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diff --git a/31637-h/31637-h.htm b/31637-h/31637-h.htm new file mode 100644 index 0000000..4a60f56 --- /dev/null +++ b/31637-h/31637-h.htm @@ -0,0 +1,9784 @@ +<!DOCTYPE html PUBLIC "-//W3C//DTD XHTML 1.0 Strict//EN" +"http://www.w3.org/TR/xhtml1/DTD/xhtml1-strict.dtd"> + +<html xmlns="http://www.w3.org/1999/xhtml" lang="es" xml:lang="es"> + <head> +<meta http-equiv="Content-Type" content="text/html;charset=iso-8859-1" /> +<title> + The Project Gutenberg eBook of La Fe, por Armando Palacio Valdés. +</title> +<style type="text/css"> + p {margin-top:.75em;text-align:justify;margin-bottom:.75em;text-indent:2%;} + +.c {text-align:center;text-indent:0%;font-weight:bold;} + +.toc {padding:2%;text-align:center;text-indent:0%;margin:5% 25% 5% 25%;border:double gray 3px;} + +.r {text-align:right;margin-right:25%;} + + h1 {text-align:center;clear:both;font-size:300%;letter-spacing:2px;} + + h2 {text-align:center;clear:both;} + + h3 {margin-top:15%;text-align:center;clear:both;} + +.fin {margin-top:15%;text-align:center;text-indent:0%;} + + hr {width:100%;margin:5% auto 5% auto;border:4px double gray;} + + body{margin-left:10%;margin-right:10%;background:#fdfdfd;color:black;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:medium;} + +a:link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + + link {background-color:#ffffff;color:blue;text-decoration:none;} + +a:visited {background-color:#ffffff;color:purple;text-decoration:none;} + +a:hover {background-color:#ffffff;color:#FF0000;text-decoration:underline;} + +.smcap {font-variant:small-caps;font-family:"Times New Roman", serif;font-size:95%;} + +.bloque {margin:5% auto 5% auto;} + +.poesia {margin-left:25%;white-space:nowrap;text-indent:0%;} +</style> + </head> +<body> + + +<pre> + +The Project Gutenberg EBook of La Fe, by Armando Palacio Valdés + +This eBook is for the use of anyone anywhere at no cost and with +almost no restrictions whatsoever. You may copy it, give it away or +re-use it under the terms of the Project Gutenberg License included +with this eBook or online at www.gutenberg.org + + +Title: La Fe + +Author: Armando Palacio Valdés + +Release Date: March 14, 2010 [EBook #31637] + +Language: Spanish + +Character set encoding: ISO-8859-1 + +*** START OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA FE *** + + + + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + + + + + +</pre> + + +<hr /> + +<h1>LA FE</h1> + +<p class="c">NOVELA</p> + +<p class="c">POR</p> + +<h2>DON ARMANDO PALACIO VALDÉS</h2> + +<p class="c">MADRID<br /> +1892</p> + +<p class="toc">Capítulo: <a href="#I"><b>I, </b></a> +<a href="#II"><b>II, </b></a> +<a href="#III"><b>III, </b></a> +<a href="#IV"><b>IV, </b></a> +<a href="#V"><b>V, </b></a> +<a href="#VI"><b>VI, </b></a> +<a href="#VII"><b>VII, </b></a> +<a href="#VIII"><b>VIII, </b></a> +<a href="#IX"><b>IX, </b></a> +<a href="#X"><b>X, </b></a> +<a href="#XI"><b>XI, </b></a> +<a href="#XII"><b>XII, </b></a> +<a href="#XIII"><b>XIII, </b></a> +<a href="#XIV"><b>XIV, </b></a> +<a href="#XV"><b>XV</b></a> +</p> + +<p><a name="page_1" id="page_1"></a></p> + +<h3><a name="I" id="I"></a>I</h3> + +<p>No cabía en la iglesia una persona más. Hablando con verdad, tampoco +cabían las que estaban dentro si ocupase cada cual el espacio que por +derecho natural, el que la naturaleza enseñó a todos los animales, le +correspondía. Pero en aquel momento no sólo se infringía este derecho, +pero se violaba descaradamente también la ley de impenetrabilidad de los +cuerpos. D. Peregrín Casanova, persona que hacía viso en la villa, y que +hasta entonces había guardado rigurosamente la ley en todas las +solemnidades, lo mismo profanas que religiosas, tenía ahora metidas en +los riñones las rodillas de otro bípedo racional de seis pies de alto, +<a name="page_2" id="page_2"></a>lo cual le producía algunos movimientos convulsivos en el epigastrio y +un vivo desasosiego acompañado de sudor copioso. D.ª Teodora, señorita +de cincuenta años, castísima, limpísima, pulquérrima, que había huido +toda su vida cualquier contacto, fuere cual fuere, se vio obligada a +sentarse sobre los pies del jorobado Osuna, sujeto de malísimos +antecedentes, que no se estaba quieto un momento. D. Gaspar de Silva, +poeta famoso en la villa, tanto por sus versos como por sus callos, +sufrió la operación cesárea de uno de éstos que le hizo con gran +destreza el chico mayor de D.ª Trinidad. De igual modo otra porción de +vecinos respetables experimentaron molestias sin cuento en aquella +mañana memorable en que por vez primera cantaba misa un joven de la +villa.</p> + +<p>Como siempre pasa, había bulas para difuntos. En sitio privilegiado, +entre la verja de madera y el altar, no sólo estaban la madrina y las +señoras que habían pagado la carrera al preste, sino otras a quienes no +asistía derecho alguno; y lo que es aún más digno de censura, unos +cuantos hombres. El nuevo presbítero era casi un niño por la apariencia: +los ojos azules, profundos y tristes, la tez blanca y nacarada como la +de una dama, los cabellos rubios, el cuerpo delgado y esbelto. La +emoción le tenía ahora muy pálido: esto hacía aún más interesante su +<a name="page_3" id="page_3"></a>fisonomía espiritual. Asistíanle como diácono y subdiácono el párroco +de Peñascosa y D. Narciso, un capellán suelto procedente de Sarrió, +establecido hacía algunos años en la villa.</p> + +<p>En la iglesia sonaba murmullo sordo originado por el cuchicheo de las +comadres, que se disputaban el sitio o se comunicaban sus impresiones, +por las exclamaciones y suspiros de malestar de los hombres. El calor se +iba haciendo por momentos intolerable. D. Peregrín dejaba escapar por +sus narices de trompeta unos bufidos semejantes a los de las +locomotoras, y se alzaba sobre las puntas de los pies, sin lograr +enterarse de nada. ¡Si al menos tuviera la estatura de su hermano Juan! +Pero éste, que muy bien pudiera haberse quedado atrás, estaba +perfectamente acomodado en el presbiterio entre los curas, el alcalde y +varios concejales, lo cual levantaba en su corazón una ola de envidia +que le sofocaba aún más que las rodillas del jayán que tenía detrás. Tal +era su destino. Aunque se considerase mucho más inteligente que su +hermano, y sirviera largos años a la Administración pública en varias +provincias de España, y hubiese leído la <i>Historia universal</i> de César +Cantú y la de España de Lafuente, sin faltar un tomo, y poseyese los +mismos bienes de fortuna, con más la jubilación de 2.500 pesetas +anuales, lo cierto es que D. Juan, sin haber salido jamás de Peñascosa +<a name="page_4" id="page_4"></a>ni haber leído en su vida más que el periódico a que estaba suscrito, +gozaba de mucho mayor prestigio en la villa. Esto, en concepto de D. +Peregrín, no procedía más que de la estatura. En efecto, D. Juan +Casanova era hombre alto y seco, de rostro aguileño, ojos grandes de +párpados caídos y mirar imponente, calva venerable, cortas patillas +blancas y marcha acompasada y majestuosa. Estas dotes extraordinarias, +unidas a un hablar mesurado y prudente, le habían captado el respeto y +hasta la veneración de sus convecinos. Así que fue grande el estupor de +éstos cuando a la llegada de D. Peregrín de Andalucía, donde había +estado empleado últimamente, le oyeron llamar ignorante y majadero a su +hermano en una discusión que con él tuvo en el casino a propósito de la +renta de tabacos. Vivían juntos, ambos solteros y entregados al cuidado +despótico de D.ª Mariquita, ama de llaves y dueño absoluto de sus vidas +y haciendas.</p> + +<p>D. Juan, a fuerza de pasear su mirada severa y majestuosa por el mar de +cabezas que se extendía desde la valla hasta la puerta del templo, +tropezó con la calva reluciente del pigmeo de su hermano. Viendo la +congoja pintada en su semblante, se apresuró noblemente a hacerle señas +para que avanzase, ofreciéndole sitio en el banco que ocupaba. Pero D. +Peregrín, por ventura notando la imposibilidad de dar un paso, o +<a name="page_5" id="page_5"></a>sofocado por la cólera, que se le había ido aumentando poco a poco, +respondió con una mueca de ira y desdén que sobrecogió a su infeliz +hermano y le quitó por completo las ganas de insistir.</p> + +<p>—¿Qué es eso?—preguntó D. Martín de las Casas, que estaba sentado a su +lado.—¿No quiere venir D. Peregrín?</p> + +<p>—Es que lo ve imposible. ¿Quién rompe esa muralla de carne?</p> + +<p>—Pues cualquiera. Verá usted cómo voy allá y lo traigo en +seguida—replicó D. Martín, hombre de carácter enérgico y expeditivo, +disponiéndose a levantarse.</p> + +<p>D. Juan le retuvo por la manga de la levita.</p> + +<p>—No; déjelo usted... Acaso no quiera venir... Ya conoce usted su +carácter.</p> + +<p>—¡Pues hombre, no es plato de gusto estarse ahí sudando café con +leche!—repuso con aspereza, alzando al mismo tiempo los hombros.</p> + +<p>La iglesia es de las más espaciosas que pueden verse en una villa. +Verdad que Peñascosa, con tener de siete a ocho mil almas, no cuenta con +más templo que éste. Quizá por ser demasiado espaciosa, el sacristán y +sus ayudantes no quieren encargarse de limpiarla a menudo. Su aspecto es +lóbrego y sucio. De las paredes, que no se enjalbegaron hace ya muchos +años, penden cadenas, cuadros sombríos y borrosos, una muchedumbre de +piernas, brazos, cabezas de cera amarilla y otra mayor aún de barquitos +y lanchas<a name="page_6" id="page_6"></a> que la fe de los marineros o de sus familias han llevado allí +en recuerdo de algún peligro milagrosamente evitado. Mas para la función +que se celebraba habíanla adornado cuanto les fue posible. Guirnaldas de +flores circundaban los altares principales cubiertos de paños blancos +planchados de fresco. Se habían colgado algunos cortinones en los +lienzos de pared cercanos al altar mayor y tapizado una parte del suelo +con la alfombra, sucia ya y desgarrada por varios sitios, que salía a +relucir hacía cuarenta años, en los días solemnes. D.ª Eloisa, la +madrina del nuevo presbítero, y las damas que la habían secundado en la +noble empresa de darle carrera, habían añadido algunos pormenores +delicados al adorno tosco y rutinario del sacristán. Grandes macetas de +flores colocadas en artísticos floreros sacados de las mejores casas de +la villa, algunas cortinas de damasco formando pabellón sobre los +altares, candelabros, arañas. Donde, como es natural, había recaído +particularmente su atención y esmero era en el arreo del joven +sacerdote. Alba finísima de batista bordada con primor, estola, casulla +del más rico tisú de oro que pudo hallarse en la capital, cáliz, de oro +también, con algunas piedras preciosas. Las bondadosas señoras no habían +escatimado el dinero para dar remate o coronar la obra de caridad que +hacía algunos años acometieran.<a name="page_7" id="page_7"></a></p> + +<p>Todo el mundo lo recordaba en la villa; unos por haberlo presenciado, +otros por haberlo oído contar frecuentemente. Hacía poco más de veinte +años había en Peñascosa un pescador de altura llamado Mariano Lastra, a +quien todos sus compañeros apreciaban por sus sentimientos honrados y +carácter apacible. Este pescador pereció con otros ocho tripulantes de +la lancha en que iba, a consecuencia de una galerna de poca importancia. +Sólo aquella embarcación había zozobrado. Mariano se había casado hacía +dos años y dejaba un niño de pocos meses. La viuda era una joven buena y +honrada, pero de escasa disposición para el trabajo, y que sobre esto +gozaba de poca salud. Viose gravemente apurada para poder subsistir. El +niño le estorbaba mucho en cualquier trabajo. Dedicose a asistir por las +casas desempeñando los oficios más bajos y penosos, traer agua o fregar +suelos, llevar recados; lo único que era capaz de hacer, pues no tenía +oficio alguno. Pero llegó un momento al parecer en que las fuerzas la +abandonaron; su salud, cada día más vacilante, la iba dejando inútil +para el trabajo. Fue despedida de algunas casas. Otras por caridad la +siguieron empleando, aunque con menos frecuencia. Comenzó a pasar hambre +y su hijo también.</p> + +<p>Un día fue despedida también de la única casa en que ya asistía.<a name="page_8" id="page_8"></a></p> + +<p>—Basilisa—le dijo la señora—Usted no puede ya traer agua y fregar +suelos. Se está usted matando y no consigue cumplir como es debido. +Necesito buscar otra asistenta... Bien quisiera seguir manteniéndola... +pero no soy rica, como usted sabe... tenemos muchos gastos...</p> + +<p>—Sí señora, sí, ya lo comprendo—respondió la infeliz con sonrisa +humilde y forzada.—Demasiado ha hecho por mí.</p> + +<p>Salió de aquella casa, su último refugio, con el corazón apretado y las +piernas vacilantes. Llegó a la zahurda que habitaba en los arrabales. Su +hijo dormía en la cuna el sueño dulce y sereno de los ángeles. La +infeliz cayó de rodillas y sollozó largo rato. Levantó la cabeza al fin, +y dijo sordamente contemplando al niño:</p> + +<p>—¡No, no irás al hospicio!</p> + +<p>Varias comadres, y hasta alguna señora también, se lo habían aconsejado. +Pero la idea de abandonar al hijo de sus entrañas en manos de mujeres +sórdidas y empleados brutales la había horrorizado siempre. Luchó +bravamente cuanto pudo, privándose ella bastantes veces del necesario +sustento para alimentar al niño, que ya contaba cerca de tres años. +Había llegado, sin embargo, el fin del combate y resultaba vencida. Le +quedaba el recurso de pedir limosna, pero además del espanto que le +causaba, comprendía muy bien que sus días estaban contados. Y<a name="page_9" id="page_9"></a> +muriéndose ella, ¿qué iba a ser de aquella criatura?</p> + +<p>Meditó un buen espacio con los ojos secos y clavados en el niño, +repitiendo de vez en cuando la misma frase:</p> + +<p>—¡No, no irás al hospicio!</p> + +<p>De pronto se alzó animada por una voluntad fatal, besó a su hijo +apasionadamente hasta que logró despertarlo, envolviolo en una manta y +cogiéndolo en brazos salió de la casa.</p> + +<p>Era la hora del oscurecer. Desde lo alto de la Gusanera, donde Basilisa +vivía, veíanse llegar al muelle ya las lanchas pescadoras. Una +muchedumbre las aguardaba. Por la plaza, y por la calle larga que va +desde ésta a la iglesia a orillas del mar, discurría también bastante +gente. Basilisa tomó por la carretera de Rodillero, que ciñe la orilla +opuesta da la pequeña ensenada frente por frente de Peñascosa, y marchó +apresuradamente, casi a la carrera.</p> + +<p>—¿Por qué corres, mamá? ¿Dónde vamos?—preguntó el niño acariciándole +con sus manecitas la cara.</p> + +<p>—Vamos al cielo, vida mía—respondió la desdichada con los ojos +nublados por las lágrimas.</p> + +<p>—¿Vamos con papá?</p> + +<p>No pudo responder; se le hizo un nudo en la garganta.</p> + +<p>—¿Vamos con papá?—insistió el chiquito.<a name="page_10" id="page_10"></a></p> + +<p>Detúvose un instante para tomar aliento.</p> + +<p>—Sí, vamos a verle, rico mío—dijo al cabo.—¿No quieres ir al cielo +con él?</p> + +<p>—No; yo contigo.</p> + +<p>Y al mismo tiempo la apretó el cuello con sus tiernos brazos y la cubrió +el rostro de besos.</p> + +<p>—¿Por qué lloras, mamá?—preguntó sorprendido al sentir en los labios +el amargor de las lágrimas.—¿No tenes nada? Toma mi corneta...</p> + +<p>Y le ofreció una de plomo que le había costado a Basilisa dos cuartos. +Para Gil, que no comprendía la existencia sin estar enredando con algo, +la mayor desgracia que podía pesar sobre un ser humano era el tener las +manos vacías.</p> + +<p>La madre le apretó contra el pecho, descargó sobre sus rosadas mejillas +una granizada de besos y continuó la carrera. Al llegar a cierto paraje +en que la carretera se separa de la orilla del mar para internarse, +dejola y tomó una veredita que conducía a éste. Llegó a las peñas altas +y sombrías que lo circundan por aquel paraje. Puso a su hijo en el suelo +y arrodillándose después, rezó entre sollozos comprimidos una oración +que, por no ir dirigida en forma, no debió de escuchar el Altísimo.</p> + +<p>Era ya casi noche cerrada. El mar estaba inmóvil, sombrío, esperando +impasible que las lágrimas de aquella infeliz mujer viniesen como tantas +otras a aumentar el caudal amargo de sus<a name="page_11" id="page_11"></a> aguas. Del lado de allá de la +ensenada se veía la silueta del muelle y de tres o cuatro pataches que +ordinariamente yacen anclados cerca de él. El grupo de las lanchas +pescadoras, un poco apartado, se movía y resonaba aún con los gritos de +las mujeres ocupadas en abrir el vientre a los pescados, mientras los +maridos descansaban ya gravemente en alguna taberna de la villa. +Basilisa atendió un instante a aquellos ruidos tan conocidos. Ella +también esperaba a su esposo en otro tiempo, le acariciaba con la mirada +al llegar, tomaba de sus manos el capote de agua, la caja de los +aparejos y el cesto de las provisiones y los llevaba con alegría a casa. +Mariano llegaba poco después y se sentaba al amor de la lumbre, haciendo +bailar entre sus manazas al tierno niño que contaba pocos meses.</p> + +<p>La viuda estuvo largo rato contemplando fijamente el grupo de la ribera, +que parecía ya una masa informe y movible. Su hijo, sentado sobre el +césped, jugaba atascando de tierra la corneta. De pronto vino hacia él, +le levantó entre sus brazos flacos y corrió hacia el borde del +precipicio.</p> + +<p>—¡Mamá! ¿Dónde vamos?—gritó el niño.</p> + +<p>La respuesta, si se la dio, debió de ser desde el cielo. Saltó con +ímpetu al fondo del abismo. Al caer sobre las piedras de la orilla se +deshizo la cabeza: quedó muerta en el acto: el niño salvó +milagrosamente. El vientre de donde había salido<a name="page_12" id="page_12"></a> le sirvió ahora de +resorte para no despedazarse.</p> + +<p>Un marinero viejo, que andaba a la sazón por entre aquellas peñas a la +pesca de pulpos, oyó el ruido y prestó los primeros socorros al niño. +Corrió a dar la noticia: pronto se inundó el paraje de gente. El caso +produjo honda impresión. Las mujeres lloraban y se pasaban al tierno +infante de mano en mano prodigándole mil cuidados y caricias. Muchas se +ofrecían a adoptarlo y hubo disputa sobre quién había de llevárselo. +Enteradas las señoras de la villa y conmovidas, quisieron asimismo +recoger al huérfano. Las mujeres de los pescadores renunciaron entonces +a ello en interés de aquél. Quedó, pues, en poder de D.ª Eloisa, la +señora de D. Martín de las Casas, secundada por otras seis u ocho damas +que de ningún modo quisieron renunciar a la participación de tan +caritativa obra.</p> + +<p>La infancia de Gil (que así se llamaba el huérfano), si no feliz, +tampoco fue desgraciada. Sus protectoras ejercieron sobre él una +vigilancia un poco impertinente a veces, otro poco humillante también, +pero cariñosa siempre y bien intencionada. Entre todas, aunque tomando +parte más principal D.ª Eloisa, le pagaron la crianza y el pupilaje en +casa de un matrimonio artesano que habitaba en la Gusanera, cerca de la +casa en que la desgraciada viuda vivía. Cuando<a name="page_13" id="page_13"></a> estuvo en edad para +ello, le mandaron a la escuela. Dio señales de ser un niño pacífico, +reservado, sensible, y comenzó a aprender sus lecciones muy bien. Sus +siete u ocho mamás se encargaban de preguntar al maestro por su conducta +y aplicación siempre que le tropezaban en la calle, animándole «a que le +apretase los tornillos.» El maestro se encargaba, en efecto, de +apretárselos recordándole al mismo tiempo a cada momento, en presencia +de sus condiscípulos, su orfandad, su miseria y la imprescindible +necesidad que tenía de mostrarse humilde y agradecido con sus +bienhechoras. Esto de la humildad era cosa que no cesaban de cantarle al +oído en la villa. Cuantos le tropezaban en la calle y se dignaban +ponerle paternalmente la mano sobre la cabeza, le decían:</p> + +<p>—¡Cuidado con ser humilde! Sé obediente y sumiso con las señoras que te +han recogido por caridad, ¿entiendes?... por caridad.</p> + +<p>Y por último, sus condiscípulos se encargaban generosamente de +advertirle sin cesar que era un desdichado sin padres, alimentado por la +caridad y que debiera estar en el hospicio y no alternando con hijos de +zapateros distinguidos, albañiles, sastres y panaderos <i>fashionables</i>, y +otra gente no menos principal y digna de respeto.</p> + +<p>La humildad teníala en el corazón el hijo del<a name="page_14" id="page_14"></a> ahogado y la suicida, que +si no la tuviese, no sería fácil que se la inculcaran las burlas y +desprecios de sus compañeros, ni los paternales azotes del maestro y de +sus protectoras: porque éstas todas se creían con derecho a amarle, pero +a castigarle también. Era la suya una naturaleza amante y agradecida. +Comprendía que a todas sus protectoras debía respeto y cariño, y se lo +tributaba. Claro que en el fondo de su corazón sentía preferencias; esto +es irremediable. Amaba con pasión a D.ª Eloisa. Esta buena señora, que +era a quien más debía, jamás le reñía ni castigaba, ni le decía siquiera +una palabra desagradable: tratábalo con extremada dulzura, le acariciaba +como si fuese su hijo y ocultaba y disculpaba sus pequeñas travesuras.</p> + +<p>Cuando llegó a los doce años, se reunieron en cónclave las damas y +deliberaron acerca de lo que debía hacerse con el chico. Desechose por +unanimidad la idea de dedicarle al oficio de su padre. Pensaron en otros +varios, sin lograr ponerse de acuerdo, hasta que D.ª Trinidad, la esposa +de D. Remigio Flórez, fabricante de conservas alimenticias, propuso +llevarle de criado recadista a su casa. Asintieron casi todas a esta +resolución; pero D.ª Eloisa, a quien le dolía, hizo presente a sus +amigas que el chico había mostrado aptitud para los estudios, y que +sería una obra meritoria hacer de él un sacerdote.<a name="page_15" id="page_15"></a> Las damas acogieron +la idea con entusiasmo. Sólo D.ª Trinidad, señora de gran puntillo y +amiga de imponer su voluntad a todo el mundo, se opuso fuertemente y se +retiró desabrida de la reunión. Pasáronse las damas sin su concurso, y +fijando una cantidad mensual, que abonarían a escote, mandaron el chico +al seminario de Lancia, capital de la provincia donde nos hallamos.</p> + +<p>Fue Gil un seminarista modelo; aplicado, dulce, respetuoso, afecto a las +prácticas religiosas y mostrando mucho fervor en ellas. Las damas no +tuvieron más que motivos para felicitarse de su resolución. Cuando venía +a pasar las vacaciones a Peñascosa, traía para cada una de ellas una +carta del rector manifestando su satisfacción por la conducta y los +progresos del huérfano. En los dos o tres meses que permanecía allí, les +prestaba algunos servicios, repasando las lecciones a sus hijos, +acompañándolas en sus oraciones o sirviéndoles de amanuense, etc. +Habitaba en casa de D.ª Eloisa. Cada verano se iba trasformando un poco: +el niño se convertía en hombre. Al fin dejó tres años consecutivos de +venir, para tomar las últimas órdenes. Llegó el momento de hacerse +presbítero. Cuando apareció al fin un día en Peñascosa en traje de +sacerdote, su presencia causó emoción profunda en el corazón de sus +protectoras. Todas<a name="page_16" id="page_16"></a> se consideraban madres de él, y por consiguiente, +con derecho a llorar de alegría y a caer en sus brazos enternecidas. Por +cierto que estos desahogos cariñosos dieron ocasión a algunos dimes y +diretes entre ellas. Porque las que menos afectuosas y tolerantes se +habían mostrado con el niño, eran más extremosas ahora con el hombre. +Esto sacó de sus casillas a D.ª Eloisa, D.ª Teodora y D.ª Marciala, que +le trataron siempre con dulzura y hasta con mimo.</p> + +<p>Comenzaron los preparativos para la primera misa. Fue un certamen de +primores entre ellas. Las ricas, como D.ª Eloisa y D.ª Teodora, se +encargaron de comprar el cáliz y los ornamentos más costosos: las que no +contaban con tantos bienes de fortuna, como D.ª Rita, D.ª Filomena y +otras, suplieron el dinero con la habilidad de sus manos bordando el +alba, la estola y el paño del altar, que causaban admiración. Se arregló +la iglesia, y en el adorno tomaron parte no sólo estas damas, sino otras +muchas de la población, sus amigas. Fue un acontecimiento de marca en +Peñascosa, tanto por la calidad de las personas que habían costeado la +carrera del joven presbítero, como por las terribles circunstancias que +habían dado lugar a esta protección. Se nombró madrina del oficiante a +D.ª Eloisa, por indicación de aquél. Ninguna tenía mejor derecho para +ello; pero todas se creían con tanto,<a name="page_17" id="page_17"></a> y esto volvió a originar secretos +resentimientos y algunas palabrillas desagradables.</p> + +<p>El preste volviose hacia el pueblo y cantó con voz débil y temblorosa:</p> + +<p>—<i>Dominus vobiscum.</i></p> + +<p>Todas las voces de la tribuna, rotas y cascadas, le respondieron +acompañadas del estampido del órgano:</p> + +<p>—<i>Et cum spiritu tuooooo.</i></p> + +<p>—¡Qué blanco está!—dijo una joven artesana a la compañera que tenía al +lado.</p> + +<p>—Parece una imagen.</p> + +<p>Cantó D. Narciso con voz atiplada, bajando y subiendo el tono y +escuchándose con placer, la epístola.</p> + +<p>—¡Hija, cómo lo repicotea el capellán!—volvió a decir la artesana.</p> + +<p>—Ya ves, tiene ahí a la hija del jorobado. Querrá lucirse.</p> + +<p>Era especie muy acreditada en la villa que D. Narciso y la niña de Osuna +sentían una mutua inclinación, aunque sólo los espíritus heterodoxos y +maleantes se atrevían a decirlo en alta voz. D. Narciso era, en verdad, +mucho más dado a vivir entre el sexo débil que entre el fuerte. Así que +llegó de Sarrió haría unos tres años, poco más o menos, fue el ídolo de +las damas de Peñascosa por su elegante porte, que hacía contraste con el +desaliño de la mayor parte de los<a name="page_18" id="page_18"></a> sacerdotes de la villa, por su +conversación alegre, por sus bromitas y, sobre todo, por su afición a +estar siempre entre <i>ellas</i>. Distaba mucho de ser hermoso ni gallardo: +era hombre de unos treinta y cinco años, seco, moreno, los pies grandes +y juanetudos y la dentadura muy fea; pero había logrado pasar plaza en +seguida de chistoso. Jamás hablaba en serio a sus devotas amigas. +Bromita va, bromita viene, un requiebro a ésta, una chufleta a la otra, +sin acortarse nunca por estar en medio de un corro numeroso. Al +contrario, D. Narciso se placía extremadamente en ello, gozaba campando +solo en el gallinero. Dirigía la conciencia de la mayoría de ellas y se +autorizaba el reprenderlas fuera del confesonario, a veces ásperamente. +Casi todas recibían sus correcciones con sumisión, hasta con placer, y +si alguna se rebelaba momentáneamente, era para demandar perdón +enseguida. Con esto, don Narciso era el comensal obligado en todas las +fiestas y <i>gaudeamus</i> de la sociedad elegante de Peñascosa: comía +vorazmente, y de ello hacía alarde, bebía al mismo tenor, y cuando +llegaban los postres, nunca dejaba de brindar con alguna coplita que +resultaba casi siempre sucia. Porque D. Narciso, que a causa de su +ministerio no podía autorizarse bromas referentes a las relaciones de +sexo a sexo, se creía con derecho a soltar las más asquerosas acerca de +otras miserias del<a name="page_19" id="page_19"></a> cuerpo humano. Y las damas ¡caso extraño! las reían +y celebraban cual si fuesen ingeniosidades y agudezas portentosas. Dos +años después de llegado a la villa había tenido un fracaso. Bajando la +escalera de cierta casa que frecuentaba mucho, se rompió una pierna. Se +dijo que el marido de la señora, cuya era la casa, le había ayudado a +caer, por no estar de acuerdo enteramente con la hora y la ocasión de +sus visitas; pero al instante las buenas almas de Peñascosa se +apresuraron a sofocar este rumor sacrílego. Y en prueba de la +indignación con que rechazaron el supuesto, las damas más principales de +la villa se constituyeron en enfermeras al lado de su cama, no dejándole +un instante solo, relevándose noche y día cada pocas horas, como si +hiciesen la guardia al Santísimo. D. Narciso merecía estas atenciones +del bello sexo. Nadie con más ahínco y fervoroso celo se ocupó jamás de +la salvación de la hermosa mitad del género humano. No sólo dirigía con +particular esmero la conciencia de las que mejor lo representaban en +Peñascosa, apacentaba sus ovejitas con amor, sin dejar por eso de +arrojar alguna piedra a la que se extraviaba, como pastor diligente que +era, sino que a fuerza de muchos desvelos había logrado fundar una +cofradía, establecida ya en otros puntos de España y el extranjero, la +cofradía de las <i>Hijas de María</i>. En esta cofradía no<a name="page_20" id="page_20"></a> entraban más que +las jóvenes solteras. Tal privilegio excitaba un vago despecho mezclado +de apetito en las casadas. Creíanse humilladas con aquella exclusión. D. +Narciso aprovechaba esta sombra de rivalidad para tenerlas más sujetas.</p> + +<p>—¡Oh, señoras, no deben ustedes envidiar el privilegio! Ustedes tienen +marido a quien contemplar y servir.</p> + +<p>Lo decía en un tonillo irónico que demostraba la hostilidad secreta que +el capellán sentía hacia todos los maridos. Las damas, en quienes los +encantos de aquéllos no ejercían ya fascinación alguna, sonreían forzada +y maliciosamente como diciendo: «¡Ya, ya!» Se murmuraba que había varias +enamoradas de él. D.ª Marciala, la esposa del boticario de la plaza, +había ido a Sarrió a llevarle calcetas estando el presbítero pasando una +temporada con su familia. D.ª Filomena, viuda de un teniente de navío, +hacía a su hijo único ir a ayudarle a misa todos los días. Sin embargo, +habíase notado cierta preferencia en él por Obdulia, la hija de Osuna, +administrador de Montesinos.</p> + +<p>—¿Pero será cierto que se gustan?—preguntó la joven artesana, oyendo a +su compañera expresarse tan claramente.</p> + +<p>—¡Chica, yo no sé! Lo que te puedo decir es que D. Narciso no sale de +su casa, y que muchos días desde la ventana de mi cuarto los veo correr<a name="page_21" id="page_21"></a> +uno tras de otro por el jardín de Montesinos jugando al escondite... +Tanto, que se lo he dicho.</p> + +<p>—¡Se lo has dicho!—exclamó la otra, estupefacta.</p> + +<p>—Sí, niña... ¿no ves que confieso con él?... No había más remedio... Le +dije: «Mire, D. Narciso... no se ofenda usted... pero yo, viéndoles a +usted y a Obdulia jugar en el jardín, tengo sospechas... se me ocurren +malos pensamientos.»</p> + +<p>—¡Ave María, qué barbaridad! ¿Y qué dijo él?</p> + +<p>—Se puso todo sofocado... ¡Uf! Comenzó a decirme: «¡Por ustedes y otras +como ustedes pierden el crédito y la honra los sacerdotes y decae la +religión!» Me llamó saco de malicia; que parecía mentira que se me +ocurrieran semejantes atrocidades, y que por aquí y que por allá... Al +principio quería comerme; después se fue sosegando... «Tiene usted +razón, D. Narciso, le respondí; pero yo no puedo remediarlo...» Y es la +verdad, chica, no puedo remediarlo... ¡no puedo!</p> + +<p>Después de la epístola cantó el párroco de Peñascosa el Evangelio. Tenía +una voz áspera sin inflexiones. Cantó enteramente distraído sin mirar +apenas al libro, levantando sus ojos pequeños y duros por encima de las +gafas para contemplar fijamente, mejor dicho, para pulverizar con la +mirada al hijo de la Pepaina, que disimuladamente estaba arrancando las +babas a los cirios y guardándoselas en el bolsillo. Aunque uno de<a name="page_22" id="page_22"></a> los +pilletes más desvergonzados de la villa, Lorito (que por tal nombre era +conocido este joven distinguido) se sintió molesto y un tantico inquieto +bajo la mirada del clérigo. La cosa no era para menos. D. Miguel Vigil, +párroco de Peñascosa, desde el año 25 de este siglo era uno de los +hombres de peor genio de España, y no exageramos nada si decimos del +globo terráqueo. Contaba a la sazón ochenta y dos años; era alto, seco, +las facciones pronunciadas, las cejas espesas y juntas, los ojos +pequeños y penetrantes. Conservaba aún gran vigor físico, y lo que es +aún más raro, en los cabellos que le quedaban apenas se notaban las +canas. Mientras duró la primer guerra civil, abandonó el rebaño y se fue +a las provincias vascas a pelear con las armas en la mano por la causa +del Pretendiente. Volvió al cabo de algunos años. Su carácter bravío no +se había dulcificado mucho andando a tiros por los montes. Los +feligreses de Peñascosa tuvieron en él un pastor muy semejante a un +capitán de bandoleros. Nadie le levantaba el gallo en la población. Los +más arduos casos de conciencia solía resolverlos D. Miguel en un +instante con media docena de mojicones o de puntapiés bien dirigidos. +Que Marcelino, el de Cosme, tenía en cinta a la hija de Laureana la +tejedora y no quería casarse con ella. D. Miguel se plantaba en casa de +Cosme, cogía a Marcelino por las orejas, le daba<a name="page_23" id="page_23"></a> tres bofetadas de +cuello vuelto, y a los quince días, quieras o no, los tenía casados. Que +Ramón el confitero le negaba a D. Cipriano dos mil reales que éste le +había prestado sin recibo. El cura llamaba a Ramón a su casa, se +encerraba con él en una habitación, tomaba un garrote y le obligaba a +firmar el correspondiente recibo. Por medio de estos procedimientos +teológicos D. Miguel infundía la moral evangélica entre las almas +encomendadas a su cuidado.</p> + +<p>No eran de su agrado las novedades en el culto. Miraba con desprecio a +los clérigos que trataban de introducirlas y cuidaban del traje y el +aseo. Los toleraba porque sabía que estaban apoyados por el obispo y el +alto clero de la diócesis, pero se reía de ellos a todas horas de un +modo grosero, irritante, y solía hacerles algunas jugarretas malignas, +aguarles alguno de aquellos jolgorios místicos en que ponían más empeño. +Tratábase, por ejemplo, de celebrar una comunión general de niñas con +acompañamiento de orquesta. El día que estaba señalado, D. Miguel +enviaba a la iglesia una cuadrilla de carpinteros que se ponían a +arreglar la tribuna con horrendos martillazos, que impedían escuchar las +concertadas voces e instrumentos de la música. Otras veces obligaba a +las penitentes asiduas de D. Narciso a examinarse de doctrina cristiana; +o bien las prohibía cantar en la iglesia<a name="page_24" id="page_24"></a> después de un mes de ensayos, +o retiraba de los altares los paños que ellas habían bordado y +aplanchado, o las arrojaba de alguna capilla donde habían sentado sus +reales, etc., etc. Estos actos de despotismo habíanle granjeado la +animadversión de los clérigos afrancesados y del sexo femenino. A D. +Miguel le daba un ardite por tal animadversión. El goce de su vida no +era ser querido o admirado, sino hacer en todo tiempo y ocasión su +voluntad. Además, podría tener todos los defectos que quisieran sus +enemigos, pero nadie le conoció jamás sombra de inclinación hacia el +sexo débil. Despreciaba a las mujeres positivamente: creía que ninguna +era capaz de decir ni hacer cosa con sentido común. En su carácter viril +parecía haber encarnado el espíritu romano, que negaba a la mujer +facultad para regirse nunca por sí misma.</p> + +<p>Ni se crea que D. Miguel se mostraba tampoco obediente con sus +superiores. Al obispo le costaba un trabajo inmenso entenderse con él. +Si le mandaba una orden, el cura la archivaba sin darla cumplimiento; si +giraba una visita, metíase en cama fingiéndose enfermo para no +recibirle. Había concluido por no hacerle caso y dejarle pasar con la +suya. No confesaba en Peñascosa sino a media docena de veteranos de la +guerra civil. Los demás feligreses se repartían entre los capellanes +adscritos a la parroquia: las<a name="page_25" id="page_25"></a> cuatro quintas partes de las damas +confiaban el fardo de sus flaquezas al irresistible D. Narciso. D. +Miguel no sentía el menor desabrimiento por esta preferencia. Y sin +embargo, el corto número de sus penitentes aseguraba que era un confesor +prudente, discreto y delicado en sus preguntas.</p> + +<p>Terminó la lectura del Evangelio y pudo darse la satisfacción de +contemplar un rato con persistencia los movimientos de Lorito. ¿Por qué +estaba este pillo tan distraído mirando a la tribuna arrobado en la +audición de las melodías del órgano, cuando no hacía dos segundos que le +había visto meterse en el bolsillo media libra de cera por lo menos? Por +el alma del párroco cruzaron pensamientos de muerte y exterminio. Tuvo +fuerzas, no obstante, para contenerse. La misa continuó. El presbítero +novel elevó la sagrada Hostia con manos temblorosas, en medio de un +murmullo de fervor y adoración. El órgano, soltando en <i>trémolo</i> sus +registros más gangosos, contribuyó poderosamente a hacer más solemne y +conmovedora la bajada del Hijo de Dios a las manos del hombre. Gil +sintió estremecerse su cuerpo bajo la impresión. Una alegría inefable +subió del fondo de su pecho y le apretó suavemente la garganta. Aquel +favor inmenso, infinito, que su Dios le hacía, y que con tanto anhelo +había esperado, removió hasta las<a name="page_26" id="page_26"></a> últimas fibras de su corazón. Sus +ojos quedaron velados por las lágrimas, y al hincar la rodilla en +tierra, antes de elevar el cáliz de la pasión, estuvo algunos segundos +sin poder alzarse y a punto de caer desmayado.</p> + +<p>De muy distintas impresiones participaba el jorobado Osuna, +administrador de Montesinos, en aquel momento. Ya sabemos que se había +situado lo más cerca posible de D.ª Teodora. Era también un hombre +místico a su manera; pero en vez de buscar la unión con la Divinidad en +abstracto, se placía en realizarla de un modo concreto, por mediación de +las mujeres gordas y frescas. Las mujeres gordas habían constituido su +pasión dominante desde los felices días de la adolescencia. Dios sólo +sabe el peso de las que Osuna amó desde este tiempo hasta los sesenta y +cuatro años que ahora tiene. En Peñascosa el número era limitado; por +eso de vez en cuando hacía excursiones a la capital para recoger del +cieno de la prostitución alguna desdichada que traía y guardaba, durante +quince días o un mes, en alguna cámara oscura del cuarto bajo de su +casa. Teníala allí como una fiera enjaulada, encargándose él mismo de +llevarla el alimento y proveer a todas sus necesidades corporales. Al +cabo de este tiempo la soltaba, y vuelta a comenzar con otra. Toda la +villa conocía estas flaquezas de su temperamento. Contábanse de él en +las<a name="page_27" id="page_27"></a> tertulias de hombres muchísimas anécdotas, graciosas unas y sucias +otras, que hacían reír a los pacíficos habitantes en las largas, +lluviosas noches de invierno. No se violentaba para ocultar los excesos +de su viciosa naturaleza. La mayor parte de estas anécdotas él mismo las +había referido: gozaba hablando de sus obscenidades. Los vecinos le +despreciaban y le temían al mismo tiempo. Se le tenía por un ser +extraño, misterioso, mal intencionado. Ocupaba un puesto desde el cual +podía hacer daño a mucha gente. Era administrador de Montesinos, el +propietario más rico de Peñascosa, y habitaba una de las alas del +inmenso palacio o caserón que éste poseía. Estaba viudo de tres mujeres, +con una hija que ya conocemos de nombre. Era excesivamente pequeño, con +una gran corcova a la espalda, color macilento, mejillas pendientes y +flácidas, ojos sin brillo y asustados siempre. Percibíase un leve +temblor en sus manos, como sucede con frecuencia a los hombres gastados +por la sensualidad.</p> + +<p>D.ª Teodora había cambiado de sitio ya varias veces: corriose hacia +adelante, se fue después hacia un lado; todo inútilmente. Donde quiera +que iba, sentía los pies de Osuna entre las enaguas. Y al sentirlos, una +ola de rubor encendía sus frescas mejillas, se estremecía como una +zagala de catorce años. En ninguna mujer se conservó<a name="page_28" id="page_28"></a> nunca más delicado +y vidrioso el pudor virginal. Algunas conversaciones, hoy corrientes, la +ofendían: no se podía aludir en su presencia ni directa ni +indirectamente a ciertos asuntos escabrosos. No decía nada, porque era +la prudencia personificada y de tímido natural; pero se la veía +ruborizada, inquieta, con ganas de retirarse. Tan limpia y tan pulcra +era de cuerpo como de alma. Le gustaba vestir con elegancia y cuidaba +con refinamientos, no usados en Peñascosa, de su persona. Los que la +conocieron de niña, decían que no había sido bonita, sino pasable, y que +ahora, con sus cabellos blancos, sus carnes frescas y mejillas +sonrosadas, estaba más guapa que nunca, ¿Por qué se había quedado +soltera D.ª Teodora, poseyendo una figura agradable y un regular caudal? +Se decía que sostuvo amores muy finos y románticos con un teniente de +Arapiles que pereció en la acción de Ramales. La víspera de la batalla +se había despedido de ella, por medio de una carta escrita sobre un +tambor: el corazón le decía que al día siguiente «una bala traidora +cortaría el hilo de su existencia, pero que moriría con el nombre de +Teodora en los labios.» Ésta conservaba la carta como preciosa reliquia +y guardaba asimismo fiel su corazón a la memoria del valeroso y +romántico teniente. Sin embargo, hacía muchos años que tenía un galán +asiduo. D. Juan Casanova, aquel hidalgo<a name="page_29" id="page_29"></a> de rostro aguileño y majestuoso +de que hemos hablado, iba a su casa indefectiblemente todas las noches, +de ocho a once. Esto bastaba para que en la villa se creyese, no que era +su amante, que nadie dudaba de la castidad de D.ª Teodora, sino su +enamorado platónico, y que más tarde o más temprano concluiría por +casarse con ella. Tal fausto acontecimiento se estuvo esperando veinte +años en Peñascosa. A la hora presente ya se dudaba bastante de que se +realizase. Los futuros se iban haciendo demasiado viejos, sobre todo D. +Juan, a quien costaba esfuerzos sobrehumanos subir a la casa, por el +maldito reuma de las rodillas. Cada día que pasaba eran, pues, menos +aptos para el cumplimiento de los sagrados fines del matrimonio. Además, +últimamente, cierto suceso de que más adelante haremos mención turbó un +poco las tranquilas y afectuosas relaciones del avellanado hidalgo y de +la fresca jamona.</p> + +<p>Cuando el diácono cantó el <i>Ite, misa est</i>, aquella dio un suspiro de +consuelo y se dispuso a levantarse y huir de los indecorosos pies que la +perseguían. Pero era negocio más arduo de lo que se imaginaba. La +iglesia estaba tan atestada de fieles que nadie podía revolverse. Todos +pretendían besar las manos del nuevo sacerdote, o al menos presenciar la +curiosa y tierna ceremonia. Bajó éste una escalera del altar y quedó<a name="page_30" id="page_30"></a> +inmóvil y de pie frente a la muchedumbre, derramando por ella una mirada +vaga y sonriente. Hubo un fuerte murmullo que casi se convirtió en +gritería, cuando D. Narciso empujó suavemente a la madrina para que +tributase la primera su homenaje al oficiante. D.ª Eloisa hincó las +rodillas delante de su ahijado y le besó las manos con visible emoción. +Cuando se levantó, corrían algunas lágrimas por sus mejillas. Después +tomó un frasco de agua perfumada, dio otro a D.ª Rita, y colocadas ambas +a derecha e izquierda del presbítero, comenzaron a rociar a los que se +acercaban a besarle las manos. Uno a uno, empujándose con prisa, fueron +la mayor parte de los fieles rindiéndole este homenaje. Los hombres le +besaban en la palma, las mujeres en el dorso, según estaba prevenido. +Éstas se mostraban conmovidas, gozosas, riendo cuando D.ª Rita o D.ª +Eloisa les arrojaban al rostro algunas gotas de colonia: después se +retiraban para dejar paso a las otras; y de lejos seguían contemplando +con afectuoso interés la faz pálida y delicada del sacerdote. Sonaba en +la iglesia rumor alegre. El roce de las enaguas, el cuchicheo y las +risas contenidas de las damas, producían un zumbido de colmena. El +tañido de las campanas que el sacristán y algunos chicuelos repicaban +alto en la torre, entraba vivo y gozoso por las ventanas. También +penetraban algunos<a name="page_31" id="page_31"></a> rayos de sol que se desparramaban por los altares, +haciendo llamear sus dorados metales. Pero si en el camino tropezaban +con alguna linda cabeza blonda, de las que tanto abundan entre las +artesanas de Peñascosa, no tenían inconveniente alguno en detenerse a +darla un beso de admiración.</p> + +<p>Gil estaba fuertemente conmovido; el corazón le saltaba dentro del +pecho. Sentía impulsos de romper en sollozos: procuraba, no obstante, +con esfuerzo reprimirse, y esto le causaba malestar. Aquellas muestras +de veneración, aunque representaban una ceremonia usual, le +avergonzaban. Al ver arrodillados a sus pies a todos los próceres y +damas de la villa, que tanto respeto le habían infundido siempre, +experimentaba confusión y desasosiego. Sus labios estaban contraídos por +una sonrisa que revelaba más inquietud que placer. D.ª Eloisa y D.ª Rita +consumieron varios frascos de esencia, haciendo copiosas aspersiones, +sobre todo a sus amigas, a quienes bañaban el rostro en medio de una +algazara, que no por ser reprimida, era menos sabrosa. Poco a poco la +religiosa solemnidad se iba trasformando en una fiesta de carácter +íntimo y familiar. Las amigas de la madrina y de las damas protectoras +del joven presbítero se habían ido quedando detrás, formando en torno +suyo un grupo pintoresco, mientras el resto de la gente desfilaba por +las<a name="page_32" id="page_32"></a> dos puertas de la iglesia. Un rayo de sol vino a dar sobre el +preste: las ricas vestiduras de tisú de oro despidieron vivos destellos; +su hermosa cabeza rubia semejaba la de un querubín. Las damas le +contemplaban extasiadas.</p> + +<p>El párroco y D. Narciso, asistentes de la misa, se habían retirado para +despojarse de sus ornamentos. No tardó el primero en volver provisto de +sotana y bonete, debajo del cual se agitaban algunos pensamientos +siniestros. La conducta de Lorito en lo concerniente a las babas de los +cirios le había puesto pensativo y sombrío. Hacía ya algún tiempo que +este joven personaje disfrutaba el privilegio de desazonarle. En una +ocasión supo que se había encaramado sobre el tejado de la iglesia para +apoderarse de algunos nidos de gorrión; en otra sospechó que le había +robado las uvas que tenía la parra del corredor de la rectoral. Y aunque +ya había procurado tranquilizar su espíritu por medio de algunos +adecuados puntapiés, todavía lo sentía agitado y triste cada vez que el +hijo de la Pepaina se ofrecía a su vista.</p> + +<p>Sin preocuparse poco ni mucho de la conmovedora ceremonia que se estaba +realizando en el presbiterio, D. Miguel recorrió la iglesia a paso +lento, escudriñando todos los rincones. Las personas que aún quedaban en +el templo le abrían paso con más miedo que respeto. Penetró en todas<a name="page_33" id="page_33"></a> +las capillas y examinó minuciosamente el estado de los cirios que ardían +en los altares. Alguna huella debió de reconocer en ellos del paso del +vándalo, porque su rostro se fue encapotando cada vez más. Ya no fue un +reconocimiento, sino una verdadera caza la que emprendió al través de +todas las capillas. En la última de la izquierda, donde está la pila +bautismal, olfateó al fin la pieza. Marchó con precaución, y asomando su +enérgica nariz aguileña, pudo al fin columbrar la roma y barnizada de +mocos del granuja, que en compañía de uno de sus más fieles discípulos +se ocupaba en hacer crecer la inmensa bola de cera que había extraído de +las velas. El párroco sintió el nervioso temblor de los gatos a la vista +del ratón: se preparó como ellos rozando el suelo con los pies, y ¡zas! +de un par de brincos cayó sobre los bárbaros. Pero Lorito no era un +vándalo vulgar de los que se dejan atrapar como un ratoncillo inocente. +Sin ver a D. Miguel sintió su hálito poderoso, y bajándose +repentinamente al tiempo que aquél llegó a echarle la zarpa, consiguió +que fallara el golpe y fuera a dar de bruces en el altar. Antes que el +párroco pudiera revolverse, ya había emprendido la carrera hacia la +puerta. Fue en vano. D. Miguel se apoderó rápidamente del Cristo de +bronce que había sobre el altar, y se lo arrojó con tal ímpetu y certera +puntería que le alcanzó en la cabeza<a name="page_34" id="page_34"></a> y le hizo venir al suelo soltando +chorros de sangre.</p> + +<p>Al grito del chico y al ruido que produjo su caída acudió la gente; le +levantaron y le prestaron los primeros socorros, estancándole la sangre +con telas de araña y poniéndole un pañuelo a guisa de venda. Mientras se +llevaron a cabo estas operaciones, no dejó de murmurarse, aunque en voz +baja, de la brutalidad del cura. Éste, perfectamente satisfecho de su +obra, se retiró majestuosamente a la sacristía, no sin que tuviera +ocasión antes de administrar dos patadas en el trasero al cómplice, que +andaba por allí trémulo y abatido con la desgracia de su maestro.</p> + +<p>Pero es el caso que el glorioso progenitor de éste, Pepe el de la +Pepaina, como le llamaban en la población, para distinguirle de los +otros muchos Pepes que había, pescador de oficio y un bruto muy +pacífico, que hablaría sobre tres docenas de palabras por semana, al +contemplar a su hijo en aquel estado, comenzó a vociferar en el atrio de +la iglesia como un energúmeno. La síntesis de su discurso era que él no +sentía respeto alguno hacia el estado eclesiástico, y que padecían una +equivocación lamentable los que se atrevieran a suponer que él, Pepe +Raya, dejaría de dar al cura, en cuanto pusiese el pie fuera de la +iglesia, una de babor y otra de estribor,<a name="page_35" id="page_35"></a> y acaso también una buena +patada en la popa que se la metiera bajo el agua.</p> + +<p>D. Miguel, que desde adentro había creído percibir alguno de los +extremos de este discurso, se empeñó en salir al atrio por ver su +demostración; pero se lo impidieron D. Narciso y el sacristán. +Lleváronle a la sacristía, y allí le tuvieron entretenido hasta que +desapareció el peligro.</p> + +<p>Al salir la gente del templo, el sol nadaba en el espacio azul, +bañándolo de luz y de alegría. Repicaban las campanas con frenesí +creciente. Estallaban multitud de cohetes, que impregnaban el aire con +el humo de la pólvora. Y las olas estallaban también suavemente en los +peñascos que casi rodean por completo la iglesia de la villa. En aquel +concierto gozoso de una naturaleza que sonríe pocas veces, sólo se oía +la nota áspera de bajo profundo que entonaba el marido de la Pepaina.<a name="page_37" id="page_37"></a><a name="page_36" id="page_36"></a></p> + +<h3><a name="II" id="II"></a>II</h3> + +<p>Peñascosa está situada en el fondo de una pequeña ensenada del +Cantábrico. Su caserío se extiende todo él por la orilla del mar, sin +penetrar más de cien varas en lo interior. Sólo allá en el vértice de la +angostura hay una plaza medianamente espaciosa, de la cual arranca la +carretera que conduce a Nieva. La parte de la villa que se extiende a la +derecha es menos importante y extensa que la de la izquierda. Por esta +orilla corre la mejor y aun puede decirse la única calle del pueblo. Es +larga, empinada a trozos, a trozos llana, ancha en algunos parajes y en +otros estrecha, con ánditos de un lado para los transeúntes. Las casas +de la derecha tienen todas salida a la mar por medio<a name="page_38" id="page_38"></a> de escaleras mejor +o peor labradas, según la importancia del edificio. Termina en el Campo +de los Desmayos, donde se alza la iglesia, sobre una punta de tierra que +avanza en el mar. Este campo toma su nombre de algunos sauces que allí +dejan caer sus ramas sobre toscos bancos de piedra, donde los honrados +vecinos se sientan a tomar el sol en invierno o a respirar la brisa en +verano. Es el paraje en que se efectúan todas las fiestas y regocijos +públicos de la villa, las iluminaciones y verbenas, fuegos de artificio, +ascensión de globos, música, danza y giraldilla: sirve además de punto +de reunión para el gremio de mareantes cuando necesitan congregarse y +tomar algún acuerdo, y de real para la feria y de campo de maniobras +para los chiquillos de la escuela. No es maravilla que así suceda, dada +la particular estructura de la población, donde fuera de la plaza, no +hay ningún otro espacio abierto y cómodo más que éste.</p> + +<p>El muelle es un espolón de piedra que arranca de la calle mencionada +hacia su promedio y avanza poco más de cien varas por el mar. Bajase a +él por una rampa suave donde hay media docena de tabernas por lo menos y +dos cafetuchos, el de la <i>Marina</i> y el <i>Imperial</i>. Unas y otros hierven +de gente a todas horas, pero muy especialmente a la del crepúsculo, +cuando llegan del<a name="page_39" id="page_39"></a> mar las lanchas pescadoras y termina sus faenas la +tripulación de los pataches y quechemarines anclados. Éstos son los +únicos buques que llegan hasta Peñascosa. Hay, no obstante, un vapor que +surca de vez en cuando las aguas de la ensenada y osa acercarse al +muelle. Es un remolcador de Sarrió llamado <i>Gaviota</i>: sus largos +quejumbrosos silbos estremecen al vecindario de orgullo. Porque en lo +tocante a amar a su pueblo y despreciar a los demás de la tierra, nadie +ha ganado jamás a los <i>peñascos</i>, ni los romanos siquiera. No hay +peñasco que no esté plenamente convencido de que su puerto es el más +favorecido por la naturaleza en toda la costa española: si no tiene la +importancia comercial de Barcelona, Málaga o Bilbao, consiste en que +nadie se ha ocupado en proporcionársela por medio de obras adecuadas. +Hacia Sarrió, villa que quintuplica su población y que ha adquirido gran +importancia en los últimos años, sienten un odio y un desprecio +inveterados. Cuando ven los vapores cruzar por delante de la «abrigada, +tranquila y segura ensenada» de Peñascosa y meterse en el «sucio y +peligroso fondeadero» de Sarrió, todo buen peñasco siente latir su pecho +con indignación, como el que ha sido víctima de un robo mira cruzar en +coche a su estafador. Hay que oírles hablar de las cualidades del puerto +de Sarrió, sobre todo cuando les escucha un forastero.<a name="page_40" id="page_40"></a> Principia a +dibujarse en sus labios una sonrisa levemente irónica y despreciativa +que poco a poco se va acentuando hasta trasformarse en sonora, homérica +carcajada cuando llegan a aquello de: «Los cangrejos están muy +satisfechos todos de la boca de Sarrió. Dicen que entran y salen sin +peligro alguno.» Si alguna vez las lanchas pescadoras de este puerto se +ven precisadas a arribar a Peñascosa a causa del temporal, ¡con qué +protección tan humillante los reciben los indígenas! Y cuando por sus +negocios van éstos a la aborrecida villa, están allá inquietos, +nerviosos: el tráfago y los ruidos del muelle les suena dolorosamente en +el corazón: llegan a su pueblo con el estómago sucio y excitados, +narrando los mil disgustos que la envidia de los sarrienses les ha +causado. Llevan cuenta exactísima de todos los siniestros ocurridos en +la barra de su rival y no se cansan jamás de compadecer a los pobres +buques extranjeros a quienes la suerte impía conduce a un puerto tan +inhospitalario.</p> + +<p>No sólo en el calado, en el abrigo, en la seguridad del puerto, cifran +su orgullo los peñascos. Poseen además otra porción de ventajas +naturales verdaderamente inapreciables. Existe en las afueras de la +villa una fuente de agua ferruginosa que es admiración de propios y +extraños, sobre todo de propios. Los extraños consideran<a name="page_41" id="page_41"></a> que si el agua +no viniese unida a tantos cuerpos heterogéneos, se bebería con más +facilidad y produciría los mismos resultados. Y verdaderamente nosotros +también nos inclinamos a pensar que su virtud saludable no se acrecienta +con que los chicos del barrio orinen en ella y a veces se desahoguen de +otro modo aún menos diplomático. Por influencia del clima, críanse en +Peñascosa los mejores cerdos del orbe, con lo cual está dicho que en +ningún país del extranjero saben lo que es comer jamón mas que en éste +afortunado pueblo. Dicho se está igualmente que, si los cerdos de +Peñascosa son los mejores del mundo, las castañas con que se crían estos +cerdos son las más gordas, las más suaves y nutritivas. El mar de +Peñascosa tampoco es igual al de otros puertos: sobre todo con el de +Sarrió no guarda parecido alguno. Hay personas que, sin saber por qué, +se van debilitando paulatinamente en este pueblo, pierden el apetito y +el humor: pues bien, hasta que van a tomar los baños de mar en Peñascosa +no se ponen buenas. Los de Sarrió no producen efecto alguno medicinal: +al contrario, todo el que se bañe allí se expone a erupciones, catarros, +reuma y otros desarreglos tristísimos. Por la parte de Oeste, o mejor +dicho Noroeste, la villa está resguardada de los vientos más vivos y +constantes. El clima es, por lo tanto, suave y benigno: las epidemias no +prosperan.<a name="page_42" id="page_42"></a> Los peñascos hacen saber con orgullo que, mientras en el +último cólera murieron en Sarrió trescientas doce personas, en Peñascosa +sólo murieron sesenta y una, y de éstas por lo menos treinta bajaron a +la tumba por descuidos lamentables que las familias respectivas debieron +evitar, aunque no fuese más que por el crédito de la villa. Inútil es +hablar del pescado que se coge en este privilegiado puerto. En cien +leguas a la redonda, nadie ignora que ni la sardina, ni la merluza, ni +el congrio, ni el besugo admiten comparación con los de Sarrió. Como el +caso parece extraño habiendo tan poca distancia de un pueblo a otro, los +de Peñascosa lo explican por los mejores pastos que sus peces tienen. En +suma, nosotros no conocemos otro pueblo más agradecido al Supremo +Hacedor por las condiciones topográficas, hidrográficas y climatológicas +con que le plugo favorecerle.</p> + +<p>Respecto a las etnográficas, la mayor ventaja que hemos podido apreciar +es la hermosura y gallardía de las mujeres. Son altas, macizas, de tez +sonrosada y ojos negros; la voz es dulce, sonora y hablan con un dejo +musical muy característico: parece que recitan al piano. No presumen de +bellas y lo son. En cambio se vanaglorian de cantar mejor que las de +ningún otro pueblo de la provincia, y no es así. Cierto que, como +acabamos de indicar, hay entre ellas muchas<a name="page_43" id="page_43"></a> voces gratas y extensas; +pero el oído y sobre todo el gusto no corresponden a la voz. Repicotean +de tal modo lo que cantan que no lo conoce nadie, ni el mismo autor que +lo creó. En verdad que las peñascas abusan de las <i>fermatas</i> y +<i>fiorituras</i> que las muchachas de Sarrió, sin tener tan buena voz, +cantan con mejor gusto y afinación. Silencio acerca de este particular, +porque si alguien lo dice en Peñascosa, le sacan los ojos.</p> + +<p>Igualmente tienen metido las jóvenes peñascas en la cabeza (digamos en +la hermosa cabeza, que no hay mentira en ello) que poseen especialísima +aptitud para componer coplas oportunas o de circunstancias. Las componen +generalmente sobre canciones populares que sirven para bailar en las +romerías. Que se inaugura el edificio de las escuelas, copla al canto; +que llegó el diputado del distrito a tomar baños, serenata y coplas; que +D. José el Estanquero monta un servicio de <i>ómnibus</i> a la capital, +coplita laudatoria a D. José el Estanquero. Pero donde brilla +principalmente el estro de las jóvenes artesanas es en las coplas +satíricas: no necesitamos añadir que el blanco preferente de sus sátiras +es el mezquino, peligroso y sucio puerto de Sarrió. No suelen estar bien +medidas las coplas; tampoco se ve en muchas de ellas el aguijón. ¡Qué +importa! Las peñascas las cantan con un fuego y<a name="page_44" id="page_44"></a> un retintín que +desespera a las jóvenes de Sarrió y les hace enfermar de ira.</p> + +<p>Los hombres suelen ser como en todas partes, más feos que hermosos, más +tontos que graciosos, más groseros que corteses, más vulgares que +originales. Sin embargo, hay en casi todos ellos un rescoldo de +imaginación que, si no les sirve para escribir novelas, les hace más +noveleros y curiosos que a los del resto de la provincia. Cualquier +acontecimiento insignificante adquiere proporciones grandiosas en +Peñascosa. El pueblo se conmueve hondamente cada vez que arriba cierto +bergantín-goleta trayendo tabla de pino rojo del Norte para D. Romualdo, +y acude todo a presenciar la descarga. Un prestidigitador vulgar produce +extraordinaria agitación y ocasiona largas y violentas disputas en el +casino, en los cafés, en las tertulias de las tiendas, y encauza el +gusto y la fantasía de los peñascos por distintos derroteros. Llegó en +cierta ocasión un magnetizador que dio algunas sesiones en el teatro +(llamémoslo así). Durante seis meses los peñascos no se ocuparon apenas +en otra cosa que en magnetizarse los unos a los otros. En ninguna +tertulia se entraba que no se tropezase con alguna señorita dormida +mientras un joven indígena, en actitud de espantarle las moscas, le +arrojaba puñados de fluido a la cara: todo era <i>mediums</i> y espíritus, y +veladores giratorios:<a name="page_45" id="page_45"></a> algunos honrados vecinos quisieron volverse +locos: uno de ellos salió de noche pidiendo confesión a gritos porque +había hablado con cierto pariente difunto. Después llegó un frenólogo. +Los peñascos se dedicaron otra temporada a palparse la cabeza y hacer +vaticinios sobre el destino reservado a los niños. Los cuadros +disolventes de algún saltimbanqui engendraban la afición a las linternas +mágicas, y las compañías dramáticas que por casualidad llegaban hasta +allí, verdaderas cuadrillas de facinerosos, despertaban extrañas +aptitudes para el arte escénico en muchos vecinos que hasta entonces +jamás las habían revelado. Un náufrago austriaco les infundió el amor a +la filología; dio unas cuantas lecciones de alemán y ruso a varias +personas caracterizadas de la localidad, y al cabo de dos meses se +escapó con seis mil reales de D. José el Estanquero, dos mil de D. +Remigio Flórez y algunas pesetas más de otros caballeros. No se habló de +otra cosa en un par de meses.</p> + +<p>Hay en Peñascosa un casino suscrito a cinco periódicos de Madrid y a uno +de Lancia. <i>El Faro de Sarrió</i>, que les enviaban gratuitamente, fue +devuelto a su destino a propuesta de varios socios dignísimos cuando +este periódico propuso (¡qué asco!) la construcción de un gran puerto de +refugio en Sarrió. Existe además una sociedad de recreo, de la cual es +alma y vida D. Gaspar<a name="page_46" id="page_46"></a> de Silva, un poeta de la localidad que tiene +escritas más obras dramáticas que Shakspeare. Púsole por nombre el +<i>Ágora</i>, en consonancia con sus aficiones clásicas. Es el templo del +arte. Allí se representan las piezas de D. Gaspar por los jóvenes +aficionados y se leen sus poesías líricas, en medio de las lágrimas y +los aplausos de las señoritas de la localidad, adivínanse charadas y +logogrifos, se cantan <i>mandolinatas</i> y <i>stornellos</i> en un italiano +estupendo y se juega de mil modos ingeniosos. Verdaderamente el Ágora de +Peñascosa recuerda, más que la asamblea griega que le ha dado nombre, la +tertulia de la reina de Navarra, aquella gozosa y poética reunión de +hermosas damas y caballeros, donde rebosaba el ingenio y de la cual +tanta gallarda invención ha salido. No llevaremos, sin embargo, nuestro +afán de similitudes hasta comparar a D. Gaspar con Margarita de Valois. +Cada cual en su género deben considerarse como seres privilegiados; mas +pertenecen a géneros diferentes.</p> + +<p>D. Gaspar era un hombre alto, seco, con el rostro lleno de manchas +coloradas que delataban su juventud borrascosa, el pelo ralo, la barba, +que gastaba al uso de Espronceda, Larra y los literatos del treinta al +cuarenta, entrecana y erizada, las manos y los pies descomunales, tan +apretados por los callos estos últimos que el poeta andaba apoyado +siempre en una muleta y<a name="page_47" id="page_47"></a> doblado fuertemente por el espinazo. A pesar de +esta circunstancia, no puede negarse que era un hombre notabilísimo, y +con razón se vanagloriaba Peñascosa de haber sido su cuna y guardarle en +su seno. No se limitó jamás, como la mayoría de los literatos, a +cultivar un género con mejor o peor fortuna. Escribió poemas épicos, +poesías líricas de todas clases, amorosas, satíricas, filosóficas, +didascálicas; fue novelista y autor dramático. Las tres cuartas partes +de sus obras permanecen manuscritas; pero bastan las impresas (a +expensas de un primo hermano que el poeta tiene en Puerto Rico) para +dejar de él imperecedera memoria. Por lo menos, los que hemos tenido la +dicha de conocerle personalmente, es seguro que no lo olvidaremos +mientras nos dure la existencia. Silva era un poeta que guardaba más +semejanza con los vates antiguos que con los modernos. Como Shakspeare, +como Molière y Lope de Rueda, él mismo representaba sus obras en la +escena, reservándose los papeles de característico, a causa de la +curvatura del espinazo. En este caso solía sacar una voz engolada y +tremante que causaba honda emoción en sus convecinos. Los títulos de +ellas tenían un sello de originalidad que recordaba bastante los del +inmortal dramaturgo inglés. Entre otros títulos extraños, +originalísimos, recordamos los siguientes: <i>No me vengas<a name="page_48" id="page_48"></a> con belenes, +que te rompo el esternón</i> (comedia en tres actos), <i>Entre col y col, +lechuga</i> (pieza en un acto), <i>Y sin embargo se muere</i> (drama en tres +actos), <i>¿Le gustan o no las rubias?</i> (pieza en un acto). Aunque ha +brillado y brilla en todos los géneros literarios, nosotros pensamos que +su genio es más dramático que lírico.</p> + +<p>No hay más sociedades reglamentadas en Peñascosa. La tertulia de la +botica, la de D. Martín de las Casas y la de los mosqueteros (esta +última al aire libre, en el Campo de los Desmayos) son agrupaciones +libres, sin ideal artístico ni político.</p> + +<p>De esta villa insigne por su maravillosa situación geográfica y por el +talento de sus hijos, blanco de la envidia, no sólo de Sarrió, sino +también de Santander y Bilbao y todos los demás puertos de la costa +cantábrica, que en vano han pretendido humillarla; de este pueblo +generoso, patriota, idealista, fue nombrado teniente párroco el joven +presbítero protagonista de esta verídica historia. Lo fue por influencia +o mediación de D. Martín de las Casas y otros próceres. No les costó +trabajo obtener este nombramiento del obispo, porque Gil se había hecho +notar extremadamente como alumno aplicado e inteligente en el seminario +de Lancia. Al mismo tiempo sus costumbres puras y la suavidad y +mansedumbre de su carácter, acreditadas por todos los<a name="page_49" id="page_49"></a> profesores, le +ponían en aptitud de desempeñar cualquier oficio en la iglesia. El +rector del seminario, varios dignatarios del clero y hasta el mismo +prelado le insinuaron la idea de quedarse en Lancia y hacer oposición a +alguna de las prebendas que pudieran vacar en la catedral. Nadie dudaba +de su pericia para conseguirla. Sin embargo, el nuevo presbítero rechazó +con humildad la proposición, alegando la insuficiencia de sus estudios, +que esperaba ampliar con el tiempo, y su excesiva juventud para +desempeñar cargo de tal importancia, caso de que se lo otorgasen. En el +fondo de su ser existía también, sin que él mismo se diera cuenta de +ello, cierta repugnancia a la vida sociable y regalona de los canónigos.</p> + +<p>Gil era un místico. Había tenido la fortuna de tropezar, en el rector +del seminario, con un hombre de una piedad exaltada, con un orador +elocuente, apasionado, genial, un verdadero apóstol. Este hombre +extraordinario, que formaba contraste con el clero prudente y prosaico +que le rodeaba, ejerció influencia decisiva en el espíritu delicado y +soñador de nuestro héroe, consiguió arrastrarlo en su vuelo, +comunicándole el fuego que devoraba su alma de asceta. Era medianamente +instruido, pero hasta su pequeño bagaje de instrucción le pesaba. Sentía +un respeto idolátrico, que comunicó a su discípulo, hacia<a name="page_50" id="page_50"></a> la Teología +por lo que había en ella de misterioso e incomprensible. En cambio +miraba con indiferencia la Filosofía y despreciaba las ciencias +naturales. Era, como todos los hombres de fe viva y corazón ardiente, +enemigo de la razón. Cuando se cree y se ama de veras se apetece el +absurdo, se despoja el alma con placer de su facultad analítica y la +deposita a los pies del objeto amado, como Santa Isabel ponía su corona +ducal a los pies de la imagen de Jesús antes de orar. Era un caso de +suicidio por ortodoxia mística. Bajo su dirección, el seminario de +Lancia fue perdiendo el ligero barniz científico que por las últimas +reformas se le había dado. Seguíanse los cursos de física, de historia +natural, de matemáticas, de filosofía, pero con tan poco aprovechamiento +que ningún profesor se atrevía a dejar suspenso a un alumno, por mucho +que disparatase en el simulacro de examen que se hacía. En cambio +concedíase importancia decisiva a las prácticas religiosas, a todos los +ejercicios de piedad. Se pasaba el día orando, meditando. El alumno más +apreciado no era el que mejor dijese y entendiese las lecciones, sino el +que supiera pasar más horas de rodillas, o ayunase con más rigor, el más +silencioso y taciturno.</p> + +<p>La mayoría de los colegiales, hijos de labradores y artesanos, cumplía +con estos deberes<a name="page_51" id="page_51"></a> sin gran esfuerzo, viendo en ello una manera de +arribar pronto y sin dificultades al sacerdocio. El estudio les hubiera +mortificado más. Para Gil, tal género de vida representaba un trabajo +constante, una lucha consigo mismo. Su inteligencia vigorosa apetecía el +estudio, su fantasía el movimiento. Con sistemática tenacidad se puso a +contrariar las expansiones de su naturaleza, dio comienzo al lento +suicidio que primero había operado su maestro y antes todos los místicos +del mundo. Penetró en el pensamiento de aquél, participó del ideal +sombrío de su vida, de su furor de penitencias, de su desprecio de los +placeres, de los horrores y también de la ciencia del mundo. En esta +lucha con la carne hay su poesía. De otra suerte, no habría místicos. +Cuando terminó la carrera era el modelo que se ofrecía a los colegiales. +Humilde, reservado, grave y dulce a la par, rezador incansable y con la +nota de <i>meritissimus</i> en todos los cursos.</p> + +<p>Ya le tenemos ejerciendo el cargo de teniente párroco en Peñascosa. +Hubiera preferido marcharse a regentar una parroquia rural. El trato +mundanal le producía penosa impresión: para él Peñascosa, con su casino, +sus cafés y tertulias, era un centro de frivolidad, por no decir +corrupción. Pero Dª Eloisa y sus protectoras se habían empeñado en +tenerle en el pueblo, y el rector del seminario, su venerado maestro, le +aconsejó<a name="page_52" id="page_52"></a> que no desatendiese sus ruegos: si la frivolidad de la villa +le molestaba, su tarea, en cambio, sería más meritoria y fructífera; las +almas de los campesinos no necesitan tanto prolijo cuidado. Con la +emoción y el anhelo de quien pone mano en una obra sacratísima, dio +comienzo el nuevo presbítero a sus tareas. Levantábase al amanecer y se +dirigía a la iglesia, donde entraba el primero, antes que el sacristán. +Sentábase en el confesonario y allí permanecía escuchando a los que se +acercaban al sagrado tribunal hasta las ocho, hora en que decía su misa. +Después, aún se sentaba otro rato a confesar, y se iba a casa. Hasta la +hora de comer, estudio, meditación, rezo. Después otra vez a la iglesia: +rosario, enseñanza de doctrina, arreglo y aseo del templo. Desde que él +llegó, éste comenzó a estar limpio y decoroso. Sin reprenderle, logró +con el ejemplo, echando él mismo mano al plumero y a la escoba, que el +sacristán cumpliese con su deber. Pero en lo que más se placía su alma +fervorosa era en acudir prontamente al lado de los moribundos, en +permanecer clavado junto a su lecho, exhortándoles al arrepentimiento, +sosteniendo su confianza en Dios hasta que exhalaban el último suspiro. +Esta era la parte grata de su tarea, la obra verdaderamente divina que +le dejaba el corazón anegado de dulzura y entusiasmo. ¡Arrancar un alma<a name="page_53" id="page_53"></a> +de las garras del demonio! Cuando a la madrugada, después de cerrar los +ojos a un pobre feligrés, se dirigía a la iglesia transido de frío, rota +su flaca naturaleza por una noche de vigilia y trabajo, sus ojos se +posaban en aquel mar siempre colérico, en aquel cielo sombrío, y en vez +de sentir la tristeza y el dolor de la existencia, su espíritu se +dilataba por la alegría y acudían a sus ojos lágrimas de reconocimiento. +Era el gozo sublime de Jesús recorriendo a pie las abrasadas márgenes +del lago Tiberiade, anunciando el reinado del Padre; era el gozo de San +Francisco cuando tornaba a la <i>Porciúncula</i> con algún nuevo compañero de +penitencia; era el del santo rey Fernando al apoderarse de Sevilla; era, +en suma, el gozo de todos los apóstoles.</p> + +<p>Se había ido a vivir con el cura no por gusto, sino porque éste siempre +lo había tenido en que los tenientes (o excusadores, como allí se les +llamaba) viviesen a su lado, tal vez para tiranizarlos mejor. La +rectoral estaba situada no muy lejos de la iglesia, a la entrada misma +del Campo de los Desmayos. D. Miguel tenía por servidores una ama vieja +y un criado joven. Los goces espirituales del pobre Gil estaban bien +compensados con un sinnúmero de contrariedades y molestias que su rudo +párroco le hizo padecer en seguida. D. Miguel era tan bárbaro en la +vida<a name="page_54" id="page_54"></a> privada como en la pública. Su voluntad despótica se dejaba sentir +en todos los pormenores y en todos los momentos de la existencia. Luego, +si esta voluntad fuese racional, vaya con Dios; pero la del formidable +viejo era tan caprichosa como maligna. Se gozaba en contrariar los +deseos de los que a su alrededor estaban, por mínimos que fuesen. Al ama +la tenía frita: un día le impedía dormir la siesta, otro día le mataba +un perrito al cual tomara gran cariño, otro le tiraba los tiestos que +tenía en el balcón o la obligaba a permanecer en casa en ocasión de +cualquier gran solemnidad religiosa, o le hacía pagar un desperfecto de +la vajilla, etc., etc. Al criado le tostaba en parrilla: unas veces le +mandaba en tarde de romería a cualquier aldea con un recado +insignificante, para que no se recrease; otras veces le cerraba de noche +la puerta si llegaba un minuto más tarde de lo convenido y le hacía +dormir al sereno, o bien le obligaba a quitarse las patillas, o le +vestía el ropón del monaguillo porque notaba que esto le molestaba +mucho. Al excusador le crucificaba. Había tenido muchos, y a todos los +había estudiado silenciosamente durante algunos días para conocer sus +tendencias y aficiones. Una vez enterado, se ponía con particular +cuidado a contrariárselas. Al anterior, hombre obeso y amigo de los +placeres de la mesa, le hizo pasar cada hambre<a name="page_55" id="page_55"></a> que por milagro no +feneció; venía el infeliz de decir misa con ansia de tragarse el +chocolate. ¡Buen chocolate te dé Dios! El cura había mandado previamente +al ama a algún recado que durase dos horas por lo menos. ¡Qué debilidad, +qué sudores, qué congojas las del pobre capellán! Si llegaban en sus +paseos vespertinos a alguna casa donde les invitaban a merendar, el cura +rehusaba manifestando que ya lo habían hecho en casa. Él no padecía +porque era extremadamente sobrio, pero a su infeliz compañero se le +hacía la boca agua.</p> + +<p>El estudio de Gil le causó gran sorpresa. Entre los muchos tenientes que +habían desfilado por su casa no había tropezado con un místico hasta +ahora. Hubo alguno aficionado al culto y a la oración, pero sin la +ardiente piedad y el entusiasmo que éste mostraba. El cabecilla de don +Carlos le miró con una especie de curiosidad burlona, con la compasión +desdeñosa con que los viejos miran casi siempre las ilusiones y los +arrebatos de la juventud. Durante algún tiempo le dejó trabajar +libremente en la viña del Señor; la inocencia y la bondad de Gil +apagaban sus instintos malignos. Pero al fin éstos no pudieron +permanecer inactivos, y comenzó a poner obstáculos al apostolado de su +excusador. Unas veces le quitaba de predicar en determinados días, otras +le prohibía sentarse tantas horas en el confesonario<a name="page_56" id="page_56"></a> o le obligaba a +decir la misa más tarde. Hubo ocasiones en que, haciéndose el distraído, +llegó a dejarle encerrado en su habitación para que no pudiera decirla a +ninguna hora.</p> + +<p>Nuestro presbítero aceptaba resignado estos vejámenes y los encomendaba +a Dios, como todos los disgustos y alegrías que experimentaba en esta +vida. El carácter de D. Miguel le producía repugnancia y terror. Tenía +el espíritu demasiado inflamado por el amor divino para ver lo que había +de cómico e interesante en este personaje estrafalario, para +contemplarlo y estudiarlo con ojos de artista. Aquella violencia, mejor +aún, aquella ferocidad, turbaba su alma delicada; el poco apego que el +cura mostraba a los asuntos teológicos o de tejas arriba le indignaba; +pero sobre todo, la avaricia sórdida de aquel viejo, que estaba con un +pie en el sepulcro, del ministro de Aquel que dijo: «No queráis tener +oro, ni plata, ni dinero, ni en vuestros viajes llevéis alforja, dos +túnicas, ni zapatos, ni báculo,» le causaba repugnancia invencible. El +párroco de Peñascosa pasaba por hombre rico, y lo era en efecto. +Cincuenta años regentando una parroquia populosa y viviendo con +extremada economía, le habían permitido juntar un capital respetable. +Había comprado muchas tierras, pero se decía que guardaba en casa +también una gran cantidad en metálico. Y<a name="page_57" id="page_57"></a> así debía de ser, atento la +vigilancia que desplegaba, sobre todo de noche. Después que terminaban +su frugal cena y rezaban un padrenuestro en acción de gracias, D. Miguel +se levantaba, y tambaleándose un poco, porque el torso era más recio en +él que las piernas, se dirigía a la cómoda, sacaba de ella un par de +pistolas enormes de chispa, y con una en cada mano se encaminaba a su +alcoba, bajo la mirada atónita de Gil. Porque aunque todos los días se +repetía la escena, nunca dejaba de producirle estupefacción dolorosa. +¡Un sacerdote con dos pistolas en las manos, en aquellas mismas manos +que al día siguiente habían de tocar el cuerpo de nuestro Redentor! +Alguna vez había visto a su maestro el rector del seminario de Lancia en +la cama. Sobre su mesa de noche había un crucifijo de bronce y unas +disciplinas ensangrentadas. Al comparar ambos sacerdotes, no sólo sentía +crecer su admiración hacia este virtuosísimo varón, pero también, a +despecho suyo, nacía en su espíritu cierto desprecio hacia su párroco.</p> + +<p>Esto no obstante, su humildad le obligaba a rechazar este sentimiento y +a repetirse la frase común a todos los místicos: «Así y todo es mejor +que yo.» No sólo, pues, le miraba como su superior jerárquico y le +tributaba todo el respeto debido, sino que hacía esfuerzos por +representárselo mejor que él moralmente. En el confesonario se<a name="page_58" id="page_58"></a> le +ofrecían casos de conciencia complicados, que no entraban en las +fórmulas de los libros que había estudiado. Viéndose apurado para +resolverlos, acudía a D. Miguel en demanda de luces; le exponía +tímidamente el caso pidiéndole consejo. El antiguo cabecilla le +escuchaba con visible impaciencia y, frunciendo el torvo entrecejo, +solía contestarle ásperamente:</p> + +<p>—Anda adelante y no te detengas en pataratadas.</p> + +<p>¡Pataratadas! El cura de Peñascosa calificaba así los extravíos de una +conciencia, los dolores del remordimiento. El teniente se estremecía y +hacía lo posible por ahuyentar los pensamientos que en aquel momento +acudían en tropel a su cerebro. Concluyó por no pedirle consejo alguno, +y obró cuerdamente. La teología moral de don Miguel era sin duda más +deficiente que la táctica militar.</p> + +<p>Después de recoger el último suspiro de los moribundos, el gozo mayor +del novel presbítero consistía en sentarse en el confesonario y +esclarecer la conciencia de sus penitentes y conducirlos por el camino +de la perfección. Pero este gozo fue decayendo al observar la pequeñez, +la insignificancia de los sujetos que a su tribunal se acercaban. Casi +todos eran mujeres: por milagro llegaba un hombre a confesarse. Estas +mujeres, siempre las mismas y con los mismos pecados,<a name="page_59" id="page_59"></a> concluyeron por +aburrirle. Al principio, observando la docilidad con que escuchaban sus +consejos, la ardiente piedad que mostraban y afición a los sacramentos, +imaginó que le sería fácil hacerlas cada día mejores, levantarlas hasta +la santidad o poco menos. Pronto se convenció de que era más difícil +cambiar la vida de aquellas beatas que la de un pecador empedernido. Le +causó gran desaliento: comenzó a fastidiarse de aquellas nonadas, de +aquellas confidencias domésticas insulsas y necias con que las devotas +sazonan sus confesiones. Y no podía menos de admirar a su compañero el +P. Narciso, que se pasaba las horas muertas confesándolas con la misma +afición que el primer día. No sólo las confesaba, sino que, por uno u +otro motivo, siempre estaba entre ellas: unas veces eran las Flores de +Mayo, otras la novena de las Hijas de María, otras la congregación de +San Vicente de Paul, etc. El P. Narciso era, como ya sabemos, el +director espiritual y el ídolo del sexo femenino de Peñascosa.</p> + +<p>Sin embargo, desde la llegada del P. Gil al pueblo, el rebaño había +experimentado algunas bajas. Varias beatas abandonaron su sotana +protectora para colocarse bajo la férula del nuevo excusador. Éste no +tenía la verbosidad y la gracia del P. Narciso, ni se placía en gastar +bromitas saladas con sus penitentas; pero en cambio poseía una figura +delicada como la de un<a name="page_60" id="page_60"></a> querubín, una sonrisa dulce y melancólica y +modales tan suaves y distinguidos, que compensaban bien las cualidades +del otro. Algunas señoras así lo entendieron al menos, y se produjo la +desbandada que acabamos de indicar. Mas lo raro, lo estupendo del caso +fue que la oveja predilecta del capellán de Sarrió, aquella Obdulia de +quien murmuraban las jóvenes artesanas el día de misa nueva, abandonó +también a su pastor, con quien triscaba espiritualmente, al decir de +aquéllas, en el jardín de Montesinos, y vino humildemente a postrarse a +los pies del joven presbítero.</p> + +<p>Dos meses después de tomar éste posesión de su oficio, se hallaba una +tarde en el confesonario, rezando por su brevario de bolsillo. En la +capillita donde acostumbraba a sentarse no había nadie. Dos mujerucas a +quienes había confesado se habían ido ya. De pronto una figura elevada y +esbelta tapó a medias la puerta, por donde entraba alguna claridad, no +mucha. El P. Gil levantó los ojos y reconoció a la hija de Osuna. La +conocía mucho de vista, aunque jamás había hablado con ella. No ignoraba +que era penitenta muy asidua del P. Narciso, y aun habían llegado a sus +oídos ciertos rumores que rechazó, por supuesto, con indignación. Sin +embargo, aquella joven tan aficionada a la iglesia, tan suelta y +andariega, no le era simpática. Obdulia<a name="page_61" id="page_61"></a> tenía la tez pálida, +extremadamente pálida, donde brillaban unos ojos negros grandes y +hermosos como pocos. Sus cabellos eran negros también y abundantes, su +talle delgadísimo. Todo en su persona indicaba un temperamento +enfermizo. No podía llamársela con justicia hermosa, pero sí interesante +y distinguida. Avanzó lentamente por la capilla. El joven clérigo creyó +que vendría a hacerle alguna pregunta referente a la comunión general +del día siguiente. Pero en vez de eso, Obdulia se inclinó hacia él +tímidamente y le preguntó con voz temblorosa, donde se advertía extraña +emoción:</p> + +<p>—¿Me puede usted confesar?</p> + +<p>Quedó sorprendido y descontento. Tardó un instante en responder; al fin +dijo gravemente con manifiesta sequedad:</p> + +<p>—Para eso estoy aquí, para confesar a todo el que lo desee.</p> + +<p>La faz pálida de la joven se coloreó fuertemente, sus labios temblaron +como para dar las gracias; pero no dejaron escapar ningún sonido. +Arrodillose sobre la tarima contigua al confesonario, oró breves +instantes y acercó al fin su rostro demacrado a la ventanilla enrejada.</p> + +<p>El P. Gil estaba inquieto, muy poco satisfecho de aquella preferencia. +No que el confesar a una joven mas o menos agraciada le importase nada. +Era el suyo un temperamento puro, sosegado.<a name="page_62" id="page_62"></a> La lucha con la carne no le +había costado nunca grandes fatigas. Las mujeres eran para él seres +débiles, más necesitadas, por tanto, de protección y consejo: si había +que vivir siempre prevenido contra ellas, era porque los Santos Padres +así lo habían establecido, teniendo presente sin duda su frivolidad y su +naturaleza pecaminosa. El combate formidable que había necesitado +sostener no era contra la sensualidad, sino contra su espíritu analítico +lleno de curiosidad, enamorado de la ciencia. Su maestro venerado, el +rector del seminario, al verle entregado con ardor al estudio de las +matemáticas, de la física, de la filosofía, le había dado la voz de +alerta. ¿Por qué estudiar tanto? ¿A qué conducía, en último resultado, +la ciencia? Lo necesario para salvarse se podía aprender bien en un día, +en una hora, en un minuto. Lo importante no es saber, sino orar y +trabajar. El hombre virtuoso es el más sabio, porque conoce el camino +para llegar a Dios y lo sigue. Estas verdades se impusieron pronto a su +espíritu y le previnieron contra su curiosidad científica y le +impulsaron a sofocarla. Alentado por los consejos y por el ejemplo de su +maestro, había matado la sed de conocimientos con el refresco de la +oración y la penitencia. Logró, como él, amar lo inexplicable, lo +absurdo, porque esto satisface mejor los anhelos de un alma enamorada.<a name="page_63" id="page_63"></a></p> + +<p>Pero aunque la mujer no había sido para él jamás un peligro, guardaba en +el fondo de su ser hacia ella ese rencoroso desprecio que caracteriza a +todos los místicos, no por la influencia que sobre ellos puede ejercer, +sino por la funesta que despliega sobre otras pobres almas. En esta +ocasión los dichos que sobre aquella joven corrían, su fama de +caprichosa, estrambótica, despertaban en él cierto sentimiento de +hostilidad que se tradujo en una reprensión tan dulce en la forma como +severa en el fondo cuando la joven le dijo que no había tenido motivo +para variar de confesor.</p> + +<p>—No he hallado nada en él de malo... Solamente que pienso que no acaba +de entenderme—concluyó por manifestar, viéndose apretada.</p> + +<p>—Todo ministro del Señor—repuso ásperamente el P. Gil—entiende lo que +es pecado, y esto basta.</p> + +<p>Pero la confesión que siguió, larga, sincera, fervorosa, regada más de +una vez por las lágrimas, hizo cambiar la disposición del clérigo. +Comprendió que no se las había con un alma vulgar, con una mujerzuela +frívola, sino con una cristiana de corazón entusiasta como el suyo, +tocada del amor divino y ansiosa de perfección. Había sin duda bastante +incoherencia en sus frases, relataba pormenores ridículos y hasta necios +e indignos en ocasiones, pero en otras se mostraba<a name="page_64" id="page_64"></a> grande y fuerte, +pisoteando sus pasiones y lanzando su vuelo hacia la luz y la verdad. +Hubo momentos en que su novel confesor pensaba estar escrutando el alma +de una santa; hasta tal punto semejaban los ímpetus, los anhelos +místicos de aquella joven a lo que tenía leído en la vida de Santa +Teresa, Santa Catalina de Sena y otras gloriosas madres de la Iglesia. +El relato de las penitencias con que se mortificaba le impresionó +vivamente y le hizo formar de ella un concepto elevado.</p> + +<p>Sin darse cuenta de ello, Obdulia vino a hacer en aquella tarde una +confesión general. Al comunicar al nuevo confesor las flaquezas de su +temperamento, los movimientos pecaminosos de su alma, su vida entera le +acudió a la memoria: ¡una vida bien triste por cierto! Era hija de la +primera esposa que su padre había tenido: no había conocido a su madre. +Su padre había casado otras dos veces, pero no habían durado mucho sus +madrastras. Decíase en el pueblo que el lúbrico jorobado mataba a sus +mujeres a cosquillas. Esta especie monstruosa, que halagaba la +imaginación del vulgo, se la metían por el oído a Obdulia sus compañeras +de colegio para hacerle rabiar. ¡Oh, cuánto había sufrido escuchándolas +y observando el desprecio mezclado de terror que su padre inspiraba! +Éste era para ella cariñoso e indulgente. La pobre no comprendía la<a name="page_65" id="page_65"></a> +razón de tal desprecio, a no ser por la joroba que la naturaleza le +había dado. Parecíale, como es natural, enorme injusticia. ¿Tenía él por +ventura la culpa de no haber nacido derecho como los demás? Todavía +recordaba con lágrimas la noche en que algunos jóvenes ebrios le ataron +con una faja y le zambulleron en el mar repetidas veces entre bromas y +risotadas. ¡Pobre padre! ¡En qué estado de cólera y miseria llegó a +casa! Lo que no supo la niña fue que estos jóvenes le habían sorprendido +en un portal oscuro en situación poco decorosa. Se asombraba +dolorosamente cada vez que notaba el miedo que inspiraba a sus amigas; y +cuando alguna de éstas, más benévola que las otras, la mostraba +compasión, irritábase fuertemente sosteniendo con calor que su padre era +muy bueno y que la quería entrañablemente. Su naturaleza había sido +siempre pobre y enfermiza: varias veces se temió por su vida. Padeció +desde la infancia fuertes hemorragias por la nariz, que la dejaban +desangrada, aniquilada. Estuvo dos años, desde los doce hasta los +catorce, paralítica de ambas piernas. Su padre la había llevado a varios +establecimientos balnearios sin resultado: hasta que un día, sin saber +cómo ni por qué, echó a andar repentinamente. Otros muchos desórdenes +experimentó su organismo, sobre todo en el período de la adolescencia; +pero el más señalado, o por<a name="page_66" id="page_66"></a> lo menos el que más llamó la atención de la +gente y el que salía a relucir siempre que se hablaba de ella en la +villa, fue una aberración del apetito que la impulsaba a comer la cal de +las paredes. En vano se hicieron esfuerzos por su padre y maestras para +arrancarle este vicio; en vano se la castigaba, se la recluía, se le +ataban las manos. Al menor descuido, ya estaba descascarillando la pared +y haciendo en ella agujeros profundos.</p> + +<p>Ésta y otras aberraciones desaparecieron al hacerse mujer. Tuvo un +período, desde los diez y seis hasta los veinte años, en que su salud se +fortaleció notablemente, en que se hizo una joven gallarda y bien +parecida. Pronto se secó aquella flor, no obstante. Su salud quebrantose +de nuevo, y aunque no se repitieron los extraños desórdenes pasados, +comenzó a decaer visiblemente, a sentir frecuentes indisposiciones. Los +amigos y su mismo padre atribuían estas dolencias a sus largas oraciones +y penitencias. Le había acometido una afición desmedida a las prácticas +piadosas, a frecuentar los sacramentos y a permanecer horas y horas en +la iglesia. A pesar de las advertencias de todos y de los ruegos de su +padre, nunca quiso refrenar su piedad; antes iba cada día en aumento. La +influencia de D. Narciso quizá tuviera buena parte en ello.<a name="page_67" id="page_67"></a></p> + +<p>Había llegado Obdulia a los veintiocho años sin que hubiera tenido más +que unos amores, cuando contaba diez y siete. Fue novia de un mancebo de +Lancia que pasaba en Peñascosa largas temporadas en casa de unos amigos. +Llegaron estos amores a formalizarse. Se habló de boda, se hizo ropa la +novia, se fijó la época. De repente llega el padre del muchacho de la +isla de Cuba, y una noche lo empaqueta en la diligencia y se lo lleva, +no se sabe adónde. Después de este aborto de matrimonio, nada. El +carácter de Obdulia, ordinariamente alegre, se hizo desde entonces +melancólico y reservado. Sin duda el amor divino fue para ella un +consuelo en este fracaso del amor humano. Su carácter experimentó al +mismo tiempo una exaltación extraña. Antes, cualquier censura la echaba +a risa y no le impresionaba; ahora, la observación más delicada la +conmovía fuertemente, le hacía derramar copiosas lágrimas. Su amor +propio se había hecho tan nervioso, tan excitable, que el más ligero +choque con él sentíalo como una profunda puñalada. Su conciencia la +acusaba continuamente de orgullo. Sostenía contra sí misma una lucha +cruel, y no lograba calmar aquella singular irritabilidad.</p> + +<p>El P. Gil sondeó aquel día y los sucesivos (porque Obdulia se confesaba +a menudo) con profunda emoción un espíritu verdaderamente<a name="page_68" id="page_68"></a> piadoso, al +cual su lucha consigo mismo hacía aún más interesante. Era una de esas +almas que sólo había visto descritas en los libros místicos. Su inefable +dulzura, la sumisión con que recibía los consejos y advertencias, le +sedujo y le inquietó al mismo tiempo: le inquietó porque desconfiaba +mucho de si mismo, temía no acertar a comprender los anhelos ardientes, +las reconditeces sublimes de un ser superior a todos los que hasta +entonces había conocido. Comenzó a prestar intensa atención a las +extrañas confidencias de la joven, a sus escrúpulos, a sus alegrías y +terrores, a sus visiones, porque las tenía de vez en cuando. Y ya no le +sorprendió que los demás confesores no la hubiesen comprendido. +Recordaba lo que le sucediera a Santa Teresa, y se propuso con el +ejemplo no despreciar por ridículas ciertas menudencias, señales de una +conciencia siempre alerta, ni considerar como deslumbramientos y +trampantojos los que muy bien podrían ser favores reales del Cielo.</p> + +<p>Lo que más le impresionó en la piedad de su nueva penitenta fue el afán +de mortificarse. Trataba a su cuerpo sin compasión, un cuerpo delicado +como el tallo de una flor. Varias veces durante la noche levantábase a +orar; al amanecer, en los días más húmedos y fríos del año, salía de +casa para ir a la iglesia, donde pasaba algunas horas de rodillas; +ayunaba con un rigor<a name="page_69" id="page_69"></a> que no había visto ni en su ascético maestro del +seminario, abstinencias prolongadas, terribles, que parecían imposibles +de resistir; gastaba cilicios en las piernas y los brazos, y se +disciplinaba los viernes y en las vísperas de las fiestas señaladas. +Este desapego de la carne, este odio de la bestia nunca lo había sentido +el joven sacerdote. En vano se lo había querido inculcar su director +espiritual, en vano había trabajado toda su vida por adquirirlo. Todo +fue inútil. Las penitencias corporales le dolían, le aterraban de tal +modo que apenas comenzadas tenía que suspenderlas. Maltrataba a su +espíritu con gran valor, sofocaba en él toda aspiración, todo deseo que +le pareciese pecaminoso, lo humillaba siempre que quería; pero temía al +dolor físico como la más sensible damisela: de ello se acusaba al +confesor y se dolía en sus largas y fervorosas oraciones. Por eso las +ásperas penitencias de la joven le causaron una admiración ilimitada.</p> + +<p>Todos admiran más aquello que les falta. Nunca se sintió más humillado +ni dudó tanto de su virtud y su salvación. Y tomándolo como una +advertencia del Cielo, se propuso intentar nuevamente este camino de +perfección, por el cual habían andado todos los que verdaderamente +quieren acercarse a Dios. Alentado por el ejemplo de la piadosa +doncella, comenzó a maltratar su carne como ella: cada una de sus +confidencias<a name="page_70" id="page_70"></a> servíale de ejemplo. Quiso también ayunar rigurosamente, +quiso también levantarse al primer sueño y pasar una hora en cruz de +rodillas, quiso gastar cilicio, quiso disciplinarse. Fue un combate +terrible con su naturaleza pura y tranquila de hombre sin pasiones, que +no siente por tanto la necesidad de aquietarlas a latigazos.</p> + +<p>Su admiración por la virtuosa doncella le impulsó no sólo a tomarla de +ejemplo, sino también de consejera. Era tan humilde e inocente de +corazón que se sentía avergonzado teniendo que dirigir y reprender a +quien en el fondo consideraba como superior. Poco a poco comenzaron las +mutuas confidencias. El nuevo clérigo, no teniendo en Peñascosa un +director espiritual acomodado a su educación mística, abrió +insensiblemente su pecho y comunicó a la joven sus alegrías, sus +triunfos y sus desmayos en la vía de salud que se había trazado. Fue una +amistad espiritual, en que no se trataba otro asunto que el del servicio +de Dios, en que se pasaban largos ratos hablando dulcemente de las cosas +del Cielo. Ni faltaban tampoco en sus coloquios algunas bromitas +inocentes que los regocijaban por breves instantes.</p> + +<p>—Cuando usted se encuentre en el cielo—decía sonriendo el P. Gil,—muy +arrellanadita en la silla que le corresponda, ¡qué poco se acordará<a name="page_71" id="page_71"></a> de +su pobre confesor, que estará padeciendo en el purgatorio!</p> + +<p>—¡No diga eso, padre! Si usted no va derecho al cielo, ¿quién ha de ir?</p> + +<p>—¡Oh, no!—respondía con un suspiro el sacerdote.—Usted tiene formado +de mí un concepto muy equivocado... Yo soy un indigno pecador... Gracias +infinitas daré a Dios si me lleva al purgatorio, aunque esté allí miles +de años...</p> + +<p>Y lo decía de todo corazón el virtuoso clérigo. Creía de buena fe que, +porque no le era posible macerarse, no poseía una virtud sólida, y se +alegraba en el fondo del alma de haber tropezado con un ser que gozaba +de este privilegio. Acudíale a la memoria frecuentemente el ejemplo del +P. Gracián, a quien Santa Teresa tanto había ayudado en el camino de la +perfección con sus virtudes y consejos. Su amor platónico al ascetismo +le impulsaba a alentar en vez de reprimir prudentemente el de su +penitenta. Cada mortificación que ésta se infligía y temblando y +ruborizada venía a relatarle en el confesonario le causaba un gozo +profundo, le parecía un triunfo sobre el pecado y se forjaba la ilusión +de que a él le correspondía una parte de la victoria.</p> + +<p>Muchas y variadas fueron las que la valerosa doncella consiguió sobre la +carne en el espacio de pocos meses. Así como los hombres corrompidos +agotan su imaginación en busca de nuevos<a name="page_72" id="page_72"></a> placeres, así ella sobresalía +en la invención de variados tormentos para su delicado cuerpo. La +aprobación de su confesor, las frases de elogio que a despecho suyo se +le escapaban de los labios, indudablemente calentaban su fantasía y +aguijaban sus ímpetus. Un día se pasaba veinticuatro horas sin tomar +alimento, otro echaba ceniza en el plato que más le gustaba, otro se +ponía una camisa de lana burda a raíz de la carne, otro se disciplinaba +hasta saltar la sangre, etc.</p> + +<p>Cierta tarde se acercó al confesonario con la faz más radiante, con un +gozo intenso pintado en sus grandes ojos negros y misteriosos. Acababa +de lograr un nuevo triunfo sobre el enemigo y ansiaba comunicarlo a su +confesor. Pero éste, en vez de entretenerse en coloquios místicos como +otras veces, y de enterarse con afectuoso interés de sus penitencias, de +sus luchas con la carne, se atuvo severamente a los pecados. Se hallaba +quizá en un momento de melancolía o de concentración del pensamiento. +Mantúvose en una actitud reservada, hablando poco, tratándola casi como +a una desconocida. Esta reserva impresionó a la joven. Hallábase ella +precisamente en uno de esos momentos de expansión, en que la alegría +espiritual rebosa del pecho. Pensaba hacer partícipe de ella a su +virtuoso confesor. Mas hete aquí que a éste le da<a name="page_73" id="page_73"></a> por callar y abreviar +la confesión todo lo posible. La joven se levantó al fin triste y sin +poder reprimir un movimiento de despecho. Dio algunos pasos por la +capilla, que estaba solitaria. De repente, no pudiendo vencer el deseo +de hacer saber a su confesor la terrible penitencia que había llevado a +cabo, se acerca de nuevo al confesonario, no por la ventanilla, sino por +la puerta.</p> + +<p>—Padre—dice con voz temblorosa, ahogada por la emoción,—se me olvidó +decir que esta noche hice una penitencia que acaso, por excesiva, +pudiera ser un pecado.</p> + +<p>El joven presbítero levantó los ojos sin comprender bien, expresando una +muda interrogación.</p> + +<p>—Me he quemado con una plancha.</p> + +<p>El confesor permaneció silencioso, mirándola con ojos distraídos.</p> + +<p>—Me he puesto la plancha ardiendo en un brazo...</p> + +<p>El mismo silencio. El P. Gil, o estaba pensando en otra cosa, o el +estupor le había inmovilizado.</p> + +<p>Sin duda creyó lo primero Obdulia, porque dijo con cierta viveza:</p> + +<p>—Sí, señor, me he hecho en el brazo esta quemadura...</p> + +<p>Y al mismo tiempo levantó la manga del vestido<a name="page_74" id="page_74"></a> y puso al descubierto +una herida fea y dolorosa que tenía en el antebrazo.</p> + +<p>El sacerdote se encendió como una amapola, y volviendo prontamente la +cabeza, repuso con aspereza mirando a las tablas del confesonario:</p> + +<p>—Bueno, bueno... Deje usted... Me parece excesivo, en efecto... +Absténgase en adelante de hacer tales penitencias sin consultarlas antes +con su confesor.<a name="page_75" id="page_75"></a></p> + +<h3><a name="III" id="III"></a>III</h3> + +<p>A las ocho de la noche, después de haber cenado con D. Miguel y de +haberle visto retirarse a la cama en la dulce compañía de sus pistolas +de chispa, el P. Gil salió de la rectoral con dirección a la casa de su +protectora D.ª Eloisa Montesinos. Pocas veces iba a la tertulia que ésta +reunía por las noches. Ni tenía gusto en ello, ni el régimen severo de +la casa del cura lo consentía. Pero su protectora se había quejado del +abandono; hasta le pareció que estaba más fría con él. Temeroso de ser +tachado de ingratitud y apesadumbrado realmente, porque profesaba tierno +y respetuoso cariño a la bondadosa señora, resolviose a ir más a menudo, +haciéndolo así presente al párroco.</p> + +<p>El agua de un fuerte chubasco le azotó el rostro<a name="page_76" id="page_76"></a> al poner el pie fuera +de la puerta. Abrió el paraguas, mas a los pocos pasos, el viento que +soplaba huracanado en el Campo de los Desmayos se lo volvió. En la +imposibilidad de cerrarlo y sintiéndose empujado violentamente por el +huracán, el joven excusador se refugió en el negro, enorme portal de +Montesinos. Nunca pasaba por delante de él sin sentir cierto +estremecimiento de temor y curiosidad. En aquel sombrío palacio habitaba +un hombre misterioso de quien se contaban vagamente mil extrañas +historias, a quien se atribuían además ideas y frases escandalosas +contra la religión y sus ministros. El joven clérigo apenas le conocía. +D. Álvaro Montesinos había pasado casi toda su vida en Madrid. Hacía dos +o tres años solamente que había venido a establecerse a Peñascosa. Vivía +en un retiro casi absoluto, paseando alguna que otra rara vez por las +orillas del mar, enteramente solo. El resto de los días lo pasaba +encerrado en casa, según se decía, leyendo o escribiendo artículos +impíos. El clero de Peñascosa hablaba de él con cierto desprecio +rencoroso, del cual había llegado a participar el P. Gil, sin conocerle.</p> + +<p>Arregló su paraguas lo mejor que pudo, y como los ímpetus del viento +hubiesen sosegado un instante, saliose del portal, no sin dirigir una +mirada de miedo y hostilidad a la gran puerta negra del fondo, en lo +alto de la cual ardía tristemente<a name="page_77" id="page_77"></a> una lamparilla de aceite detrás de +una ventanilla enrejada. Salió del Campo de los Desmayos y, una vez en +la calle del Cuadrante (que así se llamaba la única grande y poblada de +Peñascosa), el viento ya no soplaba tan recio y pudo aprovecharse del +paraguas y llegar a casa de Dª Eloisa, situada en la plaza, sin mojarse +seriamente. La morada de D. Martín de las Casas era también antigua, +pero notablemente reformada, mucho más chica que la de su cuñado, con +todas las comodidades y aditamentos exigidos por las necesidades +modernas: portal de azulejos con cancela, escalera bien labrada de álamo +con pasamano charolado, las habitaciones con elegantes frisos y papeles, +todo muy aseado y pintadito.</p> + +<p>—¡Buenos ojos le vean, padre! ¡Qué caro se vende!—exclamó Dª Eloisa, +que desde que su protegido había recibido las sagradas órdenes no le +tuteaba.</p> + +<p>Al mismo tiempo se levantó y le besó la mano con verdadero afecto. Lo +mismo hicieron Dª Rita, Obdulia, que desde hacía poco tiempo era +tertulia asidua de la casa, Marcelina y también Dª Serafina Barrado, a +pesar de la mirada oblicua que le dirigió su capellán D. Joaquín. Dª +Marciala y Dª Filomena se hicieron las distraídas hablando con D. +Peregrín Casanova, y saludaron al fin desde su asiento con sonrisa +halagüeña.<a name="page_78" id="page_78"></a></p> + +<p>Mientras duraron las salutaciones, D. Narciso, que estaba arrimado de +espaldas al piano, no quitó los ojos de su compañero, unos ojos donde se +leían claramente la aversión y el recelo. Sin que el P. Gil la provocara +ni aun se diera bien cuenta de ella, existía viva rivalidad entre él y +D. Narciso, a quien había arrancado más de la mitad de las hijas de +confesión. Bien sabía Dios que no había hecho nada por conseguirlo; +antes, al contrario, le pesaba mucho cada vez que una de ellas se +acercaba a su confesonario. Pero ¿qué le tocaba hacer? Nada más que +confesarlas, pues era su obligación. Insistir mucho en que no variasen +de confesor era conceder demasiada importancia a la cuestión de persona: +no estaba dentro del espíritu del sacramento. Pero el capellán de Sarrió +no se hallaba penetrado de la intención de su compañero, y si se +hallaba, no alteraba gran cosa sus sentimientos. Ateníase al resultado, +y éste era triste para él. Antes de la llegada de Gil puede decirse que +campaba él sólo entre el bello sexo de Peñascosa y señoreaba sus +conciencias. Los demás capellanes no le hacían sombra alguna. Era el +niño mimado de las beatas. Ninguno de sus chistes, de sus pasos y gestos +pasaba inadvertido: las devotas que tenían la dicha de escucharlos o +presenciarlos, se encargaban prontamente de difundirlos entre sus +amigas. A cada instante testimonios irrecusables<a name="page_79" id="page_79"></a> de la viva simpatía y +veneración que despertaba en la villa: regalos de casullas, de +corporales bordados por dedos primorosos, de alzacuellos de raso, etc., +etc.; ofrendas más positivas aún, de jamones, botellas de jerez, tartas +y chocolate. D. Narciso tenía admirablemente cubiertas sus necesidades +espirituales y temporales. Era un pastor que apacentaba felizmente sus +ovejas, conduciéndolas con dulzura por el sendero de la virtud hacia el +paraíso y trasquilándolas de vez en cuando el rico vellón para que no se +enredaran en las zarzas.</p> + +<p>La aparición de su nuevo compañero vino a turbar aquella deliciosa +Arcadia mística. Las ovejas, acometidas súbito de agitación insana, se +pusieron a saltar y encabritarse cual si escuchasen los sones de un +caramillo encantado. Ni las pedradas ni los halagos lograron retener a +una gran parte de ellas. Quedó en cuadro su rebaño, y él, que había +tenido fuerzas para gobernar un hato tan considerable, desmayaba ahora +al verse solo, al percibir la hostilidad con que le miraban algunas de +sus antiguas y queridas ovejitas. Porque no solamente ya no llegaban a +su casa los ricos dones ultramarinos y nacionales de otros tiempos, sino +que con profundo dolor notaba que empezaba a discutírsele. Decíase entre +las damas piadosas, y esto llegaba a sus oídos, que, si era cierto que +tenía palabra más fácil que el joven<a name="page_80" id="page_80"></a> excusador, la mayor parte de las +veces «no había sustancia en lo que decía,» y que éste le aventajaba +mucho en peso, en razón natural y en instrucción. Hubo ocasión en que al +lanzar uno de sus chistes más picantes, relacionado como siempre con las +materias fecales, apenas produjo risa entre las oyentes, y supo que una +de ellas, después que se fue, le había calificado de grosero y mal +educado. De las gracias corporales no había que hablar, pues bien se le +alcanzaba que nunca podría competir con la delicada y gallarda figura de +su rival. En resumen, D. Narciso se sentía minado en los cimientos y +temía a cada instante venir al suelo. No es maravilla, pues, que la +mirada y el saludo con que acogió al joven presbítero fuesen menos +afectuosos de lo que debía esperarse. No recordaba poco ni mucho la +amable recepción que San Juan Bautista, maestro querido y celebrado, +hizo al joven y divino discípulo que le había de eclipsar en seguida.</p> + +<p>—No le riñas, mujer. ¿Sabes tú, por ventura, si le será fácil salir de +noche, con el miedo que D. Miguel tiene a los ladrones?—gritó D. Martín +de las Casas desde la mesa de tresillo donde jugaba con otros dos, un +cura y un seglar.</p> + +<p>—No, señor; no es eso—dijo el clérigo, ruborizándose bajo las miradas +de toda la tertulia.</p> + +<p>—¿Que no tiene D. Miguel miedo a los ladrones?<a name="page_81" id="page_81"></a>—preguntó con acento +afectadamente brusco el señor de las Casas.</p> + +<p>—Sí que lo tiene—repuso sonriendo dulcemente el joven, sentándose al +propio tiempo al lado de su madrina.—Sus razones habrá. Los ricos son +los que temen. Los pobres, como yo, están tranquilos.</p> + +<p>—Pero ¿tendrá el señor cura tanto dinero como se dice?—preguntó D.ª +Marciala con curiosidad.</p> + +<p>—Yo no puedo decir a usted, señora... Presumo que sí, porque atiende +mucho a su hacienda. Sus gastos son pequeños, y en vez de aumentarse los +va restringiendo cada día más. Donde entra mucho y sale poco no tiene +más remedio que hacerse montón.</p> + +<p>—Los derechos parroquiales deben producir mucho, ¿verdad?—preguntó con +más curiosidad aún la esposa del boticario de la plaza.</p> + +<p>—Ya comprenderá usted que en una parroquia tan extensa como ésta no han +de ser cortos.</p> + +<p>—Pero D. Miguel perdonará muchos de ellos—replicó la señora, con una +leve inflexión cómica en la voz.</p> + +<p>—Es posible, señora. Por mi parte, no lo he visto—repuso con perfecta +ingenuidad el excusador.</p> + +<p>D. Narciso y D. Joaquín, el capellán de la<a name="page_82" id="page_82"></a> señora de Barrado, cambiaron +una rápida mirada significativa.</p> + +<p>Este capellán era un joven delgado, con rosetas en las mejillas, indicio +de un temperamento enfermizo, los ojos vivos e insolentes, la nariz +fina, la boca pequeña, con un pliegue hipócrita y malicioso. Había sido +un criadillo que doña Serafina metió en casa para recados y servir a la +mesa, poco después de quedar viuda. Observando su listeza y encariñada +con él, una vez trasladado su domicilio a Lancia, le dio carrera, +enviándole al seminario. En las horas que le dejaban libres las clases, +Joaquín seguía desempeñando su oficio de criado. Luego que tomó las +órdenes le hizo su administrador; hoy era sus pies y sus manos. No salía +a la calle sino en su compañía, era su director espiritual y su +consejero temporal. Espectáculo curioso en verdad la trasformación +súbita de un doméstico en señor de su propia ama. Ésta le trataba de +usted, le llamaba siempre D. Joaquín y, públicamente al menos, le +prodigaba mil muestras de respeto, obligando asimismo a los criados a +tributárselo.</p> + +<p>D.ª Eloisa volvió a insistir, preguntando con acento cariñoso:</p> + +<p>—Entonces, ¿cuál es la razón de su retraimiento, pícaro?</p> + +<p>—Señora, comprendo que a D. Miguel no le gusta mucho que salga de +noche; pero la principal<a name="page_83" id="page_83"></a> razón es que la mayor parte de los días estoy +rendido... ¡Como me levanto a las cuatro de la madrugada!... Otras veces +necesito rezar un poco...</p> + +<p>—Usted trabaja demasiado, padre—dijo Marcelina, una joven soltera que, +al decir de la gente, frisaba ya en los cuarenta, fea, apergaminada, muy +habilidosa de manos y no poco también de lengua.—¡Tantas horas de +confesonario!... ¡Y luego los enfermos!...</p> + +<p>—Sin contar las horas que pasa de rodillas en oración...—apuntó con +timidez Obdulia. Después de soltar la frase se puso colorada.</p> + +<p>D. Narciso le clavó una mirada singular, entre irónica y agresiva, que +la joven no pudo ver, porque ponía empeño en no mirar cara a cara a su +antiguo confesor.</p> + +<p>El P. Gil hizo un gesto de impaciencia, molestado por aquellos elogios, +y para desviar la conversación de su persona, se encaró con uno de los +que jugaban al tresillo.</p> + +<p>—Señor Consejero, hoy le he visto desde la rectoral sacar con la caña +un pez muy gordo. Por cierto que me pareció un salmonete, y a D. Miguel +una robaliza. Hemos disputado un poco.</p> + +<p>—Tiene mejor vista el cura que usted. Una robaliza era—dijo gravemente +el caballero interpelado, sin levantar la vista de las cartas.<a name="page_84" id="page_84"></a></p> + +<p>Este D. Romualdo Consejero era un anciano de bigote y cortas patillas +blancas, color cetrino, la frente surcada con profundas arrugas, los +ojos grandes, severos, de párpados caídos. No sonreía jamás. Hablaba +constantemente con acento de mal humor, como hombre desengañado de todo.</p> + +<p>—Los salmonetes no caen en el muelle, don Gil de las calzas +verdes—profirió el señor de las Casas con su habitual rudeza, por no +decir grosería. Solía llamar así, en broma, a su antiguo protegido.</p> + +<p>—Sí caen tal, D. Martín de las Casas blancas—profirió con voz sorda +Consejero.</p> + +<p>Los tertulianos rieron, lo cual amoscó un tanto a D. Martín, hombre, +como ya sabemos, propenso a irritarse.</p> + +<p>—Yo lo creía así, Consejero de picardías—respondió con retintín, +mirándole a la cara fijamente, y poniendo sobre la mesa al mismo tiempo +un rey de copas.</p> + +<p>—Pues creía usted muy mal—replicó el anciano, siempre con los ojos +sobre las cartas.—También creía usted que ese rey de copas iba a pasar +triunfante, y... vea usted, ¡lo fallo!</p> + +<p>—Eso lo hará usted porque es un grosero y ha adquirido malas mañas allá +por Málaga. Aquí el padre Norberto de seguro no lo hubiera hecho.<a name="page_85" id="page_85"></a></p> + +<p>—¡No, no! Yo soy incapaz...—dijo el cura, sofocado por la risa, +tosiendo hasta reventar.—No he salido de Peñascosa... Yo lo que hago es +achicarme y correr ese punto de oros de mi compañero.</p> + +<p>Y puso sobre la mesa un cuatro.</p> + +<p>—¡Hurra por el cura!—rugió D. Martín, echando el caballo y recogiendo +la baza.</p> + +<p>—Amigo, yo pensé que D. Martín no tendría el caballo—suspiró D. +Norberto, dirigiéndose a Consejero con ojos de angustia.</p> + +<p>—Lo pensó usted porque es un babieca y lo ha sido toda su vida—repuso +éste con afectada naturalidad donde se traslucía la cólera.</p> + +<p>—¡Pero hombre de Dios!...—exclamó el clérigo, disponiéndose a dar +explicaciones.</p> + +<p>Consejero le atajó con ademán colérico, poniendo resueltamente las +cartas boca abajo sobre la mesa.</p> + +<p>—¡Hombre del diablo! digo yo... ¿Cómo se le ocurre a usted correr un +punto no estando cubierto?...</p> + +<p>Armose una disputa violenta que duró breves instantes. Las de Consejero +y el P. Norberto no se prolongaban mucho tiempo, porque éste, hombre de +buena pasta, flemático, concluía por callarse alzando los hombros con +resignación y sacudiendo al mismo tiempo la cabeza en señal de muda +protesta. Las que se eternizaban eran<a name="page_86" id="page_86"></a> las de Consejero con D. Martín, +siendo ambos a cual más irascible y tozudo.</p> + +<p>D. Martín de las Casas, teniente coronel retirado, que había hecho la +guerra de Cuba, donde había recibido una herida en un hombro que le +impidió continuar en el servicio, se creía en el caso, por su profesión, +de llevarlo todo por la tremenda. Desde el año 1873 en que pasó al +cuerpo de Inválidos no volvió a salir de Peñascosa. Contaba en aquella +época cuarenta y dos años. Su esposa se alegró de aquel retiro forzoso, +aunque deplorase que viniera al seno de la familia con un hombro de +algodón. Consideraba como virtud excelsa, privativa del militar, la +energía lo mismo en el campo de batalla que tomando café en el casino. +Sus disputas, sus baladronadas en este centro de recreo eran +proverbiales en Peñascosa y las bofetadas que solía repartir al final de +ellas también. Desde la llegada del tremendo teniente coronel ningún +vecino, por grave y respetable que fuese, estaba seguro. Muchos hidalgos +y ricos hacendados de la villa, que hasta entonces habían conservado +inmaculadas sus mejillas, ni soñaban con que nadie pudiese atentar a +ellas, las vieron selladas y rubricadas cuando más descuidados estaban +por los dedos del feroz inválido. Esto fue causa de un lento reflujo +entre sus amigos y conocidos, que le habían recibido cordialmente a su +vuelta del servicio. El movimiento no engendró<a name="page_87" id="page_87"></a> aquí el calor sino el +frío. Poco a poco fueron dejándole aislado, juzgando su sociedad +peligrosa. Se vio necesitado a alternar con gentecilla de poco más o +menos y con clérigos, que por su sagrado carácter estaban libres de sus +manos expeditas, o así lo parecía al menos. En el casino se le veía +rodeado casi siempre de dos escribientillos de casas de comercio, un +profesor de música, un maestro de obras y otros tres o cuatro individuos +del mismo porte. Le escuchaban como un oráculo, y si alguna vez en el +calor de la improvisación les largaba un soplamocos, blasfemaban un poco +por dignidad y volvían en seguida a las buenas.</p> + +<p>Consejero formaba excepción. Tenía peor genio que él. En el de D. Martín +había mucho de afectado y profesional: el de aquél era puro y nativo. +Pero su avanzada edad, su debilidad física y sus achaques le ponían a +cubierto de cualquier brutal agresión por parte de su amigo. Éste solía +concluir la disputa con un gesto violento de desprecio. Alguna vez llegó +a decirle:</p> + +<p>—D. Romualdo, si usted tuviera treinta años menos, le estampaba contra +la pared.</p> + +<p>D. Romualdo vivía sólo. Un hijo que tenía empleado en Málaga se le había +muerto hacía cuatro años. Disfrutaba una pequeña renta, suficiente a +subvenir a sus cortas necesidades, y no tenía otra ocupación que pescar +con caña, ni<a name="page_88" id="page_88"></a> otro recreo que el de jugar al tresillo. La vida se partía +para Consejero entre los anzuelos y los naipes. La mañana se la pasaba +entera sentado sobre su sillita de tijera en el muelle, o en las peñas +de tras la iglesia, con un sombrero de jipijapa si hacía sol o un +paraguas si llovía. Por la tarde, tresillo en el casino hasta las cuatro +en que de nuevo tomaba la caña. Por la noche, tresillo en casa de D. +Martín con éste y el P. Norberto.</p> + +<p>Era éste un clérigo al cual se le podrían echar cuarenta años de edad, +aunque pasaba bastante de cincuenta, grueso, rollizo, colorado, +admirable dentadura, los ojos redondos y saltones, la nariz ancha, sin +una cana en el pelo ni una arruga en el rostro. Hablaba poco y reía +mucho. Todo le hacía gracia: vivía en perpetuo espasmo de alegría y +admiración. Celebraba cualquier insulsez de los amigos como el chiste +más acerado, hasta verse obligado a sujetar el vientre sacudido por los +flujos de risa. Y los reía de buena fe, sin asomo de hipocresía ni +adulación, lo cual, como es lógico, lisonjeaba el amor propio de los que +estaban a su lado. Por tal razón quizá, el P. Norberto gozaba de +generales simpatías en la villa y no era mal quisto de sus compañeros. +Sólo se le conocían tres pasiones, los callos guisados, el tresillo y +otra de que más adelante hablaremos. Cuando en una casa, de las que +frecuentaba,<a name="page_89" id="page_89"></a> había callos para la comida o la cena, ya se sabía que era +de rúbrica el convidarle. Se servía dos o tres platos colmados, se +desabrochaba, la frente le empezaba a ahumar y había que dejarle reposar +después una hora sobre la cama; si no, corría peligro de estallar como +una bomba. Consejero solía decirle que cada día comía más callos y +jugaba peor al tresillo. Y nunca soltaba la frase sin que el buen +clérigo se retorciese y sofocase de risa. Los chistes jamás se hacían +viejos para él.</p> + +<p>Las señoras apartaron prontamente su atención de los tresillistas así +que comenzaron a disputar. Todas las noches había una porción de +reyertas como ésta.</p> + +<p>—Y usted, D. Narciso, tampoco ha venido ni ayer ni anteayer. ¿Qué ha +sido de usted? ¿Reza también por las noches?—dijo D.ª Marciala, que +hacía calceta cerca de la mesa de tresillo; de vez en cuando alzaba las +manos hacia el quinqué de los jugadores, para tomar un punto que se le +había escapado.</p> + +<p>—No, señora; yo no soy gran rezador. No tengo la virtud de la oración. +En cambio me abstengo de ciertos vicios, como el de murmurar de mis +superiores y compañeros—profirió el capellán con acento insolente, +mirando con afectación al techo.</p> + +<p>La alusión iba directamente al excusador, que<a name="page_90" id="page_90"></a> acababa de hablar de la +avaricia del cura. Así lo entendió él, y si no lo hubiera entendido +claramente, se lo manifestaran los ojos de los circunstantes. Ante +aquella brutal agresión se le encendió el rostro como una brasa. Las +carcajadas malignas de D. Joaquín y D. Melchor concluyeron de turbarle.</p> + +<p>—¡Hombre, no está mal eso! ¡jo! ¡jo! ¡Me gusta eso! ¡jo! ¡jo! Está bien +eso de la abstención. ¡Mucho que sí! Tiene usted ingenio, D. Narciso. +¡Mucho ingenio! ¡jo! ¡jo! ¡jo!</p> + +<p>El P. Melchor se reía a boca llena de un modo insolente y grosero, +mirando alternativamente al joven excusador y a D. Narciso. El capellán +de D.ª Serafina también se reía con una risita aguda, minúscula, que +aparentaba sofocar llevándose el pañuelo a las narices. Las señoras +permanecían serias y disgustadas comprendiendo la venenosa intención del +capellán de Sarrió. Sólo D.ª Marciala sonreía frente a él aplaudiéndole.</p> + +<p>En Obdulia el dardo produjo aún impresión más dolorosa que en su +confesor. Sintiose invadida por un frío extraño acompañado de ligero +temblor; luego fuertes llamaradas de calor le subieron al rostro y con +ellas un vivo irracional deseo de lanzarse sobre D. Narciso y arañarle. +Costole trabajo inmenso dominar sus ímpetus.</p> + +<p>—Malo es murmurar—dijo D.ª Serafina Barrado para salir del silencio +embarazoso que reinaba,<a name="page_91" id="page_91"></a> disgustada como las demás por aquella +injustificada agresión;—pero muchas veces se toma por murmuración lo +que no es. Se habla de cualquier persona... por hablar de algo, sin +ánimo alguno de ofenderla. Hasta nos reímos muchas veces de sus manías, +y no dejamos por eso de estimarla, ni nos creemos superiores a ella...</p> + +<p>Al llegar aquí sus ojos tropezaron con los de su capellán, que había +cesado de reír y le clavaba una mirada fría y aguda como un puñal de +Albacete. La pobre señora quedó acortada y sólo tuvo ánimos para +concluir con voz más baja:</p> + +<p>—...Al menos, eso me pasa a mí...</p> + +<p>—Y le pasa a todo el que tiene un corazón franco, señora—dijo +impetuosamente Obdulia.</p> + +<p>—Sólo los envidiosos, los malintencionados saben dorar la píldora de +veneno y clavar el puñal cuando parece que están haciendo una caricia.</p> + +<p>La voz de la joven salía alterada, un poco ronca.</p> + +<p>D. Narciso dejó escapar una risita maligna y dijo con acento irónico:</p> + +<p>—¡Mire usted cuántas cosas sabe de teología moral la señorita! Habrá +que declararla doctora de la Iglesia, como a Santa Teresa.</p> + +<p>—¡Caramba, tampoco está mal eso! ¡jo! ¡jo! ¡Conque doctora de la +Iglesia! ¡jo! ¡jo!... ¡Pero qué perverso es este D. Narciso! ¡Jo! ¡jo! +¡jo!... ¡Es mucho D. Narciso!<a name="page_92" id="page_92"></a></p> + +<p>—No se ría usted tan fuerte, D. Melchor, que puede saltarle la +dentadura—dijo la joven, por cuyos ojos pasó un relámpago de cólera.</p> + +<p>El P. Melchor cesó de reír repentinamente. Este clérigo, de edad de +treinta y cinco a cuarenta años, alto, de facciones regulares, ojos +grandes y negros sin expresión, y figura triste y descuadernada, +presumía, según pública voz, de guapo, lo mismo que de inteligente, +maligno, ilustrado, etc., etc. La frase de Obdulia le hizo un efecto +terrible, porque imaginaba que lo de la dentadura postiza nadie lo sabía +más que Dios y el dentista de Lancia que se la había puesto. Murmuró +algunas frases incoherentes, pero Obdulia continuó sin hacer caso de él:</p> + +<p>—Yo de teología sólo sé que los sacerdotes están obligados a tener +oración, y que el alabarse de no rezar es más propio de impíos que de +ministros del Señor.</p> + +<p>Lo dijo con calma y naturalidad que hicieron más incisivo y profundo el +arañazo.</p> + +<p>—¿Y dónde ha aprendido usted tanto, señorita?—preguntó D. Narciso, +desconcertado ya.</p> + +<p>—Pues lo he aprendido en el catecismo explicado y en los sermones del +magistral de Lancia... a quien dicen por ahí que usted imita... pero +nada más que en los gestos, ¿sabe usted?</p> + +<p>D. Narciso se sintió herido en lo más vivo de su ser, porque +efectivamente hacía todo lo<a name="page_93" id="page_93"></a> posible por parecerse al magistral, notable +orador sagrado. Quedó algunos instantes silencioso y se disponía a +contestar, cuando vino a interrumpir el tiroteo la entrada de una nueva +señorita llamada Cándida, alta, delgada, enjuta y apretada, de la +familia de los bacalaos. Fortuna tuvo D. Narciso, pues en la disputa +llevaba la de perder. Obdulia poseía una imaginación vivísima, y antes +de haberse dado a la mística gozaba fama de alegre y chistosa entre sus +amigas.</p> + +<p>D.ª Eloisa aprovechó la oportunidad para cambiar la conversación, que se +había hecho peligrosa. Detrás de Cándida entró D.ª Teodora. Venía ésta +acompañada de D. Juan Casanova. Este recto y majestuoso caballero tenía +la costumbre desde tiempo inmemorial de hacer la tertulia por las noches +a D.ª Teodora. Cuando ésta venía a la de su amiga D.ª Eloisa, lo cual +sucedía una o dos veces por semana, la acompañaba juntamente con el +criado. D. Peregrín, después que llegó de su excursión burocrática por +Cataluña, también adquirió el hábito de pasar un rato todas las noches +en casa de D.ª Teodora.</p> + +<p>No es posible resolver cuándo y cómo nació en la mente del antiguo +oficial del gobierno civil de Tarragona la idea de suplantar a su +hermano en el corazón de la fresca señorita; pero es cosa averiguada que +nació, y que se desarrolló con<a name="page_94" id="page_94"></a> extraordinaria fuerza en poco tiempo. +Comenzó a tributarla mil atenciones, a recrearla con el sabroso +repertorio de sus recuerdos de empleado, a hacer gala en su presencia de +un ingenio sutil, de una facilidad pasmosa para los retruécanos. Procuró +asimismo demostrar su incontestable superioridad intelectual sobre su +hermano, llevando la contraria a cuanto decía, sonriendo +despreciativamente cuando hablaba, vejándole, en fin, de mil modos. D.ª +Teodora, sin embargo, resistió tenazmente esta suplantación. Aunque +debía de estar bien convencida de la superioridad de D. Peregrín, como +hombre de mundo y erudito, no por eso dejó de seguir prodigando a don +Juan las mismas señales de afecto. Al contrario, los desprecios de su +hermano no sirvieron más que para que se lo manifestase más vivo que +antes. Esto llenó de amargura el corazón de don Peregrín. Fue el motivo +más poderoso de rencor entre los muchos que tenía contra su hermano, +después de la estatura.</p> + +<p>Cándida fue a besar la mano del P. Melchor, de quien era hija de +confesión, y le consoló, con el respeto, la sumisión y el cariño con que +empezó a hablarle, del fracaso que acababa de experimentar.</p> + +<p>Apenas se acomodaron todos de nuevo, D. Peregrín, que hasta entonces se +había mantenido dentro de una locuacidad ordinaria, estimulado<a name="page_95" id="page_95"></a> por la +presencia de D.ª Teodora, quiso dar gallarda muestra de sus maravillosas +aptitudes para amenizar cualquier tertulia. Cogió por los pelos la +ocasión que le dio D. Narciso, al censurar lo mal empedradas que estaban +las calles de Peñascosa, para decir con su voz gangosa y penetrante en +una pausa:</p> + +<p>—Siendo yo gobernador de Tarragona...</p> + +<p>—¡Ya pareció Tarragona!—dijo sordamente Consejero, mientras colocaba +las cartas.</p> + +<p>Los que estaban cerca oyeron la exclamación y rieron. A los oídos de D. +Peregrín llegó el rumor, se detuvo un instante y dirigió una mirada +cobarde a Consejero. Después prosiguió con decisión su anécdota. Los +quince días que había desempeñado el gobierno de Tarragona, por ausencia +del gobernador y enfermedad del secretario, eran la edad de oro de la +existencia de don Peregrín, el período dulce y poético cuyo recuerdo +hacía vibrar siempre su corazón. ¡Cuántos sucesos en aquellos quince +días! ¡Cuántas imágenes brillantes de gloria y poder surgían en su mente +al pensar en ellos! Los más insignificantes pormenores de tan hermoso +sueño teníalos presentes cual si acabaran de efectuarse. Podría decir +cuántas veces había llovido en aquellos quince días, qué había comido y +bebido, de qué color eran los pantalones que gastaba. Durante algún +tiempo, cuando hablaba de esta época,<a name="page_96" id="page_96"></a> solía decir:—«Haciendo yo de +gobernador en Tarragona...» Más adelante sustituyó la frase con esta +otra:—«Siendo yo gobernador de Tarragona...»</p> + +<p>Y cuando era gobernador de Tarragona sucedió que la prensa local se +quejó del abandono de las calles, achacándolo, como todo lo demás que +andaba mal, a la administración conservadora. Entonces él, encargado de +velar por el gobierno y el partido, había llamado al alcalde a su +despacho y le había dicho: «Amigo mío...» Aquí una tirada de +observaciones que D. Peregrín, cada vez que la repetía, iba haciendo más +enérgica, hasta convertirla en severísima filípica. El alcalde le +respondía esto y lo otro (la respuesta del alcalde iba siendo cada vez +más débil e insignificante). Entonces él, sin descomponerse poco ni +mucho, con la mayor calma, como quien no dice nada, le replicaba: +«Querido alcalde, tiene usted dos caminos para elegir: o la suspensión, +o el arreglo inmediato de las calles.»</p> + +<p>—Al día siguiente, bien temprano, estaban trabajando dos cuadrillas de +obreros en las calles—terminó diciendo D. Peregrín con una fría sonrisa +maliciosa. La conclusión y la sonrisa eran lo único que no se iba +modificando lentamente en la interesante anécdota.</p> + +<p>O porque ya la hubieran oído muchas veces o por no tener el espíritu +bien dispuesto para esta<a name="page_97" id="page_97"></a> clase de confidencias administrativas, es lo +cierto que muy pocos eran los tertulios que atendían. Hablaban los unos +con los otros en parejas o en grupos de tres y de cuatro. Cándida +cuchicheaba con el P. Melchor, D.ª Eloisa con su ahijado el P. Gil y con +Obdulia, D. Joaquín con Marcelina, y el P. Narciso con D.ª Filomena. Se +puede asegurar que los únicos que escuchaban realmente al ex-gobernador +interino de Tarragona eran su hermano y D.ª Teodora, esto es, los que ya +conocían los pormenores de su gestión administrativa tan bien como él. +Porque D.ª Serafina Barrado, aunque estaba inmóvil y atenta con los ojos +puestos en el orador, ofrecía tal vaguedad en la mirada, que bien se +echaba de ver que se hallaba muy lejos de lo que decía. Lo que esta +señora escuchaba, con imperceptibles estremecimientos de dolor y rabia, +era el rumor de la plática de su capellán con Marcelina. Hacía ya +bastante tiempo que D. Joaquín distinguía mucho a esta señorita, su +penitenta. Estas distinciones llegaban al alma a D.ª Serafina, que por +lo visto aspiraba al monopolio de ellas. Teniendo en cuenta que el +capellán, fuera del acto de ser engendrado y nacer, era en un todo +hechura suya, parecía que tenía derecho a ello. Mas él no lo creía así, +o sentía placer en agitarla con desvíos y seriedades injustificadas. No +se pasaba un día sin que la buena señora experimentase<a name="page_98" id="page_98"></a> algún desaire +por parte de su protegido. Acaso ella tomase como tal lo que no era; +pero el clérigo, conociendo el afecto susceptible y celoso que le +profesaba, debiera mostrar más cuidado en evitárselos. Ahora se notaba +bien claramente que sus apartes y cuchicheos eran intencionados: acaso +tuvieran por fin castigarla por la defensa indirecta que había hecho del +P. Gil, a quien D. Joaquín odiaba a par de muerte.</p> + +<p>D.ª Marciala, más franca o más colérica, apenas quitaba los ojos de D. +Narciso y D.ª Filomena, unos ojos escrutadores, inquietos, por donde +pasaban de vez en cuando relámpagos de ira. En los centros de +murmuración de la villa decíase que D.ª Marciala estaba enamorada del P. +Narciso. Aunque esto no sea creíble, por tratarse de una señora que toda +la vida se había manifestado muy circunspecta y religiosa, no hay duda +que sus familiaridades con el clérigo podían dar lugar a torcidas +interpretaciones entre la gente propensa a pensar mal del prójimo. Había +casado ya tarde, cuando contaba más de treinta años, con D. José María, +el boticario de la plaza. Éste, que había sido toda su vida un +republicano rabioso, que apenas frecuentaba la iglesia, y que reunía en +su trastienda por las noches un grupo de demócratas (masones los +llamaban las beatas del pueblo), por el influjo de su piadosa mujer +había ido cambiando<a name="page_99" id="page_99"></a> poco a poco de opinión. Principió por alejarse de +la política y dejar la suscrición a <i>El Motín</i>; después fue eliminando +de su tertulia a los sujetos más exaltados y peligrosos; luego se le vio +alternando cortésmente con varios sacerdotes. Finalmente, como llegase +una misión de jesuitas a la villa, D.ª Marciala consiguió llevarle a +confesar con uno. Desde entonces se realizó un cambio completo y radical +en la vida de D. José María. El feroz republicano, suscritor de <i>El +Motín</i>, se trasformó en un cofrade de San Vicente de Paul, hermano del +Sagrado Corazón. Alumbraba en las procesiones, hacía la guardia al +Santísimo con escapulario al cuello, etc., etc. Y no sólo practicaba +todos los actos religiosos de un fervoroso creyente, sino que dio en +acompañarse de clérigos y en recibirlos en su trastienda, en vez de los +impíos que antes iban; de tal suerte, que su botica vino a ser al cabo +de algún tiempo el centro de reunión de los tradicionalistas de +Peñascosa. Tal fue la obra benemérita llevada a cabo con singular +fortaleza y habilidad por D.ª Marciala. En ella le ayudó muchísimo con +sus consejos el P. Narciso. Acaso por esta razón su alma quedó tan +ligada y agradecida a su director, que por no saber contenerse, daba +pávulo y estimulaba a las malas lenguas de Peñascosa.</p> + +<p>Fue, como ya sabemos, una de las que contribuyeron<a name="page_100" id="page_100"></a> a la educación y a +la carrera del P. Gil; pero en la deserción que se operó en el rebaño de +D. Narciso a la llegada de aquél, permaneció fiel a su pastor. Quizá +ayudase a mantenerla firme la huida de Obdulia, de quien ella tenía, +según fama, unos celos rabiosos, y por lo visto no le faltaba razón. +Aspiró a sustituir a ésta en la gracia del elocuente y donoso sacerdote, +y casi lo tenía conseguido. Desgraciadamente, se interpuso en su camino +D.ª Filomena, la viuda que ya conocemos, quien con más modestia y +reserva admiraba a su director espiritual y le prodigaba en silencio y +en la sombra mil atenciones delicadas, que concluyeron por hacer mella +en su corazón. No significa esto que dejase de considerar y atender como +debía a D.ª Marciala; pero se observaba en él de algún tiempo a aquella +parte más inclinación hacia D.ª Filomena, aunque nunca por supuesto tan +señalada como la que había sentido por Obdulia.</p> + +<p>En la tertulia de D.ª Eloisa se agitaban mil dulces sentimientos, a los +cuales, como la sombra a la luz, acompañan siempre otros amargos. Varias +jóvenes solteras, a quienes el tiempo y los desengaños habían hecho más +reflexivas, algunas señoras casadas en las cuales sus maridos no habían +podido extinguir la sed de lo infinito, y tal que otra viuda necesitada +de consuelos, se reunían todas las noches en torno de media docena<a name="page_101" id="page_101"></a> de +presbíteros, formando un grupo interesante y conmovedor. Aquel pequeño +mundo, ajeno enteramente a las luchas de la política, de la ciencia y de +los intereses materiales, representaba un oasis deleitoso enmedio de la +corrupción general de las costumbres. La perfecta sumisión de aquellas +almas femeninas a sus directores, la benevolencia y la ternura con que +éstos se esforzaban en conducirlas por el sendero de la virtud, +prestaban a la tertulia un carácter suave, inocente y piadoso que no se +hallará seguramente en las exclusivamente seglares. Existía una dichosa +compenetración de lo espiritual en lo temporal; era una imagen +aproximada de lo que debe ser el reinado de Dios sobre la tierra.</p> + +<p>El rebaño místico se repartía, como era natural. Cada clérigo tenía sus +hijas de confesión, que le obedecían y le admiraban. Y ellos, +aprovechando, como expertos y hábiles pastores, el carácter y condición +de cada oveja, solían estimularlas por medio de acertados manejos, ora +halagando su amor propio, ora mortificándolo unas veces con celos, otras +con saludable frialdad, otras con alguna lisonja adecuada. Ni faltaban +tampoco en aquella exquisita sociedad algunos honestos recreos. No era +todo hacer calceta ni colchas de crochet: también se rendía culto a la +música. El P. Norberto era organista de la iglesia, y aunque conocía +poca música profana,<a name="page_102" id="page_102"></a> algunos <i>nocturnos</i> tocaba, y cuando no, +acompañaba al P. Narciso, que entre sus múltiples habilidades tenía la +de tocar en la flauta dos o tres pavanas y la sinfonía de <i>Juana de +Arco</i>. También Marcelina sabía cantar <i>La Stella confidente</i> y la +<i>Plegaria a la Virgen</i>. D. Melchor sabía hacer algunos juegos de manos; +D. Peregrín Casanova sazonaba la tertulia con salerosos cuentos; Cándida +recitaba admirablemente al piano varias fábulas morales; por último, el +P. Joaquín tocaba, rascando los dientes con las uñas, cualquier pieza +musical, y remedaba el grito del gallo con tal perfección que cualquiera +le confundía con este bípedo.</p> + +<p>Aquella noche no hubo música. Los ánimos estaban un poco abstraídos. +Reinaba cierta inquietud en la tertulia, motivada por la presencia del +P. Gil, a quien ninguno de sus colegas, si se exceptúa el P. Norberto, +mostraba simpatía. La conversación fue rodando de uno en otro asunto, +todos de poca monta. En un momento de silencio, D. Juan Casanova, que +tenía la cabeza inclinada hacia un lado, sin duda por el excesivo peso +del cerebro, la descargó algún tanto, diciendo con su acostumbrada +solemnidad:</p> + +<p>—Eloisa, hoy he hallado a su hermano Álvaro en el paseo de la Atalaya. +Llevaba un pantalón de cuadros.<a name="page_103" id="page_103"></a></p> + +<p>D.ª Eloisa suspiró, como siempre que se tocaba el punto de su hermano.</p> + +<p>—Estos días ha estado un poco enfermo. Me lo ha dicho el +criado—manifestó dirigiendo una mirada tímida a la mesa donde jugaba su +marido.</p> + +<p>D. Martín y su cuñado hacía tiempo que no se relacionaban. Por el motivo +baladí de un mueble de la casa que aquél pretendía llevar a la suya, sin +derecho alguno, rompieron de un modo violento. D. Martín (¿cómo no?) +puso la mano en la cara a su cuñado, y a más de esto le desafió. Desde +entonces, absoluta separación entre ambos. D. Álvaro vivía en su enorme +casa, enteramente solo, y D. Martín en la suya con su esposa. Ésta, de +vez en cuando, a escondidas de don Martín, iba a visitar a su hermano.</p> + +<p>—No parece que goza de buena salud—dijo el P. Gil, a quien sin saber +por qué interesaba aquel hombre.</p> + +<p>—¡Oh! Sumamente enfermizo y delicado. Sólo cuidándose mucho puede ir +viviendo.</p> + +<p>Los clérigos, como siempre que se trataba de Montesinos en presencia de +su hermana, guardaban un silencio sombrío, con la cara larga y +enfoscada. Si no estuviera ella, de seguro hubieran soltado alguna frase +de indignación o algún sarcasmo contra aquel impío, que tenía +escandalizada a la villa con sus opiniones y con su<a name="page_104" id="page_104"></a> conducta. A duras +penas respetaban el lazo estrecho de familia.</p> + +<p>Hubo un silencio lúgubre, porque las damas, comprendiendo lo que pasaba +en lo interior de sus directores espirituales, no osaban hablar. D.ª +Eloisa tornó a exhalar otro suspiro y dijo con acento dolorido, como si +terminase en alta voz un monólogo:</p> + +<p>—¡Qué lástima que le hayan pervertido en Madrid! Álvaro tiene buen +corazón... y todos dicen que es hombre de talento.</p> + +<p>Los clérigos se sintieron molestados por aquellos elogios. Uno de ellos, +el P. Melchor, se atrevió a decir con sonrisita de suficiencia:</p> + +<p>—Señora, permítame usted que no reconozca talento en quien no admite +las verdades de nuestra santa religión.</p> + +<p>—A lo menos fue el primero en su cátedra y pasaba entre sus profesores +por un chico despejado.</p> + +<p>—Y lo será, señora,—dijo el P. Gil, a quien el tonillo agresivo de su +compañero había disgustado.—Se puede tener talento y estar obcecado en +cualquier asunto. Su hermano, desgraciadamente, lo está en lo que se +refiere al más interesante para el hombre. Mas no hay razón para negarle +el talento. Los grandes heresiarcas lo han tenido; si no fuese así, +seguramente no habrían podido dar apariencia de verdad al error y +engañar tanta gente.<a name="page_105" id="page_105"></a></p> + +<p>Aunque se sintiese herido en lo vivo por esta réplica indirecta, el P. +Melchor no osó responder, y prefirió hacerse el distraído devorando su +enojo. Por más que no la confesasen, todos los clérigos de Peñascosa +sentían la superioridad del P. Gil, que achacaban, por supuesto, a que +era el único entre ellos que había seguido la carrera lata de teología. +Ningún otro intentó tampoco llevarle la contraria por temor de hacer un +mal papel.</p> + +<p>La conversación se encauzó por otro lado. Charlose animadamente del +proyecto de construcción de una nueva iglesia, cerca de la plaza, echado +a volar por varios vecinos y al cual se oponía con todas sus fuerzas el +cura, por temor de que se dividiera la parroquia. Los jugadores seguían +en sus alternativas de silencio y ruidosos altercados. El P. Gil quedó +mudo y pensativo, impresionado con lo que acababa de oír y decir. La +figura de Montesinos, a quien no había visto más de tres o cuatro veces +en su vida, y eso de lejos, flotaba en su imaginación despertando en él +viva curiosidad. La afirmación de doña Eloisa de que había sido siempre +el primero entre sus condiscípulos, contribuyó a hacer más grande, por +no decir más interesante a sus ojos, aquel hombre. Un deseo vago, +indefinido de acercarse y conquistarle nació en su mente. Cuando la +llegada de D. José María el boticario y de<a name="page_106" id="page_106"></a> Osuna dio la señal de +disolverse la tertulia, aún rodaba este pensamiento por su cerebro en +busca de forma.</p> + +<p>La noche seguía encapotada y triste. El cielo dejaba caer con pertinacia +una lluvia menuda y fría. En la puerta de la casa los tertulios se +dividieron: la mayor parte se quedó por las inmediaciones de la plaza, +otros siguieron por la calle del Cuadrante. Y en ella se fueron +separando todos hasta que quedaron solos el P. Gil, Osuna y su hija, los +únicos que vivían en el Campo de los Desmayos. Obdulia maniobró para que +el P. Gil la tapase con su paraguas. El jorobado marchaba detrás, +satisfecho de no pasar por la humillación de que su hija le tapase, pues +a causa de la gran diferencia de estatura así sucedía siempre.</p> + +<p>Caminaron unos instantes en silencio, escuchando el estruendo lejano del +mar que batía contra las peñas y el leve rumor de la lluvia sobre el +paraguas. La joven esperaba que el P. Gil sacara la conversación de su +altercado con el P. Narciso, y de intento prolongaba indefinidamente el +silencio. Viéndole taciturno y abstraído, se aventuró a decirle con voz +temblorosa:</p> + +<p>—¿Está usted enfadado conmigo, padre?</p> + +<p>—¿Por qué?—preguntó el clérigo con sorpresa, saliendo repentinamente +de su meditación.<a name="page_107" id="page_107"></a></p> + +<p>—Por la disputa que he tenido con D. Narciso.</p> + +<p>—¡Ah! Sí... en efecto, no me ha gustado la actitud rebelde en que usted +se ha colocado frente a él. Es indigno de una joven humilde y virtuosa +como usted...</p> + +<p>Obdulia guardó silencio, sintiendo en el corazón la censura de su +director. Al cabo dijo, poniéndose colorada, lo cual nadie pudo +advertir:</p> + +<p>—Tiene usted razón; he cometido un pecado y me arrepiento...</p> + +<p>Después de una pausa larga, añadió humildemente:</p> + +<p>—No puede usted figurarse cuánto me disgusta el observar la envidia de +D. Narciso.</p> + +<p>—¿La envidia?—preguntó el sacerdote con sorpresa.—¿A quién tiene +envidia?</p> + +<p>—A usted, padre, a usted—repuso con firmeza la joven.</p> + +<p>—No, hija, no—dijo el P. Gil todo azorado.—Yo no puedo excitar la +envidia de nadie... Soy un pobre clérigo... un miserable pecador...</p> + +<p>—Pues así y todo... yo me entiendo...</p> + +<p>Repuesto de su turbación, el sacerdote dijo entonces con aspereza:</p> + +<p>—Ruego a usted que no vuelva a decir esas cosas, ni que las piense... +Se lo prohíbo... Advierta usted que se trata de dos sacerdotes—añadió<a name="page_108" id="page_108"></a> +después de una pausa, dulcificando la voz.</p> + +<p>Obdulia no replicó. Muda y con el corazón apretado por una pena extraña, +siguió marchando al lado del clérigo. Éste dirigió la palabra a Osuna +sin volverse:</p> + +<p>—Al llegar al Campo vamos a sentir el aire, señor Osuna.</p> + +<p>—¿Cuándo no sopla en ese maldito Campo?—replicó el jorobado con mal +humor.</p> + +<p>Y en efecto, al abocar a él, una ráfaga violenta les azotó el rostro y +estuvo a punto de volverles los paraguas. La sotana del clérigo, las +enaguas de la joven tremolaron: les costaba trabajo avanzar.</p> + +<p>Por fin alcanzaron el gran portal de Montesinos. Se limpiaron el rostro +con el pañuelo y repusieron el desorden de sus vestidos. El P. Gil +volvió a dirigir una mirada curiosa y escrutadora a la oscura puerta en +cuya cima ardía siempre la lamparita de aceite.</p> + +<p>—Adiós, señor Osuna, que usted descanse—dijo tendiendo la mano al +jorobado.</p> + +<p>Luego tuvo un momento de indecisión: iba a tendérsela a Obdulia; pero +turbado por la mirada intensa y extática que la joven le clavaba, la +llevó al sombrero y se inclinó gravemente, diciendo:</p> + +<p>—Buenas noches, señorita.</p> + +<p>Alzó de nuevo el paraguas y salvó de prisa la<a name="page_109" id="page_109"></a> distancia que le separaba +de la rectoral. Los ojos de Obdulia, inmóvil a la puerta mientras su +padre llamaba, le siguieron algún tiempo.</p> + +<p>Antes de penetrar en la rectoral, el P. Gil volviose y quedó inmóvil +también algunos instantes. Pero sus ojos no buscaron la puerta de donde +aquélla acababa de desaparecer. Fueron más arriba, abrazaron de una vez +la extensa y sombría fachada de la gran casa solariega que, avezada a +los golpes del huracán, dormía grave y desdeñosa bajo la intemperie. +Contemplola larga, atentamente. Sus ojos brillaron con un fuego de gozo +místico. Era la mirada del apóstol, ávida, tierna, clemente. Tal debió +ser la expresión que reflejaron los ojos de San Pedro a la vista de +Roma.<a name="page_111" id="page_111"></a><a name="page_110" id="page_110"></a></p> + +<h3><a name="IV" id="IV"></a>IV</h3> + +<p>Desde aquella noche el P. Gil no soñó con otra cosa. La fiebre del +apostolado le encendió de tal modo que no dejó rincón vacío en su +cerebro para otro pensamiento. Dentro de él entablose una lucha sorda +entre el deseo vivo y ardiente de ennoblecer su vida con la conquista de +un enemigo encarnizado de la Iglesia, y el miedo desapoderado, loco, que +sin saber por qué le inspiraba. En sus continuos paseos por la estancia +que ocupaba en la rectoral, mientras con el breviario en la mano decía +los rezos obligatorios, a menudo se detenía ante la ventana, levantaba +la punta del visillo y dirigía una mirada tímida y ansiosa al palacio de +Montesinos. Allí estaba, adusto, impenetrable, hostil como un baluarte +fabricado<a name="page_112" id="page_112"></a> por la impiedad. Los balcones eternamente cerrados. El hombre +misterioso que lo habitaba debía de odiar tanto la luz del sol como la +de la fe. El P. Gil dirigía luego la vista al cielo y daba gracias a +Dios desde el fondo del corazón por haberle tenido siempre de su mano, +por haberle hecho nacer y vivir en la región luminosa de las santas +creencias cristianas.</p> + +<p>En vano trató de inquirir pormenores de la vida y carácter de aquella +oveja descarriada a quien ansiaba traer al redil. Los datos que le +suministraron eran contradictorios. Mientras su hermana y algunas otras +personas se lo presentaban como un perfecto caballero, un hombre de buen +fondo, extraviado por las malas compañías y la lectura de libros impíos, +otras, que también pretendían conocerle desde la infancia, lo pintaban +como un ser avieso, mal intencionado, riendo siempre de las desgracias y +las flaquezas del prójimo, insolente y agresivo de palabra, ya que de +obra no podía serlo por su natural débil y enfermizo. A este propósito +narraban algunas anécdotas de su infancia y adolescencia que acreditaban +esta opinión. Otros, en fin, le tenían por un desdichado, por un hombre +a quien los desengaños de su carrera literaria y los profundos pesares +domésticos habían llenado el corazón de hiel. Suponían que Montesinos, +aficionado a las letras, enamorado de la gloria, había<a name="page_113" id="page_113"></a> ido a Madrid. En +vez de ella, sólo halló glacial indiferencia: esto, unido a la +catástrofe de su matrimonio, le había obligado a retirarse de nuevo a +Peñascosa «rabo entre piernas,» como decían pintorescamente los graves +biógrafos. Y terminaban afirmando que Montesinos desahogaba su amargura +y despecho blasfemando de palabra cuando se le presentaba la ocasión y +publicando artículos en los periódicos y revistas de los masones. El P. +Gil no sabía a qué atenerse. Inclinábase, no obstante, a esta última +opinión, que conciliaba hasta cierto punto la benévola de su hermana y +ciertos amigos con la mala fama que tenía en el pueblo. Lo que no dejaba +de sorprenderle era que mientras el clero y los tradicionalistas de +Peñascosa le detestaban cordialmente, los pocos republicanos y masones +que había en la villa no le demostraban estimación alguna. Decíase que +Montesinos se reía de ellos con más gana aún que de los católicos, y que +había huido constantemente su trato.</p> + +<p>Todas estas noticias, que recogía de un lado y de otro disimulando, por +supuesto, su proyecto, no eran a propósito para apartarle de él. El +misterio impenetrable que envolvía el carácter de aquel hombre le +interesaba cada día más, y más le atemorizaba. Sabía cuánto importaba +atraer un alma perdida al seno de la Iglesia; pero cuando esta alma era +la de un hereje, un enemigo<a name="page_114" id="page_114"></a> encarnizado de ella, el acto crecía +desmesuradamente a los ojos de Dios. Dando vueltas a la idea, concibió +varias veces el propósito de acercarse inmediatamente a él, hablarle y +convencerle con razones y con ruegos; mas pronto lo abandonaba temiendo +un fracaso. No era que le mortificase lo más mínimo en su amor propio: +estaba resuelto a padecer por Dios con alegría toda clase de martirios, +cuanto más una injuria. Lo que temía era tener que renunciar a una +empresa tan noble y gloriosa. Poco a poco llegó a convencerse de que el +mismo Dios se la encomendaba especialmente, que ésta era la tarea +principal que le había impuesto al enviarlo a Peñascosa. Y convencido de +que lo sublime del propósito no empece a que se adopten los medios más +eficaces para llevarlo a feliz remate, resolviose a comunicarlo con su +madrina doña Eloisa y a pedirle ayuda. Grande fue el gozo de la buena +señora al recibir la confidencia. Aplaudió de todas veras el proyecto, +que satisfacía los deseos más ardientes de su corazón, y prometió hacer +cuanto humanamente fuese posible por que tan hermoso sueño se realizase. +Hubo entre ambos largas pláticas, en que se buscaron y ponderaron los +medios de llevarlo a cabo; se trazaron y se rechazaron diferentes +planes; por último, quedaron convenidos en que el excusador fuese a la +morada de D. Álvaro por encargo de su hermana<a name="page_115" id="page_115"></a> a pedirle una limosna +para las viudas y los huérfanos de unos pescadores que habían perecido +recientemente en la mar. Aprovechando la ocasión, podía tantearle, +hacerse amigo suyo y dar comienzo poco a poco a la obra de su +conversión. D.ª Eloisa no dudaba del éxito, fiada en el buen fondo de su +hermano y en la virtud y la ciencia de su ahijado. Cuando alguna vez le +había hablado de las prácticas religiosas, Álvaro había respondido con +alguna invectiva grosera contra los clérigos de Peñascosa; a unos los +consideraba idiotas, a otros malvados; de todos se reía a mandíbula +batiente. Pero ¿qué podía decir de este muchacho tan bueno, tan +estudioso, de costumbres tan puras y austeras?</p> + +<p>Él no estaba tan confiado. A medida que se acercaba el día de la visita, +sentíase más agitado y medroso. Pedía con insistencia a Dios que le +diese fuerzas y valor, y preparaba sus argumentos y hasta sus frases con +una atención exagerada. Una mañana, después de haber estado en oración +largo rato, salió de la rectoral con paso firme, salvó la pequeña +distancia que le separaba del palacio de Montesinos, penetró en el +lóbrego portal y tiró del grasiento cordel de la campana. Ésta sonó a lo +lejos cascada y triste. El corazón del sacerdote se contrajo, a pesar +del ánimo que la oración le había infundido. Presentose al cabo de un +buen rato de espera<a name="page_116" id="page_116"></a> un criado anciano de semblante hosco. Al ver al +excusador, sus ojos duros y penetrantes expresaron asombro.</p> + +<p>—¿D. Álvaro está?</p> + +<p>Tardó en contestar.</p> + +<p>—¡Ya se ve que está!—respondió al cabo.—No sale nunca.</p> + +<p>—¿Y se le puede ver?</p> + +<p>—¿Por qué no?</p> + +<p>—Pues avísele usted que el teniente cura de la parroquia desea hablar +con él por encargo de su señora hermana D.ª Eloisa.</p> + +<p>—No hay necesidad. Venga usted conmigo—replicó bruscamente.</p> + +<p>Y después de cerrar y trancar con cuidado la puerta, echó a andar +delante. No dejó de sorprenderle al excusador el aire de autoridad del +viejo doméstico, y lo poco en que tenía la voluntad de su amo para +recibir o no las visitas. Después de atravesar un gran patio húmedo, mal +empedrado, donde crecía por todas partes la hierba, rodeado de columnas +toscas de piedra manchadas de musgo, ascendieron por una escalera de +piedra y tosca también, con los pasos gastados por el uso. En el piso +principal salvaron un ancho corredor abierto, con el pavimento de +madera, tan deteriorado que era preciso ir con cuidado para no meter el +pie por algún agujero. Por todas partes se observaba un<a name="page_117" id="page_117"></a> abandono +extraño; las paredes sucias, descascarilladas, el suelo con un dedo de +polvo, los techos agrietados: no parecía una casa habitada, sino una +antigua abadía solitaria. La gran casa solariega de los Montesinos se +pudría, se derrumbaba, sin que su dueño intentase en ella la menor +reforma, sin que lo advirtiese siquiera. En el piso segundo el criado le +condujo al través de varias salas destartaladas y lóbregas, abrió al fin +una puerta de cristales con visillos sucios, después de echar una mirada +por el interior, dijo:</p> + +<p>—No está aquí. Habrá subido a la biblioteca.</p> + +<p>Vuelta a desandar lo andado. Hallaron en el corredor una puertecita +estrecha, y por ella entró el criado seguido del clérigo, subiendo por +una escalera de caracol más oscura y más sucia aún que el resto de la +casa. Cuando iban hacia el medio, el P. Gil oyó en lo alto una tosecilla +seca que volvió a apretarle el corazón de temor. La biblioteca se +hallaba en una de las dos torres cuadradas que la casa tenía a los +lados. Había una pequeña antesala sin mueble alguno, con puerta de +madera sin pintar, charolada por el uso, que el viejo empujó, diciendo:</p> + +<p>—Álvaro, aquí tienes al señor excusador, que desea hablarte.</p> + +<p>El susto que éste llevaba en el cuerpo no le impidió sorprenderse de la +confianza extraña del<a name="page_118" id="page_118"></a> criado. ¡Un señor tan rico, tan noble, tan +misterioso, tuteado por un criado!</p> + +<p>La biblioteca corría parejas con el resto de la casa en lo destartalada +y sucia. Era una gran pieza cuadrada, de techo abovedado, cuyas paredes +estaban cubiertas a trechos de tosca estantería con libros. Éstos +andaban asimismo amontonados por el suelo sin orden ni curiosidad +alguna. Los había encuadernados con pasta antigua, los había también en +rústica modernísima, pero todos eran víctimas por igual del descuido de +su dueño y de la inclemencia del polvo. Dos ventanas de vidrios +emplomados, sin cortinas, esclarecían la estancia. Una estufa moderna, +cuyo tubo, sostenido por alambres, salía por un cristal roto, la +calentaba. Cerca de una mesa deteriorada, cubierta por un hule todo +salpicado de tinta, estaba sentado en un sillón antiguo de vaqueta un +hombre cuya figura y atavío correspondían perfectamente al decorado de +la estancia. Era menudo de cuerpo, gordo de cabeza, el rostro pálido, +nariz y labios finos, los ojos pequeños y de un color indefinible, el +cabello bermejo y ralo, las manos diminutas y descarnadas. Vestía una +bata usada, mugrienta, traía anudado al cuello un pañuelo de seda, y se +cubría las piernas y los pies con una manta de viaje tan rapada y +grasienta como la bata.</p> + +<p>Al abrirse la puerta levantó la cabeza, y sus<a name="page_119" id="page_119"></a> ojos verdosos con puntos +amarillos, como los de los gatos, se clavaron en el sacerdote con una +curiosidad que llegó a ser insolente por el acto de no levantarse más +que a medias del sillón ni hacer siquiera una inclinación de cabeza. El +P. Gil se había despojado del sombrero canal, y se inclinaba confuso y +molesto bajo aquella fría y escrutadora mirada. El criado se retiró y +entornó la puerta. Después de preguntarle por la salud, tardó en hallar +palabras el sacerdote.</p> + +<p>—Estará usted enterado, señor, de la desgracia que ha ocurrido hace +algunos días en la mar. Unas cuantas familias han quedado sin más amparo +que la capa del cielo y el de las almas caritativas. Confiado en la +caridad de este pueblo, emprendí la tarea de implorarla de casa en casa. +En cumplimiento de este deber y excitado por su señora hermana, me tomo +la libertad de venir a pedirle a usted para las pobres viudas y +huérfanos una limosna por el amor de Dios.</p> + +<p>El dueño de la casa le contempló todavía unos instantes. Luego sacó del +bolsillo una llave, abrió un cajón de la mesa, sacó unas monedas de oro +y, alargando la mano, las depositó silenciosamente en la del sacerdote.</p> + +<p>—Dios se lo pague a usted, señor—dijo éste.</p> + +<p>No había más remedio que retirarse. D. Álvaro no decía una palabra ni le +invitaba a sentarse. Pero el hacerlo sin tentar de algún modo<a name="page_120" id="page_120"></a> su +proyecto, le dolía tanto que permaneció inmóvil, a despecho de la mirada +de despedida que aquél le estaba clavando.</p> + +<p>—No me sorprende su generosidad—dijo.—Su señora hermana me había +hecho muchos elogios de su corazón, y veo que no estaba equivocada.</p> + +<p>—Supongo que a nadie más que a mi hermana habrá usted oído hacer +elogios de mi corazón.</p> + +<p>La voz del mayorazgo de Montesinos era singularmente armoniosa y dulce, +y contrastaba notablemente con lo inarmónico y triste de su figura. El +P. Gil, que era la rectitud personificada, quedó un instante suspenso.</p> + +<p>—En efecto, a nadie he oído hacer elogios de usted más que a su +hermana—dijo al cabo, con naturalidad.</p> + +<p>Montesinos no pareció disgustado con esta respuesta, pero sus ojos +brillaron con más curiosidad, y volvió a examinar atentamente al clérigo +de los pies a la cabeza.</p> + +<p>—Como los elogios de mi hermana no tienen valor alguno... saque usted +la consecuencia.</p> + +<p>Una levísima sonrisa apuntó a sus labios al pronunciar estas palabras.</p> + +<p>—Para juzgar a los hombres no me atengo al juicio de los hombres, sino +al de Dios. ¿Quién sabe la bondad o la maldad que pueden ocultarse en el +fondo de un alma? Hasta ahora lo único<a name="page_121" id="page_121"></a> positivo que sé respecto a +usted, señor, es que no he llamado en vano a su puerta, es que los +huérfanos desvalidos bendecirán su nombre y su corazón.</p> + +<p>Los ojos del caballero se desviaron bruscamente del clérigo y expresaron +malestar.</p> + +<p>—El dar una limosna más o menos crecida nada tiene que ver con la +bondad del corazón. Damos lo que nos sobra. ¿Está usted seguro de que si +el dinero que acabo de darle me hiciese falta se lo daría?</p> + +<p>—No, señor: de lo que estoy seguro es de que haría usted bien en darlo +aunque le hiciese falta—respondió gravemente el sacerdote.</p> + +<p>El aristócrata le miró aún con más interés y quedó unos instantes +pensativo. Luego alzó los hombros con indiferencia.</p> + +<p>—¡Ps! Yo no sé hasta qué punto es eso cierto. Suponiendo que mi dinero +sirviese para que vivan esos huérfanos, no es gran favor el que les +hago. Es más; si se considera lo que indudablemente les espera en esta +vida, puede asegurarse que les causo un terrible mal... Vivir abrumados +de trabajo, de sufrimientos, de angustias, y por fin de fiesta quizá una +muerte aterradora como la de sus padres allá entre las olas +embravecidas. ¡Hermoso porvenir! Bien pueden darnos las gracias esos +pobres chicos por la felicidad que les preparamos.<a name="page_122" id="page_122"></a></p> + +<p>—Todo hombre tiene un destino que cumplir sobre la tierra.</p> + +<p>—Conozco perfectamente ese destino. Padecer los innumerables dolores +que la naturaleza y nuestros semejantes nos proporcionan.</p> + +<p>—Y si los padecemos con paciencia y los encomendamos a Dios, lograr la +recompensa reservada a los buenos.</p> + +<p>D. Álvaro hizo una mueca de desdén, y levantándose de la silla con +señales de impaciencia, tendió la mano al sacerdote.</p> + +<p>—Señor excusador, nuestra conversación, si se prolongase, podría +convertirse en disputa. Siempre es mala educación disputar con las +personas que vienen a visitarnos, pero en este caso, tratándose de un +sacerdote, sería una verdadera ofensa.</p> + +<p>—Diga usted cuanto se le ocurra, señor. Mi deber es pregonar la verdad +sin temor a las ofensas.</p> + +<p>El caballero volvió a mirarle esta vez con una benevolencia compasiva, y +acercándose a él y poniéndole una mano sobre el hombro, le preguntó +sonriendo:</p> + +<p>—Vamos a ver, señor cura, si usted fuera Dios, ¿haría un mundo tan +perverso como éste?</p> + +<p>—Esa pregunta más parece una burla...—respondió con señales de +tristeza y disgusto el clérigo.<a name="page_123" id="page_123"></a></p> + +<p>—¡Lo ve usted cómo se ofende!... Lo que yo pretendo preguntarle es si, +teniendo usted en su mano fabricar un mundo bueno, poblado de seres +felices, eternamente felices, crearía usted por capricho otro lleno de +dolores, de tristezas, de amarguras, daría usted vida a unos pobres +seres, malos y buenos, por el gusto de recompensar a los buenos y +castigar a los malos.</p> + +<p>—Dios no ha creado el mundo malo, sino bueno. Fue el primer hombre +quien se acarreó todos los dolores con su desobediencia.</p> + +<p>—¡Ah, sí! El mito de la manzana. Yo no le creo a usted capaz, señor +excusador, de un capricho tan ridículo. ¿A qué conducía el reservar esa +manzana, sobre todo conociendo el carácter caprichoso de Eva y la +debilidad de Adán por ella? Pero dando por supuesto que esos dos +merecieran castigo, ¿qué tenemos que ver nosotros con su delito? Si una +persona le agraviase, ¿sería usted capaz de vengarse en sus hijos y sus +nietos? No lo creo. Principiaría usted por perdonar al ofensor, y si no +le perdonaba, al menos se guardaría de causar ningún daño a sus hijos. +Vea usted, por lo tanto, cómo me veo en la precisión de considerarle a +usted mejor persona que Dios.</p> + +<p>Una ola de sangre subió al rostro del presbítero. El estupor, la +indignación, le trabaron la lengua.<a name="page_124" id="page_124"></a></p> + +<p>—Eso es mofarse indignamente de las cosas más santas—articuló al +fin.—Me sorprende que habiendo usted recibido una educación cristiana +haya llegado a tal extremo de impiedad.</p> + +<p>Una sonrisa sarcástica se dibujó en el rostro macilento del hidalgo.</p> + +<p>—Efectivamente, he recibido una educación cristiana... al menos según +se ha entendido hasta ahora el cristianismo. Mire usted, señor +excusador, yo he tenido un padre que era como Dios. Por la más leve +falta, hija de mi inexperiencia, de mi temperamento, de mi edad, me +imponía un castigo bárbaro, cruel. Si me dormía durante el rosario, +azotes; si cometía tres equivocaciones en la lección, azotes; si me caía +un borrón en la plana escrita, azotes; si corría por la casa, azotes; si +manchaba el vestido, azotes. ¡Siempre azotes!... Y no se tomaba siquiera +la molestia de dármelos por su mano: encargaba de la ejecución a Ramiro, +ese criado que le ha conducido a usted hasta aquí, el cual, +cristianamente, me los propinaba hasta hacerme sangre. Pero todavía mi +padre era mucho mejor que Dios en este punto; porque los azotes de +Ramiro duraban un rato, mientras que los que los diablos nos han de dar +durarán eternamente, según aseguran ustedes...</p> + +<p>La sonrisa que vagaba por sus labios se apagó. Guardó silencio un rato: +quedó profundamente<a name="page_125" id="page_125"></a> ensimismado. Sus ojos, fijos en el suelo, se +dilataron con expresión de terror. Por delante de ellos pasó en rauda y +lúgubre visión toda su infancia. Su padre, alto, seco, con su gran nariz +encorvada y cortante como el pico de un águila. Jamás le había visto +sonreír. La mitad de la vida la pasaba en la iglesia, donde se dejaba +caer de rodillas con un fuerte golpe que le hacía estremecer (a veces +imaginaba que tenía las rodillas de hierro o piedra). Sólo le hablaba +para reprenderle o exigirle el cumplimiento de alguna tarea. No tenía +más amigos que dos o tres clérigos, con los cuales le oía abominar del +liberalismo y la impiedad moderna. Se veía a él, pobre niño, enteco y +enfermizo, pasando dos y tres horas arrodillado en la iglesia, sin +gustar jamás el placer de correr al aire libre como los hijos de los +miserables pescadores, sin tener un compañero con quien comunicar sus +inocentes pensamientos. Un día igual a otro. El cielo siempre plomizo. +La mar bramando tristemente en las peñas. El viento aleteando con +violencia sobre los cristales. Y la casa silenciosa, lóbrega, sucia, +resonando de vez en cuando con los paseos lentos, acompasados, de su +padre. Veíase más tarde en Lancia estudiando la segunda enseñanza, +hospedándose en casa de un clérigo del mismo temperamento y costumbres +que su padre. Sus compañeros le despreciaban a causa de su<a name="page_126" id="page_126"></a> debilidad, +de su falta de destreza; los profesores le miraban con recelo por su +carácter reservado y triste. Y por las vacaciones vuelta al lúgubre y +aborrecible palacio, al austero régimen, a los eternos rezos. A pesar de +sus ardientes deseos de seguir una carrera no lo consiguió. Su padre +consideraba indigno del mayorazgo de la casa de Montesinos el escribir +un pedimento o trazar una carretera: a los abogados los llamaba +curiales, a los ingenieros canteros, a los profesores maestrillos. La +milicia le agradaba, pero sus ideas tradicionalistas le impedían mandar +a su hijo a servir a un gobierno liberal. No pudiendo servir a su rey +con las armas, la vida de un noble debía ser levantarse temprano para +oír misa, echar un vistazo a su hacienda, platicar un rato con el +mayordomo, jugar al tresillo con los curas, dar luego con ellos un +paseo, rezar el rosario, confesarse a menudo y dar constantemente +ejemplo a los plebeyos de virtud y religiosidad, sin rozarse jamás con +ellos. Pero a pesar del gran respeto que mostraba a los sacerdotes y de +besarles la mano en público, Álvaro recordaba un pormenor que siempre le +había llamado mucho la atención: a la hora de comer los criados servían +antes al amo y a su hijo que al capellán de la casa. El orgullo +nobiliario latía aún más vivo en el corazón de su padre que el +sentimiento religioso; pero sabía aliarlos tan bien en el<a name="page_127" id="page_127"></a> fondo de su +conciencia, que había llegado a creer que la religiosidad era una +cualidad privativa de los aristócratas, y que por ella se distinguían +mejor que por ninguna otra del vulgo despreciable.</p> + +<p>Veíase en Peñascosa haciendo la vida de hidalgo desocupado, sometido +como un niño de diez años a la autoridad despótica de su padre. Su +espíritu imaginativo, soñador, no podía soportar aquella inacción. +Comenzó a leer a hurtadillas novelas que le proporcionaba una señora que +tenía estanquillo en la calle del Cuadrante. Subió después a la +biblioteca, donde un clérigo, hermano de su abuelo, que pasó por sabio +en vida, había dejado gran copia de libros, y comenzó a devorarlos. Leyó +a Platón, a Descartes, a Santo Tomás, a Fenelón, etc.</p> + +<p>Se hizo sabio. Pero al entrar la luz de la ciencia en su espíritu, +también se deslizó la duda. ¡Qué tormentos tan crueles le causó! En su +vida, triste, monótona, sólo la religión, el pensamiento de Dios, la +promesa de la inmortalidad, de otro mundo más justo y más hermoso +endulzaba un poco el amargor de las horas. Y he aquí que repentinamente +desconfiaba de esta dulce promesa, dudaba de las verdades todas de la +religión, hasta de la existencia de Dios. En un principio anduvo +receloso, sombrío, temiendo que su padre le descubriera en los ojos sus +abominables pensamientos. Después,<a name="page_128" id="page_128"></a> atormentado cruelmente, abrumado por +ellos, ansioso de hallar remedio a su mal, de una mano que le sostuviese +antes de caer en el abismo de perdición, tuvo el valor un día de +arrojarse a los pies de su padre y confesárselos. El viejo aristócrata +quedó aterrado, y para remediar la locura de su hijo (así la calificó) +no halló otro remedio que aconsejarle la penitencia, los ayunos, las +mortificaciones de todo género. Para él estas dudas no provenían más que +de rebeliones de la carne, a la cual había que combatir con la humildad +y las disciplinas.</p> + +<p>Saltó pronto la barrera de la duda y cayó en el campo de la +incredulidad. Desde entonces, ni un momento de vacilación; más y más +convencido cada día de que este mundo no valía nada, y que fuera de este +mundo no había que esperar otra cosa. Murió su padre y se confesó con +remordimiento que no lo sentía. Respiró con ansia y delicia el aire de +la libertad. Hubo un momento en que la vida le pareció menos horrible; +el mundo tuvo para él una dulce sonrisa. Fue cuando, el bolsillo bien +repleto, se marchó a Madrid. Primero la ciencia le ofreció un consuelo y +un entretenimiento. Se puso al corriente con avidez de las últimas ideas +en filosofía, en historia, en ciencias naturales; alternó, discutió con +los hombres más eminentes de España.<a name="page_129" id="page_129"></a> Y tuvo la satisfacción de observar +que allá en sus soledades de Peñascosa, meditando sobre los libros +antiguos, había llegado a los mismos resultados que los filósofos +modernos. Después vino el amor: un sueño dulce y embriagador, una música +penetrante y divina que le suspendió algún tiempo sobre la miseria de la +tierra, que le reconcilió con la vida y despertó en su corazón la +esperanza infinita, la ilusión de la dicha inmortal. La caída de aquel +mundo luminoso, encantado, risueño, fue bien cruel; una de las páginas +más negras que registra la historia de los hombres, ¡donde las hay tan +negras!...</p> + +<p>—Por lo demás—dijo saliendo de su éxtasis doloroso y pasando la mano +de esqueleto por la frente,—yo he tomado bastante tiempo en serio esas +cosas que usted cree. Me ha costado mucho dolor, muchas horas de +insomnio, muchas lágrimas separarme de ellas. Déjeme usted que a cambio +de tantas lágrimas me ría ahora un poco.</p> + +<p>—De modo—dijo el sacerdote con mal reprimida agitación—que, olvidando +por entero las creencias que usted mamó, la santa religión de sus +padres, se declara usted enemigo de Dios...</p> + +<p>—Sí, señor, enemigo de Dios y de los hombres... Es decir, de Dios +desgraciadamente no puedo serlo, porque no existe. Si existiera, a +juzgar por sus obras, sería un Dios bien perverso.<a name="page_130" id="page_130"></a> No pudiendo serlo de +Dios, lo soy de los hombres, no para hacerles daño, sino para huir de +ellos como se huye de las bestias feroces. Desde que nací me han hecho +experimentar muchos dolores. Sin embargo, nunca intenté vengarme de +ellos, porque sé muy bien que son malvados porque así los ha creado la +Naturaleza o el Destino; hacen daño como lo hacen las fieras, por el +egoísmo que ruge dentro de todo ser animado. El mundo está organizado +para devorarse los seres, unos a otros. Lo que pasa entre los peces pasa +entre los hombres; sólo que nosotros no abrimos la boca y nos tragamos +la víctima de golpe, lo cual, después de todo, es una ventaja para ella, +sino que la vamos devorando a pequeños mordiscos, arrancándole la carne +hasta dejarla en esqueleto... ¿No me ve usted a mí?—añadió con sonrisa +feroz apuntando a su rostro.—El pez que me ha comido lo entendía. No me +ha dejado más que los huesos.</p> + +<p>El P. Gil, cada vez más aterrado, se atrevió a preguntar:</p> + +<p>—¿Y usted piensa que no hay sobre la tierra ningún hombre honrado, +ninguna mujer virtuosa?</p> + +<p>—Sí los hay, pero son productos excepcionales de la Naturaleza; mejor +dicho, son aberraciones de un organismo creado para el mal. Los hombres +buenos sufren las consecuencias de toda<a name="page_131" id="page_131"></a> aberración; no pueden +subsistir. Todos los animales nacen con defensa para la lucha en el +combate de la vida, unos tienen dientes, otros tienen garras, otros +tienen cuernos, otros tienen alas para huir: el hombre bueno es el único +animal que carece de medios de defensa. No siendo apto para luchar, está +fatalmente destinado a perecer. Es la pobre mosca que se enreda en la +inmensa tela de araña labrada por los bribones que componen la inmensa +mayoría del género humano. El consuelo único que el hombre bueno puede +tener es que sus verdugos tampoco son felices. La vida es un gran fraude +para todos, para los buenos y para los malos. Dentro del universo se +oculta una fuerza astuta, perversa, que nos impulsa, que nos dirige +hacia un fin desconocido para nosotros, en el cual nada tenemos que ver. +Para este fin misterioso necesita de nosotros y nos obliga a +reproducirnos. No le importa que seamos desgraciados. El individuo para +ella es nada, la especie lo es todo. Obra como el dueño de una +ganadería, que antes de matar un buen caballo que ya no sirve, le obliga +a dejar una cría. Preocupada únicamente con la perpetuidad para que no +le falten jamás instrumentos, nos engaña con el señuelo del placer, de +la ambición o del orgullo. Usted mismo, que no obra por ninguno de estos +móviles, es igualmente un instrumento de la especie. Al preocuparse con +la suerte<a name="page_132" id="page_132"></a> de esos pobres huérfanos, al buscar con afán los medios de +que vivan, obedece usted inconscientemente las órdenes de esa fuerza +malvada. Cuando no le basta el atractivo del placer para la conservación +de la vida, apela al sentimiento de compasión que ha puesto dentro de +nosotros.</p> + +<p>El P. Gil, que escuchaba petrificado tal sarta de impiedades, sintió un +estremecimiento de horror al oír aquella interpretación monstruosa del +sentimiento de la caridad. A este estremecimiento sucedió una viva +irritación. Necesitó un gran esfuerzo de voluntad para no romper en +insultos contra el blasfemo.</p> + +<p>—Todo eso está muy bien—dijo dominándose y sonriendo +forzadamente;—pero usted me dispensará que le haga una pregunta. En ese +pesimismo tan desconsolador que usted profesa, en la idea deplorable que +usted ha formado del mundo y de los hombres, en ese mismo ateísmo brutal +(¡perdón por la frase!) que tanto gusto tiene en exhibir, ¿está usted +seguro de que todo depende de la razón fría y serena? ¿No habrán +influido nada sus tristezas individuales, los acontecimientos +desgraciados de su vida?</p> + +<p>Los ojos felinos del hidalgo brillaron iracundos; le había herido en lo +vivo.</p> + +<p>—¡Ah, la eterna cantilena!—exclamó impetuosamente.—Cuando no se puede +atacar una teoría, se escudriñan los móviles del que la sustenta.<a name="page_133" id="page_133"></a> ¿Qué +pretende usted probar con eso? Supongamos que el mundo es un paraíso, +que todos los hombres, menos yo, son felices, y que mi pesimismo depende +en un todo de mis desgracias. ¿Dejaré por eso de afirmar el mal que me +ha tocado en suerte? ¿No tendré derecho yo, criatura desdichada, a +calificar a Dios (caso de que lo hubiera) de perverso, puesto que +pudiendo haberme hecho feliz como a los demás me hizo desgraciado? Todo +el que padece sobre la tierra puede preguntar a Dios como Job: ¿Cuándo +la existencia te pidió la nada?... Por lo demás—añadió adoptando un +tono despreciativo, insultante,—desde que usted ha entrado por esa +puerta supe a lo que venía. No quiero discutir con usted, porque me +aburriré. Estoy persuadido de que la religión en que usted cree no es +más que un conjunto de hipótesis inocentes como las de todas las demás +religiones inventadas por la miseria y la cobardía de los hombres, que +no pueden resignarse a morir buenamente como los demás seres animados, +como nos lo enseña irrefutablemente la experiencia, que no pueden +convencerse de que han nacido para el dolor. Y esto no lo creo por +capricho, sino después de haber estudiado y meditado el asunto +largamente, después de haber seguido paso a paso con cuidado la historia +de las religiones más importantes. Si hubiera de elegir alguna entre +ellas, no sería<a name="page_134" id="page_134"></a> ciertamente el cristianismo, que es una de las más +tristes e insensatas. Me sucede lo que a Goethe: la cruz me crispa los +nervios. Ni Santo Tomás, ni San Agustín, ni Fenelón, ni Pascal me han +convencido. Por consiguiente, ninguno de ustedes me convencerá. Usted no +tiene más respetabilidad para mí que la que le preste su carácter y sus +obras. De su ciencia y de la de todos sus colegas, obispos y arzobispos +me río a carcajadas.</p> + +<p>Sus ojos brillaban con fiereza, mirándole de arriba abajo; pero estos +ojos se dulcificaron repentinamente al ver temblar una lágrima en los +del P. Gil.</p> + +<p>—Dispénseme usted, señor excusador—se apresuró a decir, acercándose a +él,—si le he ofendido. Tengo mal carácter... me irrito con facilidad...</p> + +<p>—Adiós, señor, adiós—respondió el P. Gil, estrechando la mano que +Montesinos le tendía.—A mí no me ha ofendido... Es a Dios a quien...</p> + +<p>—Entonces estoy contento, porque eso no importa nada...—replicó +sonriendo.—Hasta la vista. Ya sabe que tiene aquí un amigo y una casa a +su disposición.<a name="page_135" id="page_135"></a></p> + +<h3><a name="V" id="V"></a>V</h3> + +<p>Salió de aquella casa maldita en un estado de confusión y tristeza +indescriptibles. No quiso ir a la de D.ª Eloisa, que le esperaba +impacientemente. Cuando más tarde la vio, manifestole su fracaso en +cortas y secas palabras.</p> + +<p>Durante algunos días hizo esfuerzos para alejar de su pensamiento +aquella desagradable entrevista y hasta la imagen del blasfemo. +Abrumado, abatido por un recibimiento tan brutal, no imaginaba que +hubiese medio alguno de combatir aquel diablo rabioso henchido de ira y +de impiedad. Pero sus palabras resonaban noche y día en sus oídos, le +perseguían, le dolían como crueles latigazos. Conocía algunos +razonamientos de los herejes; aquellos que los libros de<a name="page_136" id="page_136"></a> teología +traían, y que el autor, con la autoridad de los Santos Padres, refutaba +siempre victoriosamente. Sabía de la existencia de los racionalistas, +pero sus noticias eran deficientes y vagas. Jamás había visto expresado +de un modo tan cínico el ateísmo. No pensaba que hubiese quien estuviera +verdaderamente convencido de que Dios no existía.</p> + +<p>Disipada, no obstante, al cabo de algún tiempo la impresión, no pudo +menos de pensar que se había amilanado pronto. Demasiado sabía que la +oveja no se le había de entregar de buenas a primeras, que iba a +encontrarse con un hombre avisado, erudito, a quien no se atraería con +cuatro lugares comunes. Entonces, ¿por qué abatirse repentinamente? ¿Por +qué darse por vencido sin luchar? El P. Gil se confesó, con su habitual +y sincera modestia, que no estaba preparado para este combate. Debajo de +las frases irónicas y cínicas del mayorazgo de Montesinos adivinaba un +estudio largo de la materia, un sistema meditado y completo. Para +combatir este sistema y los razonamientos que la impiedad puede alegar +era menester conocerlos de antemano, discutirlos y ponderarlos +previamente en la cabeza, para luego, al aparecer en la boca del +incrédulo, destruirlos, hacerlos polvo. Por eso no se atrevía a intentar +de nuevo aquella apetecida conversión.<a name="page_137" id="page_137"></a></p> + +<p>Pero cuanto más difícil se le hacía, cuantos más obstáculos encontraba +en el camino, más vivos eran sus deseos de lograrla. En las vidas de los +santos había visto que jamás se daban por vencidos en su lucha con el +pecado. Por enorme, por imposible que la empresa fuera, una y otra vez +la acometían con creciente ardor, fiados únicamente en la ayuda de Dios. +Debía hacer otro tanto. Si le faltaban fuerzas, Dios se las prestaría. +Trabajar sin descanso hasta conseguir la vuelta del hijo pródigo, hasta +destruir este foco de impiedad que podía contagiar los corazones sanos +de Peñascosa, hasta remover aquella piedra de escándalo.</p> + +<p>Quedó decidido en su pensamiento que volvería de nuevo a la carga. Pero +esta vez iría mejor apercibido; conocería perfectamente todos los +argumentos de los herejes y llevaría preparada la réplica. Comunicó con +su maestro el rector del seminario de Lancia el proyecto de la +conversión y le rogó que pidiese al prelado un permiso para leer libros +prohibidos. Tardó poco en mandárselo el rector, pero en la carta que lo +acompañaba no aparecía muy entusiasmado con la empresa de su discípulo. +El ascético sacerdote gozaba más con perfeccionar las almas creyentes y +buenas, que en atraer las que definitivamente se hallaban en las garras +del pecado.<a name="page_138" id="page_138"></a></p> + +<p>Lo primero que se le ocurrió leer al P. Gil fue cierta <i>Vida de Jesús</i>, +muy popular a la sazón entre los impíos y de la cual se hablaba siempre +con desprecio mezclado de terror en el seminario. La leyó con profundo +dolor y tristeza. Nuestro Señor Jesucristo era considerado por el hereje +que la escribiera como hombre. Le prodigaba mil irrisorias alabanzas, le +manifestaba exagerada admiración, pero era para demostrar mejor su +condición exclusivamente humana y deslizar el veneno de la impiedad con +más fruto. El libro estaba atestado de patrañas. «El cristianismo, +decía, es un fenómeno histórico, y como tal debe ser estudiado +históricamente.» Esto era evidentemente absurdo, porque el cristianismo +significa la redención del género humano por el Hijo de Dios; es la +revelación de la verdad divina. El autor pedía que se examinasen los +relatos de los Evangelios mediante los mismos principios con que se +juzga cualquiera otra tradición, que no se impusieran de antemano a la +crítica los resultados y se la dejase libre de hipótesis preconcebidas. +Esto era otro absurdo, porque ¿cómo hemos de aplicar a la fe, a la +palabra de Dios, los mismos principios que a los hechos y a las palabras +de los hombres? De este modo iba respondiendo uno por uno a los +argumentos del autor racionalista, y deshaciéndolos.<a name="page_139" id="page_139"></a></p> + +<p>Preocupado con esta discusión interior y ganoso de exteriorizarla, como +acaece con todo lo que llena y embaraza nuestro espíritu, se aventuró a +hacer otra visita al mayorazgo de Montesinos. Esta vez le recibió muy +bien, con exquisita amabilidad, como si le remordiese la conciencia de +su grosería pasada. Hablaron de cosas indiferentes. Montesinos tuvo +ocasión de manifestarle que tenía muy buenas noticias de su carácter, +que conocía las virtudes que le adornaban. El P. Gil se ruborizó con +estos elogios y respondió, sonriendo tristemente, que lo que quisiera en +aquel momento era tener mucho talento y mucha ciencia para convencerle +de la verdad de la revelación. «¿De cuál revelación?—le había +preguntado el hidalgo sonriendo también con benevolencia.—¿Cómo de cuál +revelación?—Sí, ¿de cuál? porque hay varias: los cristianos, los +buddhistas, los mahometanos, los judíos, todos creen su religión +revelada por Dios.—Hablo de la única verdadera, de la revelación de +Nuestro Señor Jesucristo.—¿Y en qué se funda usted para creer que ésa +es verdadera y las otras falsas?—En que las otras están llenas de cosas +monstruosas, irracionales—respondió imperiosamente el clérigo,—en que +sólo la religión del Crucificado llena todas las aspiraciones de nuestro +sentimiento y nuestra razón.—¡Tenga usted cuidado, señor +excusador!—exclamó el<a name="page_140" id="page_140"></a> mayorazgo soltando una alegre carcajada—que +está usted haciendo depender la verdad revelada del aserto de la razón, +que está usted proclamando la supremacía de ésta, lo cual es una +proposición herética.—¿Cómo? ¿cómo?—preguntó aturdido el sacerdote.» +Pero Montesinos cambió la conversación bruscamente. No se atrevió a +insistir.</p> + +<p>Le costó gran trabajo tragar aquella píldora. Estuvo una porción de días +sin poder pensar apenas en otra cosa. La idea de que sin darse cuenta de +ello pudiera incurrir en algún error condenado por la Iglesia le +inquietaba vivamente. Indudablemente el leer libros heréticos, el pensar +demasiado en los fundamentos de la religión era parecido a jugar con +fuego. Mejor haría en dejar los dados quedos y a Montesinos que se lo +llevase el diablo. Contra esta resolución clamaban todos los santos que +vivieron en el mundo y los mandamientos divinos que ordenan amar al +prójimo como a uno mismo. Por otra parte, presentía que su agitación +interior no iba a cesar. Las ideas de la <i>Vida de Jesús</i> y las que había +oído a Montesinos bullían confusamente en su cerebro, y no se calmarían +repentinamente por un esfuerzo de la voluntad. ¿Por qué no había de +ahondar en el examen de los orígenes de la religión cristiana? ¿Por qué +no había de conocer hasta en sus últimos pormenores los datos de la<a name="page_141" id="page_141"></a> +discusión, a fin de confundir, de pulverizar a cualquier racionalista +que se le presentase, por sabio que fuera? En esto no había peligro +alguno. La poca ciencia aleja de Dios: la mucha acerca.</p> + +<p>Dedicose con ardor, con frenesí se puede decir, al estudio. Montesinos, +con quien empezó a intimar, puso a su disposición la biblioteca. Leyó +sin tregua, con atención profunda, los escritos más sobresalientes +acerca de las investigaciones críticas sobre el cristianismo primitivo, +sobre los libros del Nuevo Testamento y la historia de los dogmas. Bebió +a grandes tragos el veneno de la herejía sin percibir su sabor, con la +esperanza de que al agotar el vaso quedaría perfectamente tranquilo, +seguro para siempre de la insensatez y maldad que encerraba todo lo que +se opusiera a la Iglesia de Cristo. Mas ¡ay! no sucedió así. Al cabo de +algunos meses la duda levantó su cabeza hedionda en su espíritu +atribulado. Estuvo muchos días sin confesárselo, procurando engañarse a +sí mismo, desviando los ojos para no verla. Llegó un momento, sin +embargo, en que ya no fue posible. La infame se había ido enroscando +cautelosamente a su alma, se había apoderado insensiblemente de toda +ella. ¡Qué estupor! ¡Qué horrible desconsuelo!</p> + +<p>La Biblia es la palabra de Dios. Lo que Dios sugiere es la infalible +verdad. En la Biblia<a name="page_142" id="page_142"></a> no pueden existir narraciones falsas o +contradictorias. Esto se repetía el sacerdote a cada instante, hasta en +voz alta cuando se hallaba solo.</p> + +<p>Si la Escritura no fuese de origen divino, ¿cómo se explica que Isaías +pudiese profetizar que Jesús nacería de una virgen y que había de ser en +Belén? ¿Cómo pudo el mismo Isaías, siglo y medio antes de Ciro, señalar +a éste como libertador de los judíos? ¿Cómo pudo Daniel, bajo el imperio +de Nabucodonosor, profetizar el nacimiento de Alejandro Magno y muchas +particularidades de su historia?</p> + +<p>¿A quién dirigía con violencia el P. Gil estas contundentes preguntas +hallándose solo? A un heresiarca invisible que le replicaba silbando +como una serpiente: «Los diferentes libros de la Biblia son obra de los +hombres, como todos los demás que se atribuyen origen divino, el Corán, +los Vedas, etc. Son compilaciones de escritos de diversos géneros y +épocas. Los libros atribuidos a Moisés y a Samuel son compilaciones muy +posteriores, en las cuales se han introducido fragmentos de diferentes +épocas. Lo mismo pasa con los libros del Nuevo Testamento. Isaías no ha +pensado con su hijo de virgen para nada en Jesús. El último tercio de +las profecías de Isaías procede de un contemporáneo de Ciro y todo el +libro de Daniel de un contemporáneo de Antioco,<a name="page_143" id="page_143"></a> por lo cual muy bien +pudieron profetizar lo que ya había sucedido.»</p> + +<p>El P. Gil se tapaba los ojos, se mesaba los cabellos, horrorizado de +aquella disputa sacrílega. ¡Él, un ministro del Altísimo, buscando +reparos y contradicciones a las palabras del Espíritu Santo! Merecía que +la tierra se abriese repentinamente y se lo tragara. Aquellos libros +infames que le había prestado el hereje Montesinos tenían la culpa. +Arrebatado de santa indignación contra ellos, sin reparar en que no le +pertenecían, los cogió todos un día, hizo un montón con ellos en el +patio, y le dio fuego. D. Miguel, que estaba muy lejos de sospechar lo +que pasaba por el alma de su teniente, aplaudía desde el balcón con +fuertes risotadas el auto de fe.</p> + +<p>Quedó más tranquilo desde que no tuvo en la habitación aquellos +perversos enemigos de su salvación. Dejó por completo la lectura y +entregose de nuevo a los deberes del confesonario, que tenía algo +abandonados. Y procediendo con sus dudas de crítica histórica como los +santos antiguos procedían con las tentaciones de la carne, comenzó a +mortificarse despiadadamente. Él, que hasta entonces se había mostrado +débil y cobarde en esta vía de perfección, siguiola ahora con arrojo, +ansioso de pagar con los dolores del cuerpo la rebelión escandalosa del +espíritu. Mucho le confortó y ayudó en este trance el<a name="page_144" id="page_144"></a> ejemplo de la +piadosa hija de Osuna. Cada día descubría en el alma pura de su +penitenta nuevos tesoros de bondad y perfección cristianas. Creía estar +en presencia de una de aquellas elegidas del Señor, consagradas por la +Iglesia y adoradas por los fieles de toda la cristiandad: Santa Teresa, +Santa Isabel, Santa Catalina, Santa Eulalia, la beata Margarita de +Alacoque. Las mismas particularidades que había leído en la historia de +estas santas, observábalas ahora en su hija de confesión; la misma sed +de penitencia, iguales escrúpulos y temores, la misma humildad, los +mismos favores divinos.</p> + +<p>Porque Obdulia, llena de vergüenza, como si se acusara de un pecado +grave, temblando de emoción, le había confesado que de vez en cuando +experimentaba desmayos hallándose en oración, caía al suelo +repentinamente, y en los breves momentos en que permanecía sin sentido, +veía unas veces a Jesús entre nubes rodeado de ángeles, escuchaba una +música divina, embriagadora; otras veces notaba que un ángel grande, +fuerte, hermoso, con dos alas inmensas y trasparentes, se acercaba a +ella y le ponía con dulzura la mano en la cabeza, diciéndole: +«Persevera;» otras, las más, percibía solamente una gran claridad, que +la bañaba toda de placer, sin ver a nadie; pero se sentía acompañada +como si todos los santos y santas del cielo vagasen invisibles<a name="page_145" id="page_145"></a> a su +alrededor. Al principio, como confesor prudente, mostró no dar +importancia a aquellas visiones: podría muy bien estar equivocada; el +diablo finge muchas veces tales escenas para engañar a las almas +incautas, deslizando en ellas el veneno de la vanidad y la soberbia. +Obdulia persistía, sin embargo: los síncopes eran cada vez más +frecuentes y prolongados, las visiones más intensas; aseguraba con mal +reprimido fuego que veía a Jesús, que veía al ángel. El P. Gil dudaba +siempre, o fingía dudar, haciendo un gesto desdeñoso cada vez que la +joven relataba con labios temblorosos aquellos favores del cielo. Sólo +había un signo seguro para reconocer si venían directamente de Dios; +cuando el alma se perfecciona con ellos a tal punto que un levísimo +pecado venial le causa tanto dolor y tantas lágrimas como el más nefando +y mortal. Ahora bien, en ella todavía existían las rebeliones de la +carne, todavía apuntaba el amor propio. No podía juzgar divinos aquellos +deslumbramientos. Obdulia experimentaba un gran desconsuelo ante esta +actitud severa y reservada.</p> + +<p>Pero poco a poco el sello que el sacerdote pedía para reconocer el +origen celestial de sus visiones fue apareciendo. El espíritu de la +joven se acendró de todas las impurezas. Su devoción a las prácticas +religiosas, sobre todo al sagrado pan eucarístico, era cada día mayor. +Se deshacía,<a name="page_146" id="page_146"></a> se derretía en amor divino, rompiendo muchas veces en +exclamaciones de entusiasmo, en frases incoherentes, como si estuviera +loca. Y con esto, su humildad y sumisión tan perfectas, que bastaba una +mirada de su confesor para confundirla, para hacerle temblar y pedir +perdón por los actos más inocentes. A la postre no tuvo más remedio +aquél que inclinarse ante la voluntad de Dios y confesar su presencia. +Lo hizo con gran placer. Después de sus sacrílegas dudas, estaba ansioso +de ver los testimonios de la omnipotencia y de la bondad infinitas; +quería anegarse en el océano de lo inexplicable, de lo sobrenatural, +para escapar a la crítica minuciosa y perversa que todo lo marchita. +Considerose feliz, libre de ella, teniendo a su lado tan claro ejemplo +del poder milagroso de Dios. Creyó que así le advertía para que no +volviese a caer en la tentación, que le enviaba un faro para esclarecer +las tinieblas de su espíritu. Recordaba siempre lo que le había pasado +al P. Gracián, a quien Santa Teresa tanto ayudó en el camino de la +virtud con el ejemplo de su conciencia inmaculada. Y en el fondo de su +corazón nació un gran respeto a par que una inmensa gratitud hacia +aquella piadosa mujer, que le libertaba de las garras del demonio. +Escuchó con atención el prolijo relato de sus visiones, y armado de +santa emulación emprendió de nuevo con más ardor, si no<a name="page_147" id="page_147"></a> con más fe, el +camino de las mortificaciones, que había abandonado mientras gimió en la +servidumbre de la duda.</p> + +<p>Obdulia, que durante los últimos meses le había visto con pena +distraído, sintió gran alegría al hallarle de nuevo atento, solícito, +escuchándole horas enteras desahogar las menudas preocupaciones de su +espíritu sin impacientarse. Era un retorno feliz a la dulce confianza, a +las pláticas místicas, a las familiaridades de antes. Y como suele +acontecer en casos semejantes, se apretó más el lazo entre ellos; esto +es, la confianza y el afecto fueron mayores. Al cabo de poco tiempo +consultaba con su penitenta, no sólo los asuntos piadosos, sino también +los domésticos; era su consejera espiritual y temporal. La joven devota +penetraba todos sus pensamientos, a veces antes de formularse con +precisión en su cerebro.</p> + +<p>—Padre, hoy está usted de mal humor; es porque no ha podido decir misa +en el altar de la Concepción como otras veces.—Tiene usted ojeras; bien +se ve que se ha pasado toda la noche rezando.—Ya sé por qué dijo la +misa el domingo más tarde: esperaba que llegase doña Eloisa.—Ese +alzacuello le aprieta a usted mucho. Está usted incómodo. ¿Quiere que yo +se lo arregle?...</p> + +<p>Sus vidas se iban compenetrando insensiblemente.<a name="page_148" id="page_148"></a> No sólo tenían un rato +de plática casi todos los días en el confesonario, sino que por la tarde +se veían en la iglesia, al rosario, y por la noche también a menudo en +casa de D.ª Eloisa. Además, de vez en cuando, para algún motivo piadoso, +como una novena, una reunión de la cofradía, etc., la joven iba a la +rectoral a consultarle, aunque le costase siempre un esfuerzo, porque +tenía gran miedo a D. Miguel. Se le había metido en la cabeza que éste +la miraba de mal ojo, que la despreciaba. Y acaso no le faltase razón +para suponerlo.</p> + +<p>Esta confianza llegó a pecar de excesiva en algunas ocasiones. Al menos +así lo pensó el P. Gil. Obdulia se autorizaba de vez en cuando algunas +familiaridades que le chocaban, y en ocasiones llegaron a turbar +momentáneamente la limpidez de su conciencia. Un día le habló de sus +apuros económicos. El padre le daba poco dinero para los gastos de la +casa, y como tenía el vicio de la caridad, de dar limosnas a troche y +moche, había contraído deudas, que la mortificaban; sobre todo había una +tendera a quien debía veinte duros, que la molestaba a todas horas y le +amenazaba con decírselo a su papá. ¿No podría él facilitarle por poco +tiempo esta cantidad? El clérigo tampoco los tenía, pero se los pidió a +su madrina y se los entregó ruborizado. Ella los aceptó sin vergüenza +alguna,<a name="page_149" id="page_149"></a> como la cosa más natural. Otro día le llevó a la iglesia el +paquete de cartas del novio que había tenido para que las leyese. Más +adelante le pidió el escapulario que traía al cuello, y tanto le instó y +tales pretextos adujo, que concluyó por obtenerlo. Al día siguiente le +confesó, sonriendo, que no había sido para ponérselo a una amiga que +acababa de morir, sino para traerlo ella sobre el pecho. Estas cosas +herían e inquietaban vagamente al joven sacerdote. Las bromitas que la +beata se permitía de palabra también rebasaban algunas veces los límites +convenientes. Un día le dijo repentinamente:</p> + +<p>—¿Sabe usted lo que estoy pensando, padre? Que el ángel que viene +muchas veces a ponerme la mano sobre la cabeza tiene los ojos muy +parecidos a los de usted.</p> + +<p>Y soltó la carcajada al decirlo. El clérigo rió también ruborizándose. +Luego quedó serio y de mal humor.</p> + +<p>Un suceso extraño, que escandalizó a la villa, vino de un modo indirecto +a estrechar aún más su relación y a inquietar al P. Gil. Cierta noche se +despertó despavorido con el ruido de una detonación dentro de casa. +Levantose de un salto y acudió corriendo a la habitación de D. Miguel, +donde se figuró que había sonado. Al llegar a ella quedó petrificado de +terror ante la escena que apareció a su vista. Un hombre se<a name="page_150" id="page_150"></a> revolcaba +en medio de la habitación en un charco de sangre, mientras D. Miguel, de +pie sobre la cama, agitaba triunfante una pistola gritando con sonrisa +feroz:—¡Ya cayó uno! ¡Ya cayó uno!—La mortecina luz de una bujía +tirada en el suelo alumbraba aquella fatídica escena.</p> + +<p>El caso había sido que, hallándose el párroco en la cama, un hombre +había penetrado en su dormitorio, le había despertado y le intimó para +que le entregase el dinero. D. Miguel sin inmutarse echó mano al +chaleco, sacó la llave y la arrojó al medio de la habitación. Luego, +mientras el ladrón la recogía, sacó una de las pistolas que tenía debajo +del colchón y le descerrajó un tiro dejándole tendido. La bala le había +penetrado por los riñones. El excusador, dominando su espanto, se +apresuró a prestarle los auxilios espirituales. Sólo tardó tres horas en +expirar.</p> + +<p>El suceso se comentó mucho y de muy diverso modo en el pueblo. Algunos +aprobaban la conducta del cura. Estaba en su derecho defendiéndose de un +facineroso que Dios sabe lo que haría con él después de robarle. Otros, +los más, la censuraban con acritud. Un sacerdote no puede obrar como los +demás en tal caso. Es un ministro de Jesucristo y debe proceder siempre +con caridad aunque sea en legítima defensa. El P. Gil estaba +profundamente indignado, aunque guardaba silencio. Un sacerdote, antes +que ensangrentar<a name="page_151" id="page_151"></a> sus manos, no sólo debía dejarse robar, sino matar. +Nuestro Señor así lo había enseñado cuando San Pedro cortó la oreja al +soldado que venía a prenderle. Obdulia traslució bien los sentimientos +que le agitaban y le aconsejó que dejase la rectoral y se estableciese +en otra casa.</p> + +<p>—Usted ya no puede vivir ahí después de lo que ha pasado, padre. El +susto que ha llevado ha sido muy fuerte, y todos los días tiene que +renovarse la impresión viendo el sitio.</p> + +<p>No era esto precisamente lo que quería decir, sino que un hombre +verdaderamente cristiano y virtuoso debía de padecer mucho viviendo al +lado de quien acababa de dar muerte violenta a un semejante. Pero si no +lo decía con las palabras, se dejaba adivinar en la gravedad y tristeza +de su continente. El P. Gil no ansiaba otra cosa hacía mucho tiempo. La +compañía del párroco le era molesta, como ya sabemos. Ahora, después del +<i>asesinato</i> (así lo calificaba su conciencia), se le había hecho +insoportable. D. Miguel había incurrido en la censura de la Iglesia, se +le retiraron las licencias para confesar y decir misa: mientras llegase +la rehabilitación pasaría una temporada. Aprovechando aquellos momentos +de flaqueza del terrible cura, con la ayuda de su madrina alquiló una +casita no muy lejos de la iglesia y se trasladó a ella. Una antigua<a name="page_152" id="page_152"></a> +criada de D.ª Eloisa vino a servirle y a ser su ama de gobierno.</p> + +<p>Libre ya del temor al párroco, Obdulia empezó a frecuentar la nueva casa +del excusador y a ejercer en ella una alta vigilancia. Enterábase de la +ropa blanca, del estado de las sotanas, de los alimentos que más placían +al padre, de las particularidades de su cama. Algunas veces venía a +ayudar al planchado o llevaba para aplanchar en su casa aquellas cosas +más delicadas, como las albas y los roquetes, recosía las medias que se +habían roto, quitaba las manchas de las sotanas, etc. Éstas eran las +tareas ordinarias. Pero también se ocupaba en alguna obra más fina, en +bordarle un amito, o unos corporales o cualquier otra prenda de las +vestiduras sacerdotales. D.ª Josefa, el ama de llaves, no aceptaba de +buena gana este protectorado; pero como aún no había echado raíces +hondas en la casa y observaba la estrecha amistad que aquella señorita +llevaba con su amo, no se atrevía a protestar. Contentábase con murmurar +de ella cuando iba a visitar a su antigua señora y llamarla entrometida +y tonta. Más adelante fue tascando el freno de peor voluntad aún y +concluyó por desbocarse, como ya tendremos ocasión de ver. Tampoco el P. +Gil estaba tranquilo ni satisfecho en la atmósfera de atenciones +delicadas, de afecto y veneración en que la joven le tenía envuelto. +Por<a name="page_153" id="page_153"></a> más que la profesaba viva admiración y tenía en cuenta sus +consejos, sentía un vago malestar cada vez que la veía ocupándose del +cuidado material de su persona. Le parecía a él que esto era rebajar el +carácter de aquella amistad espiritual, formada y sostenida para mejorar +sus almas, para ayudarse en el camino de la perfección. No tenía noticia +alguna de que Santa Teresa repasase las medias de San Juan de la Cruz. +Además, no se comprendía muy bien el desprecio de la carne, que tan bien +practicaba ella, con las comodidades de que pretendía rodearle. ¿Por qué +había de ser tan severa para ella y tan blanda para él? ¿Por ventura, le +suponía tan débil y cobarde que no podía vivir sin tales cuidados?</p> + +<p>El P. Gil meditaba esto, apoyado en la baranda de un corredor enrejado +que su habitación tenía sobre el mar. El sol declinaba entre celajes +carmesíes, envolviendo en una onda de luz tibia y rojiza el pueblo y la +rada. El lienzo de rocas que la cierra allá enfrente alzaba su masa +enorme sobre las aguas, proyectando ya una vasta región de sombra. Y +entre aquel negror los ojos del presbítero percibían el fulgor de las +olas, mostrando y apagando a cortos intervalos su blancura. El muelle +estaba desierto: aún no era llegada la hora de la vuelta de las lanchas. +Los pataches y quechemarines cabeceaban dulcemente, aburridos de su +inacción. Una gaviota<a name="page_154" id="page_154"></a> volaba en círculos concéntricos rozando con sus +alas la superficie del agua. El suave lejano rumor de las olas henchía +el ambiente dormido de un murmullo sordo. La pequeña ensenada sólo vivía +del juego movible de la luz que la bañaba de una claridad sangrienta que +se iba retirando lentamente detrás de las peñas.</p> + +<p>Tan absorto estaba, que D.ª Josefa necesitó llamarle tres veces desde la +puerta para conseguir que se volviese.</p> + +<p>—¿Qué hay?</p> + +<p>—Una señora está abajo preguntando por usted. Dice que necesita +hablarle en seguida.</p> + +<p>—¿Una señora?—replicó el P. Gil abriendo mucho los ojos.—Será la +señorita Obdulia.</p> + +<p>—No, señor, no es ésa—replicó el ama haciendo con los labios un gesto +de desdén.—La señora que aguarda abajo es mucho más guapa y elegante.</p> + +<p>—¿No la conoce usted?—preguntó algo acortado por la intención que +advertía en las palabras de D.ª Josefa.</p> + +<p>—No, señor, es forastera.</p> + +<p>—Pues hágale usted subir.</p> + +<p>Tardó pocos segundos en aparecer una linda joven como de veinticuatro +años, rubia, de rostro blanquísimo y facciones delicadas, vestida con +elegancia peregrina. En su vida había visto el P. Gil, ni aun en Lancia, +una dama tan distinguida.<a name="page_155" id="page_155"></a> Su traje era sencillo, de viaje, pero tan +original el corte y con tal lujo y esmero en los pormenores, que se +echaba de ver inmediatamente la elevada calidad de la persona. Despedía +de ella un perfume suave que vino a herir su nariz así que puso el pie +en el cuarto. Mirola con sorpresa, que se convirtió en estupefacción al +ver que la dama avanzó con resolución hasta él, y sin decir palabra se +dejó caer de rodillas a sus pies sollozando.</p> + +<p>—¡Señora... por Dios... levántese usted!—dijo aturdido.</p> + +<p>La dama no se movió.</p> + +<p>—Señora, levántese usted—repitió de nuevo cogiéndola suavemente por un +brazo.</p> + +<p>La forastera se levantó en silencio y se dejó caer en una silla, alzó el +velito del sombrero que le tapaba los ojos y se los enjugó con el +pañuelo. El P. Gil, en pie frente a ella, aguardaba a que se explicase. +Y como no daba señales de hacerlo, antes se tapaba el rostro cada vez +más, aventurose a decir:</p> + +<p>—Señora, desearía saber en qué puedo servirla...</p> + +<p>Todavía tardó unos instantes en responder. Al cabo dijo, sin apartar el +pañuelo de los ojos:</p> + +<p>—Soy la esposa de D. Álvaro Montesinos.</p> + +<p>El excusador dio un paso atrás involuntariamente.<a name="page_156" id="page_156"></a></p> + +<p>¿Cómo? ¿aquella dama era la mujerzuela despreciable que había hecho la +desgracia de D. Álvaro, de quien su madrina D.ª Eloisa hablaba siempre +con horror? Por ésta conocía la triste historia del aquel matrimonio. El +heredero de la casa de Montesinos se había enamorado como un loco de una +joven de buena familia, pero sin dinero; una de esas chicas que suelen +verse en Madrid en todos los teatros y en todos los saraos a la caza de +un marido rico. Aun con serlo Montesinos, Joaquinita Domínguez (que así +se llamaba) le dio cordelejo una temporada, esperando tal vez que +llegase otro con la misma hacienda y mejor figura; porque la del +mayorazgo de Peñascosa era, cierto, de lo más raquítico y desgraciado +que pudiera verse. Mas como no llegaba, resolviose un día a enamorarse +perdidamente de él y se lo demostró de un modo que no daba lugar a +dudas. «Todo el Madrid elegante» recordará a una linda rubia abonada al +turno primero par del teatro Real, que se pasaba la noche charlando con +un caballero flacucho y pálido sentado en la fila de atrás; que en el +teatro de la Comedia y en el de Apolo no le quitaba los gemelos de +encima desde su platea; que lo llevaba de remolque en el paseo del +Retiro, y hasta por las mañanas, cuando iba de tiendas, se la veía con +él, escoltados por la mamá. Enteramente convencido de su amor, el +hidalgo la pidió en<a name="page_157" id="page_157"></a> matrimonio, y la obtuvo no sin algún trabajo, pues +a la mamá costole muchas lágrimas entregarle aquella joya, que era la +alegría de la casa. En los primeros cuatro meses gastó D. Álvaro la +renta de todo el año. Joaquinita quiso coche y palco en los teatros, y +dio reuniones y saraos. Pero estaba tan hermosa y su marido la +encontraba tan alegre, que con el amor frenético que la profesaba no le +hubiera rehusado ni la sangre del corazón si un día se la pidiera +después de un beso de amor largo, oprimido, espasmódico, como los que le +daba cuando tenía que pedirle una <i>rivière</i> de brillantes o una +<i>sociable</i> de doble suspensión.</p> + +<p>A los seis meses justos se le antojó a la joven esposa viajar por +Europa, un viaje largo que había de durar un año o más; visitar toda +Francia, Italia, subir luego a Inglaterra, pasar a Alemania y correrse +hasta San Petersburgo. El enamorado Montesinos no puso obstáculos a este +deseo, aunque debiera ponerlos. Necesitábase un capital respetable para +realizarlo, atento a las comodidades y boato con que Joaquinita +pretendía viajar. Pidió a préstamo sobre algunas de sus fincas 30.000 +duros y salieron de Madrid. En Hendaya vieron en la fonda del +ferrocarril tomando chocolate a Federico Torres, un sietemesino +madrileño hijo de un ministro del Tribunal de Cuentas. A Joaquinita +siempre le había sido muy antipático, sin saber por qué.<a name="page_158" id="page_158"></a></p> + +<p>—¿Adonde irá este títere?—preguntó por lo bajo, después de +corresponder fríamente a su saludo.</p> + +<p>Montesinos alzó los hombros con indiferencia.</p> + +<p>—¡Qué pelea le tienes a este chico! Yo le encuentro fino y agradable.</p> + +<p>—¡Qué horror!—exclamó ella riendo.</p> + +<p>En Pau volvieron a verle en la estación, y ya no le vieron más. En +Marsella pensaba el matrimonio detenerse cuatro o cinco días; pero al +tercero, viniendo D. Álvaro de la estación de arreglar el asunto del +sleeping-car para el día siguiente, con gran sorpresa no encontró a su +esposa en casa. La sorpresa convirtiose en horrible estupor al observar +el desorden de la habitación. El gran baúl mundo de su mujer había +desaparecido. Había diferentes prendas de ropa por el suelo. Los criados +le dijeron que la señora había hecho trasportar el baúl después de irse +él para facturarlo en doble pequeña, según decía. Luego había salido y +no había vuelto. Montesinos, aturdido, horrorizado de la idea que le +cruzaba por el cerebro, abrió con mano convulsa el secreto del cofre +donde guardaban el dinero. Ni un céntimo había allí ya. Comprendiendo de +una vez toda su desgracia, cayó al suelo como herido por un rayo. Estuvo +algunos días entre la vida y la muerte. Cuando recobró el conocimiento, +hizo telegrafiar a su cuñado D. Martín,<a name="page_159" id="page_159"></a> el cual se presentó +inmediatamente y le condujo a Peñascosa. No tardó en saberse que +Joaquinita se había escapado con Federico Torres, y que viajaban +alegremente por Europa con el dinero del hidalgo.</p> + +<p>Ésta era la mujer que tenía delante el P. Gil. Después de aquel primer +movimiento de repulsión, se rehizo y dijo:</p> + +<p>—Serénese usted un poco, señora, y dígame en qué puedo favorecerla.</p> + +<p>—Acabo de llegar de Madrid—articuló con trabajo la dama,—y me he +dirigido a casa de mi marido, con quien hace tiempo estoy reñida... +Deseaba reconciliarme con él... que concluyese esta separación tan fea y +tan escandalosa... Un criado viejo que tiene... ¡un bruto!... no me +permitió verle... me cogió por el brazo... me arrojó de casa a +empellones... ¡sí, a empellones!</p> + +<p>Aquí la dama volvió a estallar en sollozos, y se tapó de nuevo el rostro +con el pañuelo.</p> + +<p>El clérigo esperó a que continuase; pero viendo que no lo hacía, tomó de +nuevo la palabra.</p> + +<p>—Siento mucho ese percance, señora... Pero no creo que haya motivo para +tal desconsuelo. Las ofensas que se perdonan no se sienten. Perdone +usted a ese pobre criado que ha obrado sin saber lo que hacía, y dígame +qué es lo que puedo hacer en su obsequio.<a name="page_160" id="page_160"></a></p> + +<p>Secose los ojos la esposa infiel. Volvieron a humedecérsele y volvió a +secarlos.</p> + +<p>—Según me han dicho ahí en la posada, usted es la única persona que +visita a mi marido... Yo le suplico, por lo más sagrado, ya que es usted +su amigo, que intervenga para que termine nuestra separación. Lo deseo +hace mucho tiempo con ansia... Confieso que no he sido buena para él...</p> + +<p>—Sí, sí; lo sé todo—interrumpió el clérigo con impaciencia.</p> + +<p>La dama se puso fuertemente colorada.</p> + +<p>—Confieso que le he ofendido gravemente... Fue un momento de +obcecación... una tentación del demonio... Pero yo siempre le he +querido... y le quiero... No tengo inconveniente en humillarme, en +pedirle perdón de rodillas... Ya ve usted, padre, si no le quisiera no +me humillaría... ¡Me horroriza la idea de no obtener su perdón, de morir +lejos de él sola, maldita! ¡Ah, qué porvenir tan espantoso!... Si mucho +he pecado, crea usted que mucho he padecido en estos últimos tiempos...</p> + +<p>—Señora, ya puede usted comprender si yo tendría satisfacción en unir +un matrimonio disuelto... lo mismo el de usted que cualquier otro. Mi +misión es predicar la concordia entre los hombres y morir por ella si es +preciso. Aun sin pedírmelo tengo el deber, por mi cargo, de procurar en +esta parroquia la reconciliación de los matrimonios<a name="page_161" id="page_161"></a> desavenidos... Pero +este caso es delicado. Aparte de la ofensa gravísima que usted ha +inferido a su esposo, del escándalo que la acompañó, de los que la +siguieron, todo lo cual dificulta extraordinariamente la reconciliación, +aparte de eso, repito, hay otra dificultad mayor. Y es que su marido de +usted está fuera de la Iglesia católica. No tengo sobre él otra +influencia que la que puede dar una amistad superficial. Ninguno de los +razonamientos a los cuales pudiera yo apelar como sacerdote tiene fuerza +sobre su ánimo. Al contrario, dadas sus ideas, es posible que sirviesen +para embravecerle más, o cuando menos de mofa...</p> + +<p>—Sí, sí—interrumpió la dama con voz chillona, malévola,—mi marido ha +sido siempre un impío, un ateo escandaloso.</p> + +<p>—Señora, de poco sirve creer si se obra como si no se creyera—replicó +severamente el excusador, a quien había herido el tono agresivo de la +dama, tan contrario a la humildad de antes.</p> + +<p>Tornó a ponerse colorada y bajó los ojos afectando de nuevo una gran +contrición. El P. Gil prosiguió:</p> + +<p>—De todos modos, como cristiano y como sacerdote, estoy dispuesto a +hacer todo lo que puedan mis fuerzas por conseguir lo que usted desea. +Dudo mucho del éxito de mi intervención... Sé también que me expongo a +ser arrojado como<a name="page_162" id="page_162"></a> usted de la casa, pero no me importa. Cumpliré mi +deber, y si no conseguimos nada, me quedará al menos la satisfacción de +haberlo cumplido...</p> + +<p>Quedose pensativo unos instantes, mientras la dama mantenía sobre él una +mirada intensa y ansiosa. Luego, como si hablase consigo mismo más que +con ella, prosiguió:</p> + +<p>—El dirigirme ahora a casa de D. Álvaro ofrece inconvenientes. La gente +del pueblo es curiosa... Vendrían las hablillas... después el +escándalo... Opino que deberíamos aguardar un rato a que concluyera de +oscurecer, o mejor aún, que yo fuese por delante a tantear el asunto...</p> + +<p>—¡No! ¡no!—exclamó la dama.—No le prevenga usted. Se negaría a +recibirme. Es necesario cogerle de improviso; aprovechar el primer +movimiento de su corazón, que es generoso. Luego, cuando reflexiona, se +hace malo, burlón...</p> + +<p>—Como usted quiera. Entonces, aguardaremos.</p> + +<p>Pero en el instante de pronunciar esta palabra se hizo cargo de lo +inconveniente de permanecer tanto tiempo a solas con una mujer, y dijo +un poco turbado:</p> + +<p>—Usted me permitirá que mientras tanto la deje sola unos momentos... +Soy con usted en seguida.</p> + +<p>En vez de ser con ella, mandó a su ama para<a name="page_163" id="page_163"></a> que la acompañase. Sólo +cuando la luz se hubo extinguido por completo subió de nuevo con el +sombrero en la mano, preparado a salir. La esposa de D. Álvaro, así que +le vio en esta traza, se levantó de la silla.</p> + +<p>Había cerrado ya la noche. La gente de mar se había retirado a sus casas +o a las tabernas. Por la larga, sinuosa calle del Cuadrante circulaban +pocos transeúntes. El excusador y la esposa de Montesinos caminaron un +rato en silencio en dirección al Campo de los Desmayos. Al aproximarse a +él ambos se sentían agitados, temerosos. Tanto para calmarse un poco +como para prevenirse, se detuvieron un instante, y metiéndose en el +hueco de una puerta, cuchichearon con animación. El P. Gil insistía en +su idea de entrar primero en la casa y explorar el ánimo de D. Álvaro: +tenía miedo a un escándalo. La dama se oponía con calor, convencida +hasta la evidencia de que su marido se negaría en absoluto a recibirla, +y tomaría precauciones para que no pisase el suelo de su casa. Cuando +más embebidos se hallaban en la discusión, del hueco de otra puerta +cercana salió una sombra estrecha, elevada, y se aproximó a ellos +rápidamente.</p> + +<p>—Buenas noches, padre, buenas noches.</p> + +<p>Era la hija de Osuna. Había en la inflexión de su voz al pronunciar +estas palabras cierta ironía, mezclada de cólera, que sorprendieron a la +vez<a name="page_164" id="page_164"></a> a la dama y al sacerdote. Éste levantó la cabeza y respondió +fríamente:</p> + +<p>—Buenas noches, hija.</p> + +<p>—¿Va usted a hacer oración, o viene usted?—preguntó con el mismo +retintín y sonriendo.</p> + +<p>—Ni voy ni vengo de hacer oración, hija mía. En este momento me ocupo +de asuntos de mi ministerio—replicó en tono severo el P. Gil.</p> + +<p>Pero este tono, en vez de sosegar a la joven o amedrentarla, la encrespó +al parecer.</p> + +<p>—Usted siempre haciendo algo por Dios, padre, ¡ji! ¡ji! lo mismo en la +iglesia, que a la cabecera de los moribundos... que en los huecos de las +puertas, ¡ji! ¡ji!... Si usted se muere antes que yo, ya tiene usted un +testigo de alguno de sus milagros para que le canonicen... Vaya, no +quiero estorbar el milagro. Hasta la vista. ¡Ji! ¡Ji!</p> + +<p>Y cuando hubo dado dos o tres pasos, sin volverse dijo:</p> + +<p>—¡Y que aproveche!</p> + +<p>La esposa de Montesinos levantó la cabeza y clavó en el P. Gil una +mirada de estupor y curiosidad.</p> + +<p>—¿Qué es eso?</p> + +<p>El sacerdote, rojo de vergüenza y de indignación, alzó los hombros en +señal de ignorancia y echó a andar hacia el caserón de Montesinos.<a name="page_165" id="page_165"></a></p> + +<h3><a name="VI" id="VI"></a>VI</h3> + +<p>Al tirar del cordel grasiento, el mismo tañido lúgubre, que tanto había +impresionado al P. Gil la vez primera que puso los pies en aquella casa, +produjo a ambos un estremecimiento de temor y ansiedad. No tardó en +oírse la voz cascada de Ramiro.</p> + +<p>—¿Quién es?</p> + +<p>—Gente de paz.</p> + +<p>—¿Quién es?—tornó a preguntar.</p> + +<p>—Soy yo, Ramiro. Abre—respondió el sacerdote.</p> + +<p>La puerta giró pausadamente sobre sus goznes y apareció la silueta del +viejo, débilmente esclarecida por la luz de la lamparilla que ardía +sobre el dintel.</p> + +<p>—Pase usted, señor excusador—dijo sin percibir<a name="page_166" id="page_166"></a> a la dama, que se +había ocultado detrás de éste. Pero viéndola al fin, dio un paso atrás +y, abriendo los brazos en actitud de impedir la entrada, exclamó:</p> + +<p>—¡Ah! ¿Vuelve usted acompañada?... Pues ni por esas... ¡No entrará +usted, no!</p> + +<p>—Vamos, Ramiro—dijo con dulzura el sacerdote, poniéndole una mano +sobre el hombro,—déjanos paso, que éste es un asunto delicado y que no +te concierne.</p> + +<p>—Pase usted cuando quiera, pero esa mujer no puede pasar.</p> + +<p>—¿Por qué no puede pasar?—preguntó con entereza el sacerdote, alzando +la cabeza.</p> + +<p>—Porque aquí no entran p.... ni ladronas.</p> + +<p>Ante aquella injuria bárbara, la dama se tapó el rostro con las manos y +dejó escapar un gemido. El P. Gil se puso rojo, y cogiendo al viejo por +un brazo, le sacudió con violencia.</p> + +<p>—Sea usted más comedido, y ya que no respete la sotana que visto, +guarde los miramientos que se deben a las señoras. Ante Dios y ante los +hombres ésta es la esposa legítima de su amo de usted. Déjeme el paso +franco, que a usted no le toca en este asunto más que oír, ver y callar.</p> + +<p>Y dando un empellón al viejo, se volvió diciendo:</p> + +<p>—Venga usted, señora.</p> + +<p>Pero Ramiro, agitado, convulso, como si fuera<a name="page_167" id="page_167"></a> a caer presa de un +síncope, se puso a correr delante de ellos, gritando:</p> + +<p>—¡Álvaro, Álvaro! ¡Que entra la z... en tu casa!</p> + +<p>Dos criadas se asomaron a la escalera y contemplaron con estupor la +escena. El viejo no se detuvo en el principal; siguió hasta el segundo, +dando los mismos gritos. El P. Gil, que le seguía con Joaquinita, dijo a +ésta al llegar al piso primero:</p> + +<p>—Quédese por ahora aquí; yo subiré solamente.</p> + +<p>Cuando llegó al segundo, tropezó con D. Álvaro que salía a punto de su +habitación. Su rostro, siempre pálido, lo estaba ahora tanto que daba +miedo. En cuatro palabras Ramiro le había enterado de lo que ocurría. +Por la tarde, cuando por primera vez había venido la esposa infiel a la +casa, no lo había hecho. D. Álvaro no pronunció una palabra. Cogió con +mano convulsa por un brazo al sacerdote y le hizo entrar en su gabinete. +Luego cerró con cuidado la puerta.</p> + +<p>—¿A qué viene esa mujer?—preguntó haciendo inútiles esfuerzos por +aparecer sosegado. La voz salía de su garganta débil y ronca.</p> + +<p>—Viene a implorar su perdón.</p> + +<p>—Se equivoca usted; viene por dinero—repuso sonriendo ya forzadamente.</p> + +<p>El P. Gil permaneció un instante silencioso y dijo al cabo:<a name="page_168" id="page_168"></a></p> + +<p>—No me atrevo a asegurar a usted nada. Parece que está arrepentida... +Su acento es sincero y ha llorado con verdadero dolor en mi presencia.</p> + +<p>Un relámpago de ira pasó por los ojos del hidalgo. En aquel tropel de +emociones que se agitaban en su espíritu, la indignación logró vencer a +todas las demás y profirió con acento despreciativo:</p> + +<p>—Estoy perfectamente convencido de que no viene más que por cuartos... +pero de todos modos, me importa un bledo su arrepentimiento y su +sinceridad... Si está arrepentida, que pida a un cura la absolución. El +figurarse por un instante que yo puedo perdonarla es un nuevo insulto, +es una idea que sólo cabe en un alma tan miserable como la suya.</p> + +<p>—El perdón jamás degrada. Es la virtud que más ennoblece al ser +humano—manifestó el clérigo, sorprendido.</p> + +<p>D. Álvaro le clavó una larga mirada colérica. Después alzó los hombros +con desdén y dijo:</p> + +<p>—Está bien: dejemos eso. Lo que importa es que, ya que la ha traído, se +lleve usted inmediatamente a esa señora.</p> + +<p>—Me atrevería a suplicarle que, aunque no la perdone, le permita al +menos hablar con usted... Quizá tenga algunas revelaciones que hacerle.</p> + +<p>—No soy curioso. Puede guardarse sus revelaciones<a name="page_169" id="page_169"></a> o confiarlas a quien +se le antoje... Por mi parte (escuche usted bien lo que voy a +decirle)—al mismo tiempo le cogió con mano crispada la muñeca,—por mi +parte, ni ahora ni nunca cruzaré con ella la palabra... Puede usted +decírselo.</p> + +<p>El P. Gil bajó la cabeza y permaneció silencioso mientras el mayorazgo +comenzó a pasear agitadamente por la estancia con las manos en los +bolsillos. De vez en cuando se dibujaba en su rostro una sonrisa +sarcástica y dejaba escapar por la nariz un leve resoplido que acusaba +la tensión de su espíritu, como el pito revela la tensión de la caldera +de vapor.</p> + +<p>—Ya que eso no pueda ser—manifestó al cabo de un rato con suavidad el +sacerdote,—usted comprenderá, D. Álvaro, que esa señora no puede irse a +dormir fuera de esta casa sin dar pábulo a las malas lenguas, sin +renovar conversaciones que no deben renovarse. Por egoísmo, ya que no +por caridad, debe usted consentir que su esposa duerma hoy en esta casa, +pues no creo que le convenga a usted escandalizar a la población.</p> + +<p>D. Álvaro prosiguió sus paseos agitados sin responder palabra, como si +no hubiese oído la proposición del sacerdote. Al cabo de un rato se +plantó delante de él y, mirándole fijamente, dijo:</p> + +<p>—Está bien. Dígale usted que, si es su gusto,<a name="page_170" id="page_170"></a> no hay inconveniente en +que duerma en esta casa... aunque se necesite bien poca dignidad para +aceptarlo—añadió bajando la voz y recalcando las sílabas.—Y si quiere +dinero para el viaje de vuelta, Osuna se lo proporcionará.</p> + +<p>—Le doy las gracias por esta deferencia, pero me voy muy +triste—replicó sonriendo el P. Gil.—Cualquier sacrificio haría por +borrar de su memoria la ofensa recibida y soldar de nuevo la cadena de +su matrimonio. ¡Cuánto daría en este momento por ser un hombre +elocuente!...</p> + +<p>—La elocuencia, señor excusador, ha servido en este mundo para que se +cometiesen grandes vilezas; pero creo que ninguna lo sería mayor que la +que usted me propone.</p> + +<p>—Para usted es una vileza lo que para mí sería un acto noble y +generoso, propio de un imitador de Cristo. No nos entendemos en lo que +se refiere a lo que es dignidad o indignidad...</p> + +<p>—Lo siento por usted, padre—repuso el mayorazgo, tendiéndole la mano.</p> + +<p>—Y yo por usted, D. Álvaro. Buenas noches.</p> + +<p>Al quedarse solo éste, siguió paseando todavía unos momentos; luego se +paró delante del cordón de la campanilla y tiró con fuerza. No tardó en +presentarse Ramiro.</p> + +<p>—Esa mujer está ahí... ¿Quieres que la eche?—preguntó el viejo, sin +aguardar las órdenes de su amo.<a name="page_171" id="page_171"></a></p> + +<p>—No. Condúcela a la sala, enciende todas las lámparas y avisa a Dolores +que suba.</p> + +<p>El criado permaneció inmóvil, mirándole con sorpresa.</p> + +<p>—¿Y vas a consentir que esa...</p> + +<p>—¡Silencio!—exclamó el mayorazgo con energía, llevando el dedo a los +labios.—Haz inmediatamente lo que te mando.</p> + +<p>El viejo se alejó gruñendo. Al instante se presentó la doncella.</p> + +<p>—Dolores, di a la cocinera que prepare cena para la señora que está +abajo, y que haga todo lo que sepa. Ilumina el comedor, saca la vajilla +fina, arregla el gabinete azul y toma del armario la ropa mejor para +ponerla en la cama... Que no le falte absolutamente nada. Ayúdala a +desvestirse: cualquier cosa que ordene la hacéis inmediatamente. ¿Estás +enterada?</p> + +<p>—Sí, señorito; pierda usted cuidado, que se la tratará como quien es.</p> + +<p>D. Álvaro dirigió una mirada oblicua a la doncella y se apresuró a +decir, algo acortado:</p> + +<p>—Despáchate pronto y enséñale el gabinete azul. Si desea dormir en otro +lado, puedes mostrarle también el que llamáis cuarto del obispo.</p> + +<p>Otra vez quedó solo y otra vez emprendió su paseo nervioso de un ángulo +a otro de la cámara. A pesar de la fortaleza y sosiego que había +mostrado para rechazar las súplicas del P. Gil,<a name="page_172" id="page_172"></a> su cerebro trabajaba +agitado, febril. Aquella visita tan inesperada removió los recuerdos +felices y aciagos que se habían depositado en el fondo de su ser, y que +ya no le molestaban. Su vida matrimonial, que en aquellos tres años se +había ido alejando de su memoria como un sueño que la claridad de la +aurora desvanece, surgió de pronto delante de sus ojos, tan próxima que +la tocaba con la mano. Ni un pormenor faltaba al cuadro. Y ante aquella +visión sentíase turbado, como si los sucesos acabasen de efectuarse.</p> + +<p>Después de pasear algunos minutos a grandes trancos, comenzó a detenerse +a menudo, prestando oído a los ruidos que llegaban del piso primero. +Adivinaba más que percibía los preparativos que la servidumbre estaba +ejecutando en obsequio de aquella vil mujer que le había revelado toda +la negrura y todo el dolor de la existencia: «Ahora bajan la lámpara del +comedor... Ahora sacan la vajilla... Deben de estar haciendo la cama... +Ha salido gente: será Rufino a buscar a la tienda alguna cosa... Parece +que están hablando en el gabinete azul...»</p> + +<p>Ya no paseaba. Con el oído pegado a la cerradura, recogía ávidamente +todos los rumores que llegaban de abajo. Y como llegaban demasiado +confusos, concluyó por abrir la puerta, avanzar cautelosamente hasta el +pasamanos de la escalera y escuchar desde allí, inmóvil, recogiendo<a name="page_173" id="page_173"></a> el +aliento. Había imaginado vagamente que su esposa, una vez sola y libre, +subiría hasta su cuarto para hablarle. Lo hubiera deseado, para darse el +gozo de arrojarla con algunas frases despreciativas que le llegasen +hasta el fondo del alma. Hubo un instante en que pensó que este deseo se +realizaba. Sintió pasos en la escalera: toda su sangre fluyó al corazón; +se apresuró a dejar el pasamanos y a meterse de nuevo en el cuarto. Era +Dolores que subía a pedirle una llave. Cuando se fue, tornó a su +espionaje; permaneció en la escalera larguísimo rato sin saber por qué +hacía aquello. Escuchó el rumor confuso de la conversación de Dolores y +su mujer. La doncella era charlatana; Joaquinita también tenía un +temperamento expansivo: la plática se animaba cada vez más. Hasta se le +figuró percibir algunas alegres carcajadas de su esposa, que le +sorprendieron más que le indignaron. Por fin notó que se ponía a cenar. +Dolores iba y venía con los platos. Terminó la cena. La doncella se +detuvo en el comedor y prosiguió la charla. Cansado de estar en pie, se +sentó en uno de los peldaños de la escalera. Al hacerlo sintió vergüenza +y comenzó a darse alguna cuenta vaga de las emociones que embargaban su +espíritu. Una hora larga esperó de aquel modo, percibiendo el rumor +confuso de las voces, en el cual nada podía distinguir, ni siquiera cuál +era la de su esposa<a name="page_174" id="page_174"></a> y cuál la de la criada. Al cabo observó que salían +del comedor. Todavía se figuró que su mujer aprovecharía aquella ocasión +para subir a visitarle. Se puso en pie vivamente y se preparó a meterse +en su cuarto tan pronto como sintiese pasos en la escalera. Pero esperó +en vano. La señora se dirigió con Dolores hacia el gabinete azul. Sintió +cerrarse la puerta tras ellas: luego notó que se abría de nuevo y salía +la doncella y tomaba el camino de su cuarto. Sin duda había ayudado a +desnudarse a la señora y la dejaba en la cama.</p> + +<p>Con la cabeza entre las manos, los codos apoyados sobre las rodillas, +permaneció inmóvil, abstraído, escuchando ya solamente la voz de su +pensamiento y los latidos de su corazón. Un vivo despecho, del cual no +quería darse cuenta, le mordía cruelmente las entrañas. Sentía la +necesidad de avistarse con su mujer, de injuriarla, de escupirla, de +abofetearla. ¿Por qué hacía unos instantes se había negado a recibirla, +y ahora ansiaba de aquel modo tenerla delante? El mayorazgo creía que +era porque su odio y su indignación habían crecido. No supo el tiempo +que permaneció en aquella postura. El deseo de verse frente a su esposa +ardía cada vez más vivo en su pecho, le ponía inquieto, excitado; se iba +convirtiendo en una fiebre, en una rabia intensa que le devoraba. ¡Oh, +tenerla entre sus manos,<a name="page_175" id="page_175"></a> apretarla hasta hacerle gritar de dolor, +hacerle padecer en el cuerpo lo que él había padecido en el alma! Puntas +de hierro candentes le pinchaban por la espalda, las manos le temblaban +como si le pidieran una estrangulación con que calmar sus ansias; un +calor insoportable le subía de las piernas al cerebro. Las tinieblas se +espesaban, le envolvían en una atmósfera tibia, sofocante, como si se +hallase en un subterráneo. Hubo un instante en que pensó que no podía +moverse; los miembros entumecidos se negaban a obedecer a su voluntad. +Hizo un esfuerzo, sin embargo, como si tratase de romper una tela que le +sujetara, y se puso en pie.</p> + +<p>Se dirigió con paso vacilante a su cuarto. La luz del quinqué que ardía +sobre la mesa le hirió de tal modo que estuvo a punto de caer ofuscado. +Apagola de un soplo, buscó a tientas la ventana y la abrió de par en +par. Una ráfaga viva de viento y agua le azotó el rostro y penetró +rugiendo por la estancia, echando a volar los papeles de la mesa. D. +Álvaro aspiró con delicia el aire frío y húmedo, asomose a la ventana y +expuso su frente ardorosa a la inclemencia del chubasco. Las mil agujas +de la lluvia se le clavaron en las mejillas y convertidas en lágrimas +las bañaron completamente. Por algunos minutos gozó con voluptuosidad de +aquel frío, apeteciendo que le penetrase en el cerebro y sosegase<a name="page_176" id="page_176"></a> su +desordenada actividad. La noche no era tenebrosa. A pesar del espeso +toldo de nubes, la luz de la luna conseguía cernirse y esparcía una +débil y triste claridad. Sólo cuando algún nubarrón más espeso y más +negro pasaba por delante de ella descargando su fardo de agua, la luz se +extinguía casi por completo. Las olas se estrellaban contra los peñascos +que sirven de baluarte al Campo de los Desmayos. El viento silbaba entre +las grietas de la torre de la iglesia. La música lúgubre de los +elementos embravecidos calmó un poco la fiebre del hidalgo.</p> + +<p>Consolado por aquel refresco, respiró con libertad; se creyó dueño de +sí. Sin embargo, a los pocos instantes el mismo deseo agudo, candente, +volvió a pincharle el cerebro. ¡Oh, tener delante a la infame, vomitarle +en el rostro las injurias que su dolor y su indignación habían acumulado +durante tres años; luego cogerla así por el cuello y retorcérselo! Aquel +instante de placer compensaría los tormentos que había experimentado. Un +minuto que valía por toda una existencia de dolor. ¿Y por qué no +gozarlo? ¿No tenía en su poder al verdugo de su dicha? ¿No estaba allí +debajo, durmiendo tranquilamente, mientras él se agitaba todavía entre +crueles torturas? Apartose un poco de la ventana y se secó el rostro con +el pañuelo. Sintió que era impotente para luchar con aquel apetito de +venganza. Toda su filosofía<a name="page_177" id="page_177"></a> despiadada, indiferente, se había ido a +pique. El mundo dejó de ser pura representación; se convertía en +realidad innegable; la vida adquiría el valor absoluto que tiene para +todo ser finito. Era forzoso, a despecho de la razón, satisfacer los +instintos animales que gritan en el fondo de nuestro ser. En vano, para +calmarse, se decía que todas aquellas emociones nada valían ni +significaban en el curso eterno de las cosas, que dentro de muy poco +tiempo todo sería humo; en vano se representaba la imbecilidad del ser +humano, luchando y padeciendo en holocausto de una fuerza que se burlaba +de él. Todos sus pensamientos se estrellaban contra un anhelo poderoso, +irracional que le dominaba. El bruto, como sucede siempre, podía más que +el filósofo.</p> + +<p>Buscó a tientas la salida, y apoyándose en las paredes llegó hasta la +escalera. Al bajar el primer peldaño, sus botas rechinaron en el +silencio de la casa. Sentose y se despojó de ellas. Luego se deslizó +hasta abajo sin hacer el menor ruido. Sin tropezar, por el conocimiento +perfecto de la casa, avanzó por los corredores hasta llegar a la puerta +del gabinete azul. En aquel momento el gran reloj del comedor dio una +campanada. No supo a qué hora pertenecía esta media. Acercó el oído a la +cerradura y estuvo un rato escuchando sin percibir ruido alguno. +Indudablemente Joaquina estaba ya durmiendo. Entonces se deslizó<a name="page_178" id="page_178"></a> hasta +la puerta de escape que la alcoba tenía en el pasillo y volvió a poner +el oído. Al cabo de un momento pudo oír una respiración igual y serena. +Un vivo estremecimiento corrió por todo su cuerpo al percibirla. Sintió +un nudo en la garganta, pero un nudo de fuego: el corazón quería +saltarle del pecho: apoyó las manos sobre él para apagar el ruido de las +palpitaciones. La traidora dormía tranquilamente sin curarse de él. +¿Aquel deseo de reconciliación era, pues, una farsa? ¿Venía a buscar +dinero solamente? ¡Qué miserable! ¡Qué mujer tan odiosa!</p> + +<p>Empleando todas las precauciones imaginables, levantó el pestillo de la +puerta y empujó. Tenía el pasador echado por dentro. Entonces se fue a +la puerta del gabinete. Aquélla estaba abierta. Avanzó por la estancia +sobre la punta de los pies conteniendo la respiración, llegó hasta la +alcoba y levantó las cortinas. Dio un paso más y chocó con la cama: puso +la mano sobre ella y la deslizó hacia la cabecera. Sintió la presión del +cuerpo de su esposa al hincharse con la respiración. Acercó el rostro +hacia el sitio donde debía de estar la cabeza de la dama, y dijo muy +quedo:</p> + +<p>—Joaquina, Joaquina.</p> + +<p>No despertó.</p> + +<p>—Joaquina, Joaquina—repitió.</p> + +<p>Tampoco hizo movimiento alguno. Entonces<a name="page_179" id="page_179"></a> la sacudió levemente por el +hombro, llamándola de nuevo.</p> + +<p>La dama dio un grito y despertó despavorida.</p> + +<p>—¡Jesús! ¿Quién es? ¿Quién va?</p> + +<p>—No te asustes, soy yo—dijo con voz débil el mayorazgo.</p> + +<p>—¿Quién? ¿Quién?—replicó la dama, con señales de terror en la voz, +echándose hacia la pared.</p> + +<p>—Soy yo, soy Álvaro... Mira—añadió con voz temblorosa,—sé que has +venido a hacer las amistades... Has hecho bien... Olvidémoslo todo, +comencemos una nueva vida...</p> + +<p>La dama no respondió. Metida contra la pared, escuchábase su respiración +aún anhelante por el susto.</p> + +<p>—Hice esfuerzos sobrehumanos para olvidarte—prosiguió con la misma voz +temblorosa, apagada por la emoción,—pero fueron inútiles... Estás +metida a hierro y a fuego dentro de mi pecho... Has sido mi primero, mi +único amor en este mundo... Me has hecho mucho daño, ¡mucho! pero aunque +me hicieses mil veces más, no se borrarán de mi alma los momentos de +dicha embriagadora que te debo... ¡Te quiero, sí, te quiero, te +adoro!... Aunque me llamen cobarde, indigno, lo repetiré a la faz del +mundo entero... ¡Si supieses cuánto he sufrido! No ha sido mi dignidad, +mi orgullo destrozado lo que me ha hecho padecer... Mi corazón es el que +ha<a name="page_180" id="page_180"></a> sufrido... ¡Qué desconsuelo! ¡Qué tristeza tan honda! Parecía como +si una mano helada me arrancase suavemente las entrañas... Pero ya pasó +todo... ¿Verdad que ya pasó?... Comenzaremos a amarnos de nuevo, como +aquella tarde en que te estreché entre mis brazos por primera vez, en +una calle de árboles de los jardines de Aranjuez...</p> + +<p>El mismo silencio por parte de Joaquinita.</p> + +<p>—Contéstame... ¿Te he asustado, vida mía? Perdóname... ¿Por qué no has +salido luego que se fue ese cura?... ¿Pensabas que iba a arrojarte?... +No, preciosa mía... no... Te quiero, te adoro...</p> + +<p>Al mismo tiempo, alargando las manos, tropezó con una de su esposa, la +cogió y la llevó a sus labios con entusiasmo. La dama la retiró +prontamente.</p> + +<p>D. Álvaro quedó sobrecogido.</p> + +<p>—¿Por qué me retiras tu mano?... ¿No te tiendo yo la mía, y soy el +ofendido?... ¿No has venido a reconciliarte conmigo?...</p> + +<p>—Sí, sí, Álvaro—murmuró ella.—A eso he venido... Me has asustado...</p> + +<p>—Perdóname, Joaquina... ¡Si supieses qué alegría me causa el oír tu +voz! Pensé que nunca ya, ¡nunca ya! la volvería a oír. ¿Quieres ser mi +esposa?—añadió bajando la voz, inclinándose para acercar la boca al +rostro de la dama.—Déjame<a name="page_181" id="page_181"></a> un sitio a tu lado, hermosa... Déjame ser +una noche feliz...</p> + +<p>—No, Álvaro, ahora no—volvió a murmurar la esposa infiel.—Mañana... +Déjame, estoy muy cansada... Déjame hasta mañana...</p> + +<p>—No te molestaré. Me estrecharé cuanto pueda y dormirás tranquila...</p> + +<p>—No, ahora no puede ser... Mañana.</p> + +<p>—¿Por qué no? ¿No quieres ser mi mujercita? ¿No quieres que seamos +felices otra vez, como en aquellos primeros meses de nuestro matrimonio?</p> + +<p>—Sí, lo quiero... Pero ahora estoy muy nerviosa... Deseo quedarme +sola... Mañana será otro día, y te prometo ser tuya... Ahí tienes mi +mano... Vete a dormir, Álvaro... Hasta mañana.</p> + +<p>Montesinos buscó en la oscuridad aquella pequeña y hermosa mano, que tan +bien conocía, y la apretó contra sus labios perdidamente, la devoró a +besos. Joaquina la abandonó en su poder, esperando que al cabo se +marcharía. Soltola, en efecto, pero fue para echarle los brazos al +cuello y apretarla contra su pecho, loco, perdido de amor, aplastando +sus labios con besos brutales, frenéticos. La dama forcejeó rabiosamente +para desasirse, y lo logró, haciendo tambalearse a su marido de un +empellón.</p> + +<p>—¡Te he dicho que no quiero, que no quiero!—le gritó con voz +colérica.—Si vuelves <a name="page_182" id="page_182"></a>a tocarme, me marcho desnuda como estoy por esas +calles... ¡Vete! ¡Vete!</p> + +<p>D. Álvaro quedó clavado al suelo por el estupor. No eran sus palabras +las que le dejaban frío, horrorizado; era aquella voz aguda como la hoja +de un puñal, que le llegaba hasta lo más hondo del pecho.</p> + +<p>—¡Vete! ¡Vete!—repitió ella alzando aún más el grito.</p> + +<p>En aquel momento ni un pensamiento cruzaba, por el cerebro del +mayorazgo: todas sus facultades quedaron aniquiladas, rotas por la +sorpresa y el horror del golpe. No sentía más que una viva impresión de +anhelo, como si se hubiese caído de algún sitio muy elevado y estuviese +aún por el aire. El mundo desapareció en medio de aquella oscuridad; +nada existía en las tinieblas que le envolvían, ni siquiera su +pensamiento. Sólo quedaba una voz estridente, fatal y un gran dolor, un +dolor eterno.</p> + +<p>—¡Vete! ¡Vete!</p> + +<p>Tropezando con los muebles, brincando como si escapase de una +catástrofe, salió de aquella estancia. Se encontró en la escalera +agarrado fuertemente al pasamanos para no caer. Allí se detuvo y quiso +coordinar sus ideas. ¿Por qué corría? ¿Qué había pasado? No se daba +razón de aquella huida repentina. Trató de volverse y penetrar de nuevo +en la estancia de su esposa y entrar en<a name="page_183" id="page_183"></a> explicaciones; pero las piernas +se negaron a obedecerle. Un horror instintivo, como si hubiese delante +un pozo negro y hondo, le detuvo. Avanzó, cogiéndose con ambas manos a +la barandilla, y llegó hasta su cuarto. El huracán, penetrando por la +ventana abierta, se había enseñoreado de él; los papeles volaban, los +muebles a que se iba agarrando estaban mojados. Sus manos tropezaron con +el sillón del escritorio, y se sentó sin intentar siquiera buscar los +fósforos ni cerrar la ventana. Así permaneció inmóvil, con los ojos +desmesuradamente abiertos en la oscuridad, sin sentir el frío que le +penetraba hasta los huesos ni el agua de los chubascos que le bañaba a +intervalos la cabeza, no pudiendo determinar si el rumor que le +ensordecía y le mareaba era realmente el de las olas o sonaba tan sólo +en su cerebro.</p> + +<p>Así le sorprendió la claridad del día, un día triste y sucio, como casi +todos los del invierno en Peñascosa. Alzose al fin como un sonámbulo, +entró en la alcoba y se dejó caer pesadamente en la cama. Ramiro no pudo +despertarle a las nueve para tomar el desayuno. Era un sueño invencible, +de aniquilamiento, semejante a la muerte. Dormía en una inmovilidad +absoluta, con los ojos entreabiertos y el rostro densamente pálido. +Cuando a las tres de la tarde salió de aquel profundo letargo, supo, sin +asombro alguno, que su esposa se había marchado en la diligencia de +Lancia.<a name="page_185" id="page_185"></a><a name="page_184" id="page_184"></a></p> + +<h3><a name="VII" id="VII"></a>VII</h3> + +<p>Después de desahogar su ira la hija de Osuna, siguió por la calle del +Cuadrante abajo, riendo todavía nerviosamente algún tiempo. Pero aquella +risita se apagó al cabo. Sintió un desasosiego extraño, cierto +abatimiento que hizo flaquear sus piernas. Detúvose un instante: le +acometieron deseos de volverse y espiar de nuevo a la pareja que dejaba +allá en el Campo de los Desmayos. El temor de ser notada la contuvo. +Aunque vagamente, se daba también cuenta de lo singular y censurable de +su conducta. ¿Por qué había hecho aquello? ¿Quién era ella para espiar +los pasos de su confesor, ni menos reprenderle? Su despecho era tan +vivo, sin embargo, que no le<a name="page_186" id="page_186"></a> permitía arrepentirse. Tenía la boca seca; +le ardían las mejillas. Siguió caminando apresuradamente, y se dirigió +al muelle. Estaba ya solitario. La brisa del mar le refrescó un poco. Se +sintió, no obstante, tan agitada que no quiso volver a casa: necesitaba +charlar, distraerse. Iría a casa de D.ª Eloisa y cenaría allí como otras +veces.</p> + +<p>Justamente iban a ponerse a la mesa los esposos cuando llegó ella. Les +acompañaba el P. Norberto, lo cual significaba que había callos.</p> + +<p>—¡Qué sofocada vienes, hija!—exclamó doña Eloisa.</p> + +<p>—¿No sabe usted?... Vengo sola desde casa de D.ª Trinidad... Vengo a +cenar con ustedes... Pero háganme el favor de mandar un recado a papá.</p> + +<p>Se esforzaba en aparecer serena y risueña.</p> + +<p>—Conque solita, ¿eh? Solita a las ocho de la noche—dijo D. Martín en +tono de broma.</p> + +<p>—¡Ay, si supieran ustedes qué agitada venía!... Anda tan poca gente por +la calle. En un momento en que me vi sola, eché a correr hasta que hallé +a unas mujeres.</p> + +<p>—¿Qué? ¿Tenía usted miedo que la tomasen por una de esas palomas que +aquí el P. Norberto caza con lazo?—tornó a decir D. Martín con ático +humorismo de cuartel.</p> + +<p>La joven se ruborizó hasta las orejas. Doña<a name="page_187" id="page_187"></a> Eloisa dirigió una mirada +severa a su marido.</p> + +<p>—Vamos, no empieces a barbarizar, Martín.</p> + +<p>—¡Señor, yo no hablo más que de la posibilidad de una +equivocación!—replicó el inválido riendo.—Y si no, que me diga el P. +Norberto si hay mucha diferencia en la figura entre una señorita y esas +amiguitas suyas.</p> + +<p>—No son amigas mías, D. Martín—replicó riendo benévolamente el buen +sacerdote;—son ovejas descarriadas...</p> + +<p>—Pero usted no les tira piedras para que vuelvan al redil, sino +besos...</p> + +<p>—¡Oh! ¡oh! ¡D. Martín!</p> + +<p>El bueno de D. Norberto, capellán y organista de la parroquia, demasiado +modesto para aspirar a sacar triunfante la virtud y la fe entre las +clases elevadas, se dedicaba con entusiasmo hacía ya tiempo a arrancar +del vicio a esas pobres mujeres que caen en él la mayor parte de las +veces por miseria. Se introducía en las asquerosas moradas que ocupaban, +las catequizaba haciendo esfuerzos titánicos de oratoria que le ponían +rojo como un tomate y le obligaban a toser y escupir de un modo +imponente. Y cuando el arte de Bossuet no producía efecto, apelaba al +dinero. Era un soborno piadoso en el que había gastado el corto caudal +que heredara de sus padres y que se llevaba también la mayor parte de su +paga. Había logrado el arrepentimiento de varias pecadoras,<a name="page_188" id="page_188"></a> a las +cuales solía llevar a cierto asilo o convento establecido para ellas en +Valladolid, sufragando él, por supuesto, los gastos de viaje, +instalación, etc. Pero a cambio de estos triunfos experimentó el buen +capellán horribles desengaños. Muchas veces las bellas pecadoras se +mostraban arrepentidas, le sacaban todos los cuartos que podían y +concluían riéndose de él y contando el chasco por la villa. Pero no +desmayaba en su obra. Estaba a prueba de risas y fracasos. Algunas que +comenzaron engañándole, habían terminado arrepintiéndose sinceramente. +El sueño de D. Norberto era fundar en Peñascosa un convento de +arrepentidas. Para lograrlo sería capaz de andar pidiendo limosna por +toda la provincia, de trabajar él mismo como bracero en el edificio, +hasta de renunciar a comer callos por el resto de su vida.</p> + +<p>En la villa todos conocían esta su manía. La mayor parte se mofaba de +ella. No había quien no se creyese con derecho para darle acerca del +particular su bromita más o menos pesada, según la educación del +individuo. Mas, por mucho que lo fuesen, jamás se le vio enfadarse ni +dar siquiera señales de impaciencia. Reía bondadosamente o se alejaba +tapándose los oídos. Nadie dudaba tampoco, aunque algunos lo +aparentasen, de su recta intención y del completo desinterés con que +trabajaba en este asunto. Las mismas mujerzuelas,<a name="page_189" id="page_189"></a> que le engañaban, no +osaban calumniarle, y si alguna lo había hecho, pronto fue +categóricamente desmentida por sus compañeras.</p> + +<p>—¡Martín, te pido por Dios que no desbarres!—exclamó llena de angustia +D.ª Eloisa.</p> + +<p>—Mujer, hablo de besos místicos.</p> + +<p>—Sí, D.ª Eloisa—se apresuró a decir D. Norberto,—su esposo quiere +referirse a los medios suaves que necesito emplear para convencer a esas +desgraciadas.</p> + +<p>D. Martín, comprendiendo que había ido demasiado lejos, asintió, no sin +dirigir un guiño expresivo al capellán.</p> + +<p>Sentáronse a la mesa. Obdulia hacía esfuerzos atroces por comer, pero su +estómago se negaba a recibir alimento alguno. Seguía en un estado de +agitación bien visible. D. Martín la embromó acerca de su falta de +apetito. ¿Estaría por ventura enamorada? A pesar de su inclinación a la +iglesia, él apostaba a que había de concluir apasionándose +violentamente. De una sola ojeada conocía él los temperamentos +destinados al amor. Había ciertas señales: la ojera, que ella tenía muy +pronunciada, los ojitos un poco entornados, los labios secos... y otras, +y otras. El jefe de inválidos volvió a deslizarse. D.ª Eloisa estaba en +brasas, y otra vez le llamó al orden con voz angustiosa. Sucedía esto +muy a menudo. D. Martín gozaba lo indecible colóreando<a name="page_190" id="page_190"></a> las mejillas de +las damas con sus frases atrevidas. Le parecía que era el adecuado +complemento de aquella otra tendencia que sentía a enrojecer las de los +caballeros con sus proverbiales bofetadas. Ambas inclinaciones acusaban +su temperamento heroico y daban testimonio innegable de su procedencia +del arma de caballería. Obdulia solía responderle con oportunidad y con +gracia, dejándole no pocas veces amoscado; pero la preocupación que +ahora la embargaba le impidió tomar nota de sus palabras y darles su +merecido. Antes de terminar la cena sintiose indispuesta y tuvo que +salir a otra habitación y arrojó cuanto había comido.</p> + +<p>A los postres llegó D.ª Serafina Barrado con su capellán y mayordomo. +Ambos venían encarnados, risueños y extraordinariamente locuaces. Los +ojos les brillaban con fuego alegre y malicioso, que llamó la atención +de sus amigos.</p> + +<p>—Ahí va un cigarro, D. Martín—dijo el joven presbítero, ofreciéndole +uno de acreditada vitola, igual al que él estaba chupando +voluptuosamente.</p> + +<p>—¡Buen tabaco!—exclamó el amo de la casa dándole vueltas entre los +dedos.—¡Qué latigazos se pega usted, amigo!</p> + +<p>—Regulares, regulares—respondió el clérigo con sonrisa de +satisfacción, dirigiendo al mismo tiempo una mirada expresiva a su +antigua ama, que le pagó con otra brillante y cariñosa.<a name="page_191" id="page_191"></a></p> + +<p>—¿Dónde los compra usted?</p> + +<p>—No los compro: me los regalan.</p> + +<p>Otro cambio de miraditas risueñas y apasionadas.</p> + +<p>—¡Ah! Entonces le salen a usted por una friolera. ¿Se puede saber quién +es el señor tan generoso...</p> + +<p>—No es señor; es señora.</p> + +<p>Otra miradita.</p> + +<p>—¡Ah, pícaro! Ya sabía yo que gozaba usted de gran favor entre las +damas.</p> + +<p>Por la fisonomía alegrísima de D.ª Serafina corrió una nube que la +oscureció momentáneamente.</p> + +<p>—Es regalo de D.ª Serafina, con motivo de ser hoy mi cumpleaños—se +apresuró a decir el presbítero.</p> + +<p>—¡Ya me parecía a mí que venían ustedes hoy demasiado contentos!... Con +tan fausto motivo hubo juerga, ¿verdad?</p> + +<p>—¿Cómo juerga?—preguntó D. Joaquín con cierta inquietud, temiendo la +franqueza militar de su amigo.</p> + +<p>—Sí, una comidita íntima con algunos platos extraordinarios y un par de +botellas de <i>burdeos</i>.</p> + +<p>—No fue <i>burdeos</i>—replicó D. Joaquín riendo,—Fue borgoña.</p> + +<p>—Mejor que mejor.</p> + +<p>—¡Ya lo creo!—exclamó D.ª Serafina, comiéndose con los ojos a su +capellán.<a name="page_192" id="page_192"></a></p> + +<p>Y volvió a comenzar entre ellos el tiroteo de miraditas y guiños, +prodigándose mil atenciones tiernas que denotaban un estado de felicidad +perfecta.</p> + +<p>La llegada de D.ª Rita no turbó poco ni mucho su éxtasis delicioso. Esta +señora, pequeña y regordeta, con grandes ojos negros sin expresión y +dientes grandes también, sanos y amarillos, entraba siempre con un cesto +donde guardaba la labor. Sacábala con lentitud, trabajaba media hora en +silencio escuchando atentamente todo lo que se decía, y al cabo recogía +de nuevo los bártulos y se iba a hacer lo mismo a otra parte. De este +modo recorría en la noche tres o cuatro casas. Era su manía la de saber; +saberlo todo, hasta lo más trivial e insignificante. Se la toleraba bien +en todas partes, porque a pesar de su desmedida febril curiosidad nunca +hubo disgusto alguno por su causa. Gozaba con saber tan solamente: era +un placer desinteresado, intenso, como el de los hombres de ciencia que +no miran el resultado que sus conocimientos les puede dar. Como el avaro +amontona en su caja monedas de oro sin pensar en utilizarlas jamás, así +D.ª Rita atesoraba en su cerebro cuantas noticias privadas podía recoger +en sus peregrinaciones por la villa, sin molestar a nadie con ellas. +Pocos se guardaban, pues, de hablar secretos en su presencia; pero si +alguno lo hacía<a name="page_193" id="page_193"></a> y llegaba a notarlo, le acometían tales ansias y +congojas por conocer lo que le ocultaban, que no dormía, ni descansaba +un momento; andaba pálida, ojerosa, se hacía grosera, intratable. Una +vez que descubría el ansiado secreto, aunque fuese la cosa más baladí, +recobraba la calma y serenidad, volvía a su ser dulce, pacífico, +inofensivo. Algunos sujetos maleantes, como don Martín, el P. Narciso, +D. Joaquín y otros, solían embromarla fingiendo algún misterio entre +ellos, la atormentaban, le hacían perder el juicio de pura curiosidad.</p> + +<p>Pero cuando entró el P. Narciso, D. Joaquín se puso más grave, ocultando +a su compañero aquella dicha inefable, que le retozaba dentro del alma, +evitando encontrarse con los ojos alegres, chispeantes de su antigua +ama. Aquél sintió en seguida en la nariz el tufillo aromático del +cigarro, dirigió una mirada escrutadora a su colega, otra a D.ª Serafina +y se puso al tanto.</p> + +<p>—Hubo <i>gaudeamus</i>, ¿verdad?—preguntó por lo bajo.</p> + +<p>D. Joaquín negó descaradamente.</p> + +<p>Unos tras otros fueron llegando Consejero, Cándida, D.ª Filomena, el P. +Melchor, Marcelina y, en suma, casi todos los tertulianos habituales. +Formáronse pronto los grupos de siempre, se disgregaron los elementos de +aquella sociedad, operándose en ella el fenómeno químico<a name="page_194" id="page_194"></a> de las +afinidades electivas. Mas esta operación no se efectuaba sin las +violentas conmociones y sacudidas que se observan en el seno de la +naturaleza, sin las acciones y reacciones a que da origen toda +fermentación. Aquella noche Cándida, la huesuda señorita que ya +conocemos, en vez de ir a besar la mano al P. Melchor y sentarse a su +lado y cuchichear toda la velada, fue a hacer lo mismo con el P. +Norberto. ¿Por qué esta deserción? En la tertulia nadie lo sabía más que +los interesados y D.ª Rita. El P. Melchor había tenido la imprevisión de +decir en una casa que los roquetes que le hacía la citada joven eran +escasos de manga, y que le costaba trabajo con ellos doblar el brazo. En +cambio, había elogiado calurosamente un alzacuello que le había regalado +D.ª Marciala. El caso era grave, como cualquiera comprenderá, y debía +producir este triste resultado. D.ª Marciala, viendo al padre Narciso +cada vez más inclinado a admitir y agradecer la fervorosa admiración de +D.ª Filomena, mostraba su sentimiento y despecho, acercándose a D. +Melchor y hablándole con afectado cariño. D.ª Filomena, después de +algunos años de adoración resignada, silenciosa, había llegado, cuando +ya no lo esperaba, a la meta de sus aspiraciones. Tanta atención, tanto +cariño habían logrado al fin cautivar el espíritu del elocuente capellán +de Sarrió, quien daba claras<a name="page_195" id="page_195"></a> muestras a la viuda de su afecto. Después +de haberlo intentado en vano muchas veces, aquélla había recabado de él +que fuese preceptor de su hijo, y que tomase el cargo con afición. Su +temperamento dominante y fogoso se manifestó en seguida. El pobre niño +tuvo que experimentar no sólo un trabajo excesivo, superior a su edad, +sino una serie de castigos crueles, malévolos, refinados. Y D.ª +Filomena, que era la dulzura personificada, que jamás había levantado la +mano sobre su hijo, consentía impasible que aquel hombre lo azotase +despiadadamente. Acallaba su conciencia diciéndose que era para su bien.</p> + +<p>Marcelina, que había soñado con suplantar a D.ª Serafina en el corazón +de D. Joaquín (y en realidad había cierto fundamento para este sueño, +pues el joven presbítero no cesaba de distinguirla entre todas), andaba +ya bastante desengañada. Adquirió el convencimiento de que aquél la +tomaba como instrumento para hacer padecer un poco a su ama y tenerla +más atenta y sumisa. Tal convicción la empujó de nuevo hacia D. Narciso, +a quien hacía tiempo había abandonado; pero éste, que nunca le había +profesado gran afición, como a Obdulia, la rechazó sin miramientos. Si +embargo, la ex-joven seguía luchando bravamente con D.ª Filomena. Hacía +pocos días había regalado al capellán una<a name="page_196" id="page_196"></a> colcha de crochet que era una +verdadera maravilla de trabajo pacienzudo y habilidoso. Por cierto que +la viuda, al verla sobre la cama del clérigo, experimentó un vivo +disgusto y lloró muchas lágrimas en secreto.</p> + +<p>Estas agitaciones espirituales, estas luchas de sensibilidad y +abnegación entre las piadosas damas que allí asistían, eran precisamente +las que daban algún interés dramático a aquel mundo sereno, inocente. No +eran ciertamente las competencias groseras que se establecen en las +sociedades profanas, donde las intrigas afectan un carácter violento, +donde las relaciones del varón y la hembra tienen su fundamento siempre +en la explosión de los sentidos, llevan el sello abominable de la +animalidad. Aquí todo se efectuaba de un modo suave, inocente, +espiritual: los pequeños sacudimientos de que hemos hecho mención +semejaban el leve rizado de un lago trasparente y hermoso. Era aquella +tertulia como una antesala del cielo, donde las relaciones de los +ángeles, de los santos y las santas alcanzan el supremo grado de la +pureza inmortal.</p> + +<p>Lo que estaba pasando por el alma de la hija de Osuna confirma bien la +idea que acabamos de formular. Después de experimentar aquel trastorno +gástrico, hijo de la excitación en que se hallaba, cayó en profundo +desfallecimiento físico y<a name="page_197" id="page_197"></a> moral. Sentía la impresión de si hubieran +cometido con ella una gran perfidia, y aunque su pensamiento le decía +vagamente lo absurdo de tal sensación, no podía minorar su intensidad, +ni menos desecharla. Odiaba al P. Gil, le odiaba con toda su alma. Daría +algo por vengarse. ¿De qué? No se lo decía; pero allá en el fondo del +alma estaba persuadida de que tenía razón para ello. Formó resolución +inquebrantable de no confesar más con él. ¡Con él! ¡Un sacerdote que +entra de noche en los portales a cuchichear con mujeres hermosas y +elegantes! ¡Puf! Sería vergüenza el hacerlo. Obdulia estaba bien segura +de que la mujer que hablaba con su confesor era linda. Esta seguridad la +torturaba. Por supuesto que, si tenía el atrevimiento de venir a +hablarle, le daría un desaire de los gordos, le volvería la espalda. Y +confesaría otra vez con D. Narciso. Y diría a sus amigas en qué +situación le había visto con una señora desconocida y elegante. Porque +no cabía duda de que vestía con elegancia, bien lo había reparado. Aquel +abrigo largo no estaba hecho en Peñascosa. ¿Quién sería? Alguna de +Lancia, seguro, que vendría a hacerle una visita. Y ¿por qué se viene de +lejos a visitar a un sacerdote no siendo su madre, o su hermana o su +deuda? ¿No sabe esa señora que la fama de los sacerdotes es muy delicada +y cualquier cosa la quiebra? El cerebro<a name="page_198" id="page_198"></a> de la joven no cesaba de dar +vueltas y más vueltas a estas ideas y a otras análogas, mientras su +cuerpo permanecía inmóvil, abatido, clavando los ojos obstinadamente en +las manos de D.ª Marciala, que no dejaba un momento su calceta. Sentíase +enferma, deseaba irse; pero una vaga esperanza, que no podía definir, la +retenía a su pesar.</p> + +<p>Mientras tanto el P. Norberto estaba sorprendido y confuso por las +inusitadas atenciones de que era objeto por parte de Cándida. El pobre +no estaba acostumbrado a que se las prodigasen. El bello sexo de +Peñascosa le profesaba cierto desdén compasivo. Teníasele por un +sacerdote virtuoso, pero de muy cortos alcances. Sus mismos compañeros, +cuando hablaban de él, lo hacían sin dejar de los labios una sonrisa +medio protectora, medio burlona. Para las damas, la virtud del P. +Norberto no tenía poesía, carecía de ese encanto especial que en otros +sacerdotes la hace contagiosa, era una virtud pedestre, que no se +traducía en conceptos delicados y sublimes como en el P. Narciso, el P. +Gil y otros. Así que rara era la joven que se confesaba con él, ni menos +la que apeteciese su conversación o tuviese gusto en envolverle entre +nubes de incienso, como hacía Cándida en aquel momento. Su misma +inclinación a rescatar las mujerzuelas perdidas, por más que se +respetase, no le hacía<a name="page_199" id="page_199"></a> simpático a las señoritas. Verdad que él se +pasaba admirablemente sin esta simpatía y no le quitaba de engordar cada +día más y pasar la vida riendo. Las lisonjas que le estaba vertiendo al +oído con voz insinuante su nueva hija de confesión, en vez de agradarle, +le turbaban, le molestaban visiblemente. Fue una de las pocas veces en +que pudo vérsele serio. Hacía rechinar la silla, cambiando de postura a +cada instante, y restallaba los nudillos de las manos de un modo +formidable, tosía, se ponía colorado, y de vez en cuando dejaba escapar +de la garganta un leve bufido con que su modestia alarmada protestaba. +Por último, solicitado vivamente por la dulce perspectiva del tresillo, +aprovechó una pausa de la doncella para levantarse y decir torciendo un +poco las caderas a guisa de saludo:</p> + +<p>—Con permiso de usted, señorita.</p> + +<p>En cuanto salió de aquella situación angustiosa, su faz sanguínea se +dilató y volvió a aparecer en ella la sonrisa de benevolencia universal +que le servía de principal ornamento. Su llegada al grupo donde estaban +Consejero, D. Martín, Osuna y otro caballero militar de Lancia fue +acogida con alegría.</p> + +<p>—Te presento—dijo D. Martín a su amigo forastero, bajando la voz y +echando una mirada recelosa alrededor para cerciorarse de que no le oía +su mujer,—al padre Norberto, un cura que<a name="page_200" id="page_200"></a> te podrá informar de todos +los <i>chamizos</i> de la población, si deseas conocer alguno.</p> + +<p>—¡Oh, oh! ¡D. Martín, por Dios!</p> + +<p>—¡Atrévase usted a decir que no los conoce!</p> + +<p>—Hombre, sí... de algunos sé... Por desgracia, necesito entrar en ellos +alguna vez...</p> + +<p>—Este señor se dedica a las jóvenes extraviadas—continuó D. Martín, +dirigiéndose a su compañero, que sonreía lleno de asombro.</p> + +<p>—¡Jesús! Considere, D. Martín, que este señor no me conoce...</p> + +<p>—Pues para que le conozca a usted hablo.</p> + +<p>D.ª Eloisa, de lejos, echaba miradas de terror a su marido, observando +la confusión de D. Norberto y la risa de los otros.</p> + +<p>—Bueno—prosiguió el señor de las Casas, haciéndose prudente y +conciliador,—yo no diré, D. Norberto, que usted vaya con mala idea a +esas casas de perdición; pero lo que sostendré siempre es que les está +usted prestando un gran servicio: está usted haciendo su agosto.</p> + +<p>—¿Cómo, cómo?—preguntó asustado el clérigo.</p> + +<p>—Pues muy sencillo; ayudando a que se eleve el precio de la mercancía. +Recuerde el ejemplo de Carmen la zapatillera...</p> + +<p>Ésta era una muchacha a quien el P. Norberto había conseguido sacar de +una casa de prostitución y llevar a un convento. Al cabo de algún<a name="page_201" id="page_201"></a> +tiempo se salió y volvió a la mala vida. Tornó D. Norberto a persuadirla +al arrepentimiento, y otra vez ella se vino del asilo y se entregó al +vicio.</p> + +<p>—¿Y qué tiene que ver?...</p> + +<p>—Voy a explicárselo, padre, voy a explicárselo... Atiendan ustedes... +Cuando usted catequizó a Carmen, no me negará que la mercancía estaba +bastante depreciada ya...</p> + +<p>—¡Yo no sé! ¡Qué cosas tiene usted, D. Martín!—exclamó el clérigo +azorado.</p> + +<p>—Me consta, padre, me consta. Pues bien, después que estuvo un año por +allá y engordó un poco en el convento y volvió rodeada de cierta aureola +de honradez, el precio se elevó notablemente. Vuelve usted a llevársela +cuando ya estaba un poco estropeadilla y la demanda había mermado hasta +un punto que hacía temer por la bucólica, y ahora que viene otra vez +gordita y santificada, se cotiza de nuevo como en sus mejores tiempos.</p> + +<p>—¡Jesús! ¡Jesús! ¡Vaya todo por Dios!—exclamó el clérigo tapándose los +oídos, pero sin enfadarse.—No sea usted tan malo, D. Martín.</p> + +<p>D.ª Eloisa, que bien advertía lo que estaba pasando, se levantó al fin +de la silla y vino hacia ellos, preguntando con mal humor:</p> + +<p>—¿No juegan hoy al tresillo?</p> + +<p>—Vamos allá, vamos allá—respondió su marido,<a name="page_202" id="page_202"></a> sofocando la risa que le +fluía del cuerpo, como a los demás.</p> + +<p>Sentáronse Consejero, D. Norberto y él a la mesa, y no tardaron en +abstraerse de todos los ruidos mundanales bajo la influencia fascinadora +de la espada, la mala y el basto. Poco después Consejero rechinaba los +dientes y se tiraba cruelmente del bigote, encontrándose dos veces +seguidas con el tres de bastos, su enemigo personal. Hacía ya muchos +años que se tenían declarada una guerra a muerte. Cada vez que le venía +a las manos, Consejero se crispaba, juraba sordamente como un carretero. +El tres de bastos, malintencionado y socarrón como ningún otro naipe, +gozaba al parecer con verle irritado, y se colaba bonitamente siempre +que podía en el montoncillo que le repartían. No sólo en la tertulia, +sino en toda la villa era conocida esta antipatía. Algunos, con ciertas +precauciones por supuesto, porque D. Romualdo se disparaba fácilmente, +le embromaban con ella. En cierta ocasión, pescando con caña detrás de +la iglesia, sacó en el anzuelo un naipe que resultó ser el tres de +bastos. No le cupo duda de que lo habían tirado allí con intención, pero +no dijo palabra para que no se rieran.</p> + +<p>Mientras tanto Osuna había ido a frotarse un poco contra D.ª Eloisa. +Entre todas las damas que asistían a aquella tertulia no había más<a name="page_203" id="page_203"></a> que +dos gordas, D.ª Teodora y D.ª Eloisa. Estaba también en buenas carnes +D.ª Rita, pero era blanda, amarilla. Las demás «escocia pura,» como él +llamaba a las flacas, aludiendo al bacalao. Así que no tenía fin el +desprecio que nuestro jorobado profesaba a aquella sociedad degenerada y +exhausta de tejido adiposo. Sólo iba por allí a buscar a su hija, o +cuando materialmente no sabía dónde refugiarse. D.ª Eloisa miraba con +benevolencia (como lo miraba todo la buena señora) aquella pasión que el +monstruo parecía sentir hacia ella. Cuando se le acercaba demasiado, +separábase dulcemente, sin extinguirse por eso su sonrisa bondadosa. En +cambio D.ª Teodora le tenía un gran miedo, verdadero terror. Lo mismo +era aproximarse Osuna, que ya estaba la casta jamona sofocada, inquieta, +un color se le iba y otro se le venía. Pero era tal la vergüenza que +sentía, que no hubiera declarado a su mismo padre las insinuaciones del +sucio contrahecho. ¡Qué diferencia entre este indecente y el sereno, +majestuoso y romántico D. Juan Casanova! Ni con D. Peregrín podía +comparársele, con ser éste, en concepto de la madura doncella, un sujeto +mucho más voluptuoso y terrestre.</p> + +<p>D. Peregrín había llegado, según costumbre, de los últimos. Y si la +tertulia no advirtió en la mayor estridencia de sus bufidos nasales, en +su<a name="page_204" id="page_204"></a> parpadear infinitamente más solemne y en la grave manera de poner +una pierna sobre otra y echarse hacia atrás que algo importante, +importantísimo, tenía que comunicar, fue que no quiso advertirlo. +Aguardó pacientemente, como todos los hombres seguros del éxito, a que +hubiese una pausa, y cuando llegó, profirió con su voz gangosa, +penetrante, encarándose con el ama de la casa:</p> + +<p>—¿A que no sabe usted a quién acabo de ver entrar en casa de su +hermano, en compañía del excusador?</p> + +<p>A Obdulia le dio un salto tan recio el corazón, que pensó caer al suelo. +Los demás, incluso D.ª Eloisa, alzaron la cabeza con curiosidad.</p> + +<p>—¿Quién era?</p> + +<p>—Su cuñada Joaquina—gritó más que dijo el ex-gobernador interino de +Tarragona, como si anunciara el juicio final.</p> + +<p>Profundo estupor en toda la tertulia.</p> + +<p>—¡Mi cuñada!—exclamó.</p> + +<p>—Su misma cuñada—confirmó D. Peregrín con trompeteo horrísono.</p> + +<p>—¡No puede ser!—dijo D.ª Eloisa.</p> + +<p>—¡No puede ser!—exclamó su marido, suspendiendo el juego.</p> + +<p>—¡No puede ser!—repitió D.ª Serafina Barrado.</p> + +<p>El ex-gobernador de Tarragona dejó escapar<a name="page_205" id="page_205"></a> por la nariz algunos +resoplidos fragorosos, como una locomotora que desaloja el vapor +sobrante, y repuso:</p> + +<p>—¿Creen ustedes, señores, que no tengo ojos en la cara?</p> + +<p>Esta pregunta trascendental, acompañada del adecuado fruncimiento de +cejas, produjo bastante impresión entre los interruptores.</p> + +<p>—Bien pudo usted haberse equivocado—dijo el inválido.</p> + +<p>—¡Es tan fácil!—exclamó D.ª Eloisa.</p> + +<p>—La he visto como les veo a ustedes ahora, a tres pasos de distancia. +Venía yo de hablar con el sacristán para la cuestión del aniversario de +mi señor padre, cuando al embocar la calle del Cuadrante veo al P. Gil +con una señora que me pareció forastera. Quise saber quién era, y me +detuve un poco cerca del farol, ocultándome detrás del quicio de una +puerta. Era Joaquinita, sin duda alguna. Esperé un poco y los seguí con +la vista hasta que entraron en casa de Montesinos.</p> + +<p>—Pero ¿usted la conoce bien?—preguntó el P. Narciso.</p> + +<p>—Lo mismo que a usted.</p> + +<p>—Peregrín, debes tener presente que no le has hecho más que una visita +en Madrid, y por la noche, según me has dicho—apuntó tímidamente D. +Juan.<a name="page_206" id="page_206"></a></p> + +<p>El ex-gobernador arrojó a su hermano una mirada de indecible desprecio.</p> + +<p>—Juan, no metas la pata.</p> + +<p>—Peregrín, no sé por qué...</p> + +<p>—¡Juan!...</p> + +<p>—¡Peregrín!...</p> + +<p>—¡Que no la metas! ¡Que no la metas! A esa señora la he visto después +de visitarla otra porción de veces en la calle, y la he saludado. Por lo +tanto, me veo en la triste necesidad de manifestarte que lo que acabas +de decir es una impertinencia. Cuando he asegurado que conocía a esa +señora, es porque la conocía. Yo no hablo nunca a humo de pajas. Si +fuera un hombre ligero y sin fundamento, no hubiera podido ocupar las +posiciones que he ocupado. Sírvate de gobierno.</p> + +<p>—Ahora que me acuerdo—dijo Cándida,—hoy he visto apearse de la +diligencia a una señora rubia con un traje muy elegante.</p> + +<p>D. Peregrín alzó los hombros con un gesto de profundo desdén, como si +quisiera decir: «¿A qué viene usted en mi apoyo para contrarrestar los +absurdos de este necio?»</p> + +<p>Aquel dato y aquel gesto concluyeron de aniquilar a D. Juan, cuyo rostro +expresó el abatimiento. Pero D.ª Teodora, con sus grandes ojos serenos, +le clavó una mirada tan afectuosa que las facciones del caballero, +contraídas por la pesadumbre, se fueron dilatando gradualmente, y<a name="page_207" id="page_207"></a> una +plácida sonrisa melancólica concluyó por esfumarse en sus labios. La +frente de D. Peregrín, en cambio, quedó surcada instantáneamente por una +porción de arrugas. La innegable superioridad que tenía sobre su +hermano, ¿de qué le servía? Cuanto mejor la demostraba delante de la +fresca jamona, tanto más se inclinaba ésta a favor de él. Razón tenía el +juez de primera instancia de Tarragona cuando le decía que la mujer era +un tejido de contradicciones.</p> + +<p>Obdulia sintió que una alegría intensa, infinita, le entraba a chorros +dentro del alma. Su cuerpo, enervado, incapaz de movimiento, adquirió +súbito la ligereza de un pájaro. Quería salir prontamente de aquella +estancia y surcar los aires y cantar su gozo. Cualquiera podría observar +el cambio operado en ella. Al mutismo obstinado en que yacía sucedió una +locuacidad extrema, una charla animada, insustancial, entreverada de +carcajadas extrañas en que se placía, desahogando la emoción que la +embargaba, estirando sus nervios encogidos. Ni sabía bien lo que estaba +diciendo, ni D.ª Filomena, con quien platicaba, se enteraba tampoco, +atenta a contemplar la faz inteligente del P. Narciso y gozar del brillo +de sus humoradas. Al poco rato sintió la garganta seca y calor inusitado +en las mejillas. El caballero de Lancia, que allí estaba, hizo la +observación, que se apresuró a comunicar a Osuna,<a name="page_208" id="page_208"></a> de que su hija tenía +los ojos muy negros y brillantes, y que le sentaban muy bien las rosetas +encarnadas que el calor le había sacado en el rostro.</p> + +<p>La noticia había producido sensación en todos. Pocos eran los que +conocían allí a la esposa de Montesinos, aunque nadie ignoraba los +incidentes del drama conyugal que había retraído al mayorazgo a +Peñascosa. Pero lo que en los extraños era pura curiosidad, en la buena +de doña Eloisa se ofreció, como es lógico, con la apariencia de viva y +honda emoción. Quiso desde luego salir a saber lo que pasaba en casa de +su hermano, quiso después que fuese su marido, quiso enviar un criado. A +todo se opuso D. Martín que, viendo las cosas con más frialdad, +comprendía que cualquier paso de éstos en aquel instante era inoportuno. +La conversación se animó extremadamente, hasta el punto de que los +tresillistas suspendieron el juego y tomaron parte en ella. Los +comentarios que se hicieron, infinitos. Se forjaron mil hipótesis sobre +el caso. Unos opinaban que la esposa, arrepentida, venía a pedir perdón +a su marido, otros que hacía el viaje tan sólo para reclamar de él +alimentos, otros que su intento era entablar la demanda para formalizar +el divorcio, otros que el marido la había llamado, no pudiendo desterrar +de su corazón el amor que la profesaba (la mayoría del elemento +femenino<a name="page_209" id="page_209"></a> se inclinaba a esta suposición), otros que el P. Gil, <i>motu +proprio</i>, había escrito a D.ª Joaquinita y había preparado la escena, a +fin de que D. Álvaro la perdonase, otros que había persuadido a éste a +que la llamase a Peñascosa. Ni faltaba tampoco quien supusiera que D. +Álvaro y su esposa hacía tiempo que mantenían correspondencia, y que era +ella quien resistía venir a visitarle hasta la hora presente.</p> + +<p>—De todos modos, lo que no ofrece duda es que el P. Gil tiene una +intervención muy principal en el asunto, y a él le pertenece la gloria +de la reconciliación—dijo gravemente D. Narciso.</p> + +<p>—Si la hay—repuso Consejero.</p> + +<p>—La habrá—replicó el capellán.—La habrá, y aquí D. Martín tendrá +quizá el gusto pronto de ver un sobrinito que le distraerá con sus +travesuras y sus gracias.</p> + +<p>D. Martín, a quien su alma de héroe no le quitaba de tener muchísimas +ganas a la herencia del cuñado, cuya salud era endeble, arrugó las +narices y murmuró groseramente:</p> + +<p>—Me tiene sin cuidado.</p> + +<p>—No lo creo; no puedo creerlo, D. Martín. A usted no puede menos de +alegrarle que la noble casa de Montesinos no se extinga, que haya quien +lleve honrosamente este apellido... Luego ha de parecer bien aquella +casa tan grande con unos cuantos chicos que la alegren con sus risas y +sus<a name="page_210" id="page_210"></a> gritos. La obra del padre Gil es de las más meritorias que ha +llevado a cabo, y eso que las ha hecho muy buenas.</p> + +<p>Obdulia le clavó una mirada colérica; pero templándose súbito, repuso +con sonrisa inocente:</p> + +<p>—Usted no tiene nada que envidiarle, don Narciso. ¿Quién no recuerda en +la villa los muchos matrimonios que por su mediación están hoy bien +avenidos? Sin ir más lejos, todo el mundo sabe que D. Feliciano quería +muy poco a D.ª Nieves... y ya ve usted, hoy están como dos pichones.</p> + +<p>Este D. Feliciano era el marido que, según se decía en secreto, había +roto una pierna al P. Narciso arrojándole por las escaleras.</p> + +<p>Los circunstantes se miraron con inquietud. Hubo un silencio embarazoso. +Consejero soltó la carcajada, y exclamó, poniendo una carta sobre la +mesa, como si se refiriese al juego:</p> + +<p>—¡Anda, vuelva usted por otra!</p> + +<p>Todos comprendieron que se dirigía al padre Narciso, y esto aumentó la +inquietud. El clérigo se puso colorado y murmuró:</p> + +<p>—Gracias, gracias. Todos tenemos obligación...</p> + +<p>—Usted va más allá de la obligación, padre... Muchas veces lo que usted +hace es pura devoción—replicó la hija de Osuna con encantadora +sencillez.<a name="page_211" id="page_211"></a></p> + +<p>—¡Arrea!—volvió a exclamar Consejero, con la vista fija en las cartas.</p> + +<p>—¿Qué es eso, D. Romualdo?—preguntó riendo D. Norberto.—¿Le ha tocado +el tres de bastos?</p> + +<p>—Sí, señor; pero me consuela que hay palos para todos.</p> + +<p>—Pues yo no tengo ninguno—replicó el cándido presbítero.</p> + +<p>—¡Otro los recibirá!</p> + +<p>—Hacemos todos lo que podemos; pero no cabe duda que unos pueden más +que otros. El P. Gil es un santo, es un apóstol de los primeros tiempos +de la Iglesia. Ninguno de nosotros tiene la presunción de competir con +él en celo ni en sabiduría—manifestó D. Joaquín, viniendo en socorro de +su amigo, con una risita venenosa que haría saltar una piedra.</p> + +<p>—En sabiduría puede que tenga usted razón, D. Joaquín—replicó +vivamente Obdulia;—pero en celo, me parece que está usted en un error. +Es usted demasiado modesto... No es por adularle, pero tratándose de +celo, yo creo que es usted tan celoso como el primero, ¿verdad, doña +Serafina?</p> + +<p>Un gruñido de todo punto extraño se escapó en aquel momento de la +garganta de Consejero, al cual siguió inmediatamente un violento golpe +de tos que le dejó sin respiración por algunos segundos.<a name="page_212" id="page_212"></a> D. Joaquín +también sintió cierto picor en la garganta, que le obligó a toser +volviendo la cabeza. D.ª Serafina no contestó a la pregunta, porque se +distrajo hablando con D.ª Eloisa.</p> + +<p>La conversación cambió de rumbo, como si tácitamente todos convinieran +en que aquél era peligroso. Poco después cesó de ser general, y +volvieron a formarse los grupitos de costumbre. D. Martín estaba +malhumorado y disputaba a cada jugada. D.ª Eloisa hablaba tranquilamente +del caso. Ninguno, por estupendo que fuese, conseguía alterar el sistema +nervioso de la buena señora. Su interlocutora D.ª Serafina seguía +dirigiendo frecuentes miraditas y sonrisas a su capellán; pero éste se +había puesto repentinamente serio, cejijunto. Una nube de tristeza pasó +también por la bella alma apasionada de la respetable viuda, y sus +miradas comenzaron a ser tímidas, inquietas, llenas de muda +reconvención.</p> + +<p>Sonó la campanilla de la puerta. Nadie lo advirtió mas que el ama de la +casa y Obdulia, cuyo rostro se cubrió de palidez. Clavó los ojos en la +puerta con espanto, como si por ella fuese a entrar un aparecido: sus +nervios se pusieron en tensión bajo una misteriosa influencia magnética. +Un minuto después alzose la cortina y apareció la esbelta figura del P. +Gil.</p> + +<p>Todos los ojos se volvieron hacia él con expresión<a name="page_213" id="page_213"></a> de curiosidad. La +noticia de la llegada de Joaquinita los tenía sobresaltados: se anhelaba +saber lo que había pasado. Pero antes de que nadie hablase ni el +sacerdote diera paso alguno por la sala, Obdulia se levantó de la silla, +avanzó precipitadamente a su encuentro y se dejó caer de rodillas a sus +pies. Al mismo tiempo le tomó una mano y comenzó a imprimir en ella +vivos y fuertes besos, mientras bañaban sus mejillas las lágrimas y le +rompían el pecho los sollozos. El P. Gil quiso arrancarse a aquellas +demostraciones, pero no pudo. La arrepentida doncella le tenía sujeto +con las manos crispadas. Turbado hasta lo indecible, no supo decir más +que...</p> + +<p>—Obdulia, ¡cálmese usted... ¡Cálmese usted! ¡Cálmese usted, por Dios! +¡Levántese usted!... ¡Levántese usted, por Dios!...</p> + +<p>Su faz blanca, nacarada, estaba cubierta de vivo rubor. Un soplo de +emoción delicada y mística corrió por toda la tertulia. Algunas jóvenes +también se ruborizaron. Los clérigos se miraron unos a otros. Consejero, +después de echar una mirada socarrona de absoluta indiferencia al grupo, +convirtió de nuevo la vista a los naipes y murmuró:</p> + +<p>—¡El Redentor y la Magdalena!</p> + +<p>Pero Obdulia soltó al fin la mano del sacerdote y cayó al suelo, presa +de un violento ataque de<a name="page_214" id="page_214"></a> nervios. Entonces todas las señoras se +precipitaron hacia ella y le prodigaron los cuidados de costumbre. +Porque escenas semejantes e idénticos ataques se producían a menudo en +aquella tertulia de vírgenes nerviosas y viudas místicas. Salieron a +relucir los pomos, los frascos de antiespasmódico. Un olor penetrante de +éter se esparció en seguida por la estancia.<a name="page_215" id="page_215"></a></p> + +<h3><a name="VIII" id="VIII"></a>VIII</h3> + +<p>«La distinción entre las llamadas naturaleza orgánica e inorgánica es +completamente arbitraria. La fuerza vital, como vulgarmente se la +concibe, es una quimera. La materia en que reside la vida nada tiene de +especial. No existe en los cuerpos orgánicos ningún elemento fundamental +que no se encuentre ya en la naturaleza inorgánica: la sola cosa +especial es el movimiento de esta materia. La vida no es más que un modo +particular más complicado de la mecánica: una porción de la materia +total pasa de tiempo en tiempo de su curso habitual a otras +combinaciones químicas y orgánicas; después que ha permanecido en ellas +un cierto período vuelve al movimiento general.»</p> + +<p>El P. Gil leía con profunda emoción estas y<a name="page_216" id="page_216"></a> otras análogas +proposiciones en un libro que había sacado de la biblioteca de D. +Álvaro. Después que hizo un auto de fe con los libros históricos de +éste, referentes a los orígenes del cristianismo, estuvo mucho tiempo +sin tomar siquiera en las manos ningún otro de su biblioteca. Continuaba +visitando al mayorazgo de vez en cuando, pero huía de toda conversación +metafísica. La salud de D. Álvaro empeoraba a ojos vistas desde la +llegada y súbita partida de su esposa. Su tristeza, su estado miserable +le inspiraban cada día más compasión. El horror que antes sentía hacia +él había desaparecido. Por encima de las diferencias religiosas y +filosóficas, de la oposición de inteligencia y carácter asomaba +briosamente el amor a la humanidad que latía en el corazón profundamente +cristiano del joven sacerdote. D. Álvaro era un hermano que padecía. +Ante esta consideración, todas las demás ceden en las almas donde ha +soplado el espíritu del sublime Nazareno. Pero D. Álvaro tampoco era el +malvado diabólico, que se había representado en los primeros días que le +conoció. A ratos lo parecía. Un demonio hablaba y reía por su boca en +ocasiones, maldiciendo de Dios y de los hombres. En otras, sin embargo, +mostrábase dulce, afectuoso, compasivo, y hablaba con tal inocencia que +parecía estar oyendo a un niño. Aunque se defendiese contra ella, el P. +Gil no<a name="page_217" id="page_217"></a> podía menos de sentir cada día más afición a este desgraciado.</p> + +<p>Una mañana departían los dos en el gabinete de la torre que servía de +despacho y biblioteca. D. Álvaro había pasado toda la noche tosiendo. +Estaba fatigado, molido. Al cabo de un rato cerró los ojos y se quedó +traspuesto en la butaca. El P. Gil ni creyó bueno el despertarle para +despedirse, ni se atrevió a marcharse sin hacerlo. En esta +incertidumbre, se puso a hojear algunos libros que andaban esparcidos +sobre la mesa. Tropezaron sus ojos con uno de geografía, y leyó +distraídamente algunos párrafos. Al cabo la lectura logró interesarle. +El autor describía pintorescamente algunas comarcas desconocidas y +ciertos fenómenos de la mar muy curiosos. La instrucción del P. Gil en +las ciencias naturales era limitadísima. En el seminario de Lancia +ocupaban éstas un lugar muy secundario: apenas si se les exigía a los +alumnos algunas nociones insignificantes de física, química e historia +natural. Además, siempre les había profesado cierto desprecio inculcado +por el rector su maestro; el desprecio que los ascetas sienten hacia +todo lo que se relaciona con la materia. Así que tales descripciones le +cogían de nuevas. El libro era célebre en el mundo científico; había +oído hablar de él; pero nunca cayera en sus manos hasta entonces. +Titulábase <i>Cosmos</i>; su<a name="page_218" id="page_218"></a> autor, Alejandro Humboldt. Cuando D. Álvaro +abrió los ojos al fin y le vio enfrascado en la lectura, le preguntó +sonriendo:</p> + +<p>—¿Le interesa a usted ese libro, padre?</p> + +<p>—Muchísimo.</p> + +<p>—Pues lléveselo usted... Llévese usted el primer tomo, que ése es el +segundo.</p> + +<p>Y levantándose y sacándolo de uno de los armarios, se lo presentó al +sacerdote. Este vaciló en tomarlo.</p> + +<p>—¿Está condenado por la Iglesia?</p> + +<p>—No lo creo—replicó sonriendo el hidalgo.—Es un libro puramente +expositivo, sin intención alguna polémica.</p> + +<p>En esta confianza se llevó a su casa el tomo primero y se puso con afán +a leerlo. Comenzaba con una descripción elocuentísima del mundo sideral, +del panorama de las grandezas celestes. El autor desenvolvía con pluma +vigorosa el mecanismo inmenso de los cuerpos que giran en el espacio. +Ante su vista asombrada pasaron mundos tras mundos, sistemas tras +sistemas en la sucesión sin fin de los universos estrellados, globos +inmensos volando en rápido torbellino sobre sí mismos, lanzados a toda +velocidad en los desiertos del vacío. ¡Qué velocidad, eterno Dios! Una +bala de cañón es una tortuga en comparación con ellos. Estos globos, +millares y millones de veces más grandes que nuestra tierra, caminan<a name="page_219" id="page_219"></a> +centenares de miles de leguas por día. Bajo la acción irresistible de +fuerzas colosales, misteriosas, son arrebatados por el espacio con la +rapidez del relámpago. Y todos ellos son mundos donde palpita la vida +con eterna y maravillosa fecundidad: en la combinación misma de sus +movimientos hallan la renovación de su juventud y belleza: son otros +tantos soles que esparcen y trasmiten como el nuestro a otras tierras +que los acompañan su luz y su vida. En ellos también se alzan las +montañas hermosas coronadas de nieve, también suspira el viento en los +bosques y se retratan sus paisajes en los lagos silenciosos; también se +despliega en su superficie la inmensidad de los océanos, agitados, +turbulentos unas veces, otras serenos, iluminados por los resplandores +de la luz crepuscular; también se sufre, también se goza, también se +lucha, también se ama... Y todas estas moradas del espacio navegan al +través del océano celeste sin temor a los escollos, a los choques o a +las tempestades, sostenidos y guiados por una fuerza invisible que jamás +se equivoca. Más allá de esos millares de astros, que percibimos a +simple vista, hay cien millones que percibimos con el telescopio; más +allá de esos cien millones hay otros millones de millones más, que +recorren la inmensidad con celeridades aterradoras. Eso que nos aparece +como un poco de polvo blanco, como<a name="page_220" id="page_220"></a> leve imperceptible vapor, es una +nebulosa: millones de soles tan grandes y mayores que el nuestro la +forman, escoltados por una legión de planetas y satélites que respiran y +beben su aliento. Y esta nebulosa no es más que una provincia del éter. +Más allá hay otras, y otras, hasta el infinito.</p> + +<p>Ante esos movimientos inconcebibles que arrastran por los desiertos +infinitos a millares y millares de soles; ante esa colosal catarata, esa +lluvia de estrellas que rueda sin cesar por los abismos del espacio; +ante esas órbitas inconmensurables; ante esas distancias y velocidades +donde la imaginación se pierde, descritas con la firmeza de un sabio y +el fuego de un poeta por el barón de Humboldt, el joven presbítero se +sintió acometido de un vértigo. Sujetose las sienes con las manos y +estuvo largo rato con los ojos cerrados. Al abrirlos, percibió las +mejillas húmedas. Algunas lágrimas se habían deslizado entre sus +pestañas.</p> + +<p>Una melancolía profunda invadió su alma. ¿Por qué? ¿Todas aquellas +maravillas no pregonaban la grandeza del Creador? Sin duda; mas a pesar +de esto, el desconsuelo le ahogaba, como el hombre que repentinamente se +ve perdido enmedio del océano. Estaba acostumbrado a medir su +insignificancia en el orden moral, su maldad y perversión comparadas con +la bondad infinita<a name="page_221" id="page_221"></a> de Dios. Pero nunca había visto de modo tan evidente +lo ínfimo y microscópico de su naturaleza. La tierra que habitamos le +pareció un pobre globo ridículo navegando por el espacio sin ser notado +ni sentido de nadie. Las guerras, las grandes catástrofes y +trasformaciones históricas que en ella se efectúan, cosas tan +despreciables y risibles como las luchas de los seres que habitan una +gota de agua. Y lo que era peor, Jesucristo, cuya figura, aun en sus +momentos de duda, se le aparecía elevada siempre y majestuosa, se +presentaba ahora a su imaginación como un grano de polvo; la historia de +la Redención, tan insignificante como la caída de una hoja.</p> + +<p>Quiso penetrar más en el estudio de la Naturaleza. Después del <i>Cosmos</i> +leyó otra porción de libros de astronomía, de física, de geología. Poco +a poco se acostumbró a ver en los fenómenos naturales el resultado de la +actividad de las fuerzas inherentes a la materia. El mundo pudo haberse +formado, sin la intervención de una Inteligencia, por la sola acción de +las leyes naturales. La antigua idea de un Arquitecto inteligente, de un +inspirador personal de los instintos se fue debilitando en su espíritu. +Y cuando menos lo imaginaba comenzó a dudar de la existencia de un Dios +personal separado del Universo. El acto de la creación lo encontraba +inconcebible, absurdo.<a name="page_222" id="page_222"></a> En todas partes veía la acción de una fuerza +constante que opera según leyes fatales, no la de un Dios que puede +obrar por capricho, cuya voluntad es capaz de contrarrestar estas leyes.</p> + +<p>La idea era aterradora. El P. Gil hacía esfuerzos desesperados por +arrojarla de su cerebro, aunque inútilmente. Cayó de nuevo en aquel +estado angustioso de duda en que le dejaran los libros de exegesis +bíblica, mucho más angustioso y miserable porque se veía lanzado en +pleno materialismo, lejos de la idea de Dios y de la inmortalidad. +Luchaba bravamente procurando representarse a todas horas las verdades +sublimes de la religión, la idea de un Dios padre de las almas, +arquitecto y director del Universo, a quien ofenden nuestros pecados, a +quien ablandan nuestras súplicas y nuestras lágrimas; se agarraba con +toda su alma a estas firmes doctrinas; estaba un día entero unido con +fervoroso anhelo a ellas; pero cuando más descuidado se hallaba, un +pensamiento impío, fatal, caía en su cerebro y lo volvía todo del revés. +La idea del Dios personal separado del Universo le parecía un absurdo, +porque Dios no sería entonces infinito, pues que estaba limitado por el +mundo; la creencia de que nuestras oraciones pueden alterar el curso de +las leyes naturales, un cuento de viejas para engañar a los niños; la +religión, en conjunto, una serie de mitos, más o menos ingeniosos<a name="page_223" id="page_223"></a> y +bellos, creados por la fantasía viva, pero infantil aún de los hombres. +Cuando esto le pasaba, el P. Gil se mesaba los cabellos y se mordía las +manos; metía la frente por la almohada, a ver si lograba paralizar su +pensamiento. Se horrorizaba de sí mismo.</p> + +<p>Después del lamentable suceso que privó a D. Miguel de licencias para +confesar y decir misa, quedó él al frente de la parroquia. Y aunque poco +después se rehabilitó al párroco, el obispo no quiso que apacentase otra +vez las ovejas de Peñascosa. No le privó del curato (que esto no podía +hacerlo), pero le puso un coadjutor para desempeñarlo. Se encomendó este +cargo interinamente al P. Gil, en espera del nombramiento definitivo. +Todo el peso y la responsabilidad de la cura de almas de Peñascosa vino +a recaer, pues, sobre nuestro presbítero en los momentos en que más +necesitaba él que curasen la suya, lacerada por la duda. El trabajo de +velar por los intereses de la religión, de mantener viva en aquel pueblo +la antorcha de la fe, que era para él antes un manantial de puros goces, +se le hizo molestísimo, odioso; se convirtió en un tormento. ¿Con qué +derecho subía a la cátedra del Espíritu Santo a exponer la divina +palabra, o escuchaba en el confesonario los pecados del creyente, o +elevaba en el altar la sagrada Hostia, él, que dudaba si las palabras +del Evangelio<a name="page_224" id="page_224"></a> fueron o no pronunciadas por Jesús, si la confesión +auricular era ley divina o una institución creada en interés de la +hierocracia, si el sacramento de la Eucaristía encerraba una verdad +sublime o era una reminiscencia de los símbolos y misterios de las +religiones del Oriente?</p> + +<p>Muchas tardes, agobiado por sus pensamientos, salía de casa y recorría a +paso largo las orillas solitarias de la mar. La brisa le refrescaba las +sienes, la vista del océano calmaba la fiebre de su cerebro. Sentábase +en un peñasco batido por las olas, y permanecía horas enteras con los +ojos extáticos clavados en el horizonte. La belleza imponente de aquel +espectáculo no lograba cautivarle. Ni el clamor de las olas, ni su +cambiante manto de ópalo y plata y zafiro, ni los hermosos celajes +abrasados por los rayos del sol moribundo serenaban jamás por completo +su frente. La misma arruga dolorosa la cruzaba siempre, la misma fatal +interrogación se leía constantemente en ella. ¿En esta agitación eterna +de las aguas hay algo más que una fuerza ciega empujando los átomos unos +contra otros? ¿La luz hermosa que reverbera en el horizonte es algo más +que una vibración de la materia? Ese pájaro que hiende los aires y se +precipita en el agua para atrapar un desdichado pez y devorarlo, ¿qué +misterio guarda dentro de su organismo? ¿Yo mismo soy otra cosa más que +una<a name="page_225" id="page_225"></a> expresión individual de la fuerza que anima a todos los seres del +Universo?</p> + +<p>Pero cuando estos pensamientos, horribles siempre, le apretaban como las +cuerdas de un potro, se le hacían irresistibles, era cuando le acometían +al tiempo de ejercer alguna función de su sagrado ministerio. Si al +celebrar el santo sacrificio de la misa o dar la absolución a un +penitente cruzaba por su espíritu una de estas ideas negras, sentía la +misma impresión que si le atenazasen el cerebro con un hierro candente, +le asaltaba una congoja que le dejaba paralizado. Pensaba morirse. Lo +deseaba ardientemente por librarse de aquel suplicio.</p> + +<p>Un día le avisaron para llevar el Viático a un caserío próximo a la +villa. Como era preciso caminar algún tiempo a campo traviesa, fue sin +campanilla ni convocar a los fieles. Salió solo con el sacristán, la +bolsa de los corporales colgada al cuello y en ella la Sagrada Forma. El +camino ceñía a trechos la orilla de la mar. Fascinado como siempre por +la inmensidad del océano, distrajo su atención del misterio inefable que +llevaba sobre su pecho, dejó de balbucir oraciones y entregó su +pensamiento a las mismas meditaciones que noche y día le embargaban +hacía tiempo. Los rayos del sol desparramados sobre los cristales del +agua le impulsaron a considerar la acción suprema, omnipotente de este +astro sobre<a name="page_226" id="page_226"></a> la vida terrestre. Él es quien la ha creado, quien la +sostiene, quien la renueva. La flor le debe su perfume, la fiera su +agilidad y su instinto sanguinario, nuestra alma sus impresiones más +dulces o terribles. El sol es el padre de todo, del amor y del odio. +Consideró después que la vida no es más que un dinamismo inmenso en cuyo +seno se trasforman las fuerzas formidables de la física y de la química. +Todos los seres de la tierra, hombres, animales, plantas, están +íntimamente ligados. La vida de todos ellos es una misma, y esta vida +universal no es otra cosa que un incesante cambio de materias. Un +movimiento universal arrastra a los átomos, como a los mundos. Mil +ondulaciones se entrecruzan en la atmósfera, mil fuerzas se combinan, el +calor y la luz, la afinidad y el magnetismo se unen en los misterios del +mundo vegetal y mineral. Todos los seres están constituidos de las +mismas moléculas, que pasan sucesiva e indiferentemente de uno a otro, +de modo que nada les pertenece en propiedad. Nuestro cuerpo se renueva +de tal modo que al cabo de cierto tiempo no poseemos ya un solo gramo +del cuerpo material que poseíamos antes. Este movimiento de renovación +se opera en cada uno de los animales, en cada una de las plantas. Los +millones de seres que habitan la superficie del globo viven en mutuo +cambio de organismos. La molécula de oxígeno<a name="page_227" id="page_227"></a> que ahora respiro fue ayer +respirada por uno de estos árboles que bordan el camino. La molécula de +carbono que arde en uno de estos montoncitos de hoja seca que sirven +para abonar la tierra, quizá haya ardido ayer en los pulmones de un +héroe. Quizá en una de esas conchas de ostras que yacen adheridas a +estas peñas se esconda el fósforo que formaba las fibras más preciosas +del cerebro de Jesucristo...</p> + +<p>Sintió dentro de su ser algo que se desgarra y cae. Había olvidado por +completo que llevaba consigo el cuerpo divino del Redentor. Le pareció +una cosa tan extraña, tan fuera de la realidad eterna que veía y +palpaba, que imaginó estar soñando. Y sin saber de qué antro oscuro de +su ser venían, le acometieron unas ganas feroces, impías, de soltar la +carcajada. ¿Qué comedia era aquélla? Un poco de harina amasada y tostada +ayer por el ama de D. Miguel se trasformó por arte mágico en la persona +de Jesucristo, un ser que desapareció de entre los vivos hace diez y +nueve siglos. ¿Esas leyes soberanas, sublimes de la Naturaleza, quedarán +violadas porque unos cuantos insectos de este microscópico planeta +reunidos en concilio lo decreten? Separó los ojos del mar y los fijó en +el sacristán, que corría delante silbando a su perro, que se escapaba +detrás de unas gallinas. ¡Qué reverencia la de aquel hombre, llevando a +su lado al Dios de los cielos,<a name="page_228" id="page_228"></a> al Creador de todas las cosas! Y la +carcajada subía del pecho cada vez con más ímpetu, llegaba a la +garganta, tocaba en los labios, estaba a punto de estallar. Un extraño +temblor le hizo dar diente con diente; sintió la frente bañada por un +sudor frío; se le turbó repentinamente la vista, y cayó al suelo sin +conocimiento. Cuando lo recobró, estaba en brazos del sacristán y dos o +tres labriegos que por allí andaban. Le habían bañado la cara con agua +fría, le abrieron la sotana y le quitaron el alzacuello. Uno le echaba +el humo del cigarro a la nariz. La bolsa de los corporales con el cuerpo +del divino Redentor yacía sobre la paredilla de un prado. El P. Gil se +apresuró a recogerla, se la colgó de nuevo al cuello, y después de orar +un instante hincado de rodillas, siguió su camino sin separar los ojos +del suelo.<a name="page_229" id="page_229"></a></p> + +<h3><a name="IX" id="IX"></a>IX</h3> + +<p>Su confesor, hasta que le retiraron las licencias, había sido D. Miguel. +Se confesaban mutuamente, como acontece entre los clérigos. Con él fue +con quien comunicó primero sus dudas. El viejo cabecilla quedó más +sorprendido que escandalizado de ellas. Le parecían cosa tan +insustancial que no merecía la pena de fijar mucho tiempo la atención. +Los dogmas eran para él como las leyes físicas de la gravedad, la +impenetrabilidad, etc. Se contaba con ellos sin pensar en su existencia. +Todo el drama conmovedor de la pasión y muerte de Jesús lo miraba el +párroco de Peñascosa en el fondo como una especie de romanticismo que +sirve de acompañamiento obligado a la verdadera religión. Ésta consistía +en la misa, los responsos,<a name="page_230" id="page_230"></a> el rezo del día, el rosario, la abstinencia +de carne en los días de vigilia, y sobre todo en los derechos +parroquiales, que tal vez juzgaba simultáneos con el acto de la +Creación. No se paraba, pues, en analizar y desvanecer las dudas de su +excusador. «Anda adelante.—No hagas caso.—¡Pataratadas!—Déjate +estar.—¡Otra te pego!—¿Cómo no había de resucitar al tercero día, +majadero? ¿No ves que lo dice San Juan y San Mateo y San Marcos?» Éstos +eran los consuelos que ordinariamente le prodigaba.</p> + +<p>Nuestro sacerdote unas veces se entristecía con ellos, pero otras se +confortaba pensando que no debía de estar tan condenado y maldito cuando +D. Miguel tomaba sus terribles dudas con tanta calma. Cuando a éste le +retiraron las licencias no tuvo más remedio que buscar otro confesor. +Convencido de la hostilidad con que le miraban D. Narciso, D. Melchor y +D. Joaquín, no quiso desahogar con ninguno de ellos su conciencia, +aunque bien sabía que en el tribunal de la penitencia nada tienen que +hacer las simpatías o las antipatías. Fue a dar con un joven capellán, +más joven aún que él, recién llegado del seminario. Era hijo de un +carpintero de la villa, tan tímido y encogido que apenas sabía saludar, +feliz de verse elevado sobre su antigua condición, tributando un respeto +sin límites a todas las grandezas del cielo y a todas las pequeñeces<a name="page_231" id="page_231"></a> de +la tierra. Éste quedó vivamente impresionado con la confesión del P. +Gil, y desde luego trató de convencerle de que todo aquello venía del +demonio y que no había otro remedio más que ponerle la cruz y darse +buenas disciplinas, rezar y ayunar mucho. Por espíritu de humildad y +obediencia, el excusador hizo lo que su confesor le mandaba, +secretamente persuadido, sin embargo, de que no adelantaría nada. Ya +antes había intentado estos medios, sin resultado. Las dudas seguían +atormentándole; se le ofrecían cada vez más crueles, más imponentes. El +tímido capellán pasaba un rato muy amargo cada vez que le confesaba; +temblaba y se azoraba como si le sucediese una desgracia: tanto padecía +y tales temores le asaltaban, no se sabe de qué, que poco a poco fue +excusándose de oírle en confesión y concluyó por negarse en absoluto.</p> + +<p>Entonces se le ocurrió ir a ver a D. Restituto, párroco de una de las +aldeas inmediatas a Peñascosa, hombre que pasaba entre sus compañeros +por avisado, prudente y aficionado a los libros. Decíase que tenía una +gran biblioteca y que en su juventud había hecho en Lancia ejercicios +brillantísimos a una de las prebendas de la catedral, y que no se la +dieron porque el obispo la tenía reservada para un sobrino. Don +Restituto, herido por la injusticia se había retirado a aquel curato +rural, y nunca más quiso<a name="page_232" id="page_232"></a> salir de él para intentar nueva contienda. Si +continuó dedicado al estudio de la teología o pagó en ella el desaire +que había recibido, no se sabe con certeza. Gustábale, sí, cuando alguna +fiesta o funeral le reunía con sus compañeros, mostrar erudición y +excederles en ingenio y sutileza para defender cualquier proposición; +pero los curas de las parroquias inmediatas todos eran <i>moralistas</i>, +esto es, ninguno había estudiado la carrera lata de teología más que él. +Pocas gracias que los arrollase en las disputas de sobremesa. Por lo +demás, D. Restituto llevaba tanta labranza y estaba tan interesado en +ella, que no debía de tener mucho tiempo, ni humor tampoco, para +profundizar en la Dogmática ni en la Patrología.</p> + +<p>Nuestro acongojado presbítero salió una tarde, después de comer, y +encaminó sus pasos hacia la aldea donde moraba el teólogo. Le conocía +bastante, pero no le trataba con intimidad. Estaba apartada la aldea +como media legua. El camino era vario y pintoresco: callejas estrechas +con altos setos de zarzal, trozos de bosque, vereditas entre maizales y +senderos al través de los prados. A la entrada de una garganta, sobre +una vega de maíz y teniendo detrás algunas praderas deliciosas, estaba +asentado el principal caserío de la parroquia. La iglesia y la casa +rectoral estaban un buen trecho más allá, en<a name="page_233" id="page_233"></a> una angostura sombría y +húmeda. Todo dormía en el silencio más completo cuando el joven +sacerdote llegó. Las gallinas picoteaban en la calle delante de la casa; +un gato rabón se lavaba la cara sentado sobre la paredilla de la huerta, +y un mastín desorejado dormía de bruces sobre la tabla del hórreo vecino +de la casa. Este mastín fue el encargado de romper la paz de aquel +paraje, alzándose iracundo contra el advenedizo, ladrando con un grito +ronco, apagado, testimonio de su decrepitud. El P. Gil detuvo el paso, y +comenzó a decir en tono dulce y persuasivo:</p> + +<p>—¡Toma, toma! ¡Quis, quis!</p> + +<p>¡Que si quieres! El mastín, viendo al recién llegado achicarse, se +creció horriblemente. ¡Guau, guau! gritó, buscando el registro más feroz +y amenazador que pudo hallar en su pecho. Al mismo tiempo clavaba una +mirada de exterminio en el presbítero y avanzaba, aunque con cierta +cautela, hacia él. Éste, aterrado por aquellos ladridos salvajes, dio +tres o cuatro pasos atrás y extendió el brazo con el paraguas, que traía +para quitarse el sol, hacia adelante. «¡Paraguas! El recurso de los +cobardes,» debió pensar el mastín. Y se encrespó de tal modo ante aquel +ultraje, que no lo hubiera pasado bien el clérigo a no salir a la puerta +una vieja chillando:</p> + +<p>—¡Cuco! ¡Cuco! ¡Aquí, Cuco! ¡Fuera, Cuco! ¡Maldito perro! ¡Aquí!... +¡Aquí! ¡Ven aquí!<a name="page_234" id="page_234"></a></p> + +<p>El perro vaciló un instante, dejó de ladrar y mostró bastante claramente +la resolución de volverse otra vez a dormir como si no hubiera pasado +nada; pero la vieja no se dio por satisfecha; exigía un acto de +sumisión.</p> + +<p>—¡Aquí, Cuco! ¡Aquí, ahora mismo!</p> + +<p>El Cuco bajó la cabeza humildemente y emprendió hacia ella una marcha +lenta, penosísima, como si el camino estuviera erizado de peligros.</p> + +<p>—¡Aquí! ¡Venga usted aquí!</p> + +<p>«Me trata de usted, ¡malísimo!» se dijo el perro, a quien no hacían +efecto las pompas y vanidades. Y avanzó con mayores precauciones aún, +asegurando bien la pezuña a cada paso que daba, meneando el rabo de un +modo vertiginoso.</p> + +<p>—¡Aquí! ¡Aquí!—seguía gritando la vieja.</p> + +<p>Por fin, a una velocidad máxima de seis pasos por minuto, llegó el Cuco +a su destino. La vieja le cogió por la parte de oreja que le quedaba y +dio tres o cuatro tirones con fuerza. El perro lanzó un aullido de +dolor. Luego le cogió por la otra, y otros tantos tirones. Mayor y más +triste aullido aún. Cumplidos sus deberes con la justicia de la tierra, +el mastín se retrajo de nuevo hacia la tabla del hórreo, no sin lanzar +por lo bajo algunas imprecaciones y blasfemias. Esta escena se repetía +unas cuantas veces al día, siempre que alguna persona sospechosa, como<a name="page_235" id="page_235"></a> +ahora, llegaba con propósitos hostiles a la rectoral. El Cuco deploraba +en su fuero interno que no le hubieran rapado mejor las orejas.</p> + +<p>—Buenas tardes, D. Gil—dijo la vieja, cambiando súbito la expresión +colérica por otra sonriente, melosísima, dando muestras de que le +conocía.</p> + +<p>El P. Gil, a quien no sucedía otro tanto, respondió muy cortésmente y +preguntó por D. Restituto.</p> + +<p>—El señor cura debe de estar hacia el establo. Pase usted, D. Gil. Iré +a llamarlo.</p> + +<p>—No hay necesidad: yo mismo iré a buscarlo. ¿El establo está aquí?...</p> + +<p>—Sí, señor; aquí detrás de la casa.</p> + +<p>Dio la vuelta a toda ella el sacerdote, subió algunos pasos por una +calleja sucia, y se encontró con una misérrima fábrica hecha de piedras +del río sin labrar apenas, con una puerta desvencijada. Estaba cerrada, +y a nadie vio por allí delante. Iba a dejar aquel sitio y volverse a la +casa, cuando detrás del establo oyó ruido de voces. Fuese hacia allá, y +halló, en efecto, a don Restituto, sorprendiéndose no poco del traje y +la situación en que se le apareció.</p> + +<p>El anciano cura vestía unos calzones anchos de pana, remendados, como +los que gastan los paisanos por aquella tierra; traía en los pies +almadreñas con escarpines de paño burdo, chaqueta<a name="page_236" id="page_236"></a> lustrosa por el uso, +y camisa de lienzo hilado por el ama, sin alzacuello ni cosa que lo +valga. Era el traje de un labrador, sin quitar ni poner nada. Pero lo +que hacía verdaderamente peregrino y estrafalario el atavío es que en la +cabeza traía un bonete viejo y grasiento.</p> + +<p>El P. Gil quedó asombrado de aquella figura, y más asombrado, cuando +advirtió la ocupación a que el párroco se entregaba. Estaba, con una +rodilla hincada en tierra, desollando un becerro. Le ayudaba en la +operación el criado. Tenían al animal extendido entre los dos, la mayor +parte de él en carne viva ya. Volvió la cabeza D. Restituto al sentir +pasos, y hallándose con su joven compañero, se puso en pie y vino hacia +él con las manos ensangrentadas empuñando un enorme cuchillo.</p> + +<p>—¿Qué milagro es éste, amigo? ¡El futuro cura de Peñascosa se digna +hacernos una visita!... Mira, no te doy la mano, porque ya ves cómo la +tengo. Bien de salud, ¿verdad?... Por aquí tampoco hay novedad.</p> + +<p>D. Restituto trataba de tú, familiarmente, a todos los clérigos más +jóvenes que él desde la primera entrevista. Cuando Gil le hubo explicado +el motivo de su viaje, mostró cierta extrañeza, pero se apresuró a +responderle:</p> + +<p>—Bueno, bueno. Yo voy a concluir en seguida. Vete a casa, y espérame.<a name="page_237" id="page_237"></a></p> + +<p>Pero el joven manifestó deseos de ir a la iglesia.</p> + +<p>—¿A la iglesia?—dijo sorprendido. Entre ellos era costumbre confesarse +en casa.—Está bien. No hay inconveniente. Pide al ama la llave, y +espérame allí. No tardaré.</p> + +<p>¡Pluguiera a Dios que hubiese tardado más! Y sobre todo, pluguiérale que +hubiera tenido tiempo a lavarse bien. Porque el teólogo despedía de sí +un vaho de matadero que derribaba. Mientras duró la confesión, y duró +bastante, el P. Gil apenas pudo pensar en otra cosa. Sentíase asfixiado +por aquel olor nauseabundo; acudíanle unas congojas y sudores que +estuvieron a punto varias veces de privarle del sentido. Don Restituto +sintió verdadera satisfacción en poder sacar a relucir su antigua +batería de proposiciones teológicas. A cada duda que su atribulado +penitente le ofrecía, contestaba victoriosamente con un texto latino. +Como el veterano descuelga con gozo sus armas a la señal de guerra, así +el viejo opositor a la lectoralía de Lancia descolgó de su memoria los +textos enmohecidos ya de Perronne y de Balmes. ¿Cómo dudar de la +inmortalidad del alma, cuando ésta es una cosa simple, y las cosas +simples no pueden descomponerse? ¿Quién se atreve a imaginar que la +Iglesia católica puede algún día perecer, cuando están ahí sangrando las +palabras de Jesucristo: «Las<a name="page_238" id="page_238"></a> puertas del infierno no prevalecerán (<i>non +prœvalebunt?</i>)» ¿Cómo se ha de dar más crédito a la palabra de los +hombres que a la de Dios? Pues qué, ¿la Divina Sabiduría no ha dicho: +«Yo para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio a la +verdad?» Y este testimonio ¿no está bien claro y bien patente en las +obras visibles que exceden al poder natural, por ejemplo, en la curación +de los enfermos, en la resurrección de los muertos y en otros admirables +milagros llevados a cabo por Nuestro Señor Jesucristo y por los Santos +Apóstoles?</p> + +<p>El P. Gil recibió la absolución, prometiendo no ser más demente ni +idiota; así juzgaba don Restituto al que dudaba de las verdades +reveladas por angélico ministerio. Poco después de besar aquella mano no +bien purgada de la sangre del becerro, y cuando se hubo levantado para +rezar ante un altar la penitencia, nuestro presbítero se sintió +indispuesto. Tuvo que salir inmediatamente de la iglesia, acometido de +violentas náuseas. En el pórtico devolvió toda la comida. Llevole a casa +el cura, y quiso curarle con una taza de salvia, remedio supremo que +empleaba contra todas las dolencias que afligen al género humano; pero +su joven compañero, que sabía a qué atenerse sobre su enfermedad, rehusó +obstinadamente toda medicación. El párroco entonces pasó a mostrarle la +huerta, en la<a name="page_239" id="page_239"></a> cual tenía cifrado tanto orgullo como en la profundidad +de sus conocimientos teológicos. Estaba llena de árboles frutales y +legumbres. No se veía una flor ni un arbusto de adorno. Desde allí +pasaron a un vasto prado, donde tenía unos cuantos operarios alzando +pared. D. Restituto comenzó a darles instrucciones, aprobó algunas +cosas, reprobó otras, olvidándose por completo de su huésped. Uno de los +operarios le participó que el molino había parado porque el hijo de +Cosme había desviado el agua más arriba para secar el cauce del +riachuelo y pescar las anguilas. D. Restituto se enfureció y anunció su +propósito de demandar a Cosme y pedirle indemnización de daños y +perjuicios. De él no se burlaba nadie; estaba resuelto a hacer que se +respetase su propiedad. Desde allí se corrieron a los maizales, y el +párroco mostró a su compañero con extremado gozo el estado magnífico de +las plantas. El agua había venido muy a tiempo, pero más que al agua se +debía a la gran cantidad de abono que había echado.</p> + +<p>—Tú dirás: ¿dónde podrá hacer D. Restituto tanto estiércol para una +tierra como ésta, de quince días de bueyes? Voy a explicártelo. Yo, +aunque tengo nueve cabezas de ganado, no podría abonar ni la mitad de la +tierra que llevo. ¡Aquí del <i>intelectus</i>! En todas las parroquias, como +tú sabes bien, hay una porción de pobretes,<a name="page_240" id="page_240"></a> a los cuales no es posible +sacarles un cuarto ni por bautizos ni por matrimonios ni por nada. Pues +bien, a estas calamidades vivientes les obligo a echar de vez en cuando +delante de sus casas (vulgo pocilgas) una buena cantidad de hoja seca o +tojo. Con el agua y el paso de los transeúntes y el estiércol de las +reses que cruzan se convierte al cabo de algún tiempo en abono. Cuando +ya está bien podrido me lo traen y voy formando montón hasta que llega +el tiempo de distribuirlo por la tierra. ¿Qué tal?</p> + +<p>Desde allí saltaron a una heredad de prado. D. Restituto, en cuanto se +vio en ella, dejó escapar una risita aguda y burlona, que hizo levantar +la cabeza a su joven compañero y mirarle con curiosidad.</p> + +<p>—Este es el <i>prado del molino de abajo</i>... el <i>prado del molino de +abajo</i>, ya sabrás... ¿Cómo? ¿no sabes la historia de este prado? Pues ha +corrido mucho por la villa... Pertenecía a los mansos de la parroquia, y +había quedado trasconejado cuando la venta de todos ellos. Yo lo +llevaba, y nadie en la parroquia se atrevía a denunciarlo. Pero había +aquí un tabernero rico llamado Lino (que ya reventó, a Dios gracias, el +año pasado), y este Lino le tenía muchas ganas al prado. Al fin dio el +soplo en la administración, guardando la mano, porque no quería ponerse +mal conmigo, y lo sacaron a subasta. Dos días antes de hacerse,<a name="page_241" id="page_241"></a> vino +por acá el muy hipócrita y me dijo: «Señor cura, voy a hacer postura al +<i>prado del molino de abajo</i>, pero si usted lo quiere me quedo en casa.» +El tunante trataba de sonsacarme la cantidad que yo pensaba ofrecer. +«No, no lo quiero; puedes rematarlo cuando gustes,» le contesté. El +hombre, viendo que yo no iba al remate, y sabiendo que ningún vecino +estaba en situación de tirarle, se las prometía muy felices. Y mandó a +Lancia a un primo hermano suyo. Pero a éste le fui a tropezar camino de +Peñascosa, y le hablé muy al caso, representándole el pecado en que +incurría rematando bienes de la Iglesia, le prometí darle en arriendo el +prado, y le puse cuarenta duros en la mano. ¿Qué había de hacer el +hombre? Fue a Lancia, lo remató y me lo traspasó a mí acto continuo... +¡Vaya una risa que se armó en el pueblo, amigo! Lino enfermó de rabia, y +en cuanto se le presentó ocasión, que fue al cabo de dos meses, viniendo +de una romería, le pegó una puñalada a su primo... ¡Pero, anda, que +buenos cuartos le costó la tal puñaladita! No lo hizo con diez mil +reales.</p> + +<p>Como ya el sol declinaba, después de haberle enseñado un lagar, que +acababa de construir para la sidra, D. Restituto llevó de nuevo a su +penitente a casa y le convidó a chocolate. Pero el excusador no se +sentía aún bien. Además tenía<a name="page_242" id="page_242"></a> prisa. Rehusó todo convite y emprendió el +camino de Peñascosa. El cura le acompañó un buen trecho.</p> + +<p>Fuera ya de sus fincas y comprendiendo por el continente reflexivo del +excusador de Peñascosa que su ánimo seguía embargado por pensamientos +serios, D. Restituto quiso volver a la carga, aunque le pareciese +sobradamente demostrado que todas las dudas de su compañero no eran más +que bombas de jabón, las cuales deshace con un soplo cualquiera que haya +saludado siquiera la Sagrada Teología.</p> + +<p>—Debes fijarte, querido—le decía con protección ilimitada,—que las +verdades de la fe no son contrarias a la razón, sino que están sobre +ella. Lo contrario de lo verdadero, ¿qué es? Lo falso, ¿no es cierto? ¿Y +cómo ha de tenerse por falso lo que está divinamente confirmado? Las +cosas que sabemos por revelación divina no pueden ser contrarias al +conocimiento natural, porque el conocimiento natural viene también de +Dios, puesto que Dios es el autor de nuestra naturaleza. Porque exceda a +la razón una cosa no debe reputarse contraria a ella. Así dice San +Agustín que aquello que como verdad se demuestra por los libros santos, +sea del Antiguo, sea del Nuevo Testamento, de ningún modo puede serle +contrario. El entendimiento humano no puede llegar, naturalmente, a +conocer la existencia de Dios, supuesto<a name="page_243" id="page_243"></a> que nuestra inteligencia en el +modo de la presente vida comienza su conocimiento por el sentido, y por +lo tanto, las cosas que no caen bajo el sentido no pueden percibirse +sino en cuanto por los sentidos puede colegirse su conocimiento...</p> + +<p>La tarde estaba fría y apacible. La campiña se extendía debajo del cielo +trasparente, reflejando con tonos verdes, claros, amarillentos, los +rayos del sol que se ocultaba. El mar era una mancha azul allá a lo +lejos. Los dos clérigos habían atravesado ya el caserío principal, donde +las mujeres, sentadas a la puerta de casa, les daban las buenas tardes y +los niños acudían a besarles la mano. Estaban en la región abierta, +ligeramente ondulada, que caracteriza la costa en aquel país. El P. Gil, +silencioso, caminaba con la cabeza baja, levantándola de vez en cuando +para enderezar su mirada vaga, perdida, hacia lo lejos, a las tierras +rojas y a las rocas peladas que festonaban la orilla del mar. El sol +moría despidiendo su última llamarada, que enrojecía una parte del +horizonte. Y de allí venía una leve brisa helada que coloreaba los dedos +y la punta de la nariz, vigorizando los músculos y produciendo +cosquilleo en los ojos. La campiña se preparaba a dormir, exhalaba un +suspiro de bienestar, mezcla confusa de voces y mugidos, rechinar de +carros, tañido de esquilas y rumor de<a name="page_244" id="page_244"></a> olas, fundido todo y armonizado +en la amplitud de la llanura ilimitada. El P. Gil se esforzaba en +atender a los argumentos que su anciano compañero iba vertiendo con voz +profunda y solemne. Eran los mismos que había estado oyendo durante +siete años en las cátedras del seminario de Lancia.</p> + +<p>Al dejar la senda y penetrar en una callejuela estrecha vieron llegar un +hato de ganado avanzando lentamente. D. Restituto atajó su discurso +teológico y se llevó la mano a los ojos a guisa de pantalla.</p> + +<p>—Son mis vacas—dijo sordamente.</p> + +<p>Y antes que llegasen se puso a gritar al criado que las conducía:</p> + +<p>—¿Qué tiene la <i>Parda</i>, que cojea?</p> + +<p>—Debió meterse una espina.</p> + +<p>—Pues en cuanto llegue al corral la registras bien y se la sacas, +¿entiendes?... Es la mejor vaca que tengo—añadió por lo bajo, +dirigiéndose a su compañero.</p> + +<p>Y como ya estuviera entre ellas, el cura se acercó solícito, paternal, a +la Parda y comenzó a acariciarle el testuz, bajando al mismo tiempo la +cabeza, para mirarle las patas.</p> + +<p>—¡To, Parda!... ¡to! ¡to!... Espina debe de ser, porque en las patas no +veo nada. Después que se la saques la lavas bien con un poco de vino y +romero... Di a Teresa que te lo prepare...<a name="page_245" id="page_245"></a> Nacida y criada en casa, +¿sabes tú?—prosiguió volviéndose al excusador con la fisonomía +enternecida.—Me daba D. Jovino, tu feligrés, sesenta duros por ella... +¡Como si me diera ochenta! Esta alhaja no sale de casa. ¡Qué anchura de +pechos, eh? ¡Qué cuarto trasero! (Y se lo acariciaba blandamente con la +palma de la mano.) No da mucha leche, pero toda es manteca... Esta otra +también nació en casa... ¡Quieta, Guinda, quieta!... Es más torpe que la +otra... Una novilla todavía... No hace quince días que ha parido por +primera vez... Ésta se deshace en leche... ¡Repara, repara que ubre! ¡No +puede andar con ella!... Cada chorro suelta como el dedo... Mira, +mira... ¡Quieta, Guinda!...</p> + +<p>Y bajándose tiró de una de las tetas al animal e hizo salir dos o tres +chorros de leche que humedecieron el suelo. Al mismo tiempo volvió su +faz, congestionada por la posición tanto como por el gozo, hacia el +joven coadjutor. Éste sonrió por complacencia, pero separó al instante +la vista, no pudiendo reprimir bien la repugnancia que sentía.</p> + +<p>Se puso de nuevo el hato en marcha y ellos también. D. Restituto cogió +otra vez el hilo de su discurso.</p> + +<p>—Ya sé que hay quien dice que por la razón no puede demostrarse que +Dios es, y que esto sólo puede obtenerse por la fe y la revelación...<a name="page_246" id="page_246"></a> +Error crasísimo. La falsedad de esta opinión se manifiesta por el arte +de la demostración, que deduce por los efectos las causas, y por el +orden mismo de las ciencias, porque si no hay ninguna sustancia +cognoscible fuera de lo sensible, no habrá tampoco ninguna ciencia +supranatural, como se dice <i>in quarto Metaphysicorum</i>. Hay que +distinguir lo que es conocido <i>per se simpliciter</i>, y lo que es conocido +<i>quoad nos</i>. <i>Simpliciter</i> que Dios es por sí, es conocido...</p> + +<p>D. Restituto tenía una memoria felicísima. Al cabo de tantos años +recordaba perfectamente su Dogmática, y la recitaba vertida al +castellano con el mismo énfasis que si la hubiera inventado. También la +recordaba el P. Gil, porque la tenía más reciente, pero escuchaba con +atención, por humildad, esforzándose en admirar la fortaleza de aquellos +argumentos, en considerarlos irrefutables. El anciano teólogo se detenía +a menudo, balbucía olvidando alguna demostración, pero súbito tomaba +vuelo y se lanzaba vigoroso sobre las premisas, haciéndoles sudar +inmediatamente las conclusiones apetecidas.</p> + +<p>—...Todo lo que se mueve se mueve por algo. O lo que mueve es movido o +no. Si no se mueve, tenemos lo que buscamos, un móvil inmóvil, y a esto +llamamos Dios. Si se mueve, es por algo que le mueve, y entonces, o hay +que seguir así hasta el infinito, o tenemos que llegar<a name="page_247" id="page_247"></a> a algún móvil +inmóvil; pero en el orden del movimiento no puede haber proceso +infinito... ergo hay que suponer un primer móvil inmóvil. Probemos ahora +que todo movimiento se determina por algo. Si algo se mueve a sí mismo, +es necesario que tenga en sí el principio de su movimiento...</p> + +<p>Caminaban por una senda estrecha abierta entre los maizales. El teólogo +iba delante y el P. Gil detrás. Súbito aquél paró en firme el paso y la +lengua. Al doblar un recodo se encontró de frente con el hijo de Cosme, +que traía colgado a la espalda un cesto mediado de anguilas. Verlo el +teólogo y arrojarse sobre él sin conmiseración fue todo uno.</p> + +<p>—¡Granuja! ¡Grandísimo perro! ¿Conque eres tú el que me quitas el agua +del molino? ¡Te voy a desollar vivo! ¿Es tu padre quien te enseña esas +picardías? ¿Es el maestro quien te las enseña? ¡Desvergonzado, cínico!</p> + +<p>Le tenía asido fuertemente por entrambas orejas, y a cada interrogación +le daba una fuerte sacudida. El chico, comprendiendo bien que aquellos +interrogantes tenían un fin puramente retórico y no debían ser +contestados, limitábase a lanzar gritos de dolor inarticulados.</p> + +<p>—¡Ven acá, pilluelo! ¡Quiero llevarte delante de tu padre! ¡A ver si me +dices ahora que yo te tengo mala voluntad! ¡Has de parar en un presidio! +¡Ven aquí, ven!<a name="page_248" id="page_248"></a></p> + +<p>Y como no era factible llevarle cogido de las dos orejas, el anciano +teólogo se avino, aunque con profundo dolor, a soltar una, comunicando +instantáneamente a la otra su parte de presión para que no se +desperdiciase nada. En esta forma, con el rostro encendido y los ojos +llameando de cólera, dio la vuelta hacia el pueblo sin despedirse de su +compañero, llevando medio en suspensión al chico, que lanzaba quejidos +lastimeros.</p> + +<p>El P. Gil le contempló estupefacto hasta que le perdió de vista. +Permaneció todavía unos momentos inmóvil, abstraído. Y emprendió de +nuevo su camino que se acercaba cada vez más a la orilla del mar, para +bajar por una rampa suave a Peñascosa. La luz desaparecía por momentos. +El frío aumentaba. El océano en calma había perdido su bello color azul, +cambiándolo por otro gris con reflejos acerados. De vez en cuando un +soplo de viento helado hacía correr por la tersa superficie de las aguas +un estremecimiento que las rizaba leve y momentáneamente, como si al mar +se le pusiera carne de gallina. Y este estremecimiento se comunicaba al +joven presbítero y llegaba hasta el fondo de su ser. Lo que sentía en su +alma no era ni dolor, ni agitación, ni congoja; era tan sólo frío, un +frío mortal que le roía los huesos. Nunca se había visto tan solo y +desvalido. Sus ojos iban obstinadamente fijos<a name="page_249" id="page_249"></a> en el suelo. No se +atrevía a levantarlos e interrogar la inmensidad como otras veces. +Estaba seguro de su respuesta y la temía.</p> + +<p>Cuando llegó a las primeras casas del arrabal de la Gusanera había +cerrado ya la noche. Al pasar por delante de una de las más pobres y +sucias llamó su atención el estrépito de golpes y gritos que de adentro +partía. Detuvo el paso asustado y procuró averiguar qué era aquello. Por +las pequeñas ventanas iluminadas no se veía más que agitarse +violentamente algunas sombras. A sus oídos llegaban, entre el confuso +vocerío, algunas blasfemias que le estremecían. De pronto se abre con +violencia la puerta y sale precipitadamente una masa negra, disparada +por unas manos que cierran de nuevo al instante. El P. Gil reconoció en +aquella masa negra a un clérigo. Se aproximó solícito y vio que era el +P. Norberto, con manteos y sin sombrero.</p> + +<p>—¡D. Norberto! ¿Qué es eso? ¿Qué le pasa?</p> + +<p>—Hola, querido. Nada, nada... no es nada—respondió sin aturdimiento.</p> + +<p>—Sí le pasa algo... ¿Qué le han hecho a usted en esa casa?</p> + +<p>—Nada, nada... Vámonos que se reúne gente.</p> + +<p>—¿Se va usted a ir sin sombrero?</p> + +<p>—Es verdad... Voy a pedirlo... Aguarda un poco.</p> + +<p>Pero en aquel instante salió de una de las ventanas<a name="page_250" id="page_250"></a> de la casa y voló +por el aire el sombrero, cayendo enmedio de la carretera, esto es, cerca +de los clérigos. Al mismo tiempo una voz ruda dijo, acompañándolo de +varias interjecciones:</p> + +<p>—Toma la teja, ladrón. Si vuelves por aquí, te vas sin las orejas.</p> + +<p>El P. Norberto se apresuró a recogerla del suelo y echó a andar.</p> + +<p>—Pero explíqueme usted...—le dijo el coadjutor juntándose a él y +haciendo esfuerzos por seguirle el paso.</p> + +<p>—Ya te lo explicaré... Ahí más abajo.</p> + +<p>Cuando hubieron salido de la Gusanera, salvado la plaza y entrado en la +calle del Cuadrante, D. Norberto acortó un poco el paso. El excusador +aprovechó la ocasión para insistir en sus preguntas.</p> + +<p>—Vamos a ver, ¿qué le ha pasado a usted?</p> + +<p>—Pues mira, en esa casa vive una muchacha, una niña que apenas tiene +quince años, a quien su madre ha prostituido, entregándola a ese chalán +que llaman Pepe el Manchego.</p> + +<p>—¿Y usted ha ido allí a ver si la sacaba de sus garras?</p> + +<p>—La había visto ya otras dos veces, y no parecía mal dispuesta; pero no +sé quién dio soplo a ese hombre, y hoy se presentó de repente y armó un +alboroto.</p> + +<p>—¡Jesús! ¡Está usted herido!—exclamó el padre<a name="page_251" id="page_251"></a> Gil, viendo correr +algunas gotas de sangre por las mejillas de su compañero. Al mismo +tiempo le levantó un poco el sombrero y vio que tenía un fuerte golpe en +la frente, de donde partía la sangre.</p> + +<p>—¡Pero esto es una indignidad! Vamos a dar parte en seguida al juez...</p> + +<p>—No pienses en eso, querido... Esto no vale nada... El parte lo echaría +todo a perder; se daría un escándalo, y la chica, viéndose perdida, se +iría de este pueblo con el chalán. Quedándose aquí, tengo esperanzas que +con un poco de maña lograré quitársela a ese diablo y reducir a la misma +madre... Esto no es nada—añadió limpiándose la sangre con el +pañuelo.—Lo que me duele algo más es este hombro...</p> + +<p>—Pero ¿le ha dado a usted más golpes?</p> + +<p>—Me ha sacudido un poco la badana—respondió riendo candorosamente.—Es +cuestión de árnica y reposo... Yo creo que no me viene mal. Estaba +demasiado apoltronado... Desde hace algún tiempo todos los días me +convidan a callos... Voy engordando demasiado, ¿no te parece?</p> + +<p>Despidiose el P. Gil a la puerta de su casa y siguió caminando con pie +más ligero hacia la suya. Parecía como si le hubiesen aliviado de la +carga que le abrumaba. Sintió suavizarse la honda melancolía que le +había oprimido todo el camino,<a name="page_252" id="page_252"></a> y corrió por su ser una dulce +inexplicable vibración de bienestar.</p> + +<p>Después de interrogar a la naturaleza muda, después de consultar a la +teología decrépita, el soplo de Jesús había pasado al fin por su alma y +la había refrescado.<a name="page_253" id="page_253"></a></p> + +<h3><a name="X" id="X"></a>X</h3> + +<p>Dos meses después, el P. Gil descansaba sentado en su pobre sillón de +gutapercha. El trabajo de todos aquellos días, sobre todo del último, le +había rendido. Era un trabajo puramente material, donde su espíritu, +atribulado por nefandos y horribles pensamientos, se complacía; buscaba +un calmante para la agitación interior que le atormentaba. Tratábase de +festejar la colocación de la primera piedra del nuevo templo con una +gran función religiosa y profana. La erección de este templo había sido +desde largos años el sueño dorado de los piadosos vecinos de Peñascosa. +Siempre había tropezado con obstáculos insuperables. El dinero por una +parte, por otra la corta voluntad<a name="page_254" id="page_254"></a> del párroco, que oponía sorda +resistencia al proyecto, le habían hecho fracasar constantemente. Pero +al encargarse Gil de la parroquia tomó este asunto con calor; convocó a +los vecinos más ricos de la villa y abrió una suscrición, que dio buen +resultado; logró que el ayuntamiento otorgase una crecida subvención; +fue a Lancia e interesó al prelado y a varios próceres, que le +prometieron su concurso. En fin, después de muchas vueltas y sudores, la +nueva iglesia era un hecho. La primera piedra debía de colocarse el día +24 de Enero, con asistencia del prelado, el gobernador, varias +dignidades del cabildo catedral de Lancia y muchas personas notables de +la provincia. Estábamos a 23. El peso de los preparativos había caído +sobre los hombros del P. Gil, quien, ayudado de las personas de buena +voluntad que se prestaron a ello, organizó no sólo la fiesta religiosa, +sino también alguna parte de la profana, la iluminación, los fuegos y la +ceremonia de la primera piedra.</p> + +<p>En aquellos últimos días no había tenido tiempo a pensar. Había sido +menos desgraciado. Pero sus fuerzas estaban agotadas con tanta menuda y +enfadosa ocupación, y gozaba con voluptuosidad de un corto momento de +reposo, en espera del trajín del día siguiente. Caíansele ya blandamente +los párpados, cuando se abrió la puerta<a name="page_255" id="page_255"></a> con violencia, haciéndole dar +un brinco en la butaca. Aturdido por la sorpresa, con los ojos +desmesuradamente abiertos, vio a Obdulia que penetraba como un huracán y +se dirigía a él con la fisonomía alterada, mostrando en ella agitación y +cólera.</p> + +<p>—¿Sabe usted lo que pasa, padre?—le preguntó sin saludarle.</p> + +<p>El coadjutor no respondió, interrogando sólo con la vista.</p> + +<p>—Pues acabo de saber que le han birlado a usted el cargo de +coadjutor... Se lo han dado a D. Narciso.</p> + +<p>—¿Nada más?—preguntó sorprendido aún el presbítero.</p> + +<p>—¿Y le parece a usted poco?—exclamó con ímpetu.—Después de lo que +usted ha trabajado en este pueblo, después de haberlo puesto todo en +orden, después de haber logrado que se edificara la iglesia... Porque a +usted exclusivamente se debe... todo el mundo lo sabe... ¡Quitarle lo +que le pertenece y darle la plaza a un D. Narciso!... ¡Es una infamia! +¡es un asco!... ¡Qué bien han manejado la intriga esos envidiosos! ¡Ya +me parecía a mí que tanto viaje a Lancia algo significaba!... Por +supuesto que yo bien sé quién le ha ayudado... ¡ya lo creo que lo sé! +D.ª Filomena es prima hermana del gobernador de Madrid, y por ahí viene +la cosa... ¿Y qué diremos<a name="page_256" id="page_256"></a> del señor obispo que, sabiendo los servicios +que usted ha prestado a la religión en este pueblo, se presta a servir +de juguete a una vieja verde? ¡Qué indignidad! ¿No le dije bien a tiempo +que no se durmiera en las pajas?... ¡Ah, qué infamia tan grande! ¡Qué +infamia! ¡Qué reteinfamia!</p> + +<p>Hablaba atropellándose, con las mejillas encendidas, vibrando por los +ojos rayos de ira, agitando las manos temblorosas, moviendo todo su +esbelto cuerpo como si estuviera sujeto a una fuerte corriente +eléctrica. El P. Gil la contemplaba estupefacto. Por fin, aprovechando +un instante de vacilación, antes que de nuevo tomara vuelo y lanzara +otra sarta de denuestos, la atajó diciendo:</p> + +<p>—Agradezco a usted mucho, hija mía, el interés que me manifiesta en +esta que usted cree injusticia que se me hace, y que no lo es. Yo no he +deseado nunca ese cargo ni he hecho nada por merecerlo. La persona a +quien se encomienda, si es cierto lo que usted me dice, me parece +dignísima y me lleva, entre otras muchas ventajas, la de la antigüedad. +Pero sobre todo, aunque en efecto se cometiera conmigo una injusticia, +¿a qué viene esa alteración? ¿A qué vienen esos insultos a personas +respetables por cuya cabeza no habrá pasado la idea de hacerme daño +alguno?<a name="page_257" id="page_257"></a></p> + +<p>Obdulia se puso fuertemente colorada y dijo balbuciendo:</p> + +<p>—Porque usted es un santo... sí... porque usted es un santo.</p> + +<p>—¡Qué santo!—exclamo el clérigo alzando la mano con impaciencia.</p> + +<p>—Sí; porque usted es un santo y mira todas estas cosas desde la altura +en que se encuentra... Pero es una injusticia, padre; ¡es una +villanía!—añadió volviendo a exaltarse.—Usted es demasiado bueno para +vivir entre esta gente... y le sacrifican como un cordero... ¡Si fuera +yo!... ¿Cree usted que no me apena verle a usted humillado, verle +pisoteado por esos peleles que no sirven para limpiarle los zapatos?... +¿No es triste que otro recoja el premio de sus afanes?... A usted no le +importará nada, padre, pero yo no podré, sin que me arda toda la sangre +del cuerpo, verle a usted de excusador, de simple ayudante de ese... de +ese farfantón.</p> + +<p>Se dejó caer en una silla y comenzó a sollozar; pero levantándose +súbito, prosiguió, dando patadas de rabia en el suelo, agitando frente a +la puerta los puños cerrados, con una voz concentrada y áspera que daba +miedo:</p> + +<p>—¡Pillos! ¡Infames! ¡Herejes! ¿Creéis que os ha de salir bien la +cuenta? Pues no os saldrá, porque hay un Dios en el cielo... y porque +estoy yo además sobre la tierra, que os he de dar todavía<a name="page_258" id="page_258"></a> alguna +guerra... ¡Vaya si os la daré!... ¡Ya veréis de lo que es capaz una +pobre mujer!... No os reiréis, no... Ya veréis cómo me arreglo para +echar una gotita de hiel en vuestro plato de crema, para que no os +relamáis, ¡puercos!...</p> + +<p>Concluyó por sentirse mal. Fue necesario que el P. Gil llamase a D.ª +Josefa y le mandase traer una taza de tila con gotas de azahar.</p> + +<p>A las nueve de la noche aún no habían concluido de adornar la iglesia +las señoritas y los obreros que las secundaban. La velada se prolongó +sabrosamente para todas aquellas almas piadosas que servían a su Amo +Divino en tales pequeños menesteres con una espontánea alegría +precursora de la que habrán de sentir en el cielo cuando, trasformadas +en ángeles, rodeen cantando el trono del Altísimo. Aquí una cortina que +tape la suciedad de la pared, allí una araña, más allá un jarrón con +flores, todo discutido larga y calurosamente antes de ser colocado en su +sitio. Las que más se distinguían en la obra de ornamentación eran D.ª +Marciala y Marcelina, la primera por su actividad frenética, la segunda +por su gusto y habilidad. Presidía los trabajos el P. Gil, como +coadjutor interino, pero la mayor parte de las damas atendían ya más a +las indicaciones del P. Narciso. La noticia de su triunfo había volado +por todo Peñascosa, y las señoras, con su inclinación nativa<a name="page_259" id="page_259"></a> a todo lo +que brilla y alcanza éxito lisonjero en el mundo, comenzaban a sentir de +nuevo cierta ternura por él. En los grupos que se formaban por los +rincones del templo cuchicheábase dirigiéndole miradas furtivas, +acogíanse todas sus palabras con mirada benévola y sumisa, se le colmaba +de atenciones. Mientras tanto, D.ª Filomena, procurando ocultarse detrás +de todas, gozaba en lo profundo de su corazón de aquel fausto suceso, +que a ella sola se debía, acariciaba a su director con una mirada húmeda +y suave donde se pintaba la ternura, el secreto y la sumisión. Obdulia +se había retirado temprano, no pudiendo soportar tanta asquerosa +adulación y el abandono de su amado confesor. Además Marcelina le había +dirigido una pulla, y aunque había contestado con otra más sangrienta, +que en esto nunca se había quedado atrás, tenía miedo a enfermar de ira.</p> + +<p>No todo era bienandanza, sin embargo, para los futuros querubes de la +corte celestial. Don Miguel, el terrible párroco, turbaba de mil modos, +a cual más grosero, la paz de su corazón, ora echando una cortina al +suelo bajo pretexto de que le tapaba alguna imagen, bien trasladando los +jarrones de flores adonde se le antojaba, o deteniendo a los recadistas +y empleándolos en otros menesteres, etc., etc. Ninguna censura o mandato +episcopal podía debilitar la energía del<a name="page_260" id="page_260"></a> feroz cabecilla ni hacerle +doblar la cerviz. Él era el cura propio de Peñascosa y ninguna potestad +de la tierra, ni la del mismo Pontífice, podía privarle de este +carácter. Que le pusieran coadjutor. Bueno, él se reía del coadjutor, y +si se torcía un poco, le alumbraba un par de coscorrones para que +anduviera derecho. Felizmente para todos, el P. Gil era la mansedumbre +personificada, y le dejaba pasar con cuanto quería, con tal que no +tocase directamente a la cura de almas, y esto último no era, como ya +sabemos, la especialidad de D. Miguel. Pero las damas protestaban +sordamente contra su tiranía y esperaban con anhelo que D. Narciso +empuñara con más brío las riendas de la parroquia.</p> + +<p>—¡Holgazanazas! ¡Pendonas! Mejor estabais en vuestras casas espumando +el puchero o recosiendo calcetas... ¡Lástima de vara de fresno! Si yo +fuera marido o padre vuestro, ya os diría lo que era candonguear a todas +horas por la iglesia...</p> + +<p>Estos y otros requiebros semejantes eran los que el cura murmuraba por +los rincones de la iglesia en tono bastante alto para que pudieran +oírle. Y claro está, todas aquellas rosas místicas, oyéndolas, se +estremecían en sus cálices y se plegaban tímidamente. Susurrábanse al +oído amargas quejas, mas no osaban producirlas en voz alta. D. Miguel +era muy capaz de echarlas<a name="page_261" id="page_261"></a> de la iglesia a coces. No teniendo ocasión de +hacerlo, el párroco aliviaba su corazón administrando un par de ellas en +el trasero a cualquier monaguillo que tropezaba en su camino.</p> + +<p>Mientras esto sucedía en la iglesia, una muchedumbre inmensa se agolpaba +a las puertas del <i>Ágora</i>, donde su digno presidente, D. Gaspar de +Silva, estaba ensayando a dos docenas de jóvenes artesanas un himno de +su invención (música del director de la banda municipal) para cantar +durante el banquete del teatro. Y las voces argentinas del coro salían a +intervalos por las ventanas de la casa, despertando en la multitud un +entusiasmo sin límites, que estallaba en aplausos y en hurras. De tal +manera que al cabo de algún tiempo varios dignísimos vecinos, de oficio +pescadores, pidieron a gritos que se presentase D. Gaspar a la ventana +para tributarle los honores merecidos. El gran poeta no tuvo más remedio +que ceder a esta exigencia de la multitud, que le recibió con palmoteo +atronador y fuertes vivas. La silueta angulosa del vate se destacó en el +hueco de la ventana, y pudo verse claramente que se llevó repetidas +veces la mano al sitio del corazón, con lo cual el entusiasmo de la +muchedumbre se convirtió en verdadero delirio.</p> + +<p>Un viento de regocijo, de pura y fervorosa alegría soplaba por el +vecindario de la noble<a name="page_262" id="page_262"></a> villa. Habían deseado siempre un templo más +digno y más capaz, pero no se daban cuenta cabal de la importancia que +esto tenía. Sólo cuando supieron positivamente que iba a alzarse uno en +la plaza, de mayores dimensiones que todos los de Sarrió, sintieron +removidas hasta las últimas fibras de su patriotismo. No hubo grande ni +pequeño que no repitiese con frenesí: «Cuarenta y cinco cincuenta de +largo, treinta veinticinco de ancho. La iglesia mayor de Sarrió no tiene +más que cuarenta por veintiocho cincuenta.» Estaban reservadas aún al +corazón de los beneméritos peñascos otra porción de alegrías inefables. +El pavimento del nuevo templo no sería de baldosa común, como el de +Sarrió, sino de azulejos; los altares vendrían tallados de Italia, los +cristales de Londres; el altar mayor sería todo de mármol. Cada uno de +estos pormenores, repetidos de boca en boca, les hacía derramar lágrimas +de ternura.</p> + +<p>En la plaza y sitio que había de ocupar el nuevo templo se había +levantado un cadalso para las autoridades, los próceres del pueblo y las +damas. Desde este cadalso, el obispo colocaría la primera piedra, que ya +pendía de unos cordones de seda, perfectamente preparada. En el teatro +no cesaba el martilleo para colocar la mesa del banquete, guirnaldas y +trofeos. Sobre cada uno de los pesebres, llamados palcos, colocaron<a name="page_263" id="page_263"></a> dos +banderas nacionales cruzadas; una guirnalda de laurel las iba enlazando +todas graciosamente. Fue idea de D. Peregrín Casanova, que también había +presidido un banquete en el teatro de Tarragona en los quince días que +gobernó aquella provincia. Por último, en el Campo de los Desmayos +estaban ya tendidos los alambres para la iluminación, si bien no pendían +de ellos aún los faroles. Esto se dejaba para lo último, por miedo a la +lluvia.</p> + +<p>No había cuidado. El día 24 amaneció sereno. Unas cuantas nubecillas +impertinentes, que se amontonaban del lado de tierra, fueron barridas +muy pronto por la brisa del Nordeste, con gran regocijo y aplauso de +todas las personas sensatas de la población. El mar se rizaba +blandamente sonriendo a la privilegiada villa, y el sol asomaba +majestuosamente su disco por detrás de las olas, dispuesto a dar gusto +siquiera una vez en su vida a los honrados peñascos. Porque desde tiempo +inmemorial se sabía que apenas se preparaba una fiesta en Peñascosa, el +sol tomaba las de Villadiego y dejaba que las nubes diesen buena cuenta +de ella. Cuatro docenas de cohetes de dinamita, capaces de estremecer a +los muertos en sus tumbas, anunciaron su salida. La murga municipal +saludó al astro del día tocando por las calles la famosa <i>polka de los +paraguas</i>. Después se situó en el Campo de los Desmayos,<a name="page_264" id="page_264"></a> rodeada de un +enjambre de chiquillos, y ejecutó algunas piezas de ópera. El mar, +batiendo suavemente en las peñas, le servía de contrabajo. Hasta que a +eso de las nueve se fue hacia la plaza tocando un paso doble, y desde +allí salió por la carretera de Lancia a esperar al prelado, al +gobernador y a las personas que los acompañaban.</p> + +<p>No tardaron en llegar en seis coches que con el estrépito de sus ruedas +estremecieron de júbilo la villa. Una nube de cohetes estalló en el +aire. Los viajeros fueron acogidos en la plaza con inmensa gritería. +Todo peñasco en uso de sus extremidades abdominales salió del domicilio +en aquella sazón, para regocijar la vista con el espectáculo de la bella +comitiva. El obispo era un hombre alto, gordo, con el pelo blanco y la +faz redonda, de luna llena, adornada de gafas. El gobernador un +hombrecillo enteco, pálido, de ojos hundidos. Vestía de gran uniforme y +cruzaba su pecho la banda de Isabel la Católica. Igualmente las personas +que los acompañaban lucían cruces, uniformes y condecoraciones. Detrás +de ellos marchaba el piquete de carabineros. Al ver desfilar aquel +lúcido y esplendoroso cortejo, la fantasía, siempre propensa a la +exaltación, de los patriotas peñascos, se arrebató de un modo +inexplicable. El orgullo de haber nacido en aquel pueblo privilegiado +les embriagó como nunca. Por un instante creyeron estar en la capital +de<a name="page_265" id="page_265"></a> un gran imperio, que los ojos de todo el mundo civilizado estaban +fijos en Peñascosa. Irresistible debía de ser esta embriaguez cuando a +persona tan grave y calificada como D. Juan Casanova se le subió a la +cabeza hasta hacerle caminar delante de la comitiva con el sombrero en +la mano, gesticulando y hablando solo como un loco. «¡Cuándo habíamos de +pensar—exclamaba agitando el sombrero!—¡Cuándo habíamos de pensar que +se reunieran en nuestra villa tantas notabilidades, tantas personas +eminentes del clero, de la administración y de la milicia! ¡Alegraos, +vecinos de Peñascosa! ¡Alegraos! Para nosotros comienza la era de la +justicia. Esta pobre villa, tan postergada ¡ya sabéis por quien!... esta +pobre villa, tan postergada, levanta al fin la cabeza y dirá al mundo +entero lo que vale... eso es... lo que vale. Si hemos sido esclavos +hasta ahora de otro pueblo que no vale lo que el nuestro, ya hemos roto +nuestras cadenas. ¡Salid a los balcones, bellas peñascas! ¡Salid a los +balcones y arrojad flores sobre nuestros ilustres huéspedes! ¡Salid! +¡Salid!»</p> + +<p>D. Juan Casanova había ganado mucho en emoción, en calor, durante esta +tirada. La voz salía temblorosa, ronca. Pero la imparcialidad nos obliga +a confesar que había perdido algo de su majestad característica. Por lo +menos aquellos movimientos descompasados de hombros y<a name="page_266" id="page_266"></a> cabeza eran +inexcusables en un hombre tan elevado física y moralmente. Los chicos +que iban a la par le miraban con asombro, y las bellas peñascas, +evocadas por él, si no arrojaban flores, sonreían desde los balcones al +verle tan descompuesto, mostrando unas hileras de dientes como nunca +veréis en Sarrió, yo os lo juro.</p> + +<p>Después de tomar un refrigerio en las Consistoriales y descansar un +poco, la comitiva se restituyó a la plaza, donde se efectuó con una +solemnidad capaz de hacer derramar lágrimas al ateo más empedernido el +acto de colocar la primera piedra de la nueva casa de Dios. Uno de los +que más bullían y mangoneaban por allí era D. José María el boticario, +el antiguo suscritor de <i>El Motín</i> y corifeo de los masones, dando claro +testimonio de que para Dios no hay imposibles, y que nadie puede decir +que está por completo dejado de su mano. Después el gobernador dirigió +desde el tablado la palabra al pueblo, y aunque su discurso no llegó a +más de tres o cuatro metros de distancia, el pueblo comprendió en +seguida con admirable instinto que rebosaba de elocuencia y se +entusiasmó de un modo frenético. Centenares de boinas de todos colores +surcaron el aire en prueba del efecto mágico que entre ellas había +producido la oración de la primera autoridad civil de la provincia. Los +cohetes y la murga municipal secundaron esta gloriosa<a name="page_267" id="page_267"></a> manifestación de +las boinas. Una muchedumbre inmensa de blusas azules y pantalones +rayados se agitó conmovida, embargada por los más nobles sentimientos +religiosos y humanitarios.</p> + +<p>Acto continuo se trasladaron todos a la antigua iglesia parroquial para +cantar el <i>Te Deum</i> en acción de gracias. El templo, adornado como ya +sabemos por lo más selecto de la sociedad femenina de Peñascosa, estaba +deslumbrante de lentejuelas, arañas y cirios. El día anterior había +llegado una exigua orquesta de Lancia, compuesta de dos violines, una +viola, un violoncello y un contrabajo, y con ella tres o cuatro cantores +de la catedral. Los músicos se situaron en el coro, el obispo y el clero +en el presbiterio. Don Miguel, el tozudo párroco, no quiso revestirse +con los sagrados ornamentos, bajo pretexto de sus achaques, y se fue al +coro con la orquesta. El prelado dijo una breve y sentida plática desde +el púlpito. Tenía una hermosa voz de barítono que hizo vibrar las +cuerdas más delicadas del corazón de todas las rosas místicas de la +villa. El brillo del pectoral de diamantes y de los cristales de sus +gafas daba mayor realce y un poder mágico a su palabra sonora, dulce, +persuasiva.</p> + +<p>Cantose después el <i>Te Deum</i>. Los tiples y los bajos de la catedral de +Lancia hicieron prodigiosos<a name="page_268" id="page_268"></a> gorgoritos, que dejaron asombrados a los +buenos peñascos. La diminuta orquesta les secundó perfectamente; Pero he +aquí que a D. Miguel se le antoja mirar con malos ojos al pobre +contrabajo, tan sólo porque no pasaba el arco sobre las cuerda más que +de vez en cuando. El párroco estaba de rodillas y tenía delante y vuelto +de espaldas al músico. Mirábale de hito en hito y cada vez con mayor +excitación. El músico cumplía con su deber rozando las cuerdas +parsimoniosamente, produciendo un sonido sordo y antipático. A D. Miguel +le parecía aquello el colmo de la estupidez y la holgazanería. Venir de +Lancia con un buen sueldo y el viaje gratis para hacer unas cuantas +veces <i>ron</i>, <i>ron</i> con aquel trasto, era cosa verdaderamente irritante. +La ola de la indignación fue subiendo en su pecho. Mil pensamientos de +exterminio se le amontonaron en el cerebro mientras su mirada torva y +siniestra permanecía clavada en las espaldas del infeliz contrabajo, +bien ajeno por cierto de los sentimientos sanguinarios que en aquel +momento inspiraba su inofensiva persona. Al fin, habiendo dejado escapar +un acorde más áspero y estridente que los otros, el viejo párroco no +pudo aguantar más, y levantándose vivamente, se fue hacia él y le encajó +una patada en los riñones que le hizo caer de bruces. Allá fueron el +músico y su violón rodando con estrépito. Al ruido<a name="page_269" id="page_269"></a> levantaron la cabeza +todos los fieles. Satisfecha su justicia, D. Miguel se volvió al sitio +que ocupaba antes. Cuando el desdichado músico vino a preguntarle por +qué había hecho aquello, respondió que él no quería gorrones en la +iglesia y que hiciese el favor de marcharse con su armatoste más lejos, +porque no daba palabra de contenerse.</p> + +<p>Concluido el <i>Te Deum</i>, volvieron, como es lógico, a restallar en el +aire otras cuantas docenas de cohetes de dinamita. Los simpáticos hijos +de la Pepaina, Chola y Lorito, estuvieron a punto de perecer, víctimas +de su arrojo, al apoderarse de uno que aún no había chasqueado. D. +Miguel, cuando supo que se habían quemado la cara y las manos, +manifestó, de acuerdo con todos los Santos Padres, que creía en la +intervención directa de la Providencia en las cosas humanas.</p> + +<p>Poco después dio comienzo el banquete en el teatro. Exceptuando el +obispo y sus familiares, todos los huéspedes de Lancia asistieron a él. +Eran más de cien los comensales, que ocupaban tres mesas paralelas, +situadas en el recinto de las butacas. En el escenario se colocó el coro +de muchachas ensayadas en el <i>Ágora</i> por D. Gaspar de Silva y el +director de la murga municipal. Los palcos estaban ocupados por cuanto +de elegante, aristocrático y exquisito guardaba Peñascosa en su seno. +Apenas sirvieron la sopa, se<a name="page_270" id="page_270"></a> dejó oír el himno de D. Gaspar. Comenzaba +por una especie de recitado de notas lúgubres, prolongadas, ejecutado +por un tenorete, ebanista de oficio. Decía, si no recordamos mal:</p> + +<p class="poesia"> +<span style="margin-left: 3em;">«Peñascosa, triste ayer,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Hoy venturosa,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Sacude la apatía en que vivió,</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y se lanza al progreso entusiasmaaaada</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y se laaaanza al progreso con ardor.»</span><br /> +</p> + +<p>Después de esta tirada, sombría como un lamento, que el tenor cantó con +todo el énfasis de que es susceptible un ebanista en casos semejantes, +las doncellas arremetieron vigorosamente con el alegro.</p> + +<p class="poesia"> +<span style="margin-left: 3em;">«El pueblo animoso</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Y lleno de esperanza</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">A gozaaaaar se lanza</span><br /> +<span style="margin-left: 2em;">Con mágico ardor.»</span><br /> +</p> + +<p>Este himno de corte clásico, y que bien puede compararse, sin +desmerecer, con los más inspirados de los sacerdotes salios, en el caso +de que conociésemos alguno, despertó inmediatamente en los comensales y +en el público mil ideas de progreso indefinido y perfectibilidad. Por un +momento todos aquellos espíritus elevados vivieron dos siglos más +adelante y vieron con los ojos del<a name="page_271" id="page_271"></a> alma una Peñascosa ideal cuajada de +fábricas y cervecerías. ¡Poder maravilloso de la poesía! Se aplaudió +furiosamente con las manos y con las cucharillas. Y aunque algún +personaje de espíritu ligero y afeminado manifestó por lo bajo que lo +que él aplaudía eran los ojos negros y los dientes blancos de las +peñascas, tenemos la certeza de que la mayoría supo apreciar +perfectamente la intención pura y el clasicismo del himno del vate de +Peñascosa. La prueba de ello es que cuando se escuchó en una de las +pesebreras la voz de: «¡Que salga el autor!», en todas las demás se +pusieron a gritar lo mismo, y los convidados expresaron con la boca +llena idéntico deseo. D. Gaspar salió al fin al escenario y avanzó, +doblado como un arco, hasta el borde del tablado. Después, haciendo un +esfuerzo sobre sus callos, se volvió prontamente y fue a recoger del +foro al autor de la música, un hombrecillo regordete, que se presentó +con los pelos tiesos como un aparecido. El público rompió a aplaudir +calurosamente al verlos cogidos de la mano. D. Gaspar apuntaba para el +director de la murga como diciendo: «A éste se debe todo.» El director +de la murga apuntaba para D. Gaspar, manifestando por mímica: «El +triunfo es de este señor.» Por último, en la imposibilidad de expresar +de un modo más plástico la profunda admiración que el uno sentía por el +otro y la perfecta<a name="page_272" id="page_272"></a> compenetración de sus espíritus entusiastas, se +abrazaron en medio del escenario y permanecieron unidos bastante tiempo.</p> + +<p>No sabemos qué influencia misteriosa, mágica puede ejercer sobre un +concurso el acto de abrazarse dos individuos del mismo sexo; pero +siempre que lo hemos visto declaramos que produjo el mismo efecto +sorprendente. El público se levanta electrizado, grita, aplaude, saca el +pañuelo, gesticula con violencia y hasta hay señoras que derraman +lágrimas. ¿Por qué? No nos lo preguntéis. Creemos que la ciencia no se +encuentra todavía en estado de dar una explicación satisfactoria a este +enigma. Aquello fue un vértigo, un delirio; más de diez minutos duró el +estrépito, mientras Euterpe y Talía permanecieron estrechamente +abrazadas. Cuando empezó a sosegarse el tumulto se oyó uno voz que dijo: +«¡Que se besen!» Al parecer, quien lanzó este grito fue un periodista de +Lancia. Si se trataba de una broma, la verdad es que tenía bien poca +gracia. Burlarse en aquel acto solemne donde se festejaba la +regeneración moral y material de Peñascosa, era una insolencia, y como +decía muy bien D. Juan Casanova, «no daba buena idea de la cultura de la +prensa de Lancia.» No se besaron, pues, aunque D. Gaspar mostró ciertas +tendencias a hacerlo, aproximando demasiadamente sus narices color +violeta al rostro del aparecido;<a name="page_273" id="page_273"></a> pero éste lo retiró, dando pruebas de +prudencia, pues se hablaba en términos muy graves por Peñascosa de las +narices de D. Gaspar.</p> + +<p>Terminado el himno, comenzó de nuevo y se repitió indefinidamente hasta +los postres. El gobernador volvió a dirigir la palabra al público. A +unos gobernadores les da por destituir ayuntamientos, a otros por +llevarse los colchones que les pone la Diputación provincial. A éste le +daba por la elocuencia. Le contestó D. Peregrín Casanova, y tuvo ocasión +de llamarle «mi distinguido compañero» y aludir a los altos deberes que +impone el gobierno de una provincia, «que él había tratado de cumplir en +otro tiempo en la medida de sus débiles fuerzas.» Habló también D. José +María el boticario, abogando por el fomento de la religión como +«elemento de progreso» (le quedaban ciertas frasecillas del tiempo en +que era librepensador) y como «freno para los apetitos bastardos.» Habló +don José el estanquero; habló D. Remigio Flórez, el fabricante de +conservas alimenticias; habló el director de <i>El Porvenir de Lancia</i> +(que hacía pocos días se había batido a sable con D. Rosendo Belinchón, +director de <i>El Faro de Sarrió</i>). Y habló otra vez el gobernador. Un +redactor de <i>El Joven Sarriense</i> trató de pronunciar algunas palabras, +pero le interrumpieron con algunos murmullos desde los palcos, y se +sentó muy<a name="page_274" id="page_274"></a> desabrido. Por último, D. Gaspar de Silva avanzó por el +escenario con un papel en la mano. «¡Silencio! ¡Chis, chis!... ¡Que se +callen!—¡Silencio! ¡Fuera!—¡Chis, chis!» En medio de un silencio +religioso, el famoso vate de Peñascosa comenzó a leer con voz dramática +una <i>Oda a la Religión</i>. Los temas sagrados no eran su especialidad. +Había preferido siempre poner la lira al servicio de la libertad y de +las ideas democráticas. Su mejor composición era un soneto al <i>pacto +sinalagmático bilateral</i>. Comprendiendo, sin embargo, con profunda +intuición, el sublime destino que el cielo le había designado, cantaba, +como los vates y semidioses de la antigüedad, todo lo que se ofrecía a +su vista, la paz y la guerra, la democracia y los señoríos, la religión +y el libre pensamiento. Esta oda, que empezaba: «¡Oh dulce religión +inmaculada!» era inspiradísima y fue recibida con vivas muestras de +aprobación. El banquete terminó de noche cerrada.</p> + +<p>A las seis, el sacristán y algunos empleados del municipio comenzaron a +iluminar los farolillos a la veneciana del Campo de los Desmayos, de tal +modo que a las ocho estaban casi todos encendidos. La velada se presentó +muy alegre. En uno de los ángulos del Campo bailaban los aldeanos al son +de la gaita y el tambor; en otro hacían lo propio las artesanas al +compás<a name="page_275" id="page_275"></a> de la banda municipal. La gente discurría por el espacio libre +cada vez con menos desahogo, pues la calle del Cuadrante no cesaba de +vomitar blusas azules y pañuelos de percal sobre el citado Campo. Lo más +exquisito de la sociedad peñasquense se refugió en el pórtico de la +iglesia, estableciendo la consabida división de castas. Organizose un +paseo inmediatamente donde los forasteros de Lancia pudieran apreciar de +un solo golpe de vista todo lo grande y majestuoso que encerraba +Peñascosa en su seno. Allí estaba la tertulia en masa de D.ª Eloisa, y +además, otra parte de la nobleza de la villa, con la cual no hemos +podido poner al lector en relación. Después de haber disfrutado por +largo rato del placer de verse, como los inmortales en el Olimpo, +aislados y encima del resto de los seres de la creación, aquella +sociedad hizo irrupción en el Campo de los Desmayos, para contemplar los +fuegos artificiales de los renombrados pirotécnicos palentinos. Entró +sin descomponerse, con un desdén y una gravedad calculados para henchir +de respeto el corazón de las castas inferiores.</p> + +<p>Deslizándose como un mono por los parajes oscuros, buscando la +proximidad de las mujeres obesas, y cuando no, la de las que estaban en +regulares carnes, andaba nuestro amigo Osuna, el administrador de la +casa Montesinos. A la<a name="page_276" id="page_276"></a> hora en que le sorprendemos no se había ganado +más que una bofetada; caso extraño, porque en estas noches de jolgorio +solía encontrarse con media docena, por lo menos. Algo desengañado bajo +este aspecto, no tanto por las bofetadas como por lo que las precedía, +movíase impaciente echando miradas carniceras en torno suyo, sin hallar +un sitio lo bastante ameno y deleitoso para fijar sus pasos. Aquella +noche se habían dado cita todas las flacas de Peñascosa. Mas hete aquí +que cuando empieza a arder la primera rueda de pólvora, columbra no muy +lejos a la fresca D.ª Teodora, al sueño constante de su existencia, más +radiante y más lozana que nunca, con sus cabellos blancos y sus mejillas +rosadas de cutis terso y brillante. Verla y emprender la marcha hacia +ella fue todo uno. Pero esta marcha en tales circunstancias era más +difícil de lo que cualquiera puede imaginarse. La gente se apiñaba a ver +los fuegos y permanecía inmóvil, formando una espesa muralla. Nuestro +jorobado la atravesó con arte diabólico, retorciéndose como una +lagartija para pasar por los agujeros más estrechos. Después de un buen +rato logró colocarse detrás de la simpática jamona. Estaba escoltada por +los dos hermanos Casanova, que la habían acompañado en unión de la +doncella. Continuaban disputándose su corazón, con empeño rabioso por +parte de D. Peregrín,<a name="page_277" id="page_277"></a> con noble y severa tranquilidad por la de D. +Juan. En este certamen de amor la virtuosa y madura señorita padecía +mucho, por creerse culpable de las reyertas que a lo mejor estallaban +entre los dos hermanos. Procuraba conservar la neutralidad, pero se +echaba de ver que D. Peregrín llevaba la peor parte. Explicábale éste, +con el tono de suficiencia que le caracterizaba, algunos pormenores +interesantes de la industria pirotécnica y citaba algunos fuegos que +había visto, en su época de covachuelista, verdaderamente asombrosos. El +pobre D. Juan, que no había salido jamás del estrecho recinto de +Peñascosa y que no podía citar nada, callaba como siempre. Pero la +pulquérrima jamona le dirigía de vez en cuando una mirada suave y una +sonrisa más suave aún, que podían indemnizarle de su vida sedentaria.</p> + +<p>Cuando D.ª Teodora volvió la cabeza para ver quién la apretaba tanto y +se encontró con Osuna, cambió de color. Aquel maldito jorobado no la +dejaba jamás en paz. En la tertulia, en el paseo, en el teatro, en la +iglesia, en todas partes donde tuviera ocasión de aproximarse, era +sabido que se veía necesitada a sufrir el contacto asqueroso de sus +piernas y a veces de sus manos también. Osuna conocía bien el terreno +que pisaba. La bella y pudorosa jamona se hubiera caído antes muerta de +vergüenza que<a name="page_278" id="page_278"></a> confesar a alguno los atentados de que era objeto. Pero +si no los confesaba, cualquiera podría cerciorarse de ellos, observando +el estado de agitación en que se hallaba. En esta ocasión el jorobado +anduvo audaz en demasía. D.ª Teodora comenzó a dar muestras tales de +inquietud que para cualquiera serían visibles. D. Juan no las vio, sin +embargo. Era un varón puro y magnánimo, incapaz de sospechar las grandes +suciedades que puede haber sobre la tierra. Pero D. Peregrín, como +hombre de mundo, concluyó por advertir algo de lo que pasaba. Espió a +Osuna con el rabillo del ojo, y cuando penetró en su espíritu +gubernamental el convencimiento de la trasgresión que se estaba +cometiendo, comenzó a roncar y silbar por la nariz como un vapor en +peligro, lanzando al mismo tiempo centelleantes miradas de indignación +al audaz jorobado. Éste prescindió en absoluto de aquellos silbidos +temerosos, y no vio siquiera la expresión fatídica de los ojos del +ex-gobernador interino de Tarragona. ¿Qué había de suceder? La caldera +del remolcador, no teniendo más desahogo que el de la nariz, estalló con +horrible estruendo.</p> + +<p>—¡Oiga usted, grosero, sucio, cínico, desorejado!—rugió D. Peregrín +cogiendo por el cuello al contrahecho y sacudiéndole con rabia.—Si +usted continúa en modo alguno molestando a esta señora, con esta mano +(alzando la derecha)<a name="page_279" id="page_279"></a> le doy una bofetada en esta mejilla, y con la otra +(alzando la izquierda) le doy otra bofetada en la opuesta. Acto continuo +le vuelvo a usted, y con estas botas gordas que usted ve aquí le doy a +usted dos puntapiés en el trasero.</p> + +<p>El físico de D. Peregrín no era a propósito para infundir terror pánico +en el corazón de sus enemigos. Sin embargo, su continente severo y +administrativo como pocos y el torrente de voz grandioso con que la +naturaleza le dotara suplían bastante bien la deficiencia de otros +órganos. Además, Osuna era un ser más débil y más ruin que él. Por esto +y por el tumulto que se armó en seguida, en vez de hacerle frente, se +escurrió entre la muchedumbre y desapareció en un momento. D.ª Teodora, +al verse objeto de la curiosidad pública, se desmayó. D. Juan y la +doncella la sostuvieron. D. Peregrín siguió increpando a su enemigo +ausente. La muchedumbre rió, gritó, se agitó tumultuosamente. Al fin +todo quedó en paz, y la pudibunda jamona tornó a su domicilio, donde la +dejaremos esparciendo un torrente de lágrimas.</p> + +<p>Obdulia, agitada todo el día por un vivo dolor y por un deseo rabioso de +reparar la injusticia que se había cometido con su amado director +espiritual, no salió de casa ni de la cama. Estaba realmente enferma. +Tenía fiebre, la fiebre que produce en los temperamentos como el de ella +un<a name="page_280" id="page_280"></a> pensamiento único que se va exacerbando por grados. Al llegar la +noche se levantó y se vistió apresuradamente. Sus grandes ojeras +azuladas se marcaban ahora de un modo chocante. Una arruga profunda, +signo de resolución inquebrantable, le surcaba la frente. Llamó a la +doncella y le manifestó que quería salir a ver los fuegos. Todo lo que +ésta hizo por disuadirla, representándole el grave daño que podía +ocasionarle el frío y la humedad de la noche, fue inútil. Cogió la +mantilla, se la echó encima de la cabeza con mano convulsa, obligó a la +doméstica a ponerse la suya y se lanzaron a la calle. El Campo de los +Desmayos hervía ya de gente. Les costó mucho trabajo avanzar hasta +colocarse en el medio. Obdulia quería a todo trance acercarse a la casa +del párroco, donde se alojaba el prelado. Había visto brillar las gafas +de éste y ocultarse en seguida en una de las ventanas. Debajo, a la +puerta misma de la rectoral, un grupo numeroso de muchachas bailaba la +giraldilla, cantando a grito pelado coplas de circunstancias +improvisadas en el momento. Aludían en ellas a la nueva iglesia, +piropeaban al obispo, al gobernador, a los próceres de Peñascosa, sin +que faltase tampoco, por supuesto, la consabida puntadita a Sarrió.</p> + +<p>La imaginación de la hija de Osuna trabajaba sin descanso, aumentando la +calentura que la<a name="page_281" id="page_281"></a> consumía. Mas por encima de los mil pensamientos y +fantasmas que daban vueltas en ella, asomaba una idea fija, tenaz, que +la impulsaba inconscientemente a abrirse paso con los codos por la +muchedumbre, seguida de la doncella, que no comprendía el afán de su +señorita. Cuando estuvieron próximas a la rectoral, la joven se detuvo +unos minutos. Observó con el rabillo del ojo a su doncella, y cuando la +vio más absorta en la contemplación de los fuegos que se estaban +quemando, maniobró hábilmente y se alejó de ella ocultándose entre la +gente. Una vez sola, se detuvo otra vez. Después de dirigir infinitas +miradas de ansiedad y temor a la casa del párroco, después de resolverse +más de veinte veces y de arrepentirse otras tantas, al fin se deslizó +como una sombra por detrás de las muchachas que bailaban y del círculo +de espectadores que tenían en torno, y se introdujo en el portal de la +casa. Dentro de él había unos cuantos criados que charlaban contemplando +desde allí lo que podían. Tenían la puerta abierta, y Obdulia, sin +decirles palabra, se introdujo por ella y subió unas cuantas escaleras. +Pero deteniéndose de repente y permaneciendo un instante indecisa, tornó +a bajarlas y se dirigió al grupo de los domésticos.</p> + +<p>—¿El secretario del señor obispo está arriba?—preguntó al más +próximo.<a name="page_282" id="page_282"></a></p> + +<p>—¿D. Cayetano?... Sí, señora, arriba está—respondió uno de los más +lejanos.</p> + +<p>—¿Podría hablar unas palabras con él?</p> + +<p>—¿Por qué no?... Le avisaré... Suba usted conmigo.</p> + +<p>Ascendieron ambos por la sucia escalera de D. Miguel, pues ni por la +llegada del prelado se había limpiado.</p> + +<p>—Tenga usted la bondad de aguardar un momento.</p> + +<p>Poco después se presentaba el secretario, un clérigo de media edad, feo, +desgarbado, pero de mirada inteligente y franca. La miró con gran +curiosidad y preguntó, esforzándose en mostrarse amable:</p> + +<p>—¿Preguntaba usted por mí, señora?</p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—Usted me dirá...</p> + +<p>—Deseo hablar con el señor obispo.</p> + +<p>Volvió a mirarla el secretario con mayor curiosidad aún, y después de un +instante de vacilación, apareciendo en su rostro un esbozo de sonrisa, +respondió:</p> + +<p>—Usted comprenderá que la hora no es oportuna... Su Ilustrísima se va a +retirar en seguida a descansar...</p> + +<p>—Es urgente y de mucha importancia lo que tengo que +comunicarle...—dijo precipitadamente.<a name="page_283" id="page_283"></a></p> + +<p>Otra vez la contempló el clérigo con penetrante mirada, advirtiendo su +agitación.</p> + +<p>—Bueno... Lo que puedo hacer en su obsequio es avisar a Su +Ilustrísima... No respondo de que la reciba a usted a estas horas... +Puede usted pasar a esta sala y aguardar un momento. No tardaré en +traerle la respuesta.</p> + +<p>Abrió la puerta del saloncito de recibo, hizo traer un quinqué y la dejó +sola. En aquel instante la joven sintió que le abandonaban todas sus +fuerzas. El corazón comenzó a darle fuertes golpes en el pecho. La +habitación se movía suavemente como la cámara de un buque. Se vio +obligada a sujetarse con las dos manos al respaldo de una butaca para no +venir al suelo. El secretario apareció a los pocos minutos, y sin +traspasar el marco de la puerta, dijo con afectada solemnidad:</p> + +<p>—Su Ilustrísima va a llegar en este momento.</p> + +<p>Obdulia cerró los ojos y se agarró con más fuerza a la butaca. Cuando +los abrió tenía delante de sí la figura imponente del prelado.</p> + +<p>La estancia se hallaba a media luz a causa de la pantalla que cubría el +quinqué. Los contornos de aquella figura se esfumaban en la sombra. Pero +los diamantes del pectoral lanzaban destellos y los cristales de las +gafas brillaban también con los débiles rayos de luz que sobre ellos +caían. Avanzó algunos pasos por la sala. Obdulia se dejó caer de +rodillas.<a name="page_284" id="page_284"></a></p> + +<p>—¿Es para algún asunto de conciencia, hija mía?—preguntole el prelado +dulcemente, dándole al mismo tiempo su anillo a besar.</p> + +<p>—Sí, señor—respondió la joven con voz alterada por la emoción.—Es +para un asunto de la conciencia de Su Ilustrísima.</p> + +<p>—¿De mi conciencia?—exclamó el obispo, irguiéndose lentamente y +dejando caer sobre ella una mirada de sorpresa y curiosidad.</p> + +<p>—La conciencia más pura, Su Ilustrísima lo sabe mejor que yo, está +sujeta a error. Cuando pensamos estar haciendo el bien hacemos el mal. +El alma de Su Ilustrísima es noble y es santa, según dicen todos los que +la conocen. Por algo Dios le ha elegido para apacentar su rebaño. Pero +los ojos de Su Ilustrísima no llegan a todas partes como los de Dios. Su +brazo se extiende en vano para bendecir. La bendición no alcanza a +todos. Entre los pastores que Su Ilustrísima tiene colocados para +ayudarle los hay que guardan con fidelidad y amor el rebaño, los hay +también que tienen la vista y el amor fijos en sí mismos...</p> + +<p>—Levántese usted, hija mía... ¿Qué quiere decir con estas palabras?</p> + +<p>—Lo que quiero decirle, señor—profirió la hija de Osuna con audacia, +serenándose de pronto bajo el impulso de la exaltación,—es que teníamos +en esta villa un coadjutor celoso, modelo<a name="page_285" id="page_285"></a> de abnegación, de +mansedumbre, de actividad, que había logrado a fuerza de inmensos +sacrificios inspirar devoción y piedad a muchos que jamás las habían +sentido, que sin violencia ninguna había puesto en orden la parroquia y +devuelto a Dios lo que le pertenecía... Pues bien, he sabido... hemos +sabido con dolor los feligreses todos, que en vez de dejarle en el cargo +que desempeñaba interinamente, Su Ilustrísima se lo ha dado a otra +persona...</p> + +<p>El obispo la contempló en silencio un buen espacio. La joven, bajo +aquella mirada, que pasaba por los cristales de las gafas penetrante, +indagadora, volvió a perder la serenidad.</p> + +<p>—¿Es el coadjutor interino quien la envía a usted para dirigirme una +representación?—preguntó con extremado sosiego, recalcando cada sílaba +de un modo que resultaba epigramático.</p> + +<p>—¡Oh! ¡No, señor!—exclamó toda turbada la joven, poniéndose roja.—El +señor coadjutor no tiene aspiración ninguna. Está tan contento con el +cargo como sin él. Nada sabe ni nada quiero que sepa... He sido yo quien +por el odio que me inspira la injusticia me atreví a dar este paso... +acaso imprudentemente...</p> + +<p>—¡Sin acaso! ¡Sin acaso!—murmuró el prelado, sacudiendo la cabeza.</p> + +<p>Quedósela otra vez mirando fijamente sin pestañear,<a name="page_286" id="page_286"></a> absorto en intensa +contemplación. Obdulia bajó la cabeza.</p> + +<p>—Hija mía—siguió diciendo gravemente,—la juventud tiene sus derechos. +Puede ser aturdida, imprevisora, gozar sin medida de los dones con que +Dios nos ha favorecido, vivir ofuscada sin el pensamiento del pecado... +Pero la juventud no tiene derecho a jugar con nuestra salvación eterna, +con la vida y con la muerte. La Santa Iglesia Católica tiene sus +ministros encargados de velar por la fe. Yo, aunque indigno, soy uno de +ellos y soy responsable ante Dios y ante el Sumo Pontífice de mis actos. +No he aprendido en ningún Santo Padre ni en ninguna decretal que los +prelados tuviéramos que dar cuenta de ellos a las niñas como usted...</p> + +<p>—¡Oh, señor obispo... yo no quería!...</p> + +<p>—Escuche usted, escuche usted con paciencia, hija mía, escuche usted de +rodillas a su prelado.</p> + +<p>Obdulia se arrodilló de nuevo llena de confusión, roja como una amapola. +La figura corpulenta del obispo se agrandó desmesuradamente delante de +sus ojos; su blanca cabeza coronada por el morado solideo resplandecía +de majestad.</p> + +<p>—Los cargos de la Iglesia católica no deben ser empleos codiciados: no +se buscan, se aceptan con humildad y resignación. Cuanto más alto, más +duro y espinoso es para el que quiere servir a Dios. Usted, al hablar de +injusticia, los ha<a name="page_287" id="page_287"></a> considerado por lo visto como una granjería, y ha +pecado gravemente. Si no he dado el cargo de coadjutor a la persona por +quien usted se interesa, esa persona debe agradecérmelo, pues la he +librado de muchas terribles responsabilidades que dificultarían su +salvación eterna.</p> + +<p>Obdulia, viendo el rayo marchar otra vez hacia su confesor, halló +palabras para desviarlo.</p> + +<p>—Vuelvo a decirle, señor obispo, que el padre Gil nada sabe de este +paso... que se morirá de pena y de vergüenza si llega a conocerlo, +porque es la modestia y la humildad personificadas. La estimación y el +respeto que le profeso, como todos los vecinos de este pueblo, y mi +deseo de ver la parroquia en orden y bien servida, me impulsaron en un +momento de ligereza a acudir a Su Ilustrísima...</p> + +<p>—Pero ¿no comprende usted, hija, que al dar este paso, extraño en una +joven sensata y piadosa, se compromete usted, y lo que es peor, +compromete usted a un sacerdote gravemente?</p> + +<p>—¡Oh Virgen Santa! ¿Qué he hecho?—exclamó la joven tapándose la cara +con las manos.—Sí, sí, comprendo ahora que he sido una loca, que +tratando de hacer un bien he causado un terrible mal... Su Ilustrísima +me desprecia y tiene razón, porque no soy más que una pobre tonta... +Pero no es eso lo malo... Lo horrible es que de aquí en adelante estará +prevenido contra un pobre<a name="page_288" id="page_288"></a> inocente... ¡Jesús de mi corazón, qué +tentación ha sido la mía!...</p> + +<p>Y rompió a sollozar perdidamente murmurando frases ininteligibles. El +prelado se inclinó hacia ella y le habló con dulzura.</p> + +<p>—Sosiéguese usted, hija mía. Sosiéguese usted y aprenda que un sucesor +de los Apóstoles no puede sentir prevención ni odio. Si usted ha pecado, +pida la absolución a su confesor. Serénese usted, que ningún mal ha +causado más que a sí misma... Ni el inocente ni el culpable tienen nada +que temer de mí. Que lo teman todo de Dios...</p> + +<p>Después de pedir muchas veces perdón y derramar infinitas lágrimas, +Obdulia besó otra vez con devoción el anillo del prelado, y se levantó. +Sin alzar los ojos del suelo murmuró débilmente:</p> + +<p>—Adiós, señor obispo. Perdone Su Ilustrísima el disgusto que le he +causado, y olvídelo.</p> + +<p>—Que la Virgen Santísima la proteja, hija mía. Rece una salve por mí, +que bien la necesito—respondió el prelado, dejándola pasar y mirándola +con expresión de lástima hasta que traspasó la puerta.</p> + +<p>Salió aturdida, loca de vergüenza, con las manos trémulas y las mejillas +encendidas. En cuanto llegó a casa se metió en la cama, con una fiebre +altísima.<a name="page_289" id="page_289"></a></p> + +<h3><a name="XI" id="XI"></a>XI</h3> + +<p>Ya está descifrado el enigma, padre Gil—dijo D. Álvaro desde su butaca +viéndole entrar. La sonrisa con que acompañó estas palabras era tan +contraída y extraña que daba frío.</p> + +<p>—¿Qué enigma?—preguntó el P. Gil, un poco agitado por el +presentimiento de alguna desgracia.</p> + +<p>—No se asuste usted; no es el de la Creación: un enigma más modesto, el +de la venida de mi mujer a Peñascosa hace unos meses... Entérese usted +de esa carta.</p> + +<p>El joven presbítero tomó de las manos del mayorazgo la que le presentaba +y se puso a leer:</p> + +<p><a name="page_290" id="page_290"></a></p> +<div class="bloque"><p>«Mi querido Álvaro: Acabo de saber que Joaquina dio a luz hace +seis días un niño, el cual se ha inscrito en la parroquia y en el +registro civil con tu apellido. He procurado informarme, y me han +dicho que era perfectamente legítimo, puesto que tu esposa ha +estado en Peñascosa hace unos meses y ha dormido en tu misma casa. +Te escribo apresuradamente para preguntarte si es cierto. Lo dudo +mucho, porque no me has dicho jamás una palabra del asunto. +Contéstame inmediatamente.</p> + +<p class="r smcap">Julio.»</p> +</div> + +<p>El P. Gil dejó caer los brazos, dobló la cabeza y murmuró sordamente:</p> + +<p>—¡Qué infamia!</p> + +<p>El mayorazgo soltó una carcajada.</p> + +<p>—Pero ¿aún cree usted que hay infamias en el mundo? ¿De qué le sirve a +usted tanto como ha leído? Quisiera que me explicase cómo es posible +hacer porquerías dentro de una letrina. Por lo visto, todavía se +encuentra usted asistiendo a la primera representación de la comedia. Yo +estoy en la segunda, y puedo decir anticipadamente lo que ha de suceder.</p> + +<p>—De todos modos, D. Álvaro, me duele en el alma esta indignidad que con +usted se ha cometido sin merecerla.</p> + +<p>—¿Indignidad? ¿Llama usted indigna a la araña que ahoga a la pobre +mosca en su tela, o al<a name="page_291" id="page_291"></a> milano que cae sobre el inocente polluelo y lo +arrebata por el aire? Pues la misma fuerza infame (¡ésa sí que es la +infame!), la misma fuerza que mueve a la araña y al milano es la que +habita dentro de mi mujer. La mosca, el pollo y yo merecemos la misma +suerte por haber nacido. <i>Porque el delito mayor—del hombre es haber +nacido</i>, ya lo ha dicho Calderón, que era sacerdote como usted.</p> + +<p>El P. Gil meditó unos momentos, y dijo al cabo, como si se hablase a sí +mismo:</p> + +<p>—No puedo acabar de persuadirme a que en nosotros no exista más que la +fuerza ciega; que esta luz que de vez en cuando brilla en el corazón de +los hombres, y que se llama unas veces justicia, otras amor y +abnegación, dependa exclusivamente de combinaciones químicas. La infamia +es infamia siempre, y despierta en nuestro espíritu un sentimiento de +repugnancia. La araña y el milano no saben que hacen el mal, pero su +esposa lo sabe.</p> + +<p>—¿Y qué importa? Dote usted a la bestia con la conciencia de sus actos +y habrá usted formado al hombre. La conciencia no es más que una +antorcha. Los crímenes lo mismo pueden ejecutarse en las tinieblas que a +la luz. Si yo pensase, como usted, que hay un Dios creador consciente de +todos los seres, le mandaría un «besa la mano» felicitándole por haber +formado una criatura<a name="page_292" id="page_292"></a> tan amable y encantadora como mi mujer y dándole +las gracias por haberla reservado para mi uso particular. +Desgraciadamente no puedo representarme a ese Dios recibiendo en bata y +zapatillas mis tarjetas de felicitación. Creo más bien que ella y yo +somos víctimas de la lógica. La vida tiene por objeto inmediato el +dolor... Saque usted la consecuencia. Mi mujer nació con uñas para +desgarrar. Yo nací con un corazón blando a propósito para ser +desgarrado. Sería una contradicción que ella no arañara y que yo no +fuese arañado.</p> + +<p>—¡Y sin embargo, usted ha amado a esa mujer con toda su alma!</p> + +<p>—¡Ah, sí!—exclamó el hidalgo, cerrando los ojos y pasando su mano +descarnada por la frente.—¡La he amado!... Por un momento fui +comparable a los inmortales del Olimpo. La felicidad cantó dentro de mi +alma el himno más hermoso que acompañó jamás a sus divinos juegos. El +sol se levantaba y se acostaba tan sólo para dorar mis ilusiones. El mar +estaba murmurando ahí únicamente para reflejar las imágenes de oro que +cruzaban por mi mente... Ningún hombre fue cazado por la especie con más +precauciones, con más exquisito cuidado... Todos los lazos que nos +tiende la Naturaleza para realizar su plan misterioso se pueden evitar; +hasta la misma voluntad de vivir se puede vencer; yo la he<a name="page_293" id="page_293"></a> vencido, +pues que apetezco con ansia la muerte. Pero esta voluntad de perpetuarse +que se manifiesta en toda la especie, esta fuerza soberana que empuja a +un individuo hacia otro de sexo diferente, crea usted, padre, que es +insuperable... ¡Qué brazo tan bien torneado! ¡Qué espaldas de alabastro! +¡Qué modo tan fascinador de quitarse los guantes y agitar su dedo +meñique, que tenía lindísimo!</p> + +<p>—No conozco el amor, pero sé que hay dos clases: uno el que tiene por +objeto exclusivamente el goce sensual que nos equipara a los brutos, y +otro el amor puro de dos almas que se completan, de dos corazones que se +unen para gozar y padecer al mismo tiempo, para formar uno solo hasta la +muerte. Éste es el amor que nos ennoblece, el único digno del ser humano +y que merezca tal nombre.</p> + +<p>—En efecto, eso creen todos los poetas cursis y todas las niñas +opiladas... Pero usted es una persona formal y no puede pensar semejante +disparate. Todo amor, por tierno y sublime que sea, tiene su raíz en el +instinto natural de los sexos: no es más que ese instinto +individualizado. ¿Ha visto usted alguna vez unirse un corazón de diez y +ocho años con otro de ochenta para formar uno solo? Y sin embargo, el de +ochenta puede ser tanto y más noble y bondadoso que el de diez y ocho. +Suprima usted la voluptuosidad, y ¿cuántos<a name="page_294" id="page_294"></a> serían los hombres que se +unieran a una mujer y soportaran la carga de los hijos y las +innumerables molestias del matrimonio por el solo gusto de completar su +espíritu? El amor no es más que una treta de la Naturaleza, padre. Para +vencer nuestro egoísmo, que es muy grande, nos engaña con una ilusión, +haciéndonos creer que lo que deseamos es nuestra felicidad, cuando sólo +es el bien de la especie. El individuo es el esclavo inconsciente de...</p> + +<p>Un violento golpe de tos le cortó la palabra. Pidió por señas al P. Gil +el pañuelo que tenía sobre la mesa y se lo llevó a la boca. Cuando lo +separó, estaba manchado de sangre. Una sonrisa de tristeza mortal +contrajo sus labios al contemplar aquella sangre.</p> + +<p>—Ésta es la única amante que no engaña jamás, padre—dijo mostrando el +pañuelo al joven presbítero, que había empalidecido.—Vea usted el beso +que acaba de darme. Mañana me dará otro más prolongado; después otro y +otro, hasta que me coja entre sus brazos fríos y me estreche +eternamente.</p> + +<p>Y lo terrible del caso era que tenía razón. La salud de D. Álvaro, que +jamás había sido completa, se arruinaba sensiblemente desde hacía una +temporada: tal vez desde la visita inopinada de su esposa. Habíase +demacrado mucho más, con estarlo siempre bastante. El color, de pálido<a name="page_295" id="page_295"></a> +daba ya en terroso; los ojos habían perdido en movilidad y ganado en +brillo; las manos parecían las de un esqueleto.</p> + +<p>Desde que supo la cobarde y traidora intriga urdida para que sus bienes +fueran a parar al fruto de los adúlteros, no levantó cabeza. Bebió el +cáliz del dolor hasta las heces. Lo bebió con la sonrisa en los labios +para no desmentir sus teorías, pero el veneno produce siempre su efecto; +le abrasó las entrañas. La tos fue en aumento, los esputos +sanguinolentos también. Pasaba las noches enteras sin poder conciliar el +sueño. Comenzaron a darle algunos ataques de disnea. Todo hacía +presagiar un próximo y funesto desenlace.</p> + +<p>En aquellos días se operó una crisis interesante en el espíritu +atormentado del P. Gil. El materialismo pesaba como una losa sepulcral +sobre su corazón. Pero dentro de aquel sepulcro el espíritu idealista +del sacerdote se revolvía incesantemente, luchaba con ansia por salir al +aire libre y respirar una atmósfera más pura. El afán de sacudir la +lepra que le iba royendo poco a poco le impulsó a estudiar los sistemas +de metafísica dogmática antiguos y modernos. Fue una felicidad para él +que el obispo hubiese nombrado coadjutor al P. Narciso. Tenía mucho más +tiempo disponible y el espíritu más libre. Entregose de nuevo a la +lectura con ardor febril. Por<a name="page_296" id="page_296"></a> delante de su vista asombrada desfilaron +todas las grandes concepciones del entendimiento humano, los esfuerzos +colosales, sublimes, llevados a cabo por el hombre para dar una +explicación satisfactoria al gran problema de la existencia. De muchos +de ellos tenía noticia, pero era vaga, incompleta y a veces falsa, como +que procedía de las citas de los libros que había manejado en el +seminario. Al estudiarlos ahora en sus fuentes se sintió poseído de una +admiración que semejaba al estupor. La grandeza, la perfección +maravillosa de algunos de estos sistemas parecía insuperable y fascinó +su alma. Por momentos, cuando acababa de examinar alguno, le parecía +haber levantado el velo de la verdad para siempre. Aquel sabio y +portentoso engranaje de todas las verdades parciales para obtener la +verdad total satisfacía la aspiración de su mente hacia la unidad. +Además, aquellos sistemas le devolvían a Dios. No se lo devolvían como +él lo quería, personal, providente, atento a las oraciones de los +hombres, pero al fin lo alzaban sobre el Universo material como su +principio y su razón. Ya no andábamos perdidos como tristes náufragos en +el océano turbulento de las fuerzas físicas; ya teníamos algo a donde +levantar los ojos y el corazón. El malo volvía a ser malo, y el bueno, +bueno. Y como hombre de espíritu lúcido no se fijó en la contradicción +superficial de<a name="page_297" id="page_297"></a> los sistemas, que tanto impresiona y desencanta al +vulgo. Fue más allá y vio claramente que, por debajo de esta aparente +lucha, los sistemas de la filosofía moderna idealista se besaban +fraternalmente. Todos estaban empapados en el mismo idealismo panteista. +Penetrando aún más, advirtió que la filosofía alemana se daba la mano +con la griega al través del desierto de la Edad Media.</p> + +<p>Por desgracia, el último filósofo que leyó fue a Kant, debiendo ser el +primero. Al recorrer las primeras páginas de la <i>Crítica de la razón +pura</i>, sintió la impresión extraña del que va a contemplar un paisaje y +le faltan los pies.</p> + +<p>Estaba avezado a no pensar en el suelo, y hete aquí que de repente se +hunde. Para conocer las cosas es preciso averiguar antes si podemos +conocerlas. Y el resultado que iba deduciendo de la lectura es que de +las cosas no podemos conocer más que la apariencia. Nuestros +conocimientos no son, en último término, más que percepciones; las +percepciones, impresiones, modificaciones de nuestro propio ser. Todo +es, pues, una pura representación. El instinto le obligó a buscar con +anhelo tierra firme; pero cuanto más se esforzaba en levantar los pies, +más se hundía, a imagen de los incautos que penetran en un terreno +pantanoso. Alzábase repentinamente y quería apoyarse en esas nociones +firmísimas que<a name="page_298" id="page_298"></a> jamás han faltado al entendimiento humano, en las +nociones de Tiempo y Espacio. El filósofo de Koenisberg le demostraba +poco a poco, con lógica inflexible, que el Espacio y el Tiempo no son +seres reales, ni tampoco propiedades de estos seres, sino tan sólo +formas de la percepción que tocan a las cualidades de nuestro espíritu y +no a la realidad externa. Buscaba después con ansia apoyo en el enlace +constante de la causa con el efecto. Kant le hacía ver que este enlace +no es más que el encadenamiento no interrumpido de los <i>cambios</i> +sucediéndose en el tiempo, que cada <i>efecto</i> es un cambio y cada causa +también. Por lo tanto, que es tan absurdo pensar en una causa primera de +las cosas como en el sitio en que termina el espacio o el instante en +que el tiempo ha comenzado.</p> + +<p>El pánico se apoderó de su alma como nunca. El positivismo materialista +le dejaba algo: la materia era una realidad; sus relaciones también. +Además, nunca se había entregado a él, por más que agitara en su mente +dudas violentísimas. Pero ahora quedaba solo, sumido en completa +oscuridad, lo mismo acerca del universo que nos envuelve, como de su +propia existencia y destino. Luchó, pues, con las ansias del que va a +morir, con la desesperación del náufrago que disputa a otro el socorro +de una tabla. Discutió las proposiciones del libro una por una.<a name="page_299" id="page_299"></a> Era el +combate de un niño con un atleta. Cada una de aquellas proposiciones +había sido meditada en todos sus aspectos largamente por el pensador más +profundo de su siglo y también por el más prudente. ¿Qué fuerza habían +de hacer sus débiles manos contra baluartes fabricados con tanto esmero? +Su espíritu sobrexcitado imaginaba un argumento; lo apuntaba en la +margen del libro; lo juzgaba inexpugnable. A la página siguiente se +encontraba con que el filósofo ya lo había tenido en cuenta y lo +deshacía de un soplo.</p> + +<p>¡Lucha triste y cruel! Lanzaba, en el frenesí de su cólera y pavor, una +granizada de golpes al pecho del viejo atleta. Éste permanecía inmóvil +como una roca. Luego, con burlona calma, dejaba caer su mano de hierro +sobre la frente del sacerdote y le hacía rodar por el suelo. Alzábase +vivamente y acometía de nuevo con mayor ardimiento, y otra vez volvía a +caer aturdido por el golpe. Se aproximaba al término del libro. Sentía +ya sus fuerzas agotadas. Quiso, no obstante, tentar un último esfuerzo +contra aquella lógica abrumadora y desembarazarse de los lazos que le +aprisionaban. Todo fue inútil. El hércules alemán le sujetó entre sus +brazos poderosos, le sacudió unas cuantas veces, cual si fuese de paja, +y por último lo arrojó con violencia al suelo.<a name="page_300" id="page_300"></a></p> + +<p>Ya no pudo levantarse. Cuando despertó de su aturdimiento se confesó que +estaba vencido. El mundo se le ofreció entonces claramente como su +propia representación. Todo lo que existe no existe más que por el +pensamiento. El filósofo de Koenisberg no quiso sacar esta consecuencia; +pero estaba bien clara; no había otra posible para sus terribles +premisas. Ese sol que nos alumbra, ese mar que ruge a nuestros pies, +esos mundos que pueblan el espacio son otras tantas representaciones de +nuestro pensamiento. Sólo sabemos de ellos que hay un ojo que los ve. El +centro de gravedad de la existencia recae en el sujeto y es un fenómeno +de su cerebro. Todo este universo tan rico y tan vario, todos los seres +grandes y pequeños, los astros como los insectos, tienen suspendida su +existencia de un hilo muy delgado, el hilo de la conciencia. El mundo +guarda mucha semejanza con un sueño, una quimera... Y de ese Dios +creador de las cosas, padre de los hombres, ¿qué sabemos? Jamás sabremos +nada. Desde el momento en que el mundo y el orden del mundo son puros +fenómenos determinados por nuestra inteligencia, no tiene razón de ser +una Inteligencia Suprema. Había llegado la hora de poner a Dios a la +puerta y despedirlo con todos los honores de un rey destronado +legalmente.</p> + +<p>Pálido, anhelante, con el cuerpo rendido a la<a name="page_301" id="page_301"></a> fatiga y el alma deshecha +de dolor, el P. Gil permanecía extendido en su pobre sillón. Tenía el +libro abierto sobre las rodillas, los brazos pendientes, los ojos +cerrados. Por los intersticios de sus pestañas comenzaron a rezumar +algunas lágrimas, que bajaron trémulas y silenciosas por sus mejillas. +Era la imagen triste del vencido. Poco después su cuerpo delicado se +estremeció, contrajéronse los rasgos de su fisonomía dulce y apacible, y +sacudió su pecho un sollozo. Se llevó las manos al rostro y lloró con +desconsuelo.</p> + +<p>—¡Nada, nada!... ¡Nunca sabremos nada!</p> + +<p>Su ama D.ª Josefa quedó estupefacta al penetrar en la estancia y +encontrarle de aquel modo. El excusador levantó la cabeza y se apresuró +a volverla en seguida para que la buena mujer no advirtiese su estado; +pero ya era tarde.</p> + +<p>—¿Cómo?... ¿Está usted llorando, señor excusador? ¿Qué le ha pasado, +criatura? ¡Virgen de la Soledad! Si tuviera padres o hermanos, creería +que se le había muerto alguno... Apuesto a que ese narizotas de D. +Narciso le ha dado otro disgusto. ¡Desprécielo, D. Gil, desprécielo!</p> + +<p>—¡Oh, no! ¡Cuidado con las injusticias, doña Josefa!—se apresuró a +decir el joven.—Nadie me ha causado disgusto alguno. Estas lágrimas +provienen de un malestar nervioso que siento hace días.</p> + +<p>—¡Si ya se lo decía yo! Usted trabaja demasiado.<a name="page_302" id="page_302"></a>.. Esos dichosos +libros, que quisiera ver quemados...</p> + +<p>Aquí D.ª Josefa enjaretó una larga catilinaria, declarándose en +principio sectaria devota del califa Omar. El P. Gil la atajó antes de +terminar.</p> + +<p>—¿Qué venía usted a decirme, D.ª Josefa?</p> + +<p>—¡Ah, se me olvidaba! Su madrina manda recado de que el hermano se está +muriendo: que vaya usted en seguida y que lleve los santos óleos.</p> + +<p>—¡Jesús!... ¡Vaya por Dios! ¡Vaya por Dios!... No pensé que fuera para +tan pronto... ¡Pobre D. Álvaro!—exclamó levantándose vivamente y +apresurándose a ponerse los manteos y el sombrero.</p> + +<p>—¡Bah! ¡Un hereje que no ponía los pies en la iglesia! ¿Qué importa que +se muera? Cuanto primero se lo lleven los demonios, mejor.</p> + +<p>El excusador le dirigió una mirada tímida y ansiosa. No se atrevió a +protestar de la barbarie: temía que penetrara en su alma y leyera sus +sacrílegas dudas.</p> + +<p>Después de pasar por la iglesia y recoger los óleos, penetró en el +vetusto palacio de Montesinos. El día estaba encapotado. La lluvia caía +tristemente con una pertinacia que sólo se conoce en aquella región de +la Península. Salió a abrirle, como siempre, Ramiro. El viejo doméstico<a name="page_303" id="page_303"></a> +estaba desencajado. Parecía que le habían echado en pocos días diez años +encima. Así que vio al sacerdote le cogió, con sus manos trémulas, por +las muñecas y exclamó con voz alterada:</p> + +<p>—¡Se muere, D. Gil! ¡Se muere!</p> + +<p>Y un raudal de lágrimas corrió por sus mejillas surcadas de arrugas.</p> + +<p>—¿Está tan grave?</p> + +<p>—¡Se muere! ¡Se muere!... ¡Ha sido ella, sí, ella!... Pero yo la +mato... ¿sabe usted? la mato... Después que me maten a mí... que me +echen al mar... Quiero vengar a mi señorito... ¡Yo mato la zorra, yo!</p> + +<p>El anciano, sin saber de dónde la sacaba, apretaba al mismo tiempo con +tal fuerza las muñecas del presbítero que a éste le costó trabajo +reprimir un grito de dolor.</p> + +<p>—¡Calma, Ramiro, calma! Lo que ahora nos toca es atender al enfermo y +ver si podemos aliviarle.</p> + +<p>—Suba usted conmigo, señor excusador. No hay esperanza... El médico lo +ha dicho... ¡Pobre señorito de mi alma!... ¡La mato, la mato!</p> + +<p>En el gran patio, toscamente empedrado, la lluvia producía ruido +lúgubre. Subieron la escalera deteriorada y sucia del principal. Ramiro +iba llorando y murmurando amenazas. Ascendieron después al segundo. El +viejo empujó<a name="page_304" id="page_304"></a> la puerta del cuarto de su amo, y el sacerdote se detuvo, +impresionado por el espectáculo que se ofreció a su vista. D. Álvaro +Montesinos yacía en la cama, más bien reclinado que extendido, con una +pila de almohadas detrás de la espalda; yacía presa de un síncope o +ataque de disnea, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, sacudido +de vez en cuando su mísero tórax por un hipo aciago. No había a su lado +más que D.ª Eloisa y una criada. Aquélla le daba con un abanico aire, +que el enfermo instintivamente trataba de recoger. Ofrecía ya en su +fisonomía todos los signos de la muerte.</p> + +<p>D.ª Eloisa, al sentir el ruido de la puerta, volvió su rostro bañado de +lágrimas, e hizo seña al sacerdote para que se aproximase.</p> + +<p>—Hace un cuarto de hora que está en el ataque—dijo con voz de +falsete.—Puede quedarse en él... ¿Quiere usted ponerle la Santa Unción?</p> + +<p>Ni las ideas del enfermo, ni el caos que reinaba en aquel momento en su +cabeza le estimulaban a hacerlo. Sin embargo, el P. Gil abrió como un +autómata la caja de los óleos y se dispuso a imponer el último +sacramento a su desdichado amigo. Hubo que alzar un poco la ropa para +ungirle los pies. D.ª Eloisa y la criada se volvieron; marcharon hacia +un rincón de la estancia y sollozaron fuertemente. La lluvia batía<a name="page_305" id="page_305"></a> en +aquel momento los cristales emplomados del balcón con triste repiqueteo. +Las cortinas sucias ya, de muselina antigua, cernían tenue claridad en +la alcoba. El P. Gil, con mano trémula, iba cumpliendo su piadoso +oficio, mientras el último vástago de la casa Montesinos yacía sin +conocimiento, con la terrible palidez de la muerte impresa en sus +facciones. Cuando estaban a punto de terminar, serenose un tanto el +pecho del enfermo. Poco después abrió los ojos y paseó una mirada de +sorpresa y aun de espanto por la estancia. Tornó a cerrarlos. Al cabo de +un momento los abrió, miró fijamente al P. Gil, dirigió después la vista +a los óleos que tenía en la mano, y sus labios amoratados quisieron +plegarse con una sonrisa.</p> + +<p>—¡Al fin me han untado ustedes!—dijo con voz apenas perceptible.—Han +hecho bien... Pero esta máquina ya no anda, por mucho aceite que ustedes +la echen...</p> + +<p>El P. Gil dirigió una mirada expresiva a doña Eloisa. Ésta exclamó con +angustia:</p> + +<p>—¡Acuérdate de Dios, hermano mío!</p> + +<p>—Me acuerdo mucho, querida... Le estoy muy agradecido.</p> + +<p>El P. Gil quiso evitar una escena repugnante. Hizo seña a D.ª Eloisa y a +la criada de que se retirasen, como si fuese a confesarle. Las mujeres +se apresuraron a cumplir la orden, ávidas,<a name="page_306" id="page_306"></a> sobre todo la hermana, de +que el moribundo se reconciliase con Dios.</p> + +<p>—Aunque hace ya mucho tiempo que no hemos hablado de asuntos +religiosos—dijo el padre Gil, sentándose al pie de la cama e inclinando +su cabeza hacia el mayorazgo,—presumo que sus ideas no habrán cambiado +desde la última vez que hemos discutido. Sin embargo, en estos momentos +en que su vida corre algún peligro, ¿no siente usted la necesidad de una +fe que le alumbre en las tinieblas en que puede ser envuelto, de alguna +esperanza que le consuele en este amargo trance?</p> + +<p>—Ninguna... He llegado felizmente al desenlace de la horrible +comedia... Todos los hombres juegan en ella un papel bien poco airoso... +El mío ha sido tristísimo...</p> + +<p>—Verdad, D. Álvaro... Es usted uno de los hombres más desgraciados que +he conocido. Por lo mismo creo que, o no hay justicia en el cielo, o +recibirá en él la recompensa de sus dolores si se arrepiente en este +instante de sus pecados... y también de sus ideas anticristianas.</p> + +<p>Estas últimas palabras las pronunció el padre Gil en voz más baja, como +si sintiera vergüenza.</p> + +<p>—Ni en el cielo ni en la tierra... hay esa justicia ridícula que usted +supone... Pero hay otra más grande... y se va a cumplir ahora.</p> + +<p>—Y tantos dolores como usted ha experimentado,<a name="page_307" id="page_307"></a> ¿serán infructuosos? +¿No se cree usted con derecho a una compensación?</p> + +<p>—No... Soy profundamente culpable por el hecho de haber nacido.</p> + +<p>—Eso es horrible, D. Álvaro, y además absurdo. Los dolores de este +mundo nos hacen creer que éste es un pasaje de tránsito y prueba, que +después de esta vida, triste y amarga, hay otra eterna donde nuestra +alma inmortal gozará al fin la felicidad más pura. Usted, que ha +padecido más que los otros, gozará de mayor premio.</p> + +<p>—¡Oh, no!... ¡No quiero premios!... ¡No quiero vida futura!... Quiero +reposar... ¡reposar eternamente!... ¡Qué dulce... es esta palabra, +padre!... ¡No sentir ya nunca más los latigazos de la naturaleza ni las +puñaladas de los hombres!... ¡No sentir este cuerpo miserable que tanto +me ha hecho padecer! ¡No sentir los dientes de esa infame royéndome el +corazón lentamente!... Escuche usted, padre... Si usted me tiene +siquiera un poco de lástima... no intente quitarme esta última +ilusión... Si sabe usted que hay cielo, cállelo... No turbe usted, por +cuanto más haya querido en el mundo, esta paz bendita en que voy a +entrar...</p> + +<p>El P. Gil, sacudido por un estremecimiento de tristeza y compasión, +comenzó a llorar.</p> + +<p>—Gracias... gracias por esas lágrimas—dijo<a name="page_308" id="page_308"></a> el enfermo sonriendo.—Al +mismo tiempo dejó caer su mano, trasparente como la porcelana, sobre la +del sacerdote y la apretó suavemente.</p> + +<p>Hubo un largo y triste silencio. El P. Gil, con la mirada extática, +clavada en el balcón, meditaba. El moribundo, con los ojos cerrados, +parecía prepararse a conciliar el sueño dulce que anhelaba. La estancia +se oscurecía por momentos fuertemente y en otros se esclarecía, +revelando la espesura de las nubes que interceptaban la luz del sol.</p> + +<p>—Pero ¿no siente usted horror a la nada, al aniquilamiento +absoluto?—exclamó al fin el P. Gil con cierta violencia, como si +argumentase contra su propio pensamiento.</p> + +<p>El mayorazgo abrió los ojos sorprendido.</p> + +<p>—¿Cómo?... ¿Si no tengo miedo a la nada?... ¡Oh, no! A lo que tengo +miedo es a la vida... Todos se casan con ella al nacer, y a todos les +sale p... Unos lo dicen como yo... Otros lo callan por vergüenza, como +hacen la mayor parte de los maridos.</p> + +<p>—¿Y si Dios le condenase después de esta vida a eternos tormentos por +haber blasfemado tanto?</p> + +<p>El moribundo sonrió con trabajo.</p> + +<p>—Eso lo han inventado ustedes los clérigos... para turbar la paz de +esta hora... de esta hora dichosa... Pero yo la he comprado demasiado +cara para desprenderme de ella...<a name="page_309" id="page_309"></a></p> + +<p>Hubo otro largo silencio. El enfermo volvió a cerrar los ojos. Aparte de +cierta extraña agitación en los dedos, su actitud tranquila confirmaba +el sentido de sus palabras. Parecía estar gozando con voluptuosidad de +la insensibilidad que poco a poco penetraba en su ser, de los preludios +de la nada.</p> + +<p>—Y sin embargo—concluyó por decir el P. Gil, exhalando un suspiro y +con los ojos clavados siempre en el balcón,—¿no sería infinitamente más +dulce esta hora si fuese la entrada de una nueva vida, si por nuestra +alma bajase una legión de ángeles que la llevasen a gozar de Dios +eternamente, como creemos los cristianos?</p> + +<p>El mayorazgo alzó un poco los ojos e hizo signos de negación con la +cabeza. Volvió a cerrarlos. Pero haciendo al cabo de algunos instantes +un esfuerzo para incorporarse, dijo con voz más firme:</p> + +<p>—Para que la vida en otro mundo me fuese soportable... sería forzoso +que trasformasen mi ser por completo... Mi carácter por sí sólo bastaría +para aburrirme... Déjeme usted reposar en paz... Deje usted, padre, que +se destruya el error fundamental de mi existencia... Ni yo ganaría nada +con perpetuarme... ni el Universo tampoco... Ahí quedan otros millones +de seres encargados de sostener el fardo de la vida.<a name="page_310" id="page_310"></a></p> + +<p>—¡Pero es horrible entrar en una noche sin límites, eterna!</p> + +<p>—No tal... La vida es una pesadilla... La muerte es un sueño +tranquilo...</p> + +<p>Cerró de nuevo los ojos. El P. Gil le apretó cariñosamente la mano, +exclamando:</p> + +<p>—¡Quién sabe!</p> + +<p>La mano del moribundo se estremeció levemente. El excusador no volvió a +desplegar los labios. Inclinó la cabeza sobre el pecho y cerró también +los ojos, apretándolos con las yemas de los dedos, cual si tratara de +contener el torrente de pensamientos que se escapaban de su cerebro. El +viento y la lluvia habían cesado. No se oía en la estancia más que el +rumor lejano de las olas batiendo contra los peñascos.</p> + +<p>La meditación del sacerdote fue larga y dolorosa. La hoja aguda y fría +del escepticismo penetraba en sus entrañas: una mano cruel la revolvía +sin piedad para desgarrárselas mejor. Lo que aquel hombre, enloquecido +por el dolor, decía quizá no fuese cierto. Pero ¿lo era lo que afirmaba +el cristianismo? Éste, en último resultado, también era una tentativa +para explicar la Existencia y el Universo, más hermosa, más consoladora +que las demás... pero al fin una tentativa. Ninguna seguridad podíamos +tener de ella, pues que no la tenemos de nuestra facultad de conocer las +cosas.<a name="page_311" id="page_311"></a></p> + +<p>Cuando al cabo de un rato largo levantó la cabeza, el susto que recibió +le hizo dar un salto en la silla. D. Álvaro se estaba muriendo. Tenía la +boca abierta y recogía en silencio el aire, que ya no bastaba a mover +sus deshechos pulmones.</p> + +<p>—¡D. Álvaro! ¡D. Álvaro!—le gritó, sacudiéndole.</p> + +<p>No respondió. El P. Gil cogió el abanico que estaba sobre la mesa de +noche y se apresuró a darle aire. Al mismo tiempo gritó:</p> + +<p>—¡Madrina! ¡madrina! ¡Venga usted!</p> + +<p>D.ª Eloisa y la criada se precipitaron en la habitación. En vano +trataron de reanimar al moribundo dándole aire después de incorporarle, +abriendo el balcón, frotándole los pies con un cepillo, haciendo todo lo +que les sugería en aquel momento su imaginación. Era el último ataque de +disnea. Abría de vez en cuando la boca. Movía los dedos con ligeras +sacudidas. Pero su fisonomía se iba inmovilizando rápidamente. El hombre +trasmigraba a la estatua; el alma se convertía en piedra.</p> + +<p>Aspiró tres o cuatro veces seguidas el aire y quedó rígido, inmóvil, con +los ojos y la boca entreabiertos.</p> + +<p>D.ª Eloisa se abrazó a él sollozando y cubrió de besos su faz +cadavérica. La criada rompió a gritar como si la estuvieran golpeando. +El padre<a name="page_312" id="page_312"></a> Gil se dejó caer de rodillas y se puso a leer en voz baja por +su breviario.</p> + +<p>Al cabo de un rato D.ª Eloisa y la criada también se arrodillaron al pie +del lecho y oraron. Pero aquélla, viendo asomar una lágrima por entre +las pestañas de su hermano, se levantó prontamente y la recogió con el +pañuelo. Era la lágrima que vierten los que acaban de morir; lágrima de +protesta de la criatura contra el poder aciago que la ha sacado de la +nada sin pedírselo.</p> + +<p>—¡Mire usted, padre, qué sosiego, qué quietud tan dulce respira su +fisonomía!—exclamó la buena señora, contemplando a su hermano con ojos +de dolor y ternura.—¡Bien se conoce que al fin se ha reconciliado con +Dios!</p> + +<p>El sacerdote dejó caer el libro sobre el lecho y se tapó el rostro con +las manos.<a name="page_313" id="page_313"></a></p> + +<h3><a name="XII" id="XII"></a>XII</h3> + +<p>Obdulia manifestó a su confesor que estaba resuelta a dejar el mundo y +consagrarse por entero a Dios en un convento. No pudo darle noticia más +grata. Hacía ya mucho tiempo que las preferencias, la exagerada sumisión +y hasta idolatría que la joven devota se complacía en mostrarle +inquietaban al P. Gil. La última extravagancia que había cometido, y de +la cual le enteró el secretario del obispo, le puso en un estado tal de +confusión y enojo que en muchos días no quiso hablar con ella, ni menos +se avino a confesarla. El suceso había trascendido y se comentaba mucho +y se reía no poco también. Claro que quien perdía principalmente<a name="page_314" id="page_314"></a> era +ella; pero de reflejo también se menoscababa la dignidad del sacerdote. +La joven estaba avergonzada. No se presentaba en público ni en casa de +sus amigas, y hasta procuraba ir a la iglesia a las horas en que no +hubiese gente. Pero estaba aún más afligida, con la actitud de su +confesor, que avergonzada. Quizá por esto, y para granjearse de nuevo su +voluntad, le fue a noticiar una tarde al confesonario la determinación +que había tomado.</p> + +<p>No vaciló en darle su consentimiento. Una devoción tan exaltada, un +anhelo tan vivo de penitencia y sacrificio se hallarían más a su grado +entre las paredes de un convento que en medio de las impurezas de la +vida mundanal. A decir verdad, siempre le había sorprendido un poco que +su penitenta no se acordase de la vida monástica, tan conforme con sus +inclinaciones. Luego, la edad a que había llegado, traspuesta ya la +primera juventud, no hacía temer que su resolución fuese hija de un +deseo efímero, de una fugaz exaltación romántica, como suele acaecer a +las niñas de quince a veinte años. No sólo, pues, se manifestó conforme, +sino que la alentó con suaves palabras a persistir en ella y a llevarla +a cabo en el plazo más corto posible. Quedó en principio acordado entre +ambos que se buscarían los medios más adecuados para ello. El P. Gil, +aunque no se lo confesase claramente, estaba<a name="page_315" id="page_315"></a> contentísimo de librarse +de aquella inquieta y enfadosa beata, que a todas horas le molestaba, y +que el día menos pensado podía comprometerle gravemente.</p> + +<p>Se trató la cuestión de convento. El P. Gil deseaba que fuese al de +Agustinas de Lancia, pero la joven prefirió una regla más estrecha. En +un pueblecito de Castilla llamado Astudillo existía un convento de +Carmelitas Descalzas, donde estaba de superiora una prima suya. Era un +retiro dulce, remoto; no había más que diez o doce monjas: un rinconcito +del cielo, como le decía cierto capellán que lo había visitado. A ése se +empeñó en ir, y su confesor no tuvo al fin más remedio que ceder.</p> + +<p>Quedaba la cuestión más grave; el permiso de su padre. Obdulia la +presentó desde luego como muy ardua. Osuna no tenía más hija que ella. +Era verosímil que se resistiera a perderla para siempre. Mostrábase +reacia, temerosa, para hablarle: dejó trascurrir días y días sin +intentarlo. El P. Gil la animaba representándole que nada reprobado iba +a solicitar de él. La resolución de retirarse del mundo era buena y +piadosa para la Iglesia. Para los que no creyeran en ésta, indiferente, +nada tenía de inmoral; dependía en un todo del gusto o vocación de la +persona. Si un padre consiente que un hijo se case o elija carrera +acomodada a sus aficiones, ¿por qué no ha<a name="page_316" id="page_316"></a> de permitir que otro busque +su felicidad en el silencio de una celda? Sobre todo, nada tenía de +ofensivo para su autoridad el solicitarlo humildemente. Si lo negaba, se +alegarían razones; tal vez se llegase a convencerle.</p> + +<p>Finalmente, después de muchas idas y vueltas, tentativas y sustos y +vacilaciones, las cuales rodeaba la exaltada doncella de gran aparato y +misterio, se decidió un día a acometer aquella empresa espeluznante. +¡Cielo santo, en qué estado de confusión y terror llegó aquella tarde al +confesonario! Su padre se había puesto loco, rabioso, al solo anuncio de +lo que deseaba hacer. No quiso escuchar razones; la increpó, la injurió +y la arrojó de su cuarto a empellones. Jamás consentiría en darle +permiso. Primero quisiera verla muerta, y aun la mataría por su propia +mano. El P. Gil halló exagerada y hasta irracional aquella oposición, y +manifestó propósitos de dirigirse él mismo a Osuna y hacerle comprender +que no tenía derecho a violentar de tal modo la inclinación de su hija, +sobre todo considerando que no era una niña privada de reflexión. +Obdulia se apresuró a disuadirle de este empeño. Su padre había dicho en +un arranque de enojo que consideraría como enemigo a cualquiera que le +hablase del asunto, que no le escucharía y le arrojaría de su casa.</p> + +<p>Fue preciso resignarse por el momento, esperando<a name="page_317" id="page_317"></a> tiempo más propicio. +Sin embargo, la piadosa joven manifestaba cada día mayores y más +vehementes deseos de abandonar el mundo para siempre. Esto la +reconciliaba con el P. Gil, que había comenzado a desestimarla. Varias +veces, desde el primer intento, había abordado a su padre, pero siempre +en vano y con desgracia. Osuna se oponía cada vez con más alta +violencia. Desde que supiera el propósito de su hija se mostraba con +ella despegado, la trataba con extraordinaria dureza; en todas +ocasiones, pero sobre todo a la hora de comer, hacía befa de su devoción +y se complacía en atormentarla con burlas sangrientas que le hacían +llorar. Y no sólo con palabras, sino también con obras la torturaba +despiadadamente. Afirmaba tener los brazos negros de los pellizcos que +la infligía en cuanto se tocaba la cuestión del convento. Un día mostró +a su confesor una oreja rota, de un tirón del feroz jorobado; otro, +llegó con una mejilla inflamada y renegrida por haberle tirado un +cepillo a la cara. El P. Gil estaba horrorizado y confundido. No sabía +qué hacer ni aconsejar.</p> + +<p>Los malos tratos y la violencia de las escenas que con su padre tenía a +todas horas llegaron a tal extremo que un día declaró a su confesor +hallarse resuelta a no padecerlos más tiempo. Tenía el propósito de +entrar en el convento a despecho de todos los obstáculos que se le +presentasen.<a name="page_318" id="page_318"></a> Si el P. Gil la ayudaba en su empresa, se escaparía de la +casa paterna y entraría inmediatamente en la de Dios. Quedó aquél +asustado y confuso ante tan arrebatada determinación. No se le ocultaba +que la joven tenía razones poderosas para desobedecer la autoridad de su +padre, y si se quiere para huirla. Pero el caso era muy grave. Desde +luego trató de disuadirla aconsejándole calma y resignación. Acaso con +el tiempo Osuna se convencería, le tocaría Dios en el corazón y podría +realizarse con su anuencia lo que tanto anhelaba.</p> + +<p>Obdulia no quiso escucharle. Había padecido ya demasiado. Dios no podía +querer que obedeciese a un padre tirano y cruel que desobedecía él mismo +las leyes divinas poniendo trabas a la salvación de una hija. Con muchas +lágrimas y extremosos ademanes le rogó que la socorriese en aquel +trance, que la condujese al convento de Astudillo. El sacerdote se negó +rotundamente a ello. Volvió a aconsejarle calma y que buscase siempre +por los medios suaves de la obediencia y la humildad ganar el +consentimiento de su padre. Pero Obdulia, conducida a la desesperación +por el creciente rigor de éste, le dijo al fin de un modo terminante que +si en el plazo de ocho días no se decidía a acompañarla al convento, se +escaparía de la casa y se iría sola.</p> + +<p>Gran turbación arrojaron estas palabras en el<a name="page_319" id="page_319"></a> espíritu del joven +excusador. Ayudar tan directamente a cometer una desobediencia le +causaba repugnancia. Pero consentir que un padre abusase de tan bárbara +manera de su autoridad para violentar la inclinación de su hija y +contrariar la voluntad misma de Dios, que la llamaba hacia sí, tampoco +le parecía bien. Por algunos días lucharon dentro de él estas opuestas +tendencias. Obdulia le veía preocupado, irresoluto. Con astucia le iba +atrayendo a la determinación que ella deseaba, haciéndole entender, cada +vez con más fuerza, que si se negaba a acompañarla se marcharía sola. +Esto le parecía al excusador el colmo del escándalo. Además, se +expondría a mil accidentes lamentables, y acaso a su perdición completa. +Consentirlo, era echar sobre la conciencia una terrible responsabilidad. +Pensó prevenir a su padre; pero la joven, que le adivinó el pensamiento, +le declaró con firmeza que sería inútil y aun nocivo para todos este +paso. En cuanto tuviese un momento libre para escaparse, lo haría aunque +fuese a medianoche.</p> + +<p>El P. Gil tuvo la debilidad de ceder. Con la viva imaginación que la +caracterizaba, la hija de Osuna se puso a idear los medios de llevar a +cabo su propósito. Era condición de su temperamento el no hacer nada por +medios naturales y sencillos. Para que saliese a gusto suyo, todo había +de ser laberíntico, extraño, violento. El plan<a name="page_320" id="page_320"></a> era el siguiente: el P. +Gil se iría una mañana a Lancia, alquilaría un coche y volvería con él +por la noche. Lo dejaría en las cercanías de la villa y vendría a dormir +a su casa. Por la mañanita, antes de amanecer, saldría ella con pretexto +de ir a misa, tomaría por la carretera de Lancia y se reunirían en el +lugar designado de antemano: se meterían en el coche e irían a tomar el +tren de Castilla a una estación más allá de Lancia, para despistar a su +padre, si por acaso pretendía perseguirla.</p> + +<p>No le pareció bien al excusador este proyecto: le causaba instintiva y +profunda repugnancia. Hizo algunas observaciones, pero todas se las +desbarató prontamente la joven con su facundia y aguzado ingenio. Le +hizo ver que cualquier otro ofrecería más graves inconvenientes; fue +paliando con arte los que en éste pudieran chocar más a su confesor; le +aturdió con tanta palabrería. El carácter débil y bondadoso del padre +Gil no supo resistir a aquellos ataques, y convino al fin en poner en +práctica lo que su penitenta había imaginado.</p> + +<p>Un lunes del mes de Abril salió nuestro excusador en la diligencia de +Lancia, con pretexto de ir a consultar sus achaques con un médico amigo. +Obdulia se personó poco después en su casa. Habían enterado a D.ª Josefa +de todo. Al ama le parecía tan mal como al excusador aquel plan,<a name="page_321" id="page_321"></a> y en +su interior llamaba «enredadora y liosa» a la beata; pero era tanto el +gusto que sentía por verse desembarazada de ella, que calló y pasó por +todo. Existía siempre entre ambas una rivalidad fácil de explicar. +Obdulia, con ocasión o sin ella, visitaba a su confesor, vigilaba su +bienestar doméstico, unas veces arreglándole la ropa, otras enviándole +algún plato de su gusto, etc. Esto indignaba de un modo indecible a D.ª +Josefa. La odiaba a par de muerte. Decía de ella perrerías en todas +partes, y por causarle daño, estuvo a punto de comprometer varias veces +a su amo. No es extraño, pues, que conociendo todo lo ridículo y +peligroso de la escapatoria, la favoreciese, alentando al P. Gil, +disipando sus escrúpulos. No veía en ella más que un medio de librarse +para siempre de aquella insufrible verruga que le había salido.</p> + +<p>Lo primero que hizo la joven fue pedir al ama una maleta para colocar en +ella la ropa que su confesor había de necesitar en el viaje. Doña Josefa +trajo del desván un saquito de noche.</p> + +<p>—Esto es muy pequeño, señora. Aquí no cabe nada.</p> + +<p>—¿Cómo pequeño?...—preguntó el ama, estupefacta.—Aquí cabe ropa para +una porción de días. ¿Cuánto tiempo ha de estar por allá el señor +excusador?</p> + +<p>—Poco, poco—se apresuró a decir con manifiesta<a name="page_322" id="page_322"></a> turbación, poniéndose +colorada.—Pero ya ve usted, en los viajes nunca se sabe lo que puede +ocurrir... A lo mejor falta la diligencia o las caballerías... Una +enfermedad... ¡Quién sabe!...</p> + +<p>—¡Válgala Dios, señorita, no se ponga a pensar esas cosas!... Iré por +otra. Por falta de maleta no se quede.</p> + +<p>Entre ambas acomodaron en ella algunas mudas de ropa blanca, zapatillas, +peines, el breviario, etc., etc. Ya que hubieron terminado la tarea, no +larga ni difícil por cierto, Obdulia se sentó en el sillón del clérigo, +declarando que estaba cansadísima, que aquella noche apenas había +dormido con la zozobra que produce siempre una resolución tan decisiva, +y que le vendría bien echar un sueño. D.ª Josefa la dejó reposar +tranquilamente y se fue a sus quehaceres.</p> + +<p>Cuando la sintió trajinar allá abajo, por la cocina, levantose y se puso +a examinar con placentera mirada cuantos objetos había en la estancia. +Todos los tocó con sus manos. Particularmente aquellos de uso más +inmediato y personal para su confesor, como los peines, las plumas de +escribir, la fosforera, etc., fueron objeto para ella de una atención +viva, ansiosa: les daba vueltas entre sus dedos con emoción, mientras +una sonrisa tierna y sumisa vagaba por sus labios. Un alzacuello usado +yacía sobre una silla. Se detuvo<a name="page_323" id="page_323"></a> delante de él, lo alzó y lo contempló +unos momentos con interés; luego, echando una mirada tímida a la puerta, +lo llevó a los labios dos o tres veces y lo dejó donde estaba. +Permaneció algunos minutos inmóvil, de pie en medio de la habitación, +con los ojos en el vacío, enajenada por intensa meditación. Sus ojos +tornaron al cabo a brillar sonrientes, y una ola de leve carmín se +esparció por sus mejillas. Dio algunos pasos con pie vacilante y se paró +al fin a la puerta de la alcoba. Con una mirada intensa abrazó cuanto en +ella había. El lecho del sacerdote era pequeñito, de madera blanca; +blanca también la colcha que lo cubría; las almohadas y las sábanas +finas, pero sin encajes. Parecía la cama de una colegiala. Obdulia la +contempló largo rato, como si no hubiera visto jamás cosa más +sorprendente. En su rostro se notaban los signos de una emoción +respetuosa, la que se siente al penetrar en el camarín donde se guardan +las reliquias en las catedrales.</p> + +<p>Así permaneció sin osar mover un pie, la faz blanca, los ojos anegados +en gozo extático como si estuviese en un baño tibio y perfumado. Súbito +dio un paso atrás, corrió a la puerta del gabinete, la entreabrió, asomó +la cabeza y escuchó. Dª Josefa seguía en la cocina. La cerró nuevamente +y volvió en puntillas a la alcoba. Detúvose un instante, y avanzó +después hasta<a name="page_324" id="page_324"></a> tocar en la cama. Puso sobre ella las manos. El corazón +le golpeaba en el pecho fuertemente. Dejose caer de bruces, y con mucha +delicadeza para no deshacer la ropa se subió a ella y se extendió, +apoyando la cabeza en las almohadas. Corrió por todo su cuerpo un +estremecimiento inexplicable de placer, de miedo, de vergüenza; un +estremecimiento delicioso que la dejó lánguida y desvanecida con los +ojos cerrados y el rostro pálido. Al cabo de un rato se volvió y hundió +sus mejillas en la almohada, aspirando con narices y boca el olor que +los rubios cabellos del P. Gil habían dejado en ella. Frotó repetidas +veces la cara contra el lienzo, percibiendo un cosquilleo gratísimo que +le penetraba hasta el alma. Gozaba con todo su cuerpo, como si mil bocas +la estuviesen besando a un mismo tiempo. Se dejó estar un largo rato +quieta, perdida en un sueño feliz, celeste, sacudida por leves +estremecimientos de una dulzura tan grande que le hacía daño. Sentía una +angustia deliciosa; suspiraba sin apartar el rostro de la almohada para +no romper la alegría que la inundaba. Se iba aletargando lentamente. Sus +miembros empezaban a dormir, privados de movimiento. Una niebla se +esparcía por su mente, borrando y confundiendo las imágenes. Pero su +corazón latía siempre con violencia, como si toda la vida se hubiera +refugiado en él. Cuando se levantó al cabo de una<a name="page_325" id="page_325"></a> hora, tenía las +mejillas sonrosadas, los ojos brillantes: una sonrisa humilde, +vergonzosa, trasfiguraba su rostro marchito, prestándole una suavidad +cándida y virginal que jamás había tenido. Si en algún momento de su +vida estuvo hermosa, fue en aquél.</p> + +<p>Se apresuró a arreglar la cama haciendo desaparecer toda señal de haber +descansado en ella y salió de la estancia; se despidió de Dª Josefa y +fue a su casa.</p> + +<p>Al oscurecer llegó el P. Gil; se vio con él y convinieron en salir a la +madrugada, antes que fuese día, y montar en el coche que aquél había +dejado en las inmediaciones. Dª Josefa envió, de noche ya, las maletas +por su sobrino a cierta venta no lejana de Peñascosa.</p> + +<p>Gran rato antes de percibirse la claridad de la aurora, llamó Obdulia +discretamente a la puerta de la casa de su confesor. Salió Dª Josefa a +abrirle. El P. Gil estaba ya listo. Tomaron apresuradamente chocolate, y +después de haber besado a Dª Josefa con efusión, la presunta monja salvó +la puerta y se deslizó rápidamente por la calle abajo. Diez minutos +después salió el P. Gil. La noche estaba oscura y húmeda. Había llovido +bastante. La calle, llena de charcos; la carretera, de lodo. Fuera ya de +los arrabales, Obdulia esperó a su confesor y juntos se dirigieron a la +venta donde paraba<a name="page_326" id="page_326"></a> el coche. Mientras llegaron allá no cruzaron ninguna +palabra. El P. Gil caminaba silencioso, taciturno, revelando bien a las +claras un mal humor que no era frecuente en él. Tardó un rato el cochero +en enganchar. Mientras duró la operación, la futura monja se metió en la +venta. El P. Gil permaneció fuera, presenciándola. Uno y otro fueron +objeto de gran curiosidad para la ventera, para sus hijos, para el +mayoral y el mozo del coche. Apenas les quitaban ojo. El joven +presbítero observó que cambiaban entre ellos algunas miradas expresivas +y burlonas que le avergonzaron. Vio repentinamente la falsedad de su +situación, la enorme tontería que había hecho. Otro hombre de más +carácter hubiera retrocedido en aquel instante. Tuvo amagos de hacerlo, +vaciló si le diría a la joven que le era imposible acompañarla; al fin +no se atrevió, y cuando el cochero advirtió que todo estaba listo y +Obdulia le dijo con su viveza característica: «Vamos, padre; pronto... +¡arriba!» subió al carruaje con la resignación de un cordero.</p> + +<p>Empezaba a amanecer. Clareaba el horizonte y soplaba un viento húmedo y +caliente, propio de primavera y de tiempo achubascado. El carruaje +rodaba por la carretera, haciendo saltar nubes de lodo. Era una +carretela vieja que en otro tiempo debió de pertenecer a un particular. +Obdulia se colocó en la trasera y el P. Gil en la<a name="page_327" id="page_327"></a> delantera, lo más +lejos posible. Siguió mostrándose serio y taciturno, más aún que antes. +La joven le observaba con el rabillo del ojo, y adivinando lo que pasaba +en su espíritu, permanecía silenciosa también, en un estado de +recogimiento que diera buena muestra de sus místicos pensamientos. Para +ayudar a ella, dijo al cabo de media hora de silencio:</p> + +<p>—Padre, no hemos pedido a San José que nos proteja en nuestro viaje.</p> + +<p>—Es cierto—respondió el clérigo, cuyos ojos claros, azules, vagaban +perdidos por el paisaje, que empezaba a desembozarse del manto oscuro de +la noche y salía fresco y hermoso y goteando todavía de su baño +prolongado.</p> + +<p>—¿Quiere usted que le recemos cinco padrenuestros?</p> + +<p>El sacerdote se despojó del sombrero en silencio y comenzó en voz baja a +decir el padrenuestro. Obdulia le respondió con verdadera emoción, +también en voz baja. Formaban la del uno y la del otro un murmullo +suave, discreto, que sin saber por qué llenaba de emoción el alma de la +joven. Sentíase poseída de una languidez extraña, de una felicidad +íntima, que aniquilaba o adormecía su pensamiento. El ruido sordo de las +ruedas del coche y el cascabeleo de las mulas contribuían a sumergirla +en este arrobamiento. Cuando terminaron, quedó largo rato ensimismada.<a name="page_328" id="page_328"></a> +Por su gusto aquella oración no se hubiera terminado nunca.</p> + +<p>Pero el joven presbítero se había puesto el sombrero y miraba otra vez +por la ventanilla. El paisaje se animaba bajo la claridad rosada de la +aurora. El viento había barrido los nubarrones hacia el poniente y +dejaba en la parte de levante una claraboya por donde surgía +esplendoroso el disco del sol. Aquella visión le apartó del mísero +cuidado que ocupaba su mente. Sintió un estremecimiento y cayó de nuevo +en la idea fija, terrible, que desde hacía algunos días le roía el +corazón. Volvió a sentir aquella angustia opresora que hinchaba poco a +poco su pecho y que amenazaba ahogarle. Dejó de existir Obdulia y cuanto +tenía a su alrededor. No quedó en el Universo más que su pensamiento +frente al gran problema del conocer.</p> + +<p>Aquélla, que le observaba atentamente, no se atrevió en mucho tiempo a +turbar su éxtasis. Pensaba que lo que le ponía taciturno era lo que le +había leído antes en los ojos, el pesar de haberse colocado en una falsa +situación. Sin embargo, concluyó por hablar y adoptó el tono jocoso. +Quería distraerle a todo trance.</p> + +<p>—Padre, está usted muy pensativo. Usted tiene hambre.</p> + +<p>El sacerdote hizo un esfuerzo para sonreír.</p> + +<p>—No tal.<a name="page_329" id="page_329"></a></p> + +<p>—Sí, la tiene; no me lo niegue usted. ¡Y el hambre nos hace pensar unas +cosas tan tristes!... Verá usted cómo yo le quito en un momentito esa +cara de vinagre y se la pongo de jerez amontillado... Aquí lo traigo en +este frasco...</p> + +<p>Al mismo tiempo abrió un saquito de piel que traía en la mano y comenzó +a sacar vitualla y dos o tres frascos con vino y leche.</p> + +<p>—Yo necesito verle a usted con cara de pascua, padre—prosiguió +mientras desenvolvía los papeles blancos en que traía envueltas las +rajas de carne, de pescado, los pastelitos, etc.—En cuanto le veo a +usted esa arruguita ahí... ahí—y le tocó con su dedo en la frente: el +sacerdote la retiró con viveza,—ya me tiene usted más triste que la +noche... ¿Por qué será?... ¿Por qué no será?... Usted, que sabe tanto, +me lo dirá.</p> + +<p>Las últimas palabras las dijo canturreando y afectando distracción.</p> + +<p>—¡Ea! Voy a poner la mesa... Tenga usted quietecitas las piernas, que +necesito de ellas en este momento.</p> + +<p>Juntó las suyas con las del clérigo, extendió una servilleta por encima +y fue colocando los víveres. Los frascos con el vino los puso en el +suelo.</p> + +<p>—Me parece que no habrá necesidad de que saque los tenedores, +¿verdad?... Seamos humildes. Comamos con los dedos.<a name="page_330" id="page_330"></a></p> + +<p>—¿Es humildad, o es que le sabe mejor así?—preguntó sonriendo el P. +Gil.</p> + +<p>Obdulia soltó la carcajada.</p> + +<p>—Es usted mi confesor y no puedo decirle mentira. Me gusta así mucho +más... Es de las pocas cosas sucias que me gustan.</p> + +<p>—Eso último tampoco es humildad—dijo el confesor sin dejar de sonreír.</p> + +<p>—Vaya, vaya, no se me ponga regañón y coma con garbo... si es que +sabe... que estoy viendo que no... Pero ¡criatura! ¿Qué hace usted ahí +echando bocados a ese trozo de mero sin quitarle las espinas?... ¿No ve +usted que se le puede clavar una en la garganta?... Deme usted acá—y se +la arrebató al mismo tiempo de las manos.—Verá usted cómo yo se las +quito sin dejar una... Digo... si es que usted no tiene asco a mis +dedos...</p> + +<p>El P. Gil se apresuró a hacer signos negativos.</p> + +<p>—Salen ahora mismo de los guantes... Además—exclamó riendo,—usted me +tiene mucho cariño y lo come más a gusto pasando por mis manos... ¡Qué +tonta soy! ¿Verdad, padre?—añadió bajando la voz.</p> + +<p>—Tonta, no. Un tanto ligera, sí—repuso el sacerdote, acompañando estas +palabras con una sonrisa para desvirtuar su aspereza.</p> + +<p>La joven se puso encarnada. La conversación se hizo más seria.<a name="page_331" id="page_331"></a></p> + +<p>Cerca de las nueve divisaron las torres de Lancia y la gran cortina +negra de montañas que cierra su horizonte. El cielo estaba despejado. El +viento soplaba tibio del Sur. La mañana ofrecía esa dulzura exquisita +que se observa en algunos días de primavera.</p> + +<p>El P. Gil advirtió al cochero que pasase cerca de la capital sin entrar +y se dirigiese a la primera estación del ferrocarril, distante una legua +de ella. Había resuelto tomar el tren allí para mayor recato. La +estación, se llamaba la Reguera. Cuando llegaron eran las once. Debían +esperar dos horas y media, porque el tren no pasaba por allí hasta la +una y cuarenta.</p> + +<p>La Reguera estaba situada al extremo de un pintoresco y risueño valle. +Desde la estación, asentada en un alto terraplén, se divisaba todo +perfectamente. Circundábalo un cinturón de colinas suaves vestidas de +árboles y praderas y después de éste otro de altas y escuetas montañas, +cuyos tonos rojizos formaban hermoso contraste con el verde del primero. +En el llano había un mosaico caprichoso de prados con lindes de +avellanos, tierras de maíz y arboledas. Por el medio atravesaba +majestuoso un río ancho, cristalino, que, herido por el sol, parecía una +gran faja brillante de plata. Así que despidieron el coche, Obdulia +propuso a su confesor el bajar a este llano y aguardar allí la llegada +del tren. Aceptó<a name="page_332" id="page_332"></a> gustoso, por librarse de las miradas de la gente de la +estación. Bajaron por un sendero estrecho y empinado y entraron en un +bosque de castaños que se prolongaba hasta la orilla del río. El +sacerdote advirtió que estaba muy húmedo, pero la joven marchaba delante +dando gritos de alegría, metiéndose hasta la rodilla en la yerba, +batiendo las palmas como una niña a quien perdonasen la escuela. Las +grandes copas de los castaños aún no estaban vestidas del follaje que +ostentan en el verano. Los rayos del sol, pasando al través de sus ramas +descarnadas, bebían el agua fresca que formaba charcos entre el césped.</p> + +<p>Obdulia no paró hasta llegar al talud guijarroso que servía de margen al +río. Allí se detuvo y volvió la vista atrás y contempló con semblante +risueño a su confesor, que venía tomando precauciones, apoyando con +cuidado el pie en los sitios más secos. Tenía el rostro encendido por la +carrera, los cabellos revueltos y sus grandes ojos negros brillaban con +expresión de vivo placer.</p> + +<p>—¡Ande usted, cobarde! ¿Tiene miedo a morirse por los pies?</p> + +<p>—Y si pilla usted un catarro, ¿cómo podrá resistir la vida dura del año +de noviciado?—repuso el clérigo aproximándose.</p> + +<p>Por los ojos de la joven pasó una nube sombría y quedó repentinamente +seria. Luego, haciendo un esfuerzo para animarse, dijo:<a name="page_333" id="page_333"></a></p> + +<p>—¿A que no se atreve usted a desenganchar esa lancha para que demos un +paseito por el río?</p> + +<p>—¡Ya lo creo que no!</p> + +<p>—Pues yo sí... Ahora va usted a ver.</p> + +<p>Una gran barca vieja y deteriorada, que servía para trasportar a los +paisanos de una orilla a otra en los días de mercado, yacía amarrada por +una cadena a la orilla, debajo de unos juncales que la sombreaban.</p> + +<p>—¡Ay, qué lástima!—exclamó la joven devota cogiendo entre sus manos la +cadena.—¡Tiene candado!</p> + +<p>—Me alegro. Eso evita que usted hiciera una locura.</p> + +<p>—Pues yo no renuncio a flotar un poco. Me meto dentro. Soy de puerto de +mar y el agua es mi elemento.</p> + +<p>Y diciendo y haciendo, saltó con decisión en la barca, que se inclinó de +un lado para recibirla; se fue por encima de los bancos hasta la popa, y +allí se sentó.</p> + +<p>—¡Oh! ¡Qué bien se está aquí a la sombra! Y hay su cachito de +balanceo... Véngase, padre. En ninguna parte se puede esperar mejor...</p> + +<p>El clérigo saltó también por encima de los bancos, y se fue a sentar no +lejos de ella. La sombra, en efecto, era grata en aquella hora del +mediodía. La corriente balanceaba suavemente la lancha y producía al +chocar un glu glu suave<a name="page_334" id="page_334"></a> y cristalino que convidaba al sueño. Después de +alegrarse de su buena fortuna por hallar asiento tan agradable y de +cambiar algunas frases, ambos guardaron silencio. Obdulia inclinó su +cuerpo sobre el agua y clavó los ojos en ella con expresión melancólica. +El P. Gil dejó los suyos vagar por el horizonte, recorriendo sin verlas +las altas montañas que aislaban el valle del resto del mundo. Y como +siempre que quedaba un momento abstraído, la fatal duda volvió a flotar +en su mente. ¿Qué era todo aquello que tenía a su alrededor? Una pura +representación de su pensamiento, un producto de él, un sueño quizá... +¡Un sueño!... Mientras dormimos también vemos, también palpamos, lo +sentimos todo al igual que despiertos. ¿Por qué no ha de ser la vida un +largo sueño? La diferencia que establece Kant entre la vigilia y el +sueño le parecía deleznable. Porque el encadenamiento de las +representaciones lo mismo existe en la una que en el otro. Lo único que +rompe este encadenamiento es el acto de despertar. Pero muchas veces al +despertar confundimos los acontecimientos del sueño con los de la +realidad. ¿No indica esto bastante claramente que todo tiene el mismo +origen y fundamento? ¿Por qué razón decimos que los unos son reales y +los otros no?...</p> + +<p>Sacole de su intensa meditación la voz de Obdulia,<a name="page_335" id="page_335"></a> que desde hacía +algunos minutos le observaba.</p> + +<p>—Vamos, padre, no piense usted más en eso, y dígame de verdad si no +está a gusto aquí.</p> + +<p>—¿En qué no he de pensar, hija mía?—respondió el sacerdote poniéndose +levemente colorado, como si ya se lo hubiese adivinado.</p> + +<p>—¡En eso!... No sé lo que es, pero debe de ser algo malo cuando le hace +a usted arrugar la frente y abrir unos ojazos pasmados como si viera +delante un alma del otro mundo... Vamos, piense usted un poco en mí, ya +que me he confiado a sus cuidados.</p> + +<p>—Ya pienso. ¿No acabo de advertir a usted que no debía mojarse los +pies? Pero usted no hace caso—replicó sonriendo con benevolencia.</p> + +<p>—¡Eso es! Se acuerda usted de mí para regañarme... ¡Se ha vuelto usted +muy regañón, padre!... En otro tiempo era usted más cobarde, más +suavecito; todo lo decía dando rodeos, de miedo de ofender a una... +¡Pero ahora! ¡Anda, anda, buenos rodeos te dé Dios!... Ya ha aprendido +bien a regañar... Por supuesto—añadió cambiando de tono y acercándose +más a él—que a mí me gusta más de esta manera. Yo quiero que mi +confesor tenga firme por las riendas, que sea severo y hasta duro +conmigo... Usted me riñe poco todavía, padre. Quisiera que usted fuese +más severo... que me castigara fuerte... y hasta<a name="page_336" id="page_336"></a> me pegara, para +demostrarle bien mi sumisión.</p> + +<p>Dijo las últimas palabras con voz temblorosa y el rostro avergonzado, +fijando en su confesor una mirada de tímida adoración. El rostro de éste +expresó turbación y disgusto. Volvió la vista al otro lado y guardó +silencio.</p> + +<p>Al cabo de unos instantes, la joven devota, que miraba melancólicamente +al agua, dijo con ímpetu reprimido:</p> + +<p>—Cuánto daría porque se rompiese la cadena que sujeta esta barca y la +corriente me llevase muy lejos... ¡muy lejos!... donde no viese nada de +lo que he visto hasta ahora, donde todo lo que imaginara se realizase al +instante... ¡Ah! Yo quisiera ir a parar a un valle más pequeño que éste, +pero más risueño todavía: el cielo siempre azul, la tierra llena de +flores y animales hermosos que viniesen a comer a mi mano. Y vivir allí +sola con Dios y las personas que eligiese para acompañarme. Vivir +enmedio de los campos y entender lo que dicen los árboles cuando el +viento agita sus copas y lo que murmuran las fuentes y lo que gorjean +las aves y lo que silban los insectos. Marchar siempre acompañados de +una escolta de pajaritos de Dios que nos enseñaran el camino y nos +deleitaran con su canto, embriagados por los aromas de las flores, +inundados de luz, envueltos en la caricia de una primavera eterna. Esto +es lo que soñaba cuando tenía catorce años.<a name="page_337" id="page_337"></a> Y hoy, sin saber por qué, +vuelvo a soñarlo otra vez... Pero no—añadió con voz profunda al cabo de +una pausa, frunciendo fuertemente su frente pálida,—mejor sería que la +barca me llevase a alguna gruta oscura entre peñascos inaccesibles y me +volcase allí y me sepultase en sus aguas negras, para que nunca más se +volviese a saber de mí... Así concluiría de una vez de padecer...</p> + +<p>Al pronunciar las últimas palabras se llevó las manos a la cara y +comenzó a sollozar.</p> + +<p>El P. Gil la contempló un momento con ojos severos.</p> + +<p>—Lo que acaba de decir es una gran impiedad, tanto más grande y +abominable, cuanto que sale de una boca que va a pronunciar muy pronto +votos sagrados.</p> + +<p>—Perdón, padre... Son sueños nada más.</p> + +<p>—Pida usted perdón a Dios y prepárese de un modo más respetuoso para +ser su esposa.</p> + +<p>El P. Gil se levantó al decir esto gravemente y salió de la barca. +Obdulia le siguió con el pañuelo en los ojos.</p> + +<p>Subieron de nuevo a la estación. En una cantina próxima tomaron caldo y +aguardaron la llegada del tren, que no se hizo esperar. No había ningún +coche vacío, pero en uno estaba solamente una persona, y a él subieron. +Partió el tren al instante. El viajero les miró distraídamente, con poca +curiosidad, figurándose tal vez que eran<a name="page_338" id="page_338"></a> hermanos. Sin embargo, al cabo +de unos momentos la joven pidió a su confesor que le bajase la maleta de +la rejilla para sacar un pañuelo. El viajero percibió que se trataban de +usted, y entonces los examinó con viva atención. El padre Gil se turbó +bajo su mirada fija, inquisidora. Por fortuna, a la tercera estación se +bajó. Pero todavía, en pie sobre el andén, los seguía saetando con los +ojos hasta que el tren se puso en marcha.</p> + +<p>Ambos guardaron silencio obstinado. El padre Gil ya no se sentía +arrastrado por la metafísica; empezaba a atormentarle una sorda +inquietud que llenaba su espíritu de temores, de vagos presentimientos. +Sentía vergüenza singular desde que el viajero que se había apeado les +observara con atención tan sostenida. Aquella muchacha le inspiraba +miedo. Un tropel de pensamientos feos, insensatos, acudió a su cerebro y +lo llenó de confusión. Tenía las mejillas encendidas y los ojos +asustados. Procuraba evitar el encuentro con los de su penitenta, que +sentía posados constantemente sobre él.</p> + +<p>Por atracción irresistible o por casualidad llegó un momento en que se +cruzaron sus miradas. La joven dejó escapar una risita maliciosa. El +sacerdote apartó prontamente la vista y permaneció grave, como si no la +hubiera advertido. Al cabo de un rato volvieron, sin saber cómo, a +encontrarse<a name="page_339" id="page_339"></a> sus ojos, y otra vez soltó a reír la devota, mirándole con +semblante alegre. El padre Gil no hizo aprecio de ello y volvió el suyo +hacia la ventanilla. Pero Obdulia exclamó:</p> + +<p>—¿A que no sabe, padre, de qué me estoy riendo?</p> + +<p>—Usted dirá—repuso gravemente el clérigo sin volver la cabeza.</p> + +<p>—Pues de usted.</p> + +<p>—¿Por qué motivo?—preguntó con naturalidad y modestia.</p> + +<p>—Porque adivino perfectamente lo que está pensando. Usted teme que +llegue la noche, como los niños... Empieza usted a estar violento con +una mujer que todavía no es vieja, y se arrepiente ya de haber cedido a +acompañarme...</p> + +<p>—No anda usted muy distante de la verdad—replicó el sacerdote con +firmeza.</p> + +<p>Obdulia se turbó un poco; pero reponiéndose inmediatamente:</p> + +<p>—Eso prueba su gran modestia, padre. Un santo como usted no debe temer +nada en ninguna situación. Yo, sin ser santa, estoy perfectamente +tranquila.</p> + +<p>Estas palabras gustaron al P. Gil. Le respondió con benevolencia, y un +poco más sereno y confiado, volvió a entablar conversación con ella, +procurando mostrarse familiar y jocoso, tanto<a name="page_340" id="page_340"></a> más cuanto que deseaba +alejar el malestar y la inquietud que se cernía sobre ellos.</p> + +<p>Rezaron el rosario. Luego cenaron con la vitualla que traían. Mientras +duró la cena, Obdulia estuvo oportuna y alegre. El clérigo le seguía el +humor con cierta afectación para ocultar el embarazo que a su pesar le +dominaba.</p> + +<p>Había cerrado la noche, una noche soberbia de Castilla, fría y azul, +alumbrada por los rayos de la luna, que trasformaba la llanura en un +vasto lago dormido. El tren corría a toda velocidad por el medio +rompiendo con sus silbos estridentes, con el fragor de su marcha, el +encanto de aquella claridad suave y tranquila. Los altos chopos parecían +flotar sobre ella como fantasmas envueltos en el blanco cendal de la +neblina.</p> + +<p>Los cristales del coche se empañaron al fin. Obdulia se apartó de su +confesor y fue a arrebujarse en un rincón, tiritando de frío. Luego se +puso a hacer dibujos sobre el cristal con un dedo. Escribió su nombre: +Obdulia Osuna; después el de su confesor, Gil Lastra. Y volviéndose al +rincón, se rebujó de nuevo. El P. Gil, que había leído bien desde su +sitio los dos nombres, se acercó a la ventanilla, con pretexto de +estirar las piernas, y escribió debajo del suyo con letra clara: +<i>presbítero</i>.</p> + +<p>Trascurrió un rato en silencio. Ambos parecían soñolientos. Obdulia dijo +al cabo:<a name="page_341" id="page_341"></a></p> + +<p>—Con permiso de usted, voy a acostarme un poquito, padre. Tengo sueño.</p> + +<p>Y se estiró sobre los almohadones, echándose una manta encima de las +piernas.</p> + +<p>—¡Ay! ¡ay!—exclamó a los pocos instantes.—¡Cómo me lastiman las +botas!... ¡Claro, como las he humedecido primero y luego puse los pies +sobre el calorífero, se han contraído!... Vamos, padre—añadió sonriendo +graciosamente,—sírvame de doncella una vez siquiera... Quítemelas +usted, que yo no puedo.</p> + +<p>Una ola de rubor subió a las mejillas del sacerdote. Tuvo un momento de +vacilación.</p> + +<p>—Vamos, padre—insistió ella,—sea usted humilde como todos los santos. +El Papa lava los pies a los pobres: bien puede usted quitarme a mí las +botas.</p> + +<p>El P. Gil se levantó y empezó con mano temblorosa, rojo como una +amapola, a soltar los botones del calzado a su hija de confesión. Ella +le contemplaba con sonrisa maliciosa.</p> + +<p>—Muchas gracias, padre. Ahora hágame el favor de envolverme las piernas +en la manta... Así; perfectamente. Ahora acuéstese un poco también y no +haga ruido.</p> + +<p>El sacerdote, que a todo esto sonreía forzadamente, se acomodó en el +rincón opuesto y quedó de repente serio, con el entrecejo violentamente +fruncido. Una viva terrible inquietud se apoderó<a name="page_342" id="page_342"></a> de su espíritu. La +escapatoria le iba pareciendo una ligereza cada vez más imperdonable. +Aquella muchacha, ni tenía verdadera vocación de monja, ni llevaba +trazas de tenerla jamás. Era un temperamento frívolo, malicioso, +arrebatado, capaz de cualquier atrocidad. ¡Qué necedad la de haber +cedido a sus instancias! Se confesaba que merecía un poco lo que le +estaba pasando por su afán de desembarazarse de ella a todo trance. Pero +como ya no era tiempo de volverse atrás, lo importante era dejarla +cuanto más antes en el convento, y a eso debían tender todos sus +esfuerzos.</p> + +<p>Obdulia parecía dormida. Sus ojos, no obstante, se entreabrían de vez en +cuando para mirarle, y dejaban escapar una llamarada burlona y +maliciosa.</p> + +<p>A las nueve llegaron a Palencia. Se hicieron guiar a una posada modesta. +Antes de retirarse cada cual a su habitación, el P. Gil quiso prevenir +todo lo necesario para emprender el viaje a Astudillo al día siguiente. +Mandó buscar caballos, se enteró del camino que habían de seguir, del +tiempo que iban a tardar, etc. Quiso dejarlo todo listo, a pesar de que +Obdulia le indicaba que no corría tanta prisa. Puesto que se trataba de +un viaje corto, por la mañana era fácil arreglarlo todo. Pero el +excusador no podía disimular el ansia que tenía de dejar zanjado aquel +asunto.<a name="page_343" id="page_343"></a></p> + +<p>Se levantó muy temprano, pero no se atrevió a avisar a la joven. +Entretuvo su impaciencia rezando, paseando por la habitación, yendo a +casa del alquilador de los caballos para cerciorarse de que los tenía +dispuestos. Al fin, cerca ya de las diez, se atrevió a pasar un recado +por la criada, preguntándole si estaba ya preparada a partir. La +respuesta que aquélla trajo fue que la señorita aún no se había +levantado, por hallarse un poco constipada, que en cuanto se levantase +le avisaría para ponerse en camino.</p> + +<p>Sin saber por qué, aquella novedad produjo en el P. Gil un gran +desconsuelo; sintió profundo disgusto, presintiendo una catástrofe. Una +hora después recibió otro recado de ella aconsejándole que almorzase +solo y pasase después por su habitación, que para entonces ya estaría +vestida y preparada. Así lo hizo, cada vez más inquieto y receloso; pero +al entrar en el cuarto de la joven, encontró que estaba, en efecto, +levantada, pero de ningún modo dispuesta para partir. Vestía una bata +elegante y tenía los cabellos recogidos en una cofia blanca con lazos de +seda encarnados. Estaba bastante pálida y tenía los ojos con señales de +haber llorado.</p> + +<p>El P. Gil se detuvo a la puerta y frunció el entrecejo.</p> + +<p>—Entre usted, padre, y siéntese aquí en esta butaca—dijo ella desde +una sillita, mirándole<a name="page_344" id="page_344"></a> con dulzura.—Ya estoy bien. He pasado una noche +muy mala.</p> + +<p>—¿Ha tosido usted?—preguntó el excusador, sentándose.</p> + +<p>—No... la he pasado toda llorando.</p> + +<p>El clérigo la miró estupefacto.</p> + +<p>—¿Cómo es eso, hija mía?</p> + +<p>Obdulia se llevó el pañuelo a los ojos y no contestó. Al cabo de un +largo silencio dejó caer el pañuelo, se apoderó de una mano de su +confesor y la besó con efusión repetidas veces y la llenó de lágrimas, +exclamando:</p> + +<p>—¡Soy muy desgraciada!</p> + +<p>El P. Gil quiso retirar la mano suavemente, pero la devota se la apretó +con más fuerza.</p> + +<p>—No... no me retire usted esta mano, padre... esta mano que tantas +veces me ha absuelto de mis pecados, y que ahora ¡ay! no podrá +absolverme ni sacarme del abismo en que he caído...</p> + +<p>—Cálmese usted, hija—repuso el clérigo, impresionado.—¿Acaso se +arrepiente usted de su decisión?... Por eso no ha caído usted en el +abismo. Todo se puede arreglar sin escándalo. Tiene usted un año de +noviciado, en que puede salir del convento cuando lo desee...</p> + +<p>Obdulia volvió a taparse el rostro con las manos y dijo entre sollozos:</p> + +<p>—No es eso... Es otra cosa peor... Yo tengo<a name="page_345" id="page_345"></a> un secreto, padre; un +secreto que me pesa en el corazón hace tiempo y que me ahoga...</p> + +<p>El P. Gil quedó unos instantes suspenso, y dijo al fin:</p> + +<p>—Si usted lo desea, iremos a la iglesia y la escucharé en confesión.</p> + +<p>—No, no... Usted ya no puede ser mi confesor—y levantando +repentinamente la frente, pálidas las mejillas, los ojos secos y +brillantes, donde se pintaba una resolución extrema, siguió:—Sé muy +bien, padre, que mi vida entera está destinada a llorar... Sé también +que después de esta vida me espera quizá una eternidad de tormentos. +Pero la desesperación no cuenta los tormentos ni teme nada. No tiene más +que un pensamiento. Todo lo demás queda aniquilado... Yo le he engañado +a usted, padre. Yo no quiero ni puedo ser esposa de Jesucristo, porque +sería infiel a mis juramentos. Tengo dentro del alma, allá en el rincón +más oculto y sagrado, un amor al cual seré fiel toda la vida. Este amor +es mi delicia y es mi tormento. Hace dos años que vivo muriendo de una +muerte dulce, porque adoro mis propios sufrimientos... Hace dos años que +lloro en silencio, pero mis lágrimas son dulces y las bebo con placer. +Sin saberlo, padre, usted me ha estado envenenando lentamente; pero, +lejos de aborrecerle, le quiero, le adoro con toda mí alma... He +procurado arrancar de mi<a name="page_346" id="page_346"></a> alma este amor que me consume, he golpeado mi +pecho, he martirizado mis carnes... Usted bien lo sabe, padre... Después +me he convencido de que era inútil, y lo he dejado florecer en mi +corazón. Cúmplase la voluntad de Dios. Sé que estoy condenada, pero yo +le quiero a usted... ¡Te quiero! ¡te quiero más que a mi salvación!... +Llévame adonde se te antoje, pero no me separes de ti... Déjame ser tu +sierva... Déjame besar el suelo que pisas...</p> + +<p>Cayó de rodillas delante de su consejero, con el rostro entre las manos. +Al través de sus dedos flacos se notaba el vivo carmín de que estaba +cubierto.</p> + +<p>El P. Gil se puso en pie vivamente, pálido como un muerto, con el +espanto pintado en los ojos. Sus labios temblaron para fulminar sin duda +alguna frase durísima, pero no llegó a pronunciarla. Se lanzó +rápidamente a la puerta y desapareció por ella.</p> + +<p>Salió de casa sin darse cuenta de lo que hacía. Caminó a la ventura +largo rato por las calles en un estado de aturdimiento que le impedía +razonar sobre lo que acababa de sucederle. Saliose al campo y dio un +largo paseo. El cansancio físico produjo su acostumbrado efecto sedante +y comenzó a ver con claridad su situación. Nada ganó con ello. Lo que le +estaba pasando era gravísimo, una verdadera catástrofe. Sus +presentimientos<a name="page_347" id="page_347"></a> se habían realizado. ¿Cómo volver a Peñascosa con la +muchacha? ¿Cómo dejarla allí abandonada? Todas las soluciones que +acudían a su mente le parecían igualmente comprometidas. Pensó en +telegrafiar al padre, pero no era posible explicar en un telegrama lo +ocurrido, ni aun de palabra podía hacerlo dignamente. Además, ¡quién +sabe de lo que sería capaz aquella loca si se veía acosada! Una viva +irritación se iba apoderando del alma pacífica del presbítero. Hacía ya +tiempo que no estimaba a la exaltada beata; ahora la aborrecía.</p> + +<p>Cuando regresó a casa era ya noche. Se encerró en su cuarto sin +preguntar por su compañera, y continuó meditando con febril impaciencia +sobre el mismo tema. La solución que le pareció menos mala, después de +haber tomado y desechado muchas, fue presentarse al obispo de la +diócesis y confiarle todo el asunto y pedirle consejo y órdenes para +salir del paso.</p> + +<p>—Señor cura, la señorita que ha venido con usted me manda decirle que +haga el favor de pasar por su habitación.</p> + +<p>El P. Gil levantó la cabeza, y avergonzado y confuso como si tuviera que +arrepentirse de algo, respondió a la huéspeda:</p> + +<p>—¿La señorita?... ¡Ah! Bien... Allá voy en seguida.</p> + +<p>Pero no se movió del sitio. Aquella llamada<a name="page_348" id="page_348"></a> aumentó aún más su +irritación. Estaba resuelto a no volver a verla mientras el prelado no +interviniese en un asunto que tan gravemente podía comprometerle. +Trascurrió cerca de una hora. Al cabo de ese tiempo se presentó de nuevo +la patrona, toda azorada.</p> + +<p>—La señorita tiene un ataque y está en la cama sin conocimiento. +¡Venga, venga, señor cura!</p> + +<p>—¡Voy, voy!—exclamó asustado, corriendo en pos de ella.</p> + +<p>En efecto, Obdulia yacía en la cama, privada de sentido y extrañamente +pálida. Parecía muerta. El P. Gil sintió al verla en tal estado una +punzada de remordimiento en el corazón. Se apresuró a prodigarle todos +los cuidados que en el momento se le ocurrieron. Entre la patrona y él +le bañaron las sienes con agua fría, le hicieron oler algunos pomos de +los que ella traía en su saquito de mano. No tardó mucho en abrir los +ojos. Estuvo algunos momentos con la mirada seria y fija en el +sacerdote. Luego sonrió dulcemente. La huéspeda se apresuró a ofrecerse.</p> + +<p>—¿Quiere usted que llamemos al médico, señorita?</p> + +<p>—No, no... Esto no es nada... Hágame una tacita de tila.</p> + +<p>—Ahora mismo.</p> + +<p>Cuando se quedaron solos, la beata volvió <a name="page_349" id="page_349"></a>a mirarle larga y fijamente. +Al cabo dijo con voz débil:</p> + +<p>—Escuche usted, padre.</p> + +<p>—¿Qué desea usted, hija mía?—respondió inclinando la cabeza hacia +ella.</p> + +<p>—Acérquese usted más... No puedo esforzar la voz.</p> + +<p>El P. Gil se inclinó todavía más. Súbito, con movimiento imprevisto, la +joven devota sacó los brazos desnudos de la cama y se los echó al +cuello, atrajo su rostro hacia el de ella con inusitada fuerza y le dio +un beso prolongado, frenético, en los labios, y después otro y otro. El +sacerdote forcejeó en vano por desasirse. Aquellos brazos le apretaban +como si fuesen de hierro, y una nube de besos ardorosos corría por todo +su rostro, sin tregua. No se oía en la estancia más que el suave rumor +que producían y el resuello de dos pechos anhelantes.</p> + +<p>Al fin, el sacerdote, con un supremo esfuerzo, se desligó. La joven cayó +pesadamente en la cama. Aquél se sintió acometido de tal susto, +repugnancia y horror que, después de vacilar unos momentos, perdió el +sentido y se desplomó sobre el pavimento.</p> + +<p>Viéndole caer, la joven se levantó con presteza del lecho y acudió +solícita a socorrerle. Pero al poner los pies en el suelo, su flaca +naturaleza, hondamente perturbada por lo que acababa de<a name="page_350" id="page_350"></a> suceder y por +la vista de su confesor tendido en el suelo, le faltó también y cayó +presa de un síncope.</p> + +<p>El del P. Gil era un desmayo pasajero. Tardó pocos segundos en volver en +sí. Incorporose en el suelo, y viendo a Obdulia tendida a su lado en +camisa y con una parte del cuerpo descubierta, sintió un fuerte +estremecimiento de vergüenza y se alzó como movido por un resorte. Y +pensando con horror que podía llegar el ama en aquel momento, se +apresuró a tomar a la joven entre sus brazos para trasportarla a la +cama. Cuando la tenía suspendida a media vara del suelo, sintió ruido en +la puerta. Volvió la cabeza aterrado, y un grito ahogado de vergüenza se +escapó de su garganta. A la puerta estaban Osuna, D. Martín de las Casas +y D. Peregrín Casanova.</p> + +<p>—¡Ya cayeron los tórtolos!—gritó D. Martín con voz estentórea.</p> + +<p>El P. Gil dejó caer de nuevo a la joven y retrocedió, mirándoles con +ojos de espanto.</p> + +<p>—¿Qué es esto?... ¿Qué es lo que pasa? ¡Mi hija!... ¡Dios mío!—clamó +Osuna, apresurándose a reconocerla.</p> + +<p>—Oiga usted, ¡sucio, canalla, desorejado!—profirió D. Peregrín, +dirigiéndose al excusador.—¿Qué situación es ésta para un sacerdote? +¿No se le cae la cara de vergüenza?<a name="page_351" id="page_351"></a></p> + +<p>D. Martín de las Casas le agarró con la mano izquierda por el brazo, y +empujándole contra la pared, le vomitó con voz campanuda, blandiendo al +mismo tiempo el bastón:</p> + +<p>—¡Granujota, indecente! ¡En buen lugar has dejado a los que te sacaron +del polvo! ¡Miserable gusano, debiera aplastarte y arrojarte después +como una piltrafa a la calle para que te coman los perros! Debiera +clavarte por las orejas a la pared y exponerte a la vergüenza pública... +Por lo menos debiera romperte las costillas con este bastón, ¡y me están +dando ganas de hacerlo!</p> + +<p>No sería difícil, mejor dicho, sería casi seguro que el enérgico +inválido satisficiera en esta ocasión, como en tantas otras, su apetito +desordenado de contundir a sus semejantes, si no fuera porque en aquel +instante se interpuso la huéspeda.</p> + +<p>—¿Qué va usted a hacer, caballero? ¡Maltratar a un sacerdote!... En mi +casa no se dará tal escándalo...</p> + +<p>Repuesto un poco de la sorpresa el P. Gil, dijo con firmeza entonces:</p> + +<p>—Señores, esta joven se ha desmayado al tiempo de venir en mi socorro +por haberme caído. La he acompañado hasta aquí, a ruego suyo, porque +desea entrar en un convento y consagrarse a Dios, a lo cual su padre se +opone sin razón<a name="page_352" id="page_352"></a> ni derecho y para ello la maltrata bárbaramente...</p> + +<p>—¡Maltratar yo a mi hija, canalla!—gritó en el colmo de la indignación +el jorobado, que había conseguido trasportar a Obdulia hasta la cama y +se disponía a echarle agua en la cara.—Miente usted y miente quien lo +diga. Yo no sabía siquiera que deseaba entrar en un convento... ni me +hubiera opuesto a ello.</p> + +<p>El P. Gil quedó estupefacto, sin acertar a decir una palabra, porque el +acento de Osuna denotaba sinceridad.</p> + +<p>—Yo creo que lo que procede en este caso—manifestó D. Peregrín con su +voz gangosa, administrativa,—es dar inmediatamente conocimiento del +hecho a la autoridad civil... A mí se me presentó un padre, siendo +gobernador de Tarragona...</p> + +<p>—¡Déjenos usted de Tarragona, D. Peregrín!—interrumpió el señor de las +Casas.—Aquí lo que procede es atender a esa niña... Usted, señora, haga +lo que sepa para hacerle volver en sí. Usted, D. Peregrín, que conoce +bien la población, vaya a buscar un médico... Y tú, don Gil el +enamorado... al infierno si te parece.</p> + +<p>—¡Decir que yo maltrato a mi hija, porque quiere hacerse monja!—seguía +exclamando por lo bajo Osuna, mientras ayudaba a la huéspeda.—¡Canalla, +más que canalla!<a name="page_353" id="page_353"></a></p> + +<p>—Señor Osuna, dispénseme usted... Yo lo creía así—dijo el sacerdote.</p> + +<p>—Bueno, bueno. Ya se arreglará esa cuestión en Peñascosa—profirió D. +Martín con su energía característica.—Ahora, ¡largo de aquí!... ¡largo!</p> + +<p>El P. Gil se dirigió a la puerta, pero cuando ya iba a trasponerla, D. +Martín le gritó como si estuviese al frente de un batallón: ¡Alto!</p> + +<p>—Amigo Osuna—dijo dirigiéndose al jorobado,—a usted le han inferido +una ofensa grave y usted no queda decentemente si no da ahora mismo una +bofetada al individuo que le ha ofendido (apuntando para el P. Gil).</p> + +<p>Hubo silencio embarazoso. El semblante de Osuna expresó malestar y +vacilación.</p> + +<p>—Nada, nada—siguió el feroz inválido con su voz resonante de barba de +teatro,—no es usted hombre de honor, no tiene usted pizca de vergüenza +si deja sin correctivo la ofensa.</p> + +<p>Osuna vaciló todavía un instante, echó una mirada de misericordia al +inválido; pero viendo su rostro espantable, se resolvió al fin. Alzose +sobre la punta de los pies y descargó una sonora bofetada en la mejilla +del sacerdote.</p> + +<p>—¡Jesús!—exclamó la huéspeda.—¡Eso es una iniquidad!</p> + +<p>El P. Gil se puso densamente pálido: asomaron dos lágrimas a sus ojos; +pero no hizo movimiento alguno para arrojarse sobre su agresor.<a name="page_355" id="page_355"></a><a name="page_354" id="page_354"></a></p> + +<h3><a name="XIII" id="XIII"></a>XIII</h3> + +<p>Gracias a la actitud resuelta de Obdulia, el asunto no fue llevado a los +tribunales. Desde el primer momento se confesó autora y única +responsable de la fuga: el excusador ninguna culpa había tenido en ella; +sólo había cedido a acompañarla después de incesantes ruegos y +valiéndose del ardid de los malos tratos en su casa. D. Peregrín +Casanova, queriendo sin duda demostrar que no guardaba rencor alguno a +Osuna por la escena de la iluminación, seguía opinando que debía +instruirse expediente gubernativo. Hacía ya mucho tiempo que estaban +reconciliados. En Peñascosa los particulares se injurian públicamente, +se llaman canallas, miserables, etc., etc., y a los ocho<a name="page_356" id="page_356"></a> días se les +vuelve a ver juntos tomando café. Pero esto no es privativo de +Peñascosa. Lo mismo sucede en Sarrió y en Nieva. De otro modo, ¿cómo +sería posible la vida en estas villas insignes?</p> + +<p>Contra el parecer de D. Peregrín se hallaban todas las personas sensatas +de la población. Unos por afectos al excusador, otros por timoratos, +otros porque no veían motivo para armar un escándalo, casi todos +aconsejaron a Osuna que se estuviese quedo. Sin embargo, los enemigos +que el excusador tenía, mejor diremos, los envidiosos, se encresparon +terriblemente. No quisieron asentir a la versión de la doncella. +Opinaban que era una patraña forjada por ella para salvarle; y si no lo +creían, por lo menos así lo manifestaban bajando la voz y sonriendo +maliciosamente. Se les cubrió de sarcasmos, lo mismo al sacerdote que a +su hija de confesión, y se hicieron correr por la villa mil chuscadas +más o menos ingeniosas a propósito de su viaje. Fácil es de adivinar que +quien más trabajó en esta propaganda, aunque de un modo solapado, fue el +P. Narciso. No le bastaba al capellán de Sarrió haber humillado a su +émulo arrancándole el cargo de coadjutor, que en justicia le pertenecía. +Quería a toda costa concluir con él, pulverizarle, que no se oyese más +su nombre en boca de las beatas de Peñascosa.<a name="page_357" id="page_357"></a></p> + +<p>Pareciole la ocasión de perlas para ello. Por eso se dirigió +espontáneamente a Osuna, preguntándole si no pensaba acudir a los +tribunales. Cuando supo que esto no podía ser porque Obdulia asumía toda +la responsabilidad y declaraba haber engañado a su confesor, experimentó +profundo pesar. Tanto era su anhelo de exterminar al P. Gil, que aunque +hacía ya muchísimo tiempo que sus relaciones con aquélla eran tirantes, +y aun puede decirse de abierta hostilidad, se aventuró a tantearla. Tres +o cuatro días después de haber regresado a Peñascosa la vio una mañana +en la iglesia. Le mandó recado por un monaguillo que deseaba hablar con +ella y la esperaba en la sacristía. Fue allá la joven, aunque de +malísima gana. El coadjutor se hizo de miel; la trató con extremado +cariño; manejó con brío el incensario, sabiendo hasta qué punto era vivo +y delicado su amor propio. Cuando creyó tenerla blanda, le hizo presente +con grandes perífrasis que él, como párroco coadjutor, tenía el deber de +velar por la honra de todas sus feligresas; que la de ella andaba en +boca de la gente hacía unos días, y que esto le pesaba en el alma por el +particular cariño que la profesaba. Le pesaba tanto más, cuanto estaba +seguro de que no había dado motivo alguno para ello. Conocía su carácter +generoso, su espíritu noble; por eso estaba convencido de que en esta +ocasión, como en<a name="page_358" id="page_358"></a> tantas otras, se sacrificaba por los demás. Ahora +bien, este sacrificio no era admisible; podía considerarse como un +pecado. La honra no nos pertenece; es un depósito que Dios nos confía y +que tenemos la obligación de defender. Por otra parte, la deshonra no +era solamente para ella, sino también para su anciano padre. El pobre se +veía a causa de este sacrificio motejado y murmurado en la villa. Aún +más: aunque se diera por bueno tal rasgo de generosidad, tanto ella como +él, que eran miembros de la Iglesia, tenían el deber de denunciar a la +autoridad eclesiástica a cualquier sacerdote que se extralimitase en el +ejercicio de su ministerio, para que recibiese el condigno y fraternal +castigo que los cánones previenen. Esto redundaba en bien de la fe. +Ella, tan excelente cristiana, no había de permitir que se burlase la +justicia de Dios. Comprendía perfectamente que le sería doloroso +declarar contra su confesor; pero era un sacrificio mayor que el que +estaba llevando a cabo, y que Dios le agradecería seguramente. Además, +debía tener en cuenta que al denunciar a su confesor no le causaba daño +alguno; al contrario, el castigo en la Iglesia se considera como un +bien, como una justa expiación que, cuando va acompañada del +arrepentimiento, redime del pecado y nos libra de las penas del +infierno.</p> + +<p>El pobre D. Narciso ignoraba, a pesar de haberla<a name="page_359" id="page_359"></a> tratado tanto tiempo, +con quién se las había. Antes de que hubiera pronunciado palabra, ya +sabía Obdulia qué iba a decirle y en qué forma poco más o menos; le +conocía como si pasara la vida dentro de su cerebro. Aquella habilidad +frailuna hecha de lugares comunes se estrellaba contra la viva +imaginación, el ingenio sutil y la perspicacia de la joven beata. +Respondiole en el mismo tono persuasivo, untuoso, que el clérigo había +adoptado. De nada podía acusar al P. Gil, que era un santo, un ser +excepcional cuya ilustración servía de faro en la parroquia desde que +por dicha había llegado a ella, y cuya modestia, abnegación y piedad +podían servir de ejemplo y estímulo a sus compañeros. Pero aunque +hubiera motivo para acusarle, se abstendría muy bien de hacerlo, +sabiendo que el escándalo aprovecharía principalmente a los enemigos de +la religión. La falta de una mujer cuando es soltera redunda sólo en +perjuicio de ella. La de un sacerdote, en desprestigio de la clase y en +menoscabo por lo tanto de la religión católica. Otras varias +consideraciones añadió, y entre ellas más de una frase aguda de doble +intención que supo a cuerno quemado al nuevo coadjutor.</p> + +<p>—Vaya, adiós, D. Narciso, y dispénseme si no he podido comprender bien +su caritativa intención. Soy una ruin mujer y no entiendo de teologías.<a name="page_360" id="page_360"></a></p> + +<p>El P. Narciso quedó sonriendo como el conejo. Viendo cerrada esta vía, +entró resueltamente por otra no menos tortuosa. Lo mismo D. Joaquín el +capellán y mayordomo de la señora de Barrado que el P. Melchor, enemigos +natos del joven excusador, vomitaban veneno contra él, como es lógico. +Pero había otros cuantos clérigos en Peñascosa que se habían mostrado +siempre imparciales. A éstos procuró atraérselos pintándoles el lance +desde otro punto de vista, asegurando que tenía motivos secretos para +saberlo. El viaje había sido un verdadero rapto frustrado. La muchacha +se sacrificaba. Hacía ya tiempo que él, D. Narciso, tenía sospechas de +lo que iba a pasar. El excusador había concebido una pasión sacrílega. +La escapatoria estaba concertada desde hacía tres meses, etc., etc. Les +llenó la cabeza de viento. La posición que ocupaba como párroco, de +hecho si no de derecho, facilitó mucho esta atracción. Quedó convenido +entre la mayoría, casi la totalidad de los capellanes de la villa, que +el excusador era un chicuelo sin peso ni formalidad, que había +desprestigiado a la clase sacerdotal y que Dios sabe dónde pararía si el +prelado no tomaba cartas en el asunto.</p> + +<p>Desde entonces no perdonaron medio todos ellos de demostrarle su +desprecio. No hay nada que plazca tanto a la naturaleza humana como +despreciar. Empezaron a saludarle fríamente,<a name="page_361" id="page_361"></a> luego a volver la cabeza, +después a no contestarle. Cuando entraba en la sacristía, si había allí +otros sacerdotes, notaba que se apartaban de él y formaban grupo aparte. +Si iba a revestirse para decir misa, se encontraba la mayor parte de los +días con el armario de las vestiduras cerrado: había que esperar a que +D. Narciso llegase para pedirle la llave. Se prescindía de él en las +funciones cuando era posible: no le convidaban a los <i>gaudeamus</i> que +celebraban. Finalmente, le vejaban de todas las formas y maneras que se +les ofrecía. Y no dejaban de ser bastantes.</p> + +<p>El P. Gil quedó más sorprendido que enojado de aquel desprecio. Viendo +que sus compañeros prescindían de él, prescindió de ellos sin gran +pesar. Sólo hablaba con el P. Norberto y con D. Miguel. El viejo +párroco, a quien se había privado de la jefatura de hecho, mantenía, no +obstante, con tesón su derecho, inventaba mil trazas de demostrarlo al +vecindario. Entre él y D. Narciso había una enemiga profunda, feroz. +Pero éste le tenía miedo. El antiguo cabecilla de las huestes carlistas +era capaz, si se le irritaba un poco, de apalearle en la misma iglesia. +Don Miguel triunfaba por el terror. El P. Narciso afectaba despreciarle, +pero siempre a sus espaldas. Delante le trataba con extremada +consideración, y sufría con paciencia las rociadas que de vez en cuando +le soltaba. Y cuando se le ocurría<a name="page_362" id="page_362"></a> al coadjutor, predicando a los +feligreses en el ofertorio de la misa, decir: «Nosotros los párrocos +tenemos el deber, etc.,» D. Miguel, desde su rincón donde oía la misa, +profería en voz bastante alta para que le oyeran los que estaban a su +alrededor: «¡Párroco yo! ¡párroco yo!»</p> + +<p>Saliendo un día juntos de la iglesia, el P. Gil, que acababa de recibir +un fuerte desaire de sus compañeros, se lo dijo, sin lamentarse, como si +le diera cualquiera noticia.</p> + +<p>—No hagas caso de ellos—le replicó el viejo caudillo, poniéndole la +mano rugosa y seca como un haz de sarmientos sobre el hombro.—Son todos +unos maricas. Viven pegados a las enaguas de las beatas, como los +gatos... Mira: yo, cuando salgo de decir misa, como ahora, y llego a +casa, nunca dejo de soltarles media docena de... Pero tú, si estás +agraviado, puedes llegar sin inconveniente a la docena.</p> + +<p>Una carcajada brutal, semejante a un rugido, sacudió su pecho vigoroso +al pronunciar estas palabras. Sus ojos brillaron con franca, cordial +alegría. El excusador se puso rojo como una cereza y guardó silencio. No +volvió a tener más confidencias con él sobre este punto.</p> + +<p>Su vida interior le causaba demasiados tormentos para pensar mucho +tiempo en estas futilidades. El escepticismo le minaba sordamente. El +mundo le parecía cada vez más incomprensible.<a name="page_363" id="page_363"></a> La idea constante de que +todo lo que le rodeaba era una pura apariencia, cuyo verdadero sentido +permanecería eternamente ignorado para el hombre, engendraba en su alma +una melancolía profunda, que se reflejaba bien en su frente pálida y en +la sonrisa triste e indiferente que plegaba sus labios. La experiencia +toda entera—decía Kant—no es más que el conocimiento del fenómeno, no +de la cosa en sí. Ésta se oculta y se ocultará eternamente a la razón +humana. Platón también lo había dicho antes. Las cosas de este mundo, +tales como nuestros sentidos las perciben, no tienen realidad alguna. +Mientras nos encerramos exclusivamente en la percepción sensible somos +como prisioneros sentados en una caverna oscura, encadenados tan +fuertemente que no pueden volver la cabeza. No ven nada. Sólo perciben +en la pared que tienen enfrente, a la luz del fuego que arde detrás, las +sombras de las cosas que pasan entre ellos y el fuego. Tampoco ellos +mismos se ven sino como sombras proyectadas en la pared. Nuestra +ciencia, pues, se reduce y se reducirá siempre a predecir, según la +experiencia, el orden en que se suceden las sombras.</p> + +<p>¡Triste resultado después de tantos esfuerzos! El Universo entero se le +aparecía como una sombra fugitiva que se desvanece con el sujeto que lo +contempla. Es la Maya—como dicen los Vedas,<a name="page_364" id="page_364"></a>—es el velo de la ilusión +el que, cubriendo los ojos de los mortales, les hace ver un mundo del +cual no puede decirse si existe o no existe, un mundo que semeja a un +sueño, a la radiación del sol sobre la arena, donde el viajero de lejos +cree percibir un lago. Habiendo perdido la fe, no sólo en su razón, sino +también en sus sentidos, la vida de nuestro clérigo se arrastraba +silenciosa, indiferente, en medio de un hastío infinito.</p> + +<p>Obdulia no le había visto en los quince días siguientes a su regreso. La +beata salía muy poco de casa por razones fáciles de comprender, y a la +iglesia procuraba ir a las horas en que no estuviese el excusador. Esto +último no precisamente por vergüenza, sino por el mismo sentimiento +amoroso que seguía agitando su corazón. Creía, y no le faltaba motivo, +que, supuestas las habladurías que corrían por el pueblo y la guerra de +todos los capellanes, principalmente de D. Narciso, cualquiera +aproximación a su confesor podía comprometerle. Así que se imponía este +sacrificio con la satisfacción del que padece por el ser adorado. Pero +llegó a ser un tormento superior a sus fuerzas. Su loca pasión, en vez +de calmarse, cada día se exaltaba más. No vivía más que con la imagen +del joven excusador. Hasta en sueños le veía. Y su fantasía desarreglada +le forjaba un sin fin de ilusiones.<a name="page_365" id="page_365"></a> Dábase a pensar que el P. Gil +correspondía a su amor, y para creerlo sacaba de quicio todas sus +palabras y acciones. Una vez que le había apretado la mano con más +fuerza, otra que le había sonreído desde lejos, otra que se había +ruborizado al encontrarla, etc., etc. Todo lo convertía en sustancia. +Luego el viaje a Palencia era objeto para ella de un minucioso y febril +examen. Su alegría en el coche cuando almorzaban, y ella le limpiaba el +pescado de espinas; la escena de la barca, en que le vio melancólico, a +punto de llorar al escucharla; la turbación que se apoderó de él en el +tren cuando le invitó a descalzarla; finalmente, aquel beso de amor en +los labios que le impresionó hasta hacerle perder el sentido, le +parecían a la luz de los recuerdos otros tantos signos indudables del +sentimiento que embargaba el pecho de su confesor. El pobrecillo era un +santo, y su amor luchaba con el deber. Esta lucha que creía adivinar le +hacía doblemente interesante a sus ojos, y exaltaba aún más, si posible +era, su desapoderada pasión.</p> + +<p>Al cabo nació en su mente la idea de verle otra vez. La idea se +convirtió al momento en propósito, y la inundó de alegría. La entrevista +debía ser secreta, que nadie en Peñascosa tuviese noticia de ella. Esto +satisfacía su deseo de no comprometerle, y al mismo tiempo la condición<a name="page_366" id="page_366"></a> +de su temperamento, inclinado siempre al misterio. Determinó que fuese +de noche: sorprender al excusador en su cuarto, gozar unos momentos de +afectuosa expansión y marcharse al instante. Señaló, por fin, el día. +Durante todo él estuvo nerviosa, agitada dulcemente, como la colegiala +que espera ver a su amante escalar de noche las rejas del balcón. Cuando +llegó la hora, dijo a su padre que le dolía la cabeza, para retirarse +temprano. Así que le oyó salir de casa, se echó con mano trémula un +mantón sobre los hombros, y acompañada de su doncella, que era su +encubridora perpetua, encaminose a casa del excusador. Las piernas le +flaqueaban de placer, el corazón le latía fuertemente.</p> + +<p>Lo raro del caso es que no se le pasaba por la imaginación que aquel +amor era sacrílego. No sentía remordimientos. Su cerebro desequilibrado +trastornaba todas las leyes divinas y sociales, las fundía de nuevo a su +capricho. Para ella, el amor del joven presbítero era un puro idealismo +conforme con el espíritu cristiano: hallaba en las historias de los +santos varios casos semejantes. Cuando soñaba con huir en su compañía al +fondo de un retiro dulce y ameno, siempre era bajo el supuesto de seguir +confesándose con él y subir al cielo juntos. Si la carne hablaba dentro +de su ser, o no la escuchaba, o fingía no escucharla, engañándose a sí +propia.<a name="page_367" id="page_367"></a></p> + +<p>Al llegar a la mansión del sacerdote, ordenó a su doncella que la +aguardase en el portal: no tardaría en bajar. Llamó toda temblorosa. +Salió Dª Josefa a abrir. Como desde su famoso viaje no la había visto, +se arrojó en sus brazos, la abrazó y la besó con afectada efusión. El +ama se mostró muy poco contenta: la recibió con frialdad glacial; hasta +se le conocía que luchaba consigo misma para no soltarle una rociada de +desvergüenzas y darle con la puerta en las narices. Sólo le contuvo la +idea de que su amo se había reconciliado con la beata, lo cual deploraba +en el fondo del alma, juzgándolo feo y peligroso.</p> + +<p>Obdulia fingió no advertir la frialdad de la buena señora.</p> + +<p>—¿Está en casa?—preguntó con el mismo semblante risueño.</p> + +<p>—Está... Voy a avisarle.</p> + +<p>—No hay necesidad. Me ha mandado venir a estas horas y me estará +aguardando.</p> + +<p>Seguidamente tomó la escalera y se dirigió al cuarto del P. Gil. Dª +Josefa la miró subir con aversión y desconfianza. Preguntar si estaba en +casa y luego decir que la aguardaba era una contradicción manifiesta. +Por esto y por la curiosidad natural la siguió a los pocos momentos.</p> + +<p>Bailándole de gozo el corazón, Obdulia se acercó a la puerta del +gabinete y miró por el agujero de la cerradura. El P. Gil estaba sentado +<a name="page_368" id="page_368"></a>a su mesa de escribir, leyendo a la luz de un quinqué. Una sonrisa de +afecto y entusiasmo contrajo los labios de la joven devota. Abrió de +golpe la puerta para darle una grata sorpresa y exclamó con alegría:</p> + +<p>—¡Padre, aquí me tiene usted!</p> + +<p>El sacerdote levantó los ojos sorprendido. La sonrisa de la beata se +heló repentinamente en su rostro. En vez del gozo que esperaba, vio +cruzar por ellos un relámpago de ira al cual sucedió instantáneamente +una expresión de absoluta indiferencia, la misma expresión de cansancio +y hastío que hacía tiempo reflejaba su semblante. Alzose con lentitud de +la silla, sin contestar a la exclamación de su penitenta, y avanzó hasta +ella en silencio. La beata, clavándole una angustiosa mirada de terror, +retrocedió un paso. El sacerdote llegó a cogerla por un brazo, y suave, +pero firmemente, la llevó en silencio hasta la puerta, la puso fuera del +gabinete y cerró de nuevo.</p> + +<p>Obdulia tropezó con un bulto. Era Dª Josefa, que le soltó una carcajada +en la cara.</p> + +<p>—¡Parece que no la reciben a usted bajo palio, señorita!</p> + +<p>No contestó. Pálida, con el corazón fuertemente contraído y en un estado +de desfallecimiento que le hacía tambalearse, bajó la escalera sin darse +cuenta. Dª Josefa, cortando el flujo de la risa, la persiguió hasta la +puerta de la calle<a name="page_369" id="page_369"></a> gritándole con acento iracundo, esforzándose en +bajar la voz para que no le oyera su amo:</p> + +<p>—Bien empleado le está, holgazana, gallarina... ¡Vergüenza había de +darle!... ¡Engañar a mi pobre señor y llevarle como un dominguillo de la +ceca a la meca!... ¡Mire usted la monjita!... ¿Es ésa su religión? ¿Es +ésa su delicadeza?... Si quiere hombres, vaya a casa de María Ramona con +mil pares de demonios y no pretenda a los sacerdotes... ¡Fuera de +aquí!... Métase en su casa y tenga honradez y tenga vergüenza, y no ande +como una perra salida a todas horas por esas calles... Si fuera a +llevarme del genio, le levantaba las sayas ahora mismo y le daba en el +tras con la zapatilla hasta que me cansara... ¡Pícara! ¡Mala cabra!</p> + +<p>Salió a la calle aturdida, quebrantada. Tuvo que arrimarse a la pared de +la casa para no caer. Los horrores y monstruosidades que le había +vomitado el ama del excusador seguían sonándole como martillazos en los +oídos. Hubo un instante en que creyó perder el sentido; pero del fondo +de su ser salió un grito rabioso, un grito de venganza que le mandó +tenerse firme. Y cumplió la orden, haciendo un gran esfuerzo sobre sí +misma. Descansó unos momentos contra la pared, pasose la mano por la +frente y se encaminó con paso rápido hacia su casa, seguida de la +doncella, que no había podido obtener respuesta a ninguna de sus +preguntas.<a name="page_370" id="page_370"></a></p> + +<p>Aunque se sentía muy mal, se empeñó en esperar a su padre. Cuando llegó +éste a las once, le siguió hasta su cuarto y, después de cerrar la +puerta, le dijo de repente:</p> + +<p>—Papá, no te he dicho la verdad... Cuando me hallasteis con el +excusador acababa de arrojarse sobre mí, estando en la cama. Me resistí, +luchamos, y al fin quedé desmayada en sus brazos.</p> + +<p>El jorobado dio un grito de rabia.</p> + +<p>—¡Ah puerco! ¡Bien lo presumía yo!</p> + +<p>Y se puso a dar vueltas como un tigre por la estancia, vomitando +injurias y blasfemias. Al cabo de un rato se detuvo delante de su hija, +y le preguntó, más con la vista que con las palabras, algo.</p> + +<p>La joven bajó la cabeza ruborizada e hizo un signo negativo.</p> + +<p>—Bien... De todos modos, has perdido la honra en la población. Es +menester que ese infame no se ría de ti... ¿Estamos?</p> + +<p>—En eso estoy—repuso ella con firmeza,—y para eso te lo he confesado.</p> + +<p>Osuna le clavó una mirada de sorpresa y curiosidad.</p> + +<p>—Vamos—dijo al cabo con sonrisa sarcástica,—ha habido rompimiento.</p> + +<p>—Poco importa que haya uno u otro—respondió con acento desabrido.—Lo +que me interesa<a name="page_371" id="page_371"></a> en este momento es que no pague yo sola la culpa que es +de los dos... de él principalmente.</p> + +<p>Asintió el jorobado con toda su alma, porque aún más que la desgracia de +su hija, le preocupaba el vengarse del excusador. Y comenzaron a +cuchichear largamente sobre los medios de llevarlo a cabo. Habían dado +ya las cuatro de la madrugada cuando Obdulia salió del cuarto de su +padre.</p> + +<p>Se metió en la cama con fiebre. No pudo conciliar el sueño. La escena en +que acababa de hacer un papel tan triste se le presentaba a la +imaginación cada vez con más relieve. Por más esfuerzos que hacía, no le +era posible borrarla ni por un momento siquiera. Su amor propio gemía +como si le estuvieran atenaceando.</p> + +<p>En cuanto se levantó llamó a su padre, y se fueron ambos, como habían +convenido, a ver al P. Narciso. Fue idea de ella. Comprendió que la +persona que en Peñascosa podía ayudarles más en la empresa era el +coadjutor, y a él se dirigió. Éste se mostró sorprendido de su +resolución, y aun quiso, hipócritamente, disuadirles; pero el gozo le +rebosaba de tal modo por los poros, que una palabra un poco agria de +Obdulia bastó para ponerle suave como un guante.</p> + +<p>Osuna apuntó la idea de acudir al obispo. Don Narciso se opuso +terminantemente a ello. El<a name="page_372" id="page_372"></a> delito era común, y a los tribunales +ordinarios debía acudir. Cuando éstos hubieran cumplido con su +ministerio, entonces era el caso de pedir a la Iglesia el castigo del +culpable. El taimado clérigo sabía muy bien que los tribunales +eclesiásticos procuran encubrir los delitos de los sacerdotes para +evitar el escándalo, cuyas consecuencias son peores. Se hace como que no +se cree en ellos, para no verse en la precisión de imponer una pena que +excite la atención demasiado. Determinaron, pues, acudir en queja al +juez de primera instancia. Al día siguiente fue Obdulia a Lancia a +consultar el caso con uno de los abogados más notables. Le encargó la +dirección del negocio, dejó nombrado procurador e hizo con el mayor +sigilo todas las gestiones conducentes a su propósito, sin olvidar el +procurarse algunas cartas de los personajes más influyentes de la +provincia para el juez de Peñascosa.</p> + +<p>Mientras estas nubes temerosas se amontonaban sobre su cabeza, el +inocente excusador paseaba desde casa a la iglesia y desde la iglesia a +casa, su frente pálida, su figura melancólica y resignada. Los ojos, +ordinariamente fijos en el suelo, sólo dirigían de vez en cuando miradas +tímidas a la gente, como si temiera que por ellos descubrieran el cáncer +que roía su corazón. No leía más que libros de entretenimiento; no +meditaba. Fatigado de tropezar con el mismo muro<a name="page_373" id="page_373"></a> infranqueable, huía +con terror de lanzar su pensamiento por las esferas de la metafísica.</p> + +<p>Llegó un momento, sin embargo, en que lo hizo sin darse cuenta de ello. +Era una noche plácida de Mayo. Hacía poco más de un mes del famoso viaje +a Palencia. Había leído un rato cierta historia de Grecia de la +biblioteca de Montesinos, que a su muerte se había deshecho. Sentía +calor y cansancio. Apagó el quinqué, abrió las puertas del corredor y +trasladó a él la butaca, sentándose a respirar el aire del mar. Por +algunos minutos fijó la vista con atención en la bóveda celeste cuajada +de estrellas, y se esforzó en reconocer algunas constelaciones. Después +contempló, con el asombro que siempre produce, la vía láctea, que +aquella noche se señalaba admirablemente. Aquella faja blanca donde se +veían los astros como polvo finísimo le causaba siempre un estupor +profundo. Cada grano de ese polvo es un cuerpo millares de veces mayor +que la Tierra, el cual hace girar a su alrededor otros planetas que +nosotros no podemos percibir.</p> + +<p>—Y sin embargo—se dijo al cabo de un momento, saliendo de su estupor +con un suspiro,—todas esas grandezas ya no me espantan, porque no +tienen realidad. La existencia de esos astros está pendiente del hilo de +mi razón. Yo llevo en mí la forma eterna de esos objetos, como de todos +los demás. No son otra cosa a mis ojos que un<a name="page_374" id="page_374"></a> espejo donde se refleja +mi ser interior. Por medio del mecanismo de mi cerebro, de mi facultad +de conocer, se representa la comedia fantástica que se llama mundo +externo. Ese tiempo infinito al través del cual existe la materia +revistiendo formas infinitas; ese espacio infinito también que llenáis, +esferas luminosas, no existen más que en mi representación; son las +formas que yo llevo aparejadas en mi cerebro para que <i>seáis</i>, o lo que +es igual, para que estéis representadas en mí...</p> + +<p>Pero ¿qué es lo que hay detrás de ese fenómeno, única cosa que puedo +percibir? ¿Cuál es el ser íntimo y verdadero del Universo? Esos mundos +infinitos, ¿son por ventura algo fuera de mi representación? Sí. El +idealismo absoluto es un absurdo, porque yo soy objeto de representación +para los demás, y sin embargo, tengo la absoluta certeza de que existo +fuera de esa representación. Eso mismo pasará a los otros hombres. ¿Qué +soy yo mismo separado de esta forma corporal en que me veo, fuera del +tiempo y el espacio que llevo en el cerebro? ¿Cuál es mi propia esencia +y la esencia del Universo?...</p> + +<p>No lo sé. No lo sabré jamás. Los esfuerzos de la filosofía se han +estrellado contra este misterio impenetrable. Nadie ha descifrado hasta +ahora el gran enigma de la existencia. Algunos seres privilegiados han +intentado descorrer el velo y nos han ofrecido, cada cual según su +fantasía,<a name="page_375" id="page_375"></a> sistemas risueños o lúgubres, austeros o frívolos, de lo que +constituye el fondo de la vida. Pero estos sistemas no tienen ningún +valor científico; no son más que hipótesis. El paso de la representación +al <i>ser</i> es un salto mortal en que han perecido los filósofos más +sagaces y los genios más sublimes de la humanidad. Kant, el coloso, que +ha batido las cataratas de mi inteligencia, atribuye al imperativo de la +conciencia moral un valor absoluto fuera del tiempo y el espacio. +Partiendo de él, cree penetrar con planta segura en los misterios de la +esencia infinita. ¡Ilusión! Este imperativo es un fantasma. Los +filósofos materialistas han metido en él el escalpelo de su crítica y se +ha visto que está hueco. Schopenhauer, el sutil pensador que hoy +arrastra a la juventud, fuera del mundo fenomenal coloca la Voluntad, +que es en su opinión la cosa en sí. ¿Por qué? Con la misma razón que él +la llama <i>voluntad</i>, la han llamado los escolásticos <i>ens realissimum</i>, +y sus predecesores en Alemania <i>absoluto</i>. Por mucho que se esfuerce en +ocultarla, su teoría está fundada como las demás en una pura hipótesis, +y las hipótesis no tienen valor en la ciencia; sólo se sostienen en la +fe...</p> + +<p>Al formularse esta palabra en su cerebro, el corazón le dio un vuelco +sin saber por qué. Sintió vagamente que había chocado con algo<a name="page_376" id="page_376"></a> donde +asirse y quedó sumido nuevamente en profunda meditación.</p> + +<p>—No hay que dudarlo. Lo que la ciencia puede darme son las relaciones +de las cosas bajo el imperio del tiempo y el espacio. Jamás me dirá su +esencia. Para que sepa algo de ella, menester es que se trasforme mi +facultad de conocer... ¿Y por qué no he de dejar que se trasforme? ¿Por +qué no he de prescindir por un momento de mi razón y no he de prestar +asenso a los presentimientos de mi alma, a la voz interior que me +explica de un modo claro la esencia divina del Universo? La razón no me +dice por qué es hermosa la puesta del sol en el mar. ¡Y sin embargo es +hermosa! La razón no me dice por qué San Juan de Dios es sublime +abrazándose a los leprosos. ¡Y sin embargo es sublime!...</p> + +<p>¡Ah, sí! Por encima de este vulgar conocimiento que me esclaviza a la +materia hay otro que me emancipa. Los ojos del cuerpo no penetran en la +intimidad profunda de los seres; pero la fe no necesita de ojos: la +pintan vendada. No sólo poseo una razón que me explica la apariencia de +las cosas: existe también en mi espíritu una revelación constante que +las ilumina por dentro... ¿Por qué he de prescindir de esta revelación? +¿Por qué he de cerrar los oídos a los suspiros de mi alma? Esta +revelación es el tesoro más precioso con que he sido dotado. Quiero +gozar<a name="page_377" id="page_377"></a> de él; quiero recobrar la libertad y responder al llamamiento de +lo que hay en mí de divino. Esta revelación me dice que soy un +extranjero en este mundo, sometido a la necesidad, y que puedo romper +los lazos que me unen a él. Me manda sacudir el yugo del tiempo y +distinguir lo que hay en mi ser de temporal y lo que hay de eterno... Si +llevo en mi cerebro las formas eternas de los objetos, es que soy +superior y tengo una existencia independiente de ellas. Esta existencia +es lo único que hay en mí de real; lo demás es pura apariencia, y como +ha nacido debe morir... Quiero vivir esta vida inmortal y libre; quiero +conocer directamente la verdad eterna que se oculta detrás de este +Universo. «La hora vendrá—dice Jesús—en que los muertos oirán la voz +del Hijo de Dios, y aquellos que la oirán vivirán.» La hora ha llegado +para mí... ¡Oh sí, Dios eterno, al través del tiempo y el espacio y de +todas las formas efímeras de la existencia te veo inmutable, infinito, +única fuente de verdad y de vida, única luz en las tinieblas que +envuelven nuestra vida temporal; te veo, te reconozco y te adoro!...</p> + +<p>Un sacudimiento semejante al que produce una corriente eléctrica le hizo +ponerse en pie vivamente. El corazón le latía con tal fuerza que se +llevó las manos al pecho. Una emoción grande, intensa subía de él hasta +la garganta y se la<a name="page_378" id="page_378"></a> apretaba. Sentíase inundado de una extraña alegría. +Comenzó a pasear por el corredor, presa de un desasosiego tan dulce que +le hacía daño. Le parecía que su ser trasmigraba súbito al de un ángel, +que en su espíritu se cumplía un misterio inefable y augusto. Le +acometían impulsos de reír y llorar al mismo tiempo. Se hallaba en la +situación de un desterrado a quien restituyen de repente al seno de su +patria y su familia. Necesitaba hacer esfuerzos sobre sí mismo para no +brincar, para no gritar y reír como un oxigenado.</p> + +<p>De tal modo estaba abstraído, que no oyó el ruido de la puerta de su +gabinete al abrirse, ni tampoco los pasos de una persona que avanzaba +por él hasta llegar al mismo corredor.</p> + +<p>—Buenas noches, señor excusador—dijo una voz conocida.</p> + +<p>—¿Quién va?... ¡Ah!... ¿Es usted, señor juez? ¿Cómo no han encendido +una luz?</p> + +<p>—No hace falta. La noche está hermosa. Indudablemente, este corredor es +una gran cosa.</p> + +<p>Se dieron la mano, y el juez de primera instancia, que era hombre de +unos cuarenta años, de fisonomía abierta y simpática, se arrimó a la +barandilla del corredor y puso las manos sobre ella.</p> + +<p>—Se extrañará usted—dijo con afectada indiferencia—de verme por aquí +a estas horas... ¡Phs!... Hay en el juzgado una denuncia... Nada...<a name="page_379" id="page_379"></a> +Supongo que será nada entre dos platos. Pero como ya sabe usted que +todas estas cosas de justicia se llevan con tanta formalidad... Luego en +la audiencia no dejan pasar una rata; todo ha de ser a punta de lanza... +En fin, me veo en la necesidad de detener a usted... Supongo que será +por muy poco tiempo... una pura formalidad; pero hay que cumplirla... No +he querido mandar al alguacil ¿sabe usted? por no asustarle, porque la +cosa no merece la pena. He venido yo en persona para tranquilizarle... +No se apure usted, pues, que la detención no tiene importancia, y +véngase conmigo. De este modo y a esta hora nadie se enterará.</p> + +<p>—¿Una denuncia?... ¿De qué me acusan?</p> + +<p>—Al parecer es el asunto de la escapatoria de la chica de Osuna... No +se asuste usted.</p> + +<p>—No me asusto, señor juez. Estoy dispuesto a seguirle al instante... Si +usted me permite, encenderé el quinqué para quitarme las zapatillas y +ponerme los zapatos...</p> + +<p>—Todo lo que usted quiera, señor excusador—se apresuró a decir.—Puede +usted tomarse el tiempo que guste y mandar a la cárcel cuantos efectos +tenga por conveniente.</p> + +<p>El sacerdote sacó un fósforo y se dispuso a encender el quinqué. El juez +quedó estupefacto. En vez del rostro pálido y descompuesto que pensaba +hallar, pudo observar la fisonomía más<a name="page_380" id="page_380"></a> plácida y feliz que jamás había +visto en su vida. En la mirada que el excusador le dirigió, después de +encender, brillaba una alegría tan pura como si hubiese venido a +noticiarle que le habían hecho obispo. El juez dio un paso atrás y le +clavó los ojos con desconfianza. Pero se aseguró en seguida viendo el +perfecto sosiego con que hacía todos los preparativos. Empaquetó alguna +ropa en una maleta, se puso los zapatos, la sotana y el sombrero y dijo +sonriendo:</p> + +<p>—Ya estoy. Los curas no tardamos mucho en arreglarnos, ¿verdad?... A Dª +Josefa no le diré nada para evitar una escena triste, ¿no le parece a +usted? Le escribiré desde la cárcel, pidiéndole la ropa.</p> + +<p>Aprobó el juez cuanto decía, y ambos tomaron la escalera y salieron a la +calle como dos amigos. Durante el trayecto, el joven presbítero dio +señales de una verbosidad y alegría que hacía tiempo no se observaban en +él. Entraron en la cárcel, eligió el juez la habitación menos mala y, +después de dejarle instalado, se despidió con creciente sorpresa al ver +que se quedaba allí tan sereno y risueño como en su casa.</p> + +<p>Salió vivamente impresionado de la cárcel. Mientras caminaba por la +calle del Cuadrante arriba, su imaginación daba vueltas buscando una +explicación a aquella conducta extraordinaria.<a name="page_381" id="page_381"></a></p> + +<p>El señor juez de primera instancia estaba lejos de sospechar que, al +ingresar en la cárcel, el excusador de Peñascosa acababa de salir de los +calabozos del escepticismo.<a name="page_383" id="page_383"></a><a name="page_382" id="page_382"></a></p> + +<h3><a name="XIV" id="XIV"></a>XIV</h3> + +<p>¡Guarden ceremonia, señores!</p> + +<p>La voz del hujier, imperativa, estridente, no lograba calmar la risa y +los murmullos de los concurrentes. Porque aunque el presidente de la +sala había resuelto que el juicio se celebrase a puertas cerradas, +atento a la índole delicada del delito y a las personas que habían +intervenido en él, fueron tantos los abogados que reclamaron su derecho +a presenciarlo y tantos los permisos concedidos, que se formó pronto una +asamblea numerosa y más inquieta de lo que debía esperarse.</p> + +<p>La sala de lo criminal de la audiencia de Lancia era una pieza +rectangular, grande, oscura, polvorienta. Allá en el fondo, debajo de un +dosel de damasco marchito, estaban sentados en<a name="page_384" id="page_384"></a> sendos sillones de +terciopelo los tres magistrados que componían el tribunal. A un lado, el +acusador privado, con una mesa delante. Enfrente el defensor. El relator +en pie, frente al tribunal. Detrás el acusado en su banquillo.</p> + +<p>El testigo que deponía en aquel instante era el cochero que había +conducido al P. Gil y su penitenta desde Peñascosa a la estación de la +Reguera. Lo presentaba la acusación. Era hombre viejo ya, con la faz +extremadamente roja, iluminada por el alcohol tanto como por la +intemperie. Vestía un chaquetón del grueso de una albarda, y hacía rodar +su gorra de pana entre los dedos con manifiesto embarazo mientras +declaraba. La voz era bronca, como conviene a todo mayoral que se estime +en algo; el estilo pintoresco, abusando un poco de los tropos.</p> + +<p>—Pus a mí me dijo el amo: Lico, hay que dir a Peñascosa a por unos +señores. No pases de la venta de Marica, y duérmete allí. Llévate paja +pa el ganao, porque allí no la hay. (En esto el amo no habló bien, +porque en casa Marica hay paja... sólo que no se la da a los +cualisquiera, entendámonos.) Llévate al Tizón y al Sencillo: son quién +pa traerlos con la carretela.—Sigún y conforme, dije yo. El Tizón es un +perro. Como le dé la serenita por no andar, ya le puede usted alumbrar +candela, que ¡ni pa Dios!</p> + +<p>—Déjese usted de tizones y candelas, y diga<a name="page_385" id="page_385"></a> lo que sepa del +asunto—interrumpió el presidente con voz irritada.</p> + +<p>Este presidente era un viejo terco, colérico, impertinente, que dirigía +las sesiones del juicio oral como una escuela de párvulos. Ofendía a +reos y a testigos, sin respetar mucho más a los abogados. Mostraba sus +simpatías o antipatías con una franqueza que aterraba. Sin embargo, no +era un perverso ni procedía de mala fe. Todo dependía de su temperamento +excesivamente nervioso y de la edad, que le obligaba a chochear.</p> + +<p>—Bien tá eso, señor, y voy al caso. A la una, menuto más o menos, llegó +este señor cura (apuntando para el acusado) a montar en la mesma +cochera. Llegaríamos a casa de Marica a eso de las seis. Allí nos dejó +el señor y nos dijo que volvería al día siguiente con otra presona pa +volvernos a Lancia. Por la noche vino un chico a traerme dos maletas, y +al otro día bien temprano dio allí el señor cura con una chavalita que +venía toa tapá. Nos mandó enganchar y, mientras, la chavalita se subió a +la casa.</p> + +<p>—¿Y no observó usted—preguntó el presidente—si el sacerdote la +acompañó arriba?</p> + +<p>—Yo no le vi subir. Si estuvo arriba, fue poco tiempo.</p> + +<p>—¿No notaron usted y el zagal nada de particular en la manera de +portarse y hablar entre sí el sacerdote y la joven?<a name="page_386" id="page_386"></a></p> + +<p>—Yo no estaba en el toque de los particulares, señor, porque andaba de +aquí para allá detrás del ganao, ni el zagal tampoco... Pero un pensar +naide se lo quita a uno. Cuando vi llegar por la carretera al señor +cura, que es bien parecido de suyo, con la chavala, dije: Éstos lo mesmo +pueen venir de rezar vísperas que de tocar a maitines... Dempués +enganché, y dempués me entré en la taberna a limpiar el pasapán. No +estaba allí más que Marica.—¿Sabes, Marica, le dije, que me pesa llevar +al curita y a la chavala en la carretela?—¿Por qué te pesa?—Porque +sí... porque el hombre no está hecho tovía a estos oficios, ¿entiendes +tú?—¡Ave María, qué burro eres, Lico! ¡Quita allá! ¿No te da +vergüenza?—Mia, Marica, tú no has corrío el mundo como yo. Yo he dido +por León, por Palencia, por Salamanca y hasta por tierra de +Extremadura... Los curas son, hablando con perdón, hombres como todos +los demás, y hay casos en que la mujer no arrepara ni en curas ni en +frailes, ni en el verbo devino...</p> + +<p>Estas palabras fueron las que promovieron la algazara dicha. Ni los +hujieres con sus voces, ni el presidente con la campanilla pudieron +apaciguarla en algún tiempo. Por último, aquél logró hacerse oír. +Amenazó con hacer desalojar el local inmediatamente, y esto bastó para +restablecer el silencio. Después se revolvió contra el testigo.<a name="page_387" id="page_387"></a></p> + +<p>—Advierto al testigo que si <i>ha dido</i> por todos esos sitios que dice, +ahora no va por buen camino. Absténgase de frases groseras y declare +sencillamente la verdad.</p> + +<p>Después del cochero declaró el zagal. No tuvo importancia su +declaración. Salieron luego sucesivamente algunas beatas de Peñascosa +que declararon en términos vagos que habían observado cierta intimidad +desusada entre Obdulia y su confesor, aunque nunca habían pensado mal de +ella. También depuso el P. Narciso. Fue una declaración modelo de +hipocresía y maldad. Haciendo elogios hiperbólicos de la virtud y el +talento de su compañero, supo, no obstante, clavarle el estilete hasta +la empuñadura. Sus reticencias insidiosas, el acento protector y triste +con que disculpó las faltas de los sacerdotes, y las últimas palabras +dirigidas a excitar la benevolencia del tribunal, causaron profunda +impresión en el auditorio. Parecía justificar a su compañero; pero al +través de su acento y de su mímica se leía bien claro que le condenaba.</p> + +<p>Todas las miradas se volvieron hacia el acusado. El P. Gil estaba como +hacía tres meses, cuando ingresó en la cárcel de Peñascosa. Con el +encierro su rostro había ganado aún en blancura. En vez del cansancio y +melancolía que en los últimos tiempos reflejaba, observábase ahora un +alegre sosiego, una firmeza que tenía desconcertados<a name="page_388" id="page_388"></a> a todos los +asistentes al juicio oral. Parecía que aquellos debates no iban con él, +que no estaban su honra y su libertad sobre el tapete. La opinión que +prevalecía en el concurso, y de la cual se había hecho eco ya la prensa +liberal de Lancia, era que aquel clérigo era un cínico, con poca o +ninguna vergüenza. No se necesitaba ser muy lince para ver que se había +captado la antipatía del tribunal, sobre todo del presidente, que la +había puesto ya de manifiesto en varias ocasiones. Como hacía siempre +que declaraba algún testigo, el acusado contemplaba ahora al P. Narciso +de hito en hito, con mirada firme y tranquila. El coadjutor habló con +los ojos puestos en el suelo, y todo el mundo aplaudió su modestia y la +moderación de sus palabras.</p> + +<p>Salió luego por la puerta de los testigos don Martín de las Casas. +Después de su nombre, edad, estado, profesión, etc., el presidente le +preguntó:</p> + +<p>—¿Ha estado usted procesado alguna vez?</p> + +<p>D. Martín, que se hallaba bastante turbado, porque era principalmente +hombre de acción, como ya sabemos, y no de derecho, respondió vacilando:</p> + +<p>—No recuerdo.</p> + +<p>—¡Hombre, no recuerda usted! Pues eso no suele olvidarse.</p> + +<p>La frase presidencial despertó gran alegría en<a name="page_389" id="page_389"></a> el concurso. El inválido +rechinó los dientes. Hubiera dado el otro hombro por poder asestar una +bofetada a aquel viejo. Éste, observando su irritación, le interrumpió +varias veces mientras declaraba, dirigiéndole con zumba algunas +preguntas, que siguieron regocijando al auditorio.</p> + +<p>El feroz cacique de Peñascosa almacenó en pocos momentos tanta cólera, +que se propuso nada menos que escupir en la cara al presidente y +desafiarle tan pronto como saliesen a la calle. Sin embargo, este varón +poderoso, digno de vivir en la edad de hierro, tropezó con él por la +tarde en el casino, y en vez de inferirle agravio, le quitó el sombrero +con mucha reverencia. Y es que no hay nada que desanime a los héroes +tanto como las cárceles celulares.</p> + +<p>Llamaron inmediatamente a D. Peregrín Casanova, el cual, al revés de lo +que le había sucedido a su amigo, entró majestuosamente en el salón, +resoplando y balanceándose como un vapor que atraca al muelle. En +sustancia, el ex-gobernador interino de Tarragona vino a decir que el +excusador de Peñascosa nunca había sido santo de su devoción. Los +caracteres retraídos, mansos, silenciosos, no le habían dado resultado. +A otros quizá se lo dieran, no lo discutía, pero él en su larga carrera +administrativa tuvo varios subordinados que estuvieron a punto de +comprometerle, y siempre habían sido caracteres<a name="page_390" id="page_390"></a> semejantes al del +acusado. Cuando corrió por Peñascosa la especie de que Obdulia se había +fugado con el excusador, él había dicho: «Imposible; estoy seguro de que +ese hombre la ha llevado engañada. Hace mucho tiempo que le observo, y +yo no necesito tanto. Me precio de tener buena nariz.» (<i>¿De qué no se +preciaba D. Peregrín?</i>) A pesar de que existían ciertas diferencias +entre él y Osuna, las dio al olvido inmediatamente, porque nunca había +sido rencoroso, y se ofreció a acompañarle en la persecución de la +pareja. La situación en que los habían encontrado en Palencia no era +para descrita. Baste saber que él, D. Peregrín, había enrojecido de +indignación. Sin embargo, a ruego del abogado acusador la describió. +Después quiso entrar en consideraciones filosóficas sobre la magnitud +del delito y sobre la conveniencia para la sociedad de que los +tribunales castiguen con mano firme en estos casos, pero le atajó el +presidente. El tono pedantesco, la voz nasal y recia y la acción de +dómine con que emitía su declaración habían impresionado de mal modo al +auditorio, pero peor que a todos al presidente, que le miraba con ojos +torvos desde que había comenzado. Cuando ya tuvo lleno el saco de la +paciencia, que no llevaba mucha, dijo con su voz áspera de vejete +irritable:</p> + +<p>—¿Acaso quiere usted darnos un curso de derecho<a name="page_391" id="page_391"></a> penal? Déjese de +filosofías y manifieste los hechos como Dios le dé a entender... que se +lo da bien mal por cierto.</p> + +<p>—Señor presidente, creo que estoy en mi perfecto derecho...</p> + +<p>—Aquí no tiene usted derecho ninguno, ni perfecto ni imperfecto...</p> + +<p>—Señor presidente, yo...</p> + +<p>—Basta. Retírese usted.</p> + +<p>—¡Señor presidente!...</p> + +<p>—Que se retire usted inmediatamente, o será expulsado por los hujieres.</p> + +<p>Rojo de confusión, trémulo y aturdido, a punto de llorar, el hombre que +rigió los destinos de la provincia de Tarragona por más de dos semanas, +salió al fin de la estancia dando traspiés.</p> + +<p>—Señor presidente—manifestó el abogado acusador con entereza,—esa +orden debilita la prueba que propongo y me parece arbitraria...</p> + +<p>—¡Llamo al orden al letrado!—gritó furioso el presidente, agitando la +campanilla.</p> + +<p>—Señor presidente, yo entiendo que se vulneran los derechos de la +acusación...</p> + +<p>—¡Llamo por segunda vez al orden al letrado!—gritó más furioso aún el +presidente, levantándose a medias del asiento y golpeando la mesa con la +campanilla.</p> + +<p>—Pues formulo la correspondiente protesta.</p> + +<p>—Proteste usted cuanto quiera, pero absténgase<a name="page_392" id="page_392"></a> en lo sucesivo de +dirigir palabras irrespetuosas a la presidencia.</p> + +<p>El abogado acusador era un joven flaco, de barba negra, ojos pequeños +insolentes, y muy sobre sí en todos los ademanes. Figuraba como jefe de +los republicanos federales de Lancia y dirigía el periódico que éstos +publicaban. Su odio al clero era proverbial en la población. Había +tenido varios choques por este motivo, uno de ellos con el obispo: +estuvo procesado por injurias a la religión. Como es natural, cogía por +los pelos cualquier ocasión de vejar a sus ministros. Un proceso como el +presente, en que figuraba como reo un sacerdote, le llenaba de júbilo, +lo atendía con cuidados tan tiernos como si se tratase de la honra de +una hermana.</p> + +<p>Después de D. Peregrín, fue llamada el ama de la casa de huéspedes de +Palencia. Venía presentada por la defensa. Declaró que había observado +relaciones extrañas entre el sacerdote y la joven, pero que en nada +podían comprometer a aquél. Cuando llegaron, pidieron caballos para +marchar al día siguiente por la mañana a Astudillo. Le dijo la criada +que ya no se marchaban, porque la señorita estaba algo constipada y no +se había levantado. Pasó a verla y la encontró pálida, pero no +constipada. Le preguntó si había estado a verla su compañero de viaje el +sacerdote, y se apresuró a responderle que no, de un<a name="page_393" id="page_393"></a> modo tan vivo que +le llamó la atención. Después supo que había enviado un recado al +sacerdote diciéndole que almorzase solo y que pasase luego por su +habitación. Estuvo poco tiempo en ella. Le vio salir corriendo, agitado +y tembloroso y echarse a la calle. Estuvo por allá toda la tarde, y vino +muy de noche ya. Mientras tanto, la señorita había tenido dos ataques; +ella la había asistido, porque no quiso que se llamase al médico. El +sacerdote se encerró en su habitación. La señorita me mandó llamarle, +pero no quiso acudir hasta que le fui a decir que estaba con un ataque. +Después fue cuando la señorita me mandó que le hiciese un poco de tila, +y mientras yo estaba en la cocina subió su padre con los amigos. Cuando +llegué la encontré tendida en el suelo en paños menores. El papá trataba +de llevarla a la cama y yo le ayudé.</p> + +<p>—Dice usted—manifestó el acusador—que cuando le vio salir del +gabinete de la joven ofrecía señales evidentes de turbación. ¿No habrá +usted observado, por casualidad, si presentaba igualmente signos de +desarreglo en las ropas?</p> + +<p>Hubo un murmullo en el auditorio.</p> + +<p>—No, señor; no noté nada.</p> + +<p>Otras varias preguntas le hizo con la misma intención que ésta. Luego +fue repreguntada por la defensa.</p> + +<p>Salió inmediatamente, también presentada<a name="page_394" id="page_394"></a> por ésta, D.ª Josefa, el ama +del excusador. Se decía que esta señora tenía pruebas de la inocencia de +su amo, que iba a relatar cosas muy curiosas. Se esperaba su declaración +con ansiedad. Cuando le hubo tomado juramento y después de las preguntas +de reglamento, el presidente le dijo con el tonillo agrio que le era +característico:</p> + +<p>—Ahora va usted a decir lo que sepa, pero mucho cuidado con los +embrollos, porque la tengo a usted sobre ojo...</p> + +<p>El abogado defensor, que era un hombre corpulento con largas patillas +blancas, protestó contra esta advertencia. Preguntada por el presidente, +D.ª Josefa declaró que Obdulia hacía tiempo que perseguía a su amo y le +molestaba proponiéndole la escapatoria al convento. Que el excusador +había tratado en vano de disuadirla; sus esfuerzos habían sido vanos. +Estaba tan resuelta a marcharse, que se hubiera ido sola si él se negaba +a acompañarla. En vista de eso, su amo, aunque de malísima gana, había +cedido. La testigo misma se lo había aconsejado para que se librase de +una beata tan insufrible.</p> + +<p>—¿Y no es cierto—preguntó el defensor—que un mes, poco más o menos, +después del regreso de Palencia, la querellante se presentó una noche en +casa de mi defendido, y que fue arrojada por él de allí?<a name="page_395" id="page_395"></a></p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—Explique cómo ha sido.</p> + +<p>D.ª Josefa relató exactamente la escena ya conocida, sin omitir los +insultos que dirigió a la joven.</p> + +<p>—Como esta versión—dijo el defensor—no concuerda con lo manifestado +por la querellante en el sumario, de no haber hablado con mi defendido +desde su regreso de Palencia, pido un careo entre ambas.</p> + +<p>—Señor presidente—manifestó el abogado de Obdulia,—la acusación se +adhiere a esta petición de la defensa, pero solicita que este careo se +efectúe después que la querellante haya declarado.</p> + +<p>Así lo dispuso la presidencia. El acusador repreguntó a D.ª Josefa:</p> + +<p>—¿Es cierto que la testigo miraba con malos ojos a mi defendida, por +suponer que la sustraía una parte del cariño o la estimación de su +amo?...</p> + +<p>—¡No conteste usted a esa pregunta!—se apresuró a decir el presidente.</p> + +<p>—Está bien—expresó el defensor.—¿No es igualmente exacto que la +testigo detestaba a todas las hijas de confesión del procesado, +estableciendo con ellas una suerte de rivalidad?</p> + +<p>—No conteste usted tampoco. Esa pregunta es tan impertinente como la +otra.<a name="page_396" id="page_396"></a></p> + +<p>—Renuncio a seguir repreguntando—dijo el abogado con una sonrisa +maliciosa, que indicaba bien claramente que ya creía haber conseguido su +objeto.</p> + +<p>Faltaba la gran emoción de aquel juicio, el acontecimiento que desde que +se comenzara hacía unos días se esperaba por todos con verdadero anhelo; +faltaba, en suma, la declaración de la querellante, que estaba la última +en la lista. Cuando el presidente dio la orden de hacerla pasar, hubo un +prolongado rumor en el auditorio, al cual siguió silencio sepulcral. +Todos los ojos estaban vueltos hacia la puerta con expresión de intensa +curiosidad.</p> + +<p>Pareció, al fin, la hija de Osuna. Vestía con modestia y elegancia al +mismo tiempo. Su figura esbelta y distinguida y la hermosura ajada, pero +interesante, de su rostro causaron favorable impresión en los +circunstantes. Al pasar para ocupar su sitio, no se dignó arrojar una +mirada a su antiguo confesor. Estaba más pálida que de ordinario, más +ojerosa; pero en su mirada podía observarse una vehemencia y un brillo +inusitados.</p> + +<p>El presidente le hizo las preguntas de la ley, en tono respetuoso y +hasta galante. Respondió con notable claridad y precisión.</p> + +<p>—¿Es cierto—le preguntó el presidente—que ha sido usted objeto de una +agresión maliciosa y escandalosa por parte del procesado?<a name="page_397" id="page_397"></a></p> + +<p>—Sí, señor.</p> + +<p>—Relate usted lo ocurrido en la forma que usted crea más oportuna, sin +separarse de la verdad.</p> + +<p>—Muy poco tiempo después de llegar el padre Gil a Peñascosa y +desempeñar el cargo de excusador, empecé a confesarme con él. Le +encontré prudente, advertido y extraordinariamente piadoso. El respeto +que yo tenía a su talento y la admiración a sus virtudes eran tan +grandes que algunos maliciosos de la población pudieron muy bien +figurarse que existía una inclinación en mí hacia su persona. Yo no +puedo negar que le profesaba estimación y cariño. Durante el tiempo que +fue mi confesor, jamás noté en él más que una estimación espiritual a +veces, no siempre, porque ordinariamente se manifestaba severo y poco +comunicativo. Sólo en los últimos tiempos empecé a observar que se +detenía más tiempo que antes en las confesiones (<i>risas y murmullos en +el auditorio</i>); que procuraba prolongarlas entrando en conversaciones +que nada tenían que ver con ellas. No hice aprecio de esto, ni tampoco +de que alguna vez al despedirnos me retenía la mano entre las suyas +largo rato. (<i>Más risas. El presidente agita la campanilla.</i>) Lo +atribuía a la confianza que había logrado inspirarle, porque tenía, al +menos en la apariencia, un carácter tímido y retraído. Hace<a name="page_398" id="page_398"></a> ya lo menos +un año que le manifesté deseos de entrar en un convento, pero se opuso +tenazmente a ello. De vez en cuando volvía a la carga rogándole que me +ayudase a llevarlo a cabo. Siempre encontré la misma resistencia. Hasta +que repentinamente, pasados algunos meses, me dijo un día que encontraba +mi proyecto muy bueno y muy santo, y que estaba dispuesto a prestarme +los medios para realizarlo. Lo primero que se me ocurrió, como es +natural, fue solicitar el permiso de mi padre. El P. Gil se opuso a +ello. Me dijo que por entonces no era conveniente; más adelante ya +veríamos. Empezamos a tratar la cuestión de convento. Yo quería entrar +en las Agustinas de Lancia, pero él me dijo que conocía un convento de +Carmelitas en Astudillo que era el que me convenía. Era un convento que +no tenía más que diez o doce monjas, muy tranquilo, muy apartado, un +verdadero rinconcito del cielo, como él decía. (<i>Risas.</i>) Preparamos la +expedición. Se ofreció a acompañarme. Yo no cesaba de instarle para que +mi padre tuviese noticia del proyecto. No se oponía abiertamente a ello, +pero lo iba dilatando. Por fin, cuando llegó el momento de realizarlo, +me dijo que creía más prudente no darle parte. El pobre iba a tener un +disgusto muy grande. Acaso viendo la posibilidad de desbaratarlo se +opondría, mientras que sabiéndolo cuando ya estuviese hecho, no tendría<a name="page_399" id="page_399"></a> +más remedio que resignarse. En fin, me alegó una porción de razones que +concluyeron por convencerme...</p> + +<p>Aquí hizo una pausa la querellante; se llevó la mano a la frente, como +si le doliese traer a la memoria lo que iba a decir. Un gesto digno de +una actriz de primer orden.</p> + +<p>—Salimos un martes al amanecer. Lo había preparado todo perfectamente. +El día anterior había ido a Lancia y trajo una carretela que dejó en las +inmediaciones de Peñascosa. Durante el camino hablamos poco. Yo iba +inquieta y triste. No entramos en Lancia, sino que seguimos a la Reguera +para tomar allí el tren. Esperamos bastante tiempo y dimos un paseo por +la orilla del río. Nada me dijo entonces que pudiera hacerme concebir +sospechas. Sólo cuando estuvimos en el tren y quedamos solos, noté que +me miraba fijamente y de un modo particular. Yo me fui al opuesto +rincón. Traté de descansar y quise quitarme los zapatos porque me +lastimaban. Entonces él se brindó a sacármelos, y sin esperar +contestación se puso a hacerlo. (<i>Rumores y risas. El presidente amenaza +con despejar la sala.</i>) A mí, a la verdad, me dio aquello vergüenza y +quedé muy inquieta. Me pesaba ya muchísimo de haber ido con él. Procuré +disimular, sin embargo, porque empezaba a tener miedo. Llegamos a +Palencia y mandamos <a name="page_400" id="page_400"></a>a buscar caballos para ir al día siguiente a +Astudillo. Pero al día siguiente me sentí muy mal. La emoción del viaje +me había descompuesto los nervios. Me esperaban, por desgracia, otras +más fuertes. El padre entró a verme; se sentó a la cabecera de mi cama, +y después de algunos lugares comunes, empezó a hablarme de amor como un +galán cualquiera. Me hizo una declaración. Yo estaba aterrada y +escandalizada. Me dijo que sólo había ideado aquel viaje con el objeto +de marcharse conmigo, que podríamos ir al extranjero y vivir como marido +y mujer... una serie de cosas escandalosas que me dejaron yerta. Tuve +fuerzas, sin embargo, para responderle. Lo hice con tal energía, porque +estaba como loca, que le asusté. Le amenacé con gritar si no se marchaba +inmediatamente...</p> + +<p>Obedeció. Llegó el ama después a verme, y estuve por decirle lo que me +había pasado, pero me contuve. Sentía en el alma dar un escándalo y +perder a un sacerdote. Me pareció mejor disimular. Envié un recado al +padre para que almorzase solo y viniese después a verme. Mi objeto era +hacer que reflexionase un poco y rogarle que escribiese a papá o le +telegrafiase para que viniese a recogerme, con pretexto de que estaba +enferma y no podía entrar en el convento. Llegó después de almorzar; +pero en vez de presentarse arrepentido por lo que había<a name="page_401" id="page_401"></a> hecho, comenzó +otra vez a solicitarme de un modo más feo, más asqueroso que antes. +Entonces le hablé como debía, recordándole sus deberes y la confianza +que había depositado en él. No hizo caso. Viéndome perdida, porque +trataba de pasar de las palabras a las obras, cogí un Santo Cristo de +ébano que había sobre la mesa de noche y lo puse delante de mí, +diciendo: ¡Señor, protegedme!... Entonces él, como si viera el diablo, +se marchó corriendo...</p> + +<p>Después tuve dos ataques muy fuertes. Creí que me moría. Cuando pude +coordinar las ideas, era ya cerca de noche. El ama me dijo que había +salido de casa y no había vuelto. Encargué que le avisaran para hablarle +por última vez y resolverme o no a dar parte de lo que ocurría. No quiso +venir, temiendo sin duda mi indignación. Caí con otro ataque, y el ama +sin duda fue a buscarle, porque cuando abrí los ojos estaba él a mi +lado. Pedí al ama que me hiciese una taza de tila... En cuanto quedamos +solos, sin mediar palabra alguna se arrojó sobre mí, cubriéndome la cara +de besos, apretándome con tal fuerza que pensé morir... Aturdida y +horrorizada, lancé algunos gritos, pero él los sofocó poniéndome la mano +en la boca... Luché con desesperación, y Dios me dio fuerzas para +desprenderme de sus brazos y saltar de la cama... Pero apenas había +puesto los pies en el suelo, me encontré<a name="page_402" id="page_402"></a> otra vez sujeta y con la boca +tapada... Forcejeamos un rato, pero aquella lucha no podía durar mucho +tiempo... Al fin, perdí el sentido...</p> + +<p>Una emoción violenta corrió por la sala. Hubo un rumor prolongado. Todas +las miradas, fijas hasta entonces en la querellante, se dirigieron hacia +el acusado. El P. Gil había escuchado aquella infame declaración, +primero con sorpresa, después con una triste compasión, que los +circunstantes, impresionados por las palabras de la joven, no supieron +leer en sus ojos. Aquella actitud tranquila, aquella mirada persistente, +fija sobre su acusadora, siguió atribuyéndose a cinismo.</p> + +<p>Era difícil que sucediese de otro modo. Obdulia había mostrado, bajo el +latigazo de la ira, un talento diabólico. Su palabra y sus ademanes, un +poco exagerados, vibraban de indignación. Su mirada no se cruzó jamás +con la del sacerdote; pero supo bien dar a este miedo el aspecto de +desprecio.</p> + +<p>—Deseo que manifieste la querellante—preguntó el abogado +defensor—cómo es que, habiendo sucedido todo lo que acaba de declarar, +se confesó después única autora de aquella fuga y nada dijo hasta +trascurrido mucho tiempo de la violencia de que fue objeto.</p> + +<p>—No he dicho nada por vergüenza. Creo que cualquiera mujer haría lo +mismo en mi caso.<a name="page_403" id="page_403"></a> ¿Qué ganaba con revelar estas cosas tan sucias? Sólo +cuando vi mi honra por los suelos, sólo cuando llegó a mis oídos lo que +se decía en Peñascosa, me aventuré a confesarlo a mi padre. Por mandato +de éste me encuentro aquí, que de otro modo tampoco hubiera venido.</p> + +<p>A todas las preguntas que le hicieron, tanto el presidente como los +letrados, respondió con admirable serenidad y viveza. Ni un momento le +faltó su imaginación.</p> + +<p>El defensor del P. Gil propuso al fin el careo con D.ª Josefa. Entró +ésta de nuevo y clavó una mirada iracunda en Obdulia, la cual le pagó +con otra de afectado desprecio. A instancia de la presidencia relató de +nuevo la escena en que el P. Gil arrojó de casa a su penitenta. A las +pocas palabras ésta dio señales de agitación y se puso horriblemente +pálida.</p> + +<p>—¡Falso, falso!—gritó sin poder contenerse.</p> + +<p>—¿Es falso que entró usted en la habitación de mi amo diciendo: +«¡Padre, aquí me tiene usted!», y que mi amo, sin contestar palabra, se +levantó de la silla, la cogió a usted por un brazo y la puso de patitas +fuera del gabinete?</p> + +<p>—¡Mentira!... Esa mujer está loca... Por salvar a su amo inventa una +calumnia.</p> + +<p>—No estoy loca, no, ni calumnio a nadie... La que calumnia a un +sacerdote es usted, pícara, que tiene que dar cuenta a Dios de su +maldad...<a name="page_404" id="page_404"></a></p> + +<p>—Repórtese la testigo—dijo el presidente.—Repórtese también la +querellante, o me veré obligado a expulsarlas de la sala.</p> + +<p>Pero ni una ni otra hicieron caso de la amenaza. Obdulia siguió +gritando:</p> + +<p>—¡Falso! ¡Miente usted!</p> + +<p>—La que miente es usted, que quiere por orgullo perder a un +sacerdote... ¡a un santo!</p> + +<p>—¡Silencio!—gritaba el presidente golpeando con la campanilla.</p> + +<p>—¡Buen santo te dé Dios!—exclamaba la joven con sonrisa +sarcástica.—No calumnie usted a los demás por salvarle a él.</p> + +<p>—¡Basta! Expulsad del local a estas mujeres—profirió el presidente, +dirigiéndose a los hujieres.</p> + +<p>—¡La calumniadora eres tú!... ¡Tú, bribona! ¡Bribona!... ¿Porque te ha +despreciado le acusas, infame? ¿No temes que se abra la tierra y te +trague?...</p> + +<p>En aquel momento un hujier la cogió por un brazo y la empujó brutalmente +hacia la puerta. Pero D.ª Josefa, hasta que llegó a ella, siguió +gritando:</p> + +<p>—¡No hay justicia que azote a esa mala mujer, que la emplume!... +¡Bribona, que has andado siempre detrás de los curas, como una perra +salida!... ¡Meterla en un baño de agua fría para que se refresque!...<a name="page_405" id="page_405"></a></p> + +<p>Otro hujier fue a expulsar a la otra; pero en el momento de acercarse, +Obdulia se desplomó, acometida de un síncope. Su abogado y las personas +que estaban cerca acudieron a socorrerla. Se la trasladó al despacho del +secretario. Dos médicos del concurso fueron espontáneamente a visitarla.</p> + +<p>Terminada la prueba, y después de descansar unos minutos, el presidente +concedió la palabra al acusador privado.</p> + +<p>Su discurso fue, como se esperaba, elocuente y sañudo. Tenía la voz +velada a causa de una bronquitis crónica: cuando quería elevarla +resultaba chillona, estridente. La palabra era fluida, aunque abundaba +en los lugares comunes del periodismo. En Lancia nadie sabía hablar con +esta tersura. Pintó al P. Gil como un ser hipócrita, rastrero, +alimentando en secreto pasiones vergonzosas, ocultándolas con cuidado +por el temor de perder su posición. Estas pasiones son frecuentes en los +clérigos, en quienes un régimen de holganza y una vida muelle y +sedentaria las excitan...</p> + +<p>Como insistiera demasiado en esto, el presidente le llamó al orden.</p> + +<p>Describió el delito con una crudeza pintoresca a propósito para +impresionar al tribunal. Un plan odioso trazado de antemano y llevado a +cabo con firmeza y habilidad implacables. Abuso de confianza primero, +ataque al pudor después;<a name="page_406" id="page_406"></a> por último, una cobarde y sacrílega violación. +Las pruebas eran concluyentes. Con vigor y sutileza al mismo tiempo las +fue acumulando todas sobre la cabeza del presbítero para concluir con +este párrafo:</p> + +<p>—Y por si todos estos datos irrecusables no fuesen bastante a demostrar +palmariamente la premeditación del crimen, voy a aducir otro. Se dice, y +todos están conformes en ello, que el padre Gil llevaba a su hija de +confesión a un convento de Carmelitas en Astudillo. Pues bien, +excelentísimo señor... en Astudillo no hay convento de Carmelitas. +¿Quiere más el tribunal?</p> + +<p>El discurso fue corto y contundente. Al terminar se sintió un murmullo +aprobador, de mal agüero para el procesado.</p> + +<p>El defensor de éste era un abogado de experiencia e inteligente, pero +que carecía en absoluto de las dotes oratorias de su contrincante. Tenía +palabra abundante, pero era monótona, pesada, más a propósito para +dilucidar algún punto oscuro en un expediente civil que para arrastrar +el espíritu del tribunal y del público. Se entretuvo con suma prolijidad +a reconstituir el sumario buscando informalidades, llamando la atención +del tribunal acerca de pormenores, algunos de ellos insignificantes. +Nada de entrar, como debiera, en el carácter de la querellante, de hacer +resaltar el trastorno crónico de su sistema<a name="page_407" id="page_407"></a> nervioso, la violencia +sorprendente de sus sentimientos, lo mismo el amor que el odio, la +susceptibilidad enfermiza de su amor propio que parecía desprovisto de +piel y en carne viva siempre; nada de buscar, en fin, el origen, el +verdadero génesis de aquella acusación extraña.</p> + +<p>Habló cerca de hora y media. Al terminar, lo mismo el tribunal que el +público, estaban visiblemente fatigados. Rectificó brevemente el +acusador privado algunos errores de hecho. Sostúvolos el defensor, según +era su condición, larga y prolijamente. De tal modo, que el fastidio +engendrado por su primer discurso se multiplicó notablemente en el +segundo.</p> + +<p>Por último, el presidente hizo sonar la campanilla y, encarándose con el +acusado, dijo:</p> + +<p>—En vista de las pruebas que acaban de practicarse y de los informes de +los señores letrados, ¿tiene el procesado algo que manifestar al +tribunal?</p> + +<p>El P. Gil se levantó de su banco y paseó una mirada tan suave como vaga +por la sala. Parecía que le despertaban de un sueño. Tardó algunos +instantes en hablar. Reinó en el auditorio silencio profundo y ansioso. +A pesar de la atmósfera desfavorable que habían formado en torno suyo, +su figura delicada, poética, donde resplandecía la humildad, no podía +menos de causar impresión favorable.<a name="page_408" id="page_408"></a></p> + +<p>—Soy inocente del crimen que se me imputa. En las manos de Dios, en +quien he dejado hace tiempo todos mis pensamientos y cuidados, dejo +ahora también mi sentencia. Cúmplase su voluntad.</p> + +<p>Estas sencillas palabras, pronunciadas con lentitud, causaron una +conmoción eléctrica en el concurso. Por un instante se entrevió la +verdad como a la luz de un relámpago. Pero las tinieblas cayeron de +nuevo en la sala y se espesaron dentro de las más perspicuas +inteligencias. No faltó quien murmurase que los curas, por malvados que +fuesen, tenían siempre en los labios estas palabras. El presidente le +respondió con su acritud acostumbrada:</p> + +<p>—Bueno; más adelante le juzgará Dios. Por lo pronto van a juzgarle a +usted los hombres.<a name="page_409" id="page_409"></a></p> + +<h3><a name="XV" id="XV"></a>XV</h3> + +<p>El tribunal de los hombres le condenó a catorce años, ocho meses y un +día de reclusión.</p> + +<p>El oficial de sala de la Audiencia que fue a leerle la sentencia a la +cárcel se creyó en el deber de prodigarle consuelos. El caso no era +desesperado. El Tribunal Supremo podía aún casar la sentencia. Si esto +no sucediese, él era todavía joven y volvería seguramente del presidio, +sobre todo teniendo en cuenta las rebajas de tiempo que el gobierno +otorga de vez en cuando, etc., etc.</p> + +<p>—Gracias, gracias, señor—dijo el presbítero, cuya fisonomía expresaba +una calma profunda, una serenidad íntima que llamaba la atención.—Usted +me cree muy desgraciado, ¿verdad?<a name="page_410" id="page_410"></a></p> + +<p>—Mucho... Me inspira usted una gran compasión—respondió con cara +compungida el curial.</p> + +<p>—¿De modo que no se cambiaría usted por mí en este momento?</p> + +<p>El empleado hizo una mueca de susto.</p> + +<p>—Por desgracia... Ya comprenderá usted... ¡El caso es terrible!...</p> + +<p>El P. Gil permaneció un instante mirándole fijamente con una dulzura no +exenta de lástima, y dijo al fin, poniéndole una mano sobre el hombro:</p> + +<p>—Pues haría usted mal, señor, haría usted mal. Podía usted muy bien dar +su libertad, su honor, su posición y su familia por hallarse como yo... +y todavía saldría usted enormemente ganancioso.</p> + +<p>El curial le miró con estupor. Por sus ojos pasó después un relámpago de +inquietud, temiendo hallarse frente a un loco, y se apresuró a +despedirse y salir.</p> + +<p>Quedó solo el sacerdote. La celda en que se hallaba era lóbrega y sucia. +Un catre de hierro, una mesilla de pino, una cómoda tosca y algunas +sillas de paja componían todo el mobiliario. Por la única ventana +enrejada que la esclarecía, abierta a bastante altura, entraba en aquel +momento un haz de rayos de sol. El P. Gil, después de permanecer un +momento inmóvil en actitud<a name="page_411" id="page_411"></a> reflexiva, fue a colocarse debajo de +aquellos rayos. Su cabeza rubia, iluminada repentinamente, brilló con +reflejos de oro, su tez blanca adquirió una trasparencia singular. Su +cuerpo fino, delgado, vestido con negra sotana, parecía una columna de +ébano destinada a sostener aquella cabeza.</p> + +<p>Dejose anegar por la onda tibia, bebiendo lentamente su dulzura, +palpitando bajo su caricia como un pájaro prisionero. Alzó los ojos a la +ventana. Por entre las rejas percibió el azul del firmamento, +trasparente, infinito, convidando a volar por él.</p> + +<p>El cielo reía. Pero más alegremente que el cielo reía su alma, inundada +de gozo embriagador. En el fondo de su ser también brillaba el infinito +azul. Desde que la Gracia le había visitado vivía en perpetua fiesta. +Sus ojos, iluminados bruscamente, contemplaban el Universo en su +naturaleza ideal. Todos los velos tendidos por la razón habían caído al +suelo: el gran secreto de la existencia se le revelaba directamente con +admirable claridad y pureza.</p> + +<p>Detrás de esta vida aparente que nos rodea vio la vida real, la vida +infinita, y entró en ella con el corazón henchido de alegría. En esta +vida infinita todo es amor, o lo que es igual, todo es felicidad. Entrar +en ella es poner el pie en el imperio de la Eternidad. Es la vida del +espíritu.<a name="page_412" id="page_412"></a> El mundo no puede cambiarla ni el tiempo destruirla, porque +es ella el principio mismo del tiempo y del mundo. Gustó la vida en +Dios; vivió más allá del tiempo en la fuente misma ideal y perenne del +mundo imaginativo que nos envuelve. Sus días ya no se deslizaban tristes +y ansiosos como una porción del tiempo. Ya no sufría el torcedor de la +voluntad; no exhalaba quejas lastimeras sobre sus pecados, sobre sus +resoluciones vencidas, porque no amaba ya sus propias obras, por buenas +que fuesen, como antes, sino únicamente lo Eterno. Porque las obras +tienen su origen en la persona, y él se había despojado de la suya; la +había negado con firmeza. En medio de una santa y dulce indiferencia +dejaba que Dios obrase dentro de su espíritu. Exento para siempre de +duda y de incertidumbre, sabía que no debía querer más que una cosa, y +que todo lo demás se le daría por añadidura. Estaba seguro de que la +fuente de amor divino que había brotado en él no se agotaría jamás, y +que este amor le guiaría eternamente. El temor de la destrucción por la +muerte ya no le turbaba. La muerte, desde que había entrado en la vida +de la eternidad, era para él incomprensible. No necesitaba bajar a la +tumba para obtener esta vida eterna. Bastábale unirse de corazón a Dios +para poseerla y para gozarla.</p> + +<p>Averiguó, en fin, de una vez para siempre,<a name="page_413" id="page_413"></a> que el hombre no puede +salvarse del dolor y de la muerte por la razón, sino por la Fe, esto es, +por un conocimiento distinto y superior del que aquélla puede darnos. +Desde que este conocimiento iluminó su espíritu, alcanzó la felicidad +absoluta. Sin inquietud por lo porvenir, sin sentimiento por lo pasado, +no apeteciendo nada, no rechazando nada tampoco, su vida se deslizaba +tiempo hacía como un sueño feliz, como una dulce embriaguez. Dejó caer +el plomo de los deseos y las tristezas que le ligaban a la tierra. +Desprendido de toda ilusión y de todo esfuerzo, sin temores de +aniquilamiento ni esperanzas egoístas de resurrección, por la virtud de +la Fe y del amor supo reproducir en su alma el verdadero reinando de +Dios.</p> + +<p>Sólo breves instantes permaneció así inmóvil, recibiendo el beso cálido +del astro del día. No tardó en representársele que aquél era un goce de +los sentidos, y haciendo un gesto de desdén, fue a sentarse en el ángulo +más oscuro de la estancia. Sólo renunciando a los placeres, sólo +buscando el sufrimiento y señoreando sus sentidos había llegado a aquel +estado de beatitud, de sublime indiferencia.</p> + +<p>—¿Para qué necesito los rayos de ese sol—se dijo,—si el fuego que +arde dentro de mi alma me calienta y me conforta mejor? ¿Qué vale esa +luz efímera, comparada con esta otra que no se oscurecerá<a name="page_414" id="page_414"></a> jamás? Vivir +en la vida de los sentidos es ser un esclavo del tiempo y la necesidad. +Todo lo que no pertenezca al ser interior y libre que dentro de mí he +conseguido hallar me es extraño e indiferente. ¡Oh, no! No temblaré ya +como un esclavo. Tengo la conciencia de mi libertad. No necesito morir +para recobrarla. Este sentimiento de mi libertad me llena de gozo, soy +un emancipado y llevo impreso en el alma el sello de mi Dios. Nada de lo +que sucede, nada de lo que sucederá puede alterar la paz de mi corazón. +El pulso de mi vida interior batirá con la misma fuerza hasta que suene +la hora de dejar este mundo. He comido de la carne y he bebido de la +sangre del Redentor, y según sus promesas, yo habito en Él y Él habita +en mí. Soy un hijo de la Eternidad. He recogido la herencia de mi Padre, +y nadie, ¡nadie me la podrá arrancar!...</p> + +<p>El cerrojo de la puerta sonó con estrépito. Apareció el llavero, un +hombre grueso, con la faz colorada, los ojos llenos de carne, el traje +sucio y grasiento, y alrededor del abultado abdomen un cinturón ancho de +cuero guarnecido de llaves. Sin dar los buenos días ni hacer una mínima +señal de cortesía, volvió el rostro hacia el pasillo, diciendo:</p> + +<p>—Pasen ustedes, señores, pasen ustedes.</p> + +<p>Detrás de él aparecieron dos caballeros con levita y sombrero de copa. +El uno alto, rubio,<a name="page_415" id="page_415"></a> con larga barba que le llegaba hasta la mitad del +pecho, fisonomía abierta y simpática; joven aún. El otro más bajo y más +delgado, de color enfermizo, barba rala y gafas. El primero era un +médico distinguido de la población. El segundo, un jurista muy +aficionado a los estudios penales y que había publicado ya varias +monografías referentes a ellos.</p> + +<p>Levantose el P. Gil al verlos. Ellos le saludaron cortésmente, aunque +sin darle la mano.</p> + +<p>—Bueno; ahí les dejo a ustedes con el <i>pater</i>—dijo el llavero con +grosería.—Avisen ustedes cuando quieran salir.</p> + +<p>Y se fue.</p> + +<p>El abogado dio un paso hacia el penado, y le dijo con amable sonrisa:</p> + +<p>—Desearíamos, si usted no tiene inconveniente en ello, hacerle algunas +preguntas...</p> + +<p>—Son ustedes muy dueños—respondió el sacerdote, clavando en él una +mirada límpida que consiguió turbarle.</p> + +<p>El médico se adelantó también, y sacando la petaca le ofreció un cigarro +puro, preguntándole al mismo tiempo:</p> + +<p>—¿Qué tal? ¿Le tratan a usted bien por aquí?</p> + +<p>—Muchas gracias, no fumo... Sí, señor, me tratan bien. Hay más caridad +en la cárcel de lo que ordinariamente se dice.</p> + +<p>Entablose una conversación animada. Procuraron,<a name="page_416" id="page_416"></a> lo mismo el médico que +el jurista, hacerla cada vez más íntima y familiar, enterándose con +interés de los pormenores de su vida cotidiana. Pasaron después +insensiblemente a interrogarle acerca de su infancia, de las primeras +impresiones de su vida, de su educación, y se detuvieron particularmente +en la adolescencia. ¿Cuál era su vida en el seminario? ¿Cuál su régimen +de alimentación? ¿Era aficionado a la soledad? ¿Qué enfermedades había +padecido? Enteráronse también de algunas particularidades referentes a +su familia. El suicidio de su madre les llamó sobre todo la atención, y +se entretuvieron largo rato a preguntarle lo que sabía acerca de la que +le había dado el ser. Por último, después de una hora de conversación, +durante la cual le miraban con la insistencia pertinaz de quien va a +comprar un animal, el médico le preguntó:</p> + +<p>—¿Nos permitirá usted ahora que tomemos algunos datos acerca de su +cráneo y otras medidas?...</p> + +<p>El P. Gil, un poco sorprendido, consintió inmediatamente. El médico sacó +del bolsillo de atrás de la levita un craniómetro y una cinta.</p> + +<p>Tomole la medida del cráneo en redondo, después la de la caja ósea que +protege el encéfalo, la del ángulo facial, la del largo de la<a name="page_417" id="page_417"></a> cara; +midió la proyección facial y la parietal, los arcos zigomáticos y la +mandíbula...</p> + +<p>Al llegar aquí, el médico y el jurista cambiaron una rápida mirada +significativa.</p> + +<p>—¿Nos hace usted el favor de abrir los brazos?</p> + +<p>El P. Gil se puso en cruz, mientras una mirada dulce y melancólica +plegaba sus labios. Midieron el largo de los brazos. Después el de las +manos. En este punto, médico y jurista tornaron a cambiar otra mirada de +inteligencia.</p> + +<p>Finalmente, luego que se hubieron enterado de todo lo que quisieron, +despidiéronse de él muy cortésmente, dándole muchas veces las gracias +por su amabilidad y procurando animarle con buenas razones.</p> + +<p>Al día siguiente aparecía en <i>El Porvenir de Lancia</i>, firmado por el +abogado criminalista, un artículo con el título de <i>Una visita al P. +Gil</i>. Hacíase en él relación exacta de la entrevista, describíase con +minuciosidad la persona del sacerdote penado, y terminaba con una serie +de profundas consideraciones científicas acerca de los caracteres +anatómicos, patológicos y fisiológicos que el delincuente presentaba.</p> + +<p>«Entre los datos antropométricos—decía en uno de sus párrafos—comunes +a todos los criminales, sólo hemos podido observar cierto predominio +ligero de la proyección parietal comparada con la frontal y bastante +desarrollo de los<a name="page_418" id="page_418"></a> arcos cigomáticos y de la mandíbula. En cambio, el P. +Gil ofrece en su figura absolutamente todos los rasgos que la escuela +criminal positiva asigna como peculiares a los <i>estupradores</i> y +<i>libertinos</i>; es a saber: el pabellón de la oreja saliente e inserto a +manera de asa, la mirada brillante, la fisonomía delicada (a excepción +de la mandíbula), el cabello liso, el cutis mórbido, las manos muy +largas y algo de afeminado en el conjunto.»</p> + +<p class="fin">FIN</p> + +<hr /> + + + + + + + +<pre> + + + + + +End of the Project Gutenberg EBook of La Fe, by Armando Palacio Valdés + +*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK LA FE *** + +***** This file should be named 31637-h.htm or 31637-h.zip ***** +This and all associated files of various formats will be found in: + http://www.gutenberg.org/3/1/6/3/31637/ + +Produced by Chuck Greif and the Online Distributed +Proofreading Team at http://www.pgdp.net + + +Updated editions will replace the previous one--the old editions +will be renamed. + +Creating the works from public domain print editions means that no +one owns a United States copyright in these works, so the Foundation +(and you!) can copy and distribute it in the United States without +permission and without paying copyright royalties. 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Redistribution is +subject to the trademark license, especially commercial +redistribution. + + + +*** START: FULL LICENSE *** + +THE FULL PROJECT GUTENBERG LICENSE +PLEASE READ THIS BEFORE YOU DISTRIBUTE OR USE THIS WORK + +To protect the Project Gutenberg-tm mission of promoting the free +distribution of electronic works, by using or distributing this work +(or any other work associated in any way with the phrase "Project +Gutenberg"), you agree to comply with all the terms of the Full Project +Gutenberg-tm License (available with this file or online at +http://gutenberg.org/license). + + +Section 1. General Terms of Use and Redistributing Project Gutenberg-tm +electronic works + +1.A. By reading or using any part of this Project Gutenberg-tm +electronic work, you indicate that you have read, understand, agree to +and accept all the terms of this license and intellectual property +(trademark/copyright) agreement. 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It exists +because of the efforts of hundreds of volunteers and donations from +people in all walks of life. + +Volunteers and financial support to provide volunteers with the +assistance they need, are critical to reaching Project Gutenberg-tm's +goals and ensuring that the Project Gutenberg-tm collection will +remain freely available for generations to come. In 2001, the Project +Gutenberg Literary Archive Foundation was created to provide a secure +and permanent future for Project Gutenberg-tm and future generations. +To learn more about the Project Gutenberg Literary Archive Foundation +and how your efforts and donations can help, see Sections 3 and 4 +and the Foundation web page at http://www.pglaf.org. + + +Section 3. Information about the Project Gutenberg Literary Archive +Foundation + +The Project Gutenberg Literary Archive Foundation is a non profit +501(c)(3) educational corporation organized under the laws of the +state of Mississippi and granted tax exempt status by the Internal +Revenue Service. The Foundation's EIN or federal tax identification +number is 64-6221541. Its 501(c)(3) letter is posted at +http://pglaf.org/fundraising. Contributions to the Project Gutenberg +Literary Archive Foundation are tax deductible to the full extent +permitted by U.S. federal laws and your state's laws. + +The Foundation's principal office is located at 4557 Melan Dr. S. +Fairbanks, AK, 99712., but its volunteers and employees are scattered +throughout numerous locations. Its business office is located at +809 North 1500 West, Salt Lake City, UT 84116, (801) 596-1887, email +business@pglaf.org. 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