de la no menos extraña
+desaparición de la reina; pero cuando hubo oído las terribles
+revelaciones de la condesa de Lemos, vió que era de todo punto
+imprescindible avisar á Lerma sin perder un segundo.
+
+El duque tenía en su casa un convite de Estado, y era de esperar que
+aquella noche no viniese á palacio; la camarera mayor estaba retenida
+por las obligaciones de su cargo en el alcázar hasta la hora de
+recogerse la reina, que era bastante avanzada; urgía avisar al duque,
+pero la dificultad estaba en procurarse un intermediario de confianza.
+
+Porque es de advertir que tan enmarañada estaba la intriga alrededor de
+Felipe III, que no había de quién valerse con confianza para confiarle
+una carta para el duque de Lerma.
+
+La duquesa vió con alegría que la de Lemos, la hija querida del duque de
+Lerma, interesada gravemente en que aquella carta llegase sin tropiezo á
+su padre, era el intermediario que necesitaba.
+
+Una vez tomada esta resolución por la duquesa, su mano corrió con más
+rapidez sobre el papel: llenó las cuatro caras de la carta, que era de
+gran tamaño, con una letra gorda y desigual, en renglones corcovados;
+cerró la carta, la selló y puso sobre su nema:
+
+«A su excelencia el señor duque de Lerma, de la duquesa viuda de
+Gandía.--En mano propia.»
+
+--Tomad, doña Catalina--dijo la camarera mayor--; será necesario que os
+encarguéis vos misma de llevar esta carta á vuestro padre.
+
+--¡Yo... misma...!--contestó con altivez la de Lemos.
+
+--Menos arriesgado es esto que lo que queríais hacer por vengaros de don
+Rodrigo.
+
+--Pero tengo mis razones... no quiero mezclarme para nada en estos
+negocios directamente...
+
+--Pero hay un medio. Ponéos un manto, tomad una litera, id por el
+postigo de la casa del duque, que da á sus habitaciones.
+
+--Peor aún: ¿qué dirá quien me abra ese postigo, al verme entrar en casa
+de mi padre de una manera tan misteriosa?
+
+--El que os reciba, nada os dirá... no se meterá en si vais encubierta ó
+no. Dad tres golpes fuertes sobre el postigo: cuando le abran, que será
+al instante, entregad al criado que se os presentará, esa carta para que
+lea su sobre. El criado os devolverá la carta, y os llevará al despacho
+de vuestro padre, que al punto irá á encontraros.
+
+--Pero habré de darme á conocer á mi padre, me preguntará...
+
+--De ningún modo; si vos no queréis descubriros, vuestro padre no os
+pedirá que os descubráis, y podéis haceros desconocer de él y salir sin
+hablar una palabra, tan encubierta como habéis entrado. Pero en cambio,
+vos, á quien únicamente interesa este negocio, estaréis segura de que la
+carta ha ido á dar en las manos de vuestro padre.
+
+--¡Iré!--dijo con resolución la de Lemos, después de un momento de
+silencio.
+
+--Pues si habéis de ir, que sea al punto.
+
+--Sí, sí; os agradezco en el alma lo que por mí hacéis, y voy á mandar
+que pongan una litera.
+
+--Procurad que los mismos mozos que conduzcan la litera, no puedan
+conoceros.
+
+--¡Oh, por supuesto! Adiós, doña Juana; adiós, y hasta después.
+
+--Id con Dios, doña Catalina. Y... oíd: hacedme la merced de decir á
+doña Beatriz de Zúñiga que entre.
+
+--No quiere quedarse sola--murmuró la joven saliendo--; ¿qué misterio
+será éste?
+
+Y llegando en la antecámara á una hermosa joven que, acompañada de otras
+tres reía y charlaba, la dijo:
+
+--Doña Beatriz, la señora camarera mayor, os llama.
+
+La joven compuso su semblante dándole cierto aire de gravedad, y entró
+en la cámara de la reina, al mismo tiempo que la condesa abría la puerta
+de la antecámara y desembocaba por la portería de damas.
+
+
+
+
+CAPÍTULO III
+
+EN QUE SE DEMUESTRA LO PERJUDICIALES QUE SON LOS LUGARES OBSCUROS EN LOS
+PALACIOS REALES
+
+
+La condesa de Lemos atravesó en paso lento, recibiendo los respetuosos
+saludos de ujieres y maestresalas, algunas galerías y habitaciones.
+
+Lo lento del paso de la condesa, consistía en que iba abismada en
+profundas cavilaciones.
+
+--Me he visto obligada--pensaba--á inventar lo de los jardines de
+Balsaín, y á calumniar á la reina para procurarme una venganza segura
+contra el miserable don Rodrigo. La buena de doña Juana de Velasco, vale
+de oro todo lo que pesa; en hablándola de mi padre, no sabe ser suya: es
+mucho lo que admira, mucho lo que venera, mucho lo que sirve la duquesa
+á su excelencia, y ha tragado el anzuelo... hasta el cabo... ¡lindezas
+dirá esta carta! El pensamiento ha sido diabólico... pero yo necesitaba
+vengarme... á conspirador, conspirador y medio, y salgan allá por donde
+puedan. ¡Ah! ¡Ah! estoy orgullosa de mí misma, y creo que si yo me
+dedicara á la intriga, sería... todo lo que quisiera ser.
+
+Y la condesa, respondiendo á su pensamiento, satisfecha de su diablura,
+soltó una alegre carcajada.
+
+Por fortuna, nadie había en la galería por donde atravesaba.
+
+--Ahora--dijo para sí la condesa, continuando en su marcha y en su
+pensamiento--es necesario que esta carta llegue á manos de mi padre, sin
+que la lleve yo... ¡bah! renuncio á mi venganza á trueque de que mi
+padre y señor pudiera reconocerme; preferiría irme á él con la cara
+descubierta, y mostrarle la carta de don Rodrigo. Pero mi padre, que
+deja estar en su destierro á su sobrino, mi señor esposo, por no
+disgustar á su servicialísimo don Rodrigo, sería capaz de desairar á su
+hija y de no creerla, porque su muy querido don Rodrigo no se
+disgustase. Ahora, haciéndole sospechar que don Rodrigo le engaña, que
+le hace traición, su excelencia, que es tan receloso, que en todas
+partes ve peligros, perderá de seguro á su muy amado confidente. ¿Quién
+os ha mandado, don necio soberbio, meteros conmigo? ¡Bien empleado os
+estará todo lo que os suceda, y en vano os devaneréis los sesos para
+saber de dónde ha venido el golpe!
+
+La joven sonrió satisfecha de su pensamiento.
+
+--Doña Clara Soldevilla estará en la sala de las Meninas; acaso ella,
+que es valiente, que por nada se detiene, que aborrece de muerte á don
+Rodrigo Calderón, llevará con placer esta carta á mi padre, en cuanto
+sepa que esta carta puede hacer daño á don Rodrigo. Es necesario
+inventar otra historia para engañar á doña Clara, aunque es necesario
+que sea más ingeniosa que la que he contado á la camarera mayor, porque
+doña Clara tiene mucho ingenio. Y bien--dijo dándose un golpe en la
+frente--: ya tengo la historia. Utilicemos el ruidoso asunto de los
+amores del príncipe don Felipe con la querida de don Rodrigo; eso es,
+adelante.
+
+La condesa entró en una cámara solitaria y llamó.
+
+Presentósela inmediatamente una venerable dueña.
+
+--¿Qué me manda vuecencia?--dijo aquella ruina con tocas.
+
+--Decid á doña Clara Soldevilla que venga.
+
+--Doña Clara no está en el cuarto de las Meninas, señora--dijo la dueña.
+
+--¿No está acaso de servicio?
+
+--No, señora; está en su cuarto enferma.
+
+--¡Ah! ¿está enferma?--exclamó la condesa con un despecho, que la dueña
+tomó por interés.
+
+--Afortunadamente, señora, la indisposición de doña Clara es un ligero
+resfriado.
+
+--Me alegro mucho: me habíais dado un susto. ¿Y dónde tiene su cuarto
+doña Clara?
+
+--Vive sola con una dueña y una doncella, más allá de la galería de los
+Infantes; si vuecencia quiere que la guíe...
+
+--No; no me es urgente ver á doña Clara; la veré mañana. ¿Conque decís
+que vive...
+
+--En la crujía obscura que está más allá de la galería de los Infantes,
+en el número 10. Además, la puerta está pintada de verde.
+
+--Muy bien, gracias; retiráos.
+
+--La dueña hizo una cumplidísima reverencia, y se retiró, casi sin
+volver la espalda á la condesa, que, en el momento en que se vió sola,
+tomó una bujía de sobre una mesa, y abriendo una puerta de servicio, se
+encontró en un estrecho corredor, pasado el cual, entró en una ancha
+galería, medio alumbrada par algunos faroles y enteramente desierta, á
+excepción de un centinela tudesco, que se paseaba gravemente en la
+galería y que, al ver á la condesa, se detuvo y al pasar ella por
+delante de él, dió un golpe con el cuento de la alabarda en el suelo, á
+cuyo saludo contestó la joven con una ligera inclinación de cabeza.
+
+La condesa se perdió por una pequeña puerta al fondo.
+
+La galería que acababa de atravesar era la de los Infantes; el lugar en
+que había entrado, era una galería densamente lóbrega, en la cual
+resonaban los pasos de la condesa de una manera sonora.
+
+La de Lemos iba ceñida á la pared del lado izquierdo, con la bujía
+levantada, mirando los números pintados sobre las puertas, y ya había
+recorrido un gran espacio sin encontrar el número 10, ni la puerta
+verde, cuando oyó al fondo de la galería ruido de pasos lentos y
+marcados, como los de un hombre que anda pesadamente y con dificultad.
+
+Miró la de Lemos al lugar de donde provenía el ruido, y sólo vió la área
+luminosa de la linterna.
+
+El que la llevaba estaba envuelto en la sombra.
+
+La condesa se detuvo contrariada, porque hubiera querido que nadie la
+viera en aquellos lugares, y se detuvo irresoluta.
+
+El de la linterna se detuvo también.
+
+--¿Quién va?--dijo con un acento breve, descuidado y ligeramente
+sarcástico; esto es: con un acento que parecía estar acostumbrado de tal
+modo á expresar el sarcasmo, que le dejaba notar hasta en la frase más
+indiferente.
+
+--¡Ah! ¡Dios mío! ¿si será? ¡pero no! ¡no puede ser! ¡si estaba preso!
+¿Quién va?--añadió con interés la condesa.
+
+--¡Ah!--dijo el hombre--; yo soy, Diógenes trasegado, que anda en busca
+de un hombre y no le hallo.
+
+--Y yo soy una dama andante, que busca á una mujer y no la encuentra.
+
+Acercábanse entretanto los dos interlocutores.
+
+--Pero hallo una mujer--dijo el de la linterna--, lo que no es poco, y
+me doy por bien hallado.
+
+--Y yo--dijo la condesa con afecto--encuentro un hombre, y me doy por
+satisfecha.
+
+--¡Ah! ¡doña Catalina!
+
+--¡Ah! ¡don Francisco!
+
+A este punto, don Francisco y doña Catalina estaban á muy poca distancia
+el uno del otro, y se enviaban mutuamente al rostro la luz de la bujía y
+de la linterna.
+
+Era don Francisco un hombre como de treinta años, de menos que mediana
+estatura, y más desaliñadamente vestido que lo que convenía á un
+caballero del hábito de Santiago, cuya cruz roja mostraba sobre el
+ferreruelo. Tenía la actitud valiente del hombre que nada teme y se
+atreve á todo; mostraba los cabellos un tanto más largos que como se
+llevaban en aquel tiempo; la frente alta, ancha, prominente, atrevida;
+la ceja negra y poblada, y al través del vidrio verdoso de unas anchas
+antiparras montadas en asta negra, dejaba ver dos grandes ojos negros,
+de mirada fija, chispeante, burlona y grave á un tiempo, inteligente,
+altiva, picaresca, desvergonzada, escudriñadora: mirada que se reía,
+mirada que suspiraba, mirada _pandæmonium_, si se nos permite esta
+frase, á cuyo contacto se encogía el alma de quien era mirado por ella,
+temorosa de ser adivinada ó de ser lastimada; aquellos dos ojos estaban
+divididos por una nariz aguileña de no escaso volumen, y bajo aquella
+nariz y un poblado bigote, y sobre una no menos poblada pera, sonreía
+una boca en que parecía estereotipada una sonrisa burlona, pero con la
+burla de un sarcasmo doloroso.
+
+Este hombre era don Francisco de Quevedo y Villegas, gran filósofo, gran
+teólogo, gran humanista, gran poeta, gran político, gran conspirador,
+caballero del hábito de Santiago, señor de la torre de Juan Abad,
+epigrama viviente, desvergüenza ambulante, gran bufón de su siglo, que
+acogía con carcajadas convulsivas las verdades que le arrojaba á la
+cara.
+
+Era, en fin, ese grande ingenio, cuyas obras leemos con deleite,
+perdonándole su cinismo, su escepticismo, su desvergüenza; ese grande
+ingenio á quien amamos, por lo que nos entretiene y por lo que nos
+enseña; ese hombre, á quien acaso ennoblecemos, ó á quien no
+comprendemos tal vez; esa colosal figura, colocada la mitad en luz y la
+mitad en sombra.
+
+--¿Vos por aquí, don Francisco?--dijo la condesa sin disimular su
+alegría, alegría semejante á la de quien de una manera inesperada tiene
+un buen encuentro.
+
+[imagen:--¡Ah, doña Catalina!--¡Ah, don Francisco!]
+
+--San Marcos llora; allá le dejo entregado á su viudez, y á los
+canónigos escandalizados de que Lerma se haya atrevido á tanto: allá se
+quedan llorando, porque ya no tienen quien les haga llorar... de risa, y
+yo me vengo aturdido á la corte, porque ya no tengo al lado, en un
+consorcio infame, á quien me hacía reir de... rabia.
+
+--¡Siempre tan desesperado!--dijo con acento conmovido la joven.
+
+--¡Y siempre vos tan buena!--dijo Quevedo, á cuyos ojos asomó una
+lágrima-; ¡tan buena!... ¡tan hermosa y tan desgraciada!--pero cambiando
+repentinamente de tono, dijo:--¿conque el rey que os casó mal, os ha
+desmaridado bien?
+
+--¡Cómo! ¿sabéis?...
+
+--Sé que por meterse en oficios de dueña, y por el pecado de torpe, anda
+por esas tierras desterrado el conde de Lemos, mi señor.
+
+--¡Pero vos lo sabéis todo!¡acabáis de llegar!...
+
+--Súpelo en San Marcos, y fué un día grande para mí; el único de
+grandeza que conozco al rey Felipe III; como que desterraba de la corte
+á vuestro marido, y á mí me permitía venir á enterrarme en ella, ó mejor
+dicho, á enojarme.
+
+--¡A enojaros!
+
+--Sí por cierto, á enojarme en vuestros ojos.
+
+--¡Ah, don Francisco!, el amor debía tener un decálogo.
+
+--¡Torpe soy!
+
+--¿Vos torpe?
+
+--¡Si no os entiendo!, á no ser que el decálogo del amor empezase de
+esta manera: el primero, amar á la condesa de Lemos sobre todas las
+cosas.
+
+--Bien decís que sois torpe; el decálogo del amor debía decir: el
+segundo no galantear en vano.
+
+--Porque sé que en vanísimo enamoro, digo que viniendo á la corte, me
+entierro. Pero del mal el menos; viniendo vos sola, no temo que nadie
+pise mi alma en su sepultura.
+
+--Acabaréis por enfadarme, don Francisco--dijo con seriedad la condesa.
+
+--¿Enfadaros, vos, cuando yo estoy alegre? ¿nublaros cuando yo amanezco?
+
+--¿Es decir, que os alegráis de mi abandono?
+
+--¡Alégrome de vuestra resurrección!
+
+--Es que yo no me he muerto.
+
+--Os enterraron en el matrimonio, poniéndoos por mortaja al conde de
+Lemos. ¿Cómo queréis que no me alegre, cuando os desamortajan y os
+desentierran? ¿Cómo queréis que no exclame?
+
+ Conde que te has condenado,
+ porque pecar no has sabido:
+ bien casado, mal marido,
+ ¡guárdete Dios, desterrado!
+
+--¡Sois terrible!--exclamó riendo la condesa.
+
+--Perdonadme, pero de tal modo me han hecho vomitar versos en San
+Marcos, que aún me duran las ansias; donde piso, dejo sátiras; de donde
+escupo, saltan romances; donde llega mi aliento, se clavan letrillas.
+Pero prometo, á fe de Quevedo, no volver á hablaros sino en lisa prosa
+castellana.
+
+--¿Sin jugar del vocablo?
+
+--Lo otorgo.
+
+--¿Ni del concepto?
+
+--No me atrevo á jurarlo, porque me tenéis tan presa el alma y os teme
+tanto, que no sabe por dónde escaparse.
+
+--Siempre que no me habléis de amor... ya sabéis donde vivo.
+
+--Me aprovecharé de vuestra buena oferta, y me contentaré con adoraros
+en éxtasis.
+
+--Es que yo no quiero veros idólatra. Pero dejando esta conversación,
+que os lo aseguro, me disgusta, ¿á dónde íbais por aquí?
+
+--Iba en busca de un hombre que se me ha perdido, y voy á buscarle á
+casa del duque de Lerma, vuestro padre, donde según dicen le habré
+hallado.
+
+--¿Vais á casa de mi padre?
+
+--No, por cierto, voy á buscar al cocinero de su majestad.
+
+--¿Qué, se encuentra en casa de mi padre?
+
+--Allí está prestado.
+
+--¿Queréis hacerme un favor, don Francisco?
+
+--¿No sabéis que podéis mandarme?
+
+--Pues bien: os mando que llevéis esta carta á donde ese sobrescrito
+dice.
+
+--«Al duque de Lerma, en propia mano»--dijo Quevedo.
+
+Y se quedó profundamente pensativo.
+
+--¡Sé que sois enemigo de mi padre, que os pido un gran sacrificio!
+Pero...
+
+--¿Me lo pagaréis?...
+
+--Os lo... agradeceré en el alma.
+
+--¡Iré!--dijo Quevedo, levantando la cabeza con resolución.
+
+--¿Y no queréis saber el contenido de esta carta?
+
+--Me importa poco.
+
+--Podrá suceder...
+
+--Me importa menos.
+
+--Adiós--dijo precipitadamente la condesa.
+
+--¿Por qué?...
+
+--Suenan pasos, y se ven luces--dijo la de Lemos--. Si nos encontraran
+aquí juntos...
+
+Quevedo apagó la luz de la condesa de un soplo, y luego sopló su
+linterna.
+
+--¿Qué hacéis?--dijo la condesa, que se sintió asida por la cintura y
+levantada en alto.
+
+--Desvanecerme con vos á fin de que no nos vean.
+
+--Soltad, ó grito.
+
+--Pueden conoceros por la voz.
+
+--¡Traen luces y nos verán!
+
+--Allí hay unas escaleras.
+
+Y luego se oyó el ruido de las pisadas de Quevedo hacia un costado de la
+galería.
+
+Luego no se oyó nada, sino los pasos de algunos soldados que iban á
+hacer el relevo de los centinelas.
+
+Uno de ellos llevaba una linterna.
+
+--¿Qué es esto?--dijo el sargento tropezando en un objeto--un candelero
+de plata con una bujía.
+
+--Y una linterna de hierro.
+
+--Las acaban de apagar.
+
+--Cuando entramos había aquí una dama y un caballero.
+
+--Dejad eso donde lo hemos encontrado y adelante. En palacio y en la
+inquisición, chitón.
+
+Siguieron adelante los soldados, atravesando lentamente la galería.
+
+Poco después se oyeron de nuevo las pisadas de Quevedo.
+
+--Buscad mi candelero--dijo con la voz conmovida la de Lemos.
+
+--Y mi linterna--contestó con un acento singular Quevedo.
+
+--Ved que ésta es mi mano--dijo la condesa.
+
+--No creía que estuviéseis tan cerca de mí.
+
+--¡Ah! ya he dado con él.
+
+--Ya he dado con ella.
+
+--¡Adiós, don Francisco! mañana me encontraréis todo el día en mi casa.
+
+--¡Adiós, doña Catalina! mañana iré á veros... si no me encierran.
+
+--¡Adiós!
+
+--¡Adiós!
+
+--¡Oh, Dios mío!--murmuró la condesa alejándose entre las tinieblas--,
+creo que no me pesa de haberle encontrado. ¿Amaré yo á Quevedo?
+
+Entre tanto, Quevedo, adelantando en dirección opuesta, murmuraba:
+
+--Capítulo VI. De cómo no hay virtud estando obscuro.
+
+Poco después extinguióse de una parte el crujir de la falda de la
+condesa, y de la otra el ruido de las lentas pisadas de Quevedo.
+
+
+
+
+CAPÍTULO IV
+
+ENREDO SOBRE MARAÑA
+
+
+Quevedo salió del alcázar, se puso en demanda de la casa del duque de
+Lerma y se entró desenfadadamente en un destartalado zaguán, cuya puerta
+estaba abierta de par en par.
+
+Aquel zaguán, hijo genuino del siglo XVI, á pesar de su irregularidad,
+de su pavimento terrizo y de sus paredes rudamente pintadas de rojo y
+blanco imitando fábrica, no dejaba de ser suntuoso y característico,
+como representante de la época de transición llamada del Renacimiento.
+
+Un techo de pino acasetonado, con altos relieves en sus vanos, sostenido
+sobre un ancho friso de la escuela de Berruguete, así como una escalera
+de mármol con rica balaustrada del género gótico florido, parecían
+demandar otras paredes y otro pavimento, menos pobres, menos rudos; un
+enorme farol colgado del centro del techo, otro farol más pequeño
+pendiente de un pescante de hierro y que compartía su luz entre un nicho
+en que había un Ecce-homo de madera, de no mala ejecución, y un enorme
+escudo de armas tallado y pintado en madera; seis hachas de cera,
+sujetas á ambos lados en la balaustrada de la escalera, y otro farol
+pendiente del centro del techo de la escalera al fondo, eran las luces
+que iluminaban el zaguán, y dejaban ver las gentes que en él había.
+
+Eran éstas dos lacayos aristocráticamente vestidos con una especie de
+dalmática ó balandrán negro, con bandas diagonales amarillas, color y
+emblema de la casa Sandoval; un hombre vestido de camino, rebozado en
+una capilla parda, que estaba sentado en un largo poyo de piedra que
+corría á lo largo de la pared en que se notaban la imagen y el escudo de
+armas, y una especie de matón que echado de espaldas contra una de las
+pilastras de la puerta, dejaba ver bajo el ala de su sombrero gacho, un
+semblante nada simpático, y nada á propósito para inspirar confianza.
+
+Los dos lacayos ó porteros se paseaban á la ancho del zaguán, apareados,
+hablando de una manera tendida, y riendo con una insolencia lacayuna; el
+joven embozado del poyo, miraba de una manera hosca á los porteros, y el
+matón de la puerta fijaba de tiempo en tiempo una mirada vigilante en el
+de la capilla parda, locutario del poyo.
+
+Al entrar en el zaguán, Quevedo, que cuando iba á ciertos lugares,
+especialmente para entrar en ellos no desatendía ninguna circunstancia,
+y todo lo abrazaba de una mirada rápida, oculta, hasta cierto punto, por
+el verdoso vidrio de sus antiparras, se detuvo de repente junto al
+hombre que estaba en la puerta, le dió frente y le dijo encarándosele:
+
+--¿Cómo tu aquí?
+
+Afirmóse sobre sus plantas aquel hombre, y clavó sus ojos en Quevedo.
+
+--¡Ah! ¡es vuesa merced!
+
+--Yo te daba ahorcado.
+
+--Y yo á vuesa merced desterrado.
+
+--Pues encuéntrome en mi tierra.
+
+--Y yo sobre mis canillas.
+
+--¡Gran milagro!
+
+--Sirvo á buen amo.
+
+--¿A su excelencia?...
+
+--Decís bien: porque sirvo á don Rodrigo Calderón...
+
+--¡Criado del duque de Lerma!¿conque eres?...
+
+--Medio lacayo...
+
+--Medio requiem...
+
+--Decís bien.
+
+--¿Quién agoniza por aquí?
+
+Lanzó el matón una rápida mirada de soslayo al hombre que estaba en el
+poyo.
+
+--¡Ah!--dijo Quevedo siguiendo también de soslayo aquella mirada--. ¿Y
+quién es él?
+
+--¡Bah, don Francisco! por mucho que yo os deba, también debo mucho á
+don Rodrigo y...
+
+Sonó Quevedo algunas monedas en el bolsillo, y el matón cambió de tono.
+
+--¿Pero qué importa á vuesa merced?... ¿no ha perdido vuesa merced la
+afición á saberlo todo?
+
+--Ven acá, Francisco; ven acá, á lo obscuro, hijo, que en ninguna parte
+se dice mejor un secreto que donde no hay luz, ni nunca toma mejor
+dinero quien, como tú, gastas vergüenza, que á obscuras. Ven acá, te
+digo, y si quieres embuchar, desembucha.
+
+Siguió aquel hombre á Quevedo un tanto fuera de la puerta, y cuando de
+nadie pudieron ser vistos ni oídos, dijo Quevedo:
+
+--El hidalgo que se esconde entre sombrero y embozo, es mucha cosa mía.
+
+--¡Ah!¿es cosa vuestra... ese mancebo?... ¿pero cómo le ha conocido
+vuesa merced, si ni aun no se le ven los ojos?
+
+--Ver claro cuando está obscuro, y desembozar tapados, son dos cosas
+necesarias á todo buen hidalgo cortesano; y más en estos tiempos en que
+es tan fácil á medio rodeo dar con la torre de Segovia; ¡hermano Juara,
+vomita!
+
+--No me atrevo: don Rodrigo...
+
+--Ni acuña mejor oro que el que yo gasto, ni usa mejor hierro que el que
+yo llevo.
+
+--¡Pero don Francisco!
+
+--O al son de mi bolsa cantas, ó si te empeñas en callar, hablan de ti
+mañana en la villa. Conque hijo, ¿qué quiere don Rodrigo con mi
+pariente?
+
+--¿Vuestro pariente es ese mozo?
+
+--Archinieto de una archiabuela mía, que era tan noble persona que más
+arriba que el suyo no hay linaje que se conozca.
+
+--¿Me promete vuesa merced guardarme el secreto, don Francisco?
+
+--Por mi hábito te prometo que nadie ha de saber el mal conocimiento que
+tengo contigo. Desembucha, que ya es tarde y hace frío, y no es justo
+que me hagas ayudarte tanto á ganar un doblón de á cuatro; y el tal
+doblón es de los buenos del emperador, que anduvieron escondidos por no
+tratar con herejes.
+
+Y Quevedo sonó otra vez su bolsillo.
+
+--El cuento es muy corto. Figuráos que yo, por orden de don Rodrigo,
+estoy desde el obscurecer acechando á los que salen del alcázar por la
+puerta de las Meninas.
+
+--Palaciega historia tenemos.
+
+--Figuráos que poco después baja una dama por las escalerillas de las
+Meninas, y se mete en una litera.
+
+--¿Dama y tapada?
+
+--Sí, señor.
+
+¿Estás seguro que no era dueña?
+
+--Andaba erguida y transcendía á hermosa.
+
+--Buen olor tiene tu cuento. ¿Y quién era ella?
+
+--No lo sé; don Rodrigo me había dicho solamente: si sale de palacio una
+dama ancha de hombros, alta de pecho, gentil y garrida, manto á los
+ojos, y halda hasta el suelo, sigue á esa dama.
+
+--He aquí unas señas capaces de volver el seso á Orlando Furioso.
+¿Seguiste á la dama?
+
+--Iba á hacerlo cuando llegó don Rodrigo.--¿Ha salido? me preguntó.--Sí,
+señor.--¿En litera?--Sí, señor.--¿Por dónde va?--Por aquella calleja se
+ha metido.--Don Rodrigo tira adelante y yo detrás de él; henos aquí
+metidos en una aventura. Llovía...
+
+--Aventura completa.
+
+--Estaba obscuro.
+
+--Mejor aventura.
+
+--Paró la litera, y salió la dama.
+
+--¿Entróse dónde?
+
+--Siguió adelante.
+
+--¡Con lluvia y de noche, tapada y sola! Sigue, hijo, sigue. Cantas que
+encanta.
+
+--Pero de repente, al volver una esquina, hétenos á la tapada asida de
+un embozado.
+
+--¿Lluvia y tinieblas? ¿tapada y embozado?... buscona adobada y pollo
+que miente gallo.
+
+--Más alto debe picar, porque don Rodrigo me dijo: Juara, lance tenemos;
+estocadas barrunto. Espada de gavilanes traigo y daga de ganchos. No se
+trata de que me ayudes... ¡para un hombre otro hombre!
+
+--¡Aventura con milagro!
+
+--¿Qué milagro hay hasta ahora?
+
+--Que don Rodrigo Calderón no vea más que un hombre, cuando tiene
+delante un enemigo.
+
+--Don Rodrigo es valiente...
+
+--Pero más valido. Y en cuanto á valor no niego que es mucho el
+valimiento del tal, como que de todo se vale para valerse: ¡válame Dios
+con tu cuento! Pero cuenta, hijo, y ten presente de no mentir. ¿Qué hubo
+al cabo?
+
+--Hubo que don Rodrigo me dijo--: No conozco á quien la acompaña;
+persona debe ser cuando tan tirado platican y tan despacio caminan.
+Podrá suceder que cuando llegue el caso ese hombre me venza. Anda y
+busca una ronda, Juara.
+
+--¿Y hubo lance?
+
+--Lance hubo.
+
+--¿Hubo sangre?
+
+--Hubo un desarme...
+
+--¿Quién mandó?
+
+--El embozado del portal.
+
+--¡Ah! Pues no sabía yo que tenía tan buen pariente.
+
+--Llegué con la ronda, pero tarde: seguí á ese embozado de orden de don
+Rodrigo, metióse aquí, pretendió pasar de las escaleras, sin
+conseguirlo, y hace una hora que él está allí sentado, y que yo le estoy
+dando centinela.
+
+--Por el cuento--dijo Quevedo, sacando una moneda del bolsillo--; porque
+pierdas la memoria--y sacó del bolsillo otra moneda.
+
+--¿La memoria de qué?--dijo Juara.
+
+--De que me has visto en tu vida.
+
+Y sin decir más, rebozóse y se entró gentilmente por el zaguán.
+
+Al pasar junto al de la capa parda, se detuvo y le miró fijamente.
+
+--Mucho os tapáis--le dijo.
+
+--Hace frío--contestó el otro con mal talante.
+
+--Quien por damas se enzaguana--dijo don Francisco--, ó es tonto ó
+merece serlo.
+
+--Yo os conozco, ¡vive Dios!--dijo el de la capilla poniéndose de pie y
+dejando caer el embozo.
+
+--¡Mi buen Juan!--exclamó con alegría Quevedo.
+
+--¡Mi buen Quevedo!--exclamó con no menos alegría Juan Montiño, que él
+era.
+
+-Diez años me dais de vida; ¡apretad! ¡apretad recio!
+
+--¡Que me place! ¡siempre el mismo!
+
+--No tal; contempladme espectro.
+
+--¡Vos espectro!
+
+--Quedé pobre.
+
+--¡Pobre vos!
+
+--Y... vedme muerto, que entre un tuvo y un no tiene, hay un mundo de
+por medio. En prisiones me han tenido, y hoy á la corte me vuelvo á ser
+pelota de tontos y pasadizo de enredos.
+
+--Pues en lo de hacer hablar con vos en verso al más topo cuando
+queréis, sois el mismísimo Quevedo de hace tres años; cinco minutos lo
+menos hemos estado hablando en romance.
+
+--¡Ah! sí, tenéis razón; sudo para hablar en prosa, ni más ni menos que
+le acontece á Montalván cuando quiere hablar en verso, ó como al duque
+de Lerma cuando no encuentra cosa á qué echar el guante.
+
+--¡Por la Virgen! ¡ved que estamos en casa del duque, y que nos escuchan
+sus criados!
+
+--¡Pues mejor!
+
+--¿Mejor? no entiendo.
+
+--Entendedme; las verdades, cuando las lleva un correo, llegan verdades
+sopladas, y ganan ciento por ciento. Pero volviendo á nosotros, ¡mal
+hayan, amén, los versos! se me escapan como el flato. ¡Juro á Dios!...
+
+--¡Guardad, Quevedo!
+
+--Decís bien; no está en mi mano; es ya enfermedad de perro; comezón,
+archimanía. ¿Qué buscáis aquí?
+
+--Pretendo...
+
+--¿Lo véis? vos tenéis la culpa.
+
+--¿Yo la culpa?
+
+--Sí por cierto; me buscáis el asonante.
+
+--¡Sois terrible!
+
+--Soy... Quevedo. ¿Habéis acompañado á una dama?
+
+--Sí; ¿quién os lo ha dicho?
+
+--Los enredos son mi sombra; en viniendo yo á la corte, se vienen á mi
+los tales á bandadas, y lo que es peor, enrédanme, me sofocan, me traen
+de acá para allá, me sudan y me trasudan, y ni con reliquias de santo
+que lleve encima, dejan de acometerme. Pero volviendo á vuestra
+aventura, «Erase una tapada...
+
+--Tapada era.
+
+--...alta y garrida...
+
+--¡Sí!
+
+--...ancha de hombros, alta de seno, manto á los ojos, y halda hasta el
+suelo.»
+
+--¿Conocéisla?
+
+--No, ¿y vos?
+
+--Tampoco.
+
+--¿Pero no habéis reñido por ella?
+
+--Sí.
+
+--¿No habéis vencido?
+
+--Sí.
+
+--¿Y dónde la habéis dejado?
+
+--Se fué sola.
+
+--¿Y no venís aquí por ella?
+
+--¡Ah! ¡no!
+
+--¿Y no habéis vislumbrado quién ella sea?
+
+--La tengo por principal.
+
+--Dios os libre de un portento embozado, de un lucero entre nubes, de
+una mano entre rendijas, de un envido de buscona, y sobre todo, de un
+quiero. Desconfiad de carta de dueña como de pastel de hostería, y sobre
+todo, recibidme por maestro. ¿Dónde vivís?
+
+--No lo sé aún; ¿y vos?
+
+--Yo... vivo aquí.
+
+--¿Acabáis de llegar?
+
+--Ya os lo dije; torno á esta tierra, de un destierro.
+
+--Y yo acabo de llegar de Navalcarnero. Fuí á buscar á mi tío á palacio;
+llovieron sobre mí aventuras y desventuras, porque esos porteros, á
+quienes Dios confunda, no han querido avisar de mi llegada á mi tío.
+
+--¿Y quién es ese vuestro tío?
+
+--El cocinero de su majestad.
+
+--¡Francisco Martínez Montiño! pues me alegro, ¡hombre sois!
+
+--¡Cómo!
+
+--¡Ahí es nada! ¡con tío en palacio, cocinero de su majestad y
+enredador, avaro y celoso! ¡cuando os digo que habéis hecho suerte! ya
+veréis; ahora, si os importa ver vuestro tío, seguid á mi lado, ni más
+ni menos que si no os hubiesen negado la entrada; alta la cabeza,
+fruncido el ceño, y por no dar, que el dar daña, no les deis ni las
+buenas noches.
+
+Y Quevedo tiró hacia las escaleras, desde en medio del portal donde
+había estado hablando con Juan Montiño.
+
+Al ver acercarse á un caballero del hábito de Santiago, á quien habían
+oído hablar mal de su señor, porque Quevedo había levantado la voz para
+llamar ladrón al duque, los porteros le tuvieron, sin duda, por tan
+amigo de Lerma, que le dejaron franco el paso inclinándose, y sin duda
+también porque el caballero de Santiago se mostraba amigo del de la
+capilla parda, no se les ocurrió ni una palabra que decirle.
+
+Entre tanto murmuraba Quevedo, subiendo lentamente las escaleras:
+
+--Para entrar en todas partes, sirve una cruz sobre el pecho; mas para
+salir de algunas, sólo sirve cruz de acero.
+
+--¿Qué decís?--le preguntó Juan Montiño.
+
+--Digo que al entrar aquí, no somos hombres.
+
+--¿Pues qué somos?
+
+--Ratones.
+
+--¿Supongo que mi tío no será el gato?
+
+--No, porque vuestro tío es comadreja.
+
+--¿Dónde vais, caballero?--dijo á Quevedo un criado de escalera arriba.
+
+Quevedo no contestó, y siguió andando.
+
+--¿No oís? ¿dónde vais?--repitió el sirviente.
+
+--¿No lo veis? voy adelante--contestó sin volver siquiera la cabeza
+Quevedo.
+
+--Perdonad--dijo el lacayo, que alcanzó á ver en aquel momento la cruz
+de Santiago en el ferreruelo de don Francisco.
+
+Entraron en una magnífica antecámara estrellada de luces y llena de
+lacayos.
+
+El lujo de aquella antecámara en la casa de un ministro, era
+escandaloso: alfombras, cuadros de Tiziano, de Rafael, de Pantoja, del
+Giotto; tapicerías flamencas; lámparas admirables; puertas de las
+maderas más preciosas, incrustadas de metales; estatuas antiguas; un
+tesoro, en fin, invertido en objetos artísticos.
+
+Una antecámara alhajada de tal modo, era un deslumbrante prólogo que
+hacía presentir verdaderas maravillas en las habitaciones principales.
+
+--¡He aquí, he aquí el sumidero de España!--murmuró entre su embozo
+Quevedo--; ¡ah don ladrón ministro! ¡ah sanguijuela rabiosa! ¡Tántalo de
+oro! ¡chupador eterno! ¡para qué se han hecho los dogales!
+
+Y adelantó.
+
+--Oíd--dijo Quevedo á uno que atravesaba la antecámara, llevando una
+fuente vacía.
+
+--¿Qué me mandáis, señor?--contestó deteniéndose el lacayo.
+
+--Llevad á este hidalgo á donde está su tío.
+
+--Perdonad, señor; pero ¿quién es el tío de este hidalgo?
+
+--El cocinero del rey.
+
+--Seguidme--dijo el joven á Quevedo, estrechándole la mano.
+
+--Nos veremos--contestó Quevedo.
+
+--¿Dónde?
+
+--Adiós.
+
+--¿Pero dónde?
+
+--Nos veremos.
+
+Y volviendo la espalda al sobrino de su tío, se embozó en su ferreruelo,
+y se fué derecho á un maestresala que cruzaba por la antecámara.
+
+Al ver el maestresala que se le venía encima una figura negra y
+embozada, donde todos estaban descubiertos, dió un paso atrás.
+
+--No soy dueña--dijo Quevedo.
+
+--¿Qué queréis?--dijo el maestresala con acento destemplado.
+
+--Decid á su excelencia, vuestro amo, que soy la duquesa de Gandía.
+
+Dió otro paso atrás el maestresala.
+
+--Mirad--dijo Quevedo ganando aquel paso.
+
+Y mostró al maestresala el sobrescrito de la carta que le había dado la
+de Lemos.
+
+--Acabáramos--dijo el maestresala--; con haber dicho que teníais que
+entregar á su excelencia en propia mano...
+
+--Esta carta viene sola.
+
+Miró con una creciente extrañeza el maestresala al bulto que tenía
+delante, y se entró por una puerta inmediata.
+
+Poco después volvió y dijo á Quevedo:
+
+--Podéis seguirme.
+
+--Sí puedo--dijo don Francisco; y tiró adelante, siguiendo al
+maestresala, que después de haber atravesado algunas habitaciones más
+suntuosas y mejor alhajadas que las de palacio, abrió con un llavín una
+mampara, y dijo á Quevedo:
+
+--Pasad y esperad; mi señor me manda rogaros le perdonéis si tardare.
+
+Y el maestresala cerró la mampara.
+
+--¡Perdonar! veré si perdono--dijo Quevedo adelantando, meditabundo, en
+la habitación donde le habían dejado encerrado--; ¡esperar! sí... tal
+vez... espero... espero... he entrado con buena suerte en Madrid... y
+vamos... sí... yo no creía... me ha puesto de buen humor esta pobre
+condesa, y he encontrado á ese noble joven por quien únicamente vengo á
+Madrid. ¡Casualidades! una mujer que puede servirme, un joven á quien
+tengo el deber de servir, y una carta que no sé lo que contiene, pero
+que veré leer; y ver leer, cuando se sabe ver, es lo mismo que leer ó
+mejor... ¡pues bien, mejor! y la tapada que ha acompañado ese valiente
+Juan... y las estocadas de ese caballero con don Rodrigo Calderón...
+¡enredo! ¡enredo! ¡y del enredo dos cabos cogidos! esta misma espera me
+ayuda; esperemos, pero esperemos pensando.
+
+Y Quevedo se embozó perfectamente en su ferreruelo, se sentó en un
+sillón, apoyó las manos en sus brazos, reclinó la cabeza en su respaldo
+y extendió las piernas, después de lo cual quedó inmóvil y en silencio.
+
+
+
+
+CAPÍTULO V
+
+¡SIN DINERO Y SIN CAMISAS!
+
+
+El lacayo que guiaba á Juan Montiño le llevó por un corredor á una gran
+habitación donde, sobre mesas cubiertas de manteles, se veían platos de
+vianda.
+
+En aquella habitación se veían además lacayos que iban y venían, entre
+los cuales, como un rey entre sus vasallos, se veía un hombrecillo
+vestido de negro con un traje nuevo de paño fino de Segovia,
+observándose que en las mangas ajustadas de su ropilla faltaban los
+puños blancos.
+
+Este hombre tomaba los platos de sobre las mesas, los entregaba á los
+lacayos, decíales la manera que habían de tener para llevarlos y
+servirlos, y no paraba un momento, yendo de una mesa á la otra con una
+actividad febril, con entusiasmo, casi con orgullo, como un general que
+manda á sus soldados en un día de batalla.
+
+Aproximándose más á este hombre se notaba: primero, que tenía cincuenta
+y más años; segundo, que tenía los cabellos mitad canos, mitad rubio
+panocha; tercero, que su fisonomía marcaba á un tiempo el recelo, la
+avaricia y la astucia; cuarto, que á pesar de todo esto, había en aquel
+semblante esa expresión indudable que revela al hombre de bien; quinto,
+que era rígido, minucioso é intransigible con las faltas de sus
+dependientes en el desempeño de su oficio; sexto y último, que emanaba
+de él cierta conciencia de potestad, de valimiento, de fuerza, que le
+daba todo el aspecto de un personaje _sui generis_.
+
+Por lo demás, este hombre tenía la cabeza pequeña, el cuerpo enjuto y
+apenas de cuatro pies de altura; el semblante blanco, mate y surcado por
+arrugas poco profundas, pero numerosas; la frente cuadrada, las cejas
+casi rectas, los ojos pequeños, grises y sumamente móviles; la nariz
+afilada; la boca larga y de labios sutiles, y la barba, mejor dicho, el
+pelo de la barba, cano, lo que podía notarse en su bigote y su perilla,
+porque el resto estaba cuidadosamente afeitado.
+
+A este hombre llegó el lacayo conductor del joven, que había quedado á
+poca distancia, y le dijo:
+
+--¡Señor Francisco Montiño!...
+
+--¡En, dejadme en paz!, no os toca á vos--dijo el señor Francisco
+tomando una fuente de plata con un capón asado y dándole á otro lacayo.
+
+--Perdone vuesa merced, pero no es eso; vuestro sobrino...
+
+--¡Mi sobrino!...--dijo el cocinero del rey--; yo no tengo sobrinos;
+llevad bien esa ánade, Cristóbal.
+
+--¿Sois vos el señor Francisco Martínez Montiño?--dijo Juan Montiño
+adelantando.
+
+--Sí, por cierto, que así me nombro--contestó el cocinero del rey dando
+á otro lacayo otro plato, y sin volverse á mirar á quien le hablaba.
+
+--Pues entonces--repuso el joven--sois mi tío carnal, hermano de mi
+padre Jerónimo Martínez Montiño.
+
+--¿Eh? ¿qué decís?--repuso el señor Francisco volviéndose ya á mirar á
+quien le hablaba.
+
+Y apenas le vió su fisonomía tomó una expresión profundamente reservada.
+
+--¡Diablo!--murmuró de una manera ininteligible--¡y es verdad! ¡y cómo
+se parece á!... perdonad un momento... ¡eh! ¡Gonzalvillo! ¡hijo, que
+vertéis la salsa de la alcaparra! ¡animales! para esto se necesitan
+manos mejores que vuestras manos gallegas. ¿Conque qué decíais?--añadió
+volviéndose al joven.
+
+--Digo, que acabo de llegar--dijo Juan Montiño con cierta tiesura,
+excitado por el carácter repulsivo de su tío.
+
+--¿Pero de dónde acabáis de llegar?...
+
+--De Navalcarnero.
+
+--¡Ah! ¿y quién os envía?
+
+[imagen: El cocinero de Su Majestad.]
+
+--Pudiera suceder muy bien que hubiera venido sólo por conocer al
+hermano menor de mi difunto padre; pero no he venido por eso; vengo
+porque me envía mi tío Pedro Martínez Montiño, el arcipreste.
+
+--¡Ah! ¡os envía mi hermano el arcipreste! perdonad, perdonad otra vez;
+estos pajes... ¡eh! ¡dejad ahí esas fuentes; son de la tercera vianda,
+venid para acá! pero señor, ¿qué hacen esos veedores? ahora tocan las
+empanadas de liebre, los platillos á la tudesca y las truchas fritas.
+
+Juan Montiño empezaba á perder la paciencia; su tío interrumpía á cada
+paso su diálogo con él para acudir á cualquier nimiedad; se le iba, se
+le escapaba de entre las manos, y no le prestaba la mayor atención; pero
+si Juan Montiño hubiera podido penetrar en el pensamiento de su tío,
+hubiera visto que desde el momento en que había reparado en su
+semblante, el cocinero del rey había necesitado de todo su aplomo, de
+toda su experiencia cortesana para disimular su turbación.
+
+Consistía esto en que tenía delante de sí un sobrino á quien no conocía,
+y del cual en toda su vida sólo había tenido dos noticias dadas de una
+manera tal que bastaba para meter en confusiones á otro menos receloso
+que el cocinero del rey.
+
+Veinticuatro años antes, cuando el señor Francisco Montiño sólo era
+oficial de la cocina de la infanta de Portugal doña Juana, es decir,
+cuando se encontraba al principio de su carrera, había recibido de su
+hermano Jerónimo la lacónica carta siguiente:
+
+«Hoy día del evangelista San Marcos, ha dado á luz mi mujer un hijo: te
+lo aviso para que sepas que tienes un criado á quien mandar.»
+
+Francisco Montiño se quedó como quien ve visiones: sabía que su cuñada
+Genoveva era una cincuentona que jamás había tenido hijos y que había
+perdido, hacia mucho tiempo, la esperanza de tenerlos; la noticia de
+aquel alumbramiento inverosímil, había venido de repente sin que le
+hubiese precedido en tiempo oportuno la noticia del embarazo; por otra
+parte, la carta en que Jerónimo Montiño se confesaba padre, no podía ser
+más seca ni más descarnada.
+
+Francisco Montiño leyó tres veces la carta cada vez más reflexivo, se
+encogió al fin de hombros, y dijo, guardando cuidadosamente la carta:
+
+--¿Qué habrá aquí encerrado?
+
+Era necesario contestar, y Francisco Montiño, en su contestación, se
+templó al tono de la carta de su hermano:
+
+«He recibido la noticia--le decía--de que tu mujer ha dado á luz una
+criatura, y me alegro de ello cuanto tú puedas alegrarte.»
+
+Después, en ninguna de las cartas que se cruzaban periódicamente entre
+los dos hermanos, volvió á nombrarse al tal vástago, ni en las potsdatas
+que solía poner á las cartas de Jerónimo, Pedro, que entonces era
+simplemente beneficiado.
+
+Pasaron así veintidós años: pero al cabo de ellos, Francisco Montiño,
+que ya había llegado á la cúspide de su carrera siendo, hacia tiempo,
+cocinero de Felipe III, recibió una carta de su hermano Jerónimo
+concebida en estos términos:
+
+«Estoy muy enfermo; el médico dice que me muero. Si esto sucede, podrá
+suceder que Juan Montiño, mi hijo, vaya á la corte. Algún día podrá
+convenirte el que hayas servido á ese muchacho.»
+
+--¿Qué habrá aquí encerrado?--dijo Francisco Montiño después de haber
+leído tres veces esta carta, como la otra fechada hacía veintidós años
+en el día de San Marcos.
+
+Jerónimo murió al fin; habían pasado dos años sin que el señor Francisco
+recibiese noticias de su sobrino, cuando su sobrino se le presentó de
+repente como llovido del cielo y portador de una carta de su hermano el
+arcipreste; aquella carta podía ser la resolución del misterio, y como
+este misterio se había agravado para Montiño desde el momento en que
+había creído encontrar en el semblante del joven ciertos rasgos de
+semejanza con una alta persona á quien conocía demasiado, sintió una
+comezón aguda por apoderarse de aquella carta; pero siempre cauto y
+prudente disimuló aquella comezón, afectó la mayor indiferencia hacia su
+sobrino, y sólo volvió á anudar el interrumpido diálogo con el joven,
+después de haber dado á los pajes dos docenas de platos y seis docenas
+de órdenes y advertencias.
+
+--Venid, venid acá, sobrino--dijo ya con menos tiesura, llevándole á un
+aposentillo situado cerca de la repostería, en el que se encerraron. He
+servido ya la segunda vianda, y hasta que sea necesario servir la
+tercera pasará un buen espacio. No extrañéis el que yo os haya prestado
+poca atención; con señores como el duque de Lerma, que gozan del favor
+de su majestad, hasta el punto de que su majestad se quede un día sin
+cocinero, porque su cocinero les sirva, toda diligencia es poca. Me
+alegro mucho de conoceros. Sois un gentil mozo, aunque no os parecéis ni
+á vuestro padre ni á vuestra madre; mi hermano era así poco más ó menos
+como yo, lo que no impedía que fuese un valiente soldado del rey, y mi
+cuñada, vuestra madre, fué en sus mocedades un tanto cuanto oronda y
+frescota, pero era fea y morena que no había más que pedir; vos sois muy
+gentil hombre, blanco y rubio, como si dijéramos, la honra de la
+familia, porque ya me estáis viendo y ya sabéis lo que fué vuestro padre
+y lo que es vuestro tío Pedro.
+
+--¡Ah!--dijo el joven, á quien desarmó completamente la insidiosa charla
+de su tío Francisco--; vuestro pobre hermano, señor, acaso estará en
+estos momentos en la presencia de Dios.
+
+Púsose notablemente pálido el señor Francisco, lo que demostraba que
+amaba á su hermano.
+
+--¡Cómo!--dijo--. ¿Pues tan enfermo se halla?
+
+--Tan enfermo, que esta mañana, después de haber hecho testamento, me
+llamó y me dijo:--Juan, es necesario que te vayas á Madrid en busca de
+tu tío Francisco, yo me muero; es necesario que antes de que yo muera
+reciba mi hermano esta carta, que he escrito con mucho trabajo esta
+noche.--Y sacó de debajo de la almohada esta carta cerrada y sellada que
+me entregó.
+
+El joven sacó del bolsillo interior de su ropilla una gruesa carta
+cuadrada, en la que fijó una mirada ansiosa, pero rápida, imperceptible,
+el cocinero del rey.
+
+--A vos está dirigida esta carta por mi tío moribundo--dijo el joven con
+voz conmovida--, y á vos la entrego. Mi buen tío Pedro, á pesar del
+deplorable estado en que se encontraba, me encomendó tanto que era
+necesario que recibierais cuanto antes esta carta, que ensillé á
+Cascabel, creyendo que podría tirar todavía de una jornada, y á duras
+penas he podido llegar al obscurecer. ¡El pobre jaco está tan viejo!
+
+--¿Y cuándo salísteis de Navalcarnero, sobrino?
+
+--Antes del amanecer.
+
+--¡Diez horas para cinco leguas!
+
+--Todo lo que había en casa muere; sólo quedamos vos y yo.
+
+--¡Bah! ¡bah!--dijo Montiño guardando en los bolsillos de sus gregüescos
+la carta de su hermano--, no nos aflijamos antes de tiempo; vuestro tío
+Pedro ha estado dos veces á la muerte, y una de ellas oleado y con el
+rostro cubierto.
+
+--Pero á la tercera va la vencida--dijo el joven.
+
+--A la tercera...
+
+Al pronunciar Francisco Montiño estas palabras, tenía el pensamiento en
+la carta de su hermano.
+
+--¿Quién sabe? ¿quién sabe?--añadió Montiño--; ya es viejo, como que
+nació diez años antes que yo, y he cumplido ya los cincuenta y cinco.
+Pero ¿qué le hemos de hacer? ¿Y vos?... ¿qué sois vos?... soldado, ¿eh?
+
+--No, señor; soy licenciado...
+
+--¡Licenciado!... ¡no entiendo!... ¿de qué licencias habláis?...
+
+--He estudiado teología y derecho en la Universidad de Alcalá.
+
+--¡Ah!
+
+--Muchas veces heme dicho: tengo un tío en palacio... bien pudiera mi
+tío procurarme un oficio de alcalde ó corregidor.
+
+Fruncióse un tanto el gesto del cocinero del rey.
+
+--Pero no he querido incomodaros--añadió el joven.
+
+--Habéis pensado prudentemente, sobrino, porque me hubiera incomodado
+mucho no haber podido serviros.
+
+--Sea como Dios quiera--dijo Juan Montiño.
+
+La conversación había entrado en un terreno sumamente escabroso para el
+cocinero mayor.
+
+--Sobrino--le dijo--, me es forzoso dejaros; ya es tiempo de servir la
+tercera vianda. ¿Dónde tenéis vuestra posada, á fin de que yo pueda
+veros?
+
+--En ninguna parte, señor.
+
+--¡Cómo! ¿pues dónde habéis dejado vuestro caballo?
+
+--En las caballerizas de su majestad.
+
+--¡Diablo!
+
+--Y contaba también con vivir en palacio, puesto que vos vivís en él.
+
+--¡En mi cuarto!-exclamó todo hosco el señor Francisco--; ¡con una hija
+de diez y seis años, y una esposa de veinte, y vos joven!... ¡exponerme
+á las murmuraciones! no puede ser; buscad una posada.
+
+--Es el caso, que no he traído dinero.
+
+-¿Pero cómo os ha enviado así mi hermano? ¡vamos! las gentes de los
+pueblos se creen que Madrid es las Indias.
+
+--Vuestro pobre hermano, señor, aunque nada os haya dicho, vive en la
+miseria, atenido á la limosna de tal cual misa, y á lo poco que yo gano
+enseñando latín. Pero en la enfermedad de mi tío se han ido nuestros
+últimos maravedises; ni aun maleta he podido traer... porque... toda mi
+hacienda la llevo encima.
+
+--¡Diablo! ¡Diablo! pero vos os volveréis al pueblo.
+
+--¿Y qué he de hacer allí después de muerto mi tío, por quien únicamente
+permanecía en el pueblo?
+
+--De modo, que...
+
+--Aquí me estaré.
+
+--¡Y os venís así á la corte, sin dinero... y aun sin camisas!
+
+--Tío, enseñando latín se gana muy poco.
+
+--Pero ese caballo... vendiéndolo...
+
+--¡_Cascabel_! En primer lugar, que yo quiero mucho á _Cascabel_, porque
+desde su juventud, que es ya remota, ha servido buena y lealmente á mi
+padre; en segundo, que no habría nadie que diese un ducado por
+_Cascabel_, porque ni el pellejo aprovecha.
+
+--¡Diablo! ¡diablo! ¡diablo!--murmuró Francisco Montiño--; pues bien,
+esperadme aquí, y después... después veremos cómo podemos salir de este
+compromiso en que me habéis metido vos y mi hermano Pedro.
+
+Y diciendo esto escapó, dejando solo al joven.
+
+A los veinticuatro años se piensa poco en las necesidades materiales ni
+en el porvenir: el porvenir es de la juventud; á los veinticuatro anos
+sólo se tiene corazón; Juan Montiño estaba profundamente preocupado con
+el doble recuerdo de la dama de palacio y de la tapada, que le había
+metido en un lance de armas, que se le había escapado, y que se había
+dejado dos prendas, una voluntariamente, otra, como quien dice, robada.
+
+Juan no había tenido ocasión de ver aquellas prendas, que pesaban en su
+bolsillo, y que representaban para él todo un mundo de esperanzas; pero
+cuando se encontró sólo, arrastró la silla en que estaba sentado, se
+volvió de espaldas á la puerta para cubrir con su cuerpo las alhajas de
+la vista de alguno que pudiese entrar de repente, y sacó aquellas joyas.
+
+Por el momento le deslumbró el brillo del brazalete; estaba cuajado de
+diamantes; su valor debía subir á muchos miles de reales; Juan Montiño
+se aterró.
+
+--¡Oh! ¿qué es esto, señor? ¿qué es esto?--dijo--; ¿qué dama es esa que
+tan ricas, tan magníficas joyas usa? ¿y dónde iba esa dama tan
+engalanada? ¡oh, Dios mío! ¡y qué pensará de mi esa dama! ¡si al echar
+de menos esta prenda me tomase por un ladrón!...
+
+La frente del joven se cubrió de sudor frió y se sintió malo.
+
+--Pero si estos diamantes fueran falsos... puede ser muy bien... si no
+lo fueran esa dama debía ser... veamos; examinemos bien esta alhaja.
+
+Y Juan Montiño miró de nuevo y de una manera ansiosa el brazalete.
+
+Entonces la sangre se heló en sus venas, pasando instantáneamente del
+frío á la fiebre, como si su sangre se hubiera convertido en la lava de
+un volcán. Sintió un zumbido sordo en sus oídos, y delante de sus ojos
+una nube turbia que los empañaba. Había visto en el centro del brazalete
+una placa de oro, y sobre ella, esmaltadas y entrelazadas, las armas
+reales de España y las imperiales de Austria.
+
+Aquella prenda era efectivamente de gran valor; pertenecía, á no
+dudarlo, á las alhajas de la corona.
+
+Al reparar en aquellos dos blasones, una sospecha tremenda asaltó la
+imaginación de Juan Montiño:
+
+--¿Sería la tapada que se amparó de mí la reina?
+
+Juan Montiño había oído hablar muchas veces á Quevedo, tres años antes,
+en ocasión en que andaba huído en Navalcarnero, por cierta muerte que
+había causado en riña, muchas y picantes aventuras acontecidas en la
+corte: sabía que la corrupción de las costumbres había llegado en ella
+al último límite, que las damas más principales solían verse muchas
+veces, á consecuencia de sus galanteos y de sus intrigas, en situaciones
+extraordinariamente extrañas y comprometidas; ¡pero la reina!... la
+lengua de Quevedo, que nada respetaba, había respetado siempre á las
+damas de la familia real; acaso el gran mordedor, el gran satírico,
+había guardado silencio por consideración, por afecto, por un galante
+respeto, acerca de la reina y de las infantas... pero...
+
+Estos _peros_ habían hecho una devanadera de la cabeza de Juan Montiño.
+
+No podía tener duda de que aquel brazalete era una prenda real, que
+había quedado por un acaso en su mano, al desasir de ella violentamente
+su brazo la tapada; ¿por qué la tapada llevaba aquel brazalete si no era
+la reina? y si era la reina, ¿por qué le había dejado voluntariamente
+otra prenda, la sortija?
+
+El joven examinó la sortija.
+
+Era de oro con una esmeralda, y muy bella, pero no podía ni remotamente
+compararse su valor con el del brazalete. No importaba; la reina podía
+llevar por capricho aquella sortija: la mano de la dama tapada, estaba
+cuajada de ellas; Juan Montiño lo recordaba; había visto un momento
+aquella hermosa mano arreglando el manto, á la última luz del
+crepúsculo. ¿Había elegido con intención la dama, entre todas sus
+sortijas, para dejarle una señal, la que tenía una esmeralda como en
+representación de una esperanza?
+
+Juan Montiño se volvía loco.
+
+Sumido se hallaba en una confusión de pensamientos á cual más
+descabellados, cuando una voz que resonó á sus espaldas le hizo guardar
+apresuradamente el brazalete y la sortija.
+
+--¡Señor Juan Montiño!--había dicho aquella voz.
+
+Volvióse el joven, y vió un paje que traía ropa de mesa, terciada en un
+brazo, en la una mano algunos platos, y en la otra dos botellas asidas
+por el cuello.
+
+--¿Sois vos, señor, el sobrino del señor Francisco Montiño?--dijo el
+paje.
+
+--Ciertamente, yo soy.
+
+--Pues bien, á vos vengo.
+
+--¿Y á qué venís?
+
+--A serviros de cenar.
+
+--¡Ah!
+
+--Sí, por cierto; el señor Francisco Montiño me ha dicho: Gonzalvillo,
+hijo, ve á aquel aposento, y lleva, á un hidalgo que encontrarás en él,
+y que es mi sobrino, una empanada de olla podrida, un capón de leche, un
+besugo fresco cocido, un pastel hojaldrado, frutas, confituras y dos
+botellas del bueno, de Pinto. Sírvele bien, y si quisiere otras cosas,
+téngalas; como si se tratara de mí mismo.
+
+Y el paje salió y entró repetidas veces, y acabó de cubrir la mesa en
+silencio y con sumo respeto, quedando atrás dos pasos é inmóvil después
+de llenar la copa, como si se hubiera tratado del mismo duque de Lerma,
+su señor.
+
+Es de advertir que la vajilla era de plata cincelada.
+
+--¿Qué habrá encontrado mi tío Francisco en la carta de mi tío Pedro que
+así se ablanda de repente, y así me trata?--dijo el joven, que había
+comprendido lo bastante el carácter de su tío para extrañar aquel
+brillante exabrupto--; por darme de comer, mi tío me hubiera enviado un
+pote cualquiera, en un plato de Alcorcón; ¡pero esta vajilla! ¡estas
+velas de cera perfumada!... ¡estos candeleros de plata!... Vamos, mi
+tío tiene sin duda sus razones para adularme, y me adula á costa del
+duque de Lerma. ¿En qué vendrá á parar tanto misterio?
+
+Y el joven siguió comiendo y bebiendo gentilmente, porque á los
+veinticuatro años los cuidados no quitan el apetito.
+
+
+
+
+CAPÍTULO VI
+
+POR QUÉ EL TÍO DABA DE COMER DE AQUELLA MANERA AL SOBRINO
+
+
+Ansioso de conocer el contenido de la voluminosa carta de su hermano,
+apenas se separó de su sobrino, Francisco Montiño, cuando contra su
+costumbre, su vocación y su conciencia, dejó encargado el servicio de la
+tercera vianda, de los postres y de los licores y vinos generosos á uno
+de sus oficiales de la cocina del rey, que le había acompañado, y se
+encerró en un aposentillo semejante á aquel en que había dejado
+esperando á su sobrino.
+
+Una vez allí, solo y seguro de toda sorpresa y de toda impertinencia,
+sacó de su bolsillo una caja de tafilete, de ella unas antiparras
+montadas en plata, se las acomodó en las narices, acercó á sí las dos
+bujías, sacó la carta, rompió su nema, desdobló los tres grandes pliegos
+de que la carta constaba y los extendió delante de sí.
+
+--Mucho ha escrito mi hermano en una sola noche, para tan enfermo como
+dice mi sobrino que se halla--murmuró limpiándose cuidadosamente las
+narices--; leamos ahora--añadió después de haber doblado y guardado su
+enorme pañuelo blanco.
+
+He aquí la carta, á cuya cabeza había una cruz, y debajo las tres
+iniciales de Jesús, María y José.
+
+«Navalcarnero, á 30 de Noviembre del año del Señor de 1610.»
+
+--¡Ah!--dijo Montiño--; ahora comprendo; estamos á 15 de Diciembre; esta
+carta ha empezado á escribirse hace quince días, y lo que sin duda hizo
+anoche mi pobre hermano, fué concluirla; veamos, veamos.
+
+«Mi buen hermano Francisco: Estoy enfermo de unas calenturas malignas;
+hace algún tiempo que tomaron muy mal aspecto, pero no he querido
+decírtelo; hoy tengo ya la certidumbre de que estas calenturas acabarán
+conmigo en un plazo brevísimo, y por una parte, una solemne promesa que
+hice á nuestro hermano Jerónimo cuando murió, y mi conciencia por otra,
+me obligan á traspasar á ti un gran secreto de familia.
+
+»El joven que lleva el nombre de Juan Montiño, no es hijo de nuestro
+hermano Jerónimo.»
+
+--¡Ah!--exclamó interrumpiendo su lectura el cocinero mayor--; bien dije
+yo cuando dije, que había algo encerrado tras la secatura y la brevedad
+con que mi hermano me anunció el nacimiento de ese hijo que no es su
+hijo. Veamos, veamos, porque yo no sé cómo mi hermano Jerónimo, siendo
+quien era, pudo cargar con hijos de otro.
+
+Y volvió á la lectura.
+
+«No siendo hijo de nuestro hermano, no tengo que asegurarte que tampoco
+lo es de nuestra cuñada Genoveva, porque te consta que si como era
+virtuosa y honrada, hubiera sido hermosa, habría sido un prodigio.»
+
+--¡Pero señor!--dijo Montiño deteniéndose de nuevo--¿de quién es hijo
+este muchacho?
+
+Y siguió leyendo:
+
+«Figúrate, Francisco, que eres sacerdote, y que cuando lees esta carta,
+estás escuchando en confesión á un moribundo; porque yo voy á traspasar
+á ti, y con autorización suya, la confesión que me hizo nuestro hermano
+Jerónimo hace veinticuatro años.»
+
+Tomó cierta gravedad, después de la lectura del anterior período, el
+semblante del cocinero del rey; que el hombre, aun estando solo, toma el
+color que le dan los sucesos y las circunstancias.
+
+«Hace diez años, me dijo Jerónimo arrodillado delante de mí, por una
+disputa impertinente maté al capitán de la compañía de que era alférez.
+No sé si las leyes de Dios me disculparán de aquel homicidio, pero las
+del honor me absuelven. Sin embargo, las pragmáticas me condenaban á
+muerte y huí. Antes de seis meses, volvía á llevar en otro tercio, como
+alférez, la bandera del rey.
+
+«Consistió esto en que cierto señor poderosísimo había interpuesto para
+con el rey sus buenos oficios, para con la familia del muerto, sus
+doblones, y en que, perdonado por la viuda y por los hijos, é indultado
+por su majestad, volvía al goce de mi empleo, como si nada hubiera
+acontecido.
+
+»El mismo poderoso señor, que ya había hecho tanto por mi, cuidó de mis
+adelantos, y en muy poco tiempo llegué á teniente, á capitán después.
+Una bala me había dejado cojo é inútil, y me vine al pueblo, ya con los
+inválidos, y seguro de que cuando yo faltase quedaría viudedad á mi
+buena Genoveva.
+
+»Yo no podía olvidar, ni dejar de ser agradecido, á quien tantos
+beneficios me había hecho.
+
+»Pero ha llegado el momento en que se me pida, si bien de la mejor
+manera del mundo, el precio de esos beneficios.
+
+»El magnate á quien tanto debo, ha tenido una aventura amorosa con una
+dama muy principal; esta dama es casada, su marido está ausente y ella
+se encuentra encinta. Ha venido ocultamente al pueblo, y mi favorecedor
+me ha buscado también de una manera oculta. Por amor á lo que naciera,
+quiere que no sea un hombre ó una mujer que tenga que avergonzarse de su
+origen, y me ha suplicado que puesto que Genoveva y yo no tenemos hijos,
+hagamos un fingimiento de embarazo de Genoveva, y demos nuestro nombre
+legítimo al hijo de esa dama.
+
+»Después de esta confesión, Jerónimo me pidió consejo como hermano mayor
+y como sacerdote.
+
+»Yo, teniendo en cuenta que cuanto Jerónimo era, hasta su vida, lo debía
+á aquel personaje, cuyo nombre, decía, no poder revelarme; viendo que no
+se le pedía aquel sacrificio, por dinero; que no era posible, atendida
+la edad de Genoveva, que pudiera tener hijos á quienes perjudicase acaso
+el postizo; siendo además una grandísima obra de caridad el mejorar la
+suerte de la criatura que naciera, le aconsejé, es más, le reduje á que
+se prestase á aquel engaño, con el cual á nadie perjudicaba ni ofendía;
+antes bien, hacía un beneficio inmenso á un desventurado.
+
+»En efecto, cuatro meses después se trasladó de noche, muy tarde y muy
+recatadamente, á casa de nuestro hermano, en una litera, una dama
+tapada, acompañada de un caballero cuidadosamente encubierto, y algunas
+horas después, á obscuras, asistida por una partera, que creía asistir á
+Genoveva, dió á luz aquella dama á nuestro pobre Juan.
+
+»A pesar del peligro inminente en que ponía su vida, la dama salió de la
+misma manera misteriosa de casa de Jerónimo y desapareció.
+
+»Al tercer día yo mismo bauticé á Juan como hijo legítimo de nuestro
+hermano, y aunque todos en el pueblo extrañaban que Genoveva á sus años
+hubiese dado á luz un hijo, tuviéronlo á milagro, pero no desconfiaron.
+
+»Pasaron algunos años; Juan crecía hermoso y robusto.
+
+»A los diez años ya sabía gramática, que yo le había enseñado;
+trasladaba al romance á Horacio y á Virgilio, y además mostraba gran
+afición á las armas.
+
+»Queríale Jerónimo como si hubiese sido realmente su hijo; Genoveva al
+morir nos encargó con las lágrimas en los ojos que no le desamparásemos,
+y yo fenecía de placer cuando mi rapazuelo corregía, á los padres graves
+que solían pasar por el pueblo, el latín corrupto que vomitaban con
+tanto exceso cuanta era su ignorancia.»
+
+--De modo que--dijo interrumpiendo de nuevo su lectura Montiño--,
+tenemos en nuestro sobrino pegadizo todo un sabio; pues mejor: al duque
+de Lerma le gustan los mozos de provecho. ¿Quién sabe?
+
+Y después de meditar un momento sobre esta pregunta que se había hecho
+el cocinero del rey, tornó á la lectura:
+
+«El mismo día en que Juan cumplía los doce años, paró delante de la
+puerta de nuestra casa un dómine vestido de negro, montado en una mula y
+acompañado de un mozo. Preguntó por nuestro hermano, y cuando le hubo
+visto le dijo: que era un eclesiástico que se dedicaba á ser ayo de
+jóvenes, que un caballero á quien no conocía le había dicho que nuestro
+hermano le había encargado de buscar una persona docta y de buenas
+costumbres, que acompañase á un hijo suyo, cuidase de él y le asistiese
+mientras hacía sus estudios en la Universidad de Alcalá, para cuyo
+efecto le mandaba con una carta de recomendación. Guardó silencio
+nuestro hermano mientras duró el mensaje, y tomando la carta vió que el
+verdadero padre de Juan, aunque con un sentido doble, por el cual aunque
+se hubiera perdido aquella carta no se hubiera perdido el secreto, le
+suplicaba enviase á Alcalá á hacer los estudios que más le agradasen á
+Juan, bajo la vigilancia del bachiller Gil Ponce, hombre de virtud y
+conciencia, en quien podía confiarse enteramente. Añadía la carta que no
+había que pensar en los gastos, y concluía suplicando encarecidamente á
+Jerónimo no se negase á aquella demanda. A aquella carta acompañaba una
+maleta, y dentro de la maleta se encontraron ropas para Juan y
+doscientos ducados en oro.
+
+»Nuestro hermano no tenía derecho alguno á oponerse, pero sintió
+grandemente que su pobreza no le permitiese sufragar los gastos de los
+estudios de Juan; á los tres días abrazó llorando á nuestro rapazuelo,
+que partió acompañado de su ayo y llevando en el bolsillo algunos
+ducados de que nos desprendimos sin dolor Jerónimo y yo, aunque no nos
+quedaban otros tantos.
+
+»En cuanto á los doscientos que contenía la maleta, se entregaron
+íntegros al señor Gil Ponce.
+
+»Juan volvió por vacaciones.
+
+»Por lo que había aprendido, comprendía que los maestros de Alcalá eran
+dignos por su ciencia de la famosa Universidad complutense. En cuanto al
+estado de educación y de buenas costumbres en que Juan volvía, comprendí
+también que se había tenido un gran acierto en elegir para ayo de un
+joven al señor Gil Ponce.
+
+»Este permaneció con nosotros durante las vacaciones, y se volvió con
+Juan cuando llegó el tiempo de abrirse de nuevo las aulas.
+
+»Todos los años Jerónimo recibía una maleta llena de ropa y doscientos
+ducados. Cuando Juan cumplió los diez y ocho años, acompañaron á la
+maleta y al dinero una espada y una daga magníficas, aunque muy
+sencillas, como convenía al hijo de un hidalgo pobre.
+
+»Juan cursó en Alcalá letras humanas, teología, derecho civil y
+canónico; á los diez y ocho años era bachiller, á los veintiuno
+licenciado; montaba á caballo como si á caballo hubiera nacido, y en
+cuanto á esgrimir los hierros, vencía á su padre; y aun á mí mismo, que
+ya sabes que meto una estocada por el ojo de una aguja, me hacía sudar y
+andar listo. Yo le enseñé todo lo que sabía en esgrima, que no es poco,
+y estoy seguro de que no hay dos en la corte que le metan un tajo ó que
+le alcancen con una estocada.»
+
+--¡Ah! ¡ah!--murmuró Montiño--; también le gustan á su excelencia los
+mozos diestros y valientes.
+
+Y siguió leyendo:
+
+«Hace tres años que Juan volvió definitivamente, terminados sus
+estudios. Ya hacía dos que, por muerte del señor Gil Ponce, iba solo á
+Alcalá. Sin embargo, en esos dos años no se pervirtió, á pesar de andar
+entre estudiantes. Ni bebe, ni juega, ni riñe; sólo tiene una afición, y
+ésta es muy natural á sus años: es enamorado y audaz con las mujeres.»
+
+Dió un salto sobre su sillón al leer esto Montiño.
+
+--¡Ah! ¡ah! bueno es saberlo--exclamó.
+
+Y siguió la carta adelante:
+
+«Pero ni las mujeres le engañan, ni él procura engañar á la que por
+inocente pudiera ser engañada.»
+
+--¡Hum!--interrumpió el cocinero, sin dejar de leer.
+
+«Es un mozo completo, lo que se debe en gran manera á su padre, porque
+nosotros, por nuestra pobreza, no hubiéramos podido darle los estudios
+que se le han dado, el título que posee y que podrá servirle de mucho.
+
+»Pero la conducta de su padre es hasta cierto punto extraña: sólo ha
+atendido á la subsistencia de su hijo mientras ha sido estudiante; pero
+después le ha abandonado á si mismo y á nuestra pobreza.
+
+»La circunstancia que hay también extraña es que, siendo lo natural que
+para ir á Alcalá desde Navalcarnero se pase por Madrid, siempre, por
+expresa prohibición de su padre, ha pasado junto á Madrid, dejándole á
+alguna distancia á la izquierda, cuando ha ido á Alcalá.
+
+»El pobre ha vivido ayudando al escaso sueldo de su padre, y á lo poco
+que yo gano como sacerdote, dando lecciones de latín, algunas fuera del
+pueblo, costándole todos los días un viaje.
+
+»Hace dos años, antes de morir, me dijo nuestro hermano--: No te he
+dicho todo lo que sé respecto á Juan; Dios no quiere que yo viva hasta
+que cumpla los veinticinco años: para entonces le espera una gran
+fortuna.»
+
+--¡Una gran fortuna cuando cumpla los veinticinco años, y nació el día
+de San Marcos del año de...! veamos: le quedan pocos meses para
+cumplirlos; ¡ah! ¡ah! ¡diablo! ¡una gran fortuna! no hay como ser hijo
+secreto de gran señor. ¿Y qué fortuna será ésta? ¡oidor en Indias!
+¿quién sabe? ¡secretario del rey! ó lo que es mejor, secretario del
+secretario de Estado. ¡Ah! ¡diablo! será necesario estar bien con el
+muchacho; ¡eh! ¡eh! veamos, veamos.
+
+«Esta gran fortuna, continuó nuestro hermano Jerónimo, está encerrada en
+un cofre que está guardado en aquel armario que no se ha abierto hace
+veinticuatro años--. ¿Pero qué contiene ese cofre?--pregunté á
+Jerónimo--. No lo sé, contestó; sólo sé que pesa mucho, y que cuando me
+le entregaron vi meter en él, como si se hubiesen olvidado, algunos
+papeles: aquellos papeles parecían como escrituras.»
+
+Abrió enormemente los ojos Montiño y le pareció que las letras que de
+allí en adelante contenía la carta eran de oro.
+
+«Delante de mí el escribano Gabriel Pérez selló el cofre, y pegó sobre
+él, de modo que para abrirle es necesario romperle, un testimonio en
+que constaba que yo había recibido aquel cofre cerrado el día de San
+Marcos de 1586.
+
+»Yo firmé un recibo en que me obligaba á entregar aquel cofre cerrado,
+tal cual le había recibido, á la persona cuyo nombre constase en el
+recibo, ó á Juan, con facultades de abrirlo, si al devolverme el recibo
+se expresaba en él esta circunstancia; yo transmito á ti ese cofre, por
+una cláusula de mi testamento que te obliga á cumplir lo que yo no puedo
+por mí muerte.
+
+»Después me reveló el nombre del padre de Juan, nombre ilustre, nombre
+de uno de los españoles más grandes y más nobles que han honrado á
+nuestra patria, nombre que no me atrevo á escribir, porque aunque Juan
+me inspira mucha confianza, una carta puede perderse.
+
+»Es necesario, pues, que te pongas inmediatamente en camino. Deja en la
+corte á Juan, porque al pobre muchacho le sería muy doloroso verme
+morir. No te digas que tú vienes, para que no se empeñe en acompañarte.
+
+»Ven, porque es necesario que ese ilustre nombre que ha guardado
+Jerónimo durante veintidós años como un depósito sagrado, que he
+guardado yo después de la muerte de nuestro hermano, pase á ti después
+de mi muerte.
+
+»Ven, porque sólo á ti diré yo ese nombre, y eso muy bajo por temor de
+que lo escuchen las paredes: si cuando vengas he muerto, ese nombre
+bajará conmigo á la tumba.
+
+»Como podrá suceder que llegues tarde, porque mi mal se agrava
+extraordinariamente de momento en momento, permíteme que respecto á Juan
+te dé algunos consejos que podrán aprovecharte.
+
+»No seas miserable ni áspero con Juan: te digo esto, porque te conozco;
+has amado á tus hermanos, pero has amado más al dinero; tus hermanos han
+sufrido resignadamente su pobreza, porque tus hermanos sabían bien que
+si te pedían socorros se los hubieras enviado, pero causándote una
+dolorosa herida cada doblón de que te hubieras desprendido; tus hermanos
+no han querido hacerte sufrir; perdona á uno de ellos, moribundo, el que
+te diga estas palabras y no veas en ellas una queja; sí únicamente
+justificar el consejo que voy á darte: sé generoso con Juan; sé franco:
+él es sumamente agradecido y leal, y tal persona puede llegar á ser, que
+si tú te haces amar de él, sea para ti su amor un tesoro; tienes además,
+hermano, un excelente corazón, pero eres receloso, desconfías de todo...
+y luego... tu avaricia... Juan es muy generoso y muy delicado. No
+desconfíes de él, porque esto le resentiría, y te lo repito, el cariño
+de Juan, dentro de muy poco tiempo, puede valerte mucho.
+
+»Allá te le envío pobre de ropa y de bolsillo, pero muy hermoso, muy
+valiente, muy noble, casi sabio.
+
+»¡Ah! te advierto, para lo que te pueda convenir, que hace tres años
+vino aquí huyendo de ciertas malas aventuras, el docto y regocijado don
+Francisco de Quevedo. Conoció á Juan, y se hicieron los más grandes
+amigos del mundo. Don Francisco es un hombre que vale mucho, y que podrá
+servir de mucho á Juan. Y cuando Quevedo, que es un hombre que estrecha
+muy pocas manos de buena fe, distingue y ama y no muerde con su
+sangrienta burla á nuestro hijo, mucho debe éste de valer.
+
+»Allá te lo envío: sale de aquí sin un maravedí y sin una camisa. Cuando
+llegue á esa, llegará hambriento, cansado, mojado: préstale mesa á que
+sentarse, ropa con que mudarse, lecho en que descansar; no le niegues
+nada de esto, Francisco; recuerda que tu hermano y yo le hemos amado
+como si fuera un hijo de nuestra sangre, y que yo, que nunca te he
+pedido nada, te lo suplico desde el borde de mi sepultura.
+
+»Sobre todo ven al instante, porque me siento morir.--Tu hermano que
+desea verte un solo momento y expirar en tus brazos,
+
+ PEDRO MARTÍNEZ MONTIÑO.»
+
+Enjugóse el cocinero del rey dos lágrimas enormes que le había arrancado
+el final de la carta de su hermano, la guardó cuidadosamente en un
+bolsillo y se puso á pasear por la pequeña estancia, profundamente
+pensativo.
+
+--Sí, sí, es preciso--dijo al fin--; me le ha endosado; prescindiendo de
+que llegue á ser ó no ser, yo no puedo... vamos, de ningún modo; un mozo
+hermoso, y esto es verdad, que ha sido estudiante, que le gustan
+desordenadamente las mujeres, y que puede dar un chirlo al lucero del
+alba... no, no... es imposible que yo tenga á este mancebo en mi casa...
+mi mujer, mi hija... gracias á que las tengo seguras guardándolas y
+cerrando mi puerta á piedra y lodo; y luego no teniéndole en mi casa,
+échese vuesa merced el cargo de pagarle un día y otro la posada durante
+quince meses; no, señor; será preciso que el duque de Lerma le dé un
+oficio... es verdad que cualquier oficio, por pequeño que sea el que me
+dé el duque, podría valerme algo, y en estos tiempos... pero del mal el
+menos. ¡Ah! me olvidaba de que ha salido sin almorzar de Navalcarnero.
+¡Hola! ¡eh!--dijo abriendo la puerta y entrando en la repostería--Gonzalvillo,
+hijo, ven acá.
+
+Acercóse un paje.
+
+--Ve á aquel aposento--le dijo--y lleva un servicio de mesa, un pastel
+de olla podrida, un capón de leche asado, un besugo cocido, un pastel
+hojaldrado, frutas y confituras, y dos botellas de vino de Pinto, á un
+hidalgo que se llama Juan Montiño, que es mi sobrino, hijo de mi
+hermano: sírvele bien, hijo, sírvele, y guárdate por el servicio las
+sobras, que bien podrás sacar de ellas dos reales.
+
+Gonzalvillo se separó de la puerta, y cuando Montiño iba á cerrarla, se
+le presentó de repente un hombre.
+
+--¡Eh! ¡esperad, señor Francisco, esperad! ¡pues á fe que me ha costado
+poco trabajo llegar aquí para que yo os suelte!
+
+--¡Ah! ¡señor Gabriel! ¿y qué me queréis?--dijo el cocinero del rey, con
+mal talante--Entrad, entrad, y decidme lo que me hayáis de decir.
+
+Entró aquel hombre, y Montiño se encerró con él.
+
+
+
+
+CAPÍTULO VII
+
+LOS NEGOCIOS DEL COCINERO DEL REY.--DE CÓMO LA CONDESA DE LEMOS HABÍA
+ACERTADO HASTA CIERTO PUNTO AL CALUMNIAR Á LA REINA.
+
+
+El hombre que acababa de entrar era un hombre característico.
+
+Si la persona que tiene alguna semejanza típica con la fisonomía de
+algún animal, tiene las propensiones del animal á quien se parece, aquel
+hombre debía tener alma de lobo, pero de lobo viejo y cobarde, que en
+sus últimos tiempos hace por la astucia, lo que en su juventud ha hecho
+por la fuerza.
+
+Habiendo dicho que la fisonomía de aquel hombre se parecía á la de un
+lobo viejo, nos creemos dispensados de una descripción más minuciosa.
+
+Bástanos añadir que aquel hombre en su juventud, debió ser alto y
+robusto, que á causa de sus años, que casi rayaban en los sesenta,
+estaba encorvado, y que á la expresión feroz que debió brillar en sus
+ojos y en su boca, cuando ganaba la vida matando á obscuras y sin dar la
+cara, había sustituido una mirada hipócrita y una sonrisa fría y
+asquerosa que parecía haberse estereotipado en su boca rasgada.
+
+Aquel hombre, que en otros tiempos había sido rufián y asesino (nosotros
+sabemos que lo fué, y basta que lo digamos á nuestros lectores sin que
+nos entremetamos á contarles una historia que nada nos interesa), era
+hacía ya algunos años ropavejero en la calle de Toledo, y corredor de no
+sabemos cuántas honradas industrias.
+
+Conocíale Montiño, y aun le trataba íntimamente, porque el cocinero del
+rey era hombre de negocios, y un hombre de negocios suele necesitar de
+toda clase de gentes. Pero como el buen Montiño sabía demasiado que el
+señor Gabriel Cornejo había sido perseguido por la justicia,
+salpimentado más de tres veces por ella, puesto por sus méritos en
+exposición pública más de ciento, para ejemplo de la buena gente, y
+compañero íntimo de un banco y de un remo durante diez años, guardábase
+muy bien, sin duda por modestia, de decir á nadie que conocía á tan
+recomendable persona, y mucho más de que le viesen en conversación con
+ella.
+
+Por esta razón, Montiño, que tenía suficiente causa para estar
+entristecido con la muerte próxima ó acaso consumada de su hermano, y
+con la venida de un sobrino putático que se le entraba por las puertas,
+sin dinero y sin camisas, acabó de ennegrecerse al ver que el señor
+Gabriel Cornejo se arrojaba á buscarle nada menos que en casa del duque
+de Lerma, y en medio de una legión de pajes y lacayos, gentes que á todo
+el mundo conocen, y que hablan mal de todo el mundo.
+
+--¿Qué cosa puede haber que os disculpe de haberme venido á buscar de
+una manera tan pública?--dijo severamente Montiño.
+
+--¡Bah! señor Francisco: nadie tiene nada que decir de mí--contestó
+sonriendo de una manera sesgada Cornejo--; si en mis tiempos fuí un
+tanto casquivano, y no supe guardar el bulto, ahora todo el mundo me
+conoce por hombre de bien y buen cristiano. Y luego, sobre todo, cuando
+las cosas son urgentes y apremiantes, es menester aprovechar los
+momentos...
+
+--¿Pero qué sucede?
+
+--Suceden muchas cosas: por ejemplo, esta tarde ha estado en mi casa el
+tío Manolillo.
+
+--¿Y qué me importa el bufón del rey?
+
+--Despacio y paciencia. Quien escucha oye, y cosas pueden oírse que
+valgan mucho dinero.
+
+--Sepamos al fin de qué se trata.
+
+--Ya que de dinero he hablado, se trata de dinero, y de un buen negocio;
+de una ganancia de ciento por ciento.
+
+--¡Ah! ¿Y qué tiene que ver con eso el bufón del rey?
+
+--El tío Manolillo ha ido esta tarde á mi casa, se ha encerrado conmigo
+ó yo me he encerrado con él, y de buenas á primeras, como hombre de
+ingenio y de experiencia, que sabe que todas las palabras que sobran en
+una conversación deben callarse, me ha dicho--: ¿Conocéis á un hombre
+que quiera matar á otro?
+
+--¡Oh, oh!--exclamó Montiño, abriendo desmesuradamente los ojos.
+
+--Yo, que también sé ahorrar de palabras cuando conozco á la persona con
+quien hablo, le contesté--: ¿Quién es el hombre que queréis despachar al
+otro mundo?--Un caballero muy rico y muy principal--. ¿Como quién? por
+ejemplo, le pregunté--. Así como el duque de Lerma ó el de Uceda, ó el
+conde de Olivares--. ¿Pero no es ninguno de los tres?--No: pero aunque
+no lo parece, vale más que todos ellos--. Pues entonces, si vale más...
+por el duque de Lerma, pediría mil doblones; por el otro mil
+quinientos--. Trato hecho--dijo el bufón--. ¿Cuándo ha de ser?--Cuando
+esté depositado en buenas manos el dinero--. ¡Qué! ¿No le tenéis?--Nada
+os importa eso--. Es verdad--. Adiós--. Dios os guarde.
+
+--¡Conque el tío Manolillo!...--exclamó seriamente admirado Montiño--;
+esto es grave, gravísimo. ¿Y no os dijo, señor Gabriel, quién era su
+enemigo?
+
+--No me lo ha dicho, pero yo lo sé.
+
+--¡Ah! ¿Y cómo lo sabéis vos?
+
+--¿Quién es en la corte un hombre que vale tanto como el duque de Lerma
+el de Uceda, ó el conde de Olivares?
+
+--¡Bah! hay muchos: el duque de Osuna.
+
+--Está de virrey en Nápoles.
+
+--El conde de Lemos.
+
+--Está desterrado.
+
+--Don Baltasar de Zúñiga.
+
+--Ese es un caballero que suele estar bien con todo el mundo.
+
+--Pues no acierto.
+
+--Es verdad: lo que generalmente no vemos, cuando se trata de estos
+negocios, es lo que más tenemos delante de los ojos. ¿Os habéis olvidado
+del secretario del duque de Lerma?
+
+--¡Don Rodrigo Calderón!
+
+--Ese, ese es el enemigo del tío Manolillo.
+
+--Pero no entiendo por qué pueda ser enemigo de don Rodrigo el bufón de
+su majestad.
+
+--¡Bah! ya veo, señor Francisco, que vos sabéis muy poco.
+
+--No me es fácil dar con el motivo de la ojeriza que decís tiene el tío
+Manolillo á don Rodrigo.
+
+--¿Conocéis á una comedianta que se llama Dorotea, que baila como una
+ninfa en el corral de la Pacheca?
+
+--¡Ah! ¿una valenciana hermosota, deshonesta, que ha estado dos veces
+presa por no bailar como era conveniente?
+
+--La misma. Pues bien; esa mujer es hermana, ó querida, ó hija, no se
+sabe cuál de las tres cosas, del tío Manolillo.
+
+--Me estáis maravillando, señor Gabriel. ¿Conque la Dorotea?...
+
+--Sí, señor, la Dorotea es mucha cosa del bufón del rey. Pero no es esto
+todo. El duque de Lerma...
+
+--Sí, sí, ya sé que el duque visita á la Dorotea.
+
+--Pero no sabéis quién ha andado de por medio para concertar esas
+visitas.
+
+--Sí, sí, ya sé que el medianero, el que ha llevado los primeros
+regalos, el que acompaña de noche al duque y le guarda las espaldas, es
+don Rodrigo Calderón.
+
+--Vamos, pues de seguro no sabéis que el duque de Lerma es quien paga, y
+don Rodrigo Calderón quien goza.
+
+--¿Pero quién os dice tanto?--exclamó admirado Montiño.
+
+--Ya sabéis que yo tengo muchos oficios.
+
+--Demasiados quizá.
+
+--Están los tiempos tan malos, señor Francisco, que para ganar algo es
+necesario saber mucho. Saben que sé muchas princesas, y una de ellas,
+conocida de la Dorotea, la encaminó á mí para que la sirviese. Dorotea
+quería un bebedizo.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¡las mujeres! ¡las mujeres!
+
+--Son serpientes, vos no lo sabéis bien, señor Montiño: como se les
+ponga en la cabeza doctorar á un hombre en la universidad de Cabra,
+aunque el amante ó el marido las encierren en un arca y se lleven la
+llave en el bolsillo, le gradúan.
+
+Movióse impaciente en su silla el cocinero del rey, porque se le puso
+delante su mujer, que era joven y bonita.
+
+--Pero á serpiente, serpiente y media. Cuando ella me pidió el bebedizo,
+me dije: podrá convenirme saber quién es el hombre á quien quiere esta
+muchacha entre tantos como la enamoran. Porque yo soy muy prudente, y sé
+que el saber, por mucho que sea, no pesa. Díjela que el bebedizo no
+podía producir buenos efectos si no se conocía á la persona á quien
+había de darse. Entonces la Dorotea, poniéndose muy colorada, me dijo--:
+El hombre que yo quiero que no quiera á ninguna mujer más que á mí es
+don Rodrigo Calderón--. Necesito saber cómo habéis conocido á don
+Rodrigo Calderón, la dije.--¿Necesario de todo punto?--Ya lo creo; y si
+fuera posible hasta el día y la hora en que le vísteis por primera
+vez.--¿Y si no lo digo no me daréis el bebedizo?--Os lo daré, pero si no
+sé de cabo á rabo cuanto os ha acontecido y os acontece con don Rodrigo
+Calderón, no os quejéis si el bebedizo no es eficaz.--Entonces la moza
+se sentó, y me confesó que había conocido á don Rodrigo cuando don
+Rodrigo fué á hablarla de parte del duque de Lerma; que se había
+enamorado de él, y don Rodrigo de ella. Que, en una palabra, el duque de
+Lerma paga y se cree amado, y don Rodrigo Calderón, que no la paga y á
+quien ella ama, la engaña amando á otra.
+
+--¡Ah!
+
+--¡Y si supiérais quién es esa otra, señor Francisco!
+
+--Alguna cortesana que tiene tan poca vergüenza como don Rodrigo
+Calderón.
+
+--Pues os engañáis, es la primera dama de España.
+
+--¿Por hermosa?
+
+--No tanto por hermosa, aunque lo es, como por noble.
+
+--¡La dama más noble de España! ved lo que decís: cualquiera pudiera
+creer...
+
+--¿Que esa tan noble dama es la reina? ¿No es verdad?--dijo con una
+malicia horrible Cornejo.
+
+--¡La reina! ¡Su majestad!--exclamó dando un salto de sobre su silla
+Montiño.
+
+--La misma, Su majestad la reina de España es la querida de don Rodrigo
+Calderón.
+
+--¡Imposible! ¡imposible de todo punto! ¡yo conozco á su majestad! ¡no
+puede ser! ¡creería primero que mi hija!...
+
+--Vuestra hija podrá ser lo que quiera, sin que por eso deje de ser lo
+que quiera también la reina.
+
+--¡Pero la prueba! ¡la prueba de esa acusación, señor Gabriel!--dijo el
+cocinero del rey, á quien se había puesto la boca más amarga que si
+hubiera mascado acíbar--. ¡La prueba!
+
+--He ahí, he ahí cabalmente lo que yo dije á la Dorotea: ¡la prueba!
+
+--¿Y esa mujerzuela tenía la prueba de la deshonra de su majestad?
+
+--La tenía.
+
+--¿Pero qué tiene que ver esa perdida con la reina? ¿quién ha podido
+darla esa prueba?
+
+--El duque de Lerma.
+
+--Me vais á volver loco, señor Gabriel; no atino...
+
+--No es muy fácil atinar. Pero dejadme que os cuente, sin interrumpirme,
+sin asombraros, oigáis lo que oigáis, y concluiremos más pronto.
+
+--Y me alegraré, porque no me acuerdo de haber estado en circunstancias
+tan apremiantes en toda mi vida.
+
+--Pues al asunto. Yo, que había hecho confesar á la Dorotea quién era la
+dama que la causaba celos, asegurándola que si no me contaba todas las
+circunstancias, sin dejar una, de su asunto, podría suceder que no fuese
+eficaz el bebedizo, me dijo en substancia lo siguiente--: Una noche don
+Rodrigo fué muy tarde á verme: al quitarse la ropilla, se le cayó de un
+bolsillo interior una cartera, que don Rodrigo recogió precipitadamente.
+Yo me callé, pero cenando le hice beber más de lo justo, acariciándole,
+mostrándome con él más enamorada que nunca. Don Rodrigo se puso borracho
+y se durmió como un tronco. Entonces me levanté quedito, fuí á la
+ropilla, tomé la cartera, la abrí, y encontré en ella cartas de una
+mujer; de una mujer que firmaba «_Margarita_.»
+
+--Pero eso es muy vago... muy dudoso--dijo con anhelo Montiño--; si la
+reina ha de responder de todas las cartas que lleven por firma
+Margarita...
+
+--Oíd, señor Montiño, oíd, y observad que la Dorotea no es lerda.
+
+--Cuando leí el nombre de Margarita, solo, sin apellido... sospeché,
+porque tratándose de don Rodrigo es necesario sospechar de todas las
+mujeres... sospeché que aquella Margarita que se dejaba en el tintero su
+apellido era... Margarita de Austria.
+
+--Pero, señor, señor--exclamó todo escandalizado y mohíno el cocinero de
+su majestad--; esa mujer tan vil, de cuna tan baja... esa perdida, ¿sabe
+leer?
+
+--Como que es comedianta y necesita estudiar los papeles.
+
+--¡Ah!--dijo dolorosamente Montiño, cayendo desplomado de lo alto del
+que creía un poderoso argumento.
+
+--Oigamos á la Dorotea, que aún no ha concluído--: Sospeché que aquella
+Margarita, que citaba misteriosamente á don Rodrigo, era la reina, y
+como no me atrevía á quedarme con una sola de las cartas, las miré, las
+remiré, hasta que fijé en mi memoria la forma de las letras de aquellas
+cartas, de modo que estaba segura de no engañarme si veía otro escrito
+indudable de la reina. El duque de Lerma me dará ese escrito--dije--, ó
+he de poder poco. Y volví á meter las cartas en la cartera, y la cartera
+en el bolsillo de donde la había tomado. Cuando se fué don Rodrigo,
+observé que de una manera disimulada, pero curiosa, se informaba de si
+la cartera estaba en su sitio, y cuando aquella noche vino el duque de
+Lerma, le recibí con despego, le atormenté, me ofreció como siempre
+alhajas, y yo... yo le pedí que me trajese un escrito indudable de la
+reina. Asombróse el duque, me preguntó el objeto de mi deseo, insistí
+yo, diciendo que era un capricho, y á la noche siguiente el duque me
+trajo un memorial en que se pedía una limosna á la reina, y á cuyo
+margen se leía: «Dense á esta viuda veinte ducados por una vez», y
+debajo de estas palabras una rúbrica. ¡Era la misma letra, la misma
+rúbrica de las cartas! no podía tener duda: la reina era amante de don
+Rodrigo Calderón.
+
+--Pues señor--dijo Montiño--, á pesar de todo, os digo, señor Cornejo,
+que antes de creer en eso soy capaz de no creer en Dios.
+
+--Sea lo que quiera; pero oíd y atad cabos: ya os he dicho que el tío
+Manolillo me preguntó cuánto dinero se necesitaba para despachar una
+persona principal, y que yo le dije que mil quinientos doblones, que el
+tío Manolillo no los tenía; que la Dorotea cree que don Rodrigo Calderón
+tiene cartas de amores de la reina... que está celosa... recordad bien
+esto.
+
+--Sí, sí, lo recuerdo.
+
+--Pues bien; esta noche una dama muy principal, á lo que parece, ha
+estado casa de mi comadre la señora María; la que tan honradamente vive
+con el escudero su marido el señor Melchor, que tan hermosa era hace
+veinte años, que sigue aumentando sus doblones, empeñando y prestando
+con una usura que da gozo: ya sabéis que cuando la señora María
+necesita para sus negocios un dinero, viene á mí, como yo vengo á vos.
+
+--Bien, bien, ¿pero qué?
+
+--Esa dama que os he dicho ha ido encubierta esta noche á casa de la
+señora María, ha ido encubierta también algunas otras veces á pedir
+dinero. Pero siempre, excepto esta noche, ha llevado una alhaja de mucho
+precio, ha vuelto con otras pero no ha desempeñado ninguna. Esta noche
+ha ido, toda azorada, asustada, trémula, ha pedido á la señora María mil
+y quinientos doblones (nunca había pedido tanto), ofreciendo dar por
+ellos tres mil en el término de un mes. Ya veis si es negocio.
+
+--¡Pues hacerlo! ¡hacerlo!--dijo Montiño.
+
+--Lo haremos á medias, ó mejor dicho á tercias, entre vos, la señora
+María y yo: quinientos doblones cada uno.
+
+--¿Y para eso me habéis buscado, me habéis entretenido y me habéis
+mentido tanto?--dijo levantándose Montiño con visibles muestras de
+despedir á Cornejo.
+
+--Esperad... esperad, que el negocio lo merece--repuso el señor Gabriel
+con gran calma--. Recordad; yo pido al tío Manolillo esta tarde mil y
+quinientos doblones por la vida de un hombre principal, que sé de seguro
+que es don Rodrigo Calderón; don Rodrigo Calderón tiene unas cartas de
+la reina que la comprometen, y esta noche va á casa de la señora María á
+pedir mil y quinientos doblones una dama, que aunque no la conocemos,
+debe ser principalísima. ¿No creéis que debe meditarse esto, señor
+Francisco? ¿No creéis que en esto danzan las cartas, la reina y el tío
+Manolillo, y tal vez la reina en persona...?
+
+--¿La reina en persona...? ¿Creéis que la reina haya podido ir á casa de
+la señora María de noche y sola?
+
+--Yo ya no me admiro de nada, señor Francisco, de nada; además que la
+dama tapada ofreció como seguridad de los mil y quinientos doblones,
+mejor, de los tres mil doblones, un recibo en forma de puño y mano de la
+reina, firmado por ella misma.
+
+--¿Pues qué mejor seguridad queréis? haced el negocio, y dejadme en paz
+á mí; no quiero mezclarme en él, y siento mucho que me hayáis dicho
+tanto, porque cuando se trata de enredos lo mejor es no saberlos.
+
+--Pero venid acá; ¿no veis que nosotros solos no podemos hacer ese
+negocio?
+
+--¿Y por qué? ¿Acaso me vendréis á decir, á quererme hacer creer que la
+señora María y vos no tenéis mil y quinientos doblones?
+
+--La dificultad no es el dinero, sino la seguridad de él; nosotros no
+conocemos la letra de la reina, y vos...
+
+--Yo no la conozco tampoco.
+
+--Señor Francisco, vos sois más en palacio que cocinero del rey.
+
+--¡Y bien! ¿Qué? no quiero meterme en este negocio.
+
+--O queréis hacerlo vos solo--dijo irritado por la codicia el tío
+Cornejo.
+
+--Hablemos en paz, señor Gabriel--dijo el cocinero mayor--, y
+concluyamos, concluyamos de todo punto. No digáis á nadie lo que á mí me
+habéis dicho, porque podríais ir á la horca.
+
+Echóse á temblar aquel viejo lobo, porque le constaba que el cocinero
+mayor era uno de esos poderes ocultos que, bajo una humilde librea, han
+existido, existen y existirán en todas las cortes.
+
+--En cuanto al negocio--añadió Montiño--, no me meto en él; haced lo que
+queráis, y lo mejor que podéis hacer ahora es... iros.
+
+Vaciló todavía el señor Gabriel Cornejo, pero una mirada decisiva y un
+ademán enérgico de Montiño, le decidieron; se despidió hipócritamente
+deshaciéndose en disculpas, y cuando ya estaba cerca de la puerta, el
+cocinero del rey, como obedeciendo á una idea súbita, le dijo:
+
+--Esperad.
+
+Cornejo se volvió lleno de esperanza.
+
+--¿Vais á ver á la señora María?
+
+--Ciertamente necesito decirla vuestra resolución.
+
+--Pues decidla, además, que prepare esta misma noche un aposento con
+lecho en su casa, y que cuando llame á su puerta uno que se nombrará
+sobrino mío, que le reciba, que yo respondo de los gastos.
+
+Voló la esperanza causando una dolorosa impresión en el señor Gabriel
+Cornejo, que se despidió de nuevo murmurando:
+
+--He sido un imprudente, no debía haber hablado tanto; yo confiaba en su
+codicia, pero está visto: su avaricia es mayor de lo que yo creía.
+Quiere hacer el negocio por sí solo.
+
+Entre tanto el cocinero del rey murmuraba abstraído y pensativo:
+
+--Es muy posible que sea verdad cuanto ese bribón me ha dicho; yo no me
+fío de ninguno; un negocio redondo por otra parte, mil quinientos
+doblones de ganancia, como quien dice, de una mano á otra; pero el
+asunto es demasiado grave, y la prudencia aconseja no meterse de frente
+en él... mi sobrino postizo es hombre, según dice mi hermano, capaz de
+meter un palmo de acero al más pintado, y don Rodrigo Calderón, está en
+el banquete del duque... después se encerrará en su despacho, y saldrá
+allá muy tarde por el postigo... ¡Ah, señor sobrino! os voy á procurar
+una buena ocasión... una ocasión que os hará hombre.
+
+En aquel momento se abrió la puerta y apareció una dueña.
+
+--¡Ah, señor Francisco! ¡Y cuánto trabajo me ha costado
+encontraros!--dijo la dueña--. He tenido que decir que venía de palacio,
+con orden de su majestad para vos.
+
+--¿Y es cierto...? ¿Traéis orden?
+
+--Casi, casi. Os traigo una carta.
+
+--Dadme acá, doña Verónica, dadme acá.
+
+La dueña entregó una carta al cocinero mayor, que éste abrió con
+impaciencia.
+
+«Tenéis un sobrino--decía--que acaba de llegar á Madrid; enviadle al
+momento á palacio. Tened en cuenta, que se trata de un negocio de
+Estado; que espere junto á la puerta de las Meninas, por la parte de
+adentro. Pero luego, luego.»
+
+Esta carta no tenía firma.
+
+--¿Quién os ha dado esta carta, doña Verónica? No conozco la letra, no
+tiene firma. ¿Estáis de servicio?
+
+--¡Ay! ¡sí, señor! Y yo no sé qué hay esta noche en palacio: las damas
+andan de acá para allá. La camarera mayor está insufrible, y la señora
+condesa de Lemos tan triste y pensativa... algo debe de haber sucedido
+grave á la señora condesa.
+
+--¿Pero quién os ha dado esta carta?
+
+--La señora condesa de Lemos.
+
+--La condesa de Lemos no es alta, ni blanca, ni... no, señor--murmuró
+Montiño.
+
+--Ea, pues, quedad con Dios, señor Francisco--dijo la dueña--. No me
+hallo bien fuera de palacio; es ya tarde y está la noche tan obscura...
+
+--¿Os han dicho que llevéis contestación?
+
+--No, señor.
+
+--Pues id con Dios, doña Verónica, id con Dios. Voy á mandar que os
+acompañen.
+
+--No, no por cierto: vengo de tapadillo; adiós.
+
+--Dios os guarde.
+
+La dueña se envolvió completamente en su manto, y salió.
+
+--Que me confundan si entiendo una palabra de esto--dijo Montiño--. ¿Si
+será verdad?... ¿si será la reina la que necesite en palacio á mi
+sobrino?... ¡pero señor!... ¿cómo conocen ya á mi sobrino en palacio?
+
+Montiño tomó el partido de no devanarse más los sesos; para tomar este
+partido tomó también una resolución.
+
+--Es preciso--dijo--que mi sobrino vaya á palacio con las cartas de la
+reina.
+
+Y saliendo del aposento en que se encontraba, atravesó la repostería y
+se entró en el otro aposento donde estaba su sobrino.
+
+
+
+
+CAPÍTULO VIII
+
+DE CÓMO AL SEÑOR FRANCISCO LE PARECIÓ SU SOBRINO UN GIGANTE
+
+
+Hacía ya tiempo que el joven había acabado de comer y hacía su digestión
+recostada la silla contra la pared, puestos los pies en el último
+travesaño del mueble, y entregado á un pensamiento profundo.
+
+Al sentir los pasos del cocinero mayor, dejó la actitud en que se
+encontraba para tomar otra más decente.
+
+--¿Habéis comido bien, sobrino?--dijo el cocinero.
+
+--Es la primera vez que he comido, tío--contestó el joven.
+
+--¿Os encontráis fuerte?
+
+--Sí por cierto.
+
+--¿De modo que embestiríais con cualquiera aventura?
+
+Al oír la palabra aventura, Juan Montiño, que se había distraído por un
+momento de su idea fija, volvió á ella.
+
+--¿Conocéis á la reina, tío?--le preguntó.
+
+--¡Pues podía no conocerla!--dijo con sorpresa el señor Francisco.
+
+--¿Es la reina alta?
+
+--Sí.
+
+--¿Es la reina gruesa?... es decir... ¿buena moza?
+
+--Sí.
+
+--Pues tío, yo quiero conocer á la reina.
+
+--Yo creo que estás loco, sobrino... ¿qué preguntas son esas y qué
+empeño?
+
+--Empeño... no por cierto... pero me ha hablado tanto de lo buena que es
+su majestad mi amigo don Francisco de Quevedo...
+
+El cocinero mayor estaba alarmado.
+
+--¿Conoces tú á la reina por ventura?--dijo.
+
+--¡Yo! ¡no, señor! ni me importa conocerla; es muy natural que el que
+viene por primera vez á Madrid, después de comer y beber, pregunte si el
+rey es alto ó bajo, hermoso ó feo; lo mismo me ha acontecido á mí; sólo
+que en vez de preguntaros por el rey, os he preguntado por la reina.
+Nada más natural.
+
+--Pues es muy extraño; tú me preguntas por su majestad, y yo acabo de
+recibir esta carta de manos de una dueña de palacio.
+
+Tomó la carta Juan Montiño, la leyó, se puso pálido y se echó á temblar.
+
+--¿Y de quién creéis que pueda ser esta carta?
+
+--Carta que viene por la condesa de Lemos, debe haber pasado por las
+manos de la camarera mayor, que debe de haberla recibido de la reina.
+
+--¡Aquí dice secreto de Estado!--dijo sin intención el joven.
+
+Pero en aquellas palabras el suspicaz Montiño vió una intención marcada,
+más que una intención: una explicación completa; su sobrino creció para
+él de una manera enorme, creyóse relegado al silencio, dominado,
+convertido en un ser inferior á su sobrino.
+
+--Y no, no creas--dijo--que yo pretendo saber tu secreto. No comprendo
+bien lo que sucede... pero... te llaman á palacio; la reina es demasiado
+imprudente...
+
+--¡Tío!
+
+--¡Después de lo de las cartas!
+
+--Pero, tío, no os comprendo.
+
+--Escucha, Juan, escucha--dijo Montiño, que estaba atortolado y que
+había perdido el tino--: don Rodrigo Calderón está aquí; luego saldrá
+por el postigo de la casa del duque; yo te llevaré á ese postigo; debes
+esperarle; lleva en el bolsillo de su ropilla las cartas que
+comprometen á la reina.
+
+--¡Las cartas que comprometen á la reina!
+
+--Sí--dijo sudando el cocinero mayor--, las cartas de la reina. Es
+necesario que antes de ir á palacio esperes á don Rodrigo, que le
+acometas, que le mates si es preciso; pero esas cartas, Juan... y mira,
+hijo mío--añadió el cocinero mayor asiendo las manos del joven, y
+mirándole desencajado y pálido, porque cada vez se hacia para él un
+personaje más respetable su sobrino--: aprovecha tu buena, tu inesperada
+fortuna; no te pregunto cómo has podido llegar hasta donde has llegado
+en tan poco tiempo; eres ciertamente muy hermoso, y las mujeres... pero
+sé prudente, muy prudente... no te ensorberbezcas, aprovecha las horas
+de buen sol, hijo; pero mira que las intrigas de palacio son muy
+peligrosas...
+
+--Pero, tío...--replicó el joven, que no comprendía una sola palabra.
+
+--Nada, nada; no hablemos más de esto; lo quiere ella... en buen hora.
+
+Juan Montiño no se atrevió á aventurar ni una sola palabra más, por
+temor de cometer á ciegas una torpeza, y se encerró en una reserva
+absoluta, en una reserva de expectativa.
+
+--No quiero que, andando en tales y tan altos negocios, no lleves más
+armas que la daga y la espada; el oro es un arma preciosa. Toma, hijo--y
+sacó una bolsa verde y la puso con misterio en las manos del joven--. No
+es grande la cantidad, pero bien habrá diez doblones de á ocho. Tú me
+devolverás esa cantidad cuando puedas. Ahora no hablemos más, ni por la
+casa, ni por la calle. Voy á llevarte á esconderte frente al postigo del
+palacio del duque.
+
+Y se volvió hacia la puerta.
+
+Pero de repente se detuvo.
+
+--¡Ah! se me olvidaba--dijo limpiándose con el pañuelo el sudor que
+corría hilo á hilo por su frente--: por muy afortunado que seas, no
+puedes pasar toda la noche en palacio; allí sólo estarás un breve
+espacio... luego... en mi casa no quiero que estés... no sería
+prudente... Cuando un hombre ocupa con una alta señora el lugar que tú
+maravillosamente ocupas, debe evitar que esta señora sepa que vive en
+una casa donde hay mujeres jóvenes y bonitas. Cuando estés libre, sube á
+las cocinas; pregunta por el galopín Aldaba, y dile de mi parte que te
+lleve á casa de la señora María, la mujer del escudero Melchor... no te
+olvides.
+
+--No me olvidaré.
+
+--Allí tienes preparado y pagado el hospedaje. Es lo último que tengo
+que decirte. Conque vamos, hijo, vamos.
+
+Juan siguió á su tío; al pasar por la repostería, éste dijo arrojando
+una mirada á las mesas y á los aparadores:
+
+--Me voy á tiempo; ya se han servido los postres y los vinos. Buenas
+noches, señores.
+
+Despidieron todos servilmente, pajes, lacayos y galopines, al cocinero
+de su majestad, y recibiendo iguales saludos de la servidumbre que
+ocupaba las habitaciones por donde pasaron, salió á la calle, siguió,
+torció una esquina, recorrió una tortuosa calleja, dobló otra esquina, y
+al comedio de otra calleja obscura se detuvo.
+
+--Ese es el postigo de la casa del duque--dijo el cocinero mayor.
+
+--¿Y por ahí ha de salir el hombre que lleva consigo esas cartas que
+comprometen á su majestad?
+
+--Sí, don Rodrigo Calderón; pero saldrá tarde; aunque te llaman luego á
+palacio, esto importa más, créeme; espera aquí, porque podrá suceder que
+don Rodrigo salga temprano, dentro de un momento; podrá suceder también
+que salga acompañado; en ese caso... déjale, y vuelve mañana á este
+mismo sitio hasta que le veas solo. ¿Pero estás seguro de tu valor y de
+tu destreza?
+
+--Cuando se trata de la reina, tío, no hay que pensar más que en
+servirla.
+
+--Pues bien; ocúltate, que no puedan verte; aquí en este soportal. Y
+adiós; voy á ver ahora mismo á mi hermano Pedro.
+
+--Quiera Dios, tío--dijo tristemente el joven--, que le encontréis vivo.
+
+--Adiós, sobrino, adiós; nunca he sufrido tanto; quisiera irme y
+quedarme.
+
+--Id tranquilo, tío, que como Dios me ha sacado de otros lances, me
+sacará de éste.
+
+--Dios lo quiera.
+
+--Id, id con Dios.
+
+El señor Francisco Montiño tiró la calleja adelante y tomó á buen paso
+el camino del alcázar.
+
+Para él, á quien habían fascinado las coincidencias casuales del relato
+de Gabriel Cornejo, con la carta de palalacio y con las impacientes
+preguntas de su sobrino postizo acerca de la reina, era indudable que
+Juan había tenido un buen tropiezo; que, en fin, la reina le amaba ó le
+deseaba... pero todo esto se hacía duramente inverosímil al cocinero
+mayor, porque, en efecto, lo era; y sin embargo, creía tener pruebas
+indudables: aquella carta que había venido á sus manos por conducto de
+una dueña de palacio y con todas las señales de provenir de la reina;
+las medias palabras de su sobrino; el aspecto extraño, la
+sobreexcitación que en él había notado, todo contribuía á hacerle creer
+lo que no quería creer, porque lo que repugna fuertemente á la razón, lo
+rechaza enérgicamente la voluntad.
+
+Francisco Montiño no encontraba otra salida al pasmo que le causaba todo
+aquello, mas que encogerse de hombros y decir:
+
+--¡Y yo que hubiera jurado que la reina era una santa!
+
+Y luego añadía, en una reacción de la razón y de la voluntad:
+
+--No, no, señor, es imposible, imposible de todo punto; yo estoy soñando
+ó me he vuelto loco. Ni creo esto ni lo de don Rodrigo Calderón.
+¡Bah!¡blasfemia! es cierto que la reina no ama al rey, pero de esto á...
+á olvidarse de quien es... ¡Vamos, no puede ser!
+
+Y recordando luego cuanto había visto y oído, exclamaba:
+
+--Pero las mujeres, con corona ó sin ella, son siempre mujeres, capaces
+de hacer lo que ni aun se podría pensar.
+
+Al cabo terminaba su lucha con la siguiente conclusión:
+
+--Ello, al fin, no me importa tanto que me exponga á volverme loco
+devanándome los sesos: si mi sobrino, es decir, si ese joven que me cree
+su tío hace suerte... mejor, algo me alcanzará; si todo eso de la reina
+no es más que una equivocación, un enredo... mejor, mucho mejor, porque
+la reina será lo que yo creo que es y lo que debe ser. De todos modos,
+no pasará mucho tiempo sin que yo sepa la verdad. Entre tanto vamos á
+pasar una mala noche por ver á mi hermano, y no nos detengamos, ya que
+hay que saber otro secreto importante, porque la muerte no se espera á
+que uno despache sus negocios.
+
+Pensando esto entraba por la puerta de las caballerizas reales.
+
+--¡Hola, eh!--dijo desde la puerta de una cuadra--¡los palafraneros de
+guardia!
+
+Acudieron dos ó tres mocetones.
+
+--Al momento, al momento, para el servicio de su majestad, dos machos de
+paso que puedan andar cinco leguas en dos horas, y un mozo de espuela,
+que no se duerma y que no me extravíe.
+
+--Muy bien, señor Francisco Montiño--dijo uno de los palafreneros--;
+cuando vuesa merced vuelva ya estarán las bestias y el mozo dispuestos
+para echar á andar.
+
+El cocinero mayor atravesó el arco de las caballerizas, la plaza de
+Armas, el vestíbulo y el patio del alcázar, se metió por un ángulo, por
+una pequeña puerta, empezó á trepar por unas escaleras de caracol, y á
+los cien peldaños desembocó en una galería, apenas alumbrada por algunos
+faroles; apenas entró, llegó á sus oídos la voz de dos mujeres que
+cantaban de una manera acompasada y lenta, como quien se fastidia, un
+villancico.
+
+--¡Qué feliz sería yo--dijo--si no me cercasen y me rodeasen y me
+amargasen la vida, tantos negocios y tantos enredos! ¡y si no, cuán
+felices y cuán contentas están mi mujer y mi hija!... es necesario dar
+un corte á esto; soy rico, á Dios gracias, y debo retirarme y descansar.
+Abre, Inesita, hija mía--dijo llegando á una puerta.
+
+Cesó el canto, oyéronse unas leves pisadas, se abrió la puerta, y con
+una palmatoria en la mano apareció una preciosa niña de diez y seis á
+diez y siete años.
+
+--¡Cuánto ha tardado vuesa merced, señor padre!--dijo sonriendo al
+cocinero mayor--mi señora madre y yo estábamos con mucho cuidado.
+
+--¡Y cantábais!
+
+--Por entretener la espera.
+
+--Pues más voy á tardar--dijo Montiño entrando en una pequeña habitación
+y sacudiendo su capa, que estaba empapada por la lluvia.
+
+--¿Cómo que vas á tardar, Francisco?--dijo una joven hermosa también, y
+como de veinte años, que al levantarse para tomar la capa del cocinero
+mayor, dejó ver que estaba abultadamente encinta.
+
+--Sí, Luisa, sí; me obliga el hacer un pequeño viaje ahora mismo, un
+asunto bien desagradable.
+
+--¡Y con esta noche!...--dijo Luisa.
+
+--Mi hermano el arcipreste--dijo tristemente el cocinero mayor--se
+muere, y acaso no llegue á tiempo ni aun de cerrarle los ojos.
+
+--¡Oh! ¡qué desgracia!--dijo Luisa.
+
+--¡Está de Dios que yo no conozca á ningún pariente mío!--añadió Inés.
+
+--No hay que afligirse demasiado--dijo Montiño--, nacemos para morir y
+mi hermano era viejo.
+
+--¿Y durará mucho tu ausencia, Francisco?--dijo Luisa.
+
+--Mañana, á más tardar, estaré de vuelta. Saca mi loba de camino,
+Inesita; y mis botas, yo voy por mis pedreñales, siempre es bueno ir
+bien preparado.
+
+Y Montiño abrió una puerta con una llave que sacó de su bolsillo, y
+entró y cerró.
+
+La mujer lanzó una mirada ansiosa á aquella puerta.
+
+Montiño atravesó otra habitación, abrió otra puerta y se encerró en un
+pequeñísimo aposento, en el cual había un fuerte arcón, una mesa y
+algunas sillas. Pero todo tan empolvado, que á primera vista se notaba
+que no se había limpiado allí en mucho tiempo.
+
+El cocinero mayor abrió el arcón, que apareció lleno de talegos; buscó
+uno de ellos con la vista y con las manos, con cierto respeto de
+adoración; desató lentamente su boca, y procurando que las monedas no
+chocasen, sacó como hasta una veintena de doblones de oro.
+
+--Hago un sacrificio, un inmenso sacrificio--exclamó suspirando--, el
+mayor de todos: dejar mi casa sola. No sé por qué el tío Manolillo tiene
+conmigo de algunos meses á esta parte chanzas que me inquietan. ¡Bah!
+¡bah! yo recelo de todo... no hay motivo... están contentas... ella cada
+día más cariñosa... mi hija cada vez más empeñada en ser monja...
+Afuera, afuera sospechas infundadas... una sola noche... ¿qué ha de
+suceder en pocas horas?
+
+Y tomando un par de pedreñales ó pistoletes que estaban colgados de la
+pared, los cargó, les renovó los pedernales, y cerrando cuidadosamente
+el arca y las dos puertas que antes había abierto, salió á la habitación
+donde estaban su mujer y su hija, se vistió un traje de camino, se ciñó
+una espada, se colgó de la cintura los pedreñales, y después de
+despedirse de su mujer y de su hija, salió de la habitación, luego del
+alcázar, y llegó á las caballerizas, donde montó en un mulo, y salió de
+Madrid acompañado de un mozo de espuela de la casa real, que iba montado
+en otro mulo.
+
+No habría llegado aún Francisco Montiño al puente de Segovia, cuando su
+mujer, que había despedido á su hijastra para irse á dormir, se encerró
+en su dormitorio, se dirigió á una ventana, que parecía clavada, sacó
+con suma facilidad dos de los clavos, que sólo servían de una manera
+aparente, abrió, y tomando un papel, al que hizo tres agujeros, envolvió
+en él un pedazo de pan, sin duda para dar al papel peso, y se puso á
+cantar, teniendo fijos los ojos en una ventana cercana de una torre que
+por aquella parte del alcázar estaba contigua á las habitaciones del
+cocinero mayor.
+
+Poco después se abrió aquella ventana y dejó ver únicamente su fondo
+obscuro.
+
+Luisa arrojó á aquel fondo el papel que envolvía el pan y que entró por
+el vano obscuro de la ventana que acababa de abrirse.
+
+Inmediatamente cerró Luisa la ventana, y dijo suspirando, como suspira
+una mujer impaciente y enamorada:
+
+--Si á las tres no ha vuelto Francisco, no vuelve de seguro hasta
+mañana; tienen tiempo de avisarle y vendrá: ¡oh! ¡qué suerte tan infeliz
+la mía!
+
+--¿Por qué cantará así mi madre, siempre que mi padre pasa alguna noche
+fuera de la casa?--decía Inés rebujándose en sus sábanas--. ¡Ay, si yo
+pudiera avisarle! pero le ha tocado hoy de servicio, y no se puede mover
+de la portería de pajes.
+
+La niña se durmió sonriendo, como sonríe una virgen á su primer amor, á
+su único amor puro. No sabemos si Luisa durmió también; pero lo que sí
+sabemos es que entre tanto el cocinero mayor caminaba rápidamente al
+paso de andadura de los dos poderosos mulos, y que el camino hasta
+Navalcarnero se acabó antes de que se acabasen sus encontrados
+pensamientos.
+
+Cuando llegó al pueblo eran las doce de la noche.
+
+Apeóse en la puerta de la casa donde había nacido, y no tuvo necesidad
+de llamar, porque encontró su puerta franca de par en par.
+
+Algunas mujeres pasaban de la cocina á una sala baja muy atareadas, y
+entre ellas apareció una anciana.
+
+--¿Vive mi hermano?--dijo Montiño, adelantando hacia aquella mujer.
+
+--¡Ah! ¡señor! ¿sois vos?-dijo llorando la pobre anciana--yo no os
+conozco, no os he visto nunca; pero debéis ser el señor Francisco
+Montiño.
+
+--El mismo soy; ¿pero vive aún mi hermano?
+
+--Está acabando; pero entrad, entrad: desde que esta mañana fué Juan á
+Madrid, os espera con tanta impaciencia, que no parece sino que vos
+habéis de traerle la salvación de su alma.
+
+Y la buena mujer introdujo al cocinero mayor en una sala baja, y de ella
+en una alcoba, donde, asistido por un fraile francisco, había un anciano
+expirante.
+
+--¡Señor arcipreste!¡señor arcipreste!--dijo la anciana--; he aquí
+vuestro hermano que ha llegado.
+
+Abrió penosamente los ojos el moribundo.
+
+--No veo--dijo con voz apenas perceptible.
+
+Y calló, como si aquel «no veo» le hubiese costado un inmenso esfuerzo.
+
+--Padre--dijo la anciana, dirigiendo la palabra al religioso--, el señor
+arcipreste me tenía encargado que cuando viniese su hermano, le
+dejásemos solo con él.
+
+--¡Oh!¡pues cumplamos su voluntad!--dijo el fraile y salió.
+
+El moribundo y el cocinero mayor quedaron solos.
+
+--¡Soy yo, hermano mío!¡soy yo!--dijo Montiño, estrechando las manos al
+arcipreste.
+
+--¡Allí! ¡allí!--dijo el moribundo, extendiendo el brazo hacia el fondo
+de la alcoba de una manera vaga y penosa.
+
+--Sí, sí; no te fatigues, hermano mío: allí está el cofre que encierra
+la fortuna de Juan.
+
+--Sí--dijo el moribundo.
+
+--¡Pedro! un esfuerzo--dijo Montiño acercando su semblante al de su
+hermano, que empezaba ya á descomponer la muerte--: ¡Pedro, el nombre de
+su padre!
+
+--Su padre es... el gran... el gran... duque de Osuna.
+
+--¡Ah!--exclamó Montiño--. ¿No deliras, hermano?
+
+--¡El duque... de Osuna!--repitió el arcipreste, haciendo un violento
+esfuerzo, que acabó de postrarle.
+
+--¿Y su madre...? ¿su madre...?
+
+--La duquesa... de...
+
+--¡Pedro! ¡Pedro! un solo esfuerzo.
+
+El moribundo hizo un esfuerzo desesperado para hablar y no pudo; levantó
+la cabeza, dejó oír un gemido gutural, y luego su cabeza cayó inerte
+sobre la almohada.
+
+Había muerto.
+
+
+
+
+CAPÍTULO IX
+
+LO QUE HABLARON LERMA Y QUEVEDO
+
+
+Desde que don Francisco de Quevedo se resignó á esperar, pensando, al
+duque de Lerma, hasta que apareció el duque, pasaron muy bien dos horas.
+
+Era el duque uno de esos personajes que se llaman _serios_; su edad
+rayaría entre los cuarenta y los cincuenta años; respiraba prosopopeya;
+vestía con una sencillez afectada, y en sus movimientos, en sus miradas,
+en su actitud, había más de ridículo que de sublime, más hinchazón que
+majestad; era un hombre envanecido con su cuna, con sus riquezas y con
+su privanza, que había formado de sí mismo un alto concepto, y que se
+creía, por lo tanto, un grande hombre.
+
+Quevedo permaneció algún tiempo sentado, después que apareció el duque.
+
+Esto hizo fruncir un tanto el ceño á su excelencia.
+
+--Me han avisado--dijo con secatura--de que me esperaba aquí una persona
+para darme en propia mano una carta de la señora duquesa de Gandía.
+
+Quevedo se levantó lentamente, y sin desembozarse, sin descubrirse, sacó
+de debajo de su ferreruelo una mano y en ella la carta de la duquesa de
+Gandía; cuando la hubo tomado Lerma, Quevedo se volvió hacia una puerta
+que el duque había dejado franca.
+
+--Paréceme que huís, caballero--dijo el duque.
+
+Quevedo se detuvo, pero permaneció de espaldas.
+
+--Y no creo que haya motivo--añadió el duque, mirándole de alto abajo y
+sonriendo de una manera que nos atreveremos á llamar triunfante--; no
+creo que haya motivo para que tan embozado, tan en silencio, y con un
+encubrimiento y un silencio tan inútil, vengáis á mi casa y pretendáis
+salir de ella; como os habéis tapado la cruz y el rostro con el
+ferreruelo, debiérais haberos puesto en cada pie un talego, á fin de
+tapar vuestros juanetes y disimular lo torcido de vuestras piernas; no
+digo esto por mortificaros, sino porque comprendáis que os he conocido,
+don Francisco.
+
+Volvióse Quevedo, se desembozó, se descubrió echando atrás con gentil
+donaire la mano que tenía su sombrero, y levantando su ancha frente,
+dijo fijando el vidrio de sus antiparras en los ojos del duque:
+
+--¡Romance!
+
+--¡Romance y vuestro! Soltadle, don Francisco, soltadle, que ya me
+tenéis impaciente.
+
+Guardó un momento silencio Quevedo, y luego dijo con voz sonante y
+hueca, cortando los versos de una manera acompasada, y dándoles cierta
+canturía:
+
+ --Dióme Dios, por darme mucho,
+ con una suerte perversa,
+ cabeza dos veces grande,
+ y pies para sostenerla.
+ Vine al mundo como soy,
+ aunque venir no quisiera;
+ la culpa fué de mi madre,
+ que no se murió doncella.
+ Por los pies me ha conocido
+ el ingenio de vuecencia;
+ es difícil que conozcan
+ á algunos por la cabeza.
+ Hay quien puede en pies de cabra
+ enderezar su soberbia,
+ porque lo que todo es aire,
+ cualquier cosa lo sustenta.
+
+Y acabado el romance, se dejó caer el sombrero sobre la cabeza, se
+embozó de nuevo, y se volvió á la puerta franca.
+
+El duque se adelantó y cerró aquella puerta.
+
+--Sois mi prisionero--dijo.
+
+--Mandadme dar cena y lecho--repuso Quevedo, sentándose otra vez en el
+sillón que habla dejado, como si se encontrara en su casa.
+
+--No os he soltado de San Marcos para encerraros otra vez--dijo Lerma--.
+Quiero que seamos amigos.
+
+--¡Ah, condesa de Lemos!--exclamó Quevedo.
+
+--¿Por qué nombráis á mi hija, cuando os hablo de otros asuntos?--dijo
+con el acento de quien se siente contrariado, el duque.
+
+--Dígolo, porque vuestra hija ha sido antes y ahora la causa.
+
+--No os entiendo.
+
+--Basta con que Dios me entienda.
+
+--Si vos galanteásteis á mi hija hace dos años...
+
+[imagen: El Duque de Lerma.]
+
+--Don Francisco de Sandoval y Rojas, vos sois uno de aquellos hombres de
+quienes dice la criatura: tienen ojos y no ven.
+
+--Veo que os equivocáis; vos creéis que la causa de vuestra prisión en
+San Marcos, fueron vuestras solicitudes á doña Catalina.
+
+--Me afirmo en lo dicho: sois ciego; yo cuando se trata de mujeres...
+
+--Estáis por las que valen... y pretendéis por ellas ser valido.
+
+--Valiera yo poco si tal valimiento buscara--y continuó--; yo, cuando se
+trata de mujeres, no solicito, tomo...
+
+--¿De modo que...?
+
+--No he solicitado á vuestra hija.
+
+--¿Y qué habéis tomado de ella?--añadió con precipitación el duque.
+
+--Un ejemplo de lo que sois.
+
+--¡Ah! vos para conocerme...
+
+--Os miro.
+
+--Pero me miráis con antiparras.
+
+--Para veros no es necesario tener muy buena vista.
+
+--Quiero saber qué pensáis de mí.
+
+--Mucho malo.
+
+--Al menos no se os puede culpar de reservado.
+
+--Reservéme poco, cuando habéis podido encerrarme.
+
+--Os he guardado porque os estimo.
+
+--Tan acertado andáis en mostrar vuestra estimación, como en gobernar el
+reino.
+
+--¿Pues no decís que en vez de gobernar soy gobernado? ¿no me habéis
+fulminado uno y otro romance, una y otra sátira, tan poco embozadas, que
+todo el mundo al leerlas ha pronunciado mi nombre? ¿no os habéis
+declarado mi enemigo, sin que yo haya dado ocasión á ello, como no sea
+en estorbar vuestros galanteos con mi hija?
+
+--¡Ah! ¡es verdad! nos habíamos olvidado de doña Catalina; hablado
+habemos de memoria; nos perdemos y acabaremos por no decir dos palabras
+de provecho, desde ahora hasta la fin del mundo, si hasta la fin del
+mundo habláramos. ¡Vuestra hija! ¡pobre mujer! ¿y sabéis que yo no
+escribiría por nada del mundo contra vuestra hija?
+
+--¿Tan bien la queréis?
+
+--Se me abren las entrañas por todos los poros.
+
+--¡Ay! ¿y mi hija?...
+
+--Es la mujer más pobre de corazón que conozco.
+
+--Pues yo creía...
+
+--¡Pues! vos creéis en todo lo que no es, y de todo lo que es renegáis.
+
+--Quisiera entenderos.
+
+--Pues entendedme: vos creéis á vuestra hija una mujer, y vuestra hija
+es una niña; vos la creéis contenta, y vuestra hija llora; vos la creéis
+feliz, y vuestra hija es desdichada; vos al casarla con vuestro sobrino,
+creísteis hacer un buen negocio... ¡bah! don Francisco; vos que lo
+primero que veis en mí son las antiparras, no sentís las antiparras que
+tenéis montadas sobre las narices, y sin las cuales no veis nada;
+antiparras que vienen á ser para vos las antiparras del diablo, que todo
+os lo desfiguran, que todo os lo mienten, que os abultan las pulgas y os
+disminuyen los camellos; para vos, á causa de esas endiabladas
+antiparras, lo falso es oro, todo lo que es aire cuerpo, todo lo que es
+cuerpo aire. Yo os daría un consejo;
+
+--¿Cuál?
+
+--Hacéos sacar del cuerpo los malos, y cuando os los hayan sacado
+entonces hablaremos; entonces veremos si yo os sirvo á vos, ó si vos me
+servís á mí.
+
+Y Quevedo se levantó en ademán de irse.
+
+--Esperad, esperad, don Francisco; os necesito aún.
+
+--¡Ah! ¿con que aún no me suelta?
+
+--Nunca habéis estado más libre que ahora.
+
+--Pues mirad, nunca me he sentido más preso.
+
+--Veo que vuestra enemistad hacia mí es cruel.
+
+--¡Bah! desengañáos; yo no tengo un enemigo en quien no temo.
+
+--Preso os he tenido dos años.
+
+--No, más bien me he estado yo dos años preso.
+
+--Mucho confiáis en vuestro ingenio.
+
+--Yo más en el vuestro.
+
+--Pero si yo no le tengo.
+
+--Sí por cierto, tenéislo... para hacer lo que nos conviene.
+
+--Ponderan mi lisura y mi paciencia...
+
+--Pues se engañan. Ni sois liso ni agudo, y en cuanto á lo de
+paciencia...
+
+--Téngola, puesto que me estáis desesperando, y...
+
+--Os estoy leyendo.
+
+--Concluyamos de una vez, don Francisco: yo os tengo en mucho, y si os
+he tenido preso no ha sido porque no me servíais á mí, sino porque no
+sirviéseis á otros.
+
+--Yo sólo sirvo á Dios.
+
+--Y al duque de Osuna.
+
+--Es lo que nos queda de grande y noble, porque algo de noble y grande
+quede en España. Sirviendo al duque sirvo á Dios, porque sirvo á la
+justicia y al honor.
+
+--O porque sirviéndole, os servís á vos mismo. ¿Qué habéis visto en
+Girón, que os haga creer que es más grande que Lerma?
+
+--Que Girón es grande sin decirlo, y vos, llamándoos grande, sois
+pequeño.
+
+--¿Qué queréis, don Francisco, qué deseáis? ¿con qué noble premio se os
+puede comprar?
+
+--¿Queréis que sea vuestro amigo?
+
+--¡Oh don Francisco! me llamáis ciego, y sin embargo, no reparáis en que
+os veo levantaros delante de mí como un gigante, y os respeto; no
+comprendéis que os aprecio en cuanto valéis, y que sé que con vuestra
+ayuda nada temería: lo emprendería todo, continuaría los tiempos de
+esplendor de España...
+
+--Me estáis ofreciendo moneda falsa.
+
+--Y vos me estáis desesperando.
+
+--Ya os he dicho que puedo ser vuestro amigo.
+
+--Hablad.
+
+El duque de Lerma se sentó y Quevedo volvió á sentarse también.
+
+--Voy á desembozar algunas palabras que os están haciendo sombra, y á
+empezar por mí desembozándome. Nací contrahecho; vos me desembozásteis
+por los pies, ya os lo dije; ni eché memorial para venir al mundo, ni
+venido quejéme de los malos pies con que en él entraba; pero si Dios me
+dió piernas torcidas, dióme alma recta; si pies torpes, ingenio ágil; si
+cabeza grande, llenóla de grandes pensamientos; os estoy hablando
+completamente desembozado, y pienso desembozaros para con vos mismo,
+porque lleguéis á ver claro, que, vos como sois, y yo como Dios ha
+querido que sea, hemos nacido para ir por camino diferente; yo bien me
+sé á dónde vais á parar; yo pararé donde Dios sabe.
+
+--Continuaré sacrificando mi vida á la grandeza de mi patria.
+
+--Y como habéis nacido para que todo os salga al revés de como pensáis,
+acabaréis hundiéndoos con España en un abismo.
+
+--¿Creéis, pues, que estoy engañado?...
+
+--Si volvemos á las réplicas no acabaremos nunca.
+
+--Continuad.
+
+--Pretendieron mis padres que fuese docto. Alcalá me dió su ciencia,
+pero más la Universidad que se llama mundo. Cada mujer fué para mí un
+romance, cada hombre una sátira, cada día un maestro, cada año un libro.
+Díjome la historia que siempre ha habido tiranos y esclavos, y que la
+vanidad, y la codicia, y la soberbia han escrito con sangre sus anales;
+quise quitar la carátula á la verdad y se la quité á medias, porque lo
+que vi, me dió miedo de ver lo que ver no quise. Encerréme conmigo, y
+allá en mi encierro me siguió el mundo, y me siguieron mis pasiones.
+Amé: ¡nunca hubiera amado! porqué amé á vuestra hija.
+
+Hizo un movimiento de impaciencia Lerma.
+
+--Y vuestra hija me amó.
+
+Movióse con doble impaciencia el duque.
+
+--Y no fué mía porque no quise que lo fuese.
+
+--¡Oh! exclamó con disgusto Lerma.
+
+--No podía serlo; para querida me daba lástima, para mujer ojeriza.
+
+--¡Cómo!
+
+--Hubiéseis dicho qué me daba á trueque; á falta de riquezas y de
+títulos, servidumbre judaizante, adoración del oro; yo, que me precio de
+sangre limpia y de ser buen cristiano, díjeme todo espeluzno y todo
+escándalo de mí mismo cuando pasó por mí el vergonzante pensamiento de
+ser vuestro yerno: honra dejáronte tus padres, don Francisco; búrlaste
+de las busconas; no mates tu honra ni tu musa y buscón no seas; que
+cuando oro anda en medio de una mujer y un hombre, el mundo no ve el
+corazón, sino el talego; no el amor, sino la codicia; tragúeme, pues, mi
+amor, como me he tragado otras tantas cosas, y no queriendo deshonrar á
+vuestra hija haciéndola mía, no me casé con ella por no deshonrarme.
+
+El duque de Lerma no contestó una sola palabra; únicamente hirió una y
+otra vez con un movimiento nervioso la alfombra, con el tacón de su
+zapato.
+
+--Casásteisla entonces con vuestro sobrino; vendísteis á vuestra hija...
+
+--Era una alianza conveniente...
+
+--Pudo conveniros á vos, no á ella. Conviniérala como mujer honrada y
+honesta, y discreta, y bien nacida, no porque de vos viniera, sino
+porque nació buena, otro hombre, más amor, más alma, más valor y dicha
+la verdad sea, más vergüenza. Que si el conde de Lemos tuviera todas
+estas cosas y con ellas alguna discreción y buen ingenio, bien casada
+estuviera vuestra hija, y no escribiera yo despechado al verla tan mal
+casada, tan enterrada en vida, aquello de:
+
+ Oro es ingenio en el mundo,
+ oro en el mundo es nobleza
+ y el que en vanidades trata
+ de vanidad se sustenta.
+ Con un leproso del alma,
+ su padre casó á Teresa...
+
+Con lo demás que decía el romance, que si no hizo reir á nadie por el
+chiste, os hizo á vos llorar de rabia por lo claro, y dar conmigo en San
+Marcos, con tan poco disimulo de la causa, que todo el mundo tuvo por
+culpa de ella al romance, y por doña Catalina á la doña Teresa que el
+romance cantaba.
+
+--¿Y creéis que aunque anduvísteis extremadamente injusto, apasionado y
+mordaz en el tal romance, fué esta sola la causa de vuestra prisión?
+
+--Sé que anduvieron también en ella vuestras antiparras.
+
+--Más claro.
+
+--Por turbias que sean esas antiparras para el duque de Lerma, todos ven
+que son ellas don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Ah! ¡el bueno de mi secretario!
+
+--Vuestro amo.
+
+--¡Mi amo!
+
+--Y del rey.
+
+--¡Ah!
+
+--Y de España, porque como vos sois amo del rey, y el rey amo de España
+y es vuestro dueño don Rodrigo, resulta que don Rodrigo viene á ser amo
+de España.
+
+--Seguid, don Francisco, á fin de que sepamos hasta qué punto estáis
+engañado.
+
+--Era una simple cuestión de secretarios: don Rodrigo lo era vuestro, y
+yo lo era del duque de Osuna; el duque de Osuna era enemigo vuestro, y
+por consecuencia, vuestro secretario debía serlo también del secretario
+del duque de Osuna. Temióse, no lo que hacía, sino lo que pudiera hacer
+de la corte el ilustre descendiente de los Girones, y como es muy
+principal caballero, y muy poderoso, y muy bravo, se le desterró á
+Nápoles dorando el destierro con lo de virrey, y como se creía que yo
+era mucha cosa con el duque y que haría más conmigo que sin mí, se me
+envió á San Marcos á hacer penitencia; y como el duque de Osuna no ha
+cesado de reclamar en estos dos años á su pobre secretario, y como, por
+otra parte, vos os encontráis con que á pesar de los buenos oficios de
+don Rodrigo no veis claro en qué consisten tantos reveses y tantas
+desdichas como sufre España, os habéis dicho: saquemos del encierro á
+aquel espíritu rebelde, veamos si podemos mudarle á nuestro provecho, y
+si sus antiparras son más claras que los ojos de don Rodrigo.
+
+--¿Y creéis que yo no pudiera pasarme sin vos?
+
+--Creo que necesitáis de todo el mundo.
+
+--El rey me concede más que nunca su cariño, su confianza.
+
+--Sin embargo, no ha gustado mucho al rey que vuestro sobrino haya
+llevado á picos pardos al príncipe de Asturias. Y como el rey, aunque no
+es muy perspicaz, sabe que vos y el conde de Lemos sois una misma cosa;
+y como vuestro hijo el duque de Uceda se impacienta por ocupar vuestro
+puesto; y como la reina trabaja contra vos todo lo que puede; y como
+Olivares atiza, pensando en su provecho; y como Calderón, creyéndose ya
+poderoso, no disimula su soberbia; y como Espínola desde Flandes pide
+hombres y dineros; y como suceden tantas y tantas cosas que no debieran
+suceder, si no mandárais vos, que no debíais mandar; y como vos creéis
+que el duque de Osuna me ha nombrado su secretario por algo, y que por
+algo también me pide en una y otra carta, nada de extraño tiene que yo
+piense que si quisiera podía vengarme de don Rodrigo enviándole á
+galeras y de vos haciéndoos mi secretario.
+
+--Conócese--dijo el duque sonriendo á duras penas--que aún os dura la
+rabia del encierro.
+
+--Os hablo desembozado y nada más.
+
+--¿Y si fuese cierto que yo necesitase de vuestra ayuda?...
+
+--Os la negaría, porque ayudaros á vos, sería desayudar á la patria y
+hacer traición al rey.
+
+--Supongo que no os habréis atrevido á llamarme traidor.
+
+--No; pero sois ciego, soberbio y codicioso.
+
+--Os habéis propuesto decididamente enojarme, cuando yo hago todo lo que
+puedo por haceros mi amigo.
+
+--No debe enojaros la verdad; no puedo ser yo amigo vuestro.
+
+--Sin embargo, si no recuerdo mal, me habéis ofrecido vuestra amistad.
+
+--_Sub conditione._
+
+--Pero vuestras condiciones...
+
+--En el estado en que se encuentra la gobernación del reino, las
+condiciones serían muy duras para vos.
+
+--¿Creéis que el mal, si le hay...?
+
+--¿Si le hay? Desde que murió el rey don Felipe, que aun antes de que le
+royesen el cuerpo los gusanos, se sintió roido por el dolor de dejar la
+monarquía más poderosa del mundo á un príncipe incapaz, no han pasado
+por España más que desdichas; la hacienda real, desde que vos subísteis
+á secretario de Estado, empezó á dar tales traspiés, que dejó muy pronto
+de ser hacienda; exhausta por los gastos más exorbitantes, escandalizado
+el reino de tanto desbarajuste, de tal despilfarro, empezó á murmurar,
+como quien conocía que de su cuero habían de salir las correas; vos,
+para acallar al reino, os ayudásteis de clérigos para que volviesen á
+vuestro provecho el púlpito y el confesonario; no era bastante la
+mentira en nombre del rey: se mintió en nombre de Dios, se pasó de la
+deslealtad al sacrilegio. Don Rodrigo Calderón, trocado de vuestro paje
+en vuestro secretario, y engordado con vuestros secretos, y con los
+empleos que vende, y con la justicia que rompe, se hace fuerte y os
+domina; la guerra de los Países Bajos, funesta guerra de religión que
+ningún provecho ha podido nunca traer á España, se encrudece, se hace
+desastrosa, es más, injusta, deshonrosa, porque nuestros soldados sin
+pagas, se convierten en una plaga de Egipto, rompen la disciplina, y
+nuestros valientes tercios son vencidos en las Dunas, en Ostende, en el
+Brabante, en todas partes, á pesar de la pericia y del valor de
+Espínola. Somos el juguete de Inglaterra, que satisface el odio que
+siempre ha sentido hacia la casa de Austria, y de otra parte la Francia
+ayuda á los Países Bajos, para que entretenida España con una guerra
+desastrosa no pueda influir en sus negocios. Inútil la tentativa de
+ceder la soberanía de los Países Bajos al archiduque Alberto y á su
+esposa la infanta doña Isabel; continúan los desastres. Holanda y
+Flandes han resistido, resisten y resistirán, como quien pugna por
+arrojar de su casa un dominio extraño y tiránico. Para satisfacerse de
+algún modo de los reveses de los Países Bajos, se piensa en ganar gloria
+perjudicando al comercio inglés, y se envía allá una escuadra que
+aniquilan los elementos como aniquilaron á la _Invencible_; todo
+fracasa, todo muere. Perdido el tino, se firma una tregua vergonzosa de
+doce años con Holanda y Flandes, acogiendo por medianeras á Francia y á
+Inglaterra, y se cree tener algún respiro. Pero aqueja la pobreza
+pública, al par que crecen los dispendios de la corte, y se piensa en
+leyes suntuarias; leyes inoportunas, ineficaces, contra las que
+representan los mercaderes y quedan sin efecto; es necesario encontrar
+dinero á todo trance, y se aumenta el valor de la moneda de vellón;
+expone los inconvenientes de esta medida el docto Mariana en su libro
+_De Mutatione monetæ_, y el bueno, el sabio Mariana es perseguido; á la
+torpeza sigue la tiranía. Pero no se halla todavía dinero y la tiranía
+crece, la tiranía no respeta ya nada: ni la fe de los tratados humanos,
+ni la fe de este eterno pacto de justicia que el hombre tiene hecho con
+Dios. El edicto de la expulsión de los moriscos, llena de horror á todos
+los pechos generosos...
+
+--Antes que Felipe III han sido sus abuelos rigorosísimos con los
+moriscos--exclamó el duque de Lerma, aturdido por la filípica de
+Quevedo.
+
+--¡Los clérigos y los frailes! siempre esa plaga que ha logrado dominar
+al trono y que acabará con la gloria y con el poder de España. Y, sin
+embargo, un excesivo celo por la religión, un celo imprudente y ciego,
+pudo nublar con hechos indignos de su grandeza la gloria de los Reyes
+Católicos, del emperador don Carlos, de su hijo don Felipe; pero no la
+mancilló la codicia mortal, la sed infame del dinero; los moriscos
+fueron perseguidos, ¡pero no fueron robados!
+
+--¡Robados!
+
+--Sí, Felipe III ha robado á los moriscos, y quien dice Felipe III, dice
+el duque de Lerma.
+
+--Esto es ya demasiado, demasiado--dijo enteramente aturdido Lerma, que
+no había creído que existiese un hombre capaz de decirle de frente tan
+agrias verdades. A tal punto le habían llevado su envanecimiento, su
+privanza y la nulidad del rey.
+
+--¡Pues ya se ve que es demasiado! Cuatro millones de españoles ricos,
+industriosos, han sido expulsados, pobres, desnudos, miserables,
+desesperados, del suelo que los vió nacer. Y el rey, su majestad, como
+si hubiérais hecho grandes merecimientos, como si en vez de disminuir en
+una cuarta parte la población del reino la hubiérais aumentado y
+enriquecido, os da trescientos mil ducados para vos y para vuestro hijo
+el duque de Uceda, y ciento cincuenta mil á vuestra hija y á su noble
+esposo el conde de Lemos.
+
+--¡Concluyamos, concluyamos, don Francisco!--dijo el duque procurando
+rehacerse--; está visto que no podemos entendernos.
+
+--¡Ya quería yo irme...!--dijo Quevedo levantándose de nuevo--; quería
+irme sin hablar una sola palabra, porque no podría deciros más que
+verdades lisas... pero vos... ¡bah! vos habéis nacido para
+equivocaros...
+
+--He llegado á vos y os he tendido la mano...
+
+--Yo no puedo estrechar vuestra mano, yo no puedo serviros; yo no quiero
+hacerme cómplice de la ruina de España; á mi duque de Osuna me atengo...
+y si me desayudare el duque... me atenderé á mí mismo, que me basto y
+aun me sobro. Quede vuecencia con Dios.
+
+--Esperad: no es por ahí, don Francisco--dijo el duque tomando una bujía
+de sobre la mesa y yendo á una puertecilla.
+
+--¡Cómo!--dijo Quevedo--; ¿vuecencia sirviéndome de paje?
+
+--Honroso es servir al ingenio, á la grandeza y al valor.
+
+--Muy cristiano andáis.
+
+--¡Cristiano!
+
+--Sí, por cierto; dais favores por agravios.
+
+--No hablemos de eso; no sois vos quien me agraviáis, sino la fortuna
+que se me os roba.
+
+--Ahí os queda don Rodrigo Calderón. Calló el duque, y bajando unas
+escaleras, llegó á un postigo y puso la mano en un cerrojo.
+
+--Perdonad, un momento, don Francisco--dijo Lerma--: ¿quién os ha dado
+la carta que me habéis traído? ¿puede saberse?
+
+--¿Y por qué no? ¡Me la ha dado vuestra hija!
+
+--Y... ¿dónde?
+
+--En palacio.
+
+--¡Oh! ¿con que ya habéis estado en palacio apenas venido?
+
+--De palacio vengo y á palacio voy. Como me crié en él, soy palaciego, y
+tanto, que atribuyo al haberme criado en palacio mi cortedad de vista.
+
+--Pues cuidad, don Francisco, en dónde ponéis los pies, porque palacio
+está muy resbaladizo.
+
+--Como ando despacio, señor duque, nunca resbalo; como tengo los pies
+grandes me afirmo; cuando caigo no es que caigo, sino que me caen.
+Guarde Dios á vuecencia y le prospere--añadió, viendo que el duque
+había abierto la puerta.
+
+--Id, id con Dios, don Francisco--dijo el duque--, y no os olvidéis
+nunca que os he buscado.
+
+--Lo que no olvidaré jamás es la causa por que he venido--dijo Quevedo,
+y salió.
+
+El duque, que al abrir se había cubierto con la puerta, cerró
+murmurando:
+
+--¡Que no olvidará la causa por que ha venido! ¡y quien le ha dado la
+carta de la duquesa de Gandía ha sido mi hija! ¡ese hombre! ¿A dónde
+tenderá el vuelo don Francisco?
+
+Detúvose de repente el duque; había sonado en la calleja ruido de
+espadas que duró un momento.
+
+--¿Qué será?--dijo Lerma--; donde va Quevedo van las aventuras. Don
+Rodrigo me lo dirá... sí, sí... ¡don Rodrigo!; y es el caso que empiezo
+á desconfiar de él, pero yo desconfío de todo el mundo... de todos,
+hasta de mí mismo.
+
+El duque acabó de subir en silencio las escaleras, entró en su despacho,
+y abrió con una ansiedad marcada la carta de la duquesa de Gandía.
+
+Hizo bien el duque en esperar á quedarse solo para leer aquella carta;
+nuestros lectores adivinarán su contenido. En ella, á vueltas de pesadas
+reflexiones, participaba la duquesa á Lerma lo que la había acontecido
+con el rey y la desaparición de la reina de su cuarto.
+
+El duque, leyendo esta carta, se puso sucesivamente pálido, lívido,
+verde. No comprendía bien aquello. Creía tener comprimida á la familia
+real, y, sin embargo, el rey y la reina se le escapaban, como quien
+dice, por los poros. Creía saberlo todo, y, sin embargo, ignoraba que
+existiesen aquellas comunicaciones secretas de que hablaba la carta. Se
+creía seguro del afecto, de la fidelidad de don Rodrigo Calderón, y la
+duquesa le daba respecto á él una voz de alerta. Daba vueltas el duque á
+la carta y la leía y volvía á releer una y otra vez, como si dudara de
+sus ojos, y siempre leía la misma cosa:
+
+«Su majestad el rey ha venido á mí por un pasadizo secreto, y me he
+visto en un grande apuro.»
+
+Y más abajo:
+
+«Cuando obligada fuí á anunciar á su majestad la reina que el rey
+deseaba verla, no encontré á la reina ni en su cámara, ni en su
+dormitorio, ni en su oratorio, y á la hora en que os escribo no sé dónde
+está su majestad.
+
+Y más abajo aún:
+
+«Personas extrañas, que no puedo deciros quiénes son, porque no las
+conozco, aunque las he sentido y casi las he tocado, entran á mansalva
+en la cámara de su majestad la reina. Además, he descubierto lo que
+nunca hubiera creído... desconfiad de don Rodrigo Calderón: está en
+inteligencias con la reina y os vende.»
+
+El duque acabó de aturdirse, y como siempre que esto le acontecía, mandó
+llamar á su secretario.
+
+Pero antes de que éste llegase, tuvo gran cuidado de guardar en su
+ropilla la carta de la duquesa de Gandía.
+
+A poco entró en el despacho del duque un hombre como de treinta á
+treinta y cuatro años.
+
+Era buen mozo; moreno, esbelto, de mirada profunda, semblante serio,
+maneras graves, movimientos pausados, como quien pretende aumentar la
+dignidad de su persona; vestía rica pero sencillamente, y todo en él
+rebosaba orgullo, mejor dicho, soberbia, y una extremada satisfacción de
+sí mismo; era, en fin, uno de estos seres que jamás descuidan su papel,
+y que con su aspecto van diciendo por todas partes: «soy un grande
+hombre».
+
+Como sucede siempre á estos personajes, su afectación tenía algo de
+ridículo; pero era la del que nos ocupa una de esas ridiculeces que sólo
+notan los hombres de verdadero talento, los hombres superiores.
+
+A los demás, don Rodrigo Calderón, que él era, debía imponer respeto, y
+lo imponía.
+
+Pero delante del duque de Lerma, el más hinchado de los hombres
+hinchados, don Rodrigo se apeaba de su soberbia para transformarse en un
+ser humilde, casi vulgar, en un criado, en un instrumento.
+
+Pero esto sólo en la apariencia.
+
+Lo que demuestra que era superior al duque, puesto que le comprendía, y
+comprendiéndole usaba de él, humillándose.
+
+Cuando entró se inclinó respetuosamente, y su semblante tomó la
+expresión más humilde y servicial del mundo.
+
+Sin embargo, todos sus esfuerzos y toda su servil experiencia de
+cortesano no bastaron para borrar de su semblante cierta expresión de
+profundo disgusto, de ansiedad, de molestia y de un malestar doloroso.
+
+El duque lo notó, receló, pero sin embargo disimuló y ocultó
+profundamente su recelo.
+
+--¿Qué os sucede?--le dijo--¿no estáis satisfecho de las ventajas que
+acabamos de alcanzar?
+
+--¡Ventajas! ¡ventajas! tengo la desgracia de no verlas, señor--contestó
+con voz apagada don Rodrigo--; si llamáis ventajas el haber logrado que
+se sienten á vuestra mesa y hablen como amigos el señor duque de Uceda
+vuestro hijo, el conde de Olivares y don Baltasar de Zúñiga...
+
+--Por el momento parecen desalentados, vienen á nosotros, olvidan sus
+diferencias y se estrechan las manos.
+
+--Para engañarse mejor, engañando juntos á vuecencia.
+
+--Y bien, si no podemos unirlos los separaremos; no nos ha de faltar
+pretexto para conferir una embajada al conde de Olivares; enviaremos de
+virrey á Méjico ó al Perú á mi hijo, y alejaremos con otra honrosa
+comisión á don Baltasar.
+
+--Pero el conde de Olivares preferirá su empleo de caballerizo mayor,
+que le tiene en la corte, y cerca del rey, y vuestro hijo y Zúñiga no
+dejarán por nada del mundo el cuarto del príncipe don Felipe.
+Desengáñese vuecencia: todos quieren ser, todos; aunque todo os lo
+deben, conspiran contra vos, los primeros vuestro hijo y vuestro
+sobrino... el conde de Lemos...
+
+--El conde de Lemos seguirá en su destierro; ha sido más audaz que los
+otros... ha pretendido ganar la confianza de su alteza, despertando sus
+pasiones y halagándolas... ha sido, pues, necesario ser severo con él, y
+como lo he sido con él, lo seré con los demás; lo seré, no lo
+dudéis--añadió el duque contestando á un movimiento de duda de don
+Rodrigo.
+
+--Sólo hay un medio... ya os lo he dicho... acabar de una vez... cuando
+un enemigo se hace demasiado terrible, como, por ejemplo, la reina...
+
+--No, no--dijo con repugnancia el duque--; no es necesario llegar á
+tanto... la reina... la tenemos sujeta... esas cartas... esas preciosas
+cartas... ¡oh! guardadlas bien... guardadlas.
+
+--Las llevo siempre conmigo; la reina por ahora no se atreve... pero si
+vuestros enemigos... si fray Luis de Aliaga...
+
+--Ya os he dicho que Olivares, Uceda y Zúñiga, se sienten sin fuerzas,
+se rinden y vienen á buscarla en mí; vuestro celo, don Rodrigo, os hace
+muy desconfiado. ¿Qué, creéis que yo no tengo poder?
+
+--¿Y de dónde sacar nuevos tesoros? ¿dónde encontrar otros moriscos?
+¿cómo agravar los tributos? ¿Qué hacer para acabar esas guerras eternas
+que nos desangran? ¿y cómo acabarlas sin exponerse á caer de lo alto
+ante el orgullo de España ofendida? ¿cómo quitar á un ambicioso de un
+puesto que satisface su ambición para poner á otro? Os lo repito: cuando
+se ha llegado á este extremo, cuando falta oro para tanta boca sedienta,
+siempre queda el remedio de...
+
+--No, no, el remedio es peor, cien veces peor. Todo se sabe...
+
+--Y bien, ¿qué medio creéis que os queda para con la reina?
+
+--Las cartas que poseéis.
+
+--Pero esas cartas no pueden usarse sin que yo me pierda.
+
+--¿Creéis que vos estaréis perdido, cuando yo esté salvado?
+
+--Hace algún tiempo que, con mucho sentimiento mío--dijo con gran
+humildad don Rodrigo--vemos las cosas de distinto modo. Yo veo...
+
+--Vos veis menos de lo que creéis ver.
+
+--Yo veo todo lo que pasa en la corte y fuera de ella, señor. Sé que
+vuecencia no puede anunciarme una cosa grave que yo no sepa.
+
+--Voy á deciros una gravísima: ¿sabéis dónde está la reina?
+
+Miró con asombro Calderón á Lerma.
+
+--No comprendo á vuecencia--dijo.
+
+--Me explicaré: ¿sabéis por qué la reina no parece?
+
+--¿Qué no parece su majestad?
+
+--Sí, por cierto; la reina se ha perdido esta noche, ó ha estado
+perdida. En una palabra: su majestad la reina, á cierta hora de la
+noche, no estaba en su cuarto.
+
+--¿Cómo, á qué hora?
+
+--A principios de la noche.
+
+--Pues puedo deciros--exclamó Calderón poniéndose pálido--que si la
+reina ha desaparecido de su aposento, ha salido del alcázar.
+
+--¿Que ha salido?
+
+--Sí, señor, sola y en litera.
+
+--Eso no puede ser; ¡imposible!--exclamó el duque poniéndose de pie--.
+¡Margarita de Austria, sola como una dama de comedias!...
+
+--Es más, señor, acompañada de un hombre.
+
+--¿Pero no habéis dicho que salió sola del alcázar?
+
+--Sí, sí por cierto; yo la había dado una cita.
+
+--¿Y esperábais?...
+
+--No esperaba; pero á todo trance, y por no esperar yo mismo á las
+puertas del alcázar, para no dar que pensar, puse un hombre de mi
+confianza, y esperé más lejos. Impaciente, fuí á informarme de mi
+centinela, y éste me dijo que había salido del alcázar, bajando por la
+escalera de las Meninas, una dama que tenía todo el aspecto que yo le
+había indicado, que había entrado en una litera y acababa de alejarse.
+Seguimos la dirección que la litera había tomado. La hallamos al fin, la
+seguimos. De repente para la litera y sale...
+
+¡La reina!
+
+--Una dama tapada que tenía el mismo aspecto, el mismo andar reposado,
+grave, gallardo de su majestad. Más aún; de repente, aquella dama se
+detiene junto á un hombre que estaba parado en una encrucijada y se ase
+á su brazo y sigue.
+
+--¡Oh! no podía ser la reina, no; ¿á qué había de asirse á otro hombre?
+
+--¡Ah! aquel hombre, cuando le dejó la dama tapada en una callejuela
+solitaria, me detuvo hierro en mano.
+
+--¡Oh!--exclamó el duque de Lerma--¿se trataba de mataros?
+
+--Y la reina se había puesto por cebo; no tengo duda de ello. Además,
+aquel hombre había sido buscado á propósito; yo me jacto de ser buena
+espada; pues bien, aquel hombre me desarmó y me hizo gracia de la vida.
+
+--No querían, pues, mataros: no era la reina.
+
+--Al contrario, la generosidad de ese hombre me confirma más en mis
+sospechas; la reina se horroriza de la sangre... como vuecencia; la
+reina, sin duda, ha querido decirme: aunque soy mujer, y me tenéis
+obligada al silencio, puedo en silencio mataros; tengo una valiente
+espada que me sirve.
+
+--¿Pero no se os ocurre que vuestro vencedor pudo quitaros las cartas?
+
+--La reina no sabe que por guardarlas mejor llevo siempre las cartas
+conmigo.
+
+--¿Y no se sabe quién es ese hombre que ha defendido á la reina?
+
+--No lo sé aún, pero lo sabré; le he hecho seguir por un hombre que no
+le perderá de vista.
+
+--Pues bien; lo que más urge ahora es desenredar este misterio de la
+reina, ver claro: saber cómo, por dónde puedan entrar personas extrañas
+en la cámara de la reina, y cómo la misma reina puede salir sin ser
+vista de nadie. Hay ciertos pasadizos en el alcázar que han estado á
+punto de causarnos graves disgustos. Haced que las gentes que están al
+lado del rey, cuenten sus pasos, oigan sus palabras...
+
+--Tal las oyen, que aconsejo á vuecencia haga dar una mitra al confesor
+del rey.
+
+--¡Cómo!
+
+--Fray Luis de Aliaga ha pasado toda la tarde al lado de su majestad,
+mientras vuecencia reconciliaba á sus enemigos y se creía por su
+reconciliación libre de cuidados.
+
+El duque quedó profundamente pensativo.
+
+--¡El confesor del rey! ¡La reina apela al hierro! ¡Oh! ¡oh! la lucha es
+encarnizada... y bien, será preciso obrar de una manera decidida...
+
+--No digáis es necesario obrar... decidme obrad, y obro. Estas cartas
+son ya insuficientes... vuecencia no puede pedirme que me pierda al
+perder á la reina... la reina lo arrostra todo... imitémosla.
+
+--Procurad saber quién es ese hombre de que la reina se ha valido;
+averiguado que sea, hacedle prender, y esto al momento. Después, id á
+avisarme al alcázar.
+
+Don Rodrigo conoció que la orden era perentoria, y fué á salir.
+
+--No, por ahí no; tomad mi linterna; vais á salir por el postigo; de
+paso mirad si hay algún muerto en la calle, ó al menos señales de
+sangre.
+
+--¡Ah!
+
+--Sí, antes que viniérais sonaron cuchilladas en la callejuela.
+
+--¡Ah! ¡ah!--dijo para sí Calderón bajando las escaleras detrás del
+duque--. ¡Cuchilladas junto al postigo de su excelencia, y su excelencia
+interesado en saber el fin de estas cuchilladas! ¡ah! ¿qué será esto?
+¡Creo que este hombre, cuando me guarda secretos, desconfía de mí! Pues
+bien, obraré como me conviene, señor duque; y ya es tiempo; no quiero
+sumergirme con vos.
+
+Cuando llegaba á este punto de su pensamiento, Lerma abría el postigo y
+se cubría con él para no ser visto por un acaso desde la calle.
+
+Calderón salió.
+
+Apenas había salido y cerrado el duque, cuando resonaron en la calle,
+como por ensalmo, delante del postigo, cuchilladas, y poco después, unas
+segundas cuchilladas más abajo, unieron su estridor al de las primeras.
+
+El duque de Lerma subió cuanto de prisa le fué posible las escaleras,
+llamó á algunos criados, y los envió á saber qué había sido aquello.
+
+
+
+
+CAPÍTULO X
+
+DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO ENCONTRÓ EN UNA NUEVA AVENTURA EL HILO
+DE UN ENREDO ENDIABLADO
+
+
+Cuando Quevedo salió de la casa del duque de Lerma por el postigo,
+apenas había puesto los pies en la calle, se le vino encima Juan
+Montiño, que, como sabemos, estaba esperando en un soportal á que
+saliese por aquel postigo don Rodrigo Calderón.
+
+Al verse Quevedo con un bulto encima, y espada en mano, echó al aire la
+suya, y embistiendo á Juan Montiño, exclamó con su admirable serenidad,
+que no le faltaba un punto:
+
+--Muy obscuro hace para pedir limosna; perdone por Dios, hermano.
+
+Y á pie firme contestó á tres tajos de Juan Montiño, con otras tantas
+estocadas bajas y tales, que el joven se vió prieto para pararlas.
+
+Y no sabemos lo que hubiera sucedido, si Juan Montiño no hubiera
+conocido en la voz á su amigo.
+
+--¡Por mi ánima--dijo haciéndose un paso atrás y bajando la espada--,
+que aunque muchas veces hemos jugado los hierros, no creí que pudiéramos
+llegar á reñir de veras!
+
+--¡Ah! ¿sois vos, señor Juan? que me place; y ya que no nos hemos
+sangrado, alégrome de que hayamos acariciado nuestras espadas para daros
+un consejo: lo de tajos y reveses á la cabeza, dejadlo á los
+colchoneros, que sirven bien para la lana, y aficionáos á las estocadas;
+de mí sólo sé deciros que de los instrumentos de filo, sólo uso la
+lengua. ¿Pero qué hacéis aquí?
+
+--Espero.
+
+--Ya, ya lo veo. ¿Pero á quién esperáis?
+
+--A un hombre.
+
+--Decid más bien á un muerto; y dígolo, porque á pesar del demasiado
+aire que dais á la hoja de la espada, si yo no fuera quien soy, me
+hubiérais hecho vos lo que no quiero ser en muchos años. Pero el nombre
+del muerto; digo, si no hay secreto ó dama de por medio, que no siendo
+así...
+
+--Dama y secreto hay; pero me venís como llovido; conozco vuestra
+nobleza, quiero confiarme de vos, y os pido que me ayudéis.
+
+--Y os ayudaré, y más que ayudaros; tomaré sobre mí la empresa y el
+encargo. ¿Pero de qué se trata?
+
+--¿Conocéis á don Rodrigo Calderón?
+
+--Conózcole tanto, como que de puro conocerle le desconozco. Es mucho
+hombre.
+
+--Pues á ese hombre espero.
+
+--Para...
+
+Quevedo hizo con el brazo la señal de una estocada á fondo.
+
+--Cabalmente.
+
+--Perdonad; pero vos no sois cristiano, amigo Juan.
+
+--¿Por qué me decís eso? ¿no os he dejado tiempo para poneros en
+defensa?
+
+--Dígolo, porque vuestro rencor no cede. ¿No os habéis satisfecho con
+haber desarmado hace dos horas á don Rodrigo Calderón, sino que
+pretendéis matarle?
+
+--¡Cómo! ¿era don Rodrigo Calderón el hombre con quien reñí cuando?...
+
+--Sí, cuando acompañábais á una dama muy tapada, muy hermosa y muy noble
+que había salido del alcázar.
+
+--¡Cómo! ¿conocéis á esa dama?
+
+--Puede ser.
+
+--¿Y es hermosa?
+
+--Puede que lo sea.
+
+--¿Y sabéis su nombre?
+
+--Puede llamarse... se puede llamar con el nombre que mejor queráis; os
+aconsejo que no toméis jamás el nombre de una tapada, sino como un medio
+de entenderos con ella.
+
+--¿Pero no decís que la conocéis?
+
+--Lo que prueba, pues tanto me preguntáis, que no la conocéis vos.
+
+--¡Ay! ¡no!
+
+--¿Os habéis ya enamorado?
+
+--Lo confieso.
+
+--Sin conocerla...
+
+--Ahí veréis.
+
+--¿Por la voz, ó por el olor, ó por el bulto? Ved que esas tres cosas
+engañan.
+
+--Estoy seguro de que es una divinidad.
+
+--Se me os perdéis, Juan, se me os perdéis, y lo siento. Idos de la
+corte, amigo mío, porque si apenas habéis entrado habéis caído, á poco
+más sois hombre enterrado. Creedme, Juan, veníos conmigo á una hostería
+y dejáos de tapadas, que no contentas con haberos matado os piden
+hombres muertos.
+
+--Idos si queréis--dijo Juan Montiño--, que yo estoy resuelto á quedarme
+y á cumplir lo que he prometido.
+
+--No, no me iré, puesto que me necesitáis: aquí me estoy con vos y venga
+lo que viniere.
+
+--He reparado en un bulto que me sigue desde después de mi primera riña
+con don Rodrigo.
+
+--¡Ah! ¿sí? ¿un bulto? razón más para que yo me quede.
+
+--Y ese bulto está allá abajo, junto á la esquina.
+
+--¿Y no le habéis ahuyentado por no espantar la caza? bien hecho; por lo
+mismo dejaréle yo allí: pero entrémonos en este zaguán.
+
+--Entrémonos.
+
+--¿Y estáis seguro de que don Rodrigo Calderón está ahí dentro, y si
+está de que saldrá por ahí?
+
+--No lo estoy, pero espero.
+
+--Vais haciéndoos á las costumbres de los enamorados tontos, que se
+pasan la vida en esperar á bulto.
+
+--Por más que hagáis...
+
+--No os curo.
+
+--No.
+
+--¿Pero tanto vale esta dama?
+
+--¡Oh!
+
+--¡Oh! Decir ¡oh! vale tanto como si dijéseis: esa dama es para mí un
+acertijo.
+
+--¿Creéis que estoy enamorado?
+
+--¡Ayúdeos Dios, si vuestro mal no tiene cura! ¿Y sabéis que tarda don
+Rodrigo?
+
+--¿Qué tenéis que hacer?
+
+--Mucho: por ejemplo, me urge ver á vuestro tío el cocinero de su
+majestad.
+
+--Pues no podéis verlo esta noche.
+
+--¿Cómo?
+
+--Va de viaje. Se muere mi tío el arcipreste y va á cerrarle los ojos.
+
+--¡Ah! pues si no puedo ver á vuestro tío, me importa poco que tarde
+nuestro hombre; entre tanto á dormir me echo.
+
+--¡A dormir!
+
+--Sí; he encontrado aquí un poyo bienhechor, y estoy cansado. Y luego,
+¿de qué hemos de hablar? No conocéis á esta dama... no puedo aconsejaros
+á ciencia cierta... me callo, pues, y duermo. Avisadme cuando sea hora.
+
+Al sentarse Quevedo se desembozó y dejó ver una línea de luz por un
+resquicio de su linterna.
+
+--¡Oh! ¡traéis linterna!--dijo el joven.
+
+--Nunca voy sin ella.
+
+--¿Me prometéis decirme el nombre de la dama, si os doy algo por lo que
+podáis venir en conocimiento?
+
+--Os lo prometo--dijo Quevedo.
+
+--Pues bien, abrid la linterna y mirad.
+
+Quevedo abrió la linterna, y Juan Montiño, doblando la carta que su tío
+había recibido de palacio, y dejando sólo ver el primer renglón que
+decía: «Tenéis un sobrino que acaba de llegar de Madrid...» mostró aquel
+renglón á Quevedo.
+
+--¡Y es letra de mujer!--dijo éste.
+
+--¿Pero no la conocéis?
+
+--No--repuso Quevedo guardando la linterna.
+
+--Voy á ayudaros--añadió el joven--: esta carta ha venido de palacio á
+mi tío, de mano de una dueña de la servidumbre.
+
+--Si no me dais más señas no puedo alumbrar vuestras dudas. ¡Y me
+duermo, vive Dios, me duermo!--dijo Quevedo bostezando.
+
+--Decidme: ¿hay en palacio alguna dama cuya hermosura deslumbre como el
+sol?
+
+--Háilas muy hermosas: ¿la vuestra es esbelta, ligera, buena
+conversación, morena?...
+
+--No, no; es blanca.
+
+--¿Cómo, pues, sabéis su color si iba tapada?
+
+--Una mano...
+
+--¡Ah! es verdad, las tapadas que tienen buenas manos no las tapan. Pues
+no es la condesa de Lemos--dijo para sí Quevedo.
+
+--Era alta, gallarda, muy dama, muy discreta, joven, andar majestuoso...
+
+--No conozco dama que tenga más majestad en palacio que la reina.
+
+--¡La reina!... ¿pero creéis que la reina podría salir sola de noche y
+ampararse de un desconocido?
+
+--¡Eh, señor Juan Montiño! habláis con demasiado calor, para que yo no
+sospeche que os ha pasado por el pensamiento que podía ser la reina la
+dama de vuestra aventura. Creedme, Juan; eso, que si fuera posible,
+sería para vos una desgracia, es imposible de todo punto. Su majestad la
+reina... vamos, no pensemos en ello. Es la única mujer que conozco buena
+y mártir, y la ilustre sangre que corre por vuestras venas os debe
+decir...
+
+--Mi sangre no es ilustre, don Francisco, sino honrada, y por lo mismo,
+porque dudo, porque me parece imposible, os pregunto, quiero aclarar una
+duda que me vuelve loco... tenéis razón; si fuese la reina la dama á
+quien amo...
+
+--¿Pero qué amor es ese?... un amor de dos horas.
+
+--¡Ay, don Francisco! en dos horas... menos aún, en el punto en que la
+vi...
+
+--¿Luego la habéis visto?
+
+--Sí.
+
+--¿Dónde?
+
+--Perdonad, no me pertenece el secreto.
+
+--Guardadle, pues; pero entendámonos: ¿decís que habéis visto á esa
+dama? Dadme sus señas.
+
+--No puedo daros seña alguna, porque fué tal el efecto que me causó su
+hermosura, que cegué.
+
+--¡Vehemente y apasionado como su padre!--murmuró Quevedo.
+
+--¡Qué! ¿habéis conocido á mi padre, don Francisco? Cuando fuísteis á
+Navalcarnero ya había muerto.
+
+--He oído hablar de él--dijo Quevedo.
+
+--Pues os han engañado.
+
+--Bien puede ser.
+
+--Mi padre era lo más pacífico del mundo.
+
+--¡Pobre amigo mío!--dijo Quevedo.
+
+--¿Por quién habláis, por mi padre ó por mí?
+
+--Hablo por vos. En cuanto á vuestro padre, bien se está allí donde se
+está; y en verdad y en mi ánima, que si no fuera por vos, ya estaría yo
+con él.
+
+--¿En la eternidad?
+
+--Decís bien; pero yo me entiendo y Dios me entiende.
+
+--¿Estaréis también enamorado y desesperado?
+
+--¡Enamorado! no lo sé, pudiera ser. ¡Desesperado! no, porque á mí no me
+desesperan las mujeres.
+
+--Soy muy afortunado.
+
+--O muy pobre. Pero volviendo á la dama...
+
+--Os repito que puedo hablaros de su hermosura, pero no daros señas de
+ella; os digo que la amo tanto, que si por desdicha fuese esta mujer la
+reina...
+
+--¿Pero estáis loco, Juan? ¿Acabáis de llegar á Madrid, y ya pretendéis
+haber tenido una aventura con... su majestad?
+
+--¿Y no pudiera ser?
+
+--¡Poder! Todo puede ser si Dios quiere, puesto que es todopoderoso;
+pero lo que creo que ha sucedido ya es que habéis perdido el juicio.
+
+--Si esa mujer es la reina, lo pierdo de seguro.
+
+--Y... ¿por qué?
+
+--¿Por qué? La reina es casada.
+
+--¡Ah! ¿y amáis tanto á vuestra dama, que pretendéis encontrar en ella
+lo que creo que no se encuentra en ninguna mujer? ¿pretendéis que no
+haya amado una dama que se sale de palacio de noche y sola, que se
+agarra al primero que encuentra y le embauca hasta hacerle perder el
+seso?
+
+--Yo no os he dicho que esa dama ha salido de palacio.
+
+--Pero yo lo sé.
+
+--¿Y quién os lo ha dicho?
+
+--¡Bah! quien os ha visto.
+
+--Me estáis desesperando: vos conocéis á esa dama.
+
+--Vos me estáis guardando un secreto.
+
+--No es mío.
+
+--De la reina.
+
+--¡Ah! ¡no! ¡no!
+
+--Escuchad, Juan: yo tengo una obligación mayor de la que creéis de
+mirar por vos, de guardaros...
+
+--¡Vos!
+
+--Sí, yo; es más: por vos he venido á Madrid; por vos necesito ver á
+vuestro tío.
+
+--No os entiendo.
+
+--Pues bien podéis entenderme. ¿No somos amigos?
+
+--Sí, ciertamente.
+
+--¿No soy yo más experimentado que vos?
+
+--Experimentado y sabio.
+
+--Pues respetadme por mayor en edad y en saber. Contestadme, joven, y
+creed, suponed que os habla y os pregunta vuestro padre. Sois nuevo en
+la corte, y la corte es muy peligrosa. Habéis dado de bruces con palacio
+y para vos se ha centuplicado el peligro. ¿Para qué esperáis á don
+Rodrigo Calderón?
+
+--Para matarle.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Porque ha ofendido á esa dama que me enamora.
+
+--Me engañáis.
+
+--No os engaño.
+
+--¿La ofensa de ese hombre á la dama?...
+
+--Suponerla amante suya.
+
+--¿Y á vos qué os da?
+
+--Es inútil que pretendáis disuadirme: estoy resuelto.
+
+--Pues sea; me embarco con vos; agito con vos el cascabel de la locura:
+cometo la primera tontería de que tengo memoria: Cervantes, á quien Dios
+perdone sus pecados, creyó haber muerto con su _Ingenioso Hidalgo don
+Quijote_ á los caballeros andantes; pero se engañó, porque aquí estamos
+dos. Vos porque tenéis ojos, y yo porque tengo corazón y agradecimiento.
+
+--¡Agradecimiento!
+
+--Dios me entiende y yo me entiendo.
+
+--Pero no os entiendo yo.
+
+--Cuando fuí huído á Navalcarnero... y fué por una mujer... siempre
+ellas... encontré en vos...
+
+--Un joven que se volvió á vos asombrado, deslumbrado por vuestro
+ingenio.
+
+--Muchas mercedes. Pues encontré en vos un hermano, y tan agradecido
+quedé de ello, que en la primera carta que escribí al duque de Osuna, le
+hablé de vos.
+
+--¡Ah! ¡don Francisco! ¿habéis hecho que llegue mi pobre nombre al gran
+duque de Osuna?
+
+--Y tanto bien vuestro le he dicho, que el duque, que no ha dejado de
+escribirme á San Marcos, me escribió por último en términos breves pero
+precisos: «Mi buen secretario: el duque de Lerma os suelta, no sé si
+porque me teme, ó porque os teme á vos, aunque preso y encerrado. Veníos
+al punto, pero traeros con vos á ese vuestro amigo Juan Montiño, de
+cuyos adelantos me encargo.»
+
+--¿Eso os ha escrito el duque y os llamáis agradecido de mí?
+
+--Sea como quiera, vengo, os encuentro cuando menos lo esperaba y metido
+en una aventura, y por fin y postre, me metísteis también en ella. Pues
+adelante: no siento otra cosa sino lo que tarda el difunto.
+
+No había acabado Quevedo de pronunciar estas palabras, cuando rechinó
+una llave en la cerradura del postigo del duque, se abrió éste, se vió
+luz y salió un bulto.
+
+El postigo volvió á cerrarse.
+
+--Ahí le tenéis--dijo don Francisco en voz baja á Juan--. Dejadle que
+adelante algunos pasos más, y á él.
+
+Juan Montiño salió del zaguán y se fué tras aquel bulto. Quevedo se puso
+en medio de la calleja, y desnudó la daga y la espada.
+
+Hemos dicho que la noche era muy obscura.
+
+--Defendéos ú os mato--dijo Juan Montiño á dos pasos del que había
+salido por el postigo.
+
+Volvióse éste y desnudó los hierros.
+
+--¿Y por qué queréis matarme?--dijo.
+
+Juan le contestó con una estocada.
+
+--¡Ah! vos sois el mismo de antes--dijo don Rodrigo, que él era.
+
+--Entonces os desarmé, pero ahora que sé que sois don Rodrigo Calderón,
+os mato.
+
+Al decir el joven estas palabras, don Rodrigo Calderón dió un grito.
+
+La daga de Juan Montiño se le había entrado por el costado derecho.
+
+Y entre tanto Quevedo daba una soberana vuelta de cintarazos, sin
+chistar, á un bulto que había venido en defensa de don Rodrigo.
+
+Don Rodrigo quiso sostenerse sobre sus pies, pero no pudo; le brotaba la
+sangre á borbotones de la herida, se desvaneció, vaciló un momento y
+cayó.
+
+Juan Montiño se arrojó sobre él, le desabrochó la ropilla y buscó con
+ansia en ella: en un bolsillo interior encontró una cartera que guardó
+cuidadosamente.
+
+Don Rodrigo no le opuso la menor resistencia. Estaba desmayado.
+
+Entretanto el hombre á quien zurraba Quevedo, no pudo resistir más y
+huyó dando voces.
+
+--Habéis acabado ya por lo que veo, ó más bien por lo que no
+escucho--dijo Quevedo á Juan Montiño.
+
+--Sí, por cierto--contestó Juan.
+
+--Ya sabía yo que teníamos difunto; pero ese rufián de Juara va dando
+voces, y por sus voces pueden dar con nosotros, y con nosotros en la
+cárcel. Dadme vuestro brazo á fin de que yo pueda andar de prisa, y
+tiremos adelante.
+
+--Adelante, don Francisco, pero tiremos hacia palacio.
+
+--¡Hacia palacio, eh! pues que palacio sea con nosotros.
+
+Y marchando con cuanta rapidez les fué posible, que no era mucha á causa
+de la deformidad de las piernas de Quevedo, salieron de la calleja.
+
+Poco después entraban en ella muchos hombres con luces.
+
+Aquellos hombres eran los criados que el duque de Lerma había enviado á
+informarse del suceso.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XI
+
+EN QUE SE SABE QUIÉN ERA LA DAMA MISTERIOSA
+
+
+Quevedo y Juan Montiño tardaron un largo espacio en llegar á palacio, no
+porque palacio estuviese lejos de la casa del duque de Lerma, sino
+porque para Quevedo eran largas todas las distancias.
+
+Entrambos iban embebecidos en hondos pensamientos y no hablaron una sola
+palabra durante el camino.
+
+Cuando vieron delante de sí la negra masa del alcázar, Quevedo dijo á
+Montiño:
+
+--He aquí que hemos llegado, y que estamos en salvo. Procurad vos no
+poneros en peligro; ved que palacio es un laberinto en que se pierde el
+más listo.
+
+--Aunque fuese el infierno entraría en él. Me lo manda mi honra.
+
+--Pues si tan principal señora os manda, no insisto, amigo Juan, y os
+dejo, porque supongo que necesitaréis ir solo.
+
+--De todo punto.
+
+--Pues vóime á dormir; espéroos mañana en el _Mentidero_.
+
+--¿Cómo en el Mentidero?
+
+--Olvidábame de que sois nuevo en la corte. Llaman aquí el Mentidero á
+las gradas de San Felipe el Real.
+
+--¿Y por qué no esperarme en vuestra casa?
+
+--Porque no sé aún si será pública ó privada, mesón de transeuntes ó
+tránsito de infierno. Quedad con Dios, y sobre todo, prudencia, Juan,
+prudencia, y no os envanezcáis con los favores de la fortuna.
+
+--No sé lo que será de mí--dijo el joven, que estaba aturdido é
+impaciente.
+
+--Pues procurad saber lo que hacéis, y adiós, que no quiero deteneros.
+
+--Adiós, don Francisco, hasta mañana.
+
+Quevedo se alejó un tanto, y luego al doblar una esquina se detuvo.
+
+--¿Será sino de la sangre de los Girones--dijo--el encontrarse siempre
+metida en grandes empresas? ¿quién sabe? ¡pero aquí hay algo grave! ¿que
+no haya leído Lerma delante de mí la carta de la duquesa? ¿que no haya
+yo podido ver lo que ha hecho ese noble joven, en el breve espacio que
+ha estado inclinado sobre don Rodrigo Calderón, entretenido en detener á
+ese bergante de Juara? pero puedo ver algo... y algo tal, que sea una
+chispa que me alumbre. Pues procuremos ver.
+
+Y se encaminó recatada y silenciosamente á la puerta de las Meninas, y
+con el mismo recato miró al interior.
+
+Bajo un farol turbio estaba parado Juan Montiño.
+
+--¿Conque le esperan? ¿conque le han citado? ¿quién será ella?--dijo
+Quevedo.
+
+Pasó algún tiempo; Juan Montiño esperando, y don Francisco observándole.
+
+Oyéronse al fin leves pasos que parecían provenir de unas estrechas
+escaleras, situadas cerca del joven; luego los pasos cesaron y se oyó un
+siseo de mujer.
+
+--¡Ah! ¡ya pareció ella!--dijo Quevedo--; ¿pero quién será?
+
+Entre tanto Juan Montiño se había dirigido sin vacilar á las escaleras,
+y desaparecido por su entrada.
+
+Sigámosle.
+
+A los pocos peldaños una dulce voz de mujer, aunque anhelante y
+conmovida, le dijo:
+
+--¡Ah! ¡gracias á Dios que habéis venido!
+
+Era la misma voz de la dama tapada á quien Montiño había acompañado
+aquella noche.
+
+La escalera estaba á obscuras.
+
+--¡Señora!--dijo Montiño.
+
+--¡Silencio!--replicó la dama--; no habléis, seguidme y andad paso.
+
+--¡Pero si no veo!
+
+--¡Ah! es verdad.
+
+--Si no me guiáis...
+
+--Dadme, pues, la mano--dijo la dama con un acento singular en que se
+notaba la violencia con que apelaba á aquel recurso.
+
+--¿Dónde estáis?
+
+--Acercad más.
+
+--Ya que me dais la mano, señora...
+
+--Os la presto...
+
+--Pues bien, prestadme la derecha.
+
+--Seguid y callad--dijo la dama, poniendo en la mano de Juan Montiño una
+mano que hablaba por sí sola en pro de lo magnífico de las formas de la
+dama.
+
+--¡La que tiene una mano tal...!--dijo para sí Montiño.
+
+Y acarició con deleite en su imaginación el resto de un pensamiento.
+
+Asido por la dama, seguía subiendo.
+
+Terminada la escalera, atravesaron un espacio que debía ser estrecho,
+porque el traje de la dama, ancho y largo, chocaba con las paredes.
+
+La dama se detuvo y abrió con llave una puerta.
+
+Pasaron y la dama tornó á cerrar.
+
+Y siguieron adelante.
+
+--¡Oh! ¡vuestras espuelas!--exclamó--¡nos hemos olvidado de que os las
+quitáseis!
+
+--Pues me las quitaré--dijo Montiño.
+
+--No, no, seguid adelante; en esta galería no podemos detenernos; ¡oh
+Dios mío!
+
+Y la dama siguió andando de prisa.
+
+Al cabo de un buen espacio de marcha por habitaciones obscuras y
+sonoras, la dama se detuvo y soltó la mano de Montiño.
+
+--¡Ah!--dijo el joven.
+
+--Hemos llegado--contestó ella.
+
+Y sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta.
+
+Al fondo de una habitación, al través de la puerta de otra, vió Montiño
+el reflejo de una luz.
+
+Vió también que la dama que hasta allí le había conducido, estaba tan
+envuelta en su manto como cuando la encontró en la calle.
+
+--Entrad--dijo la dama.
+
+Montiño entró.
+
+--Esperad aquí--repitió la dama.
+
+Montiño se detuvo junto á la puerta.
+
+La tapada adelantó rápidamente, atravesó la puerta por donde penetraba
+el reflejo de la luz, y luego Montiño oyó el ruido de dos llaves en dos
+puertas distintas.
+
+Luego la dama se asomó á la segunda puerta, y dijo:
+
+--Pasad, caballero.
+
+Montiño pasó.
+
+Y entonces, por la parte de afuera de la puerta, se oyó una voz ronca
+que dijo:
+
+--¿Quién será ese hombre con quien ella se encierra? Yo no lo creyera á
+no verlo. ¡Las mujeres! ¡las mujeres!
+
+Y luego se oyeron unos tardos pasos que se alejaban.
+
+Entre tanto Montiño, siguiendo á la dama tapada siempre, había
+atravesado dos hermosas cámaras alfombradas, amuebladas con riqueza, en
+muchos de cuyos muebles, reparados al paso por el joven, se veían las
+armas reales de España y Austria.
+
+Al fin la dama se detuvo en una cámara más pequeña.
+
+Sobre una mesa había un candelero de plata con una bujía, única luz que
+iluminaba la cámara, y junto á la mesa un sillón de terciopelo.
+
+--Sin duda que comprendéis por qué os he llamado--dijo con severidad la
+dama.
+
+Juan Montiño, que se había descubierto respetuosamente dejando ver por
+completo su simpático y bello semblante y su hermosa cabellera rubia,
+sacó en silencio de un bolsillo de su jubón el brazalete real de que se
+había apoderado y que en tantas confusiones le había metido, y le
+entregó á la dama.
+
+--¡Ah!--exclamó ésta tomándole con ansia.
+
+--Habíais dudado de mí, señora--dijo Montiño con acento de dulce
+reconvención.
+
+--Habéis hecho mal, prevaliéndoos de la casualidad que puso entre mis
+manos esta joya.
+
+--Perdone vuestra majestad...--dijo el joven, y la dama no le dejó
+tiempo de concluir.
+
+--¡Mi majestad!--exclamó con asombro, volviendo con terror el rostro á
+una puerta cubierta con un tapiz.
+
+--Creed, señora--dijo Juan Montiño, que vió una afirmación en la
+sorpresa, en el cuidado, casi en el terror de la tapada--, creed,
+señora, que nada exponéis, nada, con quien es hijo de un hombre que ha
+vertido su sangre por sus reyes... y mi lealtad y mi respeto hacia
+vuestra majestad...
+
+--¡Pero esto es horrible! ¡me creéis la reina!
+
+--Llevábais en el brazo esa joya que tiene las armas reales de España.
+
+--¿Conocéis á... la reina?
+
+--Ya dije á vuestra majestad...
+
+--Dejáos de importunas majestades--exclamó la dama con un acento en que
+había angustia, mirando de nuevo á la puerta cubierta por el tapiz--;
+tratadme lisa y llanamente como á una dama honrada, y concluid. ¿Ha
+visto alguien esta joya?
+
+--¡Señora!--exclamó con el acento de un hombre profundamente ofendido
+Montiño.
+
+--Perdonad, pero fuísteis atrevido é imprudente...
+
+--Yo creía que érais otra mujer... una dama principal y nada más, y
+quise que me quedase algo vuestro por donde pudiera encontraros. Cuando
+vi esa joya, ya no tenía remedio... ya habíais desaparecido... entonces
+me pesó haberos hecho escuchar...
+
+--¿Palabras de amor?...--dijo riendo la dama, que se tranquilizó porque
+en la turbación, en las miradas del joven había comprendido su alma.
+
+--Os ruego otra vez que me perdonéis.
+
+--¡Pero, caballero, si no me habéis ofendido! únicamente me habéis dado
+un susto horrible, porque había quedado en vuestro poder esta joya y yo
+no os conocía. Ni vos ni yo hemos tenido la culpa de lo que ha
+sucedido--añadió la dama volviéndose de nuevo á la puerta de los
+tapices--; yo me vi obligada á ampararme de vos, y vos, que por una
+circunstancia casual me habíais visto, y habíais dado en el capricho de
+enamoraros de mí...
+
+--¡Señora!
+
+--Os hablo así porque no soy la reina.
+
+--Y entonces, ¿por qué no os descubrís?
+
+--Ni puedo, ni debo.
+
+--Pues permitidme que dude.
+
+--Venid acá, testarudo y niño: ¿creéis que la reina os hubiese dado como
+prenda la sortija que os dí?
+
+--Por deshaceros de mis importunidades.
+
+Hizo un movimiento de impaciencia la tapada.
+
+--¿Pero cabe en quien tenga razón que su majestad salga de palacio, de
+noche y sola, y se ampare de cualquiera, y charle con él, y tenga, casi
+casi, una aventura?
+
+--Cuando la causa es grave... cuando una reina está á punto de ser
+horriblemente calumniada...
+
+--¿Qué decís?...
+
+--No tembléis señora--dijo Montiño desnudando su daga sangrienta y
+mostrándola á la dama.
+
+--¿Y qué es eso?
+
+--Sangre de don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Ah!--exclamó con alegría la dama.
+
+--Sí; la reina estaba amenazada.
+
+--¿Amenazada? ¿insistís en que yo soy... la reina?
+
+--¿Creéis acaso que he herido ó muerto á don Rodrigo cuando le detuve
+para que no os siguiese? Entonces le desarmé.
+
+--¿Pues cuándo le habéis herido?
+
+--Hace media hora; cuando salía don Rodrigo de casa del duque de Lerma;
+era preciso quitarle unas cartas...
+
+--¿Unas cartas?
+
+--Tomad, señora--dijo Montiño, sacando una cartera de terciopelo blanco
+bordado de oro, sobre la cual se veían manchas de sangre fresca.
+
+La tapada abrió la cartera, sacó de ella un paquete de cartas y las
+contó.
+
+Contó seis.
+
+--Eran cuatro--dijo--, y éstas... del conde de Olivares... del duque de
+Uceda.
+
+Juan Montiño no pudo entender estas palabras que la dama había
+murmurado.
+
+Luego reunió aquellas cartas, las guardó en la cartera y dejó ésta sobre
+la mesa.
+
+--¿Habéis visto estas cartas?
+
+--No, señora.
+
+--¿Habéis hablado á alguien de ellas?
+
+--No, señora.
+
+--¿Quién os dijo que don Rodrigo tenía estas cartas?
+
+--Mi tío.
+
+--¡El cocinero de su majestad!--exclamó con un acento singular la
+dama--; ¿y qué os dijo vuestro tío?
+
+--Me llevó á un lugar donde me ocultó y me dijo: ese es el postigo del
+duque de Lerma; por ahí saldrá probablemente don Rodrigo Calderón;
+espérale, mátale, y quítale las cartas que comprometen á su majestad.
+
+--¿Pero cómo ha sabido vuestro tío?...
+
+--Lo ignoro.
+
+Quedóse por un momento profundamente pensativa la dama.
+
+--Yo creía no volveros á ver--dijo--, y si os dí como prenda mía una
+sortija, por la cual no podíais reconocerme, fué por concluir con
+vuestras importunidades. Yo esperaba que no me volvieréis á ver, porque
+vivo muy retirada. Pero cuando de tal modo os habéis equivocado...
+
+--¡Oh! ¡dichoso yo, si no sois su majestad!
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque si fuérais su majestad... ¡oh! ¡Dios mío! moriría de una manera
+doble... y perdonadme, señora... pero necesito hablaros de mi amor por
+la última vez: si sois la reina, mi lealtad, mi deber, me obligan á
+sufrir, á callar, á guardar para mí solo este amor que yo no he
+buscado... y luego, ¡al veros de otro hombre!... ¡casada!... ¡oh, Dios
+mío!...
+
+--¿Pero es posible que me améis de tal modo?...
+
+--Vuestra hermosura... la ocasión en que os vi... la aventura que
+sobrevino... yo no sé, señora, no sé por qué os amo; pero sé y os lo
+digo por la última vez, que este amor, que ha sido el primero para mí,
+será también el último.
+
+Hizo un movimiento de impaciencia la dama.
+
+--¿De modo que--dijo--si no me descubro, dudaréis acerca de mí? ¿es
+decir, dudaréis acerca de si yo soy la reina ó una dama particular?
+
+--Y si no sois su majestad; si, como me habéis dicho al principio de la
+noche, no tenéis esposo ni amante, ¿por qué os obstináis en no
+descubriros?
+
+--Porque quisiera que se os pasase esa mala impresión, que por mi
+desdicha os he causado en sólo un momento que me habéis visto; porque no
+quiero que alentéis ninguna esperanza.
+
+--¡Ah! pues entonces, permitidme dudar...
+
+--No dudéis, pues--dijo la dama echando atrás el manto, y dejándose ver
+á Juan Montiño.
+
+--¡Ah!--exclamó el joven--; ¡sí, vos sois el hermoso sol que me
+deslumbró!
+
+Y cayó de rodillas, como quien adora, á los pies de la dama.
+
+--Dejáos, dejáos de niñerías--dijo ella--; tal vez nos observan; alzáos,
+y hablemos aún algunas palabras... pero no de amor. ¿Estáis ya seguro de
+que no soy la reina?
+
+--Sí, sí; estoy seguro de ello--exclamó con entusiasmo el joven--;
+aunque no conozco á su majestad; porque estoy segurísimo que la reina no
+es tan joven ni tan hermosa. ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿y no me
+amaréis?
+
+--Ya os he dicho que no me habléis de amor. Vuestro amor sería una
+locura... es imposible.
+
+--Porque vuestro corazón me rechaza...
+
+--No, no precisamente por eso... mi corazón ni os acoge ni os rechaza...
+pero... os lo repito... nuestros amores son imposibles.
+
+[imagen: Sí; vos sois el hermoso sol que me deslumbró.]
+
+--Habéis dicho nuestros amores.
+
+--He querido decir--contestó con impaciencia la dama--que el logro de
+vuestros amores es imposible.
+
+--Os disgusto y lo siento.
+
+--Pues bien, no me habléis más de amor.
+
+--Callaré; pero una palabra, una sola palabra: ¿no podré veros?
+
+--Siendo como sois sobrino del cocinero mayor del rey, y viniendo como
+vendréis por esta razón, con frecuencia, á palacio, me veréis de seguro.
+
+--¿Pero vos no haréis nada porque yo os vea?
+
+--No--respondió fríamente la dama.
+
+--¡Ah! perdonad, señora.
+
+--Estáis perdonado; ahora sepamos: ¿habéis muerto á don Rodrigo
+Calderón?
+
+--No lo sé, señora; sólo sé que le he tirado á muerte.
+
+--¿Os ha conocido don Rodrigo?
+
+--No lo sé, porque un hombre me seguía.
+
+--¿Os acompañaba alguien?
+
+--Sí... sí... señora--dijo vacilando Montiño.
+
+--¿Quién os acompañaba?
+
+--Don Francisco de Quevedo.
+
+--¡Ah! ¿está don Francisco en la corte?--exclamó con precipitación la
+dama.
+
+--Creo que, como yo, ha llegado á ella esta noche.
+
+--Y... ¿sois amigo de don Francisco?...
+
+--¡Oh! ¡sí! y débole tanto, como que me ha dicho que me ha recomendado
+al duque de Osuna, y que el duque de Osuna le ha encargado que me busque
+y me lleve consigo á Nápoles.
+
+--¡Ah! ¡el duque de Osuna!
+
+Y la dama miró con una profunda atención á Juan Montiño, y se puso
+pálida; pero sobreponiéndose añadió:
+
+--Y decidme, ¿estaba con vos don Francisco cuando reñísteis con
+Calderón?
+
+--Tan conmigo estaba, que reñía al mismo tiempo con otro hombre que sin
+duda servía á don Rodrigo.
+
+--¿Sabe don Francisco lo de las cartas?
+
+--¡Ah! no, señora; por mi boca no lo sabe nadie más que vos.
+
+--Permitidme que os lo pregunte otra vez. ¿No habéis leído esas cartas?
+
+--Por mi honra de hidalgo y por mi fe de cristiano, señora, bastaba con
+que yo supiese que esas cartas eran de su majestad, para que yo no
+pusiese en ellas los ojos.
+
+--Esperad, esperad un momento, caballero--dijo la dama.
+
+--Esperaré cuanto queráis.
+
+--Vuelvo al punto.
+
+La dama tomó la cartera y el brazalete de sobre la mesa, desapareció por
+la puerta de los tapices, y estuvo gran rato fuera dando tiempo con su
+tardanza á que Juan Montiño, yendo y viniendo en su imaginación con todo
+lo que le acontecía, con todo lo que sentía y con la noble, dulce y
+resplandeciente hermosura de la incógnita, acabase de volverse loco.
+
+Al fin la dama apareció de nuevo.
+
+Traía una carta en la mano, y en el semblante la expresión de una
+satisfacción vivísima.
+
+--Su majestad--dijo--os agradece, no como reina, sino como dama, lo que
+habéis hecho en su servicio; su majestad quiere premiaros.
+
+--¡Ah, señora! ¿no es bastante premio para mí la satisfacción de haber
+servido á su majestad?
+
+--No, no basta. Sois pobre, no necesitáis decirlo...
+
+--Sí, pero...
+
+--Dejémonos de altiveces... recuerdo que me dijísteis que érais ó
+habíais sido estudiante en teología... pero que os agradaba más el
+coleto que el roquete.
+
+--¡Ah! sí, señora, es verdad; soy bachiller en letras humanas, y
+licenciado en sagrada teología y leyes.
+
+--Y bien, ¿queréis ser canónigo?--dijo la dama mirando á Juan Montiño de
+una manera singular.
+
+--Si soy canónigo no puedo alentar la esperanza de que por un milagro
+seáis mía.
+
+--Dejemos, dejemos ese asunto... ya que no queréis ser canónigo... ¿os
+convendría ser alcalde?
+
+--¡Oh! tampoco; soldado de la guardia española al servicio inmediato de
+su majestad; así os veré cuando haga las centinelas; os veré pasar
+alguna vez á mi lado.
+
+--Y veréis pasar otras muchas hermosas damas.
+
+--Para mí no hay más que una mujer en el mundo.
+
+--Contadme por vuestra amiga, por vuestra hermana--dijo la joven
+tendiéndole la mano--; otra cosa es imposible. Pero abreviemos, que ya
+es tarde. Tomad esta carta y llevadla á quien dice en la nema.
+
+--«Al confesor del rey, fray Luis de Aliaga.--De palacio.--En propia
+mano»--leyó el joven.
+
+--¿Y en qué convento mora el confesor de su majestad?
+
+--En el de Nuestra Señora de Atocha... extramuros... ¡ah! y no me
+acordaba... esperad, esperad un momento.
+
+Y la dama salió y volvió al poco espacio con otro papel.
+
+--Tomad: es una orden para que os abran el portillo de la Campanilla,
+que da al convento de Atocha; bajad á la guardia, buscad al capitán
+Vadillo y mostradle esta orden; él os acompañará y hará que os abran el
+postigo, y seguirá acompañándoos hasta Atocha; una vez en el convento,
+preguntad por el confesor del rey y mostrad el pliego que os he dado;
+seréis introducido. Ahora bien; como en vez de ser canónigo ó alcalde,
+queréis ser soldado, decid al padre Aliaga que deseáis ser capitán de la
+guardia española del rey.
+
+--¡Capitán á mi edad, cuando mi padre pasó toda su vida sirviendo al rey
+para serlo!
+
+--¡Ah! ¡vuestro padre no ha sido más que capitán!--dijo con un acento
+singular la dama, fijando una mirada insistente en Montiño--. Yo creía
+que fuese más. Pero no importa; si vuestro padre tardó en ser capitán,
+en cambio vuestro padre no hizo, de seguro, al rey un servicio tal como
+el que vos le habéis hecho esta noche, porque sirviendo á la reina
+habéis servido al rey y á España. Decid, pues, á fray Luis de Aliaga que
+deseáis ser capitán de la guardia española del rey.
+
+--Pero... yo no pedía tanto.
+
+--Se os manda... se necesita que seáis capitán--dijo severamente la
+dama.
+
+--¡Ah! ¡de ese modo!
+
+--Id, pues.
+
+--Una palabra.
+
+--¡Qué!
+
+--¿Sois dama de la reina?
+
+--No, soy su menina.
+
+--¡Ah! su menina... y vuestro nombre, vuestro adorado nombre.
+
+--Doña Clara Soldevilla, hija de Ignacio Soldevilla, coronel de los
+ejércitos del rey--contestó la dama.
+
+--¡Ah! no en vano os llamáis Sol...
+
+--Pero concluyamos, caballero. Vos tenéis que ir á Atocha. Yo me he
+detenido ya demasiado.
+
+--Adiós, pues--dijo Juan Montiño, tomando una mano á doña Clara y
+besándola.
+
+Y se dirigió á la salida.
+
+--Esperad, están cerradas las puertas--dijo doña Clara, tomando una
+bujía y precediéndole.
+
+Abrió en silencio dos puertas, y al abrir la exterior, Juan se volvió y
+quiso hablar, como si le costase un violento sacrificio separarse de
+doña Clara.
+
+--Es tarde... adiós, señor capitán, adiós. Hasta otro día--dijo doña
+Clara, y cerró la puerta.
+
+--¡Hasta otro día!--exclamó el joven--. Noche será para mí y noche
+obscura el tiempo que tarde en volveros á ver, doña Clara. ¡Oh! ¡Dios
+mío! ¡Dios mío! no sé si alegrarme ó entristecerme con lo que me sucede.
+
+Y Juan Montiño tiró la galería adelante, bajó unas escaleras y se
+encontró en el patio, y poco después, dirigido por un centinela, en el
+cuerpo de guardia, donde, habiendo hecho llamar al capitán Vadillo, le
+mostró la orden.
+
+--Aquí me mandan que os acompañe al monasterio de Atocha--dijo el
+capitán, que era un soldado viejo--. En buen hora; dejadme tomar la capa
+y vamos allá, amigo.
+
+Poco después, el joven y el capitán cruzaban las obscurísimas calles de
+Madrid.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XII
+
+LO QUE HABLARON LA REINA Y SU MENINA FAVORITA
+
+
+Doña Clara entró en una pequeña recámara magníficamente amueblada. En
+ella, una dama joven y hermosa, como de veintisiete años, examinaba con
+ansiedad, pero con una ansiedad alegre, unas cartas.
+
+Aquella dama era la reina Margarita de Austria, esposa de Felipe III.
+
+--¡Oh, valiente y noble joven!--dijo la reina--: Dios nos lo ha enviado.
+Clara, sin él, ¿qué hubiera sido de mí?
+
+--Dios, señora, jamás abandona á los que obran la virtud, creen en él y
+le adoran.
+
+--¡Oh, mandaré hacer en cuanto tenga dinero para ello, una fiesta
+solemne á Nuestra Señora de Atocha y la regalaré un manto de oro! ¡Oh,
+bendita madre mía, si yo no tuviera estas cartas en mi poder!
+
+Y los hermosos ojos de la reina se llenaron de lágrimas.
+
+--Por estas cartas hubiera yo dado mi vida--añadió--. Y dime, Clara, al
+saber que yo ansiaba tanto tener esas cartas, ¿no has sospechado de mí?
+
+--He sospechado--dijo Clara sonriendo y fijando una mirada de afecto en
+la reina--, he sospechado que vuestra majestad, arrastrada por su buen
+corazón, por su virtud, por el deber que tiene de velar por los reinos
+de vuestro esposo, no había meditado bien, no había estudiado al hombre
+en quien había depositado su confianza, y se había comprometido por
+imprevisión.
+
+--Explícate, explícate, por Dios, Clara.
+
+--¿Qué explicación se necesita? esas cartas... estoy segura de ello, son
+citas á don Rodrigo Calderón; citas, no ciertamente de amor, pero que
+tal vez puedan parecerlo.
+
+--Yo no te había hablado nada de estas cartas; hasta hoy no te había
+dicho nada de mis secretos hasta que he necesitado recobrar estas
+cartas, pero han venido á tus manos... ¿las has leído?
+
+--¡Señora!--exclamó con el acento de la dignidad ofendida doña Clara.
+
+--Pues bien, léelas.
+
+--¡Ah, no; no, señora!--dijo la joven rechazando con respeto las cartas
+que le mostraba la reina.
+
+--Te mando que las leas--dijo con acento de dulce autoridad Margarita de
+Austria.
+
+Doña Clara tomó cuatro cartas que le entregaba la reina, abrió una y se
+puso á leerla en silencio.
+
+--Lee alto--dijo la reina.
+
+Doña Clara leyó:
+
+«Venid esta noche á las dos; yo os esperaré y os abriré. No faltéis, que
+importa mucho.--_Margarita._»
+
+--Otra--dijo la reina.
+
+«Os he estado esperando y no habéis venido; ¿en qué consiste esto? ya
+sabéis cuánto me importa que vengáis. Os ruego, pues, que no me
+obliguéis á escribiros otra vez. Venid por el jardín á las doce y
+encubierto.--_Margarita._»
+
+--Otra--repitió la reina con acento grave.
+
+--Es urgente, urgentísimo, que vengáis esta noche; os espero con
+impaciencia. Nada temáis contando conmigo; atrevéos á todo. Esta noche,
+á la una, hablaremos más despacio. Venid.--_Margarita._»
+
+--La última--dijo la reina con acento opaco.
+
+«Lo que me pedís es imprudente. Decís que nuestras entrevistas son
+peligrosas en palacio. Desde el momento conocí el peligro. Pero me
+interesaba demasiado veros, oíros, hacerme oír de vos, tratar con vos de
+lo que tanto importa á mi dignidad como mujer, á mis deberes como reina
+y como esposa, y no he vacilado un punto, confiada de vuestra lealtad.
+Pero me exigís que salga fuera de palacio, y esto no lo haré jamás. Yo
+podría justificar, en un caso desgraciado, vuestra presencia en mi
+recámara; ¿pero cómo podría justificar mi ausencia de palacio, si por
+desgracia se notaba, ó mi presencia en un lugar extraño si un accidente
+cualquiera me descubría? Renunciad á ese peligrosísimo medio, y venid;
+seguid confiando en mí.--_Margarita._»
+
+--Quema esas cartas--dijo la reina.
+
+Doña Clara las quemó una á una á la luz de una bujía.
+
+--Ahora bien--dijo la reina cuando la joven hubo concluído su auto de
+fe--; después de haber leído esas cartas, ¿qué piensas de mí?
+
+--Pienso lo mismo que he pensado siempre: que vuestra majestad se ha
+comprometido por el bien de sus reinos y por recobrar su dignidad.
+
+--Más claro, más claro--dijo con impaciencia Margarita de Austria.
+
+--En esas cartas no veo lo que tal vez podrían haber visto otros: una
+prueba contra la virtud de vuestra majestad; no, yo no veo eso; conozco
+demasiado á vuestra majestad para que pueda dudar ni un solo momento de
+su virtud. Veo una conspiración.
+
+--¡Ah! ¡ves una conspiración!
+
+--Sí, por cierto, y una conspiración justa, y más que justa necesaria
+contra el duque de Lerma. Sólo que vuestra majestad ha elegido un
+instrumento que le ha hecho traición.
+
+--Un día--dijo la reina reclinándose en su sillón y apoyando su bello
+semblante en una de sus bellísimas manos--cazaba el rey en El Pardo;
+entre los caballeros que acompañaban al rey iba don Rodrigo Calderón,
+que acababa de ser creado conde de la Oliva y estaba al pie de mi
+carroza, desempeñando accidentalmente el oficio de caballerizo. La
+carroza se había detenido en una encrucijada, por donde decían los
+monteros que debía pasar el jabalí. Me rodeaba mi servidumbre, á
+caballo, y cuatro damas que me seguían estaban detrás en otra carroza.
+Hacía mucho calor, y yo sudaba. Pedí agua, y don Rodrigo partió y volvió
+al punto, trayéndomela en un vaso de oro. El vaso era bellísimo, y yo
+noté que no era de las vajillas de palacio--.¿Este vaso es vuestro?--le
+pregunté--. Ese vaso no puede ser mío--me contestó--después de haber
+bebido en él vuesta majestad.--No importa, guardadlo--le contesté--. Don
+Rodrigo lo tomó, y dijo:--Lo guardaré como un testimonio de honra
+mientras viva, y después de muerto, si para entonces tengo hijos, se lo
+legaré como una reliquia--. Todo esto fué dicho con respeto, en estilo
+cortesano, con dignidad y con un grave acento de lealtad; poco después
+sonaron bocinas y ladridos de perros, y voces que gritaban:--¡El jabalí!
+¡el jabalí!--Yo asomé la cabeza por la ventanilla de la carroza, y al
+ver un animal monstruoso que adelantaba con una rapidez horrible por el
+sendero junto al cual estaba mi servidumbre, grité:--Apartáos,
+caballeros, apartáos, yo os lo permito--. Unos por miedo, otros por
+afición á la caza, se apartaron lejos ó siguieron al jabalí; don Rodrigo
+no se movió de junto á la portezuela, á pesar de que el jabalí pasó tan
+cerca de él que le hirió, aunque débilmente, el caballo, y quedó solo al
+lado de la carroza; toda mi servidumbre: picadores, monteros, guardias,
+se habían alejado. En aquel momento, don Rodrigo me dijo:--¿Puedo
+alcanzar de vuestra majestad un momento de audiencia?--¿Y para qué,
+caballero?--le contesté.--Para que yo pueda mostrar á vuestra majestad
+mi respeto y el interés que me inspira como reina y como
+dama.--Explicáos--le dije con severidad.--El duque de Lerma es enemigo
+de vuestra majestad--. ¿Qué queréis decir?--Que vuestra majestad tiene
+un gran interés de dar en tierra con el duque de Lerma, lo que será muy
+fácil á vuestra majestad si se vale de mí.--¡Vos sois secretario del
+duque de Lerma!--Por lo mismo, señora, porque sé sus secretos, sé que se
+atreve á todo, y que obra como traidor y villano respecto á vuestra
+majestad.--Basta; lo que me tengáis que decir me lo diréis en un
+memorial.--¿Y cómo podré dar á vuestra majestad ese memorial, rodeada
+como está vuestra majestad siempre de enemigos pagados por el
+duque?--Dejad esta tarde vuestro memorial en uno de los mirtos que están
+bajo los balcones de mi recámara, en el palacio de El Pardo--. Y me
+retiré al interior de la carroza. Don Rodrigo no me habló ni una palabra
+más. Poco después volvió la servidumbre, acabó la cacería y nos
+volvimos á palacio.
+
+Aquel día, como otros muchos, comí separada del rey, en mi cámara, y su
+majestad no vino á pasar la velada conmigo. En cambio, el duque de Lerma
+me hacía notar, en cuantas ocasiones estaba delante de mí, el peso de su
+superioridad. Esta era insoportable, lo era y lo es... insoportable de
+todo punto.
+
+Tú lo sabes, Clara--añadió la reina...--yo no tengo esposo... tú, nadie
+mejor que tú, sabe que el rey no me ama.
+
+--¡Ah! ¡señora!--exclamó doña Clara--; ¿vuestra majestad duda también?
+
+--No, no; yo no tengo celos de tí, ni puedo tenerlos: primero, porque
+conozco tu corazón y tu altivez... tu virtud, más bien; segundo, porque
+si me importa mucho mi dignidad como esposa y como reina, no me importa
+tanto el poseer el corazón del rey. Te hablo ahora como te he hablado
+siempre, desde poco tiempo después de conocerte: como á una hermana.
+Entre nosotras, Clara, no hay secretos. Tú sabes cuál es mi vida. Tú
+sabes cuál es mi lucha. No amo al rey, pero le respeto... No le ruego,
+pero me ofende que vasallos se atrevan á mandar en mi casa, y nieta, y
+hermana, y esposa de rey, no puedo sufrir con paciencia que el trono
+donde yo me siento esté hollado por traidores; que el rey, á quien estoy
+unida por la religión y por las leyes, autorice el robo, la tiranía, los
+cohechos, las infamias de esa especie de gran bandido, que se llama don
+Francisco de Sandoval y Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, y más
+que secretario del despacho, verdadero rey de España. No puedo sufrir
+esto sin olvidarme de quién soy yo, y de quién es él; de que tengo
+esposo, de que tengo vasallos, y de que ese esposo está dominado y esos
+vasallos oprimidos; yo no puedo olvidar y no lo olvido, que España ha
+sido grande, poderosa, temida, ni puedo ver sin rubor y sin cólera, que
+hoy está pobre, vendida por todas partes, insultada, á punto de ser
+deshecha. No, yo no puedo olvidar lo uno, ni sufrir pacientemente lo
+otro. Odio á Lerma, y he conspirado, conspiro y conspiraré contra él. Mi
+conspiración ha estado á punto de costarme la honra, y todavía puede
+costarme la vida.
+
+--¡Ah, señora! ¿Se atrevería ese hombre?
+
+--A todo, á todo por sostener su soberbia; pero el misterio consiste en
+si me matará él á mí, ó en si yo le mataré á él.
+
+--¡Matarle!
+
+--Sí, su cabeza, nada menos que su cabeza; su cabeza en un cadalso
+público; una vez por tierra esa cabeza...
+
+--Se levantará otra más soberbia.
+
+--Haya yo puesto el pie sobre uno de esos ambiciosos y rapaces
+aventureros, y nada temo; como haya caído el uno caerán los otros; pero
+sigo la relación de mi conocimiento con don Rodrigo. Aquella noche,
+apenas me quedé sola, llamé á mi buena camarera mayor, la duquesa de
+Gandía, y á pretexto del calor bajé con ella á los jardines. Cuando me
+retiré, cerca ya de la puerta, mandé á la duquesa que fuese al banco
+donde había estado sentada por mi pañuelo, que había dejado olvidado de
+intento. La duquesa se alejó; el lugar á donde la había enviado estaba
+algo lejos. Entonces fuí al mirto donde al principio de la noche había
+visto desde detrás de las celosías de mi balcón poner un papel á don
+Rodrigo. En efecto, encontré un papel doblado entre el ramaje del mirto,
+y tuve tiempo de ocultarle antes de que volviese la duquesa. Cuando me
+quedé sola, retirada en mi dormitorio, leí aquel memorial; en él don
+Rodrigo manifestaba de la manera más clara, y con la indignación más
+profunda, el estado en que se encontraban el rey y España, dominado el
+uno por el favorito, mancillada, desangrada, robada por el favorito la
+otra; el golpe que pensaba darse á los moriscos, las descabelladas
+empresas contra Inglaterra, el descuido con que se veía venir á la Liga
+contra España sin conjurarla; los cohechos, el robo, la malversación de
+las rentas reales, la depreciación de la moneda, la corrupción de la
+justicia, los más altos oficios del reino en la familia de Lerma; su
+tío, inquisidor general; su hijo, gentil hombre del príncipe... sus
+hechuras puestas como espías alrededor del trono; cerrado al vasallo el
+camino hasta el rey, todo dominado, todo usado en provecho propio,
+convertido el clero por su interés al interés del favorito; alejados de
+España los buenos españoles; todo vendido, todo profanado, todo
+enlodado; cuantas miserias, en fin, cuantas infamias, cuantas traiciones
+puedan suponerse de un hombre; y todo esto robustecido con pruebas,
+aunque yo no las necesitaba porque harto bien conozco por mí misma á
+Lerma; todas estas pruebas expuestas con claridad, con nobleza, con
+desinterés, con lealtad, como conviene á un buen vasallo; don Rodrigo
+logró interesarme con su memorial, no sólo porque creí ver en él al
+hombre de honor interesado por su rey y por su patria, sino porque en
+él también vi al profundo hombre de Estado. ¿Pero á qué cansarme
+inútilmente?--dijo la reina levantándose, yendo á un secreter, tomando
+de él un papel y dándosele á doña Clara--: he aquí el memorial de don
+Rodrigo.
+
+Doña Clara miró aquel papel.
+
+--¡Ah, infame!--dijo--; ni un sólo momento ha pensado en ser leal á
+vuestra majestad.
+
+--¡Cómo!, yo creo que cuando don Rodrigo escribió su memorial obraba de
+buena fe.
+
+--Esta no es su letra, señora.
+
+¡Que no es su letra! ¿Y cómo lo sabes tú?
+
+--Como que me ha escrito más de una y más de tres cartas de amor. Pero
+yo he sido más cauta. He tomado las cartas, pero ni las he contestado,
+ni las he creído.
+
+--¿Y estás segura de que esa no es la letra de don Rodrigo?
+
+--Segurísima; como que la primera carta que me dió, se la vi escribir en
+la sala de las Meninas un día que estaba de guardia.
+
+--Bien, no importa--dijo la reina.
+
+--Sí; sí, por cierto--dijo doña Clara--; importa demasiado, y cuando se
+está en una lucha tan peligrosa como la que vuestra majestad sostiene
+con ese miserable, es necesario no dejar pasar nada desapercibido. No,
+no está escrito este memorial de su mano, y siendo tan importante lo que
+en este memorial se contiene, indica que hay otro traidor desconocido
+que sabe los secretos de vuestra majestad.
+
+La reina se puso levemente pálida.
+
+--Dios nos ayudará, sin embargo--dijo--, como ya ha empezado á ayudarnos
+procurándonos á ese joven, que indudablemente es leal.
+
+--Y amigo de don Francisco de Quevedo... que está en la corte.
+
+--Pues bien; nos valdremos de don Francisco por medio de ese joven, que
+pronto será también de palacio y además está enamorado como un loco de
+ti y con razón...
+
+Doña Clara se puso encendida.
+
+--Además--dijo la reina, que había quedado pensativa--; podemos contar
+con otra persona más importante de lo que parece...
+
+--¡Una persona importante!
+
+--Importantísima.
+
+--¿Y quién es esa persona?
+
+--Ven, ven--dijo la reina--, trae una bujía.
+
+Y marchando delante de doña Clara, fué á su dormitorio.
+
+--Aquí hay una puerta--dijo la reina señalando un lugar de la tapicería.
+
+--Muy oculta debe de ser--dijo doña Clara--, porque no se conoce.
+
+--Sin embargo la hay, y explica cómo han podido entrar hasta aquí las
+misteriosas cartas que me avisaban secretos graves, que me ponían al
+corriente de lo que pasaba en el cuarto del rey; en que me proponían,
+por último, el castigo de Calderón.
+
+--¿Y cómo ha descubierto vuestra majestad esa puerta?
+
+--Cuando esta mañana encontré sobre la mesa la carta que viste en que se
+me avisaba que don Rodrigo llevaba siempre sobre sí mis cartas, y se me
+ofrecía darme esas cartas por mil y quinientos doblones, me propuse
+averiguar quién era el que de tal modo, burlando el particular interés
+de la duquesa de Gandía y la presencia de la servidumbre, lograba
+penetrar hasta mi dormitorio. Cuando tú saliste esta noche en busca de
+los mil y quinientos doblones, con pretexto de recogerme en el oratorio,
+mandé á la duquesa que me dejase sola: entonces apagué las luces del
+dormitorio, y con una linterna preparada me escondí detrás de las
+colgaduras del lecho. Pasó bien media hora, y ya empezaba á
+impacientarme cuando sentí pasos. Preparé la linterna. Pero la persona
+que se acercaba traía luz: entró precipitadamente en el dormitorio, y
+miró con avidez: era la duquesa de Gandía, que siguió adelante y entró
+en el oratorio. Poco después salió pálida, aterrada, murmurando: ¡Dios
+mío! ¿dónde está la reina?
+
+--¡Ah! ¡señora! ¡ha estado perdida vuestra majestad para la camarera
+mayor!
+
+--¡Oh, sí! y me alegro, me alegro, porque se ha llevado un buen susto.
+
+--Susto del que ha salido, porque al fin ha parecido su majestad...
+¡acostada!
+
+--Sí, sí, lo que no ha contrariado poco á la buena doña Juana por su
+torpeza en no mirar el lecho. Pero no hablo yo de ese susto, sino de
+otro mayor.
+
+--¡De otro mayor!
+
+--Sí por cierto: á poco de haber salido la duquesa, volvió á entrar más
+pálida y más conmovida, fijó una mirada cobarde en el lecho y volvió á
+repetir, ¿Dónde está la reina? ¡no parece su majestad! ¿qué es esto,
+Dios mío? Si yo hubiera estado en una situación menos ambigua que
+escondida tras el cortinaje, hubiera salido, dejando para otra ocasión
+mi acechadero, me hubiera dado á luz y me hubiera reído del terror de la
+duquesa; pero un no sé qué me retuvo inmóvil. Oí á la duquesa murmurar
+algunas frases acerca de lo que se cuenta en las apariciones en el
+alcázar de la desgraciada Isabel de Valois, y de repente sonó un
+portazo; cayóse el candelero de las manos de la duquesa, quedó el
+dormitorio á obscuras, y oí una voz de hombre que amenazaba á la duquesa
+con revelar no sé qué secretos suyos si no callaba acerca de lo que
+sucedía. La duquesa dió un grito y huyó. Luego oí pasos recatados sobre
+la alfombra en dirección á la mesa. Entonces, encomendándome á Dios,
+salí de mi escondite y abrí la linterna. Vi un hombre, y en la tapicería
+una puerta abierta, una puerta que yo no conocía: aquel hombre cayó de
+rodillas á mis pies. Aquel hombre era... el hombre más despreciado de
+palacio, el tío Manolillo: el loco del rey.
+
+--¡Ah! ¡el loco de su majestad!--exclamó doña Clara--; ¿y ese hombre era
+el autor de las cartas que aparecían tan misteriosamente?
+
+--Sí.
+
+--Y al verse cogido...
+
+--Se repuso, y me dijo con su acostumbrada insolencia de bufón:
+
+--He aquí un loco cogido por una loca; porque tú, mi buena señora, hace
+mucho tiempo que estás haciendo locuras. ¿Qué te va á ti en que España
+se pierda ó se gane, y en que el rey no haga de ti tanto caso como de su
+rosario? En cuanto á lo uno, allá se las compongan ellos, que quien
+sufre los palos, merecidos los tiene; y en cuanto á lo otro, alégrate:
+así el rey mi amigo no se hubiera acordado de ti.
+
+--¿Son tuyas las cartas que he encontrado sobre esa mesa?
+
+--Mías han sido hasta que han sido tuyas.
+
+--¿Y cómo sabes tú que don Rodrigo?...
+
+--¡Bah! don Rodrigo es muy hablador; no quiere que se le entorpezca la
+lengua, y la usa de punta y de filo: por lo mismo, te he aconsejado ya,
+reina mía, que le tratemos de filo y de punta.
+
+--¿Cómo sabes tú que existen esas puertas?
+
+--¡Bah! es un cuento muy largo; dejémoslo para cuando el rey se ocupe de
+las cuentas de su rosario.
+
+--¡Tú quieres escapar!
+
+--¡Y vaya si quiero! como que yo y tú, mientras yo esté aquí, estamos en
+una ratonera.
+
+--¿Pero no me explicarás?...
+
+--Sí, otro día, más despacio: por ahora lo que importa es que busques
+los mil y quinientos doblones que vale Calderoncillo, y que salgamos de
+él... créeme, mi buena señora: Dios es justo, y como se valió de un
+muchacho para matar á un gigante, se vale de dos locos para matar á un
+gran pícaro. Nada temas. Si el rey no es torpe, vendrá esta noche por
+esta misma puerta á visitarte.
+
+--¡El rey!--le dije.
+
+--Sí, señora, el rey; y por cierto que te le hemos puesto blando como un
+guante; el padre Aliaga, que es muy amigo tuyo y muy bendito hombre, y
+yo, que soy un loco muy hombre de bien: conque hermana reina, quédese en
+paz y créame, y déjeme ir, y sobre todo, los mil y quinientos... y
+cuenta que no los das por la vida de don Rodrigo, sino por la tuya.
+
+Y se me escapó, huyendo por la puerta que se cerró tras él.
+
+--¡Así anda todo!--dijo doña Clara--: cuando un reino está sin cabeza...
+
+La reina frunció un tanto el bello entrecejo.
+
+--El rey es al fin el rey--dijo Margarita con un tanto de severidad.
+
+--Pero cuando sirve de escudo á traidores...
+
+--Dará cuenta á Dios.
+
+--Y al mundo, cuando hace infeliz á una reina tal como vuestra majestad.
+
+Margarita había vuelto á su recámara.
+
+--Afortunadamente--dijo la reina, sentándose de nuevo en el sillón que
+había ocupado antes--, la lucha podrá ser peligrosa, pero hemos apartado
+de ella la deshonra, gracias á ese noble joven.
+
+--Noble, y muy noble--dijo doña Clara--: ¿le ha visto bien vuestra
+majestad cuando estaba hablando conmigo?
+
+--Me ha parecido bien criado, generoso, franco, con el alma abierta á la
+vida... y enamorado, sobre todo, Clara, enamorado.
+
+--¿Y no ha visto más vuestra majestad en ese joven?
+
+--No--contestó con una ingenua afirmación la reina.
+
+--La frente, el nacimiento de los cabellos, la mirada de ese joven, ¿no
+han recordado á vuestra majestad uno de sus más grandes, de sus más
+leales vasallos, que por serlo tanto está alejado de España?
+
+--No--repitió con la misma ingenuidad la reina.
+
+--Pues yo he creído, durante algunos momentos, estar hablando con el
+noble, con el valiente duque de Osuna, no ya en lo maduro de su edad,
+sino á sus veinticuatro años.
+
+--¡Parecido ese joven al duque de Osuna!
+
+--Es un parecido vago, en el que es muy difícil reparar cuando el
+semblante de ese joven está tranquilo; pero cuando se exalta, cuando su
+mirada arde... entonces el parecido es maravilloso: yo creo que se
+parece más ese joven al duque en el alma que en el semblante, y como en
+ciertas situaciones el alma sale á los ojos...
+
+--Sí, cuando se ama por primera vez...
+
+--¡Oh, señora! juro á vuestra majestad que me contraría el amor de ese
+joven.
+
+--Hablemos un poco de ti, ya que tanto hemos hablado de mí: la verdad
+del caso es que ese joven ha hecho por ti lo que difícilmente hubiera
+hecho otro hombre.
+
+--Lo que ha hecho lo ha hecho por vuestra majestad.
+
+--Es que él creía, y no sin fundamento, que mi majestad eras tú.
+
+--Púsose vivamente encendida doña Clara.
+
+--Una casualidad inconcebible: yo creí llevar más seguro el brazalete en
+el brazo, y una audacia de ese joven...
+
+--¡Una audacia!...
+
+--Más bien una galantería.
+
+--No es lo mismo, pero me agrada tu declaración; ya le disculpas, y eso
+significa mucho: eso significa, Clara, si yo no me equivoco...
+
+--Que le hago justicia.
+
+--No, que le amas.
+
+--¡Que le amo! ¡En una hora!...
+
+--En una hora has recibido una impresión de tal género, que no le
+olvidarás, yo te lo afirmo; que recordándole le amarás... le amarás de
+seguro, y contando con esa seguridad, y hablando por adelantado, puede
+decirse que ya le amas.
+
+--No sé, no sé... pero... he causado por mi desdicha una impresión tan
+profunda en su alma...
+
+--Impresión de que estás orgullosa, Clara, y que por primera vez te ha
+hecho bendecir á Dios por la hermosura que te ha concedido.
+
+--No, no--contestó doña Clara con la misma turbación que si la reina
+hubiera leído en su alma.
+
+--¿Y por qué no amarle? Un joven que por ti lo ha arrostrado todo; que
+por ti está en peligro... porque al fin y al cabo ha herido ó muerto á
+don Rodrigo, ha deshecho con su espada, como noble, una traición infame
+que traerá contra él poderosos enemigos, de los cuales acaso no podamos
+libertarle. ¿No merece tanto sacrificio que tú le ames?
+
+--Mi amor, señora, sería un tormento para mí, y una desesperación para
+él.
+
+--El día en que caiga el duque de Lerma, ese joven será tu esposo: te
+prometo ser tu madrina.
+
+--Más fácil es que el duque de Lerma muera en un patíbulo, lo que por
+desgracia no deja de ser dificilísimo, que el que yo sea esposa de ese
+joven.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Olvida vuestra majestad que mi padre, tratándose de mi enlace, no
+prescindirá jamás de su nobleza.
+
+--Ese joven es hidalgo, según he entendido.
+
+--Sí; sí, señora, hidalgo es, pero...
+
+--No importa que sea pobre; es valiente y alentado.
+
+--Sí, es cierto; pero...
+
+--Como valiente y alentado hará fortuna.
+
+--Por mucha que haga...
+
+--Tu padre no es codicioso.
+
+--Pero siempre verá que ese joven es sobrino de Francisco Martínez
+Montiño, _cocinero mayor_ del rey.
+
+Y doña Clara pronunció la palabra «cocinero mayor» de una manera
+singular, en que había mucho de repugnancia propia.
+
+--Pero se parece al gran duque de Osuna--insistió sonriendo la reina--,
+sobre todo cuando se entusiasma.
+
+--Pues peor, señora, peor.
+
+--¡Oh! ¡Peor!
+
+--Sí, por cierto.
+
+--Supongamos, porque estamos rodeadas de misterios, y los misterios no
+deben sorprendernos, que ese joven es hijo del duque de Osuna, que bien
+pudiera ser; dicen que el duque en sus mocedades ha sido muy
+galanteador.
+
+--Pues por eso digo que peor: ¡un bastardo! Ni mi padre ni yo querríamos
+semejante enlace.
+
+--¿Ni aun interesándome yo por él?
+
+--Respetar debe el rey la honra del vasallo, como el vasallo honra y
+reverencia la excelsitud del rey.
+
+--¿Conque no hay esperanza ninguna para ese pobre mancebo enamorado?
+
+--Yo le desenamoraré.
+
+--¡Ah! Difícil lo veo.
+
+--Le trataré...
+
+--Como tu corazón te deje tratarle...
+
+--He resistido los amores de unos por muy altos y de otros por muy
+bajos; resistiré este también. ¿Cree vuestra majestad que á los
+veinticuatro años y criada en la corte, no habré tenido ocasión de
+resistir tentaciones?
+
+--Sí, sí; ya sé que eres una mujer fuerte... una maravilla, y esto es
+una de las razones del amor que te tengo, Clara. Pero en el asunto de
+que se trata debo demasiado á ese joven para no ayudarle... Aunque creo
+necesite poca ayuda, creo que él es bastante para hacerse amar de ti.
+
+--Lo veremos--dijo sonriendo tristemente doña Clara.
+
+--Lo veremos. ¿Pero qué hora es ésta?
+
+--Las doce--dijo doña Clara contando las campanadas de un magnífico
+reloj de pared.
+
+--¡Oh, las doce!... Ya es hora de que tú descanses y de que yo me
+recoja; hasta mañana, Clara. Di á la camarera mayor que me recojo.
+
+--Adiós, señora--dijo doña Clara doblando una rodilla y besando la mano
+á la reina.
+
+Margarita de Austria la alzó y la besó en la frente.
+
+Doña Clara salió, y la reina se quedó murmurando:
+
+--Ve, ve á soñar con tu primer amor. ¡Dichosa tú que amas! ¡Dichosa tú
+que puedes amar!
+
+Y dos lágrimas asomaron á los ojos de Margarita de Austria, que tuvo
+buen cuidado de enjugarlas porque se sentían pasos en la cámara.
+
+Se abrió la puerta y apareció la camarera mayor; con ella venían la
+condesa de Lemos y la joven doña Beatriz de Zúñiga.
+
+La duquesa de Gandía se inclinó profundamente.
+
+--¿Qué os ha sucedido esta noche, mi buena doña Juana?--dijo sonriendo
+la reina--; creo que me habéis creído perdida y que habéis estado á
+punto de ofrecer un hallazgo por mi persona.
+
+--¡Ah, señora! Nunca me consolaré de mi torpeza. ¡No pensar que podía
+vuestra majestad estar recogida en el lecho! ¡Y en qué circunstancias!
+¡Cuando su majestad el rey estaba en la cámara!...
+
+--¡Ah! ¡Su majestad!... ¿Y qué mandaba su majestad?
+
+--Me mandaba que le anunciara á vuestra majestad.
+
+--¡Ah! ¿Y ese mandato os causó tanto miedo, que os obscureció la vista y
+no reparásteis en mí?
+
+--¡Señora!
+
+--¿Y sin duda dijísteis á vuestra majestad que me había perdido?
+
+Nunca la reina había hablado de tal manera á la duquesa de Gandía; y era
+que la buena aventura de aquella noche le había dado valor, que se creía
+de una manera tangible protegida por Dios y se sentía fuerte.
+
+La duquesa de Gandía, que había anunciado con mala intención á la reina
+que el rey había querido verla, al verse tratada de aquel modo seco y
+frío por Margarita de Austria, se turbó.
+
+No estaba acostumbrada á tanto...
+
+--Yo, señora--dijo--, dí al rey la excusa de que vuestra majestad estaba
+acompañada.
+
+--Retiráos, señoras--dijo la reina á la de Lemos y á doña Beatriz de
+Zúñiga--; vuestro servicio ha concluído, no me recojo.
+
+Las dos jóvenes se inclinaron.
+
+La duquesa de Gandía quedó temblando ante Margarita de Austria.
+
+--Debísteis registrarlo todo antes de suponer que yo no estaba en mi
+cuarto; ¿dónde había de estar, duquesa de Gandía, la reina, sino en
+palacio y en el lugar que la corresponde...?
+
+--¡Señora!
+
+--Y sin duda, como servís en cuerpo y alma al duque de Lerma, le habréis
+avisado de que yo me habría perdido, y si no se ha revuelto mi cuarto es
+porque, menos ciega en vuestra segunda entrada, dísteis conmigo
+durmiendo. El duque de Lerma, sin embargo, puede haber tomado tales
+medidas que comprometan mi decoro, y todo por vuestra torpeza.
+
+--¿Vuestra majestad me despide de su servicio?--dijo, sobreponiendo su
+orgullo á su turbación, la camarera mayor.
+
+--Creo, Dios me perdone, que os atrevéis á reconvenirme porque os
+reprendo.
+
+--Yo... señora...
+
+--Me he cansado ya de sufrir, y empiezo á mandar. Continuaréis en mi
+servicio, pero para obedecerme, ¿lo entendéis?
+
+--Señora... mi lealtad...
+
+--Probadla; id y anunciad á su majestad... vos... vos misma en persona,
+que le espero.
+
+--Perdóneme vuestra majestad; el duque de Lerma acaba de llegar á
+palacio y está en estos momentos despachando con el rey.
+
+--Os engañáis, mi buena duquesa--dijo Felipe III abriendo la puerta
+secreta del dormitorio y asomando la cabeza--; vuestro amigo el duque de
+Lerma despacha solo en mi despacho, porque yo me he perdido.
+
+Y franqueando enteramente la puerta, adelantó en el dormitorio.
+
+La duquesa hubiera querido que en aquel punto se la hubiera tragado la
+tierra. Era orgullosa, se veía burlada en su cualidad de cancerbera de
+la reina, y se veía obligada á tragarse su orgullo.
+
+--Retiráos, doña Juana, y decid al duque que yo estoy en el cuarto de su
+majestad. Que vuelva mañana á la hora del despacho... ó si no... dejadle
+que espere... acaso tenga que darme cuenta de algo grave... Retiráos...
+habéis concluído vuestro servicio; la reina se recoge.
+
+La duquesa de Gandía se inclinó profundamente y salió.
+
+Apenas se retiró, la reina salió del dormitorio, y cerró la puerta de su
+recámara, volviendo otra vez junto al rey.
+
+Felipe III y Margarita de Austria estaban solos mirándose frente á
+frente.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XIII
+
+EL REY Y LA REINA
+
+
+--¿Qué os he hecho yo para que me miréis de ese modo?--dijo el rey, que
+pretendía en vano sostener su mirada delante de la mirada fija y glacial
+de su esposa.
+
+--Hace cinco meses y once días que no pisáis mi cuarto--dijo la reina.
+
+--Dichoso yo, por quien lleváis tan minuciosa cuenta Margarita--dijo con
+marcada intención el rey.
+
+--Esa cuenta la lleva mi dignidad, y la lleva por minutos.
+
+[imagen: La reina doña Margarita de Austria.]
+
+--¡Ah! exclamó el rey... vuestra dignidad... no vuestro amor...
+
+--¡Mi amor! No lo merecéis.
+
+--¡Señora!
+
+--Hablo á mi esposo, al hombre, no al rey... vos no habéis penetrado
+como rey en medio de vuestra servidumbre, con la frente alta, mandando;
+habéis entrado como quien burla, por una puerta oculta que yo no
+conocía. ¿Quién os obliga á ocultaros en vuestra casa?
+
+--Creo, señora, que la camarera mayor y el duque de Lerma, saben que
+paso la noche con vos.
+
+--Pero saben que la pasáis por sorpresa.
+
+--No tanto, no tanto.
+
+--Os habéis venido huyendo del duque de Lerma.
+
+--¿Qué hacéis?--dijo Felipe III.
+
+--Ya lo veis, me siento.
+
+--No creo que sea hora de velar, ni yo ciertamente he venido aquí para
+trasnochar sentado junto á vos.
+
+La reina no contestó.
+
+--Vos no me amáis--dijo el rey.
+
+--Haced que os ame.
+
+--¡Pues qué! ¿no debéis amarme?
+
+--Debo respetaros como á mi marido; y una prueba de mi respeto son el
+príncipe don Felipe, y las infantas nuestras hijas.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¡me respetáis! ¡y os quejáis de que yo tema pasar de esa
+puerta, cuando en vez de amor que vengo buscando sólo encuentro respeto!
+
+--¿Habéis procurado que yo os ame...?
+
+--Enamorado de vos me habéis visto...
+
+--Pero más de vuestro favorito.
+
+--¡Oh, oh! el duque de Lerma podría quejarse de vos, señora; le acusáis.
+
+--De traición.
+
+--¡Oh! ¡oh!
+
+--Y le estoy acusando desde poco después de mi llegada á España.
+
+--Pero yo, Margarita, no había venido ciertamente...
+
+--Y yo, don Felipe, que no os esperaba, que hace mucho tiempo que no
+puedo hablaros sin testigos, aprovecho la ocasión para querellarme á vos
+de vos y por vos.
+
+--Pues no os entiendo.
+
+--Es muy claro: tengo que querellarme á vos de vos y por vos, porque
+don Felipe de Austria ofende al rey de España.
+
+--¿Qué ofendo yo al rey de España? ¿Es decir, que yo, á mí mismo?...
+pues lo entiendo menos.
+
+--Ofendéis al rey de España, porque abdicáis débilmente el poder que os
+han conferido, primero, la raza ilustre de donde venís, y después Dios,
+que ha permitido que descendáis de esa raza, entregando el poder real,
+sin condiciones, á un favorito miserable y traidor.
+
+--¿Habéis hablado hoy con el padre Aliaga, señora?
+
+--No, ciertamente: yo no hablo con nadie más que con las personas cuya
+lista da el duque de Lerma á la duquesa de Gandía.
+
+--Os engañáis, porque habláis todos los días y á todas horas con una
+persona á quien no pueden ver ni la duquesa ni el duque.
+
+--¿Y quién es esa persona?
+
+--Esa persona es vuestra favorita... la hermosa menina doña Clara
+Soldevilla.
+
+--Sería la última degradación á que podía sentenciarme vuestra
+debilidad, el que yo no pudiese retener una de mis meninas en mi
+servidumbre. A propósito; es ya demasiado mujer para menina, y voy á
+nombrarla mi dama de honor.
+
+--¡Y quién lo impide!
+
+--Nadie... pero os lo aviso.
+
+--Enhorabuena: decid á doña Clara que yo la regalo el traje y el velo y
+aun las joyas, para cuando tome la almohada.
+
+--Lo acepto, porque ella es pobre y yo no soy rica.
+
+--Ni yo tampoco; pero para un deseo vuestro...
+
+--Os doy las gracias, señor.
+
+--¡Oh! no me deis las gracias; ved que os amo, y amadme...
+
+--¿Qué me amáis?--dijo la reina inclinándose hacia el rey, dejándole ver
+un relámpago de sus hermosos ojos azules, y su serena frente pálida como
+las azucenas y coronada de rizos de color de oro.
+
+--¡Oh, qué hermosa eres, Margarita!--dijo el rey, en cuyas mejillas
+apareció la palidez del deseo.
+
+Y la atrajo á sí.
+
+Margarita de Austria, se sentó en un movimiento lleno de coquetería en
+las rodillas del rey, y se dejó besar en la boca.
+
+--Depón al duque de Lerma--dijo la reina entre aquel beso.
+
+El rey se retiró bruscamente como si le hubiesen quemado los labios de
+Margarita.
+
+--Ya sabía yo que no me amábais--dijo la reina levantándose y mirando al
+rey con cólera.
+
+--Pero señor, ¿cuándo descansaré yo?--exclamó el rey dejándose caer en
+el respaldo del sillón.
+
+--Cuando arrojes de ti esa indolencia que te domina--dijo con dulzura la
+reina--; cuando pienses que un rey no sirve á Dios solo rezando, sino
+mirando por la prosperidad, por el bienestar y por el honor de sus
+vasallos.
+
+--Ya velan por todo eso mis secretarios.
+
+--¡Tus secretarios! ¡sí, es verdad! velan por los españoles, y cuentan
+sus cabezas como el ganadero cuenta sus reses para llevarlas al mercado.
+
+--Eres injusta, yo no escucho ninguna queja.
+
+--Las quejas no llegan á ti. Se pierden en el camino.
+
+--Te pregunté si habías hablado hoy con mi confesor, porque el bueno del
+padre Aliaga, aunque más embozada y respetuosamente, aprovechándose de
+que el duque tenía un banquete de Estado, me ha tenido toda la tarde el
+mismo sermón. Y suponiendo que no os engañáis, ni tú que eres la reina
+de las reinas, por virtud, por discreción y por hermosura, ni el padre
+Aliaga, que es casi un santo, ¿qué queréis que haga?--Reduzca vuestra
+majestad los gastos de su casa, que España anda descalza--me dice el
+padre Aliaga--. Y cuando esto dice el bueno de mi confesor, cuento las
+ropillas que tengo y los doblones que poseo, y hallo que cualquier
+pelgar anda mejor cubierto y mejor provisto que yo.
+
+--Eso demuestra, que siendo exorbitantes las rentas reales, siendo parca
+nuestra mesa y pocos nuestros trenes y nuestros vestidos, las rentas
+reales son robadas.
+
+--¡Robadas, robadas! esto es demasiado grave. Yo no creo que un
+caballero tal como el duque...
+
+--¿Si te doy una prueba de que el duque vende los oficios
+miserablemente?...
+
+--Siempre se han vendido... me acuerdo de una provisión de corregidor
+que se ha dado esta mañana á Diego Soto, para que la venda en lo que
+pudiere... y todo está firmado por mí.
+
+--Sí, pero es que el duque vende por su cuenta... te roba...
+
+--¡Oh! no puede ser.
+
+--Mira.
+
+Y la reina sacó las dos cartas que habían encontrado en la cartera de
+don Rodrigo Calderón, con las suyas, y dió una de ellas al rey.
+
+Felipe III leyó la cabeza y la firma:
+
+--«¡A don Rodrigo Calderón!--¡El duque de Uceda!»
+
+--Lee, lee... y juzga.
+
+«Mi buen amigo: Es necesario que se den las alcabalas de Sevilla á Juan
+de Villalpando. Ya le conocéis. Es un hombre muy á propósito para
+nuestros proyectos. No os olvidéis que para acabar con el duque de
+Lerma...»
+
+--¡Ah! ¡ah!--dijo el rey--; no lo creyera si no lo viera; y es letra y
+firma del duque de Uceda, con sus renglones torcidos... el hijo contra
+el padre... ya sabía yo que no andaban muy acordes entrambos duques...
+¡pero que llegasen á tanto!... ¡Ah! ¡ah!
+
+--Sigue, sigue--dijo con impaciencia la reina.
+
+--«No olvidéis que para acabar con el duque de Lerma, y hacer comprender
+al rey cuán ruinoso y perjudicial es su gobierno, se necesita hacerse
+partidarios en las ciudades, y ninguno mejor para Sevilla que Juan de
+Villalpando: allí tiene hacienda, mujer y parientes, le conoce todo el
+mundo, y es audaz cuanto se necesita para que todos le respeten y le
+teman. Pero como el duque no proveerá en nadie las alcabalas de Sevilla
+en menos de diez mil maravedís, es necesario que vos interpongáis para
+con él lo mucho que podéis, á fin de que de los diez mil rebaje la
+mitad. Ya llevamos gastado demasiado para que pensemos algo en los
+gastos. Hacedlo, que conviene. El interesado lleva esta carta y yo os
+veré á la tarde en la comedia...»
+
+El rey dobló lentamente la carta y plegó su entrecejo: una expresión de
+majestad y de dominio, aunque indecisa, se marcó en su semblante y luego
+volvió á desdoblar la carta y la leyó lentamente.
+
+Aquella carta era para Felipe III uno de esos rayos de luz que de tiempo
+en tiempo rompen la impura atmósfera que rodea á los reyes.
+
+Margarita de Austria, que miraba con profunda alegría el cambio que se
+había operado en Felipe III, puso otra nueva carta abierta sobre la que
+el rey leía por segunda vez.
+
+--Del conde de Olivares--dijo el rey leyendo la firma de aquella segunda
+carta.
+
+--Lee, lee y verás que el duque de Lerma, á más de ser ladrón, es torpe,
+que le manejan como quieren los que quieren ocupar su puesto, y que el
+tal don Rodrigo es más traidor, más ambicioso, más miserable que todos
+ellos.
+
+El rey leyó:
+
+«Os escribo, porque, interesándoos á vos tanto como á mí el negocio de
+que trata esta carta, tengo una entera confianza en vos, y no quiero
+exponerme á que se sepa, por muchas precauciones que tomemos, que nos
+hemos visto. Importa que todo el mundo nos crea desavenidos. Sostened
+vos por vuestra parte el papel de enemigo mío, que por la mía yo
+sostendré el de enemigo vuestro. Seguid hablando mal de mí y mirándome
+de reojo, que yo seguiré hablando mal de vos sin miraros á derechas. Lo
+de la expulsión de los moriscos es necesario que se lleve cuanto antes á
+cabo, porque es necesario que cuanto antes, teniendo como tenemos guerra
+con Inglaterra, con Francia y en el Milanesado, la tengamos también en
+España, y esta guerra la provocarán los moriscos, que no se rendirán sin
+combatir. Por otra parte, rebelados los moriscos dentro, se resentirá el
+comercio que ellos alimentan en gran manera, faltará más de lo que falta
+el dinero, y reunidos y alentados Enrique IV y el inglés, apretará la
+guerra por fuera. Insistid en lo de la confiscación de los bienes de los
+moriscos. El duque, en su sed de oro, se dejará deslumbrar por este
+negocio en grande, y aun el mismo rey no encontrará de más algunos
+millones de maravedises para remendar su ropilla. Dicen que Lerma tiene
+hechizado al rey. Hechizad vos al duque. El mejor hechizo para su
+excelencia es el oro. Conque apretad, apretad, que urge: que si hemos de
+esperar á que el príncipe sea rey, larga fecha tenemos. Lo del príncipe
+lo dejaremos al conde de Lemos y á don Baltasar de Zúñiga, y puesto que
+el rey es quien puede hacer reyes, vámonos derechos al rey. Sitiemos por
+hambre al duque haciéndole cometer algunos disparates, y el duque, que
+si fuera tan buen hombre de Estado como es codicioso, sería invencible,
+caerá, no lo dudéis, aunque para ello nos veremos obligados á empobrecer
+el reino, á debilitarle. Nosotros le alzaremos. No os digo más, porque
+ni tanto era necesario deciros. Guárdeos Dios.--_El conde de Olivares._»
+
+--Pero esto nada prueba contra el duque, y si mucho contra los condes de
+la Oliva y de Olivares.
+
+Prueba que los dos condes son más perspicaces que tú, y que saben cuánto
+es torpe y ciego el duque de Lerma.
+
+--Pero no le vencieron.
+
+--Por una casualidad.
+
+--El duque lo tenía previsto todo.
+
+--Ni el duque ni nadie podía prever que don Juan de Aguilar tuviese la
+fortuna de aterrar á los infelices moriscos en la primera batalla; ni el
+duque ni nadie podía prever que los enemigos exteriores de España no se
+aprovecharan de aquellas circunstancias. Pero el duque fué traidor y
+torpe.
+
+--¡Traidor!
+
+--Sí, traidor, y de la manera más criminal que puede ser traidor un
+vasallo: manchando ante la historia el nombre de su señor... porque tu
+nombre aparecerá manchado en la historia por esa tiranía feroz
+inmotivada contra los pobres moriscos; por esa codicia innoble que les
+robó.
+
+La mirada del rey se hizo vaga.
+
+--Y torpe, torpe... porque no previó las funestísimas consecuencias que
+pudo traer sobre España, y que en la parte de su riqueza y de su
+población la ha traído, el cumplimiento de aquel infame edicto.
+
+--¡Margarita!--exclamó el rey, cuya conciencia se retorcía.
+
+--Yo te pedí de rodillas, aquí, en este mismo sitio, que revocaras aquel
+edicto; y te lo pedí por ti mismo, por la gloria de tu nombre, por tu
+dignidad de rey, más que por el bien de tus reinos. Te lo pedí, Felipe,
+porque te amo, y porque te amo, te pido la deposición del duque de
+Lerma.
+
+--¡Que me amas, Margarita! ¡que me amas!--exclamó el rey--¡y no me lo
+has dicho hasta ahora!
+
+--¿Qué mujer honrada, y que nunca ha amado, no ama al padre de sus
+hijos?--exclamó en un sublime arranque Margarita, arrojándose á los
+brazos del rey.
+
+Y levantándose de repente, añadió:
+
+--Y no te lo he dicho; no se lo he dicho á nadie, no, y me he mostrado
+siempre contigo reservada y fría porque... mi orgullo de mujer ha estado
+continuamente ofendido al verme pospuesta á un favorito.
+
+--Y á quién, á quién buscar...
+
+--¿A quién? al duque de Osuna...
+
+--Es demasiado soberbio.
+
+--Pero es justo, y valiente, y buen vasallo. Y si no, Ambrosio Espínola,
+y si no... si no... Quevedo.
+
+--¡Osuna, Espínola, Quevedo! ¡dos soldados y un poeta!
+
+--Tres españoles que no han renegado de su patria, y que por lo mismo,
+están alejados de ella por el temor de los traidores.
+
+--Lo pensaré, lo pensaré--; dijo el rey.
+
+--No, no; pensarlo, no; ya lo he pensado yo bastante; ¿no tienes
+confianza en tu esposa, Felipe?... ¿no me amas? ¿no crees en mi amor?
+
+--Lo pensaré... me duermo... necesito rezar antes mis oraciones.
+
+Y el rey se dirigió al oratorio de la reina.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--dijo Margarita viendo desaparecer al rey
+por la puerta del oratorio--¡Ten piedad de España! ¡Ten piedad de mí!
+
+
+
+
+CAPÍTULO XIV
+
+DEL ENCUENTRO QUE TUVO EN EL ALCÁZAR DON FRANCISCO DE QUEVEDO, Y DE LO
+QUE AVERIGUÓ POR ESTE ENCUENTRO ACERCA DE LAS COSAS DE PALACIO, CON
+OTROS PARTICULARES.
+
+
+Apenas Juan Montiño había desaparecido por la escalerilla de las
+Meninas, cuando Quevedo, que como sabemos observaba desde la puerta, se
+embocó por aquellas escaleras en seguimiento del joven.
+
+--En peligrosos pasos anda el mancebo--dijo don Francisco--; sobre
+resbaladiza senda camina; sigámosle, y procuremos avizorar y prevenir,
+no sea que su padre nos diga mañana: con todo vuestro ingenio, no habéis
+alcanzado á desatollar á mi hijo.
+
+Y Quevedo seguía cuanto veloz y silenciosamente le era posible, á la
+joven pareja que le precedía en las tinieblas.
+
+--¿Y quién será ella?--¿quién será ella? decía el receloso satírico.
+
+Y seguía, sudando, á pesar del frío, á los dos jóvenes, que andaban
+harto de prisa.
+
+--Pues ó he perdido la memoria y el tiento, ó todo junto--decía
+Quevedo--, ó se encaminan á la portería de Damas; paréceme que se paran:
+¡adelante y chito! suena una llave, se abre una puerta, entran... ¡ah!
+esa momentánea luz... el cuarto de la reina... ¿será posible? ¿me habré
+yo engañado pensando bien de una mujer? Merecido lo tendría. ¿Pero quién
+va?
+
+Había oído pasos Quevedo.
+
+--No va, viene--dijo una voz ronca.
+
+--¡Por el alma de mi abuela! ¿y de dónde venís vos, hermano?
+
+--Ni sé si del cielo ó si del infierno. Vos, hermano, ya sé que del
+infierno sois venido, porque San Marcos no debe de haber sido para vos
+la gloria.
+
+--Ha venido á ser el purgatorio, Manolillo, hijo.
+
+--Veo que no habéis olvidado á los amigos.
+
+--¿Y cómo olvidaros, si creo que por haberos tratado en mi niñez se me
+han pegado vuestras picardías?
+
+--Yo no soy pícaro, y si lo soy, soy pícaro á sueldo.
+
+--Tanto monta, que nadie hace picardías al aire. ¿Pero dónde vivís?
+Paréceme de que me lleváis por las escaleras de las cocinas.
+
+--Así es la verdad, hermano Quevedo; he visto cuanto podía ver, y á mi
+mechinal me vuelvo.
+
+--Pues sígoos.
+
+--En buen hora sea.
+
+--Decidme, ¿por qué me dijísteis allá abajo que no sabíais si veníais
+del cielo ó del infierno?
+
+--Decíalo por un mancebo que acaba de entrar...
+
+--¿En el cuarto de la reina?...
+
+--¿Habéisle visto?
+
+--Le seguía.
+
+--¿Y no os parece que ese mancebo puede muy bien encontrar en ese cuarto
+una gloria ó un infierno?
+
+--Alegraríame que le glorificasen.
+
+--Y yo; aunque no fuese más que por verme vengado...
+
+--¿Del rey?...
+
+--¡Qué rey! ¡qué rey!--dijo el bufón.
+
+--Paréceme será bien que callemos hasta que nos veamos en seguro.
+
+--Decís bien... nunca palacio ha sido tan orejas todo como ahora. Pero
+ya llegamos.
+
+Acababan de subir las escaleras, y el tío Manolillo había tomado por un
+callejón estrecho.
+
+Detúvose á cierta distancia del desemboque de las escaleras, y sonó una
+llave en una cerradura.
+
+--Pasad, pasad, don Francisco--dijo el bufón.
+
+Quevedo entró á tientas en un espacio densamente obscuro.
+
+El bufón cerró.
+
+Poco después se oyó el chocar de un eslabón sobre un pedernal, saltaron
+algunas chispas, y brilló la luz azul de una pajuela de azufre, que el
+bufón aplicó al pábilo de una vela de sebo.
+
+Quevedo miró en torno suyo.
+
+Era un pequeño espacio abovedado, deprimido, denegrido, desnudo de
+muebles, á cuyo fondo había una puerta, á la que se encaminó el bufón.
+
+Siguióle Quevedo.
+
+El tío Manolillo cerró aquella puerta.
+
+Era el bufón del rey un hombre como de cincuenta años, pequeño,
+rechoncho, de semblante picaresco, pero en el cual, particularmente
+entonces que estaba encerrado con Quevedo, y no necesitaba encubrir el
+estado de su alma, estaba impresa la expresión de un malestar roedor, de
+un sentimiento profundo, que daba un tanto de amargura infinita á su
+ancha boca, cuyos labios sutiles habían contraído la expresión de una
+sonrisa habitual, burlona y acerada cuando estaba delante del mundo,
+sombría y dolorosa entonces que el mundo no le veía. El color de su piel
+era fuertemente moreno, sus cabellos entrecanos, la frente pronunciada,
+audaz, inteligente, marcada por un no sé qué solemne; las cejas y los
+ojos negros; pero estos últimos pequeños, redondos, móviles,
+penetrantes, en que se notaba un marcadísimo estrabismo; la nariz larga
+y aguileña; la boca ancha, la barba saliente, el cuello largo. Sus
+miembros, contrastando desapaciblemente con su estatura, eran de
+gigante, cortos, musculosos, fuertes; vestía un sayo y una caperuza á
+dos colores, rojo y azul; llevaba calzas amarillas, zapatos de ante y un
+cinturón negro que sólo servía para sujetar un ancho y largo puñal.
+
+El bufón se sentó en un taburete de pino, y dijo á Quevedo:
+
+--Ahora podemos hablar de todo cuanto queramos: mi aposento es sordo y
+mudo. Sentáos en ese viejo sillón, que era el que servía al padre Chaves
+para confesar al rey don Felipe II.
+
+--Siéntome aunque me exponga á que se me peguen las picardías del buen
+fraile dominico--dijo Quevedo sentándose.
+
+--¡Oh! ¡y si te hablara ese sillón!--dijo el tío Manolillo.
+
+--Si el sillón calla, España acusa con la boca cerrada los resultados de
+los secretos que junto á este sillón se han cruzado entre un rey
+demasiado rey, y un fraile demasiado fraile.
+
+--Pero al fin, don Felipe II...
+
+--No era don Felipe III.
+
+--En cambio, el padre Chaves, no era el padre Aliaga.
+
+--El padre Aliaga no tiene más defecto que ser tonto--dijo Quevedo
+mirando de cierto modo al bufón.
+
+--Vaya, hermano don Francisco, hablemos con lisura y como dos buenos
+amigos; ya sabéis vos que tanto tiene de simple el confesor del rey,
+como de santo el duque de Lerma. Si queréis saber lo que ha pasado en la
+corte en los dos años que habéis estado guardado, preguntadme
+derechamente, y yo contestaré en derechura. Sobre todo, sirvámonos el
+uno al otro.
+
+--Consiento. Y empiezo. ¿En qué consiste que esa gentecilla no haya
+hecho sombra del padre Aliaga?
+
+--En que el rey, es más rosario que cetro.
+
+--¿Y cree un santo á fray Luis?
+
+--Y creo que no se engaña, como yo creo que si fray Luis es ya santo,
+acabará por ser mártir, tanto más, cuanto no hay fuerzas humanas que le
+despeguen del rey; y como el padre Aliaga es tan español y tan puesto en
+lo justo, y tan tenaz, y tan firme, con su mirada siempre humilde, y con
+su cabeza baja, y con sus manos metidas siempre en las mangas de su
+hábito... ¡motilón más completo!... Si yo no tuviere tantas penas, sería
+cosa de fenecer de risa con lo que se ve y con lo que se huele; más
+bandos hay en palacio que bandas, y más encomendados que comendadores, y
+más escuchas que secretos, aunque bandos, encomiendas y enredos, parece
+que llueven. En fin, don Francisco, si esto dura mucho tiempo, el
+alcázar se convierte en Sierra Morena: lo mismo se bandidea en él que si
+fuera despoblado, y en cuanto á montería, piezas mayores pueden correrse
+en él, sin necesidad de ojeo, que no lo creyérais si no lo viérais.
+
+--Me declaro por lo de las piezas mayores; veamos. Primera pieza.
+
+--Su majestad el rey de las Españas y de las Indias, á quien Dios
+guarde.
+
+--Te engañaste, hermano bufón; tu lengua se ha contaminado y anda torpe.
+El rey no puede ser pieza mayor... por ningún concepto. Y lo siento,
+porque el tal rey es digno de esa, y aun de mayor pena aflictiva. La
+reina es demasiado austriaca.
+
+--Y demasiado mujer, á lo que juntándose que hay en la corte gentes
+demasiado atrevidas...
+
+--De las cuales vos no sois una de las menores.
+
+--Tengo pruebas...
+
+--Pues mostrad, tío Manolillo... dadme capote, que por más que lo sienta
+os aplaudiré... ¡pero engañarme yo tratándose de mujeres!... ¡creer yo á
+la buena Margarita de Austria!... si de esta vez me engaño, ni en la
+honra de mi madre creo... con que desembuchad, hermano, desembuchad, que
+me tenéis impaciente, y tanto más, cuanto tengo que haceros preguntas de
+dos años. ¿Quién es el rey secreto?
+
+--Para que lo fuera por entero, sólo podía ser don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Tá! ¡tá! os engañáisteis, hermano.
+
+--Don Rodrigo tiene cartas de la reina.
+
+--Téngolas yo.
+
+--Bien puede ser, porque donde entra el sol entra Quevedo.
+
+--Y aun donde no entra; pero de la reina no tengo más que cartas.
+
+--Sois leal y bueno.
+
+--Tiénenme por rebelde.
+
+--Los pícaros.
+
+--Y aun los que no lo son.
+
+--Sois una cosa y parecéis otra.
+
+--¡Ah! si no fuera porque estamos perdiendo el tiempo, querría que me
+explicáseis...
+
+--Os he visto tamaño como una mano de mortero, cuando andábais poniendo
+mazas á las damas de palacio, y cuando más tarde ellas os ayudaban á
+poner mazas á sus maridos. Yo os he soltado la lengua, y meciéndoos
+sobre mis rodillas, he sido vuestro primer maestro. Nos parecemos mucho,
+don Francisco; yo soy deforme y vos lo sois también, aunque menos; vos
+lloráis riendo, y yo río rabiando; vos os mostráis contento con lo que
+sois, y queréis ser lo que ninguno se ha atrevido á pensar; yo llevo con
+la risa en los labios mi botarga y siempre alegre sacudo mis cascabeles,
+y si pudiera convertirme en basilisco, mataría con los ojos á más de uno
+de los que me llaman por mucho favor loco... ¡Ah! ¡ah! ¡ah! yo,
+estruendo y chacota del alcázar, llevo conmigo un veneno mortal, como
+vos en vuestras sátiras regocijadas ocultáis el veneno de un millón de
+víboras; sois licenciado y poeta y esgrimidor, y aun muchas cosas más.
+Yo no tengo más licencias que las que á disculpa de loco me tomo; yo no
+escribo sátiras, pero las hago; yo no empuño hierros, pero mato desde lo
+obscuro. Vos sonáis más que yo; vos sois el bufón de todos por estafeta,
+y yo soy el bufón del rey por oficio parlante; cuando vos pasáis por
+una calle, todos dicen: ¡allá va Quevedo! y se ríen. Cuando yo paso por
+las crujías de palacio con mi caperuza y mi sayo de colores, todos
+dicen, y no reparan en que al decirlo hablan con el rey más que conmigo:
+¡allá va el simple del rey! y... se ríen también; y vos os aprovecháis
+de las risas de todos que son vuestra mejor espada, y yo me aprovecho de
+las risas de los cortesanos que son mi único puñal. Vos sois enemigo de
+los que mandan, y abusan del rey, y servís al duque de Osuna, y os
+declaráis por la reina, por ambición, y yo aborrezco á los que vos
+aborrecéis y amo á los que vos amáis por venganza. ¿Sabe acaso alguien á
+dónde vos vais? ¿sabe alguien á dónde yo voy? ¡oh! y si alguna vez
+llegamos al fin de nuestro camino, juro á Dios que no han de reirse más
+de cuatro con los desenfados del poeta y con las desvergüenzas del
+bufón.
+
+Quedóse profundamente pensativo Quevedo como si hubiese sentido la
+mirada del bufón en lo más recóndito de su alma, y luego levantó la
+cabeza, y fijó en Manolillo una mirada profundamente grave y dominadora.
+
+--Dios sabe á dónde vais vos, á dónde voy yo--dijo--; pero si me
+conocéis tanto como decís, saber debéis que, como me cuesta el andar
+mucha fatiga, nunca doy pasos en vano. A propósito de las piezas mayores
+de palacio, habéisme dicho que la primera es el rey. Os engañáis; pero
+como sois hombre de ingenio y de experiencia, quisiera saber el motivo
+de vuestro engaño. En esto debe de danzar la Dorotea... vuestra
+ahijada... ó vuestra hija, ó vuestra querida...
+
+Púsose pálido como un difunto el tío Manolillo.
+
+--¡Pobre Dorotea!--exclamó el bufón.
+
+--Pobre de vos, que sois un insensato... Allá en San Marcos supe, por
+cartas de algunos amigos que se venían sin que nadie las viese á mi
+bolsillo, y que yo leía cuando de nadie era visto, supe, repito, que la
+Dorotea se había escapado del convento donde la guardábais y se había
+metido á cómica; supe además que el duque de Lerma la mantenía, y
+alegréme, porque dije: el tío Manolillo será enemigo á muerte de su
+excelencia. Ahora medito, y después de meditar, saco en claro: que
+siendo la Dorotea amante vendida del duque de Lerma, debe de haber
+andado en la venta don Rodrigo Calderón; que siendo don Rodrigo Calderón
+lo que es, puede haber habido algo que no gustaría al duque de Lerma si
+lo supiese, porque el buen señor es muy vanidoso, muy creído de que lo
+merece todo, á pesar de sus años y de sus afeites; que habiendo habido
+algo entre vuestra hija y don Rodrigo, vuestra hija habrá tenido celos,
+y no habrá encontrado otra mejor que la reina para justificarlo; de modo
+que un ministro tonto, un rufián dorado, una mujerzuela semi-pública y
+un padre ó amante, ó pariente tal como vos, que tratándose de Dorotea no
+sois ya un loco á sueldo, sino un loco de veras, son ó pueden ser la
+causa de la deshonra de una noble y digna y casi santa mujer que ha
+tenido la desgracia de ser reina de España, cuando el rey de España es
+Felipe III.
+
+--¿No habéis visto entrar en el cuarto de la reina un hombre, don
+Francisco?
+
+--Sí por cierto; y os confieso que tal entrada me pone en confusiones;
+como que el hombre que ha entrado en el cuarto de la reina es un mozo
+que me interesa mucho y que... os voy á dar un alegrón, tío Manolillo;
+pero habéis de pagármelo diciéndome todo lo que sepáis.
+
+--Si me alegro, os pago.
+
+--Pues bien, es muy posible que á estas horas don Rodrigo Calderón esté
+en la eternidad.
+
+--¡Dios mío!--exclamó el bufón--. ¡Pero estáis seguro, don Francisco!
+
+--Lo que sé deciros es que ese mancebo, que sabe lo que se hace cuando
+da un golpe, acaba de reñir con él y de tenderle cuando entró en
+palacio.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¡han encontrado quien les haga el negocio de balde!
+
+--Acaso ese pobre muchacho pague muy caro el haber dado al traste con
+don Rodrigo Calderón.
+
+--¿Muy caro?
+
+--Sí por cierto; como que está enamorado como un loco de la dama por
+quien se ha metido en ese lance.
+
+--¡Esperad! ¡esperad! yo he visto, al entrar ese mancebo en el cuarto de
+la reina, su semblante, y no le conozco, aunque me ha parecido encontrar
+en él un no sé qué... ¿conocéis á ese mancebo?
+
+--¡Mucho!
+
+--¿Y cómo se llama?
+
+--Juan Martínez Montiño.
+
+--¡Ah! ¿es pariente del cocinero del rey?
+
+--Su sobrino carnal, hijo de su hermano.
+
+--Don Francisco, no merecéis que yo os hable con lisura.
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque vos no sois conmigo liso y llano.
+
+--Cogedme en un renuncio.
+
+--Estáis cogido.
+
+--¿Por dónde?
+
+--Por ese mancebo.
+
+--¿Y por qué?
+
+--¿Por qué? ¿no decís que es sobrino del cocinero mayor?
+
+--Así resulta de su partida de bautismo.
+
+--Las partidas de bautismo se compran.
+
+Miró Quevedo profundamente al bufón.
+
+--Pero lo que no se compra es el semblante.
+
+--¿Qué queréis decir?
+
+--Digo que sé algo de ese secreto.
+
+--¿De qué secreto?
+
+--Estamos jugando al acertijo, hermano Quevedo, á pesar de que nadie nos
+escucha.
+
+--¿Tenéis pruebas?
+
+--¿De que ese mancebo...? ¡vaya! al verle me acometió una sospecha; pero
+cuando me habéis dicho que es hijo de un Montiño... no pude dudar...
+como que... ya se ve, estoy en el enredo...
+
+--¿Acabaremos, hermano bufón?
+
+--Si, por ejemplo, ese mozo en vez de llamarse Juan Montiño se llamase
+don Juan Girón...
+
+--¡Diablo!--exclamó Quevedo.
+
+--¡Cómo! ¿no lo sabíais, don Francisco?
+
+--Algo se me alcanzaba.
+
+--¿Y sabéis cómo se llamaba su madre?
+
+--No me lo han dicho.
+
+--Pues yo voy á decíroslo.
+
+--Sepamos.
+
+--La madre se llamaba... y se llama, doña Juana de Velasco, duquesa
+viuda de Gandía, camarera mayor de su majestad.
+
+Abrió enormemente los ojos Quevedo.
+
+--Y qué hermosa, qué hermosa estaba entonces la duquesa.
+
+--¿Pero estáis seguro de ello, amigo Manolillo?
+
+--¡Que si estoy seguro! como lo estaría si, por ejemplo, dentro de
+algunos meses la señora condesa de Lemos, después de haber estado mucho
+tiempo en la cama á pretexto de enfermedad y en ausencia de su marido,
+saliese una noche de Madrid en una litera.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¿y no habéis encontrado para vuestra comparación otra dama
+que doña Catalina de Sandoval?
+
+--Es tan hermosa como lo era en otro tiempo la duquesa de Gandía, tan
+viva como ella, y tuvo la fortuna ó la desgracia de encontrarse una
+noche á obscuras en El Escorial con el duque de Osuna, como doña
+Catalina en el alcázar con...
+
+--Pero tío Manolillo, vamos á cuentas: ¿vos sois el bufón del rey, ó el
+mochuelo del alcázar?
+
+--De todo tengo. Siempre me han salido al paso los enredos.
+
+--Como á mí.
+
+--Si ya os lo dije: nos parecemos mucho. Pero continúo con mi
+suposición: supongamos que con tales antecedentes sale una noche la
+señora condesa de Lemos en una litera por un postigo de su casa muy
+encubierta, y que yo, por casualidad, paso por la calle y veo aquello;
+que al ver aquello me acuerdo de lo otro que oí por casualidad, ajusto
+la cuenta por los dedos, entro en curiosidad de saber en lo que quedará
+la aventura, y me voy detrás de la litera y de los hombres que la
+acompañan; que así andando, andando, y recatándome, amparado de una
+noche obscura, sigo á la litera por espacio de cinco leguas, y entro
+tras ella, recatándome siempre en un lugar... supongamos que aquel lugar
+es Navalcarnero; que la litera se para delante de una casa y sale la
+condesa de Lemos muy tapada y se obscurece en la casa, cuya puerta se
+cierra en silencio; que yo me quedo á la mira, y á las dos noches
+después, vacilante y trémula, veo salir de nuevo á la señora condesa muy
+tapada, que se mete en la litera, y que la litera sale del pueblo y toma
+el camino de Madrid. Que yo me quedo aún en el pueblo, y que á los tres
+días se bautiza solemnemente un niño. Aunque me digan frailes franciscos
+que aquel niño es hijo de matrimonio, y que es hijo de Juan Lanas y de
+su mujer, yo diré siempre, aun cuando pasen muchos años: ese tal no se
+llama Juan Lanas, ó no debe llamarse, sino Juan de Quevedo y Sandoval.
+
+--¡Ah! bribón redomado--exclamó Quevedo--, gato sin sueño, hurón de
+secretos; guardad por caridad el que habéis pescado esta noche, que
+ridículo fuera negároslo, y decidme por caridad también: ¿era ya pieza
+mayor del alcázar cuando en él andaba mi señor, el conde de Lemos?
+
+--No abundan los Quevedos, hermano, y necesario era uno para que la
+buena doña Catalina dejase de ser coto cerrado, como fué necesario todo
+un duque de Osuna, con toda su audacia, para que la buena doña Juana de
+Velasco añadiese á su descendencia un bastardo. Pero lo gracioso es que
+doña Juana de Velasco no sabe quién es el padre de su hijo incógnito; ni
+el nombre del dueño de la casa en donde tapada y rebujada la metieron en
+Navalcarnero; que, en una palabra, le parece un sueño su encuentro con
+un hombre audaz en una galería del palacio del Escorial, á punto que por
+un celo exagerado iba á avisar á la infanta doña Catalina, de que
+acababa de llegar un jinete con la nueva de que el mar y los vientos
+habían vencido á la armada _Invencible_; un soplo malhadado mató la
+bujía de que iba armada la duquesa, y el duque de Osuna, que acudía al
+lado del rey, que estaba en el coro, se dió un tropezón con ella. De
+modo que, si el viento no destruye á la _Invencible_, y si otro soplo de
+viento no mata la luz de doña Juana de Velasco, Juan... Montiño no
+existiría.
+
+--Y si vos no estuviérais en todas partes, no sabríais ese secreto
+endiablado de hace veintidós años, ni este otro secreto reciente... Os
+pido por caridad, hermano bufón, que calléis, que calléis como habéis
+callado acerca del secreto de la duquesa... y como nos embrollamos y nos
+revolvemos, bueno será que volvamos á buscar el hilo. Decíamos...
+
+--Justo, decíamos á propósito de si el rey era pieza mayor ó menor...
+
+--A propósito de eso habíamos ido á dar en don Rodrigo, y á propósito de
+don Rodrigo, en ese mancebo que ha entrado secretamente en el cuarto de
+la reina. Decíamos, ó decía yo, que está enamorado como un loco de la
+dama que le ha metido en el lance; pero él no conoce á esa dama...
+
+--¿Que no la conoce y está enamorado?
+
+--Cosas de mozos; se ha enamorado á bulto.
+
+--Pues mirad: ha acertado en enamorarse, porque eso tiene ahorrado para
+cuando la vea el semblante.
+
+--¿Pero quién es ella? ¿habremos tropezado con otra pieza mayor?
+
+--No por cierto; se trata de una doncella que, á pesar de su hermosura,
+nunca ha tenido novio.
+
+--El nombre, tío Manolillo, el nombre.
+
+--Doña Clara Soldevilla.
+
+--La hermosa, la hermosísima hija, digo, si en los dos años que no la
+veo no la han dado viruelas, la matadora de corazones, engendrada por el
+buen Ignacio Soldevilla. ¿Y dónde está su padre?
+
+--En Nápoles con el duque de Osuna.
+
+-¡Ah! ¡diablo! ¡diablo! paréceme que si los muchachos se quieren,
+podremos tener boda; pero maravíllame que doña Clara, que no le ha
+conocido hasta esta noche...
+
+--Aquí debe de haber algo... y algo grave--dijo el tío Manolillo--, en
+lo que acaso yo no tenga poca parte.
+
+--Explicáos por Dios, hermano.
+
+--Explícome, y para explicarme pregunto: ¿dónde ha visto á don Juan
+Girón?...
+
+--Juan Montiño, hermano, Juan Montiño.
+
+--Bien, ¿dónde ha visto Juan Montiño á doña Clara?
+
+--En la calle.
+
+--¡En la calle!
+
+--Amparóse de él al verse perseguida por don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Ah, me parece que voy trasluciendo! ¿Y dónde llevó doña Clara á
+Montiño?
+
+--Callejeóle de lo lindo, largóse, y le metió en un lance de estocadas
+con don Rodrigo.
+
+--De cuyo lance...
+
+--No por cierto... contentóse con desarmarle y se fué á buscar á su tío
+postizo á casa del duque de Lerma.
+
+--¿Y cuándo hirió ó mató ese joven á don Rodrigo?
+
+--Eso es después.
+
+--¿Y cómo sabéis vos...?
+
+--Encontréle en casa del duque de Lerma, á donde yo iba en busca del
+cocinero mayor, y le metí en la casa. Pero en la puerta me encontré
+antes de hablar con Montiño... ¿á quién diréis que me encontré?...
+
+--No adivino.
+
+--A Francisco de Juara.
+
+--Lacayo y puñal de don Rodrigo Calderón... ¡ah! ¡ah! ¡hermano Quevedo,
+y qué conocimientos tenéis!
+
+--El conocer no pesa. Francisco de Juara me contó lo que había
+acontecido á su señor con Juan Montiño, y Juan Montiño se alegró mucho
+en hallarme y yo de hallarle y... pero vamos al secreto. Yo iba á casa
+del duque de Lerma con una carta de la duquesa de Gandía para el duque,
+que me había dado la condesa de Lemos, con quien tropecé cuando iba al
+alcázar en busca del cocinero mayor... de modo que, válame Dios y qué
+rastra suelen traer las cosas; ahora se me ocurre que el buen rey don
+Felipe el II tiene la culpa de mi encontrón con la condesa de Lemos.
+
+--¡Pardiez, no atino!
+
+--Ciertamente; si al rey don Felipe no se le hubiera ocurrido armar la
+_Invencible_ y enviarla á saludar á la reina de Inglaterra, la tempestad
+no hubiera deshecho la armada; no hubiera ido un jinete al Escorial á
+dar al rey la nueva del fracaso; la duquesa de Gandía no hubiera ido al
+cuarto de la infanta doña Catalina, ni el duque de Osuna al coro en
+busca del rey; no se hubieran encontrado, pues, á obscuras duquesa y
+duque; no hubiera nacido Juan, y no existiendo Juan, al soltarme de San
+Marcos me hubiera yo ido á Nápoles en vez de venirme á Madrid, y no me
+hubiera encontrado con la buena, buenísima hija del duque de Lerma: ni
+ella me hubiera dado la carta de la camarera mayor para su padre, ni por
+consecuencia, hubiera yo encontrado en el zaguán del duque á Juan
+Montiño, ni hubiera salido por el postigo de la casa del duque después
+de haber hablado con su excelencia, ni hubiera encontrado á Juan
+Montiño, que me acometió equivocándome con don Rodrigo, á quien esperaba
+para matarle, y si yo no hubiera estado allí cuando don Rodrigo salió,
+Juan Montiño muere; porque Francisco de Juara, que guardaba las espaldas
+á don Rodrigo, no se hubiera encontrado con mi espada, hubiera dado un
+mal golpe por detrás á nuestro mancebo, mientras don Rodrigo le
+entretenía por delante. De modo que puede decirse que si el rey don
+Felipe no envía á la _Invencible_ contra Inglaterra, no sucede nada de
+lo gravísimo que ha sucedido esta noche.
+
+--Desenmarañemos este enredo, y pongámosle claro para dominarle, hermano
+Quevedo. Decís vos que ese mancebo entró en casa del duque de Lerma
+amparado de vos, y pudo ver á su tío.
+
+--Eso es.
+
+--Que después encontrásteis á ese mozo al salir por el postigo del duque
+esperando á don Rodrigo para matarle.
+
+--Verdad.
+
+--Ahora bien; ¿por qué quería matar ese mozo á don Rodrigo?--repuso el
+bufón.
+
+--Porque decía había comprometido el honor de una dama.
+
+Quedóse profundamente pensativo el bufón, como quien reconcentra todas
+sus facultades para obtener la resolución de un misterio.
+
+--¡El cocinero mayor de su majestad--dijo el bufón--, es usurero!
+
+--¿Qué tiene que ver ese pecado mortal de Francisco Montiño para nuestro
+secreto?
+
+--Esperad, esperad. El señor Francisco Montiño se vale para sus usuras,
+de cierto bribón que se llama Gabriel Cornejo.
+
+--Veamos, veamos á dónde vais á parar.
+
+--Me parece que voy viendo claro. Ese Gabriel Cornejo, que á más de
+usurero y corredor de amores, es brujo y asesino, sabe por torpeza mía
+un secreto.
+
+--¡Un secreto!
+
+--Sabe que yo quiero ó quería matar á don Rodrigo Calderón. Sabe además
+otro secreto por otra torpeza de Dorotea, esto es, que don Rodrigo
+Calderón tiene ó tenía cartas de amor de la reina.
+
+--¡Tenía! ¡Tenía!--dijo con arranque Quevedo--. Decís bien, tío
+Manolillo, decís bien, vamos viendo claro; ya sé, ya sé lo que Juan
+Montiño buscaba sobre don Rodrigo Calderón cuando le tenía herido ó
+muerto á sus pies. Lo que buscaba ese joven eran las cartas de la reina;
+para entregar esas cartas era su venida á palacio, para eso, y no más
+que para eso, ha entrado en el cuarto de su majestad.
+
+--Pues si ese caballero ha entregado á la reina esas cartas, y don
+Rodrigo Calderón no muere... ¿qué importa que muera don Rodrigo...?
+siempre quedarán el duque de Lerma, el conde de Olivares, el duque de
+Uceda, enemigos todos de su majestad; si esas terribles cartas han dado
+en manos de su majestad, ésta se creerá libre y salvada, y apretará sin
+miedo, porque es valiente y la ayuda el padre Aliaga...
+
+--Y la ayudo yo...
+
+--Y yo... y yo también... pero... son infames y miserables, y la reina
+está perdida... está muerta..
+
+--¡Muerta! ¡Se atreverán! y aunque se atrevan... ¿podrán...?
+
+--Sí, sí por cierto; y para probaros que pueden, os voy á nombrar otras
+de las piezas mayores que se abrigan en el alcázar.
+
+--¡Ah! ¡Otra pieza mayor!
+
+--Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.
+
+--¡Ah! ¡También el buen Montiño!
+
+--Lo merece por haber inventado el extraño guiso de cuernos de venado
+que sirve con mucha frecuencia al rey.
+
+--Contadme, contadme eso, hermano. ¡Enredo más enmarañado! ¡Y no sé, no
+sé cómo se ha atrevido, porque su difunta esposa...!
+
+--La maestra de los pajes...
+
+--¡Y qué oronda y qué fresca que era! ¡Y qué aficionada á los buenos
+bocados!
+
+--Y creo que el bueno del cocinero hubo de notar que había ratones en la
+despensa; pero no dió con el ratón.
+
+--Y ya debe estar crecida y hermosa Inesita.
+
+--¡Pobre Montiño...!
+
+--Hereje impenitente... pero sepamos quién es ahora el ratón de su
+despensa.
+
+--No es ratón, sino rata y tremenda... el sargento mayor, don Juan de
+Guzmán.
+
+--¿El que mató al marido de cierta bribona á quien galanteaba, y partió
+con ella los doblones que el difunto había ahorrado, por cuyo delito le
+ahorcan si no anda por medio don Rodrigo...?
+
+--El mismo.
+
+--Ha mandado don Rodrigo á ese hurtado á la horca que enamore á la mujer
+de Francisco Montiño...
+
+--Como que la hermosa Luisa entra cuando quiere en las cocinas de su
+majestad, y nadie la impide de que levante coberteras y descubra
+cacerolas.
+
+--No creí, no creí que llegase á tanto el malvado ingenio de don
+Rodrigo. Pero bueno es sospechar mal para prevenirse bien. Alégrome de
+haberos encontrado, amigo bufón, porque Dios nos descubre marañas que
+deshacer... y las desharemos ó podremos poco. Pero contadme, contadme:
+¿en qué estado se encuentran los amores del sargento mayor y de la mayor
+cocinera?
+
+El tío Manolillo no contestó; había levando la cabeza, y puéstose en la
+actitud de la mayor atención.
+
+--¿Qué escucháis?--dijo Quevedo.
+
+--¡Eh! ¡Silencio!--dijo el bufón levantándose de repente y apagando la
+luz.
+
+--¿Qué hacéis?
+
+--Me prevengo. Procuro, que si miran por el ojo de la cerradura de la
+otra puerta no vean luz bajo ésta. Es necesario que me crean dormido;
+necesitan pasar por delante de mi aposento y me temen. Pero se acercan.
+Callad y oíd.
+
+--Quevedo concentró toda su vida, toda su actividad, toda su atención en
+sus oídos, y en efecto, oyó unas levísimas pisadas como de persona
+descalza, que se detuvieron junto á la puerta del bufón.
+
+Durante algún espacio nada se oyó. Luego se escucharon sordas y
+contenidas las mismas leves pisadas, se alejaron, se perdieron.
+
+--¿Es él?--dijo Quevedo.
+
+--El debe ser; pero el cocinero mayor... ¿cómo se atreve ese hombre?...
+
+--Francisco Montiño no está en Madrid esta noche.
+
+--¡Ah! ¿pues qué cosa grave ha sucedido para que deje sola su casa?
+
+--Según me ha dicho su sobrino postizo, ha ido á Navalcarnero, donde
+queda agonizando un hermano suyo.
+
+--¡Oh! entonces el que ha pasado es el sargento mayor Juan de Guzmán.
+
+Y el bufón se levantó y abrió la ventana de su mechinal.
+
+--¿Qué hacéis, hermano? cerrad, que corre ese vientecillo que afeita.
+
+--Obscuro como boca de lobo--dijo el bufón.
+
+--¿Y qué nos da de eso?
+
+--Y lloviendo.
+
+--Pero explicáos.
+
+--¿Queréis ver al ratón en la ratonera junto al queso?
+
+--¡Diablo!--dijo Quevedo--. ¿Y para qué?
+
+Y después de un momento de meditación, añadió:
+
+--Si quiero.
+
+--Pues quitáos los zapatos.
+
+--¿Para salir al tejado?
+
+--No tanto. Por aquí se sale á las almenas viejas, y por las almenas se
+entra en los desvanes, y por los desvanes se va á muchas partes. Por
+ejemplo, al almenar á donde cae la ventana del dormitorio del cocinero
+de su majestad.
+
+--Pues no hay que preguntarme otra vez si quiero--dijo Quevedo
+quitándose los zapatos.
+
+--No dejéis aquí vuestro calzado, porque saldremos por otra parte.
+
+--Ya sabía yo que érais el hurón del alcázar.
+
+--Como me fastidio y sufro y nada tengo que hacer, husmeo y encuentro, y
+averiguo maravillas. ¿Estáis listo ya, don Francisco?
+
+--Zapatos en cinta me tenéis, y preparado á todo.
+
+--No os dejéis la linterna.
+
+--¿Qué es dejar? Nunca de ella me desamparo; cerrada encendida la
+llevo, y haciendo compañía á mis zapatos. ¿Estáis vos ya fuera?
+
+--Fuera estoy.
+
+--Pues allá voy y esperadme. Eso es. ¿Y sabéis que aunque viejo no
+habéis perdido las fuerzas? Me habéis sacado al terrado como si fuera
+una pluma. Estas piernas mías... parece providencia de Dios para muchas
+cosas el que yo no pueda andar de prisa ni valerme.
+
+--Dadme la mano.
+
+--Tomad.
+
+--Estamos en los desvanes.
+
+--Mi linterna me valga.
+
+--Nos viene de molde, porque estos desvanes son endiablados.
+
+--_Fiat lux_--dijo Quevedo abriendo la linterna.
+
+Encontrábanse en un desván espacioso, pero interrumpido á cada paso por
+maderos desiguales. El bufón empezó á andar encorvado y cojeando por
+aquel laberinto.
+
+De repente se detuvo y enseñó un boquerón á Quevedo.
+
+--¿Y qué es eso?--dijo don Francisco.
+
+--Esto es una providencia de Dios.
+
+--Más claro.
+
+--Eso era antes un tabique.
+
+--¿Y ocultaba algo bueno?
+
+--Una escalera de caracol.
+
+--¿Y á dónde va á parar esa escalera?
+
+--A muchas partes, entre ellas á la cámara del rey y de la reina, y á
+las cuevas del alcázar.
+
+--¿Y cómo dísteis con ese tesoro, hermano?
+
+--Buscando un gato que se me había huído.
+
+--Sois el diablo familiar del alcázar.
+
+--Sigamos adelante, que luego volveremos por aquí.
+
+--Sigamos, pues.
+
+Anduvieron algún espacio.
+
+--Dadme la mano y cerrad la linterna.
+
+--¿Hemos llegado?
+
+--Estamos cerca.
+
+--_Fiant tenebræ_--dijo Quevedo cerrando la linterna.
+
+--Ahora venid; venid tras de mí en silencio y veréis y oiréis.
+
+Zumbaba el viento, llovía, y el viento y la lluvia y la obscuridad de la
+noche protegían á los dos singulares expedicionarios.
+
+[imagen: ¿Y qué es eso?]
+
+Marchaban entre un tejado y un almenar.
+
+De repente el bufón asió á Quevedo, y le volvió sobre su derecha.
+
+Entonces Quevedo vió frente á él una ventana, y por algunos agujeros de
+ésta el reflejo de una luz en el interior.
+
+Quevedo acercó su semblante y pegó sus antiparras á uno de aquellos
+agujeros, y el bufón á su lado, se puso asimismo en acecho.
+
+En aquel mismo punto dió el reloj del alcázar las tres de la mañana.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XV
+
+DE LO QUE VIERON Y OYERON DESDE SU ACECHADERO QUEVEDO Y EL BUFÓN DEL REY
+
+
+Un hombre se paseaba en una habitación muy pequeña y harto humildemente
+alhajada.
+
+Una estera de esparto, algunas sillas, una mesa sobre la que ardía una
+lamparilla delante de una Virgen de los Dolores, pintada al óleo, y
+algunas estampas en marcos negros sobre las paredes blancas, componían
+todo el menaje de aquella habitación.
+
+Al fondo había una puerta cubierta con una cortina blanca.
+
+Sentada en una silla, junto á una mesa, apoyado en ella un brazo, y en
+la mano la cabeza, había una mujer joven y hermosa, pero triste,
+pensativa y á todas luces contrariada.
+
+Esta mujer era Luisa, la esposa del cocinero mayor de su majestad.
+
+Blanca, blanquísima, pelinegra y ojinegra, gruesecita, de mediana
+estatura, si no se descubría en ella esa distinción, esa delicadeza que
+tanto realza á la hermosura, no podía negarse que era hermosa, muy
+hermosa, pero con una hermosura plebeya, permítasenos esta frase.
+
+Había en ella sobra de vida, sobra de voluntad, violencia de pasiones,
+disgusto profundo de su suerte, todo esto representado y como
+estereotipado en su semblante. Estaba, como dijimos anteriormente,
+encinta de una manera abultada, y vestía sencilla, más que sencilla,
+miserablemente.
+
+El hombre que se paseaba en la habitación y hablaba casi por monosílabos
+y lentamente con Luisa, era un hombre alto, fornido, soldadote en el
+ademán, en el traje y en la expresión, con cabellera revuelta, frente
+cobriza, ojos negros, móviles y penetrantes, mejillas rubicundas y
+grandes mostachos retorcidos. Vestía una gorra de velludo con presilla
+de acero, un coleto de ante, cruzado por una banda roja, una loba
+abierta de paño burdo que dejaba ver el coleto, la banda y un ancho
+talabarte de que pendía una enorme espada, unas calzas rojas imitadas á
+grana, y unos zapatos altos.
+
+Este hombre, en el conjunto, podía llamarse buen mozo, uno de esos
+Rolandos lo más á propósito para volver el seso á ciertas mujeres que
+pertenecían á cierta clase media, despreciadoras de gente menuda, que no
+podían aspirar á los amores de los caballeros de alto estado, y que se
+contentaban y aun se daban por dichosas con los amores de hidalgos del
+porte y talante del sargento mayor don Juan de Guzmán, que era el hombre
+que hemos descrito, que se paseaba en el profanado dormitorio de
+Francisco Montiño y que hablaba por monosílabos con su mujer.
+
+--Es preciso... pues... sí... de otro modo...--decía este hombre cuando
+el bufón y Quevedo se pusieron en acecho.
+
+Tembló toda Luisa.
+
+--Ha sido herido, casi muerto--añadió el soldadote.
+
+--Pero yo...
+
+--Sí; tú no tienes la culpa de que don Rodrigo Calderón haya tenido un
+mal encuentro, pero esto me impide pasar la noche á tu lado.
+
+--¿Tienes miedo?--dijo Luisa.
+
+--¡Miedo! ¿Y de qué?--dijo Guzmán--; es cierto que todo marido, aunque
+sea tan ruin y tan cobarde como el tuyo, es respetable; no sé qué tienen
+los maridos; pero cuando él llama por allá yo escapo por ahí.
+
+Y el sargento mayor señaló la ventana.
+
+--Bueno es saberlo--dijo para sí Quevedo, probando si su daga salía con
+facilidad de la vaina.
+
+--Me alegro por otra parte de que el bueno de Montiño haya tenido que ir
+á ver á su hermano. Tenía que hablarte.
+
+--Yo también. Desde el día en que te vi estoy sufriendo, Juan. Primero,
+porque te amé, luego... porque cuando te amé conocí lo horrible que era
+estar unida para toda la vida con un marido como el mío. Hace seis meses
+que te escuché, y poco menos tiempo que te recibí en esta habitación por
+primera vez. La vida se me hace insoportable, Juan. Yo no puedo vivir
+así. Se pasan semanas y aun meses sin que podamos hablar... me veo
+obligada á contentarme con verte cruzar allá abajo por lo hondo del
+patio paseando con ese eterno amigo tuyo de quien tengo celos... me
+parece que le quieres más que á mí, que á mí me tomas por
+entretenimiento.
+
+--¡Dios de Dios!--exclamó el sargento mayor, atusándose el mostacho y
+parándose delante de Luisa, el un pie adelante, afirmando el cuerpo en
+el otro y la mano en la cadera; ¿pues por qué, buena moza, no estoy yo
+ahora en Nápoles?
+
+--¿Qué diablos tendrá que hacer este tunante en Nápoles?--pensó
+Quevedo--; oigamos, y palabras al saco.
+
+--Es que si tú te fueras y no me llevaras, yo moriría de pesar.
+
+--Descuida, descuida, paloma mía--dijo volviendo á su paseo el
+soldado--, que en concluyendo cierta empresa que tenemos acá entre
+manos, iremos á Nápoles á concluir otra. Tú no sabes bien con qué hombre
+tratas y qué hombres tratan con él.
+
+--Lo que es el que pasa contigo por los corredores bajos de palacio no
+me gusta nada--dijo Luisa--, tiene el mirar de traidor.
+
+--¡Ah! ¡Agustín de Avila, el honrado alguacil de casa y corte! Pues
+mira, él no dice de ti lo mismo. Sólo se le ocurre un defecto que
+ponerte.
+
+--Me importa poco.
+
+--Maravíllase mi amigo de que teniendo por amante un hombre tal como yo,
+puedas vivir al lado de un marido tal como el tuyo.
+
+--¿Y qué le he de hacer?
+
+--Ya te lo he dicho...
+
+--¡Oh! ¡nunca!... ¡nunca!... ¡qué horror!--exclamó Luisa.
+
+--Pues será necesario que renuncies á verme.
+
+--¡Juan!--exclamó Luisa, cuyos ojos se llenaron de lágrimas.
+
+--Preciso de todo punto: las cosas se ponen de manera que no se puede
+pasar más adelante. ¿No oyes que esta noche la reina ha salido á la
+calle?
+
+--¡Oh! no, eso no puede ser.
+
+--¿Que la amparaba un hombre desconocido?...
+
+--¡Dios mío! ¿pero qué tengo yo que ver con todo eso?
+
+--Que ese hombre ha herido malamente á don Rodrigo Calderón.
+
+--¿Y á ti qué te importa?
+
+--Luisa, todo lo que soy, lo debo á don Rodrigo.
+
+--Bueno es ser agradecidos, pero cuando no nos piden imposibles.
+
+--Nada hay imposible cuando se ama.
+
+--Don Rodrigo no puede pedirte tanto.
+
+--Debo á don Rodrigo el no haber dado en la horca.
+
+--¡En la horca tú! ¿y por qué?
+
+--Por una calumnia. Pero tal, que si no hubiera mediado don Rodrigo...
+
+--¿Y qué te cargaron?
+
+--¡Bah! ¡poca cosa! Haber envenenado al marido de una querida mía.
+
+--¿Y eso es verdad?--dijo estremeciéndose Luisa.
+
+--Ni por asomo; pero como yo era amigo del marido y entraba en la casa
+aun cuando él no estaba, y la mujer era una moza garrida, y un día
+amaneció muerto el marido, y dieron en decir los que le vieron que tenía
+manchas en el rostro...
+
+--¿Y eso era verdad?
+
+--Pudo serlo, pero no lo era. Pues tanto dijeron y murmuraron y hubo
+tantos que supusieron que yo era el causante de aquella muerte, que
+dieron con los dos, con ella y conmigo, en la cárcel.
+
+--¡Dios mío!
+
+--Ella murió.
+
+--¿La ajusticiaron?
+
+--Tanto da, porque la pusieron al tormento y no pudo resistir.
+
+--¡Dios mío! ¿Y á ti no te atormentaron?
+
+--Sí, pero el alcalde y el escribano eran amigos; mejor: les había
+hablado don Rodrigo, y aun más que hablado, y lo del tormento quedó en
+ceremonia. Dos meses después estuve libre y salvo y declarada mi
+inocencia, y para satisfacerme, de capitán que era de la guardia
+encarnada, hízome su majestad, por los buenos oficios del duque de
+Lerma, á quien don Rodrigo había dicho mucho bien mío, sargento mayor de
+la guardia española: mira, pues, si estoy obligado á servir á don
+Rodrigo.
+
+--¡Juan! ¡Juan! ¡por Dios! no me obligues á lo que yo no quiero hacer.
+
+--¿Pero á ti qué te importa? Toda la culpa caerá sobre tu marido.
+
+--¡Y si le ahorcaran inocente!... ¡no y no!
+
+--Pues bien, no me volverás á ver.
+
+--No, tampoco.
+
+--¿En qué quedamos, pues? ¿no te digo que estoy haciendo falta en
+Nápoles?
+
+--Echad abajo la ventana con vuestras fuerzas de toro, hermano--dijo
+rápidamente Quevedo al oído del bufón.
+
+--Paciencia y calma, y dejemos que corra el ovillo--dijo el bufón.
+
+Una ráfaga de viento arrastró las palabras de Quevedo y del tío
+Manolillo.
+
+Habíase distraído Quevedo, y cuando volvió á mirar, vió que don Juan de
+Guzmán mostraba á Luisa un objeto envuelto en un papel, sobre el cual
+arrojó una mirada medrosa Luisa.
+
+--No, no--repitió la joven--. ¡Qué horror!
+
+--Pues bien--dijo el sargento mayor guardando el papel con una horrible
+sangre fría--, no hablemos más de eso. Adiós.
+
+Y se dirigió á la puerta.
+
+--No, no--dijo Luisa arrojándose á su cuello--, lo pensaré.
+
+--Pues bien, piénsalo y... si te resuelves, pon por fuera de la ventana
+un pañuelo encarnado.
+
+--Bien, sí, ¿pero te vas?
+
+--Es preciso, preciso de todo punto; no puedo detenerme ni un momento.
+No sabes, no sabes lo que sucede.
+
+--¡Oh, Dios mío! ¡y sabe Dios cuándo podremos volvernos á ver!
+
+--Cuando volvamos á vernos será para no separarnos. Pero adiós, adiós,
+que estoy haciendo falta en otra parte.
+
+-¿Dónde hará falta este pícaro?--dijo Quevedo.
+
+Oyóse entonce un beso dentro de la habitación. Cuando miró Quevedo de
+nuevo por los agujeros, ni Luisa ni don Juan de Guzmán estaban en la
+estancia.
+
+--Nada tenemos que hacer ya aquí--dijo el tío Manolillo. Yo lo
+sospechaba, pero no había creído que se diesen tanta prisa. ¿Y no haber
+muerto ese infame de don Rodrigo? ¿tenía acaso las manos de lana el
+bastardo de Osuna? Pues no, cuando su padre daba un golpe no le daba en
+vano.
+
+--Desengañáos, desengañáos, hermano Manolillo--dijo Quevedo--: hay
+hombres que tienen siete vidas como los gatos.
+
+Y volvióse bruscamente hacia el almenar, y poniendo en él las manos,
+exclamó con ronca voz entre las tinieblas:
+
+--¡Ah! ¡infame alcázar, cueva de la tiranía, almacén de pecados, arca de
+inmundicias, maldígate Dios, maldígate como yo te maldigo!
+
+--¡Oh!, sí, maldiga Dios estos alcázares de la soberbia, donde sólo se
+respira un aire de infamia--exclamó el bufón.
+
+--Un día soplará viento de venganza, y estos alcázares serán barridos
+como las hojas secas--murmuró con acento profético Quevedo--. Pero hasta
+entonces, ¡cuánto crimen, cuánta sangre, cuántas lágrimas!
+
+--Habéis visto lo alto del alcázar, hermano don Francisco, y voy á
+llevaros á que veáis lo bajo. Seguidme.
+
+--En buen hora sea, vamos á sorprender al alcázar en otra hora mala.
+
+--Llegamos á los desvanes; bajad la cabeza, hay cinco escalones.
+
+Poco después añadió el bufón:
+
+--Abrid la linterna. Voy á llevaros á la cámara de la reina.
+
+--Vamos, hermano, vamos, y que Dios nos tome en cuenta esta aventura
+gatuna, y el no haberla dado buena de esa infame adúltera y de ese
+rufián asesino.
+
+--No hubiera sido prudente matar á don Juan de Guzmán; hubiera sido
+romper una de las cien manos de que se valen los traidores, y nada más;
+les sobrarían medios de llevar á cabo sus proyectos, de modo que acaso
+no podríamos conocerlos y estar á punto para destruirlos. Confiad en mí,
+que ni duermo ni reposo, que estoy siempre alerta, y que como decís muy
+bien, soy el mochuelo del alcázar, y que contando con vos, don
+Francisco, nada temo. Don Rodrigo se nos escapa; pero juro á Dios, que
+como el diablo no le ayude...
+
+--Diablo y aun diablos debe tener al lado, cuando esta noche no ha dado
+con él al traste el bravo Juan Montiño. Pero dejad, dejad, yo tengo una
+espada tal y tan maestra que ella sola se va á donde conviene y no toca
+á un hombre que no le mate. Pero si no me engaño, estamos en el negro
+boquerón que vos encontrásteis tapiado cuando buscábais á vuestro gato.
+
+--Y providencia de Dios fué que se me ocurriera destapiarle, porque yo
+me dije: detrás de ese tabique debe haber algo, algo que yo no conozco,
+y eso que me son familiares todos los escondrijos del alcázar: como que
+he nacido en él, y en él he pasado los cincuenta años de mi vida.
+Destapé y hallé con alegría lo que nadie conoce más que yo, y lo que
+vos vais á conocer. Entremos.
+
+Dirigiéronse al negro boquerón, y Quevedo se encontró en lo alto de unas
+polvorientas escaleras de piedra, y tan estrecho el caracol, que apenas
+cabía por él una persona; aquella escalera estaba abierta, sin duda, en
+el grueso muro.
+
+Empezaron á descender.
+
+Quevedo contaba los escalones.
+
+A los ochenta, el bufón tomó por una estrecha abertura abovedada.
+
+La escalera continuaba.
+
+--Por aquí--dijo el bufón.
+
+Y siguió por el pasadizo.
+
+A los cien pasos abrió una puerta, y siguió por el mismo pasadizo, que
+se ensanchaba algo más.
+
+A los pocos pasos se detuvo junto á una puerta situada á la izquierda.
+
+--Mirad--dijo á Quevedo--: esta puerta secreta corresponde al dormitorio
+de su majestad.
+
+--¡Ah!, ¿y para qué os detenéis? ¿qué vamos á hacer en el dormitorio de
+la reina?
+
+--Mirad, mirad, y veréis algo que os asombrará.
+
+--¿Y cómo miro? ¿creéis acaso que yo tengo la virtud de ver á través de
+las paredes, como al través del vidrio de mis antiparras?
+
+--Yo, para observar, he abierto dos agujeros pequeños. Helos aquí.
+
+--¡Ah! ¡famosa catalineta real!--dijo Quevedo arrimando sus espejuelos á
+las dos pequeñas perforaciones que le había mostrado el bufón.
+
+--¡Jesucristo!--exclamó Quevedo en voz muy baja--: ¿sera verdad lo que
+me habéis dicho acerca de ser pieza mayor el rey? En el lecho de la
+reina, más allá de ella, á quien da la luz de la lámpara sobre el bello
+semblante dormido, hay un bulto. Y en un sillón junto al lecho, vestidos
+de hombre.
+
+--Y un rosario de perlas.
+
+--¡Ah! ¡es el rey!
+
+--¿Pues quién otro pudiera ser, ahí, en ese dormitorio y en ese lecho?
+
+--¡Maravilla! ¡milagro! ¡y la reina parece feliz y satisfecha, sonríe á
+sus sueños!
+
+--Guárdela Dios á la infeliz--dijo el bufón--; pero sigamos.
+
+--Duerman en paz sus majestades--dijo Quevedo siguiendo al bufón.
+
+Este se detuvo un poco más allá.
+
+--Aquí hay otra puerta--dijo--, y en ella otros dos agujeros. Mirad.
+
+--¡Ah!--dijo Quevedo mirando--, ¡ah corazón mío! ¡guarda, guarda y no
+latas tan fuerte, que te pueden oír!
+
+--¿Qué veis, que murmuráis, don Francisco?
+
+--Veo á la condesa de Lemos que vela... y que llora.
+
+--¡Ah! ¿y no se os abre el corazón?
+
+--Abriera yo mejor esta puerta.
+
+--No quedará por eso si queréis; pero luego: seguidme y veréis más.
+
+--¿Y qué más veré?
+
+--Habéis visto á la hija llorando; y es muy posible que veáis al padre
+rabiando.
+
+--¿Y qué hace en el alcázar su excelencia?
+
+--Ha venido á ver al rey y no le ha encontrado en su cámara: le han
+dicho que el rey está en la cámara de la reina, y si se le ha puesto
+saber hasta qué hora están juntos sus majestades, se habrá quedado sin
+duda en la cámara real; pero hablemos bajo no sea que nos oigan.
+
+--Para no ser oídos, lo mejor es ser callados.
+
+--Aquí--dijo con acento imperceptible el bufón, señalando otra puerta y
+en ella otros dos agujeros.
+
+El bufón no se había engañado: el duque de Lerma velaba en la cámara
+real; pero no estaba solo.
+
+En el momento en que se puso en acecho Quevedo, un ujier acababa de
+introducir en la cámara á un hombre vestido de negro á la usanza de los
+alguaciles de entonces: era alto y seco, de rostro afilado, grandes
+narices, expresión redomada y astuta, y parecía tener un doble miedo por
+el lugar en que había entrado, y por la persona ante quien se
+encontraba.
+
+--¿Tú eres Agustín de Avila, alguacil de casa y corte?--dijo el duque.
+
+--Humildísimo siervo de vuecencia--dijo el corchete mientras Quevedo
+apuntaba en el libro de su memoria el nombre y la catadura del
+preguntado.
+
+--¿Has visto á don Rodrigo Calderón que está herido en mi casa?
+
+--Sí, señor.
+
+--Te habrá dado instrucciones.
+
+--Y las he cumplido, señor; sé quién es el delincuente, ó por mejor
+decir, los delincuentes.
+
+--Yo debí de haber matado á Francisco de Juara--pensó Quevedo--; á veces
+la caridad es tonta, estúpida. Acúsome de necio: encerrado me doy.
+
+El alguacil entre tanto sacaba un mamotreto de entre su ropilla.
+
+--He aquí las diligencias de la averiguación de ese delito,
+excelentísimo señor--dijo el corchete.
+
+--Diligencias que habréis hecho vos solo, sin intervención de otra
+persona alguna.
+
+--Sí, señor.
+
+--Leed.
+
+--«Yo, Agustín de Avila...»
+
+--Adelante.
+
+«...llamado por su señoría el señor conde de la Oliva...»
+
+--Adelante, adelante.
+
+«...encontré á su señoría herido malamente...»
+
+--Al asunto.
+
+«...Preguntado Francisco de Juara, lacayo del señor conde de La Oliva
+dónde había estado esta noche desde su principio y con qué personas
+había hablado, dijo: que al principio de la noche, su señor le mandó
+seguir á un embozado; que habiéndole seguido, el embozado se entró en el
+zaguán de las casas que en esta corte tiene el excelentísimo señor duque
+de...»
+
+--Adelante.
+
+«...Que los porteros no dejaron entrar al embozado, que se sentó en el
+poyo del zaguán. Que el declarante se puso á esperarle; que á poco entró
+en el zaguán don Francisco de Quevedo y Villegas...»
+
+--¡Ah!--dijo el duque.
+
+--¡Pecador de mí!--murmuró Quevedo.
+
+«...Que el embozado á quien el declarante vigilaba, habló con don
+Francisco, y que amparado por éste, dejáronle subir los porteros; que el
+que declara, se quedó esperando; que bien pasadas dos horas, el mismo
+embozado que había entrado en casa del señor duque, salió acompañado del
+señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, y que
+entrambos rodearon la manzana, y se detuvieron junto al postigo de la
+casa de su excelencia, donde estuvieron hablando algún espacio, después
+de lo cual, el cocinero mayor partióse, y el embozado se quedó escondido
+en un zaguán frente al postigo de la citada casa de su excelencia. Que
+el declarante se quedó observándole á lo lejos. Que algún rato después
+se abrió el postigo de la casa del duque y salió un hombre sobre el cual
+se arrojó á cuchilladas el embozado que estaba escondido; que á poco las
+cuchilladas cesaron y el embozado y el otro se dieron las manos,
+hablaron al parecer como dos grandes amigos, y se escondieron en el
+zaguán. Que transcurrida bien una hora, se abrió otra vez el postigo y
+salió un hombre, en quien el declarante conoció, á pesar de lo obscuro
+de la noche, por el andar, á su señor don Rodrigo Calderón; que apenas
+don Rodrigo había andado algunos pasos cuando fué acometido, y que
+queriendo ir el declarante á socorrerle, como era de su obligación, se
+encontró con el otro hombre, que le esperaba daga y espada en mano, y en
+quien á poco tiempo conoció á don Francisco de Quevedo. Que siendo el
+don Francisco, como es notorio, muy diestro, y muy bravo, y muy
+valiente, y viendo el declarante que no podía socorrer á su señor, tomó
+el partido de ir á buscar una ronda, y huyó dando voces. Que á las pocas
+calles encontró un alcalde rondando, y que por de prisa que llegaron al
+lugar de la riña, encontraron á los delincuentes huidos y al señor don
+Rodrigo mal herido y desmayado y abierta la ropilla como si hubiese sido
+robado, rodeado de los criados del señor duque de Lerma, que habían
+acudido con antorchas; que trasladaron al señor don Rodrigo á la casa
+del señor duque, y puesto en un lecho y llamado un cirujano, el alcalde
+tomó declaración indagatoria bajo juramento apostólico al declarante; y
+á los criados del duque.» Esta, excelentísimo señor, es la declaración
+de Francisco de Juara tomada por mí, y á cuyo pie el declarante ha
+puesto una cruz por no saber firmar.
+
+El duque de Lerma se levantó y se puso á pasear hosco y contrariado á lo
+largo de la cámara.
+
+--¿Y no hay más que eso?--dijo después de algunos segundos de silencio.
+
+--Sigue la diligencia de haber buscado al cocinero mayor del rey y de no
+haberle encontrado.
+
+--¿Pues dónde está Montiño?
+
+--Según declaración de su mujer, Luisa de Robles, ha partido á
+Navalcarnero, á donde decía haber ido su esposo á causa de estar
+muriendo un hermano suyo. Preguntada además si sabía que acompañase
+alguien á su marido, contestó que no: pero que podrían saberlo los de
+las caballerizas, porque siempre que Montiño hace un viaje, lo hace
+sobre cabalgaduras de su majestad. Luisa Robles puso una cruz por no
+saber firmar al pie de su declaración.
+
+--Iríais á las caballerizas.
+
+--Ciertamente, señor, y tomando indagaciones, supe que el señor Montiño
+había partido solo con un mozo de espuela. Y como sabía las señas del
+embozado, esto es, sombrero gris, capa parda y botas de gamuza, supe que
+aquel hombre había llegado aquella tarde en un cuartago viejo que me
+enseñaron en las caballerizas, donde le había mandado cuidar el señor
+conde de Olivares, caballerizo mayor del rey.
+
+--¡Cómo! ¿conoce don Gaspar de Guzmán al que ha dado de estocadas á don
+Rodrigo?--dijo Lerma hablando más bien consigo mismo que con el
+alguacil.
+
+--No; no, señor; pero el incógnito había tenido una disputa con un
+palafranero á propósito de su viejo caballo, había querido zurrarle,
+sobrevinieron el señor conde de Olivares y el señor duque de Uceda, y el
+desconocido se descargó diciendo que era sobrino del cocinero mayor de
+su majestad.
+
+--¡Sobrino de Montiño!...--exclamó el duque--. ¿Y no habéis afirmado más
+la prueba del parentesco del reo con el cocinero mayor?
+
+--Sí; sí, señor; como el reo había ido á las cocinas en busca del que
+llamaba su tío, fuí á las cocinas yo. Era ya tarde y solo encontré á un
+galopín que se llama Cosme Aldaba. Díjome que, en efecto, á principios
+de la noche había estado en las cocinas un hidalgo preguntando por su
+tío, y que le habían encaminado á casa de vuecencia, donde se encontraba
+el cocinero mayor.
+
+--¿Volveríais á mi casa?
+
+--Volví.
+
+--¿Preguntaríais á la servidumbre?
+
+--Pregunté.
+
+--¿Y qué averiguásteis?
+
+--Aquí está la declaración de un paje de vuecencia llamado Gonzalo
+Pereda, por la que consta, que el cocinero mayor del rey le mandó servir
+de cenar en la misma casa de vuecencia á un su sobrino, á quien llamó
+Juan Montiño.
+
+--¿De modo que ese Juan Montiño y don Francisco de Quevedo y Villegas
+son amigos?--dijo el duque.
+
+El alguacil se calló.
+
+--Dadme esas diligencias--dijo el duque.
+
+Entrególas el alguacil.
+
+--Idos, y que á persona viviente reveléis lo que habéis averiguado.
+
+--Descuidad, señor--dijo el corchete, y salió de la cámara andando para
+atrás para no volver la espalda al duque.
+
+Cogió éste y examinó minuciosamente los papeles que le había dejado el
+alguacil, y después los guardó en su ropilla y llamó.
+
+--¿Ha venido el señor Gil del Páramo?--dijo á un maestresala que se
+presentó á su llamamiento.
+
+--En la antecámara espera, señor--dijo el maestresala.
+
+--Hacedle entrar.
+
+Entró un hombre de semblante agrio y ceñudo, vestido con el traje de los
+alcaldes de casa y corte, y se inclinó profundamente ante el duque.
+
+--¿Sois vos el que rondaba cuando encontrásteis herido al señor conde de
+la Oliva?
+
+--Sí, excelentísimo señor.
+
+--¿Traéis con vos las diligencias que habéis practicado?
+
+--Sí, excelentísimo señor.
+
+--Dádmelas.
+
+--Tomad, excelentísimo señor.
+
+--Guardad un profundo silencio acerca de lo que sabéis y no procedáis en
+justicia.
+
+--Muy bien, excelentísimo señor.
+
+--Podéis retiraros.
+
+--Guárdeos Dios, excelentísimo señor. El alcalde salió.
+
+El duque se sentó en un sillón y quedó profundamente pensativo.
+
+--¿Te alegras ó te pesa de lo acontecido?--dijo Quevedo, procurando ver
+al través de la inmóvil expresión de aquel semblante--. Allá veremos. En
+cuanto á mí, no me escondo. No por cierto. ¿Cómo he tener yo miedo de un
+hombre que no sabe lo que le sucede? Ahora bien, amigo bufón, ¿queréis
+guiarme á la puerta de la cámara donde está la condesa de Lemos?
+
+--Que no os haga doña Catalina hacer una locura; yo que vos me escondía.
+
+--Pues ved ahí, yo voy ahora más que nunca á darme á luz. Pero guiad,
+hermano, guiad.
+
+El bufón desandó lo andado, llegó frente á una puerta y dijo:
+
+--Aquí es.
+
+--Esperad, esperad y no habléis; reconozcamos antes el campo. En palacio
+es necesario andar con pies de plomo.
+
+--Paréceme que hablan en la cámara.
+
+--Pues escuchemos.
+
+Quevedo observó.
+
+Un gentilhombre estaba respetuosamente descubierto delante de doña
+Catalina.
+
+--¿Conque es decir que la señora camarera mayor--dijo la de Lemos--se ha
+puesto tan enferma que se ha retirado?
+
+--Y os suplica que la reemplacéis, noble y hermosa condesa.
+
+--Muy bien; retiráos.
+
+--¿De todo punto?
+
+--De todo punto; que cierren bien las puertas exteriores y que las
+damas, las meninas y las dueñas se retiren también.
+
+--¿Y se va vuecencia á quedar sola?
+
+--Que esperen dos de mis doncellas en la saleta de afuera.
+
+--Muy bien, señora; Dios dé buenas noches á vuecencia.
+
+--Gracias.
+
+El gentilhombre salió.
+
+Quevedo oyó cerrar las puertas.
+
+La condesa se destrenzó los cabellos, se abrió el justillo, llegó á la
+luz, la apagó, y luego oyó Quevedo como el crujir de un sillón al
+sentarse una persona.
+
+Quevedo cerró su linterna y dijo al bufón:
+
+--Abrid y hasta otro día.
+
+--Pero, hermano don Francisco, ¿os vais á encerrar sin escape en la
+cueva del león?
+
+--La condesa de Lemos cuidará de darme salida.
+
+--Dios quede con vos, hermano.
+
+--Hermano, Él os acompañe.
+
+Crujió levemente la puerta, y en silencio Quevedo adelantó sobre la
+alfombra.
+
+La puerta volvió á cerrarse sin ruido.
+
+Pero la condesa no dormía y percibió los pasos de Quevedo.
+
+--¿Quién va?--dijo á media voz levantándose.
+
+--No gritéis, por Dios, señora de mis ojos--dijo Quevedo--, que el amor
+me trae.
+
+--Os trae Dios--contestó doña Catalina--, porque tenemos mucho que
+hablar.
+
+--Pues hablemos.
+
+--Pero no á obscuras.
+
+Quevedo abrió su linterna.
+
+--Gracias, mi buen caballero--dijo la de Lemos--; ahora sentáos y
+escuchadme.
+
+--Siéntome y escucho.
+
+--Oíd.
+
+Doña Catalina y Quevedo, inclinados el uno hacia el otro, empezaron á
+hablar en voz baja.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XVI
+
+EL CONFESOR DEL REY
+
+
+El capitán Vadillo llevó á Juan Montiño al postigo de la Campanilla, que
+abrieron los guardas de orden del rey, y luego le acompañó hasta el
+convento de Atocha.
+
+Por el camino fueron hablando de la mala noche que hacía, de lo obscuras
+que estaban las calles y de las guerras de Flandes.
+
+Cuando llegaron al convento, el mismo Vadillo tiró de la cuerda de la
+campana de la portería.
+
+Pasó algún tiempo antes de que de adentro diesen señales de vida.
+
+Al fin se abrió el ventanillo enrejado de la puerta, y una voz
+soñolienta dijo:
+
+--¿Qué queréis á estas horas?
+
+--Decid al confesor del rey--dijo Vadillo--que un hidalgo que viene en
+este momento de palacio, le trae una carta de su majestad.
+
+El capitán no sabía si aquella majestad era el rey ó la reina.
+
+--¡Una carta de su majestad...!--dijo con gran respeto el portero--;
+pero es el caso, que su paternidad estará durmiendo.
+
+--Despertadle--dijo Vadillo--, y entre tanto, como hace muy mala noche,
+abrid.
+
+--Voy, voy á abrirles, hermanos--dijo el portero, retirándose del
+ventanillo y dejando notar á poco su vuelta por el ruido de sus llaves.
+
+Abrióse la portería.
+
+--Esperen aquí ó en el claustro, como me mejor quisieren--dijo--; yo voy
+á avisar á fray Luis de Aliaga.
+
+Montiño y Vadillo se pusieron á pasear á lo largo de la portería.
+
+--¿Sabéis que estos benditos padres tienen unas casas que da gozo?--dijo
+el capitán, por decir algo.
+
+--Sí, sí, ciertamente; en este claustro se pueden correr
+caballos--contestó Montiño.
+
+--Dan, sin embargo, cierto pavor esos cuadros negros, alumbrados por
+esas lámparas á medio morir.
+
+--La falta de costumbre.
+
+--Indudablemente. Los benditos padres no se encontrarían muy bien en un
+campo de batalla, como yo me encuentro aquí muy mal; corre un viento que
+afeita, y se hace sentir aquí mucho más que en el campo. Esas crujías...
+con vuestra licencia, mejor estaríamos en el aposento del portero.
+
+--¿Quién es el hidalgo portador de la carta de su majestad?--dijo el
+frailuco desde la subida de las escaleras--; adelante, hermano, y
+sígame.
+
+--Entráos, entráos vos en el aposento del portero, amigo, y hasta luego.
+
+--Hasta luego.
+
+Y Juan Montiño tiró hacia las escaleras, y siguiendo al lego portero
+recorrió el claustro alto hasta el fondo de una obscura crujía, donde el
+lego abrió una puerta.
+
+--Nuestro padre--dijo el lego--, aquí está el hidalgo que viene de
+palacio.
+
+--Adelante--dijo desde dentro una voz dulce, pero firme y sonora.
+
+Montiño entró.
+
+El lego se alejó después de haber cerrado cuidadosamente la puerta.
+
+Encontróse Montiño en una celda extensa, esterada, modestamente
+amueblada, y cuya suave temperatura estaba sostenida por el fuego
+moderado de una chimenea.
+
+En las paredes había numerosas imágenes de santos pintados al óleo y
+guarnecidos por marcos negros.
+
+En frente de la puerta de entrada había dos puertas como de balcones, y
+entre estas dos puertas la chimenea; á la derecha otra puerta cubierta
+por una cortina blanca lisa; á la izquierda dos enormes estantes
+cargados de libros, entre los estantes un crucifijo de tamaño natural
+pintado en un enorme lienzo y con marco también negro; á los pies del
+Cristo un sillón de baqueta, sentado en el sillón un religioso, apoyados
+los brazos en una mesa de nogal cargada de papeles, entre los cuales se
+veía un enorme tintero de piedra, y alumbrada por un velón de cobre de
+cuatro mecheros, dos de los cuales estaban encendidos.
+
+El religioso era un hombre como de treinta y cinco á cuarenta años, de
+semblante pálido, grandes ojos negros, nariz aguileña y afilada, y
+bigote y pera negrísimos.
+
+Su espeso cerquillo era castaño obscuro, y las demás partes de su
+cabello y de su barba estaban cuidadosamente afeitadas.
+
+Su mirada se posaba serena y fija en Juan Montiño, y su mano derecha
+tenía suspendida una pluma sobre un papel, como quien interrumpe un
+trabajo importante á la llegada de un extraño.
+
+La primera impresión que Juan Montiño sintió á la vista del religioso,
+fué la de un profundo respeto. Había algo de grande en el reposo, en la
+palidez, en lo sereno y fijo de la mirada de aquel religioso.
+
+Y al mismo tiempo el joven se sintió arrastrado por una simpatía
+misteriosa hacia el fraile.
+
+Adelantó sin encogimiento, saludó, y dijo con respeto:
+
+--¿Es vuestra paternidad fray Luis de Aliaga, confesor del rey?
+
+--Yo soy, caballero--dijo el fraile bajando levemente la cabeza.
+
+--Traigo para vos una carta de su majestad.
+
+--¿De qué majestad?
+
+--De su majestad la reina.
+
+Y entregó la carta al padre Aliaga.
+
+--Sentáos, caballero--dijo el fraile.
+
+Montiño se sentó.
+
+Entre tanto el padre Aliaga abrió sin impaciencia la carta, y á despecho
+de Juan Montiño, que había esperado deducir algo del contenido de
+aquella carta por la expresión del semblante del religioso, aquel
+semblante conservó durante la lectura su aspecto inalterable, grave,
+reposado, dulce, indiferente.
+
+Sólo una vez durante la lectura levantó la vista de la carta y la fijó
+un momento en el joven.
+
+Cuando hubo concluído de leer la carta, la dobló y la dejó sobre la
+mesa.
+
+--Su majestad la reina, nuestra señora--dijo el padre Aliaga
+reposadamente á Juan Montiño--, al honrarme escribiéndome de su puño y
+letra, me manda que interponga por vos mi influjo, y me dice que la
+habéis hecho un eminente servicio.
+
+--He cumplido únicamente con mi deber.
+
+--Deber es de todo buen vasallo sacrificarlo todo, hasta la vida, por
+sus reyes.
+
+--Sí, señor, padre--replicó Montiño--, todo menos el honor.
+
+--Rey que pide á su vasallo el sacrificio de su honra ó de su conciencia
+es tirano, y no debe servirse á la tiranía.
+
+--Decís bien, padre.
+
+--¿Sois nuevo en la corte?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Os llamáis Juan Montiño?
+
+--Sí, señor..
+
+--¿Sois acaso pariente del cocinero mayor del rey?
+
+--Soy su sobrino, hijo de su hermano.
+
+--¿Qué servicio habéis prestado á su majestad?--dijo de repente el padre
+Aliaga.
+
+--Lo ignoro, padre.
+
+--Pero...
+
+--Si esa carta de su majestad no os informa, perdonad; pero guardaré
+silencio.
+
+--¿Qué edad tenéis?
+
+--Veinticuatro años.
+
+Quedóse un momento pensativo el padre Aliaga.
+
+--Habéis matado ó herido á don Rodrigo Calderón.
+
+--Han sido cuentas mías.
+
+--Algo más que asuntos vuestros han sido. Os pregunto á nombre de su
+majestad la reina. ¿Conoce vuestro tío el secreto?
+
+--¿Qué secreto?
+
+--El de vuestras estocadas con don Rodrigo.
+
+--Mi tío está fuera de Madrid.
+
+Guardó otra vez silencio el padre Aliaga.
+
+--¿Cuándo habéis llegado á Madrid?
+
+--He venido á asuntos propios.
+
+--¿Guardaréis con todos la misma reserva que conmigo?
+
+--¡Padre!
+
+--Ved lo que hacéis; la vanidad es tentadora; hoy podéis ser hidalgo
+reservado, ser leal, de buena fe... mañana acaso...
+
+--Ningún secreto tengo que reservar.
+
+--Cómo, ¿no es un secreto el haber venido á mí en altas horas de la
+noche, á mí, confesor del rey, á quien todo el mundo conoce como enemigo
+de los que hoy á nombre del rey mandan y abusan, trayendo con vos una
+carta de la reina? ¿cómo ha venido esa carta á vuestras manos?
+
+--Si lo sabéis, ¿por qué me lo preguntáis? si no lo sabéis, ¿por qué
+pretendéis que yo haga traición á la honrada memoria de mi padre, á mi
+propia honra? Me han enviado con esa carta; la he traído; no me han
+autorizado para que hable, y callo.
+
+--Seríais buen soldado... sobre todo para guardar una consigna; en esta
+carta me encargan que procure se os dé un entretenimiento honroso para
+que podáis sustentaros. ¿Qué queréis ser? sobre todo veamos: ¿en qué
+habéis invertido vuestros primeros años?
+
+--En estudiar.
+
+--¿Y qué habéis estudiado?
+
+--Letras humanas, cronología, dialéctica, derecho civil y canónico y
+sagrada teología.
+
+--¡Ah!--dijo fray Luis--¿y cuál de las dos carreras queréis seguir, la
+civil ó la eclesiástica?
+
+--Ninguna de las dos.
+
+--¡Cómo! ¿Entonces para qué habéis estudiado?
+
+--Por estudiar.
+
+--Y bien, ¿qué queréis ser?
+
+--Soldado.
+
+--¡Soldado!
+
+--Sí; sí, señor, soldado de la guardia española, junto á la persona del
+rey.
+
+--He aquí, he aquí lo que son en general los españoles: quieren ser
+aquello para que no sirven.
+
+--Perdonad, padre; al mismo tiempo que estudiaba letras, aprendía
+estocadas.
+
+--Es verdad, me había olvidado; el que mata ó hiere á don Rodrigo
+Calderón... y bien; se hará lo posible porque seáis muy pronto capitán
+de la guardia española, al servicio inmediato de su majestad.
+
+--Es que no quiero tanto.
+
+--Es que no puede darse menos á un hombre como vos; contáos casi
+seguramente por capitán, y para que pueda enviaros la real cédula,
+dejadme noticia de vuestra posada.
+
+--No sé todavía cual ésta sea.
+
+--¡Ah! pues entonces, volved por acá dentro de tres días. Para que
+podáis verme á cualquier hora, decid cuando vengáis que os envía el rey.
+
+--Muy bien, padre. Contad con mi agradecimiento--dijo Montiño
+levantándose.
+
+--Esperad, esperad; tengo que deciros aún: guardad un profundo secreto
+acerca de todo lo que habéis sabido y hecho esta noche.
+
+--Ya me lo había propuesto yo.
+
+--No os ocultéis por temor á los resultados de vuestra aventura con don
+Rodrigo.
+
+--Aún no sé lo que es miedo.
+
+--Y preparáos á mayores aventuras.
+
+--Venga lo que quisiere.
+
+--Buenas noches, y... contadme por vuestro amigo.
+
+--Gracias, padre--dijo Montiño tomando la mano que el padre Aliaga le
+tendía y besándosela.
+
+--¡Que Dios os bendiga!--dijo el padre Aliaga.
+
+Y aquellas fueron las únicas palabras en que Montiño notó algo de
+conmoción en el acento del fraile.
+
+Saludó y se dirigió á la puerta.
+
+--Esperad: vos sois nuevo en el convento y necesitáis guía.
+
+Y el padre Aliaga se levantó, abrió la puerta de la celda y llamó.
+
+--¡Hermano Pedro!
+
+Abrióse una puerta en el pasillo y salió un lego con una luz.
+
+--Guíe á la portería á este caballero--dijo el padre Aliaga al lego.
+
+Juan Montiño saludó de nuevo al confesor del rey y se alejó.
+
+El padre Aliaga cerró la puerta y adelantó en su celda, pensativo y
+murmurando:
+
+--Me parece que en este joven hemos encontrado un tesoro.
+
+Pero en vez de volverse á su silla, se encaminó al balcón de la derecha
+y le abrió.
+
+--Venid, venid, amigo mío, y calentáos--dijo--; la noche está cruda, y
+habréis pasado un mal rato.
+
+--¡Burr!--hizo tiritando un hombre envuelto en una capa y calado un
+ancho sombrero, que había salido del balcón--; hace una noche de mil y
+más diablos.
+
+El padre Aliaga cerró el balcón, acercó un sillón á la chimenea, y dijo
+á aquel hombre:
+
+--Sentáos, sentáos, señor Alonso, y recobráos; afortunadamente el
+visitante no ha sido molesto ni hablador; estos balcones dan al Norte y
+hubiérais pasado un mal rato.
+
+--Es que no le he pasado bueno. Pero estoy en brasas, fray Luis; si
+alguien viniera de improviso... tenéis una celda tan reducida... os
+tratáis con tanta humildad... pueden sorprendernos.
+
+--El hermano Pedro está alerta; ya habéis visto que no ha podido veros
+el portero, á pesar de que yo tengo siempre mi puerta franca.
+
+--¿Y quién ha venido á visitaros á estas horas?--preguntó el señor
+Alonso.
+
+La providencia de Dios, en la forma de un joven.
+
+--¡Ah! ¡Diablo! ¿Nos ha sacado ese joven ó nos saca de alguno de
+nuestros atolladeros?
+
+--Como que ha herido ó muerto á don Rodrigo Calderón...
+
+--Mirad lo que decís, amigo mío; cuenta no soñéis.
+
+--¿Qué es soñar? he aquí la prueba.
+
+Y el padre Aliaga fué á la mesa en busca de la carta de la reina...
+
+Entre tanto aprovechemos la ocasión, y describamos al nuevo personaje
+que hemos presentado en escena, que se había desenvuelto de la capa y
+despojado de su ancho sombrero.
+
+Llamábase Alonso del Camino.
+
+Era un hombre sobre poco más ó menos de la misma edad que el padre
+Aliaga, pero tenía el semblante más franco, menos impenetrable, más
+rudo.
+
+Había en él algo de primitivo.
+
+Era no menos que montero de Espinosa del rey.
+
+A pesar de la ruda franqueza de su semblante, de formas pronunciadas y
+de grandes ojos negros, se comprendía en aquellos ojos que era astuto,
+perspicaz, y sobre todo arrojado y valiente, sin dejarse de notar por
+eso en ellos ciertas chispas de prudencia; vestía una especie de coleto
+verde galoneado de oro; en vez de daga llevaba á la cintura un largo
+puñal, al costado una formidable espada de gavilanes, calzas de grana,
+zapatos de gamuza, y sobre todo esto, una especie de loba ó sobretodo,
+ancho, con honores de capa.
+
+En la situación en que le presentamos á nuestros lectores, mientras
+extendía hacia el fuego sus manos y sus piernas, miraba con una gran
+impaciencia al padre Aliaga que, siempre inalterable, desdoblaba la
+carta de la reina.
+
+--Acercáos, acercáos y oíd, porque esta carta debe leerse en voz muy
+baja, no sea que las paredes tengan oídos.
+
+Estiróse preliminarmente el señor Alonso del Camino, se levantó, se
+acercó á la mesa, se apoyó en ella y miró con el aspecto de la mayor
+atención al confesor del rey, que leyó lo siguiente:
+
+«Nuestro muy respetable padre fray Luis de Aliaga: Os enviamos con la
+presente á un hidalgo que se llama Juan Martínez Montiño. Este joven nos
+ha prestado un eminente servicio, un servicio de aquellos que sólo puede
+recompensar Dios, á ruego de quien le ha recibido.»
+
+--¿Pero qué servicio tal y tan grande es ese?--dijo Alonso del Camino.
+
+--Creo que jamás os corregiréis de vuestra impaciencia. Escuchad.
+
+Y fray Luis siguió leyendo:
+
+«Ese mancebo nos ha entregado, por mano de doña Clara Soldevilla,
+aquellos papeles, aquellos terribles papeles.»
+
+--¿Y qué papeles son esos?
+
+--A más de impaciente, curioso; son... unos papeles.
+
+--¿Y no puedo yo saber?...
+
+--No: oíd, y por Dios no me interrumpáis.
+
+--Oigo y prometo no interrumpiros.
+
+«A más ha herido ó muerto, para apoderarse de esos papeles, á don
+Rodrigo Calderón.»
+
+--Pues cuento por mi amigo á ese hidalgo, por eso sólo--exclamó,
+olvidándose de su promesa Camino.
+
+El padre Aliaga, como si se tratase de un pecador impenitente, siguió
+leyendo sin hacer ninguna nueva observación:
+
+«Pero ignoramos cómo ese hidalgo haya podido saber que los tales papeles
+estaban en poder de don Rodrigo Calderón, como no sea por su tío el
+cocinero del rey. Os lo enviamos con dos objetos: primero, para que con
+vuestra gran prudencia veáis si podemos fiarnos de ese joven, y después
+para que os encarguéis de su recompensa. A él, por ciertos asuntos de
+amores, según hemos podido traslucir, le conviene servir en palacio; nos
+conviene también, ya deba fiarse ó desconfiarse de él, tenerle á la
+vista. Haced como pudiéreis que se le dé una provisión de capitán de la
+guardia española al servicio del rey en palacio, y si no pudiéreis
+procurársela sin dinero, compradla: buscaremos como pudiéremos lo que
+costare. No somos más largos porque el tiempo urge. Haced lo que os
+hemos encargado, y bendecidnos.--_La Reina._»
+
+--¿Cuánto costará una provisión de capitán de la guardia española?--dijo
+fray Luis quemando impasiblemente la carta de la reina á la luz del
+velón.
+
+--Cabalmente está vacante la tercera compañía. Pero, ¡bah! ¡hay tantos
+pretendientes!
+
+--¡Cuánto! ¡cuánto!
+
+--Lo menos, lo menos quinientos ducados.
+
+Tomó el padre Aliaga un papel y escribió en él lo siguiente:
+
+--«Señor Pedro Caballero: Por la presente pagaréis ochocientos ducados
+al señor Alonso del Camino, los que quedan á mi cargo.--_Fray Luis de
+Aliaga._»
+
+Y dió la libranza á Camino.
+
+--He dicho quinientos ducados, y esto tirando por largo, y aquí dice
+ochocientos.
+
+--¿Olvidáis que el nuevo capitán necesitará caballo y armas y
+preseas?--añadió el fraile.
+
+--¡Ah! en todo estáis.
+
+--¿Podemos tener la provisión del rey dentro de tres días?
+
+--Sí, sí por cierto, sobradamente: el duque de Lerma es un carro que en
+untándole plata vuela.
+
+--No os olvidéis de comprarla para poder venderla.
+
+--¡Ah! ¿Y por qué?
+
+--¿No conocéis que tratándose de estos negocios puede el duque conocer á
+ese joven?
+
+--Bien, muy bien; se comprará la provisión á nombre de cualquiera, como
+merced para que la venda, y éste tal la venderá en el mismo día á ese
+hidalgo. Creo que éste sea un asunto concluído.
+
+--Que sin embargo altera notablemente nuestros proyectos, los varía.
+
+--No importa, no importa; no luchamos sólo contra don Rodrigo Calderón.
+
+--Os engañáis; el alma de Lerma es Calderón. Puesto Calderón fuera de
+combate, cae Lerma.
+
+--Pero quedan Olivares, Uceda, y todos los demás que se agitan en
+palacio, que se muerden por lo bajo, y que delante de todo el mundo se
+dan las manos. Creo que en vez de aflojar en nuestro trabajo, debemos,
+por el contrario, apretar, aprovechando la ocasión de encontrarse Lerma
+desprovisto de uno de sus más fuertes auxiliares. Debemos insistir en
+apoderarnos de las pruebas de los tratos torcidos y traidores que Lerma
+sostiene en desdoro del rey y en daño del reino con la Liga. Debemos
+probar que las guerras de Italia y de Flandes se miran, no sólo con
+descuido, sino con traición...
+
+--Esperad... esperad un poco... ese es un medio extremo; el rey es muy
+débil...
+
+--Demasiado, por desgracia.
+
+--El rey nuestro señor, que no ve más allá de las paredes de palacio...
+
+--¡Pero si en palacio tiene los escándalos! ¿no le tiene Lerma hecho su
+esclavo, cercado por los suyos? ¿puede moverse su majestad, sin que el
+duque sepa cuántas baldosas de su cámara ha pisado? ¿No le separa de la
+reina? ¿No aleja de la corte á las personas que pueden hacerle sombra?
+¿Vos mismo no estáis amenazado?
+
+--Creedme, el duque de Lerma no es tan terrible como parece; el duque de
+Lerma nada puede hacer por sí solo; no tiene de grande más que lo
+soberbio...
+
+--Y lo ladrón...
+
+--Su soberbia, que le impele á competir con el rey, le hace arrostrar
+gastos exorbitantes; en nada repara con tal de sostener su ostentación y
+el favor del rey, que es una parte, acaso la mayor, de su ostentación.
+Pero en medio de todo, el duque de Lerma es débil; se asusta de una
+sombra, de todo tiene miedo, procura rodear al rey de criados suyos ó de
+personas que le inspiran poco temor. Un día estaba yo en mi obscuro
+convento. Oraba por el alma del difunto rey don Felipe; se abrió la
+puerta de mi celda, y entró el superior; traía un papel en la mano, y en
+su rostro había no sé qué de particular, una alegría marcada. Venía á
+darme una noticia que á otro hubiera llenado de alegría y que á mí me
+aterró.
+
+--¿Y qué noticia era esa?
+
+--Apenas subido al trono el rey nuestro señor, me había nombrado su
+confesor; el papel que traía el superior en la mano, era una carta en
+que el mismo duque de Lerma me daba la noticia. Yo resistí...
+
+--¡Que resistísteis! ¡bah! de un confesor del rey sale un obispo, y de
+un obispo un arzobispo, y de un arzobispo un papa.
+
+--Yo no soy ambicioso; un día, una familia honrada me encontró llorando
+sobre el cadáver de mi madre; mi padre había muerto poco antes; tuvieron
+piedad del pobre huérfano, y me llevaron á su casa. Yo he crecido en el
+dolor, y el dolor continuo, lento, que no proviene de los hombres, sino
+de la voluntad de Dios, labra la humildad y la fortaleza del alma que
+siente, que ha nacido para sentir. Mis bienhechores eran pobres; me
+miraban como hijo suyo... partían su pan conmigo... Yo oraba á Dios por
+el descanso de mis padres muertos, y por la paz, por la felicidad de mis
+padres de adopción; murieron también el uno tras el otro; mis hermanas
+adoptivas se habían casado; mis hermanos habían ido por el mundo á
+buscar fortuna; quedé otra vez solo; pero con el corazón completamente
+lleno por el dolor, por el dolor completo que ningún lugar ha dejado por
+herir, desde el amor propio hasta el amor de la familia, hasta ese otro
+amor que emana de la mujer.
+
+--¡Ah! ¡habéis amado, fray Luis!
+
+--¿Y qué hombre no ha amado?--exclamó profundamente el confesor del
+rey--. Y yo he amado como han amado muy pocos hombres, como más daño
+hace el amor; callándole, dominándole, encerrándole dentro del alma, sin
+esperanzas, sin deseos, con una ansiedad desconocida, infinita,
+insufrible, con el vacío del alma que necesita llenarse y no puede ser
+llenado.
+
+--¿Tan alta era la mujer de quien os enamorásteis?
+
+--Ni me enamoré, ni era alta la mujer á quien mi pensamiento consagró mi
+amor. Era tan pobre y tan humilde como yo... ¡Margarita!
+
+Fray Luis inclinó la cabeza sobre una de sus manos, y repitió con voz
+opaca y concentrada:
+
+--¡Margarita!
+
+Entre la entonación con que había pronunciado el padre Aliaga la primera
+vez aquel nombre de mujer, y la entonación con que le había pronunciado
+la segunda, había la misma diferencia que puede existir entre un
+recuerdo dulce y tranquilo y una aspiración desesperada.
+
+Cuando el confesor del rey levantó la cabeza de su mano, Alonso del
+Camino, que le contemplaba con una atención y una curiosidad intensas,
+vió relucir por un momento un fuego sombrío en el fondo de los ojos del
+fraile.
+
+Pero aquello pasó; dilatáronse los músculos del semblante del fraile, un
+momento contraídos, se dulcificó la expresión de su boca, que durante
+un momento había reflejado una amargura infinita, y su mirada se heló;
+dejó de ser la mirada mundana de un hombre combatido por fuertes
+pasiones, para convertirse en la mirada reposada, tranquila de un
+religioso ascético.
+
+--Margarita--continuó con la entonación propia de un relato
+sencillo--era una de mis hermanas adoptivas: cuando yo entré en su casa
+para partir con ella el pan de su familia, para vivir como un nuevo hijo
+bajo el techo común, Margarita tenía cuatro años; era rubia, blanca,
+pálida, con los ojos azules, y la sonrisa benévola, sonrisa en que se
+exhalaba un alma de ángel. Margarita creció, creció en hermosura y en
+pureza, creció á mi lado; yo la enseñé á leer, yo la expliqué los
+misterios de la religión, que el párroco nos explicaba en la iglesia...
+Margarita creció en años y en hermosura, y se hizo mujer. Yo seguía
+tratándola como hermana; la amaba con toda mi alma, pero creyendo amarla
+con un amor de hermano. Un día conocí que la amaba de otro modo, y la
+revelación de mi amor fué para mí una prueba dolorosa, infinita, cruel.
+Un día llegó á la casa un soldado con una cédula de aposento; fué
+aposentado, y vivió con nosotros algunos días: Margarita cambió; se puso
+triste, esquivaba mi compañía, y no sólo mi compañía, sino la de todo el
+mundo... Yo no sabía á qué atribuir aquella tristeza; la preguntaba y me
+respondía sonriendo:
+
+--No estoy triste.
+
+Su sonrisa desmentía sus palabras.
+
+Una noche, estaba yo desvelado pensando en la tristeza de Margarita,
+pensando cómo haría para volverla á su tranquilo estado anterior.
+Nuestros hermanos dormían. De improviso y en medio del silencio de la
+noche oí unas leves pisadas... las reconocí: eran las de Margarita que
+pasó por delante de la puerta de nuestro aposento; yo me levanté y la
+seguí descalzo. Margarita marchaba delante de mí como un fantasma
+blanco. No sé por qué no la llamé. Había dentro de mí un poder
+desconocido que me impedía hablar. Margarita bajó al corral, le
+atravesó... Llegó al postigo, sonó una llave en la cerradura. Entonces
+grité:
+
+--¡Margarita! ¿á dónde vas?
+
+Pero la puerta se había abierto, un hombre había aparecido en ella, y
+había asido á Margarita, sacándola fuera.
+
+Oí entonces un ruido que hizo arder mi sangre, que anegó mi alma en un
+mar de amargura.
+
+El ruido de un beso, de un doble beso, y luego el llanto de Margarita,
+triste, apenado, como el de quien se separa de seres á quienes ama.
+
+Yo me precipité al postigo. No sé á qué. Pero un sueño de sangre había
+cruzado por mi pensamiento.
+
+Yo veía á un hombre que se llevaba á Margarita, y necesitaba matar á
+aquel hombre.
+
+Era muy joven y la amaba; la amaba como... como á ella sola, porque...
+no he vuelto á amar.
+
+Cuando llegué al postigo, aquel hombre, á quien reconocí á la luz de la
+luna y que era el mismo soldado que durante algunos días había estado de
+aposento en nuestra casa, había puesto á Margarita sobre el arzón de su
+caballo, había montado y había partido.
+
+Y entre el sordo galope del caballo, oí la voz de dolor de Margarita,
+que me gritaba:
+
+--¡Adiós! ¡Luis! ¡adiós! ¡hermano mío! ¡ruega á mi padre que no me
+maldiga! ¡pide á mi madre que me dé su bendición!...
+
+Y Margarita seguía hablándome, pero el caballo se había alejado, y el
+sonido seco, retumbante, de su carrera, envolvía las palabras de
+Margarita.
+
+Al fin el ruido del galope se perdió á lo lejos, y sólo quedaron la
+noche, el silencio y mi desesperación.
+
+No sé cuánto tiempo estuve en el postigo, inmóvil con el rostro vuelto á
+la parte por donde había desaparecido Margarita, con el llanto agolpado
+á los ojos y sin derramar una sola lágrima.
+
+Al fin, volví en mí: medité... y cerré el postigo con la misma llave con
+que le había abierto Margarita, que había quedado puesta en la
+cerradura; atravesé lentamente el huerto, entré en la casa y puse la
+llave del postigo en la espetera de la cocina, de donde sin duda la
+había tomado Margarita.
+
+Y todo esto lo hice estremecido, procurando, como un ladrón, que no me
+sintiesen.
+
+Y volví en silencio al aposento en que estaba mi lecho junto al de mis
+hermanos, y me recogí silenciosamente.
+
+Todos dormían.
+
+Ninguno me había sentido entrar, como ninguno había sentido salir á
+Margarita.
+
+Sufrí... ¡oh! Dios lo sabe, porque yo ya lo he olvidado; sólo recuerdo
+que sufrí mucho; pero tuve valor para ahogar dentro de mí mismo mi
+sufrimiento; le ahogué para que nadie me preguntase, para que nadie
+supiese por una debilidad mía el secreto de Margarita, que sólo sabíamos
+la noche y yo... y Dios que lo ve todo.
+
+Al día siguiente...
+
+Figuráos, señor Alonso, una madre que busca á su hija, y no la
+encuentra; un padre que no se atreve á pensar en su hija para
+maldecirla, ni puede pensar en su desaparición sin suponerlo todo...
+suponedme á mí ocultando, disimulando mi dolor, hasta que el dolor de
+los demás protegió al mío... yo callé... callé... porque su padre no la
+maldijese, y su padre no la maldijo.
+
+Poco tiempo después, su padre murió... luego su madre, después de cuatro
+años de viudez: sus hermanas se habían casado, sus hermanos se habían
+alejado del pueblo... me habían propuesto que los siguiese... pero yo
+tenía otros proyectos.
+
+--¡Buscar á Margarita!--dijo Alonso del Camino.
+
+--No--dijo con acento severo el padre Aliaga--; buscar á Dios.
+
+¿Os hicísteis entonces fraile?
+
+--Sí. Os he referido esa sencilla historia, para que sepáis cuáles
+fueron los motivos que determinaron mi vocación, y cuáles las desgracias
+que labraron en mí esta fuerza para los sufrimientos, este desdén con
+que miro las grandezas humanas. Huérfano desde mis primeros años,
+malogrado mi primer amor, sin que nadie lo hubiera comprendido, ni aun
+yo mismo hasta que le vi malogrado, pasando seis años de rudas fatigas
+para obtener mi alimento; combatiendo durante estos seis años de la
+ausencia de Margarita, mis celos... sí, mis celos... mi amor sin
+esperanza... mi ansiedad por la ignorada suerte de Margarita... fuí un
+fruto lentamente madurado para la vida triste y silenciosa del claustro;
+en el fondo de mi corazón vacío sólo había quedado el nombre de Dios...
+y tendí mis brazos á Dios... le ofrecí mi vida...
+
+--¿Y no volvísteis á ver á Margarita?
+
+--¡Oh! ¡basta! ¡basta!... os he referido lo antecedente para que
+comprendáis que mi nombramiento de confesor del rey me causó pena; yo
+estaba acostumbrado á una vida obscura y silenciosa en el fondo de mi
+celda; á la contemplación de las cosas divinas, que levantaba mi
+espíritu de las miserias humanas dándole la paz de los cielos; yo no
+podía ver sin dolor, que se pretendía arrojarme á un mundo nuevo para
+mí, y más peligroso cuanto más grande, cuanto más elevado era ese
+mundo; yo no podía pensar sin estremecerme, en que se me quería confiar
+la conciencia de un rey, hacerme partícipe de su inmensa responsabilidad
+ante Dios... y me negué.
+
+--¡Os negásteis!
+
+--Sí por cierto; pero de nada me sirvió mi negativa. Una nueva orden del
+rey me mandó presentarme en la corte, y me fué preciso obedecer.
+
+--Pero no comprendo cómo, aislado, obscurecido...
+
+--Cabalmente se quería un fraile obscuro, de pocos alcances, devoto, que
+estuviese en armonía con la pequeñez, con la devoción exagerada del rey.
+Don Baltasar de Zúñiga me había conocido por casualidad, había hablado
+de mí á su sobrino el conde de Olivares y éste al duque de Lerma.
+Creyóse que en toda la cristiandad no había un fraile más á propósito
+que yo para dirigir la conciencia del rey, y se me trajo, como quien
+dice, preso á la corte.
+
+Cuando llegué me espanté.
+
+Vi, á la primera ojeada, que se me había traído para ser cómplice de un
+crimen.
+
+Del crimen de la suplantación de un rey.
+
+Engañado por mi aspecto el duque de Lerma, creyó habérselas con un
+frailuco, que por casualidad pertenecía á la orden de Predicadores...
+creyó que yo sería en sus manos un instrumento ciego... hoy acaso le
+pesa... hoy tal vez piensa en desasirse de mí á cualquier precio... pero
+esto importa poco... ellos no habían comprendido cuánta firmeza ha dado
+el sufrimiento á mi alma; ellos no creían que había en mí tal fuerza de
+voluntad; al conocerme... porque la debilidad del rey me ha descubierto
+ante ellos... han probado todos los medios: la ambición... los
+honores... me han encontrado humilde siempre: han venido á mí con una
+mitra en la mano, y yo la he rechazado; me han enviado á mi celda ricos
+dones, y los dones se han ido por donde habían venido: han tentado con
+todas las tentaciones al frailuco, y el frailuco las ha resistido como
+San Antonio resistió las del diablo en el yermo. ¿Y sabéis por qué,
+cansado de esta lucha sorda, no he ido á buscar la obscuridad de mi
+antigua celda? Porque he contraído el deber de guardar, de proteger una
+vida preciosa. La vida de la reina.
+
+--¡La vida de la reina!
+
+--Pero don Rodrigo Calderón, está herido ó muerto... sí herido,
+ganaremos tiempo... si muerto, nos hemos salvado.
+
+--Pero creéis...
+
+--Don Rodrigo es capaz de todo...
+
+--¡Regicida!
+
+--¿Pues no dicen que ha dado hechizos al rey?--replicó el confesor del
+rey.
+
+--Os he oído decir mil veces que eso de los hechizos es una
+superstición.
+
+--Lo he dicho y lo repito; pero no he dicho nunca que don Rodrigo
+Calderón, á pesar de su buen, su demasiado ingenio, no sea
+supersticioso. Quien se ha atrevido á dar al rey cosas que han alterado
+su salud, será capaz de envenenar á la reina.
+
+--¡Pero si don Rodrigo Calderón no pasa de ser el humilde secretario del
+duque de Lerma!...
+
+--Don Rodrigo lo es todo. Sólo tiene un rival... rival que con el tiempo
+le matará, si don Rodrigo no le mata antes á él.
+
+--¿Y quién es ese rival?
+
+--Don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, caballerizo mayor del rey y
+sobrino de don Baltasar de Zúñiga, ayo del príncipe don Felipe.
+
+--¡Bah! ¡bah! creo que daremos con todos al traste; con los medios que
+tenemos...
+
+--Podremos, si nos anticipamos, dar un golpe; pero aunque lo demos,
+siempre quedará un mal en pie.
+
+--¿Y qué mal es ese?
+
+--El rey.
+
+--¡Ah!
+
+--Sí, su debilidad: la facilidad con que se plega al dictamen del más
+audaz que tiene al lado; á falta de Lerma, y de Calderón, y de Olivares,
+vendrán otros, y otros, y otros.
+
+--Que no serán malos como ellos.
+
+--¿Quién sabe? pero vengamos á lo que conviene. Suspendamos por ahora
+nuestros trabajos...
+
+--¡Ahora que nos dan un respiro, Dios ó el diablo!
+
+--No seáis impío, señor Alonso; no sucede nada que no proceda de Dios.
+Por ahora, dejémoslos á ellos solos. Lerma sin don Rodrigo Calderón es
+hombre al agua. Uceda y Olivares le atacarán. Lerma, entregado á sí
+mismo, cometerá de seguro algún grave desacierto: dejadlos, dejadlos
+hacer. Informáos de lo que hay de seguro acerca de don Rodrigo Calderón.
+No olvidéis de comprar la compañía para ese mancebo, y con lo que
+hubiere venid á verme mañana. Conque, que Dios os dé muy buenas noches.
+
+Y el padre Aliaga se levantó y abrió un balcón.
+
+Aquella era la puerta por donde debía salir Alonso del Camino, y por la
+que salió descolgándose por el balcón á la huerta del convento.
+
+Apenas había cerrado el balcón el padre Aliaga, cuando se abrió la
+puerta de la celda, y apareció la cabeza del hermano Pedro.
+
+--Un gentilhombre que viene de palacio--dijo--, quiere hablar con
+vuestra paternidad.
+
+--¡Un gentilhombre del rey!--dijo el padre Aliaga con sorpresa--; que
+entre, que entre al momento.
+
+Poco después un joven gentilhombre saludaba al padre Aliaga y le decía
+entregándole un grueso pliego:
+
+--Del rey.
+
+--¿Y esto es urgente?--dijo el padre Aliaga.
+
+--Urgentísimo.
+
+--¿Y os han encargado algo además?
+
+--Sí por cierto: que vuesa merced se venga conmigo á palacio, para lo
+cual he traído una litera y algunos tudescos--añadió el gentilhombre.
+
+--¡Cómo! ¡que vaya yo ahora mismo á palacio! ¿pues que, está enfermo su
+majestad?
+
+--No, señor.
+
+--¡Ah! ¿y quién os envía?
+
+--El mayordomo mayor; pero ese pliego dirá á vuestra paternidad, sin
+duda, lo que yo no le puedo decir.
+
+--Veamos.
+
+El confesor del rey rompió el sobre: dentro venía una carta del duque de
+Lerma para el padre Aliaga sumamente afectuosa.
+
+«Mi buen amigo--le decía--, vuestras virtudes merecen que se os honre
+más que con el empleo de confesor del rey; por lo mismo he aconsejado á
+su majestad que os nombre inquisidor general. Temo que vuestra humildad
+se resista á aceptar esta alta dignidad; pero cuando meditéis que así
+conviene al servicio de Dios y del rey, estoy seguro que consentiréis;
+para asegurarme de ello, y porque urge, seguid al portador á palacio,
+donde os espera, vuestro amigo--, _El duque de Lerma._»
+
+--¡Inquisidor general!--murmuró el padre Aliaga--; pues bien, acepto: no
+supieron lo que hacían cuando me nombraron confesor del rey, y no saben
+ahora lo que hacen nombrándome inquisidor general. ¡Oh! ¡Margarita!
+¡Margarita!
+
+Coloreáronse febrilmente las mejillas del fraile, que tomó su manto, se
+caló la capucha y salió de la celda, siguiendo al gentilhombre.
+
+--Esperad, esperad un momento--dijo pasando junto á una puerta de un
+corredor.
+
+El gentilhombre esperó.
+
+El padre Aliaga entró en aquella celda.
+
+En ella velaba un religioso.
+
+--Amigo Benítez--le dijo el padre Aliaga: salgo del convento de orden
+del rey, y acaso no vuelva tan pronto.
+
+--¿Cómo? ¿os prenden?--dijo el padre Benítez, que era un religioso
+anciano.
+
+--No por cierto; pero me hacen inquisidor general.
+
+--¡Inquisidor general! No sé si debo alegrarme ó entristecerme.
+
+--Allá veremos. Entre tanto, y mientras yo estoy fuera del convento,
+quedáos á la mira.
+
+--Descuidad.
+
+--En vos confío.
+
+--Id, id con Dios y nada temáis.
+
+Salió de nuevo el padre Aliaga, atravesó el claustro seguido del
+gentilhombre, salió del convento, entró en una litera, y aquella litera
+rodeada de soldados, tomó el camino de palacio.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XVII
+
+EN QUE EMPIEZA EL SEGUNDO ACTO DE NUESTRO DRAMA
+
+
+Francisco Martínez Montiño, esto es, _el cocinero de su majestad_,
+nuestro protagonista, en una palabra, había vuelto de Navalcarnero al
+anochecer del día siguiente á la noche en que había ido á recibir un
+secreto de la boca de su hermano moribundo.
+
+Montiño se había traído consigo un cofre fuertemente cerrado y sellado,
+sobre cuya cerradura había un papel.
+
+El receloso cocinero había tenido buen cuidado de envolver aquel cofre
+en un lienzo para que nadie pudiese reparar en sus señas particulares;
+le había hecho subir á su alto aposento del alcázar, y sin decir á su
+mujer y á su hija más palabras que las necesarias para darlas los buenos
+días, se había encerrado con el cofre en el aposento cerrado y
+polvoroso que ya conocemos, y en el cual tenía secuestrada, apartada de
+la vista de todo extraño, el arca de sus talegos.
+
+Una vez allí Montiño, después de haber descubierto con respeto el cofre
+que había traído de Navalcarnero, le estuvo contemplando en éxtasis.
+
+No cesaba de leer y releer lo siguiente, que aparecía escrito en el
+papel que estaba pegado y sellado sobre la cerradura del cofre:
+
+«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy
+fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño, recibió
+cerrado y sellado, como se encuentra, este cofre.» Seguía la fecha y el
+signo.
+
+--¿Y qué habrá aquí? ¿qué habrá aquí?--decía el cocinero levantando con
+trabajo pesado el cofre--. ¿Dinero? no, no, más bien alhajas. El señor
+duque de Osuna es muy rico, muy poderoso, y tratándose de un hijo
+suyo... ¿quién había de pensar que aquel muchacho que se me presentaba
+bajo un traje tan humilde, como el humilde nombre de sobrino mío, había
+de ser no menos que un Girón, aunque bastardo...?...¿y pensar que yo,
+por ignorancia, he estado á punto de malquistarme con él?...
+
+Y Montiño seguía abismándose en su pensamiento y contemplando el cofre,
+y probando su peso, y queriendo deducir por él el valor de su contenido.
+
+El cocinero mayor sufría el tormento de los avaros.
+
+Pero era necesario salir de su reservado aposento.
+
+Puso cuidadosamente el cofre en un rincón, lo cubrió con un tapiz viejo,
+y no contento aún, con una estera, y se dió al fin completamente á luz á
+su mujer y á su hija.
+
+Después se presentó, como de costumbre, en la cocina, y dió sus órdenes
+para la vianda del día.
+
+Después, y libre ya por algunas horas, tomó su capa y su espada y se fué
+á Santo Domingo el Real, y oyó misa, y procuró oírla, porque el cocinero
+mayor no tenía pensamiento más que para el cofre y para el sobrino
+postizo.
+
+Apenas hubo concluído la misa, cuando tomó á buen paso el camino de la
+calle de Amaniel.
+
+En aquella calle, en una casa chata y vieja, vivía la señora María
+Suárez, honrada esposa del escudero Melchor Argote, y honrada amiga del
+prendero Gabriel Cornejo.
+
+Cuando Montiño llegó, encontró á la señora María fregoteando, como la
+mujer más hacendosa del mundo, en la cocina.
+
+--Buenos días, buenos días, señora--dijo el cocinero--; ¿y cómo va por
+acá?
+
+--¡Ah! ¿sois vos, señor Francisco?--dijo la vieja.
+
+Pero describámosla.
+
+Era una mujer como de sesenta años, ó por mejor decir, una pelota con
+pies, cabeza y brazos: morena, encendida y basta, con la nariz gruesa,
+los labios gruesos, los ojos pequeños y colorados, el izquierdo bizco, y
+los escasos cabellos, rubios entrecanos. Vestía un hábito de jerga
+corto, sobre los hombros un pañuelo de lana azul, y por bajo del vestido
+que tenía levantado, como acostumbran las mujeres durante ciertas
+haciendas caseras, se veían dos piernas rechonchas con medias azules, y
+dos pies redondos y abotargados, metidos dentro de dos zapatos gruesos y
+de un color indefinible.
+
+El ojo bizco de esta mujer era su único, pero completo rasgo
+fisonómico-característico; era un verdadero ojo de demonio que lucía
+como un ascua medio apagada, y que en continua movilidad dejaba ver
+sucesivamente todas las expresiones de los siete pecados capitales.
+
+Esto en ciertas situaciones especiales, que cuando aquel ojo dormía
+cubierto por una expresión hipócrita, la señora María tenía el aspecto
+de la mujer mejor del mundo.
+
+Pero cuando asomó á la puerta de la cocina el cocinero del rey, en
+cuanto la señora María le vió, el ojo se puso en movimiento y expresó la
+cólera más concentrada y más vengantiva que darse puede.
+
+--¡Buena la habéis hecho!--dijo la señora María bajándose de una silla,
+á la que se había encaramado para fregar una vidriera, y viniendo hacia
+el cocinero mayor con un estropajo en la mano--: ¡buena la habéis hecho,
+señor Francisco!
+
+--¿Pero qué he hecho yo?--exclamó asustado el cocinero, porque le
+constaba que la señora María no hablaba nunca en balde.
+
+--¿Que qué habéis hecho? ¡nada! ¡absolutamente nada!... ¡pero ello dirá!
+
+--Sepamos.
+
+--¿Tenéis un sobrino?
+
+--Sí, señora, tengo un sobrino.
+
+--¿Y os habéis valido de este sobrino?
+
+--¿Para qué?... vamos á ver... ¿para qué me he valido yo de ese
+sobrino?...
+
+--¡Pues! para malherir á don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Ah! ¡diablo!
+
+--Y ¡ya se ve!... os habéis apropiado los tres mil ducados de la reina.
+
+--Yo...
+
+--Sí, señor... y si no, ¿por qué ha dado de estocadas vuestro sobrino á
+don Rodrigo Calderón?
+
+--Han sido asuntos suyos...
+
+--Pues mirad, tiene muy malos asuntos vuestro sobrino.
+
+--¡Bah! ¡no tan malos como creéis! Pero en fin, ya que habéis hablado de
+mi sobrino, por él venía, porque supongo que habrá pasado aquí la noche.
+
+--Aquí la ha pasado, quiero decir, aquí ha pasado la madrugada, porque
+el galopín Aldaba le trajo á las tres.
+
+--¡Ah! ¿conque ha salido á las tres de palacio mi sobrino?
+
+--¡De palacio!
+
+--¿He dicho de palacio?... eso es... ¿habrá estado en mí casa?... sí,
+cierto...
+
+--En vuestra casa mientras vos habéis estado fuera, no ha estado nadie
+más que la justicia...
+
+--Sí, sí; ya me ha dicho mi mujer...
+
+--¿Y no os ha dicho vuestra mujer que haya estado nadie más?
+
+--No por cierto.
+
+--Señor Francisco, los hombres viejos no debían casarse... sobre todo
+con mujeres jóvenes y bonitas.
+
+--Señora María--exclamó todo bilis y enojo Montiño: sois una bribona...
+
+--Bien, muy bien; ahora los insultos.
+
+--¿Queréis vengaros de mí porque os he echado á perder un buen
+negocio?...
+
+--Yo no me vengo, no os he dicho nada que merezca la pena de que me
+tratéis así.
+
+--Habéis querido hacerme sospechar de mi esposa.
+
+--¡Jesús María! ¡vea vuestra merced lo que es ser los hombres
+maliciosos!
+
+--No es necesario ser malicioso.
+
+--¿Pues yo qué os he dicho?
+
+--Pues eso es lo malo, que no habéis dicho nada.
+
+--He dicho que los hombres viejos no debían casarse teniendo hijas
+jóvenes y bonitas.
+
+--Habéis dicho mujer.
+
+--He dicho hija.
+
+--Y bien, ¿qué tenéis vos que decir de mi hija?...
+
+--¡Hum! ¡nada! ¡pero haberse estado vuestro sobrino hasta las tres en
+vuestra casa, y no haber parecido cuando le buscaba la justicia!
+
+--Mi hija no conoce á su primo.
+
+--Pero como tal primo es tan hermoso y tan atrevido... replicó la señora
+María.
+
+--Dejemos esta conversación, señora María, que estáis equivocada de
+medio á medio; mi sobrino no ha estado en mi casa...
+
+--Pues si ha estado en palacio y no en vuestra casa...
+
+--Ha estado en la casa del rey--dijo una voz á la puerta.
+
+Volvióse todo hosco é incómodo el cocinero y vió al bufón del rey.
+
+El tío Manolillo entró con las manos puestas en las caderas, miró frente
+á frente al cocinero de su majestad, se le rió en las barbas y se sentó
+en un taburete de pino.
+
+--Y bien, ¿por qué os reís?--dijo Montiño amostazado, porque hacía mucho
+tiempo que le causaban ojeriza las bromas del bufón.
+
+--Ríome porque siempre que os veo me da gozo, señor Francisco--dijo el
+tío Manolillo.
+
+--Es que os estáis gozando conmigo hace muchos días.
+
+--¿Qué queréis? cuando yo veo la felicidad de los demás, me perezco de
+alegría.
+
+--¿Y qué felicidad veis en mí, amigo bufón?
+
+--¡Bah! ¡vuestra mujer!...
+
+--¡Mi mujer!--exclamó, sintiendo un sacudimiento nervioso el cocinero.
+
+--Ciertamente, vuestra mujer... os ama mucho... mucho... muchísimo... Os
+ayuda en todo lo que puede.
+
+--¿Sabéis que ya me incomoda el que me habléis tanto de mi mujer?
+
+--Como que estoy enamorado de ella...
+
+--Vos no amáis más que á esa comedianta que os tiene vuelto el juicio...
+
+--Puede ser, porque tratándose del juicio de los hombres, no conozco
+cosa que tanto se lo vuelva como las mujeres. Pero dejándonos de bromas
+y ya que hablábamos de vuestro sobrino, ¿cómo ha pasado la noche ese
+valiente joven, señora María?
+
+--¡Qué! ¿conocéis á mi sobrino, tío Manolillo?
+
+--¡Bah si le conozco! ¿pero no habéis oído, señora María, ó es que
+tanto os interesa tener limpias las sartenes, ya que no podéis tener
+limpia la conciencia?
+
+--No sé para qué los reyes han de tener gordos y ensoberbecidos á estos
+avechuchos--dijo la vieja.
+
+--Pero el sobrino del señor Francisco... os he preguntado por él tres
+veces y nada me habéis respondido... y sé que ha pasado aquí la noche...
+
+--La madrugada, diréis.
+
+--En buen hora... ¿y duerme todavía?
+
+--El que se acuesta tarde, no se levanta temprano.
+
+--¿Y decís que conocéis á mi sobrino?--dijo el cocinero.
+
+--Ya se ve que le conozco.
+
+--¿Dónde le habéis visto?
+
+--Anoche en palacio.
+
+--¿Pero en dónde?
+
+--Donde no entran todos.
+
+--¿Estáis seguro de lo que decís?
+
+--Vaya si lo estoy.
+
+--¿Y habéis hablado con él?
+
+--No, pero no importa; sé que anda enamorado y en aventuras.
+
+--¿Y le corresponden?
+
+--Tal creo.
+
+--Tenemos que hablar á solas... no os ofendáis, señora María.
+
+--La señora María no se ofende de otra cosa que de no ganar dineros.
+
+--Yo no puedo ofenderme de lo que me da risa.
+
+--¿Y qué os da risa en esto?
+
+--El secreto que gastáis... como si no supiéramos que en palacio es muy
+fácil tener amores altos.
+
+--Como es muy difícil que vos dejéis de ser una deslenguada.
+
+--Os advierto, hermano bufón, que si mi esposo os oye, que pudiera ser,
+os cortará una oreja.
+
+--¡Bah! ¡el escuderote! Pero dejando esto... ¿dónde tiene su aposento el
+señor Juan Montiño?
+
+--Ved que sale en persona--dijo la vieja señalando una puerta que se
+abría, y tras la cual apareció el joven.
+
+--¡Ah! ¡mi buen sobrino!--exclamó Montiño corriendo hacia él.
+
+--¿Cuánto pensará ganar con su sobrino el cocinero del rey, cuando tan
+bien le trata?--dijo para si el bufón.
+
+--¿Y mi tío Pedro?--dijo el joven con solicitud.
+
+--¡Tu tío!... ¡tu pobre tío, ha muerto!--contestó apagando su sonrisa y
+con acento triste Francisco Montiño.
+
+El joven se puso pálido, sus ojos se llenaron de lágrimas, y exclamó
+bajando tristemente la cabeza:
+
+--¡Cúmplase la voluntad de Dios!
+
+Y luego añadió dominándose:
+
+--¿Y nada os ha dicho para mí?
+
+--Nada; cuando llegué ya había perdido el habla.
+
+--¡Ah! ¡mi buen tío! la carta que me dió para vos era un pretexto para
+alejarme de sí; para que no lo viese morir.
+
+--No te has engañado, sobrino; no te has engañado... ¿y qué he hecho yo
+de esa carta? creo que la llevé al pueblo, y que la he dejado olvidada
+allí. ¿Pero, cómo has pasado la noche?
+
+--Muy bien, tío, muy bien.
+
+--Pues me alegro, me alegro mucho--dijo el tío Manolillo--, porque creo
+que tenéis demasiado que hacer para no necesitar estar descansado.
+
+--No os conozco, amigo--dijo Montiño.
+
+--Nada tiene de extraño. Yo soy el bufón del rey; pero si no me conocéis
+á mí, conocéis mucho á un grande amigo mío.
+
+--¿Qué amigo?
+
+--Don Francisco de Quevedo.
+
+--¡Cómo! ¡don Francisco de Quevedo!--dijo el cocinero mayor--¿y está don
+Francisco en la corte?
+
+--Y algo más que en la corte dijo el tío Manolillo.
+
+--¡Ah, ah! ¿Y conoces tú á don Francisco de Quevedo, sobrino?--añadió el
+cocinero.
+
+--Estuvo hace dos años en el lugar; iba huído...
+
+--¡Ah!--dijo Francisco Montiño, recordando el pasaje de la carta de su
+difunto hermano, en que se refería al conocimiento de Juan con
+Quevedo--. ¡Ah, sí! ¡Es verdad!
+
+--¿Y qué es verdad?--dijo Juan.
+
+--¿Qué ha de ser verdad, sino que hace dos años anduvo huído por unas
+estocadas don Francisco?
+
+--Pues amigo mío--dijo el bufón--, don Francisco os espera.
+
+--¿Que me espera? ¿Y dónde? Habíamos quedado en vernos en San Felipe.
+
+--Pero urge, urge. Así, pues, os vendréis conmigo.
+
+--¡Sin almorzar!--dijo el cocinero--. ¡Yo que venía con él para que
+almorzase!
+
+--Donde yo le llevo almorzará mejor.
+
+--¿Mejor que en mi casa?
+
+--Sí, señor; vuestro sobrino, señor Francisco, almorzará hoy mejor que
+el rey.
+
+--¡Algunas empanadas de hostería de esas que no se digieren!--exclamó
+Montiño con desprecio y picado en su calidad de cocinero.
+
+--¡Yo daré de almorzar á vuestro sobrino pechugas de ángeles!
+
+--¡Ah, ah!... ¡vos tenéis á vuestra disposición pechugas de ángeles!...
+Pero es el caso que yo necesito á mi sobrino, aunque sólo puedo darle
+pechugas de ánade.
+
+--No son malas, señor Francisco, no son malas; guardadme una para más
+tarde; pero yo ahora me llevo conmigo al señor Juan Montiño. Como que le
+espera nada menos que don Francisco de Quevedo, y para asuntos muy
+importantes.
+
+--¡Oh! pues si don Francisco de Quevedo me espera, tío, necesario será
+que vaya.
+
+--Iremos todos--dijo el cocinero.
+
+--No puede ser--replicó el bufón--: quedáos en buen hora siguiendo
+vuestra disputa con la señora María. En cuanto á mí, vuestro sobrino me
+llevo.
+
+--¿Y dónde para don Francisco?
+
+--En una casa y en una cama.
+
+--Pues quedo enterado--dijo el señor Francisco.
+
+--¡Cómo! ¿Ha pasado algún mal accidente á don Francisco?--dijo con
+cuidado Montiño.
+
+--Cosa mala nunca muere--dijo desapaciblemente la vieja.
+
+--Por eso no habéis muerto vos, aunque sois vieja del alma y del
+cuerpo--dijo el tío Manolillo--; pero vamos, señor Juan, y que no se
+diga que cuesta más trabajo sacaros de aquí que si se tratase de sacar
+una monja de un convento.
+
+--No; no ciertamente--dijo el joven--; perdonad, tío, pero cuando don
+Francisco me llama con tanta urgencia, asunto debe ser importante; en
+cuanto concluya iré á buscaros á palacio.
+
+--Ve, sobrino, ve--dijo el cocinero--; ya sabes que yo no me meto en tus
+asuntos; pero mira dónde pones los pies, hijo mío, porque la corte se ha
+puesto para ti un poco resbaladiza.
+
+--¿Nos veremos en la calle?--dijo el bufón--. Venid, que el tiempo
+urge, y vos, compadre, dejadnos por Jesús Nazareno, y vamos, y no se
+hable más, que en decir y replicar llevamos una hora. Conque hasta
+después; muchas expresiones al señor Cornejo, señora María, y al señor
+escudero que se compre un peine fuerte; hasta más ver... ¡Gracias á Dios
+que estamos en la calle!
+
+Y el tío Manolillo, sin detenerse á escuchar la agria réplica de la
+señora María, sacó á remolque á Juan.
+
+--¿Conque tan hombre sois?--le dijo el bufón.
+
+--Según--dijo Juan--; no sé por qué me hacéis esa pregunta.
+
+--¡Afortunado y reservadillo! haréis fortuna en la corte, joven.
+
+--Me alegraré.
+
+--¡Ah, ah!--conozco á muy pocos que hayan entrado en palacio con tan
+buen pie.
+
+Miró profundamente Montiño al tío Manolillo.
+
+--Vuestro amigo don Francisco--dijo el bufón contestando á aquella
+mirada--me llama el mochuelo del alcázar.
+
+--Os juro que no os entiendo.
+
+--¡Bah! ¿Y cómo os va de vuestros amores?
+
+--¿De mis amores?
+
+--¡Qué! ¿No estáis enamorado?
+
+--¡Yo!
+
+--Mirad que doña Clara Soldevilla es demasiado persona para que se la
+engañe.
+
+--¡Doña Clara! ¡Oh, doña Clara! ¿La conocéis?
+
+--¡Vaya! ¡Pues medrados estaríamos si el tío Manolillo, el loco del rey,
+no conociese hasta las arañas del alcázar! Conozco á mi señora doña
+Clara desde que era así, tamañita.
+
+--¿Y qué se dice de esa dama en el alcázar?
+
+--¿Qué se ha de decir? La llaman la menina de nieve.
+
+--¿Por lo blanca?
+
+--Bien pudieran; pero es por lo fría.
+
+--¡Fría, y tiene dos ojos que abrasan!
+
+--Pues ahí veréis. Nadie ha podido hacer que esos ojos le miren
+enamorados. ¡Como no seáis vos!...
+
+--¡Yo!
+
+--¿Y qué tendría eso de extraño?
+
+--Os aseguro que...
+
+--Lo creo; doña Clara es dura como una roca.
+
+--Pero yo no pienso...
+
+--¡Vos!... ¡bah!... Vos sois capaz de saltar por esa dama por cima de
+la torre de Santa Cruz; y si yo fuera otro, lo sería también... y sois
+vos solo...
+
+--¡Cómo!
+
+--El primero que salta por doña Clara es...
+
+--¿Quién?
+
+--Un personaje muy alto...
+
+--Acabad.
+
+--Don Felipe.
+
+--¿Don Felipe de qué?
+
+--Don Felipe de Austria, mi buen amigo, mi entretenimiento, mi loco.
+
+--¡Ah! ¡El rey!
+
+--No os pongáis pálido, amigo mío, no os pongáis pálido; doña Clara hace
+tanto caso del rey como de mí.
+
+--¡Pero decís que hay otros!...
+
+--No hay ninguno; es decir, ninguno ha logrado hacerse amar de doña
+Clara... á no ser que vos...
+
+--¿Yo?
+
+--Seamos francos; ¿cuánto daríais vos por encontrar una persona que os
+sirviese de puente para con esa dama? ¿Por dos ojos que viesen más que
+los vuestros?
+
+--¿Me hacéis una proposición?
+
+--Me intereso por vos.
+
+--¿Y qué clase de interés es el vuestro?
+
+--Yo... os serviré... pero me habéis de pagar.
+
+--Contad con mi bolsillo.
+
+--Os perdono, porque los enamorados están locos... Vos me pagaréis, pero
+no me pagaréis en dinero... Llegará un día en que yo os diga: os he
+servido; servidme.
+
+--Os serviré como me hayáis servido á mí.
+
+--No hablemos más; estamos cerca de la casa donde para nuestro amigo don
+Francisco.
+
+Entraban á la sazón en la calle Ancha de San Bernardo. Al poco trecho,
+el bufón llegó á una puerta, tiró de un cordel y la puerta se abrio;
+siguióle Juan Montiño, el bufón cerró la puerta y subió por unas
+escaleras, seguido del joven, á un hermoso recibimiento, y de allí á una
+sala ricamente alhajada.
+
+Sobre los sillones había algunos trajes relumbrantes, á todas luces
+trajes de teatro, y sobre una mesa joyas en desorden y botes de
+perfumes.
+
+En la sala no había nadie; pero saliendo de una alcoba se escuchaba una
+voz vibrante y acentuada que al parecer leía, y de tiempo en tiempo una
+voz juvenil y fresca, incitante voz de mujer, que se reía de la mejor
+gana del mundo.
+
+El bufón adelantó y levantó una de las cortinas bordadas que cubrían la
+puerta de la alcoba.
+
+En un magnífico lecho, que por muchas señales demostraba ser un lecho de
+mujer, y de mujer galante, hundido en los colchones, medio sepultado en
+las almohadas, revuelta la cabellera, caladas las antiparras,
+sosteniendo un libro en folio, leía Quevedo.
+
+A los pies del lecho, indolentemente envuelta en una especie de bata de
+color de rosa con encajes, mal cogidas las anchas trenzas negras,
+extendidos los pies, que calzaban unos chapines de tafilete blanco,
+apoyado un brazo en otro brazo del sillón, y sobre la mano uno de esos
+semblantes en que no se sabe qué admirar más, si la fuerza de la
+juventud, la fuerza de la hermosura ó la fuerza de la expresión, había
+una mujer como de veinticuatro años, sonriente, alegre, escuchando con
+delicia á Quevedo, que leía uno de los mejores capítulos del _Ingenioso
+Hidalgo Don Quijote de la Mancha_.
+
+Quevedo al leer no se reía; su acento al leer era el de un profundo
+crítico, que aprecia cada uno de los detalles, cada uno de los
+pensamientos, cada una de las bellezas, y las determina, las anota, por
+decirlo así, con la inflexión del acento, con la acentuación particular
+de la palabra; que admira y que acaso envidia, y que toma la lectura por
+lo serio.
+
+Cervantes, leído por Quevedo, ganaba; el chiste se hacía irresistible;
+la joven se reía con toda su alma.
+
+Se nos olvidaba decir que la joven tenía en la mano derecha, abandonada
+sobre la falda, un cuaderno de papel en que se veían escritos versos.
+
+A la cabeza de aquellos versos se leía:
+
+«Doña Estrella en la Estrella de Sevilla».--Dorotea.
+
+Aquel era un papel de una de las mejores comedias de Lope de Vega.
+
+La que le tenía en la mano, era sin disputa una comedianta.
+
+El papel revela su nombre.
+
+Era Dorotea.
+
+La querida pública del duque de Lerma.
+
+La amante particular de don Rodrigo Calderón.
+
+La mujer que tenía con el tío Manolillo unas relaciones, un punto de
+contacto que nadie podía calificar.
+
+Quevedo, Cervantes y Lope de Vega, estaban allí; los dos en
+representación, el uno en persona, haciendo brillar el uno de los
+representados á Cervantes y cautivando en favor de éste la atención de
+Dorotea en daño del otro representado, de Lope de Vega.
+
+--Yo os daba durmiendo dijo--el tío Manolillo--y á ti estudiando,
+holgazana--añadió dirigiéndose á la joven.
+
+--Gracias á mi buen Miguel que me he encontrado por ahí, no duermo, ni
+Dorotea estudia. Cuando habla Cervantes es necesario no vivir sino para
+escucharle. ¡Qué ingenio! se entiende, cuando no se trata del Pérsiles.
+Parece mentira que el tan discreto... pero vamos al asunto, y perdone mi
+buen amigo--añadió Quevedo cerrando el libro y dejándolo sobre la
+cama--, ¿traéis con vos á ese sujeto?
+
+--Tráigole por los cabezones.
+
+--¿Cómo tal? ¿por los cabezones venís cuando yo os llamo, amigo Juan?
+Entrad, entrad, amigo mío, la dueña de la casa es una moza demasiado
+valiente para asustarse, porque vos entréis en su alcoba.
+
+--Decís bien, y tanto más, cuanto me habéis curado de espanto
+apoderándoos de mi lecho; ¿qué pensarían de mí, si las gentes os vieran?
+
+--Que estoy cansado. ¿Pero qué hacéis que no entráis, amigo Juan?
+
+--Entrad, entrad, caballero--dijo Dorotea levantándose--; esta casa es
+muy vuestra.
+
+Y levantó la otra cortina que el bufón no había levantado.
+
+Al ver á Dorotea Juan Montiño, y al ver á éste Dorotea, sucedió una cosa
+singular: los dos retrocedieron, los dos cambiaron de expresión. La
+sonrisa que vagaba en los labios de Dorotea se borró; en el semblante de
+Juan Montiño apareció una expresión de sorpresa, pero no más que de
+sorpresa.
+
+No esperaba ver una mujer tan hermosa.
+
+Le había dado de repente en los ojos un relámpago de hermosura.
+
+El bufón y Quevedo habían reparado esta circunstancia: la repentina y
+significativa seriedad de Dorotea y el asombro de Juan Montiño.
+
+--¡Ah!--dijo el bufón.
+
+--¡Oh!--dijo Quevedo.
+
+--Pasad, caballero, pasad--dijo Dorotea ya perfectamente serena.
+
+Juan Montiño entró en la alcoba, enteramente repuesto ya de su sorpresa.
+
+--¿En qué nido le habéis encontrado, amigo Manolillo?--dijo Quevedo.
+
+En el nido de una corneja.
+
+--¿Y dónde tiene esa corneja su nido?
+
+--Es la manceba vieja de un tal Cornejo, galeote huído que anda haciendo
+milagros en la corte.
+
+--¡Ah! ¡Un ensalmador de condenados, reparador de injurias y
+falsificador de doncellas! Conozco al tal.
+
+--¡Pero vos conocéis á todo el mundo, don Francisco!--dijo Dorotea.
+
+--Conócenme á mí todos; no es mía la culpa; el que en enredos anda,
+enrédase.
+
+--Yo creo haber oído hablar de ese Cornejo--dijo Dorotea.
+
+--¿Ha graznado á vuestra oreja? pues mal agüero, hija; si supiera esto
+su excelencia, juntamente con que yo...
+
+--Vos os tomáis licencia para todo; en cuanto á ese Cornejo, conózcole
+por haberme hablado de él mis compañeras.
+
+--Señor Juan Montiño--dijo Quevedo con voz campanuda--: necesito hablar
+con vos á solas.
+
+--Muchas gracias por la manera de echarnos, don Francisco--dijo Dorotea.
+
+--Lope de Vega os espera; esta tarde á las dos debéis aparecer estrella;
+procurad que no os nublen los del patio... debéis, pues, agradecerme que
+no os distraiga. Paréceme que estaréis aquí mejor que en palacio, tío
+Manolillo.
+
+--Buenas noches, don Francisco, buenas noches y hasta que despertéis.
+
+--Os engañáis, hermano; aún no me duermo, ni llamo al amigo Juan para
+que me traiga el sueño... heme echado por descansar un poco, pero ya
+empiezan mis tareas cortesanas: el no dormir y el no parar. ¿Y vos
+habéis descansado?--dijo Quevedo dirigiéndose á Montiño, y prescindiendo
+enteramente del bufón, que salió y se sentó en la sala frente á Dorotea,
+que se había puesto á estudiar su papel junto á una ventana.
+
+--No he podido dormir, Quevedo--dijo el joven.
+
+--Dichosa edad en que el amor desvela; ¿y no ha tenido parte en vuestro
+desvelo el lance de anoche?
+
+--¿Cuál de ellos?
+
+Quevedo marcó con el brazo una estocada.
+
+--¡Ah! ¡no!
+
+--Pues sabed que Lerma lo sabe.
+
+--Me importa poco.
+
+--Que os pueden encerrar.
+
+--Me importa menos.
+
+--Que os puede suceder algo que negro sea.
+
+--Sucédame en buena hora.
+
+--No negáis la pinta.
+
+--¿Qué pinta?
+
+--La de vuestro padre.
+
+--Creo que mi padre hubiera tenido en estas circunstancias tan poco
+cuidado como yo.
+
+--Créelo sin dificultad y me alegro de que os parezcáis á vuestro padre.
+Sólo por eso os había llamado: estaba cuidadoso por vos. Y decidme, ¿si
+no habéis dormido, tendrá la culpa doña Clara Soldevilla?
+
+--¡Cómo! ¡pues qué! ¿Sabéis...?
+
+--Yo lo sé todo.
+
+--Tenéis sin duda un diablo familiar.
+
+--Puede ser. ¿Y los amores os han quitado el apetito?
+
+--No por cierto.
+
+--¿No? pues me alegro; ni yo tampoco. ¡Dorotea! ¡amiga Dorotea!
+
+--Decid á vuestra negra que nos dé de almorzar.
+
+Almorzaremos todos juntos--dijo Dorotea.
+
+--Que me place: almorzarán juntos el amor y las musas, una ninfa y un
+sátiro. ¿Y tenéis buena despensa? supóngolo.
+
+--¡Ah! me cuidan como una reina.
+
+--Créolo; como creo que agradecéis como una reina los cuidados.
+Perdonad, amigo Juan, si me dejo ver de vos desencuadernado--dijo
+Quevedo saltando del lecho en paños menores--; hacedme la merced de
+echar esas cortinas, no se escandalize Dorotea.
+
+--¿Os levantáis?--dijo la comedianta--: me alegro, voy á mandar sahumar
+la alcoba.
+
+--Pues dudo mucho...
+
+--¿Que?...
+
+--Que haya sahumerio que la quite su olor: si yo no tuviera la cabeza
+tan fuerte, trastornado saldría y entontecido. Huele aquí...
+
+--A hermosura...
+
+--Bien, lo creo.
+
+--Y de hoy en adelante olerá á ingenio...
+
+--¿Por qué, pues, sahumais?...
+
+--Pudiera pegársele á don Francisco...
+
+--¡Ah! ¡su excelencia! Créolo libre de tal contagio...
+
+--Dios le ayude.
+
+--Ya le ayudáis vos...
+
+--Pues yo creía que le desayudaba...
+
+--Sois un oro...
+
+--¿Os habéis vestido ya?
+
+--Atácome las calzas...
+
+--Voy á preparar el almuerzo.
+
+--¿Quién es esta mujer? dijo Montiño.
+
+--No lo sé--dijo Quevedo encajándose los gregüescos.
+
+--¿Qué, no lo sabéis, y os metéis en su casa como en una posada, y la
+tratáis con una lisura que mete miedo?
+
+--Tratándose de esta mujer, cuanto más miro menos veo. No se lo digáis á
+nadie, porque no me gusta pasar por torpe: pero no la leo... no la
+adivino. Hacedla el amor.
+
+--¿Yo?...
+
+--Es hermosa.
+
+--Pero descarada.
+
+--Por las descaradas se conoce á las enmascaradas; un amante ve lo que
+no ven los demás, y nos conviene ver á esta mujer.
+
+--Enamoradla.
+
+--Ya lo he hecho.
+
+--¿Y no habéis podido leerla?
+
+--No, porque no se ha enamorado de mi.
+
+--¿Y queréis que yo embista con una mujer que os ha rechazado?--replicó
+Montiño.
+
+--Habéis sorprendido á esta mujer.
+
+--¡Yo!
+
+--Se ha puesto pálida al veros.
+
+--Perdonad, á mí también me sorprendió...
+
+--Mejor: ella ha reparado en vuestra sorpresa y espera.
+
+--Perdonad, pero la sorpresa pasó.
+
+--Créolo: pero os repito que los amores de esta mujer interesan...
+
+--¿A quién?
+
+--A la reina.
+
+--¡Ah!
+
+--Además, no sabe aún lo de don Rodrigo. Procurad que cuando lo sepa le
+importe poco.
+
+--No comprendo lo que me queréis decir con lo de don Rodrigo...
+
+--La Dorotea cobra del duque de Lerma, y da á don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Ah!
+
+--Os aseguro que si en el almuerzo ganáis terreno, cuando le llegue la
+noticia, que no deberá tardar, la importará poco lo sucedido...
+
+--Pero... un triunfo tan rápido...
+
+--Así se triunfa de estas mujeres... ó á primera vista ó nunca.
+
+--Me repugna...
+
+--Sois mal galán de capa y espada... no servís para una comedia.
+
+--Lo confieso.
+
+--¿No me habéis recibido por maestro?
+
+--Sí.
+
+--Pues obedecedme.
+
+--Bien quisiera, pero tengo el corazón lleno.
+
+--¡Alma de niño! ¡majadero incorregible! doña Clara Soldevilla es el
+corazón, esta mujer la cabeza.
+
+--¡Ah!
+
+--¿Me habéis comprendido?
+
+--¿Pero tan importante es esta mujer?
+
+--No lo sé, pero pudiera serlo.
+
+--La enamoraré.
+
+--¡Callad! ó más bien... ¿y qué tal, qué tal os fué el último año en
+Alcalá?
+
+Dorotea acababa de entrar en la sala.
+
+--¡Cómo! ¿este caballero es estudiante?--dijo dejando sobre una mesa dos
+botellas.
+
+--Y de teología--dijo Quevedo.
+
+--¡Estudiáis para clérigo!--dijo haciendo un mohín de repugnancia la
+comedianta, á tiempo que salía Montiño de la alcoba.
+
+--Ha ahorcado los hábitos--dijo Quevedo saliendo tras Montiño.
+
+--¡Ah! he ahí una justicia que me agrada; y eso que no puedo ver á un
+ahorcado sin tener malos sueños.
+
+--¿Y qué diablos hacéis ahí, hijo Manolillo, doblado y redoblado?--dijo
+Quevedo.
+
+--¡Ah!--exclamó el bufón, como un hombre que despierta--; pensaba.
+
+[imagen: Quevedo]
+
+--¿Y qué pensábais?
+
+--¡Qué sé yo! era uno de esos pensamientos, que piensan en nosotros.
+
+--Metafísico estáis.
+
+--Y que nosotros no pensamos en ellos.
+
+--Continuad.
+
+--Que se vienen... y que se van...
+
+--Una idea eterna...
+
+--Eso es...
+
+--Un combate...
+
+--No, un tirano...
+
+--Téngoos lástima...
+
+--¡Ah!
+
+--El tío Manolillo tiene unas cosas muy singulares--dijo Dorotea.
+
+--¡Me voy!--exclamó el tío Manolillo.
+
+--¿Y no almorzaréis con nosotros?
+
+--El loco llama al loco; es la hora de levantarse el rey. Adiós.
+
+Y el tío Manolillo salió sombrío y cabizbajo; se le oyó bajar
+violentamente las escaleras y salió.
+
+--No entiendo vuestro conocimiento con mi buen amigo--dijo Quevedo.
+
+--Ni yo--exclamó Dorotea.
+
+--¡Y os ama!
+
+--¿Pero cómo me ama?...
+
+--Sabréislo vos.
+
+--Pues no lo sé; pero aquí viene el almuerzo, señores: sentiré trataros
+mal; vosotros tendréis la culpa; doy lo que tengo.
+
+--¡Y como tenéis un cielo!...
+
+--¡Bah, don Francisco! cuando me requebráis, no sé si debo ofenderme,
+ó...
+
+--¿Es esta negra vuestra cocinera?
+
+--Sí por cierto...--dijo un tanto resentida Dorotea del cambio de
+conversación de Quevedo.
+
+--Y bien, carbón viviente, ¿qué nos das de almorzar?
+
+La negra, que traía una mesa ayudada por un lacayuelo, contestó sobre la
+pregunta de Quevedo:
+
+--Vuesamercedes almozarán salmón fresco, pollas asadas, pastelones
+negros, pichones ensopados, tortas de dama...
+
+--Basta, basta, y aun diré que sobra, aunque tengo un apetito de gigante
+encantado.
+
+--Pues sentémonos--dijo Dorotea--; ¿y vos, tenéis también apetito?...
+
+--Está enamorado...
+
+--¡Ah!--dijo con cierto disgusto la Dorotea.
+
+--Enamorado de vos.
+
+--¡De mí!--exclamó riendo la comedianta.
+
+--¡Cosas de Quevedo!--dijo Montiño terriblemente contrariado.
+
+--No, no por cierto... cosas de Dorotea.
+
+--¡Cosas mías!
+
+--Ciertamente, porque vuestras cosas son las que han quitado el apetito
+de todas las cosas al señor Juan Montiño.
+
+--¡Ah! ¿os llamáis Montiño?
+
+--Es sobrino del cocinero mayor del rey.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío! ¡os va á parecer detestable mi almuerzo!
+
+--El rey no almuerza tan bien como vos, ni con tan buen servicio...
+apuesto á que esta plata ha venido en derechura para vos del Potosí...
+
+--Ved ahí que me importa poco el lugar de donde haya venido.
+
+--Debe importaros mucho más el lugar en donde ha parado.
+
+--Sabe Dios si para.
+
+--Mejor, porque será río si corre.
+
+--Me voy cansando...
+
+--Decís bien, debéis descansar... aunque no sois vieja.
+
+--Trabajo siempre para el público...
+
+--Decís bien... debéis trabajar para menos gente... ya quise que
+trabajáseis para mi... con el corazón; pero vuestro corazón anduvo
+reacio.
+
+--Punzáis, don Francisco.
+
+--¿Ortiga me hacéis? desgraciado ando.
+
+--No lo andáis mucho, cuando os veis en la corte.
+
+--Pues mirad: no quisiera ser cortesano.
+
+--Sóislo muy poco... y en prueba de ello cuando no estáis preso...
+
+--Me buscan... decís bien... y ahora me acuerdo... sois mi olvido de
+todo... ¿y de qué me había olvidado?... figuráos que anoche anduve
+cómplice en unas estocadas.
+
+--¡Apenas llegado!
+
+--Es mi sino. Pero como estoy ya cansado de que me echen el guante,
+trato de echar un guante de oro al escribano para que se le entorpezcan
+los dedos... y me urge... y me duele dejar á medio roer este pichón...
+pero os dejo...
+
+--¿Os vais?--dijo Montiño poniéndose de pie.
+
+--¡Oh! ¡no! vos no tenéis nada que ver con la justicia--dijo Dorotea--:
+almorzad al menos, caballero... si no es ya que os sepa mi almuerzo mal.
+
+--Creo que jamás ha almorzado tan á gusto el señor Montiño, y se
+quedará, debe quedarse--añadió Quevedo cargando su acentuación de una
+manera perfectamente inteligible para Montiño.
+
+--Temería abusar...
+
+--¡Oh! ¿qué es abusar?... por el contrario, no sabría á qué atribuir...
+
+--Pues me quedo--dijo Montiño con voz insegura.
+
+--Pues quedáos--exclamó Quevedo--. Os suplico que no os vayáis...
+
+--Pero si tardareis...
+
+--En ninguna parte pudiérais sentir menos la espera. ¡Ah! las diez...
+conque hasta las doce. Quede con vosotros Dios.
+
+Y Quevedo salió.
+
+Toda esta escena, á pesar de que había sido un poco picante, había
+pasado delante de la negra y del lacayuelo.
+
+--Servidnos los postres y marcháos á almorzar--dijo Dorotea apenas salió
+Quevedo.
+
+Montiño y la comedianta quedaron al fin solos.
+
+--Tenéis un amigo muy regocijado--dijo Dorotea...
+
+--¡Oh! ¡sí!--contestó el joven, que aunque no era novicio, sentía
+remordimientos por aquella especie de infidelidad que hacía á su dama, y
+estaba contrariado.
+
+--Si no fuese por su lengua...--añadió Dorotea.
+
+--¡Oh! ¡sí!--respondió Montiño.
+
+--¿Pero no coméis?--dijo la joven, que empezaba á sentirse preocupada.
+
+--Perdonad, señora, pero...
+
+--¿Pero qué?...
+
+Montiño alzó los ojos, y su mirada se encontró con la mirada negra y
+resplandeciente de la Dorotea.
+
+Por culpa de la situación, aquellas dos miradas fueron terriblemente
+criminales, y la Dorotea se puso encarnada, no de rubor, sino de
+despecho, porque había conocido todo el valor aparente de su mirada.
+
+Lo mismo y por la misma razón aconteció á Montiño.
+
+--Vamos, esto es una tontería--dijo la Dorotea, sin pretender cubrir lo
+que no podía cubrirse.--Quevedo tiene la culpa.
+
+--Yo creo, señora, que nadie tiene la culpa de nada.
+
+--Bebed--dijo la joven llenando una copa de vino.
+
+--Bebed primero vos...
+
+--La Dorotea llenó su copa.
+
+--No: bebed en ésta, ó bebamos la mitad de la nuestra cada uno;
+cambiamos.
+
+--¿Sabéis lo que estáis haciendo?--dijo con seriedad la Dorotea.
+
+--¿Os ofende?
+
+--Me estáis enamorando.
+
+--¿Y hago mal suponiendo que eso sea?
+
+--Eso lo sabréis vos.
+
+--¡Cómo! ¿que yo sabré si hago mal en enamoraros?
+
+--Sí, porque vos sabréis con cuánta lealtad, con cuánta razón podéis
+enamorar á una mujer á quien hace media hora que conocéis.
+
+--La soledad tiene la culpa...
+
+--Llamaré compañía...
+
+--No; más bien si os desagrada mi atrevimiento, me iré yo.
+
+--Don Francisco vendrá á buscaros...
+
+--Pues no encuentro medio...
+
+--Sí; dejar esta conversación.
+
+--Dejémosla.
+
+--Hablemos de otra cosa.
+
+Pero ninguno de los dos habló.
+
+Bebieron en silencio sus copas.
+
+Pasaron algún tiempo callando.
+
+Dorotea miró involuntariamente á Montiño.
+
+En aquel momento Montiño miró á la comedianta.
+
+Esta doble mirada fué más elocuente, más intensa que la anterior.
+
+Dorotea y Montiño se turbaron mucho más.
+
+Pero por aquella vez, Dorotea no se irritó.
+
+Por el contrario, soltó una alegre carcajada, y dijo:
+
+--¿Quién diablos os ha traído aquí?
+
+Y llenó la copa, bebió la mitad, y ofreció la copa á Montiño.
+
+Montiño la tomó y buscó el sitio donde había puesto sus labios la joven.
+
+--Habladme con franqueza--dijo la Dorotea--; ¿qué habéis visto en
+mí...?
+
+Y se detuvo.
+
+--He visto en vos, señora... ¡la verdad es que no he visto nada fuera de
+vuestra hermosura, que es divina!
+
+--Pero... mi hermosura sola no hubiera causado en vos... en fin, no
+hablemos más de esto... os recibo por mi amigo.. conozco que os
+apreciaré... os apreció ya, no sé por qué... sobre todo, no me gusta una
+guerra fatigosa, un galanteo que á nada conduciría, porque es una
+locura.
+
+--Seamos, pues, amigos; prefiero vuestra amistad á vuestro amor.
+
+-¡Mi amor! ¿sabéis si yo he amado alguna vez? ¿sabéis si puedo amar?
+
+--Todos hemos nacido...
+
+--He aquí una cosa indudable.
+
+--Para amar...
+
+--Eso no es tan claro.
+
+--Si no habéis amado, amaréis.
+
+--¿Habéis amado vos?
+
+--Sí, y mucho--dijo Montiño suspirando por doña Clara de Soldevilla.
+
+-¿Y amáis...?
+
+--¡Si amo! ¡si amo! ¡con toda mi alma!--exclamó el joven refiriéndose
+siempre á doña Clara.
+
+La Dorotea, sin darse á sí misma la razón, se inmutó profundamente y
+dejó ver claro su disgusto en su semblante.
+
+Acaso aquello era amor propio.
+
+Acaso una sensación involuntaria.
+
+Montiño notó aquella conmoción, la tradujo por amor propio á su favor, y
+acordándose de que Quevedo le había dicho:--Importa á la reina acaso, el
+que volváis loca á esa mujer--y comprendiendo que el servir á la reina,
+el sacrificarse por ella, era la mejor seducción que podía emplear para
+con doña Clara, se decidió á tomar á la comedianta por instrumento, y á
+destruir el mal efecto que le habían causado sus últimas palabras.
+
+--Sí--repitió con acento apasionado--, amo á una diosa humana, con toda
+mi alma, con todo mi corazón... y esa divinidad... ¡sois vos!
+
+--¡Yo! ¡imposible!
+
+--Recordad que me turbé al veros.
+
+--Eso nada prueba.
+
+--Prueba que me habéis matado.
+
+--Pero... caballero...--dijo pálida y grave la Dorotea--, creo que me
+tomáis por entretenimiento.
+
+--¿Me ofendéis...?
+
+--Porque temo ser ofendida.
+
+--¿Qué encontráis de extraño...?
+
+--No sé... porque, como, lo repito, no he amado nunca, no sé si es
+posible que se ame así como vos decís, tan pronto.
+
+--¿Cuánto tiempo tarda en arder la leña seca?
+
+--¡Ah!
+
+--El tiempo que tarda en acercarse á ella el fuego.
+
+--Pero la llama dura poco...
+
+--Pero cuando acaba ha consumido la leña.
+
+--¿Y vos sois... leña seca...? yo os creía leña verde.
+
+--Os engañáis. En las universidades se empieza á vivir muy pronto, y se
+vive muy de prisa.
+
+--¡Ah! ¡los estudiantes! ¡dicen que los estudiantes son muy embusteros!
+
+--No sé qué puedan diferenciarse en esto de los otros hombres.
+
+--Tenéis razón; pero tienen también una fama tal los estudiantes...
+
+--Injusticias, envidias... además, si fuí estudiante, ya no lo soy.
+
+--¿Pues qué sois ahora?
+
+--Pretendiente.
+
+--¿Y qué pretendéis?
+
+--Una compañía.
+
+--¿Compañía de qué?...
+
+--¿De qué ha de ser?...
+
+--Hay muchas compañías... la de Jesús, las de comediantes, las de los
+mercaderes...
+
+--La que yo quiero es una compañía de soldados.
+
+--¿Y habéis hablado á alguien?
+
+--La tengo casi ciertamente...
+
+--¡Ah! ¡es verdad! ¡sois sobrino del cocinero de su majestad!
+
+--¿Y creéis que mi tío puede?...
+
+--Si Francisco Martínez Montiño se empeña, seréis... no digo yo
+capitán... sino cuartel-maestre, general... vuestro tío, además de tener
+muchos doblones, tiene mucho influjo.
+
+--Me alegro de saberlo--dijo para sí el joven.
+
+--Capitán--dijo la Dorotea...--¿y os iréis á Italia ó á Flandes?...
+
+--Me quedaré en Madrid; á más de capitán, quiero serlo de la guardia
+española.
+
+--Lo seréis, porque á más de vuestro tío os ayudaré yo.
+
+--¡Vos!
+
+--Sí, yo... ¿pues no sabe todo el mundo que soy la querida del duque de
+Lerma, y que su excelencia me quiere tanto, que hace todo lo que yo
+quiero?
+
+--Temería abusar de vos.
+
+--¡Bah! yo debo agradeceros el que me hayáis mirado tan bien.
+
+--Mejor os agradecería el que no me miráseis mal.
+
+--¿Y por qué? no tengo motivo... os aprecio...
+
+--Más quiero...
+
+--¿Más que apreciaros?
+
+--¡Amadme!
+
+--Echad un memorial á Cupido...
+
+--Vos sois Venus, y le mandáis.
+
+--Ya sabéis que Cupido es un bribonzuelo, que no respeta ni aun á su
+madre.
+
+--Casi creo que tenéis razón.
+
+--¿Por qué?...
+
+--Porque creo que el rapazuelo me ayuda.
+
+--Son muy presumidos estos estudiantes...
+
+--Capitán, señora, capitán.
+
+--Pues peor; la gente de guerra cree que las mujeres se toman como las
+murallas, al asalto... mudemos de conversación...
+
+--Mudemos...
+
+--¿Hace mucho tiempo que habéis venido á Madrid?--dijo la Dorotea,
+procurando mostrarse completamente olvidada de la conversación anterior.
+
+--Vine ayer.
+
+--¡Ayer!
+
+--Sí, señora, ayer por la tarde.
+
+--¿Y no habéis estado otra vez en Madrid?
+
+--Nunca, señora.
+
+--Es decir...
+
+-¿Qué?...
+
+--No recuerdo lo que os iba á decir.
+
+--¿Queréis que os diga una cosa?...
+
+--Decidla.
+
+--Creo que tenéis más memoria cuando habláis de amor.
+
+--¿Volvemos?
+
+--¡Ah, señora! no recuerdo haber visto en mi vida unos ojos que de tal
+modo me acaricien el alma.
+
+--¡Cómo! ¡pues qué!... ¡mis ojos!...
+
+--Me están diciendo...
+
+--Mienten... mienten mis ojos... vamos... será necesario que nos
+separemos.
+
+--¿Sabéis que es muy dichoso don Rodrigo Calderón?
+
+La comedianta hizo un gesto indefinible, mezcla de disgusto y de desdén
+á un tiempo.
+
+--No me nombréis ese hombre--dijo.
+
+--¡Bah! ¿pues no le amáis?
+
+La Dorotea fijó una mirada dilatada, inocente, dolorosa, enamorada á un
+tiempo en Juan Montiño; extendió hacia él un magnífico y mórbido brazo,
+y estrechando una mano del joven, le dijo:
+
+--Os suplico que me dejéis sola; yo os disculparé con don Francisco.
+
+--¡Qué! ¿tanto os enoja que yo continúe á vuestro lado?
+
+--No, no me enoja; pero... me siento mal; estoy turbada, ¿no lo véis?
+estoy avergonzada.
+
+--¡Avergonzada! ¿y por qué?
+
+--¡Porque soy una mujer perdida!--dijo la Dorotea--, y se cubrió el
+rostro con las manos.
+
+--¿Pero quién ha dicho eso?--replicó Montiño acercándose á ella y
+apartándole suavemente las manos de sobre el rostro.
+
+--Lo digo yo.
+
+--Pues decís mal, señora; yo os creo una mujer virgen.
+
+--¡Ah, explicadme... explicadme eso!
+
+--La explicación es muy sencilla: vos misma, recuerdo que hace poco lo
+decíais, vos misma habéis confesado que no habéis amado nunca.
+
+--¿Y lo creéis?
+
+--Lo creo.
+
+--¿Y no teméis engañaros?
+
+--No.
+
+--¿Pero qué razones, qué pruebas tenéis?...
+
+--Voy á hablaros con el alma, sin embozar mis palabras: cuando yo os vi,
+me mirásteis como miran las cortesanas...
+
+--¡Ah!
+
+--Pero apenas me vísteis, bajásteis los ojos como una niña que recibe la
+primera revelación de amor en la mirada de un hombre; os pusisteis seria
+y grave.
+
+--¡Ah, ah! ¿y creéis--dijo con acento ardiente Dorotea--, creéis que os
+habéis entrado en mi alma en el momento en que os he visto?
+
+A aquella pregunta de Dorotea, pregunta hecha con sinceridad, con
+candor, con anhelo, Montiño sintió una especie de vértigo. Dorotea se
+había transfigurado; su alma, un alma entusiasta, enamorada, noble, se
+exhalaba de su mirada, de la expresión de su semblante, de su boca
+trémula, de su acento cobarde, ardiente, opaco.
+
+Pero Montiño estaba prevenido; el involuntario poder de fascinación de
+la comedianta, luchaba con el amor intenso, voluntarioso, tenaz, que
+Montiño sentía por doña Clara, y el joven vaciló un momento, pero se
+rehizo y se mantuvo firme, como un buen justador después de un tremendo
+bote de lanza recibido en el escudo.
+
+--Yo no me atrevería á decir--contestó Montiño--si yo me he entrado en
+vuestra alma ó no, señora; pero os puedo asegurar que vos os habéis
+entrado en la mía.
+
+--Pero esto es una locura--dijo la Dorotea como quien pretende despertar
+de un sueño--; una locura á que no debemos dar vuelo: vamos, esto no
+puede ser.
+
+--¿Que no puede ser? ¿y por qué? ¿tanto amáis á don Rodrigo? ¿tanto os
+importa Lerma?
+
+--Mirad--dijo Dorotea inclinándose hacia Montiño y fijando en él sus
+grandes ojos--; el duque me importa lo mismo que esto--y tomó un pedazo
+de pan y le desmigajó de una manera nerviosa--. Cuando tenía hambre...
+deseé brillar por mi aparato, por mis trajes, por mis alhajas, le acepté
+con hambre... hoy... hoy me importa muy poco el duque.
+
+--¡No le necesitáis ya!
+
+--No necesito alhajas ni brocados.
+
+--¿Los tenéis?
+
+--Jamás se tienen, porque hoy se lleva uno y mañana otro. No es eso...
+
+--¿Pues qué es?...
+
+--Dejadme hablar; me habéis nombrado á don Rodrigo... don Rodrigo me da
+hastío, como eso.
+
+Y señaló una copa que estaba llena de vino.
+
+--Y sin embargo, si digo que esta desdichada conversación de amores en
+que sin saber cómo nos hemos metido es una locura, no es por el duque ni
+por don Rodrigo, sino por vos.
+
+--¿Por mí?...
+
+--He dicho mal; he debido decir por mi suerte.
+
+--Explicáos, porque no os entiendo bien.
+
+--Yo no puedo ya amar.
+
+--El amor viene sin que le llamen, y no se va aunque le echen.
+
+--¡Oh! no me digáis eso... porque sería muy desdichada... dejemos,
+dejemos más bien este asunto... soy franca con vos; estoy aturdida;
+¿queréis que os cante la canción que he estudiado para esta tarde?
+seréis el primero que la oiga... lo que no es poco favor--añadió
+sonriéndose--; así nos distraeremos los dos... vaya... ¡si esto parece
+una brujería!
+
+Y Dorotea se levantó, tomó un arquilaúd que estaba sobre un sillón, se
+sentó junto á la ventana, templó el instrumento, preludió con maestría
+algunos instantes, y luego cantó con una voz fresquísima y de un timbre
+admirable, la siguiente seguidilla:
+
+ Como el amor es ciego
+ por tener ojos,
+ en los tuyos se esconde
+ dulces y hermosos:
+ y al esconderse,
+ el traidor con tus ojos
+ me da la muerte.
+
+--Cantáis... no sé cómo deciros...--exclamó Montiño--como un ruiseñor es
+poco, y como un ángel... lo ha dicho todo el mundo.
+
+--¡Gracias! ¿Creéis que gustaré esta tarde?
+
+--Si los del patio sienten lo que yo he sentido...
+
+-¡Ah!
+
+--Habéis cantado como el amor... y esos ojos que cantáis, son vuestros
+ojos.
+
+--¿Sabéis que tarda demasiado don Francisco?
+
+--Mejor; de ese modo no estorba.
+
+--Haréis que me enoje... Sois muy poco generoso.
+
+--¡Señora!
+
+--¿Pero no comprendéis que os estoy pidiendo treguas?
+
+--Pues bien, señora mía; yo sólo puedo concederos una cosa.
+
+--¡Ah, ya me dictáis condiciones!
+
+--¡No por cierto!... Pero quiero que me tranquilicéis el alma.
+
+--¿Teméis?
+
+--Caer del cielo.
+
+--¡Pero, señor, esto es terrible! Es la primera vez que me sucede... No
+me conozco...
+
+--Porque me amáis, ¿no es verdad, y no comprendéis que se pueda amar tan
+pronto?
+
+--Yo creo que tenéis más experiencia que yo.
+
+--Os engañáis; no he amado hasta ahora, pero por lo que siento, no
+extraño que vos améis lo mismo que yo.
+
+--Pero, ¿qué deseáis de mí?
+
+--¿Qué deseo? Vuestro cuerpo y vuestra alma; vuestro recuerdo
+continuo... Quiero ser para vos el aire que respiréis.
+
+--¡Me estáis engañando!
+
+--¡Yo!
+
+--¡Os ha traído don Francisco!...
+
+--No creí yo que alguna vez fuese para mí una desgracia mi amistad con
+Quevedo.
+
+--¡Ah! Quevedo es tal que no sólo no puede confiarse en él, sino que
+tampoco de una persona con quien él haya hablado tan sólo dos veces.
+
+Montiño estuvo á punto de decir á la comedianta que Quevedo tampoco se
+fiaba de ella.
+
+Pero se contuvo á tiempo, y siguió aquel papel de enamorado que no le
+era difícil representar, porque además de ser hermosa Dorotea, estaba
+embellecida por una sobreexcitación profunda, dominada por el no sé qué
+misterioso que emanaba para ella de Juan Montiño.
+
+Podía decirse que Dorotea estaba enamorada, sorprendida en eso que se
+llama _cuarto de hora de la mujer_, por el joven, dominada por él.
+
+Montiño tenía fijas en la memoria las palabras de Quevedo: «De estas
+mujeres se triunfa á primera vista ó nunca». Y aquellas otras: «Interesa
+á la reina que enamoréis á esta mujer».
+
+Juan Montiño desempeñaba con gusto su farsa, porque, aunque estaba
+locamente enamorado de doña Clara, la comedianta tenía para él, en la
+situación en que se encontraba, un encanto irresistible.
+
+Montiño la veía luchar con una fascinación amorosa.
+
+La veía sufrir.
+
+Los ojos de Dorotea se bajaban y volvían á levantarse para mirar á Juan
+Montiño con más insistencia de una manera más elocuente.
+
+La despechaba el no poder encubrir la impresión que la causaba el joven,
+y su semblante se encendía en rubor.
+
+Acaso hasta entonces no se había ruborizado Dorotea.
+
+Acaso hasta que había sentido la primera impresión de ese amor del alma
+que tan superior es al deseo de los sentidos, á esa otra sensación que
+generalmente se llama amor, no la había pesado en su vida anterior.
+
+Acaso nunca hasta entonces se había avergonzado de ella.
+
+Juan Montiño comprendía la lucha que agitaba el alma de Dorotea, y no la
+dejaba tiempo para descansar, para reponerse.
+
+Se había levantado de junto á la mesa.
+
+Había permanecido algún tiempo de pie.
+
+Luego se había sentado en el taburete donde apoyaba sus pies Dorotea.
+
+Por último, había abrazado la cintura de la joven.
+
+Al sentir el brazo de Juan Montiño, se alzó como se hubiera alzado la
+mujer más pura.
+
+--Me estáis tratando mal--dijo,--me estáis haciendo daño... daño en el
+alma. ¿Trataríais de este modo á la mujer á quien quisiérais para
+vuestra esposa?
+
+--¡Ah!--exclamó Juan Montiño sorprendido.
+
+--No, no he querido decir que yo os ponga por condición para amaros que
+seáis mi esposo: sé demasiado que yo no puedo aspirar á ser la esposa de
+un hombre honrado... pero os quisiera ver tímido, respetuoso, dominado
+por mí como yo lo estoy por vos... Os quisiera ver sorprendido por un
+afecto nuevo como yo lo estoy... quisiera... yo no sé lo que quisiera...
+que os bastara con amarme. ¡Oh, Dios mío; pero yo estoy diciendo
+locuras!
+
+Y se volvió á sentar, y el joven volvió á rodear su cintura.
+
+Por aquella vez Dorotea se puso pálida, se estremeció, pero no se
+atrevió á desasirse de los brazos de Montiño.
+
+--Tengo sed--dijo el joven.
+
+--¡Sed!--dijo la Dorotea bajando hacia él sus grandes ojos medio velados
+por la sombra de sus largas pestañas y dejando caer una larga mirada en
+los ojos de Montiño.
+
+--¡Sí, sed de vuestra boca!
+
+--¡Oh! exclamó Dorotea.
+
+Y de repente rechazó al joven.
+
+--Alguien se acerca--dijo--; alzáos, alzáos.
+
+En efecto, Juan Montiño oyó abrir una puerta inmediata y se levantó y
+fué á tomar su sombrero.
+
+--No os vayáis--dijo Dorotea--, quedáos; sea quien fuere, ¿qué importa?
+
+Abrióse la puerta y apareció un hombre con traje de soldado.
+
+Llevaba calado el sombrero, y su mirada era insolente y provocadora.
+
+Al ver á Juan Montiño le miró de alto abajo, y su mirada se apagó en la
+mirada fija del joven.
+
+Entonces se quitó el sombrero y saludó de una manera tiesa.
+
+Montiño no se levantó de la silla donde se había sentado antes de que
+llegara aquel hombre.
+
+Dorotea le miró con una de esas miradas que quieren decir:
+
+--Habéis llegado á mal tiempo: ¿Qué queréis?
+
+Y como si el recién llegado hubiese comprendido aquella pregunta en
+aquella mirada, dijo:
+
+--Don Rodrigo está gravemente herido, casa del duque de Lerma.
+
+Montiño se puso levemente pálido, y fijó con ansiedad los ojos en
+Dorotea.
+
+--¿Y bien?--dijo ésta--¿porqué me dais esa noticia como si se tratase de
+una persona muy allegada á mí?
+
+--¡Cómo!--dijo con insolencia aquel hombre--yo creía que os importaba
+algo.
+
+--Pues os habéis equivocado, Guzmán.
+
+En efecto, aquel hombre era el sargento mayor don Juan de Guzmán, el
+mismo á quien la noche antes hemos visto al lado de la mujer del
+cocinero mayor.
+
+--Es singular lo que está sucediendo á don Rodrigo--dijo Guzmán--. Todos
+le abandonan. El duque de Lerma, sabe quiénes son los agresores, y no
+manda proceder contra ellos. Vos recibís la noticia como si...
+
+--Nada me interesase, ¿no es verdad?
+
+--Lo que no deja de ser muy extraño.
+
+--Extrañad todo lo que queráis; podéis decir á don Rodrigo cómo he
+recibido esta noticia. Y podéis decir más: me retiro del teatro: y tal
+vez me vuelva al convento.
+
+--¡Ah! yo creí que fuese otra la causa--dijo Guzmán mirando con
+insolencia al joven.
+
+--Sea cual fuese la causa, nada os importa. Además, que cuando tal le ha
+acontecido á don Rodrigo, él lo habrá buscado.
+
+--Acaso tengáis vos la culpa.
+
+--¿Yo? ¿le ha sucedido por mí esa desdicha?
+
+--Si por cierto; mediaban ciertas cartas.
+
+--¿Cartas?...
+
+--De una noble dama... Vos habéis sido imprudente... El cocinero mayor
+ha llegado á saber lo de las cartas... y un sobrino del cocinero
+mayor...
+
+--¡Qué decís!
+
+--Que un tal Juan Montiño, que acababa de llegar á la corte, ha sido el
+que ayudado de don Francisco de Quevedo...
+
+--Os engañáis, señor mío--dijo el joven--; Juan Montiño, no ha
+necesitado de nadie para castigar á don Rodrigo Calderón, como de nadie
+necesitaría para castigaros á vos á la menor palabra ofensiva que os
+atreviéseis á pronunciar contra esta señora, ó contra su tío, ó contra
+él.
+
+--¡Ah! ¿sois vos, acaso?...
+
+--Sí, señor, yo soy.
+
+--¡Ah! pues comprendo, y como nada tengo que hacer aquí, me voy.
+Guárdeos Dios, señora. Hidalgo, hasta la vista.
+
+Ni Dorotea ni Juan Montiño contestaron al sargento mayor, que salió.
+
+Durante algún tiempo, Dorotea miró frente á frente y ceñuda á Juan
+Montiño.
+
+--Yo creí que me engañábais--dijo con acento concentrado.
+
+--¡Que os engañaba!
+
+--¡Y don Francisco! ¡ah! ¡don Francisco!
+
+--¡Pero explicáos por Dios, Dorotea!
+
+--Quevedo no os ha llamado á mi casa para veros, sino para que yo os
+viese.
+
+--No os entiendo.
+
+--¡Quevedo, Quevedo! ¡Ah! ¡Maldito sea!
+
+--¡Pero explicáos, Dorotea, explicáos por Dios, que no os entiendo!
+
+--Ese hombre, ese Quevedo... parece que lee en mi alma, lo que en el
+alma está oculto; parece que adivina.
+
+--Os suplico que os expliquéis.
+
+--¡Que me explique! Quevedo es amigo de la reina, de esa mujer á quien
+todos creen una santa, que á todos engaña.
+
+--Por Dios, Dorotea, ved lo que decís; no comprendo por qué os irritáis.
+
+--¿Por qué? me habéis sorprendido entre los dos... me habéis
+engañado... Ya se ve... es hermoso, parece tan noble, tan bueno... ella
+está sedienta de amor... ella no ha amado... el duque de Lerma es su
+esclavo... utilicemos esta mujer... ¡y el señor estudiante...! ¡Ah, don
+Francisco...! ¡don Francisco!
+
+--Decid que os ha llenado de dolor la desgracia de ese hombre--dijo con
+impaciencia Montiño.
+
+--¿Y qué me importa ese hombre? ayer acaso... hoy... hoy quien me
+importa sois vos... no sé por qué... pero me habéis empeñado... y nos
+veremos, caballero, nos veremos.
+
+Y tras estas palabras se dirigió á la puerta de sala.
+
+--¡Casilda!--gritó--¡Casilda! mi manto de terciopelo; que ponga Pedro la
+litera al momento.
+
+La negra trajo á Dorotea un magnífico manto de terciopelo; la joven se
+puso algunas joyas, se arregló un tanto los cabellos, y salió.
+
+Montiño se quedó solo en la sala sin saber lo que le acontecía.
+
+Poco después asomó Quevedo á la puerta.
+
+--De seguro--dijo--habéis cometido alguna torpeza, amigo Juan.
+
+--No por cierto; creo que la torpeza, aunque parezca extraño, viene de
+vos.
+
+--¡Eh! acertádolo habéis; tenéis razón... he sido torpe, porque no he
+podido prever que la tal ninfa se enamorase de tal modo de vos.
+¡Milagro! apuesto á que hacéis de ella una Magdalena; aunque os lo
+repito, estoy seguro de que habéis cometido una torpeza... seréis capaz
+de haberla dicho que herísteis á don Rodrigo.
+
+--Pues os habéis equivocado de medio á medio.
+
+--¿Pues quién ha sido?
+
+--Una especie de Rolando de comedia, á quien creo que ella ha llamado
+Guzmán.
+
+--¡Ah! ¡Don Juan de Guzmán ha estado por aquí...! pues bien, no
+importa... la verdad del caso es que la Dorotea está loca por vos...
+¿qué habéis hecho en tan poco tiempo? Debe existir en el espíritu humano
+algo terrible, algo misterioso... ¡estas influencias rápidas...! ¡este
+unirse un alma á otra...! ¡oh! ¿quién sabe, quién sabe lo que somos?
+
+Quevedo pronunció estas palabras como hablando consigo mismo.
+
+--¿Queréis hacer lo que yo os diga?--exclamó de repente Quevedo.
+
+--¿Y qué hemos de hacer?
+
+--¡Qué! buscar postas y marcharnos á Barcelona; embarcarnos allí y
+plantarnos en Nápoles.
+
+--¿Tenéis miedo?
+
+--Os confieso que estoy asustado.
+
+--¿Por lo de don Rodrigo...?
+
+--No, por lo de la corte... cosas se están preparando... cosas
+inevitables... sería necesario ser un Dios.
+
+--Pues yo no me voy, á no ser que se viniera conmigo doña Clara.
+
+--¡Ah! maldiga Dios las mujeres... pero como estoy seguro que ni frailes
+capuchinos son capaces de convencer á un enamorado como vos...
+
+--¿Y la reina...?
+
+--Dios guarde á su majestad.
+
+--Seamos nosotros la mano de Dios.
+
+--Decís bien... quedémonos... pero como yo ahora no puedo acompañaros,
+ni vos tenéis á dónde ir, quedáos aquí... tomad posesión de la casa que,
+os lo aseguro, es vuestra, y empezad á ser el déspota de Dorotea. Os
+digo que está enamorada de vos, que resiste y que la resistencia acabará
+por hacerla vuestra esclava. No olvidéis que es nuestro instrumento... y
+adiós.
+
+--¿Pero qué he de hacer yo aquí?
+
+--Primero quitaros la capa, la daga y la espada como si estuviérais en
+vuestra casa, mandar, hacer y deshacer, y que cuando venga Dorotea os
+encuentre apoderado de vuestro lugar de dueño.
+
+--Pero esto me repugna...
+
+--Seguid mi consejo... por veinticuatro horas.
+
+--Pero si lo sabe doña Clara.
+
+--Yo me encargo de eso. Pero adiós. Me están esperando en las Descalzas
+Reales.
+
+Y Quevedo salió.
+
+Juan Montiño permaneció algún tiempo perplejo, y después siguió el
+consejo de Quevedo.
+
+Se quitó la capa y el talabarte, acercó un sillón al brasero de plata
+que templaba la sala y poco después dijo:
+
+--¡Casilda!
+
+Presentóse la negra y miró con asombro á Juan, apoderado de la casa de
+su ama.
+
+--¿Qué me manda vuesa merced, señor?--dijo.
+
+--Tráeme un vaso de sangría.
+
+La esclava salió y poco después entró con un vaso lleno de un líquido
+rojo en que flotaba una rueda de limón y puesto sobre una salvilla de
+plata.
+
+Montiño se quedó solo, pensando alternativamente en las cosas
+siguientes:
+
+Primero en doña Clara.
+
+Después en la reina.
+
+Luego en su banda de capitán.
+
+Por último, en Dorotea.
+
+Al fin, pensando en ella y bajo la influencia de la sangría, del calor
+del brasero y de la soledad, se quedó dormido.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XVIII
+
+DE CÓMO ENTRE UNOS Y OTROS NO DEJARON PARAR EN TODA LA MAÑANA AL
+COCINERO DE SU MAJESTAD
+
+
+Dejamos á Francisco Martínez Montiño en casa de la señora María.
+
+Cuando la vieja se encontró sola con él, volvió toda su cólera contra la
+única víctima que le quedaba.
+
+--Os habéis perdido y perderéis á vuestro sobrino--le dijo--; y todo por
+vuestra avaricia.
+
+--Tengamos la fiesta en paz, señora María; ni yo me he perdido ni trato
+de perder á nadie, y con esto quedad con Dios, que yo sólo venía por mi
+sobrino, y no habiéndomelo llevado me voy á la cocina.
+
+--Bien haréis en estar en ella, y en no perder de vista las cacerolas, y
+en ver quién anda con ellas.
+
+--¿Qué queréis decir?
+
+--Nada, señor Francisco, nada... yo me entiendo, y sé lo que me digo...
+
+--Pues maldito si os entiendo, ni quiero entenderos. Quedáos con Dios, y
+si vuelve mi sobrino, tratadle bien, y no seáis con él parlanchina ni
+imprudente... ved que mi sobrino es mucho hombre y os pudiera pesar.
+
+--¿Porqué no casáis á vuestro sobrino con vuestra hija?... aunque os lo
+están acostumbrando mal: ¡habérsele llevado el tío Manolillo á casa de
+la Dorotea!...
+
+--Quedad, quedad con Dios, que vos por hablar os olvidáis de todo, y yo
+no puedo olvidarme de nada. Conque hasta más ver: muchas cosas al señor
+Melchor.
+
+--Id con Dios y abrid los ojos.
+
+--¡Oh! ¡maldiga Dios las malas lenguas!--murmuró Montiño saliendo de la
+casa de la señora María Suárez.
+
+Y se alejó la calle adelante.
+
+--¡Que le case con mi hija!--pensaba el cocinero mayor--; indudablemente
+que éste sería un buen negocio. ¿Pero lo tomaría á bien su padre?... el
+duque de Osuna es un señor terrible... ¡y aquel cofre!.., ¿qué habrá en
+aquel cofre?... ¿para qué se habrá llevado el tío Manolillo á Juan á
+casa de la Dorotea?... ¿y cómo, señor? ¿cómo se anda Juan por esas
+calles de Dios al descubierto, después de haber dado de estocadas á don
+Rodrigo?
+
+Todos estos pensamientos incoherentes, revueltos, se agitaban de tal
+modo en la cabeza del cocinero mayor, que andaba maquinalmente sin ver
+por dónde iba.
+
+Cuando entró en palacio por la puerta de las Meninas, sintió que le
+tocaban en un hombro.
+
+Volvióse y se encontró delante de un viejo apergaminado.
+
+--¡Ah! ¡el rodrigón de doña Clara Soldevilla!--exclamó.
+
+--Vuestro humilde criado, señor Francisco--dijo el vejete.
+
+--¿Sois vos el que me ha tocado?
+
+--Sí, señor, yo, que buscaba á vuesa merced. He estado en las cocinas, y
+no hallándole allí, fuí á Santo Domingo el Real por ver si allí le
+encontraba.
+
+--¿Y qué me queréis?
+
+--Mi señora os llama.
+
+--¿Ahora mismo?
+
+--Ahora mismo.
+
+--Decid á vuestra señora que me es imposible; que falté ayer de la
+cocina, por asistir, de orden del rey, á la de su excelencia el duque de
+Lerma, y que de seguro tendré mucho que arreglar; si yo faltara hoy
+también, sabe Dios lo que sucedería.
+
+--Mi señora me ha dicho, que si os negábais á acudir, os dijese que lo
+mandaba la reina.
+
+--Pero señor--exclamó Montiño--, ¿quieren matarme?...
+
+--Señor Francisco, yo digo lo que me dicen.
+
+--Pues vamos allá--exclamó Montiño con una resolución heroica.
+
+Subieron por la escalerilla de las Meninas, atravesaron parte del
+alcázar, y al fin el rodrigón abrió una puerta, hizo atravesar á
+Francisco Montiño una antesala y le introdujo en una sala.
+
+En ella, sentada junto á la vidriera de un balcón, estaba la hermosa
+doña Clara.
+
+Su semblante aparecía pálido y triste; pero se animó cuando vió al
+cocinero mayor.
+
+--Bésoos los pies, señora--dijo éste inclinándose delante de la joven.
+
+--Dios os guarde, Montiño--dijo doña Clara--; ¡con cuánta impaciencia os
+he esperado! Sentáos.
+
+--¿Y á causa de qué ha sido esa impaciencia, señora?--dijo Montiño
+sentándose.
+
+--Anoche han pasado cosas muy graves.
+
+--No sé... ignoro...--contestó Montiño--; indudablemente en mi familia
+han pasado graves cosas: como que ha muerto mi hermano mayor...
+
+--¡Qué desgracia! ¡Vaya por Dios!
+
+--Ya era anciano... Pero tuve que ir allá... á Navalcarnero.
+
+--Sí, sí; ya sé que habéis estado anoche fuera de vuestra casa... No
+debéis dejar vuestra casa sola, especialmente de noche, señor Montiño...
+¡dos mujeres solas!
+
+--¿Esta también?--dijo para sí Montiño--. Pero, señor, ¿qué pasará en mi
+casa?
+
+--Os esperaba con impaciencia para haceros algunas graves preguntas.
+
+--¿Puedo yo contestar á ellas?
+
+--Indudablemente.
+
+--Pues bien, escucho.
+
+--¿Tenéis un sobrino?
+
+--Sí, señora.
+
+--¿Se llama Juan Martínez Montiño?
+
+--Sí, señora.
+
+--¿A qué ha venido ese joven á la corte?
+
+--Ha venido... pues... ha venido á avisarme de que mi hermano se moría.
+
+--¿Nada más?...
+
+--Nada más.
+
+--Y decidme: ¿quién os dijo que don Rodrigo Calderón tenía ciertas
+cartas?
+
+--¿Qué cartas?...
+
+--Cartas que comprometían...
+
+--No os entiendo, señora.
+
+--¡Montiño, estáis comiendo el pan de su majestad!...
+
+--Eso es muy cierto, señora... pero... suceden tales cosas, que no sé
+qué hacer... no sé qué decir...
+
+--Pues es necesario que sepamos á qué atenernos...
+
+--Mi sobrino es muy afortunado, ¿no es verdad?
+
+A aquella pregunta imprevista, doña Clara se puso encendida como una
+guinda.
+
+Montiño se equivocó al interpretar aquel rubor.
+
+--En palacio, señora--dijo--, nos vemos obligados á hacer cosas que nos
+repugnan.
+
+--¿Qué queréis decir?
+
+--Seamos francos y no nos ocultemos nada.
+
+--¡Que no nos ocultemos!...
+
+--Yo sé que Juan tiene amores en palacio.
+
+--¿Que sabéis...? ¿Os ha dicho ese joven...?
+
+--No, por cierto; es callado y firme como una piedra; pero yo he
+adivinado... es más, tengo pruebas... es un secreto terrible... y si
+para ello me llamáis... entendámonos completamente.
+
+--Explicáos con claridad--dijo doña Clara con la mayor reserva.
+
+--Su majestad tiene disculpa... ¿Nos puede escuchar alguien?
+
+--Nadie, Montiño, nadie--dijo doña Clara, que estaba cada vez más
+encendida.
+
+--Pues el rey es el rey... siempre rezando y siempre cazando... Pero
+sacadme de una duda: ¿dónde ha visto su majestad á mi sobrino? Digo á mi
+sobrino por costumbre.
+
+--¡Cómo! ¿No es vuestro sobrino?
+
+--Doña Clara, os voy á confesar un gran secreto... Juan no es Montiño,
+sino Girón.
+
+--¡Dios mio!--exclamó doña Clara.
+
+Y de encendida que estaba, se puso pálida como una difunta.
+
+--Sí, sí, señora; es hijo natural del gran duque de Osuna.
+
+--¡Ah! Ahora comprendo...
+
+--¿Qué, doña Clara?...
+
+--Nada, nada; pero había encontrado algo de singular en la mirada de ese
+joven.
+
+--¡Ya lo creo!... Cuando se entusiasma, cuando se embravece, se asemeja
+á su padre.
+
+--¿Pero estáis seguro, Montiño? ¿no os engañáis?
+
+--Mirad, señora, y juzgad--dijo Montiño sacando de su ropilla la carta
+que le había traído la noche antes Juan--: os revelo un secreto de
+familia; pero vos le guardaréis.
+
+--Sí, sí, pero dadme.
+
+Montiño entregó la carta á doña Clara, que la leyó con un profundo
+interés.
+
+--Aquí consta--dijo--, que ese joven es hijo de un gran señor y de una
+noble dama; pero el nombre... el nombre de su padre no está...
+
+--Ya veis que mi hermano no se atrevió á confiarlo á un papel que puede
+perderse, pero cuando llegué me lo reveló.
+
+--¿Y era... el duque de Osuna?
+
+--Sí; sí, señora...
+
+--¿Y su madre?...
+
+--Faltó el habla á mi hermano para revelármelo... murió poco después de
+haber llegado yo.
+
+--¡Qué desgracia! un secreto á medias... ¿y sabe él ese secreto?
+
+--No; no, señora: y si os lo revelo á vos, es porque su majestad la
+reina...
+
+--¡La reina!...
+
+--Ya que se ha dignado favorecer á mi sobrino... á don Juan Girón,
+quiero decir... debe satisfacerla que alienta en sus venas la generosa
+sangre de los Girones.
+
+--¿Pero qué la importa á su majestad?...--dijo severamente doña Clara--:
+don Juan la ha hecho un eminente servicio... la reina se lo agradece...
+y nada más... ¿qué enredos son éstos?... ¿qué fatalidad puede haber para
+que se tome el nombre de su majestad de una manera ambigua?
+
+--Perdonad, señora; pero yo no he querido decir...
+
+--Cuando se habla de la reina, las palabras deben ser muy claras.
+
+--Vamos--dijo para sí Montiño--, he cometido una torpeza: doña Clara
+quiere todo el secreto y todo el provecho para sí.
+
+--Os he llamado--dijo doña Clara--, para saber cuántas personas conocen
+ese funesto secreto de haber tenido don Rodrigo Calderón cartas de la
+reina... cartas inocentes... cartas que nada tienen de vergonzosas, pero
+que debían ser destruídas, y que lo han sido por el valor de ese
+caballero... pero no basta... es necesario que no quede ni la más leve
+nube delante del nombre de su majestad. ¿Quién os dijo que don Rodrigo
+tenía esas cartas?
+
+--Un tal Gabriel Cornejo--dijo Montiño dominado por doña Clara.
+
+--¿Y quién es ese hombre?--dijo doña Clara poseída de un terror
+instintivo.
+
+Montiño se arrepintió de haber pronunciado aquel nombre, y no se atrevió
+á contestar.
+
+--¿Quién es ese hombre?--repitió con energía doña Clara.
+
+--Es... un pobre diablo... un prendero del Rastro...--contestó
+tartamudeando Montiño.
+
+--¡Un prendero del Rastro!... ¿y á tales gentes ha ido á parar un
+secreto de su majestad?
+
+--¿Qué queréis, señora? don Rodrigo...
+
+--Es un miserable, ya lo sé... ¿y ha sido don Rodrigo?...
+
+--Don Rodrigo trata con una comedianta...
+
+--¡Ah!
+
+--Y esta comedianta, que le ama...
+
+--Le ha arrancado el secreto...
+
+--¿Ha visto las cartas de su majestad?
+
+--¡Ah! pues no comprendo bien...
+
+--La comedianta fué á ver al Cornejo para pedirle un bebedizo, y le
+reveló el secreto de las cartas.
+
+--Más claro... más adelante... concluid... ¿cómo ha llegado á vos ese
+secreto?
+
+Montiño sudaba.
+
+Doña Clara, inflexible, con una fuerza de voluntad incontrastable,
+dominaba al cocinero mayor.
+
+--¿Quién me habrá metido á mí en estos enredos?--decía para sí el
+cocinero.
+
+--¿Cómo sabéis vos lo de las cartas?--repitió doña Clara.
+
+--Yo, señora... como tengo mujer... como tengo una hija...
+
+--¿Pero qué tienen que ver en esto vuestra mujer y vuestra hija?
+
+--Tienen... porque me obligan á pensar en ser rico...
+
+--¿Pero no me comprendéis? ¡no os pregunto eso! ¡nada me importa eso!
+
+--Es que, señora, como quiero ser rico, trato con ese Gabriel Cornejo.
+
+--Me estáis haciendo perder la paciencia.
+
+--Estoy turbado, señora... no sé lo que me sucede... no sé lo que pasa á
+mi alrededor.
+
+--Pues bien, procurad tranquilizaros, y vamos en derechura al asunto.
+
+--Prometedme, señora, que alma viviente no sabrá lo que voy á deciros.
+
+--Estad seguro de ello.
+
+Llevo toda mi vida trabajando, primero en la cocina de la señora
+infanta de Portugal, doña Juana; después en la del señor rey don Felipe
+II, luego...
+
+--¡Pero por Dios, Montiño!
+
+--Allá voy, allá voy... pues bien; á pesar de todo, he llegado casi á
+ser viejo sin ser rico... tenía, en verdad, algunos ahorrillos... pero
+esto no era bastante... propúseme aumentar mis ahorros poniendo dinero á
+ganancia... pero esto no es decente en un hidalgo... y si no hubiera
+tenido mujer é hija...
+
+--Adelante, adelante.
+
+--Pues como no era decente que yo me mezclase en cierta clase de
+asuntos, porque vengo de buen linaje... me valí de ese Gabriel
+Cornejo...
+
+--¿Y por causa de esas relaciones--dijo con impaciencia doña
+Clara--habéis llegado á saber...?
+
+--Sí; sí, señora... anoche se me presentó el tal Gabriel y me dijo que
+una dama encubierta, con trazas de muy principal, había ido á casa de
+una tal María Suárez, mujer de un escudero llamado Melchor, y sin
+descubrirse pidió mil y quinientos doblones, por los cuales se darían
+tres mil pasando un mes, mediando un recibo de la reina.
+
+--¡Ah!
+
+--Aquella misma tarde el tío Manolillo, el bufón, había ido á preguntar
+al tío Cornejo cuánto quería por matar á un hombre principal; y como el
+tío Manolillo es pariente, ó amante, ó no se sabe qué de la comedianta,
+y como la comedianta tiene celos de la reina, y como don Rodrigo
+Calderón es un hombre principal...
+
+--¡He aquí que ese Cornejo, que ese miserable, ha deducido!... y bien,
+no importa... eso nada importa, afortunadamente... ¿el nombre de esa
+comedianta?--dijo doña Clara yendo á una mesa, buscando un papel, y
+tomando una pluma.
+
+--Dorotea--dijo Montiño enteramente atortolado.
+
+--Dorotea, ¿de qué?
+
+--No tiene apellido.
+
+--¿Es amante de don Rodrigo Calderón?
+
+--Sí, señora... pero ocultamente...
+
+--Esas mujeres--dijo con repugnancia doña Clara--tienen muy mala vida;
+si es secretamente... querida de don Rodrigo Calderón... tendrá de
+seguro otro amante público.
+
+--Sí; sí, señora: el duque de Lerma.
+
+Doña Clara escribió.
+
+--Bien, muy bien; ¿dónde vive esa mujer?
+
+--En la calle Ancha de San Bernardo.
+
+--Pasemos á la otra persona. ¿Qué antecedentes son los de este tío
+Cornejo?
+
+--No sé, no sé--dijo verdaderamente asustado Montiño.
+
+--Tratándose de la honra de su majestad--dijo severamente doña Clara--,
+ya comprendéis, Montiño, que es necesario obrar de una manera enérgica;
+creo que os será preferible confesar ante mí que ante otra persona...
+
+--Por último, señora--dijo Montiño sobreponiéndose á la situación--,
+este es un asunto que no puede llevarse ante la justicia, porque su
+majestad media; yo me he encontrado metido en él sin saber cómo, de
+buena fe...
+
+--¡Pero si yo no os acuso! sólo quiero saber...
+
+--Pues bien, señora, acerca del tal Cornejo no sé nada.
+
+--Os advierto una cosa. Es cierto que este asunto no puede llevarse á
+una audiencia; pero en España hay un tribunal que, con el mayor secreto,
+por medio de sacerdotes, averigua todo cuanto necesita averiguar.
+
+--¡La Inquisición!--exclamó con terror Montiño.
+
+--Hay un hombre, un santo, que defiende en esta corte tan corrompida,
+tan odiosa, la inocencia y la justicia; ese hombre es el confesor del
+rey; ya sabéis que fray Luis de Aliaga es del partido de la reina,
+porque de parte de la reina están la razón y la justicia. Fray Luis de
+Aliaga ha sido recientemente nombrado inquisidor general.
+
+--Os juro, señora, que yo no he tenido la menor parte... que cuando
+Cornejo se atrevió á indicarme que su majestad había escrito cartas de
+amores á don Rodrigo... le desmentí... le desmentí con toda mi alma,
+porque yo sé que su majestad es una santa...
+
+--Y, sin embargo, engañado por las apariencias, habéis creído que su
+majestad amaba á... ese don Juan... á ese vuestro sobrino postizo...
+
+--Yo no tengo la culpa de que se me haya mandado le enviase á palacio...
+hice lo que debía hacer; reprendí á Cornejo... le aterré... y sabiendo
+que don Rodrigo Calderón llevaba sobre sí las cartas que comprometían á
+su majestad... llevé á mi sobrino, quiero decir, á don Juan Girón, á un
+lugar donde podría encontrar á don Rodrigo, y le dije:--Mátale, hijo,
+quítale las cartas de su majestad y llévalas á palacio, donde te llaman.
+Mi sobrino... perdonad, la costumbre hace equivocarme.
+
+--Equivocáos siempre; llamad siempre á ese joven vuestro sobrino.
+
+--Pues bien, mi sobrino ha obrado como un valiente, y yo como bueno y
+leal.
+
+--No lo dudo... y por lo mismo debéis manteneros en vuestra honrosa
+lealtad, diciéndome cuanto sepáis de ese Cornejo.
+
+--Por el amor de Dios, señora, que no pronunciéis después de esto mi
+nombre para nada. Ya sabéis que yo soy inocente.
+
+--Podéis estar seguro de ello; pero hablad.
+
+--Gabriel Cornejo, ha estado en galeras por robos y homicidios.
+
+--¡Ah!
+
+--Es galeote huído.
+
+--Más, más que eso; con eso sólo tiene que ver la justicia ordinaria, y
+de la justicia ordinaria no podemos valernos. ¿No decís que esa
+comedianta pidió un bebedizo á ese hombre?
+
+--Sí, señora.
+
+--Ese hombre tendrá, pues, algo de ensalmador, y otro tanto de brujo...
+
+--Sí; sí, señora; no tiene por donde el diablo le deseche.
+
+--Bien; ¿y creéis que puedan encontrarse pruebas en su casa?
+
+--Es probable... dientes de ahorcado, vasijas, untos... yo no lo he
+visto, pero lo supongo...
+
+--¡Y vos, tan cristiano, vos, criado del rey Católico, os tratáis con
+esa clase de gentes!...
+
+--¡Ah, señora! ¡si yo no tuviera mujer... si yo no tuviera hija!... ¡si
+no estuviese á punto de tener otro hijo!...
+
+--Por la familia debe un hombre arriesgar la vida; pero debe conservar
+la honra... y sobre todo... ¡el alma!--exclamó con repugnancia, y aun
+podremos decir con horror, doña Clara.
+
+--Estoy arrepentido...
+
+--Bien, bien--dijo doña Clara, consultando el papel en que había
+escrito--: Dorotea vive en la calle Ancha de San Bernardo; está
+enlazada, no se sabe cómo, con el bufón del rey; es manceba secreta de
+don Rodrigo Calderón, y pública del duque de Lerma. Gabriel Cornejo es
+usurero, galeote huído y brujo; ¿dónde vive ese hombre?
+
+--Tiene una ropavejería en el Rastro.
+
+--Además se trata con una María Suárez... ¿dónde vive esa mujer?...
+
+--Creo, señora, que sabéis demasiado dónde vive, y quién es la señora
+María.
+
+--¡Yo!
+
+--Creo que vos sois la dama principal que estuvo anoche en casa de la
+señora María.
+
+--¡Yo! tenéis la mala cualidad de suponer absurdos. ¿Qué tenía yo que
+hacer en casa de tales gentes?
+
+--Esa mujer--dijo desalentado Montiño--vive en la calle de la Priora.
+
+--Bien, muy bien. Y vuestro sobrino... ¿dónde para?
+
+--Preguntádselo al tío Manolillo.
+
+--¡Al tío Manolillo!... ¿pues qué, el tío Manolillo le conoce?
+
+--El tío Manolillo conoce á don Francisco de Quevedo, y don Francisco de
+Quevedo es amigo... de mi sobrino.
+
+--Habéis cumplido como yo esperaba de vuestra lealtad, Montiño--dijo
+doña Clara ya con semblante más benévolo--, y nada tenéis que temer:
+seguid ayudándonos y nada temáis.
+
+--¿Que os ayude yo, señora?... ¡yo, inútil, enteramente inútil!
+
+--Ya sabemos lo que sois, y lo que podéis, y contamos con vos. Pero
+estáis inquieto, impaciente...
+
+--Como que no he ido todavía á las cocinas, y ya debe de estar
+almorzando el rey. Si se han descuidado... si ha ido algún plato mal
+servido...
+
+--Id, id, Montiño; tranquilizáos, nada temáis. Id, que os guarde Dios.
+
+Al llegar á la puerta exterior de las habitaciones de doña Clara, oyó la
+fresca y sonora voz de la joven, que dijo:
+
+--Que me vayan á buscar al bufón del rey.
+
+--¿Para qué querrá doña Clara al bufón del rey?--dijo Montiño alejándose
+rápidamente á lo largo de una galería, en dirección á unas escaleras que
+conducían á las cocinas--. Sería chistoso que fuese doña Clara la dama
+de quien está enamorado mi... sobrino (es necesario que yo crea que es
+mi sobrino, á fin de que ni por descuido pueda írseme una palabra en
+contrario). ¿Si será, repito, esta doña Clara la mujer de quien mi
+sobrino está enamorado? ¿si será doña Clara la confidenta de sus amores
+con?... pero señor, ¿por dónde ha venido este enredo? ¿y ese afán de
+todos de hablarme de mi casa y de mi mujer?... vamos, es necesario no
+pensar en esto: ¿pero, y lo otro? las cartas, don Rodrigo herido, la
+Dorotea, Cornejo, y la Inquisición á punto de tomar cartas en el
+negocio. Con esto y con que me hayan echado á perder la vianda de su
+majestad, no nos falta más. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! y quién me ha
+metido á mi en estas cosas. ¿Para qué diablos ha venido mi sobrino á
+Madrid?
+
+Y Montiño subía de dos en dos los peldaños de la estrecha escalera de
+caracol.
+
+Cuando llegó jadeando á lo alto, atravesó, á la carrera casi, una
+crujía, se entró en la cocina, y sin hablar una palabra se precipitó á
+las hornillas, y levantó la tapa de una cacerola de una manera nerviosa.
+
+Los ojos de Montiño brillaron de una manera particular.
+
+--¿Quién ha rellenado este capón?--dijo con voz estentórea y
+amenazadora.
+
+A aquella pregunta, todos detuvieron sus faenas, y todos callaron; pero
+las miradas de todos se fijaron en un mozangón que miraba entre turbado
+é insolente á Montiño.
+
+--¿Has sido tú, Aldaba del infierno, has sido tú?--exclamó Montiño
+arrojando con cólera la tapadera, y echando mano á la espada que
+desenvainó.
+
+Cosme Aldaba, que era el delincuente, cayó de rodillas en la situación
+más cómicamente melodramática que puede verse.
+
+--¿Quién te ha dicho, infame--exclamó todo irritado el cocinero--que á
+un capón relleno se le dejan el pescuezo y las patas? ¿No te he dicho
+cien veces que estos capones se rellenan entre cuero y carne, que no se
+les echa en el relleno carne cruda, sino cocida, y que cuando se les
+pone á cocerse les echan yemas de huevo picadas? Ven acá, hereje y mal
+nacido; ven acá y huele, y dime si esto huele á capón relleno.
+
+Y asió á Cosme Aldaba del cogote, le llevó á la hornilla y le hizo meter
+casi las narices en la cacerola.
+
+Después le arrojó de sí y le plantó cuatro ó cinco cintarazos.
+
+Aldaba huyó dando gritos.
+
+--¿Y quién ha sido--añadió Montiño, cuyos ojos parecían próximos á
+saltar de sus órbitas--, quién ha sido el que ha dejado que un galopín
+haga un plato que es difícil para más de un oficial?
+
+Todos se callaron.
+
+--Es que el señor Gil Pérez tenía que ir á ver á su coima, y me dijo
+que hiciera ese capón--exclamó desde la puerta con voz quejumbrosa el
+galopín Aldaba.
+
+--¡Ah! ¿conque es decir que las coimas son aquí primero que las viandas
+de su majestad? A la calle, Cosme, á la calle, y no me vuelvas á parecer
+por la cocina, ni en seis leguas á la redonda, y el señor Gil Pérez, que
+busque otro acomodo; así escarmentarán los otros oficiales y no dejarán
+sus cuidados á los galopines. ¿Pero qué es esto? aquella empanada de
+pollos ensapados se abrasa... ¡ya se ve! ¡si os estáis todos parados,
+ahí mirándome como á una cosa del otro mundo!... ¿Apostamos á que hoy no
+tendremos un solo plato á punto que poner en la mesa de su majestad?
+
+--Del señor duque de Lerma--dijo una voz detrás de Montiño.
+
+Volvióse el cocinero mayor, y vió á un lacayo que le entregaba una
+carta.
+
+Tomóla con la mano temblorosa aún por cólera, la abrió y vió que decía:
+
+«Señor Francisco: Venid al momento, necesito hablaros.--_El duque de
+Lerma_.
+
+--Decid á su excelencia que no puedo separarme en este momento de la
+cocina--dijo al lacayo.
+
+--Tengo orden de no irme sin vos.
+
+--Pues no quiero ir.
+
+--Tengo orden de presentaros, si os negáis, esta otra carta.
+
+El cocinero la tomó y la abrió.
+
+«De orden del rey--decía--y bajo vuestro cargo y riesgo, y pena de
+traición, seguiréis al portador.--_El duque de Lerma_.»
+
+--Vamos--dijo el cocinero de su majestad, envainando su espada,
+arreglándose de una manera iracunda el cuello de la capa y arrojando una
+mirada desesperada á la hornilla.
+
+Poco después seguía por las calles al lacayo del duque de Lerma.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XIX
+
+EL TÍO MANOLILLO
+
+
+Llena estaba la antecámara de audiencias de palacio de pretendientes,
+cuando el tío Manolillo llegó al alcázar.
+
+Su semblante, que hasta allí había ido sombrío, pálido, contraído, se
+dilató; su boca estereotipó su maliciosa é insolente sonrisa de bufón,
+sus ojos bizcos empezaron á moverse y á lanzar miradas picarescas, y su
+andar, sus ademanés, todo se trocó.
+
+Sacó del bolsillo un cinturón de cascabeles y se le ciñó.
+
+Luego atravesó dando cabriolas las galerías de palacio.
+
+El pobre cómico había relegado su corazón á lo profundo de su pecho, y
+había empezado á desempeñar su eterno papel de loco á sueldo.
+
+Cuando llegó á la antecámara de audiencias, cesó en sus cabriolas, se
+detuvo un momento en la puerta sonando sus cascabeles, como para llamar
+la atención de todo el mundo, y luego, con la mano en la cadera, la
+cabeza alta y la mirada desdeñosa, que parecía no querer ver á nadie,
+atravesó con paso lento, marcado y pretencioso, la antecámara.
+
+Todos los que le conocían en la corte se echaron á reir.
+
+El tío Manolillo remedaba perfectamente la prosopopeya del duque de
+Lerma, que poco antes acababa de salir con el mismo continente y la
+misma altivez de la cámara del rey.
+
+Al llegar á la cortina, un sumiller le detuvo.
+
+--No se puede pasar--le dijo.
+
+--¡Eh! ¿Qué sabéis vos?--dijo el tío Manolillo--; yo no paso, me quedo.
+
+--El rey...
+
+--¿Y quién hace caso del rey?... El rey sabe menos que nadie lo que se
+dice... déjame entrar ó te entro.
+
+Y como el sumiller se opusiese, el tío Manolillo le asió por la pretina
+y se entró con él en la cámara real.
+
+--Hermano Felipe--dijo al rey--, aquí te traigo á éste para que le
+castigues... Se ha atrevido á faltarme al respeto... ¡pretender que la
+locura no entre en la cámara del rey!
+
+--Idos, Bustamente--dijo el rey al sumiller--. Ven acá, Manolillo. El
+señor Inquisidor general tiene que hacerte algunas preguntas.
+
+Y el rey señaló al padre Aliaga, que estaba sentado en un sillón frente
+á la mesa donde almorzaba el rey.
+
+--Dame primero de almorzar, porque así como tú, por haber pasado una
+buena noche, tienes apetito, yo por haberla pasado en vela por ti, me
+perezco de hambre.
+
+Él rey empujó un plato hacia el bufón.
+
+Este le tomó, se sentó sobre la alfombra y se puso, sin cumplimiento, á
+comer.
+
+--Están buenas estas lampreas--dijo--, se conoce que no ha estado hoy en
+la cocina tu buen cocinero mayor.
+
+--Calumnias al pobre Montiño. Es el cocinero más famoso de estos
+tiempos.
+
+--Lo era antes de tener mujer, pero su mujer le ha cambiado.
+
+--¿Y vos, no sois casado, amigo Manolillo?--dijo el padre Aliaga.
+
+--No, señor; la mujer con quien pude casarme no tenía alma, y yo quiero
+las cosas completas. Por eso no me gusta la corona de España.
+
+--¡Oh! ¡oh!--dijo el rey.
+
+--Sí, sí por cierto, porque la corona de España no tiene cabeza.
+
+--Parece que os ha escuchado la conversación, padre--dijo el rey.
+
+--Todo consiste en que el padre Aliaga es tan loco como yo.
+
+--¿Me queréis explicar eso, tío Manolillo?--dijo el fraile.
+
+--Con mil amores, pero dame otro plato, Felipe; nunca hablo mejor que
+cuando tengo la boca llena.
+
+El rey empujó otro plato hacia el bufón.
+
+Este le tomó y dijo:
+
+--Pues es necesario agradecerte el sacrificio que haces por mí, hermano,
+porque los embuchados te gustan mucho, razón porque te los sirven todos
+los días tus dos cocineros Montiño y Lerma.
+
+--¡Ah!¡ah!--¡acometedor vienes hoy!--dijo el rey riendo--algo sucede, de
+seguro.
+
+--Sucede, que no sucede nada.
+
+--Pero decidme, ya que tenéis la boca llena, tío--dijo el padre
+Aliaga--: ¿por qué soy yo tan loco como vos?
+
+--Porque vos, como yo, os habéis empeñado en que un loco tenga juicio.
+
+Y miró de una manera sesgada y maliciosa al rey.
+
+--Como veis--dijo el padre Aliaga--, su majestad almuerza sin
+gentileshombres y sin maestresalas; está solo conmigo.
+
+--Lo que demuestra que estáis haciendo el oficio de loquero.
+
+--Os ruego, señor--dijo el padre Aliaga--, que mandéis al tío Manolillo
+avise al sumiller que no deje pasar á nadie, absolutamente á nadie, ni
+aun al mismo duque de Lerma.
+
+--Ya lo oyes, obedece--dijo el rey.
+
+--¿Qué será esto?--dijo el tío Manolillo yendo hacia la
+puerta--¡apoderado de ese imbécil el padre Aliaga, y en consejo
+conmigo!--¿qué querrán? ¿sabrán algo? ¡veremos!
+
+Y dió las órdenes al sumiller, cerró además la puerta de la cámara, y
+volvió á sentarse sobre la alfombra y á comer sus embuchados.
+
+--Os ruego--dijo el padre Aliaga--que por estos momentos dejéis vuestro
+oficio de bufón y me respondáis bien, lisa y llanamente.
+
+--Entonces reclamo mi sueldo de consejero.
+
+El rey sacó de su portabolsa una bolsa, y la arrojó al bufón.
+
+--¡Escudos de plata! ¡el rey no se conoce por su moneda de oro!...
+¡pobre Felipe!...--exclamó el bufón.
+
+--Os pregunté--dijo el padre Aliaga--si habíais sido casado, y me
+respondísteis:
+
+--Que la mujer con quien yo pudiera haberme casado no tenía alma, por lo
+que no quise casarme con ella.
+
+--Más claro, tío Manolillo: ¿vos no sois padre legítimo de Dorotea?
+
+¡Ah!--exclamó el bufón como sorprendido, y dejando de comer--¡Dorotea!
+¿qué tenéis vos que ver con Dorotea, padre?
+
+Y los hoscos ojos del bufón dejaron ver un relámpago de amenaza.
+
+--Deseo saber, ya que no podéis ser su padre legítimo, lo que sois de
+esa mujer.
+
+--Soy su perro.
+
+--Os he suplicado que me contestéis con lisura.
+
+--Os he respondido la verdad: me tiendo á sus pies, lamo su mano, y velo
+por ella, siempre dispuesto á defenderla.
+
+--¿Pero no es vuestra hija?
+
+--No--contestó con voz ronca el bufón--. ¡Oh! ¡si fuera mi hija!
+
+--¿Ni vuestra... querida?
+
+--¡Oh! ¡si fuera mi querida!
+
+--¿Pero la amáis?
+
+--Ya os he dicho que soy su perro.
+
+--Más claro.
+
+--Soy su protector. Ella dice: amo á este hombre, y yo la digo: ámale;
+ella me pregunta: ¿me vengaréis si me ultrajaren? yo contesto: el que te
+ultraje, muere.
+
+--¿Habéis querido matar por tanto á don Rodrigo Calderón?
+
+--Sí.
+
+El rey miraba con espanto al tío Manolillo.
+
+--No te conozco--le dijo.
+
+--Tienes razón, hermano Felipe--dijo el bufón--, porque ahora estoy
+loco.
+
+--Decidme--dijo el padre Aliaga--, ¿de quién es hija esa desgraciada?
+
+--Un día--dijo el tío Manolillo--, por mejor decir, una noche... estaba
+yo en una casa de vecindad... tenía en ella un entretenimiento: una
+doncella asturiana que me ayudaba á comer mi ración; era ya tarde; de
+repente, en el cuarto de al lado, oí gritos, gritos desesperados,
+arrancados por un dolor agudo; gritos de mujer acompañados de
+invocaciones á la Madre de Dios.
+
+El rey había dejado de comer y escuchaba con atención.
+
+El padre Aliaga, con la cabeza apoyada en su mano, miraba profundamente
+al tío Manolillo.
+
+El bufón estaba pálido y conmovido.
+
+--Aquellos gritos--continuó el bufón--cesaron, y tras ellos oí el llanto
+de una criatura recién nacida.
+
+--¿Era ella? ¿Era esa Dorotea, Manolillo?--dijo el rey.
+
+--Sí, era ella, señor--dijo el bufón tratando por la primera vez al rey
+con respeto, como si no hubiese querido unir nada trivial á lo solemne
+de aquel recuerdo--; era ella, que nació, la desventurada, en las
+primeras horas del día de santa Dorotea.
+
+El bufón inclinó la cabeza y se detuvo un momento.
+
+Luego la alzó y continuó:
+
+--A poco de haber nacido esa infeliz, oí dos voces: una débil dolorida,
+llorosa; otra, áspera, imperativa, brutal.
+
+--Es una niña--dijo el hombre.
+
+--¡Oh!--exclamó la mujer llorando--, ¿y no tener quien me ayude? ¡no
+tener un mal trapo en que envolver á este ángel!
+
+--¿Y para qué?--dijo el hombre--; voy á envolverla en mi capa y á
+llevarla á la puerta de un convento.
+
+--¡Oh! ¡no! ¡es mi hija! ¡no me robes mi hija, ya que me has robado mis
+padres!--dijo la mujer sollozando.
+
+Tras estas palabras oí una lucha corta pero breve, acompañada del llanto
+de una criatura; la lucha de un fuerte y de un débil; luego la voz de la
+mujer que gritaba:
+
+--¡Mi hija, la hija de mis entrañas! ¡dame mi hija!
+
+Y sentí pasos que se alejaban y una puerta que se abría y se cerraba de
+golpe, y la voz de la mujer que gritaba:
+
+--¡Maldito! ¡maldito! ¡maldito seas!
+
+Después un golpe, sordo como de un cuerpo que caía en tierra, y luego
+nada.
+
+Yo así á mi manceba por la mano (ella lo había oído todo como yo; era
+una buena muchacha y estaba horrorizada), la saqué de la habitación al
+corredor, abrí la puerta de la habitación vecina.--Socorre á esa
+infeliz--la dije, empujándola dentro, y yo me lancé á la calle, y seguí
+á un bulto que se alejaba.
+
+Una criatura recién nacida que lloraba bajo su capa, me indicó que era
+él.
+
+De tres saltos me puse junto á su lado.
+
+--Una madre te ha maldecido, y yo soy la mano de Dios--exclamé.
+
+Y le di de puñaladas.
+
+--¡De puñaladas!--dijo el rey.
+
+--Sí, sí por cierto, de puñaladas; el hombre que roba á una madre su
+hija, el hombre á quien una madre desventurada maldice, debe morir.
+
+--¿Y confiesas el delito delante del rey?--dijo severamente Felipe III.
+
+--En primer lugar no fué delito; en segundo lugar ya lo confesé, y he
+cumplido la penitencia. ¿Y luego no velo yo por Dorotea? ¿no me
+sacrifico por ella? ¿no sufro un infierno por ella?
+
+--¿Pero aquel hombre murió?--dijo profundamente el padre Aliaga.
+
+--No lo sé--contestó el bufón--; yo no me detuve más que á recoger la
+criatura, la envolvi en mi capa y me volví á la casa de vecindad.
+
+Cuando entré en el cuarto (no lo olvidaré jamás) no había más muebles
+que un banco de madera, una mesa y un jergón casi deshecho; vi que la
+infeliz, que estaba aún desmayada, ensangrentada entre los brazos de
+Josefa, mi manceba, era una joven como de veinte años, rubia, muy flaca,
+pero muy hermosa. ¿Conocéis á Dorotea, padre?
+
+--No.
+
+--¿Pues por qué me preguntáis por ella?
+
+--Continuad.
+
+--Cuando conozcáis á Dorotea, sabréis cuán hermosa era Margarita.
+
+--¡Margarita!--exclamó el padre Aliaga, poniéndose letalmente pálido.
+
+--¡Se llamaba Margarita!--observó maquinalmente el rey.
+
+--Sí, se llamaba Margarita; según me dijo después en algunos intervalos
+de razón aquella desgraciada, porque se había vuelto loca, había salido
+de su casa con un soldado, había corrido con él algunas tierras, y al
+fin habían venido á parar á Madrid, donde el amante vivía de las
+estocadas á obscuras que daba por la villa, la maltrataba y, por último,
+la había exigido que se prostituyese para ayudarle á vivir.
+
+El padre Aliaga temblaba de una manera poderosa y concentrada.
+
+--Algunas veces--continuó el bufón--, cuando yo la preguntaba el nombre
+de sus padres, me decía:
+
+--No, no; yo he deshonrado su nombre; yo no tengo padres; Luis, que me
+vió huir, se lo habrá dicho á mis padres y me habrán maldecido.
+
+--¿Y quién es Luis?--le preguntaba yo.
+
+--¡Luis! Luis era mi hermano--me contestaba la infeliz con dulzura--; él
+me amaba y yo... yo amé á otro; ¡pobre Luis!
+
+--¿Y qué ha sido de esa desdichada?--dijo el padre Aliaga, cubriéndose
+los ojos con la mano para ocultar sus lágrimas y procurando contener la
+revelación de aquel llanto que aparecía en su voz.
+
+--Murió: murió entre mis brazos loca, desgarrándome el alma al morir,
+porque yo la amaba, la amaba con toda mi alma y continúo amándola en su
+hija. Ahora bien; ¿créeis que yo pequé? ¿qué cometí un delito matando al
+infame asesino de Margarita?
+
+--¡No! ¡no!--dijeron al mismo tiempo el rey y el padre Aliaga.
+
+--Yo te indulto de esa muerte, Manuel--dijo el rey--; yo Felipe de
+Austria, rey de las Españas.
+
+--¡Y yo--dijo el padre Aliaga, levantándose y extendiendo sus manos
+sobre el bufón, que al levantarse, al ver la acción del fraile, había
+quedado de rodillas--: yo, ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte
+en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu-Santo!
+
+--¡Amén!--dijo con una profunda unción religiosa Felipe III.
+
+[imagen:...yo ministro de Dios, te absuelvo de esa muerte.]
+
+--¡Ah!--dijo el bufón cambiando de aspecto de una manera singular--:
+vos, padre Aliaga, sois un santo y llegaréis á mártir, y tú, hermano
+Felipe, aunque eres tonto, no eres malo. Dios os lo pague á los dos: á
+ti, por tu indulto, hermano rey, y á vos, por vuestra absolución, padre
+Aliaga.
+
+Hubo un momento de silencio.
+
+El tío Manolillo se había levantado y llenaba lentamente de vino una
+copa.
+
+El padre Aliaga estaba profundamente pensativo.
+
+El rey oraba.
+
+El bufón se bebió de un trago la copa.
+
+--Ahora bien--dijo--, y ya que sabéis que Dorotea no es ni mi hija, ni
+mi amante, ¿qué queréis de ella? ¿por qué me habéis preguntado por ella?
+
+--Basta, basta--dijo el padre Aliaga--; me siento malo, y con la venia
+de vuestra majestad me retiro.
+
+--Id con Dios, padre Aliaga, id con Dios--dijo el rey.
+
+--Os espero esta tarde en el convento de Atocha--dijo el padre Aliaga al
+bufón.
+
+--Iré--dijo el tío Manolillo.
+
+El padre Aliaga hincó una rodilla en tierra y besó la mano al rey.
+
+Después salió.
+
+--¡Es muy singular la historia que nos has contado, Manolillo!--dijo el
+rey.
+
+--Tan singular, que me ha hecho daño el contarla y me ahogo en la
+cámara; es demasiado fuerte ese brasero y hace aquí calor. No sé cómo
+puedes resistir esto, Felipe; tus gentes te cuidan muy mal; yo en lugar
+tuyo ya tendría consumida la sangre. Tú no quieres creerme. Echa de tu
+lado á Lerma, y á Olivares, y á Uceda, que son otros tantos braseros en
+que se abrasa la sangre de España, y que acabarán por sofocarte.
+
+--¿Sabes, Manolillo, que después de lo que me has contado, me pareces
+otro hombre?--dijo el rey.
+
+--¡Bah! tú que has nacido para ser víctima, no conoces la venganza.
+¡Peor para ti!
+
+--Un cristiano no puede, no suele ser vengativo.
+
+--¡Pobre rey! mañana te herirán en el corazón... digo, si es que tú
+tienes corazón.
+
+--¡Que me herirán en el corazón!
+
+--¡Si mañana te matasen á tu buena esposa!...
+
+--¡Oh! ¡si un traidor se atreviese á la reina, moriría!--exclamó el rey
+con una llamarada de firmeza.
+
+--¡No, no querrá Dios!-dijo de una manera profunda el tío Manolillo--;
+no pensemos en eso. Me voy y te dejo solo, Felipe; pero cuidado con que
+te metas con mi Dorotea, porque...
+
+--¿Por qué?
+
+--Porque me volveré loco, tendrás que hacer de Lerma tu bufón, y su
+excelencia te divertiría muy poco: adiós.
+
+Y el tío Manolillo salió, dejando sólo en su cámara á Felipe III.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XX
+
+DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO HIZO QUE DOÑA CLARA SOLDEVILLA PENSASE MUCHO Y
+ACABASE POR TENER CELOS
+
+
+Al salir por una puerta de servicio, el tío Manolillo se vió detenido
+por el rodrigón de doña Clara Soldevilla.
+
+--Os buscaba, maese--le dijo--, y me habéis tenido cerca de una hora
+esperándoos en la antecámara de audiencia. Conque daos prisa y venid,
+que os espera la dama más hermosa que se tapa con guardainfante.
+
+--¡Ah, mal engendro! ¡injerto de dueña en cuerpo de sapo!... ¿qué me
+querrás tú que bueno sea?... Mas ahora recuerdo... en efecto... doña
+Clara Soldevilla tiene el malísimo gusto de hacerse servir por ti: si es
+ella quien me llama, huélgome, porque si ella no me llamara iría yo á
+buscarla.
+
+--Pues ved ahí, que mi señora es quien os ruega que vayáis á su
+aposento.
+
+--Pues tirad adelante, don rodrigón, consuelo de contrahechos.
+
+--¡Bah! tengamos la fiesta en paz, tío, que no sois vos ciertamente
+quien puede hablar de corcovas; y vamos adelante, que mi señora espera.
+
+--Pues adelantemos.
+
+Y el rodrigón tiró delante del tío Manolillo y le introdujo al fin en la
+misma habitación donde había introducido antes al cocinero mayor.
+
+El bufón quedó solo con doña Clara, que le salió al encuentro.
+
+--¿Conque al fin?--dijo el bufón, mirando de una manera fija y burlona á
+doña Clara.
+
+--¿Qué queréis decir?--contestó la joven.
+
+--Digo que viene el sol, y derrite la nieve que ha estado hecha una
+piedra durísima todo el invierno.
+
+--Venís tan hablador como siempre, Manuel, y os agradecería que me
+habláseis con formalidad.
+
+--Tan formal vengo, que vengo á hablaros de lo más formal del mundo.
+
+-¡Cómo! yo creía que veníais porque os llamaba.
+
+--En efecto; pero como yo he pensado buscaros á vos, antes que vos
+pensárais en buscarme á mi, me corresponde de derecho empezar primero. Y
+empiezo... pidiéndoos la mano, que el corazón no, para un amigo mío.
+
+--Si volvéis con ese enojoso asunto...--dijo severamente doña Clara.
+
+--Es verdad--repuso el bufón interrumpiéndola--que, olvidándome de quien
+soy y lo que á mi mismo me debo, vine un día á traeros de parte del rey
+mi señor, una gargantilla y un billete.
+
+--Por lo mal parado que entonces salísteis...
+
+--Entonces érais nieve, y como el rey no es sol ni mucho menos...
+
+--¿Venís decidido á no dejarme hablar del asunto para que os he llamado?
+
+--Me corresponde de derecho el hablar antes del asunto que me trae á
+buscaros. Ya os he dicho que se trata de vuestra mano.
+
+--Acabaréis por impacientarme, Manuel.
+
+--Yo creo que estáis ya bastante impacientada.
+
+--Será al fin necesario oíros, para que acabéis pronto.
+
+--Os aseguro que por interesante que sea para vos, señora, la más
+hermosa y más dura que conozco, lo que tenéis que decirme, os interesa
+más lo que yo voy á deciros. Como que se trata de vuestros amores.
+
+Púsose la joven vivamente encarnada y excesivamente seria.
+
+--Antes, si érais fría como la nieve, teníais el alma blanca y pura como
+cuando érais piedra. No hay, pues, por qué avergonzarnos, porque yo amo,
+tú amas, aquél ama y todos, en fin, amamos.
+
+--¿Pero qué estáis diciendo, Manuel?
+
+--Digo que sois la mujer más dichosa y más desdichada que conozco.
+
+--No os entiendo.
+
+--Dichosa, porque os ama un hombre que... perdonad... no os enojéis, no
+voy á hablaros de mi hermano Felipe, sino de mi amigo Juan Girón y
+Velasco, que os adora... con toda su alma, como un loco.
+
+--¡Juan Girón y Velasco, habéis dicho!--exclamó doña Clara, á quien
+había hecho conmoverse de una manera profunda aquel segundo apellido,
+añadido al nombre del joven.
+
+--Ya se ve; vos creéis que vuestro amante, el hombre con quien anoche
+anduvísteis de aventuras por esas calles de Dios, y á quien metísteis
+después en vuestro aposento...
+
+--¡Tío Manolillo!--exclamó con indignación doña Clara.
+
+--Sí, lo vi yo... como he visto otras muchas cosas, y porque he visto
+mucho, sé que el tal enamorado no es ni por pienso sobrino del cocinero
+mayor, sino hijo de duques.
+
+--Nada me importa.
+
+--Y os está el corazón reventando por saber...
+
+--Si no dejamos esta conversación...
+
+--Si la dejáramos, ¿cómo habíais de saber que ese mancebo, tan hermoso,
+tan honrado, tan franco, tan bueno, tan valiente, es hijo del duque de
+Osuna y de la duquesa de Gandía?
+
+Doña Clara se puso muy pálida, pero se dominó. Manolillo la veía sufrir
+con cierta feroz complacencia.
+
+--Pero si yo no os pregunto nada de eso; si no quiero saber nada de
+eso--dijo doña Clara.
+
+--Sabéis que os he visto así, doña Clara, tamañita, cuando érais de la
+cámara de la infanta doña Catalina. Que os he seguido paso á paso,
+cuando os hicísteis mozuela, y después cuando fuísteis moza, hasta ahora
+que sois la dama de las damas. A propósito, se murmura que os nombran
+dama de honor.
+
+--Pero por Dios, Manuel: yo os he llamado para un asunto importante.
+
+--Lo sé todo; sé que lo más importante para vos es mi amigo Juan Girón y
+Velasco.
+
+--Si os envía ese caballero--y os digo esto para concluir--, decidle que
+le he dicho ya cuanto tenía que decirle, y que más allá de lo que le he
+dicho no daré un paso.
+
+-Sin embargo, le diré también que vos, que sois la dama de alma más
+tranquila que conozco, que dormís bien, que coméis bien, estáis un tanto
+ojerosa y pálida, y aun me parece que no tan gorda como ayer: habéis
+adelgazado algo, y si seguís así tragándoos vuestro amor...
+
+--¡Qué pesadez y qué insolencia!--exclamó irritada doña Clara--. ¿Será
+cosa de que os mande echar?
+
+--Si continuáis así, señora, os vais á poner flaca y fea.
+
+--¿Os he hecho yo algún daño, Manuel?--dijo la joven, á quien no se
+ocultaba lo que había de agresivo é intencionado en las palabras del
+bufón.
+
+--¡Daño! ¡á mí! yo no me enamoro, y vos no sois mala: si alguna vez me
+hiciérais daño me vengaría.
+
+--¿Y á qué ese empeño de hacerme oír lo que no me agrada?
+
+--Cumplo con un encargo.
+
+--¿Con un encargo de don Juan...?
+
+--Sí, ciertamente.
+
+--¿Y un encargo para mí?
+
+--Como que sois para él toda una ambición.
+
+--Yo creí más noble y más reservado á ese hombre.
+
+--¿Qué queréis, señora? es joven, recién venido á la corte: conoce que
+vos le amáis...
+
+--¿Qué lo conoce...?
+
+--Y como os ha hecho un gran servicio...
+
+--¿A mí?
+
+--Lo mismo da, puesto que lo ha hecho á la reina...
+
+--¿A la reina...?
+
+--Por supuesto... las cartas de don Rodrigo...
+
+--Ese hombre es un miserable, un calumniador...
+
+--Es joven, é inexperto.
+
+--Pues decidle... decídselo, que si me ha podido interesar... algo...
+por circunstancias especiales, ahora por circunstancias especiales le
+desprecio.
+
+--Pero le vais á matar...
+
+--Quien es hablador, embustero, mal nacido, no puede amar.
+
+--Pero ved que lloráis.
+
+--De rabia.
+
+--¡Ah! ¡ah! y ello al cabo, á nadie lo ha dicho más que á mí.
+
+--Que sois el escándalo del alcázar.
+
+--Estimo vuestro favor: no creía yo ciertamente que cuando venía á
+hablaros del único hombre que ha podido conmoveros...
+
+--No hablemos más de ese hombre.
+
+--Como gustéis, porque os veo muy irritada.
+
+--Vengamos al asunto que me ha obligado á llamaros.
+
+--Vengamos en buen hora.
+
+--¿Qué sois de esa comedianta que se llama Dorotea: padre, amigo,
+amante, marido?...
+
+--Esa misma pregunta me han hecho hace poco, y he contestado: soy su
+perro, su perro valiente, que por lo mismo que Dorotea es desgraciada,
+la guarda; capaz de despedazar la mano del rey si toca á esa mujer.
+
+--¡Sois, pues, su padre!
+
+--No, pero es lo mismo.
+
+--¡Esa mujer es amante del duque de Lerma!
+
+--Sí; sí, señora.
+
+--¿Y de don Rodrigo Calderón?...
+
+--Lo fué; ahora creo que lo sea de otro.
+
+--¿Y quién es esa mujer?
+
+--Una huérfana.
+
+--Esa mujer se ha atrevido á sospechar de su majestad.
+
+--Ha tenido celos, como vos podéis tenerlos.
+
+--Resulta, pues--dijo doña Clara terriblemente contrariada--, que os he
+llamado en balde.
+
+--Creo que no.
+
+--Os veo tan decidido por esa mujer...
+
+--Yo os veo más por un hombre.
+
+--Debéis tener mucha confianza en que vuestro oficio de bufón os saque á
+salvo de todo--dijo con una cólera mal reprimida doña Clara.
+
+--Me habéis tomado ojeriza sin razón.
+
+--No tengo más que una cosa que deciros: mirad cómo tomáis mi nombre en
+vuestros labios.
+
+--No puedo tomarlo mal; sois honrada, y muy noble, y muy dama; si estáis
+enamorada, enfermedad es esa con que nacemos, y enfermedad incurable, de
+que no debéis avergonzaros; conque ¿qué diré á don Juan Girón y Velasco?
+
+--¿Qué le habéis de decir de mi parte? Nada. Id con Dios.
+
+--Quedad con Dios, señora.
+
+Y el bufón salió después de pronunciar con un retintín insolente sus
+últimas palabras.
+
+--¿Por qué me trata así ese miserable?--se quedó murmurando doña Clara.
+
+Entre tanto decía el bufón saliendo de la sala:
+
+--Dorotea ama al señor Juan Montiño; no tengo duda de ello; la conozco
+demasiado, le ama con la virginidad de su amor. ¡Qué dichosos son
+algunos hombres! Pero ella le ama, y bien; yo he hecho cuanto he podido
+por emponzoñar los amores de doña Clara con él; ¿sabrá doña Clara que
+ese don Juan ha ido casa de Dorotea, ó indican un peligro mayor las
+preguntas de doña Clara acerca de ella? Las cartas de la reina.. ¡oh,
+oh! pues que se anden despacio, porque yo no tengo más amor ni más vida
+que Dorotea.
+
+La intención del tío Manolillo, sin embargo, no había producido el
+efecto que se había propuesto. Doña Clara era una joven de razón fría.
+
+Lo primero que la aconteció, fué sentirse herida en el corazón.
+
+Porque amaba á Juan.
+
+Las circunstancias en que le había conocido y las cualidades del joven,
+justificaban aquel amor, naciente, es cierto, pero arraigado ya en el
+alma.
+
+Todo la había agradado en el joven.
+
+Su figura, su entusiasmo, su franqueza, su valor, su discreción, el
+mismo efecto violento que su hermosura había causado en él...
+
+Doña Clara, dentro de su pensamiento había acariciado á aquel amor.
+
+Se había encariñado con él, es decir, se había sentido halagada,
+enlanguidecida, llena por su influencia, y amaba á su amor.
+
+Era uno de esos amores que pocas mujeres consiguen.
+
+Un amor completo.
+
+Un amor hermoso.
+
+Una sola cosa podía haber contrariado á doña Clara, y entonces no la
+contrariaba aún.
+
+La dificultad de su enlace con Juan Montiño.
+
+Pero el amor de doña Clara era su primer amor.
+
+Ese amor casto, tranquilo, que no lleva consigo, que no se funda en el
+deseo de la posesión material del ser amado.
+
+Doña Clara no había pensado todavía que podía pertenecer á un hombre.
+
+Su alma dormía envuelta en un velo de pureza.
+
+Por lo mismo, no la había contrariado en gran manera la dificultad de su
+enlace con Juan Montiño.
+
+Y sin embargo, á pesar de la pureza de su amor, no había dormido aquella
+noche, había sentido un malestar amargo, una inquietud ardorosa.
+
+Su alma, concentrada en el recuerdo del joven, había bebido en sus ojos,
+en su semblante, en su expresión, en su alma, no sabemos qué lascivia
+interna, misteriosa, incomprensible para doña Clara, pero ardiente,
+profunda, llena de voluptuosidad.
+
+Y es que no se pasa en la naturaleza bruscamente de un estado á otro, de
+una forma á otra; es que todas las modificaciones, todas las
+transformaciones necesitan nacer, desarrollarse, hacerse, en una
+palabra.
+
+Doña Clara, mujer en la razón, niña en el alma, para ser una mujer
+completa, necesitaba pasar por una gradación necesaria, más ó menos
+rápida, más ó menos violenta, según fuese la fuerza de impulsión que
+presidiese á aquella gradación.
+
+En una palabra, doña Clara estaba enamorada de Juan Montiño, todo lo que
+podía y de la manera que debía estarlo.
+
+Porque nada sucede ni deja de suceder, que no pueda y no deba ser ó no
+ser.
+
+Doña Clara había considerado á Juan Montiño á primera vista y casi por
+intuición tal cual debía considerarle.
+
+Le halló profundamente simpático, y su alma se extendió hacia él.
+
+Renunciar á su juicio, lastimarse el corazón renunciando á él, era cosa
+que doña Clara no podía hacer sin discutir su resolución consigo misma.
+
+Así es que si al principio se irritó con las confidencias del bufón, que
+suponía á Montiño un mozalbete lenguaraz y villano, como muchos de los
+que abundan en la corte, después, más serena, se dijo:
+
+--Cuando una persona se refiere á otra debemos, antes de decidir, ver si
+hay en la persona que refiere algún interés en favor ó en contra de
+quien se ocupa. Ahora bien; que el tío Manolillo ama á esa comedianta es
+indudable. Que su amor sea capaz de todos los sacrificios, hasta el
+punto de amar los caprichos y las faltas de esa mujer, es posible. Ahora
+bien; esa miserable tenía celos de la reina... celos de Calderón... el
+tío Manolillo quiso matar á don Rodrigo, y para ello pidió á la reina
+los mil y quinientos doblones; cierto es que prometió rescatar las
+cartas, pero acaso si hubiera muerto ó herido á don Rodrigo, hubiera ido
+á llevar esas cartas á la Dorotea en vez de llevarlas á la reina. Se
+cruzó ese joven de una manera providencial, rescató las cartas... esto
+puede ser un motivo de odio que determine una calumnia del bufón.
+Además, lo que me ha dicho podía saberlo, y lo sabía sin duda, sin
+necesidad de que ese joven se lo dijese. Es necesario no obrar de
+ligero... ¿Pero y si ese empeño de que yo desprecie á don Juan, fuese
+porque le haya visto la Dorotea y le ame?
+
+Esta era la verdad, y al suponerla doña Clara, sintio lo que nunca había
+sentido: la dolorosa é insoportable sensación de los celos.
+
+Y como los celos nunca son hidalgos, ni se detienen ante nada, tomó una
+pluma y escribió una larga carta en que acusaba ante el inquisidor
+general á Dorotea y á Gabriel Cornejo.
+
+Poco después aquella carta entraba en la celda del padre Aliaga.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXI
+
+EN QUE CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR
+
+
+--¿Me da vuecencia venia para entrar?--decía una voz poco firme y
+contrariada á la puerta de la cámara del duque de Lerma.
+
+--Dejad ese despacho, Santos--dijo el duque de Lerma á un secretario que
+trabajaba con él--y enviad á buscar á mi sobrino el conde de Olivares.
+
+Levantóse el secretario, arregló los papeles, los puso en una carpeta y
+luego aquella carpeta en un armario.
+
+Después salió.
+
+Entonces el ministro-duque se volvió con afectación á la puerta por
+donde había entrado la voz que pidió permiso, y dijo con cierta hueca
+benevolencia:
+
+--Entrad, Montiño, entrad.
+
+Entró el cocinero mayor del rey, se inclinó profundamente tres veces, y
+luego, haciendo una mueca que parecía una sonrisa, dijo:
+
+--¿Quedó vuecencia contento del banquete de ayer, señor?
+
+--Por el dinero que os dará mi mayordomo, podréis sacar la consecuencia,
+buen Montiño.
+
+--¡Ah señor, excelentísimo señor!--dijo Montiño poniéndose en arco y
+haciendo otra mueca--no lo decía por tanto.
+
+--Sí, sí; ya sé que mil ducados más ó menos son para vos muy poco.
+
+--No tanto, no tanto como eso, señor.
+
+--Sin embargo, hacéis muy buenos negocios; debéis estar rico, Montiño;
+además de que la vianda de su majestad debe dejaros buenas ganancias,
+siempre me estáis pidiendo oficios.
+
+--Y yo os agradezco á vuecencia...
+
+--No hago más que pagaros vuestros servicios; sois inteligente y activo;
+y luego... vos me servís bien... es decir, servís bien á su majestad.
+
+Volvió á inclinarse Montiño.
+
+--¿Cómo anda el cuarto del príncipe?
+
+--Don Baltasar de Zúñiga no perdona medio de captarse la voluntad de su
+alteza; como que dicen que hace versos con él.
+
+--Y aun poesías eróticas...
+
+--No comprendo bien, señor.
+
+--Composiciones amorosas.
+
+--No; no, señor; eso se queda para el duque de...
+
+Montiño se detuvo afectando la confusión de quien ha pronunciado una
+palabra inconveniente y peligrosa.
+
+--¿El duque de qué?--dijo Lerma--; vamos, concluyamos: ¿queréis sin duda
+decir mi hijo el duque de Uceda?
+
+--Efectivamente, señor; yo creía haber sido indiscreto...
+
+--No, no, de ningún modo; cuando se trata del servicio de su majestad,
+yo no tengo hijo; y á propósito de hijos... recordadme más adelante que
+tengo que encargaros algo acerca de la condesa de Lemos.
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Decíamos, que de las composiciones amorosas del príncipe está
+encargado el duque de Uceda.
+
+--Sí, señor; eso dicen los de la cámara de su alteza.
+
+--¿Y quién es la persona destinada á juzgar del mérito de esas
+composiciones?
+
+--Una dama muy matronaza, muy hermosaza, á quien suele ver su alteza en
+la comedia y en el Buen Retiro; que recoge á su alteza entero en la
+mirada de sus grandes ojazos negros.
+
+--¿Y quién es esa mujer?
+
+--No se sabe. Ha aparecido de repente en la corte; vive en la calle de
+Amaniel con una dueña y un escudero, y la visita mucho el duque de
+Uceda.
+
+--¿Y no la visita nadie más?
+
+--Dicen que tarde, de noche, suele entrar en la casa un hombre.
+
+--¿Y quién es ese hombre? Me hacéis preguntar demasiado, Montiño; si no
+bastan los maravedises que os doy para que estéis bien servido, pedidme
+más. No importa lo que se gaste; necesito, para servir bien á su
+majestad, saber todo lo que sucede en palacio, y lo que sucediendo fuera
+de palacio pueda también convenir.
+
+--Ese hombre es el sargento mayor don Juan de Guzmán.
+
+--¡Don Juan de Guzmán! Don Rodrigo Calderón me habló por él; me ponderó
+lo útiles que podían ser servicios, y en dos años le hemos hecho
+capitán, y después sargento mayor. Don Rodrigo me le ha mostrado varias
+veces, y... veamos si le reconozco: es un hombre soldadote, buen mozo,
+ya maduro...
+
+--Sí; sí, señor; es un hombre de cuarenta y cuatro á cuarenta y seis
+años, aunque demuestra diez menos; ya en otra ocasión me mandó vuecencia
+que me informara, y yo acudí á mi compadre Diego de Auñón, que es un
+escribano real, que corta un cabello en el aire. A las veinticuatro
+horas me dijo:
+
+--El tal por quien me preguntáis, ha vivido honradamente matando á
+obscuras por poco precio. Hanle puesto á la sombra más de tres veces;
+pero se da ó se daba tal maña para su oficio, que nada se le ha podido
+probar, y por no mantenerle y por hacer falta muchas veces desocupar la
+cárcel un tanto para que cupiesen otros presos, se le ha soltado. Ahora
+vive honradamente de su sueldo, y nada hay que decir de él.
+
+--¡De modo que si esa dama con quien entretienen al príncipe don Felipe
+tiene tales conocimientos secretos, debe ser una bribona!
+
+--No sé, no sé, excelentísimo señor; porque también hay damas y muy
+damas que se pierden por estos tunos.
+
+--Tomad--dijo el duque abriendo un cajón y sacando de él un estuche.
+
+--¿Y qué es esto, señor?
+
+--Una gargantilla.
+
+--¡Ah! ¿Debo visitar á esa dama?
+
+--Sí.
+
+--¿Y qué la he de decir?
+
+--Que un personaje, un altísimo personaje, la conoce y la ama.
+
+--Puede creer que ese personaje es su majestad.
+
+--No importa: si ella lo supusiese...
+
+--Niego...
+
+--No, no negáis... Será bien que vayáis vos en persona: en vez de negar,
+afectaréis como que la hacéis una gran confianza, y la diréis: su
+majestad es muy grave, muy cuidadoso de su decoro; su majestad no quiere
+que nadie, ni vos misma, sepáis que os ama... que os visita... Su
+majestad vendrá á veros, y le recibiréis sin luz: debéis ser muy
+prudente, y en las visitas que su majestad os haga, no indicar ni por
+asomo que le conocéis.
+
+--¿Pero y si esa dama se negase á recibirme?
+
+--¿No decís que tiene dueña?
+
+--Sí, señor.
+
+--Pues bien; tomad para la dueña.
+
+El duque abrió otro cajón, sacó de él algunas monedas de oro, y las puso
+formando una columna bastante respetable en el borde de la mesa del lado
+de Montiño.
+
+El cocinero miró con codicia el oro; pero no le tocó.
+
+--Guardad eso--le dijo el duque--, y además... me olvidaba... tomad.
+
+Y el duque sacó una cajita de terciopelo, la abrió, y dejó ver dentro
+una cruz de Santiago, esmaltada en una placa de oro.
+
+--¡Ah, señor!--exclamó trémulo de alegría el cocinero--; ¿me da
+vuecencia el hábito de Santiago?
+
+--¿Y para qué le queréis vos? ¿para que no os atreváis á entrar en la
+cocina, por temor de que se os manche la cruz?
+
+Cayó dolorosamente despeñado de lo alto de su vanidad Montiño.
+
+--¿Pues para quién, señor, es ese hábito?--dijo con un sarcasmo mal
+encubierto--; ¿acaso para la aventurera con quien entretiene al príncipe
+el duque de Uceda?
+
+--Para esa el collar de perlas, y más que fuere menester; esta cruz es
+para otra persona. ¿No conocéis á alguien que se haya hecho
+recientemente merecedor del hábito?
+
+--Confieso á vuecencia que no.
+
+--Si el servicio que pienso recompensar pudiera hacerse público, no le
+pagaría tan barato; sería cosa de titular á quien le ha hecho: ha
+salvado á su majestad.
+
+--Pues qué, ¿su majestad ha estado en peligro?
+
+--Su majestad la reina ha estado á punto de ser deshonrada--contestó el
+duque.
+
+Montiño supo contenerse en el momento en que vió claro que se trataba de
+su sobrino postizo.
+
+--Pues confieso á vuecencia, que no sabía yo que su majestad la reina...
+
+--Vamos, señor Francisco. ¿A dónde llevásteis anoche á un vuestro
+sobrino?
+
+--¿Yo?... á ninguna parte--dijo Montiño temiendo que lo de la cruz fuera
+un lazo.
+
+--Será necesario probaros que obro de buena fe--dijo el duque--y por lo
+tanto insisto; tomad esta cruz, llevádsela á vuestro sobrino Juan
+Montiño, y decidle que venga mañana á recibir la real cédula de mi mano.
+
+--Muchas mercedes, señor--dijo Montiño tomando la cruz.
+
+--Pero esto no basta; vuestro sobrino será pobre.
+
+--Lo es en efecto, señor.
+
+--¿Y qué puede hacérsele?
+
+--Es valiente...
+
+--¿No más que valiente?...
+
+--Es licenciado.
+
+--¿En qué?
+
+--En teología y en derecho.
+
+--¿Está ordenado?
+
+--No, señor.
+
+--No conviene que sea clérigo; un mozo que da tan buenas estocadas, no
+debe llevar un roquete; le está mejor un oficio de alcalde; los alcaldes
+bravos, que tienen letras y puños, valen más que los que sólo tienen
+letras; le haremos alcalde de casa y corte.
+
+Montiño estaba espantado con lo que veía, y sobre todo de la buena
+suerte de su sobrino.
+
+--Conque--dijo Lerma--, ¿sabéis todo lo que debéis hacer?
+
+--Sí, señor. Seguir averiguando cuanto pudiere.
+
+--Eso es.
+
+--Procurar introducirme en la casa de esa dama.
+
+--Eso es.
+
+--Dar á mi sobrino esta cruz, y mandarle que venga á dar á vuecencia las
+gracias.
+
+--Eso es.
+
+--Además, vuecencia me dijo le recordase que tenía que decirme algo
+acerca de la señora condesa de Lemos.
+
+--En efecto, me importa saber uno por uno los pasos que da doña
+Catalina.
+
+--Puedo deciros, señor, que cuando yo venía para acá, entraba vuestra
+hija en las Descalzas Reales.
+
+--Nada tiene eso de extraño.
+
+--Y ya que vuecencia quiere que se le diga todo, bueno será también que
+vuecencia sepa, que poco después entraba en el convento don Francisco de
+Quevedo.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¿y en el convento, no en la iglesia?
+
+--La señora condesa entró por la puerta de los locutorios, y por aquella
+misma puerta poco después don Francisco.
+
+El duque de Lerma escribió rápidamente una carta, la cerró, y escribió
+sobre la nema.
+
+«A la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas reales--. Del duque
+de Lerma--. En propia mano.»
+
+--Id, id, Montiño--dijo el duque--; id, llevad esa carta al momento á su
+destino, y traedme la contestación.
+
+Montiño salió casi sin despedirse del duque por obedecerle mejor, y su
+excelencia se quedó murmurando:
+
+--¿Qué habrán ido á hacer mi hija y Quevedo á las Descalzas reales?
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXII
+
+DE CÓMO EN TIEMPO DE FELIPE III SE CONSPIRABA HASTA EN LOS CONVENTOS DE
+MONJAS
+
+
+La madre Misericordia, á pesar de ser abadesa de las Descalzas Reales,
+no era una vieja.
+
+Esto no tenía nada de extraño, porque á falta de edad tenía caudal.
+
+Gastaba generosamente gran parte de él en regalos á las monjas.
+
+Y hemos dicho mal al decir que generosamente, porque aquellos regalos
+habían tenido su objeto antes de ser abadesa la madre Misericordia.
+
+Serlo.
+
+Después de ser abadesa, los regalos servían para que todas las monjas la
+llevasen á su celda y misteriosamente los chismes del convento.
+
+En el convento de las Descalzas Reales se conspiraba.
+
+Estas conspiraciones eran hijas de la rivalidad de las monjas.
+
+La comunidad, como toda sociedad, estaba dividida en bandos.
+
+Cada uno de estos bandos quería influir en el ánimo de la abadesa, en
+aquella especie de presidenta de república.
+
+Porque un convento de monjas es una república en que todos los cargos se
+obtienen por elección.
+
+Y una república más difícil de gobernar que lo que á primera vista
+parece.
+
+A más de la lucha de influencia, había otras luchas secundarias que
+acababan de envenenar á la comunidad.
+
+Llegaba un día clásico.
+
+Era necesario un sermón.
+
+Seis meses antes empezaba una lucha sorda en el convento.
+
+Cada madre quería que su confesor fuese el encargado de la oración
+sagrada.
+
+Y como había muchas madres y muchos confesores, de aquí la lucha.
+
+Cada confesor influía sobre su monja.
+
+Y decimos sobre su monja, porque cada confesor no tenía ni podía tener
+más que una hija de confesión en el convento, y aun en los conventos de
+la población en que se encontraba.
+
+¿Saben nuestros lectores lo que hubiera sucedido si un fraile ó un
+clérigo se hubiese atrevido á tener á su cargo más de una conciencia en
+la comunidad?
+
+Esto hubiera sido una especie de adulterio _sui generis_.
+
+No ha existido, ni existe, ni existirá, monja que pueda tolerar tal
+cosa.
+
+Lo más, lo más que sucede es lo siguiente:
+
+Se pone malo un confesor, y en un día de confesión se encuentra huérfana
+una monja.
+
+Entonces otra, por gran favor, por una gracia especial, especialísima,
+cede su confesor á la monja huérfana.
+
+Y la rivalidad llega hasta á los regalos que las buenas madres hacen á
+sus confesores.
+
+Que sor Fulana envió el día de su santo una bizcochada magnífica á su
+director espiritual.
+
+Que sor Fulana pretende sobreponerse, y envía al jefe de su conciencia
+otra bizcochada mejor.
+
+Las dos madres se pican: la una, porque la otra ha hecho más: la otra,
+porque la primera ha murmurado de ella.
+
+Entonces tercian chismes más peligrosos.
+
+Si sor Fulana estuvo asomada á la celosía y dejó caer un billete, y si
+recogió el billete un estudiante.
+
+Si sor Fulana soltó por su celosía un rosario bendito, que fué á caer en
+la halda de la capa de un soldado.
+
+Porque en aquellos tiempos había enamorados y galanes de monjas.
+
+Quevedo lo dice, y hace su aserción verdadera el que la Inquisición
+revisó los libros de Quevedo, como los revisaba todos, y no se opuso á
+lo que decía respecto á los enamorados de las monjas, ni lo tachó ni lo
+encontró inmoral.
+
+Esto estaba en las costumbres de entonces; lo sabía todo el mundo, y no
+había por qué prohibir un libro que no decía más que lo que todo el
+mundo sabía.
+
+Además, que estos eran unos amores simples.
+
+Hoy es otra cosa.
+
+De modo que la que en aquellos tiempos se metía en un convento para huir
+del mundo y de las tentaciones del demonio, se metía en otro mundo más
+agitado, en donde encontraba otras peores tentaciones.
+
+Y no era solo esto lo que constituía el carácter, el modo de ver y de
+obrar de los conventos de monjas del siglo XVII.
+
+El clero los utilizaba para otros negocios.
+
+Las monjas venían á ser los intermediarios de otras conspiraciones de
+carácter más trascendental, puesto que tenían relación con el Estado.
+
+¿Quién había de creer que en una carta dirigida á la abadesa de un
+convento, iba otra que debía entregarse por la abadesa á tal ó cual alta
+persona?
+
+¿Quién podía sospechar que en aquellas cartas se agitasen las
+parcialidades de la corte?
+
+En aquellos tiempos y aun en otros, los conventos de monjas venían á ser
+para los conspiradores lo que un arroyo ó un río para el que quiere
+hacer perder las huellas de su paso á quien le sigue.
+
+De modo que una abadesa de monjas en el siglo XVII, solia ser un
+personaje importantísimo.
+
+Eralo la madre Misericordia, abadesa de las Descalzas Reales de la villa
+y corte de Madrid.
+
+Primero, porque su convento era el más aristocrático.
+
+Había sido fundado en 1550 por la señora infanta de Portugal, doña
+Juana.
+
+Le protegían directamente sus majestades.
+
+Le visitaban mucho é iban con suma frecuencia á comer en él conservas.
+
+Las monjas eran todas señoras pertenecientes á la alta nobleza.
+
+Por lo importante de su categoría, que hacía importante su influencia,
+llovían sobre el convento magníficos donativos.
+
+En el siglo XVII hubo un verdadero furor por las fundaciones religiosas
+y piadosas.
+
+Solamente en Madrid, durante aquel siglo, se fundaron diez y seis
+conventos de frailes, diez y siete de monjas, nueve iglesias, seis
+hospitales y seis colegios; es decir, que se fundaron cincuenta y cuatro
+establecimientos piadosos, de los cuales sólo eran de beneficencia doce.
+
+Esto sin contar un número igual de fundaciones anteriores.
+
+De modo que en Madrid no podía darse un paso sin tropezar con una
+iglesia ó un oratorio.
+
+Un número inmenso de los habitantes de la población pertenecía á la
+clase monástica.
+
+Solamente el duque de Lerma fundó dos conventos de frailes y uno de
+monjas.
+
+Esta manía de las fundaciones religiosas, á más de la piedad, tenía un
+objeto más egoísta: el de hacerse una ostentosa sepultura para sí y para
+su familia en una fundación.
+
+Todo el que era bastante rico para ello fundaba un convento; el que no
+podía tanto, una iglesia; el que podía menos, una ermita; por último, el
+que no podía fundar nada, hacía donaciones á los conventos y á las
+iglesias, á fin de asegurar á su alma sufragios perpetuos.
+
+De ahí la gran masa de bienes muertos en poder de las comunidades.
+
+De ahí esa costra de frailes y de monjas que se extendió sobre España,
+cuya influencia fué incontrastable, que hizo decir á los extranjeros que
+España era un monasterio, y que no hemos podido quitarnos aún
+completamente de encima.
+
+En la Edad Media España era un castillo.
+
+Cuando los nobles no pudieron construir fortalezas, construyeron
+conventos.
+
+No pudiendo tener bandera ni hombres de armas, tuvieron frailes y monjas
+con su guión y su cruz.
+
+Con los hombres de armas se rebelaban contra el rey, y oprimían al
+pueblo en la Edad Media.
+
+En el siglo XVII sofocaban al trono rodeándole de frailes, y con esos
+mismos frailes embrutecían al pueblo.
+
+Duraba el privilegio, crecía, se desbordaba.
+
+La clase monástica, pues, pesaba en la balanza de los negocios públicos
+de una manera incontrastable.
+
+Tenía también una espada, una terrible espada cuyo poder aterraba.
+
+Esta espada era el Santo Oficio de la general Inquisición.
+
+El Santo Oficio tuvo poder bastante para traer á España los vergonzosos
+tiempos de Carlos II.
+
+En una época tal, el convento de las Descalzas Reales tenía una gran
+influencia.
+
+La abadesa era un gran personaje.
+
+Era sobrina, aunque lejana, del duque de Lerma, noble y rica.
+
+Había aportado un rico patrimonio procedente del dote y de las
+gananciales de su madre, y del tercio y quinto de su padre al convento.
+
+En el mundo se había llamado doña Angela de Rojas.
+
+Era rica.
+
+Pudo haberse casado, porque todas las mujeres ricas se casan.
+
+Pero se había enamorado de un hombre que estaba enamorado de otra tan
+rica como ella y además hermosa y señora de título, con la que se casó
+al cabo.
+
+Doña Angela, no encontrando otro medio mejor para desahogar su cólera,
+se metió en las Descalzas Reales.
+
+Duróle la rabia un año, y tuvo tiempo de profesar.
+
+No sabemos si después de haber profesado se la pasó el despecho, y se
+arrepintió de haberse apartado de un mundo, para encerrarse en otro.
+
+Ella no lo dijo á nadie.
+
+Al profesar, por una antítesis violenta con su carácter, tomó el nombre
+de María de la Misericordia.
+
+Desde que fué monja, empezó á conspirar por su cuenta y á sostener sus
+conspiraciones con su dinero.
+
+A los seis años de su profesión, sor Misericordia se llamaba la madre
+abadesa.
+
+Su competidora vencida enfermó de rabia, y murió desesperada bajo la
+presión de su vencedora.
+
+Hay entre las armas antiguas una que se llama puñal de misericordia.
+
+Con este puñal remataban los vencedores á los vencidos.
+
+A esta madre, en fin, fué á visitar la joven y hermosa doña Catalina de
+Sandoval, condesa de Lemos.
+
+A más de ser abadesa de las Descalzas Reales, en cuya comunidad tenía la
+condesa mucha familia, era parienta suya.
+
+Cuando la condesa llegó al locutorio, la dijo la tornera:
+
+--Será necesario que vuecencia espere; la madre abadesa está confesando
+en estos momentos.
+
+La condesa se mordió los labios, porque aquella detención la
+contrariaba.
+
+--¿Quién es el confesor de mi prima, madre Ignacia?--dijo á la tornera.
+
+--¡Oh! es un justo varón, un padre grave y docto de la orden del
+seráfico San Francisco: fray José de la Visitación.
+
+--¡Ah! ¡Fray José de la Visitación! le conozco mucho y ha sido mi
+confesor algún tiempo; tomé otro porque nunca acababa de confesarme; era
+eternizarse aquello.
+
+--Es confesor muy celoso.
+
+--Demasiado; ¿y hace mucho tiempo que mi prima está confesando?
+
+--Ya hace más de una hora.
+
+--¡Ah! pues tenemos para otra hora larga.
+
+--Tal vez--dijo la tornera.
+
+--Decidme, madre Ignacia--preguntó la condesa--, ¿está vacía la celda
+aquella tan hermosa que está sobre el huerto?
+
+--Sí, sí, señora condesa; está vacía porque las tapias son bajas, y una
+educanda que vivió en ella se escapó descolgándose por el balcón y
+saltando las tapias. Esto fué un escándalo que nadie sabe, que hemos
+guardado todas... pero yo lo digo á vuecencia en confianza.
+
+--Gracias, amiga mía. ¿Conque las tapias son bajas y el balcón bajo?
+
+--Sí, señora; era necesario tener una gran confianza en la persona que
+viviese en aquella celda.
+
+--Y... ¿no hay otra desocupada?
+
+--No; no, señora: apenas tenemos convento: será necesario ensancharlo:
+no cabemos.
+
+--¡Bendito sea Dios!
+
+--¿Piensa vuecencia traernos alguna novicia ó alguna educanda?
+
+--No, no por cierto.
+
+La condesa, que estaba profundamente preocupada, calló.
+
+La tornera calló también por respeto.
+
+--Madre Ignacia--dijo doña Catalina--, no me hagáis visita; de seguro
+estáis haciendo falta fuera.
+
+--En verdad, señora, que ese torno no para en todo el día; pero no
+importa: allí he dejado á sor Asunción.
+
+--Id, id, y por mí no faltéis á vuestra obligación, ni molestéis á
+nadie. Tengo además mucho en qué pensar, y no me pesaría estar sola.
+
+La tornera se inclinó profundamente y salió.
+
+Doña Catalina quedó sola.
+
+Su bello semblante moreno estaba pálido; por bajo de sus ojos se veía
+una señal levemente morada como de quien no ha dormido; su mirada estaba
+fija, impregnada de no sabemos qué expresión vaga, incomprensible.
+
+Había en su semblante un tinte de tristeza, una expresión de malestar
+interior.
+
+Golpeaba impaciente con su lindo pie el pavimento.
+
+Parecía, en fin, contrariada, por la tardanza de su prima la noble
+abadesa.
+
+De repente la distrajo el rechinar de la puerta del locutorio.
+
+Se volvió y vió á Quevedo.
+
+Doña Catalina se puso de pie.
+
+--¿Conque hasta aquí?--dijo.
+
+--Hasta donde vos vayáis, mi cielo. No quiero quedarme á obscuras, y
+como sois mi sol, os sigo.
+
+--¡Ah, don Francisco... don Francisco!..., ¿no me prometísteis anoche
+que me dejaríais venir á encastillarme contra vos?
+
+--Sí, es cierto; pero no lo prometí yo.
+
+--¿Pues quién fué?
+
+--Mi amor impaciente.
+
+--¿Pero en tan poco me estimáis, que viendo que huyo de vos queréis aún
+comprometerme?
+
+--Recuerdo que en la galería obscura me ofrecísteis vuestra casa.
+
+--Tenía á obscuras la razón; no sabía lo que me acontecía.
+
+--¿Pero no me amáis?
+
+--¡Ay!... ¡sí!...--exclamó doña Catalina tendiendo lánguidamente su mano
+y de una manera instintiva á Quevedo.
+
+--¡Ah!--exclamó Quevedo, apoderándose de aquella mano--; ¡y cómo me da
+la vida vuestro amor!
+
+--Soltad, que estas monjas son muy curiosas, y siempre están en acecho.
+
+--Decís bien; siempre andan alrededor de los del mundo, que se les
+acercan como el gato alrededor de las sardinas.
+
+--Por lo mismo, mirando el lugar en que nos encontramos, y sobre todo mi
+decoro, sed respetuoso conmigo.
+
+--¿Y cuando, señora, no os he respetado?
+
+--Dadme una prueba saliendo de aquí.
+
+--Prometedme que vos no pasaréis más adelante.
+
+--Aseguradme que seréis dócil á lo que yo quiera.
+
+--Os lo juro, siempre que no me pidáis lo que no puedo concederos.
+
+--Pues bien, no entraré.
+
+--¿Y podré yo entrar hasta vos?
+
+--¡Qué adelantáis, don Francisco, con sacrificar una mujer más!
+
+--Seríais vos la primera.
+
+--Ved por qué no puedo fiarme de vos; negáis lo que todo el mundo sabe:
+vuestros ruidosos galanteos.
+
+--Helos tenido con muchas hembras, pero tratándose de mujeres vos sois
+mi primera mujer.
+
+--Tal vez os engañáis... tal vez yo no sea más que... como vos decís,
+una hembra, y harto débil y desdichada.
+
+--Pues yo os creo demasiado fuerte, y en cuanto á lo desdichada, estando
+ausente de vos mi señor el duque de Lemos, no os podéis quejar.
+
+--Quéjome de que siempre no haya estado lejos.
+
+--¡Oh! ¡si no hubiérais sido hija de Lerma!
+
+--Ni aun delante de mí, perdonáis á mi padre.
+
+--Eso os probará que para vos, mi lengua es lengua de Dios.
+
+--No os entiendo.
+
+--Quiero decir, que para con vos mi lengua es lengua de verdad: para
+mejor probároslo, no sólo aborrezco, sino que desprecio á vuestro padre.
+
+--¡Ah! ¡qué desgraciada soy!
+
+--Sóislo en efecto; pero vuestra desgracia no os trae vergüenza: no se
+eligen padres.
+
+--Si yo fuese una cualquiera no me hubiérais amado.
+
+--Soy hombre que visto negro y liso.
+
+--¡Cómo!
+
+--Quiero decir, que no me paro en bordaduras, ni en apariencias, ni en
+riqueza; siendo vos lo que sois, además de ser hija de un duque y mujer
+de un conde, para que yo no os hubiese amado, era necesario que no os
+hubiera conocido.
+
+--De modo que si yo hubiese sido la hija de un mendigo...
+
+--Hubiera quitado las conchas y hubiera tomado las perlas.
+
+--Desconfío todavía de vos.
+
+--¿Todavía?...
+
+--Sois un abismo. Acaso no me enamoráis sino porque soy hija del
+favorito del rey.
+
+--Mal haya la fama, que más que bienes da males.
+
+--Sois gran conspirador.
+
+--¿Conspirador habéis dicho? pues conspiremos.
+
+--¿Y contra quién?
+
+--Contra la abadesa vuestra prima.
+
+--Conspirar, ¿y para qué?
+
+--Para salir del atolladero.
+
+--¿De qué atolladero?
+
+--De haberos metido vos aquí, y de haberme metido yo tras vos.
+
+--Con que vos os vayáis hemos salido del paso.
+
+--Os engañáis, porque ya me han visto.
+
+--¿Y por qué habéis dado lugar á que os vean?
+
+--Se me os escapábais.
+
+--No creo que puedan suponer...
+
+--Las monjas no suponen nada bueno...
+
+--Pero mi prima sabe...
+
+--Que sois hermosa; lo que basta para que os mire mal.
+
+--Es virtuosa...
+
+--Con la virtud de las feas.
+
+--¡Pero Dios mío, vos no perdonáis á nadie!
+
+--A nadie sentencio que él mismo no se haya ya sentenciado.
+
+--Y ya que decís que estamos en un atolladero, ¿cómo os parece que
+podamos salir de él?
+
+--Conspirando.
+
+--¿Pero contra quién?
+
+--¿Contra quién?... contra cualquiera... la abadesa, á trueque de
+conspirar, creerá todo lo que queramos que crea. ¿Quién es el confesor
+de nuestra noble prima?...
+
+--¿De nuestra prima?...
+
+--He dicho de nuestra prima, porque hasta cierto punto vuestros
+parientes son mis parientes.
+
+--¿Os habéis propuesto mortificarme?
+
+--No quisiera. Pero volvamos á nuestra conspiración. ¿Quién es el
+confesor de nuestra prima?
+
+--Esperad; no sé por qué se me ocurrió preguntar eso mismo á la
+tornera, y me dijo que un fraile grave de San Francisco... fray José de
+la Visitación.
+
+--¿Aquel que se atrevió á decirnos un día que el infierno era negro como
+vuestros ojos, y que vuestros ojos quemaban sin llama como el infierno?
+Pues si es ese santo varón, ya sé contra quién tenemos que conspirar.
+
+--¿Contra quién?
+
+--Contra el conde de Olivares.
+
+--¡Ah! el pobre conde nos va á servir de mucho.
+
+--Pienso valerme de él para otras muchas cosas.
+
+--¡Ah! ya no tenemos tiempo de prevenirnos. Me parece que oigo la voz de
+mi prima.
+
+--¡Oh! pues dejadme hacer, fingíos muy turbada.
+
+Quevedo no pudo decir más.
+
+Acababa de entrar en el locutorio una monja como de veintiseis á
+veintiocho años muy morena, con un moreno impuro; casi sin cejas, con
+los ojos pequeños, redondos y grises, desmesuradamente larga la boca,
+los pómulos salientes y todas estas partes componiendo un semblante
+cuadrado, un conjunto desapacible, hostil, antipático; añádase á esto el
+hábito, la toca cerrada, el velo y la expresión monjuna, bajo la cual se
+encubría mal la soberbia, y se comprenderá que la madre Misericordia
+tenía un nombre enteramente contrario á su aspecto, eminentemente
+antitético con ella misma.
+
+Sin embargo, se comprendía lo elevado de su cuna en la distinción de sus
+maneras.
+
+Adelantó gravemente hasta el centro de la parte del locutorio, situado
+del lado allá de la doble reja, y comprendió en una reverencia su saludo
+para doña Catalina y Quevedo.
+
+--Ya nos une esa víbora--dijo para sí don Francisco--, yo haré que nos
+desuna.
+
+Y contestando con otra no menor reverencia á la abadesa, mientras la de
+Lemos callaba verdaderamente turbada por la situación, dijo:
+
+--¡Mi señora doña Angela!...
+
+--Hace mucho tiempo que sólo me llamo sor Misericordia, caballero--,
+dijo la religiosa con acento severo y agresivo.
+
+--Perdonad, pero yo busco en vos la dama, cuando voy á hablaros del
+mundo, cuando voy á sacar vuestro pensamiento del claustro.
+
+--En primer lugar, caballero, yo no os conozco; en segundo lugar, no
+comprendo cómo acompañáis á mi parienta doña Catalina.
+
+--Sentémonos--dijo Quevedo con gran calma.
+
+Doña Catalina se sentó más turbada que nunca, y la abadesa
+extraordinariamente admirada, dominada por la sangre fría y la audacia
+de Quevedo.
+
+--Vos no me conocéis--dijo--, no lo extraño; vos habéis vivido siempre
+muy retirada del mundo, mientras que yo he vivido siempre muy metido en
+él, aun cuando he estado preso.
+
+Al oír la palabra preso, la abadesa dejó ver una altiva expresión de
+disgusto y de contrariedad.
+
+--Y digo preso--continuó Quevedo como contestando á aquella expresión--,
+porque los que en España nos encontramos entre cierta gente, cuando no
+somos prendedores somos prendidos. En fin, señora, yo me llamo, después
+de criado vuestro, don Francisco de Quevedo y Villegas, señor de no sé
+qué torre, y autor de no sé qué libros.
+
+--¡Ah!--exclamó cambiando enteramente de expresión la abadesa--: ¿y para
+qué me buscáis, caballero?
+
+--Primero he buscado á vuestra noble prima.
+
+--¿Y para qué?
+
+--Para asuntos que me tocan al alma... porque á mí me toca al alma todo
+lo que directa ó indirectamente atañe al servicio de su majestad.
+
+-¡Ah!
+
+--Pues he buscado á doña Catalina, cuya bondad conozco, á fin de que me
+sirviese para con vos de recomendación y ayuda.
+
+--Bastaba vuestro nombre.
+
+--No había necesidad de que nadie supiese que yo os buscaba; conócese mi
+nombre más que mi persona... y cuando se trata de conspiraciones...
+
+--¡De conspiraciones!
+
+--¡Se conspira!
+
+--¿Pero contra quién, caballero?
+
+--¿Contra quién se ha de conspirar, sino contra quien manda? Por todas
+partes hay conspiradores: salen de debajo de las piedras, duermen con
+uno debajo de la almohada. Es imposible gobernar.
+
+--¡Contra quien manda! Pero quien manda es el rey, y no sé que haya
+nadie que conspire en España contra su majestad.
+
+--Sí; sí, señora; conspiran contra su majestad, los que conspiran contra
+el duque de Lerma.
+
+--Dicen que el duque de Lerma, de quien tan justa y honrosamente
+habláis, os ha tenido preso.
+
+--Me tuvo, y cabalmente porque no me tiene, me intereso por su
+excelencia. Me ha vencido su generosidad... y no sé... no sé cómo
+agradecérselo. Eso mismo lo he dicho á su hija, á la señora condesa de
+Lemos.
+
+--Es verdad--dijo doña Catalina ya más repuesta.
+
+--Y se lo he dicho en la misma antecámara de su majestad la reina, donde
+estaba de servicio, donde nadie nos oía, donde no nos veía nadie, donde
+doña Catalina ha podido juzgar, por pruebas indudables, de la sinceridad
+de mis palabras. ¿No es verdad, señora?
+
+--Sí, sí, don Francisco, es verdad--dijo la de Lemos, poniéndose
+ligeramente encarnada.
+
+--¿No es verdad, señora, que á pesar de las malas ideas que teníais
+respecto de mi, me habéis creído enteramente, habéis confiado, y que
+después, en razón de vuestra confianza, habéis variado vuestro propósito
+hacia mí y habéis consentido en que hablemos juntos á vuestra noble
+prima?
+
+--No, no lo puedo negar; todo esto es cierto, certísimo.
+
+--Ya veis, señora, que cuando doña Catalina, hija de quien es, confía en
+mí, vos también debéis confiar.
+
+--¿Pero por qué no habéis ido directamente á mi tío, caballero?--dijo la
+abadesa.
+
+--El duque de Lerma acaba de darme la libertad; podía creer que yo... yo
+no puedo, no debo cambiar así, delante de las gentes, delante del mismo
+duque. Anoche doña Catalina me dió una carta de la duquesa de Gandía
+para su padre, y su excelencia quiso atraerme á su partido creyéndome su
+enemigo.
+
+--Se os presentó, pues, una buena ocasión de ceder.
+
+--Si hubiera cedido, el duque hubiera desconfiado de mí.
+
+--Vuestros hechos le hubieran convencido.
+
+--Pues ved ahí, señora: de tal modo hablé con el duque, que hoy me cree
+más enemigo suyo que ayer.
+
+--¿Y para qué eso?
+
+--Créame el duque su enemigo en buen hora. Yo nunca he cedido... me
+equivoco porque soy hombre, pero jamás lo confieso... al menos á la
+persona respecto á la cual he caído en error. Pero tratándose de vos,
+señora, de la señora condesa de Lemos, seguro como estoy de vuestra
+discreción, es distinto; á vosotras vengo para ayudar á ese grande
+hombre en cuyas manos está la gobernación del reino. Vosotras seréis el
+medio por donde llegarán á él los beneficios de mi leal y oculta
+amistad.
+
+--¡Ah! caballero... cuánto os agradezco... ¿y sabéis? ¿habéis
+descubierto...?
+
+--Una conspiración horrible.
+
+--¿Pero cómo...?
+
+--Anoche un amigo mío, un noble joven que acababa de llegar á la corte,
+tuvo un desagradable encuentro á causa de una dama, con don Rodrigo
+Calderón.
+
+--Don Rodrigo, según me ha dicho mi confesor, está herido, y esto es una
+desgracia.
+
+--No, no señora, esto es una fortuna; don Rodrigo es un traidor.
+
+--Don Rodrigo es un miserable--dijo doña Catalina, que se acordaba de la
+insolente carta que don Rodrigo la había enviado el día anterior y de la
+que hablamos al principio de este libro.
+
+--Mi tío confiaba ciegamente en él.
+
+--El duque de Lerma es muy confiado.
+
+--Es, sin embargo, muy prudente.
+
+--Pero don Rodrigo más falso.
+
+--¿Qué decís?
+
+--Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.
+
+--¿Pero de quién se ayudaba ese hombre?
+
+--¿De quién? del conde de Olivares.
+
+--¡Ah! verdaderamente que don Gaspar de Guzmán no tiene perdón de Dios;
+todo lo debe á mi tío, y, sin embargo, pretende apoderarse del ánimo del
+rey.
+
+--Es peor que eso: pretende apoderarse del ánimo del príncipe.
+
+--¿Qué queréis decir con eso?
+
+--Nadie pretende la privanza de un príncipe, sino cuando cree que está
+próximo á ser rey.
+
+Palideció la abadesa.
+
+--¿Y serían capaces...?--dijo.
+
+--Yo no he dicho tanto.
+
+--Pero tendréis algunas pruebas...
+
+--No las tengo, pero las he visto.
+
+--Seguid, don Francisco; pero explicadme.
+
+--Ya os he dicho que mi amigo es enemigo, á causa de una dama, de don
+Rodrigo Calderón. Pues bien, anoche mi amigo tuvo ocasión de dar de
+estocadas á don Rodrigo... luego, deseando saber mi amigo si el herido
+tenía sobre sí alguna prueba de amores, le encontró...
+
+--¿Y qué encontró?
+
+--Unas cartas... la prueba de la conspiración más pérfida...
+
+--¿Cartas de quién?
+
+--De varias personas...
+
+--¿Había alguna del conde de Olivares?
+
+--Sí... ciertamente--contestó Quevedo á bulto.
+
+--¿Pero qué se han hecho esas cartas?
+
+--Llevólas á palacio mi amigo.
+
+--A palacio... ¿y para qué?
+
+--¿Para qué? para entregarlas al rey.
+
+--No habrá podido... esas cartas estarán en poder de vuestro amigo: es
+necesario rescatarlas...
+
+--Las tiene...
+
+--¿Quién?
+
+--La reina.
+
+--¡La reina!
+
+--Que durmió anoche con el rey.
+
+--¿Qué decís, caballero?
+
+--El duque lo sabe... el duque, que estuvo anoche en palacio gran parte
+de la noche.
+
+--¿Pero cómo pudo vuestro amigo entregar... anoche esas cartas á la
+reina?
+
+--Es sobrino del cocinero del rey, y tiene amores en la servidumbre de
+la reina.
+
+--Me habéis maravillado, don Francisco... yo creía que lo sabíamos
+todo...
+
+--Pues ya habréis visto que hay muchas cosas que ignoráis.
+
+--Madre abadesa--dijo en aquellos momentos á la puerta del locutorio una
+monja--, aquí han traído una carta para vos.
+
+--Dadme, dadme.
+
+La monja adelantó y dió una carta á la madre Misericordia.
+
+Luego salió.
+
+--Permitidme, prima mía; permitidme, caballero--dijo la abadesa.
+
+Doña Catalina y Quevedo se inclinaron.
+
+La abadesa abrió con precipitación la carta.
+
+--¿De quién será?--dijo para sí Quevedo.
+
+La abadesa leyó la carta, la dobló, la guardó y, dirigiéndose á
+Quevedo, le dijo con acento reservado y glacial:
+
+--Os agradezco las revelaciones que me habéis hecho, don Francisco, y
+estoy segura de que mi tío el duque de Lerma os las agradecerá.
+
+--¡Oh! Pero os habéis olvidado, señora--dijo con suma precipitación
+Quevedo--. Yo deseo, quiero, os suplico, que el duque de Lerma no sepa,
+no pueda sospechar siquiera la situación en que me encuentro respecto á
+él.
+
+--¡Ah! ¡Sí, es verdad, caballero! Y puesto que así lo deseáis, respetaré
+vuestro deseo.
+
+--Me haréis en ello gran merced; y como supongo que necesitaréis de
+vuestro tiempo, me pongo á vuestros pies y os pido licencia para
+retirarme.
+
+--Supongo que nos volveremos á ver.
+
+--Nos volveremos á ver... ¡de seguro!
+
+--Pues adiós, don Francisco.
+
+--Que os guarde Dios, señora.
+
+Y tomando una mano á la de Lemos y besándola cortésmente, y lanzándola
+rápidamente una mirada en que había todo un discurso, salió.
+
+--¿Qué significa este conocimiento que tenéis con don Francisco de
+Quevedo, prima?--dijo severamente la abadesa.
+
+--Le conozco desde que era muy joven--contestó con desdén doña Catalina.
+
+--Pero no creo que le conozcáis lo bastante para acompañaros con él.
+
+--Si don Francisco y yo tuviéramos un interés cualquiera en vernos, en
+andar juntos, no elegiríamos por cierto el locutorio de las Descalzas
+Reales para lugar de nuestras citas, ni á vos por testigo.
+
+--En lo cual haríais muy bien.
+
+--Y mucho más por la parte que me concierne, porque me excusaría de que
+pensárais mal de mí.
+
+--Yo no pienso mal de vos; pero quisiera saber para qué habéis venido al
+convento.
+
+--Unicamente para presentaros á ese caballero; pero la culpa la tengo
+yo, que me intereso por mi padre y por mis parientes, que tan poco se
+interesan por mí.
+
+--Si yo no me interesase por vos, no me importaría que diéseis pasos
+peligrosos.
+
+--¡Pasos peligrosos!...
+
+--¡Quien os haya visto acompañada por Quevedo... por ese hombre de tan
+mala fama!
+
+--Pero es que nadie me ha visto ni ha podido verme.
+
+--Tanto os han visto, que ya lo sabe vuestro padre.
+
+--¿Y qué es lo que sabe?
+
+--Leed, prima.
+
+Y la abadesa puso en el torno que tienen todos los locutorios la carta
+que acababa de recibir, y dió la vuelta al torno.
+
+La de Lemos tomó la carta y leyó.
+
+Era de su padre.
+
+En ella decía á la abadesa que habían visto meterse en el convento y en
+uno de los locutorios á su hija, y tras ella á Quevedo. Que procurase
+comprender lo que pudiese haber en aquello, y que le avisase.
+
+--Es necesario confesar--dijo la de Lemos, poniendo otra vez la carta en
+el torno y dándole vuelta--que á veces mi padre está bien servido.
+
+--¿Seréis franca conmigo, prima?--dijo la abadesa después de haber
+tomado la carta y de haberla guardado.
+
+--¿Y por qué no he de serlo? ¿Creéis acaso que yo tenga algún secreto?
+
+--¡Creo que amáis á don Francisco!
+
+--¡Y qué!--dijo fríamente la de Lemos, que era violenta.
+
+--¡Lo confesáis!
+
+--Ahorro una disputa vergonzosa.
+
+--¿De modo que el amor...?
+
+--¿Y qué entendéis vos de amor?--dijo con desprecio la de Lemos.
+
+La abadesa se mordió los labios.
+
+--Yo creía que os justificaríais.
+
+--Yo no me justificaré jamás de acusaciones tan absurdas--dijo
+levantándose con indignación la de Lemos y volviendo la espalda á la
+abadesa.
+
+--Pero escuchad, mi querida Catalina--dijo la abadesa.
+
+--¡Adiós!--exclamó la de Lemos, y salió dando un portazo.
+
+--Creo que he obrado de ligero, y que mi tío recela más de lo
+justo...--murmuró la abadesa--. Y dice bien ella... si se amaran, ¿á qué
+habían de haber venido aquí? Lo más que puede suceder es que Quevedo ame
+á mi prima y quiera obligarla mostrándose amigo de mi tío; pero el padre
+José me ha revelado cosas que están muy en relación con lo que me ha
+revelado Quevedo. Un sargento mayor, que es mucha cosa de don Rodrigo,
+tiene amores con la mujer del cocinero mayor de su majestad; el
+cocinero mayor de su majestad tiene un sobrino, que por una mujer da de
+estocadas á don Rodrigo Calderón, busca en él algunas pruebas, y
+encuentra cartas de Olivares á Calderón... cartas en que se hace
+traición á mi tío... Hay aquí algo que se toca... Alonso del Camino,
+montero de Espinosa del rey, estuvo anoche secretamente en el convento
+de Atocha, según me ha dicho el padre José, y el confesor del rey, á
+pesar de que es enemigo declarado de mi tío, ha sido nombrado inquisidor
+general. En la revelación de Quevedo hay algo de cierto. ¡Las cosas han
+variado... pues bien... nuestra obligación es ayudar á Lerma... si
+Quevedo le sirviese de buena fe!... ¡oh! ¡don Francisco vale mucho!
+¡pues bien! avisemos á mi tío, y él en su prudencia, en su sabiduría,
+sabrá lo que debe hacer.
+
+La abadesa salió del locutorio.
+
+--¿Quién ha traído esta carta?--dijo á la tornera.
+
+--El señor Francisco Martínez Montiño.
+
+--¡Ah! ¡el cocinero del rey! ¿y espera?
+
+--Sí, señora, espera la contestación.
+
+--Hacedle entrar, madre Ignacia.
+
+Y la abadesa se volvió al locutorio, se sentó junto á una mesa que había
+en él y se puso á escribir.
+
+Entre tanto Quevedo, que había bajado á la portería, notó que un bulto
+se metía rápidamente tras la puerta, sin duda por temor de ser visto.
+
+Quevedo se fué derecho á la puerta y miró detrás de ella.
+
+Encontróse en un ángulo con el cocinero mayor, encogido y contrariado.
+
+--Quien huye, teme--dijo Quevedo.
+
+--Pues no, no sé--dijo saliendo Montiño--por qué deba yo temeros.
+
+--Vos debéis haber venido aquí para algo malo.
+
+--¿Yo?
+
+--Sí por cierto, y ya sé á lo malo que habéis venido. A traer una carta
+del duque de Lerma á la abadesa.
+
+--¡Cómo! ¡qué!
+
+--¡Una carta en que se habla mal de mí!
+
+--¡Pero don Francisco!
+
+--Me la ha leído la abadesa y sé que andáis en cuentas con ese bribón de
+Lerma.
+
+--Os juro que... yo... no sé ciertamente... el duque me ha llamado...
+
+--Vos acabaréis muy mal, señor Montiño.
+
+--Mi sobrino tiene la culpa.
+
+--¿Vuestro sobrino?...
+
+--Por él me están aconteciendo desde ayer desgracias. Para él es todo lo
+bueno, para mí todo lo malo.
+
+--Y será peor si no os confiáis completamente á mí.
+
+--Pero don Francisco...
+
+--¡Se conspira!
+
+--¿Que se conspira?
+
+--Y vuestro sobrino es uno de los primeros conspiradores.
+
+--Mi sobrino...
+
+--¡Escondéos!
+
+--¡Cómo!
+
+Quevedo empujó á Montiño detrás de la puerta.
+
+Había oído en las escaleras unos pasos de mujer y el crujir de una falta
+de seda; poco después la condesa de Lemos atravesó la portería.
+
+--Habéis mentido en vano--dijo la condesa--; mi prima lo ha adivinado
+todo.
+
+--¡Todo! pues mejor.
+
+--Mejor, sí... porque he acabado de resolverme... ¿y qué me importa?
+cuando se ama á un hombre que se llama Quevedo, no hay por qué
+avergonzarse de amarle.
+
+--Dios bendiga vuestra boca.
+
+--Os espero.
+
+--¿Cuándo?
+
+--Esta noche.
+
+--¿Por dónde?
+
+--Por el huerto.
+
+--Larguísimo va á ser para mí el día.
+
+--Y para mí insoportable; tenemos que hablar mucho.
+
+--Ahora las noches son largas.
+
+--Pues hasta la noche; ¿á qué hora?
+
+--A las ánimas.
+
+--Pues hasta las ánimas.
+
+--¡Hola!--dijo la condesa á uno de sus lacayos que estaba á la puerta--;
+que acerquen la litera.
+
+La condesa de Lemos entró en ella, y la litera se puso en marcha.
+
+Quevedo estaba incómodo.
+
+No se había atrevido á cortar la palabra á la condesa, y temía que
+Montiño lo hubiese escuchado todo, á pesar de que doña Catalina había
+hablado bajo.
+
+--Salid--dijo á Montiño.
+
+Montiño salió.
+
+--Venid conmigo.
+
+Y Quevedo asió del brazo al cocinero mayor.
+
+--Lo siento, don Francisco, pero no puedo; tengo que hacer.
+
+--Señor Francisco Montiño--dijo la madre Ignacia desde detrás del torno.
+
+--¿Lo veis, don Francisco? ¿Lo veis? me llaman. Allá voy, allá voy,
+señora mía.
+
+Y se acercó al torno.
+
+--La señora abadesa os ruega que subáis al locutorio.
+
+--Allá voy, allá voy, madre tornera; ya lo oís, don Francisco.
+
+Y Montiño tomó por las escaleras como quien escapa.
+
+--Andad, que aquí os ospero--dijo Quevedo.
+
+Detúvose un momento Montiño como acometido por un accidente nervioso, y
+después siguió subiendo, aunque no tan deprisa.
+
+Quevedo esperó con suma paciencia durante una hora.
+
+Al fin de ella, sintió unos pasos precipitados en la escalera.
+
+Poco después, Montiño, con la gorra aún en la mano, espeluznados los
+escasos cabellos, la boca entreabierta, pálido, desencajados los ojos,
+crispado todo, pasó por delante de Quevedo exclamando:
+
+--¡Como la otra!
+
+Y se lanzó en la calle.
+
+Quevedo partió tras él y le asió por la capa.
+
+--¡Ea, dejadme!--exclamó el cocinero mayor.
+
+--¿Os olvidáis de que yo os esperaba?
+
+--¡Como la otra!--repitió en acento ronco y cada vez más desencajado
+Montiño.
+
+--¿Pero estáis loco, señor Francisco? cubríos, que el aire hiela;
+embozáos y componéos, y venid conmigo.
+
+Montiño se encasquetó la gorra de una manera maquinal, y repitió su
+extraño estribillo:
+
+--¡Como la otra!
+
+--¿Pero qué otra ni qué diablo es ese? ¡Ea, venid conmigo, que recuerdo
+que aquí, en la calle del Arenal, hay una hostería!
+
+Montiño se dejó conducir.
+
+_Hostería del Ciervo Azul_, leyó Quevedo en una muestra sobre una
+puerta.
+
+--Pues señor, aquí es; yo no he almorzado más que un tantico de pichón,
+y no me vendrá mal una empanada de perdiz.
+
+Y empujó adentro á Montiño.
+
+Entraron en un gran salón irregular, pintado de amarillo, color con el
+que se había combinado el humo de las candilejas de hoja de lata
+clavadas de trecho en trecho en la pared.
+
+Pero nos olvidamos de que nos hemos puesto fuera del epígrafe de este
+capítulo, hacemos una pausa y pasamos al siguiente.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXIII
+
+EN LA HOSTERÍA DEL CIERVO AZUL Y LUEGO EN LA CALLE
+
+
+Aquellas candilejas de hoja de lata, aunque era medio día, estaban
+encendidas.
+
+Tan lóbrego era el salón donde habían entrado Quevedo y Montiño.
+
+Quevedo había pedido un almuerzo frugal; esto es, una empanada y vino.
+
+Montiño había guardado un profundo silencio.
+
+Quevedo se había ocupado en estudiar la fisonomía de Montiño.
+
+Había acabado por comprender que en aquellos momentos el cocinero mayor
+no estaba en el completo uso de sus facultades.
+
+--¡Había de haber sido una monja!--dijo Quevedo cuando se certificó del
+estado mental de Francisco Montiño.
+
+Un mozo entretanto trajo la empanada.
+
+Quevedo sirvió la mitad de ella á Montiño.
+
+Este cortó maquinalmente un pedazo de masa, y lo llevó á la boca.
+
+Bastó esto para que volviese de su fascinación.
+
+--¿Qué es esto?--dijo--. ¿Quién es el hereje que ha hecho este pastel?
+
+Y escupió el bocado.
+
+--¡Ah, ah!--dijo Quevedo--, me había olvidado de que sois el rey de los
+cocineros y de los reposteros. Efectivamente, es necesario todo el
+apetito que yo tengo para tragar este engrudo.
+
+--¿Dónde me habéis traído?
+
+--A la Hostería del Ciervo Azul.
+
+--¡A la hostería del Ciervo!--exclamó con espanto Montiño--. ¿Qué habéis
+querido darme á entender con eso?
+
+--¡Yo!
+
+--Sí, señor, vos... vos me habéis dicho no sé qué acerca de mi mujer...
+
+-¡Yo!
+
+--Sí, señor. El tío Manolillo me ha dicho también algo de eso.
+
+--¡También el tío Manolillo!
+
+--Y el duque de Lerma.
+
+--¡Cómo!
+
+--Y doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Ah!
+
+--Y, por último, esa mujer á quien Dios confunda... ¡Oh! ¡Dios mío!
+¡como la otra! ¡como la otra!
+
+--¿Como qué otra?
+
+--Como Verónica: ¿no os acordáis de mi primera mujer?
+
+--¡Ah!
+
+--Entonces érais paje del rey, y no había paje que no conociese á
+Verónica.
+
+--¿Pero estáis loco, Montiño?
+
+--Ahora no se trata de pajes: es más... algo... más gordo.
+
+--Ved allí por donde asoma el sargento mayor don Juan de Guzmán--dijo
+Quevedo.
+
+--¡Oh! pues vámonos de aquí, porque si no no respondo de mí mismo.
+
+Y el cocinero se levantó.
+
+--Sentáos--dijo Quevedo con voz vibrante--; sentáos y no espantéis la
+caza: yo os vengaré.
+
+--¿Pero es cierto?--dijo con angustia Montiño, que se sentó.
+
+--Certísimo; pero no habléis con ese tono compungido. Vos no sabéis
+nada; estáis almorzando alegremente. Comed.
+
+--¡Imposible! aunque no me ahogase la pena, me ahogaría ese pastel...
+
+--¡Mozo! ¡un real de olla podrida!--dijo una voz estentórea al fondo del
+salón.
+
+--Ya veis, ese hombre se ha ido allá muy lejos, y sin duda no os ha
+visto, estáis de espaldas á él; á mí sí me ve de frente, pero nada
+importa; si se atreve á mirarme un tanto tieso, mejor para vos, porque
+aquí mismo os vengo.
+
+--¿Pero estáis seguro de que es verdad, don Francisco?
+
+--Verdad; vuestra esposa Luisa de Robles es querida del sargento mayor
+don Juan de Guzmán, y aun sospecho que lo que lleva en sí la Luisa, sea
+cosa de ese mayor sargento, como no me cabe duda de que Inesita, á la
+que llamáis vuestra hija, es cosa, cosa indudable, de un paje talludo.
+Os aconsejo que dotéis bien á la Inesita, porque es hija de buen padre.
+
+--Pues mirad, ya lo había yo sospechado. Había olvidado con desprecio á
+aquella detestable Verónica... ¡pero Luisa!... ¡una muchacha que era
+moza de retrete, y á la que he hecho casi una dama!
+
+--Pero no la habéis dado marido, y ella se ha provisto de galán.
+
+--¡Pero qué galán!
+
+--Cosas de las mujeres.
+
+--¿Y qué debo hacer?
+
+Quevedo, que había aprovechado aquella ocasión y había sido cruel con
+Montiño solamente por apartar un peligro de la reina, contestó:
+
+--¿Qué debéis hacer? separaros de Luisa.
+
+--Decís bien.
+
+--No os faltarán mujeres.
+
+--Decís bien.
+
+Pero de repente, en una reacción del sentimiento, exclamó:
+
+--¡Y lo que nazca!
+
+--Podéis contar que no es vuestro.
+
+--La separaré de mí.
+
+--Haréis bien.
+
+--La enviaré á Navalcarnero.
+
+--Haréis mal; es demasiado cerca, enviadla á su país.
+
+--¿A Asturias?
+
+--Eso es.
+
+--No hablemos más de esto.
+
+--Hablemos de lo otro. ¿Qué os ha dicho la madre abadesa?
+
+--¡Oh! ¡oh! me ha preguntado quién es la dama á quien ama en palacio mi
+sobrino.
+
+--¿Y vos qué le habéis dicho?
+
+--Yo... nada.
+
+--¿Y qué ha replicado la abadesa?
+
+--Me ha llamado ciego.
+
+--¿Y qué más?
+
+--Para probármelo me ha dicho que anoche estuvo en mi casa, encerrado
+con mi mujer, el sargento mayor don Juan de Guzmán. ¡Como si uno pudiera
+saber lo que pasa en su casa estando á cinco leguas de distancia!
+
+--Pero supongo que habréis tenido prudencia.
+
+--Prudencia ¿acerca de qué?...
+
+--Acerca de lo que sabéis relativamente á vuestro sobrino.
+
+--Para prudencia estaba yo.
+
+--¿Pero qué habéis hecho?
+
+--Cuando vi que la abadesa trataba con desprecio á mi mujer, la dije:
+pues dama hay en palacio mucho más alta...
+
+--¡Diablo!
+
+--Sí, señor, mucho más alta, que no es mejor que mi mujer...
+
+--La abadesa os preguntaría quién era esa dama.
+
+--Cierto que sí.
+
+--¿Y vos?
+
+--Yo... dije la verdad... la verdad pura, porque ha llegado la hora de
+decir las verdades.
+
+--Diríais que doña Clara Soldevilla...
+
+--¿Qué tengo yo que ver con doña Clara Soldevilla? dije que la reina...
+
+--¡Desdichado!
+
+--Era querida de mi sobrino.
+
+--Pues habéis mentido como un bellaco--exclamó Quevedo--; y ya que no
+tiene remedio lo que habéis dicho á la abadesa, guardáos, guardáos de
+volver á pronunciar esa calumnia.
+
+--¡Ah, don Francisco!--exclamó Montiño, cuya alma se encogió de miedo,
+bajo la mirada terrible, incontrastable de Quevedo.
+
+--De seguro la abadesa os ha dado una carta.
+
+--Es verdad.
+
+--Una carta para el duque de Lerma.
+
+--Es verdad.
+
+--Dadme esa carta.
+
+--Pero tengo que llevarla á su excelencia.
+
+--Dadme esa carta.
+
+Montiño la sacó del bolsillo interior de su ropilla, y la dió á
+Quevedo.
+
+Quevedo rompió la nema.
+
+--¿Pero qué hacéis?--dijo Montiño.
+
+--Esta carta, puesto que está en mi mano, es para mí.
+
+Y la leyó.
+
+--Ya lo sabía yo--dijo.
+
+Y llamó á grandes golpes sobre la mesa.
+
+Cuando acudió el mozo arrojó un ducado, y salió dejando solo á Montiño.
+
+Apenas había salido de la hostería Quevedo, cuando vió venir por la
+parte de palacio una tapada ancha y magnífica, que se levantaba el manto
+para no coger lodos, y dejaba ver una magnífica pierna y un pequeño pie,
+calzado con un chapín dorado.
+
+--Confúndame Dios--dijo Quevedo--si yo no conozco á esa. Detengámonos,
+que de seguro al pasar junto á mí la saco por el olor.
+
+Detúvose, y al emparejar con él la tapada, se detuvo delante de él, y se
+asió á su brazo.
+
+--¿Tendremos buscona?--dijo para sí Quevedo.
+
+--Vamos, seguid, y no os hagáis de rogar, don Francisco--dijo una voz
+irritada y breve, á pesar de lo cual Quevedo conoció por aquella voz á
+la Dorotea.
+
+--¡Ah, reina mía! ¿y á dónde bueno por aquí?
+
+--No lo sé.
+
+--¿Que no lo sabéis?
+
+--No. Llevo la cabeza hecha un horno.
+
+--Más bien creo la lleváis hecha una olla de grillos.
+
+--He tenido que dejar la litera; me mareaba dentro, me moría.
+
+--¿Pero qué os ha sucedido?
+
+--Se me ha subido el almuerzo á la cabeza.
+
+--¡Ah! diablos; ¿y os habéis salido á tomar por estas calles un baño de
+pies?
+
+--No; no, señor: me he ido al alcázar.
+
+--¿Y qué teníais vos que hacer en el alcázar?
+
+--¡Qué! ¿qué se yo? buscaba al cocinero de su majestad.
+
+--¿Y le habéis habido?
+
+--Sólo he habido á su mujer. El cocinero se ha perdido.
+
+--Pobre Montiño: le ha salido un sobrino que le trae de cabeza.
+
+--¡El sobrino del cocinero mayor! ¡el señor estudiante! ¡el señor
+capitán! ¡el embustero! ¡el mal nacido!
+
+--¿Pero qué granizada es esa, amiga mía?
+
+--Debéis saberlo vos. Vos, que habéis formado la tormenta. ¡Pero yo me
+tengo la culpa! ¡Yo no debí recibiros! ¡yo debí conoceros! el que se
+atrevió á enamorarme en el convento cuando yo pensaba ser monja...
+
+--No me recordéis eso... No me abráis la llaga,.. ¡Qué hermosa estábais,
+Dorotea!
+
+--¿Qué, ahora lo estoy menos?--dijo con acento singular la comedianta.
+
+--No, no por cierto. Ahora estáis más hermosa, pero sois también más
+mujer.
+
+--Entrémonos aquí--dijo la Dorotea--; empieza á llover.
+
+Y se detuvo delante de una puerta, tras la cual se veía un fondo largo y
+negro.
+
+--Pero ved, hija mía, que esto es una taberna.
+
+--¿Y qué se me da?
+
+--¡Ah! pues si á vos no os da, á mí menos. Entremos. Se van á maravillar
+cuando vean en esa caverna un manto de terciopelo y una encomienda de
+Santiago. Nos echamos á rodar.
+
+--Hace mucho tiempo que entrambos rodamos.
+
+--Pues rodemos. Y el sitio es tal, que ni hecho de encargo. ¿Se puede
+entrar en este aposento?--añadió Quevedo, parándose en el fondo de la
+taberna delante de una puerta cerrada, y dirigiéndose á un hombre que
+desde el primer recinto de la taberna les había seguido admirado.
+
+--Sí; sí, señor, con mil amores--dijo aquel hombre--. ¡Nicolasa! ¡la
+llave del cuarto obscuro! ¡tráete una luz! Esperen un momento vuesas
+mercedes.
+
+--¿Qué hora es?--dijo Dorotea.
+
+--Acaban de dar las doce en Santo Tomás. Pronto, Nicolasa, pronto, que
+estos señores esperan.
+
+Acudió una manchegota casi cuadrada, con una llave y una vela de sebo
+puesta en una palmatoria de barro cocido.
+
+Abrió la puerta, entró y puso la palmatoria sobre una mesa.
+
+--Dos sillas, Nicolasa--dijo aquel hombre.
+
+La Maritornes entró toda apresurada y solícita con dos sillas de pino.
+
+--¿Qué quieren vuesas mercedes?--dijo el hombre, que se había quitado la
+gorra.
+
+--Vino, mucho vino--dijo la Dorotea.
+
+--Sólo tengo blanquillo de Yepes.
+
+--Sea el que quiera.
+
+El hombre salió.
+
+--No os conozco, Dorotea--dijo Quevedo.
+
+--Tampoco yo me conozco á mí misma.
+
+--Mirad que el blanquillo de Yepes es muy predicador.
+
+--No importa.
+
+--Que tenéis que ser esta tarde estrella.
+
+--Me nublo.
+
+--El autor de la compañía os obligará.
+
+--No puede.
+
+--Estáis anunciada, y el corregidor os meterá en la cárcel.
+
+--Si me encuentra.
+
+--¡Ah! ¡os perdéis!
+
+--Me he perdido ya.
+
+--¡Mirad no perdáis á alguien!
+
+--Una vez perdida yo, que se pierda el universo.
+
+--Traigo un azumbre--dijo el tabernero poniendo sobre la mesa un enorme
+jarro vidriado y dos vasos.
+
+--¡Fuego de Dios!--exclamó Quevedo.
+
+--Idos--dijo con impaciencia Dorotea.
+
+El tabernero se encaminó á la puerta.
+
+--Volved lo de afuera adentro--dijo Quevedo.
+
+El tabernero le comprendió, puesto que quitó la llave del lado de afuera
+y la puso por el lado de adentro.
+
+Quevedo se levantó y echó la llave.
+
+Luego colgó de ella su ferreruelo, á fin de que no pudiera verse nada
+desde afuera, y miró si había alguna rendija.
+
+La puerta era nueva y encajaba bien.
+
+--Henos aquí metidos en un paréntesis--dijo don Francisco.
+
+--Lo que es yo, me encuentro en un paréntesis de mi vida.
+
+--Que me parece muy significativo, en un tan hermoso discurso como vos;
+pero dadme el manto, que es muy rico y será gran lástima que se manche.
+
+Dorotea se desprendió la joya que sujetaba el manto sobre su cabeza, se
+le quitó con un hechicero descuido y le entregó á Quevedo.
+
+Quedó admirablemente vestida, un tanto escotada, y dejando ver en su
+incomparable garganta una ancha gargantilla de perlas, con un pequeño
+relicario cubierto de brillantes.
+
+--Deslumbráis, Dorotea--dijo Quevedo, doblando cuidadosamente el manto y
+poniéndole sobre su ferreruelo en la llave--. Se me os vais subiendo á
+la cabeza.
+
+--Sentáos y ponedme vino.
+
+--No seáis loca. No os parezcáis á los tontos, que cuando les viene mal
+un negocio se emborrachan.
+
+--Ponedme vino.
+
+--Beberéis vos sola.
+
+--¡Queréis tener sobre mí ventaja!
+
+--Ando delicadillo y no me atrevo con Yepes; bastante tengo con vos.
+
+--Decís bien... pero yo necesito hacer algo.
+
+--¿Y os embriagáis?
+
+--Dicen que un clavo saca á otro clavo; quiero ver si una embriaguez me
+quita otra.
+
+Y levantó el vaso.
+
+Quevedo se lo arrancó y tiró su contenido.
+
+Luego tomó el jarro y lo arrojó:
+
+--Soy vuestra madre--dijo--; dejémonos de locuras, y ya que os tengo
+aquí sola y encerrada, ya que me tenéis á mi, hablemos juiciosamente,
+hija mía. ¿Creéis que yo soy malo?
+
+--¿Quién sabe lo que vos sois?
+
+--Yo soy un hombre que busca aire que respirar y no le encuentra.
+
+--¡Vos venís á buscar aire de vida á la corte!
+
+--No vengo por mi gusto.
+
+--Decid, don Francisco, ¿no sois secretario del duque de Osuna?
+
+--Por secretos del duque, mi amigo, ando en la corte.
+
+--¡Malhayan los tales secretos!
+
+--¿Por qué decís eso?
+
+--Porque creo que me habéis sacrificado á ellos.
+
+--Pues mirad, ignoraba que pudiérais ser víctima. ¿Y á qué dios creéis
+que os sacrifico?
+
+--No es dios, es diosa.
+
+--¿Diosa?
+
+--Sí, la diosa ambición.
+
+--Conócese que tratáis con el duque de Lerma.
+
+--Porque me pesa de haberle tratado y porque quiero olvidarme de ello,
+de este año y medio que he pasado en el mundo, os he preguntado si sois
+secretario del duque de Osuna.
+
+--Confiésome torpe; no os entiendo.
+
+--Llevadme con vos á Nápoles; recomendádme al duque y que su excelencia
+me abra las puertas de un convento.
+
+--¿Magdalena os tenemos?
+
+--Si me dais medios de que lo sea, os perdono.
+
+--Rechazo vuestro perdón, y me asombro de que me lo ofrezcáis; ¿pues en
+qué os he ofendido yo?
+
+--¡Ay, triste de mí! ¡Qué desgraciada soy!
+
+Inclinó la comedianta la hermosa cabeza, y luego la levantó en un
+movimiento sublime.
+
+Su mirada resplandecía.
+
+Quevedo la miraba con asombro.
+
+--No, no soy desgraciada--dijo la Dorotea--, sino muy feliz, felicísima.
+Y tenéis razón, don Francisco; no merecéis mi perdón, sino mi
+agradecimiento.
+
+--¡Qué lástima!--dijo Quevedo.
+
+--¿Y de qué?
+
+--¿Pues no queréis que me lastime, si os veo loca?
+
+--¡Loca! ¿creéis en los hechizos? ¿es verdad que se puede hacer mal de
+ojo?
+
+--Desembozáos, hija, á fin de que yo pueda veros. Porque me estáis
+maravillando, vais creciendo, creciendo delante de mí, y ya no encuentro
+en vos á la educanda de las Descalzas Reales, ni á la comedianta de esta
+mañana.
+
+--Seguid, seguid; veamos cómo me vísteis en el convento, cómo me habéis
+visto esta mañana y cómo me véis ahora.
+
+--Son las doce--dijo Quevedo--; á las dos empieza la comedia y
+necesitáis media hora para vestiros. ¿Tenéis la ropa en el coliseo?
+
+--Sí; ¿pero eso qué importa?
+
+--Tenemos tiempo. He conseguido que no os emborrachéis, y conseguiré del
+mismo modo que no hagáis una locura. ¡Diablo! y debéis valer mucho,
+porque yo, que por nadie me intereso, empiezo á interesarme por vos.
+
+--Creo que empezáis á engañarme.
+
+--Suponed que no me llamo Quevedo.
+
+--Eso no es posible.
+
+--Suponed que soy un hombre de bien, que me encuentro con una pobre loca
+y que deseo curarla.
+
+--Dudo que lo consigáis. Pero vamos al asunto; contestadme á lo que os
+he preguntado: decid lo que habéis pensado de mí en las tres distintas
+situaciones en que os he visto.
+
+--Empecemos por lo del convento. Yo he sido palaciego ó palacismo, ó
+hijo de palacio, como mejor queráis.
+
+--Bien, bien, ¿pero qué tiene que ver eso?
+
+--Las cosas deben tomarse en su origen. Vóime, pues, al punto, desde
+donde llegué á conoceros. Os conocí por medio del tío Manolillo.
+
+--¡Ah! ¡el misterioso tío Manolillo!
+
+--Tenéis razón. No sé si es pícaro ó tonto, si cuerdo ó loco. Lo que sé
+es que os ama con toda su alma, pero no sé cómo. ¿Lo sabéis vos?
+
+--No por cierto: á veces me mira como un amante, á veces como un padre;
+á veces hay cólera en sus ojos, á veces odio.
+
+--¡Misterios siempre! Un día, hace tres años, me encontré al tío
+Manolillo acurrucado como un gato que se encuentra huído y receloso, y
+hambriento en desván ajeno, en una galería obscura de palacio. El tío
+Manolillo y yo somos muy antiguos conocidos y tenemos declarada una
+guerra de chistes. No sé lo que le dije ni recuerdo qué me contestó;
+pero es el caso que nuestra conversación se hizo formal.
+
+--Yo no gasto, como vos, antiparras--me dijo--; pero es el caso, hermano
+don Francisco, que veis más claro que yo. ¿Queréis mirar una cosa que yo
+os muestre, y decirme qué habéis visto en ella?
+
+--¿Y de qué cosa se trata, tío?--le pregunté.
+
+--De una mujer.
+
+--Pues si vos, tratándose de mujeres, no veis, estoy seguro de que yo me
+quedo á obscuras.
+
+--No tanto, hermano Quevedo, no tanto; yo amo á esa mujer y tengo,
+naturalmente, una venda sobre los ojos.
+
+--¡Os dijo... que me amaba el tío Manolillo!--exclamó Dorotea.
+
+--Pero no me dijo de qué modo; ¡no me lo ha dicho nunca! ni yo he podido
+adivinarlo; pero continuemos. El tío me llevó al convento de las
+Descalzas Reales, tocó al torno, y dijo:
+
+--Madre tornera, tened la bondad de decir á Dorotea que aquí estoy yo
+con otro caballero.
+
+Entramos en el locutorio.
+
+Vos tardásteis.
+
+Entonces me dije, yo no sé si con fundamento:
+
+--Esa mujer se está componiendo para parecer mejor.
+
+--¡Ah, y qué mal pensador sois!--dijo la Dorotea.
+
+--En efecto, cuando os presentásteis veníais tan compuesta, como podíais
+estarlo en el convento.
+
+--Había en aquel sencillo hábito, en aquella toquilla, en aquel
+escapulario azul, en aquella cruz de oro que pendía de vuestro cuello,
+una cosa que decía: «Ved que con lana y lino puede parecer una mujer
+mejor ataviada que otra con ropas, encajes y brocados.»
+
+Era, además, vuestra mirada ardiente, grave, fija; vuestra palabra,
+sonora; vuestro discurso, apasionado.
+
+Yo me enamoré de vos.
+
+Cuando salí del convento, dije al tío Manolillo:
+
+--Esa paloma volará en cuanto halle una mano que la abra la jaula, y no
+me pesará que esa mano sea la mía.
+
+--Si ella os ama--dijo el tío Manolillo--, por mi parte nada tengo que
+oponer. Me he propuesto darla gusto en todo.
+
+--Pero, ¿qué es vuestra Dorotea?--le pregunté.
+
+--Es una historia--me dijo.
+
+Comprendí que el bufón del rey no me diría una palabra más acerca de
+vos, y no volví á preguntarle.
+
+Pero me habíais llenado, el alma no, ni el corazón, sino los sentidos;
+ardía por vos, Dorotea.
+
+--Por lo mismo que sabía que yo no podía contar con vos, que vos no
+podíais ser para mí más que el primer amante...
+
+--¡Oh!--exclamó Quevedo.
+
+--Me reí de vos.
+
+--Y á mí, que no me gusta divertir de balde, me bastó con que vos os
+riérais.
+
+--Ya sé que sois altivo.
+
+--No es eso; es que no me gusta malgastar el tiempo.
+
+Aconteció, además, que un día en que por costumbre, no curado aún bien
+de la locura que me habíais pegado, estaba yo en la iglesia de las
+Descalzas Reales... sólo por oír vuestra voz, que la teníais excelente y
+me enamoraba, un mal nacido ofendió á una dama. Volví por ella, mediaron
+palabras y aun más; salimos á la calle, y maté á aquel hombre. Como las
+pragmáticas en esto de duelo son rigurosas, y como á mí me querían mal
+en la corte, creí prudente huir, y me amparé en Navalcarnero. Allí
+conocí á Juan Montiño... excelente muchacho... corazón de perlas, alma
+de ángel en cuerpo de hombre.
+
+--Pero tan burlador como vos.
+
+--¡Bah! Después hablaremos de eso. Estuve algún tiempo en Navalcarnero,
+se arregló lo de la muerte, volví á la corte. Poco después se le
+indigestó un romance mío con algunas otras cosas al duque de Lerma, y me
+cogió, y me enjauló en San Marcos. Allí he estado dos años; allí os he
+recordado más de una vez...
+
+--En resumen, lo que vos pensásteis de mí en aquel tiempo...
+
+--Fué que érais una mujer ansiosa del mundo, de las disipaciones, de los
+placeres, de los amores galantes; una hermosísima criatura, poca alma y
+muchos sentidos; poco corazón, poca cabeza, y mucha vanidad; desde mi
+encierro escribí por vos... dijéronme que habíais huído del convento.
+
+--Vióme un comediante en ocasión de ensayar una farsa á las monjas.
+
+--¿Comediante fué?
+
+--Galán.
+
+--¿Se llama?
+
+--Gutiérrez.
+
+--¡Ah! La presunción con ropilla; la vanidad ambulante...
+
+--Me miró, le miré. Elogió mi ingenio y mi voz, y me engreí. Me escribió
+proponiéndome cambiar la vida del claustro por la del teatro... y... mi
+celda daba á un huerto que tenía las tapias muy bajas, los balcones eran
+muy bajos... me escapé... caí loca en los brazos de aquel hombre...
+perdí la virginidad de mi cuerpo, pero conservé la virginidad de mi
+alma. Gutiérrez no había sabido despertarla... Gutiérrez no me había
+dado la ardiente vida que yo necesitaba... El público entretanto me
+aplaudía... los poetas me dedicaban madrigales... yo era Filis, Venus...
+sol... luna... lucero ya era la incomparable Dorotea... la diosa del
+teatro. Esto halagaba mi vanidad, pero no llenaba mi corazón. ¡A! ¡no!
+en él resonaban huecos los aplausos; le aturdían, pero no le conmovían.
+Y me faltaba algo; yo era pobre; trabajando á partido ganaba poco; me
+veía obligada á alquilar trajes, en que todo era falso y muchas veces
+viejo; otras llevaban sedas y brocados, y perlas y diamantes... eran
+queridas de algún gran señor. Gutiérrez no podía darme nada de esto. Los
+galanes que me enamoraban no podían dármelo tampoco. Yo sufría, yo
+estaba humillada: yo soñaba en el gran señor que debía cubrirme de oro.
+Me importaba poco que fuese viejo y feo, con tal de que fuese rico y
+generoso. Yo necesitaba humillar á mis compañeras. Una tarde vi en un
+aposento á un señor muy grave y muy tieso, y al parecer muy rico. Detrás
+de él había un hidalgo, altivo también, joven y buen mozo. Los dos me
+miraban, los dos me aplaudían... yo me enamoré de los dos. Del uno por
+vanidad, del otro... por amor, no... yo creía que era por amor... pero
+hoy me he desengañado.
+
+--¡Eran Lerma y Calderón! ¡El amo y el perro!
+
+--Ellos eran. Después de la función, encontré en mi casa, esperándome, á
+uno de ellos. Se había entrado por fuero propio, pagando á mi doncella.
+Era don Rodrigo Calderón. Me traía un mensaje y un regalo del duque de
+Lerma. Yo acepté. Después de haberme hablado por el duque, don Rodrigo
+me habló por sí mismo.
+
+--Eso sucede casi siempre: el corredor de un gran señor goza antes que
+él, y es muy justo--dijo Quevedo--; el agua moja antes el cauce que el
+pilón. Vuestra historia es muy conocida.
+
+--He sido la sanguijuela de Lerma, y la loca de don Rodrigo.
+
+--Os leí, pues, en el convento.
+
+--¿Y qué habéis leído hoy en mí?
+
+--Vamos á vuestra segunda época. Salía yo esta mañana de palacio y
+andaba por esas calles de Dios, pensando en dónde encontraría posada,
+cuando al buscar en un balcón una cédula, os vi á vos tras de la
+vidriera. He aquí mi posada, me dije, y me entré.
+
+--Y como éramos antiguos conocidos...
+
+--Tomé posesión de vuestra casa, y os leí en una mirada. Erais la
+buscona más perfecta en su época peligrosa.
+
+--¡La buscona!
+
+--Ese es el nombre.
+
+--Es decir, la mujer...
+
+--Que ahorra sangrador, y deja á un prójimo de tal modo, que no puede
+valerse contra el aire. Gastadora de bolsillos, destructora de saludes,
+envenenadora de almas y perdimientos de cuerpos. Acostumbrada á la vida
+alegre, desvergonzada y serena, haciendo gala del sambenito y
+pregonándose á voces.
+
+--¡Oh! ¡es verdad! ¡qué vergüenza!
+
+--Pasando á vuestro tercer estado, al en que os encontráis en este
+momento, os confieso que no os conozco: que os habéis transformado; que
+os ha sido vergüenza, y habéis criado pudor; cuando érais virgen os vi
+cortesana, y ahora que sois cortesana os veo virgen.
+
+Dorotea bajó la cabeza avergonzada por única contestación.
+
+--¡Vos amáis! ¡amáis por la primera vez!--dijo Quevedo con acento
+sonoro, seco, vibrante, solemne.
+
+--¡Oh! ¡sí! ¡yo creo que sí! ¡yo estoy loca!--exclamó Dorotea.
+
+--¡Misterios del espíritu!--murmuró Quevedo--; ¡no nos comprendemos! ¡la
+ciencia escrita! ¡mentira! ¡la ciencia permanece oculta! ¡yo adivino, yo
+presiento... porque veo... observo... y me asombro!
+
+--¿De qué os asombráis?
+
+--De mí mismo.
+
+--Sois un pozo obscuro.
+
+--Porque me hundo en mi alma.
+
+--¡Ah! ¿no es verdad, don Francisco, que esto es terrible?
+
+--¿Y qué es lo terrible?
+
+--Yo no lo he visto nunca: cuando le vi á él... ya sabéis quién es él...
+
+--Sí, sí; mi amigo Juan.
+
+--Cuando lo vi... cuando me miró, parecióme que mi alma descorría un
+velo misterioso, que se entraba en ella aquella mirada, que la llenaba,
+que la besaba, que la acariciaba, que la encendía... sentí... un placer
+doloroso... debí ponerme pálida.
+
+--Y seria como una difunta.
+
+--Yo creo que él también vaciló.
+
+--Pues ya lo creo.
+
+--¡Ah! ¡don Francisco! ¿por qué habéis llevado á ese hombre á mi casa?
+yo creo que iba provisto de un hechizo.
+
+--Su hechizo consiste en haber nacido para vos. Yo lo ignoraba... le
+llamé porque estaba cuidadoso por él... como que había dado de estocadas
+á Calderón y le había quitado unas cartas de la reina.
+
+--¡De la reina! ¡las cartas de la reina! ¡que le habrá pagado poniéndole
+en el lugar de Calderón!
+
+--¿Qué estáis diciendo?
+
+--He tenido celos de una mujer cuando creí amar á don Rodrigo...
+ahora... ¡ahora le aborrezco!
+
+--Hacéis mal.
+
+--¿Que hago mal?
+
+--¿Sabéis para qué llamaba la reina á Calderón en aquellas cartas?
+
+Quevedo hablaba á bulto, porque como saben nuestros lectores, no las
+conocía.
+
+--¿Para qué llama una mujer á un hombre?
+
+--Margarita de Austria, más que mujer es reina.
+
+--Las reinas tienen corazón y caprichos.
+
+--La reina llamaba á don Rodrigo para conspirar.
+
+--¡Para conspirar!
+
+--Sí, contra el duque de Lerma.
+
+--¡Ah!--exclamó Dorotea como quien recibe una revelación--. Acaso...
+aquellas cartas no contenían ni una sola palabra de amor... ¿es verdad?
+
+--Eran, sin embargo, ambiguas--dijo Quevedo, que seguía hablando á
+bulto.
+
+--Sí, sí... bien puede ser... pero si eso es verdad, don Rodrigo es un
+miserable.
+
+--¿Y qué otra cosa puede ser un hombre que parte su querida con otro?
+Vos érais un instrumento de don Rodrigo Calderón. Estáis, pues, en el
+caso de volver en vos.
+
+--¿Me juráis, don Francisco, que no me habéis tomado por instrumento?
+
+--No, no os lo juro, porque quiero que me sirváis.
+
+--¿Y por eso me habéis presentado á ese joven para que me enamore?
+
+--No he tenido esa intención; pero ya que mi amigo Juan os ha enamorado,
+me alegro.
+
+--No os alegréis mucho, porque me ha empeñado.
+
+--Mi amigo Juan os ama.
+
+--¡Jurádmelo!
+
+--Os lo juro por mi encomienda, y por mi honra y por mi alma. ¡Si cuando
+me quedé solo con él no hablamos de otra cosa que de vos!
+
+--Pues mirad, yo me había irritado con vos y con él... en el momento que
+supe que habíais herido á don Rodrigo.
+
+--¿Por amor á don Rodrigo?
+
+--No, porque vi... porque adiviné la verdad. Que don Rodrigo había caído
+á causa de la reina... y me dije: me han tomado por juguete. Entonces
+quise vengarme, y para vengarme salí, y me fuí á casa del cocinero del
+rey, cargada de joyas; Montiño es avaro, y estaba segura de averiguar...
+
+--Bueno es saberlo--dijo para sí Quevedo.
+
+--Pero no le encontré y me abrasaba en el tabuco donde vive... me
+ahogaba allí, al lado de aquella carne con ojos de mujer. Entonces salí,
+bajé, y seguí á pie.
+
+--¿Y á dónde íbais cuando os encontré?
+
+--A la ventura, á tomar el aire.
+
+--Habéis, pues, tenido un buen encuentro, porque os he curado--dijo
+Quevedo.
+
+--Aún no del todo.
+
+--Mi amigo os espera en vuestra casa.
+
+--¡Ah! ¡pero vuestro amigo me da miedo...! ¡no os digo que estoy
+asombrada!... ¡yo, que me he burlado del amor!
+
+--El amor se venga.
+
+--Ya se ve; ¡es tan hermoso...! ¡más que hermoso...! ¡tiene para mí tal
+paz, tal dulzura su mirada...! su voz resuena en mi corazón de un modo
+tal... he hecho una promesa á la virgen de la Almudena... como mañana me
+despierte curada de esta locura, la doy mis joyas, que son muchas y muy
+buenas.
+
+--Si vos no amárais mañana á mi amigo, le mataríais.
+
+--¡Oh! no lo creo--dijo Dorotea con una anhelante candidez.
+
+--¡Si habéis causado en él una impresión terrible! Qué hermosa es esa
+joven, me decía mientras vos estábais fuera; no puedo mirarla sin
+enternecerme... sus miradas me vuelven loco... necesito que esa mujer...
+esa diosa, no viva más que para mí.
+
+--Os lo repito, don Francisco. Vámonos á Napóles... ó si no queréis
+venir, dadme una carta para el duque de Osuna; entraré en un convento...
+vuestro amigo me ha hecho mucho daño... me ha hecho insoportable el
+duque de Lerma, odioso Calderón.
+
+--Tal vez la vida de mi amigo consiste en que os apoderéis más que nunca
+del ánimo de Lerma.
+
+--¡Cómo!
+
+--¿Creéis que Lerma dejará sin castigo á quien le ha estropeado á su
+favorito? no os hablo de mí, que importa poco... pero él... él, que ha
+alcanzado gracia á vuestros ojos.
+
+--Me pedís un martirio.
+
+--Sed mártir, si queréis la gloria.
+
+--¡Me pedís que, amando á un hombre, sea querida de otro!--exclamó
+profundamente la Dorotea.
+
+--Necesitáis reparar el daño que habéis hecho.
+
+--¡Yo!
+
+--Sí, vos; habéis calumniado á una santa...
+
+--¿Creéis que la reina?...
+
+--Es digna de que una mujer de corazón como vos, la ame en vez de
+odiarla.
+
+--¿Y qué puedo yo hacer?
+
+--Sed más que la querida pagada de Lerma.
+
+--¡Ah!
+
+--Enloquecedle; hacedle creer que le amáis.
+
+--Eso no es fácil; don Juan de Guzmán ha visto en mi casa á vuestro
+amigo.
+
+--¿Y qué importa?
+
+--Lo sabrá Calderón... lo sabrá Lerma.
+
+--Bien: decid á Lerma que mi amigo quiere casarse con vos...
+
+--¡Deshonrarle yo!...
+
+--Cuando median altos intereses, por todo se atropella.
+
+--¿Puedo fiarme de vos, don Francisco?
+
+--¡Fuego de Dios! ¿y para qué había yo de engañaros?
+
+--A vos me entrego.
+
+--¿Veis como he hecho muy bien en que no trabáseis conocimiento con el
+blanquillo de Yepes? Ea, vamos, que ya es hora. Os habéis enlodado; id á
+mudaros á vuestra casa. Allí encontraréis á Juan Montiño... id con él
+acompañada á la comedia.
+
+--¡A la comedia! ¡Trabajar, fingir, con el corazón lleno de lágrimas! ¡y
+mostrarme serena y reir!
+
+--Esa es la vida: sed una vez cómica... aprended á serlo, qué os
+importa. Este es vuestro manto... cubríos bien, hija. Este mi
+ferreruelo. ¿Os habéis cubierto?
+
+--Sí.
+
+--¡Ah de casa!--dijo Quevedo abriendo la puerta.
+
+Cuando acudió el tabernero, le dió un ducado.
+
+--Cobrad y guardáos lo que os sobre--dijo.
+
+Y salió con Dorotea.
+
+--Ahora--añadió cuando estuvieron en la calle--idos sola. Todo el mundo
+me conoce; á vos podrían conoceros, y no conviene que nos vean juntos.
+Conque adiós; voy á dormir, que ya es hora.
+
+--¿Y hasta cuándo?
+
+--Yo pareceré.
+
+--Adiós, don Francisco; estaba irritada contra vos y dolorida en el
+alma, y me separo contenta de vos y consolada. Adiós.
+
+Dorotea se separó de Quevedo y se alejó á buen paso.
+
+Llovía, y más de un transeunte se detuvo á mirar con asombro á aquella
+dama que parecía tan principal, y que en tal día andaba sin litera,
+pisando lodos.
+
+Dorotea llegó al fin á su casa y se detuvo á la puerta, dominada por un
+vago temor.
+
+Sabía que en su casa estaba Juan Montiño.
+
+Su irresolución duró un momento.
+
+Llamó, la abrieron y entró.
+
+--¡Señora!--la dijo Casilda--; ¡ah, señora! ¡no sabéis lo que sucede!
+
+--¿Qué?
+
+--Aquel caballero que almorzó con vos...
+
+--¿Qué ha sucedido á ese caballero...--dijo con cuidado Dorotea.
+
+--¡Nada! ¡nada! se quedó aquí...
+
+--Y bien...
+
+--Me pidió sangría...
+
+--¿Y qué?
+
+--Se la serví... y luego... como no le conocía, como nada sé... por ver
+lo que hacía, volví quedito... estaba dormido al lado de la chimenea en
+vuestro sillón.
+
+--¿Y qué hay de malo en eso?...
+
+--Nada, pero... cuando volví otra vez... ya no estaba en la sala.
+
+--¿Que no estaba?
+
+--No, sino en la alcoba, acostado en vuestro lecho y durmiendo.
+
+--¡Ah! ¡Dios mío!--dijo para sí Dorotea, entrando precipitadamente en la
+sala, y llegando á la alcoba--; ¡conoce que le amo... y se apodera de
+mí!
+
+Montiño dormía á pierna suelta.
+
+Dorotea levantaba el pabellón del lecho.
+
+--¡Qué hermoso es! ¡y qué alma tan noble asoma á su semblante dormido!
+¡Oh Dios mío! ¡y es ya la una y media!--dijo oyendo á lo lejos un reloj.
+
+Dejó caer la cortina y salió á la sala.
+
+--Vísteme--dijo á Casilda--: tráeme ropa blanca; me he puesto perdida.
+
+--¿Y le dejáis así?--dijo Casilda señalando á la alcoba.
+
+--Habla bajo, que no despierte; se conoce que ha pasado mala noche.
+
+--Pero señora...
+
+--Mira, Casilda, ese caballero es tu amo y el mío--dijo Dorotea.
+
+La negra se calló y vistió á su señora.
+
+Esta eligió un magnífico traje de brocado, alto, cerrado como los de las
+damas de la corte y cubierto sobre el pecho de joyas, se llenó las manos
+de anillos y derramó sobre sí agua de olor.
+
+--Vete, y que Pedro ponga la litera--dijo cuando estuvo vestida.
+
+Casilda salió, y Dorotea entró de nuevo en la alcoba, y levantó la
+cortina.
+
+--Siento despertarle--dijo--; ¡duerme tan bien, y está tan hermoso
+durmiendo! ¡oh! ¡si no me esperara el público! ¡esta es una esclavitud
+insoportable!
+
+Estuvo un momento contemplando al joven.
+
+Al fin se resolvió.
+
+--¡Caballero!--dijo dulcemente--¡caballero!
+
+Montiño abrió los ojos.
+
+--¡Ah! ¡dichoso el que despierta y se encuentra con un ángel!--dijo
+después de haber lanzado de sí la última influencia del sueño.
+
+--¿Y no se os ocurre disculparos?
+
+--¿De qué?... ¡ah! ¡me ha traído aquí mi corazón!... ¡soy digno de
+lástima!... no os enojéis, pues.
+
+--¿Estáis muy cansado?
+
+--¡Ah! ¡no! es cierto que esta noche, por las estocadas, anduve huído y
+no dormí; pero... he descansado ya... os fuísteis irritada, y yo no me
+resignaba á no volveros á ver si no me volvíais á vuestra gracia. Me dió
+sueño; en el sillón dormía mal... como ya Quevedo había dormido aquí, me
+dije--: ¿Qué importa que yo duerma también? pero he sido más respetuoso
+que Quevedo, yo al menos no me he desnudado; con ponerme las botas estoy
+corriente.
+
+--¿Y os vais?
+
+--Sí, pero contando con que vos...
+
+--¿Qué?...
+
+--¿Me volveréis á recibir?
+
+--¿Pero no estáis ya recibido?--dijo la Dorotea.
+
+--¡Cómo, señora!
+
+--Sí; ¿no estáis en vuestra casa?
+
+--¡En mi casa!
+
+--Vais á juzgar. ¡Casilda!
+
+Apareció la negra.
+
+--¿Qué te he dicho hace un momento acerca de este caballero?
+
+--Que era vuestro...
+
+--Dí lo que yo te dije.
+
+--Que era vuestro amo y el mío.
+
+--Vete.
+
+--¡Ah, señora!--dijo Montiño, turbado á su pesar por la expresión y el
+acento de Dorotea.
+
+--Yo no os conozco--dijo la joven--, pero me siento unida á vos por un
+poder invencible; conozco que al separarme de vos, mi alma se rompería;
+no he amado nunca; vos sois el primer hombre á quien amo: ¿queréis mi
+amor?
+
+--¡Vuestro amor!--exclamó asustado Montiño.
+
+--¡Qué! ¿le desprecias?
+
+--¡Ah! ¡señora! vuestro amor es la gloria.
+
+Dorotea se arrojó en los brazos de Montiño.
+
+--¡Oh! ¡qué delirio! ¡qué sueño!--exclamó después de algún tiempo--.
+¡Que no despierte yo nunca, amor mío! porque si no me amases... me
+vengaría... y mi venganza... ¡oh! no hablemos de esto... ¡las dos! ¡ya
+es tarde, Dios mío! ¡y el coliseo!... ¡malditas sean las comedias! ¡pero
+es preciso! ¡vamos, acompáñame!
+
+--¿Así, con este traje de viaje, pobre y enlodado, y tú tan
+resplandeciente, reina de mi vida?
+
+--¡Y qué importa! me basta con tu hermosura. Estoy segura de que me van
+á tener envidia... mi litera es grande, cabemos los dos, ven.
+
+Y Dorotea se llevó de su casa á Juan Montiño como robado.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXIV
+
+DE LO QUE QUISO HACER EL COCINERO DE SU MAJESTAD, DE LO QUE NO HIZO Y DE
+LO QUE HIZO AL FIN
+
+
+Montiño se había quedado aturdido en la hostería de Ciervo Azul, después
+de la salida de Quevedo.
+
+Tenía tanto en que pensar el triste del cocinero mayor, que su cabeza
+estaba hecha una devanadera.
+
+Iba y venía con sus cavilaciones, y de todas ellas no sacaba más que una
+cosa en claro: lo referente á los amores de su mujer con el sargento
+mayor don Juan de Guzmán.
+
+Este pensamiento se formulaba en la frase que Francisco Montiño
+pronunciaba con los nervios crispados:
+
+--¡Como la otra!
+
+Montiño era, pues, un hombre predestinado.
+
+Pero como todos los predestinados, dudaba de su predestinación.
+
+Y luego decía--: aunque todos lo dicen, es muy posible que todos se
+hayan engañado. Mi mujer puede haber cometido inocentemente alguna
+imprudencia... ¡y ese sargento mayor ó ese demonio, está allí detrás de
+mí, en el fondo de la sala! le oigo coscurrear entre sus mandíbulas de
+lobo las cortezas de pan, ¡si yo me atreviera!... si yo me presentara á
+él de improviso... ¡si le preguntara!...
+
+Pero acordábase Montiño del semblante de bandido del sargento mayor, de
+su mirada sesgada, de sus largos mostachos y de su inconmensurable
+tizona, se desplomaba y renunciaba á su resolución.
+
+Y era el caso que tampoco se atrevía á levantarse y á salir, por temor
+de ser visto por don Juan de Guzmán.
+
+Permanecía, pues, acurrucado en su silla, vuelto de espaldas al sargento
+mayor, y haciendo como que comía; pero en realidad, aterrado, reducido á
+la menor expresión, anonadado.
+
+Pero de repente, sacóle de su anonadamiento una voz que conocía
+demasiado.
+
+Aquella voz había saludado al sargento mayor.
+
+Aquella voz era la del galopín Cosme Aldaba.
+
+--¡Maldígate Dios, racimo de horca!--dijo el sargento mayor á Aldaba--;
+hace una hora que me tienes esperando.
+
+--Vuesa merced sabe que hay cosas que no se hacen por el aire; después
+que vi á vuesa merced y me dió el recado, he tenido que comprar el
+pañuelo. Por cierto que he tenido que poner algunos maravedises.
+
+--No hay que hablar de ello. ¿Y le has hallado como convenía?
+
+--Ya lo creo: encarnado, encarnado, sin pinta de otro color.
+
+--¿Y lo has llevado á la señora Luisa?
+
+Volvióse todo oídos el cocinero.
+
+--He tenido que esperar á que saliera el señor Montiño, porque si
+después de haberme despedido me hubiera encontrado, no sé lo que hubiera
+sido de mí.
+
+--¡Buen temor el tuyo! si no fuera porque Luisa no quiere escándalos, ya
+le hubiera yo acostumbrado á que se saliese humildemente de su casa
+cuando yo entrase, sólo con haberle hecho huir á puntapiés la primera
+vez. ¿Pero qué te ha dicho la señora Luisa?
+
+--Nada; ha tomado el pañuelo, se ha puesto muy pálida y ha exclamado:
+¡me quiere perder!
+
+--Si fuera viuda, no temblaría así.
+
+Estremecióse Montiño.
+
+--¡Viuda!--dijo Aldaba--; el cocinero mayor está tan apergaminado y
+enjuto, que me parece que tiene vida para muchos años.
+
+--El día menos pensado... es rico, ¿no es verdad?
+
+--¡Vaya!... ¡si dicen que revende empleos!
+
+--Luisa dice que en un cuarto obscuro tiene un arcón que debe estar
+lleno de talegos.
+
+--Es muy avaro.
+
+--Y muy ciego: dicen que su primera mujer era peor que ésta.
+
+--Ya se ve; y que le gustaban los pajes.
+
+--Y que Inés no es su hija.
+
+--No, pues la Inés, que es un pimpollo, ha sacado las mismas aficiones
+que la madre; ya ha tenido tres novios pajes de su majestad.
+
+--¿Y cuál es el paje de ahora?
+
+--Un muchachote rubio, paje de la reina; un chico rubicundo, que la echa
+de valiente, y á quien tengo ojeriza.
+
+--¿Y cómo se llama ese paje?
+
+--Valentín Pedraja.
+
+--¡Ah, ah, el hijo del palafrenero mayor!
+
+--Eso es.
+
+--Pues mira, Aldaba, no te metas con ese paje, le protejo yo.
+
+--Si la Inés me quisiera, sería bastante; pero no queriéndome, á qué
+buscar ruidos.
+
+--Haces bien; toma un ducado por lo que has hecho, y puesto que el
+cocinero mayor te ha despedido, te tomo por mi criado; tú me guisarás, y
+me excusaré de venir á este figón del infierno. Conque, vámonos, hijo, y
+te enseñaré mi casa, que tengo mucho que hacer.
+
+El sargento mayor pagó y salió con Aldaba sin reparar en Montiño.
+
+--¿Conque es decir--exclamó Montiño levantándose con la fuerza de un
+muelle--, que mi honra anda ya por los figones, y no solamente por un
+lado sino por los dos? ¡mi mujer y mi hija! ¡y que no sepa yo lo que
+pasa en mi casa! ¡y que temiera yo llevar á ella á mi sobrino! ¡mi
+sobrino! ¡será necesario decírselo todo! ¡mi sobrino que es tan
+valiente! ¿pero cómo decirle: tu tía y tu prima son dos mujeres
+perdidas? ¡y yo que había pensado en ver el medio de casarle con mi
+hija!
+
+El cocinero mayor estaba tan desencajado que daba miedo verle.
+
+[imagen: Permanecía, pues, acurrucado en su silla.]
+
+Y póngase cualquiera en su situación, en aquella situación anormal,
+aflictiva, deshonrosa, interesados el corazón y la vanidad, todo herido,
+todo magullado en su alma; encontrábase de repente solo en el mundo,
+porque todo lo que constituía su familia era ficticio: su mujer no era
+su mujer, su hija no era su hija, su sobrino no era su sobrino.
+
+Hacía casi veinticuatro horas que estaba sonando para él la trompeta del
+juicio final.
+
+Su hermano muerto, su corazón amargado; su cocina, que constituía para
+él la mitad de su alma, abandonada.
+
+Y además de esto, metido en enredos trascendentales, de los cuales no
+sabía cómo salir; amenazado casi con la Inquisición...
+
+La cabeza de Francisco Martínez Montiño era un hervidero.
+
+Y en este hervidero se le olvidó una cosa importantísima: esto es, la
+carta que la madre Misericordia le había dado para el duque de Lerma, y
+que se había llevado Quevedo.
+
+Pero necesariamente, ó permanecía de una manera indefinida en la
+hostería del Ciervo Azul, ó tomaba un partido.
+
+Montiño tomó el de acudir á donde le llamaba su pensamiento dominante.
+
+A su casa.
+
+Por el camino fué pensando que lo que debía hacer era encerrarse con su
+mujer, hablarla decididamente como hombre que lo sabía todo, presentarla
+como prueba lo del pañuelo encarnado, y después hacerla abrir los
+cofres, apoderarse del pañuelo, apoyarse en él como en una prueba
+concluyente, y después de esto, confesado el crimen, como no podía menos
+de suceder, por su mujer, montarla en un macho de los de palacio, y con
+un mozo de mulas enviarla á su país natal.
+
+Luego metería á su hija en un convento.
+
+Una vez libre, haría dejación de la cocina del rey, se retiraría de
+intrigas y de enredos, y se iría pacíficamente á comerse sus doblones á
+Navalcarnero, llevándose consigo la misteriosa arca, donde se encerraba
+indudablemente el destino del bastardo de Osuna.
+
+Hay proyectos que se piensan, se redondean, se concluyen, que parecen ya
+conseguidos, pero que al quererlos poner en práctica se desvanecen como
+humo.
+
+Habíase atravesado además una circunstancia puramente casual, un suceso
+que debía embrollar más al cocinero mayor.
+
+Poco después de la desaparición de Montiño, una litera llevada por dos
+ganapanes, y seguida á paso lento por un criado, se detuvo á poca
+distancia del alcázar, se abrió la portezuela y salió de una manera
+violenta una mujer.
+
+Era Dorotea.
+
+Hemos retrocedido algún tiempo.
+
+Al punto en que Dorotea, antes de encontrar á Quevedo, había ido al
+alcázar en busca del cocinero mayor.
+
+Cuando estuvo fuera de la litera, dijo al criado:
+
+--Vete.
+
+--¿Con la litera, señora?
+
+--Sí, con la litera.
+
+--Pero llueve y hace lodos.
+
+--No importa; me mareo, me muero dentro de ese armatoste. Vuélvete con
+la litera á casa.
+
+Y se entró violentamente en el alcázar.
+
+--Llevadme al cuarto del cocinero mayor--dijo á un lacayo de palacio
+dándole un ducado.
+
+El lacayo tiró el patio adelante y llevó á la comedianta á las altas
+regiones donde vivía el cocinero mayor.
+
+--Allí es, señora--dijo señalando una puerta á Dorotea.
+
+--Bien, idos; gracias.
+
+El lacayo se fué.
+
+Dorotea se quedó sola en una galería estrecha, larga y tortuosa y
+delante de una puerta.
+
+Llamó á ella con impaciencia.
+
+Abrióla una mujer joven y bella.
+
+Era Luisa.
+
+--¿Sois la hija del cocinero mayor?--dijo Dorotea.
+
+--Soy su mujer--contestó con cierta mortificación Luisa--. ¿Para qué
+queréis á mi marido?
+
+--Para hablarle.
+
+--Acaba de salir.
+
+--No importa--dijo Dorotea entrándose en el cuarto--. Le esperaré.
+
+--Pero yo, señora, no os conozco.
+
+--No le hace; vengo á preguntarle una cosa importante.
+
+--Pero es muy natural que una mujer honrada, cuando ve que otra busca en
+su misma casa á su marido... piense...
+
+--Pensad lo que queráis.
+
+Y Dorotea se sentó sin ceremonia.
+
+--Y bien, mejor...--dijo Luisa sentándose á coser--ya sé lo que debo
+decir á mi marido cuando tenga un nuevo disgusto con él.
+
+Ninguna de las dos mujeres habló más.
+
+Al cabo de cierto tiempo Dorotea hizo un movimiento de impaciencia.
+
+--¿Dónde estará ese hombre?--exclamó.
+
+--Si lo deseáis--dijo Luisa--le enviaré á buscar.
+
+--¡Para largas esperas estoy yo!...--dijo la Dorotea--. Me ahogo aquí en
+este chiribitil... y me voy... decid cuando venga á vuestro marido que
+le espera en su casa la querida del duque de Lerma.
+
+--¡Ah!
+
+--Sí, del duque de Lerma, á quien sirve de correo vuestro buen marido,
+como le sirve de otras muchas cosas. Conque adiós.
+
+Y la Dorotea salió primero del cuarto de Montiño y luego del alcázar,
+tomó por la calle del Arenal, y en ella fué donde encontró á Quevedo.
+
+Cuando llegó Montiño á su casa, se encontró á su mujer y su hija
+cantando y cosiendo.
+
+--Están juntas--se dijo--, y esto me contraría.
+
+Montiño debía haber supuesto que las encontraría de aquel modo, porque
+siempre las había encontrado así.
+
+Dió dos ó tres vueltas por la sala.
+
+Vió dos ó tres veces á su mujer.
+
+Cada vez le pareció más hermosa y más inocente.
+
+--Pero, señor, ¿y lo que yo mismo he oído?--se dijo.
+
+Y volvió á dar otras dos ó tres vueltas.
+
+--¡Luisa!--dijo al fin.
+
+--¿Qué queréis?--respondió tranquilamente su mujer.
+
+--¿Ha estado alguien aquí?
+
+--Ha estado Cosme Aldaba.
+
+--¡Ah! ha estado ese bribón de Aldaba. ¿Y qué quería?
+
+--Quería hablarme á solas.
+
+--¿Y le hablaste?
+
+--Sí.
+
+--¿Y qué te dijo?
+
+--Que le habías despedido.
+
+--Me ha echado á perder un capón relleno. Es un infame.
+
+--En tratándose de la cocina, ciegas.
+
+--No ciego mucho cuando no he hecho ya una atrocidad.
+
+--La muerte de tu hermano te tiene de muy mal humor.
+
+--Sí, sí, la muerte de mi hermano, eso es. ¿Y no te dijo más Aldaba?
+
+--Sí, que me empeñase por él contigo.
+
+--¡Pues hombre, no faltaba más! ¡habrá insolencia!
+
+--Yo le he dicho...
+
+--¡Qué!
+
+--Que ya se te pasará; que tú al principio, tomas las cosas muy á lo
+vivo y por donde queman; pero que eres muy buen hombre, y todo al fin se
+te pasa.
+
+--¡Conque soy yo muy buen hombre!
+
+--Ya lo creo.
+
+--¡Pues no señor! ¡soy un hombre muy malo!
+
+--Como quieras, Francisco; cuando estás así, es necesario dejarte en paz
+y luego tienes razón.
+
+--¡Que si la tengo! ¡que si tengo razón! ¡tanta tengo, que se me sale
+por la tapa de los sesos!
+
+--Pues mira, primero eres tú.
+
+--Ya lo creo que primero soy yo.
+
+--Ello pasará; los primeros momentos son crueles; pero cuando te
+acostumbres...
+
+--¿Y á qué me he de acostumbrar?
+
+--A pasarte sin tu hermano...
+
+--Pues qué, ¿no me pasaba sin él?
+
+--Sí, pero no es lo mismo decir tenía un hermano, á decir ya no le
+tengo.
+
+--Tienes razón, es muy doloroso perder una cosa que se ama.
+
+Montiño se calló, y Luisa, por no irritarle más, se calló también.
+
+--Está delante Inesita--dijo para sí Montiño--, y no me atrevo... será
+necesario quedarme solo con ella.
+
+Y siguió paseándose en silencio durante ocho ó diez minutos.
+
+Su mujer y su hija no cantaban, pero cosían.
+
+--Pues señor--dijo para sí el cocinero mayor, deteniéndose de repente--,
+ello es preciso.
+
+Y luego dijo alto:
+
+--¡Luisa!
+
+--¿Qué quieres?--contestó la joven.
+
+--Tengo que hablarte á solas de un asunto muy importante.
+
+Púsose levemente pálida Luisa.
+
+--Vete Inés, hija mía--dijo á la niña.
+
+Inesita se levantó, miró con cuidado á su padre, y dijo para sí
+saliendo:
+
+--Me quedaré tras de la puerta, y escucharé lo que hablen.
+
+Montiño fué á sentarse en la silla que había dejado desocupada su hija.
+
+--Vamos, Francisco--dijo Luisa, viendo que su marido guardaba
+silencio--, ya estamos solos.
+
+--¡Es que!... ¡sí!... ¡yo!... ¡tú!--tartamudeó Montiño, á quien faltó de
+todo punto el valor.
+
+Estaba viendo por completo sin gorguera el cuello blanco y redondito de
+su mujer.
+
+--¿Pero qué es ello?--dijo Luisa.
+
+--Me encuentro en un gran compromiso--dijo Montiño renunciando de todo
+punto á hacer cargos á su mujer, y rompiendo para salir de la situación
+por donde primero se le ocurrió.
+
+--¡Un compromiso!
+
+--Sí, por cierto, tengo un sobrino.
+
+--Pues no comprendo...
+
+--Ese sobrino ha venido á Madrid.
+
+--¿Y bien?
+
+--Necesito traerle á vivir aquí.
+
+--¡Aquí, como quieras!
+
+--Pero hay un obstáculo.
+
+--¿Cuál?
+
+--Inesita.
+
+--¡Ah!
+
+--Sí, Inesita está ya alta y hermosa, y mi sobrino...
+
+--Es su primo.
+
+--No, no; no estaría bien. Es necesario que Inés salga de casa--replicó
+Montiño.
+
+--¿Y á dónde ha de ir esa pobre niña?
+
+--¿Dónde? A un convento.
+
+--¡A un convento! ¡Pero si ella no tiene vocación de monja!
+
+--A un convento mientras esté aquí su primo.
+
+--De modo que si lo haces porque Inés es joven, yo soy también joven,
+pocos años mayor que ella.
+
+--También he pensado en eso.
+
+--¡Cómo! ¿Quieres echarme de casa por causa de tu sobrino?
+
+--Escucha, Luisa, hija mía; tu embarazo está muy adelantado, las
+montañas de Asturias son muy sanas...
+
+--Declaro que no me muevo de aquí--dijo Luisa levantándose y arrojando
+su costura--. Yo no te dejo solo. Tú quieres echarnos de la casa, no
+para meter á tu sobrino, sino á una perdida.
+
+--¡Cómo á una perdida!--exclamó Montiño, que se estremeció, porque veía
+una nueva complicación.
+
+--Sí... yo no había querido decirte nada, pero además del galopín Cosme
+Aldaba ha estado aquí una mujer.
+
+--¡Una mujer!
+
+--¡Buscándote!
+
+--¡Eso es mentira!
+
+--¡La querida del duque de Lerma!
+
+Montiño puso asustado su mano sobre la boca de su mujer.
+
+--Yo me he callado--dijo Luisa...--y tú te alborotas, yo tengo
+evidencias y sufro... y me resigno... ¡Qué desgraciada soy!
+
+--Yo no quiero ir á un convento, padre--exclamó Inesita entrándose de
+repente y colgándose al cuello de Montiño.
+
+--Yo me moriré si me encuentro en este trance cruel lejos de mi esposo y
+señor...
+
+--Yo no puedo vivir sino al lado de mi buen padre.
+
+Y las dos jóvenes lloraban desconsoladas, y se comían á besos al pobre
+hombre.
+
+A Montiño se le partía el corazón.
+
+--¡Pues señor!--exclamó--¡no puedo! ¡yo me acostumbraré!
+
+--Yo no me voy sino hecha pedazos--dijo Luisa.
+
+--Ni yo saldré si no me llevan atada--exclamó Inés.
+
+--Bien, bien--dijo el cocinero mayor rindiéndose á discreción--; mi
+sobrino no vendrá aquí, le buscaré una posada... esto me costará el
+dinero...
+
+--Dinero os hubiera costado, padre, el tenerme en el convento--dijo
+Inés.
+
+--Dinero te hubiera costado, Francisco mío, el enviarme á Asturias y el
+mantenerme allí--dijo Luisa.
+
+A estas palabras, dictadas por una lógica rigurosa, no había nada que
+contestar.
+
+Además, las dos jóvenes lloraban que era un desconsuelo.
+
+Sucedióle á Montiño lo que á muchos que se creen invencibles antes del
+combate: huyó á la vista del enemigo.
+
+Y huyó, literalmente hablando.
+
+Luisa, al verle huir, sintió una especie de perverso consuelo.
+
+Había adivinado algo aterrador en Montiño.
+
+Se había visto descubierta.
+
+Había temblado.
+
+Pero al huir Montiño se tranquilizó.
+
+Había comprendido, con la perspicacia peculiar á todas las mujeres, que
+su marido estaba domesticado.
+
+Pero si Luisa hubiera podido leer por completo en el alma de su marido,
+no se hubiera tranquilizado tan completamente.
+
+Montiño era uno de esos hombres cobardes para obrar por sí mismos, pero
+capaces de todo de una manera indirecta.
+
+No podía tener duda de que su mujer le engañaba.
+
+De que amaba á otro.
+
+No tenía duda tampoco, puesto que acababa de experimentarlo, de que
+jamás se atrevería á hacer nada contra su mujer.
+
+Pero no se encontraba en las mismas disposiciones de debilidad respecto
+al amante de su mujer.
+
+Esto ya era distinto.
+
+Montiño necesitaba vengarse de aquel hombre.
+
+Cierto es que el cocinero mayor carecía de todo punto del valor
+suficiente para ponerse delante de Guzmán y decirle:
+
+--Os voy á matar porque me habéis herido el alma.
+
+Montiño se estremecía de miedo al pensar solamente que podía verse en un
+lance singular con el sargento mayor.
+
+Pero Montiño tenía medios indirectos.
+
+El primer medio que se le ocurrió, fué el señor Gabriel Cornejo.
+
+Esto es, una puñalada dada por detrás.
+
+Pero aquella puñalada debía costarle dinero.
+
+Además, podía envolverle en un proceso.
+
+Montiño desechó aquella idea, dos veces peligrosa.
+
+Ocurriósele valerse de su sobrino.
+
+Valiente, audaz, generoso, no vacilaría ni un punto en ponerse delante
+del sargento mayor, tirar de la espada y despacharle en regla.
+
+--¿Pero cómo decir á su sobrino que su tía?...
+
+Montiño desechó este pensamiento como había desechado el anterior.
+
+Pero se puso en busca de otro medio de vengarse.
+
+Quevedo se presentó á su imaginación; Quevedo, capaz de plantar una
+estocada al mismo diablo; Quevedo, enemigo de Lerma, y de Calderón no
+muy amigo, según las palabras que el mismo Montiño recordaba haberle
+oído en la hostería del Ciervo Azul, del sargento mayor, don Juan de
+Guzmán.
+
+Pero al acordarse de Quevedo, se acordó del duque de Lerma; al acordarse
+del duque de Lerma, recordó que para él le había dado una carta la
+abadesa de las Descalzas Reales, y que se la había dado de una manera
+urgente.
+
+Entonces hizo un paréntesis en sus imaginaciones, y dijo suspirando:
+
+--Puesto que necesitamos vengarnos, es necesario servir á quien
+vengarnos puede. Vamos á llevar esta carta á su excelencia.
+
+Y la buscó en el bolsillo interior de su ropilla.
+
+Sólo encontró dos estuches.
+
+Aquellos dos estuches le recordaron que debía entregar á su sobrino, de
+parte del duque de Lerma, una cruz de Santiago, y que para servir al
+duque, debía entregar una gargantilla á la dama con quien pretendía
+entretener al príncipe de Asturias el duque de Uceda, y que se
+entretenía particularmente con don Juan de Guzmán.
+
+El amante de su mujer se le ponía otra vez delante.
+
+--¡Dios mío!--exclamó el desdichado--¡me van á matar! ¡Pero señor! ¡la
+carta que me dió la abadesa de las Descalzas Reales! ¿qué he hecho yo de
+esa carta?... ¡tengo la cabeza hecha una grillera! ¡todo me anda
+alrededor! ¡todo me zumba, todo me chilla, todo me ruge! ¡pero esta
+carta!... ¡esta carta!
+
+Y se registraba de una manera temblorosa los bolsillos, los gregüescos,
+hasta la gorra.
+
+Y la carta no parecía.
+
+Empezó á sentir ese escalofrío, ese entorpecimiento que acompaña al
+pánico.
+
+Aquello era muy grave.
+
+Porque sin duda la madre Misericordia decía cosas gravísimas en su carta
+al duque de Lerma.
+
+¿Y cómo decir al duque que he perdido esa carta? ¿Cómo atreverse ni
+siquiera á presentarse sin ella ante él?
+
+Y volvió á la rebusca; se palpó, y volvió á buscar.
+
+Y la carta no parecía, y su terror crecía.
+
+Por la primera vez de su vida blasfemó.
+
+Por la primera vez de su vida se creyó el más desgraciado de los
+hombres.
+
+Y por la primera vez se olvidó de su cocina.
+
+Esto era lo más grave que podía acontecer á un hombre como el cocinero
+mayor.
+
+Volvió de nuevo á su inútil pesquisa.
+
+Y todo esto le acontecía parado, siendo objeto de la curiosidad de los
+que pasaban y cruzaban, que no podían menos de decirse:
+
+--¿Qué acontecerá al cocinero mayor?
+
+Y Montiño no se acordaba de que había dado á Quevedo la carta y de que
+Quevedo no se la había devuelto.
+
+Entonces, aturdido enteramente, vacilante, asustado, semimuerto, salió
+del patio del alcázar, en donde se encontraba, y escapando por la puerta
+de las Meninas, tiró hacia el laberinto de callejas del cuartel situado
+frente al alcázar, y se perdió en él.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXV
+
+DE CÓMO LOS SUCESOS SE IBAN ENREDANDO, HASTA EL PUNTO DE ATURDIR AL
+INQUISIDOR GENERAL
+
+
+Por aquel mismo tiempo el padre Aliaga se paseaba en su celda.
+
+A juzgar por el semblante sombrío, pálido, inmóvil del confesor del rey,
+debía suponerse que gravísimos pensamientos le ocupaban.
+
+De tiempo en tiempo se detenía, leía una carta arrugada que tenía en la
+mano, crecía su palidez al leerla, temblaba, y volvía á arrugar la carta
+en un movimiento de despecho.
+
+Aquella carta era la que le había escrito doña Clara Soldevilla,
+acusando ante la Inquisición á Dorotea y á Gabriel Cornejo.
+
+Aquella acusación era gravísima.
+
+La carta contenía lo siguiente:
+
+«Respetable padre y señor fray Luis de Aliaga: El celo por la religión
+de Jesucristo, y mi amor á la reina nuestra señora, me obligan á
+revelaros lo que por fortuna he podido averiguar y que interesa al
+servicio de Dios y al de su majestad. Se trata de dos miserables, de un
+hombre y una mujer: el hombre es un galeote huído, un hereje hechicero
+que vende untos, y hace ensalmos y presta á usura. Se llama Gabriel
+Cornejo y tiene una ropavejería en el Rastro. La mujer es comedianta,
+hermosa y joven, y se llama Dorotea. Vive en la calle Ancha de San
+Bernardo. Es mujer de mala vida, y de malas costumbres, y de malos
+hechos, y tiene entretenidos á un tiempo al duque de Lerma y á don
+Rodrigo Calderón. Es hija de padres desconocidos, según he podido
+averiguar, y para asegurarse del amor de esos dos hombres, se vale de
+bebedizos y otras artes reprobadas. He sabido esto procurando aclarar un
+misterio que interesa sobre manera á la honra y acaso á la vida de su
+majestad la reina. Yo sé cuánto os interesáis por su majestad, fray
+Luis; lo sé tanto, que no dudo que siendo vos inquisidor general, y aun
+cuando no lo fuérais, haríais cuanto fuese necesario hacer para sellar
+los labios de esos dos miserables, que, os lo repito, pueden comprometer
+gravemente á su majestad. Si queréis informaros mejor, decidme dónde
+podremos vernos, pero entre tanto asegurad, os lo ruego, á esas dos
+personas, y haced de modo que no puedan hablar con nadie. Es cuanto
+tengo que deciros. Vuestra humilde servidora, _doña Clara Soldevilla_.»
+
+Esta carta había sido dictada á doña Clara, por su lealtad, por su amor
+á Margarita de Austria, que más que su señora era su amiga; pero además
+de esto, había en doña Clara otro empeño íntimo de que no podía darse
+cuenta, pero que la impulsaba á hablar de una manera hostil contra
+Dorotea: su sospecha de que la comedianta hubiese visto al joven, de que
+le amase, de que el bufón tuviese empeño de favorecer los amores de
+Dorotea.
+
+Doña Clara, en fin, no había escrito aquella carta sin un secreto
+placer, el placer de la venganza; porque una intuición misteriosa, una
+conciencia íntima, la decía que Dorotea amaba á aquel joven que era tan
+hermoso, tan leal, tan noble, tan valiente.
+
+La carta de doña Clara había aturdido al padre Aliaga.
+
+Aquella carta era para él gravísima.
+
+En el momento que la leyó, la arrugó con cólera entre sus manos.
+
+Porque cuando el padre Aliaga estaba solo, era un hombre distinto del
+que conocían las gentes.
+
+Entonces no era humilde, ni su semblante conservaba la inmovilidad
+glacial que el mundo veía en él.
+
+Por el contrario, su frente se levantaba con altivez, ceñuda, pálida,
+como cargada de tempestades.
+
+Sus negros ojos brillaban, relucían, chispeaban, parecía que llevaban en
+sí una expresión de reto continua, persistente, indomable.
+
+Su paso no era lento, grave y acompasado, sino vago, indecisivo,
+maquinal, nervioso, por decirlo así.
+
+Estaba abandonado á sí mismo, y se reflejaban en su semblante, en su
+ademán, en sus movimientos, pasiones enérgicas, tanto más violentas
+cuanto estaban de continuo más dominadas, más subordinadas á la
+conveniencia delante del mundo.
+
+--¿Conque comprenden--decía con voz ronca, consultando un pasaje de la
+carta--, _cuánto me intereso por su majestad la reina_? ¿Conque es
+decir, que en vano he pasado días y noches de afán y de delirio,
+luchando conmigo mismo? ¿veinticuatro años de esfuerzos inútiles, puesto
+que esa mujer comprende?... sí, sí; lo dice con seguridad, lo afirma:
+con esas palabras se dirige á mi conciencia. ¿Lo habrá notado también la
+reina? No; su orgullo la defiende, la ciega. ¿La habrá dicho doña
+Clara?... ¿La habrá avisado? No, no; esa mujer no se habrá atrevido...
+Yo lo sabré, yo lo comprenderé, y doña Clara no volverá á leer en mi
+alma, porque me ha avisado. ¡Y Dorotea!... ¡Dorotea! ¡la hija de aquella
+otra Margarita, infeliz!... ¡la acusan aquí!... ¡en esta carta! ¡ella y
+ese Gabriel Cornejo pueden comprometer á la reina!... ¡Dios mío! ¡Dios
+mío!
+
+Y esta última exclamación del inquisidor general, más que una humilde
+invocación á Dios, era la impaciente queja de un alma exasperada por el
+sufrimiento, saturada de dolor, violentada, enferma, desesperada.
+
+Los ojos del padre Aliaga resplandecían con un fuego febril.
+
+Su cuerpo temblaba de una manera poderosa.
+
+--¡El mundo! ¡la tentación! ¡siempre combatiéndome, siempre poniéndome á
+punto de ser vencido!--exclamó con acento desesperado--; ¡siempre fijo
+en mí el recuerdo doloroso de la una, la aspiración desesperada, oculta,
+comprimida, hacia la otra! Dos imposibles, porque sólo Dios podría
+levantar de la tumba á la Margarita humilde; sólo Dios podría llenar el
+abismo que me separa de la Margarita altiva; ¡y esa coincidencia en el
+nombre!... y luego... la hija de la una, enemiga, ó yo no sé qué de la
+otra! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
+
+Y esta segunda invocación del padre Aliaga fué más rugiente, más
+desesperada, en una palabra, más blasfema que la primera.
+
+Y volvió á leer la carta palabra por palabra, sílaba por sílaba, letra
+por letra; la devoró con una mirada hambrienta, como pretendiendo
+traslucir el misterio que bajo aquellas letras se revolvía, grave,
+misterioso, aterrador, y volvió á arrugar con cólera la carta entre sus
+manos.
+
+De tiempo en tiempo consultaba con impaciencia la muestra de un enorme
+reloj de pared.
+
+--Ya es la tarde--dijo--; el bufón vendrá... vendrá... de seguro... no
+puede tardar... el tío Manolillo tiene un gran interés por Dorotea;
+acaso la ama... acaso es por ella tan desgraciado como yo... por él...
+él puede mostrar al mundo su desesperación; él no está adherido al
+claustro; él no está ligado por ningún voto, por ningún juramento; él
+puede decir sin temor al mundo: yo soy hombre; ¡yo!... yo me veo
+obligado á hacer creer que soy un cadáver vivo, un cuerpo sin corazón,
+un alma sin pasiones... ¡Mentira! ¡mentira repugnante!... Hay momentos
+en que lo intenso de nuestra desesperación, que se concentra en un ser
+que no pertenece al mundo, nos hace mirar con desprecio todo lo que al
+mundo pertenece; hay momentos en que creemos que nuestro corazón ha
+muerto, que no existe nada que pueda hacerle latir; necesitamos la
+soledad y el silencio y las tinieblas, todo aquello en que hay menos
+vida, todo aquello que habla más al alma, entonces nos arrojamos al pie
+de un altar, pronunciamos un voto; después... ¡oh! después, cuando el
+tiempo, que si todo no lo cura, lo gasta todo, ha cubierto con una capa
+más ó menos densa de olvido, de ese polvo que cae sobre el alma,
+nuestros dolores... ¡oh! entonces... entonces... podemos ver otro ser...
+una mujer, por ejemplo... y entonces volvemos con desesperación los ojos
+en derredor de la prisión que encierra, no nuestro cuerpo, sino nuestra
+alma... de ese claustro que nos dice con su silencio: soy tu sepulcro ó
+tu infierno.
+
+El padre Aliaga calló y siguió paseándose lento y solemne por la celda
+con la carta de doña Clara arrugada entre las manos...
+
+Pasó algún tiempo.
+
+Oyéronse al fin pasos en el corredor.
+
+Pasos tardos y acompasados.
+
+Se abrió la puerta de la celda y apareció el hermano Pedro.
+
+Aquel lego en quien el padre Aliaga tenía tanta confianza.
+
+Sin embargo, al sentir sus pasos, el padre Aliaga se había dirigido á
+uno de los balcones y permanecido de espaldas á la puerta como si se
+ocupase en mirar algo en la huerta del convento.
+
+El lego no podía ver su semblante.
+
+--Nuestro padre--dijo--, un hombre pide hablaros con urgencia.
+
+--¡Que entre, que entre!--dijo el padre Aliaga suponiendo que aquel
+hombre era el tío Manolillo.
+
+Poco después el padre Aliaga sintió pasos en la celda.
+
+Aún estaba de espaldas; aún no estaba seguro de que hubiesen
+desaparecido de su semblante las huellas de la lucha anterior, y quería
+evitar que nadie lo adivinase.
+
+El hombre que había entrado se había detenido y no hablaba.
+
+El confesor del rey se volvió. Su semblante estaba completamente sereno.
+Al volverse vió que quien había entrado en su celda no era el bufón,
+sino el cocinero del rey.
+
+Francisco Martínez Montiño venía mojado completamente.
+
+Su capa goteaba, ó por mejor decir, chorreaba la lluvia que había
+empapado sobre la estera de la celda.
+
+Era una de esas tardes lóbregas, en que parece que la Naturaleza,
+sobrecogida por un dolor silencioso, se cubre con un velo y llora.
+
+Una tarde de luz fría y débil, melancólica y opaca, en que al gotear
+continuo y múltiple de la lluvia se unía de tiempo en tiempo el silbido
+seco y sonoro del viento del Norte.
+
+Nada, pues, tenía de extraño el estado en que se encontraban la gorra,
+la capa y los zapatos de Francisco Martínez Montiño.
+
+Pero lo que era verdaderamente alarmante era el estado moral en que, á
+juzgar por el estado de su fisonomía, se encontraba el cocinero mayor.
+
+Había algo de insensatez en su mirada, en la contracción de su boca, en
+la actitud de su cabeza, y la chispa de razón que en aquel semblante se
+revelaba aún era una razón desesperada.
+
+Temblaba además el mísero, y de una manera tal, que se comprendía harto
+claro que no era el frío lo que le hacía temblar.
+
+--¿Para qué me querrá este hombre y en este estado?--dijo para sí el
+padre Aliaga al ver á Montiño.
+
+A pesar de ser el dominico un padre muy respetado en Atocha, confesor
+del rey, y además recientemente inquisidor general, era un hombre de
+costumbres sencillas, humildes, hasta el cual todo el mundo tenía
+acceso.
+
+En cuanto se comunicó á la Inquisición su nombramiento, el Consejo de la
+Suprema le invitó á que ocupase la casa, casi palacio, que el inquisidor
+general tenía en Madrid.
+
+El padre Aliaga lo agradeció mucho; pero á pretexto de que tenía amor á
+su celda, declaró que permanecería en ella.
+
+Enviáronle pajes, familiares y servidores, y como el padre Aliaga no
+quería ser espiado, y temía que para sólo eso se le hubiese nombrado
+inquisidor general, despidió aquella servidumbre.
+
+Enviaron algunos alguaciles, para que sin pasar de la portería del
+convento estuvieran á la disposición de su señoría el señor inquisidor
+general, y se deshizo también de los alguaciles.
+
+Mandáronle una magnífica carroza, y el padre Aliaga lo agradeció mucho,
+y dijo que le bastaba con su silla de manos de baqueta negra.
+
+Pusiéronle por delante el decoro inquisitorial, y contestó que cuando
+con la Inquisición fuese á alguna ceremonia, iría como al decoro de la
+Inquisición conviniera.
+
+Todas estas contestaciones pasaron en dos horas después de que el padre
+Aliaga volvió aquella mañana de palacio.
+
+El Consejo de la Suprema le dejó en paz esperando á ver por dónde
+saldría el fraile dominico, á quien todos, exceptuándose muy pocos,
+creían un pobre hombre.
+
+Así es que á Montiño no le costó el ver á aquel personaje, terrible por
+su posición, más trabajo que el de ir al convento de Atocha.
+
+El padre Aliaga le conocía personalmente y le habló con suma afabilidad.
+
+--Sentáos, sentáos, señor Francisco Montiño--le dijo--y sobre todo
+quitáos esa capa que debe helaros.
+
+--¡Ah, señor! no es la capa la que me hiela--dijo el cocinero mayor.
+
+--Pues hace frío--repuso con su impasibilidad delante de las gentes el
+padre Aliaga--; el invierno es muy crudo...
+
+Y avivaba los tizones de la chimenea.
+
+--Pero más cruda mi fortuna--dijo Montiño.
+
+--¿Pues qué desgracia os ha sucedido?--dijo el confesor del rey, dejando
+de ocuparse de los tizones y mirando de hito en hito á Montiño.
+
+--¡Oh! ¡si sólo fuese una desgracia!
+
+--¡Qué! ¿es más que una desgracia?
+
+--Sí; sí, señor, porque son muchas desgracias.
+
+--¡Válgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; la vida es una prueba...
+
+--Sí; sí, señor, una prueba muy amarga.
+
+--Pedid fuerzas á Dios, y Dios os las dará.
+
+--¡Dios me castiga!--exclamó Montiño en una tremenda salida de tono,
+chillona, desesperada y rompiendo al mismo tiempo á llorar.
+
+--¡Vamos!--dijo el padre Aliaga--; confiad en que Dios es infinitamente
+misericordioso, y que si os castiga hoy os perdonará mañana.
+
+--Soy muy pecador... y lo que á mí me sucede...
+
+--Me parecéis muy desesperado...
+
+--¡Sí; sí, señor! ¡terriblemente desesperado!
+
+Montiño se calló esperando á que el padre Aliaga le preguntase, pero el
+padre Aliaga se redujo á dejarle oír una de esas frases generales de
+consuelo, que toda persona buena dirige á un semejante suyo á quien ve
+atribulado.
+
+Después el padre Aliaga se calló también.
+
+Hubo algunos momentos de silencio.
+
+--¡Perdonadme, señor!--dijo tartamudeando Montiño.
+
+--¿Y de qué os he de perdonar?--contestó con dulzura el padre Aliaga.
+
+--Vos, señor, sois un gran personaje.
+
+--No lo creáis; yo soy un siervo de Dios, aunque indigno, y vuestro
+hermano.
+
+--Sois confesor del rey.
+
+--Lo que no me hace ni más ni menos sacerdote que otro.
+
+--Sois inquisidor general...
+
+--El rey me lo manda.
+
+--Y yo soy un cocinero, no más que un cocinero, que aunque lo es del
+rey...
+
+--No dejáis por eso de ser cristiano y hermano mío.
+
+--¡Ah, señor! ¡qué bondadoso sois!
+
+--No tal; pero dejáos de señorías y llamadme padre.
+
+--Pues bien, padre Aliaga, ya que me dais valor, voy á deciros... me
+atrevo á deciros...
+
+Montiño se detuvo.
+
+Fray Luis siguió arreglando sus tizones.
+
+--Pues... me atrevo á deciros, aunque os parezca impertinencia, que
+vengo á confesarme con vos.
+
+--Vos no sois impertinente por eso; todos los días abro el tribunal de
+la penitencia á desdichados que son tan pobres que me veo obligado á
+recomendarlos al limosnero de su majestad.
+
+--Nadie hay tan pobre como yo...--dijo Montiño saliéndose de nuevo de
+tono.
+
+--¿Venís preparado?--dijo el padre Aliaga.
+
+--¿Preparado para qué...?--dijo el cocinero, que se alarmaba por todo.
+
+--Para hacer una buena confesión--repuso el padre Aliaga--; he querido
+preguntaros si habéis hecho examen de conciencia.
+
+--Os diré, padre Aliaga: yo no había pensado hasta hace algunos momentos
+en hacer confesión general.
+
+--Resulta, pues, que no venís preparado y no puedo confesaros hoy.
+
+El padre Aliaga esperaba con impaciencia al tío Manolillo, y quería
+quitarse de encima de la mejor manera posible al cocinero mayor.
+
+--Tenéis razón, señor--dijo Montiño--, pero como se trata de hacer una
+confesión general, yo me atrevería á suplicaros...
+
+Montiño se detuvo; fray Luis no dijo una sola palabra.
+
+--Pues... yo me atrevería á suplicaros... que... me dirigiéseis... me
+ayudáseis en mi examen de conciencia... y como se trata de una confesión
+general... y ¡como yo he sido muy malo!
+
+Y para pronunciar esta última frase, salió de nuevo de tono y más
+ruidosamente que las veces anteriores, el cocinero mayor.
+
+El padre Aliaga sintió un poderoso impulso de impaciencia, casi de
+despecho.
+
+Su pensamiento estaba fijo en el bufón del rey, que según él, debía
+llegar de un momento á otro.
+
+Montiño había llegado á ponerse en la situación de uno de esos grandes
+estorbos que contrarían al más paciente.
+
+Sin embargo, el impenetrable semblante del padre Aliaga no se alteró.
+
+Montiño se le había venido encima con una petición á que no podía
+negarse como sacerdote.
+
+Además, no quiso alegar ninguna ocupación.
+
+Y, por último, á pesar de la contrariedad que le causaba aquel
+incidente, tenía un interés vago en conocer la conciencia del cocinero
+mayor, que por su estado febril, por lo exagerado de su expresión, por
+otros mil indicios patentes, daba á conocer claro que se hallaba en una
+situación grave.
+
+Y todo el mundo sabía, y en particular el padre Aliaga, que Francisco
+Martínez Montiño era en la corte algo más que cocinero del rey.
+
+--¡Tratáis de hacer una confesión general!--dijo el padre Aliaga--; esto
+es grave.
+
+--¡Oh! sí; lo que me sucede es muy grave--dijo Montiño--; desde ayer han
+pasado por mí tantas desdichas que con ellas se puede llenar un libro, y
+por grande que fuese no sobraría mucho. ¡Ayer era yo tan feliz!
+
+--¡Erais feliz y os confesáis malo!
+
+--¡Ah, padre! todo me venía bien y tenía dormida la conciencia.
+
+--El que aduerme su conciencia puede despertar condenado.
+
+--Cuando la desgracia me ha herido, he dicho para mí: esto es que Dios
+me avisa. Había salido del alcázar loco y desesperado sin saber qué
+hacer, sin saber dónde ir, y me acordé de vos, padre.
+
+--Hicísteis bien, pero nos vamos olvidando del asunto principal.
+
+--Sí, ciertamente; de mi examen de conciencia.
+
+--Veamos: recorramos el decálogo. ¿Habéis amado á Dios sobre todas las
+cosas?
+
+Quedóse Montiño mirando de una manera perpleja á fray Luis.
+
+Luego suspiró profundamente y dijo:
+
+--Lo que yo he amado más sobre todas las cosas ha sido...
+
+Y se detuvo.
+
+--Ved que estáis hablando con vuestra conciencia--observó el padre
+Aliaga.
+
+Montiño hizo un poderoso esfuerzo y contestó:
+
+--Lo que yo he amado sobre todas las cosas ha sido... el dinero.
+
+--Me dais cuidado por vuestra alma, Montiño--dijo fray Luis--; el amor
+al dinero trae consigo muchos y grandes pecados.
+
+--En efecto, he pecado mucho.
+
+--¿Y os habéis hecho rico...?
+
+Vaciló Montiño entre su codicia, que le impulsaba á ocultar su riqueza,
+y su temor á un terrible castigo de Dios, que creía ya empezado en las
+desgracias que una tras otra se le habían venido encima y seguían
+viniéndosele desde la noche anterior.
+
+Al fin triunfó el miedo.
+
+--Sí; sí, señor--dijo--soy... muy rico.
+
+--¿Qué medios habéis empleado para adquirir esa riqueza?
+
+Púsose notablemente encarnado Francisco Montiño y guardó silencio.
+
+--¿A qué queréis, pues, que yo os auxilie para prepararos dignamente á
+una confesión general?--dijo con dulzura el padre Aliaga.
+
+--A los quince años me huí de la casa de mis padres, robándolos.
+
+--¿Considerablemente?
+
+--Les hurté veinticinco ducados y una mula, que vendí en llegando á
+Madrid en otros diez ducados. Con aquel dinero viví ocioso algún tiempo.
+Cuando se me acabó el dinero, cuando sentí el hambre, quise buscarme la
+vida, y logré entrar de galopín en la cocina de la señora infanta doña
+Juana. Allí me apliqué al oficio...
+
+--En el que habéis adelantado. Sois un cocinero famoso... según dicen.
+
+--Cuando me tranquilice, yo mismo, por mi misma mano, os haré una
+merienda que os convencerá de que sé cumplir con mi obligación.
+
+--Gracias, seguid; hablábamos de vuestros pecados por el desordenado
+amor que tenéis al dinero.
+
+--Padre fray Luis, yo creía que con el dinero se conseguía todo.
+
+--Sí, en la tierra; pero no en el cielo.
+
+--Ni en el cielo ni en la tierra. Por rico que sea un hombre no puede
+librarse de que se la pegue su mujer... y á mí me han engañado dos. Soy
+muy desgraciado.
+
+--Acaso seáis, más que desgraciado, mal pensador.
+
+--¡Tan buena la una como la otra!
+
+--Ya llegaremos á eso, ya llegaremos. Estamos en que entrásteis de
+galopín en la cocina de la infanta doña Juana.
+
+--Sí; sí, señor; y como el salario era corto, hurté.
+
+--¡Hurtásteis!
+
+--Cuanto pude; hasta las especias.
+
+--Hicísteis muy mal.
+
+--¡El amor al dinero!...
+
+El padre Aliaga iba ya fastidiándose.
+
+--Reduzcámonos, reduzcámonos, porque no es necesario que me contéis
+vuestra vida. ¿De cuántas maneras habéis pecado por el dinero?
+
+--Hurtando sagazmente, y procurando que la culpa de mis hurtos no cayese
+sobre mí.
+
+--Eso es ya un grave delito. ¿Y de qué otro modo más?
+
+--Cuando fuí cocinero mayor del rey, poniendo en las cuentas otro tanto
+del gasto.
+
+--¿Y de qué otro modo?
+
+--¡Ah, sirviendo á todo el que me ha pagado bien!
+
+--Entendámonos; más claro: ¿qué clases de servicios han sido esos?
+
+--Siendo espía de los unos y de los otros.
+
+--¿De qué unos y de qué otros?
+
+--Del padre y del hijo, del tío y del sobrino.
+
+--Más claro.
+
+--Se comprende fácilmente: el padre es el duque de Lerma; el hijo, el de
+Uceda; el otro, don Baltasar de Zúñiga, y el sobrino, el conde de
+Olivares, esto sin contar el de Lemos y otros...
+
+--¿De modo que habéis vivido engañando á todo el mundo?
+
+--El amor al dinero... Porque sin el dinero...
+
+--¿Habéis llegado al punto de matar por el dinero?
+
+--¡Ah, no, señor; no, señor!--exclamó todo horrorizado Montiño.
+
+--¿Y si os pagaran por envenenar á una persona que hubiese de comer de
+vuestros manjares?
+
+--He sido y soy codicioso--exclamó, levantándose el cocinero mayor--, lo
+confieso; pero matar... ¡eso no, no, no!
+
+Y había verdadero horror, verdadera repugnancia en el aspecto, en la
+mirada, en el acento de Montiño.
+
+El padre Aliaga se tranquilizó.
+
+No podía dudarse de aquella situación del cocinero mayor.
+
+Sin embargo, dijo:
+
+--Es pública voz y fama que se han dado bebedizos al rey.
+
+--Mientras se hace la comida de su majestad, nadie levanta una cobertera
+que yo no lo vea, nadie echa una especia que yo no examine; tengo hasta
+la sal guardada bajo llave. Pero su majestad come y bebe con mucha
+frecuencia en las Descalzas Reales.
+
+--¡Religiosas!
+
+--Religiosas, sí; pero la madre Misericordia es sobrina del duque de
+Lerma.
+
+--¿Y bien?...
+
+--¡Si yo tuviera una carta que me dió para el duque la madre
+Misericordia! Es verdad que si yo no hubiera perdido esa carta, no me
+hubiera desesperado hasta el punto de pensar en hacer confesión general.
+
+--Pero ¿tan importante creéis que era esa carta?
+
+--¿Y qué sé yo?
+
+--¿Y no recordáis cómo la habéis perdido?
+
+--¡Que si lo recuerdo!... Cuando la eché de menos no lo recordaba...
+pero cuando salí de palacio... el frío, la lluvia me refrescaron de tal
+modo, que me acordé de que se me ha quedado con esa carta don Francisco
+de Quevedo.
+
+--Veo con disgusto que andáis en muy malos pasos, señor Francisco.
+
+--Sí; sí, señor; el amor al dinero.
+
+--Veo, además, que habéis pecado tanto por el dinero, que desde ahora,
+sin que os confeséis, puedo deciros...
+
+--¡Qué! ¡señor!
+
+--Que si no reparáis el mal que habéis hecho, os condenáis.
+
+Estremecióse todo Montiño.
+
+--¡Que me condeno!--exclamó.
+
+--Irremisiblemente.
+
+--¿Y qué he de hacer, qué he de hacer, padre?
+
+Fray Luis miró profundamente al cocinero mayor.
+
+Había creído que le echaban aquel hombre para explorarle, y le había
+tratado con la mayor reserva. Pero muy pronto se convenció de que el
+cocinero obraba de buena fe, que estaba desesperado, que tenía miedo.
+
+Comprendió, además, que siendo como era avaro y de una manera exagerada
+Montiño, no había que pensar en imponerle reparaciones respecto á su
+dinero.
+
+Consideró también que por esa misma avaricia, además de darle buenos
+consejos, se le debía dar dinero para que sirviese mejor.
+
+En una palabra, el padre Aliaga determinó utilizar al cocinero mayor.
+
+--La manera de reparar en cierto modo el mal que habéis hecho--le
+dijo--, es decidiros á servir fielmente á una sola persona.
+
+--¿A quién, señor?
+
+--Al rey.
+
+--¡Al rey! ¿pues qué, acaso no le sirvo?
+
+--No por cierto: servís á sus enemigos.
+
+--Yo creía que esos caballeros podían muy bien ser enemigos entre sí,
+pero al mismo tiempo leales servidores del rey.
+
+--Os engañáis; todos los que hoy se agitan alrededor del rey, piensan
+antes en su provecho que en lo que conviene á su majestad. Y ciertamente
+que no podéis decir vos que no sabéis las traiciones de esos hombres,
+cuando anoche un vuestro sobrino tuvo ocasión de prestar un eminente
+servicio á la reina.
+
+--He ahí un muchacho que tiene muy buena suerte--dijo Montiño con
+envidia--; todos me hablan bien de él, todos le protejen: hasta el duque
+de Lerma.
+
+--¡El duque de Lerma!
+
+--¿Qué creéis que me ha dado para él el duque de Lerma?
+
+--¡Oro!
+
+--No por cierto: una encomienda. Mirad, padre.
+
+Y Montiño sacó un estuche y le abrió.
+
+--Pero eso es un collar de perlas--dijo el padre Aliaga.
+
+Montiño, que no se había repuesto de su turbación, había tomado un
+estuche por otro, y había mostrado al fraile la alhaja que el duque de
+Lerma le había dado para seducir á la aventurera con quien se pensaba
+entretener al príncipe don Felipe.
+
+--Esto es otra cosa--dijo precipitadamente Montiño.
+
+El padre Aliaga no contestó.
+
+Montiño se encontraba terriblemente predispuesto á la confesión y
+continuó:
+
+--Esta alhaja me la ha dado el duque para una dama.
+
+Hizo un gesto de repugnancia el padre Aliaga.
+
+--Se trata de una dama á quien conoce el duque de Uceda.
+
+--¡Qué vergüenza! ¡qué corrupción! ¡qué escándalos!--exclamó el padre
+Aliaga.
+
+--Es una dama muy hermosa, de quien pretenden se aficionó el príncipe de
+Asturias.
+
+--¡Ah!
+
+--Una perdida, aunque no lo parece.
+
+--Importa al servicio del rey que averigüéis quién es esa mujer.
+
+--Esa mujer se ha presentado en la corte hace un año.
+
+--¿De dónde ha venido?
+
+--No sé más.
+
+--¿Cómo se llama?
+
+--Doña Ana.
+
+--¿Doña Ana de qué?
+
+--Doña Ana de Acuña.
+
+--El apellido es noble.
+
+--Ciertamente: se llama viuda de un caballero de la montaña.
+
+--¡Ah! todas estas son viudas ó tienen su marido ausente.
+
+--Y presente el amante.
+
+--¿Y quién es el amante de esa mujer?
+
+--El amante de esa dama es el amante de mi mujer.
+
+--¡El amante... de vuestra mujer!...
+
+--Sí, señor; he sido muy desgraciado en el matrimonio; me he casado dos
+veces: mi primera mujer era muy aficionada á los pajes; llevósela Dios y
+quedéme en la gloria; pero como me había quedado una hija, necesité
+casarme de nuevo; mi segunda mujer ha salido muy aficionada á los
+soldados, y como es soldado el amante de doña Ana de Acuña...
+
+--Mirad, no levantéis un falso testimonio á vuestra esposa.
+
+--¡Un falso testimonio! si yo no supiera de seguro que mi mujer es
+amante del sargento mayor don Juan de Guzmán ¿por qué había de estar
+desesperado?
+
+--¡Don Juan de Guzmán!--exclamó el padre Aliaga, poniéndose pálido--; yo
+conocí á un Juan de Guzmán, soldado de á caballo; ¿qué edad tiene ese
+hombre?
+
+--Más de cuarenta años, pero aparenta menos.
+
+Quedóse profundamente abismado en su pensamiento el padre Aliaga.
+
+Guardó por un largo espacio silencio.
+
+--¡Juan de Guzmán--dijo al fin--, es amante de una aventurera de quien
+se valen ellos! ¡y además es amante de vuestra mujer!
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Habéis dado algún escándalo en vuestra casa?
+
+--¡No; no, señor! intenciones de más que eso he tenido... ¡pero quiero
+tanto á mi mujer!... á la pobre han debido darla algún bebedizo.
+
+--¿Ha podido sospechar vuestra mujer que conocéis su falta?
+
+--No; no, señor.
+
+--Pues bien, seguid obrando en vuestra casa como si nada supiérais.
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--¿Qué pretende el duque de Lerma de esa doña Ana?
+
+Montiño contó al padre Aliaga lo que respecto á aquella mujer le había
+encargado el duque de Lerma.
+
+--Es hasta donde puede llegar la degradación--dijo el inquisidor
+general--; de todo se echa mano. Oíd, Montiño: estáis hablando al mismo
+tiempo que con el sacerdote, con el confesor del rey y con el inquisidor
+general.
+
+Estremecióse Montiño.
+
+El padre Aliaga había cambiado de expresión y de acento.
+
+--Yo, señor--dijo balbuceando--, he venido á buscar en vos amparo y
+consuelo.
+
+--Y yo no os lo niego; pero habéis pecado mucho, y es necesario que
+reparéis el mal que habéis hecho sirviendo de medio para que el crimen
+no triunfe de la virtud.
+
+--Os serviré, señor.
+
+--Hablábamos de vuestro sobrino. ¿Quién es ese joven?
+
+--Ese joven, señor, no es mi sobrino--dijo Montiño, que temblaba como un
+azogado.
+
+--¿Que no es vuestro sobrino?
+
+--No, señor.
+
+--¿Pues por qué se nombra vuestro sobrino?
+
+--El cree que lo es.
+
+--Decidme lo que sabéis acerca de ese joven.
+
+--Os voy á confesar un terrible secreto de familia--dijo Montiño sacando
+con miedo la carta de su hermano Pedro, que había traído para él la
+noche anterior el joven.
+
+--Yo guardaré ese secreto bajo confesión--dijo el fraile.
+
+Montiño entregó la carta al padre Aliaga, que se levantó y fué á leerla
+junto á la vidriera de un balcón.
+
+El padre Aliaga leyó y releyó aquella carta.
+
+Luego volvió junto al cocinero mayor.
+
+--¿Sabe esto alguien?--dijo guardando la carta del difunto Pedro
+Montiño, con gran cuidado el cocinero.
+
+--Sí, señor--exclamó Montiño--; lo sabe una mujer.
+
+--¿Qué mujer es esa?
+
+--Doña Clara Soldevilla.
+
+--¿Ha estado alguna otra vez ese joven en la corte?
+
+--No, señor.
+
+--¿Y entonces cómo conoce á doña Clara?
+
+--Yo no lo sé, pero en palacio le conocen y mucho.
+
+--Hablad, hablad.
+
+--Yo creo, señor, y casi tengo pruebas, que doña Clara sólo es la
+cortina de ciertos amores.
+
+--Explicáos.
+
+--La reina...
+
+--¡Qué decís de la reina!...
+
+--La reina ama á mi sobrino.
+
+Pasó algo siniestro por el semblante del fraile.
+
+--¿Decís--exclamó--que su majestad ama á ese joven?
+
+--Estoy casi cierto de ello.
+
+--¡La prueba! ¡la prueba!
+
+--No puedo dárosla ahora, pero os la daré.
+
+--Si me la dais, os hago doblemente rico.
+
+Montiño miró de una manera extraviada al fraile. Su corazón se embrolló
+más y más, los grandes ojos negros del padre Aliaga le devoraban; no era
+ya la mirada indiferente y tranquila de antes la suya; había en ella
+inquietud, ansiedad, cólera... un mundo entero de pasiones.
+
+--¡Habéis dicho--exclamó roncamente--que la reina ama á ese caballero!
+
+--Sí; sí, señor, y creo... creo tener pruebas... en fin... yo...
+averiguaré...
+
+--Sí... sí... averiguad... pero esto es imposible, imposible de todo
+punto--añadió como hablando consigo mismo el confesor del rey--; y sin
+embargo, las mujeres...
+
+--Son muy caprichosas, señor; ya veis, mi mujer...
+
+--¡Vuestra mujer!... ¡vuestra mujer!... ¿decís que es querida del
+sargento mayor don Juan de Guzmán?
+
+--¡Sí, señor!
+
+--¿Cómo ha llegado ese hombre al empleo que tiene?
+
+--Le favorece don Rodrigo Calderón.
+
+--¿Y favoreciéndole don Rodrigo Calderón, ese hombre ha enamorado á
+vuestra mujer?...
+
+--¿Qué pensáis de eso?
+
+--Vigilad á vuestra mujer.
+
+--¿Y no sería mejor que vos, señor, que sois inquisidor general,
+encerráseis á ese hombre?...
+
+--Haced lo que os mando.
+
+--Lo haré, señor.
+
+--Además, en esta carta de vuestro difunto hermano que me habéis dado,
+se dice que existe un cofre sellado.
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--¿Dónde está ese cofre?
+
+--Le tengo yo.
+
+--Traedme ese cofre esta misma noche.
+
+--¡Ese cofre, señor! ¿pero no sabéis que es un secreto?
+
+--Para la Inquisición no hay secretos.
+
+--¡La Inquisición!--exclamó aterrado Montiño.
+
+--Lo que me habéis revelado es muy grave, para que la Inquisición deje
+de ocuparse de ello.
+
+--Pero yo os lo he revelado en confesión.
+
+--No importa. Si no queréis exponeros vos mismo, obedeced.
+
+--Obedeceré, señor.
+
+--Esta noche, tarde... á las doce, por ejemplo...
+
+--El cofre es muy pesado, señor.
+
+--Emplead para traerle cuantos hombres fuesen necesarios.
+
+--¡Ah!
+
+--Ahora oíd. No escandalicéis en vuestra casa.
+
+--¡Si no me atrevo á ello, señor!
+
+--¿Habéis dado ocasión para que vuestra mujer vea en vos desconfianza?
+
+--No; no, señor.
+
+--Pues bien, no la deis. Seguid tratando á vuestra mujer como de
+costumbre.
+
+--Es, señor... que... no sé en lo que consiste, pero ahora la quiero más
+que antes.
+
+--Seguid, seguid sin novedad alguna.
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Respecto al duque de Lerma, seguid sirviéndole de la misma manera que
+le habéis servido hasta aquí.
+
+--¿Pero no me habéis dicho que peco sirviéndole de ese modo?
+
+--Si antes pecásteis obrando así, ahora que persistiendo en esas obras
+serviréis al rey, hacéis una obra meritoria.
+
+--¡Ah!
+
+--Para que lo entendáis más claro: antes obrábais por codicia, por
+interés vuestro; ahora sois en cuerpo y en alma un hombre que sirve al
+Santo Oficio, para servir al rey.
+
+--¡Ah! ¡es decir, yo!...
+
+--Vos me daréis parte de cuanto sepáis, de cuanto veáis, de cuanto
+oigáis...
+
+--Pero yo acaso no sirva para eso.
+
+--Servís demasiado para servir al duque de Lerma.
+
+--¿Y es preciso absolutamente que yo?...
+
+--Si os negáis á ello, será prudente prenderos: sabéis secretos
+demasiado graves.
+
+--Contad enteramente conmigo, señor.
+
+--No, no soy yo quien cuento con vos, sino la Inquisición, siempre
+justa, siempre previsora. Por ejemplo: habéis descubierto que su
+majestad la reina ama á... vuestro sobrino postizo... observad...
+observad... vos por vuestro empleo en palacio, podéis...
+
+--No sé si puedo mucho.
+
+--Procuradlo... y no dejéis de avisarme... de lo más mínimo que
+descubráis acerca de esos amores.
+
+--¡Oh, Dios mio!
+
+--¡Quién pudiera creerlo!... ¡quién pudiera siquiera sospecharlo!... ¡la
+reina!...
+
+--Es en verdad muy extraño... pero ello en fin... y yo he podido
+equivocarme.
+
+--¡Oh! ¡si os hubiérais equivocado!
+
+Montiño no pudo comprender el verdadero sentido de la exclamación del
+padre Aliaga: si era una amenaza para él, ó un deseo íntimo del fraile.
+
+--¿Conque decís--dijo al fin--que yo debo seguir en mi oficio de espía y
+de corredor para ciertos asuntos del duque de Lerma?
+
+--Sí.
+
+--¿Debo, pues, llevar este collar á doña Ana de Acuña?
+
+--Indudablemente.
+
+--¿Y después debo deciros lo que me haya dicho esa dama?
+
+--Sí.
+
+--Una cosa hay, sin embargo, que yo no puedo hacer.
+
+--¿Cuál?
+
+--Llevar al duque de Lerma la carta que me ha dado para su excelencia la
+abadesa de las Descalzas Reales... porque... ¡como don Francisco de
+Quevedo me ha quitado esa carta!
+
+--No se la llevéis.
+
+--Es que todo está entonces echado á perder... porque... de seguro... al
+no recibir contestación de su excelencia la madre abadesa... le
+escribirá de nuevo... se descubrirá... ó se creerá descubrir que yo he
+hecho mal uso de su carta... desconfiará de mí el duque...
+
+--Esperad--dijo el padre Aliaga.
+
+Y se fué á la mesa, se sentó y escribió lentamente una carta que cerró y
+selló, con el sello del uso privado del inquisidor general, sobre una
+especie de lacre verde.
+
+--Tomad--dijo--: llevad esta carta á la madre Misericordia y os dará
+otra, que llevaréis al duque de Lerma.
+
+--¡Ah! Dios os lo pague, señor; porque la pérdida de esa carta era una
+de las cosas que me tenían desesperado--exclamó con alegría el cocinero
+mayor.
+
+--Ahora, idos--dijo el padre Aliaga--, y no os olvidéis de volver esta
+noche á la hora que os he dicho, con ese cofre y con las noticias que
+hayáis podido adquirir.
+
+Francisco Martínez Montiño saludó profundamente al inquisidor general,
+salió de la celda, y se alejó aturdido, con el pensamiento embrollado y
+en paso vacilante como el de un ebrio.
+
+En tanto el padre Aliaga había quedado inmóvil, pálido, sombrío, con los
+brazos fuertemente apoyados en la mesa.
+
+--¡Dios me castiga!--exclamó--; no he sabido dominar mis pasiones: mi
+cuerpo está en el claustro, pero mi alma en el mundo; soy un miserable
+hipócrita. Amo... á una mujer casada... á la esposa de mi rey... de mi
+hijo... porque yo soy su confesor... Yo que le reprendo sus malos
+deseos, sus debilidades, no sé acallar el grito de los míos, no sé ser
+fuerte... y al saber... al oír que ella ama á otro, por más que esto
+pueda ser una equivocación, una calumnia, me estremezco de celos, y
+siento odio... un odio terrible á ese hombre... que dicen ama ella... y
+le haría pedazos entre mis manos...
+
+El padre Aliaga echó violentamente hacia atrás su pesado sillón, se
+levantó y se puso á pasear irritado á lo largo de su celda.
+
+--¿Y si no es una calumnia?--dijo con voz cavernosa, después de algunos
+minutos de meditación--¿si en efecto ella... olvidada de todo, le
+amase?... ella me escribió anoche... él trajo su carta... anduvo muy
+reservado en sus contestaciones... y es joven y hermoso... tiene esa
+figura, esa expresión... ese conjunto... esa alma... ese todo que tanto
+agrada á las mujeres... y la carta de la reina... me le recomendaba
+eficazmente... veamos otra vez esa carta...
+
+Y se fué á su mesa, abrió los cajones y los revolvió inútilmente.
+
+La carta no parecía.
+
+--¡Oh!--exclamó recordando--; ¡la quemé!... pero... yo la recordaré
+entera... la recordaré porque quiero recordarla... la memoria obedece á
+la voluntad.
+
+Y con toda su voluntad, con todo su deseo, el padre Aliaga procuró
+recordar el contenido de la carta de la reina.
+
+Y le recordó, pero de una manera truncada, á trozos.
+
+--¡Oh!--dijo--; la reina me decía que importaba mucho que ese joven
+estuviese en palacio... en la guardia española... me mandaba comprarle
+una provisión de capitán... y me hablaba con calor de él...
+
+El alma del padre Aliaga se ennegreció más.
+
+--¡Oh!--exclamó--; ¡la gratitud de las mujeres! las mujeres no saben
+tener por un hombre un afecto profundo, sin que aquel afecto las lleve
+al amor... ¡si al verse salvada de un peligro por ese joven!... pero en
+todo caso... si nunca ha estado ese joven en Madrid... si anoche le vió
+ella por primera vez, no puedo suponerla tan liviana que... aún hay
+tiempo... indudablemente... obrando con sagacidad y energía podrá
+evitarse... pero si todo esto no fuese más que una locura de Montiño...
+una exageración de mi recelo...
+
+El padre Aliaga detuvo su paseo y miró á las vidrieras.
+
+--Ya obscurece--dijo--y el bufón no ha venido... ¡el tío Manolillo!
+acaso el tío Manolillo pudiera darme alguna luz.
+
+--¿Se puede hablar con vuestra señoría?--dijo á la puerta el bufón, como
+si le hubiera evocado el pensamiento del padre Aliaga.
+
+--Entrad, entrad--dijo con mal encubierta ansiedad el padre Aliaga--;
+¡cuánto habéis tardado!
+
+--Decid más bien, que habéis estado muy entretenido. Pero cerrad bien la
+puerta, padre Aliaga, cerradla bien, que tenemos que hablar cosas que no
+conviene que las oiga nadie.
+
+--Dejad, antes es necesario que nos traigan luz; ya ha obscurecido.
+
+--Y decidme, ¿hay por aquí algún lugar donde yo me obscurezca, de modo
+que no me vea el que traiga la luz?
+
+--¿Y qué os importa que os vean ó no?
+
+--Tanto me importa, como que esperando á que concluyéseis vuestra larga
+audiencia con el cocinero mayor, me he estado en el claustro bajo
+mirando los cuadros uno detrás de otro, y volviéndolos á mirar esperando
+á que saliese el bueno de Montiño, y luego me he paseado otro gran rato
+en el claustro alto, á fin de encontrar un momento en que nadie me viese
+para colarme en vuestra celda.
+
+--No comprendo la razón de este recelo; pero puesto que no queréis ser
+visto, escondéos aquí, en mi alcoba.
+
+Escondióse el bufón, y el padre Aliaga pidió luz.
+
+Cuando se la hubieron traído y se quedó de nuevo solo, cerró la puerta.
+
+Entonces el bufón salió de la alcoba, y puso en la puerta, colgado de la
+llave, su capotillo.
+
+--¿A qué es eso?--dijo el padre Aliaga.
+
+--A fin de que no puedan verme; y hablo muy bajo, á fin de que no puedan
+reconocerme por la voz.
+
+--Nadie escucha ni observa lo que se dice ni lo que se hace en mi celda.
+
+--¿Olvidáis que la Inquisición quiere teneros tan cerca que os tiene á
+su cabeza?
+
+--¡La Inquisición! ¡la Inquisición es mía!
+
+--¿Y no teméis que sea más bien del duque de Lerma?
+
+--Tío Manolillo--dijo con reserva el padre Aliaga--, nada tengo que
+temer; sirvo á Dios y al rey...
+
+--Pero no servís, sino que más bien estorbáis á algunos hombres.
+
+--Muy quieto me estaba yo en mi convento de Zaragoza, sin salir de él
+sino para mi cátedra en la Universidad, cuando el duque de Lerma me sacó
+de mi celda para traerme á la corte; muy alejado de toda codicia, cuando
+me hicieron provincial de la Tierra Santa y visitador de mi Orden en
+Portugal, y muy ajeno de que más adelante me nombrasen archimandrita del
+reino de Sicilia.
+
+--Y consejero de Estado... y á más, á más inquisidor general.
+
+--No sé por qué se han empeñado en engrandecerme.
+
+--Porque á un mismo tiempo os temen y os necesitan.
+
+--Vano temor: yo me limito á dirigir la conciencia del rey.
+
+--Vos conspiráis, padre.
+
+--¡Cómo!
+
+--Como conspiro yo y como conspiramos todos: ¿acaso no conspira también
+el cocinero de su majestad?
+
+Movióse impaciente en su silla el padre Aliaga.
+
+--Henos aquí juntos--dijo el bufón--: vos fuerte en la apariencia, y yo
+en la apariencia débil; ¡sabe Dios cuál de entrambos es el fuerte!
+
+--Tío Manolillo, no os entiendo--dijo con gran indiferencia el padre
+Aliaga--. ¿Qué habláis de fuertes ni de débiles? Si no recuerdo mal, yo
+os he llamado.
+
+--Es verdad; esta mañana en la recámara del rey, me dijísteis: os espero
+esta tarde en el convento de Atocha.
+
+--Necesitaba preguntaros...
+
+--Sí, por una mujer... y por esa mujer he venido yo. Y á propósito de
+esa mujer, ¿tendréis que hablarme también de algún hombre?
+
+--Y de algunos.
+
+--Esa mujer... la madre... se llamaba Margarita como la reina.
+
+Coloróse levemente el semblante del padre Aliaga.
+
+--En efecto--dijo--; Margarita...
+
+--Ha sido siempre vuestra desesperación. Debe de ser para vos fatal ese
+nombre.
+
+--¡Para mí!
+
+--¡Esto de que hayan de llamarse Margaritas todas las mujeres que
+amáis!...
+
+--¡Que yo amo!
+
+--¡Bah! ¡ya lo creo! un hombre, al hacerse fraile, no se arranca el
+corazón.
+
+--Creo que os atrevéis á hacer suposiciones muy arriesgadas.
+
+--Pero las hago en voz muy baja. Estamos solos. Vos tenéis el corazón
+hecho pedazos, yo también; vos amáis, yo también amo; pero amo con más
+heroísmo que vos, y lo sacrifico todo á mi amor... todo... hasta los
+celos.
+
+--Venís muy donosamente loco, tío; yo creí que os habríais dejado á la
+puerta de mi celda vuestros cascabeles de bufón.
+
+--En efecto, ni aun en los bolsillos los traigo. Soy ni más ni menos un
+pobre enfermo del corazón que viene á buscar á otro enfermo y á decirle:
+busquemos juntos nuestro remedio. En este momento, ni vos sois el padre
+grave de la Orden de Predicadores, maestro, provincial, visitador,
+confesor del rey, inquisidor general, y qué sé yo qué más, ni yo soy el
+loco, el simple, el cura fastidios del rey. Somos dos hombres. Si vos os
+empeñáis en manteneros puesta la carátula, nada tengo que hacer aquí...
+me habéis llamado en vano. Adiós.
+
+Y el tío Manolillo se levantó y se dirigió á la puerta.
+
+--Esperad--dijo el padre Aliaga.
+
+El bufón volvió atrás, se sentó de nuevo y miró audazmente al padre
+Aliaga.
+
+--¿Nos quitamos al fin el antifaz?--dijo.
+
+El padre Aliaga no contestó directamente á esta pregunta.
+
+--Esta mañana--dijo--me contásteis una historia muy triste.
+
+--Margarita, cuando estaba más loca, llamaba á su hermano Luis... vos os
+llamáis Luis, padre Aliaga; hace muchos años que pasó esto, y entonces
+debíais ser muy joven; ¿sois vos, acaso, el Luis que recordaba
+Margarita?
+
+--Me habéis dicho que la hija de esa desdichada se parece mucho á su
+madre; cuando la vea podré deciros...
+
+--¿Queréis verla?
+
+--¿Y cómo puede ser eso?
+
+--De una manera muy sencilla; id ahora mismo á palacio.
+
+--¡A palacio!
+
+--Sí por cierto. Nadie extrañará que el confesor del rey entre á estas
+horas en palacio. Yo estaré esperándoos en la escalerilla por donde se
+sube al cuarto del rey.
+
+--Lo que no alcanzo es cómo pueda ir á palacio esa comedianta.
+
+--La llevaré yo.
+
+--En verdad, en verdad, tengo una obligación grave de averiguar quién es
+esa mujer. ¿No se llama Dorotea?
+
+--¿Quién os ha dicho que la hija de Margarita se llama Dorotea?--exclamó
+con acento amenazador el bufón.
+
+--Cuando se trata de esa mujer--dijo sonriendo tristemente el padre
+Aliaga--, todo os espanta.
+
+--Como os espanta á vos todo, cuando se trata de la otra.
+
+El padre Aliaga pareció no haber oído la contestación del tío Manolillo.
+
+--Sólo quiero ver á esa joven--dijo--para salir de una duda; y puesto
+que vos podéis mostrármela en palacio, á palacio voy.
+
+Y el padre Aliaga se levantó.
+
+En aquel momento sonaron pasos en el corredor.
+
+Al oírlos el bufón se levantó, y escuchó con atención.
+
+Luego se escondió precipitadamente y sin ruido en la alcoba del padre
+Aliaga.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXVI
+
+DE LO QUE OYÓ EL TÍO MANOLILLO, SIN QUE PUDIERA EVITARLO EL CONFESOR DEL
+REY
+
+
+Abrióse la puerta y asomó el hermano Pedro.
+
+--Nuestro padre--dijo--; tras mí viene el señor Alonso del Camino.
+
+--¡A qué hora!--murmuró para sí el padre Aliaga.
+
+Y fué á la puerta con la visible intención de salir de la celda, pero
+Alonso del Camino no le dió tiempo.
+
+Se entró de rondón en la celda.
+
+--Aquí tenéis--dijo como quien se apresura á dar una noticia
+agradable--la provisión de capitán para el señor Juan Montiño.
+
+No era ya tiempo de tapar la boca al montero de Espinosa, y por otra
+parte, el padre Aliaga no se atrevía á dar ninguna señal de desconfianza
+al bufón del rey, que estaba en posición de verlo y oír todo desde
+detrás de la cortina de la alcoba.
+
+Tomó la provisión y la miró.
+
+Aquella provisión había sido vendida á un soldado viejo llamado Juan
+Fernández, y éste la había revendido al señor Juan Montiño.
+
+--Ya veis si he sido eficaz; esta mañana cobré los ochocientos ducados
+de la casa del señor Pedro Caballero, y en seguida me fuí á buscar á un
+tal Santiago Santos, secretario de Lerma, en su misma casa. Le hablé,
+tratamos el precio, dile trescientos ducados, fuése él á casa del duque,
+y al medio día me dió la provisión firmada por su majestad. He invertido
+lo que me ha quedado de tiempo hasta ahora en comprar armas y caballo
+para el dicho capitán, y la reina queda completamente servida.
+
+--¡La reina!--murmuró profundamente el padre Aliaga, lanzando una mirada
+recelosa á la cortina, tras la cual se ocultaba el bufón.
+
+--¡La reina!--dijo con extrañeza el tío Manolillo, detrás de aquella
+cortina.
+
+--Además, no he perdido el tiempo; como he estado esperando en la
+antecámara del rey á que saliese el duque de Lerma, á quien esperaba
+también el secretario Santos para recoger la provisión firmada por el
+rey, he visto algo bueno.
+
+El padre Aliaga no preguntó qué era lo bueno que había visto, á pesar de
+que Alonso del Camino se detuvo esperando esta pregunta.
+
+El padre Aliaga estaba inclinado hacia la chimenea, arreglando los
+tizones y pidiendo á Dios que el montero de Espinosa callase, porque no
+se atrevía á imponerle silencio ni con una seña.
+
+Sin saber por qué, no quería dar una muestra de desconfianza al bufón.
+
+Esperaba mucho de aquel hombre, y lo esperaba de una manera instintiva.
+
+Alonso del Camino continuó:
+
+--Se murmuraban en la antecámara muchas cosas.
+
+--Allí siempre se murmura.
+
+--Decían que don Francisco de Quevedo había venido á la corte y que
+había dado de estocadas á don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Bah! siempre persiguen al bueno de don Francisco las acusaciones...
+ya sabéis que no ha sido Quevedo... ¿pero está en efecto en Madrid?
+
+--Todos lo aseguran; y como todos le desean por su ingenio festivo,
+todos se preguntan: ¿quién le ha visto? ¿quién le ha hablado?
+
+--¿Y hay alguien que le haya hablado ó visto?
+
+--No; no, señor; es uno de esos rumores que suenan, y cunden y se saben
+en un momento en toda una ciudad.
+
+--Estaba preso.
+
+--Pues porque estaba preso, y por saber que le han soltado y que al
+verse suelto se ha venido á la corte, son hablillas y la admiración de
+todos.
+
+--¡Bah!--dijo el padre Aliaga.
+
+--Se asegura que va á haber variación en el consejo y en la alta
+servidumbre.
+
+--¿Porque ha venido don Francisco?
+
+--Dicen que anoche estuvo don Francisco en palacio.
+
+--Bien, ¿y qué?
+
+--Añaden que la duquesa de Gandía se fué á su casa mala, porque el rey
+pasó la noche en el cuarto de la reina.
+
+--¡Que pasó el rey la noche en el cuarto de la reina!--dijo con la voz
+ligeramente afectada el padre Aliaga--. No me ha dicho nada su majestad.
+
+--Pues preguntádselo al duque de Lerma, que dicen pasó la noche rabiando
+en el despacho del rey--dijo alegremente Alonso del Camino.
+
+--Tened en cuenta, amigo mío, que en palacio se miente mucho.
+
+--Don Baltasar de Zúñiga va de embajador á Inglaterra.
+
+--Nada tiene de extraño; don Baltasar ha nacido para embajador.
+
+--Y entra en su lugar en el cuarto del príncipe el obispo de Osma.
+
+--Así aprenderá su alteza mucho latín.
+
+--No parece sino que nos escuchan--dijo bruscamente Alonso del Camino--,
+según andáis de reservado.
+
+--Pues no nos escucha nadie. Yo acostumbro á escuchar siempre con
+indiferencia las hablillas de antecámara.
+
+--Podrán ser hablillas, pero á la verdad, lo que yo he visto...
+
+--¡Ah! vos habéis visto...
+
+--Sí por cierto, y algo que significa mucho; en primer lugar, he visto
+que el mayordomo mayor, duque del Infantado, ha tenido que volverse
+desde la puerta de la cámara del rey, porque el ujier no le ha dejado
+pasar.
+
+--Pero eso no prueba nada.
+
+--Tenéis razón; eso no probaría nada si, después de no haber podido
+entrar tampoco el duque de Pastrana, ni el de Uceda, á pesar de su
+oficio de gentileshombres de la cámara del rey, no hubiese salido el
+duque de Lerma tan risueño y alegre que parecía decir á todo el mundo:
+ya no tengo enemigos... Dióme lástima, porque en sí mismo tiene el mayor
+enemigo Lerma.
+
+--Nada de lo que habéis dicho prueba nada.
+
+--Se dice...
+
+--¿Se dice más?
+
+--Sí por cierto, que se arma un ejército contra la Liga.
+
+--Ejército que será vencido.
+
+--Pero todo eso prueba que el duque de Lerma tiene miedo y quiere
+contentar de algún modo á España; para eso... ya sé lo que vais á
+decirme, lo mejor era que empezase por irse á una de sus villas y dejar
+el gobierno.
+
+--Perdonadme, señor Alonso, si no os he escuchado como debiera--dijo el
+padre Aliaga que se impacientaba--, pero estoy enfermo.
+
+--¡Enfermo!
+
+--Sí; sí por cierto, tengo vaguedad en la cabeza, frío en los pies... la
+celda me anda alrededor.
+
+--¡Ah! perdonad... yo no sabía... llamaré...
+
+--No, no... me voy á acostar... con vuestra licencia...
+
+--¡Oh! lo siento mucho, no os descuidéis...
+
+--Esto pasará.
+
+--Ahí se quedan los cien ducados que han sobrado.
+
+--Bien.
+
+--Perdonad... pero... mañana vendré á informarme...
+
+--Muchas gracias... esto pasará...
+
+--Quiera Dios aliviaros, y quedad con El.
+
+--Id con Dios, y que Él os pague vuestra buena voluntad, señor Alonso.
+
+El montero de Espinosa salió, y al atravesar el corredor que conducía al
+claustro, dijo:
+
+--¡Es extraño! ¡ponerse malo de repente! ¡y á mí me parece que está muy
+bueno! ¿qué habrá aquí?
+
+Apenas había salido Alonso del Camino de la celda, cuando salió de la
+alcoba el tío Manolillo.
+
+--¿Por qué os tratáis con gente tan habladora?--dijo--; pero nada
+importa que yo lo haya oído, porque ya sabía yo que conspirábais:
+ignoraba, en verdad, que tuviéseis vuestros espías tan cerca del rey. Y
+es un buen hombre ese Alonso del Camino.
+
+--Me habéis dicho--contestó el padre Aliaga, como si nada le hubiese
+hablado el bufón--que si voy á palacio me mostraríais á esa Dorotea.
+
+--Indudablemente; pero es necesario que os detengáis en ir lo menos una
+hora.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Porque necesito ese tiempo para llevar á la Dorotea á palacio. Ya debe
+de haber salido de la función del corral del Príncipe; pero como ha ido
+acompañada muy á su gusto, podrá suceder que después de la función se
+haya metido con su compañía en alguna hostería apartada. Ya veis, el
+hablar mucho, el cantar y el bailar abren el apetito, y cuando se han
+hablado y cantado amores y se está enamorado...
+
+--¿Y de quién está enamorada Dorotea?--dijo con interés el padre Aliaga.
+
+--De una persona á quien vos conocéis.
+
+--¿Que yo conozco?
+
+--Sí, ciertamente, y de la cual tenéis celos.
+
+--¡Celos!
+
+--Sí por cierto; unos celos concentrados, crueles, que queréis ocultaros
+á vos mismo.
+
+--¡Os equivocáis!--exclamó con precipitación el padre Aliaga--, yo no
+puedo tener celos de nadie; yo estoy retirado del mundo, muerto para el
+mundo.
+
+--¡Bah! allá lo veremos.
+
+--Os he preguntado de quién está enamorada esa comedianta.
+
+--¿No lo adivináis por lo que os he dicho?
+
+--No ciertamente.
+
+--Llegará un día en que me habléis con lisura: la Dorotea está enamorada
+con locura...
+
+El bufón se detuvo como devorando con cierto placer maligno la ansiedad
+del padre Aliaga.
+
+--¿De quién?--dijo el fraile con impaciencia.
+
+--De cierto mancebo á quien ha hecho capitán la reina con vuestro
+dinero.
+
+El padre Aliaga sintió el golpe en medio del corazón; se estremeció.
+
+--¿Y ama el señor Juan Montiño á Dorotea?
+
+--Debe amarla, porque le ama ella: pero si no la ama, y la engaña, peor
+para él.
+
+Repúsose el padre Aliaga.
+
+--¿Conque... vais á buscar á esos dos amantes?--dijo.
+
+--No por cierto, voy á esperarlos á su casa... y como pueden tardar...
+
+--Esperad, cuando la hayáis encontrado, en la galería de los Infantes.
+
+--Esperaré...
+
+--Cuando yo llegue, os avisarán.
+
+--Muy bien.
+
+--Y para que los encontréis más pronto, id al momento.
+
+--Quedad con Dios, padre Aliaga; quedad con Dios y hasta luego.
+
+El bufón salió.
+
+Cuando se hubo perdido el ruido de sus pisadas, el padre Aliaga llamó y
+se presentó el lego Pedro.
+
+--Que pongan al instante la silla de manos.
+
+Algunos minutos después, dos asturianos conducían á palacio al padre
+Aliaga.
+
+Había cerrado la noche y seguía lloviendo.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXVII
+
+EN QUE SE VE QUE EL COCINERO MAYOR NO HABÍA ACABADO AÚN SU FAENA AQUEL
+DÍA
+
+
+En el mismo punto en que el confesor del rey salía del monasterio de
+Atocha, salía del de las Descalzas el cocinero mayor.
+
+[imagen: El padre Aliaga.]
+
+Todo aquel tiempo, es decir, el que había transcurrido desde la ida de
+Francisco Montiño de un convento á otro, lo había pasado Montiño bajo la
+presión despótica de la madre Misericordia.
+
+El haberse quedado Quevedo con la carta de la abadesa para Lerma, había
+procurado al cocinero mayor aquel nuevo martirio.
+
+Porque cada minuto que transcurría para él fuera de su casa, era un
+tormento para el cocinero mayor.
+
+Aturdido, no había meditado que necesitaba dar una disculpa á la madre
+abadesa, por aquella carta que la llevaba del padre Aliaga. Montiño no
+sabía lo que aquella carta decía; iba á obscuras.
+
+Esto le confundía, le asustaba, le hacía sudar.
+
+Si decía que Quevedo le había quitado la carta, se comprometía.
+
+Si decía que la había perdido... la carta podía parecer y era un nuevo
+compromiso.
+
+Si rompía por todo y no llevaba aquella carta á la abadesa, ni volvía á
+ver al duque de Lerma, y se iba de Madrid...
+
+Esto no podía ser.
+
+Estaba comprometido con el duque.
+
+Estaba comprometido con la Inquisición.
+
+Montiño se encontraba en el mismo estado que un reptil encerrado en un
+círculo de fuego.
+
+Por cualquier lado que pretendía salir de su apuro, se quemaba.
+
+Decidióse al fin por el poder más terrible de los que le tenían cogido:
+por la Inquisición.
+
+Y una vez decidido, se entró de rondón en la portería de las Descalzas
+Reales, á cuya puerta se había parado, tocó al torno y, en nombre de la
+Inquisición, pidió hablar con la abadesa.
+
+Inmediatamente le dieron la llave de un locutorio.
+
+Al entrar en él, Montiño se encontró á obscuras; declinaba la tarde y el
+locutorio era muy lóbrego.
+
+Detrás de la reja no se veían más que tinieblas.
+
+Poco después de entrar en el locutorio, Montiño sintió abrirse una
+puerta y los pasos de una mujer.
+
+No traía luz.
+
+Luego oyó la voz de la madre Misericordia.
+
+El triste del cocinero mayor se estremeció.
+
+--¿Quién sois, y qué me queréis de parte del Santo Oficio?--había dicho
+la abadesa con la voz mal segura, entre irritada y cobarde.
+
+--Yo, señora, soy vuestro humildísimo servidor que besa vuestros pies,
+Francisco Martínez Montiño.
+
+--¡Ah! ¿sois el cocinero mayor de su majestad?
+
+--Sí; sí, señora.
+
+--Pero explicadme... explicadme... porque no comprendo por qué os envía
+el Santo Oficio de la general Inquisición.
+
+--Ni yo lo entiendo tampoco, señora.
+
+--¿Pero á qué os envían?
+
+--Perdonad... pero quiero antes deciros cómo he trabado conocimiento con
+el inquisidor general.
+
+--¿Es el inquisidor general quien os envía?
+
+--Sí, señora.
+
+--¿Pero sois ó érais de la Inquisición?
+
+--No sé si lo soy, señora, como ayer no sabía otras cosas; pero hoy como
+sé esas otras cosas, sé también que soy en cuerpo y alma de la
+Inquisición; pero á la fuerza, señora, á la fuerza, porque todo lo que
+me está sucediendo de anoche acá me sucede á la fuerza.
+
+--Pero explicáos.
+
+--Voy á explicarme: salía yo de aquí esta mañana con la carta que me
+habíais dado para su excelencia el duque de Lerma, mi señor, cuando he
+aquí que me tropiezo...
+
+--¿Con quién?
+
+--Con un espíritu rebelde, que me coge, me lleva consigo, y me mete en
+la hostería del... Ciervo Azul; y una vez allí me quita la carta que vos
+me habíais dado para don Francisco de Quevedo.
+
+--Yo no os he dado carta alguna para don Francisco.
+
+--Tenéis razón; es que sueño con ese hombre. Quise decir la carta que me
+habíais dado para el señor duque de Lerma.
+
+--¿Qué, os la quitó?...
+
+--Me la sacó... sí, señora... no sé cómo... pero me la sacó... y se
+quedó con ella.
+
+--¡Que se quedó con ella!... ¿y por qué os dejastéis quitar esa
+carta?--exclamó con cólera la abadesa.
+
+--Ya os he dicho que me la ha quitado...
+
+--¿Pero quién era ese hombre que os la quitó?
+
+Sudó Montiño, se le puso la boca amarga, se estremeció todo, porque
+había llegado el momento de pronunciar una mentira peligrosa.
+
+--El hombre que... me quitó vuestra carta, señora--dijo con acento
+misterioso--, era... era... un alguacil del Santo Oficio.
+
+--¡Un alguacil!
+
+--Sí, señora. Un alguacil que me había esperado á la salida de la
+portería.
+
+--¿Os vigilaba el Santo Oficio?... ¿es decir, que el Santo Oficio vigila
+la casa de mi tío?
+
+--Yo no lo sé, señora--dijo Montiño asustado por las proporciones que
+iba tomando su mentira--. Yo sólo sé que el alguacil me
+dijo:--Seguidme.--Y le seguí.
+
+--¿Y á dónde os llevó?
+
+--Al convento de Atocha, á la celda del inquisidor general.
+
+--¿Y qué os dijo fray Luis de Aliaga?
+
+--Nada.
+
+--¿Nada?
+
+--Sí; sí, señora, me dijo algo:--Desde ahora servís al Santo Oficio.
+Volved esta tarde.--Como con el Santo Oficio no hay más que callar y
+obedecer, me fuí y volví esta tarde. El inquisidor general me dió una
+carta y me dijo:--Llevadla al momento á la abadesa de las Descalzas
+Reales.
+
+--¡Ah! ¿traéis una carta para mí... del inquisidor general? ¿Dónde está?
+
+--Aquí, señora.
+
+--Dádmela.
+
+--No veo... no veo dónde está, señora.
+
+La abadesa se levantó y pidió una luz, que fué traída al momento.
+
+Entre el fondo iluminado de la parte interior del locutorio y la reja,
+había quedado de pie, escueta, inmóvil, la negra figura de la abadesa,
+semejante á un fantasma siniestro.
+
+No se la veía el rostro á causa de su posición, que la envolvía por
+delante en una sombra densa.
+
+Tampoco se podía ver el del cocinero mayor, que estaba de pie en la
+parte interior del locutorio.
+
+El reflejo de la luz atravesando la reja, era muy débil.
+
+Esto convenía á Montiño, porque si la abadesa hubiera podido verle el
+semblante, hubiera sospechado del cocinero mayor, que estaba pálido,
+desencajado, trémulo.
+
+--Dadme esa carta--repitió la abadesa.
+
+Montiño metió la mano con dificultad por uno de los vanos de la reja, y
+dió á la madre Misericordia la carta.
+
+La abadesa se fué á leerla á la luz.
+
+Para comprender esta carta, es necesario insertemos primero la que el
+duque de Lerma escribió aquella mañana para la abadesa, y después la
+contestación de éste.
+
+La carta del duque decía:
+
+«Mi buena y respetable sobrina: Personas que me sirven, acaban de
+decirme que han visto entrar á mi hija doña Catalina en vuestro convento
+y en uno de sus locutorios, y tras ella, en el mismo locutorio, á don
+Francisco de Quevedo. Esto no tendría nada de particular, si no hubiese
+ciertos antecedentes. Antes de casarse mi hija con el conde de Lemos, la
+había galanteado don Francisco, y ella, á la verdad, no se había
+mostrado muy esquiva con sus galanteos. Apenas casada, por razones de
+sumo interés, me vi obligado á prender á don Francisco de Quevedo y
+enviarle á San Marcos de León. Púsele al cabo de dos años en libertad, y
+anoche se me presentó trayéndome una carta de la duquesa de Gandía, que
+le había entregado doña Catalina, que estaba de servicio en el cuarto de
+la reina. Esto prueba tres cosas, que no deben mirarse con indiferencia:
+primero, que Quevedo no ha escarmentado; segundo, que está en
+inteligencias con mi hija; y tercero, que estuvo anoche en el cuarto de
+la reina. Por lo mismo, y ya que en estos momentos tenéis á mi hija y á
+Quevedo en uno de los locutorios de ese convento, observad, ved lo que
+descubrís en cuanto á la amistad más ó menos estrecha en que puedan
+estar mi hija y Quevedo, porque lo temo todo, tanto más, cuanto peor
+marido para doña Catalina, y peor hombre para mí, se ha mostrado el
+conde de Lemos. Avisadme con lo que averiguáreis ó conociéreis, dando la
+contestación al cocinero del rey, que os lleva ésta. Que os guarde
+Dios.--_El duque de Lerma._»
+
+La carta que en contestación á ésta escribió la abadesa, y que entregó á
+Montiño y que quitó al cocinero mayor Quevedo, contenía lo siguiente:
+
+«Mi respetable tío y señor: He recibido la carta de vuecencia tan á
+tiempo, como que, cuando la recibí, estaba en visita con mi buena prima
+y con don Francisco de Quevedo. Doña Catalina me había dicho que su
+único objeto al verme, era hacerme trabar conocimiento con Quevedo, y
+éste me había hablado tan en favor de vuecencia, que me tenía encantada,
+y me había hecho perder todo recelo. La carta de vuecencia, sin embargo,
+me puso de nuevo sobre aviso, y tengo para mí que doña Catalina y don
+Francisco se aman, no dentro de los límites de un galanteo, que siempre
+fuera malo, sino de una manera más estrecha. He comprendido que don
+Francisco quería engañarme para inspirarme confianza, y que no ha sido
+el amor el que le ha llevado á hacer faltar á sus deberes á doña
+Catalina, sino sus proyectos: porque poseyendo á doña Catalina, posee en
+la corte, cerca de la reina, una persona que puede servirle de mucho, y
+por medio de la cual puede dar á vuecencia mucha guerra, y tanto más,
+cuanto más vuecencia confíe en él. Mi humilde opinión, respetando
+siempre la que estime por mejor la sabiduría de vuecencia, es que debe
+desterrarse de la corte á don Francisco, ya que no se le ponga otra vez
+preso; lo que sería más acertado, en lo cual ganaría mucho la honra de
+nuestra familia, impidiendo á doña Catalina que continuase en sus
+locuras, y en tranquilidad y tiempo vuecencia; porque don Francisco es
+un enemigo muy peligroso. Sin tener otra cosa que decir á vuecencia,
+quedo rogando á Dios guarde su preciosa vida.--_Misericordia, abadesa de
+las Descalzas Reales._»
+
+Ahora comprenderán nuestros lectores que, al leer esta carta Quevedo en
+la hostería del Ciervo Azul, la retuviese, saliese bruscamente y dejase
+atónito y trastornado al cocinero mayor.
+
+Veamos ahora la carta que el padre Aliaga había escrito á la abadesa, y
+que ésta leía á la sazón:
+
+«Mi buena y querida hija en Dios, sor Misericordia, abadesa del convento
+de las Descalzas Reales de la villa de Madrid: He sabido con disgusto
+que, olvidándoos de que habéis muerto para el mundo el día que
+entrásteis en el claustro, seguís en el mundo con vuestro pensamiento y
+vuestras obras. Velar por el rebaño que Dios os ha confiado debéis, y no
+entremeteros en asuntos terrenales, y mucho menos en conspiraciones y
+luchas políticas, que eso, que nunca está bien en una mujer, no puede
+verse sin escándalo en una monja, y en monja que tiene el más alto cargo
+á que puede llegar, y por él obligaciones que por nada debe desatender.
+Escrito habéis una carta á vuestro tío el duque de Lerma, y entregádola
+á Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey, á fin de que al
+duque la lleve. El señor Francisco, contra su voluntad, y bien inocente
+por cierto, no puede llevar esa carta al duque, é importa que el duque
+no eche de ver la falta de esa carta. Escribid otra, mi amada hija, pero
+que sea tal, que ni en asuntos mundanos se entremeta, ni haga daño á
+nadie. Recibid mi bendición--_El inquisidor general._»
+
+Sintió la madre Misericordia al leer esta carta primero un acceso de
+cólera, luego un escalofrío de miedo. Porque si bien su tío, como
+ministro universal del rey, era un poder casi omnipotente en España, la
+Inquisición no lo era menos, y cuando Lerma había nombrado inquisidor
+general al padre Aliaga, ó le necesitaba ó le temía.
+
+La madre Misericordia, pues, tuvo miedo.
+
+Y no solamente tuvo miedo al padre Aliaga, sino también al cocinero
+mayor, que estaba temblando al otro lado de la reja.
+
+Era aquella una de esas situaciones cómicas que tienen lugar con
+frecuencia cuando el poder hace uso del misterio, cuando explota el
+recelo de los unos y de los otros, y cuando sus agentes no saben ni
+pueden saber á qué atenerse.
+
+Por esto estaban en una situación casi idéntica la abadesa de las
+Descalzas Reales y el cocinero del rey.
+
+Pero era necesario tomar una determinación, y la madre Misericordia
+abrió el cajón de la mesa en que se apoyaba, y sacó un papel, le
+extendió, le pasó la mano por encima, permaneció durante algunos
+segundos irresoluta, y luego tomó una pluma.
+
+Pasó un nuevo intervalo de vacilación.
+
+--¿Y qué digo yo á mi tío--exclamó con despecho--que le satisfaga y no
+le obligue á recelar de mí? ¿Cómo contestar á su carta sin incurrir en
+el enojo del Inquisidor general?
+
+La abadesa empezó á dar vueltas á su imaginación buscando una manera, un
+recurso.
+
+Montiño veía con una profunda ansiedad á la abadesa, pluma en mano,
+meditando sobre el papel.
+
+--¿Qué iría á decir la abadesa al duque?--murmuraba el asendereado
+Montiño--. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡y quién me hubiera dicho ayer que esto
+iba á pasar por mí!
+
+Al fin se oyó rechinar la pluma sobre el papel bajo la mano de la madre
+Misericordia.
+
+He aquí lo que la abadesa escribió debajo de una cruz, y de las tres
+iniciales de Jesús, María y José:
+
+«Mi venerado y respetado tío y señor: He recibido vuestra carta en el
+momento en que estaba en el locutorio en una doble visita con mi prima y
+con don Francisco de Quevedo. Y digo una doble visita, porque cada cual
+de ellos había venido por su intención, primero doña Catalina, y
+después don Francisco. Doña Catalina, muy al contrario de lo que
+vuecencia ha sospechado, venía con la pretensión de apartarse de la
+corte y del mundo, y encerrarse en este convento durante la ausencia de
+su marido. Yo procuré disuadirla, y tanto la dije, que al fin ha
+renunciado á su propósito. En cuanto á don Francisco, ya sabe vuecencia,
+porque lo sabe todo el mundo, que mató á un hombre que en la iglesia de
+este mismo convento se había atrevido á insultar á una dama. Don
+Francisco, que es muy buen cristiano, y muy caballero, venía á darme una
+cantidad de ducados, á fin de que mandase decir misa por el alma del
+difunto, y celebrar una solemne función de desagravios á su Divina
+Majestad por haber sacado de su templo un hombre para darle muerte. Esto
+es cuanto ha acontecido. De lo demás que vuecencia dice en su carta, no
+sé nada, ni me parece que haya nada, porque aunque después de leer la
+carta de vuecencia observé cuidadosamente á entrambos, sólo vi que se
+trataban como conocidos, sin interés alguno. Doy á vuecencia las gracias
+por la prueba de confianza que me ha dado en su carta, y quedo rogando á
+Dios por su vida.--_Misericordia_, abadesa de las Descalzas Reales de la
+villa de Madrid.»
+
+--¡Perdóneme Dios, por lo que en esta carta miento!--dijo la monja
+cerrándola--; la Inquisición tiene la culpa; para que no me cojan el
+embuste será necesario avisar á mi prima y á don Francisco, y gastar
+algunos doblones en la función de desagravios. ¿Quién había de pensar
+que el cocinero del rey era alguacil, ó familiar, ó espía de la
+Inquisición?
+
+Después que la cerró, se levantó, pero se detuvo y volvió á sentarse y
+sacó otro papel y escribió otra carta.
+
+Aquella carta era para el padre Aliaga.
+
+Decía así, después de la indispensable cruz y de las iniciales de la
+sacra familia:
+
+«Ilustrísimo y excelentísimo señor inquisidor general: He recibido la
+carta en que vuestra excelencia ilustrísima tiene la bondad de
+reprenderme. Yo, desde que abominé del mundo y busqué la paz de Dios en
+el claustro, no he incurrido en el pecado de dejar la contemplación de
+las cosas divinas por las terrenales. Si en la carta que vuecencia
+ilustrísima conoce, escrita por mí á mi tío el señor duque de Lerma, hay
+mucho de mundano, consiste en que mi tío me ha pedido informes acerca
+de lo que media entre don Francisco de Quevedo y la condesa de Lemos.
+Faltaría yo á lo que debo á Dios y mi conciencia, si en lo que digo en
+la tal carta mintiera. Doña Catalina y don Francisco, á no dudarlo,
+cometen el crimen de mancillar la honra de dos familias ilustres. Por lo
+que toca á los consejos que daba á mi tío, los creo lícitos y buenos,
+porque he visto que don Francisco es su enemigo. Si he pecado
+escribiendo más, sin intención ha sido, pero sin embargo, espero la
+penitencia, para cumplirla, que vuecencia ilustrísima se digne imponerme
+como padre espiritual y sacerdote, y por otra parte he escrito la carta
+para mi tío que vuecencia ilustrísima me manda escribir en la suya, y en
+la cual carta desvanezco completamente las dudas de mi tío acerca de los
+deslices de su hija y de la enemistad de Quevedo. Además, para que
+vuecencia ilustrísima vea cuán sin culpa estoy, inclusa va la que me
+escribió el señor duque de Lerma.»
+
+Detúvose al llegar aquí la abadesa.
+
+--Para que el padre Aliaga desconfie menos de mí--murmuró--debo enviarle
+copia de la carta que escribo á mi tío... Es necesario andar con pies de
+plomo... Hago, es verdad, traición al duque... ¡pero la Inquisición!...
+
+La madre Misericordia se acordó con horror de que el Santo Oficio había
+quemado viva á más de una monja.
+
+Este recuerdo la decidió; copió la carta que había escrito para Lerma y
+continuó la que estaba escribiendo para el inquisidor general, de esta
+manera:
+
+«Además, incluyo la que á mi tío escribo, y creo que vuecencia
+ilustrísima quedará completamente satisfecho de mí. Recibo de rodillas
+su bendición y se la pido de nuevo. Dios guarde la vida de vuecencia
+ilustrísima como yo deseo. Humilde hija y criada da vuecencia
+ilustrísima.--_Misericordia_, abadesa de la comunidad de las Descalzas
+Reales de la villa y corte de Madrid.»
+
+Puso la abadesa bajo un sobre la carta para el padre Aliaga y las dos
+copias adjuntas á ella, y con la dirigida al duque de Lerma, la entregó
+á Montiño.
+
+--Dadle un pliego--le dijo--al señor duque de Lerma, y el otro al señor
+inquisidor general.
+
+--¡Al inquisidor general! ¿Y cuándo?
+
+--Al momento.
+
+--¿Y si me detuviere el duque de Lerma?
+
+--En cuanto os veáis libre.
+
+--¿Tenéis algo que mandarme, señora?
+
+--Nada más. Id, buen Montiño, id, que urge, y que os guarde Dios.
+
+--Que Dios os guarde, señora.
+
+El cocinero mayor salió murmurando:
+
+--¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios quiera que estas cartas no me metan en un
+nuevo atolladero!
+
+Entre tanto, la madre Misericordia, que se había quedado abstraída é
+inmóvil en medio del locutorio, se dirigió de repente á la salida en un
+exabrupto nervioso, y dijo, saliendo á un espacio cuadrado donde estaba
+el torno, á una monja que dormitaba junto á él:
+
+--Sor Ignacia, que vayan á buscar al momento á mi confesor.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXVIII
+
+DE LOS CONOCIMIENTOS QUE HIZO JUAN MONTIÑO, ACOMPAÑANDO Á LA DOROTEA
+
+
+Debemos retroceder hasta el final del capítulo XXII.
+
+Esto es, al punto en que Dorotea salió de su casa con Juan Montiño.
+
+La litera era, en efecto, grande; la conducían dos mulas, una detrás y
+otra delante, y un criado vestido decorosamente de negro; ya que la
+comedianta, en razón de su oficio, que estaba declarado infame por una
+ley de partida, no podía llevar á sus criados con librea, llevaba del
+diestro la parte delantera.
+
+Arrellanóse el joven en un blandísimo cojín, y sintió á sus espaldas y á
+su costado derecho otro no menos blando y rehenchido.
+
+Aunque Juan Montiño no se admiraba de nada, causóle impresión aquel
+lujo, no por sí mismo, sino porque le usase Dorotea.
+
+La litera estaba forrada de raso blanco, con pasamanería de galón de
+oro, cristales de Venecia en las portezuelas, ricas cortinillas tras los
+cristales y una rica piel de oso en el fondo.
+
+Podía asegurarse que muchas damas principales y ricas no poseían un tan
+lujoso vehículo.
+
+Es verdad que antes y ahora muchas señoras de título no podían ni pueden
+tener los trenes que usaban las comediantas.
+
+Con decir que aquella litera era un regalo del duque de Lerma, está
+explicado todo.
+
+Del mismo modo, despertado el joven por ella, sorprendido por el breve y
+extraño diálogo anterior á su salida de la casa, no había podido hacerse
+cargo de lo exquisitamente engalanada que iba la joven.
+
+Al entrar en la litera, Dorotea se había echado atrás el manto, dejando
+descubierto su maravilloso traje de brocado de tres altos plata y oro
+sobre azul de cielo, con bordaduras en el cuerpo y en las cuchilladas de
+las mangas de oro á martillo, que no parecían sino verdaderas bordaduras
+hechas al pasado; una rica gola de Cambray que realzaba lo blanco, lo
+terso, lo dulce, por decirlo así, de su cutis; un largo collar de
+gruesas perlas prendido en el centro del pecho por un joyel de
+diamantes; herretes de lo mismo en la cerradura del cuerpo, guarnición
+de perlas en las pegaduras de las mangas sobre los hombros, y un grueso
+cordón de oro con rubíes y esmeraldas ciñendo su cintura y cayendo doble
+y trenzado en una especie de greca, por cima de la ancha y magnífica
+falda, hasta los pies.
+
+Uno de estos pies, pequeño, deliciosamente encorvado, asomaba como al
+descuido bajo la falda, calzado con un zapatito blanco de terciopelo de
+Utrech y con un lazo de oro y diamantes en la escotadura.
+
+Con decir que bajo los puños rizados de encaje, sobre las manos
+preciosas por sí mismas y riquísimas por sus sortijas, se veían dos
+pulseras asimismo de perlas y diamantes, y que también diamantes y
+perlas salpicaban las anchas trenzas negras de la Dorotea, está hecha la
+descripción de su atavío.
+
+Todo aquello, y otra infinidad de trajes y de alhajas, era regalo
+también del duque de Lerma.
+
+Esto no quería decir que Lerma amase demasiado á la comedianta, sino que
+era la mujer de moda en el teatro, y la envidiada fuera del teatro, lo
+que bastaba para que la ostentación de Lerma la hubiese deseado para
+querida pública; y siéndolo, no podía buenamente presentarse al público
+de otro modo sin desdoro del duque.
+
+Además, este lujo escandaloso de la Dorotea, servía al duque de
+prospecto para con otras mujeres. Sólo que la mayor parte de las que se
+suscribían á las obras del duque, se encontraban con que las obras no
+correspondían, ni con mucho, al lujo del prospecto.
+
+Pero á Juan Montiño que, á pesar de todo, conservaba un fondo de candor
+y virginidad en el alma, le maravilló todo aquello.
+
+No se dió razón de la razón de aquel lujo, aturdido por él.
+
+Dorotea, como mujer y como atavío, se le había subido á la cabeza; le
+había embriagado.
+
+Y era muy difícil defenderse de la embriaguez causada por aquella
+portentosa armonía de formas, por aquella riqueza de cabellos, de color,
+de atractivos; por aquella mirada dulcísima y ardiente que le sonreía,
+le enamoraba, le acariciaba, le chupaba, por decirlo así; por aquella
+nobleza de lo bello, por aquella magia de lo maravilloso.
+
+Encanta una mujer hermosa vestida de blanco ó de negro.
+
+Pero una mujer hermosa, matizada, abrillantada por brocados y pedrerías,
+y saturada de blandos y exquisitos perfumes, embriaga.
+
+Por eso estaba embriagado don Juan Montiño.
+
+Y como cuando estamos dominados por la embriaguez no somos dueños de
+nuestra razón y lo olvidamos todo, el joven, dentro de aquella litera y
+en aquella situación, se había olvidado completamente de doña Clara
+Soldevilla.
+
+En verdad que la embriaguez pasa, y que después de haber pasado, quien
+tiene dignidad en el alma, se avergüenza de su pasada embriaguez.
+
+Brillaba, relucía la mirada del joven, fija en Dorotea; su semblante
+tenía esa dulce seriedad del sentimiento que sólo modifica á veces una
+indicación de sonrisa, sensual, característica, que parece decir á una
+mujer ó á un hombre: no vivo, no siento más que para ti.
+
+A más que por la expresión de su semblante, el estado físico y moral del
+joven se revelaba para Dorotea en el ardor febril de sus manos, que
+estrechaba una de las suyas, y en el temblor leve y sostenido de su
+cuerpo.
+
+Dorotea era entonces feliz.
+
+Durante algún tiempo, sólo se hablaron con la mirada lúcida y fija, y
+con la involuntaria y expresiva presión de las manos.
+
+Hubo un momento en que Juan Montiño acercó demasiado su semblante al de
+Dorotea.
+
+Dorotea retiró el suyo, y dejó ver en él una dolorosa seriedad.
+
+--Perdonad--dijo Juan Montiño--, estoy loco.
+
+--Perdonad vos más bien--dijo Dorotea--, pero por vos y para vos soy una
+mujer nueva.
+
+No hablaron más durante algunos segundos.
+
+La seriedad de la joven pasó, como pasa un nubladillo por delante del
+sol.
+
+--Estoy pensando una cosa, Juan. ¿No os llamáis Juan?
+
+--Sí; sí, señora, Juan me llamo; ¿en qué pensábais?
+
+--En que me expongo llevándoos al teatro.
+
+--¡Que os exponéis!
+
+--Sí por cierto; allí veréis á mis compañeras.
+
+--¡Bah!--dijo con desprecio el joven.
+
+--No seáis fanfarrón; no despreciéis al enemigo antes de conocerle.
+
+--Me habéis puesto fuera de combate; me habéis hechizado.
+
+--Quiéralo Dios--dijo suspirando la Dorotea, y oprimiendo dulcemente las
+manos de Juan Montiño.
+
+--Pues mirad--repuso el joven--, yo pensaba en otra cosa.
+
+--¿En qué?
+
+--En que antes de salir de vuestra casa...
+
+--De nuestra casa, caballero...
+
+--Bien; pensaba en que antes de salir de casa nos hablamos de tú.
+
+--Es verdad; hay momentos en que... pero eso no debe ser... figuráos que
+yo soy la mujer más honrada y más respetable del mundo.
+
+--Y qué, ¿no lo sois para mí?
+
+--Y tanto como lo soy; ya veréis.
+
+--¿Os habéis propuesto desesperarme?
+
+--Me he propuesto que me améis.
+
+--¡Qué! ¿no os amo ya?
+
+--No, ni yo os amo tampoco.
+
+--¡Cómo!--exclamó con acento severo el joven, creyéndose objeto de la
+burla de una cortesana.
+
+Dorotea comprendió su intención por su acento, y se apresuró á decir:
+
+--Antes de pensar mal de mí, escuchadme.
+
+--Habéis dicho una herejía.
+
+--No por cierto. Suponed... que por un accidente cualquiera nos
+separásemos... hoy; que no nos volviésemos á ver...
+
+--Pero eso no puede ser.
+
+--Todo puede ser... por ejemplo: si os prendiesen y os sacasen de Madrid
+y no pudiéseis escribirme... ó bien, si á mí me prendiese... la
+Inquisición, por ejemplo, y me empozase y no volviéseis á saber de mí;
+ni siquiera que estaba presa.
+
+--¡Ah, no digáis eso!
+
+--Es una suposición. Pues bien, ¿sabéis lo que sucedería, caballero? Me
+buscaríais y yo os buscaría, á medida que pasara el tiempo nos
+buscaríamos el uno al otro con menos interés; al fin sólo nos quedaría
+el uno al otro, ó tal vez á los dos, esa impresión vagamente dolorosa de
+una esperanza desvanecida; sí, de una esperanza; porque lo que somos el
+uno respecto al otro... ó para hablar con más seguridad: lo que vos sois
+para mí, no es más que una bella esperanza, una esperanza que yo no
+había alentado, porque no había comprendido que el amor es la vida de la
+mujer; que el amor es lo único que puede hacerla buena, casi santa... el
+amor como yo le comprendo... desde que os vi... porque antes yo no había
+amado sino deseado... y del amor al deseo, hay la misma diferencia que
+creo existe entre vuestra alma y la mía.
+
+--¡Ah! ¡señora! ¿creéis que mi alma?...
+
+--No, yo no pienso mal de vuestra alma... entonces no desearía vuestro
+amor... pero me parece que sólo os inspiro deseo.
+
+--Yo no sé lo que me inspiráis, señora.
+
+--Puede ser que algún día sintáis amor por mí... pero eso sólo puede
+hacerlo el tiempo... espero... espero con ansia... y esperando os amaré
+más cada día.
+
+--¿Pero es cierto que no me amáis aún, señora?
+
+--No quiero engañaros; he meditado mucho en el breve tiempo que ha
+mediado desde que nos conocimos hasta ahora, y me he convencido de que
+soy otra mujer... cuando os vi, sentí... voy á probar si puedo haceros
+conocer lo que sentí... sentí que un no sé qué desconocido, dulce,
+inefable, se entraba en mi alma, se mezclaba con ella, la fecundaba, la
+iluminaba; y eso... eso lo siento ahora... pero de una manera tranquila,
+sin deseos... como no he sentido por ningún otro hombre.
+
+--Y sin embargo, ¿no queréis ser mía por completo?--dijo con acento de
+queja Juan Montiño.
+
+--No... no... mi amor no es eso... y por eso tiemblo, por eso temo
+llevaros al teatro. Vos sois como todos; más materia que alma... al
+menos para mí... en el teatro veréis á la Angela, á la Andrea, á la Mari
+Díaz, que es muy hermosa, alta, gallarda, con un cuello de cisne, unas
+manos de diosa, un talle de clavel, y sus grandes ojos azules... los
+ojos más graciosamente desvergonzados del mundo; cuando os vea tan
+hermoso... sobre todo, cuando os vea conmigo, de seguro se pone en
+campaña, y empieza á disparar contra vos... mejor dicho, contra mí, toda
+su batería de miradas y de suspiros enamorados. ¡Oh! tengo miedo... y
+sin embargo, os llevo porque quiero probaros... si me hacéis traición,
+mejor... os olvido... os perdono... y me quedo libre de un galanteo que
+puede acabar por romperme el corazón; si os mantenéis firme... ¡oh! eso
+sería una felicidad... porque me probaría que vos sois para mí lo mismo
+que yo soy para vos.
+
+--¿Y podéis dudarlo?
+
+--Pero si no dudo... tengo... por el momento al menos... una certeza;
+puede haberos enamorado mi cuerpo, pero mi alma... ¡bah! cuando yo veía
+en una comedia de Lope unos amores repentinos, me decía siempre riéndome
+del autor: eso es escribir como querer, y nada más. El amor no es obra
+de un momento... el amor es hijo del tiempo, del trato continuo y
+apasionado... lo demás... si yo no sintiese por vos más que una
+impresión causada á primera vista, si me hubiese enamorado, hubiera
+caído en vuestros brazos como en los de tantos otros, y os hubiera dicho
+que os amaba. Pero me hubiera engañado, como me he engañado respecto á
+otros... hubiera mentido de buena fe y luego... os hubiese abandonado.
+
+--Confieso que no os comprendo, señora.
+
+--No importa, ya me comprenderéis. Pero ya estamos cerca del teatro,
+oíd: delante de las gentes, en presencia de los comediantes, os trataré
+de tal modo, como si fuese vuestra querida. Que eso no os aliente para
+exigirme igual conducta cuando estemos solos.
+
+--¿Y eso por qué?
+
+--Si yo no os tratase delante de esas gentes como á un amante
+favorecido, creerían que me burlaba de vos. Yo no quiero que nadie pueda
+creer tal cosa. Os aprecio y os respeto demasiado para que yo os ponga
+en ridículo delante de nadie. Pero cuando estamos solos... ¡oh! dejadme
+que sea á vuestros ojos una mujer digna y pura... dejadme que yo, mujer
+perdida, realice para vos ese hermoso sueño de la mujer virgen y
+honrada... dejadme soñar, ya que soy tan infeliz que la realidad me
+mata... dejadme buscar un cielo aunque sea fingido.
+
+En aquel momento la litera se paró en la calle del Lobo, delante de un
+portalón feo que se veía en una fachada irregular.
+
+Llovía, y el criado que hasta allí había conducido la litera, abrió un
+enorme paraguas, y luego la portezuela; Dorotea salió, y cubierta con el
+paraguas, salvó de un salto, sobre las puntas de los pies, y la ancha
+falda recogida con suma coquetería, el espacio enlodado de la entrada, y
+ganó la parte seca del interior.
+
+--¡Oh, reina de las reinas!--dijo al verla un joven de aspecto
+aristocrático por sus maneras y por su traje--; dignáos tomar mi brazo
+para subir esas endiabladas escaleras del vestuario.
+
+--Gracias, don Bernardino--dijo la Dorotea sonriendo--; pero viene
+conmigo persona tal, que no cambiaría su brazo por el del rey.
+
+Al mismo tiempo Juan Montiño salía de la litera, y Dorotea se asió á su
+brazo.
+
+--¡Ah, perdonad, señora!...--dijo don Bernardino siguiendo á los
+jóvenes, que se encaminaban á unas estrechas, negras y horribles
+escaleras--; yo ignoraba que... como dicen que don Rodrigo Calderón...
+
+--Está herido y medio muriéndose, ¿no es verdad?--dijo Dorotea.
+
+Subían por las escaleras.
+
+--Me espanta la serenidad con que habláis y las galas que vestís.
+
+--Como que estoy de boda.
+
+--¿Os casáis?
+
+--Con Sancho Ortiz de Rodas.
+
+Todos los que conocen las comedias de Lope de Vega, saben que Sancho
+Ortiz era el amante ó novio de la Estrella de Sevilla, comedia que se
+representaba aquella tarde, y en la que desempeñaba la parte de
+protagonista Dorotea.
+
+--¡Ah, sí, es verdad! ¡venís vestida desde vuestra casa!
+
+--Sí, por cierto.
+
+--Habéis hecho bien, porque la función se ha empezado; la loa está casi
+á la mitad, y han empezado á correr por el patio unas noticias que
+tienen disgustado al público.
+
+Seguían á la sazón por un corredor estrecho alumbrado por candilejas, á
+cuyos dos costados había puertas.
+
+--¿Y qué noticias eran esas?--dijo la Dorotea avanzando por el corredor
+delante de Juan Montiño.
+
+Detrás de los dos iba Don Bernardino.
+
+--Esas noticias eran que vos, á consecuencia de la herida de don
+Rodrigo, estábais desesperada y no representábais.
+
+--Ya veis que no.
+
+--Ya lo veo. Y os anuncio que al salir os van á vitorear con frenesí. El
+público está enamorado de vos.
+
+--Pues no se conoce, porque me paga poco.
+
+--Eso consiste en que Gutiérrez es un judío. Tiene en vos una mina de
+oro.
+
+--¿No queréis entrar?--dijo Dorotea empujando una puerta al fondo del
+corredor, y entrando en un pequeño aposento.
+
+A pesar de que como había sido pronunciado aquel _¿no queréis entrar?_
+suponía lo mismo que esta otra frase: _haréis bien en iros, porque
+estorbáis_, don Bernardino se hizo el desentendido y entró.
+
+El aposento, aunque reducido, era muy bello; estaba ricamente tapizado y
+alfombrado, tenía un ancho canapé ó sofá con almohadones de damasco y
+sillones de gran lujo, y al fondo había una puerta con cortinaje de
+seda.
+
+En medio se veía un brasero de plata con fuego.
+
+--Petra--dijo Dorotea á una doncella que estaba esperándola en su
+cuarto--, ve y di al autor que por mí no tiene necesidad de detener la
+función.
+
+La doncella, después de tomar el manto de su señora, salió á cumplir su
+encargo.
+
+Juan Montiño, á una indicación de Dorotea, que se había sentado en el
+canapé, se sentó en un sillón y se descubrió.
+
+Don Bernardino se descubrió también, aunque con suma impertinencia; se
+sentó en otro sillón con el mayor desenfado del mundo, puso un brazo
+sobre el respaldo del sillón y cruzó una pierna sobre la otra.
+
+Juan Montiño, que no había hablado una sola palabra, empezaba á
+amostazarse.
+
+Era don Bernardino uno de estos jóvenes fatuos, que han frecuentado
+siempre los vestuarios de los teatros en busca del desinteresado amor de
+una bailarina, sin encontrarlo jamás, y que acaban por creerse adorados
+de una especie de desecho del mundo, que les hace pagar el vidrio como
+si fuera diamante; galanes que se creen hermosos y discretos y
+valientes, y junto á los cuales no se puede estar un minuto sin sentir
+desprecio ó cólera.
+
+Don Bernardino de Cáceres era un segundón de una familia principal de
+Córdoba; gastaba más vanidad que doblones, y por razón de su vanidad
+andaba siempre perdonando vidas.
+
+Hacíalo con tal aplomo y se creía tan de buena fe valiente, que los
+demás acabaron por creerlo y por respetarle.
+
+Esto había acabado de hacer insoportable á don Bernardino.
+
+--¿Es pariente vuestro este hidalgo, Dorotea?--dijo cuando se hubo
+sentado, y con cierto espíritu de protección.
+
+--Algo más que pariente--dijo con descaro la Dorotea--; es... mi amigo,
+y el amigo á quien más quiero.
+
+Miró de alto á bajo don Bernardino á Juan Montiño, como buscando la
+razón, el por qué del cariño de Dorotea hacia aquel hombre.
+
+--Debéis ser forastero--dijo don Bernardino.
+
+Juan Montiño hizo una señal afirmativa con la cabeza.
+
+--¿Es paisano vuestro, Dorotea?
+
+--No lo sé, porque yo no sé de dónde soy.
+
+--¡Ah! vos sois del cielo.
+
+--Pues entonces no somos paisanos--dijo Juan Montiño con mal talante--,
+porque yo soy de la tierra.
+
+--¿Habéis estado alguna vez en la corte?
+
+--Ayer vine por vez primera.
+
+--Y como en la corte no conoce á nadie, ha venido á parar á mi casa.
+
+--Os doy la enhorabuena por haber hallado tal posada--dijo don
+Bernardino--, y estimando yo como estimo á vuestra... amiga, no puedo
+menos de ofreceros mi amistad.
+
+Y tendió la mano á Juan Montiño, que se la estrechó fríamente.
+
+En aquel momento se oyó una voz de hombre que decía en el corredor:
+
+--¡Dorotea!
+
+--La escena me llama, señores--dijo la joven--; venid, venid conmigo,
+Juan, y me veréis trabajar desde adentro.
+
+Montiño siguió á Dorotea; don Bernardino siguió á Montiño.
+
+Siguieron un trozo de corredor, bajaron unas pendientes escaleras y se
+encontraron en la parte interior del escenario.
+
+En los tiempos de Felipe III empezaban á usarse ya los bastidores, en
+vez de las tres cortinas que antes cerraban la escena.
+
+El lugar comprendido fuera de los bastidores, estaba lleno de gente,
+toda alegre y toda _non sancta_: comediantes y comediantas, poetas,
+galanes de bastidores y criadas; se hablaba, se murmuraba, se mentía; y
+al pasar Dorotea junto á un grupo de hombres, en medio del cual había
+una joven sumamente hermosa, dijo á uno de los del corro, haciéndole
+reparar con una indicación en Juan Montiño:
+
+--Dejad estar entre bastidores á este caballero, que es cosa mía.
+
+Después se dirigió á un bastidor, para esperar su salida.
+
+El escándalo estaba dado.
+
+Y decimos el escándalo, porque en la manera de presentar Dorotea á Juan
+Montiño, había dicho á todos:
+
+--Ese joven es mi amante.
+
+Y presentarse con un nuevo amante, en un momento en que corría por la
+corte la nueva de que don Rodrigo Calderón estaba herido, era un
+verdadero escándalo.
+
+--¿Qué decís á esto, Mari Díaz?--dijo un comediante rechoncho á la
+joven, que hemos dicho estaba en medio del grupo.
+
+--Digo que debe ser muy grave el estado en que se halla don Rodrigo,
+cuando la Dorotea se atreve á tanto.
+
+--¿Qué es eso?--dijo otro de los del corro--. ¿A quién aplauden de ese
+modo?
+
+--¿A quién ha de ser sino á Dorotea?--dijo encubriendo mal su despecho
+la Mari Díaz--; ¿pues no sabéis que en los locos gastos del duque de
+Lerma por ella, entra una compañía de mosqueteros que hacen salva en
+cuanto abre los labios ó se mueve la _señora duquesa_? La Dorotea tiene
+mucha suerte.
+
+Los aplausos se repitieron fuera, nutridos, espontáneos, persistentes.
+
+--No, pues esos no son los mosqueteros--dijo un poeta--; ó si lo son, es
+mosquetero todo el público.
+
+--¿Qué sabéis vos?--repuso Mari Díaz--; hay tardes en que están de
+humor, y en sonando una palmada, allá se van todos detrás, como
+borregos.
+
+--Pues yo voy á ver qué maravillas está haciendo Dorotea--dijo don
+Bernardino de Cáceres.
+
+--Soberbio modrego--dijo la Mari Díaz apenas había vuelto la espalda el
+presuntuoso hidalgo--; si tuviera tantos doblones como vanidad, no
+andaría la Dorotea tan desdeñosa con él.
+
+--Pues no tiene trazas de ser muy rico el nuevo amante--dijo otro.
+
+--Pero es muy hermoso--replicó la Mari Díaz.
+
+--¿Os habéis ya enamorado de él?
+
+--¡Yo!...
+
+--Dicen que sois muy enamoradiza.
+
+--Por eso los llevo detrás haciendo cola.
+
+--Es que dicen que los lleváis delante.
+
+--Pues mienten. Sólo he tenido uno, y ese ha sido bastante para que no
+quiera tener más. Pero volvamos al asunto del día: ¿conocéis á ese nuevo
+amante de la Dorotea?
+
+--Yo no le he visto nunca, y eso que voy á todas partes--dijo un
+comediante.
+
+--Ni yo--repuso otro.
+
+--Tiene cierto aire de buen muchacho, que me indica que hace poco tiempo
+que está en la corte--dijo la Mari Díaz.
+
+--¡Bah! ¡pues si es altivo como un rey, y lleva su capilla parda como si
+arrastrase un manto ducal! ¡como vos cuando hacéis de reina, reina
+mía!--dijo un poeta.
+
+--Eso quiere decir que no es un cualquiera--recargó la comedianta.
+
+--¿De qué se trata?--dijo un alférez de la guardia española que se había
+acercado al grupo.
+
+--¿De qué se ha de tratar, señor Ginés Saltillo, sino de un
+acontecimiento extraordinario?--contestó un comediante.
+
+--¡De un escándalo!--añadió un poeta.
+
+--¡De una enormidad!--recargó un tercero.
+
+--¿Pero qué milagro, qué escándalo y qué enormidad son esas?
+
+--Ya sabréis, porque lo sabe todo el mundo--dijo la Mari Díaz--que don
+Rodrigo Calderón tuvo anoche una mala aventura no se sabe con quién.
+
+--Pero eso no es un milagro.
+
+--Escuchad: sabréis además que está muy mal herido.
+
+--Pero eso no tiene nada de escandaloso; donde las dan las toman; don
+Rodrigo la echa de guapo, y si se ha encontrado con la horma de su
+zapato... conque vamos al negocio y veamos en qué consisten el milagro,
+el escándalo y la enormidad.
+
+--El milagro consiste en que la Dorotea se ha enamorado de un
+pobre--dijo la Mari Díaz.
+
+--¡Ah! eso ya es distinto; comprendo que estéis asombrados: vamos al
+escándalo.
+
+--El escándalo consiste en que se haya presentado al público con sus
+mejores galas, cuando no es un misterio su trato con don Rodrigo.
+
+--En efecto, esto tiene algo de escandaloso--dijo el alférez--. Pero la
+enormidad... veamos la enormidad.
+
+--¡La enormidad! ¿no os parece una enormidad el que nos haya presentado
+á todos su nuevo amante?
+
+--Efectivamente; esa muchacha se va echando á perder más de lo justo. Y
+es lástima, cuando se trata de la mujer más hermosa del ejercicio...
+perdonad, Mari Díaz, la más hermosa después de vos.
+
+--Afortunadamente estoy aquí para daros las gracias, señor Ginés
+Saltillo--dijo la comedianta sin poder dominar completamente su
+mortificación.
+
+--¿Y quién es él?
+
+--No le conoce nadie.
+
+--¿Es forastero?
+
+--Y altivo.
+
+--¡Aunque pobre!
+
+--Pobre soy yo--dijo el alférez--, y en punto á orgullo no me trueco por
+un portugués. ¿Y qué tal? ¿es buen mozo?
+
+--No tanto como vos--dijo la Mari Díaz--, pero aun así puede presentarse
+sin miedo donde haya galanes... se entiende siempre, después de vos.
+
+--Muchas gracias por la fineza, prenda mía; aunque no me satisface mucho
+vuestra opinión.
+
+--¿Y por qué no?
+
+--Jamás os he visto acompañada de un hombre que valga seis maravedises.
+Y esto que, sin contar conmigo, que hace un siglo me estoy muriendo por
+vos, os siguen y os persiguen más de cuatro gentileshombres. Por eso,
+porque en vuestro gusto particular no confío, y porgue no es cosa de
+preguntar á estos señores, que por envidia podrán informarme mal,
+quisiera conocer á ese portento.
+
+--Pues allí está, en el primer bastidor... con don Bernardino de Cáceres
+que, como sabéis, es el perro de la Dorotea.
+
+--Voy, voy á verle; pero antes tengo que pagaros vuestras noticias con
+otras no menores.
+
+--¡Qué! ¿Qué sucede?--exclamaron todos.
+
+El alférez se metió más al centro y dijo en voz baja y con sumo
+misterio:
+
+--¡Hay novedades!
+
+--Novedades, ¿y en dónde?
+
+--Novedades en palacio.
+
+-¡Ah!
+
+-¡Oh!
+
+--¡Eh!--exclamaron todos.
+
+--Pero hablemos muy bajo, porque como por todas partes hay espiones, no
+se puede uno fiar de su camisa.
+
+--Dicen que lo de las estocadas que tal han puesto á don Rodrigo, tiene
+su intríngulis.
+
+--¿Su qué?...
+
+--Su misterio, señores, su misterio. Dicen que esas estocadas han venido
+de lo alto.
+
+--¿De que alto?
+
+--De palacio.
+
+-¡Ah!
+
+--Parece que Don Rodrigo quería alzarse con el santo y la limosna.
+
+--Siempre ha sido Don Rodrigo muy alentado.
+
+--Y que tal zancadilla tenía armada al duque, que éste ha echado por el
+camino más corto para no perder tiempo.
+
+--¿Conque acusan á su excelencia...?
+
+--Sí; pero hablad más bajo, vida mía, si no queréis dormir esta noche
+sin más compañía que las ratas.
+
+--Seguid, señor Ginés, seguid; vos, Mari Díaz, no interrumpáis--dijo
+uno.
+
+Todos los cuellos estaban estirados, todas las cabezas extendidas hacia
+el noticiero, todos los oídos atentos, porque han de saber nuestros
+lectores, que en todos los tiempos los comediantes, como gente libre, se
+han tomado gran interés por los negocios públicos.
+
+--Se dice--añadió el narrador--, que el duque... pues... su
+excelencia... no hay que citar nombres, tiene en su casa como preso al
+herido.
+
+--¡En su casa!
+
+--Como que le hirieron junto al postigo de su casa.
+
+--¿Y no se sabe quién le hirió?
+
+--Todavía no. Pero nadie hay preso ni mandado prender... De modo que...
+¿qué más prueba queréis de que estas estocadas han venido de lo alto?
+
+--Esto es grave--dijo uno.
+
+--Gravísimo--añadió otro.
+
+--Y á mí me parece lo más fastidioso del mundo--dijo Mari Díaz--; ¿qué
+nos importa todo eso? Por mi parte me voy.
+
+--Id con Dios, princesa, id con Dios--dijo el alférez--; si no fuera por
+dejar con su curiosidad á estos señores, os acompañaría.
+
+--Muchas gracias--dijo la Mari Díaz alejándose.
+
+--Allá va al primer bastidor--dijo uno.
+
+--A ponerse en guerra con la Dorotea.
+
+--Esas chicas acabarán por arañarse.
+
+--No, porque la Dorotea es magnánima; ¡como siempre vence!
+
+--Dejémonos de mujeres, señores, y vamos á lo que importa--dijo el
+alférez, que reventaba por soltar sus noticias.
+
+--Sí, sí; seguid.
+
+--Decíamos que las tales estocadas habían venido de lo alto, según todos
+los indicios. Pues bien, hay más. Ha entrado el rasero, señores.
+
+--¡El rasero!...
+
+--Como que acabo de llegar de haber dado escolta de honor á don Baltasar
+de Zúñiga, que va de embajador á Inglaterra.
+
+--¡Pero si don Baltasar no se mete en nada!
+
+--¿Cómo que no se mete y estaba metido de hoz y de coz en el cuarto del
+príncipe? Don Baltasar es muy suave, pero eso no quita, no, señor; don
+Baltasar conspiraba... Y si no, ¿por qué andaban hoy en palacio tan
+graves y tan cariacontecidos el conde de Olivares y el duque de Uceda
+sin poder entrar en la cámara del rey? ¿Y por qué estaba tan alegre el
+duque?
+
+--Verdaderamente todo esto es grave--dijo uno de los del grupo, que
+tenía el vicio de verlo todo desde el punto de vista de la gravedad.
+
+--¡Gravísimo!--dijo el alférez--. ¡Pues ya lo creo! Pero hay una cosa
+más grave aún.
+
+-¿Qué?
+
+-¿Qué?
+
+--No se ha dejado salir de su cuarto al príncipe don Felipe de orden del
+rey.
+
+--¡Ah! Pues esto es tres veces grave.
+
+--Se cree--dijo el alférez--que Lerma se haya puesto del lado de la
+reina.
+
+--¡Bah! eso no puede ser--dijo uno.
+
+--La reina odia al duque--añadió otro.
+
+--Creo más fácil que la Mari Díaz deje de ser envidiosa--dijo un
+tercero.
+
+--Prueba al canto--contestó el alférez.
+
+--Veamos.
+
+--El confesor del rey, fray Luis de Aliaga, es á todas luces del partido
+de la reina.
+
+--Indudablemente.
+
+--Pues bien, el padre Aliaga ha sido nombrado inquisidor general.
+
+--¡Inquisidor general! ¿Pues y cómo ha quitado esta dignidad á su tío
+don Bernardo de Sandoval y Rojas, el duque de Lerma?
+
+--Don Bernardo de Sandoval, se ha quedado con el arzobispado de Toledo y
+tiene bastante. Cuando el duque de Lerma se ha expuesto á enojar á su
+tío, dando al confesor del rey la dignidad de inquisidor general, le
+importará mucho tener de su parte al padre Aliaga. Es indudable...
+indudable; el duque se ha puesto del lado de la reina.
+
+--¿Pero cuándo han nombrado inquisidor general al padre Aliaga?
+
+--El nombramiento ha sido cosa de hoy, y no es extraño que no lo sepáis;
+lo saben muy pocos. ¡Cuando os exageraba que había novedades...!
+
+--¿Pero qué interés tiene el duque...?
+
+--¡Oh! la zancadilla que se le había preparado era feroz. Se le iba á
+acusar de traición, de estar vendido á la Liga.
+
+--¡Oh!
+
+--Y uno de los que más han trabajado en esto, ha sido el duque de Uceda.
+
+--¡Su hijo!
+
+--Los grandes no tienen hijos ni padres. Al duque de Uceda le tarda
+llegar á la privanza y no perdona medio.
+
+--Todo esto es grave, gravísimo--dijo el que todo lo veía por el lado
+serio.
+
+--Pues hay además algo que aumenta la gravedad de estos sucesos.
+
+--¡Qué!
+
+--¡Qué!
+
+--Se cree...--dijo el alférez, bajando más la voz y con doble misterio.
+
+--¡Pero traéis un saco de noticias, alférez!
+
+--Que doy de balde. Pero oíd lo que se dice en palacio, por los
+rincones, por supuesto, y en voz muy baja: en estas cosas anda el duque
+de Osuna.
+
+--Se tiene la manía de atribuirlo todo al duque de Osuna, que, sin
+duda, para huir de estos enredos, se ha ido á ser virrey de
+Napóles--dijo un autor de entremeses.
+
+--Aunque el duque de Osuna esté en Nápoles, vieron anoche en Madrid á su
+secretario don Francisco de Quevedo y Villegas.
+
+--¡Que está don Francisco en Madrid!--exclamó el autor de la compañía, ó
+como diríamos en nuestros tiempos, el representante de la compañía--;
+¡bah! eso es mentira. Hubiera venido por aquí y yo le hubiera encargado
+un entremés.
+
+--En cuanto á lo de venir, quizá no pueda porque está escondido--dijo el
+alférez.
+
+--Pues si está escondido, ¿quién le ha visto?
+
+--Le vieron anoche en palacio.
+
+--Creerían verle.
+
+--Allá lo veremos; ¿pero qué esto?
+
+Lo que había motivado la pregunta del alférez, era un ruido particular,
+un alboroto que provenía del primer bastidor de la derecha del
+escenario.
+
+Todos corrieron allá.
+
+Lo que había sucedido, lo verán nuestros lectores en el capítulo
+siguiente.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXIX
+
+DE CÓMO JUAN MONTIÑO, CON MUCHO SUSTO DE LA DOROTEA, SE DIÓ Á CONOCER
+ENTRE LOS CÓMICOS.
+
+
+La Mari Díaz, dejando en su chismografía política al alférez, á los
+comediantes, á los poetas _é tutti cuanti_, se fué decididamente, pero
+como al descuido, al hueco del primer bastidor de la derecha del
+escenario.
+
+En él estaban solas dos personas: Juan Montiño y el finchado hidalgo don
+Bernardino de Cáceres.
+
+--¿Me permitís, caballero?--dijo la Mari Díaz tocando Suavemente en un
+hombro á Juan Montiño, y con la voz más dulce del mundo.
+
+El joven se volvió y vió á la comedianta que le saludó Con una graciosa
+inclinación de cabeza y una sonrisa.
+
+--Esta debe ser una de las que me ha hablado Dorotea--dijo el joven para
+sí--. Y es hermosa esta muchacha... si no fuera tan desenfadada...
+
+Y se volvió á mirar hacia el escenario, donde trabajaba Dorotea.
+
+Don Bernardino se encontraba relegado á un último lugar: la comedianta
+delante, detrás Juan Montiño, y él á sus espaldas.
+
+--Permitidme, caballero--dijo don Bernardino.
+
+Juan Montiño no se movió.
+
+Don Bernardino guardó silencio.
+
+Pasó así algún tiempo.
+
+Mari Díaz seguía arrojando sobre Juan Montiño mirada tras de mirada,
+sonrisa tras de sonrisa, á vuelta de algunas frases de elogio á la
+Dorotea.
+
+Juan Montiño contestaba con otra frase, pero era tan económico y tan
+liso en sus contestaciones, que Mari Díaz se impacientaba.
+
+--¿Hace mucho tiempo que conocéis á mi amiga?--dijo la comedianta
+entablando ya decididamente una conversación.
+
+--Es un conocimiento nuevo--dijo don Bernardino, que tenía el vicio de
+introducirse en todas las conversaciones, por más que nada le
+importasen.
+
+--Este caballero--dijo secamente Juan Montiño--, se ha tomado el trabajo
+de responder por mí.
+
+--Pero es que yo os he preguntado á vos.
+
+--Lo que ha dicho este hidalgo es la verdad.
+
+--¡Oh! yo sé siempre lo que me digo--contestó con fatuidad don
+Bernardino, atusándose el bigote izquierdo.
+
+--Menos cuando no--dijo la comedianta.
+
+--Mejor será que callemos, prenda, que os estará bien.
+
+En mal hora se metió don Bernardino con la comedianta.
+
+Esta, que quería tener un motivo sólido de entablar conocimiento con
+Juan Montiño, forzó la situación.
+
+--¿Y por qué hemos de callar? veamos: ¿qué tenéis vos que echarme en
+cara, como no sea el no hacer caso de vos, por impertinente?
+
+--Si como sois de desvergonzada, fuérais de hermosa y discreta, seríais
+un prodigio.
+
+--Como vos, si no fuérais grosero y mal nacido.
+
+--¡Vive Dios, doña perdida--exclamó don Bernardino todo fuera de sí--,
+que me la habéis de pagar!
+
+--¿Me hacéis el favor de iros á cien leguas de aquí?--dijo Juan Montiño
+volviéndose y encarándose en don Bernardino, á tiempo que levantando
+éste la mano sobre la Mari Díaz, la hacia ampararse de Juan Montiño, y
+decirle:
+
+--¡Defendedme de este hombre, caballero! ¡es un infame!
+
+--Idos--repitió Juan Montiño con una calma inalterable.
+
+--¡Que me vaya!--exclamó todo cólera don Bernardino.
+
+--Me estáis cargando la paciencia hace una hora, y no quiero ya más
+peso. ¡Idos, ó vive Dios!
+
+--Mirad no os tire yo en medio de la escena, don bravatas--exclamó el
+hidalgo, que echaba fuego por los ojos.
+
+--¡A mí! ¡echarme vos á mí!...--exclamó Montiño poniéndose pálido.
+
+Y en seguida sonó una bofetada, y luego un hombre cayó, como lanzado por
+una máquina, del lado de adentro de los bastidores.
+
+Juan Montiño había dado aquella bofetada.
+
+Don Bernardino la había recibido.
+
+Juan Montiño era el que había arrojado.
+
+Don Bernardino el que había caído.
+
+Este era el estruendo que había distraído de su chismografía política al
+alférez de la guardia española Ginés Saltillo y á sus oyentes.
+
+Montiño se había vuelto con suma tranquilidad á su bastidor.
+
+Mari Díaz estaba temblando ó haciendo que temblaba junto á él.
+
+Don Bernardino, empolvado por el tablado, que no estaba muy limpio, se
+había levantado trémulo de cólera, había desenvainado la espada, y se
+había ido hacia Juan Montiño.
+
+El alférez y sus acompañantes se interpusieron.
+
+--Dejad que mate á ese hombre que me ha afrentado--dijo don Bernardino.
+
+Y como no le dejasen acercarse á Juan Montiño, empezó á llenarle de
+improperios.
+
+--Si no queréis que os tengamos por mujer, calláos--dijo Juan Montiño
+acercándose al grupo--; y si queréis tomar satisfacción de esa afrenta,
+decidme dónde y cuándo podremos vernos, á fin de que yo os pruebe que no
+están fácil desagraviarse de mí.
+
+--Ahora mismo... fuera...
+
+--No puede ser ahora; tened un poco de paciencia, que tiempo sobra.
+
+[imagen:...cayó, como lanzado por una máquina.]
+
+--Dice bien ese caballero--dijo el alférez, que se perecía por este
+género de lances--; además, que las pragmáticas son rigurosas, y en esto
+de duelos es necesario irse con pies de plomo. Cerca de San Martín hay
+unas casas echadas por tierra: el sitio es medroso y apartado... y
+allí... hasta se puede enterrar un muerto entre los escombros... á las
+doce de la noche...
+
+--Acepto por mi parte--dijo Juan Montiño--, y como soy nuevo en Madrid y
+no conozco sus calles, desearía que uno de vosotros me acompañara,
+señores.
+
+--Yo--dijo el alférez.
+
+--Y yo acompañaré á don Bernardino--dijo un poeta.
+
+--En hora buena. A las doce estaré en las casas derribadas de San
+Martín--dijo don Bernardino, y salió.
+
+--¿Y dónde nos veremos nosotros, señor alférez?--dijo Juan Montiño á
+Ginés Saltillo.
+
+--¿Sabéis á las gradas de San Felipe?
+
+-Sí.
+
+--Pues á las once y media, en las gradas de San Felipe.
+
+Montiño saludó y se volvió al bastidor.
+
+Todavía estaba allí la señora Mari Díaz.
+
+--Gracias, caballero, gracias--le dijo--; os estoy tan agradecida, que
+no sabré cómo demostraros...
+
+--No hay por qué, señora--contestó brevemente Montiño.
+
+--Vivo en la calle Mayor.
+
+--Muchas gracias.
+
+--Número sesenta...
+
+--Gracias, señora.
+
+--Me encontraréis allí todo el día...
+
+En aquel momento la Dorotea salía de la escena, y oyó las últimas
+palabras de la Mari Díaz.
+
+La Dorotea era una verdadera reina, una leona de la escena, y aunque la
+estremecieron aquellas palabras que había cogido al paso, no dió el más
+leve indicio de haberlas escuchado.
+
+Devoró sus celos, se mantuvo serena y miró á Juan Montiño.
+
+Entonces se aterró.
+
+El semblante del joven estaba demudado aún de cólera.
+
+--¿Qué ha sucedido?--exclamó--; ¿qué tenéis, Juan? ¿Os habéis visto
+obligado acaso?...
+
+--Se ha quitado una mosca de encima--dijo el alférez Saltillo... y de
+una manera brava... estos señores pueden testificar.
+
+--Ha sido una bofetada digna de que la cante un Homero--dijo un poeta.
+
+--Eneas haciendo rodar á Aquiles--añadió otro.
+
+--Un lance por una... hermosa--dijo otro.
+
+--De cuyo lance resultarán estocadas.
+
+--¿Queréis hacerme un favor, señores?--dijo Juan Montiño.
+
+Miraron todos con atención al joven.
+
+--No hablemos más de esto--dijo.
+
+--¡Pero!...--exclamó Dorotea...
+
+--En resumidas cuentas...--dijo un comediante--como don Bernardino de
+Cáceres es vuestra sombra, y se ha encontrado con otra sombra mayor...
+
+--¡Ah!
+
+--Pues... nada... estas son cosas que suceden en el mundo--dijo el
+alférez--, y que una vez sucedidas, no tienen más que un remedio... este
+caballero lo sabe, y yo lo sé, y todos lo sabemos... conque no hay que
+hablar más de ello.
+
+Dorotea se asió del brazo de Juan Montiño, y se lo llevó entre los
+telones, en donde estuvo paseando con él, dando lugar á las
+murmuraciones del corro, que crecieron.
+
+--¿Por quién habéis pegado á don Bernardino?--dijo Dorotea--; ¿por mí ó
+por Mari Díaz?... estamos solos, Juan, y quiero que me digáis la
+verdad... cuando yo salía, la Mari Díaz os citaba.
+
+--He pegado á ese hombre, por él mismo; y en cuanto á esa mujer, no
+tenéis motivos para enojaros conmigo.
+
+--¿Y qué pensáis hacer?
+
+--¿Que he de hacer más que matar á ese hombre, y dejar ir por su camino
+á esa mujer?
+
+--¡Ah! ¡Dios mío! ¿pero sabéis quién es don Bernardino?
+
+--Un impertinente.
+
+--Todos le temen.
+
+--Hacen muy mal.
+
+--Os matará ú os estropeará.
+
+--Creo que ese hombre tiene la espada más virgen del mundo--dijo con
+desprecio Montiño.
+
+--¡Ah! ¡no lo creáis! cuando él habla todos callan.
+
+--Razón más para dudar de su valentía. Cuando todos temen á un hombre es
+cuando menos debe temérsele.
+
+--Vos no iréis.
+
+--¡Cómo! ¿me pedís vos que me deshonre? ¿Consentiríais vos á vuestro
+lado á un hombre que hubiese perdido la vergüenza?
+
+--Os quiero vivo.
+
+--Y vivo me tendréis.
+
+--Pero suponiendo que... lo que es suponer mucho... venciéseis á don
+Bernardino...
+
+--Anoche vencí dos veces á Calderón.
+
+--¡Ah! ¡es verdad! y don Rodrigo es muy valiente y muy diestro... me
+había olvidado... pero ¡Dios mío! aunque eso sea, de todos modos os
+pierdo: si le matáis tendréis que huir.
+
+--No le mataré.
+
+--¡Oh! gracias... ¿no iréis, no es verdad? esperaréis á que se acabe la
+función y os vendréis conmigo... yo haré... yo diré al duque de Lerma
+que destierren á ese hombre.
+
+--¿Qué estáis diciendo?... Iré á encontrar á don Bernardino al lugar
+donde me ha citado... y no le mataré, pero le escarmentaré...
+¡Miserable! ¡Vive Dios que ningún hombre se ha atrevido como él á
+probarme la paciencia!
+
+--¡Malhaya la hora en que os traje al teatro!
+
+--¿Y por qué? Nada temáis; yo haré de modo que me conozcan esos señores,
+y cuando me conozcan, me respetarán, os lo juro.
+
+--¡Dorotea! ¡Dorotea!--dijo una voz cerca de ellos.
+
+--¡Otra vez á la escena!--exclamó la joven--; ¡oh, malditas sean las
+comedias y mi suerte!... Esperadme, no os vayáis.
+
+--Y desasiéndose del brazo de Juan Montiño, atravesó rápidamente el
+espacio comprendido entre los telones, y salió á la escena.
+
+Poco después se oyeron fuera estrepitosos aplausos.
+
+--Es mucha, mucha mujer esa--dijo una voz junto á Juan Montiño--, y no
+me extraña que la améis.
+
+Volvióse el joven, y vió junto á sí á Ginés Saltillo.
+
+--¿Quién os ha dicho que yo amo ó dejo de amar á esa señora? Y, sobre
+todo, ¿os importa á vos?--dijo el joven, que estaba resuelto á sostener
+la cuerda tirante hasta que saltase.
+
+--Tenéis una manera de contestar...--dijo contrariado el alférez.
+
+--Cada cual tiene sus costumbres, como vos las tenéis en meteros en lo
+que no os va ni os viene.
+
+--Perdonad, yo creí que un hombre que se ha ofrecido á serviros de
+testigo...
+
+--¿Y qué falta me hacen á mí testigos para mis asuntos?
+
+--¡Ah! Pues os digo que si lo tomáis así, vais á tener mil camorras
+todos los días, si no es que á la primera os escarmientan.
+
+--Os suplico que me dejéis en paz.
+
+--Señor mío--dijo el alférez, retorciéndose su mostacho--, yo soy un
+hombre que lo tomo todo con mucha calma, que antes de tirar de la
+espada, miro si hay motivo para ello, y que antes de ofenderme de las
+palabras de otro hombre, procuro conocer en qué estado se halla al
+decirlas. Vos estáis irritado, no sé si con razón ó sin ella. Habéis
+abofeteado á un hombre, ignoro con qué motivo: ese hombre os ha pedido
+que le desagraviéis riñendo con él, y vos habéis aceptado; yo era el
+único hombre de espada que estaba presente, y me ofrecí...
+
+--Y yo he aceptado... gracias--dijo seca y brevemente Juan Montiño.
+
+--Cuando un hombre acepta de otro esta clase de servicios, es ya casi un
+amigo, y cuando un hombre es amigo de otro, puede decirle... lo que os
+he dicho acerca de Dorotea, y tanto más cuanto me había quedado solo,
+porque los otros se han ido, para serviros. Ahora...--y el alférez se
+retorció el otro mostacho y dió una entonación singular á su voz--si
+encontráis en mí impertinencia... es distinto, caballero... decídmelo
+para que yo sepa á lo que debo atenerme, y obrar como obrar deba.
+
+--Perdonad--dijo Juan Montiño--; estaba, y lo estoy, fastidiado; os he
+confundido con esa turba que me miraba sonriendo, y acaso por
+equivocación os he ofendido... Perdonad, yo no os conocía, no os había
+visto hasta hoy.
+
+Y tendió su mano al alférez.
+
+--Hubiera sentido reñir con vos--dijo éste apretando con fuerza la mano
+del joven--; tenéis para mí un no sé qué... algo que me habla en vuestro
+favor. ¿Sois soldado?
+
+--Puede ser que á estas horas lo sea de la guardia española.
+
+--¡Ah, vive Dios! ¡Pues si sois de la guardia española, y de la tercera
+compañía, de la que soy alférez, seremos camaradas! Y ya que eso puede
+ser, me alegro de vuestro lance con don Bernardino.
+
+--¿Por qué?
+
+--A todo el que entra en la guardia española, se le piden pruebas de
+valiente: conque hayáis reñido bien con don Bernardino de Cáceres, las
+lleváis hechas.
+
+--Me parece poco hombre para prueba ese hidalgo--dijo con desprecio Juan
+Montiño.
+
+--¡Bah! Don Bernardino es una espada valiente, y muy bravo y sereno.
+Con que salgáis de un lance con él sin que os mate, no hay más; habéis
+quedado recibido en todas partes y por todo el mundo por valiente y
+buena espada.
+
+--¿Sabéis á cuántos ha matado don Bernardino?
+
+--Saber por mí mismo... no... pero se dice de él...
+
+--¡Eh! Del dicho al hecho...
+
+--Pues bien; alégrome de que estéis tan bien alentado... Pero por allí
+pasa la Dorotea, y os hace señas... id... que aquí os espero.
+
+--Mas bien; cuando se acabe la función, y yo haya dejado á Dorotea en su
+casa, esperadme en las gradas de San Felipe.
+
+--Pues hasta la noche.
+
+--Hasta la noche.
+
+Montiño siguió á la Dorotea, y el alférez, harto pensativo por lo que
+había mostrado de sí Juan Montiño, salió del vestuario.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXX
+
+DE CÓMO HIZO SUS PRUEBAS DE VALIENTE ENTRE LA GENTE BRAVA, JUAN MONTIÑO
+
+
+Eran las doce de la noche.
+
+Dos hombres adelantaban por la calle del Arenal, hacia la subida de San
+Martín.
+
+Era la noche obscura, continuaba lloviendo, y no podía conocerse á
+aquellos bultos.
+
+Encamináronse á San Martín, llegaron, tomaron á la izquierda por la
+estrecha calleja del postigo, revolvieron á la derecha, y se entraron
+por unos tapiales derribados, en un ancho hundimiento.
+
+Treparon aquellos dos hombres sobre los escombros, y á poco les detuvo
+una voz que les dijo:
+
+--¿Quién va?
+
+--El alférez Saltillo--dijo uno de los que llegaban.
+
+--¿Viene con vos el difunto?--dijo otro.
+
+--No sé por qué decís eso, amigo Velludo, si no es porque aquí hay un
+olor á muerto que vuelca.
+
+--Yo creo que traéis ese olor metido en las narices, amigo Saltillo.
+
+--Pronto hemos de ver si está ese olor aquí, ó si le traemos nosotros.
+¿Está don Bernardino?
+
+--Impaciente.
+
+--Pues aún no han dado las doce.
+
+--Es que el reloj de la honra adelanta siempre.
+
+--Pues adelante.
+
+--Adelante.
+
+--Me habéis prometido no desenvainar la espada, señor alférez--dijo Juan
+Montiño.
+
+--Es verdad que os lo he prometido, aunque no es la costumbre: los
+padrinos siempre riñen.
+
+--Lugar tendréis de reñir si me matan; pero entremos bajo techado,
+porque llueve muy bien.
+
+--Eso es: en estas casas hundidas han quedado algunas habitaciones en
+pie. ¿Estáis ahí, amigo Velludo?
+
+--Aquí estoy.
+
+--¿Habéis traído linterna?
+
+--Sí. ¿Y vos?
+
+--También.
+
+--Pues hagamos luz.
+
+En aquel momento salieron dos linternas de debajo de las capas de los
+padrinos.
+
+A su luz turbia y escasa, se vió una habitación destartalada,
+ennegrecida, polvorienta, en estado de inminente ruina, y sin maderas en
+los vanos de las puertas y ventanas, que se habían convertido en
+boquerones.
+
+Al fondo de la habitación había dos hombres.
+
+Don Bernardino de Cáceres y su padrino.
+
+--Creo que podemos empezar cuanto antes--dijo don Bernardino desnudando
+la espada y tomando la linterna de mano de su padrino.
+
+--Por nosotros no hay inconveniente--dijo el alférez, dando su linterna
+á Juan Montiño--. Pero antes de empezar debo advertiros una cosa, amigo
+Velludo.
+
+--¿Qué?
+
+--Nosotros no reñiremos.
+
+--La costumbre es que los padrinos riñan.
+
+--Cierto; pero yo no soy padrino del señor Juan Montiño, sino su amigo,
+que viene á ver lo que va á pasar aquí para contarlo después á todo el
+mundo, si es que este hidalgo lleva á cabo lo que se ha propuesto.
+
+--¿Y qué se ha propuesto este hidalgo?--dijo con desprecio don
+Bernardino.
+
+--Se ha propuesto--dijo el alférez--daros á los dos una vuelta.
+
+--¡Una vuelta! ¡vive Dios--exclamó don Bernardino--, que este hidalgo
+debe de ser de Andalucía!
+
+--Una vuelta de cintarazos--añadió el alférez.
+
+--Pues á verlo--exclamó don Bernardino avanzando ciego de furor hacia
+Juan Montiño.
+
+Al primer testarazo de éste--y decimos testarazo, porque no encontramos
+otra frase mejor--, la linterna de don Bernardino cayó al suelo, se
+rompió y se apagó.
+
+Montiño y Saltillo se echaron á reir.
+
+--¿No decía yo que os íbais á divertir, alférez?--dijo Montiño, parando
+un tajo de don Bernardino--; pues ya os habéis reído, y ahora veréis.
+¿Qué hacéis ahí, don murciélago, puesto á la sombra?--añadió,
+dirigiéndose al que el alférez había llamado Velludo.
+
+Y tras estas palabras le metió un cintarazo.
+
+Velludo dió un rugido, desnudó su espada, y se fué á Montiño.
+
+El joven tenía delante dos enemigos que le acometían ciegos de furor;
+pero alcanzaba con su espada á uno y otro lado de la habitación, y no
+les dejaba avanzar.
+
+El alférez, con la espada envainada, estaba detrás del joven.
+
+Juan Montiño volvía la luz de su linterna, tan pronto sobre el uno como
+sobre el otro de sus enemigos.
+
+De tiempo en tiempo les metía un furioso cintarazo.
+
+El alférez soltaba una carcajada.
+
+Otra carcajada de Juan Montiño contestaba á la del alférez.
+
+Los aporreados blasfemaban y apretaban los puños.
+
+Pero Juan Montiño los había acorralado en un rincón, y dominados ya, les
+sacudía que era una compasión.
+
+Aquello había pasado á ser una burla feroz.
+
+Era el desprecio mayor que podía hacerse de dos hombres.
+
+Juan Montiño demostraba, no sólo que era valiente y bravo, sino que su
+destreza era maravillosa.
+
+El alférez se tendía de risa, y cuando Montiño, tras una doble parada
+difícil, sacudía dos cintarazos, aplaudía.
+
+De repente vió un resplandor vivo, y sonó una detonación.
+
+Don Bernardino, aturdido ya por los golpes, irritado, mortificado,
+fuera de sí de cólera, había desenganchado un pistolete de su cinturón y
+había hecho fuego.
+
+Pero, por fortuna para Juan Montiño, éste vió el pistolete, y tocó con
+el único tajo que había tirado al brazo de don Bernardino; el tiro fué
+al suelo; don Bernardino, que había cambiado la espada á la mano
+izquierda para apelar á aquel recurso villano, estaba fuera de combate;
+no podía valerse del brazo derecho.
+
+Velludo estaba acobardado, y había bajado la espada.
+
+--Basta de lección--dijo Juan Montiño--; idos, don Bernardino, á curar,
+y vos, estiráos, don encogido, y largáos más que á paso. Y en adelante,
+mirad con quién os metéis, que no todos los caminos son andaderos.
+
+--Lo que habéis hecho es una iniquidad--dijo don Bernardino.
+
+--¡Cómo! ¡he reñido contra dos y llamáis esto inicuo!--exclamó Juan
+Montiño--; ¡vos, que habéis tenido la cobardía de disparar contra un
+hombre con quien reñíais con ventaja!
+
+--Mirad, don Bernardino--dijo Saltillo--; os aconsejo que os vayáis de
+Madrid.
+
+--¡Me vengaré!...
+
+--Dejáos de simplezas... lo mejor es que os vayáis, porque cuando se
+sepa lo que aquí ha pasado, os van á tirar tomates los muchachos por la
+calle.
+
+--Os prevaléis de que tengo herido un brazo.
+
+--Yo no creía que érais tan cobarde y tan torpe--dijo el alférez--. Ea,
+idos, si no queréis que os eche á puntapiés...
+
+--Nos veremos, señor alférez--dijo don Bernardino, y salió.
+
+Velludo se iba á escurrir tras él, pero le detuvo el alférez.
+
+--¡Eh! ¿á dónde vais vos, señor Diego?
+
+--Me voy avergonzado.
+
+--No lo extraño, porque sois valiente.
+
+--Yo no soy nada... lo que me ha sucedido esta noche...
+
+--Si sois valiente y honrado, siento lo que os ha acontecido,
+amigo--dijo Juan Montiño--; yo lo he hecho sin intención.
+
+--Pero esto es un milagro... ¿Quién os ha enseñado á esgrimir?
+
+--¡Bah! ya lo creo--dijo el alférez cruzando con su palabra la
+contestación de Juan Montiño--, es verdaderamente maravilloso; ya sabéis
+que yo meneo bien los hierros.
+
+--Sí por cierto.
+
+--Pues bien, antes de venir aquí, supliqué á ese caballero tuviese la
+bondad de manifestarme su destreza, porque ya sabéis que don Bernardino
+es diestro. Yo no quería ser testigo de un asesinato. Nos fuimos casa
+del maestro Tirante, y este caballero ha tirado con él. Le ha plantado
+en un santiamén cinco botonazos y tres tajos; entonces me dijo el
+maestro Tirante:
+
+--Aunque riña solo contra dos, dejadle, señor Saltillo, que no se le
+acercarán.
+
+--Gracias á mi pobre tío--dijo Juan Montiño.
+
+--Gracias á vuestra ligereza, á vuestros puños, á vuestra vista, á
+vuestra serenidad... pero vamos á otra cosa: ¿vos, señor Velludo,
+sentiríais mucho que esto se supiera?
+
+--Yo me voy de Madrid.
+
+--No por cierto; nosotros callaremos, pero vos habéis de contar la
+villanía obrada por don Bernardino, y la paliza que este caballero le ha
+dado.
+
+--Pero don Bernardino se irá.
+
+--Don Bernardino dirá que hemos venido dos contra él.
+
+--Pues no, eso no--dijo Velludo--; lo que ha pasado lo sabrá todo el
+mundo.
+
+--No hay necesidad de hablar de esto una palabra--dijo Juan Montiño--;
+si ese hombre sigue haciéndose molesto, yo le daré una nueva lección
+delante de todo el mundo, ó vosotros, señores, si se os viene rodado.
+Por ahora me parece mejor otra cosa.
+
+--¿Qué?
+
+--Que nos vayamos á una hostería.
+
+--¿Y Dorotea, que estará con cuidado?
+
+--Se la avisará.
+
+--Pues á la hostería.
+
+--¿Y á dónde que no nos molesten?--dijo Juan Montiño.
+
+--A la Cava Baja de San Miguel. Allí hay truchas y perdices frescas.
+
+--Pues á la Cava Baja.
+
+Los tres jóvenes se pusieron en marcha.
+
+El aporreado parecía haber olvidado su aporreo, y charlaba como los
+otros dos.
+
+Los tres se burlaban de don Bernardino.
+
+Y entre burlas y risas se encontraron en la Cava Baja de San Miguel,
+delante de una puerta.
+
+--Ante todo, señores, nadie paga más que yo--dijo Montiño.
+
+--Concedido--dijo el alférez.
+
+--Muy bien--añadió Velludo--, pero á condición que yo he de pagar otra
+vez.
+
+--Bueno; pero esta noche, esta noche es mía.
+
+--Enhorabuena.
+
+Y acercándose el alférez á la puerta, llamó.
+
+Nadie contestó de adentro.
+
+--No nos abrirán--dijo Velludo--; ha pasado hace mucho tiempo la hora
+fijada de las ordenanzas.
+
+--Va veréis--dijo el alférez tocando de nuevo á la puerta--: ¡abrid al
+alférez Saltillo!
+
+Como si aquel nombre hubiera sido un conjuro, la puerta se abrió.
+
+--Entrad--dijo una voz recatada--y no arméis ruido, no os oigan los
+vecinos y den parte á una ronda.
+
+--¡Vaya unos vecinos!
+
+--Como que de la multa de diez ducados que nos sacan, dan dos al
+acusador; y están los tiempos tan malos... las gentes dan en la
+tentación... ¡si se llevaran quince millones de demonios al duque de
+Lerma!...
+
+Cuando el hostelero se atrevió á decir estas palabras, había ya cerrado
+la puerta y estaba bien adentro de su casa.
+
+--Mira--le dijo el alférez--, llévanos arriba, á aquella sala azul
+pequeña que tienes tan cuca, y que nos sirva aquella muchacha de los
+ojos verdes; aquella Inés...
+
+--Está durmiendo...
+
+--Que despierte.
+
+--Y si para que nos sirva mejor se necesita muestra, hela aquí--dijo
+Juan Montiño poniendo en las manos del hostelero un doblón de á ocho.
+
+Sonaron otros muchos en el bolsillo del joven.
+
+El alférez y Velludo se miraron con asombro.
+
+Juan Montiño había crecido para ellos dos palmos.
+
+En cuanto al hostelero, se había avanzado á un corredor exclamando:
+
+--Inesilla, hija, despierta y vístete y ponte maja, que tres
+gentileshombres te favorecen queriendo que tú los sirvas. Al momento
+viene, señores. Vamos á la sala azul. Luego yo bajaré á disponer los
+manjares y á sacar las botellas de la bodega. Eh, ya estamos en la sala
+azul. Es muy buena, en ella sólo comen personas principales; he comprado
+esta docena de sillones y estos espejos á un indiano que se volvía á las
+Indias. Vais á estar como príncipes; os traerán brasero, que hace
+frío... y... necesito dejaros para serviros mejor... conque... ya
+veréis, caballeros, ya veréis.
+
+El hostelero salió, y los jóvenes acababan de sentarse cuando se oyó en
+la calle una voz angustiosa y desesperada que gritaba:
+
+¡Ladrones! ¡Ladrones!
+
+La voz se apagó instantáneamente, pero los tres jóvenes estaban ya de
+pie y se habían dirigido instintivamente á la salida con las manos
+puestas en las espadas.
+
+--Juraría--dijo Juan Montiño saliendo y precipitándose por las
+escaleras--que esa era la voz de mi tío.
+
+--¡De vuestro tío!
+
+--Sí; abrid, abrid la puerta--gritó Montiño al hostelero.
+
+--¿Y quién es vuestro tío?--dijo el alférez, que le seguía.
+
+--Francisco Montiño, cocinero mayor del rey.
+
+--Os aconsejo que no salgáis dijo el hostelero--; nadie se mueve de
+noche aunque oiga lo que oiga.
+
+--¡Abrid, vive Dios!--exclamó Juan Montiño--, ú os abro la cabeza.
+
+El hostelero abrió sin replicar.
+
+Los tres jóvenes se lanzaron en la calle.
+
+Un hombre estaba rodeado de otros cuatro.
+
+Otros dos hombres se llevaban un bulto.
+
+--Seguid á aquellos y detenedlos--dijo Juan Montiño--, yo me quedo con
+éstos.
+
+Pero antes de proseguir, necesitamos ocuparnos de ciertos antecedentes,
+que empezarán en el capítulo que sigue.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXI
+
+DE CÓMO ENGAÑÓ Á DOROTEA PARA LLEVARLA Á PALACIO EL TÍO MANOLILLO
+
+
+Dorotea se había quedado sola en su casa, hasta la cual la había
+acompañado Juan Montiño, después de la salida del teatro.
+
+Eran ya bien las ocho de la noche.
+
+La joven estaba triste, porque Juan Montiño se había separado de ella
+para acudir á un lance desagradable y acaso peligroso.
+
+--¿Qué necesidad tenía yo--dijo--de haberle llevado al teatro?
+
+Ninguna.
+
+Ha visto á Mari Díaz y ha tropezado con don Bernardino.
+
+Bien empleado me está.
+
+He querido lucirle.
+
+Vamos: si sucede algo malo á Juan, no sabré de qué manera castigarme.
+
+--¡Casilda!
+
+--Señora.
+
+--Si viene el duque de Lerma, que estoy mala.
+
+--Muy bien.
+
+--Si se empeña en entrar, que el médico ha dicho que no puede
+hablárseme.
+
+--Muy bien; ¿y si viene el señor Juan Montiño?
+
+--Viene á su casa. ¡Ah! me olvidaba: pon una cama en el gabinete de
+tapicería.
+
+--Muy bien.
+
+--Y cuanto se necesite; un aposento bien servido.
+
+--Muy bien. ¿No os desnudáis?
+
+--No... mira... si viene el tío Manolillo...
+
+--¿Le digo que no puede entrar?
+
+--De ningún modo... si viene...
+
+--Ha venido ya, y dijo que volvería.
+
+--Pues cuando vuelva, que entre.
+
+--Me parece que es ese que llama á la puerta.
+
+--Pues ábrele... ábrele.
+
+Casilda salió.
+
+Dorotea se quedó esperando con impaciencia.
+
+Poco después entró el tío Manolillo, que arrojó al suelo la capa y la
+gorra, que venían empapadas de agua.
+
+Luego adelantó, se sentó junto al brasero, y se puso á mirar de hito en
+hito á Dorotea.
+
+--¡Qué hermosa y qué engalanada estás, hija mía!--la dijo--; de seguro
+no esperas al duque de Lerma. Para él no te atavías tanto.
+
+--Este es el traje que he sacado en la comedia, y por cansancio no me lo
+he quitado todavía.
+
+--No, no es eso; el duque te ha puesto hermosa para otro.
+
+--¡Ah! puede ser.
+
+--¿Estás enamorada, Dorotea?
+
+--No lo sé.
+
+--Esa contestación me asusta.
+
+--Y ¿por qué?
+
+--Cuando una mujer no ve claro en su corazón...
+
+--Prueba que está ni dentro ni fuera.
+
+--Te creo demasiado dentro.
+
+--Puede ser.
+
+--¿Me hablarás la verdad si te pregunto?
+
+--Nunca os he engañado, me servís de padre.
+
+--Padre que ahora hace bien poco por ti.
+
+--Vos habéis hecho cuanto podíais por mí. Habéis pasado miserias y
+trabajos durante muchos años, para poder pagar mis alimentos en las
+Descalzas Reales. Yo he sido una ingrata...
+
+--No hablemos, no hablemos de eso; ya no tiene remedio.
+
+--Sí que le tiene, y en eso estaba pensando.
+
+--¿En eso?
+
+--Sí, en el remedio. Pienso despedirme del teatro.
+
+--¡Ah!
+
+--Y dar ocasión al duque para que se despida de mí...
+
+--¡Ah! ¿Y con quién piensas quedarte?
+
+--Con él, si me ama.
+
+--¿Con el señor Juan Montiño?
+
+--Sí.
+
+--Yo te daría un consejo.
+
+--¿Cuál?
+
+--Que olvidaras á ese joven.
+
+--No puedo.
+
+--¿Tan enamorada estás da él?
+
+--Si no estoy enamorada, estoy empeñada.
+
+--Puede ser que mañana sea demasiado alto para ti.
+
+--¡Pero si yo no quiero que se case conmigo!
+
+--Puede suceder que él se case con otra mujer.
+
+--¿Qué habéis dicho?--exclamó levantándose Dorotea.
+
+--¡Oh! ¡le ama!--exclamó el bufón.
+
+--¡Que se case con otra!... sí, sí, todo puede suceder... pero por
+ahora...
+
+--Puede ser que ame á otra.
+
+--¡Que ame! ¡es que me avisáis!--dijo Dorotea conteniéndose pero
+temblando--; ¿es verdad que ama á otra mujer? ¿será verdad lo de la
+reina?
+
+--No; lo de la reina, no; pero el señor Juan Montiño tiene amores en
+palacio.
+
+--¿Y con quién?
+
+--Con doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Doña Clara! pero si esa mujer... si la llaman... la desesperación de
+los hombres...
+
+--Sí... sí... es cierto, la llaman la menina de nieve.
+
+--Y aunque él la ame...
+
+--Le ha amado ella antes. La nieve se ha derretido.
+
+--¿Pero cuándo ha visto doña Clara á Juan?
+
+--Anoche... en la calle.
+
+--¡Oh! ¿y se ha enamorado de él?
+
+--Como tú.
+
+--Pero él... él no la ama.
+
+--Doña Clara es muy hermosa.
+
+Plegó el bellísimo entrecejo Dorotea, y adelantó el labio inferior en un
+mohín desdeñoso.
+
+--Aunque tú seas tan hermosa ó más hermosa que doña Clara, hija, te
+falta una cosa que á ella le sobra.
+
+--¿Y qué es lo que me falta?
+
+--Ser fruto prohibido.
+
+Conmovióse profundamente la Dorotea, y sus ojos se arrasaron de
+lágrimas; al tío Manolillo se le desgarró el corazón.
+
+--¡Oh! ¡sí, es verdad!--dijo dolorosamente la Dorotea--ella es una noble
+dama; su padre es un valiente soldado... yo... yo no tengo padres... yo
+soy una mujer perdida; ella es menina de la reina... yo soy
+comedianta... pero ella no le ama como yo... no, no le ama como yo... de
+seguro ella no es capaz de hacer por él lo que yo haré... ella... ¡ah!
+¡ella es altiva! está enorgullecida por su nombre, por su nobleza, y él
+es sobrino de un cocinero... esa mujer... aunque le ame... estoy seguro
+de ello, no le confesará su amor... mientras que yo le he abierto mi
+alma entera.
+
+--¡Ah! ¡estás loca por él, hija mía!
+
+--Yo no sé... yo no sé... pero me parece que le he conocido toda mi
+vida; que Dios me ha criado para él... me parece el más hermoso del
+mundo... no se aparta de mi memoria... y mirad: hoy he representado
+mejor que nunca... y es que... hasta hoy no había comprendido el amor...
+hoy he pronunciado los amores de la comedia con el alma... y el público
+me ha aplaudido con frenesí... y escuchad: nunca los aplausos me han
+satisfecho tanto... nunca me han causado tanta alegría... nunca me han
+enorgullecido de tal modo... porque estaba él allí... me veía... me
+oía... escuchaba aquellos aplausos... ¡oh! si ese hombre no es de piedra
+me amará... me amará... porque yo quiero que me ame... lo quiero y
+será.
+
+--¡Estás loca!--repitió tristemente el tío Manolillo.
+
+--Pero decidme... decidme... ¿cómo sabéis vos que esa mujer... doña
+Clara... ama á Juan?
+
+--¿Quieres tú saberlo también?
+
+--¿Que si quiero? ¡Sí!
+
+--Pues bien, ven conmigo.
+
+--¿A dónde?
+
+--A palacio.
+
+--¡A palacio! ¿y qué tengo yo que hacer en palacio?--dijo con desdén la
+Dorotea.
+
+--Verás lo que yo he visto, verás entrar á Juan en el aposento de doña
+Clara.
+
+--Esta noche no irá Juan á palacio--dijo con acento profundamente triste
+la joven.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Porque tiene que hacer en otra parte.
+
+--¿A qué hora?
+
+--Es verdad; yo no sé... no sé si antes tendrá tiempo... y si la ama...
+irá antes... antes de un peligro que puede morir, todo hombre que ama va
+á ver á la mujer de su amor.
+
+--¡Morir!--exclamó el bufón.
+
+--Sí; le he llevado por mi desdicha al teatro; allí ha tropezado con ese
+impertinente de don Bernardino de Cáceres, que le ha provocado; que le
+ha metido en un lance.
+
+--¡Bah! pues don Bernardino no le matará--exclamó con gran confianza el
+tío Manolillo.
+
+--¿Y decís que irá al alcázar Juan?
+
+--De seguro.
+
+--¡Oh! ¿y podéis ponerme en sitio desde donde le vea?...--añadió con
+ansiedad la joven.
+
+--Desde donde veas y oigas.
+
+--¡Casilda, mi manto y mi litera!--gritó la Dorotea poniéndose
+violentamente de pie.
+
+--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío!--murmuró para sí el bufón--¡si al menos ella
+no fuera tan desgraciada! ¡Si ya que de tal modo ama á ese hombre, él la
+amase!...
+
+Entre tanto, Dorotea se ponía apresuradamente el manto; cuando le tuvo
+prendido, se volvió impaciente al bufón, y le dijo con la voz
+temblorosa:
+
+--Vamos, llevadme al alcázar.
+
+--Una palabra no más: ¿serás prudente?
+
+--Sí.
+
+--¿Me obedecerás?
+
+--Sí.
+
+--¿Vieres lo que vieres?
+
+--Sí.
+
+--Pues bien, hija mía, vamos.
+
+El bufón y Dorotea salieron de la sala; poco después, una litera cerrada
+se encaminaba á palacio.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXII
+
+CONTINÚAN LOS ANTECEDENTES
+
+
+El padre Aliaga había entrado en el alcázar por la puerta de las
+meninas.
+
+No había ido á él con el solo objeto de conocer á Dorotea.
+
+Nuestros lectores recordarán que en la carta que había escrito al padre
+Aliaga doña Clara Soldevilla, acusando á Dorotea y á Gabriel Cornejo, le
+había expresado el deseo de hablar con él para explicarle enteramente el
+contenido de la carta.
+
+Este era otro de los objetos que llevaban á palacio al padre Aliaga:
+hablar con doña Clara.
+
+Sentía, además, un deseo punzante de hablar á la reina; y doña Clara,
+que era la favorita de la reina, podía satisfacer este deseo.
+
+Le importaba también no poco sentir por sí mismo qué aire corría en
+palacio.
+
+De modo que eran muchos los objetos que llevaban á palacio al confesor
+del rey, objetos todos enlazados, que reconocían una misma causa: su
+amor á la reina.
+
+Porque nuestros lectores lo habrán comprendido: el padre Aliaga amaba á
+Margarita de Austria.
+
+Alma vacía de felicidad, llena de dolor; pensamiento enérgico, corazón
+ardiente, fray Luis de Aliaga había abrazado por desesperación la vida
+del claustro. El, como nos lo ha dicho en los primeros momentos de dolor
+por la pérdida de la primera mujer que había amado, creyó que todo lo
+que podía ligarle en el mundo había concluído.
+
+El padre Aliaga, joven entonces é inexperto, no había comprendido que el
+hombre vive para sí mismo, por más que se haga la hermosa, la noble
+ilusión de que vive para los demás, que el corazón tiene una tendencia
+invencible hacia el sentimiento dulce, y que rechaza el dolor, que es un
+sentimiento amargo; le rechaza como rechaza todo lo que existe, lo que
+le es contrario, mientras busca ansioso ese otro sentimiento de dulzura
+que es su alimento, por decirlo así, de vida; no había comprendido que
+el tiempo mata el dolor y concentra el deseo, y se encontró demasiado
+vivo, cuando se creía muerto; vigoroso, cuando se creía gastado;
+necesitado de un mundo de impresiones, de afectos, de contrastes, de
+vida, en una palabra, cuando huyendo del mundo, se había refugiado en el
+claustro.
+
+Pero fray Luis de Aliaga tenía el sentimiento de la virtud, la amaba y
+la practicaba.
+
+Comprendió que su suerte estaba decidida y la aceptó.
+
+No dió el escándalo de rebelarse contra ella.
+
+Tuvo bastante fuerza de voluntad para encerrar, para contener dentro de
+su alma sus pasiones, y que no se demostrasen en sus actos, ni saliesen
+siquiera á su semblante, ni á sus palabras.
+
+Se mortificó, oró, luchó, pero si consiguió la paz en su aspecto, no
+consiguió la paz de su espíritu.
+
+Se dedicó al estudio, arrojó sobre sí los penosos trabajos del púlpito y
+del confesonario, y llegó á ser catedrático de la Universidad de
+Zaragoza, y logró que le mirase todo el mundo con afecto.
+
+Al verle con su cabeza baja y meditabunda, con los brazos cruzados sobre
+su cintura y las manos perdidas en las anchas mangas de su hábito,
+atravesar tristemente las calles de Zaragoza en dirección á la
+Universidad, acompañado de un lego, todos decían:
+
+--¡Oh, qué buen sacerdote y qué santo varón es el padre Aliaga!
+
+Y sus compañeros, los padres graves del convento, al ver su leve y
+triste y siempre dulce sonrisa, su palabra siempre tímida y escasa, y lo
+dulce de sus sermones, y la paciencia con que asistía un día y otro al
+confesonario, habían acabado por creerle pobre de espíritu, le trataban
+con cierta superioridad impertinente, y decían de él que era un _buen
+hombre_.
+
+Su fama de buen hombre trajo sobre él, no sin envidia de sus compañeros,
+el nombramiento del confesor del rey.
+
+Todos los padres doctos de la Orden de Predicadores, hubieran querido
+ser en aquellas circunstancias tan buenos hombres como el padre Aliaga.
+
+Este siguió en la corte su inalterable línea de conducta. El rey, que
+era sumamente devoto, estaba encantado con su confesor, que pasaba con
+él largas horas hablando de cosas místicas, y con un misticismo tal, que
+aventajaba al del rey.
+
+Porque el alma del padre Aliaga estaba huérfana, sola y desterrada, y
+buscaba consuelos en la dulzura de la religión de Jesús.
+
+Encantaba además al rey, el que el padre Aliaga no se entremetiese jamás
+en los asuntos de Estado, porque Felipe III, en abierta contraposición
+con su padre Felipe II, que pasaba su vida sobre los negocios, sentía
+hacia ellos una repugnancia invencible.
+
+A poco tiempo de llegar fray Luis á la corte, conoció á la reina.
+
+Al verla el religioso se inclinó y permaneció con los ojos bajos.
+
+Si los hubiera alzado, la reina hubiera visto algo extraño en ellos.
+
+Al ver á Margarita de Austria, el padre Aliaga había experimentado esa
+violenta expresión que produce sobre ciertos hombres la vista repentina
+de una mujer que por sus formas influye poderosamente sobre los
+sentidos, y por ese misterioso poder que se llama simpatía, en el alma.
+
+Fray Luis, acostumbrado á la lucha consigo mismo, tuvo suficiente poder
+para dominarse, para apagar su mirada, para contener el estremecimiento
+de sus músculos; se había puesto la careta, y al través de ella miró ya,
+sin temor de que su alma fuese sorprendida, á la reina.
+
+Y al verla con más reflexión, dominado, sereno, fray Luis se estremeció.
+Vió que la reina era una víctima que luchaba, que estaba sola en la
+lucha, que era infeliz; comprendió que la reina era valiente, que había
+luchado, luchaba y lucharía, y que la lucha debía haberla procurado
+enemigos; vió en los ojos, en el semblante de la reina, la altiva
+tristeza de la dignidad hollada; comprendió cuánto debía sufrir aquella
+mártir coronada, unida á un rey casi nulo, sobre el que tenían una
+decidida, una incontrastable influencia palaciegos codiciosos, vanos,
+miserables, capaces de todo por sostenerse en el favor del rey, que era
+el medio para ellos de sostener su vanidad y sus rapiñas; fray Luis, por
+amor á la reina, fué enemigo de aquellos hombres, contrajo consigo mismo
+el grave compromiso de defender á la reina, de ayudarla, combatiendo á
+sus enemigos; y sin embargo, nada dijo á la reina, jamás una mirada
+suya torpe ó descuidada, pudo revelarla lo que por ella sentía el padre
+Aliaga.
+
+Y eso que el desdichado estaba cada día más enfermo del alma, más
+desesperado, más reñido con su terrible posición.
+
+Uno solo, el bufón, el tío Manolillo, había adivinado el secreto del
+confesor del rey, y esto en vagas y fugitivas señales, cuando los celos
+devoraban al religioso, al oír decir al rey:
+
+--Fray Luis, rogad á Dios por la vida de mi muy amada esposa; anoche su
+majestad me ha revelado que está encinta.
+
+Dos veces que el rey dijo esto al padre Aliaga, fué en presencia del tío
+Manolillo.
+
+Este, que era observador por temperamento, y astuto y sagaz, y de
+imaginación vivísima, había reparado en lo que el rey no había podido
+reparar por su descuido: esto es, que al recibir esta noticia
+imprevista, había pasado por la mirada del fraile algo extraño; que se
+había revuelto algo misterioso en el obscuro foco de sus negros ojos;
+que se había puesto pálido, y que una ligera, pero violenta contracción,
+había pasado con la rapidez de un relámpago por su semblante.
+
+El tío Manolillo, á la luz de aquel relámpago, había visto hasta el
+fondo tenebroso del alma del padre Aliaga.
+
+Importábale mucho al bufón poseer un secreto del padre Aliaga, y un
+secreto importante.
+
+Le importaba por Dorotea.
+
+Debemos tener en cuenta que la Dorotea era para el bufón lo que la reina
+para el padre Aliaga: el alma entera. Disimulaba el bufón su amor, le
+comprimía, le devoraba, le contenía, aunque por distinta causa.
+
+El padre Aliaga obedecía á sus deberes.
+
+Sacerdote, debía combatir aquella tentación impura.
+
+Cristiano, debía huir del solo pensamiento de unos amores adúlteros.
+
+El tío Manolillo debía respetar, respecto á Dorotea, otra razón
+gravísima para todo corazón de sentimientos elevados.
+
+Dorotea no podía amarle.
+
+Por su edad, por su figura, por la costumbre de Dorotea de verle todos
+los días desde su infancia, por la protección especial que la
+dispensaba, Dorotea no podía ver otra cosa en él, que un padre
+providencial, que había reemplazado á su padre natural. Otros amores en
+Dorotea respecto al bufón, hubieran sido repugnantes.
+
+Más que repugnantes, monstruosos.
+
+El tío Manolillo lo comprendió, y dominó su amor.
+
+El padre Aliaga y el bufón, aunque por causas enteramente distintas,
+estaban, por los resultados, en el mismo caso respecto á las dos mujeres
+que amaban.
+
+Entrambos tenían el alma noble y grande; rechazaron de ella todo lo
+impuro.
+
+Idealizaron su amor.
+
+Pero al idealizarle le hicieron más grande.
+
+Por amor á la reina, el padre Aliaga, que no era ambicioso, procuró
+hacerse influyente en la corte, pero de una manera indirecta, sorda, sin
+dar la cara en cuanto le fuese posible. Procuró atraerse, y se los
+atrajo, á los enemigos de los enemigos de la reina, y sólo se descubrió
+en la parte que le fué imposible cubrirse: esto es, respecto al rey.
+
+Ya hemos visto que el padre Aliaga conspiraba de una manera sorda.
+
+Hemos indicado también que había sabido hacerse necesario á Felipe III
+de tal modo, que Lerma, desesperado de poderle alejar de la corte, en
+vista de repetidas é inútiles tentativas, había acabado por procurar
+atraérselo á fuerza de honores y distinciones.
+
+El padre Aliaga recibía las distinciones y los cargos que por sí mismos
+le daban más fuerzas, más influencia, y respecto á Lerma, se mantenía
+firme como una roca.
+
+El padre Aliaga se había constituído en escudo de la reina. El tío
+Manolillo había presentido que, á causa del carácter casquivano de
+Dorotea, podía suceder que alguna vez tuviese necesidad de una poderosa
+influencia para sacarla de un terrible compromiso.
+
+Dorotea era violenta; tenía, como la mayor parte de las gentes poco
+instruídas de aquel tiempo, ideas sumamente supersticiosas; ya, por
+alguno de sus amantes, la había visto el bufón recurrir á los medios
+reprobados de bebedizo, de los conjuros, de las hechicerías; si la
+superstición de Dorotea llegaba hasta el punto, como no era difícil, de
+querer adquirir la mentida ciencia de la adivinación y de los
+sortilegios, podía suceder que la Inquisición, implacable con todo lo
+que tendía á empañar la fe de la religión, se apoderase de ella.
+
+El tío Manolillo, al sorprender el secreto del alma del padre Aliaga, se
+alegró: porque tener en sus manos á un religioso de la orden de
+Predicadores, tal como el padre Aliaga, era tener un tesoro para el
+caso, no imposible, de que Dorotea se viese sujeta á un juicio por la
+Inquisición.
+
+Ya hemos visto en la carta de doña Clara Soldevilla al padre Aliaga, que
+los presentimientos del bufón no habían sido exagerados.
+
+Le hemos visto también conmoverse al oír en los labios del padre Aliaga
+el nombre de Dorotea.
+
+El bufón quería acercar á la joven al padre Aliaga, y explotar en su
+provecho el amor que el padre Aliaga había sentido en su juventud hacia
+su madre.
+
+Por eso había sacado de su casa á Dorotea para llevarla á palacio.
+
+El padre Aliaga, por su parte, gravemente interesado en conocer á la
+Dorotea, y por las demás razones que hemos indicado, había ido á palacio
+también.
+
+El confesor del rey entró, llevado en su silla de manos, por la puerta
+de las Meninas, y se hizo conducir á un rincón del patio, bajo las
+galerías. Una vez allí, salió, despidió la silla de manos, y llamó á una
+puerta.
+
+Al primer llamamiento nadie contestó.
+
+Al segundo se sintió cerrar silenciosamente una ventana, luego pasos
+dentro, y al fin se oyó una voz tras la puerta, que dijo:
+
+--¿Quién llama por aquí á estas horas?
+
+--Muy temprano os recogéis, señor Ruy Soto--dijo el padre Aliaga.
+
+--¡Ah!--contestó el de dentro con el acento de quien reconoce á una
+persona respetable--; voy, voy á abrir al instante.
+
+En efecto, la puerta se abrió.
+
+--Perdóneme vuestra señoría--dijo la misma voz dentro--si no tengo luz:
+estaba en acecho.
+
+Y se cerró la puerta.
+
+--¡En acecho!--dijo el padre Aliaga--; ¿en acecho de qué?
+
+--De ciertos prójimos que andan rondando desde el obscurecer por las
+galerías bajas del patio: yo no sé por qué en siendo de noche dejan
+pasar gentes por el patio de palacio como si fuera una calle; pero voy á
+cerrar la ventana, y luego á traer luz.
+
+Oyóse, en efecto, el leve crujir de una ventana que se cerraba, y luego
+los pasos de un hombre que poco después volvió con un velón encendido.
+
+Tenía la librea de palacio, y por su edad, que era ya madura, y por su
+aspecto y por un no sé qué característico, se conocía que era uno de los
+jefes de la baja servidumbre.
+
+En efecto, Ruy Soto era portero de una de las subidas de servicio del
+alcázar, que se comunicaban de una parte con el cuarto del rey, y de
+otra con las galerías superiores ocupadas por la servidumbre.
+
+--¿Quiere vuestra señoría que avise al ujier de cámara de su
+majestad?--dijo Ruy Soto.
+
+--Esperad un momento; decíais que estábais acechando...
+
+--Sí; sí, señor, á dos hombres sospechosos que no han cesado de pasearse
+desde el obscurecer y en silencio, por la galería de la derecha.
+
+--¿Y qué trazas tienen esos hombres?
+
+--Malas, señor; pero aunque las tuvieran muy buenas, la tenacidad con
+que se pasean...
+
+--Habéis hecho bien en acechar; dadme un papel y tintero.
+
+Ruy Soto sirvió al momento los objetos pedidos al padre Aliaga, que
+escribió rápidamente una carta y la cerró.
+
+En el sobre se leía:
+
+«Al tribunal de la Santa inquisición».
+
+--Que lleven al momento esta carta donde dice el sobre--dijo el padre
+Aliaga--; vos, seguid acechando; si esos hombres salen antes de que
+lleguen dos ministros del Santo Oficio, les haréis seguir por el lacayo
+de palacio que creáis más á propósito.
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Ahora, enviad recado á la señora doña Clara de Soldevilla, menina de
+su majestad, de que yo la pido licencia para verla.
+
+--Venga vuestra señoría conmigo; cabalmente doña Clara, según me ha
+dicho su dueña, no está de servicio.
+
+--Vamos, pues--dijo el padre Aliaga.
+
+Ruy Soto encendió una lámpara de mano, abrió una puertecilla y subió por
+una escalera de caracol.
+
+El padre Aliaga le siguió.
+
+Poco después Ruy Soto llamaba á la puerta del cuarto de doña Clara, y
+daba el recado del padre Aliaga.
+
+El confesor del rey fué introducido en el elegante gabinete de doña
+Clara.
+
+La joven estaba pálida, cansada, y la palidez y el cansancio aumentaban
+su hermosura.
+
+--¡Oh! ¡bendito sea Dios, que os veo!--dijo levantándose y poniendo un
+sillón junto al brasero al padre Aliaga.
+
+--Me habéis escrito una carta que me ha puesto muy en cuidado--dijo fray
+Luis.
+
+--En efecto; me he visto obligada á escribiros, y no me he atrevido á
+confiarlo todo al papel; si no hubiérais vivido en un convento, yo misma
+hubiera ido á veros.
+
+--¿Tan importante es el asunto?
+
+--¡Oh! sí; importantísimo.
+
+--Ya he visto por el contenido de vuestra carta...
+
+--Que su majestad está amenazada.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¡esto es muy grave!
+
+--La traición nos rodea por todas partes.
+
+--Habéis acusado á dos personas.
+
+--¿Y no las habéis preso?
+
+--No; no tenía bastantes razones.
+
+--Sois otro misterio para mí, fray Luis.
+
+--¿Otro misterio?...
+
+--Sí por cierto; no os comprendo bien; se os acaba de dar un poder
+formidable; ha llegado nuestra hora... y sin embargo, vaciláis.
+
+--Creo que estamos en los momentos de mayor peligro, doña Clara--dijo el
+padre Aliaga--; y os engañáis, no vacilo; soy prudente y nada más;
+¿creéis que nuestros peligros puedan estar en un ropavejero y en una
+comedianta?
+
+--Ellos pueden difamar á su majestad.
+
+--Si esos miserables pueden, de seguro hay personas más altas que pueden
+más que ellos, y con prender á esos ruines, no haremos más que dar un
+aviso á gentes á quienes debemos tener hasta cierto punto confiadas.
+
+--No soy de la misma opinión que vos; cuando hay un incendio, antes de
+todo, se corta para que no se propague.
+
+--¿Y sabéis, doña Clara, si tenemos fuerzas bastantes?
+
+--Dios, de seguro, nos ayudará.
+
+--Dios, en sus altos juicios, permite el martirio de los inocentes--dijo
+profundamente el padre Aliaga--; somos muy pocos los leales; muy pocos
+los que servimos como Dios manda á nuestros reyes... luchamos y
+lucharemos... si caemos en la lucha, habremos caído cumpliendo con
+nuestro deber. Pero aprovechemos el tiempo, señora; ¿qué pasa en
+palacio? Cuando yo vine esta mañana, encontré grandes novedades; el rey
+y la reina se habían reconciliado; su majestad estaba contenta...
+
+--Y el tío Manolillo más provocativo que nunca.
+
+--¡Oh! ¡no comprendo á ese hombre!
+
+--¡Oh! ¡juro á Dios--dijo doña Clara, que no había olvidado la
+entrevista de aquella mañana con el bufón--que yo conoceré á ese hombre!
+
+--Paréceme, sin embargo, que tiene un buen fondo.
+
+--¿Y quién sabe lo que hay en el fondo del alma de ese hombre?
+
+--Pues creo que le debemos mucho; el rey me ha hablado de ciertas
+comunicaciones secretas...
+
+--En efecto; el tío Manolillo conocía el secreto de esas comunicaciones.
+
+--Se le debe, pues, el que se hayan visto sus majestades y el que la
+reina haya influído sobre el rey.
+
+--En esto han andado otras dos personas.
+
+--Sí; un hidalgo que ha llegado á Madrid, á quien conoce su majestad la
+reina--dijo el padre Aliaga con el acento más reposado del mundo, aunque
+sentía una ansiedad cruel por oír la contestación de doña Clara.
+
+--La reina no conoce á ese caballero--dijo la joven.
+
+--¿Que no le conoce?...
+
+--No; ni siquiera le ha visto.
+
+--Me ha escrito, sin embargo, su majestad, en su favor.
+
+--Es lo más natural del mundo; ha hecho un gran servicio á su majestad,
+rescatando ciertas cartas, que escritas por su majestad á don Rodrigo
+Calderón, con sobrada confianza en su lealtad, la comprometían. Es muy
+natural, que cuando se ha encontrado, como quien dice, en medio de la
+calle un corazón y una espada tales, se les aproveche; no sobran hoy los
+amigos... á propósito, ¿habéis conseguido ya la compañía para ese
+caballero?
+
+--Sí, sí por cierto--dijo el padre Aliaga, metiendo una de sus manos en
+el interior de su hábito, y sacando un papel doblado--: he aquí su
+provisión de capitán de la tercera compañía de la guardia española, al
+servicio de su majestad... tomad.
+
+--¿Y para qué quiero yo eso?
+
+--Me han dicho que ese joven os ama.
+
+Púsose vivamente encarnada doña Clara.
+
+--¿Y quién dice eso?--exclamó con precipitación.
+
+--El tío Manolillo, y aún añade más: dice que vos le amáis...
+
+--¡Yo! ¡á un hombre que he visto dos veces!
+
+--Pero es un hombre hasta cierto punto extraordinario... ¿qué digo?
+hasta cierto punto grandemente extraordinario.
+
+--Lo extraordinario de ese joven...--dijo tartamudeando doña Clara.
+
+--Consiste en todo: en su nacimiento, en su hermosura, en su corazón, en
+su vida, en su suerte, que le ha procurado una ocasión envidiable de
+darse á conocer apenas llegado á Madrid.
+
+--¿No hay ninguna intención debajo de vuestras palabras, padre
+Aliaga?--dijo la joven mirando de hito en hito al confesor del rey.
+
+--¿Y qué intención puede haber?
+
+--¿No habéis temido que no fuera yo, sino otra persona quien amase á ese
+joven?
+
+A su despecho, el padre Aliaga se conmovió ligeramente.
+
+--¿Qué motivos tengo yo--dijo--para sospechar nada de ese caballero?
+
+--Habéis hablado con el tío Manolillo, que os ha dicho sin duda lo mismo
+que á mí.
+
+--El tío Manolillo sólo me ha hablado de vuestros mutuos amores...
+
+--¿Y del nacimiento de ese joven?
+
+--No por cierto; lo que sé acerca de ese joven, lo he encontrado en esta
+carta que me ha dado el cocinero mayor del rey--dijo el padre Aliaga,
+sacando de debajo de su hábito la carta de Pedro Martínez Montiño.
+
+--También el cocinero mayor me ha dado á leer esa carta--dijo doña
+Clara.
+
+--Sabéis, pues, entonces--dijo el padre Aliaga guardándola de nuevo--que
+ese caballero...
+
+--Es hijo bastardo del duque de Osuna, y de la duquesa de Gandía.
+
+--¡Cómo!--exclamó el padre Aliaga--; ¡el duque de Osuna y la duquesa!...
+esta carta no dice nada de eso... cuenta sólo, que ese joven es hijo
+ilegítimo de padres nobles...
+
+--¡Ah! ¡no sabíais los nombres de los padres de ese caballero!
+
+--No... pero vos, ¿cómo lo sabéis?
+
+--El del padre me le ha revelado el cocinero mayor; el de la madre el
+bufón del rey.
+
+--¿Y no tenéis más pruebas que el dicho de esos dos hombres?
+
+--No. Las circunstancias especiales en que me hallo respecto á ese
+joven, me impidieron preguntar, informarme acerca de él.
+
+--¿Las circunstancias especiales en que os halláis, os han impedido?
+
+--De todo punto... hubiera sido inconveniente.
+
+--Yo lo sabré, y creo que con pruebas indudables; cuando conozca ese
+secreto, os lo revelaré.
+
+--¿Y para qué revelármelo?--dijo con un acento singular doña Clara.
+
+--Decís que os encontráis en circunstancias especiales respecto á ese
+joven; mostráis repugnancia en entregarle vos misma esa provisión de
+capitán de infantería... ¿qué media entre vos y ese caballero?...
+¿creéis que yo puedo tener derecho para haceros esta pregunta?
+
+--Más que derecho, tenéis un gran interés en saber á qué ateneros
+respecto á ese caballero.
+
+--Conozco á vuestro padre, le aprecio mucho, os aprecio mucho á vos, y
+me intereso como me interesaría por mi hermano y por mi hija.
+
+--No lo dudo; pero creo que hay en vos otro móvil. Francisco Montiño,
+pero no sé qué singular error, ha creído que la reina ama á ese joven...
+me lo ha dicho á mí... Francisco Montiño es un ente muy singular, y
+puede haberos dicho lo mismo; esto es, que su majestad y ese caballero
+se aman; esto es absurdo, esto es monstruoso, esto no puede ser,
+tratándose de una señora tal como la reina doña Margarita de Austria,
+que por su nacimiento, por su virtud, y digámoslo todo, por su orgullo,
+está muy lejos hasta del pensamiento de una acción vergonzosa. El que se
+haya atrevido á levantar sus miradas hasta su majestad, ó es muy loco ó
+tiene formando de la dignidad y de la virtud de la mujer, una idea muy
+desfavorable; su majestad no podría apercibirse de los deseos de un
+insensato tal, porque no los comprende, porque mira desde muy alto;
+sería necesario que, olvidado de todo, el que amara á la reina, se
+atreviese á declararlo, para que su majestad lo comprendiera, y aun así
+creería que estaba soñando: solamente el cocinero del rey podía concebir
+tal sospecha... y vos... por vuestro exagerado celo por la dignidad de
+la reina.
+
+--¡Yo!...--dijo confundido y descompuesto á pesar de su serenidad el
+padre Aliaga.
+
+--Vuestro celo os ha engañado, fray Luis--repitió la joven con su acento
+siempre igual, siempre reposado; pero siempre frío y hasta cierto punto
+severo.
+
+--Yo no he dudado jamás de su majestad--dijo el padre Aliaga, puesto
+por doña Clara hasta cierto punto en el banquillo de los acusados--,
+pero he temido que ese caballero...
+
+--Sí, ese hombre--dijo doña Clara--ha tenido la avilantez de decir, de
+indicar, aunque de la manera más envuelta, que su majestad ha sentido
+por él lo que es imposible que sienta, imposible de todo punto, por
+él... ni por ninguno... ha mentido como un villano.
+
+--No... no... ese joven, al darme anoche la carta de su majestad, de que
+era portador, ha estado lo más prudente...
+
+--¡Que ha estado prudente!
+
+--Reservado... mudo... hasta el punto de no permitir decir qué clase de
+servicio había prestado á su majestad, á pesar de que yo lo sabía,
+porque la reina me había hablado acerca de las cartas que tenía suyas
+don Rodrigo Calderón y pedídome consejo... no... ese caballero, valiente
+para librar á su majestad de un compromiso, ha sido discreto, reservado,
+noble; ha dado harto claro á conocer en su conducta la influencia de la
+generosa sangre que corre por sus venas.
+
+--Entonces, si ese caballero no ha dado motivo para que sospechéis...
+para que temáis en la reina un escándalo, un increíble olvido de sí
+misma, el hablador, el menguado cocinero del rey ha sido sin duda
+quien...
+
+--Sí, él ha sido... dice que... su sobrino... él llama su sobrino á ese
+joven... entró anoche en el cuarto de su majestad.
+
+--Es cierto, entró; pero no pasó de la saleta que corresponde á la
+galería; allí estaba yo, su majestad le vió, pero desde detrás del tapiz
+de la puerta de la cámara; ese caballero no conoce á su majestad; yo
+misma le dí la carta que os llevó, yo misma le eché fuera de palacio;
+ese caballero no ha vuelto á pisar á palacio desde anoche; dicen que
+anda mal entretenido... lo que importa poco...--añadió disimulando mal
+su despecho doña Clara.
+
+--Confieso que me he engañado torpemente--dijo el padre Aliaga--; es
+cierto que no había creído llegasen á un extremo criminal los favores de
+su majestad á ese joven; pero temía que él hubiese interpretado mal
+algún favor de la reina.
+
+--Para que acabéis de tranquilizaros, fray Luis, sabed que á quien ese
+caballero enamoró fué á mí. Y me enamoró de un modo que... llegó á
+engañarme, creí que no mentía.
+
+--Valéis mucho, doña Clara; la hermosura y la virtud resplandecen en
+vuestro semblante, y nada tiene de extraño...
+
+--No hablemos más de esto.
+
+--Quisiera veros más propicia á un casamiento con ese mancebo.
+
+--No puede ser.
+
+--¿Por su bastardía? ¿Ignoráis que el nombre de Girón es tal que hace
+ilustres hasta los bastardos? Vuestro padre no tendrá reparo...
+
+--Es que yo no quiero, y mi padre no me violentará.
+
+--¿Queréis ser franca conmigo, hija mía?
+
+--No pretendo ocultaros nada, padre Aliaga.
+
+--¿Merezco yo vuestra confianza?
+
+--¡Oh, sí!--dijo doña Clara cambiando de tono y haciéndole sumamente
+dulce y afectuoso.
+
+--Pues bien; no me ocultéis nada. Vos amáis á ese caballero...
+
+--¡Yo! ¡no lo quiera Dios!--exclamó con un verdadero terror doña Clara.
+
+--¿No os habéis sentido interesada por él?...
+
+--Sí...
+
+--¿No lo recordáis?
+
+--Sí...
+
+--¿No sufrís por él?...
+
+--Sufro, sí... sufro una humillación que no he buscado, á la que no le
+he dado lugar, porque no le he dado esperanzas de ningún género.
+
+--Os sentís humillada... luego amáis.
+
+--Y bien... sí, le amo... le he visto galán, apasionado, respetuoso,
+valiente; me ha acompañado anoche por calles obscuras, lloviendo,
+teniéndome en su poder, y ha sido un modelo de caballeros... me ha
+obedecido... después, cuando ha venido á palacio á traer esas cartas que
+había arrancado á don Rodrigo... cuando le vi... cuando en su semblante
+conmovido adiviné un parecido vago con una ilustre persona... de que no
+podía darme cuenta... en fin, padre Aliaga... no sé... yo me he visto
+asediada, acaso más que por otra cosa, por mi fama de esquiva, por lo
+más ilustre, por lo más noble, por lo más hermoso de la corte... el
+mismo rey... os lo digo, porque lo sabéis... me ha solicitado... ni á
+los grandes que me han querido para esposa, ni al rey que me ha ofendido
+pretendiendo hacerme su entretenimiento, he dado ni el más ligero motivo
+de esperanza; y no me ha costado trabajo, no: porque yo no he amado...
+hasta ahora... porque yo, para disponer de mí, no miraré jamás mi
+conveniencia, sino mi voluntad, mi corazón. Pero él... ¡Dios mío! lo
+digo al sacerdote y al desgraciado... él, fray Luis, me ha hecho
+espantarme de mí misma... porque... anoche... no dormí... su recuerdo
+tenaz, continuo, embriagador... acompañado de no sé qué esperanzas, de
+no sé qué temores, me desvelaba... todavía no he dormido... me pesa la
+cabeza, me duelen los ojos... no sé, no sé por qué le amo tanto...
+porque le amo, no os lo quiero negar.
+
+--Pues bien, seréis su esposa, doña Clara.
+
+--No... imposible... de ningún modo... ¿no os digo que me ha humillado?
+
+--No os comprendo.
+
+--¿No creéis que es una humillación para mi, que yo tan altiva, tan
+severa, tan desdeñosa con todos, hasta el punto de que creyéndome
+incapaz de amar, me hayan llamado la menina de nieve, caiga de repente
+de mi indiferencia, de mi frialdad, en el extremo opuesto, y que el
+hombre por quien tanto he variado en pocas horas, apenas separado de mí
+se enamore de una mujer perdida, y se vaya á vivir con ella y la
+acompañe al teatro?
+
+--¿Pero quién os ha dicho eso?
+
+--El bufón del rey, padre ó amante, ó qué sé yo, según dicen, de esa
+Dorotea, de esa dama de comedias, que es amante pública del duque de
+Lerma; ¡esa miserable!
+
+--Tal vez desgraciada.
+
+--Nunca he creído desgraciada, sino infame, á una mujer tal; ¿una
+perdida que se ha atrevido á poner la lengua impura en la honra de la
+reina?
+
+--Estáis irritada... irritada acaso sin razón. El tío Manolillo puede
+ser que, por un interés que aún no podemos conocer, haya querido haceros
+creer que ese caballero ama á esa comedianta. No es posible habiéndoos
+visto á vos. A no ser que de tal modo le hayáis descorazonado...
+
+--Yo no podía obrar de otro modo... y no me pesa, porque yo dominaré
+este amor que se me ha metido por el alma; le dominaré, os lo juro.
+
+--Si tuviérais necesidad de dominarle, le dominaríais. Pero no será
+necesario. Yo desenredaré todo esto; yo pondré á cada uno en su lugar.
+¿Conque queréis encargaros de dar vos misma esta provisión de capitán al
+señor Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor del rey, y vuestro
+enamorado?
+
+--Se la daré y aprovecharé la ocasión para darle un desengaño--dijo doña
+Clara, como obedeciendo á un pensamiento repentino.
+
+--Pues bien, tomad; guardadlo y hablemos de otra cosa. Del cambio que me
+han dicho se ha efectuado en palacio.
+
+--Ha pasado tanto en mis asuntos propios--dijo doña Clara--, he estado
+tan poco desocupada en todo el día, que no he tenido tiempo para pensar
+en nada...
+
+--¿En nada más que en escribirme que prendiese á esa comedianta?
+
+--Os juro por la sangre de nuestro Divino Redentor--dijo doña Clara con
+vehemencia--, que al aconsejaros que prendiéseis á esa mujer, no he
+pensado en mí misma, sino en lo que convenía á su majestad.
+
+--Os creo, pero muchas veces causamos el mal sin darnos cuenta de ello;
+hay veces en que nuestra alma obra por sí misma, sin participación de la
+razón. Afortunadamente yo soy hombre acostumbrado á mirar las cosas á
+sangre fría, y no me he apresurado. Y no dejará por eso de hacerse todo
+cuanto se deba y se pueda hacer. ¿Conque no me podéis dar noticias
+acerca de lo que sucede en palacio? A mí sólo me han llegado noticias
+vagas... y venía ansioso.
+
+--Os repito que me he ocupado hoy muy poco de los asuntos ajenos,
+asustada de los míos propios. Pero seguidme, padre Aliaga; os voy á
+llevar donde os informen de una manera completa: á la cámara de su
+majestad la reina.
+
+--¿Creéis que su majestad no se enojará...?
+
+--La reina sabe con cuánto celo la servís, cuánto os interesáis por
+ella, os tiene en opinión de santo y se alegra siempre de veros. Podrá
+suceder que también veáis á su majestad el rey, porque lo único que
+puedo deciros es que ya el rey no encuentra dificultad alguna en pasar
+al cuarto de la reina; como que de cierto sobresalto recibido anoche
+anda enferma la duquesa de Gandía. Conque seguidme, padre Aliaga.
+
+Doña Clara se levantó y tomó una bujía.
+
+El padre Aliaga se levantó también y siguió á doña Clara, que se dirigió
+á una puerta, la abrió y atravesó algunas habitaciones.
+
+Al fin abrió una puerta de servicio y dijo al padre Aliaga:--Esperad.
+
+Y entró.
+
+Poco después volvió, y dijo al fraile:
+
+--Su majestad os espera.
+
+El padre Aliaga hizo una poderosa reacción sobre sí mismo, se preparó,
+como siempre que la reina le recibía en audiencia, y entró.
+
+Doña Clara cerró la puerta y desandó el mismo camino que había traído,
+murmurando:
+
+--¡Infeliz! ¡Cuánto debe sufrir! ¡Yo no sabía lo que hacen padecer los
+celos!
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXIII
+
+EL SUPLICIO DE TÁNTALO
+
+
+Entró el padre Aliaga en una extensa y magnífica cámara, en la misma en
+que presentamos al principio de este libro á la duquesa de Gandía.
+
+Llevaba el confesor del rey la cabeza inclinada, las manos cruzadas y el
+corazón de tal modo agitado, que quien hubiera estado cerca de él
+hubiera podido escuchar sus latidos.
+
+Margarita de Austria estaba sentada junto á la misma mesa donde su
+camarera mayor leía la noche anterior los _Miedos y tentaciones de San
+Antón_.
+
+Un candelabro de plata, cargado de bujías perfumadas, iluminaba de lleno
+el bello y pálido semblante de Margarita de Austria.
+
+Vestía la reina un magnífico traje de brocado de oro sobre azul, tenía
+cubierto el pecho de joyas, y en los cabellos, rubios como el oro, un
+prendido de plumas y diamantes.
+
+--Espera al rey--dijo para sí el padre Aliaga.
+
+Y adelantó hacia la reina.
+
+Margarita de Austria dejó sobre la mesa un devocionario ricamente
+encuadernado que tenía en la mano á la llegada del padre Aliaga.
+
+Este, cuando estuvo cerca de la reina, se arrodilló.
+
+--¿Qué hacéis, padre mío?--dijo dulcemente Margarita--. ¡Un sacerdote,
+tal como vos, arrodillarse ante una pecadora tal como yo!
+
+--¡Oh! si todos pecasen en este mundo como vuestra majestad...--dijo el
+padre Aliaga levantándose.
+
+--Pues mirad, padre, lo que peco me espanta. Tengo muy poca paciencia...
+
+--Vuestra majestad es una mártir.
+
+--No, porque no acepto mi martirio. Además, hay momentos en que me
+bañaría en sangre.
+
+--En sangre de traidores.
+
+--Indudablemente... ¡pero soy tan desgraciada!...
+
+--Demasiado, señora.
+
+--Hoy no... hoy soy casi feliz.
+
+--Quiera Dios, señora, completar esa felicidad y aumentarla.
+
+--Sentáos, fray Luis, sentáos, quiero hablaros mucho y no quiero
+fatigaros.
+
+--Las bondades de vuestra majestad no tienen límite para conmigo--dijo
+el padre Aliaga, tomando un sillón y sentándose á una respetuosa
+distancia.
+
+--¡Mis bondades! No ciertamente, padre Aliaga--dijo con acento dulce
+reina--, os debo mucho; después de Dios, sois la protección que tengo
+sobre la tierra.
+
+--La protección mía, señora, es muy débil.
+
+--¿Y vuestros consejos? ¿A quién debo la resignación con que sufro mis
+desventuras de mujer y de reina, más que á vos?
+
+--Lo debe principalmente vuestra majestad á su gran corazón.
+
+--Ha habido momentos en que me he desalentado, en que he creído inútil
+la resistencia, en que he estado á punto de abandonarlo todo, de
+rendirme á mi desdicha. Y entonces vos me habéis aconsejado valor y
+fortaleza; habéis robustecido mi alma con vuestra palabra; me habéis
+salvado. Y á esa lucha sostenida por vos, debo el haber llegado á un
+gran día, á un día de triunfo.
+
+--¡Un día de triunfo!--dijo tristemente el padre Aliaga.
+
+-Creo que no habéis reparado en mí, padre mío; miradme bien.
+
+El padre Aliaga levantó la vista de sobre la alfombra y la fijó en la
+reina.
+
+Margarita de Austria sonreía; su sonrisa era la expresión de un contento
+íntimo, y aumentaba su dulce belleza.
+
+La mirada que el padre Aliaga fijó en la reina, era la perpetua mirada
+que el mundo conocía en él: reposada, tranquila, y aun nos atrevemos á
+decirlo: ascética.
+
+Pero las manos, que fray Luis tenía escondidas en las mangas de su
+hábito, estaban crispadas, y sus uñas se ensangrentaban en sus brazos.
+
+Y no contestó á la reina, porque estaba retando con su espíritu; porque
+estaba pidiendo á Dios alejase de él la tentación.
+
+--Ya podéis ver--dijo la reina después de que el inquisidor general la
+estuvo mirando frente á frente algunos segundos, que ni por mi traje, ni
+por mi semblante, soy la pobre esposa medio viuda, la reina reclusa y
+humillada; soy la desposada que se viste de fiesta para esperar á su
+esposo... porque espero á su majestad; ya no hay traidores que impidan
+al rey llegar hasta la reina... las puertas de mi cámara están francas
+para su majestad; anoche empezó ese milagro; anoche el rey fué mi
+esposo.
+
+Fray Luis contuvo una violenta conmoción y se puso de nuevo á rezar
+apresuradamente.
+
+La reina continuó:
+
+--Y he descubierto una cosa que me ha llenado de alegría, que ha abierto
+mi alma á la esperanza y á la felicidad: el rey me ama. ¡Oh, sí, me ama
+con toda su alma! y yo... ¡oh, Dios mío! para vos, padre Aliaga, que
+tenéis las virtudes y la pureza de un santo, he tenido abierta por
+completo mi conciencia, mi alma de mi mujer; vos no sois mi confesor,
+pero sois más que mi confesor, mi padre; yo os había dicho que no amaba
+al rey, á mi Felipe, al padre de mis hijos... ¡oh! y os lo decía como lo
+sentía... yo estaba irritada, humillada, abandonada; habían pasado días
+y semanas y meses sin que yo viera á su majestad más que en los días de
+ceremonia, delante de la corte, rodeada de personas pagadas para
+escuchar mis palabras; yo no era allí más que la mitad de la monarquía;
+la reina cubierta de brocados, con el manto real prendido á los hombros,
+con la corona en la cabeza; una mujer vestida de máscara presentada á la
+burla de la corte; después de la ceremonia, el rey se iba por un lado
+con su servidumbre, y la mía me traía como presa á mi cuarto... esto me
+irritaba.. me indisponía con todo... hasta conmigo misma...; pero
+anoche... cuando vi al rey delante de mí... ¡oh Dios mío! comprendí que
+le amaba más que nunca, que mi amor no se había borrado, sino que había
+dormido, que había estado cubierto por mi despecho. Y sin embargo de que
+el rey no quiso oírme una sola palabra de política, á pesar de que esto
+me entristeció, porque ya sabéis cuánta falta nos hace el que su
+majestad tome sobre sí el peso del gobierno, fuí feliz, concebí
+esperanzas; el rey se mostró transformado...
+
+--Su majestad medita demasiado las cosas...
+
+--Por el contrario--dijo con arranque la reina--, el rey no medita nada.
+
+--Quiero decir--dijo el padre Aliaga--que el rey en ciertos negocios
+anda con pies de plomo.
+
+--Decid más bien que cuando se trata del duque de Lerma no se mueve.
+
+--Su majestad cree que no encontrará otro mejor que el duque; le fatiga
+la lucha, ama la paz, su alma es excesivamente piadosa...
+
+--¡Pero si el rey continúa así, la monarquía queda reducida á una sombra
+que sólo sirve para autorizar á magnates miserables capaces de
+todo!--dijo la reina con violencia.
+
+--¿Vuestra majestad dice que las cosas han variado?
+
+--Sí, fray Luis, sí--dijo la reina inclinándose hacia el padre Aliaga,
+con las muestras de la mayor confianza--; escuchad: yo no sé cómo, pero
+la variación es completa; ya sabéis... aquellas cartas tan
+imprudentemente escritas por mí á ese vil Calderón, cartas que me tenían
+reducida á mi, á Margarita de Austria, á una posición de esclava, que
+han estado á punto de hacerme cometer un crimen, porque un asesinato,
+aunque la causa sea justa, siempre es un crimen...
+
+--Sólo Dios puede juzgar las acciones de los reyes.
+
+--Y algo que está más bajo que Dios, fray Luis; su conciencia, la
+conciencia de sus vasallos, y después la historia... pero Dios, á quien
+adoro y bendigo, me ha librado de cometer un crimen; me ha procurado una
+buena y valiente espada y un corazón de oro... á propósito... ¿cómo
+estamos, en cuanto á la recompensa de ese valiente joven?
+
+--Ya he dado la provisión de capitán de la tercera compañía de la guarda
+española á doña Clara de Soldevilla para que se la entregue.
+
+--¡Oh! y habéis hecho muy bien, porque... se aman: él á ella como un
+loco: ella á él... no sé cuánto, pero esta mañana tenía señales en los
+ojos de no haber dormido...
+
+--Pero según creo, no se habían visto hasta anoche.
+
+--No importa; se aman, yo os lo aseguro, padre Aliaga; él la hablaba con
+el corazón... ella le escuchaba con el alma, aunque no lo demostraba,
+porque doña Clara es muy reservada y muy firme... tan firme como
+hermosa, noble y honrada; ese joven es un tesoro... si no hubiese sido
+por ella... ella me procuró á ese valiente defensor, á quien yo
+ennobleceré de tal modo, á quien levantaré tan alto, que el orgulloso
+Ignacio Soldevilla no se atreverá á negar á la reina la mano de su hija
+para ese hidalgo.
+
+Hablaba con tal entusiasmo la reina de Juan Montiño, que el padre Aliaga
+volvió á sentir en su alma la amarga desesperación que le había causado
+la sola sospecha de que Margarita de Austria amase al joven.
+
+Y la reina hablaba de tal modo por agradecimiento, porque Juan Montiño
+la había salvado de un compromiso horrible.
+
+--Y no es extraño--continuó la reina--que doña Clara le ame de ese modo;
+se amparó de él en la calle, á bulto, como se hubiera amparado de otro
+cualquiera hidalgo, porque la seguía de cerca don Rodrigo; estuvieron
+largo rato juntos; nuestro joven la enamoró, la salvó, en fin, de don
+Rodrigo; fué una aventura completa; después, cuando le presentó las
+cartas que yo buscaba á costa de cualquier sacrificio, manchadas con la
+sangre de don Rodrigo... doña Clara me ama... como la amo yo, y ama á mi
+salvador... y si á esto se añade que ese joven, considerado como hombre,
+es casi tan hermoso como doña Clara, que es la mujer más hermosa que
+conozco, hay que convenir en que es necesario casarlos. Yo los casaré.
+¿Por lo pronto, le tenemos ya dentro de palacio?
+
+Fray Luis ahogó en su garganta un rugido que se revolvió sordo, poderoso
+en su pecho.
+
+La última pregunta de la reina le había aterrado.
+
+Sin embargo, conservó su aspecto sereno, su semblante impasible é
+inalterable su acento, cuando respondió á la reina:
+
+--Sólo falta que doña Clara le entregue su provisión de capitán de la
+guardia española.
+
+--Se le entregará... mañana... Ahora bien: ¿cuánto ha costado esa
+provisión, porque supongo que Lerma la habrá vendido?
+
+--Vuestra majestad no tiene que ocuparse de esa pequeñez--dijo fray
+Luis--. Vuestra majestad ha querido que ese caballero tenga un medio
+honroso de vivir y ya le tiene. Lo demás importa muy poco.
+
+--No, no; cuando os escribí no era reina, y necesitaba de vuestros
+buenos oficios por completo; hoy ya es distinto; he vuelto á ser reina;
+Lerma ha dispuesto que se me pague lo que se me debe, y... soy rica; os
+mando, pues, que me digáis cuánto ha costado esa provisión. Os lo
+mando, ¿lo entendéis?
+
+--Ha costado trescientos ducados.
+
+--¿Y los demás gastos?...
+
+--No lo sé á punto fijo, señora.
+
+--Pues haced la cuenta, y decidme la cantidad redonda. Casi casi voy
+haciéndome partidaria de Lerma. ¿Si habrá tocado Dios el corazón de ese
+hombre?
+
+--El duque ha tenido miedo.
+
+--Y le ha tenido con razón--dijo con acento lleno y majestuoso la
+reina--; le ha tenido y debe tenerlo; se ha atrevido á sus reyes y se
+atreve; Lerma caerá... caerá... y yo pisaré su soberbia, yo que me he
+visto indignamente pisada por él. ¿Y sabéis, sabéis á quién se debe todo
+este cambio?...
+
+--¡A Dios!--dijo con una profunda fe el padre Aliaga.
+
+--Sí, indudablemente á Dios; pero Dios, para obrar respecto á nosotros,
+se vale de medios naturales. El medio de que Dios se ha valido, ha sido
+de ese joven... del sobrino del cocinero del rey.
+
+--Creo que vuestra majestad, en su bondad, abulta los méritos de ese
+mancebo--dijo el padre Aliaga, cuya alma había acabado de ennegrecerse.
+
+--Hiriendo á don Rodrigo Calderón, ese joven ha producido todo ese
+cambio.
+
+--Lo dudo.
+
+--El duque, al verse solo, privado de la ayuda de Calderón, que es su
+pensamiento, no se ha atrevido á seguir en una senda en que Calderón le
+ha sostenido... esto lo sospecho yo... puede ser que Calderón, al verse
+herido de sumo peligro, haya sentido remordimientos, y haya revelado al
+duque lo que se tramaba contra él... y esto es lo más probable, por la
+conducta del duque. ¿Sabéis lo que ha dicho su hijo el duque de Uceda al
+verse arrojado del cuarto de mi hijo don Felipe á todo el que ha querido
+oírle?--Mi señor padre teme que haya quien tire de la cortina, y deje
+ver sus tratos con la Liga y sus inteligencias con Inglaterra.--El duque
+de Uceda no ha debido decir esto de una manera muy secreta, porque lo ha
+sabido su padre, y sin perder tiempo ha propuesto al rey la guerra
+contra la Liga, y ha enviado de embajador á Inglaterra á don Baltasar de
+Zúñiga. Y no es esto solo; ha desterrado y preso y asustado á los mismos
+á quienes ayer llamaba sus amigos, y ha honrado y favorecido á otros á
+quienes miraba como enemigos. Sin ir más lejos ¿no os ha nombrado á vos
+inquisidor general?
+
+--Lo que me ha hecho tener más cuidado ahora que nunca, señora; cuando
+el lobo lame la mano que odia...
+
+--¡Oh! yo os aseguro que el duque de Lerma no tendrá tiempo de revolver
+sobre nosotros. El duque de Lerma es hombre muerto.
+
+--¡Ah! ¿hablábais de mi buen don Francisco de Rojas y Sandoval, mi muy
+amada esposa, mi respetable confesor?--dijo Felipe III, que había
+entrado poco antes en la cámara, y adelantado en silencio.
+
+La reina y el padre Aliaga se levantaron á un tiempo.
+
+--Sentáos, sentáos--dijo el rey--; vos sois mi buena, mi hermosa, mi
+amada Margarita--dijo el rey tomando á la reina una mano, y
+besándosela--; y vos, padre, sois mi amigo y mi confesor. Ya sabéis
+cuánto he defendido yo el que os aparten de mi lado, á pesar de que
+Lerma me ha hablado mal de vos. Yo os aprecio mucho, fray Luis; más que
+apreciaros, os reverencio. He tenido un placer y una sorpresa cuando
+esta mañana el duque de Lerma me ha dado á firmar vuestro nombramiento
+de inquisidor general. Como he firmado con sumo gusto el nombramiento de
+embajador para don Baltasar de Zúñiga, y el de gentilhombre de mi cámara
+para el duque de Uceda; estaban demasiado apoderados del príncipe don
+Felipe. Sentáos, sentáos, pues, señora; y vos también, padre Aliaga;
+nadie nos ve; yo entro y salgo, merced á ciertos pasadizos, sin que
+nadie me vea, y estamos completamente libres de la etiqueta.
+
+Todos se sentaron.
+
+El rey, que era muy sensible al frío, removió el brasero.
+
+--¡Qué invierno tan crudo!--dijo--; aseguran que hay miseria en los
+pueblos; ¡pobres gentes!
+
+Y volvió á revolver con delicia el brasero.
+
+--Cuando llegué conspirábais--dijo el rey.
+
+--Es verdad--contestó la reina--; conspirábamos contra Lerma, y es
+necesario que vuestra majestad conspire también.
+
+--Yo no necesito conspirar--dijo el rey--; el día que quiera, Lerma
+caerá; pero Lerma me sirve bien. Os tenía quejosa, señora, pero el duque
+me ha hablado largamente. Le tenía engañado don Rodrigo Calderón.
+
+--¿Y cómo ha sabido el duque que don Rodrigo Calderón le engañaba?
+
+--Le han avisado... no sabe quién... pero tiene pruebas; al conocer su
+engaño, Lerma se ha apresurado á repararlo. Debéis, pues, perdonarle;
+señora, perdón merece quien confiesa su error, y perdonar también á la
+buena duquesa de Gandía, que es una pobre mujer, cuyo único delito es
+ser excesivamente afecta al duque... me lisonjeo en creer que empezamos
+una nueva era... enviaremos un respetable ejército á Flandes contra la
+Liga, arreglaremos nuestros negocios con Inglaterra, y nos haremos
+respetar.
+
+El rey repetía palabra por palabra lo que le había dicho Lerma.
+
+La reina y el padre Aliaga callaron, porque sabían que en ciertas
+ocasiones era de todo punto inútil, y sobre inútil, perjudicial, el
+contrariar á Felipe III.
+
+En aquellos momentos, éste se estaba haciendo la ilusión de que era un
+gran rey.
+
+--No sé, no sé qué os he oído hablar de cierto hidalgo á quien decíais
+vos, señora, que debíamos mucho: lo oí al abrir la puerta, pero me
+pareció sentir pasos en el corredor secreto y me volví... debió ser
+ilusión mía, porque los pasos no se repitieron; pero cuando me volví de
+nuevo hacia vosotros, ya no hablábais del tal hidalgo.
+
+--Hablábamos de un sobrino del cocinero mayor de vuestra majestad.
+
+--¡Ah! ¿del buen Montiño? ¿y ese mozo, es tan buen cocinero como su tío?
+
+--Sabe á lo menos manejar la espada tan bien como su tío las
+cacerolas--, contestó la reina procurando serenarse, porque la había
+turbado la imprevista pregunta del rey.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¿es buen espada?
+
+--Tan bueno, como que es quien ha herido á don Rodrigo Calderón.
+
+--¿El que ha herido á don Rodrigo?
+
+--Sí por cierto.
+
+--¿Y por qué le ha herido?
+
+--Defendiendo la honra de una mujer.
+
+--¡Ah! ¡ah! y... ¿quién es ella?
+
+--Una dama á quien vuestra majestad y yo apreciamos mucho.
+
+--Pues no... no acierto.
+
+--Doña Clara...
+
+--¡Ah! ¡sí! ¡vuestra menina! quiero decir, vuestra dama de honor...
+porque ya recordaréis que hemos convenido en que es ya muy crecida para
+menina... la bella y honradísima doña Clara Soldevilla.
+
+--Y además, está ya en buena edad para casarse--dijo la reina.
+
+--Casarse... si bien... es una mujer envidiable... yo sé de muchos que
+la han solicitado, que han querido casarse con ella... pero ella no ha
+querido á ninguno.
+
+--Yo aseguro á vuestra majestad, que con quien yo querría casarla es muy
+del agrado de doña Clara.
+
+--¿Y quién? ¿quién es él?
+
+--El vencedor de don Rodrigo Calderón.
+
+--¡El sobrino de mi cocinero!--exclamó con desprecio el rey--. Esa es
+una alianza indigna de doña Clara; mi valiente coronel Ignacio
+Soldevilla, tendría mucha razón de enojarse conmigo, si yo introdujera
+en sus cuarteles un mandil y un gorro blanco: eso no puede ser... no
+será...
+
+--Los reyes ennoblecen--dijo contrariada la reina.
+
+El padre Aliaga acudió en socorro de Margarita de Austria.
+
+--Ese joven--dijo--, no es sobrino del cocinero mayor.
+
+--¿Pero en qué quedamos? ¿qué es ese mancebo?
+
+--El se cree hijo de Jerónimo Martínez Montiño, hermano de Francisco
+Martínez Montiño, cocinero de vuestra majestad; pero no es así... es...
+hijo de padres muy nobles, como lo reza esta carta--dijo el padre
+Aliaga, presentando al rey la tan traída y llevada carta de Pedro
+Martínez Montiño á su hermano.
+
+--Leedme, leedme esa carta, padre Aliaga, y veamos esa historia.
+
+El padre Aliaga leyó la carta de la cruz á la fecha.
+
+--Esa carta es una buena historia--dijo el rey--; pero en esa historia
+faltan los nombres de los padres; nada hacemos con eso.
+
+--Los padres, señor, son, según dice Francisco Montiño, el duque de
+Osuna.
+
+--¡Oh! ¡mi altivo Girón! ¿y ella?
+
+--Ella, según dice el tío Manolillo, es la duquesa de Gandía.
+
+--¡Ah! ¡la duquesa de Gandía! ¡ah! ¡ah! ¡el duque de Osuna... y la
+duquesa de Gandía!... ¡por San Lorenzo nuestro patrón! eso es ya
+distinto... ¿y lo sabe eso doña Clara?
+
+--Lo ignoro, señor.
+
+--Si no recuerdo mal--dijo el rey--en esta carta que acabáis de leerme,
+padre Aliaga, dice que ese mancebo no ha estado nunca en la corte; si
+llegó anoche, ¿cómo conoció á doña Clara? y aun dada la ocasión de
+conocerla, ¿cómo se enamoró ella de él? Esto es extraordinario; esto no
+puede creerse; por otra dama debió reñir con don Rodrigo ese Joven...
+precisamente, ó yo no lo entiendo.
+
+Afortunadamente el rey se había extendido en sus consideraciones, y
+había dado tiempo á la reina de improvisar una respuesta.
+
+--Fué una casualidad--dijo Margarita de Austria--; al venir nuestro
+joven á Madrid con esa triste carta de su tío, que acaba de leernos el
+padre Aliaga, vino naturalmente al alcázar á buscar á su otro tío; por
+un descuido de los maestresalas, perdido en el alcázar, se encontró en
+la galería obscura á donde corresponde la puerta del cuarto de doña
+Clara, y oyó voces de dos personas.
+
+--¡ Ah! ¡una aventura como las de las comedias de Lope de Vega!--dijo el
+rey--. ¿Y esas dos voces eran de una dama y de un galán?
+
+--Eran las de don Rodrigo Calderón y doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Ah! ¿conque al fin la rigurosísima doña Clara...?
+
+--Nada de eso; como don Rodrigo es tan audaz, tan miserable, tan
+malvado, había corrompido á una criada de doña Clara, y ésta había
+robado á su señora una prenda muy conocida y la había entregado á
+Calderón. Este, prevalido de la prenda con que había querido obligar á
+doña Clara, se había introducido en su aposento.
+
+--¡Ah! ¡ah! esto es grave, gravísimo...--dijo el rey--ese don Rodrigo es
+demasiado voluntarioso y bien poco mirado... ¡atreverse á una dama tal
+como doña Clara, á quien sabe que tienen sus reyes en gran estimación y
+poco menos que como á una hija! ¡Una dama á quien ha dejado en nuestra
+servidumbre un buen caballero, que derrama su sangre en nuestro
+servicio, seguro de que la reina será para ella una madre... seguro de
+que bajo el amparo de la reina estará á cubierto de asechanzas!
+
+La voz del rey, al decir esto, temblaba de un modo particular.
+
+--A pesar de mi protección, señor--dijo sonriendo la reina--, se han
+puesto grandes tentaciones delante de doña Clara, y á no ser ella tan
+honrada, tales han sido algunas, que todo mi poder no habría podido
+salvarla...
+
+--Sí, sí dijo el rey, á quien parecían atragantársele las palabras,
+según se le enredaban las letras y aun las sílabas--; doña Clara, en
+efecto, vale mucho... ha podido suceder que personas ilustres hayan
+tenido... puede ser que... hayan caído en una tentación disculpable...
+porque... puede... sí... pero en fin... ¿y qué prenda era la que don
+Rodrigo suponía haber recibido de doña Clara?--añadió el rey, saliendo
+bruscamente del discurso en que se había embrollado, porque le acusaba
+la conciencia.
+
+--Un hermoso rizo de cabellos negros, sujeto... con... no
+recuerdo...--dijo la reina poniéndose un rosado dedo en los labios, como
+quien medita...--¡ah! ¡sí!... con un pequeño lazo de diamantes... en el
+cual estaban esmaltadas nuestras armas.
+
+--¡Nuestras armas!
+
+--Sí por cierto; era uno de los seis lazos que para que me sirviera de
+sobreherretes, me había regalado vuestra majestad.
+
+--¡Ah! ¡sí! recuerdo ese regalo.
+
+--Yo había dado uno de esos lazos á doña Clara.
+
+--Pues se conoce que estima en poco vuestros regalos doña Clara--dijo el
+rey--, cuando así los da á sus enamorados.
+
+--¡Pues si doña Clara no le ha dado á don Rodrigo!
+
+--¿Pero cómo le tenía don Rodrigo?
+
+La criada, á quien había sobornado don Rodrigo, había robado, por
+insinuación de éste, á su señora.
+
+--Pero, ¿cómo sabía don Rodrigo que doña Clara tenía el tal lazo?...
+
+El padre Aliaga, que escuchaba en silencio y con la cabeza baja este
+diálogo, oraba en el fondo de su alma porque la reina saliese bien del
+atolladero en que se había metido; la reina, sin embargo, no demostraba
+la menor turbación.
+
+--Don Rodrigo--dijo--sabía que doña Clara poseía aquel lazo, porque le
+ha llevado muchas veces sobre el pecho delante de la corte; porque han
+hablado mucho del tal regalo las damas; porque es una prenda muy
+conocida de doña Clara; si no hubiese sido conocida aquella prenda,
+¿para qué la quería don Rodrigo?
+
+--Me parece, señora--dijo el rey--, que creéis demasiado á doña Clara,
+que doña Clara no es tan esquiva como cuenta la fama, y que acaso don
+Rodrigo...
+
+--¡Oh, no; estoy segura de ella!
+
+--¿Pero creéis fácil que se corten cabellos á una mujer sin que lo
+sienta? ¿Os habéis olvidado de ese hermoso rizo, sujeto por hermoso
+lazo?
+
+--Siempre que se peina una mujer que tiene tan largos, tan hermosos, tan
+abundantes cabellos como doña Clara, queda una maraña; con pocas marañas
+como las que produce cada peinado de doña Clara, basta para hacer un
+hermoso rizo.
+
+--¡Ah! efectivamente, no había pensado en ello...--dijo el rey--pero me
+agradaría ver ese rizo... si fuera posible.....
+
+--No sé si doña Clara le habrá destruído--dijo con la mayor serenidad la
+reina, mientras el padre Aliaga se estremecía, porque veía llegado de
+una manera fatal el momento de las pruebas.
+
+--¿Cómo recobró doña Clara ese rizo?--dijo el rey.
+
+--Casualmente ese es el gran servicio que ha prestado el joven de quien
+hablamos á doña Clara.
+
+--¿Pero cómo supo ese mancebo?...
+
+--De una manera muy sencilla: decía, señor, que por descuido de los
+maestresalas, sin duda, ese joven, habiéndose perdido en el alcázar,
+como quien nunca había por él andado, había venido á parar, entrando por
+la portería de Damas, á la galería obscura á donde corresponde la puerta
+del aposento de doña Clara. Al entrar en la galería, según dijo después
+á doña Clara ese hidalgo, oyó las voces de un hombre y de una mujer. El
+hombre, sin pasar de la puerta, se negaba á devolver una prenda á la
+mujer, y la mujer decía: «No faltará quien os arranque esa prenda que me
+habéis robado con el corazón».
+
+--Desengañáos, doña Clara--contestó el hombre--; vuestro padre, el buen
+Ignacio Soldevilla, está muy lejos, y aunque le llaméis, y aun cuando
+venga, vendrá tarde; toda la corte sabrá ya que la ingrata hermosura á
+quien llaman la menina de nieve no ha sido esquiva para mí.
+
+--¡Ah!--dijo el rey, dándose una palmada en la frente--; pues ya lo
+comprendo todo; el tal afortunado hidalgo quitó á estocadas á don
+Rodrigo la prenda, y como sabía, por haberlo oído, el nombre y el empleo
+en palacio de la dama, vino ó presentarla la prenda... se vieron y se
+enamoraron el uno del otro ¡ah, ah, véase lo que son los acasos!... y
+si... si... ¡por mi ánima que quisiera ver!... ¿Habrá algún
+inconveniente en pedir á doña Clara esa prenda?
+
+[imagen: Felipe III.]
+
+La reina se estremeció.
+
+El padre Aliaga se cubrió de sudor frío.
+
+Pero la reina no se detuvo; dió dos palmadas, y se abrió la puerta de la
+cámara.
+
+Apareció la condesa de Lemos, que, por enfermedad de la duquesa de
+Gandía, desempeñaba accidentalmente las funciones de camarera mayor,
+como primera dama de honor.
+
+--Id y decid á doña Clara Soldevilla, mi menina, que venga--dijo la
+reina, haciendo un supremo esfuerzo para que no se trasluciese en su
+semblante la agonía de su alma.
+
+El padre Aliaga se puso literalmente malo.
+
+La condesa de Lemos dejó caer el tapiz de la puerta de la cámara.
+
+Sólo una casualidad podía salvar á la reina de ser cogida de una grave
+mentira por el rey. La reina, por instinto, se conservaba serena.
+
+--Es extraño... es extraño todo esto--dijo el rey--; y, sin embargo,
+siendo así, no extraño que doña Clara, agradecida... ella tiene unas
+ideas talmente de dama de comedia... Bien, muy bien... si se aman... los
+casaremos... ennobleceremos á ese hidalgo cuanto sea necesario,
+pretextaremos un gran servicio... mentiremos un poco, á fin de que
+Ignacio Soldevilla no se ofenda... Dios nos perdonará esta mentira.
+
+--Yo creo--dijo la reina con intención--que cuando se miente para salvar
+grandes intereses, no se peca; el padre Aliaga, que está presente, y que
+es muy teólogo, puede decirnos...
+
+--Señora--se apresuró á decir el padre Aliaga--, hay ocasiones en que el
+no mentir sería un crimen.
+
+--¿De suerte que--dijo el rey, que en asuntos de conciencia era muy
+escrupuloso--la mentira puede, y aun debe usarse, según las
+circunstancias?
+
+--Indudablemente--dijo el padre Aliaga--; veamos el caso actual; hay que
+engañar á un hombre... á Ignacio Soldevilla, para evitar grandes males.
+Debe engañársele, el fin es bueno; el tósigo se emplea comúnmente como
+medicina.
+
+--Pero, ¿qué grandes males amenazan?
+
+--Supongamos que doña Clara ame... como suelen amar al cabo las que han
+llegado á cierta edad sin conocer el amor... que se obstine... que no
+pudiendo lograr su amor por buenos medios...
+
+--Basta, basta; ahora comprendo que debe mentirse, que es una obligación
+mentir en ciertas ocasiones.
+
+--Además--dijo la reina--de que para honrar á ese joven no es necesario
+mentir.
+
+--¿Nos ha prestado algún servicio?--dijo el rey.
+
+--¡Oh, importantísimo! ¿recordáis, señor, las dos cartas escritas por el
+conde de Olivares y el duque de Uceda á don Rodrigo Calderón, que os di
+á leer anoche?
+
+--¡Oh, sí! cartas que yo he dado á leer al duque de Lerma.
+
+--Y que han causado la variación que se nota en el duque.
+
+--Indudablemente.
+
+--Y que han hecho que el duque se deje de favoritos y venga á buscar la
+fuerza en el rey.
+
+--Sí; sí, todo eso es cierto.
+
+--¿Y creéis, señor, que quien ha hecho este servicio, es decir, quien ha
+sido causa de que esto suceda, no merece una gran recompensa?
+
+--Si por cierto; merece un título y una renta.
+
+--Pues bien, ese caballero, ese noble bastardo de Osuna, ha prestado á
+vuestra majestad ese servicio.
+
+--¡Cómo!
+
+--Al quitar á don Rodrigo Calderón, después de haberle vencido, el rizo
+y el lazo que había robado Calderón á doña Clara, le quitó también esas
+dos cartas que Calderón, por ser tan importantes, llevaba sobre sí, y
+entregó con la prenda las cartas á doña Clara.
+
+--Pues ya no extraño que doña Clara ame á un tal hombre; doña Clara
+aborrece á Lerma... Tengo pruebas de ello; porque doña Clara es vuestro
+consejo, y al ver á Lerma comprometido... en efecto, esas cartas han
+producido un resultado saludable... los casaremos; se hará cuanto haya
+que hacer con el coronel Soldevilla... pero siento pasos en la
+antecámara, acaso sea doña Clara.
+
+La reina se estremeció; el padre Aliaga se heló; se levantó el tapiz, y
+la condesa de Lemos dijo desde él:
+
+--Señora: doña Clara está enferma, pero me ha dicho que si vuestra
+majestad lo desea, se hará conducir.
+
+La reina respiró; al padre Aliaga se le quitó de sobre el corazón una
+montaña.
+
+--No... no...--se apresuró á decir el rey--de ningún modo. ¿Y está... en
+mucho peligro nuestra buena doña Clara?
+
+--Está recogida al lecho, señor--contestó la de Lemos--. Además,
+permítame vuestra majestad que le dé un mensaje importante.
+
+--Pero pasad, pasad, doña Catalina--dijo el rey--; vos sois algo más que
+un ujier.
+
+--Gracias, señor--dijo la de Lemos entrando, deteniéndose á una
+respetuosa distancia y haciendo una reverencia á los reyes.
+
+--¿Y qué mensaje... tan importante es ese?--dijo el rey.
+
+--Don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago, señor de
+la torre de Juan Abad, y secretario del virrey de Nápoles, solicita
+urgentemente y para asuntos graves, una audiencia de vuestra majestad.
+
+--No me dejarán parar--dijo el rey con disgusto--. ¿Y quién ha dicho á
+don Francisco que yo estoy aquí?
+
+--Le he visto tan afanado buscando medio de hablar á vuestra majestad;
+me ha encarecido de tal modo la importancia del asunto que le mueve á
+pedir una audiencia inmediata á vuestra majestad, que siendo quien es
+don Francisco, he creído de mi obligación...
+
+--Pues bien, doña Catalina, decid á don Francisco que se presente á los
+de mi cámara; yo daré orden... le recibiré...
+
+La condesa de Lemos se inclinó y salió.
+
+--Ya lo veis, mi muy amada Margarita: el rey se lleva al esposo--dijo
+don Felipe--; pero os dejo en buena compañía; adiós, tengo cierta
+impaciencia para saber lo urgente que me trae don Francisco... están
+pasando por cierto cosas extraordinarias... Adiós... adiós...
+
+Y el rey se levantó y saltó por la puerta secreta.
+
+--¡Oh, qué Angel de la Guarda nos ha salvado!--exclamó la reina.
+
+--Un milagro de Dios, señora--dijo el padre Aliaga.
+
+--Sí; sí, Dios se vale de los hombres... pero dejadme sola, fray Luis,
+tengo sospechas... quiero averiguar... al salir, decid á la condesa de
+Lemos que entre.
+
+El padre Aliaga se levantó, besó la mano que le tendió Margarita, sin
+atreverse á posar demasiado los labios sobre ella, y salió.
+
+El infeliz había sufrido toda una eternidad de tormentos durante el
+tiempo que había pasado en la cámara de la reina.
+
+
+FIN DEL TOMO PRIMERO
+
+
+[imagen]
+
+ * * * * *
+
+
+
+
+EL COCINERO
+DE
+SU MAJESTAD
+
+(MEMORIAS DEL TIEMPO DE FELIPE III)
+
+POR
+D. MANUEL FERNANDEZ Y GONZALEZ
+
+TOMO SEGUNDO
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXIV
+
+EN QUE SE EXPLICARÁ ALGO DE LO OBSCURO DEL CAPÍTULO ANTERIOR, Y SE VERÁ
+CÓMO DOÑA CLARA ENCONTRÓ UN PRETEXTO PARA FAVORECER EL AMOR DE JUAN
+MONTIÑO, Á PESAR DE TODOS LOS PESARES
+
+
+Apenas había salido el padre Aliaga de la cámara de la reina, cuando
+entró la condesa de Lemos.
+
+--¿Qué enfermedad padece doña Clara?--dijo la reina.
+
+--Ninguna, señora--contestó doña Catalina--; doña Clara está sana y
+buena esperando en la saleta.
+
+--¿Qué significa, pues, vuestra mentira?
+
+--He creído que debía mentir.
+
+--¿Por qué?
+
+--Contaré á vuestra majestad lo que me ha sucedido: salía yo de la
+antecámara á llevar en persona la orden de vuestra majestad á doña
+Clara, porque, por fortuna, vuestra majestad me había dicho
+terminantemente: id y decid á doña Clara Soldevilla... debía yo ir... y
+fuí.
+
+--Es cierto... una distracción mía, doña Catalina.
+
+--Vuestra majestad puede disponer de mí como quiera, y siempre
+honrándome--contestó inclinándose la de Lemos.
+
+Y luego continuó:
+
+--Salía yo, pues, del cuarto de vuestra majestad, cuando encontré de
+repente junto á mi á don Francisco de Quevedo.--Decid á doña Clara
+Soldevilla, me dijo, si queréis sacar de un negro compromiso á su
+majestad la reina, que diga que no puede venir porque está enferma; que
+os siga, sin embargo, porque su majestad la necesita, y que cuando el
+rey haya salido de la cámara de su majestad la reina, entre á verla;
+para que el rey salga, decid á su majestad de mi parte que yo le pido
+audiencia para un asunto gravísimo, que no he podido encontrar quien me
+anuncie por la hora que es, y que me valgo de vos. Decid además á su
+majestad la reina que yo hallaré medio de entretener al rey largo
+tiempo, y adiós, é id, que urge, y que Dios nos saque en paz.--Tengo yo
+tal fe en don Francisco de Quevedo, que he hecho á la letra lo que él me
+ha dicho.
+
+--Habéis hecho bien--dijo Margarita de Austria--, y pues lo que está ahí
+doña Clara, que entre al momento.
+
+Salió doña Catalina y doña Clara entró.
+
+La hermosa joven se acercó anhelante á la reina.
+
+--¿Qué sucede, señora--dijo--, que la condesa de Lemos me trae consigo á
+pesar de decir al rey que estoy enferma?
+
+--¡Ah, Dios mío! Déjame respirar, Clara; ¡todavía aquellas cartas, Dios
+mío!
+
+--¡Pero si las quemó vuestra majestad! ¿Se había olvidado alguna?... ¿Ha
+aparecido alguna más?
+
+--No, no; pero las consecuencias... Mira, Clara, ve á mi joyero, busca
+uno de los lazos de diamantes de los seis que sabes... y tráemelo...
+tráete también unas tijeras.
+
+Doña Clara salió de la cámara por una puerta opuesta á la por donde
+había entrado y volvió á poco; traía un lacito de oro y diamantes, cuyo
+nudo podía contener en la parte interior un grueso como de un dedo.
+
+--¡Dame!--dijo la reina con ansia--; dame las tijeras y siéntate á mis
+pies.
+
+La joven, admirada y confusa, se sentó á los pies de la reina sobre un
+taburete de terciopelo.
+
+--¡Oh, y qué hermosos cabellos tienes!--dijo Margarita de Austria--; tus
+cabellos me van á salvar, Clara.
+
+Y la reina deshacía con mano trémula las gruesas trenzas negras de doña
+Clara.
+
+--¡Oh! Afortunadamente--dijo--, por mucho que te corte no se te conocerá
+la falta; no te asustes, Clara, no voy á cortarte más que como el grueso
+de un dedo del centro.
+
+--Córtelos todos vuestra majestad si quiere... Pero no comprendo...
+
+--Ya te explicaré... ¡Perdóname, Clara, si te robo... pero es
+necesario... necesario de todo punto! Ya está.
+
+Y se oyó el leve, pero característico ruido de las tijeras, que cortaron
+con trabajo los cabellos del centro de la cabeza de doña Clara.
+
+--¡Oh, Dios mío! Esto es demasiado largo; no puede sacarse un ramal tal
+de marañas; el pelo de maraña es más corto.
+
+--¿Pero qué maraña es esa, señora?
+
+--Una verdadera maraña que tú sola puedes desenredar.
+
+--¡Yo!
+
+--Tú, sí, y de una manera muy dulce.
+
+--No comprendo á vuestra majestad.
+
+--Casándote con tu caballero de anoche.
+
+--¡Yo!... Imposible... no le amo, no puedo amarle.
+
+--Veamos, veamos, luego trataremos de eso; dime, ¿cómo harías tú para
+hacer un rizo con estos cabellos que te he cortado?
+
+--¿Un rizo, señora?
+
+--Sí, un rizo para regalarlo á un hombre amado.
+
+--¡Dios mío! Es que á mí nunca se me ha ocurrido ni podía ocurrírseme...
+de ningún modo... regalar cabellos míos, como no fuese á mi marido.
+
+--Es que tú te casarás, y será tu marido el hombre á quien vas á regalar
+este rizo.
+
+--Permítame vuestra majestad--dijo con seriedad doña Clara--; vuestra
+majestad puede disponer de mi vida, de mi alma, pero no de mi honra; yo
+no haré eso.
+
+--Hagamos, hagamos primero ese rizo--dijo la reina--; tú le guardarás y
+no se usará de él si tú no quieres. Pero hagámosle.
+
+Doña Clara ató aquel magnífico ramal de cabellos, haciendo con él una
+ancha sortija, y la presentó á la reina.
+
+--Bien--dijo Margarita de Austria--; ahora sujétale con este lazo.
+
+Doña Clara obedeció.
+
+He aquí una verdadera joya--dijo la reina--. Ahora, siéntate y escucha,
+y recógete el cabello entre tanto.
+
+Doña Clara se sentó.
+
+La reina, con voz trémula, la contó punto por punto lo que la había
+acontecido con el rey.
+
+Cuando la reina concluyó guardó silencio, y no pronunció ni una disculpa
+ni una súplica.
+
+Doña Clara, que se había trenzado y arreglado entre tanto sus cabellos,
+permaneció largo tiempo en silencio.
+
+La reina estaba llena de ansiedad.
+
+--Me casaré con ese hombre--dijo al fin doña Clara.
+
+--¡Ah! ¡hermana mía!--exclamó la reina arrojándose al cuello de doña
+Clara y besándola en la boca.
+
+--Yo le amo...--dijo doña Clara con voz conmovida--, pero no sé si es
+digno de mi amor, no sé si él me ama como le amo yo.
+
+--El se mostraba ardientemente enamorado de ti... le ennoblecerá el rey,
+procuraremos que el duque de Osuna le reconozca... tú serás feliz.
+
+--¡Dios mío! ¡feliz!... ¡y se ha ido á vivir á casa de una comedianta!
+¡y la ha acompañado al teatro y... no me ama... si me amara... no
+afrentaría mi amor enamorando á una mujer perdida!
+
+--¿Pero quién te ha dicho eso?
+
+--El bufón del rey.
+
+--¿Qué mujer más hermosa y más pura que tú puede él encontrar?... ¿le
+has desesperado acaso, Clara?
+
+--Sí, señora.
+
+--Pues ve ahí la explicación de esos amores indignos con la
+comedianta... cuando sepa que tú... quieres ser su esposa...
+
+--Su esposa... lo seré y pronto.
+
+--¡Ah, Clara mía!
+
+--En el estado en que á vuestra majestad para salir de un compromiso
+imprevisto la han puesto las cosas, es necesario explicárselo todo; es
+necesario que esté prevenido por si el rey ha sospechado é insiste. Es
+necesario que esta noche en mi mismo cuarto le vea yo, y para ello voy á
+escribirle.
+
+--Pero Clara, ¿tienes tú seguridad de ese hombre?--dijo la reina
+asustada por la violenta salida de doña Clara.
+
+--El no abusará ni de mi carta ni de mi cita. Y adiós, señora, adiós,
+necesito prepararme.
+
+Y doña Clara salió sin esperar la respuesta de la reina.
+
+--Señora condesa--dijo la joven al pasar por la antecámara, deteniéndose
+delante de la de Lemos--, hacedme la merced de que sepa don Francisco de
+Quevedo, que necesito hablarle antes de que salga del alcázar y en mi
+aposento. ¿Me lo prometéis?
+
+--Os lo prometo, amiga mía, y os aseguro que don Francisco os verá.
+
+--Gracias, doña Catalina, gracias y adiós.
+
+--¿Para qué querrá doña Clara á Quevedo?--dijo para sí sumamente
+pensativa y contrariada doña Catalina--; pero ¡bah!--añadió--; él me
+ama, me ama, y es leal. Esto debe ser parte de ese enredo que no
+comprendo. Cuando salga de la audiencia con el rey, pasará precisamente
+por la galería. Voy á esperarle; Dios quiera que no se entretenga mucho
+con su majestad.
+
+Y doña Catalina salió de la antecámara de la reina, y se metió por una
+galería obscura.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXV
+
+DE CÓMO QUEVEDO, SIN DECIR NADA AL REY, LE HIZO CREER QUE LE HABÍA DICHO
+MUCHO
+
+
+Felipe III atravesó con impaciencia el pasadizo secreto que ponía en
+comunicación su cuarto con el de la reina.
+
+Halagaba al rey el hacer alguna cosa por sí propio; tan acostumbrado
+estaba á la tutela de Lerma desde muy joven.
+
+El recibir en audiencia reservada, sin conocimiento de su
+ministro-duque, á un hombre tan _peligroso_ como Quevedo, parecíale un
+acto de verdadera soberanía, una emancipación monstruosa.
+
+Y todo esto lo pensaba la conciencia íntima del rey; esa voz misteriosa
+que parece pertenecer al instinto, que nunca nos engaña, y que sería
+nuestro mejor guía si oyésemos su voz, en vez de oír la de nuestra
+conciencia artificial, producto de nuestra posición, de nuestras
+costumbres y de nuestras inclinaciones.
+
+Con arreglo á esto que nosotros llamamos, no sabemos si con demasiado
+atrevimiento, conciencia artificial, el rey don Felipe III se había
+creído siempre rey, rey en el uso expedito de su soberanía, por más que
+su conciencia íntima le dijese: tú eres un instrumento de tu favorito;
+tú eres un pretexto; eres un esclavo de tu debilidad, de tu nulidad.
+
+Y esta conciencia íntima era la que hablaba al rey cuando se dirigía del
+cuarto de la reina al suyo por el pasadizo oculto.
+
+Cuando entró en su dormitorio cerró cuidadosamente la puerta secreta, y
+se encaminó con paso majestuoso á su cámara.
+
+Llamó, y mandó que en llegando don Francisco de Quevedo y Villegas, del
+hábito de Santiago, etc., le introdujeran.
+
+En seguida se sentó junto á la mesa, y abrió su libro de devociones.
+
+No tardó mucho un gentilhombre en decir á la puerta de la cámara:
+
+--Señor: don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito de Santiago,
+señor de la Torre de Juan Abad.
+
+--Y pobre--dijo entrando en la real cámara Quevedo.
+
+Se detuvo el gentilhombre y Quevedo adelantó.
+
+El rey seguía leyendo, como si no hubiera visto á Quevedo.
+
+Este llegó junto al rey, y se arrodilló.
+
+--Sacra, católica, majestad--dijo con voz hueca y vibrante.
+
+Volvió el rey la cabeza, miró con suma majestad á Quevedo, y le presentó
+la mano.
+
+Quevedo la besó respetuosamente.
+
+--Alzad, don Francisco--dijo el rey.
+
+Quevedo se puso de pie.
+
+El rey esperaba á que Quevedo hablase, pero Quevedo se mantuvo mudo é
+inmóvil como una estatua, pero con la mirada fría y fija en el rey.
+
+El rey se sentía mal ante aquella mirada, vista por aquellas antiparras.
+
+--¿En qué pensáis, don Francisco?--dijo el rey por decir algo.
+
+--Estoy contemplando á la monarquía, señor--contestó Quevedo--;
+contemplando en vuestra majestad á la gran monarquía española en
+ropilla.
+
+Frunció el rey el entrecejo.
+
+--¿Y era todo eso lo que teníais que decirme con tanto empeño?
+
+--Sí, señor.
+
+--Pues si ya me lo habéis dicho, idos--dijo un tanto contrariado el rey.
+
+--Si vuestra majestad me lo permite, le diré más.
+
+--Decid.
+
+--Digo, que me espanta el que pueda decir á vuestra majestad algo.
+
+--¡Ah!--dijo el rey--¿y por qué os espanta eso?
+
+--Porque á la verdad, hablo con vuestra majestad por compromiso.
+
+--¡Oh!--repitió el rey.
+
+--Y espántame que yo me vea comprometido á hablar con vuestra
+majestad...
+
+--Explicáos...
+
+--He estado preso en San Marcos.
+
+--¡Ah! ¿habéis estado preso?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Qué delito cometísteis?
+
+--El ser ciego y no andar con palo; me dí con una esquina en las
+narices.
+
+--Dicen que sois hombre de ingenio.
+
+--Eso he oído decir; pero acontéceme, señor, que ahora que estoy
+hablando con vuestra majestad, no me le hallo; si alguna vez tuve
+ingenio me lo han robado.
+
+--Dijéronme que os era urgentísimo hablarme.
+
+--Y tan urgente, señor, que solamente con veros se me ha pasado la
+urgencia.
+
+--Pues os digo que no os entiendo.
+
+--No es fácil, porque yo no me entiendo tampoco.
+
+--Paréceme que habéis venido para algo.
+
+--Indudablemente, señor, he venido para irme.
+
+--Pero... ¿por qué habéis venido?
+
+--Por venirme á cuento.
+
+--¿Pero qué cuento es el vuestro?
+
+--Es, señor, un cuento de cuentos.
+
+--Pues empezad.
+
+--Ya he concluído.
+
+--¡Pero si no me habéis contado nada!
+
+--Si vuestra majestad quiere contaré las palabras.
+
+--¡Don Francisco!--exclamó con irritación el rey.
+
+--¡Señor!--contestó Quevedo inclinándose profundamente.
+
+--¿No tenéis nada de qué quejaros?
+
+--Quéjome de mi fortuna.
+
+--¿Ni nada tenéis que pedir?
+
+--Sí, por cierto, señor; todos los días pido á Dios paciencia.
+
+El rey se calló y abrió de nuevo su devocionario.
+
+Quevedo permaneció inmóvil con el sombrero echado al costado derecho y
+la mano izquierda puesta sobre los gavilanes de la espada.
+
+Esta situación duró algún tiempo.
+
+--Permita Dios que se duerma--dijo Quevedo para sí--, no sé ya qué decir
+á su majestad... y es necesario que la reina se prepare... en mi vida ni
+en muerte, espero verme en tanto apuro. ¡Gran rey el nuestro! por menos
+de lo que yo estoy haciendo azotan á otros.
+
+--¡Aún estáis ahí!--dijo el rey levantando del libro los ojos.
+
+--Esperaba, señor, que me mandárais irme.
+
+--Pues idos enhoramala--dijo el rey, y volvió á su lectura.
+
+--Aún es pronto--dijo Quevedo--; todo se reduce á que este imbécil se
+acuerde de que es rey y me encierre. Espérome.
+
+Pasó otro gran rato: el rey murmurando sus devociones, Quevedo inmóvil
+delante de él.
+
+Había bien pasado una hora desde que el rey recibió á Quevedo.
+
+Levantó otra vez los ojos del libro, y exclamó:
+
+--¡Por San Lorenzo! ¿no os dije que os fuérais?
+
+--Ocurrióseme, señor, pediros que me perdonáseis por haber malgastado el
+precioso tiempo de vuestra majestad, y como vuestra majestad había
+vuelto á sus devociones...
+
+--Pues antes de que vuelva otra vez, idos... idos... y perdonado y
+vuelto á perdonar, con tal de que no se os ocurra en vuestra vida el
+volver á pedirme audiencia.
+
+--Beso las reales manos de vuestra majestad--contestó Quevedo, y salió.
+
+--¿Qué habrá querido decirme don Francisco?--dijo el rey cuando se quedó
+solo--; indudablemente me ha dicho algo, y algo grave; pero es el caso
+que yo no lo he entendido. Estos hombres de ingenio son crueles. ¿Pero
+qué habrá querido decirme? quitando lo de la monarquía en ropilla, que
+creo que quiere decir que el reino anda medio desnudo, no le he
+entendido más. Y de seguro... me ha dicho algo... ¡pero ese algo!...
+¡ese algo!...
+
+El rey se quedó hecho un laberinto de confusiones, y creyendo de buena
+fe que Quevedo le había dicho grandes cosas, que él no había podido
+entender.
+
+Entre tanto Quevedo iba soplándose los dedos por las crujías del
+alcázar.
+
+--Bendito mi amor sea--exclamaba--, que me obligó á pedir al tío
+Manolillo que me abriese la gatera. Mi deseo por ver descuidada y sola
+conmigo mismo á mi doña Catalina, me ha traído á saber el grande apuro
+en que se halla la pobre mártir, la infeliz Margarita de Austria.
+Enredo, enredo y siempre enredo.
+
+Y el buen _ingenio_ seguía adelante.
+
+--Y ¡vive Dios, que ya sudaba!... no sabía cómo seguir diciendo al rey
+palabras y no más que palabras. Si se hubiera tratado de otro marido,
+¡bah! la caridad es más difícil á veces de lo que parece. ¡Pero qué
+rey... señor! ¡qué rey!
+
+De repente Quevedo se detuvo y escuchó con atención.
+
+Había oído un _siseo_.
+
+El _siseo_ volvió á repetirse.
+
+--De aquella reja sale, y nadie hay presente más que yo. Llámanme, pues:
+acudo. ¿Es á mí?
+
+--Sí por cierto--contestó la condesa de Lemos, entreabriendo la reja.
+
+--¡Ah, lucero de mi obscura noche!--exclamó Quevedo--; creo que mi
+pensamiento me ha traído por tan buen camino, como que en él había de
+encontraros.
+
+--No podíais pasar por otra parte.
+
+--¿Me esperábais?
+
+--Con ansias del corazón.
+
+--No digáis eso, si no queréis verme loco.
+
+--Aunque mucho os amo, que bien lo sabéis, no por vuestro amor son mis
+ansias, que de él estoy segura, sino por ella.
+
+--¿Por la ella del enredo?
+
+--Sí; ¿cómo os ha ido con el rey? Me dejásteis temblando.
+
+--Y allá se queda él confuso.
+
+--¿Tanto le habéis dicho?
+
+--Al contrario, no le he dicho nada. Pero decidme, ¿por qué ansiais?
+
+--Porque vayáis á ver al momento á doña Clara de Soldevilla.
+
+--¿A tan hermosa dama me enviáis?
+
+--Vos podéis ir á ella sin que yo os envíe.
+
+--Me estoy bien donde me quedo... ¿Llámame doña Clara?
+
+--Sí.
+
+--Correo soy de seguro.
+
+--Para correo habéis nacido.
+
+--Por mi mala estrella; que los portes pueden ser tales, que de buena
+voluntad se perdonen.
+
+--Sois hombre afortunado.
+
+--Decidme, ¿dónde está mi fortuna, ya que habéis dado con ella?
+
+--¿Pues qué, no os amo yo?
+
+--¡Si se muriera uno!
+
+--Dadle por muerto. Pero id, id, don Francisco, que creo que importa más
+de lo que pensamos.
+
+--Adiós, pues, señora mía. Con que me digáis dónde vive doña Clara, me
+dejo con vos el alma y allá me emboco.
+
+--Más allá de la galería de los Infantes, en aquella galería obscura.
+
+--¿En la de anoche?...
+
+--Sí, frente á aquellas escaleras.
+
+--¡Ah! ¡frente á las escaleras aquellas! no he de perderme con tales
+señas. Quedad con dios, señora mía, y tratadme bien el alma, que con vos
+se queda.
+
+--¡Ay, que os lleváis la mía! Adiós.
+
+La condesa sacó una mano por la abertura de las maderas, y Quevedo la
+besó suspirando.
+
+--Adiós--dijo, y se alejó.
+
+La reja se cerró silenciosamente.
+
+Poco después Quevedo llamaba á la puerta del aposento de doña Clara.
+
+Aquella puerta se abrió al momento.
+
+Encontró á doña Clara sobreexcitada, encendida, inquieta, con la mirada
+vaga, con todas las señales de una inquietud cruel.
+
+--Vos lo sabéis todo, don Francisco--dijo la joven con anhelo.
+
+--Lo sé, señora, y lo sé tanto, como que aún estoy dudando de ello.
+
+--No os pregunto cómo lo sabéis, no tengo tiempo para nada, ni cabeza;
+me estoy muriendo; sobre mí vienen...
+
+--Las culpas ajenas os premian.
+
+--¿Qué decís?
+
+--¡Si le amáis!
+
+--¡Dios mío! pero... yo hubiera vencido esta afición...
+
+--¿Y á qué vencerla?
+
+--¿Podéis ver esta noche á vuestro amigo?
+
+--¿A Juan?
+
+--Sí--contestó con esfuerzo doña Clara.
+
+--Lo veré, si vos queréis.
+
+--¿Sabéis dónde está?
+
+--Está donde le han arrojado vuestros desdenes.
+
+--¿Y le sacarán de allí mis favores?
+
+--¡Oh! vos, señora, podéis sacar un alma en pena del purgatorio.
+
+--Bien sabe Dios que me sacrifico por su majestad.
+
+--O no os conocéis, ó no me conocéis, señora--dijo gravemente Quevedo.
+
+--No os entiendo, don Francisco.
+
+--Estáis desconfiando de vos misma, y desconfiáis de mí; vos, señora,
+sois una valiente, una generosa, una noble joven; vuestra alma es toda
+caridad; os sacrificáis por una mártir; dobláis vuestro orgullo de
+mujer, exponéis vuestro corazón, arrostráis la cólera de vuestro padre;
+Dios os premiará, yo os reverencio y os admiro.
+
+--Me veo obligada á casarme con vuestro amigo por salvar á su majestad
+de unas apariencias que podían perderla; cierto es que vuestro amigo me
+ha interesado el corazón, no os lo niego, pero le conozco poco; el paso
+que voy á dar es decisivo; ¿le conocéis vos, don Francisco? ¿estáis
+seguro de que su galanteo con esa comedianta pasará en el momento en que
+le abra mi corazón? ¡decidme, por Dios, cuánto pierdo ó cuánto gano en
+mi sacrificio!
+
+--Juan es un rey sin corona, doña Clara: para Juan sois sola; Juan es
+sólo para vos.
+
+--Explicadme mejor...
+
+--Quiero decir que Juan, tal como Dios ha querido que sea, necesita una
+mujer tal como vos. Que vos, tal como Dios os ha formado, necesitáis un
+hombre como Juan. Que, en fin, habéis nacido el uno para el otro. Por
+eso os habéis amado en el punto en que os habéis visto; por eso Dios ha
+querido que sea inevitable vuestro casamiento.
+
+--Pero mi padre...
+
+--Vuestro padre ¡vive Dios! se dará por muy contento con que os caséis
+de tal modo, y tales andan las cosas, que más servís para envidiada que
+para envidiosa.
+
+--¡Ah, os creo! ¡os creo, porque sois caballero y cristiano, y no me
+engañáis! os creo, y creyéndoos soy feliz. Tomad, don Francisco, tomad;
+esta carta es para vuestro amigo.
+
+--Ya sabía yo que había de ser correo; pero no importa. Sólo siento una
+cosa.
+
+--¡Qué!
+
+--Que acaso no podréis ver á mi amigo tan pronto como quisiérais.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Acaso no podáis verle hasta después de la media noche.
+
+--En ese caso se dará orden para que le abran el postigo de los Infantes
+á cualquier hora que llegue.
+
+--La señal.
+
+--El capitán Juan Montiño.
+
+--¡El capitán!
+
+--Tengo para él una provisión de capitán de la guardia española.
+
+--¡Ah! ¡pues me pesa! ¡se necesita para que os caséis con él, de la
+licencia del rey!
+
+--No paséis pena por eso.
+
+--El rey os ama.
+
+--El rey está ya bien curado.
+
+--¿Y... cuándo pensáis casaros con mi amigo?
+
+--Si él consiente... pronto... muy pronto.
+
+--¿Será cosa de prepararlo para que no le haga mal el susto?
+
+--¡Oh! no, no tanto. Y os agradecería que me hiciéseis un favor.
+
+--¿Cuál?
+
+--¿Me dais vuestra palabra de que me lo concederéis?
+
+--Dóiosla y ciento, mil.
+
+--No digáis una sola palabra de lo que hemos hablado de él á vuestro
+amigo.
+
+--Otorgo.
+
+--Y quisiera que...
+
+--Sí; que vaya á cumplir mi oficio cuanto antes.
+
+--No, no es eso; que viniérais con vuestro amigo.
+
+--Vendré; y adiós, señora.
+
+--Adiós.
+
+Quevedo salió pensativo y cabizbajo murmurando:
+
+--¡Pobre Dorotea! ¡ella también le ama con todo su corazón!
+
+Apenas salió Quevedo cuando doña Clara se dirigió al cuarto de la reina
+y dijo á la condesa de Lemos:
+
+--Hacedme la merced, señora, de decir á su majestad que quiero hablarla
+al momento.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXVI
+
+DE CÓMO EL PADRE ALIAGA PUSO DE NUEVO SU CORAZÓN Y SU VIRTUD Á PRUEBA
+
+
+Cuando el confesor del rey salió de la cámara de la reina, al verse en
+las galerías del alcázar medio alumbradas, y por consecuencia medio á
+obscuras, solo, sin otro testigo que Dios, la entereza del desgraciado
+se deshizo; vaciló, y se apoyó en una pared.
+
+Y allí, anonadado, trémulo, lloró... lloró como un niño que se encuentra
+huérfano y desesperado en el mundo.
+
+Y lloró en silencio, con ese amargo y desconsolado llanto de la
+resignación sin esperanza, muda la lengua y mudo el pensamiento, cadáver
+animado que en aquel punto sólo tenía vida para llorar.
+
+Pero esto pasó; pasó rápidamente, y se rehizo, buscó fuerzas en el fondo
+de su flaqueza, y las encontró.
+
+--Sigamos hacia nuestro calvario--dijo--, sigamos con valor; apuremos la
+copa que Dios nos ofrece, y dominemos este corazón rebelde... que
+obedezca á su deber ó muera: que Dios no pueda acusarnos de haber dejado
+de combatir un solo momento.
+
+Se irguió, serenó su semblante, y se encaminó al lugar donde le esperaba
+el tío Manolillo.
+
+El bufón le salió al encuentro.
+
+--¿Ha venido?--dijo el padre Aliaga.
+
+--He tenido que engañarla; ahora mismo la estoy engañando.
+
+--¡Engañando!
+
+--Sí, por cierto; la tengo escondida en mi chiribitil, en el agujero de
+lechuzas, que me sirve de habitación hace treinta años.
+
+--¿Y por qué la engañáis?
+
+--Si no fuera por sus celos, ella no hubiera venido; la he asegurado de
+que vería entrar á su amante en el aposento de doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Su amante! ¿y quién es su amante?
+
+--El señor capitán don Juan Girón y Velasco.
+
+--¡Ah, ese joven!--exclamó con un acento singular el religioso.
+
+--Aquí hay una escalera--dijo el bufón--, y no hubiera querido traeros
+por estos polvorientos escondrijos, pero vos habéis deseado conocerla...
+asíos á las faldas de mi ropilla.
+
+Empezaron á subir.
+
+--¿Sabéis--dijo el bufón--que hay esta noche gente sospechosa en
+palacio?
+
+--Lo sé, y la Inquisición vigila.
+
+--¿Dónde creéis que estén esas gentes?
+
+--En el patio.
+
+--Algo más adentro; mucho me engaño, si por los altos corredores de mi
+vivienda no anda el sargento mayor don Juan de Guzmán...
+
+--¡Ese miserable!
+
+--Y si no le acompaña el galopín Cosme Aldaba. Hame parecido haberlos
+oído hablar en voz baja á lo último del corredor.
+
+-¿Y qué pensáis de eso?
+
+--Temo mucho malo.
+
+--¿Contra quién?
+
+--Contra la reina.
+
+--¡Ah!
+
+--No os asustéis, yo estoy alerta.
+
+--Será preciso prender á esos miserables.
+
+--Dejémoslos obrar, no sea que prendiéndolos perdamos el hilo. Por lo
+mismo, y porque no puedan veros y conoceros, y alarmarse, os traigo á
+obscuras; por la misma razón, ya que estamos cerca de lo alto de las
+escaleras, callemos.
+
+Siguió á la advertencia del bufón un profundo silencio.
+
+Sólo se oían sobre los peldaños de piedra los recatados pasos del
+religioso y del tío Manolillo.
+
+En lo alto ya de las escaleras, atravesaron silenciosamente un trozo de
+corredor, y el bufón se detuvo y llamó quedito á una puerta.
+
+Oyéronse dentro precipitados pasos de mujer, y se descorrió un cerrojo.
+
+La puerta se abrió.
+
+El padre Aliaga sólo pudo ver el bulto confuso de la persona que había
+abierto, porque el aposento estaba obscuro; pero oyó una anhelante y
+dulce voz de mujer que dijo:
+
+--¿Ha venido ya?
+
+--No, hija mía--dijo el bufón--, y según noticias mías, no vendrá esta
+noche. Pero, pasa, pasa al otro aposento, que no es justo que hagamos
+estar á obscuras á la grave persona que viene conmigo.
+
+--¿Quién viene con vos, tío?
+
+--El confesor de su majestad el rey.
+
+--¡Ah! ¡El buen padre Aliaga!
+
+--¿Me conocéis?--dijo fray Luis entrando en el mismo aposento en que en
+otra ocasión entró Quevedo con el tío Manolillo.
+
+--Os conozco de oídas; delante de mí han hablado mucho de vos el duque
+de Lerma y don Rodrigo Calderón.
+
+Al entrar en un espacio iluminado, el padre Aliaga miró con ansia á la
+comedianta; al verla, dió un grito.
+
+--¡Ah!--exclamó--; ¡es ella! ¡Margarita!
+
+--Os habéis engañado, señor--dijo la Dorotea--; yo no me llamo
+Margarita.
+
+--Es verdad--dijo el padre Aliaga--; vos no os llamáis Margarita, pero
+ese mismo nombre tenía una infeliz á quien os parecéis como vos misma
+cuando os miráis al espejo. ¡Oh Dios mío, qué semejanza tan
+extraordinaria!
+
+--Miren qué casualidad--dijo el bufón--, que tú, hija mía, hayas querido
+venir al alcázar, que el reverendo fray Luis de Aliaga haya querido
+venir á mi aposento, y que este santo varón encuentre en ti una absoluta
+semejanza con otra persona.
+
+La Dorotea miraba fijamente al padre Aliaga.
+
+--¡No me conocíais! ¡No me habéis visto antes de ahora!--dijo la
+Dorotea, que comprendía en la mirada del fraile, fija en ella, algo de
+espanto, mucho de anhelo y muchísimo de afecto.
+
+El bufón se anticipó al padre Aliaga.
+
+--No, hija mía, no; este respetable religioso no te conocía ni de
+nombre.
+
+--Me estáis engañando--dijo de una manera sumamente seria la Dorotea.
+
+--No, hija mía, no--dijo el padre Aliaga--; pero me extraña ver en el
+aposento del tío Manolillo, y á estas horas, una mujer tal como vos.
+
+La Dorotea sacó su labio inferior en un gracioso mohín, que tanto
+expresaba fastidio como desdén, por la observación de fray Luis.
+
+--¿Os une algún parentesco con esta joven, Manuel?
+
+--Os diré, fray Luis: sí y no; soy su padre y no lo soy; no lo soy,
+porque ni siquiera he conocido á su madre, y lo soy, porque no tiene en
+la tierra quien haga para ella oficio de padre más que yo.
+
+--¿Y vos habéis conocido á vuestros padres, hija mía?
+
+--No, señor--dijo la Dorotea--; me he criado en el convento de las
+Descalzas Reales; recuerdo que, desde muy niña, iba todos los días á
+visitarme el tío Manolillo; yo lo creía mi padre; pero cuando estuve en
+estado de conocer mi desdicha, me dijo el tío Manolillo: «Yo no soy tu
+padre; te encontré pequeñuela y abandonada...»
+
+--¡Y no te he mentido, vive Dios! En la calle te encontré--dijo el
+bufón.
+
+--¡Válgame Dios!--dijo el padre Aliaga--; ¿pero en qué os ejercitáis,
+que baste á costear honradamente esas galas y esas joyas?
+
+--¿Quién habla aquí de honra?--dijo la Dorotea, cuyo semblante se había
+nublado completamente--. ¿A qué este engaño? ¿A qué ha subido á este
+desván? Demasiado sabéis, padre, que soy comedianta, y menos que
+comedianta... una mujer perdida. Bien, no hablemos más de ello... Pero
+sepamos... sepamos á qué he venido yo aquí y á qué habéis venido vos.
+
+--¡Oh, Dios mío!--exclamó el padre Aliaga, levantando las manos y el
+rostro al cielo, dejando caer instantáneamente el rostro sobre sus
+manos.
+
+Pero esto duró un solo momento.
+
+El religioso volvió á levantar su semblante pálido, melancólico y
+sereno.
+
+--¡Vos me conocéis!...--exclamó la Dorotea--más que eso... Vos conocéis
+á mis padres... ó los habéis conocido... Mi madre se llamaba Margarita.
+
+--Es verdad.
+
+--¿Y dónde está mi madre?--preguntó juntando sus manos y con voz
+anhelante Dorotea.
+
+--¡En el cielo!--contestó con voz ronca el bufón.
+
+--¡Ah!--exclamó la Dorotea.
+
+Y dejó caer la cabeza, y guardó por algunos segundos silencio.
+
+Luego dijo con doble anhelo:
+
+--¡Pero mi padre!...
+
+--¡Tu padre!...--dijo el bufón--¿quién sabe lo que ha sido de tu padre?
+
+--Sentáos, hija mía, sentáos y escuchadme--dijo el padre Aliaga.
+
+Dorotea se sentó, y esperó en silencio y con ansiedad á que hablase el
+padre Aliaga, que se sentó á su vez en el sillón aquel que en otros
+tiempos había servido al padre Chaves para confesar á Felipe II.
+
+--No os habéis equivocado, hija mía--dijo el confesor de Felipe III--;
+se os ha traído aquí con engaño... mi carácter de religioso me vedaba
+entrar en vuestra casa.
+
+--El engaño, sin embargo, ha sido cruel. Sin él hubiera yo venido...
+pero ya está hecho; continuad, señor, continuad; os escucho.
+
+--Os encontráis en unas circunstancias gravísimas. Lo que voy á deciros,
+debéis olvidarlo; debéis olvidar que os habla el inquisidor general.
+
+--¡Dios mío!--exclamó la joven poniéndose de pie, pálida y aterrada.
+
+--Nada temáis; el inquisidor general, tratándose de vos, y por ahora, ni
+ve, ni oye, ni siente; más claro: en estos momentos no soy para vos más
+que el hermano adoptivo de vuestra madre.
+
+--¡Dios mío!--repitió Dorotea juntando las manos.
+
+--Yo amé mucho á vuestra madre... no he podido olvidarla aún... la robó
+un infame de la casa de sus padres... yo fuí el último de la familia que
+escuchó su voz... Después... no la he vuelto á ver... pero la estoy
+viendo en vos... en vos, que sois su semejanza perfecta.
+
+--Creo que me parezco tanto á mi madre en la figura como en la suerte.
+
+--De vuestra suerte nos importa hablar. Estáis acusada á la Inquisición.
+
+--¡Acusada á la Inquisición!--exclamó el tío Manolillo poniéndose
+delante de la joven como para defenderla--; ¡acusada á la Inquisición!
+¿y por qué?
+
+El padre Aliaga no quiso comprometer á doña Clara Soldevilla, arrojar
+sobre su cabeza el odio del bufón, y contestó:
+
+--Por las inteligencias con un hombre, en el cual, según me he
+informado, está puesto y siempre vigilante el ojo del Santo Oficio: con
+un tal Gabriel Cornejo...
+
+--¡Con ese miserable!--exclamó el bufón--; ¿tienes tú conocimiento con
+ese miserable, Dorotea?
+
+--Sí--contestó la joven--; le he buscado... porque creía amar á un
+hombre... desconfiaba de él... necesitaba un bebedizo... pero yo soy
+cristiana, señor, yo creo en Dios, yo le adoro--exclamó llorando la
+Dorotea.
+
+--Os he asegurado que nada tenéis que temer--dijo el padre Aliaga--;
+pero es necesario que cambiéis de vida; que dejéis el teatro, y no sólo
+el teatro, sino el mundo.
+
+--El teatro, sí--dijo la Dorotea--; sin que vos me lo aconsejárais
+estaba resuelta á ello... pero el mundo... el mundo no; en el mundo...
+fuera del claustro está mi felicidad; está él, y él me ama...
+
+--Ese caballero no puede ser vuestro esposo; ese caballero no puede
+amaros.
+
+--¡Ah! ¡le conocéis...! ¡os ha enviado él...! ¡ama á la otra...! ¡ama á
+doña Clara...! ¡y se casará con ella...! ¡oh! ¡no! ¡no se casará! ¡será
+necesario para ello que me haga pedazos la Inquisición!
+
+--¡Oh, Dios mío!--exclamó á su vez el padre Aliaga.
+
+--¿Pero qué te ha dado ese hombre?--exclamó con irritación el tío
+Manolillo--; ¿qué te ha dado que te ha vuelto loca?
+
+--Me ha dado la vida y el alma, porque yo no sabía lo que era vivir, lo
+que era tener alma, lo que era amar, hasta que le he visto, hasta que le
+he oído.
+
+--¡Y con esa vehemencia tuya le habrás hecho tu amante!--dijo el bufón.
+
+--No... no... y mil veces no; para él no soy una mujer perdida.
+
+--¿Pero qué felicidad podéis encontrar, hija mía, en unos amores
+ilícitos?--dijo el padre Aliaga--; ¿por qué ligar á vos á un joven noble
+y digno...? ¿por qué dar ocasión á que mañana se avergüence...?
+
+--Me estáis desgarrando el corazón--exclamó con una angustia infinita la
+Dorotea--; me estáis repitiendo lo que me dice mi conciencia.
+
+El rostro del bufón, mientras dijo la joven estas palabras, se había ido
+poniendo sucesivamente y con suma rapidez, pálido, verde, lívido.
+
+--Es verdad--dijo con la voz opaca y convulsiva--; decid á una pobre
+niña abandonada de todo el mundo: sé fuerte, renuncia al amor, que es tu
+vida, porque la desgracia te ha hecho indigna del amor de un hombre
+honrado; ensordece, cuando puedas escuchar palabras de consuelo; ciega,
+cuando el sol de la felicidad nace para ti; muere, cuando empiezas á
+vivir; no, Dorotea, no; tú vivirás; porque Dios quiere que vivas; tú
+amas á ese hombre; ese hombre será para ti... ó para nadie... y cuenta
+con que el Santo Oficio se ponga frente á frente del bufón.
+
+--¡Manuel! ¡estáis loco!--exclamó el padre Aliaga.
+
+--No, no estoy loco; pero todos los que tienen algún poder abusan de él;
+no en balde he pasado cincuenta años en este alcázar; nací en un desván
+de él, y el alcázar me conoce y me confía sus secretos; yo soy también
+poderoso, yo puedo decir al rey... sí... sí por cierto... yo puedo
+decirle: hay un hombre... un señor grave... que parece un santo... y
+oye, Felipe: ese hombre tiene el corazón como yo... y como el otro... y
+como el de más allá... es un embustero con máscara... es una virtud de
+comedia... es mentira... ese hombre ama á tu Margarita... observa,
+observa á ese hombre cuando esté delante de tu esposa... ese hombre no
+vela por la reina por lealtad, ni por virtud... sino por amor... por un
+amor dos veces adúltero, por un amor sacrílego.
+
+--¡Ese hombre que dice el tío Manolillo, sois vos!--dijo la Dorotea,
+pálida, sombría, señalando con un dedo inflexible la frente del
+religioso.
+
+--Yo... ¡Dios mío! ¡yo, que amo á su majestad!
+
+--Y si ocultáis vuestro amor, si le devoráis... porque al fin ella es
+una mujer casada, y vos sois un fraile; si tenéis la virtud de sufrir en
+silencio vuestro infierno; si sabéis cuánto ofendéis á Dios, porque os
+está prohibido amar á otro que á Dios y amáis á vuestra reina... si
+sabéis que puede llegar un día en que blasfeméis, y en que la blasfemia
+os condene... ¿por qué queréis que una mujer libre engañe á Dios y se
+encierre en un claustro, y dentro de él sufra un infierno de amor, y
+blasfeme, y se condene también? Yo... puedo servirle, amarle con toda mi
+alma sin ofender al mundo, porque no soy casada; sin ofender á Dios,
+porque no soy esposa de Dios. Y haced de mí lo que queráis: prendedme,
+matadme, llevadme á la hoguera... Dios sabe que no le he ofendido, que
+le adoro, que creo en Él. Dios dará su gloria á quien ha sufrido tres
+veces el martirio.
+
+--La Inquisición no te tocará, no te acusará á ti. ¿No es verdad, padre,
+que la Inquisición no se atreverá á ella?
+
+Las últimas palabras del tío Manolillo eran un rugido amenazador.
+
+--¡Dejadme!--exclamó el padre Aliaga--¡dejadme, y que Dios tenga piedad
+de los tres!
+
+Y salió desalentado.
+
+--Esperad, voy á alumbraros y á guiaros, fray Luis; ¡bah! eso pasará,
+nos entenderemos y seremos los más grandes amigos del mundo. ¡Ah, ah! tú
+te quedas aquí, hija mía. No llores, que no hay para qué. Vamos, padre
+Aliaga.
+
+El bufón salió y cerró la puerta exterior.
+
+Después de cerrarla se detuvo.
+
+--Juraría--dijo--que al llegar á la puerta por la parte de adentro, he
+sentido pasos silenciosos, pero precipitados, que se alejaban. No
+importa, yo volveré y veremos lo que esto significa. Dadme la mano para
+que os guíe, fray Luis.
+
+El padre Aliaga dió á tientas la mano al bufón.
+
+--Estáis muriendo, padre; vuestra mano está fría como la de un
+muerto--dijo el bufón al sentir el contacto de aquella mano.
+
+El padre Aliaga no contestó.
+
+El bufón le llevó por donde le había traído.
+
+Al llegar á la galería de los Infantes, le soltó.
+
+--Desde aquí--dijo--sabéis salir del alcázar. Pero una palabra antes de
+que nos separemos: tened compasión de ella, tened compasión de vos
+mismo, tenedla, por Dios, de mí.
+
+El padre Aliaga se alejó en silencio y con la cabeza baja.
+
+--Acaso he sido imprudente--dijo el bufón estremeciéndose--, acaso he
+sido injusto; ¡Dios mío! cuando se trata de ella me vuelvo loco.
+
+El tío Manolillo volvió á tomar en silencio el camino de su mechinal.
+
+Antes de llegar á su puerta se detuvo.
+
+--Es necesario que yo vea--dijo--qué gentes andan por aquí esta noche.
+
+Y abrió la puerta, entró, encendió una lámpara y salió á los corredores
+sin hablar con Dorotea, que estaba replegada y llorando en un rincón.
+
+El tío Manolillo recorrió y examinó minuciosamente la parte alta de
+aquel departamento.
+
+A nadie encontró por más que registró todos los escondrijos.
+
+--Vamos--dijo--, sería el viento.
+
+Y siguió adelante hacia su vivienda.
+
+Al pasar por delante de la puerta del cuarto del cocinero mayor, se
+detuvo; había oído la voz de Francisco Martínez Montiño, que decía:
+
+--Aseguradle bien, que pesa mucho, hijos, y tapadle de modo que no se
+conozca que es un cofre; vosotros dos no os separéis de mí; las manos en
+las espadas, y que se conozca, si llega el caso, que sois un par de
+buenos mozos de la guardia española.
+
+--Descuide vuesa merced, señor Francisco--dijo una voz franca y
+ligera--, que aunque vengan muchos y buenos, vive Dios que no nos han de
+robar.
+
+A seguida el bufón oyó el ruido de una llave en la cerradura, y apagó la
+luz y se retiró precipitadamente al hueco de una puerta inmediata y se
+embebió en él cuanto pudo y escuchó con profunda atención.
+
+Se abrió la puerta y salió el cocinero; tras él, dos hombres que
+conducían, puesto sobre dos palos, un bulto al parecer pesado, y luego
+dos soldados de la guardia española, á juzgar por sus armas y por sus
+coletos rojos.
+
+El cocinero mayor volvió á cerrar la puerta.
+
+Él y los cuatro hombres se alejaron.
+
+Iba á seguirlos el bufón, cuando sintió pasos tras sí á muy poca
+distancia.
+
+Embebióse más en la puerta, y desenvainó su puñal.
+
+--Cosme, hijo, síguelos--dijo una voz muy conocida del tío Manolillo--;
+yo me quedo aquí; abajo en la plaza están los otros; quitadle lo que
+lleve, y que no se diga que os ponen miedo esos fanfarrones de los
+coletos encarnados.
+
+Alejáronse los pasos, y se perdió la voz á lo largo de los estrechos
+corredores.
+
+--¡El sargento mayor don Juan de Guzmán!--dijo el tío Manolillo--. Van
+por la crujía larga; rodeando yo por la derecha, les gano la delantera;
+para algo estaban aquí estos bribones; no me había yo engañado; pues
+bien: veamos qué es esto... pero ¿y Dorotea?... no importa... yo
+volveré.
+
+Y luego se oyeron los rápidos pasos del bufón.
+
+Si hubiera seguido tras el sargento mayor, se hubiera visto obligado á
+pasar por la puerta de su aposento.
+
+Y entonces hubiera tropezado con un bulto que estaba colocado delante de
+él.
+
+Aquel bulto era el sargento mayor.
+
+Escuchaba.
+
+--Está sola y llora--dijo--; ¿dónde estará el bufón?
+
+Y volvió á escuchar.
+
+--Tengo conmigo una llave maestra: puedo abrir; cierto es también que el
+tío Manolillo puede volver; no sé por qué me causa miedo ese hombre;
+pero bien, necesariamente ha de hacer ruido en la cerradura... y puedo
+muy bien escapar por la ventana, ganarle tiempo y perderme. Me importaba
+ver á Luisa; pero después de lo que he oído, me interesa más verla á
+ella. Ea, adelante.
+
+Sonó un hierro en la cerradura, que resistió un momento; luego se sintió
+correrse el fiador.
+
+La puerta se abrió.
+
+Cerróla de nuevo el sargento mayor, y entró en el aposento donde se
+encontraba Dorotea.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXVII
+
+DE CÓMO EL DIABLO IBA ENREDANDO CADA VEZ MÁS LOS SUCESOS
+
+
+La joven permanecía aún inmóvil en el lugar donde la había dejado el tío
+Manolillo, y continuaba llorando.
+
+--¿Quién había de decirme--murmuró roncamente el sargento mayor--, la
+noche en que no sé quién me quitó esta muchacha recién nacida, que había
+de llegar un momento en que nos sirviese de mucho?
+
+Siguió Guzmán contemplando por algún tiempo y de una manera profunda á
+la joven, y al cabo dijo:
+
+--Bien empleado os está lo que sufrís; ¿quién os manda fiaros del
+primero que llega?
+
+Levantó la cabeza la Dorotea, y al ver al sargento mayor, dijo con
+desprecio:
+
+--¿Quién os ha llamado? Idos.
+
+--No necesita que le llaméis quien os sigue ansioso todo el día,
+deseando encontraros sola. ¡Pero ya se ve! no sólo no habéis estado
+sola, sino que habéis servido de estorbo.
+
+Una vaga sospecha pasó por el pensamiento de la Dorotea.
+
+--¿Y para qué he podido yo serviros de estorbo?
+
+--Para hacer una justicia, cuando ni el rey ni el duque de Lerma piensan
+hacerla.
+
+--¿Y cómo he podido yo estorbar?...
+
+--Desde esta mañana hasta que vinísteis á palacio, no os habéis
+descosido del ajusticiado.
+
+--¡Ah! ¿se trata?...
+
+--Del señor Juan Montiño; y en matarle, no sólo se venga á don Rodrigo
+Calderón, sino también á vos.
+
+--Explicadme cómo se me venga matando á ese caballero.
+
+--Ese caballero se ha burlado de vos.
+
+--¿De mi?
+
+--Sí por cierto: cuando os enamoró estaba ya enamorado.
+
+--¿De quién?--exclamó todo afán Dorotea.
+
+--De una dama muy hermosa, con quien anduvo anoche vuestro burlador por
+las calles de Madrid y á quien prometió entregarle las cartas que tenía
+de la reina don Rodrigo.
+
+--¿El nombre de esa dama?
+
+--No hace mucho que se pronunció en este mismo aposento: os escuchaba...
+desde esa ventana; os oía á vos, al padre Aliaga, al tío Manolillo.
+
+--¿Doña Clara?
+
+--Eso es... doña Clara Soldevilla.
+
+--¿Pero es cierto que él la ama?
+
+--Podréis juzgar de ello dentro de poco.
+
+--¡Cómo! ¿vos podéis procurarme?...
+
+--Para que no os extrañe lo que voy á deciros, es bueno que sepáis que
+yo conozco mucha gente en palacio; que parte por este conocimiento y
+parte por mi dinero, me sirven bien. Entro, pues, en palacio, cuando
+quiero, y ando á caza de secretos... por las galerías... que algunos se
+cogen en ellas de noche. Fuí á ver esta mañana á don Rodrigo, y bueno
+será que lo sepáis... le encontré muy malo con un dagazo en los pechos,
+lo que debéis sentir mucho; porque, en fin, aunque vos le hayáis dejado
+por otro, cuando tan mal parado le veis, don Rodrigo os quiere bien.
+Díjome el nombre de quien le había herido, que le había quitado las
+cartas de la reina, y que era menester seguirle, y estar al cuidado de
+si entraba ó salía en palacio. Pero como don Rodrigo no le conocía, no
+pudo darme las señas, sin las cuales me hubiera costado maña y trabajo
+averiguar. Pero afortunadamente le encontré en vuestra casa y vos me le
+dísteis á conocer. Se os ha seguido, se sabe dónde ha ido ese hidalgo...
+lo que ha hecho...
+
+--Tenía un duelo concertado...
+
+--Hace como una hora ha salido bien del duelo. En cuanto á mí, tengo
+seguridad de que esta noche vendrá á palacio, y á la salida... cuando
+salga solo...
+
+--¿Y qué seguridad tenéis de que ese caballero vendrá á palacio?
+
+--Desde el obscurecer estábamos en palacio cuatro de los míos y yo; dos
+fuera en acecho; dos en el patio hasta que se cerraron las puertas, y
+yo en el interior. Vagaba yo por las galerías, y sin saber cómo no podía
+separarme de la habitación de doña Clara Soldevilla, cuando he aquí que
+un hombre llama y le abren. A la luz de quien le había abierto, reconocí
+á don Francisco de Quevedo, y como don Francisco de Quevedo es muy amigo
+del señor Juan Montiño, me dije: esperemos; por algo viene aquí don
+Francisco, que no acostumbra á perder el tiempo. Salió don Francisco y
+yo le seguí. Don Francisco se fué derecho á vuestra casa y llamó.
+Abriéronle y preguntó por vos. Dijéronle que habíais salido. Cerróse la
+puerta, y don Francisco se sentó en el dintel. Indudablemente, don
+Francisco había salido del cuarto de doña Clara Soldevilla en busca de
+Juan Montiño.
+
+--¿Y decís que él vendrá?
+
+--Ha concluído ya su lance con don Bernardino, según me han dicho, y no
+debe tardar en ir á vuestra casa... porque también sé que vive en
+vuestra casa; tropezará con don Francisco, que le está esperando, y
+vendrá. Entrará, sí, pero Dios le asista á la salida...
+
+--¿Y si no sale?
+
+--Esperaremos á otro día para vengaros á vos, para vengar á don Rodrigo.
+
+--Si veo entrar en el aposento de doña Clara esta noche á ese caballero,
+contad conmigo.
+
+--Le veréis, os lo aseguro... pero es necesario que me sigáis.
+
+--Al fin del mundo os seguiré.
+
+--Pues venid.
+
+--Juradme que esto no es un lazo que me tendéis.
+
+--¿No os tengo aquí sola?
+
+--Es verdad.
+
+--Además, que vos sois preciosa para don Rodrigo; vos habéis abierto la
+herida y vos la cerraréis. Vamos, pues; no perdamos el tiempo y entre
+sin que le veamos.
+
+--¿Y le podré ver sin ser vista?
+
+--En esta parte, decuidad.
+
+Dorotea se levantó, se arregló el manto y siguió á Guzmán.
+
+Este abrió de nuevo con la llave maestra la puerta, y sin cuidarse de
+cerrarla, llevó á obscuras á la Dorotea á la galería, á donde daba la
+puerta del aposento de doña Clara.
+
+--Aquí es--dijo el sargento mayor.
+
+--¿Y la puerta por donde ha de entrar?
+
+--Esta.
+
+--No se oye nada.
+
+--Esperan, sin duda.
+
+--¡Oh! ¿y por qué no llamar? ¿por qué no entrar?
+
+--Pero ¿estáis loca?
+
+--Tenéis razón... no sé lo que pienso ni lo que digo.
+
+--Venid; frente á esta puerta hay el hueco de unas escaleras; ocultos
+bajo ellas podremos esperar sin que nadie, aunque traiga luz, nos vea.
+
+Guzmán y la comedianta se pusieron en acecho bajo las mismas escaleras
+donde la noche antes había ocultado Quevedo á la condesa de Lemos, para
+que no la vieran los tudescos.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXVIII
+
+DE LO QUE VIÓ Y DE LO QUE NO VIÓ EL TÍO MANOLILLO, SIGUIENDO Á LOS QUE
+SEGUÍAN AL COCINERO MAYOR
+
+
+Muy pronto el bufón del rey se convenció de que su papel estaba
+reducido, en la aventura que corría, al de un simple testigo.
+
+Seis hombres, á la larga separados y con gran recato, seguían al
+cocinero mayor, á los dos hombres que conducían el pesado bulto, y á los
+dos soldados de la guardia española que le escoltaban.
+
+El tío Manolillo, de todos aquellos hombres que seguía, sólo veía al
+último, y aun á larga distancia, para no ser reconocido.
+
+Favorecíale la obscuridad de la noche, el ruido sordo y continuo de la
+lluvia que no cesaba, y lo desierto de las calles.
+
+Porque entonces no había serenos, ni vigilantes nocturnos, ni nada que
+los reemplazase, á excepción de las rondas de los alcaldes, que en
+atención á lo crudo y lluvioso de la noche, no se encontraban en todo
+Madrid para un remedio.
+
+El hombre á quien, como al extremo de una cola, seguía el bufón,
+recorrió parte de la calle del Arenal, la de las Fuentes, atravesó la
+Mayor, la plaza Mayor luego, y por la calle de Toledo, torció hacia
+Puerta Cerrada; pero de repente se detuvo: á la luz del farol de una
+imagen puesta en una esquina, le vió el bufón desnudar la espada y
+partir luego á la carrera hacia la Cava Baja de San Miguel, donde un
+momento antes habían sonado voces de ¡ladrones! y poco después ruido de
+espadas.
+
+El bufón desnudó su puñal y corrió también, pero cuando llegaba á la
+Cava Baja se encontró con que el ruido de las cuchilladas había cesado,
+y en su lugar se escuchaban á un tiempo grandes carcajadas y la voz
+trémula, turbada, del cocinero mayor, que decía:
+
+--¡Ah, señor! ¡señor! ¡me habéis salvado y os habéis salvado á vos
+mismo!
+
+--¿Qué dice ese imbécil?--exclamó el bufón--; indudablemente los buenos
+mozos del señor sargento mayor han sido zurrados bravamente; pero
+escuchemos.
+
+--¿Qué habláis de señor, mi querido tío?--dijo Juan Montiño riendo--; el
+miedo os ha turbado la vista, y no me conocéis.
+
+--Sí; sí, señor, os conozco, os conozco demasiado--, dijo Francisco
+Montiño--; pero veamos de ir á cualquier parte, donde yo pueda
+recobrarme y revelaros un secreto.
+
+--¡Ta! ¡ta! ¡ta!--dijo el bufón, mientras Juan Montiño, el alférez
+Saltillo, Velludo, el cocinero mayor, los hombres que conducían el bulto
+y los dos soldados de la guardia española, entraban en la hostería de
+donde habían salido los tres jóvenes--; mucho será que el misterio de
+ese nacimiento no se aclare esta noche para el señor don Juan Girón y
+Velasco. ¡Pobre Dorotea! todo la viene mal: el don Juan, al saber quién
+es, puede suceder que la desprecie. ¡Oh, Dios mío! ¡Dios mío! ¡hay
+criaturas que nacen maldecidas!
+
+Y el bufón guardó silencio, adelantó á lo largo de la obscura y desierta
+calle, se detuvo delante de la hostería, se acurrucó en el vano de una
+puerta y frente á ella esperó.
+
+Dentro de la hostería, en el primer aposento, en la sala común, sentados
+á una mesa y esperando con semblante alegre una cena, estaban dos
+lacayos de la casa real, á juzgar por su librea, y los dos soldados de
+la guardia española.
+
+--¿Sabes, Perico, que el tal cofre pesaba como una bendición, y que
+tengo los brazos dormidos?--dijo un lacayo al otro.
+
+--Debe estar lleno de oro para pesar tanto--contestó el otro lacayo.
+
+--Indudablemente--dijo un soldado--, mucho debía valer cuando querían
+aliviaros del peso.
+
+--Y á no ser por los tres hidalgos que salieron de la hostería--dijo el
+otro soldado--, no sé lo que hubiera sucedido; yo creo que eran más de
+veinte los que nos acometían.
+
+--No eran sino seis--dijo el otro soldado--; el miedo te ha hecho la
+vista de aumento, Dieguillo.
+
+--¡Qué miedo ni qué berenjenas!--dijo el otro picado--; consistirá en
+que me han metido un latigazo sobre el sombrero que me hizo ver
+estrellas, y que si no se le tuerce la mano al que me lo dió, me raja
+como una zanahoria, y me ha levantado un chichón--, dijo el soldado
+quitándose el sombrero y tentándose la parte superior de la cabeza.
+
+--Pues no--repuso el otro soldado--; el hidalgo á quien después del
+lance llamaba señor el señor Francisco Montiño, es un hombre de
+provecho; no tiraba más que estocadas, lo vi bien, y se los llevaba
+delante que era una alegría verlo. Y él llamó su tío al señor Francisco;
+¿qué será eso?
+
+--Sea lo que fuere, y ya que la cena que nos regalan viene, á cenar y á
+beber, á ver si comiendo y bebiendo se me aplaca el dolor del
+cintarazo--dijo el otro soldado.
+
+--Vamos, buenos mozos--dijo uno de la hostería que traía sobre las dos
+manos una enorme cazuela--; aquí tenéis tres conejos en vinagrillo con
+sus correspondientes cabezas, y voy á traeros, según orden superior,
+ocho botellas de vino que hace seis años que está á obscuras.
+
+--¿Con vinagre son los conejos?--dijo un soldado--, pues gracias á que
+nosotros somos gentes de buenas tragaderas, pero cuida que lo del
+vinagre no entre en parte con el vino.
+
+Tinto de Valdepeñas voy á traeros, que no lo bebe mejor ni aun tan bueno
+el papa.
+
+--Tienes razón, porque el papa lo bebe de otra parte.
+
+Pero pasemos adelante.
+
+En una habitación del piso alto estaban el alférez Saltillo y Velludo.
+
+Inesilla les servía.
+
+El alférez devoraba con los dientes una pechuga de perdiz, y con los
+ojos el redondo cuello y el alto seno de la muchacha, soltando uno que
+otro guiño y una que otra frase que la joven recibía sonriéndose.
+
+--¿Y qué decís de esto?--dijo entre un bocado, un guiño y una galantería
+soldadesca á la muchacha el alférez.
+
+--¿De qué queréis que diga?--contestó Velludo--; ¿de esta buena moza, de
+estas perdices, ó de vos?
+
+--No por cierto; de lo que acaba de suceder.
+
+--Ello dirá.
+
+--Por lo pronto--exclamó el alférez--, ha acabado de maravillarme
+nuestro nuevo amigo, ¿sabéis que hace cosas que no las creyera si no las
+viese? ¡Ira de Dios y qué modo de tener la punta de la espada en todas
+partes, y de tener siempre las paradas donde hacía falta! ¡y cortas,
+vive Dios! ¡paradas de valiente!
+
+--Es mucho mozo.
+
+--Pero esta chica es mejor moza.
+
+--¡Ah! ¡os gusta á vos también, señor Velludo! Muchacha, trae dados.
+
+La joven salió y volvió con un cajoncillo en que había dos dados y un
+cubilete, los puso sobre la mesa y esperó con una inquietud de cierto
+género.
+
+Amigo Velludo, como nosotros somos dos, la jugaremos.
+
+--¡Jugarme! ¿y quién os ha dicho que yo quiero que me juguéis?
+
+--Vamos, pues tú puedes evitar que lo echemos á la suerte--dijo el
+alférez--; ¿cuál de nosotros dos te gusta más?
+
+--Ninguno--dijo la muchacha.
+
+--¡Ah! pues entonces jugaremos.
+
+--¿Y qué vamos á jugar?
+
+--El derecho exclusivo de hacerla el amor, y el regalo para que se
+ablande.
+
+--Vaya, vuesas mercedes están muy divertidos--dijo la muchacha
+poniéndose encendida como una amapola.
+
+--¡Ah!--dijo el alférez--, ¿todavía tienes vergüenza? cosa rara estando
+sirviendo en esta casa y siendo tan bonita.
+
+--¿Quieren vuesas mercedes algo más que les sirva?
+
+--Nada más.
+
+--Pues que Dios guarde á vuesas mercedes.
+
+Y la muchacha salió.
+
+--Amigo Velludo, no juguemos--dijo el alférez.
+
+--¿Por qué?
+
+--Esta muchacha es honrada y quería bendiciones.
+
+--Bendígala Dios, y paso.
+
+--Hablemos de nuestro amigo, ya que hemos quedado solos.
+
+Y se pusieron á charlar y á aventurar deducciones.
+
+En otro aposento cerrado, dentro de otro aposento cerrado también, en un
+lugar en donde de nadie podían ser oídos, estaban mano á mano, sentados
+en una mesa, Juan Montiño y su supuesto tío.
+
+--Sobre aquella mesa, en vez de manjares, había un cofre de hierro, como
+de pie y medio de largo, y un pie de alto y ancho.
+
+A pesar de que el tiempo no era caluroso, el cocinero mayor sudaba hilo
+á hilo.
+
+Estaba jadeante, pálido, desencajados los ojos, tembloroso.
+
+Juan le miraba con sumo interés; más que con interés, con cuidado.
+
+Temía que Montiño se hubiese vuelto loco.
+
+--¿Pero qué os sucede, tío?
+
+--En primer lugar--dijo el cocinero mayor--, no me llaméis tío: yo no lo
+puedo consentir: he obedecido y he callado; pero me falta ya la
+resistencia á fuerza de desgracias y no me callo ni obedezco más. Yo no
+soy vuestro tío.
+
+--¿Qué estáis diciendo?
+
+--La verdad.
+
+--Pues si no sois mi tío, no sois hermano de mi padre.
+
+--Justamente, porque vuestro padre no es mi hermano: ¡oh! ¡si lo fuese!
+
+--Pero entonces vos no sois Montiño.
+
+--Al contrario, vos sois el que no lo sois.
+
+--¿Yo?
+
+--Vos; vuestro padre es algo más ilustre: ¿qué digo? vuestro padre es,
+después del rey, el más grande de España.
+
+Miró profundamente el joven al cocinero, temeroso de si éste tenía ó no
+cabal el juicio, y dijo:
+
+--¿Y quién es esa noble persona?
+
+--Aquí en este cofre debe decirlo.
+
+--¿Pero vos no lo sabéis?
+
+--El cofre lo dirá; abrámosle: así como así iban á abrirle á la fuerza:
+vos sois á quien lo que este cofre contiene interesa más, y aunque
+todavía no habéis cumplido los veinte y cinco años, no importa: no callo
+más, no puedo ya con este secreto, harto tengo con lo mío... pero es el
+caso que yo no tengo la llave. Lo romperemos.
+
+Entonces Juan vió el papel que estaba pegado y sellado sobre la
+cerradura, y leyó en él en letras gordas lo siguiente:
+
+«Yo, Gabriel Pérez, escribano público de la villa de Navalcarnero, doy
+fe y testimonio de cómo el señor Jerónimo Martínez Montiño recibió
+cerrado y sellado como se encuentra este cofre.»
+
+Y por bajo de estas palabras se veía la fecha y el signo y la firma del
+escribano.
+
+--Pero no podemos abrir este cofre--dijo el joven.
+
+--Si no le abrís vos, le abrirá la Inquisición.
+
+--¡Ah!
+
+Francisco Montiño desnudó su daga, despegó de un solo corte y de una
+manera nerviosa el papel.
+
+Debajo de él, en un rebajo del arca, encontró una llave.
+
+--¡Ah! todo estaba previsto--dijo el cocinero del rey--. Abramos.
+
+--A vos dejo la responsabilidad de este hecho--dijo Juan.
+
+El cocinero abrió con mano trémula el cofre.
+
+Apareció primero un paño de seda azul.
+
+Levantado aquel paño aparecieron algunos papeles.
+
+Levantados aquellos papeles, quedaron largos rollos empapelados.
+
+Sacado un rollo y abierto, se vió que le formaban relucientes doblones
+de á ocho.
+
+Contados los doblones resultó que el rollo contenía cincuenta.
+
+Contados los rollos, eran cuarenta.
+
+Es decir, que la caja contenía dos mil doblones.
+
+Sacados los rollos, se encontró un nuevo paño de seda azul.
+
+Levantado el paño, se hallaron veinte cajas forradas de terciopelo.
+
+Abiertas éstas, se halló un riquísimo y completo aderezo de dama, de
+perlas preciosas, y multitud de alhajas de hombre; joyeles para el
+sombrero, herretes para la ropilla, sartas de perlas para las
+cuchilladas, rosetas para los talabartes, cadenas, sortijas, una placa
+de Santiago, una empuñadura de espada de corte, desarmada, y conteras
+para la misma; todo de oro y pedrería, y de pedrería de gran valor.
+
+A la vista de aquel tesoro, relucieron los ojos del cocinero mayor, le
+acometió un vértigo, y se asió á la mesa con ambas manos para no caer.
+
+--¡Oh! ¡si todo esto fuera mío!--exclamó olvidado de que le escuchaba el
+joven.
+
+Este por su parte no le oyó, porque su interés estaba vivamente
+excitado.
+
+Pero en la expresión de su semblante se comprendía que no era la codicia
+la causa de aquel interés.
+
+--Veamos esos papeles--dijo Juan--ya que habéis abierto ese cofre, á fin
+de que sepamos á quién pertenece esto.
+
+--Sí, veámoslo, señor, veámoslo--dijo maquinalmente el cocinero mayor.
+
+Cortó Montiño las cintas que ataban los papeles, y cayeron sobre la
+mesa.
+
+Tomó uno á la ventura y leyó:
+
+Era una partida de bautismo librada por Pedro Martínez Montiño y
+testimoniada por el escribano Gabriel Pérez.
+
+La partida de bautismo de don Juan Téllez Girón, hijo natural del
+excelentísimo señor duque de Osuna, y de una principalísima dama, cuyo
+nombre, según decía la partida, se ocultaba por la honra de la misma
+dama.
+
+Juan apartó aquel papel y tomó otro.
+
+En él el duque de Osuna, de su propio puño y letra, declaraba ser hijo
+suyo natural, el conocido por hijo del capitán inválido de infantería
+española Jerónimo Martínez Montiño, conocido bajo el nombre de Juan
+Montiño; le reconocía públicamente, le daba su apellido y los derechos
+que como á tal hijo natural suyo le correspondiesen; firmaban como
+testigos Jerónimo Martínez Montiño y un Diego Salgado, ayuda de cámara
+del duque. El escribano Gabriel Pérez, testimoniaba la legitimidad de
+estas firmas.
+
+Había otros cuatro papeles que eran otras tantas escrituras públicas de
+bienes libres del duque, consistentes en dehesas, tierras y molinos, con
+una renta de cien mil ducados, cedidas por el duque como patrimonio á su
+hijo don Juan Girón.
+
+Otro papel, era una cédula de gracia del hábito de Santiago desde su
+nacimiento, dada por el rey don Felipe II, por los grandes servicios del
+duque de Osuna, para su hijo natural don Juan Girón, de cuya gracia
+podía gozar desde su nacimiento.
+
+El último papel era una carta del duque para su hijo.
+
+El contexto de aquella carta era solemne.
+
+Decía así:
+
+«En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu-Santo. Don Pedro Téllez
+Girón, duque de Osuna, marqués de Peñafiel, conde de Ureña, á su hijo
+natural, don Juan Girón.
+
+»Hijo mío:
+
+»Cuando esta carta leyéreis, ó habré yo muerto, ó habréis cumplido vos
+los veinticinco años, y estaré satisfecho de vos y seguro de que podéis
+llevar sin mancharle mi apellido.
+
+»Un amor incontrastable, y una ocasión desgraciada para vuestra noble
+madre, y aprovechada por mí, no sé si con harta locura, son la causa de
+vuestro nacimiento.
+
+»No dudéis de vuestra madre; ni aun siquiera sabe quién es vuestro
+padre, ni el lugar en donde os ha dado á luz. Sin embargo, por un aviso
+secreto, sabiendo que existís, vuestra buena madre os ha legado un
+magnífico aderezo que vale muchos cuentos de maravedises, para vuestra
+esposa cuando os caséis. De la misma manera secreta, y sin darme yo á
+conocer de ella, la he jurado por mi fe de caballero no revelar á nadie,
+ni á vos mismo, que sois su hijo, su nombre. Guardo, pues, el secreto.
+Pero como viviréis en la corte, si os casáis, vuestra madre podrá
+reconoceros, ya que no pueda por vuestro nombre, en la primera ocasión
+en que presentéis en la corte á vuestra esposa prendida con ese aderezo,
+si es que vuestra madre no ha muerto cuando vos os caséis.
+
+»Al reconoceros, al daros lo bastante para que un noble pueda vivir en
+la corte de sus reyes como conviene á su nombre, he cumplido con Dios,
+con mi corazón y con mi honra. Un Girón, por más que sea bastardo, no
+puede llevar sino como antifaz, y durante cierto tiempo, un apellido
+ajeno por noble que sea. Escribo esta carta con las lágrimas en los
+ojos; acabáis de nacer y lloráis junto á mi. No os recojo, no os tengo á
+mi lado, porque quiero qué el orgullo de ser mi hijo no os haga mal
+criado. Quiero que viváis en una esfera humilde, que os criéis, si no en
+la desgracia, en una pobreza honrada. Quiero, en fin, haceros bueno y
+leal, y sabio y valiente. Quiero... todo lo que un padre quiere para el
+hijo de la mujer que ha amado como yo amo á vuestra madre. Espero en
+Dios que mis propósitos se cumplirán, y que Dios me dará vida para
+abrazaros.
+
+»Como podrá suceder que por una infidelidad de las gentes que se han
+encargado de vos, aunque no lo espero, ó por otro acaso cualquiera,
+sepáis el secreto de vuestro nacimiento, es mi voluntad que entréis
+desde tal punto en el goce de cuanto os doy; pero si yo vivo, venid sin
+perder tiempo á buscarme, ó de no poderlo hacer, escribidme.
+
+»Creo que baste con lo que os digo.
+
+»Que vuestra suerte no os ensoberbezca, seguid siendo siempre bueno y
+leal y recibid la bendición de vuestro padre,
+
+ »EL DUQUE DE OSUNA, CONDE DE UREÑA.»
+
+--¿Comprendéis ahora por qué os llamaba señor?--dijo todo trémulo
+Francisco Martínez Montiño.
+
+Don Juan Girón (y le llamaremos así en adelante), no contestó.
+
+En vez de mostrarse alegre se mostraba contrariado, y se veía temblar la
+cólera bajo su semblante.
+
+Recogió los papeles, los guardó cuidadosamente en lo interior de su
+ropilla y en sus bolsillos el aderezo de su madre.
+
+Luego dijo levantando los ojos hacia el cocinero mayor:
+
+--Señor Francisco Montiño, me pesa mucho el no poder seguir llamándoos
+tío; pero no lo sois y me veo obligado á tener paciencia.
+
+--¡Obligado á tener paciencia, Dios de bondad, y os encontráis casi un
+príncipe!
+
+--Hacedme la merced de meter eso otra vez en ese cofre, de cerrarlo y de
+llevároslo.
+
+--¿Y si me lo roban, señor?
+
+--¡Eh! ¡Si os lo roban, qué importa! ¡Adiós!
+
+--Pero...
+
+--Adiós, ya os veré.
+
+Y don Juan salió.
+
+--¡Pero está loco, Dios mío!--dijo el cocinero mayor guardando todo
+aquello con precipitación, como si hubiera temido que se lo robasen las
+paredes--. ¡Y marcharse sin que yo haya podido decirle el apuro en que
+me encuentro con el inquisidor general... mis negros, mis terribles
+apuros! ¡Vive Dios que se conoce en él la sangre de los Girones!... Y al
+fin me servirá de mucho... me vengará ahora mucho mejor que antes,
+porque al fin él me ha dicho que siente mucho no poder seguir llamándome
+su tío. Me parece que puedo dejar esperar sin peligro al inquisidor
+general.
+
+Entre tanto el cocinero mayor había metido en el cofre su contenido, le
+había cerrado y metióse cuidadosamente la llave en el bolsillo.
+
+--¡Eh, hostelero!--dijo llamando; y cuando apareció éste añadió--: decid
+á los dos lacayos y á los dos soldados que están abajo que suban.
+
+Cuando hubieron subido, el cocinero hizo cargar de nuevo á los lacayos
+con el cofre y salió.
+
+Al llegar á la puerta, el hostelero le dijo con la gorra en la mano:
+
+--¿Y el gasto, señor?
+
+--¡Cómo! ¿No han pagado?--dijo el cocinero deteniéndose con sobresalto.
+
+--Esos caballeros se han marchado sin pedirme la cuenta, y como arriba
+quedábais vos...
+
+--¿Y cuánto es la cuenta?--dijo todo turbado el señor Francisco.
+
+--Quince ducados, señor.
+
+--¡Quince ducados!--exclamó Francisco Montiño, metiéndose en un regateo
+que en aquellas circunstancias era un rasgo determinante del
+miserabilísimo carácter del cocinero--; ¿pues cuántas gentes han comido
+y bebido?
+
+--Dos hidalgos, señor, cuatro criados...
+
+--Basta... basta--dijo el cocinero sacando de una manera nerviosa un
+bolsillo de los gregüescos--; tomad y adiós. Con muchas cuentas como
+ésta os ponéis rico.
+
+--Vaya en paz vuesa merced--dijo socarronamente al cocinero mayor.
+
+--¡A palacio!--dijo Montiño á los suyos.
+
+Y se puso en marcha delante de ellos.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XXXIX
+
+DE CÓMO QUEVEDO CONOCIÓ PRÁCTICAMENTE LA VERDAD DEL REFRÁN: EL QUE
+ESPERA DESESPERA
+
+
+Cuando don Juan Girón se encontró en la calle con sus dos nuevos amigos,
+se apresuró á despedirse de ellos, citándoles para el día siguiente, y
+alegando un pretexto tomó á la ventura por la primera calle que encontró
+á mano.
+
+El joven estaba aturdido.
+
+No de orgullo, sino por el contrario, de abatimiento.
+
+El hubiera preferido una condición humilde, afanosa, con padres
+legítimos, á la riqueza y á la consideración que le daba la
+circunstancia de ser hijo bastardo reconocido de aquel poderoso magnate,
+á quien llamaban por excelencia el gran duque de Osuna, conde de Ureña.
+
+Le pesaban en los bolsillos las joyas que había encontrado en el cofre;
+sentía sobre su pecho los papeles que acreditaban su nacimiento; y
+aquellas joyas y aquellos papeles le abrumaban.
+
+Indudablemente era harto raro el modo de pensar del joven, en una época
+en que abundaban los bastardos reconocidos y respetados, porque en aquel
+tiempo eran otras las costumbres.
+
+Estaban en tal predicamento, en tal valía la nobleza de algunos
+apellidos, que honraban á todos los que los llevaban, aunque fuesen
+judíos convertidos, apadrinados por algún grande.
+
+Pero don Juan se había criado en un pueblo, en medio de los ejemplos de
+virtud y de dignidad de los que había creído sus parientes, y pensaba de
+otro modo.
+
+No le afligía el ser bastardo por sí, sino por su madre.
+
+Por su madre, que por más que abonase por su inculpabilidad el duque,
+estaba acusada delante del mundo por aquel reconocimiento público de su
+hijo.
+
+Estas y otras muchas afecciones mortificaban al joven, y entre ellas no
+era la menor, la de que, á su juicio, su condición social hacía
+dificilísimo su casamiento con doña Clara Soldevilla.
+
+Porque á pesar de que la Dorotea le había fascinado, y empeñádole como
+una dificultad, la Dorotea sólo llenaba el deseo del joven, mientras
+doña Clara interesaba sus sentidos, su razón, su corazón, su vida; en
+una palabra, su cuerpo y su alma.
+
+Don Juan sufría de una manera intensa; se encontraba entre dos mujeres:
+á la una le arrastraba todo, á la otra su deseo y su caridad.
+
+Su caridad, porque había comprendido que Dorotea le amaba, á pesar del
+poco tiempo que había pasado desde su conocimiento, de una manera que no
+podía explicarse sino por otro hecho también excepcional: por el amor
+violento que el joven había concebido por doña Clara.
+
+Es verdad que don Juan había supuesto de la hermosa menina menos de lo
+que ella era, ya se tratase de hermosura de cuerpo, ó de hermosura de
+alma; de ternura hacia el ser que tuviera la fortuna de ser amado por
+ella, de tesoros de pureza reservados para aquel hombre; don Juan se
+había enamorado de sus suposiciones, y de ver que sus suposiciones
+habían sido mezquinas, debía enamorarse todo cuanto su alma era capaz de
+amar, que lo era hasta lo infinito; don Juan, pues, moría pensando en
+doña Clara, sufría recordando á la Dorotea.
+
+Poema tranquilo y dulce la una; poema sombrío y desgarrador la otra; dos
+grandes mujeres, consideradas en cuanto al corazón, pero puestas en
+condiciones enteramente distintas: la una, altiva con su dignidad de
+mujer y de nobleza de raza; la otra, humilde, paciente, devorando en
+silencio las contrariedades de su nacimiento y de su vida; las dos
+hermosas, espirituales, codiciadas, celebradas; las dos hablando con
+lenguaje tentador, elocuente, al joven.
+
+Don Juan, pues, tenía fiebre.
+
+Pero enérgico, valiente, acostumbrado á acometer de frente las
+contrariedades vulgares que hasta entonces había experimentado, acometió
+de frente la dificultad excepcional en que se encontraba metido, y dijo
+para sí:
+
+--El ser yo hijo de Osuna, ya no tiene remedio; en cuanto á doña Clara,
+será mi esposa, porque lo quiero; Dorotea... Dorotea será mi hermana.
+
+Otro hombre hubiera dicho, frotándose las manos de alegría:
+
+--Bastardo ó no, soy hijo de un gran señor, y tengo una gran renta; las
+dos célebres hermosuras de la corte y del teatro me aman; la una será mi
+mujer, la otra será mi querida.
+
+Por el contrario, don Juan, con arreglo á su corazón, sin meditar,
+porque no tenía experiencia, que con las mujeres no hay términos medios
+posibles, había creído salir del atolladero con una hipótesis que, á
+realizarse, satisfacía á su corazón y á su conciencia.
+
+Y más tranquilo ya, se orientó, tomó por punto de partida la calle
+Mayor, y sin vacilar ya, se dirigió á la calle Ancha de San Bernardo, y
+á la casa de la Dorotea.
+
+Al llegar á la puerta retrocedió.
+
+Un bulto se había enderezado y permanecido inmóvil delante de él.
+
+--¡Quién va!--dijo don Juan poniendo mano á su espada.
+
+--Decid más bien: ¿quién espera, quién se desespera, quién tirita, quién
+se remoja, quién está en batalla descomunal con el sueño, esperando á un
+trasnochador insufrible? ¡Cuerpo de mi abuela, que bien son ya las dos
+de la mañana!
+
+--¡Don Francisco!--exclamó admirado el joven--; ¿qué hacéis aquí?
+
+--Esperar para deshacer.
+
+--¿Para deshacer qué?
+
+--Enredos y dificultades; cuando mi duque de Osuna me escribió que
+viniese á la corte en busca vuestra, no sabía yo el trabajo que habíais
+de darme, ni verme metido en tales laberintos, como en los que por vos
+estoy, sin corazón y sin cabeza, sin cuerpo y sin alma.
+
+--¡Vos!
+
+--Sin cuerpo, porque tal como lo tengo de aporreado me aprovecha, y sin
+alma, porque la tengo trastornada y revuelta, y andando en cien lugares
+y no sabiendo dónde pararse.
+
+--¡Ah, esperábais!
+
+--Sí, señor, y había perdido la esperanza, amigo Montiño.
+
+--No volváis á llamarme Montiño, os lo ruego, don Francisco; ese
+apellido me hace daño.
+
+--¡Ah! ¿Ha reventado del secreto vuestro tío?--dijo Quevedo con
+intención.
+
+--El cocinero del rey, por una casualidad, ha venido á parar á mis manos
+con un cofre, y en ese cofre...
+
+--Pues me alegro ¡vive Dios! Alégrome de que sepáis... pero, en fin,
+¿qué es lo que sabéis?
+
+--Llevo conmigo mi partida de bautismo, unas escrituras, por las que el
+duque de Osuna me hace rico, y una carta de mi padre.
+
+--Pero, ¿quién es vuestro padre?
+
+--El excelentísimo señor don Pedro Téllez Girón, duque de Osuna, marqués
+de Peñafiel, conde de Ureña, virrey de Nápoles, y capitán general de los
+ejércitos de su majestad--dijo con amargura el joven.
+
+--¿Y os pesa de ello, don Juan?--dijo Quevedo cambiando de tono.
+
+--Pésame por mi madre.
+
+--¿Sabéis quién es vuestra madre?
+
+--No; ¿y vos?
+
+--Tampoco--contestó prudentemente Quevedo.
+
+--Pero, ¿sabíais que el señor duque?...
+
+--Sí, por cierto; su excelencia se ha levantado para mí la mitad de la
+carátula.
+
+--¿Y qué hacer?
+
+--Decir á voces, para que todo el mundo lo oiga: yo soy don Juan Téllez
+Girón, hijo del grande Osuna... pero por lo pronto hay que hacer otra
+cosa: recibir esta carta que vos no esperábais.
+
+--¿Acaso una carta de mi padre?
+
+--De persona es esta carta que os alegrará, cuando el duque, por ser
+vuestro padre y por pensar como pensáis, os entristece.
+
+--Pero, ¿de quién es?
+
+--Oledlo, y ver si trasciende á hermosura, y á amor, y á gloria para
+vos, que, como sois joven, buscáis la gloria en una mujer.
+
+--¡De doña Clara!--exclamó alentando apenas el joven.
+
+--¡Ah, pobre Dorotea!--dijo Quevedo--; su hermosura y su amor, á pesar
+de ser tan peligroso, no ha podido haceros olvidar á la hermosa menina.
+Quisiera que doña Clara oyese, tiene celos.
+
+--¡Celos!
+
+--Como que ama.
+
+--¿Y os ha dado esta carta para mí?
+
+--Mirad á lo que por vos me reduzco.
+
+--¡Ah! Dios os premie, don Francisco, la ventura que me dais; pero
+agonizo de impaciencia.
+
+--¿Por leer? Pues leamos.
+
+--¿A obscuras? ¡Maldiga Dios la noche!
+
+--Y bendiga los farolillos de las imágenes callejeras; á la vuelta de la
+esquina hay uno, á cuya luz, si le han alimentado bien, podréis salir de
+ansias.
+
+Don Juan tomó adelante hacia la vuelta de la esquina, y de tal modo, que
+Quevedo, que no podía ir ligero, se quedó atrás.
+
+--De todas las necesidades que hacen andar más de prisa á un hijo de
+Eva--dijo--no conozco otra como la mujer.
+
+Y siguió á paso lento.
+
+Entretanto don Juan había doblado la esquina.
+
+Efectivamente, alumbrando, aunque á media luz, á una virgen de los
+Dolores embutida en su nicho, había un farol.
+
+Don Juan tenía una vista excelente, y, gracias á ella, pudo leer lo que
+sigue en la carta de doña Clara:
+
+«Os espero, os espero, no podré deciros con cuánta impaciencia; nunca he
+ansiado tanto, estoy resuelta á esperaros toda la noche. Venid en cuanto
+recibáis ésta á palacio por el postigo de los Infantes. Si don Francisco
+de Quevedo no pudiera acompañaros como se lo he rogado, llamad al
+postigo, dad por seña: el capitán Juan Montiño, y el postigo se abrirá y
+una doncella mía os traerá á mi aposento; romped ó quemad esta carta y
+venid, venid que os espero ansiosa.--_Doña Clara Soldevilla._»
+
+El joven sintió lo que nosotros no nos atrevemos á describir por temor
+de que nuestra descripción sea insuficiente; era aquella una de esas
+agudas sorpresas, que trastornan, aplanan, por decirlo así, causan una
+revolución poderosa en quien las experimenta.
+
+Don Juan vaciló, y para sostenerse apoyó sus manos y su frente en la
+repisa de piedra del nicho de la imagen.
+
+Llegó Quevedo, se detuvo y contempló profundamente al joven.
+
+--¡Si las tormentas no se calmarán al fin...!--dijo--. ¡Como su padre!
+¡son mucho, mucho hombres estos Girones! ¡ó muy poco! ¿quién sabe? Y
+hace frío y llueve. ¡Don Juan!
+
+El joven se levantó de sobre la repisa aturdido.
+
+--Paréceme que os esperan, y que os espera alguna persona á quien no
+debéis hacer esperar... y acaso... acaso os esperan muy altas personas.
+
+--Vamos--dijo el joven.
+
+Y tiró adelante.
+
+--No es por ahí--dijo Quevedo.
+
+--Pues guiadme vos.
+
+--Y vos llevadme, si hemos de andar de prisa.
+
+Y Quevedo se asió al brazo de don Juan, y en silencio entrambos, porque
+el joven estaba más para pensar que para hablar, y Quevedo más que para
+andar y hablar para dormir, tomaron el camino del alcázar.
+
+Don Francisco se fué derecho, como quien tanto conocía el alcázar, al
+postigo de los Infantes y llamó.
+
+Al primer llamamiento nadie contestó.
+
+--¿Qué es esto?--dijo don Juan--, ¿nos habremos equivocado de puerta ó
+se habrá arrepentido doña Clara?
+
+--No; sino que aquí también hace sueño, ¡ya se ve! ¡es tan tarde!
+
+Y Quevedo bostezó y llamó por segunda vez.
+
+--¿Quién llama?--dijo tras el postigo una soñolienta voz de mujer.
+
+--¿No os lo dije? dormían--contestó Quevedo--; ¿pero qué hacéis que no
+contestáis?
+
+--¿Quién es?--dijo la voz de adentro más despierta.
+
+--El capitán Juan Montiño--contestó don Juan.
+
+Rechinaron los cerrojos del postigo, que se abrió á medias.
+
+--Entrad--dijo la mujer.
+
+Y cuando don Juan hubo entrado, el postigo volvió á cerrarse.
+
+--Esperad--dijo Quevedo conteniendo con la mano el postigo--; aún queda
+uno, digo, si no es que yo sobro, que me alegraría.
+
+--¿Sois don Francisco de Quevedo y Villegas?
+
+--Créolo así.
+
+--Entrad, pues, y en entrando oíd lo que habéis de hacer--dijo la joven,
+que joven era á juzgar por la voz la que hablaba, y cerró la puerta
+quedando los tres en un espacio obscuro.
+
+--¿Os han dado algún mandato para mí?--dijo Quevedo.
+
+--Mi señora me ha dicho que su majestad os está esperando, que vayáis á
+su cuarto y os hagáis anunciar por la servidumbre.
+
+--De las dos majestades, ¿cuál me espera?
+
+--Su majestad el rey.
+
+--¡Ah! pues corro--dijo Quevedo permitiéndose una licenciosa suposición
+de ligereza.
+
+--¿Sabéis el camino?
+
+--Aprendíle ha rato.
+
+--Pues id con Dios.
+
+--Guárdeos él y á vos, amigo don Juan.
+
+--¡Ah! don Francisco, esta es la primera aventura que me hace temblar.
+
+--No digáis eso, que al conoceros medroso, pudiera tener miedo vuestra
+guía y equivocar el camino. Tengo para mí que os deben llevar por la
+derecha.
+
+--Y vos debéis iros por la izquierda--dijo la mujer.
+
+--Bien me lo sé.
+
+--Adiós.
+
+--Adiós.
+
+Y se oyeron los tardos pasos de Quevedo que se alejaba.
+
+--¿Dónde estáis, caballero?--dijo la joven que había abierto el postigo.
+
+--Junto á vos, á lo que parece--contestó don Juan.
+
+--Dadme la mano que os guíe.
+
+Diósela el joven, y por su tacto, ni áspero ni suave, comprendió que se
+trataba de una medio criada, medio doncella.
+
+Llevóle ésta por unas escaleras, luego por una galería, y al fin se
+detuvo, sonó una llave en una cerradura, se abrió una puerta, se vió al
+fondo de su habitación el reflejo de la luz que alumbraba á otra, y la
+sirviente dijo al joven:
+
+--Pasad, en su cámara encontraréis á mi señora.
+
+Adelantó temblando el mancebo, combatido por la duda y por la
+impaciencia, que nunca es mayor que cuando estamos próximos á tocar un
+objeto ansiado, y entró en la habitación de donde salía el reflejo de la
+luz.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XL.
+
+DE CÓMO EL NOBLE BASTARDO SE CREYÓ PRESA DE UN SUEÑO
+
+
+De pie, inmóvil, apoyada una mano en una mesa, encendida, trémula, con
+la mirada vaga, estaba doña Clara, alumbrada de lleno por la luz de un
+velón de cuatro mecheros.
+
+Don Juan no pasó de la puerta.
+
+Al verla se quedó tan inmóvil como ella.
+
+Durante algún tiempo ninguno de los jóvenes pronunció una sola palabra.
+
+Doña Clara miraba de una manera singular á don Juan.
+
+Don Juan estaba mudo de admiración, dominado por la magia que se
+desprendía de doña Clara y con la vista fija en ella.
+
+Estaba maravillosamente vestida.
+
+Un traje de terciopelo blanco de Utrech con bordaduras de oro y
+cuchilladas de raso blanco, realzaba la majestad y la belleza de las
+formas, lo arrogante de la actitud, que constituían el ser de doña
+Clara, en un indefinible conjunto de distinción y de hermosura.
+
+Estaba hechiceramente peinada, ceñía su cabeza una corona de flores de
+oro esmaltadas de blanco, y de esta corona pendía un velo de gasa de
+plata y seda.
+
+Inútil es decir que á este bello traje, servían de complemento bellas y
+ricas alhajas. No podía darse nada más hermoso, más completamente
+hermoso.
+
+--Acercáos--dijo con acento dulce doña Clara.
+
+--¿Para qué me habéis llamado?--exclamó el joven con afán acercándose.
+
+--Decidme primero lo que habéis pensado de mí al leer la carta que os he
+enviado con don Francisco.
+
+--He creído... no he creído nada, porque vuestra carta me ha aturdido.
+¿No le veis, señora? ¿No conocéis que estoy muriendo?
+
+--Domináos, reflexionad y decídmelo: ¿qué pensáis de esta extraña cita?
+
+--Pienso, señora, que sabéis bien que mi vida es vuestra, y no sólo mi
+vida, sino mi alma, y que si me habéis llamado, es á causa sin duda de
+hallaros en un grande compromiso.
+
+--Tenéis razón: en un compromiso harto grave. Me caso.
+
+--¡Que os casáis!
+
+--Sí por cierto, y voy á mostraros la causa por qué me caso.
+
+Don Juan no contestó, porque se le había echado un nudo á la garganta.
+
+Doña Clara, entre tanto, había tomado de sobre la mesa un objeto
+envuelto por un papel y le desenvolvió lentamente.
+
+El joven vió un magnífico rizo de pelo negro, sujeto por un no menos
+magnífico lazo de brillantes.
+
+--He aquí lo que me casa con vos--dijo doña Clara con la voz firme y
+lenta, aunque grave.
+
+--¡Conmigo! ¡os casaréis conmigo!--exclamó el joven con una explosión de
+alegría--; ¡yo!... ¡yo vuestro esposo!... ¡yo poseedor de vuestra alma,
+de vuestra hermosura!... ¡esto... esto es un sueño!
+
+Y don Juan retrocedió, y por fortuna encontró un sillón en el que se
+dejó caer.
+
+Estaba pálido como un difunto, temblaba, miraba de una manera ansiosa á
+doña Clara.
+
+De repente se levantó, asió una mano á doña Clara, la estrechó contra su
+corazón y exclamó:
+
+--Explicadme, señora, explicadme este misterio que me vuelve loco.
+
+--Cuando seáis mi esposo.
+
+--Pero eso será pronto...
+
+--¿No me veis vestida de boda? la corona nupcial de mi madre, las joyas
+que llevó en una ocasión semejante, me adornan: á falta de traje á
+propósito la reina me ha regalado éste. Yo quería casarme lisa y
+llanamente... pero me han mandado ataviarme... me ha sido preciso
+obedecer: todo se ha reducido á aceptar este traje de su majestad, á
+abrir el cofre donde conservo las joyas de mi madre y á ponerme en manos
+de mis doncellas; ya veis que todo esto indica que el casamiento corre
+prisa: el padre Aliaga alegó no sé qué del concilio de Trento, pero la
+reina dijo que eso se arreglaría después... de modo, señor, que sus
+majestades, el inquisidor general y yo, os estamos esperando desde hace
+tres horas. Sólo falta que vos me digáis si queréis casaros conmigo.
+
+--Vuestra duda es impía, doña Clara: ignoro por qué habéis cambiado
+vuestros desdenes de anoche.
+
+--Los ha cambiado este rizo.
+
+--Pero ese rizo...
+
+--Es mío.
+
+--¿Y no me diréis más?
+
+--Luego; después de las bendiciones, á solas con vos.
+
+--Doña Clara, yo os amo; sois lo único á que aspiro; ser vuestro y que
+vos seáis mía, es una gloria que me enloquece... pero noto en vos no sé
+qué de terrible, de violento. ¿Os obligan á que os caséis conmigo?
+
+--Sí por cierto, me obliga mi corazón.
+
+--¡Vuestro corazón! habéis pronunciado de tal manera esas palabras, que
+me espantan; no, vos no me amáis...
+
+--¿Quién sabe?
+
+--Si me amárais pronunciaríais ese ¿quién sabe? con menos amargura...
+¿qué digo con menos?... lo pronunciaríais con el alma, que asomaría á
+vuestro acento y á vuestro rostro por más que lo quisiérais ocultar.
+
+--¿Y qué no asoma?
+
+--Despechada y amarga, que enamorada y contenta no.
+
+--¿Pero á qué esta disputa? ¿no queréis casaros conmigo?
+
+--He querido y quiero... pero según os veo... me niego...
+
+--¡Ah, os negáis!
+
+--No quiero ayudar á que os sacrifiquen.
+
+--¡Don Juan!...
+
+--¿Por qué me llamáis don Juan?
+
+--Por... ¡por qué sé yo! ¿pero esto qué importa?
+
+--Mucho... acaso el ser yo sobrino del cocinero del rey...
+
+--Eso no importa nada...
+
+--¿Y si fuera peor? ¿si yo fuera un bastardo?...
+
+--¡Cómo! ¿sabéis?...
+
+--¿Y qué he de saber? ¿que soy hijo del duque?...
+
+--Del gran duque de Osuna, y...
+
+--¿Y de quién? ¿sabéis acaso, señora, el nombre de mi madre como sabéis
+el de mi padre?
+
+--¡Cómo! ¿no sabéis quién es vuestra madre?...
+
+--No, ¿y vos?
+
+--Tampoco...
+
+--Ayer ni aun el de vuestro padre conocíais.
+
+--Lo he sabido por una casualidad esta noche...
+
+--Yo lo supe ayer...
+
+--¿Quién os lo dijo?...
+
+--Vuestro supuesto tío...
+
+--¡Ah! ¡mi tío... Francisco Montiño os lo dijo!... ¿y á qué
+propósito?...
+
+--Estamos pasando el tiempo, don Juan... estamos haciendo esperar á sus
+majestades.
+
+--Un solo momento; leed, y después decidme si os queréis casar conmigo.
+
+Y sacó de su ropilla los papeles; buscó la carta del duque y la dió á
+doña Clara.
+
+Esta la leyó.
+
+--Me caso con vos--dijo, devolviéndosela.
+
+--Pero esto es cruel... vuestra decisión me espanta.
+
+--¿No me amáis?...--dijo con impaciencia doña Clara...--pues si me amáis
+¿á qué esa obstinación?... ¿dudáis acaso de mí?... ¿amáis acaso á otra,
+á causa de esa facilidad que tenéis de enamoraros en dos minutos?
+
+--Me estáis desgarrando el alma, señora... y... no os comprendo...
+arrostráis un sacrificio al casaros conmigo... todo lo indica en vos; y
+cuando quiero salvaros, si es posible, á costa mía de ese sacrificio...
+¿me preguntáis no sólo si os amo, sino si amo otra?
+
+--Son las tres de la mañana--dijo doña Clara--y sus majestades esperan;
+concluyamos ó volvéos libre, ó seguidme.
+
+--Esperad; puesto que vais á ser mi esposa...
+
+--¿Qué?...
+
+--En la carta que habéis leído, se habla de las alhajas de mi madre;
+aceptadlas como vuestro dote, señora...
+
+Y el joven se metió la mano en el bolsillo.
+
+--Después, muy después--dijo doña Clara--; ahora, puesto que entrambos
+queremos unirnos, venid.
+
+Y se dirigió á una puerta en paso rápido, poderoso, en que se revelaba
+la excitación de que estaba poseída.
+
+Don Juan la siguió.
+
+Y dominado por lo extraño, por lo maravilloso, y aun podemos decir por
+lo terrible de la situación, ni aun se acordó de que iba pobremente
+vestido, con su sombrero ajado, su capilla parda y sus botas de camino
+enlodadas hasta las corvas.
+
+Porque todo había variado en el joven; menos el traje, todo.
+
+[imagen: Doña Clara Soldevilla.]
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLI
+
+DE CÓMO QUEVEDO SE QUEDÓ Á SU VEZ SIN ENTENDER AL REY
+
+
+--Enredo como este, confesad que es mayor que vuestra perspicacia, don
+Francisco--decía Quevedo, dirigiéndose á obscuras desde la parte baja
+del palacio al cuarto de Felipe III--. Y eso--añadía--que tenéis una
+perspicacia que os mata. Que doña Clara se haya enamorado de nuestro
+hombre, pase, porque yo que no peco por los amores barbados, estóilo de
+él; que doña Clara se haya valido de mí como de un anzuelo para pescar á
+su enamorado, cosa es que no espanta á nadie, porque las mujeres se
+agarran á todo... que se encierre con él... cosa es que de común
+apesta... pero que me digan: acompáñele vuesa merced; y acompañado que
+ha sido: vaya vuesa merced á ver al rey, que le espera, á las tres de la
+mañana, cuando nuestro señor, que Dios guarde, es más dado á dormir que
+un gusano de seda, dígome que no me entiendo, dóime capote y sigo y
+prosigo hacia el cuarto de su majestad.
+
+Y seguía don Francisco, pero dando vueltas á su poderosa imaginación.
+
+--¿Qué será, qué no será?... lo que fuere sonará--dijo al fin, cansado
+de cavilar y entrando en una galería alumbrada, á donde daba la puerta
+de la primera antecámara del cuarto del rey.
+
+Llegó, habló á un ayuda de cámara y fué introducido hasta el rey, á
+quien habían despertado para anunciar á Quevedo, y que había vuelto á
+dormirse.
+
+Es de advertir que el rey estaba en su lecho y convenientemente
+rebujado.
+
+El ayuda de cámara despertó á su majestad.
+
+--Pronto amanece hoy--dijo el rey.
+
+--Son las tres de la mañana, señor--dijo el ayuda de cámara.
+
+--¡Ah! ¡son las tres de la mañana!--dijo el rey bostezando y poniéndose
+la mano á manera de pantalla, para mirar á Quevedo, sin que le ofendiese
+la luz de la lámpara--; ¿quién es ese?--añadió después de haber
+bostezado otras tres veces y de haber mirado durante tres minutos á
+Quevedo, que estaba tieso é inmóvil delante del lecho real.
+
+--Es don Francisco de Quevedo y Villegas, señor--dijo el ayuda de
+cámara.
+
+--¡Ah! pues creo, Dios me perdone, que estamos perseguido por don
+Francisco.
+
+--Perdóneme vuestra majestad, señor--dijo Quevedo con voz campanuda y
+vibrante--; yo he sido llamado; que si llamado no fuera, no aportara yo
+en todos los años de mi vida por vuestra cámara.
+
+--¡Ah! es verdad... ahora recuerdo; sólo que no recuerdo para lo que os
+he llamado... os necesitaba para algo.
+
+Quevedo no contestó.
+
+--¿Sabéis que tengo frío, don Francisco?--dijo el rey.
+
+--Andan los tiempos muy crudos, señor--contestó Quevedo.
+
+--Efectivamente, han dado en decir de estos tiempos que si son crudos,
+que si son cocidos. ¿Sabéis si se guisa algo bueno por el alcázar?
+
+--No, señor; no me he dado á lo cocinero, y aunque lo fuese, hace mucho
+tiempo que el alcázar no es cacerola mía.
+
+--¡Ah! pues en la tal cacerola, hierve por un lado y por otro hiela. Y
+hace frío, sí, señor, hace frío. Hacedme la merced, don Francisco, de
+llamar.
+
+Quevedo fué á una puerta y dijo:
+
+--Su majestad llama.
+
+--Oye, Sarmiento--dijo el rey--; ponme detrás dos almohadones, á fin de
+que pueda recostarme, y el gabán de pieles.
+
+Sirvió el ayuda de cámara al rey y éste le despidió.
+
+Felipe III se quedó sentado en la cama, recostado sobre los almohadones
+y envuelto en el gabán.
+
+--Os aseguro, don Francisco--dijo el rey bostezando de nuevo y haciendo
+la señal de la cruz sobre el bostezo--, que estoy pasando una mala
+noche.
+
+--No la paso yo mejor--dijo Quevedo.
+
+--Vos os divertís; yo me fastidio.
+
+--Pues os doy la diversión por dos blancas.
+
+--Os juro que no puedo dormir.
+
+--Y yo os afirmo, señor, que no puedo acostarme.
+
+--Yo os había llamado para algo.
+
+--Yo creía que para algo era venido.
+
+--Y es que no me acuerdo... ¿podéis vos adivinar?...
+
+--¡Cómo! ¡señor! yo no me atrevo á penetrar en la alta voluntad de un
+rey tan grande como vuestra majestad--dijo Quevedo inclinándose
+profundamente.
+
+--Pues mirad, don Francisco, hay ocasiones en que yo tengo que tragarme
+mi voluntad.
+
+--Y yo con mucha frecuencia las palabras.
+
+--¿Y no se os ocurre para qué os podría necesitar yo?
+
+--Creo que soy demasiado humilde para que haya vuestra majestad
+necesidad de mí.
+
+--¡Ah! ya recuerdo... recuerdo que tenía que preguntaros algo. ¿No
+tenéis nada que decirme?
+
+--Que Dios prospere á vuestra majestad, y le dé centuplicados reinos.
+
+--Paréceme que los que tengo me sobran... pero ayudadme, don Francisco.
+
+--¿Y á qué, señor?...
+
+--A que saquemos en claro para qué os he llamado yo.
+
+--¿Apostamos--dijo para sí Quevedo--á que el rey se está vengando de mí
+por lo de esta mañana? pues aguarda. Yo creo, señor--dijo en voz alta--,
+que me habéis llamado para entretener la vela; es decir, que me usáis
+como á libro malo que sólo se busca para llamar al sueño: si quiere
+vuestra majestad, convertiréme en libro, y contaré á vuestra majestad un
+cuento.
+
+--No tal, ni por pienso--dijo el rey--, porque vuestros cuentos no los
+entiendo yo. Hablemos de otra cosa. ¿Qué me decís de vuestro duque de
+Osuna?
+
+--Que no es mío.
+
+--¡Ah! pues por vuestro os le dan.
+
+--Agradezco la intención, porque indudablemente quieren hacerme un buen
+regalo.
+
+--¿Está contento con su virreinato de Nápoles?
+
+--Nada debe de dolerle, porque no se queja.
+
+--¿Y vos, estáis contento aquí?
+
+--Según: rabio á ratos, á ratos río, como olla podrida; y si no engordo,
+no enflaquezco.
+
+--Decíamos que el duque... pues... decíamos que el duque... ¿qué
+decíamos, don Francisco?
+
+--Yo no decía nada.
+
+--Yo he querido decir algo... pues... quería haberos dicho algo de
+cierto hijo.
+
+--No entiendo á vuestra majestad.
+
+--Pues hablemos de un sobrino.
+
+--Lo entiendo menos.
+
+--De un rizo...
+
+--Continúo á obscuras...
+
+--De unas estocadas...
+
+--Ni aun con la lengua las doy hace un siglo.
+
+--Pues señor--dijo el rey--, ahora veo que no os he llamado para nada.
+
+--Me ha llamado, indudablemente, vuestra majestad, para que venga.
+
+--Y siendo venido para que os vayáis.
+
+Y el rey bostezó más profundamente, se escurrió á lo largo de las
+almohadas y se rebujó.
+
+--Dios dé á vuestra majestad muy buenas noches--dijo Quevedo.
+
+El rey no le contestó: se había dormido.
+
+Quevedo dió media vuelta y salió vivamente contrariado.
+
+--¿Y qué debo yo hacer ahora?--dijo cuando se vió en la galería--. ¿Irme
+ó quedarme? y si me quedo, ¿dónde me quedo? ¿Y qué habrá querido decirme
+el rey? Cuando los mentecatos pretenden hacerse graves, ¿quién los
+entiende? ¿Si su majestad querrá dar al traste con Lerma y servirse de
+Osuna? ¡Que hable claro su majestad, que no soy yo hombre que sirve para
+catas, ni para ser traído y llevado? debe de andar la reina... Si yo
+pudiese ver á la reina... ¡Vamos! lo mejor será no pensar en ello: lo
+que fuere, sonará.
+
+Y siguió adelante, pero con paso vago, como de quien no sabe á dónde va.
+
+--¡Eh, caballero!--le dijo una voz de mujer al pasar junto á la puerta.
+
+--Hábito llevo--dijo don Francisco--; conque bien puedo responder aunque
+á pie me hallo. ¿Qué se os ocurre, señora?
+
+--Mi señora os llama.
+
+--¿Y quién es vuestra señora?
+
+--La señora condesa de Lemos.
+
+--¡Ah! pues sed mi estrella.
+
+--¡Qué!
+
+--Que me guiéis.
+
+--Seguidme.
+
+La mujer, que era una doncella de la condesa de Lemos, le llevó á la
+antecámara de la reina, donde le salió al encuentro doña Catalina de
+Sandoval.
+
+--Gracias á Dios que el rey os ha soltado--dijo.
+
+--¿Y por qué esas gracias?
+
+--Os esperan.
+
+--¿Dónde?
+
+--En el oratorio de la reina.
+
+--Pues no adivino.
+
+--¿No os ha dicho el rey que vos debéis representarle como padrino de
+una boda?...
+
+--¡Ah! ¡sí! ¿Se trata de boda? ya lo había yo olido. Pero de nada menos
+que de eso me ha hablado el rey.
+
+--No importa, yo represento como madrina á la reina.
+
+--¡Ved ahí qué casualidad, que nos hayan buscado á los dos para
+representar un matrimonio! ¿Y los testigos?
+
+--Son de la casa.
+
+--¿Se trata de un casamiento secreto?
+
+--No, señor; sino de un matrimonio de conciencia.
+
+--Pues entonces no es la boda que yo creía.
+
+--Sí, sí por cierto: el capitán de la guardia española del rey, Juan
+Montiño, se casa con la dama de honor de su majestad la reina, doña
+Clara Soldevilla.
+
+--¿Y hay conciencias ya entre esos?... ¡pues si se conocieron ayer!...
+aunque cuando se vieron en la calle, tarde y á obscuras, y ya sabéis que
+la soledad y las tinieblas... ¡pero señor, si él estaba desesperado!...
+
+--No os canséis, don Francisco; lo de la conciencia ha sido un pretexto
+para engañar al rey, á fin de que dé al momento la licencia; todo
+proviene del enredo de anoche: de aquel rizo de doña Clara.
+
+--¡Ah! ¡el rizo de doña Clara! ¡pues ya entiendo lo que no entendía!
+
+--¡Cómo! ¿el rey puede haber sospechado?...
+
+--El rey no ve más que á dos dedos de sus narices...
+
+--Se ha temido; para perder el temor se ha hecho necesario que ese joven
+sepa todo el enredo. Pero anoche doña Clara declaró solemnemente á la
+reina, que no llamaba al señor Juan Montiño, que no le ponía en
+antecedentes, que no permitía que tuviese el rizo... sino siendo su
+marido.
+
+--Como que no desea otra cosa, y se agarra como un alacrán á un
+pretexto.
+
+--Como que era necesario obrar cuanto antes, entraron en la conspiración
+la reina y el padre Aliaga, y después de conspirar se determinó que el
+padre Aliaga fuese al momento á ver al rey, y le dijese que enamorada,
+loca, en una ocasión desgraciada, doña Clara había dado un mal paso con
+Juan Montiño. Que á más de ser urgentísimo casarlos, la reina no quería
+que su dama favorita estuviese un solo momento expuesta á quedarse como
+se estaba y que era necesario casarlos, luego, luego... como el rey es
+tan devoto, y en estos asuntos tan delicado de conciencia, á pesar de
+que por doña Clara ha hecho más de dos simplezas, á pesar de que está
+enamorado de ella, cuanto su majestad puede estarlo de una mujer, ha
+dado la licencia para el casamiento, pero no ha querido asistir.
+
+--¡Ah! ¡la mala noche del rey! ¡ya pareció ella!
+
+--La reina tampoco quiere asistir á la ceremonia, porque... piensa que
+doña Clara se sacrifica por ella.
+
+--¡Mentira, mentira y más mentira!
+
+--Y allá están ambos novios con el padre Aliaga y los testigos,
+esperando únicamente por vos.
+
+--¿Y quiénes son los testigos?
+
+--Pedro Sarmiento, ayuda de cámara del rey, y Juan de Urdiales, maestro
+de ceremonias, los que se han encontrado más á mano.
+
+--Vamos, pues; allá, y no retardemos la felicidad de los enamorados. ¡Y
+llevar yo cuarenta y ocho horas sin dormir por descanso de viaje!
+
+--Ya dormiréis bien esta noche...
+
+Y la condesa asió á Quevedo de una mano, y guiándole desapareció con él
+por una puerta.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLII
+
+DE CÓMO DON JUAN TÉLLEZ GIRÓN SE ENCONTRÓ MÁS VIVO QUE NUNCA CUANDO
+PENSABA EN MORIR
+
+
+Una hora después de haber salido de la estancia de doña Clara con el
+joven, volvieron.
+
+Pero volvieron casados.
+
+Don Juan miraba de una manera avara á la joven.
+
+La alegría, la felicidad, la pasión brillaban en su semblante.
+
+Doña Clara estaba vivamente excitada, y á duras penas podía disimular
+que era feliz.
+
+Y sin embargo, no miraba al joven.
+
+Y sin embargo, se mantenía duramente reservada.
+
+Atravesó el aposento rápidamente, y al llegar á una puerta, como
+pretendiese pasar don Juan, le dijo:
+
+--Esperad un momento, señor.
+
+El joven respetó la voluntad de doña Clara, y se detuvo.
+
+La puerta se cerró.
+
+Don Juan se quitó la capa y el sombrero, la daga y la espada, las arrojó
+sobre un sillón y se sentó en otro descuidadamente junto al brasero,
+como pudiera haberlo hecho en su casa.
+
+Y esto era lógico.
+
+El cuarto de su mujer, era su cuarto.
+
+¡Su mujer doña Clara! ¡aquella dama cuyo semblante apenas visto le había
+deslumbrado! ¡aquella divina y magnífica hermosura, que encubierta había
+asido á su brazo! ¡aquella dama tan gentil, tan joven, tan pura, que le
+había llamado para recoger una prenda de la reina y que había acabado de
+enamorarle! ¡aquel dulce imposible estaba vencido!
+
+Don Juan gozaba de un bienestar completo; se adormía en las ardientes
+ilusiones de su pensamiento; abrasaba con deleite su alma en aquel amor
+afortunado.
+
+¡Suya doña Clara!
+
+¡Su mujer doña Clara!
+
+¡Doña Clara la madre de sus hijos, el dorado rayo del sol de su casa, su
+compañera de por vida!
+
+Don Juan se creía soñando, y cuando se convencía de que no soñaba, moría
+de impaciencia.
+
+Al fin apareció doña Clara, sencillamente vestida de casa, pero
+elegante; con un ancho traje de seda negra y una toquita blanca en los
+cabellos.
+
+--¡Oh! ¡felicidad mía!--exclamó el joven levantándose con tal rapidez,
+que no pudo evitar doña Clara que la abrazase y la besase en la boca.
+
+La joven dió un grito y quiso desasirse, pero no pudo.
+
+Don Juan la retenía en sus brazos, reclinada sobre su hombro su cabeza,
+y lloraba.
+
+--Apartad, señor, apartad--dijo doña Clara con voz dulce--; vuestra
+esposa os lo suplica.
+
+Don Juan soltó á doña Clara, que estaba ruborosa y trémula.
+
+--¿Es verdad que me amáis tanto?...--exclamó la joven, mirando con toda
+la fuerza de sus ojos negros á don Juan.
+
+--Si no os amara, si no fuérais para mí antes que todo, ¿me hubiera
+casado con vos, sin pretender aclarar antes de nuestro casamiento el
+misterio de tal casamiento?
+
+--Sentáos, don Juan, sentáos y escuchadme: escuchadme como si jamás me
+hubiérais hablado de amores, como si no fuéramos marido y mujer.
+
+--Pero...
+
+--Hacedme la gracia de escuchadme: bien sé que casada con vos, vuestra
+voluntad es para mí una ley; pero yo apelo á vuestra hidalguía; yo os
+pido, y os lo pido con toda mi alma, que por ahora no miréis en mí más
+que á doña Clara Soldevilla, no á vuestra esposa. ¿Me lo concedéis?
+
+--Será siempre, señora, todo lo que vos queráis, menos no amaros.
+
+--No os pediré eso jamás, porque vuestro amor para mí lo es todo siendo
+como soy vuestra mujer.
+
+--¿Me decís al fin que me amáis?
+
+--Os amo como debe amar una mujer casada á su marido... más claro: por
+el momento os respeto... os quiero... tengo en vos esperanzas...
+
+--¿Pero no sois para mí la mujer enamorada?
+
+--No quitéis al tiempo lo que es suyo. ¡Yo no os conozco!
+
+--Y sin embargo, os habéis casado conmigo.
+
+--Os confieso que en la situación en que me he casado con vos, y por la
+razón que lo he hecho, me hubiera casado con cualquiera de quien hubiera
+podido buenamente ser esposa.
+
+--¿Sin amor?
+
+--Sin amor.
+
+--¿Pero qué misterio, qué razones son esas?
+
+--Las vais á oír: en primer lugar, tomad este rizo, guardadlo.
+
+--¡Este rizo vuestro!--exclamó el joven besándole con locura--. Pero
+esta joya...
+
+--Es necesario que la dejéis en el rizo.
+
+--La dejaré... pero tomad vos las de mi madre...
+
+--Después, don Juan, después. ¿Queréis oírme?
+
+--Seguid, señora.
+
+--Cuando os pregunte alguien que por qué herísteis á don Rodrigo
+Calderón, inventad una mentira razonable... pero si el rey os preguntase
+por un acaso...
+
+--No pienso que tenga ocasión de hablarme.
+
+--Os engañáis; el rey tendrá ocasión de veros con mucha frecuencia.
+
+--¿Como esposo vuestro?
+
+--Por eso no tiene el rey que veros. Pero sí como capitán de la guardia
+española.
+
+--¡Ah! ¡conque yo soy capitán!
+
+--Tal vez después de saber quién sois, no queráis ser soldado:
+
+--Por el contrario, señora, tengo obligación de servir al rey.
+
+--Con tanta y tan grave cosa como me tiene en cuidado, me olvidé de
+daros una provisión de capitán que tengo para vos. Esperad. Voy á
+dárosla.
+
+Y la joven se levantó, sacó del cajón de un mueble un papel, y le dió á
+don Juan.
+
+--Esta provisión ha sido vendida y revendida--dijo el joven.
+
+--Se ha comprado para vos.
+
+--¿Y quién la ha comprado?
+
+--La reina.
+
+--¡Me paga el servicio casual que la he hecho!
+
+--No, no por cierto: el servicio que habéis hecho á su majestad no hay
+con qué pagarlo.
+
+--Demasiado recompensado estoy si por conoceros he servido á su
+majestad, y por servirla sois mía. Nada hay en el mundo que valga lo que
+este premio. Por lo tanto, esta provisión está demás... si la acepto, la
+pagaré.
+
+--No llevéis vuestra altivez, muy digna sin duda, hasta el punto de
+ofender á su majestad: aceptad tal como se os da esa compañía, y estad
+seguro de que ya tendréis más de una grave ocasión de servir á la reina.
+
+--Sea lo que vos queráis--dijo el joven guardando la provisión.
+
+--Sea lo que debe ser--dijo doña Clara--; continuemos: como capitán de
+la guardia del rey, cuando estéis de servicio, recibiréis en muchas
+ocasiones las órdenes directamente de su majestad, en particular en las
+partidas de caza, donde por vuestro oficio estaréis junto al rey. En una
+palabra: estáis al servicio inmediato de su majestad. Si un día, mañana
+acaso, el rey os preguntase acerca de mí... decidle... hacedle entender
+que entre nosotros mediaban amores... que... que en una palabra, por
+deber y por conciencia estábais obligado á casaros conmigo.
+
+--Pero eso no es verdad... yo no puedo ofenderos... el rubor que tiñe
+vuestro semblante, dice bien claro que os ofendería.
+
+--Don Juan, la reina es mi hermana--dijo profundamente doña Clara--:
+ella en su alta posición y yo en la mía, al conoceros... oíd desde el
+principio, don Juan. Yo tenía una madre buena, amante, hermosa...
+venid... vais á conocer á mi madre.
+
+Doña Clara se levantó, tomó una bujía y precedió al joven.
+
+Pasaron por un aposento de vestir, y entraron en un dormitorio.
+
+En él había un pequeño lecho blanco que respiraba pureza, algunos ricos
+muebles, y en una de las paredes, un cuadro cubierto con un velo negro.
+
+Doña Clara corrió aquel velo, y quedó á la vista de don Juan una dama de
+cuarenta años, pálida, excesivamente hermosa, y á juzgar por su traje y
+por su expresión, muy principal dama.
+
+--Esa era mi madre--dijo doña Clara con acento vivamente conmovido.
+
+--¡Ah! ¡digna madre de tal hija!--dijo el joven no menos conmovido.
+
+--¿No es verdad, don Juan, que yo debo de estar orgullosa de mi madre?
+
+--Como debéis estarlo de vos misma.
+
+--No hablemos de mí--dijo doña Clara corriendo de nuevo el velo--. Yo os
+he dado á conocer á mi madre de la única manera que me ha sido posible.
+Volvámonos á donde estábamos.
+
+Don Juan salió suspirando de aquel dormitorio tan blanco y tan puro,
+pero enorgullecido por su mujer, porque la atmósfera de aquel dormitorio
+había venido á ser para don Juan un testimonio de la valía de doña
+Clara.
+
+Sentáronse entrambos jóvenes de nuevo, el uno en un extremo, y en otro
+extremo el otro, de la ancha tarima del brasero.
+
+--Nuestra familia, y la vuestra, porque en ella acabáis de entrar, se
+componía hace cuatro años: de mi padre Ignacio Soldevilla, coronel de
+infantería española, encanecido en los combates, de mi madre doña
+Violante de Saavedra, hija de un mayorazgo de la montaña, y de mí.
+Cuando conozcáis á mi padre, que espero sea pronto, él os relatará
+nuestro abolengo, él os dirá muchas de esas cosas que una mujer no debe
+decir á su marido. Yo sólo os hablaré de mis padres. Mi madre, criada
+con el recogimiento de una casa de solar de la montaña, no tuvo más
+amores que los de mi padre; le amó como yo os amaré: después de casada.
+
+--¡Ah! ¡ni vuestra madre amó á su esposo, sino después de casada, ni vos
+me amáis aún!
+
+--Continuemos. Pasaba mi padre, hace más de diez y ocho años, con su
+compañía hacia Navarra, é hizo noche en casa de mi abuelo materno, donde
+fué aposentado. Vió á mi madre... durante la cena... y no pudo dormir.
+
+--Como yo...
+
+--Mi padre lo ha recordado muchas veces á mi madre delante de mí, y mi
+buena madre le contestaba sonriendo: yo, señor, no dormí tampoco.
+
+--¿Pero creo que vos habéis dormido esta noche pasada?--dijo don Juan.
+
+Doña clara continuó, sin contestar á la pregunta del joven:
+
+--Al día siguiente, mi padre, á pesar de que debía marchar, detuvo con
+un pretexto su marcha, y como es excesivamente franco, buscó á mi
+abuelo, y le suplicó que para hablarle de cierto negocio, quisiese dar
+un paseo con él por el campo. Accedió mi abuelo, y apenas se vieron
+fuera de la población, mi padre le dijo quién era, cuánto poseía, que
+estaba perdidamente enamorado de su hija, y que quería casarse sobre la
+marcha con ella. Mi abuelo le contestó que partiese con su compañía, por
+lo pronto, que él se informaría acerca de mi padre, y que con lo que
+hubiese resuelto le contestaría. Mi padre partió sin ver á mi madre, y
+al mes recibió en Navarra una carta de mi abuelo, en que le decía que,
+habiéndose informado lo que bastaba para saber que mi padre era noble,
+honrado y valiente, y no oponiéndose á ello su hija, podía, si persistía
+en su pensamiento, volver á recibir las bendiciones. Mi padre no vió por
+segunda vez á mi madre, sino á los pies del altar.
+
+--Pero de seguro, y á pesar de no conocer bastantemente á vuestro padre,
+vuestra madre no le desesperó--dijo el joven, que no desaprovechaba
+ocasión.
+
+Doña Clara no contestó tampoco á esta indirecta.
+
+--Fueron felices; ricos, amantes, honrado mi padre por el rey, respetado
+por todos, respetada mi madre como merecían su virtud y su nobleza. Yo
+nací en el término preciso después de su matrimonio. Yo he sido su hija
+única. Crecí al lado de mi madre; lo que sé lo aprendí de ella: durante
+las largas ausencias de mi padre en la guerra, nuestra casa estaba
+cerrada, algunos criados antiguos eran nuestra única compañía. Yo era
+feliz. Mi madre lo parecía también. Hace cuatro años, mi madre murió.
+
+Doña Clara se detuvo, inclinó la cabeza durante un momento, y luego la
+alzó.
+
+En sus hermosos ojos brillaba una lágrima.
+
+Don Juan la contemplaba extasiado: creía á cada momento que su amor no
+podía crecer, y sin embargo, á medida que se iba revelando el alma de
+doña Clara, su amor crecía.
+
+La joven continuó:
+
+--La muerte de mi madre fué mi primer dolor. Hasta entonces no había
+comprendido que podía yo quedarme sola en el mundo; pero cuando mi madre
+murió, cuando no la vi á mi lado durante el día, al acostarme, llamando
+sobre mí los buenos sueños con un dulce beso, al levantarme abriéndome
+con otro nuevo beso otro hermoso día, ¡ay! hasta que todo esto me faltó,
+no comprendí el horrible vacío á que puede verse condenada una mujer,
+porque para una mujer, su madre lo es todo. La mujer para su madre es
+siempre una niña. Mi pobre madre murió de tristeza, murió de amor.
+
+--¡De tristeza! ¡de amor!--exclamó don Juan.
+
+--Del año, los nueve meses los pasaba mi padre en campaña, y aun había
+años en que no venía.
+
+--¡Ah!--exclamó el joven, arrastrado por el profundo sentimiento de la
+voz de doña Clara al pronunciar aquellas palabras.
+
+--Mi madre no se quejaba á mi padre: si se hubiera quejado, mi padre
+hubiera dejado el servicio, pero hubiera enfermado de tristeza. Entre su
+propio sacrificio y el de su esposo, mi madre se decidió por
+sacrificarse. Y se sacrificó por completo. Cuando mi padre volvía, y
+contaba á mi madre los peligros que había arrostrado, mi madre le
+escuchaba sonriendo; cuando mi padre se despedía para una nueva campaña,
+le abrazaba sonriendo también; cuando nos quedábamos solas, mi madre se
+me mostraba alegre, tranquila. No quería ennegrecer mi alma de niña con
+su tristeza. Pero llegó un día... ya hacía tiempo que mi madre estaba
+enferma... un día de muerte me lo reveló todo, pero me hizo jurar que
+nada sabría mi padre. Entonces me hizo comprender cuán terrible es amar
+y saber que el hombre amado está en un continuo peligro. Recibir cada
+día noticias de batallas sangrientas, en que se quedaba tendida la flor
+de la nobleza española, y decir á cada noticia, recibida en carta de mi
+padre: ¡De esta ha salido salvo!... pero ¡y de la siguiente! Esto es
+horrible, es una carcoma lenta que mata, ó la mujer que no muera en tal
+situación, no merece ser amada.
+
+--¡Oh! ¡no seré soldado!--exclamó don Juan--. Mi rey, mi orgullo, sois
+vos.
+
+--Sí, sí, seréis soldado mientras sea necesario que lo seais; pero
+después no: ¡no quiero morir como mi madre!
+
+--¡Oh, Clara de mi alma!--exclamó el joven, recibiendo el puro, el
+glorioso relámpago de amor que destelló de los ojos de doña Clara al
+pronunciar sus últimas palabras--; ¡vos me amáis!
+
+--Os amaré si merecéis que os ame--dijo doña Clara volviendo á apagarse,
+por decirlo así.
+
+Y luego, con acento reposado, mientras don Juan suspiraba dominado por
+la firmeza de carácter de su mujer, ésta continuó:
+
+--Llegó por acaso mi padre á tiempo de recibir la última mirada, la
+última sonrisa de mi madre. Cuando la vió muerta, su dolor me espantó,
+me hizo olvidarme de mi propio dolor para acudir aterrada al socorro de
+mi padre. ¡Creí que se había vuelto loco! Y cuando pasó el primer
+acceso, me dijo:
+
+--«¡Yo no puedo permanecer por más tiempo en esta casa! ¡está maldecida
+para mí! ¡no tengo parientes con los cuales llevarte, y no permanecerás
+aquí tampoco: ¡la reina! ¡yo he derramado mi sangre por el rey! ¡mi
+lealtad ha costado la vida á ese ángel! Mi padre había adivinado la
+causa de la muerte de mi madre. ¡El rey no me negará la gracia de que
+entre en la servidumbre y bajo el amparo de la reina... ó no hay Dios en
+los cielos!»
+
+Y me trajo consigo á palacio; habló al rey, que le oyó benévolamente; y
+le envió á la reina, y la buena Margarita de Austria se conmovió de tal
+modo al ver tanto dolor, que me abrazó, me besó en la frente, y me
+recibió como menina en su servidumbre. Mi padre levantó la casa; me
+entregó las alhajas y las ropas de mi madre, y yo me traje á nuestros
+antiguos y leales criados que aún me sirven, y que os recomiendo, señor,
+porque desde hoy lo son vuestros.
+
+--Amarélos yo porque vos los apreciáis--dijo don Juan.
+
+--Muy pronto no fué ya amistad lo que me dispensó la reina, sino cariño;
+cariño que creció de día en día y que hoy--vos lo debéis saber, señor,
+porque debéis saber todo lo que tiene relación conmigo--ha llegado á ser
+amor de hermanas. Y este amor ha crecido por las mutuas confianzas. Este
+amor ha hecho que, por servir noble y dignamente siempre á su majestad,
+que de otro modo no le sirviera yo, haya salido muchas veces sola de
+noche, yo que no he estado nunca sola, ni aun en mi casa.
+
+--¡Bendito Dios sea, que tal lo ha dispuesto!--exclamó el joven--,
+porque anoche os vi durante un momento en el alcázar; si no hubiérais
+salido no me hubiérais encontrado, no os hubiérais amparado de mí, no
+hubieran empezado estos amores que para mí tan glorioso fin han tenido.
+
+--Decid más bien que os han casado y me han casado á mí. ¿Os acordáis de
+las dudas que anoche teníais acerca de si yo era ó no la reina?
+
+--Y no me he engañado, porque sois la reina de mi alma.
+
+--Recordad las cartas que me trajísteis; anoche os preguntó doña Clara
+Soldevilla, hoy os pregunta vuestra esposa: ¿habéis leído aquellas
+cartas, señor?
+
+--Os afirmo por mi honor, que no; sabía que contenían un secreto de la
+reina, y ese secreto no me atormentaba; hubiera querido conocerle porque
+yo creía que la mujer á quien amaba... Mi supuesto tío tuvo la culpa de
+que yo creyese, por esas exageraciones, que aquella mujer á quien yo
+tanto amaba, era su majestad. Y sin embargo de que sentía celos, no leí
+aquellas cartas.
+
+--¿Y qué habéis pensado de la reina?
+
+--Dejándome guiar de las apariencias, hubiera pensado de ella mal si don
+Francisco de Quevedo y Villegas, mi amigo, no me hubiera hablado de su
+majestad bien.
+
+--Si os guiáis por las apariencias, debéis haber pensado de mí muy mal.
+
+--Yo... séquese mi pensamiento, si llego á pensar de vos...
+
+--Sin embargo, una dama joven, que sale sola de noche...--dijo doña
+Clara con amargura.
+
+--Hacíais un sacrificio por su majestad.
+
+--Es verdad; mi padre me dijo hace un año, al ver cómo me trataba la
+reina: «Clara, hija mía, eres fuerte y valiente; vela por su majestad, y
+si es necesario, sacrifícaselo todo... todo menos el honor». Pero,
+volviendo á esas malhadadas cartas, es necesario que conozcáis ese
+secreto.
+
+A seguida, doña Clara contó punto por punto á don Juan el estado en que
+la reina se encontraba, las traiciones de don Rodrigo, la historia, en
+fin, de aquellas cartas, su contenido, el incidente que en el principio
+de aquella noche había obligado á mentir á la reina; la historia del
+rizo, por último.
+
+--En tal situación--prosiguió doña Clara--, habiendo tomado la reina en
+su apuro vuestro nombre, siendo muy posible que el rey desconfiase y os
+llamase y os preguntase, la reina, con las lágrimas en los ojos, me
+suplicó que la salvase; era preciso que yo os llamase; que os hablase á
+solas en las altas horas de la noche en mi aposento, que os revelase
+toda una sucesión de misterios... yo creía que todo aquello era
+necesario para salvar á su majestad, y... me sacrifiqué; me dije: «él se
+me ha mostrado ciegamente enamorado... le propondré que se case
+conmigo... Si acepta, al momento, al momento...», y se preparó todo...
+Me vestí de boda y os esperé anhelante... anhelante por consumar el
+sacrificio.
+
+--Hay un medio, señora, de que ese sacrificio no caiga sobre vos.
+
+--¡El medio de vivir como dos amigos, como dos hermanos!
+
+--Si no sois más que mi amiga ó mi hermana, podíais ver mañana á un
+hombre... amarle...
+
+--¡No he amado cuando era libre!... ¡y me han importunado!
+
+--Sufriríais vuestro amor, le callaríais, porque además de vuestra
+honra, tenéis que guardar la mía... lo sé bien, señora; sé que mi honor
+está seguro en vos: pero os sacrificaríais, moriríais. Yo os libraré de
+ese sacrificio.
+
+El acento de don Juan era lúgubre.
+
+Cuando acabó de pronunciar estas palabras se levantó.
+
+--¡Sentáos!--dijo con acento lleno y grave doña Clara.
+
+El joven se sentó.
+
+--¿De qué manera pretendéis libertarme de éste que yo llamo mi
+sacrificio?--dijo con acento singular doña Clara.
+
+--¿De qué manera? ¿De qué manera decís?--exclamó el joven, con la mirada
+extraviada y la voz sombría--. ¡Muriendo! ¡Dejándoos viuda!
+
+--¡Dios mío!--exclamó doña Clara, levantándose de una manera violenta y
+asiendo una mano de don Juan--. ¿Qué habláis de morir?
+
+--Tengo enemigos, enemigos que me he hecho por vos; los buscaré, los
+provocaré y me dejaré matar.
+
+--¡No!--contestó con la voz opaca doña Clara, fijando en don Juan una
+mirada ardiente, fija, aterrada, mientras la mano con que le asía
+temblaba de una manera violenta.
+
+--Si no encontrare enemigos míos, buscaré los del rey, los de España y
+me matarán.
+
+--¡No!--repitió de una manera profunda doña Clara.
+
+--¿Y para qué quiero yo vivir--dijo el joven con profundísima
+amargura--, si vos no me amáis? ¿si al casaros conmigo habéis hecho un
+doloroso sacrificio por su majestad?
+
+--¡Y esa comedianta!--exclamó doña Clara con acento seco y rápido,
+acercándose más al joven.
+
+--¡Dorotea!
+
+--Sí, esa hermosísima Dorotea, con quien habéis pasado el día.
+
+--¿Si yo os pruebo que no amo á esa mujer...?
+
+--Si me lo probáis... pero no me lo podéis probar, no; ¿por qué me
+habéis dicho que os mataréis...? ¿por qué me habéis aterrado...?
+
+--¡Dios mío!
+
+--Tengo no sé por qué, de una manera que me espanta, el alma desgarrada,
+ensangrentada, por lo que nunca había sentido: por los celos.
+
+--¡Celos vos de mí!
+
+--Venid conmigo--dijo doña Clara tomando una bujía y encaminándose de
+nuevo á su dormitorio.
+
+Y cuando estuvieron en él, descorrió de una manera nerviosa el velo que
+cubría el retrato de su madre.
+
+--Juradme delante de ese cuadro, por vuestra alma y por la de vuestra
+madre, por vuestra honra y por la mía, que á nadie amáis más que á mí.
+
+--Lo juro, lo juro, por mi madre, por la vuestra, por Jesucristo
+Sacramentado.
+
+--Yo os amo con toda mi alma--exclamó doña Clara--, os amo desde que
+anoche salísteis de mi aposento; os amo no sé cómo; como... al recuerdo
+de mi madre... no sé por qué... pero yo os amo, señor; si la casualidad
+no lo hubiera hecho, si el honor de la reina no lo hubiera exigido, yo
+no me hubiera casado con vos... sino me hubiérais aterrado... ¡Oh Dios
+mío...! he visto que la palabra morir no era en vos una amenaza
+cobarde... os he creído ver muerto... ¡Por la sangre de Jesucristo,
+señor! yo no sé lo que me habéis dado que me habéis vuelto loca... y soy
+vuestra, vuestra esposa, vuestra amante, vuestra esclava... vuestra y
+solamente vuestra, sin que tengáis que temer que yo haya amado á otro
+hombre, ni autorizado galanteos, ni dado esperanzas... soy vuestra con
+toda la alegría de mi alma... no sé con cuánto amor... pero no moriréis,
+¿no es verdad, que no moriréis ya...? porque mi amor es vuestra vida y
+yo os lo entrego entero y puro y resplandeciente como el sol.
+
+El joven miró á doña Clara pálido, temblando, extendió hacia ella los
+brazos, cayó de rodillas y lloró.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLIII
+
+CONTINÚAN LOS TRABAJOS DEL COCINERO MAYOR
+
+
+Al amanecer se abrió la puerta del aposento de doña Clara.
+
+En el mes de Noviembre amanece muy tarde y los amaneceres son nublados y
+fríos.
+
+Y decimos esto para que nuestros lectores aprecien cuánto sufriría la
+Dorotea agazapada cinco horas mortales, debajo de una escalera, frente á
+la puerta del aposento de doña Clara, al lado del sargento mayor don
+Juan de Guzmán, que renegaba y blasfemaba por lo bajo, para que la
+Dorotea no le oyese.
+
+Cuando se abrió la puerta del aposento de doña Clara, Dorotea, al
+reflejo de una luz que tenía en la mano una mujer, vió que aquella mujer
+era doña Clara y que la acompañaba un hombre.
+
+Vió que aquel hombre era don Juan Téllez Girón.
+
+Vió que doña Clara estaba negligentemente vestida, pálida, y con la
+palidez más hermosa, y el semblante iluminado por una ardiente expresión
+de felicidad.
+
+Vió que don Juan la miraba de una manera avara, que estrechaba con
+delicia una de las hermosas manos de doña Clara, que antes de despedirse
+se miraron con una expresión de amor infinito y satisfecho, y oyó el
+siguiente diálogo:
+
+--A las once volveré y me presentaré al rey contigo--dijo don Juan.
+
+--Y el rey nos recibirá con la reina y con su servidumbre, y yo llevaré
+las joyas de tu madre.
+
+--¡Adiós, mi cielo!
+
+--Adiós, mi señor.
+
+Aquellas dos cabezas se unieron, y sonó un doble y tierno beso.
+
+Don Juan se rebujó en su capilla, porque hacía frío, y doña Clara cerró
+la puerta.
+
+Don Juan tomó la salida de la galería, guiado por la débil luz del alba
+que penetraba por una claraboya.
+
+Apenas desapareció don Juan, se lanzó en medio de la galería la Dorotea.
+
+Siguióla don Juan de Guzmán.
+
+El semblante de la Dorotea espantaba.
+
+Tal representaba lo supremo del dolor, de los celos, de la rabia, de la
+sorpresa.
+
+--¡Que se presentarán juntos al rey y á la reina!--exclamó con voz
+ronca--; ¡luego se han casado!
+
+--Una dama tal como doña Clara Soldevilla--dijo el sargento mayor--, no
+podía recibir de noche en su aposento á nadie más que á su marido. Ya
+sabía yo que ese buen mozo os engañaba.
+
+--¡Que me engañaba!... ¿y se ha casado con esta mujer?... pues bien...
+acepto lo que me habéis propuesto y os sigo.
+
+--Ya sabía yo que habíamos de ser amigos.
+
+--Pero salgamos pronto de aquí.
+
+--Cubríos antes con vuestro manto; de seguro el bufón del rey ha vuelto
+á su aposento, no os ha encontrado, y os anda buscando como un tigre;
+procuremos, pues, que no nos encuentre, y aprovechemos esta hora en que
+aún no se ve bien claro.
+
+--Vamos, sí, vamos; tengo impaciencia por vengarme.
+
+Y rebozándose completamente en su manto, se asió del brazo del sargento
+mayor, atravesaron las galerías, bajaron una escalera y salieron por una
+de las puertas del alcázar recientemente abierta, dando ocasión á que
+dijese el portero:
+
+--Muy temprano van de aventuras las damas de la reina.
+
+Cuando salieron á la calle, vieron que ya era entrado el día, esto es,
+que se había retardado el amanecer á causa de una densa niebla, al
+través de la cual pasaba la lluvia.
+
+--La niebla nos favorece--dijo el sargento mayor--; pero andemos de
+prisa, ya es tarde; acaban de dar las siete y media en el reloj del
+alcázar.
+
+Y siguió andando á gran paso, arrastrando consigo á la Dorotea.
+
+Pero se había engañado el sargento mayor al decir que la niebla les
+favorecía.
+
+Al salir ellos, de entre el hueco de una de las pilastras de la puerta
+por la que habían salido, se destacó un bulto informe y se puso en su
+seguimiento.
+
+Era el bufón.
+
+Al seguir á don Juan de Guzmán y á la Dorotea, se encontró con el
+cocinero mayor del rey, que, pálido, lacio, mojado, á pesar del frío y
+de la lluvia, se dirigía en paso lento al palacio.
+
+Tras él venían dos hombres que traían harto mohínos un pesado bulto
+sobre dos palos, y cariacontecidos y atormentados detrás, dos soldados
+de la guardia española.
+
+Hizo el acaso que, distraídos bufón y cocinero, pensativos ambos y no
+habiendo podido verse á distancia á causa de la niebla, se dieran un
+encontrón formidable.
+
+--¡Por mis desdichas!--exclamó al sentir el choque el cocinero mayor.
+
+--¡Cien legiones de demonios!--exclamó el bufón.
+
+--¡Tío Manolillo!--exclamó el cocinero acercándose á él con ansia--;
+Dios os envía.
+
+--Y á vos el diablo, para que me detengáis.
+
+--Soy el hombre más desdichado del mundo--añadió el cocinero.
+
+--Aguantad vuestro aprieto como yo aguanto el mío; y basta de bromas y
+soltad, y adiós.
+
+Y escapó.
+
+--Hijo Marchante--dijo el cocinero mayor precipitadamente á uno de los
+soldados--, métete con eso en la portería del señor Machuca, y guárdalo
+como guardarías á su majestad, mientras yo vuelvo.
+
+--Muy bien, señor Francisco--dijo el soldado.
+
+Y el cocinero mayor apretó á correr tras él bufón, que apretaba tras la
+Dorotea y el sargento mayor.
+
+Asióse al fin á su brazo.
+
+--¿Qué me queréis? ¡por mi vida!--exclamó el bufón sin cesar de correr.
+
+--Pediros consejo.
+
+--Dádmelo y lo agradeceré.
+
+--Me están sucediendo cosas crueles.
+
+--A mí me pasan cruelísimas.
+
+--Nos aconsejaremos mutuamente.
+
+--No necesito consejos.
+
+--Yo sí, los vuestros.
+
+--Pues ya que no os despego de mí, callad, que no puede ser hablar y
+correr.
+
+Y el bufón siguió á gran paso, porque á gran paso iban el sargento mayor
+y la Dorotea.
+
+El sargento mayor había tomado por las callejuelas de la parte de arriba
+del convento de San Gil; habla entrado con la Dorotea en la calle de
+Amaniel, se había parado delante de una casa que estaba herméticamente
+cerrada, y había dado sobre su puerta tres golpes fuertes.
+
+--¿Quién vivirá en esa casa?--dijo el tío Manolillo parándose, cuando
+vió que en aquella casa habían entrado el sargento mayor y la Dorotea, y
+había vuelto á cerrarse la puerta.
+
+--¿Os interesa mucho el saber quién vive en esa casa?--dijo el cocinero
+mayor.
+
+--Lo averiguaré--dijo el bufón como contestándose á sí mismo á la
+pregunta que á sí mismo se había hecho poco antes.
+
+--Pero en averiguarlo tardaréis algún tiempo; hay ciertos negocios que
+se pierden si el tiempo se pasa, y yo os puedo decir ahora mismo...
+
+--¿Qué me podéis decir vos?...
+
+--Sí; sí, señor, os puedo decir que en esa casa vive la querida del
+sargento mayor don Juan de Guzmán.
+
+--¿Y nadie más?
+
+--Nadie más que una dueña y un escudero.
+
+--¿Y quién es esa mujer?
+
+--Tío Manolillo, hace mucho frío, llueve, y yo no he dormido en tres
+noches, y si queréis que os oiga, metámonos á cubierto.
+
+--¿Y dónde, que no perdamos de vista esa casa?
+
+--Cabalmente frente á ella hay una taberna.
+
+--¡Una taberna! yo tengo hambre y sed.
+
+--Y yo también; vamos, que yo pago.
+
+--Lo aprecio y lo recibo, porque no tengo blanca.
+
+--Ni yo abundo mucho de dinero, porque hace dos días mis manos están
+hechas un río; ¡qué suerte, señor, qué suerte!
+
+Y se encaminaron á la taberna.
+
+Cuando entraron en ella se sentaron junto á una mesa, en un rincón
+obscuro, desde el cual podían ver la puerta de la casa donde habían
+entrado el sargento mayor y la Dorotea.
+
+Pidieron pan, carne y vino, y se pusieron á comer y á beber vorazmente,
+sin dejar por ello de hablar.
+
+--Según lo que yo he entendido--dijo el bufón--, vos tenéis la culpa de
+todo, señor Francisco Montiño.
+
+--¿De qué tengo yo la culpa?
+
+--De lo que á entrambos nos está sucediendo.
+
+--A mí me suceden muchas cosas malas.
+
+--A mí no me suceden menos cosas peores que las vuestras.
+
+--¡Peores! yo no tengo mujer.
+
+--No la habéis tenido nunca.
+
+--Yo no tengo hija.
+
+--Vuestra difunta fué muy dada á criar pajes.
+
+--¡Ah! y por último, yo no tengo sobrino.
+
+--Vuestro sobrino... he ahí, he ahí la causa de todo; malhaya amén
+vuestro sobrino... Si vos no tuviérais ese sobrino...
+
+--Es que no le tengo.
+
+--Le habéis tenido; y vos... vos tenéis la culpa... si hubiérais estado
+en el alcázar antes de anoche.
+
+--Entonces no tengo yo la culpa, sino un maldito cuadrúpedo, un jaco
+endiablado que invirtió todo el día en traer desde Navalcarnero aquí á
+mi sobrino postizo; ¡caballo infernal! ¡haber echado para cinco leguas
+desde el amanecer hasta el anochecer! ¡si ese jaco hubiera andado más de
+prisa!... ¡si hubiera llegado al medio día!...
+
+--Lo de vuestra mujer había sucedido antes.
+
+--Pero probablemente yo no lo hubiera sabido.
+
+--Señor Francisco, no hablemos de cosas pasadas.
+
+--Es que las cosas pasadas traen las presentes... ¡qué suerte la mía! yo
+me voy á morir, tío Manolillo.
+
+--¡Calla! ¿quién es ese que llama á la puerta de esta casa y que viene
+cargado con un cestón?
+
+--¿No veis que tiene librea?
+
+--Sí por cierto.
+
+--¿Amarilla y encarnada?
+
+--Sí... ya sé, del duque de Uceda. ¿Pero cómo el duque de Uceda...?
+
+--El duque, viste, calza, da joyas y dinero; á más envía todas las
+mañanas á uno de sus criados con un cestón lleno de lo mejor que se
+vende en los mercados, para doña Ana de Acuña.
+
+--¡Ta! ¡ta! ¡ta! ¿Doña Ana de Acuña se llama la que vive en esa casa?
+
+--Sí por cierto.
+
+--¿Y es querida del duque de Uceda?
+
+--No por cierto; pero está haciendo al príncipe de Asturias aficionarse
+á las mujeres.
+
+--¡Ah! ¡sí! hasta de los niños se echa mano--dijo el bufón.
+
+--Y de las mujeres y de los viejos--añadió el cocinero.
+
+--¿Pero no tiene algún otro amante rico esa mujer?
+
+--Anda en vísperas de gastar de las rentas reales--dijo el cocinero
+mayor.
+
+--Explicáos...
+
+--Puede ser que una de estas noches reciba á su majestad.
+
+--¿Habéis andado vos en ello?
+
+--Sí por cierto; anoche traje una gargantilla de parte del rey, aunque
+sin nombrar la persona, á esa mujer.
+
+--¿Pero quién es el que, contrario al duque de Uceda, que pone ó quiere
+poner al príncipe en manos de esa mujer, pretende hacerle tiro,
+enredándola con el rey?... no puede ser otro que el duque de Lerma.
+
+--Acertádolo habéis.
+
+--Pero eso me importa muy poco. Que el duque de Uceda venza á su padre,
+ó que el duque de Lerma se sostenga sobre su hijo... allá se las
+hayan... necesitaba únicamente saber en qué casa había entrado Dorotea,
+y ya lo sé; con que pagad y vámonos.
+
+--Hace cuarenta y ocho horas que estoy pagando y yendo y viniendo--dijo
+Montiño sacando la bolsa con ese trabajo peculiar á los miserables, y
+escurriendo de ella un escudo. ¡Hola, tabernero, cobráos!
+
+--Falta aquí; se han comido vuestras mercedes tres libras de carne--dijo
+el tabernero.
+
+--Y aunque eso sea, ¿á cómo va la carne en el mercado?
+
+--Falta, señor, falta...
+
+--Conciencia á vos y á mí paciencia para tanto robo; ¿qué falta de más
+de eso?
+
+--Un real.
+
+--Tomadle.
+
+--Dios guarde á vuestra merced muchos años.
+
+--De pícaros como vos. ¿Pero qué es eso?--dijo el cocinero mayor viendo
+que el bufón se ponía de pie.
+
+--Que nos vamos.
+
+--¿Y no me dais los consejos que os he pedido?
+
+--Voy á dároslos: montad á vuestra mujer en un macho y enviadla á
+Asturias; meted á vuestra hija en un convento, y luego idos de palacio.
+
+--¡No puedo!
+
+--Pues entonces, adiós, porque no tengo más que deciros.
+
+Y el bufón salió de la taberna y se fué derecho á la puerta de enfrente,
+á la que llamó.
+
+El cocinero mayor, desesperado, salió de la taberna y se fué paso á paso
+hacia el alcázar; pero al llegar á él se encontró con un alguacil del
+Santo Oficio, que le dijo:
+
+--¿Es vuesa merced el señor Francisco Martínez Montiño?...
+
+--Yo soy--contestó todo trémulo el cocinero al ver que se las había con
+un alguacil del Santo Oficio.
+
+--Veníos conmigo.
+
+--Os lo agradezco--dijo Montiño haciéndose el sueco--, pero es la hora
+de preparar la vianda para su majestad; porque yo, si no lo sabéis,
+amigo, soy cocinero mayor del rey.
+
+--Ya lo sabía, y, por lo tanto, aunque faltéis á vuestra cocina, conmigo
+os vendréis mal que os pese.
+
+--¿Y si no quiero ir?
+
+--Pediré favor á la Inquisición y os llevaré atado.
+
+--¡Atado! ¡un hidalgo! vos os habéis equivocado.
+
+--Mirad esta orden de su señoría ilustrísima el inquisidor general.
+
+--¡Ah! ¡el inquisidor general!
+
+--Sí, por cierto.
+
+--¡Y no hay remedio!
+
+--No, señor.
+
+--¿Y si yo os diera diez doblones?
+
+--No puedo.
+
+--¿Y si os diera veinte?
+
+--Ya veis que yo los tomaría de buena gana, y que si no los tomo es
+porque no puedo.
+
+--Decid que no me habéis encontrado.
+
+--Eso sería muy bueno para que no me estuvieran viendo hablar con vos.
+
+--¿Y qué saben?
+
+--Saben que vengo á prenderos.
+
+--¿Que lo sabe todo el mundo?
+
+--Mirad á aquella esquina--. Montiño miró de una manera nerviosa.
+
+--¿No veis allí una silla de mano?
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--Esa es la silla en que se os ha de llevar, y los que están alrededor
+ministros del tribunal; con que ni yo puedo remediarme con el dinero que
+vos me daríais, ni vos libraros con vuestro dinero.
+
+--Pero... un momento... un momento...
+
+--Ni un instante.
+
+--Os daré lo que queráis, si me dejáis dar una vuelta por la cocina y
+entrar en mi casa.
+
+Meditó un momento el alguacil.
+
+--Se entiende que yo iré con vos.
+
+--Venid--dijo Montiño, disimulando su alegría porque se vió suelto.
+
+--Vamos, pues--dijo el corchete.
+
+Entraron en palacio, y al verse el corchete en un lugar donde no podía
+ser visto por los otros ministros del Santo Oficio, dijo al cocinero:
+
+--De aquí no pasáis si no me dais lo que me habéis de dar.
+
+--¡Asesino!--murmuró Montiño, y sacando cuatro doblones de oro los dió
+al corchete con el mismo dolor que si le hubiera dado un ala de su
+corazón.
+
+--Esto es poco--dijo el tremendo alguacil.
+
+--No tengo más.
+
+--Tendréis en vuestra casa.
+
+--Puede ser.
+
+--Pues vamos.
+
+Montiño se dirigió á la portería del señor Machuca y encontró en ella al
+soldado á quien había mandado guardar el cofre consabido, durmiendo y
+con la cabeza sobre el cofre.
+
+--¡Eh! ¡holgazán! ¡despierta!--dijo el cocinero mayor dándole con el
+pie--; señor Machuca, hacedme la merced de llamar dos mozos y que lleven
+eso á mi aposento.
+
+--Pero ¿dónde vais con ese ministro?--dijo el portero.
+
+Montiño creyó que debía ser prudente y contestó sin vacilar:
+
+--Es un amigo á quien convido.
+
+--¡Ah!--dijo el portero--creía...
+
+--Venid, señor ministro, venid; vamos á las cocinas...
+
+Y subieron por unas escaleras.
+
+--No hay como ser cocinero de su majestad para convidar á los amigos sin
+disminuir los ahorros--se quedó murmurando el portero.
+
+Entre tanto, Montiño y el alguacil subieron á las cocinas.
+
+Lo primero que encontró Francisco Montiño, y lo encontró con espanto,
+fué al galopín Cosme Aldaba, caceroleando en las hornillas.
+
+Aldaba vió al mismo tiempo al cocinero mayor; pero sin turbarse ni
+asustarse se fué para él, le hizo una profunda reverencia y exclamó:
+
+--Muchas gracias, señor Francisco, muchas gracias; no esperaba yo menos
+de vuestra caridad.
+
+--¿De qué me da las gracias este tunante?--dijo el cocinero mayor todo
+hosco y espeluznado de indignación--; ¿quién ha permitido á este
+lobezno, á este hereje, á ese malhechor que entre en la cocina?
+
+--La señora Luisa ha venido con él esta mañana, y nos había dicho que
+vuesa merced le perdonaba.
+
+--¡Ah! ¡mi mujer ha venido... con éste!
+
+El cocinero se detuvo; temió que los misterios de su familia entrasen en
+la cocina y bajo el dominio de oficiales, galopines y pícaros; la gente
+más maleante del mundo.
+
+--Mi mujer tiene las entrañas muy blandas--dijo tragando la saliva más
+amarga que la hiel--; mi mujer se deja engañar de cualquiera... pero en
+fin, ello está hecho; mi mujer... pues... mi mujer es mi mujer. Ea,
+quitáos de mi vista... y á vuestro trabajo.
+
+--Muchas gracias, señor Francisco--dijo Cosme Aldaba, porque las últimas
+palabras del cocinero habían sido para él un favor y un disfavor.
+
+A seguida Montiño revisó una por una las cacerolas puestas al fuego, se
+enteró de todos los pormenores, y viendo que todo estaba á punto para el
+almuerzo y la comida de sus majestades, se escurrió hacia la puerta de
+la cocina, evitando el mirar al alguacil, porque se le figuraba que no
+viéndole tampoco el corchete le veía.
+
+Este no dijo una palabra, pero se fué en silencio tras Montiño.
+
+Al llegar á la puerta de su aposento, el corchete adelantó y le asió por
+un brazo.
+
+--Pero señor--dijo Montiño--, ¿creíais que me iba á escapar?
+
+--No; no, señor--dijo el alguacil--, pero podríais olvidaros de mí,
+entraros, cerrar la puerta y dejarme fuera. Luego se os podía ocurrir
+que lo mismo puede salirse del alcázar por los tejados y escondrijos que
+por las escaleras, y estarme yo esperando sabe Dios cuánto tiempo á que
+volviérais de vuestro paseo.
+
+--¡Asesino! ¡asesino!--murmuró Francisco Montiño, viendo frustrado su
+proyecto de escapatoria.
+
+Y llamó á la puerta.
+
+Le abrió su mujer en persona.
+
+Estaba pálida y ojerosa.
+
+Montiño sintió un estremecimiento cruel; pero parecióle Luisa más bonita
+que nunca por su palidez y sus ojeras, y no se atrevió á ponerla mala
+cara.
+
+--Buena hora es de venir á su casa un hombre casado--dijo con mal
+talante Luisa--; donde habéis pasado la noche pasad el día; ¿y venís
+acompañado para volveros á ir sin duda? aquí han traído no sé qué, y os
+esperan.
+
+--Eso es, ríñeme.--Entrad, amigo, entrad; vos sabéis si altas personas
+me tienen ocupado.
+
+--Ya lo creo; espera á su merced el inquisidor general.
+
+Palideció levemente Luisa.
+
+--¿Y has estado también esta noche con el señor inquisidor general?
+
+--Sí, hija mía, sí, y con otros señores, en gravísimos asuntos que no
+son para comunicados á mujeres.
+
+--No, no; ni yo pretendo saberlos--dijo Luisa--; yo había creído...
+
+--Has creído mal.
+
+--Has pasado dos noches fuera de casa.
+
+--La una yendo á cerrar los ojos á mi difunto hermano; la otra sirviendo
+á su majestad.
+
+--No hablemos más de eso; yo me alegro de que mi marido sea hombre de
+bien.
+
+Montiño tuvo impulsos de echarlo todo á rodar; pero era por una parte su
+mujer tan bonita... y, además, no quería dar al público sus asuntos
+domésticos, y estaba delante del alguacil.
+
+--¿Y á qué has llevado á la cocina á ese tunante de Aldaba?--dijo el
+cocinero, que ante todo quería conservar delante de aquel extraño su
+autoridad doméstica.
+
+--Como tú tienes tan buen corazón, y el pobre vino llorando...
+
+--Bien, bien--dijo Montiño--; todo está muy bien: tú haces lo que
+quieres, porque yo te quiero. ¿Dónde están esos?
+
+--En el cuarto de adentro.
+
+Pasó Montiño y el inflexible alguacil tras él.
+
+El cocinero mayor rugía ya por lo bajo; encontró á dos mozos de la casa
+real y al soldado.
+
+Entonces, con una sonrisa nerviosa, abrió la puerta de aquel aposento
+empolvado, donde hacía tantos años no entraba nadie más que él.
+
+--Meted eso aquí--dijo con voz ronca.
+
+Los mozos pusieron el cofre envuelto como estaba en la parte de adentro
+de la puerta.
+
+--Idos--dijo Montiño á los mozos y al soldado.
+
+--¿Y no nos dais para beber?--dijo este último--; mis camaradas se han
+ido rendidos.
+
+Dió un escalofrío al cocinero mayor, que dió, con un violento esfuerzo,
+cuatro escudos al soldado y un ducado á los mozos.
+
+Al fin se encontró solo con el alguacil, que había penetrado en aquella
+especie de _sancta sanctorum_ del cocinero mayor.
+
+Este cerró la puerta.
+
+--Ya estamos solos--dijo al corchete--; ahora bien, ¿cuánto queréis y me
+dejáis libre?
+
+--Nada.
+
+--Pero ello es preciso... ya veis, yo tengo que perder... mi presencia
+hace más falta, más de lo que pensáis, en mi casa...
+
+--Señor Francisco, guardad todo eso para el señor inquisidor general.
+
+Montiño tuvo en los labios la palabra _os haré rico_; pero meditó que
+acaso no era tan grave el motivo de su prisión, que fuese necesario
+herirse mortalmente para librarse de ella, y se calló, dió otro doblón
+al corchete y las gracias por haberle dejado subir hasta allí; salió,
+cerró cuidadosamente y, despidiéndose de su mujer, asegurándola que no
+tardaría, salió del alcázar con el corchete.
+
+Apenas había dejado el cocinero mayor las escaleras, cuando el galopín
+Cosme Aldaba se quitó el mandil y el gorro, y bajó á las galerías del
+alcázar, dirigiéndose á la antecámara de pajes del cuarto de la reina, á
+cuya puerta se paró.
+
+A poco un paje talludo, rubicundo, de mirada aviesa, salió.
+
+Alejáronse por la galería, y Aldaba dijo al paje:
+
+--Ya está el negocio... dentro de una hora; escucha bien, Cristobalillo:
+hay seis perdices; pero una sola está asada con aceite; ya conoces tú
+las perdices asadas con aceite.
+
+--Sí, hombre, sí.
+
+--No basta decir sí; ¿qué color tienen las perdices asadas con aceite?
+
+--Un color así, dorado blanquizco.
+
+--Eso es; además, y para que no te equivoques, ten presente que la
+perdiz estará adornada con berros, y que tendrá todas las patas y el
+pico.
+
+--No se me escapará.
+
+--Veremos si eres hombre de ingenio.
+
+--Descuida.
+
+--Procura que sea de los primeros platos.
+
+--Ya...
+
+--Después... Inesilla te quiero mucho, y la señora Luisa quiere mucho
+también á don Juan de Guzmán... el viejo es rico y puede morir...
+
+--Descuida, hombre, descuida.
+
+--Y avísame, para que yo avise á la señora Luisa.
+
+--Te avisaré.
+
+--Adiós.
+
+--Adiós.
+
+Y el paje se volvió á la antecámara, y el galopín á las cocinas.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLIV
+
+LO QUE SE PUEDE HACER EN DOS HORAS CON MUCHO DINERO
+
+
+Don Juan Téllez Girón había salido feliz, enloquecido de amor del
+alcázar, transformado, gozando de una nueva vida.
+
+Pero después de haber asegurado su amor, de haber saciado su sed delante
+del sol de su felicidad, de aquella felicidad suprema, que el día
+anterior no se había atrevido á soñar, cruzaba una nubecilla negra.
+
+Aquella nube era Dorotea.
+
+Don Juan no la podía apartar de su memoria. Sentía hacia ella ó creía
+sentir un impulso de ardiente caridad.
+
+Y además de la caridad, no sé qué más íntimo, más humano, más sensual.
+
+Comprendía que quedaba algún licor en la copa de su deseo.
+
+Era joven, había crecido entre privaciones, tenía el corazón virgen, y
+le había consagrado sin saberlo á dos mujeres.
+
+Don Juan había salido á la ventura.
+
+No sabía dónde ir.
+
+No tenía en Madrid casa propia, aunque había tomado posesión de dos: de
+la de Dorotea primero; después y de una manera más completa, de la de su
+mujer.
+
+Don Juan había salido para procurarse un traje conveniente.
+
+¿Pero dónde buscar aquel traje?
+
+Y luego, ¿con qué dinero?
+
+No tenía en el bolsillo más que algunos de los doblones que le había
+dado su supuesto tío.
+
+Y esto no bastaba para un equipo de caballero.
+
+Pesóle entonces de no haber tomado una buena cantidad del cofre de
+hierro; pero al acordarse del cofre, se acordó de que llevaba un tesoro
+de pedrería en los bolsillos.
+
+--Empeñaré una de estas alhajas--se dijo--y punto concluído... pero ¿y
+dónde?... no sé como hacer para hallar á Quevedo, y no conozco á nadie
+en Madrid más que á mi tío postizo; y no me vuelvo atrás ni le pido mi
+dinero; es menester obrar de cierto modo con cierta clase de gentes.
+
+Y cuando daba vueltas á su imaginación, se acordó de la señora María
+Suárez, la insigne esposa del bravo escudero Melchor Argote.
+
+--¡Ah!--dijo el joven--la casa donde dormí anteanoche... paréceme
+aquella mujer á propósito para cualquier cosa. ¿Pero podré yo dar con la
+casa?...
+
+Y se puso en busca, y al fin, como la suerte le protegía, pudo reconocer
+la calle y la casa á las pocas vueltas.
+
+Antes de entrar en ella, sacó á bulto de uno de los anchos bolsillos de
+sus gregüescos uno de los estuches más pequeños, y le abrió.
+
+Contenía una gruesa sortija de oro con un grueso diamante.
+
+--Puede que valga esta joya... pediré mil doblones, y ya veremos.
+
+Entróse, y encontró á la señora María entregada á sus faenas domésticas,
+y al señor Melchor Argote sentado junto á un fuego mezquino almorzando
+pan y queso.
+
+--Dios os guarde, señora--dijo don Juan entrando.
+
+Miróle la vieja con su vista cruzada durante un segundo, y luego dijo:
+
+--¡Jesús, buen mozo! ¡yo os daba por perdido! ¿y de dónde venís, hijo?
+
+--Vengo á veros para que me saquéis de un apuro--dijo don Juan.
+
+Tomó el rostro de la vieja la expresión de una innoble reserva, y
+contestó con voz compungida:
+
+--¡Jesús, señor! ¡apuros tenéis apenas entrado en Madrid! ¡y venís á que
+yo os saque de ellos! ¡si yo supiera quién quería sacarme de los míos!
+
+--Mi apuro consiste en que, como soy nuevo en la corte, no sé dónde
+podré empeñar una rica alhaja.
+
+--¡Ah!--dijo tranquilizándose la vieja--; ¡alegróme de que ese sea
+vuestro apuro! ¡conque ya os regalan! ¡preciso! ¡hidalgos como vos!...
+
+--Gastan de lo que han heredado de su padre--contestó severamente don
+Juan.
+
+--¡Ah! perdonad, perdonad, señor: ¿y es de mucho valor la alhaja?
+
+--No entiendo de eso... pero yo pido por ella mil doblones.
+
+--Rica debe ser, pero mostrad.
+
+Sacó el joven el estuche, y del estuche la sortija.
+
+Entonces pasó por la vieja una cosa extraña.
+
+Se estremeció, tembló, y su pequeño ojo bizco y colorado, se puso á
+bailar mirando la sortija.
+
+--Rica es, en efecto; pero me parece que pedís mucho: en fin, lo que yo
+puedo hacer es enviaros... mejor... mi marido os acompañará. Melchor,
+lleva á ese caballero á casa del señor Gabriel Cornejo.
+
+Levantóse renegando Melchor, acabó de tragarse los dos últimos bocados
+de pan y queso, bebió agua, se limpió la boca con el revés de la mano,
+tomó su capa y su sombrero, y dijo á su mujer.
+
+--¿Conque á casa del señor Gabriel Cornejo?
+
+--Sí; él os dirá, señor, cuánto puede dárseos por esta alhaja.
+
+--Muchas gracias, señora, y adiós, y quedad en paz, que estoy de prisa.
+
+Melchor y don Juan salieron.
+
+Cuando estuvieron algo apartados de la casa, el escudero dijo:
+
+--Os advierto que ese Gabriel Cornejo es un bribón, y que si queréis que
+os dé lo que vale la joya, será bueno que la tase un platero.
+
+--Os agradezco el aviso. ¿Y conocéis á alguno?
+
+--Háilos aquí á montones, en Santa Cruz.
+
+--Pues llevadme á uno.
+
+--¿Veis aquella tienda obscura de los portales?
+
+--Sí que la veo.
+
+--Allí vive el señor Longinos, platero viejo, que desde que era mozo
+anda surtiendo de alhajas á la grandeza de España. Pasa por ser un
+hombre muy honrado.
+
+--Pues vamos allá.
+
+Encamináronse á aquella especie de sótano y entraron.
+
+Un hombre como de setenta años, tembloroso y excesivamente flaco y
+encogido, se levantó con cuidado de detrás de un mugriento mostrador.
+
+Nada había en la tienda que demostrase riqueza.
+
+Las paredes blancas estaban desprovistas de muebles, y sólo se veía á un
+lado un fuerte armario de hierro.
+
+--¿Qué se les ofrece á vuesas mercedes?--dijo el platero mirando con
+recelo á don Juan y á su guía, porque sus trajes no le inspiraban la
+mayor confianza.
+
+--Se trata de que taséis esta alhaja--dijo don Juan dándole el estuche.
+
+Abrióle el señor Longinos, y miró y remiró la sortija.
+
+--Muy rico es quien ha mandado montar este diamante--dijo con una
+entonación particular el platero.
+
+--En efecto, es grandemente rico; pero no se trata de eso. El valor de
+esa joya, ¿á cuánto ascenderá?
+
+--¿Queréis venderla?
+
+--Os pregunto que cuánto vale esa joya.
+
+--¡Valer! este diamante vale, sin el aro, que es muy rico y que está muy
+bien esmaltado y cincelado, tres mil y quinientos doblones.
+
+--No haríais mal negocio.
+
+--No lo crea vuesa merced, porque como esta joya es de tanto valor,
+tardaría mucho tiempo en venderla: acaso años.
+
+--En fin, yo no la quiero vender; quiero solamente empeñarla, y
+empeñarla por horas.
+
+--Pues bien; yo os daré por su empeño tres mil doblones...
+
+--Es que no se va á quedar empeñada aquí--dijo el señor Melchor, que
+temía las iras de su mujer si el negocio se hacía con otro que con el
+señor Gabriel Cornejo.
+
+--¡Dios de misericordia!--exclamó el platero--. ¿Y dónde irá este señor
+que pueda dejar con seguridad esta alhaja?--dijo con acento insinuante
+Longinos--. Os advierto, caballero, que os vayáis con tiento. En primer
+lugar, que un usurero no os daría lo que yo... en segundo lugar, que yo
+os daré un recibo en regla de esta joya, y yo tengo responsabilidad...
+todos los vecinos de alrededor, de casa abierta, me fiarán...
+
+--La verdad del caso es que me ahorro de andar más--dijo don Juan--;
+acepto vuestros tres mil doblones; dadme un recibo de esta alhaja, y yo
+os daré un recibo de vuestro dinero.
+
+--Un recibo de tres mil y doscientos doblones, por los tres mil.
+
+--En buen hora.
+
+--Pero...--dijo el señor Melchor, que temblaba presintiendo las iras de
+su cónyuge.
+
+--¿Qué tenéis vos que ver en esto?--dijo don Juan--; asunto concluído:
+extendamos los recibos.
+
+El señor Melchor se calló.
+
+El señor Longinos puso sobre el mostrador papel y tintero, y los
+respectivos recibos se extendieron dictándolos el platero.
+
+Poco después hizo entrar en la trastienda á don Juan, guardó
+cuidadosamente el estuche con la sortija en un armario, y del mismo
+armario sacó un talego, le puso sobre una mesa, contó, y un montón de
+oro, representando los tres mil doblones, apareció sobre la mesa.
+
+El señor Melchor, que se había quedado fuera del mostrador como una cosa
+olvidada, oía, estremeciéndose, el sonido excitador del oro que contaba
+maese Longinos.
+
+--¡Me he perdido!--exclamaba--; mi hombría de bien me ha puesto en el
+caso de no poder aguantar á mi mujer lo menos en tres meses; esta
+aventura me va á costar una enfermedad.
+
+En aquel momento apareció don Juan, y dió diez doblones al señor
+Melchor.
+
+--¿Y qué es esto?-dijo todo turbado el pobre diablo, que en su vida
+había visto tanto oro junto, por más que fuese poco.
+
+--Eso es vuestro trabajo.
+
+--¡Mi trabajo, señor!
+
+--Debo agradeceros el que no me hayan engañado.
+
+--Muchas gracias, señor.
+
+--Y como ya no os necesito, podéis iros.
+
+--Que Dios os guarde, señor.
+
+Y el escudero salió de la tienda, riendo con un ojo y llorando con otro.
+
+Don Juan entró de nuevo en la trastienda.
+
+El señor Longinos se ocupaba en alinear de una manera simétrica las
+columnas de oro, con esa sensualidad característica de los avaros.
+
+--Me parecéis bastante hombre de bien--dijo don Juan--y quiero valerme
+de vos. Yo soy capitán de la guardia española del rey.
+
+--Por muchos años, señor.
+
+--Me casé anoche con una dama principal.
+
+--Dios os haga muy felices, mis señores.
+
+--Pero como veis, este vestidillo de viaje no es á propósito para que yo
+me presente al rey en medio de la corte con mi esposa.
+
+--De ningún modo, señor.
+
+--Ahora bien: ¿qué ropas, qué galas, en una palabra, dignas de un
+caballero del hábito de Santiago, puedo yo procurarme con ese dinero?
+
+--¿Piensa vuesa merced gastar esos tres mil doblones?
+
+--Y más que sea necesario.
+
+--¿Y para cuándo necesita vuesa merced presentarse á su majestad con su
+señora esposa?
+
+--Hoy á las once.
+
+Rascóse una oreja con su trémula mano maese Longinos.
+
+--Y son cerca de las nueve de la mañana. Es decir, que solo tenemos dos
+horas.
+
+--Aprovechémoslas.
+
+En primer lugar, necesita vuesa merced ropas blancas de Cambray: esto es
+lo menos, hailas hechas dos puertas más abajo. ¡Antonio!
+
+Apareció un joven con un mandil de cuero, á todas luces oficial de
+platería.
+
+--Vete al momento á casa del señor Justo--le dijo Longinos--, y que
+envíe ropas de Cambray para un hidalgo y una gola rica rizada, que no
+haya más que ponérsela; luego pásate por casa del señor Diego Soto, y
+que envíe unas calzas de grana de lo más rico, pero al punto, al punto.
+
+El mancebo, con mandil y todo, se lanzó en la calle.
+
+Faltan jubón, gregüescos, ferreruelo y sombrero; el ferreruelo debe ser
+de terciopelo, el jubón de brocado, los gregüescos de lo mismo que el
+ferreruelo, y el sombrero igual. Pero es el caso que estas ropas, que yo
+sé quién las tiene sin estrenar, ricas y buenas, y que es persona así de
+vuestras carnes, que os vendrá pintada su ropa, y que si se le paga
+bien y secretamente, no tendrá reparo, y que á más se halla
+necesitadillo de dinero...
+
+--Pues al momento.
+
+--Poco á poco: el sombrero necesita una toca rica; una toca por lo menos
+de oro á martillo; el jubón necesita herretes; las cuchilladas piedras ó
+perlas, y luego espada.
+
+--Todo eso lo tengo--dijo don Juan, descubriendo el resto de su tesoro y
+abriendo los estuches.
+
+--¡Misericordia de Dios! ¿sabéis lo que tenéis aquí, señor?
+
+--Pienso que es mucho.
+
+--Esta pedrería vale lo menos dos millones de ducados.
+
+--Pues bien; puesto que soy tan rico, veamos si me puedo presentar en la
+corte como conviene.
+
+--Indudablemente, señor, indudablemente; el dinero hace milagros. Voy á
+escribir á algunos caballeros conocidos, que andan necesitados; porque
+la corte traga mucho: voy á procuraros hasta carroza; en cuanto á
+lacayos y cochero, yo haré que vengan buenos; las libreas se comprarán
+hechas... y la espada, la espada es lo primero: yo tengo aquí una buena
+espada de corte, pero no vale ni la centésima parte que esa empuñadura y
+esas conteras; se montará al momento...
+
+--No, montad esta buena hoja--dijo don Juan desnudando su espada.
+
+--¿Sabéis, señor, que tenéis un arma de las buenas?... Andresillo, hijo,
+ven acá...
+
+Apareció otro oficial.
+
+--Déjalo todo; monta esta hoja en esta empuñadura, y esta contera en una
+vaina blanca, rica... anda, hijo, anda; dentro de una hora ha de estar
+corriente: entretanto, señor, mis nietas coserán los herretes, la toca y
+las perlas y las chapas del talabarte...
+
+--Y entretanto yo... me daréis de almorzar... me lavaré después...
+
+--Sí; sí, señor; entrad... y ya veréis... ya veréis.
+
+Y precedió al joven por unas obscuras escaleras murmurando:
+
+--¡Y que por estos quehaceres no pueda yo oír como todos los días la
+misa del licenciado Barquillos! ¡Válgame Dios!
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLV
+
+EN QUE EL AUTOR PRESENTA, PORQUE NO HA PODIDO PRESENTARLE ANTES, UN
+NUEVO PERSONAJE
+
+
+En una habitación magníficamente amueblada, extensa, iluminada
+blandamente por una lámpara de noche, al través de un cortinaje de
+damasco, en una ancha alcoba y en un no menos extenso lecho, dormía una
+mujer sumamente bella.
+
+Debía ser sombrío su sueño, porque su entrecejo estaba fruncido, corría
+abundante sudor por su frente morena, y su boca sonrosada y de formas
+voluptuosas, levemente entreabierta, dejaba salir un sobrealiento
+poderoso y ronco.
+
+Las anchas trenzas de sus cabellos caían abundantes y desordenados sobre
+su garganta y sobre sus hombros, y fuera del abrigo que la cubría se
+dejaba ver un brazo de formas admirables, cerca de cuya mano se vela una
+pulsera de pelo, cerrada por un broche de diamantes.
+
+Había algo de terrible en el aspecto de aquella hermosa mujer dormida.
+
+Y dormía profundamente.
+
+Abrióse de improviso una puerta en el fondo de la cámara y apareció una
+mujer joven.
+
+Abrió un balcón y penetró en la alcoba la luz fría de aquella mañana
+nublada y lluviosa.
+
+La mujer despertó.
+
+Se incorporó en el lecho y miró con disgusto á la puerta de la alcoba á
+donde había llegado la joven.
+
+--¡Está amaneciendo!--exclamó con acento duro--. ¿Qué sucede, Casilda?
+anoche me acosté demasiado tarde y me despiertas al amanecer. Estoy
+servida detestablemente.
+
+--Son las ocho y media, señora--dijo temblando la doncella.
+
+--Te dije que no me llamaras hasta las doce.
+
+--Es que está ahí don Juan.
+
+--¡Don Juan! ¡y de día! ¡y acaso por la puerta principal!
+
+--Sí; sí, señora.
+
+--¡Qué imprudencia!
+
+--Nadie ha podido verle. El lacayo de su excelencia no ha venido
+todavía.
+
+Este excelencia era el duque de Uceda.
+
+--El duque se fué anoche muy tarde; cuando yo te avisé aún no se había
+ido; tú te acostaste, yo misma le hice salir por el postigo... podía
+estar el duque todavía aquí. Te tengo dicho que cuando don Juan venga á
+una hora imprevista, le contestes como si no le conocieras y le
+despidas. Esto está convenido entre don Juan y yo. Eres, pues, una
+torpe.
+
+--Perdonad, señora.
+
+--Pero en fin, ¿don Juan está ahí?
+
+--Sí, señora; ha venido con una mujer.
+
+--¡Con una mujer! ¿y qué trazas tiene esa mujer?
+
+--Es joven, hermosa, viene ricamente vestida, y parece, según está de
+pálida y ojerosa, que ha pasado muy mala noche.
+
+--¿Dónde están?
+
+--En el camarín.
+
+--Vísteme.
+
+Y la dama saltó del lecho, y se vistió apresuradamente ayudada de la
+doncella, se arregló ligeramente los cabellos, se puso sobre ellos una
+toquilla, y se dirigió rápidamente á una puerta de escape.
+
+Pero al llegar á ella se detuvo, y dijo á la joven:
+
+--Dile á don Juan que entre solo.
+
+Y se sentó en un sillón, se arropó en un abrigo de pieles que se había
+puesto y esperó que la doncella cumpliese sus órdenes.
+
+Poco después se abrió aquella misma puerta, y entró el sargento mayor
+don Juan de Guzmán, que, sin quitarse el sombrero, adelantó hasta cerca
+de la dama, y deteniéndose á poca distancia de ella y permaneciendo de
+pie, la dijo:
+
+--Nos sucede mejor de lo que queríamos, Ana.
+
+--¡Ah! ¿estamos de plácemes?
+
+--Sí por cierto; el asunto de la reina está á punto de concluirse; una
+vez quitado de en medio ese estorbo, es distinto, nos quedamos solos con
+el padre y con el hijo.
+
+--¿Pero y don Rodrigo...?
+
+--Don Rodrigo... afortunadamente la herida, según dicen los médicos, es
+limpia y no ha tocado á ninguna parte peligrosa; un dedo más acá ó más
+allá y no tenemos hombre; pero ha faltado un dedo... y don Rodrigo
+vivirá. Ayer estuvo hablando conmigo largamente, preguntándome y dándome
+órdenes y consejos. Dentro de algunos días don Rodrigo dejará el lecho,
+y todo irá bien.
+
+--¿Y el duque de Lerma?
+
+--Cariñoso y solícito con don Rodrigo... por el duque no hay que temer;
+es ciego.
+
+--Sin embargo, ha enviado á don Baltasar de Zúñiga de embajador á
+Inglaterra, ha sacado del cuarto del príncipe al duque de Uceda, y su
+excelencia está dado á los diablos con su padre. Creo que hay un diablo
+familiar que le aconseja. Anoche estuvo aquí hasta las tantas y me
+dijo:--Por ahora es necesario echar la red por otra parte; el señor
+duque de Lerma, mi augusto padre, nos ha conocido la intención;
+paciencia: en cuanto á vos (se refería á mí), ya que no podéis ser la
+maestra del señor príncipe, sed mi consuelo.
+
+--¿Eso te dijo el duque?
+
+--Vaya, y que hacía mucho tiempo que no podía olvidar mis ojos.
+
+--¿Y tú qué le dijiste?
+
+--Que procurase hacer que mis ojos le pareciesen feos.
+
+--Es decir...
+
+--Que no quiero galanteos con el duque de Uceda.
+
+--Has hecho mal, muy mal. Tus amores con el duque valen más que tus
+lecciones al príncipe don Felipe. Nos conviene saber lo que hace, lo que
+no hace, lo que piense ó deje de pensar esa gente. Has hecho mal, muy
+mal.
+
+--¡Bah!--dijo doña Ana--; yo sé que he hecho muy bien, como sé que haré
+muy bien en decirte que por algún tiempo no vengas á verme hasta que yo
+te avise.
+
+Pronunció de tal manera, con tal frialdad, con tal descaro doña Ana
+estas palabras, que el rostro del sargento mayor se cubrió de una
+palidez colérica.
+
+--¿Qué viene á ser eso?--dijo con acento amenazador.
+
+--Ya te irritas, querido mío--dijo doña Ana--. ¿Dudas acaso de que te
+amo?
+
+--Me parece que quieres engañarme.
+
+--¿Y para qué te había de engañar? además de que te amo me sirves de
+mucho, hijo, para que yo piense no enajenarme de ti. Pero...
+
+--¿Pero qué?
+
+--Espera.
+
+Doña Ana se levantó, entró en el dormitorio, abrió un cofre, y del cofre
+sacó una cajita, volvió, se sentó y abriendo la caja mostró su contenido
+al sargento mayor.
+
+--Mira el por qué de no haber querido yo por galán al duque de Uceda y
+de pensar en que por algún tiempo no nos veamos.
+
+--¿Quién te ha dado esta gargantilla?--dijo con acento ronco Guzmán.
+
+--Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor del rey.
+
+--¡Ah! en verdad que ese hombre es muy rico--dijo el sargento mayor--;
+pero según pienso y por los informes que tengo, dentro de poco no podrá
+hacerte tales regalos.
+
+--Es mucho lo que los celos entorpecen los sentidos--dijo doña Ana--; el
+cocinero mayor, me ha dado, en verdad, esta joya, pero ha sido en nombre
+de más alta persona.
+
+--¡Del duque de Lerma!
+
+--¡Más alto!
+
+--¡Del rey!
+
+--¡Del rey!
+
+--¡Imposible! ¡de todo punto imposible! el rey no piensa más que en
+cazar, en dormir y en rezar. Con presentarse muy hinchado y grave al
+lado de Lerma en las audiencias, piensa que ya tiene hecho todo lo que
+tiene que hacer para ser rey... pero á don Felipe III no se le conocen
+galanteos... tan devoto... tan asustadizo... buena fortuna sería, y
+estaríame yo sin venir á verte á tu casa, que ya nos veríamos fuera de
+ella, aunque fuese de año á año... ¡pero vamos! ¡es imposible!
+
+--Estos hombres creen que las gentes no son más que lo que parecen--dijo
+con desdén doña Ana.
+
+--No tal, no; yo no creo eso, porque sé muy bien que tú y yo somos una
+cosa y parecemos otra. Pero tratándose del rey... ¡cuando te digo que no
+puede ser!
+
+--¿Y de dónde ha sacado el cocinero mayor esa alhaja?
+
+--Cuenta con que las perlas no sean cera, el oro cobre y los diamantes
+vidrio blanco.
+
+--Ya está visto esto, y apreciada la alhaja: vale mil doblones.
+
+--¡Mil doblones!
+
+--No podía ser menos un regalo de rey.
+
+--¿Pero dónde te ha visto su majestad?
+
+--Eso mismo pregunté yo á Montiño: ¿dónde me ha visto su majestad?
+
+--¿Y qué te respondió?
+
+--Que no lo sabía.
+
+--¡Que no lo sabía! pero cuéntame desde el principio.
+
+--Anoche, ya tarde, llamaron á la puerta. Yo creí que sería el duque de
+Uceda, y mandé á Casilda que abriese. Poco después oí abajo un
+altercado: era Casilda que disputaba con un hombre que á todo trance
+quería entrar, que decía tenerme que decir cosas graves, y que al fin
+dijo era el cocinero mayor del rey. Como nuestros asuntos están ahora
+por las cocinas, sentí yo no sé qué terror, yo no sé qué cuidado, y
+mandé á Casilda que dejase subir al cocinero del rey. Cuando le vi (yo
+no le conocía) me espanté. Venía pálido, desencajado, desgreñados los
+escasos cabellos, y la primera palabra que me dijo, fué:
+
+--Desde hace veinticuatro horas, no me suceden más que desgracias.
+
+Estas palabras no eran las más á propósito para tranquilizarme, y le
+rogué que se sentara y se explicase.
+
+--Tras las desgracias que me suceden--me dijo--, hubiera sido la última
+la de no poder veros.
+
+--Tranquilizáos, y decidme después por qué hubiera sido una desgracia
+para vos el no haberme visto.
+
+--Porque una persona muy principal á quien temo mucho, me ha encargado
+que os vea.
+
+--¿A mí? ¿para qué?
+
+--Para que os dé de su parte, en prenda de la mucha estima en que os
+tiene, esta alhaja.
+
+Y me dió esa gargantilla.
+
+--Yo no puedo aceptar un regalo--le dije--de una persona á quien no
+conozco.
+
+--Podéis estar segura de que es muy principal.
+
+--Pues siendo tan principal, y teniendo por mí tanto interés que me
+regala--le dije--, ¿qué interés puede tener en que yo no sepa su nombre?
+
+--Tanto interés tiene--me replicó--en que vos no sepáis quién es, que
+desea veros misteriosamente.
+
+--Explicáos.
+
+--La alta persona que me envía--dijo el cocinero dando vueltas á su
+gorra, porque sin duda hallaba gran dificultad en cumplir con su
+mensaje--, quiere... pues... quiere que le recibáis sin luz.
+
+--¿Por quién me tenéis?--dije al cocinero mayor fingiéndome gravemente
+ofendida, á pesar de que tenía una viva curiosidad por saber quién era
+aquella persona--; ¡ea! añadí: idos de mi casa, si no queréis que os
+haga echar á palos.
+
+--Perdonad, señora--me dijo--; pero temo más las consecuencias de no
+llevar una contestación vuestra á la persona... ¿qué digo? al ilustre
+personaje que me envía, que la riña que pudiera tener con vuestros
+criados.
+
+--Ya lleváis contestación á esa persona.
+
+--A la persona que me envía, no se la puede contestar de ese modo--me
+dijo--, porque esta persona...
+
+--¡Me ultraja!
+
+--Será necesario deciros quién es, para que veáis que no hay ultraje.
+
+--Sólo una persona pudiera no ultrajarme... una persona tal, que ni aun
+para mí pudiera pasar por galanteador.
+
+--¿Habéis adivinado?
+
+--No, no he adivinado; he dicho únicamente que sólo hay una persona que
+pudiera pretender ser mi amante sin que yo le conociera.
+
+--Pues bien; decidme el nombre de esa persona...
+
+--Esa persona no podía ser otra que el rey.
+
+Miróme fijamente el cocinero mayor, con la boca abierta y los ojos
+espantados.
+
+--¿No me comprometeréis--me dijo--, si os declaro la verdad?
+
+--Os lo prometo.
+
+--¿Seréis prudente?
+
+--Sí.
+
+--Pues bien, señora; la persona que os solicita, que está ciegamente
+enamorado de vos, es... ¡el rey!
+
+--¡El rey!--dije sin poder contener mi asombro--; ¡su majestad enamorado
+de mí!
+
+--Esa rica gargantilla es una señal de ello--me contesto.
+
+--¿Y dónde me ha visto su majestad?--le dije.
+
+--No lo sé. El rey me ha llamado y con gran secreto me ha dicho:
+Montiño, mi buen cocinero, yo, aunque soy rey, también soy hombre, y
+como hombre tengo debilidades; amo á una dama, y no puedo contener mi
+amor; toma, llévala esa joya y dila que te indique cuándo puedo yo ir á
+visitarla; pero ha de ser de modo que las luces estén muertas cuando yo
+entre y no pueda conocerme. Ofrécela cuanto quiera y más que quiera, y
+toma las señas de la casa donde vive y su nombre.
+
+Yo--añadió el cocinero--, no me atreví á negarme; he venido, y temeroso
+de llevar á su majestad vuestra contestación, he preferido, confiado en
+vos, deciros lo que os he dicho; pero, por Dios, no pronunciéis ni una
+sola palabra imprudente, porque su majestad es muy mirado y nos
+perderíamos los dos.
+
+Yo le juré guardar el más profundo secreto, acepté la gargantilla, y el
+cocinero se fué prometiéndome volver para decirme qué noche y á qué hora
+debe venir su majestad.
+
+--En esto debe de haber andado el duque de Lerma... estoy casi
+seguro--dijo el sargento mayor--; porque ¿á quién interesa más que al
+duque el tener bien cogido al rey? Además de eso, ¿no han desterrado al
+conde de Lemos porque había llevado una noche al príncipe de Asturias á
+casa de una de las queridas de don Rodrigo Calderón? ¿No han apartado de
+la crianza del príncipe á don Baltasar de Zúñiga, porque daba demasiado
+gusto á su alteza, y no han sacado también al duque de Uceda del cuarto
+del príncipe, sin duda porque han sabido que le traía aquí para que
+desde bien temprano se acostumbrase á las favoritas? Acaso ha sabido el
+duque de Lerma que su hijo se valía de ti para educar al niño príncipe,
+como, siendo aún más pequeño, se valió para ello de la Angélica el conde
+de Lemos, su sobrino, y habrá dicho: puesto que esa hermosa doña Ana
+servía para hacer adquirir al joven príncipe malas costumbres, puede
+servir también para corromper las del rey y extraviarle.
+
+--Acaso, acaso--dijo doña Ana.
+
+--Pues estamos de doble enhorabuena: confío en que sabrás manejar al
+rey.
+
+--¡Oh, ya lo veremos!
+
+--No me ocultes nada.
+
+--¿Y cómo? ¿Qué soy yo sin ti?
+
+--Don Rodrigo es lo que más nos conviene.
+
+--Serviré á don Rodrigo. Creo que este asunto esté concluído; y ahora
+recuerdo que me han dicho que contigo venía una mujer joven, hermosa,
+ricamente vestida.
+
+--Sí, muy hermosa y muy joven--dijo el sargento mayor apretando el gesto
+y retorciéndose los mostachos.
+
+--¿Y á qué traes tú esa mujer á mi casa?
+
+--¿Qué? ¿tendrás celos?
+
+--Pudiera tenerlos.
+
+--Pues bien, no los tengas, porque esa muchacha es mi hija.
+
+--¡Tu hija!
+
+--Sí; la hija de aquella Margarita que yo robé de su casa; la hija que
+me quitó un hombre una noche cuando iba á dejarla en la puerta de un
+convento, dejándome tres puñaladas, de las cuales estuve á la muerte; la
+hija de quien no volví á saber, hasta que la conocí siendo á la vez
+querida secreta de don Rodrigo Calderón y pública del duque de Lerma.
+En una palabra: la comedianta Dorotea.
+
+--¿Pero estás seguro de que no te has engañado?
+
+--¡Si tú hubieras conocido á su madre!
+
+--Sí; sí, ya me has dicho...
+
+--Verla á ella, es ver á Margarita; además, yo le había hecho una
+señal...
+
+--¡Una señal!
+
+--Sí; antes de salir de la casa, para, llevarla á exponer en el cajón de
+San Martín, sin saber por qué, pensando no sé en qué, la señalé.
+
+--¡Que la señalaste!
+
+--Le arranqué un pequeño bocado de un brazo.
+
+--¡Ah!--exclamó con disgusto doña Ana.
+
+--Fué la manera más pronta que se me ocurrió de señalarla.
+
+--¿Pero has visto tú esa señal?
+
+--No; pero un día, don Rodrigo, que quiere más de lo que parece á la
+Dorotea, me dijo:
+
+--Juan, yo te he hecho hombre.
+
+--Indudablemente, señor--le contesté.
+
+--Eres listo y astuto y parece que hueles las cosas.
+
+--¿Qué hay que averiguar?
+
+--Tú sabes cuánto quiero á la Dorotea.
+
+--Sí, señor.
+
+--Hace mucho tiempo que estoy viendo en su hombro derecho una señal;
+pero nunca hasta ahora la he preguntado; es una cicatriz como la de una
+mordedura; ella ha dicho que recuerda haber tenido siempre esa señal; he
+preguntado al tío Manolillo, y me ha dicho que la encontró abandonada en
+la calle, y que efectivamente, cuando la llevó á su estancia en el
+alcázar, notó que las pobres ropas en que iba envuelta estaban manchadas
+de sangre; que la descubrió y vió una mordedura reciente, de la que
+costó trabajo curar á la niña. Ahora bien, la Dorotea sufre porque no
+conoce á sus padres; yo la quiero bien, y te recompensaría grandemente
+si encontrases esos padres perdidos.
+
+Pude en el momento decirle:
+
+--Su padre soy yo; su madre era una muchacha tan hermosa como ella, á la
+que conocí en su casa, donde estuve aposentado algunos días, y á la que
+me llevé conmigo. No sé si su madre vive ó ha muerto...
+
+--¡Conque esa hermosa mujer, esa famosa Dorotea, la querida de Lerma y
+de Calderón, es tu hija! ¡y ella no lo sabe!
+
+--No.
+
+--¿Y para qué la traes aquí?
+
+--Es como su madre, apasionada y violenta; de la misma manera que su
+madre se enamoró de mí á primera vista, ella se ha enamorado de un
+hombre; ese hombre es el que ha herido á don Rodrigo; ese hombre, que es
+sobrino del cocinero mayor de su majestad, ha hecho suerte en
+veinticuatro horas; anteayer por la noche entró en Madrid, y hoy se
+encuentra metido en palacio, protegido y casado con la dama más hermosa
+y más difícil de la corte: con doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Y esa mujer, que es querida del duque de Lerma, está celosa de una
+dama que es la favorita de la reina!
+
+--La reina importa ya poco... tal vez á estas horas... pero conviene, á
+pesar de esto, que esa muchacha siga enloqueciendo á Lerma; ella quería
+hacer un disparate, pero yo la he prometido que la vengaría si ella me
+ayudaba, y ha consentido en seguirme. Te la he traído y te la entrego...
+tú sabes envenenar el alma, Ana; envenena la de esa muchacha y haz de
+modo que nos sirva bien. Voy por ella.
+
+Y se dirigió á la puerta por donde había entrado.
+
+Pero al abrirla, se vió tras ella un hombre y se oyó una ronca voz que
+dijo temblorosa, colérica, rugiente, amenazadora:
+
+--¡Atrás! ¡atrás, sargento mayor! ¡tú no saldrás de aquí!
+
+El hombre que había pronunciado estas palabras, que había adelantado
+sombrío y letal y que había cerrado por dentro la puerta, era el bufón
+del rey.
+
+El sargento mayor retrocedió sorprendido.
+
+En su semblante apareció la expresión del espanto.
+
+Doña Ana miró con terror al bufón.
+
+Y el bufón adelantó pálido hacia el sargento mayor, que retrocedía.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLVI
+
+DE CÓMO LA PROVIDENCIA EMPEZABA Á CASTIGAR Á LOS BRIBONES
+
+
+Necesitamos decir cómo el tío Manolillo había podido aparecer tan
+dramáticamente en medio de aquel bandido y de aquella ramera.
+
+Sabemos que al salir de la taberna donde había estado con el cocinero
+del rey, se había ido derecho á llamar á la puerta de doña Ana.
+
+Abriéronle, porque hay maneras de llamar que mandan, que se hacen
+obedecer, y el tío Manolillo había llamado de una de aquellas maneras.
+
+Es decir, de una manera rotunda, decidida, nerviosa, fuerte, retumbante.
+
+Quien llama así en una casa debe tener derecho para entrar ó fuerza, lo
+que no es lo mismo, ó las dos cosas á la vez.
+
+Hemos dicho que le abrieron; ahora debemos decir que, apenas encontró
+franca la puerta, el bufón se lanzó sobre el criado que le había
+abierto, que era un escudero viejo.
+
+Se arrojó sobre él como un tigre; le derribó, le sofocó y le tapó la
+boca con un pañuelo, al que hizo un nudo, que introdujo en la boca de la
+víctima.
+
+Esta manera de enmudecer, que se conserva aún hoy y se usa por los
+ladrones, se llama la _tragantona_.
+
+Hasta el crimen tiene sus tradiciones.
+
+Después quitó al escudero la correa que sujetaba sus gregüescos á la
+cintura y le ató atrás las muñecas, y con el extremo sobrante ató un pie
+de la víctima y le dejó tendido en el portal; el escudero no podía
+gritar, ni aun rugir, ni moverse.
+
+El tío Manolillo se acurrucó en un rincón del zaguán y esperó.
+
+Poco después bajó una dueña, á quien había llamado la atención el que el
+escudero hubiese bajado á abrir y no hubiese subido.
+
+El bufón la acometió por detrás, la hizo otra tragantona con la toca y
+la ató de igual modo que al escudero, valiéndose de la correa del hábito
+de la dueña.
+
+--Aún me faltan la cocinera y la doncella--dijo--; doña Ana, esa
+bribona, no tiene más criados; el olor de la cocina me llevará.
+
+El tío Manolillo adelantó.
+
+No era entonces un hombre, sino una fiera astuta que adelantaba
+recelosamente sin producir ruido hacia su presa.
+
+Un momento después la cocinera y la doncella estaban enmudecidas y
+atadas.
+
+El tío Manolillo había arrostrado por todo y había tenido la suerte de
+que no surgiese ninguno de esos incidentes que frustran las sorpresas
+mejor meditadas.
+
+Ya seguro de los criados, el tío Manolillo adelantó por las habitaciones
+principales.
+
+Al ir á levantar un tapiz vió de repente á la Dorotea.
+
+La pobre joven estaba sentada en una silla, replegada, sombría, inmóvil,
+con la mirada fija, sufriendo de una manera visible, aterradora.
+
+Hubiera podido ver al bufón á no estar tan abstraída, pero no le vió.
+
+El bufón se retiró sin ruido, la miró un momento al través de la
+abertura del tapiz con una mirada profunda, en que había tanta ternura
+hacia ella, como amenaza, como cólera hacia los que causaban el doloroso
+estado de la joven.
+
+--Está sola--dijo--y entró con él; él debe estar con la otra; busquemos
+otro camino; es necesario saber de lo que tratan esos miserables.
+
+Y tomó por una puerta y se encontró en un corredor obscuro.
+
+Y adelantó sin hacer ruido como una sombra.
+
+A medida que se acercaba á una puerta oía dos voces.
+
+La de un hombre y la de una mujer.
+
+Adelantó hasta la puerta, llegó y se puso á escuchar.
+
+Por esta razón, cuando el sargento mayor fué á entrar por aquella
+puerta, se encontró con el bufón.
+
+--¡Ah! Ya sabía yo que habías de buscar á la Dorotea--dijo el sargento
+mayor--; peor para ti.
+
+Doña Ana miraba aquella escena imprevista con asombro; más que con
+asombro, con un terror instintivo.
+
+--¿Conque tú eres su padre?--dijo el tío Manolillo--. ¿Conque eres el
+padre de Dorotea? ¿Conque aún no contento con haber asesinado á la
+madre, quieres asesinar á la hija?
+
+Y la voz del tío Manolillo era ronca, amenazadora, sombría; sus ojos
+bizcos se revolvían de una manera espantosa, estaban inyectados de
+sangre y su barba temblaba.
+
+Don Juan de Guzmán se sentía dominado; doña Ana estaba coartada por el
+miedo.
+
+La actitud del bufón, de aquel hombre pequeño, cuadrado, robusto,
+encogido como para arrojarse sobre una presa, y en el cual se adivinaban
+el valor, la fuerza y la agilidad del tigre, parecían indicar que iba á
+suceder allí algo terrible.
+
+--Si queréis llevaros á esa muchacha, lleváosla--dijo el sargento mayor,
+que tenía miedo--; preguntadla si yo la he violentado.
+
+--¿La habéis dicho que sois su padre?--dijo el bufón.
+
+--No.
+
+--Pues mejor.
+
+--No he tenido necesidad de decírselo.
+
+--Y has hecho bien: porque tú no eres su padre, sino una especie de
+animal monstruoso, que has sido la causa de su existencia. Pero no tengo
+tiempo que gastar contigo... estoy de prisa...--añadió el bufón con una
+sonrisa horrible, con la sonrisa de un loco--; ¿te acuerdas de que una
+noche llevabas á esa niña recién nacida en los brazos?... ¡Oh! era una
+noche muy obscura: de repente un hombre se arrojó á ti y te dió tres
+puñaladas.
+
+Y al decir esto el bufón saltó, se aferró al sargento mayor y le dió una
+puñalada en el pecho.
+
+Don Juan de Guzmán dió un grito, vaciló y cayó.
+
+Luego el bufón vió que doña Ana corría á una puerta, y la asió de una
+mano.
+
+Doña Ana cayó de rodillas creyendo llegada su última hora.
+
+El tío Manolillo, sin soltar á doña Ana, dirigió su terrible palabra á
+don Juan de Guzmán, empuñando aún la daga con que le había herido:
+
+--Entonces fueron tres, y ahora ha bastado una... es que ahora tengo la
+mano más segura... ¡asesino de mi hermana Margarita! ¡envenenador de la
+reina Margarita! ¡verdugo de tu hija! ya no cometerás más crímenes.
+
+En efecto, don Juan de Guzmán estaba muerto.
+
+--Y tú, Aniquilla, que te llamas doña Ana; tú, que hace veinte años
+andabas por las playas de Gijón descalza, cogiendo ostras y buscando á
+los marineros; tú, aventurera ennoblecida por tu hermosura; tú,
+miserable, ase de los pies de ese cadáver y pronto, porque no tengo
+tiempo que perder.
+
+--¿Pero qué va á ser de mí?--exclamó desesperada la hermosa doña Ana.
+
+--Sea lo que el diablo quiera. Tú tendrás en tu casa algún escondrijo...
+
+--¡Los sótanos!--exclamó doña Ana.
+
+--Pues á los sótanos; agarra pronto, si no quieres perderte...
+concluyamos por el momento, que yo volveré.
+
+--Esperad... esperad... voy á abrir las puertas--dijo con angustia doña
+Ana--para que nada nos entretenga--y salió y volvió poco después.
+
+Entonces la ramera y el bufón asieron del bandido, y le llevaron.
+
+Por donde quiera que pasaba, quedaba un rastro de sangre.
+
+Al fin bajaron al piso bajo, y el bufón señaló un rincón oscuro en una
+sala lóbrega.
+
+--Dejémosle aquí--dijo.
+
+--Por el amor de Dios--dijo doña Ana--; que no sé cómo vos me conocéis;
+vos, que cuando no me habéis muerto también, no me aborrecéis, ayudadme
+á borrar las señales de esta muerte... yo diré á los míos que ese hombre
+ha salido por el postigo...
+
+--En lo que harás muy bien--dijo el tío Manolillo--será en soltarlos de
+las ligaduras con que yo los he sujetado, y despedirlos á pretexto de
+que se han dejado sorprender: ¡quédate sola, que yo volveré y le
+enterraremos!... por ahora, adiós! ¡Adiós, que mi conciencia me llama á
+otra parte!
+
+Y subió de dos en dos los peldaños de una escalera, atravesó algunas
+habitaciones, y entró en la que Dorotea se encontraba todavía inmóvil y
+dominada por su mudo dolor.
+
+--Ven conmigo--la dijo el bufón asiéndola de una mano.
+
+--¡Ah! ¿sois vos?
+
+--Ven conmigo... yo te salvaré... yo te consolaré... pero ven, ven... no
+perdamos un momento.
+
+Y arrastró consigo á la Dorotea, que se dejó conducir maquinalmente,
+bajó por la escalera principal, pasó por junto al escudero y la dueña
+que permanecían atados, abrió la puerta, salió y la tornó á cerrar.
+
+Cuando estuvieron en la calle, el bufón dijo á la Dorotea:
+
+--Vuélvete á tu casa, y espérame: yo no te puedo acompañar.
+
+--Pero...
+
+--Ve, ve... hija mía... acabo de salvarte de un peligro... yo te salvaré
+de todos; adiós.
+
+Y partió hacia el alcázar.
+
+La Dorotea, atónita, asombrada, sin comprender lo que la sucedía, le vió
+desaparecer, se envolvió en el manto, y á paso lento, con la cabeza
+inclinada, pisando lodo, se encaminó á la calle Ancha de San Bernardo.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLVII
+
+DE LO PERJUDICIAL QUE PUEDE SER LA ETIQUETA DE PALACIO EN ALGUNAS
+OCASIONES
+
+
+El tío Manolillo corría como alma que lleva el diablo.
+
+Tropezaba acá y allá con las gentes, como un caballo desbocado, las
+lanzaba un gran trecho ó las dejaba caer y seguía corriendo.
+
+En pocos momentos llegó al alcázar.
+
+Antes de llegar á él vió á Luisa y á Inés que iban envueltas en sus
+mantos.
+
+Pararon un momento.
+
+--¿A dónde vais?--las dijo con acento amenazador.
+
+--¡A misa...!--contestó temblando Luisa.
+
+--¡A misa! ¿en día de trabajo?...
+
+Pero el bufón recordó que tenía mucha prisa, y tomó de repente el camino
+de la puerta de las Meninas del alcázar.
+
+Al entrar, salían algunos hombres, y el tío Manolillo tropezó rudamente
+con uno de ellos.
+
+--¡Qué brutalidad!--dijo el tropezado recogiendo un pesado talego que
+había caído al suelo, produciendo un sonido sonoro.
+
+--¡Ah! ¡el alguacil Agustín de Avila!--exclamó el bufón, y pasó por sus
+ojos un relámpago de muerte.
+
+Pero de repente apretó de nuevo á correr, exclamando:
+
+--Lo otro es primero... la reina... ¡Dios mío!
+
+Y entró en el patio del alcázar.
+
+Allí, de una manera involuntaria, superior á su resistencia, se detuvo
+de nuevo, y miró á una torre almenada que se veía por cima de las
+galerías en un ángulo del patio.
+
+Sobre aquellas almenas había un cuerpo de edificio coronado por una
+montera de pizarras; en aquel cuerpo de edificio, había una ventana: en
+aquella ventana el viento ondeaba un pañuelo encarnado.
+
+--¡Oh! ¡la señal de muerte!--exclamó el bufón.
+
+Y siguió corriendo, subió, no como un hombre sino como una araña que
+huye, unas escaleras, atravesó como un frenético la galería, y
+atropellando casi la guardia de corps que daba la centinela de la puerta
+exterior del cuarto de la reina, se lanzó dentro.
+
+Dióse un tremendo pechugón con una persona á la que no arrojó.
+
+Por el contrario le asió, y le detuvo.
+
+--¡Cuerpo de Baco!--exclamó aquel hombre--, ¿venís ú os disparan, tío?
+
+Aquel hombre era don Francisco de Quevedo.
+
+El bufón no le contestó: por cima del hombro de Quevedo había visto un
+paje talludo, rubicundo, que llevaba sobre las palmas de las manos una
+vianda adornada con yerbas verdes.
+
+--¡Allí tal vez!... ¡en aquel plato!...--dijo el bufón--¡soltad, vive
+Dios, ú os mato!...
+
+--¿Pero estáis loco?... tengo que deciros graves cosas... ¿no me
+conocéis, tío?
+
+--¡La reina!... ¡la reina!... ¡dejadme, don Francisco!... ¡aquel
+paje!... ¡es el amante de la Inés!... ¡el pañuelo encarnado está en la
+ventana!...
+
+--¡Ah!--exclamó Quevedo con una expresión terrible por su horror--¡un
+paje!... ¡un plato!... ¡el pañuelo!...
+
+Y soltó al bufón, que se lanzó á la puerta de la antecámara.
+
+Los tudescos le cerraron el paso cruzando sus alabardas.
+
+--¡Ah! ¡no me dejáis pasar!...--exclamó el bufón, y asió las alabardas
+con la fuerza de la zarpa de un león.
+
+Se entabló una lucha.
+
+Quevedo no podía llegar pronto, pero desde donde estaba gritó con la
+autoridad que sabía dar á su voz en las ocasiones solemnes:
+
+--¡Dejadle pasar! ¡dejadle pasar, de orden del rey!
+
+Al sonido de aquella voz poderosa, á la vista del hábito de Santiago,
+del que la pronunciaba, los tudescos dominados dejaron pasar al bufón.
+
+Quevedo, á pesar de la deformidad de sus pies, que le impedía andar de
+prisa, corrió.
+
+En la puerta de la cámara de la reina, se entabló otra lucha con los
+ujieres.
+
+La autoridad de Quevedo fué allí inútil.
+
+El bufón apeló á la fuerza.
+
+Tiró á un ujier á un lado, y á otro á otro, y entró también.
+
+Pero entre la inocente detención causada por Quevedo, la de los tudescos
+y la de los ujieres, había pasado mucho tiempo.
+
+El paje había desaparecido.
+
+Cuando el bufón entró, se precipitó á la mesa y se arrojó sobre ella.
+
+La reina dió un grito.
+
+El padre Aliaga, que almorzaba con la reina, se puso de pie.
+
+El tío Manolillo buscó con ansia un plato entre los que cubrían la mesa
+de la reina, y vió uno solo puesto delante del plato de Margarita de
+Austria.
+
+Aquel plato estaba adornado con berros.
+
+Era una perdiz que tenía todas las patas.
+
+El bufón le agarró, y al apoderarse de él dijo con una admirable fuerza
+de espíritu, soltando su hueca carcajada de bufón:
+
+--¡Ah! ¡ah! ¡ah! ¡he ganado! ¡he ganado! ¡para mí! ¡para mí!
+
+Y haciendo como que devoraba al paso la perdiz, dió á correr exclamando:
+
+--¡Para la reina no! ¡para mí!
+
+Y soltó una larga y estridente carcajada que hizo temblar á todos los
+que la oyeron, y escapó.
+
+--¡Oh! ¡esto es ya demasiado!--dijo la reina.
+
+--Perdonad, señora...--dijo Quevedo--yo no le he podido contener; ¡el
+tío Manolillo está loco!
+
+Y Quevedo, saludando profundamente á la reina y antes de que ésta,
+reponiéndose de su sorpresa, le pudiera contestar, salió.
+
+Quevedo buscó inútilmente en la parte baja del alcázar al tío Manolillo,
+y subió á su aposento, á cuya puerta llamó inútilmente repetidas veces.
+
+Al fin Quevedo gritó:
+
+--Si estáis ahí, tío Manolillo, abrid, hermano, abrid á Quevedo.
+
+Oyéronse violentos pasos y se abrió la puerta.
+
+Apareció el bufón pálido y desencajado.
+
+--¡Entrad! ¡entrad!--exclamó--; entrad y pensemos en la venganza... hoy
+ha amanecido un día de muerte...
+
+--¡Tenéis sangre en las manos!--exclamó Quevedo...
+
+--¡Es poca!--exclamó el bufón--¡es poca! ¡venid!
+
+Y tiró de Quevedo, le llevó á lo último de su aposento, y le mostró una
+fuente de plata puesta sobre una mesa.
+
+--Mirad ésto; faltan las pechugas... mirad aquéllo, y señaló en un
+rincón un pedazo de perdiz, junto á la cual estaba echado, impasible, un
+gatazo rodado.
+
+[imagen:...¡para mí! ¡para mí!]
+
+--El _Chato_ devora cuanto halla, porque es un gato pobre, y no ha
+querido ese pedazo de perdiz. Los animales conocen la muerte. ¡Que Dios
+tenga piedad de la reina!
+
+--¿Y qué hacer?
+
+--¿Qué hacer?... yo no sé... ¿quién dice?... ¿quién declara?... ¡Oh!
+¡no! ¡sentenciarnos á ser tenidos por cómplices, á morir deshonrados!...
+¡hemos hecho cuanto podíamos hacer... y acaso... acaso nos hayamos
+engañado!... pero no... no... el _Chato_ no ha comido... ¡Dios mío!...
+
+--Sois cobarde...--exclamó Quevedo--; suceda lo que quiera, yo voy á
+buscar al médico de su majestad... guardad esa perdiz, guardadla; sobre
+todo, quitadla de esa fuente, que es de plata...
+
+El bufón quitó los restos de la perdiz de la fuente, los echó en una
+escudilla, y con ellos el pedazo que había arrojado al gato.
+
+Entre tanto, Quevedo había desaparecido.
+
+Un paje de la reina se presentó poco después.
+
+--Tío Manolillo--dijo--, os aconsejo que os escondáis por algún tiempo.
+
+--Pues ¿qué pasa, hijo?--contestó dominándose el bufón.
+
+--Que habéis dado un susto á su majestad, y no ha acabado de almorzar;
+se ha dejado casi todo lo que tenía en el plato cuando entrásteis vos.
+
+--¿Pechugas de perdiz?...
+
+--Eso es... ¡una perdiz que olía tan bien!... me la he comido, tío.
+
+--¿Cómo te llamas, hijo?
+
+--Gonzalo.
+
+--¿Y te has comido la perdiz que quedaba en el plato de la reina?
+
+--Sí... al salir... no me veían...
+
+--¿Y quedaba mucho?...
+
+--Casi una pechuga... y me ha hecho mal... ya se ve... ¡comí tan de
+prisa, porque no me vieran!
+
+El paje, en efecto, empezaba á ponerse pálido.
+
+--¿Y por qué vienes, hijo?--exclamó el tío Manolillo, haciendo un
+violento esfuerzo para dominar su horror.
+
+--Por la fuente de plata que os habéis traído.
+
+--¿Y comió mucho la reina?
+
+--¡Quia! no... ni el padre Aliaga...
+
+--¿Y te has comido las dos?...
+
+--Sí.
+
+--Ven, hijo mío, ven... ven á las cocinas... voy á darte aceite, que es
+bueno para que arrojes... ¡Oh! ¡Dios mío!...
+
+--Tengo ansias, tío...
+
+El bufón asió al mozo y le arrastró consigo.
+
+Pero al llegar á las escaleras, el paje dió un grito, avanzó, cayó
+rodando por las escaleras, y con él la fuente de plata.
+
+El bufón se retiró precipitadamente, fué á su aposento y se puso á rezar
+por el alma del paje.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLVIII
+
+DE CÓMO MUCHAS VECES LOS HOMBRES NO REPARAN EN EL CRIMEN AUNQUE SUS
+VESTIGIOS SEAN PATENTES
+
+
+Pasó mucho tiempo sin que nadie subiese por las escaleras por donde el
+paje había caído.
+
+Al fin subió una moza de retrete.
+
+La escalera era obscura.
+
+La moza tropezó en la bandeja, que sonó.
+
+Recogióla la moza.
+
+--¡Calla!--dijo--¡una bandeja de plata! ¡y sucia!... ¡llena de grasa!
+¿cómo está aquí? La llevaré á la repostería.
+
+Y siguió subiendo, y tropezó de nuevo.
+
+Pero tropezó en un cuerpo humano.
+
+Aquel cuerpo estaba frío.
+
+La moza empezó á dar gritos.
+
+A los gritos de la moza acudieron algunos de la servidumbre.
+
+Muy pronto corrió la voz de que se había encontrado muerto un paje de la
+reina en las escaleras de las cocinas.
+
+Y junto á ésta, corrió otra voz no menos escandalosa.
+
+El aposento del cocinero mayor estaba abierto y abandonado, rotas
+algunas puertas, roto un gran cofre y vacío.
+
+La mujer y la hija del cocinero mayor habían desaparecido.
+
+El alcaide de palacio, el guarda mayor y el mayordomo mayor del rey, se
+habían presentado en los lugares de estas dos catástrofes.
+
+A nadie se le ocurrió que entre la muerte del paje y la desaparición de
+la familia y el robo del cocinero mayor, podía haber una relación
+íntima.
+
+A nadie se le ocurrió tomar acta de haberse encontrado junto al paje
+muerto una fuente de plata del servicio de mesa de la reina.
+
+Los médicos declararon que, según los vestigios que quedaban en el
+cadáver, el paje había muerto de repente á consecuencia de un ataque
+cerebral.
+
+Y tenían razón: porque el veneno que Guzmán había dado á Luisa, y Luisa
+al galopín Aldaba, y el galopín Aldaba al paje rubio, y éste á la mesa
+de la reina, y la mesa al paje Gonzalo, había obrado sobre el cerebro de
+este último produciéndole una violenta congestión.
+
+El paje fué conducido al depósito de muertos de la parroquia de Santa
+María.
+
+La fuente de plata entregada en la repostería y lavada.
+
+Los únicos vestigios del crimen quedaban en una escudilla de madera en
+el cuarto del bufón.
+
+Y el bufón, vuelto al fin en sí de tan violentas impresiones, se lavaba
+las manos borrando un vestigio de otro crimen, mientras la fuente se
+lavaba en la repostería.
+
+Entre tanto el alcaide de palacio y el mayordomo mayor del rey, á quien
+se había dado parte de lo acontecido en el aposento del cocinero mayor,
+hacían extender testimonio á un escribano de cómo:
+
+«El día 17 de Diciembre de 1610, llamado, etc. (aquí el largo fárrago
+curial), yo el infrascrito, entré con su excelencia el señor mayordomo
+mayor del rey y con su señoría el señor alcaide de palacio y con los
+señores Lope Ríos y Diego Luque, camareros del rey, en el aposento que
+en palacio habita el señor Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de
+su majestad el rey nuestro señor, que Dios guarde, y los expresados y el
+infrascrito escribano hallamos que la puerta del dicho aposento no
+estaba cerrada, sino abierta y franca; y en la primera habitación
+hallamos, á más de los muebles conocidos del uso de dicho Montiño y su
+familia, un cofre de hierro muy pesado, cerrado, sobre el cual se veían
+señales de haberle querido forzar, el cual cofre fué entregado en
+depósito al excelentísimo señor mayordomo mayor. Y entrados en el
+siguiente aposento hallamos los muebles revueltos, y algunas prendas de
+ropas esparcidas, con más un ejemplar impreso del arte de cocina,
+pastelería, bizcochería y conservería que ha compuesto el dicho cocinero
+mayor; y pasando á las otras habitaciones, las hallamos en el mismo
+desorden, y á la ventana de una de ellas, atado un pañuelo encarnado de
+algodón; y en otra habitación más interior hallamos un gran cofre
+descerrajado á viva fuerza de sus tres cerraduras, y el cofre vacío y
+sobre la mesa algunos papeles y libros de dinero puesto á ganancia; y
+otrosí: halláronse dos espadas y un arcabuz, y examinadas aquéllas y
+éste, hallóse ser de la marca que mandan las pragmáticas; y otrosí: acá
+y allá esparcidos halláronse seis doblones de á ocho y cuatro escudos de
+cruz, y veinte maravedises de plata, de todo lo cual y de los muebles y
+efectos se hizo el inventario adjunto y quedó entregado de todo el dicho
+excelentísimo señor mayordomo mayor, por cuyo mandato libro la relación
+presente de que doy fe. En testimonio de verdad.--_Pero Ponce Lucas._»
+
+Libróse asimismo testimonio de haber desaparecido:
+
+Del cuarto del cocinero, su mujer, Luisa Robles, y su hija Inés
+Martínez.
+
+De las cocinas, el galopín Cosme Aldaba.
+
+De la servidumbre de la reina, el paje Cristóbal Cuero.
+
+Y se tomaron declaraciones, y por estas declaraciones se averiguó que la
+cocinera tenía un amante, que se llamaba Juan de Guzmán.
+
+Que el paje Cristóbal Cuero era el amante de la Inés Martínez.
+
+Que el galopín Cosme Aldaba andaba en inteligencias con los unos y con
+los otros, que había sido despedido por el cocinero mayor y que su mujer
+le había enviado á las cocinas.
+
+En vista de lo cual, sumariamente averiguado, y teniendo de ello
+conocimiento el rey, mandó su majestad que esta sumaria pasase á un
+alcalde, el cual alcalde mandó que fuesen presos donde fuesen habidos
+los expresados don Juan de Guzmán, Luisa Robles, Inés Martínez, Cosme
+Aldaba y Cristóbal Cuero, por delito de robo y otros, cometidos contra
+la hacienda y en la honra y en otros extremos y particulares del
+cocinero mayor de su majestad.
+
+Pero en cuanto á la entrada exabrupta del tío Manolillo en la cámara de
+la reina, tomóse á gracia y la misma Margarita de Austria cambió su
+enojo en risa.
+
+Y en cuanto á lo del paje, creyóse en lo de la muerte casual y violenta
+y se le enterró; diéronse á su madre de orden del rey ciertos
+maravedises para lutos; diéronse otros á un capellán para que dijera
+misas por el alma del difunto y no se habló más de ello, ni á nadie se
+le ocurrió pensar en venenos ni asesinatos.
+
+Sabían el crimen y los asesinos, don Francisco de Quevedo, el bufón y
+Dios, que lo sabe todo.
+
+
+
+
+CAPÍTULO XLIX
+
+DE CÓMO LA DUQUESA DE GANDÍA TUVO UN SUSTO MUCHO MAYOR DEL QUE LE HABÍAN
+DADO «LOS MIEDOS DE SAN ANTÓN»
+
+
+Doña Clara Soldevilla era feliz.
+
+Feliz de una manera suprema.
+
+Estaba consagrada enteramente al recuerdo de su felicidad.
+
+Apenas si había hecho, desde que había salido aquella mañana de su
+aposento su marido, más que pensar en él, sentada en un sillón junto al
+brasero.
+
+Ya bien entrado el día creyó que era un deber suyo dar parte á su padre
+de lo que le acontecía, y tomó la pluma para escribir una larga carta.
+
+Pero una vez puesta á ello sólo pudo escribir lo siguiente:
+
+«Padre de mi alma: Mi lealtad y la reina me han obligado á casarme; pero
+al casarme no he hecho un sacrificio. Soy feliz. Mi marido se llama don
+Juan Téllez Girón. No puedo escribiros más, mi buen padre. Estoy
+aturdida con lo que me sucede; enviad vuestra bendición, señor, á
+vuestra hija que os ama y queda rogando á Dios por vuestra
+vida.--_Clara_.»
+
+Cerró esta carta y llamó.
+
+--Que venga al momento Anselmo--dijo.
+
+Presentóse poco después un escudero como de cincuenta años.
+
+--Monta al momento á caballo, mi buen Anselmo--dijo Clara--, y ve á
+llevar á mi padre esta carta.
+
+--¿Pues qué sucede, señora?--dijo Anselmo cuidadoso, porque era un
+antiguo criado de la casa.
+
+--Sucede que doy á mi padre la noticia de mi casamiento.
+
+--¡Cómo! ¿La señora se casa?
+
+--Me he casado ya.
+
+--¿De secreto?
+
+--No, por cierto; me casé anoche delante de testigos en la capilla real.
+
+El escudero se puso pálido y no se atrevió á preguntar más.
+
+--Pero... me olvidaba... esta carta no puede ir sin otra suya, y él no
+ha venido.
+
+En aquel momento entró en el cuarto una dama de la reina que venía de
+ceremonia.
+
+--¡Ah, doña María!--exclamó la joven.
+
+--Vengo, doña Clara, primero á daros la enhorabuena... una triple
+enhorabuena... qué sé yo cuántas enhorabuenas...
+
+--¡Oh! ¡Muchas gracias, señora! Anselmo, vete fuera. Sentáos, doña
+María.
+
+--No, por cierto; estoy en el tocador de la reina y la reina me envía.
+Di á doña Clara Soldevilla, me dijo, que no nos haga esperar; que se
+vista como conviene á una recién casada que va á ser presentada con su
+marido á la corte y á tomar la almohada de dama de honor, mientras que
+su marido toma el mando de la tercera compañía de guardias españolas. He
+venido, pues, doña Clara, contenta porque vos debíais estarlo mucho.
+
+--¡Oh, sí! ¡gracias á Dios!
+
+--¿Conque casada?
+
+--Anoche...
+
+--¡Y no haber conocido al novio!... ¡Reservada siempre!
+
+--En cambio, señora, conoceréis al marido.
+
+--Pues vestíos, vestíos, doña Clara; dentro de poco vendrán por vos y
+por vuestro esposo, el conde de Olivares representando al rey, la
+duquesa de Gandía representando á la reina, como que son vuestros
+padrinos. Además, permitidme un momento--y doña María salió y volvió á
+entrar trayendo un cofrecillo en las manos--, la reina me encarga que os
+prendáis estas joyas que os regala. Y es un bello aderezo... muy
+bello... su majestad os ama mucho.
+
+--No sé cómo pagar á su majestad... y siento, siento mucho no poder
+complacerla... pero mi marido me ha regalado otro aderezo.
+
+--¡Ah! ¿Conque es rico?... Os doy otra nueva enhorabuena. ¿Y seréis tan
+reservada respecto á vuestras galas de novia, como respecto á vuestros
+amores?
+
+--¡Ay, Dios mío, no! Si queréis ver antes que nadie esas joyas, os daré
+gusto. Isabel.
+
+Apareció una doncella.
+
+--Trae un cofrecillo que hay en mi retrete, aquel cofre de sándalo donde
+yo guardo mis alhajas. ¿Y decís--continuó doña Clara--que la duquesa de
+Gandía vendrá por nosotros como madrina en nombre de la reina?
+
+--Así me lo ha dicho su majestad.
+
+--Ved el aderezo de que os he hablado--dijo doña Clara, abriendo el
+cofre.
+
+Doña María, que había sabido con envidia el casamiento de doña Clara con
+un joven capitán de la guardia española, y con disgusto su nombramiento
+de dama de honor, que las igualaba á entrambas, vió con despecho las
+ricas alhajas que la mostró doña Clara con la mayor lisura, sin alegría
+y sin orgullo.
+
+--Sois completamente afortunada--dijo--, y os repito mis enhorabuenas.
+Pero me voy; ya os he dado el mensaje que os traía, y me espera su
+majestad--y salió.
+
+Apenas había salido doña María, cuando entró una doncella.
+
+--Señora--dijo--, un caballero pregunta por vos; yo le he dicho que no
+acostumbrábais á recibir visitas, pero me ha contestado riendo, que
+estaba seguro que vos le recibiríais.
+
+--¿Cómo se llama ese caballero?
+
+--Se llama don Juan... don Juan...
+
+--¿Téllez Girón?
+
+--Eso es.
+
+--Pues que entre al momento.
+
+--¿Llamo á vuestra dueña?
+
+--No.
+
+La doncella salió escandalizada; doña Clara jamás había recibido visitas
+de hombre.
+
+Introdujo, sin embargo, á don Juan, y salió.
+
+Pero se quedó mirando por el quicio de la puerta y su escándalo creció
+cuando vió que su señora y el joven caballero se asían tiernamente de
+las manos, y que el caballero se atrevía á dar un beso á su señora.
+
+--¡Oh, qué hermoso y qué gentil vienes, mi don Juan!--dijo doña Clara,
+mirando arrobada al joven--. Y cómo se conoce la ilustre sangre que te
+alienta. Yo también voy á engalanarme, á prenderme las hermosas joyas
+que me has regalado.
+
+La doncella, escandalizada, se fué á decir á los demás criados, al
+rodrigón, á la dueña y al escudero, que su dama había recibido á solas á
+un caballero que la besaba, y lo que era peor, que la regalaba joyas.
+
+Pero cuando estaba en lo más ardiente de su acusación fiscal, entró la
+dueña cojitranqueando, y dijo:
+
+--Todo el mundo al cuarto de la señora.
+
+El mundo todo aquel á que se refería la dueña, eran un rodrigón que ya
+conocemos, dos doncellas, dos escuderos, dos criados y un paje.
+
+Todo el mundo entró con cuatro palmos de curiosidad en el aposento de la
+joven.
+
+Don Juan estaba lisa y llanamente sentado junto al brasero y con el
+sombrero puesto.
+
+Como el señor en su casa.
+
+Los criados miraban á don Juan con asombro.
+
+--Amigos míos--dijo doña Clara--, anoche, mientras vosotros dormíais,
+apadrinada por sus majestades, me casé con este caballero... con don
+Juan Téllez Girón, que siendo mi esposo y mi señor, es vuestro amo.
+
+--Sea por muchos años--exclamó el rodrigón, que era el más viejo y el
+más autorizado--; que Dios haga muy felices á sus mercedes... este es el
+segundo casamiento que veo en la casa... cuando la señora madre de vuesa
+merced se casó...
+
+--Os dió muestras del aprecio en que os tenía; yo os las daré también;
+ahora idos; quedáos vosotras--añadió, dirigiéndose á las doncellas--;
+necesito vestirme.
+
+Los criados salieron por una puerta, y doña Clara y las doncellas por
+otra.
+
+Quedóse solo el joven.
+
+Una gravedad que hasta ahora no hemos conocido en él, había acabado por
+ser la expresión de su semblante.
+
+La fortuna le sonreía; se encontraba poseedor de una mujer hermosa entre
+las hermosas, noble entre las nobles, dificultad viviente que había
+desesperado á los más peligrosos galanes de la corte; la poseía por
+completo; doña Clara le había dejado ver todo el tesoro de ternura y de
+amor de su alma, y le había dicho embriagada de no sabemos qué deleite:
+
+--Vos habéis sido la mano que ha descorrido el velo de mi alma: os
+habéis presentado en tan poco tiempo delante de mí, tan hermoso primero,
+tan valiente, tan generoso, tan enamorado, tan noble después, que yo
+tengo para mí que habéis ganado bien en veinticuatro horas lo que otro
+no hubiera ganado tal vez en años.
+
+Y cuando don Juan la replicaba:
+
+--¿Y si la suerte nos hubiese separado?
+
+--No os hubiera olvidado nunca; nunca hubiera dejado de sufrir al
+recordaros.
+
+Y don Juan asía la hermosa cabeza de su mujer entre sus dos manos, la
+besaba y exclamaba entre aquel beso:
+
+--¡Oh, bendita seas!
+
+No podía ser más feliz don Juan.
+
+Y esta felicidad le había hecho grave.
+
+Contribuían, además, á esta gravedad, un remordimiento y una aspiración.
+
+Aquella aspiración y aquel remordimiento estaban representadas por dos
+mujeres.
+
+La aspiración era por su madre.
+
+Don Juan sabía que era una dama ilustre. Pero su nombre... el joven
+hubiera hecho un doloroso sacrificio por saber el nombre de su madre.
+
+El remordimiento estaba representado por Dorotea.
+
+Doña Clara, después de haber asegurado, jurado el joven, que á nadie
+amaba más que á ella, no le había vuelto á hablar de la Dorotea.
+
+La Dorotea era una cosa pasada, olvidada.
+
+Su deber le prohibía volver á los amores de la comedianta.
+
+Y, sin embargo, don Juan sabía que la Dorotea le amaba; que le amaba con
+toda su alma, que él había sido para ella una especie de regeneración;
+que, en una palabra, en la Dorotea se había abierto para él un alma tan
+virgen como la de doña Clara.
+
+La comedianta, no era, es cierto, la mujer digna, pura, magnífica, el
+tesoro, en una palabra; pero la Dorotea era un ser desgraciado; tenía en
+su favor su infortunio... abandonarla era herirla... y luego...
+digámoslo de una vez, ¡era tan hermosa la Dorotea!... ¡amaba de una
+manera tan profunda, ten delicada, tan ardiente!...
+
+Don Juan luchaba en vano con el recuerdo de la Dorotea, no podía
+dominarle, no podía recusarle... y del recuerdo doloroso de la Dorotea
+pasaba al misterio de su madre...
+
+Don Juan estaba muy de mal humor.
+
+Y cuando se hallaba en uno de sus momentos más tétricos se abrió la
+puerta, y uno de los pajes dijo:
+
+--Señor, la duquesa de Gandía.
+
+Don Juan se quitó el sombrero, lo arrojó precipitadamente sobre la mesa,
+y salió al encuentro de la duquesa.
+
+Doña Juana de Velasco entró vestida, por decirlo así, de pontifical, y
+contrariada, sumamente contrariada.
+
+Su orgullo estaba lastimado.
+
+Un mandato expreso de la reina, la obligaba á presentarse como madrina
+en el cuarto de una joven dama de honor, á quien, como sabemos, tenía
+ojeriza, á quien llamaba intriganta y enemiga del duque de Lerma.
+
+Pero lo mandaba su majestad y era necesario obedecer.
+
+Lo que por otra parte contrariaba grandemente á la duquesa, era que el
+encargado de representar al rey como padrino, fuese el conde de
+Olivares, otro intrigante, otro enemigo del duque de Lerma.
+
+Así es que la duquesa no se cuidaba de disimular su disgusto.
+
+Don Juan la saludó profundamente.
+
+--¿Sois vos el novio, no es esto?--dijo sentándose en un sillón y
+mirando al joven con el mismo aire impertinente con que hubiera mirado á
+un ayuda de cámara.
+
+--Sí, señora; yo soy--dijo don Juan, templando su acento al tono del de
+la duquesa, porque en orgullo no cedía á nadie--; yo soy el marido de
+doña Clara.
+
+--No os conozco--dijo la duquesa--y, sin embargo, vestís como noble y
+lleváis hábito, lo que nada prueba, porque hoy se da á todo el mundo una
+encomienda.
+
+--Me llamo don Juan Téllez Girón, señora.
+
+--¿Sois pariente de don Pedro?
+
+--Soy su hijo...
+
+--¡Su hijo!... No conozco ningún hijo del duque que se llame Juan.
+
+--Soy su hijo bastardo...
+
+--¡Ah! ya decía yo...
+
+--Pero es un bravo mozo, está reconocido por su padre--, digo, según me
+han dicho--, y ha hecho grandes servicios á su majestad--dijo un
+caballero que acababa de entrar.
+
+--¡Ah! ¿sois vos, don Gaspar?--dijo la duquesa con sobreceño.
+
+--Pésame mucho, mi señora doña Juana--dijo el llamado don Gaspar--, de
+que su majestad se haya acordado de mí para representarle en este
+padrinazgo, cuando su majestad la reina se ha acordado de vos para el
+mismo objeto. Ya sé que no me queréis bien, y lo siento, porque yo os
+estimo.
+
+La duquesa se mordió los labios y no contestó.
+
+--¿Y esa hermosa señora?--dijo el conde de Olivares dirigiéndose al
+joven, y le dió la mano.
+
+[imagen: El Conde de Olivares.]
+
+--Se viste en este momento, señor conde--dijo don Juan.
+
+--¡Ah! de modo que dentro de poco se nos aparecerá un cielo. Os doy la
+enhorabuena, amigo, y veo que no me habéis olvidado. Hace tres días
+ignorábais... creo que ignorábais...
+
+--Ciertamente, señor conde.
+
+--Pero no os habéis olvidado de mí... me alegro... soy vuestro amigo...
+nos iguala la nobleza y el celo con que entrambos servimos á su
+majestad. ¿Y... vuestro tío?--añadió sonriendo el conde--. ¡Pobre
+Francisco Montiño! creo que le suceden grandes desgracias. Pero debéis
+olvidar eso y tender las alas, que las tenéis poderosas. Aprovecho esta
+ocasión para ofrecerme todo entero á vos; después que con vuestra esposa
+hayáis sido presentado á la corte, el capitán general de la guardia
+española y yo os presentaremos á vuestra brava compañía de arcabuceros.
+
+--Gracias, señor conde.
+
+--Pero me parece que vuestra esposa se acerca.
+
+En efecto; se levantó un tapiz y apareció doña Clara, radiante de galas
+y hermosura: llevaba un traje de brocado de oro sobre verde, con doble
+falda y con segunda falda de brocado de plata sobre blanco; en los
+cabellos, en la garganta, sobre el seno, en las brazos, en la cintura,
+llevaba un magnífico aderezo completo.
+
+--¡Señora duquesa! ¡señor conde!--exclamó la joven dirigiéndose á
+ellos--¡cuánto siento haberos hecho esperar!
+
+Pero de repente doña Clara se detuvo.
+
+Los ojos de la duquesa de Gandía estaban fijos con espanto en ella.
+
+Doña Juana de Velasco estaba pálida y temblaba.
+
+--¡Qué joyas tan hermosas!--dijo--; sobre todo... ese collar de
+perlas... y ese relicario... perdonadme... pero quiero ver ese
+relicario...
+
+La joven se acercó á la duquesa.
+
+Doña Juana volvió el relicario.
+
+Su mano temblaba.
+
+--¿Quién os dado esas joyas?--dijo en voz baja y rápida á doña Clara.
+
+--Mi marido, señora--contestó en voz muy baja y profundamente conmovida
+doña Clara.
+
+--¿Y sabe vuestro marido?... ¿sabéis vos?...
+
+--Sí; sabemos que por estas joyas puede conocer á su madre.
+
+--¡Ah!--exclamó la duquesa dando un grito, y retirándose bruscamente de
+doña Clara.
+
+--¿Qué es eso, mi buena duquesa?--dijo con gran interés el conde de
+Olivares.
+
+--Nada, no es nada; es un accidente que padezco... caballero--añadió
+dirigiéndose á Juan--, ¿queréis darme vuestro brazo?... apenas puedo
+sostenerme... y sus majestades esperan.
+
+--¡Ah! señora--contestó don Juan turbado y conmovido, porque el acento
+de la duquesa había cambiado enteramente para él.
+
+Y la dió el brazo.
+
+Temblaba tanto don Juan, como la duquesa de Gandía.
+
+Doña Clara tenía los ojos llenos de lágrimas.
+
+--¿Qué sucede aquí?--murmuró don Gaspar de Guzmán dando el brazo á doña
+Clara.
+
+Y siguió hacia una puerta por donde se había llevado la duquesa de
+Gandía á don Juan.
+
+Se dirigían por el interior de las habitaciones á la cámara pública de
+audiencia.
+
+La duquesa iba de prisa.
+
+Al pasar por una galería obscura, la duquesa, que iba muy delante del
+conde de Olivares y de doña Clara, dijo con acento cortado:
+
+--Por piedad, caballero, no me engañéis; ¿por qué habéis querido que
+vuestra esposa se ponga esas joyas hoy?
+
+--Porque... va á ser presentada á la corte, y en la corte puede estar mi
+madre--dijo balbuceando el joven.
+
+--¿Y amáis mucho á vuestra madre?--dijo llorando la duquesa.
+
+--¡Por Dios, señora! ¡por vuestro honor!... vamos á salir á los salones.
+
+--¡Ah!--exclamó la duquesa.
+
+Y deteniéndose de repente, asió la cabeza de don Juan y le besó en la
+boca.
+
+Después apresuró el paso.
+
+Cuando salió á los salones, se mostraba serena; pero severa, sombría.
+
+Poco después los novios y los que representaban como padrinos á los
+reyes, fueron presentados á éstos.
+
+Después doña Clara tomó la almohada de dama de honor.
+
+Cuando el conde de Olivares se llevaba á don Juan para presentarle á su
+compañía de arcabuceros de la guardia española, la duquesa le dijo:
+
+--Espero que iréis, en cuanto estéis libre, con vuestra esposa á mi
+casa.
+
+--Iré, señora, iré.
+
+Y el joven salió.
+
+
+
+
+CAPÍTULO L
+
+DE CÓMO DON FRANCISCO DE QUEVEDO QUISO DAR PUNTO Á UNO DE SUS ASUNTOS
+
+
+Cumpliendo lo que había prometido á la duquesa, don Juan y doña Clara
+salieron una hora después del alcázar en una litera.
+
+Era la litera enorme.
+
+Los esposos iban sentados en el testero; los asientos delanteros iban
+vacíos.
+
+Entrambos iban silenciosos y pensativos.
+
+De repente una voz muy conocida, dijo al lacayo que guiaba á la mula
+delantera:
+
+--¡Eh, conductor de venturas! ¡para, para, que la desdicha te lo manda!
+
+El lacayo paró.
+
+Una cabeza asomó á la portezuela, y una mano tocó á los cristales.
+
+Don Juan abrió la portezuela.
+
+--¿Es decir, que quepo?--dijo don Francisco de Quevedo.
+
+--Donde quiera que estemos nosotros, cabéis vos; pero entrad, que
+llueve.
+
+--Desde que llegué á Madrid, que fué el mismo día que llegásteis
+vos--dijo Quevedo entrando--, no ha cesado ni un punto de llover; hambre
+tengo de cielo, y hambre de que no me lluevan desdichas; lastimado ando,
+y espantado y sin sueño aunque no duermo. ¿A dónde vais?
+
+--Casa de la duquesa de Gandía.
+
+--¿Vais casa... de la duquesa?...--dijo Quevedo con acento hueco á doña
+Clara.
+
+--Yo no he tenido la culpa--dijo la joven.
+
+--¡Cómo! ¿de qué no has tenido tú la culpa, Clara mía?--dijo don Juan.
+
+--Don Francisco lo sabe todo.
+
+--¡Cómo! ¡sabéis!...
+
+--Sí por cierto, sé...
+
+Y Quevedo se detuvo.
+
+--Sí, sabe que la duquesa de Gandía es... tu madre...
+
+--¿Os ha dicho acaso mi padre?...
+
+--Sí, sí... vuestro padre... eso es...--dijo Quevedo, que no quería que
+don Juan supiese que el tío Manolillo conocía aquel secreto.
+
+--Mi padre ha hecho mal...--dijo don Juan.
+
+--¡Joven!--exclamó severamente Quevedo--; secretos hay entre vuestro
+padre y yo que importan tanto, como que él es el duque de Osuna, el
+grande Osuna, y yo soy don Francisco de Quevedo, su secretario; y si yo
+no fuera secretario de secretos, no secretearía, y si el duque no
+tuviera secretos, no me tendría por secretario, y, por último, tan duque
+soy yo, como el duque es Quevedo, y Dios dirá y ya veremos, y pasemos á
+otra cosa. ¿Cómo está su majestad la reina?
+
+--Buena y contenta--contestó doña Clara.
+
+--¿Y no está pálida?
+
+--Nunca ha tenido más hermosos colores.
+
+--Pues que paren la litera.
+
+--Pero yo no os entiendo--dijo don Juan.
+
+--Entiéndome yo; vóime donde iba, y adiós.
+
+Y abrió la portezuela.
+
+--Para--dijo al lacayo.
+
+La litera paró, salió Quevedo, se embozó en su capa y echó á andar.
+
+Cerró don Juan la portezuela, y la litera siguió.
+
+Quevedo, pisando lodos, atravesó con pena algunas calles, se detuvo en
+una, en la de Fuencarral, delante de una gran casa y se entró.
+
+Poco después, una doncella decía á la condesa de Lemos:
+
+--¡Don Francisco de Quevedo!
+
+--Haced, señora, que me den tintero y papel--dijo Quevedo entrando.
+
+--Os lo daré yo--dijo la condesa--. ¿Pero qué es esto, amigo mío?--dijo
+cuando quedaron solos.
+
+--Esto es, que como no tengo más casa que la vuestra, ni más alma que
+vuestra alma, aquí me vengo á hacer mis cosas; por delante, es decir,
+por el zaguán, cuando es de día; por detrás, cuando es de noche. Vos me
+fortificáis y me consoláis... y yo me convierto en niño para vos; pero
+dejadme que sea por algún tiempo hombre y cumpla con mi obligación; que
+escribir tengo al duque... y largo... y de tal modo que le digo que me
+espere.
+
+--¡Cómo! ¿os vais, don Francisco?
+
+--Y me alegro.
+
+--No digáis eso, porque creeré...
+
+--Debéis creer que os amo mucho.
+
+--Tenéisme vuestra....
+
+--Por lo mismo; porque vos no sois vuestra siendo mía, os lo digo: que
+si yo no os amara... Oíd: el alma... lo que se llama alma, tiene más de
+una corcova.
+
+--No os entiendo.
+
+--Quiero decir... que lo mejor que puede hacer una criatura, es
+enderezar su alma.
+
+--¡Ah!
+
+--Si vos no fuérais quien sois...
+
+--Don Francisco--dijo la condesa--, mirarlo debísteis antes; vos me
+caísteis como llovido.
+
+--En esta aventura de aventuras, ha llovido de todo. Así estoy yo de
+calado; el agua me llega ya á las narices, y á poco más me ahogo. Pero
+dadme licencia para que escriba, que os lo afirmo, importa. No tiene
+trazas de dejar de llover, y como no quiero morir ahogado de este
+diluvio, dejadme que fabrique mi barca.
+
+--Y esa barca...
+
+--Ha de serlo una carta. Y en ella heme de salvar yo huyendo de vos: y
+habéos de salvar por mi huída, y á más han de salvarse ciertos recién
+casados, que no andan muy seguros...
+
+--¿Conque es cosa decidida?...--dijo de mal talante la condesa.
+
+--Bien veo que os enojo; pero en este pueblo de orates algún loco ha de
+haber con barruntos de juicio. Si sólo se tratara del conde mi señor...
+merecido lo tiene, pero vos... vos sois distinta cosa... y creedme, doña
+Catalina... cuando dos almas se casan no hay nada que las divorcie;
+búscanse, se juntan, se acarician, por más que los cuerpos que las
+aprisionan anden lejos... y la memoria... ¡bendiga Dios la memoria,
+consuelo de desterrados!...
+
+--Tormento de mal nacidos...
+
+--¿Por mal nacida os tenéis?
+
+--Mal nace quien nace para penar.
+
+--Penárais más á mi lado; escorpión nací... hortiga crezco... hiel
+lloro... ponzoña respiro. Maldición debo de tener encima, que si
+escribo muelo, si obro rajo... donde piso no nace hierba. Pidiera á Dios
+razones, si Dios con su lengua muda no me las diera, y paciencia si ya
+no tuviera callos en el alma. Cansado estoy de vivir, y tengo para mí
+que de cansado, sin haberme muerto, hiedo, y que se me puede sacar por
+el olor á poco que se me trate. Tomad á sueño lo que ha pasado, señora,
+como yo lo tomo á locura y maldición mía, y entendedme y no me digáis
+que no os amo, que al revés de otros, mi amor os pruebo cuando de vos me
+aparto, y con esto, dejadme que mi barca fabrique, que la tormenta
+arrecía y el puerto está lejos, y no por mí, sino por otros, á piloto me
+meto. Dadme, pues, papel, no lloréis, que tragos de hiel son para mí
+vuestras lágrimas, y si me provocáis á beberlas, matáranme, porque
+olvidaré mi propósito y todo se llevará el diablo y no hay para qué
+tanto.
+
+--¡Pluguiera á Dios que nunca hubiérais venido!--dijo la de Lemos
+levantándose y sacando papel de un cajón.
+
+--Pecados ajenos me trajeron, y pecados ajenos me llevan, como si no
+bastaran y aun sobraran para llevarme y traerme mis pecados propios. Y
+Dios os lo pague por el papel, y dadme licencia para que escriba.
+
+La condesa no contestó; fuése al hueco del un balcón y se puso á llorar
+de espaldas á Quevedo.
+
+Quevedo escribía entre tanto al duque de Osuna lo siguiente:
+
+«Señor:
+
+»Con ansias os escribo, y bien podéis creerlo cuando yo lo afirmo, que
+ya sabéis que en lo de _garlar_ soy duro, y no se me pone tan fácilmente
+en el _ansia_. Pero tal se ensaña conmigo mi suerte pecadora, que tengo
+para mí que tendré que irme á un desierto, y aun allí, ya que no haga
+daño á las gentes, se lo haré á las piedras. Víneme á Madrid desde San
+Marcos, no sin algún escrúpulo é inapetencia, porque no ha habido vez en
+que yo haya vuelto á Madrid desde que salí de él á aventuras, que no me
+haya sucedido una desventura. Apenas llegado, topéme con vuestro hijo, y
+halléle ya tan enredado y tan en palacio metido y á tanto puesto, que me
+entró miedo de si podría desatollarlo, y esta es la hora, en que no sólo
+desatollarlo no he podido, sino que con él atollado me veo, y eso que
+aún no hace tres días cabales que entrambos estamos en la corte; tal
+turbión de enredos ha caído sobre nosotros, que estoy enredado y aun con
+telarañas en los ojos, y tan pegajosas y tales, que por más que
+restrego no aprovecha. Punzó el mozo, y de tal manera, que de la
+punzadura anda Calderón en un grito, boca arriba en el lecho, con un
+ojal en el costado que por poco es de pasión, lo que dudo mucho que
+llegue á ser de escarmiento. Salvóse por la caía la reina, que no menos
+que la reina anda en el lance, pero fué salvación de comedia de sustos,
+que no se sale de un peligro sino para caer en otro. El malaventurado
+cocinero del rey, hermano del fingido padre de nuestro mozo, se ha
+encontrado cogido por los enredos, y como es de pasta quebradiza y
+cicatera, ha cantado de plano, y vuestro hijo sabe quién es su padre y
+sábelo la corte, y sábelo todo el mundo, y lo único que ha sucedido á
+derechas y de lo que me alegro, porque el mancebo parece nacido con
+buena ventura, anoche le casó la reina con la hija del coronel Ignacio
+Soldevilla, que por ahí anda á las órdenes de vuecencia en los tercios
+de Nápoles. Y lo que más de espantar es, que siendo ella una dama de
+acero, donde se han mellado hasta ahora los dardos de Cupido (quiero
+decir, el diablo), es cera para su esposo, y le ama como si de encargo
+hubiera nacido para amarle, y está loca y encariñada con él, y él no
+acertando á mirar ni á ver más que á su doña Clara. ¡Vive Dios que los
+chicos me dan envidia, y que será gran lástima que tanta miel se
+acibare! Gran parte para evitar esta desdicha, será el apartar de la
+corte al recién casado, y que vuecencia le ponga bajo su mano, y nos
+marchemos de aquí todos; que vos, señor, lo conseguiréis con escribirle,
+y él se apresurará á obedeceros, que en cuanto á mí, he hecho cuanto he
+podido, metiéndome por sacarle de donde yo por mi voluntad no me hubiera
+metido. Pero me descuaderno y me voy de un lado para otro, y no puedo
+más, y á vuecencia recurro. Venga la orden por la posta, y cuanto antes
+logre yo poder decir á vuecencia lo que no es para escrito, sino para
+relatado, y aun así en voz baja y á puerta cerrada. Réstame por deciros,
+que el mozo es un oro, que si su sangre pudiese honrarse, la honraría, y
+que es gran pena, que en vez de ser hijo á trasmano, no lo fuese de mi
+señora la duquesa doña Catalina. Y como me tarda que ésta llegue á manos
+de vuecencia, abrevio el tiempo poniendo punto final.--Guarde Dios á
+vuecencia.
+
+ DON FRANCISCO DE QUEVEDO.»
+
+Plegó esta carta, la cerró, y se fué hacia doña Catalina.
+
+--¿Lloráis?--la dijo.
+
+--¿No os basta que os esconda mis lágrimas--dijo la condesa--, sino que
+venís á buscarlas?
+
+--Ellas me ahogan y ellas me dan vida. Llorado me vea por vos, yo, á
+quien no llorará nadie, y quiera Dios que por vuestro recuerdo, salgan
+de mi pecho las lágrimas que me hinchan.
+
+--¿Pero no volveréis?
+
+--No.
+
+--Pues... adiós...
+
+--Adiós...
+
+La condesa se quedó llorando; Quevedo salió atusándose el bigote
+distraído.
+
+--Si me ama--dijo--es feliz y no hay por qué dolerse... si no me ama,
+otro vendrá y le enjugará los ojos.
+
+Y haciendo un nuevo ademán que podía traducirse por la frase:
+_adelante_, enérgicamente pronunciada, salió á paso lento de la casa.
+
+Quevedo había tomado su resolución, y dejaba abandonado á tiempo un
+instrumento que ya no le servía.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LI
+
+EN QUE ENCONTRAMOS DE NUEVO AL HÉROE DE NUESTRO CUENTO
+
+
+El padre Aliaga salió del alcázar inmediatamente después de haberse
+turbado de una manera tan extraña, por el tío Manolillo, el almuerzo de
+la reina.
+
+El confesor del rey estaba aturdido con lo que le acontecía.
+
+El bufón había llegado á hacerse para él un gigante.
+
+Aquel hombre había leído en su alma.
+
+Aquel hombre había visto su fondo tenebroso.
+
+Además, el hombre que se había creído amado por la reina, don Juan
+Téllez Girón, el hombre por quien acaso la reina se interesaba, el que
+se había casado con doña Clara Soldevilla para cubrir acaso á Margarita
+de Austria; el recuerdo de aquel hombre, roía el alma del padre Aliaga.
+
+Porque el padre Aliaga, desesperado y loco, estaba celoso.
+
+Y los celosos desconfían de todo, y aun en el mismo sol ven sombras.
+
+El padre Aliaga hizo por lo mismo prender al cocinero mayor.
+
+Porque tenía celos.
+
+De modo que, el mísero de Francisco Martínez Montiño, estaba
+constantemente pagando pecados de otros.
+
+El alguacil del Santo Oficio le había llevado en derechura al convento
+de Atocha, le había metido en la celda, y se había quedado guardándole
+por fuera.
+
+Cuando se vió allí Montiño, respiró un tanto.
+
+--Vamos--dijo--, estos son asuntos del inquisidor general. ¿Pero y mis
+asuntos? aquel Cosme Aldaba metido en las cocinas... y había en mi casa
+un no sé qué... yo estoy en ascuas... ¡y cuánto tarda el padre Aliaga!
+¡Dios mío!
+
+Y el pobre Montiño tuvo que esperar más de tres horas, esto es, desde
+las ocho hasta las once, sin atreverse á moverse del rincón de una de
+las vidrieras de los balcones de la celda donde se había pegado, viendo
+cómo caía el agua continua sobre la tierra de la huerta.
+
+El ver llover da tristeza.
+
+El cocinero mayor, que tenía más de un motivo para estar triste, se puso
+más triste aún.
+
+Sus monólogos fueron tomando un no sé qué de insensato.
+
+Sus ojos miraban de una manera singular la compacta cerrazón del cielo,
+como si ella hubiera tenido una relación directa con el nublado que
+envolvía su alma.
+
+Acabó por adormilarse, que no eran para menos la inacción en que se
+encontraba, la insistencia de un mismo pensamiento, esto es, su casa y
+su cocina, y el lento, contínuo, incesante rumor de la lluvia.
+
+De repente le hizo volverse despavorido una mano que se apoyó
+fuertemente en su hombro.
+
+Encontró delante de sí al padre Aliaga.
+
+Pero no al padre Aliaga humilde, impenetrable, sencillo, sino á un varón
+pálido, ceñudo, cuyos ojos brillaban de una manera terrible, y tenían
+allá en su fondo algo que hizo temblar á Montiño.
+
+--¿Por qué no me trajísteis anoche el cofre de que hablamos?--le dijo.
+
+--¡Porque me lo robaron!--exclamó todo lagrimoso, asustado y
+empequeñecido el cocinero mayor.
+
+--¡Que os lo robaron!
+
+--Sí, señor... en la Cava Baja de San Miguel. Pero miento; no me lo
+robaron... es decir, sí me lo robaron...
+
+--Tranquilizáos, Montiño, porque estáis diciendo disparates.
+
+--Es que vuestra señoría me está mirando con unos ojos...
+
+El padre Aliaga comprendió que el cocinero mayor estaba bastante
+asustado para que fuese necesario asustarle más, y que seguir
+asustándole sería dar motivo á que no dijese una palabra con concierto.
+
+--Vamos, vamos; no os he hecho venir...
+
+--Perdone vuestra señoría; me han traído preso.
+
+--Pues bien, no os he mandado prender para manteneros preso, sino para
+que viniérais. No pretendo haceros mal alguno.
+
+--Así fueran todos como vos, padre, porque desde hace tres días todos me
+están haciendo daño.
+
+--Tranquilizáos, que yo os protegeré contra todos.
+
+--¿Y mi mujer y mi hija? ¿Y el galopín Cosme Aldaba? ¿Y don Juan de
+Guzmán?--dijo el cocinero recayendo en su pensamiento fijo.
+
+--Ya hablaremos de eso. Sentáos aquí, junto al fuego, que hace frío, y
+si tenéis apetito pediré de almorzar.
+
+--No; no, señor, he almorzado ya, y por cierto con buen apetito... y si
+no me encuentro al tío Manolillo que me animó...
+
+--¡Ah! ¿habéis almorzado con el tío Manolillo?
+
+--Sí; sí, señor... el tío Manolillo iba que centelleaba tras la
+comedianta, tras la Dorotea... que iba con el sargento mayor don Juan de
+Guzmán y se metió con ella en casa de doña Ana de Acuña.
+
+El cocinero mayor, fuese por temperamento, fuese por debilidad, fuese
+por cálculo, vomitaba todo lo que sabía.
+
+--¡Ah!--dijo el padre Aliaga, cuya fisonomía había vuelto á ser
+impenetrable y benévola--¿conque esa comedianta entró con el sargento
+mayor en casa de doña Ana?
+
+--Sí, señor.
+
+-¿Y el tío Manolillo?
+
+--Se entró conmigo en una taberna de enfrente, donde almorzamos.
+
+--¿Y luego?
+
+--Luego, el tío Manolillo se fué á la casa de doña Ana, llamó...
+
+--¿Luego conoce?...
+
+--Debe conocer, porque le abrieron.
+
+--¿Y vos?...
+
+--Yo me fuí al alcázar: llegaba á él, cuando me prendieron.
+
+--Os trajeron... Montiño.
+
+--Yo digo que me prendieron, y aunque alegué que tenía que estar á la
+mira del almuerzo de sus majestades, y evacuar otros negocios, el
+alguacil que me prendió, sólo me dejó dar una vuelta por las cocinas, y
+llevar á mi casa el cofre, el famoso cofre, que había dejado en una
+portería por irme con el tío Manolillo.
+
+--¿Pues no decíais que os habían robado el tal cofre?
+
+--Sí; sí, señor; me lo robaron.
+
+--¿Y cómo le recobrásteis?
+
+--No le recobré yo.
+
+--¿Pues quién fué?
+
+--Ese caballero, que no sé por qué razón acertó á venir con dos amigos
+por la Cava Baja, cuando ya se llevaban el cofre.
+
+--¡Don Juan Téllez Girón!
+
+--¡Ah! ¿sabéis ya cómo se llama?
+
+--Anoche le casé.
+
+--¡Que le casásteis!
+
+--Sí, con doña Clara Soldevilla.
+
+--Pero, señor, ese mancebo ha caído de pies en la corte, todas le aman.
+
+--Sigamos, sigamos--dijo el confesor del rey con voz ronca--. Le casé, y
+al pedirle su nombre, me dijo: don Juan Téllez Girón.
+
+--Como que lo sabía... como que abrió el cofre y dentro encontró
+papeles, y una carta del duque de Osuna, en la que le llamaba su hijo, y
+un tesoro en joyas y en buenos doblones de oro, que es lo que queda
+únicamente en el cofre, porque los papeles y las joyas se las llevó.
+
+--¿Y por qué no vinísteis?
+
+--Tenía miedo.
+
+--¿Qué hicísteis, pues?
+
+--Me volví á palacio, pero estaban las puertas cerradas, y me vi
+obligado á meterme con el cofre y con mis gentes en donde mis gentes me
+entraron, en una muy mala casa, señor, donde me dieron un jergón muy
+malo, y pasé una muy mala noche y luego me hicieron pagar un muy buen
+precio... desdichas y más desdichas... y cuando creía que iba á
+descansar, he aquí que me prenden en nombre del Santo Oficio, y me
+asusté, señor, porque sin que os ofendáis, el nombre del Santo Oficio
+mete miedo, y me entran y me encierran en vuestra celda.
+
+--De aquí saldréis libre y favorecido: pero me habéis de hablar con
+verdad.
+
+--Os diré cuanto sepa y más que supiere á trueque de que me amparéis,
+que bien he menester de amparo.
+
+--Antes de ir por el cofre consabido para traerle, ¿dónde estuvísteis?
+
+--En el convento, por la carta de la madre Misericordia.
+
+--¿Y luego?
+
+--Fuí á casa del duque de Lerma, pero su excelencia no estaba en casa.
+
+--¿De modo, que?...
+
+--Tengo todavía en el bolsillo la carta de la madre Misericordia para el
+duque, y otra carta de la misma madre para vos.
+
+--Dadme, dadme.
+
+--Tomad, señor.
+
+El padre Aliaga abrió la carta dirigida á él, y encontró todo el fárrago
+que nuestros lectores conocen.
+
+--¡Ah! ¡ah!--dijo el padre Aliaga para sí--; ¿conque la de Lemos y
+Quevedo mancillan los nombres de dos familias ilustres? ¡se aman!
+¡Quevedo es amigo de ese don Juan, y la condesa de Lemos es camarera de
+la reina!
+
+El padre Aliaga se quedó profundamente pensativo y guardó la carta de la
+abadesa.
+
+--Llevaréis esta otra al duque de Lerma--dijo el padre Aliaga
+devolviendo á Montiño la carta que la noche antes había escrito la madre
+Misericordia para su tío, bajo la presión del temor causado en ella por
+el Santo Oficio.
+
+El cocinero se levantó súbitamente, porque le tardaba en verse en
+libertad.
+
+--Esperad, esperad todavía.
+
+Montiño volvió á sentarse con pena.
+
+--Cualquier cosa que os suceda, la remediaré yo, y si no puedo
+remediarla, procuraré satisfaceros lo mejor posible.
+
+--¡Ah! ¡señor! ¡Dios se lo pague á vuestra señoría!
+
+--¿Para cuándo ha citado doña Ana de Acuña al duque de Lerma?
+
+--Al duque de Lerma, no--dijo en una suave advertencia el cocinero.
+
+--Al rey... eso es... es lo mismo... ¿cuándo debe ir el duque de Lerma á
+hacer el papel del rey en casa de esa mujer?
+
+--Tengo que avisarla.
+
+--Id á llevar esta carta al duque.
+
+Montiño se levantó de nuevo.
+
+--Si el duque os envía á casa de doña Ana, avisadme.
+
+--Avisaré á vuestra señoría de todo.
+
+--Y como vivís en palacio, procurad no perder nada en cuanto os fuese
+posible de cuanto haga ese don Juan.
+
+--Serviré fielmente á vuestra señoría.
+
+--Y como os quejáis de haber hecho gastos...
+
+--Yo no me he quejado, aunque los he hecho...
+
+--Tomad.
+
+El padre Aliaga abrió un cajón y sacó un centenar de escudos que dió al
+cocinero.
+
+--¡Ah! ¡señor!--dijo Montiño--; yo no tomaría esto, si no fuera porque
+estoy pobre.
+
+Y en aquellos momentos el cocinero mayor decía la verdad sin saberlo.
+
+--Id, id, que el día avanza, y tal vez os busquen.
+
+--No lo quiera Dios: y puesto que vuestra señoría no me necesita, voy...
+voy á dar una vuelta por mi casa...
+
+--Id con Dios.
+
+Montiño salió desolado.
+
+A pesar de que estaba asendereado y molido, de que llovía, de que el
+terreno estaba resbaladizo, de que hay una gran distancia desde el
+convento de Atocha á palacio, Montiño recorrió aquella distancia en
+pocos minutos.
+
+Cuando estuvo en la puerta de las Meninas, se abalanzó por las escaleras
+más próximas y subió á saltos los peldaños.
+
+Cuando llegó á su puerta, llamó.
+
+Nadie le contestó.
+
+Volvió á llamar y sucedió el mismo silencio.
+
+Entonces vió lo que en su apresuramiento, en la turbación, no había
+visto.
+
+Un papel pegado sobre la cerradura, en que se leía en letras gordas, lo
+siguiente:
+
+ NADIE ABRA ESTA PUERTA, DE ORDEN DEL REY NUESTRO SEÑOR
+
+Si hubiera visto la cabeza de Medusa, no hubiera causado en él tan
+terrible efecto como le causó la vista de aquel papel.
+
+Pero de repente se serenó y soltó una carcajada insensata.
+
+--¡Vamos, señor!--dijo--he perdido el tino; en vez de venirme á mi casa,
+me he venido á otra puerta.
+
+Y siguió el corredor adelante.
+
+Pero á medida que adelantaba se convencía de que estaba en el corredor
+de su vivienda.
+
+Entonces volvió á sobrecogerle el terror, y se volvió atrás, y volvió á
+llamar, pero de una manera desesperada.
+
+--¡Sí, sí!--exclamó--; esta es la puerta de mi aposento, y no hay nadie
+en él, y luego este papel sellado; ¡Dios mío!
+
+El cocinero mayor se agarró con entrambas manos la cabeza, como
+pretendiendo que no se le escapara, y de repente dió á correr y se entró
+en la cocina.
+
+Oficiales, galopines y pícaros, hablaban en corros.
+
+De repente, una voz desesperada, horrible, llamó la atención de todos.
+
+Aquella voz había gritado con una entonación que partía el alma:
+
+--¿Dónde está mi mujer? ¿dónde está mi hija?
+
+Por el momento nadie le contestó.
+
+Al fin, uno de los oficiales de más edad adelantó y le dijo:
+
+--Señor Francisco, es menester que vuesa merced tenga mucho valor.
+
+--¿Pero qué ha pasado?--gritó con más desesperación, con más miedo, con
+más horror Montiño.
+
+--Hace una hora se ha encontrado abierto el cuarto de vuesa merced y
+robado.
+
+--¡Robado!
+
+Y aquel robado, no fué un grito, sino un aullido, ni un aullido tampoco,
+porque no hay en ninguno de los sonidos que representan el dolor, el
+terror, la muerte, el fin de todo, la agonía, cuanto puede sentir y
+sufrir un ser humano, nada comparable al grito del cocinero mayor.
+
+Luego dejó caer los brazos y la cabeza, y repitió aquel _¡robado!_, pero
+de una manera ronca, grave, semejante á la preparación del rugido del
+león.
+
+Y luego, llorando como un muchacho á quien han roto su botijo, y teme la
+cólera de su madre, repitió la frase ¡robado! y dió á correr sin saber á
+dónde, como un gato espantado, tropezando en todo, dándose en las
+paredes.
+
+De repente se sintió asido como por unas tenazas de hierro, y lanzado
+dentro de un aposento.
+
+Luego se oyó la llave de una puerta, y le arrastraron á otro aposento.
+
+Y al fin Montiño se vió delante del tío Manolillo, que con los ojos como
+brasas, amenazador, terrible, le mostraba una escudilla de madera en la
+cual había algunos berros, y los muslos, las patas, los alones y el
+caparazón de una perdiz, todo verde, como los berros sobre que estaba.
+
+--¡Rezad á Dios por el alma de un difunto!--exclamó con voz concentrada
+el bufón--¡rogad á Dios! cocinero de su majestad.
+
+--¡Cosme Aldaba!--exclamó Montiño, y cayó de rodillas y con las manos
+juntas á los pies del bufón.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LII
+
+DE CÓMO EMPEZÓ Á SER OTRO EL COCINERO MAYOR
+
+
+«Un clavo saca otro clavo», se dice vulgarmente.
+
+Un nuevo terror disipó el anterior terror de Montiño.
+
+Aquella perdiz verde que le presentaba la inflexible mano del tío
+Manolillo, le devoraba, le mordía, le magullaba el alma, por decirlo
+así.
+
+Pálido, contraído, yerto, con la boca dilatada, los ojos fijos,
+desencajados, espantosos, los brazos extendidos, crispados los dedos,
+erizados los cabellos, temblando todo, estaba horrible por el terror que
+sentía; detrás de aquella perdiz verde veía un cadáver... el cadáver de
+la reina, y detrás del cadáver de la reina, los dos palos escuetos y
+rojos de la horca.
+
+--¡Infame Cosme Aldaba!--exclamaba con un acento indefinible--. ¡Infame
+Cosme Aldaba!... ¡él ha sido!... ¡yo no!... ¡yo no!... ¡no he parecido
+por las cocinas en dos días!
+
+--¡Pero habéis sido ciego... miserablemente ciego!...--exclamó con
+acento de desprecio y de cólera el bufón--habéis sido ciego, y por
+vuestra ceguera ese infame Guzmán ha podido volver loca á vuestra
+esposa... ha podido hacerla un instrumento de muerte... y todo por
+vos... por haber sido tonto.
+
+--¡Oh Dios mío! pero su majestad...
+
+--Esa perdiz se ha servido en el almuerzo de la reina--dijo el bufón.
+
+--¿Pero ese difunto... ese difunto de que hablábais?...--dijo Montiño
+levantándose.
+
+--Ha sido un paje.
+
+--¡Ah!--exclamó el cocinero--¡un paje!...
+
+--Sí, un paje que se ha comido las pechugas que habían quedado en los
+platos de la reina y del padre Aliaga.
+
+--El padre Aliaga está perfectamente bueno--exclamó con alegría el
+cocinero mayor.
+
+--¿Que está bueno el padre Aliaga?...
+
+--¡Sí, acabo de hablar con él!
+
+--¿Y la reina?... yo no me he atrevido á preguntar... no me he atrevido
+á hablar... pero el alcázar está tranquilo... ¡oh! ¡si hubiese querido
+Dios que el golpe se hubiese frustrado!...
+
+--¡Sí, sí, Dios lo habrá querido!...--exclamó el cocinero--¡porque Dios
+no querrá que nos ahorquen inocentes!
+
+La horca era el pensamiento fijo de Montiño.
+
+--¡Que nos ahorquen! ¡No, no puede ser! se ha perdido el rastro.
+
+--¡Que se ha perdido el rastro, y tenéis ahí en esa escudilla los restos
+envenenados de la perdiz!
+
+--Tenéis razón, tenéis razón, Montiño--dijo el bufón-; pero esto
+desaparecerá, desaparecerá, yo os lo juro.
+
+Y yendo á un negro fogón que le servía para condimentar su pobre comida,
+el tío Manolillo hizo fuego, y puso sobre él la escudilla de madera con
+los restos de la perdiz.
+
+--¿Y no queda más señal que esa?--dijo el cocinero viendo arder con
+ansiedad la escudilla.
+
+--No... el veneno sólo queda ahí... y en las entrañas del paje muerto...
+Pero, según he oído, se han llevado el paje á la parroquia sin que nadie
+sospeche; cuando le hayan enterrado....
+
+--¡Oh Dios mío! ¡Dios mío! ¡Pero mi mujer! ¡Mi hija!
+
+--¿Aún amáis á vuestra mujer?...
+
+--No la amo... no... pero siento una horrible sed de venganza... La
+miserable... la desagradecida... yo que la había sacado de la miseria...
+y luego el hijo que lleva en el seno...
+
+--Vos nunca habéis tenido hijos.
+
+--¡Cómo! ¿No es hija mía Inés?
+
+--Vuestra primera mujer os engañó, como os ha engañado la segunda.
+
+--¡Dios mío! ¡Dios mío!
+
+--De modo que debéis alegraros de que se os haya escapado.
+
+--¡Pero se ha escapado robándome!...--exclamó en una de sus
+acostumbradas salidas de tono el cocinero mayor.
+
+--¡Bah! consoláos; ya tendréis algún dinero empleado por ahí.
+
+--No tengo ni un sólo maravedí... había pensado retirarme.
+
+--Según me han dicho, ha quedado un cofre muy pesado, que se encontró en
+vuestro aposento, que los ladrones no pudieron abrir porque es de
+hierro, y que no se atrevieron á llevarse por su tamaño, en poder del
+mayordomo mayor.
+
+--¡En todo tiene suerte ese mancebo... mi sobrino postizo!--exclamó con
+una rabia angustiosa el cocinero mayor--; me roban á mí, encuentran su
+dinero en mi aposento cuando me roban y no pueden robarle á él. ¡Dios
+mío, Dios mío! me quedo solo en el mundo, y pobre y viejo.
+
+--En primer lugar, don Juan Téllez Girón, vuestro sobrino postizo, os
+debe todo lo que es. Vos habéis sido la causa de las casualidades que le
+han hecho esposo de doña Clara Soldevilla y favorito de la reina, y qué
+sé yo qué más cosas... pero ya se ha quemado la escudilla con lo que
+contenía, ya no queda rastro por aquí del veneno... el alcázar se me cae
+encima; salgamos... salgamos de aquí, Montiño.
+
+--Llueve que es una maldición. Llovía cuando llegó á Madrid mi
+sobrino... quiero decir, don Juan Girón; y yo tengo para mí que mientras
+llueva no cesarán las desdichas.
+
+--Ya veremos dónde nos metemos. Arregláos los cabellos y el vestido, que
+los tenéis desordenados, ponéos la capa y el sombrero, y vamos.
+
+Púsose el bufón una caperuza, envolvióse en una capilla, salió de su
+aposento con Montiño y cerró la puerta con llave, murmurando:
+
+--Ahí te quedas, terrible secreto; tú, aposento miserable del bufón, no
+hablarás, como tampoco hablará la tumba del paje. Vamos, Montiño, vamos;
+¿pero á dónde vais?
+
+--A las cocinas. ¿Queréis que cuando me veo arruinado, abandone el único
+recurso que me queda?
+
+--¡Dios ayude al bolsillo de su majestad!
+
+--¡Otros diez años de cocinero, solo, triste, viejo!... ¡Otros diez años
+para reunir la décima parte de lo que me han robado!--exclamó Montiño
+con desesperación.
+
+Y no habló una palabra más hasta llegar á las cocinas.
+
+Ni allí habló otras palabras, que las referentes al servicio.
+
+Lo miró todo, lo inspeccionó todo, dió órdenes, y todos le escucharon
+con un silencio terrible, con un silencio de espanto, porque á pesar de
+que el desdichado no decía una sola palabra de su desgracia, ni nadie
+se atrevía á recordársela, su rostro estaba espantoso.
+
+Se pintaba en él no sólo una desesperación profunda, sino el principio
+de una insensatez horrible.
+
+Sus miradas vagaban inciertas sobre los objetos, sus mejillas habían
+como enflaquecido, sus cabellos como blanqueado, habíase afilado su
+nariz, temblaba de tiempo en tiempo el mezquino, y repetía una misma
+orden, é iba de acá para allá, volviendo siempre á un mismo punto.
+
+Hasta su voz se había alterado.
+
+Cuando salió, el oficial mayor dijo en medio del silencio general:
+
+--¡Pobre señor Francisco! ¡está loco!
+
+Y aquella palabra _loco_ retumbó fatídicamente en las cocinas, repetida
+por todos.
+
+Entre tanto, Montiño decía, asiéndose al brazo del bufón:
+
+--Vamos á donde vos queráis--le dijo--; afortunadamente entre tanta
+desgracia la vianda del rey está lista, no falta nada y... no me
+despedirán... tendrán lástima de mí...
+
+--¡Infeliz!--murmuró enteramente desarmado el tío Manolillo.
+
+Y entrambos, en silencio, se encaminaron á la salida del alcázar.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LIII
+
+EN QUE SE DEJA VER CLARO EL BUFÓN DEL REY
+
+
+El tío Manolillo había aceptado la situación.
+
+Había comprendido que para dominar los sucesos necesitaba dominarse á sí
+mismo, y se había dominado.
+
+Para dominarse había hecho el siguiente raciocinio:
+
+--Según todas las apariencias, el plan de los asesinos ha fracasado; la
+reina ha comido muy poco, y es ya viejo aquello de que: poco veneno ni
+mata ni daña... podrá suceder que á la reina... pero en fin... ¿y qué me
+importa á mí la reina? ¿qué favores la debo? he cumplido con lo que Dios
+me manda, procurando evitar el crimen. Si no lo he denunciado con tiempo
+ha sido por excusarme de un proceso... de una prisión... de un tiempo
+perdido durante el cual no podría velar por Dorotea... por ella, que es
+todo lo que me interesa en el mundo... por ella, que es... mi vida, mi
+pensamiento único... á la que me he sacrificado, que es desgraciada...
+no, no; yo he debido conservar mi libertad á todo trance... he hecho
+bien en callar... el crimen ha pasado sin que nadie le conozca...
+Guzmán, el incitador de este crimen, está muerto... no puede
+traslucirse... puedo, pues, consagrarme entero á Dorotea. Francisco
+Montiño podrá darme luz acerca de ciertas cosas que yo no comprendo...
+es necesario que yo utilice á este nombre... que le ayude... para todo
+esto debo estar muy sobre mí... pues sobrepongámonos á todo.
+
+Después de este razonamiento consigo mismo, el semblante del bufón tomó
+su aspecto vulgar, su aspecto de todos los días, como podríamos decir.
+
+Pero no aconteció lo mismo á Montiño.
+
+Continuaba desencajado, contraído, fuera de sí.
+
+Bastaba ver su semblante para comprender su situación.
+
+--¡Mi dinero! ¡mi mujer!
+
+Esta era la exclamación que de tiempo en tiempo se escapaba de sus
+labios.
+
+Hécuba, la desventurada esposa de Príamo, la madre sin hijos, la reina
+esclava, no tuvo nunca el corazón tan desgarrado como lo tenía en
+aquellos momentos el infeliz cocinero de su majestad el rey don Felipe
+III.
+
+Cuando salieron del alcázar, continuaba lloviendo ni más ni menos que
+como tres días antes de entrar don Juan Girón en Madrid.
+
+Montiño no sintió la lluvia.
+
+Pero el bufón, que tenía sobre sí un dominio inmenso, apresuró el paso
+para ponerse cuanto antes á cubierto de ella.
+
+El cocinero mayor se quedó atrás.
+
+--¡Eh! ¡señor Francisco!--dijo el bufón--; ¿en qué pensáis? andad de
+prisa, amigo mío, andad de prisa, que necesitamos aprovechar el
+tiempo... y sobre todo... si queréis que se os haga justicia...
+
+--¡Que si quiero que se me haga justicia! pues ya lo creo; ¡á Dios la
+pido! ¡á Dios clamo por ella!... y estaré clamando hasta que la
+consiga...
+
+--Pues aligerad.
+
+--¿A dónde me lleváis?
+
+--A casa de otra alma desconsolada.
+
+--No hay alma más desconsolada que la mía.
+
+--¡Quién sabe, Montiño! ¡quién sabe! pero andad, andad.
+
+--¿Y quién es esa otra alma desconsolada?
+
+--Una mujer que está enamorada de vuestro sobrino.
+
+--¡Ah! ¿y quién es?
+
+--La Dorotea.
+
+--¡La querida del duque de Lerma!
+
+--Eso es.
+
+--¡Y esa mujer...!
+
+--Está loca por don Juan.
+
+--¿Y esa mujer puede...?
+
+--Ya lo creo... pero si os ayuda, será necesario que vos la ayudéis.
+
+Y el rostro del bufón, al decir estas palabras, tenía algo de terrible.
+
+--Vamos, pues, vamos--dijo Montiño alentando una esperanza--; ¿y está
+muy lejos la casa de esa comedianta?
+
+--No, no por cierto; en la calle Ancha de San Bernardo.
+
+--Pues he aquí que estamos en la plazuela de Santo Domingo.
+
+--Y dentro de poco estaremos á su puerta.
+
+En efecto, poco después el bufón llamaba á la puerta de la Dorotea.
+
+Salió á abrir Casilda.
+
+--¡Oh! ¡bien venido seáis, tío Manolillo!--dijo la joven--; no sabíamos
+qué hacer con la señora; está terrible. Entrad, entrad. Pero ¿quién es
+ese que viene con vos?
+
+--Es un amigo.
+
+--No creo que esté la señora en disposición de que nadie extraño la vea.
+
+--¡No importa! ¡no importa! entrad, señor Francisco, entrad--dijo el
+bufón viendo que Montiño se había detenido al escuchar la observación de
+la criada.
+
+--Vamos á juntarnos dos locos, por lo que veo--dijo entrando Montiño.
+
+Cuando entraron en la sala la encontraron revuelta; estaba llena de
+cofres abiertos, de trajes sobre los sillones, de objetos sobre las
+mesas.
+
+Todo aquello era rico, relumbraba, punzaba la vista con los vivos
+colores y lo brillante de las telas; era, en fin, un magnífico equipaje
+de comedianta pagado por un gran señor.
+
+--¡Ah!--dijo Montiño--, bien se conoce que aquí no ha habido ladrones.
+
+La Dorotea, destrenzados los cabellos, desarreglado el traje, iba de acá
+para allá pálida, sombría, llorosa, sin acuerdo de lo que hacía, obrando
+maquinalmente, irritada, poseída por una pasión tremenda.
+
+No vió ni al tío Manolillo ni á Montiño.
+
+El bufón adelantó, y en un momento en que la Dorotea estaba de pie,
+inmóvil, con la cabeza inclinada, sostenida sobre una de sus manos, con
+el otro brazo abandonado á lo largo del cuerpo, era un vivo trasunto de
+una estatua pagana, representando á una mujer maldecida por los dioses y
+meditando de una manera terrible, blasfema é impía, sobre la causa de su
+desgracia.
+
+El bufón se acercó á ella.
+
+--¿En qué piensas, hija mía?--la dijo.
+
+--¡Yo no sé!--contestó con acento de desesperación Dorotea.
+
+--¡Pero estos cofres, estas ropas!
+
+--Es necesario huir de aquí...
+
+--¡Huir! ¿y á dónde?...
+
+--¿A dónde? ¡No lo sé! ¡no he pensado en ello!
+
+Guardó un momento silencio, y luego dijo con un arranque de resolución
+terrible:
+
+--¡Sí; sí, sé á dónde! ¡á un lugar donde pueda ocultarme!... ¡donde
+nadie sepa que estoy!... ¡pero cerca de él! ¡cerca de ella! ¡á un lugar
+desconocido para todos, del cual pueda salir de noche, silenciosa,
+envuelta en mi manto... sola con mi venganza! ¡No sé dónde! ¡pero no
+importa! ¡cuando haya vendido todo esto!... ¡lo estoy sacando de los
+cofres para venderlo!... ¡cuando mis ricos trajes, mis perlas, mis
+diamantes, estén reducidos á dinero!... ¡porque para vengarme es
+menester dinero!... ¡entonces!... ¡entonces!... ¡saldré de esta casa...
+y encontraré donde ocultarme! ¡oh! ¡sí! ¡villano! ¡infame! ¡hacerme
+conocer el amor y abandonarme!
+
+--¡Pero no os ha robado!--dijo el cocinero mayor, que tenía el amor
+propio de creer que era la suya la desgracia mayor que podía acontecer á
+un mortal.
+
+--¿Que no me ha robado?--gritó Dorotea clavando en Montiño una mirada
+resplandeciente de fiereza, que hizo temblar al cocinero mayor--, ¿que
+no me ha robado? ¿y mi alma? ¿y mi corazón?
+
+--Os queda á lo menos dinero para vengaros.
+
+--Vamos, vamos--dijo el bufón--; esto es una locura, Dorotea... tú no
+has pensado, tú no has meditado.
+
+--Yo no puedo meditar, yo no quiero meditar; me basta saber que se ha
+casado con otra...
+
+--Debes, pues, despreciarle.
+
+--No se desprecia lo que se ama.
+
+--Lo mismo digo yo--exclamó Montiño.
+
+--Vos estáis sentenciado á no decir nunca más que necedades. ¿Qué tiene
+que ver lo que á vos os sucede?...
+
+--¡Pues podía sucederme más!... mi mujer, mi hija...
+
+--¡Cómo!--exclamó Dorotea--; ¿vos también, pobre señor, habéis sido
+ultrajado... abandonado... insultado?...
+
+--¡Oh! sí; sí, señora--dijo plañideramente Montiño--; abandonado...
+ultrajado y robado.
+
+--¡Vengáos!--exclamó roncamente Dorotea, saliendo de su inercia y
+continuando en su exhibición de trajes de los cofres á las sillas.
+
+--No, yo no quiero vengarme... si yo recuperara mi dinero...
+
+--¿Quién es ese?--dijo la Dorotea escandalizándose de que un hombre en
+tales circunstancias se acordase de otra cosa que de vengarse, y
+perdiendo de todo punto el miramiento al cocinero mayor.
+
+--Es Francisco Martínez Montiño--dijo el bufón.
+
+--¡Cómo! ¡su tío!
+
+--¿Tío de quién?--exclamó el cocinero...
+
+--De Juan Montiño.
+
+--De don Juan Téllez Girón, querréis decir, señora--dijo el cocinero
+mayor.
+
+--De Juan Montiño digo--repitió con impaciencia la Dorotea.
+
+--Juan Montiño, hija mía--dijo dolorosamente el tío Manolillo--, es don
+Juan Téllez Girón.
+
+Una palidez biliosa, lívida, terrible, cubrió las mejillas de la
+comedianta; sus ojos irradiaron una mirada desesperada, tembló toda, y
+exclamó con acento opaco:
+
+--¡Conque me ha engañado!... ¡conque me ha mentido!... ¡ya lo sospeché
+yo!... Quevedo le trajo ayer á mi casa... sí, sí, veo claro... muy
+claro... ¡ya se ve!... ¡como yo soy... ó era la querida del duque de
+Lerma!... ¡oh! ¡han querido tener en mí un instrumento!... ¡ese maldito
+don Francisco, que lee en el alma... que adivinó que yo me enamoraría de
+él... que me volvería loca por él!... ¡oh! ¿quién había de creer que
+Quevedo fuese tan villano? ¡oh! ¿quién había de pensar que un joven de
+mirada tan franca y tan noble, sucumbiría á tal bajeza... á tal
+crimen?... ¡enamorar á una pobre mujer que vive tranquila, resignada con
+su fortuna... hacerla odioso su pasado y desesperado su presente...
+matarla el alma!... ¡oh! ¡qué crimen, qué crimen... y qué infamia! ¡Es
+necesario que aunque yo me pierda se acuerde de mí! ¡Es necesario que yo
+me vengue!...
+
+--Sí, es necesario que te vengues--dijo el bufón, que enloquecía por
+Dorotea--; si no es necesario que me vengue yo...
+
+--¡Vos!--exclamó la joven--; ¡os ha hecho también desgraciado ese
+hombre!
+
+--¡Oh! sí, ¡muy desgraciado!
+
+--Vuestra desgracia, sea cual fuere, no puede compararse con la
+mía--dijo Dorotea, que tenía el doloroso egoísmo de creer que su
+desgracia era la mayor de las desgracias posibles.
+
+--¡Oye!--exclamó el bufón, asiendo de una mano á Dorotea--; oye... y oye
+tú sola--añadió llevándosela al hueco de un balcón, mientras Montiño,
+desvanecido por lo que sucedía, se dejaba caer sin fuerzas sobre un
+cofre cerrado aún--: oye, Dorotea, y sabe que tus desgracias son humo,
+viento, nada, comparadas con las mías.
+
+Y la mano del bufón estrechaba ardiente y calenturienta la mano de
+Dorotea, y sus ojos cruzados, encendidos, extraviados, se fijaban en
+ella con una ansia dolorosa, y en su boca entreabierta, por la que salía
+una respiración ronca, asomaba ligera espuma blanca.
+
+La joven se aterró al ver el aspecto del bufón, y quiso desasirse.
+
+--No, no; escucha--dijo el bufón--; es necesario que escuches: es
+necesario que conozcas el infierno que arde en mi alma... es necesario
+que lo conozcas para que comprendas que, á pesar de lo que acontece, de
+lo que te desespera, de lo que te hace creerte la más desventurada de
+las criaturas, tu infierno, comparado con el mío, es la gloria; tu
+amargura, comparada con la mía, es miel; tu desgracia, comparada con la
+mía, es una ventura envidiable.
+
+Y la voz del bufón al pronunciar estas palabras, era ronca, opaca, casi
+imperceptible, y á pesar de esto, era poderosa y marcaba todas las
+entonaciones, todas las gradaciones de la pasión.
+
+Dorotea le escuchaba muda, aterrada, dominada por aquella pasión viva.
+
+--Oye, la dijo el bufón--: yo amo.
+
+Y pronunció de tal manera estas palabras, miró de tal manera al
+pronunciar estas palabras á la joven, que ésta no pudo dudar que era
+ella á quien de una manera tan terrible amaba el bufón.
+
+Y ahogó un grito de espanto, y quiso desasirse.
+
+Pero el tío Manolillo la detuvo.
+
+--Yo amo--repitió con acento más concentrado--; amo con toda la
+desesperación de Satanás; mi amor es más ardiente, más terrible, más
+atormentador que el fuego del infierno: me consume, me abrasa las
+entrañas, es un tósigo de muerte que llevo consigo; un dardo envenenado
+que no puedo arrancarme.
+
+El bufón se detuvo para tomar aliento, porque de todo punto había
+enronquecido.
+
+--Oye, oye: yo he visto crecer una mujer, crecer desde la cuna; la
+arrebaté de los brazos de su infame padre.
+
+--¡Mi padre!--exclamó Dorotea.
+
+--El padre de aquella niña era un monstruo: la llevaba consigo para
+abandonarla; aquella niña sin mí hubiera ido al hospicio...
+
+--¡Ah!
+
+--Yo fuí para la desdichada madre de aquella niña un hermano: comí pan
+seco y duro, dormí sobre el suelo, anduve sin capa en el invierno, viví
+en una calurosa buharda en el verano, llevé mi ración entera, y mi
+soldada entera de bufón, á aquella pobre madre abandonada, y cuando poco
+después murió, empeñé mi soldada por muchos meses para comprarla un
+nicho en el panteón de la parroquia, donde durmiese tranquila.
+
+--¡Ah!--exclamó Dorotea.
+
+--La misma noche en que enterraron á Margarita... oye... oye bien,
+Dorotea, oye con toda tu alma porque... vas á oír una cosa horrible--y
+el rostro del bufón tomó toda la terrible expresión de un condenado--:
+cuando tu madre...
+
+--¡Oh! ¡no me había engañado!--exclamó la joven.
+
+--Sí... sí... tu madre... pero más bajo, más bajo... ¿no ves que yo
+devoro mi voz, cuando si estuviese solo rugiría?... cuando tu madre
+estuvo sepultada... es el nicho de la segunda hilera, junto al rincón,
+en la pared derecha de la puerta, conforme se entra... nunca olvido
+aquel nicho... cuando estuvo sepultada... parecióme que me quedaba solo
+en el mundo... no había amado nunca...
+
+--¡Amásteis á mi madre!
+
+--La amé... ¡oh! sí, como yo podía amar á una mujer que había conocido
+amando á otro, con toda mi caridad, y cuando digo con toda mi caridad,
+digo con todo mi corazón; la amé... ¡oh! sí, mucho, mucho... pero era un
+amor que no me inquietaba... porque nada quería... más que proteger á tu
+madre... consolarla, y protegiéndola y consolándola, y viéndola vuelta
+hacia mí como su único consuelo... mi amor recibía toda la recompensa
+que podía recibir... y al mismo tiempo... aquel amor puro, tranquilo...
+aquel cuidado de una pobre enferma, me alentaba... me reconciliaba con
+la vida... cuando perdí á tu madre, me encontré solo... salí del panteón
+con el corazón oprimido... por el momento no pensé en nada... pero
+luego... el frío de las noches de invierno, la lluvia, refrescan la
+sangre, y cuando la sangre que arde se refresca, el pensamiento se calma
+y la razón sobreviene... pensé y vi que no estaba solo en el mundo...
+que vivías tú... que te habías quedado sola en tu cuna... tenía una
+hija... una hija de quien Dios me encargaba... y yo no tenía dinero...
+no esperaba tenerlo en mucho tiempo, porque había empeñado mi soldada
+por mucho tiempo... para enterrar á tu madre.
+
+--¡Oh, Dios mío!--exclamó Dorotea.
+
+--¡Qué debía yo hacer!--exclamó con acento roncó el bufón--ampararte,
+criarte, velar por ti... y no tenía dinero... ¡el diablo á veces acude
+al auxilio de los desesperados y acudió al mío!
+
+Y el bufón soltó una carcajada opaca, silenciosa, horrible.
+
+Dorotea se sentía estremecida por un terror inexplicable.
+
+--Sí, sí--añadió el bufón--; el diablo acudió en mi socorro; al pasar
+por delante de una tienda cerrada... en Santa Cruz... sentí contar
+dinero... mucho dinero...
+
+--¡Ah!--exclamó Dorotea, que empezó á adivinar la horrible verdad.
+
+--Escucha, escucha--prosiguió el bufón--; no es eso sólo... no es
+solamente lo que tú has sospechado... es más horrible... y todo por
+ti... por ti...
+
+--¡Oh! ¡más horrible aún!--exclamó Dorotea.
+
+--Oye... Oye... el ruido tentador del oro me detuvo, me trastornó, me
+atrajo... y... me quedé inmóvil, pegado á la pared... cerca de aquella
+puerta... yo no sentía, no oía otra cosa que el ruido del dinero... y
+tras él me parecía escuchar tu llanto desconsolado... me parecía verte
+extendiendo tus bracitos... llamando á tu madre... ¡oh! ¡Dios mío!... yo
+no sé cuánto tiempo pasé de aquel modo... al fin aquella puerta... la
+puerta de la tienda se abrió y salió un hombre... la puerta se cerró y
+el hombre que había salido se alejó solo; yo le seguí... le seguí
+recatadamente... eran mis pasos tan silenciosos, que no podía oírme...
+era la noche tan obscura, que aunque hubiera vuelto la cabeza no hubiera
+podido verme... y una fascinación terrible, involuntaria, me acercaba
+más á aquel hombre... de repente aquel hombre dió un grito y cayó de
+boca contra el suelo... al caer se oyó un ruido metálico... el de un
+saco de dinero... luego se oyó crujir de nuevo aquel saco, y otro hombre
+dió á correr... el que había caído no volvió á levantarse... el otro no
+volvió á pasar jamás por aquella calle... tres días después estabas tú
+en las Descalzas Reales... porque yo... yo tenía oro... mucho oro... yo
+era rico... y podía criar bien á mi hija.
+
+--¡Matásteis por mí un hombre!...--exclamó Dorotea--¡algún desdichado
+padre de familia!
+
+--No sé quién era... ni aun oí hablar á nadie de aquella muerte... el
+tiempo ha pasado... pero aquella sangre... aquella sangre está cada día
+más negra é indeleble en mi conciencia. ¡Dicen que estoy loco! es
+verdad... ¡loco! y es muy razonable que yo esté loco... porque he
+sufrido mucho... mucho...
+
+El bufón se detuvo fatigado.
+
+Dorotea temblaba.
+
+--Oye... oye aún...--continuó el bufón--. Durante los primeros años de
+tu vida, te amé como á mí propio... más que como á mí propio... yo lo
+empleaba todo en ti... el oro que había robado... mi soldada... tú eras
+una pequeña dama... estabas mejor vestida, tenías más juguetes y más
+ricos que las hijas de gente noble y poderosa que se criaban en el
+convento... yo enloquecía por ti... porque tú eras para mí más que mi
+amor: eras el recuerdo de un horrible crimen... yo veía sobre tu pura y
+hermosa frente de ángel una mancha roja...
+
+--¡Dios mío!--exclamó Dorotea, exhalando un grito de espanto, mirando
+con terror al bufón--¡vos me habéis criado á precio de sangre humana, y
+vuestra maldición ha caído sobre mí!
+
+Y como Dorotea quisiese huir, el bufón la retuvo.
+
+--Espera, espera--la dijo--; aún no he concluído; llegó un día en que ya
+no fuiste una niña, sino una mujer, y una mujer hermosísima... entonces,
+sin poderlo evitar te amé...
+
+La Dorotea miró con espanto al bufón.
+
+--Te amé--continuó el tío Manolillo--como nunca he amado; ninguna mujer
+me parecía ni me parece tan hermosa como tú... y te he amado con ese
+terrible amor que no espera satisfacerse; con ese amor resignado al
+silencio, resignado al martirio; te amé y te amo de ese modo; he
+transmitido mi vida á ti y gozo cuando gozas, sufro cuando sufres. Tú
+sufres ahora y yo sufro también. Tú estás celosa de esa mujer, de esa
+doña Clara Soldevilla; yo también estoy celoso; tú amas á ese don Juan y
+ese don Juan no te ama... es necesario que ese don Juan sufra las mismas
+penas que nosotros sufrimos; es necesario que ese don Juan se desespere.
+
+--¡Ah!--exclamó Dorotea estremeciéndose--, ¡y qué terrible situación la
+nuestra!
+
+--¡Sí! ¡terrible, muy terrible! pero del mismo modo que nosotros la
+sufrimos, es necesario que otros la sufran. Es necesario que nos
+venguemos.
+
+--¡Y cómo! ¡cómo!--exclamó Dorotea.
+
+--Primero, oye... don Juan vendrá á verte.
+
+--¡A verme!--exclamó la joven poniéndose densamente pálida.
+
+--¿Ha obtenido algo de ti?
+
+--No.
+
+--Don Juan vendrá á verte; eres demasiado hermosa para que no vuelva;
+don Juan sabe que le amas... y querrá hacerte su querida.
+
+--¡Oh!--exclamó Dorotea.
+
+--A nadie le desagrada el que le amen dos hermosísimas mujeres. Don Juan
+vendrá, pretenderá engañarte...
+
+--Le despreciaré.
+
+--No, no le desprecies; desespérale.
+
+--¡Desesperarle! ¿y cómo?
+
+--¿De qué te servirá ser cómica, si no sabes ser cómica más que en el
+teatro? Cuando venga recíbele bien.
+
+--¿Recibir yo bien á ese traidor?...
+
+--La sonrisa en los labios y el odio en el corazón; porque tú debes
+odiarle, como odiarías á un ladrón, á un asesino, porque él te ha robado
+tu paz, él te ha matado el alma.
+
+--Yo no puedo aborrecerle; ¡yo le amo, yo le amaré siempre!--exclamó
+llorando Dorotea.
+
+--Más bajo, más bajo, que no nos oigan.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío! ¿y qué me importa todo?
+
+--Ese nombre que está ahí doblegado bajo su rabia, bajo su desconsuelo,
+como lo estamos nosotros, ese hombre, Dorotea, puede ser tu puñal.
+
+--¡Mi puñal!
+
+--¿No aborreces á doña Clara?
+
+--¡Oh! ¡sí!
+
+--¿No deseas que don Juan sufra como tú?
+
+--Sí, sí.
+
+--Pues bien, ese hombre que está ahí reducido á la nada, aniquilado, ese
+hombre es el cocinero de su majestad.
+
+--No os comprendo.
+
+--Doña Clara vive en palacio.
+
+--¿Y qué?...
+
+--Un plato de las cocinas del rey, puede bajar al aposento de doña
+Clara.
+
+--¡Oh! ¡sí! ¡es verdad! ¡yo me vengaré del desamor de don Juan!
+
+Y en los ojos de la Dorotea, apareció una mirada valiente, enérgica, en
+la cual, cosa extraña en aquella situación, había mucho de generoso y de
+sublime.
+
+--¡Oh! ¡y qué grato será hacerle llorar!--dijo el bufón.
+
+--¡Oh! sí, sí, es el último recurso, el último consuelo que queda á mi
+alma; hacer llorar á don Juan.
+
+--Pero para eso es necesario que le engañes.
+
+--Le engañaré.
+
+--Que le desesperes.
+
+--Le desesperaré.
+
+--Y para ello, que recojas esas ropas, que vuelva el color á tus
+mejillas, la risa á tus labios; que continúes siendo la querida de Lerma
+y la amante de Calderón; que representes como siempre... que vuelvas á
+ser la cómica.
+
+--Lo haré, lo haré; descuidad.
+
+--Empieza, pues, por secarte las lágrimas, como yo, mira; yo me las
+trago... yo me río... ¡ah! ¡ah! ¡qué buen chasco les vamos á dar!--dijo
+el tío Manolillo, saliendo del hueco del balcón y dirigiéndose al
+cocinero mayor:
+
+--¡Chasco! ¡chasco! ¿qué más chasco que lo que á mí me sucede?--exclamó
+Montiño llorando.
+
+--Pues de eso hemos estado tratando la Dorotea y yo; del chasco que
+vamos á dar á vuestra mujer, á vuestra hija... á los que os han robado.
+
+--¡De veras!
+
+--Dorotea... ya lo sabéis... es mucha cosa del duque de Lerma.
+
+--Y tanto--dijo la Dorotea que empezaba á representar su papel, que el
+duque hace cuanto yo quiero.
+
+--¿Y vos os interesaréis por mí?
+
+--Ya me intereso.
+
+--¿Y lograréis que mi mujer y mi hija sean castigadas, y que yo recobre
+mi dinero?
+
+--Haré cuanto pueda; tened por cierto que antes de mucho, una nube de
+ministros de justicia estarán buscando á los criminales.
+
+--¡Ah! ¡señora!
+
+--Debes escribir al duque--dijo el bufón.
+
+--En efecto, hace tres días que no le veo--dijo la Dorotea--; esperad,
+esperad un momento, voy á escribirle.
+
+Y se sentó junto á una mesa, tomó papel y pluma y escribió lo siguiente:
+
+«Señor mío: Hace tres días que no me honráis; ¿habré caído en vuestra
+desgracia? No lo creo; al menos no he dado motivo para ello. No me quejo
+como me quejaría en otra ocasión, porque sé que andáis muy seriamente
+ocupado y más de un tanto cuidadoso por la vida de nuestro buen amigo
+don Rodrigo Calderón. Pero, según entiendo, habéis salido bien de
+vuestros negocios y la vida de nuestro amigo no corre peligro. Debéis,
+pues, venir, dedicar algún tiempo á la que os ama tanto, señor, que no
+es dichosa sin veros.--Vuestra _Dorotea_.»
+
+Plegó y cerró esta carta la joven y la dió á Montiño.
+
+--Llevadla ahora mismo--le dijo--al duque de Lerma; le digo en ella que
+quiero verle, y cuanto más pronto le vea más pronto podré hablarle de
+vuestros negocios.
+
+--¡Oh, señora! ¡Cuánto os deberé si consigo recobrar mi dinero!--exclamó
+Francisco Montiño.
+
+--Pues id, id, amigo mío.
+
+--De todos modos, yo tenía también que ir á ver á su excelencia.
+
+--Pues adiós.
+
+--Adiós. Adiós vos también, tío Manolillo.
+
+--¡Ah! Id, id con Dios, señor Francisco, id con Dios, y hasta más ver.
+
+El cocinero mayor salió tambaleándose como un ebrio.
+
+Dorotea empezó á recoger en silencio sus joyas y sus trajes y á
+guardarlos en los cofres.
+
+Durante esta operación no habló una sola palabra.
+
+El tío Manolillo, sentado en un sillón, la miraba con ansiedad.
+
+Dorotea estaba serena; sus lágrimas se habían secado; sólo quedaba en su
+semblante, como vestigio de la pasada tormenta, una profunda gravedad.
+
+El bufón guardaba también silencio.
+
+Casilda y Pedro llevaron los cofres á su lugar y pusieron en orden el
+mueblaje.
+
+Dorotea entre tanto había cambiado de vestido y se había puesto en el
+hueco de un balcón á estudiar su papel de la comedia antigua, titulada
+_Reina Moraima_.
+
+--¡Oh! Tu calma me espanta, hija mía--dijo el bufón.
+
+--¿No me habéis dicho que debo ocultar el estado de mi alma para
+vengarme mejor?--dijo la Dorotea--; yo he creído bueno vuestro consejo y
+empiezo á representar mi papel; estoy tranquila, ya lo veis, y estoy
+tranquila porque estoy resuelta. Ya sé lo que puedo esperar, y para
+representar mi papel es necesario que continúe en mi vida de costumbre.
+Esta tarde tenemos un primer ensayo y es necesario que la dama sepa su
+papel. Estudio, ya lo veis; no podéis pedirme más.
+
+El bufón miró dolorosamente á la joven.
+
+En aquel momento entró Casilda.
+
+--Señora--dijo--, aquel caballero joven que estuvo aquí ayer acaba de
+bajar de una carroza y pide veros.
+
+--¡Ah! Ya sabía yo que vendría--dijo el bufón--; adiós, Dorotea, adiós,
+y mira lo que haces.
+
+--Id sin cuidado; ya os lo he dicho, estoy resuelta.
+
+--¡Adiós!--repitió el tío Manolillo, y salió por la puerta de la alcoba.
+
+--Que entre ese caballero--dijo Dorotea.
+
+Y puso de nuevo los ojos en su papel, tranquila, serena, como si nada la
+hubiera acontecido.
+
+Sólo la quedaban como vestigio de la tormenta dos círculos ligeramente
+morados alrededor de los ojos.
+
+Toda su fuerza de voluntad no había podido borrar aquellas dos señales
+de las lágrimas y del insomnio.
+
+Pero Dorotea sabía que tenía aquellas señales y estaba tranquila.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LIV
+
+CÓMO SABEN MENTIR LAS MUJERES
+
+
+Don Juan entró con recelo; esperaba un recibimiento terrible.
+
+Pero se sorprendió al ver que Dorotea se levantaba solícita, salía á su
+encuentro y le abrazaba.
+
+--¡Oh y cuánto me habéis hecho padecer! ¡Cuánto me habéis hecho llorar,
+señor mío!--le dijo con toda la ardiente expresión de su alma--; venid,
+venid que os vea; ya sé, ya sé que no os han herido... pero vuestro
+lance con don Bernardino... ¡No haber vos venido anoche! ¡Y luego como
+yo no sé dónde vivís!...
+
+--Vivo en palacio--dijo con turbación don Juan.
+
+--¡Ah! ¿Vivís en palacio... con vuestro tío?... Me alegro... Y por lo
+visto vuestro tío es un buen tío; me ha dicho Casilda que habéis venido
+en carroza... y vuestro traje, vuestras alhajas, ¡oh, y qué hermoso y
+qué gentil y qué galán venís!... Cada día os amo más... y me alegro, me
+alegro de que vuestro riquísimo tío emplee sus doblones en vos con tanta
+magnificencia... prefiero que no me debáis nada... porque así sabré que
+me amáis por mí misma... no podré ofenderos en nada ni aun desconfiar de
+vos.
+
+Miró don Juan de una manera franca y valiente á Dorotea.
+
+Aquella mirada estuvo á punto de hacer llorar á la joven.
+
+--¡Ah, no; vos no podéis engañarme!--dijo ésta--, ya lo sé, y por eso
+confío en vos.
+
+--Escuchadme, señora, y suceda lo que quiera; sabed todo lo que debéis
+saber: yo no soy sobrino de Francisco Martínez Montiño.
+
+--¡Ah! ¿No sois sobrino... del cocinero mayor de su majestad?
+
+--No; soy hijo bastardo del duque de Osuna.
+
+--¡Oh, me alegro, me alegro!--exclamó fingiendo la alegría más verdadera
+la Dorotea; vos no debíais ser hijo más que de un gran señor.
+
+--Pues me pesa, señora, de no ser verdaderamente hijo del honrado
+hidalgo á quien he tenido por padre hasta anoche.
+
+--¡Ah!--exclamó la comedianta--; ¿conque es decir que cuando me
+dijísteis que érais sobrino del cocinero mayor del rey me dijísteis la
+verdad?
+
+--Nunca he pretendido engañaros; anoche, por un acaso, el mismo
+Francisco Montiño me dió ocasión de conocer mi nacimiento.
+
+--¿Y dónde pasásteis la noche, señor mío? Yo os estaba esperando.
+
+--Es necesario que yo os lo diga todo.
+
+--¿Tenéis más que decirme?
+
+--Ciertamente; vuestra hermosura, y un no sé qué inexplicable que existe
+en vos, que me obligó á amaros desde el momento en que os vi, tuvo la
+culpa de que yo, no conociéndoos bien, os haya engañado.
+
+--¡Ah, me habéis engañado!...
+
+--Y de una manera grave.
+
+--¿Pero en qué? ¿Cómo?
+
+--Soy casado.
+
+--¿Y eso qué importa?--dijo la Dorotea, cuyo semblante no se alteró.
+
+--¡Cómo! ¿No os importa nada que yo sea casado?--dijo don Juan, que
+sintió un vivo impulso de despecho.
+
+--No, porque no había de haberme casado con vos.
+
+--Sin embargo...
+
+--Porque nunca hubiera sido vuestra querida.
+
+--¡Ah! ¿Es eso cierto?
+
+--Certísimo.
+
+--¿Es decir, que os soy indiferente?
+
+Y el joven pronunció estas palabras con un acento tal y tan doloroso,
+que Dorotea sintió que su amor crecía; se sintió amada; sin embargo,
+conservó su severidad.
+
+--No; vos no me sois indiferente; no, ¡Dios mío! Por el contrario, sois
+el único hombre á quien he amado, el que ha encontrado mi corazón
+virgen... pero por lo mismo, porque sólo mi corazón estaba puro, os amo
+con pureza... por eso yo, querida del duque de Lerma, querida de don
+Rodrigo Calderón, mujer perdida, no quiero arrastraros hasta el fango
+donde está mi cuerpo; os doy mi alma, mi alma entera y nada más; ¿qué me
+importa que seáis casado? ¿Qué me importa que no me améis si yo os amo?
+
+--¡Dorotea!
+
+--¿Os ama tanto como yo vuestra mujer?
+
+--¡Oh, qué pregunta!
+
+[imagen: Don Juan Girón.]
+
+--Es que yo quiero, es que yo deseo que os ame, no más que yo, porque
+eso es imposible, sino tanto; yo sé bien que siendo vuestra esposa, será
+digna de serlo...
+
+--¡Oh, sí!
+
+--¿Y quién es? ¿La conozco yo? Decidme su nombre.
+
+Fué la primera situación difícil en que se encontró después de casado
+don Juan; creía profanar el nombre de su esposa y tartamudeó algunas
+palabras en una torpe excusa; Dorotea vió lo que pasaba en el alma de
+don Juan.
+
+--Pronunciad, pronunciad sin temor el nombre de esa señora--dijo
+Dorotea--; no es la comedianta, no es la mujer perdida quien os lo
+pregunta, no es tampoco la mujer celosa; es vuestra hermana, vuestra
+buena hermana, que porque os ama, ama á la mujer que os ama y es también
+hermana suya; decidme su nombre.
+
+--Doña Clara Soldevilla--contestó don Juan con acento opaco.
+
+--¡Ah, la famosa menina de la reina! Famosa por su virtud y por su
+hermosura... pero no se decía que esa señora fuese casada... no os
+extrañe que yo la conozca; yo trato á la gente más principal de España;
+mi retrete en el teatro y mi casa, están frecuentados por lo más rico,
+por lo más noble; como delante de mí se habla sin empacho, he oído
+hablar mucho de doña Clara, ponderan su hermosura, y al mismo tiempo su
+desdén para con todo el mundo. Dicen que el rey--Dorotea bajó la
+voz--dicen que el rey ha amado á doña Clara; que ha tenido empeño; que
+ha enviado á Nápoles al coronel Ignacio Soldevilla, para dejarla más
+aislada; pero que, á pesar de esto, el rey se ha llevado chasco. A tal
+altura ha llegado la virtud de vuestra esposa, que la llamaron la
+_menina de nieve_; ¡oh, me alegro mucho!... Cuando esa señora se ha
+casado con vos debe amaros mucho, muchísimo, con toda su alma, con todo
+su corazón, con todo su deseo. Debéis haberla vuelto loca, don Juan; es
+la única mujer que conozco digna de vos, y me alegro... ¡oh, sí, me
+alegro!... Y la amo porque os ama y me alegraré de tener una ocasión en
+que demostrarla dignamente mi amor.
+
+--¡Oh! No os comprendo Dorotea... yo creía...
+
+--Habéis creído mal... yo no podía casarme con vos; yo no podía daros
+esa suma de encantos, de nobleza, de dignidad que os ha dado vuestra
+esposa; yo era, yo soy una mujer perdida para el amor; lo he conocido al
+conoceros... al amaros he comprendido que no debía ser para vos lo que
+he sido para otros... quería ser más... quería ser... vuestra hermana...
+vuestra hermana del corazón... oíd... no vendréis á mi casa... no... eso
+se sabría... creerían que yo era vuestra querida... lo sabría vuestra
+esposa, porque conoce á muchas gentes, y entre esas gentes, que son como
+todas, las hay sin duda que se gozan en la desgracia ajena... esto es
+odioso, pero es verdad; por recatadamente que viniérais á verme, alguien
+os vería... ya lo creo... os sentirían mis criados... y mis criados...
+lo dirían, porque los criados lo dicen todo... no, no debéis, no podéis
+venir á mi casa, porque no podéis, no debéis herir el corazón de vuestra
+esposa.
+
+--¿Qué hay en vuestras palabras, Dorotea, que las hace para mí agudas y
+afiladas como un puñal?
+
+--Hay, que no me conocéis bien: hay vuestro recelo... ¡creéis que yo
+estoy ofendida de vos!
+
+--Debéis estarlo.
+
+--Lo estaría si os hubiéseis casado con otra mujer.
+
+--Una mujer que ama no cede á ninguna su amor.
+
+--No, su amor no; pero si ama de veras, si ella no puede hacer la
+felicidad del hombre amado, se alegra de que otra mujer la haga; la ama
+porque ella es la paz del corazón del hombre á quien ama.
+
+--Tenéis mucho ingenio.
+
+--Si le tengo está en mi corazón.
+
+--Entre tanto me prohibís que venga á vuestra casa.
+
+--¿Y para qué queréis venir?
+
+--¡Dorotea! yo no sé lo que pasa por mí; yo estoy loco.
+
+--¡Loco! sí... debéis estarlo... loco de felicidad.
+
+--No, no; loco de desesperación.
+
+--¿Y por qué? ¿no sois afortunado? la mujer más pura y más hermosa y más
+codiciada de la corte os ama. La comedianta que á todos enamora, que á
+todos desespera, y que tiene buen corazón, es... vuestra hermana. Ella
+os da en su hermosura, más de lo que puede soñar el enamorado más loco;
+en su amor un cielo; yo os doy mi alma dolorida y triste, mi pobre alma
+desterrada y sedienta; os amo con toda esa alma desventurada, y sólo
+tengo ojos y corazón y oídos para vos. ¿Qué más queréis?
+
+--¡Yo no os conocía! vos habéis amargado mi felicidad.
+
+--¡Que he amargado yo...! ¡que puedo yo amargar vuestra vida! ¡oh! ¡no
+me lo digáis, no! ¡eso me desesperaría! ¡eso no puede ser! ¡eso no es!
+
+--Yo no podía comprender... no, no podía comprender que de repente, á
+primera vista, pudiese el corazón interesarse de tal modo...
+
+--¡Ah! decidme... me interesa conocer vuestro corazón. ¿Vais á ser
+franco y leal conmigo?
+
+--Os lo prometo.
+
+--Decidme: ¿qué efecto os causó doña Clara Soldevilla la primera vez que
+la vísteis?
+
+--No lo sé.
+
+--¡Pero experimentaríais algo al verla!
+
+--Un deslumbramiento, una ofuscación, un no sé qué... luego... luego la
+casualidad me puso junto á ella... y mi alma entera fué suya... no, mi
+alma entera, no... ha quedado en ella un lugar para vos...
+
+--No, no sois franco... ¿os inspiró deseo doña Clara?
+
+--No.
+
+--¡Ah! no os inspiró deseo; ¿y deseásteis volver á verla?
+
+--Deseé... deseé tenerla siempre á mi lado, vivir en su vida.
+
+--Y no sobrevino el deseo...
+
+--No.
+
+--¿Y os habéis casado...?
+
+--Con el alma llena de felicidad.
+
+--¿Y la habéis hecho vuestra, con transporte, enloquecido?
+
+--No, con miedo...
+
+--¡Con miedo!
+
+--Sí, con miedo por vos.
+
+--¡Ah! ¡yo! ¡siempre yo!
+
+--La posesión de doña Clara no podía hacer que yo olvidara, que yo
+arrojara de mí esta fascinación poderosa que me causáis...
+
+--Ya que hemos llegado á mí, decidme, decidme, ¿qué impresión causé en
+vos?
+
+--La impresión ardiente de una hermosura divina; yo no había visto unos
+ojos que tuviesen la hermosura, el poder, el dulce fuego que hay en
+vuestros ojos... y luego vuestros ojos, al arrojar sobre mí su primera
+mirada, exhalaron instantáneamente una mirada de sorpresa, y luego una
+mirada de atención, y luego una mirada que me dijo claro, claro, como me
+lo podrían decir vuestros labios: soy tuya, tuya, cuando quieras, tuya
+toda, cuerpo y alma, corazón y vida... pude engañarme; pero yo leí eso
+sin quererlo en vuestros ojos, lo leyó mi alma, y mis ojos debieron
+deciros lo mismo...
+
+--Sí, sí; ¿y no os han dicho lo mismo los ojos de doña Clara?
+
+--¡Ah, sí, sí!, pero al decirme sus ojos soy tuya, había en ellos
+alegría, confianza.
+
+--¡Pureza! ¡decidlo de una vez! ¡y en los míos debió de haber dolor,
+vergüenza!
+
+--¡Dorotea! ¿por qué os he visto?
+
+--¡Por qué! porque Dios es bondadoso y justo, porque Dios sabía que mi
+alma estaba sedienta de amor y en vos me lo ha dado.
+
+--Y á mí me ha dado en vos un remordimiento.
+
+--No, no lo creáis; escuchad: doña Clara me hace un gran bien; doña
+Clara hace imposible el que yo me arroje en vuestros brazos; de la única
+manera que puedo ser feliz es sufriendo por vos, teniendo celos...
+viendo que vos los tenéis.
+
+--¿Qué decís?..
+
+--Oíd... mi primera mirada de amor para vos, fué una mirada impura,
+¿sabéis por qué?... por que vi en vuestros ojos el alma que yo anhelaba
+encontrar; porque vi en vos una hermosura que me enlanguidecía, que
+absorbía mis sentidos, que llenaba mi corazón; sentí un dolor agudo,
+porque, como doña Clara, no podía deciros: eres mi primero y último
+amante... ya lo sabéis.. yo, que hubiera sido vuestra cuando vos
+hubiérais querido, no lo seré nunca...
+
+--¿Y si no me hubiese casado?...
+
+--Si no os hubiérais casado... sí, vuestra... vuestra; por lo mismo me
+alegro de vuestro casamiento... me alegro de ese imposible puesto entre
+los dos.
+
+--Pero sois desgraciada... ó no me amáis como decís...
+
+--Os amo más... mucho más... ¿no notáis que cuando estoy á vuestro lado
+soy feliz?
+
+--¡Asoman las lágrimas á vuestros ojos!
+
+--Puede ser... puede ser... sí, es verdad; que queréis... ¡soy tan
+infeliz!--Y la pobre Dorotea se desplomó, lloró y se cubrió el rostro
+con las manos.
+
+--¿Y queréis que no tenga remordimientos?
+
+--No los tengáis.
+
+--¡Os he hecho desgraciada, sin poderlo evitar!...
+
+--¿La amábais?...
+
+--Debéis aborrecerla... y ella...
+
+--¡Ella! ¿sabéis lo que ella haría conmigo? si os ama como yo creo, como
+indudablemente os ama, me mataría...
+
+--Como vos la mataríais á ella...
+
+--Yo... yo... ¡Dios mío! yo no... no... porque sería mataros á vos...
+sí, mataros... estáis loco por ella... y yo no quiero mataros... no...
+de ningún modo... no quiero que sufráis...
+
+--Nos encontramos en una situación muy difícil... muy grave.
+
+--No... suframos cada cual... pero no sufráis más de lo que
+inevitablemente debáis sufrir, porque ya no tiene remedio... no agravéis
+el mal, llevándole á vuestra casa... no vengáis á la mía.
+
+--No habéis podido sostener vuestra serenidad; habéis llorado; el
+castillo de vuestra firmeza se ha venido á tierra... el verme unido á
+otra os mata... y eso... eso me rompe el corazón.
+
+--Eso ya no tiene remedio; doña Clara os ha inspirado ese amor puro,
+noble, intenso, ese amor del alma del que yo hubiera querido ser digna;
+doña Clara es para vos vuestra hermana, más que vuestra hermana, porque
+es vuestra amante. Yo soy para vos ese demonio tentador que embriaga,
+que no se puede apartar de la memoria, que no merece ser amado y que no
+se ama, pero que se desea, que se desea con una sed insoportable, que
+hace arder nuestra cabeza en una fiebre dolorosa, y gemir nuestro pecho
+que respira mal, que está dolorido... y al mismo tiempo soy para vos la
+pobre mujer que ningún mal os ha hecho, á quien veis sufrir de una
+manera desesperada, cuyas lágrimas no podéis secar, cuyo corazón no
+podéis dilatar, cuya agonía no podéis curar; un deseo vehemente... una
+compasión profunda... eso es lo que yo inspiro... ¡amo! ¡amor! ¡oh!
+
+--¡Me estáis desgarrando el alma, Dorotea!--exclamó dolorosamente don
+Juan.
+
+--Lo siento, y esto me hace más desgraciada; daría yo porque me
+olvidárais mi eternidad.
+
+--Escuchadme--dijo don Juan tomando á Dorotea una mano que ardía y que
+al sentir la mano del joven tembló.
+
+--Decid.
+
+--Cerremos los ojos á todo. Lo sucedido no tiene remedio. Olvidáos de
+que me he unido á doña Clara.
+
+--No puedo olvidarme... por ella misma... por vos.
+
+--No os entiendo.
+
+--No debéis venir á mi casa, os lo repito.
+
+--¡Ah! ¡vos os vengáis!
+
+--Justo sería; pero no me vengo, no me puedo vengar. Me domináis, no me
+pertenezco, porque os pertenezco entera, porque soy lo que vos queréis
+que sea.
+
+--¡Dorotea! ¿conque pretendíais engañarme?
+
+--Mentía al hablaros de... de qué sé yo... porque no me acuerdo de lo
+que os he dicho que no sea mi amor, y mi humildad á vos, que sois dueño
+de mi alma y de mi voluntad... pero esto no impide el que comprenda que
+vos olvidáis, arrastrado por mí... lo que no debéis olvidar... yo no
+puedo olvidarme de vuestra felicidad... yo que os amo, no puedo
+exponerla... por eso os digo que no vengáis á mi casa... es necesario
+que vuestra esposa no lo sepa... no por mí... sino por ella misma... por
+vos... si viniérais... lo sabría... si lo supiera... ¡Oh, si se viese
+engañada!... ¡Si los celos la extraviaran... si en un momento de
+despecho quiere vengarse dándoos celos por celos... infamia por
+infamia!...
+
+Don Juan se levantó como herido por una punta envenenada.
+
+--Es necesario evitar que eso suceda; pero nos volveremos á ver... sí,
+nos volveremos á ver... siempre que podamos, sin causar sospechas; en
+lugar retirado, donde nadie nos vea, donde nadie nos conozca; yo...
+guardaré vuestro secreto... no os hablaré jamás de ella... no me
+hablaréis de ella vos... nos veremos mientras vos queráis que nos
+veamos... después... después... si me abandonáis... yo os veré... iré
+cubierta con mi manto á la iglesia donde vos vayáis... cuando
+represente, si estáis en el teatro, yo os haré conocer sin que nadie lo
+conozca, que represento para vos; mi pensamiento será siempre vuestro...
+os lo juro... pero ahora idos. Habéis estado demasiado tiempo. Una
+recién casada encuentra siempre largas las horas que está separada de su
+marido.
+
+--¡Ah!
+
+--¿Queréis que sea menos desgraciada, don Juan?
+
+--¡Que si quiero! ¿y me lo preguntáis?
+
+--Pues bien; sed feliz...
+
+--No os comprendo.
+
+--En doña Clara tenéis el alma, tenéis esa dulce y casta compañera, el
+ángel del hogar; no llevéis á vuestra casa la tristeza; en mí tenéis la
+mujer que enloquece, la mujer que embriaga; no traigáis á mis brazos el
+remordimiento; resignémonos á nuestra suerte. No sufráis por mí, porque
+cuando yo conozca que no sufrís, que sois completamente feliz, yo seré
+menos desgraciada.
+
+--No sé qué contestaros; no sé qué deciros...
+
+--Yo sí, yo sé lo que os tengo que decir... ¡os amo! ¡os amo! más que
+ayer, más á cada momento; ¡os amo! ¡muero por vos! ¡pero idos! volved
+tranquilo á vuestra casa... yo os avisaré... y nos veremos.
+
+Don Juan hizo un esfuerzo y salió.
+
+Dorotea se quedó mirando de una manera imposible de hacer apreciar á la
+puerta por donde había salido el joven, y no reparó en que apenas aquél
+había desaparecido, el bufón había abierto las vidrieras de la alcoba,
+había adelantado en silencio, y se había sentado en la alfombra á los
+pies de Dorotea.
+
+No había querido salir por la puerta de escape, y lo había oído todo.
+
+--¡Eres mujer perdida!--dijo con voz ronca.
+
+Al sonido de la voz del tío Manolillo, Dorotea dejó de mirar á la
+puerta, y miró al bufón.
+
+La ansiosa, la profunda mirada de éste, la estremeció.
+
+--Sí, soy una mujer despreciable--dijo contestando á las palabras del
+bufón.
+
+--No; no he querido decir eso--dijo el tío Manolillo--. Quiero decir que
+te has perdido. No has sabido empezar á vengarte... á vengarte de una
+manera horrible.
+
+--¿Qué hubierais hecho vos en mi lugar?
+
+--¿Qué hubiera yo hecho?--exclamó el bufón sonriendo de una manera
+espantosa, y dejando ver su blanca dentadura que se entrechocaba.
+
+¿Qué hubiera hecho yo?
+
+Y se encogió, se dilató su pecho, y lanzó un aliento que rugía,
+poderoso, ardiente, indicio de la horrible lucha que conmovía su alma
+destrozada.
+
+--Sí, sí--dijo impaciente Dorotea.
+
+--¿Yo? ¿qué hubiera hecho yo? ¡dar mal por mal y con creces, con
+horribles creces! primero... en el primer momento se me ocurrió matar...
+cuando me hieren, lo primero que se me ocurre es matar; pero después...
+la reflexión, la calma,.. ¡matar! ¡hacer morir! ¡es decir, exterminar!
+¡no, no! ¡es poco! yo creía que tenías más alma... y tienes el alma
+débil... no has sabido sacrificarte para sacrificarle... para
+sacrificarla á ella...
+
+--¡Oh! ¡ella! ¡ella! pensar que ella le posee por completo, delante del
+mundo, con la frente alta, siendo su orgullo...
+
+--Tienes que contentarte con matarla... y esto es poco, muy poco.
+
+--¿Pero qué hubiérais vos hecho?
+
+--Le he estado observando desde allí, temblaba, temblaba estremecido de
+deseo... sus ojos devoraban tus ojos, se fijaban en tu cuello, en tu
+seno... sufría... está loco por ti... no te ama... tiene hambre de ti y
+nada más.
+
+--¡Eso es mentira!
+
+--¡Pobre loca! porque ella le ama, porque le ama con toda su alma, cree
+que él... ¡él! lo más puro que él siente por ti, es lástima... y eso es
+humillante...
+
+--¿Pero qué queríais que hubiera hecho?
+
+--¡Qué! mantenerme firme, hacerle comprender, aunque fuera mentira, que
+te importaba poco que se hubiera casado... empezaste muy bien... yo
+estaba diciendo allí, detrás de los cristales... ¡qué buena cómica es mi
+hija!... ¡qué pobre hombre es ese don Juan! ¡pero luego lo has echado
+todo á perder, le has dejado ver tu desesperación, y se gozaba en ella
+sin saberlo! ¡oh! ¡qué felicidad tan incomprendida es para algunos
+hombres, magullar á una pobre mujer como el gato que magulla á un ratón!
+¡Oh! ¡cuán felices, cuán felices son algunos hombres, y qué poco merecen
+su felicidad!
+
+La excitación febril del tío Manolillo asustó á Dorotea, la asustó por
+don Juan; comprendió que debía engañar al bufón.
+
+--Veamos qué hubiérais vos hecho mejor, qué he debido yo hacer.
+
+--Oye: el hambre pasa cuando se satisface, pero cuando no, se irrita; el
+que muere de hambre... el que muere de hambre, no niega nada al que le
+ofrece un pedazo de pan.
+
+--Seguid, seguid, me parece adivinaros; veamos si me he engañado.
+
+--Tú irás misteriosamente á ver á ese hombre. Debes ir. Yo te buscaré el
+lugar.
+
+--¡Ah! no, no--dijo Dorotea.
+
+--Bien, no insisto... no quieres ser expiada... no quieres sermones...
+bien, mejor... buscarás un lugar retirado: lo embellecerás, lo
+perfumarás, enloquecerás en él con tu don Juan; te resignarás á todo, lo
+olvidarás todo, porque le amas con el amor más humilde del mundo; tu don
+Juan, esperará impaciente los primeros días la hora de verte; le será
+muy cómodo lograr tus amores sin que lo sienta la tierra, sin que pueda
+tener celos su doña Clara; después, á medida que vaya pasando el tiempo,
+le parecerás menos hermosa, y esperará con menos impaciencia la hora de
+verte; luego irá por ir, por lástima, te hará esperar, después le
+esperarás en vano algunos días, y te volverás á tu casa, humillada,
+desesperada, celosa, al fin y al cabo te abandonará, hastiado de ti...
+
+--¡Oh!
+
+--Matarás á doña Clara; puedes matarla... pero esa no es la venganza que
+tú necesitas...
+
+--Seguid--dijo Dorotea, con el alma helada, por decirlo así--. Decidme,
+¿de qué otro modo más horrible me puedo vengar?
+
+--¿De qué otro modo? Oye: procura buscar un retiro á propósito; el lujo,
+las pinturas, los perfumes, todo esto favorece á una mujer y la hace más
+hermosa, cuando es tan hermosa como tú; vístete, además, como te vistes
+cuando quieres que el público te aplauda sólo al verte: los hombros
+desnudos, los brazos desnudos; perlas en el cuello; diamantes en los
+brazos, y en la cabeza flores; una corona de flores es lo mejor que
+puede llevar una mujer hermosa; allí, en aquel hermoso gabinete, más
+hermosa tú por tu atavío, una cena exquisita; vinos... pero tú no
+bebas... no bebas... conténtate con arrojar sobre él la doble embriaguez
+de tu hermosura y de licores... y en medio de todo esto... desespérale,
+irrítale, háblale continuamente de su mujer... llámale tu hermano...
+llegará un día en que no podrá sufrir más, un día en que, loco, no podrá
+negarte nada... en que podrás dictarle condiciones.
+
+--¡Y esas condiciones!
+
+--¡Esas condiciones! ser suya cuando sea tuyo.
+
+--¿Y cómo?
+
+--¡Cómo! abandonando á su mujer... siendo tu amante delante de todo el
+mundo... llevándote á todas partes...
+
+--¡Oh!
+
+--Entonces habrás matado su felicidad; doña Clara Soldevilla, la conozco
+bien... te obligará á huir... pero él... él... te seguirá... ella...
+ella... puede ser que no sea tan honrada... si llegas á herirlos en el
+alma... porque se aman... ¡se aman! no necesitas más venganza... te
+habrás vengado horriblemente.
+
+--¡Pero si él quería seguir viniendo á mi casa!--exclamó la Dorotea.
+
+--Y tú has cometido la imprudencia de decirle que el venir á tu casa
+podía robarle la paz de la suya... tú no quieres vengarte.
+
+--Os juro que me vengaré; que me vengaré de una manera cruel.
+
+El bufón movió la cabeza en un ademán de duda, de incredulidad.
+
+--Sí, me vengaré--insistió ella.
+
+--¿Y cómo?
+
+--Ya lo veréis.
+
+--No... adivino.
+
+--Yo haré de modo que en su vida me olvidará.
+
+--¡Don Francisco de Quevedo!--dijo á la puerta anunciando Casilda.
+
+--¡Ah! ¡ese hombre! ¡ese hombre!--exclamó el bufón.
+
+--Dejadme sola con él--dijo Dorotea.
+
+El bufón salió por la alcoba.
+
+Dorotea le siguió.
+
+--¡Ah! no quieres que te escuche--dijo dolorosamente el bufón--; pues
+bien, adiós.
+
+Y salió por la puerta de escape de la alcoba.
+
+Después volvió á la sala.
+
+Ya estaba en ella Quevedo.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LV
+
+QUEVEDO, VISTO POR UNO DE SUS LADOS
+
+
+El buen _ingenio_ llevaba sobre sí las señales de la ruda actividad á
+que se había visto sentenciado desde su llegada á Madrid.
+
+Sus ojos estaban un tanto hundidos, su nariz parecía más afilada; la
+blanca golilla de su cuello estaba más de un tanto ajada, su traje
+descuidado y todo él descuadernado y lánguido que no había más que
+pedir.
+
+Había movido el brasero y se calentaba y se restregaba las manos.
+
+Cuando apareció Dorotea, don Francisco la miró con suma gravedad.
+
+La comedianta adelantó, se detuvo junto á Quevedo y le miró
+intensamente.
+
+--_Mea culpa_--dijo don Francisco.
+
+--Lo que quiere decir en castellano, que vos tenéis la culpa de todo lo
+que me sucede.
+
+--Trasladáis el latín al romance con grande licencia. Yo no tengo la
+culpa de lo que os pasa.
+
+--¿Pues quién trajo aquí á ese hombre?
+
+--¿Y tengo yo la culpa de que os hayáis derretido como cera? Allá os las
+compongáis.
+
+--¿Os acordáis de lo que me dijísteis ayer en aquella taberna?
+
+--Os confieso que estoy tan manoseado, tan traído, tan cansado, tan sin
+sueño y tan con hambre, tan calado y tan frío, tan asendereado y
+lastimoso, que no tengo memoria, ni siento más que los huesos que me
+duelen, las ropas que me mojan, los ojos que se me cierran, el estómago
+que pide más que cien frailes, y los pies que me chillan. Esto sin
+contar la cabeza, que se me anda. Si mi amigo Miguel de Cervantes
+viviese, juro á Dios, que al ver lo que me pasa, había de escribir un
+libro intitulado «Trabajos de don Francisco», que le había de dar más
+fama que el _Ingenioso Hidalgo_.
+
+--Sin embargo, noto que no se os ha cansado la lengua.
+
+--¡Ah, lengua mía! quemarála yo, si no me doliera, para que no tuviese
+que hacerme arrepentir.
+
+--¡Ah! conocéis que habéis hablado mal--dijo la Dorotea sentándose--, y
+que vuestras malas palabras han hecho mucho daño.
+
+--¿Y quién había de creer que ese don Juan era un milagro y una fortuna
+insolente? ¿Quién había de esperar lo que ha sucedido? Cuando os digo
+que estoy atónito, y espantado y medroso, y que de mí mismo recelo, y
+que ya no sé qué decir, ni qué pensar, ni por dónde salir...
+
+--Menos lo sé yo.
+
+--¿Sabéis las novedades que han ocurrido?
+
+--Sé que es hijo del duque de Osuna y que se ha casado.
+
+--¿Quién os lo ha dicho?
+
+--¡El mismo!
+
+--¡Ha estado aquí! No me espanta, esperado me lo había... ¡horror!
+recién casado y...
+
+--¿No es verdad que eso es terrible...?
+
+--Lo peor será que vos seáis tan loca como él.
+
+--No puedo remediarlo. La última desgracia que podría sucederme sería no
+verle.
+
+--¡Pobre Dorotea! debéis haber pecado mucho.
+
+--¡Yo! ¡bah! yo no he hecho tanto como debería haber hecho; yo no he
+hecho mal á nadie.
+
+--¿Amáis mucho á don Juan?
+
+--No debía amarle.
+
+--No acabaremos nunca. Os pregunto...
+
+--Y bien, le amo.
+
+--¿Y pensáis disputársele á su mujer?
+
+--No.
+
+--Hacéis bien; lo demás sería indigno de vos.
+
+--Vos habéis venido para algo, don Francisco.
+
+--Ciertamente, he venido á que me deis de almorzar.
+
+--¡Casilda! un almuerzo abundante--dijo Dorotea en el momento en que se
+presentó la doncella.
+
+--Sois un ángel, á quien es lástima hayan cortado las alas, pero me
+tenéis cuidadoso.
+
+--¡Cuidadoso!
+
+--Estáis demasiado tranquila después de lo que os ha sucedido.
+
+--¿Y qué queréis que haga?
+
+--Que no hagáis nada.
+
+--¿Y qué hago con esta aflicción que se me ha metido en el alma?
+
+--Gozarla.
+
+--¡Gozarla! decís--¡gozar los celos, la desesperación, la rabia!
+
+--¡Ah! ¡todavía no sois bastante desdichada!
+
+--¿No?
+
+--No, porque no gozáis en la desdicha.
+
+--¡Decís unas cosas, don Francisco!
+
+--La desgracia es no sentir, tener el corazón de corcho, y la cabeza de
+hielo; vivir por necesidad, por aquello de que por cien mil y más
+razones es necesario vivir. ¡Ah! cuando nada os interese en el mundo,
+cuando nada hostigue vuestro pensamiento, cuando todo os importe nada,
+cuando no penséis en nada, cuando comáis por no morir y durmáis por que
+se cierren vuestros ojos; cuando os hayáis convertido en un pedazo de
+carne insensible á todo, que obra como una máquina; cuando el amor y las
+locuras de los otros os den hastío, cuando no os encontréis bien en
+ninguna parte, cuando vuestra alma haya muerto, entonces, entonces si
+que podéis llamaros desgraciada. No sentir es no ver, no ver es no
+vivir, no vivir es el sufrimiento mayor. Pero ahora que os abrasa la
+vida, ahora que soñáis, que lucháis, que esperáis, que lloráis, que os
+agitáis, ahora más que nunca vivís; hay algo en el mundo que os
+deslumbra, que os atrae, que os hace gozar el gran placer del
+sufrimiento. ¡Vos sois muy feliz!
+
+--¡Oh! ¡y qué felicidad tan horrible!
+
+--Pero siempre es una felicidad. Yo quisiera padecer.
+
+--¿Cómo, no padecéis?
+
+--Padezco, el que no padezco; pero dadme licencia, veo á vuestros
+criados que adelantan con la mesa. Y traen dos servicios. ¿No habéis
+almorzado vos?
+
+--No por cierto.
+
+--Habéis hecho mal; con el estómago frío, la cabeza está débil y vaga y
+se pierde. Almorzad, almorzad conmigo, y después de almorzar ya veréis
+cómo pensáis de otro modo.
+
+--Sí, sí, es preciso--dijo Dorotea--y aunque sólo fuera por probar...
+
+--Observo que en el estado en que nos vemos necesitamos más vino, una
+botella es poco.
+
+--Traed, traed más vino; cuatro botellas...--dijo Dorotea.
+
+--¿De qué?--repuso Casilda.
+
+--Puesto que tenéis bodega, que venga, si hay, Jerez--dijo Quevedo.
+
+--Háilo y muy rico--dijo Casilda.
+
+--Pues cuatro botellas, virtud sirviente; búscalas de las que estén más
+empolvadas, y si tienen telarañas, mejor. ¿Y qué haces tú ahí?--añadió
+don Francisco dirigiéndose á Pedro, que estaba detrás de la mesa con una
+servilleta en el brazo.--La señora y yo necesitamos estar solos.
+
+Pedro salió.
+
+--Os voy á hacer el plato--dijo Quevedo dirigiéndose á Dorotea--; este
+jamón de Granada es sumamente confortante; se ceba con víboras, es un
+plato que yo, que sólo gozo cuando como, le prefiero á todos; voy á
+haceros la copa; este tintillo de Pinto es un gran vino de pasto;
+refrigera y no predica. Vamos; arriba con esa copa y no lloréis ¡vive
+Dios! que me lastimáis.
+
+--Os hago feliz puesto que os hago sentir--dijo Dorotea enjugándose los
+ojos y apurando de un trago la copa, después de lo cual tomó un pedazo
+de jamón y se lo llevó á la boca.
+
+Quevedo la miraba profundamente.
+
+Dorotea arrojó el bocado sobre el plato.
+
+--¡Oh! no puedo, no puedo; me mataría como si fuera un veneno.
+
+--Tan llena está de despecho que no la cabe ni un bocado; es necesario
+andar con cuidado con esta loca. Bebed más--añadió alto--, el beber os
+dará apetito.
+
+Y la llenó de nuevo la copa.
+
+Dorotea apuró la mitad y luego puso los codos sobre la mesa, apoyó la
+cabeza entre sus manos y quedó profundamente pensativa.
+
+Quevedo entre tanto devoraba la enorme cantidad de jamón que se había
+servido, y mientras comía pensaba.
+
+Casilda trajo cuatro botellas, las puso sobre la mesa y se retiró.
+
+--¿Sabéis, Dorotea--dijo de repente Quevedo--, que es necesario que
+toméis una determinación? Estáis muy enferma, hija.
+
+--Tengo ya mi determinación tomada--dijo Dorotea.
+
+--¡Veamos si en medio de vuestra locura tenéis juicio!
+
+--Pienso.. sufrir y callar y no vengarme de nadie... ni aun de vos.
+
+--¡De mí! ¿y qué culpa tengo yo?
+
+--Porque lo trajísteis á mi casa...
+
+--¿Quién había de pensar?...
+
+--Vos adivinásteis que me había yo de enamorar de él... y no os
+engañásteis, porque no os engañáis nunca.
+
+--Eso no es verdad, porque me he engañado con vos.
+
+--¿Me creíais más perdida de lo que estoy?
+
+--No os creía tan corazón y tan alma y tan voluntad...
+
+--¡De modo que vos creísteis que mis amoríos con don Juan!...
+
+--Serían sol que sale y sol que se pone... yo os necesitaba por un solo
+día y creí que con teneros asida de cualquier modo de sol á sol...
+
+--¡Ah! ¿hicísteis venir á propósito, con mala intención, á don Juan á mi
+casa?
+
+--Vamos claro: ¿os pesa de amar á don Juan?
+
+--Por muy desgraciada que su amor me haga, no quiero verme curada de él.
+
+--Bien, muy bien; respondéis á mis preguntas como un instrumento
+perfectamente templado á la mano que sabe tocarle. Sigamos hablando, y
+acabaremos por ser los dos más grandes amigos del mundo. Pero bebed,
+hija, bebed; vuestro Jerez es un verdadero néctar de los dioses, se
+conoce que se lo han regalado al duque de Lerma.
+
+--¿A qué pronunciar ahora su nombre?
+
+--Es que como todo tiene una causa en este mundo, el estado en que os
+encontráis la tiene, y esta causa es el duque de Lerma.
+
+--¿El duque de Lerma tiene la culpa de que yo me haya enamorado de él?
+
+--Sí por cierto, porque yo... que he tenido gran parte en el estado en
+que se encuentra don Rodrigo Calderón; yo, que he venido á la corte para
+mucho, necesitaba tener asido á su excelencia; ningún asidero mejor que
+vos...
+
+--Muchas gracias--dijo dolorosamente Dorotea.
+
+--Perdonad, que si yo hubiera sabido lo que iba á resultar... hubiera
+hecho más para que os hubiérais empeñado por mi amigo.
+
+--Gracias otra vez, don Francisco.
+
+--Ya me habéis dicho que por nada del mundo os pesará el haberle
+conocido; cuando no os pesa es que os alegra; cuando os alegra es que os
+hace bien; cuando os hace bien... debéis estar agradecida á quien ese
+bien os ha hecho: he sido yo... recibo vuestras gracias y me saboreo con
+ellas... y tengo razón.
+
+--Indudablemente--dijo la Dorotea mirando con una expresión de doloroso
+candor á Quevedo--, creo que en parte tenéis razón cuando decís que vale
+más sufrir que hastiarse.
+
+--¡Ah! ¿Y quién duda acerca de eso? Para dudar de ello es necesario ser
+tonto, y vos no lo sois; todo, hasta la salud, cansa; vos vivíais sin
+rivales en la escena, sin rivales en la hermosura; poseíais una hermosa
+casa, una buena mesa; os galanteaba en vano toda la corte; el duque de
+Lerma es un amante muy cómodo, que se contenta con que todo el mundo
+sepa que paga á la mujer codiciada por todos, que os visita poco, y
+cuando os visita os habla de la última comedia de Lope, ó del tiempo, y
+se va saludándoos gravemente, sin haber mortificado más que al sillón
+donde su hinchada vanidad se ha sentado. Don Francisco de Rojas y
+Sandoval, no os desea, ni os ha deseado nunca, ni nunca ha pasado de
+vuestro recibimiento, ni se ha acercado á vos, ni conmovídose delante de
+vos; os tiene como á su papagayo y á su negro y otras muchas cosas que
+el buen señor tiene sólo por tener lo que cuesta caro.
+
+--Pero ¿quién os ha dicho eso?
+
+--Conozco demasiado á su excelencia.
+
+--Aunque no hayáis acertado por completo, aunque siempre no haya sido
+tan feliz como suponéis con la indiferencia del duque, es cierto que
+para mí es más bien un gran señor que compra el derecho de entrar en mi
+casa cuando quiere, que un amante. Vuestros ojos penetran en lo más
+escondido.
+
+--Y mis narices, que por algo son largas, huelen donde no huele.
+Resulta, pues, que vos para don Francisco sois más la vanidad que el
+deseo.
+
+--Es verdad.
+
+--Si vos dijérais al duque de Lerma: no volváis más á poner los pies en
+mi casa, el duque, herido en su vanidad, sería capaz de hacer cualquier
+desatino.
+
+--¡Oh! el duque haría cuanto yo quisiera, sólo porque no pudiera nadie
+decir: la Dorotea le ha despedido.
+
+--Pues bien; ved ahí por qué he venido yo á veros.
+
+--¿Para utilizarme?
+
+--Para valerme de vos.
+
+--¡Ah! ¿Me necesitáis?
+
+--¡Dios me perdone si no me han seguido hasta vuestra casa cuatro
+corchetes!
+
+--¡Ah! ¡os quieren prender!
+
+--Mucho me lo temo, y aunque estoy ya muy acostumbrado á encierros, os
+afirmo que ahora sentaríame muy mal el ser guardado.
+
+--Pues yo me alegraría... me alegro... os tendré preso algún tiempo sólo
+por haceros rabiar, en cambio de lo que vos me hacéis sufrir.
+
+--¡Ingratitud inaudita! os saco de vuestra cansada vida, os hago mujer,
+os desentierro, os hago probar el divino fuego del amor y me aborrecéis.
+No os creía yo mala.
+
+--No os aborrezco--dijo seriamente la joven--, porque yo no he nacido
+para aborrecer; no os estremecéis vos del daño que me habéis causado por
+vuestro interés propio, porque... no veis mi alma, porque no sabéis qué
+horribles pensamientos pasan por ella, ó porque, si lo comprendéis, no
+tenéis corazón. ¿Qué os importa á vos, poeta que de lo más santo se
+burla, que á lo más respetable zahiere, que arroja su chiste mordaz
+sobre todo y todo lo calumnia; cortesano enredador que sobre todo pasa,
+cuando encuentra un obstáculo en el tenebroso camino que sigue; sabio
+que no ha sabido conservar la ternura, la caridad de su alma si alguna
+vez la ha tenido; qué os importa, digo, que una pobre mujer, que si no
+era feliz, no era desgraciada, se retuerza como una sabandija en el
+fuego por vuestra causa, porque la habéis necesitado para vuestros
+proyectos, y que caiga ante vos ensangrentada, palpitante, aniquilada?
+¿qué importa? ¿qué importa? Adelante, don Francisco, adelante; vuestros
+semejantes son para vos figuras que se mueven, que andan; despreciables
+criaturas sobre las cuales, porque os humilla el estar confundido con
+ellas, necesitáis levantar la frente maldita, pisarlas, destrozarlas
+bajo el lento y pesado paso de vuestros pies; ¿qué os importa á vos,
+alma fría, que yo sufra, que yo grite, que yo blasfeme, si os he servido
+para algo? Yo no os aborrezco, no, porque os desprecio, porque lo que
+habéis hecho conmigo os hace despreciable; yo no os temo, porque no
+podéis hacerme más daño que el que ya me habéis hecho; yo no me vengaré
+de vos, porque quiero ser más grande que vos; quiero heriros en vuestro
+orgullo; quiero que tengáis el recuerdo de una víctima que ha caído
+mirándoos frente á frente á vos, hombre funesto, mientras sus ojos han
+podido mirar.
+
+--¡Pobre loca!--exclamó profundamente Quevedo, separando de sus labios
+una copa que llevaba á ellos--; ¡pobre niña, digna de cuanto una mujer
+puede alcanzar de menos malo en este mundo, donde todo es locura ó lodo!
+¡pobre ciega, que deslumbrada por su desgracia no ve, no sabe distinguir
+el oro del barro!
+
+Y Quevedo se levantó y cerró las puertas.
+
+Luego vino, se sentó frente á Dorotea que estaba doblegada.
+
+--He cerrado las puertas, porque vais á oír lo que nadie ha oído; porque
+vais á ver lo que nadie ha visto; vais á oír al hombre; vais á ver al
+hombre en este pobre Quevedo, en quien todos ven lo que él quiere que
+vean. Os confieso que sólo conozco cuatro personas dignas de que yo les
+tienda la mano, de que yo las hable palabras de verdad, de que yo las
+ame, de que yo me sacrifique por ellas. Tenéis razón; yo no veo en el
+mundo, alrededor mío, aturdiéndome siempre con su charla insoportable,
+dándome náuseas con su vanidad estúpida, repugnándome con sus
+vergonzosos vicios, más que miserables divididos en dos mitades: los
+comidos y los que comen; tenéis razón, yo no tengo alma ni corazón ni
+más que indiferencia, ó hastío ó mala intención, para el mundo; pero yo,
+en medio de ese mundo, tengo un pequeño mundo mío, que me consuela del
+otro, por el que lucho, por el que vivo, para el que tengo alma,
+corazón, amor, lágrimas; el uno, el primero de esos cuatro seres, es el
+duque de Osuna, alma grande, noble y generosa, cuyo pensamiento
+comprende el mío, cuyo corazón no late sino por lo grande, por lo
+verdaderamente grande, y que tan grande es, que los que no le comprenden
+le llaman extravagante; el duque y yo nos fuimos aproximando el uno al
+otro insensiblemente, porque debíamos estrechar la distancia que nos
+separaba; nos unimos al fin, porque era necesario que nos uniéramos, y
+al cabo nos confundimos de tal modo, que el duque se reflejó en mí, y yo
+me reflejo en el duque; que yo sin Osuna sería un filósofo arrinconado,
+y Osuna sin mí un águila sin alas. No somos dos, sino uno; la desgracia
+que suceda al duque debe necesariamente hacerse sentir en mí, como en el
+duque la desgracia que á mí me suceda. Sabe Dios á dónde iremos á parar
+don Pedro Téllez Girón y yo, pero nuestra suerte será igual: él me
+comprende y yo le comprendo, él me ama como amaría á su cabeza, y yo le
+amo á él como á mi brazo. Dióle Dios riqueza y poder, y cuna ilustre, y
+á mí me dió ingenio y dominio sobre los demás, y ojos que saben mirar, y
+oídos que sin escuchar oyen; somos, pues, uno solo.
+
+--¿Y qué me importa á mí de todo eso?--dijo la Dorotea.
+
+--Oíd, oíd, y esperad al fin. Como el duque no tiene para mí secretos,
+sabía yo que tenía un hijo bastardo: llegó el tiempo de que su hijo
+cumpliese sus veinticuatro años, y como quiera que por uno y otro
+informe se sabía que era digno de su padre, cuando salí de mi última
+prisión, recientemente, me encargó don Pedro que buscase á su hijo, que
+le revelase el secreto de su nacimiento, y que me lo llevase á Nápoles.
+Sin el señor Juan Montiño, que así se llamaba falsamente el hijo de don
+Pedro, yo no hubiera venido á Madrid. Hubiera tomado postas para
+Barcelona, y allí un barco para Nápoles. Pero vine, y encontréme á
+nuestro hombre metido en enredos que me dieron susto. Estos enredos
+produjeron las heridas de don Rodrigo Calderón, y los amores de don Juan
+con su esposa.
+
+--¡Ah!--exclamó Dorotea.
+
+--De todo ello han tenido la culpa dos animales.
+
+--¡Dos animales!
+
+--Sí por cierto: un caballo viejo y cojo, á quien juro Dios se ha de
+cuidar como á un rey hasta que se muera de viejo, y el cocinero de su
+majestad.
+
+--No os comprendo.
+
+--El caballo que debía haber llegado á Madrid con su jinete, es decir,
+con el venturoso que de tal modo os hace desventurada, antes del medio
+día, llegó á la noche; Francisco Martínez Montiño, que debió haber
+estado en su casa, y recibido á su sobrino postizo á la hora de la cena
+del rey, estaba dando un banquete de Estado al duque de Lerma. Las
+circunstancias eran además gravísimas. La reina se encontraba
+grandemente comprometida por una endiablada intriga de don Rodrigo, y
+doña Clara Soldevilla había salido sola á la calle por el compromiso de
+la reina, y seguida por don Rodrigo Calderón, al primero á quien
+encontró, de quien se amparó, como se hubiera amparado de otro
+cualquiera, fué de don Juan. Solos de noche, por esas calles de Dios;
+generoso y valiente él, generosa y ansiosa de amor ella, protegida por
+don Juan, puesta en contacto íntimo con él, que es impetuoso, y noble, y
+valiente como su padre, apasionado como vos, y como vos hermoso,
+aconteció lo que no podía menos de suceder: se enamoró ella de él con
+tanta más fuerza y más pronto, cuanto ella estaba ansiosa de un amor que
+no había podido encontrar en la corte, de un amor digno de ella. El
+enredo se había hecho terrible cuando yo encontré en el zaguán de la
+casa del duque de Lerma á don Juan, que como yo había ido allí en busca
+del cocinero de su majestad, y se agravó hasta hacerse negro, lúgubre,
+al caer don Rodrigo bajo la espada de don Juan. Entonces lo temí todo,
+todo: empecé á buscar una ayuda para salir del atolladero, y en cierta
+casa donde me refugié por el momento, supe que vos érais la mujer
+codiciada, la mujer envidiada por todos al duque de Lerma, á quien
+engañáis siendo amante de Calderón. Entonces dije: de seguro la Dorotea,
+aquella hermosa niña á quien yo conocí en el convento de las Descalzas,
+tiene gran poder ó puede tenerle para con don Francisco de Rojas; y en
+cuanto á Calderón, yo que le conozco, mucho me engaño si no es para
+Dorotea uno de esos hombres á quienes una mujer ama mientras no se le
+presenta otro mejor. Nuestro don Juan está terriblemente atollado; pues
+bien, procuremos que él mismo se desatolle enamorando á la Dorotea, y
+entonces me vine aquí y llamé á don Juan, y sucedió más de lo que yo
+creía: que vos os enamorásteis de él, y él se deslumbró al veros. Los
+sucesos han hecho que don Juan sea esposo de doña Clara, y que vos os
+encontréis con el alma negra, deshecha, desesperada. Yo no creí que
+ninguno de los tres valiéseis lo que valéis: mi mundo, el mundo de mi
+corazón y de mi amor, que se reducía á una persona, se ha aumentado con
+otras tres: y la que más amo, porque es la más débil, sois vos, hija
+mía, vos que me habéis sorprendido, que me habéis enamorado con el
+corazón que me habéis dejado ver. De modo que no me pesa de lo que ha
+sucedido, no; pero estoy aterrado, aterrado por vos.
+
+--¡Aterrado por mí!
+
+--¡Ah! si vos creéis que yo tengo el alma helada, os engañáis; que la
+tengo muerta, que sólo ha sobrevivido en mí lo malo, os engañáis,
+Dorotea, os engañáis; mi vida es una vida poderosa, insoportable,
+insaciable, una calentura continua; mi vida necesita espacio donde
+extenderse, y no le halla; mi vida está comprimida, encerrada como en
+una caja de hierro: cada corazón digno de mí que encuentro, es un poco
+de espacio que se dilata en esa caja terrible, en esa prisión que no
+puedo romper por más que hago; y al mismo tiempo es una amargura más,
+una amargura infinita; habéis dicho que yo os sacrifico á sangre fría, y
+al veros sufrir, al veros de tal modo desesperada, tengo el corazón
+apretado, siento ansias, y me pregunto qué razón desconocida hay para
+que el hombre se alimente del hombre el alma del alma, la alegría del
+dolor, la vida de la muerte, me digo y me espanto al decirlo: ¿por qué
+Dios no nos ha dado otros sentimientos más fáciles de satisfacer? ¿por
+qué esta continua carnicería? ¿por qué esta durísima é interminable
+batalla? Os habéis engañado respecto á mí; insensible, duro, cruel, si
+se quiere, para todos, pero no para vos, no para vos que, como os he
+dicho, sois mi aire de vida. Yo haré con vos todo lo que pueda hacer: os
+haré menos infeliz.
+
+--Menos infeliz ¡y cómo!
+
+--Procuraré prestaros parte de mi fortaleza; emplearé con vos todo el
+tesoro de consuelos de que mi alma está llena; os enseñaré á encontrar
+la alegría en la tristeza, el placer en el dolor; haré que,
+reconcentrada vuestra alma, busquéis la vida en vos misma; os daré el
+filtro que hace soñar, levantando vuestra alma; seréis mi hija, y yo
+seré vuestro padre; os retiraréis del teatro, y no entraréis en un
+convento, viviréis en el mundo, dominándole, despreciándole,
+engrandeciéndoos á vuestros propios ojos, con la comparación interna de
+lo que vos valéis, y lo que el mundo vale. Llegará un día en que vos no
+seréis la amante de don Juan, sino su hermana, en que pondréis á sus
+hijos sobre vuestras rodillas, y los amaréis como si fueran vuestros; en
+que purificada por el martirio, levantaréis á Dios la frente lavada,
+blanca y resplandeciente por el Jordán del sufrimiento. ¡Oh! ¡Dorotea!
+¡Dorotea! ¡hija mía! si viérais mi corazón, si apreciárais su amargura y
+su despecho, si supiérais cuánto esta insoportable amargura y este
+despecho frío están dominados, puestos en silencio... si viérais cuántas
+terribles ambiciones, cuántos proyectos inconcebibles se agitan, rugen
+en mi cabeza, y al mismo tiempo me viérais estudiar, buscar ansioso la
+ciencia, que siempre me parece poca, reir, y hacer reir á los demás,
+convertir las lágrimas en burlas... ¡oh! yo os aseguro que os
+compadeceríais de mí, que encontraríais injusta la maldición que sobre
+mí pesa, y poco todo el aire de la creación para dar á mi pecho el
+aliento que necesita.
+
+--Conque, ¿sólo me hicísteis conocer á don Juan para salvarle?--dijo
+Dorotea, que no podía apartarse de su pensamiento dominante, de su
+pensamiento desesperado.
+
+--Sí, ¡por Dios vivo!--contestó Quevedo.
+
+--Pues habéis hecho bien, muy bien, y os pido perdón por el odio que os
+he tenido, por las injurias que me habéis escuchado.
+
+--¡Bah! no podéis injuriarme.
+
+--Y decidme: ¿habéis venido también á que yo siga salvando á don Juan?
+
+--Sí.
+
+--¿Y de qué modo puede ser eso?
+
+--Impidiendo que me prendan. Porque preso yo, don Juan queda sin
+consejo, sin ayuda.
+
+--No os prenderán ó he de poder poco.
+
+--Se necesita además...
+
+--¡Qué!...
+
+--Que engañéis á vuestro... ¿qué sé yo lo que es vuestro el tío
+Manolillo?
+
+--¡Ah! ¡infeliz!
+
+--Es necesario que le digáis, que le hagáis creer que nada os importa ya
+don Juan.
+
+--Os comprendo, os comprendo, descuidad.
+
+En aquel momento sonó el ruido de una carroza y Casilda entró azorada.
+
+--¡El duque de Lerma!--exclamó.
+
+--El duque... lleváos al momento esta mesa... y vos... vos don
+Francisco, escondéos aquí.
+
+--¡Cómo! ¿en vuestro dormitorio?
+
+--Sí, sí, desde ahí podréis oír y ver. Desde ahí podréis juzgar si soy
+digna de que me apreciéis.
+
+Don Francisco entró.
+
+Poco después, quitada ya de en medio la mesa, sentada en el hueco de un
+balcón, Dorotea estudiando su papel de reina Moraima, entró el duque de
+Lerma.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LVI
+
+EN QUE EL AUTOR RETROCEDE PARA CONTAR LO QUE NO HA CONTADO ANTES
+
+
+Cuando entró en su casa doña Juana de Velasco, duquesa de Gandía, de
+vuelta de palacio, se encerró diciendo á su dama de confianza:
+
+--Cuando vengan don Juan Téllez Girón y su esposa doña Clara Soldevilla,
+introducidlos y avisadme.
+
+A seguida se sentó en un sillón, y quedó inmóvil, pálida, aterrada, muda
+como una estatua.
+
+Nada tenía esto de extraño; la caía de repente encima el hijo
+involuntario que le había procurado una fatal casualidad, una fatal
+sorpresa, un sobrecogimiento funesto, una inaudita audacia de las
+mocedades del duque de Osuna.
+
+Nunca una mujer se había visto en tales y tan originalísimas
+circunstancias.
+
+Es el caso que la duquesa, si tenía mucho por qué desesperarse, no tenía
+nada por qué acusarse, por qué avergonzarse.
+
+Ella no tenía la culpa absolutamente de aquello; ella no la había
+autorizado; es más, ella, hasta que vió el aderezo funesto sobre doña
+Clara y supo que el esposo de doña Clara era un Girón, no sabía, no
+podía imaginarse quién era el padre de aquel hijo completamente
+fortuito.
+
+Entonces comprendió doña Juana la razón de ciertas sonrisas
+intencionadas que el duque de Osuna se había permitido hablando en la
+corte con ella, después de la aventura de que había sido oculto testigo
+en El Escorial el tío Manolillo. Ella, irritada por el recuerdo de
+aquella enormidad, sin atreverse á mirar á nadie frente á frente,
+temerosa de que el hombre á quien mirase fuese el autor de su vergüenza,
+con el duque de Osuna había sido con el único que había hablado sin
+empacho.
+
+En verdad que el duque de Osuna se había permitido enamorarla aun antes
+de ser viuda del duque de Gandía; pero el noble don Pedro, á pesar de
+que era joven é impetuoso, sabía enamorar á doña Juana sin que ésta se
+ofendiese, de la manera más delicada, más discreta, más respetuosa, más
+peligrosa, sin embargo, para la mujer objeto de aquellos amores que
+nadie conocía, más que el duque que los alentaba, y doña Juana causa de
+ellos.
+
+Y luego estos amores tenían disculpa.
+
+El duque de Osuna no había conocido á doña Juana hasta que después de
+casado la presentó en la corte su marido, y parte de esto, doña Juana
+era una mujer sumamente peligrosa.
+
+A una hermosura delicada, espiritual, resultado de una maravillosa
+combinación de encantos, unía un candor y una pureza de ángel; se había
+casado crecida, más que crecida, á los treinta años, veinticuatro de los
+cuales los había pasado en un convento, y era, sin embargo, una niña, y
+tenía en su mirada, en su sonrisa, en su expresión una fuerza
+imponderable de sentimiento; dormía bajo su inexperiencia, bajo su
+timidez, una alma vivamente impresionable, ardiente, apasionada, por lo
+dulce y por lo bello, pero sin aspiraciones, sin comprender su deseo,
+sin irritarle.
+
+El duque de Gandía, su esposo, era un señor antiguo, provecto, que se
+acordaba del emperador continuamente, que no sabía hablar más que del
+emperador, y que miraba con desprecio á los que no habían nacido en
+aquella generación de gigantes, en aquella época de gloria, en aquel
+período de embriaguez de las Españas.
+
+Soltero siempre, porque no había sentido nunca el amor, porque su alma
+de plomo, por decirlo así, no podía sentirle, se casó cuando era viejo
+con el único objeto de tener un hijo á quien transmitir su nombre, un
+hijo que impidiese que sus Estados pasaran á sus parientes bilaterales,
+á quienes aborrecía lo más cordialmente posible; entonces se encaminó á
+la casa del conde de Haro, condestable de Castilla, hombre viejo, tan
+duro y tan excéntrico como él, y que por una casualidad se había casado
+joven, y le dijo:
+
+--Amigo don Iñigo: los médicos me dicen que cuando más, cuando más,
+puedo prometerme cuatro años de vida.
+
+--Los médicos quieren robaros, amigo don Francisco--contestó el conde.
+
+--Podrá ser; pero sucede endiabladamente que yo pienso lo mismo que
+ellos; me siento mal, muy mal; me pesa cada pie un quintal, y cuando
+quiero andar derecho como _in illo tempore_, me da un crujido el
+espinazo, y el dolor me hace volver á encorvarme un tanto; el peso del
+arnés y del yelmo son malos, muy malos, amigo mío, bien lo sabéis,
+porque vos, como yo, los habéis llevado mucho tiempo; además, este
+respirar dificultoso, este hervor en el pecho; yo estoy muy malo y voy á
+hacer cuanto antes el testamento.
+
+--¿Y venís á preguntarme sin duda, á cuál de vuestros parientes?...
+
+--¿Qué? Ni por pienso; si me heredan será porque yo no puedo hacer otra
+cosa.
+
+--Pues no veo el medio de evitar... ¿Tenéis algún hijo incógnito?...
+
+--¡Quia! no; yo no he amado nunca; no comprendo para qué se quiere una
+mujer, como no sea para hacerla mujer madre; como una cosa; para un
+objeto de utilidad; por eso nunca me he acercado á una mujer, como no
+haya sido á las reinas que he conocido, y eso en los días de corte para
+besarlas la mano.
+
+--Pues por más que hago, no adivino la razón de que hayáis venido á
+hablarme de vuestro testamento.
+
+--Para hacer testamento á mi gusto, necesito tener un hijo, y vengo á
+que vos me deis ese hijo.
+
+Púsose en pie de un salto el conde de Haro.
+
+El duque de Gandía no se movió del sillón en que estaba sentado.
+
+--Sí, sí señor, vengo á que me deis un hijo por medio de una de vuestras
+hijas.
+
+--¡Ah!--exclamó sentándose de nuevo el conde de Haro--; eso es distinto;
+ahora lo comprendo; pero decidme, amigo don Francisco, ¿estáis seguro,
+es decir, tenéis probabilidades de obtener hijos?
+
+--Al menos los médicos me lo han asegurado.
+
+--Bien; ¿y cuál de mis hijas queréis?
+
+--La más hermosa.
+
+--La destino para monja, y si no ha profesado ya es porque todavía no ha
+salido de ella; no quiero violentarla.
+
+--¿Pero tiene hecho algún voto?
+
+--No.
+
+--¿Sabe ella vuestra voluntad?
+
+--No, porque yo quiero que haga la suya.
+
+--¿Habéis hecho alguna promesa á Dios?
+
+--Tampoco, porque no puedo prometer lo que otro ha de cumplir, y mucho
+más cuando ese otro es hija mía.
+
+--¿De suerte, que sólo tenéis un ligero deseo de que sea monja?
+
+--Es tan candorosa, tan sencilla mi hija doña Juana...
+
+--Pues mejor, mucho mejor; yo sólo sabía, porque lo había oído á muchas
+personas, tratándose de vuestra familia, que teníais una hija que era un
+portento... Como para mí la mujer es completamente inútil, sino para
+madrear, ni reparé en ello, ni sentí absolutamente deseo por conocer á
+ese portento de vuestra hija; pero cuando empecé á pensar en que yo
+debía tener un heredero, y para ello me era forzoso casarme, sin saber
+cómo, se me vinieron á la memoria los elogios que acerca de una de
+vuestras hijas había oído.
+
+--Pero si la mujer es para vos completamente indiferente, si sólo os
+casáis mecánicamente--dijo el conde de Haro, que era un tanto
+socarrón--, casáos con la menor de mis hijas; tiene veinte años, es fea,
+fuertemente fea de cara, pero robusta, llena de vida, y á propósito,
+decididamente á propósito para la maternidad. Me quitaríais de encima un
+cuidado, porque aunque la he dotado mejorándola, para contrapesar con
+dinero lo que la falta de hermosura, no hay un cristiano que cargue con
+ella; vos es distinto; á vos, para quien no existen los encantos de la
+mujer, ¿qué más os da?
+
+--Amigo don Iñigo, yo he sido muy buen mozo.
+
+--Ya lo sé.
+
+--Y quiero que mi hijo ó mi hija lo sean.
+
+--Es muy justo.
+
+--Porque á más de la nobleza de la sangre, es conveniente tener la
+nobleza natural de la hermosura.
+
+--Sin duda.
+
+--Ahora bien; un chiquillo se parece á su padre ó á su madre, ó á los
+dos; si se parece el que yo tenga de una hija vuestra á mí cuando tenía
+treinta años, estoy satisfecho; pero si le da la gana de parecerse á su
+madre... Es necesario que sea hermosa.
+
+--Esto se parece á la manera cómo se hacen los caballos de la cartuja de
+Jerez--dijo el conde de Haro, á quien convenía una alianza con el duque
+de Gandía, y á quien la tiesa extravagancia de éste hacía feliz.
+
+--En efecto, quiero un heredero robusto y hermoso; por lo mismo os pido
+esa hermosísima hija que tenéis... que se quedará viuda pronto con un
+título ilustre y con cien mil ducados de renta.
+
+--No hablemos de eso--dijo poniéndose serio el conde de Haro--; mi hija
+llevará á vuestra casa en dote, las buenas tierras de un mayorazgo de
+hembra que posee, cuya renta sube á trescientos mil ducados.
+
+--No hablemos de eso--dijo el duque de Gandía--; yo no necesito más que
+la hermosura y la nobleza de vuestra hija.
+
+--Tiene treinta años.
+
+--Mejor.
+
+--Pues entonces... ¡Sanjurjo! ¡Sanjurjo!
+
+El llamado era el secretario del conde de Haro.
+
+--Poned una carta para la abadesa de las Descalzas Reales, en que la
+diréis que entregue mi hija la señora doña Juana, al aya doña Guiomar;
+al momento, al momento, y que me perdone si no voy yo en persona porque
+el catarro no me deja.
+
+Escribió Sanjurjo, firmó el conde y partió la carta, y los dos grandes
+quedaron departiendo y arreglando aquella alianza improvisada.
+
+Porque es de advertir que los dos eran hombres de fibra y aficionados á
+ver realizados cuanto antes sus deseos.
+
+Dos horas después, entró de repente en la cámara una joven, una
+divinidad, vestida con un hábito, un velo y una toquilla de educanda y
+se detuvo al ir á arrojarse en los brazos del conde de Haro, al ver que
+había con él otro respetable señor, que la miraba ni más ni menos que
+como hubiese podido mirar á una yegua de raza, sin mover una pestaña.
+
+Doña Juana se puso encarnada, hizo una profunda reverencia al duque de
+Gandía, y adelantó con menos apresuramiento hasta su padre, y se
+arrodilló y le besó la mano.
+
+--¿Te han dicho que no volverás al convento, hija?--la preguntó el
+conde.
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Y te pesa?
+
+--No, señor.
+
+--Dilo sin reserva, sin temor.
+
+--Yo no tengo más voluntad que la de mi buen padre.
+
+--Se trata de que cambies de estado.
+
+--Muy bien, señor.
+
+El conde besó á su hija en la frente, la levantó y la sentó junto á sí.
+
+Doña Juana permaneció con los ojos bajos.
+
+--Este caballero es mi antiguo amigo, mi hermano de armas don Francisco
+de Borja, duque de Gandía, de quien me has oído hablar tantas veces con
+nuestra parienta la abadesa de las Descalzas.
+
+Doña Juana levantó la cabeza, miró de una manera serena á don Francisco,
+que no había cesado de examinarla, y le saludó de nuevo.
+
+--Este caballero--añadió el conde--, te pide por esposa.
+
+Pasó por los ojos de doña Juana algo doloroso, pero tan recatado, tan
+fugitivo, que ni su padre ni el duque lo notaron.
+
+Pero no pudieron dejar de notar el vivísimo color que cubrió las
+hermosas mejillas de la joven.
+
+--¿Qué respondéis á eso?--dijo el conde.
+
+--Que vuestra voluntad es la mía, padre y señor--contestó doña Juana.
+
+No se habló más del asunto, porque no era necesario hablar más.
+
+Dióse parte á deudos y amigos de estas bodas, encargáronse galas á
+Venecia, se renovaron muebles y se aumentó la servidumbre de la casa del
+duque de Gandía, con lo que hacía muchísimos años, desde la muerte de su
+madre, no había tenido, esto es: con dueñas y doncellas, y dos meses
+después de la petición, doña Juana de Velasco fué duquesa de Gandía.
+
+Entonces, y sólo entonces, la conoció don Pedro Girón.
+
+Conocerla y codiciarla, fué cosa de un momento.
+
+Codiciarla y poner los medios para obtenerla, fué subsiguiente.
+
+Pero el terrible duque de Osuna encontró una barrera insuperable á sus
+deseos, en las costumbres, en el candor, en la pureza de doña Juana.
+
+Cuando el duque, aprovechando una ocasión, la decía amores, doña Juana
+se callaba, se ponía encendida y buscaba en la conversación general una
+defensa contra las solicitudes del duque.
+
+Si éste la encontraba sola en su casa, doña Juana llamaba inmediatamente
+á sus doncellas.
+
+Si el duque la seguía á la iglesia, la duquesa no levantaba la vista de
+su libro de devociones.
+
+Llegó á contraer un empeño formidable el duque de Osuna.
+
+Y lo que era peor, un amor intenso.
+
+Porque doña Juana de Velasco lo merecía todo.
+
+Irritábale aquella resistencia, porque él estaba acostumbrado á llegar,
+ver y vencer, como César.
+
+La conducta fría, tiesa, sostenida de doña Juana, le sacaba de quicio.
+
+Y, sin embargo, doña Juana le amaba con toda su alma; desde el momento
+en que le vió guardó su recuerdo, reposó en él, acabó en fin, por
+enamorarse; pero pura, y digna, y acostumbrada á las rígidas prácticas
+del convento, guardó su amor dentro de su alma, le combatió, le dominó
+si no le venció, y ni el mismo hombre amado pudo apercibirse de él, ni
+aun el confesor tuvo noticia alguna.
+
+Porque decía doña Juana:
+
+--La honra de un esposo es un depósito tan sagrado, que no debe
+menoscabarse ni aun delante del confesor.
+
+La duquesa se confesaba directamente con Dios, y le pedía fuerzas para
+resistir al duque, que no cesaba en su porfía.
+
+Y Dios se las daba.
+
+Y cuenta que junto á doña Juana no había nada extraño que concurriese á
+defenderla.
+
+El duque de Gandía, rara vez, y aun así por pocos momentos y tratándola
+ceremoniosamente, entraba en sus habitaciones.
+
+No era un marido, ni mucho menos un amante, ni siquiera un amigo.
+
+Doña Juana para el duque de Gandía, no era más que un medio.
+
+Y como aquel medio había respondido admirablemente á su intento, puesto
+que al poco tiempo de casada, los médicos declararon que la duquesa se
+encontraba encinta, el duque, logrado su deseo, se fué á sus posesiones
+de Andalucía á pasar el invierno, y dejó en completa libertad y en
+absoluta posesión de su casa á su esposa.
+
+Esto tenía sus peligros, que no se ocultaban á la duquesa.
+
+Don Pedro Téllez Girón no era un amante vulgar.
+
+Irritado como se encontraba por la resistencia de doña Juana, debía
+poner en juego todos sus recursos.
+
+Doña Juana, que era sencilla, pero no simple; modesta y dulce, pero no
+cobarde; callada y circunspecta, pero no torpe, se entró un día sola en
+el aposento del duque su esposo, tomó un pistolete y lo llevó á su
+aposento, después de cerciorarse de que estaba cargado.
+
+Doña Juana se había puesto en lo peor.
+
+Y como todo el que se pone en lo peor, había acertado.
+
+El duque, no encontrando ya persuasión ni insistencia que bastasen para
+ablandar á aquella roca, apeló al oro, y corrompió, enriqueciéndola, á
+la servidumbre particular de la duquesa.
+
+Esta oyó una noche rechinar levemente una puerta.
+
+Cuando el duque, que era el que había hecho rechinar aquella puerta,
+entró en el aposento de doña Juana, se encontró á esta vestida de blanco
+de los pies á la cabeza, más hermosa que nunca, pero terrible.
+
+Doña Juana tenía un pistolete amartillado en la mano, y apuntaba con él
+al pecho del duque, á dos pasos de distancia.
+
+--¡Bravo recibimiento me hacéis!--dijo el duque, á quien de antiguo no
+imponía espanto el peligro--; contaba con resistencia, porque os conozco
+bien; pero no creía que me presentáseis batalla.
+
+--Si no os vais, os mato--dijo la duquesa con la voz más serena y más
+sonora del mundo.
+
+--Habéis de ser mía--dijo el duque, y se fué.
+
+La duquesa desarmó el pistolete, y se acostó como si tal cosa.
+
+Al día siguiente, las dueñas y las doncellas del cuarto de la duquesa
+fueron despedidas por el mayordomo.
+
+--Pero, ¿por qué se nos despide?--dijo una doncella que había sido
+envuelta sin culpa en el naufragio universal.
+
+--No lo sé, señoras mías--dijo el mayordomo--; no sé más, sino que su
+excelencia acaba de decirme que despida á sus dueñas y á sus doncellas.
+
+Y el mayordomo decía la verdad.
+
+No sabía absolutamente nada.
+
+El duque se dió á los diablos, y tomó el prudente partido de esperar.
+
+Mientras esperaba, la duquesa dió á luz un hijo varón.
+
+El duque de Gandía no pudo saber si su heredero, para el cual había
+escogido con tanto cuidado una hermosa madre, era feo ó hermoso.
+
+Con tanta precipitación quiso hacer su viaje el duque de Gandía, que le
+dió un causón en el camino, y se murió en una venta sin otro consuelo
+sino que también en un mesón se murió el gran rey don Fernando el
+Católico.
+
+Trajéronle difunto á su panteón de Madrid, y doña Juana se puso el luto
+sin alegría, pero sin sentimiento.
+
+El que se alegró poco cristianamente, fué el duque de Osuna.
+
+Muerto el obstáculo más grave, el duque creyó que los demás obstáculos
+serían fáciles de vencer.
+
+Dejó pasar algún tiempo, y un día, al fin, completamente vestido de
+negro, y de la manera más sencilla, se hizo anunciar á la duquesa.
+
+Doña Juana le recibió en audiencia particular; sólo que tenía vestido de
+negro también, sobre sus rodillas, á su hijo.
+
+Con el luto estaba la duquesa encantadora.
+
+Don Pedro Girón, que era violento, se sentó temblando de pasión y de
+deseo junto á ella.
+
+--Os amo--dijo el duque de Osuna--, y os declaro que soy tan vuestro,
+que no soy mío. Acoged propicia mi amor, que os juro que es tal, que si
+se ve despreciado, dará lugar á alguna desgracia.
+
+--Señor duque--dijo tranquilamente doña Juana--, mirad que os oye el
+duque de Gandía.
+
+Y señaló á su pequeño hijo.
+
+--Pero sois libre...
+
+--No por cierto, porque aún vive mi honor.
+
+--¿No confiáis en el mío?
+
+--El vuestro está tan enfermo, que dudo mucho que no muera si no le
+curáis á tiempo.
+
+--¿Qué decís, señora?
+
+--Que si yo soy libre, vos no lo sois.
+
+--¡Ah!
+
+--Sí; doña Catalina, vuestra esposa, tiene en mí una buena guardadora
+por lo que toca á sus derechos.
+
+--¿De modo que si yo fuera libre?...
+
+--Me esclavizaría con vos.
+
+--¿Me amáis?...
+
+--Me casé sin amor, y con vos, si pudiera ser, me casaría por tener un
+noble apoyo. Pero como esto no puede ser, adiós, señor duque, y
+perdonadme si no estoy más tiempo aquí.
+
+Y la duquesa se levantó, saludó profundamente á don Pedro, y salió con
+su hijo en los brazos.
+
+El duque estuvo á punto de hacer un desacierto; pero como un desacierto
+hubiera producido un escándalo, y el duque de Osuna era demasiado
+principal caballero para atreverse á un escándalo, se contuvo, salió de
+la casa, y después de haber dado vueltas á cien proyectos, y de haberlos
+abandonado por inaceptables, se redujo al último recurso de todo el que
+desea un casi imposible: á esperar.
+
+Y no sabemos cuánto tiempo hubiera esperado, si el mar, los vientos y
+los ingleses, no hubieran vencido á la _Invencible_; si por esto, doña
+Juana, que era del cuarto de la infanta doña Catalina, no hubiera ido á
+dar á su señora la nueva del fracaso, y no se hubiera encontrado sola en
+una galería obscura, con un hombre que tuvo buen cuidado de matar la luz
+antes de que pudiera reconocerle.
+
+[imagen:--¡Bravo recibimiento me hacéis!--dijo el duque.]
+
+Puede fácilmente suponerse el terrible efecto, la honda impresión, la
+desesperación que causaría en la duquesa aquel lance tan serio, tan
+grave, de tan terrible trascendencia.
+
+¡Y luego no saber el autor de aquel desacato!
+
+Doña Juana estuvo, como ya hemos dicho, muchos días avergonzada, sin
+atreverse á mirar frente á frente á ningún hombre de los de la
+servidumbre interior que habían estado de servicio la noche de su mala
+ventura; doña Juana se había informado de quiénes eran aquellos nombres,
+con gran reserva, se entiende; pero el duque de Osuna no había estado
+aquella noche de servicio, ni en El Escorial por aquel tiempo.
+
+Esto consistía en que el duque acababa de llegar á la ligera desde
+Madrid al Escorial, cuando se tropezó en la galería obscura con la
+duquesa, y después de su crimen, para no dar sospechas, se había vuelto
+á Madrid sin ver al rey.
+
+De modo que la duquesa no podía sospechar siquiera que el duque de Osuna
+hubiese sido el reo de aquella enormidad.
+
+Por lo tanto, era el único delante el cual se presentaba serena, y el
+duque era el único que se sonreía dolorosamente delante de la duquesa.
+
+Pasó algún tiempo y la duquesa se heló de espanto; conoció que era
+madre. ¡Madre de un bastardo, sin culpa, sin más culpa que la de un
+aturdimiento hijo de su misma pureza! ¡madre y viuda!
+
+¡Y sin conocer al padre de su hijo!
+
+Confesamos que la situación de doña Juana era excéntrica, excepcional,
+terrible.
+
+Llegó un momento en que la duquesa tuvo miedo de que conociesen su
+estado, y se retiró de la corte, se encerró en su casa.
+
+El duque de Osuna, al no ver en la corte á la luz de los ojos, quiso
+verla en el hogar doméstico.
+
+Pero encontró cerrada la puerta del hogar de doña Juana.
+
+Esperó, pero pasó algún tiempo, y doña Juana no se dió á luz.
+
+Entonces el duque tuvo una sospecha: la de si el retiro de doña Juana
+tendría por objeto ocultar un estado embarazoso.
+
+Bajo la influencia de este pensamiento, don Pedro se encerró en su
+camarín más reservado, tomó unas tijeras y en un libro, y provisto de
+una escudilla de plata con engrudo, se puso á cortar, á aislar, á
+descomponer una por una las letras de imprenta, y luego pegándolas con
+el engrudo sobre un papel, compuso la siguiente carta:
+
+«Juana de mi alma, corazón mío: Yo soy el dichoso y el desdichado que te
+encontró en una galería de El Escorial una noche de que es imposible que
+te olvides. Como has desaparecido de la corte, como te has encerrado,
+temo que sea una verdad dolorosa lo que sospecho. Si la deshonra te
+amenaza confía en mí: yo te salvaré. Pero contéstame. Mañana á la noche
+estaré, después de las doce, á los pies de tus ventanas que dan á la
+calle excusada.
+
+Tanto tardó el duque en componer esta carta, que ya era de noche cuando
+concluyó.
+
+Vistióse de negro, envolvióse en una capa parda, cubrióse con un ancho
+sombrero, y se fué en derechura con su carta cerrada á casa de la
+duquesa de Gandía, ó más bien á la calle donde la casa estaba situada.
+
+Esperó en un zaguán, y cuando salió un lacayo le siguió y le dijo,
+fingiendo la voz de tal modo que no podía ser reconocido:
+
+--Yo soy tal persona, que puedo hacerte mucho daño si te niegas á
+servirme, y rico si me sirves bien.
+
+Y diciendo esto, puso en las manos del lacayo algunos doblones de á
+ocho.
+
+--¿Y qué puedo hacer, señor?--dijo el lacayo vencido completamente.
+
+--Dime: Esperanza, la doncella de la duquesa, ¿tiene amante?
+
+--Sí, señor--dijo el lacayo--, y está para casarse.
+
+--¡Malo!--dijo para sí el duque--; ¿y con quién se casa Esperanza?
+
+--¿Con quién ha de ser, sino con el señor Cosme Prieto?...
+
+--¿Quién es ese Prieto?
+
+--El ayuda de cámara del duque difunto.
+
+--¡Ah! ¿un vejete?...
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Y con ese se casa doña Esperanza?
+
+--¿Qué queréis? tanto robó á su excelencia, que es muy rico.
+
+--¡Ya! pues mira: vas á buscar ahora mismo á Esperanza.
+
+--Muy bien.
+
+--La darás esta sortija y la dirás: el caballero que os envía como
+señal esta sortija, espera hablaros un momento por una de las ventanas
+que dan á la callejuela excusada.
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Pero al instante, al instante.
+
+--En el momento en que vuelva de avisar al médico de la señora duquesa.
+
+Dióle un vuelco el corazón al duque, pero temeroso de comprometer á doña
+Juana, no preguntó ni una sola palabra más al lacayo, y recomendándole
+que concluyera pronto, se fué á esperar á la calleja.
+
+Pasó más de una hora.
+
+Al fin el duque sintió abrir una de las maderas de una reja y luego un
+ligero _siseo_ de mujer.
+
+El duque se acercó á la reja, y con la voz siempre fingida dijo:
+
+--¿Sois vos Esperanza?
+
+--Yo soy, caballero--contestó de adentro una voz de mujer que, aunque
+fresca y sonora, no tenía nada de tímida--; ¿y vos sois quien me ha
+enviado un recado con el lacayo Rodríguez?
+
+--Sí; sí, señora.
+
+--¿Y qué me habéis enviado?
+
+--Un diamante que vale cien doblones.
+
+--¿Eso habrá sido por algo?
+
+--Indudablemente.
+
+--¿Me conocéis?
+
+--Sí, sé que sois muy hermosa. La hembra mejor que ha venido de
+Asturias.
+
+--Muchas gracias, caballero: ¿y vos quién sois?
+
+--¡Yo!... ¿qué os importa?
+
+--¡Vaya!
+
+--Soy joven; no tengo ninguna enfermedad contagiosa, ni me huele el
+aliento.
+
+--¿Y por qué fingís la voz?
+
+--Porque no quiero que me conozcáis.
+
+--¿Os conozco yo?
+
+--No; pero no quiero que me podáis conocer mañana.
+
+--¿Pero?...
+
+--Os amo.
+
+--¿Que me amáis? Si sois un caballero principal, no querréis más que
+burlaros de mí.
+
+--Vamos claros. Tú te casas con repugnancia con el viejo Cosme Prieto.
+
+--¡Ah! sí, señor; con mucha repugnancia.
+
+--Tú eres muy joven y puedes esperar.
+
+--Como que no tengo más que diez y ocho años.
+
+--Pero apuesto cualquier cosa á que si Prieto se casa contigo, es porque
+no ha podido ser tu amante.
+
+--¡Bah! bien lo ha querido y me ha ofrecido dinero.
+
+--Pero poco; ¿no es verdad?
+
+--Es muy mísero.
+
+--Vamos, yo soy muy rico y muy generoso: ¿quieres ser mi querida?
+
+--¡Señor!
+
+--No tendrás que casarte contra tu voluntad, y mucho menos con ese
+escuerzo de Cosme Prieto.
+
+--¿Pero qué dirán mis padres?
+
+--Vamos, toma esta buena bolsa de doblones de oro.
+
+--¡Señor!
+
+--¿No la quieres?
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--Pues entonces tómala.
+
+Salió una mano por la reja, y tomó la bolsa.
+
+--Ahora, ábreme--dijo don Pedro.
+
+--¡Ah, no! ¡no, señor!--exclamó vivamente Esperanza.
+
+--¡Ya, ya te entiendo! ¿Te parece poco el diamante y el bolso, ó temes
+que pueden ser falsos?
+
+--No; no, señor, es que soy una doncella honrada.
+
+--Oye, acaban de dar las ánimas; desde aquí á las doce de la noche van
+cuatro horas; ¿puedes tú bajar á las doce á esta reja?
+
+--¡Por esta reja! ahora su excelencia está en el oratorio, y he podido
+bajar; pero á las doce su excelencia estará en su dormitorio, y el
+dormitorio de su excelencia da á un corredor, y este corredor á unas
+escaleras que están aquí orilla.
+
+--¡Ah! ¿conque tu señora se ha venido á lo último de su casa?
+
+--Vive muy retirada.
+
+--¿Y no te atreves á venir por esta reja?
+
+--No, señor.
+
+--¿Pues por cuál?
+
+--Por la última, seis rejas más allá.
+
+--Pues vendré á las doce.
+
+--Venid; pero no os abriré el postigo; bajaré á hablar.
+
+--Bien, muy bien; me basta.
+
+--Pues quedáos con Dios, que temo que mi señora me llame.
+
+--Ve con Dios, y no te olvides de mi cita.
+
+--No lo olvidaré; á las doce, por la última reja del lado de allá; ésta
+es la primera.
+
+--Hasta luego.
+
+--Hasta luego.
+
+La reja se cerró.
+
+--¡Conque junto á esta reja hay una escalera que da á un corredor al que
+sale una puerta del aposento de mi ingrata amante! es necesario pensar
+en ello... es necesario que ya que por una locura, por una pasión
+violenta la he comprometido, la salve; y que la salve sin que nadie
+medie, con mi ingenio, con mi dinero y con la ayuda de Dios... sí, sí;
+la honra de doña Juana ha de quedar intacta. Pero observemos bien esta
+reja, que no se me despinte; encima hay otra con celosías. Otra reja
+volada; no se me confundirá. Además es la primera.
+
+Y el duque se separó de la reja, tomó el camino de su casa y se entró en
+ella por un postigo sin ser sentido de nadie.
+
+Abrió un pequeño guardajoyas que tenía en su aposento para su uso
+diario, y tomó una rica cadena de diamantes y la guardó en su escarcela.
+
+Entonces se puso á trabajar de nuevo, esto es, á componer con letras
+pegadas, bajo lo que había compuesto antes en la carta que había llevado
+consigo lo siguiente:
+
+«Me he procurado un medio de penetrar hasta la puerta de vuestro
+dormitorio, sin que nadie sepa que por vos he entrado en la casa; mañana
+habrá desaparecido de vuestra servidumbre la doncella Esperanza; no la
+busquéis porque no la encontraréis; no temáis nada por vuestra honra,
+porque esa Esperanza cree que estoy enamorado de ella y que sólo por
+ella voy. Sed prudente por vos misma, que ya podremos comunicarnos sin
+que os comprometáis.»
+
+Eran cerca de las doce cuando el duque de Osuna acabó de componer las
+anteriores líneas. Volvió á salir secretamente por el postigo, llegó á
+la calle á donde daban las rejas posteriores de la casa de la duquesa,
+reconoció aquélla por donde había hablado Esperanza cuatro horas antes,
+la dejó atrás y se detuvo junto á la última y esperó.
+
+Al dar las doce el duque sintió pasos indecisos de una mujer en el
+interior; acercarse aquella mujer á la reja, detenerse un momento como
+irresoluta, y abrir por fin las maderas.
+
+--¿Sois vos?--dijo con voz trémula Esperanza.
+
+--Yo soy--contestó con la voz siempre desfigurada el duque.
+
+--Pero ¿por qué si me queréis os ocultáis?
+
+--Ya me conocerás. Entre tanto toma esta cadena.
+
+--¡Una cadena!
+
+--Que vale trescientos doblones.
+
+--¡Ah! ¡trescientos doblones!--dijo Esperanza tomando con ansia la
+cadena.
+
+--Ya conocerás que quien tanto te da debe amarte mucho.
+
+--¡Oh! ¡y qué buena suerte la mía, señor!
+
+--No es la mía tan buena.
+
+--¿Por qué? yo... os quiero ya... os quiero bien.
+
+--No lo dudo. Pero me parece que no me querrás tanto que me recibas esta
+noche.
+
+--¡Ah, señor! no he tenido tiempo de buscar la llave del postigo.
+
+--¿Pero la tendrás mañana?
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--Y dime, ¿nos podrán sorprender por esta parte?
+
+--No; no, señor; por aquí no viene nadie; ese postigo no se abre nunca;
+por lo mismo, es necesario buscar la llave.
+
+--Cuento con que mañana...
+
+--¡Oh! sí; sí, señor.
+
+--Pues entonces, hasta mañana después de las doce.
+
+--Hasta mañana.
+
+El duque se fué, y la doncella se subió á su aposento con el corazón
+latiéndole con impaciencia por el regalo que la había dado su extraño
+amante.
+
+Cuando tuvo luz; cuando estuvo sola, miró estremecida la cadena y ahogó
+un grito de asombro.
+
+--¡Dice que vale trescientos doblones!--exclamó--y bien lo creo; esto es
+muy bueno, muy hermoso, ¿pero por qué me da tanto ese caballero? ¿si
+serán falsas estas piedras? Yo soy bonita, es verdad (y la muchacha no
+mentía), pero nadie me ha ofrecido tanto; cuando á una le dan para vivir
+toda su vida, cuando puede ser rica... y luego... debe ser hermoso... yo
+le veía los ojos en la sombra y me abrasaban... como que creo que le
+quiero... pero si fueran falsas estas piedras...
+
+Esperanza no durmió en toda la noche; al día siguiente se levantó muy
+temprano, y se fué á una platería.
+
+--Un caballero que me solicita--dijo al platero--me ha dado estas joyas:
+yo he temido que sean falsas.
+
+--¿Falsas? ¡eh, señora! si queréis ahora mismo por ellas doscientos
+doblones...
+
+--¿De veras?
+
+--Tan de veras como que os los doy.
+
+--No, no las vendo; quedáos con Dios.
+
+Y Esperanza volvió loca de alegría á su casa.
+
+Entretanto, el duque de Osuna decía á su mayordomo:
+
+--Oye: ¿no tengo yo ninguna casa en Madrid desalquilada?
+
+--Sí; sí, señor: en la calle de la Palma Alta tiene vuecencia una.
+
+--Hazla amueblar, y luego tráeme la llave y las señas de la casa.
+
+--Muy bien, señor.
+
+A la noche, á las doce en punto, el duque de Osuna llegó á la calleja á
+donde daba la parte posterior de la casa de la duquesa de Gandía.
+
+Reconoció la primera reja por donde había hablado la noche anterior con
+Esperanza; vió sobre ella el mirador con celosías, y arrancándose una
+cinta del traje, la ató en un hierro; después, llegó á la última reja, y
+esperó.
+
+Pero tuvo que esperar muy poco, porque Esperanza, que ya le esperaba,
+abrió al momento el postigo de la reja.
+
+--¡Ah! ¡buenas noches!--dijo la joven--; os esperaba con impaciencia.
+
+--¿Y me esperabas decidida á todo, luz de mi vida?--dijo el duque
+fingiendo siempre la voz y haciendo una violencia para enamorar á la
+doncella.
+
+--Sí; sí, señor; pero vos no pensaréis mal de mí--dijo con cierto
+embarazo Esperanza.
+
+--No, de ningún modo--dijo con impaciencia el duque--; ¿tienes la llave?
+
+--Sí, señor, trabajo me ha costado quitarla del manojo del conserje...
+pero ya está aquí.
+
+--Concluyamos entonces...
+
+--¡Ah, señor!... si os sintiese...
+
+--¿Decididamente consientes ó no en abrirme?
+
+--¡Ah, sí, señor!... pero si me engañáseis...
+
+--Mejor suerte has de tener que la que esperas...
+
+--Pues bien... sí... sí, señor; id por el postigo. ¡Dios mío!
+
+El duque de Osuna se acercó al postigo, latiéndole el corazón.
+
+Esperanza abrió.
+
+Cuando hubo abierto, el duque la asió una mano y tiró de ella.
+
+--¿Qué hacéis?--dijo asustada Esperanza.
+
+--Yo no me atrevo á entrar--dijo el duque.
+
+--Y entonces, ¿para qué queríais que abriese?
+
+--Para que salieras tú...
+
+--¡Pero Dios mío!... yo no os conozco.
+
+--¿Y qué te importa?...
+
+--Sí, sí--dijo con energía Esperanza--; venís encubierto, podéis ser un
+ladrón, haberme dado esas joyas y ese dinero para engañarme.
+
+--Y tiene razón la muchacha--dijo para sí el duque de Osuna, pero sin
+soltarla.
+
+Esperanza estaba fuertemente asida al marco de la puerta y pugnaba por
+desasirse del duque.
+
+--Si no me soltáis, grito.
+
+El duque se decidió á darse á conocer.
+
+--Y si gritas y vienen y yo no te suelto, te encontrarán con el duque de
+Osuna.
+
+--¡El duque de Osuna! ¡Dios mío! ¡pero esto no puede ser! ¡no, no,
+señor, vos me engañáis! ¡el duque de Osuna, cómo había de reparar en mí!
+
+--¿Conoces tú al duque de Osuna?
+
+--Le he visto entrar muchas veces en casa.
+
+--Y yo te he visto á ti muchas veces, y me he enamorado de ti.
+
+--¡Oh Dios mío!
+
+--Entra un tanto, que me voy á dar á conocer de ti.
+
+Entró Esperanza, el duque con ella, cerró el postigo, hizo luz con la
+linterna que llevaba bajo la capa, se quitó el antifaz y dejó ver su
+semblante á Esperanza.
+
+La muchacha se estremeció y cayó de rodillas.
+
+--¡Ah, señor! ¡perdonadme, perdonadme por haber dudado de
+vuecencia!--exclamó.
+
+--No me conocías--dijo el duque--, y nada tiene de extraño. Pero
+abreviemos, estoy en ascuas... quiero verme fuera de aquí cuanto antes.
+¿Te negarás ahora á seguirme?
+
+--No, no, señor... pero no tengo manto... me he dejado arriba en mi
+aposento, en mi cofre las joyas que vuecencia me dió...
+
+--Nos espera una silla de manos muy cerca... en cuanto á las joyas no
+importa... vamos.
+
+--¡Ah, señor...! ¡voy á seguiros...! ¡no sé lo que me sucede! ¡pero no
+me perdáis...!
+
+El duque tiró de ella, llegó al postigo, tomó la llave de la parte de
+adentro, la puso por la parte de afuera, cerró, guardó la llave y se
+alejó con Esperanza.
+
+A la revuelta de la primera calle, el duque dió una palmada.
+
+Acercaron una ancha silla de manos, y Esperanza y el duque entraron en
+ella.
+
+La silla se puso inmediatamente en movimiento.
+
+Esperanza guardaba silencio; el duque meditaba.
+
+--Es necesario, necesario de todo punto--pensaba el duque--, que yo sea
+por algún tiempo amante de esta muchacha, para que no pueda sospechar
+nada, para que crea que todo esto lo hago por ella.
+
+Y acercándose á Esperanza la abrazó.
+
+Esperanza, en el primer movimiento instintivo, luchó por desasirse del
+duque; pero luego se estuvo quieta.
+
+--¡Diablo!--dijo don Pedro--, del mal el menos; es buena moza cuanto
+puede pedirse, y parece honrada y buena... ¿qué diablos de
+complicaciones...? una querida más... y una pensión más... porque si no
+es mi querida, sospechará... podrá presumir, y es necesario que no
+presuma.
+
+Y tras este pensamiento, el duque enamoró de tal modo á Esperanza, que
+ésta dijo al fin para sus adentros:
+
+--Le parezco hermosa, y como estos señores son tan ricos y tan
+orgullosos, ha querido tenerme sin que nadie lo sepa... pero esto durará
+poco... y me dejará enamorada. ¡Dios mío! ¡y qué hermoso, y qué galán
+es!
+
+Y la muchacha suspiró.
+
+--¿Por qué suspiras?--la dijo el duque.
+
+--Porque os amo--dijo Esperanza dejando caer la cabeza sobre el hombro
+del duque.
+
+--Ya no me llamas excelencia, ni señor--dijo don Pedro--, y esto me
+agrada.
+
+--Por lo mismo lo hago, porque creo que estáis enamorado de mí.
+
+--Pero aún queda ese enojoso vos.
+
+--¡Hablaros yo de tú, como á Cosme Prieto! Es verdad que yo no soy como
+otras que vienen á servir de mi tierra. Yo soy noble.
+
+--¡Hola!
+
+--Mi padre tiene una torre con almenas en la Montaña, nuestro solar es
+muy antiguo; me llamo Esperanza de Figueroa.
+
+--¡Ah! ¿Eso es cierto?
+
+--Ya lo sabréis...
+
+--¿Y servías...?
+
+--Como doncella, á una grande de España; hay muchas damas sirviendo en
+la corte, hijas de nobles pobres; no se nos trata como se debía... ¡la
+necesidad...! somos siete hermanos... mi padre enfermo... mi madre
+anciana...
+
+--¡Ah! ¡ah! pues mejor, mejor... yo enriqueceré á tus padres... yo no te
+abandonaré.
+
+--¡Una sola palabra!
+
+--¡Qué!
+
+--¡Me amáis de veras!
+
+--¡Sí!--dijo el duque.
+
+--Pues bien; el amor iguala... yo no sé por qué te amo también, duque
+mío.
+
+--¡Diablo!--exclamó para sí el duque--; esta muchacha es más hechicera y
+tiene más talento de lo que yo creía. Me va interesando ya... como puede
+interesarme una mujer que no es la duquesa de Gandía.
+
+Abrióse en aquel momento la puerta de una casa, y entró la silla de
+manos.
+
+Se detuvo, y los hombres que la conducían se alejaron, y volvió á
+cerrarse la puerta.
+
+El duque abrió entonces la portezuela, salió, hizo luz con la linterna,
+y dió la mano á Esperanza.
+
+--Estamos enteramente solos--dijo el duque--: los que nos han traído no
+saben quién eres, ni de dónde sales.
+
+Y esta era la verdad.
+
+--¡Oh Dios mío, y qué locura!--dijo Esperanza asiéndose encendida y
+trémula, al brazo que el duque la ofrecía.
+
+Subieron unas escaleras.
+
+Dos horas después el duque bajó por aquellas mismas escaleras, pálido y
+pensativo.
+
+--Una mujer da otra mujer: el corazón, por lleno que esté, siempre tiene
+un hueco para la hermosura y para el corazón de otra mujer... ¡diablo!
+¡diablo! me parece que me hace pensar demasiado seriamente esta
+muchacha... será necesario enviarla cuanto antes y bien dotada á sus
+nobles padres, antes de que tengamos una historia, y acaso un
+remordimiento.
+
+Y el noble don Pedro abrió la puerta y salió.
+
+Eran las tres de la mañana.
+
+Dirigióse rápidamente á la callejuela á donde le llamaba su amor, su
+verdadero amor, la pasión de su alma, que no podían apagar las pasajeras
+lluvias de amorcillos que caían á cada paso, á causa de su carácter y de
+sus riquezas, sobre el duque.
+
+Llegó, y antes de poner aquella llave que tan cara, y al mismo tiempo
+tan dulcemente había comprado, se estremeció, dudó, retrocedió: temía
+que un accidente cualquiera denunciase, descubriese aquella su entrada
+subrepticia casa de la duquesa: pero el duque de Osuna, don Pedro, no
+retrocedía tan fácilmente; antes que dejar abandonada á sí misma á la
+duquesa, arrostró por todo: confiaba en su nombre, en su fama; ya en su
+juventud, don Pedro Téllez Girón era un magnífico grande, á quien se
+respetaba poco menos que al rey.
+
+Una vez dentro, recorrió algunas habitaciones desamuebladas, húmedas, á
+lo largo del muro de la calle, y fué reconociendo las rejas, ocultando
+la luz de la linterna cada vez que abría una.
+
+Al fin dió con aquella, en uno de cuyos hierros había puesto como seña
+una cinta: quitóla, cerró, dió luz de nuevo, y buscó la subida de la
+escalera; por la cual, según le había dicho Esperanza, se subía al
+corredor donde correspondía una puerta de escape del dormitorio de la
+duquesa.
+
+Aquel corredor tenía dos puertas: una á cada extremo.
+
+El duque en esta perplejidad se dirigió á la de la derecha, con paso
+silencioso como el de un ladrón, oculta la luz de la linterna, con las
+manos por delante.
+
+ * * * * *
+
+En un ancho y magnífico dormitorio, en un no menos ancho y magnífico
+lecho, dormía, mejor dicho, estaba acostada la hermosa duquesa de
+Gandía.
+
+Desvelábala el cuidado.
+
+La espantaba el día en que, no pudiendo ocultar más su estado, la fuese
+de todo punto indispensable confiar á alguien su secreto.
+
+¿Y cómo hacer creer á nadie la singular manera como había acontecido
+aquel terrible compromiso?
+
+Doña Juana, que era virtuosa y honrada, no podía menos de afligirse
+amargamente, y de llorar al verse sometida á aquella inaudita desgracia.
+
+Pidió á Dios que hiciese un milagro para librarla de la deshonra, de una
+deshonra á que ella no había dado lugar, sino siendo mujer, cuando oyó
+dos golpes recatados en la puerta de escape de la habitación inmediata.
+
+Doña Juana detuvo el aliento y escuchó de nuevo.
+
+Pasó algún tiempo y los dos golpes se repitieron.
+
+Por aquella puerta, condenada hacía mucho tiempo, y demasiado fuerte y
+bien cerrada para que pudiese libertarla de tener miedo, no podía llegar
+nadie como no fuese alguno de su servidumbre íntima, que tuviese interés
+en decirla algo secretamente, sin pasar por las habitaciones donde
+dormían la dueña y las doncellas de servicio.
+
+Doña Juana se levantó, se echó por sí misma un traje y se acercó á la
+puerta, á la que llamaban por tercera vez.
+
+--¿Quién llama?--dijo en voz baja.
+
+--Tomad lo que os doy por bajo de la puerta, y con ello mi corazón y mi
+alma, hermosa señora--dijo una voz tan desfigurada, que la duquesa no
+pudo reconocer.
+
+Al mismo tiempo sintió el roce de un papel por debajo de la puerta.
+
+Bajóse la duquesa y tomó el papel.
+
+Era la carta que había compuesto para ella el duque de Osuna.
+
+Se fué, latiéndola el corazón, á la luz, y leyó el doble contenido que
+ya conocen nuestros lectores.
+
+Apenas la leyó rápidamente, cuando corrió á la puerta.
+
+Necesitaba conocer al hombre audaz, causa del compromiso horrible en que
+se encontraba.
+
+Pero aquella puerta estaba condenada, no tenía la llave, y la duquesa se
+vió reducida á tocar á ella, á llamar levemente la atención de la
+persona que suponía al otro lado.
+
+Pero nadie la contestó.
+
+Volvió á llamar, y obtuvo por repuesta el mismo silencio.
+
+Poco después oyó allá, desde el fondo de la calle, una voz intensa,
+dolorosa, que exclamó:
+
+--¡Adiós!
+
+Doña Juana se precipitó á la reja, la abrió, miró á la calle, y vió á lo
+lejos, en uno de sus extremos, entre lo obscuro, un bulto que
+desaparecía.
+
+Doña Juana permaneció un momento en la reja mirando de una manera
+ansiosa al lugar por donde el bulto había desaparecido, como si hubiera
+querido atraerle, y luego se retiró, cerró lentamente las maderas, y se
+fué á la mesa, tomó su libro de devociones, cortó algunas hojas, y luego
+buscó unas tijeras y se puso á cortar letra por letra.
+
+Cuando tuvo una gran cantidad, las fué clasificando en montoncitos por
+orden alfabético: como podría decir un cajista, distribuyéndolas, y
+cuando las tuvo distribuídas, reparó en que no tenía con qué pegarlas
+sobre el papel.
+
+--No importa--dijo--, aprovecharé el tiempo: escribiré lo que he de
+copiar con esas letras.
+
+La duquesa de Gandía se puso á escribir su original, es decir lo que
+debía después componer.
+
+Y al escribirlo la infeliz lloraba.
+
+Cuando estuvo concluida la carta, que no fué sino mucho después del
+amanecer, porque la duquesa había pensado mucho, había rayado muchas
+palabras, que por la delicadísima índole del asunto, la habían parecido
+inconvenientes, resultó lo que sigue:
+
+«Señor, que no puedo llamar de otro modo al que tiene por una casualidad
+desdichada mi honra y mi vida, que todo es uno, en sus manos: Yo quiero
+creer que sois noble y generoso, y que será verdad que no me habréis
+comprometido valiéndoos, para hacer llegar á mis manos la carta vuestra
+que contesto, de la liviandad de una de mis doncellas, á quien yo creía
+por cierto más honrada. Quiero creer, que ni me culpáis por lo sucedido,
+ni habréis revelado ni revelaréis á nadie, ni aun á vuestro confesor, lo
+que sin conocernos ha pasado entre nosotros. En efecto, señor: lo que
+teméis es una horrible realidad, soy madre: por el amor de Dios, señor,
+ya que lo sucedido no tiene remedio, á vuestro honor me entrego; de vos,
+que sois la causa de mis desdichas, espero la salvación, y si me
+salváis, si nadie en el mundo más que vos puede saber lo que me sucede,
+si queda secreto, yo os perdonaré. Entre tanto, señor, seáis quien
+fuéreis, noble ó plebeyo, necesito saber vuestro nombre; necesito
+conoceros, para no dudar, para no creer que todos los que me hablan
+conocen mi desdicha. Cuando recibáis esta noche á las doce mi carta,
+entrad, entrad como habéis entrado hace poco, y hablaremos con la puerta
+de por medio, hablaremos y convendremos en lo que hayamos de convenir.
+Adiós, señor, la desdichada á quien conocéis y que no os maldice, porque
+no sabe maldecir; que no os odia, porque no sabe odiar.»
+
+Después de escrita esta carta, la duquesa la guardó cuidadosamente,
+envolvió cada suerte de letras de las que había cortado en su papel
+correspondiente y las guardó, cerró asimismo el libro de devociones, y
+se acostó.
+
+Algunas horas después, ya muy entrado el día, cuando la despertaron, la
+dueña más antigua la dijo toda azorada:
+
+--¡Señora! ¡Esperanza de Figueroa ha desaparecido!
+
+--¡Que ha desaparecido Esperanza!--exclamó la duquesa con tal asombro,
+tan ingenuo y tan natural, como si aquella hubiera sido la primera
+noticia.
+
+--Sí; sí, señora: desaparecido completamente.
+
+--Habrá salido...
+
+--Sí, señora: pero es el caso que se ha dejado su manto.
+
+--Esperad, que ya volverá: cuando vuelva la decís que la despido, y que
+Bustillos corra con lo necesario para enviársela á su padre, con una
+carta en que se diga por qué la vuelvo.
+
+--Muy bien, señora.
+
+--Haced que me traigan algo que sirva para pegar papel.
+
+Trajeron á la duquesa almidón cocido.
+
+--Retiráos--dijo la duquesa--; cerrad la puerta, y que nadie entre bajo
+ningún pretexto sin que yo le llame.
+
+--¿No almuerza la señora?
+
+--No.
+
+La dueña salió admirada.
+
+La pobre duquesa empleó todo el día en componer su carta con las letras
+cortadas, pegándolas como había hecho el duque de Osuna sobre un papel.
+
+--Guardó cuidadosamente lo que podía indicar su trabajo, quemó la carta
+del duque de Osuna y el original de la suya, llamó y comió algo.
+
+--¿Ha venido Esperanza? doña Agueda--dijo mientras comía la duquesa á la
+dueña que la había dado la primera noticia de la desaparición de la
+joven.
+
+--No; no, señora--dijo la dueña--; ni parece á pesar de que se han
+enviado algunos lacayos á buscarla. Parece que se la ha tragado la
+tierra. Será necesario dar parte á la justicia.
+
+--No, no: respetemos á su pobre padre... ocultémosle su desgracia--dijo
+la duquesa--; que nadie hable de ello... ya veremos lo que tenemos que
+hacer.
+
+--Muy bien, señora.
+
+--¿Ha dejado su cofre?
+
+--Lo ha dejado todo.
+
+--Pues bien: sacad ese cofre, que lo descerrajen delante de vos, y que
+me lo traigan. Yo sola he de verlo.
+
+--Muy bien, señora.
+
+Poco después la duquesa tenía en su habitación el pequeño cofre de
+Esperanza, descerrajado.
+
+Quedóse sola, y fué sacando la pequeña hacienda de la joven.
+
+Consistía en escasa ropa blanca, algunos abanicos, y otras joyuelas.
+
+Pero en un rincón del cofre, la duquesa encontró un pequeño envoltorio;
+un envoltorio pesado.
+
+Le abrió, y encontró quince doblones de oro de la cruz, una rica sortija
+y una cadena de diamantes.
+
+La duquesa lo adivinó todo.
+
+--¡Oh!--dijo profundamente--; la ha deslumbrado, la ha engañado, se la
+ha llevado consigo para que no hable: ¿quién será este hombre que tan
+villanamente obró conmigo aquella noche funesta, y que con tanta
+hidalguía cuida de que nadie, ni el aire pueda sospechar de mí? ¡Oh,
+Dios mío! ¡Dios mío! ¡si fuera el rey!... dicen que el rey es muy dado á
+las mujeres, muy enamoradizo... pero el rey no se recataría tanto... no,
+no... ¿quién será, Dios mío? ¿quién será?
+
+Y ni por sueños pasó por la imaginación de la duquesa, que aquel hombre
+pudiera ser don Pedro Téllez Girón.
+
+Tan imprudente le creía doña Juana, que á habérsela ocurrido aquel
+pensamiento, le hubiera desechado como absurdo.
+
+Y eso que siempre tenía en la memoria al duque de Osuna, porque le
+amaba.
+
+Pero para ella sola, con un amor encerrado en el fondo de su alma.
+
+La duquesa guardó el dinero y las dos alhajas, puso de nuevo en el cofre
+lo que de él había sacado, y mandó que lo pusiesen entre sus cofres de
+uso diario.
+
+Luego esperó con impaciencia á que diesen las doce de la noche.
+
+Poco antes ocultó la luz, se asomó á la reja y esperó.
+
+Al dar las doce, se oyeron pasos en la calleja, apareció un bulto, y se
+detuvo debajo de la reja donde estaba asomada la duquesa.
+
+Esta, temblando, dejó caer la carta.
+
+El bulto la recogió, y la dijo con voz desfigurada:
+
+--Mañana te contestaré, adorada mía; á las doce echa un cordón donde yo
+pueda poner mi carta.
+
+Y cuando la duquesa, atropellando por todo, iba á contestar, el bulto
+desapareció.
+
+Doña Juana se entró despechada en su dormitorio, se acostó, pero no
+durmió.
+
+A la noche siguiente, en punto de las doce, al entrar el duque de Osuna
+en la calle, al pararse bajo la reja, sintió abrir la del piso bajo.
+
+--Caballero, quien quiera que seáis--exclamó la duquesa de Gandía, que
+ella era--, escuchadme en nombre de vuestro honor.
+
+El duque, sobresaltado, guardó silencio por algunos segundos.
+
+Luego, desfigurando completamente la voz, contestó:
+
+--¡Oh! ¡y qué imprudente eres, y á qué terrible prueba me sujetas!
+
+--Habladme como queráis--dijo la duquesa--; yo no puedo evitarlo; soy
+vuestra esclava.
+
+--Perdonad, ¡ah! perdonad, señora--dijo el duque--, pero os amo tanto...
+
+--¿Y por qué siendo yo viuda, antes de llegar al punto á que habéis
+llegado...?
+
+--¿No os he dicho mi amor... no es verdad? sois tan virtuosa, señora,
+tan insensible...
+
+--Soy lo que debo de ser, pero no se trata de eso: ¿quién sois vos?
+
+--Un hombre que os ama.
+
+--¿Os conozco yo?
+
+--No.
+
+--¿Ni acudís á lugares donde yo pueda hablaros?
+
+--No.
+
+--¿Sois sin embargo, rico?...
+
+--Y noble: pero el ser rico y noble no supone que haya uno de entrar en
+los salones del rey.
+
+--¡Ah! si sois rico y noble, ¿por qué no os casáis conmigo?
+
+--Porque no puedo.
+
+--¿Sois casado?
+
+--No.
+
+--¿Pues si no sois casado?...
+
+--Mi cabeza está sentenciada...
+
+--¡Sentenciada! ¿Por qué delito?...
+
+--Por haber puesto mano á la espada contra el rey.
+
+--¡Ah! ¿y sois noble?
+
+--Porque soy noble; la misma noche en que fuísteis mía...
+
+--¡Callad!... pero si es cierto... yo preguntaré...
+
+--Nada sabréis, porque el rey y yo estábamos solos.
+
+--¿Y no puede el rey perdonaros?...
+
+--El rey me hará ahorcar el día que me coja...
+
+--Sois cruel; sois miserable... habéis cometido conmigo un crimen
+inaudito y no lo queréis reparar.
+
+--No puedo... pero nadie conocerá...
+
+--Eso es imposible.
+
+--Os juro que el secreto quedará únicamente entre los dos.
+
+--¿Por qué no me habláis con vuestro acento natural?
+
+--Si os hablo sin desfigurar la voz, soy perdido.
+
+--¿No cederéis?
+
+--No.
+
+--¡Que os castigue Dios!
+
+--Bastante castigado estoy, señora.
+
+--¡Oh! ¡qué situación tan horrible la mía!--exclamó la duquesa.
+
+--Horrible, sí, muy horrible--exclamó el duque--; horrible para los dos.
+
+--Porque... porque vos habéis sido un infame--dijo la duquesa, que no
+pudo contenerse más, llorando.
+
+--Culpad á Dios, que os ha hecho tan hermosa.
+
+--Concluyamos, caballero, concluyamos--dijo la duquesa--; os habéis
+burlado de mí... ya no tiene remedio; yo no me vengaré, yo no os
+maldeciré... pero Dios os castigará.
+
+--Ya os he dicho que estoy harto castigado.
+
+--¿Pero no os dais á conocer? Os juro que no me quejaré, que me
+resignaré... pero vuestro nombre...
+
+--No puedo... no debo... no lo diré...
+
+--Yo debo conoceros, puesto que con tal cuidado fingís la voz.
+
+--No, no me conocéis. Pero veamos, señora, lo que hemos de hacer; lo que
+importa es salvar vuestro honor.
+
+--¡Ah, Dios mío! ¿y cómo?
+
+--Nadie sabe por mi parte que yo os he escrito; para que mi carta llegue
+á vuestras manos ha sido preciso que yo engañe á una de vuestras
+doncellas.
+
+--¡Esperanza! la habéis seducido, la habéis comprado...
+
+--¡Cómo sabéis!..
+
+--Sí, sí por cierto... y os entrego el dinero y las alhajas que la
+dísteis.
+
+--Yo guardaré como preciosísimas estas alhajas y estas monedas que han
+estado en vuestro seno y que guardan su dulce calor--dijo don Pedro,
+tomando aquellos objetos que le daba la duquesa, y estrechando de paso
+una de sus manos, que la duquesa retiró vivamente.
+
+--¡Ah!--exclamó con indignación--¡no os basta el haberme perdido, sino
+que aún me seguís insultando!
+
+--¡Perdonad, señora, pero os amo tanto!
+
+--¿Y desde cuándo me amáis?...
+
+--Desde la noche en que...
+
+--De modo que cuando me encontrásteis, por mi mala ventura...
+
+--Me deslumbrásteis, señora; yo no os conocía... os vi... y...
+
+--Fuísteis un infame.
+
+--Tenéis razón; pero no fuí yo... fué un impulso superior á mis
+fuerzas... no hablemos más de eso...
+
+--Pero en la situación en que me encuentro...
+
+--Os salvaré de ella...
+
+--Alguien habrá de saber...
+
+--Dios, que lo sabe todo, vos y yo.
+
+--¿Y qué pensáis hacer? decidme.
+
+--Por el momento, alejar á Esperanza de Madrid. Para eso necesito irme
+con ella, estar á su lado algún tiempo.
+
+--¡Ah!
+
+--Un mes á lo menos. Hoy estamos á primeros de Abril; el primero de Mayo
+á las doce de la noche en punto, estaré en esta reja. Adiós.
+
+--¿Os vais?
+
+--Sí...
+
+--Y si os dijese que... que os amo...--dijo con gran dificultad la
+duquesa.
+
+--Yo sé que no me amáis; yo sé que mentís... perdonadme, pero esta es la
+verdad; que mentís para arrancarme mi nombre; vos no me amáis.
+
+--No... no miento--exclamó toda turbada la duquesa.
+
+--Pues bien, señora, yo tengo la llave de ese postigo; si es cierto que
+me amáis, permitidme que llegue hasta vos.
+
+--¡Ah! ¡no! ¡no! ¡imposible! si queréis que yo sea vuestra, hablad,
+descubríos el rostro, que yo os juro ser vuestra esposa.
+
+--¡Ah! ¡si eso pudiera ser! Pero adiós, señora, adiós.
+
+--¿Volveréis?
+
+--Volveré... dentro de un mes; el primero de Mayo á esta misma hora, por
+esta misma reja. Adiós.
+
+--Adiós.
+
+El duque de Osuna notó que doña Juana se quedaba en la reja.
+
+Tuvo intenciones de volver.
+
+De decirla: soy yo; yo el hombre que os ama; el hombre á quien amáis.
+
+Porque el duque de Osuna había llegado á comprender que doña Juana le
+amaba.
+
+Pero había comprendido también que doña Juana tenía fuerza sobrada para
+contener su amor.
+
+Que era capaz de morir antes que deshonrarse.
+
+El duque, pues, no se había atrevido á darse á conocer.
+
+El amor tranquilo de la duquesa, expresado por una tierna amistad, se
+hubiera convertido en odio al saber ésta que él era el causador de su
+situación horrible; doña Juana se hubiera negado á verle, y don Pedro no
+se atrevió á romper el incógnito.
+
+Trasladóse á la calle de la Palma Alta, á la casa donde tenía á
+Esperanza.
+
+La joven dormía profundamente, y en su boca, entreabierta por el sueño,
+lucia una sonrisa de deleite.
+
+--Dejémosla dormir--dijo el duque de Osuna--, y entretanto dispongámoslo
+todo para apartarla de aquí.
+
+Y bajó, abrió una reja y dió una palmada.
+
+Acudió un hombre.
+
+--¿Eres tú, Díaz?--dijo el duque.
+
+--Sí, excelentísimo señor.
+
+--¿Sabe alguien quién es la dama que está conmigo en esta casa?
+
+--Yo mismo no lo sé; vuecencia tenía la silla de manos dispuesta en una
+encrucijada; la noche en que vine era tan obscura, que aunque hubiera
+querido...
+
+--Muy bien; ahora mismo buscarás un coche de camino.
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Que el mayoral y los mozos sean extraños, que no me conozcan.
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Necesito ese coche dentro de una hora.
+
+--¿Y el equipaje del señor?
+
+--No necesito equipaje. Toma esta llave, entra en mi recámara, y abre el
+armario; en uno de sus tableros hay un cofre pequeño muy pesado,
+tráetelo.
+
+--¡Oh, y sin perder un minuto, traeré también á vuecencia equipaje!
+
+--Bien, escucha: pon algunos trajes de corte; es posible que sin
+descansar me plante en París.
+
+--¿Y va á ir vuecencia solo?
+
+--Enteramente solo; pero ve, mi buen Díaz, ve que estamos perdiendo el
+tiempo.
+
+El criado del duque partió á la carrera.
+
+Don Pedro volvió á subir al aposento donde dormía Esperanza, se acercó á
+la luz y miró la muestra de un enorme reloj de oro.
+
+--Las tres y media--dijo--; á las cuatro y media está aquí el coche; aún
+no es de día ni con mucho. Hay el tiempo preciso para que esa muchacha
+se vista.
+
+Y entrando en la alcoba la despertó.
+
+--¡Ah, sois vos, señor!--dijo Esperanza--; apenas puedo ver claro.
+
+--Sí, yo soy; levántate y vístete; nos marchamos.
+
+--¿Que nos marchamos? ¿Y á dónde?
+
+--Donde pueda vivir libremente á tu lado, Esperanza mía--contestó con
+ternura el duque.
+
+--Oh, cuánto te amo--dijo Esperanza, colgándose del cuello del duque.
+
+--Sí, sí; pero aprovechemos el tiempo.
+
+--¿Y á dónde vamos, señor?--dijo Esperanza, saltando casi vestida de la
+cama.
+
+--A París.
+
+--¡A París!
+
+--Sí, á una hermosa ciudad... muy noble y muy populosa... que vale algo
+más que Madrid.
+
+--¿Y allí no os conocen?
+
+--Sí, por cierto; pero en París es difícil encontrarse con los
+conocidos.
+
+--¿Pero vos no podéis estar siempre en París?
+
+--No; pero iré á verte largas temporadas. Tú puedes llevar á tu familia,
+vivir en un palacio.
+
+--¡Oh, Dios mío!
+
+--Quiero que pases por una dama principal.
+
+--¡Oh, descuidad!... no os avergonzaré, no diré á nadie que he estado
+sirviendo.
+
+--Lo quiero... no por mí, que eres tú harto hermosa para que pueda
+disculparme, sino por ti.
+
+--Sí, por ti y por mí. ¡Oh, Dios mío y qué feliz soy! ¡Cuando pienso que
+he estado á punto de casarme con Cosme Prieto!
+
+--Eso hubiera sido una atrocidad.
+
+--¡Bendita sea lo hora en que el gran duque de Osuna me vió!
+
+--El amor iguala á los bajos con los altos, y si no fuera yo casado...
+
+--¿Te casarías conmigo?
+
+--No; pero no me casaría con otra.
+
+--Yo os quiero así, mi señor... yo me muero por vos, y aunque no fuéseis
+rico ni duque, os amaría del mismo modo.
+
+--Oye: es el ruido de un coche. Mientras concluyes de vestirte voy á ver
+si falta aún algo.
+
+El duque bajó á obscuras y abrió la puerta.
+
+Entre la sombra vió un enorme coche de camino, y detrás un carro.
+
+La zaga del coche era un promontorio.
+
+--¿Qué es esto, Díaz?--dijo.
+
+--He concluído en menos de una hora. Como las ventas de España son tan
+malas, he cargado un carro de comestibles y vino; además he buscado un
+cocinero, y cuatro lacayos.
+
+--¿Y todo eso en media hora?
+
+--Como que hemos sido diez trabajando á un tiempo.
+
+--¿Y sabe esa gente que me acompañará quién soy yo?
+
+--No, señor.
+
+--¿Y qué es eso que abulta en la zaga?
+
+--Es un equipaje completo; el cofre pesado que estaba en el armario está
+en el cajón del coche, y ésta es la llave; he puesto además un talego
+lleno de ducados y otro de doblones de á ocho en el mismo cajón.
+
+--Bien, bien, Díaz; que esté todo dispuesto para marchar. Cuando salga
+yo con esa dama, cierra esta casa y vete; si pregunta alguien dónde
+estoy, responded que me he ido á caza.
+
+--Muy bien, señor; ¿y si la señora duquesa?...
+
+--Dí á Alvarado, mi secretario, que la diga que no he podido despedirme
+de ella porque he partido en posta con un encargo secreto del rey para
+la corte de Francia. Adiós.
+
+--Que vuecencia lleve buen viaje.
+
+Poco después salió Esperanza cubierta con la capa del duque, y asida á
+su brazo entró en el coche.
+
+Las mulas se pusieron en movimiento, sonaron las campanillas, rechinaron
+las ruedas y el pequeño convoy, compuesto del coche y del carro, salió
+de Madrid.
+
+Quince días después entraba en París.
+
+El duque tomó una hermosa casa en la calle de San Dionisio.
+
+Es decir, la compró.
+
+La hizo amueblar magníficamente en dos horas.
+
+Llamó modistas y vistió á Esperanza de un manera regia.
+
+Después la mostró un cofre lleno de alhajas y de doblones de oro.
+
+--Esto--la dijo--es para ti; llama á tus padres y vive con ellos; no
+digas á nadie que el duque de Osuna te ha traído, ni que has sido
+doncella de servir; no te conviene. Yo además te enviaré ó haré que te
+envíen todos los meses, mientras vivas, trescientos ducados.
+
+--¿Cómo, señor, os vais?
+
+--Necesito estar en Madrid á fin de mes.
+
+--¿Y no volveréis?
+
+--No lo sé.
+
+El duque se puso aquel mismo día en camino.
+
+Como no hemos de volver á encontrar á Esperanza, diremos cuál fué su
+suerte.
+
+Esperó durante algún tiempo al duque de Osuna siéndole fiel.
+
+Pero como el duque no fué, acogió los amores de un par de Francia, no
+tan rico, ni tan joven, ni tan hermoso como su primer amante grande de
+España.
+
+Arruinó al par, y después á un consejero del Parlamento, y luego á un
+caballero de San Luis, y después á un tendero de la calle de San
+Honorato, explotó cuanto pudo su hermosura hasta los veinticinco años,
+en que rica y célebre, se casó con un hermoso oficial de mosqueteros que
+encontró inoportuno pedir honra á una dama tan hermosa, tan rica y tan
+pretendida.
+
+El duque había logrado su objeto.
+
+Esperanza se guardó muy bien de decir á nadie que había servido á la
+duquesa de Gandía ni que había salido de su casa con el duque de Osuna.
+
+El guardar el decoro de la duquesa había costado á don Pedro un tesoro.
+
+Este volvió á Madrid de su expedición á París el mismo día en que lo
+había prometido á la duquesa.
+
+A las doce de la noche estaba en la reja.
+
+Al llegar, la madera de la reja se abrió.
+
+La duquesa de Gandía estaba esperando al duque.
+
+--¡Oh vos, quien quiera que seais...!--exclamó la duquesa--es necesario
+que me salvéis... vos que me habéis perdido... temo la mirada de
+todos... mi mejillas empalidecen; ¡oh Dios mio! creo que todos conocen
+mi deshonra.
+
+--¡Oh! descuidad, señora--exclamó conmovido el duque, aunque siempre
+desfigurando la voz... pero es necesario que pongáis de vuestra parte.
+
+--¿Y cómo?
+
+--He encontrado un medio...
+
+--¿Cuál?
+
+--Decid á vuestro confesor que habéis tenido una revelación.
+
+--No os comprendo.
+
+--Sí; he pensado mucho en vos... en vuestro compromiso.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío!
+
+--Decid, pues, á vuestro confesor, que el santo de vuestra devoción se
+os ha aparecido...
+
+--¡Una mentira sacrílega!
+
+--¡Para salvar el honor de una ilustre familia! ¡para salvar vuestro
+perdido honor!
+
+--Seguid, seguid.
+
+--Diréis que el santo os ha revelado que vuestro esposo está en el
+purgatorio.
+
+--¡Ah!
+
+--Que para salir de él, necesita que vos hagáis un año de penitencia...
+
+--No os comprendo aún.
+
+--Un año privada de la vista de todo el mundo.
+
+--¡Dios mío!
+
+--Os juro, señora, que no me perdonaré nunca el sacrificio á que os
+obliga mi locura...
+
+--No, no; merezco bien esa penitencia.
+
+--¡Vos!
+
+--Sí, yo; yo, al sentirme deshonrada, debí darme la muerte... y si no
+fuera por el hijo que siento en mis entrañas...
+
+--Pues bien, señora; yo os juro hacer tan grande y tan poderoso á ese
+hijo...
+
+--¡Ah, señor! ¿seréis acaso el rey?
+
+--¡El rey! guardáos muy bien, señora, de indicar nada á su majestad; os
+juro por la salvación de mi alma, que no soy el rey, ni mucho menos; que
+el rey ninguna parte tiene en vuestra desdicha, que yo soy... yo solo...
+el causador de ella.
+
+--¡Sin embargo, podéis hacer grande al desdichado fruto de vuestro
+delito!
+
+--Sí; sí, señora; grande entre los grandes.
+
+--Pero continuad, continuad; ¿cómo he de hacer yo para que nadie me vea?
+
+--Oíd: tendréis dos habitaciones enteramente provistas de cuanto
+necesitéis; cuando queráis algo, lo pediréis por escrito; llamaréis y os
+ocultaréis antes que puedan llegar.
+
+--Y... os comprendo... no sospecharán...
+
+--Vos sois piadosa, os habéis criado en un convento de monjas...
+
+--¿Y si sobreviene alguna enfermedad?
+
+--Dios no querrá, y si eso sucede, ya encontraré otro medio.
+
+El duque y la duquesa acabaron de madurar su plan.
+
+Al día siguiente doña Juana llamó á su confesor, y le dió parte de que
+había tenido una revelación, que para salvar del purgatorio á su esposo,
+se la había mandado recluirse durante un año, de tal manera, que no la
+viese persona viviente; que había prometido hacerlo y que estaba
+resuelta á cumplir su promesa.
+
+El confesor, que era un reverendo fraile franciscano, bueno y crédulo,
+aprobó la conducta de la duquesa, y no sólo la aprobó, sino que la
+excitó á que la cumpliese cuanto antes.
+
+Preparáronse dos habitaciones y empezó el encierro.
+
+Cuando la duquesa se levantaba, llamaba.
+
+Entonces la preparaban el almuerzo y la ropa blanca y lo que había
+menester en otra habitación y cuando todo el mundo había desaparecido,
+hacían señal con una campanilla.
+
+La duquesa pasaba á la otra habitación, que estaba completamente á
+obscuras, para evitar cualquier curiosidad reprensible; la duquesa
+cerraba por una parte y otra dos puertas, y sólo cuando era imposible
+que nadie la viese, abría las ventanas que estaban cubiertas por
+cortinas.
+
+El paso de una á otra habitación se hacía siempre así.
+
+Era imposible que nadie comprendiese su estado.
+
+Todo estaba previsto; hasta los menores detalles se llenaban.
+
+Súpolo el rey y no lo extrañó, porque conocía la piedad de la duquesa;
+celebrólo más bien.
+
+Súpolo la corte y nadie sospechó, porque no podía sospecharse nada de
+doña Juana.
+
+Todos, en aquellos tiempos en que la religión estaba sostenida por una
+fe ardiente, encontraron muy natural el sacrificio de la duquesa, y la
+tuvieron por una santa.
+
+¡Y cuánto luchó la desgraciada en aquel largo encierro! ¡cuánto sufrió!
+¡cuánto gozó en su sufrimiento!
+
+Había perdonado al causador de sus males, porque al fin se mostraba
+generoso, y sentía una viva ansia por conocerle.
+
+Pero el duque de Osuna, que iba recatadísimamente á verla por la reja
+algunas veces en la semana y en las altas horas de la noche, conservaba
+rigurosísimamente su incógnito.
+
+En vano doña Juana pretendía desvanecer la sombra de aquel bulto negro
+que se acercaba á la reja.
+
+En vano pretendía recordar una voz conocida en aquella voz afectada.
+
+El causador de su desdicha seguía siendo para ella un misterio, un
+imposible, un pensamiento fijo.
+
+Y por intuición, como por instinto, al sentir á su hijo en su seno, la
+pobre madre pensaba involuntariamente con el corazón abrasado de amor en
+el duque de Osuna, en aquel hombre á quien no podía pertenecer, que no
+debía conocer jamás su amor.
+
+Y nunca sospechó que aquel encubierto de la reja fuese el duque de
+Osuna.
+
+Pasáronse al fin seis meses desde el encierro de la duquesa.
+
+Hacía ya algunos días que el duque ocupaba una casa frente por frente de
+las rejas de la duquesa, desde donde á una señal debía acudir á todo
+trance.
+
+El duque conservaba aún la llave del postigo.
+
+Desde hacía algunos días, el duque lo tenía preparado todo; la casa de
+don Jerónimo Martínez Montiño, en Navalcarnero, una litera y mozos en la
+casa vecina á la de la duquesa; cuanto era necesario.
+
+Una noche del mes de Septiembre, que Dios quiso fuese obscura y lóbrega,
+el duque acudió á la reja.
+
+Abrióse ésta al momento, y la dolorida voz de la duquesa exclamó:
+
+--Salvadme, caballero, salvadme; abrid el postigo; entrad; yo muero.
+
+El duque entró, y encontró á doña Juana desmayada.
+
+Entonces hizo salir la litera de la casa de enfrente, sacó á doña Juana
+en sus brazos, la metió en la litera, cerró el postigo, y partió hacia
+Navalcarnero.
+
+Hizo el diablo, que en aquellos momentos pasase por la calle el tío
+Manolillo, y lo viese todo, y siguiese á la litera.
+
+Antes del amanecer, doña Juana volvió á su casa.
+
+Había dejado á su hijo en Navalcarnero.
+
+Doña Juana, exponiéndose á morir, no alteró la costumbre que desde el
+primer día de su encierro había establecido.
+
+Nadie pudo saber nada.
+
+El tío Manolillo, que había cogido el secreto dos veces, su principio en
+el Escorial, su fin en Navalcarnero, calló, porque el tío Manolillo
+sabía que ciertos secretos valen tanto, que no deben malgastarse.
+
+Durante algunas noches, el duque de Osuna entró por el postigo.
+
+Cuando la duquesa estuvo restablecida, cuando pudo bajar las escaleras,
+le habló por la reja.
+
+--Os doy las gracias--le dijo--, por lo honrado que habéis sido; me
+habéis salvado, después de haberme perdido, y os perdono enteramente.
+Existiendo lo que entre los dos existe, ¿no podré saber quién sois?
+
+--No--contestó con voz ronca el duque.
+
+--No insisto; pero juradme que nada tengo que temer por mi hijo.
+
+--El será grande y noble.
+
+--Oíd; yo quiero alguna vez conocerle.
+
+--No es prudente.
+
+--Cuando ya sea hombre á lo menos.
+
+--Hablad, señora.
+
+--¿Cuando sea hombre ocupará un lugar distinguido en la corte?
+
+--Sí, señora.
+
+--Se casará, le casaréis con una dama.
+
+--Sí; sí, señora.
+
+--Pues bien, esperad.
+
+La duquesa subió, y bajó á poco.
+
+--Tomad.
+
+--¿Y qué es esto, señora?
+
+--La herencia que doy á mi hijo; el aderezo que llevé puesto el día en
+que me velaron con el duque de Gandía.
+
+--¿Y bien?...
+
+--Si se casa mi hijo... nuestro hijo, con una dama, y esa dama concurre
+á la corte, que lleve algunos días puesto este aderezo, y un medallón en
+que hay un rizo de mis cabellos.
+
+--Bien, muy bien, señora.
+
+--Ahora, caballero, ahora que todo ha concluído entre nosotros, no
+volváis á verme, sino para algo demasiado grave, para decirme, por
+ejemplo, si soy tan desgraciada... nuestro hijo ha muerto.
+
+--¡Ah! ¡no quiera Dios, señora, que muera el hijo de nuestro amor!
+
+Después de algunos momentos de conversación, duque y duquesa se
+separaron.
+
+Y no volvieron á verse por la reja.
+
+Pero cuando doña Juana acabó de cumplir su voto aparente, y se presentó
+en la corte, el duque de Osuna se presentó á ella, galán y hermoso.
+
+La duquesa palideció.
+
+--¡Oh! ¡cuánto os amo!--dijo el duque con un acento salido del
+corazón--; yo sabía que érais hermosa y pura; pero no sabía que érais
+una santa... ¡y un año mortal sin veros!... y á fe á fe que me parecéis
+más hermosa.
+
+La duquesa se vió obligada á imponer silencio al duque, pero no sospechó
+que él fuese el encubierto de la reja; nunca lo sospechó.
+
+El duque creyó, por su parte, que nadie sabía el secreto de la duquesa.
+
+Ignoraba que el bufón del rey lo sabía por completo, por dos extrañas
+casualidades.
+
+Ignoraba también que cuando dejó de socorrer á su hijo, con la intención
+de que se acostumbrase á la lucha y á la pobreza, Jerónimo Martínez
+Montiño, que amaba al bastardo como si fuera su propio hijo, fué traidor
+al secreto por amor á don Juan.
+
+Un día llamó al escribano Gabriel Pérez, que ya estaba viejo, y le
+sedujo para abrir el cofre que le había dejado en depósito el duque.
+
+El escribano, como que podía poner un nuevo testimonio, cedió por
+curiosidad y por algunos ducados.
+
+Abrióse el cofre, y encontraron la carta en que don Pedro revelaba á su
+hijo que conociera á su madre por medio del aderezo de brillantes.
+
+Pero como no constaba el nombre de la madre y sólo el amor que decía
+haberla tenido el duque, Jerónimo Martínez Montiño, empeñado en saber
+quién era la madre de don Juan, se trasladó á Madrid, y tanto preguntó á
+amigos, á conocidos, acerca de una dama á quien hubiese amado mucho el
+duque de Osuna en cierta época, que hubo de saber que el duque había
+andado enamorado de la duquesa viuda de Gandía, pero sin obtener nada.
+
+Entonces Jerónimo quiso conocer á la duquesa, y la conoció.
+
+Vió que los cabellos de la duquesa eran rubios, del mismo color que el
+rizo que estaba encerrado en el medallón.
+
+Después preguntó quién era ó había sido el joyero del duque de Gandía.
+
+Dijéronselo, y le buscó, y en secreto le preguntó, presentándole un
+brazalete, si lo había él fabricado.
+
+--En efecto--dijo el platero--, este brazalete es una de las alhajas del
+aderezo completo que hice para el casamiento de la señora duquesa de
+Gandía.
+
+--Pues devolved estos dos brazaletes á la duquesa--dijo Jerónimo, que
+comprendió que era el mejor medio de escapar, y dejando las dos joyas,
+salió de la tienda y se perdió.
+
+El platero llevó al momento las joyas á la duquesa.
+
+Al verlas doña Juana, tembló, palideció.
+
+--¿Quién os ha dado esto?--le dijo.
+
+--Un hombre á quien no conozco, que me ha encargado de hacer devolución
+de ello á vuecencia.
+
+--Pero su nombre...
+
+--No le conozco, señora.
+
+--Os haré prender.
+
+--¡Ah, señora! eso sería muy injusto.
+
+--Id, id con Dios--dijo la duquesa meditando que si se empeñaba en
+averiguar por dónde habían venido aquellas joyas, podía descubrir su
+secreto.
+
+Pero doña Juana quedo en una ansiedad mortal.
+
+¿Habría muerto su hijo, aquel hijo á quien amaba tanto?
+
+Doña Juana, pues, no era feliz.
+
+Y de repente se le habían revelado dos grandes misterios, por medio del
+aderezo usado por doña Clara Soldevilla.
+
+Había conocido á su hijo.
+
+Era un mancebo hermosísimo, capaz de enloquecer á una madre; noble,
+generoso, honrado por el rey, casado con una dama sin tacha, por más que
+no fuese muy de la devoción de la duquesa, por ser amiga doña Clara de
+la reina y conspirar contra el duque de Lerma.
+
+¿Y aquel mancebo era hijo del duque de Osuna?
+
+Nada tiene de extraño, pues, que doña Juana de Velasco se sintiese mala
+al ver su aderezo sobre doña Clara; nada, pues, que esperase con tanta
+impaciencia á los dos jóvenes.
+
+Tenía, á pesar de su prevención hacía ella como conspiradora, gran
+confianza en doña Clara; sabía cuánto era noble y pura, y en cuanto á
+hermosa...
+
+Como madre, tenía lleno el corazón doña Juana con la esposa de su hijo.
+
+Pero... se veía obligada á defenderse delante de ellos; había llegado el
+momento de la defensa y temblaba.
+
+Al fin se abrió una puerta, y un maestresala dijo:
+
+--El señor don Juan Téllez Girón y su señora esposa están en la cámara
+de vuecencia.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LVII
+
+AMOR DE MADRE
+
+
+Doña Juana fué allá desolada.
+
+Sin embargo, se detuvo cobarde antes de levantar el tapiz de la puerta
+exterior.
+
+Vió á don Juan que miraba los retratos de familia de sus abuelos, y á
+doña Clara que los miraba también hechiceramente apoyada en el hombro de
+su marido con el más delicioso abandono.
+
+--¡Oh Dios mío!--dijo la duquesa--¡y es preciso, preciso de todo punto!
+
+Y adelantó.
+
+Los dos jóvenes se volvieron.
+
+La duquesa miró á don Juan, hizo un ademán de arrojarse en sus brazos;
+pero se arrojó de repente en los de doña Clara.
+
+La joven la estrechó entre ellos, la besó en la frente con ternura y la
+dijo exhalando su alma en su acento y en su voz, que sólo la duquesa
+pudo oír:
+
+--¡Oh! ¡madre mía!
+
+La duquesa se levantó de entre los brazos de doña Clara, y la miró al
+través de sus lágrimas.
+
+La joven había tenido la delicadeza de no llevar el aderezo de bodas,
+aquel terrible aderezo.
+
+Pero en cambio llevaba uno no menos rico de su madre.
+
+--Sí, sí; ¡mis hijos!--exclamó la duquesa--; pero hablad bajo... muy
+bajo... vos...--añadió dirigiéndose á don Juan--hacedme el favor de
+cerrar por dentro aquella puerta. Ahora venid, venid conmigo á mi
+recámara, donde nadie pueda escucharnos.
+
+Los dos jóvenes siguieron á la duquesa.
+
+Esta llevaba asida de la mano á doña Clara.
+
+Cuando estuvieron solos, en un reducido y bellísimo gabinete, la duquesa
+no pudo contenerse; se arrojó entre los brazos de don Juan, le besó,
+lloró, rió y por último cayó desvanecida sobre el estrado.
+
+--¡Agua! ¡agua! ¡Clara mía!--exclamó don Juan--¡mi pobre madre!...
+
+Doña Clara buscó agua, y no encontrándola, sacó de su seno un pomito de
+agua de olor y la esparció sobre el rostro de la duquesa.
+
+Al poco tiempo, como el desvanecimiento había sido ligero, doña Juana
+volvió en sí.
+
+Vió á los jóvenes y se ruborizó.
+
+Ellos conocían su secreto.
+
+La duquesa se había visto obligada á llamarlos.
+
+Su honor exigía una explicación, una revelación.
+
+Y en medio de la situación difícil en que se encontraba, gozaba un
+placer infinito, una alegría inmensa, inefable, como nunca había
+experimentado.
+
+Al fin era madre y tenía delante á su hijo.
+
+Y su hijo era hermoso.
+
+En su ancha y noble frente se reflejaba la grandeza de su raza: en sus
+ojos brillaban la generosidad, el valor, cien nobles pasiones.
+
+Y aquellos ojos, fijos dulcemente en ella, inundaban de un placer
+desconocido el alma de la duquesa, la inflamaban en un amor infinito.
+
+Era el purísimo amor de una buena madre, que había llorado veinticuatro
+años por su hijo á quien no conocía, y que le era tanto más querido,
+cuantos más sacrificios de todo género le había costado.
+
+Junto á sí, y esposa de su hijo, tenía á aquella admirable mujer,
+modelo de la dama española, tipo por desgracia perdido, con su belleza
+espiritual, con su noble aspecto, con la delicada atmósfera de
+distinción que vemos aún en los retratos contemporáneos de Pantoja, de
+Velázquez y de otros tantos.
+
+Doña Juana, pues, sufría y gozaba; lloraba y sonreía, se avergonzaba, y
+sin embargo su alma se dilataba, reposaba en una dulce confianza.
+
+Doña Juana entonces estaba en el cielo, sin haber desaparecido de la
+tierra.
+
+Asió las manos de los dos jóvenes, los atrajo á sí, los estrechó á un
+tiempo contra su pecho, y partió con los dos sus besos y sus lágrimas.
+
+Después, separándolos dulcemente de sí, les dijo:
+
+--Necesito justificarme ante vosotros.
+
+--¡Madre y señora!--exclamó don Juan.
+
+--¡Justificaros vos! ¿y de qué?--dijo doña Clara.
+
+--Vos, don Juan, sois noble y á más de noble, hombre de honor; no
+desmentís la ilustre sangre que por vuestro padre y por mí corre en
+vuestras venas. Estoy segura, no tengo duda de ello, que os pesa de ser
+mi hijo.
+
+--¡Ah! ¡no! ¡no!--exclamó don Juan.
+
+--Y vos, doña Clara; vos, cuya fama brilla pura y resplandeciente como
+el sol; vos, hija mía, vos tan hermosa, que no hay hermosura que os
+iguale en la corte; vos tan noble como yo y como su padre; vos
+pretendida por tantos ilustres caballeros, y tan insensible con todos,
+vos casada con don Juan, enamorada... porque no tenéis que decírmelo...
+la felicidad brilla en vuestros ojos... enamorada con toda vuestra alma
+de vuestro esposo, sin duda seríais más feliz si vuestro esposo no fuera
+mi hijo.
+
+--Os juro, mi buena, mi amada madre, que no.
+
+--Y sin embargo, hemos sido enemigas.
+
+--¡Enemigas!--dijo don Juan.
+
+--Si no enemigas, yo no la he querido bien, y ella me ha querido mal.
+
+--No; no, señora: todo consiste en que vos sois amiga de Lerma, y yo
+amiga de la reina... pero eso nada importa; vos habéis querido separarme
+de la reina... esto era natural. La reina tenía y tiene en mí un apoyo
+muy fuerte; porque es fuerte todo aquel que lleva su amistad, su amor
+hasta el punto de sacrificarlo todo por la persona á quien ama, y una
+prueba de ello ha sido mi casamiento.
+
+--¡Ah!--exclamó la duquesa.
+
+Don Juan se sonrió, y miró de una manera elocuentísima á su mujer.
+
+--Digo, señora, que una prueba de mi amor á su majestad, ha sido la
+causa de mi casamiento con mi don Juan; yo me hubiera casado con
+cualquiera en las circunstancias en que su majestad se encontraba...
+
+--No os comprendo...
+
+--Tiempo tendré de explicarme. Digo que en las circunstancias en que se
+encontraba la reina, con cualquiera me hubiera casado; pero al casarme
+por obligación con don Juan...
+
+--¡Por obligación...!
+
+--Antes he sido su esposa ante Dios y los hombres, que su mujer.
+
+--¡Ah! perdonad; pero suceden, aun á la mujer más pura, cosas tan
+extraordinarias... y él, un Girón... audaz y apasionado como su padre...
+os repito que no os comprendo.
+
+--Sin tener comprometido mi honor, me he visto obligada, por salvar á su
+majestad, á casarme con vuestro hijo. Pero he sido tan afortunada, que
+ansiaba ese casamiento, que ardía en amores por él... que al darle mi
+voluntad, mi libertad, mi vida, delante de Dios, no era yo quien daba,
+sino quien tomaba; no era yo quien hacía feliz, sino quien se hacía á si
+misma dichosa.
+
+--¡Cómo!--exclamó don Juan.
+
+--Hace ya algunas horas que somos uno en dos: marido y mujer; don Juan,
+estoy delante de vuestra madre, que siéndolo vuestra lo es mía; nadie
+nos oye más que nuestros corazones. Ya os lo puedo decir, os lo debo
+decir: cuando os vi por primera vez... cuando vuestra torpeza os hizo
+perderos hace tres noches en palacio...
+
+--¡Cómo! ¿no os conocíais hasta hace tres noches...?--exclamó la
+duquesa.
+
+--No, madre mía, no--dijo don Juan.
+
+--Si no hubiera sido torpe... no nos hubiéramos visto.
+
+--Si mi tío fingido hubiera estado en palacio, no nos hubiéramos
+conocido.
+
+--Y si no nos hubiéramos conocido, no seríamos tan dichosos, tan
+completa, tan inmensamente dichosos. Perdonad, señora--añadió doña
+Clara--, pero yo no le debo ocultar nada; me parece ahora, ahora que le
+veo delante de mí, que es mío... mirad, madre, me parece que estoy
+entregada á un sueño dulce, y mi vida se llena de no sé qué delicia,
+que me embriaga, ¡y soy tan feliz! ¡Dios mío! ¡tan feliz! ¡tan feliz!
+
+Doña Clara se puso vivamente encendida, y ocultó su rostro embellecido
+por la felicidad y por el pudor, en el seno de la duquesa.
+
+--Sois un tesoro, doña Clara--dijo la duquesa, levantando entre sus
+manos la hermosa cabeza de doña Clara y besándola en la boca.
+
+Don Juan, dominado por su amor, por sus sentidos, apoyó un brazo en el
+sillón, y en su mano la cabeza.
+
+--Como debo decírselo todo, es necesario que sepa, delante de vos que
+sois su madre, como quisiera que viera mi alma entera... ¿por qué no he
+de decirlo...? que al abrir la mampara de la cámara de la reina, al
+verle delante de mí, me sentí herida, no sé cómo, de una manera
+dolorosa, y al mismo tiempo dulce; que le amé... que le amé cuanto se
+puede amar... y después... después... cuando amparada de él corrí á
+obscuras las calles de Madrid apoyada en su brazo... yo... le amo desde
+que le vi... y si no hubiera sido su esposa, me hubiera metido monja...
+¿cómo queréis que me pese que sea hijo de vos, de la madre que le ha
+dado el ser para que haga mi ventura?
+
+--Y aunque no os pese, hijos míos... ¿qué pensaréis de vuestra madre?
+
+Los jóvenes bajaron la cabeza..
+
+--Vuestra madre, don Juan, es digna de vuestro respeto; la madre de
+vuestro esposo, doña Clara, es tan pura como vos... una violencia....
+una locura... un mal pensamiento de vuestro padre, tiene la culpa de
+todo. Yo no sabía, yo no he sabido hasta que he visto el aderezo con que
+os presentásteis á la corte, hija mía, que era el duque de Osuna el que
+tan cruelmente abusó del terror, de la debilidad, del aturdimiento de
+una mujer en una ocasión funesta. Yo no he sido amante de vuestro padre,
+don Juan, yo no tengo de común con él nada más que vos, que sois nuestro
+hijo y os he reconocido... porque mi corazón de madre no ha podido
+contenerse... os he llamado después para abrazaros, para veros junto á
+mi á solas; para deciros: yo os amo, os amo con mis entrañas, con mi
+alma, con mi vida... os amo desde el momento en que os sentí alentar en
+mi seno; os amo más que á mi hijo don Carlos, más, mucho más, porque me
+habéis sido más costoso, y al conoceros, don Juan, estoy orgullosa de
+ser vuestra madre... y yo os veré, os veré todos los días... ¿no es
+verdad que os veré?
+
+--¡Oh! ¡sí!
+
+--Y oíd... cuando vos os apartéis de vuestra esposa...
+
+--¡Apartarse...!--exclamó con profunda energía doña Clara.
+
+Todos sus abuelos han servido al rey.
+
+--¡Ah, no, no! bastantes aventureros tiene España que vayan á matarse en
+la guerra, en Flandes, en Italia y en Francia; don Juan es valiente...
+don Juan es capitán de la guardia española junto al rey, y no saldrá de
+Madrid, no saldrá de la corte; vos sois camarera mayor de la reina y yo
+dama de honor; los tres unidos, viviremos muy felices, y luego... lo
+dominaremos todo... ganará la reina y perderá Lerma.
+
+Frunció el bello y pálido entrecejo doña Juana.
+
+--Lerma abusa de vos, madre mía, de vuestra buena fe--dijo don Juan--.
+Lerma es un ladrón duque, un miserable. Yo os convenceré, vos no debéis
+servir á Lerma... y, además, si no os conociesen tanto en la corte, como
+aún sois hermosa y joven...
+
+--Cincuenta y seis años--dijo la duquesa.
+
+--Sin embargo, podrían creer...
+
+--¡Qué!
+
+--Podrían creer que amábais.
+
+--No... no pueden creer eso... eso no es verdad... yo no he amado á
+nadie... más que á vuestro padre... y nunca lo ha sabido... no lo sabrá
+jamás... porque vosotros, á quiénes debe interesar el honor mío, no se
+lo diréis... ¿no es verdad?
+
+--No; no, señora.
+
+--No le digáis nunca... os lo pido con el corazón abierto, por Jesús
+sacramentado, no le digáis nunca que doña Clara se ha puesto aquel
+aderezo, que yo os he reconocido, don Juan... no le digáis nunca lo que
+está sucediendo entre nosotros... lo que sucederá... jurádmelo, hijos
+míos, jurádmelo.
+
+--Señora--exclamó don Juan--: os lo juro por el nombre de mi padre, que
+conservaré sin mancha; por vuestro amor, que guardaré en lo más profundo
+de mi alma.
+
+--Y yo os lo juro por mi honra y por la suya, madre mía.
+
+--¡Oh! ¡pues entonces, soy la mujer más feliz del mundo!--exclamó, dando
+un grito ahogado por las lágrimas, la duquesa.
+
+Pero de repente palideció y tembló.
+
+--¿Qué tenéis, madre mía?--exclamó don Juan.
+
+--¡Oh! hay alguien que conoce no sé cómo este secreto--dijo la duquesa.
+
+--¡Alguien! ¿y quién es?--dijo don Juan.
+
+--No lo sé... no lo sé... antes de anoche... antes de anoche no
+encontraba yo á su majestad en su cámara... la buscaba... de repente me
+dejan caer el candelero de la mano, y oí una voz ronca, una voz que no
+pude reconocer, y que me dijo, no he olvidado una de sus palabras, no he
+podido olvidarlas: _si queréis que nadie sepa vuestros secretos, noble
+duquesa, guardad vos un profundo secreto acerca de lo que habéis visto y
+oído esta noche_.
+
+--¿Y no habéis podido averiguar quién era ese hombre?
+
+--No.
+
+--Sin duda se referían á vuestras inteligencias con el duque de
+Lerma--dijo doña Clara.
+
+--¿Creéis vos que fuese eso?
+
+--¿Y cómo podría ser otra cosa?--dijo don Juan--. Mi padre ha guardado
+un profundo secreto: solamente yo he sabido por esta carta...
+
+Y dió á la duquesa la carta del duque de Osuna que había encontrado en
+el cofre.
+
+--Pero aquí vuestro padre no me nombra; os dice sólo, que por medio de
+un aderezo podréis reconocerme si yo quiero darme á conocer de vos.
+
+--Ya veis, madre mía, que mi padre no ha podido ser más hidalgo.
+
+--Sí, pero...
+
+--No es posible que ese secreto...
+
+--Sin embargo... ¿quién os ha dado esa carta?
+
+--El cocinero mayor del rey.
+
+--¡El cocinero mayor!
+
+--Sí, Francisco Martínez Montiño.
+
+--¡De modo que ese hombre--dijo doña Clara--os ha dado padres y esposa!
+
+--Sin quererlo y sin saberlo.
+
+--¡Cómo!--dijo la duquesa--. ¿Montiño no conoce esta carta?
+
+--No, señora.
+
+--¿Pues no os la dió?
+
+--Sí; sí, señora, pero dentro de un cofre cerrado.
+
+--¿Y no pudo haber abierto ese cofre?
+
+--No, madre mía, porque la cerradura estaba cubierta con un papel
+sellado, y en aquel papel había un testimonio de escribano con la fecha
+de veinticuatro años ha.
+
+--Es necesario, necesario que me expliquéis todo eso... pero otro día...
+hoy estoy muy conmovida.
+
+--Y yo... yo necesito ir á palacio, mi buena madre--dijo doña Clara.
+
+--¡Esperad! ¡esperad un momento!
+
+La duquesa se levantó y salió.
+
+--¡Juan! ¡Juan de mi alma! el secreto de tu madre está vendido...--dijo
+doña Clara.
+
+--¡Vendido!...
+
+--Sí... vendido... el hombre que dijo aquellas palabras á tu madre á
+obscuras, en la cámara de la reina, era... ¡el tío Manolillo! ¡el bufón
+del rey!
+
+--¿Y qué interés tiene el tío Manolillo?...
+
+--El tío Manolillo... perdóname, Juan de mi alma, perdóname... no creas
+que tengo celos al decirte... al nombrarte á esa comedianta.
+
+--¡Dorotea!--dijo don Juan, y se puso pálido.
+
+Helóse el alma á doña Clara al notar la palidez de don Juan, pero no dió
+indicio alguno de ello.
+
+--Sí, Dorotea; esa mujer te ama.
+
+--¡Oh! ¿y qué importa?--dijo don Juan ya completamente rehecho de su
+turbación.
+
+--Importa mucho, muchísimo--dijo gravemente doña Clara.
+
+--¿Crees que yo?...
+
+--¡Oh! ¡no! ¡no! yo sé que tu corazón, tu alma, tu pensamiento, todo tú
+eres mío; pero el bufón del rey es padre ó pariente ó amante de esa
+perdida... el tío Manolillo es terrible... ella te ama... tú te has
+casado conmigo... si por vengarse ese hombre...
+
+--¡Oh! te juro... te juro que el bufón no hablará; pero para eso es
+necesario...
+
+--¡Qué!
+
+--Que don Francisco de Quevedo, mi amigo... mi buen amigo, pueda estar
+seguro en la corte.
+
+--¡Cómo!
+
+--El duque de Lerma...
+
+--¡Oh! descuida... pero tu madre se acerca.
+
+En efecto, la duquesa venía cargada con una multitud de estuches.
+
+--¿Qué es eso, señora?--dijo don Juan.
+
+--Este es el dote de tu esposa que yo la doy.
+
+--¡Ah! ¡no! ¡no! señora; yo estoy convenientemente dotada por mi padre.
+
+--Tu padre... es rico... lo que se llama rico entre simples caballeros,
+que no se ven obligados á sostener gran casa, gran servidumbre; pero tú
+eres esposa de mi hijo...
+
+--Me basta con eso.
+
+--Y mi hijo mañana será muy alto, muy grande...
+
+--Mi padre, madre mía, me ha dado ya una renta--dijo don Juan.
+
+--Si has recibido de tu padre, ¿por qué no recibes de tu madre?
+
+--¡Ah!
+
+--Mira: son mis mejores joyas; valen cientos de miles de ducados... yo
+no las necesito ya... tengo las bastantes para presentarme de una manera
+riquísima en los días de corte... toma, toma, llévatelas, hijo mío...
+redúcelas á dinero... compra haciendas y dalas en dote á mi buena, á mi
+hermosa hija... á mi pequeña enemiga.
+
+--Meditad...
+
+--¡Oh! ¡no me amas!... ¡me engañas!...
+
+--Ya tenemos el magnífico aderezo...--dijo doña Clara.
+
+--Y aquí van otros diez... más ricos que aquel...
+
+--¿No creeréis que nuestro amor es interesado si aceptamos?
+
+--Creeré que no me amáis si no recibís lo que os doy... lo que es tuyo
+porque eres mi hijo... lo que te doy secretamente porque no puedo
+dártelo de otro modo.
+
+--Acepto, pues, madre mía.
+
+--Además--dijo doña Juana acercándose á la joven, tomándola una mano, y
+poniendo en uno de sus dedos una sortija--, quiero que tengas esto mío.
+
+--¡Ah! ¿una sortija?
+
+--Mi anillo nupcial.
+
+--¿Y este blasón?
+
+--El blasón de los Velasco, condes de Haro.
+
+--¿Pero por este blasón?...
+
+--Sabrán que la duquesa de Gandía ha hecho un regalo á su buena amiga
+doña Clara Soldevilla: sólo vosotros sabréis que ese anillo dado por mi,
+mi anillo nupcial, representa la bendición de vuestra madre. Ahora,
+hijos míos... idos... estoy muy conmovida, necesito llorar á solas...
+llorar de alegría.
+
+--Una palabra, una sola palabra, madre mía--dijo don Juan.
+
+-¿Cuál?
+
+--Tengo que haceros un encargo muy importante.
+
+--Un encargo importante...
+
+--Don Francisco de Quevedo...
+
+--¡Don Francisco!... ¡ese hombre!... ¡enemigo del rey!...
+
+--Os engañáis, madre mía.
+
+--Secretario del duque de Osuna...
+
+--Secretario de mi padre.
+
+--¡Ah! aún me parece un sueño que el duque de Osuna... pero y bien, ¿qué
+hay que hacer por don Francisco?
+
+--Antes de anoche... madre mía... herí malamente á don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Tú!
+
+--Y me ayudó don Francisco.
+
+--¡Cómo! ¡dos hombres contra uno!
+
+--No; no, señora; dos contra dos.
+
+--¡Ah!
+
+--No podía ser de otro modo... la verdad del caso es que don Francisco y
+yo estamos amenazados.
+
+--¡Amenazado tú!
+
+--Sabe Dios de qué, porque sabe Dios si morirá don Rodrigo.
+
+--Pero, ¿por qué le heriste?
+
+--Por miserable.
+
+--¡Por miserable!
+
+--Había comprometido la honra de...
+
+--Mi honra--dijo doña Clara.
+
+--No, tu honra no--exclamó con extremada energía don Juan--; la honra de
+la reina.
+
+--¡Cómo!
+
+--Siendo traidor á Lerma, fué traidor á la reina... tenía en su poder
+unas cartas de su majestad...
+
+--Hiciste bien en matarle...
+
+--No lo he conseguido por desgracia.
+
+--Tú no tienes nada que temer.
+
+--Para salvarme á mí, es necesario salvar á don Francisco.
+
+--Le salvaré. ¡Hola, doña Violante! ¡Doña Violante!
+
+Acudió una doncella.
+
+--Mi manto, al momento; que pongan una carroza.
+
+La doncella salió.
+
+--¡Cómo, madre mía, vos!... ¿Vais á ir?...
+
+--Sí; sí, yo en persona casa del duque de Lerma.
+
+--¿Pero no sería mejor que él viniese?...
+
+--No; no... quiero verle al momento... iré. Pero, toma esas joyas... y
+la carroza tarda...
+
+--La nuestra...
+
+--¡Ah! ¿tenéis carroza?...
+
+--Y muy bella.
+
+--¡Oh! bien, muy bien... haz poner en esa carroza el escudo de los
+Girones, hijo mío; es un noble escudo, ¡ay! ¡si pudiera ser unir á sus
+cuarteles los del escudo de Velasco!
+
+La última exclamación de la duquesa representaba para los jóvenes el
+corazón de una madre.
+
+Para nosotros y para nuestros lectores y para la duquesa, aquella
+exclamación salía del corazón de la madre y de la amante.
+
+Porque doña Juana, enemiga política del duque de Osuna, le amaba;
+continuaba amándole en secreto; el duque de Osuna era la pasión de toda
+su vida.
+
+Los recién casados dejaron á la duquesa de Gandía casa del duque de
+Lerma; después don Juan dejó en palacio á doña Clara, y con el pretexto
+de ir á esperar á su madre para llevarla á su casa, fué á casa de
+Dorotea y marchó la carroza á las órdenes de la duquesa de Gandía á la
+puerta del duque de Lerma.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LVIII
+
+LAS AUDIENCIAS PARTICULARES DEL DUQUE DE LERMA
+
+
+Acababa el duque de Lerma de apurar un almuerzo suculento, y se ocupaba
+de hacer la digestión cómodamente arrellanado en su ancha y magnífica
+poltrona, cuando entró su secretario Santos.
+
+--¿Qué ocurre, amigo Pelerín--le dijo el duque--, que vienes tan serio y
+cuando acabo de almorzar? ¿Tendremos algo extraordinario?
+
+--Lo ignoro, señor; pero su excelencia la señora condesa de Lemos,
+vuestra hija, pregunta por vuecencia y viene tras de mí y vestida de
+casa.
+
+--¡Vestida de casa!
+
+--Sí, señor, y siento ya las fuertes pisadas que bastan para adivinar
+que se acerca su excelencia.
+
+--¡Oh! sí; mi hija es muy buena moza, ¿no es verdad?
+
+--¡Señor, yo no he querido decir!...
+
+--Demasiado buena moza, demasiado hermosa, por desgracia... pero ya está
+ahí... vete... por ahí...
+
+Y le señaló á Santos una puerta de escape.
+
+La condesa entró en el despacho del duque, cerró la puerta, y asiendo un
+sillón, le acercó al del duque y se echó el manto atrás.
+
+--¿Qué es esto, Catalina? ¿qué es esto? ¡Pálida, llorosa, con los ojos
+encendidos! ¿Qué tienes, condesa?...
+
+--No me llaméis condesa, padre: malhaya la hora en que me casásteis con
+el conde de Lemos.
+
+--¡Ah!...
+
+--Soy la mujer más desdichada de la tierra.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Porque amo á un hombre.
+
+--¡Catalina!
+
+--Será todo lo escandaloso que queráis el que yo os diga esto... pero
+vos, padre y señor, me habéis sacrificado.
+
+--El hombre á quien amas, me dijo anteanoche, con la mayor desvergüenza,
+que no se hubiera casado contigo por nada del mundo.
+
+--¿Pero quién es el hombre á quien yo amo?
+
+--Yo no extraño que le ames, porque yo también le amo; es decir, le amo
+porque para el rey, para España, y por consecuencia para mí, sería
+precioso si fuese mi amigo, en vez de serlo del duque de Osuna.
+
+--¡Ah! ¡creéis que!...
+
+--Sí... me consta que le amas, mancillando mi nombre, ultrajando á tu
+esposo, confundiéndote con esas despreciables mujeres...
+
+--¡El nombre, el nombre de quien amo!
+
+--Don Francisco de Quevedo.
+
+--Pues bien, sí, es verdad; le amo... más que eso; soy su amante.
+
+--Irás de aquí á un convento--exclamó irritado el duque.
+
+--No iré.
+
+--¿Que no irás...?
+
+--No, porque me necesitáis... no... porque sin mí no sabríais muchas
+cosas que pasan en palacio... no... porque vos no tenéis derecho para
+reprenderme... me habéis perdido.
+
+--¡Estás loca!--exclamó el duque levantándose irritado.
+
+--Loca, sí; fuera de mí... desesperada... ¿qué me importa todo...? se
+va... me deja... me abandona... y no ha de irse.
+
+Volvióse á sentar el duque.
+
+--Afortunadamente están cerradas todas las puertas... pero eres
+demasiado violenta, Catalina, y gritas... no grites... ya que te has
+atrevido, ya que te atreves á presentarte sin pudor á tu padre...
+
+--¡Sin pudor! ¿creéis que porque yo amo á Quevedo he perdido el pudor?
+¿y me decís eso cuando me habéis casado con don Fernando de Castro?
+
+--Es un igual tuyo...
+
+--Ni igual mío ni igual vuestro, padre; el conde de Lemos ha llegado á
+ser mi esposo sirviéndoos de una manera harto miserable; os convenían
+sus servicios y me casásteis... cuando yo era una inocente... cuando no
+sabía quién era el marido que me dábais... después, él mismo se ha
+encargado de que yo conozca el mundo al conocerle á él; me encontré
+viuda, viuda del corazón, y Quevedo... el gran Quevedo...
+
+--Nadie niega su grandeza; tu pasión es disculpable; pero no lo es el
+que me la vengas á arrojar á la cara.
+
+--¿Y qué os importa á vos que se deshonre vuestra hija, cuando vos mismo
+habéis deshonrado á su esposo?
+
+--¡Yo!
+
+--¿Por qué llevó el conde, desempeñando un ruin oficio, al niño príncipe
+de Asturias á donde no debía llevarle?...
+
+--Vamos, vamos, Catalina, tú estás loca.
+
+--Pues bien, en mi locura seré capaz de todo. Vos no me habéis de matar,
+y si me matáis, ya tendré medios para haceros entender que os conviene
+el que yo sea vuestra amiga.
+
+--Indudablemente... indudablemente deben de haberte dado algún bebedizo.
+
+--¿Qué más bebedizo que el amor?
+
+--Pero... prescindiendo de todo: ese amor debe humillarte.
+
+--Lo que me humilla es que don Francisco no me ame.
+
+--¡Hum!--exclamó el duque de Lerma--; nunca hubiera creído posible que
+este caso llegase para mí.
+
+--Vos tenéis la culpa.
+
+--¡Yo!
+
+--Vos me habéis dejado conocer tales cosas, que me habéis curado de
+espanto.
+
+--¿Y qué cosas son esas?
+
+--¿No se ponen en práctica los medios más repugnantes por todos, para
+conservar el favor del rey?... Vos mismo, ¿no habéis ennoblecido á ese
+don Rodrigo Calderón, que al cabo se ha vuelto contra vos... como que
+no puede obrar sino miserablemente el que por miserables medios se ha
+engrandecido? ¿no lo he visto yo aprovechando todo? ¿qué hay que
+extrañar en que yo, cansada de sufrir, haya querido ser feliz de la
+única manera que podía serlo, y haya abierto mi alma á Quevedo?
+
+--Es necesario que olvides eso, Catalina; don Francisco es un hombre
+funesto; lleva consigo la desgracia.
+
+--¡Ah! harto lo sé; pero no lo puedo olvidar; figuráos, padre, que le
+amaba sin saberlo, antes de casarme, y que me hubiera casado con él con
+toda mi voluntad, con todo mi afecto. Pero estamos perdiendo el tiempo;
+decid de mí lo que queráis... pero es necesario que don Francisco no
+salga de Madrid.
+
+--¡Cómo! ¿quiere irse?
+
+--A Nápoles.
+
+--¡A Nápoles!
+
+--En Nápoles, al lado del duque de Osuna, puede haceros mucho daño.
+
+--Pues no sé...
+
+--Prendedle.
+
+--¡Que le prenda!
+
+--Sí por cierto.
+
+--¿Para que tú... esto es... para que tú tengas ocasión de obligarle á
+ser agradecido?
+
+--Sea para lo que fuere... ¿créeis que yo puedo serviros de mucho, padre
+y señor?
+
+--Indudablemente.
+
+--¿Sabéis, padre y señor, que vuestra privanza está muy en peligro?
+
+--¡Bah! eso dicen siempre; hace mucho tiempo que lo dicen, y sin
+embargo...
+
+--Si os vais privando de la ayuda de todos los que os sirven, acabáreis
+por no ver nada... yo os he servido bien.
+
+--Esto en resumen es dictarme condiciones, y de una manera indigna.
+
+--Estoy desesperada.
+
+--¿Y si prendo á don Francisco?
+
+--Sabréis todo lo que suceda en el cuarto de la reina.
+
+Meditó un momento el duque.
+
+--Le prenderé--dijo al fin.
+
+--¿Al momento?
+
+--Al momento.
+
+--Y yo, señor, os serviré con el alma. Empiezo á serviros: guardáos de
+mi hermano.
+
+--¡Ah! ¡esto es terrible!
+
+--El duque de Uceda tiene el pecado de la soberbia y de la ambición.
+
+--Y vos, hija, manchando así un nombre...
+
+--No lo sabe nadie.
+
+--Lo sabe el que lo mancha.
+
+--No lo puedo remediar... y vos, padre, debéis comprender cuán resuelta
+á todo estaré cuando me he atrevido á dar este paso.
+
+--Y además mi hijo... pero ¿con qué pretexto?...
+
+--Las ciudades se quejan de los tributos, del abuso de los empleos;
+piensan acusarnos de inteligencias con los ingleses... y la reina...
+
+--¡La reina!
+
+--Se ha propuesto dar con vos en tierra.
+
+--Sin embargo, yo... he cedido.
+
+--Habéis cedido tarde... después de haberla insultado.
+
+--Yo volveré á reducir á su majestad al estado á que estaba reducida.
+
+--Y yo os ayudaré... yo diré al rey...
+
+--¿Qué puedes tú decir al rey?...
+
+--Mucho.
+
+--Y... ¿qué le puedes decir?...
+
+--Despacio... quiero tener armas reservadas...
+
+--¿Tú también te vuelves contra mí?
+
+--¿Porque procuro ser fuerte? No; no, señor. Yo os he dicho... como si
+no fuera vuestra hija: amo á un hombre, tengo empeño por él, ese hombre
+huye... detenedle, servidme... en cambio yo os serviré.
+
+--Pues bien; detendré á ese hombre... detened vos, evitad, avisadme de
+lo que pueda hacerme daño.
+
+--¿Cuándo prendéis á Quevedo?
+
+--Al momento.
+
+--Pues desde el momento empiezo yo á serviros. Adiós, señor.
+
+--Id, id en paz, doña Catalina, y que Dios os perdone.
+
+La condesa salió.
+
+La escena que acaba de tener lugar entre el padre y la hija no podía ser
+más repugnante.
+
+El duque de Lerma lo posponía todo á su ambición, hasta su dignidad de
+padre.
+
+Llamó á su secretario Santos, y le mandó extender y llevar para su
+cumplimiento á un alcalde, una orden de prisión á Quevedo.
+
+No se sabía por qué se prendía á Quevedo.
+
+Pero era necesario prenderle y se le mandaba prender.
+
+El duque quedó profundamente agitado.
+
+Había pasado poco tiempo desde que doña Catalina había salido de la casa
+de su padre, hasta que un criado anunció á su excelencia la duquesa de
+Gandía.
+
+Maravilló esto al duque, porque doña Juana jamás había ido á su casa.
+
+Cambió precipitadamente de traje y fué á su cámara á recibir á la
+duquesa.
+
+Doña Juana estaba conmovida, pálida, ojerosa.
+
+--¿Qué sucede, mi buena amiga--la dijo el duque después de los
+saludos--, que así me alegráis y asustáis al mismo tiempo, viniendo á mi
+casa?
+
+--Sucede... sucede mucho...--dijo la duquesa--muchísimo.
+
+--Adverso debe ser, porque tenéis señales de haber sufrido.
+
+--Me he reconciliado con doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Cómo! ¿con nuestra eterna enemiga?
+
+--Desde hoy, duque, doña Clara es mi mejor amiga: es mi hija.
+
+--¡Duquesa!
+
+--No os quiero engañar... desde hoy...
+
+--¿Qué...?
+
+--Dejo de ser camarera mayor.
+
+--Meditad lo que hacéis--dijo el duque alarmado...--fuera vos de
+palacio, no podéis ayudarme á hacer el bien del reino.
+
+--Estoy cansada, don Francisco... sufro mucho... lo que pasó anoche en
+palacio...
+
+--¿Pero qué pasó anoche?
+
+--Anoche... ¡pasaron tantas cosas...! el padre Aliaga estuvo en
+audiencia particular con sus majestades... don Francisco de Quevedo
+anduvo enredando por el alcázar...
+
+--¡Ah! no enredará más. He dado orden de prenderle y en cuanto me avisen
+de haberle preso, le envío bien asegurado al alcázar de Segovia.
+
+--Haríais muy mal--dijo alarmada la duquesa, que no se olvidaba un
+momento de que importaba á su hijo la libertad de Quevedo.
+
+--¿Que haré mal en prender á un tan encarnizado enemigo mío? ¿Ignoráis
+lo que ha hecho don Francisco?
+
+--De ningún modo.
+
+--Nos ha hecho mucho daño.
+
+--No importa, es preciso que don Francisco esté seguro en Madrid.
+
+--¡Para que nos haga libremente la guerra...!
+
+--Os lo pido yo.
+
+--Pues os digo que no os entiendo.
+
+--Ni yo me entiendo tampoco.
+
+--Os quejáis de lo que ha pasado anoche en palacio, y entre las cosas de
+que os quejáis, es una de ellas el que Quevedo ha andado enredando.
+
+--Es que ha sucedido mucho más.
+
+--¿Mucho más?
+
+--Don Juan Téllez Girón, se ha casado con doña Clara Soldevilla.
+
+--¿Don Juan Téllez Girón? ¿pariente del duque de Osuna?
+
+--Su hijo...
+
+--¿Hijo suyo...?
+
+--Bastardo, pero reconocido...
+
+--¿Y qué tiene que ver con nosotros...?
+
+--Y tanto como tiene que ver. ¿Ignoráis que ese don Juan Téllez Girón es
+el que ha herido á vuestro secretario don Rodrigo?
+
+--¡Cómo! ¡si quien hirió á don Rodrigo, ayudado por Quevedo, fué un tal
+Juan Montiño, sobrino del cocinero mayor de su majestad!
+
+--Es que ese Juan Montiño es don Juan Girón.
+
+--Me estáis maravillando.
+
+--Lo que debe maravillaros, es que siendo vos secretario de Estado
+universal, no sepáis cosas que han pasado en palacio delante de todo el
+mundo. No tenéis un sólo amigo junto al rey; entre tanto yo me he visto
+obligada á ser madrina en nombre de su majestad la reina de los recién
+casados, cuando era padrino á nombre de su majestad el rey, el conde de
+Olivares.
+
+--¿Y este matrimonio lo ha hecho don Francisco de Quevedo?
+
+--Sin él no se hubiera efectuado.
+
+--¿Y queréis que á un hombre que así me sorprende y que así de mí se
+burla, no le prenda y le sujete? Preso he de tenerle todos los días de
+su vida.
+
+--¿Aunque yo os ruegue que no le prendáis?
+
+--Vos no debéis rogármelo.
+
+--Os lo suplico.
+
+--Pero yo no entiendo ni una palabra de esto. Creo que todo se vuelve en
+contra mía: mis hijos, mis amigos... vos... en quien yo confiaba
+ciegamente.
+
+--¡Yo...!
+
+--Sí, vos; me habéis dicho que os retiráis de la servidumbre de la
+reina... y vos me hacéis mucha falta al lado de la reina... no contenta
+aún, os hacéis amiga de nuestra enemiga doña Clara, y amparáis á mi
+enemigo don Francisco.
+
+--¿Queréis que yo continúe desempeñando el cargo de camarera mayor?
+
+--¿Que si quiero? os lo suplicaría de rodillas.
+
+--Pues bien, continuaré siéndolo.
+
+--¡Ah! ya sabía yo que no me abandonaríais.
+
+--Pero con una condición.
+
+--Hablad.
+
+--Don Juan Téllez Girón no será molestado por la estocada que tiene en
+el lecho á don Rodrigo.
+
+--Os lo juro.
+
+--Don Francisco de Quevedo no será preso.
+
+--¿Pero qué causa hay que os obligue á proteger á esas gentes?
+
+--No me preguntéis la causa, porque no os la diré.
+
+--¿Y estáis empeñada?
+
+--Empeñada de todo punto.
+
+--¿Y si prenden á don Francisco?...
+
+--No sólo dejo de ser camarera mayor, sino que ofendida de vos...
+
+--¿Ofendida de mí?...
+
+--Sí por cierto; porque habréis desatendido mi recomendación... ofendida
+por vos, dejaré de ser vuestra amiga.
+
+--No se prenderá á don Francisco--dijo trasudando Lerma, porque al
+decirlo, recordó el irritado empeño con que su hija pretendía que se le
+prendiese.
+
+--Gracias, muchas gracias--dijo la duquesa levantándose--; no esperaba
+menos de vos. Y ya que me habéis complacido, me vuelvo á mi casa.
+
+--¿Pero seguiréis en palacio?
+
+--Sí.
+
+--¿Y me ayudaréis?
+
+--Os ayudaré... y en prueba de ello, desconfiad del duque de Uceda y de
+la condesa de Lemos. Vuestros hijos son vuestros mayores enemigos.
+
+--Será necesario destruirlos.
+
+--Obrad con energía.
+
+--Obraré, pero decidme: ¿qué os ha dado don Francisco de Quevedo que así
+os ha vuelto en su favor?
+
+--Nada, no me preguntéis nada. Pero tened en cuenta que amo mucho á doña
+Clara Soldevilla, y que llevo vuestra palabra de que Quevedo no será
+preso.
+
+Y saludando al duque salió.
+
+El duque salió acompañándola y murmurando:
+
+--Ese Quevedo debe de ser brujo.
+
+Apenas el duque se volvió de haber acompañado á la duquesa hasta las
+escaleras, cuando un criado le dijo:
+
+--Señor, Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad,
+solicita hablar á vuecencia.
+
+Lerma mandó que le introdujesen, y le recibió en su despacho.
+
+Volvemos á tener en escena al mísero cocinero mayor.
+
+Parecía haber enflaquecido desde la víspera, y sus cabellos, antes
+entrecanos, estaban completamente blancos.
+
+Alrededor de sus ojos hundidos y excitados por una fiebre ardiente,
+había un círculo rojo.
+
+Francisco Martínez Montiño había llorado mucho.
+
+Primero por su dinero: después por su mujer y por su hija.
+
+--Os he esperado con impaciencia, Montiño--le dijo con severidad el
+duque.
+
+--Señor, excelentísimo señor, poderoso señor...--dijo todo compungido y
+trémulo el cocinero mayor.
+
+--¿Qué os mandé ayer? ¿qué me prometísteis ayer?
+
+--¿Qué me mandó vuecencia?--dijo espantado Montiño--¿qué prometí á
+vuecencia?
+
+Se detuvo asustado, como quien no encuentra una contestación
+satisfactoria á una pregunta importante.
+
+Y luego rompió á llorar, y dijo en una de sus tremendas salidas de tono:
+
+--Haga vuecencia de mí lo que quiera; pero yo no me acuerdo de nada.
+
+--¿Que no os acordáis? ¿habéis perdido la memoria?
+
+--Lo he perdido todo, señor: mi dinero... mi mujer... mi hija...
+
+Y entre otra nueva y más violenta salida de tono, añadió:
+
+--¡Me han robado! ¡Me han perdido!
+
+--¡Que os han perdido!
+
+--¡Qué, señor! ¿quién ha dicho que me han perdido?... ¡mienten!
+¡mienten! ¡bah! ¡la reina está sana y buena!
+
+--¡Montiño! ¡qué decís de la reina!
+
+--¡Yo! ¡bah! ¡yo no digo nada de la reina!
+
+--Sí, sí... hay algo en vos que me aterra, no sé por qué... vuestros
+ojos... vuestra voz...
+
+Y el duque se levantó, salió, cerró todas las puertas de modo que de
+nadie pudiesen ser oídos, y se volvió al lado del cocinero mayor, á
+quien asió violentamente de un brazo.
+
+Había recordado aquellas palabras que le había dicho poco antes la
+duquesa de Gandía: «_sucede... sucede mucho... lo que pasó anoche en
+palacio..._» y una relación misteriosa, terrible, se había establecido
+en la imaginación del duque, entre aquellas palabras de la duquesa, y
+las que acababa de oír, vagas, reticentes, respecto á la reina, al
+cocinero de su majestad.
+
+--Oye...--le dijo el duque--, estamos solos: yo soy omnipotente en
+España.
+
+--Lo sé, señor, lo sé...--dijo Montiño.
+
+--Puedo... ¿qué sé yo lo que puedo hacer contigo?... puedo, por un lado
+destruirte... por otro, enriquecerte.
+
+--¡Señor!... ¡señor!... ¡que me lastimáis!
+
+--Y si no me respondes á lo que te pregunto, claro, muy claro... mira:
+mando que traigan aquí mismo una silla de manos, que te metan en ella, y
+que te lleven á la Inquisición...
+
+--¡A la Inquisición!...--exclamó trémulo, acongojado, el cocinero mayor.
+
+--Y allí, encerrado yo contigo, á quien mandaré poner en el potro, te
+haré pedazos si no me contestas...
+
+--¡Ah, señor, señor!--exclamó Montiño, cayendo de rodillas á los pies
+del duque--. ¡Esto sólo me faltaba!
+
+--Y oye--añadió el duque soltando á Montiño y yendo á la mesa y
+escribiendo y trayendo después el papel escrito á Montiño--, si me
+respondes con verdad y lo que me dices vale la pena, te doy este vale
+para que al presentárselo te pague mi tesorero mil ducados.
+
+--¡Mil ducados, ó la Inquisición y el tormento!
+
+--Elige.
+
+--Sí... sí... señor... pues... elijo... ¡los mil ducados!
+
+Y tendió las manos al vale.
+
+--Despacio, despacio, señor Francisco Montiño--dijo el duque sentándose
+en el sillón--; antes es necesario que me respondáis á lo que voy á
+preguntaros.
+
+--Si puedo responderos, señor, lo haré con toda mi alma.
+
+--Decidme: ¿por qué habéis dicho con terror que la reina, que su
+majestad, está sana y buena?
+
+--¡Yo!... ¿he dicho yo eso?... Sí, señor... la reina está muy buena...
+su majestad goza de muy excelente salud.
+
+--Montiño, estáis pálido, aterrado cuando me decís eso; hablad, hablad,
+por Dios; os lo mando, os lo suplico. Tengo antecedentes...
+
+--¡Cómo! ¡sabéis, señor!...
+
+--Sí... sí... sé que en palacio han mediado cosas graves.
+
+--Pero sabréis también, señor, y si no lo sabe vuecencia yo lo puedo
+probar, que en tres días no he parecido por las cocinas, y que soy
+inocente.
+
+--¡Inocente! ¿Luego era verdad? ¿Luego se ha cometido un crimen?
+
+--Señor... ¡yo no he dicho eso!
+
+--Será preciso para que habléis que yo me encierre con vos en la
+inquisición.
+
+Y el duque se levantó.
+
+--¡Ah, no! ¡no, señor!--exclamó el cocinero agonizando de terror,
+sudando, estremeciéndose--; yo lo diré todo.
+
+--Hablad, pues.
+
+--Habéis de saber, señor, que mi mujer...
+
+--Pero si no se trata de vuestra mujer--exclamó con impaciencia el
+duque.
+
+--Sí, sí; ya sé, señor, que no se trata de mi mujer; pero es necesario
+empezar por mi mujer.
+
+--Veamos, veamos; seguid.
+
+--Pues... mi mujer ha sido seducida por el sargento mayor don Juan de
+Guzmán.
+
+--¡Oh! ¡Don Juan de Guzmán enamora á vuestra mujer!... Seguid, seguid.
+
+--Y mi mujer se ha dejado enamorar de don Juan de Guzmán.
+
+--¿Y qué tiene que ver eso...?
+
+--Tiene que ver mucho. Don Juan de Guzmán es ó era servidor de don
+Rodrigo Calderón.
+
+--¡Ah!
+
+--Y como don Rodrigo Calderón ayudaba á los unos y á los otros, á
+vuecencia contra la reina...
+
+--¡Montiño!
+
+--Vuecencia me ha mandado decir la verdad.
+
+--Seguid.
+
+--Pues... ayudaba á vuecencia contra la reina, y al conde de Olivares
+contra el duque de Uceda y contra vos, y al duque de Uceda contra vos y
+contra el conde de Olivares, y traía enredado á todo el mundo, de cuyo
+enredo ha resultado el lance que le tiene en el lecho mal herido, y un
+delito horrible.
+
+--¡Un delito!...
+
+--Oigame vuecencia y llegaremos á ese delito.
+
+--Seguid, seguid.
+
+--Seducida mi mujer por don Juan de Guzmán, ella sedujo á uno de los
+galopines de cocina... estoy seguro de ello... á Cosme Aldaba... y á un
+paje de la reina... amante de mi hija, como don Juan de Guzmán era
+amante de mi mujer.
+
+--Acabad de una vez.
+
+--Llegamos al crimen. Hoy por la mañana, apenas me vi libre de negocios,
+me fuí á las cocinas... á cumplir con mi obligación... y me encontré en
+ellas á ese infame Cosme Aldaba...
+
+--No os entiendo bien... Al resultado... al resultado.
+
+--El resultado ha sido que se ha servido en el almuerzo de su majestad
+la reina una perdiz envenenada.
+
+El tío Manolillo, revelando aquel crimen al cocinero mayor, había
+cometido una imprudencia gravísima; Francisco Montiño, que en otra
+ocasión, por interés propio, hubiera guardado la más profunda reserva,
+enloquecido, aterrado, fuera de sí, había roto el secreto.
+
+El duque de Lerma, pálido y desencajado, estuvo algunos momentos sin
+hablar después de haber oído la frase una perdiz envenenada.
+
+Se levantó y se puso á pasear á lo largo del despacho.
+
+Temblaba; estaba aterrado.
+
+--Pero no, no es esto lo que me indicó la duquesa de Gandía; no, no
+puede ser--decía paseándose--; y luego... no me han llamado á palacio...
+este hombre está fuera de sí... se engaña sin duda... veamos...
+dominémonos.
+
+Y se detuvo delante de Montiño.
+
+El cocinero mayor le miró de una manera que quería decir:
+
+--Yo no he tenido parte en ese crimen.
+
+--¿Y decís... que su majestad está buena?--preguntó al cocinero mayor.
+
+--Sí; sí, señor--contestó Montiño--; y el padre Aliaga también... acabo
+de hablar con él... y está bueno, y tiene buen color... y eso que el
+padre Aliaga almorzaba con su majestad la reina.
+
+--¿Es decir, que no han comido de la perdiz?...
+
+--No; no, señor... yo creo que no... pero quien puede deciros eso...
+es... el tío Manolillo... el bufón del rey, que fué quien me lo dijo á
+mí.
+
+--¿Pero cómo se sabe que esa perdiz estaba envenenada?
+
+--Porque ha muerto un paje que se comió lo que había quedado en los
+platos de la reina y del padre Aliaga.
+
+--Pero si quedó en los platos, debieron comer...
+
+--No, porque el tío Manolillo asustó á la reina...
+
+--Yo creo que estáis loco, Montiño; que lo que os sucede os ha
+trastornado el seso.
+
+--Puede ser, puede ser, señor.
+
+--No habléis de eso á nadie, porque si de eso habláis con otras
+personas, podéis dar en la horca... yo me informaré... aunque de seguro
+estáis equivocado.
+
+--¿Y por qué ha huído mi mujer con mi hija y con el sargento mayor don
+Juan de Guzmán, y con Cosme Aldaba, pinche de la cocina, y con
+Cristóbal, paje de la reina... robándome?...
+
+--Yo me informaré, me informaré... y veremos. Si se ha intentado el
+crimen, por lo que sucede... es decir... por lo que no sucede, es casi
+seguro que ese crimen se ha frustrado... si ha habido crimen, estoy
+seguro que estáis inocente de él... se os conoce... y á más... yo os
+conozco hace mucho tiempo; por dinero sois capaz de engañarme y de
+engañar á todos los que os paguen; de servir á personas enemigas, las
+unas contra las otras, á un mismo tiempo... pero no cometeríais un
+asesinato por dinero... estoy seguro de ello... callad, pues, acerca de
+este atentado; yo lo averiguaré todo, sabré lo que hay de cierto y
+castigaré á quien deba castigar.
+
+--¿Y no correré yo ningún riesgo?
+
+--No, si sois inocente como creo.
+
+--¿Y mandaréis buscar, señor, á mi mujer y á mi hija, y al dinero que me
+han robado?
+
+--Sí; sí... pero volvamos al principio. ¿Recordáis lo que os
+mandé?--dijo el duque cambiando la conversación.
+
+--Me han sucedido tantas desdichas, señor... que estoy aturdido.
+
+--Pues yo recuerdo perfectamente lo que os mandé. En primer lugar, os
+dije que fuéseis á visitar á cierta dama de quien se vale el duque Uceda
+para pervertir, á pesar de sus pocos años, al príncipe don Felipe.
+
+--Sí; sí, señor, doña Ana de Acuña.
+
+--Os dí una gargantilla de perlas para ella.
+
+--Sí, señor, y la gargantilla está en poder de esa dama.
+
+--¡Ah! ¿la habéis visto?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Y cuándo la vísteis?
+
+--Con gran trabajo, porque se negaba á recibirme, anoche, ya tarde.
+
+--¿Y qué pasó en vuestra visita?
+
+--Díjela que un altísimo personaje me enviaba á ella, y en prueba de su
+estimación me mandaba entregarla una alhaja de gran precio. Entonces la
+dí la gargantilla. Alegráronsela los ojos; pero puso dificultades... me
+dijo que no conociendo á quien aquél regalo la hacía, no debía
+recibirle...
+
+--Pero al fin...
+
+--Díjela yo que quien la deseaba era tan alto personaje, que sería
+necesario, para que no le conociese, que le recibiese sin luz.
+
+--¿Y qué dijo á eso?
+
+--Quiso echarme rudamente de su casa... hizo como que se irritaba...
+pero no me echó... al fin de muchas réplicas me dijo: no hay persona que
+no pudiera ofenderme con una solicitud tan extraña sino el rey.
+
+--¿Eso dijo?--exclamó el duque.
+
+--Eso dijo.
+
+--¿Y vos?...
+
+--La dejé en su creencia.
+
+--Habéis hecho bien; ¿y en qué habéis quedado?
+
+--Doña Ana aceptó... y cuando vuecencia quiera, yo la avisaré que... el
+rey... irá á verla, y la hora en que irá.
+
+--Pues bien; avisadla que iré á verla esta noche. Después vendréis y me
+diréis á qué hora y qué seña... y me acompañaréis...
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Estoy satisfecho de vos por lo tocante á esa dama: pero os mandé
+además que diéseis una encomienda de Santiago á vuestro sobrino...
+
+--Es que mi sobrino, no es mi sobrino...
+
+--Sí, sí; ya sé que es hijo bastardo del duque de Osuna; pero esto no
+impide que le hayáis dado de mi parte la encomienda que os dí para él.
+
+--Os diré, señor; estaba tan turbado con lo que me sucedía, que se me
+olvidó; aquí está la encomienda (y sacó del bolsillo el estuche que le
+había dado el duque de Lerma, conteniendo una placa con la cruz de
+Santiago), y además, señor, hubiera sido inútil.
+
+--¡Inútil! ¿por qué? ¿hubiera despreciado don Juan un favor del rey
+hecho por mi medio?
+
+--No digo yo eso... pero don Juan es caballero del hábito de Santiago
+desde que nació por merced del señor don Felipe II.
+
+--¡Ah!--dijo el duque con asombro--; sin embargo, no hubiera estado de
+más que don Juan hubiera sabido que tenía en mí un amigo.
+
+--Perdonad mi olvido, señor; ¡pero me sucedían cosas tan terribles!...
+
+--Guardad... guardad de nuevo esa cruz; llevadla de mi parte á don Juan,
+y decidle que venga á verme para recibir la cédula real. En este negocio
+habéis andado torpe...
+
+--¡Señor! ¡me sucedían tales cosas!
+
+--Veamos si habéis hecho otro encargo mío. Os dí una carta para la madre
+Misericordia...
+
+--Y la contestación está aquí...--dijo con suma viveza Montiño--, la
+tengo en el bolsillo desde ayer.
+
+El duque leyó aquella carta.
+
+En ella, por instigación del padre Aliaga, como dijimos en su lugar, la
+madre Misericordia desvanecía todas las sospechas del duque acerca del
+género del conocimiento que podía existir entre su hija y Quevedo.
+
+Pero como el duque sabía ya por su misma hija que era amante del
+tremendo poeta, no pudo menos de fruncir el gesto.
+
+--¡Conque es decir que también mi sobrina la abadesa de las Descalzas
+Reales me engaña!--dijo para sí--; ¡conque es decir que todos me
+abandonan, y que ahora sé menos que nunca en dónde estoy! Es necesario
+atraernos decididamente á Quevedo, y si nos pone por condición perder á
+don Rodrigo, hacer una de _pópulo bárbaro_, la haremos... aprovecharemos
+después la primera ocasión para dar al traste con Quevedo... ó cuando
+menos... sirviéndole, conservaremos nuestra dignidad exterior... Esto es
+preciso, preciso de todo punto.
+
+Y luego añadió alto, tomando el vale de los mil ducados, y dándoselo al
+cocinero:
+
+--Hasta cierto punto me habéis servido bien; seguidme sirviendo y os
+haré rico.
+
+--¡Ah! bastante falta me hace, señor, porque la infame de mi mujer me ha
+dejado arruinado--exclamó Montiño volviendo de una manera tremenda á su
+pensamiento dominante.
+
+--Yo haré que prendan á vuestra mujer. Dejadme su nombre, sus señas, las
+de vuestra hija y las de esos otros.
+
+El cocinero escribió con cierto sabroso placer, y entregó el papel que
+había escrito al duque.
+
+--En cuanto á lo que sospecháis respecto á ese crimen que decís
+intentado contra su majestad, guardad por vos mismo el más profundo
+secreto.
+
+--¡Oh! no temáis, señor; yo no sé cómo lo he dicho á vuecencia; ¡estaba
+loco!.., pero ahora, con el amparo de vuecencia, es distinto... distinto
+de todo punto... empiezo á vivir de nuevo.
+
+--Id, pues, á ver á doña Ana, y convenid con ella á qué hora podré verla
+esta noche.
+
+--Iré, señor.
+
+--Y volved á avisarme.
+
+--Volveré.
+
+--Buscad á don Juan Téllez Girón, y dadle de mi parte esa cruz.
+
+--Le buscaré.
+
+--Podéis iros, Montiño, confiando en mí.
+
+--Perdonad, señor; pero antes tengo que deciros algo.
+
+--¡Qué!
+
+--¡La Dorotea!...
+
+--¡Dorotea!
+
+--Sí; sí, señor: Dorotea la comedianta me ha dado para vuecencia esta
+carta.
+
+El duque la leyó.
+
+--¡Dorotea!--exclamó para sí el duque--; Dorotea es... yo no sé lo que
+Dorotea es del bufón del rey... esta muchacha me ama... la deslumbro...
+pues bien... me conviene ir á verla... Tranquilizáos é id en paz--dijo
+en voz alta dirigiéndose á Montiño.
+
+--Beso las manos á vuecencia, y le doy las gracias por tanto bien como
+me hace.
+
+--Id, id con Dios, buen Montiño--dijo el duque abriendo una puerta para
+que el cocinero saliera--, y confiad en mí.
+
+Montiño salió haciendo reverencias al duque.
+
+Cuando el duque quedó solo, mandó poner una litera, y cuando ésta estuvo
+corriente, salió de su casa, sin acordarse de revocar la orden de
+prisión que á instancias de su hija había dado contra Quevedo.
+
+Lerma estaba tan trastornado con lo que le acontecía, como con sus
+asuntos el cocinero mayor.
+
+La duquesa de Gandía, por el momento había interpuesto en balde,
+respecto á Quevedo, su influencia para con el duque.
+
+Este se hizo conducir en derechura á casa de la Dorotea.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LIX
+
+DE CÓMO DOROTEA ERA MÁS PARA CON EL DUQUE, QUE EL DUQUE PARA CON EL REY
+
+
+Dijimos al final del capítulo LV, que cuando Casilda, la doncella de
+Dorotea, anunció á su señora la llegada del duque de Lerma, la Dorotea
+escondió á Quevedo en su dormitorio, á fin de que pudiese oír su
+conversación con el duque de Lerma, y que luego, quitado de en medio
+cuanto podía parecer extraño al duque, se sentó en el hueco de un
+balcón, y se puso á estudiar su papel de reina Moraima.
+
+El duque entró al fin, grave, espetado y con el sombrero puesto como
+tenía de costumbre.
+
+Al verle la Dorotea se levantó, arrojó el papel sobre una silla y se
+inclinó ceremoniosamente en una cumplida reverencia ante su hinchado
+amante.
+
+--Mil gracias, señor--le dijo--, pues al fin os dejáis ver de esta pobre
+mártir.
+
+Y puso un sillón al duque.
+
+--¿Cómo os va, Dorotea?--dijo éste sentándose y extendiendo hacia la
+joven una mano, que ésta estrechó con respeto.
+
+--Me va muy mal--dijo la Dorotea sentándose bruscamente en un taburete á
+los pies del duque--, y esto no puede continuar así.
+
+--¿Qué decís, señora?
+
+--No me llaméis señora--dijo la Dorotea--; yo no soy señora, soy una
+comedianta; una mujer que ha nacido para vivir libre como los pájaros,
+cantando siempre de rama en rama... para estar alegre, para gozar...
+para tener un amante... un verdadero amante que la ame, y no la trate
+con esos insoportables miramientos con que vos me tratáis... que no se
+pase los días sin verla... que no la olvide por nada... que no se vea
+obligada á llamarle señor, más que de su alma... y esto dulcemente... en
+fin, que no la aburra, que no la entristezca, que no la fastidie.
+
+--Indudablemente estáis de muy mal humor, Dorotea.
+
+--Tenéis razón, estoy de un humor endiablado.
+
+--¿Y qué queréis?...
+
+--Que acabemos de una vez; yo no sé aún lo que soy para vos.
+
+--¿Que no lo sabéis?
+
+--Quiero no saberlo, aunque vos me lo decís claramente con vuestra
+conducta.
+
+--Pero en fin... ¿qué creéis vos?
+
+--Creo que yo para... vuecencia... soy... así, como una cosa que se
+tiene por vanidad... porque cuesta muy cara.
+
+--¡Oh! ¡oh!
+
+--Ni más ni menos; vos supísteis que había en la corte una mujer que
+había despreciado las ofertas, los regalos, las súplicas de los señores
+más principales, y os dijísteis... por vanidad, por pura vanidad: es
+necesario que esa mujer sea mía, cueste lo que cueste, valga lo que
+valga; es necesario que, como soy el dueño de la primera persona del
+reino, lo sea también de esa dificultad viviente. Es necesario que yo
+humille la vanidad de los demás.
+
+--¿Y me habéis llamado para esto?
+
+--Cierto que sí; para deciros que de vanidad á vanidad, la mía es mayor
+que la vuestra.
+
+--¡Ah! ¡vuestra vanidad!
+
+--Ciertamente; ¿habíais creído que yo os amaba?
+
+A esta inesperada pregunta de la Dorotea, el duque puso un gesto
+imposible de describir, en que lo que más se determinaba era una
+contrariedad terrible.
+
+La Dorotea soltó una larga carcajada.
+
+--Pues no os amo, ni os he amado nunca, ni os puedo amar--dijo
+inmediatamente después de la carcajada.
+
+--¡Señora!--dijo el duque pálido de cólera.
+
+--No me llaméis señora, ya os lo he dicho; llamadme Dorotea; no os
+irritéis tampoco; debéis apreciar el que yo os diga la verdad. Y
+además, si no os amo, no es porque no quiero amaros, sino porque no lo
+merecéis.
+
+--¡Que no lo merezco!
+
+--No, porque no me amáis. El corazón se rinde al amor, y el amor es tan
+libre, que todos los tesoros del mundo no bastan para comprarle; ¿cómo
+he de amaros yo, si desde que os conocí estoy quejosa de vos?
+
+--¡Quejosa! ¿Qué habéis querido que no lo hayáis tenido?
+
+--¡Bah! si yo he aceptado vuestros regalos, no ha sido porque me hagan
+falta, sino porque mi vanidad se halaga con los sacrificios que vuestra
+vanidad hace por mí.
+
+--¡Sacrificios! ¿creéis que me he visto obligado á hacer sacrificios
+para complaceros?
+
+--Sí.
+
+--Os equivocáis.
+
+--Cuando se me ocurrió tener una casa mía, amueblada á mi gusto,
+ostentosamente, como la de un grande de España, con bodega y despensa
+provistas de los mejores vinos y de los mejores manjares del mundo, os
+vísteis apurado.
+
+--Os juro que no.
+
+--No me dijísteis ni una palabra en contra, ni hicísteis nada, ni
+siquiera un gesto que pudiera indicar que mi petición os disgustaba; por
+nada del mundo hubiérais pronunciado la palabra _no quiero_. Yo lo
+sabía, pero quería que la vanidad de decir, de que supiese todo el mundo
+que yo era vuestra querida, os costara muy caro; y no me contenté con la
+casa, y con los muebles, y con la cocina, y con los criados, y con la
+carroza, y con el camarín forrado de raso en el coliseo; no, no, señor:
+os pedí diamantes, y perlas, y brocados, y sedas, y plumas, y encajes...
+habéis gastado conmigo un tesoro, sólo por hacer rabiar á los otros
+grandes y decirles: yo soy más que vosotros, mucho más que vosotros; yo
+tengo todo lo que vosotros no podéis tener, desde el rey hasta la
+cómica... y ellos rabian... y como lo que me habéis dado es el precio de
+la rabia que hacéis tener por mí á más de tres, no os agradezco lo que
+me habéis dado, y lo doy á mi vez á quien quiero.
+
+--Si sé para lo que me llamábais, no vengo.
+
+--Y yo creo que vos no habéis venido porque os he llamado; que os he
+llamado otras veces, y no os ha faltado pretexto para no venir: creo que
+habéis venido para algo que os conviene... sobre todo de día y viéndoos
+las gentes...
+
+--Dejemos esta conversación, Dorotea.
+
+--Por el contrario, sigámosla para que lleguemos á donde debemos llegar.
+
+--¿Pues qué, tenemos que llegar aún á alguna parte?
+
+--¡Vaya...! pero continuemos. A mi no me hacía falta, absolutamente
+falta nada de lo que me habéis dado; me trataba muy bien antes de
+conoceros, y tan cierto es esto, que os he llamado para devolveros todo
+eso, y salir antes que vos de esta casa, si no quedamos en lo que hemos
+de quedar.
+
+--¡Qué decís!
+
+--Digo... que... si no sois enteramente mío como el rey lo es vuestro,
+tomo ahora mismo por amante... ¿á quién diré yo...? á un aposentador muy
+rico que anda enamorado de mí, y á quien puedo arruinar en tres días.
+
+--¿Pero estáis loca?
+
+--Y todo el mundo dirá, conociéndoos, al ver que os dejo: mal debe de
+andar el duque de Lerma; su querida, que es una cómica interesada donde
+las hay, le ha dejado por un aposentador... luego el duque puede menos;
+ved de qué modo una cómica puede poner á vuecencia, secretario de Estado
+universal del rey, por debajo de un cualquiera, de un hombre burdo, de
+un aposentador.
+
+--¿Y seríais capaz...? ¿habláis seriamente?
+
+--Tan seriamente, que voy á empezar á deciros lo que quiero.
+
+--Veamos, veamos lo que queréis.
+
+--Quiero, en primer lugar, ocupar el lugar que me corresponde.
+
+--¿Pues qué, no le ocupáis?
+
+--No por cierto. Las queridas de los grandes hombres, son ó deben ser
+más que sus queridas. Deben partir con ellos el poder, la autoridad,
+deben ser omnipotentes. ¿Qué importa que la querida sea una cómica? al
+elegirla, el grande hombre la ha igualado á sí; esto no admite réplica,
+porque la querida de un grande hombre debe ser una gran mujer, y si no
+lo es, algo hay de vano en el hombre á quien todos tienen por grande.
+
+--Esa mujer puede tener, como vos, una gran hermosura...
+
+--No me extraviéis, no me respondáis. No será muy grande su hermosura,
+si no enloquece al grande hombre.
+
+--Los negocios no son para las mujeres: para las mujeres las delicadezas
+de la vida, la buena casa, la buena mesa, las joyas, las galas, las
+sedas, las pieles... y el amor. Los cuidados graves, deben quedar para
+los hombres.
+
+--Decís bien, cuando los hombres no son torpes.
+
+--¡Cuando los hombres no son torpes! explicáos mejor; ¿me tenéis por
+torpe, Dorotea?
+
+--Por torpísimo; y como yo soy orgullosa, sumamente orgullosa, me
+mortifica que mi poderoso amante sea burlado.
+
+--¡Burlado!
+
+--Como que no sabéis dónde estáis de pie.
+
+--¡Vos también! ¡vos también os habéis convertido en esa voz que por
+todas partes me avisa!
+
+--¡Sí... sí por cierto: yo os aviso con más interés que nadie!
+
+--¿Pero de qué me avisáis?
+
+--Os aviso de que... debéis mudar de amigos.
+
+--¡De amigos!
+
+--Porque los que os fingen amistad, os venden.
+
+--Hablad más claro.
+
+--Don Rodrigo...
+
+--¡Herido!... ¡medio muerto!...
+
+--A causa de sus traidores enredos.
+
+--Creo que érais muy amiga suya, Dorotea, y aun algo más que amiga.
+
+--Pues ahí veréis: cuando yo de repente me vuelvo en contra de don
+Rodrigo, algo debe de haber. Don Rodrigo, como pretendió robaros la
+querida, ha pretendido y pretende robaros de una manera villana el favor
+de su majestad.
+
+--Hablad, hablad, Dorotea; decidme todo lo que sepáis.
+
+--Para abreviar, sólo os diré que desconfiéis de todos los que hasta
+ahora se han llamado vuestros amigos, y que busquéis para ayudaros,
+porque no hay hombre sin hombre, á alguno que os haya dicho frente á
+frente que es vuestro enemigo.
+
+--¿Habéis querido que os pregunte quién es ese hombre?
+
+--Puede ser.
+
+--Pues bien, decidme cómo se llama.
+
+--¿No conocéis entre vuestros enemigos alguno tan noble y tan grande que
+no pueda confundirse con ninguno otro?
+
+--¿El duque de Osuna?
+
+--Sí, pero no os hablo de él; aunque el que yo digo anda cerca de él.
+
+--¡Quevedo! ¡Pero si Quevedo no quiere ser mi amigo!
+
+--Mereced su amistad.
+
+--¡Merecer su amistad!--dijo con orgullo el duque.
+
+--Sí por cierto; bien merece Quevedo, por sabio y por ingenioso, que se
+merezca su ayuda.
+
+--¿Conocéis también á ese hombre?
+
+--Sí por cierto, y porque le debo muy buenos consejos, creo que vos
+podréis debérselos también, si conseguís que os trate con la buena
+amistad que á mí me trata.
+
+--Ese hombre es tenebroso.
+
+--Para los que no tienen ojos para mirarle.
+
+--Le temo.
+
+--Hacéis mal en temerle, porque es el único hombre que os puede salvar.
+
+--Pero, señor, ¿qué ha dado don Francisco á todo el mundo, que así todo
+el mundo me habla de él, y las personas que más estimo, que más quiero,
+se ponen de su parte?
+
+--Eso consiste en que tenéis personas que os aman, que saben que vuestro
+favor con el rey está amenazado, que quieren salvaros y que no
+encuentran otro mejor medio de salvación que don Francisco de Quevedo.
+
+--¿Dónde vive don Francisco?--dijo Lerma profundamente pensativo.
+
+--En mi casa.
+
+--¡En vuestra casa!
+
+--Sí por cierto; aquí le doy mesa y lecho; pero no para un momento; anda
+en ciertas diligencias del duque de Osuna, y concluidas que sean, marcha
+á Nápoles. Por lo mismo, es necesario que os apresuréis á atraérosle.
+
+--¿Y está por acaso en casa?
+
+--No por cierto.
+
+--¿Pero vendrá?
+
+--Vendrá indudablemente á la tarde.
+
+--A la tarde vendré yo. Entre tanto, y ya que en tal asunto nos hemos
+entremetido, Dorotea, voy á deciros francamente la razón de haber yo
+venido á veros.
+
+--¡Ah! ¡ya sabía yo que no veníais porque yo os había llamado!
+
+--Hubiera venido más tarde, á la noche.
+
+--Veamos á qué habéis venido.
+
+--¿Qué es vuestro el bufón del rey?
+
+--¿El tío Manolillo? Es mi padre.
+
+--¡Vuestro padre!
+
+--Es decir, padre en toda la extensión de la palabra, no; pero ¿qué
+nombre queréis que dé al que me ha criado á costa de privaciones de todo
+género, al que vela por mi, al que me ama como ninguno es capaz de
+amarme?
+
+--Tenéis razón; y decidme: ¿cómo haré yo para atraerme ese hombre?
+
+--Siendo desde ahora todo mío; haciéndole creer que me hacéis feliz.
+
+--Lo creerá. Decidle que vaya esta noche á verme encubierto á mi casa,
+al obscurecer.
+
+--No le dejarán entrar.
+
+--Que presente esta sortija en mi casa--dijo el duque, quitándose una
+del dedo y entregándola á Dorotea.
+
+La joven conoció á primera vista que aquella sortija era de gran valor.
+
+--Procuraré dejaros tan satisfecho de mí--dijo el duque levantándose--,
+que no queráis poner en mi lugar á ese aposentador.
+
+--Lo veremos...¿Pero os vais?
+
+--Sí, es ya tarde y voy á palacio.
+
+--No quiero deteneros, señor; ¿pero volveréis?
+
+--Sí, esta tarde; si para cuando yo llegue ha venido don Francisco,
+cuento con que me le tendréis entretenido.
+
+--Se me ocurre una idea: comed hoy conmigo; os trataré bien, y sobre
+todo, Quevedo comerá con nosotros.
+
+--Convengo en ello; comeremos juntos los tres, pero por ahora, adiós.
+
+--Id con Dios, señor duque.
+
+Lerma salió, y Dorotea le acompañó hasta la puerta. Cuando oyó el ruido
+del carruaje del duque, volvió á la sala.
+
+En ella estaba ya Quevedo.
+
+--Confieso que merecéis mucho, hija Dorotea--exclamó--; habéis evitado
+que me prendan, del modo que más me convenía á mí, y que menos os
+compromete á vos. En cambio, yo prometo curaros de ese amor homicida que
+se os ha metido por el alma, que es lo que más necesitáis y lo mejor que
+se puede hacer por vos.
+
+--¡Ay, don Francisco, que creo que este amor me va á costar la vida!
+
+--El amor no mata más que en las comedias de autor tonto; no se despega
+á tres tirones el alma de la carne, y el tiempo... vamos, vamos, no hay
+que pensar mucho en ello; y como tengo harto que andar y estoy seguro de
+que no me han de prender, quedad con Dios, hasta la tarde, en que hemos
+de comer juntos, el duque, vos y yo.
+
+Y Quevedo salió.
+
+--Casilda--dijo Dorotea cuando se quedó sola--, que vaya Pedro al
+coliseo, y que avise de que esta tarde no puedo representar. Estoy muy
+enferma.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LX
+
+LO QUE HACE POR SU AMOR UNA MUJER
+
+
+Con tanto accidente habíasele olvidado al duque de Lerma revocar la
+orden que había dado á Santos, su secretario, para que prendiesen á
+Quevedo.
+
+Y esto no tenía nada de extraño.
+
+El pobre duque estaba tan acosado por todas partes de recelos, tan
+asustado por avisos; y era tan grave lo que acerca de la reina le había
+dicho Francisco Martínez Montiño, que su cabeza se había convertido,
+como decimos los españoles, en una olla de grillos.
+
+El único, el exclusivo pensamiento de Lerma cuando salió de casa de la
+Dorotea, fué encaminarse á palacio en busca de algo exacto, de algo que
+ver por sí mismo.
+
+El duque de Lerma no había visto nunca nada, por más que había procurado
+ver, y sin embargo, reincidía en poner á prueba su mala vista.
+
+Pero si el duque de Lerma se había embrollado, no aconteció lo mismo á
+su hija doña Catalina.
+
+Ella tenía muy buena vista, y además, tenía concentrada toda su
+atención, todo su cuidado en un objeto: en que no se le escapara
+Quevedo.
+
+Y como no confiaba demasiado en su padre, no dejó abandonado á su padre
+el negocio, ni se fió de otra persona que de sí misma.
+
+Doña Catalina estaba enamorada, y á más de enamorada, irritada.
+
+Temía haber sido burlada por Quevedo, y esto la hacía temblar de
+indignación.
+
+Le había abierto su alma y sus brazos, y la condesa de Lemos era
+demasiado altiva, demasiado honrada, demasiado pura, para permitir que
+el único hombre por quien se había olvidado de todo, se desprendiese de
+sus brazos riendo.
+
+Así, pues, cuando salió de casa de su padre y se metió en su silla de
+manos, se hizo llevar á una tienda inmediata, donde tomó una silla y se
+ocultó tras de la puerta.
+
+--Rivera--dijo á un hombre embozado que acompañaba á la silla de mano--;
+id, entrad casa del duque, buscad á su secretario Santos, y decidle de
+mi parte que venga.
+
+Rivera, criado de confianza de la condesa, fué á cumplir las órdenes de
+su señora; poco después entró en la tienda con Santos.
+
+La condesa se dirigió entonces á la tendera, que estaba admirada y aun
+enorgullecida por tener á una tan gran señora y tan hermosa en su casa:
+
+--Necesito--la dijo--un lugar donde hablar á solas con este hidalgo.
+
+La tendera abrió la compuerta del mostrador, y manifestando
+servicialmente á la condesa que su casa, ella y su familia estaban á su
+disposición, la llevó á la trastienda.
+
+Siguió Santos á la condesa, y cuando quedaron solos entre sacos de
+garbanzos, castañas y judías, la condesa dijo al secretario del duque:
+
+--¿Os ha dado mi padre alguna orden?
+
+--Su excelencia me da muchas todos los días, señora--contestó
+respetuosamente Santos.
+
+--Una orden de... prisión.
+
+--Efectivamente, señora: su excelencia me ha dado orden de que mande en
+su nombre á un alcalde de casa y corte, que prenda á...
+
+--¿Don Francisco de Quevedo?
+
+--Sí, señora.
+
+--Don Francisco es caballero del hábito de Santiago y no puede ir á la
+cárcel--dijo doña Catalina.
+
+--Se le prenderá en su casa.
+
+--Don Francisco no tiene casa en Madrid... por ahora.
+
+--Se le llevará á una torre del alcázar.
+
+--Estaría demasiado cerca del rey.
+
+--La torre de los Lujanes...
+
+--Es demasiado honor para un simple caballero que le encierren donde ha
+estado encerrado un rey de Francia.
+
+--Le llevaremos á un convento.
+
+--Quevedo se serviría de los frailes.
+
+--Consultaré, pues, á su excelencia.
+
+--¿El duque no os ha indicado el lugar de la prisión de Quevedo?
+
+--No, señora.
+
+--Ha sido un olvido. Mandad al alcalde que le envíe resguardado por una
+guardia de cuatro hombres al alcázar de Segovia.
+
+--Su excelencia no me ha dicho eso.
+
+--Mejor... mucho mejor.
+
+--No comprendo á vuecencia.
+
+--¿Creéis que merece la pena el servirme á mí?
+
+--¡Oh, señora! vuecencia puede disponer de mí como de un esclavo.
+
+--Gracias, Santos, gracias: de mi cuenta corren vuestros
+adelantamientos: por lo pronto guardad esto en memoria mía.
+
+La condesa se sacó del seno un relicario de oro guarnecido de perlas y
+diamantes y del hermoso cuello la cadena de que pendía.
+
+Había algo de tentación en dar á un hombre una prenda tan íntima, cuando
+podía haberle dado una de las ricas sortijas que llevaba en las manos.
+
+Aquello podía tomarse por un favor.
+
+Santos era joven, buen mozo é hidalgo, y las mujeres, aun las de más
+alto coturno, han dado en todos tiempos tales ejemplos...
+
+Santos, á quien doña Catalina parecía deliciosa como lo parecía á todo
+el mundo, porque en efecto lo era, y mucho más cuando ella tenía interés
+en parecerlo de una manera enérgica, se turbó, se puso pálido, guardó el
+relicario en lo interior de su justillo por la parte del corazón, y
+tartamudeó algunas palabras.
+
+Doña Catalina le había dado un golpe rudo.
+
+Y para hacer más terrible aquel golpe, los ojos poderosos de doña
+Catalina, medio velados por sus sedosas pestañas negras, arrojaban sobre
+él fuego; le miraban de una manera tal que... Santos hubiera dado su
+alma al diablo porque aquellos ojos le hubiesen mirado de una manera más
+clara, porque le hubiesen prometido, aunque remotísimamente, algo.
+
+Pero la intensa y ardiente mirada de la condesa era incomprensible.
+
+--¿Estáis enterado de lo que debéis hacer? dijo doña Catalina cuando vió
+que tenía á Santos rendido á discreción.
+
+--Sí; sí, señora--contestó Santos reponiéndose--; pero suplicaría á
+vuecencia me dijese claramente punto por punto...
+
+--Oíd: iréis á buscar al alcalde de casa y corte más duro, más valiente,
+más á propósito para no dejarse engañar por Quevedo.
+
+--Ruy Pérez Sarmiento, es que ni pintado.
+
+--Bien: diréis á ese señor... le mandaréis que sin perder un momento,
+suelte por Madrid cuantas rondas de alguaciles pueda en busca de don
+Francisco. Todos le conocen. Encargadle que los alguaciles sean bravos
+por si Quevedo arrastra de espadas.
+
+--Es decir, que le prendan muerto ó vivo.
+
+--¿Quién ha dicho eso?--exclamó la condesa con impaciencia y cólera--que
+le prendan vivo y sin tocarle con las espadas: seis hombres bien pueden
+apoderarse de uno solo, por valiente que sea, sin herirle.
+
+--¡Ah! muy bien, señora.
+
+--En seguida... si es de día, que le metan en una litera y le lleven á
+una de mis casas desalquiladas... mi criado Rivera os llevará á ella...
+
+--Muy bien, señora.
+
+--Luego... cuando sea de noche y en la misma litera, que le saquen
+resguardado por cuatro alguaciles á caballo, para Segovia.
+
+--¿Cuatro alguaciles no más? ¿y si se escapa?
+
+--Que sean buenos los cuatro.
+
+--Ahora bien; vuecencia comprenderá que sobre mí carga la
+responsabilidad del envío á Segovia de don Francisco.
+
+--No importa: si el duque de Lerma os hace cargo, decidle que habíais
+entendido la orden de llevarle á Segovia.
+
+--Su excelencia tiene muy buena memoria.
+
+--Y bien: todo puede reducirse á que os despida, y á que si ahora sois
+secretario de mi padre, lo seáis después mío.
+
+--¡Oh, noble condesa!
+
+--Conque ¿habéis comprendido bien lo que os he dicho?
+
+--Sí; sí, señora; prender á don Francisco sin herirle ni maltratarle,
+aunque resista; llevarle á donde Rivera me diga, y á la noche enviarle
+en una litera, cerrada, con una guarda de cuatro alguaciles á caballo,
+al alcázar de Segovia.
+
+--Al punto de obscurecer.
+
+--Muy bien, señora.
+
+--Recordad que esto es lo primero que os mando.
+
+--Soy enteramente vuestro, señora.
+
+--Pues no perdáis tiempo.
+
+--Guarde Dios á vuecencia.
+
+--Adiós.
+
+Santos salió embriagado, fascinado, loco, porque la condesa, sin
+concederle nada, sin dar lugar á ninguna suposición de parte de Santos,
+había sido con él una gran coqueta.
+
+Después salió de la trastienda doña Catalina, dió algunas monedas de
+plata á la tendera, se metió en la silla de manos y mandó que la
+llevasen á su casa.
+
+Cuando entró en ella, se encerró en su recámara con Rivera.
+
+--Voy á encargaros--le dijo--de una comisión muy reservada, y tanto, que
+si cumplís bien, os saco una bandera para Flandes, y antes de dos años
+os hago capitán de infantería.
+
+--Sin eso, señora, podéis mandar.
+
+--¿Qué casa tengo yo desalquilada en un lugar retirado de Madrid?
+
+--Vuecencia tiene una á la malicia en la calle de la Redondilla.
+
+--Pedid las llaves de esa casa y con ellas idos á acompañar, encubierto,
+á Pelegrín Santos, secretario del duque de Lerma, y haced lo que él os
+mande.
+
+--Muy bien, señora.
+
+--En seguida, buscad un hombre bravo y de puños, que tenga conocimiento
+con algunos como él, y avisadme cuando le tuviéreis.
+
+--Muy bien, señora.
+
+--Idos, pedid las llaves de esa casa y buscad en seguida, con ellas, á
+Pelegrín Santos.
+
+Rivera se inclinó y salió.
+
+La condesa de Lemos, sobreexcitada, trémula, enamorada, se quedó
+profundamente pensativa y devorada por la impaciencia, paseándose á lo
+largo de su recámara.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXI
+
+DE CÓMO LE SALIÓ Á QUEVEDO AL REVÉS DE LO QUE PENSABA
+
+
+Entre tanto, el buen ingenio había salido de la casa de la Dorotea,
+pensando para sus adentros, mientras atravesaba las calles en derechura
+del alcázar, bajo la tenaz lluvia que no había cesado hacia tres días:
+
+--Esa pobre chica me da compasión y me siento además agradecido;
+confiésola una gran mujer; deberémosla, por los buenos oficios que nos
+hace, el salir de este atolladero, sin sacar de él más que el lodo; pero
+con arrojar en Nápoles las botas, hemos concluído; paréceme que
+resurrezco, que por envuelto me he dado y á pique de desconfiar de mí
+mismo: el médico de su majestad dice que no hay que tener cuidado
+alguno; que Margarita se encuentra en muy cabal salud... por aquí la
+divina Providencia ha evitado un crimen... un crimen horrible; Lerma
+está confiado y sigue durmiendo; Dorotea, aleccionada por mí le engañará
+de tal modo, que tendré tiempo para llevarme á los recién casados;
+después... si mi doña Catalina me ama... vamos, no hay que pensar en
+ello... llevármela sería tocar á badajo perdido la campana del
+escándalo... será necesario que se cure, y yo también necesito
+curarme... el tiempo y la paciencia y la conformidad... bendito sea
+Dios, que nos ha criado para pelota, en manos de chicos... vamos
+adelante, vamos... yo haré que la Dorotea se cure... y olvide... doña
+Catalina olvidará... y yo... yo... ¡bah! ¿qué importo yo? Seguiré
+vengándome de lo que el mundo me hace sufrir, obligando al mundo á que
+se ría, como un necio, de sí mismo.
+
+Llegaba entonces al alcázar y entróse resueltamente en él, con la frente
+descubierta y alta, como quien no tiene por qué temer.
+
+Sin embargo, reparó en que en el zaguán de la puerta de las Meninas, por
+donde se había metido en el alcázar, había dos alguaciles de corte.
+
+--¿Cuervos tenemos?--exclamó--; cerca anda carne muerta... tormenta está
+aparejada para alguno. Dios le ayude.
+
+Y se encaminó con su forzada lentitud á la primera escalerilla.
+
+No sabía Quevedo, no podía pensarlo, después de lo que había oído en la
+casa de la comedianta, entre ésta y el duque de Lerma, que la tormenta
+se preparaba para él; que él era la carne muerta; esto es, el hombre
+preso á cuyo olor iban aquellas aves de rapiña.
+
+Apenas se perdió Quevedo por las escalerillas, cuando uno de los
+alguaciles se echó fuera del alcázar más ligero que un rehilete.
+
+Entre tanto Quevedo, atravesando callejones y galerías, se entró en el
+aposento de doña Clara Soldevilla.
+
+Don Juan se calentaba al brasero y doña Clara escribía.
+
+--Consuela este olor--dijo Quevedo entrando.
+
+--¡Ah, mi buen amigo!--dijo don Juan.
+
+--¡Ah, don Francisco!--exclamó doña Clara--: ¿de qué olor habláis?
+
+--Huele aquí á contento, á paz, á alegría, á amor... Dios os bendiga,
+mis amigos, que tenéis sol claro en día de lluvia, y que vivís mientras
+otros se aperrean. ¿Y qué bueno hacéis, diosa?
+
+--Escribo á mi padre largamente: antes habíale escrito una brevísima
+carta, pero no me basta. Estoy impaciente porque mi padre sepa punto por
+punto...
+
+--¿Es decir que os habéis metido á letrado?
+
+--No os entiendo.
+
+--Explicaréme: la historia de vuestro casamiento, mis buenos amigos, es
+un proceso. Largo habréis de escribir si de todo habéis de dar cuenta, y
+es grande lástima que la tinta ponga negros unos dedos tan rosados.
+Dejadlo eso para mí, señora, que todo lo tengo negro, hasta la
+esperanza, y veníos aquí al amor de la lumbre y escuchadme, que tenemos
+harto que hablar.
+
+Dejó doña Clara la pluma y luego la mesa, y fué á sentarse junto al
+brasero entre su marido y Quevedo.
+
+--¡Vive Dios!--exclamó Quevedo--, que estoy viendo en vos una
+experiencia, doña Clara.
+
+--¡Una experiencia!
+
+--¡Sí pardiez! los ojos y la razón engañan.
+
+--Explicáos.
+
+--¡Si sois más doncella hoy que ayer!--dijo Quevedo mirando de una
+manera profunda á doña Clara.
+
+Púsose la joven vivísimamente encendida.
+
+--Con las mujeres me reconciliáis, señora; yo las tendría á todas por
+partículas del diablo, y confiéseme engañado: si queréis ser más feliz,
+don Juan, sois usurero, y no merecéis respeto, que en vuestra mujer
+tenéis un cielo.
+
+--¿Sabéis que venís muy adulador, don Francisco?
+
+--Adulado me vea yo, que es el mayor desabrimiento que puede probar el
+que no ha nacido tonto, si no son borbotones del corazón mis palabras, y
+fálteme aire si no es verdad que el corazón no me cabe en el pecho. ¡Ah,
+manos de marfíl vivo!--exclamó tomando entre las dos suyas una de las
+hermosas manos de doña Clara--; y qué corona de gloria habéis puesto
+sobre la frente de mi amigo!
+
+--Pues no soy completamente feliz--dijo don Juan.
+
+--Alumbradme ese concepto á fin de que yo le vea, que tenebroso es y
+encrucijado y capaz de hacer perderse en un laberinto al más diestro.
+¿Mayor felicidad pedís que una mujer toda alma, tan delicada como el
+alma el cuerpo, y tan hermosa como el cuerpo el alma? ¿qué más blancura
+que la de la nieve que nadie ha pisado? ¿qué calor más dulce que el de
+este sol de primavera al que no empañan nubes?...
+
+--Muy poeta andáis, don Francisco, amigo mío--dijo doña Clara--: ¿me
+hacéis la merced de que hablemos de otra cosa?
+
+--Poeta de verdades soy cuando os admiro, hija mía, y dígoos hija,
+porque aunque casi soy mozo en años y negros tengo los cabellos, péinome
+hace mucho tiempo canas en el alma, y desengaños padezco y experiencias
+lloro. Ni he tenido yo como don Juan la fortuna de encontrarme dentro de
+un jardín tal como vos, que si encontrádome hubiera, echado me habría á
+su sombra sin que cosa en el mundo fuera bastante á despertarme del
+sueño. Espántame, pues, y razón tengo, de que don Juan pida más
+felicidad teniéndoos á vos, y conjúrole á que su concepto me explique,
+porque tanto le quiero que me dolería haberle de tener de aquí en
+adelante por tonto ó por malo.
+
+--No soy completamente feliz--dijo don Juan--, porque me creo de poco
+valor comparado con mi doña Clara.
+
+--¡Ah!--dijo la joven.
+
+Y aquella exclamación era protesta dolorosa.
+
+--Perdonarse deben las necedades á los que aman, porque el amor ciega;
+escrupuloso andáis más que monja, y os metéis á apreciar lo que á vos no
+toca. Bien me sé yo que doña Clara no piensa otro tanto.
+
+--¡Oh! ¡no!... pero os ruego, don Francisco...
+
+Sí, sí por cierto... vamos á lo que importa: es el caso que yo tengo
+mucho sueño.
+
+--¡Oh! ¡tenéis sueño, amigo mío!... pues bien, en vuestra casa estáis;
+voy...
+
+--Estáos queda... tengo mucho, muchísimo sueño: necesito urgentemente
+dormir, y en Madrid no duermo... es decir, no paso en Madrid esta noche,
+á lo menos por voluntad mía.
+
+--¿Cómo? ¿nos dejáis?
+
+--¡Dejaros! ¡dejárame yo primero las antiparras, sin las cuales soy
+hombre muerto! ¡buena cuenta daría yo al duque de Osuna! llévoos
+conmigo, y por lo tanto, os dije que cartas eran vanas; que la mejor
+carta para el duque, lo serán sus hijos: asunto es no más que de algunos
+cientos de ducados y de camisas limpias. Dejemos á Madrid á obscuras,
+amanezcamos muy lejos, y veamos á Neptuno dentro de ocho días,
+embarcados con rumbo á Nápoles: que os afirmo que mientras aquí estemos,
+ni duermo, ni descanso, ni vivo: cerrado está el cielo, de llover no
+cesa, y temo que esto pare en diluvio que nos ahogue. Conque sus, y en
+vez de hacer procesos, señora, haced cofres, y mientras se pide licencia
+á sus majestades, el coche se apareje y huyamos, antes de que llegue el
+caso de que cuando queramos huir, no sea tiempo, y creedme y no
+disputemos, que allí tenéis entrambos los padres, y si vos dejáis de ser
+dama de la reina, doña Clara, seréis señora en vuestra casa; y á falta
+de la tercera compañía de la guardia española, tendréis vos allí, don
+Juan, los no menos bravos alabarderos de la guarda del virrey.
+
+Quedáronse atónitos los dos jóvenes á estas palabras de Quevedo, y
+guardaron por algún tiempo silencio.
+
+--¡Tan pronto! ¡tan de repente!--dijo al fin doña Clara--. ¿Qué motivo
+puede haber?...
+
+--Motivo y aun motivos. Es el primero, que yo no estoy muy seguro, y
+tanto, que si no estoy preso, en engaños consiste que no pueden durar
+mucho tiempo.
+
+--¿Pero esos motivos?
+
+--¿Olvidáis que don Rodrigo Calderón está malamente herido, y que es
+vuestro esposo quien así le ha maltratado?--dijo Quevedo de una manera
+profunda.
+
+--Pero hasta ahora...--dijo don Juan.
+
+--Sí, hasta ahora... y gracias á que el duque de Lerma está mareado,
+nadie nos ha dicho una palabra; pero en la corte, los mareos salen por
+donde entran; se amaña en minutos lo que parecía imposible, y el viento
+cambia de tal modo, que el que era céfiro blando para alguno, se le
+convierte de repente en huracán que le echa por tierra; particularmente
+yo, si paro algunas horas más en Madrid, dóime por embargado, y por
+algún tiempo, porque yo no he de hacer ni puedo hacer lo que sería
+necesario hacer para no ser encerrado. Y si me encierran, yo no respondo
+de nada; porque enemigos crueles tenéis vos, doña Clara; y vos, don
+Juan, aunque sólo hace tres días que estáis en la corte, no los tenéis
+menos. Creedme, que yo nunca hablo en balde, y pienso mucho en lo que
+digo antes de decirlo, y cuando pienso mucho, no me engaño. No
+disputemos, por Dios uno y trino; improvisemos nuestro viaje salvador, y
+no nos chanceemos con la fortuna, que como mujer es mudable, y suele
+dar sinsabores tales como ha dado dulzuras.
+
+--¡Pero dejar abandonada á su majestad!...--dijo doña Clara.
+
+--Dios vela por los reyes... ¿creéis vos que la reina tiene en vos un
+escudo?
+
+--Tengo valor, y mi vida es de su majestad.
+
+--Pues bien; mientras vos estábais entregada á vuestra felicidad, Dios
+ha salvado de una manera extraordinaria á Margarita de Austria.
+
+--¡Salvado!
+
+--Sin la misericordia de Dios, su majestad hubiera sido villanamente
+asesinada.
+
+--¡Asesinada!
+
+Quevedo contó punto por punto á los dos esposos la tentativa de
+asesinato contra la reina, y el modo extraño y providencial de su
+salvación.
+
+--¡Oh!--exclamó doña Clara--, ahora menos que nunca me separo de su
+majestad.
+
+--Dejad, dejad á Dios que la proteja; tened fe en la misericordia
+divina, y además, por salvar á la reina, no expongáis á perecer á
+vuestro esposo, al padre del hijo que acaso empieza ya á ser de vuestras
+entrañas; que sin duda vive ya, porque os amáis demasiado, y sois harto
+buenos para que Dios no haya bendecido vuestro amor.
+
+--¡Ah! ¡me hacéis temblar, don Francisco!--dijo doña Clara.
+
+--Procurad que vuestro hijo, si vive, no sea huérfano.
+
+--¡Dios mío!
+
+--Hombres como don Juan, que son caballeros desde el seno de su madre,
+están siempre expuestos á morir sin gloria y sin combate, asesinados
+entre el cieno de esta infame corte. Creedme, y no vaciléis más.
+
+--Partiremos--dijo doña Clara.
+
+--Pues bien; mandad preparar lo necesario; pedid, entre tanto, la
+licencia á sus majestades, y adiós, que yo voy á otro lugar que me
+interesa.
+
+Y Quevedo, seguro de que había asustado lo bastante á doña Clara, para
+que no se dilatase por su parte el viaje, salió.
+
+Iba contento atravesando las calles.
+
+--¿Qué puede suceder--decía--en tan poco tiempo? Iré á comer esta tarde
+á casa de la Dorotea, y de tal manera me mostraré amigo del duque, que
+acabará de creerme y me dará tiempo suficiente para dejarle burlado.
+Ahora volvamos junto á la pobre loca Dorotea, y concluyamos por aquel
+lado con lo que debemos á nuestro corazón.
+
+Pero al entrar en la calle Ancha de San Bernardo, Quevedo vió venir
+hacia él un alcalde de casa y corte con sus alguaciles.
+
+--¡Otra bandada de cangrejos!--exclamó--; está de Dios que nunca hayan
+de dejarme los tales. Y es el bueno Ruy Pérez Sarmiento, asno injerto en
+lobo, y alcalde de casa y corte por la gracia de Lerma; ¿y qué me querrá
+éste? paréceme que se arroja á hablarme.
+
+En efecto, un alcalde de casa y corte avanzaba, vara enhiesta, hacia
+Quevedo. A poca distancia le seguían sus alguaciles, y venía detrás una
+silla de manos.
+
+--Guárdeos Dios--dijo el alcalde á Quevedo parándose delante de él--,
+¿me conocéis?
+
+--Hace mucho tiempo, por el servidor más ciego de la justicia.
+
+--¿Creéis que un alcalde de casa y corte puede prender á toda persona
+viviente en los reinos de su majestad y por su real mandato?
+
+--Artículo de fe es ese de que no he dudado nunca--dijo Quevedo, al que
+pasó por los ojos tal cosa, que dió ocasión á que le rodeasen y asiesen
+de él de improviso los alguaciles.
+
+--¡Eh! ¿qué es esto? ¿habréme convertido en doblón cuando con tal ansia
+me echáis mano?--dijo Quevedo.
+
+--Os habéis convertido en hombre preso por el rey.
+
+--Su majestad viva, y pues su majestad lo quiere, preso me reconozco.
+
+--Metedle en la silla de manos.
+
+--Meteréme yo, que aún no estoy impedido; que si yo rey no respetara...
+
+--¿Qué decís?...
+
+--Digo que nada digo, y concluyan y vamos y demos todos gusto al rey,
+que no hay para qué menos.
+
+Y Quevedo se entró en la silla de manos.
+
+Inmediatamente cerraron la portezuela, y como no tenía celosías ni
+vidrieras, Quevedo se quedó á obscuras.
+
+--Al menos es blanda--dijo sintiendo el almohadón mullido de la silla--,
+y puesto que no podemos hacer otra cosa, y la alcoba nos cierran y á
+obscuras nos dejan, durmamos.
+
+La litera echó á andar en aquellos momentos.
+
+Poco después Quevedo, consecuente á su propósito y cansado y
+trasnochado, roncaba.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXII
+
+DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA SE ENCONTRÓ MÁS DESORIENTADO QUE NUNCA
+
+
+Don Francisco de Sandoval y Rojas atravesó las antecámaras de palacio en
+medio de los más profundos saludos y de las reverencias más profundas de
+los cortesanos.
+
+Hasta allí todo iba bien: se le consideraba por los pretendientes, que
+son un barómetro, como señor omnipotente, en el pleno goce del favor del
+rey.
+
+Los ujieres se mostraron con él, y del mismo modo, profundamente
+respetuosos.
+
+Los gentileshombres le saludaron con sumo respeto.
+
+Pero cuando entró en la cámara real, la encontró desierta.
+
+El rey acostumbraba á estar siempre en la cámara cuando llegaba Lerma.
+
+Lerma se alarmó al no encontrar al rey en su cámara.
+
+Porque en las raras ocasiones en que se había entibiado para él el favor
+de su majestad, si bien es cierto que nunca el rey le había hecho hacer
+antesala ó antecámara, le había hecho hacer cámara.
+
+Tomólo primero su orgullo á casualidad: pero pasó un cuarto de hora, y
+esto era ya mucho; pasó media hora, y esto era ya demasiado.
+
+Lerma, á quien la cólera hacía audaz, se acercó á la mesa real, tomó la
+campanilla de oro, y la agitó como si hubiera estado en su casa.
+
+Se presentó un gentilhombre.
+
+--¿Qué manda vuestra majestad?--dijo sin reparar, en su servil
+apresuramiento, que el rey no estaba en la cámara.
+
+--No, no es su majestad quien llama--dijo Lerma mordiéndose los
+labios--. Soy yo.
+
+--¡Ah! ¡perdone vuecencia! ¿qué desea vuecencia?
+
+--¿Habéis avisado al rey de mi llegada?
+
+--Sí; sí, señor: en el momento en que llegó vuecencia.
+
+--¿Dónde está el rey?
+
+--En su recámara.
+
+--¿Con quién?
+
+--Con el duque de Uceda.
+
+--¡Con mi hijo!
+
+--Sí, señor.
+
+--Gracias, caballero, gracias.
+
+El gentilhombre salió.
+
+--¿Conque se me hace esperar en la cámara por Uceda, que está en la
+recámara?--dijo el duque--; ¿con que el rey se olvida al fin de lo mucho
+que me debe? y... mi hijo... ¿qué hubiera sido de mi hijo sin mí? ¡Esto
+es infame! Vendido ó abandonado por todos... ¿y qué hacer? ¿qué hacer?
+Esto de que me lancen del favor del rey, que me reduzcan á una vida
+obscura... esto no puede ser, y no será... Quevedo... Quevedo tiene
+ingenio bastante para dar al traste con toda esta falange de cortesanos
+hambrientos y miserables... Quevedo me impondrá duras, durísimas
+condiciones... pero no importa... más vale ceder en secreto ante un solo
+hombre, que no caer en público combatido por tantos. ¡Oh! creo que debo
+dar una lección al rey, que debo retirarme... mostrarme enojado; si yo
+hubiera hablado ya con Quevedo, vería si podía atreverme á presentar al
+rey mi renuncia del empleo de secretario de Estado universal; pero sin
+contar con don Francisco, sería una locura. Lo que debo hacer
+indudablemente es irme de aquí. Esto será decir sin palabras al rey que
+no debe hacer esperar hasta tal punto al duque de Lerma.
+
+Iba Lerma á poner en práctica su propósito, esto es, á irse, cuando se
+levantó un tapiz, asomó tras él una persona, y sonó una voz que dijo:
+
+--¿A dónde vais, mi buen duque?
+
+Lerma se volvió, adelantó rápidamente, dobló una rodilla ante el hombre
+que le había hablado, y le besó una mano.
+
+Aquel hombre era su majestad católica, don Felipe III de Austria.
+
+Había cierta quijotesca tiesura en el semblante del rey.
+
+--¿A dónde íbais, pues, duque?--repuso Felipe III.
+
+--Iba... como vuestra majestad estaba tan ocupado...
+
+--Y tardaba, ¿eh?
+
+--¡Señor!
+
+--Hace un siglo que yo estoy esperando--dijo el rey--y no me impaciento;
+y vos, porque graves negocios me impiden venir cuando me avisan que
+estáis aquí, ¿os impacientáis?
+
+--¿Y por qué tenéis vos que impacientaros, señor?--dijo Lerma
+levantándose y permaneciendo de pie junto al rey, que se había sentado
+en su sillón--; ¿no es ley vuestra voluntad? ¿No os obedecen todos
+vuestros vasallos?
+
+--No, duque, no, y esa es mi impaciencia; en vano pido á mis vasallos
+que se avengan, que no luchen, que no se despedacen, porque yo deseo la
+paz, la concordia; en vano los odios crecen, las enemistades se
+aumentan, las quejas zumban alrededor mío, y me trastornan. ¿Sabéis que
+he estado hablando con vuestro hijo el duque de Uceda más de una hora?
+
+--Me lo habían dicho, señor.
+
+--Es verdad, vos lo sabéis todo.
+
+--Señor...
+
+--¿Pero á que no acertáis cuál era la extraña pretensión del duque?
+
+Tembló interiormente Lerma, porque el rey usaba cierto tonillo acre que
+no acostumbraba mucho á usar.
+
+--Lo ignoro, señor.
+
+--Ya sabía yo que lo ignoraríais. Vuestro hijo se me quejaba de
+injusticias.
+
+--¿Y por qué el señor duque de Uceda no ha venido á mí, secretario
+universal del despacho?--dijo ya con alguna irritación Lerma.
+
+--Vuestro hijo sabe que yo no hago nada sin consultarlo con vos, y
+encaminarse á mí, es punto menos que si á vos se hubiera encaminado.
+
+--¿Pero de qué se queja el duque de Uceda?
+
+--De que se le haya separado del cuarto del príncipe don Felipe.
+
+--¡Ya! su excelencia quiere sin duda privar desde temprano con su
+alteza, y esto es ya un principio de rebeldía.
+
+--Pues ved ahí lo que dice el duque de Uceda: que al separarle del
+príncipe se ha dudado de sus intenciones, que se ha supuesto lo que él
+en su lealtad, no ha pensado; que las gentes creen ver en su separación
+motivos ocultos y por lo tanto pretende... lo más extraño que puede
+decirse, duque, es casi una rebeldía lo que vuestro hijo pretende.
+
+--¿Y qué pretende, señor?--dijo Lerma, á quien pinchaban las palabras
+del rey.
+
+--Pretende que se le haga proceso, que en el tal proceso se demuestren
+las causas por que se le ha quitado su oficio de ayuda de cámara del
+príncipe... en fin, el duque dice que se va á presentar preso y á pedir
+el proceso, si no se lo concedemos, al consejo de Castilla.
+
+--El duque está loco, señor--dijo Lerma--, y como á tal no podéis
+tenerle al lado del príncipe. Su petición demuestra su locura. ¿Pues
+qué, vuestra majestad tiene necesidad de decir á un vasallo, por muy
+alto que éste sea, ni debe decirle las razones que ha tenido para
+quitarle un oficio que le había dado? Este es un crimen de lesa
+majestad, señor, que debéis castigar con energía.
+
+--Es que el duque de Uceda protesta hacia mí el más profundo respeto, y
+dice... dice que sois vos su enemigo.
+
+--Es decir, que el que comete un delito de lesa majestad contra su rey,
+suponiéndole injusto, comete y debe necesariamente cometer otro no menor
+delito: el de lesa naturaleza rebelándose contra su padre.
+
+--Pues ved ahí: Uceda dice que no le miráis como hijo.
+
+--Desgracia y grande ha sido para mí, que tal hombre sea hijo mío.
+
+--Y añade, que quiere ese proceso para demostrar las razones que vos
+habéis tenido para proponerme su separación del cuarto del príncipe.
+
+--¡Razones contra mí!
+
+--Sí; habla de pruebas...
+
+--¿De pruebas de qué?
+
+--Lo mismo pregunté á Uceda; pero pidiéndome perdón por no revelarme lo
+que yo quería saber, me dijo que sólo presentaría las tales pruebas al
+juez ó á los jueces que hiciesen el proceso.
+
+--¿Es decir, que el duque de Uceda supone?...
+
+--Que no me servís bien.
+
+--Que presente, pues, las pruebas; que las presente--dijo conteniendo
+mal su cólera por respeto al rey, Lerma--; entre tanto, señor, yo me
+retiro á mi hogar, y dejo el honroso puesto que vuestra majestad me ha
+dado.
+
+--Ved, ved ahí por qué digo yo que hace un siglo estoy teniendo
+paciencia; en vano me esfuerzo porque haya paz entre los míos; yo bien
+sé que vos y vuestro hijo y todos los que me rodean, me quieren, son
+leales, capaces de perder por mí la vida; pero todos reñís, todos os
+mordéis, todos procuráis parecer los más leales, á costa de los otros; y
+esto es un zumbar eterno que ya me atolondra, que me cansa, que me hace
+infeliz.
+
+--Por lo mismo, señor, admita vuestra majestad mi renuncia.
+
+--No hay necesidad; yo no he desconfiado de vos.
+
+--Sin embargo, señor... esas graves acusaciones exigen: ó que yo sea
+juzgado, ó que lo sea mi hijo.
+
+--¿Qué estáis diciendo, duque? ¿qué estáis diciendo?... ¿meterme queréis
+en esos cuidados? yo os mando que sigáis ayudándome en el gobierno de
+mis reinos.
+
+--Y yo, señor, obedezco á vuestra majestad. Pero...
+
+--¿Pero qué?
+
+--Es necesario, para que tengamos paz, apartar de la corte á muchas
+personas.
+
+--La primera á don Francisco de Quevedo.
+
+--¡Cómo, señor!
+
+--Es muy aficionado á contar cuentos que nadie entiende.
+
+--Don Francisco de Quevedo es uno de los vasallos más leales de vuestra
+majestad.
+
+--Paréceme, sin embargo, que le hemos tenido preso.
+
+--Dos años. Es un tanto turbulento...
+
+--Por lo mismo, dejémosle que se vaya con su duque de Osuna.
+
+--Por el contrario, yo le guardaría...
+
+--Pues prendedle otra vez, que no ha de faltar motivo. No sé qué he oído
+de unas estocadas... ¡ah! ¡sí! don Rodrigo Calderón...
+
+--En efecto, mi secretario Calderón, hace tres noches fué muy mal herido
+y está en mi casa.
+
+--Hirióle... ese bastardo de Osuna, ese don Juan, á quien yo no sé quién
+ha hecho capitán de la tercera compañía de mi guardia española.
+
+--Lo ha hecho, señor, la reina, por amor á su favorita doña Clara
+Soldevilla.
+
+--Esposa recientemente de ese don Juan... y á quien creo que ama
+mucho... pues bien, prendamos á ese don Juan para poder prender á
+Quevedo.
+
+--¡Cómo!
+
+--Como que dicen que Quevedo ayudó á don Juan á herir á don Rodrigo.
+
+--Es necesario andar muy despacio en eso, señor; tales negocios pueden
+salir al aire si se prende á don Francisco...
+
+--¡Cómo! ¿también por ahí?
+
+--Sí; sí, señor; don Juan, hiriendo á don Rodrigo, ha obrado como bueno
+y leal, y como buen amigo suyo Quevedo, ayudándole... esto es...
+midiéndose con otro hombre que favorecía á don Rodrigo.
+
+--Pues mirad: podré engañarme, pero ese don Juan no me gusta.
+
+--¡Y yo que traía á vuestra majestad para que la firmase una real cédula
+de merced, para ese don Juan, del hábito de Santiago!
+
+--Pues no; no hay que pensar en ello; ¿con que es decir que se nos lleva
+la dama más hermosa de palacio, que se nos pone á la cabeza de la
+compañía más brava de nuestros ejércitos, que nos hacemos los ciegos
+ante un homicidio intentado por él y todavía queréis que le demos el
+hábito de Santiago?
+
+--No haríais más que doblárselo, señor, pues lo tiene ya.
+
+--¡Cómo! ¿pues quién se lo ha dado?
+
+--El gran don Felipe II, padre de vuestra majestad, lo concedió al duque
+de Osuna para su hijo bastardo cuando aún no le había dado su madre á
+luz.
+
+--¿Y para qué dos mantos á un mismo hombre? eso es decirle que tiene
+mucho frío y que queremos abrigarle.
+
+--Eso quiere decir que vuestra majestad le cree digno del hábito por sus
+hechos, como el gran don Felipe II le creyó digno de él por ser hijo de
+quien era.
+
+--Pero esto no estorba para que le prendamos.
+
+--No; pero vuestra majestad no le debe prender.
+
+--Dad, dad acá esa cédula--dijo el rey.
+
+Lerma sacó un papel arrollado y le extendió delante del rey.
+
+--Ahora--dijo Felipe III--necesito firmar otros dos papeles.
+
+--¿Cuáles, señor?
+
+--Dos órdenes de prisión.
+
+--Creo que sean necesarias más.
+
+--Pues bien, Lerma; decidme vos los que queréis que sean presos, y yo os
+diré los que quiero tener encerrados y no disputemos más.
+
+--Señor, yo no disputo con vuestra majestad.
+
+--¿Pues qué estamos haciendo hace ya más de media hora? Disputar y no
+más que disputar. Con que sepamos: ¿á quiénes queréis vos prender?
+
+--Al duque de Uceda.
+
+--Bien, prendámosle en el cuarto del príncipe.
+
+--¡Señor!--exclamó completamente desconcertado por aquella salida del
+rey, Lerma.
+
+--Sí, sí, volvámosle su oficio al ayuda de cámara del príncipe don
+Felipe.
+
+--Pues cabalmente eso es lo que el duque desea.
+
+--Pues porque lo desea, y para que nos deje en paz, concedámoselo;
+mandad extender la provisión y traédmela al momento al despacho.
+
+Lerma desconocía al rey.
+
+El rey mandaba.
+
+Lerma no estaba acostumbrado á aquello.
+
+--Señor--dijo--, yo no puedo seguir siendo secretario de vuestra
+majestad.
+
+--Os lo mando yo--dijo el rey.
+
+--Obedezco, señor.
+
+--A fray Luis de Aliaga, le nombramos confesor de la reina--dijo el rey.
+
+Estremecióse Lerma.
+
+--Traednos el nombramiento. Al conde de Olivares le reponemos en su
+oficio de caballerizo mayor.
+
+--¡Ah, señor! ¡Dios quiera que no os pese!
+
+--Al conde de Lemos, vuestro sobrino, levantamos su destierro.
+
+--Todos son enemigos míos, señor.
+
+--¿Y qué os importa, si es vuestro amigo el rey?
+
+--Sea lo que vuestra majestad quiera.
+
+--Envíense correos á don Baltasar de Zúñiga para que se vuelva á su
+oficio de ayo del príncipe don Felipe.
+
+Lerma, aterrado, se resignó.
+
+Aquel era un golpe mortal.
+
+Sus enemigos triunfaban.
+
+¿Pero de qué medios se habían valido?
+
+Ignorábalo el duque, y esta ignorancia le aterraba.
+
+--Además--dijo el rey--, orden de prisión contra don Francisco de
+Quevedo y don Juan Téllez Girón. Los enviaréis á Segovia.
+
+Lerma no se atrevió á replicar.
+
+--Id, id; extended todas esas órdenes y traérmelas al momento para que
+las firme.
+
+Y el rey se levantó y escapó por una puerta de servicio.
+
+El duque quedó aterrado en medio de la cámara.
+
+--¿Qué tal, eh?--dijo una voz detrás de un tapiz.
+
+Miró Lerma al lugar de donde salía la voz, y vió que el tapiz se
+levantaba y que de detrás de él salía un hombrecillo.
+
+Aquel hombrecillo era el bufón del rey.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXIII
+
+DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA VIÓ AL BUFÓN DE SU MAJESTAD EXTENDERSE, CREAR,
+TOCAR LAS NUBES... ETC.
+
+
+Estuvieron mirándose durante algunos segundos el ministro y el bufón.
+
+Los ojos del tío Manolillo relumbraban como brasas.
+
+Sus mejillas no estaban pálidas, sino verdinegras.
+
+Miraba al duque con una fijeza y una insolencia tales, que el duque se
+irritó.
+
+--¿Qué me queréis?--dijo Lerma con acento duro.
+
+--¡Eh! ¿Qué os quiero yo? nada; vos sois quien me queréis á mí.
+
+--¡Yo!
+
+--Sí, vos me necesitáis.
+
+--¿Que os necesito yo?
+
+--Sí por cierto. ¿No es verdad que nuestro buen rey tiene de vez en
+cuando ocurrencias insufribles?
+
+--¡Cómo! ¿Sabéis...?
+
+--Vaya si lo sé; como que estaba allí, detrás de aquel tapiz, y no he
+perdido uno de los gestos, una sola de las convulsiones que os ha
+causado el ver al rey hecho por un momento rey. Y el bueno de Felipe,
+traía su lección bien aprendida; no ha olvidado nada; y es que los
+tontos tienen muy buena memoria.
+
+--¡Ah! ¿Han hecho aprender á su majestad una relación de memoria?
+
+--Sí, excelentísimo señor.
+
+--¿Y quién le ha enseñado esa lección?
+
+--Excelentísimo señor, yo.
+
+--¡Vos! ¿Pero á quién servís?
+
+--Me sirvo á mí mismo.
+
+--Pero si el rey dice que ha hablado con el duque de Uceda...
+
+--Y tiene razón; como que yo le he metido al duque de Uceda en su
+recámara.
+
+--Venid, venid conmigo, bufón, y hablemos donde de nadie podamos ser
+escuchados.
+
+--Eso quiero yo.
+
+--Seguidme.
+
+--No por cierto. No nos deben ver salir juntos de la cámara del rey.
+Sois muy torpe, excelentísimo señor. Nos veremos, sin que nadie lo sepa
+ni lo entienda, en vuestro camarín de la secretaría de Estado. Hasta
+dentro de un momento. Adiós.
+
+Y el bufón levantó el mismo tapiz por el que había aparecido, y
+desapareció tras él.
+
+--¿Qué sucede en palacio, señor? ¿Qué hay aquí--exclamó el duque--, que
+me veo obligado á tratar con ese miserable?
+
+El duque hizo un violento esfuerzo, salió de la cámara real, bajó á la
+planta baja del alcázar, y se entró en la secretaría de Estado.
+
+--¡Ledesma!--dijo á uno de los oficiales que trabajaba en la primera
+sala--; cuidad de que nadie vaya á interrumpirme, y estad dispuesto para
+cuando yo os llame.
+
+Ledesma, que se había levantado como todos á presencia del duque, se
+inclinó profundamente.
+
+Lerma atravesó otras dos salas, en las cuales los oficiales se
+levantaron con el mismo respeto que los de la primera, llegó á una
+puertecilla, sacó una llave, abrió la puerta, entró y cerró.
+
+Atravesó después un largo corredor, abrió otras dos puertas, y se
+encontró al fin en un pequeño aposento, en el cual había únicamente una
+gran mesa cubierta de papeles y legajos en el testero de la mesa, un
+sillón de terciopelo carmesí, con las armas del duque bordadas; detrás,
+en la pared, un retrato de cuerpo entero del rey; á los dos lados,
+contra la pared, dos secreteres de ébano incrustados de plata, nácar y
+concha, y delante de la mesa, un sillón más modesto, destinado sin duda
+á un secretario; una magnífica alfombra y algunos excelentes cuadros,
+completaban el aspecto de aquel aposento, que era el camarín reservado
+de despacho del secretario universal del rey.
+
+Al abrir el duque la puerta del camarín, retrocedió y tembló.
+
+Sintió pavor á impulsos de una impresión supersticiosa.
+
+Sentado en el sillón del duque, arreglando unos papeles, estaba el tío
+Manolillo.
+
+El camarín no tenía más entrada que aquella por donde había ido el
+duque: una reja le daba luz, y aquella reja tenía vidrieras de colores.
+
+Los hierros de la reja eran demasiado espesos para que pudiese haber
+entrado por ella el bufón, y las vidrieras estaban cerradas.
+
+--Cierra y siéntate--dijo el tío Manolillo al duque de Lerma--. Aquí no
+puede oírnos ni vernos nadie. Eres mi secretario, duque.
+
+--¿Qué significa esto?--exclamó Lerma--; ¿en qué poder confiáis para
+atreveros á tanto?
+
+--Es singular, singularísimo tu orgullo, duque. Cualquiera al
+escucharte, no viéndote, creería que no tenías miedo. Y estás temblando,
+Lerma. Temblando como un ratón delante del gato. Sin duda me crees
+brujo, ¿no es verdad? porque tú guardas como un tesoro las llaves de
+este camarín, donde escondes todos tus secretos en los secretos de esos
+secreteres, y sabes que nadie puede entrar aquí si no le das tú las
+llaves de esas tres puertas; y esas tres llaves no se separan de ti
+desde hace trece años: desde que eres favorito del rey más desfavorecido
+de ingenio que ha criado Dios para ejemplo de reyes imbéciles y torpes.
+
+--No comprendo... no comprendo cómo...
+
+--¿Cómo estoy aquí? Yo soy brujo, duque.
+
+Desconcertóse de una manera tal Lerma, que el tío Manolillo soltó una
+carcajada hueca, larga, pero de un sonido, de una expresión tal, que se
+le crisparon los nervios al duque.
+
+--Estoy aquí--dijo el bufón--, porque estoy: te tengo en mis manos,
+porque eres un traidor, un villano.
+
+El duque se creía delante de un poder sobrenatural y no pudo irritarse;
+le faltaba completamente el valor.
+
+Adelantó vacilante, y se apoyó en el sillón destinado al secretario.
+
+--Siéntate, siéntate y no tiembles--dijo el bufón dulcificando su voz--;
+nada te sucederá si tú no quieres que te suceda.
+
+El duque se sentó maquinalmente.
+
+--Yo sé todos los secretos de palacio--dijo el bufón--; como que no hago
+otra cosa que ver y escuchar. Del mismo modo que he hecho que el rey
+vuelva á llamar á su alrededor á tus enemigos, puedo hacer que el rey
+los mande encerrar; y del mismo modo, duque, si quiero, puedo llevarte
+al patíbulo.
+
+--¡Al patíbulo!
+
+--Sí, por traidor al rey y por ladrón.
+
+--¡Ah! ¡ah! ¿y qué pruebas...?
+
+--Oye, tengo preparadas las pruebas; están aquí. Primera: carta de
+milord, duque de Bukingam, al excelentísimo señor duque de Lerma.
+
+--¡Ah! esa carta...
+
+--¡La España vendida á los ingleses, duque!
+
+--Pero esa no es una carta.
+
+--Es una copia de la carta.
+
+--Pero la carta...
+
+--Está con otras tres de Bukingam y cuatro de milord conde de Seymur y
+otras varias, que prueban cumplidamente que tú, más que secretario del
+rey de España, eres secretario del de Inglaterra; estas cartas están tan
+bien guardadas que no las encontrarás á tres tirones. Se trata, en esta
+que he traído de muestra, del casamiento de la infanta doña Ana, de
+ciertos tratos vergonzosos entre Bukingam y tú, de condiciones
+recíprocas, de infamias... ¿quieres que te la lea, don Francisco de
+Sandoval y Rojas?
+
+--No, no; pero eso es imposible--dijo el duque abalanzándose al secreter
+de la derecha y abriéndole.
+
+--Sí, busca, busca; encontrarás ahí alhajas que yo no he querido tomar,
+á pesar de que soy muy pobre, porque no soy ladrón, pero las cartas de
+que te hablo y otros importantísimos papeles, no están ahí; los tengo
+yo: auténticos, con tu firma, porque en todos ellos, ó en todas ellas,
+porque son cartas, has cometido la torpeza de escribir: «_Contestada en
+tal fecha.--Lerma._» El rey podrá encontrar en esos papeles el secreto
+de la expulsión de los moriscos, las causas de su desavenencia con
+Francia, el por qué de los reveses que sufre en todas partes donde hace
+la guerra España; el rey sabrá que de los tributos que saca á sus
+vasallos la tercera parte es para el rey, otra tercera parte para los
+corregidores, alcaldes mayores y demás exactores, y la otra tercera
+parte para el nobilísimo, el excelente señor don Francisco de Sandoval y
+Rojas, marqués de Denia, duque de Lerma, del consejo de Estado, su
+protonotario en Indias, su secretario universal, su favorito, su todo;
+sabrá el rey... aunque me mates, porque los papeles se presentarán solos
+al rey, que ha criado en ti un cuervo, que ha levantado á su enemigo, y
+como el rey, aunque es débil, no es malo y no le gustan los bribones, y
+como el rey, aunque no es rey, tiene grandes humos de rey y de rey
+poderoso; y como el rey es del último que llega, nada tendrá de extraño
+que su majestad retire de ti su protección y te arroje al verdugo;
+porque tú has hecho lo bastante, mi buen duque, para ser primero
+degradado y después ahorcado.
+
+--Sin duda tienes algo muy grande que pedirme; sin duda me necesitas
+para mucho, cuando así me hablas; ¿qué quieres?
+
+--Creo que nos entendemos. Ahora voy á decirte lo que quiero.
+
+--Si puedo, si está en mi mano...
+
+--Oye; tú conoces á una mujer á quien yo conozco también. Yo quiero que
+esa mujer sea feliz.
+
+--¡La reina!
+
+--¿Qué me importa la reina? ya la he salvado hoy.
+
+--¿Conque era verdad?
+
+--Verdad, verdad; quisieron envenenarla.
+
+--¡Envenenarla! ¿Pero quién ha querido cometer ese atentado?
+
+--Tu buen secretario don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Pero si ese atentado se ha intentado hoy y don Rodrigo está en el
+lecho mal herido!
+
+--Pero no estaba mal herido el sargento mayor don Juan de Guzmán, que ha
+estado yendo y viniendo al lecho de don Rodrigo, y como don Juan de
+Guzmán era amante de Luisa, la mujer del imbécil cocinero de su
+majestad, y como de las cocinas baja la vianda para la reina, Luisa pudo
+hacer que ciertos polvos entrasen en uno de los platos del almuerzo de
+su majestad. Quevedo y yo, que éramos muy amigos, nos hemos visto negros
+para salvar á Margarita de Austria; pero tales eran los polvos, que un
+pobre paje á quien se le apeteció lo que había quedado sobrante en los
+platos de la reina y del padre Aliaga, ha muerto en momentos.
+
+--¡Horrible! ¡horrible!--exclamó el duque.
+
+--Yo no sé si tú has tenido parte en esa infame tentativa de asesinato,
+ó si ha sido únicamente cosa de don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Yo! ¿me creéis capaz de esa infamia?
+
+--Te creo, por tu vanidad y por tu ambición, capaz de todo.
+
+--¡Oh! ¡oh! esto es demasiado, demasiado faltarme al respeto.
+
+--La reina te estorba tanto como á don Rodrigo; la reina conspira contra
+ti, y la temes.
+
+--Pero jamás llegaría á ese punto, jamás; me calumniáis.
+
+--Quiero creerte, porque hasta ahora, si has sido traidor y ladrón, no
+has sido asesino.
+
+--En muestra de ello, quiero las pruebas, las pruebas del crimen de
+Calderón; las pruebas para enviarle al cadalso.
+
+--No hay pruebas.
+
+--Vive la mujer del cocinero mayor, y aunque prófuga, se la buscará, se
+la encontrará, se la sujetará á la prueba del tormento.
+
+--Y declarará que don Juan de Guzmán era su amante, que la dió unos
+polvos, que ella los dió al galopín Cosme Aldaba, que, en ausencia de su
+marido, le introdujo en la cocina. Siguiendo el hilo, prendiendo á Cosme
+Aldaba, atormentándole, se sabrá que el tal Cosme envenenó en las
+cocinas una perdiz destinada al almuerzo de la reina, que la entregó
+para que la sirviera el paje Cristóbal Cuero, y el paje, preso y sujeto
+al tormento, declarará que puso en la mesa de su majestad la perdiz
+envenenada; pero todas las pruebas recaerán en el sargento mayor don
+Juan de Guzmán.
+
+--Se le prenderá, se le hará pedazos para que declare.
+
+--Eso es imposible.
+
+--¡Imposible!
+
+--Sí; ¿no has reparado en que cuando me he referido al sargento mayor,
+he dicho: ¿_era_, no _es_? El sargento mayor ha muerto.
+
+--¡Muerto!
+
+--A mis manos, á puñaladas.
+
+El bufón, que había crecido de una manera imponderable á los ojos del
+duque, aumentó otro tanto en tamaño.
+
+Se había convertido para Lerma en un gigante.
+
+--Por lo que toca á la reina--continuó el bufón--, el negocio está
+perfectamente concluído; un paje ha muerto y se le ha enterrado... nadie
+ha sospechado... no asustemos á su majestad; sírvate esto para conocer á
+don Rodrigo Calderón y guardarte de él. La mujer, pues, á quien ambos
+conocemos y por la que he procurado tenerte en mis manos, por la que he
+penetrado aquí, en este lugar que tú creías tan seguro, y he abierto
+valiéndome de mis artes, artes acaso del diablo, esos secreteres, y me
+he apoderado de esas cartas, obteniendo con ellas armas bastante fuertes
+para rendirte, para hacerte mi esclavo; la mujer, pues, que á tal punto
+nos ha traído á los dos, no es la reina, aunque muchas veces represente
+reinas.
+
+--¡Dorotea!
+
+--Cabalmente, Dorotea; esa pobre niña que es tu querida públicamente, y
+mi corazón, mi alma en secreto.
+
+--¿Qué sois vos de esa mujer?
+
+--¡Qué soy yo! ¡su padre! ¡su hermano! ¡su mártir!
+
+--¡Ah!
+
+--La amo... más que á mí mismo: la deseo con todo mi deseo, con toda mi
+sed de gozar, y sin embargo, devoro y comprimo mi deseo. Vivo de su
+felicidad, y sus lágrimas me despedazan el alma. Dorotea sufre; Dorotea
+es infeliz. Se han valido de ella como de un instrumento, la han
+despedazado el alma... ama á un hombre y le roban ese hombre.
+
+--¿Y qué hombre es ese?
+
+--Don Juan Téllez Girón.
+
+--¡Siempre ese hombre!--exclamó con desesperación el duque.
+
+--Sin embargo--dijo el tío Manolillo--, á ese hombre debes el empezar á
+ser algo.
+
+--¡Cómo!
+
+--Sí, sí ciertamente. Si ese hombre no hubiera venido á Madrid, no
+hubiera conocido á doña Clara Soldevilla, y no hubiera podido ayudarla,
+cuando esa mujer servía á la reina con su vida, con su honra; no hubiera
+encontrado á Quevedo, y sin Quevedo, no hubiera herido á tu buen
+secretario don Rodrigo Calderón; si no hubiera herido á don Rodrigo, si
+no le hubiera arrebatado las cartas que tenía de la reina...
+
+--¡Cómo! ¿ese caballero ha quitado á Calderón las cartas?...
+
+--Sí, las cartas que yo acaso no hubiera podido arrancarle. Y don
+Rodrigo, armado con aquellas cartas, obrando por cuenta propia, era
+omnipotente: hubiera dictado condiciones á Margarita de Austria, te
+hubiera vencido, hubiera ocupado acaso ya tu lugar, un lugar que, si no
+le pones fuera de combate, ocupará algún día; ¿comprendes ahora todo lo
+que debes á ese afortunado joven?
+
+--¡Oh! ¡oh! ¡y yo ciego!...
+
+--Tú, torpe y confiado, creyéndote en tu vanidad asegurado en el favor
+del rey y superior á todo... pero continuemos y te convencerás de cuánto
+es lo que debes al bastardo de Osuna, sin que él, que porque es amigo de
+Quevedo te aborrece, sepa, ni por pienso, que te ha hecho el más leve
+servicio. Por otra parte, don Juan Téllez Girón, hiriendo á don Rodrigo,
+te ha hecho otro inmenso servicio: don Francisco de Quevedo, que conoce
+la corte, tuvo miedo al ver herido, sin saber si era muerto ó vivo, á
+don Rodrigo, y como sólo había venido á Madrid por encargo del duque de
+Osuna para buscar á ese don Juan, y con el sólo objeto de llevársele
+consigo á Nápoles, quiso ponerle á cubierto de toda eventualidad, y
+acordándose de Dorotea concibió un terrible pensamiento.
+
+--¡Dorotea!
+
+--Sí por cierto. Como don Juan es joven y hermoso, con esa hermosura que
+deslumbra á las mujeres...
+
+--No le conozco.
+
+--¡Oh! pues es un mancebo hermosísimo; ya ves: cuando en tres días ha
+llegado á ser marido de doña Clara Soldevilla, á quien todos, menos yo,
+creían de nieve, y ha enamorado á Dorotea, que no había amado nunca...
+
+--¡Pero Dorotea le ama!--exclamó con cierta celosa impaciencia Lerma.
+
+--Con toda su alma, con toda su vida, de tal modo, que si le pierde
+muere.
+
+--¿Pero qué se proponía Quevedo al hacer conocer á Dorotea ese hombre?
+
+--Que se enamorase de él, y lo consiguió.
+
+--Pero no entiendo el objeto de Quevedo al pretender que Dorotea se
+enamorase de ese hombre.
+
+--Estás cada día más torpe, duque.
+
+--No tenéis razón para llamarme torpe, porque es incomprensible el
+objeto de Quevedo.
+
+--Lo que á ti te falta de ingenio, le sobra á Quevedo, Lerma.
+
+--Pero en esta ocasión...
+
+--Dime: ¿no es tu querida Dorotea?
+
+--Sí.
+
+--Aún no me comprendes. Será necesario llegar al fin. Dime: ¿no harás tú
+cualquier locura por evitar que Dorotea te humillase despidiéndote?
+
+--Según, según.
+
+--No hay según. Tú eres todo soberbia. Tú hubieras hecho lo que hubiera
+querido Dorotea, y como Dorotea, una vez enamorada de don Juan, debía
+procurar que no le prendiesen por sus heridas á don Rodrigo...
+
+--¡Ah!
+
+--Has comprendido al fin, gracias á Dios y á mi paciencia. Pues bien,
+Quevedo ha tenido suerte: Dorotea ama como una loca á don Juan, le ama
+más que á sí misma, y es capaz de cometer cualquier terrible desacierto,
+porque tiene celos.
+
+--¡Celos!
+
+--¡Oh! ¡si Dorotea no tuviese celos! ¡si la amase don Juan, el primer
+hombre á quien ha amado, como ella le ama! Entonces yo le amaría
+también, porque haría feliz á mi Dorotea, y amaría á Quevedo que los
+había puesto en el caso de amarse, y procuraría que, como don Juan te ha
+robado el corazón de Dorotea, te robase el corazón del rey. ¡Pero ya se
+ve! don Juan había visto antes que á Dorotea á doña Clara: habían andado
+de aventura por esas calles de Dios... y doña Clara es tan hermosa... no
+es más hermosa que Dorotea, no; pero no es cómica, ni tu querida, ni lo
+ha sido de nadie: doña Clara... yo he visto á todos, altos y bajos,
+mirarla con codicia... y el mismo rey...
+
+--¡El rey!
+
+--Sí, el rey ama á doña Clara: tibiamente, eso sí; pero la ama cuanto
+puede amar, como no ha amado á ninguna mujer... ya ves: cuando siendo
+tan devoto y tan temeroso de Dios se ha atrevido á arrojarse á
+pretensiones... la mujer que ha sido capaz de sacar de quicio á su
+majestad, tiene no sé qué poder, que Dorotea no tiene... Dorotea, pues,
+amando al marido de doña Clara es una mártir, y ya que no puedo evitar
+su martirio, quiero vengarla, y la vengaré.
+
+--¿Que la vengarás? ¿y cómo?
+
+--Valiéndome de ti.
+
+--¡Ah! creo que también te vales de otra persona.
+
+--¿Del rey? cierto que sí. Su majestad no puede ver á don Juan desde que
+sabe que le ama doña Clara. Y anoche, que fueron las bodas, no durmió.
+Sabe además su majestad que Quevedo ha tenido gran parte en ese
+casamiento, y no puede ver á Quevedo.
+
+--¡Por eso me ha mandado prenderlos!
+
+--Ya lo creo, como que se lo he aconsejado yo.
+
+--Y si teníais interesado al rey, ¿á qué imponerme condiciones á mí?
+
+--Esa es una pregunta de simple. El rey nuestro señor, no es más firme
+que una caña; le mueve hacia un lado el más ligero vientecillo, y otro
+vientecillo no mayor, le inclina al lado contrario. Hoy manda prender á
+don Juan y á Quevedo porque yo he sabido irritarle. Presos serán, porque
+el rey, aunque no sea rey, se llama al fin rey, y es necesario
+obedecerle cuando manda. Pero hubiera sobrevenido doña Clara,
+sobrevendrá, se arrojará á los pies del rey, llorará, le besará las
+manos... y el rey se derretirá y revocará la orden de prisión, y será
+capaz de honrar á don Juan y á Quevedo por añadidura. Es necesario que
+el rey no pueda hacer nada.
+
+--¿Y cómo?
+
+--¿Cómo? poniendo entre la gracia del rey y don Juan, la justicia
+ofendida.
+
+--Es decir, ¿formando proceso á don Juan por la herida de Calderón?
+
+--Y por añadidura, á don Francisco de Quevedo.
+
+--Y si todo eso sucede, ¿me devolveréis esas cartas que me habéis
+robado?
+
+--Cuando Dorotea posea completamente á don Juan, ó cuando yo la haya
+vengado de él.
+
+--¿Pero no consideráis que si la Dorotea sabe que su amante está preso,
+interpondrá todo su influjo para salvarle?
+
+--Eso quiero yo. Que Dorotea tenga ocasión de demostrar á don Juan hasta
+qué punto le ama.
+
+--¡De modo que me veo reducido á coaligarme con vos!
+
+--Sí, sí por cierto, noble y poderoso señor duque de Lerma; conmigo el
+bufón, el loco, el miserable, el despreciable. Conmigo, que he sabido
+levantarme á vuestros ojos fuerte como un león. Conmigo, comadreja del
+alcázar, que puedo perderos.
+
+--El duque no estaba en estado de regatear, ni aun podía defenderse; lo
+que le sucedía, le tenía aterrado; y lo que más le humillaba era verse
+obligado á ayudar los amores de su querida.
+
+--Haré, haré lo que pueda--dijo al fin.
+
+--Tú harás lo que yo quiera; prenderás á don Francisco de Quevedo.
+
+--En verdad, en verdad que ya he dado la orden de prisión, y á pesar de
+que una persona, á quien no puedo negar nada, me había comprometido á
+que no le prendiese, me he olvidado de revocar la orden.
+
+--Adivino cuáles son las dos mujeres que te han pedido la una la prisión
+y la otra la seguridad de don Francisco.
+
+--Si sabéis eso, es necesario concederos mucho poder.
+
+--Con saber á quien interesa que sea preso y que no sea preso don
+Francisco, se sabe quién es quien ha obrado en su favor y quién en su
+contra. Voy á decirte los nombres: La condesa de Lemos, tu hija, te ha
+obligado sin duda á que prendas á Quevedo, y la duquesa de Gandía, la
+buena, la inocente doña Juana de Velasco, ha sido, sin duda, quien te ha
+exigido la promesa formal de no meterte en prenderle.
+
+En vano el duque quiso ocultar su turbación, producida por la sagacidad
+del tío Manolillo; sin embargo, se dominó y dijo riendo:
+
+--¡Bah! ¿y qué les importa ni á la condesa de Lemos, ni á la duquesa de
+Gandía que Quevedo sea preso ó no?
+
+--¿Qué si les importa? Voy á revelarte dos secretos.
+
+--¿Dos secretos más?
+
+--¿No te he dicho que soy la comadreja del alcázar, que velo mientras
+los otros duermen, que todo lo veo y lo oigo? Pues bien; por esa razón
+sé que tu hija es querida...
+
+--¡Querida!--exclamó el duque afectando una explosión de dignidad
+ofendida.
+
+--Querida, manceba, moza, entretenimiento, como quieras, de don
+Francisco de Quevedo.
+
+--¡Mentira!
+
+--Vamos: lo sabías--dijo el bufón--; debe de habértelo dicho tu misma
+hija.
+
+--¡Que yo sé esa deshonra!
+
+--¡Si en ti todo es deshonra y fango y podre, cubierto por un manto
+ducal! La manera que tienes de negar esa deshonra que, lo confieso, es
+grande, me prueba que la conocías.
+
+--¡Oh! ¡oh! ¡yo te juro que esa es una calumnia!
+
+--No disputemos. Debe herirte demasiado lo que hago contigo, y yo, que
+adoro la venganza, reconozco el derecho y la necesidad que tienes de
+vengarte de mí. Cuando puedas, mátame, hazme pedazos; pero entre tanto,
+sírveme.
+
+El duque no contestó; estaba lívido de cólera, se le saltaban los ojos
+de las órbitas.
+
+El bufón continuó:
+
+--Como doña Catalina es una dama muy discreta y tiene mucho ingenio, y
+es intrigante y enredadora y sagaz donde los hay, nada tiene de extraño
+que haya averiguado que Quevedo sólo ha venido á Madrid á buscar al hijo
+del duque de Osuna para llevárselo á Napóles. Y como doña Catalina ama
+mucho á Quevedo, con toda su alma ardiente, á la que tan mal dueño has
+dado en tu sobrino el conde de Lemos, naturalmente, para no perder sus
+amores, te ha obligado, Lerma, porque tu hija puede obligarte, á que
+prendas á Quevedo.
+
+El duque se movió violentamente en el sillón.
+
+--Por lo que sufres, conozco que he acertado en todo; voy ahora á
+decirte las razones que tengo para creer que la duquesa de Gandía te ha
+obligado á que no prendas á Quevedo. La duquesa de Gandía es madre
+natural de don Juan Téllez Girón.
+
+Dió un salto sobre el sillón Lerma y volvió á caer desplomado.
+
+Aquella noticia le espantó.
+
+Tal concepto tenía formado de la duquesa de Gandía, que le pareció un
+sacrilegio la revelación del tío Manolillo.
+
+--Eso es imposible; imposible de todo punto; tu lengua ponzoñosa nada
+respeta; es una calumnia infame. La duquesa de Gandía es una santa.
+
+--Pero cuando una santa se encuentra á obscuras en una galería apartada
+con un hombre, tal como el duque de Osuna, por lo mismo que es una
+santa, se encuentra sin saber cómo en la situación en que se halla la
+duquesa de Gandía. Pregunta á tu hija, que sin ser una santa, es y lo
+será siempre una mujer honrada, á pesar de ser querida de Quevedo, lo
+que son tales encuentros: ¡bah!, Lerma, tú te estremeces porque estás en
+la misma situación que un hombre atado por cada uno de sus remos á
+cuatro caballos. No te asustes; al pedirte yo lo que te pido, he
+pensado, primero, en procurarte los medios de hacerlo, porque yo no soy
+tan insensato que pida imposibles. Por eso he abierto camino al duque de
+Uceda hasta el rey. Por eso he procurado que tus enemigos, sin vencerte,
+se crean de nuevo en posición de hacerte la guerra. Para que volviese á
+la corte el conde de Lemos, era necesario hacer todo eso. Y yo necesito
+que el conde de Lemos vuelva. Entonces doña Catalina estará más
+contenida, porque un marido al fin es un marido, y, si pretende hacer
+algo, yo la haré callar. Del mismo modo haré que la duquesa de Gandía te
+sirva de cabeza. Conque ayudémonos resueltamente, duque, y no disputemos
+más. A cambio de tu favor con el rey, la prisión de don Francisco de
+Quevedo y don Juan Téllez Girón ante la justicia, como homicidas de don
+Rodrigo Calderón.
+
+--Lo haré...--dijo el duque--¿pero esas cartas, esos secretos?...
+
+--Las unas y los otros los guardo yo como armas preciosas.
+
+--Escucha--dijo el duque--; yo puedo enriquecer á Dorotea, enriquecerte
+á ti...
+
+--¿Y el oro da la felicidad? la da á los imbéciles, que creen verdades
+las adulaciones de los miserables; pero la sed del corazón no la calma
+el oro. Ni un maravedí quiero tuyo. Y escucha: como dentro de un
+momento no esté preso don Juan Téllez Girón, que está en el alcázar y en
+el cuarto de su esposa, y ese Quevedo no duerma preso esta noche, obro,
+duque, obro y ¡ay de ti en el momento que yo obre!
+
+--¡Y no hay medio en lo humano!
+
+--Ninguno.
+
+--Bien; será lo que quieras.
+
+--¡Presos don Francisco y don Juan!
+
+--¡Presos!
+
+--¡Al momento!
+
+--¡Al momento!
+
+--Pues vete y manda extender las órdenes.
+
+--¿Y te quedas aquí?
+
+--Sí, no quiero asustarte desapareciendo delante de ti.
+
+--Debe haber aquí alguna puerta secreta.
+
+--Pues bien; ¿qué importa? bastante seguro te tengo. Mira.
+
+El bufón se levantó, llegó al secreter de la derecha, oprimió un resorte
+y el secreter giró dejando descubierta una obscura entrada.
+
+--Adiós, duque, adiós--dijo el bufón desapareciendo por ella--, y no te
+atrevas á desobedecerme.
+
+El secreter volvió á girar.
+
+El duque quedó aterrado.
+
+Parecíale, ó mejor dicho, quería que le pareciese aquello un sueño.
+
+Pasóse la mano por la frente, hizo un violento esfuerzo, se resignó y
+salió y abrió la primera puerta.
+
+--Que entre Ledesma--dijo á uno de los oficiales.
+
+Y se volvió al camarín y se puso á papelear para disimular su turbación.
+
+Entró Ledesma.
+
+--Sentáos--le dijo el duque--y tomad nota.
+
+Ledesma se sentó.
+
+--Levantamiento del destierro del conde de Lemos--dictó el duque;
+reposición en su oficio de ayo del príncipe de Asturias á don Baltasar
+de Zúñiga; reposición en su oficio de caballerizo mayor al conde de
+Olivares; nombramiento de confesor de su majestad la reina al reverendo
+padre fray Luis de Aliaga, y por último, reposición en su oficio de
+ayuda de cámara de su alteza el príncipe don Felipe, al duque de Uceda.
+
+--Ya está, señor--dijo Ledesma.
+
+--Ahora aparte: comuníquese urgentemente orden al alcalde mayor, para
+que luego haga prender, donde los halle, á don Francisco de Quevedo y
+Villegas y á don Juan Téllez Girón, como causantes de la herida de don
+Rodrigo Calderón, y pase de oficio para que sin levantar mano se empiece
+á formar el proceso; que cada oficial extienda una de esas minutas y
+traédmelas para el despacho de su majestad.
+
+Ledesma salió asombrado, comprendiendo la razón de la malísima cara que
+tenía el duque.
+
+Poco después, en vista de las minutas que se estaban extendiendo, se
+daba por segura en las secretarías de Estado la caída del ministro
+universal duque de Lerma.
+
+Lerma entre tanto, encerrado de nuevo, buscaba en vano el resorte del
+secreter que cubría el pasadizo por donde había desaparecido el bufón.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXIV
+
+DE CÓMO QUEVEDO BUSCÓ EN VANO LA CAUSA DE SU PRISIÓN, Y DE CÓMO CUANDO
+SE LO DIJERON SE CREYÓ MÁS PRESO QUE NUNCA
+
+
+Antes de entrar en la materia de este capítulo, debemos dar algunas
+noticias á nuestros lectores á la manera de sueltos de periódico:
+
+--Don Juan Téllez Girón fué preso aquel mismo día, en el aposento de su
+esposa doña Clara de Soldevilla, como acusado del estado en que se
+encontraba don Rodrigo Calderón, y en el momento en que preparaba un
+viaje, circunstancia agravante que el alcalde encargado de su prisión
+hizo constase en la diligencia del escribano que le acompañaba.
+
+--Doña Clara Soldevilla solicitó una audiencia del rey y no pudo
+conseguirla.
+
+--Dorotea esperó en vano toda la tarde al duque de Lerma y á don
+Francisco de Quevedo, con la mesa puesta, y ya cerca de la noche se puso
+verdaderamente mala y se metió en el lecho.
+
+--El cocinero de su majestad fué á avisar al excelentísimo señor duque
+de Lerma, que doña Ana de Acuña recibiría á obscuras al rey á las doce
+de aquella noche.
+
+Al salir Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, de
+casa del excelentísimo señor duque de Lerma, se encontró manos á boca
+con el tío Manolillo, bufón del rey, que le asió por un brazo y le metió
+en una taberna, donde se encerró con él en un aposento.
+
+El tío Manolillo hizo vomitar al cocinero de su majestad cuanto sabía
+acerca de la cita que el duque tenía aquella noche con doña Ana de
+Acuña.
+
+Al salir de la taberna, separáronse el cocinero mayor y el bufón, y este
+último se fué en busca de un alcalde de casa y corte.
+
+Conocidas de nuestros lectores estas noticias, entraremos de lleno en el
+asunto del presente capítulo.
+
+La silla de manos en que había sido metido Quevedo, y en que Quevedo se
+había dormido, anduvo hasta parar en un lugar de que no podía darse
+cuenta Quevedo; primero, porque con su cansancio, su largo desvelo y su
+admirable fuerza de ánimo, dormía profundamente; y segundo, porque
+aunque hubiera estado despierto, la silla de manos estaba herméticamente
+cerrada y á obscuras.
+
+Pero de repente Quevedo hubo de despertar al contacto de una mano que le
+movía.
+
+Abrió los ojos, se los restregó, se desperezó, y... se encontró todavía
+á obscuras.
+
+--Salid, don Francisco--dijo la voz del alcalde Sarmiento.
+
+--¡Ah! ¡conque hemos llegado! ¡pues me alegro! quitáos de delante no
+tropiece con vos, licenciado Sarmiento, que lo sentiría por lo que de mí
+se os pudiese pegar, y dígame vuesa merced, si no le enoja: ¿se han
+acordado de poner cama?
+
+--Aquí os quedaréis--dijo el alcalde.
+
+--Sea por minutos, amigo. Y como no me contestáis y os despedís, id con
+Dios.
+
+--Que Dios os guarde.
+
+Sintió Quevedo el ruido de las pisadas de algunos hombres, y luego
+cerrarse una puerta.
+
+--¿De donde vendrá ese chubasco?--dijo para sí, palpando en torno
+suyo--; no lo sé... no adivino; una silla... pues señor, estoy en mi
+casa... una cama mullida... afírmome en lo dicho... y á obscuras... me
+afirmo más; calabozo tenemos, guardados estamos, y... sueño tengo;
+dejémonos de suposiciones inútiles, y acostémonos, y continuemos el
+sueño interrumpido.
+
+Y Quevedo se acostó, no así como quiera, sino desnudándose como si
+hubiera estado en su casa.
+
+Pero por esta vez no se durmió.
+
+Había descabezado, como suele decirse, el sueño en la silla de manos; la
+situación en que se encontraba era grave por más de un concepto, y su
+poderosa imaginación empezó á dar vueltas.
+
+Pero las vueltas de su imaginación se agitaban en un laberinto obscuro,
+en el que se perdía más y más cuanto más pugnaba por encontrar la
+salida.
+
+Y como la imaginación es tan libre que se agita más cuanto más
+pretendemos sujetarla, la cabeza de Quevedo llegó á convertirse en una
+devanadera.
+
+Pasáronsele muy bien dos horas sin que pudiese atinar con la causa de su
+prisión, porque para él era indudable que el prenderle no convenía al
+duque de Lerma, y que siendo el duque tan apegado á su conveniencia, no
+era ni aun razonable creer que su prisión proviniera de él.
+
+Ocurriósele, y acertó, que doña Catalina podía ser la causante, pero
+Quevedo tenía, como todos los hombres, dentro del cuerpo, el enemigo
+mayor del género humano: el amor propio.
+
+Y su amor propio decía á Quevedo que doña Catalina estaba rendida á su
+voluntad, que lloraría mucho, que buscaría todos los medios imaginables
+para retenerle á su lado, pero que jamás obraría en contra suya.
+
+Su amor propio, como ven nuestros lectores, engañaba á Quevedo,
+sobreponiéndose á su sagacidad y á su prudencia, que de una manera
+instintiva le decía, y le había dicho, que todo debía temerlo de la
+rabia y el despecho de la condesa de Lemos.
+
+Ni asaltó el pensamiento á don Francisco que el bufón podría tener
+interés alguno en que le hiciesen preso, ni pudo, por consiguiente,
+encontrar una solución satisfactoria que justificase su prendimiento.
+
+--Hanme preso--decía--por recelos muchas veces; hánme traído de acá para
+allá; pero en esas ocasiones, si no he mordido, he conspirado, y si no
+he conspirado he pensado en conspirar. Ahora no tengo contra mí nada,
+absolutamente nada, porque, según el viento que corre, lo de la herida
+de Calderón no hay que tomarlo en cuenta. Temí por don Juan, pero puse
+en planta lo que sobra para tener descuido, y ó yo me he vuelto tonto, ó
+mi prisión no entiendo, ó anda por la corte algo que yo no veo. Por
+fortuna, no hay bien ni mal que cien años dure; alguno ha de hablar
+conmigo, que no han de tenerme emparedado, y entonces ya sabré yo lo que
+me pasa, más por lo que no me digan que por lo que me quieran decir.
+
+Interrumpió á Quevedo el ruido de una llave en una cerradura, sintió
+pasos y una voz desconocida que le dijo:
+
+--Sígame vuesa merced, señor don Francisco de Quevedo y Villegas.
+
+--Del hábito de Santiago, señor de Juan Abad y poeta--contestó Quevedo.
+
+--Espera á vuesa merced quien le ha de llevar á otra parte.
+
+--Pues espérese el que ha de llevarme á que me vista, que yo me creía en
+casa y habíame desnudado; y si quieren que despache pronto, tráiganme
+luz, que no se ponen bien las agujetas á obscuras.
+
+--A obscuras habéis de vestiros como á obscuras os habéis desnudado, y á
+obscuras habéis de ir como habéis entrado á obscuras.
+
+--Obscuridad cerrada tenemos, en el caos andamos; alguna creación anda
+cerca; y ¿á dónde habéisme de llevar, señor mío?
+
+--No lo sé yo eso; que no traigo orden más que de sacaros de aquí, y
+hágame vuesa merced la gracia de no preguntarme más, porque tendré el
+dolor de no poderle responder.
+
+--¿Adolecedor sois? Pues con alguacil no trato; hombre de bien tengo al
+canto; hidalgo barrunto; huélgome de ello, que siempre es bueno, aun en
+lo más malo, al dar con gente bien criada.
+
+--Pero vuesa merced se vale de eso para vestirse con gran espacio, y yo
+rogaría á vuesa merced que abreviara, que la jornada es larga, la noche
+mala, y los caminos con tanto llover de los diablos.
+
+--¿Es decir que Madrid se me escapa?
+
+--Fuera de Madrid va vuesa merced.
+
+--Pues quien de Madrid me saca debe ser persona que puede.
+
+--Gran secreto se tiene con vuestra prisión--dijo el hombre misterioso,
+acercándose más á Quevedo--; interés hay en que vuesa merced se
+pierda...
+
+--Pues no es eso fácil, que no nací yo para perdido.
+
+--Traspapelar quieren á vuesa merced; pero yo, que soy algo dado á
+papeles, y por algo letrado me tengo, y me he regocijado mucho con los
+versos de vuesa merced, y aprendido muy mucho más con los discursos de
+vuesa merced, no soy mío por más que me hayan mandado que calle, y
+quiero advertir á vuesa merced.
+
+Púsose en guardia Quevedo, á quien parecía un tanto sospechosa aquella
+facilidad en soltarse de lengua, en quien tan severo había empezado, y
+dijo:
+
+--Páguele Dios, hermano, la buena voluntad que me tiene, si es que yo no
+puedo pagársela, que sí podré, que estas son tormentas que pasan, y
+dígame lo que quiera, que aprovechará.
+
+--Breve tiene que ser, porque esperan y pudieran sospechar.
+
+--Con media palabra entiendo yo. ¿Por quién soy preso?
+
+--Por el rey.
+
+--Eso ya me lo sabía, que á nadie se prende sino á nombre de su
+majestad; que el nombre de su majestad hace ya mucho tiempo que sirve
+para embozar cosas malas.
+
+--Os han preso con justicia.
+
+--Cierto es que con alguaciles me prendieron.
+
+--Con razón.
+
+--Tenéis razón, que razón es que los tales prendan, que si no
+prendieran, no serían corchetes.
+
+--Quiero decir, que vos tenéis la culpa de haber sido preso.
+
+--También decís verdad, que por dejar yo la espada presa, he dado en
+prisiones.
+
+--No es eso, don Francisco; habéis cometido un delito.
+
+--Estáis echando un río de verdades. Gran delito es, en efecto, el venir
+en estos tiempos á la corte.
+
+--Habéis malherido á don Rodrigo Calderón.
+
+--No fuí yo... pero quiero tomar mi parte en esa buena acción, porque al
+fin ayudé á ella. ¿Y por haber sangrado á un pícaro me prenden? ¿Y á
+esto llaman delito?
+
+--Las cosas han variado.
+
+--¿Priva de nuevo Calderón?
+
+--El alcázar se ha vuelto de arriba abajo.
+
+--Gran suceso y grande espectáculo. ¿Echádose ha el alcázar á
+volatinero?
+
+--Más de lo que pensáis. En fin, y para abreviar, que ya nos detenemos
+demasiado, habéis sido acusado por el duque de Lerma, juntamente con
+don Juan Téllez Girón, de homicidio contra don Rodrigo; y como don
+Rodrigo se va por la posta...
+
+Pues si se va me alegro, que nosotros por aquí nos quedamos, y á fe mía,
+que no ha de faltar quien pague las costas. Gran servicio habremos hecho
+con la ida de tal, al rey y á la patria.
+
+--Pues piden vuestra cabeza.
+
+--Menores cosas he pedido yo, y heme quedado sin ellas; que si á todo el
+que pide le dieran, pronto se echarían todos á pedir y no quedaría quien
+pudiera dar. ¿Y á dónde me llevan?
+
+--A Segovia.
+
+--Honrosa cárcel me dan. Y con esto y no tener ya nada que ponerme salvo
+la daga y la espada que me han quitado, recibid mi agradecimiento,
+alguacil desalguacilado, y vamos, que el moverme me hará provecho.
+
+--Acercad y asíos de mi capa.
+
+--Téngoos ya.
+
+--Pues marchemos, y silencio.
+
+--Silencio y marchemos.
+
+Tiró para adelante el hombre, á cuya capa iba asido Quevedo, y siguióle
+éste pensando para sus adentros:
+
+--Póneme más en cuidado que nunca la amistad de éste; paréceme que se
+han propuesto asustarme... ¡y vive Dios! que lo han conseguido... por
+mí, acostumbrado estoy á estas aventuras... pero don Juan... preso
+también... ¡pueden salir de aquí tantas cosas!...
+
+--Señor alcalde--dijo en aquel punto el hombre que guiaba á Quevedo--:
+aquí tiene vuestra merced al preso.
+
+--¿Sois vos don Francisco?--dijo la voz ronca y tiesa, por decirlo así,
+del licenciado Sarmiento.
+
+--Yo soy, á menos que no me equivoque, amigo.
+
+--Entrad en esa litera.
+
+--Pónganme junto á ella; pero ya la topo; adentro voy; buenas noches y
+buen viaje.
+
+--¡Si sois vos el que os vais!
+
+--No, licenciado Sarmiento; vos sois el que os vais de mí... y me
+alegro. Guardéos Dios.
+
+Estaba ya dentro Quevedo y se cerró la puerta de la litera.
+
+Esta se puso en movimiento.
+
+Durante algún espacio, Quevedo oyó el ruido de las gentes que pasaban,
+y el viento que zumbaba en los aleros de las calles.
+
+Después, aquel ruido cesó: oíase el zumbar del viento, largo, extendido,
+como en el campo, y sólo se oyeron los pasos de las mulas de la litera y
+los de algunas cabalgaduras que marchaban constantemente junto á ella.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXV
+
+DE CÓMO EL TÍO MANOLILLO NO HABÍA DADO SU OBRA POR CONCLUÍDA
+
+
+A penas el licenciado Sarmiento había entregado á cuatro alguaciles de á
+caballo la guarda de Quevedo, con la orden verbal de que le recibiese
+preso el alcaide del alcázar de Segovia, y se había alejado de la casa
+con su ronda de alguaciles, cuando se le plantó delante de la luz de la
+linterna (porque era ya de noche) un hombre pequeño, cubierto con un
+sombrero gacho, y envuelto en una capa negra.
+
+--¿Qué me queréis?--dijo secamente el licenciado.
+
+--¿Es vuesa merced, como lo parece, alcalde de casa y corte?--dijo aquel
+hombre, cuyo acento era indudablemente afectado.
+
+--Tal soy--dijo el licenciado.
+
+--Pues tomad este pliego y enteráos de él en servicio del rey y de la
+justicia.
+
+Tomó el alcalde el pliego, y apenas le hubo tomado, cuando el
+desconocido, volviéndole rápidamente la espalda, dió á correr con una
+velocidad maravillosa.
+
+--¡Síganle y agárrenle!--gritó el alcalde.
+
+Siguiéronle algunos alguaciles, pero volvieron á poco diciéndole que
+aquel hombre se les había perdido.
+
+Puso preso el alcalde á aquellos alguaciles, por el delito de no haber
+tenido tan buenas piernas como el huído, y después de esto fuese á su
+casa, encerróse en su despacho, sentóse delante de una mesa cargada de
+procesos, y sacando el pliego que el hombre misterioso le había dado,
+leyó en él lo siguiente:
+
+--«Señor alcalde: Un hombre ha sido asesinado...»
+
+Al leer esto el licenciado Sarmiento, le bailaron los ojos de alegría.
+
+Porque el licenciado Sarmiento era alcalde en cuerpo y en alma, y se
+alegraba de los delitos, como los médicos se alegran de las
+enfermedades, los clérigos de los entierros, y los sepultureros de los
+muertos.
+
+La alegría le hizo detenerse un momento, y luego prosiguió:
+
+«Un hombre ha sido asesinado á traición. Este hombre es el sargento
+mayor don Juan de Guzmán. El causante de este asesinato, ó los
+causantes, han sido don Francisco de Quevedo y Villegas...»
+
+La alegría nubló de nuevo los ojos del licenciado, porque, como todos
+los tontos á los hombres de ingenio, tenía suma ojeriza á Quevedo.
+
+Después, prosiguió:
+
+«Los causantes han sido, don Francisco de Quevedo y Villegas, del hábito
+de Santiago, y don Juan Téllez Girón, homicidas, al menos por intento,
+de don Rodrigo Calderón. El medio del asesinato ha sido Francisco
+Martínez Montiño, cocinero mayor de su majestad, por instigación de los
+tales don Francisco y don Juan, y el lugar del asesinato donde, si se
+busca bien, se encontrará el cadáver del dicho sargento mayor, la casa
+de doña Ana de Acuña, aventurera y manceba á un tiempo del duque de
+Uceda y del difunto, en la calle de Amaniel. Esté vuesa merced atento, y
+verá cómo á la media noche entran algunos en su casa por el postigo.
+Guarde Dios á vuesa merced.»
+
+--¡Oh! ¡oh! ¡oh!--exclamó el alcalde--; ¡asesinato de hombre casa de la
+querida del duque de Uceda, y á manos del cocinero mayor de su majestad!
+Este tal cocinero es muy rico, y el duque podrá ser que se interese
+harto por su manceba. ¡Oh! ¡oh! ¡oh!
+
+Y el licenciado se quedó gratamente abismado en la contemplación del
+resultado futuro de un negocio en que podrían cruzarse sendos doblones.
+
+Pero como todo lo que tenía de salvaje en la acepción completa de la
+frase el licenciado, lo tenía de activo, hizo llamar á aquella hora, que
+ya era bien entrada la noche, á un escribano, empezó por encabezar el
+proceso con la declaración testimoniada de lo que le había acontecido
+con el hombre de la capa, sin olvidarse de unir la denuncia original, é
+_incontinenti_ con el mismo escribano y diez alguaciles, fuese á la
+calle de Amaniel, y con las linternas cerradas y la mayor cautela,
+escondiéronse él y sus gentes, de tal modo, que nadie, como no hubiera
+tenido la cualidad de oler á la justicia, hubiérala creído en aquellos
+lugares.
+
+Entre tanto, la hermosa doña Ana, sola, porque siguiendo los consejos
+del bufón, había despedido á sus criados; aterrada, porque la situación
+en que se encontraba, teniendo en las habitaciones inferiores el
+cadáver, cosido á puñaladas, del sargento mayor, no era para menos;
+halagando la sola esperanza de que el rey, á quien esperaba por anuncio
+de Montiño, enamorada de él, la salvaría, ocupábase en acabar de
+ataviarse de una manera magnífica, porque, aunque según lo convenido,
+debía recibir al rey á obscuras, por el tacto, lo mismo que por la
+vista, se aprecian las buenas telas y las ricas alhajas, y en echar
+esencias en sus cabellos y en procurarse por todos los medios parecer
+hermosa sin luz.
+
+La situación de aquella desdichada no podía ser más espantosa, más
+dramática; basta anunciarla para que se comprenda. Un terror profundo y
+una ansiedad mortal... y sin haber comido, privada de sus criados; y sin
+haber visto un sólo resquicio de salvación, entre las tinieblas de
+horrores que la rodeaban.
+
+Cada vez que resonaba un reloj á lo lejos, el corazón de doña Ana cesaba
+de latir; cada vez que resonaban pasos en la calleja á donde daba el
+postigo de su casa, una ansiedad mortal la devoraba. Los pasos se
+acercaban, llegaban, se alejaban. No era el rey.
+
+Al fin, dieron á lo lejos las doce de la noche.
+
+La sangre de doña Ana circuló con fuerza, ardió, la dieron fuertes
+latidos las sienes y el corazón; se nublaron sus ojos... Era la hora de
+la cita; resonaron inmediatamente pasos en la calleja; doña Ana escuchó
+con toda su vida apoyada en el alféizar de la ventana que daba sobre el
+postigo; luego resonó una llave en aquel postigo; la alegría dió fuerzas
+á doña Ana; la esperanza valor; se retiró precipitadamente de la
+ventana; tomó la luz que había en la habitación, y entró en otra que era
+su dormitorio; de allí pasó á otra que era su cámara; allí encendió una
+linterna de resorte que tenía preparada, la cerró, la puso sobre una
+mesa, apagó la bujía y se quedó á obscuras esperando impaciente en medio
+de la cámara.
+
+Resonaron al fin pasos en el dormitorio, crujieron las vidrieras al
+tropezar en ellas una persona, y la voz cobarde, trémula del cocinero
+mayor, dijo desde en medio de la obscuridad:
+
+--¿Estáis ahí, señora?
+
+Doña Ana hizo un violento esfuerzo sobre sí misma para que su voz no
+temblase y contestó con acento dulce:
+
+--Sí, sí, señor Francisco Montiño. ¿Viene con vos ese caballero?
+
+--Tenéisme aquí impaciente, hermosa señora--dijo el duque de Lerma.
+
+Debemos advertir que doña Ana no había oído nunca hablar ni al rey ni al
+duque de Lerma; y que la voz del duque, por la soberbia de éste, y su
+gran aprecio de si mismo, tenía un timbre particular, hueco, campanudo,
+grave, que daba á conocer al gran señor que habla siempre mandando,
+imponiendo, obteniendo inmediatamente una respetuosa obediencia.
+
+--Retiráos abajo, Montiño--añadió el duque.
+
+Y luego dijo:
+
+--¿Dónde estáis, señora?
+
+--Aquí, mi señor; venid, adelantad, tomad mi mano; yo os guiaré.
+
+El duque, guiado por el sonido, buscó entre la obscuridad y tropezó
+primero con un traje de brocado; luego con un hombro redondo que se
+retiró de una manera nerviosa, y al fin, con un brazo desnudo de una
+morbidez y una suavidad exquisitas, yendo á parar, por último, á una
+mano incomparable por su forma, pequeña, gruesecita, cuajada en los
+dedos de gruesos cintillos, que temblaba y estaba fría.
+
+--¿Qué os espanta, señora?--dijo el duque mientras doña Ana le conducía
+á tientas hacia un lado de la cámara.
+
+--Me espanta--dijo doña Ana con su sonora y dulce voz de mujer
+hermosa--, me espanta la situación en que me encuentro, que es horrible.
+
+--¡Horrible! No alcanzo á comprenderos; ¿horrible porque yo estoy aquí?
+
+--Sí; sí, señor, porque si mi situación no fuese horrible, no estaríais
+vos aquí.
+
+--¡Explicadme, explicadme, señora!--dijo el duque con cierta magnífica
+majestad, porque suponía que todo aquello no era más que un prefacio de
+costumbre.
+
+--Si yo no hubiera necesitado de la protección de una alta persona,
+cuando Montiño me trajo de vuestra parte el regalo que tengo al
+cuello...
+
+--¡Ah, señora!
+
+--Podéis creer que el haber yo consentido ha sido por ese regalo; pero
+os engañáis si creéis eso, señor; lo he aceptado porque me encontréis
+humilde, porque queráis mejor ampararme.
+
+--¿Pero qué os sucede?
+
+--Estoy sola en el mundo; sola y amenazada de mil peligros. Cuando
+Montiño me dijo que una altísima persona me amaba...
+
+--Otros hay más altos que yo, señora.
+
+--¡Oh, no, sólo Dios!
+
+--¿Quién os ha dicho eso?--dijo con una gravedad eminentemente cómica el
+duque, que quería pasar por rey...
+
+--Nadie... pero... mi corazón...
+
+--¡Vuestro corazón!
+
+--Yo había ido muchas veces á la corte, señor; las mujeres somos locas,
+insensatas; nos gusta, nos enamora lo grande, lo que deslumbra...
+
+--¡Y os he deslumbrado yo!
+
+--¡Ah, señor!, vos sois el sol de las Españas.
+
+--¡El sol yo! ¡pero no veis que estamos á obscuras!
+
+--Yo os veo claro, como si fuera de día... como si... estuviérais...
+
+--¿Como si estuviera dónde?
+
+--No me atrevo, señor, ¡habéis mostrado tal empeño en no ser
+conocido!...
+
+--Sin embargo, vos lo mostráis también en hacerme entender que me
+conocéis.
+
+--Porque en ello me va mi honra.
+
+--¡Vuestra honra!
+
+--Sí, sí por cierto; yo no podía ser esclava de otro que de vos.
+
+--¡Ah! ¿pero quién créeis que soy yo?
+
+--No me atrevo á decíroslo.
+
+--Hablad, hablad sin temor, señora.
+
+--¿Me dais vuestra noble palabra de no enojaros?
+
+--Os la doy.
+
+--Pues bien--dijo doña Ana arrodillándose de repente á los pies del
+duque de Lerma--; yo soy vuestra, señor, en cuerpo y en alma.., porque
+hace mucho tiempo que, loca, fuera de mí, amo á vuestra majestad.
+
+--¡Mi majestad!--dijo el duque fingiendo el más profundo asombro--;
+¡cómo, señora! ¿habéis creído que yo soy el rey?
+
+--¡Ah, señor, señor!--exclamó doña Ana cubriendo de trémulos besos las
+manos del duque; vuestra majestad me ha dado su real palabra de no
+ofenderse.
+
+--Y no me ofende más que el dolor de no ser rey, puesto que al rey amáis
+vos; pero levantáos, señora, no sois vos la que debéis estar á mis pies.
+
+--¿Es decir que tenéis empeño formal en que yo no os reconozca?
+
+--Creed que hay en mí grandes razones para no querer ser conocido de
+vos.
+
+--Respeto esas razones, señor, las respeto, y me someto á vuestra
+voluntad.
+
+--¿Quedamos, pues, en que yo no soy el rey?
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--Gracias, señora, gracias. Ahora decidme: ¿cuál es la situación
+horrible en que os encontráis? Hablad, que aunque yo no sea el rey,
+tengo poder bastante para salvaros.
+
+--Juradme por vuestra alma que me salvaréis y que no desconfiaréis de
+mí.
+
+--Os lo juro.
+
+--Voy á ser muy franca con vos.
+
+--Os lo agradeceré.
+
+--Yo, señor, no soy noble.
+
+--Tenéis la nobleza de la hermosura.
+
+--Nací en las playas de Galicia, señor, y Dios, sin duda para probarme,
+me dió esta funesta hermosura.
+
+--¡Vuestros padres fueron pobres!
+
+--Pescadores, sin más bienes que una barca y una cabaña en la playa; yo
+crecí allí libre, al sol y al aire, delante del mar, tan ancho, tan
+azul, tan hermoso, guardada por las espaldas por las verdes montañas de
+mi hermosa Galicia. ¿No es verdad, señor, que nadie al verme, al
+escucharme, puede creer que yo he sido una pobre muchacha que se llamaba
+Aniquilla, que corría descalza por las rocas buscando mariscos cuando
+era niña, y que más tarde?... ¡oh, Dios mío!
+
+--No, no, nadie lo creería, porque Dios os ha dado la nobleza, como ya
+os lo he dicho, de una grande hermosura, y con esa maravillosa hermosura
+una discreción adorable y un claro ingenio. Vos sois una dama completa.
+
+--¡Pluguiera á Dios que no lo fuese!
+
+--¿Pero qué misterio hay en vuestra vida?
+
+--Sería un crimen el engañaros, señor.
+
+--Os escucho con afán.
+
+--Apenas dejé de ser niña, cuando dejé de ser pura.
+
+--¡Ah, la inocencia!
+
+--La libertad... y luego mi anhelo de salir de aquella cabaña... las
+solicitudes de los marineros... todos me prometían sacarme de allí... yo
+ansiaba ser más... los creía... y todos me dejaban.
+
+--¡Oh!
+
+--Un día, señor, fondeó en la caleta, que estaba delante de la choza de
+mis padres, un barco de rey. Yo estaba sentada en la punta de una roca,
+triste y desesperada, porque mi último amante acababa de hacerse á la
+mar. La blanca vela de su bergantín se veía allá á lo lejos, como una
+motita próxima á desaparecer en la inmensidad de los mares. Sacóme de mi
+distracción el ruido acompasado de muchos remos; miré y vi que era una
+barca que entraba en la caleta llena de hombres que llevaban plumas y
+corazas relucientes, y bandas sobre las corazas los unos, y los otros
+largas lanzas en las manos. Eran gente de guerra que había venido en el
+barco del rey. Yo era la persona primera que vieron. Todos aquellos
+hombres, al saltar en tierra, me miraron. Particularmente uno, joven y
+buen mozo, que llevaba banda de seda sobre la coraza, me miró con más
+fijeza que los otros, y se detuvo. Los restantes se encaminaron á la
+aldea, y los marineros se pusieron á llenar de agua unos barriles que
+traían en la lancha, en una fuente que había en la playa.
+
+--Rapaza--me dijo el hombre que se había detenido junto á mí--, ¿cómo
+tan sola, siendo tan hermosa? ¿Esperas á tu amante?
+
+Yo no le contesté; pero mis ojos se llenaron de lágrimas.
+
+--¿Por qué lloras?--me preguntó.
+
+--Porque mi amante se ido para no volver--le contesté arrojando una
+mirada al mar, en cuyo horizonte se veía ya imperceptiblemente como un
+punto blanco próximo á desaparecer, el bergantín que conducía á mi
+último amante, que acaso no se acordaba ya de mí.
+
+--¡Bah, muchacha!--me dijo el soldado--; á rey muerto, otro al puesto;
+por mucho que le quieras, pronto le olvidarás, si pones otro en su
+lugar.
+
+--El, como todos, me había dicho que me llevaría consigo... y como los
+otros me ha dejado aquí.
+
+Miróme profundamente el capitán, y dijo como hablando consigo mismo:
+
+--Pedirla más hermosa sería avaricia, y parece inocente
+Muchacha--añadió dirigiéndose á mí--, ¿quieres ser la prenda de un mozo
+de rumbo?
+
+--No os entiendo--le contesté.
+
+--¿Quieres ser mi moza, digo? Yo te pondré en el cuello corales y
+encajes, y te meteré la cintura en sedas, y te calzaré los pies con
+chapines, y si ahora pareces un lucero, después parecerás un sol.
+
+--¿Es de veras?--le pregunté olvidada ya del otro que iba en el
+bergantín, que había desaparecido por completo en alta mar.
+
+--Tan de veras, que si estás aquí en este mismo sitio á la noche, vendré
+por ti.
+
+--Estaré.
+
+--¿Palabra de buena muchacha?
+
+--Os lo prometo.
+
+--Pues veremos quién falta á lo prometido--dijo el capitán.
+
+Y me estrechó la mano, y se fué á la aldea donde habían entrado los
+soldados.
+
+--¿Y fuísteis?--dijo el duque de Lerma.
+
+--Sí; sí, señor; fuí, puesto que estoy hablando con vos; fuí por mi
+desgracia; ó mejor dicho, no me moví de la roca... no me despedí de mis
+padres, ni entré siquiera en la cabaña.
+
+Cuando me habló el capitán se ponía el sol.
+
+La noche, por lo tanto, no tardó en llegar.
+
+Pasó algún tiempo desde que cerró la noche, y por cierto bien obscura.
+
+Yo esperaba con impaciencia.
+
+Toda mi ambición era salir de aquel estrecho valle, encerrado entre el
+mar y las montañas.
+
+¡El mar sin límites, que recibió mis primeras miradas! ¡las verdes
+montañas de mi hermosa Galicia, de entre las cuales pluguiera á Dios no
+hubiera salido nunca!
+
+Como os decía, la impaciencia me devoraba.
+
+Sólo veía delante de mí, porque la noche era muy obscura, una línea algo
+más clara, una línea movible.
+
+Era el mar que venía á romper sus olas en las rocas.
+
+Sólo escuchaba su quejido incesante, y el ligero zumbar del viento.
+
+--¡Bah!--dije llorando--; el hermoso soldado se ha olvidado como los
+otros de sus promesas; pero éste, al fin, no ha sido infame, porque no
+ha sido mi amante.
+
+Y me levanté de la roca, y con el corazón amargo me volví para
+encaminarme á la choza de mis padres, por cuya puerta se veía relucir á
+lo lejos la llama, la alegre y dichosa llama del hogar.
+
+Pero de repente, un ruido que sentí á mis espaldas me detuvo.
+
+Era ruido de remos.
+
+Mi corazón se ensanchó y me volví de nuevo á la roca.
+
+Abordó una barca y de ella saltó un hombre.
+
+--¿Estás ahí, muchacha?--dijo.
+
+En aquella voz reconocí la del capitán.
+
+--Sí, aquí estoy esperándoos--le dije.
+
+--Pues ven conmigo y no te detengas, que el viento es favorable y vamos
+á zarpar.
+
+Acerquéme á él, y él me asió de una mano y me llevó hasta la barca.
+
+Su mano temblaba.
+
+Luego me asió de la cintura para meterme en la barca.
+
+Sus brazos temblaban también, y su corazón latía con fuerza.
+
+Me dió un silencioso beso en el cuello, y sus labios abrasaban.
+
+Yo empecé á sentir no sé qué por aquel hombre.
+
+Me parecía hermoso, y luego... me trataba como no me había tratado
+ninguno.
+
+Los otros me habían tratado con desprecio.
+
+El me trataba como á una señora; se estremecía á mi lado, se ponía
+pálido.
+
+Me retuvo en sus brazos en la barca; y luego, siempre en sus brazos, me
+subió á la galera.
+
+Noté que nadie se reía de mí; que nadie me miraba, que todos, cuando
+pasaba junto á ellos el capitán, que me llevaba de la mano, se
+descubrían.
+
+Era él el capitán de la galera, y además muy rico y muy principal.
+
+Por eso me respetaban todos.
+
+Y yo iba mal vestida, despeinada, descalza.
+
+Y, sin embargo, don Hugo de Alvarado, que así se llamaba mi esposo...
+
+--¡Vuestro esposo!...--exclamó con asombro el duque de Lerma.
+
+--Sí; yo soy viuda de un capitán de mar de su majestad, señor.
+
+--Contadme, contadme cómo fué eso.
+
+--Cuando llegamos al puerto del Ferrol, don Hugo, que no se había tomado
+conmigo la menor libertad, á pesar de que yo estaba enteramente sometida
+á él, hizo venir de tierra unas sastras..
+
+Aquellas mujeres me tomaron medidas, y tres días después me llevaron
+ricos vestidos y muchos trajes de dama, y de dama principal; por otra
+parte, don Hugo me llevó joyas.
+
+Cuando me vistieron, cuando me engalanaron, don Hugo exclamó enamorado:
+
+--¡Es un sol!
+
+Yo estaba aturdida, me miraba en un espejo, y no me conocía; me parecía
+que mi hermosura había crecido.
+
+La felicidad me hacía sufrir.
+
+Había visto otras playas; veía otras montañas; tenía á mis pies un
+amante joven, hermoso, que me trataba con el mayor respeto.
+
+Mis vestidos eran ricos; sentía perlas en mi cuello, y cuando me miraba
+en el espejo, veía que mi cuello era más nacarado que las perlas.
+
+Y no me acordaba de mis padres.
+
+Amaba la vida en que entraba, y me moriría por don Hugo.
+
+--¡Le amábais!--dijo el duque de Lerma.
+
+--Como no había amado nunca; como no he vuelto á amar hasta que os he
+conocido á vos, señor.
+
+El duque de Lerma iba olvidándose rápidamente del objeto que le había
+llevado á aquella casa, esto es: el hacer la guerra por uno de sus
+flancos á su hijo el duque de Uceda, que se valía de aquella mujer para
+excitar las precoces pasiones del príncipe, que se llamó después Felipe
+IV, y de cuyas escandalosas aventuras amorosas están llenas la historia
+y la tradición.
+
+El duque de Lerma, aunque circunspecto, porque la gravedad era su vicio,
+hombre al fin, empezaba á sentirse excitado por la galante historia de
+doña Ana.
+
+Y luego hay que convenir en que doña Ana tenía una gran práctica de
+cortesana, que conocía el secreto de inspirar la voluptuosidad, y en
+que, tales eran las manos que tenía abandonadas dulcemente entre las del
+duque, que por su forma y su tersura, venían á ser el prólogo de
+bellezas incomparables.
+
+Si el duque no hubiera llevado allí, según su sentido político, un alto
+objeto, hubiera roto por todo y hubiera pedido á doña Ana luz. Pero
+aquella mujer le parecía muy importante, y necesario y conveniente de
+todo punto seguir representando á obscuras un papel de rey enamorado y
+celoso de su dignidad.
+
+El duque de Lerma incurría en su millonésima equivocación.
+
+Estaba allí representando por la millonésima vez su papel de simple.
+
+--¡Ah! ¿con que amáis á su majestad, cuanto habéis amado al que habéis
+amado más?--dijo el duque.
+
+--Os ruego, señor, que no volvamos á la pasada disputa; yo no me atrevo
+á disputar con vos. Respeto vuestros deseos y callo.
+
+--Continuad; señora, continuad--dijo el duque halagado por las palabras
+de doña Ana, porque tal era su vanidad, que se hinchaba con el placer de
+representar al rey de una manera indirecta, aunque esto no fuese sino
+como podía ser, á obscuras y ante una persona que nunca hubiese oído la
+voz del rey.
+
+Doña Ana continuó:
+
+--Amaba yo á don Hugo por cuantas razones puede amar á un hombre una
+mujer; me enamoraba y me enorgullecía. Pero fuí muy desgraciada en mis
+amores. No los logré.
+
+--¡Cómo! ¿Pues no sois su viuda?
+
+--Oíd, señor, oíd: cuando estuve ataviada como una dama, don Hugo zarpó
+de nuevo y tomó rumbo para Barcelona; durante la travesía me trató con
+el mayor respeto. Yo no comprendía por qué don Hugo me respetaba;
+después lo he comprendido; don Hugo respetaba en mí su amor, un amor tan
+extrañamente concebido por una pobre muchacha deshonrada. Pero contra el
+amor no hay razones; se ama porque se ama, y nada más.
+
+En Barcelona saltamos en tierra, y don Hugo me llevó á casa de una
+anciana tía suya. Habíamos convenido, para que nada pudiese decir la
+tía, en decirla que don Hugo me había rescatado de unos piratas
+berberiscos que me habían apresado algunos años antes, matando á mis
+padres.
+
+La buena vieja era muy crédula, y creyó todo lo que su sobrino quiso que
+creyese.
+
+Don Hugo estuvo algunos días en Barcelona y partió al fin, dejando
+encomendado á su tía que hiciese de mí una dama.
+
+Yo quedé con un agudo dolor.
+
+Don Hugo me escribió al poco tiempo una carta muy tierna que aumentó mi
+amor hacia él. Con el afán de poder leer sus cartas, de poder
+escribirle, aprendí en muy poco tiempo á leer y á escribir.
+
+Al año pude contestar, aunque mal, por mí misma á aquel amante que se me
+había entrado en el alma, y á quien debía el verme cambiada en otra.
+
+Porque ya no era yo la pobre muchacha ignorante que andaba descalza por
+la playa, entregada al primero que encontraba al paso, abandonada á sí
+misma; había formado otra concepto del mundo; estaba en una casa rica;
+proveían mis deseos numerosos criados; vestía ostentosamente; iba á
+todas partes y á todas partes en litera ó carroza; la buena doña María
+me amaba y no había sospechado nunca de la verdad de la historia que la
+habíamos contado su sobrino y yo. Por otra parte, yo, que en realidad me
+llamaba Ana Pereira, me llamé doña Ana de Acuña, como ahora.
+
+--¿Y cómo pudo ser eso?--dijo admirado el duque de Lerma.
+
+--No lo sé, porque don Hugo no me lo dijo por escrito ni pudo decírmelo
+de presente.
+
+--¡Cómo!
+
+--¡Don Hugo y yo no nos volvimos á ver!
+
+--¡Y sois su viuda!
+
+--Seguid escuchando. Un día recibí una ejecutoria, que aún conservo, y
+unos papeles que acreditaban que yo era, en efecto, doña Ana de Acuña,
+única descendiente de una familia ilustre, pero pobre.
+
+--¿Era rico don Hugo?--preguntó el duque de Lerma.
+
+--Riquísimo.
+
+--Pues entonces comprendo perfectamente cómo os ennobleció... Compraría
+su apellido y su ejecutoria á una familia pobre...
+
+--Eso debió ser.
+
+--Continuad, señora.
+
+--Pasaron dos años, y al cabo de ellos, cuando yo estaba completamente
+transformada, cuando acababa de cumplir los diez y nueve años, doña
+María adoleció de su última enfermedad. Escribí á don Hugo que me veía
+expuesta á quedarme sola en el mundo, y don Hugo me contestó, enviándome
+los papeles necesarios por medio de un amigo suyo para que pudiera
+casarme con él por poder, que para este efecto había dado á su amigo.
+
+En efecto, una noche en que la dolencia de doña María se había agravado
+de una manera tal que los médicos no la daban más que algunas horas de
+vida, me casé, junto á su lecho, con don Hugo, representándole el amigo
+que para ello había enviado.
+
+Acabada la ceremonia, el amigo de don Hugo y los testigos se retiraron,
+y yo, triste y temerosa por aquellas bodas que se habían hecho junto á
+una moribunda, me quedé velando su agonía.
+
+Al amanecer murió.
+
+Aquel día un escribano vino á abrir el testamento.
+
+La buena doña María había dejado todos sus bienes, que eran muchos, á la
+esposa de su sobrino.
+
+Yo era ya rica.
+
+No sé si por esto, yo que había olvidado completamente á mis pobres
+padres, lloré por aquella mujer.
+
+Quedéme en la casa como dueña.
+
+Escribí á mi esposo participándole la muerte de su tía, y al poco tiempo
+recibí una carta enlutada.
+
+La abrí con el corazón helado y recibí un golpe cruel.
+
+Don Hugo había muerto en Flandes como bravo, peleando por el rey, pero
+había tenido tiempo para darme la última prueba de aquel extraño amor
+que había sentido por mí.
+
+En su testamento aparecía yo su heredera universal.
+
+Encontréme viuda, joven, hermosa y dos veces rica.
+
+Lloré mucho por don Hugo, pero todo pasa, todo muere y muere también y
+pasa el dolor.
+
+¡Oh! ¡si yo entonces me hubiera acordado de mis pobres padres y hubiera
+ido á sacarlos de su miserable cabaña!
+
+¡Dios acaso, entonces, me hubiera amparado!
+
+Pero me olvidé de todo y acabé por olvidarme de don Hugo, del único
+hombre á quien había amado.
+
+Rica, joven y hermosa, me propuse apagar mi sed de placeres, mi sed de
+vanidad.
+
+Y aunque muchos quisieron casarse conmigo, yo no quise.
+
+Quería volar libre, suelta, poderosa; devorar cuanto el mundo tiene de
+incitante y bello.
+
+Y lo gocé.
+
+Pero lentamente mi caudal disminuía.
+
+Vivía en la corte, y gastaba, gastaba sin reflexión el caudal que me
+habían dejado una santa y un hombre de corazón.
+
+Gasté su caudal y su nombre, porque fuí una mujer galante, una
+aventurera; porque en mi sed de gozar me olvidaba de mi honra, como me
+había olvidado de mis padres, como me había olvidado de mi esposo.
+
+--¡Oh! ¡oh! vos sin duda exageráis, señora.
+
+--Os digo la verdad; no he querido engañaros. Soy una mujer perdida, y
+no comprendo cómo vos, señor, podéis haberos enamorado de mí, como no he
+podido comprender nunca por qué de mí se enamoró don Hugo.
+
+--Tenéis una hermosura maravillosa, doña Ana.
+
+--Gracias, muchas gracias, señor, pero escuchadme todavía, que aún no he
+concluído.
+
+--Os escucho.
+
+--Muy pronto estuvo enteramente perdido lo que había heredado; empecé á
+contraer deudas, y no sé lo que hubiera sido de mí, si un día no me
+hubiese visto en el coliseo del Príncipe, el príncipe don Felipe.
+
+--¡Ah!
+
+--Aunque es muy niño, clavó en mi sus ojos y no los apartó en toda la
+función. El duque de Uceda estaba en el aposento del príncipe.
+
+--¡Oh! ¡oh!--exclamó el duque de Lerma con un acento que engañó á doña
+Ana.
+
+--Yo no debería deciros esto, señor--dijo ella--; pero no debo
+engañaros; no debo excusaros ni la parte más leve de la verdad. Además
+que su alteza es muy niño...
+
+--¡Y sin embargo, quiere pervertirle el buen duque de Uceda!...
+
+--El duque de Uceda es muy ambicioso, y hace la guerra á su padre el
+duque de Lerma de la manera que puede. El duque de Uceda es tan mal hijo
+como lo he sido yo. Dios le castigará como me ha castigado á mí. En
+cuanto al príncipe...
+
+--Decid, decid...
+
+--El duque le trae algunas noches. Su alteza se alegra cuando me ve y me
+abraza y me besa, y me dice que cuando sea rey yo seré lo que quiera
+ser.
+
+--¿Pero el príncipe está ya pervertido?
+
+--No; no, señor, pero si... su majestad el rey no pone remedio, el
+príncipe será un rey débil capaz de todo, si para lograr sus intentos le
+pone un ambicioso delante una mujer hermosa.
+
+--Gracias, señora, gracias en nombre del rey.
+
+--¡Oh! el rey pude contar con mi corazón, con mi alma. Pero el rey
+tendrá compasión de mí y me salvará; ¿no es verdad, señor?
+
+--¿Pero de qué tiene que salvaros el rey?
+
+--¡Ah, señor! ¡yo no os lo he dicho todo! Pero antes de que concluya la
+triste confesión de mis desdichas, dadme, señor, vuestra palabra de que
+me protegeréis.
+
+--Os protegeré, no lo dudéis. Pero alzad, alzad, señora, y no tembléis
+de ese modo.
+
+Doña Ana se había arrojado de nuevo á los pies del duque de Lerma, y
+besaba llorando sus manos.
+
+El duque creyó que quien causaba el miedo de doña Ana, era el duque de
+Uceda.
+
+Doña Ana se levantó.
+
+--Continuad, señora--dijo el duque.
+
+--Yo tenía un amante, más por miedo que por amor.
+
+--¡Un amante!
+
+--Sí, señor; el sargento mayor...
+
+--¿Don Juan de Guzmán?
+
+--¡Cómo! ¿lo sabíais, señor?
+
+--Sí, me lo habían dicho.
+
+--Y á pesar de eso, señor, ¡me habéis solicitado!
+
+--Sé que ese hombre ha muerto.
+
+--¿Lo sabéis?
+
+--¡A puñaladas!
+
+--¿Pero sabéis quien le ha matado?
+
+--¡Sí!
+
+--¿Lo sabéis?
+
+--Permitidme que no lo diga; su nombre...
+
+--Os lo diré yo, porque ninguna parte tengo en su muerte.
+
+--¿Qué decís?
+
+--Que le ha matado el tío Manolillo, el bufón de... el rey.
+
+--¿Lo sabíais?
+
+--Pero yo creía que le había matado por distinta causa.
+
+--¡Cómo! señora, ¿creéis que yo he mandado la muerte de ese hombre?
+
+Y en el acento de temor y de sorpresa del duque, que era siempre
+hinchado, doña Ana creyó oír el acento de un rey ofendido.
+
+--¡Ah! ¡perdón! ¡perdón, señor!--exclamó--no crea vuestra majestad...
+
+Era tan grave lo que sucedía, que el duque de Lerma perdió la serenidad
+y exclamó:
+
+--¿Cómo os he de decir que yo no soy el rey?
+
+--¿Pues quién sois entonces?--exclamó con espanto doña Ana, á quien
+parecieron enérgicamente verdaderas las palabras del duque.
+
+--Yo--dijo Lerma reponiéndose, pero torpemente--soy... un caballero que
+os ama.
+
+--¡Ah!--exclamó con acento rugiente doña Ana--¡me ha engañado ese
+miserable Montiño! Pero yo sabré quién sois.
+
+Y corrió al rincón donde, como dijimos, había dejado la linterna sorda,
+vino hacia donde estaba el duque, y abriendo la linterna, inundó de luz
+su semblante.
+
+--¡El duque de Lerma!--exclamó.
+
+--¡El duque de Lerma!--exclamó un hombre que abría al mismo tiempo una
+puerta.
+
+Lerma arrancó la linterna de las manos de doña Ana, y miró á aquel
+hombre y retrocedió.
+
+--¡Mi hijo!--exclamó con espanto.
+
+--Sí; sí, señor, vuestro hijo--contestó el duque de Uceda.
+
+Y el padre y el hijo delante de doña Ana, aterrada, quedaron mirándose
+frente á frente.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXVI
+
+EL PADRE Y EL HIJO
+
+
+Entrambos se encontraban contrariados.
+
+Ni el padre ni el hijo habían esperado verse allí de una manera tan
+ambigua.
+
+El duque de Lerma, que había tenido aquella mañana una entrevista
+escandalosa con su hija la condesa de Lemos, debía tener aquella noche
+otra con su hijo el duque de Uceda.
+
+Condiciones eran de su posición.
+
+Había asaltado el poder por medio de intrigas y de bajezas, y la bajeza
+y la intriga debían acometerle á su vez.
+
+Y como su hijo era bajo é intrigante, he aquí que en la maraña en que
+ambos estaban enredados, debían encontrarse y se encontraron en aquella
+situación absurda, casa de una cortesana, y rivales en todo hasta
+respecto á la mujer que los miraba aterrada sin saber qué la sucedía.
+
+Doña Ana, con el terrible acontecimiento de aquella mañana, lo había
+olvidado todo, y cuando dió la cita al cocinero mayor para el duque de
+Lerma, creyendo que se la daba para el rey, se olvidó de que el duque de
+Uceda tenía una llave de la puerta principal de la casa, por medio de la
+cual podía entrar á cualquier hora.
+
+Si doña Ana se hubiera acordado, con haber corrido los cerrojos de la
+puerta, punto concluído.
+
+Pero se había olvidado de ello, y como un descuido basta á veces para
+producir consecuencias inmensas, he aquí que el duque de Uceda, á quien
+enamoraba doña Ana de una manera doble, como mujer y como instrumento,
+llegó, abrió, subió y entró en la cámara de la cortesana á tiempo que
+ésta reconocía al duque de Lerma.
+
+Ya hemos dicho que doña Ana estaba aturdida.
+
+Ni aun se la ocurrió desmayarse.
+
+Un silencio de estupor enmudecía á los tres personajes.
+
+El primero que le rompió fué el duque de Uceda.
+
+--Encended las bujías, doña Ana--dijo--, venid después acá, y decidnos:
+¿por qué razón, de una manera tan imprevista y tan enojosa nos
+encontramos aquí mi señor padre y yo?
+
+--Yo he venido á deshacer vuestras rebeldías, señor duque de Uceda--dijo
+el duque de Lerma, mientras doña Ana, aturdida, encendía las bujías.
+
+--¿Mis rebeldías, excelentísimo señor?--dijo el duque con calma--¿pues
+acaso hago yo otra cosa que defenderme?
+
+--Defenderos, ¿de qué?
+
+--De los agravios que vuecencia me ha estado continuamente haciendo por
+celos. Sí; vuecencia cree que nadie puede acercarse al rey sino para
+hablarle mal de vos.
+
+--Vos habéis conspirado constantemente contra mí.
+
+--Es cierto: por vuestro nombre y por el mío.
+
+--¿Por vuestro nombre?
+
+--Cierto; soy vuestro hijo y no puedo tolerar á sangre fría que, cegado
+por viles favoritos, aconsejéis constantemente al rey lo que deslustra
+vuestro nombre.
+
+--¿Sabéis que á más de ser vuestro superior por mi estado, lo soy
+también por ser vuestro padre?
+
+--Padre y señor, hace mucho tiempo que no somos padre é hijo.
+
+--Tan seguro tenéis, porque os ha repuesto el rey en vuestro oficio de
+ayuda de cámara del príncipe, que soy hombre al agua, que ya se me os
+atrevéis.
+
+--Os encuentro casa de mi querida.
+
+--¡Casa de vuestra querida! ¡yo creía que esa mujer era la primera
+querida de su alteza, querida que vos le habíais procurado!
+
+--Venid acá, perdida--dijo el duque de Uceda asiendo violentamente de
+una mano á doña Ana--; ¿así se juega con gentes principales? ¿para esto
+te doy yo los brocados que vistes y las joyas que gastas?
+
+Doña Ana se echó á llorar, y para que llegase hasta lo último lo
+escandaloso de aquella escena, el duque de Uceda dió una bofetada á doña
+Ana, como podía haberlo hecho el último de los rufianes.
+
+--¡No os conozco!--exclamó el duque de Lerma escandalizado, avergonzado,
+porque nunca el duque de Lerma había prescindido de las formas--; vos no
+debéis ser mi hijo, no; si fuérais mi hijo no hubiérais hecho, y delante
+de vuestro padre, lo que acabáis de hacer.
+
+Doña Ana lloraba; el duque de Lerma se dirigió á la puerta.
+
+--Esperad, esperad, señor--dijo el duque de Uceda interceptando á su
+padre la puerta.
+
+--En nombre de la ley divina y de la humana, apartáos, duque de
+Uceda--exclamó Lerma con la dignidad que siempre tiene un padre respecto
+á su hijo.
+
+--Esperad, os lo suplico, señor, no somos, os lo repito, el padre y el
+hijo, somos dos enemigos; vuestra es la culpa de esta enemistad; me
+habéis provocado.
+
+El duque, ciego de cólera, puso la mano en la empuñadura de su espada:
+el duque de Uceda permaneció inmóvil.
+
+--Ved de escucharme á sangre fría--dijo--; reparad en que causaría gran
+escándalo que vos me maltratáseis aquí en las altas horas de la noche,
+casa de esa mujer.
+
+Y señaló á doña Ana, que continuaba llorando arrojada en un sillón.
+
+--Dirían las gentes, si dejándoos llevar de vuestra violencia pusiéseis
+en mí las manos, que no bastando los odios políticos que nos separan,
+habíamos reñido por una querida.
+
+--Yo diría á las gentes, si os castigase, como debo castigaros, que vos
+os habéis olvidado de todo; que para corregir vuestros excesos, me he
+visto obligado á recurrir á este caso, á sorprender á esta mujer, de
+quien os valéis para pervertir á su alteza el príncipe de Asturias.
+
+--¡Ah! ¡vuecencia diría eso! pues bien; yo puedo decir, yo puedo probar
+para acreditar de falsa vuestra acusación, que vos vendéis al rey y al
+reino.
+
+--¡Yo!
+
+--Sí, vos. Y lo declararían sin saberlo los duques de Bukingam y de
+Seimur; lo declararían sin saberlo vuestros satélites, delegados por vos
+para sangrar al reino, por medio de cartas que puedan presentarse al
+rey.
+
+--¡Mentís!--exclamó el duque, que delante de doña Ana no quería
+rendirse, por decirlo así, á lo tremendo de su situación; no quería
+confesarla.
+
+Su hijo lo adivinó.
+
+--¿Qué haces tú ahí?--dijo á doña Ana--; ¿no ves que su excelencia y yo
+tenemos que entendernos? Vete.
+
+Doña Ana se levantó y salió doblegada, cabizbaja, llorando.
+
+El duque de Uceda cerró las puertas.
+
+--Ya estamos solos, padre y señor--dijo--; sé á qué habéis venido aquí;
+sé que por el afán de guardar para vos solo el favor de su majestad,
+habéis llegado hasta el caso de traición, de tomar el nombre de su
+majestad, de querer pasar ante esa mujer por su majestad, para deshacer
+uno de los medios que suponéis de mi privanza con el príncipe.
+
+--¿Pero quién os ha dicho eso?
+
+--El bufón del rey.
+
+--¡Ese hombre lo sabe todo!
+
+--Ese hombre trabaja por su cuenta, es astuto, tenaz, y sabe
+aprovecharse de las debilidades, de los vicios, y aun de los crímenes de
+las personas que necesita.
+
+--¿Pero cómo sabe el bufón del rey?...
+
+--¿Que doña Ana os esperaba creyendo esperar al rey? Se lo ha dicho el
+cocinero de su majestad.
+
+--Es necesario cerrar las bocas de esos dos hombres.
+
+--Sí, es necesario que la lucha quede entre nosotros dos, es necesario
+destruir esas bajas personas intermedias, y ya que de nuestros rostros
+han caído los antifaces, entendámonos directamente, padre; solapemos esa
+lucha, que por vuestra imprudencia va haciéndose escandalosa, y
+convengámonos.
+
+--¿Pero qué es lo que vos queréis?
+
+--Padre y señor, yo quiero heredaros cuando sea tiempo.
+
+--¿Y cuándo creéis que será tiempo?
+
+--Cuando muera el rey.
+
+--Su majestad es joven, y goza de muy buena salud.
+
+--Podrá ser larga la espera, ya lo veo; pero vos me ayudaréis á esperar.
+
+--Explicáos.
+
+--Vos, antes de que muriese Felipe II, mucho tiempo antes, érais el
+favorito, los andadores del príncipe de Asturias; cuando Felipe II
+murió, vos fuísteis lo que sois ahora, secretario de Estado universal de
+Felipe III. Vuestra privanza con el rey cuando era príncipe, os costó
+poco; era, como lo es, vanidoso y grave, y vos adulásteis su vanidad y
+su tiesura; era, como lo es, devoto, y vos supísteis haceros más devoto
+que él.
+
+--Felipe III tenía un padre muy prudente... y cuando me dejó al lado de
+su hijo...
+
+--Demostró que no era tan prudente ni tan sagaz como dicen, cuando no
+conociendo que vos representábais vuestro papel de Estado, os hacíais
+señor del príncipe su hijo, os lo repito; vos tuvísteis la fortuna de
+dar con un príncipe imbécil, y yo... el actual príncipe de Asturias,
+está viciado precozmente por la pasión á la mujer, que hará de él un rey
+á quien será imposible servir, contentar sin humillarse, sin manchar la
+dignidad. ¿Creéis que yo he traído al niño príncipe al regazo de esa
+mujer? Os engañáis: él me ha obligado á traerle; si no le hubiera
+traído... es un niño muy adelantado á su edad. Lope de Vega escribió su
+primera comedia á los doce años; el príncipe don Felipe, ha tenido su
+primera querida á los siete.... Vió á doña Ana en un coliseo, y concibió
+por ella una verdadera pasión; pasión de niño, pero que tiene ya la
+impureza del hombre.--Quiero mucho á aquella dama--me dijo--; quiero ir
+á casa de aquella dama... y yo resistí, porque aunque yo no era
+asustadizo, me asusté... me asusté porque vi á dónde me llevaría la
+necesidad de halagar á su alteza para no perder su favor... y me vi
+obligado á ceder... hizo el diablo que el príncipe viese otras dos veces
+en el mismo coliseo á doña Ana, y ya fué imposible resistir á su
+voluntad... me hubiera arrojado de sí, si me hubiese negado. Busqué á
+esa mujer... afortunadamente es una cortesana, y la compré... el
+príncipe vino, y desde entonces soy para él la vida, el alma... porque
+yo soy quien le puede traer junto á esa mujer. Me cuesta, pues, mucho
+más el afecto del príncipe, que lo que os costó á vos el de su padre.
+Dejadme, pues, seguir libremente mi camino, no me pongáis embarazos,
+porque como vos sois el privado de Felipe III, quiero yo serlo de Felipe
+IV.
+
+--Yo no puedo tomar parte en esa indignidad, yo no puedo permitirla; por
+el contrario, he venido aquí para cerciorarme en ella y evitarla.
+
+--Vos podéis perderme, señor duque de Lerma, mi buen padre; vos podéis
+hacer con una sola palabra, que el rey me encierre en un castillo; pero
+desde el fondo de mi calabozo, yo puedo hacer que caigáis desde tan
+alto, que no podáis sobrevivir á vuestra caída.
+
+--Horrorizaros debía lo que estáis haciendo--dijo el duque á falta de
+otra contestación mejor.
+
+--¿Y por qué? ¿Acaso vos, señor, no habéis querido perderme?
+
+--Debí separaros de la servidumbre del príncipe y os separé; pero no os
+prendí como pudiera haberlo hecho; ni os desterré, ni aun siquiera os
+envié á nuestro ejército de Italia.
+
+--Y habéis hecho muy bien, porque os conviene tenerme por amigo.
+
+--¿Que me conviene?
+
+--Solo vos, no podríais defenderos de la multitud de hombres de valía
+que acechan el favor de su majestad; con vos yo, falta á esos hombres un
+aliado, y vos tenéis en mí unos ojos que todo lo ven, unos oídos que
+todo lo oyen. Puesto que os tengo cogido...
+
+--¡Cogido!...
+
+--Preso, y de tal modo, que no os podéis mover; voy á deciros las
+condiciones...
+
+--¡Vos, condiciones á mí!
+
+--Aquí no hay padre ni hijo; sólo hay el duque de Lerma, favorito del
+rey, y el duque de Uceda, favorito del príncipe de Asturias. Oíd, pues,
+las condiciones de avenimiento entre el duque de Lerma y el duque de
+Uceda.
+
+--¡Oigamos!--dijo con sarcasmo Lerma.
+
+--Me daréis una parte de lo que os produce el favor del rey.
+
+--Disgustos, compromisos.
+
+--Una parte del oro que os dan los ingleses y del que os procura tanta y
+tanta cosa como tenéis en las manos, secretario de Estado universal de
+su majestad. Quiero, además, un puesto en el Consejo real. Quiero
+participación, aunque secreta, en el gobierno con vos. Quiero una parte
+en los empleos y en las encomiendas que se dan para venderse...
+
+--Pues no queréis poco, señor duque.
+
+--Mi privanza con el príncipe, en vez de producirme ganancias, me
+produce gastos exorbitantes. Bien es verdad, que es dinero que se
+siembra para cogerlo dentro de diez, dentro acaso de veinte años, y esto
+de una manera dudosa. Estoy empeñado; los acreedores me asedian, y para
+pagarles me veo obligado á conspirar.
+
+--¿A conspirar contra mi?
+
+--Contra todo el mundo.
+
+--¿Conque es decir, que me proponéis una alianza?--dijo el duque, cuya
+voz temblaba de cólera.
+
+--Sí, señor.
+
+--¡Ah! ¡pedís por esa alianza la mitad de mi poder!
+
+--No, señor; os pido... que vos calléis respecto á mi lo del príncipe, á
+cambio de mi silencio respecto á vos por lo de Inglaterra.
+
+--¡Ah! ¡son mutuas concesiones!
+
+--Por supuesto.
+
+--Pero á cambio del tesoro que queréis que yo os dé, ¿qué me daréis vos?
+
+--Os daré... la traición que haré por vos á mis amigos.
+
+--¿Es decir?...
+
+--Que sabréis cuanto piensan Olivares, Zúñiga, Sástago, Mendoza, cuantos
+están contra vos, y de los cuales seguiré fingiéndome amigo.
+
+--Aceptado--dijo Lerma, tendiendo la mano crispada á su hijo--;
+aceptado, señor duque de Uceda. Pero se me ocurre una cosa.
+
+--¿Qué?
+
+--Conocen nuestros secretos dos hombres.
+
+--Se da de través con ellos. ¿Quiénes son?
+
+--El tío Manolillo y Francisco Martínez Montiño.
+
+--Esperad: ¿no es vuestra amante la Dorotea, la hermosa comedianta?
+
+--Sí.
+
+--Pues por ahí tenéis cogido al bufón del rey.
+
+--Aún queda el cocinero mayor, y éste es el tal, por lo que veo, que un
+secreto se le va con la misma facilidad que se escapa el agua de una
+cesta.
+
+--Francisco Martínez Montiño es harto débil para que no le rompamos
+cuando sea menester.
+
+--Aún todavía quedan otros enemigos, enemigos terribles que no son
+vuestros enemigos...
+
+--¿Quiénes?
+
+--El primero, la reina.
+
+--¡Ah! ¡la reina! la tenemos segura... hay ciertas cartas que Calderón
+nos venderá...
+
+--Os engañáis, esas cartas han desaparecido.
+
+--¡Cómo!
+
+--¿No sabéis que don Rodrigo ha sido gravemente herido?
+
+--Sí, pardiez: por ese bravo bastardo de Osuna que se nos presentó hace
+tres días, sobre un cuartago viejo, á Olivares y á mí.
+
+--Pues el jinete de ese viejo cuartago, don Juan Téllez Girón, el marido
+de doña Clara Soldevilla, el maltratador de don Rodrigo, el salvador de
+la reina, ha estado á punto de dar con vosotros al traste, señores
+conspiradores de palacio: á él debéis el haber estado dos días separados
+de vuestros oficios, aturdidos sin saber de dónde venía el golpe.
+
+--¡A él!
+
+--Mejor dicho, me lo debéis á mí.
+
+--Explicáos.
+
+--Si yo no hubiera tenido ocupado á Francisco Martínez Montiño en el
+banquete de Estado que os dí hace tres días, el cocinero mayor hubiera
+estado en palacio, le hubiera encontrado su sobrino, y habiéndole
+encontrado no se hubiera perdido en palacio, no hubiera visto á doña
+Clara...
+
+--¿El sobrino del cocinero del rey ha tenido también aventuras con esa
+castísima señora?
+
+--Como que es su marido.
+
+--¿Pues cuántos maridos tiene doña Clara?
+
+--Uno: el sobrino del cocinero del rey, que es lo mismo que don Juan
+Téllez Girón.
+
+--¡Ah! ¡es cierto! me había olvidado. Pero estamos perdiendo el tiempo.
+Debemos concluir por el momento. Tenemos prendas recíprocas... es decir,
+estamos unidos por la necesidad. Sepamos cómo quedamos.
+
+--¿Pues cómo hemos de quedar? Unidos como hemos debido estarlo siempre.
+
+--Lo estaremos desde hoy en adelante. Para concluir, os voy á decir lo
+último en que debemos quedar convenidos, y eso porque es urgentísimo.
+
+--Sepamos.
+
+--Destierro del padre Aliaga.
+
+--¡Hum! ¡eso es algo difícil!
+
+--¡Destierro del padre Aliaga!--dijo Uceda, como quien repite una orden
+que no admite réplica.
+
+--Haré cuanto me sea posible.
+
+--Separación del lado del rey y de la reina.
+
+--Bien.
+
+--Destierro de doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Otra dificultad! ¡la ama el rey!
+
+--¡Destierro de doña Clara Soldevilla!
+
+--Se procurará.
+
+--Prisión y proceso á don Juan Téllez Girón y don Francisco de Quevedo.
+
+--Eso ya está hecho. Don Francisco de Quevedo va camino de Segovia, y
+don Juan está preso en la torre de los Lujanes.
+
+--En cuanto al bufón y al cocinero, dejadme obrar.
+
+--Bien, muy bien. Pero aún tenemos algo que decir. ¿Y esa mujer?
+
+--¿Doña Ana de Acuña?
+
+--Sí, ¿os interesa esa mujer?
+
+--Yo no he dicho eso.
+
+--Esa mujer, tenedlo entendido, no es mi querida; pensaba que lo fuese
+por cálculo; pero os la cedo.
+
+--Yo no he dicho...
+
+--Pues bien, padre y señor, no disputemos acerca de esto. Vine á
+interrumpiros, y os dejo de nuevo libre. Estaba aquí con vos esa hermosa
+señora, y justo es que con vos la deje.
+
+El duque de Uceda salió por la puerta por donde antes había salido doña
+Ana, y volvió con ella de la mano.
+
+--Mañana nos veremos en palacio, padre y señor--dijo el duque de
+Uceda--. Hasta mañana.
+
+Y salió por la misma puerta por donde había aparecido.
+
+Quedaron de nuevo solos el secretario de Estado universal del rey y la
+cortesana.
+
+El escándalo había crecido. La escena tenida por el duque con su hija la
+condesa de Lemos aquella mañana, era nada, una cosa inocente y casi
+digna, comparada con la que acababa de tener con su hijo el duque de
+Uceda.
+
+Lerma no sabía ya dónde se encontraba.
+
+Era un buque sin timón, sin velas, sin jarcias, entregado á merced del
+mar é impulsado por todos los vientos.
+
+El duque no veía.
+
+Sin embargo, veía delante de sí á doña Ana, pálida, llorosa, aterrada.
+
+El duque necesitaba decirla algo.
+
+Vaciló algún tiempo, y al fin la dijo:
+
+--No soy el rey, pero soy sobre poco más ó menos lo mismo que el rey;
+¿queréis servirme?
+
+--Sí--dijo doña Ana--; vuestra soy en cuerpo y en alma si me salváis y
+me vengáis.
+
+--¡Vengaros! ¿y de quién?
+
+--Del duque de Uceda. Aún siento su mano sobre mi rostro; aún abrasa mi
+mejilla. El que ha sido villano con una mujer, debía ser infame con su
+padre. De ese hombre quiero que me venguéis.
+
+--Pues bien, ayudadme.
+
+--Os ayudaré; pero para que os ayude es necesario que me salvéis.
+
+--Sí, sí, os salvaré.
+
+--Pero de un peligro inmediato.
+
+--¿Cuál?
+
+--¿No os dije que el tío Manolillo había matado á puñaladas al sargento
+mayor...?
+
+--Sí.
+
+--Pues bien; el cadáver de ese hombre está aquí: está en mi casa.
+
+--¡En vuestra casa!--exclamó aterrado el duque.
+
+En aquel momento se oyeron grandes golpes en la puerta de la casa y una
+voz terrible, la voz del licenciado Sarmiento, que dijo desde la calle:
+
+--¡Abrid á la justicia del rey!
+
+Quedóse el duque perplejo por un instante, pero luego dijo:
+
+--Mandad á vuestros criados que abran, señora.
+
+--¡Criados! ¡no los tengo! ¡si los he despedido para que no se
+enterasen!
+
+--¡Abrid á la justicia del rey!--repitió el alcalde golpeando con furia
+la puerta.
+
+--Id, id á abrir, señora--dijo el duque.
+
+--¡Yo! ¡sola!
+
+--Sí; sí, decís bien: iremos los dos.
+
+Y doña Ana y el duque bajaron á abrir á la justicia.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXVII
+
+DE CÓMO EL LICENCIADO SARMIENTO HIZO BUENO UNA VEZ MÁS AL PROVERBIO QUE
+DICE: QUE NO ES TAN FIERO EL LEÓN COMO LE PINTAN, Y DE CÓMO TODAS LAS
+PULGAS SE VAN AL PERRO FLACO.
+
+
+Apenas el duque de Uceda había salido de casa de doña Ana y aventurádose
+en la calle de Amaniel, que estaba obscura como boca de lobo,
+sirviéndole de guía entre las tinieblas su linterna, cuando se sintió
+fuertemente sujeto por detrás y oyó una voz áspera que le dijo:
+
+--¡Sois preso por el rey!
+
+--¡Preso yo! ¿y por quién?
+
+--Por quien puede y debe.
+
+--¿Sabéis que soy grande de España?
+
+--¡Ah! ¿vuecencia es grande de España?
+
+--¡El duque de Uceda!
+
+--¡Ah! ¡ah! ¡una linterna! ¡una linterna pronto!--exclamó la misma voz,
+que no era otra que la del licenciado Sarmiento.
+
+Hizo luz uno de los alguaciles, es decir, abrió su linterna que entregó
+al alcalde, y éste vió con la luz de la linterna el rostro al duque de
+Uceda.
+
+--¡Ah! ¡perdonad! ¡perdonad! excelentísimo señor; ha sido una
+equivocación--dijo Sarmiento todo trémulo, porque su vara se rompía al
+tocar á personas tan encumbradas, como una caña, fuerte para matar un
+ratón, pero extremadamente inútil para un león--. Perdone vuecencia, nos
+hemos equivocado; creímos que vuecencia salía de una casa donde
+perseguimos un delito; vuecencia perdone otra vez y no se enoje, que la
+noche y las tinieblas me disculpan.
+
+--Venid, venid acá á un lado, alcalde--dijo el duque de Uceda.
+
+El alcalde se apartó con él todo cuidadoso.
+
+--Es necesario--dijo el duque--que nadie sepa que me habéis encontrado
+por estos sitios.
+
+--Descuide vuecencia, que nadie lo sabrá--dijo todo humilde y
+reverencioso el alcalde.
+
+--Y para que esto no se os vaya de la memoria, tomad.
+
+Y dió al alcalde una sortija.
+
+--¡Ah, excelentísimo señor!--exclamó el alcalde inclinándose hasta el
+suelo y apreciando al mismo tiempo, por el tacto, que la sortija tenía
+una gruesa piedra.
+
+--Si alguien tiene noticia de que me habéis encontrado, os pesará.
+
+--Descuide, descuide vuecencia, que no lo sabrá nadie.
+
+--Quedad, alcalde, con Dios.
+
+--Dios vaya con vuecencia.
+
+El duque se alejó y el alcalde permaneció por algunos segundos inmóvil.
+
+Después dijo con la voz no tan tonante como otras veces:
+
+--¡Hola! ¡á mí!
+
+Rodeáronle inmediatamente todos los alguaciles.
+
+--El que no quiera ir á galeras--dijo el alcalde--que calle mucho.
+
+--¿Y qué hemos de callar, señor alcalde?--dijo el más audaz de los
+alguaciles.
+
+--Que hemos encontrado á ese caballero.
+
+--Callaremos--dijeron todos.
+
+--Ahora, hijos, yo creo que nos hemos equivocado; que ese caballero no
+ha salido de la casa que creímos.
+
+--Sí; sí, señor; nos hemos equivocado.
+
+--Pues bien: como ya hemos esperado harto, y tenemos que evacuar más
+diligencias en esa casa, venid conmigo.
+
+Entonces fué cuando el alcalde se acercó á la puerta y llamó.
+
+Al tercer llamamiento se abrió la puerta.
+
+Lo primero que vió el alcalde fué delante de sí un hombre embozado; pero
+con tal capa y tal pluma y tal cintillo en la gorra, que le entró miedo.
+
+--¿Tendremos otro grande de España?--dijo.
+
+--Entrad solo, señor alcalde--dijo gravemente el duque de Lerma.
+
+El licenciado Sarmiento entró.
+
+--¿Sois alcalde de casa y corte, según creo?--dijo el duque.
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--¿Os vendría bien ir de oidor á las Indias?
+
+--¡Oh! ¡excelentísimo señor!
+
+--No os equivocáis; soy... el duque de Lerma.
+
+--¡Ah!--exclamó el alcalde--; perdonad, señor, pero me habían dicho que
+en esta casa se había cometido un asesinato á instigación de...
+
+--¿De quién?
+
+--¿Me exige vuecencia que rompa el sigilo del proceso?
+
+--Os lo mando.
+
+--Pues bien: el acusado es Francisco Martínez Montiño, cocinero mayor
+del rey, por instigación de don Francisco de Quevedo y Villegas y de don
+Juan Téllez Girón.
+
+--Pero eso no es verdad--dijo doña Ana que estaba detrás del duque.
+
+--Callad, señora, callad--dijo Lerma--. ¿Conque el acusado de ese
+asesinato es el cocinero de su majestad?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Y sus cómplices Quevedo y Girón?
+
+--Sí, señor.
+
+--Venid--dijo el duque de Lerma después de haber meditado un tanto.
+
+El alcalde siguió al duque.
+
+--Decid, señora--dijo Lerma á doña Ana--, ¿dónde está el difunto?
+
+Doña Ana se estremeció.
+
+--Nada temáis--dijo el duque--; voy á salvaros.
+
+--El sargento mayor--dijo doña Ana--está en un patinillo, junto al
+postigo que da á la calle de San Bernardino.
+
+--Guiad, pues, señora; alcalde, venid.
+
+Siguieron los tres adelante, atravesaron algunas habitaciones, y al fin
+doña Ana se detuvo en un patinillo lóbrego.
+
+Llovía con abundancia, y empapado por la lluvia, estaba en el centro del
+patinillo el cadáver del sargento mayor.
+
+Doña Ana le señaló con terror.
+
+--¿Veníais en busca de ese cadáver?--dijo el duque.
+
+--Sí; sí, señor--contestó el alcalde.
+
+--Pues es necesario que le encontréis, pero que no sea aquí.
+
+--¡Cómo, señor!
+
+--Vais á sacar este cadáver por el postigo á la calle.
+
+--¡Señor!
+
+--Sé que os pido mucho; ¿pero sabéis lo que yo puedo hacer por vos?
+
+--¡Oh, excelentísimo señor! ¿Pero cómo he de hacerlo?
+
+--Quitad esas luces de en medio--dijo el duque.
+
+Doña Ana tomó la linterna del alcalde, y con la suya las puso en una
+habitación inmediata.
+
+El patinillo quedó á obscuras.
+
+Cuando volvió doña Ana, el duque la dijo:
+
+--Abrid el postigo, señora.
+
+--Pero abridle silenciosamente--dijo el alcalde.
+
+Doña Ana abrió en silencio el postigo.
+
+--Ahora, alcalde, sacad ese cadáver á la calle.
+
+El alcalde, con la esperanza de merecer por el favor del duque de Lerma,
+hizo, como vulgarmente se dice, de tripas corazón, asió á tientas el
+cadáver por los pies, le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.
+
+Luego entró.
+
+--¿Habéis concluído ya?--dijo el duque.
+
+--Sí, excelentísimo señor.
+
+[imagen: ...le arrastró hacia el postigo y le sacó fuera.]
+
+--Cerrad el postigo, señora, y después traed las luces.
+
+Poco después volvía con las linternas, y el duque y el alcalde
+examinaban el patinillo.
+
+--No queda rastro de sangre--dijo el duque--; la lluvia la ha lavado.
+
+--Pero queda la mancha en la alfombra de la habitación, donde sin culpa
+mía, y sin poderlo yo evitar, ese hombre fué herido, y los rastros en
+los lugares por donde ha pasado hasta aquí.
+
+--Pues bien; quemad esa alfombra y lavad esos rastros, señora; algo
+habéis de hacer por vuestra parte. Ahora bien, alcalde; vais á salir de
+esta casa. En ella no habéis encontrado nada. En premio de vuestros
+servicios, miráos ya presidente de los oidores de la real audiencia de
+Méjico, con tres mil ducados para costas de viaje.
+
+--¡Ah! ¡señor! ¡excelentísimo señor!
+
+--No es esto todo lo que tenéis que hacer.
+
+--Mande vuecencia.
+
+--Cuando salgáis de aquí, iréis con vuestra ronda á la calle de San
+Bernardino, á donde da ese postigo. Dentro de poco, el cocinero mayor de
+su majestad saldrá por ese postigo. Prendedle junto al muerto, y hacedle
+cargo del delito.
+
+--Muy bien, señor.
+
+--Vamos, señora, guiad á la puerta principal.
+
+Cuando estuvieron en el zaguán, el duque se embozó, se cubrió, y abrió
+la puerta.
+
+El alcalde salió.
+
+La puerta volvió á cerrarse.
+
+Los alguaciles no habían visto más que el hombre encubierto que había
+franqueado por dos veces la puerta; una para que el alcalde entrase,
+otra para que saliese.
+
+--He registrado toda la casa, hijos--decía el alcalde á los
+alguaciles--y no he encontrado nada de lo que buscaba; es una nobilísima
+familia, á quien conozco, y que me merece la mayor confianza. Vámonos,
+pues, pero ya que estamos de faena, rondemos un poco por estos barrios,
+que no son muy seguros.
+
+Y tiró adelante á la cabeza de la ronda, diciendo para su embozo:
+
+--Si esa dama no fuera tan maravillosamente hermosa, nadie la hubiera
+librado de la horca; es verdad que sin la hermosura de esa dama, no
+sería yo presidente de la real audiencia de Méjico. Adelante, adelante,
+pues, y acabemos con lo que nos ha dado que hacer esta noche, para mí
+tan venturosa.
+
+Y diciendo esto, dobló con ansia la esquina de la calle de San
+Bernardino, donde él mismo había puesto el cadáver del sargento mayor.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXVIII
+
+DE CÓMO SE AGRAVÓ LA DEMENCIA DEL COCINERO MAYOR, Y ACABÓ POR CREERSE
+ASESINO DEL SARGENTO MAYOR.
+
+
+Apenas salió el duque de Lerma por la puerta principal, cuando doña Ana,
+aterrada aún, se fué á buscar al cocinero mayor, que se había quedado
+dentro de la casa.
+
+Encontróle más allá de su dormitorio, en un pasadizo, rebujado en el
+capotillo, temblando de miedo y de frío, y murmurando entre dientes
+palabras ininteligibles.
+
+--¡Oh! ¡oh! ¿quién es?--dijo retirándose de una manera nerviosa al ver á
+doña Ana.
+
+--Nada temáis, señor Montiño--dijo doña Ana--; soy yo, que de orden del
+duque de Lerma, voy á echaros fuera para que os vayáis á descansar.
+
+--¡A descansar! ¡á descansar! ¿Conque sabéis al fin que es el duque de
+Lerma? ¿Conque os habéis arreglado? Todos se arreglan menos yo.
+
+--Vamos, amigo mío, que es ya tarde.
+
+--¡Que es ya tarde!--dijo Montiño siguiendo á doña Ana que se encaminaba
+á unas escaleras--; decídmelo á mi, que he estado dos horas arrinconado
+en el pasadizo, y temblando, más encogido que un orejón.
+
+--Por lo mismo, es conveniente y justo que os volváis á vuestra casa.
+
+--¡A mi casa! ¡á mi casa! ¿Y dónde está mi casa?
+
+Habían bajado las escaleras y se encontraban en el patinillo.
+
+Doña Ana llegó al postigo y le abrió.
+
+--Id con Dios, señor Montiño--dijo.
+
+--Quedad con Dios, señora--dijo el cocinero rebujándose--; pero esperad
+un momento... Como veréis á su excelencia... cuando nada importante
+tengáis que hablar, recordadle la situación en que me hallo; ya lo sabe
+su excelencia; decidle que estoy muy necesitado de amparo.
+
+--Sí, sí, se lo diré--contestó doña Ana con suma impaciencia.
+
+--Perdonad, perdonad, señora--dijo Montiño, notando el disgusto de doña
+Ana--; los desventurados creemos que nadie tiene que hacer más que
+pensar en ellos. Adiós, señora, adiós... y recibid mil plácemes por
+vuestra buena fortuna.
+
+--Adiós, señor Francisco, adiós.
+
+El cocinero salió y doña Ana cerró con precipitación el postigo.
+
+--Pues señor--dijo el cocinero mayor, rebujándose de nuevo en su
+capotillo--, sigue lloviendo, y la noche no es más clara que un tizón;
+¿y á donde voy yo ahora? El alcázar estará cerrado á piedra y lodo; y
+aunque no lo estuviera... por nada del mundo voy yo á mi casa á
+despedazarme el alma con aquel doloroso espectáculo; ¡mi dinero!, ¡mi
+mujer!, ¡mi hija! Vamos, me voy á casa del señor Gabriel Cornejo; no es
+muy buena casa, pero mejor estaré allí que en la calle, y sin
+linterna... y con esta noche... pues señor, por lo que pueda suceder
+desnudemos la daga y vamos de prisa para llegar cuanto antes.
+
+Y el cocinero arrancó.
+
+Pero á los pocos pasos tropezó y cayó.
+
+Al caer sintió bajo de si un cuerpo humano.
+
+Una de sus manos se apoyaba en su semblante.
+
+Aquel semblante estaba frío y rígido.
+
+--¡Dios mío! ¡Poderoso señor! ¡un difunto!--exclamó todo erizado el
+cocinero mayor.
+
+Y para acabar de probar un terror, como después de él no ha probado
+ninguno, se oyeron algunas voces cercanas que dijeron:
+
+--¡Téngase á la justicia!
+
+--¡La justicia! ¡y sobre un muerto yo!--exclamó el mismo Montiño--; ¡el
+infierno llueve sobre mí desventuras!
+
+A este tiempo le habían asido dos alguaciles, y el licenciado Sarmiento
+inundaba con la luz de su linterna el semblante de Montiño, que estaba
+lívido, descompuesto, desencajado; el triste temblaba, gemía, no podía
+tenerse de pie, y si no se caía era por los dos alguaciles.
+
+--¡Me van á matar!--dijo con el acento de angustia más épico, más
+terrible que ha oído nunca un alcalde de casa y corte.
+
+--¿Pues qué queréis que hagamos con vos, señor asesino, á quien
+encontramos cebándoos en vuestra víctima y con el homicida arma aún en
+la mano?
+
+--¡La daga que había desnudado para defenderme y que me pierde!--exclamó
+el desdichado.
+
+--Amarradle y con él á la cárcel--dijo el bribón del licenciado
+Sarmiento.
+
+Los alguaciles sacaron cuerdas de sus gregüescos y ataron codo con codo
+á Montiño.
+
+--¿Pero qué vais á hacer conmigo?--exclamaba el infeliz llorando.
+
+--Brinco más ó menos, bailarás, hijo, y bailarás en el aire--dijo un
+alguacil.
+
+--¡Que bailaré! ¡Para bailar estoy yo! Yo no quiero bailar--dijo
+Montiño.
+
+--Que quieras que no quieras, á la fuerza ahorcan--repuso otro de los
+alguaciles.
+
+--¡Ahorcan! ¡Que me ahorcarán! ¡Conque después de haber sido robado en
+cuerpo y alma, he de ser ahorcado!
+
+--Si probáis que el hombre que habéis muerto era un ladrón...--dijo el
+alcalde.
+
+--Pero si yo, señor, no he muerto á ningún hombre--dijo Montiño--; ¡si
+yo no he matado jamás otra cosa que pavos, capones y conejos!
+
+--Si probáis que el hombre á quien habéis muerto era un ladrón, y que le
+habéis muerto en defensa propia, seréis absuelto... no lo dudéis... pero
+si no, seréis ahorcado como asesino. Veamos, pues, qué tales trazas
+tiene el difunto.
+
+--Es un sargento mayor--dijo un alguacil.
+
+--¡Un sargento mayor!...--exclamó Montiño.
+
+Y de una manera instintiva arrojó una mirada cobarde al cadáver, cuyo
+semblante estaba alumbrado por la luz de la linterna de un alguacil.
+
+--¡Don Juan de Guzmán!--exclamó Montiño reconociéndole--¡el infame que
+me ha robado mi dinero, mi mujer y mi hija!
+
+--¡Ah, ah! ¿Le conocéis?--dijo el licenciado Sarmiento--¿y además decís
+que ese hombre os ha causado perjuicios?
+
+--¡Perjuicios! ¡Dios sólo sabe lo que ese infame ha hecho conmigo!
+
+--Aunque yo no os hubiera encontrado sobre el cadáver y con la daga en
+la mano, y á tales horas y en tal noche, las palabras que acabáis de
+decir y que demuestran que sois enemigo del muerto, bastan para
+llevaros á la horca. Pero no perdamos tiempo. Adelante con él, á la
+cárcel, hijos; uno de vosotros avisad á la parroquia y que vengan por el
+muerto.
+
+El licenciado Sarmiento echó á andar hacia la cárcel de corte, y los
+alguaciles empujaron á Montiño, que se resistía instintivamente á ir
+preso.
+
+Al fin, inflexible el alcalde de casa y corte á las súplicas y á las
+declamaciones, Montiño fué, ó mejor dicho, fué llevado por los
+alguaciles á la cárcel, donde le arrojaron en un calabozo en que había
+otros presos.
+
+Cuando Montiño oyó crujir las cadenas y rechinar los cerrojos de la
+puerta, se desmayó.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXIX
+
+EN QUE CONTINÚAN LAS DESVENTURAS DEL COCINERO MAYOR, Y SE VE QUE LA
+FATALIDAD LE HABÍA TOMADO POR SU INSTRUMENTO
+
+
+Un farol de hierro con un vidrio empañado, clavado á grande altura en la
+pared, arrojaba una luz turbia sobre el calabozo destartalado, negro,
+húmedo, un verdadero antro, alrededor del cual había un poyo de piedra.
+
+Francisco Martínez Montiño no pudo ver nada de esto, porque tal iba
+cuando entró, ó cuando le entraron en el calabozo, que no veía: ni los
+que estaban allí pudieron verle el rostro, porque los alguaciles le
+dejaron en la sombra negra proyectada por el farol.
+
+Eran los que allí estaban dos hombres y dos mujeres.
+
+No podía verse el semblante de ninguno de ellos, porque estaban
+replegados en sí mismos, en un ángulo los dos hombres, silenciosos y
+sombríos, y en otro, las dos mujeres abrazadas, una de las cuales
+lloraba silenciosamente.
+
+Pasó como media hora, y con el frío del calabozo, que era mayor que el
+que hacía al aire libre, y con la inmovilidad, pasó el vértigo que
+dominaba al cocinero mayor. Levantó primero la cabeza, y miró con la
+expresión más miserable del mundo en torno suyo; luego desenvolvió unos
+tras otros las piernas y los brazos, y al fin se puso de pie.
+
+Entonces notó que le faltaban la espada y la daga.
+
+Esto era natural, porque á un preso no se le dejan armas.
+
+Pero lo que no era natural y lo que le asustó, fué el reparar que su
+bolsillo no pesaba. Se registró y halló que no hallaba el dinero que en
+los bolsillos había tenido.
+
+Buscó la placa de oro con la cruz de Santiago esmaltada, que le había
+dado para su ex sobrino don Juan Téllez Girón, el duque de Lerma, y
+halló que no parecía; vivamente asustado, buscó con ansia el vale que le
+había dado el duque de Lerma por valor de mil ducados, y halló que
+tampoco parecía; un enorme reloj de plata, que Montiño usaba para acudir
+con regularidad á las funciones de su oficio, había también
+desaparecido; y, por último, hasta le habían despojado del lienzo de
+narices.
+
+Entonces la amargura de Montiño no conoció límites.
+
+Job en padecimientos y Jeremías en lamentaciones, se quedaban muy por
+bajo de él.
+
+Tenía sino de ser robado y hasta la justicia le robaba.
+
+Los alguaciles le habían despojado completamente.
+
+Al primer grito herido de Montiño, una de las dos mujeres levantó la
+cabeza, y la otra se estrechó más contra su compañera; en el momento en
+que una de las mujeres le miró, la luz del farol hería de lleno la calva
+frente de Montiño, levantada al cielo en una actitud más épica y más
+impía que la que puede suponerse en Ayax amenazando á los dioses; verle
+aquella mujer, y esconder otra vez, temblando, su cabeza, entre el seno
+y el hombro de su compañera, fué todo cosa de un momento, y uno de los
+dos hombres que estaban en un ángulo, y que no le veían el rostro por la
+razón capital de que le veían las espaldas, le dijo con acento áspero é
+insolente:
+
+--Háganos el menguado la merced de callar, que aquí, al que más y al que
+menos le huele el pescuezo á cáñamo, y no alborote de ese modo.
+
+Desde la primera palabra que aquel hombre dijo, tomó el semblante del
+cocinero una expresión espantosa de sorpresa y de rabia, que fué
+aumentando á medida que el otro pronunciaba su poco cortés, aunque breve
+razonamiento, y habían ya acabado, y aún duraba el mutismo colérico de
+Montiño y su temblor horrible.
+
+Al fin dijo con voz cavernosa:
+
+--¡Ah! ¿estás tú ahí, miserable, engendro del diablo, infame Cosme
+Aldaba, galopín maldito, envenenador protervo? pues espera, espera, que
+al fin te tengo en mis manos y frailes franciscos que vengan no te han
+de valer.
+
+Y se arrojó furioso sobre los dos hombres.
+
+Pero uno de ellos se levantó y adelantó hasta Montiño, sujetándole por
+los brazos con unas fuerzas hercúleas.
+
+--¡Eh! ¿qué vais á hacer con este pobre muchacho, señor Francisco
+Montiño?--dijo con acento socarrón--¿es de personas hidalgas querer
+maltratar á los amigos que se encuentran cuando se creían perdidos?
+
+--Amigos ¿eh? amigos que me roban mi caudal, y juntamente con él mi
+mujer y mi hija.
+
+--¿Quién os las quita? ahí las tenéis en aquel lado, que no se atreven á
+hablaros las pobres porque temen que las maltratéis.
+
+--¡Mi Luisa! ¡mi Inés!--dijo el imbécil Montiño olvidándolo todo por su
+amor de padre y de marido.
+
+--Sí, sí; tú Inés y tú Luisa--dijo alentada por aquel reblandecimiento
+del cocinero mayor, su mujer, que ella era en efecto.
+
+En vano quiso Montiño recobrarse; Luisa se había abalanzado á su cuello
+por una parte y por otra Inés, alentada por el ejemplo de su madrastra;
+veía por un lado los negros ojos de Luisa, que le miraban de una manera
+tentadora, y por otro la dulce é infantil cabeza de Inés que le miraba
+suplicante.
+
+Fuera ó no criminal su familia, Montiño la había llorado, y al
+encontrarla de nuevo junto á sí, de una manera orgánica, por razón de
+temperamento, sin poderlo evitar, sin pensar en evitarlo, se alegraba.
+
+Aquella era una nueva desgracia que sucedía al cocinero mayor.
+
+No puede concebirse la audacia de Luisa, sino por la esperanza de que la
+debilidad de su marido la salvaría del apuradísimo trance en que se
+encontraba.
+
+Porque no se les había dicho por qué se les había preso, y la prisión no
+podía ser resultado sino del envenenamiento de la reina ó del robo hecho
+á Montiño.
+
+Si se les hubiera preso por lo primero, les hubieran cargado de cadenas,
+les hubieran maltratado, les hubieran tomado inmediatamente alguna
+declaración; por alguna palabra al menos, hubieran comprendido la causa
+de su prisión; nada de esto había sucedido; luego no estaban presos por
+el envenenamiento de la reina, sino por su fuga y por el robo.
+
+Esto, sin embargo, no estaba claro, y Luisa quería ponerlo como la luz
+del sol; porque tratándose de asuntos de su marido, Luisa estaba segura
+de domesticarle.
+
+--¿Y os atrevéis á abrazarme después de lo que habéis hecho,
+miserables?--dijo al fin el cocinero mayor, que quería conservar su
+entereza.
+
+--¿Y qué hemos hecho, señor, más que lo que debíamos?--dijo con la mayor
+audacia Cristóbal Cuero, el paje rubio amante de la Inesilla.
+
+--¿Cómo que lo que debíais? ¿Pues no habéis intentado envenenar á su
+majestad?
+
+--¿Quién os ha dicho eso, señor Montiño?--dijo Cristóbal.
+
+--¿Quién ha de habérmelo dicho? ¡Los funestos, los terribles resultados!
+
+--¡Cómo! ¿pues qué ha sucedido?--dijo Luisa, á quien se la puso un nudo
+en la garganta.
+
+--El paje Gonzalo ha muerto de repente.
+
+--¿Y qué tenemos que ver con la muerte de Gonzalo?
+
+--¡Cómo! ¡infames! ¿qué tenéis que ver? ¿Sabéis por qué ha muerto el
+paje?
+
+--Por lo que se muere todo el que entierran--dijo Cosme Aldaba--, porque
+se le ha acabado la mecha.
+
+--¡Vil ratón de cocina! ¡asesino! ¡infame!--exclamó el cocinero mayor--;
+ha muerto por haber comido una perdiz que se sirvió en la mesa de su
+majestad.
+
+Todos se pusieron pálidos; pero Cristóbal Cuero conservó toda su
+serenidad.
+
+--¿Y ha comido la reina?--dijo.
+
+--La providencia de Dios ha salvado por fortuna á su majestad.
+
+--Pues yo digo--contestó con una serenidad irritante Cristóbal Cuero--,
+que es lástima que su majestad no haya comido.
+
+--¡Cómo! ¡monstruo! ¡cuando debías dar gracias á Dios de que tu crimen
+no haya producido todo el terrible resultado que esperabas, infame,
+deploras que ese gran crimen se haya frustrado!
+
+--Señor Francisco--dijo con una gran serenidad el paje--, os han
+informado mal.
+
+--¿Que me han informado mal?
+
+--Sí por cierto: ¿sabéis lo que eran los polvos con que se avió la
+perdiz que se puso en la mesa de su majestad?
+
+--Un veneno tal, que el paje Gonzalo que comió las pechugas de la
+perdiz, reventó á los cuatro minutos, y que hizo que el gato del tío
+Manolillo, que siempre está hambriento, no quisiera comer los pocos
+restos que quedaron de la perdiz.
+
+--Pues, bien, señor Francisco Martínez Montiño: los polvos de que
+hablamos (aquí tengo todavía parte en este papel), no son un veneno,
+sino un hechizo.
+
+--¡Un hechizo!--dijo el cocinero tomando el papel.
+
+--Sí; sí, señor; un hechizo que no puede matar á la persona que se la da
+porque está hecho para ella, y se tiene en cuenta si es mujer ú hombre y
+el día de su nacimiento, y su estado, y otras muchas cosas. Ahora, si le
+toma una persona distinta de aquella para quien se ha hecho, aquella
+persona muere.
+
+Dijo con tal soltura y con tal aplomo estas palabras Cristóbal Cuero,
+que Montiño se desconcertó, dudó, vaciló y empezó á ver las cosas de
+distinto color.
+
+--¿Pero para qué se daban esos hechizos á su majestad?
+
+--Oíd, señor Francisco: la mujer que tales hechizos toma, se vuelve lo
+más obediente del mundo para su marido.
+
+--¡Oh, oh!--exclamó Montiño--, á quien empezaban á parecer bien aquellos
+polvos; ¿y para qué querían que la reina fuese obediente al rey? ¿y
+quién lo quería?
+
+--Os diré, señor Francisco: la reina, en la apariencia, obedece al rey;
+pero en realidad conspira.
+
+--¡Ah, ah! eso es cierto.
+
+--Pues bien; con las conspiraciones de la reina no se puede gobernar.
+
+--¡Ah, ya!
+
+--Y como su excelencia el duque de Lerma, quiere labrar la prosperidad
+en los reinos de su majestad...
+
+--¡Ah, ya!
+
+--He aquí que un día encargó á don Rodrigo Calderón que buscara un medio
+para que la reina no conspirara; y don Rodrigo buscó al sargento mayor
+don Juan de Guzmán para que viese de qué modo podía hacer el que la
+reina no conspirase.
+
+--No se lo volverá á encargar más--dijo con acento lúgubre Montiño.
+
+--¿Y por qué, esposo y señor?--dijo suavemente Luisa.
+
+--Porque nadie encarga nada á los muertos--contestó con acento
+doblemente lúgubre el cocinero.
+
+--¡Que ha muerto!--preguntó con la misma suavidad y la misma
+indiferencia Luisa.
+
+--¿Pues por qué estoy yo aquí?--exclamó en una de sus chillonas salidas
+de tono Montiño.
+
+--¡Cómo, marido mío! vos que sois tan humano y tan compasivo, ¿habéis
+matado á un hombre?--dijo Luisa.
+
+--Y si le hubiera matado, razones me hubieran sobrado para ello,
+señora--exclamó con acento amenazador Montiño.
+
+--¡Razones!
+
+--¡Sí; sí, señora! ¿pues no érais vos amante de ese hombre?
+
+--¿Yo?... ¡que yo era amante de!... ¡de ese hombre!... ¡Dios mío!... ¡y
+sois vos!... ¡vos, mi marido!... ¡quien me dice!... ¡esa calumnia
+horrible!... ¡yo, la mujer más honrada que ha nacido de madre!
+
+--¡Conque vos sois honrada!... ¡y habéis salido de mi casa!... ¡y me
+habéis pervertido mi hija!... ¡y me habéis robado!...
+
+--¡Ta, ta, ta!--dijo con el aplomo más admirable Cristóbal Cuero; ¡que
+vuestra mujer, que esta santa os ha robado! ¡lo que ha hecho es lo que
+no hubiera hecho ninguna mujer!
+
+--Créolo bien, porque ninguna mujer hubiera cometido contra mí tan negra
+infamia.
+
+--¿Llamáis infamia poner á salvo vuestro dinero?
+
+--¡Cómo! ¡que mi dinero está en salvo! ¿y dónde?
+
+--Casa del señor Gabriel Cornejo.
+
+--¿Que están allí mis sesenta mil ducados?
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--¡Dios mío!--exclamó Montiño--. Pero eso no puede ser... sería
+demasiada fortuna... ese dinero que yo he ganado con tantos afanes...
+perderlo... llorarlo... volverlo á encontrar.
+
+--Sí; sí... encontrado lo tenéis y no lo tenéis...
+
+--¡Cómo, pues qué! ¿hay alguna duda?--exclamó alentando apenas el
+cocinero mayor.
+
+--Yo he entregado ese dinero al señor Gabriel Cornejo--dijo Cristóbal--,
+á mi es á quien el señor Gabriel lo entregará únicamente.
+
+--Pues le llamaremos, le llamaremos, hijo; por eso no quede... no veo
+duda alguna.
+
+--Es que yo, señor Francisco, no pediré al señor Gabriel Cornejo ese
+dinero, sino yendo á su casa á pedírselo; es decir, estando en libertad.
+
+--¿Y cómo puede ser eso? ¡pecador de mí!--dijo lleno de angustia
+Montiño.
+
+--En vos consiste.
+
+--¡En mí!
+
+--Sí, señor Francisco; en vos y sólo en vos, porque sólo por vos estamos
+presos.
+
+--¿Por mí?
+
+--Sí por cierto; ¿no decís que la reina no ha comido de la perdiz?
+
+--Si hubiera comido... hubiera muerto como el paje.
+
+--Sí, sí, tenéis razón... hubiera muerto--dijo Cosme Aldaba.
+
+--¡Cómo! ¿pues no decía Cristóbal que los polvos con que estaba
+aderezada la perdiz eran un hechizo?
+
+--¡Bah! Cristóbal y vuestra mujer creen eso, pero yo no lo creí nunca.
+
+--¡Ah, Judas traidor! ¿conque tú sabías que era veneno?
+
+--Como vos sabéis que os llamáis Francisco; me lo había dicho don Juan
+de Guzmán, y... me había ofrecido tanto dinero...
+
+--¡Oh! ¡infame!
+
+--Para ganarlo necesitaba yo estar en las cocinas... vos me habíais
+despedido... era urgente el negocio... entonces fuí á ver á vuestra
+mujer, y la rogué, la supliqué... si vos hubiérais estado... os hubiera
+rogado también.
+
+--¡Infame!
+
+--Ello es que ya no tiene remedio lo hecho... busquemos la salida.
+Vuestra esposa me llevó inocentemente á las cocinas... yo aderecé la
+perdiz... pero en el momento que estuvo servida, me fuí á vuestro
+aposento y dije á vuestra mujer... «salváos...»; la dije que podíais ser
+preso... y en esto fuí hombre de bien, porque pudiendo salvarme solo,
+quise salvaros también.
+
+--Después de haberme perdido... ¡Dios mío! yo no sé cómo puedo mirarte á
+la cara, ¡miserable! ¡conque es decir que si su majestad come de la
+perdiz...!
+
+--¡Os ahorcan! y por eso yo avisé á vuestra mujer; como no estábais en
+la casa, vuestra mujer procuró salvarse, y salvar vuestro caudal...
+dejamos encargado á cierta persona que os avisara, pero sin duda no ha
+dado con vos.
+
+--¡Bueno he andado yo todo el día!
+
+--No culpéis, pues, ni á vuestra esposa, ni á vuestra hija, ni á su
+novio. Yo tengo la culpa de todo, señor Francisco, y yo os prometo que
+en saliendo de aquí no me veréis más, porque iré á meterme fraile.
+
+--¿Y crees tú que yo dejaré que tu crimen quede impune por mi parte?
+
+--¡Ah! ¡queréis dar parte á la justicia!
+
+--Es mi obligación; me lo manda mi conciencia.
+
+--Pues bueno; iremos juntos á la horca... todos á la horca... sin
+escapar siquiera ni vuestra mujer ni vuestra hija.
+
+Montiño lanzó un rugido de rabia, de dolor, de miedo.
+
+--Conque, ¿qué os parece?
+
+--¿Qué ha de parecerme--dijo Montiño después de algunos momentos de un
+silencio enérgicamente expresivo--, ¿qué ha de parecerme sino que estoy
+en poder de Satanás?
+
+--Pues bien; sí, es verdad--dijo Cristóbal Cuero--, pero Satanás os
+tiene tan bien agarrado, que no os soltará á tres tirones. En vos
+consiste recoger vuestro caudal, tener á vuestra mujer y á vuestra hija,
+ó que nos ahorquen á todos. Escoged.
+
+--¿Pero cómo puedo yo hacer...?--dijo Montiño en el colmo de la
+desesperación.
+
+--Decid que no tenéis queja alguna de vuestra esposa, de vuestra hija ni
+de nosotros.
+
+--Eso no puede ser.
+
+--Tened toda la queja que queráis, pero no lo digáis á nadie--dijo Cosme
+Aldaba.
+
+--¿Y os soltarán...?--dijo Montiño.
+
+--Indudablemente.
+
+--Pero yo me quedaré aquí.
+
+--¡Vos, marido mío!
+
+--Sí, sí por cierto; como que me acusan de haber dado muerte á vuestro
+amante.
+
+--Decid al sargento mayor don Juan de Guzmán, pero no digáis á mi
+amante--exclamó con altanería Luisa--; sobre todo, no deis mal ejemplo á
+vuestra hija diciendo delante de ella tales cosas.
+
+--¡Mi hija...! ¡tan perdida como vos!
+
+--¡Padre!--exclamó con su dulce voz la Inesilla--; es verdad que quiero
+á Cristóbal, pero le quiero para mi marido... y mirad, señor, que mi
+madre es una mujer honrada.
+
+--¡Hum!--dijo el cocinero mayor--. Pero eso no quita el que yo tenga
+encima un proceso.
+
+--¿Y sois vos en efecto quien ha matado al sargento mayor?--dijo Luisa,
+cuya voz estaba perfectamente serena.
+
+--Os diré... no lo puedo asegurar... no sé de fijo si le he matado ó
+no.
+
+--¿Que no lo sabéis? pues entonces ¿quién lo sabe?
+
+--¡Dios!
+
+--Pero explicáos.
+
+--Salía yo de una casa, pero como la hora era alta y la noche lóbrega y
+el barrio apartado, desnudé la daga... me previne... á los pocos pasos
+tropiezo, caigo, y me encuentro sobre un cuerpo humano, y con la
+justicia encima, que viéndome con la daga desnuda y sobre un difunto, me
+toma por un homicida, y me prende.
+
+--Decidme, señor Francisco--preguntó Cosme Aldaba--, ¿llevábais vos la
+daga de punta?
+
+--No me acuerdo--contestó con angustia Montiño.
+
+--Pero es muy posible que la lleváseis con la punta al frente.
+
+--Sí, que es muy posible.
+
+--Pudo ser muy bien, que entre lo obscuro tropezáseis con don Juan de
+Guzmán.
+
+--No me acuerdo, pero pudo ser.
+
+--Cayó don Juan, y vos sobre él... eso ha sido... un homicidio
+involuntario...
+
+--Dios que le llevaba á aquellas horas para su castigo, al infame; ¡pero
+Dios mío! ¡haberlo yo matado sin saberlo!...
+
+--Si os quejáis de vuestra mujer--dijo gravemente Cristóbal
+Cuero--tenéis que fundar la razón de vuestra queja; si la acusáis de
+amores con don Juan de Guzmán, os acusáis del homicidio.
+
+--¡Y es verdad!--exclamó en una nueva salida de tono Montiño.
+
+--Cuando por el contrario, si decís que vuestra mujer es honrada y
+buena, y que os satisfacen las razones por qué se salió de vuestra casa
+con vuestra hija y con vuestro dinero, nos salvamos todos.
+
+--¿Yo?... ¿cómo me salvo yo?
+
+--Recobrando vuestro dinero, que de otra manera no recobraríais, y
+entorpeciendo con él las ruedas del carro de la justicia, á fin de que
+eche por otro camino.
+
+--Pero... sepamos, sepámoslo todo: ¿cómo y dónde os han preso?
+
+--En el camino de las Pozas, cuando íbamos sobre cuatro jumentos en
+busca de un caserío donde pasar la noche.
+
+--Ibamos á Navalcarnero, esposo--dijo Luisa.
+
+--¿Y no os han dicho nada?
+
+--Nada más, sino que la justicia nos prendía.
+
+--Pues bien; el duque de Lerma os prendió, porque yo se lo pedí al duque
+de Lerma, y el duque os soltará, porque yo le pediré que os suelte. A
+seguida, tú, Cristóbal, irás á casa del señor Gabriel y me devolverás mi
+dinero.
+
+--En seguida.
+
+--¡Oh! ¡qué alegría, madre!--exclamó la Inesilla--; ¿ya no os harán
+nada?
+
+--Nada, hija mía.
+
+--¡Ni nos ahorcarán!
+
+--¿Quién piensa en la horca?
+
+--¡Eh! ¡callad! ¡callad por Dios!--dijo el cocinero--, que parece que se
+acerca gente.
+
+--En efecto, se oían pasos fuera del calabozo y en dirección á él.
+
+Todos se callaron y se acurrucaron cada cual en su sitio.
+
+Después de haber crujido tres llaves y tres cerrojos la puerta del
+calabozo se abrió, y un carcelero dijo desde ella:
+
+--Señor Francisco Martínez Montiño: salid.
+
+Confuso, sin atreverse á alegrarse, temeroso de una nueva desdicha, el
+cocinero mayor salió y siguió al carcelero.
+
+Se cerró de nuevo la puerta y se oyeron los tres cerrojos y las tres
+llaves.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXX
+
+EN QUE SE ENNEGRECE GRAVEMENTE EL CARÁCTER DEL TÍO MANOLILLO
+
+
+Cuando el duque de Lerma, de vuelta de la casa de doña Ana, llegó al
+postigo de la suya, se le atravesó un bulto embozado.
+
+--¡Hola!--le dijo aquel bulto--; detente y escucha.
+
+--¡Ah! ¡eres tú, bufón!--dijo el duque contrariado.
+
+--Soy tu amo--contestó el tío Manolillo.
+
+--¿Qué quieres?
+
+--Muy poca cosa: una orden tuya al alcaide de la cárcel de Villa, para
+que me deje hablar á solas, cuando yo quiera, con el cocinero mayor del
+rey.
+
+--¡Cómo? ¿Montiño está preso? ¿y por qué?
+
+--Por un homicidio.
+
+--¿Pero á quién ha muerto?
+
+--Al amante de su mujer.
+
+--¡Cómo! ¿no lo habías matado tú?
+
+--¡Ah! es verdad que sabes que yo he matado á ese infame. Pues bien,
+tengo suerte; la justicia, no sé por qué ni cómo, ha encontrado daga en
+mano y sobre el cadáver de Guzmán á Montiño; me quito un muerto de
+encima. Pero tengo mis proyectos; necesito hablar al cocinero de su
+majestad. Conque la orden.
+
+--Entra--dijo el duque, á quien como sabemos tenía sujeto el bufón.
+
+--No, te espero aquí; no quiero subir escaleras: bájame tú mismo la
+orden.
+
+Como ven nuestros lectores, para lo que habían sacado á Montiño del
+calabozo era para que hablase con el bufón.
+
+Paseábase éste en una de las habitaciones de la alcaidía.
+
+Había dejado la capa y el sombrero que estaban empapados en agua, y así,
+con los brazos cruzados, encorvado, meditabundo, con la cabeza sobre el
+pecho, tenía algo de terrible.
+
+El carcelero introdujo en la habitación á Montiño, y con arreglo á las
+órdenes que tenía, salió y cerró la puerta.
+
+--Venid acá, tío Francisco, venid acá--le dijo el bufón--; tenemos que
+hablar mucho y grave.
+
+--¡Ah, tío Manolillo! mucho y grave es lo que á mí me sucede--dijo
+compungido el cocinero mayor.
+
+--Sois el rigor de las desdichas, Montiño, y por vuestra torpeza y
+vuestra cobardía hacéis esas desdichas mayores; y esa horrible
+codicia...
+
+--Yo creía que veníais á otra cosa, tío Manolillo--dijo el cocinero--, y
+no á reñirme por desgracias que yo no he podido evitar.
+
+--En efecto--contestó el bufón--, vengo á sacaros de aquí.
+
+--¡A sacarme! ¡Ah! ¡Dios os bendiga, tío Manolillo! no esperaba tanto...
+pero vos sabéis que yo soy un hombre de bien, muy desgraciado, eso sí,
+pero que no he hecho mal á nadie.
+
+--¿Que no habéis hecho mal á nadie? Vos tenéis la culpa de lo que está
+sucediendo desde hace cuatro días: vos, torpe y miserable, vendido á
+todos, volviéndose á todos los vientos... vos, por quien ha venido á
+Madrid ese hombre fatal.
+
+--¿Qué hombre?
+
+--Don Juan Téllez Girón.
+
+--Pero yo no tengo la culpa; me le envió mi hermano Pedro...
+
+--¿Y por qué no le admitísteis en vuestra casa?...
+
+--¿En mi casa?...
+
+--Sí; si vuestro sobrino, es decir, si don Juan cuando os buscó os
+hubiera encontrado...
+
+--¿Pero tengo yo la culpa de no haber estado en mi casa cuando llegó á
+Madrid ese caballero?
+
+--Pero cuando os encontró, ¿por qué le dejásteis?...
+
+--¿Cómo llevarle, joven y buen mozo en compañía de mi mujer y de mi
+hija?
+
+--Que os han robado, y os han abandonado, y os han deshonrado...
+
+--No; no, señor; eso creía yo... pero mi mujer me ama, mi mujer es
+honrada, y mi hija...
+
+--Y si vuestra mujer es honrada, ¿por qué habéis matado al sargento
+mayor?
+
+--¡Yo! ¡que he matado yo á don Juan de Guzmán!
+
+--Pues si no le habéis matado, ¿por qué estáis preso?
+
+--Si le he matado--dijo el cocinero en una de sus frecuentes salidas de
+tono--, ha sido sin querer... os lo juro... llevaba yo la daga por
+delante... la noche era muy obscura...
+
+--¡Mentís!--dijo el bufón mirando profundamente al cocinero, cuyo
+semblante estaba desencajado--; ¡mentís tan descaradamente, como
+villanamente habéis muerto al sargento mayor!
+
+--Os lo juro que yo, ni aun siquiera sabía que podía encontrármele.
+
+--¡Mentís! vos sabíais demasiado que don Juan de Guzmán, á más de ser
+amante de vuestra mujer...
+
+--¡Ah! no, no, tío Manolillo; eso ha sido una equivocación.
+
+--Sabíais--insistió el bufón--, que á más de ser amante de vuestra
+mujer, lo era también de cierta dama buscona: de doña Ana de Acuña...
+
+--¡Ah! ¡no! ¡no!
+
+--Se os puede probar.
+
+--¿Que se me puede probar?
+
+--Sí, con el testimonio del duque de Lerma, y con el mío.
+
+--Y bien, aunque se me pruebe que yo sabía eso...
+
+--Habéis matado á don Juan de Guzmán junto al postigo de la casa de
+doña Ana; allí, junto al cadáver, hierro en mano, os ha encontrado la
+justicia. ¿A qué íbais por allí, señor Francisco Martínez Montiño?
+
+Pronunció de una manera tan fatídica estas palabras, que Montiño se
+aterró; aturdido, embrollado su pensamiento, llegó á creer lo que no
+había visto claro; esto es: que en efecto y por una terrible casualidad,
+hermana de las inauditas que le estaban abrumando desde que llegó á
+Madrid su sobrino postizo, había matado sin quererlo, sin sospecharlo
+siquiera, al amante de su mujer. Vió que todas las apariencias estaban
+en contra suya, y se echó á llorar.
+
+--Ha sido un asesinato meditado, llevado á cabo con una frialdad
+horrible--dijo el bufón--: á un asesino tal, se le ahorca...
+
+--¡Que me ahorcarán!... ¡Dios mío! ¡y no hay remedio!
+
+--La ley es rigurosa y expresa... y no era necesario que vuestro proceso
+estuviese en manos del terrible alcalde de casa y corte, Ruy Pérez
+Sarmiento, que se perece por ahorcar gente; cualquier otro alcalde, por
+bueno y por compasivo que fuese, os entregaría al verdugo.
+
+--¿Y habéis venido á decirme eso, cuando yo, ¡triste de mí! creía que
+veníais á salvarme?
+
+--Sois mezquino y cobarde, que si no lo fuérais, yo os salvaría.
+
+--¡Vos!
+
+--¡Yo!
+
+--¿Y podéis?
+
+--Puedo.
+
+--Os daré mi caudal.
+
+--Yo no quiero vuestro oro.
+
+--Pues ¿qué queréis? Vos queréis algo.
+
+--Quiero vuestra conciencia.
+
+--¡Mi conciencia!
+
+--Sí, quiero que matéis á la persona que una persona que yo os diré, os
+nombre.
+
+--¡Matar! yo no tengo valor para matar... yo no he matado á nadie.
+
+--Habéis matado hace dos horas...
+
+--Sin saberlo, sin quererlo, ¡Dios mío!
+
+--Lo que no impedirá que vayáis al patíbulo.
+
+--¡Dios mío! ¡Dios mío!
+
+--Ya que habéis matado un hombre, matad una mujer, y nada os
+acontecerá.
+
+--Pero ya os he dicho que no me atreveré nunca... ¡oh! ¡no! no tengo
+valor.
+
+--No será necesario que la hiráis.
+
+--No os entiendo.
+
+--Un cocinero puede matar...
+
+--¡Ah!
+
+--Con un guiso hecho por su propia mano...
+
+--¡Ah! pero... el veneno... yo no he pensado jamás en eso...
+
+--Buscad el veneno.
+
+Montiño se acordó entonces de que tenía en el bolsillo los polvos que le
+había dado envueltos en un papel el paje Cristóbal Cuero.
+
+--¡El veneno!--exclamó--¡un veneno que mata en cinco minutos! ¡como
+murió ayer el paje Gonzalo!...
+
+--Eso es...
+
+--No... y cien veces no...
+
+--Pues á la horca por asesino.
+
+--¡Dios mío! pero dejadme pensarlo.
+
+--Ni un momento.
+
+--Pues bien--dijo Montiño--, sobre vuestra conciencia caerá ese
+asesinato... no seré yo quien mate, sino vos... que me dáis á elegir
+entre mi muerte... una muerte horrible, y la muerte de otro.
+
+--En buen hora; yo cargo sobre mi conciencia con ese crimen.
+
+--Y si sabéis que es un crimen, ¿por qué le cometéis?
+
+--Señor Francisco, no hablemos más de esto; dentro de dos horas estaréis
+en libertad.
+
+--¿Absuelto de la acusación?... es muy justo.
+
+--No, absuelto no; se os pondrá en libertad bajo fianza, pero tendréis á
+Madrid por cárcel, y os guardaré yo; os juro que en el momento que
+queráis huir, os prendo.
+
+--¿Es decir, que me tenéis sujeto?...
+
+--Cuando me hayáis servido, el proceso se rasgará.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--exclamó trémulo, anonadado, el cocinero
+mayor--. ¡Tened compasión de mí!
+
+--Hasta mañana, que iré á veros á vuestra casa--dijo el bufón llamando á
+la puerta de la habitación en que se encontraban.
+
+Abrió el que hasta allí había llevado al cocinero mayor, y el bufón le
+dijo:
+
+--Dejad aquí á ese hombre; no le bajéis al encierro; dentro de poco
+saldrá de la cárcel con fianza. Adiós.
+
+El bufón desapareció.
+
+El carcelero cerró la puerta.
+
+Montiño, inmóvil, con los escasos cabellos erizados de horror, se quedó
+en el sitio donde le había dejado el bufón, murmurando:
+
+--¡Desdichado de mí! para librarme del castigo de ese crimen que no he
+cometido, me veo obligado á cometer un crimen horroroso. ¿Y quién será
+esa persona que quieren que mate yo?
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXI
+
+DE CÓMO QUEVEDO DEJÓ DE SER PRESO POR LA JUSTICIA PARA SER PRESO POR EL
+AMOR
+
+
+Iba Quevedo en la litera y á obscuras, aunque sin ir en la litera á
+obscuras hubiera también ido por lo tenebroso de la noche, y luchando
+con un millón de conjeturas, á ninguna de las cuales encontraba una
+explicación razonable.
+
+Esto sucedía al principio de la noche.
+
+La litera, según podía juzgar Quevedo por el silencio que le rodeaba,
+sólo interrumpido de tiempo en tiempo por lejanos ladridos de perros
+campestres y por lo sordo de los pasos de las cabalgaduras de sus
+guardianes, adelantaba por un camino.
+
+Oíase además el lento, monótono y acompasado rumor de aquella lluvia
+tenaz que no había cesado durante cuatro días.
+
+La soledad y el silencio, turbado sólo por estos ruidos melancólicos,
+influyen de una manera poderosa sobre el pensamiento, le concentran, le
+entristecen, le dan un giro especial en armonía con las impresiones
+externas.
+
+Quevedo meditaba lentamente.
+
+Sentía en su cerebro el embrión de algo cuyas formas no podía
+determinar, embrión que con su misterio le traía cuidadoso, y más que
+cuidadoso, cobarde.
+
+Pasó muy bien una hora sin que sobreviniese ningún incidente, pero de
+improviso sonó muy cerca un arcabuzazo, y tras éste un grito de dolor, y
+tras el grito un golpe sordo como el de un cuerpo humano que hubiese
+caído desplomado desde un caballo á tierra.
+
+La litera se detuvo.
+
+Sonaron otros dos tiros, y otros dos gritos, y otras dos caídas y
+algunas voces confusas.
+
+--Pues esto es peor, mucho peor--dijo Quevedo--; paréceme que en esto
+andan mis enemigos y que perderme quieren; achacaránme resistencia á la
+justicia, embrollaránme el proceso y bien podrá ser que algo más que
+negro me sobrevenga. España está en manos de bandidos; en nada se
+repara; artes del diablo se ponen en uso y lo mismo se derrama la sangre
+de los hombres para cualquier enredo villano, que agua de lavadero.
+Malhayan de Dios los reyes tontos, que dan ocasión á la soberbia y á la
+codicia de los pícaros. ¿Pero quiénes serán éstos? Paréceme que andan en
+litera.
+
+En efecto, sonaba una llave en la portezuela.
+
+Esta se abrió.
+
+La luz de una linterna penetró en el interior.
+
+Quevedo miró profundamente al bulto que estaba pegado al brazo que tenía
+la linterna.
+
+Pero nada vió más que el bulto.
+
+--¡Ah! ¡vive Dios!--exclamó una voz ronca--. Por bien empleado doy el
+trabajo que me ha costado encontrar la llave en la ropilla de uno de
+esos alguaciles, á quien el diablo hospeda sin duda en estos momentos en
+la mejor cámara del infierno.
+
+--¡Ah! ¡voto á!... ¿eres tú, Juan de Francisco?--dijo Quevedo
+reconociéndole por la voz.
+
+--Humilde criado de vuesa merced--contestó el matón.
+
+--Pues si mi criado te confiesas, mándote que te entres, que lugar hay
+en este calabozo andante, y que me expliques...
+
+--Con mil amores, don Francisco; pero esperad, voy á dar á mis bravos
+muchachos la orden de que nos volvamos á Madrid.
+
+--¿Conque á Madrid nos volvemos?
+
+--De orden superior.
+
+--Como quien dice, de orden de su majestad el dinero.
+
+--¿Pues á quien otro obedezco yo?
+
+--Despacha, hijo, y ven y entendámonos.
+
+Francisco de Juara se separó de la litera y dió algunas órdenes en voz
+baja y rápida.
+
+Luego, á obscuras, entró en la litera, se sentó á tientas al lado de
+Quevedo, cerró la portezuela é inmediatamente ésta se puso en marcha.
+
+--¿Quién ha armado todo esto?--dijo Quevedo.
+
+--Una mujer que os ama.
+
+--¡Ah! por mis pecados, condesa de Lemos--dijo Quevedo--, que no sabía
+yo que tan valiente érais.
+
+--Las mujeres son diablos, don Francisco--repuso Juara.
+
+--Y aun archidiablos; una perdió al mundo y sus nietas siguen
+perdiéndole; aconsejadas siguen por el diablo. ¡Audacia como ella! Pero
+cuenta, hijo, cuenta; así entretendremos el tiempo. ¿Cómo te me he
+venido yo á las manos? ¡Lance más donoso!
+
+--Esta mañana--dijo Juara--, en la hora en que fuí á comer mi olla,
+encontréme con un criado de la condesa de Lemos, antiguo amigo y
+compañero mío. Este tal me dijo sin rodeos: traigo para ti treinta
+doblones.
+
+--Pues quiera Dios que yo los pueda tomar, que harto bien me
+vienen--repliqué--, y los doblones no llueven así como se quiera; ¿de
+qué se trata?
+
+--De un empeño bravo--me contestó mi amigo--; esta noche al obscurecer,
+irás á ponerte en el lugar que mejor te parezca del camino de Segovia;
+no tardará mucho en pasar una litera resguardada por cuatro alguaciles á
+caballo: quitas á esos alguaciles el preso que irá en la litera, y vente
+con él por el portillo de la Campanilla.
+
+Como vuesa merced conoce, don Francisco, todo era negocio de ir á
+galeras; yo las conozco ya y ellas me conocen, y no era cosa, por temor
+de volver á _gurapas_, de despreciar treinta buenos de los de á ocho, de
+presente, y otros treinta de añadidura, una vez cumplido el empeño.
+
+--¿Por supuesto, que tu compadre te daría alguna luz?--dijo Quevedo.
+
+--Diómela sin quererlo, haciéndome él el encargo; porque habéis de
+saber, don Francisco, que como os he dicho, yo sabía que es criado de la
+condesa de Lemos.
+
+--¡Ta! ¡ta! ¿y qué sabías tú?...
+
+--Olía de una legua el encargo á faldas... yo soy muy práctico en estos
+negocios... lo que no pude adivinar, fué que vos fuéseis el galán que
+había de robar á la justicia. ¡Suerte tenéis!...
+
+--¡Como mía!
+
+--¿Os quejáis aún? preso os llevan, y una mujer os salva, tan hermosa
+como la condesa. Otro en vuestro lugar, vería el cielo abierto.
+
+--Veríale yo, si la litera abrieses, y en Madrid pudiese encerrarme y
+perderme; que si tal hicieras, doble habías de ganar de lo que has
+ganado.
+
+--No hablemos de eso una palabra, porque no me conviene serviros de ese
+modo... temo á la condesa más que á una daga huída, y por nada del mundo
+me atrevería á ponerme en su desgracia. Pero otros medios hay, don
+Francisco, y en dejándoos yo en poder de quien me paga, os serviré de
+balde.
+
+--¿Y de qué modo?
+
+--Haciendo que la condesa os suelte.
+
+--Antes soltará un ala de las entrañas; empeñada y resentida anda
+conmigo, y mucho será que no tengamos encierro, duende y comedia para
+rato... y cada minuto me parece ahora una eternidad; anímate, hijo, y
+cuenta por tuya una razonable cantidad de los de á ocho y una bandera en
+los tercios de Italia.
+
+--Os cojo la palabra.
+
+--Entonces, si quieres cogerme, suéltame.
+
+--Os soltaré, ¡vive Dios!
+
+--Pues avisa que paren en llegando á las tapias de la villa.
+
+--No me habéis entendido... yo por mí no puedo soltaros; pero haré que
+otros os suelten.
+
+--El siglo que viene.
+
+--Quizá dentro de pocas horas.
+
+--Explícate.
+
+--Suceden en la corte cosas, que el diablo que las entienda; entre
+ellas, me lo ha dicho el criado de la condesa, sucede que el duque de
+Lerma ha hecho al rey que levante el destierro al conde de Lemos.
+
+--¿Es decir, que tendremos aquí á don Fernando de Castro dentro de un
+mes?
+
+--¡Quia! el conde de Lemos estaba en Alcalá; por la mañana, antes del
+alba, salía de allí, y por trochas y sendas llegaba hasta mediar el
+camino de Madrid; yo he ido á llevarle muchas veces cartas de don
+Baltasar de Zúñiga y del secretario Céspedes, y de otros varios; el
+conde esperaba que de un momento á otro le levantasen el destierro; por
+la tarde se volvía, y ya de noche entraba otra vez en Alcalá. Hace un
+mes que está sucediendo esto. Por lo mismo, apostaría cualquier hacienda
+á que el conde está en Madrid y en su casa á estas horas.
+
+--Pues eso es peor, mucho peor. Guardaráme más profundo la condesa.
+
+--Ya encontraremos hurón que llegue hasta lo último de la madriguera.
+
+--Paréceme que me engañas, Juara.
+
+--No por cierto, don Francisco, porque os temo; aún tengo sobre mí los
+cardenales de los cintarazos que me apretásteis la noche pasada, y sé
+que conviene estar bien con vos, porque yo tengo para mí que aunque os
+metieran en una botella y taparan con pez encima, habíais de escaparos.
+Os serviré, pues, de miedo; pero como me parece que marchamos ya sobre
+el puente de Segovia, que empedrado suena bajo el peso de las
+cabalgaduras, dejadme salir, don Francisco, y confiad en mí, y haced lo
+que podáis, que yo no he de dejar de ayudaros.
+
+El matón hizo parar la litera, salió de ella, y cerró de nuevo con
+llave.
+
+--Paréceme--dijo Quevedo--, que este tunante quiere vengarse de la
+paliza que le apliqué hace cuatro noches; pues días pasan y días vienen,
+y los tiempos andan, y alguna vez nos encontraremos, racimo de horca. ¡Y
+pensar que don Juan está abandonado á sí mismo y acaso preso! ¡Válgame
+Dios! ¿y con qué cara me presento yo, si acontece al muchacho una
+desgracia, á don Pedro Girón?
+
+--¡Alto allá!--dijo de repente una voz robusta en el camino.
+
+Dejó Quevedo de pensar para poner su atención en lo que pasaba fuera, y
+oyó que algunos hombres hablaban amigablemente.
+
+--Ha llegado, por lo que veo--dijo Quevedo--, la hora de la entrega, y
+pronto llegará la de la presentación. Si ese Juara no me engañase... si
+ese Juara me sirviese... y estoy más indefenso que un ratón cogido en
+trampa.
+
+Abrióse la litera.
+
+Un bulto se acercó á ella.
+
+--Salid, caballero--dijo á Quevedo.
+
+Este no conoció la voz del que le había hablado, pero salió.
+
+--Asíos de mi brazo, que la noche está lóbrega--dijo aquel hombre--y
+sois torpe de pies.
+
+--Y de cabeza, lo que no creía, y me ha hecho creer el verme perdido en
+estos enredos--dijo don Francisco asiéndose al brazo de quien le había
+hablado--; ¿y á dónde vamos, amigo? Alegraríame que fuese cerca, porque
+llueve que cala y ciegos andamos.
+
+--¿No oís?
+
+--Campanillas.
+
+--De mulas de coche.
+
+--Muy ruidoso me hacéis.
+
+--No hay por qué taparse.
+
+--Alégrome.
+
+--Pero ya llegamos. ¡Eh, Andresillo, la meseta á este caballero para que
+suba!
+
+--No veo--dijo Quevedo.
+
+--Guiaréos yo; delante tenéis la meseta.
+
+Quevedo levantó el pie y le puso sobre una pequeña mesa, que entonces y
+mucho después servía de estribo á los empinadísimos coches de nuestros
+abuelos.
+
+Al ir á entrar Quevedo por la portezuela se sintió asido, y escuchó un
+suspiro, y al mismo tiempo aspiró un delicado olor á dama (porque en
+todos los tiempos las damas se han dejado conocer á obscuras), lo que
+hizo pensar á Quevedo lo siguiente:
+
+--La tragicomedia empieza... ella es... por el olor la saco; veamos de
+qué modo puedo engañarla, aunque no me parece fácil; ello dirá.
+
+Y se entró en el coche.
+
+--Pues no, este coche no es suyo--dijo Quevedo palpando la badana usada
+de los asientos--. Cállome y veamos.
+
+Pero la mujer que en el coche estaba no habló.
+
+El coche se puso en movimiento; sonaron las campanillas de las mulas,
+rechinaron los ejes y empezó á crujir toda aquella vieja armazón.
+
+Quevedo adelantó las manos y tropezó con la mujer.
+
+Esta le rechazó.
+
+--Tormenta se prepara--dijo Quevedo para sí--, pues retirémonos y
+estémonos quedos para que más pronto descargue.
+
+La dama continuó callando.
+
+Sólo de tiempo en tiempo dejaba oír un suspiro mal contenido.
+
+--Esos son los relámpagos--continuó diciendo para sí Quevedo.
+
+Al cabo de algún tiempo la mujer hizo un movimiento de impaciencia.
+
+--Encima lo tenemos--murmuró Quevedo.
+
+--¿Sabéis, caballero--dijo al fin la dama--, que sois el traidor peor
+nacido que conozco?
+
+--Ya lo sabía yo--dijo Quevedo.
+
+--Pues yo quisiera haberlo sabido antes de... antes de haberme olvidado
+por vos de lo que soy--dijo la condesa de Lemos.
+
+--He dicho que ya sabía yo que no habíais de estaros callada mucho
+tiempo, doña Catalina.
+
+--¿Y es posible que yo guarde silencio cuando tengo tanto que echaros en
+cara?
+
+--Más valiera que á la cara no me hubiérais echado vuestra hermosura y
+al alma vuestro amor, que tan caros me han salido.
+
+--¡Qué mentir tan villano! ¿Hermosa llamáis á quien habéis despreciado?
+¿Llamáis amor á una burla infame? ¡Y después de haberme ofendido de una
+manera tan odiosa, os burláis aún! ¡He hecho bien en castigaros!
+
+--Ved que castigándome os castigáis.
+
+--¡Yo!
+
+--Si no me amárais, ¿hubiérais hecho lo que hacéis?
+
+--¡Qué necios y qué vanos son los hombres! Porque han tenido á una mujer
+rendida creen que esta mujer no puede recobrar su dignidad al
+conocerlos, aborrecerlos, procurar vengarse de ellos...
+
+--¡Ay, Catalina de mis ojos! ¡Suspiras muy profundo para que yo te crea!
+
+--Respetadme, caballero--dijo la condesa--, y no veáis en mí más que una
+mujer que todo lo ha perdido por vos en un momento de locura y os
+castiga.
+
+--Si culpa hay entre nosotros, no sé quién está más castigado: si tú,
+Catalina mía, viéndote obligada á prenderme por amor, ó yo, por amor,
+viéndome obligado á huir de ti.
+
+--Os aseguro que no huiréis.
+
+--Entonces seremos los dos felices.
+
+--No os entiendo.
+
+--Si me prendes serás mi carcelera, porque no te fiarás de nadie; y si
+eres mi carcelera, teniéndote al lado tengo contigo un cielo. ¡Que no se
+muriera el conde de Lemos!
+
+--Me estáis destrozando el corazón.
+
+--Ya sabía yo que la tormenta acabaría en lluvia--dijo para sí
+Quevedo--. ¿Lloras, alma mía?
+
+--¡Lloro mi desdicha, mi desesperación! ¡Me pesa de haber nacido!
+
+--¡Catalina de mi alma!
+
+--¡Oh, cuánto, cuánto os amo aunque no lo merecéis!--dijo la condesa.
+
+--No os amo yo menos.
+
+--Eso es mentira.
+
+--Sabe Dios que si alguna mujer me ha lastimado el corazón, has sido tú;
+que si en algún vaso puro he calmado la sed de mis labios, ha sido en tu
+boca; que si alguna luz ha iluminado mi alma, ha sido la luz de tus
+ojos; que si en alguna parte ha descansado mi cabeza quemada por el
+desprecio y el cansancio de todo, ha sido en tu seno. No miento,
+Catalina, no miento; yo te amo, yo te adoro, yo te venero... ¡Dios lo
+sabe!
+
+Y Quevedo no mentía.
+
+Amaba con toda su alma á la condesa.
+
+--Pero amaba más á su ambición.
+
+Su ambición estaba personificada en el duque de Osuna, y Quevedo servía
+al duque en cuerpo y alma.
+
+Importaba, por lo tanto, demasiado á Quevedo, salvar de los peligros que
+le amenazaban á aquel hijo natural del duque, por el que únicamente
+había ido á la corte.
+
+Pensando en esto, y para tener una ayuda, un medio, había sido audaz con
+la condesa de Lemos, y cuando la condesa de Lemos se convirtió para él
+en un inconveniente, la abandonó, abandonando su amor; la lastimó
+lastimándose á sí mismo.
+
+Se veía cogido por una mujer justamente ofendida y enamorada, y no sabía
+cómo escapar de sus manos.
+
+Apeló, pues, á la fascinación del amor.
+
+Pero la condesa estaba ya escarmentada; no le creía, y el asunto iba
+haciéndose negro para Quevedo.
+
+Todo su ingenio se estrellaba contra el recelo de la condesa.
+
+--Sí, sí, mentid cuanto queráis--le dijo doña Catalina--; pero esta vez
+me convierto para vos en un tirano. Necesito vengarme, satisfacerme,
+haceros sufrir tanto como vos me habéis hecho sufrir á mí; al menos
+tendré el consuelo de que no me hayáis burlado de balde, vos que estáis
+acostumbrado á burlaros á mansalva de todo el mundo.
+
+--Porque zaherí á vuestro padre en un romance, escrito por mi
+desesperación y por mis celos, cuando os vi casada con don Fernando de
+Castro, hanme tenido dos años preso entre frailes; porque recobro la
+razón y tengo valor bastante para apartarme de vuestros brazos, dejando
+en ellos mi vida y mi ventura, me prendéis vos. No de balde me burlo,
+sino que bien de veras pago el no tener el corazón de corcho, que si yo
+no os amara tanto, no me acontecería esto.
+
+--Pues bien... suframos los dos: yo, el teneros contra vuestra voluntad;
+vos, en verme, cuando no quisiérais, á vuestro lado. Y como hemos
+hablado todo lo que teníamos que hablar, y como yo estoy contenta todo
+cuanto puedo porque os castigo, no hablemos más, que si más hablamos no
+haremos más que ofendernos.
+
+--Os voy á dar un consejo.
+
+--¿Cuál?
+
+--Que dejéis para más tarde vuestra venganza, ó que os venguéis de otro.
+
+--No os comprendo.
+
+--Han levantado el destierro á vuestro marido.
+
+Guardó la condesa un silencio de espanto.
+
+--¡Cómo!--dijo--; ¿el conde de Lemos vuelve á la corte? ¡pues bien, me
+alegro, vuelve á tiempo, como que sólo hace cuatro días que vos habéis
+venido!
+
+--Oidme, por Dios, que importa; vuestro marido, si os obstináis en
+retenerme, acabará por saber que yo... y que vos... que estoy en
+vuestras manos. Aunque el conde de Lemos no os ama, porque los necios no
+aman á nadie más que á sí mismos, tiene orgullo; y como el que seáis vos
+mi amante sólo le da deshonra á secas, es natural que la tome por alto;
+por embargarme os habéis valido de gentes en las cuales un secreto no
+está más seguro que un doblón en medio de la calle... Sabrán...
+
+--Que se sepa.
+
+--¿Pero estáis loca?
+
+--Si lo estoy, mi locura no tiene remedio.
+
+--Oíd, prenda de mi alma. Ya que os decidís á todo, unámonos. Me importa
+poco si á vos os importa menos; podrá ser cuando más asunto de
+estocadas, y yo no soy miserable de ellas. En vez de tapujos y
+encierros, entraréme yo á la luz del sol en vuestra casa... y así os
+habréis vengado de don Fernando de Castro, que os ofendió casándose con
+vos.
+
+--Eso quería yo hacer, y vos no quisísteis.
+
+--Temí por vos.
+
+--Y hoy por vos tenéis miedo.
+
+--Os ruego que lo penséis.
+
+--Lo tengo pensado.
+
+--¿Conque soy vuestro prisionero?
+
+--Prisionero por amor.
+
+--Sois, pues, mi Carlos V.
+
+--Y vos, mi Francisco I; por lo mismo temo firmar con vos las paces, no
+sea que vos me engañéis, como Francisco I engañó á Carlos V.
+
+--¡Entendida sois en historia!
+
+--Por mi desdicha; quisiera ignorarlo todo.
+
+--Me dais miedo.
+
+--¡Ah! ¡por fin!
+
+--Mientras una mujer injuria ó llora ó se desespera, aún hay esperanzas
+de dominarla; pero cuando, como vos, acaba por hablar á sangre fría, y
+casi ríe...
+
+--Entonces está resuelta... decís bien: y mi resolución es invariable.
+
+--Pues bien, doña Catalina, os juro que os salvaré de vuestra propia
+locura, antes de algunas horas.
+
+--¿Y cómo?
+
+--Escapándome.
+
+--Os juro que no os escaparéis.
+
+--Lo veremos.
+
+--¿Y cómo haréis para escaparos? yo os guardaré por mí misma; viviré con
+vos, comeré con vos... ni de día ni de noche me separaré de vos.
+
+--Me escaparé.
+
+--Queréis asustarme, pero no lo conseguís. Si vos sois valiente y
+resuelto, yo no lo soy menos.
+
+--Ello dirá.
+
+--Pues va á decirlo pronto. El coche se para. Hemos llegado.
+
+--¿Y á dónde hemos llegado?
+
+--No quiero ocultároslo. A mi casa de campo del río.
+
+--Creo que esta casa es del conde mi señor, y que la pintó y la amuebló
+para vuestras bodas.
+
+--Así es.
+
+--¿Y aquí queréis tenerme?
+
+--¿Y por qué no?
+
+--Ocurrencia del diablo es.
+
+--Dejadme bajar, que abren la portezuela.
+
+--¿En galán os tornáis, y en dama me convertís?--dijo Quevedo.
+
+--Sí por cierto; dadme la mano para bajar.
+
+--Os la diera mejor para subir.
+
+--Ya subiremos.
+
+--Y aún llueve--dijo Quevedo.
+
+--Y hace obscuro; por lo mismo os guío.
+
+--¿Y las gentes que os acompañan?
+
+--Se han ido.
+
+--Misteriosa aventura.
+
+--Y más misteriosa la felicidad que más allá de esta puerta me aguarda.
+
+--Y la condesa abrió con llave el postigo de una cerca.
+
+--Entrad--dijo.
+
+Quevedo entró.
+
+La condesa sintió que otra persona cerraba el postigo.
+
+--Pero doña Catalina, corazón mío, ¿estáis en vos? Enterado habéis de
+este lance á medio mundo.
+
+--¿Y qué se me da? No soy yo mujer á quien mate su marido, ni el conde
+de Lemos, un marido que mate á una mujer tal como yo; ni aun se
+divorciará, porque divorciándose perderá la administración de mis
+bienes. Por lo demás, me importa todo un bledo. Dirán: la condesa de
+Lemos es querida de Quevedo; y bien, vos me habéis enseñado á despreciar
+al mundo.
+
+--Ya no llueve--dijo Quevedo.
+
+--Como que estamos bajo techado--contestó doña Catalina--; ahora vamos á
+subir... y yo os doy la mano.
+
+--No hablaba yo de esta subida.
+
+--Pues mirad, yo estoy muy contenta.
+
+--No veo el motivo.
+
+--Os tengo.
+
+--¡Pero si decís que no os amo!
+
+--No me amáis todo lo que yo quisiera... pero me amáis... sí; me
+amáis... y yo os haré tanto... yo seré para vos tanto...
+
+--¿Qué seréis para mí?
+
+--El camino de los honores, del mando, del trono.
+
+--¡Eh! ¿qué decís del trono, señora?--dijo Quevedo con un acento tan
+singular como nadie hasta entonces había oído en él.
+
+--Digo, que sin haceros rey, os pondré sobre el rey, y como el rey está
+en el trono...
+
+--¿Sabéis que esta escalera se parece á la subida de la montaña aquella
+á cuya cumbre llevó el diablo á Cristo?--dijo con un doloroso sarcasmo
+Quevedo.
+
+--Muchas gracias, señor mío, por la galantería. Pero estáis irritado, y
+con razón, y es menester perdonároslo todo. Entrad.
+
+Y tiró de Quevedo, que se encontró de repente en un magnífico salón
+completamente iluminado, y con una mesa servida.
+
+Doña Catalina cerró la puerta por donde habían entrado, se aseguró por
+sí misma de que las otras puertas estaban cerradas también, y luego
+arrojó el manto, y apareció deslumbrantemente vestida.
+
+--He aquí--dijo Quevedo--, que el sol sale á la media noche.
+
+--Os he traído á mi cámara de bodas, y para ello me he vestido el mismo
+traje de mis bodas.
+
+Y luego, sentándose en un sillón y señalando otro á Quevedo, le dijo con
+la mirada llena de amor, de embriaguez, de encantos:
+
+--¡Cenemos!
+
+--¡Oh! ¡qué feliz podía yo ser!--murmuró Quevedo.
+
+Y luego, sentándose resueltamente, dijo con una voz que espantaba por su
+sarcasmo, por su desesperación, por su amargura, y con la mirada
+ardiente y fija en los ojos de doña Catalina:
+
+--Cenemos.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXII
+
+DE CÓMO EL DUQUE DE LERMA ENCONTRÓ Á TIEMPO UN AMIGO
+
+
+Amaneció el día siguiente.
+
+Y seguía lloviendo, y nublado y sin señales de mejor tiempo. Estaba en
+su despacho el duque de Lerma, y su secretario Santos escribía á más y
+mejor lo que el duque le dictaba.
+
+Se notaban en el semblante del duque señales de insomnio.
+
+Lo que demostraba que había pasado muy mala noche.
+
+Como que volvían á la corte todos sus enemigos, y podían hacerle la
+guerra y derrocarle, sin que él pudiera defenderse, atado como estaba
+por los terribles secretos suyos que poseía el bufón.
+
+En lo que se ocupaba el duque, era en escribir á sus parciales de las
+provincias, á fin de que le hiciesen un partido entre la gente que
+alborota y que ha existido en todos tiempos bajo todas las formas de
+gobierno, á fin de que escribieran cartas honrosas para él, esto es, una
+especie de opinión pública ficticia, que debía figurar ante los ojos
+del rey como la opinión pública del reino.
+
+Para esto se ofrecía á comunidades de frailes, cosas que el duque había
+resistido; á los ayuntamientos, arbitrios; á los labradores, tolerancia
+en el pago de los tributos; á las corporaciones de todo género, nuevos
+privilegios; á éste y al otro señor, amenazado por desafueros, hacer la
+vista gorda, como suele decirse, y á las audiencias, desestimar las
+numerosas quejas de injusticias, cohechos y violencias que pendían por
+ante el rey.
+
+Claro es que todo esto venía á gravar en último punto sobre la gran masa
+del reino, sobre el pobre, sobre el débil, sobre el querelloso; pero
+importaba poco: era necesario que el rey recibiese de todas partes
+plácemes por el buen gobierno del duque de Lerma.
+
+Desde el amanecer estaban trabajando en esto el duque y su secretario.
+
+Santos, á pesar de que hacía frío, sudaba la gota gorda.
+
+El duque estaba fatigado.
+
+--No puedo más, señor--dijo Santos--; de tanto escribir, se me ha puesto
+el brazo tan frío y tan pesado como si fuera de plomo.
+
+--Urge, urge, Pelegrín; ya sabes que mi sobrino no ha perdido el tiempo,
+y que ya está en Madrid; viene irritado contra mí y no perdonará medio;
+además, se encontrará al duque de Uceda apoderado del príncipe de
+Asturias, y empezará de nuevo entre ellos la guerra, que vendrá á
+herirme de rechazo.
+
+--Yo aconsejaría á vuecencia que tomase un partido mucho más prudente,
+que el de lograr por medio de estas cartas que se corten las quejas que
+vienen de todas partes--dijo Santos estirándose el brazo derecho y
+frotándoselo con la mano izquierda.
+
+--¿Y qué partido es ese, Pelegrín?
+
+--¡Hum! vuecencia está muy comprometido.
+
+--Sí, es cierto; pero todo lo que puede suceder será perder la gracia
+del rey.
+
+--Perdonad, señor, de antemano, lo que voy á decir á vuecencia, porque
+mi lealtad no me permite guardar por más tiempo silencio.
+
+--¡Crees tú!...
+
+--Creo que puede sucederos peor que perder la gracia del rey.
+
+--¿Peor?
+
+--Podéis ser procesado.
+
+--¡Procesado!--exclamó con orgullo el duque.
+
+--Porque podéis ser calumniado; esta gente enemiga vuestra, os teme,
+sabe que el rey está acostumbrado á vos, y como en el rey no hay nada
+más poderoso que la costumbre, como es indolente y enemigo de luchas y
+de mudanzas y sobre todo irresoluto y débil, usarán contra vuecencia de
+armas infames; se han cometido en la corte grandes desaciertos; vuestro
+secretario don Rodrigo Calderón ha usado y abusado de vuestro nombre y
+no se ha detenido en nada; se ha pretendido primero deshonrar á la
+reina, después envenenarla...
+
+--¡Cómo!
+
+--Hay quien lo sabe, y quien lo murmura... lo que hoy es un rumor sordo,
+será mañana un estruendo, y un estruendo tal, que no podrá menos de
+oírlo el rey... ¡si para entonces estáis desprevenido!...
+
+--Pero yo no he pensado... yo no he hecho...
+
+--En la corte es muy fácil hacer caer sobre una persona los delitos de
+otra; Calderón ha sido vuestro favorito y aún lo es, al menos para todo
+el mundo, que ve que en vuestra casa le tenéis, que en vuestra casa le
+curáis. Calderón es presuntuoso, soberbio, tiene mucho ingenio, vale
+mucho, conoce la corte, y en cuanto pueda se abrirá paso, obligándoos á
+que vos le facilitéis el camino, porque os tiene sujeto...
+
+--¡Pelegrín!
+
+--Enojáos cuanto queráis conmigo, señor; pero no oiga vuecencia á
+Pelegrín Santos, pobre hidalgo que os debe cuanto es, sino á la voz
+severa de la verdad; sucédame cuanto quiera, aunque vuecencia irritado
+conmigo me haga pagar cara mi lealtad, no puedo callar por más tiempo.
+Porque se hace necesario prevenir el mal, necesario de todo punto; no se
+puede perder un minuto.
+
+--Sigue, sigue, Pelegrín.
+
+--Como os decía, aunque sabéis que don Rodrigo os ha hecho traición, no
+podéis deshaceros de él; como no podéis deshaceros ahora de Uceda, de
+Lemos, de Olivares, de Sástago, de tantos y tantos á quien vuecencia
+estorba; os veréis obligado á servir de escala á Calderón, que partirá
+con vos la ganancia, porque os necesitará siempre, pero que os
+comprometerá; porque Calderón, soberbio y ciego y codicioso, hará tales
+cosas, que él mismo se hundirá... y al hundirse, os hundirá con él.
+
+--¿Pero qué puede suceder?...
+
+--Yo veo á Calderón marchar de frente hacia el cadalso, sin verle,
+confundiéndole con el trono.
+
+--¡Ah!
+
+--Dejad que suba solo al cadalso... cubríos...
+
+--¡Cómo! ¡Pelegrín! ¡crees...!
+
+--Lo creo posible todo. Si fuera tiempo, os diría: retiráos de la
+corte... pero ya no es tiempo, señor; estáis en el mismo caso que aquel
+que, subiendo unas escaleras, va dejando caer los escalones; no tiene
+más remedio que seguir subiendo, ó caer desde una inmensa altura á una
+muerte cierta; no podéis retroceder.
+
+--Y entonces... ¿qué hago?
+
+--Roma insiste sobre el asunto de las preces...
+
+--Pero no puedo complacer á Roma sin rebajar la dignidad del rey.
+
+--Es un recurso desesperado. Complaced al papa, á cambio de otra
+complacencia del papa.
+
+--Explícate mejor.
+
+--Pedid á Roma el capelo.
+
+--¡Ah!--exclamó el duque de Lerma, abandonando su sillón y yendo á
+abrazar á Santos--; sí, sí, tú eres mi amigo; tú eres la única persona
+leal con que cuento; ¡el capelo! ¡y no se me había ocurrido! ¡y sin
+embargo, tengo el alma llena de una inquietud vaga, del temor de verme
+envuelto en las traiciones infames, en los delitos de los que me rodean!
+¡el capelo! ¡gracias, Pelegrín, gracias! El duque de Lerma puede ser
+juzgado y condenado por el rey. ¡El cardenal, duque de Lerma, sólo puede
+ser juzgado y sentenciado por Roma! ¡Roma! yo haré que Roma esté tan
+contenta de mí, que me crea ser su mejor hijo. Escribe, escribe,
+Santos...
+
+--¿A Roma?
+
+--¡A Roma!
+
+--No es asunto para escrito... es necesario que vaya una persona de toda
+la confianza de vuecencia.
+
+--¡Y quién mejor que tú! ¡tú que acabas de darme una prueba inapreciable
+de tu amor y de tu lealtad hacia mí!
+
+--¡Partiré!
+
+--Al momento.
+
+--Esperemos...
+
+--¿Que esperemos, y dices que es de todo punto necesario?...
+
+--Esperemos á mañana.
+
+--Preconíceme Roma y nada temo.
+
+--Nada de preconizaciones: basta con que en un momento dado, autorizado
+por el papa, podáis vestiros la púrpura; sed en buen hora cardenal, pero
+no lo digáis á nadie... no mostréis miedo...
+
+--¡Ah! ¡Pelegrín! ¡yo no te conocía!
+
+--Como no habéis conocido á los traidores hasta que ha sido de todo
+punto imposible que no los conozcáis, no habéis conocido á los leales
+hasta que los leales se han visto obligados por amor vuestro á darse á
+conocer.
+
+--¡El capelo! ¡el capelo!--exclamaba el duque de Lerma paseándose á
+largos pasos por su despacho--. ¡Y que no se me haya ocurrido! ¡el
+capelo! ¡hijo de Roma! ¡la Iglesia puesta entre el poder temporal y yo!
+¡qué quieres, Pelegrín!
+
+--Seguir siendo vuestro secretario.
+
+--¿Y nada más?
+
+--Nada más. Pero para que siga siendo vuestro secretario, es necesario
+que no me deis muchos días como hoy.
+
+--Vete, vete á descansar, y... está dispuesto.
+
+Santos se inclinó y salió.
+
+El duque de Lerma estaba contento; había encontrado al fin la difícil
+solución de un problema obscuro que le tenía vivamente inquieto. Cubrir
+su responsabilidad como ministro, cuando tan duros eran los tiempos, con
+el manto de la Iglesia, era cosa que jamás se hubiera ocurrido al duque
+de Lerma.
+
+Saboreando estaba su contento, cuando un ayuda de cámara abrió la puerta
+y dijo respetuosamente:
+
+--Señor, el cocinero mayor de su majestad, solicita hablar á vuecencia.
+
+Lerma mandó entrar á Montiño.
+
+Presentóse éste, pálido, desencajado, estropeado completamente en cuerpo
+y traje; miró al entrar con recelo en torno suyo, y dijo con grande
+misterio:
+
+--¿Podrá escuchar alguien lo que voy á decir á vuecencia?
+
+--Nadie, Montiño, nadie--contestó el duque--. ¿Pero qué sucede?
+
+--Sucede, señor... En primer lugar, la Dorotea me envía.
+
+--¿Y qué quiere la Dorotea?--preguntó el duque estremeciéndose, porque
+veía de nuevo asomar la fatídica figura del bufón, que había llegado á
+convertirse para él en un espectro.
+
+--La Dorotea... quiere ver á vuecencia... al momento; me ha mandado
+llamar para eso solo... está enferma... muy enferma...
+
+--Iré, iré... Id á decírselo.
+
+--Un momento, señor; tengo que hablar á vuecencia de asuntos míos.
+
+--¿De asuntos vuestros?
+
+--Creo, señor--dijo Montiño, á quien la desesperación daba
+atrevimiento--, que en mí tiene vuecencia un esclavo, que ha hecho por
+vuecencia...
+
+--Lo bastante para que os ampare; lo sé.
+
+--¡Ah, señor! necesitado y muy necesitado estoy de amparo. Por servir
+anoche á vuecencia al salir de aquella casa, me aconteció una negra
+aventura.
+
+--¿Y qué fué ello?
+
+--El diablo me echó delante al sargento mayor don Juan de Guzmán.
+
+--¡Que os encontrásteis anoche á don Juan de Guzmán!--dijo con asombro
+el duque--. ¡Bah! ¡imposible! ¡no puede ser! ¡vísteis visiones!
+
+--No vi, tropecé; y como llevaba la daga de punta, porque eran malos
+sitios, mala hora y mala noche, sin quererlo, sin pensarlo, le maté.
+
+--¡Ah!, ¡matásteis... al sargento mayor!...
+
+--Y me encontró sobre él la justicia.
+
+--¡Ah!--dijo el duque de Lerma comprendiéndolo todo, porque como saben
+nuestros lectores estaba en el secreto--; ¿y os prendió el alcalde de
+casa y corte Ruy Pérez Sarmiento?
+
+--¡Cómo, señor, sabéis!...
+
+--Sí, el licenciado Sarmiento me ha hablado de una prisión. Pero si os
+prendieron, ¿cómo estáis en libertad?
+
+--Bajo fianza de un tal Gabriel Cornejo...
+
+--¿Y qué queréis?
+
+--¡Señor! ¡señor!--exclamó Montiño arrojándose á los pies del duque y
+con los brazos abiertos--; puesto que lo sois todo en España, y que yo
+soy inocente, porque quien mata sin querer no mata, salvadme, señor,
+salvadme.
+
+--Levantáos, levantáos, Montiño, y nada temáis; se le echará tierra al
+muerto, se romperá el proceso...
+
+--¡Ah señor! ¡piadoso señor! ¡Mi vida!...
+
+--Merecéis que se os ampare.
+
+--Después de lo que vuecencia acaba de hacer, no me atrevo á pedirle
+otra gracia.
+
+--Hablad, hablad.
+
+--Muchas gracias, señor, muchas gracias, no sé cómo pagar á vuecencia.
+
+--Acabando pronto, Montiño.
+
+--Es el caso, que mi mujer y mi hija y el galopín Cosme Aldaba, y el
+paje Cristóbal Cuero están presos.
+
+--Ya veis que no me he olvidado de lo que me pedísteis.
+
+--Muchas gracias, señor; pero ahora pido á vuecencia que se deshaga lo
+hecho.
+
+--¡Cómo!
+
+--Que sin ruido, y sin que nadie pueda saber que han estado presos,
+suelten á mi mujer, á mi hija, al galopín y al paje.
+
+--¿Pero estáis loco, Montiño? ¿No os ha deshonrado vuestra mujer?
+
+--¡No señor!
+
+--¿No os ha robado?
+
+--¡No, señor! y ruego encarecidamente á vuecencia...
+
+--Sentáos y escribid vos mismo.
+
+El cocinero se sentó.
+
+El duque le dictó una orden de soltura para el alcaide de la cárcel de
+villa, y otra para el alcalde de casa y corte, para que diese por nulo y
+destruyese todo lo que se había escrito é intentado contra los presos.
+
+Después de esto y de haber saludado humilde y profundamente al duque, el
+cocinero salió.
+
+Poco después, Montiño entraba triunfante en palacio con su mujer y su
+hija.
+
+Al mismo tiempo, el duque de Lerma entraba en casa de Dorotea.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXIII
+
+EN QUE EL DUQUE DE LERMA CONTINÚA REPRESENTANDO SU PAPEL DE ESCLAVO
+
+
+Encontró el duque á la joven en el lecho.
+
+Pero no la encontró sola.
+
+A su lado estaba el tío Manolillo.
+
+El duque se estremeció como si en el bufón hubiese visto personificada
+su conciencia.
+
+--Gracias, muchas gracias, señor, porque habéis venido--dijo la joven
+sacando un magnífico brazo de debajo de las ropas y estrechando una mano
+del duque--. Tengo que hablaros gravemente. Manuel, amigo mío; hacedme
+el favor del dejarme sola con su excelencia.
+
+El bufón se levantó y salió en silencio, pero no sin haber dicho antes
+con una profunda mirada al duque:
+
+--Os mando hacer todo lo que ella quiera.
+
+El duque se sentó en un sillón junto al lecho, y por la primera vez se
+descubrió delante de Dorotea.
+
+--Cubríos, cubríos, don Francisco--dijo la joven--; yo os lo ruego. Os
+habla una pobre mujer, y esa mujer os suplica. Cubríos, si no queréis
+lastimarme.
+
+El duque se puso la gorra.
+
+--¿Qué queréis, pues?
+
+--Don Juan Téllez Girón ha sido preso; preso como causante de la herida
+de don Rodrigo.
+
+--Es cierto; todas las pruebas están contra él.
+
+--Pues bien: yo quiero que se destruyan esas pruebas.
+
+--No es eso fácil.
+
+--Ya lo sé: sé que doña Clara Soldevilla, su esposa, se ha arrojado á
+los pies de su majestad el rey; sé que su majestad la reina ha
+intercedido por la petición de su amiga, porque doña Clara, más que
+dama, es amiga de la reina, y sé que el rey se ha mantenido severo; que
+ha respondido á la reina y á doña Clara, que no puede hacer nada estando
+de por medio la justicia.
+
+--Ya veis, Dorotea, que cuando el rey...
+
+--Pero vos podéis más que el rey.
+
+--¡Yo!
+
+--Sí, vos; basta una palabra vuestra para que la justicia calle, para
+que la puerta de la prisión se abra, y yo quiero que don Juan salga
+libre y seguro... porque le amo, ¿lo entendéis?... porque es mi vida, y
+el mal que le sucede me vuelve loca, me asesina. Quiero ir yo... yo
+misma á abrirle su prisión; quiero ser para él la libertad, la vida;
+quiero ser su recuerdo continuo... quiero que no pueda olvidarme
+nunca... y tanto haré, que no me olvidará... ¡Oh, no! y con eso sólo
+seré feliz.
+
+--¡Pardiez, y lo que amáis á ese mozo!--dijo contrariado el duque.
+
+--No os enfadéis señor, vos me tenéis por lujo... ya os lo he dicho...
+pues bien: vuestra querida pública seré, ya que esto os halaga, hasta la
+muerte, hasta la muerte, señor; pero... tened compasión de mí;
+concededme lo que os pido.
+
+El duque miró á la cortina de la puerta tras la cual había desaparecido
+el bufón.
+
+Aquella cortina estaba inmóvil.
+
+Aquella cortina era en aquellos momentos para el duque el velo
+impenetrable de la fatalidad.
+
+--No puedo...--dijo al fin.
+
+--Sí, sí podéis--dijo Dorotea--, vos lo podéis todo.
+
+--No me atrevo--dijo el duque, que no quitaba ojo de la cortina.
+
+--Necesito la libertad y la seguridad de don Juan--dijo con acento
+voluntarioso Dorotea.
+
+--Yo no puedo sobreponerme á las leyes.
+
+--Sobreponéos--dijo la voz ronca del bufón detrás de la cortina.
+
+Tembló el duque al sonido terrible, fatídico de aquella voz.
+
+--Es el caso que... yo... mi poder... no alcanza á veces...
+
+--¿No os he dicho ya, duque de Lerma, que hagáis cuanto ella quiera? ¿ó
+es que sois tan torpe que no comprendéis lo que se os manda?--dijo el
+bufón abriendo la cortina y apareciendo.
+
+Sonrojóse vivamente el duque al verse tratado de tal modo por el bufón
+en presencia de una tercera persona, y balbuceó algunas palabras.
+
+El bufón adelantó lento y sombrío.
+
+--No te agites, Dorotea--dijo--; no llores; no supliques: el señor duque
+hará lo que sea necesario hacer; el señor duque no puede negarte nada:
+excelentísimo señor, afuera, en la sala, hay recado de escribir; yo sé
+dónde vive el licenciado Sarmiento; escribidle una carta y concluyamos,
+que Dorotea está impaciente.
+
+--Esto es ya demasiado--dijo el duque colérico.
+
+--Ya lo creo que es demasiada obstinación la vuestra.
+
+--No os irritéis, señor--dijo Dorotea--; yo os lo ruego, yo os lo
+suplico.
+
+--No hay que suplicar; tú no tienes que suplicar á nadie, hija mía; yo
+soy tu esclavo, y el duque de Lerma es esclavo mío. Ayer quisiste la
+prisión de don Juan, y fué preso; hoy quieres su libertad y hoy se verá
+libre, porque su excelencia y yo... nos entendemos.
+
+--¿No teméis que llegue un día en que os pese de lo que hacéis?
+
+--Algunas cosas horribles tengo hechas por ella, y todavía no me ha
+pesado; servidnos ahora, y después, cuando podáis, no tengáis compasión
+de mí... pero ahora... haced lo que ella quiere.
+
+Y señaló á Lerma con toda la autoridad y la arrogancia de un señor
+despótico, la puerta que conducía á la sala.
+
+El duque se levantó maquinalmente y salió de la alcoba.
+
+Maquinalmente se encaminó á una mesa donde había recado de escribir y
+escribió.
+
+Luego cerró la carta y la entregó al bufón.
+
+Aquella carta estaba concebida en estos términos:
+
+«Mi buen Ruy Pérez Sarmiento: En el punto en que recibáis ésta, rasgad
+todas las diligencias que hayáis practicado en averiguación del delito
+cometido en la persona de don Rodrigo Calderón; proveed auto de libertad
+en favor de don Juan Téllez Girón y de don Francisco de Quevedo
+Villegas, y guardad esta carta para cambiarla por una provisión de oidor
+en la Real Audiencia de México. A cualquier hora, mañana, me
+encontraréis en la secretaría de Estado ó en mi casa. Guárdeos
+Dios.--_El duque de Lerma._»
+
+Apenas entregada esta carta, el duque salió de casa de Dorotea, sin
+despedirse de ella, trémulo, irritado.
+
+El bufón salió también, llevando consigo la carta del duque de Lerma.
+
+Dorotea quedó en un estado horrible de ansiedad.
+
+Una hora después, el tío Manolillo volvió con unos pliegos en la mano.
+
+--¿Tenéis ya la orden de libertad?--dijo la joven con anhelo.
+
+--Sí--respondió con voz ronca el bufón--. Este pliego es el auto de
+libertad de tu amadísimo don Juan; este otro, el auto de libertad de don
+Francisco de Quevedo, que yo me guardo, porque importa que esté preso; y
+este otro pliego, es una orden para que tú puedas entrar en la torre de
+los Lujanes, donde está encerrado don Juan.
+
+Dorotea, á pesar de la fiebre que la devoraba, llamó á Casilda, saltó de
+la cama, se hizo vestir, pidió una litera, y salió de su casa.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXIV
+
+LO QUE HIZO DOROTEA POR DON JUAN
+
+
+Irritado, contrariado, impaciente, cuidadoso, se encontraba don Juan
+encerrado en un aposento alto de la torre de los Lujanes.
+
+La opaca luz de aquel día nublado y lluvioso, penetrando en el encierro
+por dos estrechísimas saeteras, apenas bastaba para determinar los
+objetos que en el aposento había.
+
+Podía juzgarse, sin embargo, que no se había tratado mal á don Juan;
+algunos muebles, aunque no de lujo, decentes; una cama limpia, una
+alfombra usada, pero aceptable aún, y un brasero con fuego, hacían
+cómodo aquella especie de calabozo, si es que un calabozo puede ser
+cómodo para un preso.
+
+Comprendíase claro que aquel encierro estaba destinado á personas á
+quienes, por su clase, era necesario tratar bien.
+
+Don Juan no sabía por qué estaba preso, pero se lo figuraba; no podía
+ser por otra cosa que por el asunto de don Rodrigo Calderón.
+
+Lo que más inquietaba al joven era que suponía que Quevedo habría sido
+también preso, porque ¿cómo explicarse que estando libre Quevedo no
+hubiese hecho en su favor maravillas?
+
+Y dolíale, además, el estado aflictivo que suponía en doña Clara
+Soldevilla.
+
+Cuando le prendieron en su aposento, la joven se puso pálida y se
+desmayó.
+
+Don Juan no vivía, agonizaba en aquel calabozo, había pasado una noche
+horrible, de cavilaciones, de temores; se había acordado de todo, había
+dado vueltas á todo, y sin embargo, no se había acordado de Dorotea.
+
+Cuando el carcelero la noche antes le entró la luz, don Juan le dió
+dinero y le preguntó por la causa de su prisión.
+
+El carcelero le respondió con sumo respeto, pero encogiéndose de
+hombros, que nada sabía.
+
+Encargóle don Juan que procurara informarse, que avisase á su esposa
+del lugar donde se encontraba, y que procurase ver á don Francisco de
+Quevedo ó saber de él.
+
+El carcelero volvió á la hora de la cena, trayendo una escogida y
+abundante.
+
+Pero lo que le dijo el carcelero le puso en mayor ansiedad.
+
+Empezó por asegurarle que, por más que había hecho, no había podido
+averiguar la causa de su prisión; pero que él creía que cuando lo habían
+traído á la torre de los Lujanes, y con tal misterio, debía tratarse de
+un grave asunto de Estado.
+
+Añadió que había ido al alcázar y que no había podido hablar á Doña
+Clara, porque estaba en audiencia con el rey, y que en cuanto á don
+Francisco de Quevedo, ninguna de las personas á quienes por él había
+preguntado le habían dado razón de tal persona.
+
+Se empeoraba el negocio á la vista de don Juan, y como hemos dicho, no
+pudo dormir en toda la noche.
+
+Al día siguiente, cuando volvió el carcelero con el almuerzo, cuando don
+Juan le habló, el carcelero le respondió con gran respeto:
+
+--Se me ha prohibido terminantemente hablar con vuesa merced una sola
+palabra; estas que le digo son imprudentes, porque las paredes escuchan.
+No me pregunte vuesa merced más, porque no le contestaré.
+
+Después de esto el carcelero salió, y don Juan quedó más cuidadoso que
+antes.
+
+Adelantó el día y con él la desesperación y la impaciencia de don Juan.
+
+Nadie parecía á tomarle declaración ni darle noticia alguna.
+
+Al fin, al medio día se oyeron pasos en las escaleras y luego el ruido
+de los candados y cerrojos de la puerta.
+
+Entró el carcelero.
+
+No traía la comida.
+
+Esto dió alguna esperanza á don Juan.
+
+--¿A qué venís?--dijo al carcelero.
+
+--Vengo á pediros licencia, en nombre de una dama que quiere
+hablaros--contestó aquél.
+
+--¿De una dama? ¿qué señas tiene?
+
+--Está completamente encubierta por un manto; pero parece principal y
+hermosa.
+
+--¡Ah, es ella!--dijo don Juan pensando en doña Clara y sin acordarse,
+ni remotamente, como hasta entonces no se había acordado, de Dorotea.
+
+--Trae una orden terminante para que se la permita hablaros á solas, del
+señor alcalde de casa corte, Ruy Pérez Sarmiento, de quien pende vuestro
+proceso.
+
+--¡Oh, pues que entre! ¡que entre!--exclamó con afán el joven.
+
+--Entrad, señora--dijo el carcelero llegando á la puerta.
+
+Entró una mujer completamente envuelta en un manto, y mandó con un
+ademán enérgico al carcelero que saliese.
+
+La puerta se cerró.
+
+Entonces la mujer se echó atrás el manto, adelantó hacia don Juan, le
+asió de las manos y le miró exhalando toda su alma, y su alma enamorada
+por sus ojos.
+
+--¡Ah! ¡Dorotea!--exclamó con una sorpresa dolorosa don Juan.
+
+--¿La esperábais á ella?--dijo Dorotea con la voz apagada de quien sufre
+un dolor agudo.
+
+--Os confieso que... señora... me sorprende...--dijo trastornado don
+Juan.
+
+--¿Os sorprende que yo sea la primera mujer que penetra por vos en este
+horrible encierro? ¡No sabíais, no habíais podido saber cuánto yo os
+amaba! ¡cuánto era capaz de hacer por vos! ¡pues sabedlo, os traigo
+vuestra libertad!
+
+--¡Mi libertad! ¡vos!--exclamó dejando ver la expresión de una profunda
+sorpresa don Juan.
+
+--Sí, yo... aquí está--dijo Dorotea mostrando al joven un pliego
+cerrado.
+
+--¿De modo que ya puedo salir de aquí?
+
+--Aún no--contestó dolorosamente Dorotea.
+
+Esta respuesta de la joven irritó á don Juan.
+
+--¡Ah! ¡venís á imponerme condiciones!
+
+--¡Condiciones! ¡condiciones yo á vos! ¡qué condiciones puede dictar el
+esclavo á su señor! ¡cuán poco me conocéis, por mi desdicha!
+
+--Entonces, ¿por qué no me dais esa orden?
+
+--¡Hay en el mundo otra mujer que os ama, que puede y debe confesar el
+amor que os tiene ante Dios y los hombres! ¡una mujer que por vos sufre,
+que por vos está enferma, que por vos muere! ¡una mujer que por vos se
+ha arrojado á las plantas del rey, y que no ha podido conseguir nada, ni
+aun saber el lugar donde estáis preso! ¡Vuestra esposa! ¡Doña Clara
+Soldevilla, que es vuestra vida!
+
+--¡Ah!--exclamó don Juan.
+
+--Y esa mujer venturosa, porque tiene vuestro amor; esa mujer á quien
+únicamente debéis amar, esa será la que reciba, sin saber de quién lo
+recibe, este pliego cerrado; esa mujer será la que venga á abriros la
+puerta de vuestra prisión; esa mujer será, porque debe serlo, quien goce
+toda la alegría de recobraros, cuando os creía perdido, cuando se creía
+casi viuda.
+
+--¡Viuda!
+
+--¿Pues no sabéis de lo que os acusan?
+
+--No.
+
+--De homicidio premeditado y con ventaja, intentado contra don Rodrigo
+Calderón.
+
+--Mentira: como hidalgo y frente á frente, reñí con él por un grave
+asunto, y sirviendo á la reina: vos lo sabéis.
+
+--Pero vos no podéis, por lo mismo que sois hidalgo y leal, sacar á
+juicio lo de las cartas de la reina, y os sentenciarían cometiendo una
+injusticia, es cierto; pero las injusticias no sorprenden á nadie en
+España. Me debéis, pues, la vida, y os lo digo para que lo sepáis; para
+que no podáis olvidarme.
+
+--Me estáis desgarrando el alma, Dorotea.
+
+--¿Y qué importo yo... pobre cómica... querida miserable del duque de
+Lerma? pero dad gracias á Dios de que yo sea querida del duque, y de que
+el duque, por una casualidad que Dios ha permitido, sea esclavo de un
+hombre terrible, que es á su vez esclavo mío.
+
+--¿Y quién es ese hombre?
+
+--El tío Manolillo, el bufón del rey. Él, porque sabe que os amo, y que
+vos íbais á salir de la corte, hizo que Lerma os prendiera. Él, porque
+yo se lo he pedido, ha hecho que Lerma mande rasgar vuestro proceso y
+poneros en libertad. Si yo le hubiese dicho: ese hombre me desprecia,
+ese hombre me insulta, quiero vengarme de él y de ella, mátale;
+hubiérais subido al cadalso, y con vos Francisco de Quevedo, á quien
+Dios maldiga. Sabedlo, quiero que lo sepáis para que no podáis olvidarme
+jamás; os lo repito. ¿Qué me importa que os apartéis de mí, que no os
+vuelva á ver más, si estoy segura de que vos no olvidaréis nunca mi
+memoria?
+
+Don Juan inclinó la cabeza y no supo qué responder.
+
+Estaba seguro de que no podía engañar á Dorotea, porque ésta sabía
+demasiado que él amaba, que él no podía dejar de amar á doña Clara.
+
+Y sin embargo, la hermosura y el amor inmenso, excepcional de la
+comedianta, excitaban su deseo; halagaban su orgullo; don Juan, si
+hubiera podido, sin dejar de amar á doña Clara y de ser feliz con ella,
+hubiera sido amante de Dorotea.
+
+Pero esto era imposible: Dorotea tenía demasiado corazón.
+
+Dorotea no podía partir el amor de su alma con otra, por más que aquella
+otra fuese la esposa del hombre de su amor.
+
+La situación de don Juan, ante quien Dorotea se presentaba de una manera
+enloquecedora, dándole la libertad y con la libertad la vida,
+sacrificándoselo todo, con la abnegación sublime de que sólo es capaz
+una mujer que ama, la situación de don Juan era horrible.
+
+--¿Cómo podré yo hacer--dijo al fin--, que vos me perdonéis la desgracia
+de no haberos conocido antes?
+
+--No blasfeméis de vuestra fortuna--dijo gravemente Dorotea--; Dios os
+ha dado en doña Clara una mujer digna de vos. Amadla, reverenciadla,
+alegráos como de una felicidad inmensa de que sea vuestra esposa. En
+cuanto á mí, con que vos me apreciéis, con que me recordéis, con que os
+cause compasión mi desdicha, estoy satisfecha, seré feliz.
+
+Y Dorotea, á quien hasta entonces había sostenido la excitación febril
+de la alegría que la causaba el llevar la libertad á don Juan, se sentó
+y se puso sumamente pálida.
+
+--Estáis mala, Dorotea--dijo el joven acercándose rápidamente á ella--.
+¿Qué tenéis?
+
+--¡Me muero!
+
+--Disponed de mí: yo soy vuestro... yo os amo--dijo don Juan embriagado.
+
+Y en aquel momento, olvidándolo todo, asió con sus dos manos la hermosa
+cabeza de Dorotea y la besó en la boca.
+
+--¡Oh! ¡qué horror!--exclamó la joven poniéndose en pie de un salto--;
+¡qué crueldad! ¡qué daño me habéis hecho tan terrible!
+
+Y arreglándose el manto, se dirigió á la puerta y llamó.
+
+--¿A dónde vais, Dorotea?--dijo don Juan.
+
+--Es necesario que venga cuanto antes vuestra esposa.
+
+Sonaron entonces las llaves del carcelero.
+
+--Esperad un momento--dijo don Juan asiendo por el manto á Dorotea, que
+estaba vuelta hacia la puerta.
+
+--¿Qué más queréis de mí?--contestó la joven.
+
+--Quiero... quiero volveros á ver.
+
+--¡Que queréis volverme á ver!... ¡sí, yo también quiero! pues bien:
+estad esta noche, á las ocho, al pie de la Cruz de Puerta de Moros.
+
+--Estaré.
+
+En aquel momento se abrió la puerta.
+
+--Adiós--dijo Dorotea, y salió precipitadamente.
+
+--Adiós--dijo don Juan, y se dejó caer aniquilado sobre una silla.
+
+El carcelero cerró la puerta.
+
+--No merece este amor asesino que me ha entrado en el alma--murmuraba la
+comedianta bajando precipitadamente las escaleras--. ¡Yo estoy loca! ¡yo
+me muero! ¡Dios mío! ¡irá! ¡irá! ¡le parezco hermosa! ¡le embriago!...
+¡sí, irá! pues bien... ¡me vengaré de él y de ella! ¡él me obliga!
+¡aquel horrible beso!... ¡Oh, Dios mío!
+
+Y acabando de bajar las escaleras, atravesando la alcaidía sin reparar
+en nadie, salió.
+
+En la puerta de la torre había una litera.
+
+Al aparecer Dorotea, un criado abrió la portezuela.
+
+Dentro de la litera había un hombre.
+
+Era el tío Manolillo.
+
+Estaba más pálido, más cadavérico que Dorotea.
+
+Al ver el aspecto de aniquilamiento y de desesperación de la joven, una
+chispa de alegría involuntaria pasó por los ojos del bufón.
+
+--Ese miserable no te comprende--dijo.
+
+--Os engañáis, Manuel; le enamoro, haría de él cuanto quisiera, menos
+que me amara como yo quiero ser amada. Estoy irritada: la cólera y la
+desesperación me matan. Quiero vengarme, y empiezo. ¡Pedro! ¡al alcázar!
+
+La litera se puso en movimiento.
+
+--¿A qué vas al alcázar, hija mía?
+
+--No voy yo, sino vos. Tomad.
+
+--¡Ah! ¡la orden de libertad de don Juan! ¡no se la has dado! ¡quieres
+que la devuelva al duque de Lerma y que el proceso siga! ¡haces bien!
+¡ese no es digno de nuestra protección! ¡no amarte á ti que tanto le
+amas! ¡que tanto haces por él! ¡véngate! ¡ya que no sea tuyo, que no sea
+de la otra!
+
+--Vais á entrar en el alcázar y á hacer de modo que doña Clara
+Soldevilla reciba esta orden sin que pueda saber de dónde viene.
+
+--¡Cómo!
+
+--¡Lo quiero!
+
+--Haces mal.
+
+--Lo quiero. ¡Y cuenta con que doña Clara pueda ni aun por indicios
+sospechar!
+
+--¡Haces mal!--repitió el bufón, y tomó la orden y la guardó suspirando.
+
+Ni Dorotea ni el bufón hablaron una palabra hasta que la litera llegó á
+las puertas del alcázar.
+
+--Entrad--dijo Dorotea al bufón--; haced que esa orden llegue, como os
+he dicho, á las manos de doña Clara, y luego buscad al cocinero mayor, y
+hacedle que vaya á verme.
+
+El bufón salió de la litera.
+
+--¡A casa!--dijo la Dorotea.
+
+La litera se puso de nuevo en marcha.
+
+--El bufón, después de meditar un momento en el vestíbulo, se entró
+resueltamente en la secretaría de Estado.
+
+--Decid á su excelencia--dijo--que yo, mi majestad el bufón, le mando
+que me reciba y me oiga.
+
+Riéronse todos de la manera cómica con que el tío Manolillo dijo estas
+palabras, y uno de los oficiales contestó:
+
+--No está su excelencia de humor para recibiros, tío.
+
+--¡Quién le mete al menguado en lo que no le importa!--repuso gravemente
+el bufón--; diga al duque que Felipito mi amigo me envía.
+
+--¡Ah! ¡si traéis orden del rey!...
+
+--¡Qué pesado! ¿Te pagan para que repliques, ó para que hagas lo que se
+te mande?
+
+--Vamos, no os incomodéis, tío--dijo el oficial--; decid á su
+excelencia, Lasala, que el bufón de su majestad quiere verle.
+
+El enviado entró.
+
+--Ya veréis cómo Lerma no me hace esperar tanto--dijo el bufón
+paseándose con gran prosopopeya por la secretaría.
+
+En efecto, un momento después de haber entrado, Lasala abrió una mampara
+y dijo:
+
+--Su excelencia espera al bufón de su majestad.
+
+Cinco minutos después de haber entrado el tío Manolillo en el despacho
+del duque, éste subía por una escalera de servicio á la cámara del rey.
+
+Felipe III estaba ocupado en examinar con su montero mayor una magnífica
+escopeta de dos cañones que acababa de regalarle respetuosamente la muy
+noble y leal villa de Eibar.
+
+--¡Eh! vienes á tiempo--dijo el rey al ver al duque--; tú que eres
+aficionado, ¿qué te parece este arcabuz de caza? Mira qué llaves, Lerma:
+una invención, una verdadera invención.
+
+--En efecto, señor--dijo el duque--, los vizcaínos son muy hábiles y muy
+industriosos. A primera vista se conoce la bondad de esa arma. Pero con
+licencia de vuestra majestad, vengo á hablarle de un negocio muy
+importante.
+
+--¿Tan importante que no admite demora?
+
+--De ningún modo, señor.
+
+--No me dejarán reposar; ni aun cuando rezo estoy seguro: vamos, Lerma,
+vamos: y tú espera aquí--dijo el rey al montero mayor.
+
+Felipe III y su secretario universal se encerraron.
+
+--Veamos de qué se trata--dijo el rey con el empacho que le causaban
+todos los negocios.
+
+--Del asunto de doña Clara Soldevilla.
+
+--¡Ah! pues mira, ese asunto me trae disgustado; la buena doña Clara me
+pidió ayer una audiencia, se la dí, me rogó por su esposo, se arrojó á
+los pies, lloró... y como tú me habías dicho que se trataba de un
+negocio grave, me mantuve inflexible, hasta tal punto, que se me desmayó
+doña Clara, y la llevaron á su cuarto sin sentido. Después he tenido una
+verdadera batalla con la reina. Me ha amenazado... me ha dicho que no la
+obligase á hablar... y yo no sé qué tenga que hablar la reina en este
+asunto. En fin... me ha dicho la reina que yo y ella debemos grandes,
+eminentes servicios á ese don Juan, que ha hecho muy bien hiriendo á don
+Rodrigo, y que mejor hubiese sido que le hubiera matado. ¿Qué dices tú á
+eso?
+
+--Digo, señor, que su majestad la reina tiene mucha razón.
+
+--¿Pues no me dijiste ayer que era necesario castigar con mano fuerte á
+ese don Juan y á don Francisco de Quevedo, su cómplice?
+
+--Ayer estaba mal informado, señor; por las primeras diligencias del
+proceso resulta que no fueron dos contra uno, sino que por el contrario,
+don Rodrigo llevaba otro hombre contra don Juan. Que Quevedo no hizo más
+que ayudar como hidalgo á su amigo, y que don Juan se vió en la
+necesidad de defenderse. Ni siquiera ha sido un duelo.
+
+--Pues entonces es necesario formar proceso á Calderón.
+
+--Aconsejo á vuestra majestad que me permita echar tierra á este
+negocio.
+
+--Pues bien, échasela; pon en libertad á don Juan y á Quevedo y que se
+vayan benditos de Dios á Napóles.
+
+--Ya, contando con el beneplácito de vuestra majestad, he mandado al
+alcalde Ruy Pérez Sarmiento que destruya la causa y libre auto de
+libertad para Quevedo y Girón; el auto de libertad de don Juan está
+aquí, señor.
+
+--¡Ah! ¿Conque está todo hecho?
+
+--Aún falta algo que hacer.
+
+--¿Y qué hace falta?
+
+--Tan activo ha andado el alcalde Ruy Pérez en este proceso y tan leal,
+que merece un premio.
+
+--¡Ah, merece un premio! Pues dásele.
+
+--Aquí está extendida ya la provisión para él, de oidor de la real
+audiencia de Méjico, con las costas del viaje, y sólo falta la firma de
+vuestra majestad.
+
+El rey firmó la provisión, y la recogió el duque.
+
+--Por aquí--dijo para sí Lerma, guardando la provisión del licenciado
+Sarmiento--, hemos salido de un testigo enojoso.
+
+--¿Queda algo más que hacer?--dijo el rey, que en su marcada antipatía
+por los negocios deseaba verse libre.
+
+--Sí, señor; yo creo que vuestra majestad debe aprovechar esta ocasión
+de complacer á su majestad la reina.
+
+--¿Y cómo?
+
+--Dándola este auto, que pone á cubierto de todo proceso al marido de su
+dama favorita.
+
+--Tienes razón, Lerma, tienes razón; y ahora más que nunca conozco el
+grande afecto que me tienes; no me gusta estar reñido con la reina.
+Voy... voy... adiós, Lerma, adiós.
+
+Y el rey abrió una puerta, atravesó un largo corredor, abrió otra puerta
+y se encontró en la recámara de Margarita de Austria.
+
+La reina leía.
+
+Al ruido de los pasos del rey volvió la cabeza.
+
+Al verle, dejó el libro, se puso ceremoniosamente de pie, y miró al rey
+con severidad.
+
+--Veo que aún estás enojada, Margarita--dijo el rey.
+
+--En efecto, señor--contestó la reina--; tengo un profundo disgusto.
+
+--¡Por tu queridísima doña Clara!
+
+--Me he propuesto no volver á hablar más á vuestra majestad de este
+asunto.
+
+--¡Mi majestad!... ¡Pero si estamos solos, Margarita, si estamos solos!
+¡Siéntate aquí al lado mío! Vengo á que hagamos las paces.
+
+La reina se sentó al lado del rey, pero con tiesura, con el semblante
+nublado y sin mirar á Felipe III.
+
+--¡Lo que yo digo! ¡eso, eso es!--exclamó con impaciencia el rey--; ¡yo
+soy lo último de todo!
+
+--¡Señor!--dijo la reina con dignidad.
+
+--Se me respeta, pero no se me ama; basta el más ligero motivo para que
+no se me oculte el desvío que causo. ¡Como ha de ser! ¡Y yo, á pesar de
+todo, me afano por complacerte, Margarita!
+
+La reina comprendió que debía bajar del empinado lugar á que se había
+subido; que debía ser mujer, y combatir al hombre, no al rey.
+
+--Sí--dijo, hiriendo con su pequeño pie la alfombra y mordiéndose
+impaciente su grueso labio austriaco--; sí se conoce que mi esposo... me
+ama locamente, que adivina mis deseos, que se anticipa á ellos;
+ciertamente que soy una insensata, cuando me quejo; ¿qué puedo yo
+desear? ¿Qué reina ha tenido más influencia sobre su esposo?
+
+--Puedo hacerte que llores de alegría, y que me abraces como una loca,
+Margarita--dijo el rey.
+
+--¿De veras?--preguntó disimulando mal su ansiedad la reina, porque en
+las palabras y el aspecto del rey conoció que podía prometerse algo
+satisfactorio.
+
+--Tan de veras, como que te traigo una medicina que pondrá buena de
+repente á tu amiga doña Clara, que creo que anda enferma.
+
+--¿Cómo queréis que esté una recién casada que adora á su marido, y que
+ni aun sabe dónde para?
+
+--¡Es verdad! ¡es verdad! pues bien; toma, Margarita, toma; he mandado
+romper el proceso de don Juan Téllez Girón, y aquí está la orden de
+libertad.
+
+El rey dió á Margarita de Austria el pliego cerrado que contenía el
+auto.
+
+Pasó una alegría infinita por los ojos de la reina.
+
+Rompió el sobre y leyó ávidamente la orden de soltura.
+
+--¡En la torre de los Lujanes! ¡y allí está mi libertador preso,
+dudando, temiendo...!
+
+--¡Tu libertador!--dijo el rey con asombro.
+
+--¡Sí, mi generoso y valiente libertador!
+
+--No te comprendo.
+
+--¿Por qué he de callar más? Yo estaba resuelta á revelároslo todo,
+cuando no me quedase otro medio de salvar á ese caballero. ¿Por qué no
+he de ser franca y leal con vos, cuando está salvado?
+
+--¡Qué! ¿tú me ocultabas algo, Margarita?
+
+--¡Oh! ¡sí, señor! ¡no sé por qué he tenido miedo! vos no podéis dudar
+de mí, ¿no es verdad?
+
+--¡Dudar yo de la reina! ¡de mi esposa!--dijo el rey en uno de los
+arranques de verdadera dignidad que á veces dejaba conocer--. ¡Cómo!
+¿por qué había yo de dudar de vos, señora?
+
+--Oidme, don Felipe, oidme, perdonadme, porque por una sola vez en mi
+vida he obrado con ligereza.
+
+--Yo estoy seguro de que no tengo que perdonarte nada--dijo el rey
+volviendo á su debilidad habitual, y procurando excusarse de entrar en
+explicaciones que le asustaban, porque á primera vista parecían graves.
+
+--No, no; me habéis de oír: os lo suplico--dijo la reina--, necesito
+librar mi conciencia de este peso.
+
+Al oír la palabra conciencia, el rey, que tenía algo de lo asustadizo de
+su padre, aunque no su firmeza ni su sombrío recelo, se alarmó.
+
+--¡Tú conciencia, dices!
+
+--Sí, porque siendo vos mi rey y mi esposo, os he callado lo que no
+debía haberos callado.
+
+--¿Tendremos alguna otra conspiración?--dijo todo asustado el rey.
+
+--Sí; sí, señor; de conspiraciones se trata; pero de conspiraciones que
+ya no deben daros cuidado, porque ya pasaron.
+
+--¿Conspiraciones vuestras?
+
+--Por recobrar vuestra dignidad y la mía.
+
+--Pues lo de siempre. ¿Y quién os ayudaba á conspirar? porque nadie
+conspira solo.
+
+--Don Rodrigo Calderón.
+
+--¡Ah! ¡ah!
+
+--Se me mostró leal... cuando era traidor; le concedí algunas audiencias
+secretas.
+
+--¿Contra el duque de Lerma?
+
+--Contra el duque de Lerma.
+
+--¡Ah! ¡don Rodrigo conspiraba contra su bienhechor, contra el hombre á
+quien todo lo debe! ¡No sabía yo que ese tal era tan malvado!
+
+--Lo es más aún: ese hombre se ha atrevido á dictarme condiciones.
+
+--¡Condiciones á la reina! ¡un vasallo! ¿pero cómo podía ese miserable
+atreverse á dictarte condiciones?
+
+--Fuí imprudente; creyéndole un vasallo leal, le escribí algunas cartas
+de mi puño y letra, avisándole de la hora que podía entrar en palacio y
+verme.
+
+--¡Y esas cartas! ¡esas cartas!
+
+--Las he quemado yo por mi propia mano, gracias á don Juan Téllez Girón,
+que se las arrancó á estocadas.
+
+--¡Ah!--dijo respirando el rey--; ¿y de resultas de esas estocadas está
+herido don Rodrigo?
+
+--Sí, señor.
+
+--¿Pero don Juan sabrá...?
+
+--Don Juan entregó aquellas cartas sin leerlas á doña Clara.
+
+--¡Ah! ya; sí... esas cartas acompañaban sin duda al rizo de cabellos
+aquel de doña Clara, y don Juan habrá creído que de doña Clara eran las
+cartas...
+
+--Sí; sí, señor--dijo la reina, que no se atrevió á ser más explícita.
+
+--Pues es necesario premiar á ese caballero.
+
+--Harto premiado está ya con ser esposo de doña Clara; sólo os pido una
+cosa, señor.
+
+--¡Qué!
+
+--Que me perdonéis si por amor á vos, por la dignidad de la monarquía,
+pude ser una vez imprudente.
+
+Y la reina se arrojó á los pies del rey.
+
+--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡en mis brazos, que tan ansiosos están de ti! ¡en mis
+brazos, Margarita mía! ¡oh, qué hermosa eres!
+
+Y besó á la reina en la frente.
+
+--¡Oh! ¡cuánto te amo, Felipe mío!--dijo la reina llorando de placer y
+estrechando al rey entre sus brazos.
+
+--No me dices eso siempre--contestó el rey con el acento y la expresión
+de un niño voluntarioso.
+
+--Es que no siempre me tienes contenta; pero hoy has hecho mucho bueno,
+Felipe; has vuelto su esposo á mi buena doña Clara, y á pesar de lo que
+te he revelado, no has dudado de mí. ¡Te amo! ¡te amo!
+
+--¡Oh, Dios mío!--dijo el rey--¡si esto durara mucho!...
+
+--Durará... todo lo que tú quieras que dure, Felipe... ¡oh! ¡y qué feliz
+soy! pero hay alguien á quien debemos mucho, que llora por nosotros, y
+cuyas lágrimas es necesario enjugar.
+
+--¡Doña Clara!
+
+--Doña Clara... y voy... sin perder un momento.
+
+--¡Ir tú!... ¡la reina!...--dijo Felipe III, que no olvidaba nunca la
+ceremoniosa etiqueta de la casa de Austria.
+
+--Iré... por las comunicaciones interiores... nadie me verá... enviaré
+delante á la duquesa de Gandía, para que doña Clara, cuando llegue yo,
+esté sola. Y adiós, adiós; es necesario no olvidarnos de que para el que
+sufre, cada momento es un siglo. Te amo. Adiós.
+
+Y la reina escapó.
+
+--¡Ah!--dijo el rey--; cuando se hace una buena acción se le queda á uno
+el alma tan llena de no sé qué... Vamos, Dios quiera que por estos
+momentos de felicidad que me ha dado, no nos pida Lerma algo que vuelva
+á ponernos tristes.
+
+Y el rey, por el mismo sitio por donde había ido á la recámara de la
+reina, se volvió á la suya y al examen de la escopeta vizcaína que tenía
+aún entre las manos su montero mayor.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXV
+
+EL SOL TRAS LA TORMENTA
+
+
+Vestida, arrojada sobre un lecho, con el rostro vuelto contra la
+almohada, en una bellísima alcoba, había una mujer.
+
+Aquella mujer lloraba silenciosamente; de tiempo en tiempo un sollozo
+desesperado hacía desgarrador su llanto.
+
+En la alcoba, sobre un reclinatorio delante de una virgen de los
+Dolores, había una lamparilla encendida.
+
+Fuera de la alcoba, junto á la puerta, estaban sentadas dos dueñas
+silenciosas é inmóviles.
+
+Pasó algún tiempo así.
+
+Abrióse al cabo una puerta, y asomó por ella la cabeza de una doncella.
+
+--La camarera mayor de la reina quiere ver á la señora--dijo la joven en
+voz baja.
+
+--¿Qué hacemos, doña Inés?--dijo también en voz baja la una dueña á la
+otra.
+
+--¿Qué os parece que hagamos, doña María?--preguntó la preguntada.
+
+--La señora no duerme, que solloza--dijo doña María.
+
+--Y acaso su excelencia la traiga una buena noticia, dijo doña Inés.
+
+--Pues, avisémosla.
+
+--Avisémosla.
+
+--Id vos.
+
+--No, vos.
+
+--Cualquiera.
+
+Y doña Inés se levantó, abrió las vidrieras, y de puntillas se acercó al
+lecho, y dijo casi al oído de su señora:
+
+--La escelentísima señora camarera mayor de su majestad, quiere veros,
+señora.
+
+--¡Oh! ¡que entre! ¡que entre al momento!--dijo doña Clara, apartándose
+de sobre la frente las pesadas bandas de sus negros cabellos; ¿por qué
+la habéis detenido?
+
+La dueña salió como un relámpago.
+
+Cuando doña Clara abrió las vidrieras y salió á la cámara, ya estaba en
+ella la duquesa de Gandía.
+
+--¿Qué noticias me traéis, señora? exclamó anhelante la joven
+arrojándose al cuello de doña Juana de Velasco.
+
+La duquesa miró en torno suyo, y al ver que habían quedado solas,
+exclamó llorando:
+
+--¡Ah! no sé nada; ¡desdichado hijo mío!
+
+--Me habíais hecho concebir una esperanza,--dijo con desaliento doña
+Clara.
+
+--Su majestad está en la saleta azul,--dijo la duquesa enjugándose las
+lágrimas--; me ha enviado delante, para que apartéis de aquí las
+personas que pudieran verla. Su majestad os creía muy enferma.
+
+--¡Ah! sí, del corazón, del alma... me estoy muriendo. Pero no estoy tan
+débil que no pueda ir á ver á su majestad. Vendrá á consolarme.
+
+La reina viene alegre, impaciente.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío! exclamó doña Clara.
+
+Y apartándose de la duquesa dió á correr, loca, anhelante, atravesó
+algunas habitaciones, y en una cayó entre los brazos de la reina que la
+había salido al encuentro.
+
+--Oye, Clara,--la dijo Margarita--; consuélate, enjuga tus lágrimas; te
+traigo buenas noticias.
+
+--¿Dónde está, señora?
+
+--En la torre de los Lujanes.
+
+--¿Y puedo verle?
+
+--Sí.
+
+--¡Ah! señora, perdonad... pero... permítame vuestra majestad que vaya
+al momento... le he creído perdido... son esos hombres tan infames...
+y... ¡le amo tanto!
+
+--Espera, espera... serénate, tranquilízate, Clara, amiga mía: no ves
+que yo me sonrío, que estoy contenta. ¿Cómo podía estarlo si te
+amenazase una desgracia?
+
+--¡No corre peligro su vida!
+
+--No, ni mucho menos...
+
+--Y entonces, ¿qué hay que temer?
+
+--Nada.
+
+--¡Nada! pues si no hay nada que temer, ¿por qué continúa preso?
+
+--Tú eres valiente, Clara. Domínate, prepárate...
+
+--¿Para qué?
+
+--Tanto valor se necesita para soportar la desgracia, como para resistir
+la noticia inesperada de una dicha.
+
+--¡Ah! ¡señora! tendré valor, le tengo.
+
+--Pues bien: toma, Clara mía, toma, y ve tú misma á sacarle de su
+prisión.
+
+Y la reina dió á doña Clara el auto de libertad.
+
+La joven le leyó, se dominó, se puso pálida, y miró con una elocuente
+ansiedad á la reina.
+
+--Sí, sí; ve amiga mía--dijo la reina--; pero no te olvides de decir á
+doña Juana que la espero para volverme á mi cámara.
+
+Doña Clara se arrojó á los pies de la reina, y la cubrió las manos de
+besos y lágrimas.
+
+Luego se levantó y dió á correr, como una loca, hacia sus habitaciones.
+
+--¡Libre! ¡libre, madre mía!--exclamó arrojándose en los brazos de la
+duquesa y riendo y llorando á un tiempo--¡libre! y ¡libre de todo cargo!
+
+--¡Ah! ¡gracias á Dios!
+
+--Y no podía eso ser de otro modo, porque Dios no podía querer mi
+desesperación; pero la reina os espera. Y voy por él. ¡Un manto! ¡una
+litera!--añadió dirigiéndose á una puerta--. Después, venid, madre mía;
+él estará ya aquí. ¡No oís! ¡dueñas! ¡lacayos!
+
+--Adiós, hija mía, adiós--dijo la duquesa viendo que se acercaba gente,
+y salió.
+
+--Pronto, doña Inés, mi manto; que pongan una litera al momento--repitió
+con impaciencia doña Clara.
+
+Y cinco minutos después, dentro de una litera salía del alcázar la
+joven.
+
+Como la torre de los Lujanes no estaba lejos, y los lacayos que llevaban
+la litera iban de prisa, muy pronto la litera paró á la puerta de la
+torre, salió de ella doña Clara, y presentó la orden de soltura al
+alcaide.
+
+--Y van dos, las dos principales y hermosas--dijo entre dientes el
+alcaide leyendo la orden.
+
+Afortunadamente no le oyó doña Clara.
+
+--No hay que oponer nada á esto--dijo el alcaide dando vueltas á la
+orden--; en pagando ese caballero ciertos derechos y el alquiler de los
+muebles...
+
+--Bien, bien, pero llevadme á donde está--dijo doña Clara.
+
+--¿Y quién le diré que le busca?
+
+--Su esposa.
+
+--¡Ah! perdonad, señora--dijo el carcelero quitándose su caperuza, que
+hasta entonces había tenido encasquetada--; como vuestro esposo es joven
+y gentilhombre, á estos tales señores suelen buscarlos...
+
+--¿Pero hay algún inconveniente para que yo vea al momento á mi marido?
+
+--Ninguno, señora. ¿Qué ha de haber? yo mismo voy á llevaros. Molinete,
+dame las llaves del encierro alto. Vamos, señora, vamos.
+
+El alcaide se metió por una estrecha puerta y por una escalera obscura.
+
+Doña Clara le seguía sin pensar en donde ponía los pies, acertando con
+los escalones y con las revueltas por instinto.
+
+Al fin se vió alguna luz en las escaleras, y al acabar de subirlas se
+encontraron en un corredor estrecho alumbrado por claraboyas, á cuyo fin
+había una puerta de hierro con tres cerrojos y tres candados.
+
+Doña Clara no tuvo paciencia para que el alcaide acabase de abrir.
+
+Golpeó con su pequeña mano la puerta, y dijo con toda la fuerza de sus
+pulmones y toda la alegría de su alma:
+
+--¡Juan! ¡Juan!
+
+--¡Clara de mi alma!--gritó desde adentro el joven.
+
+--Sin duda ninguna son marido y mujer, cuando se tratan así delante de
+gentes--dijo el alcaide acabando de abrir.
+
+Y cuando la puerta estuvo franca, como nada había ya que guardar allí,
+se volvió dejando la puerta abierta y murmurando por las escaleras:
+
+--¡Ya lo creo! con una mujer como esa ya puede uno hacer lo que le dé
+la gana. ¡Dios de Dios! en mi vida he visto otra tan hermosa.
+
+Entre tanto doña Clara y don Juan estaban estrechamente abrazados,
+mudos, en el primer momento de alegría. Parecíales á entrambos que
+habían resucitado el uno para el otro.
+
+Al fin se separaron, se miraron, y don Juan vió en los ojos de su mujer
+lo que jamás había visto, lo que ni aun había sospechado, lo que no
+sabía que existiese: un amor sobrenatural, una vida que vivía en su
+vida; una alegría que era su alegría; un alma que absorbía la suya, la
+envolvía, la acariciaba y la defendía; una fuerza infinita de absorción
+que no le dejaba vida, ni deseo, ni voluntad como no fuesen para doña
+Clara.
+
+Habíale parecido su mujer hermosa: pero entonces le pareció que la
+hermosura de su mujer no pertenecía á la vida, que tenía algo de
+fantástico, de divino.
+
+--¡Juan de mi alma!--le dijo doña Clara--; vámonos de aquí: me parece
+que me van á arrancar de tus brazos, que se va á cerrar de nuevo esa
+puerta, que no te voy á volver á ver. Vámonos, vámonos; estás libre; he
+traído la orden yo misma, y nadie puede impedirte que salgas; nadie,
+como no sea Dios, me volverá á separar de ti.
+
+--¿Quién te ha dado esa orden, Clara mía?--dijo don Juan acordándose á
+pesar de todo de la pobre Dorotea.
+
+--¡La reina!--contestó doña Clara--; no sé por qué medio: anoche yo me
+arrojé en balde á los pies de su majestad: en balde la reina suplicó al
+rey. Ni aun pudimos saber dónde estabas preso.
+
+--¡La reina te ha dado esa orden!--dijo profundamente pensativo don
+Juan, que no acertaba á comprender cómo aquella orden había pasado de
+las manos de Dorotea á las de la reina.
+
+--Sí, sí--repuso impaciente doña Clara--; ¿pero qué importa eso? Lo que
+importa es salir de aquí.
+
+Y tiró de su marido, que se dejó conducir.
+
+Al pasar por la alcaidía, el alcaide les salió al encuentro
+respetuosamente y gorra en mano.
+
+En la otra mano tenía una daga y una espada, sencillas pero hermosas y
+fuertemente bruñidas las empuñaduras de acero.
+
+--El señor alcalde de casa y corte, Ruy Pérez Sarmiento, acaba de
+enviarme para vuesa merced, estas armas, que le ocupó cuando le
+prendió--dijo el alcaide.
+
+El joven se puso la daga y la espada en el talabarte, y dió las gracias
+al alcaide.
+
+--Perdonad, caballero--dijo el alcaide al ver que los dos esposos
+seguían hacia la puerta--; pero quisiera que antes de salir miráseis
+esta cuentecita.
+
+Y presentó un papel á don Juan.
+
+Aquel papel decía:
+
+«Cuenta de lo que ha adeudado don Juan Téllez Girón, en las veinte y
+cuatro horas que ha estado preso en la torre de los Lujanes.
+
+»Por alquiler de la habitación alta donde estuvo preso en otro tiempo el
+rey Francisco, y donde sólo se encierran personas principales, diez
+ducados.
+
+»Por el alquiler de una cama con colchones de pluma, sábanas de holanda
+y repostero de damasco, mantas y demás, cinco ducados.
+
+»Por ídem de doce sillas, un sillón, una mesa, un candelero de plata y
+una alfombra, seis ducados.
+
+»Por una comida traída de la hostería de los Tudescos, ocho ducados.
+
+»Por una cena de ídem, cuatro ducados.
+
+»Por un almuerzo de ídem, cuatro ducados.
+
+»Por una vela de cera, cuatro reales de vellón.
+
+»Por asistencia, dos ducados.
+
+»Por derechos de carcelaje, ocho ducados.
+
+»Todo lo cual monta la suma de cuarenta y siete ducados y cuatro reales
+de vellón.--_Ginés Piedrahita._»
+
+Debemos advertir, que de esta cuenta sólo leyó don Juan la suma total.
+
+--¿Traes contigo dinero, Clara?--dijo don Juan.
+
+--Sí, por acaso; ¿qué se necesita?
+
+--Da á este hombre, dos doblones de á ocho.
+
+Doña Clara sacó un precioso bolsillo, y de él dos doblones.
+
+--Aquí sobra dinero, señor--dijo con un acento particular el alcaide, al
+recibir las dos monedas de oro.
+
+--Guardadlo--dijo don Juan.
+
+--Viváis mil años, señor--dijo el alcaide apresurándose á abrir la
+puerta.
+
+Doña Clara, llevando á don Juan de la mano, salió de la torre con la
+precipitación y alegría con que sale un pájaro á quien abren la jaula, y
+se metió con su marido en la litera.
+
+--¡Ah!--dijo, cuando se vió caminando hacia el alcázar--, ¡gracias á
+Dios que ha pasado esta horrible pesadilla!
+
+Y estrechó de una manera ardiente las manos de su marido que tenía entre
+las suyas.
+
+Don Juan, sin embargo, se mostraba sombrío, pensativo y cabizbajo.
+
+Le preocupaban el recuerdo de Dorotea y la cita que tenía aquella noche
+con ella en Puerta de Moros.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXVI
+
+DE CÓMO EL COCINERO MAYOR CONOCIÓ CON DESPECHO QUE NO HABÍAN ACABADO
+PARA ÉL LAS ANGUSTIAS
+
+
+Encerrado en aquel aposento reservado que, como sabemos, tenía en su
+casa Francisco Martínez Montiño, se ocupaba en contar una gran cantidad
+de dinero que tenía sobre la mesa.
+
+Con un placer sin igual, apilaba los relucientes doblones de oro, y á
+otro lado los escudos y los ducados de plata.
+
+--Cabal, cabal--decía--, nada he perdido; ni un maravedí; mi mujer no me
+ha engañado; había puesto á cubierto mi dinero, y el señor Gabriel
+Cornejo es un hombre de bien. Mis treinta mil ducados están aquí...
+completos, justos. Sólo he perdido el dinero que llevaba en el bolsillo
+y que me quitaron los alguaciles. Pero lo doy por bien empleado y más
+que hubiera sido. El arca de hierro donde está el dinero de don Juan la
+tiene el mayordomo mayor del rey, y me será entregada, según me han
+dicho, para que yo responda de ella á su dueño. Además, ese bribón de
+sargento mayor que había llegado á inquietarme, ha muerto. Casaré á mi
+hija con ese Cristóbal Cuero, y allá se arreglen; haré lo posible para
+que el duque de Lerma dé un empleo al galopín Cosme Aldaba, y cuando
+todo esté hecho, me iré con Luisa y con lo que haya nacido á Asturias,
+compraré una tierra y viviré en paz.
+
+El cocinero empezó á poner en sacos su dinero, y á colocar aquellos
+sacos en una arca.
+
+--Sólo me inquieta una cosa--decía entre dientes y compungido...--la
+muerte de ese pobre paje Gonzalo... esa muerte cuyo autor conozco, y á
+quien no me atrevo á delatar porque sería necesario delatar á mi
+mujer... Vamos, es necesario olvidar esto, olvidarlo de todo punto... yo
+no he tenido la culpa; y luego, ¿quién sabe si aquellos polvos que me
+dió en la cárcel Cristóbal son un hechizo ó un veneno? los tengo aquí;
+me los metí sin reparar en ello en el bolsillo. Yo los llevaré al señor
+Gabriel Cornejo que entiende de esto y él me lo dirá. Vamos... por
+último... yo soy inocente; yo no tengo la culpa de nada de lo que ha
+sucedido.
+
+Acabó de colocar su dinero en el arca, y saliendo del cuarto y
+cerrándole cuidadosamente, se fué á una habitación donde su mujer y su
+hija estaban ocupadas en ponerlo todo en orden.
+
+--¡Eh! ¿qué tal? ¿se te ha pasado ya el susto, mujercita mía?--dijo
+Montiño, en quien la debilidad era un defecto incurable.
+
+--No ha sido tan pequeño que pase tan pronto, marido mío; si vos
+hubiérais sido mejor de lo que sois y no hubiérais pensado mal de
+vuestra mujer, y no la hubiérais hecho meter en la cárcel, estaríamos
+mejor; yo no puedo olvidarme tan pronto de lo mucho malo que habéis
+hecho contra mí; yo no puedo perdonaros tan fácilmente.
+
+Esto lo decía Luisa, subida en una silla, de espaldas á Montiño,
+clavando clavos en la pared y dejándole ver el pie más pequeño y el
+principio de unas piernas lo más bonito que podía darse.
+
+--Vamos, no hablemos más de esto, mujercita mía; yo he estado loco y á
+los locos se les perdona todo; yo te compraré un justillo y una saya de
+terciopelo tomados de oro y collar y arracadas de corales, y te daré
+aquellos cintillos de diamantes que te gustan tanto.
+
+--Ya sois bueno--dijo Luisa--, conocéis que habéis sido malvado, y
+queréis contentarme con regalos, como si con los regalos pudiera curarse
+el alma.
+
+Y Luisa se echó á llorar desconsoladamente; aquel llanto era por la
+muerte del sargento mayor á quien amaba, y con quien había pensado gozar
+fuera de España el dinero robado á su marido.
+
+Pero Montiño era de esos ciegos que no ven ó no quieren ver, y exclamó:
+
+--¡Válgame Dios y qué llanto tan inútil! ya no tienes nada que temer, y
+yo te amo más que nunca.
+
+--No queréis que llore, ¡y me habéis llamado adúltera y miserable!--dijo
+Luisa buscando un pretexto á su llanto.
+
+--Vamos, mujer, por Dios, olvidemos eso; ya te he dicho que yo estaba
+loco. ¿No estás bastante vengada de mí?
+
+--No, no y no; necesito vengarme más.
+
+--Pues bien, haz de mí lo que quieras, pero no me atormentes más con tus
+lágrimas. Tendrás todo lo que quieras: ricos trajes, hermosas alhajas...
+
+--¡Ah!--exclamó desconsoladamente Luisa.
+
+--Y á mí, padre, ¿qué me daréis á mí?--dijo la Inesilla.
+
+--A ti, hija mía, te daré un hermoso ajuar, un buen dote y te casaré con
+Cristóbal.
+
+--¡Ay, padre! y ¡qué bueno es vuesa merced!
+
+--No lo cree así tu madre, que dice que se ha de vengar de mí.
+
+--¡Bah! madre Luisa está irritadilla... pero eso se le pasará: ¿no es
+verdad, madre?
+
+--¡Eh! ¡no!--dijo Luisa.
+
+--¡Todo sea por Dios!--dijo Montiño--; voy á las cocinas, que ya es
+tiempo de que yo vuelva de nuevo á mi obligación; quiera Dios que cuando
+vuelva te encuentre de mejor humor, mujer.
+
+Y Montiño salió y se trasladó á las cocinas.
+
+--Señor Gómez Puente--dijo al oficial mayor, que adelantó cuchilla y
+tenedor en mano--, ¿qué hacéis?
+
+--Salpimento unos lechones, señor Francisco--contestó el oficial mayor.
+
+--Muchas gracias, señor Gómez--dijo Montiño.
+
+--¿De qué, señor Francisco?--dijo el oficial mayor.
+
+--Todo está en orden, todo limpio, todo á punto; parece que no he
+faltado yo de las cocinas.
+
+--Vos nos tenéis acostumbrados á trabajar bien.
+
+--Veamos qué vianda habéis preparado á su majestad.
+
+--Aquí está la lista--dijo el oficial mayor dejando la cuchilla sobre un
+mantel, sacando un papel doblado del bolsillo de su mandil.
+
+Montiño desdobló con gran interés aquel papel y le recorrió.
+
+--Bien, muy bien--dijo--; diez principios con perniles, diez platos de
+volatería, otros tantos de pescados, ocho de caza mayor, surtido
+completo de entremeses, variedad de empanadas, de asados y de fritos,
+seis ensaladas, todas las frutas secas y frescas de la estación y
+abundancia de conservas y dulces de repostería; bien, muy bien, señor
+Gómez; ya veo que no hago aquí gran falta. ¿Y la cena, señor Gómez?
+
+--Hela aquí--dijo el oficial sacando otra lista.
+
+Recorrióla con suma avidez Montiño y con cierto disgusto, porque no
+halló nada que reprender, y esto, hasta cierto punto, ofendía su amor
+propio.
+
+--Está visto que yo aquí no hago absolutamente falta--repitió--. Todo
+esto está muy bien.
+
+--Vuesa merced hace siempre falta en las cocinas--dijo Gómez--; hemos
+podido salir adelante dos días; pero si vuesa merced faltara un día más,
+no sabríamos cómo componernos. Así como así, faltan en estas dos listas
+algunos platos de que gusta sobremanera su majestad, y que son tan
+delicados, que sólo vuesa merced los sabe preparar.
+
+--En efecto, y quiero hacer dos platillos de los míos reservados, para
+que el rey conozca que no me he muerto todavía. ¡Hola! Lamprea, hijo:
+prepárame unos filetes de ternera.
+
+--Buenos días, ó más bien, buenos medios días, señor Francisco--dijo una
+voz áspera, en aquel punto, á las espaldas del cocinero, al mismo tiempo
+que una mano pesada se apoyaba en su hombro.
+
+Volvióse de una manera nerviosa Montiño, y vió detrás al tío Manolillo
+que le presentaba una escudilla de madera.
+
+Estremecióse el triste del cocinero.
+
+El bufón le miraba de una manera terriblemente fija y con una expresión
+que era un misterio para el cocinero mayor.
+
+--¿Qué queréis?--dijo Montiño con la voz temblorosa de miedo.
+
+--Quiero que me deis algo bueno que almorzar, tengo mucha hambre y no
+puede esperar mi estómago á la mesa de mi hermano don Felipe; paréceme
+que esas empanadas que acaban de salir del horno, por lo que huelen, son
+de águilas; apropiadme una.
+
+Montiño puso por sí mismo una hermosa empanada en la escudilla del
+bufón.
+
+--Ahí veo formadas en batalla algunas botellas con telarañas; la masa,
+señor Francisco, no pasa bien sin vino; dadme una botella.
+
+El cocinero dió al bufón una botella, que éste se puso debajo del brazo.
+
+--Ahora, echadme aquí--dijo quitándose la caperuza--algunos pastelillos
+y confituras con que acabar mi almuerzo.
+
+Montiño le llenó la caperuza.
+
+--Muchas gracias, hermano--dijo el bufón.
+
+--¿Y qué más queréis?--dijo con voz chillona, con impaciencia Montiño,
+viendo que el bufón con la botella bajo un brazo, la escudilla en una
+mano y la caperuza en otra, no se movía.
+
+--Quiero que me acompañéis.
+
+--Yo he almorzado ya.
+
+--Que me acompañéis mientras almuerzo yo.
+
+--No puedo; tengo que hacer un platillo de filetes de ternera
+sobreasados por mi propia mano...
+
+--Y yo tengo que hablaros urgentemente de un platillo que he inventado
+yo y que quiero que hagáis--dijo con voz ronca el bufón.
+
+--¡Ah! ¡habéis inventado un manjar!...--dijo el cocinero, que tenía
+graves motivos para no atreverse á desobedecer al bufón--. Pues esto es
+distinto. Vamos, tío Manolillo, y veamos vuestra invención.
+
+Y salió con el tío Manolillo.
+
+--¡Pobre señor Francisco!--dijo el oficial mayor--. Cada día me convenzo
+más de que está loco.
+
+--Tiene los ojos que le echan fuego--dijo otro de los oficiales.
+
+--Y se sonríe de una manera que mete miedo--observó otro.
+
+--¡Pobre señor Francisco!--dijeron todos.
+
+Entretanto el bufón había llevado al cocinero á su aposento y se había
+encerrado con él.
+
+Puso los manjares que llevaba sobre una grasienta mesa y empezó á comer
+con ansia.
+
+--Es necesario alimentarse para tener fuerzas--dijo--, y sobre todo
+cuando hay que obrar.
+
+--Decidme, tío Manolillo, ¿para qué me habéis traído aquí?
+
+--Para deciros que Dorotea tiene que haceros un encargo y os espera al
+momento.
+
+--Yo no puedo ir... y no iré...--dijo el cocinero.
+
+--¿Cómo que no iréis? ¿Ignoráis que sobre vuestra cabeza pende un
+proceso de asesinato?
+
+--El duque de Lerma ha mandado romper ese proceso.
+
+--¡Ah, el duque de Lerma!... Pues bien, el duque de Lerma os mandará
+prender de nuevo cuando se lo mande yo.
+
+--¡En cuanto vos se lo mandéis! ¡Bah! vos sois algo fanfarrón, tío
+Manolillo.
+
+--Oye, Montiño: si te vuelves á permitir burlas conmigo, te doy una
+paliza, ¿me entiendes?
+
+El cocinero mayor se acobardó.
+
+--Y si te niegas á servir á Dorotea te llevo á la horca.
+
+Entróle pavor á Montiño.
+
+--¿Pero en qué hay que servir á Dorotea?
+
+--Puede suceder que Dorotea quiera matar á alguien.
+
+--¿Y se valdrá de mí?
+
+--Ya lo creo; en tu casa no es ya nuevo el veneno.
+
+--Os digo que no, que no y que no--exclamó Montiño poniéndose lívido de
+miedo--; si vos sois un infame, yo no quiero serlo y no lo seré.
+
+--Urge aprovechar el tiempo, el asunto es importante y te voy á revelar
+lo que sólo sabemos Lerma y yo; voy á convencerte de que Lerma es mi
+esclavo. Mira.
+
+El bufón sacó de su pecho un legajo de papeles, le desató y, desdoblando
+uno de aquellos papeles, le dijo:
+
+--Lee.
+
+--¡Dios mío!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella carta.
+
+--Es una prueba de traición á favor de la Inglaterra contra el duque.
+¿No es verdad? Pues lee estotra.
+
+--¡Señor, señor!--exclamó el cocinero después de haber leído aquella
+segunda carta.
+
+--Aquí se prueba que Lerma roba al rey, ¿no es verdad?
+
+--Sí, sí.
+
+--¿Y crees tú que quien tiene éstas y otras terribles pruebas contra
+Lerma no te tiene en sus manos?
+
+--¡Dios mío!--exclamó medio muerto de terror el cocinero.
+
+--¿Y crees tú que si yo digo á Lerma: «la vida de Francisco Martínez
+Montiño por estas cartas», no te llevará Lerma al cadalso?
+
+--Tened compasión de mí, Manuel; tened lástima de un hombre de bien que
+ningún mal os ha hecho.
+
+--Dorotea necesita vengarse, y para vengarse te llama. Tú eres mío y yo
+uso de ti. ¿Qué importa una muerte más? ¿No mataste anoche al amante de
+tu mujer?
+
+--¡Le mató Dios, le mató Dios! ¡Yo solo fuí la mano de Dios!
+
+--Pues bien, seguirás siendo la mano de Dios, porque haciendo lo que
+Dorotea te mandará, habrás matado á ese infame.
+
+--Pensadlo bien, Manuel, pensadlo bien.
+
+--Lo tengo pensado.
+
+--¿Y decís que...?
+
+--Que si no obedeces á Dorotea vas á la horca.
+
+--Dejadme tiempo para pensar.
+
+--Si no te decides te dejo encerrado aquí, voy á ver á Lerma, le arranco
+la orden de prenderte como asesino y vengo con la justicia.
+
+--Bien--dijo el cocinero sudando de angustia--, iré á casa de Dorotea.
+
+--Vendrás conmigo; ya he acabado mi almuerzo y me siento con más fuerzas
+que nunca. Vamos.
+
+Y llevándose tras sí á Montiño, que estaba adherido á él por el terror,
+salió de su aposento y poco después del alcázar.
+
+Encamináronse á casa de la Dorotea.
+
+Cuando llegaron á la puerta, el bufón dijo al cocinero:
+
+--Llamad y entrad, aquí os aguardo.
+
+Montiño llamó temblando.
+
+Abrióse la puerta y apareció Pedro.
+
+--Decid á vuestra señora--dijo Montiño con voz apenas inteligible--que
+aquí está el cocinero mayor del rey.
+
+--No es necesario avisarla--dijo Pedro--; os espera y me ha dicho que en
+cuanto vengáis, entréis.
+
+El cocinero entró, y poco después estaba á solas con Dorotea.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXVII
+
+EN QUE SE ENNEGRECE Á SU VEZ EL CARÁCTER DE DOROTEA
+
+
+La joven cerró las puertas en cuanto entró en la sala Montiño.
+
+A pesar de su turbación, Montiño notó que Dorotea estaba llorosa, muy
+pálida, y visiblemente enferma. Sobre una mesa había mucho dinero en
+oro.
+
+--Tomad de aquí lo que necesitéis para una buena merienda para dos
+personas--dijo Dorotea.
+
+Montiño, que iba resignado, contestó:
+
+--¿Cómo queréis que sea esa merienda, señora?
+
+--Como pudiera serlo para el rey.
+
+--¿Con vinos y licores?
+
+--Sí... sí... con vinos y licores.
+
+--Pues bien, tomo diez doblones.
+
+--Tomad lo que queráis.
+
+--¿Y para cuando ha de estar dispuesta esa merienda?
+
+--Para esta noche á las ocho.
+
+--Es muy pronto.
+
+--Tomad por vuestro trabajo lo que queráis.
+
+--No, no es eso. Lo que importa es tener cocina y utensilios.
+
+--Cocina tendréis; utensilios, compradlos.
+
+--Entonces se necesitan otros cuatro doblones.
+
+--Gastad, gastad, y si no basta con el dinero que ahí está, os daré más.
+
+--¡Dios mio! con ese dinero basta para dar un convite de Estado en
+palacio.
+
+--Pues bien, el oro hace milagros. Gastad sin miedo, y que la merienda
+esté dispuesta para las ocho de la noche.
+
+--Lo estará.
+
+--El tío Manolillo os llevará á la casa donde habéis de guisar y servir
+esa merienda.
+
+--¿Será necesario buscar vajilla?
+
+--No, se llevará de casa. Pero es indispensable buscar otra cosa, para
+lo cual no dudo que necesitáreis mucho dinero.
+
+--¿Qué cosa, señora?
+
+--Un veneno que mate como un rayo.
+
+Y al decir estas palabras Dorotea, se cubrió el rostro con las manos y
+rompio á llorar.
+
+--¡Un veneno, señora!--exclamó aterrado el cocinero--; ¡un veneno! ¿y
+para qué le queréis?
+
+--Buscad un veneno; cuando habéis venido aquí, ¿no habéis venido
+resuelto á obedecerme?
+
+--Sí.
+
+--Pues bien, tomad todo ese dinero, tomad más si es necesario. Ahí deben
+quedar sesenta doblones. ¿Habrá bastante?
+
+--Sí; sí, señora.
+
+--Pues tomadlos.
+
+El cocinero tomo maquinalmente el dinero y le guardó.
+
+--Oíd: el veneno le pondréis en una sola confitura, pero en gran
+cantidad; por ejemplo, en una pera; cuidaréis que no haya otra; á esa
+pera la pondréis un lazo rojo y negro.
+
+--¡Señora! ¡señora!
+
+--Estáis demasiado turbado; voy á escribiros lo que debéis envenenar,
+con la señal que debéis ponerle, para que no podáis equivocaros.
+
+Y la joven se puso á escribir con mano segura, pero llorando sobre el
+papel.
+
+Cuando hubo acabado de escribir, entregó el papel á Montiño.
+
+--Tomad, idos--le dijo--; á las ocho todo ha de estar dispuesto. ¿Lo
+entendéis?
+
+--¡Adiós, señora, adiós!--dijo Montiño, y salió apresurado, porque le
+parecía que saliendo de allí, se libertaba del horrible compromiso en
+que se veía metido.
+
+Pero al abrir la puerta se encontró delante al tío Manolillo.
+
+Entre él y el bufón creyó el cocinero ver levantarse los dos palos rojos
+de la horca, y se decidió á hacer todo lo que quisiese con tal de no
+verse colgado de aquel patíbulo horrible.
+
+La fatalidad arrastraba á Montiño.
+
+--¿Estáis dispuesto?--le dijo el bufón.
+
+--Sí; sí, señor; estoy dispuesto á todo.
+
+--Pues vamos á donde sea necesario ir.
+
+--Es necesario comprar cacerolas, vasijas, todo lo indispensable para
+preparar la vianda que quiere Dorotea.
+
+--Vamos, pues.
+
+No había pasado una hora, cuando Montiño, ayudado por el bufón, guisaba
+sin mandil y sin gorro, sin más oficial ni galopín que el tío Manolillo,
+en la cocina de una casa deshabitada.
+
+Eran las dos de la tarde.
+
+A cada momento llegaban mozos cargados de muebles, de alfombras, de
+cuadros, y un tapicero se ocupaba en adornar á toda prisa un inmenso
+salón en aquella misma casa.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXVIII
+
+EN QUE SE SIGUEN RELATANDO LOS ESTUPENDOS ACONTECIMIENTOS DE ESTA
+VERÍDICA HISTORIA
+
+
+Era ya cerca del obscurecer.
+
+En dos bufetes (así se llamaban en aquellos tiempos una especie de mesas
+aparadoras) se veían puestos en tres filas como hasta dos docenas de
+platos, conteniendo una riquísima variedad de manjares.
+
+Sentado á un lado de la cocina, limpiándose el sudor que corría en
+abundancia por su frente, y mirando con cierta vanidad inevitable á
+pesar de la situación, su magnífica merienda, perfectamente arreglada,
+estaba el cocinero mayor.
+
+Al otro lado, arreglando sobre otros dos bufetes una magnífica vajilla
+de plata, y un no menos rico y bello juego de cristal, estaba el tío
+Manolillo, ceñudo y taciturno.
+
+Ninguno de los dos hablaba una palabra.
+
+Pero como obscureció hasta el punto de que ya no se veía en la cocina,
+el bufón dijo al cocinero como pudiera haberlo dicho á un criado:
+
+--Encended una luz.
+
+--Dejad, dejad que descanse un tanto, tío Manolillo--contestó
+humildemente el cocinero--; acabo de sentarme y estoy rendido; nunca he
+trabajado tanto; es cierto que las confituras y los hojaldres y las
+empanadas se han traído de fuera, pero así y todo, he hecho más de doce
+platillos en tres horas, y buenos todos, y sin oficiales, ni aun
+siquiera galopines. Sólo yo podría hacer otro tanto; ¡qué día! ¡qué día,
+Señor!
+
+--Después descansaréis--dijo el bufón--; pero antes, concluyamos;
+encended, encended la luz.
+
+--¿Pues qué? ¿no hemos concluído?--dijo el cocinero levantándose.
+
+--Yo creo que no.
+
+--Pues yo creo que sí--dijo el cocinero mientras encendía una tras otra
+seis bujías que puso sobre los bufetes.
+
+--¿No os ha hablado Dorotea de cierta confitura que ha de ir á la mesa,
+señalada con un lazo de seda negro y rojo?
+
+Montiño se estremeció todo; sus ojos erraron vagos, atónitos,
+espantados, sin fijarse en ningún objeto.
+
+--El lazo está aquí--dijo tomando un papel ahuecado de un aparador el
+tío Manolillo--, y muy bello por cierto; como que me ha costado tres
+reales, á pesar de ser una quisicosa; mirad, mirad, Montiño; ¿no es
+verdad que es muy bello?
+
+Y desenvolvió el papel y mostró al cocinero un precioso lazo de seda.
+
+Montiño miró y apartó instintivamente los ojos del terrible lazo.
+
+--Además--dijo el tío Manolillo tomando otro papel más abultado--, aquí
+hay una porción de lazos: blancos, verdes, azules, dorados; adornad ese
+plato de confituras, Montiño, que esté vistoso; vamos, que se pasa el
+tiempo.
+
+Montiño se acercó á uno de los bufetes, tomó un plato de frutas
+confitadas, y lentamente, pálido, convulso, fué poniendo á cada dulce un
+lazo, un adorno, una flor, que también las había.
+
+Quedaba únicamente por poner el lazo negro y rojo.
+
+Montiño le tomó con la extremidad de los dedos, con el mismo horror que
+si hubiera sido un reptil ponzoñoso.
+
+--Esperad, esperad--dijo el tío Manolillo--; voy á daros la confitura
+que debéis adornar con ese lazo; es una pera bergamota, una hermosa
+pera; tomad.
+
+Y desenvolvió de un papel que tomó de sobre una mesa una magnífica pera
+confitada.
+
+Montiño tomó la pera con la misma repugnancia que había tomado el lazo,
+y fué á adornarla con él.
+
+--Esperad, esperad, Montiño--dijo el tío Manolillo--; aún falta algo á
+esa pera.
+
+--¡Por Dios! ¡Por su Santísima Madre! ¡Por todos los santos y santas del
+cielo! ¡No me obliguéis á ser asesino!--exclamó el cocinero juntando las
+manos y llorando.
+
+--Bien, no lo hagáis; todo se reduce á que desde aquí mismo os lleve yo
+á la cárcel.
+
+--Pues bien--dijo Montiño desesperado--, no soy yo el asesino, sino vos,
+vos que me obligáis á elegir entre mi vida y la de otro; yo juro á
+Dios...
+
+--Acabad, que lugar tendréis de jurar después.
+
+--Pues bien, sea--dijo el cocinero metiendo su mano derecha de una
+manera violenta y nerviosa en el bolsillo derecho de sus gregüescos--:
+que Dios tenga piedad de la criatura que va á morir.
+
+Y sacó un papel ajado y le desenvolvió.
+
+--¡Cuidado! ¡cuidado con lo que hacéis! no vaya á caer el tósigo en
+algún otro plato--dijo el bufón dando la confitura al cocinero y
+apartándole del bufete donde los otros platos estaban servidos--.
+Hacedlo aquí.
+
+--Ni veo, ni sé lo que me hago--dijo el cocinero mirando con terror los
+polvos rojizos que contenía el papel.
+
+--Pues ved de ver--dijo el bufón.
+
+--¿Y cómo pongo yo esto en la pera?--dijo Montiño, cuya voz aterrada por
+el miedo, apenas se oía.
+
+--Introducid el veneno con la punta de un cuchillo.
+
+Montiño se dominó, tomó la pera, y con un cuchillo la hizo una
+hendedura. Luego, con una agonía infinita, llorando, rezando,
+estremeciéndose todo, tomó de aquellos polvos con la punta del
+cuchillo, é introdujo otra vez la punta en la hendedura. El bufón le
+hizo repetir esta operación tres veces consecutivas.
+
+Una gran cantidad de los polvos había sido introducida en la pera.
+
+--Ahora podéis ponerla ese lazo--dijo el tío Manolillo.
+
+Montiño puso en la pera el lazo rojo y negro.
+
+Tomó la pera el bufón, y colocándola sobre una hoja de parra
+contrahecha, para aislarla, la puso sobre las otras confituras.
+
+--Ahora podéis descansar cuanto queráis--dijo el bufón.
+
+--No; no, señor--dijo el cocinero mayor--; lo que yo quiero es irme de
+aquí; irme muy lejos de aquí, porque aquí tengo mucho miedo, porque me
+muero aquí; porque creo que se me va á caer encima esta maldita casa.
+¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Dios mío!
+
+Y se echó estrepitosamente á llorar.
+
+El tío Manolillo cantaba entretanto entre dientes, y mientras acababa de
+arreglar la vajilla, una canción picaresca.
+
+Pero había algo de horrible en el acento y en el canto del bufón.
+
+--¿Dónde están mi capa, mi sombrero, mi espada y mi daga?--dijo Montiño,
+que buscaba por todos los rincones.
+
+--¿Cómo, os empeñáis en iros?
+
+--Os juro que no me quedo aquí si no me matáis.
+
+--Es que yo tengo que salir y quisiera que no se quedara la casa
+abandonada.
+
+--Es que si he de quedarme solo, no me quedo.
+
+--Y bien mirado--dijo el tío Manolillo, como hablando consigo mismo--,
+¿para qué quiero yo á éste aquí? ¿para que cometa alguna imprudencia?
+Vamos, vamos, Montiño, saldremos juntos. Afuera están vuestras prendas.
+
+Y tomando una bujía salió de la cocina.
+
+En la pieza inmediata encontró el cocinero mayor su capa, su sombrero y
+sus armas.
+
+Púsoselos como pudo, y siguió al tío Manolillo, que no se había
+detenido.
+
+Cuando estuvieron en el piso bajo, el bufón dejó la bujía en el patio,
+entró en el obscuro zaguán y abrió la puerta.
+
+Montiño escapó con la misma rapidez y el mismo sobresalto con que escapa
+un pájaro á quien abren la jaula.
+
+Y sin detenerse, sin volver la cara atrás, temeroso de ser cogido de
+nuevo, no paró de correr hasta que dobló tres esquinas.
+
+Entonces se detuvo y escuchó con atención.
+
+Nada se oía más que el rumor monótono y sostenido de la lluvia, porque
+seguía lloviendo, y el zumbar del viento pesado y fuerte á lo largo de
+las estrechas calles.
+
+Miró y tampoco vió nada, porque la noche era obscura.
+
+Montiño no podía apreciar en dónde estaba precisamente, porque había
+salido de la casa tan azorado, que no sabía si había tomado hacia la
+derecha ó hacia la izquierda.
+
+Y tal era el miedo, tal la preocupación del menguado cocinero, que no se
+le ocurrió orientarse, ni otra cosa más que seguir adelante, y aun esto
+no se le ocurrió, sino que lo hizo maquinalmente.
+
+Y siguió, siguió torciendo esquinas á la ventura, empapándose en agua,
+tropezando aquí, resbalando allá, sin encontrar ningún transeunte, sino
+de tiempo en tiempo y aun así sin reparar en él.
+
+No se había atrevido á desenvainar la daga, porque temía no le
+aconteciese otra negra aventura como la que creía haberle acontecido la
+noche anterior; esto es: matar á un hombre entre lo obscuro, sin
+voluntad alguna de matarle.
+
+Y siguió, siguió andando con paso tan rápido, que se cansó al fin y se
+sentó en el escalón de una puerta.
+
+Y allí, encogido, temblando á un mismo tiempo de frío y de miedo, se
+puso á llorar sin saber por qué lloraba, porque el pobre cocinero mayor
+en aquellos momentos había perdido la conciencia de todo.
+
+Pero pasó algún tiempo, y con el frío de la noche, con la lluvia, con el
+viento, afectado de una manera externa, fué volviendo al uso de sus
+facultades, recordando, apreciando su situación.
+
+Entonces, no estando sujeto á la influencia próxima del tío Manolillo,
+la conciencia del cocinero se rebeló contra lo que había hecho, operóse
+en su alma una reacción poderosa, y se levantó como al impulso de un
+sacudimiento galvánico.
+
+--¡Ah, Dios mío, Dios mío!--exclamó--; ¡no ha sido un sueño, no! ¡no ha
+sido una pesadilla, ha sido una verdad horrible! yo he cedido de miedo;
+de miedo por aquellos terribles secretos del duque de Lerma, que posee
+ese miserable, ¡ese infame Manolillo! ¡y por mi miedo va á morir una
+criatura humana y yo me condenaré! No, no; es necesario evitar... es
+necesario correr... avisar... ¿y á quién? á la justicia... porqué...
+¿qué sé yo á quién quieren matar?...
+
+El cocinero adelantó algunos pasos.
+
+--Pero Dios mío--dijo al fin--, ¿dónde estoy yo? he venido hasta aquí
+sin saber por dónde he venido, y no pasa nadie, y la noche está obscura
+como boca de lobo.
+
+En aquel momento y como contestando á la pregunta del cocinero, traído
+por el viento, llegó hasta él el sonido de un reloj cercano.
+
+--¡Dios mío!--exclamó Montiño--; es el reloj de Nuestra Señora de
+Atocha. Me he perdido; estoy de extremo á extremo de palacio y son las
+nueve de la noche. Cuando yo salí de aquella maldita casa debían ser,
+cuando más, las siete. En dos horas ha habido tiempo para que se cometa
+el crimen. Pero ¡ah! Dios sin duda me ha traído aquí cerca del padre
+Aliaga, que puede impedir el crimen, que yo le revelaré bajo secreto de
+confesión, y que tiene mucho ingenio y sabrá sacarme del paso sin
+comprometerme; y no hay que perder tiempo: ¡no, Dios mío, no!
+
+Y siguió adelante, guiado ya por la pendiente de la calle de Atocha y
+casi á la carrera.
+
+Cinco minutos después tiraba de la cuerda de la campana de la puerta del
+convento y pedía al portero ver al padre Aliaga de orden del rey.
+
+Inmediatamente fué introducido.
+
+El padre Aliaga, sentado delante de su mesa, ceñudo y sombrío, pensaba
+más que leía sobre un libro.
+
+Al ruido de los pasos del cocinero mayor, levantó la cabeza.
+
+Al ver el aspecto de Montiño, su palidez singular, su temblor, y sobre
+todo, la extraña é insensata mirada de sus ojos, se estremeció
+instintivamente, porque al ver el aspecto del cocinero, había creído ver
+el presagio de una desgracia.
+
+--¿Qué sucede?--dijo cerrando el libro y levantándose.
+
+--Sucede, que va á suceder un horrible crimen, si no ha sucedido ya.
+
+--¿Un crimen? ¿Y por qué no habéis ido á la justicia en vez de venir á
+mi?
+
+--Porque... porque... yo no revelaré ese crimen sino bajo sigilo de
+confesión.
+
+--¿Pero no decís que va á cometerse si no se ha cometido? Urge, pues, el
+impedirlo.
+
+--Por lo mismo, seguidme, señor, seguidme, y por el camino os haré mi
+confesión.
+
+--Vamos--dijo el padre Aliaga tomando su manteo y su sombrero y saliendo
+sin avisar á nadie, de su celda con Montiño.
+
+Cuando el portero vió salir no menos que á su señoría ilustrísima el
+inquisidor general fray Luis de Aliaga, de noche, á tal hora y con tal
+prisa, y á pie con un hombre que había entrado en el convento trayendo
+órdenes del rey, no pudo menos de maravillarse y santiguarse porque
+aquello era verdaderamente extraordinario.
+
+--Empezad, empezad, pues--dijo el padre Aliaga--, y sobre todo, sepamos
+á dónde me lleváis.
+
+--A la calle de Don Pedro.
+
+--Nos perderemos; está la noche muy obscura y nos hemos olvidado de
+tomar una linterna: esta calle está lejos. Volvamos al convento, y
+proveámonos de luz.
+
+--No podemos perder un instante, señor; acaso ya no sea tiempo de
+impedir el crimen; es necesario ir de prisa. Asíos á mi brazo, que
+seguro estoy de no perderme; toda la calle de Atocha arriba, á la calle
+de la Magdalena, la de la Merced, la del Duque de Alba, la de Toledo, la
+plaza de la Cebada y la calle de Don Pedro; iría con los ojos vendados.
+
+--Pues bien, vamos y apresurémonos--dijo el padre Aliaga recogiéndose
+con una mano los hábitos y asiéndose con otra del brazo de Montiño--;
+empezad, pues, os escucho--añadió el religioso.
+
+--Advierto á vueseñoría que no le revelo nada sino bajo sigilo de
+confesión.
+
+--Os prometo el sigilo por lo que respecta á vuestra persona, _in verbo
+sacerdotis_.
+
+--¡Cómo!
+
+--Bajo palabra de sacerdote.
+
+Entonces, y con esta seguridad, Montiño se persignó y rezó
+apresuradamente la confesión general.
+
+Después dijo:
+
+--Hace dos horas envenené una confitura que ha de servir en una
+merienda.
+
+Y apenas pronunciadas estas palabras, Montiño rompió á llorar.
+
+El padre Aliaga se detuvo de repente, y oprimiendo el brazo de Montiño,
+hasta el punto de hacerle gritar de dolor y de miedo, y convirtiéndose
+de fraile en hombre, y en hombre enérgico y terrible, exclamó
+sacudiendo con furia al cocinero y con voz concentrada, espantosa:
+
+--¡Miserable! ¡habéis envenenado un manjar que debe comer una criatura
+de Dios!
+
+Montiño tembló de los pies á la cabeza, vaciló y cayó de rodillas sobre
+el suelo encharcado, murmurando:
+
+--¡Ah! ¡Perdón! ¡perdón, señor!--exclamó--; me aterraron... el tío
+Manolillo...
+
+--¡El tío Manolillo!... ¡el bufón del rey!--exclamó aumentando en
+severidad el padre Aliaga--. ¡Pero levantáos y seguid! ¡Sigamos,
+corriendo, volando, si pudiéramos! ¡Llevadme al lugar donde esa criatura
+va á morir, donde está muriendo acaso!
+
+El cocinero, que hacía ya mucho tiempo no era otra cosa que una máquina
+que se movía á voluntad de la potencia que tenía al lado, se levantó y
+dió á correr, temblando, llorando y rezando, todo á un tiempo.
+
+El padre Aliaga, levantándose los hábitos, asido del brazo de Montiño,
+corría también.
+
+--¿Y quién es la persona á quien mata el tío Manolillo?--dijo el padre
+Aliaga.
+
+--¡No lo sé, no lo sé!--contestó todo gemibundo y miedoso Montiño.
+
+--¡Cómo! ¿No os ha dicho el tío Manolillo?...
+
+--No, ni la Dorotea tampoco.
+
+--¿Qué decís de la Dorotea?
+
+--La Dorotea ha sido la que me ha mandado envenenar un dulce... guisar
+una merienda.
+
+--¡La Dorotea!... ¡Dios mío! ¡Corred, corred, que la Dorotea quiere
+envenenar á una persona!... ¡Y no os ha dicho el nombre de esa
+persona!...
+
+--No; no, señor.
+
+--Si fuera por acaso don Juan Téllez Girón...
+
+--¿Mi supuesto sobrino?
+
+--Sí, sí; él ha pasado hasta ahora por sobrino vuestro... la Dorotea le
+ama... le ama con toda su alma...
+
+--Sí; sí, señor.
+
+--Y pudiera suceder también que no sea á don Juan á quien se quiera
+matar... sino á su mujer... doña Clara de Soldevilla...
+
+--¡Dios mío!
+
+--¡Corramos! ¡Corramos y callemos!, que las palabras nos fatigan y
+retrasan nuestra marcha.
+
+Y siguieron corriendo sin hablar ya, sin escucharse más que de tiempo en
+tiempo alguna exclamación angustiosa del cocinero.
+
+Y así, sin encontrar á nadie, bajo la lluvia, azotados por el viento,
+llegaron en muy poco tiempo á la calle de Don Pedro.
+
+Pero al entrar en ella, oyeron dos voces irritadas, ruido de aceros que
+se chocaban, y á poco un grito de agonía, tras el cual no se volvió á
+oír el choque del acero.
+
+Montiño se detuvo, pero el padre Aliaga tiró violentamente de él y le
+arrastró hacia un lugar donde resonaban grandes golpes á la puerta de
+una casa.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXIX
+
+DEL MEDIO EXTRAÑO DE QUE SE VALIÓ QUEVEDO PARA SOLTARSE DE LA PRISIÓN EN
+QUE LE HABÍA PUESTO EL AMOR DE LA CONDESA DE LEMOS
+
+
+Dejamos al final del capítulo LXXI á Quevedo y á la condesa de Lemos en
+un magnífico salón de una quinta, y sentados á una mesa admirablemente
+servida.
+
+El moreno y hermosísimo semblante de la condesa estaba embellecido por
+el color febril de una excitación extraña; el amor, pero un amor
+lastimado, ofendido, receloso, entumecía sus ojos fijos en Quevedo.
+
+Su mórbida garganta se hinchaba hasta el punto de que parecía no poderla
+contener la gargantilla de gruesas perlas, con broche de diamantes, qué
+la ceñía, y la magnífica cruz que pendía de esta gargantilla, se
+levantaba y descendía á impulsos de la continua dilatación y compresión
+del casi desnudo seno de doña Catalina; sus hermosas manos cuajadas de
+cintillos, y sus brazos que dejaban descubiertos hasta la mitad, entre
+encajes de Flandes, las anchas mangas de su rico traje de brocado
+blanco, temblaban al hacer el plato á Quevedo.
+
+Este, por su parte, tenía fija una mirada atónita, ardiente, asombrada
+en la condesa.
+
+Nunca la había visto, ni aun la había soñado tan hermosa.
+
+Y era porque todo se combinaba aquella noche en la condesa para aumentar
+su hermosura.
+
+El estado de su alma; su voluntarioso amor por Quevedo; la manera cómo
+pensando en seducirle, en deslumbrarle, se había ataviado, todo lo cual
+la hacía resplandeciente, y luego el carácter particular de aquella
+aventura, en que una mujer enamorada lo arrostraba todo, la deshonra, y
+acaso la muerte, por el amor de un hombre, daban á la condesa un poderío
+terrible, tratándose de un hombre tan sensual y tan espiritual á un
+tiempo como Quevedo, que se sentía halagado por completo en los
+sentidos, en el alma y en el orgullo por aquella mujer, toda hermosura,
+toda alma, toda voluptuosidad, toda deseo, para él y sólo por él.
+
+Y además, hasta la vanidad de Quevedo, que también tenía vanidad, estaba
+halagada, y su buen gusto, que le tenía exquisito, estaba satisfecho.
+
+Todo lo que le rodeaba era magnífico, rico y bello; desde el techo, de
+madera ensamblada, pintada y dorada, hasta el pavimento, cubierto de una
+alfombra de terciopelo, las tapicerías, los cuadros, los cortinajes, los
+muebles, las arañas de cristal de Venecia, los espejos con marcos de
+plata cincelada, las mesas cargadas de bujerías preciosas, aquella otra
+mesa con riquísimos manjares servidos en vajilla de oro, y lo que
+alegraba la malicia de Quevedo, con el escudo de arma cincelado de la
+casa de Lemos, las viandas exquisitas, los transparentes y límpidos
+vinos generosos en costosas y raras cristalerías; el fausto, el brillo,
+la nobleza por todas partes, y en medio de esto, viviendo para él solo,
+hermosa para él solo, enamorada para él solo, una mujer engalanada con
+un tesoro de joyas y del alhajas, semejante á un sueño, noble por su
+cuna, distinguida por su talento, envidiada por hermosa y esquiva,
+sensible, poética, valiente, obstinada, en lucha con él, todo esto
+mareaba á Quevedo, le aturdía, le adormecía, le fascinaba.
+
+Y la mirada de la condesa, que continuamente pasaba de los ojos de
+Quevedo á un bello pórtico dorado y misterioso, á cuyo interior servía
+de telón una cortina de encajes... Quevedo tuvo necesidad de afirmarse,
+por decirlo así, en los estribos y acordarse de su porvenir;
+sobreponerlo en grandeza, en goces, en belleza, á aquel su bellísimo
+presente, para poder luchar con alguna esperanza de triunfo con la
+condesa.
+
+Se encontraba en el alcázar mágico de una encantadora.
+
+--Cuando hayamos dado un enorme escándalo--dijo la condesa sirviendo un
+plato á Quevedo y haciéndole la copa--; cuando sin temor á nadie ni á
+nada, seamos yo tuya y tú mío; cuando nuestro nido de amor sea más
+hermoso y más rico que éste; cuando nos rodee una familia tuya y mía...
+
+--Dios me libre de bastardos..--dijo Quevedo mascando á dos carrillos y
+tomando una copa de oro rebosando de vino--. Un bastardo tiene la culpa
+de que nos suceda lo que no debía sucedernos.
+
+--¡Qué! ¿te pesa... don Francisco?...
+
+--Pesaríame por ti... ¿pero qué digo, pesarme?... bebe, Catalina, luz de
+mis ojos, bebe... embriaguémonos... olvidémonos de todo... pidamos á
+Dios que disponga como nos conviene de mi señor el conde de Lemos.
+
+--¡Qué! ¿serías tú capaz?...
+
+--Yo... ¡eh! ¡de qué he de ser yo capaz!... abriría yo de buena gana,
+que bien lo merece, el alma torcida del conde, puerta bastante para que
+se escapase del cuerpo, si no hubiera de perderte...
+
+--¡Ah! sí... sí... yo estoy loca... tan desesperada estoy, que si tú
+fueras otro hombre, no sé á dónde me llevaría mi locura; pero si tú
+fueras capaz de una infamia... yo no te amaría...
+
+--Dios nos libre de espectros como de bastardos... los unos y los otros
+acaban por pesar mucho... no pensemos en echar peso sobre nuestra
+conciencia. Pero... ¡no bebes, luz de mis ojos!
+
+--No... me basta con la embriaguez de mi amor, ya que he perdido el
+corazón no quiero perder la cabeza. Resígnate á ser mío, y no esperes
+escapar por ningún medio; te tengo, y no te he de soltar tan pronto.
+
+--Hablemos con juicio, Catalina mía.
+
+--¡Juicio! no sé si lo he tenido alguna vez; pero ahora sólo tengo amor
+y miedo de que te me vayas.
+
+--No puedo irme; aunque estuviésemos separados, aunque tú, lo que Dios
+no permita, murieses, yo no me vería libre; tu memoria... la memoria de
+mi felicidad perdida, de mi corazón muerto...
+
+--¡Ah! ¡don Francisco! ¡por qué antes no nos comprendimos!
+
+--El hombre es necio é insensato; necesita ver lo suyo en manos de otro
+para conocer que era suyo lo que le han robado... ¡oh! ¡si yo hubiera
+sido menos necio! ¡si no hubiera mirado en ti á tu padre!... porque en
+fin, ¿qué tiene que ver tu padre contigo? ni tu hermosura, ni tu alma,
+la has heredado de él; te las ha dado Dios... yo... desde mis primeros
+años he vivido soñando, y aún sueño... aún sueño...
+
+Las dos últimas palabras de Quevedo fueron sombrías.
+
+Después de pronunciarlas, inclinó la cabeza sobre el pecho, é
+instantáneamente la levantó, dejando ver en sus enormes y poderosos ojos
+negros una expresión de soberbia y de blasfemia tales que aterraron á
+doña Catalina.
+
+--¡Oh! ¡qué soy yo para ti!--dijo la joven comprendiendo la mirada de
+Quevedo.
+
+--Tú... ¿qué puedes ser tú, Catalina? Tú puedes ser y eres mi diablo
+amor.
+
+--¡Oh! ¡y qué palabras!
+
+--Creo que he nacido maldito, Catalina--continuó Quevedo.
+
+--Tú quieres asustarme.
+
+--No...--respondió Quevedo con voz vibrante--; las palabras que te digo,
+se me salen á borbotones del corazón. Escúchame, Catalina: tú eres la
+única mujer nacida para mí; tú... tú tienes todo lo que yo he soñado en
+la mujer... ya lo ves, te estoy hablando frío y desnudo como si hablara
+conmigo mismo. Oye, Catalina, yo necesito dominar, dominarlo todo,
+porque desprecio todo lo que me rodea, todo menos á ti, que eres mi
+mujer como yo tu hombre... ¿entiendes?... hay en mi algo rebelde, algo
+de Satanás... yo marcho, marcho y sigo marchando sin detenerme, la vista
+fija en un punto, la cabeza firme en un propósito... ¿por qué te me
+pones delante de ese propósito? ¿por qué me has obligado á huir, á
+ofenderte?
+
+Quevedo miraba de hito en hito á doña Catalina, que de hito en hito le
+miraba también.
+
+Entrambos estaban transfigurados, fuera de sus condiciones ordinarias.
+
+El rostro, la mirada, la actitud de Quevedo eran terribles; no era el
+mismo hombre que doña Catalina conocía; hasta su lenguaje, aquel
+lenguaje artificial, tan usado por él, había desaparecido.
+
+Y era que doña Catalina, verdad para él, le arrastraba con su
+influencia, le llevaba por el camino de la verdad.
+
+--Creo que yo te puedo servir de algo, don Francisco--dijo la condesa
+dejando su asiento, dando vuelta á la mesa, rodeando con un brazo el
+cuello de Quevedo y asiendo una de sus manos.
+
+--Ahora de mucho, de todo, Catalina mía--dijo Quevedo, rodeando la
+cintura de la condesa, que se estremeció.
+
+--Cuenta conmigo.
+
+--Cuidado con lo que ofreces--dijo Quevedo.
+
+--Todo cuanto yo pueda es tuyo.
+
+--¿La ambición de tu padre?...
+
+--Sí...
+
+--¿La vida de tu esposo?...
+
+--Sí, y cien veces sí.
+
+Pasó algo terrible, inmenso, doloroso, por el alma de Quevedo, esto es,
+por sus ojos.
+
+La condesa no vió aquella mirada breve y rápida, pero sombría, que pasó
+como un relámpago.
+
+Si la hubiera visto se hubiera asustado.
+
+Quevedo empezaba á cobrar miedo á la condesa.
+
+Era demasiado enérgica, demasiado terrible.
+
+Quevedo vió de un golpe que doña Catalina podía ser el obstáculo perenne
+de su vida.
+
+Tanto amor y tan ciego, y en una mujer tan ardiente y con tanto ingenio
+como doña Catalina, era respetable; más que respetable, terrible.
+
+Quevedo llegó á temer si había más que amor en doña Catalina hacia él.
+
+Si la ambición la impulsaba á recurrir á él por una poderosa simpatía.
+
+Serenó su semblante, y atrayendo á sí con ambas manos la cabeza de la
+joven, la dijo:
+
+--¡Oh, y cuan bien que brillaría sobre esta serena y noble frente una
+corona!
+
+--Sí, una corona de mirto y rosas purpúreas--dijo doña Catalina
+sonriendo--; una corona de amor.
+
+Desconcertóse Quevedo; doña Catalina no tenía más ambición que su amor.
+
+Si la ambición de doña Catalina hubiera sido otra, Quevedo hubiera
+tenido esperanzas de dominarla.
+
+Para con doña Catalina no había otro dominio que el amor, y estaba
+escarmentada, recelosa.
+
+--Dime, don Francisco--dijo doña Catalina sentándose sobre sus
+rodillas--: ¿es cierto que tú sueñas grandezas?...
+
+--¿Yo?...
+
+--¿Que, porque las sueñas, te sirves de la soberbia y de la locura del
+duque Osuna?
+
+--El duque de Osuna es mi amigo.
+
+--No; es tu criado.
+
+--¡Catalina!
+
+--¿No has pensado nunca en el reino de Nápoles?
+
+Quevedo miró profundamente á la joven.
+
+La joven sonreía de una manera singular.
+
+--¡Rey!--dijo con acento hueco Quevedo--. ¿Y qué es ser rey?
+
+--Ser esclavo de un favorito--dijo la condesa--; de modo que si el duque
+de Osuna, en vez de llamarse virrey, se llamase rey de Nápoles, lo que
+no sería otra cosa que un reino más perdido para el rey de España, el
+secretario del virrey sería secretario del rey... ¿y quién sabe?...
+
+--El duque de Lerma ha nacido para equivocarse, y nada más que para
+equivocarse.
+
+--¿Y qué tiene que ver mi padre?...
+
+--Tú... no has sido tú quien ha pensado ese desvarío que me supones...
+lo has oído al duque de Lerma.
+
+--Es que te he adivinado, don Francisco.
+
+--¡Y bien, qué! ¿Si eso fuera cierto?...
+
+--Entonces una mujer que ocupase un alto lugar en la corte de España,
+que supiese conspirar, que lo viese todo, que lo oyese todo y que te
+amase... sería tus pies y tu cabeza; podrías obrar aquí y allá...
+aprovechar las ocasiones propicias... ¿Crees tú que yo puedo ser esa
+mujer?
+
+--Sí.
+
+--¿Crees tú que yo soy capaz de sacrificarlo todo por ti?
+
+--Lo creo.
+
+-¿Crees tú que sería capaz de doblar mi orgullo hasta el punto de ser
+dama de la duquesa de Osuna, si la duquesa llegase á ser reina?
+
+--Sí.
+
+--Y entonces, ¿por qué quieres destrozarme el corazón, abandonándome?
+
+--Es que yo no te abandono, me ausento.
+
+--Tu ausencia es la muerte de mi esperanza. ¡Dicen que son tan hermosas
+las napolitanas! ¿No has dejado allí ningún amor, don Francisco?
+
+--No he amado á nadie más que á ti; virgen del alma, me has tenido y no
+me has dejado alma para otra mujer.
+
+--Pues bien; no nos separaremos.
+
+--Es urgente, necesario, que yo salga de aquí esta noche. No sé lo que
+ha sido del hijo bastardo del duque de Osuna.
+
+--Yo lo sabré.
+
+--Lo que yo puedo hacer por él no puede hacerlo nadie.
+
+--¿Es decir, que tienes empeño en salir de aquí?
+
+--Lo necesito, lo arriesgo todo si paso algunas horas sin correr al
+auxilio de don Juan.
+
+--Pues bien, primero soy yo que nadie; no saldrás.
+
+--Te aborreceré.
+
+--Aunque me aborrezcas; ¿qué me importa, si insistiendo en huir de aquí
+me pruebas que no me amas? para el hombre que ama, lo primero es la
+mujer de su amor.
+
+Y doña Catalina se levantó irritada de sobre las rodillas de Quevedo.
+
+--¿Conque somos decididamente enemigos?--dijo don Francisco.
+
+--Aún hay un medio de entendernos.
+
+--¿Cuál?
+
+--Entre mis bienes dotales, tengo yo hacienda cerca de Nápoles.
+
+--¡Oh! pues entonces...
+
+--Si me pruebas que me amas, abandono á España, y con el pretexto de la
+salud, de mudar de aires, del deseo de ver aquellas posesiones mías, me
+voy contigo.
+
+--No puedes dudar de mi amor.
+
+--Necesito una prueba.
+
+--¿Cuál?
+
+--Permanece aquí, deja á mi cuidado el salvar á ese don Juan, y cuando
+esté en salvo, partiremos juntos.
+
+--A don Juan no puede salvarle nadie más que yo.
+
+La condesa se irritó.
+
+--Y bien--dijo--, tú me desprecias; á nada te avienes; quieres verte
+libre de mí... quieres burlarme; que se pierda, pues, don Juan; piérdete
+tú y piérdame yo en buen hora... todo me importa nada.
+
+--Malhaya, amén, la primera mujer que vino al mundo para producir
+mujeres--exclamó perdida ya la paciencia Quevedo.
+
+--Malditas sean--dijo la condesa--, si han nacido para ser tan
+desventuradas.
+
+--Ello es necesario, señora, que yo salga de aquí--dijo Quevedo,
+acabando de perder completamente la paciencia.
+
+--Por lo mismo que tú quieres salir, yo no quiero que salgas, y no
+saldrás.
+
+--No me obliguéis á cometer una villanía.
+
+--Será necesario que me mates, y nada me importa morir; ¿no te he dicho
+que estoy desesperada?
+
+--Hasta en amor me persigue la desventura--dijo Quevedo.
+
+--Bien merece ser desventurado, quien no es capaz de amar.
+
+Quevedo se puso á pasear á lo largo de la cámara; la condesa se sentó en
+un sillón silenciosa y sombría, y quedó profundamente pensativa.
+
+Pasó algún tiempo, durante el que ni ella ni él hablaron una sola
+palabra.
+
+De improviso se detuvo Quevedo.
+
+--Paréceme que se acerca alguien--dijo.
+
+La condesa se puso sobresaltada de pie.
+
+--Y bien, ¿qué me importa?--dijo dominándose y sentándose de nuevo--;
+sea quien quiera, nada me importa.
+
+--Pues no--dijo Quevedo--; oye, se acercan... llaman.
+
+La condesa volvió á ponerse de pie.
+
+Llamaron por segunda y tercera vez con insistencia, y se oyó una voz de
+mujer que dijo recatadamente detrás de la puerta:
+
+--¡Señora! ¡señora! ¡por amor de Dios! ¡oíd, si no queréis que suceda
+una desdicha!
+
+La condesa se acercó á la puerta.
+
+--¿Qué sucede, Josefina?--dijo.
+
+--El señor conde de Lemos acaba de llegar á la quinta y pregunta por
+vuecencia.
+
+--¡Ah! ¡mi marido!--dijo la condesa.
+
+--¡Tu marido! ve, Catalina, evítame un desastre; el conde es orgulloso y
+yo estoy desarmado.
+
+--¡Desarmado! ¡desarmado no! en aquel retrete hay armas de todas clases,
+blancas, de fuego... ¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío! Espera, Josefina,
+espera... y tú espera también... Yo te juro que, á pesar de todos los
+condes y de todos los maridos del mundo, no te me escaparás, no huirás
+de mi.
+
+Doña Catalina abrió violentamente la puerta y salió.
+
+Quevedo la oyó cruzar por fuera una barra y echar llaves.
+
+--Pues no--dijo Quevedo--, ella es muy capaz de engañar á ese imbécil de
+don Fernando de Castro, ó lo que es peor, de hacerle consentir en un
+convenio vergonzoso, como si lo viera; después de una hora de
+conversación con su marido, volverá para tenerme al lado y no separarse
+de mí en una eternidad; si no aprovecho esta coyuntura, largo cautiverio
+me espera, y don Juan... y mi proyecto... perder por una mujer... ¡ah!
+¡no! ¡Quevedo! ¡muy poco valdrás y merecerás todo cuanto te suceda si no
+logras escaparte! Lo primero es prevenirse; me ha dicho que en aquel
+retrete hay armas, armémonos.
+
+Quevedo tomó una bujía de sobre la mesa y se dirigió á una puerta
+situada á un extremo de la cámara, la abrió y entró.
+
+En los ángulos había algunos hermosos arcabuces; en las paredes, en una
+especie de espeteras de madera rica y tallada, gran número de espadas y
+dagas; algunos preciosos pistoletes se veían acá y allá.
+
+Quevedo tomó una espada, una daga y dos pistoletes, después de
+cerciorarse que estaban cargados, y se los puso en el talabarte; á
+seguida salió de la cámara y abrió una de las puertas que suponía de
+balcón; pero se había engañado, aquella puerta tenía detrás una fuerte
+reja.
+
+Quevedo era un hombre de imaginación pronta; recordó que en el estante,
+entre las armas de caza, había algunos frascos de pólvora, y entró, se
+apoderó de aquellos frascos y los puso junto á la reja; luego, con la
+daga, abrió algunos huecos entre el marco de la reja y la pared, rellenó
+de pólvora aquellos huecos, puso en comunicación con ellos un reguero
+que llevó hasta un lugar desde donde podía ponerle fuego á cubierto de
+la explosión de las cargas de pólvora de la reja, y á continuación se
+puso á apilar las mesas, las sillas y los muebles junto á la puerta de
+entrada.
+
+Luego se dirigió á aquel misterioso apartamiento, cubierto por una
+cortina, en el que tantas veces se había fijado la vista de la condesa,
+y se encontró en un precioso dormitorio. Quevedo suspiró, pero
+suspirando cargó con un colchón y le llevó á la cámara; volvió y cargó
+con otro, y así sucesivamente, colchones, ropas, muebles aumentaron el
+montón que cubría la puerta de entrada de la cámara; y cortinas,
+tapices, cuadros, ropas, todo fué á parar allí, y todo esto en pocos
+momentos.
+
+Entonces Quevedo aplicó la luz de una bujía á aquella especie de pira
+que casi tocaba al techo, y luego otra bujía y luego otra; una llama
+viva y brillante apareció á los pocos momentos, y un humo denso y
+blanco inundó la cámara.
+
+Era inevitable un incendio.
+
+La cámara debía convertirse en pocos minutos en una hoguera.
+
+Quevedo aprovecho el tiempo, se fué al ángulo donde empezaba el reguero
+de pólvora que iba á terminar en los depósitos de pólvora de la reja y
+le puso fuego; instantáneamente retumbó una detonación y á seguida un
+golpe, como de un objeto desprendido y que había parado á poca
+profundidad.
+
+Quevedo, cuanto de prisa se lo permitieron sus mal configurados pies,
+corrió al vano cubierto antes por la reja, y la encontró franca.
+
+Como había previsto Quevedo, la pólvora había hecho volar la reja.
+
+Y sin pararse á meditar si la altura era ó no tal que pudiese arrojarse
+á tierra un hombre sin peligro, Quevedo se dejó caer.
+
+Pero Quevedo no había contado con el reblandecimiento de la tierra por
+una lluvia que había sido constante durante cuatro días, y sucedió lo
+que no podía menos de suceder: que al llegar al suelo se clavó hasta las
+rodillas en una tierra gredosa, quedando preso y en la completa
+imposibilidad de salir por sí solo.
+
+Dejémosle allí para concluir este capítulo y sigamos á la condesa de
+Lemos.
+
+Su primer cuidado fué cambiar absolutamente de traje y tomar uno que no
+se hiciese sospechoso á su marido.
+
+Por poco que quiso tardar, tardó lo bastante para que, cuando fué á
+encontrar al conde de Lemos, que estaba en la cámara principal de la
+quinta, éste la recibiese de una manera duramente excepcional.
+
+Ni uno ni otro dieron señales de alegría al verse, como convenía á
+esposos que habían estado separados largo tiempo.
+
+La condesa hizo una reverencia á su marido, y don Fernando de Castro
+bajó levemente la cabeza en contestación al saludo de doña Catalina.
+
+--Paréceme, señora--dijo el conde--, que habíais tomado la resolución de
+haceros ermitaña.
+
+--Si lo sabíais no debíais haber dado ocasión á disgustarme, respetando
+mi voluntad.
+
+--Siempre nos hemos llevado mal, señora, desde el momento en que nos
+casamos, y en que tuvísteis la franqueza de decirme que, casada conmigo
+contra vuestra voluntad, nada podía esperar de vos, sino vuestra
+sumisión á vuestra suerte; yo no he abusado de vuestra sumisión; yo no
+he intervenido en vuestra vida, pero ha sido mientras habéis respetado
+mi honor.
+
+--Bien; concluid.
+
+--¡Tenéis un amante!
+
+--Fuerza era que yo amara á alguien.
+
+--¡Lo confesáis!
+
+--Había pretendido que no lo supiérais; había tomado mis medidas para
+ocultároslo; pero como vuestro acento me amenaza, y ningún derecho
+tenéis sobre mí, sino delante del mundo, y aquí estamos solos, os lo
+confieso: amo á un hombre y soy suya... es más... lo seré.
+
+--¿Y quién es ese hombre?
+
+--Don Francisco de Quevedo.
+
+--¿Y está aquí?
+
+--Aquí está.
+
+--Bien: esto me da ocasión para encerraros en un convento y matar á ese
+hombre.
+
+--Al separaros de mí... ruidosamente, perderéis la administración de mis
+bienes.
+
+Púsose pálido el conde.
+
+--Si me servís--continuó la condesa--os pagaré bien.
+
+--¿Meditáis bien lo que decís?--dijo aturdido el conde, porque la
+amenaza de perder la administración de los bienes de su mujer le había
+aterrado.
+
+--Estamos solos, don Fernando, y podemos hablar libremente: yo había
+querido retardar estas explicaciones porque me repugnan; yo hubiera
+querido más bien que hubiérais meditado mejor lo que os convenía y que
+nos hubiéramos entendido tácitamente. Pero ya que me habéis amenazado,
+yo, que si estoy obligada á ser vuestra ante los hombres, no lo he
+estado ni lo estoy ante Dios ni ante vuestra conciencia, os declaro que
+tengo un esposo del corazón; que digna y honrada he sido de ese esposo,
+por más que yo no se lo haya confesado; que suya seré únicamente, y no
+vuestra ni de ningún otro. En cambio de vuestro silencio y de vuestro
+nombre, que podrá suceder se necesite, tomad de mí lo que queráis y
+contad con mi apoyo en la corte.
+
+--Lo que me decís--dijo balbuceando el conde--es horrible.
+
+--Haced lo que mejor os plazca; en ocasión estáis de consentir ó de
+rehusar.
+
+--Pero el escándalo...
+
+--Evitaréle yo por mí misma.
+
+--Lo pensaré.
+
+--Pensadlo en buen hora.
+
+En aquel momento sonó una detonación, y poco después se oyeron las voces
+de los criados que gritaban:
+
+--¡Fuego! ¡fuego en la cámara de su excelencia la señora condesa!
+
+--¡Eso es que Quevedo se me escapa!--exclamó doña Catalina.
+
+Y corrió desolada al lugar del incendio.
+
+Entre tanto el conde sacó del bolsillo una carta, la retorció y la puso
+á la luz.
+
+Aquella carta ardió.
+
+Aquella carta antes de quemarse decía:
+
+«Excelentísimo señor conde de Lemos: Vuestra esposa, ignorando que
+habéis sido perdonado de vuestro destierro con el rey, pone en vuestro
+lugar un amante, y se solaza con él en vuestra hacienda del río.»
+
+Esta carta no tenía fecha y era anónima.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXX
+
+DE CÓMO EL INTERÉS AJENO INFLUYÓ EN LA SITUACIÓN DE QUEVEDO
+
+
+No sabemos cuánto tiempo hubiera estado nuestro buen ingenio preso por
+los pies en el lodo pegajoso, y maldiciendo de su suerte, y del amor, y
+de las mujeres, y de los hijos bastardos y del mundo entero, y si acaso
+hubiera perecido, á no ser por un incidente imprevisto para él.
+
+Y decimos _si acaso hubiera perecido_, porque el incendio había
+progresado con una voracidad tal, que las llamas salían en turbiones
+rugidores por las rejas de la cámara de la condesa de Lemos, al poco
+tiempo de estar enclavado Quevedo en el fango y los escombros, que no
+debían tardar en caer, debían caer sobre él inflamados.
+
+Al resplandor de estas llamas, Quevedo vió un hombre embozado que se
+deslizaba junto al muro del edificio, sobre un terreno que no habían
+podido reblandecer las lluvias por estar cubierto por los anchos aleros.
+
+--¿Quién será éste--dijo Quevedo--que adelanta y me mira? ¿estaría
+cercada la casa? pues si es así, á lo menos con éste me quedo.
+
+Y sacando de su cinto uno de los pistoletes, le armó y apuntó.
+
+--¡Eh! ¡vive Dios! ¡don Francisco!--dijo deteniéndose de repente el
+embozado que adelantaba--; ¿así queréis tratar á quien viene á salvaros?
+
+--¡Ah! ¡por mis pecados! ¿conque eres tú, Francisco de Juara?--dijo todo
+admirado Quevedo--. ¡Milagro patente que tú hagas una buena acción!
+
+--Me conviene. Os tengo cogida una palabra.
+
+--Cógeme primero á mí, y sácame de este atollo.
+
+--A eso vengo, y por vos esperaba. Allá va la punta de mi capa, que si
+yo me meto me atollo también y somos dos pájaros en vez de uno.
+
+--Paréceme bien la idea y agárrome á ella--dijo Quevedo agarrándose á la
+punta de la capa que le había echado el matón.
+
+Tiró éste, y crujiendo costuras, abriéndose telas, y con gran trabajo,
+logró verse al fin en firme Quevedo, pero con una arroba de tierra en
+cada pierna y perdidos los zapatos.
+
+--Descalzádome has, condesa--dijo Quevedo--, pero fuego te dejo;
+agarrado por los pies me has tenido, pero no por la cabeza; libre me veo
+y de ti me escapo; no creía tanto; pero días pasan y días vienen, y tal
+vez llegue alguno en que vuelva á pedirte lo que de mí contigo se queda.
+¿Y á dónde vamos en esta guisa?--añadió Quevedo.
+
+--Al camino, donde en un ventorrillo tengo preparado para vos un
+caballo.
+
+--¿Está muy lejos ese ventorrillo?
+
+--Como un tiro de arcabuz.
+
+--¿Sabes que, sin ofensa, no me fío de ti, Juara?
+
+--Hacéis bien en no fiaros, porque no soy hombre de fiar; pero hoy me
+confieso vuestro.
+
+--Pues echa delante, que mejor quiero ver si eres gallardo, que no que
+tú me veas las espaldas.
+
+--No me quejo, y delante echo.
+
+--Vóime fiando de ti, porque te tengo fiado.
+
+--Dentro de poco fiaréis más.
+
+--Paréceme que suena gritería en la quinta.
+
+--Sin duda vienen á apagar el fuego.
+
+--Pues andemos de prisa, si es que yo puedo.
+
+--Ya no dan con nosotros; está muy lejos y por aquí hace obscuro.
+
+--Pues silencio, no nos sientan.
+
+Siguieron caminando en silencio.
+
+Poco después estaban sobre el camino, y al cabo entraron en un
+ventorrillo.
+
+--Ahora--dijo Juan--, lo que importa es que vuesa merced se mude de
+medias y se ponga zapatos.
+
+--¿Y con qué, voto á Baco?--dijo Quevedo.
+
+--Con mis zapatos y con mis medias.
+
+--Paréceme bien--dijo Quevedo echándose fuera las calzas enlodadas--,
+pues digo que el enclavamiento fué donoso.
+
+--A él debéis la vida, que si la tierra no está blanda, os estrelláis.
+
+--¿Y tú qué vas á ponerte?
+
+--Las medias y los zapatos del ventero.
+
+--¡Ah! pues... sí... bien... y á Madrid á escape.
+
+--Como gustéis.
+
+--Pues en marcha--dijo Quevedo--, ya estoy listo.
+
+--Esperad, esperad un momento á que yo esté listo también. Quiero daros
+resguardo, la noche es obscura y mala y no sabemos lo que os puede
+acontecer de aquí á Madrid, que hay media legua larga.
+
+Y Juara entre tanto se ponía apresuradamente unas medias y unos zapatos
+que le había dado el ventero.
+
+--Saca los caballos--dijo á este último Juara--, y toma un ducado.
+
+El ventero tomó la moneda y sacó dos caballos.
+
+Quevedo y Juara montaron y se encaminaron á Madrid.
+
+--¡Oh! ¡y cómo arde la quinta!--dijo Juara--no entráis en parte donde no
+hagáis daño.
+
+En efecto, la quinta del conde de Lemos era una hoguera.
+
+--Oblíganme--dijo Quevedo--, malo me hacen culpas ajenas; la maldición
+me sigue; pero pica, Juara, pica, que me importa llegar á Madrid cuanto
+antes. Pero calla, que oigo los cuartos de un reloj da la villa que nos
+trae el viento.
+
+--¡Las nueve!--dijo Juara.
+
+--Pues pica largo, y gracias que aún están abiertas las puertas;
+enderecemos á la de Segovia.
+
+--Me place; que así podremos dejar en el mesón del Bizco los caballos.
+
+--A caballo iré yo hasta el alcázar, que así llegaré más pronto.
+
+--Como queráis.
+
+--Recuerdo que me has dicho al sacarme de mi atolladero que me tenías
+cogida una palabra.
+
+--Sí por cierto: á prima noche, cuando os libré de los alguaciles que os
+llevaban á Segovia, para entregaros á cierta dama, me ofrecísteis si os
+soltaba dinero y una compañía en los tercios de Nápoles. Yo dije para
+mí: ahora no puedo soltar á don Francisco, porque la condesa de Lemos no
+me lo perdonaría nunca, y es demasiado persona la condesa para que yo no
+la tema; pero después que yo haya entregado á don Francisco, es
+distinto. En efecto, apenas entrásteis en el coche, dije á aquel criado
+de la condesa, amigo mío, si sabía á dónde os llevaban y aun tuve que
+darle algún dinero para que cantase; entonces me dijo: yo no sé á dónde
+irá la condesa con ese caballero; nadie sabe una palabra; pero he oído
+allá en la casa que se había mandado arreglar la cámara de la señora en
+la quinta que tiene el señor junto al río.
+
+--Bueno--dije para mí--; ya sabemos algo; y despidiéndome de mi
+compadre, me metí en Madrid y me fuí en derechura á casa del conde de
+Lemos. Yo esperaba que habiéndole sido levantado el destierro á su
+excelencia, y estando cerca, hubiese llegado á Madrid, y no me engañé.
+El conde de Lemos había llegado al obscurecer, y no encontrando á la
+condesa en su casa, se había ido á la del duque de Lerma; entonces, me
+metí en la primera taberna que encontré, escribí una carta al conde
+avisándole de que su esposa se solazaba en aquellos momentos con un
+galán en la quinta del río, llevé la carta á casa del duque de Lerma, la
+entregué con un doblón á un criado para tener seguridad de que la carta
+había llegado á manos del conde, y sin esperar la respuesta, que no era
+para esperada, fuíme de allí al mesón del Bizco, alquilé dos caballos, y
+por lo que pudiera tronar me fuí á rondar la quinta.--Ya veis que si no
+es por mí no escapáis, y que he ganado bien todo el dinero que queráis
+darme, y á más mi compañía de los tercios de Nápoles.
+
+--Rico serás y capitán, Juara, y perdónenme los soldados á quienes en ti
+tal capitán he de darles.
+
+--Tendrán en mí una cabeza valiente.
+
+--No lo dudo; ni tampoco de que les darás buen ejemplo; pero llegamos á
+la puerta de Segovia: adentro, y torzamos hacia el alcázar.
+
+Arremetieron los dos jinetes por la puerta, y poco después Quevedo,
+echando pie á tierra en la puerta de las Meninas, dijo á Juara dándole
+las bridas:
+
+--Desde ahora estás á mi servicio.
+
+--Muy bien, don Francisco, y me alegro.
+
+--Despídete de las gentes de que tengas que despedirte, porque esta
+misma noche marchamos á Nápoles.
+
+--Todos los cuidados los llevo conmigo.
+
+--Bien; busca un buen coche de camino, ajústalo para Barcelona y llévalo
+al mesón del Bizco.
+
+--Muy bien.
+
+--Después busca diez hombres bravos, con sus caballos, armados á la
+jineta y con arcabuces, que no están los caminos muy buenos para ir
+desprevenidos.
+
+--¿Y dinero para todo eso?
+
+--Ya se te dará.
+
+--¿Y para cuándo ha de estar todo preparado?
+
+--Para las doce de la noche.
+
+--Estará.
+
+--Pues adiós, que me importa no perder tiempo.
+
+--Quede vuesa merced con Dios.
+
+Juara se alejó, y Quevedo se metió en el alcázar y se encaminó en
+derechura á la habitación de doña Clara Soldevilla.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXXI
+
+DE CÓMO QUEVEDO SE ASUSTA MÁS DE SABER QUE DON JUAN ESTÁ EN LIBERTAD,
+QUE SI HUBIERA SABIDO QUE ESTABA PRESO
+
+
+Doña Clara se ocupaba en arreglar su equipaje, cuando entró en su cuarto
+Quevedo.
+
+La joven le recibió con alegría.
+
+--Pláceme--la dijo Quevedo--, encontraros tan bien entretenida...
+
+--Sí; he llegado á cobrar miedo á la corte.
+
+--Y habéis hecho bien en asustaros, porque Madrid es un almacén de
+peligros; ¿conque nos vamos?
+
+--Sí por cierto; sólo necesitábamos saber de vos para marchar, pero
+esperábamos saberlo pronto, aunque no se os ha encontrado cuando se os
+ha buscado.
+
+--Tened á milagro el verme, porque á punto he estado de perdido.
+
+--¿Qué os ha pasado?
+
+--Cosas que solo por mí pasan; preso me han tenido, pero suelto me veo.
+
+--Don Juan también ha estado preso.
+
+--Lo esperaba, lo temía; pero vos le habréis soltado.
+
+--No por cierto; el rey no quiso oírme, ni la reina ha conseguido nada;
+pero al fin, cuando menos lo esperábamos, el rey ha llamado á su
+majestad y le ha dado el auto de libertad de mi esposo.
+
+--¡El rey, que se había negado á oíros, y que había desoído á la reina,
+os ha dado por fin el auto de libertad de don Juan!
+
+--Sí; él y vos habéis sido declarados libres.
+
+--¡El y yo! ¿y no adivináis quién ha podido alcanzar esa gracia del rey?
+
+--Indudablemente ha sido el duque de Lerma.
+
+--¡El duque de Lerma!--dijo Quevedo frunciendo el entrecejo y poniéndose
+pálido--; el duque de Lerma no hace nada de balde.
+
+Pero recobrando su expresión impenetrable, añadió:
+
+--Sin duda el duque de Lerma, después de haber meditado, ha conocido que
+le conviene estar bien con don Juan y conmigo. Dios se lo pague á su
+excelencia, aunque por su conveniencia lo haya hecho. Y... don Juan,
+¿dónde anda que junto á vos no le veo?
+
+--Ha salido--dijo doña Clara fijando su mirada tranquila y profunda en
+Quevedo--; ha salido á las ocho sin decirme á dónde iba...
+
+--¿Y no le habéis preguntado?
+
+--Yo jamás pediré cuentas de nada á mi marido.
+
+--Sois la perla de las mujeres. ¿Pero no ha indicado al menos?...
+
+--Nada, y estoy con sumo cuidado: salió á las ocho, son las nueve y
+media, él no conoce á nadie en Madrid... como no sea á esa comedianta
+con quien tuvo amores... pero no hay que pensar en que... yo no quiero
+pensar en ello.
+
+--Ni hay para qué--dijo Quevedo--; amores de un día han sido, ó por
+mejor decir, conocimiento de un día, y aun así conocimiento simple.
+
+--Sin embargo... pudiera suceder... la comedianta no está en su casa.
+
+--¡Cómo! ¿os habéis metido en averiguar?...
+
+--Sí, don Francisco, sí... he tenido celos... los tengo... no hace ni
+más ni menos tiempo que me conoce á mí don Juan, que el que hace que
+conoce á esa mujer, y sin embargo, yo soy su esposa y le amo; ¿tendrá
+algo de extraño que esa mujer, que le ama también, sea su amante?
+
+--¡Blasfemia! ¡suposición negra que sólo puede engendrar los celos, que
+con llamarse celos está dicho que son locos! vos no debíais haber
+llegado hasta el punto de informaros de lo que pasa en la casa de esa
+mujer.
+
+--Tengo el presentimiento de que mi marido está con ella.
+
+--¿Pero no sabéis nada de cierto?
+
+--No; Juana, mi doncella, fué á buscar á la comedianta con un pretexto:
+con el de venderla muy baratas unas ricas alhajas. Sin embargo, esa
+mujer no estaba en casa... es decir, no recibía á nadie.
+
+--Seguid, seguid haciendo vuestro equipaje, señora, que hemos de marchar
+esta misma noche; entre tanto descuidad, que yo he de traeros antes de
+media hora á don Juan.
+
+Y Quevedo, saludando á doña Clara y evitando prolongar la conversación,
+salió, porque le tardaba saber lo que hubiese de cierto en el negocio.
+
+--Y es muy posible--decía encaminándose hacia la casa de la Dorotea,
+bajo la tenaz lluvia que no cesaba un momento--; es muy posible que los
+celos de doña Clara sean verdades; se prende á don Juan, no bastan las
+lágrimas de una mujer como doña Clara para que le suelten, ni aprovechan
+para nada las súplicas de la reina. Después y de _motu proprio_, el rey
+nos pone en libertad. Veo detrás del rey á Lerma, detrás de Lerma al
+bufón, y detrás del bufón á la Dorotea. ¿Quién había de haber creído que
+esa muchacha era capaz de un amor tal? ¡pecador de mí! de modo que si le
+sucede una desgracia por su conocimiento con Dorotea, yo, que le hice
+trabar conocimiento con ella, soy la causa de esa desgracia. Y como doña
+Clara, yo tengo también un presentimiento. ¡Dios quiera que quede en
+imaginación y en miedo, que tal podría suceder, que no lo olvidásemos en
+mucho tiempo!
+
+Y don Francisco apretó cuanto pudo el paso, y llegó al fin casa de la
+Dorotea.
+
+Llamó con la misma desenvoltura que si á la puerta de su casa hubiera
+llamado.
+
+Pedro contestó desde arriba.
+
+Quevedo intimó que le abriesen.
+
+Pedro replicó que su señora no estaba en casa.
+
+Hubo de terciar Casilda, que conocedora de la confianza que su ama
+dispensaba á Quevedo, no tuvo inconveniente en abrir.
+
+--Entrad y os convenceréis--le dijo--: si queréis esperar á la señora,
+esperadla.
+
+--Dejadme, sin embargo, subir, hija.
+
+--Subid enhorabuena.
+
+Quevedo subió, y con su audacia acostumbrada, lo registró todo, hasta la
+alcoba.
+
+--Pues es verdad--dijo.
+
+--¡Qué! ¿había creído vuesa merced que le engañábamos?--dijo Casilda.
+
+--Todo pudiera ser. Pero veamos si me decís también ahora la verdad.
+
+--Veamos--dijo Casilda.
+
+--¿Dónde está tu señora?
+
+--No lo sé.
+
+--¿Cómo que no lo sabes?
+
+--Ha venido por ella el bufón del rey y se la ha llevado en una silla de
+manos.
+
+--Tú sabes dónde está tu señora--dijo Quevedo encarándose de repente á
+Pedro.
+
+--¡Yo!
+
+--Sí, tú: te estás rascando una oreja.
+
+--Porque me pica.
+
+--No, sino como diciendo para ti: si yo quisiera podría decir dónde está
+mi señora.
+
+--No; no, señor, yo no lo sé.
+
+--¿A dónde has ido con un recado de tu señora?--dijo á bulto Quevedo,
+pero con un acento tal de seguridad y una mirada tan profunda, tan
+dominadora, que Pedro se turbó.
+
+--¡Pero don Francisco!...--dijo Casilda.
+
+Quevedo no la dejó continuar.
+
+--Vendrá la justicia, y se sabrá todo--dijo--, y os llevarán á la cárcel
+y... lo pasaréis mal... porque no sabéis de lo que se trata.
+
+--¿Pues de qué se trata?
+
+--¿Por qué nos han de llevar á la cárcel?--dijeron á un mismo tiempo los
+dos domésticos.
+
+--Por encubridores.
+
+--Nosotros no encubrimos nada--dijo Casilda.
+
+--Yo no sé nada--añadió Pedro.
+
+--Sabéis demasiado: peor para vosotros si no queréis declarar, porque
+todavía sería tiempo de impedir un gran crimen.
+
+Quevedo, sin saberlo, decía la verdad.
+
+Los criados de Dorotea se aterraron.
+
+--Yo sólo sé que la señora estaba llorosa, que no ha comido, y que antes
+de obscurecer se ha vestido como una diosa--dijo Casilda.
+
+--Yo sólo he ido á llevar vajilla de plata y copas y botellas de cristal
+á una casa de la calle de Don Pedro.
+
+--¡Vajilla! ¡copas! ¡botellas! ¿y dónde?... ¿hacia dónde de la calle de
+Don Pedro está esa casa?
+
+--Hace esquina á la calle de la Flor.
+
+Quevedo no esperó á saber más.
+
+Una intuición poderosa le decía que habiendo salido Dorotea en silla de
+manos, vestida como una diosa, según el dicho de Casilda, no podía haber
+ido á otra parte que á aquella casa á donde Pedro había llevado vajillas
+de plata y de cristal.
+
+Allí donde estuviese Dorotea, allí debía estar don Juan.
+
+Y aquella cita fuera de la casa de la comedianta, entre ésta y el
+bastardo de Osuna, en que intervenía el tío Manolillo, asustaba á
+Quevedo.
+
+Por la primera vez de su vida procuró correr.
+
+No pudo; pero por la primera vez de su vida, á pesar de la defectuosa
+configuración de sus pies y de sus piernas, anduvo de prisa.
+
+La calle á donde se encaminaba estaba cerca de un extremo de Madrid.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXXII
+
+EN QUE EL TÍO MANOLILLO SIGUE SIRVIENDO DE UNA NEGRA MANERA Á DOROTEA
+
+
+Apenas había salido Quevedo del cuarto de doña Clara Soldevilla, cuando
+uno de sus criados la anunció que el bufón del rey quería hablarla.
+
+En otras circunstancias doña Clara se hubiera negado á recibir al tío
+Manolillo; pero el tío Manolillo era una persona allegada á la
+comedianta Dorotea, á aquella mujer que la hacía probar la amargura
+mayor que puede probar una mujer: sentirse herida en su amor, en su
+orgullo, en su dignidad; doña Clara, pues, mandó que introdujesen al tío
+Manolillo.
+
+Entró lentamente el bufón, abarcando en una mirada sombría el aposento.
+
+Sus ojos estaban encarnados, parecían arrojar el fuego de una calentura
+horrible, y su pecho de gigante se alzaba y se deprimía á impulsos de
+una respiración poderosa, que se exhalaba por su boca entreabierta y
+seca, produciendo un silbido ronco y débil, á veces un ruido semejante
+al de un hervor fatigoso; de tiempo en tiempo, á lo largo de los cortos
+miembros del tío Manolillo, corría una convulsión rápida, fuerte,
+instantánea.
+
+Detúvose en medio de la estancia, y dijo con una voz sepulcral,
+terrible, que estremeció á doña Clara:
+
+--¡Estáis preparando vuestra marcha! ¡quedáos! ¡pensáis iros!...
+¡iros... y con él! ¿para qué queréis partir ya, si él se quedará aquí?
+
+Doña Clara no palideció ni tembló; pero sus ojos inmóviles,
+incontrastables, absorbieron toda entera la mirada calenturienta del
+bufón, con toda la expresión funesta de odio, de desesperación, de
+horrible alegría.
+
+--¿Qué decís?--dijo marcando fuertemente su pregunta doña Clara.
+
+--Digo que sois viuda.
+
+--¡Viuda!--gritó doña Clara, salvando de un salto la distancia que le
+separaba del bufón y asiéndole con violencia: ¡viuda habéis dicho!
+
+--Sí, viuda--contestó el bufón desasiéndose de doña Clara con un ligero
+sacudimiento--; pero no quiero atormentaros antes de tiempo; podéis
+daros por viuda porque os lo roban.
+
+--¡Que me le roban!
+
+--¡Sí, no volverá!
+
+--Explicáos, ó por mi alma, llamo...
+
+--Y si me prenden, ¿quién llevará á la hermosa doña Clara á que vea por
+última vez á su hermoso don Juan?
+
+--¡Está con ella!
+
+--Sí, con Dorotea.
+
+--¡Mentira!
+
+--Aún tendréis un manto fuera de esos baúles; aún os quedará valor; ese
+valor que hace pocas noches demostrásteis para salvar á la reina, para
+venir á salvaros á vos misma; yo os guiaré.
+
+--¿Dónde están ellos?
+
+--Sí; donde se enamoran, donde enloquecen, como si no hubiera en el
+mundo más hombre que él, ni más mujer que ella; ¡oh! tembláis de cólera
+y de celos; yo también tiemblo de celos y de desesperación; mirad, mis
+ojos arrojan fuego, mi aliento silba, mi cabeza se pierde... porque la
+amo... la amo... y quiero... quiero venganza.
+
+Doña Clara no le escuchaba.
+
+Buscaba apresuradamente un objeto.
+
+Al fin levantó de entre sus ropas un manto y se envolvió rápidamente en
+él.
+
+--¿Decís, Manuel--exclamó con voz concentrada y breve--, que sabéis
+dónde están juntos ese hombre y esa mujer?
+
+--Sí--dijo el bufón.
+
+--Venid.
+
+Doña Clara abrió con un llavín una puerta de servicio, y seguida por el
+tío Manolillo, atravesó un espacio obscuro, sin detenerse, sin dudar,
+como quien conocía perfectamente el sitio, y á obscuras siempre se
+oyeron sus fuertes pisadas, descendiendo rápidamente por una escalera de
+caracol.
+
+El bufón, sin vacilar, sin dudar, como ella, la seguía.
+
+Escuchábase sobre el pavimento de mármol el fuerte ruido de sus zapatos
+guarnecidos de clavos.
+
+Al fin de la escalera se oyó el ruido de una llave en una cerradura;
+salieron doña Clara y el tío Manolillo, y volvió á cerrarse la puerta.
+
+A la luz de un turbio farol que ardía en aquel lugar, que era el zaguán
+de la puerta de las Meninas, se vió á doña Clara envolverse
+completamente en su manto, y al bufón rebujarse en su capilla.
+
+El suizo, que alabarda al brazo paseaba en el zaguán, se detuvo un
+momento, y al desaparecer, lanzándose en la calle, doña Clara y el bufón
+volvió á su paseo.
+
+--Llevadme donde están--dijo doña Clara.
+
+--Seguidme--contestó el bufón.
+
+Y tiró adelante.
+
+Doña Clara le seguía con esa rapidez incomprensible de las mujeres
+cuando andan de prisa.
+
+Si de improviso el ancho arroyo de una calle, causado por la continua
+lluvia, detenía á doña Clara, el bufón la asía por la cintura, y
+levantándola como una pluma, á pesar del enorme peso de buena moza de la
+joven, la ponía al otro lado del arroyo.
+
+Luego él y ella seguían su rápida marcha.
+
+En pocos minutos habían atravesado el barranco de Segovia, y subiendo
+las pendientes callejas que están al otro lado, llegaron á las vistillas
+de San Francisco, y entraron en la calle de Don Pedro.
+
+De repente una voz seca, vibrante, particular, dijo con acento de
+amenaza, viniendo de la dirección opuesta á la que llevaban el tío
+Manolillo y doña Clara:
+
+--¡Alto allá! que en noches tan obscuras es bueno evitar tropiezos.
+
+El bufón se detuvo al escuchar aquella voz y retrocedió.
+
+--¡Quevedo!--exclamó doña Clara.
+
+Y por instinto, en vez de retroceder, avanzó hasta el bulto informe, del
+cual al parecer había salido la voz.
+
+--¡Doña Clara!--exclamó Quevedo--, ¿con quién venís?
+
+--Con el tío Manolillo.
+
+--A mis espaldas, á mis espaldas, señora--exclamó Quevedo poniéndose
+rápidamente delante de doña Clara, terciándose la capa y echando al
+mismo tiempo al aire las hojas de su daga y su espada.
+
+--¡Ah! ¡ah!--dijo soltando una horrible carcajada el bufón--; ¿conque
+habré de mataros, hermano Quevedo, ya que se me os habéis puesto por
+medio?
+
+Y acometió hierro en mano á Quevedo.
+
+--Hacéos, hacéos á la pared, doña Clara--dijo Quevedo parando los
+primeros golpes del tío Manolillo--; las habemos con un gato garduño,
+tan ágil de pies como yo quisiera serlo; así, contra esa puerta, ahora
+no hay miedo. Tío Manolillo, idos, y no me obliguéis á despacharos; ya
+veis que aunque hace obscuro, mi hierro huele el vuestro, y siempre le
+sale al encuentro; en verdad que sois diestro, pero más yo... no me
+fatiguéis demasiado, hermano, no sea que por descansar os mate.
+
+El bufón no hablaba una sola palabra; acometía en silencio, y de tiempo
+en tiempo salían de su pecho rugidos poderosos, sordos; hálitos
+abrasadores, con los que parecía querer comunicar á su acero la fuerza
+de su rabia.
+
+--Ved que me canso, tío--repitió Quevedo.
+
+El tío Manolillo redobló su ataque.
+
+--¡Ah!--dijo Quevedo--; ¿conque os empeñáis, hermano? pues señor,
+descansemos.
+
+Y dejó caer un tajo tal y tan formidable sobre el bufón, que apenas
+recibido cayó el tío Manolillo, como si la tierra le hubiera faltado de
+debajo de los pies.
+
+Lo primero que hizo Quevedo fué volver la punta de su espada al suelo,
+apoyarse en su pomo y descansar; el combate había sido corto, pero
+reñidísimo, duro, formidable; Quevedo se había visto obligado á resistir
+los golpes tirados por el puño de hierro del bufón, y sudaba, estaba
+jadeante.
+
+Pero en el mismo punto en que se había apoyado en su espada se irguió y
+se preparó.
+
+Se escuchaban los pasos precipitados de dos hombres que se acercaban á
+la carrera.
+
+--¿Quién va?--dijo Quevedo.
+
+--El cocinero de su majestad--contestó una voz angustiosa.
+
+--¿Y quién más?--repitió Quevedo.
+
+--Fray Luis de Aliaga--contestó otra voz.
+
+--¡Ah, bien venido seáis! He aquí, doña Clara, que Dios nos envía
+amigos.
+
+Pero doña Clara no contestó.
+
+Helósele la sangre á Quevedo.
+
+Temió que, replegado á la pared contra la puerta de una casa, teniendo
+inmediatamente pegada á sí á las espaldas para protegerla de todo ataque
+de costado á doña Clara, no la hubiese alcanzado algún golpe del bufón.
+
+--¡Una luz, una luz! exclamó Quevedo--. ¿No traéis con vosotros una luz
+para ver lo que ha acontecido á doña Clara?
+
+--¡Cómo! ¿Está doña Clara con vos?--dijo el padre Aliaga.
+
+--La trajo, no sé para qué, el tío Manolillo; he reñido con él, le he
+tendido; pero no sé si habrá alcanzado algún golpe á doña Clara.
+
+--¡Oh, qué de crímenes, qué de desgracias!--exclamó el padre Aliaga--.
+Pero socorrámosla; ¿dónde está?
+
+--Vamos--dijo Quevedo, que entre tanto había corrido al socorro de doña
+Clara--; no es nada, un desmayo; un desmayo que nos viene á las mil
+maravillas; quedáos vos aquí, padre Aliaga, y esperadnos.
+
+--¿A dónde vais?
+
+--A llevar á doña Clara á una de estas casas inmediatas. Ayudadme vos,
+Montiño.
+
+--Dios quiera que pueda; apenas me tengo de pie.
+
+--Os ayudaremos los dos y es más breve--dijo el padre Aliaga.
+
+Y entre los tres cargaron con doña Clara, que estaba sin sentido.
+
+Después de algunos minutos doña Clara estaba recibida en una casa que se
+abrió al nombre del tribunal del Santo Oficio, pronunciado por el padre
+Aliaga.
+
+A aquel nombre no había puerta que no se abriera en aquellos tiempos en
+España.
+
+Y ninguna persona más competente para usar de él que el inquisidor
+general.
+
+Nadie vió á doña Clara, que fué introducida envuelta en su manto.
+
+En efecto, sólo estaba desmayada.
+
+Aquel rudo combate la había aterrado, porque si bien doña Clara era
+valiente, su valor era el valor de la mujer.
+
+El cocinero mayor se quedó encerrado con ella.
+
+Pero antes dijo á Quevedo:
+
+--Si habéis matado al tío Manolillo, importa que le quitéis unos papeles
+que lleva encima y que son muy importantes; pero apresuráos y entrad
+cuanto antes en la casa á cuya puerta os hemos encontrado, porque en esa
+casa están de cena la Dorotea y don Juan, y en esa cena hay un plato
+envenenado.
+
+--¡Ah!--exclamó Quevedo, y escapó.
+
+Y llegó al lugar donde estaba el bufón y le registró.
+
+Quitóle unos papeles que encontró bajo su ropilla y una llave.
+
+El bufón no se movía.
+
+Quevedo guardó los papeles, se alzó, se volvió á la puerta que estaba
+tras él, puso la llave en la cerradura y dijo al padre Aliaga que le
+había seguido:
+
+--Entremos, fray Luis, entremos.
+
+Poco después el fraile y el poeta estaban dentro de la casa, cuya puerta
+volvió á cerrarse.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXXIII
+
+EN QUE SE VE QUE EL BUFÓN Y DOROTEA HABÍAN ACABADO DE PERDER EL JUICIO
+
+
+Hora y media antes de los últimos sucesos podía verse en la casa donde
+acababan de entrar Quevedo y el padre Aliaga, un extenso salón
+magníficamente engalanado.
+
+Tapices de Flandes cubrían las paredes, una gruesa alfombra el
+pavimento; del techo, renegrido ya, pero majestuoso, uno de esos techos
+de madera del gusto del Renacimiento, de enorme relieve, con profundos
+casetones magistralmente tallados con florones, grecas, hojas, frutas y
+caprichos admirables, pendía una araña de cristal cargada de bujías de
+cera encendidas.
+
+Debajo de esta araña había una gran mesa cubierta con un mantel, y sobre
+el mantel una numerosa variedad de manjares servidos en vajilla de
+plata; en el centro estaban los postres de dulces, conservas y frutas de
+la estación, y en medio de estos postres un plato de confituras coronado
+por una enorme pera, puesta sobre una hoja de parra artificial, y
+adornada con un lazo rojo y negro.
+
+A los dos extremos de la mesa había un bosque, por decirlo así, de
+botellas de riquísimo cristal, sobre salvillas rodeadas de copas.
+
+A la derecha y á la izquierda de esta mesa había otras dos cubiertas de
+otros platos y de otras botellas y alumbradas cada una por un candelabro
+en forma de ramillete, de entre cuyas flores, admirablemente
+contrahechas, salían las bujías.
+
+Dos sillones, puestos el uno junto al otro, estaban delante de la mesa;
+una hilera de sillones dorados alrededor del salón junto á los tapices,
+y espejos y cuadros cubriéndolos á éstos.
+
+Ultimamente, delante de la mesa había un brasero de plata con fuego.
+
+Gran parte de aquellos efectos habían sido llevados de la casa de la
+Dorotea; el resto comprado acá y allá, donde se había encontrado y por
+lo que habían pedido.
+
+Aquel era un capricho de la Dorotea que la costaba algunos miles de
+ducados.
+
+¿Pero qué importaba esto? quería presentarse hermosa y grande ante su
+amante en una habitación rica y bella.
+
+Como á las ocho de la noche se levantó un tapiz y entró una mujer
+envuelta en un manto.
+
+Tras ella entró un hombre pequeño y ancho, embozado en una capa.
+
+La mujer se desprendió el manto y le arrojó al hombre, que había echado
+abajo su embozo.
+
+Eran Dorotea y el bufón.
+
+Ya sabemos que Dorotea era la hermosa de moda; es decir, la comedianta
+que por orgullo enriquecía el duque de Lerma, la niña de los grandes
+ojos azules y del seno de nácar, que enloquecía á los galanes de Madrid;
+la reina de las entretenidas, como diría un francés de nuestros días; la
+tentación viviente y continua del corral de la Pacheca, aquella á quien
+si por comedianta excelente hubiera aplaudido siempre el público,
+aplaudía con frenesí, por inimitable comedianta y por incomparable en
+hermosura.
+
+La hemos descrito ya. Pero necesitamos describirla de nuevo.
+
+Dorotea estaba transfigurada por el amor, por el sufrimiento, por la
+horrible decisión que á aquella casa la llevaba; su palidez mortal, la
+lucidez de su mirada, un no sé qué portentoso que emanaba de la dolorosa
+contracción de su boca, de lo grave, profundo y ardiente de su mirada
+febril; de aquellos hombros redondos, tersos, mórbidos, en que la vista
+parecía tocar una suavidad dulcísima; de aquel seno cuya parte superior
+no cubría el escote, agitado por una respiración poderosa, por un
+aliento de fuego; de aquellos brazos desnudos, modelados por Dios, de
+una manera tan bella, tan dulce, tan pura, que el cincel griego se
+hubiera detenido impotente al querer copiarlos; de todo su ser, en fin,
+emanaba tal magia, que la hermosura de Dorotea parecía divinizada,
+sobrenatural, hija de la imaginación, no real y efectiva; una de esas
+bellezas que se ven raras veces, que la mayor parte de los hombres no
+ven nunca, y que hacen creer al que las ve que han de desvanecerse como
+una sombra al ser tocadas.
+
+Sus densos, brillantes y sedosos cabellos estaban peinados en largos
+rizos, en una manera de teatro, contra la moda de aquellos tiempos;
+estos rizos, de un tono obscuro, ceñidos en la frente por una corona de
+rosas de brillantes, formaban un marco hechicero al rostro de Dorotea,
+contrastando con su blancura, que la palidez había llevado hasta el
+último punto del blanco en la tez de la mujer. Su pecho estaba rodeado
+por las múltiples vueltas de un collar de gruesas perlas (las perlas son
+el adorno inmejorable de un cuello hermoso) que se anudaba en un rosetón
+de brillantes y encendidos rubíes.
+
+Los brazaletes eran del mismo género: perlas y rubíes, y del mismo
+género también los herretes y el ceñidor de su magnífico traje de raso
+blanco bordado de oro, traje de teatro, traje de reina, que dejaba
+desnudos los hombros, el seno y los brazos, con doble falda, ancho,
+flotante, maravilloso, que aún no había estrenado Dorotea, que aún no
+había visto nadie.
+
+Jamás se había presentado de tal modo al público, por más que fuesen
+famosos por su lujo sus trajes y sus joyas é hiciesen que muchos
+tuviesen lástima del duque de Lerma y la mayor parte envidia.
+
+Aquello lo pagaba España, como ha pagado tantas otras cosas.
+
+Pálida, lenta, dominada por un pensamiento fijo, Dorotea adelantó hasta
+la mesa; la examinó y luego miró en torno suyo.
+
+--Gracias, Manuel--dijo dirigiendo la palabra de una manera fría al
+bufón--; habéis hecho más de lo que yo quería; esto es magnífico.
+
+--Ha costado mucho y se ha trabajado bien--dijo el tío Manolillo con la
+voz conmovida y sin apartar su mirada ansiosa de Dorotea.
+
+--¿Qué hora es?--dijo la joven.
+
+--Ya es hora de ir en su busca.
+
+--Pues id; tengo grandes deseos de acabar.
+
+--¡De acabar! ¡de acabar! ¿y qué ha de acabar?
+
+--Esta agonía que me devora, esta muerte en vida.
+
+--Dorotea, yo necesito saber lo que piensas hacer.
+
+--¿Qué?--dijo Dorotea sonriendo tristemente--¡vengarme!
+
+--¡No, tú no le matarás!--dijo el bufón--; ¡le amas demasiado! ¡no te
+atreverás!
+
+--¿Dónde está el dulce envenenado, Manuel?--dijo Dorotea sin contestar á
+la observación del tío Manolillo.
+
+--Aquí, en este plato del centro--dijo el bufón estremeciéndose--; esa
+pera que tiene un lazo negro y rojo. Pero ¿para qué quieres ese veneno?
+
+--Para un último caso.
+
+--¿Pero qué último caso es ese?
+
+--Que don Juan no quiera seguirme.
+
+--Mientes; no hay nada preparado para una marcha.
+
+--Pues yo os aseguro, Manuel, que el viaje se hará.
+
+--Me espantas, Dorotea, yo no sé por qué tiemblo, yo, que no tiemblo por
+nada; yo que no me aterro; tú no eres franca conmigo, Dorotea; y debías
+serlo... porque yo soy... tu padre... á mí me debes la vida.
+
+--Os lo agradezco, Manuel, os lo agradezco; nada temáis; no sucederá
+nada; don Juan me debe la vida también.
+
+--Don Juan no te ama.
+
+--Peor para él.
+
+--Doña Clara le tiene loco.
+
+--¡Oh! ¡doña Clara! aborrezco á mi pesar á esa mujer; porque ella, ella
+no tiene la culpa de que él la haya amado; hay momentos en que mataría á
+esa mujer.
+
+--Y eso, eso es lo que debía hacerse; pero no tú... tú no debías
+matarla; las cuentas con la justicia son malas de ajustar... oye,
+Dorotea: voy á quitar de ahí esa pera...
+
+Y el bufón tendió su mano hacia el plato.
+
+--Dejadla, dejadla ahí--dijo Dorotea--; en cuanto á doña Clara, mirad,
+Manuel: yo quisiera que doña Clara me viera junto á él aquí...
+
+--¡Oh!--dijo con alegría el bufón--, la traeré.
+
+--Sí; que vea cómo su marido cae á mis pies... porque caerá, Manuel,
+caerá; no me ama, pero me desea... cuando esté á mi lado algún tiempo,
+se embriagará en mis ojos, en mi sonrisa, en mis palabras. Quiero...
+quiero que doña Clara vea que desprecio á ese hombre á quien ama ella...
+quiero...
+
+--¡Oh! tú no sabes lo que quieres, y el estado en que te encuentras me
+espanta... ¿para qué te has engalanado de ese modo? ¿para qué te has
+puesto tan hermosa como un ángel?... ¡pobre niña! tu alma, tu corazón,
+tu vida, es ese hombre, ese hombre que no puede hacerte feliz; el solo
+hombre á quien has amado; ¡terrible Dios, que has dado al hombre amor y
+caridad, sangre y lágrimas, y no le has dado poder!... ¡mañana me
+pedirás cuenta de lo que yo haya destruído, arrastrado por mi
+desesperación, y no tendrás en cuenta mi amor hacia esta infeliz, mi
+rabia al ver que nada puede servirla, mi dolor al mirarla anonadada,
+muerta, apurando la hiel más amarga que tú has destinado para probar á
+las criaturas! ¡oh! ¡yo estoy loco! ¡mi cabeza se rompe! ¡mi corazón
+revienta! ¡Maldito sea ese hombre! ¡maldito! ¡maldito!
+
+Y el tío Manolillo se paseaba iracundo, terrible, á lo largo de la
+estancia, con ese paso igual, sostenido, terrible del león enjaulado.
+
+Dorotea tenía una mano apoyada en la mesa, en la otra mano apoyada la
+barba y la mirada fija, profundamente fija, en la pera que tenía el lazo
+rojo y negro.
+
+Hubo un momento en que se estremeció de pies á cabeza y cerró los ojos.
+
+Luego se pasó la mano por la frente como si hubiera querido arrancarse
+un pensamiento horrible, y haciendo un poderoso esfuerzo se separó de la
+mesa á la que parecía retenida por una influencia fatal.
+
+--Don Juan estará esperando--dijo al bufón.
+
+--¡Oh! ¡no piensas más que en él!--dijo el tío Manolillo sin detenerse
+en su paseo.
+
+--Sí, sí, es verdad; quiero verle cuanto antes; quiero concluir; id por
+él.
+
+--¿Y luego?... porque supongo que querrás que él entre solo.
+
+--Sí, sí, es verdad; me olvidaba; entradle hasta aquí á obscuras; que no
+pueda ver la desnudez de esta casa; además, esa obscuridad tendrá para
+él algo de misterioso, y esta habitación le parecerá mejor. Luego,
+Manuel, necesito que nadie me escuche; ¿lo entendéis?
+
+--Nadie te escuchará, hija mía--dijo dolorosamente el bufón.
+
+--Luego, así que haya entrado don Juan, vos saldréis de la casa,
+dejaréis la llave debajo de la puerta y os retiraréis.
+
+--¿Y quién ha de acompañarte cuando hayas concluído?
+
+--El.
+
+--¡El!
+
+--Sí, él.
+
+--¡Pero entonces ese veneno!
+
+--No me preguntéis, por Dios, más. Prometedme hacer lo que os he dicho.
+
+--Lo haré; pero no te comprendo.
+
+--Os repito, Manuel, que por caridad no me atormentéis más.
+
+--Una sola palabra. ¿Quieres que traiga aquí á doña Clara?
+
+--No... no... no quiero atormentarla... ella no tiene la culpa... dejad
+á doña Clara en paz.
+
+--¿Pero no habías pensado vengarte?...
+
+--Me vengaré, Manuel, pero noblemente. Aborrezco á esa mujer, pero sólo
+como á una cosa que me hace daño... no quiero ser infame... que nada
+sepa doña Clara... no hay necesidad, basta con que lo sepa él.
+
+--¿Pero qué es lo que ha de saber él?--exclamó el tenaz bufón.
+
+Dorotea hizo un movimiento de colérica impaciencia.
+
+--¿Sois mi señor ó mi amigo?--exclamó--¿pretenderéis que os diga lo que
+cuando no os he dicho ya, debíais comprender que no quiero, ó que no
+puedo deciros?
+
+--Estás loca y es necesario perdonártelo todo, Dorotea. Pero tienes
+razón; no soy tu señor ni aun tu amigo; soy menos que eso, soy tu
+esclavo; pero un esclavo que vive para ti y por ti.
+
+Dorotea hizo otro nuevo movimiento de impaciencia.
+
+--Sí, sí, voy... perdóname, porque no sé ni lo que digo ni lo que hago.
+Voy por don Juan.
+
+Y el bufón salió.
+
+Aquel hombre singular, que sólo vivía por Dorotea, que por Dorotea era
+capaz de todos los crímenes y de todas las grandezas; de matar y de
+morir, lloró cuando estuvo fuera de la casa, atravesando entre la
+obscuridad de la noche las estrechas calles de la villa hacia Puerta de
+Moros.
+
+Cuando llegó vió paseándose delante de la cruz á un hombre.
+
+Se acercó á él y le dijo:
+
+--¿Esperáis á una persona?
+
+--Sí.
+
+--¿Os llamáis don Juan?
+
+--Sí.
+
+--Seguidme, os esperan.
+
+--Guiad.
+
+El bufón tiró adelante; no quería hablar ni una sola palabra más con
+aquel hombre que hacía tan infeliz á Dorotea, con aquel hombre á quien
+aborrecía, porque no amaba á la comedianta.
+
+Y así, el tío Manolillo delante y don Juan detrás, llegaron en muy poco
+espacio á la calle de Don Pedro.
+
+Abrió el bufón la puerta de la casa y se dejó ver un fondo tenebroso.
+
+--No receléis en entrar--dijo el tío Manolillo procurando dar á su
+acento el tono más amistoso posible--; venturas os esperan, que no
+desgracias; el amor os llama, no la traición.
+
+--Adelante--dijo don Juan.
+
+--Seguid mis pasos--dijo el bufón entrando y cerrando la puerta--;
+cuidad de que subimos, seguid en derechura, ahora á la izquierda, ahora
+á la derecha: hemos subido; seguid recto; ahora bien--dijo el bufón
+deteniéndose--, tras ese tapiz, por cuya abertura se ve luz, os esperan.
+Adiós.
+
+El bufón se volvió.
+
+Don Juan entró.
+
+Cuando don Juan hubo entrado, el bufón se detuvo.
+
+--No, yo no puedo dejarla sola con ese hombre--dijo--; ella está fuera
+de sí; yo no sé lo que intenta; es necesario que yo observe; observaré,
+comprimiré mis celos... seré capaz de ser testigo de su alegría si se
+comprenden... y seré capaz de alegrarme. ¡Oh, Dios mío! ¿por qué no soy
+yo tan hermoso, tan joven y tan gentil como don Juan? ¿ó por qué don
+Juan no tiene para mi pobre Dorotea el amor que tengo yo?
+
+Y quitándose los zapatos, se acercó silenciosamente al tapiz y se puso
+en acecho.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXXIV
+
+EN LO QUE VINIERON Á PARAR LOS AMORES DE DOROTEA Y DON JUAN
+
+
+Don Juan se asombró al ver el lugar donde le esperaba Dorotea.
+
+Porque aquel salón, dispuesto como se encontraba, era completamente
+bello y fuertemente voluptuoso.
+
+Dorotea estaba indolentemente reclinada en un sillón junto á la copa, en
+la que arrojaba de tiempo en tiempo algunos granos de perfume.
+
+Don Juan había ido allí vivamente excitado por el recuerdo de lo que
+había pasado entre Dorotea y él aquella mañana en la prisión.
+
+A pesar de su amor á doña Clara, Dorotea era un astro bellísimo, que
+poniéndose entre los dos esposos, producía un eclipse de amor.
+
+Don Juan no veía entonces más que á Dorotea.
+
+Se acercó á ella, y al verla de cerca, sintió una conmoción poderosa,
+tembló, se deslumbró.
+
+Dorotea le miraba, le sonreía, y le mostraba una hermosísima mano.
+
+De una manera irreflexiva, dominado por la situación, por la magia
+poderosa que se desprendía de Dorotea, por aquella voluptuosidad
+concentrada, por decirlo así, don Juan cayó de rodillas, y asió la mano
+de Dorotea y quiso llevarla á sus labios.
+
+Pero Dorotea la retiró.
+
+--Perdonad, señor mío--le dijo sonriendo--; pero me hacéis mucho daño, y
+no tengo valor para que me lastiméis de nuevo; aún siento el dolor
+horrible del cruel beso que me dísteis esta mañana. Tratadme, pues, con
+caridad; sentáos y hablemos como dos buenos amigos que se despiden para
+no volverse á ver.
+
+--¡Ah, Dorotea! ¿estáis irritada conmigo?
+
+--Irritada no; estoy lastimada y nada más. Pero sentáos.
+
+Don Juan puso el otro sillón que estaba junto á la mesa muy cerca de
+Dorotea, y se sentó.
+
+Dorotea retiró su sillón.
+
+Don Juan dijo para sí:
+
+--Dejémosla; no la irritemos; me ama, y su amor me ayudara.
+
+Entrambos guardaron por un momento silencio.
+
+Dorotea miraba de una manera ansiosa, enamorada, dulce, á don Juan; le
+transmitía su alma entera, y con su alma todos los embriagadores
+sentimientos de que su alma estaba llena; y como si en aquella mirada le
+transmitiera también su vida, Dorotea se ponía más pálida, se
+espiritualizaba más y más, se hacía irresistible.
+
+-¿Cuándo os vais?--le dijo Dorotea.
+
+--Nunca--respondió el joven--; me quedo con vos.
+
+--¡Conmigo! ¿sabéis si yo quiero que os quedéis?
+
+--¡Oh, vos me amáis!
+
+--Es cierto que os amo, que mi alma toda entera es vuestra.
+
+--¿No más que el alma?
+
+--No más.
+
+--¿Es decir, que pretenderéis que apuremos una vida desesperada?
+
+--¡Desesperada! ¿y por qué?
+
+--Un deseo voraz que crecerá con el tiempo; un deseo contrariado; un
+volcán comprimido...
+
+--¿Y qué queréis? no somos libres: no nos pertenecemos.
+
+--Tratándose de vos, yo soy enteramente libre.
+
+--Pertenecéis á doña Clara.
+
+--Decidme... apartáos de ella... no es necesario que me lo digáis...
+
+--Yo no os diré eso jamás.
+
+--Harélo yo... os seguiré.
+
+--No me seguiréis... os lo juro.
+
+--¿Y por qué?
+
+--Porque no debéis seguirme.
+
+--No me habléis de deber, cuando se trata de amaros... ¿no os debo la
+vida?
+
+--Me debéis la voluntad... si yo he podido salvaros, ese poder no añade
+ni un quilate más á la voluntad; esa misma voluntad de salvaros la ha
+tenido doña Clara.
+
+--Vos sois más hermosa... vuestro amor más ardiente.
+
+--Ya que os amo, don Juan, no procuréis perder mi aprecio.
+
+--¡Vuestro aprecio!
+
+--Sí por cierto. No me demostréis que el amor en vos es un devaneo; que
+al verme joven, hermosa, engalanada, enamorada, os olvidáis de otra
+mujer que es más hermosa que yo, y que si no os ama más que yo, os da á
+lo menos un amor más puro; hablemos como dos amigos, don Juan, y
+desengañáos; si yo aceptase esa promesa que me habéis hecho en un
+momento de embriaguez, seríais mío durante ocho días; pero á los ocho
+días veríais á doña Clara, porque doña Clara os buscaría, os
+embriagaría, con su dolor y con su amor, como ahora os embriago yo, y os
+iríais con ella; pero habiéndola lastimado, habiendo turbado su alma con
+un recuerdo que no perdería nunca. No hagamos infeliz á esa señora, ya
+que nosotros no podamos ser felices.
+
+--Será esta una lucha que durará mientras vivamos; hay en vos, Dorotea,
+una fuerza tal para conmigo, que me siento arrastrado; vuestro amor es
+un amor tal que me enloquece; os miro, y paréceme que no sois una
+criatura mortal; para una fría despedida yo no hubiera venido, os lo
+aseguro, y os aseguro también, que si no alcanzo completamente vuestro
+amor, vuestra confianza, vuestra alegría, vuestra posesión... mirad,
+Dorotea, estoy embriagado, loco; no me desesperéis hasta el punto de que
+ponga á prueba vuestro amor.
+
+--¿Y cómo le pondríais á prueba?
+
+--Perdonad; pero al sólo pensamiento de perderos, pasan por mí horribles
+tentaciones.
+
+--No... no moriréis...--dijo Dorotea extendiendo hacia don Juan una mano
+y dejándosela besar.
+
+Dorotea sufrió sin alterarse, sin estremecerse, los apasionados besos de
+que don Juan cubrió su mano.
+
+--Basta de locuras, don Juan--dijo Dorotea--; os he llamado para cenar
+con vos antes de separarnos para siempre.
+
+--¡Separarnos! pero eso no puede ser.
+
+--¿No veis que estoy vestida de una manera particular?
+
+--Eso es, Dorotea, que os habéis propuesto demostrarme que sois más
+blanca que las perlas, que vuestros ojos brillan más que los diamantes,
+que vuestra hermosura domina á todas las riquezas.
+
+--No, no por cierto, don Juan; es que me he vestido de boda.
+
+--¡Ah! ¡para casaros conmigo!
+
+--No, porque vos sois casado. El esposo que he elegido, será enteramente
+mío, y yo seré enteramente suya; nada alterará la paz de nuestra unión;
+nadie podrá separarnos; fiel yo para él, él será fiel para mí, y ningún
+pensamiento, ningún recuerdo ajeno empañará nuestra unión.
+
+--¿Es decir, que me olvidaréis?
+
+--Sí.
+
+--No os creo.
+
+--Cuando sepáis con quien me caso, lo creeréis.
+
+--¿Habláis formalmente, Dorotea?
+
+--¡Oh! ¡sí!
+
+--¿Y quién es ese afortunado esposo? Me estáis atormentando, Dorotea.
+
+--Os juro que no tendréis celos del esposo que he elegido.
+
+--¿Vais á meteros á monja?
+
+--¡Llevar yo á Dios un corazón lleno del amor impuro de un hombre! ¡No,
+don Juan! no soy tan impía. Podrá faltarme valor para el martirio, podré
+ser criminal, podré llamar, arrastrada por mi desdicha, la justicia de
+Dios sobre mi cabeza; pero no cometeré un sacrilegio, ¡no, no tomaré á
+Dios por esposo, amando á un hombre! ¡otro es el esposo que he elegido,
+don Juan!
+
+--No os comprendo, y quisiera comprenderos; hay algo en vuestros ojos,
+en vuestro semblante, en vuestra sonrisa, en vuestras palabras, que me
+espanta. Encuentro en vos no sé qué calma fría, horrible.
+
+--Sí, el resultado de una decisión irrevocable.
+
+--Pero explicáos. ¿No os inspiro yo confianza?
+
+--Sí, mucha, muchísima; ¡Dios mío! vos lo sois todo para mí; sin vos no
+quiero nada... sin vos... sin vos, la vida es para mí una carga
+insoportable. Pero cenemos, don Juan, cenemos.
+
+--Si vos cenáis--dijo sonriendo don Juan--, cenaré yo.
+
+--Tenéis razón; más fácil sería que una gota de agua horadase una roca,
+que el que yo pudiese pasar un solo bocado. Tengo el cuerpo y el alma,
+el corazón y los sentidos, llenos de vos; nada veo más que vos, nada
+respiro más que el amor que siento por vos.
+
+--¿Y á qué entonces esa extraña mentira?
+
+--¿Qué mentira?
+
+--La de vuestro casamiento.
+
+--Quisiera que no fuese una horrible verdad.
+
+--Os repito que no os comprendo.
+
+--Dentro de poco me comprenderéis.
+
+--¿Y me amáis?
+
+--Como no creo que haya amado nadie; con un amor voluntarioso, ciego.
+Suponed, don Juan, un pobre náufrago que flota sobre una débil barca,
+sobre un mar siempre irritado, que ve al fin, cuando ya ha perdido la
+esperanza, una ribera fresca, hermosa, odorífera, que le llama, que le
+convida; suponed que el náufrago ha tocado á esa ribera, que se ha
+creído salvado, y que una nueva ola le ha arrastrado de nuevo, le ha
+apartado de aquella ribera amada, hasta que la ha perdido de vista. El
+náufrago, acostumbrado antes á la tempestad, sostenido por su débil
+esquife, se adormía al bramar de las olas, le era indiferente que éstas
+le llevasen acá ó allá, estaba seguro de que un día le tragaría el mar,
+y estaba resignado. Yo, antes de veros, era ese náufrago; el mundo, el
+mar tempestuoso en que flotaba á la ventura el esquife, que me sostenía,
+mi ingenio como cómica, mi belleza como mujer; el día en que una
+enfermedad me imposibilitase para la escena, ó los años destruyesen mi
+hermosura, estaba previsto por mí; un hospital era mi destino, sin
+parientes que me amparasen, sin hijos que cuidasen mi ancianidad; no
+había amado nunca; no creía en el amor: pero os vi; vos habéis sido para
+mí la ribera encantada donde pude encontrar la felicidad, el porvenir,
+acaso la familia, y el mundo, el mundo irritado me ha apartado de vos...
+bebamos al menos, don Juan, bebamos. La embriaguez es hermana de la
+locura, y yo estoy loca.
+
+Dorotea se levantó y llenó dos copas.
+
+Luego vino con una salvilla, y sirvió una copa á don Juan.
+
+--Por mi amor--dijo don Juan bebiendo.
+
+--Por mi vida--dijo bebiendo también Dorotea.
+
+Y dejó la salvilla con las dos copas vacías sobre la mesa, y volvió á
+sentarse en el sillón.
+
+Don Juan acercó el suyo.
+
+Por aquella vez Dorotea no se retiró.
+
+Don Juan rodeó la cintura de Dorotea.
+
+Dorotea se alzó radiante de dignidad.
+
+--La mujer que ama no es la impura cortesana, la torpe comedianta que
+vendía sus favores--dijo--; respetadme, don Juan, respetad en mí lo más
+noble que Dios ha dado á sus criaturas: el amor y la pureza del alma.
+
+Don Juan se retiró, no confundido, sino enojado.
+
+Dorotea, pensativa y triste, guardó silencio.
+
+--Dorotea--dijo al fin don Juan--, ¿queréis que hablemos seriamente?
+
+--¿Pues qué, don Juan, creéis que yo me chanceo?
+
+--Quiero decir, que hablemos sin locuras; con arreglo á la situación en
+que estamos colocados.
+
+--Hablemos.
+
+--¿No hay un medio de unirnos?
+
+--Ninguno.
+
+--¿Ni aun de que vivamos como dos hermanos?
+
+--Ya habéis dicho que hablemos con juicio, y es una locura pensar que
+puedan amarse como hermanos un hombre como vos y una mujer como yo.
+
+--Vivamos como amantes.
+
+--¡Como amantes! ¿pues qué, no os vais de Madrid?
+
+--Sí por cierto; pero por el mismo camino que yo me vaya podéis ir vos.
+
+--Y bien; suponiendo que yo consienta...
+
+Y Dorotea miraba de una manera ansiosa á don Juan.
+
+--Escucha, alma de mi alma--la dijo don Juan--; una casita bella,
+apartada, donde yo vaya á verte de noche; un jardín solitario, donde
+sólo el firmamento estrellado sea testigo de nuestra dicha; un amor
+eterno, embellecido por el deseo y por el misterio; hermosos hijos en
+quienes veas reproducido tu amor; una vida tranquila; sin celos...
+
+--¡Sin celos!...
+
+--¡Qué amante puede tenerlos de una esposa!
+
+--¡Ay de mí!--exclamó Dorotea oprimiéndose el pecho.
+
+--¡Bebamos, luz de mi alma!--dijo don Juan, y se levantó y llenó las
+copas y las trajo en la salvilla, y se arrodilló sonriendo para que
+Dorotea tomase la suya.
+
+Dorotea se inclinó para levantar á don Juan.
+
+Los rizos perfumados de la joven tocaron las mejillas de don Juan y sus
+ojos se sintieron atraídos por la mirada dulce, apasionada, saturada de
+amor y de deseo del joven.
+
+Aquellos dos semblantes se unieron y resonó el estallido de un doble
+beso.
+
+Y entonces el bufón se separó del tapiz, se alejó y dijo bajando las
+escaleras:
+
+--¡Oh! ¡gracias á Dios! el veneno es inútil: el veneno no matará á
+nadie. Pero es preciso... sí... sí... es preciso que doña Clara se
+separe de don Juan; es preciso que don Juan sea de Dorotea y sólo de
+Dorotea; es preciso que doña Clara los vea aquí juntos, enamorándose,
+acariciándose, embriagados de amor.
+
+Y el bufón bajó silenciosamente las escaleras, se puso los zapatos,
+abrió la puerta, salió, cerró y se encaminó al alcázar en busca de doña
+Clara.
+
+Don Juan y Dorotea, sin embargo, no habían cambiado de situación: tras
+aquel beso irreflexivo, fatal, por decirlo así, Dorotea se había rehecho
+de nuevo.
+
+--Sentáos, don Juan--le dijo--, y hablemos por último con seriedad;
+hemos vuelto á caer en las locuras. Tenéis sobre mí un poder
+maravilloso: ya lo sabía yo, y me he prevenido; lo que me habéis
+propuesto es imposible.
+
+--¡Imposible!
+
+--Sí; yo no puedo partir mi amor con otra mujer; yo no puedo deciros
+tampoco, y no os diré: abandonad á vuestra esposa; os debéis al gran
+nombre que lleváis, y no podéis deshonrarle; aunque queráis yo no
+permitiré que le deshonréis por mí. Veámonos por la última vez.. y tened
+mucho valor si me amáis.
+
+--¿Qué queréis decirme con esas palabras?
+
+--Que cuando salgáis de aquí llevaréis de mí tal recuerdo, que no me
+olvidaréis jamás.
+
+--¿Qué misterio tan incomprensible es este que os arranca de mis brazos,
+que os defiende de mí, que me desespera, que me mata?...
+
+--Mi amor.
+
+--Extraño amor que se complace en despedazarme.
+
+--Amor desdichado, muerto apenas nacido.
+
+--Dorotea, no me obliguéis á ser villano.
+
+--Conmigo no podéis ser más que lo que sois.
+
+--Un hombre burlado, por no sé qué intención que no comprendo.
+
+--¡Ah! no hay ningún hombre que merezca el amor de una mujer; no hay
+ninguno que comprenda el alma de una mujer.
+
+Don Juan calló confundido.
+
+--Oye, don Juan--dijo Dorotea asiéndole las manos con acento triste y
+con los ojos arrasados de lágrimas--: yo no comprendo el amor como tú le
+comprendes; para mí el amor no es el deleite impuro, ni la vanidad, ni
+la embriaguez, ni el entretenimiento; para mí el amor es más, mucho más;
+tiene algo de divino; para mí el amor es ser el pensamiento entero de un
+hombre, el espíritu poderoso que le engrandezca, que le impulse á las
+grandes acciones; grandezas buscadas para engrandecer la mujer amada,
+cuando se trata de un hombre como tú, que se llama Girón, que es hijo
+del gran duque de Osuna, que debe su espada á sus abuelos y á su patria,
+y el corazón á una mujer; yo no te pido eso que puede y debe pedirte tu
+esposa; yo quiero tu grandeza para que refleje sobre mi frente; yo no
+puedo ser para ti más que la amante oculta y misteriosa, que te sonría
+apartada de la vista del mundo; mis hijos no pueden llevar tu nombre,
+porque... tu nombre pertenece entero á los hijos de la mujer con quien
+te has unido: yo sólo puedo ser para ti un sueño embriagador durante
+algún tiempo; después... después, cuando hasta el misterio hubiera
+perdido para ti su encanto, yo sería una carga para ti..
+
+--¡Una carga!
+
+--Sí, una carga enojosa.
+
+--¿Crees tú que yo reparé jamás en...?
+
+Don Juan se detuvo, porque lo que iba á decir era inconveniente.
+
+Pero Dorotea oyó con el alma las palabras que don Juan no había
+pronunciado; las oyó dentro de su corazón.
+
+--No; no hablo yo de esa carga material que consiste en atender á las
+necesidades materiales de una mujer; entre nosotros no puede haber eso;
+el dinero hace daño al amor; yo cómica, yo cortesana, no he pertenecido
+á un amante sino á trueque de un tesoro; yo, mujer, no doy mi corazón
+sino por otro corazón; de otra carga más pesada he querido hablarte: de
+la carga que consiste en tener que sacrificar algún tiempo todos los
+días á una mujer á quien no se ama, á quien nunca se ha amado, por quien
+sólo se ha sentido deseo y por la cual al fin ni deseo se siente, y á la
+que se sigue fingiendo amor por compasión; carga que acaba por hacerse
+insoportable, porque el sacrificio más pequeño se hace insoportable
+cuando es continuo; yo sería dentro de poco una carga para ti y después
+un remordimiento, porque me abandonaríais...
+
+--Te he dejado seguir porque quería saber á dónde ibas á parar. ¡Que yo
+no te amo!
+
+--Ahora... ahora, don Juan, te crees enamorado de mi, y lo estás; estás
+loco...
+
+--No vivo más que para ti.
+
+--Es necesario que vivas para los demás; no eres dueño de ti mismo.
+
+--¿De modo, que yo que ansiaba que llegase el momento de ver á mi
+libertadora, me encuentro con una especie de hermosísimo fraile que me
+predica un sermón de cuaresma? Esto no puede ser. Yo... te amaba como
+dices, con el deseo antes de hoy: te amé de ese modo desde el punto en
+que te vi... Pero desde hoy, Dorotea, te amo con un amor que no puede
+confundirse con nada, porque tu amor me ha obligado á amarte; tú me has
+procurado la libertad, y con la libertad la vida, no sé á precio de qué
+sacrificio; has podido satisfacer tus celos, vengarlos, diciendo á mi
+mujer: «tú, su esposa; tú, la dama hermosísima, noble, rica, favorita de
+la reina, no has podido salvarle; y yo, la cómica, yo, su querida, le he
+salvado»; y tú no has hecho eso, Dorotea; tú has sufrido tu despecho, tu
+desesperación, y has hecho llegar por las manos del rey á mi mujer la
+orden que me ponía en libertad; tú sabías que yo libre había de partir
+de Madrid y, sin embargo, la libertad me has dado; ¿cómo quieres que no
+te ame, á no ser que creas que soy un miserable? Y si soy un miserable,
+¿por qué me amas?
+
+--¡Don Juan!--exclamó Dorotea con la voz trémula, ardiente, opaca, y la
+mirada ansiosa, fija, concentrada en los ojos del joven--; ¡don Juan!
+¡mira no mientas involuntariamente!
+
+--No, no; te amo--dijo don Juan estrechándola contra su seno.
+
+Dorotea pugnó por desasirse.
+
+--Sólo á ti amo--murmuró el joven en su oído.
+
+Dorotea rompió á llorar.
+
+--Por ti y para ti viviré--continuó el joven--, y escucha: mi vida es
+tuya; ¿para qué quiero yo un nombre que me aparta de ti? Renuncio á ese
+nombre, me separo de la mujer que nos impide unirnos, saldré de Madrid,
+pero saldré contigo, todo por ti y para ti.
+
+--¡Separarte de doña Clara!--dijo Dorotea levantando de sobre el hombro
+de don Juan la cabeza y apartando con las dos manos los rizos que se
+habían desordenado sobre su frente, pálida y tersa--. ¡Ser mío,
+únicamente mío! ¡Salir de esta casa en que había entrado muerta,
+contigo, llena de una vida hermosa! ¡Oh! ¡repítemelo, repítemelo! ¡creo
+que me he engañado! ¡que tú no has dicho eso!
+
+--¡Oh, sí! ¡tuyo y no más que tuyo!
+
+--¿Y partiremos?
+
+--Sí.
+
+--¿Desde esta casa?
+
+--Sí.
+
+--¿Y no volverás á ver á doña Clara?
+
+--No amo á nadie más que á ti.
+
+Y don Juan la atrajo á sus brazos.
+
+Dorotea le sonrió de una manera tal, le dejó ver de tal modo su alma,
+que una involuntaria sonrisa de triunfo de don Juan borró, como una nube
+al sol, la sonrisa de gloria de Dorotea.
+
+En la sonrisa de don Juan había visto, no amor, sino voluptuosidad,
+alegría, y aun podemos decir vanidad, por la posesión segura de una
+mujer vivamente deseada.
+
+Entonces, Dorotea se levantó de los brazos de don Juan, haciendo un
+violento esfuerzo para desasirse de ellos.
+
+Su palidez había crecido.
+
+Durante algunos segundos, una seriedad sombría, y tal que llegó á
+imponer respeto á don Juan, apareció en su semblante.
+
+Luego volvió á sonreir.
+
+Pero entre aquella seriedad y aquella sonrisa había pasado una agonía
+completa.
+
+--La hora de la partida se acerca--dijo apoyándose dulcemente en el
+hombro de don Juan.
+
+--Partamos--dijo don Juan levantándose.
+
+--Espera, espera un momento--dijo Dorotea poniendo sus dos manos sobre
+los hombros de don Juan y mirándole frente á frente.
+
+Don Juan exhaló una exclamación de asombro.
+
+Nunca había visto á Dorotea tan hermosa.
+
+Tembló bajo la impresión de la mirada de la comedianta.
+
+--Siempre, siempre tu sed--dijo Dorotea--; nunca tu amor.
+
+--¡Cómo! ¿aún dudas?
+
+--No, no dudo ya--dijo la joven.
+
+Y dejó los hombros de don Juan y se acercó á la mesa.
+
+--¿Qué haces?--dijo don Juan.
+
+--¡Tengo sed! ¡una sed que me devora!--contestó Dorotea fijando una
+mirada indescribible en la pera adornada con el lazo rojo y negro que se
+veía en medio de la mesa.
+
+Y tomó una botella y llenó de vino una copa.
+
+--Yo también tengo sed--dijo don Juan, que tenía la boca amarga, como
+cuando experimentamos una fuerte conmoción en nuestro organismo.
+
+Dorotea llenó otra copa.
+
+Luego se apoyó sobre la mesa, mirando siempre el confite del lazo negro
+y rojo.
+
+Su semblante estaba contraído; gruesas gotas de sudor corrían por sus
+mejillas.
+
+Hubo un momento en que tembló toda, como á la sensación imprevista de un
+frío agudo.
+
+--Estos confites son muy buenos--dijo--; probémoslos antes de beber.
+
+Y tomó la pera envenenada.
+
+Al tomarla miró á don Juan y pasó por sus ojos algo horrible.
+
+--Toma--le dijo, y le mostró la confitura.
+
+Don Juan extendió la mano.
+
+Dorotea se estremeció de nuevo, retiró vivamente la pera y la mordió
+exclamando:
+
+--No, no; esta es para mí, para mí sola.
+
+Y temerosa de que don Juan pudiera arrebatarla ni una pequeña parte de
+aquel confite mortal, le devoró.
+
+A seguida cayó de rodillas.
+
+--¿Qué haces, Dorotea?--dijo don Juan.
+
+--¡Dejadme! ¡dejadme orar!--exclamó la joven.
+
+--¡Orar!--exclamó asombrado don Juan.
+
+--Sí; orar por mi alma--respondió Dorotea.
+
+Y juntó las manos, las cruzó y dobló la cabeza sobre el pecho.
+
+En aquel momento resonaron voces en la calle y luego el choque de
+espadas.
+
+Don Juan sintió un terror vago y se abalanzó á Dorotea y la levantó en
+sus brazos.
+
+La joven se abandonó en los brazos de don Juan y le sonrió de una manera
+embriagadora.
+
+--¡Oh! ¡no me olvidarás!--exclamó.
+
+--¡Olvidarte, olvidarte yo, vida mía!
+
+Y don Juan, embriagado, la besó en la boca.
+
+--¡Adiós!--exclamó Dorotea entre un beso ardiente.
+
+--¿Por qué me dices adiós, alma mía?
+
+--Me llama mi esposo--dijo sonriendo siempre Dorotea.
+
+--¡Tu esposo!
+
+--Sí; acabo de desposarme... con quien estará eternamente conmigo y yo
+eternamente con él.
+
+--Sí, sí--exclamó don Juan engañado por las palabras de Dorotea--; no
+nos separaremos jamás.
+
+--Sí--dijo Dorotea rodeando un brazo tembloroso al cuello de don Juan--;
+vamos á separarnos muy pronto, porque no me he desposado contigo; me he
+desposado con la muerte. Ahora déjame orar; no acabes de perderme.
+
+--¡Con la muerte!--gritó don Juan.
+
+--Sí, el dulce que acabo de comer estaba envenenado.
+
+--¡Envenenado!.. ¡Dios mío! ¡Hola! ¡aquí! ¡aquí!--gritó don Juan,
+llamando.
+
+--¡No hay nadie! ¡estamos solos!--exclamó Dorotea.
+
+Y una leve contracción de dolor resistido, pasó por su semblante.
+
+--¡Oh! ¡esto es horrible! ¡esto no puede ser verdad!--exclamó don Juan
+reteniendo entre sus brazos á Dorotea.
+
+Otra contracción más violenta, indicó á don Juan que Dorotea sentía un
+dolor más agudo.
+
+Al mismo tiempo su cuerpo se hizo más pesado.
+
+Don Juan se vió en la necesidad de doblar una rodilla para sostener á
+Dorotea.
+
+--¡No me abandones! ¡no me dejes!--exclamó--; quiero morir en tus
+brazos! toma... porque apenas puedo hablar... había escrito este
+papel... que es mi última palabra para ti... y mi última voluntad... ¡Oh
+Dios mío!
+
+Y sacó del seno un papel doblado, que se desprendió de sus manos y cayó
+sobre la alfombra.
+
+Don Juan estaba inmóvil, mudo, dominado por el terror.
+
+Dorotea hizo aún un nuevo esfuerzo, aún tuvo una sonrisa para don Juan;
+luego lanzó algunos gritos agudos, horribles; se retorció de una manera
+violenta, hasta el punto de desasirse de los brazos de don Juan; dió dos
+pasos desatentados, y cayó desplomada.
+
+Don Juan corrió á ella, la volvió, miró su semblante y dió un grito de
+horror.
+
+Dorotea estaba muerta, y aquel semblante, poco antes tan hermoso, tan
+lleno de vida, estaba afeado por una contracción horrible.
+
+Hay en la vida algunos momentos comparables á la muerte.
+
+Momentos de atonía en que los músculos se petrifican y el corazón se
+hiela.
+
+Momentos á los cuales sucede una reacción horrible.
+
+Don Juan probó unos momentos semejantes, y luego, como si despertase de
+una pesadilla horrorosa, gritó con un acento imposible de hacer
+comprender:
+
+--¡Muerta! ¡muerta! ¡y muerta por mí!
+
+Y seguidamente se arrojó sobre el cadáver y unió su boca á la boca
+helada de Dorotea.
+
+Y en otra nueva y más terrible reacción, se alzó, y desnudando
+violentamente su daga, exclamó:
+
+--¡Muerta por mí!... ¡y yo, miserable, vivo!
+
+Y volvió la punta de su daga al pecho.
+
+Pero en aquel momento, se sintió sujeto por detrás, asidos los brazos,
+retenidos por otros brazos que le apretaban con la fuerza de una cadena
+de hierro.
+
+--¡Oh! ¡no! ¡no! ¡mientras yo esté á vuestro lado!--dijo una voz.
+
+Aquellos brazos que le sujetaban y aquella voz que le hablaba, mojada en
+lágrimas, eran los brazos y la voz de Quevedo.
+
+Este y el padre Aliaga, habían entrado sin que á causa de lo horrible de
+la situación los sintiera don Juan.
+
+--¡Desarmadle, fray Luis! ¡vive Dios! ¡que tiene las fuerzas de un toro
+y se me escapa!--gritó Quevedo luchando con don Juan.
+
+El inquisidor general, arrancó la daga al joven, y le quitó la espada.
+
+--Mirad, fray Luis, mirad si tiene pistoletes á la cintura--dijo
+Quevedo.
+
+El padre Aliaga, en silencio como hasta allí, registró la cintura de don
+Juan y le quitó dos pistoletes.
+
+--¡Ah, ya era tiempo! ¡ya no podía resistir más!--dijo Quevedo soltando
+al joven.
+
+Este se levantó, dió tres pasos vacilantes, y luego se dejó caer sobre
+un sillón, y se cubrió el rostro con las manos.
+
+--Vamos--dijo Quevedo--, nos hemos salvado; veamos ahora si podemos
+salvar á esta infeliz.
+
+--¡Muerta!--dijo el padre Aliaga roncamente.
+
+Y se arrodilló junto al cadáver y oró.
+
+Entre tanto Quevedo había levantado el papel que se había caído de la
+mano de Dorotea y que ésta había sacado de su seno.
+
+Quevedo, que tenía siempre valor para dominar las situaciones más
+difíciles, que no desatendía jamás ninguna circunstancia por ligera que
+fuese, se acercó á la mesa, desdobló el papel y le leyó:
+
+«Don Juan--decía--: He tenido la desgracia de conoceros y de que no me
+améis: mi vida es demasiado horrible para que yo la conserve, y me
+habéis hecho demasiado daño para que yo quiera vengarme de vos; me he
+vestido de boda para acudir á vuestra cita; de esa cita saldré envuelta
+en una mortaja; sois noble y generoso, y el único medio que tengo para
+que no me olvidéis jamás, es morir en vuestros brazos; cuando leáis este
+papel, habré muerto ya; os amo, os amo tanto, que todo por vos lo
+pierdo; hasta mi alma; sé que no me olvidaréis nunca, mientras viváis, y
+quiero mejor vivir muerta en vuestro pensamiento, que vivir muriendo
+lejos de vos, abandonada, despreciada por vos; que mi recuerdo no os
+haga infeliz; amad... amad mucho á vuestra esposa, porque si os ama como
+yo os amo, y un día se ve desdeñada por vos como yo me he visto, morirá
+como yo muero. Adiós, recibid mi alma.--_Dorotea._»
+
+Y por bajo se leía:
+
+«Decid á don Francisco de Quevedo, que en mi casa, en un cajón de la
+mesa de la sala, está mi testamento; que lo haga cumplir.»
+
+Dos lágrimas, gordas, enormes, de Quevedo, cayeron sobre este papel.
+
+[imagen:...arrancó la daga al joven y le quitó la espada.]
+
+Luego le dobló en silencio, y le guardó.
+
+--Padre Aliaga--dijo dirigiéndose al religioso que oraba en silencio--,
+vos os quedaréis, ¿no es verdad?
+
+--Debo orar junto á esta desgraciada, y tanto más, cuanto que es hija de
+otra infeliz, á quien he amado mucho, antes de dejar el mundo.
+
+--Y yo necesito apartar de aquí á don Juan.
+
+--Sí, sí; lleváoslo.
+
+--Esperad, esperad--dijo don Juan levantándose y dando algunos pasos
+hacia Dorotea.
+
+--¡Que hacéis!--dijo dulcemente el padre Aliaga.
+
+--¡Dejadme, por Dios, que la vea la última vez!
+
+--Apartad, caballero, apartad, y no profáneis ese cadáver--dijo el padre
+Aliaga, poniéndose delante de Dorotea.
+
+--¡Oh! ¡para qué quiero vivir!
+
+--¡Para doña Clara de Soldevilla, para vuestra esposa!--dijo severamente
+Quevedo--; ¡ya que esa desgracia es irremediable, no causéis otra
+desgracia mayor!
+
+--¡Clara! ¡mi esposa!--exclamó don Juan.
+
+Y se dulcificó la rigidez de su semblante, sus ojos se humedecieron y
+lloró.
+
+--¡Oh! ¡Dios mío! ¡Dios mío!--dijo--; la vida es un sueño de Satanás!
+
+--¡Sí, sí, un sueño horrible! ¡pero, seguidme! tomad vuestras armas, que
+ya no hay peligro en que las toméis, y vamos.
+
+Don Juan tomó sus armas, su sombrero, su capa, y siguió á Quevedo; pero
+antes de salir se volvió hacia Dorotea.
+
+--¡Doña Clara os espera!--dijo Quevedo.
+
+Don Juan siguió á su amigo, y entrambos salieron de la casa.
+
+El padre Aliaga se quedó orando al lado del cadáver de Dorotea.
+
+
+
+
+CAPÍTULO LXXXV
+
+EL AUTOR DECLARA QUE HA CONCLUÍDO, Y ATA ALGUNOS CABOS PARA QUE NO
+QUEDEN SUELTOS
+
+
+El cocinero de su majestad supo al día siguiente, al ir á oír misa á
+Santo Domingo el Real, una noticia horrible.
+
+Al pasar junto á dos comadres que charlaban en una esquina, oyó las
+siguientes palabras:
+
+--Os digo que la he visto; yo misma con estos ojos que se ha de comer la
+tierra: es la comedianta Dorotea; pero se ha quedado que espanta; está
+que da compasión verla: los ojos hundidos, que le cabe un puño en cada
+uno; la boca torcida... ¡ella, que era tan hermosa!... dicen que ha
+muerto de repente.
+
+Helósele de repente en las venas la sangre al cocinero mayor.
+
+Y tal comezón le dió en saber lo que le hubiera sido mejor ignorar, de
+tal modo le impulsaron su terror y su conciencia, que sin encomendarse á
+Dios ni al diablo, se acercó á las dos viejas y las dijo:
+
+--Perdonen voacedes, pero he oído no sé qué de una muerte que me ha
+trastornado.
+
+--¡Qué! ¡si todo Madrid está que lo ahogan con un cabello, y aquella
+casa parece un jubileo!--dijo una de las viejas--; yo he sudado y me he
+estropeado para poder entrar donde está la difunta, y me han roto la
+saya; ¡si aquello es mucho! ¡y qué lujo! y allí están todos los cómicos
+del corral de la Pacheca, y los del coliseo del Príncipe, y los del
+coliseo de la Cruz, y muchos señores, y muchos grandes, y cuatro
+lacayotes con hachas, que diz que son del señor duque de Lerma, que diz
+era querido de la comedianta; y allí está también el inquisidor general
+y otros religiosos, todos rezando, y la sala hecha un ascua de oro de
+luces, y la calle que no cabe un alfiler de gente, y todos tristes, y
+todos llorosos; y están dando limosna á más y mejor en la puerta á todos
+los pobres que llegan. ¡Si parece que se ha muerto una persona real!
+Cuando nosotras doblemos la cabeza y nos quedemos como un pollo con
+moquillo, nos agarrarán de un zancajo y nos echarán á un estercolero.
+¡Pues ya se ve! ¡como era tan hermosa!... y como era querida de un
+señor... ¡he ahí! Quede vuesa merced con Dios. Vamos, tía Brígida,
+vamos, que ya es tarde.
+
+El cocinero mayor no oyó ni la mitad de la relación de la vieja; la
+noticia de que la Dorotea había muerto de repente, le había encogido, le
+había helado, le había dejado inmóvil, presa de uno de esos pavores que
+no se comprenden, si alguna vez no han pasado por nosotros.
+
+Él, aunque se había quedado con doña Clara Soldevilla en la casa, donde
+había entrado con aquella señora al nombre de la Inquisición,
+pronunciado por el padre Aliaga; como don Juan y Quevedo habían ido á
+buscar á doña Clara, Montiño no sabía nada acerca de la muerte de
+Dorotea, porque Quevedo le había echado con cajas destempladas, sin
+darle explicación alguna, para quedarse solo cuanto antes con doña Clara
+y don Juan.
+
+En el mismo punto se fué al alcázar, evitando pasar por el sitio donde
+se suponía muerto al bufón; se había metido entre sábanas, y había
+pasado la noche con la cabeza tapada y con fiebre.
+
+Por la mañana se durmió y despertó á las diez.
+
+Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio...
+
+(Entre paréntesis: al meter Quevedo aquella noche, cuatro horas después
+de la muerte de Dorotea, á doña Clara y á don Juan, en un coche, que
+tenía prevenido Francisco de Juara en el mesón del Bizco, cesó de
+repente la lluvia; lentamente se despejó el cielo; luego amaneció claro,
+y un sol brillante inundó de una luz dorada el espacio; parecía que al
+despejarse completamente la situación de nuestros personajes, se había
+creído el cielo obligado á despejarse también; esto pudo ser una
+casualidad, pero una casualidad reparable.)
+
+Al ver entrar el sol por las rendijas de la ventana de su dormitorio,
+decíamos, el cocinero mayor saltó del lecho, se vistió apresuradamente,
+y afligido por su lastimada conciencia, su primer impulso fué ir á
+arrojarse de rodillas delante de Dios, en un templo; en el camino le
+había sorprendido, pues, de una manera terriblemente providencial, la
+noticia de la muerte de su víctima.
+
+Porque Montiño no tenía duda, no se atrevía á tenerla; Dorotea le había
+mandado hacer una cena y poner en ella un veneno: Dorotea había muerto
+de repente, luego Dorotea se había envenenado.
+
+Nada tiene, pues, de extraño, la parálisis total que acometió al
+cocinero mayor al saber la muerte de Dorotea.
+
+Hacía un rato que los dos horribles conductores de aquella noticia, las
+dos viejas queremos decir, hablan desaparecido, y todavía estaba Montiño
+hecho un garabito en el mismo lugar donde se había parado para
+informarse.
+
+Pero de repente se enderezó, se volvió y dió á correr como un insensato
+en dirección á la calle Ancha de San Bernardo, atraído por ese
+magnetismo horrible que existe entre el asesinado y el asesino.
+
+Cuando llegó hubo de detenerse; la afluencia de gentes le había cortado
+el paso.
+
+La calle estaba llena.
+
+Y nada tenía esto de extraño.
+
+La Dorotea era muy conocida, y á más de esto, se daba una abundante
+limosna á la puerta de su casa.
+
+Montiño codeaba á derecha é izquierda, pero no podía pasar.
+
+Entonces, y como la atracción que le impulsaba hacia el cadáver era más
+poderosa á medida que se acercaba á él viendo que por codos no podía
+abrirse paso, dió á gritar de una manera desentonada:
+
+--¡Dejadme, dejadme pasar, por Dios! ¡quiero verla! ¿no oís que quiero
+verla antes de que se la lleven? ¡Dejadme pasar!
+
+Y redoblaba sus gritos.
+
+Todos le creyeron, por lo menos, pariente de la difunta, y le abrieron
+paso.
+
+Y así gritando y codeando, logró llegar á la puerta de la casa.
+
+En ella estaba Pedro, el antiguo criado de Dorotea, con un talego en la
+mano, del que sacaba sucesivamente reales de plata que iba entregando á
+los pobres que se presentaban.
+
+Dos alguaciles, delante de él, impedían que fuese atropellado por los
+mendigos, y que entrase gente en la casa, á pesar de lo cual, más de uno
+se colaba.
+
+Colábase también Montiño.
+
+--¡Eh! ¿á dónde vais?--le dijo uno de los alguaciles cogiéndole del
+brazo.
+
+--¿Que á dónde voy?--dijo Montiño volviendo su mirada escandencida é
+insensata al alguacil--. ¿A dónde he de ir sino á verla antes de que se
+la lleven?
+
+A estas palabras lacrimosas, chillonas, del cocinero mayor, Pedro volvió
+la cabeza y le reconoció.
+
+--¡Ah! ¿sois vos, señor Montiño?--dijo también lloroso Pedro--. ¡Oh, qué
+desgracia! ¡qué desgracia tan grande y tan impensada! ¡No la olvidaremos
+jamás!
+
+--¡Ni yo! ¡ni yo! ¡yo no puedo olvidarla nunca!--exclamó Montiño--;
+pero, ¿cómo ha sucedido eso? ¿cuándo?
+
+--Casilda, que está adentro, en la cocina, os dará razón, señor Montiño.
+Yo no puedo marcharme de aquí. Como veis, estoy dando limosna por su
+alma. Dejad pasar á ese hidalgo, señor Casimiro Trompeta; es de la
+casa--dijo Pedro al alguacil que aún tenía asido á Montiño.
+
+El corchete soltó al cocinero, que se despidió, subió las escaleras,
+atravesó un pasillo, y se entró de rondón en la cocina, donde, envuelta
+en un pañolón negro, estaba Casilda gimoteando, asistida por algunas
+comadres de la vecindad y algunas doncellas de cómicas que estaban en la
+casa, y componían aquella especie de duelo criaderil.
+
+--¿Pero qué es lo que aquí ha sucedido?--dijo Montiño dirigiendo
+bruscamente la palabra á la doncella de Dorotea.
+
+--¿Qué ha de haber sucedido? ¡desdichada que yo soy, sino que mi señora
+se ha muerto! ¡Y tan hermosa! ¡tan joven! ¡tan buena!
+
+Y siguieron las lágrimas y los sollozos.
+
+--¿Pero cómo se ha muerto la señora?--dijo Montiño, cuya voz tenía á
+cada momento una acentuación más extraña y más punzante.
+
+--¿Y qué se yo?--dijo Casilda--; yo no la he visto morir.
+
+--¿Pero no ha muerto en la casa?
+
+--Sí; sí, señor, según dicen don Francisco de Quevedo y el padre fray
+Luis de Aliaga, que la trajeron allá muy tarde.
+
+--¿Que la trajeron?
+
+--Sí, señor; la trajeron al obscurecer; la señora había salido muy
+engalanada con el tío Manolillo; dicen que esta noche pasada han matado
+al tío Manolillo.
+
+--Eso dicen, eso dicen--exclamó el cocinero mayor--; pero seguid,
+seguid; decíais que don Francisco de Quevedo y el padre Aliaga trajeron
+á la señora.
+
+--Sí; sí, señor; la metieron envuelta en su manto, y como arrastrando;
+luego se encerraron con ella, y después salió don Francisco de Quevedo;
+á poco vinieron el duque de Lerma, y un alcalde de casa y corte y un
+escribano; entonces supe que mi señora había muerto; pero había tenido
+tiempo de hacer testamento; nada la ha faltado, nada, ni sacerdote que
+la auxiliara, y calificado, como que era nada menos que el inquisidor
+general, ni escribano que autorizase su última voluntad.
+
+--¿Y no vino ningún médico?
+
+--Sí; sí, señor, el doctor Campillos, que era el médico del coliseo;
+allá dentro estuvo encerrado mucho tiempo, con la difunta, y con el
+duque de Lerma, y con el inquisidor general, y con don Francisco de
+Quevedo.
+
+--¿Y no dijo de qué había muerto?
+
+--Sí; sí, señor: de repente, de enfermedad natural.
+
+--¡Eso dijo!
+
+--Sí; sí, señor, eso dijo.
+
+--¿Y eso ha escrito la justicia?
+
+--Sí, señor; eso ha escrito.
+
+Al través de su locura un rayo de razón penetró en el pensamiento de
+Montiño, ó más bien un instinto de conservación.
+
+Aguantóse, dejó las cosas como los hombres y la justicia de los hombres
+las habían puesto; pero en medio de su locura, su conciencia, más
+poderosa que ella, le acusaba de aquella muerte.
+
+Y la fascinación que le había llevado hasta allí, poderosa, terrible, le
+arrastró todavía.
+
+Se despidió de Casilda, y se entró en la sala.
+
+Los balcones estaban completamente cerrados; las paredes y el techo
+cubiertos con paños de terciopelo negro franjeados de oro, el suelo
+cubierto con un paño negro.
+
+En medio de la sala, sobre un magnífico lecho rodeado de gigantescos
+candelabros de bronce dorado con blandones, estaba el cadáver,
+humildemente amortajado con un sayal ceniciento de la orden de San
+Francisco y la cabeza rodeada de una toca blanca.
+
+A los cuatro ángulos del lecho había cuatro lacayos de gran librea,
+inmóviles como estatuas, y con blandones amarillos en las manos.
+
+Las libreas de aquellos hombres eran del duque de Lerma.
+
+Detrás del lecho se veía la manguilla negra de terciopelo bordado de
+oro, y con la cruz dorada de la parroquia de San Martín.
+
+El cura y los clérigos de la parroquia, y en medio de ellos el
+inquisidor general con sus hábitos negros y blancos de dominico,
+rezaban.
+
+Detrás de los sacerdotes, arrodillados, rezando también, había una
+multitud de hombres y de mujeres vestidos de luto.
+
+Aquellas mujeres y aquellos hombres eran los cómicos de los coliseos de
+Madrid.
+
+Al fondo de la sala, junto á la puerta de entrada, silenciosos y graves,
+había algunos hidalgos.
+
+Al verse allí, el cocinero mayor sintió un vértigo horrible, parecióle
+que las luces se agrandaban, que se iban hacia él, que le rodeaban, que
+giraban, que subían, que bajaban, que se revolvían en un torbellino de
+fuego.
+
+Parecióle ver en medio de aquel torbellino, de aquel resplandor, impuro
+y flameante, levantarse el cadáver de Dorotea, adelantar, asirle,
+estrecharle entre sus brazos y arrastrarle consigo.
+
+Y presa de este vértigo infernal, Montiño adelantó con paso nervioso,
+lento, marcado, con los cabellos erizados, con los ojos horriblemente
+dilatados, con la boca contraída, temblorosa, con el semblante lívido,
+estremeciéndose todo, hacia el cadáver, junto al cual llegó y le
+contempló de una manera horrorosa en el momento que la clerecía empezaba
+á entonar el terrible salmo: _Dies iræ, dies illæ_.
+
+Montiño no pudo resistir más; su cabeza se partía, su pecho se abrasaba,
+y antes de que pudiese separarse de allí, su locura estalló, y gritó con
+un acento espantoso:
+
+--¡Perdón! ¡perdón! ¡yo pasaré todos los días de mi vida en la
+penitencia! ¡pero! ¡suéltame! ¡suéltame! ¡no me arrastres contigo! ¡yo
+pasaré mi vida orando y haciendo que la Iglesia ore por ti!
+
+Y tras esto, en medio del escándalo de los que en la sala estaban, dió
+con su cuerpo en tierra.
+
+--Este hombre está loco--dijo el padre Aliaga, mandando sacar de allí al
+cocinero mayor, y llevarle á un cuarto, en donde se encerró con él.
+
+Pero había causado tal impresión la muerte de la Dorotea, habían dicho
+tales cosas acerca de entradas y salidas de su ama Pedro y Casilda, se
+había murmurado tanto, que se sospechó por todos, y aun se dió por
+seguro, que allí había _gato encerrado_.
+
+El tremendo alcalde de casa y corte Ruy Pérez Sarmiento, á quien ya
+conocemos, había sido llamado entre doce y una de la noche anterior por
+el duque de Lerma.
+
+El duque de Lerma había llamado al alcalde de casa y corte, porque entre
+diez y once de la noche había estado encerrado un largo espacio con él
+don Francisco de Quevedo.
+
+Quevedo había hecho llegar, valiéndose de frases hinchadas y misteriosas
+para obligar á los ciados, una carta al duque de Lerma, una carta que
+sólo contenía estos tres renglones:
+
+«Excelentísimo señor: Tengo en mis manos el cuchillo que puede cortaros
+la cabeza; pero yo os daré este cuchillo si me dais licencia para
+hablaros.--_Francisco de Quevedo._»
+
+Leer esta carta, y hacer entrar inmediatamente á Quevedo, fué todo uno.
+
+Quevedo entró con unos papeles en la mano.
+
+Y por cierto que aquellos papeles estaban teñidos de sangre.
+
+Pero digamos antes de dónde venía Quevedo.
+
+Cuando salió con el corazón desgarrado de la casa donde había visto
+muerta á Dorotea, llevando consigo á don Juan, hizo dar á éste algunas
+vueltas por las tenebrosas calles.
+
+Aún no había dejado de llover, y Quevedo, que como tenía de todo, era
+algo médico, esperó que la humedad reblandeciese el cerebro de don Juan.
+
+Lo que demuestra que Quevedo, ya en aquellos tiempos, buscaba el alma en
+los nervios.
+
+No se engañó don Francisco.
+
+La excitación nerviosa del joven se modificó.
+
+Anduvo por algún tiempo en silencio asido al brazo de Quevedo.
+
+Luego exclamó:
+
+--¡Qué sueño tan horrible!
+
+--Ya que de sueños habláis--dijo Quevedo--, tomad lo pasado como sueño y
+escarmiento. No juguéis más con el alma de la mujer, porque las mujeres
+son terribles. Olvidad.
+
+--No puedo.
+
+--Domináos.
+
+--Tengo el corazón despedazado.
+
+--Por lo mismo, y porque estáis experimentando lo que es tener el
+corazón amargo y sangriento, no queráis que le tenga también vuestra
+esposa.
+
+--¡Clara!
+
+--¡Si supiérais de lo que ha sido capaz esa mujer que lloráis!
+
+--¡Dorotea!
+
+--Sí; vos veis en ella un ángel perdido, y era un demonio.
+
+Quevedo era un médico terrible; ponía á sangre fría los dedos sobre la
+llaga y la estrujaba.
+
+La muerta nada tenía ya que perder ni que esperar en la vida, y Quevedo
+quería salvar á los que, vivos aún, tenían que perder y que esperar.
+
+Calumniaba á Dorotea.
+
+--¿Qué decís, don Francisco?--exclamó el joven.
+
+--Digo que Dorotea era una aventurera que quería perderos.
+
+--¿Perderme y ha muerto por mí?
+
+--Vos no comprendéis á ese animal que se llama hombre, á quien aventaja
+en ferocidad ese otro animal que se llama mujer. ¿Hubiérais vos creído
+que hubiese persona que para vengarse de otro se diese la muerte?
+
+--No... eso es inconcebible.
+
+--Pues todo el que se mata por amor, no se mata por otra cosa que por
+amargar con el recuerdo de su muerte la conciencia del hombre ó de la
+mujer que le ha desdeñado.
+
+--¡Oh, no! ¡no puede ser!
+
+--Y sin embargo, es.
+
+--Yo... me había entregado enteramente á Dorotea.
+
+--Dorotea sabía que mientras existiese doña Clara, ella no podía ser
+para vos más que un entretenimiento.
+
+Quevedo estaba en la situación, y sus últimas palabras influyeron
+terriblemente en el ánimo del joven, porque había oído aquellas mismas
+palabras á Dorotea.
+
+--¿Y ha podido llegar la locura de esa infeliz hasta tal punto?--dijo.
+
+--No era locura, sino rabia, y rabia femenil, la más terrible de las
+rabias de que puede adolecer una criatura. El amor de Dorotea era
+impuro; si no hubiese tenido celos, y celos de vanidad, hubiera
+satisfecho su deseo por vos, y á los quince días os hubiera burlado.
+
+Don Juan no contestó.
+
+Cada una de las palabras de Quevedo, le hacían experimentar el frío de
+la hoja de un puñal.
+
+El implacable Quevedo continuó:
+
+--Y dad gracias á Dios de que su sabia y misericordiosa providencia me
+haya traído á tiempo de impedir el gran crimen que había meditado
+Dorotea, y su contrahecho amante el bufón del rey.
+
+--¡Cómo! ¿aquel hombre era...?
+
+--Sí; era ese amante feroz y bajo que tienen todas las aventureras: era
+su puñal.
+
+--Me estáis revelando cosas horribles.
+
+--Es que cuando la verdad vale algo es siempre horrorosa en el punto en
+que se la quita la camisa.
+
+--¿Y qué era lo que habían meditado ese hombre y esa mujer?
+
+Quevedo notó con alegría, con una alegría _sui generis_, que don Juan
+llamaba _esa mujer_ á la desdichada Dorotea.
+
+--Habían querido matar á un ángel.
+
+--¿A Clara?
+
+--Sí por cierto; en el momento en que vos estuvísteis encerrado con
+Dorotea, el tío Manolillo fué al alcázar, dijo á doña Clara que vos os
+olvidábais de ella con otra, y doña Clara le siguió loca de celos,
+porque los celos y la prudencia nunca van juntos. Si yo no encuentro á
+la puerta misma de la casa donde Dorotea con vos estaba al tío Manolillo
+que con doña Clara venía, vuestra esposa, vuestra noble y digna esposa,
+os hubiera visto en los brazos de esa mujer, y esa mujer se hubiera
+matado segura de que os dejaba á entrambos muertos.
+
+--¡Oh! ¡ved no os engañéis, don Francisco!
+
+--El bufón, que está allá en la calle de Don Pedro sin la vida que yo le
+he sacado por la cabeza del tajo más lleno y más derecho que he dado en
+toda mi vida, es un testimonio, y doña Clara, que está en una casa de la
+misma calle, entre la muerte y la vida, que de muerte es el ansia que la
+aflige, es otro.
+
+--¡Cómo! ¡Clara, mi adorada Clara me espera!
+
+--Y sufre y llora.
+
+--Pues vamos, vamos al momento; ¿qué tardamos?
+
+--¿Estáis seguro de dominaros hasta el punto de parecer sereno después
+de lo que habéis sufrido?
+
+--Ha sido un sueño, un horrible sueño que ha pasado.
+
+--Cuenta con que el sueño no se conozca en los ojos.
+
+--Descuidad, estoy tranquilo; lo que me habéis revelado me ha
+cerciorado.
+
+--Ved que doña Clara es muy aguda de entendimiento y que no es cosa
+fácil hacerla ver lo negro blanco.
+
+--No necesito engañarla; verla será para mí la vida, la entrada en el
+cielo después de haber salido del infierno.
+
+--Es necesario que la mintáis.
+
+--La diré que he ido á ver á mi madre.
+
+--No; decidla más bien que habéis ido á ver al duque de Lerma.
+
+--¿Y para qué?
+
+--¿No habéis sido puesto en libertad? ¿No necesitáis licencia del rey
+para partiros esta misma noche de Madrid?
+
+--¡Ah, sí! ¡Es cierto!
+
+--Pues vamos.
+
+--Vamos.
+
+--Esperad, esperad; allá, en aquella esquina, medio agoniza un farol
+delante de una imagen; vamos allí, don Juan, quiero veros el rostro.
+
+Esta fué una intimación indirecta al joven para que se dominase, para
+que compusiese su semblante.
+
+Llegaron á la esquina y Quevedo le quitó el sombrero para verle mejor el
+rostro.
+
+--No importa que os mojéis la cabeza--dijo--; cuanto más agua cae sobre
+el fuego, mejor.
+
+--Vedlo; estoy tranquilo, estoy como siempre--dijo don Juan sonriendo de
+una manera tan amarga, tan horrible, que Quevedo retrocedió espantado.
+
+--Esperad; os he enseñado mi corazón, ahora voy á mostraros mi valor.
+
+Y don Juan se sonrió de una manera franca, abierta, natural, tranquila.
+
+--¡Oh! ¡Sí, sí, hijo mío!--dijo Quevedo conmovido--; tenéis un hermoso
+corazón y un valor como hay pocos; ello pasará, ello pasará; vuestro
+corazón es todo entero de doña Clara, y ella será el ángel glorioso que
+os cure de ese otro ángel condenado. Vamos, hijo mío, vamos; seguid
+siendo valiente y acordáos para serlo de que vuestra serenidad, vuestra
+paz exterior en estos momentos es la paz del alma, es la vida de la
+inapreciable compañera que os ha dado Dios; recoged todas vuestras
+fuerzas, preparáos y no hablemos más.
+
+Y tiró de don Juan. Algunas calles más allá se encontraron en la de Don
+Pedro. Quevedo llamó á la puerta de la casa donde estaba doña Clara
+Soldevilla.
+
+Cuando entró en el aposento donde estaba ésta con don Juan, la joven se
+levantó de una silla y corrió á su marido, le asió las manos temblorosa
+y le miró con ansiedad.
+
+Quevedo despidió al cocinero mayor, que todavía estaba allí. Don Juan
+sonrió enamorado, transportado de alegría, á doña Clara. Y esta alegría
+no era fingida.
+
+Quevedo había operado con su cruel tratamiento una reacción en el ánimo
+del joven; le había ennegrecido el recuerdo de Dorotea, le había hecho
+temblar por doña Clara. Don Juan se encontraba al fin delante de ella,
+estaba bajo la influencia de su hermosura aumentada por el temor, por la
+agonía del alma, bajo el magnetismo de sus hermosos ojos ansiosos y
+enamorados, en contacto con aquella vigorosa organización que se
+estremecía aterrada.
+
+Don Juan lo olvidó todo; no vió más que á doña Clara.
+
+Su vista fué para él lo que la sombra para el peregrino cansado, lo que
+la fuente para el sediento, lo que la luz para el ciego. Y ebrio de
+placer, y de amor, y de alegría, y de esperanza, abrazó á doña Clara y
+la besó en la boca.
+
+Quevedo miraba aquello con una triste gravedad.
+
+--¡El alma de los jóvenes!--dijo--; ¡humo que agita el viento en el
+cielo de la esperanza! Helos curados á los dos.
+
+--¿Dónde has estado?--dijo doña Clara.
+
+--Casa del duque de Lerma.
+
+--¡Oh! sí--dijo doña Clara con toda la fe de su alma--, no podía ser
+otra cosa; me habían engañado horriblemente.
+
+Quevedo dejó á los dos esposos en libertad de explicarse, y con uno de
+los vecinos de la casa envió á pedir dos sillas de manos.
+
+Cuando llegaron hizo acercar la una, en la cual doña Clara y don Juan
+entraron y se dirigieron al alcázar.
+
+Luego, con la otra silla de manos se fué á la casa donde estaba el padre
+Aliaga, con lo que había sido Dorotea, abrió, hizo que los ganapanes que
+conducían la silla le metiesen dentro y se quedasen fuera.
+
+Poco después Quevedo abrió é hizo que los conductores llevasen la silla,
+cerró la puerta, y á pie y lentamente escoltó la silla de manos.
+
+Dentro de la silla iban el cadáver y el padre Aliaga.
+
+Más allá de la casa, entre la obscuridad, bajo la lluvia, quedaba el
+cadáver del tío Manolillo.
+
+Cuando el padre Aliaga y Quevedo, con gran trabajo, disimulando cuanto
+pudieron el estado de muerte de Dorotea, la pusieron en su lecho y se
+encerraron con ella, Quevedo se fué sin vacilar al cajón de la mesa
+donde, según la postdata de la carta póstuma de Dorotea á don Juan,
+estaba el testamento de la comedianta.
+
+Abrióle, y le encontró fechado y autorizado con muchos días de
+anterioridad, á pesar de que con arreglo á todos los indicios, había
+sido otorgado aquel mismo día.
+
+Dorotea dejaba su hacienda al bufón, al cocinero mayor, á sus dos
+criados Pedro y Casilda, á los pobres y á su alma.
+
+Al bufón, por lo mucho que le estimaba, dejaba seis mil doblones; al
+cocinero mayor, _por un gran beneficio que le había hecho_, mil
+doblones; á Pedro y Casilda, mil ducados á cada uno; cuatro mil ducados
+para los pobres, que debían darse de limosna para su alma, y diez mil
+ducados á la parroquia de San Martín por una sepultura en tierra, sin
+losa ni letrero, y para sufragios por su alma.
+
+Esta cantidad debía encontrarse parte en dinero, en su casa, y el resto
+debía completarse con la venta de sus trajes, sus alhajas y sus muebles.
+
+Quevedo leyó conmovido este testamento, y sobre todo una cláusula en que
+Dorotea le constituía su albacea único y le suplicaba tomase en amor
+suyo, en memoria suya, la prenda que más quisiese de lo que dejaba.
+
+Quevedo se enjugó las lágrimas con el envés de la mano, y luego escribió
+con mano firme al fin del testamento:
+
+«No pudiendo permanecer en Madrid, del que salgo esta noche, delego las
+facultades que en este testamento se me otorgan, en el ilustrísimo señor
+Fray Luis de Aliaga, inquisidor general, archimandrita del reino de
+Nápoles, del consejo de Estado, confesor de su majestad el rey nuestro
+señor, que conmigo firma aceptando.--_Don Francisco de Quevedo y
+Villegas_, del hábito de Santiago.»
+
+Esto escrito, Quevedo apartó del cádaver al padre Aliaga, y le leyó el
+testamento.
+
+Oyólo en silencio el confesor del rey.
+
+Pero cuando Quevedo leyó la nota adicional escrita por él, exclamó:
+
+--¡Qué! ¿Os vais dejando esta pesada carga sobre mis hombros?
+
+--Antes de irme yo os abriré camino fray Luis.
+
+--¿Y por qué no os quedáis? ¿por qué no nos ayudáis con vuestras grandes
+fuerzas á soportar el enorme peso de aconsejar á su majestad en la
+gobernación del reino?
+
+--Líbreme Dios de meterme en embrollos y en obscuridades; que no soy yo
+cortesano de los que hoy se usan, ni mis consejos serían para seguidos;
+y pues mejor es no aconsejar que aconsejar al aire, dejadme ir á donde
+mis consejos se oyen y aprovechan, y no me queráis aquí; que en cuatro
+días que hace que en esta última vez en la corte ando, han sucedido
+cuatro mil desgracias. Que tal es mi suerte pecadora, que á donde yo voy
+va la desdicha, y el bien que hago sangre y lágrimas me cuesta.
+
+--Os debemos, sin embargo, demasiado.
+
+--Quédanse las cosas como se estaban, y no podía suceder de otro modo;
+que tal anda ello, que el gobierno es como capa vieja á quien se la va
+el remiendo que se la ha puesto, por las puntadas. Ved, pues, lo que me
+mandáis para Nápoles, que tengo que hacer bastante, y verme quiero fuera
+de Madrid antes de que acabe la noche.
+
+--Sacadme antes de iros, si podéis, de este pantano en que me encuentro.
+
+--A ver voy á Lerma y os le enviaré, y él hará lo que sea menester, que
+él lo puede todo.
+
+--¿Y no volveremos á veros por aquí?
+
+--Acaso.
+
+--Id con Dios, id con Dios, don Francisco, y al menos escribiéndonos, no
+nos olvidaréis.
+
+--Así haré, porque como escribiendo me divierto, en escribir soy
+diligente. Y adiós, fray Luis, y no me detengáis más, que estoy decidido
+y aún me queda que hacer, y ansia tengo por acabar.
+
+--¿Y no os despedís de esa desdichada?
+
+Quevedo se volvió en un movimiento nervioso hacia la alcoba, entró en
+ella, se acercó al lecho, asió una helada mano del cadáver y se
+descubrió.
+
+Su ancha frente, nublada, sombría, transparentando un pensamiento
+desesperado, parecía absorber el amarillo reflejo de una lámpara que
+estaba encendida sobre una palometa de plata junto al lecho, delante de
+una virgen de los Dolores.
+
+La mirada de Quevedo, abarcando aquel cadáver afeado por la muerte, de
+que quedaban aún los hombros desnudos, redondos y mórbidos, y las
+maravillosas galas y las joyas deslumbrantes, tenía algo de espantoso.
+
+--Te he calumniado--dijo--en el corazón del hombre por quien has muerto;
+pero tú ya estás donde la verdad resplandece, pobre niña; tú verás que
+de los que aquí quedan, sólo queda en uno la amarga memoria tuya; yo
+haré que en los templos de Nápoles se eleven preces por tu alma y por tu
+descanso; yo rogaré á Dios por ti lo que me quede de vida; y puesto que
+una prenda tuya me legas, este rizo y mi recuerdo serán lo único que de
+ti quede algún tiempo sobre la tierra.
+
+Y Quevedo desnudó su daga, cogió uno de los sedosos y pesados rizos de
+Dorotea, le cortó, le anudó, le guardó en el seno y salió de la alcoba.
+
+--Adiós, fray Luis, adiós--dijo abrazándole--. Hasta que la desdicha nos
+vuelva á juntar.
+
+--Adiós, don Francisco, adiós, y que Él os de fuerzas para sufrir
+vuestras amarguras.
+
+Quevedo salió y se encaminó á casa del duque de Lerma, en cuya portería
+escribió la carta en tres renglones que le abrió paso hasta el despacho
+del duque.
+
+Recibióle Lerma afablemente y le mostró la carta que acababa de leer.
+
+--Explicadme esto, don Francisco--le dijo.
+
+--La explicación está en estos sangrientos papeles--dijo Quevedo
+entregando al duque los que llevaba en la mano.
+
+El duque los examinó rápidamente.
+
+Eran los papeles que le había robado el tío Manolillo, y que le tenían
+sujeto.
+
+--¿Qué precio queréis por estos papeles, don Francisco?
+
+--Yo no vendo seguridades ni en ser soplón he pensado nunca. Lo que
+quería ya lo tengo, una audiencia vuestra.
+
+El duque se acercó á una bujía y quemó uno por uno aquellos papeles.
+
+--Nada habéis hecho--dijo Quevedo--, si no quemáis también vuestra
+ambición y vuestra soberbia.
+
+--¡Siempre cruelísimo conmigo! ¿por qué no me ayudáis?
+
+--Porque no quiero.
+
+--¡Breve estáis!
+
+--Tengo prisa.
+
+--¿Y á qué habéis venido?
+
+--A atar unos cabos que si se quedasen sueltos podrían enmarañarnos.
+
+--Veamos.
+
+--Recordad que sangre tenían los papeles que habéis quemado.
+
+--¿Habéis muerto ó herido?...
+
+--He sacado de penas al bufón del rey. Desdichado era y por mí descansa.
+Allá está en la calle de Don Pedro.
+
+--Bien; no se harán informaciones acerca de esa muerte.
+
+--Necesaria ha sido, y con decir que ha sido necesaria, digo que ha sido
+justa.
+
+--Bien, bien; el secreto se enterrará con el muerto.
+
+--Hay además en la calle de Don Pedro, esquina á la de la Flor, una casa
+deshabitada, de cuya puerta es esta llave.
+
+Y Quevedo dió al duque una llave que el duque puso sobre la mesa.
+
+--En esa casa hay una sala ricamente entapizada y con una cena ricamente
+servida; la vajilla es de plata; los manjares apetitosos; pero cuando
+mandéis recoger la vajilla y los tapices y los cuadros, advertid que
+nadie por golosina coma de aquellos manjares. Podría acontecerle lo que
+á Dorotea.
+
+--¡Cómo! ¡pues qué ha sido de Dorotea!
+
+--Debéis alegraros por lo que toca á vuestra hacienda, aunque la lloréis
+como cristiano; la Dorotea os tenía apurado; dándose muerte desesperada,
+os ha librado de apuros y de gastos.
+
+Púsose densamente pálido el duque de Lerma.
+
+--¿Pero quién ha asesinado á... Dorotea?
+
+--Su despecho.
+
+--Su muerte va á causar un alboroto, un escándalo; era muy querida del
+público.
+
+--Pues ved ahí lo que son las mujeres: ella no ha pensado ni un momento
+en el escándalo que iba á dar matándose.
+
+--Pero explicadme...
+
+--Ya os he dicho que estoy de prisa; por lo mismo quiero concluir
+pronto. Que la causa de su muerte se oculte; que su secreto se entierre
+con la infeliz, como el otro con el bufón.
+
+--Se enterrará, se enterrará. ¿Pero dónde está Dorotea?
+
+--En su casa, en su cama, y orando junto á su cama el bueno del
+inquisidor general.
+
+--¿Y qué más queréis, don Francisco?
+
+--Quiero real licencia para que partan cuando quieran á Napóles don Juan
+Téllez Girón, capitán de la guardia española del rey, con su esposa doña
+Clara Soldevilla, dama de honor de su majestad la reina.
+
+--Pediré la licencia á su majestad.
+
+--Dádmela vos por traslado, que otras más graves reales órdenes se han
+dado sin que lo sepa su majestad.
+
+El duque, dominado por Quevedo y por la situación, se sentó en la mesa,
+escribió, firmó, leyó lo que había escrito á Quevedo y luego dobló el
+papel, le puso un sobre y le selló y le sobrescribió.
+
+--Beso á vuecencia las manos y le doy las gracias--dijo Quevedo tomando
+el pliego.
+
+Y se encaminó á la puerta.
+
+--No me atrevo á deciros más--dijo el duque--, porque estoy seguro de no
+reteneros.
+
+--Adiós, don Francisco de Sandoval y Rojas--dijo con un acento singular
+Quevedo--; plegue á Dios que no paguéis, como me temo, el favor de su
+majestad.
+
+Y Quevedo salió.
+
+Poco después fué cuando el duque llamó al alcalde de casa y corte, Ruy
+Pérez Sarmiento.
+
+--Tomad--dijo el duque dándole una orden firmada por el rey--;
+presidente sois desde ahora de la real audiencia de Méjico.
+
+--¡Oh! ¡señor! ¡señor excelentísimo!--dijo doblegándose todo el alcalde.
+
+--Anteanoche me servísteis bien; pero aún os queda que hacerme un último
+servicio.
+
+--Mandad, señor.
+
+--En la calle de Don Pedro encontraréis un hombre muerto á hierro.
+
+--¿Y quiere vuecencia que se descubra?...
+
+--Por el contrario, quiero que hagáis el proceso de manera que no pueda,
+ni aun por barruntos, sospecharse quién es el homicida.
+
+--Lo haré, señor.
+
+--Pues id al momento, no dé con el difunto una ronda.
+
+--A tal hora y lloviendo, juraría que no hay un alcalde fuera de su
+lecho, ni más alguaciles de pie que los que yo traigo.
+
+--Pues id, alcalde, despacháos, depositad el difunto y volved, porque os
+necesitaré aún.
+
+Cuando el duque se encontró solo, una expresión de contento animó su
+semblante.
+
+Esto consistía en que se le había quitado una montaña de sobre el
+corazón, en el momento en que destruyó las pruebas de traición que en
+poder del tío Manolillo eran su inquietud mortal.
+
+En cuanto á Dorotea, no diremos que el duque se alegrase de su muerte.
+
+Pero el corazón humano es un abismo.
+
+Dorotea era un cocodrilo alimentado con oro.
+
+Le sacrificaba.
+
+Viva Dorotea, no era posible dejarla. ¿Qué se hubiera dicho de la
+magnificencia del duque de Lerma?
+
+No dejándola, era preciso satisfacer sus gastos.
+
+Por la muerte de Dorotea heredaba Lerma un tesoro.
+
+Esto es, el tesoro que hubiera absorbido Dorotea, si no hubiera muerto.
+
+Y como todo el que hereda cuantiosamente se consuela con facilidad de la
+pérdida del difunto (en general sea dicho), y como el duque de Lerma
+salía bien heredado, estaba en unas magníficas disposiciones de
+consuelo.
+
+Todo se arregló á las mil maravillas, porque el licenciado Sarmiento era
+hombre que lo entendía.
+
+El tío Manolillo pasó por asesinado por una mano oculta, y con su
+entierro se terminó el proceso.
+
+Dorotea pasó por muerta de repente en su casa, en su cama; se la
+hicieron, costeándolos el duque de Lerma, que no podía dispensarse de
+aquel último gasto, unos ostentosos funerales, y se la enterró según su
+voluntad, en la iglesia de San Martín, en una sepultura en el suelo, sin
+piedra ni letrero.
+
+Había cesado de llover y hacía sol.
+
+Un mes después, la duquesa de Gandía recibió por un correo expreso una
+larga carta del duque de Osuna.
+
+El poderoso grande estaba completamente satisfecho de su hijo y de su
+esposa, que se amaban con toda su alma y eran felices.
+
+A la carta de Osuna acompañaban una de don Juan y otra de doña Clara.
+
+Aquellas cartas respiraban felicidad.
+
+El autor debe decir, que tal maña se dió Quevedo, que curó á los dos
+esposos completamente, á él del recuerdo de Dorotea, á ella de sus
+celos.
+
+Atemos los últimos cabos.
+
+Don Rodrigo Calderón sanó al fin de su herida, y como era necesario al
+duque de Lerma, éste se guardó muy bien de mostrarse enojado con don
+Rodrigo.
+
+El incendio de la quinta del conde de Lemos se apagó, pero no se apagó
+del mismo modo el incendio del corazón de la condesa.
+
+En la primavera siguiente, la condesa de Lemos fué á visitar sus
+posesiones de Nápoles.
+
+En resumen, ¿cuál de nuestros personajes era la víctima de los sucesos
+que acabamos de relatar?
+
+La situación de la corte había quedado en el mismo estado que antes; las
+intrigas seguían, los que antes eran enemigos, seguían profesándose un
+razonable odio.
+
+Doña Clara tenía á su don Juan.
+
+La condesa de Lemos á su don Francisco.
+
+Dorotea y el bufón habían dejado de sufrir, porque los muertos no
+sufren.
+
+Doña Ana seguía siendo la maestra de amor del príncipe de Asturias.
+
+El padre Aliaga quedóse más desesperado que lo estaba cuatro días antes.
+
+Unos personajes habían ganado.
+
+Otros se habían quedado como estaban.
+
+¡Pobre Francisco Martínez Montiño! Tú solo, parte paciente de esta
+historia; tú, pagador constante de pecados ajenos, tú solo fuiste la
+víctima superviviente á estas aventuras de cuatro días lluviosos.
+
+Su locura se había determinado.
+
+Perdió, por lo tanto, la cocina de su majestad, cuya pérdida no se le
+indemnizó sino con dejarle un mechinal donde vivía en palacio y una
+mezquina pensión nominal, porque no se le pagaba.
+
+No le encerraron porque su locura era tranquila.
+
+Consistía ésta en la manía de querer hacer creer á todo el mundo, que
+detrás de él, siguiéndole, persiguiéndole, engalanada con sedas y joyas,
+iba constantemente la comediante Dorotea; que cuando se acostaba,
+Dorotea se sentaba á la cabecera de su cama.
+
+Y esto, que era asunto de risa para la canalla de escalera abajo de
+palacio, era una verdad para el infeliz.
+
+Veía por todas partes á Dorotea, engalanada, pero lívida, horrible. Huía
+de sí mismo, pretendiendo huir de ella, en vano; porque la llevaba
+consigo, porque su locura había dado una forma real á sus
+remordimientos.
+
+El infeliz se había quedado solo.
+
+Su mujer se había fugado con un nuevo amante, robándole su dinero
+ahorrado en tantos años, los dos mil doblones que había contenido el
+cofre de hierro que había traído de Navalcarnero Francisco Martínez
+Montiño, donde había hallado las pruebas de su nacimiento don Juan
+Téllez Girón, que éste le había cedido generosamente, y los dos mil
+ducados que le había legado Dorotea, como precio horrible de su
+envenenamiento.
+
+Flaco, desnudo, hambriento, acurrucado en la puerta de las cocinas,
+comiendo de la caridad de los que en otro tiempo habían sido sus
+oficiales, fué necesario que, informado el duque de Osuna de su miseria,
+le señalase una pensión decente, le diese aposento cómodo en uno de sus
+palacios de Madrid, y destinase una persona á su servicio que sólo tenía
+esta obligación, y la no muy pesada de cuidar de otro personaje de quien
+no hemos vuelto á ocuparnos desde el primer capítulo de este libro, de
+_Cascabel_, del pobre caballo viejo y cojo, sobre el cual había entrado
+el señor Juan Montiño en Madrid.
+
+Así pasaron algunos años.
+
+El excocinero hablando siempre de Dorotea y viéndola siempre, pero sin
+nombrar jamás la palabra envenenamiento.
+
+_Cascabel_, rumiando su pienso cernido en un rincón de las caballerizas
+del duque de Osuna.
+
+Un día encontraron á _Cascabel_ muerto.
+
+Pocos días después, al entrar por la mañana en el aposento de Francisco
+Montiño el hombre que le asistía, le encontró sentado sobre la cama,
+mirando con extrañeza cuanto le rodeaba.
+
+--¡Dónde estoy!--dijo--; ¡y mi mujer! ¡dónde está mi mujer! ¡dónde está
+mi hija! ¡y tan tarde, y sin haber acudido á las cocinas!
+
+El asistente le creyó más loco que nunca.
+
+Y sin embargo, Montiño había recobrado la razón, pero para morir.
+
+Cuando le dijeron cómo había vivido seis años; que su mujer le había
+robado y abandonado; que su hija había desaparecido con el paje
+Cristóbal Cuero; que vivía de la caridad del duque de Osuna, Montiño fué
+lentamente desplomándose; cuando, por último, le contaron que nombraba
+continuamente á Dorotea, un grito horroroso, un rugido terrible salió
+del pecho del desdichado, y cayó sobre el lecho acometido de un vértigo
+mortal.
+
+Llamóse al padre Aliaga, que no se separó de él, y tanto se esforzaron
+que le creyeron salvado.
+
+Había dejado el lecho.
+
+Pero el mismo día en que le dejó, en que salió á la calle, le esperaron
+en vano.
+
+Llegó la noche y tampoco vino.
+
+Al día siguiente se supo que le habían hallado muerto sobre la sepultura
+de Dorotea.
+
+Aquella sepultura no tenía losa ni nombre.
+
+Montiño no había preguntado á nadie por el lugar de la sepultura de
+Dorotea.
+
+¿Quién le había llevado á morir sobre la tumba de su víctima?
+
+--¿Quién sabe? una casualidad tal vez.
+
+Tal vez la mano de Dios.
+
+Madrid, 1.º de Mayo de 1858.
+
+
+FIN DEL COCINERO DE SU MAJESTAD
+
+[imagen]
+
+
+
+
+
+
+
+End of the Project Gutenberg EBook of El cocinero de su majestad, by
+Manuel Fernández Y González
+
+*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK EL COCINERO DE SU MAJESTAD ***
+
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+
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+Gutenberg is a registered trademark, and may not be used if you
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+such as creation of derivative works, reports, performances and
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+works. See paragraph 1.E below.
+
+1.C. The Project Gutenberg Literary Archive Foundation ("the Foundation"
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+including obsolete, old, middle-aged and new computers. It exists
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+Volunteers and financial support to provide volunteers with the
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+To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation
+and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4
+and the Foundation web page at http://www.pglaf.org.
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+
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+Foundation
+
+The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit
+501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the
+state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal
+Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification
+number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at
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+business@pglaf.org. Email contact links and up to date contact
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+Literary Archive Foundation
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+unless a copyright notice is included. Thus, we do not necessarily
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